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Revista de la Facultad de Letras y Ciencias 



UNIVERSIDAD DE LA HABANA 



REVISTA 



DE LA 



Facultad de Letras y Ciencias 



VOLUMEN M, 1906 



DIRECTOR: 
Dr. EVELIO RODRÍGUEZ LENDIAN 

REDACTORES JEFES: 
Dr. ARISTIDES MESTRE. Dr. JUAN MIGUEL DIHIGO, 

COMITÉ DE REDACCIÓN: 

Dres. ENRIQUE J, VARONA, GUILLERMO DOMÍNGUEZ ROLDAN, MANUEL 

VALDES RODRÍGUEZ, RAMÓN MEZA, SANTIAGO DE LA HUERTA, LUIS 

MONTANE, ALEJANDRO RUIZ CADALSO, AURELIO SANDOVAL, 

JOSÉ CADENAS y FRANCISCO HENARES. 



<iv ^-'í-:!*^ NEW YORK 

.-■jN. 



IMPRENTA AVISADOR COMERCIAL 

AMARGURA 30 

1906 



I NDICE 



DÉLAS MATERIAS DEL SEGUNDO VOLUMEN 



NUMERO 1. ENERO 



La obra jurídica de Iheriug Dr. Pablo Disvernine 

La enseñanza de la Ingeniería y las opi- "» ^ ,, . , ^ . ^ , , 

, , ^ ,^^ ,, ,, y I)r. Ale tana ro Riíiz Cadalso 

nioues del Dr. Waddell ) '^ 

Niñez y juventud delincuentes Dr. José A. González Lanuza... 

Determinación de plantas cubanas (Fane- 1 ^ ^^ ,,, , , ,, 

, , > Vr. Manuel Gómez de la 3iaza. 

rogamas) J 

Establecimientos privados de 2í Enseñanza. Dr. Manuel Valdés Rodríguez... 

El imperialismo á la luz de la sociología.... Dr. Enrique José Varona 

Bibliografía 

1. Museo y Biblioteca Pedagógicos del 

Montevideo: Ley de Jubilaciones y _, „ , ., 

■' ,r f Dr. Ramón Meza 

Pensiones. Montevideo 189o, 1896. i 

Anales de Instrucción Primaria, 1905 J 





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1 




22 





3. 



Enseñanza Cívica, por Lorenzo Er-T ^ ^ , ,^ > 

V Dr. Adolfo Ara non. 
biti, Habana, 1905 i -^ 

Curso de Psicología, por Enrique Jo- ) ^ r, . ^ ^ 

, ,^ „ , ,„„_ > Dr. Sergio Cuevas Zea 

se Varona, Habana, 190o > 

Miscelánea 

Felipe Poey 

Conferencias 

Universidad de Melbourne 

Cumplidas gracias 

Noticias oficiales 

Nombramiento de Profesor , 

Beca de viaje 

Ayudantes 

Propuestas 

Sobre incompatibilidad 

Separación de cursos 



55 

68 
78 
96 



96 



100 



ueira 102 

105 

105 

105 

106 

106 

107 

107 

107 

107 

107 

107 

107 



NUMERO 2, MARZO 



Dr. Ramón Meza. 



Dos monumentos de la antigüedad. Es- "i 
tudio histórico (con cuatro grabados) / 
Formas interesantes del reino vegetal Dr. Manuel Gómez de la Maza. 



109 
128 



VI índice 

Páginas 

Reparos etimológicos al Diccionario ile la \ 

Academia Española.- -Voces deriva- V Dr. Juan Jí. Dlhigo 140 

das del griego (Continuación) B ' 

Un éxito de la química industrial Dr. Carlos Thcye 151 

Cuba precolombina Dr. Enrique Jofté Varona 156 

Ingeniería y Matemáticas Profesor José Ma ría Cuervo 1 62 

La imitación como factor de defensa en} ^ . , ^. , ^^ , ,^, 

y Dr. AnsÍKtes JÍesfre 171 

el reino animal (con siete grabados) ) 

Significación de la Escuela de Pedagogía 1 ^ ,^ ,,-,,' r> 7/ ,o-, 

" ^, . . , , oo i Dr. Manuel ] uhJes Rodríguez 187 

en la Lniversidad > 

La instrucción pública en Cuba. —Su pa-1 

sado. — Su presente. — Influencia so- I „ ^ , ^ _, , , ,,^- 

. , , , , , , . r- Dr. Esteban Barrero Lchererria .. 195 

cial de la ley escolar que noy rige en i 

el país I 

La evolución de la materia Dr. Antonio Rosell 203 

Necrología. — El Dr. Esteban Borrero ) 

-. 214 

Echeverría i 

Miscelánea 215 

Congresos antropológicos ., 215 

Donación de un Semi 216 

Noticias OFICIALES 216 

Prórroga 216 

Regalos 216 

Nombramientos 216 

Sobre etimologías 216 

NUMERO 3. MAYO 

El Padre Varela.-Contrlbución á la bis- 1 ^^. ^^,^^.^^.^ ^,^^^^.^^^ ^^,^^^^..^^ ^17 

toria de la filosofía en Cul)a i 

Informe sobre fabricación de casas-escue- "I 

f Dr. Juan M. Diluyo 221 

las (con tres grabados) ) 

La mansión escolar en Cuba. Necesidad \ 

y medios de mejorar su condición V Dr. Andrés CasleJIá 239 

actual ( con dos grabados ) J 

José Manuel Mestre (con un grabado) Dr. Pablo Desrcrnine 253 

Manuel González del Valle (con un gra- > r, „ ' »/■ «ti 

^ > Dr. Pamon Meza 261 

bado) / 

La enfermedad de los cocoteros Dr. Carlos deJa Torre 269 

Las modificaciones del actual .sistema de ) ^^ ^ , . r, ,. -,on 

• Dr, Antonio Posell 282 

enseñanza ) 

Consideraciones sobre el placer y el dolor... Dr. José Manuel Mestre 294 

Evolución histórica de la Geometría T)r. Claudio 3íiuió 324 

Etnografía de America. — Noticia sobre v 

los indios tarahumares de Mé.xico ^ J)r. A rlstides Mestre 339 

(con cinco grabados) ' 



índice VII 

Páginas 

Miscelánea 367 

Vigésimo aniversario 367 

Memoria-Anuario 367 

Relación de impresos 367 

Noticias OFICIALES 36!) 

Elogio del Dr. Borrero 369 

Retratos 369 

Nombramiento de un Profesor titular 369 

Nuevos Ayudantes 369 

Prórroga de ingreso 369 

Excursión al Presidio y al Manicomio he- ) 

• . 369 

cha por los alumnos de Antropología ) ' 



VoL. II. UNIVERSIDAD DE LA HABANA. Num. 1. ' 



REVISTA 



DE LA 



FACULTAD DE LETRAS Y CIENCIAS 

DIRECTOR: 

Dr. EVELIO RODRÍGUEZ LENDIAN. 

REDACTORES JEFES: 

Dr. ARISTIDES MESTRE. Dr. JUAN MIGUEL DIHIGO. 

COMITÉ DE REDACCIÓN: 

Dres. ENRIQUE J. VARONA, GUILLERMO DOMÍNGUEZ ROLDAN, MANUEL VALDES 
rodríguez, ESTEBAN BORRERO ECHEVERRÍA, SANTIAGO DE LA HUERTA, LUIS 
MONTANE, ALEJANDRO RUIZ CADALSO, AURELIO SANDOVAL, JOSÉ CADENAS y 
FRANCISCO HENARES. 



ENERO DE 1906. 



SUMARIO: 

-La obra JURÍDICA DE Ihkring Dr. P. Desvernine. 

-La ENSEÑANZA DE LA INGENIERÍA Y LAS OPINIONES DEL 

Dr. Waddell Dr. A. Riiiz Cadalso. 

-Niñez y juventud delincuentes Dr. J. A. González Lanuza. 

-Determinación de plantas <ubanas (Fanerógamas) . . Dr. M. Gómez de la Maza. 

-El imperialismo á la luz de la sociología Dr. E. J. Varona. 

-Bibliografía. — Museo y Biblioteca Pedagógicos de Monte- 
video: Ley de Jubilaciones y Pensiones ( Montevideo, 1905, 
1906). — Anales de Instrucción Primaria ( Montevideo, 1905 ) Dr. R. Meza. 

-Enseñanza Cívica, por L. Erbiti (Habana, 1905) Dr. A. de Aragón. 

-Curso de Psicología, por E. J. Varona (Habana, 1905) • . . Dr. S. Cuevas Zequeira. 

-Miscelánea. — Felipe Poey. — Conferencias. — Universidad 
de Melbourne. — Cumplidas gracias. 

-Noticias oficiales. — Nombramiento de Profesor. — Beca 
de viaje.— Ayudantes. — Propuestas. — Sobre incompatibilidad. 
Aumento de ejemplares. — Separación de cursos. 



IMPRENTA "AVISADOR COMERCIAL' 

30, AMARGURA 30 

HABANA 



ENSEÑANZA DE LA FACULTAD DE LETRAS Y aENQAS. 

^Decano: Dr. Evelio Rodríguez Lendíán. 
Secretario: Dr. Juan Miguel Díhígo. 



í. ESCUELA DE LETRAS Y FILOSOFÍA. 



Profesor Dr. Adolfo Aragón. 
,, Dr. Juan F. de Albear. 



Dr. Juan Miguel Dihigo. 

Dr. Guillermo Domínguez 
Roldan. 

Dr. Evelio Rodríguez Len- 
dián. 

Dr. Enrique José Varona. 



Lengua y Literatura Latinas (3 cursos) .... 
Lengua y Literatura Griegas (3 cursos). . • 

Lingüística ( i curso ) 

Filología ( I curso ) 

Historia de la Literatura Española (i curso) . 
Historia de las literaturas modernas extranjeras 

(2 cursos) 

Historia de América (i curso) 

Historia moderna del resto del mundo (2 cursos) 

Psicología ( I curso) 

Filosofía Moral (i curso) 

Sociología (i curso) 

Las conferencias semanales sobre Historia de la Filosofía y Literatura están á cargo 
de los Profesores Auxiliares Dres. Sergio Cuevas Zequeira y Ezequiel García Enseñat, 
respectivamente. 

2. ESCUELA DE CIENCIAS. 

Análisis matemático (2 cursos) Profesor Sr. José R. Villalón. 

Trigonometría (i curso) 

Geometría superior y analítica (i curso). . , 

Geometría descriptiva (i curso) 

Mecánica racional (i curso) 

Astronomía (i curso) 

Cosmología (i curso) 

Física: Termología y Acústica (i curso). . . 
Física: Óptica y Electrología (i curso). ... -1 

Mecánica ( i curso) J 

Química inorgánica (i curso). . 

Química orgánica (i curso). "i 

Análisis químico fi curso). í 

Antropología (i curso) 

Biología (i curso) 1 

Zoología invertebrados (i curso) j 

Zoología vertebrados (i curso). ....... 

Botánica (2 cursos) 

Mineralogía y Cristalografía (i curso) . • • ") 

Geología (i curso) f 

Los profesores auxiliares de esta Escuela son: Dr. A. Mestre (Conservador del 
Museo de Zoología); Dr. V. Trelles (Jefe del Gabinete de Astronomía); Dr. N. Silverio 
(Jefe del Gabinete de Física); Dr. G. Fernández Abren (Jefe del Laboratorio de 
Química); y Dr. J. Hortsmann (Director del Jardín Botánico). Estos diversos servicios 
tienen sus respectivos ayudantes. — El "Museo Antropológico Montané" tiene por Jefe 
al Profesor titular de la asignatura. 



Dr. Claudio Mimó. 

Sr. Juan Orús. 

Dr. Nicasio Silverio (Auxiliar) 

Dr. Plácido Biosca. 

Dr. Antonio Rosell. 

Dr. G. Fernández Abreu. i 

Dr. Luis Montané. 

Dr. Arístides Mestre (Auxiliar) 

Dr. Carlos de la Torre. 

Dr. Manuel Gómez de la Maza 

Dr. Santiago de la Huerta. 



I Ambos Profesores Auxiliares interinos sustituyen actualmente al titular Sr. Carlos Theye, 
en uso de licencia. 



UNIVERSIDAD DE LA HABANA 



Facultad de Letras y Ciencias 

SBCRETAEIA 



Habana ...o¿Í/Lí(L:>._//_, 190.Á 

u-wv-^ .^¿eju¿ A.t^n<^ ^-y^yirt ¡¿* ^ a^^ ^^ 
Uy^^-^/ ayCiu^ O'Víju ^m/vÍ^C 't^yCt/w^'^^^^ 



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Vol. II. 



ENERO DE 1906 



Núm. 1 



Revista 



DE LA 



Facultad de Letras y Ciencias 



LA OBRA jurídica DE IHERING i 

POR EL DR. PABLO DESVERNINE 
Profesor de Derecho Civil. 

Sr. Rector, Sr. Decano, Sres. Catedráticos y Sres. Alumnos: 
Para la elección del tema que, en esta ocasión de la apertura de 
las Academias, habría de ser objeto del discurso escrito que esta vez 
me ha correspondido en turno, confieso ingenuamente que he sufri- 
do algunas no poco embarazosas perplejidades, porque al pasar en 
mi mente revista á las tantas y tantas materias como ofrece nuestra 
vasta ciencia, para dedicarles alguna reñexión en este trabajo, me 
han hecho vacilar en su elección, así la experiencia que tengo de lo 
poco frecuentados que suelen ser estos actos por los alumnos, como 
la índole de la materia que, para que redunde en provecho de la 
educación jurídica, ha de ponerse al alcance de nuestros discípulos 
y servirles, como de guía, para la orientación de su cultui»a, á la vez 
que de estímulo para su entusiasta consagración al estudio. 

En este concepto me ha parecido que nada podría serles más 
útil é interesante, que exponer algo, que han de ser á la fuerza, 
someras consideraciones, sobre la vida, carácter y obras de uno de 
los más grandes tratadistas de la moderna ciencia, de un ilustre 
jurista cu^'O nombre está en los labios de todos los que alguna rela- 
ción tienen con el estudio ó ejercicio del derecho, y cuya inñuencia 
'^:.\ la esfera de la escuela, de la doctrina y de la legislación, es tan 
^;orosa, que en todas las instituciones del derecho civil palpita de 

i Discurso leido en la sesión solemne de apertura de las Academias de Derecho, verificada 
1 '^ de Noviembre de 1905 en la Universidad. 



BOTATSIC;- 



2 PABLO DE8VERN1NE 

continuo hoy, en todos los países, y aun en el nuestro, tal cual si 
fuesen sus ideas una pulsación perenne y universal que, á la más 
somera auscultación, se siente latir en todo lo que en la ciencia del 
derecho civil privado hay de sólido y de fundamental. 

Ya, desde luego, adivináis que me refiero al insigne jurista ale- 
mán, Rodolfo Ihering, que, de nombre, todos conocemos, por las 
frecuentes citas que de sus obras y opiniones pueblan hoy todos los 
libros modernos de derecho, y porque sus obras, sobre todo, su mo- 
numental trabajo sobre el Espirita del Derecho roviano y sus traba- 
jos sobre la Protección posesoria, sobre la Voluntad en la posesión 
y su admirable Monografía sobre la Culpa, se han convertido en 
algo, así como profesiones de fe jurídicas, que se citan, se glosan y 
se anuncian, no ciertamente con la serenidad con que se invoca la 
autoridad confirmadora de una ortodoxia corriente, sino con el rui- 
do, casi el estrépito, de los debates que, sus opiniones y doctrinas, 
han sido parte á levantar siempre en torno á las más vitales teorías 
de nuestra ciencia. Por haber escrito en alemán, idioma poco difun- 
dido entre nosotros, no se tiene de sus obras, por lo común, un ca- 
bal y exacto conocimiento, que ni siquiera han podido suplir las 
traducciones, ya por ser, en su generalidad, poco recomendables, ya 
porque para adquirir una provechosa inteligencia de su personali- 
dad científica, preciso es conocer antes, el campo en que se formó, la 
lucha que sostuvo y el sentido general de la época de cuya altísima 
cultura fué él tan conspicuo y poderoso factor. 

Y es claro que, en un trabajo de la índole y dimensiones del que 
estoy leyendo, no ha de ser posible exponer un fiel trasunto de esa 
personalidad, y mucho menos el cuadro completo de su campo de 
batalla. Es tan robusta esa personalidad, es tan compleja y de tan 
profundfvs perspectivas, que, como de ella ha dicho un ilustre pane- 
girista suyo, no ya los contemporáneos, sino una futura generación, 
es la que habrá de poder, con sus fuerzas, sus elementos, su expe- 
riencia y sus desapasionamientos, juzgar cumplidamente la obra del 
insigne catedrático prusiano. 

De mí mismo debo ingenuamente reconocer que, aunque he po- 
dido estudiarlo escrupulosamente en sus obras originales, arduo me 
ha sido llegar á comprenderlo de un modo sintético, y en todo el 
imponente conjunto de sus doctrinas en materia de derecho. Me 
han impresionado, hasta deslumhrarme, sus vigorosas ideas, me he 
sentido seducido y arrastrado por la fuerza de sus admirables razo- 
namientos, opuestos, en el campo del derecho, nada menos que á 



LA OBRA jurídica DE lUERING 3 

esos grandes atletas de la ciencia á quienes él lia combatido, llegan- 
do, como dice un ilustre contemporáneo suyo, á enristrar sus lan- 
zas con elementos de éxito, contra la comunis opinio ductorum, y, por 
último, lie aceptado, y aun me he apropiado, como definitivas solu- 
ciones de dificilísimos problemas, muchas de las que ya en ésta, ya 
en aquella obra, en este párrafo ó en aquel artículo de revista, ha 
ofrecido él respecto á muchos de esos problemas, pero acaso no he 
logrado todavía intimar con la obra entera, no he llegado á descu- 
brir con claridad las netas líneas de un sistema inflexible, ni he 
podido fijar con absoluta precisión, todos sus motivos de rompi- 
miento ó disidencia con la escuela histórica, ni, por último, cuál es 
la última y suprema generalización que puede, con acentuados ca- 
racteres, observarse, como todo un sistema, en el conjunto de sus 
obras. Quizá se deba esto á que Ihering fué más genial que sistemáti 
co, 3'a que, como lo reconoce uno de sus críticos más ilustres, ni fué 
completamente histórico, ni del todo experimentalista, ni mucho 
menos filósofo especulativo. De todos modos, rasgos sobrados pue- 
den entresacarse de su compleja figura, para tener una idea del 
hombre y de sus obras, idea tal, que aunque no sea la que deja la 
exposición de un sistema completo, será siempre bastante á hacer 
comprender su indiscutible grandeza y á estimular al estudio y 
meditación de sus obras, que han de ser, para todos, fuentes inago- 
tables de orientación, de elevación de ideas y de intensísima cultu- 
ra jurídica. 

Nació, Ihering, en la Frisia oriental, en el año de 1818, y murió 
en Goettingen, en 1893, es decir, á la edad de setenta y cinco años. 
Un año, tan sólo, de distancia en el tiempo, separó su nacimiento 
del de su ilustre amigo Winscheid, á quien la muerte, sin embargo, 
agrupó á Ihering, para que ambos murieran en el mismo año con 
sólo pocos días de diferencia. Fué en la célebre Universidad Geor- 
gia Augusta, de esa misma Goettingen, donde, como catedrático de 
derecho romano, dio aquellos conocidos cursos que le atrajeron tan 
imponente concurrencia de alumnos y de no pocos ilustres oyentes; 
pero fué también catedrático en Basilea, Rostock, Kiel, Giessen y, 
por último, en Viena, en donde también atrajo á sus lecciones á 
oyentes y discípulos que se contaban por centenares. Era de perso- 
na robusto, formidable, aunque no muy alto, de ardiente tempe- 
ramento, decisivo y concluyente en sus opiniones, y vehemente y 
apasionado en la polémica. 

Estaba dotado por la naturaleza para el estudio del derecho. 



4 PABLO DESVEBNINE 

hasta el punto de que se ha dicho de é!, que era para nuestra cien- 
cia un predestinado manifiesto, ó como dice el Dr. Eck, era jurista 
por la gracia de Dios. Y cosa singular, en el ocaso de su vida, co- 
mo otros tantos hombres ilustres, faltó flagrautemente al famoso 
Nosce te ipsum, desconociéndose completamente, hasta el extremo 
de haber declarado, en su conocida obra sobre Lo serio y lo no serio 
en el Derecho, que si volviera á ser joven, á otro estudio que no al de 
la jurisprudencia se consagraría. Como dice uno de sus panegiris- 
tas, es de creer que fué ésta una de esas cosas no serias á que en su 
citado libro se refiere. 

Su palabra era esencialmente magistral, llegando siempre con 
ella á deslumhrar y seducir á sus 03'entes. Frenéticos aplausos 
arrancó en el tercer Congreso de juristas, cuando sostuvo la tesis 
de la facultad de los tribunales, para declarar la inconstitucionabi- 
lidad de una ley. En el cuarto Congreso rectificó su opinión en sen- 
tido contrario y fué, por su elocuencia, igualmente aplaudido, aun 
cuando la votación final fué favorable á la afirmación que sostuvo, 
con su también altísima elocuencia, el sabio profesor Geneist. 

Era de carácter jovial, decidor de anécdotas y tan expansivo y 
sociable, que conceptuaba á los amigos como una atmósfera, para 
él indispensable, pues, como ha dicho un crítico suyo, parece que 
al poderoso tono de sus grandes creaciones jurídicas, le era necesa- 
ria una más amplia caja de armónica resonancia. De tal intensi- 
dad eran las necesidades que de arte y de belleza sentía su espíritu, 
que le robó algún tiempo á sus actividades jurídicas, para consagrar- 
lo al culto de las bellas artes, dando de ello testimonio, no sólo el 
drama que escribió, y al que, se dice, no fué desfavorable la crítica 
literaria de Alemania, sino el fervor y el gusto con que asiduamen- 
te cultivaba el estudio de la música. 

Y de propósito es, que me he detenido en la exposición de estos 
detalles, porque no sólo los juzgo muy propios para el conocimiento 
del grande hombre que estudiamos, sino muy sugestivos de lo que 
habrá de ser la fisonomía de sus obras, que, en molde tan variado, 
debía vaciarse al fecundante calor del temperamento genial y artís- 
tico que las incubaba y producía. 

Genial sí; porque de Ihering, puede decirse que lo que, de su 
ejemplo, de su carácter y del estudio de sus producciones se des- 
prende, no es sólo que, en todo ello, haya colaborado, ó, mejor di- 
cho, prevalecido, la consagración de su espíritu al cultivo del 
imponente contenido, ya conocido y descubierto, en el campo del 



LA OBRA jurídica DE IBERING 5 

derecho, sino la aplicación de facultades tan profundamente origi- 
nales y, cujeas fuerzas, más que en la erudita y cabal exposición de 
lo existente, consistía en su poderosa aptitud para remodelar y re- 
juvenecer el inmenso material, á la gran manera de un nuevo rena- 
cimiento, y, desde un punto de vista, que revela en Ihering una 
vivísima y exquisita sensibilidad, y por consiguiente, algo así como 
una innata intuición de la síntesis que tan solidariamente forma el 
gran cuadro de cuanto rige y gobierna en el orden de la conducta 
humana. 

Y de que esto es así, dígalo por mí quien quiera que haya leído 
sus obras, á lo menos, sus obras capitales, su Espíritu del Derecho 
romano, sus disertaciones sobre la Posesión, y aun su famosa dis- 
quisición sobre la Lucha por el Derecho, todas las cuales, cuando 
se leen, en el curso de nuestros estudios sobre la áspera y severa 
ciencia de la jurisprudencia, dejan la impresión de que, en ese os- 
curo y complicado campo, se hace, al fin, la luz y rompe el día, no 
para iluminar recónditos lugares, ni aun determinadas regiones, 
concretas y locales, sino para proyectarse vivo y radiante sobre la 
disciplina del Derecho, como el sol en la extensión universal del 
orbe, descubriendo á la vista todos los colores y matices aun en el 
fondo de las más profundas perspectivas. Parécele á uno, como si 
tuviera, en el terreno de la vida, práctica y tangible del derecho, 
una visión completa de todo el proceso de la génesis de la conducta 
humana, no ya fría y determinada tan sólo, por el precedente histó- 
rico, ó confundida quizá con ese mismo precedente que, para esa 
confusión, se trata de mantener inerte é inmóvil, sino fresca, loza- 
na, inducida por el espíritu moderno, no de los conceptos apriorísti- 
cos, sino de la experiencia de la vida, de la naturaleza, y sobre todo, 
de las grandes leyes que dominan en el organismo moral del hombre. 

Ihering, como casi toda la Alemania jurídica de los últimos 
cien años, procede de la célebre escuela histórica. En el primer to- 
mo de su obra El espíritu del Derecho romano, se lee esta dedicatoria: 
« A la memoria del gran maestro Jorge Federico Puchta » . Puchta, 
como es sabido, fué uno de los grandes apóstoles de aquella escuela. 
Y singular coincidencia: la dedicatoria del primer trabajo jurídico 
de Winscheid, decía así: «A Federico Carlos Savigny, el gran reno- 
vador de la ciencia del derecho » . Es claro que no necesito decir el 
supremo lugar que, en aquella escuela, ha ocupado Savigny. Ambos 
sin embargo, Ihering y Winscheid si procedían de aquella escuela, 
y á sus grandes corifeos dedicaron las primicias de su genio, ambos, 



6 FABLO DÉSVERNINE 

andando el tiempo, se apartaron de ella, bien que en grado desigual, 
atendiendo el respectivo temperamento de cada uno. 

Winscheid, acaso no hizo otra cosa que un movimiento de res- 
petuosa desviación, sólo visible, quizá, con acentuados caracteres, 
en su monografía La acción. En sus demás pi'oduccioues desaparece, 
por completo, este espíritu de disidencia, hasta el punto de que, en 
su célebre obra de Derecho civil común, esto es, derecho ortodoxo, 
en cuanto sólo trata del que, aun en la fecha de su obra, tenía en 
Alemania directo abolengo romano, lejos de romper con la orto- 
doxia histórica romana, propónese la completa reconciliación del 
moderno derecho, no ya con los grandes imperecederos principios del 
derecho romano, sino con los más viejos y desusados moldes de sus 
más remotos orígenes. Por ello ha merecido que uno de sus críticos 
más sagaces, pero al mismo tiempo más templados y menos radica- 
les, le haya, por ejemplo, imputado que en su referida obra haya 
calificado de derecho moderno vigente, alemán, al primitivo sistema 
dotal romano, cuando es el caso, dice el mencionado crítico, que de 
los cincuenta millones de alemanes que había en 1893, quizá sólo 
dos millones se rigieran por aquella institución. 

Ihering, al contrario, desde el primer momento de la conversión 
de sus ideas ortodoxas históricas, comenzó á mostrar su espíritu de 
crudo rompimiento con aquella escuela. En su propio primer tomo 
y en las primeras páginas de la espléndida introducción que prece- 
de á su obra El espíritu del Derecho romano, asesta ya sus primeros 
disparos á los hombres de la escuela histórica, con la imputación de 
que, en consonancia con su método, tan sólo han tenido en cuenta 
el espíritu nacional, local, de un pueblo, siendo así, que en el fondo 
de todo cuerpo de derecho, palpitan siempre ideas de carácter uni- 
versal, ideas comunes á todas las sociedades, las ideas madres, de 
GcBthe que, si no son concebidas ó formadas á priori, deben su ori- 
gen á condiciones orgánicas, á fines y á propósitos que determinan 
y acondicionan las grandes normas de la conducta civil del hombre, 
y que, en este sentido, son independientes de la historia particular 
de cada pueblo, por lo que hay siempre en todos ellos de meramen- 
te accidental. 

En el proceso de la vida científica de Ihering, hay dos etapas 
que yo he podido observar en sus obras y que debo poner de relieve 
para facilitar la inteligencia de toda la personalidad del maestro 
alemán. Es visible en ambas etapas, su ruptura con la escuela his- 
tórica, pero, en la primera, tuvo esta ruptura efecto, en términos 



LA OBBA jurídica DE IHEBING 7 

poco sistemáticos y que giraban más bien sobre críticas parciales 
de aquella escuela, que sobre bases sistemáticas y fundamentales de 
una sustancial é irreconciliable oposición. 

En la segunda etapa, que puede asegurarse que empezó á des- 
puntar desde los primeros albores de la actividad jurídica de este 
hombre, hay ya algo concreto, algo ajeno, por completo, á los mé- 
todos de la escuela histórica, y que, de aceptarse, le hiere con sus 
golpes en medio del corazón. 

Tengo para mí, que no dirigió Ihering, al principio, sus ataques, 
contra las líneas fundamentales de la escuela histórica, de la que 
no podían separarlo, de una manera total, sus puntos de vista in- 
dependientes y originales, y que, por tanto, lo que fué blanco de su 
crítica fué la forma concreta en que, á la sazón, organizaba aquella 
escuela sus trabajos. Cierto es que, como todos sabemos, lo que ésta 
se proponía, no era otra cosa que una generalización de los conoci- 
mientos históricos que, en el proceso de la vida jurídica, se habían 
desarrollado, agregándose á esto la afirmación categórica, conscien- 
te, de que es éste, única y exclusivamente, el método adecuado de 
toda consideración filosófica en materia de ciencia jurídica. Bascar 
principios — decía Dahn — es sólo posible por medio de la investiga- 
ción empírica del derecho histórico. Lo que caracteriza, por tanto, 
el método de esta escuela, es la tarea de formular, en términos de 
la mayor universalidad posible, las causas materiales de toda crea- 
ción jurídica, descansando, para ello, sobre la base de aquella gene- 
ralización, á que antes me he referido, y que sólo establece la es- 
cuela histórica jíor medio de la investigación de los hechos actuales 
de la Historia. Tengo también para mí, que, desde este punto de 
vista que acabamos de referir, es completa la unidad de criterio 
en todos los que se consagran al cultivo de este estudio, y aun me 
figuro que hasta los propios impugnadores de aquella escuela, lo 
hacen tan sólo desde el punto de vista de sus descubrimientos, de 
sus resultados, de la calidad de los hechos que toman como pun- 
to de partida, y que, á veces, no son esenciales y los confunde 
aquella escuela con los que pudiéramos llamar accidentales; pero, 
aparte de este punto de inconformidad y disidencia, los más están 
de acuerdo en la exactitud de los términos en que la escuela histó- 
rica ha planteado el problema del derecho, y en que ha también 
trazado las líneas de sus métodos de trabajo. 

Es visto, pues, que aun respecto de esa escuela histórica, que si 
tiene adeptos que, por sus talentos y aun por su grandeza, han 



8 PABLO DESVEENINE 

llegado á coustituir algo así como un evangélico apostolado del 
derecho, tiene también no pocos cismáticos y aun irreconciliables 
impugnadores, es visto, repito, que aun respecto de esa escuela, hay 
alguna unidad de miras en el seno de toda la ciencia, pero tan sólo 
en lo que se refiere á la determinación del problema y al aspecto 
puramente formal, esto es, en cuanto á la forma general de la in- 
vestigación metódica. En todo lo demás, el desacuerdo es mayor y 
puede decirse que pululan las disidencias. 

Ihering no rompió, de momento, con todos los puntos de vista 
de aquella escuela, sino con el criterio, harto limitado, con que 
aplicaba sus métodos al estudio del derecho. 

Tal cual él la encontraba y tal cual él trabajaba en la ocasión de 
sus primeras críticas, aquella escuela parecía como que conducía á 
los bordes de un gran peligro para la ciencia, cual era el de juzgar 
con sólo el criterio del hecho concreto, tal como lo revelaba la tradi- 
ción, haciendo de este modo del derecho una masa inerte, sin objeto, 
y sin carácter, y cuyo valor se determinaba siempre por sólo un es- 
píritu de fidelísima consecuencia á las fuentes jurídicas que se en- 
contraban en el camino de la historia. 

Fué contra esto, contra lo que primero esgrimió Ihering su pode- 
rosa pluma. Comenzó en el propio primer tomo de su obra sobre El 
espíritu del Derecho romano, en el que se esforzó por investigar, den- 
tro del cuadro del derecho de Roma, los fundamentos de las fuerzas 
históricas que lo impulsaban á.su marcha y desarrollo. 

Cierto es que su propósito era facilitar la inteligencia del Dere- 
cho romano, pero no desde un punto de vista narrativo, sino como 
ejemplificación, en la vida, de los principios que, á su juicio, deter- 
minan su formación y desenvolvimiento. Por esta razón, la parte 
saliente de su obra es la exposición de este principio, no siendo la 
referencia que, en ella se hace, al derecho de Roma, otra cosa que 
la citación del ejemplo experimental que comprueba aquellos prin- 
cipios. Y entre estos principios y los de la escuela histórica, hay 
sus divergencias. Para ésta, que quiso reaccionar contra las conclu- 
siones de la escuela del Derecho Natural, según el cual el derecho 
lo ha formado por sí solo el hombre, vaciándolo en los moldes de 
las ideas apriorísticas, innatas en su naturaleza racional, el derecho 
se forjna por un proceso natural un tanto inconsciente, y cuyo prin- 
cipal factor es el espíritu, la conciencia del pueblo, tomando, prime- 
ro, la forma del derecho consuetudinario, después, la de la legisla- 
ción, que no crea nada nuevo, sino que amolda, formula y promulga, 



LA OBRA jurídica DE IHERING 9 

lo que ya existe en la vida, como norma de conducta, aunque en for- 
ma de mero hecho de costumbre. En el tomo II de su Espíritu del De- 
recho romano, quema Ihering algún incienso en aras de esta escuela, 
á la que discierne inequívocos aplausos, por haber sustituido, á aque- 
lla producción exterior y mecánica del derecho á que se llega por la 
vía legislativa, un origen inmediato, orgánico, esto es, el senti- 
miento jurídico nacional, pero impútale, al mismo tiempo, haber 
atribuido una importancia excesiva al naturalismo del proceso his- 
tórico de formación. 

A este naturalismo de la creación del derecho, opone Ihering 
principios que lo regulan y determinan, siendo, de todos, el que 
más persiste á través de todas sus obras, el del objeto, el del fin 
práctico que es, según él, el creador exclusivo del derecho. Toda 
su obra, desgraciadamente incompleta, sobre el Espíritu del Derecho 
romano, es una disertación profunda, vigorosa y elocuente sobre 
esos principios y su ejemplificación en el seno del Derecho de Ro- 
ma, cuya excelencia, como derecho práctico para la época en que 
rigió, como derecho científico para todas las edades que habrán de 
encontrar, siempre en él, moldes fijos de perfectas adaptaciones al 
método científico, cuya excelencia, repito, consiste precisamente en 
que es el proceso histórico en que, con más fidelidad y mayor vigor, 
se ha realizado el derecho, en completa adaptación á las causas y 
reglas de su formación, no sólo romana, sino universal. En la asom- 
brosa exposición de lo que él llama la Técnica jurídica, que em- 
pieza en el Título iii de la primera parte del Libro ii, deckira que, 
aunque lo que va á exponer, está tomado del Derecho romano, no 
por eso habrá de dejar de ser una verdad de general aplicación, del 
mismo modo, dice él, que los fenómenos estudiados más antes en la 
misma obra, tienen por base, no obstante su forma nacional roma- 
na, ideas de general aplicación, así como fines y objetos cuya rea- 
lización debe ser objeto de todas las legislaciones. 

Las soluciones romanas no rigen sólo para circunstancias locales, 
y, mucho menos, accidentales, sino que deben considerarse, como 
de rigurosa exactitud y fundadas en la naturaleza de las cosas. A 
su juicio, por tanto, tienen la exactitud de los principios matemá- 
ticos, que son eternos y universales, y lo propio asegura del método 
romano que es, para él, la vía absoluta del Derecho y que no es más 
romano de lo que es griego el método seguido, en matemáticas, por 
Euclides ó por Arquímedes. En esta parte llega á los últimos lími- 
tes de la humana penetración. La cuestión, dice, que la técnica 



10 PABLO DESVERNINE 

jurídica está llamada á resolver, es la de cómo el derecho, abs- 
tracción hecha de su contenido concreto, debe ser organizado 3^ es- 
tablecido para que su mecanismo simplifique y asegure, hasta donde 
sea posible, la aplicación de los preceptos jurídicos á los casos con- 
cretos, y llega á decir que, si esta organización y establecimiento 
del derecho, es cuestión de oportunidad, las exigencias del método 
demandan, no sólo que se descubra y reconozca esa oportunidad, 
sino que se le busque y se le cree por medios que facilita ese mismo 
método. Y cuánta consideración sana, cívica y edificante, contiene, 
en esta parte, su majestuosa disquisición, cuando, al enumerar estos 
medios, estos que él llama tendencias fundamentales, cuya realiza- 
ción se propone el derecho y que fueron como el fin y el ideal de la 
concepción jurídica romana, menciona la espontaneidad del dere- 
cho, el espíritu de igualdad y el amor al poder y á la libertad. Esa 
espontaneidad del derecho es la que se pi-opuso, como fin, la nación 
romana, estableciendo los tribunales, esto es, el aparato exclusiva- 
mente destinado á ese fin de la realización del derecho en condicio- 
nes de completa independencia de las otras ramas del Poder, á fin 
de que toda invasión, toda ingerencia en ellos del Poder público, se 
hiciese, si no siempre imposible de hecho, á lo menos moral y polí- 
ticamente muy difícil. Y lo mismo que del Poder público, de todos 
los demás elementos de la sociedad, debe ser independiente el Juez, 
y para asegurar esta independencia y quitar al Juez toda posibili- 
dad de transgresión, qué bellas páginas escribe sobre la necesidad 
de fijar el derecho y, sobre todo, de organizar el procesal que da al 
Juez las condiciones exteriores necesarias para con más fidelidad 
realizar las conclusiones de la justicia ! 

A la idea de la foi-mación del Derecho, formación serena y tran- 
quila, surgida sin esfuerzos, como el fruto de una acción invisible 
é inconsciente del espíritu nacional, idea de que está impregnada la 
escuela histórica, opone Ihering, el factor de la lucha por el Dere- 
cho de que, no sólo trata en la obra que analizamos, sino que expla- 
nó en una conferencia especial que pronunció en Viena en 1872, al 
despedirse de sus discípulos y oyentes, y que se ha impreso y publi- 
cado después bajo el título de La Lucha por el Derecho, obra que, á 
casi todas las lenguas cultas modernas se ha traducido, y cuya circu- 
lación, ha sido muy vasta y extendida. La ocasión de la conferen- 
cia, como acíibo de referir, fué su despedida de Yieua, donde había 
ocupado una cátedra de Derecho, y, la materia, la defensa del régi- 
men constitucional austríaco, definitivamente fijado por la Constitu- 



LA OBRA jurídica DE IHERING 11 

ción de 1867, y la necesidad, el deber de defender esta Constitución 
por medio de la lucha, si bien todo esto lo hace Ihering sin concretar 
á esa situación política sus ideas, sino infundiendo, bajo la pintura 
de las luchas por el derecho privado, la noción de que, por aplica- 
ción de ese criterio al problema político, también por medio de la 
lucha es que debían los austríacos defender y conservar su joven 
constitución política. Es su tesis la de que el ejercicio animo- 
so y enérgico, del derecho subjetivo, concurre á la fijación y perma- 
nencia del derecho objetivo y la de que el que tibio lo renuncia, 
hace abandono de su personalidad y de los altos ñnes para que ha 
sido creado. 

Fué, con posterioridad, que fundó Ihering, asociado de Gerber, 
su célebre Revida anual sobre la dogmática del Derecho romano y alemán 
moderno. Confieso ingenuamente que, para mí, ha sido siempre un 
tanto oscura la inteligencia de ese título « Dogmática » como ele- 
mento de sugestividad del programa y tendencias de la Revista, por- 
que es extraño que quien, como Ihering, se mostraba innovador y 
radical, profesase, respecto del derecho, ideas que, en modo alguno, 
pudieran caber en los moldes de una profesión de fe de carácter 
dogmático. El mismo efecto ha debido hacerle á escritor tan fami- 
liarizado con la literatura jurídica alemana, como Roguin, que de 
desgraciada califica, en su obra La regla del Derecho, la denominación 
de dogmática dada á esta Revista por sus fundadores. Es, desde lue- 
go, indudable que lo de dogmático, no lo ha dicho Ihering en senti- 
do de tradicional ó doctrinario, y, mucho menos, en el de creencias 
ya preconcebidas, antes bien, debemos creer que lo que sugiere este 
título, es la tendencia y el espíritu de esa Revista, que no son otros 
que los que, en oposición á la escuela histórica, establece Ihering, 
cuando dice que la tendencia moderna del derecho no impone á la 
ciencia, como base de la misma, una línea de conducta puramente 
receptiva, respecto del material histórico, sino que la dirige por la 
línea de la creación productiva, en términos de que, para él, no 
consiste ya la oposición de los criterios en los extremos contrarios 
de lo histórico y lo no histórico del derecho, el uno tal cual ha sur- 
gido en la historia y el otro tal cual lo concibe á priori, indepen- 
dientemente de la experiencia, la famosa escuela del derecho na- 
tural. 

La antítesis para Ihering se revela, hoy, entre lo que él llama 
ciencia receptiva del derecho y ciencia productiva del derecho, sien- 
do la adaptación constante á este último molde, de la ciencia pro- 



n PABLO DESVERNINE 

ductiva, en lo que consiste lo que él entiende por la dogmática de] 
derecho. 

Para Ihering, en efecto, como lo decía él mismo, en la esplén- 
dida profesión de fe que precede á los trabajos de la lievista, la 
lucha, en esa época, empezaba á manifestarse por otra tendencia 
que, más por vía de esfuerzo ó de aspiración, que por positivas 
afirmaciones 3' soluciones de la ciencia, había venido anunciándose 
con cierta vehemente agitación, porque, según elegantemente dice 
él, cuando en el seno de la ciencia soplan vientos nuevos, también 
se arremolina y levanta el polvo, y por más que sean muchos los 
que, por el torbellino cegados, se froten los ojos para ver la luz, al 
cabo habrán de verla, porque es sabido que, á la postre, al suelo, 
de donde ha surgido, vuelve á caer siempre ese polvo, por lo rela- 
tivamente efímeros que son, en el terreno de la ciencia, los tiempos 
de agitación y de tormenta. Fué con ocasión de estas palabras, 
que, con no poca razón, tachó á Ihering de modesto el conocido 
Dr. Kuntze, que al conformarse con su profecía respecto á la proxi- 
midad de una nueva época científica para el derecho, expresó que 
eran, no solamente vientos fuertes, los que soplaban, sino ráfagas 
de tempestad que nos venían encima j de que daba inequívoca se- 
ñal la aparición de aves de tormenta que, como Ihering, la pi^ece- 
dían. Y es verdad que aunque no envolvía una completa revolución 
el programa de la Revista, ésta, sin embargo, con Ihering á su fren- 
te, por lo que ya anunciaba, prometía una radical transformación 
del criterio en la ciencia del derecho. Ihering, en efecto, no se 
mostraba ya conforme con el criterio de aquella escuela histórica 
que sólo seguía el método de la jurisprudencia receptiva, puesto 
que se conformaba, para sus conclusiones, con la forma con que, 
á la superficie de la historia, surgían los acontecimientos. Él se 
apartaba, en este punto, de aquella escuela, para agregar á su mé- 
todo receptivo, el que él apellida productivo, bien que levantando 
acta de su agradecimiento á la escuela histórica que, como él mis- 
mo dice, le ha puesto en condiciones de edificar su nuevo programa 
sobre el sólido cimiento que ella, con su oposición al derecho natu- 
ral, había construido. 

El programa, en síntesis, era el de trabajar partiendo de la base 
de que, en todo desarrollo histórico del derecho, exteriorizado en 
los hechos, ha de creerse que se oculta otro proceso histórico aún 
más lejano, que podría oscurecerse, como ciertos efectos de pers- 
pectiva, á los que le miren de cerca, pero que visiblemente se 



LA OBRA jurídica DE IHERING 13 

revela á los que, á su verdadera distancia, lo estudian y lo ob- 
servan. 

Las informaciones de los contemporáneos, las exposiciones cien- 
tíficas, y aun los propios códigos positivos, nada inmediato ofrecen 
en que claramente se descubra este elemento abstracto, pero hacen 
posible su inducción. Como el naturalista — sigue diciendo el gran 
maestro — se aprovecha de los restos fósiles de una ya extinguida 
creación, para la investigación de los tipos y délas formas individua- 
les de que no dan ya inmediatas y concretas señales esas inertes osa- 
mentas; como ese mismo naturalista se sirve de los más pequeños 
fragmentos, para convertirlos en elementos de poderosas revelacio- 
nes, y así, como la forma de un hueso, le conduce á la determina- 
ción del individuo entero, del mismo modo ha de poder el jurista 
con los residuos, aún visibles, de épocas ya muertas del pasado, 
reconstruir el cuadro completo del derecho. 

En este sentido— sigue diciendo — si han sido las fuentes direc- 
tas y completas, las que han aquilatado el valor de los descubri- 
mientos históricos del derecho, en la nueva tendencia de que se 
trata será precisamente la ausencia de esas fuentes directas, la que 
ha de avalorar los progresos del nuevo método científico, y en este 
concepto, opina, con razón, que aun dentro del seno de un método, 
también histórico, se puede ser productivo, ya que, si bien lo que 
se busca, ha de ser siempre algo objetivamente histórico, su descu- 
brimiento no podría menos que ser producción del sujeto, porque 
suyas son las abstracciones á que se siente llevado, suyas también 
las tendencias y las ideas estimulantes de todo proceso humano, su- 
yos igualmente los puntos de vista nacionales á que se deben deter- 
minadas reglas del derecho, 3^ suya, por último, esa masa de mate- 
ria abstracta que, no en esa forma, sino en otra muy obscura y de 
muy débiles señales concretas, viene á nosotros por la marcha de 
la material tradición, 

En ese sentido, no es su programa, programa de mera construc- 
ción, sino también de elementos de eliminación y destrucción, ten- 
dencia ya añeja en él que, por sí mismo, nos ha dicho, que fué el 
deseo de colaborar á la obra de eliminar lo que ya no es aprovecha- 
ble del Derecho de Roma lo que le movió á escribir su Eqúritu del 
Derecho romano. 

Nada es más interesante, que seguirlo en este orden de conside- 
raciones, en que siempre palpitan y rebullen, no sólo pensamientos 
brillantes, sino también muy bien dotados para aleccionar y diri- 



14 PABLO DESVEENINE 

gir á todo el que se consagre al estudio del derecho. Qué exacto es 
lo que dice sobre el concepto del verdadero jurista, que, no tanto se 
distingue por la extensión de sus couocimieutos, como por su modo 
especial de concebir el derecho, por su conocimiento de la ciencia, 
en general, y no por el de un derecho particular, que, como con el 
nuestro ha sucedido, puede, en muy breve período, ser totalmente 
transformado por una novísima legislación derogatoria, desapare-, 
ciendo de ese modo toda la materia del conocimiento del jurista. 
Ya, según él, no debe poder decirse lo de qne juriscomaltus sine lege 
loquendis erubescit, pues no habrá de avergonzarse j^a de no poder 
confirmar, con la cita de leyes positivas, sus conclusiones, el juris- 
ta moderno que, en el insondable mar de los principios generales 
del derecho, en los fundamentos de su ciencia, podrá siempre des- 
cubrir el precepto, la regla concreta aplicable al caso, mientras que 
lo inverso, esto es, inducir el derecho de las reglas, el civil, por 
ejemplo, de los artículos del código, humanamente no es posible, y 
no es jurista quien sólo familiarizado á fondo con los artículos del 
referido código, con sólo el derecho escrito y que, por tanto, se ha- 
bitúa á no respetar más autoridad que la de lo así escrito y estereo- 
tipado, no tiene, como dice Ihering, la intuición jurídica, adquirida 
con años de esfuerzo y de ejercicio, ni la facultad de operar, auxi- 
liándose, como de otros tantos instrumentos prácticos, de las no- 
ciones fundamentales del derecho, ni la de transformar lo abstracto 
y lo concreto, ni la neta percepción de los principios de derecho en 
las especies individuales que tenga que calificar jurídicamente. 

