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REVISTA DE ESPAÑA 



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4 

REVISTA 



DE ESPAÑA 



%^^^AW^^^^^^A^^^^A»^^V^^V^^^^^^»»»i 



DÉCIMOOCTAVO AÑO 



TOMO GV. — JULIO Y AOOSTO 



MADRID 

BKDiCCIOI T ABHDIISTRACION, I ESTAB. TIP. DB <XL GOBBSO.» 

calle deJustiniano, número 6, á cargo de Francisco Fernández, 

principal izquierda. I 8 San Qregorio, 8 

1885 



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J 



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LA CORTE DE FELIPE III 

Y AVENTURAS DEL CONDE DE VILLAMEDIANA (D 



»Tan gran bien es la condición de carácter y trato de gentes arriba 
indicadas, así como la libertad de la tierra, que prepondera á los vi- 
cios y defectos que pudieran tener y tienen sus habitantes; porque á 
decir verdad, la libertad es un verdadero tesoro, que nunca jamás se 
compra por plata ú oro. Hasta los mismos animales, que se gobiernan 
por naturaleza é instinto, quieren antes morir que vivir en cautiverio. 
El dulce pajarillo en su jaula, si logra abrirse paso, busca con ansia 
la libertad, y á la descansada hartura de su dorada prisión, antepone 
la seguridad y los trabajos del desierto. La esclava, indolente y mi- 
mada, en blandos almohadones recostada ó echada en el regazo de su 
señora, sin más fatiga ni trabajo diario que atender al tocador y ade- 
rezar afeites para ella y para sí misma, prefiere andar descalza de pie 
y pierna por los campos, ó acarreando de una parte á otra las inmun- 
dicias de Lisboa, á llevar las manos cubiertas de olorosos guantes. Y 
no se diga que esto es falta de eotendimiento en los animales ó en las 
personas; no es sino impulso racional de la naturaleza, puesto que de 
ser yo mío á no serlo, va el perder una parte de mi propio ser, cosa 
tan contraria á la ley natural, que ni aun los condenados mismos, se- 
gún he oído decir, quieren dejar de serlo. 

»Tal, es, pues la diferencia que hay de nuestra vida á la de Castilla; 

(1) Véase la Revista del 25 de Junio. 



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6 REVISTA DE ESPAÑA 

allí fuimos cautivos de cuantos vecÍDOs teníamos, ganosos todos ellos 
de escudriñar hasta nuestras más secretas acciones y pensamientos. 
Allí viven sujetos á padrastros injustos, mientras que aquí en Portu- 
gal vivimos libres, entre hermanos, que si necesario fuere disimularán 
nuestro mal y encarecerán nuestro bien. A este propósito recuerdo el 
testamento que otorgó un amigo mío á su despedida de Valladolid. En 
un codicilo que añadió, había la siguiente cláusula: «Considerando 
»yo que no me es ya posible dilatar por más tiempo este último 
>trance en que me hallo, y que el despacho dé mis negocios en la 
acorte más bien es fcena peccaúi que satisfacción de servicios, puesto 
>que viene acompañado de sentencias de destierro y no descanso de 
>vida.— Sabiendo yo que voy y a caminando para aquel valle de lágri- 
»mas, donde no se hace más que gemir y llorar, y que habré de ha- 
>llarme pronto en presencia de Dios, en aqáel universal y terrible 
»trance del juicio final, en que serán juzgadas cuantas regateras, ve- 
»cinas, matachines, rufianes y vagos hay en Lisboa; allí donde de 
»todos mis pasos, acciones, pensamientos y palabras habró de dar 
»cuenta y residencia, y donde á todos, desde el necio hasta el sesudo, 
>y desde Martín Gosalves á Gonsalo Martines, se les ha de tomar es- 
»trecha cuenta de sus pecados.— Acordándome también yo de que de 
»cada pariente y criado hizo naturaleza iiirus pater et injusta noverca, 
Ao cual me ha de obligar á hacer de la necesidad virtud, de la triaca 
aponzoña, y del pecado hidra, y que, por lo tanto, estoy sujeto á las 
^lenguas de escorpiones, á los ojos de basiliscos, inconstancia de ca- 
»maleones, engaño de esfinges con cara de doncellas, rabos de ser- 
>p¡entes, que como perros medrosos huyen de verme y me ladran por 
^detrás, topos para ver el bien y linces para descubrir el mal, edipos 
»para interpretar los pensamientos y fiacos para censurar las obras, 
»Manlios y Posthumos en el rigor de sus imperios. — Viendo, pues, que 
>me destierro voluntariamente del Prado para la cárcel del Espolón, 
»para caía quefards, de la capa para el capuz, de las galas para la 
»bayeta, y de las medias y ligas para los zapatos acalcañados.— Pri- 
»meramente dejo aquí los bienes gananciales y adquiridos con que 
»me fui poco á poco desembesUandOy y tomando lecciones de cortesía, 
)i>urbanidad, buen gasajado y alegría en lugar de soberbia, envidiai 
»melanconia y murmuración; todos estos bienes llevo á mi patria 
>como más necesitada de ellos, además de los vinculados,» etc. 

>En fuerza pues de la libertad de condición á que acabo de aludir, 
bandado las damas vallesolitanas en una gracia picaresca^que á veces 



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LA CORTE DE FELIPE III 7 

las hace molestas, y pesadas, y menos agradables, y es que recor- 
ilando aquel consejo del Evangelio Petite et accipiatiSy utgaudiwn ves* 
^«1» jf^;?^»ttí», toman á galantería el estar continuamente pidien- 
do, y poroso se dijo aquello de que piden por devoción á San Juan, 
Pico de Oro, y por ver si las estiman y hacen caso de ellas. Y así á 
Hb tales les cuadra perfectamente lo que de los clérigos se dice, á 
«aber; que todas sus oraciones empiezan por da nodisy el proesúa nodis, 
y que todo es para noHs, concluyendo todos sus sermones con estas 
palabras, quum miki et vodis, prestadme dinero. Verdad es que las 
tales la feria no la ponen cara, ni se desavienen en cuanto al precio; 
«Has han de pedir, ya sea dulces, ya sea fruta ó pasteles, cuando no 
otras cosas de más importancia, y, por lo tanto, no hay más remedio 
que resignarse. Todo es bueno, dicen, lo que Dios da: Q*iod teniú ad me 
%on ejiciam foros; mas ^s palabras son de San P.^Chrlsólogo (Razona* 
mtentos de oro), poco ó mucho non apparedis vacuus anteDomínumDeum 
tuitm^ y todo se ha de dar por su justo precio. Mas con todo, es el yugo 
suave y lijera la carga, así porque las mujeres allá [en Yalladolid] son 
fáciles de contentar y no se enojan, aunque mintáis ó zumbéis de 
ellas, como porque también convidan con la misma facilidad que pi« 
den; de suerte que, si bien lo dicen, mejor lo hacen aún. Todo lo ne- 
cesitan para sus faldellines, en los que consiste toda su riqueza y son 
la gala de que más se precian; que mozas y viejas los gastan con dos 
palmos de randas de oro, y acostumbran á decir que si la mujer tiene 
faoeuos bajos bien puede ir vestida como guste, porque cuanto más 
cerca del tesoro tanto más se descubre su riqueza, que es lo mismo 
que satisfacer al corazón sin el engaño de los ojos. 

^Estas dos, pues, son las joyas que hacen á Valladolid inaprecia- 
ble; mucha libertad y ninguna envidia. Que ciertamente si Lisboa 
tuviera estos dos bienes, y sus habitantes fueran castellanos ó italia- 
noden lugar de ser portugueses, seria, sin disputa, la mejor tierra 
que alumbra el Sol. Mas ¿qué aprovechan los jardines al cautivo que 
no puede gozar de ellos sin lastimarse, y de qué sirve tener muchos 
bienes si de todo os han de hablar mal y hacer ponzoña, como no sea 
de pobreza mayor aún que la suya? 

PERORACIÓÍí 

>Tal como os la he pintado es vuestra querida Valladolid. Doy- 
▼og este retrato de ella para que veáis qué cosa es mejor, si ser del 



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8 REVISTA DE ESPAÑA 

Mando rey, 6 señor de tal ciudad y gente. No tendréis, por cierto^ 
razón para motejarla de inconstante^ puesto que primero la dejástei» 
que ella á tos. Celos de Marte y sus leyes rigorosas os persiguieron^ 
más bien que los suaves conciertos de Venus, puesto que hubo suspi- 
ros por vuestra ausencia, que bien merecían, por cierto, no ser paga« 
dos con olvido por quien no le tuvo ni le tiene de vuestra conversa- 
ción y trato, y os espera con los brazos abiertos. 

>No os ofrezco aquí relación, sino retrato; no comedia entretenida 
sino pintura al vivo; porque si bien la historia, cuanto más nueva j 
extraña tanto más alboroza y embelesa, así el retrato, si es de per- 
sona conocida y tratada, aficiona y deleita. J^o hallaréis, pues, aquí 
cuadro de paisaje, sino pintura al natural; que no quiero yo en- 
tremeter mi propio aciprés (1), ni distraer la vista del fondo de 
▼uestra medalla, aún allí donde se juntan e^^tremos de hermosura. 
Más dificultad encontró Apeles en pintar diosa desnuda que bien 
ataviada, porque los lirios y flores naturales sólo la mano de nuestra 
sabia maestra Naturaleza los sabe reproducir: que el arte humano na 
alcanza á tanto ni siquiera los sabe imitar. Ved, pues, qué le sucederá 
al que intentare describir el espíritu, la viveza de alma y entendi- 
miento de una persona tan notable y señalada como nuestra Pincia^ 
que el aliento de una lengua, por más que sea la del galgo cansado, 
tan sólo puede expresar la desesperación y el descuido, no el cuida- 
do y el esmero del sabio pintor. Aceptad, ¡oh, Pincial esta descripción^ 
desnuda de flores exteriores, sin mención de las naturales; aunque 
como escritas en cifras podréis apreciar las gracias que yo no pude 6 
supe manifestar: que no hay bocado más sabroso qne el recuerdo 
saudoso (silencioso y triste) y á la vista de un retrato contar los lu- 
gares de Troya y ser parlero como pintura muda. ¡Y cómo habíais vo» 
de consentir que de vuestra ta^a de oro se me diese á mí de beber 
esta dulce ponzoña, y que en el libro de nuestras dulces memoriacr 
descubriese yo tan tristes recuerdos! Sacadme, pues, de la mano 
vuestro retrato; no toleréis que yo sea desleal en resucitar estos cui- 
dados, que, al fin, no son más que sombra y retrato de los vuestros^ 
pues paréceme que le ofendo con sacar conceptos tan rastreros de su- 

(1) Porque naí) quis entremeter o meu acipreste (sic) por naO distrahir a vista de 
Tosaa medalha. Acipreate en portugués es el aciprés ó ciprés (en lat. cupresus). Posible 
es que llamasen así en Portugal á la paleta del pintor, por estar hecha de la madera de 
dicho árbol, que se considera incorruptible y es algún tanto olorosa. 



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LA CORTE DE FELIPE III 9 

jeto acostumbrado á pensamientos tan altos como los vuestros, debí* 
dos tan solamente á estos dos originales. La verdad es qoe en et 
mundo no cabe mayor bien que un buen amigo, puesto que es privile^ 
gio que puede lograrse sin ofender en lo más mínimo la pureza y la 
verdad del amor principal, que el Cielo guardó para aquellos nues- 
tros enemigos, siendo como es también origen y principio de cuanto 
bien hay en la Naturaleza. 

»Y vos, hermosos ojos, cristal puro ó más bien cielo cristalino de 
ese divino rostro que entre las duras entrañas de la tierra estáis pro- 
duciendo el oro de estos mis cuidados, y en la noche oscura en 
que me dejasteis con los vivos recuerdos de ese celestial rocío, 
estáis criando en la tosca concha las perlas con que enriquecéis el 
alma, y el aljófar con que henchís vuestro regazo, ahora, en cuanto 
dura para mí el triste hibierno, iréis á llevar la alegre primavera á 
los dichosos lusitanos que no saben tejer guirnaldas y ramilletes 
de tantas flores con que enriquecéis sus jardines, ora tejiendo como 
delicado hilo las intrincadas marañas: fiel pintura y retrato de mis 
cuidados, ora, teniendo los vuestros en el Cielo, único lugar merece- 
dor de ellos, contando y señalando con casta mano los extremos de 
vuestros merecimientos, y de mis dolores. Sabed que el alivio de 
todos ellos está puesto en la esperanza de vuestra vista, y así de la 
semejanza de tanta gloría sacaréis la verdad de la pena que padezco. 
Permitidme^ pues, que como á la salida del verano me oísteis cantar 
como cisne, ahora en la noche de vuestra ausencia y en el hibierno de 
vuestro apartamiento empiezo como filomela ó ruiseñor á festejar con 
mis quejas la primavera, que se me viene llegando si el Cielo no 
me envidiare tanto bien.» 



AVENTURAS DE VÜXAMEDIANA 

Inmediatamente después de la anterior descripción de Valla- 
dolid, ó Pincigrafia^ como el autor en su estilo culto la inti- 
tula, sigue la aventura del conde de Villamediana, que basta- 
ría por sí sola, á falta de otras anécdotas contenidas en la obra 
de nuestro portugués, á dar brillante colorido á uno de los li- 
bros más entretenidos de aquel siglo, atendida la frescura y 
espontaneidad con que el autor expresa sus juicios. Es así: 



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10 REVISTA DE ESPAÑA 

«Don Juan de Taráis (1), hijo del Correo Mayor, es ano de los más 
galantes y lozanos fidalgos que andan en Corte. Su padre es el caballero 
á quien dicen que el Rey ha hecho mayores y más cuantiosas mer- 
cedes, más que á ningún otro en España, exceptuando tan sólo á don 
Pedro Franqueza; porque solamente el cargo de Correo Mayor de 
Ñápeles le producía ya 30.000 ducados de renta, y con motivo de esta 
[última] embajada de Inglaterra (2), el Rey le hizo conde de Villa- 
mediana. Mientras éste, pues, granjeaba, como he dicho, el condado 
por medio de la dicha embajada y de las pazes que entonces se asen- 
taron, procuraba el hijo, por medio de sus correos y embajadas, me- 
jorar de título y ganarse un marquesado, alcanzando al propio tiempo 
tregua y yictoria de cierto cuidado en que le traía la Marquesa del 
Valle, y granjeando más en pocos días con sus servicios personales y 
reales que su padre en dos años con todas las fuerzas reales. 

«Es la tal marquesa parienta y esposa del marqués del Valle (3), 
su marido, la cual, por los mismos pasos que D. Juan, en breves días, 
de mujer de un hidalgo pobre y letrado hambriento como el Marqués, 
que era antes simple fiscal de un tribunal de Valladolid, se vio mar- 
quesa del Valle, con doscientos mil ducados de renta, heredando su 
marido el estado por muerte de su hermano mayor (4). Y como la 
Marquesa no se contentase con la renta sin mejorar también de vasa- 
llos, aceptó los servicios de D. Juan, para que como igual en la ven- 

(1) D. Juan de Tasáis y Peralta^ segundo conde de Villamediana. Tassis era su ver» 
dadero apellido y no Taráis como equivocadamente es llamado en el libro impreso de 
sus obras. Zaragoza 1639. 

(2) La de D. Alonso de Velasco, que pasó á Inglaterra en 1606 para ratificar las 



(3) D. Juan de Acuña, primer marqués de Valle Cerrato, hijo natural, aunque leji-^ 
timado, do D. Juan de Acuña, sexto conde de Buendía, y de doña María de Aragón. 
Sirvió á los Reyes Felipe II y III de oidor de la Chancillcría de Valladolid, de visitador 
de las Audiencias de Sevilla y Granada, consejero de Cámara y de Estado, Notario 
mayor del reino de León, y por ultimo de Presidente de Hacienda en 1609 y de Indias 
desde 1610 hasta el 29 de Diciembre de 1615, en que murr6. Estuvo casado con doña 
Angela de Guzm&n, hija de Gonzalo, señor de Toral. 

(4) D. Juon no sucedió á su hermano, sino á su padre D. Juan. Tuvo éste una her- 
mana, llamada doña María, que fué séptima condesa de Buendía, hija de D. Fadrique, 
quinto conde, la cual doña María casó con D. Juan de Padilla, adelantado mayor de 
Castilla. El marquesado de Valle Cerrato fué creación de Felipe III en 1612. Heredólo 
D. Diego, hijo de D. Juan. 



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LA CORTE DE FELIPE III H 

tara lo fuese también en lograr los frutos de ella. A pe^ar de que 
D. Juan estaba casado con una dama principal, más hermosa (1) ^oe 
la Marquesa, tiene ya gastados con. esta última más de treinta mil 
ducados, que hacen seiscientos mil portes de cartas. {Mirad cuantas 
mataduras costaría el curar esta llaga y cuántos lodos se pisarían 
para correr dicha posta y cobrar tanto porte de cartas! 

>En este tiempo, estando el Rey y la corte en Burgos, adoleció el 
conde de Saldaña, hijo segundo del duque de Lerma (2), y fueron 
por la posta á verle el duque de Cea (3), su hermano, el marqués de 
San (rermán y el conde de Gelves (4), sus primos, que también eran 
parientes de la Marquesa. El amor, que no guarda ley á la sangre, 
ni más respeto á los divinos que á los humanos, traía humillado el 
monie al valle, y sujeto al Duque, de manera que en la dolencia del 
hermano (5), determinó buscar remedi(7á la propia enfermedad. Ofre- 
ciósele por enfermero el Marqués, como pariente más cercano de él, y 
con sus palabras de ensalmo y sus pildoras doradas, tomó los pulsos 
al negocio de tal manera, que como la sangre no quiere ser rogada, 
si bien la Marquesa al principio anduvo algo escasa en dispensarle 
sus favores, concluyó por prometerle una suculenta cena, cosa que el 
Duque estimó más que no su estado. A fin, pues, de que á dicho ban- 
quete no fuese convidado el don Juan, el cual andaba con los ojos 
hecho un Argos, dióse traza pa#i que el 23 de Agosto, que fué miér- 

(1) Dofia Ana de Mendoza y de la Cerda, hija de D. Enrique de Aragón, liermano 
del quinto duque del Infantado. En 1619 no tenían hijos. 

(2) D. Diego Gómez de Sandoval, hgo segundo del duque de Lerma, D. Francisco; 
casó en 1603 oon doña Luisa de Mendoza, duodécima condesa de Saldaña, hija mayor y 
heredera de D. Rodrigo de Mendoza. 

(3) D. Francisco Gómez de Sandoval y Rojas, conde de Ampudia y primer duque 
de Cea; fué hijo de D. Christoval, duque de Uceda, y nieto del Cardenal duque de 
Lerma, y, por consiguiente, sobrino y no hermano de aquel. 

(4) Este marqués se llamaba D. Juan Hurtado de Mendoza. Fuélo también de la Ili- 
nojosa. Tanto él como el de Gelves (D. Jorge Alberto de Portugal y Castro, que murió 
en 1604}, eran primos de la Marquesa. Mas no puede ser aquí cuestión de D. Jorge Al- 
berto de Portugal sino de D. Fernando de Castro, su yerno, que casó con su hija doña 
Leonor de Portugal, condesa de Gelves. Casó esta señora segunda vez con D. Diego Pi- 
mentel, virrey y capitán general de Aragón, hijo del marqués de Tavara, en cuya oca- 
sión el título de conde fue mudado en marqués de Gelves. 

(5) Ya queda dicho que en lugar de hermano habrá de leerse fío, que tal era el de 
Saldaña del de Cea. 



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12 REVISTA DE ESPAÑA 

coles, por la noche, se hiciese una comedia en casa de don Diego de 
Alderete (1), corregidor de Burgos y del Consejo Real, á quien de 
derecho pyertenecia el sacrificio por el oficio y por la corte, como des- 
cendiente que la marquesa es de Cortés. Dio éste cuenta de todo á la 
señora doña Micia (Mencía), mujer del Alderete, dama famosa y mejor 
oficial en tahurerías que no el marido, el cual, por lo que debia á la 
moda (2j, y por cumplir con las obfas de misericordia, que consis- 
ten en dar posada á los peregrinos y de comer á los hambrientos, se 
guardó bien de descontentar al de Cea, de quien siempre esperó le 
quedasen algunas migajas en casa. Ordenaron, pues, que el Duque 
estuviese en un camarote (palco) juntamente con la Marquesa, y que 
viniesen por acólitos y acompañantes la mujer de don Tomás Ortiz 
Ximéuez, corregidor de Yalladolid, y otra dama, ambas señoras de 
condición y hermosas, á fin de que los incensarios no estuviesen pa- 
rados durante el sacrificio y fuesen todos partícipes del bien y del 
mal que de alU re-sultase. 

»La AÍarquesa, por engañar á don Juan, anduvo toda aquella tar- 
de en un coche encerrada con él, y para más asegurar el lance usó 
de una galana traza, que fué pedirle al Conde zelos de Gerónima de 
Burgos, la comedianta, diciéndole que no perdía comedia, y que las 
noches la estaba viendo vestir y la regalaba con joyas. Ésto fin- 
gió la Marquesa con tantas lágrinfes, que el pobre caballero le 
prometió con mil juramentos no ver nunca comedia en que entrase la 
dicha comedianta, de noche, ni ir tampoco al teatro. En cambio de 
las perlas que la vio derramar, don Juan dióle una gargantilla de 
ellas de gran precio, y además prometióle para el siguiente día un 
fírmalle de dos mil ducados. Y, en efecto, fuese desde allí ácasa de 
un joyero, á quien dio cien reales perqué lo tuviese todo pronto para 
la hora que él señaló. 

»Con esto fuese el Conde muy contento á su casa, cuidando que 
dejaba á la Marquesa presa con grillos al pescuezo y cabellos, y ella, 
considerándose ya segura, entróse embozada en casa del Corregidor. 
Y porque fué primero á buscar una de aquellas aventurras que dije, 
cuando llegó á casa del Aldrete, halló ya la sala llena y muchas da- 

(1) ra/ti/flWa en portugués debe signiíicar lo mismo que ctafureriai en castellano. 

(2) cHan liecho del Consejo de C&mara al licenciado Ramírez de Arellano y á don 
Diego de Aldrelelt que aml os son del Consejo Healji dice Cabrera de Córdova en sus 
Relaciones bajo la Techa de 11 de Enero de 1614 (p&g. 543.) 



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LA CORTE DE FELIPJE III 18 

mas con sas respectivos maridos delante, lo cnal fué causa de que. la 
Marquesa se turbase algún tanto y se sentase hasta ver si venía la 
otra dama que debía acompañarla. Estaba, como dicho es, el Duque 
sentado en su camarote, el marqués de San Germán y el oonde de 
Gelves á la puerta, asomándose de vez en cuando á escuchar lo que 
en la sala se decía por no poderse contener, mientras que los ocupan- 
tes de los asientos, observando tantas precauciones, comenzaron lue- 
go á sospechar que algo pasaba allá dentro del palco, puesto que ha- 
bía tantos vigías. 

>En efecto, levantóse la Marquesa á representar su papel, fingien- 
do iba á buscar á doña Micia (Mencia). Desde el palco llamó á las 
otras damas, enseñándolas dulces como para disimular. Mas al le- 
vantarse el telón, el don Tomás, que entre las tapadas había recono* 
cido á su propia mujer, viendo que el asiento estaba vacío y descu- 
bierta la treta, levantóse, y tomándola de la mano la dijo:— «¿Qué te- 
néis señora? ¿No estáis buena? «Si no gustáis de la comedia, vamonos 
á casa, y mi señora doña María véngase también. Así acabó la pri- 
mera escena, quedando todos al cabo del enigma y despidiéndose las 
figuras en el palco para entrar en la escena, quedando á todo esto el 
Marqués figura muda, pomo no poder hurtar el cuerpo á los cuernos 
como lo hizo don Tomás, 

»Don Juan, mientras tanto fqttis fallere possií amanUmJ, ya sea que 
el corazón la presagiase su desgracia, ó que la novedad de tantos y 
tan repentinos zelos como le diera la Marquesa le diese que sospe- 
char, fuese para su casa, preguntó por ella y dijéronle que había sa* 
lido; y como don Juan sabia que había comedia, dirigióse al teatro 
y llegó á tiempo que comenzaba la loa, al paso que se representaban 
al vivo y en secreto sus propias tragedias, tan públicas y manifiestas 
que todos estaban en la maraña. 

»Siendo como era el Conde la principal figura en aquella comedia, 
hiciéronle luego lugar el marqués del Valle y don Pedro de Porras, 
y de esta manera entre los tres hicieron una yunta de bueyes per- 
fecta. Callaba el Marqués como buey viejo, sin toser ni mugir. El no- 
villo de don Juan, como impaciente debajo del aguijón, preguntó al 
don Pedro si estaba allí la Marquesa. Contóle éste el entremés, di- 
ciéndole había perdido con no ver á don Tomás la mejor farsa que 
se representara en todo Yalladolid, y que la autora estaba en aquel 
momento tomando colación con el de Cea, al paso los amigos ayuna- 
ban contra su voluntad. Al oir esto don Juan, sintióse tan fuera de sí 



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14 REVISTA DE ESPAÑA 

qae comenzó á decir que el de San Germán era el alcahaete y el tra- 
chimán, ; además mi traidor bellaco que le engañaba^ fingiéndose sa 
amiga. T queriendo don Pedro de Porras apaciguarlo con decirle qué 
lo entendería, el marqués del Valle, que á su lado estaba, levantóse 
diciendo: «Juro á Dios que no hay cornudo que no lo sepa ni traidor 
»que no lo pague,» y fuese en medio de la comedia que parecía más 
bien natural invención de nuestro Chiado (1). 

^Acabada aquélla, salió la novia, y viendo al marido, tragóse de 
un golpe la merienda, y contó cómo había estado con el de Cea; 
esto lo dijo por engañar al marido con la verdad. Dadas las manos 
marido y mujer, fuéronse como azotados á meter en el coche, muy 
de paz y día bueno, y aquellos dos días primeros que el negocio an- 
daba como roto y descompuesto, salieron al Prado ambos en un co- 
che, porque ella no se atrevía á salir sino á la sombra del marido, y 
él quería disipar la niebla con aquella seguridad y confianza. 

»E1 pobre don Juan, ardiendo en deseos de venganza, y no hallan- 
do ocasión para saciarla, escribió una carta á la Marquesa de agravia- 
do, aunque sufrido, diciéndole que, aun cuando el Duque fuera primo 
suyo, no debiera dar que decir á las gentes y que hablar al público, 
que estaba mal con ella por esto y otras cosas á este tenor; con lo cual 
la aseguró de tal manera, que dióle cita para el Prado aquella misma 
noche. Llegando al estribo del coche á píe, ella comenzóse á discul- 
par con el mucho poder del Duque, y los favores que á un su primo 
hiciera por amor de ella, prometiendo enmendarse en lo sucesivo. 

^Entonces don Juan, saltando dentro del coche y echándole mano 
á la gargantilla, la dijo:— «¿Es posible, infame, que lo confieses, y ni 
»aun engañarme quieras? Juro áDios que vale más la zapatilla de Hie- 
«ronima que toda tu bellaquería.» Dicho lo cual, le dio doscientas pa- 
tadas y bofetadas, dejándola medio ahogada y dentro del coche, y 
arrancándole además la gargantilla, de tal manera que hubieron de 
sangrarla tres veces en tres días y quedó llena de cardenales. Hízose 
además el lance público, por la mucha gente que á sus gritos acudió. 

» Aquella misma tarde un tal don Francisco, caballero de Malta, 
amigo de don Juan, fuese para el Duque, que andaba por el Prado, y 
tomándole aparte, le dijo: — «Don Juan de Tarsis es mi amigo, y yo 
»8uyo. Pidióme le dijese á V. E. que, si se alaba de haber visto el fal- 
»dellín y buenos bajos de la Marquesa, que él en aquella misma tarde 

(I) Bitio muy frecuentado de Lisboa. 



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LA CORTE DE FELIPE III 15 

>la había acompañado y regalado muy á su guato; por señas que He* 
»yaba unas medias de nácar, ligas pajizas y listones verdes; y que 
»como es deuda V. E. la deja por su cuenta, y que á cuantas halle 
>á tantas hará lo mismo, aunque sean tan desvergonzadas como ella 
es.» Con esto fuese el don Francisco con don Juan á Flandes por la 
posta, recogiendo éste sus mejores joyas y vendiendo las demás que 
tenia. 

^El domingo siguiente salió la Marquesa al Prado, llevando aún 
señales de las heridas con que alcanzara aquella victoria; iba á ver el 
campo de Troya y el marido á caballo enamorándola. Decían las gen- 
tes que de nada se había apercibido el Marqués, mas de allí á poco 
8u mujer enfermó y murió muy súpitamente con ciertas manchas y 
cicatrices en el cuerpo, por las que se entendió que el Marqués había 
procurado sanar de las que su propia honra y reputación recibiera. 

»Fué, sin embargo, falso testimonio que le levantaron, y agora 
poco supe que á su mujer no la hizo nada el Marqués, y que amibos 
están viviendo con mucha honra y amistad, logrando sus cans é sus 
fwaadas sanas. 

ROMANCE 



LoB que priváis con las damas, 
mirad Lien la historia mía, 
y veréis de su privanza 
los biends de que nos privan. 
Veréis que es terciana doble, 
quatro mudanzas al día; 
veréis que es juro al quitar, 
que no se da de por vida. 
Son sus fiestas las dos Pascuas, 
por mudables conocidas, 
y ellas, planetas errantes 
contrarias siempre, y malignas. 
8on librillos de memoria 
donde no obligan las firmas, 
donde lo que un yerro escrive 
con solo un dedo se quita. 
Vfme querido, y pensaba 
que ya firme el pié tenía 



sobre el cuerno de la luna, 
y enfrente se me ponía. 
¿A dónde de una traidora 
está segura una vida? 
pues supo cortar los lazos 
que desatar no podía. 
Siendo el Cielo gloria eterna, 
¿cómo es posible, enemiga, 
que cayera en este infierno 
de la gloria que me quitas? 
Donde veo que no puede 
redimirse el alma mía, 
pues puede perderla el Ángel, 
mas no cobrarla perdida (1). 
De la herencia de Cortés 
que en herencia te cabía, 
heredas ser cortesana 
repudias la cortesía. 



(1) Llamábase la marquesa del Valle [de Cerrato] Angela; pero de ninguna manera 
le cuadra lo de la cherencia de Cortés,! puesto que la marquesa del Valle [de Oazaca]t 
como después se dirá^ era persona distinta y se llamaba Magdalena. 



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16 



REVISTA DE ESPAÑA 



De la herencia de mis padres^ 
que DO hastó & tu codiciaj 
quedar corrido mayor 
de correo, es mi desdicha. 
Hombre sin oro es Medusa, 
que convierte en piedra viva, 
y solo 68 Pigmaleón 
quien tiene manos de Midas. 

Díte el oro de Tarsis (1 ) 
y encienso como á divina, 
y por no faltarte nada 
me quieres volver en Mirra. 

¿Qué vale el firmal que puse 
en tus cabellos hoy día, 
si la firmeza en mujeres 
en solo un cabello estriba? 

¿Qué aprovechan las prisiones 
de cadena y gargantillas, 
si por la ley de nobleza 
sobre homenaje se libran? 

Que sin ofrecer la frente 
de grado, nadie aperciba 



tenellas por los cabellos, 
porque luego se deslizan. 

Quando más constancia muestra, 
el sabio que prenden mira 
de cabellos sus fírmalles 
y de papeles sus firmas. 

Son pedernal las mujeres 
y pedernales imitan, 
que sirven de encender fuego, 
mas ellas se quedan frías. 

Falsos zelos me pediste 
por segurar tu salida, 
que hazer zelos alcahuetes 
fué nunca oida herejía. 

En el público teatro, 
entre comedias finjidas, 
quisiste representar 
mis verdaderas desdichas. 

Debes ser la antigua esfínje, 
todas tus cosas enigmas, 
tienes pecho de avestruz, 
no hay yerro que no dijiras (2). 



Ya queda atrás dicho que ni ]^ Pincigrafla, ó descripción 
natural y moral de Pincia, ó sea Valladolid, ni la relación, no 
menos curiosa y entretenida, del lance ocurrido al de Villame- 
diana, aunque obras ambas de Thomé Pinheiro, forman parte 
del IHario en que aquél anotaba cotidianamente los sucesos de 
la Corte de Felipe III en 1604-5. Tanto la una como la otra, de- 
bieron escribirse*, ya en Coimbra, donde su autor se detuvo 
algúii tiempo á su vuelta de España, ya en Oporto ó Lisboa, 
donde ejerció cargos de importancia en la magistratura, hasta 
BU muerte, acaecida en 1656, á los ochenta y cinco años de su 
edad, según de su epitafio consta. Con sus apuntes, pues, y 
con sus cartas á Fray Pantaleón Calepino (3), ó quien quiera 



( 1 ) Tarsts, TsrieMuSi jugando con el nombre del conde, que era Tassis, según queda 
atrás dicho, y no Tarsis. 

(2) Está por cdijierasi y yerro por chierro.i 

(3) Uno de los ejemplares del Br. García Peres aftade en la portada después de 
Fray Pantaleaó el apellido de Aoeiro, lo cual nos induce á creer que no es aquel un 
nombre supuesto, sino el de un escritor del siglo zvi que dio á luz un ItineruriQ da Te» 
rra-Sancta. Lisboa, 1593, Dic. Bibl. Port.f t. VI, p. 336. 



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LA CORTE DE FELIPE III 17 

^ue se oculte debajo de dicho pseudónimo, se formaría después 
el conjunto, algún tanto desordenado, del libro que hoy nos 
ocupa. Evidenciase esto por las frecuentes referencias que en 
la Pincigrafia él mismo hace, comparando á los portugueses 
con los castellanos, y á Valladolid con Lisboa (indicando á 
menudo que residía en esta última ciudad), así como por su 
gráfica relación del lance amoroso del Conde galanteador, de 
quien tanto se han ocupado escritores nacionales y extranje- 
ros, exagerando sus buenas cualidades y defectos y haciendo 
de él una especie de mítico Don Juan Tenorio en lo procaz y 
desalmado, en lo fastuoso y desprendido, en lo galante y apa- 
sionado, en lo soberbio y vengativo. 

Fué D. Juan de Tassis y Peralta hijo de D. Bautista 
Tassis y Acuña, primer Conde de Villamediana, por gracia de 
Felipe III, y de doña María de Peralta y Muñatones, parienta 
del Marqués de Falces. Nació en Portugal á la sazón que su 
padre residía en aquel reino, recien adquirido por las armas y 
el derecho al Rey Don Felipe II. De su primera juventud nada 
de cierto se sabe, excepto que, siendo su padre Correo Mayor 
y necesitando de sus servicios en Ñapóles, hubo de mandarle 
allá para que le sustituyese en su oficio, y que mientras allí 
estuvo logró granjearse la benevolencia y admiración de todos 
por su esplendor y magnificencia, y singularmente por sus le- 
tras, de filósofos y poetas napolitanos, quienes en aprobación 
de su eminencia en ambas profesiones (como dice un historia- 
dor coetáneo) le compusieron altos sonetos y célebres epigra- 
mas. El mismo escritor á quien nos referimos añade: 

«Ni el asiduo estadio de las letras, ni la amena é instructiva con- 
»yerBación de los eruditos fueron parte para divertirle de los nobles 
a>ejercicios y artes del caballero, siendo en todas ellas no menos emi- 
»nente, y con esquisito primor armado y desarmado en los torneos y 
»con los toros, y en todo género de fiestas señaladísimo. Si es en 
»Lombardia y en Milán, donde sirvió de Maese de Campo hasta la paz 
»de Asti, es voz y fama que no solo mostró su valor y talento en mu- 
»chas ocasiones, gastando y amparando con su hacienda á españoles 
Ȏ italianos, excediendo y con mucho su liberalidad los limites de su 
TOMO cv 2 



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18 REVISTA DE ESPAÑA 

restado, aún después de haber heredado, qae muy justamente ad- 
>>qu¡ríó el nombre y reputación del más magníñco, magnánimo, pru-« 
»dente y cortés caballero que han conocido jamás ambas naciones^ 
»siendo sus dádivas, fiestas, gastos y lucimiento más propios de Prín- 
»cipe que no de caballero particular.» 

«Algunas más cosas pudiera contar suyas (continúa su biógrafo)^ 
»pero dejo de hacerlo por no parecer adulador, cosa que con los vivos 
»es odiosa. Este año de 1619, en que escribo, está el conde casado 
»con doña Ana de Mendoza y de la Cerda, hija de don Enrique de 
^Mendoza y Aragón, hermano del quinto Duque del Infantado y d& 
»doña Ana de la Cerda, su mujer, marquesa que fué de Cañete. Na 
atienen hijos» (1). 

No parecerá exagerado este retrato del segundo Conde de 
Villanaediana, trazado de mano maestra por uno de sus biógra- 
fos, si se atiende á que muchas de las brillantes dotes de que 
estaba adornado fueron heredadas de sus mayores. En el libra 
intitulado Les marques ¿Chonneur de la maison de Tassis, com- 
puesto por Jaques Chifflet é impreso por Moret en Anvere, en 
folio, año de 1645, en el que se trata largamente de dicha fa- 
milia, originaria de Lombardía, y cuyo primer apellido fué, se- 
gún parece, Turrianus ó La Tour (cambiado después en Tassis 
del nombre del monte Tasso, donde tenían casa y estado desde 
el siglo xiii), se lee que el Correo Mayor de Felipe II, D. Juan 
Bautista, hijo de Raimundo de Tassis, se halló en la guerra de 
Granada y asalto de La Galera, 1573, así como en la jornada 
del Peñón y Socorro de Oran. Que en 1585, el Rey le mandó 
acompañar al duque de Saboya (Carlos Manuel), que venía á 
España á casarse con la Infanta doña Catalina; y por último, 
que fué á la jornada de Portugal, á la que asistió, dicen, con 
gran lustre de galas, y particularmente de caballos, que si no 
en número, en calidad, al menos, excedían á los del Rey. En 
* su embajada extraordinaria á Inglaterra recibió de Jacobo I 
grandes honores y favores singulares, apareciendo en fiestas, 
y otros actos públicos con tanto esplendor y lucimiento, que 

(1} López de Tlaro, Nobiliario genealógicoy lib. VI, cap. UI. 



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LA CORTE DE FELIPE III 19 

en los dos años que allí residió gastó de su hacienda más 
de 200.000 ducados, dejando muy empeñada su casa, y es fama 
que entre otros regalos que de allá trajo no fué, por cierto, de 
menos consideración el de 200 caballos y yeguas de casta in- 
glesa, que para el Rey y particulares hizo venir. 

Fué caballero de grande opinión por su espada, y, por lo 
tanto, tenía dos heridas en el rostro, sacadas en desafíos, los 
más señalados y mejor combatidos de su tiempo. De las cinco 
veces que se halló en duelo, salió siempre victorioso y con 
gloria, mostrando ventajosísi mámente en otras ocasiones el 
valor de su persona. Tan señalado fué en los ejercicios de ca- 
ballero y manejo de las armas, que, según opinión asentada 
en estos reinos, fuéle vedado por ley el ejercicio de ellas, y que 
en cuantas justas y torneos hubo en su tiempo, alcanzó el 
premio de diestro jinete y buen alanceador. 

Este primer Conde de Villamediana no murió hasta el 12 de 
Setiembre de 1607, según refiere Cabrera de Córdova en sus 
Relaciones; y, por lo tanto, de creer es que, al tratar Pinheiro 
en su Diario (bajo el 2 de Junio de 1605) de las libreas que sa- 
caron los caballeros de la Corte, elogiando particularmente las 
de do7i Juan de Tassis (á quien no intitula conde), aludiese al 
hijo, no al padre. Como quiera que esto sea, si bien la fecha 
de Agosto de 1605, en que el autor portugués dice sucedió el 
lance del Conde con la Marquesa del Valle, está necesariamente 
equivocada, como después se probará, no hay duda de que el 
aludido en la Relación es don Juan de Tassis y Peralta, se- 
gundo Coude de Villamediana, el cual pagó después con su 
alevosa y desgraciada muerte los excesos que durante su vida 
cometiera. 

Mas examinemos detenidamente la Relación portuguesa, y 
veamos qué grados de verosimilitud pueda tener el suceso na- 
rrado, atendidas las circunstancias del caso y el carácter ge- 
neral del héroe. Que la aventura fué ruidosa y llamó por en- 
tonces la atención pública de nacionales y extranjeros, no 
puede dudarse, puesto que varios entre estos, principalmente 
venecianos y franceses, aluden á ella en términos que se dife- 



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20 REVISTA DE ESPAÑA 

rencian poco de los que señala Pinheiro. Tallemant des Reaux, 
entre otros, en sus Memorias publicadas en 1834 por M. de 
Monmerqué, literato de la vecina República, dice lo que sigue: 

»Durante la privanza del duque de Lerma, reinando Felipe III, 
padre del actual rey de España, el conde de Villamedlana hubo de 
enamorarse de cierta señora principal de la Corte, si bien es voz y 
fama que tuvo por rival al duque de üceda, hijo de aquel favorito. 
Lleno de celos, un dia, porque supo que la dama habia estado hablando 
con el Duque mientras se representaba una comedia, dejóse de tal 
suerte arrebatar de la pasión, que al salir del teatro metióse dentro 
del coche de la dama y dióla de golpes y puñadas hasta dejarle car- 
denales en el rostro. Aún hizo más: arrancóle de las orejas unas mag- 
níficas arracadas de perlas que ella llevaba pendientes y él mismo 
le regalara algún tiempo antes, las cuales se llevó el Conde, y vol- 
viendo al teatro, puso en manos de una comedianta muy célebre de 
aquel tiempo, llamada Gentileza, díciéndole; «Tómalas, que en este 
»mÍ8mo momento se las acabo de quitar de las orejas á fulana, que 
>es la mayor p... de toda la Corte, para dártelas á tí, que comparada 
»con ella eres honradísima.» 

»De resultas de este lance, que causó, como es consiguiente, 
grave escándalo y no poco ruido, por ser la dama una señora princi- 
pal, bien emparentada y mejor casada aún, hubo el Conde de ausen- 
tarse de la Corte y marcharse á Ñápeles. En cuanto á ella, fué tal la 
pesadumbre que tomó, que habiendo por el favor mismo del duque 
de Uceda obtenido para su marido el vireinato de las Indias, fuese 
allá con él y no volvió á parecer en la Corte (1). 

«Volvió Villamediana á Madrid después de muerto Felipe III. 
Siempre loco en materia de amores y arriscado cual niqguno, púsose 
á galantear una dama, que lo habia sido del Principe, ya á la sazón 
Rey Felipe IV. Estaba éste sangrado y habia, según costumbre, re- 
cibido espléndidos regalos, asi de los criados de su Real Casa como 
de los principales señores de la Corte, entre ellos uno que con- 
sistía en agujetas y banda {2]^ todas cuajadas de diamantes, que po- 



(Ij Error manifíesto; el autor quiso 8ÍQ duda decir Presidente de Indias, (fe cuya 
plaza tomó posesión D. Juan de Acuña en los primeros meses de 1609. 
(2) Aiguillettes et echarpe . 



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LA CORTE DE FELIPE III 21 

dian valer como unos 4.000 ducados, las mismas que el Rey envió 
luego á la dama de regalo. Fuéla acaso á visitar el Conde, y cono- 
ciendo la banda que tenia puesta, dióla celos. Ella contestó: «Pues si 
»es asi, os la doy de muy buena gana,- haced de ella lo que queráis.» 
Tomóla el Conde diciendo: «Acepto, y llevarela como recuerdo vues- 
»tro.» Pocos días después, pusósela y fuese á ver al Rey, el cual, como 
reparase en la banda, entró en sospechas de que su dama le hacia 
traición. Tomó, pues, un disfraz y fuese á casa de la dama, por ver si 
podía descubrir quién era su rival. Estaba á la sazón con ella el Con- 
de, el cual, al entrar el Rey en el aposento, aunque disfrazado de 
criado, conocióle por el rostro y ademanes. «¿Quién sois y á qué ve- 
>ni8 aquí? — le preguntó. — ¿Qué recado traéis de vuestro amo?» Y co- 
menzó luego á darle de empujones y á echarle fuera de la casa. No fué 
esto solo; para poderse vanagloriar algún dia de haber derramado 
sangre de la Casa de Austria, el Conde pinchó ligeramente con su daga 
al pretendido criado, que luego hubo de retirarse á Palacio corrido y 
avergonzado. Al siguiente día, el Rey, sin decir á nadie quién le ha- 
bía herido, mandó orden al Conde de salir inmediatamente de la 
Corte,- mas éste, desobedeciendo el soberano mandato, presentóse en 
Palacio, llevando en el sombrero una joya de esmalte con un diablo 
entre llamas y la siguiente divisa: 

Mis penado, menos arrepentido. 

>> Furioso el Rey> mandóle matar en el Prado de un mosquetazo que 
le tiraron dentro de su propia carroza, gritando el asesino: «Es por 
^mandamiento del Rey.» 

»Otros cuentan la muerte de Villamediana de diferente manera. 
Dicen que al pasar el Rey por delante del coche de un gran señor de 
su Corte que acababa de hacer matar al amante de su mujer, dijo al 
de Villamediana, que iba con él: «Escarmentad, conde,» y que éste 
le contestó: «Sacratísima Majestad, con amor no hay escarmiento 
»que valga,-» y que viéndole el Rey tan obstinado, dispuso que le qui- 
tasen la vida, según queda dicho. 

»Añaden que, representándose en Palacio La Gloria de Niquea, el 
Conde^ que andaba muy enamorado de la Reina, pegó fuego de intento 
al carro en que ella misma iba, á fín de que, creciendo y propagán- 
dose el incendio, tuviese él ocasión para cogerla impunemente en sus 
brazos y sacarla del escenario. Que efectivamente así sucedió; pren- 



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22 REVISTA DE ESPAÑA 

dio el fuego; el Conde tomó á la Reina en brazos para salvarla, y apro- 
vechándose de la ocasión, le declaró su pasión y la estratagema de 
que se había validó para hacerlo. En cuanto al sitio en que esto pasó, 
unos dicen que fué en el Palacio del Buen Retiro; otros que en las 
casas del Conde (1), adonde había invitado al Rey, la Reina y toda la 
Corte. Como quiera que esto sea, es lo cierto que, residiendo en Lon- 
dres Mr. de Saint Evremond, como embajador del cristianísimo Rey 
de Francia Luis XIV, en una de sus cartas á la duquesa de Mazarí- 
no le dice: «He visto áMilord Montaignu, el cual pretende reparar su 
»falta, si V. S. le promete ser su huéspeda, porque entonces pondrá 
»fuego á BU palacio, á ñn de salvarla entre sus brazos, como lo hizo 
»Villamediana.» 

»Y ya que de semejantes galanteos se trata, no quiero ni debo pa- 
sar en silencio lo que Mad.^^e Bertaut, madre que fué de Mad.^^® de 
Moteville, cuenta respecto á la Reina Isabel de Valois, tercera mujer 
de Felipe II. Dice, pues, que por los años de 1560, acompañando á 
España á dicha Princesa, cuando iba á desposarse con el Rey de 
España, un gran señor (2) de la Corte recibió al Rey, á la Reina y á 
toda su comitiva debajo de una magnífica tienda de brocado de oro, 
toda emparamentada por dentro de riquísimas tapicerías, y colocada 
en un ameno y risueño vallo de su estado, por donde los Reyes habian 
necesariamente de pasar; y que así que los hubo hospedado con la 
mayor magnificencia y se hubieron aquellos de ir continuando su 
jornada á la Corte, mandó entregar todo á las llamas, para que no 
volviesen nunca á servir tan preciosos objetos. Mas sospechando Fe- 
lipe II que tamaña galantería y tanto dispendio no podia causarlo 
otra cosa más que el amor, quiso asegurarse si su esposa había quizá 
fijado la vista en algún señor de su Corte, para lo cual dispuso que 



(1) No fué ni en una ni en otra parte, sino en Aranjucz (ComediA de la Gloria de Ni- 
qaea y descripción de Aranjiiez^ representada en au Real Sitio por la Reina Nuestra Se- 
noray la Señora Infanta Doña Maria y sus damas, á los fcUcisimos años que cumptiá el 
Rey Nuestro Señor Don Felipe ÍV, & los 8 de Abril de 1G22.) 

(2) ¿El duque del Infantado? Véase á este propósito la descripción que hace el Padre 
Enrique Flores del recibimiento que el Duque hizo á los Reyes en Guadalajara en Ene- 
ro, así como el que se les hizo en Toledo en Febrero, añadiendo: cLució mucho la fun- 
ción, y la Reina y damas estuvieron muy cortejadas, y podemos decir que satisfechas, 
pero con el mal ejemplo de tener la misma profusión otros señores, cuando perecían de 
hambre muchos pobres.» 



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LA CORTE DE FELIPE III 23 

á unas cañas qae con ocasión de sa desposorio habian de jugarse 
«Ignnos días después asistiesen los más jóvenes y galanes de su 
Corte. Preguntada doña Isabel quién de los caballeros presentes lo 
habia hecho mejor, la Reina le contestó con candidez: «Aquel de las 
muchas plumas en la cimera del casco.» — «Razón tenéis — repuso el 
Rey — porque el que tantas plumas lleva, debe de tener buenas alas 
y volar muy alto.» 



Qué crédito nierezcan las anteriores anécdotas de Tallemant 
des Reaux (historietas las llama él mismo) y otras que se leen 
en libros del mismo linaje, como los del holandés Aarsens de 
Somerdyck y la francesa Mad. Daulnois en tiempos en que ne- 
cesariamente la Corte de España llamaba la atención y exci- 
taba la curiosidad y hasta la envidia de los extranjeros, es 
punto que no nos detendremos en examinar; como quiera que 
casi siempre suele haber exageración, ya que no error palpa- 
ble en la narración y aprecio que de nuestras cosas y costum- 
bres hicieron aquéllos. Fuerza es confesar, sin embargo, que si 
las aventuras últimamente referidas del enamorado Conde no 
parecen de todo punto inverosímiles, no lo es tanto lo que á la 
Marquesa del Valle se refiere, puesto que Pinheiro mismo la 
trae y comenta como sucedida en su tiempo, no habiendo en- 
tre una y otra relación más discrepancia que la de llamar Du- 
<iue de Uceda á D. Cristóbal de Sandoval, cuando no era aún 
más que duque de Cea, error muy perdonable en un extranjero 
tjue escribía cuando menos un siglo después, y otras de menos 
cuantía. Verdad es que tampoco la relación de Pinheiro, hecha 
años después de su residencia en Valladolid y cuando ejercía 
en Lisboa el cargo de magistrado, está exenta de errores y ana- 
cronismos, como vamos á demostrar en seguida. 

En primer lugar, la aventura del Conde de ningún modo 
pudo tener lugar en 1605, como equivocadamente dice Pin- 
heiro, sino en 1611, puesto que, según Cabrera (Relaciones, pá- 
gina 444), en Julio de dicho año salía aquél precipitadamente 
para Ñapóles. El mismo escritor (pág. 324) cuenta que tres 
años antes, por Enero de 1608, de resultas de ciertos excesos 



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24 REVISTA DE ESPAÑA 

en Madrid cometidos y desobediencia á las pragmáticas recien- 
temente publicadas, había el Conde sido condenado á destierra 
de la Corte y sus alrededores, habiéndose probado ante un al- 
calde que en una sola noche había ganado al juego 50.000 du- 
cados, 30.000 á D. Rodrigo de Herrera y otros 20.000 al mar- 
qués de las Navas. 

El lance debió de ocurrir en Burgos, no en Valladolid, como 
del relato de Pinheiro se desprende; porque si bien desde Marzo 
de 1606, en que Felipe III se decidió á establecer de nuevo su 
corte en esta coronada villa, hubo alguna que otra vez de vi- 
sitar la ciudad últimamente nombrada, no consta hiciese allí 
larga residencia hasta el año de 1610, en que de resultas de la 
grave enfermedad del Príncipe D. Felipe — á quien unas calen- 
turas malignas pusieron á dos dedos de la muerte — hubieron 
sus padres de salir primero á Aranda de Duero, donde estaba 
su hijo, después á Valladolid y Lerma, y por último, á Burgos^ 
á dar gracias y cumplir el voto hecho al Santa Cristo por el 
casi repentino restablecimiento de su preciosa salud. 

Mas todavía hay un error muy importante en la Relación de 
Pinheiro, cual es el de hacer una sola persona de doña Angela 
de Guzmán, hija de Gonzalo de Guzmán, señor de Toral, y de 
doña Magdalena de Guzmán, hija de D. Lope, señor de Villa- 
verde. Aquélla fué marquesa de Valle-Cerrato por su casa- 
miento con D. Juan de Acuña, hijo natural del Conde de Buen- 
día, D. Juan, el cual, de oidor de la Chancillería de Valladolid^ 
visitador de las Audiencia de Granada y Sevilla, pasó á ser 
consejero de Castilla, presidente de Hacienda, Indias y Real 
de Castilla hasta su muerte, acaecida el 29 de Diciembre de^ 
1615, habiendo sido tres años antes, en 1612, nombrado Mar- 
qués de su villa de Cerrato. 

Esta doña Magdalena de Guzmán, á quien algunos escrito- 
res confunden con doña Mencia de La Cerda (1), su nuera, fué^ 

(1) Véase Rehcioms de Cabrera, páginas 338 y 616 en la correspondiente nota, 
donde equivocadamente se da por sentado que la marquesa del Valle se llamaba doña 
Mencia de la Cerda. Ésta, según queda dicho, fué mujer del tercer marqués, D. lier^ 
nando^ aquélla, viuda del segundo, muerto en 1602. 



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LA CORTE DE FELIPE IIF* 25 

según queda arriba dicho, hija de Lope de Guzmán y esposa 
del segundo Marqués del Valle de Oaxaca, D. Martín Cortés, el 
cual estuvo antes casado con doña Ana de Arellano. Dejó don 
Martín un hijo llamado D. Hernando Cortés y Arellano, quien 
á la muerte del padre, ocurrida el afiio de 1602, heredó el estado 
y casó con doña Mencia de La Cerda, hija de D. Pedro Fernán- 
dez de Cabrera y Bovadilla, segundo conde de Chinchón, y de 
doña Mencia de La Cerda, su mujer. Murió la dicha marquesa 
del Valle, doña Mencia, en primeros de Julio de 1618. 

Ahora bien: al decir Pinheiro que la marquesa, obsequiada 
á un tiempo por el de Villamediana y por el de Cea, se vio en 
pocos días de mujer de un pobre hidalgo y letrado hambriento, 
fiscal de la Audiencia de Valladolid, convertida en marquesa 
del Valle con 200.000 ducados de renta, es claro que no pudo 
aludir más que á doña Ángela, Otro tanto puede decirse de 
una de las coplas al fin de la Relación puestas en boca de Villa- 
mediana, donde éste, apostrofando á su querida, le dice: 

cDonde veo que no puede 
redimirse el alma mia, 
pues puede perderla el Ángel, 
mas no cobrarla perdida.! 

Todas las demás referencias que en la RelaciM se hacen «á 
»lá herencia de Cortés, á haber el marido sucedido al herma- 
»no:& — cosa que sólo pudo verificarse en don Pedro Cortés, 
cuarto Marqués — así como los retruécanos, asaz frecuentes, de 
cortés y cortesia^ bastantes por sí solos para aumentar la confu- 
sión en el presente caso, no pueden menos de aplicarse á la 
marquesa del Valle de Oaxaca^ viuda de D. Martín Cortés (doña 
Magdalena de Guzmán), y de ninguna manera convienen á 
doña Ángela de Guzmán, marquesa del Valle de Cerrato, 

Sentado este punto, pasemos á tratar de la viuda de D. Mar- 
tín Cortés, segundo marqués del Valle de Oaxaca, muerto, se- 
gún queda dicho, en 1602. Antes de dicho año, en Agosto ó 
Setiembre de 1601, la hallamos ya de aya de la Infanta Doña 



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26 *• REVISTA DE ESPAÑA 

Ana, bautizada en San Pablo de Valladolid el domingo 9 de 
Octubre de dicho año. Mas, según Cabrera de Córdova en sus 
Relaciones y ya antes citadas, (p. 191), doña Magdalena pidió li- 
cencia al Rey para dimitir su cargo y salir de Palacio, de re- 
sultas de haberse mudado el orden interior, con respecto al 
cuarto de la Infanta, alegando la Marquesa que de noche no 
podía ella, por su edad y achaques, dormir en el cuarto de S. A-, 
y que la condición con que había aceptado dicho cargo era de 
que había de haber en él portería. Aceptósele la dimisión y fué 
nombrada en su lugar la condesa de Altamira (doña Leonor de 
Sandoval). 

«Y según la mano que ha tenido en los casamientos de estos seño- 
»res, y en reconciliarlos de algunos disgustos y otras cosas de impor- 
»taDCÍa que pasaban por su mano (añade aquel escritor], no se puede 
»dejar de creer que la ocasión de salir de Palacio no sea muy nr- 
»gente y grave, y así ha causado admiración en toda la Corte.» 

Grave, en efecto, debió ser la culpa, puesto que en Marzo 
del mismo año, á los pocos días de haber dimitido su cargo, un 
alcalde de Corte se presentaba en casa de la Marquesa y llevá- 
bala presa á ella y á su sobrina, doña Ana de Mendoza, á la 
fortaleza de Brihuega, y desde allí á Simancas; y que nombra- 
dos jueces de su causa D. Diego de Ayala y D. Juan Ocón, del 
Consejo Real, se procedió con diligencia á su causa. En Enero 
de 1605 recayó sentencia, privando á una y otra de residir en 
la Corte y madándolas escoger monasterio donde retirarse. En 
Febrero del mismo año, bajó auto del Consejo destinándolas á 
Logroño, á una casa contigua á un convento de religiosas, que 
se les señaló por habitación, aunque no por prisión, pudiendo 
salir y entrar y ser visitadas de su deudos y amigos, aunque 
habían de estar siempre acompañadas de una dueña llamada 
doña Jerónima, y les estaba estrictamente prohibido escribir y 
recibid cartas. Por último, en Mayo de 1608 leemos en Cabrera 
Relaciones (p. 338) que, tanto la Marquesa como su sobrina 
doña Ana, estaban ya muy en gracia de los Reyes y del Du- 



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LA CORTE DE FELIPE III 27 

que, y que se esperaba en breve que volviese aquella a la anti- 
gua privanza y á su plaza en Palacio. 

Mas ¿cual pudo ser la causa de la persecución de tía y so- 
brina? No lo declara Cabrera, fiel, aunque reservado cronista de 
estos tiempos. Sólo sí apunta que cuando en Toledo se proce- 
dió á la prisión de ambas señoras, lo primero que hizo el alcalde 
Silva de Torres fué apoderarse de tres escritorios con papeles 
que en su aposento tenía la Marquesa, además de una carta que 
estaba á la sazón escribiendo, añadiendo que su sobrina, doña 
Ana de Mendoza, fué tratada, si cabe, aún con mayor rigor. 
El veneciano Contareni, en la relación oficial que hizo á S. S. 
al terminar el año de 1605, da á entender que la Marquesa co- 
rrespondía con grandes señores desafectos al duque de Lerma. 
A lo que otro escritor coetáneo añade : 

«De las cosas de esta señora no tengo particular noticia, pero 
>bien se compadece ser justa su prisión y no estar sin alguna culpa: 
»que los hombres juzgan por los dichos de los hombres. Así, pues, 
>es de creer que la Marquesa misma esté satisfecha de cuan sin pa- 
»sion se procedió en su causa, pues está agradecida de quien pudiera 
«estar quejosa, que es el duque [de Lerma], el cual, si esta y otras 
»cosa8 ha puesto en manos de la Justicia, no es para recato ú interés 
apropio, sino por el servicio de S. M., que siempre prefiere.» 

Palabras son estas últimas de un caballero de Santiago, 
muy aficionado y gran servidor del duque de Lerma (1), las 
cuales no nos dan, ni con mucho, la clave del misterio. Que la 
principal ofensa fué dirigida al prepotente valido, ó á su secre- 
tario, Pedro Franqueza, creado conde de Villalonga en 1603, no 
cabe, á nuestro modo de ver, género de duda. Quizá tenga el 
asunto alguna conexión con el proceso, no menos ruidoso, que 
por el mismo tiempo se formara al clérigo íñigo Ibáñez de San- 
tacruz, autor del célebre papel intitulado Del confuso y mal go- 
lierno del Rey pasado, aludiendo á Felipe II, y en el cual, aparte 

(I) Don Juan, Duque de Estrada, vecino de Tala vera de la Reina. 



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28 REVISTA DE ESPAÑA 

de severos cargos dirigidos contra la administración del mar- 
qués de Castel Rodrigo, Rodrigo Vázquez de Arce, el secretaría 
Mateo Vázquez de Lecca, el Cardenal D. Fernando Niño de 
Guevara y otros, se daba alguna que otra dentellada al nueva 
sistema de gobierno introducido por el Duque. No era el favo- 
rito de Felipe III hombre para aguantar oposiciones salidas de 
su propia secretaría y cámara, y asi es que el buen clérigo fué 
preso en Febrero de 1600, aunque, según observa un historia- 
dor de aquel tiempo, «créese que saldrá mejor de su causa da 
loque al principio se pensó.» En Octubre, después de ocha 
meses de prisión en Madrid, fué llevado al castillo de Burgos, 
del que era alcaide titular el de Lerma, debiendo estar allí re- 
cogido á voluntad de S. M., sin imponérsele pena alguna, sina 
al contrario, señalándole 1.000 ducados de ayuda de costa para 
el viaje. A los que prendieron con él por haber hecho y circu- 
lado traslados de su papel, dieron luego por libres, y al poca 
tiempo sobreseyóse del todo en su causa. 

En Valladolid, donde se hallaba después de perdonado, fué 
preso por segunda vez el 19 de Abril de 1603 por haber hecha 
otro papel al son y compás del primero, el mismo que pensaba 
poner en manos de S. M. por medio del Confesor, advirtienda 
en él que, para remediar abusos y corregir los vicios de la ad- 
ministración, convenía retirar de los negocios á D. Pedro Fran- 
queza y á D. Rodrigo Calderón, puesto que ambos se dejaban 
cohechar y vendían los cargos públicos. 

Esta vez el clérigo no salió tan bien librado; fué reducido á 
estrecha prisión, teniéndole en su propia casa un alcalde de 
Corte con grillos á los pies y esposas en las manos, hacienda 
ademanes y diciendo cosas de loco, como si hubiera perdido el 
juicio, no obstante lo cual fué condenado á degollar y en la 
mitad de su hacienda; si bien, conmutada después la sentencia,, 
lleváronle primero al castillo de Fuensaldaña, y después al 
de Simancas, á Juicer compañía a la Marquesa del Valle yásusa^ 
irina, «donde se cree quedará siempre recluso por obstinado é 
incorregible.» 

Condenado por último á galeras, y hallándose al efecto en 



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LA CORTE DE FELIPE III 29 

Cartagena por Junio de 1605, mandáronle de repente volver á 
la Corte, siendo voz y fama de que le iban á dar empleo, por- 
que el Duque le tenía afición (1), y aquí es digno de notarse 
que, tanto el perdón al Secretario loco (así le califican escrito- 
res del tiempo) comp el alivio de la prisión de la Marquesa y 
su sobrina, coinciden de manera tal, que da lugar á sospechar 
que tanto éstas como aquél tomaron parte en alguna de esas 
intrigas palaciegas tan frecuentes en los reinados de los dos 
Felipes, II y III, encaminadas á derribar la supremacía- de un 
valido. 

Basta, nos parece, lo dicho, para afirmar que doña Magda- 
lena de Guzmán, marquesa del Valle de Oaxaca por su casa- 
miento con D. Martín Cortés, y viuda desde 1602, es distinta 
persona de doña Ángela de Guzmán, marquesa de Valle Ce- 
rrato. Que á esta última hace referencia la amorosa y casi trá- 
gica aventura de Villamediana, no cabe, en nuestro concepto, 
eluda alguna, siendo muy de notar que Thomé Pinheiro sea el 
primero que de ella hace mención. 

Algo más pudiera añadirse con respecto á la primera y al 
favor que disfrutara en el anterior reinado, viviendo aún su 
marido D. Martín; pero no cumpliendo por ahora á nuestro 
propósito el averiguar vidas ajenas, pondremos fin á este ar- 
tículo, restableciendo los hechos consignados en la sabrosa 
cuanto picante relación de Thomé Pinheiro. 



Pascual de laayaiígos. 



(1) No hallamos más noticias de él sino que murió en Madrid á últimos do Julio 
dclGfO. 



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EL ARTE NATURALISTA 



Como el arte abraza la síntesis y complejidad de la vida, 
debe ser juzgado sin prescindir de las teorías que le informan^ 
observando preferentemente la emoción estética que produce. 
No implica tal distinción un eclecticismo; antes bien supone 
una advertencia, que interesa para la crítica artística, por la 
complejidad del asunto en que se ocupa. 

La idea de lo bello, dice Wundt, responde á la de orden, 
de lo cual procede la fácil y frecuente confusión del ideal esté- 
tico con el moral y religioso. Queda nuestro sentimiento esté- 
tico satisfecho, afirma Arréat, cuando el mundo nos aparece 
como un conjunto bien ordenado, donde se realiza la armonía 
que sentimos en nosotros mismos, ó que queremos producir, y 
confundimos fácilmente el orden que es lo bello pon .el orden 
que es el bien ó la verdad, aunque sean distintos para nuestra 
intuición. 

Peligra, con tales precipitaciones de juicio, la libertad del 
arte, á la vez que la subsistencia propia de la emoción estética, 
supeditada por unos al bien, por otros á la verdad (y aun á la 
verdad parcial ó de escuela) y por muchos á una idea precon- 
cebida. Cual anillo al dedo viene el recuerdo del aforismo de 
Lange: «Si la realidad es una síntesis, la ciencia es un análi- 
»sis.» Es, en efecto, la obra artística una síntesis, y es la crí- 



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EL ARTE NATURALISTA 81 

tica un análisis. Para penetrar en la complejidad sintética de 
la primera, debe la segunda distinguir el procedimiento, el 
molde ó la manera de hacer del contenido, examinando ambos 
con discreción reflexiva, siquiera se reconstituyan después en 
la síntesis, á que debe su existencia la emoción estética. 

Aplicando esta distinción al arte hoy en boga, al denomi- 
nado naturalista^ nos atrevemos á adelantar que del llamado 
naturalismo quedará el procedimiento, \QLfactura\ pero su idea 
preconcebida, su sentido filosófico, que condensa la realidad en 
la mesa de disección é identifica la vida con la Patología, como 
indicio de un negro pesimismo determinista, habrá de desapa- 
recer, y aun de hecho está desapareciendo, porque mutila la 
realidad, quizá intencionalmente, tal vez como consecuencia 
de las exageraciones inherentes á toda innovación. 

Reconocido se halla el hecho á que nos referimos en la pre- 
ceptiva naturalista. En las célebres polémicas que E. Zola man- 
tiene contra sus adversarios para defender las nuevas doc- 
trinas literarias, convirtiéndose audaz é inmodestamente en 
crüico de si mis7no, llega á decir que «toda protesta revolucio- 
»naria implica alguna reacción.» Comentario vivo de la sen- 
tencia del maestrees la afirmación de P. Alexis (1): «En arte, 
»el éxito se decide siepapre por las notas extremas; la multitud 
»6s una mujer, que prefiere ser violada á ser cortejada.» Las 
notas extremas y las protestas violentas, conquistan el favor 
del momento y pierden el éxito definitivo (2). Así lo presiente 
la crítica y así lo anuncian leyes de la realidad y del arte. Las 
terribles enemigas que entre sí mantienen los hijos de Apolo, 
tienen mucho de locales, bastante que es hijo de las circuns- 
tancias, y no poco de las contingencias momentáneas, dentro 
de las cuales vive el arte y sigue la vida entera su ley pro- 
gresiva. 

(1) P. Alexis. E. Zola. — Notes d'un ami, 

(2) El mismo Zola reconoce su exageración doctrinal, cuando dice: cLa naturaleza 
ifaa entrado en nuestras obras con tal ímpetu, que las ha llenado, subyugando y arras- 
•traodo los personajes. Esto era fatal. Conviene dejar al tiempo que fije la fórmula nue- 
»va de ponderación para llegar & au expresión exacta.'» 



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82 REVISTA DE ESPAÑA 

Según dice Arréat (1), «las obras de arte son trozos del vasto 
^análisis que requiere nuestra naturaleza, y se necesita, para 
»llevar á cabo este análisis, variar constantemente el punto de 
»mira, y renovar^ por consecuencia, las formas del arte. ^ A ello 
contribuyen las luchas de las escuelas; pero pasa el fragor de 
la batalla; se inicia á través del descenso del tiempo lo que al- 
gún crítico ha llamado ley del optimismo de la distancia; se 
apagan los fuegos; cesan las hostilidades, y se rectifica y am- 
plia el criterio artístico. Si la protesta revolucionaria implica 
una fuerte reacción (de lo cual ofrece ejemplo el romanticismo), 
la estática inalterable degenera en un impulso innovador (bue- 
na prueba de ello es el pseudo-clasicismo), imponiéndose de 
esta suerta el a%rea mediocritas de Aristóteles (2) como la ley 
implícita en los progresos del arte y como la piedra de toque 
según la cual se formula el juicio definitivo respecto al valer 
y representación de las más opuestas escuelas literarias y de 
sus más esclarecidos adalides. 

Cuando el progreso lento de los tiempos ha declarado ex- 
temporánea la lucha entre clásicos y románticos, y ha demos- 
trado que sería estéril continuarla, pues ha dado de si cuanto 
podía dar, es decir, concepto más amplio de materia y forma 
artísticas, parece justificado presumir qu^ no debe estar lejano 
el día en el cual cese también la manoseada contradicción que 
hoy se establece entre las escuelas literarias naturalista é ideor- 
Usía. A un error idéntico llegaron ambas, aunque por distinto 
camino, y á una rectificación fecunda de este mismo error han 
de contribuir ambas escuelas, merced á la eficacia del tiempo, 
que menosprecia el mote y sobreestima la cosa, dando relieve 
al gran principio horaciano; ¡Scribendi recté^ sapere est et prin- 
cipium et/oTis. 

Si la realidad es prisma de infinitas caras, que la percepción 
científica se asimila por partes y la emoción estética esculpe y 
expresa en aspectos parciales, ciencia y arte, lo mismo que las 



(1) L. Arréat. — La morale daña le drame, Vepopée et le román. 

(2) A esta misma idea se refiere el in medias re«, del precepto clásico. 



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EL ARTE NATURALISTA 33 

grandes energías del espíritu colectivo que tejen esta delicada 
urdimbre de la cultura humana, son dinámicas y no estáticas, 
progresan y adelantan por grados, á medida que crecen sus 
perspectivas. 

De igual modo que el hombre que asciende por una mon- 
taña va descubriendo más amplio horizonte, sobre todo com- 
parado con el limitado que percibía en el fondo del valle, el es- 
píritu colectivo, que asciende por esta escala de Jacob que se 
llama el progreso humano, va descubriendo, desde cada peldaño 
que gana, más amplio y extenso horizonte, que le ofrece con- 
dición favorable para rectificar las miopías de que antes fuera 
víctima. Pudiera en este sentido afirmarse, contra todo resabio 
paradójico, que en el orden ideal, como en la realidad, «la his- 
^>toria del error es á la vez la del progreso de la verdad.» 

Ley es esta que se enunciaba antes diciendo que la lógica 
del error es tan inñexible como la de la verdad, y que los ex- 
tremos se tocan y caen los unos en los mismos vicios y defec- 
tos de los otros. Es, en efecto, principio del orden práctico y 
del especulativo que las ideas toman carta de naturaleza en la 
vida á costa de las que combaten y niegan, y heredando de 
éstas muchos de sus vicios é imperfecciones. Nunca responde 
la realidad á la ilusión, jamás la práctica traduce todo el ideal, 
siempre existen impurezas en la realidad. Y es que tiene la 
realidad, dentro de su complejidad, muchos y más variados 
puntos de vista que los que pretende descubrir un análisis su- 
perficial; es que el progreso humano no es obra hecha de una 
pieza, sino empresa llevada acabo por continuos, lentos y 
graduales esfuerzos; es, finalmente, que la ruda labor de la 
historia depura sólo parcialmente el error y la escoria de lo pa- 
sado, dejando siempre camino abierto á nuevas y superiores 
evoluciones. 

No sustituyó, por ejemplo, en el orden práctico la Revolu- 
ción francesa, base de todo el derecho moderno, el antiguo ré- 
gimen con los nuevos ideales, sin pasar por la virulencia de su 
jacobinismo autoritario, cuyas vertiginosas arbitrariedades más 
parecían inspiradas en la negra noche del absolutismo que to- 

TOMO CV 8 



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84 REVISTA DE ESPAÑA 

madas de aquellos hermosos y filantrópicos sueños sintetiza- 
dos en la libertad, la igualdad y la fraternidad. De igual modo 
no se implantó en el orden teórico la protesta, representada 
por el empirismo positivista, sin ceder y caer éste en sus últi- 
mas representaciones en una graú exaltación idealista, apa- 
rentando ser, como se le denomina usualmente, un idealismo al 
revés. Algo muy semejante ocurre en el orden literario con el 
triunfo, al parecer decisivo, del arte naturalista (1). 

Ha comenzado el naturalismo con Zola á tomar puesto en 
la historia y en la vida como protesta revolucionaria contra 
el arte idealista, siquiera se supedite á un sistema y á un 
j)ar¿¿ pris tan absoluto cual lo era aquel que pretendía com- 
batir. 

Zola tiene vestidura empírica que oculta su exaltación 
idealista. Su fiel amigo y discípulo P. Alexis dice de él: «Hom- 
»bre de fe y de espíritu ardiente, aunque se apellida positi- 
»vista, ¿iene del sacerdole una dulce gravedad, una ternura afa- 
*ble, y, sobre todo, una persistente melancolía que procede do 
*la conciencia de la nada del todo. » Pero este relieve personal 
del idealismo de Zola adquieije plasticidad innegable en la ma- 
yor parte de sus obras, aun en aquéllas en las cuales el gran 
pontífice ha querido personificar su experimentalismo impeni- 
tente. Así, por ejemplo, en la Fortune des Rougon existe un 
idealismo desbordado en el idilio de Miette y Silverio; en la 
Curée aparece la misma nota melódica en el oro y la carne; 
en Le Voüre de París, descripción de la naturaleza muerta, 
rebosa el simbolismo idealista en la «sinfonía de los quesos» y 
en la «digestión de la gran ciudad;» en Une page d'ainour se 
halla el núcleo de la obra dentro de las comentadas descripcio- 
nes de París, y en la Faute de Vahhé Mouret se lee todo un poe- 



(1) En medio del triunfo y boga del naturalismo, toma el idealismo á veces curioso» 
desquites contra los que le denuestan. Flaubert, el autor de M&d, Bovari/j y O. 
Elliot, el autor de Adain Bede, ambos han concluido queriendo pintar Santas Teresa» 
y ascender con prodigioso vuelo desde los más inferiores peldaños del naturalismo por 
cima de las esferas idealistas hasta el puro misticismo. 



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Eí- ARTE NATURALISTA . 85 

ma en prosa, la descripción del Paradou, idilio adámico, como 
le llama el mismo Zola (1). 

Desde sus puntos de vista exclusivos, el idealismo con sus 
exageraciones clásicas, y el naturalismo con sus virulencias 
innovadoras, llegan á anular lo más personal y de más relieve, 
el estilo, supeditando al artista á la pauta ó patrón hecho déla 
escuela literaria en que figura. ¿Quién no recuerda como una 
excepción los contados académicos (dioses olímpicos del idea- 
lismo) que siguen escribió ado con la naturalidad que lo hacían 
antes de llegar á ser inmortales? ¿Quién no ha leído las reti- 
cencias con que Zola, por ejemplo, admite ante sus partidarios 
á Daudet, cuya delicada percepción artística y cayos rasgos 
personales igualan, cuando no superan, ala observancia del 
dogma fundamental del naturalismo? 

El idealismo con sus soñados tipos de belleza absoluta, 
supremas é inmóviles entidades de la mente divina, y el na- 
turalismo con la plancha fotográfica á que reduce la inspira- 
ción del artista, cual simple colector de lo que recoge en la ob- 
servación exterior, amb'js á la vez anulan en sus extremas de- 
ducciones el factor personal, reduciendo al artista á ser un 
simple rapsoda. Olvidan los primeros que el tipo de la belleza, 
aunque se le considere como absoluto en cuanto se realiza y 
determina, tiene que ser dinámico y manifestar su evolución y 
desarrollo, principalmente por la emoción estética que des- 
pierta en el artista y que éste hace después surgir mediante su 
inspiración en el público. Del otro lado, desconocen los natu- 
ralistas que el genio, impresionado por la belleza real, queda 
modificado por ella, y según esta modificación produce su 
obra, en la cual, como dice Goethe, va dejando algunas veces 
hasta pedazos do sus entrañas, hondamente conmovidas por 
este intenso saber mirar y ver, á que se refiere, en primer tér- 



(1) cNos ha sorprendido agradablemente— dice A/. hmnBiierfi—'sex á M. Zola volver 
«casi al idilio. Existen páginas encantadoras en la narración de los amores de Sergio 
»Mouret y de Albina, y la naturaleza virgen y salvaje que les rodea está pintada con un 
«extraordinario vigor en el colorido.»— Bbüketiere, Le román rvilureXitíñ. 



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86 REVISTA DE ESPAÑA 



mino, la inspiración artística. Aunque se pretenda, como algu- 
nas veces lo intenta Zola, identificar el arte con la ciencia 
experimental, ¿cómo ha de ser posible que pase para nadie 
inadvertido que la experiencia vale por su interpretación^ hija 
dQ aquel saber mirar y ver propio del genio?; ¿Cómo se ha de 
olvidar que esta interpretación revela la intervención del fac- 
tor personal, si el experimentalismo consiste en descomponer 
la experiencia presente para componer la futura en síntesis que 
engendra la obra de arte, ó en previsión, que es producto de 
la ciencia, y á que debe ésta el nobilísimo oficio de conquista- 
dora que la reconoce Lange? 

La síntesis de las concepciones artísticas no se refljéja en la 
luna insensible de un espejo, ni en el cliché, de asimilación me- 
cinica, de la plancha fotográfica, sino en el alma del artista, 
que siente, obra y vive y se emociona ante la impresión; por- 
que, como dice StuartMill, podrá ser todo lo material que se 
quiera la vibración que nos impresiona, pero la sensación es 
toda ella espiritual é interna, y al estado específico de nuestro 
interior obedece por lo menos en igual grado que á las leyes 
físicas, según las cuales la excitación se ha producido. La idio- 
sincrasia moral del artista constituye su personalidad. 

Quien la desconozca rebasa los amplísimos límites, conce- 
didos al artista por el precepto horaciano: pictoribus atque 
poeíis; pues, según dice Brunetiere (1), «el artista tiene dere- 
»cho á todo, menos á mutilar su naturaleza.» Queda mutilada 
ante la preponderancia exclusiva que la estética naturalista 
concede á la teoría del medio. 

Cuantas generalidades, ocurrencias, rasgos geniales, episo- 
dios imaginativos y recursos personales ponía á contribución 
el arte idealista, son sustituidos por el naturalismo mediante 
la descripción del medio y condiciones naturales que rodean á 
los personajes y que encadenan los sucesos cual producto infle- 
xible y resultado fatal de uq determinismo de circunstancias 
más ficticias que reales. 

(1) Bra'NETiERE. r.e román «ai uraíisíe. 



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EL ARTE NATURALISTA 87 

Citemos á granel, para que no se estime que exageramos, 
reglas y preceptos de Zola (1): «Desmontamos pieza por pieza 
»la máquina humana (2) para hacerld funcionar bajo la in^ueíi- 
»cia del medio... Mi convicción es que la fórmula naturalista 
»consiste en el deseijfiplvimiento de la fórmula clásica, am- 
»pliada y adaptada á nuestro medio... Desearía que se colocase 
»al hombre dentro de la naturaleza, en su medio propio, ex- 
»tendiendo el análisis á todas las causas físicas y sociales que 
»le determinan... Los naturalistas describen mucho, no por el 
»el placer de describir, sino porque entra en su fórmula defer- 
»mtnar y completar el personaje por su medio,.. Un clima, un 
»país, una habitación adquieren frecuentemente una importan- 
»cia decisiva. El novelista expone sencillamente á cada mo- 
»mento las condiciones materiales según las cuales obran los 
»seres y se producen los hechos; evoca la realidad entera... El 
»personaje es un producto del aire y del suelo... La descripción 
»es un estado del medio, que determina y completa al hombre.» 

¿Qué es, ante esta doctrina, el personaje? Zola llega á de- 
cirlo con su habitual franqueza: el cadáver humano^ maniquí 
llevado por el vendaval omnipotente del medio. Mueren los 
personajes y queda uno solo, el medio, que es el coro aníigiio. Al 
Politeismo del arte griego, que era enjambre inagotable de las 
bellísimas síntesis que su historia ofrece, sustituye la nueva 
doctrina estética, el Panteísmo del medio natural. Si el rigor ló- 
gico de la teoría se tradujera en la práctica, el naturalismo no 
hubiera producido obras de arte (3). 

( t ) V . Zola . Le Román expérime rila I . 

(2) hln este sentido dice el ingenioso escritor Amicis que tZola es un gran meciinico. » 

(3) A pesar de estas teorías, puede ser considerado Zola como un gran artista; por- 
qoe en las obras que produce, apenas si ro realiza ninguno de sus 'prfncipios teóricos. 
Como dice M. BncNETiERB, la discusión pasa por cima de Zola, el cual en vano se pro- 
clama realista ó naturalista, sin que tenga nada de común como novelista con las doc- 
trinas que profesa. Y no es este caso único, pues la divergencia entre el arte productor 
y el arte critico es muy frecuente. La preceptiva de Goethe es soporífera, pertenece al 
género fastidioso; la de Campoamor es paradógica, y el arte productor de ambos llega á 
las cimas. 



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88 REVISTA DE ESPAÑA 

Esta teoría es un simbolismo idealista, con aparatosas for- 
mas experimentales; porque la supuesta inflexibilidad de las 
circunstancias y del medio natural son factores complejísimos, 
cuya trayectoria se rompe y trunca á consecuencia de las mil 
y mil vicisitudes de la vida, sin que la Qbservación más peis- 
picaz pueda previamente anticipar esos cortes y soluciones de 
continuidad, que constituyea la más grande maravilla de la 
lucha que el hombre mantiene entre sus instintos, que le sirven 
de acicate, y las excitaciones externas que le rodean. Así es 
que no será lícito poner, por ejemplo, á contribución el medio 
social para concebir una novela sobre la locura, fingiendo que 
se reúnen en un mismo personaje (el marido de Carlota) todos 
los síntomas de dicha enfermedad, cuando la ciencia sólo los 
halla aislados. Ni es, por otra parte, exacta y real la descrip- 
ción que Flaubert hace de Ch. Bovary, al cual condenan anti- 
cipadamente carácter, condiciones y medio social al papel de 
predestinado^ según denomina Balzac á la mayor parte de los 
que sufren el yugo matrimonial. Aun siendo la novela de mon- 
sieur Flaubert la mejor del género (1), se comprende, desde las 
primeras páginas, que aquel marido está destinado á ser enga« 
fiado por su mujer, y que en la entraña de su novela va á 
triunfar Mesalina de Juvenal, según afirma la acusación que 
el fiscal del imperio formula contra la obra, obedeciendo á la 
mojigatería oficial que privaba durante la corrupción napo- 
leónica. 

Mutilado el carácter humano y el medio social en que los 
individuos se mueven, cuantas maravillas de estilo, de obser- 
ción y perspicacia derrochan en sus obras los naturalistas, sir- 
ven para probar lo peregrino de su ingenio, pero son insufi- 
cientes para disimular la idea por ellos preconcebida. Bordan 
con filigranas de forma el documenio humano\ satisfacen quizá 
los anhelos de protesta contra necias convenciones sociales, 
pero no son realistas, como pretenden, sino idealistas, aun re- 

(l) El mismo Zula lo reconoce, cuando dice: tEn Flaubert el medio interviene según 
miii prudeulfi equilibrio] no ahoga al personaje, casi siempre se umita á determinarle.» 



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EL ARTE NATURALISTA 89 

negando del idealismo; obran tal vez según las exigencias del 
momento, pero en sus teorías late el sentido exagerado de una 
reacción que no ha de durar para lo sucesivo, porque en arte 
nada subsiste sino por la perfección de la forma y por la ver- 
dad completamente humana del fondo. Así lo reconoce Zola, el 
mismo pontífice de la escuela, cuando encomienda al tiempo 
la misión de fijar la nueva fórmula de ponderación para llegar 
á su expresión exacta. Ellos han ahogado al individuo con la 
omnipotencia del medio. 

Para pintar con exactitud la verdad humana del fondo ar - 
tístico, hay que tener en cuéntala corriente que se establece 
entre el medio que inñuye, el hombre físico que es influido y 
el individuo moral que obra y reobra elaborando y trasforniando 
las impresiones del mundo exterior. Cuando se estima como 
único factor de la vida el hombre físico fatalmente influido por 
las circunstancias, y se olvida el hombre moral, que reobra y 
lucha para vencer ó ser vencido, se desconoce la realidad ar- 
tística y se cae en un simbolismo idealista, cuya muerte será 
obra de una nueva protesta, nacida al calor de mejor y más 
exacta observación de ese fondo sin fondo que se llama el co- 
i*azón humano. 

Contra él, y contra la complejidad de la vida y contra las 
síntesis del arte, va la teoría del medio. Siempre se ha estimado 
el arte como el símbolo más plástico, cual la enseñanza de más 
relieve, al par que personificación viva de la lucha perdurable 
entre la libertad del individuo y la necesidad que por todas 
partes le rodea. 

El instinto frente á la razón, las pasiones contra el deber, 
las concupiscencias y los deseos en faz de la templanza y el 
dominio de si mismo; aquí el triunfo de los primeros elemen- 
tos, allá su derrota; ahora la exaltación, después el menospre- 
cio; siempre el cambio de luz y sombra; tales son los limbos de 
donde toma la inspiración artística el asunto de sus creaciones, 
imponiéndose como ley el contraste, fuente inagotable déla 
belleza. 

Cuantos elementos artísticos (y son muchos en la comple- 



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40 REVISTA DE ESPAÑA 

xión de la realidad) exceden el límite de la iniciativa libre del 
individuo; cuantos factores tienen eco en la existencia huma- 
na con impulsos que del hombre trascienden, constituyen la 
sinksis de la necesidad (uno de los factores, no el único, de la 
obra artística) que lucha con la libertad. Estos factores eran 
simbolizados antiguamente en el coro, y se condensan para el 
naturalismo en el medio exterior y social como único elemento 
artístico. 

Tiene, pues, dilatado abolengo la doctrina del medio. Las 
antiguas concepciones teogónicas; las creencias religiosas de 
más remoto origen, el ananké griego, la fatalidad clásica, 
la gracia cristiana, la superstición de los siglos medios, la 
exaltación de un idealismo vaporoso en la literatura caballe- 
resca, las interpretaciones cabalísticas de sutiles conceptos me- 
tafísicos y teológicos, todo aquello que causa resonancia en el 
mar sin orillas de la sensibilidad humana y gravita en la ba- 
lanza inestable de la voluntad, se personifica en el coro coma 
factor que colabora con el hombre á la producción de la obra 
artística. En ella aparece siempre el hombre cual Prometeo en- 
cadenado. 

¡Cuan fatídica hermosura revela esta inmensa cadena! Sus- 
eslabones han sido indefinidamente referidos, unas veces á 
fuerzas misteriosas y desconocidas, otras á agentes sobrenatu- 
rales; bien á ideas de formación mítica, bien á creencias de ve- 
getación espontánea; ora á lo infinito y suprasensible, ora á la 
limitado y envuelto en las sombras de la superstición, con múl- 
tiples, varias é incoherentes representaciones plásticas, según 
la concepción genésica á que han debido su origen; pero sieni- 
pre, siempre han significado algo que excede del dominio del 
hombre sobre sus potencias, ofreciéndole campo extenso para 
las luchas y contrariedades en que, ya vencido, ya victorioso, 
revela el eterno Prometeo destellos de su inspiración y de bu 
genio. 

Teogónico y cosmogónico el coro en la antigüedad clásica,, 
teológico y religioso en la Edad media; metafísico, ideal y 
simbólico en la literatura romántica; virulento y anárquico en 



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EL ARTE NATURALISTA 41 

el arte revolucionario, en todo tiempo aparece como fiel reflejo 
de las ideas» creencias y anhelos de la época, como personifica- 
ción del espíritu colectivo que mantiene diálogo eterno con el 
individual, para que el contraste no se agote en la realidad y 
la belleza sea imperecedera en el arte. 

En tal sentido, el medio de los naturalistas, es decir, el coro 
moderno, es el eco fiel de las creencias y aspiraciones actuales. 

Nutrido el arte moderno de los progresos maravillosos de 
las ciencias naturales, llevado ó impulsado por las hipótesis 
científicas, ha sufrido una gran trasformación, de que es ejem- 
plo elocuente la victoria que ha alcanzado y que estima como 
definitiva la novísima escut^la naturalista. Ha librado el natu- 
ralismo artístico la batalla de aquella manifestación del arte 
que parece la más adecuada al gusto y tendencias actuales en 
la novela. El triunfo ha sido completo para la novela realista, 
naturalista ó positiva (1). El coro moderno, el propio del arte 
naturalista es, en el pleno sentido de la palabra, cósmico; re- 
presenta con la célebre teoría del medio natural y social el con- 
junto de condiciones, circunstancias y factores que coinciden 
y cooperan con el hombre á la producción de la vida. 

Esta preceptiva del naturalismo, que implica una protesta 
revolucionaria contra los convencionalismos artificiosos de un 
amaneramiento infecundo, lleva consigo un vicio de origen que 
la conduce de un modo inflexible á exagerar el alcance del de- 
terminismo de las circunstancias, negando, por consecuencia, 
la libertad humana. Antítesis completa del vano fantasear prq- 



(I) El natiiraliRino viene á ser ea arte lo que el pOBÍtivinmo en íilosofía. Por mucho 
favor y boga que alcance el Napoleón de Medón, Zola, no debiera olvidar, aun rodeado 
de la atmósfera ficticia de su endiosamiento, que nunca es la acción de un escritor sobre 
su tiempo tan decisiva como la reacción de su tiempo sobre la influencia del escritor. Y 
esta reacción aflquiere relieve en ciencias y artes. El empirismo positivista recolectó da- 
los, y pide hoy reconstrucción de ellos, y quizá en breve exija una restauración idea- 
lista. El arte empírico toca ¿ las cimas del ideal, y las nuevas corrientes de la inspiración 
artística van por los derroteros que indican los estípticos alemanes bajo el nombre de 
liealidealismus (idealismo realista). Lo mismo en el orden especulativo que en el prác- 
tico, persigue Fol'ill¿e, en todos sus estudios, los llamados métodos de conciliación. 



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42 REVISTA DE ESPAÑA 

pió del romanticismo, termina la escuela^ naturalista en el ex- 
tremo contrario, llegando al absurdo de negar uno de los fac- 
tores del arte, la libertad humana (licencia poética de mala 
ley, pues mutila la naturaleza y la vida), y olvidando que, como 
dice Goethe, e^ el arte, lo mismo que nuestra existencia, un 
compuesto de necesidad y libertad. Va el naturalismo tras 
caminos fecundos en lo que afirma, y á la vez se desvía del 
fin del arte en lo que niega, repitiéndose en esta, como en 
toda teoría y práctica que marchan de extremo á extremo, el 
conocido aforismo de que «la razón de la una es la sinrazón de 
la otra, y viceversa» (1). 

No es posible, no, que el arte, energía del espíritu colectivo, 
cristalice de modo definitivo y en reglamentarismos artificio- 
sos las formas en que ha de moldear su inspiración; urge que 
so abra á las legitimas influencias del medio natural y social 
<iue le circunda; interesa que se oriente en todas direcciones, 
que cuidadosamente recoja todos los ecos y aspiraciones del es- 
píritu individual y colectivo; y en tal sentido, es positiva, fe- 
cunda y bienhechora la protesta naturalista. Pero yerra por com- 
pleto en su crudeza cuando persigue el imposible de suprimir 
ia libertad humana como fin del arte, sustituyéndola por un 
determinismo de condiciones y circunstancias materiales que 
constituyen el coro moderno, cual terrible alud de la naturale- 
za, que avasalla con el temperamento, con la idiosincrasia fisio- 
lógica y con la atmósfera que nos nutre, el medio moral en que 

(1) Olvi'ia por completo el naturalismo el medio iulerior, y cu sus noTclas hace, kí 
íicaso, estudios físiológicos, pero no psicológicos. El mÍRmo C. BKnNAHD. á quien toma 
por maestro Zola, reconocía un medio interior orgánico. El medio interior determina el 
equilibrio, la lucha y el contrasto con las fuerzas del exterior. J^ personalidad no co> 
inienza hasta que la sensación ha producido su eco en el inierior. Las sensaciones son 
lo que las hace ser el corazón. La acción del e&terior y la reacción del interior; tal e.H 
la realidad y la vida, y, por tanto, el arte. Y este factor del medio interior falta aún A 
FL.\T;BEnT, que es el primero entre los primeros, á pesar de los ruidosos éxitos de Zola. 
Jamás habla Flaubcrt en su Mad. Dovary^ biblia del naturalismo, de energías inter- 
nas; allí sólo hay (isiología, pero no psicología. Menos existe en la degeneración impre- 
sionista y efectista de los discípulos, que exageran las faltas de los maestros sin poseer 
fius buenají cualidades. 



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EL ARTE NATURALISTA 48 

fermentan las más Tiriles y mas bellas energías humanas. 

No entendemos con lo dicho mermar la innegable trascen- 
dencia del medio, que encarna el elemento de necesidad, dentro 
del cual se desenvuelve nuestra existencia y se produce el arte. 

A esta necesidad, que es la ley traducida en el tiempo para 
regir nuestra voluntad, representando la parte ejecutiva, den- 
tro de la cual hemos de engarzar el elemento director de nues- 
tra iniciativa libre; a esta necesidad se refiere la doctrina 
racional del medioy lo mismo natural que social y moral, como 
factor de nuestra vida (que por esto nos llamamos hijos de 
nuestro tiempo y representantes del espíritu social), al cual 
hemos de adaptarnos y con cuyas exigencias ineludibles he- 
mos de contar en la delicada combinación, que supone el arte 
de la vida y á la vez la naturaleza compleja de la libertad. Con 
el medio, la acción del individuo se agiganta; sin él, se anula; 
contra él, se destruye y desaparece. Pero aplicada esta doctrina 
del medio con carácter exclusivamente natnral y cosmológico á 
todas las esferas, y en alguna de ellas exagerada hasta un lí- 
mite inconcebible, semeja especie de patente, con la cual el 
determinismo psicológico va filtrándose por todas partes. Si en 
la política cohonesta un doctrinarismo escéptico que se burla 
de la virtud redentora de los principios, en la vida del arte in- 
troduce un determinismo contrario á la libre espontaneidad que 
caracteriza la inspiración genial. 

Múltiples y complejas son las razones que de momento jus- 
tifican la boga que hoy alcanza la novela naturalista, que hace, 
ante todo, psicología del medio nainral. Pero el medio no es sólo 
natural, ni el hombre es exclusivamente, como quiere Zola, 
producto del aire y del suelo, sino que en los límites de su com- 
plejísima condición fermentan y crecen elementos, factores y 
energías que tienen igual, cuando no mayor alcance que las 
condiciones fisiológicas del temperamento. 

Bellas y geniales como son las creaciones de Zola, aún se 
resienten, á pesar de su pretensión realista y empírica, de cierto 
simbolismo alegórico y convencional. Así como Esquilo con- 
vertía el Océano en personaje, considera Zola la gran ciudad 



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U REVISTA DE ESPAÑA 

(le París como símbolo ó coro en el cual se condensan todos 
los factores que se mueven en su nueva Comedia /lumana (Les^ 
Itougon-Macquarí), 

Cinco descripciones, á cual más bellas, hace Zola de París 
en U7ie page Ú^amonr, y en todas ellas se destaca la gran ciudad 
con sus diferentes aspectos, presenciando cual testigo indife- 
rente, á ve¿es como juez inexorable, el museo viviente de do- 
lores y miserias de esta epopeya en prosa. 

«He aquí la historia — dice el mismo Zola en su Rormn expé- 
»rimeníal—de estos cinco cuadros vistos á horas y en estaciones 
»diferentes: — Durante la miseria de mi juventud, habitaba las 
»guardillas de los arrabales, desde donde se descubría todo Pa- 
»rís. Este París inmenso, inmóvil é indiferente, siempre delante 
»de mi ventana, aparecía como el testigo mudo y el confidente 
»trág¡co de mis alegrías y mis tristezas. He tenido hambre y 
»lie llorado delante de él, y á su vista he amado y he gozada 
>/mis más grandes satisfacciones. Y desde entonces, desde mis 
»veinte años, pensé escribir una novela, en la cual sería París^ 
»con el Océano de sus techumbres, un personaje, algo como el 
»coro antiguo (1).» 

París es para Zola el coro antiguo de los clásicos, y como 
éste condensa todas las energías, principalmente la libertad ne- 
gada a los personajes. ¿Qué le falta á este simbolismo? El rea- 
lismo de que hace gala; pues mientras la idealidad se respira 
en aquellas descripciones, carece de elementos positivos, que 
son insustituibles en la complejidad de lo real. 

Si el arte ha de seguir su tendencia fecunda, secularizán- 
dose y emancipándose, tiene que Imvxanimrse (en el pleno sen- 
tido de la palabra) el coro moderno, que de cosmogónico y mi- 
tológico en lo clásico, teológico y metafísico en la Edad Media 
y simbólico en el romanticismo, ha venido á ser cosmológica 
y natural. 

(1) Confirma esta narracióD P. Alexis, que dice: «Une Paf/c d'amotír nació do la 
lidea antigua de Zola de convertir París, contemplado desde la altura, en una especio do 
]i8er vivo, testigo mudo de un drama, siempre presente y cambiando de aspecto según la& 
idistintas situaciones de ánimo de los personajes.» P. Alexis: E. Zola. — Notes d'un ami^ 



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EL ARTE NATURALISTA 45 

Prescindiendo, pues, de los simbolismos y alegorías con 
que se visten las novísimas hipótesis científico-naturalistas, no 
se puede negar al realismo, naturalismo ó impresionismo (pues 
el nombre no hace al caso) que no existe recurso, salvación ni 
progreso para el artista y para el arte más que en la exacta 
imitación de la naturaleza; que se necesita entender recta- 
mente las leyes de la representación de la vida, escuchar el Im- 
^vaje de las cosas, como Flaubert, y saber expresarlo, y que es 
preciso ampliar la base de sustentación terrenal del arte, tras- 
ladándole de las nebulosas alturas del romanticismo de otros 
tiempos á las llanuras de la realidad. 

Pero no es esto todo; el arte naturalista suma cofidiciones, y 
el real y vivo huye de la suma de elementos homogéneos y as- 
pira á representar la vida real cual síntesis de factores opues- 
tos, cuya armonía y concierto requieren, no mutilaciones y su- 
presiones, sino realidad y plasticidad bellas. El arte naturalista 
posee, pues, un procedimiento (que ha puesto de relieve, aun- 
que traiga largo abolengo) que acusa un progreso; pero su 
partipris, su idealismo invertido no subsistirá: el primero re- 
presenta el éxito definitivo, y el segundo el favor del mo- 
mento; aquél es la nuez, éste la cascara. Nos referimos, pues, 
á la idea indicada al comienzo, para concluir, repitiendo lo que 
en otra ocasión hemos dicho (1) : en suma, el único dato posi- 
tivo aportado por el naturalismo al progreso del arte, que que- 
dará como verdad rejuvenecida y vigorizada por él para la li- 
teratura universal, es el dato exactísimo, innegable de que el 
poeta ha de moverse en el medio social y tomar el pulso á la 
atmósfera moral que le circunda; es el dato de que la inspira- 
ción debe bajar de los quintos cielos de abstractas y soñadas 
tntiázAtB para volver á la realidad, siquiera no sea á la escueta, 
uniforme y predeterminada fenomenología, sino á la realidad 
viva y compleja en que se suceden las luchas y contradiciones 
de los elementos que tejen en definitiva la trama de la vida in- 
dividual y social. 

I.J. GoDMilez 5$orrano. 

(!) \'. rnoslioin^ii ronlaníiporónonst. -E/ naturalismo nrtisUco. 



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EL SUICIDIO EN ESPAÑA 



•W^VN^M^^^^^^^^^^^^^^ 



«Penosa tarea nos hemos impuesto, decíamos años atrás (1); 
el alma se acongoja cada vez que la prensa da cuenta de al- 
gún suicidio, y nosotros nos proponemos dar á conocer en su 
horrible conjunto todos los que hasta el día ha registrado la 
estadística. Dolorosas son las cifras que vamos á exponer, 
tristes las consideraciones que su examen sugiere; pero hace 
ya mucho tiempo que la ciencia viene discutiendo sobre el sui- 
cidio, el v.ulgo tiene también formadas sus opiniones en el 
asunto, y es preciso averiguar, con la luz que los hechos arro- 
jan, hasta qué punto aciertan el sabio y el común sentir en sus 
•respectivas afirmaciones. 

»Nada más frecuente que lamentarse de la espantosa rapi- 
dez con que crece en España el número de suicidios, ó discutir 
sobre las causas que principalmente arrastran á tan desespe- 
rado acto; sobre las estaciones, latitudes y edades en que el 
hombre se halla más predispuesto á poner fin á su existencia; 
sobre los medios á que con más frecuencia recurre para llevar 
á cabo su extraviado intento, y sobre otros mu.chos extremos 
que la curiosidad ó el interés científico distingue en el acto del 

(1) Kn el número de la Revista general de EstadUlica correspondienle al mes de 
Agosto de 18C6. 



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EL SUICIDIO EN ESPAÑA 47 

suicidio. Semejantes discusiones se reproducen cada vez que 
un hombre se quita la vida; el debate se sostiene á veces con 
muchisima ilustración, con gran fuerza de lógica, y nunca la 
victoria se declara por alguna de las opiniones sostenidas. No 
es, sin embargo, extraño. La cuestión es de hechos, y los he- 
chos se desconocen. 

»Para llegar en la materia á principios ciertos, á afirmacio- 
nes terminantes, es preciso conocer todos y cada uno de los 
suicidios ocurridos en una serie más ó menos larga de años; es 
indispensable, sobre todo, averiguar los detalles con que se co- 
metieron, y esto es lo que vamos á hacer nosotros, valiéndonos 
de las noticias publicadas por el Ministerio de Gracia y Justi- 
cia en su estadística criminal. 

»Sin partir de ninguna opinión preconcebida, llevando, por 
el contrario, nuestra imparcialidad hasta el punto de aconsejar 
á nuestros lectores que todavía no consideren bastantes las ci- 
fras que vamos a exponer, porque sólo largas series de hechos 
pueden conducir ajuicies exactos, únicamente nos proponemos 
presentar reunidos los datos publicados hasta el día, con el ob- 
jeto de. ver hasta qué punto están conformes las afirmaciones 
de la opinión con los resultados de la experiencia. 

»Y en verdad que no se tarda en encontrarlos discordes. 
Todos los días oimos decir que el número de suicidios aumenta 
en España sin cesar y en proporciones muy alarmantes, y fe- 
lizmente no es cierto. Lo es con relación á tiqmpo muy pasa- 
do, al año 1843, en que se j)ubl¡có nuestra primera estadística 
criminal y en que únicamente se registraron 24 suicidios; pero 
con relación á Ja época presente, todo lo más que puede afir- 
marse es que se manifiesta cierta tendencia, no muy marcada, 
por fortuna, en aquel sentido. En efecto, en 1859, primer año 
en que después de la fecha indicada volvió á publicarse la es- 
tadística criminal de España, se cometieron 198 suicidios; en 
los dos años siguientes recibieron algún aumento; pero en 1862, 
á que corresponden los últimos datos, por haberse interrum- 
pido nuevamente tan interesante publicación, redujese su nú- 
mero casi á la misma cifra registrada en 1859. 



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48 REVISTA DE ESPAÑA 

»He aquí las cifras á que nos referimos: 

AÑOS Suicidios. 

1859 198 

1860 235 

1861 248 

1862 211 

Total 892 

Promedio 223 

»De lamentar es la cifra que arroja el promedio de los cuatro 
años á que corresponden las precedentes cifras, y deseamos ar- 
dientemente que en las publicaciones sucesivas aparezcan los 
suicidios en constante y manifiesta disminución; pero si nues- 
tros lectores necesitan consolarse de la desgracia grande que 
representan 223 personas que al fin de cada año ponen fin á su 
existencia en un arrebato de locura ó desesperación, todavía 
podemos decirles que España es uno de los países en donde se 
registran menos suicidios. Comparados éstos con la población, 
resulta en nuestra patria un suicida (1,4) por cada 100.000 ha- 
bitantes, y en las demás naciones de Europa corresponden á 
esta última cifra los siguientes: 2,6 en Rusia, 3,5 en Italia, 
5,5 en Bélgica, 6,4 en Austria, 6,7 en Inglaterra, 7,3 en Ba- 
viera, 8,6 en Suecia, 9,4 en Noruega, 11,0 en Francia, 12,3 en 
Prusia, 25,1 en Sajonia y 28,8 en Dinamarca. Afortunada- 
mente, nosotros estamos muy por debajo de todos estos países. 

»Clasificados los suicidas según el sexo á que pertenecen, 
resultan las cifras siguientes: 

ANOS Varones. Hembras. 



1859 


141 


57 


1860 


165 


70 


1861 


173 


75 


1862 


151 


60 


Promedio 


158 


65 



»Según puede advertirse, los dos sexos siguen la misma 



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EL SUICIDIO EN ESPAÑA 4* 

proporción; aumentan en los tres primeros años, y al llegar 
al 1862 vienen á figurar próximamente con las mismas cifi-a» 
que en 1859. Tomando por base el promedio de los cuatro años, 
las hembras representan en España el 29,1 por 100 del total de 
suicidas. En Italia la proporción es de 18 por 100, en Francia 
de 25, y en Inglaterra, que es en Europa el país cu que el sexo 
femenino aparece con mayores cifras proporcionales en el nú- 
mero total de suicidas, no pasa del 26 por 100. üe suerte, que es 
España la nación europea en que, á igual número de suicidas, 
se registran más mujeres entre estos desgraciados. Sin embar- 
go, en nuestra patria no llegan á 1 por 100.000 (0,8) las mu- 
jeres que atentan contra su existencia, mientras quo, por 
ejemplo, en Francia corresponden 8 suicidas del sexo femenino 
ácada 100.000 habitantes hembras. 

»He aquí la clasificación de los suicidas registrados en 
España por término medio anual, según su edad: 



EDADES Varones. Hembras. 



De 16 á 25 años. . . . 

» 26 á 30 » .... 

» 31 á 40 » .... 

» 41 á 50 » .... 

> 51 á 60 » .... 

» 60 en adelante. . . 
De edad desconocida. . 



9 


10 


22 


10 


20 


9 


22 


5 


12 


4 


8 


2 


65 


25 



158 65 



»Comparadas las precedentes cifras con la población de las 
diferentes edades á que se refieren, resulta que en el soxo mas- 
culino la edad en que son más frecuentes los suicidos es la 
de 26 á 30 años, después la de 41 á 50, la de 60 en adelante, la 
de 31 á 40, y, por fin, la de 16 á 25 años; resultados que con- 
tradicen la opinión generalmente admitida de que en el hom- 
bre disminuye la propensión al suicidio á medida que avanza 
«n años, por el mayor apego á la vida que adquiere con la edad. 
En el sexo femenino, la edad que aparece con mayor número 
proporcional de suicidios es la de 26 á 30 años; siguen luego la. 

TOMO CV 4 



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50 REVISTA DE ESPAÑA 

de 31 á 40 años, la de 16 á 25 y la de 60 en adelante, y, por fin^ 
la que presenta cifras más bajas es la de 41 á 50. 

j>Ee aquí clasiñcados por orden de mayor á menor los doce 
meses del año, según el número de suicidios registrados eB 
cada uno de ellos; Julio, Junio, Abril, Agosto, Mayo, Setiem- 
bre, Marzo, Octubre, Diciembre, Febrero y Enero. No es poá- 
ble presentarse más manifiesta la influencia de la temperatura; 
y como análogos resultados se han obtenido en Francia y en 
cuantos países se han cuidado de recoger este detalle, resulta 
nuevamente contradicha la opinión general que considera el 
mes de Noviembre como el más abundante en suicidios. Cha- 
teaubriand atribuye el suicidio que en su juventud premedita 
á la tristeza de los días de otoño, y en una oda publicada en 
Londres á fines del pasado siglo se encuentran estos versos: 

November hears the dismal sound^ 
As slotv adtancing from the poky 
ffe leads the months their wintry round: 
The blacAening clouds atlendant roll... 

»Es de sumo interés la clasificación de los suicidios segÚD 
los medios empleados para su comisión; mas para ello es pre- 
ciso distinguir entre el sexo masculino y el femenino, porque 
razones de hábito, y más especialmente de carácter, hacen que 
cada sexo dé constantemente la preferencia á medios muy dis- 
tintos. Los hombres prefieren, para poner término á su exis- 
tencia, la estrangulación ó las armas de fuego; las mujeres, el 
veneno ó la asfixia producida por el agua. En efecto, de los 
630 suicidas varones registrados durante el cuatrienio 1859-62^ 
167 emplearon la estrangulación, 1 16 las armas de fuego, 93 la 
asfixia producida por el agua, 89 las armas blancas, 58 se arro- 
jaron de alturas, 44 recurrieron al veneno y 3 á la asfixia pro- 
ducida por el carbón; de 60 se ignora cómo murieron. Las mu- 
jeres suicidas fueron 262, y aparte de 20 que no se clasificaron 
bajo este punto de vista, resulta que 84 se envenenaron, 58 pe- 
recieron ahogadas, 51 se ahorcaron, 33 se precipitaron de gran- 
des alturas, 11 se dieron la muerte con armas blancas, 4 recu- 



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EL SUICIDIO EN ESPAÑA 51 

rrieroh á la asfixia producida por el carbón, y sólo una á las 
armas de fuego.. 

»En Francia, el medio más frecuentemente empleado en los 
suicidios, por parte de los varones, es por este orden: la inmer- 
sión, la estrangulación y las armas de fuego; y por parte de 
las mujeres, la inmersión, la estrangulación y la asfixia. En 
Italia el 30 por 100 de los suicidas pertenecientes al sexo mas- 
culino recurrieron á las armas de fuego, el 23 por 100 murie- 
ron ahogados y el 17 ahorcados; entre las mujeres, casi la mi- 
tad, el 45 por 100, terminaron su vida ahogadas, el 17 ahorca- 
cadas, y el 12 buscaron la muerte arroj^'^ndose de alturas. En 
Inglaterra, los suicidas por estrangulación (sin distinción de 
sexos) representan el 37 por 100 del total, los que murieron 
ahogados el 21, y los que emplearon instrumentos cortantes 
el 20 por 100. En Prusia murieron por estrangulación el 61 por 
100, por inmersión el 20 y haciendo uso de armas de fuego 
ello. 

»Clasificados los suicidios cometidos durante los cuatro años 
á que venimos refiriéndonos según los motivos impulsivos, y 
dejando á un lado 581 en que no pudo hacerse constar esta cir- 
cunstancia, resulta que 255 suicidios reconocen por causa la 
demencia, 77 los padecimientos continuos, 66 la miseria, 53 el 
amor ó los celos, 33 la monomanía, 3i las disensiones domés- 
ticas, 24 las deudas, 19 la embriaguez, 8 el deseo de evitar la 
deshonra, 7 el temor al castigo, 7 la pérdida de intereses, 5 el 
acceso de fiebre, 4 el mal estado de los negocios, 3 el fanatismo 
religioso, 2 la pérdida de la mujer, 2 desgracias de familia, leí 
haber sido objeto de violación, 1 el no haberse batido en duelo, 
1 el fanatismo anti-religioso, 1 el deseo contrariado de profe- 
sar, 1 el temor al servicio militar. 

»Las precedentes cifras demuestran que generalmente el 
suicidio reconoce por causa un acceso de locura, un trastorno 
mental. Importa, sin embargo, meditar mucho sobre la cifra 
expresiva de los suicidios impulsados por la miseria, que re- 
presentan el 11 por 100 de su número total. 

)>Distribuídos los 892 suicidios registrados en España du- 



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52 REVISTA DE ESPAÑA 

rante el período 1859-62 entre las provincias en que tuvieron 
lugar, corresponden 3 á las de Lugo, Oviedo, Pontevedra y Za- 
mora; 4 á Santander; 5 á Vallado) id; 6 á Canarias, Orense y 
Vizcaya; 7 á Almería y Logroño: 8 á Álava, Cáceres, Coruna, 
Huelva, Huesca y León; 9 á Ávila y Falencia; 21 á Baleares y 
Segovia; 13 á Burgos y Soria; 15 á Alicante, Gerona y Mur- 
cia; 18 á Guipúzcoa y Málaga; 19 á Salamanca; 21 á Albacete, 
Castellón, Ciudad Real, Guadalajara, Lérida y Tarragona; 22 á 
Cuenca; 23 á Jaén; 24 á Córdoba; 28 á Teruel y Valencia; 31 á 
Toledo; 34 á Granada; 35 á Zaragoza; 36 á Sevilla; 37 á Nava- 
rra; 42 á Cádiz, 68 á Barcelona y 71 á Madrid. 

»E1 orden de menor á mayor con que hemos presentado las 
precedentes cifras, permito conocer con facilidad las provincias 
de más y menos suicidios considerados en absoluto; pero no es 
posible deducir de ellas los países entre cuyos habitantes existe 
mayor propensión al suicidio. Para esto es indispensable rela- 
cionar las cifras registradas en cada localidad con su población 
respectiva, y siguiendo este método, las 12 provincias de ma- 
yor número relativo de suicidas son por este orden: las de Ma- 
drid, Navarra, Guipúzcoa, Teruel, Cádiz, Guadalajara, Alba- 
cete, Cuenca, Toledo, Barcelona, Zaragoza y Soria. Las que 
presentan proporciones más favorables: Oviedo, Pontevedra, 
Lugo, Zamora, Corufia, Orense, Santander, Valladolid, Alme- 
ría, León, Canarias y Cáceres. 

»Se ha advertido en Francia que el número de suicidas re- 
gistrados en cada uno de sus departamentos se halla en razón 
inversa de la distancia á que se encuentran éstos de la capital 
de la nación. En España no puede decirse otro tanto, pero se 
observa, sin embargo, que de las cinco provincias que confinan 
con la de Madrid, tres, las de Guadalajara, Toledo y Ávila, 
figuran entre las doce cifras más elevadas, y en este número 
se encuentran también las de Albacete y Ciudad Kcal, si- 
tuadas á corta distancia de la corte. Las doce provincias de 
menor número de suicidas, á excepción délas de Almería y 
Canarias, todas se encuentran al NO. de la Península, resul- 
tando enteramente conforme con el carácter templado y poco 



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EL SUICIDIO EN ESPAÑA 58 

apasionado que. distingue á los habitantes de aquella región. 
)í>Tales son. los hechos recogidos hasta el día en España en 
.matQria de suicidios. Repetimos que en estadística sólo largas 
series de cifras, observaciones muy repetidas, pueden conducir 
á resultados ciertos; pero mientras no se dispone de ellas, cree- 
mos de gran fuerza el auxilio que á la ciencia y á la opinión 
general pueden prestar las noticias consignadas.» 

Y bien hacíamos en expresarnos con tales reservas; porque 
las noticias publicadas con posterioridad á nuestro artículo 
modifican considerablemente los resultados entonces obtenidos, 
y precisameute en la parte más dolorosa, en el número total 
de suicidios, que, por d< sgracia, va en aumento. Ya en la Es- 
tadisíica demográíco saniiaria, publicada por el Ministerio de la 
Gobernación, habíamos eucontrado datos en este sentido. Se- 
gún aquel documento, se cometieron 593 suicidios en 1880, 472 
en 1881, 483 en el ano siguiente y 437 en 1883 (496 por tér- 
mino medio anual). Pero la Esladistica criminal r^QÍQiii^meuÍQ 
publicada por el Ministerio de Gracia y Justicia demuestra que, 
auu siendo tan sensibles estas cifras y presentando tan consi- 
derable aumento respecto al período 1859-62, todavía son infe- 
riores á la realidad, puesto que en 1883 los tribunales compro- 
baron la comisión de 577 suicidios (3,4 por cada 100.000 habi- 
tantes), mas 166 tentativas de suicidio. Recuérdese que en el 
mencionado cuatrienio el j)r<)medio de los suicidios fué de 223, y 
no I areceran exageradas nuestras palabras. Un aumento del 159 
por 100 en el t(.tal de suicidios consumados, y del 333 por 100 si 
se comprenden en el cálculo las tentativas de suicidio, que des- 
pués de todo son manifestaciones evidentes del gravísimo mal 
que los suicidios revelan, constituye un resultado harto fu- 
nesto para poder ser mirado con indiferencia por los que tienen 
el deber de remediar los padecimientos sociales. No es, sin em- 
bargo, nuestra patria el único país en que tan gran aumento 
ha recibido el número de suicidios. Exceptuando una sola na- 
ción, laméntanse del mismo mal todas las de Europa, y con ra- 
zón sobrada, ])orque habiéndose registi^ado 15.994 suicidios por 



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54 REVISTA DE ESPAÑA 

término medio anual durante el quinquenio 1871-75 en los trece 
de sus Estados que en aquella época formaban esta dolorosa es- 
tadística, en el quinquenio siguiente se elevó la cifra á 21.677, 
es decir, aumentó en un 36 por 100 (1), y en algunas de las na- 
ciones ha adquirido el hecho las enormes proporciones que pue- 
den verse en la siguiente escala: 

Suicidios por 100.000 habitantes. 

Quinquenio Quinquenio 
187l-'75 líri6-80 

países Promedio Promedio Aiio 1881 Año 1882 Año 1883 

anual. anual. 

Sajonia. . . 7.". . 26,8 ~~38,4 Tí,6~ "sv" "39,1" 

Dinamarca 24,3 27,3 24,9 25,1 ? 

Suiza i 22,7 23,6 23,9 23,6 

Badén 15,1 19,8 19;3 17,8 21,2 

Wurtemberg. . . . 14,6 19,1 19,4 18,8 17,6 

Prusia 12,0 18.0 18,5 18,7 19,1 

Francia 14,5 16,9 17,5 17,8 18,0 

Austria 10,7 16,9 ? ? ? 

Baviera 8,9 12,7 12,9 13,0 13,4 

Bélgica 7,0 9,4 9,8 10,5 10,5 

Suecia 8,1 9,2 8,4 8,4 10,5 

Reino Unido. , . . 6,5 7,4 6,4 6,4 ? 

Noruega 7,5 7,3 6,5 7,1 6,3 

Italia 3,5 4,1 4,7 4,8 5,0 

Holanda ? ? 4,5 4,7 ? 

Colocados por orden de mayor á menor en el precedente 
cuadro los países de Europa que publican su estadística de 
suicidios, fácil es observar que son los Estados alemanes, Di- 
namarca y Suiza las naciones que registran más accidentes de 
esta naturaleza, y en donde presentan éstos al propio tiempo 
tendencia más marcada á aumentar. Sajonia, sobre todo, im- 
presiona en términos dolorosísimos , porque no sólo figura 
desde el quinquenio 1871-75 á la cabeza de todos los países 
en cuanto á número de suicidios, sino que casi ha duplicado 
éste; 653 se registraron en 1871, 1.205 en 1883, y en 1881 lle- 
garon á 1.248. Contra la general creencia, que supone en los 

(1) Relacionadas estas cifras con la población de los trece Estados á que correspon- 
den, resultan porcada 100.000 habitantes 10,2 en el quioquenio Í&71-75, y 13,2 en el 
siguiente. 



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EL SUICIDIO EN ESPAÑA 66 

ingleses graa propensión á despojarse de la vida, figura el 
Reino Unido entre los países de menos suicidios, y las cifras 
fnáfi favorables corresponden á Italia y Holanda, que, sin em- 
bargo, aún figuran con mayor numero proporcional de suici- 
dios que nuestra patria, donde en 1883 no se registraron, como 
ya dijimos, más que 3,4 por cada 100.000 habitantes. 

Hemos dicho que una sola nación deja de seguir en Europa 
la fatal progresión que presenta el número de suicidios, y es 
Noruega, que ya en el quinquenio 1876-80 figura eu baja res- 
pecto al anterior, y todavía presenta cifras menos dolorosas en 
los años 1881, 82 y 83. La excepción están única, y presenta, 
además tal carácter de constancia (1), que no ha podido menos 
de llamar la atención de cuantos de esta materia se han ocu- 
pado. No es fácil, sin embargo, encontrar la exphcación, como 
no consista ésta en lo que refiere Walter Jochnick en su in- 
teresante libro Les questions les plus importantes de Vhima- 
nité (2). Dice este sabio profesor que á mediados del presente 
siglo hubo una verdadera epidemia de suicidios en los alrede- 
dores de Troudhjem, país en que hasta entonces habían sido 
muy raros estos accidentes, y todos aquellos desgraciados que 
<5on tanta facilidad se despojaban de la vida, llevaban á cabo 
€u fatal idea ahorcándose. El fenómeno, sin embargo, por ex- 
traño que pareciese, tenía su explicación. Habíase hecho creer 
á aquellos campesinos que, cuando un hombre muere por so- 
focación, su alma queda encerrada dentro del cuerpo, y no pu- 
díendo salir, se consume al mismo tiempo que la materia á que 
habla estado unida. Era, pues, un excelente medio de librarse 
de las penas eternas, y á él acudían muchas personas, temero- 
sas de no alcanzar su salvación en el otro mundo. Ahora bien: 
468 qne tan extraña preocupación va desapareciendo en No- 
ruega, como es de suponer, teniendo en cuenta su misma enor- 
midad, y son ya menos las víctimas que causa? 



(1) Desde el año 1840 al 1850 se registraron en Noruega 1 1*2 suicidios por oadaciea 
«lil habitantes, y en los quinquenios siguientes iO'7, 9*4, 8*5, 7'7, 7'5 y 7'3. 

(2) Publicado en Stokolmo el año 1881. 



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56 REVISTA DE ESPAÑA 

También presentan otra diferencia los datos relativos á los 
suicidios registrados en España en el año 1883. En los corres- 
pondientes al período 185^-62, el 70,9 por 100 de los suicidios 
fueron cometidos por hombres, y el 29,1 por 100 por mujeres- 
En 1883 la proporcióu en que figura el sexo femenino ha des- 
cendido al 25,8 por 100, y al 18,7 si sólo se toman en cuenta 
los suicidios consumados. Pero esto aparte, han aumentado tam* 
biéa en términos dolorosísimos los suicidios cometidos por 
mujeres, pues en 1859-62 fueron (35 por término medio, y en 
1883 han llegado á 192. Los cometidos por el sexo masculina 
han ascendido desde 158 á 551. 

He aquí resumidos, por lo que se refiere al año 1883, los 
datos que nos han servido de base en los cálculos anteriores: 

Suicidas. 



Varones. Hembras. Total. 



Snicidios consumados 469 108 577 

Teutativas de suicidio 82 84 166 

Total de suicidas 551 192 743 

En Europa, la participación de las mujeres en el número de 
suicidios cometidos oscila entre el 14,2 y el 30,0 por 100. Asi 
es que, en Escocia, por cada 100 suicidas se registran 30,0 per- 
tont'cienttís al sexo femenino, 25,6 en Inglaterra y Galles, 25,6 
^u Irlanda, 22,0 en Francia, 21,8 en Dinamarca, 20,6 en Sue- 
cia, 19,8 en Sajouia, 19,4 en Noruega, 19,2 en Italia, 19,0 en 
Holanda, 18,7 en España, 18,6 en Baviera, 16,2enPrusia, 16,0^ 
en Bélgica, 15,0 en Biden, 14,6 en Suiza y 14,2 en Wurtem- 
berg. Do suerte que, á igual número de suicidios, es el Reino 
Unido donde más mujeres atentan contra su vida. Si la cifra 
-correspondiente á Empana pudiera considerarse como definitiva,, 
por liaberse deducido de datos recogidos en varios años, po- 
driamos decir que viene á distar lo mismo de ambos extremos 
de la escala; pero como corresponde á un año aislado, necesa- 
rio es es|)erar nuevos datos para ver el lugar que verdadera- 
mente le Corresponde; y entre tanto, mis bien podemos afirmar 



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EL SUICIDIO EN ESPAÑA 57 

•que es nuestra patria uno de los paises en que, á igual número 
de suicidios, mes parte corresponde al sexo femenino, puesto 
que la mayor serie de s»Íos de que disponemos, que es la rela- 
tiva al período de 1859-62, da por resultado, como ya dijimos, 
29,1 suicidas hembras por cada 100 suicidios, cifra que sólo 
Escocia presenta superior. 

De los 743 suicidios ocurridos en 1883, corresponden 130 á 
la provincia de Madrid, 101 á la de Barceloua, 31 á la de Valen- 
cia, 27 á la de Toledo, 26 á la de Sevilla, 25 á la de Zaragoza, 
24 á la de Cádiz, 22 á las de Gerona y Grauada, 17 á las de Ciu- 
dad Real, Lérida, Málaga y Valiadolid, 16 á la de Navarra y 
15 á la de Castellón. Se distinguen por el escaso número de 
suicidios la provincia de Cuenca, en que se cometieron 3; las 
de León y Vizcaya, que figuran con 2; las de Canarias y Lugo, 
en que sólo se registró un suicidio, y las de Pontevedra y Za- 
mora, en que no se cometió ninguno. Turnando por base, no 
las provincias, sino las grandes comarcas, resulta ser Castilla 
la Nueva y Cataluña las de mayor número de suicidios, pues 
figuran con 184 y 153 respectivamente, ó sea el 25 y el 21 
por lOü del total, y las de cifras más pequeñas las Provincias 
Vascongadas y Galicia. En esta última publadisima región no 
se cometieron en 1883 más que 1 7 suicidios, y 12 en las Vascon- 
gadas. Oportuno será recordar que, de los 892 suicidios regis- 
trados durante todo el período 1859-62, también corre.<j)ond¡e- 
ron las mayores cifras á Castilla la Nueva y Cataluña, pues 
aparecen estas dos regiones con 133 y 125 suicidios respecti- 
vamente. En las Provincias Vascongadas se cometieron 32, y 
en Galicia 20, es decir, 8 y 5 respectivamente por término me- 
dio anual; pero es de advertir que, si bien aparecen en ambos 
períodos Castilla la Nueva y Cataluña con las cifras más ele- 
vadas, en 1859-62 el número de suicidios reg'istrados en estas 
regiones no representaba más que el 15 y el 14 por 100 res-^ 
pectivamente de todos los cometidos en España, y en 1883 \ a 
hemos visto que la suma de los suicidios registrados en ambas 
regiones constituye casi la mitad (el 46 por 100) de los come- 
tidos en aquel año; de modo que, no sólo son las comarcas que 



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68 REVISTA DE ESPAÑA 

en la actualidad aparecen con cifras más lamentables, sino que 
además muestran una marcadísima tendencia á aumentar, que 
no presenta en las mismas proporciones el resto de la Penín- 
sula. En particular, las provincias de Madrid y Barcelona apa- 
recen con aumentos verdaderamente aterradores. Sólo 18 sui- 
cidios se cometieron por término medio anual durante el pe- 
ríodo 1859-62 j 17 en la segunda. En la estadística de 1883, 
la de Barcelona figura con 101 suicidios; la de Madrid, 
con 130. 

Relacionado el número de suicidios cometidos en 1883 en 
cada provincia con el de la población respectiva, que e^ como 
en realidad debe estudiarse el hecho, y así lo hubiéramos prac- 
ticado si los datos de que disponemos comprendieran una serie 
de años más ó menos larga, en vez de referirse á solo un año, 
corresponden las mayores cifras proporcionales á las siguientes 
provincias, por el mismo orden con que vamos á consignarlas: 
Madrid, Barcelona, Toledo, Gerona, Valladolid, Ciudad Real, 
Lérida, Zaragoza, Cádiz, Soria, Castellón y Albacete; resul- 
tados que, en verdad, no difieren mucho de los consignados 
anteriormente, pues continúan figurando entre las provincias 
de más suicidios, por un lado Madrid, Toledo y Ciudad Real, y 
por otro Barcelona, Lérida y Gerona, es decir, comarcas perte- 
necientes á Castilla la Nueva y Cataluña. 

Clasificados los 743 suicidios registrados en 1883 según 
las causas conocidas ó presuntas que los motivaron, resultan 
las cifras siguientes: 

Suicidas. 

CAUSAS Varones. Hembras. Total. 

Enfermedad 62 24 86 

Enajenación mental 61 22 83 

Pérdida de intereses ó falta de re- 
cursos 61 17 78 

Embriaguez 29 3 32 

Amor 16 24 40 

Comisión de un delito 8 » 8 

Desconocidas 314 102 416 

551 192 743 



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EL SUICIDIO EN ESPAÑA » 

De suerte qiie las causas á que principaltnente obedecen los 
suicidios cometidos por los hombres, son las enfermedades, la 
pérdida de intereses ó la falta de recursos y la enajenación 
mental. En el sexo femenino también dan lugar á gran número 
de suicidios estas tres causas; pero en primer lugar figuran los 
llevados á cabo por dolencias físicas y por amor. Considerados 
en conjunto los suicidios, esto es, sin distinción de sexos, pre^ 
dominan por este orden los cometidos por accesos de locura, 
por sufrimientos físicos y por miseria. Tal vez recuerden nues- 
tros lectores, porque dicho queda, que durante el periodo 
1859-62 sucedió lo mismo, pero con la particularidad de que 
los suicidios cometidos por enajenación mental superaron á to- 
dos los demás y en notabilísima proporción, pues llegaron 
al 83 por 100 de los 307 cuya causa impulsiva pudo determi- 
narse, mientras que en 1883 figuran en primera línea los suicí^ 
dios motivados por padecimientos físicos, y los producidos por 
enajenación mental ya ocupan el segundo lugar, aunque por 
diferencia muy pequeña. Aquéllos constituyen el 26 por 100 de 
los suicidios cuya causa impulsiva pudo averiguarse, y éstos 
el 25. 

Y á esto quedan reducidas las noticias sobre suicidios pu- 
blicadas en la última Estadística criminal. Nada se encuentra 
en ellas respecto á la edad de los suicidas, medios empleados 
para la comisión de los suicidios y meses en que éstos fueron 
cometidos; de suerte que no podemos entrar en comparaciones 
sobre estos particulares con los datos publicados por el Minis- 
terio de Gracia y Justicia durante el periodo 1859-62. Podemos, 
sin embargo, comprobar las observaciones que en su día con- 
signamos respecto á la influenciado las estaciones en el número 
de suicidios, recurriendo á la Estadística demográñco-sani^aria, 
pues los 496 suicidios que, por término medio anual, figuran en 
esta publicación, resultan distribuidos entre los doce meses del 
ano en la forma siguiente: 



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60 



REVISTA DE ESPAÑA 



MESES 



Suicidios. ! 