Con profunda conciencia de lo que de fundamental, por no decir 
absoluto, hay en el derecho, condensaron los romanos todo este 
orden de consideraciones, cuando por boca de Paulo, decían: Regida 
ed qu(jB rem, quce est, breviter enarrat, non ex regula jus suniatur, sed ex 
jure, regula fíat. No se induce el derecho de la regla, sino que es del 
derecho que surge la regla. Las i-eglas son, en efecto, abstracciones 
del conjunto orgánico del derecho, abstracciones siempre inferiores 
á la vasta realidad de donde han brotado, y, por lo común, imper- 
fectas, á modo, dice Ihering, de esos primero-! eusayos plásticos de 
los pueblos que sólo nos dan del modelo vivo y real, una incompleta 
y, á veces, ruda y grotesca imagen. El progreso consiste en su per- 
feccionamiento constante que sólo puede efectuarse con el método que 
61 plantea, y que no consiste en recibir y aceptar cuanto aporta la 
tradición, sino en producir cuanto de esa aportación y del estudio 
de la vida en general, pueda científicamente inducirse. Y qué her^ 



LA OBRA jurídica DE IHERING 15 

mosa orientación es ésta para nuestro estudio del derecho, en las 
Universidades, en la profesión y en los Tribunales! Cuan urgente 
sobre todo para el ejercicio de la profesión y para la administra- 
ción de justicia, es que empecemos á sacudir un poco el yugo de la 
letra para no creer que su molde, el punto final que las concluye, 
son la línea del horizonte jurídico y que sólo, por y dentro de esa 
letra, es que viene encerrado todo el derecho! Pensad en eso, seño- 
res, y veréis el impulso vigoroso que, de cultivarse este método, 
habría de darse á nuestras instituciones y á nuestra vida nacional 
en todos los órdenes políticos 3^ jurídicos! 

Con el criterio del programa de su Revista, no se propuso Iher- 
ing desterrar todo lo escrito, ni aun del propio derecho romano. 
Él mismo abona á la escuela histórica, el mérito que le correspon- 
de, cuando, como antes observé, reconoció que, sólo por haber en- 
contrado 3'a formados los cimientos que aquella escuela, con su 
método histórico, había construido, le ha sido posible pasar del 
método receptivo de los históricos, al productivo que anuncia en el 
programa de su Revista. Su tendencia no es, en efecto, rehacerlo 
todo de nuevo sin aprovechar el fecundo manantial del Derecho ro- 
mano: lo que se propone es no quedarse estacionado en ese derecho, 
admitiendo, cuanto en él se encuentra depositado, por la sola razón 
de estar allí así escrito y depositado: como él mismo dice, escribién- 
dolo con gruesos cai-acteres tipográficos, que avaloran la importan- 
cia del concepto, el lema del método moderno, para descubrir 3' fijai" 
el derecho propio de nuestros tiempos, es: «Con y por medio del 
derecho romano, ir más allá del derecho romano». 

Y pasemos ahora á lo que antes llamé la segunda etapa de la 
vida jurídica de Rodolfo Ihering. Por mucho que en todas las obras 
suyas, que hasta ahora hemos examinado, y en otra sobre la 
protección posesoria, de que algo habremos de decir, se advierten 
tendencias marcadas, aun insistentes y pertinentes, á fijar sus 
ideas 3^ su sistema sobre otros fundamentos que los de la escuela 
del derecho natural y aun de los de la ortodoxia de la escuela his- 
tórica, no veo todavía completo el cisma con argumentos que recha- 
cen por completo el criterio de estas escuelas, bien que de lo que 
en esas obras se descubre hay lo bastante para sentir, como lo ol)- 
serva el Dr. Kuntze, el aliento abrasador del huracán. Ihering 
tenía, en efecto, que pasar el Rubicón, para no quedarse en el esta- 
do de tendencia ó conato á evolucionar, y, eii efecto, así lo hace en 
esa segunda etapa de su vida de que vengo hablando, 3^ en que, en 



16 PABLO DESVEEXIKE 

dos obras suyas, La Voluntad en la posesión y El Objeto en el Derecho, 
establece ya definitivamente los fundamentos de un sistema que no 
tiene parentesco con el de la escuela tan brillantemente acaudilla- 
da por Federico Carlos de Savigny. A mi juicio, esta es la realiza- 
ción de los vaticinios de tormenta á que antes me lie referido, y 
que, bien meditadas las obras de la primera etapa de la vida de 
Iheriug, se dejan descubrir por señales más que sugestivas, señales 
muy claras é inequívocas. 

Ya en la parte tercera, publicada en 1865, del Espíritu del Dere- 
cho romano, expuso una teoría suya del Derecho subjetivo, en la que 
rompió con las doctrinas de la escuela reinante, dado que, en vez 
de fundar el derecho en la voluntad, como venía haciéndose desde 
los tiempos de Hegel, lo fundó en el interés. Muy de lamentar es 
que, en el mismo sentido en que discurrió sobi-e esta materia en la 
obra citada, no hubiera continuado dicha obra, pasando al siguien- 
te volumen, que nunca llegó á publicar, y en el que nos prometía, 
él mismo, desarrollar ese concepto del interés como base y funda- 
mento del derecho. Pero, como él también nos lo ha declarado, ya 
en este plano, inclinado, no le era posible quedarse en las medias 
tintas, sino que tenía que atacar vigorosamente su problema y ex- 
poner y profesar en términos ysi, decisivos, su nuevo programa de 
derecho, y, con ese objeto, interrumpió esa gran obra, El Espíritu 
del Derecho romano, para dedicarse á otras, toda vez que, como tam- 
bién nos lo ha dicho él mismo, el elemento del interés en el dere- 
cho, lo arrastró á algo también más general y más amplio, esto es, 
al objeto, como factor único y exclusivo de toda la ciencia de la 
conducta civil del hombre; y es claro que ya, con este criterio, y 
en posesión de lo que él creyó fundamento incontrastable del dere- 
cho, su ruptura con la escuela histórica, que no tenía ninguna afir- 
mación semejante, habría de ser completa. 

En esta parte, sin embargo, debemos hacer justicia al espíritu 
de consecuencia y á la persistencia de las convicciones de Rodolfo 
Ihering. Su teoría del Objeto en el Derecho, empezó á tener expo- 
sición general y completa en 1877, fecha de la primera edición de 
la obra suya que lleva ese nombre; pero ya en su primera gran 
obra, antes citada, El Espíritu del Derecho romano, había dejado sen- 
tir el latido de esta idea, especialmente en la última parte, en la 
que, concretando el objeto al interés, declaró que era el interés lo 
que engendraba y formaba el derecho. Posteriormente, en un tra- 
bajo publicado en su Revista, y que después publiicó en un libro 



LÁ OBRA jurídica DE IHERING 17 

titulado Sobre el fundamento de Za jjro¿eccí'ó?í posesoria, formuló esta idea 
d(;l objeto, al sostener, como sostiene, que lo que ha hecho de la 
posesión una institución jurídica, no es el que en ella sea la volun- 
tad la que establece esa relación del hombre con las cosas, y que 
faltar á esa posesión, es violar esa voluntad, sino una mera razón 
de interés, ó, mejor dicho, de objeto. Para él, si se protege la pose- 
sión y de simple hecho que es, sin antecedentes ó causas justifica- 
das, viene por el derecho elevada á una categoría de institución 
jurídica protegida, es por el objeto que la ley se propone asegurar 
con esa protección, y que no es otro, como él dice, que el de com- 
plementar la protección de la propiedad. Esta es la base de todo su 
sistema posesorio: donde no haj' propiedad posible, no hay posible 
protección de posesión; por eso, por ejemplo, no se protege la pose- 
sión de las cosas sagradas que están fuera del com.ercio, y que, por 
consiguiente, no pueden nunca llegar á ser objeto de propiedad. La 
posesión, para él, no se ha protegido más que por los objetos eco- 
nómicos que tiene dicha protección. 

Posteriormente publicó su obra sobre La Voluntad en la posesión 
que no sólo es la más importante de las que él, respecto de la pose- 
sión, ha publicado, sino que, como ha dicho un crítico contemporá- 
neo, con ella puede decirse que Iheriug rompió con toda la escuela 
histórica, y envió un cartel de desafío á los jefes de toda esa escue- 
la: á Savingny, Puchta, Bruns, Rudoff, etc., etc. 

Es ésta la última de sus obras, escrita á los setenta y un años de 
edad y puede decirse que es como una parte de su otra obra. El Ob- 
jeto en el derecho, puesto que no se propone en ella otra cosa que de- 
mosti'ar la realidad de su sistema concretamente en el terreno 
jurídico. 

Es este sistema, que se anunciaba primero bajo la forma del 
interés y que tomó después, en el pensamiento de Ihering, la forma 
más amplia y general del objeto en el derecho, el que en la referida 
obra, que lleva este último nombre, ha tratado de exponer y des- 
arrollar, no ya por medio de ensayos, sino con todas las líneas de 
un sistema sociológico jui^ídico, el maestro insigne de Goettingen. Es 
imposible, en una breve disertación como la presente, exponer, si- 
quiera sea en sus fundamentos, el sistema que se propuso demos- 
trar el maestro, y que dejó incompleto, no obstante haber publicado 
dos gruesos volúmenes bajo ese título de El Objeto en el derecho que 
lleva por lema el siguiente: El Objeto es el creador de todo el derecho, 
entendiendo Ihering por objeto, no la simple dirección de la voluu- 



18 PABLO DESVEENINE 

tad, sino el interés que ésta persigue, la utilidad que puede encon- 
trar en la satisfacción de sus necesidades. Para él no existe pre- 
cepto de derecho que no deba su origen á algún motivo de carácter 
práctico, á algún interés que merezca ser protegido. Ea los dos 
tomos que ha publicado de esta obra, expone los fundamentos de 
este sistema desde el punto de vista de todo el mundo moral y aun 
estudiándolo en el mundo del reino animal. Es un verdadero siste- 
ma de mecánica social que, desgraciadamente, no llegó á comple- 
tarse por haber la muerte interrumpido la poderosa actividad de su 
ilustre autor. La obra, como todas las producciojies de los hom- 
bres, ha tenido sus admiradores, y también sus grandes contradic- 
tores, y. en lo general, se ha creído que, por no estar Ihering en su 
terreno, técnicamente jurídico, la obra no responde en conjunto, 
esto es, como exposición de un sistema, á lo que en el terreno del 
derecho, se hubiera podido esperar del águila jurídica que lo con- 
cibió. Todos los críticos, sin embargo, están acordes en reconocer 
que tiene el libro profundos puntos de vista, observaciones de la 
más grande originalidad, poderosa fuerza de argumentación y su- 
premas bellezas de estilo; pero, en el fondo, como obra de una ge- 
neralización que toca las fronteras de la filosofía, no se ha juzgado 
que llene por completo el programa en que se funda, puesto que 
deja abierta la puerta á todos los puntos de i nioi-rc pación que se 
ponen siempre á este orden de especulaciones filosóficas, como, por 
ejemplo, sobre la naturaleza del objeto, sobre la medida de la uti- 
lidad, y sobre si ese objeto ó fin, es meramente individual ó profun- 
damente social. Tan honda es en consideraciones filosóficas, de un 
orden no poco distante del derecho, este trabajo de Rodolfo Ihering, 
que él mismo declara en el prólogo que, en la primera parte de la 
obra, se ha sentido como trasladado á un terreno en que él no es 
más que un dilettante. 

Y sin embargo, ¡cuan encariñado estaba con su obra, cuando 
declaró que, á su juicio, es la mejor de todas las que ocuparon su 
privilegiada inteligencia, y aun pide que al criterio que en ella 
sustenta se subordinen todas las demás! Dícese que fué el trabajo á 
que más vigilias y esfuerzos consagró. Como trabajo de preparación, 
hizo objeto de un especial estudio á las obras de Schopenhauer. 
Acaso se sentía ya cansado bajo el peso de los años y visitábale 
quizá la duda respecto á si tendría tiempo y vida para concluir la 
obra, ó, por lo menos, para exponer y aplicar su sistema en lo to- 
cante á la ciencia del derecho, cuando la suspendió para intercalar 



LA OBEA jurídica DE IHEBING 19 

y publicar su otra obra, la última de todas, Sobre la Voluntad en la 
posesión. 

Él mismo nos dice eu el prólogo de este libro, que, entre las ma- 
terias, es decir, entre las instituciones jurídicas que pensó tratar en 
aquella obra sobre el Objeto en el Derecho, eu relación con los fun- 
damentos de su sistema, estaba la de la posesión; pero que en vista 
del estrecho espacio que, para disertaciones de esta importancia, hu- 
biera podido disponer en la obra, prefirió publicar, en libro inde- 
pendiente, lo que sobre esta materia tenía pensado, y en su conse- 
cuencia, escribió y publicó el que lleva por título La Voluntad en la 
posesión, en el que, como antes dejamos referido, se separa definiti- 
vamente de la escuela de sus maestros, y á sus conclusiones dirige, 
sin reservas, todos sus ataques, hasta el extremo de que la obra se 
titula 7>a voluntad en la posesión y Critica del reinante método jurídico. 

Es ésta, sin duda alguna, una de sus más profundas y originales 
producciones, y, si bien respecto de sus conclusiones, no todos están 
contestes en que haya alcanzado completa victoria sobre la escuela 
criticada, todos lo están en el indisputable valor de tan profunda 
disertación y en la exactitud de algunas de sus observaciones criti- 
cas, aun cuando se dirijan nada menos que á la autoridad del gran 
Savigny. En esta obra reafirma Ihering, con marcada acentuación, 
sus ideas realistas y teleológicas, en oposición á las que él llama 
formalísticas ó dialécticas. Y es su propósito en ella demostrar que, 
así como en su monografía sobre la Protección posesoria, expuso 
que el fundamento de esa protección no era otro que el motivo prác- 
tico, que tuvieron los romanos, de complementar la protección de 
la propiedad y anticiparse á su defensa, haciendo de esa posesión 
algo así como la vanguardia que coloca el derecho en las avanzadas 
de la propiedad, para ponerla al abrigo de todos los asaltos y sor- 
presas posibles, del mismo modo va á exponer y demostrar en esta 
segunda obra La Voluntad en la posesión, cómo en la institución de 
la tenencia ó detentación, sólo se propusieron los romanos, al pro- 
tegerla, como la protegieron, amparar y proteger la posesión, como 
antes, á su vez, protegían la posesión para amparar y proteger la 
propiedad. En esta obra, por tanto, de lo que se trata es de la te- 
nencia ó de la detentación, es decir, de la ocupación por el hombre 
de alguna cosa sin el ánimo de poseerla como dueño, como, por 
ejemplo, la simple tenencia de los ari^endatarios, comodatarios, de- 
positarios, y la posesión del acreedor prendario, del heredero fidu- 
ciario, del sustituto, precario, etc., etc. Su pensamiento, en esta 



20 PABLO DESVERNINE 

materia, es criticar la doctrina de Savigny respecto al matiz de vo- 
luntad que debe tenerse en cuenta para calificar la posesión ó la 
tenencia, esto es, la teoría por Iheriug llamada Teoría de la subje- 
tividad, á la que él opone la su3-a propia que llama Teoría de la 
objetividad, siendo el problema que, entre ambos se dilucida, el de 
saber cuál es el criterio que ha de decidií- si la ocupación de una 
cosa es posesión ó es mera tenencia. Para Savigny' era la voluntad, 
el animus domini, el criterio decisivo: para Ihering, el objeto, el mo- 
tivo práctico, el interés cuj'a protección y amparo tenga el derecho 
en vista. 

Y aquí vamos á concluir. Creemos haber presentado un bo que- 
jo suficientemente preciso de esta poderosa personalidad para uejar 
una idea de los pasos y caminos que ha seguido en su gran jo-na- 
da, de su carácter, de sus obras, del sentido general de éstas, y de 
la impresión de conjunto, que todo ello ha de dejar en el ánimo. 
Ihering, repito, ha tenido admiradores y contradictores, pero nin- 
guno entre estos últimos ha dejado de reconocer y aun de aplaudir 
la suprema calidad de su intelecto vigoroso. Quizá ha^'a sido uno 
de sus más severos críticos el sabio Dr. Kuntze, y sin embargo, á 
este mismo puedo dejar un momento la palabra en elogio del maes- 
tro á quien he consagrado estas mal trazadas líneas. Entre otras 
cosas, dice de él, que si fué por medio de Savigny que la jurispru- 
dencia alemana se colocó á la cabeza de la ciencia en toda Europa; 
que si hasta entonces superior á ellos, los alemanes, eran los juris- 
tas de las nacionalidades latinas, bien los italianos, bien los espa- 
ñoles, 3'a los franceses ó ya los belgas, con Savigny asumió la na- 
ción alemana la alta jefatura, y si fué Windscheid el que á esta 
jefatura puso el sello, Ihering ha sido, por último, el que ha cui- 
dado de que no se pierda esta supremacía. Si en otro tiempo, vuel- 
ve á decir, dirigíanse los alemanes, los polacos, los holandeses y los 
franceses, hacia Italia para allí tomar el birrete de Doctor, y si eran 
juristas italianos los que entonces constituían el envidiable brillo 
de las cátedras alemanas, ya ho}' no sucede así, lo contrario es lo 
que se observa, y á Ihering toca seguramente una parte muv prin- 
cipal en esta gloria. 

Yo sólo puedo decir de él que mi amor al estudio del derecho, 
lo debo en gran parte, á sus sabias enseñanzas, que por mi conoci- 
miento de la lengua alemana, he podido cultivar desde los primeros 
tiempos de mi vida de estudiante, y á él debo, en medida no mo- 
desta, la afición que siempre he tenido al estudio de esta noble 



LÁ OBRA jurídica DE IHERING 21 

ciencia. Bajo su pluma, con las galas de su estilo, con su admira- 
ble impresión, el texto frío y severo del cuerpo del derecho civil, se 
ha animado, como si la mano creadora de ese gran maestro lo hu- 
biese resucitado é iufuudídole de momento una vida actual, lozana 
y vig(>rosa; porque lo saliente de la gran manera de este hombre 
ilustre, entre los más ilustres, es el supremo talento con que sabe 
compenetrar la vida y el derecho, y con que sabe actualizar todas 
las doctrinas, es decir, exponerlas y explicarlas con inmediatas 
aplicaciones de lo que á diario acaece bajo nuestra vista. Tal pare- 
ce como que le infunde toda su alma al derecho. Y es así, entresa- 
cando grandes verdades de entre las leyes, enseñando prácticamen- 
te que ellas no son más que verdaderas relaciones de las cosas de 
la vida, que logra siempre interesar á todos los lectores, aumentan- 
do á cada página un grado más de entusiasmo para el estudio del 
derecho, pues como ha dicho un gran poeta, así ha de suceder siem- 
pre con el descubrimiento de la verdad porque: Vamore come Vinte- 
letto s'accresce amisura delle verita que discopre. 

De lo que él ha sido en su vida y de lo que es su memoria para 
sus discípulos y lectores, esto es, el fanatismo que por él ha llegado 
á despertarse, pudiera citarse como ejemplo lo que de él dijo el 
Príncipe ruso Leo Gallitzen, gran jurista á quien, conjuntamente 
con el profesor Merkel, dedicó Ihering el primer tomo de su obra 
El Objeto en el derecho. Con ocasión de celebrarse el quincuagésimo 
aniversario del Doctorado de Ihering, en el año de 1892, vino des- 
de Rusia aquel Príncipe para concurrir á tan hermosa fiesta. Al 
brindar por Ihering, dijo, que durante su viaje, cuando atravesaba 
el Mar Negro y veía levantarse el Sol en los montes del Cáucaso, se 
convenció de que el nombre de Ihering era sólo un pseudónimo por 
él adoptado, porque el verdadero que le correspondía, no podía ser 
otro que el de Prometeo, por haber sido el primero en habernos 
traído la luz de la jurisprudencia y haber obtenido por ello, para 
siempre, el agradecimiento de toda la humanidad. 



LA ENSEÑANZA DE LA IXGENIEKIA Y LAS OPINIONES 
DEL DE. WADDELL 

POR EL DR. A. RUIZ CADALSO, 
Profesor de Geodesia y Topografía 

Es cosa que debe ser generalmente conocida, que la enseñanza 
de la Ingeniería, como todas las demás enseñanzas, pero en maj'or 
escala que éstas, se halla sometida á una constante evolución que va 
produciendo en ella un rápido perfeccionamiento. Débese esto, por 
una parte, al soi'prendente progreso de las diversas ramas de la In- 
geniería, que forzosamente ha de traer consigo un movimiento aná- 
logo en la enseñanza de esas mismas ramas, y por otra parte, al 
hecho de que siendo la enseñanza de la Ingeniería mucho más mo- 
derna que la de las otras profesiones liberales, es naturalmente to- 
davía materia más dúctil para las transformaciones y más propicia 
al mejoramiento. 

Esto explica el que constantemente veamos aparecer en la pren- 
sa técnica interesantes estudios acerca de tan importante materia, 
habiéndose llegado á constituir en los Estados Unidos la meritísima 
« Society for the Promotion of Engineering Education», que anual- 
mente publica un volumen de trabajos redactados por sus miembros, 
y que ha contribuido poderosamente al mejoramiento de la ense- 
ñanza técnica en dicha nación. 

Pero en los catorce años que hace que vengo siguiendo este mo- 
vimiento con toda la atención posible, pocas veces he encontrado 
escritos tan concienzudos y sugestivos como los diversos artículos y 
discursos sobre la enseñanza de la Ingeniería incluidos en The Prin- 
cipal Professional Papers of Dr. J. A. L. WaddeU, obra acerca de la 
cual he insertado una nota bibliográfica en un número anterior de 
esta Revista. Semejante razón, unida á la consideración de que la 
Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, como órgano de 
un cuerpo docente, debe dedicar grandísima atención á todo lo que 
sea de orden didáctico, y al hecho de que tengo algunas observacio- 
nes propias que agregar á las del Dr. Waddell, me determinaron á 
prometer en aquella nota que consagraría á este asunto un artículo 
especial. 



LÁ ENSEÑANZA DE LA INGENIERÍA 23 

Y es éste tanto más merecido, cuanto que, como afirma en diver- 
sos lugares de su obra el distinguido autor, la enseñanza de la In- 
geniería es la rama más importante de la profesión del ingeniero, en 
el sentido de que de ella depende el desarrollo de las demás ramas, 
y por lo tanto, el desarrollo de la profesión depende de ella más que 
de ninguna otra rama (pp. 144, 165). 

Por otra parte, todo lo que sobre esta materia diga el Dr. Wad- 
dell viene revestido de gran dosis de autoridad, puesto que á su no- 
table y extensísima practica como ingeniero reúne la condición de 
haber sido durante seis años profesor de Ingeniería civil en la 
Universidad Imperial del Japón, á la que fué llamado por el Go- 
bierno de dicho país, sin que después de esto se haya entibiado por 
un momento su amor á la enseñanza. 

A propósito de esto, y ya que acabamos de presenciar el gran 
triunfo del Japón, he de hacer constar antes de pasar adelante, que 
este triunfo fué casi presentido en la Escuela de Ingenieros de Tokio 
por el Dr. Waddell, así como por el profesor Thomas Gray y por el 
eminente profesor T. C. Mendenhall (ex-Director del Cuerpo Geo- 
désico americano), que habían sido catedráticos allí antes que él, 
al ver el afán de saber, la energía, laboriosidad y disposición de los 
estudiantes de Ingeniería japoneses; hecho ciertamente interesante 
é instructivo para nosotros que somos, como el Japón en cierto sen- 
tido, una nación que comienza. 

Veamos, pues, algunas de las opiniones sustentadas por el Dr. 
Waddell. 

En el primero de sus trabajos sobre esta materia, publicado al 
dejar su cátedra en el Japón, observaba el autor que el adelanto en la 
enseñanza no correspondía todavía al adelanto en la práctica de la 
Ingeniería, que muchas de las Escuelas de Ingenieros más antiguas 
permanecían aferradas á métodos viejos y textos anticuados, y que 
los progresos realizados no se encontraban en esas Escuelas de re- 
putación establecida, sino en las más nuevas. Y preguntándose las 
causas de esto, responde con una lista de ellas, gran parte de las 
cuales he de copiar, por el interés que algunas ofrecen á los Profe- 
sores de todas las Escuelas, Facultades y Universidades, pues hay 
deficiencias que no se limitan ciertamente á la Ingeniería, ni á loca- 
lidades determinadas. 

Inclúyense en estas causas: la falta de dinero para comprar apa- 
ratos y pagar adecuadamente á los instructores; la fosilización de 
los profesores, que encontrando que después de uno ó dos años la 



24 A. RUIZ CADALSO 

rutina de la enseñanza no es mu}' onerosa, se contentan con tomar 
la vida cómodamente y quedan así retrasados; el empleo de profe- 
sores incompetentes y sin experiencia, parte por razones de econo- 
mía y parte por la idea común, pero equivocada, de que se necesitan 
mayores aptitudes para practicar la Ingeniería que para enseñarla; ^ 
la escasez de textos apropiados; el abandono del estudio de la cie/icí'a 
de la enseñanza técnica; los estorbos que ponen al claustro patronos 
(truatees) que no son ingenieros, y que por consiguiente ignoran por 
completo lo que se necesita para el éxito de la enseñanza; la caren- 
cia de una buena biblioteca; la falta de harmonía en el claustro 
director; la fácil admisión, con objeto de alcanzar un gran número 
de alumnos; igual facilidad en la obtención de grados, y para el mis- 
mo fin; la falta de la debida harmonía entre la teoría y la práctica, 
entendiéndose en algunas instituciones que el requisito principal es 
la primera, y en otras que lo es la última; la introducción en el plan 
de estudios de materias que no son necesarias en modo alguno ó 
que debían ser conocidas por los alumnos á su ingreso, mientras se 
abandonan enteramente otras materias de la mayor importancia; la 
col-ta duración de las carreras; y algunas otras que omitiremos para 
abreviar. 

De todas estas deficiencias la que parece más seria al Dr. AVaddell 
es, indudablemente, la falta de dinero, porque trae consigo muchas 
de las otras. Entiende él que para asegurar el éxito de una insti- 
tución de esta clase, sus entradas pecuniarias deben ser suficientes 
para cubrir todos sus gastos sin depender en nada de lo que paguen 
los estudiantes. Y es indiscutible que en esto tiene razón de sobra; 
la mayor parte de los defectos de las Escuelas americanas reconocen 
este origen; por ejemplo, la insuficiencia del material geodésico y 
topográfico, cuyo elevado precio dificulta su adquisición á estos 
establecimientos. Por lo que á Cuba respecta, he de agregar que 
dada la carencia entre nosotros de legados y regalos á los cen- 
tros superiores de enseñanza, la opinión del eminente ingeniero 
americano resulta diametralmente opuesta á la de algunos cubanos 
distinguidos en oti'os terrenos, pero enteramente desconocedores de 
las exigencias de la enseñanza superior, que creen que el Estado no 
debe sostener las Universidades. 

Otro punto que se detiene á estudiar el autor es el de la necesi- 

1 El autor declara en otros lugares que no tiene paciencia con los ingenieros que preten- 
den que el profesor de Ingeniería es profesionalmente inferior al ingeniero dedicado á la prác- 
tica; y establece que el trabajo del profesor es de carácter más elevado que el de este último, 
porque í'l hace hombres, no estructuras (pp. 1G5, 180). 



LA ENSEÑANZA DE LA INGENIERÍA 25 

dad de tener á disposición de los alumnos las mejores y más recien- 
tes obras técnicas publicadas, asi como las principales revistas de 
igual índole; cuestión ésta, por cierto, en que los profesores de la 
Escuela de Ingenieros de la Habana hemos llegado independiente- 
mente, hace tiempo, á las mismas conclusiones que el Dr. Waddell; 
por lo cual venimos tratando de llegar á ese desiderátum, por los me- 
dios á nuestro alcance. 

Lo mismo pasa con la cuestión de los textos; como observa 
Waddell, no hay todavía suficientes textos convenientemente escri- 
tos, prácticos y que puedan llamarse de primera clase; los profesores 
tienen que suplir esta falta con disertaciones orales y con apuntes 
de clase; pero dados los muchos inconvenientes de estos dos siste- 
mas, principalmente lo fugaz del recuerdo de las disertaciones oídas, 
lo imperfecto de los apuntes tomados en ellas, y el tiempo perdido 
en copiar los apuntes dados ó dictados por el profesor, el autor pre- 
gunta: ¿No sería mucho mejor y no ahorraría mucho tiempo al 
profesor y al alumno, tener esas notas impresas en forma de libro 
ó de folleto? Indudablemente que sí; y por eso algunos profesores 
de la Habana nos hemos decidido, desde hace varios años, á publi- 
car, aunque sea así en la modesta é incompleta forma de folletos, 
aquellas lecciones ó partes de nuestras asignaturas más difíciles de 
obtener en forma adecuada en los textos disponibles; á ello ha con- 
tribuido ya con frecuencia la Revida de Construcciones y Agrimensura, 
y puede contribuir mucho también esta misma Revista de la Fa- 
cultad; entendiendo nosotros que si en algo estaría bien empleado 
el diuero consagrado á material científico, sería en la publicación de 
semejantes trabajos, que ocupan en la enseñanza un lugar tan im- 
portante como cualquier instrumento ó procedimiento, por indispen- 
sable que éste sea. 

Uno de los requisitos que parecen más esenciales al Dr. Waddell 
para un buen curso de Ingeniería civil, es que su duración sea de 
cinco años, en vez de cuatro, como se le da en los Estados Unidos. 
Desde su primer trabajo sobre la enseñanza de la Ingeniería, ya men- 
cionado más arriba, indicaba nuestro autor la conveniencia de esta 
reforma; y afirmándose con el tiempo en esta opinión, en otro tra- 
bajo redactado á petición de la « Society for the Promotion of Engi- 
neeriug Education », al establecer los principios en que debía basarse 
el plan de estudios, comenzaba diciendo: «Primero. No puede 
darse un curso verdaderamente completo {really thorough) de Inge- 
niería Civil en menos de cinco años . » Asimismo, en otros dos tra- 



26 A. RUIZ CADALSO 

bajos posteriores á este último, llega á decir que cuando la Univer- 
sidad McGill, del Canadá, que estaba pensando alargar su curso á 
cinco años, realizara esta innovación, el Canadá aventajaría á los 
Esta-dos Unidos en la enseñanza de la Ingeniería. Es una satisfac- 
ción para el que escribe pensar que esa primordial condición se 
cumple también en la Escuela de Ingenieros y Arquitectos de la 
Habana, cuyos cursos de cinco años permiten en efecto, y como con 
razón espera el Dr. Waddell, dar la mayor parte de las asignaturas 
con extensión superior á la que puede concedérseles en las Univer- 
sidades americanas. 

La importancia práctica de la referida ventaja se manifiesta 
elocuentemente en la observación que hace AVaddell, deque tenien- 
do por costumbre sugerir reformas y mejoras en la educación técni- 
ca á los profesores de Ingeniería que encuentra en sus viajes por la 
nación norte-americana, ellos casi siempre están de acuerdo en que 
sus indicaciones son buenas, pero le aseguran que no hay en el curso 
tiempo suficiente para adoptarlas, cosa que él bien sabe que es ver- 
dad. Ahora bien, esta mayor extensión de los estudios que la que 
puede alcanzarse en un curso de cuatro años, es cada día más nece- 
saria, pues viene impuesta por el enorme progreso de la Ingeniería, 
y de ello hemos de ver un buen ejemplo al final de este artículo. 

Pero quizás lo más interesante de los trabajos del Dr. Waddell 
en esta materia, es su «curso ideal» de Ingeniería civil, donde con- 
densa sistemáticamente y en detalle sus ideas sobre la enseñanza de 
esta carrera, reconociendo que se necesitarían circunstancias muy 
favorables para poderlo dar íntegro, pero observando que todos los 
demás pueden aproximarse á él por una curva asintótiea. 

Se distribuye desde luego en cinco años, y comprende verdadera- 
mente todas las materias necesarias al ingeniero civil, con detenida 
explicación de la subdivisión de las principales entre ellas, asignán- 
dose á cada una el tiempo correspondiente á la importancia que 
tiene en concepto del autor. Y es precisamente en este último sen- 
tido donde se encuentran los rasgos más notables del plan, pues 
pronto se echa de ver al estudiarlo el gran desarrollo que se concede 
á las asignaturas técnicas propiamente dichas, mientras que las ma- 
terias que abarca Waddell bajo el capítulo Ciencias naturales (Física, 
Química, Mineralogía, Geología, etc. ) quedan reducidas á límites 
bastante estrechos, ocupando sólo una parte del primer ano y muy 
poca del tercero; las Matemáticas ocupan una parte mayor del pri- 
mer año y algo del segundo; quedando todo el resto, que son cuatro 



LA ENSEÑANZA BE LA LNGENIERIA 27 

quintas partes del tiempo que en conjunto se asigna en el horario 
que acompaña al plan, para las materias técnicas. 

Hay que observar que esto no procede de que se haya incluido 
un gran número de materias preparatorias entre las exigidas para la 
admisión; éstas se reducen á lo que es corriente, y más bien el exa 
men de admisión indicado por el autor queda por debajo de lo que 
hoy se acostumbra en muchas Escuelas. La causa de tal distribu- 
ción es, como se indicó antes, que esa es la importancia relativa que 
para el Dr. Waddell tienen dichas materias dentro de la enseñanza 
de la Ingeniería; y él no ha hecho más que aplicar uno de los princi- 
pios fundamentales que establece para la formación del plan de 
estudios, á saber: «omitir todos los cursos que son innecesarios 
para un ingeniero, y reducir todos los cursos de importancia relati- 
vamente pequeña al tiempo más corto admisible». 

El mismo autor observa, al dar explicaciones sobre el plan, y 
cuando se refiere á « Ciencias naturales », que « el profesor no debe 
olvidar el hecho de que no está instruyendo una clase de físicos, 
sino de ingenieros»; 3' se ve apoyado en estas ideas por varios de 
los más eminentes profesores que han comentado posteriormente 
su trabajo. Así, el profesor Swain, del Instituto Tecnológico de 
Massachusetts, aconseja que « se omitan del plan todas las materias 
que después hayan de tener una limitada importancia práctica para 
el estudiante (como sucede en un curso de Ingeniería civil con el 
Análisis químico superior, la Zoología, la Paleontología, la Cristalo- 
grafía, etc. ) », y aún que en caso de necesidad se omitieran entera- 
mente la Mineralogía y la Litología; y el célebre profesor A. J. 
Du Bois dice que « no se debe, como en otros países, enseñar al es- 
tudiante de Ingeniería civil la Geología, por ejemplo, como si su 
objeto fuera hacerse especialista en "esa sola ciencia, ó las matemá- 
ticas como si fuera á dedicar su vida al dominio de los cuaternios, 
sino que la extensión de los cursos debe adaptarse á las necesidades 
del alumno». 

Como natural consecuencia de la adopción de este criterio, las 
asignaturas propias de la Ingeniería alcanzan en el plan de Waddell 
un desarrollo que es verdaderamente interesante; pero tendré que 
limitarme en este punto á mencionar un par de ejemplos. 

Es uno de ellos la atención que se presta á Puertos, Faros, Ríos 
y Canales, materias á las cuales, en mi concepto, se debe en todas 
las Escuelas consagrar una asignatura, aunque sea agrupando las 
cuatro en esa forma, ó como hace Waddell, reuniendo en una Puer- 



28 .4. RUIZ CADALSO 

tos y Faros é incluyendo el estudio de Ríos y Canales en la Hi- 
dráulica; mientras que con frecuencia se las considera á todas como 
simples secciones de otras asignaturas. 

El otro punto digno de nota es la extensión que se concede en 
este plan al estudio de la Topografía, y sobre todo, al de sus aplica- 
ciones á la Ingenieiía, mencionándose en renglones separados las 
diversas ramas de la Topografía general, la Topografía aplicada á 
Ferrocarriles, á Canales, á Alcantaiillado, á Minas, á Puentes y á 
Obras Hidráulicas, y prolongándose su estudio hasta el quinto año 
inclusive. Y he de permitirme insistir con alguna extensión sobre 
este asunto, no sólo porque á esas materias consagro mayor aten- 
ción, sino porque parecen coincidir las opiniones del Dr. Waddell 
con las que la práctica de la enseñanza de dichas matei-ias me ha 
hecho formar desde hace tiempo. 

Estas opiniones consisten en creer que los planes actualmente 
vigentes en las Escuelas de Ingenieros no conceden la importancia 
y extensión debidas al estudio de la Topografía aplicada á la Inge- 
niería, materia que debería formar una asignatura aparte y estu- 
diarse ésta precisamente en el último año de la carrera. 

Veamos, en efecto, cómo está arreglado el estudio de la Geodesia 
y Topografía en las actuales Escuelas de Ingenieros, y encontrare- 
mos que corre en todas las mejores por líneas casi iguales. Para 
concretar, tomemos la de la Habana, que es una de las que mejor 
plan de estudios puede presentar por todos conceptos. Abarca en 
ella dicha materia dos asignaturas, estudiándose en el tercer año, 
bajo el nombre oficial de « Agrimensura «, la Topografía general y la 
Agrimensura, y en el cuarto año, con el título de «Geodesia y To- 
pografía )), la Topografía de precisión y la Geodesia. Las materias 
que forman la Topografía aplicada á la Ingeniería, no formando 
asignatura aparte, tienen forzosamente que intercalarse entre las 
propias de las dos asignaturas mencionadas y estudiarse con ellas 
en el tercero y cuarto años. La primera parte de esta disposición 
está muy bien. La Topografía general es una de las asignaturas que 
forman las bases de la carrera; su conocimiento es necesario para el 
estudio y perfecta comprensión de las asignaturas de aplicación que 
han de seguir; por esto en todas las Escuelas es una de las primeras 
asignaturas técnicas que se estudian, y en un plan de cinco años no 
puede colocíirse más allá del tercero. La Topografía de precisión, 
para no proceder á saltos en la enseñanza, ni dejar lagunas en la 
secuencia natural de los estudios, debe ir en el año siguiente al de 



LA ENSEÑANZA BE LA INGENIERÍA 29 

la Topografía general, y tras ella estudiarse la Geodesia; conviene, 
por otra parte, que ésta preceda á la Astronomía; luego la Geodesia 
y Topografía de precisión del)en ir en cuarto año. Pero el interca- 
lar en las materias citadas la Topografía aplicada á la Ingeniería, 
es cosa inconveniente y difícil, así desde el punto de vista de la can- 
tidad como de la naturaleza de los estudios á que se refieren unas y 
otras asignaturas. 

En primer lugar, es ya excesiva la cantidad de materias que 
comprenden la « Agrimensura » y la « Geodesia y Topografía », para 
que puedan agregarse á ellas y dar en el mismo curso otras tan 
extensas como la Topografía aplicada. En la primera asignatura 
citada lian de estudiarse la Planimetría (regular é irregular). Trian- 
gulaciones topográficas, Nivelación ó Altimetría, Levantamientos 
hidrográficos, Levantamientos altimétricos, Taquimetría, Topogra- 
fía fotográfica, Topografía urbana, Topografía catastral, Agrimen- 
sura, Agrodesia y Agrimensura cubana; dada la extensión que 
ineludiblemente hay que conceder á la Planimetría y á la Nivela- 
ción, y el tiempo que quitan las prácticas de campo, las otras seccio- 
nes mencionadas quedan reducidas á límites tan estrechos, que para 
algunas de ellas llegan á ser mezquinos. Lo mismo resulta con la 
(' Geodesia y Topografía », que ha de abarcar la Teoría de los errores 
y método de mínimos cuadrados. Topografía de precisión, Mareo- 
metría, Magnetismo terrestre. Geodesia, Gravimetría, Geomorfía, 
Cartología, Hidrografía, Cartografía y Metrología; casi todo el 
tiempo tiene que invertirse en la Topografía de precisión y la Geo- 
desia, y las demás ramas, no obstante su importancia (sobre todo 
la de la Cartología y la Hidrografía), han de reducirse á una exten- 
sión verdaderamente exigua. ¿Cómo pueden agregarse á estas ya 
superabundantes materias, otras nuevas y extensas regiones de la 
ciencia topográfica ? 

Hay que observar, en efecto, que los progresos de la Ingeniería 
han llegado á hacer muy vasto el cuadro de la Topografía aplicada. 
Bajo este nombre deberían explicarse hoy en las Escuelas de Inge- 
nieros, con la suficiente extensión para que fueran de utilidad prác- 
tica á los alumnos, las aplicaciones de la Topografía al estudio, 
proyecto y replanteo de carreteras, ferrocarriles, puentes, túneles, 
obras hidráulicas (canales, ríos, puertos, alcantarillado, drenaje, 
irrigación, abastecimiento de aguas) y proyectos de población, así 
como la aplicación de la Topografía de precisión á las grandes obras 
de Ingeniería. Por poca que sea la extensión que á cada una de 



30 A. EUIZ CADALSO 

estas materias quiera suponérsele ó concedérsele, es evidente que su 
conjunto no puede explicarse en unas cuantas lecciones; pero es el 
caso, que algunas de dichas ramas exigen un desarrollo considera- 
ble. Basta ver la obra de Sarrazin y Oberbeck, Taschenbuch zum 
Áhdeclcen von Kreishügen, las de Ferrarlo, Curve circolari y Curve gra- 
dúate; la de Borletti, RLsvolte ad arco cireolare; la de Jacquet, Tracé 
de^ courbes de raccordement; las de Searles, Field Engiiieering y The 
Railroad Spiral^ ó la de Talbot, The Railway Transüion Spiral, etc., 
para comprender el tiempo que reclama ho}'' el estudio del trazado 
de curvas para carreteras y ferrocarriles, esto es, un solo capítulo de 
una de las secciones arriba mencionadas. Por esto es que en las 
Escuelas de los Estados Unidos, la más extensa de esas ramas, que 
es la Topografía aplicada á Ferrocarriles {BaUroad Surveying), for- 
ma generalmente curso aparte. 

Y hay también que tener en cuenta que la naturaleza de estos 
estudios, que son esencialmente de aplicación directa, y la conve- 
niencia de que, como se indicó anteriormente, resulten ellos de ver- 
dadera utilidad al alumno en su ulterior práctica profesional, y no 
de mera ampliación de teorías, demandan de consuno que la Topo- 
grafía aplicada se dé con un número tan grande de prácticas de 
campo, que formen ellas la mayor parte del curso, lo cual, sobre 
todo si se tiene presente el carácter delicado y minucioso de esta 
clase de trabajos, quita un tiempo considerable al profesor y al 
alumno, acabando así de dificultar la inclusión de estas materias en 
cualquier otra asignatura. Explicando el Dr. AVaddell la forma en 
que debería enseñarse el estudio de pro3"ectos de ferrocarril, dice: 
« Después que cada estudiante ha tenido un poco de práctica en el 
replanteo de las diversas clases de curvas, zanjas de préstamo, dre- 
nes, piquetes de talud y cíe rasante, deben elegirse dos puntos apro- 
piados, distantes entre sí cinco millas, por ejemplo, correr entre 
ellos líneas preliminares, estudiar un ])royecto sobre los planos, tra- 
zarlo entonces sobre el terreno y, finalmente, replantear por comple- 
to toda la obra de modo que pudiera ser ésta comenzada á ejecutar 
desde luego por los trabajadores en cualquier número de secciones 
de ella. La clase deberá efectuar todas las operaciones que en la 
práctica real efectuarían los ingenieros de sección, y cada estudian- 
te debe hacer suficiente cantidad de cada clase de trabajo para que- 
dar en aptitud de repetir las operaciones siempre que lo necesite.» 
De análoga manera, y con igual grado de perfección (thoroughjiess), 
recomienda se estudien las otras ramas de la Topografía aplicada, é 



LA ENSEÑANZA DE LA INGENIERLA 31 

indudablemente tiene razón, y lo que es más, razón práctica; pero 
piénsese en el tiempo que esto requiere y se comprenderá cómo sólo 
puede hacerse formando con tales materias asignatura aparte. 

A ello induce también la índole misma de las materias aludidas, 
que científicamente forman en realidad cuerpo distinto de la Topo- 
grafía general. Hay mucha diferencia entre el trabajo del agrimen- 
sor, el del topógrafo propiamente dicho y el del Ingeniero; este 
último necesita, para los fines que persigue, mucha mayor precisión 
en sus trabajos topográficos que los dos primeros; bien lo atestiguan 
las diferentes escalas en que se construj^en los planos del ingeniero 
y los del topógrafo ó agrimensor; el cálculo riguroso de las pendien- 
tes de un ferrocarril, de un río, de un acueducto ó de una alcanta- 
rilla, la exactitud necesaria en el acordamiento de las alineaciones 
rectas, la debida rectitud de estas mismas, la aproximación necesa- 
ria en los cálculos de cubicación de excavaciones, etc., y otras mil 
circunstancias imponen al ingeniero á cada momento un gi'ado de 
precisión en sus operaciones de campo C|ue le obliga á emplear mé- 
todos topográficos especiales, tales, por ejemplo, como los intere- 
santes procedimientos de levantamiento y sondeo adoptados en los 
Irabajos de canalización de los ríos Delaware y Schujdkill y descri- 
tos por Ott; el conjunto de estos métodos viene así á constituir una 
Topografía especial. Y es ésta tanto más larga y penosa de estudiar, 
cuanto que se hace en ella ineludible el conocimiento minucioso de 
los detíilles, toda vez que son éstos precisamente los que constitu- 
yen las modificaciones de los métodos generales características de 
cada operación y apropiadas á cada caso particular, y las cuales 
proporcionan las ventajas que se desea obtener con esos método^ 
especiales. 

Por último, hay razones de orden didáctico que aconsejan igual- 
mente la formación de una asignatura de Topografía aplicada y que 
imponen al propio tiempo colocarla en el último año de la carieía. 
Las aplicaciones de la Topografía á las Carreteras, Ferrocarriles, 
Obras hidráulicas, etc., no deben, en efecto, y casi no pueden, ser 
estudiadas antes que estas últimas materias, que son fundanienta- 
les con respecto á aquellas aplicaciones, y cuyo conocimiento pre- 
vio, ó al menos simultáneo, es necesario para la completa inteligencia 
de dichas aplicaciones. Por esto es que los autores de obras sobre 
Carreteras, por ejemplo, acostumbran explicar primero su construc- 
ción y pasar después al estudio del trazado, observando que la for- 
ma en que ha de realizarse éste y las condiciones que en él han de 



32 A. RUIZ CADALSO 

cumplirse, obedecen á los principios deducidos anteriormente en el 
estudio de la construcción. Lo mismo podría decirse de cualquiera 
otra clase de obra: es el método de construcción de los puentes de 
consola el que impone un alto grado de precisión al determinar la 
distancia entre los puntos de referencia fijados en las márgenes del 
río; es el procedimiento seguido en la construcción de túneles el que 
fija el rigor con que han de prospectarse y trazarse sus alineaciones 
y pendientes; son las condiciones del movimiento de los trenes las 
que han hecho adoptar las curvas de transición; y así sucesivamente. 
El conocimiento de la naturaleza de las obras, condiciones que han 
de cumplir 3" forma en que han de ejecutarse, es siempre convenien- 
te y con frecuencia indispensable para el estadio de las aplicaciones 
de la Topogi'afía al proj-ecto y construcción de esas obras. La ex- 
posición de estas aplicaciones antes de que los alumnos hubieran 
alcanzado aquel conocimiento, obligaría á adelantar nociones de to- 
das las asignaturas posteriores (Ferrocarriles, etc.), las cuales serían 
siempre mal comprendidas por falta de preparación de los alumnos, 
y harían además perder gran cantidad de un tiempo ya escaso de 
por sí; mientras que dando la Topografía aplicada en el último año 
de la carrera, al mismo tiempo que esas otras asignaturas de aplica- 
ción, tal adelanto de nociones sería innecesario, y los alumnos esta- 
rían en condiciones de alcanzar una perfecta inteligencia del curso. 
Por otra parte, éste debe comprender las aplicaciones de la Topo- 
grafía de precisión, y habría, por lo tanto, de ser posterior al estu- 
dio de ella. 