Enero . 
Febrero. 
Marzo.. 
Abril. . 
Majo. . 
Junio. . 



34 
33 
36 
39 

48 
51 



MESES 



Suicidios. 



Julio. . . . 
Agosto. . . 
Setiembre . 
Octubre.. . 
Noviembre. 
Diciembre . 



70 
44 
42 
39 
31 
29 



Resulta, en efecto, que los meses en que mayor número de 
suicidios se registraron fueron los de mayor calor, por este or- 
den: Julio, Junio, Mayo y Agosto; los de cifras más bajas, los 
de más frío: Diciembre, Noviembre, Enero y Febrero, Los sui- 
cidios cometidos en estos últimos meses representan sólo 
el 20 por 100 de todos los registrados en el año, y en cambio 
casi la mitad del total (el 43 por 100) corresponden á los meses 
de temperaturas más elevadas. 

Tales son los datos que respecto á suicidios ofrece nuestra 
estadística oficial. Abundantes por lo que se refiere al perío- 
do 1859-62, y en perfecta armonía con los métodos más reco- 
mendados; demasiado parcos en cuanto al período que com- 
prende la Estadisíica deniográfico-saniiaria^' aun teniendo pre- 
riente el especial objeto de este trabajo, toda vez que en él no 
se consigna ni aun el sexo y edad de los suicidas, y más deta- 
llados respecto al año 1883, aunque no todo lo que debía espe- 
rarse, tanto de los excelentes modelos que ofrecen las estadís- 
ticas extranjeras, como del que ha podido hallar en sus pro- 
.pios trabajos el Ministerio de Gracia y Justicia, suministra, 
entre varios resultados que las ciencias sociales podrán utili- 
zar, un hecho sobre el que no nos cansaremos de insistir, por la 
fortuna que representa para nuestra patria, y es que al presen- 
te no hay nación en Europa en quQ se registren menos suicidios 
que en España. Pero revela al propio tiempo que, lo que años 
atrás no era, á lo sumo, más que ligerísima tendencia, es ya 
resultado positivo; que el número de suicidas ha crecido en 
proporciones verdaderamente aterradoras, y que si esta pr©- 
gresión continúa, muy fácil es que nuestra patria pierda más 



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EL SUICIDIO EN ESPAÑA 61 

Ó menos pronto el envidiable lugar que todavía conserva 
bajo punto de vista tan interesante. Existe, pues, el aviso, y 
quien lo ha dado ha sido, como en la mayor parte de los casos, 
la Estadística, nunca cansada de llamar la pública atención, 
con sus elocuentes cifras, cuando hay males que combatir ó 
progresos que realizar. Recojan ahora el dato todos los que 
obligación tienen, por su sagrado ministerio, de sostener al 
hombre en sus luchas con las pasiones y las adversidades; re- 
cójanlo asimismo los que, por amor á la ciencia y á sus seme- 
jantes, se han impuesto la santa tarea de inquirir las causas, á 
la vez que los remedios de los padecimientos sociales; recó- 
janlo, en fin, los que por su participación en los poderes pú- 
blicos pueden hacer que la vida, en vez de difícil y odiosa para 
muchos, á causa de grandes absurdos é injusticias legales, lle- 
gue á ser siquiera soportable para todos en cuanto de la ley 
dependa, y hagamos todos fervientes votos porque, merced á 
tanto esfuerzo reunido, no sea Noruega la única nación en 
Europa en que el número de suicidios disminuye, porque la 
excepción comprenda siquiera también á nuestra patria. 

J. Jlmeno Agius. 



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CODIFICACIÓN ESPAÑOLA 



La sagaz tolerancia de los árabes permitió á los cristianos , 
sometidos á su imperio, religión, leyes y costumbres. Pero 
mientras en las poblaciones dominadas se conservó la civiliza- 
ción gótica de esta manera vergonzante, en las montafias del 
Norte, donde se alzó la bandera de la Reconquista, se enalte- 
ció y perfeccionó aquella civilización, con tanto mayor em- 
peño cuanto mayor era la catástrofe de las instituciones con- 
movidas ó derribadas. 

El Código Visigodo mostróse ineficaz para robustecer á una 
monarquía debilitada, reprimir á una nobleza indómita y des- 
pertar á un pueblo dormido. Necesitábase de un nuevo derecho 
en armonía con las circunstancias. Y nadie con más sentido 
político que la Corona emprendió tan difícil progreso, ora ha- 
lagando desde el siglo viu al xi á la aristocracia, y desde el xi 
al XIII al municipio, con la donación de tierras y franquicias, 
ora consolidando desde el siglo xiii al xv su propia autoridad 
sobre el equilibrio de ambas fuerzas. 

Adolecían cartas y fueros de las circunstancias angustio- 
sas en que habían sido dados. Ante el enemigo exterior, el 
moro, y el rival interior, el noble, el rey al otorgarlos, ó el 
pueblo al arrogárselos, se habían inspirado menos en los intere- 
ses generales de la nación que en los particulares de cada loca- 



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CODIFICACIÓN ESPAÑOLA 6¿ 

lidad ó clase. Nacía de aquí una desigualdad que se trocaba en 
anarquía. En un lugar ó en un individuo, considerábase acción 
infame lo que en otro lugar ó en otro individuo acción merito- 
ria. Cada municipio tendía á ser una república, y cada mag- 
nate un autócrata, con leyes y magistrados especiales. El 
derecho foral resultaba insuficiente, amén de heterogéneo y 
arbitrario, para subvenir á las necesidades de la época. Urgía 
reformarle en la inmensa federación de Estados aristocráticos ó 
de solariego, teocráticos ó de abadengo y democráticos ó de 
behetría, á cuyo frente alzábase un jefe común: el Rey. Y la 
reforma partió de Castilla. 

Parece que desde Fruela I (757-768) hubo condes ó gober- 
nadores, sujetos al de Burgos, en cada uno de los distritos de 
aquella región; capitanes distinguidos que recibían en feudo 
hereditario de los soberanos de Asturias los dominios que re- 
conquistaban á los moros. Algo más de un siglo había trascu- 
rrido cuando Ñuño Fernández se consideró fuerte para conspi- 
rar contra su consuegro Alfonso III el Magno^ que al fin hubo 
de abdicar en su hijo don García (910), y más adelante para 
negarse con otros condes, entre los que figura un Abolmon- 
dar, moro convertido, á concurrir en concepto de feudatario de 
Ordeño II, primer rey de León é hijo también de Alfonso III, 
á la batalla de Valdejunquera, cerca de Pamplona, donde las 
huestes árabes vencieron á las leonesas de Ordeño y á las na- 
varras de Sancho Abarca y García el Trémulo (921). Por cuyo 
agravio fueron mañosamente presos en una aldea de Burgos y 
despiadadamente sacrificados en León tan altivos subditos. Y 
por cuya venganza se alzaron al punto los de Castilla bajo el 
gobierno civil de Ñuño Rasura y el militar de Lain Calvo (922), 
siquiera volvieran á poco á la antigua forma de sus condes. 
Todos los cuales, siguiendo el ejemplo de Rasura, dan ya fue- 
ros, lo mismo el nieto de éste Fernán González (930-970), que 
su biznieto García Fernández (970-995), que su chozno Sancho 
García (995-1021). «Et quando el conde Ferrant Gongalvez et 
los castellanos se vieron fuera del poder del rey de León, tu- 
bieronse por bien andantes, é fueronse para Burgos... Et orde- 



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64 REVISTA DE ESPAÑA 

naron alcaldes fin las comarcas gue librasen por ahedrio de esta 
manera: que de los pleytosque acaescian que eran buenos, gítie 
ahedriasen el niejor^ el de los contrarios el menor danno, é este li- 
bramiento que tiucase por faganna para librar para adelante.» 
De donde vino llamar Fuero de albedrio al primitivo Fuero de 
Castilla, á una de cuyas compilaciones, hecha por Fernan- 
do III, corresponde lo trascrito (1). 

Sancho García, ansioso de vengar la muerte de su padre, 
ocurrida en la batalla de Langa contra Almanzor (995), exten- 
dió sus dominios, promulgando en ellos las ciento setenta y 
tres leyes que al efecto había reunido (2), tal vez ya bajo la 
denominación de Fuero de Burgos^ uno de los nombres con que 
después se conoció el Ordenamiento de Nájera. Lucas do Tuy 
escribe de aquel conde, «que dio buenos fueros y costumbres 
Á TODA. Castilla»: Dedil bonos foros et mores in tota Caste- 
LLA (3). Y el arzobispo D. Rodrigo, que no se cansa de llamarle 
«varón prudente, justo, liberal, esforzado y benigno,» tir pm- 
dens, justus, liberalis^ strenus et benignm^ añade: Qui contuUt 
lib.rtütes videlicet ut nec ai tributum aliquod teneantur (castellani 
milites), nec sine stipendiis militare cogantur.., Qui nobiles nobi- 
lítate potiori donavit, et in minoribns servitutis duritiem tempera- 
vit (4). Frases que casi tradujo una antigua Memoria conser- 
vada en el monasterio de Oña: «Juntó grand parte de Castilla é 
leoneses, que le dio el rey Don Bermudo, é comengó á facer 
framjuegas (cartas- pueblas), é á comenzará facerla nobleza de 
Castilla, de donde salió la nobleza para las otras tierras-, é fizo por 
ley é fuero que todo orne que quisiere partir con él á la guerra 
á vengarla muerte de su padre en pelea, que á todos facia li- 

(t} Los doctores Asso y Manuel confundieron esta compilación con un fuero que stt> 
ponen dado á Burgos por San Fernando en 1217. Nota a de la ley 1, til. XXVIII del 
Ordenamiento de Alcalá. 

^2) Manuscrito del doctor Francisco Espinosa (el Tio)^ célebre abogado de Vallado- 
lid en tiempo de Carlos I, Sobre el Derecho y Leyes de Espafiaj cap. VI, regla 2, cuyo 
extracto vieron y citan los doctores antedichos. 

(3) Lucas de Tuy^ Anales de España^ era 1065. 

(1) Arzobi-spo D. Rodrigo, De rebus Hispanice^ lib. V, cap. III y XIX. 



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CODIFICACIÓN ESPAÑOLA 65 

bres, que no pechasen el pecho é tributo que fasta alli paga- 
ban, é que no fuesen á la guerra de allí adelante sin sol- 
dada» (1). De modo, que el primer código que hubo en Europa 
<lespués de los bárbaros, es este nuestro, que data fijamente de 
los últimos años del siglo x, de 995, en que murió García Fer- 
nández, á 999, en que murió Bennudo II. 

Inspirados en tan alto ejemplo, Alfonso V el Noble com- 
pila en las Cortes de León de 1020 los fueros de aquel reino, 
obra que confirmará Fernando I de Castilla en las de Coyanza 
<ie 1050 y que durará siglos con general aplauso; Ramón Beren- 
guer II el Viejo compila en las Cortes de Barcelona de 1068 los 
fueros catalanes (Usatges), obra que ampliará Fernando I de 
Aragón en las de Zaragoza de 1413 é imprimirá Fernando II, 
añadiendo las leyes Ifechas en los reinados de Alfonso V el Mag- 
nanimo, de Juan II y de él mismo; Sancho Ramírez compila en 
las Cortes de Jaca de 1071 los fueros aragoneses, obra que per- 
feccionará Jaime I en las de Huesca de 1247, y á la que se 
agregarán, con el Primlegio General de Pedro III (1283), base 
de las libertades públicas, como la Carta Magna de Inglate- 
rra (1215), las leyes de Jaime el Justiciero, Pedro el Ceremonioso, 
Juan el Pacifico y Martín el Humano] y tengo para mí que las 
Cortes de Pamplona de 1134, en el interregno desde la muerte de 
Alfonso el Batallador á la proclamación de García Ramírez IV, 
compilaron los fueros navarros, obra que posteriormente ha- 
bían de enriquecer Sancho el Fuerte en 1194 y Teobaldo I 
en 1234. 

La posición central de los Estados castellanos y el continuo 
aumento de sus límites por el Mediodía, aumentaron á su vez 
la importancia del código de Sancho García. El cual, no ya 
sirvió para las poblaciones que reconquistaron las huestes de 
Alfonso VI, como Madrid, Toledo y Escalona, sino que, ilus- 
trado con las fazañas ó sentencias de los tribunales que de an- 
taño se guardaban en la Real Cámara, fué nuevamente reco- 

(1) El P. Berganza traslada parte de esta Memoria & sus Antigüedades de España. 
libro IV, cap. XVI, núm. 127. 

TOMO CV 5 



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66 REVISTA DE ESPAÑA 

pilado en las Cortes de Nájera de 1138, imperando Alfonso VIL 

Así como el Fuero de Don Sancho tendía á proteger á la clase 
popular, el Fuero de hijosdalffOy redactado por dicha asamblea, 
tendió á proteger á la clase nobiliaria, sin»que Alfonso VIII, eu 
las que pudiéramos llamar Cortes de Burgos de 1212, consi- 
guiera armonizar, según hizo en los cuadernos de Cuenca, 
Vizcaya y Guipúzcoa, éste ampliado por Enrique II y reforma- 
do por Enrique IV, tan encontrados intereses. La resistencia de 
los nobles y la terquedad de los almohades, siquiera los acabara 
de vencer gloriosamente en las Navas de Tolosa, le obligaron 
á desistir de nuestro primer iútento codificador de la Edad Me- 
dia: á lo cual alude Don Pedro I cuando escribe en el prólogo 
del Fuero Viejo «que por muchas priesas que ovo el rey Don 
Alfonso, quedó el pleyto en este estado, é judgaron por este fue- 
ro, segund que es escrito en este libro, é por estas facañas.» 

Desde que baja al sepulcro Alfonso VII hasta que sube al 
trono San Fernando, se extiende una época en España de con- 
tinuas discordias civiles, á cuya sombra se hicieron crónicos 
delitos espantosos. Con objeto de reprimirlos, Alfonso IX ideó 
suplicios horribles, siendo frecuente ver morir á un rebelde, la- 
drón ó asesino, no ya arrojado desde una torre, sino desollado 
por garfios ó cocido en una caldera. 

Sólo un príncipe como Fernando III, que unió definitiva- 
mente en su cabeza las coronas leonesa y castellana, y exten- 
dió y consolidó la Reconquista hasta el Guadalquivir, consti- 
tuyendo el más dilatado reino de Europa, sería capaz de impo- 
nerse á tal desorden, reemplazando lo particular con lo general 
y lo empírico con lo científico. Al efecto, recordando á su 
abuelo Alfonso VIII, pensó escribir un código, inspirado cu 
nuestras mejores leyes y destinado, bajo la forma de siete par- 
tes ó libros, imitación de las Pmtdectas, á regir en toda la mo- 
narquía. Y sí la muerte apenas le dio tiempo para romancear 
el Fuero Juzgo^ concertar el Fuero de Don Sancho con el Orde- 
Tiamiento de Nájera é iniciar el Setenario^ su hijo Alfonso X le 
tuvo para realizar á su modo aquella idea. 

La compilación reúne, la codificación sistematiza, y ambas 



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GüDIFíGAGIÓN ESPAÑOLA 67 

deben mejorar lo que existe: pesadilla coastaute del Rey Sa- 
bio. Dos camiuos podía seguir: el nacional y el extranjero. Más 
literata que político, comenzó, sin embargo, tanteando uno y 
otro al acometer la gigantesca fusión de tradiciones, hábitos y 
leyes discordes en el hermoso crisol de la patria. ¡Y ojalá insis- 
tiera en tal propósito! 

Basta un ligero examen crítico de sus cuerpos legales para 
comprender la gradación progresiva de ellos. 

A mediados del siglo xiii (1253), y por consejo y acuerdo 
de prelados, ricos- hombres y otras eminencias, redacta el me- 
nos científico, el Fuero Real^ compuesto de cuatro libros, que 
tratan principalmente de derecho político el primero, de pro- 
cedimientos el segundo, de derecho civil el tercero y de dere- 
cho penal el cuarto, formando como su complemento las cinco 
leyes «De las cosas que deven facer los adelantados mayo- 
res,» y las veintinueve «De las cosas en que dubdan los al- 
caldes.» Pero las discretas reformas que introducía en nuestra 
desorganizada sociedad, concitaron la repugnancia de los mu- 
nicipios y la ira de los nobles, hasta el punto de ser derogado 
en Castilla diez y siete años después, en el de 1272, recobrando 
su vigor el Fuero Viejo (1). ¿Quién sabe si en venganza de no- 
bles y pecheros, aparte la cuestión económica, publicaría el 
autor de las Cmligas^ cuatro años más tarde, su rigoroso Orde- 
namiento de las ¿ahireriaSy que principia: «El rico orne que jugare 
los dados, ó también el fijodalgo que descreyere...» y acaba: 
«Si el alcalde non quisiere facer derecho dello, tome (el deman- 
dante) testimonio sobre él é muéstrelo al rey é á sus justicias?» 
¿Quién sabe si aquella venganza fué una de las musas de las 
Partidas, por lo degenium irritabile vatíim? A pesar de todo, el 
Fuero Real continuó rigiendo en los demás Estados de Don Al- 
fonso, en León, Galicia, Algarve, Badajoz, Andalucía y Mur- 
cia, y á mediados del siglo xiv compartió su autoridad con el 
Filero Viejo en la corte y algunas villas castellanas (2), resul- 

(I) Don Pedro I. Prólogo del Fuero Viejo. 

(?) Ordenamiento de Alcalá, ley 1 del til. XXVHI. 



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68 REVISTA DE ESPAÑA 

tando de la jurisprudencia que al aplicarle establecieron los su- 
premos tribunales de la nación las denominadas Leyes del Es- 
tilo, tan respetadas desde los días de Fernando IV (1295-1312) 
como las del mismo código que explican. 

Poco después (hacia 1257), y por ¡guales medios, redactó el 
Espéculo ó Espejo de iodos los derechos, compuesto ya de siete li- 
bros (1), aunque únicamente se conocen cinco, que tratan de la 
ley y de la religión, del derecho público, de la milicia, y de 
la justicia y procedimientos; compilación general de disposi- 
ciones selectas, en que se notan orden más- acabado y amplitud 
más trascendental que en la precedente. «Catamos é escogie- 
mos — dice el jn^ólogo — de todos los fueros lo que más valie é lo 
meior, é pusiemoslo, y tan bien del Fuero de Castiella (sin duda 
el coleccionado por su padre), como de León, como de los otros 
logares que Nos fallamos que eran derechos.» 

El 23 de Junio de 1256 comenzó Alfonso X las Sieíe Parti- 
das, de las que eran sus anteriores códigos meros ensaj'os. 
Émulo del emperador griego Basilio el Macedonio, que á fines 
del siglo IX hizo la primera refundición del derecho justiniá- 
neo, tardó en ellas siete años, siquiera no falte quien suponga 
nueve, y aun diez. Tampoco andan acordes los críticos respecto 
al lugar en que las escribió; pues mientras unos hablan do 
Murcia, que ganó á los moros cuando infante, otros hablan do 
Sevilla, su ciudad predilecta cuando rey. Y aun menos con- 
cordancia existe en cuanto á si las redactó él solo, como sosf e- 
cha el P. Burriel, ó si, como sostienen Marina, Llamas y La- 
serna, las redactaron varios discípulos de las escuelas de París 
y Bolonia (corriente franco-italiana iniciada por Alfonso VI), 
entre los cuales parece que se distinguieron los maestros Ja- 
cobo Ruiz, natural de Genova y antiguo ayo de S. A., Fer- 
nando Martínez, arcediano de Zamora y obispo electo de Ovie- 
do, y Roldan que formó el Ordenamiento de las tahurerías. 

Las Siete Partidas, inspiradas en el Digesto ó Pandectas de 
Justiniano (533), colección de disposiciones de los antiguos ju- 

(I) EBi^cxdo, ley 7, tít. VI, lib. V. 



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CODIFICACIÓN ESPAÑOLA 69 

risconsultos de Roma sobre toda clase de materias, y en las 
Decretales de Gregorio IX (1234), colección de las circulares 
pontificias dadas hasta la fecha, eran demasiado autoritarias 
é idealistas para que dejaran de producir tempestades. Aten- 
dieran más á las circunstancias de lugar y tiempo, concillaran 
mejor los elementos histórico y filosófico, y á todos se impusie- 
ran con la firme grandiosidad con que se imponen las obras de 
la Naturaleza. 

La Primera Partida trata «De la fe católica,» y de tal ma- 
nera confunde la teología y la política, que pasa del cesarismo 
de establecer «qué cosas deben preguntar los confesores á los 
que se les van á confesar» (ley 26 del título IV), al ultramon- 
tanismo de sancionar que Roma otorgue nuestras piezas ecle- 
siásticas «á quien quisiere et en qual obispado quisiere» (ley 1 
del título XVI); de donde nos ^^inieron tantos perjuicios, que 
Alfonso XI, á petición de las Cortes de Medina del Campo 
de 1318, ordenó ya «que de aquí adelante aquellos á quienes 
el Papa hobiere á dar las dignidades é beneficios é cologias de 
las eglesias del mió sennorio, que sean de los mis regnos é mis 
naturales, ca esto tienen que es derecho,» y Juan I, á peti- 
ción de las Cortes de Burgos de 1379, añadió «que los que son 
extranjeros beneficiados en nuestros regnos, que non saquen 
dellos oro nin plata.» — La Segunda, la que más refleja nuestras 
antiguas leyes y costumbres, trata «De los grandes señores de 
la tierra,» y luego de pintar con negros colores la tírania, ya 
la ejerza un usurpador, ya un rey legítimo (ley 10 del título I), 
llama, siempre que éste muere, á los prelados, ricos- hombres 
y procuradores concejiles á -reconocer al inmediato sucesor 
(leyes 19 y 20 del título XIII). En cambio introduce novedades 
peligrosísimas, como la de que el soberano dé villa ó castillo 
á quien le plazca (ley 8 del título IX), lo que avivó las ambi- 
ciones de los poderosos; ó la de que ciña la corona el hijo del 
primogénito del monarca reinante, con perjuicio de los demás 
hijos de éste (ley 2 del título XV), lo que ocasionó guerras ci- 
viles que duraron cerca de un siglo; ó la de que los varones 
salgan á los veinte años de la tutoría (ley 3 del mismo título), 



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70 REVISTA DE ESPAÑA 

cuando antes salían á los catorce y las mujeres al casarse, lo 
que fomentó aquellas y otras guerras en las minorías de Al- 
fonso XI, Enrique III y Juan II; y nada decimos sobre que «el 
I reyno es como huerta, é el pueblo como árboles, é el rey ^efíor 

í della» (ley 3 ael título X), declaración absurda, tan digua del 

servilismo de Aristóteles, ñlósofo á la sazón en moda, cuanto 
indigna de la independencia del Fuero Juzgo, que había recor- 
dado: «Rey serás si obrares rectamente, y si no, nó»: Rex erls 
si recta facis\ si avtem nonfacis, non eris (1). — La Tercera trata 
«De la justicia,» y aunque llena vacíos de la legislación muni- 
cipal, ocasiona, por ceder á nimiedades extranjeras, tal au- 
mento de empleados y fórmulas, y por ende de términos y gas- 
tos, que convirtió la sencillez en caos, gracias al cual trastor- 
naron el foro voceros^ personeros y sayoiwSy esto es, abogados, 
procuradores y alguaciles, sin contar escribanos , hasta el 
punto de que el mismo Alfonso adoptara en las Cortes de Jerez 
de la Frontera de 12G8 y en las de Burgos de 1269 medidas re- 
presivas, y dispusiera en las de Zaragoza de 1274 «que los 
do Castiella é Extremadura, si non han abogados segund su 
fuero, que los non hayan, mas que libren sus pleytos segund 
que lo usaron,» y Don Jaime el Conquistador y seguro del origen 
del mal, prohibiera á los legistas abogar en los tribunales ara - 
goneses, y mandara que en los negocios seculares únicamente 
se invocaran los «Usatges de Barcelona,» Usaticos Barchinona, 
y en sus deficencias «el sentido común,» sensum naturalem (2). 
— La Cuarta, la más defectuosa, trata «De los desposorios y ca- 
samientos,» y por el vicio de siempre, por anteponer lo de 
fuera á lo de casa, presenta, no ya confusión en la mayoría 
de sus títulos, sino omisiones como la de la sociedad legal 
entre los cónyuges, é inmunidades como la de la patria po- 
testad á la usanza gentílica. Pase que castigue con mayor ri- 
gor que los fueros de Sepúlveda , Villavicencio y otros á la 
viuda que contrae nuevas nupcias sin esperar á que termi- 
ne el año de viudez, porque lo demandan la legitimidad del 

(I) Fuero Juzgo, primer título. Concilios IV y VUI de Toledo. 
(?J i\/arca/it«p.,apénd. niim. 518. 



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CODIFICACIÓN ESPAÑOLA 71 

Jiijo nacido en aquel período y el respeto al marido difunto. 
Pase que la hembra dote al varón, según el derecho roma- 
no, y no el varón á la hembra, según la costumbre goda, san- 
cionada en Castilla, Navarra y Aragón, porque será nuevo 
atractivo para que el más fuftrte se rinda á la coyunda. Pero, 
¿cómo tolerar sin acerba censura que un legislador católico, 
excediendo á Constantino, gentil, a quien copió Justiniano (1), 
autorice al padre, no sólo para vender ó empeñar á su hijo, sino 
para comérselo, antes de entregar por sí la fortaleza en que se 
viere tan cercado y «tan cuytado de fambre que non ouiesse al 
que comer?» (ley 8 del título XVII). El fanatismo del honor 
nos convertía en Saturnos. — La Quinta trata «De los présta- 
mos, ventas, compras y cambios,» y se inspira más que nin- 
guna en los universales principios de justicia que invocaran 
los latinos, inapreciable tesoro que utilizaron todos los códigos 
del mundo. Sin embargo, olvidado nuestro derecho, incluso el 
Fuero Real (leyes 3 y 9 del libro III del título V) , que limitaba 
al quinto de los bienes la donación por motivos piadosos ó en 
beneficio de extraños, dispone que sera válida la que para ta- 
les fines haga <s.todo orne..., por carta ó sin ella, dando quanio 
quisiere» (ley 9 del título IV), sin que obste hallarse enfermo, 
«temiéndose de la muerte ó de otro peligro» (ley 11 del mismo 
título). — La Sexía trata «De los testamentos y herencias,» y al- 
tera nuestras leyes sobre sucesiones con perjuicio de los seres 
más necesitados. Antes la mujer quedaba al enviudar usufruc- 
tuaria .con sus hijos de los bienes del marido; ahora sólo per- 
cibía de estos bienes, siendo pobre, la cuarta parte, siempre 
que no pasara de cierta suma (ley 7 del título XIII.) Antes na- 
die disputaba á los hijos la herencia de sus padres; ahora casi 
igual que ellos podían heredar las personas extrañas (ley 3 del 
título XV). Antes había gananciales, costumbre goda sancio- 
nada por Reces vinto (2) y confirmada por nuestras cartas de 

(1) Código de Justiniano, leyes \ y 2, tít. XLUI. lib. IV. 

(2) Fiiew Juzgo, ley 17, tlt. UI, lib. IV, que establece los gananciales á prorata del 
«audal aportado por cada cónyuge: cQuanto fuere mayor (el caudal), tanto deve aver 
mayor partida en la ganancia.! 



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72 REVISTA DE ESPAÑA 

arras y fueros de Castilla (1); ahora se hacía preterición de 
ellos, y eso que los habían reconocido el Fuero Real y el Es- 
péculo (2). — La Sétima trata «De las acusaciones y maleficios y 
de sus penas correspondientes,» y, sobre resucitar para los in- 
doctos y plebeyos (ley 2 del título XXX) el tormento que los 
visigodos aplicaban á toda persona, «siquier sea noble, siquier 
sea de menor guisa» (3), muestra las incoherencias de costum- 
bre. La ley 6 del título XXXI suprime la muerte por cruci- 
fixión, pedrea ó despeñamiento, amén de prohibir sacar los 
ojos, cortar las narices y quemar la cara, «porque la cara del 
ome fizo Dios á su semejanza. » Lo cual no obsta para que añada 
que el criminal puede morir arrojado á las llamas ó á las fieras, 
ni para que la ley 10 del título XXV mande apedrear al mora 
que yaciere con cristiana virgen ó casada, ni para que la 4 del 
título XXVIII disponga que á «los menores que non ayan nada» 
y blasfemen de Dios ó de la Virgen, la segunda vez se les se- 
ñalen los labios con un hierro ardiendo, y la tercera se les corte 
la lengua. La ley 9 del título XXXI establece «que por yerro 
que el padre fiziere non deuen recebir pena nin escarmientos 
los fijos, nin los otros parientes, nin la muger por el marido.» 
Lo cual no obsta para que exceptúe el caso de traición, «ca en- 
toiices los fijos serían desheredados e agramados en algunas 
cosas por la traycion que su padre fizo.» Y aquellas algunas co- 
sas se reducían á «fincar por enfamados para siempre, de ma- 
nera que nunca puedan auer honrra de caualleria, nin de digni- 
dad, nin oficio, nin puedan heredar á parientes que hayan (los 
bienes del padre ajusticiado se confiscaban), nin á otro extraño 
que los establesciesse por herederos, nin puedan auer las man- 
das que les fuesen fechas.» Y continúa: «Pero las fijas de los. 
traydores bien pueden heredar fasta la quarta parte de los bie- 



(1) Historia de Sahagúrij apéndice HI, escritura 83 del año 1034. Carta do arras de 
Ansur Gómez. Ordenamiento de Nájeray títulos XXIX y XCIX. Fueros de Cuenca, Al- 
calá y otros. Y Fwero Viejo ^ leyes 1 y 7, tít. I, lib. V. 

(3) Fuero Real, lib. UI, tít. UI, leye.s 1 y 3, y EspéciUo, lib. IV, tít. XII, ley 39. 

(2) Fuero Juzgo, lib. VI, tít. I, ley 2. 



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CODIFICACIÓN ESPAÑOLA 73 

nes de sus madres...» Seiscientos años hacía que los autores 
del I Itero /í^;?^o, siguiendo á los Profetas (1), habían escrito: 
«Aquel solo sea penado que fizier el pecado, y el pecado muera 
con él, ésus fijos ni sus erederos sean ten^dos por ende» (2). 
¿Por qué no se cumplía tan hermosa ley sin distingos farisaicos*? 

Á pesar de tamaños lunares, semillero de pleitos y gue- 
rras, basta el hecho codificador, sistemático, científico, que en 
la Edad Media simbolizan las Partidas, amén de sus virtudes 
de fijar nuestro idioma, impulsar nuestra literatura y ampliar 
nuestros estudios políticos, económicos, militares, jurídicos y 
hasta canónicos, para que se las admire como el primer código 
de aquella época, cuyos problemas se discutirían en las cáte- 
dras y se anotarían en los tribunales, siquiera pasara el rei- 
nado de su autor, y el de su hijo Sancho IV, y el de su nieto 
Fernando IV, sin que revistieran verdadera autoridad legal, 
hasta que llegó el de Alfonso XI en que la revistieron. 

El insigne vencedor del Salado y reconquistador de Algeci- 
ras, «uno de los más excelentes príncipes del mundo,» al decir 
de sus mismos adversarios los árabes (3), no se limitó al reco- 
nocimiento de los códigos de su bisabuelo, ni á la redacción 
de fueros, como el de la villa de Cabra y el de la ciudad de Ba- 
dajoz, sino que nos dejó una compilación gloriosa de carácter 
enciclopédico, según los buenos usos antiguos, en prueba de 
las grandezas que realizara á no sorprenderle la muerte, á la 
temprana edad de treinta y nueve años, en el sitio de Gibral- 
tar. Quien acertó á limpiar su reino de foragidos, y reprimió á 
los nobles, y arregló los tribunales, y dio fuerza á las leyes, y 
llevó sus armas á las puertas de África, natural era que acer- 
tase en sus empresas legislativas, ilustrando en las Cortes, 
desde las de Valladolid de 1325 á las de León de 1349, los puntos 
difíciles del gobierno, y elevando la jurisprudencia á un grado 
de esplendor, sencillez y firmeza que nunca había tenido. 



(1) DeuteronomiOj XXIV, 16; Eccequicl, XVIII, 19 y 20, y otros. 

(2) Fwero JuztjOy lib. VI, tít. I, ley 8. 

(3) Conde, parte IV, cap. XXUI. 



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74 REVISTA DE ESPAÑA 

Hasta entonces, efecto de pasiones y torpezas, habíase le- 
gislado más para discusión de estudiantes que para norma de 
jueces. Contra la extranjera levadura del Fuero Real y de las 
Partidas, había clamado de continuo la opinión pública, sin 
que la vergonzante defensa del error y del interés impidiera 
que las Cortes de Segovia de 1347 calificaran aquellas leyes de 
',?gran perjuicio, é desafuero, é desheredamiento de los de la 
tierra.» Aguijoneado por cuyas manifestaciones, un príncipe 
valeroso y discreto mandaría, con decisión insólita, que desde 
ííiiora todos los pleitos, civiles y criminales, se fallaran por el 
Ordenamiento de Alcalá, y cuando no bastara, por los Fueros 
Municipales, y cuando uno y otros resultaran deficientes, por 
las Partidas. ¡Con qué arte las examina y corrige, evocando 
recuerdos místicos y patrióticos^ á fin de darles valor práctico, 
f?iquiera humildemente supletorio! <iComo quier que fasta aqui 
non se falla que sean publicadas por mandado del rey, nin fueron 
Mvidaspor leys, mandámoslas requerir, é concertar, é emendar 
en algunas cosas que cumplían) et assi concertadas é emenda- 
das, porque fueron sacadas de los dichos de los Santos Pa- 
dres, é de los derechos é dichos de muchos sabios antiguos, 
€ d^ fueros é de costumbres antiguas de Espanna (sobre todo 
la segunda), dámoslas por nuestras leys (1).» De manera tan 
suave armonizó el hijo de Fernando IV los intereses de su 
potestad con los del clero, municipio y nobleza, legalizando, 
aunque en último término, la enciclopedia de Alfonso el Sabio. 

De las diez y seis leyes sancionadas en Villareal (hoy Ciu- 
dad Real) el año de 1346, y de las treinta y dos sancionadas 
en Segovia el año de 1347, á que se unieron las nobiliarias de 
Nájera de 1138, acordadas con las democráticas de Sancho 
Oarcía por Fernando III, resultaron, amén de otras renovadas 
ó nuevas, las ciento veinticinco de que consta aquel Ordena- 
miento, hecho en las Cortes de Alcalá de Henares el año de 1348. 
«Bien sabedes — escribe Don Pedro I en la carta que le pre- 
cede — en como Don Alfonso, mío padre, que Dios perdone, ha- 

(1) Ordenamiento de Alcalá, ley 1 dol tit. XXVIU. 



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CODIFICACIÓN ESPAÑOLA 75 

tiendo muy grant toluntat que todos los de su sennorio pasase7i 
en justicia é en egualdat, é que las contiendas é los pleytos que en- 
tre ellos fueren se librasen sin alongamiento... figo leys muy 
buenas, é muy provechosas sobre esta razón.» Y tan excelen- 
tes parecieron, que confirmaron su autoridad, superior á todas, 
Enrique II en las Cortes de Burgos de 1367 y en las de Toro 
de 1369; Juan I en las de Burgos de 1379, en las de Valladolíd 
de 1385 y en las de Briviesca de 1387; Juan II en las de Ocañu 
de 1422 y en las de Madrid de 1433; Enrique IV en las de Cór- 
doba de 1455, y Doq Fernando y Doña Juana en las de Toro 
de 1505. No merecía menos una obra que iniciaba la restau- 
ración de nuestro derecho, adulterado por Alfonso X, ora me- 
jorando nuestras disposiciones sobre asonadas, desafíos, tribu- 
nales, minas, caminos, naves, etc., ora recabando para el fo- 
berano la facultad absoluta de nombrar merinos, de que po ad- 
ministrara justicia por delegación suya, único medio de corlar 
las numerosas tropelías con que los nobles tiranizaban á los 
pecheros, ora recordándonos los antiguos señoríos de solar y 
behetría, los reglamentos de las antiguas milicias y el Patro- 
nato Real sobre nuestras iglesias. 

Por seguir esta marcha, aparece Don Pedro I, al través de 
los siglos, eminentemente simpático en medio de los crímenes 
de que se le acusa. Y, en efecto, nadie como él, heredero de los 
ánimos y talentos de su padre; nadie como él, tipo digno 
de nuestra raza en el hecho de reunir las condiciones de ga- 
lán, supersticioso y duelista, y digno de su época en el hecho 
de sujetar con igual dura mano á infanzones, que á munici- 
pios, que á clérigos, tendió, con la energía con que había pro- 
mulgado el Ordenamiento de menestrales (1351), á que vivieran 
imperecederas nuestras leyes patrias en aquel su Fuero Viejo 
de Castilla (1356). 

De los cuadernos de los concejos, dé las sentencias de los 
tribunales, de las peticiones de las Cortes y de los ordena- 
mientos de los príncipes había ido elaborándose esta nuestra 
más genuina compilación, cuyas primitivas ciento setenta y 
tres leyes del conde Don Sancho (995), confirmadas por Fernán- 



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76 REVISTA DE ESPAÑA 

do I (1050), extendidas por Alfonso VI (1067-1108) y ampliadas 
en pro de los nobles por Alfonso VII (1 138) y en pro de los mu- 
nicipios por Fernando III (1250), subsistieron constantemente, 
exceptuando los diez y siete años que duró el Fuero Real (1255- 
1272), mereciendo que Don Alfonso XI las eligiera como final 
integrante de su código de Alcalá, y Don Pedro I las coleccio- 
nara por separado, con reformas y aumentos, según las vemos 
hoy, para que Enrique II, en las Cortes de Burgos de 1367, y 
Juan II, en la Pragmática de Toro de 1427, les reconocieran la 
. supremacía que el vencedor del Salado les diera sobre las Par^ 
iidas. 

Don Pedro acometió entusiasta la empresa de perfeccionar 
el estudio del derecho, la división de las jurisdicciones y la 
práctica de la justicia. El primero de los cinco libros de que 
consta su trabajo abarca el derecho político, las relaciones en- 
tre el rey, el abad, el rico-hombre y el concejo, notándose en 
él la saludable aspiración de imponerse la monarquía, dentro 
de ciertos límites, á las demás potestades temporales; com- 
prende el segundo el derecho penal, desde la prohibición de 
matar á nadie, cristiano ó moro, «ca todo esto es justicia del 
rey,» hasta la prohibición de cortar césped en tierra ajena; ins- 
truye el tercero á los alcaldes y merinos y á los abogados y al- 
guaciles en los procedimientos á que han de sujetarse las de- 
mandas que interesen á jornaleros, hidalgos, frailes y munici- 
pios; ocúpase el cuarto en el derecho general, en asuntos tan 
discordes.como compra-ventas, arrendamientos, prescripciones, 
obras nuevas y viejas, molinos y pesca, y fija el quinto el de- 
recho civil en lo tocante á las arras y donaciones del marido á 
la mujer, á las herencias, mandas y particiones, á la guarda 
de los huérfanos y á los desheredamientos é hijos de barra- 
gana. 

Al través de todos y cada uno de ellos obsérvase la tenden- 
cia de enaltecer la tradición democrática del Fuero de Sancha 
García sobre la aristocrática del Fuero de hijosdalgo. De aqui 
la conservación de las primitivas leyes de carácter más popu- 
lar, como la que autoriza al labrador solariego á variar de ser- 



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CODIFICACIÓN ESPAÑOLA 77 

vidumbre, sin que su antiguo señor le prenda ni haga otro mal 
que despojarle de los bienes muebles que lleve consigo, «b si 
lo ficier, puédese el labrador querellar al rey, e el rey non deve 
consentir que le peche más desto» (ley 1 del título VII del li- 
bro I); ó la que autoriza al señor de cualquiera behetría á que 
tome por la fuerza lo que compren allí los hidalgos que no sean 
deviseros, que no tengan en aquel lugar herencia paterna, de 
cuyos poseedores cobraban el tributo llamado devisa (ley 1 del 
título I del libro IV); ó la que autoriza á los mancebos asalaria- 
dos por cierto tiempo y despedidos injustamente á que recla- 
men de sus amos doble sueldo (ley 5 del título III del mismo 
libro). 

La multitud de códigos publicados, y la dudosa autoridad 
de algunos, llevaron la perturbación á las escuelas, y por ende 
á los tribunales, siendo causa de que en el último tercio del si- 
glo XV se necesitara la formación de un nuevo cuerpo legal que 
opusiera el orden al desorden y la rectitud al privilegio; nece- 
sidad tanto más urgente, cuanto que ya Rodrigo de Cota había 
escrito en el último acto de su Celestina: «la ley que no es 
igual á todos es inicna.y> Ni la restauración de nuestro derecho, 
iniciada por el vencedor de Tarifa y continuada por el traicio- 
nado de Montiel, podía hallar soberanos más dignos de aca- 
barla que los Reyes Católicos, ni los Reyes Católicos, respon- 
diendo alas indicaciones que los procuradores hicieran á Juan II 
en las Cortes de Madrid de 1433 y á Enrique IV en las de dicha 
villa de 1458 (1), podían encomendar la obra en las Cortes de 
Toledo de 1480 á sujeto menos conveniente que el Doctor Al- 
fonso Díaz de Montalvo, «oidor de su Audiencia, é su refrenda- 
rio, é de su Consejo.» Tratábase de un jurisconsulto eximio, 
celoso de nuestro derecho patrio, que .con infatigable laboriosi- 
dad, y, apenas introducida la imprenta en España, había publi- 
cado el Fvero Real y publicaría las Partidas; pero hombre an- 
ciano, achacoso, medio ciego, que si en los dos reinados ante- 
riores había deslumhrado como sol, debía ahora envolverse en 

(I) Montalvo. Prólogo de las Ordenanza* Healcs. 



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78 REVISTA DE ESPAÑA 

el fúlgido manto de sus glorias para no deslustrarlas nimia- 
mente. 

El 11 de noviembre de 1484 acabó Moutalvo en Huete sus 
Ordenanzas de Castilla^ compuestas de ocho libros, que tratan: 
el primero, «De la religión christiana;» el segundo, «De los 
oficios reales y Corte del Rey;» el tercero, «De los juycios y 
pleitos;» el cuarto, «De los caballeros, hidalgos y exemptos;» 
el quinto, «De los matrimonios, herencias y últimas volunta- 
des;» el sexto, «De las rentas reales;» el sétimo «De los propios 
de las ciudades, villas y concejos,» y el octavo «De los deli- 
tos.» Y el 20 de Marzo de 1485 las sancionaron sus compañeros 
de Consejo, por Real Cédula expedida en Córdoba. 

Tan probado resulta que la mencionada compilación fué de 
derecho autorizado, y no de mero estudio, como que abundaba 
en inexactitudes y defectos. Isabel la Católica lo revela clara- 
mente al suplicar al rey, su marido, y encargar á la princesa, 
su hija, y al principe, su yerno, y mandar á los otros sus tes- 
tamentarios, en el codicilo que otorg(') espirante en Medina 
del Campo á 23 de Noviembre de 1504, «que luego hagan jun- 
tar un perlado de sciencia é consciencia (¿el Padre Talavera ?) 
con personas rectas, c sabias, é experimentadas en los derechos, 
o vean todas las dichas leyes del Fuero (para mi el Viejo), é los 
(h'denamientos (para mí los de Alcalá y Montako), é las Premá- 
ticas (las reunidas y autorizadas el año anterior en Segovia), é 
las pongan ó reduzcan todas á un cuerpo, do estén más bre- 
ves é compendiosamente complidas» (acabadas, perfectas). 

A este constante deseo de la reina habían ya respondido 
las Cortes de Toledo de 1502, pidiendo la reforma y aclaración 
de las leyes más usuales en el foro; á cuyo efecto habíase nom- 
brado una Junta de letrados, entre los que descollaba el famoso 
Palacios Rubios. Terminado el trabajo al ocurrir el óbito de Isa- 
bel, su esposo Fernando le publicó al año siguiente, a instancia 
de las Cortes que reunió en Toro, para que, en vista del testa- 
mento de su esposa y de la incapacidad de su hija Doña Juana, 
fuese ésta jurada por reina y él por gobernador de Castilla. 

Las ochenta y tres Leyes de Toro^ que tienden á robustecer 



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CODIFICACIÓN ESPAÑOLA 79 . 

la constitución de la familia, y, por tanto, se refieren principal- 
mente á matrimonios, dotes y herencias, lejos de extirpar los 
males que todos lamentaban, vinieron a aumentarlos con la 
antihumanitaria facilidad que dieron para la vinculación ó ma- 
yorazgamiento de bienes raíces, facultad repulsiva á nuestros 
Licurgos municipales, que en sus aspiraciones igualitarias pro- 
hibieron hasta las mejoras. Los procuradores de Nájera ordena- 
ron con Alfonso VII: «Después que fueren alechigados de en- 
fermedad (postrados en cama), nin á la hora de la muerte, non 
pueden dar á un fijo más que á otro ninguna cosa (1).» Y Al- 
fonso VIII escribió en el Fuero de Cuenca: «Nin padre nin ma- 
dre non hayan poder de dar á alguno de sus fijos mas que á 
otro, nin enfermos, nin sanosy mas todos egualmente tomen su 
parte, así en mueble como en raíz (2).» 

Cierto que en el Fuero Juzgo, que autoriza la mejora del 
hijo ó del nieto en el tercio del haber del padre ó del abuelo (3), 
encontramos ya el primer asomo de vinculación: «El omme 
que es solariego non puede vender la heredad por ninguna 
manera, é si alguno la comprare debe perder el precio, é quanto 
ende recibiere» (4). Cierto que Alfonso X otorgó á Diego de 
Haro, pefior de Vizcaya, los fueros de Valderejo (Álava) a con- 
dición de que pasaran al heredero de aquel (amayorazgo, é nun- 
ca sean partidos, nin vendidos, nin donados, nin cambiados, 
nin empcnados» (5). Cierto que Sancho IV, en son de contra- 
peso á la amortización eclesiiística (cuyos abusos venían corri- 
giéndose desde el Non deíis Destros honores, nec vendaíis ad 
Ecclesiam, ñeque adinfanzofies, del fuero de Jaca de 1064), apo- 
yó abiertamente la amortización civil, autorizando la de bienes 
de leales servidores, como hizo por cédula de 1291 con su ca- 
marero mayor Juan Mathe, «porque su casa (la del Mathe) 

(t) Ordenamiento de N Ajera, tit. LlI, y Fuero Viejo de Castilla^ ]eyes 4 del lít. H 
y 6 del tit. ni del lib. V. 

(2) Fuero de f'uenca, ley 27 del cap. X, copiada en los de Baeza, Plasencia y otros- 

(3) Fuero Juzgo, ley i, tít. V, lib. IV. 

(4) id., ley 20, tít. IV, lib. V. 

(5) Colección de documentos sobre las Provincias Vasconjj'adas, tomo V, pág. 187. 



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80 REVISTA DE ESPAÑA 

quede hecha siempre, é su nombre non sé olvide nin se pier- 
da» (1). Pero ciertísimo también que estas muestras parciales 
del germen visigodo habían sido cuerdamente olvidadas por 
nuestros estadistas en todos y cada uno de sus códigos. El mis- 
mo Alfonso X, que había escrito en el Fuero de Alarcón (Cuen- 
ca) de 1256: «Mando que á monges ni omnes d'Orden que nin- 
gund non aya poder de dar raiz ni vender, ca asi como la Or- 
den veda á Nos de dar é vender eredat, asi el nuestro fuero é 
la costumbre vedan á Nos eso mesmo,» escribió en las Partidas: 
«Otrosí, segtind antigua costumbre^ como quier que los padres 
comunalmente auian piedad de los otros fijos, 7ion quisieron 
que el mayor ¡o ouiese todo, mas que cada tno dellos ouise su par- 
te» (2); sin quglo del señorío de Vizcaya pase de mera excep- 
ción, idéntica á la establecida por altas razones de Estado res- 
pecto a los bienes de la Corona. Nada más loco que, cuando al 
tronar de los cañones se derrumbaban los castillos de la tiranía 
feudal, hombres independientes, en aras del orgullo de unos y 
de la holganza de otros, favorecieran, contra la opinión del sa- 
gaz Palacios Rubios, la vinculación de aquellos bienes, y hasta 
la de las obras con que se los mejorase, preparando así la deca- 
dencia de la agricultura y la miseria de todos, mientras coad- 
yuvaban inconscientemente á que aumentaran las dudas de los 
tribunales y las sutilezas de los enreda-pleitos; dudas y suti- 
lezas que aún subsisten, á pesar de los propósitos que mostra- 
ron en extinguirlos los autores de la Nuera y Notísima Reco^ 
pilación, acabadas en los reinados deFelípe II (1567) y Car- 
los IV (1805). 

Nuestras leyes pecan realmente de numerosas y oscuras; de 
cuyo número y oscuridad nacen redundancias, inexactitudes y 
contradicciones, que sobre torcer la justicia, menoscaban la 
bolsa. Y nada decimos de lo de preferir lo^malo extranjero á lo 
bueno patrio, vulgaridad extendida en todas las manifestacio- 
nes de nuestra voluntad é inteligencia. ¡Cuándo sonará la hora 

(l) Zúñiga, Anales deSevilla^ pág. 147. 
(1) Partida U, tít. XV, ley 2. 



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CODIFICACIÓN ESPAÑOLA 81 

de reunir y sistematizar nuestro derecho, armonizando, para 
desterrar por siempre aquellos vicios, nuestros cuadernos fera- 
les, según los adelantos de la ciencia y las necesidades de la 
€poca! ¡Cuándo sonará la hora en que, sin desdeñar los teso- 
ros que encierran el Fuero Juzgo y las Partidas^ vindiquemos 
á Sancho García, Alfonso V, Berenguer el Viejo, Sancho Ra- 
mírez, Alfonso Vil, Sancho el Fuerte, Teobaldo 1, Fernando el 
Santo, Jaime el Conquistador, Pedro el Grande, Alfonso XI y Pe- 
dro I! ¡Cuándo sonará la hora de reducir nuestras leyes á un 
cuerpo, verdadera Codificación EspaTiola, «donde estuvieren más 
brevemente é mejor ordenadas, declamndo las dubdosas, é qui- 
tando las superfinas, por evitar las dubdas é algunas contrarie- 
dades que cerca dellas ocurren, é los gastos que dello se si- 
gue»,» como, interpretando los deseos de Alfonso VIII, escri- 
bió Isabel la Católica en su memorable codicilo! 



Abdón de Paz. 



TOMO CV 



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EL FOLK-LORE DEL NIÑO 



^^W^^S/S^^WWV^W'>/V 



Juegos infantiles. 

Si el Folk-Lore tiene, como con razón afirma el ilustre »• 
cretario de la Sociedad inglesa Mr. G. L. Gomme, derecho & 
ser considerado como una ciencia, el Folk-Lore puede consíde- 
derarse también como un almáciga ó semillero de ciencia» 
nuevas, como un árbol de multitud de ramas, cada una de las 
cuales, separada del tronco y clavada en la tierra, puede, como 
las varetas de rosales, producir un nuevo y primoroso arbusto. 
El estudio del niño, que es acaso el más fiel y genuino repre- 
sentante de la humanidad, está llamado á constituir la base 
más firme de la Paidología^ ciencia que, á su vez, ha de formar 
el más sólido fundamento de la Pedagogia del porvenir. 

La educación del niño, si ha de ser científica, requiere ub 
conocimiento pleno del educando, conocimiento que no podrá 
obtenerse sin el estudio de esa obra importantísima que se rea- 
liza dentro de los sagrados muros de la casa, desde que el in- 
fante nace hasta que, andando y Tiablando, extiende su persona- 
lidad fuera de la vida de familia, esfera más amplia que lo en- 
vuelve durante este interesantísimo período de su vida. 

La importancia de la obra de la madre en la formación del 
hijo, con ser tan grande y haber sido tan decantada por los 



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EL FOLK-LORE DEL NIÑO 88 

filósofos y poetas, no ha sido aún, ni con mucho, estudiada con 
la atención que se merece; y no lo ha sido, porque la filosofía 
hasta há poco dominante, influida por creencias positivas, par- 
tía de un error de que hoy afortunadamente parece empezar á 
salir. El niño, suponíala teoría antigua, es un hombre pequeño: 
el niño es un ser que, por modo maravilloso y con sus ribetes 
de divino, viene hecho y acabado á este valle de lágrimas, 
para representar en él el modestísimo papel de rey de la crea- 
ción á que la Providencia le tiene destinado. Frente á esta afir- 
mación, y á modo de protesta, el pueblo sostenía que el recien 
nacido, después de recibido el primer Sacramento, era sólo un 
pedazo de carne bautizada; á nadie se ocurría, sin embargo, que, 
lo que era nueve meses antes un germen informe é impercepti- 
ble, no podía ser nueve meses más tarde cosa radicalmente 
distinta, ni hallarse, por tanto, sometido á leyes completa- 
mente diversas, de lo que fue durante su vida intrauterina. La 
vida del niño, después que nace, no es, en nuestro sentir, más 
que una continuación de su anterior desenvolvimiento: no hay, 
por el mero hecho de nacer, una solución de continuidad entre 
una vida y otra; el embrión sigue haciéndose por idéntico pro- 
ceso natural, desde su nacimiento hasta los tres años, que desde 
su concepción á su nacimiento, sin otra variación que la que 
resulta de los nuevos medios que lo rodean. Si al embriólogo 
toca estudiar el desenvolvimiento del feto, al fisiólogo y al psi- 
cólogo incumbe la no menos delicada tarea de seguir estu- 
diando al infante hasta que se capacita para el lenguaje y la 
locomoción; ¡como quien no dice nada! para andar por el mundo 
y comunicar con sus semejantes, para el cumplimiento de sus 
funciones de relación, que es en lo que más se distingue de las 
especies anteriores! Tal y tan sublime es la obra que el nuevo 
ser aprende en el seno de la familia, en esa más amplia y dila- 
tada placenta, cuyo atento estudio puede, con razón, hacer 
pensar á algún filósofo si la madre, mediante la crianza, que 
hace posible la dentición y el lenguaje y da al infante el vigor 
necesario para la locomoción, sufre una gestación, no ya de 
nueve, sino de treinta y seis meses! Y claro se alcanzará á los 



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84 REVISTA DE ESPAÑA 

lectores que cito esta cifra convencional simplemente como un 
medio de expresar mi idea. 

Que el estudio de la infancia — infare = no hablar — esde su- 
premo, de capital interés para los pedagogos,se comprende con 
sólo considerar que, cuando éstos reciben al educando, lo reci- 
ben como una obra no concluida, y que sólo con el conoci- 
miento de su evolución gradual hasta el momento en que lo 
admiten para enseñarle puede ser fructuosamente continuada 
la obra. Mediante la madre y la familia, el infante se ha hecho 
nmo\ mediante el maestro, aspiramos á que el niño llegue á ser 
hombre. 

Para el conocimiento de estos verdaderos prolegómenos de 
la Paidología sólo cuento con una cualidad y una condición; 
buen deseo, y tener en mi propia casa los mejores libros para 
estos estudios; niños de uno á diez años de edad. 

Observando á éstos, y aunque falto, por desdicha, de aque- 
llos conocimientos y sosiego que la ciencia exige para poder 
observar con delicadeza y experimentar con provecho, he creí- 
do hallar una explicación de lo que es el juego y de su influen- 
cia educadora para la vida. 

El juego, en general, es, ante todo, actividad y movimiento; 
vida quo, como rebosa y se desborda del vaso en que está con- 
tenida; la enfermedad es incompatible con el juego y su más 
acérrima enemiga; los niños enfermitos juegan mucho menos 
que los niños sanos; el juego es salud, exceso de vigor, de 
fuerza y de energía; los niños que no juegan son flores mar- 
chitas, plantas agostadas; los que juegan mucho, torrentes co- 
piosos de bullidoras aguas. En el juego, como enseña con ran- 
zón el célebre filósofo inglés Heriberto Spencer, se despliegan 
una especie de fuerzas y energías que no tienen finalidad in- 
mediata; de aquí su frivolidad aparente y el desdén con que su 
estudio suele ser mirado por los que no piensan que, precisa- 
mente porque el juego no sirve para las necesidades inmedia- 
tas, puede servir para las futuras, carácter trascendental que 
en los juegos reconocen todos los hombres serios y que saben 
que en la naturaleza nada es inútil. Y no podía ser de otro 



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EL FOLK-LORE DEL NIÑO 85 

modo; si el hombre no hiciera otra cosa que atender á lo que 
llamamos sus necesidades primeras, no sería un ser progresivo, 
ni susceptible de los adelautos que ha alcanzado. El animal es 
más perfecto que la planta, porque juega más que ella, y en- 
tre los animales son más perfectos aquellos que disponen de 
mayor número de juegos. El perro y el caballo juegan más que 
los peces, y éstos más que las ostras, que viven apegadas alas 
rocas. Con ser tantos y tan graciosos los movimientos de los 
pájaros y los gatos en sus juegos, estudiados por un anatómico 
y un mecánico, quedarían reducidos á un número menor de 
tipos que los movimientos que observamos en los juegos del 
niño. 

Mas dejando aparte esta digresión, cuyo desarrollo es inne- 
cesario ahora, fijémonos en las formas generales en que el ex- 
ceso de actividad á que hemos llamado juego se manifiesta. 
Estas formas son dos: hs movimientos corporales y los gritos. El 
sueño acaso sea también otra forma importantísima del juego 
en la primera edad, si durante él, dentro de esa esfera, por lo 
poco conocida, aún misteriosa para nosotros, se van facilitando 
el funcionalismo cerebral y el del sistema nervioso, y mediante 
ese trabajo subcraniano y oculto se van agrupando y coordi- 
nando los datos recibidos del llamado mundo exterior, que el 
infante nos devuelve más tarde en forma de expresión inteli- 
gible para nosotros. Confirma la posibilidad de que esta supo- 
sición pueda tener algún valor el hecho, ya comprobado por 
la ciencia, de que el cerebro del recien nacido aumenta más de 
un centigramo diario durante el primer período de su vida, ó 
sea medio centigramo en las doce horas del sueño que duerme 
próximamente cada día; prueba inequívoca, al parecer, de que 
el trabajo cerebral no se suspende en esta edad, aunque sus 
muestras, tanto en el sueño como en la vigilia, sean muy poco 
visibles. 

Respecto al grito, supone el Sr. Sikorski en un artículo pu- 
blicado en la Revue pJiilosopliique y traducido ahora en el Bole- 
Un de la Institución Libre de Enseñanza^ de Madrid, que es algo 
que debe evitarse, algo que causa malestar en los niños, y 



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86 REVISTA DE ESPAÑA 

algo, por último, que más revela sensaciones dolorosas que no 
el carácter de juego que le atribuyo. Creo, sin embargo, que 
el grito, que sólo puede estudiarse en la Fisiología y que es sín- 
toma, en efecto, de dolor en los niños — como lo es casi siempre 
en el hombre — es, ante todo, exceso de actividad orgánica, y 
que dentro c^e él están los gérmenes del lenguaje y la música, 
como dentro de la movilidad excesiva se hallan los gérmenes 
de la mímica, el baile y cuantas artes se refieren al ejercicio 
del aparato muscular en su grado más complejo y armónico. 
Más aún: en el mismo llanto, que creo, en efecto, con el distin- 
guido pedagogo ruso, debe evitarse en lo posible y que revela 
casi siempre falta de salud en los niños, hay en algunos casos, 
que lo incompleto de mis observaciones me impide determinar, 
indicios de esa actividad desbordada que constituye el juego y 
hace posible la existencia de los juegos. 

Valga por lo que valga, y puesto que tiene derecho á bene- 
volencia quien sólo se mueve á indicar lo que piensa deseoso 
del acierto, he de decir que en los movimientos y en los gritos, 
formas generales del juego, creo hallar como la representación 
de lo que podría llamarse el elemento psíquico y el elemento físico] 
los gritos, siquiera mediante ellos se pongan en movimiento 
los músculos torácicos, laríngeos, faríngeos y bocales, repre- 
sentan como algo más íntimo que los demás movimientos del 
cuerpo en general; por eso, aunque sean, como aquéllos, expre- 
sivos del estado del sor que los produce, por lo que tienen de 
música, como que penetran y conmueven más á quien los es- 
cucha y á quien los produce. 

El niño goza más reconociéndose autor de sus gritos que de 
sus movimientos; parece como que por aquéllos se entera mejor 
de su propia personalidad, reconoce á su modo una correspon- 
dencia más íntima entre el grito oído y el esfuerzo hecho para 
lanzarlo, que entre un movimiento suyo determinado y el sis- 
tema particular de músculos puestos enjuego para producirlo. 

Pero ¿qué ley ó qué leyes rigen las dos grandes manifesta- 
ciones del juego que examino? En los gritos y en los movi- 
mientos, todo es aparentemente desordenado, sin tino ni me- 



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EL FOLK-LORE DEL NIÑO 87 

dida, 8in finalidad ni propósito; en medio de esfas condiciones, 
ó, mejof dicho, sobre ellas, se destaca y fluctúa, sin embargo, 
una nota de gracia y armonía que, sin saber por qué, se im- 
pone á la reflexión del hombre pensador. En los gritos y mo- 
vimientos del niño hállanse como las estrofas de un gran 
poema, cuyo magniñcencia se nos impone, aunque no acorta- 
mee á descifrarlo y comprenderlo. Hay en estas primeras for- 
mas del juego infantil algo que podríamos representarnos como 
un vago rumor de sonidos próximos, pero que por algún obs- 
táculo ó torpeza de nuestro oído no lográsemos percibir con cía- I 
ridad, á pesar de nuestros esfuerzos; algo como labor de muchos ' 
obreros que se vislumbran y sienten trabajar y agitarse confu- 
samente á través de muchos tules tenues, cuyo número y su- 
perposición los hacen más adivinables que visibles. 

En esta época están, á mi juicio, los primeros gérmenes de 
la mímica, del lenguaje y de la música. El grito evolucionado 
«era con el tiempo canción j palabra; aquellos movimientos des- 
compaginados de cabeza, tronco, brazos y piececitos, será mR- 
tsm^ pantomima f bailes y arte de representación teatral. 

Murillo sorprendió uno solo de los secretos que euvuelve el 
problema que estudio, y, apto para trasladar al lienzo el re- 
sultado de aquel secreto, produjo sus más inmortales cuadros. 
Los ángeles de Murillo no son más que niños dormidos entre 
las revueltas sábanas de su lecho, en uno de esos momentos en 
que el sueño esculpe, por decirlo asi, una de las fases del juego 
de que venimos hablando en este artículo. La expresión de las 
actitudes infaatiles, como elemento estático de ese gran dina- 
mismo — que sólo aparente y parcialmente, no en absoluto, cesa 
y se suspende durante el sueño — es el principal arte que dio la 
inmortalidad al pintor de Sevilla. 

Terminada esta digresión, que la exquisita delicadeza de 
mis lectoras habrá de perdonarme, seguiré la investigación del 
proceso empleado por la naturaleza para pasar del juego, visto 
«n lo que pudiera llamarse su total determinación y unidad pri- 
mera, á los infinitos juegos que se encuentran en la historia de 
todos los países. 



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88 REVISTA DE ESPAÑA 

A partir desde el momento que mi torpeza me enseña coma 
inicial, y que la madre sorprende antes que nadie, comienzan 
las primeras tentativas de juegos particulares y á delinearse una 
de las primeras leyes que rigen á estos juegos. La madre, re- 
presentante, como más adelante veremos, más que de sí propia^ 
de toda la tradición, que en ella parece como que se condensa y 
retrata, es, al mismo tiempo que discipula del hijo, la verda- 
dera maestra de estos juegos infantiles, que no sin razón pudie- 
ran también llamarse maternales. 

En efecto; observada por la madre ó persona que la susti- 
tuya, la extraordinaria movilidad y griterío y laleo del infante,, 
el primer esfuerzo de aquélla es para ir encauzando y ctmali- 
zando aquel torrente de actividad en aceitones sencillísimas y 
fáciles de ser imitadas por el hijo. A esta obra de la madre res- 
ponden, entre otros, los juegos de manos y dedosy de que traté 
en un artículo inserto en el Giornale di pMlologie romanza que 
dirige en Roma el distinguido profesor Ernesto Monacci. 

Existe entre estos juegos y la exuberante moviblidad de los 
niños una relación análoga á la que existe entre los monosíla- 
bos y los primeros gritos inarticulados. Bajo éstos, como que 
se culumbran plexus fónicos y vocales y consonantes que se 
van presentando, dentro de la ley impuesta por el organisme 
humano, con diferencias hijas sólo de las circunstancias exte- 
riores. Así, por ejemplo, y para explicarme mejor, dentro de 
los monosílabos de un orden dado, los labiales, v. gr., la apari- 
ción de cada uno de ellos depende casi exclusivamente de cau- 
sas fortuitas. En ún artículo sobre el lenguaje infantil tuve ya 
ocasión de hacer observar que un simple cambio de criada en 
una casa puede influir para que un niño, esforzándose por nom- 
brarla, pronuncie antes tal consonante que tal otra; puesbien^ 
una cosa análoga acontece con los juegos infantiles referentes 
á la regularización de los movimientos, como los muy conoci- 
dos de las mocitas^ el hilindón, el gazapito^ el huevo ^ las tortitas^ el 
pon, pon y otros pasatiempos que tienen por objeto hacer que el 
niño remede los movimientos que repetida y amorosamente le 
enseñan. 



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EL FOLK-LORE DEL NIÑO 89 

Tres vienen á ser, por tanto, las leyes que se bosquejan en 
estos juegos, y que ya implícitamente he citado al emplear 
la palabra tentativa y remedo. En los juegos de que tratamos 
se dibuja primero lo que podrían llamarse principios de adapta- 
ciihiy de imitación y de diferenciación ^ que rigen y gobiernan, no 
sólo los juegos infantiles, sino todos los juegos de niños. De 
aquí nace la importancia de una observación que cada uno 
puede comprobar por sí, á saber; que en los juegos de esta pri- 
mera edad hay unos puramente naturales que el niño hace solo, 
y otros que son más bien el remedo de las acciones de la ma- 
dre; en los primeros pudiera decirse que predomina la obra de 
la naturaleza; en los segundos la obra de la historia. 

La madre es, como he dicho, la más fiel y genuina repre- 
sentante de la tradición; mediante ella el niño toma carta de 
naturaleza en su país; no es ya sólo en el idioma que continua- 
mente escuchan sus oídos — y que le hace hablar español si ha 
nacido en España, francés si en Francia, é italiano si vio en 
Italia la luz primera — donde resuena la voz de la tradición; en 
las misma formulillas y cancioncillas de los juegos, y aun en 
la sencilla acción que en ellos se desenvuelve, repercute una 
vez más el eco de la voz anónima de la humanidad. 

Los juegos propiamente maternales son, como veremos, 
análogos en casi todos los países; ellos penetran bajo todos los 
techos; no parece sino que el espíritu popular, más sutil y más 
fino que estos picaros aires madrileños, se filtra por todas las 
rendijas sin que halle obstáculo posible para su paso. El hijo 
de la duquesa, como el de la más humilde lavandera, ha escu- 
chado en su infancia, repetidos en el dialecto ó idioma del pue- 
blo en que ha nacido, las mismas formulillas tradicionales. 
Ya lo dijo con el primor que acostumbra mi querido amigo 
Luis Montóte en su preciosa obra Corrales de vecinos, hablando 
de las coplas de cuna: «Yo no sé con cuáles canciones arrullarán 
las majestades de la tierra el sueño de sus hijos; pero sospecho 
que estas coplas resonarán bajo los ricos artesonados de los pa- 
lacios reales.» 

Mas ¿en qué edad comienzan los juegos de que la madre es 



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90 REVISTA DE ESPAÑA 

verdadera maestra? ¿En qué época de la vida empiezan á ju- 
gar los niños? Si á esta segunda pregunta hubiera de contes- 
tar por lo que pudiera llamarse exigencia lógica del concepto 
del juego, diría que desde el momento en que nacen. La vida 
de los niños, como la de todo ser, y especialmente la de los ani- 
males, seria inexplicable sin el juego. Pero si lógicamente éste 
comienza con la vida, por experiencia no acertamos á darnos 
cuenta de él hasta algunos meses después que el niño ha na- 
cido. Este pasa un período más ó menos largo, y que guarda 
relación con su organismo y las circunstancias que le rodean, 
invirtiendo toda su actividad y su tiempo en su nutrición y en 
la reposición de fuerzas que para alimentarse necesita median- 
te largos y profundos sueños; época interesantísima que dura 
sólo algunos meses, y respecto á la cual estamos en una igno- 
rancia análoga á la que hasta hace poco se hallaban muchos 
historiadores respecto á la llamada larga y tenebrosa nocJte de 
la Edad Media. 

Pasada esta época, el niño comienza á estar despierto más 
tiempo del absolutamente indispensable para alimentarse. Co- 
mienza á despabilarse^ como decirse suele, y á ejercitar otras 
energías que las puramente indispensables para el cumpli- 
miento de sus necesidades primeras. 

Desde este momento, en que por abandonar, en cierto modo, 
la vida letárgica primera y los excesivos y graciosísimos mo- 
vimientos de brazos, el niño parece una mariposa acabada de 
salir del capullo, la madre, atenta sólo antes á alimentarle 
con su propia sangre, tenerle limpio y á velar y arrullar su sue- 
ño, empieza ahora á ejercer sus funciones de maestra y la ele- 
vada misión pedagógica que todos le reconocen, y sobre la cual 
y en vista de los hechos observados voy á hacer algunas lige- 
ras indicaciones. 

Es la primera que, aunque la madre educa y enseña á sus 
hijos en esta época de la vida, no lo hace reflexivamente y con 
fin pedagógico, sino solamente para entretenerlos y gozar ella 
misma con las gracias y encantos de los infantes. El espec- 
táculo que éstos ofrecen es lo bastante bello para que la 



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EL FOLK-LORE DEL NIÑO 91 

madre no necesite motivos más meditados, fines más trascen- 
dentales ni estímulos más poderosos que su contemplación para 
provocarlo. Los juegos infantiles tienen en sí un carácter de 
alegría que se impone y se comunica y propaga á quienes los 
contemplan. Mediante ellos, la naturaleza, despojándose de los 
tupidos velos que la envuelven, va manifestando nuevas y más 
sorprendentes hermosuras. Las madres tienen, por lo común, 
un sentido tan profundamente religioso y artístico, que atribu- 
yen sólo al hijo la obra que es, en su fondo, producto de am- 
bos; ignorantes, por regla general, de las correspondencias que 
existen entre los seres naturales, consideran las acciones del 
hijo como habilidades, gracias, dones especiales de aquellos 
pequeños seres. 

¿Cómo se verifica, sin embargo, esa obra? ¿Mediante qué 
procedimiento, puramente natural y compuesto de los dos fac- 
tores que á ella concurren, puede explicarse la trasformación 
del juego en variedad de juegos? ¿Cómo aquella exuberancia 
de actividad que se desborda en movimientos y gritos, se va es- 
pecializando por los esfuerzos de la madre y del niño, hasta 
convertirse en los juegos que voy á estudiar? He aquí la obra 
que el Folk-Lore enseña, ó para la cual, por lo menos, sumi- 
nistra una serie de datos importante. 

Veamos ahora algunos de estos juegos, tomados de la co- 
lección de mi querido amigo el inteligente y laborioso cuanto 
modesto folk-lorista Sr. D. Sergio Hernández de Soto. Titúlase 
esta colección, publicada en los tomos II y III de la Biblioteca 
de las tradiciones populares españolas, Juegos infantiles de Ex- 
tremadura, y contiene un total de 127 juegos de niños, senci- 
lla y fielmente descritos, con variantes y eruditas notas, que 
hacen de esta obra la mejor de las que hasta el presente co- 
nozco en España respecto á la materia en que ahora me ocupo. 
Divide el Sr. Hernández de Soto su interesante colección en 
cuatro series: la primera, que es, por desdicha, la menos rica, 
consta de quince juegos y se titula Pasatiempos para niños de 
ambos sexos de uno a cuatro años-, la segunda, de cuarenta y seis, 
se titula Juegos comunes dios dos sexos ^ y que son jugados por 



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92 REVISTA DE ESPAÑA 

niños y ñiflas^ hieii separados ó mezclados unos y otras; la tercera 
contiene veintitrés Jtiegos de nina de cinco años en adelante) y la 
cuarta y última, cuarenta y tres Juegos de niños de cinco años 
en adelante, 

A la simple lectura de estas divisiones resulta clara la base 
de clasificación que el Sr. Hernández de Soto, de acuerdo en 
esto con el Sr. Maspons y Labros en sus Jochs de la infantesa^ 
ha adoptado en su obra. En la clasificación de mi amigo se 
manifiesta también un carácter interesantísimo de los juegos, 
de que trataré en otro artículo. Me refiero á lá distinción entre 
los juegos de niños y de niñas, lo cual indica que en estas ac- 
ciones, como en las coplas, hay también una como especie de 
sexualidad. 

En este articulo voy á ocuparme únicamente en los juegos 
de la primera serie, los cuales tienen, en mi opinión, la sufi- 
ciente importancia para constituir un verdadero ciclo, el dclo 
infantil, que comprende los juegos del infante hasta el período 
en que éste, andando y hablando, merece realmente el nombre 
de niño. Los juegos, por ejemplo, del salto y la carrera y los 
trabalenguas, que son con relación al lenguaje lo que aquéllos 
con relación á los movimientos corporales, esto es, ejercicios 
gimnásticos, pertenecen ya á una serie ó ciclo á qne podría lla- 
marse provisionalmente segundo, con referencia al tiempo. 

Como notas distintivas de los juegos infantiles, citaré: 
1.*, la de verificarse éstos siempre entre el niño y la madre ó 
persona que hace sus veces, mientras que los de las series pos- 
teriores se verifican siempre entre varios niños, unas veces en 
número determinado, como en las cíiatro esquinas, por ejemplo, 
y otras indeterminado, como el de contrabandistas y caraUneros*, 
2.', la de tener siempre formulillas y cantilenas musicales que 
sirven de acompañamiento á los movimientos del infante. 

La música es, en efecto, uno de los elementos educadores 
primeros — acaso el primero de todos — que inñuye sobre ese 
embrión á quien pretende llamarse hombre chico aun antes de 
ser niño todavía. Antes de manifestarse en los infantes esa mo- 
vilidad excesiva y esos gritos que recuerdan los cantos de las 



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EL FOLK-LORE DEL NIÑO 98 

aves, pasan aquéllos algunos meses en un período letárgico, 
en que la madre arrulla su sueño con canciones y gritos de 
mimo y cariño que debe suponerse que obran sobre el sistema 
nervioso del tierno í^er, incapaz todavía de reaccionar visible- 
mente sobre tales sensaciones. La música y el baile, como ex- 
presión de un doble movimiento que pudiera llamarse nmro- 
mMscular, tienen su cuna precisamente junto á la cuna del 
niño; por eso cuando éste, al despertar de la vida que he lla- 
mado letárgica, empieza á agitar graciosamente sus miem- 
brecitosy á lanzar esos gritos, primeros elementos del canto, 
acaso no hace más que reflejar^ en el límite y grado que le es 
posible, el para él primer mundo exterior, empezando de este 
modo á dar muestras de su individualidad, mediante un acto de 
vasallaje y sumisión á los medios ambientes. Por esta razón 
puede asegurarse que, así como la madre fué la primera tierra 
en que fructificó el germen, así la casa es la primera patria del 
infante. 

Abriendo la obra que examino por la cuarta serie, se ob- 
serva que ya en los juegos contenidos en ella hay mucho 
menor número acompañado de formulillas y canciones que en 
los de la primera. Como ejemplos pueden citarse los soldados^ el 
ioroy la billarda, el cuerno, la pelota, los capellanes, la barra, el 
tango, cara ó cruz, el tieso, el hoyo, saltar i pie juntillo, la correa, 
el taco, arranca-tierra, los perros y las liebres, la justicia y los 
ladrones, contrabandistas y carabineros, moros y cristianos, correr 
la rata, la rueda de socorro, la rueda de las coces, las tres en raya 
y h rayuela. Esto es, veintinueve de los cuarenta y tres que com- 
ponen la serie: en cambio los quince que forman la primera, to- 
dos tienen formulilla, rimadas en la inmensa mayoría y acom- 
pañadas de una cadencia especial. 

La razón de este fenómeno es perfectamente fácil de enten- 
der; hay una correspondencia, por todos reconocida, entre la 
música y los movimientos corporales; y los gestos, la expre- 
sión de los rasgos de la fisonomía y el tono emocional, son, se- 
gún nos enseña el sabio Tylor, los primeros elementos consti- 
tutivos del lenguaje. El niño entiende y se expresa primero 



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94: REVISTA DE ESPAÑA 

por la ffesticulaci&n y el tono que por la palabra articulada. Quien 
dude esta observación, y en general de la doctrina que parece 
desprenderse de las afirmaciones contenidas en este artículo, 
repare atentamente en los niños, y observará el ascendiente que 
sobre ellos ejerce el tono emocional y ese lenguaje mudo de los 
gestos, anterior en la humanidad al lenguaje articulado, y en- 
tonces comprobará el carácter distintivo del ciclo de los juegos 
infantiles, carácter que me atrevo á llamar mimico-musical. 

Sobre esta base voy á hacer algunas ligeras indicaciones 
acerca de los juegos contenidos en la primera serie de la pre- 
ciosa obra de mi amigo, y los cuales son por su orden los si- 
guientes: 



1.» 


¿Cú?... jTrás! 


9.» 


El haoTO. 


2." 


El borriquito. 


10. 


Los lobitos. 


3." 


Las tortitas. 


11. 


La rabiña. 


4.» 


La calabacita. 


12. 


El ama del cnra. 


5." 


£1 pon pon. 


13. 


El guante. 


6.» 


El pinino. 


14. 


La libra de carne 


7.* 


El recotín. 


15. 


Fray Andrés. 


8.» 


£1 gatito. 







De estos juegos, que en su mayor parte tienen por objeto 
hacer que los infantes imiten ciertos y determinados movi- 
mientos, los comprendidos del 3.*" al 11 se proponen principal- 
mente ejercitar los músculos flexores y extensores de las ma- 
nos y dedos, y el 13 y 14, obligando al niño á sostenerse en una 
determinada posición, parecen tener por principal objeto des- 
pertar su sistema nervioso con cosquillas, de que la higiene 
preceptúa usar muy moderadamente. 

De lo expuesto resulta que en esta primera serie de juegos 
se ejercitan las manos con preferencia á loñpies, los cuales son 
en una segunda época, con la carrera y el salto, motivo de un 
perfeccionamiento mayor. La naturaleza, ó acaso fuera mejor 
decirlas necesidades actuales de la humanidad, menos obligada 
ya á valerse de sus pies que de sus manos, parece indicar la 



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EL FOLK-LORE DEL NIÑO 95 

conveniencia de desarrollar primero la actividad manual. La 
madre, atenta á estas indicaciones que la naturaleza le ofrece, 
procura ejercitar las manos del niño mediante una serie de 
sencillas acciones que, inútiles para las necesidades presentes 
del tierno ser, le van preparando para el cumplimiento de otras 
necesidades posteriores y superiores. El infante, jugando con 
sus manecitas con el pecho de la madre y remedando más 
tarde los movimientos que constituyen el juego de Los cinco 
loHloSf que consiste en cerrar y abrir acompasadamente los 
dedos de la mano, se capacita, no sólo para tomar los alimentos 
y coger toda clase de objetos, sino para llamar pocos meses des- 
pués á su misma maestra acompañando á su acción con las 
graciosas palabrillas mamá m^'n, mene. 

En todos estos juegos se observa también que, al lado de lo 
que pudiéramos llamar desarrollo ó ejercicio del sistema musen-- 
lar, se verifica también paralelamente un desarrollo del ele- 
mento psicológico, y que al mismo tiempo que en cada uno de 
ellos se ejercitan los músculos de las manos, de los dedos, de 
las piernas, brazos, etc., se desarrollan también facultades ó 
funciones anímicas, que son positivamente, por la parte que en 
ellas toma el sistema nervioso, correspondientes y coordinadas 
á las musculares. Así, por ejemplo, en el primer juego, titulado 
¿Cú?... ¡Tras!, si el niño, al mover los músculos que hacen gi- 
rar el cráneo sobre su eje hacia un lado y hacia el opuesto, 
especialmente los externos cleidomastoideos, los complexos y 
los externos, los hace ejercitar en un arco mayor que el que 
describen en el movimiento ordinario, produciéndose con esto, 
no sólo la ventaja natural que resulta del uso, sino la del des- 
arrollo de un sistema particular de músculos, en dicho juego se 
ejercita también la atención del niño, produciéndose en él, por 
decirlo así, la primera sorpresa, dándole el primer alerta contra 
el engaño y capacitándole para conocimientos físicos posterio- 
res, como es el de medir la velocidad del sonido. 

Veamos el juego tal como lo describe el Sr. D. Sergio Her- 
nández, y veamos de hacer después sobre él algunas observa- 
ciones: 



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96 REVISTA DE ESPAÑA 

¿Cií?... ¡Tras! 

«Este juego es uno de los primeros con que entretienen á los ni- 
»ños. Cógelo en brazos su madre, y otra persona de la familia se pone 
^detrás, y asomando la cabeza sobre uno de los hombros de la madre, 
»dice, para llamarle la atención al pequeño: ¿Cú?.,. Este vuelve rá- 
»pidamonte la cabeza hacia el lado que oye la voz, en tanto que la 
»que está detrás muda de posición para que el niño no la vea, y le 
»llama la atención por el hombro contrario, diciendo ¡Tras! 

»EI niño, en sus continuos movimientos, suele sorprender algu- 
»na8 veces á la que le llama la atención de un lado y otro, y esto le 
>;hace reir grandemente.» 

A poco reflexionar comprende cualquiera que en este juego 
se ejercita ante todo la atención del niño. La fórmula ¿Cv?..., 
que es la primera, es una llamada de atención, que supone ya en 
el infante el conocimiento de que á un sonido corresponde un 
sujeto ó ser que lo produce. Vuelta la cara del niño hacia el sitio 
en que primero se le llamó, extraña naturalmente no encontrar 
á nadie y que el mismo ruido se produzca en un lugar dife- 
rente, aunque próximo, y al hallar en esta segunda voz á 
la misma persona que fijó su atención por vez primera, siente 
una emoción de sorpresa, y al mismo tiempo de alegría, que 
sin ningún género de pretensiones explico del siguiente modo: 

La atención, por regla general, es ante todo un esfuerzo, 
al que racionalmente ha de corresponder la tensión de ciertos 
músculos en una actitud determinada— cuya determinación 
incumbe al anatómico; — pues bien, esta tensión de los músculos 
y la atención del elemento psíquico nervioso correspondiente, 
se verifica en el juego que examino dos veces, y probablemente 
en grado distinto. Comprende este juego dos esfuerzos, dos len- 
siones, dos atenciones equivale (para explicarme de un modo vul- 
gar) á saltar sucesivamente primero uno y después dos escalo- 
nes. Hay en este juego, no sólo dos momentos de atención, sino 
un tercer momento, en que el niño sorprende la coordinación 



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EL FOLK-LORE DEL NIÑO 97 

j correspondencia de ambos. De aquí su alegría, nacida tam- 
bién del reposo ó descanso de los músculos después de las dos 
tensiones á que el doble esfuerzo le obliga. 

Por una anomalía, por una verdadera rareza de carácter que 
me mueve siempre á conceder á las cosas pequeñas tanto valor 
como poco es el que concedo relativamente á las consideradas 
como grandes, es para mí este juego de inmensa trascendencia; 
y falto de arte para llevar al ánimo de todos mi convicción, 
voy á permitirme presentar un ejemplo de lo que no considero 
en definitiva más que como formas elevadas del simplísimo en- 
tretenimiento áél¿Cú?,., /Tras! y del conocimiento que este 
entretenimiento implica. 

El ¿Cú?... del juego de mis culpas no es, en definitiva, otra 
cosa que la muleta con que el matador cita y llama al toro, y 
el ¡Trásl la espada con que lo descabella, lo recibe ó le sale al 
oncuentro, si no tiene la serenidad de ánimo suficiente para 
esperar el resultado de la cita con que lo provoca. 

En ambas formulillas encuentro los elementos del timo ó de 
la estafa, y en general de todo engaño ó burla que tiene su base 
en distraer la atención de una persona del asunto principal, 
haciéndola fijarse en un accidente secundario. 

A esta clase de juegos puede referirse también el conocidí- 
simo titulado M pajarito sin cola, que consiste en incitar al niño 
á que fije la vista en el techo para hacerle entre tanto cosqui- 
llas en la garganta, y de aquél se deriva, andando el tiempo, el 
dásico juego del escondite ó el esconder, que existe en todos los 
paises del mundo y que reviste variadísimas formas. A la satis- 
facción natural que produce en los niños como en los hom- 
bres el reconocerse autores de una obra cualquiera, se une en 
esta clase de juegos de que el ¿Cú?... ¡Tras! y el Esconder seña- 
lan grados y momentos diferentes, la especial alegría y satis- 
facción que produce en el espíritu humano el descubrir una 
cosa que se le oculta. En esta propensión ingénita del hombre 
están los primeros gérmenes del inventor; sea un objeto, sea 
nn movimiento, sea un persona, sea una intención simple- 
mente, sea un conocimiento ó una cualidad, como primero se 

TOMO CV 7 



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98 REVISTA DE ESPAÑA 

nos haya presentado como oculta, produce siempre un gran 
placer el descubrirla. El goce de Newton descubriendo las le- 
yes de la gravedad, no es más que un grado superior del placer 
que experimenta el niño cuando descorriendo el velo con que 
la madre se cubre la cara, para hacerle creer que es un ser ex- 
traño, llega á reconocerla. Después de todo, no es mayor la di- 
ferencia que existe entre los dos casos citados, que la dife- 
rencia que existe entre una semilla y el árbol que de ella 
nace. 

El borriquito se llama el segundo de los juegos que ligera- 
mente examino, y consiste sólo en ponerse un niño á horcaja- 
das sobre una de las rodillas de la madre, que le imprime un 
movimiento que imita el trote de un asno, cantando: 

«Arre borriquito, 
vamos á Belén, 
que jnañaDa es Pascua 
y el otro también.» 

Idéntico juego existe en Cataluña: su formulilla es como 
sigue: 

«Arri arri, tatanet (ó caballet) 
anirém á Sant Benet 
comprarém un panallet 
per dina, per sopa, 
per en Francisco no n'hi há.» 

El Sr. D. Adolfo Coelho, en su libro titulado Jogos e rimas^ 
in/aníis, pág. 7, cita entre otros, bajo el título catalgar, las si- 
guientes rimas de Coimbra y Lisboa: 

«Arre burrinho 
para a Mealhada 
sete vetens 
de levar a carrada.» 

«Arre burro 



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EL FOLK-LORE DEL NIÑO 99 

para Azeitas 
que os meninos 
já lá vfio.» 

El insigne mitógrafo italiano Sr. Giuseppe Pitre, en su obra 
magna Oitwchi FanciullescM siciliani, trae infinidad de versio- 
nes de este juego bajo el título de Mmé, mmé, mme. He aquí la 
fórmula usada en Sicilia: ^ 

«Mmé, mmé, mmé! 
Tutti li peccuri fannu mmé 
E lu latti e di la crapa 
E la mennula atturrata, 
E Pocceddu cantaturi 
Chi canta a tutti l'uri 
- Supra Sanciuvanni 
Su'stisi li pauni 
Li panni e li pannizzi, 
Li gioj é li trizzi 
Li trizzi'ncaunulati. 
jViva Maria e la Tirsnitati! 
(O viva Maria la Piatatil») 

A continuación de esta fórmula, el Sr. Pitre inserta en su 
libro las usadas en la Cerdeña central; las indicadas por el se- 
ñor Corazzini de Siena, Benevento, Venecia, Chioggia, Vero- 
na y Bologna; la de Ñapóles, recogida por el Sr. Molinaro; la 
de Pomigliano d'Arco, por el Sr. Imbriani; la de la Marca, por 
el Sr. Gianandrea; la del Tirol italiano, por Schneller, y otras 
muchas que sería prolijo enumerar. 

Este jueguecito que en lo físico no produce otro resultado 
que el placer que proporciona al niño la sacudida de las visce- 
ras — ^la cual no debe ser violenta — y el verse por vez primera 
caballero y movido por una fuerza extraña, tiene, como todos 
los pasatiempos en que me ocupo, un remoto abolengo en la 
historia de la humanidad. 

De una obra bastante curiosa citada por el Sr. Hernández 
de Soto, y no demasiado conocida, al menos en España, de la 



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100 REVISTA DE ESPAÑA 

obra titulada Lesjeux des ancienSy por M. Becq dé Fouquiéres, 
publicada en París en 1869, traduzco el siguiente párrafo que 
comprueba mi afirmación y que creo ha de ser recibida con 
agrado por los lectores de esta Revista. 



EL JUEGO DEL CABALLO 

«Apenas un niño ve un bastón largo, se monta sobre él, lo 
azota y arranca á galope, más orgulloso que si fuera montado 
en un corcel olímpico. He aquí un jueguecillo que comprenden 
á maravilla todos los niños sin necesidad de que nadie se lo ex- 
plique. Plutarco nos ha referido un rasgo muy curioso de la 
vida deAgesilao(Apophtth lacón LXX).Agesilao — dice — amaba 
mucho á sus nietos, y en el interior de su casa tomaba parte 
en sus juegos, montándose en una caña como si ésta fuera un 
caballo. Sorprendido una vez en esta inocente distracción por 
un amigo suyo, le suplicó que no lo contase á nadie hasta que 
él no tuviese hijos, observación llena de gracia y buen sen- 
tidio. Valero Máximo refiere la misma anécdota, pero aplicán- 
dola á Sócrates, á quien Alcibiades sorprendió montado en una 
caña [inierposito arundine cruribus suis). Añadamos á esto que 
montar á caballo sobre un bastón [equitare in arundine longo) 
es uno de esos jueguecillos infantiles que Horacio, que era 
partidario del celibato, consideraba ridículo en un hombre 
formal.» 

Ahora bien, el Sr. Hernández de Soto cita con el número 28 
el juego del Caballo de cana, al que corresponde el titulado Lu 
cavaddu, pág. 61 de la mencionada obra del Sr. Pitre. Este 
juego recibe en Italia diferentes denominaciones: en Biceglie, 
Fa\u cavadde] en Florencia, Fare á a^nder a cavalcioni alia mazza; 
en Parma, Caml\ en Milán, Oiugá a cat>alon\ en Venecia, Zogar 
á cávalo; en Píamente, Oiughé a ande a caval al bastón ó a cava-- 
loto. 

En Inglaterra (Escocia) existe también este juegucillo, se- 
gún veo en la preciosa obra de mi distinguido colega el Revé- 



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EL FOLK-LORE DEL NIÑO 101 

rendo Walter Gregor, Folk-Lore of NortJirEast of Scoiland^ pá- 
gina 17. He aquí la formulilla usada por los niños escoceses al 
montarse sobre un palo ó bastón: 

«Hirple Dick upon a stick, 
An Saudy on a soo, 
We'U awa t'Aibberdeen 
T'buy a pun o' oo\:> 

Otra versión: 

«Cripple Dick upon a stick, 
An Sandy on a soo, 
Ride awa t'Galloway 
T'buy a pun o' oo".> 

Coelho, como hemos visto, titula CaDolgar á las rimas in- 
fantiles citadas, y el célebre Tylor, en el cap. III de su obra/^/'t- 
mitivñ culture^ nos habla de un pasaje de Petronio, escrito bajo 
el reinado de Nerón, que dice á la letra: «Trimalción no pare- 
»ció conmoverse por esta pérdida; abrazó al niño y le mandó 
amontarse sobre sus hombros. El niño, sin hacerse de rogar, se 
»montó sobre él, y pegándole en las espaldas empezó á reir y á 
»gritar: Bucea quot sunt Me? fórmula referente al juego de la 
»morra.:?> 

¿Hallan nuestros lectores parentesco entre el juego infantil 
titulado el Borriquito^ el juego del Caballo de caña^ y el que 
consiste en montar unos niños sobre otros en la forma que lla- 
man á cabritos? Para nosotros lo hay indudablemente, y estos 
dos últimos son dos grados superiores de desenvolvimientos de 
nuestro simplísimo juego, como todo el arte de la equitación 
es un desenvolvimiento paulatino de los titulados El caballo de 
caña y Montar a cabritos. 

El tercer juego es el conocido de las Tortitas ^ que consiste 
en unir la madre las palmas de las manos y dar palmadas para 
que el niño aprenda el movimiento, diciéndole: 



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102 REVISTA DE ESPAÑA 

Tortitas y más tortitas, 
Para madre las más bonitas; 
Roscones y más roscones, 
Para padre los coscorrones. 

Eu Portugal existe tanibién este juego, titulado PalminAas, 
con la siguiente formulilla: 

Palminhas e mais palminhas, 
Que mamá dará maminhas, 
E o papá quando vier 
Dará sopinhas de mel. 

En Sicilia es llamado nia7iUy manuzzi y va acompañado de la 
siguiente cancioncilla: 

Manu, manuzzi, 
Pañi e fícuzzi 
Veni lu tata, 
Porta la'mprua 
'Nta la cannata 
E ó si mbriaca 

Oíd! 



Ofreciendo la particularidad del Ole! ó grito de animación 
final, y de que al terminar la cancioncilla se cogen las manos 
del niño y la madre se las pasa por la cara, como en nuestro 
juego miso gaíito. 

De este entretenimiento hay multitud de versiones en lafi 
diversas provincias de Italia. Considerado bajo el aspecto pu- 
ramente físico, su resultado no es otro que ejercitar los múscu- 
los internos de los antebrazos, colocando las manos en prog- 
nación. El goce que produce en el niño nace, como en casi to- 
dos estos jueguecillos, de reconocerse autor de su obra. 

Es este movimiento ya algo complejo y poco usual en el 
niño, que suele realizarlo — aunque claro está que en esto no 
hay época fija— de los doce á los veinte meses. 



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EL EOLK-LORE DEL NIÑO 103 

El tocar las palmas viene á constituir, con la simple percu- 
sión repetida, una especie de instrumento músico muy primi- 
tivo. Sabido es que el pueblo lo emplea como acompai5amiento 
de sus canciones, y aun que lo hace motivo de cierto arte. As 
una coplilla andaluza dice: 

En el barrio de Triana, 
El que no sabe bailar 
Sabe tocar bien las palmas. 

El principal objeto délo dicho, tanto acerca de este juego 
como de los anteriores, es llamar la atención acerca del valor 
y significado que sucesiva y gradualmente van adquiriendo 
«stas primeras acciones de los niños. 

Ya he indicado que el juego de Los lobitos se convierte más 
tarde en acción de llamar, sin que esto indique ni por un 
momento que el niño comprenda este significado ni dé este 
alcance á tal juego, cuando lo emplea por vez primera. Viene 
á resultar, respecto á lo que podría llamarse el lenguaje de los 
gestos y ademanes, comparado con el lenguaje oral, una cosa 
análoga, á saber: que así como la palabra ha tenido primero 
lina sola significación directa y luego, por traslación, varias 
i?ignificaciones figuradas, así el grito ó ademán, que fué al 
principio expresivo de una necesidad física ó de una tendencia 
puramente imitativa, se convierte, andando el tiempo, en ex- 
presión más compleja de un deseo, una intención ó un conoci- 
miento. De aquí nace el valor simbólico que tienen los juegos 
de dedos, asunto que ha sido ya motivo de la meditación del 
reputado celtólogo M. Gaidoz. 

El juego de las Tortitas es completamente igual en su ac- 
•ción á tocar las palmas y al aplauso con que, anos más tarde, da- 
mos muestras de nuestra aprobación á lo que vemos ú oimos; 
unos mismos son los músculos que entran en acción en el 
nplavso que en el simplísimo juego que estudiamos, y, sin em- 
bargo, ¡cuan distinto es el valor que á un acto y á otro conce- 
demos! Quien dude de las modificaciones que adquiere el sig- 



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104 REVISTA DE ESPAÑA 

niñeado de estas acciones, que pasan inadvertidas en la niñez^ 
que lea con detención la sección III del Dialogo V de la obra 
Bias geniales y ludieras de Rodrigo Caro, y se convencerá de la 
verdad que sustento. 

Como las cosas más bellas é inocentes truécanse, andando 
los tiempos, en las más repugnantes y obscenas, ó, por el con- 
trario, en las de más elevado sentido, es un fenómeno que obe- 
dece á un proceso completamente natural, que sólo puede co- 
nocerse estudiando estos grados sucesivos de desenvolvimiento^ 
en las cosas. El eminente Spencer prueba con gran copia de 
datos que muchas fórmulas y ceremonias sociales de hoy na 
son más que vestigios de ritos y leyes que fueron objeto de re- 
ligioso respeto en los pueblos salvajes. La conocida fórmula A 
los pies de Vd., Beso á Vd, la mano, Servidor de Vd., Bebamos 
una copa a su salud, son restos de una época en que la esclavi- 
tud era ley admitida, y en que los sacrificios en honor á la Di- 
vinidad, de que en todas las religiones positivas existen mues- 
tras, estaban á la orden del día. El que mata un ave, un car- 
nero ó una vaca para celebrar una alegría en el día de un santo 
señalado y sale á comerlo en comunidad á una romería, ignora, 
sin duda, como en otro lugar he tenido ocasión de decir, que 
en aquel acto conserva una costumbre arcaica, cuya falta de 
respeto en otro tiempo hubiera sido para él seguramente mo- 
tivo de tanto llanto como de risa es la diversión que hoy se 
proporciona; pero este aspecto de los juegos, tan importante 
para la etnografía y la arqueología, no es el dominante en lo& 
infantil^ de que hoy trato, sino en los Juegos de muclíachos con- 
tenidos en la 2.*, 3." y 4." serie del precioso libro que me sirve 
de base para este estudio. Básteme por hoy dejar consignado 
un solo pensamiento, que considero de capital importancia, á 
saber: el recien nacido no es propiamente un hombre chico, sino 
un embrión, y en sus juegos, hasta que habla y anda, se encuen- 
tran los gérmenes de los verdaderos juegos de muchachos, en 
los que se conserva y refleja toda la cultura de los tiempos, 
pasados. 

Anlonlo Machado y Alvares. 



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LEONARDO DE VINCI 



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Leonardo nació en el año 1452 en Vinci, en el valle del Amo. Su 
padre era notario de la Señoría de Florencia; bu madre, nacida tam- 
bién en Vine i, no se había unido en legítimo matrimonio con Pedro, 
lo que no impidió que éste le atendiera con igual solicitud quB á sus 
otros hijos. 

De aspecto agradable, de ingenio vario, de ánimo gentil y de 
plácida conversación, se atrajo desde su primera juventud la simpa- 
tía y la admiración de todos los que se le aproximaban. 

La hora que sus hermanos dedicaban á los inocentes juegos de la 
niñez, él la consagraba á la música, á las matemáticas, á la construc- 
ción de máquinas ingeniosas, y principalmente al arte del dibujo, 
por el que sentía un impulso irresistible. 

ün día su padre le sorprendió trabajando en un boceto, y pare- 
ciéndole que notaba en él alguna cosa de extraordinario, le llevó á 
que lo examinara el Verroquio, pintor y escultor de grande fama. El 
Verroquio se admiró al verle, pronosticando que aquel joven sería un 
célebre artista, persuadiendo al padre que le enviara á aprender bajo 
su dirección el arte de la pintura. 

Leonardo hizo tan rápidos progresos, que llegó hasta inspirar ce- 
los al maestro, y abandonado por él, su primer trabajo fué el cartón 
de Adán y Eva, después una Virgen, y una bellísima cabeza de Me • 
dusa, que posee, al parecer, el Príncipe Bogheso en Roma. 



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1C6 REVISTA DE ESPAÑA 

Pero la obra más notable fué en la que pintó unos diablos de horri- 
bles formas, que arrojaban fuego y veneno por los ojos, las narices y 
la boca, y al verla los espectadores retrocedían espantados. 

Según una conjetura del Bossi, esta obra fué adquirida por el 
Duque Gabeazzo Sforza, en ocasión de la famosa visita que hizo á 
Florencia á mediados del año 1471. 

Eu tanto que su genio hacia obras maravillosas en el arte de la 
pintura, continuaba en ocuparse de la álgebra, botánica, anatomía, 
escultura, arquitectura y mecánica. 

Formó el proyecto de canalizar el Arno desde Pisa hasta Flo- 
rencia. 

Un volumen de los manuscritos de Leonardo contiene una carta 
geográfica de la Toscana, en la cual se revela que él pretendía hacer 
¡.asar el canal por la llanura de Pistoja. 

La canalización del Arno fué continuada dos siglos más tarde por 
Vincenzo Viviani. 

Propuso obras asombrosas al gobierno florentino, y á pesar del 
ingenio y del mérito científico de Leonardo, no debió obtener en 
Florencia la consideración merecida, cuando abandonó aquella ciu- 
dad por espacio de muchos años, por aspirar á una protección más 
valiosa en la corte ducal de Milán, lo que debía parecer tanto más 
extraño, imperando á la sazón en Florencia el grande protector de las 
artes, Lorenzo el Magnijico. 

El Ranali, en su Historia, de las Bellas Artes en Italia^ manifiesta 
que el no haberle llamado Lorenzo á su corte y favorecido como á 
otros artistas, revela que él no le amaba, y supone que el carácter 
altivo y desdeñoso de Viuci no podía doblegar su genio á los deseos 
áoX Magnifico, el cual quería conquistar la gloria de formar Jos ar- 
tistas, atenidos, no sólo á su liberalidad, sino también á sus con- 
sejos. 

Pero Vínci no se prestaba á recibir máximas y normas en sus es- 
tudios de un Príncipe, y menos debía complacerle el traje de Lorenzo 
y poner ante los ojos del joven, por ejemplo, la escultura griega 
y romana, siendo, en su juicio, el ejemplo más óptimo el que le ofre- 
cía la naturaleza. 

Los biógrafos de Vinci han discrepado en sus largas disputas, 



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LEONARDO DE VINCI 107 

sobre el año en que dejó la Toscana y el motivo que lo condujo á la 
corte de los Sforzas. 

Vasari afirma que vino en el año 1494; pero en los manuscritos 
de Lorenzo resulta que al fin del año 1492 emprendía sus estudios 
sobre el canal del Milanesado. (Amobetti, Memorie Storiche intomo 
olla vita et alie opere di Leonardo da Vindy págs. 29-13.) 

Más verosímil parece la opinión de Amoretti de que su venida 
fué alrededor del año 1483, porque evita el absurdo de que pudiera 
concebir en Florencia tan atrevidos proyectos, y no contradice el 
hecho, universalmente aceptado, de que en Milán trabajase algunos 
años en el Coloso del Duque. 

De mayor importancia parece otra cuestión: de la causa que in- 
dujo á Ludovico el Moro á llamar á Leonardo. Vasari dice explícita- 
mente que fué invitado á ir á Milán como músico, y que llevó un 
instrumento que había fabricado, de plata en gran parte, y además 
existe una carta escrita por Leonardo á Ludovico el Moro, en la que, 
deseoso de ser apreciado en su justo valer y de no ser confundido con 
los bufones de la corte, enumera los varios inventos hechos por él y 
los útiles servicios que podía prestar en la artillería y la arqui- 
tectiara militar, añadiendo que en tiempo de paz sabría hacer obras 
de escultura y de pintura. 

En la biblioteca Iriulziana existe un códice en pergamino conte- 
niendo un Tratado de la pintura del genio florentino, y en los adornos 
del frontispicio se ve el retrato de Leonardo con una citara en la 
mano, y se ha encontrado el diseño de esta lira de su pura invención. 

La mayor parte de los biógrafos de Leonardo hablan de su mérito 
poético, y el siguiente soneto, que no carece de cierta robustez de 
forma y de concepto, muestra en el autor al poeta moral habituado á 
las tempestades de la vida: 



Chi non puó quel che vuol, quel che puó voglia 
Che quel che non si puó folie é il volere: 
Adunque saggio é 1' nomo da tenere 
Che da quel che non puó suo voler toglía. 

Pero che ogni diletto nostro e doglía 
Stairo si e no saper, voler, potere, 
Adunque quel sol puó ch' é col dovere, 
Né sempre é davoler quel che 1' non pote; 



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108 REVISTA DE ESPAÑA 

Spesso par dolce quel che torna amaro; 
Piansi gia quel ch' io voUi, poi ch' io V 
Adunque tu lettor di queste note el bi. 
Se cite vooi esser buono é cid altre caro, 
Vogli sempre pober quél che tu debbi. 



De rostro bello y majestuosa persona, cortés y docto en el art» 
caballeresco, de ingenio vario y sutil, Leonardo no tardó en con- 
quistar la afectuosa simpatia del Moro y de su corte. 

Mas para dar á conocer su mérito en la pintura, debió sufrir la 
dura ley de la necesidad, retratando á las amantes del Duque, Cecilia 
Gallaruni, Lucrecia Crivelli, Beatriz, y al mismo Ludovico el Aforo^ 
La belleza de estos retratos indujo al Duque Ludovico á dispen- 
sarle otros favores, entre los cuales resalta el cuadro que le enco- 
mendó para el refectorio del monasterio de Santa María de la Gracia^ 
que fué La última cena de Chisto. Por la vida y el movimiento de^ 
las figuras, considerada por los críticos la expresión de la cabeza de^ 
Cristo como el prototipo ideal de la belleza griega y de la viva natu- 
raleza, fué admirada universalmente esta obra maravillosa del arte^ 
moderno. 

Representó al Salvador en el momento solemne en que dijo á^ua 
Apóstoles: Uno de vosotros me venderá. 

Se ha dicho que Leonardo permanecía absorto en profundas y lar- 
gas meditaciones antes de tomar el pincel, y que no le tomaba nunca, 
sin sentir temblar su mano. 

Yasari ha referido sobre la cabeza de Judas una picante anécdota 
que otros han repetido. Viendo el prior del convento que la obra del 
C(?;í¿<?i^/o se ejecutaba lentamente, manifestó al Duque su extrañeza> 
el cual llamó al artista para exponerle la queja del prior. 

Leonardo persuadió al Duque que el tiempo que el prior juzgaba 
perdido para el arte era el que necesitaba, porque no le faltaba más 
que el pintar dos cabezas, la de Cristo, de la cual no podía encontrar 
su imagen en la tierra, y la de Judas, que á falta de tipo mejor, ha- 
bía conseguido retratar la faz del indiscreto é importuno prior. El 
Duque se rió, y el prior, avisado de la intención del artista, le dejd 
en paz. 

El Cenáculo de Vinci sufrió actos de vandalismo que son propioa 



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LEONARDO DE VINGI 109 

no más de loa pueblos incultos. En primer lugar, Leonardo, descon- 
fiando de su pericia de pintar al fresco, lo quiso hacer al óleo; la pa- 
red en que fué pintado era nitrosa, y ocurriendo á los hermanos la 
idea de abrir una puerta por el refectorio y el lavatorio, no vacilaron 
en hacerla al través de la maravillosa pintura, amputando la pierna 
de Cristo y de algunos Apóstoles. Un Belloti pretendió restaurar el 
Cenáculo en el año 1725, lavando la parte descolorida con no sé qué 
corrosivo, que no hizo más que acelerar la ruina; así, cincuenta años 
más tarde apenas quedaba la última huella del pincel de Leonardo. 
Otro restaurador detestable, en 1760, fué obligado por la pública 
indignación á desistir de la empresa. 

En el primer momento de la República cisalpina, el refectorio fué 
convertido en almacén de forraje militar. En 1800 el municipio le- 
vantó un muro para defender algunos preciosos restos de la licencia 
militar; pero el reparo fué tardío, y no impidió que la pintara conti- 
nuase á perecer en los años sucesivos. 

Como copias han merecido ser señaladas las de Marco d'Oggiono 
para la Certosa de Pavía, y la de Luino para el convento de los Ca- 
puchinos en Lugano, mas éste, según parece, había copiado de Leo- 
nardo solamente la cabeza más ideal, creando lo demás su fantasía. 
Al principio de este siglo, el Virrey de Italia lo hizo reproducir 
«n mosaico sobre un cartón, diseñado por el Bossi, lo que sirvió 
para otra copia al óleo conservada en la pinacoteca de Brera junto á 
la de Marco d'Oggiono. 

Los cartones de la cabeza de los Apóstoles de Vinci anduvieron 
dispersos; unos se han encontrado en Inglaterra, otros adornaban 
la galería del Rey de Holanda; el mosaico existe en la galería im- 
perial de Viena. Además del Cenáculo ^ Leonardo dejó en Milán 
otro monumento de su genio para la pintura en la grande Academia 
Vinciana, fundada por él para dar al arte del dibujo una dirección 
más segura y más conforme con los nuevos principios filosóficos que 
había desarrollado en su célebre Tratado de la Pintura. 

Esta fué la primera Academia de arte y de ciencia creada en Ita- 
lia, y en ella se formaron los ilustres artistas de la escuela lombarda, 
que fueron César de Sesto, Boltraffio, Marco d'Oggiono, Salaino, 
Melzi, Luini y Ferrari. 



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lio ■ REVISTA DE ESPAÑA 

Toda la ciencia que tenía relación con la pintura y que podía ser- 
vir á dar perfección á alguna parte de la medicina, como la óptica al 
claro oscuro y á la perspectiva, la química al colorido, la geometría 
á la proporción de las figuras, de la parte con el todo, la anatomía al 
diseño del movimiento, la historia á la propiedad de los trajes y de 
las costumbres, la moral filosófica á la expresión de los afectos, eran 
desenvueltos con tal amplitud de doctrina y vivacidad de lenguaje 
que no sólo en Milán, sino los doctos y los artistas de otras ciudades 
de Italia corrían en gran número á escucharle. 

Compuso varios tratados especiales sobre esta materia, como el de 
la I)ivi7ia proporción, hecho con el concurso de su antiguo amigo Fra 
Paolo Pacioli; otro sobre la perspectiva aérea, de la cual Celini 
afirmó haber recogido bellos y útiles conocimientos; un tercero sobre 
la anatomía del hombre comparada con la del caballo, sobre cuyo es- 
tudio tuvo por colaborador al célebre Della Torre, profesor de anato- 
mía de la Universidad de Pavia. El volumen de dibujos correspon- 
diente á este tratado, se encuentra en el Museo Británico. 

El Giovio exalta á Vinci por su genio en la escultura, y dice que 
este arte fué siempre preferido por él al de la pintura. 

Entre las muchas obras que le han distinguido como escultor, 
resplandece la del caballo colosal que hizo por encargo de Ludovico 
el Moro, y que debía servir para la estatua ecuestre que se erigiera 
al Duque de Milán, Francisco Sforza. 

Todos los autores, y el Giovio sobremanera, que por ser el más 
antiguo pudo recoger el juicio de la boca délos últimos contemporá- 
neos, ensalzan la forma colosal del caballo, el impulso de que parecía 
animado y la delicadeza del trabajo, enalteciendo esta obra como la 
más maravillosa de la escultura italiana. Admiran, sobre todo, la di- 
ligencia que ostenta en el estudio de la musculatura del caballo. El 
modelo se vio públicamente expuesto en el palacio de Milán al prin- 
cipio del año 1499. 

Vasari dice que en su tiempo circuló la voz de que Leonardo vio 
la imposibilidad de fundir de bronce el caballo por su enorme peso, 
que reclamaba 200.000 libras de aquel ínetal. 

Ciertamente, ninguno podía asegurar si la fusión hubiera resul- 
tado tan perfecta como era el modelo, porque en aquel año Ludovico 



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LEONARDO DE VINCI 111 

el Moro, combatido por las huestes de Luis XII, Rey de Francia, de- 
bió abandonar el ducado y dejarle en posesión al vencedor. 

Apenas los franceses invadieron el palacio, por odio á los Sforzas, 
demolieron el coloso á golpes de ballesta. 

El Cefiáculo, el Caballo y la dirección de la Academia Vinciana, 
ocuparon la mayor parte del tiempo de la permanencia de Leonardo 
en Milán; además de otras obras de pintura y escultura, escribió sus 
tratados científicos y se consagró á trabajos hidráulicos. Pero ni su 
mérito ni la munificencia de Ludovico bastaron á asegurarle la es- 
pléndida opulencia de que gozaban otros artistas contemporáneos, 
como Buonarroli, Rafael y Ticiano. 

En uno de sus manuscritos se ha encontrado la copia de una carta 
dirigida á Ludovico, en la que se lamenta de que las ocupaciones del 
Duque le impidan recordar que después de tantos años de trabajo no 
había recibido apenas la cantidad necesaria para el pago de sus obras. 
Ludovico le regalo una viña bastante extensa, comprada al monas- 
terio de San Víctor, cercana á la Puerta Vercelina. El instrumento 
de donación aparece firmado en 26 de Abril de 1449. 

Los embarazos pecuniarios en que había quedado Leonardo en los 
últimos años, el acto de vandalismo perpetrado contra su caballo y 
la catástrofe de Ludovico, inclinaron su ánimo, después de grandes 
luchas, á volver á Florencia, y allí decidió presentarse á Valentino, 
Duque de la JJomanía, y poner á prueba sus conocimientos en la 
arquitectura militar. Valentino pensaba fundar un vasto Estado en la 
Italia central. 

En el archivo de la casa Melzi debe existir la patente, en perga- 
mino, por la cual Valentino nombraba á Vinci su arquitecto é inge- 
niero militar. 

Por su orden visitó en el año 1502 las fortalezas de la Umbría y de 
la Romanía, notando todo lo que en el viaje le parecía importante, no 
sólo respecto del arte militar, sino de las otras ciencias que él cul- 
tivaba. 

No tardó mucho tiempo en renacer en su ánimo, con fuerza pre- 
potente, su amor al arte, y abandonó su oficio para volver á Floren- 
cia. Los Hermanos siervos de Dios le encomendaron un cuadro para 
el altar mayor de la Anunciación, y después de muchos meses de tra- 



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112 REVISTA DE ESPAÑA 

bajo, expuso el famoso cartón de Santa Ana, el cnal, dice Vasari, 
causó la admiración de los artistas^ de las mujeres, de los jóvenes y 
de los viejos, de todo el pueblo. 

Se ha citado con elogio un retrato de Ginevra de Benci,y otro, to- 
davía más famoso, de Menna Lisa, bellísima mujer de Francisco Za- 
nobí del Giocondo, uno de los priores de Florencia en el año 1512. 

La excelencia de estas obras venció la indiferencia de los floren- 
tinos 'hacia el grande artista. 

Los magistrados le encomendaron un cuadro para la sala de los 
Quinientos, construida para el asiento del Consejo, y Leonardo eli- 
gió por asunto un episodio de la batalla d^Anghiada, alcanzada por 
los florentinos en 1440 contra Nicolás Piccinino, Capitán del Duque 
Felipe María Visconti, la que impidió á Florencia de caer en las ma- 
nos de su enemigo implacable. 

Pintó siete figuras, cuatro á caballo y tres á pie, y por la cuali- 
dad del argumento, la animación de los combatientes y la belleza de 
la composición, causó grande impresión en el ánimo de los floren- 
tinos. 

En el espacio de los cinco años que Leonardo había pasado en Flo- 
rencia, las circunstancias de Milán cambiaron radicalmente. A la as- 
pereza del gobierno de Triulcio había sustituido el más humano del 
Mariscal de Chamount, y los milaneses hubieran acabado por esti- 
mar á Luis XIl si no predominase en su corazón el culto sacrosanto 
por la independencia de su patria. 

Luis XII aspiraba á fomentar la prosperidad de Milán por medio 
del canal de navegación, y poseía un gusto exquisito por las artes, 
que le impulsaba á proteger con largueza á los que las cultivaban es- 
pléndidamente. 

La pasión del Rey por las artes fué el motivo del regreso de Leo- 
nardo á Milán, del que se trató entre el Rey y la República de Flo- 
rencia por medio de sus respectivos embajadores, como si fuese un 
negocio de Estado. Leonardo no pudo resistir á tan insigne lauro y 
volvió á Milán condecorado con el título de jiintor del Rey. 

Fué acogido con grandes muestras de afecto público y privado, y 
los años que se deslizaron para él en su segunda permanencia en Mi- 
lán fueron los más prósperos y más felices de su vida. 



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LEONARDO DE VINCI 11» 

• £1 Gobernador francés Melzi y 'los más ilustres patricios milane- 
«ee hacían gala de recibir de Vinci algán acto de particular con^ 
descendencia, y más afortunado Melzi logró conquistar la deferencia 
afectuosa del maestro en la larga hospitalidad que pudo ofrecerle en 
en deliciosa quinta de Napri. 

Probablemente corresponden á esta época £a degollación ie San 
Jmn Bautista, cuadro admirado en la galería del Louvre, y Tarios 
retratos, sobre todo la Madona colosal, que pintó sobre la fachada de 
la quinta de Melzi, y otras obras muy notables que resaltaban en el 
interior de aquel palacio. 

A este período se refieren además la mayor parte de sus estudios 
hidráulicos alrededor del canal. 

Ya hemos visto cómo Leonardo en su juventud había propuesto 
al gobierno de Florencia hacer el canal del Arno que atravesara 
la llanura de Pratoá Pistoja,' era un proyecto muy fecundo para la 
agricultura, pero el rico tesoro de sus conocimientos hidráulicos re- 
dundó en beneficio de la Lombardia. 

. La terrible lucha suscitada por la liga de Cambray, en menoscabo- 
de la República de Venecia, después revelada por un súbito cambio 
del Papa Julio II, lanzó á los franceses del ducado de Milán para res* 
tablecer en él á Maximiliano Sforza, hijo del Moro. 

La vuelta de íos Sforzas fué acogida en Milán con una ovación 
general, y los favorecidos por Francia fueron miserablemente perse-» 
guidos. £1 saqueo de Brescia, que resonó en toda la Lombardia, peiv 
fiuadió á Leonardo que su estancia en Milán no era conveniente para 
^1, y en 14 de Setiembre de 1514, un mes después de estipulada la 
paz, partió para Roma, juntamente con la mayor parte de sus discí- 
J)d1o8, Melci y el Salaino. 

Una nota encontrada en sus manuscritos revela que al tercer día 
de su partida se detuvo en San Colambano, en la ribera del Pó, para 
hacer un diseño de la colina, como última memoria del país que iba á 
abandonar. 

Pero en Roma no encontró en León X la acogida que él esperaba. 
Este Pontífice, tan elogiado por su liberalidad respecto de los artis- 
tas y literatos, que daba el encargo á Hafaél de pintar las logias del 
Vaticano, y á Miguel Ángel de terminar el grandioso monumento de- 

TOMO cv 8 



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lU REVISTA DE ESPAÑA 

Julio II, que hemos admirado; Letfu X, repetimos, ostentó, como so 
padre Lorenzo, su soberbio desdén por Leonardo. 

El humillante abandono en que se le dejaba, mientras resona- 
ban en las alabanzas de sus émulos, afligió profundamente su áni- 
mo y le impulsaba á abandonar á Roma, cuando apresuró su partida 
la Tictoria de Melegnano, que colocaba á Milán en las manos de la 
Francia, siendo uno de los primeros actos del gobierno del Rey Fran* 
cisco I, que sentía por los artistas un amor no menos vivo que el de 
sus predecesores, el invitar á Leonardo á que aceptase de nuevo en 
Milán su título y los estipendios de pintor del Rey. 

Algunas obras encomendadas por su bienhechor; un viaje em- 
prendido en la compañía del Rey á Bolonia, donde se vengó con ino- 
centes caricaturas de la mala acogida que había encontrado en 
Roma; las visitas á la Academia, que él continuaba en considerar 
como una de sus obras más bellas; la tranquila delicia que le procu- 
raba Melzi en su Villa de Vaprío, parece ser la sola cosa de que se 
pcupaba Leonardo en el tiempo de su última permanencia en Milán^ 
Pero fué bastante breve, por las repetidas instancias de Francisco I j 
porque la indignación de los milaneses estallaba contla el gobierno^ 
al que era deudor de tantos beneficios, le resolvieron á dar el últimcv 
adiós á la tierra lombarda. 

Partió á Francia, donde continuó sus trabajos para construir nue- 
vos canales, hizo algunos retratos de las amantes del Rey, y diver- 
tía á la corte con su plácida conversación. 

La verdad es que los contrastes y los desengaños de los último» 
años habían debilitado el vigor de su espíritu, y la necesidad de re- 
poso le indujo, después de una breve excursión á París, á retirarse á* 
la residencia real de Cloux, donde pasó el resto de sus días en la so- 
ledad y en la tranquila meditación de la verdad científica. 

El fiel Melzi fué su compañero en aquel retiro, le asistió con filial 
ternura, y recibió su último suspiro el dia 2 de Mayo de 1519. 

Artistas y no artistas le han ensalzado como excelente pii>- 
tor, como grande escultor y arquitecto. Sólo algunos hombres de 
ciencia han conocido bastante imperfectamente lo que él ha pensado^ 
obrado y escrito sobre las matemáticas y las ciencias naturales. La 
Tazón consiste en no haber publicado durante su vida ninguna de 



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LEONARDO DE VINCI 115 

estas obras, y en la dispersión y pérdida, después de su muerte, de 
la mayor parte de sus manuscritos. 

Dos tratados no más. como hemos dicho, vieron la luz pública, el 
de la pintura y el de la hidráulica. El primero obtuvo muchas edicio- 
nes, el segundo fué publicado por la vez primera en 1828 en Bolonia 
en el décimo volumen de la Colección de los aiUores italianos que tra- 
taron del movimiento del agua. 

Este tratado, dividido en cinco libros, contiene la teoría y la 
parte especulativa de la ciencia, y los resultados de su observación, 
probablemente adquiridos sobre el terreno de la práctica, cuando di- 
rigía los trabajos del canal de la Martesana. 

Un ilustre matemático. Bidón, en la Memoria de la Real Academia^ 
de Turín, afirma que el manuscrito de Leonardo, refiriéndose á la 
época en que fué compuesto, en 1500, será mirado por los sabios 
como uno de los más bellos monumentos del genio de su autor ya 
tan célebre por tantos títulos, y publicado entonces hubiera apresu- 
rado los progresos de la hidráulica. 

Otro sabio, el ingeniero EliaLimbardini, en una Memoria leída en 
el Instituto en 1860 sobre el origen y sobre el progreso de la ciencia 
hidráulica en el Milanesado y en otras partes de Italia, declara que, 
confrontados rigorosamente los hechos, resulta, no solamente proba- 
ble, sino cierto que el Tratado de Castelli está inspirado en los au- 
tógrafos de Leonardo, al cual considera como el verdadero «reador de 
la ciencia hidráulica. 

Es muy curiosa la historia que escribe uno de los más esclareci- 
dos biógrafos de Vinci, Ricardi, sobre los manuscritos de aquél, dis- 
persados entre una multitud de especuladores avaros ó de personas 
ignorantes de su valor; uno de los manuscritos pasó á las manos del 
Cardenal Borromeo, que le donó á la Biblioteca Ambrosiana, fundada 
por él; un grueso volumen, el Códice Atlántico^ así denominado, ad- 
quirido con inmenso sacrificio por el Conde Galeazzo Arcenach de 
Milán, le dio también á la Biblioteca Ambrosiana, y siguió igual ejem- 
plo el Conde Archinto con otro volumen que poseía. 

Otros manuscritos todavía se conservan en París. Leonardo llevó 
la luz de la crítica á cuasi todos los ramos de la ciencia, uniendo los 
preceptos más puros y más filosóficos á los fenómenos naturales^ y 



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116 REVISTA DE ESPAÑA 

predicando que los razonamieDtos no tienen ningún valor si no están 
fundados sobre la observación y sobre la experiencia de los hechos. 

Uno de los primeros en el arte del dibujo, superó á todos sus con- 
temporáneos en la universalidad de sus conocimientos, no sólo en el 
dominio de la hidráulica, sino en el de la anatomía, de la música, de 
la ciencia militar, de la mecánica, que él solía denominar el paraíso 
de las matemáticas y de la astronomía, de la geometría, de la álgebra, 
de la física, de la historia natural y de la geología. 

Inventó máquinas para excavar los fosos, para trabajar la tierra 
con auxilio del viento, una rueda para el impulso de las naves, un 
dinamómetro para calcular la fuerza de la máquina y un igsómetro 
para el uso de la metereología. 

Sus biógrafos se extienden en dar numerosos detalles sobre sus 
conocimientos científicos en diversas materias y sobre su liberalidad, 
con la que atraía á muchos amigos, pobre ó ricos, dotados de ingenio 
y de virtud. 

En Milán hemos tenido el placer de admirar el monumento glo- 
rioso elevado al frente del teatro de la Scalá para enaltecer su me- 
moria inmortal. 

Ensebio ^sqaerino. 



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NIEVES 



(1) 



IV 
La ftunilia del general. 



— Pero, Gloria, ¿no estudias hoy? 

— Sí, mamá. 

— jPues andaiidito! 

—Estoy acabando un capítulo, en seguidita voy. 

—¡Novelitas tenemosl... 

— Sí; se titula Un matrimonio arisiocritico: me lo ha dejado la pro- 
fesora de francés. Es muy bonita. 

— Lo creo; pero esos libros no sirven mis que para hacer que lafi 
muchachas tengan ideas raras, extravagancias de grandes señoras, 
afición al lujo y luego no servir para casadas. Aprende de tu hermana 
Isabel, que se pasa todo el santo día sobre los libros y sobre la 
labor. 

— ¡Mi hermana es una niña! 

— Y tú una mocosa, que todo el día estas en el balcón mirando... 
no sé qué. 

— Pues si no lo sabes, mamá, no me riñas. 

(1} Véanse las Revjstas del 25 de Mayo y 10 y 25 de Junio. 



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118 REVISTA DE ESPAÑA 

— Sí lo Bé; pero no quería decirlo, mirando á ese petimetre que 
te hace cucamonas, y que nos sigue en el paseo, y no nos deja á sol 
ni á sombra. ¡Ea, á estudiar! Y si no quieres, dilo claro, para despe- 
dir al maestro de música; no estamos para gastos inútiles. ¡Buenos 
son los tiempos! 

Este diálogo pasaba entre doña Dolores Monge, esposa del gene- 
ral Granada, y su hija Gloria. El lugar de la escena es un gabinete 
del piso principal de la casa señalada con el número 27, en la calle 
de la Libertad, á donde se mudó el general en la época revoluciona- 
ria, para contemporizar con las gentes. 

El gabinete tiene la forma de un paralelógramo; es grande y es- 
pacioso. En un rincón hay un piano de cola, de Erard, nuevecito, re- 
cién traído del almacén. Junto á uno de los dos balcones que se abren 
en el muro, un costurero lleno de cajones y apartijos; el borde del ta- 
blero está^recubierto de una almohadilla de terciopelo rojo. Varios 
carretes de hilo de diversos colores yacen por los suelos; con los de 
seda juega el gato, que es de Angola, blanco, grande, lanudo y tan 
convencido de su linaje, que nunca se le vio jugar más que con los 
carretes de seda, despreciando en todas ocasiones los de hilo y algo- 
dón; encima de un canastillo repleto de ropa blanca descansan innu- 
merables retazos multicolores y madejas sin devanar; un dedal de 
plata quedó entre los dos ojos de unas entreabiertas y diminutas ti- 
jeras en tal disposición, que parecían unos quevedos sobre una nariz 
de vieja. 

En una silla de rejilla hay un bastidor con la tela puesta, recu- 
bierto el comenzado bordado con un papel amarillo, que una ag-uja 
hincada en la tela, sostiene. En el centro de la habitación se ve un ve- 
lador de nogal cubierto con un tapete hecho con redondeles de crochet 
y tiras de falla. Del techo pende una jaula, pintada de verde, con cañas 
diminutadas en el interior; un canario de pura raza holandesa, á 
juzgar por su gran tamaño y el alboroto de las rizadas plumas de bu 
pecho, duerme el sueño de la inocencia, puesto en la caña más alta, 
todo esponjado y con el pico entre las plumas. Existen además en 
la habitación dos mecedoras, seis sillas, una banqueta forrada de 
dril con vivos rojos en los cantos y bordes y con almohadones move- 
dizos; dos cuadros que representan los tiempos de una escena infan- 



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NIEVES 119 

til; un niño metido en el agua de un arrogúelo es mordido por un 
cangrejo en una mano y llora amargamentei sin atreverse á atacar 
i, aquel fíero animal; este es el asunto del primer cuadro^ el que 
está á la derecha del piano; el segundo representa al mismo niño 
«entado á la mesa con un plato de cangrejos cocidos delante; en la 
mano izquierda tiene cogido al que le mordió, le señala con el índice 
de la derecha y se ríe picaresmente con aire triunfador. 

Así es la vida: risa y llanto. Como es de noche, el cuarto está ilu- 
minado por un quinqué, cuyo pedestal es de bronce con arabescos y 
adornos extravagantes; la bomba es de cristal rosáceo, lo que presta 
cierta dulzura á la luz y agradables tintas á Gloria y á su madre. Kl 
quinqué está sobre la chimenea, humillando á un neceser lleno de 
piezas de acero, que se distinguen como chispas brillantes en el rojo 
fondo de sus entrañas de cabritilla, y á una calceta medio comenzada 
y cnyaa relucientes agujas atraviesan un monumental ovillo de al- 
goddu. Seis varas de nardos que surgen de un búcaro de cristal 
vengan á la honesta media y al avergonzado neceser, irguiendo sus 
tirsos verdes, coronados de cálices blancos como la nieve hasta per 
encima de la orgullosa bomba color de rosa. 

De este color debe ver las cosas el enfático y linajudo quinqué. 
para no caer al suelo roto, lleno de vergüenza y confusiones. Pero 
para algo sirve la pantalla. 

— Gloria, que no te lo vuelva á repetir — decía á todo esto doña 
Dolores. 

Gloria dobló con cuidado la puntado una hoja, cerró el libro y se 
•dirigió al piano, en donde, sin sentarse en el taburete, tocó: «No me 
mates, no me mates;» después se pasó cinco minutos probando el 
asiento y haciéndole girar de derecha á izquierda y de izquierda á 
derecha, hasta que su madre la gritó: 

— Gloria, ¿te has propuesto romper el taburete? 
— Es que mi hermana Isabel lo deja muy bajo siempre. 
— Es que no tienes ganas de trabajar. 
— Me fastidia Le pelU bien, 

— Para qué lo has comprado; ¡á estudiarlol ya estoy cansada de 
tirar dinero á la calle comprando música que no aprendes. 

No había remedio; Gloria comenzó él estudio de mala gana, ha- 



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120 REVISTA DE ESPAÑA 

cieodo galopar los dedos sobre el teclado torpemente, mientras so 
madre ponía en orden el cuarto. 