El problema se resuelve muchas veces segregando del curso ge- 
neral de Topografía las principales aplicaciones, como á Ferrocarri- 
les, á Hidráulica, etc., y explicándolas en estas últimas asignaturas. 
Pero esto recarga de un trabajo injustificado á los profesores de las 
mismas, quitándoles además en su curso un tiempo que sobrada- 
mente necesitan para sus importantes materias; y también tiene el 
inconveniente de que fracciona y somete al criterio de distintos pro- 
fesores lo que en realidad no es más que una sola materia, á saber, 
Topografía aplicada, y que en tal virtud debe ser explicada por el 
mismo profesor de Topografía general como una continuación de 
ésta. 

La solución apropiada sería, pues, establecer tres cursos: uno de 
Topografía general y Agrimensura, en el tercer ano; oti'o de Geode- 
sia y Topografía de precisión, en el cuarto; y otro de Topografía 
aplicada á la Ingeniería, en el quinto. 



LA ENSEÑANZA DE LA INGENIES JA 33 

Se dirá quizás que esto sería aumentar demasiado el trabajo 
del alumno, y que ya en este camino, otras asignaturas deman- 
darían también una ampliación, viniendo á robustecer tal argu- 
mento. 

Ciertamente que, en mi opinión, otras materias de aplicación 
práctica deberían contar también con mayor cantidad de tiempo, y 
ya lo he hecho constar más arriba con respecto á Puertos, Faros, 
etc. ; pero, por una parte, semejante aumento sería prácticamente 
provechoso, y por otra, esto no implica forzosamente que hubiera 
que aumentar el trabajo total del alumno; lo que hay es que en los 
planes vigentes la distribución de tiempo entre las distintas mate- 
rias está muy mal équilibi'ada, y este es un grave defecto que desde 
el principio vimos se hallaba entre los indicados por Waddell, y que 
él trató de subsanar en su plan, en la forma que ya también hemos 
visto, suprimiendo todo lo inútil y consagrando más tiempo á lo más 
útil que á lo menos útil. 

Sin olvidar la importancia que tienen para el ingeniero los estu- 
dios puramente científicos; siendo partidario, por múltiples razones, 
de que esa carrera se estudie en las Universidades; y conociendo 
perfectamente el gran inconveniente de que las asignaturas prepara- 
torias se reduzcan á la insuficiente dosis que se ve en algunas 
Escuelas americanas; creo, no obstante, que es innegable la des- 
proporción que se observa en la extensión concedida, en nuestro 
Plan de estudios y en otros, á muchas de las materias que compren- 
den. Llauío aquí « materia » á cada grupo natural de asignaturas que 
forman un solo cuerpo de doctrina; por ejemplo, las dos asignaturas 
<c Agrimensura » y « Geodesia y Topografía » son una sola materia. 
Así se ve que se consagran dos y hasta tres cursos universitarios 
á materias que son necesarias, pero que no exigen tal desarrollo 
para acometer los estudios ulteriores, ni lo merecen en relación 
con su utilidad práctica en la vida profesional; mientras que no se 
ha tratado con esa liberalidad á otras tan extensas é importantes 
para el ingeniero como la Kesistencia de materiales. Estática gráfica 
y Estabilidad de las construcciones (un curso), ó Ferrocarriles (un 
curso), etc. Esa disparidad es maj'or si se tiene en cuenta que en 
el Instituto, donde hoj^ se estudian varias materias con bastante ex- 
tensión, se han dedicado ya uno ó dos cursos á algunas de las que 
luego vuelven á estudiarse en la Universidad, resultando indiscuti- 
blemente mucho de lo que llaman los ingleses « duplicación de tra- 
bajo»; en tal forma, hay materia que cuenta con cinco cursos, dos 



34 A. EUIZ CADALSO 

en el Instituto y tres en la ITuiversidad. ¡ Y sólo se da un curso de 
Puentes, y dos de Geodesia, Topografía y Agrimensura ! 

Es de creer que estas y otras muchas anomalías, que haj- aquí y 
en todas partes, se irán corrigiendo con el tiempo: 3^ esto se conse- 
guiría en gran manera adoptando bastantes de las mejoras propues- 
tas por el Dr. "Waddell. Los americanos, con su espíritu práctico, 
han entrado ya, en esa senda ; pero de que todavía les falta mucho 
que andar, á más de todas las pruebas que ya j^o conocía, he tenido 
hace poco tiempo otra harto elocuente. Habiéndole mostrado á un 
ingeniero civil, acabado de graduar en una de las más afamadas Es- 
cuelas de los Estados Unidos, un teodolito para triangulaciones, y 
preguntado si conocía la disposición y empleo de los jnicroscopios 
micrométricos que veía en el instrumento y que son característicos 
de esta clase de aparatos, contestó que no, pero que le recordaban 
algo semejante que él había usado en el laboratorio de Física estu- 
diando la polarización de la luz. Es decir, que en dicha reputada 
Institución americana habían puesto más atención en enseñar á este 
alumno la polarización, que para nada sirve al ingeniero civil, que 
en enseñarle la construcción y manejo de los instrumentos de Geo- 
desia, ciencia tanto más importante para esta clase de profesionales, 
cuanto que son ellos los únicos que la estudian, y están, por lo tan- 
to, llamados á ejecutar todos los trabajos á ella concernientes que 
puedan presentarse. Dígase lo que se quiera, esto es una incon- 
gruencia y un absurdo, perjudicial para el estudiante y que no con- 
tribuye, ciertamente, al prestigio de la Institución en que ocurra. 



NIÑEZ Y JUVENTUD DELINCUENTES i 

POIÍ EL ÜR. JOSÉ A. GONZÁLEZ LANUZA 
Profesor de Derecho Ferial 

Señoras y señores: 

Cuando el Dr. San Martín, que es el instigador verdadero del 
presente trabajo, me pidió que desarrollase un tema en una de las 
sesiones generales de nuestra Conferencia, díme á pensar en uno 
que fuera y apareciera ser al caso -adecuado, que pudiera llevar 
consigo alguna utilidad práctica, que no se ciñera á la exposición 
de ideas generales, prescindiendo de sus aplicaciones posibles á 
nuestras necesidades colectivas; y después de pensarlo con algún 
detenimiento, escogí el que sirve de base á este estudio sin preten- 
siones, por los motivos que paso á exponer. 

El Gobierno Militar, que rigió nuestros destinos hasta hace muy 
poco 2. aportó á nuestra legislación, en muchos de sus aspectos, 
ciertas reformas trascendentales, que no tenían precedentes entre 
nosotros y que rompían á veces con nuestros viejos moldes mentales 
y morales. De aquí que, en ocasiones, no fueran las nuevas leyes 
1)ien entendidas, ni por los obligados á cumplirlas, ni por los encar- 
gados de aplicarlas. Una de esas reformas se contiene en la Orden 
Militar N? 271 (serie de 1900). La experiencia profesional me ha 
probado lo poco y lo mal que se han entendido entre noso- 
tros sus preceptos relativos á la niñez y á la juventud delincuentes; 
y me ha sugerido al mismo tiempo la convicción de que en tales 
preceptos existen lagunas y se echan de ver deficiencias capaces de 
producir, en algunos casos, verdaderos conflictos de conciencia para 
los Tribunales, que más de una vez pueden encontrarse metidos en 
verdaderos callejones sin salida, fabricados por la misma ley, y á 
donde los puede empujar y los empuja la realidad misma de la co- 

1 Constituye el presente trabajo un discurso leído en una de las sesiones generales de la Se- 
gunda Conferencia Nacional de Beneficencia y Corrección (Santa Clara). Cuando se publicaron 
las Memorias de dicha Conferencia, por motivos que no son del caso, no pudo incluirse en ellas 
este discurso. Defiriendo á indicaciones amistosas de los compañeros de cátedra que redactan y 
editan esta Revista, lo entrego para su publicación en la misma, dejándole su primitiva forma, 
porque me parece que el trabajo de alterarla sería realmente inrttil. Sólo las notas son en él 
nuevas.—./. A. G. L. 

2 Escrito en Mavo do 1903. 



36 JOSÉ A. GONZÁLEZ LANUZA 

tidiaua existencia. Y lie creído que llamar la atención sobre lo 
uno y lo otro, aprovechando la oportunidad presente, puede ser de 
alguna utilidad, j'a para la futura reforma de esos ^preceptos, ya pa- 
ra su recta aplicación en el presente, basada en una inteligencia 
mejor de su sentido, de un lado por los Tribunales, de otro por las 
autoridades administrativas. 



Lo primero que me parece que pasa inadvertido es que la Orden 
Militar en cuestión introdujo en la materia una modificación sus- 
tancial, gi-ande, profunda, de concepto, ya en la apreciación de la 
delincuencia infantil, ya en el juicio que debemos formarnos de las 
medidas que han de adoptarse contra el niño delincuente, ó, para 
hablar con más propiedad, en vista del delito cometido por el niño. 
Para comprender qué cambio tan grande ha sufrido en la materia 
nuestro derecho positivo, qué abismo tan hondo se ha abierto entre 
el viejo y el nuevo sistema, demos ante todo una ojeada á los pre- 
ceptos del Código Penal al asunto relativos. 

El inciso 2? de su artículo 89 declaraba que el menor de nueve 
años era siempre irresponsable; y el inciso 3?, por su parte, decla- 
raba irresponsable al maj'or de nueve años y menor de quince que no 
hubiera obrado con discernimiento. Cuando en virtud de una abso- 
lución, recaída en causa contra un menor de los antes indicados, se 
había declarado que aquel menor (parausar el téi'mino, muj- signifi- 
cativo, inicial de dicho artículo 89) no había delinquido, dicho menor 
se entregaba siempre « á su familia », con el mero encargo de vigilarlo 
y educarlo, y sin exigir siquiera á esta familia la « fianza de custo- 
dia» que se pedía en determinados casos de delitos cometidos por 
imbéciles ó locos. ISTo importa al Código quiénes constitu3'an esta 
familia; no hace al caso tampoco la clase, importancia y naturaleza 
del delito que el menor pudiera haber cometido. Sólo « á falta de 
persona que se encargase de su vigilancia y educación», podía el 
Tribunal remitirlo á un establecimiento de Beneficencia destinado 
á huérfanos y desamparados, en el que estaría junto con éstos, na- 
turalmente, y sometido al propio régimen y al mismo trato. 

Cuando' el menor de quince años, ma3'Or de nueve, había obrado 
con discernimiento, ¿qué se hacía con él? Aplicándole los preceptos 
contenidos en el artículo 84 del Código, el Tribunal le impondría 
una pena discrecional; pero siempre inferior en dos grados á la que 



NIÑEZ Y JUVENTUD DELINCUENTES 37 

el correspondiente artículo asignara como adecuada al delito por él 
cometido. Todo el que conoce un poco el mecanismo de las penas 
del Código, se da cuenta clara de que se trata de una pena cualita- 
tivamente igual, sólo cuantitativamente distinta. Para buscar las 
penas inferiores á la pena tipo, en cada caso, hay que acudir, con- 
forme á las reglas del artículo 74, á las « escalas graduales » del ar- 
tículo 90; j como cada una de estas escalas contiene una suma de 
penas de la misma índole; como jamás, descendiendo, se puede pa- 
sar de una escala á otra; es manifiesto que la pena que se imponga 
á un menor delincuente será siempre pena de la misma clase, aun- 
que de duración diferente, que la que á un mayor corresponda. 

No habrá sino una posible diferencia cualitativa: la que nace 
del hecho de que la multa se considere siempre como la pena última 
de todas las escalas graduales (artículo 91), por lo que muchas ve- 
ces se aplicará á un mayor pena de privación de libertad y á un 
menor pena de multa. He dicho «muchas veces»; y en efecto, fácil 
es comprobar el que, debiéndose imponer siempre una pena inferior 
por lo menos en dos grados á la pena tipo, en los más de los casos 
se caerá en la pena pecuniaria; en los más de los casos, quiero decir, 
de hurtos, daños ó lesiones, que son los más propios delitos del niño. 

En cuanto á los comprendidos entre los quince y los diez y ocho 
años, no pueden nu;nca quedar exentos de responsabilidad criminal; 
la edad en cuestión es meramente una atenuante; la pena que co- 
rresponde es la inmediatamente inferior en un grado, esa, taxativa- 
mente, según disposición del ya citado artículo 84. El grado interno 
de la misma estará regido por las propias reglas de los artículos 79, 
80 y 81, aplicables normalmente al delito por el maj^or de edad co- 
metido. 

Tal era el sistema de nuestro Código en cuanto á la delincuencia 
infantil; sistema tan absurdo, que parece inconcebible que continúe 
en vigor en España, y que tenía forzosamente que desaparecer, tan 
pronto como nuestro pueblo se pusiera en estrecho contacto con una 
civilización superior. Cuando declaraba al niño irresponsable, sin 
la menor preocupación relativa á que las causas de su delito fueran 
una degeneración heredada ó un pésimo ambiente doméstico, man- 
daba entregarlo á su familia (que casi siempre es la causante de su 
delito, que le trasmite por la sangre ó por el ejemplo) ; y sólo cuando 
nadie había que debiera ó quisiera encargarse del pseudo-culpable, 
lo hacía llevar á un establecimiento benéfico. Ya en éste mezclaba, 
al que dio muestras claras de precoz depravación con las infelices 



38 JOSÉ A. GONZÁLEZ LANUZA 

criaturas huérfanas y desamparadas, para tratarlos á todos del 
mismo modo, para hacerlos vivir en igual comunidad, para aplicar- 
les el propio método educativo é idéntico régimen. 

En cambio, cuando declaraba al niño semi-respoiisable, le aplicaba 
una pena cualitativamente igual, sólo cuantitativamente diversa de 
la asignada al delincuente mayor de edad. En un tiempo en que \a 
tendencia cada vez más marcada á lo que se llama « la individuali- 
zación de la pena » invade al par el campo de la penología y el de la 
criminología é influye sobre los asientos fundamentales y criterios 
mensuradores de la imputabilidad, se contentaba con una dosifica- 
ción diferente de la misma medicina, á fin de resolver en sus últimas 
aplicaciones y consecuencias prácticas el interesante y hondo proble- 
ma de la diferenciación entre el delincuente niño y el delincuente 
adulto; divergencia que no lleva consigo sino esta discrepancia nada 
pequeña: que respecto al primero, la reacción social debe ser funda- 
mentalmente educativa; al paso que respecto al segundo la empresa 
de « reeducarlo, moral ó jurídicamente « , como querían Eoder y sus 
secuaces, ha resultado, al cabo de largos experimentos, tan sólo una 
generosa pero vana ilusión! 

El absurdo del viejo sistema, que murió felizmente en virtud de 
la Orden 271 de 1900, resalta aún más cuando la cuestión se estu- 
dia más hondamente, desde el punto de vista del concepto y fines 
de la pena tales como se desprenden del sistema penal que acoge 
nuestro Código. 

A vueltas de todas las muchas y muy diversas doctrinas acerca 
de los fines de la pena, estimo que no puede asignarse á esta medida 
de defensa social un fin único y exclusivo. Medicina social ó indi- 
vidual del delito, ella no puede tener una sola dirección, cuando el 
delito, á su vez, tiene tan varios, tan complejos, tan diversos oríge- 
nes. Y esos fines, múltiples necesariamente, pueden ser sistemáti- 
mente expuestos de este modo. Ellos son de dos clases, unos que 
llamaré individuales y otros que llamaré sociales. Los primeros van 
dirigidos al delincuente mismo, los segundos al cuerpo social. Los 
primeros son tres: a) eliminación ó selección, b) intimidación, c) 
corrección. Los segundos se traducen en lo siguente: a) en un efec- 
to intimidativo general, en una coacción psíquica general también, 
que contiene á muchos mal inclinados y que disminuj'e el número 
total de los delitos, sólo por existir un orden penal organizado, con 
leyes penales, tribunales de lo criminal, cárceles y presidios; y 6) 
en un efecto de tranquilización igualmente general, que llamaba 



NIÑEZ Y JUVENTUD DELINCUENTES 39 

Carrara « restauración ó reafirmacióu de la opinión de la seguridad », 
que ese mismo orden penal produce, ante su amenaza en la ley como 
ante su aplicación práctica en el fallo, en los amigos del orden so- 
cial, en los que en modo alguno están inclinados al crimen. Creo, 
en efecto, sinceramente, que si el orden penal desapareciera, el 
bellum omnimn contra onmes en el acto se establecería; que la estadís- 
tica de los delitos crecería inmediatamente en cuanto á los inspira- 
dos por el lucro y la lascivia y, al cabo de corto tiempo, también en 
los que el odio inspira. Creo, pues, en ese doble efecto social de la 
pena, intimidativo y tranquilizador, siempre saludable, en cuya 
virtud la mayoría no delinque; y creo, en fin, que si ella no existie- 
ra, el delito sería la regla más normal de la conducta de esa misma 
mayoría. 

Pero dejemos ambos efectos sociales y vamos, pues que hacen al 
caso mucho más, á los fines individuales de la pena. Mérito insigne 
fué de Bentham el haberlos percibido claramente, muchos años an- 
tes de la época en que los estudios modernos y el mutuo auxilio que 
se han prestado, en relación con la penología, otras ciencias, hubiese 
hecho dar á aquesta pasos de avance como los que la han colocado, 
con sus actuales tendencias, en su condición actual. Entendía él 
que la pena actuaba sobre el delincuente, previniendo la reinciden- 
cia en el delito, de tres maneras: ul^, quitándole el poder físico de 
cometerlo; 2"}, haciéndole perder el deseo; S^, quitándole la auda- 
cia)). Y agregaba que en el primer caso, el efecto de la pena sería la 
incapacidad física del delincuente para reincidir; en el segundo, su 
reforma moral; en el tercero, su intimidación. La pena, que no 
existía sino para prevenir la comisión ó la repetición de los delitos, 
iba por estos tres caminos á lo que él llamaba, la « prevención par- 
ticular)). Los que he dicho « fines sociales )) déla pena misma, ac- 
tuaban la « prevención general » . ^ 

Falta á estas ideas, tan sólo, cierto tecnicismo de moderno es- 
tilo, cierto acuerdo de las expresiones con las opiniones y vientos 
reinantes en esta ciencia, para que sean literalmente aceptadas y no 
discrepe de ellas la convicción científica de nuestros días.- Por todos 
esos caminos, en efecto, se actúa la defensa social, y precisamente la 

1 Véase « TJiéorie des peines et de recompenses » , publicada por Dumont con vista de maniis, 
critos de Bentham; lib. lo, cap. 3o 

2 Basta para convencerse de ello lo siguiente. El profesor de la Universidad de Paduae 
Eugenio Florian, en una obra publicada muy recientemente, con el titulo « Dei reati e dcUepcn- 
in genérale » , dice (pág. 23), exponiendo las tendencias de la llamada « escuela positiva " : « Se 
aplican las penas para que los delincuentes sean puestos, temporal 6 perpetuamente, en la im- 
posibilidad de dañar; para obtener, en cuanto sea posible, la enmienda, para que, en fin, la ame- 



40 JOSÉ A. GONZÁLEZ LANUZA 

importancia del estudio atento y cuidadoso de los fines individuales 
de la pena se demuestra en esa tendencia actual á individualizar las 
diversas medidas represivas aplicables á los distintos delincuentes. 

Ahora bien, esas medidas deben producir el mayor bien posible 
á la sociedad con el menor mal á los individuos á los que se aplican. 
Ya lo decia el propio Bentham, con visión también muj^ clara de lo 
que debiera ser esta función social: « El mal producido por las penas 
es un (jado que hace el Estado, en vista de un provecho. En esta ope- 
ración, todo debe reducirse á un cálculo de ganancias y pérdidas; y 
cuando se valúa la ganancia, es preciso restar la pérdida: de donde 
resulta evidentemente que disminuir el gasto ó aumentar el prove- 
cho, es tender igualmente á obtener un saldo favorable. » ^ Y más 
adelante: «Diremos, pues, de una pena que es económica, cuando 
produce el efecto deseado con el menor empleo posible de sufrimien- 
to; diremos que es demasiado dispendiosa, cuando produce un mal 
maj^or que el bien equivalente, ó cuando se podría obtener el mismo 
bien á cambio de una pena inferior. Entonces es un acto de prodi- 
galidad. )) - 

Haciendo aplicación de estas ideas á nuestras doctrinas moder- 
nas, yo diría que, de los fines individuales de la pena, el fin elimi- 
nativo debe estar en una constante proporción con el fin educativo 
y el intimidativo. Allí en donde pueda esperarse más de la intimi- 
dación ó de la educación, la eliminación debe ser menor en cantidad 
y en intensidad. Allí donde la intimidación sea difícil ó imposible 

naza de la pena contenga y aleje á otros del delito. » Y el profesor de Berlín, Franz von Liszt, 
en su Tratado de derecho penal alemán, en la parte que titula Lineamentos de Política criminal, 
§ 12, se expresa como sigue: 

n La ejecución (de la pena) actúa: 

lo, sobre los miembros de la colectividad en general, porque, por Tin lado, por su fuerza de 
intimidación, refrénalas tendencias criminales (prevención general) y, por otro lado, mante- 
niendo el derecho, afirma y fortalece el sentimiento jurídico de los ciudadanos; 

2?, igualmente sobre el ofendido, A quien, además de esto, proporciona la satisfacción de que 
el atentado dirigido contra su persona no escapa al debido castigo; 

3o, y especialmente sobre el delincuente mismo. Conforme á la naturaleza y á la extensión 
del mal de la pena, diferente puede ser el centro de gravedad del efecto ejercido sobre el delin- 
cuente por la ejecución penal. 

a) La pena puede tener por fln convertir al delincuente en un miembro útil <1 la sociedad 
(adaptación artificial). Podemos designar como intimidación ó como enmienda el efecto que la 
pena contempla, conforme se trate, en primer lugar, de vigorizar las representaciones enflaque- 
cidas que refrenan los malos instintos, ó de modificar el carácter del delincuente. 

b) La pena puede tener por fin quitar perpetua ó temporalmente al delincuente que se tornó 
inútil á la sociedad la posibilidad material de perpetrar nuevos crímenes, segregarlo de la socie. 
dad (.selección artificial). Acostúmbrase decir que en este caso el delincuente está reducido al 
estado de inocuidad.» 

Como se v6, Liszt es más completo y más preciso que Plorian; pero ambos, modernísimos, no 
hacen, en el fondo, sino repetir los viejos conceptos de Bentham. 

1 Vóa.se la obra citada, cap. 40 

2 Ví'aso !a ot>ra <'itada, cap. 49 



NIÑEZ Y JUVENTUD DELINCUENTES 41 

y la reforma del delincuente una quimera más ó menos acentuada, 
la eliminación debe intensificarse, de un modo gradualmente cre- 
ciente, hasta llegar á su grado supremo y definitivo. Hay ocasiones 
en que el delincuente, ya por su condición personal, ya por la na- 
turaleza de su delito y, sobre todo, jjor ms motivos, no inspira temo- 
res de futura repetición de actos de la propia naturaleza. La pena, 
respecto á él, no tiene fines individuales que perseguir, propia y 
verdaderamente: enmendado, lo está, ó nunca ha dejado de estarlo; 
que hay culpables, como Bovio decía, «arrepentidos casi antes que 
reos )), para los cuales « toda pena, por acerba que sea, será leve, 
comparada con el espasmo de dolor que los lacera «. ¿ A qué buscar, 
respecto á tales delincuentes, la intimidación ó la enmienda, si el 
espanto de su delito y el arrepentimiento más profundo preceden á 
la pena ? ¿A qué eliminarlos, más ó menos, del ambiente social ? 
Entonces, cuando la (f prevención particular » de Eentham no tiene 
objeto, todavía reclama algo la « prevención general jj, todavía la 
pena tiene fines sociales que cumplir: evitar el contagio imitativo; 
quitar al acto, siempre perturbador, en más ó en menos, del orden 
social, el aspecto inocente ó legitimo que le daría el dejar impune á 
su autor; hacer porque otro no juzgue tan grave como aquel caso 
extremo su caso propio, fútil realmente, por esa tendencia tan hu- 
mana á percibir nuestro mal y nuestro bien propios como mayores, 
enormemente mayores que el ajeno bien y que el ajeno mal. 

Temo que os parezca todo esto una digresión censurable; pero, 
no obstante, abrigo la esperanza de que me la perdonaréis, si de ella 
saco alguna aplicación práctica. Consecuencia primera de cuanto 
he dicho es, á mi modo de ver, la exclusión completa y decidida de 
la pena de toda idea de expiación, de retribución del mal por el mal. 
Este es ya (á lo que entiendo) un concepto completamente suranné. 
Salvo algún que otro defensor muy raro de ideas muertas, la finali- 
dad capital de la pena dentro de lo que se ha llamado « la teoría 
absoluta )) , ha pasado, á lo más, al estado de supervivencia en la 
civilización. Quedan de la pena los otros fines. 

Pero de estos fines, hay uno que conviene muy mucho á la de- 
lincuencia infantil: el que busca la reforma del individuo sujeto á la 
función represiva del poder social. Y éste es, precisamente, el que 
menos cabe en el sistema penal de nuestro Código. Todas las penas 
que el mismo registra pueden considerarse como medidas de selec- 
ción, más ó menos adecuadas, como medios de intimidación, hasta 
como instrumentos expiatorios: como medidas tomadas en vista de la 



42 JOSÉ A. GONZÁLEZ LANUZA 

regeneración de los culpables, nunca. No hay más que leer ciertos 
capítulos del libro primero para adquirir de ello una profunda con- 
vicción. Y si la experiencia ha mostrado que las aspiraciones del 
correccionalismo son poesía arcadia cuando giran sobre aquellos 
culpables en los que el carácter ya se ha fijado, por la malsana ac- 
ción común y coordenada de la herencia y del ambiente; en cambio, 
los resultados obtenidos por Demetz en el pasado, y en el presente 
por Don Bosco, el profesor Garaventa y, sobre todos, por ese verda- 
dero apóstol que se llama el Dr. Barnardo, cimentan la esperanza 
generosa de que pueda segarse en su fuente la delincuencia infantil 
y arrebatarse en muchos casos su presa temprana al crimen. La 
cuestión, por lo demás tan debatida, de la eficacia de la corrección 
aplicada á los delincuentes, ha perdido en estos tiempos gran parte 
de su prístina acritud. Especie de enfermedad moral, el delito, 
como todas las enfermedades, es á veces curable, á veces incurable 
por completo. Es más curable ciertamente en sus estados primeros, 
en sus períodos iniciales, antes del tiempo aquel en que el carácter 
humano se fija de una vez para siempre. En todo tiempo, pues, hay 
que medicinar á estos enfervio)^; pero seguramente con mas fe y más 
constancia en las edades primeras de la vida. 

¿ISTecesito agregar más para que el ánimo de los que me escuchan 
se i^ersuada de que el sistema penal de nuestro Código es absoluta- 
mente inadecuado al delincuente de menor edad? Creo sinceramen- 
te que no; pero para último y definitivo convencimiento, quiero 
hacer una referencia final á algo que ya antes he apuutado: en vir- 
tud de la necesidad en que los tribunales se encuentran de imponer 
á los menores de quince años, mayores de nueve, cuando han obra- 
do con discernimiento, una pena siempre inferior en dos grados á 
la pena tipo, hemos visto que, en muchas ocasiones, esta pena resulta 
ser la de multa. Ahora bien, ¿qué os parece de la pena pecuniaria 
aplicada al niño de nueve á quince años? ¿ Qué efecto puede surtir 
en el mismo ? ¿ Creéis que se necesita más para condenar un siste- 
ma, ni que puede ocurrirse nada más absurdo á un Código? ^ 

1 Que la afirmación sobre lo que esto descansa es cierta, se comprueba por algo que antes 
quedó indicado, de pasada, y que testimonia muy claramente toda bien organizada Elstadistica 
criminal: los más constantes delitos del niño son el hurto, el daño en la propiedad y las lesiones, 
sobre todo, el primero y el i'iltimo. Algunas veces se dan atentados al pudor, sin grande trascen- 
dencia. Todo el que conozca un poco el sistema penal de nuestro Código sabe, que por razón de 
las penas más usuales en esos delitos (sobre todo, si lesiones ó hurtos, como casi siempre suoedo, 
son de escasa importancia) , descendiendo en la primera 6 en la segunda de las escalas graduales 
hasta encontrar pena inferior, por lo monos, en dos grados, caemos en la multa. La cosa no ne- 
cesita de ulteriores comentarios. 



NIÑEZ Y JUVENTUD DELINCUENTES 43 

II 

Así, pues, era preciso romper con todos esos absurdos. A cum- 
plir tal misión vino la Orden 271 de 1900; pero no basta con que ella 
se promulgara, sino que es preciso darse cuenta de lo que sus pre- 
ceptos significan, del espíritu que los anima, del principio y tenden- 
cias á que responden; es preciso, sobre todo, penetrarse bien de los 
dislates del viejo sistema, para no vivir bajo la obsesión de lo que él 
suponía, para no interpretar la nueva le_y, como parece hacerse, con 
el espíritu mismo de la antigua.^ 

Nuestra desgracia ha sido que hayan penetrado tan tarde entre 
nosotros ideas é instituciones que son realmente viejas, entendida 
esta palabra en sentido relativo; y que, desde este punto de vista, 
estemos atrasados en un siglo respecto á las exigencias actuales de 
la civilización. En un informe presentado al Congreso Penitencia- 
rio de Roma por M. J. Stevens, director entonces de la prisión de 
St. Gilíes, en Bélgica, sobre la educación correccional en ese país, 
el autor, después de hablar de los ensayos hechos en Roma, en 1703, 
por el Papa Clemente XI, para el establecimiento de una casa espe- 
cial de corrección destinada á jóvenes delincuentes, dice que la 
Asamblea Constituyente, en Francia, reconoció, por las leyes de 25 
de Septiembre y 6 de Octubre de 1791, «que era necesario, antes de 
imprimir sobre la vida de un niño el estigma de una pena, pregun- 
tarse si había tenido conciencia de las faltas que había cometido. 
Decidió, en consecueucia, que esta cuestión se plantearía á los jue- 
ces para todo menor de diez y seis años. Sustiticyó á los castigos corpo- 
rales el beneficio de una educación dada en una casa de corrección al joven 
delincuente, en lo adelante sustraído al contacto de los adultos ». Y 
M. Stevens añade: « He aquí el principio establecido: los jóvenes 
malhechores serán absueltos, en ciertos casos, y recibirán el beneficio 
de una educación dada en una casa, especial.» ¿Es posible, me pregun- 
to yo ahora, que de este principio tengan una idea, ni siquiera 
aproximada, los que muy seriamente tramitan é informan favora- 

1 Para comprobar que esta Orden rompió totalmente los viejos moldes y se inspiró en ten- 
dencias absolutamente modernas y progresivas, basta con hacer una nueva cita de Liszt. En la 
mencionada obra, § 14, Las e.rioejicias de la Poliüca criminal, el ilustre profesor alemán se 
expresa en estos términos: « En relación á los criminales adolescentes, la pena de prisión debe 
ser sustituida, en cuanto fuere posible, por medidas de educación. Asi se pide que la minoridad 
criminal sea elevada á los catorce años completos; que se revoque la disposición sobre el discer- 
nimiento; que una ley imperial reglamente la educación bajo la inspección del Estado, y que 
ésta se extienda también á los casos de abandono moral. » 

¿Qné otra cosa ha hecho, salvo detalles, la Orden No. 271 de 1900? 



44 JOSÉ A. GONZÁLEZ LANl'ZA 

blemente una solicitud ¡de indulto! de un menor recluido en una 
de nuestras dos ((Escuelas Correccionales»? ¿Qué clase de lástima 
es esa que inspira un niño que ha cometido un delito, en virtud de 
la cual le privamos, antes de tiempo, de un henefieiof 

Citando Stevens á hombres tan eminentes como Livingston, Ch. 
Lucas, Demetz, de Beaumont, de Tocqueville, L. Tidal, Ducpé- 
tiaux, Helio, Jules de Lamarque, Bonneville de Marsangy, el viz- 
conde d'Haussonville, el Dr. Marjolin, Michel y Lalou, presentaba 
un resumen del fondo común de sus ideas acerca de lo que debiera 
ser un establecimiento apropiado para estos especiales delincuentes, 
resumen que termina por estas palabras: (( que en lugar de castigos 
rigurosos por ofensas imputables á la comunidad por el olvido de 
sus propios deberes, es preferible apartar las causas que las han 
producido, por el método más dulce de la instrucción y del trabajo. 
Y por esta razón el lugar destinado á encerrar á los jóvenes dete- 
nidos debe ser considerado más bien como una escuela de instruc- 
ción que como una prisión)) . ^ De aquí que con un claro sentido de 
la divergencia fundamental entre una cárcel y uno de estos estable- 
cimientos, dos documentos oficiales del Gobierno fi-ancés, uno, la 
Circular de 3 de Diciembre de 1832, decía: «Una piñsión jamás será 
una casa de educación)); y otro, la Instrucción de 7 de Diciembre 
de 1840, se expresaba en estos términos, en referencia á los delin- 
cuentes en la minoridad: « La Administración debe principalmente 
proponerse su educación.)) — Son cosas dichas hace muchos años; pe- 
ro, por desgracia nuestra, son flamantes novedades en Cuba! 

Fácilmente se comprende, pues, cómo ha podido afirmar Mol- 
denhawer, en el informe con el que contestara á la 6^ cuestión de 
la Sección 1*^ del Programa acordado para el Congreso Penitenciario 
Internacional de Roma, que (( el tipo único y más perfecto de pena 
para los menores, en los casos en que se hayan hecho culpables de 
crímenes que la ley castiga, debería ser la privación 6 la restricción 
de la libertad ». No es concebible que de otro modo se pueda llevar á 
cal )o la ya dicha tarea educadora; y el indicado criminalista, dán- 
dose buena cuenta de ello, ha agregado que esa pena debe tener los 
caracteres por él mismo precedentemente señalados; es decir, que 
sea una pena sui generis, que tendrá un carácter marcadamente co- 
rreccional-pedagógico, del que, realmente, sin comprometer su propia 
finalidad, no podrá nunca prescindir. 

1 Pueden verse todas estas citas en el tomo 89 (parte la) de hiH Artes da Coiir/irs ¡'c/iitcn- 
tinire Tnlenuüional dr. Rome, páginas U y siguientes. 



NIÑEZ Y JUVENTUD DELINCUENTES 45 

Expuestos estos principios generales, vamos á ver cómo ha pro- 
curado actuarlos entre nosotros la Orden Militar que me sirve de 
tema. 

Ella no se ocupa tan sólo de menores delincuentes. Su sección 
6^ declara que el Estado debe cuidar de niños desvalidos y de niños 
delincuentes, así los que hoy lo son, como los que mañana puedan 
serlo. Estas dos categorías deben ser tenidas muy presentes, porque 
la Orden las distingue siempre, y aunque hace objeto á entrambas 
de su atención, no lo hace para tratarlas á ambas del mismo modo 
ni tampoco para juntarlas en el mismo establecimiento. Esta es ya 
una primera innovación que vamos á encontrarnos, respecto al sis- 
tema que representaba nuestro Código Penal. Para los niños desva- 
lidos la Orden crea dos establecimientos, que el texto inglés deno- 
mina « Training School for Boys » y « Training School for Girls », cuyos 
títulos han sido traducidos de la siguiente deplorable manera: «Es- 
cuela de Oficios para Párvulos» y «Escuela de Oficios para Niñas»; 
por lo cual, al presentarse la palabra párvulos como equivalente de 
hoy^, la escuela dedicada al sexo masculino ha resultado con la apa- 
riencia de un verdadero « Kindergarten ». Luego veremos que se 
ha cometido también, en otra parte de la Orden, el propio error con 
la palabra girls. 

Las secciones 10 y 15 determinan el objeto de estas escuelas: en 
ellas se recogerán niños y niñas, á los que, conforme al contenido de 
la Sección S^, pueda llnraarse «desvalidos». No son, pues, estas es- 
cuelas verdaderos establecimientos de corrección, ni están regidas 
por el propio régimen de los que tienen tal carácter. Tan es así, 
que la Sección 70 provee á la traslación á las respectivas « Escuelas 
Correccionales », á solicitud de los Superintendentes de las dos antes 
dichas «escuelas de oficios» (training schools), de cualquier menor 
que, asilado en estas últimas, de uno ú otro sexo, necesite, porque 
pruebas satisfactorias lo acrediten, « un tratamiento correccional á 
que no pueda sometérsele en la Escuela de Oficios en que se encuen- 
tra ». Y la sección 10, por su parte, al disponer se trasladen á la 
que llama « Escuela de Oficios para Párvulos » á los recluidos en el 
antiguo «Asilo de San José», ordena especialmente que esa trasla- 
ción á tal escuela no se haga con aquellos que estuvieren pendientes 
de juicio ó haj^an sido condenados por cualquier hecho punible ó 
hayan sido enviados allí para ser sometidos á disciplina correccio- 
nal. Y ahoiu, haciendo un paréntesis, quiero declarar de una vez 
por todas, que si abandono el lenguaje de la traducción española de 



46 JOSÉ A. GONZÁLEZ LÁNUZA 

la Orden y me guío, en la exposición de sus preceptos, por el texto 
inglés, es porque la tal traducción española es en muchas partes 
una serie de equivocaciones lamentables. 

Pasemos á las «Escuelas Correccionales)), á las que llamaremos, 
no « de Varones » y « para Párvulas », como la mencionada traducción 
dice, pretendiendo verter al castellano las dos denominaciones in- 
glesas « Reform School for Boijs» y « Beform School for GirU», sino (lo 
que parece algo más adecuado) Escuelas Correccionales para Niños, 
ó para Xiñas. ¿Quiénes van á ellas? ¿Los delincuentes tan sólo? 
No, porque ya hemos visto que pueden allí ser admitidos los asila- 
dos de las otras escuelas, sólo con que den muestras claras de nece- 
sitar de una más enérgica disciplina; y porque, además, la Sección 
9*> expresa en su último párrafo que á esas Escuelas Correccionales 
puede enviarse al niño de diez á diez y seis años que fuere vago de 
oficio ó cu3^a educación moral estuviere tan descuidada que esté en 
peligro de llegar á ser un criminal. Las escuelas, pues, acerca 
de las que ahora discurro, no se destinan tan sólo á niños delin- 
cuentes. 

La indicada Sección 9'.\ concretándose á estos niños en su pri- 
mer párrafo, ya ordena que sean enviados á las tales escuelas los 
que actualmente tengan, ó aparezcan tener, de diez á diez y seis años 
y que hayan sido declarados por cualquier Tribunal autores ó partí- 
cipes de algún hecho punible. Pero este Tribunal tiene la facultad de 
entregar al niño de que se trate á algún pariente ó amigo dispuesto 
á mantenerlo y á educarlo y capaz ¡mra ello; y los casos en que pueda 
ó deba adoptar esta medida, que como excepcional se consigna, 
quedan entregados á su discreción y buen juicio. En esas Escuelas 
Correccionales se retendrá á los enviados á las mismas hasta que 
tengan diez y ocho años. 

Observemos, en primer lugar, que ahora resultará al revés de lo 
que resultaba antes: el niño absuelto, según el Código, era entrega- 
do siempre á su familia, á menos que no la tuviera, en cuyo caso 
iba á un establecimiento benéfico; al paso que ahora va á la Escue- 
la Correccional, á menos que, por excepción, el Tribunal crea más 
útil entregai-lo á un pariente ó amigo que quiera educarlo y que 
tenga capacidad suficiente para hacerlo así. Pero ésta no es la sola 
diferencia esencial, sino también la de que van á estar sometidos á 
este régimen los menores comprendidos, no entre los nueve años y 
los quince, sino entre los diez y los diez y seis, hayan ó no cometido con 
dúcernimiento el hecho por el (pie se les juzga. 



NIÑEZ Y JUVENTUD DELINCUENTES 47 

Veamos las innovacioues que tales preceptos han introducido en 
nuestro derecho positivo. Son las siguientes: 

1'.^ — Los antiguos límites de nueve y quince años, han sido lle- 
vados á diez y diez y seis. Esta es la única solución racional y po- 
sible del conflicto en que la Orden que estudiamos se encuentra con 
el Código Penal. Si así no se entiende, el niño comprendido entre 
los nueve y los diez años constituirá para los Tribunales un verda- 
dero rompe-cabezas, un problema insoluble. Además, la adopción 
de esos dos límites de diez y diez y seis años, en vez de nueve y 
quince, no es tan rara: la responsabilidad penal comienza en los diez 
años, no en los nueve, en Kusia. Austria, Países Bajos, en el cantón 
de Tessino, en Dinamarca y en Noruega; y del límite de los diez y seis 
hablan los Códigos de Francia, Países Bajos, Hungría y Bélgica. 
Por otra parte, la variedad que en esto existe en las legislaciones es 
una evidente prueba de que la determinación de estos límites es pru- 
dencial, opinable, varia por esencia, imposible de reducir á princi- 
pios científicos. La ciencia no da más que números aproximados; 
pero no puede llegar á cifras concretas y taxativas: esto, en la ley, 
es siempre obra de un compromiso. 

21' — Ha desaparecido toda divergencia entre el discernimiento y 
el no discernimiento. El Tribunal no condena nunca á la pena legal: 
manda á la Escuela Correccional al niño delincuente. Ello es una 
prueba evidentísima de que no lo manda á sufrir tina pena, en el 
propio y verdadero sentido de la palabra, sobre todo, en el viejo 
sentido. Si fuera de otro modo, la investigación del discernimiento 
sería fundamental, porque sería determinante de la imputabilidad 
ó de la no imputabilidad. Y nada de esto existe. No hay ya ni la 
pena inferior á la legal en uno ó en dos grados, ni la determinación 
discrecional ó legalmente taxativa de los grados internos de una ú 
otra penalidad. Todas estas cosas, propias de la/)e?ia, desaparecen, 
para dejar lugar á un ensayo de corrección. 

3'} — Aun cuando haya discernimiento, nunca en estos casos se 
impone una pena de duración fija, en relación con el delito cometi- 
do: el culpable va á la Escuela Correccional /ias¿a que él cumpla cierta 
edad. Prueba también de que no se trata de una pena, sino de una 
medida correctiva, de naturaleza verdaderamente pedagógica, aun- 
que de índole especial. 

En cambio de estas reformas, á mi modo de ver, la Orden nú- 
mero 271 (serie de 1900) deja en pie lo dispuesto por el Código en 
cuanto á los menores de nueve años, que ahora deben entenderse 



48 JOSÉ A. GONZÁLEZ LANVZA 

menores de diez, y en cuanto á los mayores de quince y menores de 
diez y ocho, que ahora deben entenderse mayores de diez y seis. Y 
de este modo comete verdaderos y trascendentales errores, porque 
establece y coloca frente á frente dos sistemas: el del Código, hasta 
los diez años y de los diez y seis á los diez y ocho, y el de la Orden 
misma, de diez á diez y seis años, Y no se diga que ahora, á los diez y 
seis años se está comprendido en la plenitud de la imputabilidad, en 
la maj'oría de edad penal, porque el Código concede la atenuante á 
los menores de diez y ocho años y ese precepto, ni directa ni indi- 
rectamente, ha sido objeto de revocación. 

Es lastimoso que asi se haya procedido, porque la Orden en 
cuestión se ha preocupado de lo más interesante del problema: ¿qué 
se hace con el niño delincuente comprendido en la edad que los es- 
critores suelen llamar «período de la absoluta inimputabilidad ? « 
La Orden calla: no queda más que el Código, con todos sus incon- 
venientes y todos sus absurdos. 

III 

Las disposiciones que acabo de analizar dan ocasión á muchas y 
muy complicadas dificultades. Voy á las más graves. 

Supongamos que un menor no llegado aún á los diez años delin- 
que. Puede suceder que sea juzgado antes de que tenga cumplidos 
esos diez años; y entonces, según hemos visto, aplicando el sistema 
del Código, será absuelto y entregado á su ílimilia. Si no tiene fa- 
milia ni nadie quiere recogerlo, se le mandará « á un establecimiento 
de beneficencia destinado á la educación de huérfanos y desampa- 
rados;). Y como éstos son, aquí, las dos ((Escuelas de Oficios», la de 
niños y la de niñas, es á tales escuelas á donde será enviado; él, que 
ha cometido un verdadero delito, cuando sin necesidad de tal delito, 
sólo con la mala conducta y la conveniencia de una disciplina más 
severa, un asilado en tales escuelas puede y debe pasar á una de las 
correocionales, según la Sección 70 de la Orden que estudiamos. Cier- 
to es que el Superintendente de la Escuela de Oficios respectiva podrá 
pedir que lo trasladen á la Correccional, en virtud de lo que tal 
Sección ordena; y como esta Sección no habla de edades, héteme 
a([iií que poi- tan desviado camino podría ir á parar á la Escuela 
Correccional un delincuente menor de diez años, lo que, conforme al 
texto de la Sección í)'.^, es inconsistente y absurdo. Y si en la Es- 
cuela Correccional no lo admiten, mayoi- aún puede ser el daño, 



NIÑEZ Y JUVENTUD DELINCUENTES 49 

por([ue semejante criatura vivirá en la más deplorable comunidad 
con otras que no tienen carácter criminal alguno y que aparecen 
sólo como víctimas del desamparo y la desdicha. 

Pero si el niño de mi ejemplo ha delinquido antes de los diez 
años y es juzgado después de cumplirlos, va sin duda á la Escuela 
Correccional: no hay más que leer la Sección 9'?: ella manda á tal 
destino al menor que, de los diez á los diez y seis años, es convido, es 
decir, ha sido condenado, por algún hecho punible, aun cuando lo 
haya cometido antes. Y es natural, puesto que propiamente no se 
trata áejpena, puesto que ijo tiene valor alguno para la Orden en cues- 
tión la existencia del discernimiento, ó su no existencia, al delin- 
quir. Lo único que importa es que el culpable tenga la edad que hace 
posible el ingreso en la Correccional y asimismo pueda soportar el 
régimen que en ésta se halle establecido. En resumen (y he aquí la 
diferencia honda y trascendental), no se trata en modo alguno de 
un problema de imputabilidad, sino de corrección. 

Todo esto podrá parecemos raro y desusado; pero cosas más 
complicadas vienen ahora, algunas de las cuales aparecen, como ver- 
daderos in pace, sin salida. ¿Qué se hace con el que delinque antes 
de los diez y seis años y es juzgado después de cumplirlos, ó, lo que 
es aún más grave, después de cumplir los diez y ocho? Confieso que 
no lo sé: no veo solución al caso, cotejando la Orden con el Código. 
Este atiende siempre al tiempo del delito, porque trata de resol- 
ver un problema de imputabilidad. Aquélla no se ocupa sino de la 
edad al tiempo de la sentencia, porque no piensa sino en el tra- 
tamiento que debe aplicarse, con un fin de terapéutica moral y 
social. 

Delincuente comprendido entre los diez y los diez y seis y juz- 
gado después de los diez y seis ó de los' diez y ocho: he aquí un caso 
que no quisiera que se me presentase como Juez. ¿A qué ingeniar- 
me en sutiles soluciones? No me veo yo precisado á fallar en caso 
semejante; y, en tal cencepto, lo que hacer debo es señalar la laguna, 
advertir el peligro, declarar que el vacío tiene que ser colmado por 
el poder legislativo, como tienen oti-as cosas que resolverse también 
ó que rectificarse. 

Una de estas otras es la siguiente: comete un asesinato un me- 
nor comprendido entre los quince y los diez y seis años; el Tribunal 
lo envía á la Escuela Correccional, que lo retiene hasta los diez y 
ocho. Ha entrado días antes de cumplir los diez y seis años: á los 
dos años lo ponen en libertad. ¿Esto es posible? ¿En qué condicio- 



50 JOSÉ A. GONZÁLEZ LANUZA 

nes queda la tutela social? Al mismo tiempo que el que ha cometido 
un crimen horrendo, entra en la Escuela el que ha cometido una 
contravención, una falta; y si éste tiene menos edad que el otro, es- 
tará allí mucho más tiempo que el otro. Cierto es que no se trata de 
pena, sino de corrección; pero de todos modos, si se retiene al que 
hurtó un juguete, porque no se le considera apto para la libertad, 
¿cómo es que se suelta al poco tiempo, sin saber si ha adquirido esta 
aptitud, sin poder averiguarlo siquiera, al que ha cometido un 
crimen gravísimo ? En casos semejantes, ni la corrección del culpa- 
ble, ni la defensa de los intereses sociales, habrán podido conseguirse. 
¿ Por qué no disponer que, pasados los diez y ocho años, en casos ta- 
les, saliera el culpable de la Escuela Correccional para ingresar en 
un establecimiento propia y verdaderamente penal ? 

Pero aun lo peor á que da lugar la Orden que estudiamos, es el 
hecho de que todo menor delincuente, que tenga menos de diez y seis 
años y que esté j-a recluido en la Escuela Correccional hasta los diez 
y ocho, puede impunemente permitirse todos los delitos, mientras no 
cumpla los diez y seis, porque por todos juntos, como por cada uno 
de ellos, no puede ser recluido sino hasta los diez y ocho. Y al llegar 
esta edad, cuando haya cometido persistentemente de diez á diez y 
seis varios hechos que acrediten que en él el delito es algo ingénito, 
no desarraigable, que nos encontramos frente á uno de los incurables 
más peligrosos, se le dejará ir sin embargo; para que vuelva, al cabo, 
á los establecimientos penales, ó vaj^a tal vez al patíbulo, pero á costa 
entonces de una existencia humana, honrada é inocente! Y así la 
sociedad, con increíble ligereza, se desarma por completo delante de 
estos seres que, cuanto más perversos sean, más altivamente pueden 
decir á la justicia (para repetir ajena y exactísima frase): « ¡ Mira: 
mi malicia ha sido más fuerte que tu espada ! « 

Es también un gi-ave defecto de la Orden confundir en el mismo 
establecimiento á los asilados en las Escuelas de Oficios que obser- 
varan mala conducta, al vago habitual, al de tan descuidada edu- 
cación moral que pueda temerse que llegue á ser delincuente, al que 
lo ha sido ya, sin discernimiento, y al que lo ha sido con discer- 
nimiento. 

Sobre la necesidad de no reunirlos se había escrito mucho ya, 
precedentemente. Los precursores de la penología contemporánea, 
no han querido reunir en la propia casa al menor delincuente con- 
denado por haber existido discernimiento y al absuelto por no ha- 
berlo tenido. Moldenhawer, en la antes citada memoria, presentada 



NIÑEZ Y JUVENTUD DELINCUENTES 51 

al Congreso Penitenciario de Roma/ decía: «Para reasumir mis 
ideas y como conclusión de la cuestión, me tomo la libertad de 
plantear como principios: 19 La necesidad de la división más exacta de 
los establecimientos de protección de los menores en estahlecivúentos 
distintos para cada una de las categorías, y simultáneamente el evi- 
tar con el mayor cuidado el reunir y confundir en un mismo esta- 
blecimiento á categorías en apariencia semejantes y muy próximas la 

una á la otra Insistiré igualmente en que los niños condenados 

por causa de vagabundaje, de mendicidad, sean colocados aparte en 
asilos distintos y completamente aislados, de los niños que son única- 
mente desgraciados, abandonados ó descuidados material ó moral- 
mente; que estas dos categorías sean también aisladas la una y la 
otra de esa tercera categoría de menores absueltos por los tribunales, 
por la sola razón de que se les ha reconocido haber obrado sin discer- 
nimiento. Efectivamente, estas tres categorías se distinguen esencial- 
mente la una de la otra y deben, por consiguiente, estar sometidas 
á un tratamiento aparte.)) 

¿ Qué no pensaría Moldenhawer del hecho de reunir á unos y 
otros, los que con discernimiento obraron y los que de él carecían? 

¿ Qué no pensaría de reunir á los proclives al crimen como á los 
ya criminales y con todos ellos á los que en una Escuela de Oficios 
hubiesen observado mala conducta? 

Pero démonos cuenta de que la Orden ya indicada inició entre 
nosotros un sistema y que los primeros pasos son siempre vacilan- 
tes. El lujo de establecimientos necesarios para actuar esos ideales 
que han llegado á dominar en la ciencia, no nos era posible. El úni- 
co remedio á este mal estriba en la cultura y en la abnegación de 
los hombres puestos al frente de estos establecimientos. Preciso es 
que comprendan bien el problema y sus dificultades, para que pue- 
dan orillar éstas, con los medios puestos á su alcance, en la medida 
de lo hacedero. 



IV 



Las secciones 25, 26 y 27 y las que les son cabalmente correlati- 
vas, 33, 34 y 35, son lo más característico del sistema que dicha Orden 
entre nosotros inaugurara. El sistema de méritos y deméritos (ori- 
ginado en los vales de Macconochíe y en las (( marcas )) de Walter 

1 Tomo lo de las Actas, pág. 207. 



52 JOSÉ A. GONZÁLEZ LAXUZA 

Crofton): los adelantos y retrocesos que son sii cousecuencia; la 
posibilidad de salir condicionalmente antes de los diez y ocho años, 
por acuerdo del Departamento de Beneficencia, á propuesta de las 
autoridades de la Escuela; el regreso á la misma, si fuera de ella no 
se cumple la palabra dada ni se observa una conducta buena; y, en 
fin, la facultad dada á la Junta Administrativa (secciones 27 y 35) 
para poner en libertad sin restricciones al detenido que, á satisfac- 
ción de ella, haj-a demostrado poseer hábitos de trabajo, obediencia 
3^ buena conducta; todo esto contribuye á caracterizar la fisonomía 
propia de las medidas que estos preceptos han establecido como 
apropiadas al menor delincuente. 

En virtud de ellas se ve lo absurdo que es, en casos tales, el in- 
dulto. Cuando la Escuela Correccional haya cumplido en uno de 
los recluidos en ella con la misión á que se la destina, éste no debe- 
rá ser retenido más en dicha casa y saldrá de la misma. Pero mien- 
tras esa misión no se haya logrado, poner en libertad á un recluso, 
antes de los diez y ocho años, es un contrasentido. ¿Qué significa 
en tales casos la petición de indulto ? ¿ Ha adquirido j^a el individuo 
de que se trata «hábitos de trabajo, obediencia y bviena conducta»? 
Pues entonces se le dejará ir, como reconocimiento de tales venta- 
jas logradas, por ser ya inútil seguir medicinando al curado y en 
acatamiento á los dictados de la justicia. Por el contrario, ¿no ha 
llegado á adquirirlos? Pues entonces, ¿os parece racional, así des- 
de el punto de vista de su bien individual como del bien colectivo, 
abrirle las puertas, dejarlo marchar, privarlo, sin hacer el último 
esfiíerzo, de tan inapreciables beneficios? Si se encuentra en las 
deseadas condiciones, soltarlo no debe ser obra de gracia y se haría 
mal en llamar á eso « indulto «. Si no se encuentra, soltarlo no será 
hacerle ninguna gracia, sino falsear la intención de la le}^, los fines 
propios de la obra emprendida, y lanzarlo antes de tiempo, nueva- 
mente, al vicio ó al crimen; y en este caso no será ya impropio, sino 
inicuo, llamar á semejante cosa indulto ! ^ 

Bien se comprende, cuando se estudian estos preceptos, cómo el 
sistema entero descansa sobre las aptitudes y la conciencia de los 



1 Si se argumenta en contra, romo algunas voces he oído, flicieiirlo (iiie los tales estableci- 
mientos son focos de corrujM-ión y que hay (inc hacer <1 algunos asilarlos el beneficio rte sacarlos 
de ellos, contestaró que, en realidad, se argumenta ('ontra la reglamentación y el personal, no 
contra la institución. Nadie duda de que la primera debe ser discreta y adecuada y el segundo 
idóneo. Lo sensible es que, si de una cosa carecemos en Cuba, total y absolutamente, es de per- 
sonal de prisiones y reformatorios. La carestía es tan completa y deplorable, que bien valla la 
pena de que se fijaran un jjoco en ella los poderes públicos. 



NIÑEZ Y JUVENTUD DELINCUENTES 53 

llamados á hacerlo efectivo. La observación va haciéndose ya vie- 
ja, pero siempre se confirma como verdadera: cuando muere el que 
ha fundado y dirigido con amor de padre y entusiasmo de apóstol 
una de estas casas de corrección, ella siempre decae. Ya no la ani- 
ma la llama de aquella inteligencia ni la impulsa el aliento poderoso 
del que la creó y á ella consagró su vida. Mettray, muerto Demetz, 
no siguió siendo Mettray. Eso explica los resultados deplorables 
de la investigación de Lombroso sobre las «Casas de Keforma», los 
vicios inmundos que encontró en sus asilados, las pasiones violen- 
tas y bajas, el hábito cínico de la mentira; todo eso, en ñn, que le 
ha hecho exclamar con desaliento: «El abandono mismo, ¿no sería 
preferible á semejante método de educación ? » ^ 

Hé aquí la gran dificultad del problema. Para ponerse al frente 
de tales instituciones se necesita amor inmenso á la humanidad, 
propósito decidido de hacer el bien, carácter firme, conciencia pura, 
y al mismo tiempo clara, de la elevada misión que se desempeña; 
qué sé yo cuántas cualidades de tan subido precio ! Y esto es muy 
raro; esto no se halla en el promedio de los hombres. '^ Por eso 
podemos preguntarnos: ¿qué será del buque «Redención», una vez 
muerto Garaventa?; ¿qué de los establecimientos de Don Bosco 
cuando él haya desaparecido?; ¿á qué vendrá á parar Elmira no 
estando á su frente Brockway? Sobre todo, esa obra colosal de 
amor, de ternura, de energía indomable, de espíritu práctico y de 
ideal tan elevado que pasa de lo normalmente humano, que supo- 
nen las «instituciones» del Dr. Barnardo, ¿qué llegará á ser, una 
vez muerto el hombre de inteligencia extraordinaria y de corazón 
más extraordinario todavía, que las fundó y las mantiene con el 
empuje indomable de su voluntad, una de las más tenaces que se 
han empleado en la obra de hacer el bien á sus semejantes? 

Deseemos que vivan largos años, para salud y consuelo de la 

1 Le Cnme — Causes et Remedes. — Paris, 1899.— Pág. 375. 

2 Ciertamente que esta dificultad, entre nosotros lamentablemente acrecentada por el he- 
cho, antes consignado, de una falta completa de personal preparado c idóneo, por el hecho de 
que estos cargos se consideren como medios de premiar servicios políticos ó de favorecer A los 
amigos, debería hacer pensar un poco así ;l legisladores como á gobernantes, en el modo de ori- 
llar dificultades dentro de nuestros medios y recursos, ciertamente escasos; más escasos desde 
el punto de vista moral que del material. El sistema de la colocación de los menores delin- 
cuentes, hasta cierta edad, en familias honradas, que quisieran encargarse de educarlos, simpli- 
ficaría la acumulación de muchos en un solo establecimiento correccional. De cualquier modo^ 
nada provechoso se logrará en este sentido, mientras no penetre en la conciencia de todos el 
convencimiento de que en esta materia, más ciertamente que tratándose de cualquier otro pro- 
ble ma social, no hay sistema bueno .sin una correlativa bondad en los encargados de aplicarlo 
de un modo efectivo. 



54 JOSE A. GONZÁLEZ LANUZA 

humanidad dolorida; deseemos asimismo, para nuestro bien particu- 
lar, que algo de lo que á esos espíritus anima, anime á alguien en 
Cuba. El campo, para nosotros, está sin roturar toda vía;, la tarea 
será más dura, menor el auxilio con que se cuente: mayor será el 
mérito y más grande la gloria. ¡ Qué orgullo más legítimo el nues- 
tro si surgiera también en nuestra tierra quien abrazara con entu- 
siasmo, abnegación é inteligencia la noble empresa de cegar las 
fuentes del delito, de ahogarlo en su cuna y de presentarse á los es- 
píritus extraviados desde el dintel mismo de la vida, pronunciando, 
para ponerla por obra, la santa palabra Redención! 

(Mayo de 1903.) 



DETERMINACIÓN DE PLANTAS CUBANAS 

( FANERÓGAMAS ) 

POR EL DR. MANUEL GÓMEZ DE LA MAZA 
Profesor de Botánica. 

Este trabajo comprende sólo la tabla analítica ele mnchas fami- 
lias de fanerógamas, diferenciadas conforme á los caracteres de 
todos ó de algunos de sus géneros cubanos; de manera que, como no 
se expresan los caracteres diferenciales absolutos de cada familia, 
sino los relativos á su posición respecto á las demás familias de la 
tabla, y ésta no es completa para la flora cubana, sólo puede em- 
plearse, en la generalidad de los casos, para los géneros conforme á 
los cuales ha sido redactada. 

Seguramente, á veces, plantas de familias ó de géneros prescin- 
didos en este trabajo, tendrán caracteres comunes con los que en él 
se incluyen, exponiendo á errores de determinación, que se evitan 
comprobando ésta con una descripción extensa de cualquier libro. 
Este peligro no podrá evitarse hasta que se redacte una clave analí- 
tica completa de la ñora de Cuba. 

Los géneros con los cuales se han fijado los caracteres de la fa- 
milia, serán indicados en un trabajo especial. 



SINOPSIS DE LA TABLA ANALÍTICA DE LAS FAMILIAS 



ol 


ai 




rr 


b -^g. Plan tas 


< 






> 






O 


I ^ 






\siii estigma. 



/ ("peri-ó epigina 6 

[gamopétala^^ j'2-andras 18 

\ (hipogina. J •2-dínainas 23 

diclamídeas. ) Flores) no diandras 

Corola \ [ ni2dínanias 33 
/ (peri-ó epigina 58 

(dicotiledóneas. ) { dialipétala -; hipogina. /más de 10 73 
Flores \ \ I Estambres ( 1 á 10 88 
/desnudas . Jl-sexuales. Ovario {.llSf/^-i-;;;;; J^ 

■, \ óapétalasM. f^j^ /ginandras 127 

j ^ (.nermairoQiras ^^^ ginandras 128 

/ fnulo ó escamoso 145 

I monocotiledóneas. I [monoicas 151 

\ Periantio I desarrollado. Flores < dioicas 152 

[ I hermafroditas ó polígamas... 154 
Flores siempre 1-sexnales. (Gimnospórmeas) 164 



56 MANUEL GÓMEZ DE LA MAZA 

TABLA ANALÍTICA DE LAS FAMILIAS 
FANERÓGAMAS 

( Espermatotitas ó Antotitas.) 
Plantas con flores 

1 Óvulo encerrado en un ovario completo, provisto de estig- 

ma. Flores hermafroditas ó 1-sexuales, (Angios- 

pérmeas.) 2 

Ovalo desnudo; ovario incompleto, sin estigma. Flores 
1-sexuales. ( Gimnospérmeas. ) 164 

2 Plantas dicotiledóneas (embrión casi siempre con 2 coti- 

ledones; tallo de haces fibro- vasculares formando un 
cilindro alrededor de una médula central, creciendo 
por capas concéntricas; hojas generalmente con ner- 
viación ramificada y reticulada; flores por lo común 

5-meras. ) 3 

Plantas monocotiledóneas ( embrión con un solo coti- 
ledón; tallo de haces fibro-vasculares esparcidos en la 
masa del tejido celular, no formando un círculo regu- 
lar; hojas generalmente con nerviación no ramificada 
y reticulada; flores por lo común 3-meras) 144 

3 Flor diclamídea (con periantio doble: compuesto de 

cáliz y carola) 4 

Flor desnuda ó apétala ( monoclamídea ) 120 

4 Corola gamopétala ( de pétalos enti'esoldados ) 5 

Corola dialipétala ( de pétalos libres ) 57 

5 Corola perigiua ( inserta en el cáliz, alrededor del ova- 

rio ) ó epigina ( inserta sobre el ovario, que es infe- 
rior ó adhereiite al cáliz) O 

Corola hipogina ( inserta en el receptáculo, debajo del 

ovario, que es superior ó libre del cáliz ) 17 

f) Flores 1-sexuales 7 

Flores hermafroditas 8 

7 Flores dispuestas en capítulo Compuestas. 

Flores no dispuestas en capítulo Cucurbitáceas. ^ 

8 (6) Estípulas manifiestas ó glanduliformes 9 

Estípulas nulas 10 

1 Momordicu, Citrullus, Cuc-iirbita, Sccliiiiin, Feíiilleii. 



DETERMINACIÓN DE PLANTAS CUBANAS 57 

9 Hojas simples Rubiáceas. 

Hojas compuestas Caprifoliáceas. 

10 (8) Fruto más ó menos carnoso 11 

Fruto seco 1 '-^ 

11 Estambres 5 Caprifoliáceas. 

Estambres indeñnidos Cactáceas. 

12(10)Flores en capítulo 1-3 

Flores no dispuestas en capítulo 14 

13 Cáliz sepaloideo Dipsacáceas. 

Cáliz nulo ó transformado en vilano Compuestas. 

14(12)Ovario único 15 

Ovarios 4. Plantas crasas ..- Crasuláceas. ^ 

15 Corola enrodada Campanuláceas. 

Corola tubulosa. Ovario inferior 6 más ó menos superior 16 

16 Estambres didínamos Gesneriáceas. 

Estambres 5 Lobeliáceas. 

17 Flores diandras 18 

Flores didínamas 23 

Flores no diandras ni didínamas 33 

18 Corola regular ó casi regular Jasmináceas. 

Corola muy irregular 19 

19 Conectivo muy largo, con sólo una celda de la antera 

( Salvia ) Labiadas. 
Conectivo corto, raramente desarrollado 20 

20 Flores engastadas en una espiga 

( Abena ) Verbenáceas. 
Flores no engastadas en una espiga 21 

21 Estambres estériles rudimentarios 2 ó ninguno 22 

Estambres estériles 3 Martiniáceas. 

22 Escapo nulo Acantáceas. '-' 

Flores en escapo Lentibulariáceas. 

23(17)Tetraquenio Labiadas. =^ 

Fruto no formado por 4 aquenios 24 

24 Semillas aladas Bignoniáceas, ■^ 

Semillas ápteras 25 



1 Bryophyllum, Kalanehoe. 

2 Dicliptera, Justicia, Adliatoda, Dianthera, Jacobinia, Graptophyllum, Tliyi-sacantluis, 
Dadalacanthus, Eranthemum, Sanchczia. 

3 Coleus, Solenostemon, Ocymum, Nepeto, Origanum, ;Montlia. Leonotis, Loouuvus. 
■4 Tabetauia, Tecoma, Pitlieeoctenium, Neomacíadya. 



58 .MANUEL GÓMEZ DE LA MAZA 

25 Fruto jugoso, carnoso exterior ó interiormente, ó dru- 

páceo 26 

Fruto seco 29 

26 Hojas opuestas ó verticiladas Verbenáceas. ^ 

Hojas alternas ó amanojadas 27 

27 Corola con un pliegue transversal 

( Crescentía ) Bignoniáceas. 
Corola no plegada al través 28 

28 Tubo de la corola muy largo 

( Brunfelsia ) Solanáceas. 

Tubo de la corola vawy corto Selagináceas. 

29(25) Cápsula partible en 2-4 cocas Verbenáceas. - 

Cápsula no partible 30 

30 Semillas con retináculo Acantáceas. ^ 

Semillas sin retináculo 31 

31 Ovario 1-locular. Plantas parásitas Orobancáceas. 

Ovario de dos celdas perfectas 32 

Ovario de 4 celdas incompletas Pedaliáceas. 

32 Cáliz 4-5-fido ó 4-5-partido Escrof ulariáceas. 

Cáliz truncado 6 multilobado ( Thunhergia ) Acantáceas. 

33(17) Flores iiermaf roditas 34 

Flores 1-sexuales 55 

34 Estambres libres ^ 35 

Estambres entresoldados 52 

35 Estilo único 36 

Estilos 2-3, libres ó más ó menos entresoldados 49 

36 Fruto indebiscente 37 

Fruto dehiscente 44 

37 Ovario 1-locular 38 

Ovario 2-multilocular 39 

38 Estaminodios nulos. Flores 4-meras 

( Callicarpa) Verbenáceas. 

Estaminodios 8 Teof rastáceas. 

39(37)Tetraquenio ( Borrago ) Borragináceas. 

Cápsula seca, indebiscente, 4-locular Convolvuláceas. 



1 Duranta, Lantana, Clerodcndron, Vitcx. 

2 Verbena, Lippia, Aloysia. 

3 Barleria, Aphelandra, Ruellia, Blechum. 

4 Exceptx) en muchas Asclepiadáceas, en las que se siicldnn en tiiíx) <]uc incluye al pistilo 
{ ginnetegio) . 



DETÉRMIKACION DE PLANTAS CUBANAS 59 

Drupa 40 

Baya 42 

40 Estambres menos que los lóbulos de la corola 

Verbenáceas. ^ 
Estambres tantos como lóbulos de la corola 41 

41 Plantas lactescentes ( Thevetia ) Apociuáceas. 

Látex nulo Borragináceas. - 

42(39)Plantas lactescentes 43 

Látex nulo Solanáceas. ^ 

43 Ovario 2-locular (Arduina) Apocináceas. 

Ovario 5-multilocular Sapotáceas. 

44(36)Pixidio Plantagináceas. 

Cápsula partible en cocas 2-valvas 

( Spicjelia )Loganiáceas. 

Cápsula no partible en cocas, dehiscente por valvas, 
raramente por opérculo ó por rotura irregular 45 

Legumbre ; ( Mimosa ) Leguminosas. 

45 Hojas opuestas 46 

Hojas alternas 47 

Hojas radicales Primuláceas. 

46 Estambres 4 ( Buddleia ) Loganiáceas. 

Estambres 5 Gencianáceas. 

47 Plantas volubles ó postradas (Ipomcea) Convolvuláceas. 

Plantas erguidas 48 

48 Estigma único Solanáceas. ^ 

Estigmas 3 Polemoniáceas. 

Estigmas 5 Plumbagináceas. 

49(35)Ovario único Hidrofiláceas. 

Ovarios 2 50 

50 Polen simple 51 

Polen compuesto Asclepiadáceas. '' 

51 Anteras aglutinadas entre si y con el estigma 

( Cryptostegia ) Asclepiadáceas. 
Anteras no aglutinadas Apocináceas. ^ 

1 Citharexylum, Pétrea. 

2 Cordia, Bourreria, Ehretia, Tournefortia, Heliotropium. 

3 Lycopersicon, Solaniim, Capsicum, Physalis, Solandra, Cestrum. 

4 Datura, Nicotiana, Petunia. 

5 Asclepias, Vincetoxicum, Marsdenia, Hoya, Stephanotis, Calotropis. 

6 Rauwolfia, Cameraria, Vinca, Plumería Tabernsmontana, Haplopliyton, Xcrium, 
Echltes. 



60 3IANUEL GÓMEZ DE LA MAZA 

52(34)Fruto no leguminoso 53 

Legumbre Leguminosas. ^ 

53 Estambres indefinidos 54 

Estambres 5 Asclepiadáceas. 

54 Columna estaminal entera Malváceas. 

Columna estaminal ramificada Bombacáeeas. 

55(53)Flores monoicas (Jatropha) Euforbiáceas. 

Flores dioicas 5G 

5G Plantas lactescentes. Corola femenina dialipétala 

Caricáceas. 

Látex nulo. Corola femenina con un solo pétalo 

Menispermáceas. 

57 (4) Corola perigina ó epigina 58 

Corola bipogina 72 

58 Legumbre Leguminosas. - 

Fruto no leguminoso 59 

59 Plantas cirríferas GO 

Cirros (zarcillos) nulos Gl 

60 Ovario superior, sobre un ginóforo Pasiñoráceas. ^ 

Ovario inferior Cucurbitáceas. ' 

61(59)Estambres entresoldados. Fruto coriáceo-leñoso, iude- 
hiscente, con muclias semillas anidadas en una pulpa.. 

Lecitidáceas. 
Estambres li bres G2 

62 Balausta. Punicáceas. 

Fruto no constituido por balausta 63 

63 Hojas simples 64 

Hojas compuestas 71 

64 Estilo ú nico 65 

Estilos 2. Flores en umbela Umbelíferas. 

Estilos 3 ó más, más ó menos 6 del todo libres ()8 

65 Pixidio {Portulaca) Portulacáceas. 

Cápsula no dehiscente transversalniente 66 

Fruto no capsular 67 

66 Ovario libre Litráceas. 

Ovario adherente Onagráceas. 

67 (65) Estambres 5 Ramnáceas- 

1 Albizzia, Pithecolobium, Entorolobium, Acacia. 

2 Papilionáceas y Cesalpinieas. 

3 Familia incluida también entre las dicotiledóneas apétalas, licnnalrodilas ( Passiflora ). 

4 Lagenaria, Lufía, Cucuuii.s. 



DETERMINACIÓN DE PLANTAS CUBANAS 61 

.Estambres 10-12 Combretáceas. ^ 

Estambres fértiles unos 20. Estilo basilar Drupa 

( Chrysohalanus ) Rosáceas. 

Estambres indefinidos. Baya Mirtáceas. - 

68(G4)Plantas terrestres 69 

Plantas acuáticas ( Castalia ) Ninfeáceas. 

C9 Carpelos 5-4, libres. Hojas carnosas.. (Sednm) Crasuláceas. 

Carpelos muchos, sobre un receptáculo carnoso 

( Fragaria ) Eosáceas. 

Melónida ; ( Eriobotrya ) Rosáceas. 

Cápsula 70 

70 Estambres 5 Turneráceas. 

Estambres numerosos ( Phihdelphus ) Saxif ragáceas. 

7 1 (0.3) Estambres 5 Araliáceas. 

Estambres 10, sólo 5 fértiles Moringáceas. 

Estambres indefinidos ( Eosa ) Rosáceas. 

72(57)Estambres más de 10 73 

Estambres 1 á 10 88 

78 Filamentos libi-es 7-1 

Filamentos en tresoldados 82 

74 Estilo único 75 

Estilos 2 ó más 80 

7o Ovai'io 1-locular 76 

Ovario 2-multilocular 79 

76 Folículos (DelpJtinium) Ranunculáceas. 

Cápsula 77 

Drnpa ( Calophyllum ) Clusiáceas. 

77 Plantas espinosas ( .4 rgcmone ) Papaveráceas. 

Plantas inermes 7S 

78 Semillas envueltas en una pulpa roja Bixáceas. 

Semillas sin envoltura pulposa.... ( Talininn) Portulacáceas. 

79(75)Arboles resinosos (Rheedia) Clusiáceas. '^ 

Plantas no resinosas. Hojas estipuladas Tiliáceas. 

80(74)Hierbas acuáticas (Nelumbo) Ninfeáceas. 

Arboles 81 



1 Horau, Quisqiíalis. 

2 Eugenia, Mj-rtus, Pfidiiim, Pimenta. 

3 Estambres numerosos, pero sólo G eu el R. aristata ? 



62 MANUEL GÓMEZ DE LA 3IAZA 

81 Carpelos dehiscentes ó separándose por la base del eje 

seminífero Magnoliáceas. 

Carpelos indehiscentes, siempre persistentes Anonáceas. 

82(73)Androceo monadelfo 88 

Androceo poliadelfo 87 

83 Flores 1-sexuales Euforbiáceas. ^ 

Flores hermafroditas ó polígamas 84 

84 Arboles resinosos ó aromáticos. Hojas coriáceas 85 

Plantas no resinosas 86 

85 Anteras 1-loculares Caneláceas. 

Anteras 2-multiloculares Cl usiáceas. - 

86(84)Columna estaminal ramificada Bombacáceas. 

Columna estaminal no ramificada Malváceas. 

87(82)Hojas 1-folioladas. Hesperidio (Cifrus) Auranciáceas. 

Hojas simples. Drupa. ( Calophyllum ) Clusiáceas. 

88(72)Filamentos libres 89 

Filamentos entresoldados 113 

89 Fruto indehiscente 90 

Fruto dehiscente 92 

90 Hojas peltinervias Tropeoláceas. 

Hojas no peí tinervias 91 

91 Carpelos 5-10 (-12), duros ó drupáceos 93 

Drupa, baya ó sámara 105 

92(89) Legumbre Leguminosas. ^ 

Silicua ó silícula Cruciferas. 

Cápsula 95 

93(91)Hojas compuestas (Tribuías) Zigofiláceas. 

Hojas simples 94 

94 Hojas carnosas, enervias Simarubáceas. 

Hojas coriáceas, con nervios Ocnáceas. 

95(92)Flores irregulares 96 

Flores regulares 98 

96 Cápsula carnosa, de valvas elásticas Balsamináceas. 

Cápsula de valvas no elásticas 97 

97 Hojas simples Violáceas. 

Hojas compuestas Sapindáceas. ^ 



1 Jutrophíi, Aleurites. 

2 Mammea, Clusia. 

3 LeucDL-na, Adenantliera. 

') ruulliiiia, Cardiosiiermum, Blighia, Cupania. 



DETERMINACIÓN DE PLANTAS CUBANAS 63 

98(95)Estambres 3-8 99 

Estambres 10 103 

99 Hojas escamiform es Tamaricáceas. 

Hojas desarrolladas 100 

100 Hojas compuestas 101 

Hojas simples 102 

101 Cápsula 5-locuIar, 5- val va ( Cedrela ) Meliáceas. 

Cápsula silicuiforme, 2-valva Caparidáceas. ^ 

Cápsula de 1-5 cocas, 2- val vas ... ( Fagara ) Rutáceas. 

102 (100) Hojas opuestas, anestipuladas {Lmvsonia) Litráceas. 

Hojas alternas, estipuladas ( Crotón) Euforbiáceas. 

103 (98) Hojas liueales (Dianthns) Cariofiláceas. 

Hojas no lineales 104 

104 Hojas simples ( Gctl2ohhma) Malpiguiáceas. 

Hojas compuestas (Biita) Rutáceas. 

105 (91) Estambres fértiles 1-2 (Manglfera) Anacardiáceas. 

Estambres fértiles más de 2 106 

106 Plantas resinosas 107 

Plantas no resinosas. Fruto carnoso ó alado 110 

107 Drupa 108 

B^^ya Auranciáceas. ^ 

108 Celdas ováricas 1-ovuladas (Spondias) Anacardiáceas. 

Celdas ováricas 2-ovuladas 109 

109 Ovario 2-5-locular Burseráceas. 

Ovario 1-loeular (Elemijera) Rutáceas. 

110 (106) Hojas simples 111 

Hojas compuestas Sapindáceas. s 

111 Estilo 1 , 112 

Estilos 3 {Stifjma])hyllon) Malpiguiáceas. 

Estigmas 4 Celastráceas. 

112 Ovario sentado {Cissus) Vitáceas. 

Ovario largamente estipitado ( Capparis) Caparidáceas. 

113 (88) Cáliz con una de sus lacinias pi-olongada en la base en 

tubo nectarífero (Pelargonimn) Geraniáceas. 

Cáliz sin ninguna lacinia prolongada en tubo nectarífero 114 

114 Celdas ováricas 1-ovuladas 115 



1 Cleome, Pedicellaria. 

2 Triphasia, Glycosmis, Mu'rraya. 

3 Melicocca, Sapindus, Serjania. 



64 MANUEL G03TEZ DE LA 3IAZA 

Celdas (ó celda) ovárica 2-multiovuhida.s 118 

1 1 5 Fruto seco, inserto sobre uu pseudocarpio 

(AnacarcUitm ) Auacardiáceas. 

Fruto uo inserto sobre un pseudocarpio 116 

11(> Trisámara (Triopterys) Malpiguiáceas. 

Drupa 117 

Cápsula 2-locuIar, alada Poligaláceas. 

Cápsula 3-coca (Jatropha) Euforbiáceas. 

117 Drupa 1-locular y 1-sperma por aborto. Hojas alternas.. 

Eritroxiláceas. 

Drupa o-pirena. Hojas opuestas ( Malpiglda) 

Malpiguiáceas. 

118 (114) Hojas simples Esterculiáceas. ^ 

Hojas compuestas 119 

119 Estilo 1 Meliáceas. - 

Estilos 5 Oxalidáceas. 

120 Flores 1-sexuales 121 

Flores hermaf roditas 127 

121 Ovario 1-locular 122 

Ovario 2-multilocular 126 

1 22 Plantas urticantes Urticáceas. ^ 

Arboles lactescentes, no urticantes Moráceas. ^ 

Plantas no urticantes ni lactescentes 12.3 

]2,3 Hierbas ó matas 12-4 

Arbustos espinosos (^Pisouia) Nictagiuáceas. 

Arboles 125 

124 Estípulas nulas. Embrión curvo Amarantáceas. '' 

Estípulas manifiestas. Embrión derecbo Urticáceas. *" 

125 (123) Estróbilo leñoso. Hojas nulas Casuarináceas. 

Cápsula 2- val va. Plojas desarrolladas Salicáceas. 

126 ( 121 ) Cápsula con '] alas membi-anosas Eogoniáceas. 

Fruto áptero Euforbiáceas. "^ 

127 Flores ginaudras Aristoloquiáceas. 



1 Meloohiii, TheobríJmii, Wiilthuriii. 

'2 Melia, Triohilia, Swietenia. 

3 Urera, Fleiirya. 

■i Ficiis, Art<j(;arpns, Chloroiiliorn, ('dÜDliiiniiiis. 

f) Amaranthus, Irt'sino. 

<) BoeliDieria, Adicen. 

7 Euphorljia, Synadenimn, l'ediluiitlius, Hiiru, lücinus, l'liylliiuUiUN, .Miiuihot, Watygyiie, 
Hij)iioiiiíint', Acalyplia, KiciiK'lla, Trafíia, Dalccliauípia. 



DETERMINACIÓN DE PLANTAS CUBANAS 65 

Flores no ginaudras 128 

128 Pixidio 129 

Fruto no pixidiario 130 

129 Hierbas de hojas opuestas Aizoáceas. 

Hierbas ó matas, de hojas alternas.... (Celosía) Amarantáceas. 

130 (128) Ovario inferior (Terminalía) Combretáceas. 

Ovario superior ó casi superior, ú ovarios superiores 131 

131 Drupa ó baya, ó cápsula carnosa 132 

Fruto seco 136 

132 Flores desnudas Piperáceas. 

Flores con periantio 133 

133 Plantas cirríferas Pasifloráceas. ^ 

Cirros (zarcillos) nulos 134 

134 Periantio en un verticilo 135 

Periantio (cáliz) en dos verticilos Lauráceas. 

135 Fruto capsular, abajado, dehiscente Samidáceas. 

Fruto indehiseente Fitolacáceas. ^ 

136 (131) Hojas alternas ó nulas 137 

Hojas opuestas 142 

137 Ocrea nula 138 

Ocrea escamiforme ó desarrollada Poligonáceas. 

138 Hierbas ó matas 139 

Arbustillos, arbustos ó árboles 140 

139 Hierbas aromáticas. Estambres 5 Quenopodiáceas. 

Hierbas volubles. Estambres 5 Baseláceas. 

Matas de látex amarillo. Estambres 8. ( Bocconia ) Papave- 
ráceas. 

Matas erguidas, fétidas. Estambres 6-8. ( Petiveria ) Fito- 
lacáceas. 

140 (138) Arbustos trepadores. Brácteas grandes, violadas ó rojas 

( Bougainvillea ) ISTictagináceas. 

Arbustillos carnositos. Estambres 4-5 

( Cryptocarpus ) Nictagináceas. 
Arboles . 141 

141 Hojas 2-pennado-partidas Proteáceas. 

Hojas 5-3-lobadas {Sterculia) Esterculiáceas. 



1 Familia también incluida entre las dialipétalas periginas. 

2 Rivina, Villamilla. 



86 JIAXUEL GÓMEZ DE LA MAZA 

142 (136) Frutos con uuca cola barbado-plnmosa en el ápice 

( Clematis ) Ranunculáceas. 
Frutos desprovistos de cola 143 

143 Periantio de limbo más ó menos cutero ]S"ictagináceas. ^ 

Periantio 4-5-partido ó 4-5-filo Amarantáceas. - 

144 (2) Periantio nulo ó reducido á escamas 145 

Periantio más ó menos desarrollado, no escamoso 151 

145 Flores 1-sexuales 146 

Flores hermaf roditas 1 49 

146 Flores en espigas 147 

Flores en espádice 148 

147 Hojas con vaina hendida Gramíneas. 

Hojas con vaina entera Ciperáceas. ^ 

148 (146) Flores monoicas Aráceas. •* 

Flores dioicas Pandauáceas. 

149 (145) Ovario único 150 

Ovarios 4. Estambres 4, con el conectivo provisto de un 
apéndice sepaloideo Potamogetonáceas. 

150 Hojas de vaina hendida longitudinalmente. Tallo nu- 

doso Gramíneas. 

Hojas de vaina no hendida. Tallo continuo Ciperáceas. 

151 (144) Flores monoicas Palmas. ^ 

Flores dioicas 152 

Flores hermaf roditas ó polígamas 154 

152 Ovario superior 153 

Ovario inferior Dioscoreáceas. 

153 Hierbas acuáticas sumergidas Nayadáceas. 

Plantas terrestres Liliáceas. ^ 

154 (151) Estambre fértil uno solo 155 

Estambres fértiles 3-4 157 

Estambres fértiles 5. Hierbas gigantes Musáceas. 

Estambres fértiles 6 158 

Estambres fértiles 9 Alismáceas 

Estambres fértiles numerosos Butomáceas. 



1 Mirabilis, Boorhaavia. 

2 Ac-hyranthos, I'hiloxerus, Gomphreiia, Alternaiithera. 

3 Scleria, Carex. 

4 Syngonium, Xanthosoma, DieíTonbaehia, Calaflinm, Pistia. 

5 Cocos, Roystonea. 

6 Smilax, Asparagns. 



DETERMINACIÓN DE PLANTAS CUBANAS 67 

155 Antera 2-Iocular 156 

Antera 1-locular Cannáceas. 

156 Flores ginandras , Orquidáceas. 

Flores no ginandras Zingiberáceas. 

157 (154) Hierbas pequeñas. Flores no en espádice 

( Commelina ) Commelináceas. 
Hierbas medianas ó arbustos trepadores. Flores en espá- 
dice (AntJmrium) Aráceas. 

158 (154) Flores en espádice. Tallo leñoso. Hojas en abanico.. 

( Livistona ) Palmas. 
Flores no en espádice 1,59 

159 Celdas ováricas 1-ovuladas 160 

Celdas ováricas 2-multiovuladas 161 

160 Flores nmbelado-aglomeradas, incluidas entre las brác- 

teas {Rhoeo) Commelináceas. 

Flores en panojas grandes ó en racimos. Tallo general- 
mente leñoso, ó rizoma Liliáceas, i 

161 (159) Ovario superior 162 

Ovario inferior 163 

162 Periantio irregular. Hierbas acuáticas ó palustres 

Pontederiáceas. 
Periantio regular. Plantas epífitas.. (TiZZantisia) Bromeliáceas. 

Periantio regular ó casi regular. Plantas terrestres 

Liliáceas. - 

163 (161) Baya Bromeliáceas. ^ 

Cápsula Amarilidáceas. 

164 (1) Tallo simple. Hojas pennadas Cicadáceas. 

Tallo ramificado. Hojas simiDles 165 

165 Óvulo 1 por carpelo. Plantas nada ó poco resinosas. Taxá- 

ceas. 
Óvulos 2 ó más por carpelo. Plantas resinosas... Pináceas. 



1 Dracaena, Sansevieria. 

2 Asparagus, Hemerocallis, Aloe, Cordyline, Anthericnm, Chlorophytum, Lilinm, Glo- 
riosa, Yucca. 

3 Tribu Bromélieas. 



ESTxVBLECIMIENTOS PRIVADOS DE 2? ENSEÑANZA 

POR EL DR. MANUEL VALDÉS RODRÍGUEZ 
Profesor de Metodología Fedagógica 

En grave error incurriría quien creyera que la acción oficial 
puede prescindir del esfuerzo personal, en materia de educación. 

Puede acontecer que, en un país, la enseñanza superior alcance 
proporciones mayores que la primai'ia, y en sentido inverso; pero, 
las llamadas clases sociales han de girar en tales términos, que sus 
movimientos tiendan á conformarse entre sí; porque la ley del pro- 
greso, que busca la proporcionalidad de los esfuerzos y su nivel 
medio, no puede menos de tener su natural consagración. 

Por muchos años la enseñanza superior en Francia, aventajó á 
la misma, en los Estados Unidos, no pudiendo afirmarse lo mismo 
de la primaria, porque, al ser estos últimos, por razón de su con- 
textura social y política, una república eminentemente democrática, 
la instrucción primaria ha debido influir en vigorizar y conservar el 
tono de la Nación. 

Pero, á partir de los últimos años, se inició en todo el país un 
movimiento muy enérgico, á favor de la 2'} Enseñanza, en las es- 
cuelas superiores, porque las grandes poblaciones y los condados 
piensan que el ciudadano ha de gozar de aquélla, con la misma liber- 
tad que le asiste para reclamar la educación de las escuelas ele- 
mentales. 

Y como el mejor medio de apreciar estos hechos, es tener las 
cifras á la vista, ofrecemos á continuación, tomada del «Informe de 
1903 del Comisionado de Washington », la siguiente Tabla, que de- 
muestra el Movimiento de alumnos de 2'^ Enseñanza en las institu- 
ciones públicas y privadas de todos los Estados, en los últimos ca- 
torce años: 



ANOS 



1889 á 1890. 

1890 á 1891. 

1891 á 1892. 

1892 á 1893 



Institutos 
públicos 


Institutos 
privados 


TOTAL 


221,522 


145,481 


367,003 


222,868 


147,567 


370,435 


247,660 


154,429 


402,089 


256,628 


153,792 


410,420 



ESTABLECBIIENTOS PRIVADOS DE iñ ENSEÑANZA 69 

Institutos Institutos 

AÑOS pi'iblieos privados total 

1893 á 1894 302,006 178,352 480,353 

1894 á 1895 3()1,370 178,342 539,712 

1895 á 1896 392,729 166,274 551,003 

1896 á 1897 420,459 164,445 584,904 

1897 á 1898 459,813 166,302 626,115 

1898 á 1899 4SS,549 166,678 655,227 

1899 á 1900 530,425 188,816 719,241 

1900 á 1901 558,740 177,260 716,000 

1901 á 1902 566,124 168,636 734,760 

1902 á 1903 :.... 608,412 168,223 776,635 

Estas cifras dan cerca de uu uno por ciento de la población 
de la República, en el último año de 1903 á 1904. 

La idea más elemental de un buen gobierno es que conozca y 
satisfaga las necesidades múltiples de la ilación, en cuya hipótesis, 
las fuerzas sociales se armonizan, con un influjo recíproco que favo- 
rece los éxitos de la Administración, aun cuando la corriente de 
inteligencia con los poderes ejecutivos no sea del todo completa. 

En Cuba, el aspecto del problema educativo tuvo un interés, 
acaso mayor que en la actualidad, y no hay, en la historia de nues- 
tras letras, página ni más curiosa ni más significativa. 

La aspiración política de los cubanos nunca estuvo divorciada 
del amor á las ciencias, si bien este último hubo de traducirse de 
una manera especial y sólo en determinado sentido. 

No cabía en los moldes de la realidad colonial que, en pleno pe- 
ríodo de esclavitud y cuando prevalecía la aspiración única de ex- 
plotar, aunque imperfectamente, el suelo, la instrucción primaria 
pudiera desarrollarse para levantar y hacer libres á los mismos que, 
ya en un sentido ya en otro, se mantenían sujetos á la condición 
servil, aunque esta situación tuviera distintos grados, pues el señor 
del esclavo no por eso debía entenderse un hombre libre. 

Así se explica que la enseñanza superior fuera la primera en ma- 
nifestarse en aquel período, dado que la servidumbre política no 
podía llegar hasta el extremo de prohibir á las clases pudientes, 
hacer uso de sus riquezas en beneficio de la cultura de sus hijos. 

No obstante, la insensatez del gobierno de la colonia llegó al ex- 
tremo de acariciar tan absurdo propósito, negando en el interior los 
medios de instrucción y condenando la educación de los jóvenes en 
el exterior. 

El Plan de 1842 autorizaba la creación de colegios particulares. 



71) MANUEL VÁLDES RODRÍGUEZ 

que se reservaba al Gobierno Supremo, previo informe del Superior 
Gobernador Político respectivo. De este modo, quedaba á salvo la 
sanción de la prerrogativa de la Metrópoli y se tenia en cuenta los 
intereses de la colonia, en momentos en que un espíritu político y 
de suspicacia y extremada intolerancia ahogaba los derechos más 
naturales, al individuo, en todos los momentos. 

Las condiciones señaladas fundamentalmente para ese efecto, 
eran: ser mayor de veinticinco años y español ó haber obtenido car- 
ta de naturaleza, y los demás requisitos « estar graduado de Licen- 
ciado en Ciencias ó en Artes; acreditar ser de buena vida y costum- 
bres; edad y limpieza de sangre; no haber sido condenado á penas 
aflictivas ó infamatorias ó haber obtenido rehabilitación)). 

« Manifestar por escrito al Rector de la Universidad el método 
que había de adoptarse en la enseñanza y la extensión de ésta y 
acompañar un plano del local que se destinaba á ella.)) 

Por la IZ^ de las disposiciones transitorias dejaba de exigirse 
«por ahora», dice el texto de la disposición, el grado de Licenciado 
en Ciencias ó en Filosofía. 

El Plan de Estudios de 15 de Julio de 1863, dejó subsistente la 
letra de estas disposiciones y aumentó el rigor prohibitivo de las 
mismas, entre otras la del capítulo 4?, cuyo tenor era el siguiente: 

« Que el Reglamento interior del Colegio que se intenta esta- 
blecer no contiene disposiciones contrarias á las generales dictadas 
por el Gobierno ó perjudiciales á la educación física, moral é inte- 
lectual de los alumnos.» 