Y ¡caramba! Gloria merece su nombre, porque para los diez y 
seis años que cuenta, está hermosa sobre toda ponderación. Su cara no- 
es como la de las demás mujeres; tiene más blancura, más nitidez,, 
más color, más trasparencia; los ojos son de azul muy oscuro, y 
cuando miran airados semejan una tarde de tempestad; las cejas, ru- 
bias, parecen arcos de oro; y las pestañas, finas, sedosas, llameante» 
hilos de luz incendiados con la fuerza del mirar; la nariz es correcta, 
aunque algo levantada; la boca sin extrema gracia en las ondnlacio* 
nes, pero rojos los labios, y blancos, redondos é iguales los dientes;, 
la barba con bella curva y delicioso hoyuelo; las orejas, sonrosadas y 
brillantes, como talladas en coral; el cabello castaño, lleno de brillos^ 
y reflejos, como el que atribuye á la Virgen Santísima el Evangelista.. 

Añádase á esto que no es menguada de cuerpo, ni desgarbada eu 
el andar, ni falta de dibujo femíneo, y que es estrecha de cintura, 
ancha de caderas y hombros, menuda de cabeza, pie y mano, y digan^^ 
ustedes si el general. Granada no fué un magnífico escultor allá ea 
sus tiempos juveniles. 

Y puesto que ya la niña está retratada, vamos á pintar á doña 
Dolores. ¡A pintarla! Si ella nos oyera, no escaparíamos sin arañazo. 
Doña Dolores no se pintó nunca; ni siquiera sus mejillas fueron blan- 
queadas por los polvos de arroz. Sus mejillas, que tienen ese tinte 
dorado de las morenas andaluzas, se exhibieron siempre al natural,, 
ain adobos. Los adobos no eran buenos más que para las cocinas. El 
aparato de los afeites en una mujer lo traducía ella como solicitud á 
la liviandad. Las mujeres debían ser honradas ante todo, y la honra 
se mancha hasta con el colorete. Cierto que las mujeres livianas, víc- 
timas del vicio y reducidas á despreciable condición por los apetitos 
del gusto, eran mimadas y queridas de los hombres; ¿y qué? Lo» 
hombres, ¡valientes sin vergüenzas! no servían más que para hacer á 
las mujeres madres, es decir, hacerlas santas y respetables; por la 

demás, ¡peste de diablos! ¡qué alegría si no existieran! Se debí& ser 

* 
casta por convicción; ningún hombre vale la pena de sufrir por él, y 

además por los hgos... Y aquí se entristecía siempre doña Dolores y 

ponía ojos de carnero degollado, ojos que allá, en sus quince, fueron» 



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NIEVES 121 

loceros brillantes qne iluminaron en las noches tenebrosas la calle de 
la Cuna, en Sevilla, con Ins yivísimai lo bastante para que el cadete 
Gutiérrez no se equivocase de reja cuando iba á pelar la pava hasta 
«1 alba, como es regla y raaón entre dos novios sevillanos. 

[Ah! doña Dolores ya tenia los cabellos grises, la cara marchita, 
el cuerpo sin dibujo, las cuerdas del cuello señaladas; porque, al fín, 
cincuenta años no se llevan sin ciertos dejos y alifafes que muestren 
claramente la edad; pero aún estaba buena y ^guapetona, andaba por 
la casa todo el día dando vueltas como una peonza, arreglando todo 
lo que las niñas dejaban tirado y las criadas sin aviar. A lo mejor 
pegaba una vuelta al puchero añadiendo unaichispita de sal, porque 
le había dado en la nariz que no tenía bastante, 6 sacaba de la lum- 
bre la carne con chicAaros, porque estaba de Dios que la picara de 
Romualda (una cocinera vieja, barriguda, maciza como un hipopó- 
tamo y estúpida como una cebolla) la había dejado quemar. 

Pues nótese bien que doña Dolores hacia sábado dos veces en se- 
mana, con cuyo motivo la casa se volvía de arriba abajo, y todos los 
habitantes respiraban polvo tres horas seguidas. El general era con- 
trario á estas limpiezas, que le despertaban á las ocho de la mañana, 
y juraba y perjuraba por todos los santos conocidos de los militares 
y con todos los temos de cuartel que en ninguna casa decente se ha- 
cían aquellos fregotees de lugar ni aquellos restregones de pueblo. 

Doña Dolores, que olía el tufillo de la casa de Kieves, contestaba 
secamente: 

— Sí, buenas casas decentes están las que tú visitas; á fe que 
apestan; porque hijo, la porquería no huele á gloria, ni mucho 
menos. 

— Pero, mujer, ¡si armas una polvareda para limpiar de dos mil 
demonios! 

— Mejor; así sale la mugre, y no como hacen en otras casas (aquí 
doña Dolores recargaba el énfasis), donde con aviarse la cara las se- 
ñoras ya está todo limpio. 

Salían á consecuencia del tonillo de doña Dolores mil rayos y true- 
nos de la garganta del general; pero como su esposa era inflexible y 
seguía golpeando las alfombras. Granada acababa por desesperarse 
y huía á la calle, maldiciendo el matrimonio y la terquedad de la mu- 



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122 REVISTA DE ESPAÑA 

jer que le había cabido en Buerte. Ta en la calle^ se serenaba; por- 
qae^ ¡por vida del chápirol la casa debia limpiarse; y, en fin, más 
valía qne la mnjer propia se ocupara en los quehaceres domésticos 
que en ponerse moños y ñores. T luego se confesaba á sí mismo que 
había hecho mal en enfadarse* y al volver á la hora del almuerzo todo 
se había acabado, y entraba alegre y contento en su casa, y hasta 
muchas veces le cogía la barba á su esposa, diciéndola con zalamería 
andaluza: 

— {01<$ mi Lolal 

A lo qne doña Dolores solía contestar, dando un bufido y haciendo 
un mohín de desprecio: 

— ¡Quita de ahí, apestoso! ¡Para bromas estoy yo. 

Con lo cual intervenían las niñas y se firmaban las paces hasta 
otra limpieza. Hasta siempre se hubieran firmado si el maldito gene- 
ral, que en sus mocedades fué un modelo de continencia, muy casero 
y poco amigo de bromas ni de tratar con gente de poco más ó menos, 
no hubiese empezado, con achaque de meterse en política y ser sena* 
dor vitalicio, i visitar mujercillas y picaros hombres públicos que, 
según doña Dolores, pQCO podían influir en los destinos del país. No 
estaba ella al cabo de la calle en lo de las amistades de Nieves, aun- 
que algo barruntaba que le daba escozor y tristeza; pero como se re- 
conocía celosa, procuraba ahuyentar los malos pensamientos, y aun 
encomendarse como pecadora, por estas sospechas, á un Niño Dios de 
cera que había bajo un fanal en la sala y que fué el regalo de boda 
de su tío Curro, un gran cosechero de manzanilla en Sanlúcar de Ba- 
rrameda. 

¿Cómo se amaron el general y la generala? El general, antes de 
entrar en la Academia de Infantería, era en Sevilla el mejor aficio- 
nado á toros de todos los señoritos; conocía las humanidades del toreo 
tanto como Paquiro; él acosaba y él picaba; él derribaba, ponia ban- 
derillas con gracia y recibía sus añojos con maestría; teníase á ca- 
ballo como nadie en su jaca recovera, que bebía los vientos, y toda 
Sevilla le admiraba por lo majo, valiente, pendenciero, simpático y 
gran bebedor de vino. Esto era por el año cincuenta; entonces doña 
Dolores tenia quince años y era un sol, fina de carnes, gentil, cim- 
breante, pizpireta, llena de poesía y de encantos, misteriosa como 



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NIEVES 123 

ona flor que se abre, asombro del gusto y encanto de la vista. Cuando» 
lleno el rodete de capullos de nardo, puesto sobre los airosos hom- 
bros el sencillo mantón de Manila, recogidas las almidonadas faldas, 
atravesaba la calle de la Cuna, había parada de mozalvetes para con- 
templar aquel prodigio de Dios. 

Claro es que siendo Granada el mejor mozo de Sevilla y ella el 
asombro de los sevillanos, no tardaron en verse y en amarse. Pasaba 
á caballo por delante de casa de Lola el cadete Granada (ya por en- 
tonces era cadete), y como pinturero y vanidoso que' era, al ver en la 
ventana á Lolilla (entonces aun este nombre le venia grande, segén 
era de fína), puso al caballo en las piernas, lo castiga, le contuvo, le 
hizo caracolear y otros adornos de caballista, lo paró en seco frente 
á la ventana, y dijo con el tono coquetón de un andaluz rico que quie- 
re hacer un beneficio: 

— ¿A qué hora ¡cielo! me va Vd. á hacer el favor de bajar á la reja 
para que hablemos? 

T Lolilla, que tenia muchísimo salero, hizo un gesto picaresco, y 
después, moviendo los ojos, la boca y la mano derecha coa la sal del 
mundo, contestó: 

— ¡Si yo guieo munchas campaniyas y usté no me las va é dd! 

Luego, nada; insistió el majo, resistió ella, y al fin se convino la 
hora; bajó Lolilla á la reja, llegó el galán, velaron hasta el día, y 
cuando salió Granada á alférez, se casaron y vivieron contentos y fe- 
lices, habiendo bendecido el Señor su unión dándoles dos niñas pre- 
ciosas, una de las cuales ha sido presentada á los lectores, y la otra 
no tardará en serlo. 

Con la vida de milatara que desde los veinte años practicó doña 
Dolores, se le olvidaron aquel dejo mágico de Sevilla y aquellos gi- 
ros castiza y finamente andaluces, y aprendió ese dialecto del ejér- 
cito, que sin dejar de ser fino y picante, no llega, ni con mucho, al 
lenguaje^ maravilloso de la ciudad del Guadalquivir. Además, doña 
Dolores se puso gorda, ningún muchacho de su tiempo la reconocía 
en la calle; el jazmín se habla trocado en peonía, el piñón en enorme 
y ventruda calabaza. 

Cierto día, su marido, ya general, buscando excusas para salir de 
casa, le dijo que iba á la Bolsa; doña Dolores le contestó que la bolsa 



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124 REVISTA DE ESPAÑA 

de todo marido honrado debía ser su mujer; el general^ mirándola 
sonriente^ exclamó: 

— Mujer, tá no eres bolsa^ eres un talego. 

¡Qué rabieta le entró! ¡Es decir, que su marido la despreciaba por- 
que los partos y los disgustos, sí, señor, los disgustos, la hablan hecho 
crecer la barriga, porque estaba gorda! Fué un desencanto atroz, y tuvo 
«un pesar inmenso,' hasta se olvidó de limpiar un sábado. Al cabo se 
resignó; jcuántas muchachas vela ella que no tenían sus ojos, ni su 
mano, ni su pie! Además, creció Gloría, y ella se sintió renacer en 
ella; aquella crisálida, que no. tardaría en tender al sol sus brillantes 
alas de colores, le hacía recordar su tiempo de mariposa, SeYÍUa» sus 
cancelas misteriosas, sus serenas noches, sus excursiones por la 
orilla del Guadalquivir, su cadete. ¡Maldito cadete, que comenzó tan 
bien y acababa tan mal! 

Gloria no tardó en hacerse una real hembra, un milagro de la 
Providencia; comenzaron á detenerse los pollos frente á sus balcones; 
menudearon las declaraciones en prosa y verso; y los telégrafos amo- 
rosos, sin que aquel ángel, como decía doña Dolores, despertase. ¡Qué 
sosa de muchacha! A su edad tenía ella revuelta á media Sevilla. 
Mas de repente todo cambió; un nuevo doncel se puso en campaña; 
alto, guapo, moreno, galán, bien vestido: ¡cuando le gustaba á doña 
Dolores!... ¡Qué bien rastreaba las salidas á las tiendas! ¡T cómo sabía, 
el picaro, que iban los viernes á Lara! El muy tuno compraba butacas 
de orquesta, para registrar bien todo el teatro. No era atrevido; al con* 
•contrario, pecaba de tímido y reservado; las seguía humilde, sin exi- 
gencias ni destemplanzas. Gloria le quería; ¡le miraba de un modo!... 
¡Fídara de muchacha, y qué bien jugaba los ojos! ¡Qué expresión y 
qué modestia en su cara! ¡Qué manera de alentar y de contener! A 
ella misma le habría dado en sus buenos tiempos quince y raya. 

Pero, ¿quién era él? No se atrevía á preguntarlo á Gloria; quizás 
ella lo supiera; ¡mas era tan reservada! La celó, sorprendió cartas de 
los anteriores enamorados, cuartetas echando lumbre, sonetos llenos 
de melancolía y aticismo, copia de los hermanos Argensola; todas las 
composiciones eran conocidas; ya con anterioridad habían sido regis- 
tradas por doña Dolores. ¿Si no escribiría el tonto aquel? A la postre 
sorprendió una carta, poética, llena de disparates amorosos que lle- 



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NIEVES 125 

gabán al alma; estaba loco; había conocido á Gloria en Lara la no- 
che del estreno de El iUimo tranvia (¡juato, era él!) Morirla sin ella; 
su felicidad, su porvenir, su dicha, dependían de ella. Jurs^ba amar* 
la, y firmaba Juan. ¿Juan qué? La pobre madre se llenó dp confusio- 
nes. Por la mañana le preguntó á su hija: 

— Gloria, ¿qué te parece el nombre de Juan? 

— Muy feo, mamá; todo el mundo se llama Juan. 

Nada, no salía de dudas; por eso deslizaba indirectas siempre que 
se dirigía á Gloria, la cual era más reservada que coto de cazador y 
no decía esta boca es mía. ¡Caramba! ella tenía derecho á saber los 
secretos de sn hija; para eso la había tenido nueve meses en sus en- 
trañas; ¿quién podía mirar mejor por ella? Además, ¿no sería un pi- 
caro ese Juan? Era preciso saber áqué atenerse. Para eso entró en el 
coarto; para eso la interpeló como queda dicho en el comienzo del 
capítulo. Aunque entró armada de valor, cuando oyó que su hija tocó 
la canción del «No me mates,» sintió que el valor la abandonaba y se 
sentó turbada en una mecedora. Por fin se serenó, hizo coraje y dijo: 

— Varaos á ver, Gloria; ¿tú crees que á mí me la pegas? Pues te 
advierto que yo he sido cocinero antes que fraile, y niña mucho antes 
qae tú. 

— Ya lo sé, mamá. 

—Bueno. Y he tenido novios como cualquiera otra; como tú, por 
ejemplo. 

Gloria se puso colorada como un tomate, y por hacer algo que sir- 
viera de protesta, se encogió de hombros y preludió un ví^als. Esto 
descompuso á doña Dolores. 

— íNiña, deje Vd. el piano! — dijo la madre con tono imperativo. 

—¿No dices que estudie, mamá? 

— No, señora; tenemos que hablar seriamente, lo entiende usted^ 
seriamente. 

Gloria hizo girar el taburete y quedó frente á frente de su madre, 
que hecha un mar de confusiones, no sabía por dónde empezar. 

— Pero, mamá, ¿qué hehecho yo para que me riñas de ese modo? 

— ¿Que qué has hecho? ¿Te parece poco, andar en noviazgos sin 
darme cuenta? 

— ¿Por eso me riñes? 



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126 REVISTA DE ESPAÑA 

— Por eso. 

— Pero, ¿68 malo, acaso, el tenor novio? 

— No es malo cuando se es buena hija y se da cuenta á la madre 
de lo que sucede. Porque una madre es la mejor amiga de su hija, 
8u más fiel consejera. Una madre... (Doña Dolores buscó inútilmente 
en su magín un término de comparación, y no hallándolo, acabó 
por decir): es... una madre; ya tú ves. 

— Perfectamente, quedamos en que tú eres mi madre, una madre 
á quien yo quiero mucho, mucho y mucho. 

Diciendo esto, se levantó y dio á doña Dolores veinte ó treinta 
besos desparramados por toda la cara, que daban gozo, añadiendo con 
mimo encantador: 

— ¡Ay mi mamaita, que está enfadada porque yo tengo un novio! 
¡Mi mamaita, á quien yo quiero más que á nadie en la casa! ¡Que 
tiene los ojos muy bonitos! ¡Ay, qué rica es mi mamá! 

Devolvióle doña Dolores los besos con placer celeste, cogió á 
Gloria por la cintura, y quieras que no, se la sentó en las rodillas, y 
aun la meció con cuidado, como si estuviese en pañales la grandaza. 
Era un cuadro conmovedor. Hasta el quinqué pareció enternecerse y 
alumbró peor, y las flores cabeceaban alegremente en su búcaro de 
cristal. 

— Vamos á ver, pillina: ¿es justo tener un novio y no decírselo á 
tu mamá? 

— ¡Yo creí que lo sabías! 

— ¡Yo! ¿por qué? 

— ¡Toma! ¡Como siempre andas registrando mis armarios!... 

— ¡Mal pensada! Yo no he registrado, porque no podía suponer 
que fueses tan desconfiada conmigo. 

— Mamá, no me has preguntado nada hasta hoy. 

—Eso se dice sin preguntar. 

— Justo, cuando todavía no se había declarado. 

— ¡Ah! luego se ha declarado ¿eh? 

— ¡Claro estaque sí! 

— ¡Hola! ¡Y qué calladito te lo tenías, hija mía! Cuenta, cuenta. 

— Pues verás... ¡Pero si tú le conoces! 

— ¿Es el de Lara, hija? 



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NIEVES 127 

— Cabalito. 

— Sigue. 

— El caso es que no sé por dónde comenzar. 

— Por el principio, por donde se comienza siempre. 

— Es qne no tiene principio. 

— Pues bija, cuéntalo todo, aunque comiences por el postre* 

— Bueno. Mira, yo le vi en Lara aquel día que... 

— Sí, que se estrenó El üúimo tranvía. 

— *¿Cómo lo sabes? 

— Ahí verás; las madres lo sabemos todo^ 

— Pero, ¿quién te lo ha dicho? 

— ün pájaro. ¿A tí qué te imparta? Sigue. 

— Me dá vergüenza. 

— ¿Esas tenemos? ¡Vergüenza de tu mamá! ¿Sabes que eres gra- 
ciosa de veras? ¡Ea cuéntalo, pichona! 

— Pues él me miraba mucho, no me quitaba ojo; no veía la fun- 
ción; estaba encantado, mirándome muy dolorido, y tira que tira del 
Ligóte. Yo, como ponía nna cara bobalicona, me reí; y él... 

-¿Qué? 

— Se rió también; y desde entonces... 

-¿Qué? 

— Nos seguimos riendo. 

— ¡Jesús, hija! ¡Valiente par de tontos! 

— ¿Por qué? 

— Porque os pasáis la vida en una pura carcajada. 

—No es eso, manüá; he querido decir que á mí me da mucha ale- 
gTÍBL cuando le veo, y á él le sucede lo mismo. 
« — ¿Y cómo lo sabes? 

— Porque me ha escrito. 

— ¿Te ha escrito? 

—Y me escribe. Le da las cartas al asistente de papá. 

En aquel momento se abrió la puerta y apareció en ella una niña 
como de diez años, flaca, espigada, morena, con grandes ojos ne- 
gros llenos de inteligencia, la boca pequeña y con mucha animación 
y frescura en el rostro. Era el retrato de doña Dolores, y prometía ser 
un prodigio como ella. 



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128 REVISTA DE ESPAÑA 

Llevaba qu vestido oscuro de paño y un delantal negro con peto 
y hombreras como el que usan las colegialas de las Ursulinas. Venía 
agitada, con el cabello en desorden y las mejillas encendidas. 

— Ven aquí, cielo, encanto: ¿de dónde vienes tan colorada?— pre- 
guntó doña Dolores. 

— Del segundo, de jugar — respondió con voz de querubín la re- 
cién llegada. 

— ¿Has saltado á la comba? 

— Sí, y hemos jugado al escondite y á visitas. Mira^ mamá, Lui- 
sita, la del tercero, es muy estúpida... 

— {Muchacha! 

— Sí, señora, muy estúpida; se ha enfadado conmigo porque le 
he dicho que me casaría antes que ella. 

— Pero, chiquilla, ¿quién te manda á tí decir osad cosas? No sabes 
que eso es una picardía? 

— ¿Entonces tú eres una picara, mamá? 

— ¿Por qué? 

— Porque te has casado. 

A todo esto Gloria había dejado el regazo materno, y de pie junto 
á la mecedora oía con cierto aire de suficiencia las puerilidades de su 
hermanita. Doña Dolores se echó á reir con toda su alma al oir la ob- 
servación de su hija Isabel. Se la hubiera comido á besos,* pero era 
tan interesante la conversación de Gloria, se había interrumpido á lo 
mejor cuando iba á saber el nombre... 

— Mira, Isabel, vete en seguida, y di á la muchacha que le 
arregle ese pelo y te lave las manos; así no puedes comer en la 
mesa. 

—Voy, mamá; pero dame un beso antes. % 

— Toma, amor; toma mil. 

La niña se alejó tras de recibir las caricias de su madre, y apenas 
había traspuesto el dintel cuando doña Dolores, dirigiéndose á Glo- 
ria, dijo: 

— ¿Tú ves qué obediente es Isabel? Pues así debes tú ser. 

— [Ay, mamá, si te lo estoy contando todo! 

— Pues acaba. Vamos á ver, ¿quié es él? 

— ün conde; el conde de Nuévalos. 



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NIEVES 129 

— ¡Chica! , ¿Conque un conde? ¿De manera que serás condesa? 
Oye, escucha: ¿y es rico? 

— No sé; pero yo, aunque fuera pobre, le querría. 

— Eso está bien; pero cree tú que el dinero no daña, y que los dis- 
gustos del matrimonio se pasan mejor con una buena renta. Porque 
no creas tú que cuando te cases tendrás al condesito tras de tí hecho 
un Juan Lanas, no señor; los hombres no son soportables más que 
hasta llegar á la iglesia; una vez echada la bendición, se hacen 
tontos é insufribles; ya ves tu padre; son las nueve, y no ha venido 
á comer ni ha mandado recado. Pues de estas te hará muchas tu 
conde. 

— Bueno, mamá: y ¿qué me aconsejas? 

— Mujer, si le quieres, dile que hable con tu padre; yo no quiero 
violentar tus inclinaciones. 

Y la dio un beso en la frente lleno de ternura. La niña, roja como 
la amapola al ver que había concluido tan fácilmente aquel problema 
que á ella le pareció una montaña, satisfecha, feliz, emocionada, sen- 
timental, sintió que se le anudaba la garganta y se llenaban de lágri- 
mas sus ojos. 

—¡Vaya] ¿Ahora lloras? ¿Por qué? Qué, ¿creías que te iba á matar? 
¡Pues si casarse es lo más natural del mundo! Es la carrera de la mu- 
jer. Ya tú ves, si una muchacha no se casa... (Aquí doña Dolores bus- 
có inútilmente una frase, y dijo:) se queda soltera, lo cual es ri- 
diculo. ¡Ea! no llores, que la cosa no es para tanto. A comer; anda, 
vamonos á comer, pimpollo. 

Se enjugó Gloria las lágrimas, y aun sonrió, para mostrar á su 
madre que se le había pasado el sentimiento. 

—¿Y papá? — preguntó Isabel en cuanto se sentaron á la 
mesa. 

—Papá es un tunante; no quiere comer con nosotras — respondió 
su madre. 

—¿Si? Pues ya no le beso más— añadió la niña. 

—Isabel, al papá se le quiere siempre — indicó su hermana, á 
qoien la confesión amorosa había encaminado hacia lo patético. 

—¿Aunque sea un tunante? 

—Aunque lo sea. 

TOMO CY 9 



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130 REVISTA DE ESPAÑA 

— Bueno, pues no como. 

— ¿Por qué? 

— Porque no quiero tener un padre tunante. Y muy enojada, toI- 
\¡ó del revés el plato en el instante mismo en que el asistente de su 
padre iba á servirle la sopa. 

— ¡Válgame la Virgen del Carniíen! Muchachas, estáis locas de 
remate; esta llora, tú lloras; es una diversión. A comer la sopa en se- 
guida, Isabel, ó no pruebas el postre. 

— Mejor; yo quiero morirme de hambre, porque mi padre es un 
tunante. 

— Tu padre no es un tunante, sino un teniente general; ya lo sa- 
bes. García, ponga Vd. sopa á la niña. 

Obedeció el asistente, y sollozando y gimiendo comió Isabelita la 
sopa. 

La comida fué corta; después de la sopa sirvieron el cocido, y 
luego dos principios y un plato de dulces. 

Tomaron café y volvieron al salón del piano, en donde Isabel se 
durmió encima de la banqueta, no sin que la regañase su madre, por- 
que luego no había Cristo que la desnudara; Gloria repasó de me- 
moria algunas composiciones; doña Dolores hizo medio palmo de cal- 
ceta, y el gato de Angola, por capricho excepcional, jugó aquella no- 
che con el ovillo de algodón, lo que hizo enfadarse repetidas veces á 
la generala, que llegó á llamar al pobre morrongo bruto, bestia y ele-^ 
fante. Él contestaba á tan horribles dicterios haciendo el arco y bos- 
tezando. 

¡Pobre doña Dolores! ¡Hasta el gato la perdía el respeto en aque- 
lla casa! 

A las doce en punto se acostaron, y la habitación quedó en si- 
lencio. 

A las dos y media, Gloria se incorporó en la cama, se puso una 
bata gruesa, calzóse unas babuchas, cogió un mantón, y quedo, muy 
quedo, para que no despertase Isabel, que dormía á su lado, se fué d& 
puntillas al cuarto del piano, abrió con sigilo el balcón y se asomó á 
la calle. 

Pasó un cuarto de hora, y seguía de plantón aquella centinela de 
los cielos^ esperando algo que debía interesarla mucho cuando así la 



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NIEVES 131 

tenia absorta y estática, á pesar del cierzo que corría, nada agrada- 
ble. Las luces de los faroles se inclinaban á un lado y á otro, lo cual 
hacia que las sombras de los hierros que arrojaban á los adoquines 
bailasen una contradanza fantástica; la calle estaba silenciosa; el se- 
reno se había recogido en un portal y leía La Correspondencia á la luz 
de su linterna, que pendía del chuzo, arrimado á la puerta; el cielo 
estaba oscuro, pero entre los claros de los nubarrones se divisaba al- 
guna estrella. 

Gloria comparó su esperanza á aquellos privilegiados luceros que 
brillaban á través de los negros crespones. También el cielo de su 
amor estaba encapotado, pero aún no se habían apagado todas las es- 
trellas. 

¿Qué hacia el conde que no acudía á su cita como todas las no- 
ches? 

Nosotros lo sabemos de antemano; el conde estaba en el hotel de 
Concha haciendo aquella diablura que terminó con el escándalo ocu- 
rrido en la biblioteca. 

Por fin se oyeron pasos* hacia la calle del Arco de Santa 
Maria. 

¡Cómo le palpitaba el corazón! Era él. Cuando lo iluminó la luz del 
farol, Gloria creyó de buena fe que su novio tenia luz propia y que 
el nimbo misterioso que le rodeaba no procedía de la magnificencia 
municipal, sino de la irradiación lumínica de su sacratísimo cuerpo. 
El amor finge mil disparates. 

Ya estaba él allí, su conde; no podía faltar. Tardó, es cierto; qui- 
zás habría estado enfermo y se levantaría de la cama tan sólo por 
verla. Silbaba; ¡qué tonto! ¿No la vería en el balcón? ¡Si ella no se 
cansaba de esperarle! ¡Chis, chis! ¡Ah, por fin! 

— ¡Buenas noches, preciosa! 

— Buenas noches. 

— He estado malo, y creí no poder venir esta noche. 

— ¿Qué has tenido? 

— No sé, un dolor de costado. 

— ¡Jesús, María y José! Vete á escape á la cama, no te vaya á dar 
vna pulmonía. Toma, ahí tienes mí carta. 

La carta descendió atada á un hilo que Gloria devanaba entre las 



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182 REVISTA DE ESPAÑA 

manos. (Como se ve, las relaciones amorosas estaban mucho más ade- 
lantadas de lo que la confesión de Gloria hacía suponer.) Aún no ha- 
bía llegado la carta á la altura del Conde, cuando se oyó la voz del 
general Granada que gritaba : 

— ¡Manuel! 

Manuel, que no era otro que el sereno, comenzó por responder un 
¡allá Z7ÍÍ/ aguardentoso, y concluyó por ponerse en pie, haciendo sonar 
con ruidos de ánima en pena el cinto de llaves; pero conociendo por 
los andares al general, aguardó á que éste estuviera á su nivel para 
moverse. 

Mientras tanto Nuóvalos cogió la carta y escapó; bien es verdad 
que Gloria le gritaba de lo alto: 

— ¡Huye, Juan, que viene mi padre! 

£1 general atisbo un bulto en la calle que tomaba las de Villa- 
diego, y oyó el cierre de un balcón en las habitaciones ocupadas por 
su familia; y como tenía gran olfato y era listo como él solo, con es- 
tos simples detalles compuso la novela del amor de su hija. Cierto 
que no adivinó quién fuese él, pero esto no era lo principal, sino un 
accidente cuyo conocimiento podía dilatarse; lo importante era que 
su hija, su adorada Gloria, tomaba frío en las altas horas de la noche 
por un mequetrefe. No se le ocurrió ni un momento sospechar de doña 
Dolores. Su mujer era incapaz de aguantar el frío por nadie. Además, 
era un modelo. ¿Sería una criada? ¡Rayos y truenos! Entonces, de una 
puntera la echaría á la calle, para que no diese malos ejemplos. De 
todos modos había que preguntar á la generala lo que hubiese de 
cierto. Con seguridad su esposa estaba al cabo de la calle. 

Con este pensamiento entró en el cuarto de su mujer. 

— Chico, ¿qué te sucede? — dijo doña Dolores sobresaltada — 
¿Estás enfermo? 

—Yo, no; ¿por qué? 

— Porque hace más de seis años que no me das las buenas no- 
ches. 

—Déjate de bromas, Lola; tenemos que hablar. 

— Habla — dijo la generala, poniendo la cara de los días de 
fiesta. 

— ¿Sabes tú si la Gloria tiene novio? 



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NIEVES 183 

— Le tiene. 

—¡Hola! ¿estabas en el secreto y nada me has dicho? 

— Pensaba hablarte mañana. 

— ¿Y quién es él? 

— Yo no le conozco, un conde; el conde de Nuévalos. 

—¡Ahí 

— ^¿Le conoces? 

— Un poco. 

— ¿Es buen partido? 

— No; es un bribón, un cobarde, un cínico. 

(Le duraba la rabia todavía). 

— Es preciso cortar eso á todo trance — añadió. 

— ¿Por qué? ¿No es conde? 

—Sí. 

— ¿No es joven? 

—Sí. 

— ¿No es rico y guapo? 

—Sí. 

— jBah! hijo, no pidamos gollerías; la niña es guapa, pero no es 
mal partido el que se le ha venido á la mano. Yo querría un príncipe 
para ella, un rey, un emperador; pero esos han dado en la manía de 
no querer visitar esta casa. Tenemos que contentarnos con un conde, 
y mira, el título no suena mal, Nuévalos. Pero, ¿qué tienes, inocente, 
que andas soplando, como si el enamorarse de un conde guapo y rico 
fuese alguna barbaridad? 

— Es que no quiero, ¿lo entiendes? y desde hoy, lo mismo tú que* 
tu hija, procuraréis no saludar á ese mequetrefe, á quien mañana 
pienso romperle el alma. 

Como el general había montado en cólera, doña Dolores le dejó 
despoticar, hasta que se avino á tan buenas razones que, helado de 
frío, pidió á su mujer hospitalidad en su propia cama. La pretensión 
era tan desacostumbrada, que estuvo en un tris el que fuera desaten- 
dida. Pero ;qué diantre! una madre es una madre; la generala sacri- 
ficó sus escrúpulos. 

A los diez minutos. Granada y su esposa estaban de acuerdo en 
considerar al conde como un buen partido para su hija. 



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184 REVISTA DE ESPAÑA 

— ¡Por vida de las mujeres! haré el sacrificio de no matar mañana 
á ese botarate. No quiero hacer sufrir á mi hija los dolores de la viu- 
dez antes de casarse — murmuraba el general. 

Doña Dolores, satisfecha y feliz del retorno del cadete á sus amo- 
rosos brazos, decía entre sueños: 

— ¿Por qué no tendrá Gloria un novio cada día? 

¿Y Gloria? Gloria dormía á pierna suelta. 



Rafael C^meoge. 

(Continuará) 



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REVISTA LITERARIA 



^^^^^t^t^^^^^^y^^^^^i^^sr^^ 



EL ÚLTIMO CURSO DEL ATENEO 

De la misma manera que aquellos hombres que se han conquis- 
tado un puesto distinguido en cualquier orden de la vida social, tie- 
nen el privilegio de preocupar la opinión pública, tanto cuando se 
mueven como cuando se retraen ó pe están quietos, cuando hablan 
como cuando guardan silencio, así también las corporaciones que tie- 
nen un fin bien determinado, porque responden á una necesidad fuer- 
temente sentida y ocupan los primeros lugares entre las de su clase, 
logran atraer la atención general por el interés que despiertan sus 
manifestaciones de vitalidad, ó sus desfallecimientos y letargos. 

Entre las asociaciones consagradas exclusivamente á las tareas 
del pensamiento, está reconocida, sin género alguno de duda, como 
la primera el Ateneo de Madrid. Cuando después de haber recorrido 
el salón de conferencias del Congreso, los círculos políticos, la tertu- 
lia, el café, todos esos sitios en donde impera la pasión, se precipitan 
los juicios, la intención se oculta cuidadosamente, se pierde el tiem- 
po en cosas superficiales y los hombres se consideran adversarios ó 
■enemigos, penetramos en aqueUa casa, el ánimo se ensancha y el pe- 
simismo que nos domina deja paso á refiexiones más consoladoras al 
ver allí desenvolverse la vida en grado superior al que alcanza en 
otras partes. 



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186 REVISTA DE ESPAÑA 

Y no es esto debido al carácter esencialmente científico de esta 
Sociedad, ó atener las mismas ideas los hombres qne en ella se re- 
unen, puesto que en su seno se habla y discute también sobre polí- 
tica, religión, asuntos públicos y privados, y los socios militan en los 
bandos más opuestos, sino porque al pisar aquel recinto, los que poco- 
antes se hacían desde los escaños de la Representación nacional la 
más sistemática oposición, ó sostenían desde las columnas del perió- 
dico la polémica más envenenada, sufren como una tras formación 
al sentirse bajo la influencia bienhechora de aquel ambiente de sin- 
ceridad, de tolerancia y mutuo respeto que reina por todos sus ám- 
bitos. 

Y es natural que así suceda. No hay allí cargos codiciados que 
disputarse, ni puedo elevarse nadie ¿)or medio tle la habilidad ó del 
amaño; no há lugar á mixtificar el pensamiento, ni tiene eco el fana- 
tismo del sectario, porque esto repugna á la idea que todos tienen del 
fin que en aquel recinto los congrega; ni se reconocen otras jerar- 
quías y otros méritos que los del talento y del saber. Luego, estas 
condiciones trascienden al modo de ser del Ateneo y le dan ese ele- 
vado carácter moral, merced al que no hay motivo jamás para que 
nadie se queje de la falta de celo en la administración de sus intere- 
ses, á que se dude de la legalidad y pureza de las elecciones y demás 
actos importantes que con frecuencia se verifican, ni hay lugar tam- 
poco á que ningún socio tenga nunca que reivindicar su derecho^ 
porque á nadie se le estorba en el ejercicio de aquellos que le corres- 
ponden. Hasta los vicios — que los tiene, como toda institución huma- 
na — revisten un aspecto tan especial, que en cierto modo los hace dis- 
culpables, pues tienen su origen en el afecto entrañable que socios y 
Ateneo se profesan mutuamente. Tales son, por ejemplo, el tomar al- 
gunos de los primeros al segundo como su residencia fija, con domi- 
cilio en determinados salones, y el de encariñarse algunos libros con 
sus lectores, hasta el punto de consentir en ser algo más que usufruc- 
tuados, á despecho de la vigilancia que, para evitar los desarreglos 
que en los estantes producen semejantes arranques de pasión, ejer- 
cen los encargados de la biblioteca. 

Consecuencia natural de inspirarse en tan alto sentido es el dis- 
frutar de una libertad amplísima^ que le permite hacer objeto de sua 



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REVISTA LITERARIA 187 

polémicas cuantas teorías y conclusiones, por atrevidas que sean, 
pueden dar motiTO á un debate, sin causar la menor sorpresa en los 
elementos más conservadores y sin que la autoridad se preocupe 
poco ni mucho de las opiniones que se viertan, como que unos y otros 
tienen conciencia de que los móviles que guian á todos, no son 
el atacar ó zaherir ninguna institución ni concitar las pasiones para 
conseguir ñnes inmediatos, sino desentrañar, en la medida de lo po- 
sible, aquellos problemas que más solicitan la atención de la época, 
aunque, á la larga, la solución que se les dé influya poderosamente 
en la vida de otros organismos fundamentales. 

Por consiguiente, siendo en aquel centro una verdad, un hecho, 
la ilustración general, la libertad, la vida del derecho, en una pala- 
bra, la más elevada cultura en todas las relaciones, puede con justi- 
cia considerarse como un lugar en donde se goza de una civilización 
que todavía no alcanza niugúu país conocido; y no es de extrañar, por 
esto, que el público se interese por su prosperidad y desee conocer sus 
evoluciones. Nosotros, que no hemos encontrado ocasión oportuna en 
el presente curso para hablar de él, aprovechamos hoy la termina- 
ción de su vida activa para decir algunas palabras acerca del estado 
en que actualmente se encuentra. 

Bien quisiéramos que nos hubiese tocado hablar del Ateneo en al- 
guno de esos años en que á tanta altura han rayado sus discusiones, 
para poder hacer una exposición de sus brillantes trabajos, y no en 
el presente, en que, mal de nuestro grado, nos vemos reducidos á la- 
mentar lo poco que le ha favorecido la fortuna. Porque hay que reco- 
nocerlo: si como Sociedad ha ido ganando en número de socios y por 
tanto, en recursos materiales, como organismo científico aparece dé- 
bil y casi dominado por el cansancio. 

Varias son las formas en que manifiesta su activida del Ateneo: 
los cursos científicos, de que se encargan altas ilustraciones del 
país; las conferencias aisladas, en las cuales se trata de dilucidar 
puntos concretos, y se encomiendan á personas que han probado 
dentro ó fuera de aquella Sociedad su competencia en determinados 
asuntos; y las discusiones que tienen lugar periódicamente en las 
secciones respectivas constituidas para dicho efecto, y en las que 
pueden terciar todos los socios, sin distinción alguna. Pues bien; 



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188 REVISTA DE ESPAÑA 

ninguno de estos elementos de vida responden en la actualidad á 
sus tradiciones. El primero puede decirse que ha desaparecido por 
completo, pues el de fecha más reciente es el que sobre Historia Uni- 
versal organizó en 1881 el generoso esfuerzo de Moreno Nieto, con- 
fiando con arte cada una de las lecciones en que fué dividido á una 
de nuestras notabilidades, con arreglo á sus estudios predilectos, y 
cuyos resultados, á pesar de ello, no correspondieron alas esperanzas 
que en un principio hizo concebir. En las conferencias sí se ha notado 
alguna animación y movimiento, y, sin embargo, han brillado más 
por su número que por la importancia y novedad de los asuntos sobre 
que han versado. 

Pero ni éstas ni las veladas poéticas, que, si han favorecido poco 
al Ateneo en este año, se han visto ellas también poco favorecidas; 
ni las musicales, que han despertado tan legítimo entusiasmo y refle- 
jan con las anteriores la faz artística de dicho centro, dan tono ni 
constituyen la nota característica de la célebre corporación; pues lo 
que mantiene el calor y reparte la vida y el movimiento por todo sa 
organismo, son las disensiones de los temas que en cada una de las 
secciones se ponen á controversia al comienzo de cada curso. Y, triste 
es decirlo, hace ya dos años que éstas no levantan la cabeza. Antes, 
nuestros profesores, publicitas y oradores más ilustres acudían á 
aquel palenque á librar rudas batallas en pro de sus ideales respecti- 
vos; la juventud, ávida de pelea y ansiosa de recibir el bautismo de 
las nuevas doctrinas, iba también á ocupar su puesto en la vanguar- 
dia; temas como «La Constitución inglesa aplicada á la política del 
Continente,» <fLa freuopatía en sus relaciones con el Derecho penal,» 
«El naturalismo en literatura» y otros de este linaje, atraían á su sa- 
lón numerosa concurrencia, y al término de la jornada quedaba siem- 
pre gran número de socios sin hacer uso de la palabra que tenían pe- 
dida, porque aún no les había llegado su turno. 

Hoy no sucede otro tanto; sufren interrupción aun aquellos asun- 
tos que logran animar en un principio las secciones, unas veces 
por falta de oradores y otras por carencia de público; los socios, 
no sólo no solicitan intervenir en ellas, sino que se ven asedia- 
dos, aunque en vano, por individuos de las mesas, para que si- 
quiera por favor tomen plaza en el debate, y algunos de éstos han 



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REVISTA LITERARIA 139 

arrastrado, especialmente en este año, una vida tan lánguida y 
desmayada, que antes, mucho antes, de que terminara su exis- 
tencia legal, ya habian muerto por consunción, de tal manera, 
que apenas ha sabido nadie cuándo, cómo, ni quién ha puesto ñn á 
su triste peregrinación con el acostumbrado discurso- resumen. Y 
esto es tanto más de extrañar, cuanto que el apogeo material á que 
recientemente ha llegado, parecía natural que trajera consigo un au- 
mento de fuerzas y actividad en sus funciones. 

Cuáles sean las causas de que, si no un retroceso, porque esto no 
es posible, haya sobrevenido cuando menos se esperaba esa especie 
de alto que hemos apuntado anteriormente, no es cosa fácil de averi- 
guar, porque deben ser muy varias y complejas. Vamos á permitir- 
nos, sin embargo, señalar algunas que creemos influyen y explican 
en parte aquel fenómeno. 

Convencidos ya de que todo en el Universo está regido por leyes, 
y que todas las cosas, lo mismo en la naturaleza que en la sociedad, 
mantienen entre sí estrechas relaciones, afirmamos como una ver- 
dad incontrovertible y corriente que tal edad histórica, sociedad, 
institución ó gobierno, se haya informado por tal principio, creencia, 
tendencia, superstición, significando con esto que hay fuerzas mora- 
les, ideas, direcciones del espíritu, ó llámense como se quiera, que 
influyen en aquéllas principalmente y determinan el modo de ser de 
todas sus manifestaciones. Partiendo de aquí, podemos decir que la 
época actual se halla informada por lo que todos conocen con el nom- 
bre de positivismo y que nosotros empezamos á ser dominados por 
esta tendencia. 

La política de todos los partidos se inspira en él al abandonar los 
ideales inflexibles fundados en los conceptos puros de la filosofía, para 
acomodarse á los hechos, como lo prueban los nombres de oportunis- 
tas y posibilistas con que se conocen algunos de aquellos que antes 
fueron esencialmente utópicos, y las transaciones recientes á que los 
partidarios de la teocracia han llegado entre nosotros con los aborre- 
cidos liberales, mediante el jper accidens de uno de sus más distinguí- 
dos representantes, con el fin de obtener algún provecho de la vida 
pública y prestar algún servicio al país; la aristocracia abandona sus 
pujos señoriles para explotar el comercio y la industria en unión de 



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HO REVISTA DE ESPAÑA 

almacenistas y navieros; las asociaciones qae hallan más eco y ob- 
tienen más concurso de las inteligencias superiores, son las que so 
fundan con el fin inmediato de mejorar las condiciones materiales de 
la vida nacional, como la de Africanistas para adquirir territorios 
que permitan ventajosa salida á nuestros productos en el continente 
vecino, y la que tiene por objeto la reforma de los Aranceles, que 
pide la rebaja de los mismos para que podamos comer y vestir mejor 
y más barato. 

Tan general influencia no podía menos de alcanzar á asociaciones 
científicas como la que ha dado origen á estas líneas, y asi se ha no- 
tado que las conferencias que han obtenido más éxito han sido las re- 
ferentes á las vicisitudes por que han pasado los tratados de comercio 
intentados por nuestro Gobierno, y al establecimiento de algunas 
factorías mercantiles en las costas del Sahara, y que la sección que 
ha atraído oradores y auditorio bastantes ha sido la de Ciencias mora- 
les y políticas, en donde se ha tratado, en discursos breves, nutridos 
de datos y de cifras, de indagar cuáles sean las condiciones en quo 
vive la clase obrera, para ver si se encuentra un medio eficaz que las 
mejore, mientras se han visto desiertas é interrumpidas indefinida- 
mente aquellas en que se discutía acerca del porvenir de la raza se- 
mita, que no nos afecta, ni de cerca ni de lejos. 

De otra parte, desvanecida por la metafísica positivista en la in- 
teligencia la pretendida realidad del conocimiento absoluto, no so 
aceptan ya aquellas ideas eternas que tan hondamente arraigaban 
en el espíritu, produciendo la fe y el entusiasmo; lo bueno, lo verda- 
dero, lo bello, no se consideran tales sino en relación con el tiempo, 
el lugar y demás circunstancias; todo es contingente y relativo; pue- 
de decirse que es y no es á un mismo tiempo. Semejante estado del 
entendimiento, fácilmente se comprende que no es el más á propo- 
sito para ir lleno de ardimiento á combatir ni á defender ninguna te- 
sis, y sí, por el contrario, muy propio para que sobrevenga en el 
ánimo ese enfriamiento precursor del abandono de que poco antes nos 
quejábamos. 

Pero á más de estas causas generales, que son inevitables é inde- 
pendientes de la Sociedad, existen, á nuestro juicio, otras de índole 
particular, que contribuyen también á que las discusiones no gocen 



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REVISTA LITERARIA 141 

de la importancia de otros días. Sin duda guiados por el buen deseo de 
que no pasara noche sin que el Ateneo mantuviera vivo el fuego sa- 
grado de la ciencia, y en la creencia de que había secciones en que 
sobraban elementos capaces de dar lugar á otros nuevos con ventaja 
para la Sociedad, se formaron las de Historia y Bellas Artes en el pa- 
sado año; mas el silencio que en di y en el presente las ha rodeado, 
habrá convencido á los iniciadores del pensamiento de cuan imposible 
es realizar ningún propósito, por laudable que sea, sin tener muy en 
cuenta la lógica y la naturaleza íntima del objeto de que se trata. Por- 
que ciertamente no se encuentra razón clara que abone la segregación 
déla Historia del grupo denominado «Ciencias morales y políticas,» 
cuando hoy es considerada más que nunca como una ciencia, ni me- 
nos las de Bellas Artes de la de Literatura y Arte, á que antes iba 
unida, toda vez que ambas se rigen por los mismos principios y ha- 
llan una ciencia común en la estática. Únicamente la diferencia sería 
marcada, y entonces hallaría alguna justificación la medida, dándoles 
el carácter que tienen las Academias oficiales de la Historia y de Be- 
llas Artes; pero esto no es posible, porque el Ateneo gusta más de la 
controversia, de la lucha, que lo ilustra más, agita sus facultades y 
le hace pensar, que de las revelaciones eruditas acerca del descubri- 
miento de una vía romana ó de discursos sobre la conveniencia de re- 
parar tal ó cual torreón arruinado por los siglos. De todos modos, sea 
el que quiera el motivo que entonces se tuvo en cuenta, no parece 
prudente que se persista en esa división de las fuerzas, al menos por 
ahora, porque, ó continuarían tan débiles como hasta aquí los debates 
en todas las secciones, ó algunas de éstas vendrían á ser puramente 
nominales, si no querían dar el doloroso espectáculo que hemos pre- 
senciado más de una vez, y ninguna de estas dos cosas añade nada 
al prestigio de que goza centro tan ilustre. 

Tampoco dejan de tener gran importancia para la animación de 
las discusiones los que han de ser objeto de las mismas. Dado el 
escepticismo que, como ya hemos dicho, se va infiltrando en todos 
los espíritus, no basta que aquéllos encierren un problema filosófico 
con cuyo j)lauteamiento se trate de llevar la luz á algún punto oscu- 
ro de la ciencia que se cree conveniente aclarar, ó se pretenda 
hallar las causas de la crisis do determinadas ramas del arte, sino 



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142 REVISTA DE ESPAÑA 

que es menester que sean de aquéllos que hieren 'vivamente la in- 
teligencia y ponen en tela de juicio las pocas arraigadas conviccio- 
nes que nos quedan. Los hechos lo han demostrado sobradamente. 
«El determinismo y el libre albedrio,» en que se debatía la existen- 
cia de la libertad humana creída por la mayoría de los socios, y que, 
por su trascendencia, amenazaba á las más altas instituciones y po- 
día borrar la idea de mérito de las acciones que más realzan al 
hombre; «El naturalismo en el arte,» doctrina que tal como se pre- 
sentaba era entre nosotros una gran novedad y venía en son de gue- 
rra; y «La Psicología considerada como ciencia natural,» que si bien 
parecía una cuestión de método, llevaba envuelto el más contro- 
vertido y controvertible de los problemas, eran asuntos que, por reu- 
nir las condiciones indicadas, ocuparon á las inteligencias más bri- 
llantes del Ateneo y mantuvieron el interés en todos los ánimos sin 
decaer un solo día. Al paso que «Las ideas representadas por los 
grandes hombres,» «Causas de la decadencia de nuestra literatura 
dramática,» «Relaciones entre la ciencia y la poesía,» que han 
sido en estos últimos tiempos los ofrecidos por la sección de Litera- 
tura, apenas si han conseguido que se les preste alguna atención. 
La vaguedad de unos, y el ser otros sencillamente el reconoci- 
miento de un hecho de todos admitido y en cuyas causas también 
convienen, puede dar motivo para alguna disertación reposada, pera 
no á una empeñada discusión, propia de la diversidad de ideas ó ten- 
dencias que suele existir siempre en el seno de una corporación nu- 
merosa. 

El tema que hemos citado, referente al estado de nuestro teatro y 
su regeneración, podría originar que se creasen premios para las me- 
jores obras dramáticas y los actores que más sobresalieran, ó el de- 
mandar del Ministerio de Fomento, como ya se ha hecho por una co- 
misión de escritores distinguidos, protección y amparo, ya que se 
cree todavía por algunos en la virtud del apoyo oficial en estos asun- 
tos, y puesto que no se conocen otros medios; pero nada más que 
esto, porque en el ánimo de unos y otros estaque la decadencia pre- 
sente del teatro depende de que nuestros autores dramáticos no han 
dado con la fórmula del drama moderno, como han dado otros escri- 
tores con la de la novela, y que no hay que pensar que la regenera- 



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REVISTA LITERARIA 148 

ción venga de otra manera que produciendo buenos dramas y con- 
tando con actores que sepan interpretarlos. Y como todo el dinero de 
las arcas públicas, empleado en la construcción de un gran coliseo, 
en las subvenciones á empresas y hasta en regalar espléndidamente 
álos autores y actores, sería impotente para crear el talento ni seña- 
larle nuevos rumbos, se estima tarea inútil el discutir sobre estO| y 
los amantes del arte dramático se contentan con esperar á que espon- 
táneamente surjan otros autores ó sean iluminados con nueva luz los 
que tenemos. 

Otra cosa que influye en que los temas sean más ó menos adecua- 
dos, es el procedimiento empleado en su elección. Sigúese la costum- 
bre de que ésta se haga por las mesas correspondientes de las seccio- 
nes; y sin dudar de que todos van guiados por el noble propósito de 
qoe aquéllos satisfagan las aspiraciones de los socios, cabe pensar que 
no es tan fácil conseguir esto cuando no se consulta otro criterio que 
el propio, por lo cual creemos que daría mejor resultado la elección 
hecha por todos los socios que en ella quisieran tomar parte, toda vez 
que ellos han de sostener durante el curso la vida de las discusiones, 
ó permitir, en otro caso, á los individuos de las referidas mesas rec- 
tificar su equivocación, sustituyendo unos asuntos por otros cuando 
se haya observado por la indiferencia que les rodea qne no tienen 
aceptación alguna. 

En suma; el Ateneo, que viene aumentando de día en día las con- 
diciones materiales de su vida, augura para en adelante, y por lo que 
toca al desempeño de su misión científica, una lozanía y esplendor 
no alcanzado hasta aquí, sin que contra esto valga nada la lentitud 
con que marcha en este momento, porque ésta ha de desaparecer 
cuando, penetrado de la corriente que hoy priva, se oriente en el ca- 
mino más propio para su desenvolvimiento. 

Orlando. 



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CRÓNICA POLÍTICA INTERIOR 



8 de Julio de 1885. 

Gracias á la política conservadora, tan estéril para el bien, en este 
desdichado período de su dominación, y tan fecunda en errores y en 
desastres, S. M. el Rey había perdido, en poco tiempo, algo de su an- 
tigua aura popular. Los periódicos más importantes de Europa, como 
el Times, de Londres, el Temps^ de París, y el DirUlo, de Roma, no 
encomiaban, como otras veces, las altas prendas que adornaban y 
adornan al Rey de España, sino que acogían en sus columnas co- 
rrespondencias mal inspiradas y especies insidiosas, que si no ena- 
jenaban al Monarca el amor de sus subditos, producían en el ánimo 
de los más adictos la tibieza y la melancolía, primeros síntomas de 
la duda y la zozobra. La presencia de Don Alfonso XII en los paseos 
y en los teatros de la Corte, sin dejar de inspirar respeto, no desper- 
taba ya. como otras veces, el entusiasmo y las simpatías del públi- 
co. ¿Qué había pasado en poco más de un ano, para que aquel pueblo 
que esperó ansioso á su Rey en la estación del Norte y le colmaba 
de aplausos y de bendiciones, cuando regresó de París, se mostrase 
ahora frío y circunspecto? Sencillamente que entre la opinión públi- 
ca, representada por el sentimiento de todas las clases, partidos é in- 
tereses, y el Gobierno responsable, que representaba poco más que la 
prerogativa regia, á la que exclusivamente debió su origen, se había 



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CRÓNICA POLÍTICA INTERIOR 145 

pronunciado el más tirante desacuerdo y que, á pesar de tantas y tan 
-continuas protestas de la opinión, el Ministerio seguía mereciendo la 
•confíanza del Rey. Pero toda aquella tibieza, toda aquella melanco- 
lía, todos aquellos síntomas de duda y de malestar, se trocaron mo- 
mentáneamente en plácemes y aclamaciones que determinaron una 
saludable reacción del espíritu público en favor de Don Alfonso, al sa- 
berse en Madrid que, solo, sin precauciones, sin aparato, sin previo 
consejo del Gobierno, había partido una mañana para Aranjuez á ins- 
peccionar los hospitales y los cuarteles, y llevar, con su presencia, 
auxilios, aliento y vida álos habitantes de aquella infortunada pobla- 
<5ióu que estaba y está padeciendo la epidemia colérica más intensa 
y más cruel de cuantas recuerda la historia. El espectáculo que aquel 
día presentaban los Cuerpos Colegisladores era sublime; mayorías y 
minorías olvidaron sus diferencias para fundirse en un solo pensa- 
miento que, con la maestría y la autoridad que le daban su posición 
y 8u ingenio, interpretó el jefe del. partido liberal en estas sentidas 
frases: Cuando un Rey lucha con la muerte tan valerosamente como lo 
está Haciendo en estos momentos Don A l/onso XII, merece bien de la 'pa- 
tria. ¡ Viva el Rey! 

Dos horas después, el pueblo de Madrid se agolpaba á la estación 
4el Mediodía para recibir, entre vivas y aplausos, al Rey que volvía 
de Aranjuez; y un séquito inmenso, en que se confundían los grandes 
de España, los generales, los Senadores y Diputados con los litera- 
tos, los comerciantes y los obreros; un gentío sólo comparable, por 
<3l número y por el entusiasmo, al que le recibió en la estación del 
Norte cuando regresó de París, le acompañó hasta Palacio. A estas 
muestras de gratitud y de simpatía siguieron otras no menos sinceras 
en los sitios públicos, revelándose en todas ellas el noble y gene- 
roso espíritu de este pueblo que jamás ha dejado de rendir culto 
al valor, á la abnegación y al civismo y que siempre ha tenido aplau- 
sos y bendiciones para sus Reyes, cuando éstos han querido partici- 
par de sus dolores y de sus alegrías. 

Las naciones extranjeras no fueron tampoco indiferentes á esto 

acontecimiento. Casi todos los Reyes y Jefes de Estado de Europa 

han felicitado á Don Alfonso XII, y los periódicos de más autoridad, 

«nel Continente y en el Reino-Unido, sin excluir á los que hace 

TOMO cv 10 



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146 REVISTA DE ESPAÑA 

quince días se manifestaban poco afectos al Rey de España^ le pro- 
digan hoy los mayores y más justos elogios. 

Esta rectificación en las ideas, este favorable cambio en las opi- 
niones y en las actitudes, se debe exclusivamente á que S. M. no 
podía olvidar que, en las naciones que se rigen por el sistema consti- 
tucional y parlamentario, el Rey es y debe ser constantemente — 
como ha dicho un ilustre tratadista británico— el leader del pueblo; 
á que S. M. no podía desconocer que su desistimiento de ir á Mur- 
cia, para compartir con aquellos infelices habitantes las penalida- 
des de la epidemia, había de ser comentado por la opinión públi- 
ca, que no siempre pondría delante de sus juicios la responsabili- 
dad de los Ministros; á que, una vez formulado su propósito de ir á 
Murcia, era preciso poner en claro que ni los peligros del viaje ni el 
temor á la muerte le hicieron desistir; sino altas razones de Estado 
que, por el momento, le impedían admitir la dimisión del Ministerio 
y, sin cambiar radicalmente de política, nombrar otro que aceptara 
la resposabilidad de su viaje. Y para dar esta satisfacción á España 
y á las naciones extranjeras; para contestar á los comentarios de la 
opinión pública; para reivindicar las simpatías y el prestigio que el 
Gobierno pudiera haberle 'enajenado con su extraña manera de anun- 
ciar y de explicar la crisis, se aconsejó de su propia inspiración, se 
inspiró, mejor dicho, en el sentimiento general del pueblo, y partió 
para Aranjuez á visitar los hospitales y los cuarteles y á visitar 
también á los murcianos en el tren que de Murcia venía á Madrid 
aquella tarde. 

¿Hay en este acto, cuya responsabilidad han aceptado los Minis- 
tros, á pesar de haberse realizado contra sus antecedentes, contra 
sus opiniones y contra sus consejos, resueltamente expuestos cuando 
el Rey pensó ir á Murcia, algo que no sea estrictamente constitucio- 
nal? Para los que tienen de la Monarquía parlamentaria el mezquino 
concepto de los tratadistas de principios del siglo; para los que pro- 
fesan todavía la célebre máxima de el Rey rei7ia, pero no gobierna; 
para los que creen que el Rey constitucional no 'puede hacer nada 
malo, porque no puede hacer nada, la visita del Rey á Aranjuez siu 
previo acuerdo con su Gobierno, podrá ser discutible; para los que 



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CRÓNICA POLÍTICA INTERIOR 147 

entienden que el sistema parlamentario, cuando sinceramente se 
practica, es la opinión pública en acción; para los que creen que el 
Rey, en este sistema, ejerce la más alta y más esencial de las fun- 
ciones de gobierno, nombrando y separando sus Ministros cuando la 
opinión pública los indica ó los rechaza; para los que proclaman que 
el Rey tiene la misión augusta de pulsar constantemente la inteli- 
gencia nacional que se expresa con las mesuradas voces de todas las 
clases, partidos é intereses, por medio de la tribuna, la prensa, la 
bolsa, el comercio, los centros políticos y la sociedad en general, 
no merecen serio examen aquellas teorías que pertenecen á la in- 
fancia del rí^gimen representativo; les basta proclamar la irrespon- 
sabilidad legal del Rey, mientras el Rey cumpla, por su parte, el 
pacto constitucional, para afirmar, al mismo tiempo, que, por en- 
cima de la responsabilidad legal de los Ministros, está el juicio 
de la opinión, que examina cuidadosamente los actos de los go- 
bernantes y los aprueba ó los condena, realizándose de este modo la 
responsabilidad moral que pronuncia la conciencia pública y que la 
historia recoge y afirma más tarde. 

El efecto que la ida del Rey á Aranjaez produjo en el ánimo de los 
Ministros y la significación política de esteacto, desde el punto de 
vista de las relaciones del Rey con su Gobierno, ha sido el tema capi- 
tal del debate político iniciado por el Sr. Martos y en que han inter- 
venido, hasta la hora en que cerramos esta Crónica, el Ministro de 
Gracia y Justicia, el Sr. Castelar, el Ministro de Fomento, el Gene- 
ral López Domínguez y el Presidente del Consejo de Ministros. Toda 
la política interior y extranjera de este Gobierno; el espíritu que 
la ha informado; los actos que han producido un fracaso, una com- 
plicación ó una protesta; la conducta de las oposiciones; el sentido de 
la coalición de los partidos monárquicos y republicanos para las elec- 
ciones municipales; la actitud y aspiraciones del partido liberal; la 
situación actual del Gobierno; todo lo que ha constituido, en su con- 
junto y en sus detalles, el movimiento y la vida política de la nación, 
en este período histórico, ha sido ampliamente tratado. No es tarea 
fácil ni, sobre todo, propia de esta Revista, hacer una reseña de los 
discursos de los oradores; pero no creemos ocioso examinar á fondo 



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148 REVISTA DE ESPAÑA 

esta interesante discusión, porque en ella, más que en ningnina otra, 
se han trazado las líneas que separan, en principios, en doctrinas y 
en procedimientos, á los partidos que lian de turnar en la dirección 
del poder, fijándose la situación de cada uno respecto del otro y la de 
ambos respecto de la Monarquía. 

FA partido conservador tiene de la Monarquía el pobre y estrecho 
concepto de que esta institución ha de vivir de antiguas veneracio- 
nes y de viejos prestigios, sin tomar para nada en cuenta las pasaje- 
ras impresiones de la opinión pública. El partido liberal, por el con- 
trario, entiende, como expuso hace pocos días en una brillante im- 
provisación el Sr. Albareda y como ha repetido el Sr. Martes, en el 
debate político que examinamos, que aquellos viejos prestigios y 
aquellas antiguas veneraciones que, poco á poco, se van debilitando 
y trasformando en otras fuerzas y otros elementos, no son ya bas- 
tante sustentáculo para la Monarquía, y que si ésta quiere vivir en 
estos tiempos y ser una institución fuerte y poderosa tiene que aso- 
ciarse á la vida del país, encarnando en los sentimientos y en las ne- 
cesidades de los pueblos, participando de sus placeres y de sus angus- 
tias y, sobre todo, atendiendo el Rey, por sí mismo, á las palpita- 
ciones de la opinión pública, no para vivir, ni para que los gobier- 
nos vivan enteramente sometidos á ellas, sino para tenerlas en cuen- 
ta en las resoluciones que arranquen de su iniciativa. 

El partido conservador se empeña en sustituir todas las corrientes 
de la vida pública y todas las manifestaciones de la opinión por los 
artificios de su mecánica política y administrativa; y así parece — de- 
cía el Sr. Martes — «como que el cuerpo electoral vota para nombrar 
sus Diputaciones provinciales y sus Ayuntamientos; como que se eli- 
gen Cortes y como que se realizan todas las funciones de la vida cons- 
titucional, cuando estas no son sino meras apariencias.» El partido 
liberal se empeña,' por el contrario, en restablecerla sinceridad elec- 
toral, trayendo á las Cámaras por sus propias y naturales fuerzas 
minorías numerosas y mayorías sólo suficientes para el gobierno, á 
fin de que la Monarquía viva defendida y amparada por todo el meca- 
nismo parlamentario y sea efectiva la responsabilidad de los gobier- 
nos y no vivan los gobiernos y los partidos á costa de la Monarquía 
y del Rey. 



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CRÓNICA POLÍTICA INTERIOR 149 

El partido conservador profesa la doctrina de que son elementos 
de criminalidad y causa de delito todas las manifestaciones de la opi- 
nión y todas las expansiones de la libertad, aunque sean tan pueriles 
como la manifestación de los estudiantes en Octubre, ó tan pacíficas 
como la protesta de los comerciantes, doctrina que le conduce á exa- 
gerar la prevención y la represión, couvirtiondo aquellos movimien- 
tos en motines que terminan con sangre, cuando no les da las pro- 
porciones de una revolución contra la Monarquía y contra el Re^^ 
El partido liberal tiene, cuando menos, el mismo interí^s que los 
conservadores en sostener el orden público y en asegurarlo, en 
bien de toda la sociedad; pero sin mirar con recelos y con miedo esos 
níovinnientos de la opinión que realizan un derecbo constitucional y 
que, cuando no se les violenta, ni se les veja, terminan tranquila- 
mente. 

El 'partido conservador sueña á todas horas con la revolución y á 
todas horas nos dice que está preparado para resistirla y para exter- 
minar á sus caudillos, como si la Restauración no contara con más 
apoyo que la fuerza y como si cstuvióramos condenados á vivir en 
perpdtuo estado de guerra. El partido liberal aspira á realizar, átoda 
costa, la paz pública, desarmando á la revolución mediante procedi- 
mientos de justica, proclamando la legalidad de todas las ideas, reco- 
nociendo á los republicanos todos los derechos que tienen como ciu- 
dadanos españoles y no mirando como adversarios más que á los 
conspiradores y álos rebeldes. 

El partido conservador entiende que el Gobierno es el único depo- 
sitario de la salud del Estado; que en todo lo que de algún modo toca 
al orden público necesita tener constantemente intervenida la acción 
del poder judicial y que siempre que el derecho de un ciudadano 
pugne con lo que el partido conservador llama derecho social y éste 
se encarne en un funcionario público, debe el poder judicial ponerse 
á las órdenes del Gobierno para servir sus intereses; teoría la más 
peligrosa para las instituciones y para la paz pública, que sólo puedo 
sostenerse siendo el resultado de una especie de prevaricación que 
acusa un estado de perversión de la conciencia y del sentido jurídi- 
co. El partido liberal entiende, por el contrario, que el poder judi- 
cial debe ser completamente independiente, no ya como garantía de 



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150 REVISTA DE ESPAÑA 

los derechos civiles de los ciudadanos, sído como sanción que es dQ 
todos los derechos y de todos los deberes. 

El partido conservador entiende, en fin, que la democracia es in- 
compatible con la propiedad y con la Monarquía. El partido liberal 
que forma su derecha con hombres ilustres de procedencia conserva- 
dora, que saben enfrenar las impaciencias democráticas; que tiene 
su izquierda formada por hombres no menos ilustres de proced^icia 
democrática que empujan con el vigor de las ideas modernas, y 
que tiene su centro compuesto del antiguo partido constitucional 
para juzgar del ardor de los unos y de las resistencias de los otro?; 
el partido liberal que, por dicha de la patria y de la Monarquía, 
es el centro en que se han agrupado las fuerzas más potentes y los 
elementos más valiosos de nuestra sociedad en las armas, en las le- 
tras, en la nobleza, en la banca, en la propiedad y en la política, bajo 
la dirección del hombre de Estado que más sacrificios ha hecho por 
salvar la libertad contra la reacción, y el orden contra la anar- 
quía, sostiene, por ol contrario, que ni en el orden de las ideas, 
ni ea el orden de los hechos, ni en el orden de las conveniencias pu- 
blicas, puede ser ni es incompatible la democracia con la propiedad 
y la Monarquía, porque ésta será tanto más poderosa cuantas más 
fuerzas sociales se rediman de esa especie de proscripción en que vi- 
ven los despojados del voto público, y cuantos más se agrupen, por los 
vínculos del derecho; en derredor de la Monarquía y del Rey; porque 
el socialismo y el comunismo son temibles cuando el pensador y el 
ciudadano viven desterrados de la tribuna y de la cátedra; pero dejan 
de inspirar temores y recelos desde el momento en que sus hombres 
son admitidos en el concierto de las ideas y en las instituciones del 
Estado encargadas de realizar el derecho. 

Este paralelo en que, á primera vista, se destaca todo el carácter 
y todo el sentido de la política conservadora y todo el carácter y 
todo el sentido de la política liberal, nos da la idea exacta de las doc- 
trinas, de los procedimientos y de los medios que cada uno de estos 
partidos aplica ó se propone aplicar á los problemas de la política y 
de la vida social; y este ha sido hasta ahora el resultado práctico del 
debate político. 

Pocas veces hemos asistido á una lucha tan empeñada por una y 



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CRÓNICA POLÍTICA INTERIOR ^ 151 

otra parte, tan viva y tan brillante; pocas veces se han defendido 
con más vigor de pensamiento y de palabra las doctrinas de cada es- 
cuela, los ideales de cada partido y la conducta desús principales 
hombres. Martes, que había guardado silencio eri esta legislatura, 
consagrando toda su actividad, todo su ingenio y toda su influencia 
á que se realizara la conciliación del partido liberal con los hom> 
bres de la izquierda, en virtud de un programa que contuviera los 
principios y los ideales y las aspiraciones de todos, ha pronunciado 
en defensa de esta política, llevando la voz del partido liberal, uno 
de los discursos más notables de su larga y brillante vida pública: 
ni un momento dejó de manifestarse tal cual es y tal cual ha sido, 
demócrata de convicción, de sentimiento y de escuela; pero ni un 
momento tampoco dejó de ser el hombre de gobierno que sabe medir 
y apreciar las condiciones de la vida real y atem[)erar á ella sus 
ideas. Castelar, grande como siempre en sus concepciones, sublime 
en la palabra, ha hecho el discurso más político y de más sentido 
práctico que le hemos oído. El general López Domínguez, explicando 
la actitud de la extrema izquierda del partido liberal, ha tenido tam- 
bién pensamientos enérgicos, rasgos de ingenio y arranques de pa- 
triotismo. 

Aún intervendrán en el debate los diputados republicanos señores 
Labra y Portuondo, el Ministro de la Gobernación y los Sres. Sagasta 
y Presidente del Consejo de Ministros. 

Se esperan con interés los discursos del jefe del partido liberal y 
del Sr, Cánovas del Castillo, porque, en el estado actual de la poli- 
tica, sus declaraciones han de ser de suma importancia. 



Franeiseo Calvo llluíkoE. 



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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 



El Rey pueblo. — Diálogo político^ por D. Emilio Nieto.— Madrid, i885. — 
Un tomo en 8.® 

La obra que nos ocupa merece más detenido estudio del que hemos de 
dedicarle en esta ligera exposición y crítica; pues, que, en realidad, abarca 
una serie de complejos problemas políticos, acerca de los cuales su autor 
hace luminosas consideraciones, y cuya fuerza debe obrar en el ánimo de 
aquellos á quienes toca plantearlos y darles solución en la práctica. En for- 
ma de diálogo, mantenido entre Demófilo, Rey preocupado de la trascen- 
dencia de sus augustas ficciones, y Psicodemo, representación ñel de las as- 
piraciones de la nación soberana y libre, se nos van presentando cada una 
de los puntos esenciales de un sistema de gobierno monárquico representa- 
tivo. 

La cultura moderna— dice el Sr. Nieto, poniendo sus palabras en boca 
de Psicodemo— ante nada detiene su crítica, pero respeta los resultados d& 
esta crítica misma, y por ello son cada día menos frecuentes y probables los 
sacudimientos producidos por el necesario desenvolvimiento humano al re- 
basar los obstáculos que se le presentan; «el estudio de la vida en sus di- 
versas oscilaciones va inspirando veneración á las leyes en cuya virtud se 
realiza, consideración á los hechos, culto á las formas en que las ideas apa— 
recen naturalizadas en cada período histórico, y templanza en el procedi- 
miento para su evolución.» 

Y es verdad esto. La tolerancia y el respeto á lo que vive, para no ne- 
garle el derecho á la existencia que por sí misma hayan logrado tener^ 
lanto ideas como organismos é instituciones, es el sello de nuestra época 



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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 153 

y la tendendencia de nuestra civilización, que afirma, cada vez en ma- 
yor grado, la necesidad de un desenvolvimiento lento, pero firme, en con- 
tra de la obra de aquellos otros tiempos revolucionarios por excelencia, 
en que, guiado por un esplritualismo que justifican ias presiones constante- 
mente ejercidas para negar la condición libre del hombre, se llega á lanzar 
con de Maistre frase tan gráfica como esta: «¡Naturaleza! ¿Quién es esa mu- 
jer?» Nació entonces aquel derecho racional, teórico, que, en vista de lo que 
debiera y acaso había de ser, negababa lo que era, marchando á saltos por 
el camino sobre el que se veía obligado á volver en su tarea de no dejar 
nada de lo que comprendía sin vida y en olvido. Hoy, por el contrario, y en 
cuanto hace relación á la política, por ejemplo, «se investiga el fundamento 
de las leyes y de las instituciones, se distingue bien lo que simbolizan de su 
mayor ó menor imperfección positiva, y se prefiere depurarlas á supri- 
mirlas.» 

Consecuencia de esta manera de ser de la civilización moderna, que las 
monarquías hayan perdido aquel prestigio que les daba su razón de ser de 
derecho divino, y el que la crítica suba hasta ellas para apreciar sus actos 
con virtiéndolas en una función del Estado, a en forma lógica de gobierno, 
ni más ni menos perfecta que la República, é igualmente duradera, como 
que responden ambas á diferencias en la índole de los pueblos, que nunca 
se borrarán por completo.» 

Punto es este esencialísimo, al que el autor dedica bastante espacio, y 
que trata con acierto, de acuerdo con la corriente general de los publicistas 
que, como Bluntschli, Cornewall Levvis, Vacherot, Mignet, Freeman, Re- 
nán, Laveleye, Crispi y otros muchos, sostienen, viniendo de escuelas muy 
distintas, ya que las formas de gobierno, para que cumplan su fin, se han 
de adaptar á las tradiciones, á las costumbres, al carácter y hasta á las 5í;i- 
gularidades del pueblo á que han de ser aplicadas, ya que el país que goce 
de Ja ventura de tener una monarquía nacional cometería un error indis- 
culpable intentando sustituirla por otra institución política. Las fcuestiones 
acerca de la forma de gobierno en una nación dada — alega el Sr. Nieto — 
como quiera que el carácter de ésta no se altera por la voluntad de los hom- 
bres, apenas alcanzan más lejos que al cambio de nombre de jefe del Es- 
tado.» 

Anterior es el problema de realizar lo que en la obra que nos ocu- 
pa llama Psicodemo fia verdadera política, la política real,» aquella «que 
no aparta jamás su vista del Estado representado, es decir, de la so- 
ciedad entera, considerada bajo su aspecto de persona colectiva para el fin 
del derecho...; la que en todo momento busca los medios de que persista y 



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154 REVISTA DE ESPAÑA 

aumente la comunicación íntima, la connivencia dentro del mismo cuerpo 
entre representantes y representados, tratando de provocar una acción enér- 
gica de éstos y de afirmar en aquéllos la aptitud receptiva, á fin de que cir- 
culen y se exterioricen y prevalezcan, sin tropiezo, las legítimas reclama- 
ciones sociales.» - 

Nada más contrario á la vida moderna que la distinción de un orden 
de intereses económicos, industriales, de cualquier clase, independiente del 
orden político; como si éste pudiera tener realidad no siendo aplicado á 
aquéllos de continuo. Decía Solón, según nos refiere Plutarco, contestando 
á la pregunta de cuál sería la nación más civilizada, cque lo era aquella en la 
cual la injuria hecha á un ciudadano es sentida y repelida por todos sus 
conciudadanos tan viva y enérgicamente como si á ellos mismos fuera he- 
cha.» Y es cierto: dejemos hablar á Taine: cCuanto más me informo y más 
reflexiono— dice — más me convenzo de que este gobierno (el de Inglaterra) 
tiene por base, no tales ó cuáles instituciones, sino ciertos sentimientos muy 
enérgicos y muy difundidos. Si tiene solidez y se mantiene, es que el res- 
peto es universal* y profundo hacia muchas cosas. Si es activo y camina, es 
que, exceptuadas estas cosas, todo lo demás se entrega á la discusión, á la 
fiscalización y á la iniciativa individual.» 

De otra manera, si no se procura realizar el consorcio íntimo en que de 
necesidad deben hallarse los poderes representativos y la sociedad, se ven- 
dría al hecho, apuntado por Demóflio, de cque el Estado oficial pasea su 
fantástica representación sobre un país indiferente, ajeno á la vida públi- 
ca.» Pero el mal tiene remedio. tSi reconoces (¿y cómo negarlo?) — hace de- 
cir el Sr. Nieto á Psicodemo — que cualquier individuo, con sus quejas, con 
sus excitaciones, puede concurrir al esclarecimiento de la conciencia social, 
¿negarás que el Estado representativo, queriendo de veras interesarse en la 
empresa, habrá de ejercer un influjo infinitamente mayor que el de cada 
una de sus tentativas aisladas? Conteniendo en primer lugar los progresos 
del mal; allanando después los caminos por donde haya de manifestarse 
sin falsificaciones indignas, el espíritu público; justificando más tarde, con 
sus actos, la resolución inquebrantable de inspirarse en él de un modo ex- 
clusivo; y despertando, por último, con tal conducta, la casi muerta con- 
fianza en la eficacia de la voluntad de la nación, ¿no es lícto esperar que se 
sienta ésta robustecida con nuevos alientos y pronta á sacudir el marasmo 
que la enerva?» 

Tal es la acción posible de los gobiernos, según el autor. Para excusarla» 
aléganse las diferencias entre la teoría y la práctica; para ejercerla, solici- 
tan algunos perfectas leyes escritas. cLa Constitución externa de éste [del 



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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 165 

Estado)— escribe el Sr. Nieto— ^es decir, la expresión concreta en que se va 
traduciendo el espíritu jurídico de la sociedad, en cuanto se produce ésta 
como persona defínidora del Derecho, se refleja ó debe reflejarse con en- 
tera fídelidad en su Constitución externa, conjunto de las leyes positivas 
dictadas para regir fundamentalmente su actividad. Pero es el caso que la 
Constitución externa consta á su vez de dos elementos: uno aparente, ge- 
nérico, relativamente fijo: la letra del Código y de las leyes complementa- 
rias; otro latente, vivo, particular, movible: la interpretación que esa letra 
obtiene en cada momento, y su desarrollo en la práctica por los poderes pú- 
blicos.» Siendo necesarias las constituciones, no depende de ellas en exclu- 
sivo el adelanto de la política, y sí, en mucho, de la constitución interna de 
los pueblos, de su savia, de su virilidad y de sus costumbres, impuestas por 
la fuerza de la opinión pública. 

Hasta aquí las consideraciones y los fundamentos en que el autor funda 
la doctrina mantenida en su libro El Rey Pueblo; de la manera de ser in- 
terna de éste, según él, depende su autonomía, definida por las distintas di- 
recciones sociales, cosa que comprueba históricamente; del reconocimiento 
pleno de su autonomía la democracia, afirmación del c derecho inalienable, 
en la sociedad y en el individuo, de dirigirse exclusivamente por sus inspi- 
raciones, dentro de sus círculos respectivos,» que es por naturaleza pacífica 
y con servadora; de su autonomía y sus diferencias sociales, la Monarquía ó 
la República, como formas de gobierno propias para cada país; de su auto- 
nomía la igualdad de condición, de derecho, dentro de la que se perciben 
siempre y se aprecian diferencias naturales. Y haciéndose la democracia or- 
gánica, reconoce los derechos de los individuos, la vida propia de la provin- 
cia y el municipio, la secularización de la familia, la independencia de las 
instituciones dedicadas á los diversos fines de la vida, la constitución del 
Estado nacional y la intervención de la sociedad, mediante el Jurado, el 
concurso de los ciudadanos á las funciones ejecutivas y la universalidad del 
sufragio. 

En consecuencia de esta idea de la democracia que influye hoy en to-^ 
dos los Estados, la naturaleza de los atributos mayestáticos se ha modificado, 
quedando la irresponsabilidad legal del Príncipe como carga que le impone 
deberes estrechísimos, y sujeta éste á la crítica, único poder que lo legitima 
en definitiva, conforme á los datos de la razón del Estado libre, encontrando 
su permanencia en su misma razón de ser, y siendo verdad tque al humani- 
zarse el poder de los reyes, para quedar plenamente concertado con las as- 
piraciones de la democracia orgánica^ lejos de perder, por su cambio de- 
finitivo de sustancia, un átomo de la fuerza exterior que le otorgó el ins- 



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156 REVISTA DE ESPAÑA 

tinto de las naciones, la robustece y dignifica con la energía íntima, fruto de 
una conciencia clara de su misión » 

Por último. Demonio y Psicodemo hacen recaer su diálogo sobre el 
absolutismo ministerial, el ejercicio del poder armoni^ador, la Administra- 
ción, la Justicia y el Parlamento, poniendo de manifiesto sus desviaciones 
actuales de lo que es el sistema representativo y señalando los caminos de 
la saludable reforma que la moderna cultura y existencia de la sociedad re- 
quieren. 

Por su alcance político y trascendencia científica, ha de fijar el libro que 
ligeramente hemos expuesto y criticado la atención de todos cuantos á estos 
asuntos se dedican; sólo habríamos encontrado mejor que su autor, aban- 
donando la forma de diálogo, ocasionado á cierta prolijidad retórica, ne- 
cesaria de suyo, hubiese escogido aquella otra analítica, de acumulación 
de hechos y de síntesis y principios educidos, que obliga á un mayor ri- 
gor en la disciplina intelectual y á una mayor precisión en las conclusio- 
nes, sin que esto pueda significar nunca un defecto, y sí únicamente un 
propósito artístico que no hallamos adecuado al fondo de la obra. 

Revistas.— Journal des Economistes. — Junio, i885. — Las leyes natu- 
rales de la economía política^ por M. G. Molmarid. — La cuestión de la po- 
blación en Francia en el siglo xviii, por M. Enrique Baudrillart. — La mi- 
seria en Inglaterra.^ La condición del pobre en Bristol, por M. Arturo 
Raffalovich. — Revista de la Academia de ciencias morales y politicas, por 
M. Josc- Lefort. — La política comercial y la política colonial, por M. J. 
Chaillcy. 

La miseria en Ing I aterra, — Mucho se ha escrito sobre este interesante 
tema, y, sin embargo, el artículo de M. RaíYalovich tiene gran novedad. 
Lo mismo éste, con ser economista ortodoxo, que cuantos se han ocupado 
de tal cuestión, ponen de manifiesto una cosa bien extraña, y que debe ha- 
cer meditar mucho á los pensadores que se imaginan haber resuello un pro- 
blema social, con sólo haber encontrado una ley vaga, ó con haber descu- 
bierto una teoría mejor ó peor fundada. Inglaterra, el país más rico del 
mundo, enriquecido tal vez á causa de haberse aplicado en él me.or que en 
parte alguna el sistema del dejar hacer y es también la nación donde es más 
espantosa y grande la miseria. 

Leyendo el trabajo á que nos referimos y otros semejantes, pudiera 
creer quien fuera dado á discurrir por impresiones, que la teoría de los 
economistas ortodoxos, buena para enriquecer extraordinariamente á unos 
pocos, es la más acomodada para acrecentar la miseria de los más. 



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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 157 

No son estas, sin embarco, las conclusiones que saca el articulista; antes 
bien, partiendo de un dictamen de una sociedad libremente formada para 
el estudio de las clases pobres de Bristol, hace la apología de la libertad, 
que permite llevar el remedio allí donde el mal aparece. 

Es punto menos que imposible extractar el notabilísimo trabajo á que 
aludimos, pues todo él se reduce á datos estadísticos de grandísimo in- 
terés sobre la industrial ciudad de Bristol, pero sí queremos indicar las 
cinco reglas tomadas del citado dictamen con que el autor termina su es- 
crito: 

I." No deis jamás una limosna á un pobre sin averiguar primero si es 
cierta la historia que os refíere. 

2/ Si dais limosna alguna vez, hacedlo con cantidades que puedan ser 
capaces para remediar una necesidad. 

3.* Sea lo que quiera lo que deis personalmente y coq perfecto conoci- 
miento de las circunstancias, dad con una verdadera simpatía hacia los des- 
graciados, é inspirados en un espíritu de confianza. 

4.' Si por falta de tiempo no podéis poneros en comunicación con los 
pobres, no deis personalmente; es mejor que remitáis vuestro dinero á los 
que pueden hacerlo para que lo distribuyan. 

3." No deis jamás en respuesta á las cartas de mendicidad, porque es la 
forma que más desmoraliza al mendigo y la más ocasionada á fraudes. 

ReVUE de DROIT INTERNATIONAL ET DE LEGISLATION COM PAREE. 

Tomo XVII.— 1 885. — III. El Congreso de Vienay la conferencia de Berlíny 
por sir Travers Twiss. — La política colonial de Italia^ por M, E. L. Caste- 
llani, profesor en Pádua. — El proyecto de Código penal inglés de 1879, por 
M. O. Q. van Swinderen. — El derecho internacional de la República ro^ 
mana^ por M. G. Fuimato, profesor en la Universidad de Maccrata. 

El proyecto de Código penal inglés. — Aunque es el primer artículo de 
una serie, la materia es tan interesante hoy día, cuando tanto preocupan á 
los hombres de ciencia y á los pensadores los problemas penales, que prefe- 
rimos dar idea de este trabajo, por juzgarlo más práctico y de aplicación á 
España. 

Comienza el autor historiando las vicisitudes por que ha pasado este 
gran proyecto, y refiriendo las dificultades que habrá de encontrar para su 
realización en la naturaleza singularísima de la legislación inglesa y en la 
manera de ser de aquel pueblo, dificultades que no ha sido suficiente á evi- 
tar M. Sfephen, su autor, acomodando los preceptos á la ley común, á la 
Statute Law y á la jurisprudencia de los jurados y tribunales. 

El eminente criminalista, que acababa de dar una ley penal á las Indias 



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168 REVISTA DE ESPAÑA 

orientales, no muestra resabio alguno de legislador doctrinario al formular 
su proyecto para Inglaterra, á pesar de lo cual bastó, según el articulista, 
que M. Lewis se opusiera, para impedir que diera un paso en el camino de 
su aprobación. 

Dicho proyecto, diferente en la esencia del dictamen emitido por la co- 
misión, se compone de ocho títulos, que comprenden: la introducción; los 
delitos contra el orden público; los concernientes al mantenimiento de los 
derechos y del orden; contra la religión, la moral y la decencia pública; de- 
litos contra las personas, contra el honor y contra la buena reputación; de- 
litos contra el derecho de propiedad y contra los derechos resultantes de 
los contratos; el procedimiento criminal y las leyes que deben ser dero- 
gadas. 

Bien quisiéramos detallar algo más el contenido del artículo, que lo es á 
la vez del citado Código; pero ni lo permite la índole de este trabajo, ni la 
del que extractamos, puesto que no está terminado. 

BiBLioTEQUE UNivERSELLE ET Revue suisse. — Juuio, i885. — Inglaterra^ 
Rusia en el Asia central, por M. A. de Verdilhac— £« el claustro ¡novela), 
por Mad. E. MsLurice.— Las victimas del trabajo y los seguros obligato- 
rios, por M. Numa Droz. — Una filosofía de la naturaleja^ por M. Charles 
Byse.-^Giusseppa (novela), por MM. Eugenia y Elena Naville.— jEV Con- 
(jreso postal de Lisboa. 

Las victimas del trabajo y los seguros obligatorios. No es este notabilí- 
simo artículo otra cosa que la condensación de la brillante campaña parla- 
mentaria que ha sostenido el ilustre economista contra los socialistas sui- 
zos, los cuales han hecho esfuerzos inauditos por implantar en la pequeñn 
República las doctrinas reducidas á leyes por Bismarck en Alemania, con 
parecido objeto al que en el epígrafe del artículo se indica. 

Estudia primero el célebre polemista suizo los principios en que se fun- 
da el seguro obligatorio, sacando en conclusión que lo está en un principio 
puramente socialista. Después opone casi los mismos argumentos que ha- 
bían sustentado los liberales alemanes contra Bismarck. 

Como todos los partidarios de la libertad industrial, se apoya en la li- 
bertad individual y en el derecho de propiedad, sin hacer caso del razona- 
miento de sus contrarios, que aducen esa misma independencia indivi- 
dual y el derecho á la vida, superior ai de propiedad. 

Niega que del seguro obligatorio pueda surgir el bienestar general, y ni 
siquiera del obrero, alegando muy atendibles razones, en comprobación de 
lo cual cita textos de Luis Napoleón Bonaparte, socialista político. 

La crítica que hace de la ley suiza es modelo de esta clase de trabajos, y 



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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 159 

en las conclusiones, el insigne economista no se muestra tan exagerada 
como otros de su misma comunión al tratar de semejantes asuntos. 

Revue des deus mondes. — I.** Julio i885. — E¡ guardia de Corps, por 
M. George Duruy.—í^/ combate contra la miseria. — La previsión y la mU'- 
tualidad^ por el Conde de Haussonville.— &or^í Eliot según su correspon^ 
¿iencia, por M. Arveale Barme.— Ltf memoria y el reconocimiento de los 
recuerdos, por M, Alfredo Jonillée. — El porvenir del poderío inglés, — Las 
colonias de Australia, — Los conflictos con Alemania, por M. Cuche va l- 
Clarigny.— i?/ salón de i885.— L¿i escultura, la arquitectura y el grabado^ 
por M. Gustavo OUendorff. — Un nuevo libro sobre la Revolución fran^ 
cesay por M. G. Valbert.— ¿/ pesimismo en la novela, por M. F. Brune- 
tiere. 

La memoriay e[ reconocimiento de los recuerdos. Cuando se pretende 
extractar un trabajo tan notable como éste de Jonillée, se siente más pena 
que angustia, pues más que las dificultades lastima el desagrado que pro- 
duce haber de reducir trabajo más digno de ser ampliado que circuns- 
crito. 

En este artículo, el famoso investigador de las leyes de la voluntad se 
manifíesta caracterizado por la tendencia irremediable á que hace algunos 
años viene obedeciendo su espíritu, mejor que en ningún otro; carácter que 
se descubre en toda su desnudez cuando afírma que la memoria llegará á 
ser totalmente orgánica y hereditaria, y que la conservación de las ideas no 
tendrá necesidad del reconocimiento. 

Funda sus estudios Jonillée en los luminosos trabajos publicados por 
Ribot en la Revue Filosophique sobre las enfermedades de la memoria, en 
los de SuUy sobre las ilusiones, en los de Spencer, de Bain, de Richet y de 
Maudsley. 

No sería aventurado decir que el sentido del artículo á que» nos referi- 
mos es muy inferior al de los autores citados, quizá porque se inspira en 
más elevado espíritu ñlosófíco. 

Su teoría sobre la inconsciencia de las acciones habituales prueba un 
gran estudio psicológico de que se encuentran bastante parcos los filósofos 
positivistas. Esta aparente inconveniencia halla su determinación cons- 
ciente, según el escritor francés, en una síntesis más rica é intuitiva, sínte- 
sis en que consiste la mal llamada inconsciencia del genio. 

Hablando de Chopin, dice: cSu memoria, sin saber cómo, conservaba 
y reproducía mil imágenes; pero cuando aparecían evocadas por la inspira- 
ción, él las reconocía como las emociones de toda una existencia, condensa- 
«las en una serie de armonías alegres ó melancólicas, ji 



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160 REVISTA DE ESPAÑA 

cEn la vida como en el arte — añade — resumiendo, lo que importa soa 
los resultados, no los procedimientos; en la memoria sucede lo mismo; lo 
que importa es la capacidad de resucitar en la conciencia un mundo que 
ha desaparecido, no los medios, porque las ideas son conservadas y aso- 
ciadas.» 

Estas frases trascritas indican el alto sentido con que el filósofo ilustre 
examina este interesantísimo problema de la evolución de la memoria. 



JOSÉ LUIS ALBAREDA, L. A. RUIZ MARTÍNEZ. 

PnOPlKTARIO-FUNOADOR. PROPIETARIO-DIRKCTOR. 



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LAS REFORMAS DEL SR. PIDAL 

EN LA ENSEÑANZA DE LAS MAESTRAS (') 



^«/<w>/<^ww^^\/w^ws/^^ 



III 



En vano, en 1861, autorizó el Sr. Marqués de Corvera á 
las localidades para que estableciesen escuelas de párvulos en 
lugar de las elementales que aún no se hubiesen creado y les 
correspondiese sostener (2); que en 1863, el ya citado Regla- 
mento de la Normal Central de Bonilla formalizase el certifi- 
cado de aptitud para regir aquellos centros de educación; que 
en 1865, el Sr. Silvela (D. Manuel), Director general entonces, 
insinuase en una circular la especie de encargar la educación 
de los párvulos á maestras (3): la simple enunciación de estas 

(1) Véanse las Revistas del 25 de Enero y 25 de Abril. 

(2) La administración de cada Ministro de Fomento tiene siempre su característica 
especial. La del Sr. Marqués de Corvera en la enseñanza, durante la época de la unión 
liijeral, se compone de dos cualidades: la buena intención y la impotencia. 

Por ejemplo, dos años antes, en 1859, dispuso que la dotación anual de las escuelas 
incompletas coo pudiese bajar de 1.000 reales;» y, con efecto, veintiséis años después 
subsisten aún los sueldos cde 300 y 500 reales», que debieron desaparecer por aquella 
real ordeo, y de que con tan justa indignación se hablaba en el preámbulo. 

(3) Este Sr. Silvela, cuya circular está llena de excelentes deseos, es el mismo que, 
meses después, en 1866, ensanchaba y fortificaba la inspección del clero en las escuelas 
de párvulos, accediendo á lo solicitado por el Vicario capitular de Vich. 

TOMO CV 11 



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162 REVISTA DE ESPAÑA 

disposiciones basta para que se comprenda su insignificancia. 
La primera tentativa importante en pro de esta clase de escue- 
las, se halla en el proyecto de ley de primera enseñanza, pre- 
parado por el Sr. Uña, presentado á las Cortes en 1871 por el 
Ministro Sr. Montejo y Robledo, y que contenía en muchos 
puntos trascendentales reformas. En él se ordenaba (1) que ea 
todos los pueblos que llegasen á 2.000 almas hubiese escuela 
de párvulos, aumentándose después este número en proporción 
con el de habitantes; y se daba á entender, con toda claridad,, 
que en lo sucesivo no se encomendarían estas escuelas á maes- 
tros, sino á falta de maestras (2). Pero este proyecto no logra 
ser ley, como tampoco llegó á realizarse, por muerte de Boni- 
lla, el ensayo del sistema Frobel, mandado practicar en su 
escuela por el Sr. Navarro y Rodrigo en 1874, según antes s^ 
ha dicho. Así es que el primer impulso decisivo fué el qu& 
en 1876 dio el Sr. Conde de Toreno, al cual toca la honra de 
haber comprendido y secundado la iniciativa de una de las 
personas cuya intervención en el régimen de la primera ense- 
ñanza ha sido y tiene que volver á ser más beneficiosa entre 
nosotros: el Sr. Robledo, jefe del negociado en la Dirección ge- 
neral y asiduo colaborador en esta reforma, como en las lleva- 
das á cabo por los Sres. Albareda y Riaño. La creación de los 
Jardines de la Infancia; la de la cátedra de Pedagogía fróbeliana 
para los aspirantes de uno y otro sexo al magisterio de párvu- 
los; la apertura de un concurso para publicar tratados que di- 
vulgasen los principios y procedimientos de aquel sistema; el 
aumento de dotación de las Escuelas de esta clase: tales son sus 
principales disposiciones. 

Su mayor trascendencia no está, sin embargo, en el por- 
menor, sino en la concepción y en el plan que revelan a 
éstas. Con efecto, en el preámbulo del Decreto de 1876, se con- 

(!) Art. 12,ba8e6.«. 

(2) Art. 35, páirrafo 2.^ — cCuaodo, á falla de maeslraSj las escuelas de p&rvulos esCéo. 
desempeñadas por maestros,» etc. Adem&s, en el preámbulo se insistía en la necesídacl 
de dar & la mujer cuna intervención más general y más eGciente en la educación de la. 
infanciai según lo dictan la ciencia y la experiencia, de consuno.» 



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LAS REFORMAS DEL SR. PIDAL 168 

sidera» no como prescripciones aisladas, sino como el punto de 
partida para reorganizar la educación de la primera infancia 
sobre bu primera base esencial, á saber: la mejora de su profeso- 
rado, ya por medio de la cátedra y el libro, ya por las prácti- 
cas en la nueva escuela modelo. No hay para qué insistir en 
el acierto con que los autores de la reforma, al reanudar, des- 
pués de cuarenta años de indiferencia, la obra del ilustre Mon- 
tesino, atendieron á subsanar la grave omisión de éste, res- 
pecto de los medios conducentes á la mejora ulterior del ma- 
gisterio de párvulos. 

Sería absurdo olvidar los precedentes que hicieron posible 
innovación tan radical y completa. Un insigne bienhechor de 
la cultura moral é intelectual de nuestra patria, D. Fernando 
de Castro, fundador en 1869 de la Escuela de Institutrices de 
Madrid y y en 1870 de la Asociación para la Enseñanza de la mun 
jery dando uno de los pasos más trascendentales para nues- 
tra regeneración social, estableció en aquella una cátedra de 
Pedagogia frObeliana en 1873, promoviendo, por diferentes 
medios, el estudio y propagación del sistema de los Jardines 
de la infancia, cuya teoría y cuya práctica había tenido nu- 
merosas ocasiones de estudiar en Alemania y en Suiza (1). 

(1) Muy especialmente estimulado para ello por D. Julián Sanz del Río: el maestro 
á quien se debe, más que á otro alguno, el despertamiento del espíritu filosófico en la Es- 
paña moderna, incluso entre sus más decididos adversarios: ¡cuan indecible ha sido su 
influjo, por ejemplo, en nuestra escuela teológica, cuyos más caracterizados representan- 
tes son siempre más ó menos ckrausistas» sin saberlo, como M. Jourdain hablaba en 
prosa; ó bien— para usar un ejemplo más respetuoso y de su gusto — como el alma, segün 
Tertuliano, es naturalmente cristiana! Sabido es de todo el mundo, cómo las bases me- 
tafísicas, que podría decirse, de la pedagogia frObeliana, nacen principalmente de la filo- 
sofía de Krause, á lo menos en la mente del fundador. El Sr. Conde de Toreno dice 
en su preámbulo que el sistema de FrObel está cderivado de principios de verdadera 
filosofía y del conocimiento de lo que es la naturaleza humana en los primeros años de 
su desenvolvimiento:» lo cual es muy plausible que se lo parezca al señor Conde de To- 
reno y más aun que lo diga. Me apresuraré, sin embargo, á consignar que muchísimos 
pensadores y pedagogos decididamente afectos á la pedagogia fróbeliana, rechazan por 
completo la iilosofía de Krause y cuanto á ella se refiere; pero rechazan también la 
filosofía del mismo FrObel, cuyo sistema creen compatible con otras concepciones muy 
diversas: v. g., con las de Comte y Spencer. 



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164 REVISTA DE ESPAÑA 

Este primer impulso, cierto, no había trascendido á la esfera 
oficial más que en algunos provectos más ó menos inéditos, 
y en el ensayo decretado por el Sr. Navarro y Rodrigo; pero 
había removido el espíritu del corto número de personas de- 
dicadas al estudio de los problemas de la educación; había 
estimulado la publicación de artículos, folletos y tratados sobre 
este sistema; generalizado el conocimiento de su material de 
enseñanza; formado en el desemp ño de aquella cátedra y al 
amparo de todos estos elementos, á la persona que por dere- 
cho propio debía ser llamada en su día á enseñar la pedagogía 
frObeliana en las Escuelas Normales del Estado; en suma, 
determinado un movimiento interior que, después de un pe- 
ríodo natural de oscilaciones y tauteos, tenía por necesidad 
que hallar su expresión definitiva en el Gobierno. El Sr. Conde 
de Toreno tuvo la suerte de haber servido de órgano á esta 
necesidad ineludible, viniendo á realizar desde el poder, y 
como individuo de un Gabinete conservador, las ideas, absur- 
damente motejadas por muchos de revolucionarias y hasta 
de impías, á cuya propagación tan generoso celo había consa- 
grado el venerable profesor de la Universidad de Madrid. 
¿Quién no reconoce en esta evolución, con tal rapidez verifi- 
cada, la ley de toda mejora saludable, iniciada siempre por los 
espíritus reformistas y consolidada por los partidos conserva- 
dores*? Bueno fuera que el Sr. Pidal, mirando las cosas de más 
alto, la hubiese tenido en cuenta (1). 

Más atinado el Sr. Albareda, en vez de destruir la obra del 
Sr. Conde de Toreno, se resolvió á continuarla. 

Recuérdense las bases de la reforma que con tan enérgica 
decisión como temperamentos de prudencia llevó á cabo en la 
organización de nuestra primera enseñanza. La reorganiza- 
ción de la de los párvulos; la de la Escuela Normal Central de 

(í) La historia de este tnovimieDto, tanto en la teoría como en la práctica, movi- 
miento en el cual intervienen, á más de los ya citados, los nombres de los Sres. Carde- 
rcra, L(Spez Catalán, Macías, Calabuig, etc., puede verse en el excelente AfanuaHeórico- 
práclico de educación de párvulos^ del Sr. Alcántara García, premiado en el concurso 
de 1876, 2.* ed., 1883, apéndice A. 



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LAS REFORMAS DEL SR. PIDAL 165 

Maestras; la creación del Museo pedagógico, bastarían para 
acreditar el más vigoroso impulso que desde la ley de 1857 
ha recibido entre nosotros aquel grado de la educación nacio- 
nal: aunque se prescinda de otras medidas, como las dictadas 
para asegurar el pago de los maestros, ó para aumentar el mí- 
sero jornal de los rurales (proyecto que al Sr. Gamazo cupo la 
honra de elevar á Decreto). Aun las personas menos familiari- 
zadas con tales problemas, comprenderán sin dificultad que 
todas estas disposiciones conspiran á un mismo fin: levantar 
el nivel de la educación nacionnl, mejorando á un tiempo las 
condiciones personales y las materiales del magisterio público. 
En cuanto á las dos primeras, á más del proyecto de la ense- 
ñanza de los párvulos, tienen otra mira fundamental: favore- 
cer decididamente la elevación de la mujer en este orden de 
la vida, en el cual con tan irritante inferioridad se la ha 
tratado. 

Pero reduciendo por ahora las presentes consideraciones 
al primer punto, recuérdense las bases fundamentales de los 
Sres. Riaño y Albareda. 

Era la primera, confiar á la mujer la dirección de la pri- 
mera infancia. Cuando se reflexiona sobre la organización de 
nuestras escuelas de párvulos, apenas se comprende á primera 
vista cómo su fundador no se atreviese á entregarlas á las 
maestras. El programa era muy limitado; la tradición española 
de las Amigas^ radicalmente contraria al magisterio délos va- 
rones; la idea de Montesino, que la mujer está «destinada por 
la naturaleza para la educación del hijo hasta que éste llega 
ala edad de seis ó siete años,» y que, teniendo «buenas cos- 
tumbres y buena razón natural, bien puede encargarse de cui- 
dar y disciplinar á los párvulos y de enseñarles lo que sepa;» 
recomendando en ocasiones para dirigir estas escuelas á las 
esposas de los maestros de las elementales (1). Y, sin embargo, 
tenemos su declaración terminante (2) de que «la razón y la ex- 



(1) Afanual, págs. 7, 25 y 26. 

(2) /í/em, pág. 33. 



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166 REVISTA DE ESPAÑA 

periencia han demostrado ser preferible un maestro á una maes- 
tra por la mayor fuerza de carácter natural al hombre. » Esta apa- 
rente contradición se explica por el influjo que para todo ejercía 
en su ánimo el ejemplo de Inglaterra, donde entonces predomi- 
naba aún el magisterio de los hombres en estas escuelas (1). 
Aparte de este temor, más ó menos fundado, respecto déla debi- 
lidad de la mujer, sin duda pesaba también en su opinión el 
atraso en que la cultura de este sexo se encontraba — y se en- 
cuentra todavía — en nuestro pueblo; atraso que lamenta en los 
términos más amargos (2). Pero dado el concepto esencial- 
mente educativo que él tiene de las escuelas de párvulos, esta 
razón — que además tampoco invoca — habría sido insuficiente 
para decidirlo. Lo prueba el que, después de todo, no afirma las 
ventajas del maestro sobre la maestra más que para las escue- 
las numerosas (3). A tales términos queda reducido el dictamen 
del pedagogo español, que, imitando asimismo á Inglaterra, 
exige que al maestro acompañe en la escuela una maestra, 
«necesaria siempre, sea grande ó corto el número de pár- 
vulos» (4). 

Después del ejemplo de toda Europa y de América (donde 
tan considerable número de maestras rigen además escue- 
las elementales mixtas); después de las reformas que en este 
sentido han hecho los pueblos más rehacios, seria inútil es- 
forzarse en discutir la necesidad de confiar esta clase de es- 
cuelas ala mujer (5). Las excelentes razones que en el preám- 

(1) Hoy día las clases de estas escuelas, comprendidas bajo dos denominaciones, Infant 
Schools j Kindergarterij se hallan confiadas á maestras, las cuales asimismo dirigen mu- 
chas escuelas elemeixtales mixtas; en general, las que reúnen menos de cien alumnos. 

(2) Manualj p&g. 8. cMientras no se cuente con la mujer y se la mantenga en abso* 
luta ignorancia de los medios de educación, será inútil esperar remedio...» i La educa- 
ción de la mujer importa m&s al bienestar social que la de los hombres,» etc., etc. 

(3) ídem, pág. 33. 

(4) ídem, pág. 34. 

(5) En la adopción de este principio ha ejercido, sin duda, grande influjo la tenaci- 
dad con que el Sr. Galdo ha insistido en él, sin lograr éxito hasta el Ministerio del se- 
tor Albareda, que comprendió inmediatamente la trascendencia del problema y la nece- 
sidad imperiosa de resolverlo en el sentido decretado. 



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LAS REFORMAS DEL SR. PIDAL 167 

bulo del Decreto de 17 de Marzo'de 1882 y en la Memoria del 
Ministerio de Fomento expone el Sr. Albareda, razones que ob- 
tuvieron la más terminante confirmación en las discusiones y 
por el voto del Congreso pedagógico del mismo año, son hoy tan 
innecesarias, que cuando el Sr. Pidal se ha decidido á volver 
atrás y reducir estas escuelas á la condición que tenían en 1838, 
no se ha atrevido ya á sostener, sin embargo, el principio de la 
superioridad del maestro. Antes, por el contrario, el Sr. Pidal, 
usando el informal sistema que ha seguido en todas sus con- 
tra-reformas, afirma que «en teoría, el principio de la prefe- 
rencia de la mujer es acertadísimo, »j!?(>r 7ms que «en la práctica, 
dadas las condiciones de nuestra vida social, aplicándose con 
«1 rigorismo de aquellas disposiciones, vendría á producir como 
resultado inevitable el dejar vacantes entre nosotros gran nú- 
mero de escuelas.» Cualquiera que lea con atención el extenso 
preámbulo de este decreto y lo compare con su parte disposi- 
tiva, comprenderá al punto que es en ésta, y no en aquél, donde 
hay que buscar el espíritu del Ministro que lo suscribe; pero no 
deja de ser significativo que, al tratar de menoscabar la condi- 
ción de la mujer, y en especial de la maestra, reduciendo sus 
esperanzas é hiriendo casi de muerte su cultura, haya temido * 
proclamar su hostilidad para con las ideas del Sr. Albareda, li- 
mitándose á falsearlas de soslayo y á alegar un mero disenti- 
miento secundario en cuanto á su aplicación; mientras las col- 
ma de los más obsequiosos elogios. Sobre este procedimiento 
pueden hacerse, y se han hecho, observaciones más ó menos 
severas desde un punto de vista puramente moral. Semejantes 
observaciones son por completo extrañas á la índole del pre- 
sente artículo. Respetemos el sagrado de la conciencia del se- 
ñor Pidal. Este aspecto del problema es de su incumbencia ex- 
clusiva, como hombre de honor: allá se las avenga consigo en 
sus adentros. 

Otra clase de lamentaciones, que ha suscitado desde muy 
diverso punto de vista, á saber: desde el de su eficacia, ó sea, 
del maquiavelismo con que se supone ha querido el Sr. Pidal 
asegurar su reforma, presentándola con tintas más ó menos 



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168 REVISTA DE ESPAÑA 

suaves y conciliadoras, caen perfectamente dentro de estas 
consideraciones; pero son por demás injustificadas. Si el señor 
Ministro se hubiese arrojado á proclamar abiertamente teorias 
contrarias en un todo á la mejora de la educación de la mujer^ 
y en especial á su superioridad para el magisterio de los pár- 
vulos, estas teorías, sostenidas con la fuerza ideal de su viva 
inteligencia; presentadas por el lado más razonable, que es por 
el cual pueden haberle cautivado á él mismo; auxiliadas con la 
autoridad que á la palabra da siempre un cai:go elevado, y 
hasta con el prestigio con que la sinceridad hace respetables 
y aun simpáticos los mayores absurdos, habrían ganado á 
muchas persoiías, ó mal prevenidas, ó impresionables, ó dóci« 
les á las sugestiones del poder, ó subyugadas por los mismos 
errores; habrían infundido ánimo en sus correligionarios, y ve- 
nido á formar parte del programa de un partido que, en las ver- 
tiginosas convulsiones á que todavía estamos condenados por 
tiempo, no cabe decir sin loca presunción si volverá ó no al 
poder otro día. Muchos incautos se habrían escandalizada 
más; otros habrían quedado más complacidos; y mejor servi- 
dos, y más honorablemente, los elevados intereses que el señor 
Tidal asegura tener la misión de proteger. Obrando, por el con- 
trario, como lo ha hecho, ha aumentado con su voto el valor de 
las ideas que en el preámbulo defiende, aunque en el articu- 
lado las combata. Nada más fácil que restablecer á su hora la 
congruencia lógica entre el articulado y el preámbulo. Real- 
mente, lejos de pecar el decreto del Sr. Ministro de maligni- 
dad, de astucia, de picardía, más bien hay en él cierta ino- 
cencia. 

Después de esto, huelga entrar á discutir la especie de ra- 
zón con que el Sr. Ministro quita á la mujer la exclusiva di- 
rección de las escuelas de párvulos, á saber: que manteniendo 
el decreto del Sr. Albareda, «quedarían vacantes gran numera 
de éstas.» Algo tenía que decir, sobre todo adoptando y aplau- 
diendo aquel decreto. Así es que casi por cortesía tan sólo para 
con el corto número de personas que todavía creen en la exacti- 
tud de la literatura administrativa, es lícito recordar que, aua 



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LAS REFORMAS DEL SR. PIDAL 169 

suponiendo fuese tan exiguo el número de alumnas del supri- 
mido curso normal del Patronato que hubiera imposibilidad de 
proveer en ella las vacantes, ¿no tenia el Sr. Pidal á su disposi- 
ción un número extraordinario de maestras dotadas del mismo 
titulo que los maestros á quienes llama ahora de nuevo á aque- 
llas escuelas?'¿No prevenía, además, esta eventualidad remota, 
el art. S."" del Decreto del Sr. Albareda, disponiendo que, en 
tal caso, los Rectores nombrasen interinamente á las maestras 
elementales, ó superiores? ¿Por qué no mantener, entonces, á 
la mujer en ese ministerio, proveyendo sólo en ella las va- 
cantes? 

Pero, además, la suposición es completamente inexacta. 
El número de escuelas públicas de párvulos subsistentes cuan- 
do publicó el Sr. Pidal su contra-reforma, era de 350; y no pu- 
diendo concederse á las nuevas maestras formadas por el Pa- 
tronato sino la mitad de las resultas, el Sr. Pidal no debía ig- 
norar que, á pesar de la inseguridad que acompaña a toda 
mudanza, por el temor de que vengan al poder personas que ha- 
gan y deshagan sin orden ni prudencia, las 18 maestras par- 
vulistas aprobadas en el primer año sobraban, que no basta- 
ban, para ocupar dichas resultas; como igualmente que el ul- 
terior aumento de este personal habría de ser tanto más rápido 
cuanto mayor fuese la estabilidad de la nueva creación. 

Ya es peregrino lo de declarar preferible la mujer para esta 
misión y llamar, sin embargo, al hombre á su desempeño; pero 
lo es mucho más todavía el modo que el Sr. Pidal ha tenido de 
procurar la educación de maestros y maestras. 

Recuérdese que el primer cuidado de los autores del decreto 
de 1876, que creó los Jardines de la Infancia, fué provéfer á 
aquella necesidad, estableciendo la enseñanza de pedagogía 
frObeliana en las dos Escuelas Normales de Madrid, donde los 
aspirantes de uno y otro sexo pudiesen iniciarse teórica y prác- 
ticamente en el sistema que de esta suerte se deseaba introdu- 
cir en las escuelas de párvulos por el único medio posible, á sa- 
ber: la formación de un personal inspirado en los principios de 
la reforma. Las disposiciones del Sr. Albareda en esta parte. 



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170 REVISTA DE ESPAÑA 

como en lo demás, han sido tan sólo el natural desenvolvi- 
miento del plan del Sr. Conde de Toreno, como éstas lo habían 
sido de las ideas de los Sres. Moreno Nieto y Navarro, conse- 
cuencia natural, á su vez, del movimiento iniciado por D. Fer- 
nando de Castro. El decreto del Sr. Albareda no hizo sino dar 
un nuevo paso en un camino continuamente seguido por maes- 
tros,. publicistas y gobernantes de todas opiniones: racionalis- 
tas y católicos, republicanos y monárquicos, radicales y con- 
servadores, conformes todos, en medio de sus divergencias, en 
la necesidad de mejorar la educación de nuestros párvulos en 
el sentido en que lo han hecho todos los pueblos cultos, como 
base indispensable para la reforma de los restantes grados. 

Pero la organización de la enseñanza creada en las Norma- 
les de Madrid por el Sr. Conde de Toreno, teniendo que ple- 
garse á la de ésta, participaba por necesidad de su modo de 
ser; modo extraordinariamente defectuoso, entre otras causas y 
muy principalmente por su carácter teórico, ó más bien, apa- 
rente y verbalista. Reducidas en ellas las prácticas á términos 
irrisorios, y la enseñanza de la pedagogia á una asignatura más, 
entre otras, nuestras Escuelas Normales han venido á ser una 
especie de Institutos menores de segunda enseñanza de tan du- 
dosa utilidad como los mayores para la cultura efectiva de la 
juventud, y completamente ineficaces en cuanto al que debiera 
ser su fin único: la educación real del magisterio. No cabe entrar 
aquí en un prolijo examen de esta viciosa organización. Su 
deficiencia proviene de las ideas que reinaban en la época de 
su origen: ideas radicalmente contrarias á todo procedimiento 
intuitivo y realista, y tan destituidas como es posible de espí- 
ritu educativo. Según ellas, los ejercicios prácticos deben se- 
guir á los estudios teórico»; preocupación dominant-e en toda 
nuestra enseñanza, concebible en otros tiempos, que ha aca- 
bado por desterrar resueltamente las prácticas, y cuyo arraigo 
se explica entre nosotros por el influjo de la antigua organi- 
zación francesa, patrón casi constante de nuestros políticos y 
legisladores. De aquí el mismo fenómeno en las Escuelas Nor^ 
males españolas que en las de Ingenieros, por ejemplo: el mi^ 



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LAS REFORMAS DEL SR. PIDAL 171 

mo prurito del saber cuantitativo, de los textos por toneladas, 
del estudio de memoria; el mismo olvido, y aun frecuente des- 
precio, tanto de la observación directa de las cosas y sus fenó- 
menos, como de los ejercicios para el aprendizaje de las profe- 
siones; olvidando que la química hay que aprenderla primera- 
mente en el laboratorio, no en el libro; la mineralogía en las 
colecciones, no en las descripciones del maestro; la botánica, 
.en el campo; la maquinaria, en el taller; la construcción, en 
las obras; combinado ciertamente todo con el estudio siste- 
mático, pero teniendo en cuenta que ¿est en forgeant qv^an 
devient forgeron. Así es como, por una pendiente natural y 
casi irresistible, las Escuelas Normales, donde tantos profeso- 
res de mérito lamentan el escaso fruto de sus excelentes facul- 
tades, se han visto conducidas á dar al libro un interés casi 
exclusivo y á descuidar, no ya las prácticas de la enseñanza, 
sino todo cuanto se refiere á la educación de sus discípulos: el 
despertamiento de su espíritu, el desarrollo de sus aptitudes 
pedagógicas, la dirección de sus hábitos, la formación de su 
carácter moral. Los cursos de pedagogía, aprendidos de me- 
moria, como una colección de recetas, sin relación alguna con 
los ejercicios, resbalan suavemente por la superficie, sin pene- 
trar en las entrañas del joven, asimilados sus principios para 
tomar luego en las escuelas carne y vida real. Así (permítase 
esta insistencia que á nadie agravia, porque se refiere á la or- 
ganización) la escuela de párvulos de Montesino, proyectada 
hace cincuenta años, sólo existe hoy por excepción en las de 
algunos profesores beneméritos. Salvo esos consoladores ejem- 
plos, los excelentes consejos que su í/íí^í^«Z encierra, aguardan 
todavía, después de medio siglo, un personal capaz de reali- 
zarlos. 

A causa de tal situación, pesando maduramente estas ra- 
zones y estudiando la solución del problema con la atención, 
desinterés y miramientos propios de personas formales, el señor 
Albareda, en la necesidad de preparar al nuevo magisterio de 
una manera conveniente, dispuso el desdoblamiento, por de- 
cirlo así, de la cátedra fundada por el Sr. Conde de Toreno, en 



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172 REVISTA DE ESPAÑA 

dos enseñanzas, confiadas á dos profesores, y que vinieron á 
constituir una verdadera Escuela Normal de párvulos, redu- 
cida á un solo curso. Saliendo ésta, sin embargo, del sistema 
de las demás Normales, hacía de todos sus estudios otras tan- 
tas ramas de la pedagogía; ó en otros términos, los acompa- 
ñaba con la indicación de los métodos más apropiados para en- 
señarlos á los párvulos, así como con los ejercicios prácticos con- 
tinuos y por completo indispensables, tanto para que las alum- 
nas conociesen en vivo estos métodos, cuanto para su aprendi- 
zaje profesional: cosas ambas de otra suerte imposibles. A igual 
propósito de elevar el sentido y horizonte de las enseñanzas y 
de desenvolver el elemento práctico, para que respondiese á 
su fin de formar á las nuevas maestras, esto es, de educarlas, 
en lugar de limitarse á instruirlas, obedecían todos los demás 
pormenores de la organización de este curso normal. En cuanto 
á los profesores encargados de él, uno de ellos era, natural- 
mente, el Sr. Alcántara García, el mismo profesor de pedago- 
gía frObeliana nombrado por el Sr. Conde de Toreno, el autor 
del Manual publicado por el Gobierno, el infatigable escritor á 
quien se debe tan -extraordinaria y útilísima serie de libros, 
folletos y artículos para propagar los principios de la educación 
moderna entre el magisterio y en todas las clases sociales; el 
otro, el Sr. Saina, antiguo catedrático de Instituto, autor de 
trabajos en el mismo sentido, y uno de los profesores más con- 
sagrados en la práctica á la reforma de la primera enseñanza y 
de toda nuestra educación nacional. 

El sistema del Sr. Albareda, desenvolvimiento del señor 
Conde de Toreno, atendía, pues, á la preparación del magiste- 
rio de párvulos. El Sr. Pidal, al derogar el decreto del Sr. Al- 
bareda, volviendo á llamar á los maestros á esta clase de es- 
cuelas, ¿cómo se ha cuidado de proveer á aquella necesidad? Por 
más que parezca inverosímil, de ningún modo. La organización 
antigua tenía su Escuela Normal de Virio; la del Sr. Conde de 
Toreno, sus cátedras de Pedagogía frObeliana y sus prácticas 
en los Jardines de la Infancia; la del Sr. Albareda, su Curso es- 
pecial, ya desarrollado; la del Sr. Pidal no tiene nada de esto. 



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LAS REFORMAS DEL SR. PIDAL 178 

Suprime tácitamente aquel Curso, y para nada se ocupa en 
sustituirlo; los maestros ó maestras de pirvulos, en adelante, 
DO necesitarán aprender el modo de educar á la primera infan- 
cia; ó pueden estudiarlo donde, por ejemplo, lo hayan apren- 
dido las señoras del nuevo Patronato. Tan alta es la idea que el 
Sr. Ministro tiene de estos problemas frivolos de la educación. 
Suprimido el curso especial; suprimida la cátedra de Pedago- 
gia frobeliana; suprimida la práctica en los Jardines de la In- 
fancia; suprimido el aprendizaje en la antigua Escuela de Bo- 
nilla: todo suprimido (1). Los autores de la contra-reforma pa- 
rece que han tenido, sin embargo, alguna conciencia de la di- 
ficultad. Resueltos á cerrar el perverso antro donde habían de 
educarse las nuevas parvulistas, pero sin acertar á sustituirlo, 
no se han atrevido á mencionar siquiera en el decreto la supre- 
sión del Curso, para no pasar ni la vergüenza del silencio, ni los 
apuros del reemplazo. Apenas se concibe cómo en una nación 
de 17 millones de habitantes, puede hacerse del poder publico 
un uso tan ligero y atolondrado (2). 

Francisco Gincr. 

(Vatiimuarh). 



(1) Por fortuna, la i4soc¿actón para ía en9^i^9.nzh de la. mujer y fiel é. los deberes de su 
instituto y á la respetable memoria de su fundador D. Fernando de Castro, ha reorga- 
Dizado el extinguido Curso normal, con los mismos profesores á quienes estaba confiado 
y hasta coD las mismas alumnas, aguardando mejores y tal vez no muy lejanos tiempos. 

(2) Como prueba de este atolondramiento, pueden citarse las siguientes palabras del 
preámbulo: cPara el (Magisterio do párvulos), contra las terminantes disposiciones de 
la ley vigente de Instrucción pública, se han declarado de ningún valor los títulos de 
niaestros normales, superiores y elementales, etc.»— Ahora bien; ni hasta la reforma del 
W- Albareda en la Escuela Central de Maestras existía el título normal para esle sexo, 
^^ pudiendo, por tanto, declararlo cde ningún valor;» ni la ley vigente de 1857 tampoco 
°^ mención alguna de los títulos elementales, superiores ni normales para el Magia- 
^10 de párvulos, sino que se limita á exigir el certificado especial de aptitud de que ya 

"* hablado. Si muchos maestros de párvulos tienen otros títulos, están en el mismo 
^^ que las parvulitas; de las 20 alumnas admitidas en el Curso, 18 eran maestras su- 
P^íiores. 



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EN LA HISTORIA Y CIVILIZACIÓN DE TOMBÜCTO 

KstcAIecinientos castellanos y portupeses en las comarcas occidentales de África. 



^tA<%««^VV%AA<^^^%>SA/SM«V«^» 



El 7 de Setiembre de 1828, no mucho después de la puesta 
del sol, llegaba á la puerta del consulado de Francia en la ciu- 
dad de Tánger, desempeñado en aquella fecha por el distingui- 
do literato M. Delaporte, un extraño peregrino, que solicitaba 
hablar en aquel momento, y privadamente, con el magistrado. 
La pobreza del abigarrado traje musulmán que vestía, sucio, 
maltrecho y desgarrado en mucha parte; lo ennegrecido de su 
tez, abrasada por el ardiente sol del Sahara; la fatiga de que 
parecían presa sus miembros, la demacración, en fin, de su 
semblante, signos todos de situación indigente y tristísima, 
causaron un momento de vacilación en los porteros, poco dis- 
puestos, por punto general, á distraer la atención de su jefe 
con recados de aquella índole, fuera de las horas de audiencia, 
y menos para anunciarle la visita de quien la pedía con tal pre- 
mura y en aquel estado. Pero el recién venido hablaba francés, 
significó que tenía necesidad de conversar con el cónsul acerca 
de asunto importante y honroso para Francia, dejándose tras- 
lucir, ya por ciertos destellos de mal disimulada alegría, ya 



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INFLUENCIA DE LOS ESPAÑOLES 175 

por la viveza de sus miradas, que era portador de alguna fausta 
noticia. Entendiéronlo asi los empleados y le introdujeron ala 
presencia de M. Delaporte, á quien dirigió el peregrino breves 
palabras, las cuales produjeron en. él impresíóii tan favorable, 
que antes de que terminase su discurso le echaba los brazos al 
cuello, y haciéndole sentar á su lado, le apellidaba en alta voz 
«el Marco Polo de África.» En concepto del funcionario fran- 
cés, el forastero, á quien había reconocido por compatriota 
suyo, se había granjeado el premio de diez mil francos, ofre- 
cido por la Sociedad Geográfica Francesa al primer viajero de 
Europa que explorase á Tombucto, penetrando en el país mis- 
terioso del polvo de oro, centro del comercio que sostienen las 
caravanas del África septentrional con los países bañados por 
el Níger. 

No merecía menos Caillié — que así se llamaba el animosa 
joven— quien, sin auxilio de nadie ni otros medios que su en- 
tusiasmo (1), había llevado á feliz término tamaña empresa^ 



(1) HaLía nacido Caillié en 1799. Fué el lugar de su cuna Manzé, población del Me- 
diodía de Francia; su padre, un panadero de pocos recursos. Como quedase huérfano en 
edad muy temprana, no logró los beneficios de una educación distinguida, reducidos sus 
conocimientos en la adolescencia á loa de lectura y escritura, que aprendió en una es- 
cuela primaria. Exaltada su fantasía, no obstante, por la lectura de un libro que ca- 
sualmente había llegado á sus manos (las Aventuras de Robinson Trusoe, por Daniel 
Foé, olvidadas por un viajero en una posada], encendióse su espíritu en deseos de recorrer 
países, con lo cual, á la edad de trece años, se fué á Rochefort con veinte francos en el 
bolsillo (que era todo lo que poseía), y so embarcó para el ¡Senegal. De aquí pasó á la 
Guadalupe, volviendo en 1818 á San Luis, donde formó parte de la expedición de Adrián 
Partarieu al Dondu, á través del país de Jolaf y de Futah. Después tornó á Francia p-ira 
atender á la curación de la fiebre contraída en aquel viaje. Luego que recobró la salud, 
formó el propósito de recorrer el centro de África y de explorar sus regiones desconoci- 
das, á. cuyo fin se embarcó para el Senegal en 1824. Cansado de pedir en vano auxilio 
para tan arriei^gada empresa á los franceses de aquella factoría y á los ingleses de Sierra 
Leona, empleó Caillié en algunos objetos de comercio apropiados á los usos del país dos 
mil francos que había logrado reunir de sus economías, dirigiéndose á la tribu de Bera- 
quera, donde residió dos años con el nomlre árabe de Abdalláh, aprendiendo el arábigo, 
imponiéndose en las costumbres de los muslimes y procurándose noticias acerca de la 
manera de vivir entre los pueblos y tribus del desierto. Allí inventó de sí cierta biogra- 



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176 REVISTA DE ESPAÑA 

que había costado la vida dos años antes al Mayor inglés 
Mr. Laing, el cual, si ciertamente estuvo en Tombucto, no 
pudo suministrar noticias de su exploración, por haber hallado 
la muerte, á seis jornadas de la ciudad misteriosa. Ni hay para 
qué describir el entusiasmo que produciría en todos los ámbitos 
de Francia la nueva participada por el cónsul, acerca de ha- 
berse resuelto en sentido de un lauro nacional aquella compe- 
tencia geográfica, que solicitaba la atención de Europa; bastará 
recordar que conducido Caillié á Tolón en un buque del Estado, 
y agasajado en todas partes hasta su llegada á París, recibió 
solemnemente en aquella corte el galardón ofrecido por la So- 
ciedad Geográfica, encargándose de escribir la relación de su 
viaje M. Jomard, miembro del Instituto; obsequios y honores, 
á que se asoció el gobierno francés, señalando al intrépido via- 
jero una pensión vitalicia y condecorándole con la Legión de 



fía, propia para conciliarse la afición de los mahometanos devotos. Decíase hijo de un 
mercader de Alejandría, supuso que había sido cautivado por los franceses durante la re- 
sidencia de éstos en Egipto y llevado como esclavo á Francia, donde, después de muchos 
años de esclaritud, le había manumitido su amo. Significaba que, al volver & los paísee 
del Islam, alentábanle los propósitos de observar cumplidamente la religión de sus mayores 
y averiguar, si era posible, el paradero de sus parientes. El 19 de Abril de 1827 partió de 
Cacudi, ciudad asentada á la orilla del río Núñez, provisto de algunos medicamentos, dos 
brújulas de bolsillo, un traje de árabe y un Alcorán. Asociado á una caravana que iba 
al Níger, atravesó el país de los Nalus, de los Laudama, de los Fulah, de los Mandin- 
gas, y, por último, el Futa Dialon, donde MoUien había penetrado nueve años antes. 
En 13 de Junio llegaba á las márgenes del Gioliba ó Níger, y en 17 á Kaukan, pobla- 
ción de 6. 000 habitantes, situada en un país fértil, depósito de mercaderías de los países 
europeos. 

Después de una detención, ocasionada por la malevolencia de algunos marro- 
quíes, que le denunciaron como europeo enviado por los suyos para que les descubriera 
el secreto de las minas del país, no sin graves peligros para su persona, de los cuales le 
salvó á duras penas el ejercicio de la profesión de médico cuyo carácter aparentaba, en 
13 de Agosto hacía su entrada en la ciudad de Tume, donde cayó enfermo de fiebre; diri- 
giéndose luego hacia el Noroeste se encaminó después, en 9 de Enero, á Yanna, ciudad 
situada en uua isla del Níger, notable por su comercio, y á la cual daba vista en 11 del 
mismo mes; finalmente, en 28 de Marzo embarcóse en el Níger ó Gioliba para Tombucto, 
capital del Sudán occidental, adonde llegaba en 25 de Marzo de 1828. 



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INFLUENCIA DE LOS ESPAÑOLES 17T 

Honor (1). Ajenos á escatimar ui un ápice los legítimos mere- 
cimientos granjeados por el generoso Caillié, muerto á la edad 
prematura de treinta y nueve años, á cousecuencia de las en- 
fermedades contraídas en sus peligropos viajes, es nuestro pro- 
pósito recordar, no obstante, eñ el líltimo tercio del frigio xix, 
que Tombucto es una ciudad casi española, así por su segunda 
fundación como por el gran número de viajeros españoles que 
la han visitado y descrito autes que el explorador francés» 
siendo el deber de los hijos de Ef^paña el puntualizarlo hoy de 
tal suerte, según lo puntualizaron ya durante los tienipos me- 
dios los granadinos Aben-Giozay y Ahen-Alahmar, como asi- 
mismo el historiador filósofo Aben-Jaldon, originario de An- 
dalucía y durante el discurso de la Edad Moderna León Africa- 
no, Luis Marmol de Carvajal y otros insignes escritores, hasta 
que se vulgarice y sea conocido por todos, que ninguna nación 
de Europa precedió á las de la Península Ibérica en la explo- 
ración de las costas y tierras occidentales africanas. 