De este modo el Gobierno de la época creaba un dogma del cual 
se erigía en infalible depositario. 

El artículo G7 del Plan de Estudios de 1842 disponía lo si- 
guiente: 

« En cualquier época del curso podrán ser visitados estos estableci- 
mientos ( los de 2? Enseñanza) por orden del Gobernador Superior 
Político, previa consulta de la Inspección de Estudios, pero las 
atribuciones de los visitadores se limitarán á verificar los adelanta- 
mientos de los discípulos y los métodos seguidos con mejor éxito. 

« Sin embargo, en caso de abusos graves que puedan pervertir la 
moral de los jóvenes, el Gobernador Político podrá proceder á su 
averiguación, instruyendo el oportuno expediente que someterá al 
examen de la Inspección de Estudios, para la providencia guber- 
nativa que haya lugar.» 

Bien se advertía que la limitación del páirnfo primero, servía 



ESTABLECBIIENTOS PRIVADOS DE ENSEÑANZA 71 

sólo para atenuar el rigor de la disposición, confundiéndose de un 
modo lastimoso los intereses pedagógicos con los intereses políti- 
cos, que eran los que importaban. 

Si se quiere tener una idea precisa de la manera como el Go- 
bierno de la Isla asumía las funciones más distintas para en reali- 
dad hacer el uso que mejor le conviniera, con el fin de mantener su 
tutela y prevenir el menor suceso que la comprometiera, léase 
con cuidado el artículo 187 del Plan de Estudios de 1842. 

Entre las atribuciones del Vice-Real Protector estaba: 

«Vigilar la conducta del Rector de la Universidad, del Director 
del Colegio, de los Catedráticos de ambos establecimientos y de to- 
dos los empleados en la instrucción pública ó privada.» 

Bastaba este monstruoso privilegio para comprender que más 
que pedagógicas eran atribuciones de policía, inspiradas en el rece- 
lo y encaminadas á la persecución política de maestros y catedrá- 
ticos. 

Porque aun cuando aquellas funciones correspondían al Vice-Real 
Protector, el artículo 188, para auxiliar al Capitán General de la 
Isla de Cuba y regularizar el importante ramo de enseñanza, estable- 
cía en la Habana una Inspección de Estudios. 

No puede pasarse por alto la composición interna de este orga- 
nismo en un documento de condición histórica, llamado á dar una 
idea de la marcha de la Segunda Enseñanza. 

El Vice-Real Protector podía delegar sus funciones en el Regen- 
te de la Audiencia, circunstancia en verdad muy propicia para vigi- 
lar debidamente la conducta del Rector de la Universidad y de 
todos los maestros de la isla, públicos y privados. 

Entre las atribuciones de la Inspección estaba: suspender ó re- 
mover, previo expediente, á los jefes de establecimientos privados 
que por su conducta no merecieran continuar en la enseñanza. 

Al implantarse el Plan de 1868, habían cambiado un tanto los 
tiempos y el rigor de la Administración debió atenuarse, por lo me- 
nos, en la forma; pero este cambio era simplemente aparente. 

Para comprenderlo así, basta considerar que el artículo 192 del 
Reglamento de los Institutos exigía á los Directores una fianza de 
750 pesos, si el colegio era de V^ clase y de 375 pesos si de 2?" 

Al sobrevenir la llamada reforma de Aráiztegui en el sangriento 
período que todos conocen, señalóse á la Universidad como foco de 
laborantismo y de insurrección, y dando por probado que muchos 
de los pi'of esores de estos Institutos « traidoramente habían burlado 



72 3IANUEL VALDES RODRÍGUEZ 

la confianza depositada en ellos, abusando de la Cátedra paia ver- 
ter en ella é inculcar á los alumnos doctrinas perniciosas y contra- 
rias á los sagrados intereses de la Religión y del Estado, extravian- 
do el sentimiento de muchos jóvenes impulsados á la rebelión 
contraía integridad nacional y contra sus mismos padres)), cerró 
todos los Institutos de Segunda Enseñanza en las provincias de la 
isla, declaró nulas las autorizaciones para ejercer la I*?" y 2'? ense- 
ñanza en colegios privados y enseñanza doméstica, y exigió para 
las autorizaciones que en lo sucesivo se concedieran, entre otros re- 
quisitos, un informativo de buena vida y costumbres, y certificados 
expedidos por el Cura párroco y autoridad local política en que re- 
sidiera el aspirante. 

La extensión de los naturales efectos de esta disposición no pue- 
den apreciarse con el texto legal de las mismas, sin ir á buscarlas 
á las crónicas de policía de aquella época. 

El Plan de Estudios de 1880 puso término á este orden de cosas. 

En realidad de verdad, el aspecto pedagógico de la enseñanza, 
había desaparecido por completo, y, con el estado de guerra, todo 
había sido absorbido por la arrogancia de la autoridad militar, en 
quien se concentraban todas las facultades discrecionales de un Go- 
bernador de Plaza sitiada. 

La paz, al abrir la puerta á las distintas órdenes de la actividad 
interrumpida, restauró el interés pedadógico, y las necesidades de un 
pueblo civilizado fueron incluidas en el programa de la nueva era. 

Pero, esta renovación de actividad mental}^ este paréntesis si no 
de paz moral, material al menos, no pudo considerarse como un 
motivo de plácemes para los amantes del saber y para la sinceridad 
de los servicios públicos en materia de enseñanza. 

Lo único digno de consideración en este asunto fué incluido 
en el título 4? del Plan de Estudios, relativo á la Inspección, cuyo 
texto era el siguiente: 

« Art. 281. — Sin perjuicio de las disposiciones del capitulo ante- 
rior, el Gobierno ejercerá su inspección y vigilancia sobre los Esta- 
blecimientos de Instrucción, así públicos como privados, en la for- 
ma que se expresa en este título y se determine en lo sucesivo. 

((Art. 282. — Las autoridades Administrativas cuidarán bajo su 
más estricta responsabilidad, de que ni en los Establecimientos 
públicos de Enseñanza, se ponga impedimento alguno á los RE,. 
Prelados Diocesanos encargados por su Ministeiio de velar sobre la 
educación religiosa de la juventud. 



ESTABLECIMIENTOS PRIVADOS DE ,?? ENSEÑANZA 73 

«Art. 283. — Cuando un Prelado Diocesano advierta que en los 
libros de texto ó en las explicaciones de los Profesores se emiten 
doctrinas perjudiciales á la buena educación religiosa de la juven- 
tud, dará cuenta al Gobierno General, que instruirá el oportuno 
expediente, oyendo á la Junta Superior de Instrucción Pública, y 
dando cuenta, si lo creyese necesario, al Gobierno Supremo. 

« Art. 284. — El Gobierno vigilará, por medio de sus Inspectores, 
la enseñanza en todos los ramos. 

((Art. 285. — Son Inspectores Generales, los Vocales ponentes de 
la Junta Superior de Instrucción Pública. 

(( Art. 286. —Dichos Vocales visitarán respectivamente, durante 
el curso, las escuelas de Instrucción Primaria de las Provincias, y 
girarán además, cuando el Gobernador General lo determine, visi- 
tas especiales, así á dichas Escuelas como á los demás estableci- 
mientos públicos de la Isla que convengan. Durante su ausencia, 
turnarán los Vocales de la sección respectiva en la ponencia.» 

Desde ese momento hubo que acudir á la legislación para estu- 
diar el problema pedagógico en Cuba. La Metrópoli, en el campo 
de las ideas, estaba moralmente vencida y los gérmenes de persona- 
lidad y las primeras raíces habían de tal manera producido sus na- 
turales frutos, que Cuba quedaba unida á su Metrópoli, por el lazo 
de una eventualidad expuesta á desaparecer en la ocasión menos 
pensada. 

La Metrópoli sabía con perfecta evidencia lo que podía esperar 
de los cubanos y consideraba ocioso hablar el lenguaje de los legis- 
ladores del 42 y del convencionalismo absorbente del Capitán Mili- 
tar, D. José Gutiérrez de la Concha. 

Este período de la enseñanza quedó caracterizado por los tres 
hechos siguientes: 

1? — La dejación que hacía la Metrópoli, hasta los límites compa- 
tibles con la integridad del territorio, de los intereses de la educa- 
ción pública. 

2*? — Un espíritu de extrema condescendencia en el régimen de la 
enseñanza, sobre todo, en lo relativo á la severidad y orden de los 
estudios, exámenes, etc. 

39— La sumisión absoluta de los colegios privados á la voluntad 
de los Institutos y en particular al Instituto de la Habana. 

El problema fué entonces genuinamente local y el éxito se fiaba 
al entronizamiento de circunstancias muy hábilmente escogidas pa- 
ra dar lustre y brillo á la Administración. 



74 MANUEL VALDES RODRÍGUEZ 

Tal era la situación cuando sobrevino la última guerra de Inde- 
pendencia. 

Vencida la Metrópoli en la guerra con los Estados Unidos, hecha 
la paz y establecido en Cuba el Gobierno Interventor, publicó éste, 
á propuesta de la Secretaría de Instrucción Pública, la Orden Mili- 
tar de 30 de Junio de 1900, que es la Ley en la materia. 

El artículo 7? de esta disposición, al regular la matrícula, deter- 
mina que los alumnos admitidos á estudios de Segunda Enseñanza, 
abonarán 25 pesos anuales en dos plazos, lo que da derecho á la 
asistencia á todos los cursos del Instituto, debiendo satisfacer tres 
pesos anualas en un solo plazo por el uso del laboratorio, cuando los 
alumnos asistan á cursos experimentales. 

Agrega la Orden que los alumnos de colegios incorporados no 
pagarán matrícula en el Instituto, sino un derecho de examen de 
diez pesos por asignatura, pudiendo también presentarse á examen 
en el Instituto alumnos de enseñanza privada, que pagarán los mis- 
mos derechos. 

Considerada la enseñanza libre ó privada como restrictiva, siem- 
pre bajo el punto de vista económico, la enseñanza oficial fué de 
mejor condición que aquélla. Pero á más de esto, la opinión de los 
interesados, consideró siempre más segura y de mejor éxito, sobre 
todo para los fines de los exámenes, la enseñanza académica, tanto 
más, cuanto que el colegio incorporado gozaba, en la anterior legis- 
lación, de la prerrogativa de que el profesor de la asignatura con- 
curriera á formar parte del Ti-ibunal de exámenes de los colegios. 

Xo habiendo precepto alguno en la Orden 267 que permitiera 
suponer la continuación de este privilegio, no tienen participación 
de ninguna especie los profesores de colegios privados, permitién- 
dose, á lo sumo, que tomen asiento en un lugar próximo para res- 
ponder á cualquier informe que pudiera solicitar el jurado. 

El estado de postración á que había llegado la enseñanza pública, 
en los últimos días del imperio colonial, y el propósito de arrancar 
los vicios de última hora, fué bastante para tener por cosa cierta 
que la Orden 267 se inspiraba en el pensamiento, no ya de purificar 
y enaltecer la enseñanza pública, sino abatir, además, los colegios 
privados, condenándolos á una ruina segura. 

Me atrevo á creer que esta idea no pasó jamás, ni aun siquiera 



ESTABLECIMIENTOS PRIVADOS DE 2'\ ENSEÑANZA 75 

con lejanía, por la mente del Gobierno Intei^ventor, y menos aún por 
la mente del Sr. Varona, Secretario entonces de Instrucción Pú- 
blica, porque si en cualquier esfera de actividad, el derecho privado 
merece el mayor respeto, la multiplicación de los colegios privíidos, 
sobre todo en enseñanza superior, se encarga de dividir lo3 bene- 
ficios, como auxiliares muy eficaces de los servicios públicos. 

La importancia del problema no puede girar dentro de tan es- 
trechos límites, y es preciso considerarla desde un punto de vista 
superior. 

La composición interna de la Orden puede considerarse con re- 
lación á los Institutos ó con i-elacióu á los colegios privados. 

El primer aspecto no es de este momento: en cuanto al segundo, 
veamos los efectos de la actual legislación: 

¿Hay en realidad colegios incorporados? 

Si éstos lo fueren, en qué consiste la incorporación? ¿Qué debe- 
res y derechos representa esta condición? 

En términos generales, la incorporación no significa más que el 
reconocimiento de estudios hechos en otro centro, á virtud de lle- 
nar el candidato requisitos previamente señalados y aceptados. 

En tal supuesto, una persona que haya hecho sus estudios en 
un colegio privado, dígase ó no incorporado, al hacer sus exámenes 
en el Instituto, y aprobados éstos, puede decir que hace la incorpo- 
ración de tales estudios. 

Pero, un colegio que se dice incorporado, no debe considerarse 
tal, sino por la aceptación del plan que siga el Instituto, no pasan- 
do de aquí los efectos de esa denominación, pues los Tribunales de 
examen son unos para todos los alumnos, de cualquier procedencia 
que fueren; aceptación que, aunque libremente, al fin es una limi- 
tación impuesta al criterio pedagógico y á la acción del personal 
docente, y sabido es que, en materias de educación, la libertad es la 
más preciosa prerrogativa del maestro. 

Eealmente, todo alumno de colegio, aun en el supuesto de estar 
incorporado, tiene la misma condición que otro de enseñanza libre. 

En cambio, puede anotar, en su contra, una restricción que per- 
sonalmente afecta su libertad, pues está sujeto al número de años 
académicos que rigen en el Instituto y á las incompatibilidades de 
asignaturas que les limita, en el estudio, y en el acto mismo del 
examen. 

La consecuencia que naturalmente surge de tal estado de cosas, 
es que los colegios privados debían considerar, como un motivo de 



76 JIAXUEL VALDES RODRÍGUEZ 

plácemes, que la ley vigente haya roto el lazo que los mauteuía uni- 
dos al Instituto. 

No parece, sin embargo, que sea tal el estado de conciencia de 
las empresas privadas, dando lugar á un hecho cuyo examen podría 
resultar muy curioso. La Orden 267, se funda en la obligación 
del Estado, de fomentar y sostener colegios de segunda enseñanza, 
á cuj^o costo deben contribuir, de alguna manera, aquellos intere- 
sados en cursar ese género de estudios. 

La ley reserva á la Administración el derecho de regular sus 
enseñanzas, limitando de alguna manera la que tiene el particular, 
bajo el uiismo respecto. Esta limitación consiste, sólo y únicamen- 
te, en determinar las asignaturas que se estiman necesarias para 
aspirar al grado de Bachiller: en una palabra, la ley de Segunda 
Enseñanza regula simplemente el acto del examen, para los que se 
educan fuera del Instituto. 

Al colegio privado se le imponen las asignaturas en que ha de 
rendir la prueba de su aptitud, y su obligación está en no poder dis- 
minuiílas ni cambiarlas. 

Pero, á su vez, el colegio privado puede aumentar estas asigna- 
turas y estudiar los ramos señalados por el Plan, en el orden que 
le convenga, ó con el método que prefiera, gozando, bajo todos estos 
respectos, de una libertad amplísima. En la República del Norte, 
al Estado no se le ocurre tener derecho para fundar un plantel que 
cohiba la libertad amplísima de enseñar, al compás del criterio pe- 
dagógico individual. 

Lo que allí pudiera ser un efecto remoto de la incorporación, se de- 
riva de la estimación pública que alcanzan los colegios privados, ó 
la garantía que éstos ofrezcan á los centros de Enseñanza Superior, 
llámense colegios ó universidades, en donde, los salidos de segunda 
enseñanza van á seguir una profesión técnica, científica ó literaria. 

Este hecho se relaciona estrechamente con los requisitos que los 
establecimientos de Enseñanza Superior exigen para el ingreso en 
ellos. 

No puede ser mayor el beneficio de que goza el candidato: pues 
su ingreso se hace por virtud del diploma alcanzado, ó por examen, 
llegando á tal punto la facilidad ofrecida, que aun en el caso 
de no haberse demostrado apto en alguna materia, puede empezar 
los estudios superiores, á condición de comprobar su suficiencia, 
antes de efectuar el examen de los ramos que haya de emprender 
en su nueva vida de estudiante. 



ESTABLECniIENTOS PRIVADOS DE 2"^. ENSEÑANZA 77 

Bajo un concepto único, algo de esto mismo teníamos en Cuba, 
cuando el que había completado toda la segunda enseñanza, podía 
matricularse en la Universidad, con tal de hacer el grado de Bachi- 
ller antes del examen en sus nuevos estudios. 

El hecho tiene todavía mayor realce con la costumbre muy ge- 
neralizada de que las Universidades americanas incluyan en una 
lista aquellos colegios que, suficientemente reputados, les brinden 
una absoluta confianza, tanto por su Plan de Estudios, como por 
su profesorado, por la disciplina y los éxitos obtenidos en los exá- 
menes. 

Los alumnos de los colegios comprendidos en esta relación gozan 
del privilegio de ingresar en aquellas Universidades con la sola pre- 
sentación de los títulos obtenidos en ellos. 

La Orden 267, debida al Sr. Varona, ha respondido á un buen 
espíritu, cuando permite la expansión de las empresas privadas. 

Pero, hay motivo para pensar que los colegios privados no se dan 
cuenta de esta condición favorable. 

Si así fuera, el hecho tendría una significación dolorosa. 

De todos modos, lo que importa dejar establecido es que la 
organización de los institutos oficiales, aun en el caso de al- 
canzar el mayor grado de elevación, no puede mirar con malos 
ojos el esfuerzo privado, ni nada hacer en su contra, porque nada 
debe temer de su libre desenvolvimiento. 

El actual orden de cosas, por lo que se refiere á los colegios pri- 
vados, responde á un criterio liberal, que debía ser recibido con 
aplauso. 

Pero ni los Institutos oficiales ni los colegios privados han des- 
envuelto todavía los gérmenes de la Orden 267 que permanecen 
intactos, bajo uno y otro respecto. Pero ambos conceptos deben 
ser objeto de una especial consideración. 



EL IMPERIALISMO A LA LUZ DE LA SOCIOLOGÍA i 

POR EL DR. ENRIQUE JOPÉ VARONA 
frofcxor de Fsicología, Filosofía Moral y SocioIo(/ía 

Señor Eector: Señoras y Señores: 

Satisfechos, en verdad, deben sentirse los iniciadores de estas 
conferencias. Pocas veces hemos visto entre nosotros brotar tan 
pjonto y tan lozana nna semilla. En verdad que con discreción y 
tino singulares, estos iniciadores han sabido, desde los primeros mo- 
mentos, colocarse en la corriente que hoy impulsa, cada vez más, á 
los cultivadores de las diversas cieucias que componen la enciclo- 
pedia humana, á ponerse en contacto con el pueblo. 

Cuando pensamos lo que era todavía hace cincuenta años este 
gran centro de enseñanza, que más por defectos de la organización 
social que por otras causas, permanecía, si no inaccesible, por lo 
menos alejado de la gran masa popular, y nos fijamos en lo que 
hoy, en nuestros tiempos, es ó empieza á ser, vemos de una sola 
ojeada cuánto es el camino que hemos andado. Todavía no están 
muy lejos los tiempos en que era difícil penetrar en una uuiversi- 
como estudiante; más próximos á nosotros están aquellos en que ya 
se abrían las puertas á todos los ciudadanos, — ó á los que estaban 
preparándose para serlo, — sin más que algunas exigencias pedagó- 
gicas; pero aun esto ha parecido estrecho al gran espíritu de difu- 
sión de ideas que vibra en nuestros tiempos. 

La universidad ha querido salir al encuentro de todos los reza- 
gados; no sólo para que vengan á inscribirse en sus listas de asisten- 
cia los jóvenes y adolescentes en disposición de seguir las arduas 
tareas de una preparación profesional; sino llevando su palabra á 
todos los oídos dispuestos á recibirla. Así ha comenzado este amplio 
movimiento de la extensión universitaria, que estamos ensayando 
aquí, dando en él los primeros pasos, pero con tanto brío y acierto 
como lo demuestra la serie de conferencias que han precedido á 
ésta que voy á tener el honor de dirigiros. 

Muchas veces, pensando en estas diferencias de caracteres que 

1 Conferencia pronnnciiula en la Univcrí^irlafl el día 11 de Marzo de 1905. 



EL IMPERIALISMO A LA LUZ DE LA SOCIOLOGÍA 79 

tiene la enseñanza universitaria actual, he podido advertir cómo el 
espíritu moderno conserva, dándole diversa forma, no pocas mani- 
festaciones del antiguo, de las que más hablan en honor de la es- 
pecie humana. Antes no nos cuidábamos tanto de dar esparci- 
miento y sólido alimento al espíritu; pero ha mucho tiempo que el 
hombre ha acudido en auxilio de su semejante, dando alimento al 
cuerpo y abrigo al que lo necesitaba, Y al recordar, comparándo- 
los, el régimen de las universidades de antaño y el que hoy les va 
imponiendo esta nueva forma de enseñanza, que se sintetiza en la 
extensión universitaria, ocurre ahora que me viene á la mente el 
distinto régimen de dos famosas instituciones de beneficencia. Me 
reñero á dos hospicios bien conocidos de cuantos recorren los abrup- 
tos caminos que comunican la República Helvética con Italia, 
colocados muy próximos uno del otro, en circunstancias idénticas 
para brindar abrigo á los viajeros extenuados. El uno, el del Gran 
San Bernardo, situado en uno de los lugares más escarpados de los 
Alpes, ofrece asilo al caminante á todas horas del día, á todas horas 
de la noche; basta llegarse allí, dirigirse á la puerta y tirar de la 
cuerda de la campana; en el acto acude el hermano clavero que 
franquea la entrada y brinda hospitalidad al de ella necesitado. 
Masa pocos kilómetros, en las vertientes del Simplón, se encuentra 
otro hospicio, y en éste no hay hermano clavero, poi*c[ue las puer- 
tas están abiertas lo mismo de día que de noche; el caminante, 
asustado por el frío, rendido por las fatigas, entra allí como en su 
propia casa. 

Así nosotros ya ni siquiera exigimos las trabas antes necesarias 
para entrar en nuestras aulas; la expansión universitaria abre de 
par en par las puertas de este centro para que á él vengan todos 
los que quieran oír. 

Pero esto nos impone ciertos deberes. Dada la forma especial 
de esta clase de enseñanza, no podemos pretender que en conferen- 
cias de esta índole prevalezca el espíritu exclusivamente didáctico; 
mas no podemos desterrarlo por completo de ellas; necesitamos que 
nuestra palabra remueva algunos de los problemas siempre premio- 
sos que toda sociedad tiene delante y que lo haga en una forma que 
no pueda dejar de ser una enseñanza. Nosotros no podemos aquí 
pronunciar discursos; necesitamos dar lecciones. Este es un grave 
inconveniente; porque, en realidad, no sé yo si este título de maes- 
tro, con que me veo forzado á presentarme ante vosotros, podrá 
dar valor mayor á mis palabras ó quitárselo; si lo he invocado, es 



80 ENRIQUE JOSÉ V ABONA 

para no dar otro alcance á mis frases que el de una lección, que 
procuraré suavizar en lo posible; pero que será al cabo la lección 
de un profesor. 

Deseando ajustarme á esas necesidades, dada la disposición en 
que me encontraba, he querido buscar uno de esos asuntos que reú- 
nen, á la par que el interés de ser materia de íjran actualidad, el de 
prestarse á la forma de enseñanza á que me veo obligado. Por eso 
he escogido como tema de esta conferencia «el imperialismo)), el 
gran problema planteado hoj^ si no por primera vez á los ojos de los 
contemporáneos, por lo menos planteado con nueva forma. Y he 
querido al mismo tiempo estudiarlo, no como pueda hacerlo el po- 
lítico en la tribuna pública, el tribuno hablando á la multitud, sino 
como debe y tiene que hacerlo el profesor hablando á sus oyentes. 
Por eso mi tema es «el imperialismo», pero «estudiado á la luz de 
la sociología)). Estudiando á la luz de una ciencia, cuya materia es 
antigua, como lo son las preocupaciones de los hombres agrupados 
para vivir en sociedad; aunque sea nuevo su nombre, y nuevos sus 
procedimientos de investigación. A la luz de una ciencia que hoy 
ocupa el primer plano de las preocupaciones de los hombres de sa- 
ber, y que va extendiendo cada vez más su radio de acción, desper- 
tando el interés aun de los más alejados de esa disciplina. 

Si fuera mi intento sólo hablaros, como pudiera un político, del 
magno problema del imperialismo, otro sería mi punto de partida 
aunque quizás hubiera de llegar á las mismas conclusiones; pero 
necesito tratar este problema dentro de los estrechos límites de una 
ciencia que ya posee sus métodos y su manera de investigar. Por 
tanto, necesario es que os diga, que si bien por encontrarse esta 
ciencia en su período de gestación, sería muy fácil encontrar con- 
tradictores á las más de las doctrinas que hoy asienta, resu.lta, sin 
embargo, para tranquilizarme en estos momentos, que entre los po- 
cos principios perfectamente aceptados por sus diversos investiga- 
dores, el principal y fundamental de todos, es el que me va á servir 
para estudiar el fenómeno que he indicado. 

Considerando la vida de los pueblos en lo que tienen de común 
y general, ningún fenómeno es más constante que el de su creci- 
miento, en cuanto no encuentran en las circunstancias ambientes un 
obstáculo insuperable. Es decir, que tan pronto como se forma un 
grupo de hombres que constituyen sociedad, lo propio, lo caracte- 
rístico y lo fundamental es que ese grupo tienda á aumentarse su- 
cesivamente, á extenderse, á coordinarse, á desarrollar armóni- 



EL IMPERIALISMO A LA LUZ DE LA SOCIOLOGÍA 81 

camente sus fuerzas; y como consecuencia ineludible, á ocupar ma- 
yor extensión en el espacio. Este es el fenómeno primordial de la 
«integración social », ó «asimilación social», que con ambos nombres, 
y otros más, es conocido. Pero lo que á nosotros nos importa en 
estos instantes es: primero, reconocer su completa generalidad; des- 
pués, tratar de ver las condiciones primarias, sin las cuales el fenó- 
meno ó no existiría ó cambiaría de forma. 

En el crecimiento de un grupo humano, no vemos leyes distin- 
tas á las que presiden al crecimiento de un organismo individual; 
lo que cambia es la esfera de acción, más amplia, y los resultados 
infinitamente superiores. Pero así como no es posible que un or- 
ganismo deje de crecer hasta su límite natural, como no encuentre 
en el medio circunstancias adversas que detengan su crecimiento, 
así también todo grupo de hombres que constituyen sociedad tiende 
á crecer, por el advenimiento de nuevas unidades. Porque todo 
grupo humano, que, por circunstancias adversas de medio, ó por 
defectos de organización interna, se detenga en su crecimiento, está 
fatalmente condenado á desaparecer; es ley que le imponen las con- 
diciones de la vida. Para toda sociedad, el crecimiento es necesi- 
dad de primer orden; lo es para robustecerse; lo es para poder 
llegar al fin primordial de la división del trabajo, para adaptarse 
con más ventajas al medio en que haya sido colocada. Pero como 
no me es posible seguir paso á paso, desde sus primeras manifesta- 
ciones, este importante fenómeno, me contentaré con lo dicho, estu- 
diando otro punto principal, esto es cuando el grupo primitivo llega 
á constituir un núcleo de atracción de nuevas unidades. 

Un grupo humano robusto que ha logrado poseer en toda la ex- 
tensión de la palabra el territorio que ocupa, y ha logrado encon- 
trar en él todas las utilidades necesarias para su progreso, atrae 
hacía sí otros grupos menos bien constituidos ó peor dotados en la 
repartición de las utilidades en el tei-ri torio que les cupo en suerte. 
Entonces crece la sociedad por asimilación de nuevos elementos; y 
los demás fenómenos derivados de la asociación, y sobre todo el más 
complejo, la organización política, toman mayor amplitud, se dife- 
rencian más y más y llegan á una más completa coordinación. 
Comienza ese grupo robusto, que ha atraído hacia sí á nuevas uni- 
dades, que lo han robustecido más, á tener una organización políti- 
ca en consonancia con el crecimiento de sus unidades, en consonan- 
cia con la multiplicidad de las formas de su trabajo y de sus otras 
actividades sociales. Esta es, en una palabra, la forma que pre- 



82 ENRIQUE JOSÉ VARONA 

senta el crecimiento de las sociedades cuando han llegado ya á 
constituir unidades políticas. Y se advierte que no existe ningún 
gran grupo de los que nosotros conocemos en nuestros tiempos, que 
no haya sido formado por acrecentamiento de unidades, antes dis- 
persas y después congregadas. 

Como no puedo pretender siquiera seguir esta formación en 
todas sus fases, puesto que no me bastaría una conferencia, sino 
que necesitaría dar un curso, tengo que suponer que saltáis conmi- 
go los sucesivos eslabones de esta cadena, y que llegamos á consi- 
derar las sociedades ya constituidas, perfectamente equipadas para 
la vida, y perfectamente organizadas para atender y acudir á las 
necesidades del porvenir. Entonces nos encontramos con un nuevo 
proceso; la extensión y crecimiento del grupo toman nuevas for- 
mas, y vemos que determinadas unidades sociales van á buscar la 
expansión necesaria en la forma del comercio en países remotos; y 
se fomentaron así los antiguos imperios comerciales; ó buscan otra 
forma de expansión que les impone la continuidad del territorio; y, 
entonces, tenemos los antiguos imperios formados por conquistas. 
No pretendo hacer aquí una enumeración completa de las diversas 
formas de este fenómeno, porque no lo demanda el fin de mi con- 
ferencia. Simplemente he dado las dos formas más generales y 
que se aproximan más á lo que tenemos á nuestra vista en la ac- 
tualidad. 

Si ahora me preguntáis qué consecuencia saco á favor de mi te- 
sis, ó para ilustrarla, de estas observaciones, os diré que estamos 
ya en presencia del fenómeno que procuro estudiar. 

Lo que llamamos hoy «el imperialismo)), es un fenómeno muy 
antiguo al que se ha dado un nombre nuevo; porque debemos enten- 
der, — por lo menos en el transcurso de esta conferencia, — por 
(f imperialismo » la forma de crecimiento ó integración de un grupo 
humano, cuando llega expresamente á tener la forma de dominación 
política, sobre otros grupos diversos, de distinto origen, próximos ó 
distantes del núcleo principal. 

Cuando un pueblo ha llegado á ciertas condiciones sociales, que 
en seguida enumeraré, no se limita á extender el radio de su acción 
en la forma de la antigua organización, á depósitos comerciales 
colocados á gran distancia del territorio nacional ó de la metrópoli; 
acompaña, por lo general, al fenómeno de expansión, el de la domi- 
nación política. El pueblo ó grupo primitivo conserva, ó procura 
conservar, la dominación sobre aquellos territorios distantes á que 



EL IMPERIALISMO A LA LUZ DE LA SOCIOLOGÍA 83 

ha extendido su influencia y á los que procura llevar sus leyes y su 
espíritu; entonces, estamos en presencia del fenómeno del «impe- 
rialismo «. Para comprenderlo, para aclararlo, necesario es que os 
diga las condiciones indispensables que permiten á un pueblo colo- 
cado á esa altura de crecimiento que supongo, desarrollar con éxito 
su expansión y constituir un imperio. Son tres condiciones indis- 
pensables. Primera: Crecimiento, aumento y concentración de 
su población. Segunda: Un desarrollo económico que permita la 
acumulación de capitales y su empleo en las distintas empresas que 
exige la colonización. Tercera y última: Una gran cultura supe- 
rior mental. Sin estas condiciones, toda empresa imperial está 
condenada á fracasar. 

Los dos grandes ejemplos, que hasta ahora conoce el mundo, de 
expansión imperial, han reunido esas condiciones. Como no cono- 
cemos lo presente por la luz que nos viene de lo pasado, — aunque 
este sea un viejo y muy explicable error, — sino que conocemos lo 
pasado por la luz que nos da lo presente, lo inmediato, lo que nos 
rodea, en vez de entretener la atención de mis oyentes refiriendo y 
haciendo ver cómo el gran imperio romano realizó, en la forma 
que le permitía aquella época, estas condiciones primordiales de la 
expansión imperial, voy, por el contrario, á tomar como punto de 
partida y de comparación el otro ejemplo, porque está á nuesti"a 
vista, porque lo da un pueblo que crece á nuestros ojos, y porque su 
impulso está arrastrando al mundo en el mismo sentido de expan- 
sión: me reñero al pueblo inglés. 

Inglaterra presenta el caso más cabal de expansión imperial de 
que hasta ahora tenga noticias exactas el hombre; y desde luego, 
toda mi demostración ha de estribar en haceros ver cómo Inglaterra 
posee en grado sumo y realiza las condiciones que se exigen para 
que un movimiento de expansión imperial dé el fruto necesario que 
con ella se busca. Pero importa antes de seguir, y para mayor cla- 
ridad de mi enunciación, que advirtamos lo siguiente: 

A primera vista parece lo más sencillo, lo más natural, que la 
expansión se verifique primero, y antes que todo, partiendo del lu- 
gar que ha servido de asiento al pueblo que va á ser colonizador ó 
conquistador, y ejerciéndose sobre los territorios inmediatos. 

El crecimiento de Eoma fué por continuidad en el territorio, 
primero á expensas de los pueblos próximos, después llevó su domi- 
nación á toda la península itálica; pasó á Sicilia y se extendió luego 
por España y las Gallas, etc. ; su desarrollo es bien conocido. La 



84 ENRIQUE JOSÉ VARONA 

continuidad aquí, es visible. En nuestro tiempo la expansión na- 
tural inmediata no es fenómeno desconocido, pero va siendo cada 
vez más excepcional; la razón no es porque haya causas especiales: 
la causa siempre es la misma. La expansión se verifica siempre por 
la línea de menor resistencia; en aquellos tiempos, dada la organiza- 
ción de esas sociedades, los territorios inmediatos eran los que ofre- 
cían menor resistencia. Eoma logró una organización militar supe- 
rior á la de los pueblos vecinos, por eso su expansión tomó la forma 
y direcciÓQ que acabo de indicar. Pero en estos tiempos hay mu- 
chos pueblos sólidamente organizados, que no dejan ver el lado flaco 
por donde poder ser atacados, que no descubren fácilmente donde tie- 
nen la linea de menor resistencia. Ya veremos en donde se encuen- 
tra hoy esa línea para las expansiones imperiales, puesto que no es 
Inglaterra la única que aspira al título imperial y la que desarrolla 
esa política. 

Decía, pues, que son condiciones imprescindibles que permiten 
una gian expansión, el crecimiento y la concentración de la pobla- 
ción; y debo advertir que no entiendo por concentración de la pobla- 
ción, únicamente la densidad. Hay un punto más importante que 
ese, y que es al que principalmente se mira, desde el punto de vista 
sociológico. Desde luego, importan mucho la población absoluta y 
la población relativa de un país; veremos dentro de poco que á este 
respecto Inglaterra presenta un ejemplo extraordinario; pero impor- 
ta mucho más, lo que se ha llamado en nuestro tiempo la «concen- 
tración urbana », y sobre todo, en las grandes metrópolis. El fenó- 
meno superior de la socialización, es el número cada vez más cre- 
ciente de individuos que viven próximos unos á otros, formando las 
grandes ciudades de nuestros tiempos. El hombre con la proximi- 
dad del hombre, centuplica sus fuerzas, sus fuerzas materiales y sus 
fuerzas intelectuales. Los grandes laboratorios del progreso huma- 
no han estado siempre en las grandes ciudades, y en nuestro tiem- 
po, con las facilidades de comunicación, con la atracción irresistible 
q.ue ejercen, han merecido de un poeta ilustre el título de «ciudades 
tentaculares «, como si quisiera decir que atraen con sus tentáculos 
las fuerzas dispersas por los campos. Esta concentración, con todos 
sus inconvenientes, es, sin embargo, la que permite el desarrollo 
extraordinario de la civiliza(!Íón actual; son las metrópolis los gi-an- 
des laboratorios, he dicho, del pensamiento director, y son, al mis- 
mo tiempo, los grandes laboratorios de la potencia económica de los 
pueblos, el asiento de las grandes instituciones de crédito, y centro 



ÉL IMPERIALISMO A LA LUZ DÉ LA SOCIOLOGÍA 85 

de las grandes vías de comunicación, donde, en una palabra, palpita 
y se concentra toda la savia y toda la sangre de un cuerpo sacial. 

El fenómeno de la urbanización, no está exento de grandes ries- 
gos; pero si nosotros esparciéramos por un territorio cualquiera la 
población concentrada en las capitales y grandes ciudades, inme- 
diatamente la veríamos bajar de su nivel social. 

El indicio más clai-o que hoy tenemos para poder apreciar la 
potencia social de un pueblo, está precisamente en el número de sus 
grandes ciudades. A este respecto, la población del Reino Unido, 
la población que se concentra en esas dos islas, una bastante menor 
que Cuba, y la otra sólo dos veces mayor que Cuba, es en la actua- 
lidad de más de cuarenta y dos millones de habitantes; y, sin em- 
bargo, esto es todavía pobre indicicio de la potencia de ese reino. 
Si consideramos la repartición de sus habitantes entre el campo y 
las ciudades, se presenta un fenómeno único en la historia: del se- 
senta al setenta por ciento de los habitantes del Reino Unido viven 
en ciudades, y sólo el treinta por ciento ocupa los campos. Y aquí 
considero á la par la población de la Gran Bretaíaa y la población 
de Irlanda; pero si descartamos á Irlanda y Escocia, el fenómeno se 
acentúa, porque en Igiaterra y Gales la población urbana llega al 
setenta y siete por ciento. 

Y si consideramos por otro aspecto el mismo fenómeno, si con- 
tamos con los verdaderos centros de atracción déla vitalidad social, 
que son — por un procedimiento artificial, desde luego— las ciudades 
mayores de cincuenta mil almas (y digo artificial porque se escoge 
este número, lo mismo que pudiera ser otro algo superior ó inferior), 
las ciudades estas son, solamente en Inglaterra, setenta y seis; y en 
las dos islas llegan á ochenta y cinco. Entre ellas se encuentran 
poblaciones que exceden de quinientos mil habitantes, y poblaciones 
que se aproximan al millón; y, sobre todo, se encuentran agrupados 
en esa enorme capital cuyos límites casi no se conocen, que casi se 
confunden con el condado que lleva su nombre, donde se mueven y 
agitan más de cuatro millones quinientos mil habitantes. Y esto 
refiriéndonos exclusivamente á lo que puede considerai'se la ciudad 
y el condado de Londr»-s, porque si añadimos los que se encuentran 
en el Oater Ring y forman con los primeros el Greater London, en- 
tonces llega á seis millones ochocientos mil la cifra de los agrupa- 
dos en ese espacio. Y si queremos compendiar en una sola cifra la 
densidad de esa población, me bastará decir que en Londres llega á 
más de treinta y ocho mil habitantes por milla cuadrada. Hasta 



86 ENEIQVE JOSÉ VARONA 

hoy no se había presenciado jamás una concentración tan estupen- 
da de fuerzas sociales. 

Este es, pues, el primer requisito que necesita un pueblo para 
la expansión: población numerosa y concentrada. 

Dije que la segunda condición era un gran desarrollo económico; 
el aprovechamiento de todas las fuerzas sociales al servicio de la 
producción de las utilidades, de su repartición y de su disfrute. La 
organización económica de Inglaterra presenta también un ejemplo 
único en la historia de la economía; es el pueblo, que ha realizado, 
y está realizando, la forma más elevada de la evolución comercial. 
Hace mucho tiempo que dejó de ser Inglaterra un país agrícola; 
hace mucho tiempo también, que pasó Inglaterra de la etapa del 
período industrial. Inglaterra se encuentra en pleno período co- 
mercial, que se caracteriza de esta suerte: 

Importa los productos agrícolas y los paga con productos indus- 
triales. 

Si el tiempo me alcanza, y lo procuraré, haré ver cómo la situa- 
ción económica y la estructura económica de Inglaterra prensentan 
el tipo opuesto á aquel en que nos encontramos nosotros. Para lle- 
gar al período comercial, se necesita llegar al grado de producción 
sorprendente que constituye á Inglaterra en un inmenso taller, á 
donde van las materias primas adquiridas en toda la tierra para 
convertirse en los productos fabriles que pagan sus consumos. Si- 
tuación sorprendente, que no deja de asustar á veces al pensador, 
cuando se advierte cómo es absolutamente necesario que no se rom- 
pa uno solo de los mil hilos sutiles que unen este gran centro con 
sus posesiones de todo el orbe, para que no se interrumpa un solo 
instante la vida concentrada en ese gran corazón. Este gran de- 
sarrollo industrial supone la inmensa plétora de capitales circulantes 
que ofrece Inglaterra. ¿Quién ignora que es Inglaterra el gran 
mercado del dinero del mundo, la reguladora de todas las transac- 
ciones comerciales? 

Pero también se necesitan otras condiciones, no menos impor- 
tantes que las primeras. Aunque no podemos, de ninguna suerte, 
decir que sea Inglaterra la única que muestra este fenómeno, de 
extraordinaria concentración de habitantes y de sorprendente de- 
sarrollo económico, es indudable que su posición resulta excepcional 
á este respecto. Pero además se necesita una gran cultura, un alto 
nivel de civilización; puesto que esta sociedad asume el papel de 
directora, y para dirigir parece condición primera, no me atrevo á 



EL IMPERIALISMO Á LA LUZ DE LA SOCIOLOGÍA 8t 

decir indispensable, el tener clara la vista y muy poblada de ideas 
la mente. Esta sociedad, pues, que se presenta en la escena del 
mundo como directora, necesita una gran civilización en la forma 
de cultura mental. Yo no puedo en estos momentos detenerme á 
demostrar que Inglaterra, si no ocupa á este respecto la situación 
privilegiada que acabo de indicar, no es eclipsada por ninguna otra 
de las contemporáneas en su gran desarrollo de cultura política. A 
esto debe el haber ofrecido al mundo, con el imperio colonial más 
vasto, los más distinguidos y felices administradoi^es de que pueda 
enorgullecerse ninguna otra nación; desde aquel famoso Lord Dur- 
ham, de grata recordación para los americanos, liasta Sir Alfred 
Milner, cuya gestión en Egipto es una maravilla; Inglaterra ha 
podido llevar á su inmenso imperio hombres que han estado siempre 
á la altura de los difíciles empeños que se les han encomendado. 
Necesario me es no detenerme demasiado en estas consideraciones, 
por interesantes que pudieran parecer; vamos, pues, ahora, á consi- 
derar el otro aspecto del problema. 

Nosotros vemos por estas rápidas pinceladas, qué fuerza huma- 
na posee la mayor concentración de habitantes; la hemos de ver 
ahora en la obra de su expansión, al exterior. ¿Cuál será la línea 
de menor resistencia? 

Sabemos, porque la historia de la Inglaterra colonial es bien 
conocida, en qué distintos lugares del planeta ha ido asegurando su 
dominio; pero no es esto lo que nos interesa en estos momentos. 
Vamos á considerar de preferencia su expansión más reciente. Esa 
inmensa zona, que se extiende treinta grados al norte y treinta gra- 
dos al sur del Ecuador, es el gran campo actual de las empresas 
coloniales del mundo entero. Los países tropicales son, por circuns- 
tancias que señalaremos, los que presentan mayores atractivos al 
espíritu de empresa, y también la más débil resistencia al espíritu 
de expansión. Sí, esta hermosa zona, que pudo ser cantada con tan 
bellos acentos por el poeta americano Bello, ofrece todas las mate- 
rias primas que necesita y demanda la gran industria moderna. 

Inglaterra gasta trescientos millones anuales en algodón, cau- 
cho, yute, marfil, plumas, goma, seda, caoba, etc. ; ciento cinco mi- 
llones en azúcar, café, tabaco, té y especias; y estas son cifras muy 
significativas. En un tiempo Inglaterra contendió por el dominio 
de la América del Norte; en nuestros tiempos todas las guerras co- 
loniales inglesas están circunscriptas por esa zona de sesenta grados 
á que he aludido. Baste decir que en un período de diez y seis años 



88 ENRIQUE JOSÉ VAÉONÁ 

lia realizado Inglaterra en esta zona diez y nueve anexiones; unas con 
el nombre franco de colonias; otras con el nombre de protectorados. 
Estas anexiones, producto de diez y seis años de esfuerzos por parte 
de la metrópoli, comprenden territorios como la Pigricia, que tiene 
cuatrocientos cincuenta mil millas cuadradas y treinta millones de 
habitantes; territorios como Rhodesia, que posee cuatrocientas seten- 
ta mil millas cuadradas; como el África oriental británica, que se ex- 
tiende por ochocientas sesenta mil millas cuadradas; como el Sudan, 
que tiene novecientas cincuenta mil millas cuadradas y diez millo- 
nes de habitantes, y como florón de esta corona, las históricas repú- 
blicas de Orange y del Transvaal, con ciento cincuenta 3^ siete mil 
millas cuadradas y un millón trescientos mil habitantes, que en su 
heroica lucha por la independencia, se mostraron, y son realmente, 
excelentes tipos de la especie humana, moral y materialmente con- 
sidei-ados. En estos diez y seis años, las anexiones inglesas han 
llegado á estas dos cifras, que por sí solas son demostrativas: tres 
millones setecientas once mil millas cuadradas de territorio y cin- 
cuenta y siete millones de habitantes; comprendereis que dejo los 
residuos, porque cargarían inútilmente mi memoria, y por otra par- 
te, no son indispensables á mi demostración. 

Tres millones setecientas once mil millas cuadradas, parecen 
sólo números; pero si ponemos de un lado la extensión territorial de 
Europa, adquieren relieve; Ja extensión territorial de Europa es de 
tres millones setecientas cincuenta y siete mi] millas cuadradas; es 
decir que en diez y seis años ha aumentado el imperio inglés en una 
proporción igual casi á Europa. Considerando el dominio británico 
actual, pasa de once millones setecientas mil millas cuadradas su 
territorio; es decir, tres veces, largas, el área de Europa; su pobla- 
ción es de trescientos cinco millones, que casi equivalen á los tres- 
cientos cincuenta de Europa. 

No quiere esto decir, desde luego, que tan inmensa área territo- 
rial, ni tan enorme población, puedan desarrollar con mucho la 
fuerza que desarrolla la población grandemente concentrada de Eu- 
ropa; pero estando, como está, la cabeza del imperio en pleno mundo 
europeo, disfrutando todas las ventajas de su civilización, esta fuerza 
bien dirigida presenta uno de los más grandes problemas, no de la 
historia contemporánea, sino de la historia del mundo en el pasado 
y en el porvenir próximo. 

Veamos ahora si podemos explicarnos por qué ha tomado la ex- 
pansión inglesa, — y tratan de seguir sus huellas los otros imperios 



ÉL IMPERIALISMO Á LA LUZ DÉ LA SOCIOLOGÍA 89 

en formación, — por qué ha tomado la expansión imperial inglesa, 
digo, su . campo, en estas tierras tropicales. Las causas son de 
orden profundamente social, porque son de orden esencialmente 
económico. 