Hablando de los orígenes de Tombucto, nos expresábamos 
en una conferencia, dada ante la Sociedad Geográfica de Ma^ 
drid, á 16 de Diciembre de 1876: 

«El Sudán ó país de los negros, en cuya parte occidental sd 
comenzó á poblar á mediados del siglo xii la aldea de Tom- 
bucto, no suena entre los pueblos convertidos ni mahometismo 
hasta la época de los almorávides, cuya dominación fué tran- 
sitoria. Poco después el reino llamado de Melli, designado en 
las Cartas catalanas y portuguesas con el significativo nombre 



(t) El insigne viajero ha merecido también de su patria ser honrado con honores 
postumos. En 1855, deseando la colonia francesa del Senegal testificar sus simpatías á lá 
memoria de Rene Caillié, le erigió un monumento en Deboké, sol re el río Núñoz, con-* 
tribuyendo á él la administración local con la suma de cuatro mil francos. En uno dé 
«US lados se lee esta inscripción : 

Parti de ce lieu le 29 Avril 1827 
il árriva le 7 Septembre 1828 á Tánger 
aprés ayoir passé par Tombouctou. 
TOMO CV 12 



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178 REVISTA DE ESPAÑA 

de Costa ó Río de Oro (1), se sobrepuso á los Estados negros de 
mayor poderío y pujanza.» 

Hacia el año 1324 ocupaba el trono de Melli el Sultán Men- 
sa-Muza, príncipe de aspiraciones nada vulgares, y el cual en- 
tabló rebelones amistosas con los Benimerines que dominaban 
desde las fronteras meridionales del Sur hasta el Estrecho- 
Atento á imitar á aquellos Príncipes en todas sus costumbres y 
en el aparato de sus ceremonias solemnes, quiso testificar el Is- 
lamismo, que él y los de su reino apenas profesaban de nombre, 
y como legado de la invasión almoravide, para lo cual dispuso 
hacer solemne peregrinación á la Meca. 

Señor de territorios inmensos, reconocido soberano de ká- 
bilas y rancherías numerosísimas, era, en verdad, un monarca 
de gran poderío, como quiera que no se ocultase á su perspica- 
cia que, en el discurso de su viaje, debía chocar en todos los 
países cultos su nativa rudeza y la barbarie y casi salvajismo 
de su servidumbre. 



(1] La i lentidad del Río de Oro con el Nfger ó Nilo blanco, aparece ya indicada, 
aunque no de una manera precisa, en la Carta catalana de 1375, que se custodia en la 
Biblioteca naci' nal de París, donde por debajo del cabo Bojador se lee una nota que 
dice: cDe aquí partió Jac Ferrer para Riu d'Or.» Corrobora esta explicación el texto de 
la obra intitulada: El libro del conocimiento de todos loe reinos^ Üerras y eeñoHoe, el 
cual dice ternninan temen te en un pasaje: tEt sabet que desde el cabo de Buyder fasta el 
Rio del Oro son ochocientas é sesenta millas;» y en otro: tCon este reinado (el de Mesca 
ó Meli] confina el reino de Organa, en que ay otros y muchas tierras desabitadas, todo 
Zahara y confina todo de la una parte con el Río de Oro que dicen Nilo (Niger).» Cual- 
quiera que sea la autoridad geográfica de su autor anónimo, que nació, según dice, 
en 1304, es indudable que se atenía á las designacionea usadas en su tiempo. 

En general, los países comprendidos desde el cabo Bojador hasta el Níger, han po- 
dido ser designados desde la época en que se trazó la Carta catalana con el nombre de 
JDosta y Río de Oro, puesto que, demás de la designación que se menciona, es obvie 
que eran camino del centro principal donde se hacía dicho comercio. Aparte de esto, el 
^negal y el Cambia, cuyas deseml ocaduras se hallan situadas & una latitud inferior á 
la de Tombucto, ciudad colocada muy al septentrión del Nlger, por tanto muy elevada 
sobre la del Golfo de Benin, en que desemboca éste, han podido ser llamados también 
Tíos de oro, así per las pajuelas de metal precioso, que llevan sus aguas, ocmo por ha- 
berse heeho en sus márgenes el comercio del polvo de oro trasportado de grandes día. 
tancias. 



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INFLUENCIA DE LOS ESPAÑOLES 179 

En compensación, sabía que nadie podía igualarle en rique- 
zas, porque su país, abundante en preciosos metales, y que era 
designado por los extranjeros con el nombre del país del oro ó 
El Dorado Africano, guardaba además el fruto del saqueo de 
todos los comarcanos, verificado por sus victoriosos anteceso- 
res. Púsose en camino con profusión de riquezas, sólo compa- 
rable á la que los orientales describen de Salomón y de la reina 
Sabá. La comitiva de á caballo y de á pie era numerosísima, 
muchas las tiendas y literas, y no pocos los camellos. Llevaban 
ochenta y cuatro acémilas cargadas de oro, cada una con peso 
de tres quintales. En todos los lugares de su tránsito hallaba 
admiradores; las gentes acudían á su paso, algunos para verle, 
muchos para pedirle favores, y Principes ilustres que se creían 
legítimos herederos de Abdelmumen (1) pretendían su amistad 
y buscaban su amparo. 

Puede entenderse que no serían los últimos en acercársele, 
avisados tolbas ó escolares bachilleres muslimes, numerosísi- 
mos á la sazón en todos los países mahometanos (2), los cuales, 
á la manera de los estudiantes de los cantares compuestos por 
el arcipreste de Hita, alternaban más de una vez el estudio con 
la postulación indigente. Distinguía, por lo demás, al tolba ará- 
bigo en aquel tiempo, en que florecían aún los estudios de los 
muslimes, el que no organizaba cuadrillas ni imploraba la ca- 
ridad pública, mezclado con los ministriles; sino que se dirigía 



(1) Segün AI:)eD-Jaldon, un deficendientede Ahdelmumen que gobernaba el Zab le 
había llamado en su auxilio contra un pretendiente al trono de África, apellidado el Fa- 
timi, & la sazón que Mensa-Muza estal a en la peregrinación, y aguardó á que volviera 
en Guadarnés, acompañándole después á su corte, donde se empleó en organizarle el 
ejercito en compañías, y epcuadran y el Rey le prometió reponerle en el Sahara. 

(2) Pocos años había en 1320 que el amir de los Benu-Merin Abo-Said había man- 
dado construir un edificio suntuoso para la Academia mayor ó Universidad de Fez el 
Nuevo, nombrando tollas para leer el Corán y doctores para el cultivo de las ciencias, 
otorgando á lodos medios de sul sistencia con haberes que les eran satisfechos mensual- 
mente. cDoló, dice un escritor, el estal lecimionto con el cuarto de las rentas del diezmo 
•ólo por amor de Dios Todopoderoso, y con la esperanza de recibir sus galardones.» 
Víase fcí-Caríaa, al año 720 de la Hégira, 1320 de J. C. 



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180 REVISTA DE ESPAÑA 

particularmente como romero á la Meca, alojándole en las hos- 
pederías de las aljamas ó en los coleí>:ios d»^ las madrisas anojas 
de ordinario á los templos; unido firmemente entonces en el 
espíritu musulmán el amor á las fábricas arquitectónicas con 
el del cultivo y fomento de las letras y de las cieucias. A veces 
acudía el escolar á la munificencia de un hombre poderoso, 
ora particular rico ó empleado infln vente como almotazaf, al- 
calde ó salmedina, ora gran señor, infante, amir, sultán ó ca- 
lifa, al efecto de conseguir los recursos que necesitaba para el 
viaje. 

Constituía ciertamente aquella forma de romerías científicas 
para los estudiantes muslimes elemento importantísimo de en- 
señanza, aventajándose, merced á ellas, muy particularmente, 
en época de difíciles comunicaciones, no sólo el conocimiento 
de la geografía y de los acontecimientos históricos y políticos 
de países muy apartados, sino también el de las alteraciones 
de usos y costumbres, los descubrimientos científicos y las pu- 
blicaciones nuevas (1). 

Por tal manera, el cumplimiento de un deber religioso 
prestaba á los estudiantes y doctos muslimes el servicio que 
proporcionan entre nosotros los viajes científicos modernos, en 
especial las visitas á los Institutos científicos y de enseñanza. 
Comenzaba la del estudiante nmslim por aprender en su pa- 
tria, al salir de la escuela de alezar. correspondiente á la pri- 
maria de niños, una serie de estudios equivalentes á nuestra 
segunda enseñanza, con canicter profesional y ]ráctico, esa 
saber: la Gramática, la Poesía, la Música, la Teología, el Dere- 
cho, la Medicina y la Astronc niia, á que solían agregarse como 
supuestos ó aplicaciones,enextensión muy varia, la Lógica, las 
Matemáticas, la Física, la Química, la Geografía, la Cronolo- 



. ( I ) Siete años después de terminado por Gotmaro H, Obispo de Gerona, su libro 
acerca de Los Reyes Francos^ era leído en el Cairo, donde pudo copiarle Masudi; rapi- 
dez de vulgarización bii.liogr&Gca tanto más notal le cuanto que versaba sobre Is pv* 
blicación de un extranjero relativa á materia extraña al mundo musulmán; camque se 
explica sencillamente por la intervención de los hages tolbas ó escolares peregrinos. 



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INFLUENCIA DE LOS ESPAÑOLES 181 

gía y la Historia. Cuando el romero llegaba á una población 
con madrisa acreditada por algún profesor distinguido, ya se 
consagrase éste á exponer asignatura de sus aficiones, ya co- 
mentara un libro de su invención, cuya vulgarización preten- 
diera, solía aquél detenerse allí hospedado en los aposentos de 
alguna fundación piadosa, de no existir colegios especiales 
con rentas para el mantenimiento de los escolares, según la 
costumbre de los colegios mayores de nuestras Universidades. 
Consagrábase luego á aprender la doctrina del maestro, hasta 
que, concluidos sus estudios, obtenía del profesor que le fir- 
mase un certificado de aptitud ó de licencia para enseñar; de 
suerte, que al término de ocho ó diez años empleados en la pe- 
regrinación de la Meca, volvía el tolba á su país con un docu- 
mento honrosísimo, en el cual habían firmado muchos maes- 
tros el testimonio de su competencia fiffiazetj,en el caso en que 
merced á dicho testimonio ó á pruebas señaladas de instruc- 
ción, no hallasen antes empleo lucrativo y decoroso en el ejer- 
cicio de una profesión liberal, en las madrisas del tránsito ó en 
el palacio de algúu príncipe (1). 

Al llegar á la Meca el Príncipe de Melli, acababa de cumplir 

(1) Abo-l-Hacam, natural de Almena, médico insigne, poeta, müsico, geómetra y 
Liltlit^filo distinguido, el cual compiló un Diguan ó Cancionero de los poetas de Damasco, 
hizo la peregrinación dos veces, y bal iendo pasado muchos afios al lado del Sultán 
Uahmud, hijo de Malic-zah, organizando el servicio de hospitales militares y sirviéndole 
de médico de cámara, se estableció en Damasco, donde murió en 1154. Sad Aljeir Ben- 
Muhámmad de Valencia, quien We^ó en el siglo xii hasta la China, aprendiendo y ense- 
fiando tradiciones sol re Mahnma; por lo cual se le apellidó Essiní ó elchino] se estable- 
ció primero en I spahan y después en Bagdad, donde murió es el año il46dej. C 
ALen-Giobair, otro valenciano y viajero iluHtre, nacido en 1145, murió en Alejandría 
en 1217. Aldel-Monim, granadino, que se distinguió grandemente como médioo y poeta, 
7 balía nacido en 1136, murió en Damasco de Siria asimismo en 1217. Abo-IIayyen, 
nacido en 1256 en los alrededores de Granada, se dedicó á los estudios gramaticales y al 
eonocimiento de las tradiciones; y viajando para la peregrinación, recibió enseñanza so- 
bre aquéllos de quinientos profesores, y reunió sobre lo último los igiñzats (certificacio- 
iWBdelicencia,á la letra pasea de aptitud) de mil macetres*. Enseñó Gramática en el 
Cairo y ge distinguió particularmente profesando aiPiadiies (tradioiones] en la mezquita 
«¿mantoría. (Véase á Almaccarí, texto arábigo. Edición de Leiden, 1S55-60, 1. 1, U- 
Ito V, publicado por M. Ludolf Krebl. 



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182 REVISTA DE ESPAÑA 

con SUS debqres religiosos en aquella obligatoria romería un 
joven español, en quien la vista del Soberano negro con sus 
inmensas riquezas, que confirmaban la fama de opulencia atri- 
buida á las comarcas del Sudán, debió producir un efecto ex- 
traordinario. Llamábase Abo-Ishaq Ibrahim Attuuaichan ó Attu- 
baychan (1) As-Sahili; era verdadero dechado del tolba andaluz 
y granadino, con sus puntas y ribetes de curial, como quien ha- 
bía practicado de fiel de fechos en la oficina de testimonios de 
Granada (2). Durante su larga peregrinación había cultivado 

(1) Aben-Jaldon, escritor árabe, oriundo de Sevilla, en la Historia del Sudán (Histo- 
ria universal. Texto arábigo, edición de Boulac, t. VI), le llama Attongiaco ó Atton- 
chaco; pero nos parece preferible la lectura de Almaccarí, quien, además de fijar la or- 
tografía de ella, expresando que la t (tet) suena con u (damma), la u semivocal con a 
(fatja), la y (ye) sola, la ch (chim ó gim) con a (fatja), y la n (nun) sin vocal (con 
socun), particular que no se ofrece en Ben-slaldon, cita entre las fuentes de que ha to- 
maod sus noticias una obra escrita por un Príncipe de Granada y el relato de un escritor 
respetable coetáneo de Abo-Ishaq el garnatí, el 8:ihili, es á saber: Abo-1-Mecarim Mandil 
el de Quinena, secretario que fné de los Reyes Benu-Merines (véase el Rud-sd-farláSf 
año 710 de la Hégira), quien ofrecía la variante de escribir la ch de la sílaba final con 
Kesra {i) y pronunciaba Atluua y chin. Esta designación parece un apodo personal ó de 
sus antepasados, y tomado del idioma mozarál igo, como el apodo Piedra Secay San^ 
chuelo y otros usados por los árabes; no siendo, por otra parte, inverosímil que el pri- 
mero que lo llevase fuese un visigodo, hispano-romano, ó castellano tornadizo. He* 
ducido al románico Tuba ecan, puede conjeturarse verosímilmente que se aplicó quizá 
á alguno que divertía al público haciendo bailar un perro al son de una trompeta, origen 
humilde que no podía redundar en desdoro en el mundo arábigo, donde Abencerrages 
y Alíes-Attares se denominan hijos de silleros y especieros^ como no desdice hoy en el 
castellano que parezcan y sean nobilísimos los apellidos Ladrón, Carbonell y Zapatero. 
Como quiera que sea, dicho apellido, si no fué apodo personal de Ibrahim, lo heredó de 
su padre; pues el otro apellido, As-Sahilí, procedía de su abuelo materno (V. Almac- 
carí., ob. cit., t. I, pág. 589) 

(2) El autor de su biografía, extremando el sentido encomiástico, dice: cFué un sabio 
célebre, piadoso, acepto á Dios y poeta de fama insigne, natural de Granada. Su familia 
era larga y rica, pero piadosa y de probidad. Bu padre, que ejerció el cargo de alamín 
de los drogueros en Granada, era al propio tiempo teólogo y abogado elocuentísimo, 
dándose á conocer como jurisconsulto muy versado en particiones. En cuanto á Abo- 
Ishaq, se sabe que fué en su adolescencia fiel de fechos en la oficina de testimonios de 
Granada, y que «^espués fué a la peregrinación de la Meca, de donde se internó en el 
Sudán y llegó á Giaho en calidad de privado del Monarca.» 



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INFLUENCIA DE LOS ESPAÑOLES 188 

SUS facultades y conocimientos de gramático y de poeta, d^ 
jurisconsulto y de médico, de farmacéutico y de inteligente 
en drogas, y sobre todas estas profesiones, vocaciones y apti- 
tudes, la de experto y entendido en la noble arte de la Arqui- 
tectura, que en los tiempos de la dinastía Nazarita, y señalada- 
mente en el siglo xiv, era una de las de más próspero porvenir 
para los muslimes granadinos de talentos aventajados. 

Cómo entró en relaciones con el Príncipe negro, sea que 
encendido éste en deseo de imitar en magnificencia á los sobe- 
ranos á qi^ienes superaba en riqueza, llegase á sus oídos la fama 
de un varón tan inteligente en el arte de las construccioaes, ó 
sea que presentándosele Abo-Ishaq le brindase el granadino 
con sus servicios, y describiendo los palacios de Andalucía des- 
j>ertase noble emulación en el Rey de Melli, que le atrajo á su 
séquito, no se averigua; pero sí que Attubaychaii le acompañó 
á la vuelta á Tombucto, y que al llegar cerca del Cairo se vie- 
• ron Mensa-Muza,Muza y sus cortesanos forzados á tomar dinero 
á préstamo de un banquero de Alejandría llamado Sirached- 
din (1). ¡Tan buena maña se habían dado en procurar despacho 
á las numerosas cargas de polvo de oro, objeto de admiración 
y de codicia para las turbas famélicas y menesterosas de los 



(1) Refiriéndose á este particular Aben-Batutah, quien visitó en Toml)ucto treinta 
a&os después la sepultura del mencionado banquero, refiere la anécdota si^^uiente: 
«Cuando el 8ultán Mensa-Muza hizo su peregrinación, descansó á la vuelta en un jardín 
que este Siracheldin poseía en Bircat-Alhabex (Estanque de los Al ininios en las afue* 
ras de la ciudad del Cairo; y como necesitase dinero, lo tomó prestado del mencionado 
Siracheddin, quien se lo prestó también á sus amires. El laoquero despachó con ellos 
¿ uno de sus factores para que se hiciera cobro; pero como se detuviese el factor mucho 
en Melli, acudió Siracheddin personalmente en compañía de su hijo para reclamar su di- 
nero. Llegado á Tombucto el banquero fué hospedado por Abo-Inhaq As-Sahiii; pero el 
Destino le quitó la vida aquella noche. Con esto se desató en hal lillas la gente, sospe- 
chando algunos que había muerto envenenado. Desmintiólas el hijo de Siracheddin di- 
ciendo: f Sabed que he comido de los mismos manjares que mi padre, y si huláesen tenido 
ponzoña, hubiéramos muerto los dos; mi padre ha muerto porque su hora había llega- 
rlo.* Después de esto, prosiguió el hijo del prestamista su viaje á Melli, donde fué satis- 
fecho de la deuda, y después se tornó á Egipto.» {Voyages de Ibn-Batutah. Texte et tra« 
4Íuction par C. Defremery et le Dr. R. Sanguinetti, t. IV, páginas 431 y 432.) 



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184 REVISTA DE ESPAÑA 

^regrinos de la Meca! Verdad es que su prodigalidad no tenía 
límites, y que por consejo de Abo-Ishaq cargó su recámara 
de objetos preciosos, entre otros once mil trajes con capas de 
seda yemení, destinados á uniformar á los jinetes de su es- 
colta. 

En Guadarnés, estación próxima á sus Estados y ciudad co- 
nocida por sus primorosos cordobanes, que en España llamaban 
fuadameziles, se le incorporó el menciouado Príncipe almohade 
Abo-Abdi-1-lah Jndicha el Cumir, y recibiéndole por guazir 
juntamente con Ibrahim Attubaychan, fió de los dos el intro- 
ducir concierto y buena disposición en las ordenanzas de sus 
Botados. Procediendo ambos con buena inteligencia entre sí (1), 
encargóse uno de ambos alguaziles mayores de todo lo relativa 
4 la administración de las cosas de la guerra, el otro á ordenar 
lo perteneciente á los asuntos civiles. En tanto que Alcumí for- 
maba cuerpos regulares de tropas bien armadas y mejor ins- 
truidas, Abo-Ishaq establecía tribunales, creaba impuestos, re- 
caudábalos con regularidad y los invertía en parte en suavizar 
las costumbres, fomentando la fundación de escuelas é intro- 
duciendo diversiones y solaces propios de un pueblo culto. Su 
tarea, no obstante, encontraba algunas contradicciones. Los 
muslimes no llevaban á bien el que, en su afán de aumentar los 
recursos del Soberano, hubiese elevado á un noveno el diez- 
mo de contribución establecido por la ley musulmana, censu- 
rándole además el rigor que empleaba en las investigaciones 
de la riqueza, en las cuales no se ])erdonaban los haberes en 
alimentos condimentados, ni en dulces acopiados con alguna 
abundancia, sin contar que los negros bozales se consolaban 
difícilmente de que les forzase á renunciar á sus usos poco ci- 
viles. Aun los que parecían menos adversos ó mejor avisados,, 
experimentaban cierto linaje de placer en hacerse eco de cnal- 



(1) Abeo-Jaldon cita una relación escrita por El-Cumi, á tenor de la oaal, y alo- 
fliendo á este Luen concierto, se exprésala de esta suerte: cAbo-Ishaq y yo. sio contar 
€00 los otros alguaziles (justicias) y proceres de su puel lo, adoptábamos las novedade» 
convenientes y las acomodábamos,» etc., (ob. cit., Ibiáem.) 



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INFLUENCIA PE LQS ESPAÑOLES 185 

quicp hablilla contra él, por absurda y disparatada que fuese, 
como se mostró al imputarle la muerte que sobrevino uatural- 
mente en Tombucto al níencionado Siracheddin, banquero de 
Alejandría. 

Compensábale algún tanto estas contrariedades la gratitud 
del Soberano, que tenia en mucho tales esfuerzos por dotar los 
Estados que regía con las instituciones y mejoras de los países 
civilizados. Como Muza significase voluntad de poseer una mo- 
rada que revelase, por su solidez y magnificencia, el poderío de 
su persona, Attubaychan se dedicó á labrarle un palacio en for- 
ma de torreón cuadrado, coronado por cúpula elevada, cuyo 
interior exornó con labores de lacería pintada; trabajo singu- 
lar en que ponía sus propias manos. Aquella obra preciada, 
trasunto de la que lucía en los aposentos de la Alhambra gra- 
nadina, pareció tan maravillosa á los alarifes del Sudán, que 
acudían al Monarca, rogándole tuviese á bien concederles per- 
miso, para estudiarla en todas sus partes (1). Mensa-Muza, que 
no disimulaba su júbilo, otorgó al granadino, cuando estuvo 
concluida, un galardón de doce mil doblas de oro. Edificó ade- 
más varias mezquitas, entre ellas una cuya inscripción, con su 
nombre, ha sido leída todavía por M. Barth en 1853; trazó 
y concluyó la alcazaba, é introdujo entre algunos morado- 
jes de la ciudad la generosa afición á edificios con elegantes 
techos de madera labrada y patios decorados con esbeltas co- 
lumnas de mármoles, estrados y alhanias, donde las paredes, 
vestidas de pintados arabescos, contrastaban con el pobre aliño 
de las acostumbradas chozas de tierra. Guiado por sus conse- 
jos Mensa-Muza, asentó paz durable con Abol-hacen Ben-Ma- 
rin. Emperador de Marruecos, cambiándose mutuos regalos, 
que llevó al Sudán un enviado extraordinario, llamado Alí Ben- 
Ganím. Cuando tocaba á su apogeo la autoridad de Abo-Ishaq, 
murió en Tombucto, año 1346 de J. C, sucediéndole en la pri- 
vanza sus hijos, pingüemente heredados en las fronteras del 
Sudán, ün monumento sepulcral, levantado á costa del Sobe- 

(1) Aben-Jaldon, ob. cit., Ibidem. 



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186 REVISTA DE ESPAÑA 

rano en el recinto 4e Tombucto, daba á conocer algunos años 
después á Aben-Batuta dónde descansaban las cenizas del ci- 
vilizador tombuctense, y el granadino Aben-Giozay, al redac- 
tar las observaciones hechas sobre el país por el diligente via- 
jero, consignaba, en elogio de los habitantes del país de Melli, 
que no tenían iguales en justificación, ofreciendo plena se- 
guridad al viajero sin peligro de estorsiones de ningún gé- 
nero (1). 

Ni era creíble que, establecidas relaciones regulares entre el 
Rey de Tombucto y los Benu-Merines que poseían aún muchas 
plazas importantes en España, al par que viajaban continua- 
mente los príncipes y letrados de Andalucía al Mogreb, pudie- 
sen permanecer los muslimes de la Península extraños al cono- 
cimiento de Tombucto, como tampoco los castellanos, cuyas 
milicias voluntarias en Marruecos recababan suma importancia 
en los negocios africanos. Buena prueba es de ello la Carta ca- 
talana de 1375: la cual, colocando la situación de Tombucto 
(Tombuch) en los términos del África explorada en el siglo xiv, 
al Nordeste de una isleta del Níger (ínsula Nili), seguía, al pa- 
recer, el derrotero señalado por un geógrafo castellano, siendo 
de presumir que, de otra suerte, no hubiera trasladado por ck 
la pronunciación arábiga del ct., correspondiente á la última sí- 
laba del nombre, pues á haberse percibido por oídos catalanes, 



(1) El mencionado Aben-Giozay, secretario de Aben- Batuta, se expresa en estos 
términos: 

Entre las buenas cualidades de este pueblo, citaremos las siguientes: 

1 .* El corto número de actos de injusticia, que se cometen en él, pues los negros son 
de todas las naciones la que más aborrece tales procedimientos. Su Sultán- no perdona 
nunca al reo de injusticia. 

2.* La seguridad completa y general de que se goza en todo el país, donde ni 
el viajero, ni el hombre sedentario tiene que temer bandidos, ladrones ni merodea- 
dores. 

3.* Los negros no confíscan los bienes de los blancos que mueren en su país, aunqae 
fuera negocio de tesoros inmensos. Por el contrario, los deposita en manos de persona 
abonada de dicho linaje blanco, á fin de que, los que se crean con derecho, acudan á re- 
coger la herencia. (Ibn-Batutah, ob. cit., t. IV, pág. 421.) 



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INFLUENCIA DE LOS ESPAÑOLES 187 

se hubiera trasformado el nombre, según la ortografía del dia- 
lecto catalán, en Tombuig (1). 

Durante el siglo xv, vulgarizaba la especie de la civiliza- 
ción de Tombucto por Attubaychan un Príncipe de la casa de 
Granada, que ilustró su memoria de escritor con dos obras in- 
signes, intituladas: esparcimiento de perlas en los accidentes del 
tiempo^ y Jardín de la historia de los Reyes de Benv^MeHn ; libro 
todavía frecuente en las bibliotecas de África; al par que preci- 
saba con toda puntualidad las estaciones de comercio regula- 
res (2) y seguras para comunicar con aquel emporio mercantil 
el noble veneciano Luis da Cada Mosto, quien en 1455, yendo á 
explorar la costa africana en la carabela de Vicente Díaz, por 
encargo del Infante portugués Don Enrique, reconocía las ori- 
llas de los ríos Senegal y Gambia, descubriendo en un segundo 
viaje las islas de Cabo Verde. 

Al declinar el siglo xv, extinguido el poder de los musli- 
mes en la Península, interrúmpense las relaciones directas 
entre la Península Ibérica y los pueblos que moran en el in- 
terior del Sudán, difundiéndose entre estos la poco verídica 
especie de que los judíos expulsos de Castilla habían introduci- 
do, por primera vez, la plaga sifilítica en los territorios aledaños 
del Sahara. A beneficio de aquel falso rumor que aprovechan 

(1) La trasformación de la cf en cfi 68 muy frecuente en castellano, v. gr. cocto» 
ocho, asi como en la pronunciación de la lengua de Oc, dado que en ésta el sonido aná- 
logo se representa por la letra g, 6 por ip, como en dig, derivado de diclunif cuya pro- 
Dunciación es dich, 

(2) Entre otras especies relativas á Tombucto que se leen en la relación de sus via- 
jes, publicada por Ramusio, bastará señalar las siguientes; tDebéis saber— escribe— de- 
más de esto, que enfrente del dicho Cabo Blanco, en tierra, hay un lugar llamado Ho- 
den, que está cerca de seis jornadas de camello, tierra adentro... Bobre la dicha escala 
de Hoden hay un lugar que se llama Tegaza... donde se cava grandísima cantidad de 
sal de piedra, de donde parten todos los años muchas caravanas de jarabes y zenhaga« 
que la llevan á Tombucto, y de allí van á Melli, imperio de los negros, donde al momen- 
to, en ocho días, se despacha á pregón toda la sal á doscientos y trescientos mitscal, se- 
gún la cantidad. Cada mitscal vale un ducado, poco más ó menos... Y dicen que de Te- 
gaza á Tombucto hay cerca de cuarenta jornadas de caballo, y de Tombucto á Melli 
treinta.» (O. c, t. I, fols. 99 y 100. Venecia, 1588.) 



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188 REVISTA DE ESPAÑA 

en interés propio los mercaderes marroquíes, ciérranse vías co- 
merciales cursadas hasta entonces por españoles y portugue- 
ses, monopolizando el tráfico por tierra los tratantes mogrebi- 
nos, quienes acuden periódicamente á las regiones de Melli y 
de Giaco en numerosas caravanas, bajando á las márgenes 
del Níger superior desde Guadamés y Sigilmesa. En aquella 
sazón visitaba, sin embargo, dos veces á Tombucto un insigne 
granadino, quien examinando el eistado interior, las comunica- 
ciones, las necesidades del comercio y las costumbres de los 
habitantes de la ciudad misteriosa, y escribiendo después en 
árabe y en italiano los resultados de sus exploraciones, debía 
levantar para todo el mundo civilizado el velo que envolvía las 
facciones de la Isis del desierto. 

Entre las familias nobles moriscas que emigraron al reino 
de Fez señoreado por los Benu-Merines, al entrar los cristianos 
en Granada, se contaba la de los Guazani ó Huazani, de mu- 
cho nombre en España y África; linaje antiguo, ilustrado por 
gloriosos antepasados que habían ejercido cargo de alcaldes 
mayores en Sevilla. Establecido en Fez el jefe de los Huaza- 
ni, quien se llamaba Abo-1-Hacen y adoptó el sobrenombre 
de Alfesí, consagróse á dar á sus hijos una educación aven- 
tajada, según las costumbres de los muslimes. Uno de ellos, 
llamado Abo-1-Casim Hacen- Alhuazani, como el poeta que ha- 
bía cantado la caída de los Benu-Abbed, y el cual añadió á es- 
tos nombres, en razón de procedencia gentilicia, los de «el an- 
daluz» y «el granadino,» niño de corta edad cuando había 
salido de España, mostró buena disposición para las letras, 
junto con generosa afición á los viajes, emprendiéndolos en 
edad todavía juvenil al interior del África, al Oriente y á 
Turquía. 

Volvía de Egipto á Marruecos el año 1517 de J. C, cuando 
corsarios cristianos le cautivaron en el Mediterráneo, cerca de 
la isla de los Gerbes, después de lo cual fué presentado al Pon- 
tífice León X. Éste, que advirtió en Abo-1-Casim indicios de 
ingenio y erudición poco vulgares, le persuadió á que se bau- 
tizara, patrocinándole en la pila bautismal, donde le puso sus 



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INFLUENCIA DE LOS ESPAÑOLES 189 

propios nombres de Juan y León, por los cuales es conocido* 
Juan León Granadino, llamado comunmente León Africano, 
aprendió con maravillosa facilidad las lenguas latina é italia- 
na, que empleó en algunas de sus obras. Escribió primero en 
arábigo la pintoresca narración de sus viajes por África, la cual 
tradujo luego al italiano hacia 1526 (1), versión publicada des- 
pués por Ramusio. 

Hablando de Tombucto el escritor granadino, se expresaba 
de esta manera: «Reino de Tombucto. El nombré de este reino 
es moderno, y trae su origen de una ciudad edificada por un 
rey llamado Mense-Suleimán el año 610 de la Hegira (1213 de 
J. C.) sobre un afluente del Níger, que dista allí de su con- 
fluencia con aquel río caudaloso 12 millas. Sus casas son á 
la manera de cabanas labradas sobre estacas cubiertas de tie- 
rra con cobertizo de paja, aunque existe un templo de pie- 
dra y cal, obra de un excelente maestro de Granada, y asi- 
mismo un magnífico palacio, debido al mismo alarife, donde el 
Rey tiene su aposento. Hay en esta ciudad muchas tiendas de 
artesanos y mercaderes, en especial de tejedores de tela de al- 
godón, puesto que también llegan allí hoy paños llevados por 
mercaderes de Berbería. Las mujeres acostumbran todavía á 
cubrirse el semblante, fuera de las esclavas, que venden co- 
mestibles. Los habitantes son muy ricos, mayormente los fo- 
rasteros que viven allí, al punto de que el Rey actual ha dado 
por esposas dos de sus hijas á dos de ellos que son hermanos y 
practican el comercio, á causa de sus riquezas. Existen en la 
ciudad muchos pozos de agua dulce; pues cuando crece el Ní- 
ger se dirigen sus aguas por canales que hay cerca de ella. Hay 
harta abundancia de granos y carnes, de leche y de manteca 
con que es abastecida; pero experimenta mucha escasez de sal, 
la cual es llevada de Megaza á Tombucto, distancia de 50 mi- 



(1) Es fama que volvió á África antes de su muerte, y que tornó á su antigua ley; 
pero la última parte de su vida está, rodeada de oscuridad. Parece averiguado que se 
conservó el manuscrito arábigo original de su descripción del África en la librería de 
Vicente Pinelli (1555-1601}: hoy se ignora su paradero. 



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190 REVISTA DE ESPAÑA 

Has. En una de las ocasiones en que me he hallado en Tom- 
hucto, la carga de sal valia ochenta ducados. Posee el Rey 
mucha moneda en reales de plata acuñada y barras de oro, de 
las cuales las hay que alcanzan peso de 3.300 libras. Su Corte 
es muy concertada y de mucha magnificencia. Cuando se tras- 
lada con sus cortesanos de una ciudad á otra, todos caminan 
sobre camellos, llevando los pajes del diestro los caballos; no 
así para combatir, pues todos pelean montados en sus corceles. 
Si alguno quiere hablar á este Rey, se arrodilla ante él, y co- 
giendo tierra la arroja sobre su cabeza y espaldas. Tal es la 
etiqueta que allí se usa; mas ésto sólo lo hacen aquellos que le 
hablan por primera vez, ó embajadores de algunos Príncipes. 
Tiene cerca de tres mil jinetes, é innumerables infantes, que lle- 
van sendos arcos de madera de hinojo salvaje y usan saetas con 
yerba. 

Mantiene guerra muchas veces con los vecinos que se le 
muestran hostiles, y contra los que le rehusan los tributos. Des- 
pués de la victoria, manda vender en almoneda los niños cauti- 
vados durante la pelea. No se crían en este país caballos, salvo 
algunas hacaneas de poca estatura, que emplean los mercade- 
res en sus viajes; los buenos en que cabalgan por la ciudad los 
que acompañan la corte, vienen de Berbería; pues cuando lle- 
gan las caravanas manda el Rey apuntar el número de caba- 
llos cuando pasan de doce, y escoge entre ellos los que más le 
gustan, pagándolos generosamente. Es dicho Príncipe muy 
enemigo de los judíos, á quienes no permite absolutamente que 
permanezcan en la ciudad; antes bien, se entiende que, si algún 
tratante de Berbería tiene plática con ellos ó trafica en su com- 
pañía, le confisca sus bienes. Hay en la mencionada población 
muchos jueces, doctores y alfaquíes, todos con grandes salarios 
del Rey, quien honra sobremanera á los letrados, viéndose 
ahora allí muchos libros de mano que vienen de Berbería, con 
los cuales se hace negocio más pingüe que con ninguna otra 
mercadería. Emplean en lugar de moneda algunos pesos de 
oro puro, y para las cosas menudas conchas traídas de Persia, 
cuyo valor se aprecia en cuatrocientas por ducado, contando 



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INFLUENCIA DE LOS ESPAÑOLES 191 

que seis y dos tercios de esta moneda equivalen á una onza r^. 
mana. Son estas gentes de natural placentem, y casi de con- 
tinuo tienen la costumbre de solazarse de veinticuatro en vein- 
ticuatro horas, á eso de la una de la noche, tocando y dan- 
zando por toda la población. Los ciudadanos tienen para su 
sePTicio muchas esclavas y esclavos; pero la localidad se halla 
tan expuesta á grandes peligros de incendio, que yo vi en mi 
segundo viaje abrasarse casi la mitad de la población, en cinco 
horas. En los alrededores no se ve un jardín ni un frutal. — Ca- 
bra es una ciudad grande, á modo de caseríos, sin muro alrede- 
dor ni de ninguna especie, cercana á Tombucto como doce mi- 
llas, y situada sobre el río Niger, donde se embarcan los mer- 
caderes para ir á Guinea y á Melli; casas y moradores son se- 
mejantes á los descritos arriba. Allí se hallan muchos linajes 
de negros, pues es el puerto á donde acuden con sus barquillas 
de varios lugares. El Rey de Tombucto envía á esta población 
á uno de sus lugartenientes, para que otorgue á la gente au- 
diencia y evitarse la molestia de andar doce millas por tierra. 
Cuando yo estaba alli desempeñaba dichas funciones un pa- 
riente del Rey llamado Abu-Bacr, y de sobrenombre Par- 
Gama, hombre muy negro, pero valeroso, entendido y muy 
justo. La ciudad es ocasionada á frecuentes enfermedades, en 
razón de la calidad de los alimentos que se comen, pues se usa 
comer mezclados peces, leche, manteca y carne, con ser de allí 
de donde vienen la mayor parte de los víveres que abastecen á 
Tombucto» (1). 

No hay para qué encarecer la importancia de esta descrip- 
ción, fruto, no de una sola estancia de pocos días en Tombucto, 
como las de Caillié y Barth, sino de repetida visita por persona 
de distinguida inteligencia en el arábigo y en las costumbres 
de los muslimes; dado que reclama nuestra particular conside- 
ración el recuerdo de esos solaces y diversiones nocturnas in- 
troducidas, al parecer, por Abo-Ishaq, trasunto fiel de las 



(1) Deécripción del A frica y parte sétima. 



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192 REVISTA DE ESPAÑA 

aambras j leilas, t^u frecuentes en la. morisca Granada (1). 

El advenimieúto de los xarifes á la monarquía de Fez debió 

dificultar en lo sucesivo, algún tanto, la exploración terrestre 

del Sudán por parte de los europeos, en particular por castella- 



(Ij Aprendiéronlas quizá de la raza hispano-romana, y parecen reliquias del culto 
á Salambo ó & alguna divinidad gentílica, si no es resto de los ritos celebrados en los 
novilunios por los antiguos iberos. Estas diversiones, que tomaron un carácter galante 
y cal alleresco entre lus muslimes españoles, porque á la luz de las antorchas se vefaa 
las formas del cuerpo y las facciones de los rostros de las bellas moras con el apresarm- 
miento de ellas, por dirigirse á aximeces y azoteas para contemplarla encamisada, se ha- 
llau pintorescamente descritos en el conocido romance morisco 



cZaide ha prometido fiestas,» 



en particular cuando dice: 



Y antes que la clara aurora 
El pecho se rasgue y abra, 
Entra el venturoso moro 
Con su ilustre carnerada; 
Hecha escuadra de cincuenta, 
Toda va bien concertada. 

Madrugan ¡jara coger 

A las damas descuidadas, 

DcheosiiS de ver libre 

Lo que cubren tocas blancas. 

CaJ ezas y cuerpos ciñen 

De unas fl(»rida8 guirnaldas. 

Muchas cañas llevan verdes, 

Y en las manos Llancas hachas. 
Ya los clarines comienzan, 

Ya las trompas y dulzainas, 
Ya los gritos y alaridos, 
Ya las voces y algazara; 
Ya los af) afiles tocan, 
Ya les responden las cajas, 

Y el envidioso Albaicin 
Con mil ecos acompaña. 
Los azoraflos caballos 
Cun los cascabeles andan 
Moviendo tanto ruido, 
Que á la ciudad amenazan. 
Unos corren, otros gritan, 
Otros dicen; ¡para, para! 
tiigan orden, vayan todos 



La calle de la Alcazaba. 
Otros dicen: ¡la Gereal 
¡No se deje ni su plazal 
Otros: ¡de Vabataubln, 
Vuelvan luego á la Alpujarra, 
La calle de los Gómeles, 
La plaza de Bib-ar-rambla, 
Corran toda la ciudad! 
¡Viva Albolun, y el Alcázar! 
Las damas, que el dulce sueño 
Las tiene muy descuidadas, 
Al ruido despiertan todas 

Y acuden á las ventanas. 
Cuál muestra suelto el cabello 
Preso de una mano blanca, 
Cuál por descuido no cubre 
Su blanco pecho y garganta. 
Descuidadas salen todas 

Al cuidado alborotadas. 
Aunque del cuidado nacen 
A cada mora mil ansias. 

Zaide corre una carrera, 

Y Muza, su camarada; 
Luego todos á la folla 
Corren la cascabelada. 
Tanto se enciende la fiesta 

Y con tantas veras anda, 
Que no se viera la íin, 

Si el sol no les madrugara.» 



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INFLUENCIA DE LOS ESPAÑOLES 198 

nos y portugueses, cuyos establecimientos de la costa, comba- 
tidos por aquel linaje de caudillos, fueron pretexto, para que 
alardeasen encarecidas victorias que les allanaron las grad^ 
del trono. No por eso lograron los marroquíes restablecer su 
influencia sobre el Sudán en el segundo tercio del siglo xvi, 
ofreciendo serias dificultades para ello los acontecimientos de 
que había sido teatro Nigricia desde la última visita de León 
el Africano. Había subido entre tanto al disputado trono de los 
Songhies el célebre hage Muhammad-Askia, Príncipe que ex- 
tendió sus conquistas desde Kaxna y Kano, en el interior, hasta 
el Atlántico, y desde las fuentes del Níger hasta el país del 
Tuat, frontero á los Estados del Emperador de Marruecos. Ti- 
rando, demás de esto, á amenguar la influencia que de si- 
glos ejercían sobre el Sudán los Monarcas Benu-Merines, con- 
tinuó la política de sus antecesores, que habían reconocido por 
pontífice ó soberano espiritual al califa abbacida de Egipto, 
procurándose apoyo en este país y negociando con mercaderes 
establecidos en las costas del Mar Rojo, que le facilitasen, á me- 
nos precio, que los marroquíes las conchas traídas del mar de 
Ormuz, que se usan en el Sudán como moneda. En fin, y para 
más alardear independencia, estableció relaciones comerciales 
con los portugueses, los cuales, en sus días, venían á comer- 
ciar á Gagho, ciudad situada á la margen izquierda del Níger, 
entre Tambucto y Say. Expulsado este Príncipe en 1529 por 
sus hijos, que le despojaron del reino, pensaron los dos her- 
manos xarifes, Muhammed y Hamed, Reyes á la sazón de Ta- 
rudante y Tafilete, en señorear el Sudán; pero no pudieron 
acometer la empresa seriamente hasta que, señoreado Muham- 
mad de Fez en 1549, y desposeídos los Benu-Merines, parecía 
que nada podría contrarrestar en lo menos el predominio de su 
iafluencia espiritual y de sus armas victoriosas. Era entonces 
esclavo del xarife, y le acompañaba en sus empresas, el futuro 
historiador D. Luis del Marmol y Carvajal, quien después de 
haber.servido desde el año 1526, durante veintidós años, al Cé- 
sar Carlos V en sus campañas de África, había sido cautivado 
por infieles y llevado al interior de las comarcas mogrebinas. 

TOMO CY 13 



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194 REVISTA DE ESPAÑA 

Con ocasión de acompañar al xarife á sus empresas, visitó los 
reinos de Sus, Tafilete y Tarudante, refiriéndonos algunos pgr- 
menores de la expedición de Muhammad á Tombucto, no sin 
describir pintorescamente los 18.000 caballos que llevaba, jun- 
tamente con infinidad de camellos, cargados de bastimentos y 
municiones, con los cuales llegó hasta Acequia Hamara, donde 
«avisado de que el Rey negro le venía al encuentro con más 
de treinta mil hombres, hubo por bien de volverse á Tarudante 
más que á paso,» al par que no olvida advertir que «algunos 
cristianos cautivos del xarife se hallaron cautivos, y que en 
Tombucto, por cosa de maravilla, venían á verlos viejos y 
mozos» (1). 



(1) .I^s ultimas frases pudieran sugerir la idea de que él mismo se halló en Tom- 
Lucto, (lado que parece invalidar esta especie la manera con que traslada en casi todo» 
sus pormenores, á g^isa de traductor fiel, en su descripción de aquella ciudad, el texto de 
León Africano. Verdad es que era costumbre en él juntar, en lo que escribía, lo que ha- 
Lía leído en libros, con lo que sabía por averignación propia, advirtiéndose en dicha 
descripción que se han agregado algunas noticias verosímiles, por ejemplo, la introduc- 
ción de escopetero», la descripción de la plaza, etc., así como la inexacta de que el ar- 
quitecto granadino (albanir, según él, en la acepción amplia que moriscos y mudejares 
daban á esta palabra) había llegado é. aquellas tierras en tiempo del primer fundador 
de Tombucto, Mense-Suleyman, siendo notorio que lo verificó posteriormente bajo el 
reinado de Mense-Muza. Entre lo nuevo referido por Marmol, demás de la expedición 
del Xarife, en que hubo de hallarse, merece consideración lo siguiente, que pone inme- 
diatamente después de la relación de Juan León Granadino sobre el comercio de la sal: 
cEl Rey de Tombuto es llamado oy Emperador de Melli, y tiene mucho oro de tibar, y 
su corte tan concertada en las cosas espirituales y temporales, y en pompa y magnificen- 
cia, que no le hace ventaja ninguno de los de Berbería. El qual tiene su guardia ordi- 
naria de gente de á caballo y flecheros y escopeteros, que asisten á las puertas del pala- 
cio. Entre las dos puertas principales está una plaza muy grande, y alderredor de ella 
muchas loxas y salas y portales de arcos, donde sale á dar audiencia el propio seíior cada 
dia; y aunque determina todos los negocios por su persona, tiene consejeros, y notarios, 
y maestros de justicia, por cuya mano corren los negocios de gobernación y de hacien- 
da... Son estos negros gente alegre y regocijada, tañen, cantan y bailan á su usanza ccn 
atabalexos y sonaxas, á la manera de las folias en Portugal; y por ser las casas de ma- 
dera y los tejados de paja, está la ciudad muy sugela al fuego, y se ha quemado algunas 
veces la mitad della. Cabra, que algunos llaman Cadij es una gran ciudad, sin muros ui 
fortaleza, puesta sobre las riberas del rio Niger, quatro leguas de la ciudad de Tombuto. 



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INFLUENCIA DE LOS ESPAÑOLES 195 

Pero lo que no pudo lograr Mahamete, lo consiguió después 
a poca costa el Emperador Hamet, que había suítedido al Rey 
llamado Moluco, muerto en Alcazarquiyir en la misma pelea 
que costó la vida á don Sebastián y al Rey Negro. Aprovechan- 
do en 1590 la buena disposición que le ofrecía la paz asentada 
con Don Felipe II, tomo pretexto de la ocasión que le brindaba 
el haberse refugiado en Fez un mancebo que se decía heredero 
del Rey de Gagho, suponiendo había sido desposeído por un su 
hermano, para tentar la empresa, que tan mal éxito había teni- 
do cuarenta años antes. Aleccionado por la experiencia, ó que- 
riendo evitar los peligros de lo ocurrido anteriormente, no 
quiso fiar el éxito de la empresa á las fuerzas africanas, ni abrir 
en persona la campaña, sino que acudió á la periciay al valor que 
acostumbraban á demostrar en negocios de guerras los caudi- 
llos y soldados españoles. Gozaba de mucho valimiento para con 
él un renegado natural de Cuevas, en la provincia de Almería, 
al cual había hecho alcalde de Haudar. Puso á sus órdenes mil 
arcabuceros moriscos del Reino de Granada, que habían ido de 
la Península Ibérica á ofrecerle sus servicios, y de quienes so- 
lía confiar la guarda de su persona, á los cuales incorporó mil 
renegados españoles de la misma clase de arcabuceros de á pie, 
y quinientos espais ó arcabuceros de á caballo, asimismo re- 
negados en su mayor parte, agregándoles 1.500 lanzas de tro- 
pa marroquí, con otros mil hombres para el servicio y admi- 
nistración del ejército (1). 



Allí hacen escala navios, que vienen por el rio con mercancías de diversas partes, y se 
juntan gentes de muchas naciones que se embarcan para Guinea y para Melli y para 
otras partes. Las casas de los moradores son de la propia suerte que las de Tombuto, y el 
\ley tiene en Cabra un gobernador deudo suyo, ó persona principal que administre jus- 
ticia. La ciudad padece diversas enfermedades por los vapores gruesos y húmedos del 
rio, y porque acostumbra á comer carne y pescado y leche, y todo junto, que les da lepra 
y otros males contagiosos.i (Marmol, Descripción de África^ parte segunda, libro IX, 
cnpítulosVyVI.) 

(1) Ximenez de la Espada, Libro del conocimiento de todos los reinos^ tierras y seiío» 
rios. Apéndice segundo. (MS. de la Real Academia de la Historia, núm. 452, estante 12, 
gr.8.«). 



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196 REVISTA DE ESPAÑA 

Eran en junto 2.500 españoles con 1.500 moros las fuer- 
zas armadas»que iban á debelar una nación, que había forzado 
cuarenta años antes á huir vergonzosamente á un ejército de 
18.000 marroquíes, mandado por su propio Soberano. Al consi- 
derar su corto número, pudiera suponerse que todo era pretexto 
para deshacerse de ellos, si no se explicase mejor por sobra de 
confianza, pues no es creíble que dejase de llegar á Berbería la 
fama de las hazañas realizadas por los españoles en América, 
consta de una manera auténtica y muy notoria el éxito cum- 
plido de la expedición dado que, llegando hasta el Níger, 
donde está asentada Gagho, derrotó un ejército que elevan 
á 80.000 hombres las memorias de la época, después de lo cual, 
los españoles, victoriosos en Gagho, tomaron la ciudad y re- 
cogieron un inmenso botín. y la ocuparon provisionalmente, 
hasta que diezmados por las enfermedades, se replegaron á 
Tombucto, en cuyo recinto permanecieron hasta que se firma- 
ron las paces, obligándose los negros á recibir de Marruecos la 
mercadería de sal y la de las conchas ó hunos, y quedando á 
merced de los marroquíes el país ocupado por los moriscos y 
renegados españoles (1). 

Desmembradas desde entonces á favor del Monarca de Fez 
las regiones septentrionales de Nigricia, inclusa Tombucto, 
quedaron distribuidos en las ciudades principales algunos de 
los arcabuceros andaluces, los cuales se perpetuaron en aquella 
parte del Sudán, como los mamelucos en Egipto, constitu- 
yendo una manera de milicia ciudadana con cierto carácter de 
orden civil y gubernativo, bajo el nombre de ruTná (tiradores). 
Merced á ella se han conservado los sudaneses, durante dos 
siglos, especialmente devotos á los monarcas de Fez, los cua- 
les han reclutado en ellos su guardia favorita, distinguiéndose 
por su adhesión á Muley-Mahomad Dahabi, que envió en 1729 
una expedición á Tombucto, así como bajo el gobierno de su 
sucesor, Abdalláh Ben-Ismaíl,en cuyo reinado tuvo gran ascen- 
diente el antiguo ministro de España Riperdá, consejero á la 

(t) ibidem. 



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INFLUENCIA DE LOS ESPAÑOLES W7 

sazón y protegido del Emperador de Marruecos. Todavía á los 
principios de este siglo, según noticias suministradas á don 
Domingo Abadía y Leblich (Ali-Bey) por el negociante Maleh- 
Buhlal, reinaba en Marruecos un descendiente del expresado 
Dahabi, hasta que en época novísima, aprovechando los tuaregs 
el descuido de los soberanos mogrebinos, se hicieron soberanos 
del país (1826), compartiendo después su influencia alterna- 
tivamente con los fellanes, linaje de negros cuyas facciones, 
casi europeas, desdicen del tipo acostumbrado en la raza etíope. 
Después del viaje de Caillié, los franceses, dueños de la Ar- 
gelia desde 1830, han intentado abrir un derrotero mercantil 
hasta Tombucto, partiendo de áus posesiones de Berbería, 
propuesto el ideal de juntar, en día más ó menos remoto, 
cuando menos para las necesidades del tráfico, Bugia, Argel 
y Tremezen con la Senegambia. A este propósito envió ya el 
gobierno de Napoleón III, en 1850, á explorar á Tombucto 
al intrépido viajero M. Mac-Cartij, quien no pudo pasar de 
Negaza, enviando después á los árabes Sidi-Muhammad El- 
Guazani y Abdelcader Ben-Abi-Becr , sin grandes resulta- 
dos. En 1855, ofreció la Sociedad de Geografía de Francia un 
importante premio, á cuyo fin abrió en sus oficinas una sus- 
crición internacional para el viajero que recorriese este itine- 
rario, reuniendo nociones exactas sobre la dirección de las 
caravanas que hacen el comercio en este país; concurso que 
ha permanecido desierto hasta el día, otorgándose solamente á 
M. Duveirac, quien parecía haber resuelto el pormenor difícil 
de asegurar las comunicaciones mercantiles con su viaje al 
país de los Tuaregs, una manera de accéssit al certamen parti- 
cular, con ocasión de concederle el premio ordinario de Geo- 
grafía correspondiente al ano 1864 (1). 

(1) Demás de esto, merecen consideración el mencionado viaje del alemán Mr. Barlli 
en 1853, cuyos resultados so han dado á la estampa en Londres (1859), y el del rabino 
Mr. Mardochai, quien venciendo, merced á algunos desembolsos, las tradicionales anti- 
patías de los moradores del Sudán contra los de su raza, lograba establecer en 1860 (Bu- 
UeCin de la SocitLé de Geographie^ Avril de 1870}, una colonia mercantil israelita eu 
Tomlacto. 



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198 REVISTA DE ESPAÑA 

A dicha nuestra, no ha sonado aún para España la triste 
hora, en que se resigne á dar por terminado el ciclo maravi- 
lloso de odiseas geográficas, que hicieran de nuestra nación la 
primera de las descubridoras y colonizadoras en los tiempos 
modernos; pero antes que llegue la época de espigar en el fe- 
cundo campo de nuestras tradiciones gloriosas, entre las cuales 
descuellan brillantes empresas africanas que expondremos en 
breve, séanos lícito reivindicar para el ilustre Juan León, gra- 
nadino, el mérito de galardón, por lo menos análogo, dadas las 
condiciones de los tiempos, al que se hubiese granjeado un 
viajero de nuestros días, concurriendo airosamente al certamen 
abierto por la mencionada Sociedad de Geografía en 1855, pro- 
clamando con razón análoga ser acreedores á un acéssit de 
lauro, no menos merecido que el otorgado á M. Duveirac, aque- 
llos insignes marinos portugueses que á mediados del siglo xv 
visitaban las costas inmediatas á la desembocadura del Níger, 
conducidos por el noble veneneciano Alvisi Da Ca'Damosto. 

Pranciseo Pernándei y Gonaafei. 

(Continuará) 



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CAUSAS DE LA RAZÓN DE SER 

DEL REPUBLICANISMO EN ESPAÑA 



Dificil es, lo confieso, tratar el asunto objeto del presente 
estudio con el acierto é imparcialidad que lo requieren las 
cuestiones políticas candentes, mayormente si son cuestiones 
de actualidad; dificultad que so aumenta para los que profesan 
dogmas rechazados por otras escuelas, en cuyo caso se halla el 
autor que ha militado en contiendas políticas de las que se si- 
g'uieron consecuencias que no han sido ajenas á las condicio- 
nes del debate á que da lugar el asunto mismo que me pro- 
pongo esclarecer. 

Si algo puede disminuir las desventajas con que abordo una 
controversia en la que tal vez halle más adversarios que adic- 
tos á mis conclusiones, habré de deberlo, más que á dotes de in- 
genio, que reconozco en mí inferiores á las que adornan á los 
distinguidos órganos de los partidos que no se hallen dispues- 
tos á aceptar mis apreciaciones; sólo podrá darme aliento, para 
uo desmayar en mi propósito, la plena conciencia de la perfecta 
iniparcialidad que me anima, y que confío no me abandone 
en medio de los difíciles problemas que de suyo surgen del 
asunto de que me propongo tratar. 

Toda cuestión relacionada con las ideas que en nuestroa 



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200 REVISTA DE ESPAÑA 

días trabajan á las sociedades cultas, envuelve tesis filosóficas 
que socavan las creencias y los hábitos, la manera de ser de la 
abigarrada sociedad que se debate y vacila entre los restos de 
los sistemas que desaparecen y los que elaboran las institucio- 
nes del porvenir. 

Bajo este último punto de vista, si hubiera de formular con- 
clusiones sobre problemas todavía no resueltos ni comprobados 
en la piedra de toque de la experiencia, problemas que abrazan 
las condiciones que definitivamente, hayan de regir á las socie- 
dades en cuyo seno se está elaborando el credo de las genera- 
ciones venideras, el trabajo que acometo perdería sus condi- 
ciones de raciocinio no fundándolo en los cimientos filosóficos^ 
que son de la competencia de los privilegiados ingenios que 
viven en las regiones de la abstracción. 

Mas como me he propuesto tratar cuestiones prácticas y 
problemas de actualidad, á efecto de poner en claro las causas 
del contraste que de suyo ofrece el hecho de que del país más 
atrasado en la región de las ideas, como lo era España al co- 
menzar el presente siglo, hayan brotado aspiraciones y una 
acción encaminada á sustituir á las tradiciones de nuestra his- 
toria un ordenamiento social completamente nuevo y opuesta 
á los dogmas que encarnaron en las opiniones y creencias que 
presidieron á la educación de nuestros padres, y de que partici- 
pan todavía en gran parte no pocos de los individuos de la pre- 
sente generación. 

Mas antes de apartarme de las abstraciones del idealismo 
en que se encierran las concepciones científicas, fruto de la fi- 
losofía de la historia, séame permitido sentar algunos hechos 
que completamente dominan los problemas sociales de la época 
presente, y cuya evidencia, no pudiendo ser recusada por nadie, 
me pondrá en estado de abordar de frente la perentoria cues- 
tión que formula el epígrafe que encabeza el presente estudio. 

Todas las grandes épocas de la historia de la humanidad 
han obedecido al desenvolvimiento de un principio, de cuya 
aplicación han emanado las diferentes faces que señalan el iti- 
üerario seguí*do por el desarrollo de las ideas que han prevale- 



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CAUSAS DE LA RAZÓN DE SER 201 

cido en el muúdo y sujetado á su influencia las generaciones 
que han precedido á las últimas manifestaciones del espíritu 
humano. 

Constituyeron las épocas á que me refiero el paganismo, re- 
presentado por la civilización griega y romana, al que siguió 
el advenimiento del Cristianismo; á éste, el nacimiento de Ma- 
homa y la propagación del Alcorán. De Asia vinieron á Europa 
los pueblos primitivos que destruyeron el Imperio romano y 
fundaron el feudalismo. 

A los rigores de aquel régimen de fuerza puso freno el pon- 
tificado, autoridad esencialmente espiritualista, que iluminó á 
la sociedad, protegió á los pueblos y fué la expresión viva del 
derecho público de aquellos siglos. 

Las grandezas del poder temporal sedujeron al pontificado, 
que bajo León X se acercaba más al paganismo que á la ense- 
ñanza de Jesucristo; Lutero y la Reforma contuvieron el si- 
monismo romano, y el símbolo espiritualista, que esencial- 
mente reside en la Iglesia, vino á ser vigorizado por un insigne 
español, Ignacio de Loyola, creador de la más fuerte Asociación 
libre hasta hoy conocida, y cuya competidora en el orden moral 
habrá que buscar en la hermandad masónica. 

Con el movimiento religioso que acompañó á la Reforma 
protestante, guardó compás un hecho político de grande enti- 
dad, la concentración del poder público de los reyes en alianza 
con el estado llano, para mejor refrenar y poner término al po- 
der político de la nobleza. 

Secularizada que se vio la filosofía y la ilustración, que ha- 
bía monopolizado el clero durante la Edad Media, del influjo 
ejercido por el siglo xviii nació la potente erupción de la Re- 
volución francesa, que vino á completar en el orden de las 
ideas lo que en el de los hechos políticos había antes iniciado 
Inglaterra en sus luchas con los Estuardos. 

Ambas revoluciones, al par que el advenimiento de la joven 
America al conjunto de las naciones del Viejo Mundo, con 
hecho providencial del descubrimiento de aquel hemisferio 
debido á Colón, y hecho en el que tan gloriosa parte cupo á 



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202 REVISTA DE ESPAÑA 

nuestra España, forman los prodigiosos adelantos que vino á 
coronar la independencia de las colonias inglesas en el Nuevo 
Mundo, independencia precursora de la segregación que, antes 
de tiempo y por culpa del absolutismo que desde el siglo xvi 
dominaba en España, efectuaron nuestras colonias, inaugu- 
rando un orden de cosas que habría correspondido reservar á 
la España del siglo xix, en inteligencia y armonía con las ge- 
neraciones por nosotros implantadas en el Nuevo Mundo. 

No hay necesidad de llevar más adelante la enumeración 
de los grandes hechos sociales que han sido la inevitable con- 
secuencia de las corrientes de opinión que en el correr de 
los siglos han venido imponiéndose á los destinos de la especie 
humana, y que únicamente he citado como acontecimientos 
que nadie podrá negar, y que obedecieron á impulsos de una 
iniciativa de la misma especie que la que condujo á la expan- 
sión creadora de las situaciones realizadas en el trascurso de 
los tiempos. 

En presencia de la rápida ojeada que acabo de consignar 
sobre las diferentes fases que ha presentado el desarrollo de la 
humanidad, atréveme á preguntar si hay quien pueda aponer 
en duda que el impulso del dogma que actualmente trabaja á 
las generaciones de nuestros días, el dogma de la democracia, 
no sea un principio gobernante, no pertenezca á una evolución, 
ú un cambio en el orden de las ideas y de las condiciones so- 
ciales, de igual poderío al de los que he señalado y al que no 
es posible dejar de atribuir el mismo carácter constituyente y 
progresivo que dio lugar al desenvolvimiento de las épocas his- 
tóricas que dejo enumeradas. 

Sentadas estas premisas, propulsoras de las leyes generales 
(i que han obedecido los derroteros de la historia, voy en ade- 
lante á no hacer mérito sino de consideraciones y de hechos 
exclusivamente buscados dentro de nuestra propia historia 
contemporánea, dentro de las causas y de los efectos de la 
lenta revolución interior que empezó á dibujarse al estallar la 
guerra de la Independencia, y cuya final solución todavía 
aguardamos. 



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CAUSAS DE LA RAZÓN DE SER 205 

Tengo escrito, y no habré de repetirlo, que fueron recíprocas 
en 1810 y 12 las faltas imputables á los serviles y á los libera- 
les; pues si bien los tradicionalistas y golillas de aquella época 
se prestaban cordialmentc al restablecimiento de las leyes pa- 
trias y de las antiguas Cortes así como de las franquicias popu- 
lares confiscadas á la nación durante los tres siglos de despo- 
tismo trascurridos desde el decimosexto al decimonono, alar- 
máronse aquellas clases y se prepararon á sofocar el desarrollo 
de la libertad, en cuanto advirtieron que los liberales iban más 
allá que á poner coto á las demasías de los cortesanos y favori- 
tos, proponiéndose un radicalismo que mal se avenía con la^ 
costumbres y hábitos de nuestro pueblo. Mas si nunca disimulé 
el error de cálculo de part.e de los liberales, siempre señalé la 
conducta de los serviles como inicua, toda vez que convir- 
tieron su resistencia en persecución y en tiranía, patrocinando 
el ignominioso sistema de Gobierno que rigió de 1814 á 1820, 
régimen que nos defraudó de los esplendores que nos había 
tributado la opinión del mundo, en galardón del noble ardi- 
miento con que, en defensa de su independencia, el pueblo es- 
pañol dio á la Europa avasallada por Napoleón el ejemplo de 
cómo se defiende contra la fuerza bruta la independencia y la 
libertad de los pueblos. 

De los seis años de abierto despotismo, redimióse España 
merced al noble esfuerzo de su revolución de 1820. Los tres 
años que duró el régimen constitucional, arrancado por los es- 
fuerzos de la minoría liberal á la mayoría de nuestro pueblo, to- 
davía avezada al inñujo del clero y de los que vivían de abu- 
sos, fueron también fecundos en errores por parte de los que 
llevaban la bandera del partido liberal; pero aquellos errores 
habrían sido reparados, y la minoría ilustrada hubiera hecho su- 
cumbir á las facciones, si la intervención de la Santa Alianza 
y la entrada de 100.000 franceses no nos hubiesen arrancado la 
victoria de las manos. Los once años del régimen calomardino 
que siguieron al atentado de la intervención francesa, renova- 
ron todos los horrores y las vergüenzas que había puesto en 
boga la reacción de 1814; pero la buena estrella de España 



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204 REVISTA DE ESPAÑA 

trajo en ayuda del movimiento liberal, que prevaleció en Eu- 
ropa al abrigo de la revolución francesa de Julio de 1830, á la 
cuarta esposa de Fernando VII, la que no vaciló, al falleci- 
miento de éste, en llamar á la defensa del trono de su hija Doña 
Isabel, amenazado por su tío el Infante D. Carlos, al proscripto 
partido liberal, ofreciéndole el restablecimiento de la perdida 
libertad en precio y recompensa del auxilio que prestásemos á 
su gobierno, en la mortal contienda abierta por los batallones 
de voluntarios realistas, que en las Provincias Vascongadas y 
en las del Este levantaron bandera por D. Carlos, símbolo y 
representación viva de un despotismo sin entrañas, que habría 
ahogado en sangre los esfuerzos de los liberales á no haber 
éstos contado con la alianza de Doña María Cristina y de los 
realistas que seguían su bandera. 

Sin aquella ventajosa alianza de cristinos y liberales, difícil 
habría sido que la causa de la Reina, á la que se hallaba ligada 
la del restablecimiento de la libertad, hubiese podido prevale- 
cer contra adversarios que contaban con un ejército organizado 
en \b^ míücidi realista, /a€'SÍ7mIe, en punto á organización, de 
nuestra milicia nacional. Tenía además la Gobernadora la va- 
liosa ayuda de los realistas templados, en hombres de la índole 
de los generales Córdova, Queseda y Llauder, alianza que 
además nos trajo el poderoso escudo del tratado de la Cuádruple 
Alianza, acto por el que Inglaterra y Francia balancearon en 
nuestro favor el que Don Carlos encontraba en los gabinetes de 
San Petersburgo, de Berlín y de Viena, que abiertamente sim- 
patizaban con el Pretendiente. 

Para sellar la Gobernadora su alianza con los liberales, lla- 
mó á sus consejos á aquéllos de los emigrados del año 23 que 
pasaban por más templados, con los que formó el ministerio 
que sucedió al de Zea Bermúdez. 

Tuvo Martínez de la Rosa, y sus compañeros de gabinete, 
la desgraciada idea, de dar como signo de alianza entre la 
Corona y la nación una Carta otorgada, forma que las cir- 
cunstancias hacían inevitable y que hubiera sido suficien te 
para satisfacer á los liberales, si aunque emanado de la pre- 



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CAUSAS DE LA RAZÓN DE SER 205 

rrogativa regia, hubiese estado el Estatuto Real inspirado por 
ua espíritu análogo al que animó la Carta otorgada por 
Luis XVIII, la revisada por Luis Felipe, ó la que informaba la 
CoQstitución de Portugal, y más tarde la de Italia; Cartas igual- 
mente otorgadas por la Corona, pero que contenían todas las 
garantías propias de los gobiernos re presen tativos. El Esta- 
tuto de Martínez de la Rosa, que no reconocia derechos po- 
líticos en los españoles, no concedía á los diputados la ini- 
ciativa de las leyes, negaba la libertad de imprenta y ha- 
cía consistir el cuerpo electoral en los individuos de los Ayun- 
tamientos, con igual número de mayores contribuyentes, in- 
significante elemento para representar al país, y sólo repre- 
sentaba la Administración, bajo cuyo patronato eran elec- 
tos los procuradores; proceder errado para adoptarlo en los mo- 
mentos mismos en que se pedía á la nación todo cuanto ésta 
podía dar de sí para combatir á Don Carlos; situación que al- 
tamente requería hacer olvidar á los liberales los once años de 
tiranía calomardina que acababan de pesar sobre ellos. 

La peregrina invención del Estatuto Real hubiera sido ad- 
misible de haber sido obra de Don Fernando VII, cuando 
en 1814 echó á rodar la Constitución de Cádiz. Y todavía los 
hombres templados y la Europa de la Santa Alianza, que patro- 
cinó la invasión de 1823, habrían considerado semejante tem- 
peramento como una solución razonable, si el difunto Rey hu- 
biese promulgado algo parecido al Estatuto, cuando se vio 
restablecido en su ambicionado poder absoluto en 1824; pero 
no tenía explicación sensata ofrecer aquel informe código á un 
partido al que se había oprimido, vejado, anatematizado y 
proscripto. De los liberales se exigía el olvido de todos sus 
agravios, pidiéndoles que se sacrificasen en favor de la hija 
del que había sido el verdugo y el implacable perseguidor de 
los que habían salvado su Corona en la guerra de la Indepen- 
dencia. 

Las consecuencias de semejante aberración no se hicieron 
esperar; los carlistas en armas y los liberales descontentos, ha- 
cían imposible el mantenimiento del régimen estatutista. 



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206 REVISTA DE ESPASA 

En 1835 y 36, todas las provincias de España se suWevaroo, 
merced á pronunciamientos populares, sin mezcla de insu- 
rrecciones militares, como se hizo de moda el que haj^au me- 
nudeado después. 

El Sr. Conde de Toreno, jefe del gabinete por dimisión de 
Martínez de la Rosa, llamó en su ayuda á Mendizábal, que re- 
sidía en Londres; pero cuando llegó éste á Madrid, el movi- 
miento insurreccional se había hecho tan general, que el ga- 
binete dimitió, quedando el poder en manos de Mendizábal, 
quien, con mejor intención que acierto, entronizó un radicalismo 
análogo, aunque en sentido contrario, al que habían anterior- 
mente motivado las meticulosidades áél Estatuto; pues si bien 
éste enajenó de la Corona la confianza y el entusiasmo de los 
liberales, el radicalismo de Mendizábal disgustó y puso en con- 
tra del gobierno de éste á los realistas isabelinos y á los mo- 
derados, que á la muerte de Fernando VII tau poderosamente 
reforzaron la causa de su hija. 

Siguió á aquel fraccionamiento, como es sabido, el motín 
soldadesco de La Granja y la proclamación de la Constitución 
de 1812, que sus mismos restauradores conocieron no ser via- 
ble y resolvieron reformar sustituyéndola con la Constitución 
de 1837, obra de las Constituyentes del año anterior; Cortes 
elegidas bajo el sufragio universal, que establecía aquel Có- 
digo. 

Acerca de la situación producida por el restablecimiento de 
aquella ley fundamental, escribía yo hace pocos días que aquel 
largo y dificilísimo período constituyente sólo lograron sal- 
varlo, de común acuerdo, los progresistas y los moderados, 
merced al concierto que en aquellas Cortes pudo establecerse 
entre los monárquicos y la fracción más ilustrada de la emigra- 
ción de 1823. 

A aquella patriótica inteligencia debióse la Constitución 
de 1837, la que el mismo Martínez de la Rosa, generador del 
Estatuto, aceptó como legalidad común para los dos partidos, el 
moderado y el progresista, á cuyo propósito anadia yo lo si- 
guiente en el escrito á que me refiero: 



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CAUSAS DE LA RAZÓN DE SER 2\>7 

f Torpeza insigne fué de la mayoría moderada de las Cortes de 1838 
no haber elegido á Oldzaga por su primer Presidente^ habiendo aquel 
hombre público trabajado tanto y con tanto fruto para inocular en el 
partido progresista la savia de los buenos principios de orden y de 
libertad que habíamos traído á España de vuelta de la emigración 
los que, hasta el último momento, defendimos con la« armas en la 
mano, en 1823, el régimen constitucional contra los franceses y sus 
auxiliares los realistas sublevados. 

»Pero no bastaba haber ambos partidos proclamado como legali- 
dad común la Constitución de 1837; para que semejante esperanza de 
inteligencia entre los partidos liberales no quedase reducida á una 
ilusión, era necesario que su aplicación por parte de los moderados, 
los que en las elecciones de 1837 habían obtenido en las Cortes una 
muy nutrida mayoría, adquirida lealmente en los comicios, formula- 
sen una política que facilitase un criterio constitucional común para 
los dos partidos, lo que hacía necesario que los conservadores expu- 
siesen en términos claros y precisos cómo entendían aplicar el régi- 
men liberal templado que informaba la Constitución de 1837. 

»Cupo aquella patriótica tarea al Correo Ndcimmlj que hubo de 
desempeñarla salvando los peligros del doble escollo de presentar un 
programa que no pareciese demasiado liberal á los conservadores ni 
demasiado conservador á los progresistas. 

»Bastará, para dar idea de aquel trabajo, que me limite á citar, no 
todas, pero sí solamente algunas cláusulas de dicho programa, for- 
mulado en nombre del partido, al que se hacía perder la apelación 
de moderado para hacerle adoptar la de monárquico constitucional. 

»Entre aquellas bases, era la primera la de que la Constitución 
de 1837 fuese el cimiento y punto de partida de los futuros adelantos 
y mejoras que se emprendiesen. 

j^Otra de las bases fijaba la inteligencia del dogma de la Sobera- 
nía del pueblo, que habría de entenderse como la expresión de la su- 
premacía de los poderes públicos, ó sea la supremacía parlamentaria 
representada por la Corona y perlas Cortes. 

»Defíuíáse el ejercicio del poder real como confiado por el Mo- 
narca álos ministros en calidad de exponentes de la mayoría parla- 
mentaria, y en tal concepto de delegados amovibles de la opinión. 



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208 REVISTA DE ESPAÑA 

»Por democrática qne esta definición pueda parecer, no fué re- 
pugnada entonces por los conservadores, si bien recientemente el 
Diario de Barcelona, acreditado órgano de la ortodoxia de la escuela 
moderada, ha considerado mi fórmula acerca del carácter de las fun- 
ciones de los consejeros responsables de la Corona, como incompati- 
ble con las doctrinas que caben dentro de la Monarquía constitu- 
cional. 

»Acerca de esta opinión de tan autorizado periódico, cúmpleme á 
mi vez observar que el principal objeto á que se dirigía el programa 
expositivo de la declaración de principios que bajo el régimen de la 
Constitución de 1837 era aceptado por el partido conservador, y que 
presentaba éste como el mejor medio de sacudir el sudario de re- 
trógrados con el que la opinión cobijaba á sus individuos, el principal 
objeto de aquella importante declaración consistía en que los conser- 
vadores se colocasen en situación de poder flotar al aire libre so ban- 
dera de partido constitucional, resuelto á aunar como inseparables 
los derechos de la Corona y los derechos de la nación. 

^Seguíanse en el mismo programa disposiciones muy claras y ex- 
plícitas respecto á las instituciones municipales y al deslinde de la 
excentralización administrativa, sin perjuicio de la superior acción 
del gobierno pacional,* y, por último, y por no alargar estas citas, 
bastará añadir que una de sus bases estaba concebida en I03 tér- 
minos siguientes: «Deslindar las atribuciones de la autoridad espiri- 
»tual y las de la temporal, en términos que, sin entopecerse mútua- 
»mente, contribuyan á tranquilizar las conciencias, pero dejando ex- 
»pedita la acción de las Cortes y del gobierno.» Añadíase, además, 
que la aplicación de este principio había de dirigirse áque cesase del 
todo la influencia del derecho canónico, considerado como ley civil, 
preparando así el futuro establecimiento de la tolerancia religiosa. 

>Llenó tan completamente su objeto aquel programa, cuanto que 
fué admitido por los conservadores, si no con entusiasmo, con entera 
conformidad, no habiéndose producido protesta alguna, salida de sus 
filas. El efecto que produjo entre los progresistas fué el de la sorpre- 
sa, llevada hasta el extremo de haber arrancado de parte de alguno 
de sus prohombres la exclamación de que, en punto á liberalismo^ 
aquel 'programa dejaba atrás al de su comu7ii6n política. 



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CAUSAS DE LA RAZÓN DE SER 209 

«En 8tin)a, y bien aquilatado el punto de la censura hecha á mi 
«Bsenanza, motejada por algunos conservadores de que reñeja un co- 
lorido democrático, poco adaptable á las condiciones propias de la 
Monarquía, bastárame contestar que lo que me pro|)uee en 1838 no 
iba más allá que áque el partido conservador empivndiese la misma 
maiehaá la que treinta años después han acudido los torys^ á lo que 
«n 1866 y 67, bajo la jefatura /'/ertíf^'r^^f/iy de lord Derb^ (el padre) y 
de Disraely hicieron éstos, á fin de poder competir con lord Russel y 
lír. Gladstone, su compañero de gabinete, bajando de diez libras es- 
terlinas á seis el censo electoral. Propúseme en la época á la que me 
vefiero liberalizar á tiempo al partido conservador, para que no hubie- 
sen sido en adelante posibles las reacciones autoritarias ni las revo- 
lucionarias que después han sobrevenido. Del pecado, si lo hubo, 
que pueda serme imputado, si en él he incurrido ajuicio de los hom- 
bres rectos é imparciales, no podrán éstos menos de absolverme, por 
lo caramente que se me ha hecho pagar el haber sido consecuente á 
los principios que propagué, pero que Iftégo abandonnron los que los 
tuvieron por buenos, y hapta por inmejorables, durante los dioz años 
trascurridos desde 1835 á 1845.» 

Cuando posteriormente he defendido aquella Conatitucióli 
de 1837, no me movió á ello, ni la exagerada Gpini(3n de sus méri- 
tos intrínsecos, ni la deque fuese una obra inmejornble; pero fué, 
«í, una verdadera transacción que deslindó los campos, dejando 
¿ ia Corona una plenitud de atribuciones comparable á la de 
que gozaban la Monarquía belga y la portuguesa, obra que hu- 
biera podido mejorarse, pero que fué en extremo imprudente 
Iiaber abolido á la caída de Espartero en 1844, sustituyéndola 
por un Código exclusivamente hecho por los moderados, y 
contra cuyo origen no cesó de protestar el partido progresista, 
que aprovechó la primera ocasión que los sucesos le presen- 
taron para hacer desaparecer aquel Código, intentando sus- 
tituirlo por su proyecto de Constitución en 1856, p oyecto que 
se llevó el vendaval de los disparos que cruzaron las calles de 
Madrid en la lucha armada sostenida en 1856 por la Milicia 
Nacional contra O'Donell. 

TOMO CV 14 



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210 REVISTA DE ESPASa 

Los hechos que dejo consignados señalaban un evidente ade- 
lanto en la educación política del país. Los progresistas se ha- 
bían prestado á abandonar el radicalismo, simbolizado por su 
Constitución de 1812, y los moderados, descartando las estreche- 
ces del Estatuto, se habían colocado en un terreno francamente 
constitucional, que les permitía apoyarse en la opinión y llevar 
la mejor parte en contiendas electorales perfectamente libres. 

Un error capital es, sin embargo, imputable á los progre- 
sistas; error que debía conducir á ponerlos en contradicción con 
los más vivos intereses de k democrrcia, dogma fundamental 
de su escuela. 

Abordada por Mendizábal la trascendental reforma de la des* 
amortización eclesiástica, fué descartado por espíritu de partido 
el sabio y popular sistema llamado á haber impreso bases de 
moralidad y firmeza á la trasformación de la propiedad, que se 
operaba por medio de la expropiación del clero y de la reivin- 
dicación y apropiación de sus bienes al Estado. 

La quinta ó sexta parte del territorio de la nación pertene- 
cía á la Iglesia, y debiendo aplicarse en breve á las corpora- 
ciones civiles el principio desamortizador, completábase al dar 
una nueva constitución á la propiedad agrícola y urbana, las 
que iban á experimentar un cambio de tenuta que no podía 
menos de influir poderosamente en la naturaleza de los vínculoe^ 
llamados á unir los intereses del Estado á los de los nuevo» 
propietarios. 

Dos sistemas se presentaban en competencia para llevar á 
cabo la importante reforma. Era uno el seguido per la Revolu- 
ción francesa, que consistía en entregar los bienes que la nación 
adquiría al agio y á la dilapidación, enajenándolos contra títulos 
de la Deuda sin valor y sin curso, enriqueciendo de esta suerte 
a los agiotistas y á los logreros, á especuladores audaces, á 
quienes se iba á hacer dueños de los bienes del clero, sin que 
el Estado recibiese en cambio una equitativa compensación^ 
Además, no estando liquidada la deuda pública, no podía sa- 
berse si los bienes que se trataba de enagenar alcanzaban ó no- 
á extinguir la deuda antigua, corriéndose el riesgo de pagar 



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CAUSAS DE LA RAZÓN DE SER 211 

en totalidad y con exceso á determinado número de acreedo- 
res, con perjuicio de aquellos á quienes no pudiese pagarse del 
mismo modo, puesto que se disponía anticipadamente del ha- 
ber nacional antes de que fuese conocido el activo y el pa- 
sivo del Estado. 

En contra de este sistema empírico y dilapidador, se pre- 
sentaba el formulado por el sabio economista Flórez Estrada, 
sistema que consistía en convertir en propietarios á los arren- 
dadores del clero, imponiéndoles como canon perpetuo ó censo 
redimible el equivalente á la renta de las tierras que llevaban 
en cultivo. 

Imagínese cuál no habría sido el sentimiento de gratitud 
de los honrados y laboriosos terratenientes á quienes se con- 
virtiera en dueños á perpetuidad de los predios llevados en 
arriendo por sus familias de padres á hijos entre los mismos 
cultivadores del suelo. Hízose valer, contra aquel luminoso, 
popular y fecundo sistema de desamortización, el sofisma de 
que estos nuevos propietarios, en vez de considerarse, por lo 
general, como dueños legítimos, se mirarían como simples de- 
teutadores, como depositarios y guardianes, por cuenta del ex- 
propiado clero, de las tierras que se les donaban; argumento ia^ 
ladiy contra el que protestaba el poderoso principio del interés 
personal, que hubiese convertido á los colonos favorecidos en 
acérrimos defensores de su patrimonio, en guardianes entu- 
siastas de la hacienda, conferido por la legítima autoridad 
de la nación. ¿Qué milicia ciudadana, qué fuerza pública orga- 
nizada podría ser comparable en decisión y esfuerzo, como 
guardianes de la propiedad agraria donada por la nación, á 
la garantía que en favor de ésta habrían ofrecido los fuertes 
hijos de los cultivadores de la tierra que alimenta la inmensa 
mayoría de sus habitantes? 

Defendiendo el sistema de desamortización propuesto por 
Flórez Estrada, el periódico El Español pronosticaba que los 
especuladores que iban á reemplazar á los frailes en calidad de 
propietarios no tardarían en subir los arriendos de las tierras, 
lo que daría un aumento de renta, no ya en beneficio del capi- 



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212 REVISTA DE ESPAÑA 

tal público» sino que constituiría uua granjeria en beneficio de 
los logreros y en disminución de los rendimientos del tra- 
bajo. 

A los menoscabos que en perjuicio de las clases jornaleras 
debían seguirse á consecuencia de la manera como se efectuó 
la traslación de dominio de la propiedad rÚRtica y urbana, ve- 
nían á anadii-se la pérdida de las granjerias de que disfrutaban 
las clases pobres, de cu^as filas salía el personal de las corpo- 
raciones expropiadas, y, en su vista, podrá conjeturarse basta 
qué punto tales gérmenes do descontento lian i)odido venir á 
aumentar el número de los agraviados y de los quejosos, que 
han ido engrosando las filas de los malavenidos con el anda- 
mento de la cosa pública. 

Al mismo tiempo en que prevalecía el sistema rentístico de 
Mendizábal, Flórez Estrada y sus amigos y compañeros de emi- 
gración en 1823 sostuvimos que el clero babía sido enriquecido 
por la sociedad en la Edad Mrdia, no ya tmto como general- 
mente se creía, por efecto del fanatismo de aquellos siglos, sino 
muy principalmente porque en ellos y en épocas posteriores el 
clero ensenaba, redimía cautivos, fundaba hospitales y llenaba 
servicios de alto precio en beneficio del procomún, por lo que, al 
disj)onerse- en la época reformadora de los caudales que recibió 
el clero para atender á las necesidades á que ahora debe j ro- 
veer el Estado, obligación era de éste destinar á objetos de uti- 
lidad pública una parte, al menos, de los bienes de que se apo- 
deraba; servicios entre los cuales señalábamos muy especial- 
mente la instruccióu agrónoma y tecnológica en beneficio de 
los jornaleros, las vías de comunicación, y muy principal- 
mente abogué por que se hubiese constituido con uña dotación 
de bienes nacionales el capital de garantía de un Banco nacional 
de emisión que, formado con fundos del Estado, sería la mejor 
base para el desarrollo de los establecimientos de crédito pro- 
piedad de accionistas. 

A su vez y en su día, los conservadores, en tiempo de Nar- 
váez, y posteriormente al largo ministerio de la unión liberal, 
llevaron adelante la desamortización civil y la enajenación de 



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CAUSAS DE LA RAZÓN DE SER 218 

los propios y baldíos bajo un sistema bastante análogo al ini- 
ciado por Mendizábal, de cuyas resultas los braceros en todo el 
Rt»inose vieron privados del provecho que de tiempo inmemo- 
rial disfrutaban los jornaleros agrícolas de roturar sin pagar ca- 
non las tierras del común que ponían en cultivo, así cumo tam- 
bién empezaron á carecer del acopio de leñas y esparto, de que 
se utilizaban siu costarles nada. 

Bastante queda dicho acerca de la manera como el proleta- 
riado agrícola sacaba provechos del sistema que regía la pro- 
piedad; hechos que contrastaban con el crecimiento de riqueza 
y de bienestar que en las clames superiores habían visto acre- 
cer, por la importancia y valimiento de aquellos á quienes el 
despecho de los desvalidos ha aplicado el apodo francés de la 
lurffvesia. 

En virtud de los antecedentes que dejo sentados, permitido 
deberá ser interrogar el criterio público, sobre si el descon- 
tento producido por las muchas cosas que han hecho ó dejado 
de hacer los gobiernos que nos han regido de medio siglo á 
esta parte, no han debido contribuir en gran manera al des- 
crédito de las instituciones vigentes, al desprestigio de lo que 
nuestros antepasados miiaban como la delegación de Dios para 
ti gobierno de la sociedad^ y pí el giro que desde 1856 ha tomado 
la democracia espaiola, como partido republicano, no ha ema- 
nado como consecuencia Irgica de los desaciertos y errores de 
nuestra revolución, nombre que aplico, no ya á determinados 
movimientos, como los d(* 1836, 1854 y 1868, sino antes bien 
al conjunto, á la síntesis de las reformas que han hecho pasar 
á la nación, desde la condición moral y material en que nos 
sorprendió la guerra de la Independencia en 1808, á la que en 
la actualidad revelan la profunda división de los espíritus y la 
incertidumbrede nuestro porvenir. 

Poco observadores y escasamente filÓFofos deberán ser los 
que, discurriendo acerca de la rotación de ideas y de situacio- 
nes que ha atravesado España desde 1808, desconozcan que la 
ley escrita (si no la practicada) que las costumbres y la manera 
de ser de los españoles, al despertar en aquel año de su letargo 



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214 REVISTA DE ESPAÑA 

de tres siglos, habían hecho de nuestro país una sociedad donrO- 
erótica regida por un Monarca absoluto, cuya popularidad llegó 
á rayar en delirio en la persona de Fernando VII, Príncipe el 
menos merecedor, entre todos los de su estirpe, de semejante 
simpatía. 

A la viuda de aquel infausto Rey fuimos, sin embargo, prin- 
cipalmente deudores de haber podido triunfar contra D. Carlos; 
y por lo que respecta á su hija doña Isabel, bien puede afir- 
marse, y creo tenerlo probado en anteriores escritos, que, como 
Reina, no incurrió en otras faltas que en aquellas á las que los 
representantes de nuestros partidos, y más particularmente de los 
que afectando el nombre de conservadores, la arrastraron ha- 
ciéndola llevar al destierro la pena de haber sido la víctima 
de su fatal confianza en los que tan mal la sirvieron. 

Los partidos liberales monárquicos, por sus desaciertos, 
por sus injusticias y su ingratitud hacia los que tan gene- 
rosamente los servimos, han sido los generadores, los cau- 
santes de que haya surgido y propagádose un partido repu- 
blicano, en el que nadie hubiera pensado si los progresistas 
en 1836 y 40 hubieran gobernado más á gusto de la nación, 
y si los moderados no hubiesen abandonado, engreídos por 
la jornada de Torrejón de Ardóz, la enseñanza que los puso 
en estado de haber debido á la opinión pública sus triunfos 
electorales de 1837 y de 1839 obtenidos por los hombres que 
olvidaron los deplorables errores en que incurrieron, lo mucho 
que debieron á su respeto de las garantías constitucionales que 
mantuvieron y guardaron en las épocas de su mando anterio- 
res á 1840. 

El pronunciamiento de este último año produjo el ostracis- 
mo de la Reina Gobernadora, como consecuencia de la coali- 
ción de los progresistas con el cuartel general de Espartero, 
coalición que no tuvo otro objeto que el de acabar con el par- 
tido que debía el poder á las libérrimas elecciones de 1837 y 
1839, partido que, si durante su mando cometió faltas, como lo 
fueron la devolución al clero secular de sus bienes, su ley de 
Ayuntamientos y no haber votado la dotación de 50.000 duros 



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CAUSAS DE LA RAZÓN DE SER 2Í5 

de renta en bienes nacionales propuesta por Alaix en favor de 
Espartero, ninguna infracción de lej' había cometido el gabi- 
nete Offalia, ni el de Pérez de Castro en su segundo período de 
mando después del convenio de Vergara, á no haber sido la 
falta emanada del antojo de los moderados de reservar á la Co- 
rona el escojer los alcaldes de entre los concejales popularmente 
elegidos, artículo de ley de los moderados que hubiera, podido 
reformarse con la mayor facilidad en las primeras elecciones 
que hubiesen ganado los progresistas, como en aquel tiempo era 
frecuente, pues alternaban los dos partidos, no imperando toda- 
vía por entonces sobre los comicios la presión administrativa. 

Aquel ejemplo de coalición de la fuerza armada con un par- 
tido político, era tenido por evolución de tan mal género y tan 
evidentemente contraria á los preceptos de la escuela liberal, 
que conversando conmigo, en los días en que la alianza se 
negociaba entre el cuartel general y los progresistas, oí de . 
boca de un esclarecido jefe de dicho partido las siguientes pa- 
labras: PrefieTo que mi partido sucuml^a, á que deba su triunfo á la 
iiUervenci&ii de las bayonetas en una contienda puramente civil, 

Y, sin embargo, aquel hombre insigne, pues lo era por sus 
talentos y virtudes, fué ministro del Regente, elevado al poder 
supremo por aquella coalición. ¡Ejemplo memorable de las fla- 
quezas á que arrastra el espíritu de partido! 

Suficientemente dejo demostrado en las páginas que pre- 
ceden la parte que los errados sistemas de nuestras reformas 
económicas han tenido en alimentar el descontento y malestar 
del proletariado, descontento que ppr motivos de otra índole ha 
trascendido á las clases medias. 

Entre estas últimas se habían reclutado y acrecentádose 
las muchedumbres que seguían la bandera progresista, partido 
que en los doce años del predominio de los moderados, poste- 
rior á 1845, no había manifestado exigencias que excediesen 
las condiciones de la Monarquía constitucional. Durante aquel 
largo período de ministerios que podemos llamar de corte, 
aunque recayesen en hombres políticos, las inspiraciones de 
Rivero, de Castelar, de Salmerón, de Becerra, incubaban la 



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216 REVISTA DE ESPAÑA 

idea republicana, todavía encubierta con el ropaje de demo- 
cracia monárquica. Que hasta entonces la aspiración repnbti- 
cana no tenia eco en el país, lo demostrará un hecho, cuja 
testimonio es irrecusable. 

Pocos días después del período abiertamente revolucionaria 
que siguió al proaunciamiento de La Granja, dióse á luz. por 
primera vez en Españi, un periódico abiertamente republica- 
no, titulado El Graduador^ publicación que directamente, y siiit 
disfraz, atacaba la persona de la Reina Gobernadora hasta en 
su vida privada, licencia que tanto escandalizó, que fué objeta 
de una reprobación tan universal, que ante ella, su autor» 
hombre, por cierto, de talento, conoció su error, vio claramente 
no ser llegada la hora de flotar al viento aquella bandera^ 
tan evidente era, que no estaba la opinión preparada para co- 
sechar la semilla que anos después debía ser cultivada con 
tanto éxito por el Sr. Castelar y sus discípulos. 

¿Se necesita, por acaso acumular, otras ni mayores prueba» 
de que el partido republicano, nació en Eppaüa al calor de k» 
errores económicos de la escuela progresista, de su indocto ra- 
dicalismo, y fomentado por la sistemática compresión de los 
moderados, y muy principalmente á causa del abandono de las 
doctrinas conservadoras de buen género, que prevalecieroa ea 
los años en que los que gobernaban en nombie de aquel partida 
se inspirabau en las puras corrientes de la opinión pública y 
ejercían autoridad bastante para marcar con un sello de repro- 
bación que sancionó la conciencia pública, hechos tan señala- 
dos Como el fusilamiento de la madre de Cabrera, la reproba- 
ción de las represalias y la in(le|)endencia que permitió al óp- 
gauo más autorizado de la agrupación á que aludo, denunciar 
como una tramoya, la acusacióu forjada contra Olózaga de ha- 
ber querido forzar materialmente la mano de la Reina obligán- 
dola á firmar un decreto contra su voluntad? 

El que el partido republicano haya llegado á reunir la fuer- 
za numérica cou que cuenta, es un fenómeuo tan natural coma 
el de que la noche suceda al día y que se coja el fruto de ia se- 
milla que se ha sembrado. 



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CAUSAS DE LA RAZÓN DE SER • 217 

En tiempo oportuno, pues se remonta al año de 1856, se 
dijo á los hombres que reprueban las revoluciones por innece- 
sarias, en cuyo número me- cabe el honor de haberme siempre 
contado, cómo se evita esta clase de sacuaimientos en los países 
librasen que se halla en auge la institución monárquic-, sin 
que valga alegar que esta teoría sea una vana utopia, pues díi- 
rante seis años estuvo sujeta mi doctrina i la piedra de toque de la 
experiencia, demostración que resulta plena de la exposición del 
programa del Correo Nacional y época en la que los conservado- 
res ganaban elecciones no amañadas y observaban con escru- ' 
pulosidad los preceptos legales, aplicando igual criterio á los 
ciudadanos de todos matices de opinión, sin exceptuar á los 
carlistas que no tenían las armas en la mano, ni conspiraban. 

Hasta aquí me he limitado á hacer historia; y |)ara que no 
pueda alegarse que cito ejemplos poco agradables tal v(»z p.- n 
los que fueron mis amigos y mis clientes, séame peniiitido 
añadir no ser de olvidar que en tiempo hábil, en mi obra titu- 
lada La Organización de los partidos y dada a luz en 1855, exjjuse 
los oportunos medios para que los conservadores pudiesen, con 
ventaja suya, del país y de sus mismos adversarios, alternar 
con éstos en la gobernación del Estado. Aquellos medios son 
siempre los mismos, y siempre serán buenos*, sin que esto con- 
tradiga que los republicanos, venidos al mundo por las causas 
que dejo exphcadas, tengan mucho adelantado, y que de no 
atraer asi la Monarquía las fuerzas vivas de la democracia, que 
por dos veces se han acercado á ella, la lucha en lo futuro ten- 
drá que ser desventajosa para los que no se propongan valerse 
de medios morales á efecto de torcer en favor de la institución 
histórica las corrientes de la opinión encaminadas á otros 
ideales. 

Tres monarquías existen en Europa que se apoyan en la 
opinión y viven con ella: la inglesa, la belga y la italiana, cu- 
yos Monarcas gozan de la ventaja de que la democracia, que 
en ellos, como en toda Europa cunde, espere de sus Príncipes 
las garantías y mejoras que la Francia, por ejemplo, ha dejado 
de pedir al régimen hereditario. 



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218 REVISTA DE ESPAÑA 

Mas la Corona en España ha que tener en cuenta el in- 
conveniente de que reina sobre un pueblo dividido, sobre una so- 
ciedad moralmente enferma, y en la que los partidos no se con- 
tentan con obtener mejoras, si éstas no les vienen de manos 
de sus predilectos. ¿Cómo desconocer la importancia numérica 
del partido carlista, que compone parte, no pequeña por cierto, 
del pueblo español; partido que tiene su rey inpectore, y que es 
de presumir que antes ayudase á los republicanos contra Don 
Alfonso, que prestase á éste ayuda para combatir á la revolu- 
ción? 

Al lado de esta masa de protestantes incorregibles milita- 
rían para el mismo fin, los no poco numerosos discípulos y adep- 
tos que han puesto su confianza en los hombres de inteligen- 
cia, de ciencia, de prestigio que dirigen las diferentes agrupa- 
ciones republicanas. 

Al enumerar estas fuerzas, sistemáticamente contrarias á 
la legalidad existente, no me he propuesto seguramente alen- 
tar á los adversarios de la Monarquía, ni menos sostener que 
la causa de ésta sea una causa perdida. La historia de toda 
mi vida, mis sacrificios por lo que he llamado mi impenitenr- 
cia filial en servicio del gobierna representativo, la notoriedad 
del palenque, al que convidé en 1858 al gran demócrata, mi 
muy querido amigo D. Nicolás María Rivero, para que discu- 
tiésemos en el terreno de la ciencia y de la historia cuál de las 
dos instituciones, la que rige en los Estados Unidos de Amé- 
rica ó la que rige en Inglaterra, ofrece mayores garantías á las 
libertades modernas; reto que he renovado posteriormente y 
que por nadie ha sido todavía recogido, me autorizan á no 
ocultar la verdad, ni á los que fueron mis correligionarios, ni á 
los nuevos y potentes auxiliares que la Monarquía del Rey 
Don Alfonso ha recogido en la última evolución verificada por 
los partidos liberales. 

Pero la misma fe y sinceridad de mis creencias me impone 
el deber de conciencia de no disimular las dificultades de vol- 
ver el cauce de la opinión en favor de la estabilidad heredita- 
ria, y, sirviéndola con lealtad, no debo ocultarle que la empresa 



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CAUSAS DE LA RAZÓN DE SER 219 

es ardua, pues lleva por condición indeclinable la absoluta ne- 
cesidad de una restauración más potente y duradera que la que 
consiste en devolver el trono á una dinastía por medio de un 
acto como el del Senado de Napoleón I restituyendo la Corona 
de Francia á Luis XVIII, ó la de^ restablecer un trono por me- 
dio de actos de fuerza. 

La Restauración á que aludo es toda de índole moral, y 
consiste simplemente en el restablecimiento del prestigio de la 
Monarquía, obra que exige no menos gi'andeza y fortuna que la 
de que necesitan los fundadores de dinastías. 

El problema cuya solución depende del restablecimiento del 
prestigio y de la veneración con que las generaciones de nues- 
tros antepasados miraban á Reyes como Isabel I y Femando VI, 
habrá de dar por resultado, y tener por fundamento y garantía 
de la estabilidad del trono, el hecho palpable de que bajo la 
institución constitucional hereditaria el jmehh goce de todas las 
libertades, ventajas y mejoras que le ofrece el régimen republi- 
cano; resultado final que, según mi leal saber y entender, cabe 
realizar, sin que, y antes al contrario, la autoridad del Monarca 
se menoscabe ni lastime. 

La obra es difícil, pero gloriosa, y en el trascurso de los si- 
glos han realizado providenciales fenómenos de la misma clase 
hombres de los que la historia y la^' admiración del género hu- 
mano conservará memoria. Mas no cabe, y fuera además irres- 
petuoso, formular programas para tan grandiosa misión. Ella ha 
de proceder de la inspiración del Príncipe y ser la demostra- 
ción de que no reina sobre una sociedad corrompida é ingrata. 

Al Rey y á los hombres buenos que la nación encierra en 
su seno, cumple exclusivameote la solución del problema. 



Andrés Borrego. 



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LEYENDAS SUIZAS 



^^A^i^^A/WWS^^/V^A^M^ 



II 

TermiDamosel artículo anterior (1) con el relato de una leyenda 
demoRtrativa del carácter cobrado por el feudalismo en la Sniza de 
la Edad Medía, y ahora vamos á comenzar éste con el relato de otra 
nueva leyenda, no menos interesante, que prueba en definitiva y bajo 
otra fase, toda la intensidad de las pasiones amorosas, á coya mágica 
influencia el valor y el arrojo naturales al sexo fuerte se agigantan 
hasta el extremo de alcanzar la proporción desmesurada de la auda- 
cia y de la temeridad, cual vais á verlo. 

El cielo brumoso de la región germánica, por un privilegio sin- 
gular bien raro allí, donde las nubes forman como parte integrante 
del firmamento, lucía el azul clarísimo que presta á los espacios me- 
ridionales su despejada y trasparente atmósfera, en bienhadada ma- 
ñana del mes de Julio, cuando á las riberas del misterioso Rhín se 
acercaban y dirigían Catalina y Franz, hermosísima pareja de ena- 
morados, jamás vista igual por los supervivientes en cien leguas á la 
redonda. 

Desde luógo que, en sus aficiones á la vida campestre, la Na- 
turaleza había de ofrecer tema principalísimo á sus tiernos coloquio?; 
^a por eapontáneo sentimiento despertado en los sendos corazones á 
la belleza mágica del paisaje, ya, y debían ser las más veces, por ne- 

(1) Véase el número 412 de la Revista de España correspondiente al día 25 de Abril, 
pág. 592. 



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LEYENDAS SUIZAS 221 

cesarlo recurao del diálogo, cuando éste tomaba giros, si candidos é 
inofensivos, bastante escabrosos para no encender en vivo carmín 
las rosáceas mejillas de tan recatada y pudorosa doncella. Descen- 
dido que hubieron del alto monte por entre peñascos enormes, sobre 
los cuales campeaban multitud de chozas pastoriles, desde la cuenca 
del río parecidas á otros tantos nidos colgantes de rapaces aguilu- 
chos, asentáronse á reposar y tomar aliento, continuando después, 
sin otra interrupción, el delitoso paseo. Ni una sola palabra entram- 
bos se hablan dirigido durante el penoso descenso, limitando tan sólo 
la expalisión de sus amores, al mudo lenguaje de los suspiros ahoga- 
dos y de las miradas dulces. Por fin Catalina, cual si en aquel mismo 
instante acabase, tras largo y profundo sueño, de tornar á la vida, 
dijo, viendo el cielo como nunca resplandeciente de luz: 

— ¡Cuan hermoso es el día de hoyl 

— Hermosísimo — replicó su acompañante, sin apartar sus ojos ne- 
gros de los ojos azules de la aldeana. 

— ¿Te acuerdas de la mañana en que por primera vez nos vimos? 
—volvió á preguntar Catalina. 

— ¡Pues no he de acordarme! — se apresuró á contestar el man- 
cebo. — Fechas en que acaecen acontecimientos tan faustos, retiénen- 
las siempre en su memoria los verdaderos amantes. 

— ¿Me amabas entonces como ahora? 

—Como siempre, Catalina, como siempre. Yo creo haberte ado- 
rado antes, pero mucho antes de contemplar tu rostro hechicero. 

— Lisonja pura, lisonja, Franz. 

— ¿Lisonja dices? 

— Ó exageraciones, por lo menos, de tu fantasía un tanto meri- 
dional. 

— Yo te demostraré que es errónea tu creencia. ¿No adora el ciego 
la luz sin haber podido apreciar nunca sus varios y encendidos "mati- 
ces? ¿No se ama el bien por naturales impulsos del corazón? El alma 
humana, ¿no entrevé allá en sus sueños de gloria otro mundo más 
perfecto que este bajo mundo nuestro, donde obtener pueda premios 
6 castigos en proporción á sus buenas ó á sus malas acciones? Y yo, 
¿no he de haber podido adorarte por intuición natural, adivinar tu 
existencia con la exactitud matemática con que adivinan las aves 
agoreras, vagantes por las capas superiores de la atmósfera la proxi- 
midad inevitable de las tormentas, los cambios súbitos de la tempe- 
ratura, el curso vario de los vientos? ¡Oh! Ten la certeza de que mi 



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222 REVISTA DE ESPAÑA 

amor hacia tí no reconoce, como Dios, principio, y, como Él, será per- 
durable y eterno. 

— No puedes adivinar cuánto me complace oir de tus labios pro- 
testas amorosas, tan por extremo ardientes y sinceras. 

— ¿Luego correspondes á mi pasión con otra igualmente in- 
tensa? 

—¡Y lo dudabas, ingrato! — dijo Catalina bajando al suelo los 
ojos. 

— ¡Dudarlo! Eso nunca. Pero comprende, vida mía, el regalo que 
á los oídos de todo amante procura la dulce voz de su amada, cuando 
en expresiones tiernas trasmite las ideas que embargan su cerebro 
y las sensaciones que en corazón experimenta. To bien sé que el azul 
de loa cieloB por techumbre^ la nivea cordillera de los Alpes por fon- 
do; las colinas cubiertas de varia y frondosísima vegetación por base; 
los trasparantes lagos, en cuya superficie se reproducen y multipli- 
can los objetos y sobre cuyas aguas flotan, como bandadas de aves 
marinas, los esquifes, por pavimento,- yo bien sé que el conjunto ar- 
moniosísimo de todas estas cosas, unidas con los esplendores de una 
mañana tan luminosa como la mañana de boy, forman el cuadro más 
acabado que soñar puede la fantasía en sus trasportes de entusias- 
mo; pero también sé, ¡oh Catalina! que no le basta á la imaginación 
con saberlo, con pensarlo; ansia al par embeberse y ensimismarse 
contemplando tales panoramas, cuyas mágicas perspectivas revelan 
al hombre la existencia de un Dios infinitamente poderoso. Sé, pues, 
á ciencia cierta que me amas; pero deseo oirlo de tu boca, y al dulce 
murmullo de tus protestas ardientes enloquecer y morir. 

Estas palabras, dichas por Franz con grande ardor, cayeron en 
los oídos de Catalina como candente chispa de fuego sobre montón 
inmenso de pólvora, quien experimentó, á la virtud mágica de sus vi- 
braciones, síntomas claros de aturdimiento y de cortedad, propios 
en toda casta y pudorosa doncella, viéndose constreñida, por los ca- 
prichos de su amante, á decir en voz alta secretos del corazón, en lo 
intimo de su ser guardados con recato, temerosa, como si fueran crí- 
menes, de delatar su existencia á los cuatro vientos. Del color encen- 
dido, pues, de las amapolas, se tiñó su faz; sus labios purpúreos apa- 
recieron como en carne viva; sus orejas, ardorosísimas al calor de la 
sangre subida á la cabeza, se mostraron cual hojas recién desprendi- 
das de la corola de una mosqueta; sus párpados largos y dorados, ve- 
laron un punto los azules ojos; su cabeza se inclinó sobre el pecho en 



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LEYENDAS SUlZAS 223 

señal de confusión; sus nervios se contrajeron, y toda ella se encogió 
en guisa de tímida sensitiva, y no acertó á proferir palabra alguna 
ni á dar más muestra de asentimiento á la demanda calurosa de su 
amante, que un hondo y prolongadísimo suspiro. Franz, entre tanto, 
se hallaba como subyugado por mil varias emociones, á cuál de 
ellas más intensa y más fuerte. ¿Habéis visto pasar fugaces las te- 
nues nubes álos impulsos del aire por el horizonte, aborregándolo 
y cubriéndolo de caprichosas imágenes, las cuales, ya figuran ejér- 
citos de gigantes sobre sus monstruosos caballos de guerra monta- 
dos y dispuestos, según su actitud bélica, á luchar con arrojo inau- 
dito; ya ridiculas comparsas de enanos, ceñidos con raras vestimen- 
tas; ora el cuerpo deforme de algún elefante, la cabeza artística de 
algún león, el modelo acabado de algún tigre, de alguna serpiente, de 
algún cetáceo; ora el busto armonioso de algún personaje casi siem- 
pre de nosotros conocido, en la natural é inevitable propensión que 
sentimos á comparar los seres imaginarios con los seres animados, los 
hechos acaecidos, con los hechos por venir; ora, finalmente, las 
más contrahechas, por un lado, ó por otro lado ias más perfectas 
figuras que inventar pudiera la fantasía, surgidas como por arte de 
magia ó de encantamiento en ese inmenso é insondable cíelo lla- 
mado por unos atmósfera, por otros horizonte, por éstos espacio, por 
aquéllos, firmamento, en guisa de vasto lienzo donde se reprodu- 
jeran los cuadros disolventes más raros del Universo? Pues por idén- 
ticos ó parecidos cambios súbitos pasaba el semblante de Franz, 
mostrando las señales de la pena, de la alegría, de la compasión, del 
amor, de todas las sensaciones que alternativamente experimen- 
taba su ser ala presencia de la bella y sin par Catalina, ruborizada 
y confundida. 

Ninguno, pues, de los enamorados tuvo aliento bastante á romper 
el silencio sugerido por tal incidencia fortuita, sino tras larga y pro- 
longadísima pausa. Un tanto dueños de sí, ambos á dos los amantes 
á la par intentaron emitir pensamientos formulados en sus respecti- 
vas imaginaciones al influjo de aquel extraño caso; mas en su per- 
plejidad natural, sumergiéronlos, apenas brotados, en el fondo de su 
ser, resultando asi fugaces y efímeros como las espumas del mar ó 
como las flores de la campiña. Por último Franz, decidido á conse- 
guir una respuesta en armonía con sus deseos y de todo en todo con- 
cordante con las señales del rubor marcadas en el rostro de Catalina, 
dijo á ésta con triste acento: 



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224 REVISTA DE ESPAÑA 

— ¡Cualquiera diría que se trataba de la confeaión vergonzosa 
de un crimen abominable, según las resistencias opuestas por tí á 
pronunciar palabras amorosas que han de ser por mí corazón recibi- 
das con el agradecimiento con que las flores reciben el beso del sol 
en día claro ó las gotas de rocío en estival mañana! 

— No, no es eso, Franz, no es eso. 

— ¿Pues qué es, Catalina? 

— Ka que se me anuda la voz en la garganta. Habíame, por pie- 
dad, habíame de otra cosa. 

—¿Y de qué quieres que te hable, si no es de nuestro amor? 

— Habíame de este día claro, en que se muestra la campiña más 
brillante que nunca; de ese misterioso río, el mayor de Europa, en 
cn\a vasta cuenca ha cuajado la imaginación popular mil poéticas 
levendae; de la catarata que se despeña cerca de Schaffousen, entre 
Alemania y Suiza; de las altas cimas de los Alpes, donde la nieve 
encuentra su fría mansión eterna, y los arroyos y los ríos su próvida 
y fecunda madre; de los lagos que salpican por esta oscura región el 
suelo como de terrenales astros, sobre cuya superficie la luz 6e rever- 
vera con tan brillantes reververaciones, que á poder sentir celos, de 
seguro los sentirían aquellos luminosos que pueblan de la bóveda 
azul la. vasta inmensidad; habíame, en fin, de la Naturaleza, ya que 
tan esplendorosamente luce sus galas hoy para nuestro recreo y por 
nuestra fortuna; y bástete á tí, Franz mío, en justa satisfacción á tus 
deseos, oír esta frase, compendio y resumen de la pasión en que ardo, 
dicha con sencillez manifiesta, pero sentida con entusiasmo rayano 
en delirio; bástete á tí saber que te amo con el pensamiento, con el 
aíma, con la vidu. 

— Gracias, Catalina, gracias — dijo Franz, profundamente emo- 
cionado. — No sabes cuánto consuelo procuran á mi corazón esas tus 
tiernas y amorosas protestas, logradas, por dicha mía, una vez ven- 
cidos los escrápulos naturales en tu calidad de doncella, harto jus- 
tos, y provinientes del rubor que circuye, como de una aureola espi- 
ritual, tu hermosa y despejada frente. 

— ¡Por Dios, Franz, por DiosI Acaba de una vez — suplicóla al- 
deana, quien de nuevo comenzaba á ruborizarse, escuchando los elo- 
gios tributados por Franz tan oportunamente á su persona. 

— Pero ¿de qué quieres que te hable, sino de nuestro amor 7 de tu 
hermosura? 

— Ya te lo he dicho. ¿No sabes cuan devota soy de la Naturaleza? 



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LEYENDAS SUIZAS 225 

— Yo también. 

— Pues entonces, ningún esfuerzo necesitas hacer. Compláceme- 
complaciéndote. Habla de ese gran Todo á quien debemos la vida. 

— ¿Y crees que cediendo á tus instancias, atendiendo á tus rue- 
gos, hablándote de la Naturaleza, encaminaría por otros derroteros la 
conversación? ' 

—¿Y por qué nó? 

—¡Oh! |Cuán equivocada estás, Catalina! La Naturaleza es el sis- 
tema de leyes establecidas por Dios para la existencia de las cosas y 
la sucesión de los seres; y así, hablando de la Naturaleza, resulta 
que hablo también del amor. 

— Pues te aseguro que no comprendo la analogía que existe entre 
una y otra cosa. 

— Escucha y me comprenderás. 

— Ya estoy atenta. 

— Al asomar su faz dorada el sol por el balcón de Oriente, que di- 
ría un poeta, en esplendorosa mañana del mes de Abril, cuando las 
lilas comienzan á abrir sus botones pintados en violáceos matices y 
henchidos de suaves aromas; en esa época propicia á la ñorescencia 
de los vegetales y al retorno y vuelta de los pájaros emigrantes; 
cuando las praderas se muestran alfombradas con tapices que aven- 
tajan en colores á los renombrados de la Persia, y el aura, llena de 
esencias, suspira, queda en el bosque, cuyos árboles, en sus suaves 
movimientos, parecen saludarse entre sí, y aun saludar en conjunto 
la risueña primavera; en esa época, digo, de amores y de cánticos, de 
colores y de brisas, ¿no has visto nunca, mi adorada Catalina, el rui- 
señor amante desmayarse de amor y de cansancio, y aun morir de 
celos y de envidia por no haber podido vencer con su voz angélica y 
cou la melodia de sus notas á un rival más afortunado que él? 

— jOh! ¡Sí, lo he visto muchas veces! 

— ¿Y has visto el pinzón con sus alas negras, ribeteadas de blan- 
co, buscando á su compañera, á la cual, para atraerla, canta hasta 
despepitarse su himno erótico, morir atacado de una invencible apo- 
plegía pulmonar? 

—Sí, sí. 

— Y allá, por los tejados de nuestras casas en la aldea, ¿no has 

contemplado alguna vez compañías enteras de gorriones, que con su 

extraño chacharrear, en su lengua poco armoniosa, dando brincos y 

saltos al borde de los abismos, parecía como que comunicaban 4- 

TOMO cv 15 



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226 REVISTA DE ESPAÑA 

sus compañeras los pensamientos del más inefable y espiritual de los 
amores? 

— Verdad, yerdad. 

— Y todo esto, ¿no significa nada? 

— Sí; todo esto significa cómo la dulce temperatura primaveral, 
del mismo modo que hincha las yemas en los árboles, revive las si- 
mientes en los surcos, y hace brotar y abrir en los brotes y en los ta- 
llos Jas fiorecillas, enciende la sangre en las venas de los pájaros v 
resucita en sus larvas á los insectos. 

— ¿Y nada mas? 

— Nada más, que yo alcance á comprender. 

— Pues te equivocas, Catalina; te equivocas de todo en todo. 

— ¿Me equivoco? Explícate. 

— Estos ejemplos muestran la universalidad del amor y su incon- 
trastable poder. 

— ¿Del amor? 

— Sí; del amor, que es la más ardiente de las pasiones humanas^ 
el motor de los motores, la alegría de las alegrías; del amor, que es 
el principio de la existencia, como la fe es el principio del alma. Por 
eso no hay, no puede haber una palabra tan mágica, tan sublime, tan 
majestuosa como la palabra amor. Á la emoción que nos causa el eco 
de esta melodiosa frase, fuerte sacudimiento extremece nuestra alma, 
tierna inspiración fecunda nuestra mente é inconcebible valor recaba 
nuestra voluntad: que el amor es la pasión más fuerte que sienten 
todos los seres en el universo; es la estrella más fúlgida de todo cielo, 
es el astro más espléndido de todo horizonte. Y desde los seculares 
árboles hasta las diminutas ñores, que aman sin celos y sin rencor 
alguno en el lento perfume de sus corolas y en los varios matices de 
sus colores; desde el infusorio que contiene la gota de agua hasta el 
átomo que vaga por el espacio; desde el reptil que se arrastra sobre 
la tierra hasta el ave que hiende los aires; desde el salvaje indígena 
hasta el hombre civilizado, todos aman sobre la faz del mundo; pues 
lo mismo en la profundidad de los mares que en la inmensidad de lo» 
cielos, lo mismo en los áridos campos que en las agrestes selvas, lo 
mismo en los montes que en los valles, en cada grieta de roca, en 
cada alfombra de algas, en cada mata de yerba, entre las embraveci- 
das olas del Ocóano y en las tinieblas de las cavernas, así los seres 
orgánicos como los inorgánicos, todos, á todas horas y en todos lo» 
ámbitos del mundo, se aman con ardiente é inextinguible amor. 



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LEYENDAS SUIZAS 227 

A este punto de la conversación llegaban los amantes de nuestra 
leyenda, cuando Catalina, exhausta de fuerzas por lo largo y penoso 
del paseo, indicó á su amado la conveniencia de pararse un momento 
en busca de reposo á la orilla del río sobre peñasco saliente, á cuyos 
pies formaban las aguas amplio remanso, de superficie, al parecer 
tranquila y sosegada, mas en realidad siniestro abismo capaz de 
tragarse y hundir en su fondo, y entre sus remolinos, toda una embar- 
cación. Accedió gustoso á las súplicas de la aldeana Franz, y de 
nuevo reanudaron con más ardor aún, si cabe, el interrumpido colo- 
quio. Al borde mismo del precipicio alzaba sus tallos frescos y abría 
ai viento sus flores azules una de esas matas por el vulgo, allá en 
Suiza, distinguidas con el nombre poético de yerla de las perlas, y por 
nuestro vulgo, aquí en España, con el npmbre prosaico, y hasta, si 
se quiere, repugnante de oreja de ratón, pero muy apropiado, en mo- 
tivo á que sus hojas parecen cortadas á la medida y modelo de las 
puntilargas orejas de estos asquerosos roedores, y cuyo verdadero 
nombre, como el lector habrá adivinado, es el de miosótiáe. Las flores 
expresan el sentimiento de la Naturaleza; y las mujeres, de suyo 
sensibles, aman las flores con apasionamiento rayano casi en locura. 
Lo cierto es que Catalina, á la vista de aquella mata, cuya profusión 
de floree hacinadas componían fragante ramillete vivo, quedó des- 
lumbrada, y, no pudiendo contener en su pecho el entusiasmo sen^ 
tido por su corazón, exclamó: 

— ¡oh! ¡Mira, Franz, cuan lozana se yergue junto á las aguas y 
cerca de nosotros esa hermosa mata, en su álgido período de florescen- 
cia, semejante á oloroso incensario ofrecido por la Naturaleza á su 
Creador! 

— ¡De veras que se muestra hermosa! — dijo Franz, apartando un 
punto los ojos de su amada para fijarlos en el sitio donde brotaba el 
prodigioso vejetal. 

—¡Como que el azul de sus corolas compite en pureza con el azul 
del cielo — añadió Catalina. 

— ¿Te placería ornar la frente con una guirnalda compuesta de tan 
maravillosas flores? — preguntó el enamorado mancebo. 

— ¡Oh! me placería mucho; mas es difícil empresa arrrancarlas de 
sus brotes, hallándose, como se halla, enclavado su tronco en lo más 
áspero de la roca y á la rasante del agua. 

— jDifícil! No lo creas. El amor salva todos los obstáculos, por in« 
superables que parezcan. 



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228 REVISTA DE ESPAÑA 

— Sí; pero temo... 

— Nada temas, vida mía; nada temas — dijo Franz, encamináHdose 
al borde siniestro del precipicio. — Donde las águilas caudales con sus 
amplísimas alas no pudieran subir, y los peces con sus fuertes nada- 
deras no pudieran bajar, allí ascendería y descendería yo gustoso 
por satisfacer el más fútil de tus caprichos, siempre que tales arries- 
gos resultasen pruebas tangibles de amor y de fidelidad. 

— No, Franz, ¡por Dios!, no te apartes de mi lado. Ya que tan en- 
cantadoras se muestran á mis ojos esas florecillas, déjalas en paz dis- 
frutar su existencia vejetativa, y desde hoy sea el azul purísimo de 
sus diminutas corolas símbolo eterno y testigo mudo de nuestros 
amores; viniendo por esta esplendorosa estación de estío todos los 
años á esplayar las nuestras mutuas almas á su vista y en su presen- 
cia, cual la golondrina todos los años, desde las apartadas regiones 
donde inverna, dirige su vuelo al tejado bajo cuyos aleros colgara su 
artístico nido, á repetir sus dulces cánticos de amor y de alegría. No 
quieras, no, trocar mi afecto hacia ellas en horrible repulsión. 

— Simbolizarán nuestros amores, yo te lo aseguro — dijo Franz, 
precipitándose en la roca, á causa del rocío un tanto resbaladiza, dis- 
puesto á tronchar las flores y ofrecerlas á su amada. 

Tamaño arriesgo pedía por fuerza trágico y terrible desenlace. Y 
lo tuvo seguidamente. La temeridad de Franz llevóle sin vacilacio- 
nes por el peñasco hasta la orilla misma del agua; su destreza le pro- 
curó los brotes más floridos de la apetecida mata; un pie puesto en 
vago al intentar volver triunfante en busca de su amada, le hizo per- 
der el equilibrio; violenta sacudida de su cuerpo en el aire lo hundió 
en el fondo del río; los peñascos y las guijas de su lecho lo hirieron y 
lo ensangrentaron, y en su agonía, ya próximo á la asfixia, sólo tuvo 
tiempo de arojar á la orilla las flores del miosóíide, gritando con voz 
angustiosa: «¡no me olvides!^) Después, el siniestro remolino que 
abría sus fauces en el centro del remanso se tragó su cuerpo, aún 
palpitante y vivo, para devolverlo á la superficie azul del río inánime 
y muerto. La pobre Catalina, presa de terible síncope desde el prin- 
cipio de esta espantosa escena, no pudo acorrer y salvar á su amante. 
Largas horas permaneció sobre la verde alfombra, tendida, y más le 
valiera á la infeliz no haber despertado en una eternidad, pues de 
alegre y juiciosa joven que era, tornóse desde aquel día en triste y 
rematada loca. 

Pero las leyendas populares de Suiza, no sólo enseñan el amor 



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LEYENDAS SUIZAS 229 

tranqnüo y sosegado correspondiente á la vida pastoril, la repug- 
nancia á todos los vicios y el culto á todas las virtudes, el amor in- 
tensísimo, capaz del sacrificio y del martirio, como hemos demostra- 
do anteriormente; enseñan también el culto rayano en fanatismo pro- 
fesado en su ignorancia de las cosas por las sociedades primitivas, 
quienes en cada suceso extraordinario, sin ciencia que explicase su 
causa y definiese su procedencia, veían la mano de Dios, como si la 
Naturaleza no tuviese códigos inmutables y eternos, por Dios mismo 
dictados para la existencia de las cosas y la sucesión de los seres. 

Consideremos, pues, bajo este nuevo aspecto, lo que son y lo que 
significan las leyendas populares suizas. 

Corre por el mundo científico, con visos de indudable certeza, la 
especie geológica que asegura haber formado parte integrante del 
Océano, en tiempos remotos, la blonda y verde y húmeda región hel- 
vética. A este propósito, refieren escritores de gran nota cómo las ci- 
mas de los montes que las nieves perpetuas cubren hoy con sus fríos 
y albos ropajes, no eran otra cosa que diminutos promontorios de 
islas desiertas, continuamente azotadas por las olas impetuosas de 
un mar turbulento, á cuyo natural ímpetu se juntaba el terrible es- 
truendo propio de las tormentas, de los terremotos, de los derrumbos 
y desquicios en aquella época de revoluciones geológicas, tan nece- 
sarias á la formación de nuestro planeta. Aún conservan — dice Mar- 
mier — vestigios del agua que por largo tiempo las inundaron, multi- 
tud de encumbradas y salientes rocas. Pero la prueba que en verdad 
testifica afirmaciones de tan desmedida importancia para el estudio 
de las ciencias geológicas, quienes la presentan son, Justi por un 
lado, y por otro lado Wagner, pues asegura este último haberse des- 
cubierto por las cimas del Oberland, petrificados, el armazón de un 
barco, sus mástiles, sus áncoras y los huesos de cuarenta esqueletos, 
pertenecientes, sin duda, á otros tantos marineros ó tripulantes de 
tal embarcación deshecha. Lo cierto es que, ora al influjo de subte- 
rráneas corrientes, cuyo aire comprimido sacude y hace extremecer 
la tierra, agrietada y subvertida á las trepidaciones violentas de los 
terremotos; ora — y es lo más natural en aquella región, cuyas monta- 
ñas, en su desmedida altitud, comprenden por igual las zonas cálidas 
y las zonas glaciales — al influjo aselador de los témpanos de hielo que 
descienden siniestros de los Alpes, arrastrando con sigo rocas inmen- 
sas de granito sobre las humildes cabanas, sobre las pintorescas quin- 
tas, sobre el valle tranquilo, sembrado de jardines y de huertas, y 



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280 REVISTA DE ESPAÑA 

frecuentemente sobre pueblos enteros, donde la vida, en todas sus 
manifestaciones, se halla en su apogeo y florescencia; lo cierto es 
<l\xe el aspecto físico de Suiza se altera y desfigura de tiempo en 
tiempo. 

Para apreciar con exactitud las consecuencias funestas de tales 
catástrofes, no hay más que volver los ojos á nuestras provincias del 
Mediodía, donde aún los escombros empolvados, los cadáveres sepul- 
tos bajo las ruinas, el dolor y la miseria de los sobrevivientes, las 
sacudidas sin interrupción experimentadas por aquel suelo desasose- 
gado é inquieto, aterran los ánimos é infunden gran temor hasta en 
los pechos más valerosos. Causa profunda pena, en verdad, leer, por 
estos días de luto para nuestra patria, las reseñas que dirigen á sus 
respectivos periódicos los corresponsales de provincia, referentes á 
las catástrofes ocasionadas por los terremotos en aquella hermosa re- 
gión mediterránea. Poblaciones de grande importancia han desapa- 
recido, como fugaces aereolitos en noche serena, del mapa europeo. 
Infinidad de casas solariegas, bajo cuyos techos se cobijaba antes la 
perseverancia en las faenas agrícolas, la castidad en las co.«?itumbres, 
así públicas como privadas, el ingenio intuitivo, propio de las inteli- 
gencias vírgenes, la paz más perfecta al lado de la alegría más rego- 
cijante; la familia del honrado campesino, en ñn, cuyos individuos 
reúnen estas y otras muchas relevantes prendas morales, hánse tro- 
cado ¡horror! en inmensos montones de ruinas. Monumentos de gran- 
de antigüedad, verdaderos emporios de riquezas artísticas, deslum- 
bradores por su belleza plástica, modelos acabados de arquitectura 
árabe, testigos mudos de dramáticos sucesos, escenarios esplenden- 
tes de hechos memorables é históricos, vestigios inánimes del genio 
africano y símbolos vivos del español denuedo, que alcanzó, para glo- 
ria de su nombre y lustre de su raza, tras larga y porfiada guerra, 
conquistarlos al árabe irruptor, hánse tristemente desmoronado y de- 
rruido al fustigazo terrible de las subterráneas corrientes. Ríos de 
superficie tan azul como aquel cielo privilegiado sin manchas, en 
cuya clara linfa mitigaba su sed ardiente la serrana andaluza, han 
variado su curso, subvirtiendo el cauce natural por donde largos años 
corrieran tranquilos, como si en vez de líquidas corrientes desatadas 
por la superficie terrena, de cuyo alimento se nutren las plantas y en 
cuyo cristal se reproducen y multiplican á las reverberaciones de la 
luz los paisajes, fuesen estériles y movedizos arenales sitos en el cen- 
tro de las africanas zonas. Nada ha respetado en aquella verdadera 



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LEYENDAS SUIZAS 281. 

-tierra de promisión el implacable terremoto. Las estadísticas última- 
mente compuestas hacen subir los muertos á centenares, los heridos 
á miles, los despojados de hacienda y hogar á cifras enormes, pues 
las catástrofes geológicas, más todavía que las guerras sociales, como 
obran á impulsos de la fuerza ciega, ensáñanse por igual en todos 
cuantos habitan las comarcas presas de tan temible y funesta revo- 
lución. 

Y, sin embargo, nosotros aún podemos con razón apellidarnos los 
niños mimados de la fortuna. Siniestros tan espantosos como los que 
ahora asuelan la tierra andaluza, experiméntanlos casi á diario los hi- 
jos de Suiza: descendientes de los alóbregos, moradores de valles es- 
trechos, que los rios formados por la destilación de las nieves alpinas 
riegan, ó moradores de las enriscadas cumbres, que los hielos eternos 
-coronan; agricultores asiduos aquí, entregados á las rudas faenas del 
campo, á cuyo cultivo consagran su vida entera; pastores errantes 
allá, dispuestos á esgrimir con igual destreza la onda de cáñamo, 
conductora de la certera piedra, contra cualquier vaca descarriada y 
rebelde, que á manejar el formón del ebanista, con cuyo fino ^orte 
tallan diestros, en madera, flores, figuras y hasta paisajes, obras to- 
das de indiscutible mérito; mecánicos acullá, capaces de construirla 
más complicada y más perfecta de las maquinarias en el arte difícil 
de la relojería; en todas partes económ icos, pero no tacaños; vividores, 
en el buen sentido de la palabra, afables hasta rayar en tiernos y ca- 
riñosos; bienhadados y felices en su pintoresca patria, por cuyos hori- 
zontes asombrados rara vez se columbra en el cénit esplendoroso el 
astro del día; mas por cuyas esferas políticas, merced á sus institucio- 
nes democráticas y republicanas, aparece radiante de luz el sol de la 
libertad, sin sombras y sin eclipses; dueños de feraces campiñas, de 
lagos hermosos, de selvas frondosas, de los Alpes, en fin, que son 
como los pechos ubérrimos de donde se amamantan los principales 
ríos de Europa; pero también ¡ay! los ventisqueros funerarios de 
donde bajan siniestros aludes, destinados en su ímpetu incontrasta- 
ble, á destruir cuanto hallan al paso y á asolar en sus desmedidas 
proporciones, cuanto cae bajo su inmensa pesadumbre. Y como si esto 
tiün fuera poco, cuando más descuidados se hallan, cúbrese el cielo 
<le albos matices, desencadénase viento fortísimo en la atmósfera, cae 
de lo alto en copos, que parecen por lo grandes blancas palomas, la 
nieve, surge espantosa con sus remolinos infernales la ventisca, y 
como por ensalmo, como por influjo sobrenatural, se truecan triste* 



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282 REVISTA DE ESPAÑA 

mente los más feraces y pintorescos sitios, en fríos 6 informes desier- 
tos de nieve. 

Así se explican las trasformaciones frecuentes sufridas en su as- 
pecto físico por Suiza, trasformaciones que, si subvierten los terre- 
nos, jamás desfiguran la fisonomía particular de sus hermosos paisa- 
jes. De estos cambios súbitos que ha» experimentado Suiza, existen 
infinitas y fidedignas pruebas. Allá, en el cantón de Valais, y por las 
cimas de alto monte, rodeado de precipicios, sin rastro de camina 
conducente á parte alguna, hánse hallado los estribos de un puente 
de piedra. Por el cantón de Lucerna, y en sitio inhabitable por su 
temperatura glacial, hánse descubierto restos de un caserío y de un 
molino. Cerca de Faulhorus, en largo trecho cubierto hoy por la nie- 
ve, asegúrase que en otro tiempo estuvo enclavada hermosa y ñore- 
ciente villa por cuyos contornos crecían grandes y corpulentos árbo- 
les. Haller cuenta, cómo en su juventud ha visto, exuberantes de 
vegetación, montañas que más tarde se han cubierto de nieves eter- 
nas. No acabaríamos nunca, si hubiéramos de citar cuantos ejemplos 
á este propósito tenemos á la vista. Una tradición antigua, dice el 
ilustre autor del Viaje pt7itoresco por Alemania, asegura haberse ele- 
vado otras veces ciudad considerable bajo todos aspectos sobre el 
Matterhon, al Oeste del monte Rosa. Cierto día, Ahasverus, quien 
pasara por esta villa en uno de sus viajes de judío errante, dijo, con 
grande sorpresa de cuantos se hallaban en torno suyo: «Cuando yo 
vuelva aquí por segunda vez, no habrá ni casas, ni calles; y sólo que- 
darán en pie los árboles más robustos; y sólo se alzarán, cual tú- 
mulos funerarios, grandes montones de empolvadas ruinas; cuando 
vuelva la tercera vez, ¡oh! entonces, toda la montaña estará cubierta 
de nieves y do hielos.» El judío errante tornó tres veces, en efecto^ 
sostiene la tradición popular, á la cima del Matterhon, y el pronóstico 
terrible se había cumplido con implacable exactitud. El suelo fecun- 
dante, el suelo cubierto de fresca verdura y animado por activa po- 
blación, habíase tornado en frío y estéril ventisquero, donde la nieve 
se amontonaba con la profusión que en el desierto las arenas. A la 
consideración de tales cambios súbitos de la fisonomía terrestre, el 
vulgo forjó infinidad de leyendas inverosímiles de toda inverosimili- 
tud cuyo relato repiten hoy todavía en sus horas de holganza lo» 
campesinos helvéticos. Como si estos fenómenos, cuyas causas son al 
presente de todos conocidas, obedecieran á sobrenaturales y divino» 
mandatos de un Dios implacable y cruel, los helvéticos, en sus le>- 



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LEYENDAS SUIZAS 283 

yendas, atríbúyehlos á cruentos castigos del cielo, airado Contra los 
míseros mortales. Seguramente, la leyenda bíblica del diluvio no se 
basa en fundamentos más sólidos: que tanto, puede la fantasía de los 
pueblos, cuando la superstición paraliza el curso de las ideas en su 
mente y el fanatismo cierra las puertas de su inteligencia á la razón 
serena y á la verdad científica. Pero escuchad, si os place, una de 
tales leyendas. 

Era una de esas noches crudísimas de invierno, durante cuyas 
largas horas el destino parece como que pone á prueba la virtud del 
mendigo sujeto á sufrir todas las miserias del mundo, desde la des- 
preciativa ó indiferente mirada del opulento, asaz sobrado de bienes 
materiales con que atender, no ya al sustento de cada día, sino á Jos 
vicios engendrados por su ociosidad, hasta el furor de la Naturaleza, 
impasible siempre, sañuda y cruel por esta época de los fríos; y allá, 
en el interior de rústica y desvencijada choza, aterido el cuerpo, he- 
lada casi la sangre en las venas, contraídos y sin movimiento los 
nervios, medio muerta de hambre, hallábase, más que tendida, acu- 
rrucada sobre mezquino puñado de pajas, cierta mujer, en quien se 
cebaban despiadadamente á una, cual si de infernal competencia se 
tratase, las plagas más horribles del mundo físico y los dolores más 
intensos del mundo moral. Pobre de condición, hermosísima en su 
edad florida, dulce en su trato cual verdadera helvética, sustentando 
sobre su frente, como un nimbo de luz, la candidez de su alma limpia 
de pecado, aquella mujer decrépita, huesosa, estenuada, falto de color 
el semblante ahora y de ánimo la voluntad, había sido en otro tiempo, 
como buena hija, el báculo en la vejez de sus padres, como amante 
esposa, el ángel custodio del hogar doméstico. Pero algo que no debe 
ser fatal, pues de serlo no existiría la responsabilidad en los actos 
individuales; algo misterioso, y por misterioso fuera del alcance de la 
inteligencia humana, la cual no ha llegado todavía á descubrir las 
leyes psicológicas que rigen el destino moral de los seres, como ha 
descubierto las leyes físicas que rigen el destino material de las co- 
sas; algo grande, algo superior, algo sobrenatural y divino, si que- 
réis llamarlo así, el hado mismo, redájola á los pocos años de matri- 
monio á la viudez, y con la viudez á la más espantosa miseria. 

Un hijo el cielo, propicio esta vez con ella, lególe como prenda 
del amor profesado en vida á su esposo amante, y en tan hermosísimo 
retoño cifró la in(eliz toda su esperanza. Ahora que la primavera ha 
ceñido á su cabeza la áurea diadema compuesta por los rayos del sol, 



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284 REVISTA DE ESPAÑA 

á cuyos besos ardientes no saben oponer resistencia ni los hielos de 
las cumbres, ni las corolas de las flores, rodando mal de su gusto las 
unas en hilos de agua semejantes á monstruosos rosarios de perlas, 
de la montaña al valle, y abriendo las otras al aire, para perfumarlo 
de aromas dalces, sobre sus tallos garbosos los broches virginales, 
parecidos á vividas y animadas estrellas, y de colgar á sus hombros 
el manto de mil colores que le han tejido á porfía, desde los insectos 
recién revividos en sus larvas, hasta los pájaros recién vueltos de sus 
emigraciones, desde la violeta oculta en sus propias hojas, hasta la 
rosa, apenas abierta cuando ya trocada en oloroso incensario,* ahora, 
mejor que en ninguna otra ocasión, habréis visto frenéticas de amor 
posarse las aves sobre las ramas cubiertas de hojas, volar nerviosísi- 
mas de un lado para otro en busca de materiales propios ála fabrica- 
ción de sus nidos, permanecer sosegadas horas y horas en el fondo de 
<»sa especie de canastillos flotantes donde se contienen los huevos vi- 
vidos y empollados al influjo del maternal calor, cuidar solícitas, más 
tarde, de los hijuelos recién venidos al mundo, afanarse vehementes 
en la educación propia de su especie inferior; pues con mayor solici- 
tud aún, si cabe, atendía aquella madre modelo al cuidado de su hijo 
único. Ella velaba infatigable junto ála cuna donde yaciera dormido, 
con el sueño dulce de la inocencia, aquel pedazo de sus entrañas, cu- 
yos gritos de dolor en casos de enfermedad, frecuentes en los niños, 
partíanle el pecho en mil pedazos y le llenaban el alma de tristeza y 
de angustia, y cuyas sonrisas placenteras pagaba con besos tiemísi- 
mos, capaces por su efusión de dar aliento y vida á las frías é inertes 
piedras; ella había inculcado en la mente del niño las ideas santas 
del Cristianismo, y puesto en sus labios las oraciones y las plegarias 
del creyente; ella había dirigido, una vez entrado en la edad florida, 
al mancebo incauto por la senda de la virtud y separádole en su ca- 
mino las espinas y los abrojos diseminados por do quier; ella había 
vertido con sus sabios consejos gotas de bálsamo dulcificante en las 
heridas abiertas por el amor infiel ó por la calculada amistad; ella 
había sido, al par que madre amantísima, su maestro de instrucción, 
«u médico de cabecera, su director espiritual, su padre, su amigo, su 
confidente, cuanto necesitaba el cuidado y la educación de un pobre 
huérfano sin liingun amparo y sin otra égida que la providencia de 
Dios. 

Pero ¡ay, que el mundo resulta como vasto campo donde la ca- 
lumnia crece, los vicios medran, la venganza se propaga, la traición 



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LEYENDAS SUIZAS 285 

germina, la apostasía fructifica, los zarzales y las cizañas encuentran 
terreno apropiado á su nacimiento y desarrollo, y en donde las virtu- 
des mueren abogadas como las matas de trigo por su vegetal contra- 
rio! ¡Oh! Es una verdad tristísima, pero es una evidente verdad. La 
gratitud es planta que apenas crece por este nuestro deleznable y 
mezquino mundo. Aquella santa mujer, tras tantos y tan inmensos 
sacrificios, iba á morir de hambre, ¡horror! mientras su hijo ingrato 
dispendiaba en báquicos y sensuales festines el oro á torrentes. Pero 
no adelantemos el curso de los acontecimientos. 

Los primeros años de viudez habían corrido para ella llenos de pri- 
vaciones. Penosas faenas procurábanle el alimento necesario á la 
existencia de su hijo y á su propia existencia. Ejemplo vivo de re- 
signación aquella mujer extraordinaria, jamás había maldecido de 
su adversa suerte; antes, al contrario, al apuntar el alba, lo mismo 
que al declinar la tarde, por esos minutos de misterio y de ora- 
ción en los pueblos cristianos, dirigiendo los ojos al cielo rezaba y 
rozaba como una santa por el bien de sus semejantes, sin acordarse 
para cosa ninguna de su miseria y de su pobreza. Parecía imposible 
que aquella situación extrema pudiese, de la noche á la mañana, sú- 
bitamente cambiar de aspecto. El ciego de nacimiento, por soñador 
<|ue sea, y lo es mucho, dada la imposibilidad material de verlos ob- 
jetos con los colores brillantes y las formas caprichosas que revisten 
por el mundo de la luz, no acierta á creer en otra existencia que no 
sea la terrible existencia de las sombras perpetuas. Llega el malvado 
á compenetrarse de tal suerte con el crimen, que la virtud le parece 
una verdadera hipocresía. Y el pobre, de tal suerte llega también á 
compenetrarse con la miseria, que la fortuna le parece un sueño. Así 
aconteció á aquella triste y desheredada familia. Una mañana, aper- 
cibiendo el huérfano de nuestro cuento las herramientas propias á sus 
faenas agrícolas se hallaba, cuando acertó á pararse junto á la puerta 
de la humilde choza, caballero en soberbio corcel, gentilísimo paje, 
al servicio, según rezaban vestimenta y blasones á un tiempo, de po- 
deroso conde feudal. No pudo evitar un movimiento de asombre el 
campesino á la súbita aparición del extranjero, y á su vez el paje no 
pudo evitar tampoco igual movimiento é impresión cuando, pregun- 
tando por el caballero Martín, respondió balbuciente el huérfano: 
— Yo soy. 

— ¡Vos!— exclamó el paje. 
— ¡Si'lo dudáis!... 



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286 REVISTA DE ESPAÑA 

— Tanto como dudarlo, nó. 

— Entonces... 

— Mas deseo cumplir á conciencia la misión que á estos lugares 
me trae. 

— ¿Y consiste? 

— En hacer entrega de este pliego al caballero Martin. 

— Pues no vaciléis. 

— No vacilo. Tomad, y que el cielo os guarde. 

— ¿Tiene respuesta? — dijo el huérfano, á quien desde este mo- 
mento designaremos con su nombre propio. 

— Ninguna espero. 

T, en efecto, tras estas palabras, caballo y paje perdiéronse de 
vista, á lo largo del camino, entre las nubes de polvo. Martín, con los 
ojos puestos fijamente en el pergamino, leía y releía y volvía á leer, 
como si en idioma extranjero ó con caracteres inintiligibles estuviera 
escrito su contenido. Con frecuencia se pasaba la mano por los ojos, 
cual si pretendiera, de sus pupilas, separar algo que no le dejaba ver 
claramente. Ya cobraba su rostro el color de la cera, ya el de las 
amapolas, ora se extremecía de placer, ora caía en terrible abati- 
miento; intentó dar voces, y no pudo; quiso correr en busca de su naa- 
dre, y al primer paso rodó por el suelo, presa de terrible convulsión. 
¿Qué extraño enigma había descubierto á la lectura de aquella miste- 
riosa carta? Vamos á reproducir su contenido, para evitar el relato de 
una nueva, y aunque interesante, larguísima historia, si encade- 
nada como por férre» eslabón á la que venimos refiriendo, innecesa- 
ria á nuestro fin y objeto ahora. Decía de esta suerte la misiva, causa 
de violentas emociones para el huérfano: 

«Al caballero Martín: 

»Tra8 una vida llena de crímenes, bajo á la tumba con la concien- 
ciencia asombrada de remordimientos. Como señor feudal, he sido 
para mis vasallos un déspota; como heredero de noble familia, la des- 
honra de mis progenitores; como hermano de mis semejantes, un ver- 
dadero Caín. Más que conquistador de villas, he sido salteador de 
caminos; más que guerrero implacable, tigre selvático; más que hu- 
mana criatura, monstruo del averno. Mi nombre ha de despertar por 
fuerza, como el nombre de Nerón, terribles odios entre las generacio- 
nes presentes y las generaciones por venir. No espero, no, compasión 
de quienes fui verdugo, ni aguardo respeto de quienes me burlé^ 



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LEYENDAS SUIZAS 287 

ni pido lágrimas al mundo que, por mis crueldades, las vertió á 
torrentes sobre la tierra, empapada en su propia sangre. Sobre mi 
cabeza, trastornada de puro débil, veo cernerse en este minuto de 
suprema angustia dos ángeles contrarios entre si: el ángel de la 
luz y el ángel de las tinieblas. El uno me incita al arrepentimiento 
y contrición de mis pecados; el otro, á la perseverancia en el mal, 
aun á la hora de la muerte. ¿A quién de los dos me acojo? Esta 
confesión general lo dice. A vuestro padre usurpé, Martín, su de- 
recho á heredar, un feudo, tan vasto como un reino. Él era hijo le- 
gítimo del Conde Manfredo, mientras yo tan sólo era miserable va- 
sallo, tras bien tramado ardid puesto á ocupar la cuna del Tcrda- 
dcro infante. Ahora, por primera vez en mi vida, revelo este secreto, 
que á mi madre le costó su existencia, pues yo mismo, ¡horrorizáosl 
di muerte á quien me dio el ser. Acudid á tomar posesión de vuestra 
herencia, que, aunque tarde, vuelvo arrepentido los ojos á Dios, en 
quien creo y á quien imploro misericordia. Ahora, que venga la 
muerte. Ni me espanta ni la temo, cuando, descargada la conciencia 
y el corazón henchido de dulces esperanzas, se aparece ante los ojos 
interiores del ser, con sus misterios, como esa parte del día que lla- 
mamos noche, á merced de cuyas sombras divisamos infinidad de es- 
trellas ocultas por los replandores del sol. iOh!, sí, Martín, creedlo; á 
favor de las sombras de la muerte debe entreverse, como á favor de 
lus sombras nocturnas los astros, un mundo espiritual desconocido. 
Pronto lo sabré. Me ahoga la pena. Adiós para siempre. 

»M Conde Manfredo.^ 



No duró mucho tiempo, merced á los cuidados de la madre aman- 
tísiraa, quien acudió prontamente en su auxilio, el ataque apoplético 
de que había sido víctima el caballero Martín á la lectura de la an- 
terior epístola. Serenado su espíritu por la reflexión,* vuelta la calma 
á su ánimo por el encauce y acomodamiento en su mente de las ideas; 
gozoso y satisfecho de la fortuna, esta vez presentada ante él, no con 
sus peculiares formas etéreas, sino material y tangiblemente, se ocu- 
pó en primer término de los preparativos necesarios al viaje. Hasta 
entonces, siempre había obrado de acuerdo y en concierto con su ma- 
dre; de hoy más, había de obrar por cuenta propia. Decidió, pues, que 
la pobre anciana permaneciese en el valle y habitara en la choza hasta 



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288 REVISTA DE ESPAÑA 

el día fausto de su ingreso en el vasto condado y de la toma posesio- 
nal de la herencia. Acostumbrada aquella infeliz mujer á todo género 
de contrariedades, ninguna resistencia opuso, deplorando tan sólo la 
soledad espantosa en que quedaría sumida con la marcha de su hijo. 
Pero aun este escrúpulo no duró en su memoria más de lo que duran 
los circulillos formados en el agua por la piedra arrojada á la super- 
ficie, ó lo que dura la mancha del aliento en el cristal. Ya todo dis- 
puesto, el Caballero Martín abandonó la miserable choza, dirigiéndo- 
se, tras tierna despedida de su madre, al soberbio castillo donde le 
aguardaban, anhelosos de conocer al nuevo conde, todos sus vasallos. 

Instalado que se hubo Martín en su palacio, y dueño ya de la in- 
esperada herencia, mandó celebrar grandes festivales por todas las 
aldeas pertenecientes al poderoso condado, en conmemoración á su 
ingreso en él, tras largos años de ausencia, del verdadero y legítimo 
señor. Su infeliz madre, en tanto, aguardaba el retorno al hogar pa- 
terno de su idolatrado hijo, quien ni parecía por ninguna parte, ni 
daba de sí la menor señal de vida. Imposible decir toda la intensidad 
que cobró la pena en el pecho amantísimo de aquella madre abaudo- 
noda. Á las lágrimas y el dolor por la ausencia de su hijo, sucedieron 
la duda y el desengaño, esas lentas, pero conminadoras enfermedades, 
morales que destruyen los humanos organismos y taladran los cora- 
zones sensibles con la facilidad que la carcoma corroe y taladra á sa 
vez los añejos troncos. Aconteció entonces lo que no podía menos de 
acontecer. Falto de fuerzas el cuerpo por las continuas vigilias, y 
falta la voluntad de ánimos por la intensidad de los pesares, la pobre 
madre, en quien se juntaron á un tiempo el denuedo y la constancia 
para vencer al destino implacable y para huir á la miseria, por ho- 
rrible que se mostrara á sus ojos, cayó ahora en completo abatimien- 
to. Ya no discarría su imaginación el modo de procurarse cotidiana- 
mente nn pedazo de pan que ofrecer al hijo de sus entrañas, y por 
ende ya todo estímulo al combate de la vida se habia en su ser evapo- 
rado y perdido. Así vino sobre ella á los pocos meses de separación, 
y cuando agotados los últimos restos de sus ahorros fueron, como nube 
de langosta sobre fértil sembrado, la más horrible de las calamidades, 
la espantosa miseria. Tal era la situación á que se hallaba reducida 
la infeliz mujer cuando los comienzos de este relato tradicional, la 
hemos visto, tendida por los suelos, en el interior de su triste y oscura 
cabana. 

Se alzaba á los espacios, majestuosísimo é imponente, perlas lade- 



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LEYENDAS SUIZAS 289 

ras del Blumisalp, el castillo del conde Manfredo, habitado á la sazón 
por el Caballero Martín, y se erguía de igual suerte, en la cuenca for- 
mada por este y otros hermosos montes, la miserable vivienda bajo 
cuya techumbre ruinosa se guarecía la desamparada viuda. EJn vano, 
á pesar de la corta distancia que separaba á la madre del hijo, pudo 
aquélla averiguar el paradero y residencia de éste, por grande espacio 
de tiempo. Una tarde, como saliera acosada por el hambre en busca 
de alimento, llegó á sus oídos, con grande extrañeza, la fausta nueva. 
Nunca como entonces debió comprender aquella madre infeliz la in- 
gratitud y el desamor de su hijo, cuando ni la brevedad de la distan- 
cia que separaba á entrambos, ni lo triste de la situación en que la 
dejara á su partida, le movieron, ya que no por cariño, por lástima, 
á acorrerla en su desgracia y á consolarla en sus aflicciones. Y así lo 
comprendió, en efecto, pero de una manera vaga, como si lejos de ser 
la realidad lo que se presentaba con taa sombríos colores ante sus 
ojos, fuese un horrible, pero pasajero ensueño, sin vida efectiva y sin 
fundamento ninguno. A todo creía obediente el silencio de su hijo 
menos á desvío y abandono de su persona. ¡Qué madre no halla, en su 
bondad infinita, alguna disculpa que oponer á las faltas y aun á los 
crímenes cometidos por sus hijos! Podía Martín, abrumado de queha- 
ceres, relegar á más tarde el ingreso de su madre en el palacio seño- 
rial; pero no podía, no, entregarla por completo al olvido. Quiso, sin 
embargo, apurar el cáliz de amargura tan cruelmente por el destino 
ofrecido, y lo apuró hasta las heces en aquella tristísima ocasión. Kl 
anhelo de abrazar á su hijo por un lado, y por otro lado la miseria y 
el hambre, constriñéronla y la obligaron á emprender su marcha coa 
dirección al castillo, sito, como hemos dicho, por las faldas del Blu- 
misalp. 

Declinaba una tarde tristísima del mes de Noviembre. Nubes os- 
curas asombraban el cielo; viento glacial reinaba en la atmósfera; 
los rebaños habíanse refugiado ya en el interior de los rediles; las 
aves, en la espesura de los bosques; las sombras de la noche á más 
andar se acercaban sobre la tierra, cuando llegó jadeante de fatiga, 
tras larga jornada, por caminos intransitables, encaramándose aquí 
como cabra montesa, arrastrándose allá como reptil inmundo, la po- 
bre madre, al castillo señorial del Conde Manfredo. Tornaba á la sa- 
zón éste, seguido de numerosa comitiva, tras un día entero de caza 
por los montes vecinos, y su madre, al verlo después de una au- 
sencia harto larga, no pudiendo contener en su pecho la alegría 



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240 REVISTA DE ESPAÑA 

que la vista de su hijo le causara, gritó, saliéndole al encuentro: 

— ¡Martín, Martínl [Hijomíol 

El Conde, abstraído en la contemplación de cierta beldad á quien 
llevara á su diestra, volvió rápido la cabeza al sitio de donde habían 
partido aquellas tiernas exclamaciones, y todo desconcertado á la 
presencia de su madre, preguntó, dirigiéndose á su acompañamiento: 

— ¿Quién es esa mujer? 

— No sabemos— dijeron unos. 

— Os ha llamado hijo — dijeron otros. 

— Alguna loca — repitieron los más.- 

— Paso, paso al Conde — gritaron todos. 

La madre de Martín, al oír tales palabras, creyó perder el sentido. 
No cejó, sin embargo, en su empeño de detener á su hijo, hasta que 
éste la reconociese y la abrazase. Advertidos de cuanto sucedía, co- 
rrieron varios arqueros á dejar franca la entrada en el palacio,* pero 
antes de que ástos llegasen, había ya la infeliz mujer cogido las bri- 
das del caballo donde iba caballero el Conde, é instado á éste con 
grandes instancias á que echase pie á tierra. Martín, á manera de 
fría estatua ecuestre, permaneció inmóvil sobre su caballo; los cir- 
cunstantes á la extraña escena no se atrevieron ni á moverse, ni & 
balbucear tampoco una sola palabra. Parecía que la expresión del do- 
lor reproducido en la faz de aquella santa mujer, juntamente con los 
ayes de angustia escapados á su pecho, obraba sobre todos el mila- 
gro de contrastar las indómitas voluntades y de enternecer los acera- 
dos corazones propios á la aristocracia feudal. Sólo se oían los sollozos 
de la madre de Martín, la cual no dejaba ni por un instante de escu- 
driñar la mirada incierta de su hijo. Esta violenta situación duró lo 
que dura un relámpago en aparecer y desaparecer del espacio. La 
hermosa amazona con quien venía en amorosísima plática depar- 
tiendo el Conde, y que no era otra sino su concubina ó favorita, rom- 
pió el silencio con estas palabras: 

— Y bien, ¿qué decís á todo esto, Manfredo? 

—Digo...— empezó á balbucear el Conde. 

— No mientas, Martín, no mientas— le interrumpió su madre, adi- 
vinando en la expresión de sus ojos, sin duda, lo terrible de la res- • 
puesta. 

— |Ea, acabemos, Manfredo! — añadió con resolución la hermosa 
compañera del señor feudal. 

— Pues digo que no conozco para nada á esa mujer. 



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LEYENDAS SUIZAS 241 

— ¿Que no me conoces? — clamó amargamente la viuda. 
— Nó, nó, y mil veces nó — repitió el desnaturalizado hijo. 
En aquel instante llegaban los arqueros del castillo, quienes, sin 
pronunciar palabra, intentaron arrancar á las manos de la viuda las 
bridas del caballo señorial á que se había la infeliz asido fuertemente. 
¿Inútil empeño! La desesperación prestó ánimos tales á su débil y 
achacoso cuerpo, que no había fuerzas humanas bastantes á desasir 
«as dedos, agarrotados como garfios, en lo que ella consideraba como 
la ánica tabla salvadora de tamaño naufragio. Entonces ocurrió un 
incidente espantoso. Cansados de forcejear los domésticos del Conde, 
y no teniendo á mano otro recurso que oponer á la tenaz resistencia 
de la viuda, blandieron con ira sobre su cabeza los acerados puñales, 
hasta entonces suspensos al cinto. Un grito de horror cruzó el espa^ 
cío, y una frase expresiva detuvo en su siniestra hazaña á los asesi- 
nos, escapado el primero á la garganta de su víctima, y la segunda 
escapada á la lengua de Martín, quien dijo con voz imperiosa: 

— Nó, no la matéis. 

La desconocida y negada madre creyó descubrir en la interposi- 
ción de su hijo entre ella y sus verdugos un resto de misericordia, y 
animada por tal idea, y en la creencia de que lograría su deseo fián- 
dülo todo á la humildad, exclamó con acento de reconvención. 

—¡Martín, Martín! ¿Por qué así reniegas de tu madre? Acabas de 
libertarme la vida material con una sola palabra. Liberta, ;oh, hijo 
mió! de igual suerte mi alma de los dolores que la atenacean y la 
afligen, con una sola frase también de amor y reconocimiento. 

— He dicho que no os conozco— insistió nuevamente el ConSe. 

— Pues en tal caso, ya no insisto más. Renuncio públicamente á 
?er tu madre; pero deja que lo sea al menos allá en el interior de tu 
hogar. Viviré esclava de tus caprichos. Obedeceré tus mandatos con 
la misma docilidad con que obedece el perro la voz de su señor. Goza 
t6 de la vida y sus placeres, ya que la fortuna ha querido colmar 
los deseos de tu corazón, harto ambicioso; mas, por Dios, no desam- 
pares, á quien, muerta materialmente de hambre y moralmente des- 
heredada de afectos, sólo te pide un poco de ternura con que llenar su 
corazón afligido y un pedazo de pan con que nutrir su cuerpo este- 
nuado y débil. 

—Porfiadísima es la mendiga. — Replicó la hermosa amazona, frun- 
ciendo el ceño en muestra de desagrado. 

—¡Fuera, fuera!, gritaron varios caballeros. 

TOMO cv IG 



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242 REVISTA DE ESPAÑA 

— Señores; por caridad. Exclamó con ojos suplicantes la madre de 
Martín. 

— Idos en buen hora, que harta paciencia para escucharos hemos 
tenido — dijo á su vez el Conde. 

— ¿Y en tal desamparo me dejas, Martín? 

— Pues aún habéis de agradecerme la vida. Replicó todo amosta- 
zado Manfredo. 

— Estoy muerta de frío, y no tengo ropas con que cubrir mis car- 
nes desnudas. Me siento caer desfallecida, y no hallo á mano ni un solo 
bocado de pan. Lo largo y fatigoso del viaje ha extinguido mis fuerzas 
al extremo de no poder ya dar ni un solo paso, y no cuento, por pobre 
j por mezquino que sea, un lecho donde reposar. La oscuridad de la 
noche me impide el retorno y vuelta al valle de donde en mal hora 
he salido. Quien te ha procurado con la leche de sus pechos el ali- 
mento en la niñez; con el calor de su seno abrigo seguro contra los 
fríos; con su regazo amantísimo lecho tranquilo donde descansar, ¿no 
ha de merecer siquiera las migajas de tus festines, un rincón en las 
cuadras de tus caballos, algo con que aliviar á un tiempo hambre, 
desnudez y casancio? 

Al llegar aquí, un murmullo general cortó la palabra á la pobre 
madre. 

Quién dijo: 

— ¿Y para venir á parar en esto estamos tanto tiempo detenidos? 

Quién añadió: 

— Industriada en el oficio vergonzoso de la mendicidad es la vieja* 

E8te caballero decía: 

— ¡Buena manera de pedir limosna! 

Aquel otro: 

— Por menos se cuelga á cualquier vasallo de una almena. 

— Vagabunda, vagabunda. Proferían todos con desprecio. 

Aún permanecía indeciso en sus determinaciones el caballero 
Martín ó el Conde Manfredo, que de las dos maneras podemos lla- 
marle, cuando inclinando la cabeza profirió en su oído la palabra «aca- 
bemos» su hermosa concubina. Y, en efecto, aprovechando la descui- 
dada actitud en que la madre afligidísima se hallaba, agijonearon á 
la par, los criminales amantes, sus respectivos caballos, partiéndose, 
veloces como relámpagos, con dirección al castillo. A éstos, siguió la 
comitiva, y á la comitiva siguieron los arqueros, recien llegados en 
auxilio de BU señor. La infeliz mujer, sobre el suelo rodada á la vio- 



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LEYENDAS SUIZAS 243 

lencía del inesperado empuje, levantóse súbito y se dirigió lanzando 
agudos gritos al palacio señorial. [Vano esfuerzo! A su arribo se había 
izado ya el puente levadizo, y sólo se descubría, en su lugar, profundo 
foso, impidiendo la entrada á los extranjeros, en aquella mansión de 
corrompidos seres. 

La noche, con su manto de tinieblas, envolvía entre sus pliegues 
espesos árboles y peñascos, abismos insondables y cimas encum- 
bradas, el cauce de los ríos y la cuenca de los valles, aparecién- 
dose todo, á la vista, con la uniformidad y monotonía reinantes por el 
espacio en la época de las tinieblas y de la nada. Más que por co- 
nocimiento del terreno que habían de recorrer sus plantas, por im- 
pulsos secretos ';;"e incitaban á abandonar para siempre aquellos lu- 
g-ares, descendió la heroina de nuestro cuento, sin obstáculo ni tro- 
piezo ninguno, de aquellas alturas del Blumisalp al centro del valle, 
donde se erguía su triste cabana. Por todo el camino no cesó de sus- 
pirar su pecho, de lanzar á los vientos ayes agudísimos, de verter á 
torrentes lágrimas amargas. Momentos hubo en que, desesperada, 
pidió con fervor á los cielos la muerte. Ya se la veía cabizbaja y pen- 
sativa, como si cruzase por su imaginación alguna idea siniestra. 
Unas veces invocaba á grito herido el nombre santo de Dios, á quien 
devotamente pedía luz para el entendimiento, harto ofuscado, de su 
hijo, y ternura para su corazón insensible. Otras veces, siguiendo las 
varias alternativas de sus nervios, tanto más desarreglados cuanto 
que, falta de alimento, predominaba en ella con predominio eminente 
el sistema nervioso, sentíase rodar por entre los peñascos, á cuyo 
borde abrían sus fauces pavorosos abismos. Se encontraba ya pióxi- 
ma al término de su viaje, cuando, toda presa de terrible pánico y al 
estampido de horrísono trueno, precursor de grande tormenta, volvió 
rápida la cabeza. ¡Espantoso cuadro el que se presentó ante sus ojos! 
La chispa eléctrica correspondiente á aquel bramido de la Naturale- 
za, había puesto fuego al palacio de su hijo. Las llamas del inespe- 
rado incendio iluminaban, como si fuesen siniestras antorchas, las pa- 
redes, amenazantes de ruina. Inmensas columnas de humo se ele- 
vaban á los aires en guisa de espesas nubes apegadas á las cimas. 
Semejaba el antes pintoresco castillo un volcán en erupción. A to- 
dos estos horrores, producidos por el devorador elemento, se junta- 
ron las trepidaciones impetuosas de los terremotos. Parecía venido 
el apocalíptico fin del mundo. Las entrañas de la tierra latieron con 
extremec i mientes violentísimos, mientras los espacios cerúleos des- 



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244 REVISTA DE ESPAÑA 

pedían á millares, por do quier, relámpagos fulgurantes y rayos ase- 
sinos. A cada minuto se oían tremendos retumbos, producidos por 
el desplome y desgajamiento de los montes, azotados por las corrientes 
subterráneas. Cuando cesó en sus estragos este siniestro fenómeno de 
la Naturaleza, y cual si no hubiera quedado la terrena superficie 
harto desfigurada y maltrecha, comenzó la ventisca á amontonar en 
grandes cantidades la nieve por la fértil comarca. Como el Simoun 
del África subvierte y cambia los parajes, convirtiendo los llanos en 
montes y los montes en llanos, merced á su fuerza incontrastable 
para trasladar las arenas del Desierto de un lado á otro, se trastrocó y 
traspuso allí, en corto intervalo, el antes pintoresco panorama. El con- 
de Manfredo tuvo á su muerte, por anticipado, el infierno, pues de toda 
pu corte feudal acompañado, pereció entre las llamas del incendio. 
Sólo su madre pudo salir ilesa de aquel desquiciamiento parcial del 
planeta. Pocas veces la Providencia, que vela noche y día como ángel 
custodio por el bien de todos los seres en el mundo, se habia mostrado 
más propicia en ocurrir, sin tasa ni medida, á las necesidades de su 
criatura predilecta, el hombre, cual en la ópoca á que se refiere la 
tradición, con respecto á los habitantes del Blumisalp y otras monta- 
Das próximas no menos bellas. Con razón podían llamarse los mora- 
dores de aquellas cimas abruptas, donde la vegetación alcanzaba la 
exuberancia de las zonas tropicales, privilegiados seres, puestos allí 
como en un jardín aéreo, henchido de bienaventuranzas. Mas desde 
aquel fausto día, la nieve cubrió sus montes, inmensa y profunda 
grieta se abrió donde antes estuviera asentado el palacio feudal, y 
por sus bordes bajaron perpetuamente al abismo las lágrimas de la 
madre ultrajada, convertidas por un milagro de Dios en el frío destilo 
de las nieves eternas, únicas soberanas ya de sitios tan amenos y en- 
cantadores. 

Ginés Alberola* 



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MONTAIGNE 



Un distinguido escritor, M. Baonon, llamaba al siglo xvi el siglo 
trágico de la historia; pero sea ó no el más trágico, contiene gér- 
menes fecundos, orígenes ilustres del mundo en que vivimos. 

No basta su novedad para atraer nuestra atención y excitar nues- 
tro deseo de estudiarle; porque conocemos las opiniones de los es- 
píritus sistemáticos que han ostentado el celo más vivo en oponer 
la tradición al progreso, y nosotros profesamos la creencia contra- 
ria: nos alienta el espíritu de seguir en la huella del pasado la tra- 
dición del progreso, para demostrar el trabajo secular que constituye 
la fuerza del mundo moderno; la historia de las ideas antiguas nos 
conduce al esclarecimiento de las ideas nuevas, y no concebimos 
que hombres que aman de corazón los principios eternos de la per- 
fectibilidad progresiva de la humanidad y que creen en sus futuros 
destinos, imaginen que el sistema político ó social que defienden es 
hijo de dos ó tres generaciones aisladas, sin precedentes y sin ejem- 
plos en los siglos anteriores al siglo xiz. 

Ahora nos remontamos al siglo xvi^ para examinar la influencia 
que ha ejercido en él un moralista como Montaigne, que seconsagró 
en sus célebres Ensayos á la educación de los niños. 

La educación en su época estaba á la orden del día. Erasmo con- 
sideraba que el punto principal á que debían dirigir sus miras todos 
los hombres que aspiraban á impulsar la marcha de la sociedad 
hacia adelante, era la instrucción. 

Rabelais, á pesar de todas sus groserías de estilo y de sus inmen- 



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246 REVISTA DE ESPAÑA 

sos estallidos de risco, que ocultan algunas veces la lucidez de sus 
pensamientos, trazó un doble cuadro de la educación noticia é inefi- 
caz de Pantugmel bajo la dirección de su primer maestro, y de sus 
progresos rápidos después que le hicieron seguir un método más 
natural. 

Así, Ms Guillermo Guizot hace notar lo importante que fué en 
la historia moral del siglo xvi la educación de Montaigne, alimen- 
tada por las ideas de Erasmo y de Rabelais. 

No nos proponemos entrar en largos detalles sobre la familia de 
Montaigne, descendiente, al parecer, de una rama ennoblecida, ori- 
ginaria del Norte, tal vez de Flandes ó de Inglaterra, pero estable- 
cida después en Burdeos, donde, enriquecida por el comercio, com- 
pró el señorío territorial y el castillo de San Miguel de Montaigne. 

Antes de las guerras de Francia y de Italia, las relaciones entre 
los dos pueblos permanecieron limitadas á un escaso número de hom- 
bres; los franceses sólo conocían la nobleza de las armas, y mostra- 
ban menosprecio por las letras; la Italia no tenía más que soldados 
mercenarios para defenderse, y Montaigne, contestando á Casti- 
glione, que escribió su Cortesano en 1516 y en 1519, pensaba que, 
después de la bondad, las letras eran el verdadero y principal adorno 
del espíritu, desconocido por los franceses. 

El moralista atribuyó el triunfo de Carlos VIII, que, casi sin sa- 
car la espada de la vaina, se hizo dueño de Ñapóles y de una gran 
parte de la Toscana, porque los señores de su comitiva contribuyeron 
á esta inesperada y fácil conquista, á que los príncipes y la nobleza 
de Italia se divertían más en ser ingeniosos y sabios que vigorosos y 
guerreros. 

El padre de Mantaigne, cuando fué á Italia, donde la llama del 
Renacimiento brillaba en todo su esplendor, sintió su influencia, y 
empleando sus ocios en copiar lo que veía de nuevo, al regresar á 
Francia, y cuando tuvo hijos, quiso ensayar sobre uno de ellos, Mi- 
guel, el régimen de educación que había admirado en Italia, y esta 
experiencia fué provechosa en extremo para el moralista, que ha con- 
tado la solicitud que mostraba su padre para que el estudio pareciese 
á su hijo [fácil y atractivo. En el colegio de Burdeos fueron sus 
maestros los más grandes eruditos de entonces que se consagraban á 
la infancia, Muret, Elie, Vinet, Buchanan, que venía de Escocia, y 
Gouvenau, que venía de Portugal. 

Después de trazar el cuadro de la infancia de Montaigne, M. Goi- 



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MONTAIGNE 247 

zot examina sos ¡deas, las que él llama la htstUnción de los niños, qae 
resnme en la educación y no en la instrucción, que no es más que un 
medio para llegar á aquel fín. 

Él no quería que el niño aprendiera para brillar, sino para vivir, 
¡)ara pensar, para ser hombre; su método era el de seguir la natura- 
leza, no imponer á los niños el conocimiento teórico y deducido de 
los resultados sobre que se fijan los hombres, sino acechar el feliz 
momento en que se despiertan las facultades nacientes y favorecer 
8u desarrollo. 

Se le han dirigido algunos reproches porque llevó el temor del pe- 
dantismo hasta la desconfianza de la sabiduría, á fuerza de atender á 
la naturaleza desde la edad más tierna; pero la fecundidad de su es- 
píritu fué inagotable sobre este tema, que inspiró á Locke en Ingla- 
terra y á Rousseau en Francia para seguir sus huellas, aunque 
Rousseau en la educación del Emilio se elevó á concepciones más sa« 
blimes que Montaigne; pero el origen de sus ideas sobre la educa- 
ción ejerció suma influencia sobre los que se consagraron después á 
desarrollar este pensamiento. 

Se han observado en Montaigne dos tendencias marcadas de su 
espíritu, y muy distintas la una de la otra: las del observador de los 
hechos, cuando su instinto crítico va hasta el fondo de l^is cosas con 
juicio firme y seguro, porque las ve en su realidad verdadera y las es- 
tima en su justo valor. 

Pero este observador tan penetrante, que posee la razón más libre 
y audaz, rebelde á toda vana apariencia, al sondar su pensamiento, 
al medir la diferencia entre las cosas que le rodean y los sentimien- 
tos y las impresiones que hacen nacer en su espíritu, vacila, duda 
y no se reconoce en él al juez severo, desprendido de toda preven- 
ción, temeroso sin duda de emancipar demasiado la razón, por- 
que suplica á sus contemporáneos y á sus lectores que tengan 
mucho cuidado y que estén en guardia para no incurrir en este 
error. 

Se ha acusado á Montaigne que, habiendo sido él mismo su pro- 
pio historiador, olvidara en sus Ensayos la época de su vida en que 
fué magistrado. 

Balzac, en el siglo xvii, le dirigió este reproche, suponiendo que 
la ostentación de la toga podía amenguar el brillo de sus blasones, 
porque en la antigua Francia la nobleza desdeñaba á la magis- 
tratura. 



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248 REVISTA DE ESPAÑA 

Pero leyendo con atención sus Ensayos^ se ve claramente qae 
tomó por asunto de su libro su vida interior y privada, y no su vida 
pública. Él no habla, sino muy ligeramente, de la corte y de sus di- 
versas funciones en el Estado, porque vivió, sobre todo, en el sena 
del hogar, entre sus libros, su familia y sus vecinos, en su pequeño 
hotel de San Miguel. 

El doctor M. Payen es el homdre que ha estudiado largos años 
los Ensayos y la vida de su autor hasta en sus últimos detalles. 

Montaigne hizo varias ediciones de sus obras; á cada una de ellas 
añadió nuevas notas, y hasta un libro entero; y en sus adiciones 
abundan las observaciones más tímidas, limitando el horizonte de sus 
primeros pensamientos, dictados por un escepticismo que va en au- 
mento. 

Considerado bajo este aspecto, ha merecido severas censuras, por- 
que en el retrato que él hizo de su propio carácter fué ajeno á la adu- 
lación, y se debe reconocer que tuvo al menos el mérito de la fran- 
queza; se encuentran en él consejos excelentes para la dirección de 
los negocios domésticos, para administrar su fortuna, y minuciosos 
detalles para la conservación de la salud. 

Su moral carecía de la grandeza y de la elevación de alma, de 
generosidad, de sentimiento verdaderamente cristiano, por más que 
declaró muchas veces que era católico, aunque tuvo cuidado de 
dar á entender que lo era con el fin de que se le dejara vivir en 
paz, por ser más cómodo y prudente permanecer en la fe en que 
se ha nacido. 

En política encontraba buenas todas las instituciones, mientras no 
se viera obligado á ocuparse de ellas. Este fué su razonamiento: 
<Los príncipe? — decía — me dan mucho si ellos no me quitan nada, y 
me hacen bastante bien cuando ellos no me hacen ningún mal: es 
todo lo que yo pido.» 

Montaigne exageró, sin duda, su sistema rechazando la ciencia y 
proclamando la impotencia de la razón. Él quiso decir que debíamos 
seguir el impulso del instinto y del sentimiento, que es la regla su- 
prema de todos los moralistas y los filósofos que han desdeñado la 
autoridad de tarazón. 

No se debe negar que si el gusto es recto y los sentimientos son 
buenos, los hombres pueden ser honrados; y que existe en nosotros un 
sentimiento divino, un instinto que es toda una revelación de nues- 
tro destino y de nuestro origen, y que á pesar de la corrupción ha- 



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MONTAIGNE 249 

mana, es como una providencia que nos impulsa á ser los instrumen- 
tos de un bien que no habríamos buscado. 

Es un instinto que, á pesar de la ignorancia y de las preocupa- 
cionesy de todas las violencias y de las excitaciones del interés per- 
sonal, ha sido bastante fuerte para mantener al mundo en la vía del 
progreso y libertarle del estado de barbarie, de que es verdadera- 
mente milagroso que haya podido salir, y son muy relevantes los 
ejemplos que nos ofrece la historia de seres privilegiados, de héroes 
famosos que, impulsados por un sentimiento sublime, han realizado 
las acciones más gloriosas y han contribuido á emancipar á la des- 
venturada, humanidad de odiosas y seculares servidumbres. 

Pero el mal puede ser inspirado también por un sentimiento malo, 
y el vicio mismo puede ser un instinto ciego que no sabe dónde va, 
8i otras facultades no le advierten para no caer en sus más pernicio- 
sos errores, que tiene la necesidad de ser esclarecido por la razón. 

¿Qué es, después de todo, un buen sentimiento, sino el que es 
conforme á la razón, y un sentimiento malo el que la razón con- 
dena? 

Hay circunstancias excepcionales, en que la razón es el auxiliar 
del egoismo, y el sentimiento inspira la abnegación y los grandes 
sacrificios por la familia, por las personas queridas, por la patria y 
por la humanidad. 

Pero el moralista debe exigir que el hombre no sea malo, sino 
bueno, y Montaigne, que era un hombre naturalmente bueno, con- 
ducido por su sistema escéptico, bien que él se haya mostrado muy 
adherido á alguno de sus amigos, no quería ser molestado por los 
otros, y no era un hombre á quien se pidiera pedir un servicio. 

«Yo tengo bastante que hacer en consolarme á mí mismo, sin te- 
ner que consolar á otro; yo tengo bastantes pensamientos en mi ca- 
beza para que las circunstancias me traigan otros nuevos. Mis ami- 
gos me importunan extraordinariamente cuando pretenden que los 
recomiende á una tercera persona. No es preciso que exijan de mí 
un negocio ó un cuidado, porque yo declaro guerra á muerte á todo 
cuidado.» 

Estas son sus máximas. 

No había que esperar sacrificio ni abnegación de un hombre que 
no tenia más qne una sola preocupación: la de emanciparse de toda 
inquietud. Y añade: «El deliberar sobre las cosas más ligeras, me im- 
portuna; prefiero resolverme á aceptar cualquier partido. Pocas pa- 



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250 REVISTA DE ESPAÑA 

siones me han turbado el sueño, pero la menor deliberación me 
turba,» 

La moral no fué, á los ojos de Montaigne, más que el arte de ser 
feliz; mil pasajes de un libro nos revelan todo su egoísmo. 

Montaigne reemplazó á su padre en el Parlamento de Burdeos, 
después de muchas vicisitudes y peripecias, que debieron disgus- 
tarle de la magistratura. 

El Parlamento de Burdeos se distinguió por su espíritu turbu- 
lento, y Montaigne se encontró colocado en medio de pasiones per- 
sonales y vanidosas, contra las que luchó su carácter franco y vehe- 
mente, y en sus Ensayos resaltan diseminadas censuras severas con- 
tra la corrupción de los magistrados. 

Ya era un juez que, después de haberse pronunciado contra el 
adulterio, toma el resto del papel sobre el cual ha escrito su sen- 
tencia «para escribir una carta amorosa á la mujer de su colega, y 
hacerse culpable á su vez del crimen que acaba de condenar; » ya en 
un áspero conflicto entre dos personas, otro magistrado que ponía al 
margen de un libro: Ctustión para el Ami^o, reservándose así de favo- 
recer á una de las partes, y Montaigne le aconseja irónicamente po- 
ner en cada página la misma observación; tanto los jueces de su 
tiempo acomodan las causas á su gusto. 

En suma, según su opinión, «un villano tráfico se ejercía con el 
honroso título de justicia.» Quiso muchas veces renunciará su buen 
derecho, y hacerse una evidente injusticia por huir de la casualidad 
de recibirla peor de los jueces, después de un siglo de viles prácticas. 
Los gastos de los procesos le indignaban; no comprendía que las 
sentencias se dieran por dinero, y que la justicia, como una mercan- 
cia, fuera rehusada á quien no podía pagarla. 

Son tantos y tan diversos los abusos que combate, que parece un 
reformador radical. 

«¿Qué de mas salvaje — dice — que una nación en la que el cai^^ 
de juzgar se vende?* 

Montaigne fué más justo que Montesquieu, que en vano trató de 
de demostrar que la venalidad de los oficios convenía á un Estado 
monárquico. 

Montesquieu abogaba j^ro domo sud, porque también fué magis- 
trado. Ha sido preciso que pasaran dos siglos para que fuera corre- 
gido este vicio señalado por Montaigne. 

Los Reyes apelaron á este medio vergonzoso para llenar su tesoro 



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MONTAIGNE 251 

vacío, y los tribunales que ofrecían más plata eran los favorecidos en 
sus pretensiones, por ilegítimas é inicuas que fueran. 

Montaigne, no sólo combatió la magistratura de su tiempo, sino 
las leyes. Se mostró tan descontento de ellas, como de los que laa 
aplicaban. Las leyes eran muy numerosas; las combinaciones de su 
aplicación variaban hasta lo inñnito, y se pretendería en vano fijarlas 
todas. 

No se quejó solamente del número de las leyes, sino de que sa 
aplicación fuese además embarazada por el empleo de una lengua si- 
niestra y extraña á la inmensa mayoría de los ciudadanos, como lo 
era la lengua latina. 

«¿Qué cosa puede ser más extraña— dice— que ver un pueblo ad- 
herido en todos sus negocios domésticos, casamientos, donaciones, 
testamentos, ventas y compras, á reglas que él no puede saber, no 
siendo escritas ni publicadas en su lengua, y de las que, por nece- 
sidad, se ve obligado á comprar la interpretación y el uso?» 

Agrega á esto que, aun en francés, los hombres de ley tienen un 
lengns,JG inmteUg'ihle áe frases solemnesy cláusulas aríistícas; que es 
infinito el número de doctores que aplican tan numerosas leyes; y 
añade, en fin, á la multitud de leyes y comentarios el conñicto de 
las jurisdicciones diversas, «y esta licencia, que mancha maravillo- 
samente la ceremoniosa autoridad y el lustre de la justicia, de no de* 
tenerse en las sentencias y correr de unos á otros jueces para decidir 
de una misma causa.» 

Los reproches dirigidos por Montaigne á las leyes de su tiempo, 
iban encaminadas especialmente contra las leyes penales y en las 
leyes civiles. 

Las primeras le indignaban por ser muy crueles: «yo soy, decía, 
de una maravillosa cobardía hacia la misericordia y la mansedum- 
bre;» revela que la idea del suplicio le turbaba con frecuencia en su 
asiento de magistrado, cuando se presentaba delante de él un acusa- 
do amenazado de una sentencia capital. 

Tomás Morus, dos siglos antes que Becaria, había condenado la 
pena de muerte. 

«Cuando la ocasión — dice Montaigne — me ha convidado á las con- 
denaciones criminales, yo he faltado más bien ala primera... el ho- 
rror del primer asesinato me ha hecho temer un segundo, y la enor- 
midad de la crueldad me ha hecho aborrecer toda imitación. ¡Toda- 
vía si la justicia tuviera la seguridad de no herir más que á los cul- 



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252 REVISTA DE ESPAÑA 

pables! Pero, ¿caántos inocentes bemos descabierto que han sido 
castigados? ¿Y caántos que no los hemos descubierto?» 

Montaigne califica de inhumanos excesos la tortura, los tormen- 
tos, el extremo de la injusticia, contra los que ha dirigido los prime- 
ros j más rudos ataques. ¿Qné no se diría, qué no se haría para huir 
á tan graves dolores? El Sufrimiento impulsa á mentir al mismo que 
no es culpable, de lo que resulta que el juez, habiéndole torturado 
para no hacerle morir ¡nocente, 1^ hace morir inocente y torturado. 

En nuestro grado de bachiller á claustro pleno que existía en la 
Universidad Central de esta corte cuando estudiábamos el derecho, 
nos cupo por suerte el tema sobre la abolición del tormento, y en 
aquella edad juvenil hicimos un estudio bastante extenso sobre la 
historia de la bárbara tortura, que fué la base del discurso que pro- 
nunciamos en tan solemne acto. 

Estas reclamaciones humanas enaltecen la memoria de Montaig- 
ne, que se adelantó á su época, trascurriendo dos siglos antes de 
vencer y de cambiar las leyes. 

Uno de los crímenes más horribles de aquel tiempo, era la con- 
denación á muerte de los hechiceros, que eran quemados en las ho- 
gueras. 

La superstición era tan universal, que hombres tan ilustrados 
como Bodín, Ambrosio Paré, Lutero, Calvino, siendo tan reforma- 
dores, creían en los sortilegios y tenían á los hechiceros por de- 
monios encarnados y querían que se les aplicase el último tormento. 

jT cuántos autos de fe no presenciaron algunos de los Monarcas en 
nuestra desventurada patria! 

El Parlamento de Burdeos obedecía á la superstición cruel, pro- 
fundamente arraigada, y rivalizaba con el Parlamento de Tolosa en 
su odio contra la Reforma, y perseguía, á los que juzgaba herejes, 
con el más feroz encarnizamiento. 

Montaigne no era de la opinión de sus colegas, y se separaba 
ciertamente de sus sentencias; defendía la tolerancia religiosa, ma- 
nifestando que, por conjeturas, era demasiado cruel quemar á un 
hombre todo vivo. 

La incertidumbre de las opiniones y el amor de la paz influían 
en su juicio; pero aunque proclamaba la tolerancia impulsado por el 
escepticismo, prestaba un servicio á la humanidad, y tuvo el valor 
de negar su voto á tan bárbaras iniquidades, y otros, que dudaban 
como él, no se atrevieron á seguir tan animoso ejemplo. 



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MONTAIGNE 258 

A pesar de que Montaigne no safrió ninguna injusticia por parte 
de su padre, combatió en principio el poder paternal, fuertemente 
constituido por la ley romana, sobre todo en la Guyenna. 

El hijo casado, padre de familia, aunque fuera magistrado, per- 
manecía bajo la autoridad paterna. 

Montaigne quería que el padre no pudiera retener todos sus bie- 
nes, y no dejar á sus hijos sino la elección entre la dependencia y 
la miseria. 

Parece que duda del derecho de testar; á lo menos lo limita en 
nombre del interés social y del derecho de los hijos,- él acuerda sola- 
mente al testador alguna libertad más allá de las reglas que la ley 
establece para la partición de las sucesiones ai intestaio. 

Él condena, sobre todo, las instituciones y el derecho de primo- 
genitura. 

Montaigne hizo un triste cuadro de los hermanos segundos, que 
en la Gascuña se convertían en ladrones de hábito y de profesión, 
porque sabiendo de antemano que iban á ser desheredados en bene- 
ficio de los primogénitos, se lanzaban, desde luego, en una vida de 
aventuras y de desórdenes,- ya Montaigne hacia recaer sobre sus pa- 
dres la responsabilidad de su vergüenza. 

También el matrimonio fué objeto de sus críticas. «Hemos pen- 
sado—dice — hacer más firme este nudo, por haber quitado todo me- 
dio de disolverle. Pero tanto se ha relajado el vinculo de la afección 
y de la voluntad, como el de la compresión es más fuerte; al contra- 
rio de lo que conservó el honor y la seguridad de los casamientos en 
Roma tan largo tiempo, que fué la libertad de romperla el que 
quería.» 

Montaigne ostentó la independencia de su carácter al juzgar las 
leyes de su tiempo; pero incurrió en graves contradicciones, porque 
después de haber ejercido su razón sobre estas materias, pide á sus 
contemporáneos que no crean á la razón en materias de ley, sino á la 
costumbre justa ó injusta, á la costumbre antigua ó inmóvil. 

Porque había visto dimanar sus desgracias de las innovaciones 
él decide y declara que nada nuevo puede ser mejor que lo an- 
tiguo. 

Hizo muchas críticas, y no quiere que nadie las haga. Así su 
espíritu está combatido por dos tendencias: la de censurar todas las 
leyes, y la de conservarlas por escepticismo, que dominó en último 
análisis en su obra. 



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254 REVISTA DE ESPAÑA 

No hay que esperar que á través de este caos de leyes y de re- 
glas confusas deduzca un principio que pertenezca á la ley na- 
tural. 

Él se ríe de todos los filósofos y de todos los jurisconsultos que 
querían establecer sobre un fondo de equidad común y eterna todas 
las leyes diversas que necesita la sociedad. 

Montaigne, de su propia confesión, se detiene en la corteza pri- 
mera de las ciencias, lo que Renán ha llamado tan espiritualmente 
el pedantismo de la ligereza. 

El juicio del primer labriego que pasa, le parece preferible al de 
los mejores espíritus, y juzga la ley natural tan perdida después de 
largo tiempo en los desórdenes de la razón, que él suprimiría volun- 
tariamente todas las leyes. 

Todos los argumentos críticos de Montaigne contra las leyes es- 
critas, se repitieron en el siglo xviii; pero los filósofos de entonces no 
le conceden su negación de la ley natural. 

Voltaire y Rousseau reviudicaron para el hombre los derechos 
que le pertenecen, no á causa de costumbres ó de tradiciones dife- 
rentes, sino por ser hombre, y porque sus derechos nacen con él. 

El escepticismo de Montaigne ha sido contrabalanceado por 
creencia generosa, por lo que hay de más cristiano y de más filosófico 
en las ideas modernas, que dan por base á las leyes el conocimiento 
más general y el respeto más profundo de la naturaleza humana. 



Ensebio Asquerlno. 



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NIEVES „ 



En vela. 



El conde de Nudvalos no se fué á su casa; el supuesto dolor de 
costado no le impidió huir del general ni pasar la noche en vela. 

Cuando corría delante de Granada, se iba él mismo riendo de la 
ligereza con que se movían sus piernas, porque en realidad no era 
miedo lo que sentía, sino deseo de manifestar timidez amorosa delante 
de Gloria, y sobre todo, fingido respeto hacia su padre. ¡Miedo él del 
general, cuando acababa de admitirle un reto! ¡Bah! Pero Gloria no 
sabia aquellos arcanos del boudoir de Conchita, ni las relaciones de su 
padre, ni si el conde de Nuévalos iba ó no iba al hotel y á visitará la 
Duquesa, ni tantas otras cosas que le hubiesen hecho ruborizar, y eran 
dignas de ocultación; porque, al fin y á la postre, el Conde ignoraba si 
acabaría por enamorarse seriamente de ella. Comenzó los amoríos por 
entretenerse en Lara un día de aburrimiento, en que repetían las fun- 
ciones que él había visto cien veces. La correspondencia de la niña 
le halagó, y se propuso su conquista, triunfo que había de valerle 

(1) Venase las Revistas de -25 de Mayo, 10 y 25 de Junio y 10 de Ji;lío. 



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256 REVISTA DE ESPAÑA 

plácemes en la academia de Fornos, nna reunión de trasnochadores 
que perseguían los amores fáciles y de ganga; ludgo^ la modestia, la 
humildad, la belleza de Cfloria le cautivaron. Pero él no se casaría 
nunca; el matrimonio era la muerte; un sacrificio que hacía la huma- 
nidad para que no se extinguiera la especie, y que él consideraba 
inútil casándose otros. ¿Para qué tomar esposa? ¿Para que cuatro zán- 
ganos comenzasen desdo el mismo día del matrimonio á revolotear 
alrededor de su felicidad, y aprovechando un descuido dejarla sin 
honra? ¡Vaya! el matrimonio era bueno, magnífico para los tontos, y 
él se tenía por demasiado listo. A todo esto llegó á Fornos, ya ce- 
rrado por las disposiciones gubernativas; pero él no entró en el café; 
ilió la vuelta á la casa y subió por la puerta del entresuelo, donde van 
á cenar las tapadas en las noches de baile, ó entran á diario las mo- 
zas asalariadas por personajes ó pollos que, aun en la adolescencia, 
empiezan á derrochar su fortuna; donde se reúnen los trasnochado- 
res alegres y aguardan la llegada del sol á diario cantando coplas, 
cenando y departiendo con niñas á quienes no se espera en su casa. 
Allí está la gente más divertida de Madrid, desde el duque de do- 
rados blasones hasta el infeliz poeta que llega á la corte sin más 
equipaje que unas cuantas rimas de estilo campoamorino y una negra 
y bien rizada cabellera. Allí están los jóvenes abogados sin pleitos, 
que hacen política, escriben periódicos y maldicen de liberales, con- 
servadores y revolucionarios, consignando de pasada que España no 
será feliz si no practica sus procedimientos de gobierno, que perma- 
necen ocultos siempre para la lógica; los médicos sin enfermos, que, 
no pudiendo recetar, discursean sobre la vida ó la muerte y meten su 
cuarto á espadas en literatura, ó en ciencias, ó en alta política; el hi- 
dalgo de gotera que se come, á lo caballero cumplido los pocos pre- 
dios que dejaron libres de gravamen sus honrados antecesores, los 
cuales no tuvieron más palacio que la teja vana, con humos de casa 
solariega, que está en el pueblo adornada de recio escudo, ni más hori- 
zontes que las paredes de adobes que cierran el corral poblado de ga- 
llinas y conejos; el empresario águila, que ve en cada esquina un 
negocio y sabe que el gran secreto consiste en ser amigo de todos, y 
dispensa favores á medio Madrid, para que el otro medio esté dis- 
puesto á servirle; el hombre que hace de la simpatía una profesión y 



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NIEVES 267 

*íraaa fortuna al principio de la temporada, seguro de que el público 
se la devolverá peseta á peseta en los dos primeros meses; el juga- 
dor de profesión, elegante y atildado, que antes de barajar comprende 
que el contrario no tendrá un real al fin de la partida; el militar ale- 
are que pasa la noche en broma y el día en el cuartel ó en la dehesa 
<le Moratalaz, derrotando con sus soldados bisónos, enemigos que no 
existen más que en la imaginación del ministro de la Guerra; el di- 
putado rural que tiene buena ropa; el cómico que se distingue; el es- 
eritor que brilla y el torero viejo ya sin contratas que arregla gana- 
olerías por cuenta de los amos y mata toros, de boquilla, mientras se 
come una chuleta. 

Al lado de éstos, y pegados á ellos como la concha á la roca, 
existe una bandada de palomas torcaces, hermosuras fáciles, mere- 
trices redimidas de la esclavitud del burdel por la vanidad ó el amor 
de alguno, jóvenes alegres de cascos, vestidas de seda, encajes y ter- 
ciopelos, que beben la manzanilla y el Jerez por docenas de cañas, 
conocen todos los bouquets del Burdeos y todas las marcas del Cham- 
pagne] las que tienen victorias para pasear por el Retiro y un piso 
amueblado en el ensanche, un perro ratonero y un amante á quien bus- 
can ó que las busca á la salida de los teatros; algunas cuentas de las 
que los industriales y artistas declaran incobrables, y varios pagarés 
fardados para el caso improbable de que se presente el viejo protec- 
tor capaz de arruinarse por su hermosura. 

Mientras ese caso llega, siguen adscriptas al hijo de familia que 
les deparó la suerte, comiéndole tranquilamente un costado, obligán- 
dole á contraer deudas, firmando documentos inverosímiles, y aban- 
donando al que cae en esta lucha para cogerse del brazo de otro más 
fuerte ó más sutilmente hábil para contraer deudas. Remedo cómico 
de la cocotte parisiense, pasan la vida, componiendo su cuerpo impuro, 
de cena en cena, arruinando adolescentes imbéciles y viejos verdes. 

Mas como en esta tierra de España hay una organización excesi- 
vamente democrática, estas cortesanas de lujo solían encontrarse allí 
con sacerdotisas del placer, pertenecientes al estado llano, y aun casi 
con las que Cervantes llamó mozas de partido; porque los gustos de 
los socios de la academia eran múltiples y variados, y en ocasiones 
escogían al azar, sin preocuparse de otra cosa sino de que la elegida 
TOMO cv 17 



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258 REVISTA DE ESPAÑA 

tuviese buen palmito, buen cuerpo, se cantase algo ó se le notara la 
gracia para distinguir y aUernar con las gentes. No era extraño yer 
«ntrar al duque de Casa-Rugiente embozado en su capa con vueltas 
de terciopelo rojo, llevando del brazo una cántabra 6 una chula de 
apuntado pañuelo, legítima del Lavapies, recogida por el Duque á la 
salida de un baile de la Zarzuela ó de la Alhambra, y que cenaba por 
primera vez en su vida un roasbeef con salsa tártara, y bebía la limo- 
nada más agradable que había gustado nunca, media botella de Moét- 
Chandon. 

Ni era raro tampoco que el periodista Bonanza, ó el abogado On- 
tiveros, ó el conde del Espino trajeran á la reunión alguna vende- 
dora de billetes pescada en la esquina del Suizo, ó damisela vergon- 
zante que se atrevía á cenar gratis por primera vez fuera de la pru- 
dente mirada de su tía doña Leoncia, magnífica vizcaina que tenia 
<Hísa de viajeros en la calle de San Bartolomé y se pasaba la vida en 
la cocina cantando zorcicos y condimentando salsas indigeribles. 

Pero entremos con el conde de Nuévalos, que sube la escalera 
canturreando un v^als del maestro Chueca, con las manos metidas en 
los bolsillos del gabán y el cuello de éste levantado hasta las orejas- 
Llega á la roja mampara, la abre, suena el timbre y José María y 
Marcos, los dos mozos más serios de Fornos, se ponen en pie,* el Conde 
deja á un lado el cuarto llamado de la Farmacia, cuyas paredes es- 
tán decoradas por el pincel de los mejores caricaturistas, y donde se 
reúne un grupo de trasnochadores impenitentes, y entra resuelto en 
>el cuarto del piano. Allí está congregada la academia, y, como son las 
tres de la mañana, en lo álgido de su sesión. 

— Muy buenas noches, amigos — dijo el Conde al entrar, sin des- 
cubrirse ni desabrocharse el gabán. 

— ¡Hola, Juan, Juanitol 

—¿De dónde vienes? 

— Conde, te estaba esperando ésta con intranquilidad. 

— ¡Bien venido! 

— Chiquillo, ¿Qué traes? 

— ¡Vivan los buenos mozos! 
' Así exclamaron en terrible algarabía todos los académicos y aca- 
démicas, al ver en la puerta al recién llegado. 



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NIEVES 259 

— ¡Compadres, buena noche se presenta! — dijo con aire de gra- 
ciosa truhanería el Conde. 

Y al ver que la amplísima y cuadrada mesa que hay en el centro 
de la habitación estaba cubierta de botellas, añadió: 

—¡Caballeros, vaya nn^i, juerga! ¿Quién paga esa bodega? 
— ¿4 tí qud te importa? — dijo Enriqueta, una rubia pálida, con 
grandes ojos azules y sutil y mimbreante cuerpo. Una niña que pa- 
recía hija de Leda y su seductor, porque tenia mucho de mujer y 
algo de cisne. 

— ¿Que qué me importa? — respondió Nuévalos. — A mí nada, con 
tal de que me dejéis beber. Pero pasaré revista á ver quién es el 
guapo que se atreve á pagar este río de vino. 

Se acercó á la mesa y examinó detenidamente á todos los comen- 
sales^ que no por eso interrumpieron su alborotada discusión. 

Al lado de Enriqueta estaba Luisito, un hombre maduro, vestido 
á la última moda, con el cabello sobre la frente, á lo Enrique IV, 
gran impertinencia en el rostro y apagamiento en la mirada. Ya lo 
conocia el Conde; era un rico arruinado, pero cuyas últimas migajas 
bastaban para alimentar á Enriquetilla. Seguían las dos hijas del ge- 
neral Tenorio, dos ¡nocentes que habían tirado su virginidad por la 
ventanilla de un simón mientras su padre contaba en el Círculo la 
campaña de la guerra de África: las dos son pelinegras, con grandes 
ojos árabes, altas, ñacas, con la tisis en las mejillas y el vicio en la 
boca, pero distinguidas y elegantes, mostrando alguna vez los restos 
de una buena educación. A éstas seguía Fernando, un noble de anti- 
guo cuño, descendiente de Reyes, sin un real, pero con mucho inge- 
nio, á quien se le había concedido el título de Conde de Sobrarbe, un 
titalo de zarzuela, como él decía en su admirable aticismo; titulo 
que, habiendo averiguado los palaciegos que pertenecía á la Corona, 
andaba en lenguas y en periódicos, llegando Femando á amenazar 
al ministro de Gracia y Justicia con declararse Rey de España. El 
Conde de Sobrarbe es un muchacho de hasta treinta años, guapo, 
con barba castaña, miope, de excelente aptitud para la música y so- 
portable voz de tenor, que hace las delicias de la academia cuando 
remeda los artistas célebres. Dícese si es casado, pero á ninguna de 
las niñas que van á la academia le importan estos detalles. 



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260 REVISTA DE ESPAÑA 

Junto á D. Fernando de Sobrarbe se sienta Adela, á quien llaman 
la Bonita^ por la corrección de líneas y la belleza indiscutible de su 
rostro. Esta es la reina de la fiesta, la presidenta, el alma de la re- 
unión. Se cuenta que el día de su entrada en aquel cuarto pagó de su 
bolsillo veinte botellas de González Bjass, viña AB, y una docena de 
legítimo Qladiatet^r, Como no le alcanzase la cuenta, envió aun ^r(70m 
de recados (un botones, como se dice en Fornos), á que empeñase su 
vestido, siguiendo la orgia en enaguas. Tiene la larga historia amo- 
rosa que corresponde á su belleza, y como detalle característico se 
asegura que conserva de cada amante un par de pendientes, y son 
ya tantos, que, según el capitán Keleli, equivalen á la carga máxima 
de un mulo del cuarto montado. Comparten sus favores en aquella 
noche, un diputado de la mayoría, que cuando no es padre de la pa- 
tria, ejerce de teniente de húsares, un buen mozo que viste lo mismo 
el dolman que el frac y la guerrera que la levita: el otro amigo es el 
capitán Keleli, moreno, bigotudo, de mirada enérgica, y tan gracioso 
que hasta cuando duerme hace reir. 

Y como iban entreverados los hombres con las mujeres, tras de 
Keleli venía Cristina, una bailarina italiana que, en los ratos de 
solaz y descanso para sus pantorrillas, se entretenía en desplumar 
incautos; y tras de Cristina, un médico triste, que se enamoró de 
ella á la entrada del invierno y que veía desaparecer con las últimas 
ilusiones de su juventud su último escudo. Era especialista en las 
enfermedades de la garganta y aficionado á las buenas piernas. Esta 
fué la causa de su ruina y del encumbramiento de Cristina. 

Aún vio Nuévalos á Perico, el distinguido Perico, vestido correc- 
tamente, no representando más que veinticinco años, á pesar de sus 
treinta y siete, hombre capaz de gastar todo el dinero del mundo, si 
todo el dinero del mundo entrase por arte mágico en su gaveta. 
Junto á él, Paz, la de blancas y redondas formas, ocultando bajo un 
carácter dulce y suave un alma de hierro muy capaz de desafiar al 
hombre más templado. Seguían á Paz, Pepe y Miguel; el primero, 
gran filósofo y hombre cosmopolita, se dedicaba al estudio y á la 
vida alegre alternativamente, lo que le haría llegar á ser un sabio y 
un hombre de mundo cuando las primeras canas apareciesen entre 
sus cabellos, cosa difícil, por ser éstos de natural castaños y él dedi- 



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NIEVES 261 

cado al cumplimiento de los preceptos de la higiene. Miguel es casi 
un niño, bello como un ángel de Correggio, y tan enamorado, que 
por vivir con Paz ha fingido que tiene veinticinco años, para que na- 
die le intervenga el derroche. Paz es feliz porque adora á un queru- 
bín montado sobre un saco de monedillas de oro. 

También estaban allí Ambrosio y Manuel, dos banqueros, hijos de 
banqueros, epicúreos de afición, calculando el precio del placer por 
el goce, y mostrándose por esta razón espléndidos y magníficos, ó 
avaros y miserables, según la diversión que sentían. Y pegaditas á 
ellos, 4tsabiendo que el que á buen árbol se arrima buena sombra le 
cobija,» se hallaban cenando con voracidad, dos damiselas, bonitas 
como todas las que hacen de la regularidad de las formas un objeto 
de lucro, mirándose en los ojos de aquellos dos Cresos que, acostum- 
brados á la admiración de las modistas sensibles, reían viendo el 
apetito de sus compañeras y la alegría general de la academia. 

Aún quedaba sin clasificar un montón informe, mezcla confusa de 
los que estaban sin pareja ó sin dinero, tal vez ahitos de vino y de 
placeres, tumbados en los sofás que recorren todas las paredes del 
salón, silenciosos, observando con estoica tranquilidad todo lo que 
pasaba, mirando con avidez algunos platos y hasta banderilleando 
un par de patatitas, un sandwichs ó un pastelillo cuando se presen- 
taba ocasión. 

— Ninguno de los que están en la mesa ha pagado esto — dijo con 
aire de convencimiento el conde de Nuévalos.-— Aquí hay gato ence- 
rrado. 

— Ninguno — indicó Keleli. 

— ¿Ninguno? ¿No hay algún neófito que deseando entrar en nues- 
tra sacrosanta academia haya puesto su bolsa á nuestra disposición? 

— Nó, no le hay — contestaron á coro varios académicos. 

— ¿Ha ganado Miguelito en la Peña? 

—¡Ojalál— exclamó paz. 

— Entonces le ha tocado la lotería á Keleli bajo la forma de una 
anciana venerable. 

— Ni siquiera eso — dijo Enriqueta. 

— ¡Ea, no lo acierto! Porque esos dos ricos son incapaces de gas- 
tarse tres perros chicos en que se diviertan los demás. 



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262 REVISTA DE ESPAÑA 

Ambrosio y Manuel se encogieron de hombros sonriendo. 

— Tienes razón, Juanito — indicó una dé las hijas del general Te- 
norio — lo he pagado yo, porque me despido de vosotros. 

— ¿De nosotros? — vociferaron todos. 

— Sí, señores míos, de vosotros. Me caso, chin... ta chinta, tachín, 
tachín, tachín...— gritó José, parodiando la Marcha real. 

— Recemos un Padre Nuestro por esta desgraciada — dijo Adela la 
Boniia, 

— Deja en paz la religión, mujer — afirmó Perico. — Más vale que 
baile por última vez el zapateado con acompañamiento, por nuestra 
parte, de farandola. 

El auditorio se conmovió, y dijo: 

— ¡Bien pensado! 

— ¡Manos á la obral 

— ¡Fernando, al piano! 

— ¡Que cante Enriqueta! 

— Procedamos con método— dijo el conde de Nuóvalos. — ¿No os 
parece conveniente que con tan plausible motivo Ambrosio pague 
un ponche de té y cognac? 

— Aceptado. 

— Eso entona mucho. 

— Y un ponche no hace mengua en su bolsillo inagotable. 

— Que pague el otro Rostchild una ronda de puros. . 

— ¡Bravísimo! 

— ¡Mozoooo! 

— ¡José Mariaaaa! 

— ¡Marcoooos! 

Los dos mozos aparecieron en la puerta con la sacramental frase 
en los labios: 

— ¿Qué mandan los señores? 

Aquí fué Troya; todos pedían á la vez, y se oyó distintamente 
que se deseaba, un ponche, un par de chuletas, codornices á la irth 
chetúe, ríñones al Jerez, Jerez sin ríñones, un flan, cangrejos para un 
liberal resentido (esto lo pidió alguien que no estaba fuerte en His- 
toria Natural), arroz con perdigones, solomillo á la jardinera, un 
Chateaubriand,* en fin, apuraron por completo la lista. El lector com- 



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NIEVES 268 

prenderá fácilmente este exceso cuando recapacite que la turba que 
vacia sobre los sofás, butacas y canapés, al oir que los banqueros 
iban á pagar algo, se apresuraron á pedir todo lo que había en el 
mostrador y lo que no había. ¡Hubo quien pidió el dinero del cajón! 

— Me parece — dijo el teniente, que era además padre de la patria. 
— me parece que nuestros honorables anfitriones van á tocar retirada 
antes de que nos entendamos. 

— Creo lo mismo — añadió Keleli — por lo que convendría regula- 
rizar el pedido. . 

— ¿Qué es lo que pagas t6, Ambrosio? — añadió una voz femenina* 

— Yo, el ponche — contestó el aludido. 

—¿Y tú, Manolito? 

— Los puros, siempre que no me cueste más que á peseta por 
barba. 

— ¡Bien! ¡Bien!— Se gritó por todas partes. 

— ¡Ea! — dijo el conde de Nuévalos dominando el tumulto, si no lo 
pagáis vosotros, es cuenta mía. 

— ¡Bravo! — exclamaron todos. 

Dióse la orden de traer tres docenas de puros, por si acaso se aa- 
mentaba la reunión, y para ponche una azumbre de té, con dos bote- 
llas de cognac, todo revuelto en la ponchera más grande del estable- 
cimiento. 

Femando de Sobrarbe, que estaba desde antes del pedido luminoso^ 
según las chispas que iba á producir, sentado al piano, al ver en silen- 
cio á la concurrencia, arrancó á las teclas un acorde y dijo, parodiando 
la voz y la manera de Massini, la frase del cuarto acto de los Hugo- 
w>Us\ 

— 'lo t'amo. 

Esto trajo á la memoria de todos el zapateado prometido, y, quie- 
ras que no, Consuelo Tenorio tuvo que subirse á la mesa, previa- 
mente separada del centro, para evitar que la inmensa araña, que pen- 
día del techo, molestase á la dailaora, y allí, sobre el mantel, se reco- 
gió el vestido y comenzó un taconeo gitano, que el conde de Sobrarbe 
animaba llevando el compás en el piano y con los pies. 

Como Consuelo no tenía cuidado alguno de las copas y botellas, á. 
las dos primeras /a/#^^ sonó una de vidrios rotos que llegaron hasta. 



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Í64 REVISTA DE ESPAÑA 

lo más ítítimo del corazón de los mozos, qae son los que en todos los 
cafés pagan estas cosas. 

— ¡El Simoun!— dijo Perico, dando con aquella voz señal para que 
hombres y mujeres se cogiesen de las manos, y en seguida, al misma 
sonsonete del zapateado dieron vueltas á la mesa, como una avalan- 
cha, graznando más bien que cantando una canción animadísima. 

— ¡Basta, basta, que me canso!— decia Consuelo.— ¡Ya no puedo 
con las piernas! 

Los de abajo no se rendían, tarareaban un can-can, y ensayaban 
tin paso gimnástico, casi de ataque; de pronto Ambrosio tropieza, 
cae, y tras de él se precipita toda la masa, formándose un montón de 
fracs, vestidos de seda, pecheras blancas, faldas de terciopelo, pan- 
talones, puffs y levitas abrochadas. Fué un acontecimiento, y, aun- 
que buscado, como siempre de propósito aquella noche, ya por grar 
cioso azar ó ya porque el vino bebido así lo dispusiese, cayeron sin 
hacerse daño, y las mujeres no tuvieron que lamentar desperfecto al- 
guno en su físico. Los demás regocijados perfiles de la caída, ¿qué 
les importaban á ellas? 

Una llama azul que se divisó por el pasillo, fué el anuncio de que 
se acercaba el ponche y todos se pusieron en pie, apercibiéndose para 
«Irudo combate que iba á empeñarse entre su fortaleza y la del al- 
cohol. Hasta el descendiente de cien reyes dejó el piano y se llegó á 
la mesa. Un ¡burra! inmenso hizo temblar los cristales de la habita- 
ción. Se saludaba á Marcos, que traía una sopera como un baño de 
esponja ó como un pilón de fuente lleno de llamas azules, que subían 
hasta el techo. José el filósofo^ que tenia famade^own»^^, revolvió el 
hirviente líquido con una cuchara de plata, y sirvió hábilmente á 
todos. 

En aquel momento aparecieron en el cuarto dos nuevos personajes; 
una chula con vestido negro, mantón de cuadros y pañuelo de seda^ 
con todos los colores del iris, en la cabeza. Era morena, algo chati- 
lia, con la boca menuda, los ojos muy grandes y casi todo el cabello 
caído sobre la frente. La acompañaba un mocetón rubio, de ligero bi- 
gote, meñstofélica perilla y grandes lentes. Estaba vestido de frac, 
con cierta corrección, pero era abandonado en las maneras, y tan nu- 
trido de carnes, que el cuerpo traía á la memoria esos sacQS de gar- 



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NIEVES 265 

banzos que exhiben los dueños en la pnerta de los comercios de ul- 
tramarinos. La expresión de la cara «ra graciosa, aunque le daba un 
extraño aspecto la seriedad alcohólica que había en ella, porque no 
hay nada más cómico que la persistencia del gesto severo en los bo- 
rrachos. 

— Pasa, mujer, no tengas miedo, que toda esta gente no tiene nada 
de particular — decía con marcado acento madrileño el recién llegado 
á la chula, que al yer tanta gente pretendía ganar la puerta. T añadió, 
dirigiéndose al concurso: — ¡Vaya una hembra de primera que me 
traigo! 

— ¡Hola, Lucas!— dijeron varios al notar su presencia, lo que era 
mucho notar, dada la altura á que estaban las cosas. 

— ¡Ole, liberales! — contestó Lucas, mientras detenía por el mantón 
á BU compañera. 

— ¡Suelta, chico, suelta! Yo me voy," me están esperando — decía 
ella. 

■r-¿A dónde vas, mujer? ¡Ten distinción y no presumas! ¡Bebe 
Tino! ¡Alégrate, porque en esta vida, la cuestión es divertirse, aunque 
la familia perezca! — exclamaba Lucas con grandes pausas. 

— ¡Vaya, chico, no gastes guasa! — contestaba su compañera. 

— Distingue, chiquilla... alterna... y entérate de esta verdad fílo- 
sófíca: no hay más Dios que el placer. 

—Pero, ¿me vas tú á tomar el pelo? 

— ¡Ea! ya estoy harto de que te des tono. ¡No parece sino que eres 
hija del Conde-Duque de Olivares! ¿En qué se te ha faltado? Te he 
ofrecido cena, vino, compañía de mérito, y todo te lo he dado. Ahí 
tienes — añadió mostrando la reunión — las más hermosas archiduque- 
sas y los primeros capitalistas de este país. ¿Cuándo has visto tú en 
el Ramillete gente tan distinguida? 

T añadió, como último argumento: 

—En fin, vete si quieres, pero te irás sin el mantón. 

Lo hizo como lo dijo; se lo quitó. Entonces empezó una lucha casi 
épica por la posesión de la prenda, forcejeando la chula y Lucas, 
mientras los académicos se reían á mandíbula batiente, contemplando 
aquel espectáculo primitivo. 

—Vamos, Vidrieras, suelta el mantón— decía ella. 



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266 REVISTA DE ESPAÑA 

— jComo no lo suelte! — contestaba ¿1.-4X^1 crees que á las perso- 
nas honradas se las abandona á las caatro de la mañana? ¿Qxxé tienes 
tú que hacer ahora? Si volvieras á esta hora á tu palacio, creerían que 
estabas enferma, porque tú nunca te retiras tan temprano. 

Cansada por los esfuerzos, la chula tomó el partido de todas las 
mujeres vencidas: llorar. En este punto intervino en la contienda 
Perico con un vaso de ponche, que á la fuerza la hizo beber, y luego 
José con otro, y Miguel con uno nuevo. Tres vasos de ponche, en que 
el cognac ha sido derramado en abundancia, dejan sin voluntad á cual- 
quiera; por lo que la niña se quitó el pañuelo de la cabeza, dejándo- 
sele anudado al cuello, y pidió una silla, diciendo después á Lucas 
por vía de reproche: 

— ¡Qué gracioso, hombre, qué gracioso! ¡Pues no es ná lo que tú 
me haces perder á mí esta noche. Pero para que veas que no soy ana 
cualquier cosa, me quedo. 

— Pues ande \2kjuergay que aquí no ha pasado nada — dijo Lucas. 

Y como no encontrase silla, se sentó sobre las rodillas de Ambro- 
sio, que entre que le hiciera gracia el desplante y darse por ofendido, 
decidió que le hiciera gracia. Así es, que cogiendo entre sus brazos la 
disforme cabeza de Lucas, la acercó cariñosamente á la suya, di- 
ciendo: 

—¡Cuánto te quiero, evangelista! 

— ¿Sí? — objetó Lucas — pues convídame á algo, 

— Pide lo que quieras. 

La academia aplaudió. Ambrosio estaba desconocido. Era la pri- 
mera vez que tenía aquellos rumbos. Verdad es que también era la 
primera en que se encontraba esclavo del alcohol, y ya se sabe que el 
espíritu de vino es muy derrochador. 

— ¿Quién es Lucas? — preguntó uno, de los que no asistían á diario 
á las cenas de la academia al capitán Eeleli. 

— Lucas, es... Lucas — contestó éste riéndose. 

— Dispense Vd., es que no le conozco. 

— ¿No le conoce Vd.? Pues es un periodista muy simpático, muy 
trabajador y muy alegre. Pasado mañana, aún estará aquí bebiendo 
vino; conque figúrese Vd. 

T siguió la org^a terrible, dominadora, avasallándolo todo. Se pidió 



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NIEVES 267 

más vino y se hizo otro ponche. Ambrosio bailó los gallos felones, La- 
cas cantó el señorito Ricardo, y la chulilla se arrancó por corraleras^ 
sacias y martinetes, que era una bendición. 

— Vamos á la Taurina á continuar el cante-- A\}0 uno. 
— Pues qué, ¿hemos dado fin á la bodega de esta casa? — preguntó 
Lucas. 

— ¡Qué disparate! 

— Entonces, ¿para qué» hemos de cambiar de sitio? • 
En esto apagaron el gas, porque ya el día sembraba de rosas el 
Oriente. Se levantó una protesta contra aquella determinación del ca- 
fetero. 

¡Apagar la luz¡ ¡Una barbaridad! No hay nada más ofensivo que 
la luz del sol. Es preciso alargar la noche. El alba es enemiga del 
empalme natural de las papalifias. A ver, ¡mozooó! que den gas de 
nuevo y que se cierren las ventanas. ¿Que empieza á clarear? Mejor, 
no lo queremos saber. Y comenzaron de nuevo las bromas, los bailes 
y los chistes picantes, convirtiendo el cuarto en un infierno. 

El conde de Nuévalos se deslizó sigilosamente, cogió la capa y se 
marchó sin despedirse. A la salida se le acercó un joven con detalles 
de artista en su vestir y con mucha simpatía en el moreno rostro. 
— ¡Ole, Bartuchi! — dijo Nuévalos.. 

— GHenas noches, zeño Conde— contestó el aludido, haciendo ade- 
mán de quitarse el chambergo que llevaba. 
— ¿Tienes alguna tablita? 

— Tengo do que zon xin^perdizión. ¡Lo ma grande! Aquí eztdn, que 
no eztin muy lejos, y ¡zuperiorez! de Luca y de Espina. ¡Vaya un 
castigo de colorez hecho con virgüenza! Y ¡qué dibujo tan prefecto! 
Dicen que ezto es barroco; esto lo que es el cetro y la corona de la 
Zantizima Trinidd. Ze le pone un marco de á parm^ {mordura de 
50 reales metro) y risurtan un prodigio. No mire Vd. el lejos, porque 
de noche el amarillo se giierve blanco. Le digo asté que colocadas en 
zu cuarto de ííííí parecerán de Safaer Durvino, por no deci de Rafaer 
Mólim. 

Mientras espetó este diiscurso, Barbuchi sacó de detrás de un sofá 
dos tablitas muy animadas de color, y las daba vuelta entre sus ma- 
nos, alejándolas ó acercándolas á la luz según los razonamientos. 



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268 REVISTA DE ESPAÑA 

— Son bonitas— dijo el Conde. 

-- ¡Bonitas! Bendita zea la zar de usté y la mare que lo parió. ¡Si 
tzio ez oro moliol Mire ustiy zi no fuera por la mardüa pecetiya que 
hay que buscar pa los churumbeles (tengo zeiz que no caben bajo un 
zambrera, señó Conde) no laz daba manque me laz pezaran en briyanies. 
Pero por ^«r í¿^// quien ez, vengan diez duros por las dos, que la zim- 
paiid de la presona paga lo demás que pierdo en la venta. 

— Bueno; está bien, envíamelas mañana á casa. 

— ¡Ole loz hombres! 

Despidióse Barbuchi, que es un personaje adscripto al entresuelo 
de Fomos, y más imprescindible allí que el hermoso Mercurio que 
Sala pintó en el techo del salmón, y el Conde descendió la escalera pre- 
cedido de Marcos, que bajaba con un manojo de llaves para abrirle la 
puerta. Antes de salir se embozó bien, recogió con la derecha mano 
la vuelta de la capa, y se echó á la calle. Amanecía; una turba de ba- 
rrenderos bajaba desde la Puerta del Sol arrastrando sobre los ado- 
quines sus inmensas escobas, que levantaban nubes de cieno. Brilla- 
Iban los faroles de los serenos del comercio que iban despertando á 
los dormidos dependientes de las tiendas; pasaban trotando y hacien- 
do sonar las esquilas las burras de leche encaparazonadas con man- 
tas valencianas multicolores; pregonaban su mercancía los cafeteros 
ambulantes, y las buñoleraís disponían en las esquinas su tinglado 
de madera y zinc. Cuando llegó á la Puerta del Sol, comenzaron á 
salir por las calles que en ella desembocan obreros con gorras de 
seda negra, con pantalones azules y blusas manchadas de yeso casi 
todos; algunos llevaban una americana sobre la blusa. Los había con 
sombrero de fieltro, cuya mugrienta cinta sujetaba una placa me- 
tálica, en la que campeaban un número y una cifra; los había con 
gorras de pelo y capas de paño rojizo como aquellas qu« pintó Ye- 
lázquez en sus Borrachos, Detrás de éstos venia un ejército de blusas 
azules, pardas y destrozadas chaquetas, mantas á cuadros rojas, ver- 
des y azules: la tarba-multa de trabajadores. Todos llevaban el saqui- 
to en la mano que contiene la merienda, y echaban media copa en la 
primer taberna que encontraban al paso. Iban de prisa, como ai de- 
searan cuanto antes fatigar su honrado cuerpo. 

El conde de Muévalos, al contemplar aquellos rostros pálidos, pero 



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NIEVES 269 

enérgicos, con las señales del reciente sueño abandonado, y conside- 
rar el escándalo que se producía en los trabajadores con sólo su pre- 
sencia, puesto que, á pesar de la capa, se adivinaba el frac y no se 
ocultaba el gibiiSj estuvo por hacer una frase ñlosófíco-social; pero 
comprendiendo que estaba la mañana fría y nubladísima para me- 
terse en dibujos, avergonzado, tomó un coche simón, y ya dentro, 
dio las señas de su casa: Costanilla de Santa Teresa, 44. Por la pri- 
mera vez en su vida se explicó qne el tomar un coche de plaza pu- 
diese servir para disimular un remordimiento. Por lo menos, oculto 
entre las cuatro paredes del vehículo, no escandalizaba á los dignos 
trabajadores con su insultante é improductivo trasnoche. 

Y menos mal que no vio las beatas envueltas en sus mantillas ne-* 
gras desgranando el rosario camino del templo, ni á las cocineras 
con la enorme cesta pegada á la cintura, ni los mozos de los merca- 
dos cargados de cebollas, lechugas, cardos y berzas, ni á^los criados 
de las carnicerías con terneras en la cabeza, abiertas en canal, ven- 
trudos cerdos al hombro y horribles despojos de varios animales ha- 
cinados en vasijas metálicas. Ni siquiera los pinches, los vendedores 
ambulantes ni los aguadores le impidieron el paso. El coche ech6 
por la calle de Peligros, la del Clavel, la de San Bartolomé, y por la 
de Pelayo se plantó en un periquete en la Costanilla de Santa Teresa. 
Nuévalos tenía un cuarto de soltero; una sala con banquetas y 
sillones forrados de felpa bronceada; con armas, platos y cuadros en 
las paredes; un águila eu el techo, sosteniendo con sus fuerte^ ga- 
rras nna lámpara de acero; una mesa de nogal escasa de papeles, y 
una estantería de lo mismo repleta de libros, con encuademaciones 
magníficas y coronada de terra-cotas y bronces. En su cuarto de dor- 
mir todo era de pino, la cama, la mesa de noche^ la cómoda, el la- 
vabo y el armario de luna; hasta las bastoneras, atestadas de róte- 
nes, palasas, juncos y conchas. Sobre la chimenea había un espejo 
que llegaba al techo; en un rincón, una ducha; junto á ella, arrimado 
á la pared, un baño de esponja hecho de tela impermeable. El resto 
de la casa quedaba para los criados: cocinera, doncella y lacayo. El 
Conde ocupaba las habitaciones de la calle y entraba rara vez por 
allá dentro. Ni siquiera almorzaba en el comedor, que era la única 
comida que hacía en casa. 



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270 REVISTA DE ESPAÑA 

Nuévalos, como hombre previsor y práctico en trasnochar, cerró 
herméticamente todos los pantos por donde pudiese penetrar la luz: 
luego encendió una bujía y escribió en un un papel estas palabras; 
«Pepe, no me despiertes hasta las cuatro; que engachen el tordo en 
el faetón de guiar.» 

En seguida, considerando que había cumplido con todos los debe- 
res do un hombre que quiere dormir y no gusta de que le incomoden, 
comenzó á desnudarse. 

¡Caramba!— pensaba mientras se quitaba la ropa-— es deliciosa una 
cena de jóvenes alegres! El vicio tiene atractivos, y eu medio de 
todo, es sano. Nunca había estado él enfermo; algún dolor de cabeza, 
algún enfriamiento del estómago, algún constipadillo; total, nada. 
No hay como hacer mala vida para que á uno no le pase nada. Sin 
embargo... hoy notaba dolor en la nuca... ¿Sería aprensión? Nó, ¡dia- 
blo! Un dolor real y marcado; parecía que en la bóveda craniana le 
metían un clavo ardiendo. ¡No puede uno burlarse de las enfermeda- 
des! Tampoco el costado izquierdo estaba sano. ¡Ay, Dios mío! ¡náu- 
seas también, él, que nunca las habla tenido! El ponche me ha hecho 
daño y el calor que había en la academia. ¡Bah! una ducha, y todo 
está arreglado... Si ese imbécil de Pepe hubiese puesto agua, á lo me- 
nos! ¡Sí la hay! ¡Ea, valor! ¡Brrr, ¡Qué frío! Pero esto fortifica y hace 
inglés. ¡Cáspita! cuando uno está sano y bien dormido, es una delicia; 
pero así como estoy... ¡el cielo me saque con bien de esta barbaridad! 

ge abrió la puerta del gabinete y asomó en el dintel la bella figu- 
ra de la Duquesa, hermosa y triste como un lirio. Y es que las muje- 
res están siempre más hermosas cuando, conservando el amor, lo 
amalgaman ¿bn los celos. 

Venía vestida con el traje que un revistero de salones denomina 
Marta la Piadosa; es decir, vestido negro de lana sin adornos, manto 
con velo oscuro, gran devocionario en las manos y sendo rosario arro- 
llado á la muñeca. Es la traza inventada por las señoras para visitar 
en las primeras horas de la mañana las iglesias y los amantes. 

— No sabes, Juan, la alegría que tengo — dijo al ver salir de la 
ducha al Conde, metido en un blanco y afelpado albornoz. 

— ¡Brrr!, ¡Qué frío! Buenos días, mujer— gritó con voz nerviosa el 
Conde. 



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NIEVES 271 

— Estoy alegre, porque creí que me habías jugado alguna mala 
partida anoche, y veo que te levantas ahora. 

-¡ ! 

— Yo me dije, al venir: cogeré á ese picaro sin acostarse todavía. 

—i ! 

— Ha sido un mal pensamiento, lo reconozco; ¡pobre Juanito miof 
Ya tú ves; el único día en que te levantas temprano, venía yo dis- 
puesta á echarte una chillería por trasnochador. 

— ¡Ay, Dios mío! ¡Ay, ayl 

— ¿Qué te pasa? 

— Yo estoy malo. 

— Vamos, eso, ¿lo finges para convencerme de que no te prueba 
el madrugar? 

— No es eso. 

— Entonces, será lo otro. 

— Kó, mujer; es que no me he acostado todavía. 

Y al decir esto, el Conde, pálido como un muerto, se dejó caer so- 
bre la cama, temblando de frío, sin notar el asombro de la Duquesa. 
Se confesó á medias; le habían convidado á un ponche ¡condenado 
brevajel y hablando, hablando, entre amigos, {hombres solosi se le 
pasó la hora. 

jBaena se puso la Duquesa! ¡Infame! ¡Inconstante! ¡Perdido! ¿A 
qué mentir? Él habia desaparecido de casa de Conchita, cuando su 
deber era acompañarla. Sólo Dios sabría lo que hizo, porque en el Ve- 
loz no estuvo: ella se lo había preguntado á su marido con habilidad* 
¿En dónde pasó la noche? ¿En dónde había cogido aquella indiges- 
tión? ¡Porque era una indigestión! ¡Qué hombres. Virgen Santa, qué 
hombres! ¡Qué diferencia en un año escaso! La primavera anterior, 
cuando estuvo en la posesión que ella tiene en Villa-Pérez, ¡entonces 
8í que era un cumplido caballero! ¡Qué bien sabía decirle cosas agra- 
dables en aquella ventana que tapiza un rosal trepador, cuyas flores 
amarillas parecían sujetarla en un marco de oro, sólo digno de apri- 
sionar un retrato como el de dial Esto era una frase de él, que 
para vencer sus naturales resistencias, se la echó de soñador y de 
poeta. Ella estaba ya retirada del mundo cuando se cruzó en su ca- 
mino. Un invierno de Jliríaciones en el Real fueron inútiles; ella se 



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272 REVISTA DE ESPAÑA 

había retirado á tiempo. A las primeras canas había dedicado el cuer- 
po á Dios y besado con la ternura, de una madre verdadera á su ado- 
lescente hija. ¡Pero él habíale fingido tan admirablemente el amor!... 
La hizo creer que la juventud se detiene, y que una mujer distinguida 
no puede ni debe renunciar al mundo jamás. ¡Es tan dulce, cuando 
uno ha llegado á la época critica, cuando empieza el otoño de la vida, 
oir palabras ardientes, declaraciones amorosas!... ¡Caen en el corazón, 
lleno todavía de ardores volcánicos, como lluvia benéfica en campo 
agostado! Se había enamorado locamente; había puesto á sus pies su 
alma y su fortuna... ¿Para qué? Para ser muerta á disgustos. 

— Yo sí que me muero; ¡mujer! déjate de historias sentimentales. 
Llama un médico, pide socorro, que traigan la Unción!— dijo el Conde 
revolcándose de dolor en la cama. 

— ¡Pobrecito I ¿Estaba enfermo de veras? Entonces callaba. Ella 
avisaría á todo el mundo, á los criados, al médico; se constituiría en 
enfermera suya, lo velaría día y noche. A ser preciso, se abriría las 
venas para darle su sangre. 

Y hecha un mar de lágrimas, pero decidida y enérgica, alborotó 
la casa, llamó á los criados y dispuso que la cocinera, de paso que 
iba á la plazuela, avisase al médico. 

—¡Pepe— dijo al criado — el señorito se muere! 

— ¡Por Dios, señora, no diga V. S. esas cosas! — contestó el laca- 
yo. — ¿Qué va á ser de nosotros entonces? 

— ¡Qué desgraciada soy! 

— Sabe la señora Duquesa que eso puede depender de que... como 
hoy... vamos, hoy tiene que pagar el señorito mil duros que le han 
vencido, y... el señorito ha estado desgraciado estos días en el círcu- 
lo... en fin, yo... 

— ¡Basta! no le digas á él una palabra, porque le darías un dis- 
gusto terrible; pero vete á las doce por el dinero á mi casa. Págalo 
todo, y... no te olvides, te encargo el secreto— dijo febrilmente la 
gentil dama. 

— Descuide la señora Duquesa... ya sabe la señora Duquesa que 
yo soy un muerto... en las cosas de la señora Duquesa. 



El calmante que recetó el médico y el calor de la 



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NIEVES 273 

^n la tranquilidad al enfermo. No era nada, ¡el ponche! A la tarde 
■estaría bien. La Duquesa se despidió cuando dieron las doce, deján- 
tlole adormilado. A las cuatro le despertó Pepe, dándole la noticia de 
<iue la Duquesa le había entregado diez y ocho mil reales, porque él 
le había hecho una relación de cierta deuda del Conde. 

Nuévalos enrojeció un momento; pero después, al yer los billetes 
sobre la mesa de noche, se echó á reir y prometió á Pepe cincuenta 
duros como premio de su astucia. 

— ¡Qué diantre!— pensó el lacayo — la promesa no es mucho. Pero 
como yo tengo cien duros apartados, del mal el menos. 

Mientras tanto, en la academia se pedía una docena de botellas 
de Champagne /rajT^. Los académicos estaban reducidos á la quinta 
parte. De mujeres no quedaban más que la chula y Consuelo, dur- 
C3Íendo en un sofá juntas y abrazadas. 

Bafaél Comeng^e. 

(Continuará). 



TOMO CV 18 



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REVISTA LITERARIA 



>^rMwwv»^»»»»^»N^^A#» 



fLOS GODOS,» POEMA ÉPICO DEL SR. OLLOQUI 



No hace mucho nos lamentábamos de lo escaso y parcial de nues- 
tro actual movimiento literario y hoy, por el contrario, tenemos la sa- 
tisfacción de declarar que éste ha mejorado notablemente, merced ala 
reciente publicación de varios libros, entre los que merecen especial 
mención las Obras poéticas de D.Emilio García de Olloqui de las cua- 
les han visto la luz hasta ahora tres tomos; el segundo y tercero, for- 
mados con poesía lírica y narrativa, publicada anteriormente, de que 
no nos ocuparemos, por tanto, hasta que se den al público el cuarto 
y quinto, ya en preparación, y el primero, que contiene un poema 
épico ó epopeya — denominaciones que indistintamente le aplica su 
autor — y es la obra nueva de que vamos á dar cuenta. 

Acostumbrados como estamos á que las composiciones en verso 
no ocupen más extensión que la de unas cuantas hojas de un pequeña 
volumen en 8.^, ó á lo más un folleto, que estirándolo mucho se con- 
sigue llegue á las cien páginas, cuando cayó en nuestras manos el ti- 
tulado Los Chdos^ experimentamos una verdadera sorpresa y no poca 
admiración, aunque mezclada con cierto dejo de iucertidumbre, por 
que no queríamos dar crédito á nuestros ojos, que nos decían quo 
aquel era un tomo en 4.^ de cerca de ochocientas páginas y contenía 



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REVISTA LITERARIA 275 

PDa sola composición de 16.000 versos endecasílabos. Aunque no 
se atendiera, pues, á otra consideración que á su longitud, el poema 
Los Godos sería digno de respeto, porque lo menos que supone 
aquella cualidad, es el empleo de mucho tiempo y mucho trabajo. . 

Lo inusitado del caso, por una parte, y el no haber sido nuestra 
literatura favorecida con ninguna producción notable de esta índole, 
no obstante hallar en algunos poemas de los siglos xvi y xvii, como 
la A'^aucana y el Bernardo^ trozos superiores á lo que nos ofrecen los 
de otras literaturas, nos movió á leer el libro del Sr. Olloqui, y esta 
lectura nos ha sugerido algunas observaciones que con brevedad va- 
mos á exponer. 

El artista, el literato, ¿escribe sólo para sí, ó escribe también 
para los demás? Y en este último caso, ¿para sus contemporáneos, 
6 para las generaciones siguientes? Porque cuando el público per- 
manece frío ó indiferente ante la obra de un autor que ha alcan- 
zado ya cierta nombradía, es frecuente que él ó sus amigos digan 
que no se preocupa de aquel silencio ó desvío, porque tiene más 
altas miras y está contento de su obra, que satisface cumplidamente 
al arte; ó bien que no escribe para el momento y estima en menos el 
aplauso momentáneo del presente que el asentimiento de la poste- 
ridad. 

Bien se comprende que estos son desahogos del amor propio he- 
rido; pero por el tono de convicción que se les da y la forma de que 
se revisten, hacen creer á muchos que el artista siente y piensa de 
una manera particular, exclusiva, que en nada se parece á la del 
resto de sus semejantes, y que el papel de lo que se llama el público 
es puramente receptivo; de manera, que el autor produce su obra con 
arreglo á su ideal, le muestra un mundo ignorado que le es ajeno, 
y entonces, ante tal prodigio, debe admirarse y quedar atónito y sub- 
yugado. Y esto en manera alguna puede admitirse. El artista no es 
un ser aparte que vive desligado de los demás, ó que posee facultades 
superiores ó distintas de las de todos y cada uno de los que consti- 
tuyen el público, sino que forma parte integrante de él; es uno de 
tantos, que sólo se diferencia de los que vulgarmente se conocen con 
el nombre de profanos en un grado mayor de capacidad para ver la 
belleza, y en poseer una cultura conveniente para hacer sensible á los 



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276 REVISTA DE ESPAÑA 

otros en forma adecuada el producto de sus concepciones. La frase co- 
rriente «de músicos, poetas y locos todos tenemos un poco;» la afir- 
mación corroborada por experiencias repetidas de que no hay hombre 
que no haya sido elocuente alguna vez en su vida; la verdad, ya por 
todos admitida de que el pueblo es un gran poeta, como lo atestiguan 
obras tan inmortales como nuestro Romancero y tipos tan universales 
como el Don Juan, que tiene ya una rica literatura, prueban mejor 
que todos los razonamientos la identidad de las facultades artísticas 
de uno y otro. 

No menos equivocación hay en suponer al arte como una cosa que 
tiene existencia propia, que vive por si con leyes independientes, im- 
posibles de interpretar mas que por los que se dicen iniciados en sus 
misterios; pues el arte, como la belleza, son cosa esencialmente hu- 
mana, tienen sus raíces en nuestra naturaleza, se desarrollan con 
ésta, obedecen en sus manifestaciones á leyes genérales conocidas, 
hasta el punto de que se ere posible por algunos — Taine entre otros — 
averiguar casi matemáticamente, lo mismo que si se tratara de ha- 
llar una íncógita por medio de una ecuación, las direcciones futuras 
del arte en un país, las formas predominantes, el número de artistas 
y la calidad de ellos; en una palabra, como el espacio no sería sin 
cuerpos ni el tiempo sin la sucesión y mudanza de las cosas, la belleza 
y el arte no existirían si el hombre no los sintiese y afirmase su rea- 
lidad. Hay, por consiguiente, estrechas relaciones, casi solidaridad 
entre el público y el artista, y de aquí que sea inútil que éste trate 
jamás de declararse en rebeldía ó colocarse sobre aquél, porque sólo 
será considerado como tal si el primero lo consagra y á él y á su 
tiempo se subordina el poeta. 

Aun admitiendo esto, queda todavía para algunos el recurso de la 
posteridad, para la cual, dicen, producen sus obras, ó á la que «pelan 
del fallo de sus contamporáneos. No les asiste, sin embargo, más ra- 
zón ahora que antes; porque si no han acertado á interpretar los sen- 
timientos ó aspiraciones de la generación en cuyo seno han nacido 
y cuyo ambiente respiran de continuo, ¿cómo pretender interpretar 
con verdad el pensamiento de las venideras? Y por otra parte, y aun- 
que conviniéramos, que no convenimos, en considerar de más valor 
el juicio de las gentes futuras, ¿cómo descansar tranquilos en seme- 



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REVISTA LITERARIA 277 

jante creencia, cuando no se registran casos de que obras que fueron 
juzgadas como malas en su época, hayan sido posteriormente objeto 
de unánime alabanza? 

Pero dejemos todo esto, que son suposiciones, porque nadie mejor 
que los mismos autores comprenden su unión indisoluble con la so- 
ciedad en que viven, como lo demuestra el hecho de que ninguno 
hasta ahora ha escrito sólo para sí. Aun los más orguUosos de sí 
mismos y más desdeñosos del juicio ajeno, gustan de dar á conocer 
los frutos de su ingenio, estiman el fallo favorable de aquélla como 
la mejor garantía del mérito de su obra, y toda la gloria postuma con 
que les brindara la humanidad entera la cambiarían por un aplauso 
espontáneo de los hombres de su tiempo. La misma circunstancia de 
expresar el artista de alguna manera sus concepciones, demuestra^ 
sin que él se dé cuenta de ello, que siente la necesidad de hacerlas 
más durables, de comunicarlas á otros, para que gocen con ellas y 
las aprecien; pues si sólo creara para dar contentamiento á su espí- 
ritu, entonces las dejaría intactas en la región de su fantasía para que 
no perdieran nada de su pristina pureza. 

El poeta, por consiguiente, como siempre lo ha hecho, debe co- 
nocer y seguir las tendencias de la sociedad de su tiempo, inspirarse 
en su gusto y sentimiento, aspirar á reflejar su modo de ser, si no 
quiere verse solo, aislado y que lo consideren como un ser extraño 
cuyos cantos se pierdan en el vacío. Nada habríamos dicho sobre este 
panto, acerca de cuya doctrina están conformes ya cuantos se ocu- 
pan en cosas de literatura, si ciertos autores no parecieran desconocer- 
las ó no intentaran ir contra ellas, produciendo obras que por su fon- 
do y por su forma pugnan con la época en que ven la luz. Tal sucede 
hoy con algunos poetas que se empeñan en evocar ideas en que ya 
nadie comulga, y resucitar formas literarias que no son del gusto d^ 
nuestro siglo, sin que los fracasos experimentados por otros les hayan 
convencido de lo temerario de su propósito. Nos referimos á los que 
creen posible hoy la poesía épica tal como fué cultivada por los an- 
tiguos. 

En buen hora que se diga que lo épico es tan de nuestra edad como 
de las edades pasadas, porque su objeto es la naturaleza, la vida hu- 
mana, los sentimientos de los hombres, el mundo, en suma, que nos 



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278 REVISTA DE ESPAÑA 

rodea, desde el infusorio hasta los sistemas astelares, y el poeta para 
este fin se encaentra en condiciones mejores que en tiempo alguno, 
pues que reúne una ilustración y cultura más general y una sensi- 
bilidad más exquisita para emocionarse ante los espectáculos del 
mundo físico, como ante las luchas del mundo moral; pero, ¿se puede 
decir otro tanto de la poesía épico-heróica, que tan alta representa- 
ción tiene en las anteriores literaturas, ó de laEfopeyay la más supe- 
rior de todas las composiciones, producida j)or el genio de los anti- 
guos? Requiérese en el primer caso que el hecho memorable llevado á 
cabo y el personaje que lo simbolice hayan interesado é interesen el 
sentimiento general hasta el extremo de que la musa popular tenga 
acumulado ya gran cantidad de recuerdos, tradiciones y leyendas 
que sean los materiales de que se sirva el poeta, y haya dotado al 
héroe de todas aquellas perfecciones que hacen de él, más que un 
hombre, un ser casi divino, genuina personificación del espíritu na- 
cional, ó que la civilización haya llegado á un punto en que la una- 
nimidad de ideas y aspiraciones permita al poeta mostrar en una sín- 
tesis suprema la vida de toda una edad. 

Ahora bien; ¿no estí^mos ya suficientemente ilustrados para ver 
de su tamaño natural á los personajes históricos? Las tradiciones, mi- 
tos y leyendas, ¿tienen otra significación que la de elementos que uti- 
liza una de las ciencias derivadas de la sociología, el Folk-Lore, para 
estudiar hasta las más sutiles evoluciones del espíritu humano en su 
proceso general? ¿Acaso la religión ó la filosofía, ó siquiera la decan- 
tada fraternidad humana, logran dar unidad á nuestra época, á dis- 
tintos pueblos, ó al menos á los habitantes de una raza ó de un país 
determinado? Pues si no es así, ¿cómo querer que se den ó se acepten 
poemas heroicos ó epopeyas del mismo estilo y corte de las que nos 
ofrecen las literaturas clásica y de la Edad Media? 

Claro es que nó; y por eso el poema que principalmente se cultiya 
en este siglo es el de carácter filosófico ó social, como el Fausto^ el 
Manfredo y el Don Jiian,áe Byron, y el Akasverus;ñBl como entre nos- 
otros son de todos conocidos y celebrados M diablo mundo y otros de 
autores que actualmente viven, mientras apenas ha juzgado nadie 6 
leído una docena de personas, El Cid, escrito hace pocos años por 
nuestro gran poeta Zorrilla. Es verdad que en boca de todos andan^ 



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REVISTA LITERARIA 279 

.y citadas se ven sin cesar como monumentos literarios las obras de 
^ste género que nos lian legado los pasados siglos; pero obsérvese 
«ómo se aprecian siempre en relación con su época y más como objeto 
de estudio y erudición por parte del crítico ó del historiador, que 
cual obras capaces de despertar nuestro sentimiento ó de preocupar 
de algún modo la conciencia. Habrá — y esto no se puede negar, por- 
que la naturaleza humana no ha variado, al menos de un modo apre- 
ciable^ desde entonces — situaciones, sentimientos concretos, que^ 
como la despedida de Héctor y Príamo á los pies de Aquiles, ó la 
amistad de Niso y Eurialo, nos conmuevan, por haber logrado el 
poeta darles la interpretación más exacta; mas dados los progresos 
del espíritu humano desde aquella fecha, y la cultura superior del en- 
tedimiento, es evidente que el hombre no podría, como no puede, pre- 
ferir la lectura de la Iliada 6 de la Eneida, á la de los poemas de Cam- 
poamor, y Musset, por ejemplo, ó de cualquiera de las buenas nove- 
las que han aparecido en nuestros días. 

Si asi no sucediera, si todavía fuese posible el poema hecho 
con arreglo al patrón de nuestros antepasados, no sería el Sr. Olio- 
qui el menos á propósito para dedicarse á él con provecho; porque 
al autor de Los Godos no le faltan condiciones. Son estas: atrevi- 
mientos bastante para acometer la obra de más empeño que se 
conoce, cual es la Epopeya^ pues aun cuando lleva el título de 
poema épico, la obra conocida hoy con aquel nombre es la que se 
ha propuesto realizar; una perseverancia que ha resistido con 
tales bríos la influencia deletérea que en la consecución de todos 
ios propósitos ejerce el tiempo, que comenzada la obra en 1844, 
no pensó su autor ni una sola vez en desistir, ni le permitió flaquear 
hasta darle remate en el año último en Alejandría, donde ac- 
tualmente se encuentra, é ilustración y talento poético de alto vuelo. 
Estas cualidades se revelan en Los Godos, y nos obligan á decir algo 
sobre él. 

Desde luego, y sean las que quiera las opiniones que se des- 
prendan de lo expuesto anteriormente, declaramos que el Sr. OUo- 
"qui estuvo verdaderamente inspirado al escojer el asunto de su poe- 
ma. No se conoce todavía la historia de la China lo suficiente para po- 
lier apreciar las condiciones que rodeaban á aquel vasto Imperio al 



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880 REVISTA DE ESPAÑA 

Terífíca^rse eh él las grandes inyasiones tártaras que renovaron más d^ 
una vez la faz de aquella mitad del Continente asiático, ni los resal- 
tados que produjeron; pero, sin duda, la revolución ocasionada por- 
ellasno fué mayor que la experimentada por Europa á fines del si- 
glo V, cuando rotas las barreras del Rhin y del Danubio por la 
fuerza del número más bien que por la de las armas, cayó sobre el 
carcomido, pero todavía majestuoso Imperio romano, que compendia- 
ba el mundo antiguo, aquel enjambre de pueblos de razas diferentes, 
con diversas leyes, costumbres y creencias, conocidos con el nombre 
genérico áe idrdaros. Pues bien, el autor se coloca en este momento 
supremo de la historia, y tomando como objeto para dar unidad á su 
obra á los Godos — elprincipal de estos pueblos — trata de condensar en 
la misma aquella marejada inmensa, mostrando la lucha de las razas, 
las religiones y la transfusión recíproca que estas civilizaciones se 
hacían de aquello que contenían de sano y útil para la nueva socie- 
dad que ya empezaba á germinar. No podía haber escogido el autor- 
un hecho más general ni de más trascendencia en la historia de la 
humanidad, y por eso en este punto no debe escaseársle el aplauso, si 
bien, por tratarse de un período crítico de transición, no es el que me- 
jor se prestaba á una epopeya, dado el concepto que de esta compo- 
sición tienen los estéticos modernos. 

Después, ajustándose en un todo á las reglas de la preceptiva an« 
tigua para esta clase de obras, desenvuelve el complicado argumento 
de su poema en un extenso plan, sirviéndose de todos los elemen^ 
tos que pueden dar realce á la acción y á los personajes, y gran- 
diosidad al conjunto. Así, lo sobrenatural y lo natural no faltan en 
todo el poema, hallándose representado lo primero por lo maravi- 
lloso poético, en donde entra tanto lo divino como lo alegórico y lo 
quimérico, y lo segundo por personajes y hechos históricos y perlas 
fuerzas y leyes del mundo físico, y dando por resultado las relaciones 
que ambos sostienen entre sí, el enlace de la acción humana con la 
divina, que son indispensables para la unidad en estas obras. 

El cielo scandinavo con Odin á la cabeza, y el infierno con Molok^ 
vienen al poema acompañados de personificaciones de seres de la Na- 
turaleza, como animales fabulosos, árboles sagrados, mares y monta-- 
ñas, que mantienen el movimiento y sirven para entretejer la trama d^ 



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REVISTA LITERARIA 281 

la epopeya. T Alarico, como el más caracterizado representante de lo» 
Godos, y Arcadio y Honorio, como representantes dellmperio, van 
seguidos de buen número de personajes secundarios, los cuales 
dan yida á una serie de acontecimientos que, si no nos interesan, no 
es porque dejen de estar bien relacionados y presentados oportuna- 
mente. La superioridad del ideal cristiano, todo mansedumbre y fra- 
ternidad, y su influencia sobre las devastadoras huestes de los hom- 
bres del Norte, está mostrada con arte en la humillación de Alarica 
ante la Cruz y el Pontificado, después de su entrada en Roma, tras- 
la sangrienta batalla librada bajo sus muros. 

£1 poeta ha tenido en cuenta á veces, como debía, que en esta 
clase de composiciones á que pertenecen Los Godos cabe una gran 
variedad de situaciones, alternar la narración con la exposición y la 
descripción, y emplear todos los tonos, y desde el lenguaje más se- 
vero hasta el más florido. 

La fortuna, sin embargo, no le ha sido propicia en este punto^ 
Apenas si se encuentra entre las situaciones alguna que despierte el 
alto interés que en esta clase de obras deben alcanzar, ya porque pre- 
domina en ellas el estudio y la reflexión, y el autor no las ha sentido- 
ni expresado con espontaneidad; ya, también, porque se encuentran 
varias, repetidas bajo forma diferente; y en cuanto á las descripciones, 
suelen pecar de difusas y carecer de entonación y claridad. No obs- 
tante, puede citarse como escena imponente, por su significación y el 
relieve con que está expuesta, aquélla en que el autor presenta al As 
pensativo, trasponiendo en oscura noche polar la embocadura del Elba 
y la Fionia, camino de üpsal, y, parado sobre el Morásten, le sale al 
encuentro el piadoso BaUero, á quien comunica la fatal noticia de que 
no es ya el dios de aquellos altares y que debe huir; y como pintura 
llena de vigor y colorido, la del circo romano; y aunque no tan bella, 
la que el Serafín hace del cielo, sus moradas y sus moradores, con 
cuyo motivo se exponen los dogmas fundamentales del Cristianismo. 

Pero lo que principalmente llama la atención en Los Godos^ y es 
causa de otros varios defectos particulares, es la excesiva preponde- 
rancia que se da al elemento sobrenatural, hasta el punto de avasallar 
todo lo humano ahogando su acción y reduciéndolo poco menos que á. 
mero accidente. Las divinidades buenas y malas, las personifícacio- 



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282 REVISTA DE ESPAÑA 

nes de ideas ó de cosas materiales llenan casi por completo el poema 
y lo hacen y dicen todo, mientras al hombre apenas se le concede 
una exigua participación, cuando el asunto, esencialmente histórico, 
•exigía mayor lagar para las fuerzas sociales y el carácter humano de 
ios personajes. Aun así, creemos ha debido darse alguna más repre- 
sentación á las divinidades cristianas, que también quedan en cierto 
modo oscurecidas,* pues si bien se trata de los godos, el Cristianisnao 
había salido á su encuentro hacia ya tiempo y se había infiltrado en el 
corazón de aquellos pueblos rudos, pero sencillos y abiertos á la in- 
fluencia de doctrinas y enseñanzas superiores. 

Esta preferencia que al Sr. OUoqui ha merecido lo maraTÍllosOy 
lio le ha permitido, como demanda esta clase de obras, descender á 
la exposición de las instituciones, usos y costumbres públicas y pri- 
vadas de las dos civilizaciones que se ponen en contacto; cosa muy 
importante, porque de esta manera se señalan los rasgos geniales de 
cada pueblo, se ve aquello que les es común y tiende á unirlos, y 
aquello en que difieren y los mantiene por más ó menos tiempo se- 
parados, lo propio y peculiar que cada uno aporta á la fusión, y se 
determinan y muestran con exactitud sus caracteres. También se 
habría evitado asi la monotonía que cobija desde el principio hasta el 
fin al libro y abruma al ánimo, no consintiéndole más que alg^ún 
débil respiro. 

Distribuida la obra en libros, y éstos en estancias, empléase en toda 
ella la octava real como la forma métrica más indicada, porque su 
rotundidad contribuye á dar grandilocuencia al estilo, elevación á 
los pensamientos y majestad al movimiento general de todo el con- 
tenido. El perseguir con gran porfía este propósito, ha perjudicado 
visiblemente á la belleza de la forma externa. Seducido el autor por 
eso que se llama la pompa épica, ha sacrificado la claridad y la nato- 
ralidad, tan recomendadas siempre á los escritores, sea cual fuere la 
poesía á que se consagren. La elevación de los caracteres, la gran- 
deza del asunto y el uso de las imágenes, ha exigido en estas obras 
un tono en general solemne, estilo lleno y elocuente, lenguaje esco- 
gido, pero sin traspasar los limites de la prudencia y del buen gasto. 
Sean ó no de su invención, hay en Los Ooios buen número de pala* 
bras y locuciones que el mismo Góngora envidiaría; vénse multitud 



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284 REVISTA DE ESPAÑA 

Despréndese de cnanto hemos dicho, que el Sr. Olloqui demues- 
tra en sn obra alteza de pensamiento para aspirar á las mayores em- 
presas literarias, que no carece de la fuerza de concepción que se ne- 
cesita para ver en unidad un período histórico tan heterogéneo como 
el escogido para su obra, y maestría para desenvolverlo en forma ar- 
tística, combinando elementos tan varios como los que entran en Los 
-Godos. 

Pero el Sr. García de Olloqui no ha tenido en cuenta que vivimos 
en una sociedad incrédula, para la que no existen más leyes que las 
leyes naturales; que nadie se preocupa de Odín y sus satélites, por- 
que otros cultos más próximos tampoco obtienen mucha atención de 
su parte; que el encontrarse en nuestra sangre partículas de la de 
tantas razas y pueblos como han tejido nuestra historia, no nos per- 
mite interesarnos particularmente por ninguno ni menos reconocer 
como fundador de nuestra nacionalidad al pueblo godo. Por último, 
que ]os altos hechos que admira, son los que ejecuta el hombre se- 
parando los continentes para que se comunique la vida entre dos 
opuestos'hemfsferios; los héroes á los que rinde el tributo de su res- 
peto, son aquellos que descubren alguna nueva propiedad de la ma- 
teria que centuplique las fuerzas redimiendo al ser humano del tra- 
bajo corporal, ó los que inventan algún mecanismo que facilite el 
movimiento y la vida de las ideas, y, como consecuencia, mejore las 
condiciones que le rodean. Estamos demasiado enamorados del pre- 
sente, y el laureado autor de la oda A la victoria & Bailen llega coa 
varios siglos de retraso. 



Orlando. 



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REVISTA LITERARIA 288 

de frases hechas de esas que se han calificado de poéticas, y que yie^ 
nen corriendo desde hace mucho tiempo por todos los poemas; trozoa 
tan rimbombantes, que hieren los oídos aun de los más acostumbra^ 
dos á la música gruesa, y, especialmente, son tan frecuentes las tracK 
posiciones violentas y los pensamientos traídos á la fuerza y enma- 
rañados, por el afán de expresarlos de modo que el concepto aparezca, 
más elevado y produzca más efecto, que de muchas estrofas se nece-^ 
sita hacer una verdadera anatomía si se quiere averiguar su sentido^ 
como, por ejemplo, la primera del libro decimosexto que dice así: 

c Consternado á la tierra el Cielo había 
soltando su rigor contra el insulto 
del Averno y de Thor la audaz porfía. 
Mas, si humano saber no allá en lo oculto 
penetró do aquel vértigo que impía 
soberbia castigó, la fe más culto 
rindió en tribulación; y dentro el alma 
vio luz más pura al renacer la calma.» 

T esto es de sentir, porque el Sr. OUoqui sabe expresarse^ en otraa 
ocasiones más difíciles, con soltura y elegancia, como aquella eu 
que se hace el retrato de Placidia, y como lo prueban las dos octavas 
siguientes, en que se describe la bella escena que tiene lugar al 
ofrecer la diosa Iduna á Dryda la copa del amor: 

«¡La copa del amor, de la delicia: 
de la inmortalidad! He la presenta 
con dulce bera en fraternal caricia: 
«— Ven conmigo (rogando) y la sustenta. 
Bebe, que Odín te llama; y es justicia: 
bebe, quo espera en tí.i Dryda lo intenta: 
mas su madre á sus pies antes que acoja 
de Iduna el cáliz rápida se arroja: 

«'—¡Apártate, hija mía, que es de eterna 
perdición esa copa. Huye conmigo: 
ven á gozar la paz que á mi materna 
solicitud le guarda el Dios que sigo. 
Abjura esa mansión que á su caverna 
quiere arrastrar de Odín el falso amigo. 
¡Ven, amor mío, venli (dice exclamando, 
su seno con sus lágrimas regando). 



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CRÓNICA ■ POLÍTICA INTERIOR 



28 de Julio de 1885. 



El Rey y su augusta familia se trasladaron hoy á la Granja. El 
Presidente del Consejo de Ministros y el Ministro de Estado acompa- 
ñarán á S. M. durante su permanencia en aquel Real Sitio. 

La política ha entrado en pleno período de vacaciones. A la febril 
excitación en que se hallaban los ánimos, desde la extravagante crisis 
constitucional del 20 de Junio hasta la terminación del debate polí- 
tico, ha sucedido la dispersión casi total de los Senadores, Diputados 
y periodistas de más significación que, huyendo de los calores del es- 
tío y de los peligros del cólera, buscan, en las provincias del Norte 
y en las estaciones veraniegas de la República vecina, más grata 
temperatura y más reposo físico y moral. Los círculos políticos no 
reflejan ya las impresiones pasajeras de los personajes que dan tono 
y carácter á los partidos y á las agrupaciones, y una general atonía 
que, por lo repentina, sería extraña si no estuviésemos acostumbrados 
á este flujo y reflujo de la vida pública, reina por todas partes. ¿Prue- 
ba todo esto que se ha restablecido la armonía entre los partidos y 
las instituciones y que vivimos en dichosa calma? Ojalá que así 
fuera; pero, por desgracia, nunca ha sido mayor la perturbación en 
todos los intereses, la intranquilidad en todos los ánimos y el males- 



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286 REVISTA DE ESPAÑA 

tar en todas las clases de la sociedad. La paz publica está amenaza^ 
da: la conspiraciÓD descubierta en Zaragoza, désele la importancia 
que le ha dado el Gobierno, ó redúzcase á las exiguas proporciones á 
que la reduce la prensa republicana, es síntoma seguro de que la re* 
Tolución no está desarmada. La salud pública, azotada en las provin- 
cias de Levante, Aragón y Castilla la Nueva, inspira ya serios temo- 
res en Andalucía en Cataluña y en otras regiones, y un cantonalismo 
municipal que, en unas partes, deja los pueblos abandonados á su pro- 
pia suerte y, en otras, establece las precauciones más incultas y más 
inhumanas, revela que ni el Gobierno ha adoptado un criterio cientí- 
fico que concilio todos los intereses con el interés supremo de la sa- 
lud del país, ni es bastante fuerte, á pesar de sus instintos arbitrarios» 
para hacerse respetar por las autoridades locales. El problema de la 
contribución de consumos sigue afectando todos los caracteres de una 
grave cuestión de orden público: las desgracias ocurridas en Lérida» 
que todavía está en estado de sitio, las dimisiones de muchos Ayun- 
tamientos, los arreglos á que ha accedido el Ministro de Hacienda 
con los Municipios de Barcelona, Zaragoza y otras capitales, las con- 
ferencias del Alcalde de Madrid con el Presidente del Consejo de 
Ministros, el Ministro de la Gobernación y el de Hacienda para re- 
solver de algún modo el conflicto municipal, y las quejas y protestas 
que diariamente llegan al Gobierno de todas las provincias y de todos 
los pueblos indican que esta cuestión ha de producir complicaciones 
y desastres. La baja en las rentas públicas, aumentando el déficit, 
que ya era considerable, priva al Ministro de Hacienda de los recursos 
indispeosables para hacer frente á las atenciones de este mes y le 
fuerza á pedir un anticipo al Banco de Bspaña^ contratando una ope- 
ración usuraria de esas que sólo podían disculparse en épocas de gue- 
rra ó de grandes perturbaciones. La balanza mercantil, barómetro que 
marca constantemente los grados de bienestar en el comercio y en la 
industria, acusa una baja tenaz en las importaciones y en las expor- 
taciones. La contratación de valores públicos, síntoma el más seguro 
de la confianza del capital en el crédito del Estado, está paralizada eo 
la Bolsa de Madrid y en la de Barcelona, sin que todas las maniobras 
del Gobierno basten para contener la baja ni para devolver al mer- 
cado su perdida animación. La política internacional en que se reñe- 



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CRÓNICA POLÍTICA INTERIOR 287 

ja el prestigio de los pueblos y la respetabilidad de sus gobiernos 
marcha de fracaso en fracaso, de tal modo que el Ministro de Hacien- 
da de Inglaterra no se ha recatado en declarar en el Parlamento que 
España ha procedido con deslealtad en las negociaciones para el mo- 
das tivendi y que el gobierno inglés ha tenido que dar por terminadas 
sus relaciones comerciales con el Gabinete de Madrid. La reciente 
crisis parcial, sustituyendo al Sr. Romero Robledo con el gobernador 
de Madrid, Sr. Villaverde, y las quejas y mudas disidencias que em- 
piezan á levantarse entre los elementos conservadores de más in- 
fluencia en el Parlamento y en el país, dicen bien claro que el parti- 
do conservador está desquiciado y que cuanto más tiempo permanez- 
ca en el poder, á despecho de la opinión pública, mayores y más graves 
serán las complicaciones y los peligros que provoque. Y este es el 
aspecto que presentan los negocios públicos en este período de apa- 
rente calma, pero en realidad de lucha y de zozobra: aspecto má» 
grave y más difícil que el que presentaba la política conservadora 
antes de la clausura de las Cortes. 