Inglaterra había gozado de veinte años de inaudita prosperidad, 
poco después de mediado el siglo anterior; el primer campo de su 
expansión económica, por determinadas circunstancias, fué Europa. 
Pero Europa perfectamente organizada y altamente civilizada, ofre- 
cía demasiada resistencia para un intento de dominación. En cam- 
bio, los ingleses fueron, si no los constructores materiales de todas 
las líneas férreas europeas, los que ñicilitaron buena parte del 
capital para ello. La industria inglesa, especialmente la metalúr- 
gica, encontró sus primeros mercados en las naciones europeas; pero 
nosotros conocemos el desarrollo moderno de esos pueblos, y sabe- 
mos cómo pronto dejaron de ser un campo para la expansión econó- 
mica de Inglaterra. Aun los territorios más atrasados de Europa 
comenzaron á despertar á la vida industrial; y hoy, como no sean 
algunos de esos antiguos principados danubianos, convertidos en 
países autónomos é independientes, ya Europa está cerrada al influ- 
jo exclusivo de la fuerza económica de aquella nación. Ha sido ne- 
cesario buscar desaguadero á su inmensa producción, buscar donde 
emplear un capital ocioso, procurar que los múltiples productos de 
la industria metalúrgica, que ocupa casi la cuarta parte del trabajo 
inglés, no se estancaran sin salida. Y estos pueblos tropicales, ricos 
en materias primas y productos agrícolas, con población en buena 
parte atrasada, presentaban mercado abierto y fácil de explotar, 
tierras donde extender los rieles, empleo, en fin, para ese capital 
ocioso, campo, en una palabra, para esa expansión económica, que 
ya se encontraba ahogada en las Islas. 

Y entonces comenzó esa gran desviación de las corrientes comer- 
ciales de Inglaterra. En los últimos diez y seis años que hemos 
tomado de punto de comparación, si cotejamos el comercio de In- 
glaterra en sus colonias no situadas en las zonas tropicales, veremos 
que por ciertos de sus aspectos disminuye, mientras crece constan- 
temente el comercio en las colonias situadas en esa zona á que me 
he referido. Pudiera leer las cifras, que tengo aquí á mano, pero 
no lo creo necesario; basta con decir que el tonelaje de los navios 
ingleses, entrados y descargados, es actualmente maj^or en estas 
colonias que en las primeras; basta con decir que el número de vías 
férreas construidas en los últimos años en estos territorios tropi- 



90 ENRIQUE JOSE VARONA 

cales, llega á la cifra de treinta mil millas; basta con decir que la 
invasión de capitales ingleses es infinitamente mayor en las tierras 
tropicales y sub-tropicales que en las otras. Así, por ejemplo, la 
India tiene tomados seiscientos millones de dollars á capitalistas 
ingleses; el Cabo y el Natal, que por ciertas circunstancias deben ir 
con esas colonias, dados su población y los jornaleros que emplean, 
les deben ciento cincuenta millones, y las otras tierras de esta 
índole cincuenta millones. 

Pudiera continuar una demostración que juzgo ociosa; pudiera 
haceros ver por qué son éstas las tierras que se brindan á esa explo- 
tación, y las que no pueden oponerle la única barrera posible: que 
es una civilización igual ó aproximada; y me limitaré sólo á hacer 
ver cómo este gran movimiento no ha podido producirse sin cam- 
bios apreciables en las ideas reinantes en la metrópoli, sin doctri- 
nas que hayan servido de base á este movimiento, porque nada es 
más interesante de notar que la facilidad con que los hombres dis- 
curren teorías que vengan á dar forma de imperativo mental á las 
exigencias de la práctica. 

Inglaterra llevada á esta expansión, ha encontrado pronto sus 
«teóricos de la expansión»; y los sabios, en sus laboratorios y gabi- 
netes, como Darwin y Huxley, iban á dar armas que los partida- 
rios de la conquista y la anexión sabrían tener afiladas y dispuestas; 
iban á servir de intérpretes á todas esas secretas necesidades que 
impulsaban á su pueblo. Pero os juzgo ya un poco cansados, y no 
he de detenerme en la exposición de las doctrinas que esparcieron 
los grandes hombres de la primera mitad del siglo pasado, y hacer 
notar como han cambiado ya, como la tierra misma del libre cambio 
parece aproximarse poco á poco á un nuevo sistema de mal disfra- 
zado proteccionismo; y los hombres que proclamaron más alto los 
derechos de los oprimidos, aquellos mismos que realizaron lo que el 
historiador Lecky llamó « una de las tres ó cuatro acciones comple- 
tamente morales que han ejecutado los hombres en el transcurso de 
su historia)): la campaña abolicionista, esos mismos sancionan el 
régimen del trabajo obligatorio en sus colonias del Cabo y del Natal, 
hasta el punto de introducirlo en Orange y el Transvaal, y procla- 
man el derecho á la guerra y la conquista, con tanta fuerza y con- 
vicción, como el que fué el cerebro para la estrategia y el instru- 
mento para la acción del Emperador Guillermo, el Mariscal Moltke. 
Leyendo sus escritores actuales, á sus poetas y sus novelistas, pue- 
de notarse fácilmente el cambio que han sufrido las ideas inglesas; 



ÉL IMPERIALISMO A LA LUZ DE LA SOCIOLOGÍA 91 

bastaría poner aquellas páginas que parecían bañadas de lo que lla- 
mó Shakespeare « la leche de la ternura humana «, que escribió 
Dickeus, al lado de las páginas que parecen grabadas en duro acero 
que escribe el novelista del imperialismo, y poeta también, Rudyard 
Kipling. Pero esta demostración me llevaría muy lejos; me basta 
con decir que al impulso de este gigantesco movimiento, todo va 
cambiando en la orientación mental de ese gran pueblo; y á la par 
que van sus ejércitos y sus comerciantes extendiendo su imperio, el 
pueblo de la metrópoli encuentra en sus sabios, en sus filósofos, en 
sus literatos, en sus políticos, los amamantadores de las ideas que 
han de poner en correspondencia su actividad con sus necesidades 
y aspiraciones. 

Y, cual última demostración, vais ahora á ver cómo todo ese mo- 
vimiento expansionista no ha sido la obra exclusiva de los conser- 
vadores ingleses. En todo el gran período expansionista, á partir 
de 1871, ha habido quince ministerios «tories)) y trece liberales. El 
gran defensor de los armenios, el ilustre Gladstone, aquel que en 
sus últimos tiempos abogó elocuentemente por la autonomía de Ir- 
landa, no se dio menos prisa en ello que su gran émulo. Lord Sa- 
lisbury. Basta recordar que gobernando Gladstone, pusieron los 
ingleses el pie en Egipto temporalmente, y no han encontrado aún 
modo de levantarlo. El último triunfo de su diplomacia ha traído 
la consagración de su prolongada ocupación. Paréceme que estas 
breves indicaciones bastan para hacer ver: primero, cómo se ha 
realizado el cúmulo de condiciones que han permitido esa extraor- 
dinaria expansión territorial; segundo, por qué ha tomado esa di- 
rección; y, tercero, cómo han contribuido á ello las ideas del pueblo 
inglés, convertido al dogma del imperialismo. 

Aunque Inglaterra se encuentra colocada á superior altura en 
el orden de la población, y en el orden económico; aunque esté su 
cultura en el primer plano y no sea inferior á ninguna otra en nues- 
tros tiempos, no podemos decir que sea el único pueblo que toma 
parte en este movimiento. Alemania procura hoy fundar un impe- 
rio colonial; lo procura Francia, que tiene ya tomadas sus posicio- 
nes en el África y Asia, y lo procuran también los Estados Unidos 
de Norte América. 

Si el tiempo me lo permitiera y entrara en el plan de mi con- 
ferencia, podría establecer un paralelo entre el imperialismo in- 
glés y el incipiente imperialismo norte-americano; haría ver cómo 
causas semejantes en el fundamento, producen consecuencias seme- 



9á ÉNÉiqVÉ JOSÉ VARONA 

jantes; pero no es esto del momento, ni lo consiente ya la exten- 
sión qne ha tenido esta conferencia. Las formas no son realmente 
las mismas; pero sí lo son las consecuencias. Los Estados Uni- 
dos en su expansión encontraron un territorio desocupado, y han 
ido paulatinamente ocupándolo; y, por circunstancias bien cono- 
cidas, por la colocación previa de las piezas del tablero político, 
su expansión hacia las tierras colocadas en los trópicos, ha tenido 
una- forma nueva, y en cierto modo se ha detenido. En cierto modo, 
porque no tiene el aspecto de la dominación política; pero no se 
puede ver, y es bien fácil ver, teniendo en cuenta lo que significa el 
desenvolvimiento reciente de la Doctrina de Monroe, que los Esta- 
dos Unidos han trazado una inmensa esfera de influencia en torno 
suyo, en que están comprendidos todos los países tropicales de Amé- 
rica. Y no es lo más grave ni lo más importante que los Estados 
Unidos bajean trazado esa inmensa esfera de influencia en torno 
suyo; lo más importante es que Europa reconoce plenamente el 
hecho. 

En esta virtud, y como no es mi intento, ni lo consiente la ín- 
dole de este trabajo, que yo me ponga ahora á considerar lo que 
puede haber en él de favorable ó adverso para el desarrollo y la 
evolución de los pueblos inmediatamente interesados, no entraré, 
como pudiera, en el estudio y examen de este imperialismo, que aún 
no presenta todos los caracteres del inglés. Pero sí diré que para 
los países vecinos de la Unión Americana tiene importancia extrema 
conocer el fenómeno, y darse cuenta de su magnitud. Ningún pue- 
blo más interesado que el nuestro en este estudio, porque nosotros 
nos encontramos precisamente con haber servido para la primera 
demostración, la más coucluyente, al menos, de la forma que ha to- 
mado la expansión americana en el cerebro de sus estadistas actua- 
les. Para nosotros ha sido favorable la forma que ha tomado ese 
movimiento, sumamente favorable; pero lo que nos importa consi- 
derar es lo que puede ser en el porvenir, si no próximo, remoto. Es 
un problema, antes que todo, social; lo cual quiere decir que es un 
problema sometido á un determinismo que asusta, pero que es nece- 
sario (;onocer. 

Nosotros tenemos necesidad do sacar partido favorable á nues- 
tra existencia, como grupo humano, de las condiciones sociales en 
que nos encontramos y que nos labremos; nosotros necesitamos 
mantener nuestra unidad política y étnica, frente á fuerzas tremen- 
das que están en acción, que no se dirigen directamente contra nos- 



I 



EL I3IPEBIALIS3IO A LA LUZ DE LA SOCIOLOGÍA 93 

otros, pero que pudieran en un día dirigirse; y, entonces, el proble- 
ma se presentaría á mis ojos aterrador. Reducido á sus estrictos 
límites, pueden condensarse así: Es necesario que no seamos nos- 
otros una línea de menor resistencia. ¿Depende de nosotros? Sí; 
hasta donde es humanamente posible, diré que depende de nosotros 
en muy buena parte. No sé yo que la actitud de los hombres ante 
ningún peligro, nazca de las circunstancias físicas del globo, ó nazca 
de las leyes que presiden á la vida social, deba ser nunca la del 
abandono musulmán; no creo que sea actitud digna de ningún hom- 
bre, digna de ningún pueblo, la de envolverse la cabeza en el albor- 
noz y esperar que los hados insensibles cumplan su obra. Yo creo 
que los pueblos que tienen conciencia de su valor moral están obli- 
gados á hacer frente á todos los peligros que nazcan, lo mismo de 
la acción desencadenada de los elementos, que de la misteriosa tra- 
ma de las lej^es sociales. 

Sí; nosotros debemos y podemos no ser esa línea de menor re- 
sistencia; mas para ello, es preciso que tengamos presente cuáles 
son las leyes salvadoras que presiden el desarrollo y buen creci- 
miento de los pueblos. 

Nosotros necesitamos aumentar nuestra población; este proble- 
ma es capital, y ninguno más premioso; pero adviértase que para 
que crezca la población de un país, no bastan los proyectos más ó 
menos bien intencionados, muchos muy bien intencionados, que 
puedan nacer en las mentes de los proyectistas oficiales ó no oficia- 
les. No es con proyectos de inmigración, por útiles que éstos sean, 
como se puebla un territorio. Es más difícil y más sencillo, al mismo 
tiempo. Y no voy á enumerar las dificultades; pero sí voy á decir 
por qué aspecto lo considero sencillo: para atraer pobladores á un 
país (y ya veis que hablo antes de este aspecto del problema, como 
pudiera haber hablado del crecimiento espontáneo de la jíoblación), 
para atraer pobladores á un país, decía, es absolutamente necesario 
que encuentren aquéllos en éste condiciones más ventajosas de vida 
que las que tienen en el suyo propio. Donde se hace cada vez más 
cara la vida del obrero, donde crece de día en día el costo de la vida, 
es una quimera pretender una gran corriente de inmigración. Nues- 
tras leyes fiscales son el grande obstáculo con que hoy tropezamos 
para este fin. Y si, por otra parte, la mejor forma y la más necesa- 
ria es el crecimiento propio del grupo humano, advirtamos también 
que haciendo cada vez más costosa la vida, dificultamos cada vez 
más el aumento espontáneo y natural de nuestra población. 



94 ENRIQUE JOSÉ VARONA 

Yo no conozco nada que sea más digno de meditación por par- 
te de los cubanos que este problema que aquí, rápidamente, plan- 
teo. Es necesario convencernos de que no basta desear que crezca 
la familia cubana, sino que es forzoso primero que podamos brindar 
beneficios, vida mejor y más elevada á los que vienen, y antes, — 
¿ por qué no ? — que obtengan beneficios y puedan mejorar y embelle- 
cer su vida los que j'a estamos aquí. 

Y á este problema primordial se une el otro, no menos impor- 
tante, de nuestra organización económica, aspecto de nuestra vida 
que tanto nos alucina cuando una ráfaga de prosperidad viene de 
remotas tierras á refrescar la nuestra caldeada. Nuestra organiza- 
ción económica no es buena; no es la que hace ni puede contribuir á 
que sea cada vez más fácil la vida de los habitantes de Cuba. Pero 
tampoco puedo entrar en este desenvolvimiento; básteme con decir 
que nosotros estamos condenados, por nuestra organización econó- 
mica actual, á importar todos nuestros consumos, y, lo que es más 
grave, todos los elementos de la vida civilizada, para el trabajo, pa- 
ra la comodidad del habitante, para la realización, en fin, de todos 
los fines sociales. Y que estos consumos los pagamos con materias 
primas, porque están en mantillas aún nuestras industrias. En es- 
tas condiciones, la mayor fuerza económica de nuestro país radica 
en los intermediarios, en una palabra, es la del comerciante; y to- 
dos sabemos que el comercio no está en las manos en que convenía 
que estuviese para el buen equilibrio de las fuerzas sociales. Dadas 
estas condiciones económicas, importaría muy mucho que el comer- 
cio atrajera en su mayor parte la actividad de los cubanos; mientras 
así no sea, nuestra posición económica envuelve un serio peligro 
para nosotros. 

Pero todavía hay otra tercera condición, — y ya veis que paso de- 
masiado rápidamente por este grave problema, — la de la cultura su- 
perior. Este es un aspecto no menos importante que los otros. — 
Pero j^o no entiendo por cultura superior únicamente la difusión de 
la ilustración, que ya es mucho; yo entiendo, sobre todo, la difusión 
de ese noble y alto sentimiento que eleva realmente al hombre á su 
verdadera dignidad; ese que hace que los conciudadanos se aproxi- 
men espontáneamente, y se unan por las ideas y por el corazón para 
una grande obra común. Y yo pregunto si la obra que estamoá 
realizando en estos momentos es obra de atracción y de concordia de 
cubanos, ó es obra de separación, que envuelve enormes y tremeu- 
dos peligros ! 



EL IMPERIALIS3I0 A LA LUZ DE LA SOCIOLOGÍA 95 

Por tanto, señoras y señores, si quereraos, como debemos, ser un 
pueblo fuerte, numeroso, progresivo y colocado muy alto en la esfe- 
ra de la cultura humana, es necesario que veamos bien la senda que 
seguimos; que no multipliquemos á placer las causas de discordia, y 
que procuremos, por una vez al menos, aprovechar las circunstan- 
cias favorables á nosotros que nos han permitido hacer este gran 
ensayo. Porque si perdemos esta oportunidad, — y yo no quisiera 
ser profeta de desgracias, — si perdemos esta grande oportunidad, 
quizás en un porvenir, no sé si remoto, pudiera ser muy tarde. Y 
entonces será en vano que, postrados y vencidos, nos levantemos á 
medias para increpar á los hados; porque lección bien sabida es ya 
que los pueblos son los que se labran su propio destino. 



bibliografía 

I. Museo y Biblioteca Pedagógicos de Montevideo: Ley de Jubila- 
ciones y Pensiones; Montevideo 1895, 1896. — Anales de Instrucción 
Primaría, 1905. Tipografía de la Escuela Nacional de Artes y 
Oficios. Montevideo. 

El Sr. Cónsul de la República del Uruguay ha tenido la bondad 
de enviarnos con destino á la biblioteca de la Revista, algunos li- 
bros y folletos más que los anotados. Preferimos ocuparnos de éstos, 
tanto en justa correspondencia á su fina atención, como por el asun- 
to que encierran, pues indudablemente, constituyen problemas de 
actual interés. 

Trata el primer opúsculo de la constitución de un Museo y Bi- 
blioteca Pedagógicos en la capital de la República del Uruguay. En 
comisión del Gobierno de esta rei3Ública, visitó el Sr. Gómez Rua- 
nes las naciones de Europa y á su regreso presentó el proyecto de 
crear dicha institución, la cual fué mandada á establecer por Decre- 
to del Ejecutivo de 5 de Enero de 1889, en nno de los edificios de 
propiedad nacional, situado en punto céntrico de aquella ciudad. 

Era una exposición permanente de libros, publicaciones y mate- 
rial de enseñanza primaria, con el objeto de dar á conocer los pro- 
gresos realizados en el país por el concurso oficial y la iniciativa 
privada y también los adelantos que en el extranjero fueran dignos 
de conocimiento y observación. 

Abierto al público el Museo y la Biblioteca diariamente, tenía 
una sala de conferencias destinada á celebrar actos, concursos y di- 
sertaciones de carácter pedagógico, cursos experimentales de edu- 
cación profesional y popular, al mismo tiempo que explicaciones 
teóricas y prácticas de su material de enseñanza. 

Con las obras repetidas de la Biblioteca, formóse una circulante 
destinada á facilitar publicaciones por medio de préstamos á domi- 
cilio, gratuitos, con devolución garantizada, á los profesores y alum- 
nos de las escuelas normales y públicas, y al personal docente ofi- 
cial en ejercicio activo. 

Habla el opúsculo que examinamos de una sección destinada á 
jardines de la infancia y trabajos manuales; en la primera se exhi- 
bía el material adoptado en las salas de los asilos y el que se aplica 



bibliografía 97 

á dichos jardines, así como los juegos, trabajos y ejercicios ejecuta- 
dos por los alumnos en estos planteles de enseñanza primaria; en 
la segunda, se exhibían los diagramas, construcciones, series de 
modelos, tipos de mesas, tornos, herramientas correspondientes al 
sloyd, en madera, de igual modo que todo lo concerniente á los tra- 
bajos manuales escolares en papel, cartón, alambre, paja, tierra, 
etc. Ejemplares de máquinas de coser, de escribir y de tejer, mate- 
riales y modelos para los trabajos de aguja, corte de vestidos; mues- 
trarios de economía doméstica y ejemplares de labores de mujer en 
la escuela primaria é instituciones especiales. 

Entre las exhibiciones de una sección enciclopédica existía una 
colección entomológica y mineralógica destinadas á servir de mo- 
delo, y á su lado, las hechas por los alumnos en sus excursiones 
escolares. 

En la sección de higiene de las escuelas, exponíanse las condi- 
ciones de los edificios destinados á la enseñanza primaria; salas de 
clases, pavimentos, paredes acústicas, cubicación, ventilación, cale- 
facción, iluminación natm-al y artificial, ventanas, puertas, escale- 
ras y demás objetos y detalles últimamente recomendados por la 
ciencia y la experiencia. El mobiliario de alumnos y profesores 
aparecía frente al antiguo para hacer resaltar los inconvenientes y 
defectos de éste. 

En la sección dedicada á educación física, exhibíanse aparatos 
generales de gimnástica, esgrima y ejercicios militares; láminas pa- 
ra ejercicios calisténicos; materiales y aparatos para ejercicios bajo 
techo y al aire libre y también destinados á paseos, excursiones y 
colonias escolares. 

La medicina en las escuelas tenía los modelos de registros y for- 
mularios adoptados por la inspección médico-escolar; modelos de 
botiquines; vacunación escolar; material de ambulancia destinado á 
instrucción de diversos medios de auxilio y ti'ansporte de un esco- 
lar en caso de accidente. 

El fin y los resultados prácticos de esta institución, sin duda 
útil y que prueba el grado de atención dedicado desde hace dos lus- 
tros en la República del Uruguaj^ á la buena y eficaz organización 
escolar, no lo sabemos, pues la fecha del opúsculo queda anotada 
en su pie de imprenta. De todos modos, merece señalarse como un 
esfuerzo previsor, ilustrado, en la historia del desarrollo pedagógico 
en aquella nación hermana. 

Nuestra opinión particular acerca de estos Museos se inclina á 



98 bibliografía 

procurar que cada escuela, por su propio edificio, su distribucióu 
interior, alrededores, mobiliario, constituya un museo vivo, un nú- 
cleo activo adecuado á las necesidades de cada localidad, urbana ó 
rural, donde el uso del material de enseñanza, sus manipulaciones 
y resultados sean, para maestros y discípulos, la más eficaz lección 
objetiva, beneficiando tanto á los diarios concurrentes, como al ob- 
servador y visitante. 

El otro opúsculo citado trata de asunto que, sin duda, nos exige 
alguna atención. Se refiere á la Ley de jubilaciones y pensiones del 
magisterio de aquella Kepública. El cúmplase lo lleva puesto al pie 
en Mayo 28 de 1896. 

Por esta ley se crea una caja escolar de jubilaciones y pensiones 
destinada á los maestros de ambos sexos, ayudantes, inspectores y 
otros funcionarios de la organización escolar. Está á cargo de la 
Dirección de Instrucción Pública y se forma con las asignaciones 
siguientes: entrega mensual del Estado del tres por ciento de los 
sueldos del personal docente de las escuelas primarias de toda la 
República; con el de las demás pei-sonas que tienen derecho á jubi- 
lación y pensión; con el cinco por ciento del impuesto de herencias 
y donaciones; con la diferencia del primer mes de sueldo, cuando 
pase á un destino mejor retribuido el funcionario; j con otras asig- 
naciones más de carácter secundario. 

La persona perteneciente al magisterio tiene derecho á jubila- 
ción á los veinticinco años de servicios y, si ha llegado á los cua- 
renta y cinco años de edad, si fuere mujer y á los cincuenta y cinco, 
si fuere hombre. Con treinta años de servicios, puede pedirse la ju- 
bilación á la edad de cincuenta años. 

El importe de ella no podrá exceder del sueldo íntegro del últi- 
mo empleo desempeñado. Una vez adquirido el derecho no se pierde 
sino por la muerte. La pensión da derecho á ser trasmitida á los 
herederos. La viuda y los hijos legítimos y solteros, hasta la ma- 
yor edad, de los que fallezcan desempeñando cargos en la instruc- 
ción pública primai-ia del Estado, tendrán derecho á una pensión 
igual á la mitad de la jubilación que hubiere correspondido á su 
causante, si en vez de fallecer se hubiese inutilizado para el público 
servicio. Estos accidentes tienen en la ley una cuota más reducida. 

No seguimos anotando los demás preceptos contenidos en los 
cinco capítulos de que consta y en sus 47 artículos. La considera- 
ción que al Estado merece ese ejército noble del magisterio, prepa- 



bibliografía 99 

rado siempre y siempre en acción para reñir diarias batallas contra 
las preocupaciones y la ignorancia á costa del vigor y la salud, que- 
da reconocida. 

Hallándonos en la ciudad de Saint Louis tuvimos ocasión de 
asistir á unas conferencias celebradas por los maestros de la Confe- 
deración Norte Americana, y donde se trataron, en sus distintas 
secciones, asuntos referentes á la buena y eficaz organización esco- 
lar. Por ellas supimos que era tema de discusión en aquellos mo- 
mentos, el derecho á jubilación de los maestros y sus pensiones. 
Citábase el caso de universidades principales de la República donde 
están reconocidos á sus Profesores estos derechos á la pensión, si la 
solicitaban, á los veinticinco años de servicios, pudiendo retirarse 
de éste con una igual á la que, como sueldo, le hubiera correspon- 
dido en su último cargo. 

Decíamos que es punto interesante y que debe ser objeto de es- 
tudio y atención, porque contribuiría á formar una buena, sólida y 
permanente organización escolar en nuestra República. El derecho 
á jubilación, y pensión en su caso, á los herederos, está justificado 
en el magisterio más que en otra ocupación social. El maestro apto, 
de vocación, que desempeña honradamente su tarea casi sacerdotal 
de formar el carácter, el corazón, la inteligencia de la juv^entud que 
la nación pone en sus manos y confía á su conciencia, y que, com- 
prendiendo la inmensa responsabilidad de esta sagrada misión, á 
ella se dedica por completo, no puede por menos que mirar, si al- 
guna vez mira y se preocupa de ello, con intranquilidad hacia el 
último período de su vida, cuando anciano, inútil, enfermo, no pue- 
de ser contratado, quizá más por su falta de vigor físico que por el 
estado de su mentalidad. Acaso extenderá su mirada con tristeza, 
en torno suyo, viendo en los puestos más altos y mejor retribuidos 
á los hombres influyentes en aquella sociedad y que él contribuyó á 
formar desde el rincón modesto y querido de las aulas escolares. 

Hay una tendencia altamente moralizadora en las leyes que 
conceden á los maestros estos derechos. La labor de la enseñanza 
está reñida con toda otra ocupación lucrativa: el maestro, escasa- 
mente retribuido, por otra parte, no puede ejecutar las virtudes del 
ahorro que él predica como elemento de formación y estabilidad de 
la riqueza nacional á sus alumnos; no puede procurarse una renta 
que le sustente en los años últimos de su vida. 

Nutriéndose el capital dedicado á jubilaciones y pensiones del 
magisterio de su propia savia, es decir, de parte alícuota, casi insig- 



100 bibliografía 

niñeante, de los haberes mensuales, no constituye una carga pa,ra el 
Estado, que sólo desempeña, en este caso, la función de un admi- 
nistrador solvente y previsor. 

Xo nos es posible entrar en detalles; sólo hemos querido sostener 
el principio y presentar una base de realización práctica que nos da 
la ley vigente en la Kepública del Uruguay. Toca á los que sientan 
interés ó pongan atención á este problema recoger un dato más á 
su favor. 

Remítenos también el citado diplomático, los Anales de Instruc- 
ción Primaria, tomo ii, n? 11, Revista bimestral, interesante, nutri- 
da de excelente material, que se publica, esmeradamente impresa, 
en entregas de 150 páginas. Acompáñanle los Programas escolares, pu- 
blicados por la Dirección General de Instrucción Pública y los de 
Exámenes y concursos. La extensión de la pi'esente nota sólo nos 

consiente 3''a dar las gracias al remitente. 

Dr. R. Meza. 



II. Enseñanza Gvica, por Lorenzo de Erbiti. Habana, 1905. 

El esfuerzo realizado por el Dr. Erbiti al publicar la obra que lleva 
por nombre el mencionado anteriormente, es digno de todo encomio, 
no sólo por la abnegación que demuestra su autor al publicar un libro 
sin esperanzas de recompensa pecuniaria, sino también porque esta 
publicación viene á llenar un vacío que se notaba en la enseñanza 
de esta asignatura desde que se incluyó por la Ley vigente en el pe- 
ríodo del bachillerato. Unos profesores limitan con exceso el con- 
tenido y extensión de la asignatura; otros le dan desmedido alcance, 
llegando á confundir sus límites con los del Derecho Político Com- 
parado. El Dr. Erbiti trata de señalar el alcance de la enseñanza 
cívica diciendo: que comprende el estudio de los derechos y obliga- 
ciones que en toda sociedad organizada políticamente corresponden 
al hombre como individuo y como ciudadano, partiendo del princi- 
pio de que la sociedad es un hecho natural y la existencia de ella 
una necesidad para el hombre, al cual deben darse los medios indis- 
pensables para propender al fin social, lo que no se haría si sólo tu- 
viera derechos ó deberes dependientes de la condición exclusiva de 
ciudadano. Determina el autor las relaciones de la enseñanza cívi- 
ca con la Sociología, el Derecho Político y el Derecho Administrati- 
vo, pasando luego á definir los verdaderos conceptos de Nación y 



bibliografía 101 

Estado, comprendiendo el carácter político de la primera y el origen 
y f o lernas del segundo. 

Fija de un modo acertadísimo la organización del Estado en las 
Constituciones, analizándola en los Estados Unidos, Alemania, 
Francia y Suiza. Se ocupa preferentemente de los fines que debe 
cumplir el Estado, juzgando con gran acierto las teorías socialistas 
é individualistas. El Gobierno y sus funciones, el Municipio y sus 
caracteres son también estudiados y dados á conocer á los alumnos en 
todos sus aspectos, terminando esta primera parte de la obra con un 
estudio metódico y científico de la libertad individual desde todos sus 
puntos de vista. En la parte segunda trata de los derechos 3^ deberes 
del ciudadano, empezando por el concepto de la Patria, que para el 
autor es el territorio al cual nos ligan lazos de afectos y de amor que 
no están determinados por el mero hecho del lugar de nuestro naci- 
miento. Esta definición, es, á nuestro juicio, muy acertada y hon- 
ra al que la da, pues demuestra tener ideas nobles y elevadas y que 
sus sentimientos son ajenos á mezquinos rencores. En el capítulo 
que trata de la libertad personal regula el derecho de propiedad de- 
terminando el origen de ésta y analizando las opiniones de Proudhon, 
Kant, Thiers y Víctor Cousin. Afirma que el trabajo es la activi- 
dad aplicada al servicio individual, y como consecuencia de esta de- 
finición, dice que la libertad del trabajo debe comprender la de 
indicar el instrumento, la forma, el tiempo y el lugar de éste, ya 
que hay que suponer una actitud igual en todos los hombres para 
aquellas determinaciones; pero limitando esa libertad á las faculta- 
tades que dependen de nuestras cualidades personales. Con espíritu 
serio y elevado juzga el autor la libertad de conciencia y de culto, 
la de palabra, reunión y asociación, terminando esta parte al exa- 
minar los límites de la libertad. El derecho y el deber del sufra- 
gio, las clases de éste, la igualdad y su concepto y los deberes del 
ciudadano están expuestos con claridad, llamándonos la atención la 
exactitud con que determina el concepto de la igualdad ante la Ley 
y la doctrina de la igualdad política; en este capítulo menciona las 
doctrinas de Aristóteles y Séneca en la Edad Antigua y las de Mon- 
tesquieu, Rousseau y Augusto Comte en los tiempos modernos. 

En la parte tercera de la obra, que pudiéramos llamar histórica, 
explica los orígenes del derecho público en la Isla de Cuba, empe- 
zando por un estudio ligero de la colonización en Cuba hasta que 
estalló la guerra de 1868. Su examen de las leyes de Indias es ele- 
vado é imparcial y hace justicia á los legisladores que se esforzaron 



i02 bibliografía 

por mejorar la triste condición de los colonos, si bien sus esfuerzos 
fueron inútiles, pues la nota característica del sistema colonial es- 
pañol es la proclamación teórica de la Ley para conculcarla sin 
reparo en la práctica, como afirmó el eximio Varona. Juzga 
con notable criterio y elevación de miras la situación política de 
Cuba, desde el Zanjón hasta Baire; mencionando con mucho acierto 
las causas de la insurrección de 1895. examina la Constitución Au- 
tonómica de 1897, la Intervención Americana en nuestros asuntos y 
su Gobierno Militar, y termina examinando y haciendo la exposi- 
ción crítica de la actual Constitución, obra de la Convención Consti- 
tuj-ente convocada por la Orden 301 de 25 de Julio de 1900. En 
varios apéndices inserta textualmente las bases del Partido Revolu- 
cionario Culjano. la Constitución de Jimaguayú y la de la Yaya y 
la Constitución Autonómica de 1897. Como se ve, por lo expuesto, 
la obra es de evidente utilidad para los profesores y alumnos de 
Enseñanza Cívica \ aun para los de Historia de América y Cuba, 
pues la Historia del Derecho Político Cubano es indispensable para 
el conocimiento exacto de las demás ramas de la Historia de Cuba. 
A los maestros de instrucción primaria del tercer grado en adelante 
del Curso de Estudios les será provechoso el conocer esa última 
parte del libro del Dr. Erbiti. Concluimos felicitando cordialmente 
al autor, laborioso alumno que fué de la antigua Facultad de Filo- 
sofía y Letras y Profesor distinguido en la actualidad del Instituto 
de 2^ Enseñanza de la Habana. 

Dr. a. Aragón. 



III. Curso de Psicología^ por Enrique José Varona. Haba- 
na, 1905. 

II sortit des sentiers battiis et de la vieille 
orniere de la routiae. 

J. M. Guardia. 

Refiriéndose, allá por el año de 1888, á la dirección filosófica que 
recibían los alumnos de nuestra Universidad, deploraba el Dr. Va- 
rona e¿ deleznable fundamento en que por entonces se asentaba la ense- 
ñanza, y el torcido rumbo que ésta señalaba á la juventud escolar. 

Aquella orientación por el ihistre escritor censurada, era, ade- 
más de incongruente con la concepción científica del siglo, opuesta 
á la tradición envidiable que, en cuanto á la Filosofía atañe, existió 



bibliografía 103 

en la isla desde los tiempos del padre Várela, ó acaso desde aquellos 
otros más apartados, de su maestro, el presbítero Caballero. 

Tal pudiera creerse que los disputadores en el vacio, á quieues alu- 
de Meuéudez Pelayo eu su Ciencia Espartóla, transpuestos los mares 
con el fardo pseudo-cieutífico de sus divagaciones metafísicas al 
hombro, habíau venido á continuar en la colonia desde su Cátedra 
universitaria, la vieja controversia que inspiró á Chamfort esta 
finísima ironía: «Je dirais volontiers des metaphysiciens ce que 
Scaliger disait des Basques: On dit qu'ils s'entendent, niais je ne 
crois rien«. 

]S^ se borró, por fortuna, toda traza del esfuerzo realizado en 
orden á la cultura filosófica de los cnbanos, por Várela 3' José de la 
Luz Caballero, y al que concurrieron en no escasa medida desde la 
propia Universidad los Dres. González del Valle y José Manuel 
Mestre, porque al iniciarse el período de decadencia que esterilizó 
la enseñanza oficial, reanudó la gloriosa cadena de los precedentes 
maestros, un pensador profundo y sólido, que por su vasta erudi- 
ción, y por el vuelo y amplitud de sus ideas, ensanchó los horizon- 
tes intelectuales del país. 

Este fecundo innovador que abrió anchas esclusas á la juventud, 
mostrándole los mares nunca d'antes navegados, por donde á la sazón 
se orientaban las ciencias filosóficas, formó su vigorosa personalidad 
intelectual, casi por partenogénesis, aprovechando los elementos 
dispersos que fuera del menguado círculo del saber oficial pudo en- 
contrar en la isla; y en el estudio y en la meditación, consumiendo 
una buena parte de su vida. 

A partir de este momento, las afirmaciones arbitrarias de una 
Metafísica absurda que llega á asegurar en su delirio, que los fenó- 
menos no j^uedejí ser objeto de la ciencia. ^ son victoriosamente rebati- 
das, y el movimiento filosófico extraoficial - se acentúa y vigoriza 
bajo la impulsión del Dr. Varona, que es el pensador á quien me 
refiero en los párrafos que anteceden. 

Ambas tendencias, la oficial y la extraoficial, vienen á reducirse 
á una sola cuando, confiada la dirección de las empobrecidas ener- 
gías de esta sociedad á hombres que con ella han vivido en contacto, 
se modifica el plan de estudios de la Universidad, y al culto exage- 
rado del principio de conservación, que sólo en la contemplación 

1 Dr. Teófilo Martínez Escobar.— Discurso inaugural del curso académico de 1879 á 1880. 

2 Dr. Aristides Mestre, Discurso de presentación en la investidura de Doctor en Filosoña y 
Letras del Sr. Juan M. Düiigo. Revista Cubana, tomo VIII, 1888. 



104 bibliografía 

del pasado se complace, sucede el espíritu moderno que dirige hacia 
el porvenir su mirada serena y transforma el presente por medio de 
atinadas evoluciones. 

Producto y exponente á la vez de esa nueva orientación científica 
de la Universidad es el primer fascículo que, de su Curso de Psico- 
logía, acaba de dar á la estampa el Dr. Varona. 

El primer problema que aborda el autor de este libro, después 
de haber expuesto con sobria y austera elegancia el objeto de la 
ciencia psicológica, es el de determinar el método que debemos em- 
plear en el estudio de los fenómenos mentales. 

El Dr. Varona, que, aunque conservando dentro de ella cierta 
autonomía mental que constituye su originalidad, es discípulo de la 
escuela asociacionista inglesa, recomienda, consecuente con esta 
filiación, la adopción de un método complejo, subjetivo-objetivo, 
equidistante del esplritualismo que sólo presta asentimiento al tes- 
timonio de la conciencia, y del materialismo que no concede eficacia 
ni valor científico á otro testimonio que al de la observación externa. 

Como cumple á quien escribe para adoctrinar á la juventud y 
ponerla en condiciones de poseer ciencia, amigue no construya teorías, 
el Dr. Varona, antes de llegar á la conclusión de que debemos restrin- 
gir á justos limites la introspección y ampliar el método fisiológico, convir- 
tiéndolo en una extensa investigación objetiva, hace la crítica de las 
doctrinas psicológicas espiritualista y materialista, con tan diáfana 
y severa precisión de lenguaje, que las páginas á ese intento dedi- 
cadas pueden diputarse por un acabado modelo de lo que debe ser 
la literatura didáctica. 

Una vez en posesión del método adecuado á las investigaciones 
que ha de proseguir, abre el autor ante nuestros ojos el maravilloso 
panorama del acto psíquico, y nos muestra bajo sus nombres res- 
pectivos, las fases sucesivas de su desenvolvimiento. 

Un estudio subsiguiente, del primer momento, ó sea de la sen- 
sación, cierra el interesante volumen, que no es sino el primer 
capítulo de los cuatro que han de integrar el curso completo de 
Psicología. 

Cuando, sobre la última página haya escrito el eminente profe- 
sor, su nombre consagrado por la fama, podrá sentirse satisfecho de 
haber iniciado en su país una gran renovación de los estudios filo- 
sóficos, y de haberlo dotado, además, de un admirable tratado de 
Psicología, acaso el mejor que exista en lengua castellana. 

Dk. S. Cuevas Zequeira, 



MISCELÁNEA 



El día 28 del mes actual se cumplen quince años de la muerte del 
Felipe Poey que fué egregio naturalista habanero, profesor de Zoología duran- 
te medio siglo en esta Universidad y autor de la notable Ictiología 
Cubana, aún inédita. 

La Revista aprovecha la ocasión del aniversario de su eterna despedida para 
estimular á los qne puedan entre nosotros hacer algo en pro de la publicación de 
la Ictiología y así salvar del polvo y del olvido á esa obra de inestimable valor 
científico. 

El sábado 13 del presente inicióse la tercera serie de las conferenciad 

Conferencias organizadas por la Facultad de Letras y Ciencias. La primera es-; 

tuvo á cargo del Profesor de Botánica Dr. Manuel Gómez de lá 

Maza. Trató en ella de las Formas interesantes del reino vegetal (con proyecciones), 

mereciendo nutridos aplausos de la numerosa y escogida concurrencia que asistió á 

escucharlo. 

El muy respetable Sr. Eector, que presidía el acto, pronunció al principio del 
mismo, las siguientes palabras, qne gustosos reproducimos: 

(I Si pudiera, señores, hacerse aplicación del ensañamiento á lo que es bueno y 
lo que es útil ; si fuera posible ensañarse en hacer lo bueno y t n hacer lo útil, cier- 
tamente que cabría decir de nuestra meritísima Facultad de Letras y Ciencias que 
ella procede, curso tras curso, de tal suerte, en su patriótica labor por el progreso 
de la cultura cubana: tanto es lo que se viene afanando, sin vacilaciones ni des- 
mayos, con celo siempre creciente, por aumentarla y difundirla. 

«Tenemos prueba de esto, y prueba plena, según la expresión de los juristas. 
Dígalo, si no, su afortunada Revista, que, desde el primero de sus números, se ha 
ganado, con toda justicia, entre propios y extraños, el unánime aplauso de las gen- 
tes entendidas, cuyo juicio imparcial le resulta, de todo en todo, favorable. Dígan- 
lo sus gestiones, siempre atinadas, con el noble propósito de hacer de la Escuela 
Práctica una escuela pública modelo. Díganlo las enseñanzas que, á diario, difun- 
den, desde la cátedra, sus ilustrados y competentes profesores. Díganlo, por fin, 
las luminosas conferencias que, desde el penúltimo año académico, viene dando en 
este sitio y que hoy reanuda con el entusiasmo de siempre. 

« Y por cierto, señores, que la naturaleza é importancia práctica de los temas 
que han de ser desarrollados en estas conferencias de la tercera serie, y las aptitudes 
y demás relevantes circunstancias que concurren en los catedráticos designados para 
pronunciarlas, nos prometen una temporada deliciosa, abundante en fructíferas en- 
señanzas. 

«Para que empiece desde luego la demostración de que promesa tal quedará 
debida y ampliamente cumplida, me complazco eo conceder la palabra, para que 
inicie las de la nueva serie, al Dr. Manuel Gómez de la Maza, titular de la cátedra 
de Botánica.» 

Las próximas conferencias están encomendadas á los Sres. Profesores Doctores 



106 JIISCELAXEA 

José M. Cuervo, S. Cuevas Zequeira. José Cadenas, Ezequiel García, Andrés 

Castellá, Antonio Eosell, Claudio Mimó, Francisco Henares y Jlanuel Valdés 

Kodríguez. 

Este notable centro suoerior de enseñanza, situado en la ciudad 
Universidad 

DE de Victoria, Australia, ha dirijiido al Rector déla nuestra la si- 

MELBOURNE guíente atenta invitación: « Universitas Melburniensis Universi- 

tati Habanensi. S. P. D. — Uniuersitati nostríe quinqnaginta iam annis peractis 

postquam primis discipulis Laúd, ut opinamur, inulta Minerua fores aperuit, ferias 

iubilasas auno próximo celebrare, atque cum Uniuersitates nobilissimas tum etiam 

singulos uiros, prsecipua scientiaj cuiusque ornamenta, in partem comiter et 

impense uocare constituimus. Scimus quidem quantum seu terree seu maris spa- 

tium a plerisque orbis terrarum partibus nos separet; s^jerare tamen audemus haud 

ingratum uobis fore aliquem doctum uirum adlegare qui uel a uobis profectus uel 

Ínter nostrates iam degens apud uos reprroseutet, queraque hospitio, pro eo ac 

possimus, libentissime accipiamus; oramus príeterea ut certiores nos faciatis quem 

adlegaueritis. Qusesi pro humanitate uestra faceré uolueritis, scitote nos in diem 

nicesimum quartum mensis Aprilis usque ad Kalendas Maias ferias indixisse. Da- 

¡bamus Melburnia die I™o Sept. M. C. M. V. — John Madden. Cancellarius. » 

Aparte de las publicaciones de que hemos hecho mención en otros 
. CUMPLIDAS nximeros de la Revista y que siguen recibiéndose, algunas más 

nos han visitado ]5or primera vez: de todas ellas daremos cuenta al 
terminar el presente volumen. Y al manifestar esto que prueba el aumento pro- 
gresivo de nuestro canje, asimismo dejamos consignado el hecho de que hombres 
distinguidos en las letras y en las ciencias nos siguen dando su espontánea impresión 
sobre la Revista, siempre en extremo favorable y que nos es grato apuntar por lo 
que significa para el prestigio de la Facultad á que pertenecemos. El Dr. Augusto 
Milón, ilustrado Secretario general de la Universidad de Santiago, Esixifia, dice en 
su carta al Dr. Evelio Rodríguez Lendián, que la Revista «es una publicación que 
honra á Vds. sobremanera y que demuestra cómo en los países dedicados al progre- 
so de una enseñanza científica, ésta se impone, revelando la brillante mentalidad 
de los autores de los trabajos Los problemas de la Enseñanza superior. La Biología 
y el problema de su enseñanza, etc.; con los más que avaloran aquel precioso li- 
bro». — "Wilhelm Meyer-Lübke, eminente profesor en Filología Romana en la 
Univei-sidad de Viena, Austria, y autor de la gran obra Gramática de las lenguas 
lomanas, al acu.sar recibo de la Revista dice al Dr. Juan M. Dihigo lo siguiente: 
« Felicito á Vd. y á su Universidad por la Revista que han fundado, la que será 
de gran provecho para el desarrollo de los estudios iiniversitarios en la América 
latina». — Y el erudito cubano Dr. José Ignacio Rodríguez, de cuya correcta pluma 
han salido en épocas diferentes la Vida de Luz Caballero y la Vida del Padre Várela, 
desde Wa.shington —donde á pesar de sus años se consagra aún con juvenil entusias- 
mo á sus dedicaciones favoritas, los trabajos biográficos — ha escrito al Dr. Arís- 
tides Mestre, esto sobre la Revista, que es ciertamente bien satisfactorio: « Es la 
más nítida y mejor presentadade cuantas publicaciones de este género he visto hasta 
ahora hechas en la Habana. No dudo que el contenido estará en perfecta correla- 
ción y armonía con el aspecto exterior; y no tardaré mucho en comprobarlo porque 
labe puesto á un lado, bien á la mano, para leerla en la primera oportunidad». Pos- 
teriormente (Enero 5, 1906) agrega: «Confirmo mi pareeer sobre la Ri:visTA. Es 
un trabajo que los honra á ustedes.» 



NOTICIAS OFICIALES 

NoMBRAJiiEXTO DE PROFESOR. — En la Sesión celebrada por la Facultad de 
Letras y Ciencias el 30 de Octubre de 1905, fué nombrado el Dr. Antonio Rosell 
Catedrático Auxiliar interino de la Escuela de Ciencias, encargado de la asignatu- 
ra de Química inorgánica. 

Beca de viaje. — En la misma sesión se adjudicó la Beca de viaje al alumno 
de la Escuela de Ingenieros, Sr. Francisco García y Alvarez Mendizábal. 

Ayudantes — En la sesión del 18 de Noviembre de 1905, fueron nombrados 
dos Ayudantes: el alumno Sr. José M. Garmendia para el Laboratorio de Mecáni- 
ca de la Escuela de Ingenieros, y el alumno Sr. Raúl Varona y Arango para el 
Museo de Historia Natural (Zoología) de la Escuela de Ciencia*. 

Propuestas. — En la mi.sma anterior reunión la Facultad acordó proponer al 
Dr. Luis Montano para que represente á la Universidad en el Congreso Antropoló- 
gico de Monaco; y al Dr. Santiago de la Huerta para que asista también en nombre 
de la Universidad, al que de Geología ha de celebrarse próximamente en la vecina 
ciudad de México. 

Sobre incompatibilidad. — Asimismo se resolvió en la mencionada sesión que 
no se considerasen en lo .sucesivo incompatibles las asignaturas de Mecánica y de 
Física (Escuela de Ciencias). 

Aumento de ejemplares. — Acordóse en esa sesión aumentar la tirada de la 
Revista desde este número de Enero á 1,000 ejemplares, dedicando á ello propor- 
cionalmente parte del material científico. 