La retirada del Sr. Romero Robledo estaba prevista; tantas veces 
y con tanta insistencia había significado su propósito de abandonar 
el Gobierno desde la derrota que sufrió en las elecciones municipales 
de Madrid; tantas veces había dicho á propios y á extraños que se 
retiraba del Gabinete porque estaba convencido de su impopularidad, 
que su dimisión no ha sorprendido á nadie; lo único que ha extraña- 
do á los liberales y á los conservadores, y más á éstos que á aqué- 
llos, ha sido la solución que el Sr. Cánovas ha dado á esta crisis y la 
conducta un poco oscura que han observado los Ministros de Fomento 
y de Gracia y Justicia. El Sr. Romero Robledo ha procedido como 
un hombre político de convicción y de recto sentido al abandonar el 
poder; lo único que puede y debe reprochársele, en nombre de una 
crítica rigorosa, es que no realizara este acto al día siguiente de ser 
derrotado por el cuerpo electoral de Madrid en la votación de Conceja- 
les. Es verdad que éste fué su primer impulsoy que así se lo manifestó 
al Presidente del Consejo de Ministros, á cuyos consejos y á cuyos 
ruegos defirió, aplazando su resolución para más adelante; es verdad 
también que los deberes de partido y los deberes de gobierno impo- 
sen muchas veces á los hombres públicos sacrificios superiores á su 



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288 REVISTA DE ESPAÑA 

noluntad; pero el hombre político que aspira á tener, como el Sr. Bo- 
mero Robledo, una influencia legitima en su partido y en su país, do 
puede aceptar ciertas transacciones sin comprometer en ellas su pro- 
pio prestigio. Abandonando el Gobierno, á raíz de las elecciones muni- 
cipales en que, contra todas sus esperanzas y todas sus ilusiones, sa- 
lió derrotado, el Sr. Romero Robledo realizaba uno de los actos que 
más llenan de gloría á un hombre de gobierno, y lo mismo sus amigos 
que sus adversarios le habrían hecho desde entonces la justicia de con- 
siderarle capaz de llevar la dirección de un partido para gobernar con 
la opinión y por la opinión. Dejando hoy su puesto, y aparentando que 
lo hace por cansancio, sin que en su ánimo hayan influido, ni el fra- 
caso de su política ni las disidencias que le separaban del Ministro de 
Oracia y Justicia, el Sr. Romero Robledo tiene que resignarse á ser 
uno de esos personajes subalternos á quienes el jefe de un partido con- 
fía una cartera, ó le despoja de ella, sin qae su ausencia ni su presen- 
cia en el Gabinete pesen lo más mínimo en la política. Seguros esta- 
mos de que el ex-Ministro de la Gobernación reconocerá bien pronto 
que ha dado un mal paso; lo que no tenemos por tan seguro es que 
durante el interregno parlamentario encuentre, en sus propios conse- 
jos, el medio de rectificarlo y de reivindicar su perdida importancia. 
La entrada del Sr. Villaverde en el Ministerio representa poco 
más que un acto de la munificencia, llamémosla así, del Sr. Cánovas 
del Castillo. El Sr. Villaverde es un joven de mérito. Sus discursos 
en las primeras Cortes de la Restauración y en la oposición conserva- 
dora de las Cortes liberales y su campaña como subsecretario del 
Ministerio de Hacienda le revelaron como un hombre de porvenir. 
Si Cánovas le hubiera hecho Ministro cuando sustituyó al Gabinete 
Posada Herrera, la opinión pública lo habría aceptado sin protesta, 
como á tantas otras medianías de ilustración y de carácter á quienes 
las exigencias de la política llevan, por una vez, al banco azul; i>ero 
el Sr. Villaverde ha tenido, para su mal y para desgracia del partido 
conservador, la fortuna de ser gobernador de Madrid, y en este cargo, 
que no exige menos aptitudes ni menos cualidades que un Ministerio, 
ha probado que no tiene ni la autoridad, ni el tacto, ni el instinto de 
que tanto necesitan los gobernantes. Su conducta en los memorables 
sucesos universitarios, que el poderjudicial ha declarado justiciable; 



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CRÓNICA POLÍTICiV INTERIOR 289 

9a conducta en las elecciones municipales; su conducta ante las ma« 
nifestaciones del comercio y del pueblo de Madrid con motivo de la 
declaración del cólera; su intervención en los acuerdos de la Comisión 
provincial para incapacitar como concejales á Castelar, Moret y Prieto 
y Caules, acto el más desatentado de la administración conservadora; 
la saña con que ha tratado á la prensa, escudándose en el art. 22 de la 
Ley provincial y todo lo que ha hecho como gobernador de Ma- 
drid han sido la causa principal de la impopularidad del Gobierno, 
que últimamente reconocía y confesaba el Sr. Romero Robledo. ¿Qué 
títulos tenía, pues, el Sr. Villaverde para ser elevado al Ministerio 
de la Gobernación? ¿Tenía ó tiene una gran fuerza en la mayoría par- 
lamentaria? ¿Tenía ó tiene, como el ilustre Conde de Toreno, la au- 
toridad del que ha ejercido con fortuna un alto cargo, mereciendo el 
aplauso y la consideración de amigos y adversarios? ¿Tiene tan extra- 
ordinarios recursos de pensamiento y de palabra que su presencia en 
el Gabinete pueda dar solución satisfactoria á los graves problemas 
que hoy acosan al Gobierno? Si así fuera, no tendrían razón sus co- 
rreligionarios para quejarse de su inopinado encumbramiento, consi- 
derándolo como una ligereza del Sr. Cánovas del Castillo. 

La solución de esta crisis, dado el criterio con que ha procedido 
el Presidente del Consejo de Ministros, ha de producir grandes per- 
turbaciones en el seno del partido conservador, no tan sólo por haber 
quedado pospuestos al Sr. Villaverde^ hombres de reconocida impor- 
tancia que entre otros títulos á la consideración del Sr. Cánovas 
tenían el de haber sido Ministros, sin que la opinión pública les se- 
ñalase ahora como impopulares, sino por la situación en que coloca al 
Sr. Romero Robledo. ¿Se resignará el ex-Ministro de la Gobernación 
á presidir en la próxima legislatura la comisión de Mensaje, llevando 
la representación y la voz de la mayoría? ¿Pedirá, apoyado en sus 
méritos y en sus numerosos y decididos amigos, la presidencia de la 
Cámara popular que el Sr. Cánovas no se atrevería á negarle? ¿Será 
compatible el Sr. Romero Robledo, como leader de la mayoría, ó 
como Presidente del Congreso, con la presencia del Sr. Silvela en el 
Gabinete? ¿Consentirá gustoso el Conde de Toreno en dejar la Presi- 
dencia de la Cámara y pasar á los bancos de la mayoría, para apoyar, 
con su autoridad y su palabra, la política del Gobierno? ¿Será su ac- 
TOMO cv 19 



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290 REVISTA DE ESPAÑA 

titud compatible con la continuación del Sr. Pidal en el Ministerio? 
Para nadie es un secreto que el Sr. Romero Robledo tiene, desde 
hace mucho tiempo, vehementes deseos de presidir la Cámara popa- 
lar y que ya en 1880 tuvo sus conatos de librar una batalla para 
conquistar este alto puesto reservado á los hombres de grandes me- 
recimientos parlamentarios; para nadie es un misterio quezal adveni- 
miento del partido conservador al poder, en esta desdichada etapa de 
8u dominación, fluctuó el Sr. Romero Robledo entre aceptar la car- 
tera de Gobernación ó quedarse fuera del Gabinete para presidir el 
Congreso, y que la presencia de los Sres. Pidal y Silvela en el Mi- 
nisterio, principalmente la de este último, le decidió á formar parte 
del Gobierno, para asegurar en las elecciones el triunfo de sus amigos 
y consolidar por este medio su influencia y su prestigio, pero sin re- 
nunciar, en absoluto, á sus sueños presidenciales. La situación en 
que ahora se ha colocado le permite realizar fácilmente esta aspira- 
ción, que tiene algo de legitima; pero de tal manera se le presenta 
el problema que, para resolverlo, tiene que anular al Conde de Toreno 
que no cuenta con una legión de diputados adictos á su personalidad; 
pero que cuenta con algo que vale más que la fuerza creada por el ar- 
tificio y la pasajera influencia, porque cuenta con el respeto y la 
estimación de toda la Cámara y sabe que, si llegara á luchar, tendría 
de su parte á todas las oposiciones que más de una vez han hecho 
justicia á la discreción, á la prudencia y al recto juicio con que ha 
presidido la Cámara en esta legislatura. 

La cuestión, cualquiera que sea la faz por que se examine, no tiene 
salida fácil para el jefe del partido conservador. Si lleva á la Pre- 
sidencia del Congreso al Sr. Romero Robledo, la disidencia del Conde 
de Toreno y de muchos y valiosos elementos conservadores dará en 
tierra con el Gobierno, elevando al Conde de Toreno á la categoría de 
Gefe de partido, ó por lo menos de una agrupación más importante y 
más sana que la que quede al lado del Sr. Cánovas. Si, por el contra- 
rio, lleva al sillón presidencial al Conde de Toreno, la disidencia del 
Sr. Romero Robledo estallará formidable, empezando por derribar 
parlamentariamente al Ministro de Gracia y Justicia y concluyendo 
por hundir al Sr. Cánovas, si éste se hace solidario de su amigo el 
Sr. Silvela. 



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CRÓNICA POLÍTICA INTERIOR 291 

La fortuna del Sr. Cánovas será caer del poder, por un motivo 
relativamente honroso, antes de conyocar la segunda legislatura; 
porque, aun pudíendo, en el interregno parlamentario, restaurar sus 
fuerzas, vencer las dificultades económicas que le agobian, recabar 
la consideración de los gobiernos extranjeros, asegurar la paz pú- 
blica por medio de procedimientos de justicia y de una política am- 
plia y generosa, reivindicar su prestigio y poner de su parte á la 
opinión pública que hoy le es abiertamente hostil, aunque pudiera 
hacer todo esto, lo cual es imposible, porque los partidos no se reha- 
bilitan en el poder, le quedaría por resolver el problema de dar unidad 
al partido conservador cuyos elementos se van haciendo cada día 
más irreconciliables. 

Franeisco Calvo Mofloi. 



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CRÓNICA POLÍTICA EXTERIOR 



^«^WW^WW^WWN^A^ 



A medida que Be aproximan las elecciones generales que en 
Agosto ó Setiembre han de verificarse en Francia, agrávanse las difi- 
cultades de la situación política de aquella nación, que van creciendo 
de tal manera, que podrían producir una verdadera crisis para las 
instituciones fundamentales del país. 

No es esto decir que esté gravemente amenazada la forma de go- 
bierno republicana que en Francia existe. Repetidas veces hemos di- 
cho que el desarrollo de las ideas y de los sentimientos democráticos 
han alcanzado en la nación vecina un grado tal, que han matado aque- 
llos respetos y consideraciones de cierto orden que constituyen la at- 
mósfera necesaria para la existencia normal y sólida de la Monarquía, 
y que, hoy por hoy, el restablecimiento de ésta sólo podría conside- 
rarse como una eventualidad remota, y únicamente posible, además, 
no por los esfuerzos de los monárquicos, sino por la torpeza de los re- 
publicanos, que parecen empeñados en perder aquello mismo que se 
figuran defender eficazmente por medio de la intransigencia y de la 
desconfianza. 

Pero si bien es cierto que las instituciones republicanas no corren 
hoy por hoy peligro, gracias á la impotencia de sns enemigos, no 
es menos evidente que su funcionamiento ha venido á demostrar 
prácticamente lo que á priori sabían todas las personas desapasiona- 
das y libres de preocupaciones de escuela, esto es, que la República, 



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CRÓNICA POLÍTICA EXTERIOR 298 

como la Monarquía, do son esencialmente buenas ó malas por su pro- 
pia virtud, sino en tanto cuanto responden á las necesidades del país 
en que existen, y en tanto cuanto el patriotismo y las luces de los po- 
deres públicos se ponen 'al servicio del bien general y subordinan á 
éste sus intereses egoistas y los de su partido. 

Las ilusiones que en el período de propaganda hiciera nacer la 
democracia, y la creencia de que el advenimiento de ésta sería la pa- 
nacea que curase todos los males sociales y políticos, no podían sub- 
sistir desde el momento en que la experiencia demostrara la falta de 
fundamento del optimismo que les servía de única base, é hiciera pa- 
tente la necesidad para la democracia, como para toda forma de go- 
bierno, de reunir todos los elementos y condiciones indispensables 
para la vida de éste. 

Aquel optimismo, tan infundado como injusto es el pesimismo del 
los enemigos de la democracia, es el que, después de haber servido 
con su entusiasmo al triunfo de ésta, viene á contribuir hoy al desen- 
canto de los que, no pudiendo cerrar sus ojos á la realidad de los he- 
chos, ven que no había motivo para rendir exagerado culto á lo .que 
era un paso en el camino progresivo de la humanidad, pero no un sig- 
no y una garantía de regeneración y de bienandanza á prueba de 
todos los defectos, egoismos y flaquezas de los hombres. 

Los adversarios de la democracia, por su parte, alentados por este 
natural movimiento de reacción en los que de buena fe creían en las 
virtudes de aquélla, redoblan con furia sus ataques, no menos inme- 
recidos que las exageradas esperanzas de los que juzgaban el triunfo 
de la República la última palabra del progreso social. 

La historia se repite y se repetirá. Ninguna idea, si al nacer no 
despertara ardientes entusiasmos y viva fe, muy superiores á su mé- 
rito real, lograría abrirse paso por entre los obstáculos de todo género 
que los intereses y los sentimientos ya existentes opondrían á su 
desarrollo. No ha habido idea, en ningún orden de la vida, religioso, 
social ó político, que no haya tenido sus mártires, quienes, si hoy 
volvieran al mundo, se morirían otra vez de vergüenza ál ver á lo 
que han quedado reducidos aquellos ideales que juzgaron eternos y 
por los que sacrificaron gustosos sus vidas. Cada uHo creía que su 
ideal era el único verdadero^ gracias á esta generosa fe, cada uno de 



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294 REVISTA DE ESPAÑA 

esos ideales hizo su camino y realizó su misión bienhechora para la 
humanidad; todos ellos han sido verdaderos, es decir, reales, en su 
tiempo,* pero cada uno no ha sido más que la parte de verdad que á 
su época correspondía, como lo serán todos los que en el porvenir 
surjan mientras la humanidad viva. 

No menos entusiasmo, ni menos fervientes partidarios, ni menos 
bajos aduladores, ni menos egoístas explotadores han tenido la mo- 
narquía y la aristocracia que hoy tieue la democracia. El lenguaje 
que hoy se dirige á ésta es idéntico al que á aquéllas se dirigía. Tan 
violentos son los ataques, tan exageradas las alabanzas, igual la fe de 
que á todas se ha rodeado. Cada una ha sido considerada en su tiempo 
como la idea salvadora y necesaria; y, en efecto, todas han tenido su 
fin y su misión, y todas han sido consecuencia y causa del progreso 
de la humanidad. 

Actualmente presenciamos los entusiasmos por la democracia, en 
ninguna parte tan vivos como en Francia, y por esto también en nin- 
guna parte tan expuestos á evaporarse al contacto de los rigores de 
la realidad. 

¡Qué diferencia entre el espectáculo que hoy, en vísperas ambas 
naciones de unas elecciones generales, presenta Francia, y el que 
presenta Inglaterra! 

La primera, entregada á una orgía de disparates, con la ridicula 
pretensión los sostenedores de cada uno de éstos de ser los únicos de- 
positarios del verdadero ideal democrático, parece empeñada en la 
tarea de desacreditar lo que adora y de dar á los detractores de la Re- 
pública los medios de ridiculizar á ésta haciendo creer á los espíri- 
tus débiles que los defectos naturales é inevitables de aquella forma 
de gobierno radican en su esencia, siendo así que no son ni más ni 
menos graves que los de cualquier otro régimen político de los que 
han existido, existen y existirán en el mundo, y que en favor de su 
existencia en Francia hay el hecho inapelable de que la República 
es la forma de gobierno que responde hoy mejor á las necesidades del 
pueblo francés, y que la Monarquía, si se pudiera suponer siquiera 
su restablecimiento hoy en Francia, seria una planta de estufa, un 
anacronismo en medio de aquella sociedad, donde el espíritu demo- 
crático carece de todo contrapeso y de todo freno de los que en otros 



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CRÓNICA POLÍTICA EXTERIOR 295 

paises permiten, para fortuna suya, la coexistencia de las ideas de* 
mocráticas con instituciones tradicionales, que, compenetrándose con 
aquéllas, las dan en cierto modo fijeza para su desarrollo, al mismo 
tiempo que se saturan ellas mismas de su espíritu, pudiendo yivir 
tranquilas y respetadas en medio del movimiento que las mataría sí 
se empeñaran en contrarestarlo. 

En Inglaterra, á diferencia de Francia, el desarrollo de la demo- 
cracia se viene verificando de una manera lenta, pero constante y se- 
gura, sin que necesidad de vencer obstáculos que no existen la haga 
forzar su impulso y ponga en peligro lo ya alcanzado, y teniendo así 
la dicha de verse libre desde 1688 de esas revoluciones y reacciones 
que parecen ya inevitables en el desarrollo progresivo de Francia. 

Con mucha frecuencia, por lo menos una vez al año, con ocasión 
tiel presupuesto de Cultos, surge un conflicto entre las dos Cámaras 
francesas, por .si se han de consignar en aquél unos cuantos miles 
de francos más ó menos. Pues apenas hay periódico republicano que 
se atreva, no ya á defender la opinión del Senado, sino á defender 
lo que no debia necesitar defensa y por lo que, sin embargo, se ataca 
á la Cámara Alta con gran violencia, esto es, su derecho á tener y 
afirmar una opinión distinta ó contraria á la de la Cámara de los Di- 
putados. No bien surge la diferencia, ó por mejor decir, antes de que 
surja, ya se está advirtiendo al Senado que no provoque conflictos, 
que se someta á la Cámara, que así lo exige el interés de la l^epú- 
blica, con otras razones por el estilo, nacidas de la tendencia jacobi- 
na y convencional del republicanismo francés, pero que de buena fé 
se creen buenas y atendibles. Y cuenta, que el Senado francés tiene 
su origen en el sufragio universal, aunque sus individuos sean ele- 
gidos por electores de segundo y tercer grado. 

En Inglaterra, por el contrario, cuya Cámara de los Lores se fun- 
da exclusivamente en el principio aristocrático y hereditario (salvo 
los Lores espirituales), se ve con frecuencia á dicha Cámara rechazar 
tS modificar profundamente una y dos veces proyectos de ley aproba- 
dos por la de los Comunes, sin que ningún periódico de autoridad la 
ataque violentamente por esto, aunque sea de opinión contraria. 
Es verdad que ya en Inglaterra no se concibe que la Cámara de loa 
Comunes no haga al fin prevalecer su opinión; pero antes no era esto 



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296 REVISTA DE ESPAÑA 

asi, y aun ahora siempre resulta qae á veces la oposición de los Lores 
detiene durante años el planteamiento de ciertas reformas, lo cual, 
dada la composición de la Alta Cámara inglesa y su manera de fun- 
cionar, bien poco respetable por cierto, salvo cuando discute cues- 
tiones muy importantes, tiene que parecer una verdadera monstruo- 
sidad en Francia. Y es, en una palabra, que esta última nación, á 
pesar de sus pretensiones de marchar á la cabeza de todas, hace, en- 
tre naciones libres como Inglaterra, los Estados Unidos, Suiza y aun 
Bélgica, la figura de un advenedizo enriquecido pero mal educado en 
los círculos sociales. Ha adquirido muchas de las condiciones exter- 
nas de aquellos con quienes quiere codearse, pero parece incapaz de 
penetrarse de la esencia de su manera de ser. 

Sin remontarse á antecedentes históricos y prescindiendo de con- 
diciones de raza, cuya influencia en la vida política de Francia se ha 
pretendido escudriñar muchas veces, es evidente, y merece notarse, 
por la poca importancia y atención que al hecho se da, á pesar de 
que la tiene grandísima en Ibs países gobernados por el régimen 
parlamentario y de gabinete, que una de las principales cansas 
del funcionamiento torpe y desigual de aquel régimen en Francia 
es la falta de partidos políticos que merezcan verdaderamente este 
nombre. 

Uno de los puntos más interesantes y menos estudiados del siste- 
ma de gobierno de gabinete, es el papel que en él juegan los partidos 
y la influencia considerable que en su funcionar ejercen esas ruedas, 
indispensables para su movimiento regular y normal. Leyendo aten- 
tamente la historia de los países parlamentarios, se ve que toda altera- 
ción en la existencia y relaciones de los partidos ha repercutido más 
ó menos profundamente, según su importancia, en el juego de todo el 
sistema. Si el estado de los partidos es sano, si su salud, por decirlo 
así, es buena, no importará mucho que lo sea también la del jefe del 
Estado ó la de sus ministros; dándose aquella condición , el sistema 
funcionará bien y sin dificultades. Pero que aquel requisito llegue á 
faltar, y no bastarán la más elevada inteligencia y las intenciones 
mas rectas en el jefe del Estado y en el poder ejecutivo para encauzar 
Ja vida política del país, que fluctuará sin rumbo fijo hasta que las 
agrupaciones políticas hayan recobrado su asiento y estén en situa«^ 



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CRÓNICA POLÍTICA EXTERIOR 297 

ción de poner al servicio del país sus fuerzas organizadas y apta» 
para realizar su misión. 

Los partidos ingleses, á pesar de la crisis que así el liberal coma 
el conservador están atravesando, acaban de demostrar, en la solu- 
ción de la reciente crisis ministerial que ha dado el poder á Lord Sa- 
lisbury, la importancia capital de esas organizaciones políticas. Este 
cambio no hujbiera sido posible, si el partido conservador no hubiera 
restablecido en sus filas, mediante considerables sacrificios, así en 
ideas como en personas, la disciplina que estaba seriamente quebran- 
tada, y si el partido liberal, por su parte, no hubiera prometido na 
hacer una oposición sistemática al ministerio Salisbury, promesa que 
está cumpliendo, y gracias á la cual, se ve á un gobierno regir los 
destinos de un país, teniendo enfrente una mayoría parlamentaria 
compuesta de sus adversarios políticos. En esta situación se preparan 
ambos partidos á luchar en las próximas elecciones generales. 

Véase, por el contrario, lo que pasa en Francia. Cada personaje 
político que lo cree conveniente, publica su correspondiente mani- 
fiesto al país con la adhesión de cierto número más* ó menos conside- 
rable de políticos de segunda fila; y ya se puede prever lo que ocu- 
rrirá cuando se reúna la nueva Cámara. Compuesta, no de par- 
tidos políticos, sino de grupos unidos por lazos de carácter personal; 
sintiéndose cada uno irresponsable ante el país por la imposibilidad 
para éste de juzgar en detalle á cada individuo, y dejándose arrastrar 
por la pasión ó el capricho del momento, veremos repetirse esos cam- 
bios de gobierno en los que la Cámara próxima á morir ha empleada 
sus energías y agotado sus fuerzas, como si la principal misión del 
poder legislativo fuera variar con frecuencia el personal de esa comi* 
sión de su seno que se llama poder ejecutivo. 

Interesante en extremo será el espectáculo que en los próximos 
meses ofrecerán Inglaterray Francia, por lo mismo que en ambas han 
de tener lugar sucesos de la misma aparente forma, pero que por la 
manera de realizarlos uno y otro país, resultarán esencialmente dis- 
tintos en su desarrollo y en sus consecuencias. 



Ángel de Unali. 



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NOTICIAS CIENTÍFICAS 



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FÍSICA Y METEOROLOGÍA 



Organización de las pesas y medidas. 



El 20 de Mayo de 1875 se organizó en París una comisión interna- 
cional de pesas y medidas por acuerdo de un gran número de países^ 
cuyo objeto fué establecer una unidad cierta para las medidas y {)esas 
del sistema métrico-decimal, á fin de que las naciones conyenidas pu- 
diesen periódicamente comparar las que en la práctica usasen, con 
los patrones determinados y custodiados por la comisión. Por tanto^ 
habría de ocuparse ésta á su yez, de las comparaciones de las pesas y 
medidas de aquellos países que aún no tienen impuesto el sistema 
mótrico-decimal, y de examinar los patrones empleados para las me- 
didas de las bases, ó que deberían de emplearse; por último, según 
el, deseo y conveniencia de los gobiernos, sociedades científicas, hom- 
bres de ciencia y prácticos, debía de contrastar y comparar las me- 
didas y pesas de precisión. La comisión se instaló en el parque de 
Saint Cloud, junto á París, y en el llamado pabellón de BreteuiL Los 
gastos de instalación fueron sufragados por los gobiernos de España y 
Portugal, Alemania, Austria-Hungría, Francia, Rusia, Suecia, No- 



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NOTICIAS CIENTÍFICAS 299 

ruega, Dinamarca, B^gica, Suiza, Italia, Turquía, Estados-Unidos 
del Norte de América, Venezuela, Perú y República Argentina, y más 
adelante Servia. 

La dirección superior de la comisión está confiada á catorce indi- 
viduos, físicos, astrónomos y matemáticos, bajo la presidencia del 
general Ibañez director del Instituto geográfico y estadístico de Espa- 
ña. Como secretario figura Hirsch, astrónomo en Newchateler. La 
comisión se reúne en una cierta época en París. 

El personal de la institución cuenta además con un director, el 
Dr. Broch; un vicedirector, Dr. Pemet; los adjuntos Dres. Benoit y 
Maret y muchos ayudantes. 

El lugar en que se ha instalado el Instituto se ha buscado á pro- 
pósito para que esté resguardado de toda perturbación y, principal- 
mente de las trepidaciones del suelo, tan generales en las grandes 
ciudades, por el paso de carruajes y acción de las máquinas de las 
fábricas. En la parte delantera del edificio están los talleres para los 
trabajos mecánicos; detrás están situados los salones donde se con- 
servan los instrumentos de precisión para los trabajos meteorológi- 
cos. Estos recintos están labrados con gruesos muros y dispuestos 
de modo que en lo posible conserven siempre una misma temperatu- 
ra: sus luces son altas, de manera que ningún rayo de sol y radia- 
ción directa penetre. 

Los trabajos, por la naturaleza misma de la comisión, se dividen 
en dos grupos, á saber: los referentes á las medidas y los referentes 
á las pesas. Los primeros principalmente se fundan en las compara- 
ciones entre los diferentes patrones del metro ó metros normales, 
esto es, de su longitud con la del metro prototipo, leyes de su dila- 
tación, de sus divisiones, múltiplos y submúltiplos, y especialmente 
del examen de los aparatos para medir bases en los trabajos geodé* 
sicos. Análogamente la otra sección se ocupa de la comparación de 
los diferentes kilogramos normales, con el prototipo del Instituto, 
de la exacta determinación de sus múltiplos ó submúltiplos, de sus 
pesos específicos, etc. La esencia de los aparatos que en este Instituto 
se emplean, construidos por los artífices más hábiles de Europa, bre- 
vemente descritos, son los siguientes: 

Los patrones para las medidas longitudinales son ó para los ex- 



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800 REVISTA DE ESPAÑA 

tremos ó para los trazos, según que la longitud unidad de que se trata 
se haya de medir de punta á punta ó entre trazos. El método nor^ 
mal de París, así como los normales de los diferentes países conveni- 
dos, son medidos entre trazos. Para la comparación de los diferentes 
patroneé, se emplean los llamados ComparadoreSj apropiados unos 
para las medidas de punta á punta, y los otros para las que se han de 
hacer entre trazos. 

Un comparador de la última clase, consiste principalmente en dos 
microscopios, instalados de un. modo ñjo é inmóvil, provistos de mi* 
crómetros, y por bajo de los cuales pueden moverse de uno á otro lado 
los patrones que se comparan. En el Instituto existen diversos apara- 
tos de'este género, de distinta determinación, y que, por tanto, varían 
en los detalles de su instalación. 

El primer comparador que citaremos es el llamado de Bruner. Sus 
dos microscopios están asegurados en sólidos pilares de piedra, que 
descansan en el macizo de los cimientos. Los micrómetros de que es- 
tán provistos son de los empleados en los instrumentos astronómicos^ 
á saber: en una pieza plana cuadrads^ puesta inmediatamente debajo 
del ocular, y sujeta al cuerpo del microscopio, hay un marco cuadrado^ 
movible de izquierda á derecha, sobre el cual están tendidos y estira- 
dos, uno inmediatamente junto al otro, dos hilos de araña. Por medio 
de un tornillo micrométrico esmeradamente labrado, puede moverse 
muy lentamente el marco con sus hilos; para graduar el movimiento 
del tornillo, está provisto de una cabeza grande y graduada en su cir- 
cunferencia en cien partes iguales. La imagen de los trazos de la me- 
dida patrón cae en el mismo plano en que están los hilos. Así dis- 
puesto, se hace girar la cabeza del tornillo, hasta que uno de los 
trazos de la regla que pe compara, venga á aparecer en el centro del 
espacio entre los hilos paralelos: se anota la posición de los hilos por 
la división de la cabeza del tornillo, que viene á un índice. Si ahora 
se hace correr la medida hasta que venga al centro de los hilos el 
trazo siguiente, las vueltas ó su fracción, que haya tenido que recorrer 
la cabeza del tornillo para este desplazamiento de la regla, da á co* 
nocer la magnitud de éste, toda vez que se conoce el que corresponde 
á una de las centésimas partes de la circunferencia de la cabeza del 
tornillo. Así puede determinarse la distancia de trazo á trazo. 



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NOTICIAS CIENTÍFICAS 801 

Por bajo de los microscopios está el verdadero cuerpo del compa- 
rador, que consiste en primer lugar en un marco sólido de cobre, que 
por su parte de arriba asemeja á una línea de ferrocarril, sobre el que, 
por medio de un manubrio ligado á un sistema de ruedas dentadas, 
puede correr arbitrariamente un carro pesado; sobre éste se asienta 
una gran canal metálica de doble pared, en la cual se colocan las 
medidas patrones que se han de comparar, una junto á otra y bien 
asentadas; además tiene otros mecanismos para que el observador, 
puesto en los microscopios, pueda llevar los patrones á la posición 
conveniente. Para preservar el interior de la canal de las variaciones 
rápidas de temperatura, está cubierta con unas lentes especiales, á 
fin de leer unos termómetros que se hallan dentro de la caja. El ob- 
servador, moviendo el carruaje, lleva, uno después de otro, ambos 
patrones que se comparan bajo los microscopios. Dispone éstos como 
á cada patrón corresponde, averiguando con ello la posición conve- 
niente para la comparación. 

Un segando comparador, de análogo mecanismo, sirve para la 
medida de la dilatación: el carro tiene en éste dos cajas que distan 
una de otra un metro, y en cada una se coloca uno de los patrones; 
uno de ellos es el metro que se compara, mantenido á temperatura 
constante; el otro está destinado á las experiencias de calentarle á 
temperaturas muy distintas y dejarle enfriar, lo que produce su di- 
latación y contracción. En cada experiencia se compara con el otro. 
En estas experiencias es muy difícil conservar el patrón mucho 
tiempo á una temperatura exactamente constante, principalmente si 
difiere mucho de la del recinto en que se experimenta. Para ello se 
coloca el patrón en un líquido que se calienta por agua que circula 
€ntre las dobles paredes déla canal; el agua viene desde fuera déla ha- 
bitación, en donde es calentada con la mayor regularidad posible; su 
entrada y salida se verifica por tubos de goma. La caja misma tiene 
aparatos para reconocer desde fuera el líquido, á fin de dar á todo él 
una temperatura uniforme; con estos medios se puede conservar 
durante muchas horas la temperatura con diferencias de menos 
de -^j- de grados centígrados. 

Estos comparadores permiten llevar la comparación de la longi- 
tudMe dos metros hasta las milésimas de milímetro, dando por su- 



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802 REVISTA DE ESPAÑA 

puesto que los trazos sean suficientemente finos 7 distintos para tal 
aproximación. 

Mientras que estos comparadores sólo son aplicables para los pa« 
trenes de metros, con el llamado Comparador universal se pueden 
comparar dos longitudes cualesquiera entre sí, ó con una dada 6 dos 
metros. En tal comparador los microscopios no son inmóviles, sino 
que están montados en carros que pueden correr sobre una especie 
de puente entre dos pilares de piedra. Este puente está constituido 
por una gran pieza de cobre provista en su cara superior de railes dft 
acero, que sirven para guías de los carros de los microscopios mo- 
vibles. 

Estos railes son lo más rectos y horizontales posible. Guando los 
microscopios llegan á su posición exacta, pueden asegurarse. Por 
bajo de ellos, y análogamente que en los comparadores anteriores, 
se halla el carruaje con los soportes en que se colocan los patrones 
que se comparan. Estos soportes se hallan provistos de los mecanis- 
mos adecuados para el ajuste exacto de los patrones. Además, el 
comparador tiene una guía graduada normalmente en centímetros y 
de 2"^ de longitud, dos microscopios montados en carruajes especia- 
les para marcar por abajo las divisiones del metro, y otros acceso- 
rios, ya para comparar dos patrones de punta á punta, ó uno de éstos 
y uno de trazos, ú otras comparaciones. El todo está instalado en una 
caja de anacardo (vulgarmente caoba de Santo Domingo) con aber- 
turas para la iluminación de sus diferentes partes, y trasmisión de 
los movimientos en su interior, etc. 

Además de éstos, existen: un comparador parala determinación 
de los extremos del metro por el método de Steinheil, y otro geodé- 
sico para los patrones de 4"* de longitud. 

Para la comparación de las pesas se usa de varias balanzas, de 
las cuales las más perfectas son las construidas por Rueprecht y 
Schorsy en Yiena. Las que se emplean para la comparación de los 
kilogramos, están dispuestas para que el observador no necesite apro- 
ximarse á ellas una vez que ha colocado las pesas. Con esto se evita 
el influjo perturbador que ejercería en la temperatura la proximidad 
del que opera, á pesar de estar encerrada la balanza en una caja de 
cristal. Los brazos son de latón, y los cuchillos de acero; los apoyos 



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NOTICIAS CIENTÍFICAS 808 

de los colgantes de los platillos^ de ágata; y entre éstos ; los apoyos^ 
la movilidad se verifica por el intermedio de unos cuchillos. 

Las pesadas se verifican según el método de Oaus, permutando 
las pesas para evitar el influjo de la desigualdad de los brazos, y ade- 
más toda la manipulación se efectúa por el ingenioso mecanismo de 
Arzberger, que permite realizarlo desde 4™ de distancia por medio de 
varillas que se mueven por el operador. Las oscilaciones de la balan- 
za se observan desde el mismo lugar, por medio de un anteojo sobre 
una escala que, en virtud de un prisma puesto sobre la balanza para 
la reflexión horizontal, viene á reflejarse sobre un espejo ligado á la 
balanza. £1 operador puede ver asi desplazarse lentamente la ima- 
gen de la escala en el anteojo, y notar la caída á ambos lados, con lo 
que se puede calcular la posición de equilibrio. 

Otras tres balanzas del mismo modelo, sólo más pequeñas, se de- 
dican para ht comparación y contraste de los pesos menores. Tam- 
bién tienen para su manejo el mecanismo de Arzberger. Con estas 
balanzas, los defectos de tales aparatos casi son insensibles: con la 
balanza glande de Rueprecht, se puso de manifiesto en la compara- 
ción del kilogramo una falta de + 0,008 de miligramo, es decir, que 
no llegaba á la cienmilésima parte del kilogramo. 

La pesada completa consiste en siete determinaciones del equili- 
brio, y después de cada dos determinaciones se permutan las pesas; 
cada posición de equilibrio se encuentra por cinco oscilaciones; las 
pesas se ponen siempre para tales determinaciones en platillos par- 
ticalares de platino-iridio, con lo cual se evita su deterioro por el uso 
del mecanismo de permutación; estos platillos, después de 500 veces 
de asados en el mecanismo de permutación, no ofrecen variación sen- 
sible de diferencia de peso. 

También por el empleo de las pesadas hidrostáticas con la balanza 
de Sacre se han llevado las operaciones más sencillas, asi como las 
más complejas, á los límites de escrupulosidad y exactitud que hasta 
ahora se alcanza en los procedimientos científicos. El agua empleada, 
además de haberse destilado en los aparatos ordinarios, vuelve á 
serlo en uno de platino, y después echada en vasija de platino. 

£sta es la que se pone bajo la balanza, y después se emplean nu- 
joaeroBos aparatos para sumergir el peso en el agua y para todas las 



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804 REVISTA DE ESPAÑA 

demás partes de la delicada manipulación, á fin de reducir los errores 
al mínimum. 

La sección para las pesas tiene colecciones de éstas, de platino, 
iridio y cuarzo, que sirven para las pesadas de primera clase, y de 
metal dorado para las hidrostáticas. 

Además de estos instrumentos principales, posee el Instituto otra 
porción de ellos, parte para ciertos trabajos especiales, parte para los 
accesorios de los mencionados. Entre los primeros es notabilísimo, 
por su extraordinaria exactitud, el usado en el método de Fizeau para 
la medida por medios ópticos de la dilatación de los cuerpos pe- 
queños. 

Con el título de Travanx et Memoires du Burean internatioiial des 
poids eú mesures, publica el Instituto, no sólo sus trabajos oficiales, si 
que también las investigaciones de cada uno de sus miembros y em- 
pleados, que se ocupan de Metrología. Hasta 1884 van publicados dos 
tomos en los años de 81 y 83, con tablas y grabados, y cuyo conte- 
nido, en brevísimo esquenja, es como sigue: 

El primer tomo contiene, en primer lugar, cinco secciones de 
Broch sobre los elementos y tablas necesarias para la reducción de 
las observaciones. • 

En la primera sección se expone el influjo que la latitud geográ- 
fica a? y la altura h sobre el nivel del mar ejerce en el valor ff de la 
aceleración de la gravedad. 

La fórmula de Broch es: 

¿r=^^ (1—0,00259 eos 2 ?) (1.-0,000000196 k) 

en la que^^ es la aceleración de la gravedad á los 45° de latitud y al 
nivel del mar. 

Las tablas que acompaña contienen algunas el valor del primer 
factor ^Q y su logaritmo para diferentes latitudes, y en otras el valor 
del cociente -~— y su logaritmo para las estaciones metrológicas 
más importantes. 

La segunda sección trata de la expansión del vapor de agua, fon- 
dándose en las experiencias de Regnault, y se incluyen tablas de las 
tensiones máximas para temperaturas desde — 30** hasta 4- lOF. 



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NOTICIAS CIENTÍFICAS 805 

Para la deducción del punto de ebullición que marca el termómetro 
á presión atmosférica constante, da Broch en la tercera sección una 
parte de las tablas correspondientes en otra forma. 

En la cuarta sección investiga Broch, fundándose en las experien- 
cias de Regnault, el peso de un litro de aire atmosférico seco con 
0,0004 de ácido carbónico á la temperatura i y presión barométrica 
Dormal (de una columna de mercurio puro de 760»»ni ¿e altura á OS 
nivel del mar y latitud de 45^, que su fórmula es: 



1,293052 
1 + 0,00367 ^• 



La quinta sección ofrece, fundándose en la fórmula dada por Heu, 
que la dedujo de las observaciones de otros muchos, la del volumen 
de la unidad de peso y el logaritmo del peso específico del agua pnra 
á diferentes temperaturas. 

Además de esto contiene el tomo un trabajo de Benoit sobre el 
aparato ya citado de Fizeau, y de él deduce los resultados de las pe- 
sadas efectuadas porMarek,- el tomo concluye con un trabajo de Par- 
net, en que expone los resultados de sus invertigaciones sobre el ter- 
mómetro de mercurio, deduciendo la posibilidad de su empleo para 
las determinaciones de temperaturas comparables. 

En el tomo segundo describe Benoit las experiencias sobre dila- 
tación por el método de Marek y valor de las pesadas. Broch trata 
de la dilatación del mercurio. 



Bescargas eléctricas en los espacios vacíos. 

En contra de la opinión general de la mayor parte de los físicos, 
de que el vacío opone una extraordinaria resistencia al paso de la co- 
rriente eléctrica, Edlund y Goldstein consideraban tales espacios 
eomo muy buenos conductores de la electricidad, creyendo en con- 
secuencia, que un gas conduce tanto mejor la electricidad cuanto más 
dilatado está. La explicación del hecho del crecimiento de la total re- 
sistencia, que con el aumento de la dilatación de un gas se experimen- 
TOMO cv 20 



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806 REVISTA DE ESPAÑA 

ta, la ha buscado Edlnnd (1) en la resistencia que snfre la electrici- 
dad para pasar de la superficie de los electrodos al gas, causada por 
la producción en ese lugar de una fuerza electro-motriz, que origina 
una corrieute de dirección contraria á la principal, que crece en in- 
tensidad con la dilatación del gas, y á la cual llamó «corriente de 
disjunción.» 

Tal corriente, cuyo establecimiento está demostrado por las expe- 
riencias, depende esencialmente de la naturaleza de los electrodos: 
así, por ejemplo, es más pequeña cuando la descarga (la corriente 
positiva) va de platino á zinc, que cuando tiene la dirección contraria. 

Edlund se ha representado, según esto, la total resistencia con la 
fórmula r + r^xl,en la cual representa r la resistencia de los elec- 
trodos, r^ la del gas para la unidad de longitud y Ha distancia de los 
electrodos. Si crece la dilatación, aumenta r; pero r^ diminuye, y la 
total rasistencia decrece hasta un valor mínimo, que erróneamente 
se ha considerado como el mínímun de resistencia del gas; desde ese 
estado vuelve á crecer su resistencia total, á consecuencia del au* 
mentó de r; porque r, es tan inapreciable, que su decrecimiento ulte- 
rior no ejerce influjo en ella. Si esto es exacto, la disminución de I 
tampoco debe de ejercer influjo sensible. Para examinarlo, construyó 
Krajevitsch (2) un tubo con tres electrodos, dos en los extremos y 
uno en el centro. Como electrodos empleó tubos de plomo introduci- 
dos en el de cristal, rellenando los huecos en forma anular con ce- 
mento; los extremos de los tubos estaban soldados, y sus centros en 
comunicación con una bomba de mercurio. 

A 300°*™ de distancia, entre los electrodos, y suficiente dilata- 
ción del aire, cesó de atravesar la corriente de inducción por todo el 
tubo, mientras que en su paso por la parte pequeña (I25i"°*) como 
por la grande (225™™), aún se observaron fenómenos de luz. Conti- 
nuando la dilatación del gas, se llegó á que desapareciesen estos fe- 
nómenos luminosos en la parte larga y corta de los tubos. Estos re- 
sultados parece que corroboran la teoría de Edlund. Aun cuando éste 



(1) AnnaleB de Chemie et de Phyaique: ser. 5.*, t. XXVII, p. 114. 

(2) Repertorium der Phyeih,: Exuet, serie 120. 



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NONICIAS CIENTÍFICAS 307 

también trata de apojar su opinión en los fenómenos de la luz del 
Norte, que se origina en aquellas altísimas regiones en que el aire 
está muy dilatado, lo cual considera como una demostración com- 
pleta de la buena conductibilidad de los espacios vacíos, sin embar- 
go, ante los nuevos estudios de los observadores de este fenómeno, 
esta demostración en cierto modo no puede considerarse como con- 
cluyente. 

La descarga eléctrica en las lámparas de incandescencia, ha sido 
cuidadosamente estudiada por Pulaj (1). Éste suponía que, al pasar 
la corriente por la hebra de carbón, debía de haber descargas á tra- 
vés del espacio dilatado que la rodea, y realmente observó Puluj tal 
descarga en forma de una luz pálida que notaba alrededor de los dos 
alambres que servían para sujetar la hebra en forma de herradura, y 
como si procediese de una corriente alternativa enviada con una es- 
pansión de 200 á 300 volts. Aumentando la dilatación, variaba la 
luz pálida á manera como en caso análogo ocurre entre tubos de 
Geissler. Para 1 á 0,5™"* de presión del mercurio en la probeta, flota- 
ba la luz del alambre de platino hasta á la distancia de 2 á 3"^in. 
Para mayor dilatación, los rayos aumentaban de longitud, saliendo 
siempre esto en sentido radial del alambre de platino; á cerca de 
0,0*;"*™ de presión, la luz llenaba todo el globo de cristal. Claro es 
que se hacía muy difícil de ver, junto á la deslumbrante luz blanca 
de la hebra incandescente; sin embargo, aún se pudo apercibir á ma- 
yor dilatación esta aureola azul oscura, cubriéndose del hilo incan- 
descente por un cuerpo opaco. La luz de una lámpara de incandes- 
cencia, llevada al blanco, y la cual es sostenida por una corriente 
de gran tensión, tiene siempre, en virtud de esto,, un tono de color 
azulado, y quizá el tono azulado de la luz del areo debe de atribuirse 
también á la descarga por esa aureola. Los fenómenos de estas au- 
reolas fueron los que -llevaron á Grookes á su hipótesis del cuarto es- 
tado de la materia. No siempre se pueden observar en la incandes- 
cencia al blanco, tales aureolas. Sin embargo, se puede asegurar que, 
aun en tal caso, hay descargas, á lo menos en los finísimos extremos 
inferiores, y de aquí ha de provenir un espolvoreo de las partículas 

(1) Zeitschr, des etecirolchn. Vereins in Wien Juli, 1883. 8. 30. 



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808 REVISTA DE ESPAÑA 

de la hebra de carbóD, causado por la corriente, y el cual puede ob- 
servarse y se ha corroborado rauchas Teces por la experiencia. De 
aquí se infiere que á grandes tensiones es menor la duración de la 
hebra de carbón, y también que, la total energía de la corriente que 
se muestra como aureola azulada, es perdida para el fín de la lámpa- 
ra. En resumen, que las corrientes de alta tensión no son económi- 
cas para las luces de incandescencia. 



Color del agua. 

W. Spring ha hecho nuevamente experiencias muy interesantes 
respecto de este asunto (1), de las cuales resulta que el a^ua, cuándo 
tiene la pureza posible y sólo se considera una capa delgada, posee un co- 
lor azul perfecto , y cuya especialidad no estriba ni en la reflexión de 
l^Ts partículas pequeñísimas invisible^, ni en sustancias extrañas. 

Para las observaciones puso el agua en tubos de cristal de cinco 
metros de largo y de unos cuatro centímetros de diámetro interior; 
metiólos en estuches ennegrecidos que impedían toda luz lateral, de 
manera que sólo les podía atravesar luz difusa á lo largo de su eje. 

En agua destilada de la que acostumbran á usar en los laborato- 
rios, se observó un color verde claro, semejante al que presenta una 
disolución dilatada de vitriolo de hierro; sólo en agua recientemente 
destilada fué la coloración azul de cielo; pero después de setenta ho- 
ras se cambió en verdoso, sin que por ello se notase enturbiada el 
agua. Esto se explica, porque el agua destilada contiene sustancias 
que se alteran al qabo de cierto tiempo; de sucesivas experiencias se 
ha deducido como probable que estas sustancias son organismos pe- 
<lueñísimos; así, se llenaron de agua dos tubos idénticos, que ofrecie- 
ron la coloración azul á la luz que las atravesó; al agua de uno de 
ellos se añadió —r-l^ — de proto-cloruro de mercurio, con lo cual no 
varió al principio su coloración; pero á los seis días, el agua del tubo 
sin mercurio, sin enturbiarse, perdió su color azul, apareciendo ver- 
de; en cambio, la del que lo tenia conservó sin variar su color azul 

(\) Bulletin de VAcad. Royale Belg.. V, j 1883), p. 55, y Remie scieníiY, XXXI, p. 161. 



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NOTICIAS científicas 809 

durante tres semanas. Después se echó un poco de proto-cloruro de 
mercurio al agua que se había vuelto de color verde, y á los tres día^ 
se observó un cambio lento de coloración de verde á azul: á los nue- 
ve, el color era azul verdoso: el azul puro no se volvió á observar. 
Siendo el proto-cloruro de mercurio un fuerte veneno para los peque- 
ños organismos, parece probable la . deducción enunciada; además, 
Tyndall, Glan y Stas han demostrado la existencia de tales sustancias 
en el agua destilada. Este último ha indicado que se obtiene agua 
destilada pura por destilación, con una mezcla de manganato ó per- 
manganato de potasa, recibiendo el destilado en vasijas de platino ó 
plata, y que usada este agua para las experiencias de Spring, mues- 
tra un hermoso color azul de extremada pureza y tan sólo comparable 
al que se observa en el cielo en un día despejado desde la cúspide de 
una alta montaña. Este color duró dos semanas sin alterarse; un haz 
de rayos concentrados por una lente y arrojados sobre este agua, no 
fué visible. 

También son de especial interés las observaciones hechas con las 
aguas calcáreas: ante todo, preparó Spring agua calcárea, perfecta- 
mente clara, con marmol de carrara calcinado y sin hierro, dejándola 
sentar hasta apenas percibirse que se depositaba algo. Tal agua, 
puesta en los tubos, no era diáfana: se le echó ácido carbónico, para 
precipitar primeramente la cal y después volver á disolver el bicar- 
bonato: de tiempo en tiempo se interrumpía la corriente de ácido car- 
bónico, y observada el agua ala luz que atravesaba, después de se- 
parar el precipitado, la opacidad primitiva fué sucesivamente desapa- 
reciendo, y apareció primero morena obscura, después morena clara, 
después amarillaverdosa, y cuando se hizo pasar durante diez y ocho 
horas el ácido carbónico, se volvió á presentar el primitivo colorazul, 
pero con un punto al verde. 

Por tanto, mediante la acción combinada del ácido carbónico y 
del carbonato de cal, se pueden mostrar todos los colores del agua co- 
mún, desde la opacidad hasta el azul verdoso. La serie de colores se 
observó en orden inverso por Spring quitando ácido carbónico. Ülti- 
mamente, siendo opaca el agua, se volvió á restablecer la coloración 
azul verdosa por la adición de una gota de ácido clorhídrico. 

Análogamente se comporta el agua de barita, y también con sili- 



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810 REVISTA DE ESPAÑA 

cato de sodio, que tenga algún ácido silicico libre, añadiendo alguna 
disolución de potasa cáustica, así como con cloruro de plata con adi- 
ción de amoniaco. 

La coloración amarilla del agua depende, según Spring, de los 
corpúsculos extraños en suspensión. En combinación con el azul del 
agua pura, da aquel color los diferentes tonos del verde. 

Por otra parte, no es necesario llegar á una precipitación formal, 
basta que la disolución saturada esté próxima á ella. 

Spring admite en tales líquidos «precipitación que se constitu- 
ye,» á manera que Tyndali admite, al estudiar la diafanidad del ^e, 
el estado de «nubes en constitución.» 

Operaciones análogas á las que Spring verifica en sus experien- 
cias se realizan en la naturaleza, por lo que principalmente los sili- 
catos de cal y de magnesia, el ácido silícico, el silicato de aluminio 
y arcillas son las sustancias que más influyen en la coloración del 
agua. En el agua que presenta la coloración azul, todas las demás 
sustancias se hallan disueltas, y cuanto más perfecta es la disolucióui 
tanto más puro es su color azul. Menos completa es la disolución de 
los carbonates y silicatos en las aguas coloreadas de verde, sea por 
falta de ácido carbónico ó por la presencia de otra sal. Si las prime* 
ras están en precipitación incipiente, la luz azulada está mezclada 
con una amarillenta. 

En cortñrmación de esto se cita la presencia del ácido carbónico 
libre y carbonato de cal en el agua del verde Tlhin y azulado Ródano. 
En las del Rhin, por 1356 partes de peso de carbonato, existen 76 de 
ácido carbónico, mientras que las del Ródano tienen una vez más | 

ácido libre; esto es, 79,5 partes para 785 de carbonato. ' 

Con esto conviene tambión el fenómeno de que las aguas azules 
del lago de Achen (en el Tirol del Norte) parecen verdosas allí donde 
bañan las costas llanas de rocas calcáreas, pues toman más cal en 
relación al ácido carbónico; caso análogo ofrecen las aguas azules del 
Océano, en las costas, en las que por la disolución de grandes capas 
de conchas calcáreas aparece verdosa. 

Rodrise S«ii|iir|o. 



I 



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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 



«^^^»^^^»^^^^'^%»<^^^ 



Bernardo Pérez. — L'educazione dalla culla. — Tradu^ione italiana sol 
consenso deWtutore, per G. Rigutini, con prefa^ione di Pietro Siciliani» 
interno alia Psicologia e Pedagogía dell^infanpa.^MúanOy i885.— Un 
tomo en 8.® 

En la interesante Biblioteca de Educación é Instrucción para las Escue- 
las, que publica mensualmente en Milán el conocido editor Sr. D. Enrique 
Frenessini, acaba de aparecer el librito cuyo título encabeza estas líneas^ 
y del cual vamos á dar una ligera idea á nuestros lectores. 

Es el Sr. D. Bernardo Pérez, de que antes de ahora teníamos noticia en 
España por las indicaciones que de la obra en que nos ocupamos cita el 
Sr. Alcántara García en uno de sus últimos libros, un insigne pedagogo 
francés, cuyo mérito principal estriba en el carácter concienzudamente ex- 
perimentalista de sus trabajos. De su libro, perfectamente traducido por el 
Sr. Rigutini, dice el entendido prologuista Sr. Siciliani, cque es doblemente 
precioso, por el contenido y la exposición de la materia y por la elegancia y 
severidad de formas con que ha sabido presentarlo. No sólo los dedicados 
á la enseñanza, sino los padres y las madres, deben apresurarse á adquirirlo, 
no sólo para leerlo y recrearse con su belleza, sino para estudiarlo con amor 
y enriquecerse con el verdadero tesoro de observaciones útiles que contiene 
para la educación de los niños y la instrucción educadora de los jóvenes y 
las jóvenes.» 

Y no exagera, en efecto, el docto pedagogo italiano. El Sr. D. Bernardo 
Pérez, en forma sencilla y elocuente, por su mesura en las afirmaciones» 



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812 REVISTA DE ESPAÑA 

que rara vez exceden de lo que consienten los datos observados, nos pre- 
senta un precioso cuadro de la vida infantil. Con este propósito divide su 
obra en siete importantes capítulos, que son, por su orden, los siguientes: 
Educación moral de los sentidos. — Educación de las emociones intelectua- 
les. — Cultivo de éstas. — Relaciones entre la sensibilidad y la actividad. — 
Cultivo de las emociones sociales. — Fomento y desarrollo de estas emocio- 
nes, — Desenvolvimiento de los hábitos y del sentido moral. 

El primero de estos capítulos hállase dividido en seis partes, cinco que 
tratan de los conocidos generalmente con el noml^re de sentidos corpora- 
les, y el sexto del llamado sentido túrmico, parte no menos interesante que 
los anteriores, porque enseña á las madres la inñuencia que, no sólo para la 
higiene de los niños durante los dos primeros años, sino para su educación 
moral, puedan ejercer los cambios bruscos de temperatura y olvidar que, 
aunque la ciencia aconseje como bueno el vigorizar al infante para la lucha 
que continuamente ha de sostener con los elementos extenores, no por eso 
ha de olvidarse que, habiendo vivido el niño antes de nacer en un medio 
envolvente de mucho más calor, pueden perjudicarle aquéllos, no sólo en 
lo físico, sino en lo moral. 

En el capítulo II trata el autor de la curiosidad, la verdad y el sentido 
naturalista', en el III, de la sensibilidad de la imaginación y el sentido es- 
tético, y dentro de estas partes respectivamente de los entretenimientos, 
del miedo i del temor al agua, de los baños y de lo bello visible, del instinto 
poético y la tendencia dramática; en el capítulo IV, de la actividad, la inde- 
pendencia y la docilidad y la propiedad; en el V, de la simpatía, la afectivi- 
dad, la benevolencia y la imitación; en el VI, del amor propio, la timidez , la 
cólera y los celos; y en el VII y último, de los hábitos morales, el sentido 
moral y el egoísmo y la benevolencia. 

La simple enumeración de las materias contenidas en este libro, el éxito 
merecido que en todos los países ha alcanzado y el ser el asunto en que sin 
disputa se halla más interesada la humanidad, que sólo llegará al grado de 
perfección que hoy únicamente acierta á entrever como un verdadero sueño, 
encaminando la naturaleza del niño y sabiendo educarlo, nos redimen de la 
tarea, nunca ingrata, de hacer del célebre pedagogo francés más merecidos, 
elogios. 

La educación en la cuna se titula un libro que há tiempo debiera hallarse 
traducido al español; en la cuna debe comenzar también, según el distinguido 
pedagogo siciliano, la educación del niño; pero en la cuna, ó, mejor dicho, 
desde ella, debe, á nuestro juicio, empezar á discernirse un sueño que es lo 
que el niño tiene, por decirlo así, de propio, y que es lo que en él se mués-- 



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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 818 

tra ya como un producto de los medios que le rodean, cuestión respecto de 
la cual hace el Sr. Pérez atinadísimas observaciones en el capítulo que trata 
del sentido tiaturaüstay capítulo que, con ver los demás tan buenos, se destaca 
como excelente, y de aquí que haya quien afirme, no sin razón, que antes 
del nacimiento, y aun antes de la concepción del nuevo ser, aunque esto pa- 
rezca una paradoja, la educación del niño debe comenzar por la madre. 
La Convención francesa, que tuvo entre errores innegables la intuición de 
muchas cosas grandes, señaló un premio para el mejor trabajo sobre Instruc^ 
cion para la conservación de los niños durante suvida intrauterina^ y so^ 
bre su educación física y moral desde su nacimiento hasta que entran en las 
escuelas nacionales. La educación de los niños y el estudio de la Psicología 
6 ciencia que de ellos trata, y una de cuyas principales ramas es la Psicolo- 
gía infantil, tan en boga hoy en Alemania, son las obras que más preocu- 
pan á la presente á las naciones adelantadas, en las cuales es verdadero axio- 
ma que la casa es la primera escuela y la madre la primera maestra. 



La quinta esencia del socialismo, por A. E. Schaffles. — Traducción y 
notas de Adolfo Builla y Adolfo Posada. ^Madrid, i885.— Un tomo 
en 8/ 

Cuáles sean los límites de la acción del Estado y cuáles sus direcciones, 
es cuestión presentada hoy en el palenque del debate, y que trae por extre- 
mo divididos á los economistas. Quiénes solicitan su intervención enérgica 
y regular en las cuestiones industriales y las relaciones de éstos entre sí ó 
con los poderes públicos, como lo afirman las conclusiones de la nueva es- 
cuela de los economistas en Inglaterra, y aun en todo el continente eu« 
ropeo, que ha operado una reacción contra las doctrinas de Smith y sus 
sucesores Malthus, Ricardo, Say, Bastiat, admitiendo que el Estado está 
llamado á intervenir en el juego de los intereses individuales. Quiénes, 
como Herben Spencer, primero y más decidido mantenenedor del prin- 
cipio de la no intervención, y apoyándose en el hecho de la supervivencia 
del más apto, conforme á cuya ley progresa la sociedad, reducen las 
funciones del Estado al mero cumplimiento de la justicia. Quiénes, por úl- 
timo, como los socialistas modernos, requieren para aquél una organiza- 
ción que permita una distribución de los objetos posibles de apropia- 
ción.' 

Dar á conocer las aspiraciones de estos últimos es el objeto que se ha 
propuesto Se bañes en su libro La quinta esencia del socialismo y y al tradu- 



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814 REVISTA DE ESPAÑA 

cirio los Sres. Builla y Posada en la forma castiza y clara que lo hacen, haa 
prestado un servicio cientíñco y á la vez general, pues que precisa, sntes de 
decidirse en pro ó en contra de una doctrina, conocerla; cosa que, en reaii* 
dad, no es muy frecuente ni en los impugnadores ni en los secuaces de la 
doctrina socialista. 

He aquL reproducidas las conclusiones de SchMffles sobre la teoría socia- 
lista, que copiamos porque compendian la obra y la dan á conocer: 

€ Hemos examinado— I á VIII— el principio socialista en sus relaciones 
con todas las categorías importantes de la economía política, siendo nuestro 
ob¡eto dar al concepto fundamental del socialismo la explicación más racio- 
nal y más práctica. 

iHemos probado — III y VII— que el colectivismo democrático mar- 
xista, la cdemocracia socialista,! deñende un programa absolutamente im- 
practicable que conduce al caos económico; porque tiene hasta ahora por 
base la teoría de Marx, que considera el trabajo como fuente única del va- 
lor, excluyendo de él el valor en uso y desconociendo su influencia en el 
precio del trabajo económico, términos que la práctica impone. Prescinde 
también de establecer y garantizar la autoridad, que con la producción jurí- 
dicamente pública sería incomparablemente más necesaria que con la ac- 
tual producción capitalista; ni esta autoridad ni la que representan el Es- 
tado y la Iglesia tienen sitio en el c Estado popular de la democracia socia- 
lista. 

»E1 colectivismo democrático se encuentra en abierta oposición con los 
presupuestos que nosotros exigimos — V, III y VII — para que pueda pensar- 
se en la realización de la producción colectiva. Por esto, no es ni ha sido ja- 
más La quinta esencia una defensa del socialismo democrático. La imposi- 
bilidad práctica de éste la he demostrado en mi reciente publicación, Die 
Aussichtslosigkeit der Social demokratie —Carencia, de porvenir de la de- 
mocracia socialista, Cartas i.* y 2.*— donde aparecen ampliados los argu- 
mentos críticos expuestos en La quinta esencia. 

»En La quinta esencia hemos reprobado explícitamente á los socialistas 
que con un espíritu anticolectivista, gritando á voz en cuello, dicen al pro- 
letariado que el trabajador debe recibir precisamente el producto de su ira-' 
bajo^ siendo así que en el Estado socialista lo que se reparte es el producto 
total. Es absolutamente imposible calcular qué parte del valor del producto 
común ha sido producida por cada individuo, mucho más cuanto que en 
el c Estado sociah no produce simplemente el trabajo personal, sino que 
contribuyen los medios de producción de la comunidad y la naturaleza. 

>Es asimisma cuestionable si la relación del valor en cada trabajo es taa 



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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 815 

arreglada á justicia como predica la democracia socialista, cuando la aptitud 
para el trabajo no es cosa meramente individual, sino que tienen parte en 
ella la herencia de los padres y de todas las generaciones pasadas. 

»Por todo eso» la premisa cardinal de la democracia socialista es teórica 
y práatcamente insostenible, quedando reducida á una como trampa enga- 
ñosa, con lo que se pretende cohonestar el fanatismo individualista desen- 
frenado de las masas. 

»No se comprende por qué los escritores socialistas no reforman seria- 
mente sus teorías, procurando consolidar y organizar las garantías privadas 
de la economía productora; pues mediante el sostenimiento de una fecunda 
concurrencia del trabajo, según el principio del valor social de la ejecución, 
podía el socialismo llegar en poco tiempo á hacerse armonizable, goberna- 
ble y organizable, y esto de un modo práctico, con todos aquellos puntos 
aceptables de la economía política histórica, hoy dominante. Aunque, á de- 
cir verdad, fácil es explicar este aparente descuido. 

>Tan pronto como se prescinda de las piedras fundamentales de la teoría 
democrática socialista— la repartición á cada individuo del producto total 
de su trabajo propio y la medida de este producto, según la magnitud de lo 
aportado á la masa del trabajo social — se premie el trabajo económico y se 
tome en consideración el valor en uso en la cotización del trabajo y en sus 
productos, aspirando á dar al colosal negocio de la producción colectiva 
una dirección segura y con suficiente autoridad, ¡adiós el espíritu democrá- 
tico! ya no hay que hablar de una participación igual para todos en el Go- 
bierno, ni menos de la participación igual ó igualmente calculada de los 
productos del trabajo social, y el socialismo pierde así todo su prestigio en- 
tre las masas. La simple libertad — no ya la libertad anárquica, que suprime 
lodo Gobierno y toda autoridad en el Elstado político — caerá en tierra mal- 
trecha y dejará ancho campo al despotismo y á la expoliación. La demo- 
cracia socialista descendería del pedestal en que se asienta como partido po^ 
Utico, si quisiera reforzar los puntos vulnerables de sus teorías y abjurar el 
colectivismo de Marx. No debemos esperar de ella tal sacrífício. 

>Con todo eso, el trabajo intelectual del socialismo democrático no es 
trabajo perdido. 

> Al ñn se ha promovido teóricamente la cuestión de las condiciones coa 
que puede concebirse la producción de riquezas, jurídicamente pública: tal 
discusión no carece de importancia, dado el incesante desarrollo de las ins- 
tituciones de derecho público en asuntos referentes al cambio social y á la 
producción y circulación de las riquezas. Aunque se diera el caso, que aún 
no se ha dado, de encontrar un modo de producción colectiva, económica-^ 



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816 REVISTA DE ESPAÑA 

mente intachable, no sería consecuencia necesaria su implantación súbita 
y exclusiva, sin considerar otros intereses no económicos, tal vez más im- 
portantes, que de todos modos serían un obstáculo serio en el camino de la 
revolución económica. Si la producción colectiva puede implantarse en el 
porvenir, su éxito, sólo marchando lentamente es indudable, por ser de 
más posible realización por el proceso de disolución det capital en la con- 
currencia y por la desorganización del sistema liberal actual, que por el 
triunfo de las barricadas; antes mejor por el aniquilamiento de todos los 
Estados, que por un golpe de fuerza de las clases inferiores. Pero de todos 
modos, la jornada que hay que hacer es, en verdad, muy larga. 

f Desde el punto de vista práctico, el colectivismo democrático tiene tam- 
bién méritos esenciales: él ha dado lugar al movimiento crítico y político de 
reformas sociales positivas, que desde la última edición de La quinta esen- 
qiA la misma Monarquía ha impulsado en Alemania. Sobre el alcance de 
la tarea comenzada, el autor de este opúsculo ha expresado sus opiniones en 
los tres folletos titulados: Die Ausssichlosigkeit der Social demokratie, tres 
cartas.— Der korporative Hilfskassení¡wang^ é Inkorporatión (genossens- 
chafliche Ausgestaltung) des Hypothekarkredites. 

•Estos trabajos acaso puedan convencer al lector de que la cuestión so- 
cial, hoy, como siempre, encierra el conjunto de todas las proposiciones de 
reforma paniculares, comprendiendo una porción de «cuestiones sociales» 
especiales, cuya solución no ha de encomendarse á una sociedad radical- 
mente nueva, sino que ha de dejarse á la acción continua traosformadora 
de la sociedad actual y de su derecho. 

»A la justificada pretensión de la democracia socialista, de crear al pro- 
letariado industrial por el trabajo una posición más digna del hombre, y de 
darle algo más que lo absolutamente necesario en la participación de los 
productos de la comunidad, de doblegar los abusos del poder del capital y 
del crédito, de vivificar la solidaridad contra la miseria y la desgracia,^ de 
llevar los beneficios de la economía pública allí donde el capital se muestra 
realmente ineficaz, á esa justificada aspiración, pueden, las reformas positi- 
vas y oportunas, dar cumplida satisfación, sin abolir la propiedad privada 
del capital, sino más bien generalizando totalmente la propiedad. 

»E1 cómo más hacedero es el objeto de los mencionados escritos. En 
este no ha sido nuestro intento hacer una oposición crítica, ni indicar las 
reformas positivas que necesita la democracia socialista; sólo hemos querido 
exponer las doctrinas y sacar las consecuencias en la esfera intelectual, del 
colectivismo, democrático y no democrático.! 



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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 817 

Revistas.— La Noüvelle Revuk.— París, Julio i885.— L¿i Democracia 
y los estudios, por Heary Joly. — Todos los problemas referentes á ía ense- 
ñanza parece que, lógica y naturalmente, debieran reducirse hoy á uno 
sólo, al de la libertad de instruirse cada uno en la forma que quiera, y, sin 
embargo, no sucede así, pues que todos los días se suscitan nuevas cuestio- 
nes referentes á la educación intelectual, y se proponen medios para resol- 
verlas. El articulista examina lo que significa la fórmula instrucción integral 
que, aunque antigua, se resucita hoy por algunos, entre ellos M. Bref, y se 
presta á diferentes interpretaciones. Después de exponer varias de estas y de 
hacer su crítica, opina que la enseñanza clásica debe ser escogida, por más 
que variada, según las aptitudes y las funciones que en la sociedad haya de 
llenar el individuo, y cree, por su parte, que es una idea absolutamente con- 
traria á los verdaderos intereses de la democracia el quererla privar de los 
beneficios de una enseñanza selecta, salida de su seno y abierta siempre á 
los más dignos. 

Revüe phii.osophique de la frange et de l'etranger. — Paris, Ju- 
lio, 1 88 3. -I. La experimentación en Psicología por el sonambulismo pro^ 
vocadOy por H. Beaunis.— Como dice el autor, este trabajo está hecho bajo 
un doble punto de vista y presenta un doble carácter; es, desde luego, y 
ante todo, un estudio de los fenómenos psicológicos del sonambulismo pro- 
vocado; pero es también, y he aquí lo que ofrece, acaso, más novedad, una 
tentativa de experimentación psicológica por el método hipnótico. En él se 
intenta demostrar, por numerosos ejemplos, que se puede, por los procedi- 
mientos hipnóticos, practicar, si así puede decirse, una verdadera vivisec- 
ción moral, y ver y hacer funcionar el mecanismo intelectual como el fisió- 
logo ve y hace funcionar la máquina orgánica. La observación interna, 
única preconizada otras veces, nada ha dado de lo que se buscaba, y todo 
el genio de los hombres que se han ocupado del estudio del alma, no ha 
podido prevalecer contra la insuficiencia del método. En realidad hace al- 
gunos años no habíamos salido del Tratado de! alma, de Aristóíele'?. Inves- 
tigaciones recientes de psicología fisiológica, los progresos de la fisiología del 
cerebro y de los nervios, el estudio de ciertas formas de enajenación men- 
tal, el coóocimienio de las enfermedades de la memoria y de la voluntad, 
el análisis de los fenómenos psíquicos del animal y las observaciones sobre 
la evolución intelectual del niño y de la humanidad, han modificado el 
fondo, en conjunto, de la psicología clásica. Pero falta todavía un procedi- 
miento de experimentación directo sobre los fenómenos de la inteligencia, 
y éste es el que se intenta establecer por medio del sonambulismo pro- 
vocado. 



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818 REVISTA DE ESPAÑA 

Revue HisTORiQUE.— París, Julio y Agosto de 1 885.— L05 campos Mau^ 
riaacs. Nuevo estudio sobre el campo de batalla de Atila, por Girard. — 
El interés que para el historiador, para el geógrafo y para el hombre de 
armas tiene el conocimiento de los lugares en donde se han librado las gran- 
des batallas que decidieron los destinos del mundo ó comprometieron la 
suerte de los pueblos, atrae á las inteligencias investigadoras hacia esta clase 
de estudios, que dan por resultado aclarar puntos ó llenar lagunas que los 
más diligentes no habían logrado hasta ahora salvar satisfactoriamente. E^ 
autor del presente artículo se propone fijar, en vista de los numerosos y 
eruditos trablajos acumulados hace tiempo y de los estudios hechos reciente- 
mente, el lugar teatro de la formidable batalla sostenida entre hunnos y vi- 
sigodos. Después de afirmar que es posible la identificación que se pretende 
conforme á las exigencias de la ciencia, dice que considera inútil el refutar 
los sistemas propuestos para llegar á una solución acerca de este punto, por- 
que gracias á los trabajos de M. Barthelemy y otros, se han circuascrito y 
precisado los términos de la cuestión. Según éstos, los documentos principa- 
les que al asunto se refieren se dividen en tres grupos: el primero, que re- 
produce la versión visigótica, señala los campos Catalaunicos y está repre- 
sentado por el español Idaux, por Casiodoro, cuya crónica fué escrita en la 
cone del ostrogodo Teodorico, y por Isidoro de Sevilla. El segundo grupo, 
llamado franco-busgondo, comprende cuatro textos; el primero denomina á 
la batalla puqua Mauriaceas\ el segundo, de Gregorio de Tours, que emplea 
la expresión Mauriacus campus; el tercero Frédégaire, que dice Campania 
Mauríacensis; y el cuarto, que le designa con el nombre de locus Mauria- 
cus. Por último, la versión romana, que comprende á Fernández, en el cual 
se identifica la versión gótica y la romana, diciendo campi Catalauniciy 
campi Maurici; á Prosper de Aquitania, que llama al lugar de la batalla 
Maurica^ que sitúa en la Champagne, próximo á Troyes. El autor, para re- 
solver acerca de si las cercanías de Chalons fueron, como generalmente se 
ha creído, el sitio verdadero de la lucha, estudia las palabras Champs 
Catalauniqui^ decidiéndose por que el lugar que con ellas se designa es el 
conocido por la Champagne. Hace luego un minucioso análisis de las pala- 
bras usadas en los documentos que forman los otros grupos, resultando se- 
gún él: primero, que la localidad en cuestión se llama Maurica; segundo» 
que el nombre Maricanum no se encuentra en ningún texto, siendo erró- 
nea toda solución basada sobre esta denominación; tercero, que la versión 
romana está perfectamente de acuerdo con la versión franco-busgonda, 
que, por su parte, no se opone á la gótica. Conforme con el continuador de 

Prosper, fija el lugar ú más de cinco millas, ó sea 7.400 metros de Troyes, 



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NOTAS BIBLIOGRÁFICAS 819 

en una comarca llamada tradicionalmente les MaureSy que se extiende un 
poco á la derecha de la gran vía militar que va de la citada villa de Troyes 
á Sers, y al pie de la colina de Montgueux hacia SE. Esta conclusión la 
corrobora mediante el estudio que hace de las condiciones estratégicas del 
terreno y del género y número de los combatientes, y termina asegurando 
que, por los datos autorizados de todas claseS) la llanura de les Maures sa- 
tis&ce todas las condiciones del problema. 



JOSÉ LUIS ÁLBÁBKDA, L. A. BÜIZ MÁRTIUSS, 

PBOPIETAJUO-FUNOADOR. PROPI KTAJUO-DIRKCTOR. 



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Li m i caí o ! LA ÜRBiM 

CON RELACIÓN Á LA PAZ PÚBLICA 



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I 



Para nosotros es incuestionable que la vida de campo es 
sostén mucho más firme y duradero del sosiego de las nacio- 
nes que la vida de la ciudad, que la aglomeración de los me- 
dios de subsistencia y comodidad en centros populosos. No es 
decir que los Estados no puedan prosperar con grandes y sun- 
tuosas villas; pero la razón establece y la historia prueba que, 
así como la vida rural predispone á la sencillez de las costum- 
bres y á suavizar las pasiones, la vida urbana tiende al lujo, 
á la depravación y á exaltar los odios y rencores. 

En una nación debe haber grandes ciudades, no obstante 
esto, por lo que contribuye la aproximación de los ciudadanos 
al desarrollo de la industria y á facilitar los auxilios de la ad-^ 
ministración al vecino; pero es de buena política que haya al-» 
deas y caseríos, que la población se halle diseminada en los 
campos, para que el propietario cuide de su hacienda y vigilé 
el trabajo de sus dependientes. 

Lo que vale la descentralización urbana, lo mismo bajo el 
punto de vista del bienestar de las familias que bajo el punto 
de vista de la grandeza del Estado, lo proclama con elocuen- 

TOMO CV 21 



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822 REVISTA DE ESPAÑA 

cia irrebatible en los tiempos modernos la poderosa Ingla— 
térra* En Inglaterra hay ciudades populosas para la indus- 
tria y para el comercio, pero hay también innumerables alde- 
huelas y granjas para los trabajos agrícolas. Lo mismo pasa 
en Bélgica, lo mismo en Suiza. 

Lo que significa la concentración urbana, el predominio^ 
absoluto de la capital en un Estado, predominio para la resi- 
dencia del rico, predominio para la construcción de monumen- 
tos, predominio pata los favores del poder público, lo da á co- 
nocer el estado de atraso en que se halla la nación española. 
Pero apartemos los ojos de lo presente, para quitar todo el ca- 
rácter de polémica apasionada á nuestras observaciones, y 
probemos nuestra tesis con el ejemplo que nos ofrece la histo- 
ria romana. 

Nos limitaremos á la época de los Eeyes. • 



II 



En el tiempo de la fundación de Boma, 753 años ante» 
de J. C.^ hallábase Italia en el estado más floreciente por su 
agricultura. Este ramo de producción era el más importaote 
de todos, y en algunas comarcas el único que existía. La po- 
blación, sumamente numerosa, era esencialmente rvural, y, re^ 
dativamente á aquel siglo, muy laboriosa y apacible. Ocupa-, 
base generalmente de la pastoría y de la labranza, y la impor- 
tancia de los ciudadanos dependía del número de rebaños que 
poseía ó de las yugadas que cultivaba. La vida social tenía un 
carácter campestre sumamente pronunciado. Las relaciones 
entre el amo y los dependientes eran de familia, y la historia,, 
lo mismo que la poesía, presentan los sucesos de la vida pú- 
blica y privada en medio de los campos, á la orilla de los ríos,, 
á la sombra de espesas arboledas. 

La población se hallaba muy diseminada, aunque no en todas 
las comarcas en igual grado. En el territorio que media desde 
el msüt Adríátieo al de Toscanay desde el estrecho de Mesina á la 



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LA VIDA DE CAMPO Y LA URBANA 823 

alta cordillera de los Alpeé había más de doscientas magnificas 
ciudades. Las más importantes que hoy existen so conocían ya 
en aquel tiempo, y además otras muchas, creadas y sostenidas 
por la agricultura, han desaparecido por la guerra y la discor- 
dia. No quedan vestigios de las que florecían en la llanura 
hoy pantanosa de Torre-Vechia, ni de las 23 que había en la 
pendiente de los Montes-Albanos hasta el Liris; ni de Veya, que 
tenía 100.000 habitantes; ni de Lavinia, fundada por Eneas; 
ni de Alba-Longa, por Ascanio; ni de Suessa-Pometia, capital 
de los Volscos. Tarquinia, Clastidio, Marrubio, Picentia, Co- 
rlóla, Literno, Cumas, Gela y otras muchas son miserables al- 
deas ó montones de ruinas. 

Las ciudades de entonces, fuera de las muradas, eran un 
conjunto de casas aisladas que tenían carácter de granjas. Lo 
mismo que nuestros lugares, estaban habitadas por propieta- 
rioB rurales, y en ellas encerraban las cosechas y los ganados. 
Como la propiedad solía estar bastante dividida y las yuntas 
eran comunmente de bueyes^ lo probable es que éstas se ale- 
jasen poco de las poblaciones y volviesen de noche á los esta- 
blos de la casa. 

En varias comarcas la población estaba sumamente descen- 
tralizada, y en ellas, como sucede ahora, y como ha de suceder 
siempre que existe esa circunstancia, el cultivo solía ser in- 
tensivo. La costa del Adriático en Samnio estaba cubierta de 
pueblecitos. La Savinia era una nación dé aldeas; los Picenti- 
nos no habitaban más que granjas y chozas. 

A esta diseminación urbana contribuía mucho el gran nú- 
mero" de naciones establecidas en el territorio que hoy se llama 
Italia. Según afirma Poirson, en Etruria y el Lacio cada villa 
era un Estado independiente. 

Todos los individuos de las familias ayudaban en las faenas 
rurales á los jefes de ellas, y lo probable es que, reservándose 
éstos la vigilancia y dirección, la mujer y los hijos se dedica- 
sen á los trabajos de cultivo. La falta de independencia y li- 
bertad de los individuos que las componían, hacía que todos 
coadyuvasen á los propósitos del padre. Sólo así se comprende 



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824 REVISTA DE ESPAÑA 

la gran producción obtenida del la tierra, gracias á cuya pro- 
ducción la extensión de tierra señalada por Rómulo á cada 
ciudadano no pasó de dos huebras, según Varron, y de siete 
cuando fueron expulsados los Reyes. La riqueza no debía exce- 
der jamás de 500 huebras, según Licinio Stolon. 

El trabajo asiduo de las familias, y por otra parte el cono- 
cimiento práctico que adquirieron los propietarios del género 
de cultivo más conveniente á las localidades; fueron causa de 
que cada región adquiriese celebridad por su especial produc- 
ción. Así los Volscos y los Amonios se hicieron famosos por sus 
viñedos y sus vinos, Benafro por sus magníficos olivares, la 
Liguria por su miel y sus pieles, Polencia por sus obejas de 
bellón negro, los Pelasgos por su habilidad en cavar la tierra, 
Sicilia, el granero de Italia, por la abundancia de sus cosechas, 
la Apulia por sus abundantes pastos, Sarsina por sus numero- 
sos rebaños. 

Como la riqueza era verdadera y el bienestar general á to- 
das las clases, que es lo que sucede siempre que la agricultura 
prospera y los propietarios se dedican á su fomento, el comer- 
cio con el extranjero tomó un vuelo extraordinario. Sirvan de 
prueba los grandes adelantos de sus ciudades mercantiles y 
marítimas, entre las cuales descollaban Genova y Niza por sus 
relacioaes con los cartagineses, y Sicilia por las que sostenía 
con los griegos. En esta isla, Siracusa era admirable por su gran 
extensión, y Gela por sus monumentos de arquitectura dó- 
rica. 



III 



Todo cambió desde la fundación de Roma. Siendo los pri- 
meros habitantes vagos, ladrones y gente perdida por todos 
estilos, sus costumbres en lo futuro habían de corresponder á 
su vida pasada. Mal avenidos con la aplicación y el trabajo, 
sin sentimiento de moralidad y puestos fuera de todas las le- 
yes sociales, desde un principio fué el pillaje su recurso de 
vida. Roma fué construida sobre un terreno usurpado, pues no 



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LA VIDA DE CAMPO Y LA URBANA 825 

consta fuese concedido á Rómulo, y los que se acogían á aquel 
asilo de vagabundos y criminales carecían de oficio y pro- 
piedad, y hallaron preferible la rapiña de los frutos ajenos al 
paciente y modesto cultivo de la tierra. Los que estiman en 
mucho el valor personal, llamándole heroico; los que admiran, 
sobre todo las hazañas guerreras llamándolas gloriosas, sé en- 
tusiasman al leer los hechos de la primitiva historia romana^ 
los que, por el contrario, aprecian y dan valor, ante todas co- 
sas, á la moralidad de las acciones y al desarrollo de los inte- 
reses que sirven de base al bienestar de los pueblos, no pueden 
menos de contemplar con escándalo y horror las grandes iniqui- 
dades de aquella nación corruptora y corrompida, y el despre- 
cio inconcebible y funesto que siempre manifestaron hacia lá 
agricultura, fuente de toda producción y base fundamental de 
toda industria. 

Roma creció de un modo portentoso; pero creció pervir- 
tiendo las apacibles costumbres rurales, arrancando del prove- 
choso cultivo del campo primero al propietario , después al 
colono, más tarde al simple trabajador, y, por último, ha- 
ciendo la propiedad territorial insoportable y aborrecible. 

El robo de las Sabinas, que fué una infame violación de la 
hospitalidad, llevó á Roma poco á poco las principales familias 
de Sabinia, de los Ccninios, de los Crustumerianos y dé los 
Antemnates. Tacio se trasladó con gran número de ciudada- 
nos, y, claro es, todos ellos, y muy señaladamente los ciento» 
más ricos y respetados, que fueron nombrados Senadores, aban- 
donaron sus bienes patrimoniales, dejando encomendada la ins- 
pección de los trabajos agrícolas á agentes subalternos. 

Las conquistas de Fídenas, la usurpación del territorio lla- 
mado Septempagi y la destrucción de Alba en tiempo de Tulo 
Hostilio, aumentó en gran manera la población de la ciudad; 
pero los campos quedaron arruinados, y los propietarios, lejo» 
de sus haciendas y de sus hogares, difícilmente podrían hacer 
que renaciese la prosperidad en ellos. 

Para que se tenga una idea del modo como los romanos obli- 
gaban á los vencidos á dejar desiertos sus campos y sus hoga- 



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826 REVISTA DE ESPAÑA 

re6 para que aumentasen el contingente del vecindario de la 
ciudad, véase la pintura que hace De Bas de la destrucción de 
Alba. Se enviaron — dice De Bas — caballeros para expulsar á 
todos los habitantes de Alba. No tardan en llegar las legiones 
para derribarla basta los cimientos. Por todas partes reina la 
consternación y un profundo silencio. En vano la voz de los 
vencedores da á los- infelices desterrados la orden de partida; 
sólo pueden decidirlos á abandonar los lugares en que nacie- 
ron y han visto deslizarse su juventud, el estruendo de los 
techos que se derrumban y los vapores caliginosos del iucen- 
dio. Por todas partes se oían gritos y lamentos; las mujeres, 
principalmente, se abandonaban á la desesperación al pasar 
por delante de los templos , rodeados de hombres armados y 
los cuales tenían como sitiados á los dioses de la patria. Los 
principales ciudadanos fueron admitidos en el Senado, y Roma 
duplicó el número de vecinos con la cruenta emigración de los 
albanos. 

No fué menos numerosa la de la Etruria, de. los etruscos y 
de los latinos, á causa de las victorias obtenidas desde Anco 
Marcio hasta la del Lago Regilo. 

La deserción de los campos y de los pueblos agrícolas no se 
limitaba á la forzosa causada por la quema, sino que se exten- 
día á todos los ciudadanos ricos de otras naciones, ansiosos de 
gloria ó de placeres y de carácter aventurero. La residencia de 
éstos en Roma era por todo extremo fatal á la agricultura, por- 
que llevaban para sostener el boato en la ciudad toda su gente» 
es decir, sus clientes, parientes y libertos, y además todos los 
productos de la tierra, privando á las comarcas de los recur- 
sos propios, sin los cuales poco á poco va penetrando la indi- 
gencia en las clases rurarales. Tarquino el Antigno, oriundo de 
Corinto, se trasladó á Roma desde Tarquinia con sus inmensas 
riquezas y su numerosa clientela; y Alta Clausio llevó desde 
Sabinia 5.000 clientes y fundó la poderosa familia de los Apios. 

Con todo esto Roma se iba engrandeciendo á costa de las 
villas y de las aldeas. No hubo más que un Rey, Numa-Pom- 
pilio, que procurare retener los propietarios en sus residencias 



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LA VIDA DE CAMPO Y LA URBANA 827 

«campeetres para que cuidasen de sus bienes, y con tal objeto 
fundó burgos en vez de ciudades, hizo que se respetase la pro- 
piedad, inventando el dios término .y consagrándole con cere-^ 
monias religiosas; honró á los que más se distinguían en el 
cultivo. De esto fué consecuencia suavizarse y morigerarse las 
costumbres y prosperar la agricultura. Los demás Reyes, como 
•empujados por la voz que oyó en los aires Julio Próculo des- 
pués de la muerte de Rómulo, prediciendo que Roma sería la 
capital del mundo, no pensaron más que en coatribuir á reali- 
zar la profecía, sacrificando para ello la propia virtud y los in- 
tereses materiales de los pueblos conquistados. 

Roma se fué engrandeciendo, bien que á costa de las ciu- 
dades rurales y de las aldeas, y el espíritu de urbanización, 
desarrollado desde el principio, amortiguó el agrícola en los 
propietarios; así es que se va notando la correlación que 
existe entre el auge de la ciudad y la decadencia de la pro- 
ducción de la tierra. 

Los primeros romanos se instalaron alrededor del Monte 
Palatino, formando como un campo atrincherado; Roma era un 
conjunto de casas aisladas, sin orden ni simetría. Después fué 
agregado el Esquilino; más adelante, el Capitolio y la Cinda- 
dela, que se destinaron para .barrios de los sabinos; Tulo Hos- 
tilio agregó el Monté Celio, que ocuparon los habitantes de 
Alba; Anco Marcio encerró dentro de las murallas el Aventino 
y el Janículo, que se destinaron para los latinos y habitantes 
de otros pueblos vencidos, á los cuales se les iba concediendo 
el derecho de ciudadanía, y trasladaban á la ciudad su resi- 
dencia. Con estas agregaciones, Roma contenía en tiempo de 
Servio Julio 300.000 habitantes. 

Las obras no se redujeron á las de ensanche, sino que, 
siendo para los romanos su ciudad toda la nación, creyeron 
que su engrandecimiento era el engrandecimiento de la patria, 
y todos procuraron á porfía que sobrepujase á las demás en os- 
tentosos monumentos. Anco Marcio construyó un magnífico 
acueducto, y además varios edificios públicos de menos utili- 
dad; Tarquino el Anticuo sustituyó las tapias de tierra que cir-: 



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828 REVISTA DÉ ESPAÑA 

cuían la ciudad con soberbias murallas de sillería; construya 
las alcantarillas, que aún subsisten, el gran Circo, y dio prin- 
cipio al Capitolio; Tarquinq el Soberbio ^ último Rey, á pesar de- 
lo turbulento de su reinado, continuó la obra de sus predece- 
sores de aumentar los magníficos monumentos de la ciudad. 



IV 



Las consecuencias de la emigración de los campos, una&. 
veces forzosa, otras voluntaria, verificada ora para ir á las le- 
giones, ora para avecindarse en la gran ciudad, fueron desas- 
trosas. Penetró en las entrañas de la sociedad el virus de la 
holgazanería, y al mismo tiempo, los antes pacíficos y labo- 
riosos ciudadanos, habiéndose habituado á las terribles escenas 
de desolación á que daban lugar las continuas guerras, se en- 
durecieron en sus costumbres, se extinguió en ellos el senti- 
miento de la mansedumbre y de la benevolencia, y estallaron 
sus pasiones de la manera más exaltada y violenta. 

Delitos se cometían en los pueblos anteriores á la fundación 
de Roma; prueba de ello son, por ejemplo, los hurtos de ga- 
nado cometidos por los labriegos en las campiñas, y los parri- 
cidios ejecutados en la corte por Amulio para ocupar el trono^ 
que pertenecía á su hermano Numitor. Mas estos delitos eran 
excepcionales y no trastornaban la sociedad por ser resultada 
de la depravación de las clases; que es lo que sucedió en Roma, 
no existiendo allí ninguna de las causas que impiden la propa- 
gación del vicio ó limitan sus efectos. 

La masa de la población romana se componía en gran parte 
de hombres libres sin ocupación, de propietarios rurales des- 
poseídos de sus bienes y de soldados mal avenidos con las fae- 
nas rurales después de haberse acostumbrado á la vida bulli- 
ciosa y alegre de los campamentos. Estas gentes, sin sujeción 
y sin medios seguros de subsistencia, eran turbulentas y vi- 
ciosas, y constituían un peligro para la propiedad y para el 
sosiego. La repetición de los delitos oscuros y no contados 



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LA VIDA DE CAMPO Y LA URBANA 829 

por la historia, hizo necesaria la construcción de una cárcel 
inmensa para castigar á los que los cometian. 

Sobre esta población existían los grandes propietarios lle- 
gados de las provincias y las familias patricias enriquecidas 
con el botín de las conquistas. 

Los privilegios de la aristocracia eran innumerables é im- 
portantísimos. Puede decirse que á ella pertenecía el poder: 
ella desempeñaba los empleos superiores de la milicia, los de 
la religión y del Estado. Las familias patricias eran tan pode- 
rosas por su clientela, que una sola de ellas, la Favia, hizo la 
guerra á los Veyos. La familia Apia, la Claudia, la Cornelia, la 
Servilia, la Curiácea, la Clelia y otras muchas ocupan un dis^ 
tingüido lugar en la historia. 

Estas familias, que cuando vivían aisladas en las poblacio- 
nes rurales se ocupaban por necesidad en el fomento de sus 
intereses y no se hallaban excitadas por el ejemplo de la 
ostentación y del lujo, vivían con cierta modestia; cuando se 
hallaron reunidas, rivalizaron entre sí y con el Rey en poder 
y eú boato- Enorgullecidas del influjo decisivo que tenían en 
todos los asuntos graves del Estado, monopolizando los votos 
de las curias, por una parte despreciaban al pueblo y por otro 
se esforzaban por sobrepujar á las demás en esplendidez y 
magnificencia. 

Tarquino el Antiguo^ procedente ya de una sociedad co- 
rrompida, contribuyó poderosamente á tal cambio de costum- 
bres. Introdujo en Roma las artes de Grecia y de Etruria, y 
además halagó la vanidad de los patricios, dándoles un traje 
fastuoso que los distinguiese de los plebeyos. Los senadores, 
los magistrados y los jóvenes de la nobleza, usaron por privi- 
legio de la toga pretexta con cenefa de púrpura. Además es- 
tableció el gran triunfo para los que hubiesen matado más 
de 5.000 enemigos en un combate, que consistía en conducir 
al triunfador al Capitolio por medio de la ciudad, vestido con 
manto real sembrado de flores de oro y coronado de laurel en una 
magnífica carroza tirada por cuatro caballos blancos, precedida 
del Senado y de multitud de ciudadanos vestidos de blanco. 



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' ÍSSO REVISTA DE ESPAÑA 

La avarícia y la ambición 8e avivaron más y más en di 
pueblo romano, empleando para satisfacer esas pasiones uaos 
medios que sobrepujaban en perversidad á los de los primeros 
tiempos. Rómuio pudo ser fratricida por arrebato; su Crimea 
no es comparable á las horrendas tramas urdidas en la &mi- 
lia de Servio TuHo para despojarlo del trono. Hubo incestos y 
parricidios, y para que este cuadro de horrores fuese completo^ 
la infame Ttilia pasó el carro que la conducía sobre el ensan* 
grentado cuerpo de su padre. 

La nobleza se contagió dé los vicios de palacio; ¿qué otra 
cosa habia de suceder, siendo rica por lo que robaba en las 
conquistas» estando ociosa y habiendo olvidado por completo las 
costumbres de los pueblos de que era originaria? Quedaba aún 
virtud, pero era fuera de las murallas de Roma. La sangrienta 
y memorable tragedia de Lucrecia, contada por Tito-Livio, da 
á conocer el contraste que ofrecían las villas y la ciudad en 
en cuanto á costumbres, como generalmente sucede. Merece la 
recordemos. 

Disputaban Sexto y Colatino una noche de orgía, en el si- 
tio de Árdea, sobre el mérito de sus esposas. Ambos elogiaban 
vivamente la suya, mas Colatino propuso una prueba irrefra- 
gable: montar á caballo y marchar á sorprenderías. Llegaron á 
Roma; la esposa de Sexto se hallaba divirtiéndose en un es- 
pléndido banquete con una alegre compañía. En seguida se 
dirigieron á Colatia; la esposa de Colatino que residía allí, es- 
taba, á pesar de lo avanzado de la noche, tejiendo una tela de 
lana con sus doncellas. A ella se adjudicó la palma de la viC' 
toria. 

Sexto Tarquino se enamoró de la virtuosa señora. Le de- 
claró su pasión; ella resistió, pero cedió al fin ante la ame- 
naza de que estaba decidido á calumniarla. Lucrecia, no per- 
donándose la falta, publicó su deshonra y se castigó con la 
muerte, haciendo jurar á su esposo y á su padre que sería ven- 
gada. 



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LA VIDA DE CAMPO Y LA URBANA 



Todabía quedaban fuera de Roma familias representantes 
de las antiguas costumbres, que tenían á honra dedicarse á 
surcar la tierra y á hilar en la rueca el bellón de lana y el copo 
de lino. Se multiplicaban los viñedos donde es Verona, y en el 
territorio de Falerno; el cultivo del trigo se extendía en la cam- 
piña, y se edificaban casas de labranza y quintas de recreo 
en Vetulonio, en Tibur y en las costas del Adriático. Todavía, 
como observó Cicerón, siglos después, <iCkrístnie AomineSj qui 
cmni témpora ad gubeimacu la reipublica sedare detebant , in 
agris queque colendis alicuantum opera tempor; qne consumsíint.» 

La historia no registra ni grandes crímenes, ni profundas 
perturbaciones en esas comarcas arcadienses donde el hombre 
parecía hijo de la naturaleza y estar en continua comunica- 
ción con las divinidades protectoras del fruto de su trabajo, 
Flora, Pomona, Palas, Fauno, Pan, etc. En honor de esta divi- 
nidad, que defendía los rebaños de los lobos, celebraban las 
Lupercales; los frates Arrales hacían rogativas á los dioses para 
que concediesen abundantes cosechas, y pedían devotamente 
á los dioses Lares, en las fiestas Compitalia, que cuidasen no 
fuese alterada la paz doméstica. 

En cambio, dentro de la ciudad crecía la inmoralidad y el 
desasosiego á medida que crecía la población y se acumulaban 
en ella las riquezas. Se apoderó de todas las clases el espíritu 
político, es decir, el deseo de participar del poder para apode- 
rarse del botín de las conquistas. La ambición de los patricios 
fraguó conspiraciones continuas contra los reyes, de tal suerte, 
que casi todos murieron asesinados ó en el destierro, y la co- 
dicia, jamás satisfecha, les hizo estar en constante guerra, que 
más bien parecía pillaje, con los pueblos vecinos. 

Adviértese que, conforme se propagaba el espíritu político, 
86 debilitaba el respeto á la aristocracia de nación y se aumen- 
taba el influjo de la riqueza. Los patricios pobres valieron me- 



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882 REVISTA DE ESPAÑA 

nos, por falta de ostentación, que los simples caballeros y aua 
que los plebeyos acaudalados. La trascendentalísima reforma 
política de Servio Tulio obedeció á la trasformación que se ha- 
bía verificado en el orden de las ideas y de las costumbres. 
Puede decirse que con ella la riquez^t fué la base de la organi- 
zación del Estado. Dividió la población en seis clases, por razÓB 
de los bienes poseídos, y cada clase en un número diferente de 
centurias. La primera clase se componía de los ciudadanos que 
poseían 100.000 ases de fortuna por lo menos; la segunda, 
75.000; la tercera, 50.000; la cuarta, 25.000; la quinta, 12.000; 
la sexta y última clase se componía de los que no poseían 
12.000 ases de fortuna. La primera clase se subdividía eu 
98 centurias, y las cinco restantes en 95; y como se estableció 
que se votase por centurias, la primera clase constituía mayoría 
y vencía en las votaciones. 

Los plebeyos enriquecidos, de cualquier modo que fuese, se 
nivelaron con los nobles de su misma fortuna; y tomando asi 
todos parte en los negocios del Estado, aunque cada cual en la 
medida de Su caudal, los propietarios terratenientes (á cada in- 
dividuo de las 15 tribus rústicas se dio un pedazo de tierra para 
cultivar), descuidaron la administración de su hacienda para de- 
dicarse á los asuntos públicos ó para ir á la guerra, en la cual 
debían sostenerse á su costa. 

La nueva organización política contribuyó en gran manera 
al acrecentamiento del vecindario de Roma. Fueron á residir 
dentro de sus murallas los ambiciosos de las villas rústicas, los 
arruinados en la milicia y los aficionados á la vida licenciosa. 
Todos buscaron medros para alimentar sus pasiones en los car- 
gos retribuidos ó en el servicio de los poderosos, y la ciudad se 
convirtió en un foco de desórdenes é intrigas. 

El espectáculo que ofrece ¿ nuestra consideración el liltimo 
reinado, es por todo extremo vergonzoso y hace patente que la 
concentración urbana, si no le sirve de fundamento el desarrollo 
industrial y de comercio, necesariamente ha de absorber el jugo 
de las poblaciones más laboriosas. Tarquino el Soberbio creyó 
que engrandeciendo la ciudad haría olvidar su usurpación y 



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LA VIDA DE CAMPO Y LA URBANA 888 

podría convertir en amor ó temor á su persona el asombro de la 
multitud. Emprendió obras estupendas cuando la miseria iba 
ja asomando la cabeza en los campos. Claro es que sólo pudo 
proseguirlas á fuerza de tributos extraordinarios. 

Los obreros que vivían dentro de sus murallas no bastaban 
para tales trabajos, y fué necesario llamar á los campesinos para 
-ejecutarlas, quedando desiertas las más próximas aldeas. Tar- 
quino, según Tito-Livio, gastó en estos trabajos los fondos del 
Estado, y sólo con objeto de terminarlas hizo la guerra á los 
Rutulos, nación opulenta entre todas. Empleó en la construc- 
ción del templo dé Júpiter los tesoros robados en Sessa Pometia, 
que según Fabio, antiguo historiador romano, se elevaban á 40 
talentos, y según Pisón á 40.000 libras de plata. 

Estas obras, costosísimas en brazos y dinero, no pudieron 
menos de indignar á los que por ellas eran arruinados, y á 
cuantos consideraban con razón que el embellecimiento de las 
ciudades con suntuosos edificios públicos, sobre todo si se hace 
con perjuicio de las verdaderas fuentes de la riqueza, es un 
gran desacierto de los gobiernos y entretenimientos indignos 
de un pueblo formal y juicioso. Así, cuando Junio Bruto se 
presentó al pueblo, saliendo de su fingida locura, á acusar al 
Rey, expuso como una de sus mayores faltas tener á los roma- 
nos ocupados en los trabajos de las fosas y cloacas, y conver- 
tidos á ellos, vencedores de tantos pueblos, en picapedreros y 
albañiles. 

Mientras Tarquino halló recursos en las aldeas, pudo satis- 
facer sin peligro su furor de construcción; pero cuando los exi- 
gió á los vecinos de la ciudad y le fué preciso emplear la vio- 
lencia para recaudarlos, no hubo para él momento de tranqui- 
lidad. Los descontentos se coaligaron contra él, y exasperados 
los ánimos con la infamia de su hijo Sexto, fué destronado, con- 
cluyendo con él la monarquía. 

Pero, desgraciadamente, no se restableció el sosiego, por- 
que la causa de tantas perturbaciones no estaba en la forma de 
gobierno, sino en la creciente aglomeración de gentes sin ofi- 
cio útil en la ciudad, y en el olvido de las faenas rurales para 



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884 REVISTA DE ESPAÑA 

tomar parte en las violentas discusiones del foro. Ni las con* 
quistas de territorios, ni .los triunfos de la democracia hicieron 
feliz al pueblo romano; que la gloria de las armas es estéril y 
la libertad política palabra vana siempre que se deja crecer el 
cardo en la descuidada heredad, habiendo razan para exclamar 
con el dolor que Ovidio: 



¡M curve rigidum falces corifiantum in ensem! 

lli|;iiel Lopes llaríms. 



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lA ímiim í Li lORlilLlBiD El ESPill 



^WWW%A^AA/^««W^V^W^ 



Natalidad. 

Reconocemos de buen grado que aún no ha adquirido carta 
de naturaleza entre nosotros la palabra natalidad; pero no va- 
cilamos en emplearla, por dos razones: primera, porque se 
hace precisa una voz para expresar los términos en que vienen 
á la vida los seres humanos, asi como tenemos la de morta- 
lidad con que se designa la manera como desaparecen del 
mundo los habitantes de un yais; y segunda, porque no debe 
continuar por más tiempo el absurdo de WsixnBx fecundidad de la 
jfoilación, como hasta aquí se ha hecho, á la relación entre los 
nacidos y los habitantes, toda vez que los nacimientos regis- 
tradas en una nación no son producto de todos los pobladores 
de la misma, y la fecundidad sólo puede ser determinada exacta 
y racionalmente por el número de hijos legítimos divididos 
por el de mujeres casadas aptas por su edad para la procrea- 
ción. Si, pues, son cosas muy diferentes las que hasta aquí 
kan venido designándose con el mismo nombre, y es evidente 
la impropiedad que se comete llamando fecundidad de la po- 
blación á la relación entre los nacidos y. los habitantes de un 



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886 REVISTA DE ESPAÑA 

país, permitido, y auu recomendable, ha de ser designar ésta 
con el nombre de natalidad, que expresa perfectamente la idea 
en contraposición del de mortalidad, con que siempre se ha 
dado á conocer la relación entre fallecidos y habitantes. 

Hecha esta manifestación, debemos hacer otra, y es que 
van á servir de base á nuestro trabajo los datos contenidos en 
la Estadística demografco-sanitaria^ publicación recomendable 
de la Dirección general de Beneficencia y Sanidad que comenzó 
en Octubre del año 1879; que ve la luz pública con regularidad 
suma, asi es que tenemos á la vista los datos correspondientes 
al año 1884; y que facilitaría en extremo los estudios demo- 
gráficos en nuestra patria si en vez de presentar resumidos 
los datos por semestres, se hiciera por años, y, sobre todo, si por 
haber trascurrido ya un quinquenio desde que empezó á publi- 
carse, se hubiera formado el resumen de este período. Así es- 
perábamos que se haría, no sólo porque este es el procedi- 
miento general y constante de todos los países que publican el 
movimiento de su población, y que se funda en que años ais- 
lados y semestres, muchísimo menos, no son suficientes para 
determinar ninguno de los hechos que estudia la demografía,) 
sino también porque las cifras proporcionales y comparaciones- 
en que tanto abundan los estados mensuales y semestrales pu- 
blicados, y los trabajos gráficos que á estos acompañan, obli- 
gaban, por lo menos, á reproducir todas éstas ilustraciones 
cuando llegase el momento de poder ser verdaderamente úti- 
les, esto es, cuando por comprender todo un quinquenio, pudie- 
sen dar á conocer con exactitud el doble hecho de la natalidad 
y de la mortalidad en España. Pero no se ha hecho- así. 

A cada resumen semestral acompañan dos cartogramas, re- 
ferente el uno á nacimientos y otro á defunciones, con el ob- 
jeto de presentar gráficamente las provincias en que durante 
el período respectivo presentan ambos hechos mayor y menor 
intensidad; acompáñanle asimismo un diagrama, por cierto 
muy confuso, hasta que en los dos últimos semestres se le ha 
dado forma más inteligible, á fin de presentar las oscilaciones 
que según los meses ha sufrido el número de nacidos y de 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD 887 

:ai«ertos; son infinitas las comparaciones que, tanto en los re- 
súmenes de cada semestre como en los mismos estados men- 
suales se hacen, ya respecto á la población y á períodos de 
tiempo anteriores, ya entre los grupos de las respectivas cla- 
sificaciones; y á pesar de tanto trabajo, y, también, de tanto 
glasto como representa esa abundancia de comparaciones y tra- 
bajos gráficos, no sólo nos ha sido imposible aprovechar nin- 
guna cifra proporcional, sino que hasta nos hemos visto en la 
necesidad de deducir el número total de nacimientos y defun- 
ciones <3orrespondien tes á cada uno de lósanos del quinquenio 
sumando al efecto los respectivos resúmenes semestrales, por 
Bo encontrarse en parte alguna de la publicación oficial estos 
datos, los primeros que ocurre buscar en trabajos de este gé- 
nero, y qu«, por lo mismo, no se omiten en ninguna estadís- 
tica demográfica. 

No necesitamos decir las cifras que hemos escrito, las su- 
mas que hemos practicado y la paciencia que hemos consumido 
para llegar á conocer, con relación á todo el quinquenio, los di- 
ferentes hechos correspondientes á las varias clasificaciones 
que de nacimientos y defunciones presenta la publicación ofi- 
cial, y para estudiar estos mismos hechos en cada una de las 
provincias de España; pero no hemos podido prescindir de tan 
ingrata tarea, aunque varias veces el cansancio ha estado á 
punto de triunfar del empeño, porque sin tan prolijas opera- 
cíoaes resultaban sin valor ni sentido los datos publicados. Ó 
teníamos que reauaciar en absoluto á nuestro propósito de co- 
nocer la natalidad y mortalidad de nuestra patria ea el período 
á que la Estadística demográfico -sanitaria se refiere, ó por 
fuerza habíamos de verificar los resúmenes que en ésta no se 
eacuentraa. Excusado es también añadir que ningún auxilio 
han podido prestarnos los trabajos gráficos que á la publica- 
ción oficial acompañan, por no referirse éstos más que á un se- 
mestre. Un solo diagrama abarca mayor período, y es el que figu- 
ra á continuación de los datos relativos al segundo semestre 
del año 1884 con el objeto de dar á conocer las oscilaciones 
-^jue ha sufrido el número total de nacimientos y defunciones; 

TOMO cv 22 



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838 REVISTA DE ESPAÑA 

pero tampoco comprende el quinquenio, sino los dos bienic^s 
1880-81 y 1882-83, circunstancia que rebaja considerablemente 
su utilidad, ya harto pequeña por ceñirse sólo á uno de los 
varios hechos que constituyen el campo de la Demografía-. 

Ya que la Dirección de Beneficencia y Sanidad se muestra 
tan aficionada á los métodos gráficos, á pesar de lo carísimos 
que son y de que únicamente resulta justificado su empleo 
cuando pueden poner los hechos más de relieve que las cifras, 
cuando verdaderamente pueden ilustrar éstas ó hacerlas más 
.inteligibles a las personas poco habituadas a manejar trabajos 
estadísticos, de ningún modo cuando no añaden claridad á los 
cuadros ó aumentan la confusión, cual sucede, según ya hemos 
indicado, con casi todoslos diagramasde la Estadística demográ- 
fico-sanitaria; ya que tanta importancia, decíamos, se ha dado 
á los trabajos gráficos en esta publicación, han debido formarse 
al terminar el quinquenio cartogramas y diagramas que resu- 
mieran los datos de todo el período. Pero no se ha cuidado de 
esto, que es lo único que podía prestar verdadero interés á se- 
mejantes ilustraciones, y así como los innumerables datos com- 
parativos que la publicación contiene resultan perfectamente 
inútiles para quien acuda a ellos con el fin de hacer algún es- 
tudio, por ligero que éste sea, acerca de la demografía espa- 
ñola, como no se resuman en los términos ya indicados, inú- 
tiles son también en igual grado, tanto los numerosos car- 
togramas formados para poner de manifiesto la natalidad y 
mortalidad de cada una de las provincias de España, como los 
no menos abundantes diagramas que á cada semestre acom- 
pañan, con el objeto, no logrado ciertamente, de hacer más vi- 
sibles los diversos hechos recogidos en el período. Es, en ver- 
dad, imposible concebir tiempo y dinero más sin provecho em- 
pleado. 

Pero si desdo estos puntos de vista no ofrecen el menor inte- 
rés las estadísticas publicadas por la Dirección general de Be- 
neficencia y Sanidad, lo tienen, y muy grande, por las cifras 
en ellas contenidas. El servicio que se ha prestado recogiéndo- 
las y publicándolas es tanto más de estimar, cuanto que desde 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD 889 

el año 1870 no ha visto la luz pública la más insignificante no- 
ticia oficial acerca del movimiento de la población de España, 
y bien puede perdonarse el error sufrido refiriendo á meses y 
semestres procedimientos que sólo podían ser provechosos 
aplicados á años y á quinquenios, á cambio de los elementos 
que se han suministrado para hacer el estudio de la natalidad 
y de la mortalidad en nuestra patria. Mostrémonos, pues, re- 
conocidos á aquel centro oficial, y pasemos á exponerlos re- 
sultados que de nuestro trabajo hemos obtenido. 

Los nacimientos registrados en España durante el último 
quinquenio, han sido los siguientes: 

Años. Nacimientos. 

1880 533.839 

1881 514.054 

1882 493.817 

L^83 453.546 

1884 518.136 

Promedio 502.678 

Durante el decenio 1861-70, único período de tiempo res- 
pecto al cual se han publicado datos con anterioridad al 
año 1880, el número de nacimientos fué el consignado á conti- 
nuación: 

Años. Nacimipntos. 



1861 624.096 

1862 615.919 

1863 606.800 

1864 629.546 

1865 622.050 

1866 618.981 

1867 624.212 

1868 579.563 

18G9 602.287 

1870 598.347 

Promedio 612.180 

De suerte que la natalidad disminuye en España, pues en el 
decenio 1861-70 resultaron 3,71 nacimientos por cada 100 ha- 



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840 REVISTA DE ESPAÑA 

hitantes, y en 1880-84 esta relación no ha sido más que de 3,02 
por 100, no obstante la cifra correspondiente al último año del 
quinquenio, que ha interrumpido la constante y pronunciada 
baja que venían presentando los nacimientos en años anteriores. 
No es, pues, extraño que figurando nuestra patria años pa- 
sados entre los países europeos de mayor natalidad, hasta el 
punto de que sólo le aventajaban en este punto Rusia, Austria, 
Hungría y Alemania, aparezca ahora entre las de cifras menos 
ventajosas, como pone de manifiesto la siguiente escala: 

Nacimientos por 100 habitantes. 



Rusia 4,94 

Sajonia 4,84 (1) 

Croacia y Eslavonia. . 4,53 

Servia 4,36 

Hungría 4,30 

Wurtemberg 4^26 

Baviera 3,95 

Prusia 3,88 

Austria 3,84 

Italia 3,64 

Turingia 3,68 

Holanda 3,59 

Finlandia 3,55 



Inglaterra 3,51 

Escocia 3,47 

Bélgica 3,15 

Dinamarca 3,13 

Noruega 3.08 

España 3,02 

Suecia 3,02 

Suiza 3,02 

Rumania 2,97 

Grecia 2,84 

Irlanda 2,64 

Francia 2,54 



De los países europeos cuya estadistica demográfica es co- 
nocida, sólo cuatro, Rumania, Grecia, Irlanda y Francia, apa- 
recen al presente con menor natalidad que España, y eso que 
son varios entre ellos los que presentan el mismo fenómeno 
que nuestra patria de ir disminuyendo el número proporcional 
de nacimientos. En efecto, en Francia, en Grecia, en Wurtem- 
berg, en Croacia y Eslavonia y en Suiza, la baja es constante 
desde el año 1876 al 82; lo mismo se observa en el Reino Uni- 
do, pero hasta el punto de que ni en Escocia ni en Irlanda se 
habían registrado desde 1865 cifras tan bajas como las corres- 
pondientes al año 1882; lo propio sucede en Suecia desde el 

(1) En la totalidad del Imperio alemán, la natalidad es de 3,90 nacimienlos por 100 
habitantes. 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD 841 

año 1875, y otro tanto en Bélgica desde 1877. Sólo en Servia 
y Dinamarca aumenta la natalidad, ó mejor dicho, recobra las 
cifras ventajosas con que figuraban ambas naciones antes del 
año 1870, y que habían perdido después. En los demás países 
de la anterior escala, no presenta diferencia sensible el número 
proporcional de nacimientos desde el año 1865, aunque tam- 
bién se advierte que las cifras más altas corresponden por re- 
gla general ¿ la mitad del decenio 1871-80, y las más bajas á 
los anos posteriores. 

Por lo demás, y á diferencia de lo que se observa respecto á 
la mortalidad, según oportunamente veremos, las oscilaciones 
que en Europa presenta el número proporcional de nacimientos 
no son considerables, como puede verse á continuación: 



Nacimientos por 100 habitantes. 



PaisM. 



Afios 

á que se refieren 

los datos. 



España 1880-84 

Italia 1865-83 

Escocia » 

Irlanda » 

Prasia » 

Bayiera > 

Sajonia 1. ... ^ 

TuriDgia » 

Austria » 

Bélgica í» 

Noruega > 

ScrvisL. ^ 

Francia ....!!!... 1865-82 

Inglaterra » 

Wurtemberg » 

Hungría » 

Holanda » 

Suecia » 

Dinamarca » 

Grecia > 

Finlandia » 

Croacia y Eslavonia 1870-82 

Rumania ¡> 

Suiza 1870-8:^ 

Rusia 1867-76 



Mínimum. 


Promedio. 


Mázimai 


2,73 


3,02 


3,21 


3,36 


3,68 


3,90 


3,26 


3,47 


3,56 


2,36 


2,64 


2,81 


3,38 


3,88 


4,02 


3,62 


3,95 


4,24 


3,77 


4,24 


4,54 


3,42 


3,68 


3,84 


3,80 


4,30 


4,51 


3,45 


3,59 


3,68 


2,95 


3,13 


3,26 


3,32 


4,36 


4,67 


2,26 


2,54 


2,68 


3,37 


3,51 


3,64 


3,80 


4,26 


4,52 


3,84 


4,53 


4,82 


2,75 


3,02 


3,29 


2,85 


3,08 


3,18 


2,95 


3,13 


3,26 


2,43 


2,84 


3,08 


3,20 


3,55 


3,80 


2,49 


3,02 


3,28 


2,63 


2,97 


3,57 


3,05 


3,15 


3,32 


4,82 


4,94 


5,12 



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842 REVISTA DE ESPAÑA 

Resulta, pues, que en Europa los países de más nacimiea- 
tos son los slavos y los alemanes; después de éstos, Italia, In- 
glaterra y Escocia, Holanda, Bélgica y Dinamarca. Los últimos 
lugares de la escala están ocupados por la península escandi- 
nava, España, Suiza, Rumania, Grecia, Irlanda y Francia. ¿Có- 
mo explicar estas diferencias? 

Por regla general puede decirse, y en esta parte la esta- 
dística muéstrase conforme con lo que al simple raciocinio al- 
canza, que la natalidad de cada país se baila en razón directa 
de la proporción en que están respecto al número total de ha- 
bitantes las mujeres casadas y aptas por su edad para la pro- 
creación, esto es, las de quince á cuarenta y cinco años, detalle 
•interesante que da á conocer el siguiente cuadro comprensivo 
de las naciones que en Europa ban procurado recogerlo: 

Mi:4ere8 de quince á. cuarenta y cinco aflos por 100 habitantes. 



Países. Castadas. No casadas. Total. 



Francia 12,0 

Italia 11,8 

Inglaterra 11,4 

Alemania 10,4 

Dinamarca 10,0 

Escocia 9,9 

Holanda 9,9 

Suiza 9,8 

Noruega 9,6 

Suecia 9,4 

Bélgica 9,0 

Irlanda 8,8 



10,6 


22,6 


11,6 


23,0 


12,4 


22,3 


13,2 


22,0 


12,9 


21,9 


12,6 


22,5 


13,5 


23,3 


12,1 


22,5 


12,1 


22,1 


12,9 


22,3 


12,5 


22,1 


11,0 


22,8 



Según puede observarse, Italia y Alemania, que figuran 
entre los países de mayor número proporcional de mujeres ca- 
sadas aptas por su ' edad para la procreación, se encuentran 
también entre las de mayor natalidad. Otro tanto puede decirse 
de Inglaterra y Holanda, aunque en la escala de los nacimien- 
tos ya no alcanzan lugar tan ventajoso como el que les corres- 
ponde por el número de mujeres casadas. Escocia y Dinamarca 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD 848 

ocupan en ambas escalas lugares intermedios, de modo que 
también se hallan dentro de la regla general, y con mayor ra- 
zón todavía puede decirse esto de la Peninsula Escandinava, de 
Suiza y de Irlanda, puesto que se encuentran á la vez entre los 
países de menor natalidad y de menos mujeres casadas. Pero en 
cambio Bélgica, que figura en los lugares intermedios en cuan- 
to á natalidad, ocupa el penúltimo en la escala expresiva del 
número proporcional de casadas, y existe, sobre todo, la nota- 
bilísima excepción de Francia, que siendo la nación en que más 
abundan las mujeres en matrimonio, es precisamente la que 
aparece con menos nacimientos. 

Hay quien pretende que la natalidad y la población especí- 
fica de todo país se hallan en razón inversa, por aquello de que 
cuando están ya ocupados los asientos en el banquete de la 
vida, es muy difícil acercarse á él; pero la estadística demuestra 
que deben ser otras las causas que influyen en el número de 
nacimientos. Muy cierto es que Rusia, país de gran natalidad, 
tiene una población muy poco densa (1), y otro tanto puede de- 
cirse, aunque en menor escala, de Servia y Hungría; cierto es 
también que Bélgica, la nación europea de población más den- 
sa, figura con escasa natalidad; pero en cambio tenemos el 
ejemplo de España, Suecia, Noruega y Grecia, que siendo de 
los países menos poblados, figuran entre los de menor natali- 



(i) He aquí la población específíca de los pafses europeos comprendidos en la escala 
<le la natalidad , por el mismo orden con que aparecen en é«ta: 

Habitantes por kilómetro cuadrado. 



Rusia 14 

Alemania 84 

Servia.. 35 

Hungría 49 

Austria "74 

Italia 96 

Holanda 123 

Finlandia 5 

Inglaterra 172 

Escocia 47 



Bélgica 188 

Dinamarca 51 

Noruega. 6 

España 33 

Suecia 10 

Suiza 69 

Rumania 41 

Grecia 32 

Irlanda 61 

Francia 70 



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844 REVISTA DE ESPAÑA 

dad; ÜDÍcamente Rusia aparece con mayor número proporcMK 
cal de nacimientos que Alemania, Italia y Holanda, países eo- 
ya población específica es de las más elevadas; Austria ocupa 
uno de los lugares más ventajosos (el quinto) en la escala de 
natalidad, y aparece también entre los países de población más 
densa; después de Italia, y, por consiguiente, con cifras muy fa- 
vorables, figura Holanda en cuanto á número proporcional de 
nacimientos, y, sin embargo, en Europa sólo Bélgica le aven- 
taja en cuanto á población específica; por fin, Francia é Irlan- 
da son los países de menor natalidad, y su población especifica 
es de las más favorables. De suerte que, si la densidad de pobla- 
ción ejerce alguna influencia sobre la natalidad, lejos de ser 
desventajosa, más bien puede asegurarse que- le es favorable,, 
puesto que entre los de mayor número proporcional de aa- 
cimientos figuran países tan poblados como Alemania, Aus- 
tria, Italia, Holanda é Inglaterra; entre las de menor natalidad 
aparecen las naciones más despobladas de Europa, como Espa- 
ña, Grecia y Noruega, y los países que presentan, al misnia 
tiempo que una población específica de importancia, escaso nu- 
mero de nacimientos, no son más que Suiza, Irlanda y Frauda, 
cuya densidad de población no llega, por otra parte, á la de 
Alemania, Austria, Italia, Holanda é Inglaterra, que^ según 
acabamos de decir, figuran entre los de mayor natalidad. Y &l 
verdad que si una gran población específica revela gran abun- 
dancia de recursos y facilidades para la vida, por fuerza han de 
ser también más numerosos los matrimonios y más fácil,, per 
consiguiente, la reproducción de la especie humana en )or 
países muy poblados, razón por la que insistimos en que la 
natalidad depende, por regla general, de la mayor ó menor 
proporción en que se encuentran respecto á la población total 
las mujeres casadas aptas por su edad para la procreadon, 
con tanto más motivo, cuanto que la excepción que en este 
punto presentan algunas naciones, á saber, Francia, Bél- 
gica y Holanda, tiene explicación muy fácil. Respecto á la 
vecina República, la justifican las costumbres, pues es si-^ 
bido que muchísimas familias limitan de intento el número de^ 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD 845 

Ixijos, sobre todo en los departamentos más populosos y más ri- 
cos; no es extraño, por consiguiente, que sea la nación de me- 
nor natalidad, no obstante ser la que presenta mayor numera 
proporcional de mujeres casadas de quince y cuarenta á cinco 
años. En cuanto á Bélgica y Holanda, que no figuran entre los 
países de natalidad más pequeña, á pesar de hallarse entre las 
de menos mujeres casadas, consiste la explicaciÓQ, á no dudar^ 
en la gran fecundidad de éstas, muy superior á la de las demiis- 
naciones, como pone de manifiesto el siguiente cuadro expre- 
sivo de la proporción en que se encuentran en cada país los hi- 
jos legítimos y las mujeres casadas: 



H^os legitimos por cada 100 mi:4ere8 casadas de quince & cuarenta- 

y cinco aftos. 



Holanda 35,3 

Alemania .• 34,8 

Bélgica 33,7 

Escocia 32,8 

Irlanda 29,8 

Inglaterra 29,7 



Suiza 29,7 

Noruega 29,^ 

Suecia 29,1 

Italia 28,» 

Dinamarca 28,5 

Francia 20,3 



De suerte que los matrimonios más fecundos son los de 
Holanda, Alemania y Bélgica, naciones que tantos punto» 
de analogía presentan entre sí; figuran á continuación los tres 
Estados <jue constituyen el Reino Unido; Suecia y Noruega •so 
presentan también casi iguales en la precedente escala, cual 
debía esperarse de su completa semejanza en todos sentidos; 
y en último lugar, pero presentando notabilísimo descenso^ 
aparece Francia, que con tanta razón preocupa por esta causa á 
cuantos se interesan por el porvenir moral y material de la ve- 
cina Eepública. Mucho sentimos que los términos en que apa- 
rece clasificado el sexo femenino en el censo de población de 
España no nos hayan permitido incluir nuestra patria en el pre- 
cedente cuadro. No habiéndose hecho distinción entre mujeres 
solteras, casadas y viudas al practicar dicha clasificación, toda 
lo que cabía hacer era relacionar el número de nacimientos con 



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^6 REVISTA DE ESPAÑA 

el total de mujeres (casadas y no casadas); pero como esto no 
puede prestarse á deducciones verdaderamente provechosas, por 
cuanto las mujeres casadas no guardan entre sí la misma pro- 
porción en todos los países (1), preferimos no hacer en este 
punto investigaciones acerca de España, á presentar á sabien- 
das datos inaceptables. 

General y constante es el predominio de los varones en los 
nacimientos, y no es España excepción de esta regla, aún no 
contradicha ^n parte alguna. Relacionados entre silos naci- 
mientos masculinos y los femeninos registrados en el quinque- 
nio 1880-84, resultan 109 de los primeros por 100 de los segun- 
dos, según ponen de manifiesto las siguientes cifras: 





NACIMIENTOS 


Años. 


Masculinos. 


Femeninos. 


1880 

1881 

1882 

1883 

1884 

Promedio 


278.022 
269.897 
258.199 
238.818 
272.043 

262.996 


255.817 
251.157 
235.618 
216.728 
246.093 

241.083 



Ya hemos dicho que la superioridad numérica de los varo- 
nes en los nacimientos es un hecho constante. Aunque pudiera 
parecer abandonada al acaso la distribución de los sexos en 
los seres humanos, sometida se halla por voluntad divina á le- 
yes precisas y uniformes, dirigidas á conservar el equilibrio en- 
tre la población masculina y la femenina, como medio de ase- 
gurar y regularizar la reproducción de la especie humana, que 
á no ser por aquella superioridad á favor de los varones en los 



(1} Mientras en Francia y en Italia las mujeres casadas de quince ó cuarenta y cinco 
dños son mé-s que las no casadas, y en la primera de éstas mismas de un modo muj 
marcado, en todas las demás de que se tiene noticia sucede lo contrario, y en Irlanda. 
«obre todo, presentan notabilísima diferencia las no casadas sobre las casadas, á causa 
^le la gran emigración de la población masculina. 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD U7 

nacimientos, podría sufrir trastornos más ó menos importantes, 
á cansa de la mayor mortalidad del sexo masculino. Pero, res- 
pecto á España, hay que advertir que es uno de los países en 
que alcanza mayores cifras aquel predominio de los varones 
entre los seres humanos que vienen á la vida. Sólo Grecia y 
Rumania, entre los Estados cuya estadística nos es conoci- 
da, aventajan en este punto á nuestra patria. En los demás, 
la ley se observa sin excepción alguna, y nacen más varones 
que hembras; pero la diferencia á favor de los primeros no es 
tan considerable como en España, y no es esto cosa baladí; por- 
que, constituyendo los hombres la población esencialmente 
activa, y siendq también los que más pronto mueren, según ya 
hemos indicado y demostraremos luego, importa sobremanera 
que nazcan muchos más varones que hembras, para obtener 
más fácilmente su reemplaza y conseguir que la población 
masculina alcance las mayores cifras. 

La siguiente escala, formada con los datos más recientes; 
da á conocer los datos en que se fundan las anteriores conside- 
raciones: 

Nacimientos masculinos por 100 femeninos. 



Grecia 112 

Rumania 111 

España 109 

Austria 106 

Croacia y Eslavonia. . . 106 

Italia 106 

Irlanda 106 

Noruega 106 

Servia 106 

Escocia 105 

Francia 105 

Prusia 105 

Baviera 105 



(1) 



Sajonia 105 

Tnringia 105 

Wurtemberg *..... 105 

Badén 105 

Hungría 105 

Suiza 105 

Bélgica 105 

Holanda 105 

Suecia 105 

Dinamarca 105 

Rusia europea 105 

Finlandia 105 

Inglaterra y Galles 104 



Pero ese predominio del sexo masculino, aunque constante 

(t) En Ui toUUdad del imperio alemán también corresponden t05 nacimientos k 
too femeninos. 



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848. REVISTA DE ESPAÑA 

en toda clase de nacimientos, es muchísimo mayor en los naci- 
dos muertos que en los nacidos con vida; menor, a^^imismo, en 
los nacimientos ilegítimos que en los legítimos, y menor tam- 
bién en los grandes centros de población que en el resto de los 
países respectivos. 

Que en los nacidos muertos el predominio del sexo mascu- 
lino es menor que en los nacidos con vida, pruébalo el siguien- 
te cuadro: 

Varones por 100 hembras. 



España 

Francia , 

Italia 

Bélgica 

Ramania 

Soecia 

Croacia y Eslavonia . 

Suiza 

Baviera (2) 

Austria 

Wartemberg ....... 

Dinamarca 

Finlandia 

Sajonia 

Prusia 

Noruega 

Holanda 

Hungría 

Rusia 

Turingia 



En 108 nacidos 


Bn los nacidos 


convida. 


muertos. 


109 


161 (1) 


105 


145 


106 


137 


105 


134 


111 


134 


105 


134 


106 


133 


105 


133 


105 


132 


106 


131 


10& 


131 


105 


130 


105 


130 


105 


130 


105 


129 


106 


129 


105 


128 


105 


128 


105 


128 


105 


125 



La mayor cifra que presenta el predominio del sexo masculi- 
no en los nacimientos con vida es la de 1 12 varones por 100 hem- 
bras, y la más pequeña que ofrecen los nacidos muertos es de 



(t) Según los datos correspondientes al decenio de 1861-70, publicados por el Insti- 
tuto Geográfico y Estadístico. 

(2) En la totalidad del imperio alemán resoltan 129 varones por lOO hembras en los 
nacidos muertos, y 105 por 100 respectivamente en los nacidos con vida. 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD S49 

125 de los primeros por cada 100 de los segundos. ¿A qué se 
debe esto? ¿A causas puramente mecánicas, al mayor volumen 
de los fetos masculinos, ó á causas congénitas, á los mayores 
peligros que corre la vida de los varones desde el momento 
mismo de nacer, y que ponen de manifiesto los datos sobre la 
mortalidad? 

Hemos dicho que el predominio del sexo masculino en los 
nacimientos ilegítimos es mucho menor que en los legítimos, 
y así lo demuestran las siguientes cifras: 

Varones por 100 hembras en los nacimientos ilegitimes. 



Servia 111 

Noruega 107 

España 106 

Escocia 106 

Turiugia 106 

Austria 106 

Rusia 106 

Irlanda 105 

Sajonia 105 

Suecia 105 

Dinamarca 105 

Italia 104 

Inglaterra 104 



Prusia 104 

Baviera 104 

Hungría 104 

Croacia y Eslavonia 104 

Francia 103 

Bélgica 103 

Holanda 103 

Rumania 103 

Finlandia 103 

Wurteraberg 102 

Suiza 101 

Grecia 96 



Comparadas las precedentes cifras con las relativas á los 
nacimientos legítimos, resulta que, á diferencia de Escocia, Tu- 
ringia, Noruega, Servia y Rusia, en todos los países europeos 
el predominio del sexo masculino es mucho mayor entre los hi- 
jos legítimos que entre los ilegítimos; y mientras entre los pri- 
meros la relación más pequeña es la de 104 varones por 100 
hembras, en los segundos desciende hasta el punto de regis- 
trarse en Bélgica menos nacimientos ilegítimos del sexo mas- 
culino que del femenino; resultado que, en verdad, nos ha sor- 
prendido por ser esta la vez primera que hemos visto los varo- 
nes en minoría en los nacimientos. Hasta ahora habíamos creído 
invariablemente mayor el predominio del sexo masculino en 
los nacimientos, aunque presentando cifras menos elevadas en 



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350 REVISTA DE ESPAÑA 

los hijos ilegítimos. De aquí en adelante tenemos que recono- 
cer que el hecho presenta alguna excepción, siquiera ésta se 
halle reducida, por ahora, á la de Grecia. En España el fenó- 
meno reviste tales proporciones, que resultando en la totali- 
dad de los nacimientos 109 masculinos por cada 100 femeni- 
nos, en los ilegítimos la relación es sólo de 106 por 100 (1), y, 
sin embargo, aún presentan diferencias más notables Suiza, 
Rumania y Grecia. 

En Mayo de 1876 el doctor Bertillou dio cuenta á la Socie- 
dad de Estadística de París de haber encontrado entre las pu- 
blicaciones estadísticas de Austria la clasificación por provin- 
cias, por sexos y por estado civil de todos los nacidos primo- 
génitos registrados durante el año 1851, y comparadas entre 
sí las respectivas cifras, resultaban las relaciones siguientes: 

Nacimientos masculinos por cien femeninos. 



Prú^ogénitos. pr?mS^ín'uo. Total. 



Hi)os legítimos 110,1 105,3 106,0 

ídem ilegítimos 103,6 106,0 104,5 

Total de nacidos .... 108,6 105,4 105,9 



Y do tales datos deducía aquel malogrado estadístico que, 
mientras en los nacimientos legítimos el predominio del sexo 
masculino es muy superior en los primogénitos, en los ilegíti- 
mos sucede lo contrario. Y no son estas las únicas ni las pri- 
meras investigaciones que se han hecho acerca del predomi- 
nio del sexo en los primogénitos. M. Riecke asegura que en 
Hamburgo, de 100 nacimientos de esta clase, 51,33 pertenecen 
al sexo masculino y 48,67 el femenino. M. Boulenger ha de- 
mostrado que en Calais predominan en proporciones muy no- 



fl) Análogos resultados ofrece el decenio 1861-70, pues se registraron 107 varones 
por 100 hembras en los nacimientos legítimos, y únicamente 103 por 100 en los ilegí- 
mos. 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD 851 

tables los varones en los primogénitos, y otro tanto afirma 
M. Sadler con el testimonio de cifras suministradas por las fa- 
milias pertenecientes á la nobleza inglesa. Pero en cambio, y 
sin duda por referirse á épocas diferentes, M. Buck asegura 
que en Hamburgo de cada 100 primogénitos 65 pertenecen al 
sexo femenino, y á los datos leídos por M. Bertillou á sus cole- 
gas de París, opone M. Houseling los recogidos en Bruselas 
respecto á los primogénitos nacidos en 1876 y años anteriores, 
de los cuales resulta que, si bien en éstos predomina el sexo 
masculino (101,1 varones por 100 hembras), esta superioridad 
es menor que la observada en la totalidad de los nacimientos, 
que llega al 104,1 por 100. La cuestión, por lo tanto, se halla 
aún por resolver. 

También conocemos una interesantísima experiencia hecha 
en Noruega, y de la cual resulta que en los seis primeros anos 
de matrimonio nacieron 116 varones por 100 hembras, del sép- 
timo al duodécimo año de matrimonio ya sólo 107 de los pri- 
meros por 100 de las segundas, y desdo el decimotercero en 
adelante ya superaron las hembras, puesto que por cuda 100 de 
éstas únicamente se registraron 94 varones. Pero ya se com- 
prende que esta experiencia, verificada en 1870, no basta por sí 
Bola, y que únicamente podrán aceptarse como definitivos los 
resultados obtenidos en Noruega cuando nuevas y repetidas 
investigaciones, hechas en aquel mismo país y en otros, lle- 
guen á confirmarlos. De suerte que hoy lo único que resulta 
evidente, en punto á predominio de los sexos en los nacimien- 
tos, lo único que todavía no aparece contradicho en parte al- 
guna es que esa superioridad numérica corresponde siempre 
y en todas partes a los varones. 

Y ¿cual es la causa? 

Ha sido opinión muy acreditada que consiste en la mayor 
edad que suele tener el marido respecto a la mujer. Así lo han 
sostenido Sadler, Baullenger, Hofaker, Goeklert, Wappaens y 
otros muchos, los cuales han llegado á afirmar que el mismo 
hombre do veinticinco años que, casado con una mujer de 
veinte, llega a ser padre de un varón, tendría una liija si su 



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852 REVISTA DE ESPAÑA 

mujer fuera mayor que él, si por ejemplo tuviera treinta años. 
Más prescindiendo de que las experiencias hechas por todos 
^stos autores se refieren á cifras muy pequeñas, á casos poco 
numerosos, y sólo observaciones muy repetidas, grandes nú- 
meros, pueden conducir á resultados positivos, no es posible 
aceptar como buenas sus afirmaciones, porque de ser exactas 
resultarían varones todos los hijos de los matrimonios en que 
el marido tuviese más edad que la mujer, y hembras en caso 
contrario, lo cual no sucede. Es verdad que coincide el hecho 
de predominar el sexo masculino en los nacimientos con el de 
ser, por regla general, de más edad los maridos que sus muje- 
res; pero que coincidan ambos hechos no basta para afirmar 
que el uno sea efecto del otro, y, á nuestro juicio, todo lo más 
<jue podrían haber sostenido los expresados escritores, es que 
las probabilidades de que nazcan más varones que hembras son 
mayores cuando el marido es de más edad, y mayores las de que 
predominen los nacimientos femeninos cuando la mujer aven- 
taja en años á su marido, porque esto ya no puede resultar en 
contradicción con las observaciones que cada cual puede hacer 
por sí mismo de existir matrimonios en que el marido es ma- 
yoT que la mujer, y cuyos hijos pertenecen indistintamente á 
ambos sexos, si es que no son hembras en su mayor parte, 
€omo á veces sucede. 

Hay quien atribuye el predominio de los sexos en los naci- 
dos, y uno de tantos es el Dr. Ploss, de Leipzig, al régimen 
alimenticio de la madre, afirmando que aquéllos serán hem- 
bras si ésta se nutre bien, y varones sino está bien alimen- 
tada; pero como la estadistica.no ha recogido en parte al- 
guna datos para demostrar esta hipótesis, porque en ningún 
país se ha hecho constar el grado de nutrición de las madres, 
j los que tal opinión sostienen no pueden fundarse sino en ex- 
periencias muy reducidas, en cortísimo número de casos, pa- 
rece discreto no aceptarla hasta que pueda demostrarse con 
-observaciones tan extensas y tan repetidas como exige el mé- 
todo experimental. No nos detendremos en rebatir la extraña 
opinión sostenida por un estadístico de grande y merecidísima 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD 858 

Teputación, que después de sostener, de acuerdo en este punto 
-con escritores también de gran estima, que los gérmenes, lo 
mismo masculinos que femeninos, están en el hombre, se in- 
clina á explicar la superioridad de los varones en los naci- 
mientos á la costumbre que tenemos de trabajar con la mano 
derecHa, suponiendo favorable este hábito al sexo mascu- 
lino (1). Si hacemos mérito de tan singular hipótesis, es sólo 
para ofrecer un nuevo ejemplo de los desvarios á que suele con- 
ducir el empeño de demostrar lo que en la actualidad no puede 
probarse por no haber aún adelantado lo bastante ni la Fisio- 
logía ni la Estadística. En este punto, como siempre que no se 
dispone de cifha suficientes para fundar sobre ellas una afir- 
mación, lo discreto es esperar que nuevas investigaciones, ex- 
periencias más repetidas y más extensas, ofrezcan demostra- 
ciones á que no se prestan los datos recogidos hasta el día; j 
puesto que la regla general y constante del predominio del 
sexo en los nacimientos sufre, ya que no excepciones, modifi- 
caciones muy marcadas y constantes, tanto en los nacimien- 
tos ilegítimos como en los ocurridos en los grandes centros de 
población, porque en unos y en otros aquella superioridad pre- 
senta cifras no tan elevadas como en las demás, puesto que 
también sabemos que en los países meridionales la diferencia á 
favor de los nacimientos masculinos es mayor que en el resto 
de Europa, parécenos que, mientras no se descubran nuevas 



(1) Para que no se atribuyan npestras palabras á mala inteligencia Ó exageración 
por nuestra parte, vamos A copiar textualmente el texto á que aludimos: 

c... En outre, la légere prédominance de l'un des sexes^toujoursla méme — troverait, 
par analogie, una explication plausible, par exemple, l'habitude qu'ont presque tous les 
hommee de travailler avec le main droite, donne k l'un des cotes una forcé plus grande, 
qui Caity nous amurait un habite photografe, que rarement un visage humain était ciso* 
cele;» il n'est imposible que l'influence de cette habitude agisse, du moins dans les pre- 
miers temps, sur Tacte de la fecundation, et c'est ce qui expliquerait une certaine pré- 
dominance das gar^ons parmi les ainés. Que le sexe prédomiuant soit par hasard celui 
du pére, cela ne preuve qu'une chose-, c'est que l'habitude de la main droite (s'il c'etaít 
vrai que oette habitude ezeroe une influence) est íaTorable au sexe mále.» (Traite theo- 
rique et pratique dé StétiatiqWf par M. Block, pág. 434). 

TOMO cv 23 



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864 REVISTA DE ESPAÑA 

Vias de exploración, debe buscarse la explicación de aquel fe- 
nómeno en las respectivas condiciones del hombre y de la mu- 
jer en las grandes ciudades y en las poblaciones rurales, en los 
matrimonios y en las uniones ilegítimas, en los países del Sur 
de Europa y en los situados á mayor latitud; porque si del es- 
tudio de tales condiciones resultara, por ejemplo, ser opuesta» 
en las ciudades muy populosas y en el resto del país respec- 
tivo, opuestas también en las uniones ilegítimas y en las na 
autorizadas por la ley, y contrarias, ó por lo menos muy dife- 
rentes, en los países meridionales, seguramente se tendría mu- 
cho adelantado para formar hipótesis aceptables, ya que no se 
llegara todavía á una solución satisfactoria; porque siendo los 
hechos sociales producto de numerosas causas, de igual índole 
unas, de diferente y aun contraria naturaleza las demás, es 
muy difícil someterlos á demostraciones tan precisas y conclu- 
yen tes como apetece la inteligencia humana. 

Esperemos, pues, y entre tanto contentémonos con admirar 
una vez más la obra maravillosa de la Creación, en la que no 
se realiza ningún hecho, aun los que más parecen abandona- 
dos al accidente y al acaso, que no se halle regido por una ley 
universal y eterna; bendigamos á Dios porque, constituyendo la 
población masculina el elemento más poderoso y más fecunda 
de las naciones, ha previsto y neutralizado la mayor mortali- 
dad á que la misma se halla expuesta, por causa de sus profe- 
siones, de sus vicios y de los variadísimos accidentes de su 
existencia, disponiendo que siempre y en todas partes nazcan 
más hombres que mujeres. 

Las oficinas de Estadística de todos los países donde exis- 
ten estos observatorios sociales^ como los llama M. Rumelín, na 
olvidan en materia de natalidad averiguar el número de alum- 
bramientos múltiples, y las cifras recogidas durante el períoda 
1865 75 dan por resultado que por cada 100 alumbramientos 
sencillos ocurren 0,97 en Francia y en Bélgica, 1,07 en Suiza, 
1,14 en Italia, 1,15 en Austria, 1,26 en Prusia, 1,31 en Holan- 
da, 1,39 en Baviera y 1,45 en Suecia. Hemos leído en una mo- 
nografía sobre la materia, publicada en los Anales d'hygiene por 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD 855 

el Dr- Puech, que cuanto mayor es la fecundidad de las muje- 
res en un país, más frecuentes son en el mismo los partos do- 
bles, triples, etc., y esto, que parece ser de sentido común, se 
halla confirmado además por la estadística, pues ya vimos en 
lugar oportuno que Alemania y Holanda figuran entre los paí- 
ses de mayor fecundidad, y Suiza, Francia é Italia en el extre- 
mo opuesto. Es notable, sin embargo, la excepción que pre- 
senta Bélgica, una de las naciones en que las mujeres son más 
fecundas. 

Nuestra Estadística demogrifico -sanitaria no contiene este 
dato. En el decenio 1861-70 se registraron los siguientes alum- 
bramientos múltiples: 



Dobles 41.419 

Triples 779 

Cuádruples 1 



42.199 

Y como el total de alumbramientos registrados durante 
aquel período ascendió á 4.838.806, resulta que á cada 100 par- 
tos no llega á corresponder uno (0,87) de dos ó más criaturas; 
de modo que España es de los países que menos alumbramien- 
tos de esta clase se registran. Los alumbramientos triples vie- 
nen á estar en España respecto á los dobles en la relación 
de 2 : 100; esto es, un parto triple por cada 53 dobles. 

Vamos á consignar el número de nacidos muertos registra- 
dos en los países de Europa, pero nos abstendremos de hacer 
deducciones de las cifras recogidas sobre el particular, por no 
merecer completa confianza, á causa de las dificultades que 
ofrece la obtención del dato en cuantos países lo han intenta- 
do. Estas dificultades son tales que, no obstante la gran impor- 
tancia que se da en el Reino unido á todos los datos sobre mo- 
vimiento de la población, no se recoge ni publica noticia al- 
guna sobre el particular. Las publicadas en el resto de Europa 
son las siguientes: 



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856 REVISTA DE ESPAÑA 

Naoidos muertos por cien nacimieíntos. 



Holanda 5,13 

Francia 4,47 

Bélgica 4,44 

Suiza 4,21 

Turingia 4,20 

Sajonia 4,12 (1) 

Prusia 4,07 

Wurtemberg ; 3,74 

Dinamarca 3,57 

Noruega 3,52 



Baviera 3,37 

Suecia 3,10 

Finlandia 2,97 

Italia 2,77 

Austria 2,38 

Rumania 1,64 

Hungría 1,46 

Croacia y Eslavonia. . 1,14 

Rusia 0,14 



En España la relación en que se hallan los nacidos muertos 
respecto á la población total es sólo de 1,1 por 100, con refe- 
rencia á los datos correspondientes al decenio 1861-70; pero 
deben inspirarnos tan poca confianza éstos, que al publicar- 
los el Instituto Geográfico y Estadístico declaró ingenuamente 
que su inexactitud excedía á cuanto era posible imaginar, por 
cuanto en el año 1861 se registraron 12.487 nacidos muertos, 
esto es, 2,04 por cada 1 00 nacimientos, y desde aquella fecha 
fué descendiendo su número en tales términos, que en 1870 ya 
no se inscribieron más que 4.771, es decir, el 38 por 100 deles 
correspondientes al año 1861. Como tan enorme descanso no 
admite más explicacióa que la de haberse procedido de año en 
año con mayor negligencia al suministrar ó recoger esta clase 
de noticias, con razón merecieron tan desfavorable juicio. 

Cuidase la Estadística de un modo especial en todos los paí- 
ses de registrar y dará conocer los nacimientos ileg^ítimos 
ocurridos en los mismos, y está justificada tal solicitud por los 
males de todas clases que el hecho entraña. Aparte el trastorno 
profundo que las uniones ilegítimas llevan al seno de las fami- 
lias, cuyas buenas costumbres constituyen la principal garan- 
tía de la moralidad pública; aparte también el peligro que para 
la sociedad representa la viciosa educación que suele recibir 
quien uo conoce á sus padres, esta clase de uniones producen 

(1) En la totalidad del imperio alemán se han registrado 3,92 por 100. 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD 857 

grandes pérdidas en las fuerzas sociales. Entre los niños que 
llegan muertos al mundo, el mayor número corresponde á los 
ilegítimos; la mortalidad de éstos en los primeros años de la 
vida alcanza cifras verdaderamente aterradoras; el sexo mascu- 
lino, que por una sabia ley de la naturaleza aparece, según 
ya hemos visto, en mayoría entre los nacidos, á causa de ser por 
excelencia el elemento activo de la sociedad, al mismo tiempo 
que el de vida más corta, pierde mucho tal superioridad, como 
también hemos dicho, entre los hijos naturales, y el matrimo- 
nio, uno de los elementos más poderosos de riqueza y morali- 
dad con que las sociedades cuentan, por lo que estimula el tra- 
bajo y por los ordenados hábitos que crea, no puede ser muy 
frecuente donde las uniones ilegítimas abundan. 

Afortunadamente, España es uno de los países europeos en 
que se registran menos hijos naturales. Los inscritos en el quin- 
quenio 1880-84 fueron los siguientes: 



NACIMIENTOS 
Años. 



Legítimos. Ilegítimos. 



1880 


505.029 


28.810 


1881 

1882 


492.601 
463.443 


24,853 
30.374 


1883 


426.677 


26.869 


1884 

Promedio 


489.876 
475.525 


28.260 
27.833 



Esto es, 5,85 nacimientos ilegítimos por cada 100 naci- 
mientos. En el decenio 1861-70 se registraron por término me- 
dio anual 573.242 legitimes y 31.450 ilegítimos, ó sea 5,55 de 
los segundos por cada 100 de los primeros. Resulta, pues, un 
pequeño aumento; pero aun así, España es, como ya hemos ad- 
vertido, uno de los países en que presenta el hecho cifras me- 
nos desfavorables, según se pone de manifiesto á continuación: 



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a58 



REVISTA DE ESPAÑA 
Hijos ilesitimos por cien nacimientos 



Baviera 15,24(1) 

Austria 13,87 

Sajonia 13,23 

Dinamarca 10,72 

Wurtemberg 10,35 

Suecia 10,17 

Turingia 10,11 

Escocia 9,24 

Noruega 8,49 

Finlandia 7,66 

Prusia 7,47 

Hungría 7,45 

Francia 7,41 



Bélgica 7,05 

Italia 6,75 

España 5,85 

Inglaterra. 5,27 

Croacia y Eslavonia. . 5,S0 

Suiza 4,59 

Rumania 4,32 

Holanda 3,38 

Rusia 2,86. 

Irlanda 2,62 

Grecia 1,22 

Sertia 0,56 



Impresionan, en verdad, las cifras con que comienza la pre- 
cedente escala, y, sin embargo, no hace muchos años se regis- 
traban en Europa mucho mayores. En 1865 se inscribieron en 
Baviera 22,47 hijos ilegítimos por 100 nacimientos, en Wur- 
temberg 15,80 y en Sajonia 15,64. Hasta 1868 no se derogaron 
en Alemania las leyes que facultaban á las autoridades muni- 
cipales para prohibir que se casara el que exclusivamente vi- 
viese de su trabajo, ni se habían llevado á cabo otras reformas, 
todas favorables á la celebración de los matrimonios, y las unio- 
nes ilegítimas eran frecuentísimas. Derogadas aquellas leyes 
en la totalidad del imperio alemán, ya no se registran más 
que 8,55 hijos ilegítimos por cada 100 nacimientos; de suerte 
que son varios los paises que en Europa le aventajan en cuanto 
á hijos nacidos fuera de matrimonio, y es de creer que todavía 
aparezca en sucesivo con cifras más favorables, pues dismi- 
nuyen éstas de año en año; así es que, por ejemplo, en 1883 ya 
no se han registrado en Baviera más que 13 hijos ilegítimos por 
100 nacidos, en vez de los 22 por 100 que se inscribieron en 1865, 
y en Wurtemberg 9 en lugar de 16. También en Inglaterra, Es- 
cocia y Holanda ha sufrido considerable descenso el hecho de 
los nacimientos ilegítimos, y tendencia marcada en igual scn- 



(1) En la totalidad del Imperto Alemán se registran 8,55 hijos ilegfiUnoe por cada 
cien nacimientoe. 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD 859 

tido presentan Dinamarca, Grecia, Rusia y Finlandia. En cam- 
bio Bélgica, Italia, Rumania y Escocia y Eslavonia, aparecen 
coü aumento; tendencia en este mismo sentido presenta Servia, 
y yunque no puede decirse que en Austria y Hungría haya au- 
mentado el número de nacimientos ilegítimos con relación ai 
quinquenio 1865-69, pues en la actualidad aparecen ambos paí- 
ses con cifras proporcionales idénticas á las de aquel período, 
es de advertir que por los años 1871 al 75 habían descendido 
notablemente los hijos habidos fuera de matrimonio. En Fran- 
cia, Suecia, Noruega é Irlanda permanece el hecho estacio- 
nario, si bien en este último país parece notarse cierta tenden- 
cia al alza. 

Hemos dicho que de los niños que salen sin vida del seno 
materno, el mayor número corresponde á los hijos ilegítimos, 
.y así lo demuestran las siguientes cifras, muy conformes, por 
otra parte, con lo que debía esperarse de las violencias que sue- 
le imponer el deseo de ocultar la deshonra y de las malas con- 
>diciones en que se efectúa esta clase de alumbramientos. 

Nacidos muertos por cien nacimientos. 



PAÍSES 



Italia... 

Francia 

Alemania 

Prusia 

Baviera 

Sajonia 

Turingia 

Wurtemberg 

Austria ., 

Hungría 

Croacia y Ealavonia. 

Suiza 

Bélgica 

Holanda 

Suecia , . . . . 

Noruega , 

Dinamarca 

Rumania 

Rusia europea 

Finlandia 



En el total 
de nacimientos. 


En los nacimien- 
tos ilegitimos. 


2,77 


3.81 


4,47 


7,91 


3,92 


4,95 


4,07 


5,59 


3,37 


3.65 


4,12 


5,09 


4,20 


5,75 


3,74 


4,09 


2,38 


3,60 


1,46 


2,97 


1,14 


2,98 


4,21 


6,47 


4,44 


6,06 


5,13 


8,02 


3,10 


4,22 


3,52 


5,33 


3,57 


4,17 


1,64 


3,33 


0,14 


? 


2,93 


4,62 



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860 



REVISTA DE ESPAÑA 



Hemos dicho que no pueden ser muy frecuentes los casa- 
mientos donde abundan las uniones ilegítimas, y así se com- 
prende que debe de suceder; pero como el matrimonio, lo mis- 
mo que todos los hechos sociales, se halla influido por diferentes 
causas á la vez y son varias las circunstancias que contribuyen 
al mayor ó menor número de los celebrados (legislación del 
país, riqueza, hábitos, emigración, etc.), no resulta bien ma- 
nifiesto el hecho indicado, pues de los cuatro países europeos- 
en que más casamientos se registran (1), á saber, Servia, Esco- 
cia y Eslavonia, Rusia y Hungría, los tres primeros efectiva- 
mente figuran entre los de menos hijos naturales, y Hungría no 
es de los que en esta parte presentan cifras más desfavorables; 
Suecia y Noruega, por otra parte, naciones en que son poco fre- 
cuentes los matrimonios, aparecen entre las de más nacimien- 
tos ilegitimos; pero en cambio Grecia é Irlanda, que sólo tie- 
nen que envidiar á Servia en cuanto á escaso número de hijos 
habidos fuera de matrimoniio, son precisamente los dos países 
de menor número de casamientos; en muy parecido caso se 
encuentra Rumania, y son muchas las naciones, que en cuan- 
to á número de matrimonios celebrados, se hallan muy por de- 
bajo de Austria, que es la de más nacimientos ilegítimos; pero 
por regla general, resultan en razón inversa ambos hechos, cual 
debía esperarse de los distintos hábitos de solteros y casados. 
Es opinión corriente la de que en los países meridionales 
abundan más los matrimonios ilegítimos, por tener sus habi- 

(1) El promedio anual de casamieDtos celebrados en los distintos países de Europa, 
es el siguiente: 

Casamientos por 1.000 habitantes. 



Servia i2,4 

Croacia y Eslavonia 10,6 

Hungría 10,3 

Ru>«ia. 9,4 

Alemania 8,6 

Austria 8,5 

Inglaterra 8,1 

Finlan«lia .1 8.0 

Holanda 8,0 

Francia .•.. 7,8 

Dinamarca 7,8 



Italia 7,7 

España 7,6 

ISuiza 7,4 

Escocia 7,2 

Bélgica , 7,2 

Noruega 6,9 

Rumania 6,5 

Suecia. . . .'. 6.5 

Grecia 6,1 

Irlanda 4,8, 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD 861 

tantes menos dominio sobre sus pasiones ó ser éstas más impe- 
tuosas; pero la estadística no da la razón á los que tal creen, 
puesto que, según ha podido verse, Italia, Suiza, España, Gre- 
da, Servia y Rumania, figuran entre las de mayor natalidad 
desde aquel punto de vista, y aunque no puede decirse lo mis- 
mo respecto á Francia, dista mucho esta nación del desventa- 
joso lugar que ocupan la mayor parte de los países situados al 
Norte de Europa. 

La natalidad de las provincias de España es la siguiente: 

NacimientoB por cien habitantes. 



Ciudad Real 4,2 

Málaga 4,0 

Falencia 4,0 

Córdoba 3,9 

Madrid 3,9 

Castellón 3,8 

Álava . 3,7 

Albacete 3,7 

Ávila 3,7 

Badajoz 3,6 

Murcia 3,6 

Sevilla 3,6 

Vizcaya 3,6 

Cáceres 3,5 

Alicante 3,4 

Barcelona 3,3 

Cádiz 3,3 

Lugo 3,3 

Teruel 3,3 

Canarias 3,2 

Valencia 3,2 

Guipúzcoa 3,1 

Valladolid 3,1 

Huelva 3,0 

Baleares 2,9 



Burgos 2,9 

Coruña 2,9 

Almería 2,7 

Oviedo 2,7 

Salamanca 2,7 

Santander 2,7 

Tarragona 2,6 

Zamora 2,6 

Logroño 2,5 

Navarra 2,5 

Soria 2,4 

Gerona 2,3 

Granada 2,3 

Guadalajara 2,3 

Huesca 2,3 

Pontevedra. , 2^3^ 

Jaén 2,2 

Lérida 2,2 

Segovia 2,2 

Toledo 2,2 

Zaragoza 2,2 

León 2,1 

Cuenca 2,0 

Orense 2,0 



Resulta de la precedente escala que en España las comar- 
cas de mayor número proporcional de nacimientos, son la que 
comprende, las provincias de Málaga, Sevilla, Córdoba, Bada- 
joz y Ciudad-Real, la formada por las provincias de Madrid 
y Ávila, y la que constituyen las de Álava y Vizcaya. 



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862 REVISTA DE ESPAÑA 

Las proYÍncias de Castellón y Falencia figuran también en- 
tre las más favorecidas. 

Las comarcas de menos natalidad son la que comprende 
las provincias de Toledo, Cuenca, Guadalajara, Segovia, So- 
ria, Zaragoza y Huesca, la formada por las provincias de 
León, Orense y Pontevedrja, y la que constituyen las de Jaén 
y Granada. De suerte que, lejos de aparecer más ó menos se- 
paradas las comarcas de mayor y de menor natalidad, se ha- 
llan lindando unas con otras. En efecto, las provincias de Má- 
laga, Sevilla y Córdoba figuran entre las de mayor natalidad, 
y las de Jaén y Granada en extremo opuesto; Madrid y Ávila 
son de las provincias de mayor número de nacimientos, y Se- 
govia, Cuenca, Guadalajara y Toledo de las de menos; Falencia 
aparece entre las provincias de cifras más elevadas, y su limí- 
trofe la de León entre las de cifras más reducidas. 

A semejanza de lo que hemos hecho con nuestra patña y 
los demás países de Europa hemos procurado ver la relación 
que pudiera existir dentro de España entre la natalidad de 
cada provincia y su población especifica, y resulta, en efec- 
to, que de las catorce provincias de mayor natalidad, diez 
figuran entre las de población menos densa; pero entre las de 
de menor número de nacimientos aparecen provincias de po- 
blación especifica tan reducida como Guadalajara, Huesca, Se- 
govia, Soria, Cuenca, León, Lérida, Zamora, Toledo, y única- 
mente las de Orense, Pontevedra y Gerona presetan á la vez 
que escasa natalidad, una gran densidad de población. 

Todavía es menos decisivo el resultado que ofrece la rela- 
ción entre el número de nacidos y el de casados. Las provin- 
cias de Castellón, Falencia, Cáceres, Badajoz, Albacete y Cór- 
doba figuran entre las de mayor natalidad, á la vez que entre las 
de mayor número de habitantes constituidos en matrimonio; 
pero las de Cuenca, Segovia, Toledo y Lérida se encuentran 
entre las de menos nacimientos, no obstante figurar entre las 
de mayor número de casados. For otra parte, las provincias de 
Madrid, Álava, Vizcaya, Cádiz, Navarra y Lugo, que aparecen 
entre las de menos casados, se hallan entre las de mayor nata- 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD 868 

lidad, y sólo en las de Orense y Pontevedra se encuentran ci- 
fras muy reducidas en ambos conceptos. 

Comparado el período que venimos estudiando, esto es, el 
quinqueuio 1880-84 con el decenio de 1861-70, resulta que en 
todas las provincias de Espafia ha disminuido la natalidad, á 
excepción de las de Ciudad-Real, Córdoba, Álava, Vizcaya y 
Lugo, en que ha aumentado, y de las de Falencia y Madrid, en 
que presenta iguales, cifras. Es, sobre todo, notable la baja 
que ha sufrido el número de nacimientos en las provincias de 
Cuenca, Zaragoza, Toledo, Segovia, Jaén, Huesca, Guadalaja- 
ra, Granada, Gerona, Soria y Almería. Asimismo resulta que, 
de las doce provincias de mayor natalidad en el decenio 
1861-70, sólo las de Málaga, Murcia, Cáceres, Castellón, Alba- 
cete, Badajoz y Ávila continúan ocupando lugnr tan ventajoso 
en el quinquenio 1880-84; las de Almería, Teruel, Gerona, So- 
ria y Alicante han descendido á puestos muy inferiores, sobre 
todo Soria y Gerona. De las provincias que figuraban entré 
las de menos nacimientos, sólo las de León, Orense y Ponteve- 
dra continúan ocupando lugares tan desfavorables. Las demás, 
esto es, las de Logroño, Oviedo, Baleares, Coruña, Navarra, 
Guipúzcoa, Lugo, Vizcaya y Córdoba, todas han ascendido eñ 
la escala, muy especialmente las tres últimas. 

Así lo pone de manifiesto el siguiente cuadro: 

Nacimientos por cien habitantes. 



En 1880^. En IFei-'K). 



CiodadReal. 4,2 

Málaga 4,0 

Falencia ..... 4,0 

Córdoba 3,9 

Madrid 3,9 

CaetellÓD.... 3,8 

Álava 3,7 

Albacete 3,7 

Avila 3,7 

Badajoz... .. 3,6 

Murcia 3,6 

Sevilla 3,6 



4,0 
4,3 
4,0 
3,5 
3,9 
4,2 
3,6 
4,2 
4,1 
4,1 
4,3 
3,9 



Burgos . . . . 

Coruña 

Almería . . . 

Oviedo 

Salamanca . 
Santander. . 
Tarragona. . 

Zamora 

Logroño . . . 
Navarra. . . . 

Soria 

Gerona 



En 1880-84. 


En \m-TO. 


2,9 


3,9 


2,9 


3,3 


2,7 


4,3 


2,7 


3,0 


2.7 


3,8 


2,7 


3,6 


2,6 


3,7 


2,6 


3,6 


2,5 


2,7 


2,5 


3,4 


2,4 


4,1 


2,3 


4,1 



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864 



REVISTA DE ESPAÑA 



En 1880-84. En 1861 -lO. 



Vizcaya 3,6 

Cáceres 3,5 

Alicante .... 3,4 

Barcelona... 3,3 

Cádiz 3,3 

Lugo 3,3 

Teruel 3,3 

Canarias .... 3,2 

Valencia.... 3,2 

Guipúzcoa... 3,1 

Valladolid . . 3,1 

Huelva 3,0 

Baleares 2,9 



3,5 
4,3 
4,1 
3,5 
3,8 
2,3 
4,2 
3,9 
4,0 
3,4 
4,0 
3,9 
3,2 



En 1880-84. En IdSl-IO. 



Granada..... 2,3 

Guadalajara . 2,3 

Huesca 2,3 

Ponteyedra.. 2,3 

Jaén 2,2 

Lérida 2,2 

Segovia 2,2 

Toledo 2,2 

Zaragoza 2,2 

León 2,1 

Cuenca 2,0 

Orense 2,0 



4,1 
3,8 
3,9 
2,8 

3,6 
4,1 
3,9 
4,0 
3,5 

4,1 
3,2 



El siguiente cuadro da á conocer el grado de moralidad de 
las provincias de España, bajo el punto de vista del número 
de hijos habidos fuera de matrimonio: 

Nacimientos ilegítimos por cien nacimientos. 



Madrid 18,7 

Lugo 10,8 

Cádiz 10,7 

Coruña 10,7 

Canarias 10,4 

Pontevedra 10,0 

Salamanca 8,7 

Orense 8,6 

Granada 8,5 

Badajoz 8,2 

Valladolid 7,8 

Sevilla 7,2 

Zamora 6,2 

Zaragoza 5,8 

Córdoba 5,3 

Santander 5,1 

Segovia 5,0 

Jaén 4,7 

León 4,6 

Albacete 4,5 

Oviedo 4,2 

Huelva 4,1 

Murcia ' 4,1 

Barcelona 3,8 

Navarra 3,8 



Málaga 3,6 

Falencia 3,5 

Vizcaya 3,3 

Almería 3,2 

Cuenca 3,2 

Guipúzcoa 3,2 

Toledo 3,2 

Ávila 3,(V 

Guadalajara 3,0 

Cáceres 2,9 

Valencia 2,9 

Logroño 2,8 

Álava 2,7 

Burgos 2,4 

Lérida 2,3 

Ciudad Real 2,3 

Huesca 2,0 

Teruel 1.9 

Gerona 1,8 

Alicante 1,7 

Baleares 1,6 

Soria 1,6 

Tarragona 1,4 

Casteílón l,a 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD 865 

De suerte que la provincia de mayor número de hijos na- 
turales es la de Madrid; sígnenle las cuatro provincias galle- 
gas, Salamanca, Zamora y Valladolid, situadas también al Nor- 
oeste; la de Canarias, tres de las andaluzas (Cádiz, Granada y 
Sevilla) y la de Badajoz (1). No lejos de las anteriores se en- 
cuentran las provincias andaluzas de Córdoba, Jaén y Huelva, 
las de Albacete y Murcia, las de Santander, León y Oviedo, y 
las de Segovia y Zaragoza* Pon fin, entre las provincias de me- 
nos nacimientos ilegítimos se hallan las siguientes, situadas 
todas en la parte oriental de la Península; las tres valencianas, 
las Baleares y las de Teruel, Huesca, Lérida, Gerona y Tarra- 
.gona. De las comprendidas en aquella extensísima región, sólo 
la de Barcelona deja de figurar entre las de menos hijos natu- 
rales, y no ocupa esta provincia lugar muy desventajoso, á 
pesar del extraordinario contingente de nacimientos ilegíti- 
mos que suministra todo gran centro de población, pues aún 
hay 23 provincias con cifras más desventajosas. Entre las loca- 
lidades de menor número de hijos habidos fuera de matrimonio, 
figura también la región que comprende las provincias de 
Álava, Burgos, Logroño y Soria, y la provincia de Ciudad Real. 

En el decenio 1861-70 también figuran entre las provincias 
'de más nacimientos ilegítimos la de Madrid, las gallegas, la 
de Canarias, las de Salamanca, León y Albacete, y las de Cá- 
diz, Sevilla, Córdoba, Huelva, Jaén y Granada, mas la de Má- 
laga, que en la escala correpondiente á aquel período ocupa el 
13 lugar en vez del 26 en que aparece en el quinquenio 1880-84. 



(1) Respecto á las cifras correspondientes á la provincia de Badajoz, debemos adver- 
tir, para que se les dé el valor que en realidad merezcan, que presentan de un año á otro 
diferencias demasiado notables para poder inspirar completa confianza, cual puede verse 
á continuación: 





AÑOS 


Nacimientos 
ilegrítímos. 


1880 .. 




478 


188t .. 
1882 .. 




1.260 
2.937 


1883 .. 




1.008 


1884 .. 




693 



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866 REVISTA DE ESPAÑA 

Asimismo fígaran en d expresado decenio con las dfras má» 
pequeñas, en orden á hijos naturales, las provincias de Caste- 
llón y Alicante; la de Baleares, las de Teruel, Tarrag-ona, Lé- 
rida y Gerona, y las de Soria, Burgos, Logroño y Álava. Las 
de Valencia, Huesca y Ciudad Real, sobre todo la primera, han 
mejorado notablemente, pues en 1861-70 figuraban con cifras 
nada favorables. 

Ahora, y ya para terminar, pondremos de manifiesto la in- 
fluencia de las estaciones en la natalidad, por medio del si- 
guiente cuadro expresivo del promedio mensual de los naci- 
mientos registrados durante el quinquenio 1880-84: 



Meses. 



NACIMIENTOS 
En el mes. Diarios. 



Febrero 46.103 

Enero 46.356 

Marzo 45.739 

Abril 44.111 

Octubre 43.015 

Mayo 38.337 

Diciembre 39.336 

Noviembre 38.881 

Setiembre 38.606 

Junio 43.279 

Julio 39.395 

Agosto 40.858 



1.656 
1.487 
1.475 
1.490 
1.396 
1.388 
1.318 
1.313 
1.287 
1.278 
1.269 
1.254 



Mes de la concepción. 



Mayo. 

Abril. 

Junio. 

Julio. 

Enero. 

Agosto. 

Marzo. 

Febrero. 

Diciembre. 

Setiembre. 

Octubre. 

Noviembre. 



De suerte que los meses de mayor número de nacimientos 
son Febrero, Enero y Marzo, y, por consiguiente, los meses en 
que la concepción es más fácil, Mayo, Abril y Junio, es decir, 
la primavera; los de menos nacimientos. Agosto, Julio y Ju- 
nio, y por tanto, los menos favorables para la procreación, No- 
viembre, Octubre y Setiembre, esto es, el otoño. 

Idénticos resultados ofrecen los datos correspondientes al 
decenio 1861-70, como puede verse á continuación: 



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LA NATALIDAD Y LA MORTALIDAD 867 

Meses. Nacimientos diarios. Mes de la concepción. 



Febrero 

Enero 


1.980 

1 .875 


Mayo. 
Abril. 


Marzo 


1.848 


Junio. 


Abril 


1.773 


Julio. 


Setiembre 


1.646 


Diciembre. 


Diciembre 

Noviembre 

Mayo 

Junio 

Agosto 

Octubre 


1.639 

1.638 

1.631 

1.518 

1.491 

.. .. 1.476 


Marzo. 

Febrero. 

Agosto. 

Setiembre. 

Noviembre. 

Enero. 


Julio 


1.450 


Octubre. 



También en aquel decenio resulta manifiesta la favorable 
influencia de la primavera en la reproducción de la especie hu- 
mana, pues corresponden las mayores cifras de nacimientos á 
Febrero, Enero, Marzo y Abril, y tales cifras denotan, de com- 
pleto acuerdo con lo observado en el quinquenio 1880-84, que 
los meses más favorables á la concepción fueron, por este or- 
den. Mayo, Abril, Junio y Julio. En cuanto á los meses de me- 
nor natalidad, no resulta una conformidad tan perfecta entre 
los datos de ambos períodos; pero también aparece manifiesto 
lo poco favorable que es el otoño á la reproducción de la espe- 
cie humana, pues las menores cifras de nacidos se refieren á 
Julio, Octubre, Agosto y Junio, y los alumbramientos efec- 
tuados en estos meses corresponden á concepciones logradas en 
Octubre, Enero, Noviembre y Setiembre. 



J. Jimeno Agios. 



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MISIÓN DE LA POLONIA 

EN LA HISTORIA GENERAL DE EUROPA 



. fEzoriare aliquis nostris ex ossibus uUor.» 

Al penetrar en la historia de Polonia experimentamos un 
sentimiento indefinible, pero intenso, que se apodera de nuestra 
alma: tal sería el que nos produjera la vista de una antigua ca- 
tedral en ruinas. Sus rotos chapiteles, sus mármoles casti- 
gados por la mano de los tiempos, sus relieves destruidos, su 
altar abandonado, sumirían nuestro espíritu en la tristeza; 
pero en cambio nuestra mirada interior sería más penetrante, 
el sentimiento de nuestra pequenez y de la grandeza del Eter- 
no más profundo, y más viva nuestra fe en los misterios á que 
rinden silencioso culto y homenaje perdurable las obras pere- 
cederas de los hombres y los prodigios inagotables de la natu- 
raleza. 

No habrían á nuestros ojos pasado inútilmente las genera- 
ciones bajo sus altas naves; no en vano sus preces alzádose al 
Empíreo. 

La acción más eficaz, la virtualidad más potente, no son 
aquellas que el vulgo ve con los sentidos exteriores. Es ley que 
el hombre grosero dé cuerpo y forma material á lo intangible, 



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MISIÓN DE LA POLONIA d69 

^ que el ignorante incrédulo piense que es mérito altísimo y 
«consideración positiva de las cosas motejar la fe del cre- 
yente, el anhelo de las almas necesitadas de alimento y de 
consuelo divinos. Pero quien vive en el espíritu y en la idea^ 
quien ju;cga superiores de toda superioridad las leyes morales 
¿ las leyes físicas, siquiera una gran unidad las abrace como 
razón y como causa, no juzgará estériles los sacrificos y los 
-esfuerzos de los justos y de los mártires, y, fuerte con la 
fortaleza de la verdad, abrigará el convencimiento de que 
la idea no muere porque desaparezca su albergue de un día, 
«íaoque, por el contrario, mientras luzca ejx la conciencia hu- 
mana, hallará nuevos templos y nuevos altares. 

Algo muy semejante sentimos y pensamos en estos mo- 
«nentos. La nación polaca no existe en el mapa; aquellos de 
«US hijos que escaparon á la persecución y al exterminio siste- 
máticos; los continuadores de aquellas generaciones que, como 
dice el poeta Garczynski, «van cayendo unas tras otras como 
las víctimas en el ara ardiente,» se encuentran exparcidos por 
'toda la superficie del globo. Pero la patria polaca no ha muerto 
aun. «El patriotismo— dice Mickiewicz— fué el dogma genera- 
dor de todo el desarrollo espiritual é intelectual de Polonia, 
como la autocracia del de Rusia.» Los sucesos que estos lílti- 
mos tiempos han presenciado, demuestran altamente la verdad 
de esta afirmación. 

La patria polaca vive aún por el amor y la esperanza en 
eus hijos, y vivirá, eu el orden moral, para la historia, por la 
influencia decisiva que ejerció en los destinos de Europa. 

Esta última consideración es la propia de este trabajo y la 
4jue va á ocupar por completo nuestra atención. 

I 

Desde el mar Negro hasta el Báltico, y desde la cordillera 
del Oural hasta el Adriático se extiende un vasto territorio, 
poblado en su mayor parte, á principios de nuestra Era, por 
«sas tribus eslavas que en la marcha de la historia han ve- 

TOMO cv 24 



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870 REVISTA DE ESPAÑA 

nido á constituir, de un lado de los montes Cárpatos la Rusia y 
la Polonia, y de otro la Servia y la Iliria. 

Los eslavos proceden de la Alta Asia, y su éxodo debió ve- 
rificarse en una época muy remota y de difícil determina- 
€ión. Su religión era casi monoteísta, creían en la inmortali- 
dad del alma; sus costumbres eran suaves. Hacia el siglo vi la. 
raza eslava había alcanzado un alto grado de bienestar, mer- 
ced á la fertilidad de su territorio y al respeto que inspiraban 
las antiguas tradiciones, que fijaban todo lo referente á la pro- 
piedad. Sus contemporáneos — según los historiadores eslavos- 
la llama,ban el pueblo alegre por excelencia, JSlavíts sallans. 

Pero no duró mucho tiempo este estado primitivo de poste- 
ridad. El pueblo eslavo estaba entonces formado por un nú- 
mero considerable do pequeñas agrupaciones que constituian 
verdaderos municipios. No había lazo alguno político entre 
ellas; vivían en un estado de disgregación semejante al que 
ofrecían los pueblos de nuestra Península antes de la domina- 
ción romana. Esta desunión y su incapacidad política están 
atestiguadas por los autores griegos y por los cronistas de Oc- 
cidente. 

Los pueblos de la Escandinavia y los pueblos del Caucase 
los obligaron por primera vez á unirse para defenderse; pero la 
unión fué breve, y pronto se dividieron y subdividieron hasta 
llegar al caos. 

Una terrible invasión de los Mongoles obligó por fin á los 
pueblos eslavos á abandonar su aislamiento, y después de la 
tormenta vemos ya surgir tres nacionalidades: la de los Bohe- 
mios, la de los Rusos y la do los Polacos. 

La Polonia fué hasta últimos del siglo xvii la más próspera 
y la más influyente de las naciones eslavas. En su época de 
mayor florecimiento comprendía la Lituania, la Kutenia, la 
Mazovia, la Samogicia, la Klovia, la Wolinia, la Podolia, la 
Podlaquia, la Livonia y parte de la Pomerania y de la Lkra- 
nia. En sus territorios estaban enclavadas las ciudades de Kiew 
y Smolenk. Sus límites eran: al N., el Báltico y el Dwina; 
4d £. el Dniéper, cuya linea, asi como la del Dwina, quedó 



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MISIÓN DE LA POLONIA 871 

dentro de los dominios de la monarquía con los Jagellones; al S. 
el mar Negro, el Dniéster y los Cárpatos, y al O. de la Silesia 
la Prusia y la Pomerania. Sus reyes reinaron á la vez sobre 
Hungría y Bohemia, y Segismundo III y Ladislao IV ostenta- 
ron el título de reyes de Suecia. 

El territorio de Polonia está cubierto en las regiones cen- 
tral y septentrional de selvas espesísimas; el paisaje es de una 
belleza severa, pero grandiosa. Hasta hace poco, en la selva de 
Bialowiecz se veía el bisonte, último resto de una raza que ha 
desaparecido completamente del continente. Por el contrario, 
la región meridional está compuesta de campos fértiles y de 
inmensas llanuras; la vegetación cambia: «el pino desaparece 
y comienza la encina.» LaWoliniay la Podolia son las más 
ricas comarcas de la Polonia. Los viajeros que las han visitado 
admiran el cuidadoso cultivo de sus campos y su feracidad ina- 
gotable. 

El Cristianismo, ese hecho capital en la historia de la hu- 
manidad, no ha ejercido en parte alguna mayor influjo. Los 
polacos estaban obligados por sus miémas condiciones de exis- 
tencia á convertirse á la verdadera Religión. El extenso impe- 
rio de Alemania llevaba á cabo continuas invasiones en el te- 
rritorio de Polonia. El imperio alemán, débil en el orden polí^ 
tico, como Estado que era fundado sobre el régimen feudal, 
poseía una fuerza incontrastable cuando invocaba el nombre 
del Cristianismo, verdadero lábaro de la civilización europea 
en aquellos siglos. 

Ahora bien: ¿cómo defenderse de la invasión alemana, cómo 
arrebatar la fuerza moral que ésta llevaba en sí? Un historia- 
dor dice que bastaba clavar una cruz en la frontera para pri- 
var á los emperadores alemanes del principio que constituía su 
poder en aquella lucha. Y es verdad; la conversión de los es- 
lavos al Cristianismo despojó de todo carácter religioso sus 
contiendas con los emperadores, y, favoreciendo las alianzas 
de los príncipes eslavos con los alemanes, fué causa del en- 
grandecimiento de Polonia y de su influencia en los asuntos 
interiores de Alemania. 



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872 REVISTA DE ESPAÑA 

El Cristianismo, según el testimonio de historiadores nada 
sospechosos, completó la organización de los reinos eslavos y 
aseguró su independencia. Por medio del establecimiento del 
matrimonio organizó la familia, acercando así las naciones es-^ 
lavas á los pueblos occidentales. Al consagrar el poder hÍ2o 
posible un gobierno, pues los mismos historiadores eslavos re^ 
conocen que quizá, sin la influencia cristiana, no hubiera po- 
dido establecerse potestad duradera entre aquellas gentes: 
hasta tal punto sn organización era contraria á toda idea po- 
lítica. Pero desde el momento en que los reyes de Polonia fue- 
ron consagrados por los papas, se convirtieron en verdaderos 
representantes de la nacionalidad. 

El progreso político, que supone una unidad, y que consiste, 
según Guizot, en sustituir, por una parte, con los poderes pú- 
blicos las voluntades particulares, y, por otra, con la resisten- 
cia legal la resistencia individual, fué impulsado en gran modo 
por el Cristianismo. 

La Iglesia, al coronar al príncipe, resumía ya — como dice 
un escritor polaco — el Estado en su persona. Durante las fre- 
cuentes excisiones que debilitaban la Polonia, los obispos no 
dejaron de reunirse para formar el sínodo. Este sínodo, consti- 
l^uído por los príncipes, prelados y señores, tenía una gran se- 
mejanza con nuestros concilios toledanos, cuando los prelados 
en lugar de definir (definiens) en asuntos propios de su augusto 
ministerio, se adherían y prestaban su consentimiento fcoTtsen- 
He7is) á las disposiciones de carácter secular. 

Este sínodo era la representación más alta y constante de 
la nación polaca, cuya unidad no tuvo otro asilo, más de una 
vez, en medio de sus disturbios. Así los obispos de la Pomera- 
nia, después de la rebeldía de los príncipes pomeranos, fue- 
ron siempre á discutir los asuntos generales de la Polonia bajo 
la presidencia de los príncipes polacos, como más tarde los 
obispos de la Silesia y de algunas provincias de la Prusia en 
circunstancias análogas. 

La Polonia fué siempre católica, y la influencia de la Igle- 
sia constantemente favorable á las libertades y a la indepen- 



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MISIÓN DE LA POLONIA 878 

dencia de aquella nación. Cuando después del primer reparto, 
llevado á cabo en 1772, quiso Rusia arrancar por la fuerza al 
Senado una resolución favorable á sus propósitos, los obispos 
de Livonia y de Kamieniek protestaron valerosamente, y el 
obispo de Cracovia, que acababa de cumplir cuatro años de n 
destierro en la Siberia, declaró á los rusos que antes perdería 
la vida que firmar un decreto fatal á su patria. 

Rusia, la eterna enemiga de Polonia, adoptó el rito griego. 
La Iglesia griega creyó hallar la autonomía emancipándose del 
poder papal, y no hizo otra cosa sino caer bajo la autoridad se- 
glar, que empezó por suprimir los sínodos, para evitar disputas 
teológicas, y acabó por prohibir la predicación, reduciéndola de 
esta suerte á una verdadera servidumbre. 

Desde su origen, según la bella frase de Mickie\viez, todo 
marcha en Polonia hacia la libertad y en Rusia hacia el despo- 
tismo. Por esto, el triste fin de Polonia es quizá una demostra- 
ción dolorosa de que no es lícito á los pueblos prescindir de la 
realidad, y de que es muchas veces necesario sacrificar en algo 
ese noble ideal de la libertad política en aras de la misma exis- 
tencia de la patria. 

En Polonia tuvieron la Iglesia y Estado, en el orden tem- 
poral, los mismos intereses, los mismos nobilísimos objetivos. 
En sus grandes crisis, la nación polaca se sintió fortalecida 
por la voz y el ejemplo de razones eminentes en sabiduría y en 
religión. ¿Qué polaco habrá que no sieuta latir su corazón al 
evocar los nombres del prior del convento de Jasna-Gora , Agus- 
tín Cordecki, del obispo Soltyk.y del padre Marc? En país al- 
guno, á excepción, quizá, del nuestro, se ha visto consorcio 
tan admirable entre el pueblo y el clero. En todos los grandes 
movimientos nacionales, é informándolos por un alto espíritu 
de severa moralidad social, vemos en la historia polaca desta- 
carse la figura del religioso con la luz divina en la frente y el 
fuego del más puro patriotismo en el pecho. Y el himno na- 
cional polaco, el Boga Rodzico, que entonaban sus soldados y 
sus muchedumbres en los supremos momentos, es un cántico 
en honor de la Virgen Santa. 



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87i REVISTA DE ESPAÑA 

La influencia del Catolicismo en Polonia es la clave de sm 
historia y la base de su grandeza. No es ocioso, por tanto, de- 
tenerse en su estudio. 

Se cuenta que los embajadores polacos pidieron al papa 
Pío V, uno de los pontífices más ilustres que han ocupado la 
Sede romana, reliquias para su nación. «Hijos míos — les con- 
testó — ¿qué necesidad tenéis de reliquias? Tomad un puñado de 
vuestra tierra; la encontraréis formada con huesos de hombres 
muertos por la causa de la Iglesia en combate con los infieles, 
ó impregnada por la sangre de los mártires.» 

n • 

Las instituciones políticas de Polonia se relacionan tan ín- 
timamente con su historia, que no podría ésta llegar á com- 
prenderse desconociendo aquéllas. Estas instituciones han sido 
objeto de grandes censuras por parte de casi todos los historia- 
dores. No obstante, coexistieron con el período del poderío y 
de la grandeza del pueblo polaco, y sólo dieron funestos resulr 
tados bajo la presión de la fuerza moscovita y bajo su instiga- 
ción pérfida y verdaderamente liberticida. 

Y es que las instituciones polacas brotaban, por decirlo así, 
del genio y de la organización tradicional de los pueblos es- 
lavos. , 

No haremos aquí una defensa de su monarquía electiva, que 
tanto influyó en la historia política de Europa. Los mismos 
historiadores polacos hacen ver sus grandes inconvenientes y 
deploran aquellas épocas de extravío en las que el trono de 
Polonia, á semejanza de lo que ocurría en la Roma de la deca- 
dencia, se adjudicaba al mejor postor. Pero conviene notar que 
no son producto del acaso las leyes y usos por que se gobier- 
nan los pueblos. Hay una ley que preside hechos al parecer 
contradictorios. . Fácilmente podría demostrarse que en Fran- 
cia, por ejemplo, la ley sálica, por la que se excluía á las hem- 
bras del trono, no perjudicaba, sino que, antes bien, favorecía 
á la conservación íntegra del territorio y á su engrandeci- 



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MISIÓN DE LA POLONIA 87ft 

miento. Por el contrario, la ley castellana, completamente 
opuesta á la francesa, fué un elemento poderoso para la cons- 
titución de la unidad española. 

De la misma manera podría demostrarse que el derecho de 
elección ha constituido el territorio de Polonia. Y si no, ¿cómo 
hubiera llegado á adquirir las extensas comarcas de la Litua- 
uia, uno de los más preciados florones de aquella monarquía* 

En el primer período, cuando la elección recaía en indivi- 
duos de una familia determinada y se llevaba á cabo por la 
Dieta, considerada como soberana y depositaría de todos los po- 
deres, el principio electivo no tuvo funestas consecuencias y 
presidió siempre raro acierto en la elección. Pero cuando Za- 
moyski, nuncio de Belz y uno de los hombres más influyentes 
de Polonia, hizo que el derecho de elegir un monarca se ex- 
tendiera á todos los hombres libres, se ocasionó una gran per- 
turbación. 

El aspecto de las asambleas era indescriptible. Centenares 
<le miles de hombres se reunían en inmensas llanuras, y, cosa 
rara y que demuestra la cultura que había alcanzado ya la 
Polonia en los siglos xvi y xvii, nunca hubo ejemplo de coli- 
sión sangrienta en estas grandes aglomeraciones, tan ocasio- 
nadas á desórdenes y disturbios. 

En las memorias de Pasek se encuentra una curiosísima 
descripción de la gran Asamblea convocada con motivo de la 
nbdicación de Juan Casimiro. Hecha la convocatoria para la 
Dieta de elección, toda la Polonia se levantaba en masa, se 
preparaba y se armaba como para una expedición militar. To • 
dos los palatinados, todos los distritos derramaban torrentes de 
nobleza sobre la capital. Cada señor avanzaba á la cabeza do 
un grupo más ó menos considerable. 

«Sólo el príncipe Bosguslao Radziwil— dice Pasek — llevaba 
consigo ocho mil hombres de buena estampa y de buena casa.» 

El rey se elegía por aclamación. En la Asamblea descrita 
por Pasek, los candidatos más probables eran el príncipe de 
Conde y el duque de Lorena. He aquí cómo vino á decidirse la 
contienda: 



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876 REVISTA DE ESPAÑA 

«Parecía ya, por los gritos que por todas partes se le- 
vantaban, que los palatinados de la gran Polonia se inctinaban 
hacia un rey extranjero, en tanto que los de la pequenja^ Po- 
lonia se decidían en favor de Polanowski. De repente una gran 
voz cubrió á todas las demás; era el palatinado de Saudomir 
que gritaba como un solo hombre; ¡Viva el rey Miguell)» 

El entusiasmo del palatinado deSoudomir arrastró á los de- 
más, y Miguel Wisniowiecki, de la antigua fanália real de los 
Piast, fué proclamado rey. 

Tal es el cuadro fiel de las famosas asambleas de Polonia. 

El célebre teto fué también uno de los mayores obstáculos 
para el orden y la estabilidad de aquella monarquía. Por me- 
dio de él se suspendían las deliberaciones de la Dieta y la mar- 
cha del gobierno. El veío tenia un origen remotísimo en las 
tradiciones eslavas. El uso de este derecho era frecuente en los 
municipios eslavos; cada individuo oponía su derecho, con. ca- 
rácter absoluto, al derecho de los demás. Pero entonces se sal- 
vaba este obstáculo por medio de la violencia, obligando al 
opositor á fuerza de golpes á votar con la mayoría. 

El primero que hizo uso en la Dieta del derecho de vetOi fué 
Sicinski, nuncio de Upita. Los congregados, al oir pronunciar 
la palabra veía, se dispersaron atemorizados y llenos do cons- 
ternación. Nadie se atrevió á obligar al disidente á retractarse. 

Conocidos son los esfuerzos que durante el reinado de Esta- 
nislao Augusto Poniátowski hizo el patriotismo polaco, per- 
sonificado por Czatoryski, para suprimir el veto; pero Prusiay 
Rusia, interesadas en mantener á Polonia en perpetua anar- 
quía, impidieron todo intento de reforma. 

Hasta Casimiro el Grande, los reyes de Polonia no estaban 
ligados por pactos ni juramentos; pero cuando Luis de Anjou 
fué llamado á ocupar el trono, hubo de jurar los jmrc/^ canventa. 
especie de carta constitucional, cuyas principales disposiciones^ 
eran las siguientes: 

«La libertad de elegir monarca, según las leyes, es invio-^ 
lable.» 

«Sólo la República tiene el derecho de acunar moneda.» 



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MISIÓN DE LA POLONIA 877 

«El rey no puede, sin el contsentímieoto de la República^ 
declarar la guerra . » 

«Su consejo se formará exclusivamente de polacos.» 
' «No contraerá matrimonio sino según las prescripciones de 
la ley y con el consejo dol Senado. s> 

«No disminuirá ol tesoro de Cracovia, sino que, por el con- 
trario, lo aumentará.» 

No entraremos, pues nos llevaría lejos de nuestro objeto, en 
el estudio de la composición de la Dieta general y de las dietas 
parciales que se celebraban en cada palatinado. 

Toda esta materia está extensamente tratada en la Relación 
histórica de Polonia por Hauteville, y en la magnifica Historia 
de Polonia de Joaquín Lelewel. 

Los obispos, los gobernadores de las provincias ó palatina- 
dos, los de Cracovia, de Vilna y de Troki, con el estarosta de 
Samogicia, y algunos otros altos funcionarios, componían el 
Senado de Polonia. 

El rey nombraba los senadores, los cuales eran vitalicios. 
A ellos, con el rey, .correspondía aprobar las leyes y resolucio- 
nes que la nobleza les proponía por medio de sus nucidos ó di- 
putados. 

Como la multitud de nobles que contaba Polonia no permi- 
tía que se reunieran todos en la Dieta general, se elegían eu 
las dietas parciales nuncios que se diputaban á las generales 
para conservar las antiguas instituciones y hacer otras nuevas 
en caso de necesidad. 

El régimen político de Polonia acusa, como es fácil obser- 
var, un gran adelanto, demasiado adelanto para aquella época. 
Su régimen social interno no era menos admirable. Véase el 
sig'uiente trozo de una de las cartas dirigidas por Zamoyski á 
Carlos de Sudermania, fechada en 13 de Abril de 1602: 

«No juzguéis — le dice — de la nobleza polacA por la que en 
otros países está reducida á la esclavitud, y á la que un capricho 
del señor puede llevar al cadalso, á la prisión ó á la miseria, 
sin que la defensa de los acusados sea oída y sin juicio del rey 
ni de los Estados. Si hay entre nosotros familias nobles cuyo 



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878 REVISTA DE ESPAÑA 

origen se pierde en la más remota antigüedad, en cambio el 
-campo permanece abierto para todos los que quieran dar prue- 
bas de talento y de virtud. Nuestros antepasados fijaron recom- 
pensas para el valor y el mérito, y con tal que un hombre sea 
4ligno, puede llegar á la fortuna y á la consideración (1).» 

Y en la Dieta de 1605 Zamoyski dice, dirigiéndose á Segis- 
mundo III Wassa: 

«He perdido la salud en las fatigas de la guerra y al servi- 
<úo de mi querida patria; la voz me falta y la vejez me agobia. 
Sólo, pues, diré desde aquí lo que creo útil en las perplejidades 
4ictuales para el bien y la gloria de Polonia. Toda la grandeza, 
toda la fuerza de los reyes de Polonia se fundaban en el amor 
-de la nación. Obrando de otra suerte, se está en desacuerdo 
<'on nuestras libertades, que amamos sobre todo. Pero nuestro 
amor á la libertad no nos impide amar á nuestros reyes. Así, 
nuestros antepasados decían francamente la verdad á sus sebe- 
ranos, los expulsaban del trono cuando alguno de ellos faltaba 
á sus juramentos, y elegían otro rey en su lugar. Nosotros ele- 
vamos ya numerosas quejas contra V. M.; y, si no reflexiona y 
no se corrige, tendremos valor para imitar á nuestros antepa- 
gados, haciéndoos partir al otro lado del mar; pues V. M. misma 
«e ha despojado del poder real al quebrantar su juramento.» 

«¡En nombre de Dios! señor, yo os conjuro; reflexionad y 
<;orregíos. La Suecia os engendró, la Polonia os recibió y os 
alimenta. La Polonia es vuestra madre: queredla, amad á 
vuestros subditos si queréis envejecer entre nosotros querido y 
respetado, si queréis obtener la bendición y la gracia de Dios 
y asegurar nuestros sufragios para vuestros descendientes.» 

Finalmente, levantando las manos, exclamó: «Manes de los 
virtuosos Tarnowski, Teuczynski, y Ostrorog, que habéis me- 
<*ido bien de vuestra patria y que contempláis la grandeza di- 
vina en su gloria eterna, ¡rogad por la felicidad y el triunfo de 
Polonia!» 

En cuanto Zamoyski concluyó su discurso, el rey Segis- 

/ 1] Historia de Potonia de Rainold Ileidenstein. 



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MISIÓN DE LA POLONIA 879 

mundo III, en el colmo de la irritación, tomó la palabra, y, en 
la Tiolencia de la réplica, cogió su espada y se levantó del tro- 
no. Al^ereste movimiento, grandes murmullos estallaron en 
toda la Cámara; los senadores y los nuncios abandonaron sus 
asientos y se dirigieron hacia el trono, en tanto que Zamoys- 
ki, en medio de la multitud, levantando la voz, pronunciaba, 
con la dignidad de un veterano, las palabras siguientes: 

«Rey, deja tu espada en reposo, á fin de que no veamos en 
tí un César y no se nos llame Brutos por la posteridad. Somos 
electores de reyes, destructores de tiranos. Beina^ pero no do- 
raines.:» Rexnonmove ffladium, ne te Cainm Casarem^ nos Bru- 
nos sera posteritas loquatur. Sumus electores reguu, destructores 
iyrannorum. Regna, sed non impera (1). 

III. 

Cuando Segismundo III Wasa entró en Polonia á ocupar el 
trono para que había sido elegido, merced á la inñuencia pre- 
ponderante de Zamoyski, el obispo Goslieki, en nombre del Se- 
nado, lo saludó con las siguientes palabras : 

«El país en que habéis entrado, señor, y el reino que vais 
á gobernar, no son de aquellos que brillan por el gran número 
de sus mercados y de sus joyas, y que se enriquecen ven- 
diendo baratijas. Este Estado está destinado á ser el baluarte j 
el escudo de la Cristiandad contra los enemigos de la cruz. 
Permaneciendo fiel á esta misión, trabajaréis, señor, por vues- 
tra salvación, y haréis descender la bendición del cielo sobre 
vos y sobre vuestros subditos.» 

En estas palabras del ilustre prelado y senador polaco está 
señalado el fin primero y más importante que la Polonia ha 
cumplido en la historia. 

Dos grandes peligros han amenazado á la Europa cristiana 



(1) No hemoB podido reBÍstir á la tentación de entresacar y traducir este admirabU 
pasaje de la Historia de Polonia de Joaquín Ledewel. Él por sí solo da t conocer el 
carácter de la Constitución polaca mejor que pudiera hacerse en muchos capítulos. 



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880 REVISTA DE ESPAÑA 

durante largos siglos: la barbarie tártara, que tan terrible faé 
para el Asia y la Europa Oriental, y la barbarie mahometana, 
que después de largos combates logró clavar la vencedora me- 
dia luna en la cúpula de Santa Sofía y llegar amenazadora 
basta las mismas puertas de Viena. 

Los tártaros ó mogoles (1), habitantes de las inmensas lla- 
nuras del Asia Central, fueron una amenaza y un azote cons- 
tantes para los pueblos eslavos. Formados para la guerra y de 
una energía destructora sin limites, exparcieron el terror por 
todas partes. Su paso se señalaba por la más horrible devasta- 
ción. Una idea religiosa lanzaba á sus multitudes á la destruc- 
ción y á la matanza. Gengis-Khan, el prototipo de los caudi- 
llos mogoles, antes de emprender su obra de aniquilamiento 
de pueblos enteros, se retiró á la cima de las montañas y per- 
maneció varios días en la más completa soledad: Al descender 
al valle se anunció como el ejecutor de las venganzas divinas. 

Los tártaros ó mogoles no crearon nada en ciencia ni en ar- 
tes (2). Sus únicos monumentos fueron, como dice un historia- 
dor, las torres construidas con cal y cabezas humanas. 

La Polonia luchó, y luchó con éxito, contra los tártaros. La 
victoria decisiva de Wisnowiec, alcanzada en 1512, libró casi 
por completo á aquella parte de Europa de sus invasiones. No 
obstante, hasta muy entrado el siglo xvii tuvieron que luchar 
con ellos sus generales. Zamoyski el Grande los batió varias 
veces, y en 1605 el ilustre Zolkiewski obtuvo en Korowaj una 
sangrienta victoria. Finalmente, en el reinado de Juan II Ca- 
simiro, los polacos luchan por última vez con los tártaros uni- 
dos á los cosacos, y los derrotan en la batalla de Beresteczko 
después de tres días de combate (1651). 

(t) Antes de la Era cristiana, t&riaroa y mogoien eran pueblos distintintos y hátet- 
sarios. Más tarde, aunque predominando el uno 6 el otro elemento, vinieron á unirse, y 
hoy, con la denominación de tártaros, se comprende á ambos 

(2) Parece cierto que Gengis-Khan llevó á la Mogolia un nuevo alfabeto formado 
del sanskrito y del siriaco, y que sus sucesores en Persiá hicieron redactar las Tablaa !l- 
kánicw; pero no nos parece esto motivo bastante para eximir del dictado de barbarie,, 
que tan sobradamente conquistaron, á las hordas de Gengia-Khan y Timourlan. 



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MISIÓN DE LA POLONIA 881 

Lo8 historiadores rusos reclaman para su pais toda la glo- 
ria de la destrucción del poderlo de los tártaros. Nadie puede 
negar que la Rusia, con perseverancia admirable, ha logrado 
ese fin, que era a la par condición de su existencia. Pero las 
sangrientas guerras que hasta el siglo xvii tuvo que sostener 
la Polonia contra los tártaros, prueban con harta elocuencia 
cuánta parte ha cabido á los polacos en esa grande obra. 

Por otra parte, la necesidad en que se vieron los rusos de 
contemporizar con los tártaros y la residencia de sus príncipes 
al lado de los soberanos mogoles, fueron de funestas consecuen- 
cias para el porvenir de la Rusia, Las costumbres de este pue- 
blo se resintieron y tomaron el tinte duro y sombrío que carao- 
teriza á la raza tártara. El suplicio degradante del Knout, des- 
conocido en Rusia antes del siglo xv, se debe á esta influencia 
extraña. Los sentimientos de temor y de odio, naturales en un 
régimen opresor y despótico, deprimieron las almas; y bien 
pudiera ser que, como dice el historiador del imperio ruso Ka- 
ramzin, el carácter actual de esta nación conservara algunos 
de los vicios con que lo manchó la barbarie mogólica. 

Los polacos sólo trataron con los tártaros por medio de las 
armas. Entre este pueblo sanguinario y feroz, y el pueblo culto 
y cristiano de Polonia, no podía haber otra relación. 

Pero la misión que nadie disputa á Polonia, es la de la de- 
fensa de la Cristiandad contra los progresos del Islamismo. 
Aunque en época ya moderna y en distintas condiciones, su 
obra fué muy semejante á la de nuestra patria en los siglos 
medios. 

El ímpetu invasor con que los mahometanos se arrojaron 
^obre el Occidente de Europa se había ya extinguido, y el ar- 
dor de su proselitismo apagado; los Estados que aún conserva- 
ban en nuestra patria, vivían casi tan sólo de recuerdos y de 
la d¡f?cordia cristiana, cuando los turcos otomanos, vencedores 
por todas partes en el Asia Menor, amenazaron el imperio cris- 
tiano de Bizancio y la Europa toda. 

Los turcos, como hace notar un historiador, no esparcían un 



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882 REVISTA DE ESPAÑA 

terror tan grande como los tártaros, pero no eran menos peli- 
grosos. Una vez posesionados de un territorio, era muy difícil 
desalojarlos; por lo que un cronista polaco los compara con el 
mar, que absorbe las aguas de los ríos y nunca las devuelve. 
Las invasiones tártaras, por el contrario, semejan á esos terri- 
bles desbordamientos que asuelan comarcas enteras, y cuyos 
efectos son funestos, pero al fin y al cabo pasajeros. 

No hemos de entrar á referir la historia de las numerosas 
guerras y de las varias alternativas de la lucha entre Turquía 
y Polonia, pero señalaremos sus rasgos más culminantes. 

En ella se pusieron en juego todas las energías de este no- 
ble pueblo, y en ella ha adquirido sus mus preciados laureles. 

Antes de entrar en este brillante período de su historia, 
hay que notar dos grandes hechos: la conversión de la Pome- 
ranía y la conversión de la tituania. 

La primera fué debida a las constantes instigaciones del rey 
de Polonia Boleslao, y al ardor evangélico del santo obispo de 
Bamberg, quien después de muchos años de constante predi- 
cación consiguió convertir al Cristianismo la Pomerama, que 
en gran parte entro á constituir la nacionalidad polaca. 

La conversión al Cristianismo de la Lituania y su unión con 
Polonia, constituyen un acontecimiento de trascendental im- 
portancia en la historia de este pueblo y en la de las naciones 
del Norte de Europa. Con la elevación de los duques de Litua- 
nia al trono de Polonia, comienza para este reino una era de 
grandeza y poderío. 

Los lituanios eran un pueblo esencialmente guerrero. Eq 
lucha constante con los pueblos que les rodeaban, devastan el 
territorio délas grandes ciudades comerciales de Kiew, Novo- 
gorod y Smolenk, y llevan la desolación á las más ricas co- 
marcas de la Polonia. Hacia el Oriente guerrean con los tárta- 
ros, atraviesan las inmensas estepas que separan el mar Negro 
del Báltico, saquean la Crimea y hacen tributario al poderoso 
Khan de este país. 

Los duques de Lituania regían un Estado poderoso que 
comprendía, además de la Lituania, vastos territorios en Ru- 



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MISIÓN DE LA POLONIA 883 

«ia y una gran parte de Polonia, cuando, por la muerte de 
Luis de Hungría, fué proclamada Reina de Polonia Heduvi- 
gis» doncella de catorce años, dotada de peregrina hermosura 
y de una piedad inagotable. £1 matrimonio de Heduvigis con 
Jagellon, duque de Lituania, que los historiadores polacos re- 
fieren con interesantes pormenores, fué el lazo de unión entre 
lituanios y polacos. Esta unión fué tan completa, que aun hoy 
subsiste la comunidad de sentimientos y de intereses entre 
estos dos pueblos, antes rivales y fundidos después en admira- 
ble unidad. 

El duque de Lituania, cumpliendo la promesa hecha á la. 
nobleza polaca, como Clodoveo en Francia y Mieczyslao I en 
Polonia, abrazó la religión de su esposa, y, como los francos y 
los polacos, los lituanios abjuraron del paganismo. 

Es este, como hemos dicho, un acontecimiento de gran 
trascendencia en la historia del Norte de Europa. Si la raza 
lituania hubiera caído bajo 'la dependencia de los duques do 
Moscovia, el despotismo moscovita y la Iglesia' cismática hu- 
bieran preponderado en aquellos países; pero, por el matrimo- 
nio de Heduvigis y Jagellon, la civilización polaca y el Cato- 
licismo invadieron toda la región que separa el Vístula del 
Borístenes ó Dniéper. 

Con Jagellon comienza la Polonia á influir de una manera 
decisiva en los Estados inmediatos. La casa imperial de Luxem- 
burgo, temerosa del engrandecimiento de los polacos, procura 
sembrar la división entre ellos, y la Orden Teutónica, que per- 
día su razÓQ de ser por ia conversión de la Lituania, intenta 
destruir la obra realizada. 

La batalla de Tannenberg, en. que perecieron 50.000 ale- 
manes, decidió la contienda entre la Orden y la Polonia. El 
gran maestre^ el gran mariscal, todos los comendadores y una 
multitud de caballeros quedaron sobre el campo. 

El prestigio que estos sucesos dieron á Polonia fué grande. 
Los Estados vecinos envidiaban su buen gobierno. Bohemia 
por un lado y Hungría por otro, pidieron ser gobernados pol- 
los príncipes lituanios. Muerto ya el primero de los Jagello- 



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884 REVISTA DE ESPAÑA 

nes, el joven Ladislao, coronado rey de Polonia, acepta la de 
Hungría, pero declarando solemnemente que sólo lo bacía para 
defender á la Cristiandad contra los turcos. 

Por aquel entonces éstos no cejaban en su empresa de for- 
mar un gran imperio en Europa. Ya Bayaceto había impuesto 
un tributo á los emperadores griegos, y Amurat II, en 1422, 
sitiado con 200.000 turcos su ctjpital, Constantinopla. Después 
de derribar el reino de los búlgaros y de conquistar, tras la 
batalla de Kosowo, el reino de Servia, amenazaban la Hungría, 
la Bohemia y hasta la misma Polonia. En vista del peligro, 
Ladislao avanzó contra ellos al frente de un fuerte ejército, y 
obtuvo una gran victoria sobre aquel pueblo á quien se consi.- 
deraba invencible. 

El sultán pidió la paz, evacuó la Servia, restituyó las for- 
talezas y los prisioneros de guerra y .firmó el tratado Szegedin. 
Una sublevación había estallado en Asia; en el Occidente el 
Papa había conseguido celebrar un tratado con varios prínci- 
pes, y acababa de expedir una ilota que penetraba ya en el mar 
Negro. He aquí por qué los turcos habían hecho con tanta fa- 
cilidad la paz. Ambas partes la juraron: el sultán sobre el Ko^ 
rán, y Ladislao sobre el Evangelio, á pesar del deseo de Amu- 
rat de que lo hiciera sobre la Eucaristía. El legado del Papa, 
cardonal Julio Cesarini, no votó la paz y persuadió á los cris- 
tianos de que no les obligaba porque se había otorgado sin la 
anuencia de todos los aliados contra los turcos. El rey Ladislao 
estaba pesaroso, lo mismo que húngaros y servios, de haber 
aceptado la paz; y, absueltos por Cesarini, atravesaron el Da- 
nubio y marcharon sobre Varna. Allí encontraron á Amurat II 
recorriendo las filas de sus genízaros con el tratado infringido 
clavado en el hierro de su lanza y excitando á combatir á los 
perjuros. 

La batalla estuvo por largo tiempo indecisa; pero la muerte 
del rey polaco consternó á los cristianos y decidió la victoria 
en favor de los turcos (1444). 

Cuenta una cronista de la época que, cuando los genízaros 
despojaron los cadáveres enemigos, al hallar el de Ladislao 



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MISIÓN DE LA POLONIA 885 

quedaron sorprendidos por la riqueza de su armadura. Enton- 
ces uno de ellos le cortó la cabeca j fué á ponerla á los pies 
del Sultán, diciéndole: «Muy alto señor, he aquí la cabeza 
de alguno que fué poderoso entre tus enemigos.» El sultán 
hizo llamar á los prisioneros cristianos y les mandó examinar 
aquella cabeza. Entre ellos había algunos señores de la comi- 
tiya de Ladislao, quienes, al verla, empezaron á sollozar ex- 
clamando: «Es la cabeza del rey, nuestro señor.» — «El Empe- 
rador musulmán— dice el cronista — en su primer movimiento 
de alegría, hizo decapitar á todos los cristianos.» 

El destino del imperio de Oriente se decidió en esta batalla. 
Cuéntase que el emperador griego, al saber la muerte del rey 
de Polonia, dijo á sus consejeros que veía ya á los turcos en 
Constantinopla. 

Y, en efecto, nueve años después, Mahometo II entraba en 
la capital del imperio bizantino. 

No desmayaron por eso los polacos, y durante mucho tiem- 
po mantuvieron á raya á los otomanos. Las demás cortes 
europeas conservaban como una fórmula estéril la frase de pen- 
sad en la defertsa de la Crisliandady con que encabezaban sus 
documentos diplomáticos; pero sólo Polonia la cumplía fiel- 
mente y arbitraba medios para combatir á los turcos. El rey 
Juan Alberto consagró su vida entera á este fin. Segismun- 
do III concibió un plan gigantesco para arrojar á los turcos de 
Europa. Contaba ya con el auxilio de España, Francia y Aus- 
tria, y el Papa coadyuvaba con entusiasmo á la realización de 
este proyecto, cuando el asesinato del rey de Francia, Enri- 
que IV, vino á echarlo todo por tierra. En este reinado, Za- 
moyski, á quien tantas veces hemos citado y á quien no sin 
razón apellidaron el Grande sus contemporáneos, rechazó va- 
rias veces á los turcos. Sostuvo, asimismo, largas guerras con- 
tra ellos Ladislao IV. 

Zolkiewski, quizá el primer genio militar de la Polonia (1), 

(1) Zolkiewski triunfó de los austríacos, de los suecos, de los rusos, de los valacos y 
de los tártaros. Al frente de un ejército, en el año de 1609, entró en Moscou y acampó 
en el Kremlin. VArsovia vio entonces entrar prisionero en su recinto ai Czar Basilio. 
TOMO cv 25 



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886 REVISTA DE ESPAÑA 

venció siempre á los turcos; en su primera derrota encontrá 
una muerte gloriosa sobre el campo de batalla. Su triste fin 
causó gran consternación en Polonia. Sobre su tumba se gra- 
baron las siguientes palabras: Fxoriare aliquis nostris ex ossilm 
nitor. — ¡Que brote de nuestras cenizas un vengador! 

Chodkiewiez, émulo del anterior, aniquiló, al frente de 
35.000 hombres de tropas regulares y otros tantos cosacos, un 
ejército de más de 300.000 turcos. El efecto moral que entre 
éstos causó la derrota fué tal, que, á pesar de la muerte que 
la ancianidad y las fatigas produjeron al Gran Capitán el 24 de 
Setiembre de 1621, dos semanas después, el 8 de Octubre, los 
turcos firmaron la paz (1). 

Pero el nombre que simboliza la lucha legendaria del pue- 
blo polaco, es el de Juan Sobieski. Llevaba ya la gloria en su 
sangre: su madre era nieta del ilustre Zolkiewski. Su vida en- 
tera fué una serie de victoriosas luchas contra los turcos. Bajo 
el reinado, nada venturoso, de Miguel Wisnowiecki, se cubrió 
de gloria derrotando á los turcos en Kalnsz y en Dubaez. La 
víspera de la muerte de Miguel destruyó el ejército turco en 
Choczin (11 de Noviembre de 1673). La gloria de que estaba 
rodeado su nombre decidió la elección de monarca en su favor. 
No fué tan feliz en la gobernación del Estado como en la di- 
rección de los ejércitos (2). Las divisiones de la nobleza, que 
él mismo había fomentado en el reinado de Miguel, le obliga- 
ron á celebrar con los turcos el tratado de paz de Zorawuo; 
pero pronto debía reanudar la serie de sus triunfos. 

En 1682, 300.000 turcos á las órdenes de Kara-Mustaphá 
penetran en el imperio austríaco, y secundados por los húnga- 
ros, á quienes habían exasperado las crueldades del empera- 
dor Leopoldo, ponen sitio á la misma capital del imperio. El 
peligro para la Cristiandad era inminente. Polonia era la única 
esperanza de salvación para el Austria, y todas las miradas se 
convertían hacia ella. No obstante, Luis XIV envió emisarios 



(!) Véase la vida de Chodkiewiez por Naruszeviez. 

(2) Los historiadores polacos convienen todos en esta apreciación. 



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MISIÓN DE LA POLONIA 887 

á Sobieski rogándole no auxiliara á Leopoldo, enemigo de la 
Francia y vecino peligroso de Polonia. Pero instado por el pon- 
tífice Inocencio XI, y recordando que sus antepasados habían 
combatido siempre á los infieles hasta sacrificar sus vidas, So- 
bieski se decidió á socorrer al Austria. 

El 12 de Setiembre de 1683, el rey de Polonia, al frente de 
un ejército compuesto de toda la nobleza polaca, atacó á los 
turcos. El choque fué sangriento; pero al fin los turcos fueron 
completamente derrotados, abandonando en poder de los ven- 
cedores el campamento del gran visir. Viena, después de se- 
senta días de asedio, se veía libre de sus enemigos. 

¿Cómo recompensó el Austria á sus libertadores? Apenas si 
el emperador quiso ver al héroe polaco. El duque de Lorena 
deseaba que S. M. imperial fuese á recibir á S. M. polaca, lo 
abrazara y le diera las gracias; pero el emperador se excusó, 
diciendo que no había ejemplos en el ceremonial de que nin- 
gún rey electivo hubiese estado con el emperador. 

Sobieski, en las cartas á su esposa, publicadas por Estanis- 
lao Plater en París, da detalles sobre la conducta de los aus- 
tríacos que encienden la indignación: — «No se nos provee — 
dice — de víveres ni de forrajes. Nuestros enfermos están tendi- 
dos sobre el estiércol... se niegan á enterrar nuestros muer- 
tos... se saquean nuestros bagajes. No nos queda otro recurso 
que llorar al ver perecer á nuestros soldados, no á los golpes 
del enemigo, sino por culpa de aquellos mismos que nos lo de- 
ben todo.» 

Sobieski quiso aprovechar su victoria, y penetró en Hun- 
gría persiguiendo á los turcos. Pero, abandonado por los aus- 
tríacos y sin víveres ni municiones, se vio obligado á regresar 
á Polonia. 

Durante cien años, según L. Mickiewiez, los habitantes de 
Viena celebraron el aniversario de su liberación; Pero José II, 
uno de los monarcas que se repartieron la Polonia, suprimió 
en 1783 esta solemnidad. 

La ingratitud del emperador Leopoldo era un preludio de 
la inmensa ingratitud de la Europa para con la nación que ha 



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888 REVISTA DE ESPAÑA 

sido el más fuerte baluarte de la Cristiandad, y sin cuyo es- 
fuerzo hubiera tal vez sido muy distinta su suerte. La sangre 
polaca, vertida en tantos campos de batalla en defensa del 
mundo cristiano, no ha sido parte á evitar que ese noble pue- 
blo fuera cobardemente desgarrado y los ' hijos de sus héroes 
sometidos á un martirio sin ejemplo. 



Eduardo Saai y Esearlia. 

(Continuará), 



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E mu mu i ESPiM 

Y SUS ENSEÑANZAS PARA LA HISTORIA 



I 



En las distintas veces que el azote asiático ha invadido á 
Europa, jamás ha causado tanta alarma entre las naciones ma- 
rítimas con costas en el Mediterráneo; jamás ha preocupado 
tanto á los respectivos gobiernos como cuando el año pasado 
se declaró oficialmente su existencia en Tolón y Marsella. En- 
tonces, tanto el gobierno de Italia como el de España, profun- 
damente impresionados por el pánico que la noticia produjo en? 
estos pueblos, recurrieron, más por el ciego instinto de conser- 
vación y para satisfacer los deseos de las localidades fuer- 
temente castigadas en la epidemia de 1865, que por razones 
científicas ó basadas en hechos indiscutibles, al sistema de 
acordonamientos y lazaretos. Únicamente el gobierno francés 
conservó la serenidad necesaria antes de tomar cualquier de- 
cisión. 

Previa consulta al Consejo de Higiene pública y á la Aca- 
demia de Medicina, nombró aquél una Comisión facultativa en- 
cargada de estudiar el origen de la importación del germen co- 
lérico en dos de sus puertos más importantes y de dictar las- 



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390 REVISTA DE ESPAÑA 

medidas oportunas encaminadas á oponer barreras al desarrollo 
de la epidemia. 

Respecto al primer punto, los esfuerzos hechos por la Co- 
misión fueron estériles, no pudiendo indicar con certeza la 
puerta por la cual entró el agente colerígeno en Tolón. Todo 
cuanto se sabe es que los dos primeros casos se presentaron, 
el 14 de Junio, á bordo del Montebello, buque que no había na- 
vegado líacia muchos anos. Se sospecha, con bastante funda- 
mento, que el ¡Sarthe^ que estaba en Saigón, capital de la Co- 
chinchina, el 1.° de Abril, cuando su maquinista fué ata- 
cado del colera., muriendo en el hospital, fuese la causa de la 
importación; al día siguiente fué invadido otro hombre de su 
equipaje, é inmediatamente ^e envió al cabo de Saint-Jaques, 
en donde sacaron todos los efectos que contenía, lo limpiaron, 
rasparon sus costados, lo desinfectaron y lo pintaron de nuevo, 
cambiando, además, su tripulación. Estas operaciones termi- 
naron el 18 de Abril, y el barco emprendió el camino para 
Francia, llegando el :-i de Junio á Tolón. Durante su travesía, 
que duró cuarenta y cinco días, no tuvo ningún caso sospe- 
choso á bordo; pero, sin embargo, se le impijsieron tres días 
<ie observación antes del desembarque. 

Desde el 7 de Junio hasta el 14, fecha en que se presentó el 
primer caso, no sólo no hubo comunicación alguna entre los 
hombres del Saríhe y los del Moniebello, sino que no hubo tam- 
poco ningún marinero enfermo del primero. 

A pesar de la incertidumbre sobre el origen de la importa- 
ción, está fuera de toda duda que los primeros casos se presen- 
taron entre los trabajadores del arsenal de Tolón, y es más .que 
probable que fuese traído de la Cochinchina, en donde rei- 
naba el cólera en la tropa, si no por los marineros, por los 
efectos procedentes de- coléricos, con tanta más razón, cuanto 
que fué constante la comunicación entre la Cochinchina y el 
puerto de Tolón durante la guerra en el Tonkín. 

En cuanto al segundo punto, ó sean las medidas profilácti- 
cas contra el cólera, la Comisión, discutiendo el valor de cada 
una de las propuestas para preservar los territorios no invadí- 



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EL CÓLERA ACTUAL 891 

dos, se hizo cargo de los cordones y lazaretos y los condenó, en 
vista de que el moderno estado social de Europa hace imperiosas 
las comunicaciones nacionales é internacionales. 

Estos han sido eficaces solamente en islas, como sucedió en 
las de Creta y Sicilia en 1865, ó en países como el Oriente, en 
donde las relaciones comerciales y carreteras son escasas y las 
poblaciones están muy distantes entre si, bastando pocos hom- 
bres para guardar un desfiladero. La historia prueba, además, 
que los cordones sanitarios aplicados en Prusia, Austria y Ru- 
sia en los años 31 y 32 contra el primer cólera, han dado resulta- 
dos desastrosos. En Prusia, donde más que en ninguna parte se 
puede creer en la escrupulosidad de la vigilancia y en el cum- 
plimiento de la ley, se ha visto que poco á poco los cordones 
tuvieron que retroceder ensanchando cada vez más su círculo, 
hasta comprender provincias enteras, habiendo, en fin, demos- 
trado la experiencia que llegaron á constituir focos de infección 
primero, y de diseminación, después, al disolverse. 

Ni Italia ni España han querido aprovechar estas tristes en- 
señanzas, y, partiendo del principio de que el aislamiento es la 
mejor medida profiláctica en todas las enfermedades infeccio- 
sas, trataron de realizar su ideal adoptando el sistema de acor- 
donamientos y lazaretos en las fronteras. 

Veamos ahora los resultados que han tocado. 



II 



A consecuencia de la rápida extensión alcanzada por la epi- 
demia en Tolón y Marsella — á donde fué llevada por un alumno 
de un liceo — la autoridad, con el objeto de evitar la aglomera- 
ción de gente y el hacinamiento en los arsenales y talleres, 
despidió un gran número de trabajadores, especialmente ex- 
tranjeros, entre los cuales figuraban muchos italianos. Estos 
fueron quienes al regresar á su país y para escapar á la vigi- 
lancia de los cordones, penetraron furtivamente por caminos 
«ólo accesibles á peatones, estenuados por la fatiga y el ham- 



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892 REVISTA DE ESPAÑA 

bre, y llevaron consigo el germen colérico á Italia, propagán- 
dose pronto, á pesar de las medidas más rigurosas á poblacio- 
nes pequeñas y grandes, situadas á orillas de ríos y en las 
costas del Mediterráneo, como Riomaggiore, Spezia, Genova y 
Ñapóles, y dejando en cambio libres otras ciudades y centros 
de población próximos, como Turín, Milán y Roma. 

Más desgraciada aún que Italia ha sido España con su sis- 
tema de acordonamientos; pues en aquel país se disiparon 
pronto las esperanzas halagüeñas de librarse de la epidemia y 
comprendieron á tiempo la inutilidad de semejantes medidas, 
mientras que en éste, no habiéndose presentado por suerte nin- 
gún caso en los lazaretos ni en los puntos fronterizos, creyó el 
gobierno en la excelencia de su sistema preventivo, y con ob- 
jeto de hacerlo todavía más eficaz concentró todas las fuerzas 
disponibles para guardar fronteras tan extensas como son las 
de los Pirineos. 

En efecto, no penetró el germen colérico por la vía te- 
rrestre, pero si por la costa, por vías clandestinas; pues á prin- 
cipios de Setiembre fué importado en Alicante por un barco 
procedente de Oran, en el cual venia una familia infectada. 
Aunque allí no se propagó epidémicamente, probablemente 
por no haber encontrado terreno favorable á su desarrollo du- 
rante la estación seca, en cambio la semilla fué llevada á otros 
pueblos vecinos de la capital, como Novelda, Elche, Monovar, 
y Monforte, todos situados sobre suelo pantanoso, como ve- 
remos más adelante, sumamente propicio al cultivo de los gér- 
menes colerígenos. 

En vista de esta desagradable sorpresa y para permanecer 
fiel al plan preconcebido, el gobierno ordenó inmediatamente 
el acordonamiento de aquellas localidades; pero mientras tanto 
que pudo encontrar las fuerzas necesarias para circunvalar este 
gran número de pueblos, muchos miedosos se marcharon pre- 
cipitadamente, refugiándose en otros puntos de España, parti- 
cularmente Madrid, libres de la epidemia, donde hubieran po- 
dido haberla llevado, á pesar de los acordonamientos que se 
efectuaron después de su salida. 



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EL CÓLERA ACTUAL 898 

La epidemia quedó, afortunadamente, limitada á aquellos 
pueblos, haciendo grandes estragos y sosteniéndose hasta la 
entrada del invierno, que ha sido muy rigoroso este año; pero 
sus gérmenes, lejos de ser extinguidos, quedaron latentes du- 
rante esta estación, volviendo á su actividad con los primeros 
calores de la primavera. 

Estos hechos contienen dos enseñanzas; en primer lugar^ 
prueban la inutilidad de los cordones y lazaretos; y en segun- 
do, que esta epidemia se ceba con preferencia y extremado ri- 
gor en las localidades de malas condiciones higiénicas, situa- 
das próximas al mar, sobre ríos ó en lugares pantanosos, de- 
jando libres otros centros de población en el interior, aunque 
no reúnan mejores condiciones sanitarias. 

Es innegable que los dos países, Italia y España, que cre- 
yeron ponerse al abrigo del azote colérico por medio de acor- 
doaamientos y lazaretos, fueron los únicos invadidos, mientras 
que los otros también limítrofes de Francia, como Bélgica,. 
Suiza y Alemania, quedaron libres. No hay que atribuir esto ¿ 
circunstancias climatológicas, porque la experiencia ha de- 
mostrado, por desgracia, cumplidamente que durante el ve- 
rano y otoño todos los países, meridionales y septentrionales, 
soa iguales ante el cólera, y si no se puede negar que el ais- 
lamiento es un medio profiláctico contra cualquiera de las en- 
fermedades infecciosas, es verdad también que este ideal sólo 
es realizable con una casa, con un barrio de una ciudad, con 
un pueblo pequeño, hasta con una isla, pero nunca tratándose 
de una frontera, y menos todavía de una tan extensa coma 
la franco-española. 

Fácil es demostrarlo. Supongamos que es una sola casa la 
invadida y que está habitada por un número considerable de 
vecinos; según el sistema del aislamiento, es preciso sacar de 
allí todas las personas sanas; pues no obrando así, sino de- 
jando incomunicados á todos los vecinos dentro del edificio, se 
encerraría al lobo con el rebaño y se crearía un foco mayor de 
infección. En rigor sería necesario también aislar fuera de la 
localidad á todos aquellos individuos y someterlos á vigilancia 



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894 REVISTA DE ESPAÑA 

durante algunos días. Sea ahora el caso de varias invasiones 
en distintas casas de la misma población; ya el aislamiento 
completo se hace más difícil, porque, conforme al mismo siste- 
ma, habría que aislar á los asistentes, al médico y al sacerdote 
que hubiese auxiliado al enfermo, y así las dificultades crece- 
rían en razón directa al número de habitantes de una localidad. 
Si se quiere proceder al aislamiento de un gran centro de po- 
blación, los obstáculos se hacen insuperables en el estado ac- 
tual de nuestra sociedad; pues dado los numerosos puntos de 
contacto que tiene el comercio y la industria con otras ciuda- 
des nacionales y extranjeras y la imperiosa necesidad de pro- 
veerse de todas las materias indispensables para la vida indi- 
vidual y colectiva, se levanta forzosamente el aliciente, unas 
veces por el instinto de conservación de la familia, otras por el 
deseo de lucro, para la exportación de efectos contaminados y 
las relaciones de unos pueblos con otros, ya burlando para ello 
la vigilancia de los empleados, ya con el consentimiento de 
los mismos. 

Esto, que es difícil con respecto á una población grande, 
conviértese en una utopia tratándose de una frontera que ne- 
cesita, para ser guardada, no solamente un personal crecido, 
honrado y capaz, sino un gran número de lazaretos, construí- 
dos en lugares sanos, bien provistos y dirigidos por un cuerpo 
de médicos higienistas idóneos y dedicados única y exclusi- 
vamente al fin sanitario, por no deber estar en contacto con 
las gentes de las localidades. Pero tal sistema, puesto en prác- 
tica con todas sus consecuencias, seria sumamente costoso, y 
á la larga ruinoso aun para la nación más rica, por matar el 
comercio y las transacciones lícitas y estimular las ilícitas, re- 
sultando al fin contraproducente, pues el numeroso personal 
necesario para la vigilancia de una frontera larga debilitaría 
la de las costas, que son aún más extensas, y, por lo tanto, más 
expuestas al contrabando, que se haría en mayor escala y con 
menor riesgo que en tiempos normales, abriendo así ancha 
puerta á las personas y objetos infestados. Esto ocurrió en Es- 
paña, donde no fué en los puntos fronterizos en los que se pre- 



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EL CÓLERA ACTUAL 895 

sentaron los primeros casos, sino en los pueblos de la zooa ma- 
rítima de la provincia de Alicante. 

Queda, pues, probado clara é indiscutiblemente que, si en 
vez de desplegar tanta energía en el establecimiento de cor- 
dones y lazaretos el año pasado, y de gastar sumas considera- 
bles sin ninguna utilidad, además de perjudicar al Erario ha- 
ciendo disminuir las transacciones mercantiles, se hubieran 
invertido aquellos recursos en una vigilancia muy rigurosa 
de las costas, el cólera no habría sido importado en Es- 
paña. 

Tocante al segundo extremo, ha llamado la- atención, no 
sólo de los epidemiólogos, sino de todo pensador que conoce la 
historia de las epidemias anteriores y su carácter ubicuitario, 
que no hizo nunca distinción entre los puntos de la costa y del 
interior, cebándose en todos los centros de población con igual 
crueldad, el hecho de que en esta invasión haya estado hacien- 
do estragos en Tolón, Marsella y Cette durante tres jiieses, 
bajo los calores tropicales del Mediodía de Francia, y no llega- 
se á invadir ciudades populosas próximas, como Toulouse y 
Montpellier, y de igual modo que invadiera á Ñapóles y Geno- 
va y- dejase libres á Roma y Milán. Comunicándose Marsella 
])or once trenes diarios con la capital de Francia, que servía 
de refugio á millares de individuos procedentes de los puntos 
infectados, no fué trasportada allí la semilla colérica; porque 
si bien se importó á fines de Octubre, no fué por la vía terres- 
tre, sino por la fluvial, habiendo sido llevada de Iport á Saint- 
Owen por un barco que subió el Sena, desde donde se exten- 
dió á París, causando muy pocas víctimas, ya por la eficacia 
de las medidas sanitarias adoptadas por el gobierno, ya por lo 
avanzado de la estación, sin qtie dejara gérmenes latentes á 
su paso; pues hasta hoy, que estamos en Agosto, ningún caso 
sospechoso de cólera se ha contado. 

Lo que ocurre en España es tanto más de notar, cuanto que 
el cólera, no sólo está haciendo grandes estragos en las zonas 
marítimas de Alicante y Valencia, sino que ha sido importa- 
do, extendiéndose con rapidez á otros puntos del interior que 



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896 REVISTA DE ESPAÑA 

se distinguen por sus condiciones especiales de paludismo^ 
como Aranjuez, Murcia, Don Benito, etc. 

Estos hechos, que á primera vista parecen tan contradicto- 
rios, relacionados con el origen y causas patogénicas del cóle- 
ra y las condiciones especiales necesarias para que sea tras- 
misible á distancia, encuentran fácil explicación. 

Con este objeto, tenemos que entrar en algunos detalles de 
interés acerca del carácter endémico del cólera en la India y 
de las circunstancias que le han acompañado en las distintas 
invasiones que ha hecho en Europa. 



III 



Con este propósito se nos imponen las siguientes preguntas: 
¿Cuáles son las causas patogénicas que dan lugar al cólera en 
ciertas regiones de la India? ¿Qué condiciones son precisas para 
que revista allí caracteres epidémicos? ¿Cómo siendo el cólera 
endémico en algunas comarcas de la India y reinando muchas 
veces epidémicamente en otras, Bombay y Calcuta, no ha en- 
trado en Europa jamás desde su cuna por medio de los barcos 
ingleses que desde la apertura del Istmo de Suez se hallan en 
comunicación directa semanalmente con Egipto y nuestro Con- 
tinente, haciendo escala en Alejandría, Malta y Gibraltar? 

Hay algunos que atribuyen el origen del cólera á los alu- 
viones del Ganges y del Brahamaputra, que se hacen pernicio- 
sos bajo un sol ardiente porque contienen una cantidad in- 
mensa de sustancias orgánicas en fermentación permanente 
que engendra una clase de microorganismos de caracteres hos- 
tiles al principio vital del hombre. Pero parece extraño que 
habiendo tantos ríos en iguales condiciones que el Ganges no 
ocasionen enfermedades de esta índole. 

Otra hipótesis atribuye la endemicidad del cólera en aquella 
región á la costun^re tradicional de arrojar al rio sagrado mu- 
chos cadáveres medio quemados. Mas no hay que olvidar que 
esta costumbre existe desde tiempos remotos , y que el có- 



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EL CÓLERA ACTUAL 897 

lera es una enfermedad nueva, conocida sólo á fines del siglo 
pasado. 

Otros creen explicar la causa determinante del cólera con 
la ruina de los grandes trabajos hidráulicos efectuados en 
aquel país, por medio de los cuales las aguas tenían fácil sali- 
da, evitándose su estancamiento, condición muy favorable á la 
putrefacción de las sustancias orgánicas. Pero según las afir- 
maciones del Dr. Goodeve, representante inglés en la Confe- 
rencia de Constantinopla, en el Delta del Ganges y del Bra- 
hamaputra jamás hubo trabajos hidráulicos de esta clase, por- 
que hubieran sido imposibles de realizar, dado el inmenso te- 
rritorio que recorre el Ganges, la poca elevación del suelo y la 
época de las grandes crecidas, durante las cuales las aguas 
desbordadas recorren una superficie de más de cien millas de 
anchó con velocidad que se aumenta aún con la llegada de 
numerosos afluentes. 

En resumen, se puede decir que la endemicidad del cólera 
en la India es un hecho demostrado cuyas causas no se expli- 
can satisfactoriamente, lo mismo que la génesis de la fiebre 
amarilla en el delta del Mississipí. 

No obstante, todos los epidemiólogos están contestes en que 
ambas enfermedades exóticas son debidas á un agente palúdico 
específico, inherente á ciertos terrenos de la India y de Amé- 
rica, y particularmente de los deltas, y, por tanto, deben colo- 
carse en la clase de afecciones palúdicas; pues si el paludismo 
en el Continente europeo engendra calenturas, algunas veces 
de carácter álgido y pernicioso, en ciertas comarcas de Asia y 
América, bajo condiciones climatológicas distintas, produce 
afecciones sui generis, intoxicando el sistema nervioso ganglio- 
nar con tendencia á aniquilar las fuerzas primordiales del or- 
ganismo, distintivo esencial de la perniciosidad. 

. Pero surge una nueva cuestión: ¿Cómo, siendo considerado 
como una forma especial del paludismo, puede ser trasmisible 
á distancia fuera del terreno en que nace? 

No cabe duda, y la experiencia diaria lo demuestra, de que 
el cólera, en circunstancias normales, no pierde su carácter de 



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898 REVISTA DE ESPAÑA 

endemicidad, no es trasmisible á distancia y no es contagioso. 
Para que adquiera esta propiedad, son necesarias ciertas condi- 
ciones: ante todo, el calor; pues todas las epidemias de la India, 
tanto eu Bengala como en Madras, han sido en Julio y Agosto. 

Pero esta causa por sí sola no sería suficiente para producir 
tales efectos, puesto que no todos los años reina epidécamente 
el cólera en la India. Se necesita otra circunstancia, la esencial, 
que comunica al principio colerígeno el poder de contagiosi- 
dad, y es una gran aglomeración humana con condiciones de 
hacinamiento que le sirva de medio de cultivo, revistiéndole 
de caracteres distintos después de su desarrollo completo, como 
si hubiera pasado por una especie de metamorfosis. La historia 
i'egistra numerosos hechos que comprueban esta aseveración; 
el más antiguo y conocido es el de la epidemia de Hurdwar, 
ciudad predilecta de una gran peregrinación de los musulma- 
nes en la India, situada en el lugar en que el Ganges penetra 
en el Indostán y punto céntrico del Asia, donde concurren los 
peregrinos de todos, los países para hacer sus abluciones següu 
el rito musulmán. 

Estas fiestas se celebran en el mes de Abril, y después 
viene una feria á que concurren mercaderes de muchos países 
del Oriente: en el año 1783 se había reunido allí más de un mi- 
llón de personas, de las cuales perecieron en ocho días más de 
veinte mil del cólera. 

Otras dos ciudades de la India consideradas como lugares 
sagrados destinados á la peregrinación son Jugurnath, al Nor- 
deste del'golfo de Bengala, donde tienen lugar los sermones en 
los meses de Junio y Julio, y Congeveram, igualmente céle- 
bre, situada á 45 millas al Sur de Madras, á la cual concurren 
comunmente en el mes de Mayo más de veinte mil pere- 
grinos. 

Hay que añadir que éstos, para llegar á los lugares sagra- 
dos, tienen que recorrer centenares de leguas, casi siempre á 
pie, bajo un sol ardiente, exahustos la mayor parte de ellos por 
la fatiga y la miseria, mal alimentados y privados de buen 
agua potable, constituyendo asi esta masa de gente el hací- 



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EL CÓLERA ACTUAL 899 

namiento en su expresión máxima, que á su vez engendra el 
mefitismo por excelencia, que sirve de medio de cultivo á la se- 
milla colérica, la cual, después de desarrollada, adquiere su 
mayor potencia de contagiosidad de que carecía antes. 

Esta misma aglomeración humana al dispersarse, para re- 
gresar á sus casas, forma miles de agentes de propagación muy 
activos, llevando millones de gérmenes á cada uno de los pue- 
blos por que pasan. 

Igual cosa, pero en mayor escala, ocurre en el muy cele- 
brado peregrinaje de la Meca, á donde, según el Korin^ cada 
musulmán debe ir una vez por lo menos en su vida, para visi- 
tar el sepulcro de Mahoma. Esta ciudad, que en su estado nor- 
mal no encierra más que unas 70.000 almas, llega en tiempo 
de peregrinaje á contener de 150 á 200.000. 

Hay también que tener en cuenta que el viaje á la Meca se 
hace durante los tres meses del verano, bajo un sol abrasador, 
atravesando muchas millas del Desierto y expuesto á los efec- 
tos del simoun, siendo preciso llevar el agua en las odres de 
los camellos. A esto debe agregarse todavía las prácticas á que 
los peregrinos se entregan cuando llegan cerca de las poblacio- 
nes sagradas: el barbero les afeita la cabeza y les corta la barba 
y las uñas, y toman el hábito especial del peregrinaje, que con- 
siste en cubrirse todo el cuerpo con una tela de algodón, de- 
jando libre la cabeza, que no pueden defender de la intemperie 
á no ser con las manos entrecruzadas. 

Cuando tienen la suerte de llegar salvos á la Meca, se de- 
dican á las grandes devociones, empezando por hacer las siete 
circunvalaciones alrededor de la Caba, y después la ascensión 
al monte Arrafat, donde, según refiere el teniente inglés señor 
Burtun, testigo ocular de estas prácticas, algunas veces sucum- 
ben muchos de sed y de fatiga, creyéndose dichosos al morir 
en suelo sagrado. Pero no es esto todo: á la vuelta de la sagrada 
montaña se dirigen á un caserío venerado, situado entre el 
Arrafat y la Meca, donde en un momento dado, son sacrifica- 
dos muchos miles de animales, entre ellos camellos y bueyes, 
sepultándolos baja una ligera capa de arena. Hoy se han hecho 



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áOO REVISTA DE ESPAÑA 

algunas mejoras; por orden del gobierno turco se han construi- 
do mataderos y fosos destinados á recibir los restos de los ani- 
males muertos, que son luego desinfectados con una solución 
de sulfato de hierro. 

Pueden, pues, considerarse como hechos indiscutibles: 

1.° Que la verdadera cuna del cólera es la India, principal- 
mente en los terrenos ribereños del Ganges y las ciudades pró- 
ximas, terrenos que tienen condiciones palúdicas especiales que 
engendran el micrófito colerígeno. 

2.'' Que éste por sí mismo no está dotado del poder de tras- 
misibilidad á distancia fuera de la zona que le es propia, y 
para adquirir tal propiedad, necesita como medio de cultivo, 
una gran aglomeración humana, como los peregrinajes, que 
van siempre acompañados de hacinamiento, constituyendo el 
mefitismo por excelencia, que lo trasforma durante su desarro- 
llo, comunicándole propiedades vitales específicas con gran 
contagiosidad. En prueba de esto nos bastará citar el hecho de 
que durante la guerra de Crimea, el Austria, en el año 1855, 
para favorecer los intereses délos aliados, puso un /cuerpo de 
observación en la frontera de Rusia de 150.000 hombres, y 
existiendo en algunos puntos de ella focos coléricos, pronto la 
epidemia estalló en el ejército, causando 30.000 bajas, el 1 por 5 
del efectivo. 

S."" Que fuera del factor de la aglomeración humana como 
condición esencial del mefitismo, hay todavía otro, no menos 
importante para la trasmisibilidad del micrófito colerígeno, y 
es la naturaleza del terreno, que favorece en mayor ó menor 
grado su germinación; pues hay que tener presente que el suelo 
en el delta del Ganges, donde nace, es el verdadero tipo del 
pantano: un suelo esponjoso de aluviones, muy rico en restos 
orgánicos, dotado de gran afinidad para el agua y falto de 
pendientes, lo que amortigua el curso de las aguas. 

Como consecuencia lógica se puede afirmar que, á me- 
dida que los terrenos se asemejen más á éste, serán más aptos 
para la germinación y desarrollo de aquel micrófito. Esto su- 
cederá en todos los pueblos situados en la confiuencia de varios 



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EL CÓLERA ACTUAL 401 

tíos que forman pequeños deltas ó estuarios. En otras pala- 
bras, mientras más condiciones palúdicas tenga el terreno, 
mayor potencia de actividad adquirirá la semilla colérica. De 
•modo que los suelos arcillosos ó margosos, que se saturan 
pronto de agua y retienen enérgicamente este liquido, se pres- 
tan ioiejor que ningiln otro para su cultivo. Vienen después 
otros suelos, como los de arenas ó calizas en fragmentos ó en 
capas delgadas que reposan sobre un fondo de arcilla ó cual- 
quier otro estrato impermeable, siempre que contengan sus- 
tancias orgánicas en suspensión, ó mayor ó menor abundancia 
de sulfates y carbonates; pues las sales terrosas y alcalinas 
desempeñan un papel importante en la descomposición pútrida. 
4.** Que hay todavía otro factor de importancia que contri- 
buye á dar mayor nocuidad al suelo, y es la falta de declive, 
que facilita el aflujo de las aguas y su estancamiento, precipi- 
tando en él una capa de aluvión que tapa los poros, dándole 
la mayor semejanza al pantano. En cambio, terrenos poro- 
sos hasta gran profundidad y con diferentes declives, aunque 
no gocen de innmnidad, se alejarán más de las propiedades del 
pantano. 



IV 



¿Cómo reuniendo el suelo de Madrid estas últimas con- 
diciones, gran porosidad y declive, demuestra tener apti- 
tud para el desarrollo de los gérmenes de las tifoideas y el 
cólera? Esta aparente contradicción desaparece investigando 
de cerca las distintas causas que producen idénticos efectos. 

¿Cuál es la razón primitiva de la malignidad del pantano? 
La sustancia orgánica humedecida por el agua estancada y 
calentada por el calor solar, lo que facilita el desarrollo de las 
bacterias de la putrefacción. Cosa análoga podría suceder, 
aunque no en el mismo grado, en un terreno poroso; la sus- 
tancia orgánica, tanto animal como vegetal, penetra en el 
suelo por medio de la lluvia, que la arrastra hasta cierta pro- 
fundidad, á no ser que encuentre algún obstáculo en estratos 

TOMO cv 26 



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402 REVISTA DE ESPAÑA 

impermeables, en cuyo caso se queda adherida en las capas su- 
periores, que se saturan de ella con la continuación de la llu- 
via, adquiriendo condiciones de pantanos y caracteres de palu- 
dismo. En el caso contrario, siendo el terreno poroso hasta 
gran profundidad, las capas superficiales están relativamente 
más puras que las inferiores, y sólo cuando se remueve el sue- 
lo, como sucede con frecuencia con los desmontes en las gran- 
des capitales por las necesidades del ensanche y nuevas cons- 
trucciones, los estratos profundos, en los cuales se ha acumu- 
lado desde muchos siglos materias orgánicas, salen á la su- 
perficie, dando lugar á emanaciones mefíticas con el calor y la 
lluvia y presentando todos los fenómenos del paludismo, á que 
llama Collin/oco de Malaria siiipaniano^ ó Intoxicación telúrica. 

Estas clases de terrenos se diferencian de los pantanos en 
que, si son las lluvias fuertes y continuadas, los primeros días, 
con la evaporación y desecamiento del suelo, aumentarán los 
focos; pero durarán poco, por ser arrastrados los gérmenes 
á las capas profundas y sustraídos al aire y al calor solar, na 
adquiriendo nunca la malignidad de aquéllos. 

El terreno sano verdaderamente y que, según Pettenkofer, 
goza de completa inmunidad, es el granítico y todos los que 
se le parecen, como los de roca calcárea compacta, etc- Pero 
aun esta clase de terrenos ha demostrado la experiencia que 
no disfruta do inmunidad contra el cólera, pues hay muchos 
pueblos de la sierra del Guadarrama que fueron invadidos, si 
bien nunca hubo en ellos numerosas víctimas. 

No hay terreno, por granítico que sea, que no se destruya 
con el tiempo por los agentes meteorices y concluya por su- 
ministrar un depósito blando accesible al agua. Valery-Meu- 
nier ha hecho observar que en España, en la superficie de las 
rocas graníticas, se produce una capa terrosa debida á la des- 
composición de los esquistos alterados ó friables. Sin embargo, 
es necesario que llueva para que el agua alimente la vida or- 
gánica en este polvo mineral, y en general llueve más sobre 
las montañas que en la región baja. Aun admitiendo que la 
llu\'ia sea poco frecuente, hay siempre condensación de los va- 



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EL CÓLERA ACTUAL 408 

pores de la atmósfera por enfriamiento nocturno, fenómeno 
más acentuado en las alturas. 

Se puede decir, en conclusión, que el terreno mAs favorable 
para el cultivo del microbio colerigeno es el arcilloso ó aquel 
que reúne las condiciones del pantano, y el menos apto el gra- 
nítico ó impermeable, ocupando el término medio el arenisco 
calcáreo ó poroso, siempre que influyan sobre él la humedad y 
el calor. 

El cólera, es, pues, primeramente, una enfermedad del 
suelo invadido por unos seres orgánicos inferiores específicos 
que encuentran en él el medio de cultivo favorable, y una voz 
desarrollados, pasan á la atmósfera de nuestras habitaciones, é 
introduciéndose en el organismo humano, producen una in- 
toxicación del sistema nervioso ganglionar que se manifiesta 
por el cuadro de síntomas que le son propios, y, conforme á las 
propiedades geológicas de la localidad, adquiere más ó menos 
carácter epidémico y de mayor ó menor malignidad. 

De los estudios hechos del cólera en la India por los médi- 
cos ingleses, resulta que dos condiciones son contrarias al 
desarrollo del cólera: una sequedad permanente como la del 
desierto, y una humedad permanente como en el mismo delta 
del Gaages al fin de la estación de las lluvias. Así es que en 
las regiones altas de la India, donde predominan la sequedad 
' y el calor, el cólera coincide con la estación de las lluvias, 
mientras que en la baja Beugala y en Calcuta, cuyo clima se 
caracteriza por el calor húmedo, se presenta en la primavera. 
Siempre las localidades que tienen condiciones más favorables 
para el desarrollo del germen colérico son las que tienen un 
suelo de aluvión con una humedad media. El terreno propicio 
por excelencia es el pantanoso. 

Esta doctrina está coafirmada en todos sus detalles por los 
experimentos más modernos del Dr. Koch, quien encontró que 
el bacillus vírgula necesita para prosperar aire y agua; falt ín- 
dole el uno ó la otra, se destruye en poco tiempo. Si el agua na 
contiene sustancias orgánicas, como la destilada, muere aquél 
después de doce horas, mientras que vive en el agua potable 



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404 REVISTA DE ESPAÑA 

por un espacio hasta de siete días. En las aguas estancadas 
que contienen en depósito sustancias orgánicas, no sólo viven, 
sino que se reproducen con gran actividad. 



Aplicando ahora estas conclusiones, basadas en hechos po- 
sitivos y datos irrecusables, á las distintas invasiones del cólera 
que ha sufrido Europa desde el año 1831 hasta 1884, encontra- 
remos que esta última se distingue de las anteriores en las cir- 
cunstancias siguientes: tanto en el año de 1831 como en el 
de 1846, el agente colerigeno, antes de entrar en Europa, pe- 
netró primeramente por la vía terrestre en Porsia, país donde 
concurren numerosas causas antihigiénicas que coadyuvan y 
favorecen en alto grado su fecundidad y desarrollo. 

Es esta una nación hostil á toda idea de progreso, refractaria 
á todos los principios modernos; pueblo cuyo genio oriental le 
inclina más á la superstición y á sus tradiciones fantásticas 
que á la realidad y necesidades de la vida; se ocupa más de la 
vida futura que de la presente, que sacrifica de buena gana á 
su ilusorio cielo. Guiado por este fin se acostumbra allí á tener 
dos clases de sepulturas, unas temporarias y otras* perma- 
nentes; en las primeras, llamadas amonet, en los alrededores 
de la ciudad, los cadáveres son enterrados superficialmente, ' 
produciendo cuando entran en descomposición emanaciones pú- 
tridas, y después de poco tiempo son exhumados y llevados 
por sus parientes en peregrinaje, con objeto de darles sepul- 
tura definitiva cerca de las tumbas de los grandes Imanes, ve- 
nerados por los Sehiites en Kerbellah y Bagdad. Se comprende 
fácilmente el peligro que resulta de la exhumación y trasla- 
ción de los cadáveres envueltos en fieltros, que traspasa la ma- 
teria orgánica, en medio de los peregrinos. Cada vez que uno 
de éstos muere por el camino, se le agrega también á sus com- 
pañeros difuntos, y de este modo llega la caravana, mal ali- 
mentada, rodeada de espantosas condiciones morbígenas, á los 
lugares sagrados, á donde anuyen más de 60.000 personas. 



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EL CÓLERA ACTUAL 405 

El estado de pobreza del Tesoro persa y la iadoleacia del 
gobierno para adoptar medidas sanitarias adecuadas, son cau- 
sas poderosas para que el germen colérico, habiendo penetrado 
en el país, adquiera propiedades tóxicas y de contagiosidad en 
alto grado. 

Una vez desarrollado el cólera en aquel país el año 1830, 
siguió el litoral del mar Caspio hasta llegar á Astrakán, desde 
donde subió á las orillas del Volga, y entrando en Rusia, en- 
contró otro medio de cultivo en el ejército en campaña contra 
la Polonia, en cuya capital se propagó por los mismos prisio- 
neros hechos por los polacos en la batalla de Igani. 

Por camino análogo invade el cólera á Europa el año 1846, 
siguiendo los mismos caminos militares, desde las fronteras de 
Persia hasta las estepas del Volga, por un lado, y por otro 
desde Tiflis, á través de la región del Cáucaso, hasta llegar 
á Stavropol, extendiéndose luego á todo el continente por la 
vía fluvial y por los puertos del mar Negro. 

Queremos que conste que, tanto en una como en otra epide- 
mia, no vino el cólera directamente de la India, sino por el in- 
termedio de Persia, á donde fué importado por los barcos que 
hacen el tráfico entre Bombay y Bassorah y Mascat, país que 
tiene, como hemos dicho, condiciones especiales de mefitisma 
sumamente favorables para dar al germen colérico propiedades 
infecciosas y contagiosas. 

El cólera de 1865 ya no invadió la Europa por el camino 
terrestre; escogió la vía más corta, la marítima, y penetró por 
los puertos del mar Rojo y Egipto; pero tampoco vino directa- 
mente de la India, sino que tuvo su punto de partida en la Me- 
ca, en esta cloaca magna del mcfitismo humano, á donde fué 
llevado por los peregrinos de la India al regresar primeramente 
á Djeddah, punto de convergencia de todos los viajes de los 
peregrinos y después á Aden, Suez y otros de aquéllos. 

Distintas han sido las condiciones en que el cólera invadió 
últimamente la Europa en el año 1884. Aunque la Comisión 
nombrada por el gobierno francés no ha podido demostrar evi- 
dentemente cuál fuera la puerta de entrada, por más que consta 



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406 REVISTA DE ESPAÑA 

que el barco que tuvo caeos de cólera á bordo fué el jSarike, es 
más que probable que, habiéndose presentado los primeros en 
el arsenal y en el puerto de mar que estaba directamente en 
comunicación con la Cochinchina, donde el cólera se hallaba 
en estado epidémico entonces, fuese importado en un buque 
francés, si no por las personas, por efectos contumaces, pues 
hoy está probado que el cólera asiático es endémico en el vasto 
delta formado por la gran red de los miles de ramales del 
Cambodge y de la ría de Saigón, y también en la baja Co- 
chinchina, donde reina epidémicamente con el monzón del NE., 
desde el mes de Marzo hasta Mayo. No habiendo encontrado el 
agente colerígeno antes de su entrada en Europa un medio de 
cultivo en el mefitismo tal como lo constituyen las peregrina- 
ciones de Persia y de la Meca, conservó las propiedades que lo 
caracterizan en su país natal, es decir, tendencias á propagarse 
sólo en localidades de la zona marítima, fluvial ó de paludismo. 
Y esto es lo que venimos observando en la marcha que ha se- 
guido desde que pasa de Tolón á Marsella, é invade todos los de- 
partamentos situados dentro de la zona fluvial, tanto en Fran- 
cia como en Italia, dejando incólumes los puntos interiores, 
aunque no estén dotados de mejores condiciones higiénicas que 
aquéllos. 

Cosa igual estamos observando en España. Durante los 
meses de Octubre y Noviembre, el cólera se cebó con fuerza é 
hizo numerosas víctimas en muchos pueblos de la provincia de 
Alicante, como Novelda y Elche, que se distinguen por sus con- 
diciones palúdicas especiales, hasta tal punto, que muchos 
médicos llegaron á negar la existencia de la epidemia, confun- 
diendo los casos con las calenturas perniciosas endémicas en 
aquella región. Quedaron sus gérmenes latentes durante los 
meses fríos de invierno; pero se despertaron con gran activi- 
dad con la aparición del calor en la primavera en los pueblos 
limítrofes de la provincia de Valencia, como Játiva, Alcira, Al- 
gemesí y Sueca, todos bañados por el Júcar, rio caudaloso, y 
otros más pequeños, y cuyo suelo es muy rico en humus y está 
fertilizado, ademas, por arrozales y naranjos, y que reúne, 



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EL CÓLERA ACTUAL 407 

"^1 Uegfar la primavera, todas las condiciones características del 
pantano, como son: calor, humedad y sustancia orgánica en 
fermentación. Poco tiempo después de haberse desarrollado el 
germen colérico en un terreno de cultivo semejante al de su 
tierra natal, se extiende gradualmente, burlándose de cordo- 
nes y lazaretos, á la capital misma de Valencia. Como es sa- 
bido, Murcia está situada á 42 metros sobre el nivel del mar, 
en terreno llano y casi en el centro de la huerta de su nombre, 
riquísima vega de unos 25 kilómetros de largo y siete de ancho 
*C(/n una extensión de 10,769 hectáreas, que recorre el Segura, 
fertilizándola con numerosas acequias, y Valencia se halla á 24 
metr» s sobre el nivel del mar, á 4 kilómetros distante de él, en 
medio de una vasta llanura, regada por el Turia y rodeada por 
numerosos arrozales y huertas., además de un gran lago, lla- 
mado Albufera, de 40 kilómetros de circunferencia. 

Al mismo tiempo que á Murcia, fué importado, por unos 
segadores (que son la gente nómada y que en tiempo de la co- 
secha de cereales atraviesa España del Este al Oeste en busca 
de trabajo) á Aranjuez, que también se distingue por la feraci- 
dad de su suelo y una vegetación muy frondosa, pues se halla 
situado en la confluencia de dos caudalosos ríos, el Tajo y el 
Jarama, y tiene además la laguna de Ontigola. 

Igual suerte sufren Zaragoza y Cuenca, por hallarse en aná- 
logas circunstancias; la una está situada en una riquísima vega 
que está regada por el Ebro, el Jalón, el Gallego, el Huerva, y 
íidemás del Canal Imperial; la otra, á pesar de hallarse situada 
á 1,020 metros sobre el nivel del mar, tiene uua posición por 
extremo original en la pendiente de una loma, entre los profun- 
dos cauces del Huesear y del Júcar, que se juntan á su pie y 
en lo más bajo; al otro lado del Huesear está el arrabal de la 
Carretería, que crece de día eri día á expensas de la ciudad an- 
tigua. Del mismo modo, y por los mismos vehícuL s el ger- 
men Cíílérico es importado á otros pueblos y ciudades, como 
Segovia y Madrid; pero se muestra muy clemente; pues á 
pesar del calor, de las lluvias y tormentas frecuentes, y á 
pesar de la inmigración considerable de gente de los pueblos 



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408 REVISTA DE ESPAÑA 

infestados, como Aranjuez, Zaragoza y Murcia á la capital de 
España no ha revestido la epidemia, durante dos meses y me- 
dio, gran intensidad, quedando su violencia limitada á ciertos 
barrios bajos y á ciertas calles y casas conocidas por sus malas 
condiciones higiénicas. — ¿Qué significa todo esto? Que la se- 
milla colérica no se halla dotada con la misma potencia de 
contagio cuando cae en terrenos porosos, calcáreos ó areno- 
sos, que cuando se deposita en los arcillosos qué reúnen con- 
dici<)nes de pantano, como Don Benito ó los que están situados 
en la confluencia de varios rios, cpmo Zaragoza, Aranjuez y 
Cuenca. 

Nadie pone en duda la influencia de los rios cercanos á 
poblaciones en la propagación del cólera; pero anteriormente- 
se ha atribuido esta circunstancia agravante á la navega- 
ción y al trófico que por ellos se hace, como vías de co- 
municación entre distintos pueblos, que facilitan la importa- 
ción de efectos contaminados. Hoy, después de numerosas^ 
observaciones hechas por los Sres. Pettenkoffer, Buhl y Seidel 
probando la aparición de epidemias en pueblos situados en 
aquella parte de los ríos inaccesible á la navegación antes 
que en la parte navegable, ha encontrado mucho eco la opinión 
de aquellos epidemiólogos que atribuyen la susceptibilidad de 
las poblaciones ribereñas para el germen colérico á la humedad 
constante del suelo, mantenida por las corrientes de agua sub- 
terránea, sin que entendamos por eso una colección acuosa ho- 
mogénea, formando sábana, sino una corriente virtual que em- 
])apa los poros del suelo permeable hasta la capa compacta, y 
que para hacerla visible sería necesario cavar aquél y dejar la 
zanja abierta un poco de tiempo, apareciendo entonces el agua 
en el fondo — encima de la capa impermeable — de modo que las^ 
corrientes de agua subterránea, llamada también offua íelúricay. 
ocupan los intersticios de la tierra sobre la capa impermeable 
y las superficiales, que están secas y permeables al aire, cuyo 
oxigeno alimenta los micro-organismos que viven á expensas 
de las materias orgánicas disueltas en el agua. Según el señor 
Pettenkoffer, los terrenos próximos á ríos representan un siste- 



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EL CÓLERA ACTUAL 409 

ma de drenaje natural paía la humedad procedente de la at- 
mósfera, llevando al agua difundida en sus poros en una direc- 
ción dada, y si la disposición geológica lo permite, al lechó del 
río. Generalmente, las oscilaciones del nivel de los ríos son pa- 
ralelas á las d€^ las corrientes de aguas subterráneas; pero esta 
regla sufre muchas excepciones. Para demostrar la importancia 
práctica de esto, sería preciso entrar en mayores detalles, que 
nos desviarían de nuestro principal objeto, que es demostrar 
la influencia que ejerce la confluencia de varios ríos en la pre- 
disposición mórbida de una localidad próxima para el desarro- 
llo del micrófito colerigeno. 

No deja de ser extraño que este cólera esté siguiendo en 
España este año marcha distinta a la del año pasado en Fran- 
cia é Italia; pues en estos dos países su acción quedó limi- 
tada á la zona marítima, invadiendo un número muy limi- 
tado de pueblos interiores a orillas del Ródano y del Riomag- 
giore, mientras que aquí se extiende por un número conside- 
rable de ciudades y pueblos interiores que se hallan situados 
al borde de ríos ó atravesados por arroyos. 

Es probable que esto sea debido á la circunstancia de haber 
encontrado el germen colérico á su entrada en España, á más 
de un sol abrasador, un terreno palúdico por excelencia, como 
lo es el de los pueblos de la provincia de Alicante, lo que le La 
comunicado una mayor potencia de contagio, primero, qiie la 
que tuvo en aquellos otros países, y, después, la facultad de 
conservarla en estado virtual durante los meses fríos del in- 
vierno, volviendo á su vida activa con los primeros calores 
de la primavera. Hay numerosas localidades que no tienen 
su emplazamiento sobre terrenos de condiciones palúdicas, 
aunque tengan ríos, como sucede con Toledo, Segovia y Ma- 
drid, en los cuales, lejos de cebarse con furor, muestra cierta 
lentitud en su desarrollo y lenidad en sus efectos mortíferos, 
limitados casi á ciertas casas, calles y barrios en los que 
hay hacinamiento asociado á la miseria fisiológica; pues en 
tres meses de duración que lleva en Madrid, y á pesar de ha- 
ber concurrido las mejores condiciones para la fermentación de 



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410 REVISTA DE ESPAÑA 

los gérmenes depositados en el suelo, tales como el calor del 
mes de Julio seguido de lluvias fuertes, sólo ha habido unas 
COO iuTasiones y 450 defunciones, aproximadamente. 

Con el objeto de estudiar mejor la marcha especial que 
sigue en su evolución esta invasión colérica en Madrid, nos 
proponemos compararla con la epidemia de 1865. 

Fijando la atención en los datos estadísticos de aquella epi- 
demia se observa: 

I."" Que las primeras defunciones ocurrieron el 15 y 16 de 
Agosto, subiendo el total de ellas, á fines de mes, á 44, cuando 
la temperatura media alcanzaba 30 centígrados. 

2.° Que la mortandad desde el I."* hasta el 14 de Setiembre, 
no varía de intensidad, sosteniéndose entre 7 como mínimum 
y 9 como máximum. 

3.° Que desde el 15 de Setiembre empezó á aumentar el nú- 
mero de defunciones con 16, fluctuando este guarismo, y el 
de 38 por día, hasta fin del mes; sigue esta marcha ascendente 
a principios de Octubre, llegando el día 8 á su máximum, 
con 177 defunciones, y descendiendo después gradualmente, 
hasta que á fines del mismo baja á 32. 

4.^ Que el ascenso fué súbito, pasando de 33, en el día 6, 
á 135, en el 7, y 177, en el 8, mientras que el descenso fué gra- 
dual, con algunos recrudecimientos oscilatorios. 

5.° Que en Noviembre sigue el movimiento descensional 
del anterior mes, fluctuando desde el día 5 hasta el 25 entre 6 
y 1, y después de algunos días de intervalo, concluye el 29 con 
una defunción. 