Separación de Cursos.— Por unanimidad se acordó, en esa sesión del 18 
de Noviembre próximo pasado, separar el curso de Lingüística del de Filología; 
descansando esa resolución en la comunicación que á ese fin presentó el Dr. Juan 
M. Dihigo, Profesor de dicha cátedra, y que dice así: «Habana, Noviembre 18 de 
1905. — A la Facultad. — La Orden núm. 266, serie de 1900, que es nuestro actual 
plan de estudios, presenta la asignatura de Lingüística y Filología reducida á un 
solo curso, y como si ambas materias fuesen una misma co.sa y por lo tanto no de- 
biesen tener más que un solo examen final. Estudiado detenidamente el caso, 
apreciados los inconvenientes que tal unión reporta á los fines de la enseñanza, al 
extremo de resultar aprobados en Filología los que desarrollaron temas de Lin- 
güística y viceversa, — dada la libertad del alumno para elegir entre tres temas el 
que más le convenga, así como también el poco tiempo de que se dispone en un 
breve curso académico para el desarrollo completo de dos enseñanzas, tan distintas 
y tan extensas, como si fueran una sola, — oblígame todo ello á llamar la atención 
de la Facultad, acerca de la conveniencia de que sean separadas ambas materias 
con un curso cada una, ya que nuestro principal empeño debe ser que las discipli- 
nas á nuestro cargo qxieden bien explicadas. Para solicitar esto me fundo en las 
razones siguientes: 1^ No es posible en los tiempos actuales confundir la Ciencia 
del Lenguaje ó Lingüística, como otros la denominan, con la Filología; la una es 



108 NOTICIAS OFICIALES 

una ciencia natural tomo afirmaron Schleicher y sus secuaces, la otra es puramen- 
te histórica, como han sustentado Pezzi y Bonnet, y aun cuando entre ellas existe 
algo de común, que es la lengua, para la Lingüística es su único objeto como sim- 
ple manifestación del espíritu humano brindándole tanto interés el latín como el 
griego, el armenio como el albanés, mientras que es sólo una parte del objeto de la 
Filología, que á más del idioma considera la religión, el arte, la filosofía, la litera- 
tura y hasta como indica Pezzi los usos, instituciones, costumbres civiles, políticas 
y militares de lo? pueblos. — Todos los idiomas son del dominio de la Lingüística, 
aun los más incultos, hasta los dialectos no escritos, hasta el habla de los pescado- 
res de las islas Aleutinas por su filosofía y riqueza, mientras que la Filología sólo 
se concreta al estudio de los idiomas de aquellos pueblos que han tenido historia. 
La Lingüística se ocupa del sonido y de las formas; la segunda analiza con el ma- 
yor cuidado las funciones y la construcción, concentrando su interés en ciertos 
períodos de determinadas lenguas y en ciertos modos de hablarlas. Apóyase por 
último la Filología en la Crítica, pues no hallándose en inmediato contacto con la 
antigüedad, que es su verdadero objeto, está obligada á recurrir á la tradición so- 
metida á la voluntad humana que la Crítica depura, en tanto que la Lingüística 
se encuentra en relación bien inmediata con su solo objeto, la lengua ó lenguas. 
2? No es posible que comprendiendo la Lingüística el estudio de todo el lenguaje 
por sus causas, es decir, dándonos la Psicología, Fisiología y Física razón de la 
estructura, desenvolvimiento, origen, unidad, variedad y cambios de las lenguas, 
pueda hacerse una enseñanza completa de ella en un curso, de clase alterna, de 
siete meses, poco más ó menos, conjuntamente (íon aquella ciencia histórica que 
nos presenta en admirables agrupaciones sus diversas disciplinas: la Gramática con 
la Retórica y Poética, la Historia con las Antigüedades, la Historia del arte con la 
Historia literaria y el estudio crítico de los textos comprendiendo la Paleografía, 
la Crítica, la Hermenéutica y la Epigrafía en una civilización de tan excepcional 
importancia como lo fué la greco-romana. 3* En la autorización que concede la 
Orden núm. 266, serie de 1900, á la Facultad para regular libremente el orden d^ 
enseñanza de sus distintas Escuelas, distribuir y subdividir los cursos, proponer 
las reformas necesarias, ampliar los estudios y aumentar los cursos. Y 4? en el pre- 
cedente favorable, como resolución déla Secretaría de Instrucción Pública, acce- 
diendo á la petición que le fué hecha por la Facultad de Medicina y Farmacia 
sobre creación de una clínica anexa á la Cátedra de Anatomía Topográfica y de 
Operaciones, fundándose aquel Centro superior en los párrafos transcriptos de la 
citada Orden. — Por tanto, en mérito de las razonen alegadas, ruego á la Facultad 
acuerde solicitar de la Secretaría de Instrucción Pública, por el conducto reglamen- 
tario, sea separada la Lingüística de la Filología, teniendo cada una su curso, 
porque, como muy bien dijo nuestro distinguido compañero el Dr. Varona en su 
folleto Lm Reformas de la Enseñanza Superior sólo le correspodía en su plan indi- 
car direcciones que la experiencia hace modificar en este caso para bien de la 
enseñanza.» — Posteriormente (Nov. 19) la Secretaría de Instrucción Pública resol- 
vió aceptar la anterior propuesta, quedando separadas las asignaturas de la Cátedra 
C. de la E.scnela de Letras y Filosofía. 



3. ESCUELA DE PEDAGOGÍA. 

Psicología Pedagógica (i curso) -| 

Historia de la Pedagogía (I curso) I Profesor Dr. Esteban Borrero Eche 

Higiene Escolar ( i curso) > verna. 

Metología Pedagógica (2 cursos) ,, Dr. Manuel Valdés Rodrí- 

guez. 

Dibujo Lineal y Natural (2 cursos) ,, Dr. Pedro Córdova. 

El Profesor Auxiliar Dr. Ramón Meza está encargado de las Conferencias de esta 
Escuela. Agrupada la carrera de Pedagogía en tres cursos, comprende también asigna- 
turas que se estudian en otras Escuelas de la misma Facultad. 

4. ESCUELA DE INGENIEROS, ELECTRICISTAS Y ARQUITECTOS. 

Dibujo topográfico, estructural y arquitectónicos 

(2 cursos) >• Profesor Sr. Eugenio Rayneri. 

Estereotonn'a (i curso) f 

Geodesia y Topografía (i curso) \ 

Agrimensura (i curso) í 

Materiales de Construcción (i curso) 

Resistencia de Materiales. Estática Gráfica 

(i curso) 

Construcciones civiles y Sanitarias (i curso) . 

Hidromecánica (i curso) ■> 

Maquinaria (i curso) ( 

Ingeniería de Caminos (3 cursos: puentes, fe--> 

rrocarriles, calles y carreteras) j 

Enseñanza especial de la Electricidad (3 cursos) 
Arquitectura é Higiene de los Edificios ( i curso) 1 

Historia de la Arquitectura (i curso) ¡ 

Contratos, Presupuestos y Legislación especial | 

á la Ingeniería y Arquitectura ( i curso) . . j 

Esta Escuela comprende las carreras de Ingeniero Civil, Ingeniero Electrícista y 
Arquitecto; y son sus profesores Auxiliares: Dr. Andrés Castellá, Sr. J. M. Cuervo 
(Jefe del Laboratorio y Taller Eléctricos) y Sr. A. Fernández de Castro (Jefe del Labo- 
ratorio y Taller Mecánicos); con sus correspondientes ayudantes. En dicha Escuela se 
estudia la carrera de Maestro de Obras. 



Dr. Alejandro Ruiz Cadalso. 
Sr. Aurelio Sandoval. 

Sr. Eduardo Giberga. 

Dr. Luis de Arozarena. 
Sr. Ovidio Giberga. 

Dr. Antonio Espinal. 



5. ESCUELA DE AGRONOMÍA. 

Química industrial con Análisis (i curso) . . -j 

Fabricación del azúcar (i curso) j- Profesor Dr. Francisco Henares. 

Agronomía (i curso) \ 

Zootecnia (i curso) i ,, Sr. José Cadenas. 

Fitotecnia(i curso) , . . . ' 

Para los grados de Perito químico agrónomo y de Ligeniero Agrónomo, se exigen 
estudios que se cursan en otras Escuelas. 



En la Secretaría de la Facultad, abierta al público todos los días hábiles de 12 á 5 
de la tarde, se dan informes respecto á los detalles de la organización de sus diferentes 
Escuelas, distribución de los cursos en las carreras que se estudian, títulos, grados dis- 
posiciones reglamentarias, incorporación de títulos extranjeros, etc. 



La Revista de la Facultad de Letras y Ciencias será bimestral. 

Se solicita de las publicaciones literarias ó científicas que reciban la Revista, el canje co- 
rrespondiente; y de los Centros de instrucción ó Corporaciones á quienes se la remitamos, el 
envío de los periódicos, catálogos, etc., que publiquen: de ellos daremos cuenta en nuestra 
sección bibliográfica. 

Para todo lo concerniente á la Revista (administración, canje, remisión de obras, etc.) 
dirigirse al Sr. Secretario de la Facultad de Letras y Ciencias, Universidad de la Habana, Re- 
pública de Cuba. 



:n"0Tice 



The Revista de la Facultad de Letras v Cienxias, will be issued ever^- other 

month. 

We respectfully solicit the corresponding exchange, and ask the Centres of Instructton and 
Corporations receiving it, to kindly send periodicals, catalogues, etc., published by them. A 
detailed account of work thus received will be published in our bibliographical section. 

Address all Communications whether on business or othervvise, as also periodicals, printed 
matter, etc. to the Secretario de la Facultad de Letras y Ciencias, Universidad de la Habana, 
República de Cuba. 



La Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, paraítra chaqué deux viois. On 
demande l'échange des publications littéraires et scientifiques: il en sera fait un compte rendu 
dans notre partie bibliographique. 

Pour tout ce qui concerne la Revue tels que: administration, échanges, envoi d'ouvrages, 
etc., on est prié de s'adresser au Secretario de la Facultad de Letras y Ciencias, Universidad 
de la Habana, República de Cuba. 



VOL. II. 



UNIVERSIDAD DE LA HABANA. 



NuM. 2. 



REVISTA 



DE LA 



FACULTAD DE LETRAS Y CIENCIAS 

DIRECTOR: 
Dr. EVELIO RODRÍGUEZ LENDIAN, ' 

REDACTORES JEFES: 
Dr. ARISTIDES MESTRE. Dr. JUAN MIGUEL DIHIGO. 

COMITÉ DE REDACCIÓN: 

Dres. ENRIQUE J, VARONA, GUILLERMO DOMÍNGUEZ ROLDAN, M A NUEL VALDES 
RODRÍGUEZ, ESTEBAN BORRERO ECHEVERRÍA, SANTIAGO DE LA HUERTA, LUIS 
MONTANE, ALEJANDRO RUIZ CADALSO, AURELIO SANDOVAL, JOSÉ CADENAS y 
FRANCISCO HENARES, 



MARZO DE 1906. 



SUMARIO: 

-Dos MONUMENTOS DR LA ANTIGÜEDAD (con 4 grabados). Dr. R. Meza. 

-Formas INTERESANTES DEL Reino VEGETAL Dr. M. Gómez de la Maza. 

-Reparos etimológicos al Diccionario de la Academia 
Española. — Voces derivadas del griego. ( Cojitinuación) Dr. J. M. Dihigo. 

-Un éxito de la química industrial Dr. C. Theye. 

-Cuba Precolombina Dr. E.J. Varona. 

-Ingeniería y Matemáticas Sr. J. M. Cuervo. 

-La imitación como factor de defensa en el Reino ani- 
mal (con 7 grabados) Dr. A. Mestre. 

-Significación de la Escuela de Pedagogía en la Uni- 
versidad Dr. M. Valdés Rodríguez. 

-La instrucción publica en Cuba Dr. E. Barrero Echeverría. 

-La Evolución de la 5L\teria Dr. A. Rosell. 

-Nkí'rología: El Dr. Esteban Borrero Echeverría. 

-Miscelánea. — Congresos Antropológicos. — Donación de un 
Semi. 

-Noticias oficiales.— Prórroga.— Regalos.— Nombramien- 
tos. — Sobre Etimologías. 



imprenta "AVISADOR COMERCIAL' 

30, AMARGURA 30 

HABANA 



B 



ENSEÑANZA DE LA FACULTAD DE LETRAS Y OENOAS, 

T>ecano: Dr. Evelío Rodríguez Lendián. 
Secretario: Dr. Juan Miguel Dihigo. 

I. ESCUELA DE LETRAS Y FILOSOFÍA. 

Lengua y Literatura Latinas (3 cursos) .... Profesor Dr. Adolfo Aragón. 
Lengua y Literatura Griegas (3 cursos). ... ,, Dr. Juan F. de Albear. 

Lingüística ( i curso ) | ^^ Dr. Juan Miguel Dihigo. 

Filología ( I curso ) i 

Historia de la Literatura Española (i curso) . ■» t^ ^ -m ta - 

^^. . , , ,. , . , ■ Dr. Guillermo Domínguez 

Historia de las literaturas modernas extranjeras y t^ ,,. 

• , , I Roldan. 

(2 cursos) -' 

Historia de América (i curso) "i ,, Dr. Evelio Rodríguez Len- 

Historia moderna del resto del mundo (2 cursos) ) dián. 

Psicología (i curso) \ 

Filosofía iSIoral (i curso) \ ,, Dr. Enrique José Varona. 

Sociología (i curso) J 

Las conferencias semanales sobre Historia de la Filosofía y Literatura están á cargo 

de los Profesores Auxiliares Dres. Sergio Cuevas Zequeira y Ezequiel García Enseñat, 

respectivamente. 

2. ESCUELA DE CIENCL\S. 

Análisis matemático (2 cursos) Profesor Sr. José R. V'illalón. 

Trigonometría (i curso) \ 

Geometría superior y analítica (i curso). . . . >• ,, Dr. Claudio Mimó. 

Geometría descriptiva (i curso' J 

Mecánica racional (i curso) \ 

Astronomía (i curso) \ ,, Sr. Juan Orús. 

Cosmología (i curso) / 

Física: Termología y Acústica ( i curso) . . . ,, Dr. Nicasio Silverio (Auxiliar) 

Física: Óptica y Electrología (i curso). . . . -i ^ „,, . , r,- 

,, , . , -^ V ^ ^ ' ,, Dr. Plácido Biosca. 

Mecánica (i curso) j " 

Química inorgánica (i curso) ,, Dr. Antonio Rosell. 

Química orgánica (i curso) ) T-^^T- ^j au 

, ^,. . r / / y ,, Dr. G. Fernandez Abreu. ' 

Análisis químico fi curso) J 

Antropología (i curso) ,, Dr. Luis Montané. 

Biología (i curso) ■> , ... > 

VI'- .11/ \ y ,, Dr.ArístidesMestre (Auxiliar) 

Zoología invertebrados -(i curso) j 

Zoología vertebrados ( I curso). ....... ,, Dr. Carlos de la Torre. 

Botánica (2 cursos) ,, Dr. Manuel Gómez de la Maza 

Mineralogía y Cristalografía (i curso) . . . -i 

Geología (I curso) } " Dr. Santiago de la Huerta. 

Los profesores auxiliares de esta Escuela son: Dr. A. Mestre (Conservador del 
Museo de Zoología); Dt. V. Trelles (Jefe del Gabinete de Astronomía); Dr. N. Silverio 
(Jefe del Gabinete de Física); Dr. G. Fernández Abreu (Jefe del Laboratorio de 
Química); y Dr. J. Hortsmann (Director del Jardín Botánico). Estos diversos servicios 
tienen sus respectivos ayudantes. — El "Museo Antropológico Montané" tiene por Jefe 
al Profesor titular de la asignatura. 



I Ambos Profesores Auxiliares interinos sustituyen actualmente al titular Sr. Carlos Theye, 
en uso de licencia. 



Vol II. MARZO DE 1906 Núm. 2 



oo 



Revista 



DE LA 



Facultad de Letras y Ciencias 



DOS MONUMEÍs^TOS DE LA ANTIGÜEDAD 

(estudio históeico) 

por el dr. ramón meza y suárez ixclán 

Profeso)- de la Escuela de Pedagogía 

BOTÁNICA L 

I G^ROEJN. 

LAS PIRÁMIDES DE EGIPTO 

¿Quién no ha sentido alguna vez deseos v^ehementes de trasla- 
darse al poético país, lleno de exóticas bellezas naturales, en cuyo 
suelo se levantan monumentos asombrosos, con que nos han legado 
pueblos de remotísima antigüedad testimonio indestructible de sus 
grandezas, y también de sus tiranías, sufrimientos y miserias? 
i Adelantada civilización y gran cultura artística debió tener el pue- 
blo que ha sembrado el fecundo suelo de Egipto de ruinas que llenan 
de profunda admiración á las generaciones que han horadado el San 
Gotardo y el Genis, que han hecho surgir la Bélgica y Holanda de 
las aguas del océano, y que separan continentes rompiendo los istmos 
de Suez y Panamá! 

De todos los monumentos del Egipto, los que más llaman la 
<X> atención por la suma de esfuerzos necesarios para erigirlos en épo- 
CT; cas de mecánica rudimentaria, por la idea que simbolizan, por la 



rigidez de sus formas, por lo imponente é inmenso de sus moles, son 
las Pirámides, esas obras colosales contra las que poco ó nada ha 
podido, en el rodar de los siglos, la mano destructora del tiempo. 



lio EAMON MEZA 

¡El Egipto! ¡Las Pirámides! He ahí un país; he ahí unas 
obras por las que, seguramente, nos hemos sentido atraídos, intere- 
sados, alguna vez. El Egipto de suelo siempre florido, de valles 
maravillosamente fertilizados por el limo del Nilo y sembrados de 
olivos, granados, limoneros, sicómoros y datileros; de atmósfera se- 
ca, trasparente, perfumada por las flores de trébol, menúfares, lotos 
y nelumbios. cuyos aromas delicados hacía llegar el viejo Homero 
hasta las nubes blancas y nacaradas, mullido y voluptuoso lecho de 
los Dioses; aquel bello país donde habitaban los Faraones malos á 
quienes las sagradas escrituras nos enseñaron á aborrecer porque 
retenían cruelmente pueblos que no eran suyos sino de Dios; y los 
Faraones buenos, que bebían vinos exquisitos en las libaciones y 
banquetes presididos por ibis y buej^es de oro, vinos de que también 
gustaron en la góndola fastuosa, llena de esclavos etiopes, de músi- 
ca, de sedas, de plumas y de oro, Antonio, el César romano, entre 
los brazos mórbidos de la seductora Cleopatra, deslizándose como un 
ensueño de amor, por las aguas inmensas, verdes, tranquilas, del 
río sagrado, cuando el sol, á la caída de la tarde arrebolaba el cielo, 
marcando mucho la silueta elegante de solitarios datileros; ó cuan- 
do la luna, grande, limpia, como una gran hostia de plata, marcaba 
brillantemente los contornos de las agujas monolíticas, las mórbidas 
de las Esñnges misteriosas ó las interminables columnas prismáticas 
de los imponentes hipogeos; aquellos buenos Faraones que se rodea- 
ban de sabios, que protegían las ciencias 3" las artes, que soñaban lo 
que algún tiempo después debía acontecer en su reino; que gobernaban 
á sus pueblos rodeados de corte espléndida de guerreros, sacerdotes 
y esclavos, desde tronos lujosos de marfil incrustados de plata y de 
cobre y de oro, esmeraldas, amatistas, nácares, topacios y zafiros, 
medio embriagados por el humo de la mirra y del incienso quemado 
en trípodes de bronce, medio adormecidos por el suave ambiente 
que le proporcionaban los grandes abanicos movidos por las escla- 
vas esculturales de color de ébano, ornadas de pendientes y braza- 
letes de corales y de oro... ¡Las Pirámides! aquellas tres figuras 
geométricas, precedidas de la enorme cabeza de la esfinge, al lado 
de las cuales aparecen tamaño como hormigas hombres y camellos, 
y que tantas veces, al recorrer las páginas de los libros de nuestra 
enseñanza elemental, en los días lejanos y dulces de la escuela, he- 
mos visto dibujadas en ellas, embadurnadas por el lápiz de colores ó 
tosco pincel de nuestros compañeros de estudios. . . Todo esto ha 
impresionado nuestra imaginación, desde los bancos del colegio, 




LA ESFINGE. 




PIKAMIDE DE CHEüPS, 



DOS MONUMENTOS DE LA ANTIGÜEDAD 111 

dejando huellas profundas, indelebles, de tal suerte, que después, 
durante el curso de nuestra vida, aquel país, aquel río, aquellos pai- 
sajes extraños, exóticos, aquellos monumentos llenos de misterios 
y de sombras, nos atraen, nos interesan, por ellos sentimos marcada 
predilección. 

Notables historiadores y geógrafos antiguos y modernos, Hero- 
doto, Diodoro, Plinio, Estrabon, Müller, Cantu, Malte Brún, dedi- 
can importante litgar de sus obras para tratar de esos célebres 
monumentos conocidos por las Pirámides de Egipto, tumba de los 
reyes Cheops, Chefren y Micerino, según Herodoto; ó Chufu, Cha- 
ira y Menkera, más correcto, según los orientalistas. No pudieron 
elegir esos reyes nada que simbolizase mejor la idea de la perpetui- 
dad que sus pirámides de piedra; y nada tampoco que diera á los 
humanos una lección tan elocuente de lo que es el deseo de alcanzar 
fama y renombre por otros medios que no sean la virtud, la honra- 
dez y el ingenio. Si algo de asombroso hay en las pirámides está 
en ellas mismas, en su construcción paciente y colosal: nadie, al 
mirarlas, recordará al faraón orgulloso, que las levantó amasándo- 
las con sangre y lágrimas humanas; antes están, como para eclip- 
sarlas, las grandes manifestaciones de un pueblo de gloriosa é 
interesante historia, la más antigua de la tierra: la idea capital que 
llevaron los tiranos al erigir esas construcciones, ha quedado rele- 
gada á lugar muy secundario por su propia insignificancia. Sin pi- 
rámides, más duraderas serán las glorias de Sesostris y Ptolomeo. 

Es indudable que las Pirámides no fueron cárceles, ni templos 
destinados á ceremonias sombrías, ni mucho menos diques ó valla- 
dares protectores del valle del Nilo contra las arenas del desierto, 
como peregrinamente dijo Mr. de Persigny, sino mausoleos de los 
rej^es que les legaron sus nombres. Los egipcios tenían la costum- 
bre de sepultar sus muertos en las laderas de las montañas, en las 
cuales abrían largas galei'ías que conducían á salas de diversa cons- 
trucción y de menor ó maj^or capacidad, adornadas en su interior 
con geroglíficos, pinturas y relieves, tan acabados, que su mérito 
causa admiración al actual observador. En las salas más espaciosas, 
llamadas salas doradas ó de oro, encerraban los sarcófagos; y en 
las de menor dimensión colocaban alhajas, trofeos y otros objetos 
pertenecientes al difunto. Numerosas construcciones de éstas se 
encuentran por todo el Egipto y las riquezas halladas en ellas pare- 
cen indicar que fueron cementerios de los ciudadanos pertenecientes 
á las más elevadas castas en que se dividía la población. Y si gran 



112 RAMÓN MEZA 

número de ciudadanos eran sepultados en montón, en grupos, en el 
seno de las montañas, ¿cómo exti-añar que á algunos faraones, lle- 
nos de orgullo, se les ocurriese levantar montañas para ser sepulta- 
dos sin otra compañía que su desmedida vanidad postuma? 

En la gran Pií'ámide hay una abertura que está situada á alguna 
elevación sobre el suelo; esa abertura es la entrada de varias tene- 
brosas galerías, donde se respira aire enrarecido y se siente so- 
focante calor. Por las galerías, después de cruzar sobre abismos y 
orillar pozos de gran profundidad, se llega á dos salas; una llamada 
de la reina, que tiene cinco metros de largo, la misma anchura y 
seis metros de elevación; 3' la otra, llamada del rey, tiene diez 
metros y medio de largo, cinco de ancho y poco más de seis metros 
de altura. Según algunos autores, en el centro de una de las salas 
se encontró un sarcófago de granito, Y en el caso de no estar sufi- 
cientemente acreditado este hallazgo, según afirman otros, la cons- 
trucción interior de las Pirámides, esas galerías y esas salas, muy 
parecidas á las que se han encontrado en los hipogeos, que así se 
llaman las necrópolis edificadas en las laderas de las montañas, de- 
muestran que las Pirámides no son otra cosa que colosales mausoleos. 

Si lo interior de la más alta de las Pirámides, ó sea la del rej^ 
Cheops, llena de cierto religioso recogimiento por la lobreguez de sus 
estrechos é intrincados corredores y por sus hondas simas y profun- 
dos pozos, lo exterior admira por su imponente grandiosidad. Está 
situada esta Pirámide á poca distancia de las otras dos y todas en 
la parte occidental del Nilo, cerca de la ciudad de Gizeh, en el Bajo 
Egipto. Su base abarca una superficie cuadrada de más de doscien- 
tos treinta metros de lado y está asentada en una roca cuya altura 
es de treinta y dos metros sobre las aguas del Nilo cuando están 
más crecidas. Las dimensiones de las Pirámides han sido objeto 
de diversos cálculos. Un tanto exageradas, por los historiadores 
antiguos, quedaron algo más reducidas por los miembros de la co- 
misión científica que en su expedición á Egipto llevó Napoleón el 
Grande; pero no lo fueron hasta el extremo de quitar á la Gran Pirá- 
mide uno de los primeros lugares entre los edificios de piedra más 
altos del mundo. La elevación de la mayor de las Pirámides, según 
los eruditos de la Comisión, es de ciento cuarenta y cuatro metros. 
Doble altura que la de las torres de Nuestra Señora de Paris, en las 
cuales nos causa vértigos ver asomados, en los aleros que las cir- 
cundan, á Cuasimodo y al Arcediano, Dos metros más que la ele- 
vadísima torre de la Catedral de Strasburgo, en cuya cima se curó 



DOS M0NU3IENT0S DE LA ANTIGÜEDAD 113 

el insigne autor del Fausto de toda afección nerviosa. Diez metros 
menos que la fina aguja de la Catedral de Colonia, construida, ó 
mejor, terminada no hace mucho. 

Está construida la Pirámide de Cheops con una piedra caliza fá- 
cil de tallar, de color gris claro; supónese que debió estar revestida 
de placas de mármol ó de estuco. La mole de esta pirámide está 
calculada en más de setenta y seis millones de pies cúbicos y su pe- 
so en seis millones de toneladas. Fué construida nueve siglos antes 
de la era cristiana; y, según Herodoto, trabajaron en ella y por es- 
pacio de veinte años cien mil hombres; otros elevan el número de 
trabajadores hasta trescientos sesenta mil. 

La segunda Pirámide, llamada de Chefren, situada hacia el Oeste 
de la anterior, es un monumento interesantísimo, no tan sólo por 
su importancia arquitectónica é histórica, sino porque encierra da- 
tos con los cuales podría reconstruirse el sistema de medidas usado 
por los antiguos egipcios. Así como para los contemporáneos equi- 
vale el metro á la diezmillonésima ava parte de la mitad del meri- 
diano terrestre, un lado de la base de esta pirámide era la cabal 
medida del estadio egipcio, el cual representaba la quingentésima 
cuadragésima parte del grado de la eclíptica. Su largo era, en otra 
medida más usual, ciento seis toesas y dos tercios. El valor del 
grado de la eclíptica entre los egipcios era, según el historiador 
Müller, de cincuenta y siete mil setenta y cinco toesas. El lado de la 
base de la mayor de las Pirámides, multiplicado por quinientos, da 
el valor del grado de la eclíptica: y el mismo producto, el cubo del 
nilómetro multiplicado por doscientos mil. Y ante estas coinciden- 
cias misteriosas, cabalísticas, como todas las ceremonias y creencias 
del Egipto, duda el referido historiador de que las Pirámides hayan 
sido construidas con el único y exclusivo objeto de servir de sepul- 
cro á los reyes. 

La construcción de la Pirámide de Chefren es admirable; las pie- 
dras, por medio de ingeniosos cortes y sin el auxilio de argamasa, 
están trabadas perfectamente las unas con las otras; de esta suerte, 
no sólo el aire seco del Egipto, propio para la conservación de sus 
asombrosos monumentos, sino también la solidez que con semejante 
construcción se ha dado á esta pirámide, hace que no se halle tan 
deteriorada como las otras. Tiene de altura perpendicular ciento 
treinta y dos metros; y en su interior, un pozo de veinte metros de 
profundidad que conduce á una cámara sepulcral. 

La tercera pirámide, ó sea la de Micerino, sucesor de Cheops y 



114 RAMÓN MEZA 

Chefren, es mucho más pequeña que las dos anteriores, su altura es 
de cincuenta y tres metros. Si no toda, á lo menos su parte exte- 
rior, es de granito rosa. 

Y aquella gran cabeza que hemos visto en las láminas acompa- 
ñando á las Pirámides, es la de una esfinge situada á más de cuatro- 
cientos metros de ellas. Es un monumento monolítico, ó sea 
tallado en una sola pieza de piedra; su altura, desde el cuello á la 
parte superior de la cabeza, es de nueve metros. Asegúrase haber- 
se descubierto que esa cabeza no es más que una pequeña parte del 
monumento, pues el cuerpo de la esfinge, colocado, como todas, en 
actitud de reposo, es de cuarenta y cinco metros de largo y se halla 
sepultado bajo la arena. Creen algunos que la cabeza de la esfinge 
es el retrato de Thumosis IV, que vivió mil quinientos cuarenta 
años antes de la era cristiana, 3^ también que quizá fuese la entrada 
de una galería subterránea que conducía á la Pirámide de Chefren. 

Hay otras muchas construcciones de esta clase esparcidas por 
todo el Egipto; después de las ya descriptas, son célebres las Pirámi- 
des de Abukir, que si bien más pequeñas y de más tosca construc- 
ción que las de Gizeh, parecen haber sido levantadas en épocas más 
remotas. 

Muchos cálculos curiosísimos se han hecho, ora para poder dar 
una idea de la magnitud de las Pirámides, ó ya para lamentar que 
el vano orgullo de los Faraones haya consumido tantos materiales, 
recursos y brazos en unas obras erigidas para satisfacción de su in- 
mensa vanidad. Dice Volney, en sus Meditaciones, que con el tra- 
bajo, el tiempo y las piedras que empleó el rey Cheops, en la cons- 
trucción de su Pirámide, se hubiera podido construir una muralla 
que, cerrando el istmo de Suez, hubiera defendido el Egipto contra 
las invasiones de extranjeros enemigos. Tiene razón el profundo 
meditador; así se hubieran salvado los monumentos que encerraba 
el país de las Pirámides, de Tebas, de Memphis y de la célebre bi- 
]jlioteca de Alejandría; el país donde acudían en busca de instruc- 
ción los Anaxágoras, Homero, Licurgo, Thalés, Demócrito, Eudoxo, 
Platón, Solón: y en donde aprendió Moisés, el sabio legislador, que 
luego enseñó con diez sencillas máximas á su pueblo los principios 
de la más alta moral, la síntesis de la más recta filosofía, y enton- 
ces quizá hubiera emprendido la humanidad otro camino menos 
penoso hacia el progreso y la libertad. Según cálculo de Napoleón, 
la Pirámide de Cheops tiene un millón ciento veintiocho mil toesas 
cúbicas. Con las piedras que en su construcción se ha empleado 



bOS MONUMENTOS DE LA ANTIGÜEDAD 115 

podría hacerse una muralla de quinientas sesenta y tres leguas de 
largo y que tuviese una toesa de ancho por cuatro de altura. André 
Lefébre calcula que los materiales de dicha Pirámide alcanzarían 
para construir un muro de dos metros de grueso con el cual podría 
cii'cuuvalarse toda la Francia. Ese mismo muro, según Malte-Brún, 
podría tener treinta centímetros de ancho y tres metros de altura. 
Otro cálculo se ha hecho con respecto de las piedras de las tres Pi- 
rámides. Con las que forman la de Cheops podría construirse un 
muro de tres metros de altura, un tercio de metro de ancho y de 
doscientos sesenta y dos miriámetros de largo; con las de la Pirá- 
mide de Chefren, ó sea la segunda, uno de igual altura j grueso y 
de ciento ochenta y ocho miriámetros; y con las de Micerino, uno 
de diez y nueve. Si se quisiese construir un muro con las piedras 
de las tres Pirámides, podiúa alcanzar desde Alejandría hasta la 
costa de Guinea, que son mil cincuenta y cuatro leguas de distancia. 

Las perfectas junturas de los techos y paredes de las galerías y 
cámaras sepulcrales de las Pirámides, forman, en una de ellas, un 
foco acústico que repite la detonación de un arma de fuego hasta 
diez veces, y el ruido llega al exterior como los lejanos retumbos de 
un trueno. Hay otros ecos más notables que el célebre de las Pirá- 
mides: el del castillo de Simonetta, en Italia, multiplica las deto- 
naciones hasta cincuenta veces; y en Coblenza hay otro que repite 
diez y siete veces una misma palabra. 

Esas inmensas Pirámides de Gizeh fueron las que entusiasmaron 
al emperador Napoleón, que entonces se llamaba sencillamente el 
general Bonaparte, y motivaron una de aquellas frases con que tan 
hábilmente enardecía el valor de sus soldados y despertaba en su 
ánimo el deseo de honores y de gloria. Todos conocen ese episodio 
histórico. Era el 3 de mesidor del año 1798, al rayar el alba, en- 
tre la abundante neblina que como azulosa gasa cubría las llanuras 
de arena, descubrió el ejército francés, después de algunos días de 
fatigosa marcha, la caballería del ejército egipcio formada en larga 
línea de batalla; á alguna distancia, y sobre el fondo anaranjado y 
rosa del cielo, elevaban su silueta gris los elegantes y altos minare- 
tes del Cairo, y las cumbres de las grandes Pirámides estaban ilu- 
minadas por los débiles rayos del sol naciente. Dentro de pocos 
instantes debía comenzar el sangriento combate. Y Bonaparte, 
entusiasmado por el espectáculo que á su admiración se ofi-ecía, pa- 
só galopando por delante de las apretadas filas de sus soldados y en 
uno de aquellos momentos de inspiración, destellos de su genio de 



Il6 RAMÓN MEZA 

guerrero, señalando las Pirámides exclamó: ¡ Soldados; desde esas 
altas cimas, cuarenta siglos os contemplan ! 

¡ También sirvieron esta vez las Pirámides para colmar las 
ambiciones de un tirano ! 

Tales son esos colosales monumentos. Pero por mucho que la 
imaginación se esfuerce, parece imposible que pueda llegar á tener 
una idea perfecta, ó siquiera aproximada, del encanto que debe pro- 
porcionar al viajero la vista de las Pirámides, de esos verdaderos 
montes de piedra que admira orgullosamente el hombre como obra 
suya. Mas ¡cuántos sufrimientos no habrá costado el erigirlas; 
cuántas lágrimas amargas no habrá depositadas entre piedra y pie- 
dra; cuántos suspiros por la patria lejana, cuánto sollozo por los 
padres ó la adorada, perdidos para siempre, no se habrá ahogado 
bajo aquellas sombrías bóvedas! ¡Duermen sepultados bajo el pol- 
vo de más de cinco mil años sus infelices constructores; vanidad y 
miseria, todo pasó: sólo quedan en pie, desafiando los siglos, esos 
grandes monumentos ! Admirémoslos, aunque sea desde tan lejos; y 
envidiemos á los que han visto destacarse alguna vez la triangular y 
negra silueta de las pirámides sobre el fondo azul profundo sembrado 
de estrellas que brillan mucho en medio de la noche seca, silenciosa, 
pura, sin nubes, embalsamada por el ambiente de menúfares y lotos 
cujeas flores estallan en el ancho Nilo; envidiemos á los que han podido 
ver la elevada mole gris de esos enormes obeliscos sobre la recta línea 
que en el lejano horizonte forman los dilatados desiertos de arena, 
sólo rota por grupos de altos datileros ó el lomo de los camellos de 
la caravana que se aleja á la hora en que los crepúsculos tiñen el 
cielo de tintes anaranjados tan brillantes cual si fueran de oro. 

II 

EL COLISEO DE ROMA 

i Qué emoción tan intensa no deberá también despertar en el 
ánimo la contemplación de cualquiera de esos soberbios monumen- 
tos que, como los que alzan aún sus ruinas entre las palmeras y 
menúfares de las orillas fértiles del histórico Nilo, las levantan orgu- 
llosos cerca de las lagunas pontinas, entre la hojarasca verde oscu- 
ra de los olivares del Tíber, para atestiguar las grandezas del pueblo 
que paseó sus legiones triunfadoras por el orbe, que ató al carro de 
sus osados guerreros tantas coronas, que mantuvo durante tantos 
siglos, bajo su fuerte cetro, todas las naciones de la tierra; y que 








EL COLISKO PE TxOMA .-■ Vista oxtciior. 




EL COLISEO DE KoiMA. — Vista interior, 



DOS MONUMENTOS DÉ LA ANTIGÜEDAD 117 

luego, en las épocas de su decadencia, envilecido, ciego, quiso en- 
contrar en bárbaros y crueles espectáculos la energía y el valor que 
en los días de triunfos y de gloria sólo pudieron darle sus preclaras 
y magnánimas virtudes ! 

India, China, Persia, Asiría, Egipto, Grecia y Judea, semejan 
como grandes estaciones en que detuvo su marcha secular la civili- 
zación. Obras monumentales en ciencias, en artes, en literatura, 
son como indelebles huellas que en su camino hacia la perfección ha 
ido dejando marcadas la humanidad en esos pueblos. Y esas obras 
y esos monumentos tomaron mayor esplendor en Roma, que pareció 
surgir para alentar en su seno todos los progresos, imprimirles el 
sello de su espíritu expansivo, grandioso, y trasmitirlos á las na- 
ciones modernas. 

Ahí está su interesante y gloriosa historia, fuente de severísima 
lección y de altos ejemplos para las naciones; ahí están sus leyes, 
cuyos títulos casi literalmente ocupan las páginas de los modernos 
códigos y cuj^a clasificación y plan distiñbutivo hubo de trazar Justi- 
niano; ahí están sus asombrosas obras de arte, sus templos, termas, 
circos, puentes, acueductos, teatros, calzadas, panteones, y tantos 
otros edificios y obras, grandes, inmensos, sólidos, majestuosos, co- 
mo cumplía á la ornamentación de la ciudad eterna. 

Los edificios ruinosos de la antigua Roma que aún asoman sus 
cúpulas de piedra, sus capiteles, sus rotas columnas por entre las 
fábricas de la Roma moderna, deben estar dotados de extraña elo- 
cuencia. ¡ Cuántos recuerdos no se agolparán presurosa y viva- 
mente á la memoria, en presencia de esas termas consagradas casi 
por completo á la molicie; los del Panteón, que bajo su vasta y ad- 
mirable bóveda, genial y atrevida obra de ingeniería, cobijaba todos 
los dioses; los del Foro, donde resonó la voz hermosamente viril del 
más grande de los oradores; los del arco y la columna de Trajauo, 
edificios reputados como modelos en su género y que nos recuerdan 
épocas de tregua á la corrupción y vicio que fueron sumiendo en el 
lodo al trono, al senado, al pueblo, á la milicia; y todo ese grupo 
de magnas construcciones, en fin, testigos mudos é inconmovibles 
de tantas inhumanas y sangrientas escenas, de tanto cruento sacri- 
ficio como mancharon las calles de aquella gi'an ciudad; pero tam- 
bién testigos de tantas acciones nobles y heroicas, de tantos gloriosos 
ejemplos con que la historia de Roma nos asombra y nos seduce! 

Uno de los edificios que, sin duda alguna, más recuerdos habrá 
de despertar, que más animadas escenas habrá de traer á la memo- 



118 RAMÓN MEZA 

ria del que pise sus arenas, descanse en sus derribadas gradas ó to- 
que sus agrietadas paredes, es el Coliseo de Roma. Sus imponentes 
ruinas, ya descritas con envidiable gallardía por Chateaubriand, 
Mad Staél, Goethe, Eeynaud, Castelar y otros célebres autores, no 
pueden contemplarse sin que la fantasía complete la parte destruida 
de él, pueble sus vacías gradas de miles de espectadores, sus som- 
bríos, húmedos, infectos y silenciosos sótanos de centenares de 
fieras, sin que la imaginación, en raudo viaje al través de los siglos, 
nos ti-aslade á los últimos y penosos tiempos de aquel vasto impe- 
rio, cuj'os límites eran los mismos que al orbe se conocían. 

Antes de que se fabricase el anfiteatro ó circo Flaviano, que por 
sus grandes dimensiones llamó el pueblo Colosseuvi, esto es, colosal, 
había en Roma otros circos y anfiteatros, de los cuales sólo quedan 
recuerdos históricos ó insignificantes restos. El primer circo fué 
levantado en tiempos de Tarquino; los cesares dotaron la ciudad de 
otros muchos; y en ellos se dieron memorables fiestas. Mételo 
dispuso que se condujeran al circo cincuenta elefantes que fue- 
ron muertos á flechazos por los espectadores. Sila y Escauro 
acordaron llevar otras fieras al anfiteatro. Pompeyo hizo apa- 
recer en un solo espectáculo seiscientos leones. Augusto dio 
otro en que aparecieron más de cuarenta panteras. Julio César 
presentó en las fiestas cuatrocientos leones; hizo combatir cuarenta 
elefantes con quinientos soldados de á pie, y luego con quinientos 
ginetes. En el circo Flaminio lucharon treinta y seis cocodrilos. 
Mas todos estos circos, todas estas fiestas quedaron eclipsadas por 
la magnificencia desplegada en la construcción del gran circo, el 
Coliseo, y por los espectáculos que en sus arenas se dieron. 

Según algunos reputados autores, los cimientos del Coliseo fue- 
ron echados en tiempos del emperador Vespasiano; y Tito, su hijo 
y sucesor en el trono, terminó el edificio empleando en su construc- 
ción los esclavos judíos que trajo á Roma de la toma y destrucción 
de Jerusalem, acaecida en el año sesenta después de Jesucristo. 

El Coliseo, de construcción maciza, fuerte, sólida, como para que 
resistiese el embate de los siglos, formaba una elipse cuya periferia 
exterior abarcaba un espacio de doscientos treinta y nueve metros. 
La forma oval de los circos tenía, sin duda, por objeto, facilitar las 
carreras de carros y caballos. La arena ó circo del Coliseo tenía 
ochenta metros de longitud por cuarenta y seis de ancho: el espacio 
que ocupaban las cuarenta filas de asientos, donde se sentaban los 
espectadores, era de cincuenta metros; de suerte que el eje mayor 



DOS MONUMENTOS DE LA ANTIGÜEDAD 119 

de la enorme elipse tendría cerca de ciento cuarenta metros, y el 
menor, cerca de cien. Des grandes entradas colocadas hacia las 
extremidades del eje mayor del óvalo, daban paso á la arena: una 
denominábase la Puerta sanitaria; por ella entraban los robustos, los 
hercúleos gladiadores, rebosantes de fuerza, de juventud, de vida, 
los dorados carros, los ataviados ginetes, los fogosos tríos, parejas 
y cuadrigas de caballos ; y la otra puerta, la llamada Puerta mortuo- 
ria, servía para la salida de las víctimas, de los vencidos, de los 
despojos de hombres y de animales, que de la vida ala muerte atroz 
solamente encontraron la corta distancia que separaba las dos puer- 
tas, ante el corazón endurecido de un populacho ávido de ferocida- 
des y de sangre. 

El aspecto exterior del Coliseo debió ser grandioso, y decimos 
debió ser, porque mucho lo han maltratado, más que las inclemen- 
cias del tiempo, la codicia y la ignorancia de los hombres. El mo- 
numento aparecía dividido por el exterior en cuatro pisos, que se 
elevaban hasta la altura de cincuenta metros. Los tres primeros 
los formaban arcadas de ochenta columnas y de distintos órdenes 
arquitectónicos: el primero pertenecía al orden dórico, el segundo al 
jónico y el tercero al corintio: el cuarto piso, de orden corintio tam- 
bién, no tenía arcos, sino pilares embutidos en el muro, en el cual 
se abrían pequeñas ventanas rectangulares. Una bella cornisa ro- 
deaba la parte superior. 

En el gran espacio que qu.edaba entre las gradas de lo interior 
del Coliseo y las arcadas de su parte exterior, había hermosas gale- 
rías circulares ornadas con pequeños obeliscos, columnas, inscripcio- 
nes, trofeos, estatuas y esfinges traídas de Grecia y de Egipto. 
Estas galerías y sus pasadizos estaban dispuestos de suerte que los 
espectadores pudieran llegar cómoda y ordenadamente hasta las hi- 
leras de gradas que por su categoría les correspondiese. 

A trechos, apoyados en la cornisa superior, había unos sostenes 
de bronce destinados á sujetar grandes lienzos pintados á veces de 
color purpúreo ó rociados de polvos de oro, y que servían para res- 
guardar á los espectadores del sol y de la lluvia. 

Debajo del edificio abríanse sótanos y subterráneos vastísimos, 
en donde, como en infernales antros, estaban enjauladas centenares 
de hambrientas fieras que conmovían los ámbitos de piedra con sus 
aterradores rugidos. En los días de fiestas salían por escotillón á 
la arena las feroces bestias para despedazarse unas á otras ó clavar 
sus colmillos y garras en la carne de los infelices esclavos que dé- 



láO RAMÓN MEZA 

bilmeute armados luchaban con ellas, ó bien para despedazar y de- 
vorar á los cristianos que atados con frecuencia de pies y manos ó 
á fuertes postes, no podían oponerles la menor resistencia. 

El origen de las fiestas que tenían lugar en los circos y á que tan 
aficionados se mestizaban los romanos, seguramente ^que se hallará 
en las fiestas y espectáculos análogos que celebraban los griegos 
desde los primitivos tiempos de su historia. Homero, el simbólico 
Homero, en diversos pasajes del más hermoso de los poemas, nos 
describe minuciosa y admirablemente los juegos que se celebraban 
en los estadios. Cuando se leen esos pasajes de la I liada, tal pare- 
ce que se tienen ante la vista aquellos valerosos y tenaces soldados 
del ejército aquivo, vestidos con sus brillantes armaduras de acero, 
que heridas por el sol resplandecen, sentados en la verde yerba de 
un hermoso valle y en orden circular, dejando en el centro ancho 
espacio para las carreras de caballos, las de hombres, los pugilatos, 
las luchas, los alardes de fuerza ó la habilidad en disparar saetas ó 
arrojar las lanzas, picas y discos, juegos todos en que se disputaban 
el premio del vencimiento los más decididos campeones. Tal pare- 
ce que se ven puestos en línea aquellos toscos y pesados carros, los 
enjaezados bridones que tascan el duro freno y piafan de impacien- 
cia, los conductores en sus puestos, de pie sobre el carro, arreglando 
las bridas, empuñando el látigo; que luego, á una señal, comienza 
la veloz carrera entre las nubes de polvo que levantan las ruedas 
de los carros y los pies de los caballos, entre los gritos excitantes 
de los aurigas, los restallidos de los látigos, las túnicas que ondu- 
lan y flamean al viento que la velocidad aumenta, ejes que rechinan, 
ruedas que se quiebran, carros que chocan entre sí y que se despe- 
dazan y vuelcan; y, por fin, uno que logra alcanzar primero la leja- 
na meta y retorna orgulloso, y mientras recibe los atronadores 
aplausos y entusiastas aclamaciones del pueblo va á recoger el dis- 
putado premio, la corona de oro con ramos de mirto y de laurel 
entrelazados. Tal parece que se ven pisando el estadio aquellos 
corpulentos atletas, casi desnudos, hinchados sus músculos, tendo- 
nes y venas, untados sus robustos brazos, muslos y tórax de oloroso 
aceite para evitar que el contrario haga en ellos fácil presa, que 
luego enlazan sus manos, tuercen sus brazos, luchan, se atraen, se 
repelen, se derriban y se vencen, en tanto los espectadores, que 
mudos, silenciosos, embargados por la emoción, estuvieron contem- 
plando la titánica pelea y siguiendo con creciente avidez sus más 
insignificantes peripecias, prorrumpen en ruidosas demostraciones 



DOS MOmiMENTOS DE LÁ ANTIGÜEDAD 121 

de aprobación. Y luego entran en la arena otros campeones más 
fuertes, más hercúleos, los cuales se disputan el arrojar á distancia 
enormes pesos que al caer en el suelo producen sordo rumor y le 
conmueven. Tras éstos los que con tino admirable disparan las 
saetas, y aciertan desde gran distancia á clavarlas en el elevado 
blanco. Y los que cubiertos de pesadas y dobles armaduras de 
acero, combaten con lanzas que una vez arrojadas zumban sinies- 
tramente por el aire, traspasan las metálicas planchas superpues- 
tas de los escudos y armaduras y hunden la punta en la carne de 
los combatientes, penetrando traidoras por los resquicios de las pie- 
zas, produciendo ancha y mortal herida, ó que, esquivadas hábil- 
mente, van á clavarse en la arena, vibrando allí sonoras largo rato. 