6.** Que la temperatura uo influye absolutamente en nada 
en su recrudecimiento ni en su descenso, pues el máximum de 
las defunciones coincide con una temperatura media de 13 1/2 
y 10 1/2 de mínimum en Octubre, y en el mes de Agosto la de 
30 centígrados con el mínimum de las defunciones. 

7.'' Que la influencia indiscutible é inmediata en el movi- 
miento ascensional se ejerció por las lluvias continuadas, que 
<^mpezaron el 22 de Setiembre y duraron, con muy pocos inter- 
valos, hasta el 7 de Octubre, cayendo 97"™"™ durante estos días. 



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EL CÓLERA ACTUAL 411 

8.** Que al mismo tiempo que las lluvias, hay otro factor 
muy importante que contribuyó al incremento rápido de la 
mortalidad, y es el descenso continuado del barómetro, que 
fluctuaba entre 698 y 710. 

La humedad, unida al calor, es el agente más poderoso para 
dar vida á todos los micro-organismos de la superficie de la 
tierra, y mucho más al microbio colerígeno, que no puede re- 
producirse en nna atmósfera seca aunque es aerobio, pues el 
aire, por sí sólo, le sostiene la vida en estado latente durante 
un cierto tiempo, pero le impide su reproducción la falta de 
humedad. Cuando coincide la humedad con una baja presión 
atmosférica, se facilita la salida de los gases subterráneos, cuya 
producción está íntimamente ligada con las emanaciones pro- 
ducidas por la fermentación y descomposiciones de las mate- 
rias orgánicas depositadas en el suelo. Este fenómeno físico- 
químico, se verifica con mayor intensidad cuando coincide con 
el descenso de temperatura durante la noche; pues á causa de 
la diferencia de temperatura y densidad del aire de las habita- 
ciones y la de la calle, disminuye la evaporación en ésta, y su 
condensación en los intersticios del suelo la empuja hacia el in- 
terior de los edificios, donde el aire caliente obra como un sifón, 
aspirando la más fresca de afuera. 

Esta opinión, emitida por el Sr. Vogt y otros higienistas 
alemanes, se encuentra confirmada en un hecho curioso ocurri- 
do durante la misma epidemia colérica en Madrid en el año 65, 
consignado en la Memoria publicada por la Junta municipal de 
Beneficencia, y es que de 4.348, total de invadidos socorri- 
dos por aquélla, bubo 1.588 que ocupaban los pisos bajos^ 
mientras que no llegaron á 532 los de las bohardillas. 



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412 



REVISTA DE ESPAÑA 





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EL CÓLERA ACTUAL 418 

9/ Otro hecho muy curioso resulta de este mismo cuadro 
estadístico, y es que el número de las invasiones en habitacio- 
nes situadas al N. alcanzó á 1.307, mientras que en las situadas 
al S. llegó á 3.041. Este fenómeno se explica, porque las casas 
al S. están expuestas al sol y son, por consiguiente, muy ca- 
lientes, y su atmósfera aspira con mayor fuerza los miasmas y 
emanaciones mefíticas del suelo. 

10. Tocante á la influencia de los vientos en la mortalidad, 
se observa que el movimiento ascensional correspende á los 
vientos de S. y SE., y los días del apogeo de la epidemia á 
los del S. y SO., mientras que el descenso gradual que no 
dura menos de un mes, á los de N. y NE. ó NO. Esto nada 
prueba, en favor la influencia directa de tal ó tal viento en la 
mayor ó menor mortalidad, sino que los del S. y SO., siendo 
precursores ó compañeros constantes de la lluvia, y siempre 
saturados de humedad, favorecen, ipso fació, el desarrollo del 
germen colérico mientras al contrario, los de N. y NE., siendo 
secos y purificad ores de la atmósfera, obran en sentido con- 
trario. 

11. El hecho más sorprendente que resulta es el siguiente. 
A pesar de que una ciudad debería considerarse como un 
cuerpo social con iguales condiciones de vitalidad en todas 
sus partes constituyentes, la experiencia demuestra que cada 
uno délos distritos que la componen tiene su autonomía mor- 
bígena y su mortalidad propia; pues basta echar una ojeada 
sobre aquellos cuadros, para ver que unas parroquias fue- 
ron fuertemente castigadas por la epidemia, como San Millán 
y San Lorenzo, con 382 y 430 respectivamente, y otras muy 
poco, como el Buen Retiro, con tres, y Palacio con nueve; no 
í^olamente salta este hecho á la vista en las grandes agrupacio- 
nes de casas como las que constituye una parroquia ó distrito 
municipal, que es una división artificial, sino hasta en ciertas 
calles, por ejemplo, la de Fucncarral, que dio un contingente 
de 29 á la mortandad, mientras que la de Hortaleza dio 63 casi 
el triple; y no se puede atribuir á mejores condiciones higié- 
nicas, ni mayor aglomeración de habitantes en una que otra; 



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414 REVISTA DE ESPAÑA 

pues sucede lo contrario : la primera tiene mayor número de 
habitantes, con 164 casas, mientras que la segunda tiene 
sólo 150 y es más ancha, y, en gran parte, sus edificios son 
más espaciosos. 

Particularidad análoga ofrecen las calles de Jacometrezo y 
Tudescos, que tuvieron solamente seis cada una, mientras 
que la Carrera de San Jerónimo, más ancha, con 55 casas, y 
habitada por gente más acomodada, tuvo 21 defunciones. 

¿Cómo se explica este hecho, en apariencia tan extraño? No 
admite otra explicación que la distinta morbicidad del suelo de 
cada una de estas calles ó parroquias para el germen colerí- 
geno. 

¿En qué consiste esta autonomía morbígena del suelo? 

Como hemos dicho, el medio de cultivo por excelencia para 
el microbio colérico lo constituye el suelo pantanoso. También 
la experiencia ha demostrado que aquél es aerobio, que necesita 
del oxígeno del aire para prosperar lo mismo que todos los mi- 
cro-organismos generadores de padecimientos debidos á causas 
telúricas, por tanto, tiene que vivir á pequeña profundidad de 
la superficie, en capas á las cuales llegue fácilmente el aire y la 
humedad. Dadas estas circunstancias y tratándose de un suelo 
poroso, pueden ocurrir uno de estos dos casos: ó que el suelo 
sea poroso sólo hasta cierta profundidad, es decir de i ¡2 metro 
á 1, donde encuentre ya una capa arcillosa de reconocida imper- 
meabilidad, ó, por el contrario, que la porosidad alcance á mu- 
chos metros sin tropezar con una capa arcillosa. En el primero 
después de haberse empapado el suelo de humedad, reunirá ^ 
todas las condiciones del pantano, lo que favorecerá en el 
más alto grado el cultivo y el desarrollo del germen colérico 
si llega por casualidad á penetrar en él, sea directamente por 
medio de las deyecciones de un colérico, sea por medio de la 
lluvia; en el segundo sucederá lo contrario; el suelo poroso 
hasta muchos metros de profundidad á medida que reciba 
mayor cantidad de lluvias, será mejor filtro para las sustancias 
orgánicas que irán arrastradas á las capas inferiores, llegando 
un momento en que falte al microbio la cantidad de aire nc- 



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EL CÓLERA ACTUAL 415 

cesarla para su existencia, y á veces hasta la humedad si no 
está muy cerca la capa acuífera, y acabará por perecer. 

Aplicando estas premisas al suelo de Madrid, tenemos que 
recordar que los materiales pétreos que lo constituyen son 
capas irregulares de arena con guijos de diversos tamaños, 
que alternan con capas también irregulares de arcillas arená- 
ceas desde algunos centímetros de espesor, é irregulares, no 
sólo en su espesor, sino también en la extensión superficial 
que ocupan. Esta disposición del terreno es caprichosa, y no 
obedece á ninguna regla fija; asi es que no se puede determi- 
nar á la simple vista, con exactitud, cuáles son las calles ó los 
sitios en que la porosidad alcanza muchos metros sin ser inte* 
rrumpida poruña capa arcillosa, ó aquellos otros en que suce- 
de lo contrario, tal como lo prueban las aseveraciones del dis- 
tinguido arquitecto Sr. Aranguren, que ha encontrado entre las 
muchas casas que ha construido, en unas el agua á dos ó tres 
metros, y en otras, cercanas, sólo á gran profundidad. Pero hay 
que suponer; con mucha probabilidad, que aquellos barrios, ó 
calles, ó aceras de casas que están favorecidos con terreno po- 
roso hasta gran profundidad, estarán menos expuesto á facili- 
tar el desarrollo y la multiplicación de los gérmenes coléricos 
que aquellos otros cuya porosidad es limitada, hallándose á 
corta distancia de la superficie interrumpida por capas arcillo- 
sas de impermeabilidad completa que reúnen condiciones de 
pantano, extremamente favorable á la vida de todos los micro- 
organismos, y especialmente á la del agente colérico. 

12. Que el total de las defunciones, causadas por el cólera 
en 1865 fueron 2.869, de ellas 1.54« mujeres y 1.323 varones^ 
mientras que las defunciones por enfermedades comunes ascen- 
dieron á 4.549, de ellas 2.175 mujeres y 2.374 varones; es de- 
cir, que en las enfermedades comunes predomina la mortali- 
dad entre los varones, y en el cólera sucede lo contrario, que 
se ceba en los seres más débiles, en niños y en mujeres. 

Hay todavía que mencionar un hecho de cierta importan- 
cia, y es que en el año 1855, á pesar de que el censo de Ma- 
drid registraba seguramente 20.000 almas menos que en el 65, 



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416 REVISTA DE ESPAÑA 

la epidemia causó 3.986 víctimas; de ellof? hembras 2.292, y va- 
rones 1694; 1.117 de diferencia en más para la primera. Loque 
prueba ó que el virus colérico ba llegado gradualmente á debili- 
tnrse en sus invasiones por Europa, particularmente en los 
])untos que no tienen condiciones de paludismo, ó que la hi- 
i^ioxie de los grandes centros ha mejorado. No cabe duda de 
que Madrid se halla en este último caso, pues desde el año 55 ha 
experimentado dos grandes trasformacioues en su saneamiento: 
primero, la construcción del Canal de Lozoya, que abastece la 
ciudad con buenas aguas y. en gran cantidad, tanto para ol 
consumo y uso doméstico, como para la necesidad de la lim- 
pieza de las calles y fines industriales; y segundo, la construc- 
ción del alcantarillado, el cual, aunque deja mucho que desear, 
bajo el i)unto de vista de la higiene moderna, lleva grandes 
ventajas sobre el de otras capitales, por la circunstancia de te- 
ner gran declive el suelo, lo que facilita la circulación é impide 
el estancamiento de las materias fecales. 

Hay que sentir, que las ventajas de este alcantarillado uo 
se extiendan á la higiene de los edificios habitados, que en su 
mavor parte no están provistos de retretes inodoros con co- 
rrientes de agua, y si en algunos existen no los tienen todos 
los pisos; además, están destinados solo á los amos, y no á I s 
criados, lo que produce el desecamiento de las materias fecales 
on los tubos de caída y en las atarjeas que las conducen á las 
cloacas de la calle, trasformándose en pozos fijos, peligros cons- 
tantes dentro de la casa. 



VI 



Partiendo del principio de que el cólera es debido á una in- 
toxicación del suelo por una clase de micro-organismos, que 
necesita ciertas condiciones para servir de medio de cul- 
tivo al germen colérico, y que faltándole éstas no se trasmite al 
hombre aunque tenga predisposición para ello, todos los medios 
profilácticos deben dirigirse al saneamiento de aquél, priván- 
dolo de todas las causas que puedan dar lugar al estancamiento 



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EL CÓLERA ACTUAL 417 

4e liqaidos j iDaterias orgánicas en putrefacción, tanto dentro 
de la localidad habitada como en sufe alrededores; pues el mi- 
crobio colerigeno, a más de humedad, necesita materia orgá- 
nica para prosperar, y faltándole ésta, la vida se le hace difí- 
cil, dado que es hijo de un pantano, tiene iguales condiciones 
de vitalidad que aquellos que originan las calenturas palúdi- 
cas, y la experiencia ha demostrado que muchos de estos terre- 
nos se han saneado por medio de un buen drenaje. 

No menos que un buen alcantarillado es necesaria la abun- 
dancia dé buenas aguas potables; todo lo cual, unido á una 
buena higiene urbana, puede considerarse como el mejor medio 
profiláctico que se conoce contra el cólera. 

Tanto en Calcuta como en Bombay, donde el cólera es en- 
démico, ha sido reducido á la cuarta parte de lo que era antes 
desde el mejoramiento de sus obras sanitarias, aunque éstas to- 
davía no están concluidas, y basta ver cómo Inglaterra, por 
sus leyes sanitarias y por sus obras de saneamiento, está más al 
abrigo del cólera que ningún otro país en Europa. 

Aunque no se puede negar que el cambio frecuente de re- 
laciones contribuye á la importación del germen colérico, des- 
empeña un papel secundario comparado con la importancia 
de la salubridad del suelo, tanto más, cuanto que en la vida 
moderna se ha hecho imposible, no sólo- suprimir, sino aun 
restringirlos medios de comunicaciones y el cambio de pro- 
ductos industriales. 

Por otro lado, nadie puede negar el hecho dé que el 
mayor número de personas encargadas de la asistencia de los 
enfermos, como médicos y enfermeros, quedan inmunes. Aun- 
que se ve con frecuencia que hay varios individuos de una fa- 
milia invadidos, no se debe atribuir esto al contacto, sino á 
una misma causa telúrica que ha ejercido sobre ellos idéntica 
influencia. 

En el mismo sentido se pronuncia la Comisión sanitaria 
inglesa, presidida por el distinguido higienista Dr. James Cu- 
ningham, en su informe anual de 1872 respecto á la India; 
y como testimonio más concluyente, nos basta trasladar un 

TOMO cv 27 



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418 REVISTA DE ESPAÑA 

extracto de una carta escrita por un profano en ciencias mé- 
dicas, publicado en El Liberal del martes 29 de Julio de este 
año, por un vecino de Monteagudo, donde la aparición del 
cólera fué tan súbita y su desarrollo tan grande y repentiuo, 
que el vecindario apenas se da))a cuenta de la realidad: 

«El primero de este mes— dice — falleció allí un pobre sega- 
dor procedente de la ribera del Jalón. Sus ropas fueron que- 
madas, desinfectada la casa y las personas que le asistieron 
quedaron en cuarentena. ¿Quién había de creer que el 16 y 17 
se habían de presentar nuevos casos? El 16 descargó en aquel 
término una horrorosa tormenta. ¿Habrá influido tal vez en la 
epidemia? Después se ha desarrollado el mal de un modo ate- 
rrador.» 

Este hecho por sí solo prueba claramente que no bastan la 
destrucción de la ropa, ni la desinfección de la casa, ni el ais- 
lamiento de las personas que tuvieron contacto con el enfer- 
mo, si el suelo ha sido infestado por sus deyecciones anterior- 
mente; y dada la situación topográfica de Mpnteagudo, ro- 
deado de varios arroyos, como el Nagima y otros afluentes del 
Jalón, que está á pocos kilómetros de distancia, pueblo es- 
pecialmente agrícola, se comprende que después de haberse 
depositado en su suelo, poroso y saturado, de humedad en 
tiempo de lluvias, gérmenes colerígenos, por medio de deyec- 
ciones, quedasen estos latentes, durante la estación seca, ad- 
quiriendo vitalidad y reproduciéndose con asombrosa rapidez 
después de una tormenta tan fuerte como la que consigna el 
vecino de aquella localidad. 

Para convencerse aún más de la verdad de este aserto, basta 
fijar la atención en la marcha que ha seguido el cólera en Es- 
paña. Fué importado en el mes de Setiembre en Alicante, don- 
de produjo dos ó tres casos y desapareció; poco tiempo después 
se propagó en los pueblos de la misma provincia, á pesar del 
rigoroso acordonamiento de la ciudad por el gobierno. De No- 
velda traspasó los límites de los cordones y se extendió á 
otros pueblos, como Elche, Monóvar, Monforte, que se dis- 
tinguen todos por su terreno palúdico, y, por consiguiente, 



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EL CÓLERA ACTUAL 419 

eí germen colérico, eacontrando su medio de cultivo favorito, 
no halló trabas en su desarrollo, é hizo numerosas víctimas en 
su poco numerosos habitantes. Se explica que en Alicante, que 
se distingue además de estar asentado sobre un terreno cretá- 
ceo, por una escasez de lluvia tal, que ha habido época de tras- 
currir once años sin caer una gota de agua, según consta en 
la Topografía médica de Alicante^ por el Dr. D. Evaristo Mañero, 
el germen colérico careciera de las condiciones necesarias para 
su cultivo y desarrollo durante el verano; y aun hoy, cuando 
algunos de los pueblos de alrededor que fueron infestados el 
año anterior están invadidos, su provincia y casi toda España 
permanece indemne. 

Al llegar los meses fríos del invierno, la epidemia desapa- 
rece por completo en aquella provincia; pero sus gérmenes no 
habían muerto, habían quedado sólo latentes hasta la primave- 
ra, cuando fueron infestados todos los pueblos de la provincia 
de Valencia, como Játiva, Alcira, Algeraesí y otros, bañados 
por numerosos afluentes del* Júcar y rodeados de arrozales, y, 
por tanto, provistos de todas las condiciones palúdicas; de allí 
se propagó, como de un salto, á Murcia, Aranjuez y á la capi- 
tal Valencia, localidades cuyas condiciones topográficas están 
suficientemente descritas en las páginas anteriores. Lo mismo 
ha ido á Zaragoza, á Don Benito, — donde fué importado proba- 
blemente por unos segadores — que, como se sabe, forma parte 
de una extensa llanura de. Extremadura, conocida con el nom- 
bre de tierra de Barros, tierras arcillosas muy fértiles que re- 
cubren un suelo suelto formado de humus y tierra vegetal; 
lo atraviesa el Guadiana, que corre del E. al OE., y produce 
frecuentemente inundaciones, que lo fertih'zan tanto para 
la siembra y fecundidad de las plantas, como la perjudica 
para multitud de afecciones palúdicas y calenturas pernicio- 
sas que sufren sus habitantes. Tiene además numerosos arro- 
yos, más ó menos abundantes, que mueven varios molinos ha- 
rineros. Por estas condiciones se comprende que es un terreno 
predilecto del microbio colerígeno. 

Por la misma razón, en todas estas poblaciones, sin excep- 



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430 REVISTA DE ESPAÑA 

cian, poco tiempo después de haber caído la semilla colérica, ba 
prosperado, se ha extendido y ha alcanzado guarismos extra- 
ordinarios, mientras que en Madrid hace sesenta y ocho días 
■que existe y aún no ha alcanzado la cifra máxima de invaáo- 
nes un solo día á 50 y la mortalidad máxima no ha pasado 
de 31. Y, sin embargo, ha llegado ya á correrse por la ma- 
yor parte de los distritos municipales, lo mismo los más cén- 
tricos ^ue los más distantes, y, con excepción dé algunas 
casas y calles en que hay gran hacinamiento y pésimas condi- 
ciones higiénicas, no se han formado verdaderos focos epidé- 
- micos, no habiendo faltado de seguro esta vez circunetanciafi 
favorables para su desarrollo: calor excesivo y siete días de 
continuas tormentas y lluvias; y tratándose de una capital 
con barrios sumamente sucios, hacinados y poblados de gentes 
privadas de medios para la lucha por la existencia, á causa del 
hambre y de la miseria que las rodea, seguramente no carecía 
de combustible para alimentar un grande incendio. Aunque lo 
que no ha sucedido podría acontecer, hay que esperar que Ma- 
drid no seguirá la suerte de otras capitales de provincias, gra- 
cias á la constitución de su suelo, al declive de su terreno y 
también al celo que desplegan las autoridades constantemente, 
si es favorecido por un tiempo seco, que antes de un mes apa- 
gará las diferentes chispas que han prendido en toda la pobla- 
ción. Cuando menos, se puede confiar en que no tardará muchos 
días en que entre el descenso. 



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422 



REVISTA DE ESPAÑA 



INVASIONES Y FALLECIMIENTOS 



MESES 


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EL CÓLERA ACTUAL 



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424 REVISTA DE ESPAÑA 

Tocante á la marcha que ha seguido en Madrid esta epide- 
mia, se debe llamar la atención sobre el hecho siguiente: que 
desde el 20 de Mayo, que se presentáronlos primeros casos, 
hasta pasado el 24 de Junio, el cólera no pasa de ciertos distri- 
toSy queda limitado á los barrios bajos, como son la Inclusa 
y la Latina, se fija primeramente en la Ronda y Puente de To- 
ledo y Ronda de Segovia, y se extiende después al barrio de 
las Peñuelas. A medida que fueron trasportados los enfermos al 
Hospital, se creó otro foco alrededor de éste. 

Durante todo el mes de Junio no mostró tendencia a salir 
de los barrios bajos; únicamente á fines del mismo, cuando loa 
segadores fueron acampados en los alrededores del pueblo de 
Tetuan, punto muy alto que domina la ciudad, se presentaron 
los primeros casos en el barrio de Monasterio y en los tejares 
próximos, situados al NE., llegando á los Cuatro Caminos é 
invadiendo durante todo el mes de Julio, particularmente des- 
pués de las grandes tormentas y lluvias, los puntos más cén- 
tricos de Madrid, hasta que hoy se puede decir que no hay ba~ 
rrio en que no se hayan presentado algunos casos. 



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426 



REVISTA DE ESPAÑA 



DATOS ESTADÍ 

DKSDE KL. 20 DE Mil 



BARRIOS 



1 
2 
3 

4 
5 
6 
7 
8 
9 
10 



1 
2 
3 
4 
5 
6 
7 
8 
9 
10 



AUDIENCIA 



Cava. 

Carretas. 

Concepción. 

Constitución. 

Estudios. 

Juanelo. 

Progreso. 

Pta. Segovia 

Pta. Cerrada 

Segovia. 



32 



« 



44 



6UENAV18TA 



Alcalá. 

Almirante. 

Belén. 

Caballero G." 

Libertad. 

Montera. 

Pza. de Toros 

Reina. 

San Marcos 

Salamanca. 



>4 



CENTRO 



Abada. 

Arenal. 

Bordadores. 

Descalzas. 

Espejo. 

Isabel II. 

Jacometrezo 

Postigo. 

Pta. del Sol. 

Silva. 



ceneRESo 



14 



28 



17 



Ángel. 

Carrera. 

Cervantes. 

Cortes. 

Cruz. 

Gobernador. 

Hueitas. 

Lobo. 

Príncipe. 

Retiro. 



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a. 

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Barco. 
Bcneñceo 
Chamberí 
Col entilo. 
I leseogañi 
Fucncarra 
Hernán C 
Pelayo. 
Sia. BirS 
Valverdc. 



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18 ' 12 



RESUli 

Fallecidos J 

No fallecidos ^ 

Total • 



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EL CÓLERA ACTUAL 

DEL COLERA 

31 DE JULIO DE 1885 



427 

















VIAJEROS 


















PflOCBOKMTES D< 




SflTAL 


INCLOSil 


LATINA 


PALACIC 


1 


UNIVERSIDAD 


OTRAS 


POBLAClON'Sn 

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Cabestreros. 


Aguas. 


Álamo. 




Pozas. 




Mur 




María. 


'Caravaca. 


Arganzuela. 
Calatrava. 


Amaniel. 




Colón. 




Toledo. 




izares. 


.Amparo. 


Bailen. 




Corredera. | 


Gáceres. 




ñas. 


Embajadores 


Cebada. 


Conde-Duque 


Daoíz. 




Valencia. 




Utnles. 


Encomieada. 


Don Pedro. 


Florida. 




Dos de Mayo. 


Aranjuez. 




ar. 


Hta. del Bayo 


Humilladero. 


Leganitos. 


Escorial. 




Cien pozuelos. 




Dsvera. 


Peñón. 


Pte. Toledo. 


Platerías 


. 


Estrella. 




Va llecas. 




u Isabel. 


Peñuelas. 


Pta. Moros. 


Arguelles. 


Pez. 




Getafe. 




recilia. 


Provisiones. 


Solana. 


Quiñones. 


Pizarro. 




Villaviciosa. 




encta. 


Rastro. . 


Toledo. 


Vergara. 




Rubio. 




Alcorcón. 




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428 RÉ^ÍSTA £)K ESPAÑA 

. De modo que se pueden distinguir dos períodos en esta epi- 
demia en Madrid: uno en que sigue la marcha de abajo hacia 
arriba, ó desde el Sur al centro de la ciudad, por medio de las 
emanaciones del suelo, que se levantan durante las horas del 
calor solar, y se precipitan con el rocío de la noche en otras ca:- 
lies distintas; y otro que empezó desde arriba abajo, ó sea des^ 
de el Norte también hacia el centro, por medio de las lluvias,, 
que penetran en el suelo, facilitando la fermentación de las 
iQaterias orgánicas contenidas en él y llevándolas á otros 
barrios. 



Considerando que la semilla colérica necesitaba dos meses 
para extenderse á todos los distritos de la ciudad, y que á pe- 
sar de que ha sido favorecida con el máximun de humedad y 
calor no ha llegado á revestir el carácter de una gran epide- 
mia; y dada además la circunstancia, de que las autoridades 
han tomado todas las medidas higiénicas posibles para evitar 
el hacinamiento en los barrios pobres y la formación de focos 
de infección, y también teniendo en cuenta la benignidad de 
este cólera para los puntos interiores situados en terrenos no 
palúdicos, abrigamos la canfianza de que ha llegado ya la epi* 
demia á su apogeo y que estamos acercándonos al período de^ 
descenso, y que para el mes de Setiembre, en vez de aumentar, 
como algunos, temen, quedará reducida á casos aislados, per- 
diendo progresivamente su carácter de contagiosidad. Viene 
en apoyo de este aserto el hecho de que cada vez mueren me- 
nos del número de los atacados en el día; así que, dé los 41 ata- 
cados el 4 de este mes, no murieron en el mismo día más que 
cuatro, lo que prueba que va perdiendo cada vez más de su ma- 
lignidad. 

Sería de desear que todos los habitantes se penetraran de la 
verdad de que, para preservarse del cólera, el verdadero medio 
profiláctico consiste en no infringir las leyes de la higiene, en 
no abusar de los estimulantes ni de los refrescantes, no expo- 
nerse á enfriamientos durante los paseos de la noche, ni fre- 



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EL CÓLERA ACTUAL 429 

cuentar los lugares en que hay grandes aglomeraciones. No 
hay que olvidar que el mejor desinfectante es no ensuciar el 
estómago con manjares indigestos, y que más que en nin- 
guna otra enfermedad, en la del cólera la higiene ocupa 
lugar preferente á la terapéutica, en la cual la experiencia 
ha demostrado sobradamente que es más fácil precaver que 
curar 

Ph. Ilanser. 



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MONTSERRAT 



MEDITACIONES Y RECUERDOS 



Cuando de perfecto acuerdo la fe, la razdn y la ciencia, contem- 
plamos el magLÍlco espectáculo de la naturaleza, desarrollarrde toda 
la esplendidez de sus variadas formas en el apogeo de la TÍda de . 
todos los organismos; y partiendo de un principio único, absoluto y 
eterno, divagando la vista en los infinitos espacios, fantasea la ima- 
ginación recorriendo los innumerables fenómenos históríco-sociales 
que constituyen la vida de esa segunda naturaleza en la humanidad, 
el espíritu del hombre parece como que se siente trasportado á más 
serenas regiones, y alli, bañado en una atmósfera de perfumes y res- 
plandores, contempla, como en un panorama, pasar sncedióndose las 
edades, prepararse las trasformaciones, resolverse las grandescatás- 
trofes naturales y humanas, reconstituirse los pueblos, combinarse 
las instituciones, extinguirse las razas decrépitas, desarrollarse las 
nuevas familias, hundirse en el polvo de las ruinas las más sober- 
bias grandezas, levantarse de la última miseria los gigantes ¿e la 
idea; y todos esos flujos y reflujos, todas esas oleadas rugientes ó ca- 
denciosas, todos esos pausados levantamientos y rápidas caídas, su- 
cédense naturalmente como consecuencias legitimas de la ordenada 
marcha de los tiempos; porque entonces, con el criterio déla verdad 
y el aliento de la fe, no limitamos nuestra razón, de suyo concreta, á 



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MONTSERRAT 481 

un hecho, á un espacio, á nn tiempo, sino que, á la Tez, dominando 
sobre el conjunto de los hechos en la multitud de los espacios y en la 
infinidad de los tiempos, contemplando á nuestros pies un mundo 
que se pierde en la vetusta ancianidad de los siglos, vemos á la hu- 
manidad marchando de perfección en perfección, midiendo con la 
balanza de la justicia el valor de los sucesos; y así como aquilatamos 
las necesarias evoluciones del cosmos, el curso de los astros, el mo- 
vimiento y dirección de las corrientes atmosféricas y marítimas y 
los abruptos.sacudlmieutos internos del planeta, cuya esencialidad 
vital respira en ardientes bocas de lava, así también pecamos hasta 
el último adarme la necesidad fatal de todos los impulsos humanos, 
sonriendo victoriosos, á cada átomo de perfectibilidad que deja en 
más, la diferencia de esos dos eternos restantes que representan el 
ayer y hoy del hombre como sujeto y fin de la Creación. 

¿A dónde irá el espíritu siempre agitado por el ansia del domi- 
nio, si no detienen sus ojos las invisibles atmósferas, como no sea á 
perderse en las regiones ilimitadas de la posibilidad, fórmula mo- 
derna y menos desesperante que el negro escepticismo de la duda? 
¿A dónde irá el espíritu, en su constante afán* de juzgar sobre las ge- 
neraciones, si no detienen el propio y apasionado juicio las indeelinar- 
bles verdades psicológicas, que solamente la fe tiene en sí la poten- 
cia de iluminaren sus más recónditos misterios, en sos más oscuros 
detalles? ¿k dónde irá el espíritu, si no lee en el libro de la ciencia 
más que á través de su razón falaz y engañadora, pretendiendo escru- 
tar todos sus problemas fuera de esa luz purísima que como el sol en 
el sistema del Universo, no hay tenebrosidad que no ilumine, ni tras- 
parencias que no embellezca, ni seres que no vivifique? 

La luz de la fe, vibrando en los entendimientos, deja percibir al 
espíritu los divinos acuerdos de la razón y de la ciencia; y á su luz 
preclarísima, cual si volviesen á realizarse, resuelve la inteligencia 
los más arduos problemas, sin que en el ardiente crisol se pierda el 
átomo más imperceptible, sin que en la lucha del periodo de ebulli- 
ción de los elementos se destruyan unos á otros, sin que en la supre- 
ma síntesis se repelan y choquen contrarias teorías; pues así como 
en la oscuridad marcha el hombre á tientas é indeciso, fiando ai tacto 
lo que no percibe el sentido propio, así en la plenitud de la luz mar- 
cha seguro y firme, posesionado de sí mismo, hacia el fin de sus des- 
tinos. T cuanto fie á la razón el análisis de todos los problemas, como 
que esa luz es reflejada y vacilante, en lucha con otras luces de di- 



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482 REVISTA DE ESPAÑA 

versas intensidades, tanto más circunscribirá sn esfera, tai^ mia 
seráTi inciertos los resultados de sns investigaciones, y, optando por 
la libertad de la razón en contra de la fe, perderá la libertad única 
del criterio en la elección, haciéndose voluntario esclavo del error. 

Dos son, portante, las anchas vías que se presentan á la inteligen- 
cia humana: la fe y la razón. Siguiendo la primera, desde la eausal 
única, inmutable, siempre preexistente, Dios, llegaremos al fin de 
todas las investigaciones en una sucesión lógica, perfecta, constante 
en ambas naturalezas, dándonos la unidad del principio y la libertad 
de los medios la positiva certeza de un razonamiento estrictamente 
lógico, severo, justo y racional. Siguiendo la segunda, ó hemos de 
entregarnos á la propia limitada luz de nuestra inteligencia, ó hemos 
de aceptar las de encontrados sistemas,* y ¡ay de aquél que, resba* 
lando en el hondo precipicio del materialismo grosero, quiera levan- 
tar su alma á los ilimitados espacios, donde nada pone trabas i su 
libertad!; pues de error en error, de calda en caída, por remontarse i 
un principio sin principio, caerá en la más tremenda de las neg^io- 
nes, la negación de sí mismo en la negación de Dios; y desde esas 
caóticas profundidades, ni puede cimentarse el primer vagido de la 
existencia, ni desarrollarse en el panorama de lo infinito la obra del 
Eterno, sonriendo con todas sus bellezas, con todos sus tesoros, á los 
nuuca satisfechos pero siempre libres deseos de las deleznables 
criaturas. 

Así divagaba un día mi pobre inteligencia mientras descansaba 
un momento á la sombra de un gigante de granito de áspera subidaj 
que desde la fuente del portal, pasando por la ermita de Santa A«a, 
dirige á la Sierra Larga, camino que de San Miguel conduce á la en- 
hiesta cima de San Jerónimo en la histórica y singular montaña 
donde el adusto catalán enlaza, bajo el simbolo de la unidad inmate^- 
rial y divina, todos los más grandes afectos de su corazón: el amor á 
la familia, el amor á la patria y el amor á Dios. Sí; era un dia del 
ñorido Mayo, mes de las flores más hermosas, mes de los amores más 
puros, y, por especial permisión de la Providencia, mes de las glo- 
rias más grandes para la nacionalidad española. Las primeras sonri- 
sas del renacimiento á la vida gallardeaban en los valles exuberan- 
tes de Montserrat, donde á la cadencia de sus fuentes cristalinas, fot- 
mando mil cintas de plata, se juntan los melodiosos cantos de las 
tímidas avecillas que, de rama en rama, se cuentan entre los verdes 
y escondidos bojes las asechanzas del cazador y los atrevidos vnelos 



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MONTSERRAT 488 

^e Bxx eterao enemigo, rey de los aires, qae las vigila desde las altas^ 
cimas mientras buscan acá y allá una hoja para su nido, an grano de 
alimento para su amada. En la tortuosa y límpida corriente del Lio- 
bregat se retrataban: aquí, los altos edificios donde la industria ha- 
cina á los hijos del trabajo y á los siervos del capital; allí, el altivo 
puente cuyo arco central puede servir á los modernos de tipo por su 
solidez, su belleza y atravemieuto; allá los árboles seculares que se- 
ñalan los términos de antiguas señoriales propiedades; más allá por 
momentos y á manera de ráfagas frenéticas, el paso de ese monstruo 
moderno que, llevando en si todo un pueblo, comunica las ciudades 
con los grillos de hierro de esas eternas paralelas que, como la mar 
y el cielo se miran alternativamente sin juntarse jamás. Una brisa 
suave traia como en efluvios, desde el fondo del río, todas las exha- 
laciones amorosas de mil plantas aromáticÍEts, y parecía que, al pasar 
«Qtre los erguidos pinos, y los añosos robles, y las corpulentas en- 
cinas, y los humildes bojes y pudorosos tomillos, se entretenía de in- 
tento jugando entre sus hojas para impregnarse mejor de sus deli- 
<*iosos y embelesadores perfumes. Ni una nube empañaba la inmensa 
bóveda del cielo, y su azul purísimo tornasolaba, aclarándose por mo- 
montos, cual va despejándose la razón humana á medida que van 
dominando sus espacios los vivos resplandores de la verdad; jamás 
ha encontrado la paleta un azul más diáfano; jamás ha concebido la 
mente una trasparencia más límpida; jamás ha soñado el ideólogo 
una unidad menos monótona, y una monotonía mas bella, y una be- 
lleza más pura. Aquel cíelo igual, unido, brillante é inmenso; aquel 
cielo de Montserrat, decía:— Yo soy el cielo del Eterno; yo soy la 
gloriosa corona de la Emperatriz de la Tbebaida catalana; yo soy el 
manto purísimo que cobija una historia de sesenta siglos, escrita con 
los gigantescos caracteres de esas desnudas crestas que testimonian 
los períodos de la Creación, las eras de los trabajos, las épocas de las 
formaciones humanas y las apoteosis de las grandezas que fueron, 
preconizando las que vendrán. — Aquel cielo sin celajes, de sin igual 
tersura; aquel cielo que empezaba en el infinito, parecía como que 
por momentos se acercaba hasta besar la cúspide de aquellos conos 
y pirámides que desde el seno de la tierra surgieron en momento fe- 
liz para que sirvieran de emporio á la que reina en él como madre 
amante de la humanidad redimida. 

Jamás vi yo tanta belleza en el cielo; pero jamás había visto la 
montaña tan hermosa, ni el santuario tan espléndido, ni las inmen- 
TOMO cv 28 



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484 REVISTA DE ESPAÑA 

sas llanaras, ni los profundos valles, ni los lejanos montes, ni las tu- 
multuosas ciudades tan llenas de luz, tan impregnadas de vida, tan 
resplandecientes, tan serenas, tan apacibles, tan sosegadas en su pe- 
renne agitación y movimiento. El sol brillaba en el espacio, descom- 
poniéndose en mil cambiantes de luz, y, al chocar sus encendidos ra- 
yos con los diversos colores de aquellos colosales monumentos mono- 
líticos, producía otros tantos soles que deslumhraban la encantada 
vista, semejando cada superficie un mundo, cada rayo un sol y cada 
espasio un cielo, cuando un efecto prismático no fantaseaba incen- 
dios colosales, ó el efecto de mil Vesubios juntos amagando el vér- 
tigo á la Creación. 

¡Y cómo se solazaba el alma contemplando allá á lo lejos, en los 
últimos confínes, las playas enamoradas de aquel mar interior que 
sonrió á los arnijos de aquellos primitivos pobladores de la Francia, 
de la Scythia y de la Grecia, augustos patriarcas del oriente de 
nuestra vida!... Aún recuerdo aquellos momentos de expansión dul- 
císima, en los que veía pasar ante mis ojos el Egipto, la Asiria y la 
Media, nómadas en su esencia, y que fueron la base de tantos y tan- 
tos pueblos. No halagaron mi mente las fábulas de Tubal,de Tharsis^ 
pero se anegó complacida en las epopeyas helénica y románica, por- 
que en ellas encontró el verdadero asiento, la base cierta, induvita- 
ble de su génesis, de su grandilocuente historia, de la Edad Media, 
lie su asombrosa vitalidad en la época moderna. 

A la espléndida luz de aquella mañana de Mayo contemplé echar 
los cimientos de nuestro ser político á los Ansetanos y LaletanoF. 
(yOFetanos y Hercaones, Turbulenses y Celtíberos, y vi salir del 
fondo de la mar serena Emporias y Tarraco la bella, Juncaria y la. 
sin rival Gerunda, la que había de ser sabia Ceresus; la fidelísima 
Yeitos, predestinada á las llamas siete veces; la encantadora Valen- 
tía, la heroica Seguntum; y, á la par que Ansa, Bergusia é Ilerda, 
la sultana de las sultanas, la gloriosa Barcinón, futuro centro que 
había de llevar la vida á todas las riberas mediterráneas. 

Contemplando desde mi asiento rústico el altivo Pirineo, vi cómo 
abandonaban las desoladas tierras del Dou y del Danubio inmensura- 
bles hordas que, cayendo como una tromba sobre el disoluto Imperio, 
atravesaron sus terribles desfiladeros para despeñarse como buitre? 
sobre aquellas nacientes sociedades; y víctimas del furor Alano, se- 
guí paso á paso las huellas de su marcha asoladora, hasta que la ava- 
lancha Africana, en su victorioso desbordamiento, todo lo arrolló. 



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MONTSERRAT 435 

hasta pararse .en los Astures y Cantábricos m'ontes, dejando como por 
milagro uua degradación del Pirineo para que sirviera de núcleo á la 
formación de las nuevas sociedades: y desde allí vi surgir, á la voz do 
Ludovico Pío, á Beza y á Bernardo, á Berengario y Aledran, á Odal- 
rico y Vifredo el Velloso; y después de enajenarme en la paradisiaca 
leyenda de los Vifredos y Borrells, de los Suniarios y Berengueres, 
sentíme desmayar con las epopeyas de los Ramiros y Alfonsos, de los 
Pedros y de los Jaimes, de los Juanes y de los Fernandos. 

A medida que el sol llegaba al cénit, mi espíritu también se re- 
montaba en alas de tanta gloria; y mientras contemplaba á los Roger 
de Flor y de Lauria, á los Folchs y Cardonas, combatiendo por su 
Dios, y por su Patria y por su Dama, escuchaba embebido los dulces 
cantos de sus populares trovadores, los viriles ecos de sus inspirados 
vates, los profundos conceptos de sus filósofos é historiadores y la al- 
tísima sabiduría de los que en arduas vigilias escribieron sus Códigos 
venerandos. Sí, en^aquellos momentos, en que el sol formaba una guir- 
nalda sobre el monumento de Vifredo, yo leía escritos entre los rayos 
de su lumbre los imperecederos nombres del enamorado Ausias, de los 
eminentes Lulio, Vives, Montaner, Moneada, Jaime I, Oliva y otros 
en número infinito; y en el foco de su eterna hoguera, los de Elaris, 
Fivaller y Viuatea, sosteniendo entre sus manos los venerandos üs(U- 
yes y las envidiadas Costums del mar, base de todos los Códigos mer- 
cantiles del mundo. 

Las campanas del Monasterio resonaron en las concavidades de la 
montaña, señalando el paso del sol por el meridiano, con un llama- 
miento al corazón; y levantándome súbito, descubríme y recé: sí, sa- 
bios filósofos al uso, recé por los héroes que fueron; recé por la paz de 
aquel recinto sacrosanto, y recé por los infelices que en aciagos mo- 
mentos de febril locura llenaron de ruinas aquellos ámbitos ique bá 
mil años ¡mil años! repiten los cánticos de gloria que inspira Jehová 
al alma cristiana enardecida por el amor de la patria. 

Vuelto al mundo de la realidad, paseé en torno la vista, jamás 
cansada de tanta belleza; y mientras el sol iba descendiendo, recorrí 
todas las cordilleras que separan las diversas comarcas del antiguo 
Condado, envié un saludo á la náyade del Mediterráneo, la cautiva 
Mallorca, y confundiéndose con los lejanos vapores, envié un recuerdo 
á los pensiles de Turia. Entonces pregunté á la Torre de la Minyona, 
¿cómo subsistiendo aún en la histórica fortaleza, ni subsisten sus se- 
ñores, ni subsisten aquellos privilegios que tanto elevaron á los Car- 



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486 REVISTA DE ESPAÑA 

donas? Y entonces, un 8Í>b¡do agudo, largo, ronco, estridente, contes- 
tóme que en los tiempos de la igualdad de derechos no caben estas 
Aristocracias, ni á las inmensas necesidades de boj servirían aquellos 
esfuerzos gigantescos como los de Ramón Fols III, salvando en Ñapó- 
les á Don Alfonso V de Aragón. Entonces preguntó á aquella inmen- 
itidad de conventos que esparcidos acá y allá descubría, por qué no 
resonaban aún en ellos los cánticos áeHossanna de aquellas épocas pa- 
sadas; y altas espirales de humo denso, que se extendían perdiéndose 
•en los aires, contestaron á mi pregunta, diciendo: -He aquí los con- 
ventos del siglo xix; oye los cantos de sus cenobitas y de sus religio- 
sas; quizás te obliguen á ensordecer, pero en sus bodegas no se 
encuentran los sudores del siervo del terruño. Otras épocas, otras coe- 
tumbres. Kl obrero-de la iglesia se aproxima al de la industria. — ^En- 
tonces pregunté dónde estaban aquellos hombres eternamente destina- 
dos á escribir inmensos infolios; pero antes de extinguirse el último 
eco, una ráfaga trajo á mis pies una hoja, y en su levnguaje mudo con- 
testóme: ¿De qué servirían hoy tantos seres aptos para otros trabajos 
ante la insaciable voracidad de la prensa...? 

De la época de piedra á la época de hierro, la humanidad dio un 
paso de gigante; y de día en día, de hora en hora, creciendo sus ne- 
cesidades, han exigido nuevos esfuerzos. De la época de hierro á 
nuestra época, ¿qué ha sido del mundo? ¿Qué ha sido de las socieda- 
des?... Aquí contemplo bajo mis pies la obra fundada por Vifredo en 
el siglo ix; sus edificios han cambiado, pero el fundo y la forma de la 
institución aún viven; ásu amor aún se respira en los aires la liber- 
tad y el derecho de nuestros Códigos, hollados por Felipe V; en todos 
sus valles se goza de aquella frescura que revelaban los conceptos de 
los adoradores de Clemencia Isaora; y esos enhiestos conos, semejan 
otros tantos monumentos que pasan por encima de las edades para 
cantar eternamente la noble entereza de los Flvalleres y Viuateas. 
Aquí, hasta en los bojes se embriaga el alma con los perfumes de la 
Catalunya de Borrell y de Roger de Lauria; pero apartando la vista 
más allá de la sombra de su recinto, hasta las hojas que se mueven en 
los árboles parece que se mecen al indolente compás de los aires de 
Castilla... 

Pasan las horas en dulcísimas abstracciones; el cielo empieza á 
cubrirse de vapores y el sol va á trasponer la lejana sierra. ¡Qué bello 
es Montserrat en este momento! La densa neblina, su eterna compa- 
ñera, extiéndese en su falda; dulcemente arrastrando, sube hacia las 



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MONTSERRAT 487 

escarpadas cimas; detiénese un momeDto sobre su cáspide, avara de 
eternizar el beso de su divina despedida, y desaparece por fín en el 
infinito, cual si fuera el espíritu de la montaña. 

II 

El eco de la última campanada de las doce resonaba aún en los 
profondos valles, cuando asomó su disco el melancólico astro de la 
noche tras los blancos y densos vellones que á trechos cubrían el azul 
del firmamento. En toda soledad produce un efecto mágico sobre los 
sentidos esa intermitencia de luz y sombras que sólo á la noche es 
concedida; pero en esa soledad tan llena de compañía, en ese silen- 
cio tan impregnado de murmullos; en ese centro de vida espiritual y 
mística que llamamos Montserrat, tiene un encanto tan especial, tan 
suyo, que ni en el Coliseo, ni en el Escorial, ni en las arenas de Ni- 
mes, ni al pie de la Alhambra, embarga al alma con tan arrobadora 
poesía. 

En aquella hora tranquila y misteriosa, punto de intersección en- 
tre el ayer y hoy del hombre, hora en que los venerables monjes de 
San Benito empiezan el rezo del nuevo día, mientras los hijos del tra- 
bajo descansan de las faenas pasadas para recobrar fuerzas para las 
que vendrán; y en tanto que los apasionados de la ciencia hojean to- 
davía las páginas escritas por Platón y Aristóteles, Santo Tomás y 
San Agustín; en aquella hora en que la disipación y el lujo de la& 
grandes ciudades derraman los tesoros acumulados por cien genera- 
ciones, mientras vela la virtud á la cabecera del agonizante, ó en la 
cabana del pobre ó en el último rincón del hogar para asegurar el 
pan de una familia, y el vicio y el crimen acechan el momento de 
<;aer sobre su presa; en aquella hora de quietud y reposo, de soledad 
y misterio, resuena acompasado y lento el bronce santo, y apenas ha 
terminado la última onda que produce la vibración en las capas 
atmosféricas, vuelven éstas á agitarse al amor de los místicos soni- 
dos de una oración purísima que elevan á la Reina de los cielos los 
majestuosos cenobitas de la catedral de las Montañas. A través de los 
altos ventanales de colores, percíbese la claridad de sus eternamente 
encendidas lámparas; los espesos muros no son bastantes á apagar 
el eco de aquellas voces acompasadas que recitan los hermosos con- 
ceptos del salmista, y como las nubes de incienso van á perderse en 
la agigantada bóveda, asi los apacibles sonidos as^cíenden por aquel 



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488 REVISTA DE ESPAÑA 

valle hasta desvanecerse en las desnudas cimas que jamás ha hollado 
la planta del viajero. 

La luna daba de lleno en el santuario; los tres cuerpos del edificio, 
la Escolania, la Iglesia y el Monasterio, destacaban sus formas colo- 
sales, como tantos grupos de montañas; la Mayordomía, adosada al 
torrente de la Escala Dreta, semejaba un feudal castillo con su plaza 
de armas en la vasta terraza; las nuevas hospederías parecían dos 
ninfas en la soledad del valle, vigiladas por el viejo eunuco represen- 
tado por las vetustas paredes de los aposentos del venerable José de 
las Llantias; la que en su tiempo fué casa del médico, y boy, como 
las demás, son habitaciones para los romeros, se perdía tras de los 
árboles; la torre de los Obispos levantaba las cuatro aristas de sus 
ángulos, como si fuera el eterno centinela de las ruinas que atesti- 
guan el salvaje paso de los hombres; el arco bizantino, ruborizado de 
su vejez, se escondía tras de las sombras que proyectaba el vetusto 
lienzo del antiguo templo, pesaroso de ver la esbeltez y gracia de 
aquella fachada gótica, sobre la cual va escribiendo la mano del tiem- 
po los siglos de su constante admiración. 

Todo ese mundo de colosales dimensiones, á medias escondido en 
la profundidad del valle y á la mitad precisa de la elevación de 
aquel monte venerando, obró sobre la imaginación con tal poderío, 
que me sentí como arrebatado por una fuerza extraña, misteriosa é 
invencible á otro universo más grande, más hermoso, más puro, más 
identificado en el espíritu de la divinidad. Si la naturaleza era esen- 
cialmente bella, la humanidad respondía sólo á los acentos de amor; 
ni la envidia creaba un Caín y un Lameck, gérmenes primitivos de 
todos los odios y de todas las guerras; ni el orgullo satánico levan- 
taba monumentos contra la intención del Creador; ni la lujuria re- 
producía las asoladas ciudades de Sodoma y Gomorra y las abyeccio- 
nes de la misma sabiduría; ni la avaricia del oro esclavizaba á la vez 
la razón y la dignidad y hasta el espíritu del hombre. Todo era armo- 
nía en aquel mundo. Ideado por Dios, modelado por sus manos, cie- 
los, tierras y mares, todo en su todo era perfecto, y el hombre, he- 
cho más que por su voluntad por el propio consejo, era su hechura en 
espíritu, y su belleza sobrepujaba á todo lo creado. ¿Será que en 
el seno de aquel valle precioso y tres veces santo, se armoniza cuan- 
to vive bajo la esencia del amor divino que eternamente derrama el 
fervoroso culto de la Madre de Dios, siempre puro, siempre acendra- 
do, siempre libre en el curso de los siglos? 



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MONTSERRAT 4S9 

Poruña complacencia indescriptible, una ligera brisa había disi- 
pado las tenues nubéculas y la bóveda azulada brillaba con todo el 
esplendor de sus innumerables luceros, mientras la tibia luna bañaba 
con BU luz melancdlica todo aquel inmenso conjunto, todo aquel 
mundo de poesía, cuyo corazón alentaba por el amor. Yo contemplaba 
absorto tanta grandeza, y en aquel monte y en aquel santuario veía 
escrita la historia de la Creación con todos sus detalles, diciéndome 
cada uno de ellos que mentían aquellos filósofos, atribuyéndola á un 
concurso casual de primeros cuerpos. Nó, Montserrat nos ofrece la 
idea perfecta de la Creación, obra de Dios, y de un mundo en que 
los hombres sólo responden á las inspiraciones del bien. ¡La Crea- 
ción! ¿Quión se atreve á negarla en las soledades de Montserrat? 
Aquellas fantásticas rocas de caprichosas formas, sin una planta, sin 
una flor; aquel hacinamiento de picos agudísimos, inaccesibles á la 
voluntad del hombre y á las necesidades del ave, si les contempláis 
en medio de la serenidad de la atmósfera dominando todos sus contor- 
nos, siempre se os presentarán como la primera materia saliendo de 
la mano del Criador; y si les miráis á través de la densa neblina, que 
es su eterna amiga de todas las tardes, os parecerá, que en los in- 
mensos remolinos de aquellos vapores aún flota el espíritu de Dios, 
esperando el momento de animarlo todo. ¿Qué son aquellos valles y 
laderas que se desprenden desde el santuario hasta las riberas del 
Llobregat más que la copia fidelísima del trabajo divino animando la 
materia? Allá, la naturaleza abrupta, informe, colosal, estéril, lanzán- 
dose al espacio; aquí, la Naturaleza exuberante, rica en formas infi- 
nitas, ordenada y hermosa. Allá, el primer momento de la materia, 
la primera expresión de la vida, el primer impulso de la idea creado- 
ra; aquí la organización de los elementos, todas las formas del ser, la 
plenitud de todos los movimientos. Alíala manifestación de la volun- 
tad imperiosa expresada en un fiat; aquí, la expresión acorde y razo- 
nada de la voluntad y el consejo, revelados en esta sublime palabra: 
faciamus. 

Si: las dos épocas del mundo primitivo presentáronse á mi ima- 
ginación en la montaña, donde la vida patriarcal se ofrece entre 
aquellos pastores, que acá y allá esparcidos, ya llevan sus gauados al 
pie de la cueva de la Virgen, ya se acogen en invernada en Santa 
Cecilia; entre aquellos agricultores que sobre las colinas de Monis- 
tro!; ó junto á las hondonadas del Bruch, cultivan algunos trí- 
.gt)s"que apenas doran, algunas vides raquíticas, mientras la es- 



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440 REVISTA DE ESPAÑA 

pe8ura del bosque ostenta todo el lojo de una vegetación tro- 
pical. 

Los que en vuestro interior sentís un algo que os habla, un algo 
que, siendo vosotros mismos, parece la acción de un ser extraño é in- 
dependiente; vosotros, que en pleno siglo xix no os avergonzáis'de 
confesar á todas horas lo limitado de vuestro ser, venid conmigo á la 
soledad del monte, contemplad en la quietud de la noche esas do» 
fases opuestas que presentará á vuestra vista, y reconoceréis con- 
migo y la comprenderéis, la idea de la Creaciót: sentaos junto ámí^ 
y recorriendo el espacio desde la tersa superficie del río, subid hasta 
las empinadas crestas de San Juan y Santa Magdalena, y al perder- 
las de vista en el espacio confesaréis de hinojos, hundiendo la frente 
en el miserable polvo, la inmensidad y grandeza del Autor de lo 
criado. 

Entonces el libro de Moisés, ese divino Génesis, hablará á vues- 
tra imaginación, y como el inmortal Bossuet reconoceréis que la 
Creación es la primera y- más grande manifestación de Dios en la his- 
toria, que es la primera palabra de la vida, el primer fundamento de 
la ciencia, y que sin el dogma de la Creación no son posibles ni la 
vida, ni la ciencia, ni la historia. 

Dejemos un momento á la naturaleza, que en la frescura de la no- 
che combina los gérmenes de la vida producidos x)or el calor del sol,, 
que siga en su eterno trabajo de reproducción, y contemplemos por 
un instante esa otra vida, que viene á ser la continuación de la his- 
toria del uni* erso en ese pequeño mundo de Montserrat. 

Historiadores y poetas reconstituyeron en su mente el mundo y 
las antiguas sociedades, buscando en las formas de la materia, y en 
los monumentos, y en los geroglífícos, y en las inscripciones la mar- 
cha de sus organismos sociales y políticos; poetas ó historiadores, 
filósofos ó arqueólogos, contemplad conmigo este reducido panorama, 
y decidme: ¿No véís aquí la historia de la humanidad^ En esas rui- 
nas, ¿no hablan á vuestra imaginación Ninive, Babilonia, Memfís, Je- 
rusaléu? En estos vastos y colosales edificios, ¿no habla á vuestra ra- 
zón, con la lógica de diez siglos de existencia, la verdad de aquel glo- 
rioso pasado, confundiéndose entre las nubes del preséntela grandio- 
sidad del porvenir? 

¡Desde que el genio del hombre sentó la primera piedra ei^stos 
sagrados recintos, han trascurrido diez siglos, mil años, milL.Jy en 
ese largo espacio, que ya no es un átomo respecto al pasado, acuque 



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MONTSERRAT 4« 

lo sea ante la. eternidad, encuentra mi espíritu manifiestos como en 
las páginas de un libro todos los errores de la razón en ruinas, todas 
las verdades de la fe ostentándose espléndidas, rebosando vida, ani- 
mación, grandeza y poderoso aliento generador después de diez y 
nueve siglos. . ¿qué digo diez y nueve?, sesenta siglos; pues los pri- 
meros hombres, las primeras razas adoraron en el Dios de Abraham, 
de Isaac y de Jacob, el mismo Dios de los cristianos. 

Seguidme mientras la luna presta su luz á los contornos de mi 
cuadro,- seguidme mientras el aire se agita dulcemente entre las ra- 
mas impelidas por las ondas sonoras de las humildes oraciones que 
resuenan en el templo. Aunque vuestro corazón no responda á los 
mismos impulsos á que contesta el mío, venid, seguidme; y si vues- 
tra razón no es tan altiva que domina sobre la ciencia, aquí confosa- 
róis lo único infinito, humano en las miserables limitaciones de 
nuestro espíritu; pero en cambio gozaréis de los placeres inefables 
que produce la tranquila contemplación del verdadero infinito remon- 
tándoos en alas de la fe hXfocxts esencial de la única verdad eterna. 
La noche es tranquila y serena; todo duerme, hasta las plantas se 
inclinan suavemente y las flores silvestres han cerrado sus capullos, 
y ni aun el cuclillo respira en las espesuras de la selva. Abandonad 
vuestra imaginación á voluntad del sentimiento, olvidaos de vosotros 
mismos y de que exista otro mundo más allá de esta montaña; fijad 
los ojos en el escenario que ilumina la reina de los astros, dejaos 
magnetizar por su influencia mística y divagad en la historia. 

Pues qué, ¿nada dicen á vuestros sentidos esas columnas rotas, 
esos frisos y chapiteles esparcidos acá y allá, esos muros ennegreci- 
dos, esos sarcófagos mutilados, esas torres desmanteladas, esos ar- 
cos degradados, esas galerías cortadas y esas estatuas despiadada- 
mente mutiladas, más por la brutal violencia del hombre que por la 
acción lenta y razonada de los tiempos? El colegio, el convento, el 
templo, el santuario, la hospederia, la montaña, las ruinas, los mo- 
numentos, el pueblo, la naturaleza, el hombre. Dios; todo ese uni- 
verso con su causa, ¿no despierta vuestro corazón?... 

Apenas España se daba cuenta de sí misma: aún los Fenicios y 
Cartagineses conservaban encarnado su sello en todos sus ámbitos: 
los Romanos hablaban en nuestros Códigos, en nuestros osos y cos- 
tumbres; los Alanos apenas habían podido modificar nuestra esencia; 
aún no se daba cuenta del horrible desastre del Guadalete, cuando 
aquí, en e^te monte, en este recinto, alentaba ya el espíritu de la 



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442 REVISTA DE ESPAÑA 

patria catalanaT A la independencia política siguió la política j reli- 
giosa; y ¿dónde mejor que en esta Covadopga establecer el cimiento 
¿e esta obra colosal? Contemplad eu esos grupos artísticos la esencia 
de nuestro ser; contemplad en esas ruinas materiales los sagradofi 
restos de nuestra ruina moral. El Oriente y Roma están aquí repre- 
sentados, manifestando cuáles son las condiciones de nuestro carác- 
ter: los bijos del fuego, los Seides del Koran, apenas dejaron huella 
de su paso. Todo es Griego ó Romano en Montserrat; todo es Ibérico, 
])orque todo es Catalán. Volved atrás la vista: aquí está la cueva de 
<iarin; por ella sabréis que mientras Cataluña era dependiente de los 
Carlovingios, Montserrat no era más que un monte; pero en el me- 
mento en que sus Condes la proclamaron independiente, porque sas 
liálitos podían mantener su autonomía, Montserrat fué el trono cata^ 
lán de la Reina de los cielos, Montserrat fué el corazón de aquella na- 
<'ionalidad que se levantaba aun tiempo con la hidalga Castilla^ con 
la animosa León, con la leal Navarra y el Aragón valiente para recha- 
7.ar las hordas de Tarif-ben-Zeyad, de Muza y de Abd-el-Aziz. ¿Cómo 
no ha de ser el alma de Cataluña esa montaña, que es su centro^ si 
por ella respiran sus pulmones los alientos de su fe? ¿Cómo no ha de 
«er el símbolo del amor de patria esa montaña, si su vida ha sido su 
propia vida, naciendo con ella, con ella siguiendo sus vicisitudes to- 
das, y de ella tomando siempre á la par de los tiempos todo el calor 
de su grandeza, para devolvérselo centuplicado con los ardores de la 
fe, de la fe, que en el arca bendita de su santuario se conserva incó- 
lume para reproducir en todas las épocas de nuestra historia los arro- 
jos de Bernardo de Cabrera y de Gilabert de Ernilles, de los Mata- 
planes y Cervellós, los Rocabertis y Gironellas? ¿Cómo no ha de ser 
Montserrat el ideal de la patria catalana, si allí, tan sólo allí es donde 
^e conserva íntegra aquella lengua que antes de la formación de su 
hermana, la melodiosa y dulce de Castilla, hacía ya retemblar la 
tierra á su grito de «¡desperta ferro!»? [Cesad un momento, latidos de 
mi corazón! dejad que escuche los acentos de Giraldo de Cabrera y de 
Guillermo de Berga, de Hugo de Mataplana y de Vidal de Besalú. El 
<^ncanto de sus trovas qnipren reproducirle hasta los Reyes de otras 
uaciones, y Federico I canta: 



Platz mi cavalier francés, 
E la donna catalana, 
K l'onrrar del Ginoes, 
E la cort de castellana... 



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MONTSERRAT 448 

Brisas de la montaña^ pasad ligeras, qae á mis oidos llega la ex- 
presión melancólica de aquel vot^o de Ansias 

Qui non es triflt, de mos dietats no cur... 

Rumores de la selva^ que oísteis al enamorado Jordi cuando os pre- 
guntaba: 

Sino amor, ¿dons a^o qué será? 

repetidme, repetidme aquellas notas dulcísimas del laád de nue&tro 
moderno trovador de las montañas. 

Verge y Mare de Deu, Senyora mía, 
Deis pobres y aflí^^it» guarda y consol; 
Mes pura que la Uuní cuant naise lo dfa. 
Mes hermosa que l'cel cuant surt lo sol. 

jAh, sil los que no comprendéis ese dulce afán del alma, y, sin 
embargo, estáis dominados por él; los que os resistís á tolerar que el 
catalán bable su lengua, venid á Montserrat, si no podéis trasladaros 
Á la sombra de las montañas astures, 6 buscar refugio bajo el manto 
de la Virgen de las Victorias, y entonces comprenderéis que si el ca« 
talán no hablase su lengua propia, no podría ser español. ¿Sabéis lo 
que significa el verbo?... ¡Desgraciado del catalán que al píe de los 
altares de la Virgen de Montserrat no la saluda con acentos catala- 
nes! i Desgraciado del hijo de estas tierras que á la sombra de estas 
montañas habla otra lengua que la de Arualdo de Vilanova, Mosen 
Luis de Requesens y Ray mundo de Penyafort! ¡Triste de aquél que 
al dejaros no os saluda con Aribau diciéndoos: 

¡A Deu siau turons, per sempre á Deu siau! 

Tristes de aquellos que desde lejos no ercuerdan lo so de aquells 
torrenús é brisas deliciosas^ pues si al fin, cansados de su peregrina- 
ción por el mundo, vuelven á . morir á la sombra de tus cipreses, 
de ellos no dirá el poeta: 

Los noms ais estranys passan é á la posteritat. 

¡La lengua catalana! ¿Conocéis su historia los que habláis de 
ella? ¿Conocéis acaso el origen de la que vosotros habláis? ¿Conocéis 
la historia de esa nacionalidad libre, grande, independiente, con sus 
Códigos y sus ejércitos, con sus costumbres y sus dinastías, que dea- 
de el 801 hasta 1470, tanto monta en la historia de la Península como 
monta tanto la de Castilla? ¿Conocéis la historia de esa nacionalidad» 



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444 REVISTA DE ESPAÑA 

qne unida por ud matrimonio, y do porconquista, siguió rigiéndose por 
8U8 lejes, por sus fueros, por sus prácticas hasta nuestros días? Poes 
si nada de esto conocéis, venid á Montserrat, y cada una de las pie- 
dras de sus ruiuas, cada uno de sus pilares, cada uno de sus ediñcio9. 
os dirá que el pueblo más indigno de la libertad humana, es aquel 
que olvida sus tradiciones, su historia, sus costumbres, y sobretodo» 
el lenguaje, ese distintivo divino, por el cual, con la protesta de nues- 
tra fe, nos elevamos sobre lo más grande de todo lo criado ; el leu- 
guaje, ese algo misterioso que, naciendo con nosotros, carece de for- 
mas hasta que el amor terreno le enseña á balbucear el nombre de 
madre, hasta que el amor á Dios le ensena á balbucear la primera 
oración; el lenguaje, ese conjunto de sonidos siempre bello, siempre 
armónico, siempre dulce, siempre sagrado, orase adorne con las ga- 
lanas vestiduras orientales, ora se presente con la elegancia meri- 
dional, ora sencillo, grave ó áspero, repugne á quien no le haya 
aprendido al perfuroudo calor del seno maternal. 

Aún me parece escuchar los acentos de Don Pedro II, al héroe de 
las Navas de Tolosa, Príncipe el más encumbrado y poderoso de las 
tierras en que se hablaba la lengua de Oc, cultivando el arte de los 
trovadores; aún llegan á mis oídos los cadenciosos versos de Don Pe- 
dro III, el adalid de Sicilia y de Panisars, y con las de tan egregios 
maestros de lacaya c¿eiu:ia, los de ambos Guillermos, los del fecun- 
do Serreri de Gerona, los del Templario Olivier, los de Amaneo Des 
Eseás, Don Fadrique de Sicilia, Mole, Ponce Barba y el Conde de 
Amporias. 

Mirad, por aquellas galerías ojivales resuena aún la tremenda 
voz del poderoso Don Jaime; recitando está los pasajes de su obra Lo 
llióre de la sabüsa. Lengua de su corte, la lengua catalana brilla en 
los documentos públicos y la admiran los extranjeros en los Códigos 
de sus legisladores y en los infinitos volúmenes de sus sabios y de 
sus literatos. Don Pedro IV escribe en ella su crónica; Pedro Rivera 
traduce la Historia Universal de Bspa^a; Andes Febrer, la Ditifia Co- 
media; j mientras San Raymundoy D. Ramón de Anglesola escriben 
en ella tratados profundos teológicos, Jaime March escribe el Diccio- 
nario de las rimas, Aversó, Nogay Toixá sixa Aries poéticas, Roma la 
Divina odra de moral Jilosójica, y Juan Martorell, el tan celebrado de 
Caballería, Tirante el blanco, único de los que fueron salvados en 
aquel famoso escrutinio de las obras que componían la biblioteca de) 
Ingenioso Hidalgo. 



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-^-H¿ 



V'; 



MONTSERRAT 445 

Oid la lengua en que conferenciaban el Príncipe de V ¡ana y el 
poeta Au8ias, como conferenciaran en la de Castilla Don Juan de 
Austria y el inmortal Cervantes; oidla en la iglesia^ y en los claustros 
y en las selvas de Montserrat renaciendo en el siglo xix^ y no podréis r^ 

menos de bendecirla; porque si en el Brach y en Gerona acompañó I 

con sus alardes de guerra al grito entusiasta de Santiago, en las 4^ 

trincheras de Tetuán y en Vad-Rás resonó gloriosa ofreciendo cente- ;; 

nares de mártires á la patria española, y en los espesos bosques de | 

la tostada Ámórica vibra todavía su tenebroso acento de guerra, her- | 

mana gemela de aquella tan sublime, tan rica y tan espléndida, que 
vive y vivirá siempre en ambos mundos, porque los lenguajes, aun 
después de muertos, viven para glorificar al menos la gloria del 
Eterno. 

Los rumores de la montaña van despertando, al paso que la luna 
amortigua los tenues rayos de su hoz de plata; á pequeños vuelos em- 
piezan las avecillas á abandonar sus nidos; de las alquerías lejanas 
llegan apagados los cantos matutinos; aquí y allá pausadas resuenan 
las esquilas de los rebaños que se agitan, y sus pastores saludan el 
nuevo día saludando á la Perla de Cataluña; las campanas def Mo- 
nasterio alegran los valles, las torrenteras, y con los primeros rayos 
de la aurora derraman las flores su esencia perfumada... poeta, duer- 
me y deja al mundo que salude á los cielos con la poesía de la 
<:reac¡ón. 

IJI 

Las grandes evoluciones de la humanidad, en todos los tiempos 
de la historia han pasado por el mundo como tempestades; y unas 
veces, fecundando la tierra, han sido la causa directa de inmediatos ( 
beneficios; otras asolándola, sembrando la muerte y la desesperación 
por todas partes, no han sido más que una espantosa calamidad; y 
otras, participando de entrambas condiciones, esto es, llevando en su 
<^entro los gérmenes de un bien futuro y providencial, pero dejando 
tristes huellas de su paso, han sido en el orden moral lo que en el 
orden material todas las aplicaciones del espíritu humano, que jamás 
podrá sustraerse á la influencia de esos dos principios que le fueron 
coetáneos, que le guían y le empeñan, que le detienen y suspenden, 
que le arrebatan y le arrastran, hasta que, fijándose en su esencia, se 
levanta y se fija inmóvil en el punto más próximo del ideal percep- 
tible del bien. 



^^^^ja 



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446 REVISTA DE ESPAÑA 

Cuando rotas las cataratas del cielo despéñanse en torrentes los 
acamnlados vapores en las regiones del espacio, y del preñado seno 
de las negras y cargadas nubes vibra la luz del rayo, cuya silueta de 
fuego se pierde en el espacio entre el feroz estampido que repercuten 
los ecos de los valles; y silban y rugen los vientos desencadenados 
con el silbido de mil serpientes y el rugido de cien manadas de leo- 
nes hambrientos; y allí la pavorosa llama del incendio lleva la des- 
trucción á la morada del hombre, y más allá espantoso terremoto 
sacude con violencia las cimas de los montes, y un día y otro día se 
sucede y nunca cesa la aterradora lucha de los elementos; y al sere- 
narse al fin los espacios no brilla el arco iris en el cielo, símbolo de 
aquella bíblica paloma que anunciara á Noé la paz de Dios, estad se- 
guros de que esa tempestad no ha traído más que la muerte y la des- 
trucción. Nuevo diluvio, atómica manifestación de aquella tempestad 
genesiaca, cada uno salva únicamente el arca de su esperanza, el 
verdadero principio del bien, en la más elevada aspiración de sn 
alma. Pero cuando esas tempestades no se juntan en una sola tem- 
pestad, ó unidas no se eternizan complaciéndose en la devastación, y 
brilla* con sus postrimerías la doble corona de luz y de colores en el 
fondo azul del tranquilo firmamento, estad seguros de que esa tem- 
pestad, como las anuales inundaciones del Nilo, ha traido la vida j 
la riqueza, la paz y la concordia de los elementos; estad seguros de 
que, así como los temporales de los trópicos llevan la alegría al nave- 
gante á quien las calmas desesperan, asi esa tempestad ha traído el 
consuelo y la esperanza al infeliz labriego, que contempla en las se- 
quías la ruina de sus trojes y el hambre para sus hijos. 

Dios, en sus misterios, permite que casi siempre traigan consigo 
estas beneficiosas tempestades un algo de aquel Diluvio, porque el 
hombre nunca ha sabido agradecer bastante sus beneficios, ó qoizáa 
porque siempre ha sido, en su satánico orgullo y presuntuosa vani- 
dad, merecedor de castigo. La tempestad que aquí siembra la muerte 
llfeva á otras regiones millares de gérmenes de nueva vida, después 
de haber purificado en su rápida carrera atmósferas y atmósferas; y 
así el bien y el mal, esencia de divina Creación, se comparten en el 
mundo, hasta que, llegado el día de la última suma, de la definitiva 
liquidación, sea el saldo el triunfo del bien en el plan divino, la per- 
fección de la última obra de Dios, en el seno de la naturaleza, también 
acabada, según su idea, en la infinita y eterna presencia de su es- 
píritu. 



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MONTSERRAT 447 

Era un día del mes de Agosto: ni ana nube entoldaba el azul de 
loB cielos; Montserrajb alardeaba el azul de sus empinadas crestas y 
el Yerdor de su pomposa falda, entre las que se levantaba su erguido 
monasterio de ocho pisos; y humildes en su decrepitud, aunque sa- 
tisfechas de &a esplendor pasado, lucían las ruinas las mutiladas be- 
llezas de los antiguos amadores del arte. ¡Fenómeno singular! ningún 
romero habla subido aquella mañana, y las únicas familias que se 
encontraban en este santo retiro acababan de salir después do en- 
viar el último saludo á la Señora de aquellos reinos. Quédeme solo, 
dirigí en torno la vista, y no alcanzando en largo tiempo y extendido- 
espacio ser viviente que turbase aquella soledad, mi espíritu, ane- 
gándose en el inmenso fondo de sí mismo, quiso aislarse más y má» 
y sugirióme la idea de subir á San Jerónimo. Pensamiento y acción 
se correspondieron, y, dicióndole hasta luego á mi aposento, salí del 
claustro, atravesó la plaza, seguí el barrio, dobló el portal, no só si 
le dije adiós á la bella joven vendedora de cruces y medallas que á* 
la sombra de la puerta, del sol y del calor se guarecía, y empecé á 
subir el abrupto camino de Santa Ana. Loa escalones abiertos en la 
peña por aquellos ermitaños, que nunca más volverán, parecía como 
que se bajaban para que fuera más fácil mi camino; y al llegar á la» 
Gemelas sentóme á gozar de aquel fresco dulcísimo que se bebe y ali- 
menta, contemplando el capricho providencial, autor de aquel estre- 
cho socavón que formaron al desprenderse aquellos mundos de rocas 
colosales. Los muros internos de ambas peñas comienzan á brillar ya 
por el continuo roce de las gentes que atraviesan tan angosto estre-^ 
cho, imperceptible á la más pequeña distancia, donde parece que las 
peñas filtran los hombres, ó que éstos, al chocar en las rocas, se 
deshacen como el vapor en el espacio. 

Llegué á Santa Ana, que en los felices tiempos de esta montaña 
era la parroquia de todas las ermitas, y en aquellos derruidos muros, 
cubiertos hoy de musgos y malezas, anonadóme en los recuerdos del 
pasado, en la instabilidad de las cosas, en lo fugaz de las institucio- 
nes, y cómo dejan de ser en el tiempo las que en el tiempo han sido, 
8i no una necesidad, un hecho que ha contribuido al conjunto de su 
época. Nunca la soledad pesa tanto sobre el alma como al ver^e ro- 
deada de ruinas, pues esa manifestación de lo que fué se enseñorea 
de ella como los inanimados restos de una persona que nos fué que- 
rida. Aquel abandono triste, aquel silencio evocaron el contraste dt? 
aquellos cánticos, de aquellas plegarias, de aquel retiro lleno de 



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Í48 REVISTA. DE ESPAÑA 

'vida y encanto; y entonces recordé aquella tempestad horrenda del 
salvajismo agareno que, desde las tostadas arenas de la Arabia, 
Atravesando el desierto de Siria, el bajo Egipto, la Namidia y la 
Mauritania, salvó el Estrecho, y atrás dejando las seculares columnft» 
<le Avila y Calpe, desató sobre Iberia los torrentes de sa fanatismo y 
los rayos de su espíritu belicoso, llevando hasta la Galia su aliento 
devastador en el filo de sus alfanjes y cimitarras, y en el fatalismo 
del libro inspirado al Profeta de Alba, al fugitivo de Medina, al poe- 
ta, guerrero, moralista y teólogo que desde la Meca había de hacer 
temblar en sus cimientos todo el mundo cristiano. £1 iris de Gova- 
donga y de San Juan de Atares brilló en el fondo de mi imagina- 
<;ión, y vi que aquella tempestad no había sido un diluvio, sino que 
trajo consigo nuevos elementos á la vida y engrandecimiento de 
nuestro ser moral. 

Embebido en estas ideas, trepé por aquellas breñas, cubierto por 
los espesos bojes que sombrean la hondonada por donde serpentea el 
camino de San Juan, llegando á la Sierra Larga cual si hubiera es- 
tado paseándome sobre las alfombras del más sibarítico salón orien- 
tal. Desde aquel descubierto, que domina ya toda Cataluña, vi amon- 
tonarse algunas nubes sobre la mar de Mallorca, atrepellarse algu- 
nas sobre el altivo Monseny, y templaba el calor del sol una ligera 
brisa que, juguetona, venía de las cordilleras de San Lorenzo de Mo- 
runys. Atrás dejé la ermita de San Juan, hundida en el seno mismo 
del altivo cono, cuya cima inaccesible desafía á su émulo el Caballo 
Bernardo, y hundiéndome en aquella serie de valles deliciosos, di, 
después de mil rodeos por aquellas sendas laberínticas, con la espiral 
eterna, que entre arbustos y flores conduce á San Jerónimo y á la 
Madre de Dios más alta. Por el contrario de lo que sucede, á medida 
.í|ue ganaba en altura, más libre y descansadamente respiraban los 
pulmones; y cuando la vista pudo al fin dominar en el espacio, libre 
de arbustos y de árboles, recostóme á la sombra de aquellos muros 
que fueron antes el palacio y el templo que más cerca del cielo ha 
construido la humanidad. Sólo viéndolo se concibe cómo la fuerza 
humana pudo levantar aqnel edificio á la enorme elevación de cuatro 
mil metros sobre el nivel del mar. ¡La fuerza humana!... la fuerza de 
la fe, prestando alientos á la piedad, llevó á aquellas cimas todos los 
elementos para construir en la mansión de las aves una morada donde 
á todas horas se implorase el auxilio del Eterno en esa intimidad del 
sentimiento que engendra la eterna contemplación del infinito. 



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MONTSERRAT 449 

Pero, ¿quién, si ha llegado al penúltimo escalón del trono; quién, 
^i tiene impresa la planta sobre las esferas del poder, no ansia domi- 
nar sobre la plenitud de sus deseos? Por esto, abandonando súbito 
>San Jerónimo, subí á la Madre de Dios más alta, y de allí á la Miranda, 
para considerarme desde ese reducido espacio, yo, miserable reptil, 
que apenas abultaba como un grano de arena sobre aquella empinada 
cima, nada menos que otro rey de la Creación. 

El hombre capaz de tanto y la nada se confunden á veces. Vedle 
■en esos momentos en que inspirado por una idea grande se levanta 
del fondo de las ruinas y evoca un imperio; contempladle cuando 
•atraviesa los mares y con un puñado de valientes levanta del polvo á 
los Paleólogos; seguidle cuando en pobres caravelas se lanza á los 
desiertos océanos para ofrecer al mundo el continente Atlántico. Ins- 
pirado en la fe, invocó el nombre de Dios, y Dios asistió á su razón 
dejándole ser, si no omnipotente creador, á su imagen y semejanza. 
Pero vedle consultar sólo su ambición y su orgullo, y veréis cómo, al 
llegar al colmo de sus deseos, la confusión hace inútil la torre de 
Babel, y la disipación destruye los imperios de Sesostris y de Semí- 
ramis, de Atenas y Esparta, de Alejandría y Roma; entonces veréis 
cómo se pierden en Flandes, y en Italia, y en Inglaterra, y en Fran- 
cia los tesoros americanos, y cómo el mar se traga la arrogante ar- 
mada, y cómo caen los Césares desde las alturas inconmensurables de 
su grandioso poderío. 

Cuando la fe le dice á Pedro Nolasco: inspírate en las mercedes 
•de la inmaculada Madre del Cordero, la redención de los cautivos es 
un hecho y tornan á la patria los reyes del ingenio, como Cervantes 
y los pobres atletas del trabajo humano. Cuando la fe levanta el es- 
píritu de Don Juan de Austria, y sombrea su frente con el estandarte 
de la Virgen de Montserrat, la batalla de Lepante destruye el poder de 
los Barbarrojas, y Castilla y Aragón y Cataluña asombran al mundo 
eon las grandezas de sus martirios, con los arrojos de su potente es- 
fuerzo. Y cuando la fe exalta el sentimiento de verdad, entonces la 
filosofía enseña los Arnaldos y los Suárez, los Vives y los Lutios; la 
teología los Raymundos, los Isidoros, los Bularas; la historia los 
Erocios, los Marianas, los Zuritas y los Moneadas; la poesía los An- 
sias, los Serafis, los Manriques, los Riojas, los Lope, los Calderones; 
la arquitectura los Raimundos y Jordanes, los Salvat y Romanes, los 
Albas, Hontañones, Boffis, Sagresas, Comptes, Olotzagas, Colomas, 
Herreras y Valdelviras; la escultura los Sánchez, los Siloes, los Go- 
TOMO cv 29 



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450 REVISTA DE ESPAÑA 

mar, los Ordóñez, los Alemán, los Moríanos, los Cetinas, los Izquierdos 
y Sagannes; la pintura los Murillos, los Riveras, los Viladomat, los 
Velázquez; la música los Manriques, los Vegas, los Encinas, loa 
Peüalosos; y las ciencias y la? industrias proclaman, en fin, la su- 
blimidad de los alientos humanos, el poderoso alcance del entendi- 
miento iluminado por la Majestad de Dios. Pero cuando no es la fe, 
ese sol del espíritu, el que guia la razón, sino que ésta, buscando eu 
sí misma la polar estrella, se arroja á lo desconocido, entonces veréis 
hundirse los Sardanápalos y Nabucodonosorj las ciencias esclavi- 
zarse en el error; las artes morirse en la indolencia y en el raquitis- 
mo; estacionarse las industrias y el predominio de la materia sobre 
el alma; no veréis levantarse las catedrales de Sevilla, de León, de 
Bul-gos, de Toledo, de Barcelona, ni los santuarios de Covadonga y 
Montserrat, ni los monasterios de Arlanza y San Benito de Bages, ni 
los palacios-monasterios del Escorial, de RipoU y de Poblet, ni los 
castillos de Loarre, Bellver, Montjuich y Feliciana, ni las colegiatas 
de San Isidoro, Santa María y Manresa, ni el torreón de la Cámara 
Santa de Oviedo, ni las murallas de Avila y 'Barcelona, ni contem- 
plaréis estáticos los preciosos lienzos que aún viven en nuestros mu- 
seos, ni fortaleceréis vuestro espíritu con las innumerables obras del 
ingenio, ni dominaréis sobre el derecho levantándoos con los Códi- 
gos de los Egicas y Ervigios, Borrells y Jaimes, Alfonsos y Fer- 
nandos. 

Desde la Miranda tendí la vista en derredor, y sentí un vértigo; 
desvanecido casi, sentéme en el centro de aquel pequeño círculo, é 
imponiendo silencio á la razón, dirigí mi alma á los cielos, cerrando 
los ojos para contemplar mejor la grandeza de Dios. Súbito una rá- 
faga de viento me arrebató á mis internas adoraciones, y vi exten- 
derse á mis pies, denso y oscuro, un lienzo colosal que en repetidas 
ondulaciones se perdía en los espacios; á mis pies formóse la tempes- 
tad, y yo, solo, aislado, sobre un cono de granito bajo un sol tropi- 
cal, contemplaba al rayo rasgando los senos de la tendida nube, sen- 
tía rodar espantoso el trueno entre las concavidades del monte, y el 
informe ruido de sus millares de torrentes desbocados subía hasta 
mi como el bramido ronco del oleaje en la espantosa mar del cabo 
Tormentario. Los que no habéis contemplado jamás este espectáculo^ 
no sabéis todavía cómo se adora á Dios desde el fondo del corazón. 
¿Qué? ¿Os habéis encontrado perdido en la inmensidad de los mares 
en noche tormentosa, rotas las muras, rotos los mástiles, rotos los 



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MONTSERRAT 451 

palos, flotando las jarcias, sin caña el timón, lanzados por el oleaje 
embravecido, sepultado el piloto en la profundidad del elemento? 
Pues nada sabéis. Aquella infinidad del cielo, aquella inmensidad 
do luz, aquella soledad sin términos, aquel aislamiento en medio del 
espacio, sobre el rayo, sobre el trueno, sobre las preñadas nubes, 
sobre la inundación; en una palabra, sobre el mundo, es lo más gran- 
de de lo sublime, es lo que no concibe la mente humana, es lo que ni 
se pinta, ni se escribe, ni se comprende, porque en semejante situa- 
ción el ser queda anonadado, abatido y humillado ante la inmensidad 
misteriosa del poderío del Eterno. En aquellos sublimes instantes, 
una voz articulada hubiérame producido el efecto que la voz de 
Dios en eJ Paraíso llamando á nuestro primer padre después de su 
pecado. 

Cesó la tempestad, las nubes se disiparon, y, poco á poco, apare- 
ció á mis ojos la montaña ganando sus proporciones, como en el cua- 
dro fantasmagórico va creciendo por momentos el objeto de nuestra 
adniiración. Dueño otra vez del espacio, contemplando los campos 
donde Almanzor tendió sus huestes aguerridas, donde Don Jaime 
guió sus ejércitos á la conquista de Mallorca, donde Fernando é Isa- 
bel recibieron los primeros presentes de la virgen América, donde* 
los Scipiones tienen su sepulcro, donde Pompeyo levantó sus puentes, 
donde Amilcar fundó sus ciudades, donde Vefredo selló sus sangrien- 
tas barras, donde Felipe V holló todas las libertades, donde Napo- 
león anegó sus glorias, ¡cuántas tempestades humanas recordó mi 
fantasía que en cada valle, en cada sierra, en cada monte, en cada 
llano veía sus huellas impresas para siempre por la misma mano de 
Dios!... 

¡Cuántas tempestades del espíritu no acudieron á mi mente al re- 
cordar las tristísimas historias del Conde de Urgel, del cien veces 
malhadado Príncipe de Viana, del incomparable Lulio, y de su ena- 
morada, la candida, la hermosa, la desgraciada Blanca de Castelo!... 

¡Cuántas tempestades de la idea no trajo ámi imaginación la me- 
moria de aquellas generaciones que en el silencio del religioso re- 
tiro acaudalaron los poderosos cimientos de nuestra civilización, de 
nuestra grandeza nacional!... 

¿Qué es de tí, Cataluña — me preguntaba — que no dictas ya leyes 
al mundo, que no compareces ante los reyes cubierta la cabeza en 
señal de tu suprema soberanía, sin tus vegueres, sin tus justicias, 
sin tus concelleres, sin tus Cortes, sin tu Consejo de Ciento?... ¿Qué 



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452 REVISTA DE ESPAÑA 

es de tí, Cataluña, sin tu Qódigo, según los de San Mauro el primero 
que honra á la humanidad, sin tus costumbres de mar, fuente abun- 
dosa del comercio del mundo, sin tus trovadores, sin tu Consistorio 
del Gay Saber, disfrazados tus usos y costumbres, desnaturalizada 
tu familia, escarnecida tu propia lengua? jAh, pobre Cataluña mía, 
la última de las tempestades hasta amarró con cadenas el cuchillo 
con que el pobre labriego partía el pan para sus hijos!... 

Pero tú vives, parte querida de la esencial ¡dad española, te glo- 
rias con sus glorias, te adornas con sus preseas, y sin perder tu pa- 
sado, todo tuyo, aún llevas los productos de tus industrias más allá 
de los mares, aún cantas en tus juegos florales y aún haces vibrar 
tu lengua y tus cantares en las regiones septentrionales y meridio- 
nales de los imperios y repúblicas americanas. No has muerto, has 
cambiado; porque en la ordenada sucesión de los siglos, cada astro 
tiene su órbifa, cada mundo su eclipse, cada nación su historia, cada 
pueblo su leyenda, cada familia su hogar santo ó invulnerable. 

iQaé hermosa estaba la montaña! Las aguas abundosas refresca- 
ron la atmósfera, sombrearon la tierra, animaron el precioso verdor 
de las plantas y de los arbustos, y los valles, formando pequeños la- 
•gos, retrataban en su linfa cristalina el brillante azul del firmamento. 
Allá, á lo lejos, el sol empezaba á descender hacia el ocaso; al 
opuesto lado, la luna aparecía envuelta entre vapores; la niebla á 
grupos tendía á unificarse en el centro de la montaña: lánceme hacia 
el valle de Santa Cecilia, y saltando de risco en risco llegué, sin 
darme cuenta del tiempo en la rapidez de mi carrera, á la gruta de 
los De{/otalls, donde me tornaron á la realidad el tren que rápido 
^travesaba el colosal viaducto de Bogatell y el coche que subía por 
la carretera de Monistrol, cual si fuesen pesadas tortugas las podero- 
sas muías que con pena le arrastraban. Seguí el pintoresco camino, 
encantándome en las armonías de un instrumento pastoril que pre- 
ludiaba el andante del inspirado coro ¡Gloria á España!, y al tiempo 
en que los nuevos romeros entraban por el vetusto portal de la fuente, 
llegaba yo por el huerto de los monjes á la espaciosa plaza, al boule- 
varí de la Virgen, cuya apacible tranquilidad desmentía la tormenta 
de que acababa de ser testigo, por más que aún se percibía como on 
rumor lejano el eco del último trueno; aún saltaban de las rocas 
fuentes cristalinas y la brisa de la tarde hacía caer de las verdes ho- 
jas de los árboles las perlas que las esmaltaban. 

Con la última claridad del día, con las primeras sombras de la 



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MONTSERRAT 453 

noche, llegó la hora de la oración, y de rodillas, al pie del camarín 
santísimo, ahogué en la piadosa Salve todas las tempestades de mi 
alma, como en el seno de la naturaleza había anegado Dios la tre- 
menda tempestad de los elementos. 

Cerró la noche; con la última oración extinguióse en el espacio 
el último ruido, y dominado aún por el grandioso espectáculo de qne 
acababa de ser testigo, entregúeme en absoluto abandono á volun- 
tad de los recuerdos que tanto y tanto habían agitado mi alma. Tor- 
mentas del mundo más espantosas que las de los elementos, borras- 
cas del espíritu más deshechas que las de los mares, acudieron en 
tropel á mi mente enardecida; y confundiendo las propias con las 
ajenas, para completar el efecto de la mística plegaria, pedile á la 
montaña sus memorias, pedile á la montaña sus consuelos, y sentí 
al corazón que se anegaba en un océano de dulzuras. 

¿Qué hay en vosotras, montañas sacrosantas, que, como las pági- 
nas de aquel libro de los libros, prestáis consuelo al alma, combati- 
da por las azarosas tempestades del mundo? ¿Qué espíritu invisible se 
esconde en vuestro seno, que así os es dable convertir la más ruda ba- 
talla en paz octaviana, el dolor más intenso en la alegría más infinita, 
la derrota más espantosa en laureada victoria? ¿Qué tiene en sí esecolo- 
sal esqueleto de un atrevido monte, que ni en sus cimas, ni en sus va- 
lle8,ni en sus grutas, ni en sus abismos infunde terror al alma, sino 
qne antes bien la embarga de un placer inefable, de una tranquilidad 
serena, de un bienestar inconcebible? Ni el ave de rapiña anida en 
SQB huecos solitarios, ni en sus fondos cenagosos se ocultan inmundos 
reptiles, ni en sus espesas vertientes acechan al confiado romero las 
negras fauces de la hambrienta fiera, ni sus vientos pasman, ni sus 
soles abrasan, ni sus aguas ahogan, ni sus precipicios señalan el paso 
de una catástrofe, ni sus millares de perdidos senderos enseñan al 
caminante la simbólica cruz que recuerda un crimen, y todo, por el 
contrario, refleja la paz del mundo, la paz del cielo y el consorcio per- 
fecto de la criatura con la voluntad del Criador? ¿Quién, ¡oh, Mont- 
serrat! te ha concedido el privilegio de ser la representación del Pa- 
raíso purgada del aguijón de la serpiente? 

Los que sintáis el corazón oprimido por una pérdida irreparable, 
volad á aquella montaña, y con las primeras emanaciones de sus per- 
fumes purísimos llegará á vosotros un bálsamo celestial que, con- 
vertido en lágrimas, llenará el vacío de vuestras almas. Los que lu- 
chéis á brazo partido con la fortuna y comencéis á abatiros con el 



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454 REVISTA DE ESPAÑA 

peso de sus adversidades, corred, uo perdáis una hora, corred á la 
montaña, y el agua de sns fuentes vigorizará vuestra sangre, y el 
aire de sus atmósferas purificará vuestros pulmones, y con la salud 
del cuerpo, nuevas fuerzas y mayores alientos os dispondrán á nuevos 
combates y seguras victorias. Los que lloréis, con esas lágrimas que 
el amor provoca, un amor desventurado, una ilusión perdida, y los que, 
alma y corazón enfermos y la mente desesperada, os sea carga la exis- 
tencia, y la familia cadena y la sociedad un sarcasmo, llegad pre- 
surosos, pues en esa montana, solio del amor divino, bailaréis el 
único consuelo que pueda haceros soportable el desengaño. 

Ese profundo misterio, ese no sé qué sin explicación, sin forma 
tangible, que es el encanto de Montserrat, no lo dudéis, es el amor, 
es la fe,' clamor que se respira en el ambiente, la fe que ilumina 
nuestra razón. Es el amor, es la fe; el amor que en toda su esplendi- 
dez derrama tesoros de vida en todos los reinos de la naturaleza en- 
cerrados en aquellos espacios, como en el Arca de Noé se encerraron 
todos los elementos después del Diluvio; es la fe que desde los prin- 
cipios de nuestra Era irradia desde aquel recinto, como el sol desde 
el centro de los sistemas, la luz de la verdad cantando eternamente 
el himno santo á la divina misericordia. Es el amor, es la fe: el amor 
que no se mancha con las impurezas del sensualismo mortal; la fe 
que regala del manantial infinito de la humildad de María, para ex- 
tenderse en los espacios como la nube que acompañara al pueblo es- 
cogido de Dios; es el amor que conforta, la fe que diviniza; el amor 
que consuela, la fe que redime; el amor que no mata, la fe que abre 
las puertas de la eternidad. 

Perseguido por las tempestades del mundo, el pueblo cristiano 
lucha contra las fuerzas del paganismo romano, sin más armas que 
las de la oración y de la humildad; derrama en Córdoba mares de 
sangre, y vuela á restañar sus heridas, á consolar sus penas, á rece* 
brar más fuerzas al monte santísimo. Venid los descreídos; venid, 
los que todo lo explicáis por los sentidos; venid, los que todo lo ex- 
plicáis por la razón: allí está la memoria del hecho, allí está el perpe- 
tuo testimonio de la gratitud de aquellos corazones sencillos que todo 
por Dios lo abandonaban para purificarse en Dios. La capilla de loa 
Santos Acisclo y Victoria, monumento también sencillo del siglo iv, 
es la página elocuente de la fe española contra el paganismo romano. 
Visitadla, y ella os contará cómo en el siglo vi el abad Quirico fundó 
desde ella la institución de los ermitaños, y cuanto en su pequenez 



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MONTSERRAT 455 

"se contiene os dirá también qno allí estuvo depositada á últimos del 
"Siglo IX la preciosa imagen después de su hallazgo. Cada uno de sus 
muros os contará las tempestades que agitaron el espíritu de Garin, 
porque esta fué la primer capilla que cuidó con amoroso celo la sin 
par Riguilda, la desventurada Riguilda, la noble hija de Vifredo II. 

¿Veis allá, alo lejos, en aquella mbseta de la montaña sombrear 
un edificio cuya grandeza revela algo de majestad, cuya forma des- 
tíubre los primeros estilos arquitectónicos? Pues bien, allí está Santa 
tJecilia. No os hablaré del precioso lienzo que representa á la Santa 
ejecutando una de sus inspiraciones celestes en el órgano; no os ha- 
blaré de que representa á la Virgen de Montserrat, ni os describiré 
las bellezas de San José: tampoco os contaré que los descendientes de 
üodulfo la vendieron á los consortes Alsisinlfo y Druda, ni que los 
moros la redujeron á escombros, ni que reedificóla Cesario en 962; ni 
08 describiré, el templo ni el monasterio, ni su claustro, ni sus alre- 
dedores; pero sí os diré que allí lloró Cario Magno su dolor del alma 
después que en 797 venció á los moros ganándoles el castillo del 
MarrOf cuyas postrimeras ruinas prestan aun el testimonio de su 
existencia. Consolado el excelso Emperador, en todo invicto, excepta 
en las luchas del alma, dejóle á Montserrat la prueba de su gratitud, 
para que allí aprendan los colosos cómo las pequeñas batallas pue- 
den amilanar los espíritus más grandes. 

¿Conocéis la historia de Carlos V? Pues venid á Montserrat, y 
uqní encontraréis innumerables páginas de su grandiosa existencia. 
«Las paredes de este santuario (decía el Emperador) están ahumadas, 
»y siento en ellas tanta devoción y una cierta deidad, que no lo sé 
»expresar.» [Ah! es que también Carlos V llevó allí el corazón cargado 
de tempestades: y como hasta las piedras se concertaran á consolar- 
le, por esto volvió siempre que^una pena inmensa requería una in- 
mensidad de consuelo y otra inmensidad de resignación. Doce veces 
visitó la montaña el invictísimo, y cuando allá en Yuste sonó la úl- 
Jtima hora de su existencia, trasportándose con la memoria á la sa- 
grada montaña: «Ya es tiempo — dijo— dadme aquella vela y aquel 
^Crucifijo.» Y tomando en una mano la vela bendita de Montserrat y 
«n la otra el Crucifijo, después de una corta plegaria, devolvió aquel 
gigante de la tierra su espíritu á Aquél por quien reinara, apagando 
^1 último aliento de la última y más espantosa de las tormentas el 
tSsculo más puro que jamás han podido dar humanos labios. 

Habéis sondeado alguna vez, por ventura, en el fondo del pensa- 



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456 REVISTA DE ESPAÑA 

miento de aquel héroe que fué en la historia Don Juan de Austria? 
Innumerables veces dobló sus rodillas delante la sacratísima Vir- 
gen, y en parte alguna hallábase tan á placer como escondido á la 
sombra de esa montaña. El amor á un ideal hervía en lo íntimo de su 
corazón, y €us eCnhelos aspiraban á una serenidad que no brillaba en 
el cielo de su querida patria. ¿Y dónde mejor que en Montserrat podía 
aquel gigante conformarse y rogar para que la luz pura del inñnito 
iluminase los horizontes que por todas partes amenazaban con la 
ruina inmediata y estrepitosa de la mayor de las monarquías que co- 
nocieron las edades? 

Leed lo que dicen y lo que callan esos presentes y ex-votos que 
forman el inmenso catálogo de la biblioteca de la Virgen; reconcen- 
trad vuestro pensamiento enfrente de todas aquellas riquezas que 
constituyen su tesoro. Cada uno os contará una historia de dolores, á 
la que puso fín la piadosa misericordia de la patroná universal del 
género humano. T si las discordias de familia y las ambiciones mi- 
serables no hubieran hecho pasar por el Monasterio los huracanes de 
la guerra, y aún deslumhrasen en los bazares las joyas y reliquias» 
los vasos y las sacras, los candelabros y lámparas, los cetros y coro- 
nas en que el oro y la plata avergonzábanse de su pobreza hamilla- 
dos por el oriente de las perlas, el trasparente verdor de las esmeral- 
das, el nacarado azul de los ópalos y las aguas y luces de los bri- 
llantes apagando la iuerza de colorido de rubíes, y záfiros, y turque- 
sas, ¡oh! entonces, entonces sí que leeríais historias é historias!... 
Hoy, ni la lámpara del islamita puede representaros la tempestad de 
Lepante, ni la espada del Capitán de Loyola daros testimonio de las 
tormentas de aquella alma que engendró en salvaje gruta la sociedad 
de Jesús; porque memorias y recuerdos, joyas y reliquias, todo lo 
arrebató la tempestad asoladora que ]^izo de la pobre y desventurada 
España el delta inmenso de todas las ambiciones y de todas las ini- 
quidades. 

Mártires y Santos, Papas y Emperadores, Reyes y Virreyes, tes- 
tas mitradas y coronadas han venido aquí como los desterrados de la 
gloria, de la suerte y de la fortuna, en busca de la paz del alma y á 
rendir gracias de inesperados consuelos. ¡Oh, vive eternamente^ casa 
solariega de todos los catalanes, iris de paz, encantador oasis, y ex- 
tiende más allá todavía de las playas mediterráneas y oceánicas el 
manto en que te envuelves, para que al calor de tu seno maternal se 
amparen en las horas de triste necesidad los hijos todos de la glo- 



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MONTSERRAT 457 

riosa España! Vive eternamente con tus ruinas silenciosas, tus místi- 
cos encantos, tu soledad augusta; resplandece en tus días de sol como 
el Teide, y el Chimborazo, y el Himalaya; convida al reposo en tus 
noches de luna, serenas y tranquilas como las noches tropicales; re- 
tumba pavoroso cuando la tempestad se cierna sobre tus enhiestas ci- 
mas; embriaga con los aromas de tus plantas y con el incienso que en- 
suelve tus altares; murmura con tus fuentes caprichosas y tus brisas 
dulcísimas y frescas; admira con la arrogancia de tus crestas aserra- 
das; asombra con tus cuevas y tus grutas, y vive eternamente, en 
fin, en el seno de la patria catalana, para ser como, en todos tiempos, 
válvula por.donde se eleve al cielo el más puro de los sentimientos, 
y soberbia indestructible pirátnide donde esculpan los siglos las evo- 
luciones progresivas de todas las razas iberas, unidas para siempre 
por los sagrados lazos de la fe, del amor y de la independencia, sin 
los cuales no pueden desarrollarse los divinos gérmenes del progreso 
intelectual, alma del hombre y gloria la más preciada de la obra in- 
mensa del Criador! 

Francisco de Mas y OUet. 



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REVISTA LITERARIA 



LAS LITERATURAS REGIONALES CON MOTIVO DE 
PUBLICACIONES RECIENTES 



Más áe una vez, hablando con literatos de provincia, les hemos 
oído lamentarse del poco caso y casi ningún aprecio que se hace, por 
los que viven y trabajan en Madrid, de cuantos productos del ingenio 
6 del talento del hombre ven la luz en las demás partes de la Penín- 
sula. Y así es la verdad; todos los días, en revistas y periódicos dia- 
rios, se hace la crítica ó se da cuenta de estrenos dramáticos, noyelas, 
tomos de poesías, y por rara casualidad encontramos alguno cayo 
autor no viva en esta capital, ó al menos no haya impreso la obra y 
hecho que aparezca aquí por primera vez. Este papel, poco lisonjero, 
á que parece se condena á las provincias, tiene, sin embargo, una 
«xplicacíón muy sencilla. Sea por causa del inñujo absorbente de la 
<^entralización política, ó, ya porque todo escritor que se siente con 
alientos y tiene conciencia de su valer aphela ser juzgado por el pú- 
blico más culto y conquistarse un puesto entre los primeros, es evi- 
dente que á Madrid anuyen de casi todos los puntos de la nación, la 
mayor parte de los hombres que sobresalen de los demás porsns 
•dotes superiores de entendimiento ó por alguna aptitud especial que 
les distingue. Y es claro que, siendo esto así, está justificado que 
Madrid no preste mucha atención al movimiento intelectual de fuera; 
porque ocupándose del que se verifica en su seno, se ocupa del de las 
demás provincias, por ser un movimiento general al que todas ellas 
€ontribuyen con sus fuerzas. 

Hay, es cierto, algunas comarcas en donde esto no se cumple; 
porque merced á condiciones particulares, históricas, sociales y de 
carácter, el sentimiento de la localidad sostiene una lengua propia 
distinta de la nacional; el público gusta de dar la preferencia á 



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REVISTA LITERARIA 459 

aquello que es de su suelo uatal, y formáudose, por estas circunstan- 
cias, una literatura independiente, los escritores encuentran allí 
mismo el estímulo de la lucha, obtienen el galardón de la victoria y 
ven satisfechas todas sus aspiraciones. Pero por este mismo apar- 
tamiento, ó por mejor decir, aislamiento en que viven algunos es- 
critores de provincias, de indudable mérito, Madrid no los toma en 
cuenta en la medida que debiera, á menos que de sus obras no se 
hagan traducciones á la lengua común y sean aquéllas muy exce- 
lentes. Tal sucedo con muchos y muy notables poetas de la costa 
del Noroeste, con alguno muy principal de la región de Levante, 
cosa que ha hecho notar recientemente un escritor cuando, al dar 
cuenta del LUbret de versos de Teodoro Llórente se quejaba, á pesar 
de descubrirse en él afectos de paisano, de que no se hubiesen es- 
crito tan bellas composiciones en la lengua de Castilla, para que 
todos pudieran saborearlas, y como hace poco ha ocurrido con mo- 
tivo de la muerte de una escritora muy estimada y celebrada on 
BU país, pero menos conocida entre nosotros de lo que correspondía 
á BUS altas cualidades. Nos referimos á doña Rosalía Castro de 
Murguia. 

Muy contados son entre nosotros los poetas líricos que pudieran 
colocarse al lado de esta poetisa, y, sin embargo, la trompa de la 
Fama hace llegar á todos los ámbitos de España las excelencias de 
cualquier nueva composición de los Velarde, Grilo y Ferrari, cuyos 
nombres son por esto conocidos de todos, mientras que fué menester 
un prólogo de Castelar puesto á la mejor de sus obras, y que llegara 
á nosotros el anuncio de su muerte, para que Madrid recordara que 
en aquel rincón de España había vivido uno de los más privilegiados 
ingenios, y que allí se había escrito uno de los libros más profunda 
y delicadamente sentidos que en estos últimos años se han publicado 
en nuestro país, las Follas novas. Pues bien; la causa de esto es el 
emplear estos escritores una lengua regional distinta de-l castellano, 
hoy español, consagrado ya como lengua nacional hace muchos si- 
glos. Y como esos idiomas regionales son completamente ignora- 
dos de la casi totalidad de los españoles, no es extraño que se desco- 
nozcan las obras escritas en ellos, de lo cual también se dolía un aca- 
démico y literato catalán de los que más* han contribuido al renaci- 
miento de una de estas literaturas. 

Y no se diga que de la misma manera que se estudian y se tra- 
baja por conocer la marcha de algunas literaturas extranjeras, así 
también y con más motivo debiéramos aplicarnos al estudio y co- 
nocimiento de aquellas que tienen más parentesco con la nuestra 
y se desenvuelven dentro de nuestro mismo territorio; porque se 
trata de naciones que vienen realizando su vida independiente- 



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460 REVISTA DE ÉSPA5¡'A 

mente de nosotros, y cuyas instituciones y elementos se hallan 
estrechamente relacionados y siguen proceso diferente, en tanto 
que aquí nos encontramos con provincias, partes de un todo perfec- 
tamente organizado, á cuya creación han concurricio cada una, per- 
diendo aquello que las distinguía y obedeciendo instintivamente ale- 
yes ineludibles para formar una patria común con todos los atributoa 
que la caracterizan. España, pues, no escucha, no 03'e, permanece 
indiferente á esas literaturas, no obstante lo briosas y lozanas qu& 
alguna de ellas se muestran; y no por antipatías ó recelos, como sos- 
pechan algunos, sino porque no ve que llenen ninguna indicación 
en los momentos actuales. Sin entrar ahora en la debatida cuestión 
de si ha habido sólo una lengua primitiva ó han sido dos ó más la» 
que han dado origen á las que hoy se hablan, nadie pone en duda 
que los idiomas que dominan en Europa se derivan inmediatamente^ 
de otros, y éstos, á su vez, de otros anteriores; de modo que puede 
formarse una verdadera genealogía, á partir del tronco común más. 
remoto á que las investigaciones filológicas alcanzan. No es indepen- 
diente esta marcha, ni siquiera paralela de la que siguen las socie- 
dades de que son órganos, sino que está subordinada á ella y en su 
evolución sufre las mismas vicisitudes. La historia del Imperio ro- 
mano, primero, y la de las naciones que de sus restos se formaron^ 
después, lo demuestran suficientemente, al par que nos dan á conocer 
cómo se han formado sus lenguas lespectivas. 

Antes de la fundación de Roma, bullían y se agitaban en la Pe^ 
nínsula Itálica numerosos pueblos, entre los que descollaban como 
principales los Etruscos, Sabinos y Latinos; cada uno tenía sus cos- 
tumbres, sus leyes y su lenguaje propio, y en las luchas que, cual 
todos los pueblos primitivos, sostenían entre sí por alcanzar la su- 
premacía, la fortuna favoreció al Latino, que quedó triunfante, fundd 
en la boca del Tiber la ciudad que había de ser señora del mundo, y> 
como consecuencia lógica, las demás lenguas y dialectos quedaron 
oscurecidos, y pronto desaparecieron para dar paso al latín, que llegó 
á ser la lengua universal. Pero vino la descomposición de aquel mis- 
mo Imperio y las invasiones del Norte, y al comenzar á constituirse 
nuevos centros de actividad política con carácter propio é indepen- 
diente empezó también á corromperse la lengua del Lacio; mediante 
cuyo hecho y las influencias de otras lenguas de pueblos que pasaron 
por estas naciones, surgieron nuevos idiomas, que fueron reducién- 
dose poco á poco en número, hasta llegar uno solo á enseñorearse del 
país y ser reconocido como única lengua nacional, á medida que 
se iban integrando los varios elementos que, andando el tiempo, de- 
bían dar por resultado un solo organismo político. Sucede esto, ya 
porque el genio superior de los escritores que emplean una dé esta& 



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REVISTA LITERARIA 461 

lenguas rudimentarias hace que adquieran gran preponderancia sobre 
las restantes, ya porque la ciudad ó comarca en que se habla se des- 
taca é influye por su mayor poder ó civilización sobre las demás. 

Asi, por ejemplo, en Italia existía antes del siglp xiii, un buen 
número de dialectos que se disputaban el predominio, porque todos 
se hallaban á la misma altura; pero vienen escritores como Dante, 
Petrarca y Boccaccio, que usan el dialecto toscano, y debido á la ava- 
í^alladora influencia de nombres tan ilustres, consigue imponerse á 
los demás y convertirse en la lengua literaria de Italia, al paso que 
el veneciano, el napolitano, el piamontés y otros, quedaban casi 
anulados. En España comienzan á desarrollarse también varias len- 
guas; pero antes que llegue su período de afirmación, el mayor pode- 
río que logra Castilla por las armas y por la incorporación á su coro- 
na de otros reinos cristianos,los detiene en su marcha y los condena 
á no pasar de la categoría de dialectos del castellano, que, rápida- 
mente se extiende por toda la Península y produce una literatura 
exuberante y variada. 

Tienen, por consiguiente, los dialectos su razón de ser en un prin- 
cipio, porque contribuyen á la formación y madurez de la lengua co- 
mún, aportando á ella valiosos elementos, y aun pueden continuar, y 
de hecho continúan, enriqueciéndola con voces de que carece, puesto 
que los idiomas viven, progresan y no se estancan jamás; pero en 
concepto de auxiliares, de tributarios y sin género alguno de preten- 
siones, sino reconociendo su destino y conformándose con ir desapa- 
reciendo hasta quedar reducidos al lenguaje rural ópaíoiSy que dicen 
nuestros vecinos. 

No combatimos, pues, esta fraseología y modo particular de pro- 
nunciación, á veces bastante marcada; porque no sólo es originada 
por la degeneración de los dialectos, sino que tiene sus raíces en la 
propia naturaleza del individuo. Este recibe por herencia un len- 
guaje determinado; pero como no todos piensan lo mismo y cada uno 
posee una personalidad, formada por la educación, conocimientos y 
manera de sentir, todo hombre modifica, mediante aquélla el len- 
guaje tradicional; y aunque estas adiciones sean imperceptibles, 
todas ellas juntas llegan á constituir, unidas ala influencia del medio 
en que vive, una variante que puede hacerse sensible. El andaluz, 
el aragonés y aun el asturiano pueden citarse entre nosotros, y 
si no fuera más que esto, nada habría que decir: pero desde hace 
algún tiempo se nota entre los escritores de varias provincias de 
España tal furor por el renacimiento de la antigua lengua local, que 
ciertamente merece fijar la atención, en algunas, por lo arcaico y 
fuera de lugar, bajo el punto de vista literario; en otras, por el mó- 
vil á que obedecen y el fin á que se encaminan. 



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462 REVISTA DE ESPAÑA 

Hace poco más de medio siglo, apenas Be ocupaba nadie de la exis- 
tencia entre nosotros de dialectos, algunos con honores de verdaderas 
lenguas, ni se daban á la estampa obras escritas en ellos; mas hoy, por 
el contrario, nada tan frecuente como el disertar en Academias acerca 
de su importancia, escribir libros en que sé exponen sus adelantos y 
recibir noticias de los centros y sociedades de todas clases que se fun- 
dan con el exclusivo objeto de dar impulso al movimiento literario re- 
gional. Más de treinta autores comprende una Colección de poesías ga-^ 
Ihijas publicada en Pontevedra en 1882, y no contiene, sin embargo, 
todos ios poetas contemporáneos que cultivan aquel dialecto; pasan de 
veinte los que contiene el Cancionero de Manierola y rinden tributo á 
las musas en lengua euskara; exhúmanse colecciones de escritores 
asturianos y los muchos nombres de los que usaron este dialecto, pop 
considerar digno de una resurrección el bable; Valencia, que parecía 
apartada de este movimiento, despierta también en 1878, y en un 
arranque de entusiasmo por su historia, sus instituciones pasadas y 
BU dialecto lemosín-valenciano, funda «Lo Rat-Penat;» y Cataluña^ 
¡ah! Cataluña, que es catalana ante todo, ha conseguido tener para 
su uso exclusivo una lengua y pensar y escribirlo todo en catalán. 
Son más de quinientos, según uno de sus hijos predilectos, los e^^cri- 
tores catalanes contemporáneos; y la épica y la lírica, en sus varias 
combinaciones, el teatro en todas sus ramas, desde la alta tragedia 
hasta las piezas sueltas que pasan por el escenario como meteoros, la 
novela, la prensa periódica, literaria y científica, los estudios doctri- 
nales más serios, desde la Historia y la Teología hasta los que versan 
sobre el comercio y la industria, todas las ideas y sentimientos que 
tienen necesidad de trasmitirse por medio de la palabra, se sirven del 
catalán como su. lengua favorita. 

Y cabe preguntar: ¿obedece á alguna ley biológica propia de los 
idiomas este renacimiento de lenguas, ya casi totalmente extingui- 
das, ó es sólo un factor, un elemento complementario, un medio de 
dar expansión á otras aspiraciones? Parece m^s bien esto último; y 
en tal sentido es como puede encontrarse razonable esta reaparición de 
que hablamos. Durante el período de fuerte absolutismo que comien- 
za con la casa de Austria y termina á principios do nuestro siglo, el 
municipio, como la provincia, pierden su libertad, es ahogada su ini- 
ciativa por la gran fuerza centralizadora, que tiende á personificar la 
nación en el jnonarca; y sin vida propia, borrado su carácter particu- 
lar, se confunden en el todo. Pero despiértase con este siglo en el 
hombre la conciencia del derecho; los que se llaman organismos se- 
cundarios en la vida nacional recaban para sí la parte de atribucio- 
nes que para bien suyo y de todo el país pueden y deben ejercer sin 
mengua de la unidad del Estado, y entonces el hombre, que por una 



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REVISTA LITERARIA 463 

lej natnral, común á todos los seres , siente afecto más intenso por 
el lugar en que ha nacido, y gusta de ensalzar las virtudes, ponderar 
los méritos de aquello que ama, vuelve la vista al pasado para mostrar 
los altos hechos de los hijos de aquella tierra; estudia y da á conocer 
sus antiguas instituciones; escudriña archivos y bibliotecas, con 
el fin de recabar para su comarca una literatura indígena y recoge 
luego el dialecto disperso por los campos, lo rejuvenece y lo pule 
para convertirlo en lenguaje literario que sea el instrumento de 
comunicación. Mirado todo esto con los ojos del amor propio, se en- 
cuentra excelente, y el espíritu provincial aparece formado. 

Reviste, portante, este renacimiento todos los caracteres de una 
reacción histórica en favor del sentimiento de localidad que, como toda 
reacción, está llamada á desaparecer á medida que los habitantes de 
esas regiones se vayan penetrando de que el sentido general de la po- 
lítica moderna es favorable al principio de la autonomia provincial. 
Ni en todo, ni en todas, este movimiento se mantiene dentro de sus 
justos límites, sino que se desnaturaliza á impulso de las pasiones 
excitadas, engendrando situaciones anormales y pretensiones desme- 
didas y extemporáneas. 

Galicia, Asturias, Valencia se complacen en perpetuar por me- 
dio de la historia sus glorias pasadas y sus antiguas institucio- 
nes, de las que conservan gratos recuerdos; eñ recopilar las le- 
yendas, tradiciones y toda clase de documentos literarios, escrito» 
en su primitiva lengua; en ofrecer al pueblo en su dialecto pecu- 
liar sus sentimientos más caros nacidos de la unión indisoluble que 
existe en algunas partes entre el hombre y la naturaleza física y 
la atmósfera moral en que nació, porque medíante toda este re- 
constitución del pasado, se le aparecen aquellos tiempos justamente 
queridos en que alcanzaron la categoría de nacionalidad indepen- 
diente y se agiganta y sublima el amor al país natal. £u ello nada 
hay que dé motivo á censura, porque no existen miras exclusivistas, 
no se hace esto en son de protesta, ni como oposición al modo de ser de. 
otras comarcas ó del resto de la nación, sino con el fin puro de pro- 
curarse satisfacciones intimas que en nada contradicen su cualidad 
de ciudadanos de un estado indivisible y de amantes ante todo de las 
instituciones, leyes, costumbres y lengua que les son comunes. 

Bajo una faz menos inocente se nos presenta este renacimiento en 
otras regiones, como las Vascongadas y Cataluña. Dejando á un lado 
la primera, porque en la memoria de todos está vivo el recuerdo de 
hechos sangrientos que acreditan la especialidad de sus tendencias, 
vamos á decir dos palabras sobre la segunda. Comarca de suelo feraz, 
industriosa, bien poblada, cuyos habitantes, de espíritu naturalmente 
libre, prefieren para el fomento de su riqueza y bienestar la inicia- 



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464 REVISTA DE ESPAÑA 

tiva propia y el empleo del trabajo al concurso y ayuda del Estado, 
había de extremar sus propensiones á la independencia hasta un gra- 
do que raya en lo peligroso,. Con efecto, valiéndose de su antiguo 
idioma como medio el más adecuado de reavivar el rescoldo de su 
perdida nacionalidad, comenzó en 1814 su propaganda, estable- 
ciendo relaciones estrechas con la Provenza, y cuando ya tenía 
historia, poesía, teatro, prensa genuinamente catalanes, empezó 
á manifestar deseos y á sostener doctrinas, en punto á los lazos que 
la unen á la patria común, cada día más radicales y aventuradas. 
Créese con elementos suficientes para constituir una nacionalidad; 
considera que si el resto de España necesita de ella, por su parte se 
basta á sí misma. De aquí tjna especie de orgullo y vanagloria por 
cnanto la pertenece, y ese desdén, vecino del menosprecio, con que 
mira al resto del país, á quien conoce con el nombre de Castilla, y de 
donde viene el llamar Castellanismo á cuanto de allí proviene. 

Este empeño de querer tratar con España, á quien otras veces 
simboliza en Madrid, de potencia á potencia, le acarrea á menudo in- 
evitables descalabros, porque la nación no puede consentir que nin- 
guna provincia se mantenga en ciertas actitudes, y considerándose 
ofendida, clama contra la tiranía de Castilla^ aumenta la tensión de 
los ánimos, y en todos los órdenes se pretende acentuar el provincia- 
lismo y aun llegar á una emancipación política, á todas luces quimé- 
rica. Llevados de su enemiga hacia lo castellano^ se permiten las afir- 
maciones más peregrinas, uno de sus escritores sostiene que el cas- 
tellano no es la lengua nacional, ün periódico se atrevió á decir que, 
puesto que las corporaciones populares eran catalanas, en sus acuer- 
dos y debates debían usar esta lengua. Otro manifestó la pena con 
que veía á los niños perder sus mejores años escuchando explicacio- 
nes en una lengua que no entendían, aludiendo á la española. Han 
creado una Academia catalana con carácter oficial, y cuya lengua es 
el catalán. Hace algún tiempo se solicitó el establecimiento de otras 
dos Academias, nna para la Historia catalana y otra para el Derecho 
catalán; y, por último, en el Congreso catalanista celebrado en 1880 
se emitieron tan exageradas teorías, se formularon tales pretensiones 
y concluyó con tales reticencias, que no pudo menos de preocupar á 
muchos y hasta de producir algunas divisiones, perlas graves conse- 
cuencias que, á seguir por semejante camino, preveían para el por- 
venir. 

Pero si, por lo que toca al sentido histórico y social del provincia- 
lismo, éste sólo se extrema y sale de su cauce natural en algunos pan- 
tos, en lo que todos pecan y se extravían, á nuestro juicio, secunda- 
dos por notables escritores, es en querer convertir una reacción pasa- 
jera en favor de su lengua local, en un hecho permanente, fundando 



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REVISTA LITERARIA 465 

para ello una literatura regional, que tenga como medio de manifesta- 
ción el dialecto proTincial. Varias son las razones que los entusiastas 
de este movimiento aducen para sostener que el sermo rusticus debe 
pasar á sermo urbano, y el derecho que á la existencia tienen las lite- 
raturas que lo empleen. Algunas de estas lenguas, se dice, como la 
euskara, tiene un origen remoto, y anterior, sin duda, á todas las 
habladas en la Península; otras, como la gallega, dio origen al 
portugués y precedió al castellano; el lemosíu, catalán ó provenzal, 
que en su origen son una misma cosa, vinieron al mundo y tavíeron 
una literatura antes que el castellano, en cuyo idioma influyeron po- 
derosamente; no es, por consiguiente, una novedad su aparición, ni 
debe extrañar el que vuelvan á ser lo que antes fueron. Además, 
en la lengua de un país conviene que dentro de su unidad haya la 
conveniente variedad, para que cada nno se sirva del medio más 
apropiado para la expresión de su pensamiento, y porque estas 
literaturas particulares son muestra de la riqueza lingüistica de 
nuestra raza y contribuyen en concepto de auxiliares á nutrir el 
idioma nacional, que de este modo no tendrá que acudir á los 
extranjeros en busca de vocablos que aquéllas le pueden sumi- 
nistrar. 

Aun dando por sentado que sea cierta esa prelación y glorioso 
abolengo que á las citadas lenguas se atribuye, esto no puedo conside- 
rarse fundamento bastante para la resurrección que hoy se intenta, 
y menos con el carácter de oposición y competencia que se le quiere 
dar en alguna parte. Si por haber alcanzado en otro tiempo un gran 
ascendiente sobre las conciencias ú obtenido numerosos partidarios ó 
dirigido bien los destinos de un pueblo, tal ó cual religión, sistema 
filosófico ó régimen político, hubieran de merecer que les prestára- 
mos nuestro asentimiento y los sustituyéramos por los que hoy im- 
];)eran, sería señal de que no habíamos andado nada, de que no ha- 
bíamos vivido, de que no habíamos progresado; porque todo esto en 
que hoy creemos firmemente, supone nuevas necesidades, abandono 
de unas cosas por otras, renovación continua de los seres y áq las 
ideas. Pues bien, éstos y aquéllas viven y triunfan mientras tienen 
■fuerza para luchar con ventaja, y desaparecen por completo ó se mo- 
difican cuando otras más fuertes no les disputan el dominio. Las len- 
guas están también sometidas á esta ley universal, por virtud de la 
cual se produce la selección, que trae consigo el que queden las que 
reúnen mejores condiciones. Y si nos fijamos en esta lucha soste- 
nida por las diversas lenguas habladas en los reinos en que an- 
tiguamente se dividía la nación, se verá como el idioma castellano 
quedó dueño y señor, no sólo de España, sino de la mayor parte de 

América, por ser el más apto para expresar el sentimiento y la cuU 
TOMO cv 2^0 



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466 REVISTA DE ESPAÑA 

tura de la civilización moderna; y como hoy, entre él y sos adver- 
sarios de otra época no caben rivalidades. 

Kespecto de la variedad de la literatura que se dice, antes que^ 
perjudicial, es beneficiosa, porque contribuye á mantener y reflejar la 
índole particular del genio de cada comarca, creemos se confunde la 
literatura con la envoltura externa de que se la reviste. La literatara 
es expresión de ideas, de sentimientos, de temperamento, de carác- 
ter, y como todos estos elementos se producen en relación con el 
lugar en que se produce, el sabor local lo lleva infiltrado en su seno, 
sin necesidad de emplear otra lengua que la lengua nacional. De modo- 
que puede carecer una región de literatura propia, aun cuando 8us 
escritores empleen el dialecto del país, y, por el contrario, poseerla 
otras, por revelar en ella con marcada distinción la vida y carácter 
especial de sus habitantes, siquiera las obras todas que la forman 
estén escritas en el idioma general. Para todos es un hecho, por 
ejemplo, que hay escuela poética sevillana, y que los escritores mon- . 
tañeses imprimen á sus obras un sello particular, aunque los de am- 
bos puntos se sirvan del castell&no, al paso que se le niegan caracte- 
res distintivos á otras, como la denominada catalana, de la cual ha di- 
cho uno de sus escritores más conspicuo?, el Sr. Mané y Flaquer, que 
en realidad no había literatura catalana, sino literatura de cualquier 
parte disfrazada con traje catalán. 

No persistan, pues, los escritores que de buena fe trabajan en fa- 
vor de las literaturas provinciales, en restaurar los dialectos del país 
para convertirlos en lenguas literarias,- porque para que aquéllas ten- 
g-an matiz propio, no es esencial un idioma distinto del común á todos* 
Esto mutila la literatura española y constituye un obstáculo para co- 
nocer y apreciar á los literatos de valer nacidos en esas comarcas, co- 
mo ellos mismos comprenden, cuando para abrirse paso en su carrera 
se deciden á escribir en la lengua patria, sin lo cual quedarían olvida- 
dos ó serian conocidos sólo por algunos eruditos; y en fin, porque lo 
conseguirían sino hacerlas revivir artificialmente, pues su extíocion 
es inevitable: como que se funda en la ley general que dice que el 
grado de civilización de un pueblo está en razón inversa del número 
de dialectos. En Asia, en África, en América, y principalmente en las 
islas de la Polinesia, el número de dialectos es extraordinario; cada 
tribu, cada familia tiene el suyo; pero se observa que á medida que se 
van formando grupos mayores, por irse estableciendo lazos entre unos 
y otros, van reduciéndose hasta quedar, en las naciones que cami- 
nan al frente de la cultura, una sola lengua nacional y literaria, como 
Ja expresión natural de su unidad. 

Orlando. 



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CRÓNICA política INTERIOR 



8 de Agosto de 1885. 

Si la generación que nos viene empujando exhuma algán día las 
colecciones de los periódicos de este año, para estudiar la historia de 
la epidemia que nos añige, pensará que, durante este período, España 
fué an pueblo primitivo; que el miedo y la ignorancia habían apagado 
las luces de la civilización; que la ley estuvo sustituida por el arbitrio 
de los caciques y de las muchedumbres y que el Gobierno fué impo- 
tente para reprimir los abusos, conciliar los intereses, proteger las 
personas y mantenerla tranquilidad, la subordinación y la disciplina 
en que descansa el orden social. 

No decimos esto con ánimo de combatir al actual Gobierno, que 
harto combatido está por sus desdichas, sino para registrar el hecho 
culminante de esta quincena — la anarquía sanitaria — y estudiar, en su 
aspecto general y en sus detalles, la efícacia de las medidas adminis- 
trativas para mejorar ó pervertir las costumbres y para promover ó 
retardar el progreso, según la política que informa los actos déla Ad- 
ministración. 

£1 hecho se reduce á que, á pesar de lo dispuesto por la Ley de 
Sanidad, se han establecido cordones sanitarios y lazaretos en gran 
número de poblaciones, creándose una situación tan monstruosa que, 
para bosquejarla, vamos á reproducir unas ligeras indicaciones de la 
prensa oficiosa que no había de exagerar ni la exposición ni la 
crítica. 

Asi se expresaba, hace ocho días. La Época: 

«Arrecian estos procedimientos en los pueblos donde la falta de 
cultura convierte en medidas bárbaras los medios de defensa.» 

«Todos hemos leído las desventuras de los míseros viajeros, tra- 



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468 REVISTA DE ESPAÑA 

tados cruelmente con pretexto de fumigarlos ó de someterlos á obser- 
vación.» 

«Los cordones y los lazaretos, tal como se practican en Andalucía 
y en otras provincias, son el colmo de la inhumanidad y del retroce- 
so. Pueden recordar los negros días de la Edad Media, pero son un 
sarcasmo en pleno siglo xix. Nos aproximan á Marruecos lo que nos 
separan de la Europa civilizada.» 

«Esto, ni puede ni debe suceder; lo reclámala equidad; lo exige el 
principio de autoridad; lo ordena el sentimiento humanitario.» 

«El Gobierno deplora lo que sucede, y está dispuesto i resistir, con 
la mayor emrgia, todo lo que tienda á perpetuar esa especie de cantonalis- 
mo sanitario en qm algunas poblaciones viven.» 

Para dominar ^sta situación, el Gobierno ha hecho cuanto ba po- 
dido; ha depuesto á varios gobernadores; ha resistido las influencias 
de sus amigos; ha seguido las indicaciones de la opinión; pero, ¿ha 
dominado la anarquía? Desgraciadamente, no. Se han cerrado alga- 
nos lazaretos, como lazaretos; pero continúan abiertos como centros de 
observación facultativa donde se detiene á los viajeros, haciéndoles 
sufrir las mismas vejaciones y los mismos perjuicios que antes. Se 
han levantado, en muchas partes, los cordones; pero quedan pueblos 
que han tapiado las calles que comunican con el campo, prohibiendo 
la entrada á los forasteros y aun á los vecinos ausentes. Se ha res- 
tablecido el imperio de la ley lo bastante para que no estallasen los 
conflictos de orden público que se temían en Málaga y en Sevilla; pero 
continúa la resistencia pasiva que no por ser mansa es menos anár- 
quica. No ha hecho más el Gabinete, porque sabe que una acción más 
vigorosa hubiera sido contraproducente, y, contentándose con haber 
triunfado, en la apariencia, hace decir á sus periódicos que esta anar- 
quía no ha nacido del deseo de desconocer sus órdenes, sino del ins- 
tinto de la propia defensa, exagerado por la ignorancia y el fanatismo 
de los pueblos. 

Algo habrá contribuido á este estado de cosas la falta de cultura 
de las poblaciones rurales; pero la causa principal ha sido otra. Lo 
que sucede debía suceder, porque los efectos corresponden necesa- 
riamente á las causas, y la doctrina de la incomunicación y la cua- 
rentena que, con más valor que buen consejo, proclamó el Sr. Romero 
Robledo, en el Parlamento y en la Gaceta, como criterio y norma de 
la Administración, no podía producir, á la larga, otros resoltados. 
El fíimoso lazareto que se estableció, hace un año, en el cerro de los 
Angeles, á la vista de Madrid, fué el patrón que debían imitar y que, 



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CRÓNICA POLÍTICA INTERIOR 469 

por cierto, han imitado, con perfección admirable, las autoridades de 
las grandes poblaciones y de las aldeas. Los atentados á la ley, á la 
moral, á la ciencia y al interés privado que entonces se cometieron,