Pasados los siglos, los estadios griegos volviéronse circos, anfi- 
teatros y coliseos romanos: aquellas luchas en que voluntariamente 
tomaban parte para adiestrarse en el arte de la guerra los más va- 
lerosos jefes y principes de los ejércitos griegos, tornáronse san- 
grientos y feroces espectáculos: aquellos juegos que servían para 
templar el ánimo del soldado y vigorizar su cuerpo, para educar jó- 
venes, enseñándoles á amar las acciones heroicas que engrandecen 
la patria, á estimularles sus deseos de conseguir premios, honores y 
triunfos discernidos por sus conciudadanos, iban á degenerar en 
viles escenas que daban pábulo á los malos instintos de los que las 
presenciaban, embotaban los más nobles sentimientos y endurecían 
el corazón con atroz crueldad. Las fiestas del Coliseo fueron el 
pasto que los Césares daban al pueblo romano para ahogar sus más 
dignas aspiraciones, adormecer y disipar las virtudes que le habían 
adornado en otros tiempos y conducirlo, con tan depravados me- 
dios, subyugado ignominiosamente, por el camino de su perdición 
y de su total ruina. 

Ah ! ya por los días en que se levantaba el Coliseo, sólo podía 
servir esa maravillosa obra del arte arquitectónico para dar maj^or 
incremento á la corrupción del pueblo romano que, olvidando los 
sacrosantos deberes de la patria y del honor, sólo atinaba á mendi- 
gar, con balbuciente labio, del amo, del César, pan y juegos. Tristes 
son estos días de la historia de Roma, de este pueblo heroico, gran- 
de, y no pueden recordarse sin pesar. Aquella milicia, disciplina- 
da, sobria, valiente, compuesta de todos los ciudadanos jóvenes, sin 
más excepción que la del mendigo; aquellas legiones irresistibles que 
peleaban, no por el botín, por el salario ó la sonrisa de aprobación 
de su jefe, sino por el engrandecimiento y gloria de la nación, esta- 



122 RAMÓN MEZA 

ban afeminadas por la ociosidad y la vida muelle y engreída por 
sus odiosos privilegios; y el pueblo, separado de la milicia, envile- 
cido, dominado y temeroso de la arrogancia del soldado: era nece- 
sario, según bárbara y extraña filosofía, que templase su valor y se 
acostumbrase á las escenas de la guerra, contemplando horribles 
espectáculos, que se daban en el circo, esto es, lejos del campo de 
batalla, donde estaban el heroísmo, la virtud y la gloria. 

Por esto se alzó un anfiteatro colosal, capaz de contener en sus 
asientos crecido número de ciudadanos y espacio holgado en sus 
arenas para inmolar crecido número de víctimas. 

Pero olvidémonos por un instante de estas consideraciones ense- 
ñadas por la elocuente é imperecedera voz de la historia; reconstru- 
yamos la parte derruida del Coliseo; cavemos sus cegados canales y 
sótanos; alcemos del polvo las ruinas de la antigua Roma para tras- 
ladarnos luego, en alas de nuestra imaginación y á través de los 
diez y nueve siglos que de tales tiempos nos separan, á aquella gran 
ciudad. 

Es día en que se celebran fiestas en el Coliseo. El sol comienza 
á alzarse tras una de las colinas de la ciudad iluminando el remate 
de los altos obeliscos y pirámides; y la soberbia cúpula del Panteón, 
cubierta de placas metálicas, lanza brillo deslumbrador. Los son- 
rosados rajaos del astro dibujan en el suelo las rígidas formas de las 
columnas de los pórticos, ornadas de estatuas de bronce y de mármol, 
y penetran por las abiertas ventanas de las altas y aisladas casas de 
cinco ó seis pisos donde reposan en sus lechos de pieles de tigre y de 
gamuza bajo doseles de damasco ribeteados de oro, los nobles, los 
patricios. La niebla cubre como denso velo de tinte azul el vasto 
Campo de Marte, los poblados jardines que rodean la ciudad con sus 
escalinatas y balaustradas de mármol cubiertas en parte por las lia- 
nas y dominadas por los surtidores de las fuentes que nutren los 
lagos donde nadan y se solazan los cisnes y los gansos; y marca el 
tortuoso curso del Tíber que se pierde á lo lejos esfumándose en las 
lagunas pontinas. Las yerbas de las campiñas están empapadas de 
rocío; y la mirra, y el aloe, y el incienso, y el mirto y el laurel, con 
otras plantas exóticas traídas del oriente, esparcen grato olor. 

Por las anchas calzadas romanas, que desde los más lejanos te- 
ri'itorios venían, como las arterias al (íorazón, á anudarse en la capi- 
tal soberbia, la vía Cassia, la vía Clodia, la vía Flaminia, la vía 
Appia, la vía Salaria, para enviar las legiones, los carros y los 
ecuestres á los extremos de aquel vasto organismo, discurren aquel 



DOS M0NÜ3IENT0S DE LA ANTIGÜEDAD 123 

día, los hombres del pueblo con sus túnicas de variados colores; los 
soldados con sus cascos, prolongadas cimeras, y la espada ancha y 
corta al cinto; las vestales cubiertas de albos lienzos; los senadores 
con su larga y blanca barba y sus amplias togas; los nobles con sus 
cabellos perfumados y recogidos por aros de oro, sus dedos repletos 
de anillos donde chispean piedras preciosas y sus túnicas abrochadas 
sobre el pecho con magníficos botones; las matronas romanas, bellas, 
hermosas, sentadas en sus lujosas literas, hundidas entre plumas, 
sedas y almohadones, muestran sus formas mórbidas y cutis sonro- 
sado á través de las gasas ligerísimas que las cubren: todos se diri- 
gen alegres, presurosos al vasto anfiteatro: entran bajo los pórticos, 
penetran por las sesenta puertas que conducen á lo interior, recorren 
las anchas galerías, suben las gradas cubiertas de pórfidos, ágatas y 
mármoles bruñidos y aguardan impacientes que comience el impo- 
nente espectáculo. 

En las primeras gradas van sentándose los embajadores, magis- 
trados, senadores y vestales; en las hileras de las segundas los pa- 
tricios; tras éstos los padres que han tenido cierto número de hijos; 
en las gradas superiores, separadas de las demás por un muro en el 
que se abren varias puertas y adornado de columnas, nichos y pe- 
dazos de alabastros, pórfidos y jaspes, se sientan los soldados y el 
pueblo; y allá en las últimas gradas, bajo el pórtico y el toldo que 
rodean la parte superior del circo, están las mujeres, las madres, las 
matronas romanas, agrupadas en conjunto hermoso, animándolo 
todo con sus miradas, sus sonrisas y los grandes abanicos de plumas 
de avestruz y pavo real con láminas de estaño y sostenes de marfil. 

Poco á poco se va llenando el circo: cerca de ochenta mil espec- 
tadores cubren sus marmóreas gradas. El sol derrama su luz ilu- 
minando una parte del trecho que forma la enorme elipse, dejando 
en sombra la otra; y en el lado bañado de luz despiden saetas lumi- 
nosas los cascos y corazas de acero, las cimeras de oro y reciben 
brillo los colores de las túnicas, las estatuas de bronce y de mármol, 
los pórfidos, los jaspes; y tamizándose la claridad por el toldo de 
lino tenido de púrpura que alambres de bronce mantienen en lo 
alto, realza el bello rostro y los hombros y brazos esculturales de las 
arrogantes mujeres romanas. La brisa esparce por el recinto vasto 
agradable olor que brota de surtidores de agua perfumada. 

Por un momento se calma el atronador ruido de las conversacio- 
nes, disputas y risotadas de la muchedumbre: cuando el César apare- 
ce rodeado de su corte y majestuosamente se sienta en el áureo sitial- 



124 RAMÓN MEZA 

Las miradas de todos se dirigen hacia la puerta sanitaria; por 
allí, formados en numerosos grupos, han de entrar los gladiadores. 

Ya llegan: bajo la maciza arcada de piedra, por donde tantos 
vienen á encontrar segura muerte, aparecen montados en carros 
de variados colores, los esedarios; siguen, armados de casco reful- 
gente, pesados escudos, grandes mazas de madera cubierta de plomo 
ó bien anchas espadas, los secutores; los retiarios, vestidos de corta 
túnica, sujetan en su mano izquierda una lanza rematada en tres 
afiladas puntas, tridentes, y traen recogida en la mano derecha una 
red; los mirmillones, cuyo casco de acero termina en la imagen de 
dorado pez; los dimaquearios, que traen en cada mano una espada; 
los laquéanos, armados de lazos; los andabates, á caballos y con 
los ojos vendados; los ecuestres, con peto de acero, pintorreada 
clámide y brazaletes de hierro; los bestiarios, casi desnudos osten- 
tando sus irreprochables formas; los cesanarios, diestros, habilido- 
sos, honrados con la manutención de los emperadores; todos desfilan 
ante el César y dan vuelta al circo colmando de regocijo á los es- 
pectadores. 

Después se desbandan, unos toman las armas Insorias (de made- 
ra) y las esgrimen entre sí; otros lanzan al aire los tridentes, las 
redes, las mazas, las espadas, los escudos; otros echados en la arena 
hablan cariñosa y fraternalmente, antes de desgarrarse las carnes; 
los de más allá muestran su desarrollada musculatura ensayando las 
actitudes artísticas, enseñadas por los lanistes (maestros) para que 
aun en las crispaciones y estertores de la más cruel agonía, bajo un 
sol riente, ante una muchedumbre repleta de perfumes, de riquezas, 
de amores, de goces, disimulen el tormento y el dolor y se despidan 
de los tiranos que presencian sus sufrimientos y su muerte, con una 
graciosa sonrisa. 

A una señal cesa el simulacro en que cada cual se afana por mos- 
trar su despreocupación por la muerte ó lucir su destreza y habilidad 
adquirida en muchos meses, años quizá, para perderlas con la vida, en 
plena juventud, y plena fuerza, en un momento. La pelea general co- 
mienza. Los secutores, resguardada la cabeza por el casco de acero, 
defendiéndose tras el escudo, atacan con su espada de dos filos á los 
retiarios que arrojan contra ellos la red, procurando envolverlos y 
sepultarles luego en el pecho la aguzada punta de sus tridentes. Los 
mirmillones, los laquearlos, los ecuestres, los dimaquearios, todos 
toman parte en la atroz pelea y el que no, es marcado en sus espal- 
das por el director ó maestro del circo c;on un hierro candente que 



DOS MONUMENTOS DE LA ANTIGÜEDAD 125 

al tocar la carne evapora el sudor y forma honda y roja llaga, y des- 
honra de tal svierte al que sufre el contacto de aquel sello de cobar- 
día, que le impulsa á arrojarse echándose sobre la punta del arma 
del contrario, buscando en el suicidio el término de tanto deshonor. 
Todo en las gradas es animación, gritos, rugidos, palmoteos; y 
en la arena, en el circo, lucha, gemidos, desesperaciones, heridas, 
sangre, victimas: los cascos, los petos, los escudos, los tridentes, 
lanzan siniestros resplandores, con el sol que ilumina la hecatombe, 
desde lo más alto de la bóveda azul y serena de aquel hermoso cielo 
indiferente. 

La arena se empapa de sudor y sangre; el suelo se cubre de he- 
ridos, de cuyos cuerpos mana con gran abundancia la sangre, porque 
los gladiadores han sido alimentados para que tengan henchida de 
ella venas y arterias; algún vencido, con la robusta pierna del ven- 
cedor al pecho, no puede moverse; un acero ancho, corto, amenaza- 
dor, se alza sobre él; vuelve su mirada suplicante á los espectadores 
que han contemplado delirantes de gozo la reñida pelea; si ha com- 
batido bien, si ha entretenido mucho con las peripecias del combate 
singular, con los esfuerzos que hizo para defender su vida, se le con- 
cede gracia; si no, hasta las damas extienden hacia él los blancos y 
torneados brazos con los puños cerrados y los pulgares hacia abajo, 
gritan ¡ recipe ferrum ! y el vencedor obediente le desarma, le de- 
güella, le remata. Y luego aquel cuerpo del vencido, alguna vez 
con vida aún, es arrastrado al espoliarlo, foso hondo, donde se arro- 
jan en montón uno sobre otro, como trozos de leña, los cadáveres. 
En tanto, recibe el vencedor por premio una verde palma ó una coro- 
na de lentisco. 

A veces peleaban en grupos, en montón, acometiéndose confu- 
samente muchos gladiadores, y el pueblo romano, que también ha- 
blaba en el Circo esa jerga que nace, se desarrolla y se cultiva asi- 
duamente en todos los lugares donde se fomenta el vicio, llamaba 
entonces á los que tomaban parte en aquella espantosa carnicería 
catervarios. 

Otras ocasiones eran centenares de leones, panteras, tigres, los 
que luchaban en el Circo. Tito hizo perecer en las fiestas de la 
inauguración del edificio, cinco mil de ellas. ¡ Bien impregnada de 
sangre quedaría desde su bautizo aquella arena funesta ! 

El Circo podía transformarse en naumaquia. Llevábase á él por 
ochenta conductos, gran cantidad de agua y á poco quedaba conver- 
tido en un lago de seis ó siete pies de profundidad. Doradas galeras, 



126 RAMÓN MEZA 

con velas teñidas de púrpura, hinchadas por la brisa y avivadas por 
el sol, recorrían las aguasal compás del golpe de las hileras de remos; 
V á una señal, embestíanse unas á otras intentando echarse á pique; 
los tripulantes combatían encarnizadamente entre sí, enrojeciéndose 
á poco las aguas con su sangre, poblándose de astillas, de mástiles, 
de cadáveres: las oleadas iban á estrellarse contra los macizos muros 
del Circo, mientras los gemidos de angustia de los combatientes j' 
los alaridos entusiastas de los vencedores se confundían produciendo 
vocerío asordador. Y luego que terminaba la inhumana fiesta, por 
la tarde, casi de noche, abandonaban todos las gradas, cruzaban las 
galerías, encaminábanse por bajo los interminables pórticos, y lle- 
nábanse otra vez de ciudadanos las anchas vías que conducían á la 
capital del mundo... 

El desfile de aquella abigarrada muchedumbre!... La luna se 
alza por entre un círculo de nubes oscuras y despide débil claridad; 
en el horizonte cortan el azul y transparente cielo, levantándose 
como túmulos ennegrecidos por las sombras los obeliscos de grani- 
to, los panteones, las columnas, los arcos de triunfo; por entre las 
ventanas de las casas de tres y cuatro pisos rodeadas de jardines 
mmensos, se abren cuadros de luz, que señalan siluetas de estatuas, 
de almenas, de emparrados, balaustradas y fuentes rompiendo la 
monotonía de aquella masa informe, negra: los ciudadanos, sin 
preocuparse ya de los torrentes de sangre humana, cálida y fresca, 
que sume lentamente la arena espaiTÍendo olores acres, en los sótanos 
húmedos del abandonado circo; olvidándose de los muertos que en- 
tre sus rígidos y helados miembros quizá oprimiesen algún vivo, 
desoyendo aquella maldición que desde lo profundo del espoliarlo 
lanzan entre angustias, sollozos y convulsiones de dolor la amante 
prometida, la hermana, la madre del vencido gladiador, se desban- 
da alegre y satisfecho por los pórticos, plazas, calles y anchas vías 
de la populosa ciudad, preparando alguna fastuosa orgía que haga 
huir de sus ánimos el hastío mientras pasan las horas que median 
hasta que se tiendan en sus tibios y perfumados lechos de marfil, 
sándalo y cedro del Líbano, y acuda á cerrar sus párpados profun- 
do y tranquilo sueño. 

Y no sólo duraban días las fiestas del Coliseo; con frecuencia 
duraban meses enteros. 

Después de estas épocas, el Coliseo sirvió de lugar de terrible 
suplicio á los cristianos, quienes con sus martirios sublimes, con 
sus predicaciones ardientes, hicieron cesar, en el siglo iv de la era 



DOS MONUMENTOS DE LA ANTIGÜEDAD 127 

cristiana, espectáculos tan repugnantes. En la Edad Media, Ko- 
berto Guiscardo, temiendo que sus enemigos se apoderaran del 
edificio convirtiéndole en inexpugnable cindadela, mandó que se 
derribase la mitad. También sirvió de hospital el Coliseo. Aque- 
llos restos se convirtieron, en otras ocasiones, en abundante cante- 
ra de donde se extrageron materiales para la construcción de mu- 
rallas, torres y particularmente para la edificación del palacio de 
Farnesio en Venecia y el de la Cancillería. El Cardenal Consalvi 
mandó fabricar el botarel ó estribo que hoy se ve sosteniendo los 
grandes muros exteriores y librándolos de un desplome: el Papa 
León XII ordenó que se restaurasen y reparasen algunas bóvedas, 
y otros papas levantaron en medio del CJirco una cruz y varios alta- 
res en conmemoración de los mártires que allí sellaron con su san- 
gre las sabias doctrinas que sustentaban, y á las cuales tanto deben 
la civilización y la humanidad. 

Existe la costumbre de visitar las ruinas del grandioso Coliseo 
cuando la luz de la luna, penetrando por las altas ventanas, por los 
resquicios de las paredes, por las arcadas de los circulares pórticos, 
lo iluminan con su plateada claridad y se detiene como atemoriza- 
da ó respetuosa ante la profunda oscuridad de aquellas bóvedas. 
Las ruinas, la hora, el silencio, la inmovilidad de aquellas enormes 
piedras, columnas y cantos rodados sobre las gradas, las paredes 
que desnudas de los mármoles y jaspes que las cubrían muestran 
sus hondas junturas en donde crecen silvestres yerbas y solitarias 
florecillas que balancean dulcemente los soplos de la brisa; todo 
este conjunto de recuerdos, monumentos, sucesos, levantan desde 
los más lejanos siglos, desde los lugares más apartados, la más per- 
manente y justificada admiración. 



FORMAS INTERESANTES DEL REINO VEGETAL i 

POR EL DR. MAXUEL GÓMEZ DE LA MAZA 
Profesor de Botánica 

Sr. Rector, Sr. Decano, Señoras. Señores: 

Doy las gracias al claustro de la Facultad de Letras y Ciencias, 
por el honor que me concede, desiojnándome i)ara comenzar este año 
la tercera serie de conferencias con que la Facultjid liá tiempo con- 
tribuye á la obra civilizadora que se llama la expansión universita- 
ria. Pero no se me oculta que la prioridad dispensada es tan in- 
merecida como honrosa, y motivada, indudablemente, por un 
exceso de bondad de la Facultad citada, que quiere así estimular 
al más humilde de sus profesores. Y al público inteligente, que, 
con no menos bondad, concurre á este acto, tributo también sincero 
agradecimiento, sintiendo sólo, que mis fuerzas, al abordar un 
tema de botánica, no me permitan ofrecer á ese claustro y á ese 
público, más que un pobre bouquet de flores silvestres. 

Aunque á primera vista parece sencillo hablar de la ciencia de 
las plantas, no deja de ser muj^ delicada la elección del tema y su 
desenvolvimiento, habida cuenta de la índole de estas conferencias 
y del personal que á ellas concurre. No es posible emplear un tec- 
nicismo que nos llevaría fuera de la vulgarización científica; no es 
dable tocar determinadas funciones de los seres ú organismos vege- 
tales, y la más cuidadosa atención ha de presidir constantemente 
al empleo de todos los términos, porque no de otra manera se ha 
de guardar el debido miramiento á los oídos que me escuchan. 
Atendiendo todas esas consideraciones, me propongo presentar un 
esbozo del cuadro que en la Naturaleza realiza el reino de las plan- 
tas; indicar las cuatro formas ó tipos en que se agrupan los vege- 
tales, y dentro de esos grupos, citar algunas de las especies más 
interesantes, de mayor atractivo, que puedan darnos una idea de 
lo que estudia la botánica, de lo bello que es su campo de acción y 
de las utilidades inmensas que brindan al hombre esas plantas, que 
un naturalista sueco, el genial Linneo, definió diciendo que son 
seres que crecen y viven, es decir, que se nutren y perpetúan, pero 

1 Conferencia pronunciada en la Universidad el dia 13 de Enero de 1906. 



FORMAS INTERESANTES DEL REINO VEGETAL 129 

que no sienten, como si fuera posible separar la sensibilidad de la 
molécula orgánica, como si fuera d¿ible negar sensaciones á la sensi- 
tiva, que al más mínimo contacto plega, al parecer avergonzada, sus 
hojuelas, como si la valisneria esjiiral, de los ríos, no nos ofreciera 
actos de amor, como si en el sueño de las plantas no viéramos he- 
chos muy interesantes de psicología vegetal, y como si, por último, 
en la fisostegia de Virginia no encontráramos todos los caracteres 
de una verdadera catalepsia. Con E. Hartmann, célebre autor de 
la filosofía de lo inconsciente, diferimos mucho de la deñiiición lin- 
neana, ¿y cómo no habríamos de admitir sensibilidad en las plan- 
tas, cuando, siguiendo al inmortal Poe3% llegamos á conceder in- 
teligencia hasta á los átomos, en los límites reducidos de sus 
atribuciones? 

El espíritu humano, al observar el número considerable de es- 
pecies que nos ofrece el mundo de las plantas, ha tendido á agrupar 
esas formas, de una manera más ó menos metódica. La necesidad 
del estudio impuso esas agrupaciones, que en el desarrollo histórico 
de la ciencia, han pasado por fases empíricas, artificiales y natura- 
les. Tenemos que dispensarnos de esa evolución y de la historia 
de la botánica, á partir del año 2,200 de la Era vulgar hasta los 
tiempos actuales, salvando los trabajos de Teofrasto, Clusius, Ges- 
ner, Cesalpini, Tournefort, Linueo, Jussieu, Brongniart, De Can- 
dolle y tantos más, para llegar á una clasificación moderna, que 
comprende, dentro de bases técnicas, todas las plantas que se esca- 
lonan desde la planta aurora, el problemático eofiton, hasta los 
vegetales de organización más complicada. Actualmente se cuen- 
tan por centenares de miles las especies vegetales y para que su co- 
nocimiento sea posible, se agrupan, según las afinidades naturales 
délas plantas, formando tipos, ó divisiones primarias, clases, órde- 
nes, familias y géneros, que comprenden las especies que en tan 
gran número pueblan todos los ámbitos del globo, desde las regio- 
nes polares hasta las selvas vírgenes de los países tropicales, desde 
las más profundas capas terrestres hasta la cima de las montañas 
nevadas, y que viven en todas partes y en todas condiciones, en el 
aire que respiramos, en la sangre humana, en las aguas, en los 
abismos del mar, en los campos y jardines, en las fuentes termales, 
en el interior ó en la superficie de otros seres, y adoptan formas y 
dimensiones infinitas, desde las bacterias que miden sus diámetros 
por milésimas de milímetro, hasta los árboles gigantes de California 
y de Australia, cuyas copas se pierden en la inmensidad azul. 



130 3IÁNUEL GÓMEZ DE LA MAZA 

Xo es posible concebir ideas sobre los vegetales sin asociar estas 
ideas á las de la existencia de flores, de flores que embellecen la 
vida, y que son para los poetas orientales encarnaciones del alma 
de las mujeres hermosas. Muchas plantas nos presentan flores, y 
otras carecen de ellas, en todas las épocas de su vida. Con esas 
flores, las primeras, producen más tarde las semillas, que por el in- 
teresante fenómeno de la germinación, determinan el nacimiento 
de nuevas plantas. Así, con las flores, las plantas que las poseen 
realizan á nuestra vista los encantos de sus boda«, y de aquí, el 
nombre de fanerógamas aplicado á esas plantas, del griego 4>0'V€pós-á-óv, 
evidente, y -yáiios, nupcia. Y las otras plantas, las que conservan 
la vida de la especie mediante elementos que no son flores, las que 
realizan sus bodas fuera de nuestra vista, se denominan criptógamas, 
del griego KpwirTós, oculto, y -yáiAos, nupcia. He aquí, pues, la pri- 
mera división del reino vegetal: por un lado las plantas que produ- 
cen flores, lñ,s fanerógamas, y por otro lado, las plantas que nunca 
tienen flores, las criptógamas. Las primeras también se llaman anto- 
fitas, término formado de dos voces griegas, que son aveos, flor, 
y <}>vTóv, planta, y constituyen un solo grupo ó tipo de la clasifica- 
ción vegetal. 

Las criptógamas ofrecen entre sí tantas diferencias, que ha sido 
necesario agruparlas modernamente en tres secciones ó tipos, que 
son: 1? las que tienen raíces, cuyas plantas forman el tipo délas 
pteridofitas, así denominadas del griego irrípis, helécho, que recuerda 
el grupo más notable del tipo; 2? las criptógamas sin raíces, pero 
con hojas, cuyas criptógamas forman el tipo de las briofitas, de la 
raíz helénica Ppíov, mu><go, porque los musgos son los vegetales más 
interesantes del grupo; y 39 las criptógamas sin raíces y sin hojas, 
con el cuerpo formado por un órgano llamado OaWós, que quiere decir 
rama verde, y que determina el nombre detalofitas, aplicado al último 
grupo ó tipo de los vegetales. Tales son las cuatro divisiones pri- 
marias del reino vegetal, que estudiaremos, en orden ascendente, 
desde las talofitas hasta las an tontas, porque así imitaremos la 
marcha que la naturaleza parece haber seguido al complicar de más 
en más la organización de las plantas, desde aquellos vegetales que 
son un simple grupo microscópico de una substancia gelatinosa y 
homogénea, \\a,xnsiáa, protoplasma, de irpwTos, primera, y -irXáo-Hia, forma- 
ción, hasta aquellos que se consideran como de estructura más com- 
plicada, tales como los girasoles, que altivos ierguen sus capítulos 
que simulan flores únicas, las dalias mejicanas, que varían hasta el 



FORMAS INTERESANTES DEL REINO VEGETAL 131 

infinito el color de sus ñores, ó los preciosos crisantemos, que son 
las ñores nacionales del imperio del Sol Xaciente. 



Constituyen las talofitas el primer tipo de plantas, con que ha- 
bré de comenzar mi conferencia. Son las plantas de formas más 
simples y generalmente de dimensiones más pequeñas; carecen de 
raíces, de tallos, de hojas y de ñores. Pero estos seres casi siem- 
pre diminutos, y al parecer insignificantes, juegan un importante 
papel biológico, y su estudio es de gran interés, porque muchas es- 
pecies tienen el triste privilegio de ser los agentes de que la natu- 
raleza se vale para sembrar la muerte en su vertiginoso afán de 
producir la vida. Losesquizofitos, las algas, los hongos y los liqúenes 
forman las cuatro divisiones de ese tipo de las talofitas, en el cual 
se inclu3-en muchas plantas que, á igual que los animales, carecen 
de clorofila, substancia colorante verde de los vegetales, que por 
mucho tiempo se ha considerado como un distintivo de las dos for- 
mas con que la vida se manifiesta, hasta que se descubrieron anima- 
les provistos de esa substancia, como acontece en la euglena verde, 
en muchos vermes y tal vez en los animales superiores, en cuya 
bilis se cree encontrar, en la bilirubina, un análogo de la clorofila. 

La clase de los esquizofitos comprende las bacterias, cuyo estu- 
dio forma uu capítulo principal de la Bacteriología y cuyo nombre 
evoca la importancia extrema de su conocimiento. Un número 
considerable de enfermedades, en su mayoi'ía graves, encuentra en 
estas bacterias su causa específica, y más particularmente en los 
productos que esas bacterias elaboran y segregan, y que se llaman 
toxinas ó ptomaínas, como la difterina, la tifotoxina, la ptomaína 
del muermo, etc. En la larga y sombría lista de estos vegetales 
maléficos hay que citar el bacilo de Eberth, que produce la fiebre 
tifoidea, el vibrión séptico que determina la septicemia gangrenosa, 
el bacilo de Klebs-Loefíier de la difteria, el del cólera, el del tétanos 
y tantos más que pudieran mencionarse, sin olvidar empero el ba- 
cilo de la tuberculosis, la horrible enfermedad consuntiva que cons- 
tituye la plaga más aflictiva de la especie humana. No es posible 
hablar en este punto del empleo de esos organismos como elemen- 
tos diagnósticos, ni del cultivo de los mismos, para oponerlos, tras 
atenuaciones sucesivas, á las infecciones que ellos determinan; pero 
no huelga conceder un instante de atención á ciertos sueros de la 
medicina moderna, que á veces son tan maravillosos, como el anti- 



132 MANUEL GÓMEZ DE LA 3IAZA 

diftérico de Koux, y que siempre, cuando menos, atestiguan el es- 
fuerzo generoso de la clase médica en su incesante lucha con la 
naturaleza; con esa Naturaleza que no podemos llamar cruel ó des- 
piadada, sino incomprensible, porque junto con los medios de des- 
trucción crea los medios de defensa, tal como se ve en el fenómeno 
de la fagocitosis, que consiste en que los glóbulos blancos de la san- 
gre incorporan á su masa y digieren las bacterias daóiinas. Muchas 
bacterias producen fermentaciones; otras contribu^^en á la forma- 
ción de ciertos minerales, en las fuentes ferruginosas en que viven; 
algunas determinan colores especiales, otras viven en las aguas 
sulfurosas, frías ó termales, y no pocas son luminosas, contribu- 
yendo, por ejemplo, á la fosforescencia de las aguas del mar. 

Los hongos presentan un gran número de especies, con formas 
bien distintas, siendo frecuente su vida parasitaria á expensas de 
otras plantas, de animales ó del hombre, en el cual originan algu- 
nas enfermedades, como tenaces afecciones de la piel. Muchos 
hongos son comestibles, pero ciertas especies constituyen un vio- 
lento veneno, por la muscarina que encierian, y otros, cual el 
cornezuelo del centeno, suministran valiosos medicamentos. 

Las algas comprenden plantas curiosas y de formas muy varia- 
das; generalmente viven en los sitios húmedos, en las aguas dulces 
ó en los mares, pei'o existen especies parásitas ó terrestres. Algu- 
nas presentan incrustaciones de sílice, que forma un vei-dadero es- 
queleto, persistente después de la incineración de la planta, con- 
tribuyendo esos despojos á la formación de la arena fósil que se 
llama trípoli ó diatomita; y otras algas segregan líquidos ácidos que 
perforan y disuelven las piedr-as calcár-eas y la concha de los mo- 
luscos que les sirven de alimento. He aquí un nuevo y poco cono- 
cido hecho de la condición carnívora de las plantas, comparable á la 
digestión que realizan las plantas carnívor-as, las di'oseras, dioneas, 
nepentes y utriculaiias, tan bien estudiadas por Darwin. El color 
de las algas determina su división en algas verdes, pardas y rojas, 
y algunas especies ofrecen preciosos matices, como las padiíias, que 
recuerdan los dibujos de las plumas de la cola del pavo real. Las 
lesonias forman florestas de arbolitos en el fondo de los mares, cerca 
de las costas de Chile; las diatomáceas, que viven principalmente en 
las aguas dulces, son microscópicas y de formas geométricas; los 
sargazos, en medio de los océanos, suelen constituir montones in- 
mensos, que no dificultan la navegación, como se ha dicho; y todas 
las algas marinas, car-gadas de iodo, forman bajo las aguas bosques 



FORMAS INTERESANTES DEL REINO VEGETAL 133 

pintorescos, jardines encantados en los que compiten en colores y 
belleza las plantas con esos curiosos celenterados, que se llaman 
antozoarios ó animales-flores, y que desplegan, de sus corales rojos, 
negros ó blancos, sus galas, que los semejan á flores purpúreas, 
azules, anaranjadas ó violetas, y determinan sus nombres de anémo- 
nas, margaritas y claveles de mar. Así se forman esos bosques, 
que el mar oculta con sus aguas, y el sol ilumina con verdosa luz 
difusa, por los que pasan veloces los peces de escamas argenta- 
das ó doradas, las medusas arrastran sus mantos irisados y trans- 
parentes, los cinturones de Venus ondean majestuosamente sus 
largas cintas y los béroes ó faroles de mar giran con lentitud sus 
cuerpos esféricos que esparcen destellos azulados. 

El último grupo de las talofitas son los liqúenes, formados en 
realidad por la asociación íntima de un alga con un hongo, de tal 
modo, que aparentemente esas síntesis biológicas ó simbiosis cons- 
tituyen organismos especiales. Los liqúenes viven sobre la corteza 
de los árboles ó las rocas, se encuentran en las montañas nevadas 
y las regiones hiperbóreas, y son los primeros vegetales que se for- 
man sobre las piedras, contiibuyendo así á la constitución de la tierra 
vegetal. En comarcas donde toda vida se considera imposible, 
bajo las nieves, vive un liquen que constituye el alimento de los 
renos de la Laponia. No es éste el único caso de condiciones me- 
sológicas extraordinarias, pues en el mismo tipo de las talofitas se 
incluyen seres que bajo este aspecto llaman la atención; así, mien- 
tras determinada especie vive en las fuentes termales, en aguas que 
tienen una temperatura excesivamente elevada, otra especie comu- 
nica su color rojo á los hielos en que vive, y cuando estos hielos 
son heridos por los rayos del sol del día polar, que dura meses, 
emiten reflejos de color de sangre, que concurren, con las auroras 
boreales, al concierto de colores que la luz celebra en los desolados 
extremos del globo. 

En el tipo de las briofitas se colocan las hepáticas y los musgos, 
cuya anatomía es de lo más interesante. Algunas hepáticas son 
en alto grado higrométricas; otras tienen un suave perfume, y una 
especie es balsámica, recordando la esencia de trementina. En los 
musgos se suele presentar el fenómeno de la reviviscencia, que puede 
considerarse como un caso particular de la vida latente ó dormida, 
y que consiste en el esplendor que adquieren los individuos deseca- 
dos al ser saturados de agua, ün pequeño musgo, que vive en las 
grutas y cavernas, posee la particularidad de relucir en la obscuri- 



134 MANUEL GÓMEZ DE LA MAZA 

dad emitiendo luces en las cuales, según la bella expresión de 
Schimper, el oro se mezcla á la más pura y verde esmeralda, 

¿Quién no conoce los heléchos? Forman el principal grupo de 
un tipo de plantas, las pteridofitas, de las cuales puede decirse que 
tuvieron su edad florida en las épocas prehistóricas, porque si bien 
es cierto que actualmente se conocen muchas especies vivientes y 
algunas arborescentes, no menos cierto es que la representación 
actual no puede compararse en variedad y esplendor al que estos 
vegetales tuvieron en otro tiempo; como cuando formaban dilata- 
dos bosques de elevados árboles en los terrenos carboníferos. En 
cierta época de su vida, los heléchos presentan en la cara inferior 
de sus hojas ó frondas unos puntos pardos, que, vistos con la lente, 
se manifiestan como montones de cápsulas, cubiertas ó no por una 
membrana ó indusio. Cada punto pardo, ó aglomeración de cáp- 
sulas, se llama soi-o, nombre latino que quiere decir montón, y cada 
cápsula se denomina esporangio, que significa vaso de las esporas. 
Al madurarse, las cápsulas se abren y dejan en libertad las esporas 
ó simientes, que germinan y producen una hoja muy pequeña, en 
forma de corazón. En dos puntos distintos de esta hoja se origi- 
nan elementos especiales, que no tardan en fusionarse, producien- 
do un nuevo helécho, que vive sobre la hoja acorazonada que lo sos- 
tiene y lo alimenta, con su propia substancia, hasta que el nuevo 
ser tiene formada su raicilla que le permite alimentarse á expensas 
del terreno. Los heléchos son plantas terrestres, de los sitios hú- 
medos y sombríos, pero algunas especies son acuáticas, y aunque 
son pocos los de talla elevada, no deja de haber formas arborescen- 
tes, que simulan palmas, como las llamadas pahniras, de nuestros 
campos. Un helécho asiático exhala un precioso olor de frambue- 
sa; uno del Cabo de Buena Esperanza recuerda al benjuí, y cierta 
especie de aneimia posee el aroma de la mirra. Con especial cuida- 
do he omitido, como en los casos anteriores, las propiedades medi- 
cinales de los heléchos y las especies que suministran alimento, 
para citar tan sólo algunas formas curiosas ó interesantes por otros 
motivos, mereciendo incluirse entre estas formas una especie que 
pende de las ramas de los árboles, y que es el extremo opuesto de 
cierta ciatea, cuyo tronco, erguido y simple como una columna, ele- 
va á 15 metros su penacho de elegantes hojas. Cerca de los heléchos 
se colocan los equisetos y licopodios, llamando la atención las selagi- 
neloA de Méjico, denominadas ^/an¿as de resurrección, porque, como la 
rosa de Jericó, al saturarse de agua, abren sus hojas desecadas, que 



FOBMAS INTERESANTES DEL REINO VEGETAL 135 

reverdecen de nuevo. Xo todas las plantas incluidas en los grupos 
antes mencionados son inofensivas ó útiles, pues algunos licopodios 
son excesivamente venenosos. 

Toca su turno al grupo ó tipo de las plantas con flores, faneró- 
gamas ó antofitas, que los botánicos dividen, por razón de su es- 
tructura, en gimno- y angiospérmeas, y éstas en mono- y dicoti- 
ledóneas. No es mi ánimo sistematizar en estos momentos ni tratar 
de asuntos técnicos, muy interesantes para el estudio, pero que 
habrían seguramente de dar aridez á esta conferencia. Séame per- 
mitido, empero, indicar la anatomía de la flor. Toda flor completa 
está constituida por cuatro círculos de órganos, que procediendo de 
fuera adentro, son el cáliz, la corola, los estambres y el pistilo; en 
las flores se encuentran glándulas que segregan un líquido, gene- 
ralmente azucarado, el néctar, que atrae á los insectos libadores, 
para que ellos, en su cuerpo, se lleven los granulos del polen y ex- 
tiendan estos gérmenes de vida. La corola casi siempre presenta 
colores preciosos y de su seno emanan deliciosos perfumes. No 
siempre son las flores los elementos más vistosos de los vegetales, 
pues en la flor de Pascua, son rojas brácteas ú hojas las que dan la 
nota alegre y viva á esa planta, como son también brácteas violá- 
ceas, las que determinan el mérito ornamental de la buganvilea, que 
los botánicos dedicaron al célebre navegante Bougainville. 

Veamos ahora algunas formas interesantes de fanerógamas. 

En las gimnospérmeas tenemos que citar las washingtonias de 
California y Méjico, cuyo tronco alcanza 150 metros de alto por 40 
de circunferencia; el cedro del Tíbet, que los indios consideran co- 
mo una planta sagrada; el ciprés, que por su color sombrío, se co- 
loca cerca de las tumbas; las araucarias de los Andes, que produ- 
cen sus ramos en pisos; los pinos de Vuelta Abajo y las welvvisquias 
africanas, que tienen el tallo leñoso, de 5 á 10 centímetros de alto, 
por algunos metros de diámetro, simulando ruedas acostadas, cuya 
duración es secular. 

Entramos en el grupo de las plantas que se nombran monocoti- 
ledóneas. La primera alianza natural ó familia que ellas encierran 
son las gramíneas, tan interesantes para la vida humaua, á la que 
brindan sus granos, que los antiguos griegos, en las fiestas eleusi- 
nas, consagraban á Ceres. De estas gramíneas es la caña de azúcar, 
que tanto coutribuj^e á la riqueza patria. En los pantanos del 
Alto Egipto crecen los papiros, con los que los antiguos preparaban 
el primer papel que ha servido para la escritura. Cerca de esa 



136 MANUEL QOMEZ DE LA MAZA 

ciperácea se sitúa la vallsneria espiral, que vive en los ríos, y cu^^os 
amores son tan curiosos, y no lejos se colocan las liliáceas, que 
comprenden la azucena, el tulipán y el jacinto, así como los dra- 
gos, de los cuales existió en Orotava un ejemplar que se considera 
como el vegetal más antiguo de los conocidos. El iirio de los valles, 
de perfume delicioso, sirve para destilar el agua de oro. En otra 
familia de estas plantas se coloca la pina de América, cuyo sincarpio 
ó fruto compuesto, es la reina de las frutas consagradas á Pomona. 
Los narcisos, las tuberosas de embriagador perfume y los agaves, 
forman un grupo afín, próximo al que comprende los iris. No le- 
jos, (m la familia de las escitamíneas se agrupan la preciosa estrelitzia 
de la reina, el árbol del viajero, de Madagascar, y la violeta de los Alpes, 
cuyas fragantes flores nacen antes que las hojas. Mientras algu- 
nas ^^a/mas casi carecen de tallo, otras tienen un tronco que alcan- 
za 80 metros de elevación; de este grupo no es posible silenciar la 
palma real de Cuba, el adorno más bello de nuestros campos, las co- 
lumnas del cielo de nuestra patria; palmas de cuya música fué can- 
tor Anselmo Suárez y Romero, y cuya presencia tanto echara de 
menos, en las tierras norteamericanas y canadenses, Heredia. el ins- 
pirado cantor del Niágara. Una última familia de plantas, que 
citaremos de esta sección, son las orquídeas, de flores bellísimas ó 
extravagantes, en las cuales la Naturaleza parece haber desplegado 
el maj^or capricho creador. Cierta especie tiene flores que simulan 
abejas con las alas abiertas; otras, representan mariposas de alas 
matizadas; y otras, tienen formas extrañas, como la llamada zapato 
de Vemis ó la esquileria que parece una lira y que recuerda el nom- 
bre del gran poeta Schiller. Algunas son suavemente olorosas, 
pero sólo emiten su perfume en el momento de ponerse el sol, y 
mientras una especie sirve en Amboina para fabricar un elíxir de 
amor, otra, de Demerara, constituye un veneno mortal. No me- 
nos variable son sus colores, desde el rosa más tenue hasta la he- 
terogénea flor quimera, de pétalos de un hermoso amarillo con man- 
chas de color negro mate. 

En las plantas dicotiledóneas, mucho tendría que decir, á no 
impedirlo los límites de este trabajo. Pero no abusaré de la pacien- 
cia de los que me dispensan su atención. En el primer grupo ó fa- 
milia que recuerdo, las magnoliáceas, se encierj-an las magnolias de 
la Floi'ida, de grandes flores, de pétalos blancos y fragantes, como 
es fragante la flor de la anonúcea qne sirve para destilar la esencia 
de ilang-ilang, que predispone al amor. Otro grupo, consagrado á 



FORMAS INTERESANTES DEL REINO VEGETAL 137 

las ninfas mitológicas, comprende la victoria regia, del Amazonas, con 
flores y hojas enormes, el loto sagrado, del Egipto, que vive en el Nilo 
y también en nuestras aguas dulces, donde es notable su flor rosa- 
da y olorosa, la /or de agua, blanca, y la no menos interesante 
azul. Igualmente notable por las dimensiones de sus flores, que 
miden un metro de diámetro, son las rafiesias de la India, que viven 
parásitas sobre las raíces de otras plantas terrestres. En otra 
familia, las malváceas, llama la atención la malva rosa, de flores 
de color blanco por la mañana, rosado al mediodía y purpúreo 
por la tarde, la seiba, de soberbio aspecto y el baobab africano. 
No es posible prescindir de una planta , próxima á éstas , la 
adormidera, que suministra el opio, que por sí y por sus alcaloides, 
especialmente la morfina, de manera tan poderosa contribuye á 
mitigar los sufrimientos de la humanidad. Las violetas perfumadas 
y los pensamientos multicolores forman la alianza de las violáreas, 
cerca de las cuales se sitúa la dionea atrapamosca y la vid, originaria 
de la Mingrelia y Georgia. Las auranciáceas constituían uno de 
los encantos del jardín de las Hespérides; son plantas muy útiles, 
de las cuales una suministra la esencia de bergamota y otras los 
azahares, que, en las coronas de las novias, simbolizan la castidad 
inmaculada. Paso por alto las camelias, al lado de las cuales se co- 
loca el té de la China; prescindo de las euforbiáceas, tan interesan- 
tes y algunas tan venenosas, de las leguminosas, en su mayoría 
útiles como alimentos, y omito también las cruciferas, con flores tan 
bellas como las de la cruz de Malta y el licnis coeli-rosa ó rosa del 
cielo, para citar las begonias y rosáceas, y más especialmente el 
género rosa, que, por el cultivo, presenta un número infinito 
de variedades encantadoras, desde la rosa verde hasta aquellas 
que atraen por sus colores, como el Paid Neyron, el mariscal Niel, 
ó la curiosa rosa denominada sol poniente. Muchas otras rosá- 
ceas son interesantes ó presentan flores bellas, como son bellas las 
flores del cerezo, consideradas tan delicadas por los japoneses, 
que con esa planta forman los jardines de sus misteriosas pagodas. 
Existe un grupo de vegetales de los cuales se destaca la escarchada, 
así nombrada porque sus hojas y flores están cubiertas de cristales 
blancos que simulan gotas de hielo salpicadas sobre una planta que 
arraiga bajo un sol de fuego. Otro grupo de plantas, que el botá- 
nico Cavanilles denominaba aparasoladas, por el modo de ser de su 
inflorescencia, encierra entre otras, una especie muy venenosa, que 
á Sócrates privara de la vida. Las pasionarias son bien conocidas 



138 MANUEL GÓMEZ DE LA MAZA 

por sus flores curiosas y bellas, en las que la imaginación ve los 
atributos de la cruciñxión, que se conservan, pero muy reducidos, 
en \a pasionaria de fior diminuta, que en las cercas de los campos se 
enreda junto con los aguinaldos blancos, de Navidad, ó con los rosa- 
dos ó azules, que los americanos llaman gloria de Ig, mañana. Son 
muy curiosas las cácteas, generalmente desprovistas de hojas, con 
tallos carnosos y espinosos, y formas reducidas y esféricas, ó cilin- 
dricas y alargadas, como los órganos de Méjico; no podemos citar 
más que la, j^luma de Santa Teremy \a,Jior del cáliz, de flores nocturnas 
3^ bellísimas, que en el momento de abrirse suelen producir ráfagas 
de luz. 

Otra serie de plantas dicotiledóneas son las de pétalos entresol- 
dados. Una de las familias que comprende incluye los heliotropos 
peruanos, que sirven para fabricar la esencia de ese nombre, y las 
plantas de graciosas florecillas azules que, siguiendo una leyenda 
alemana, se llaman no me olvides. Encuentra aquí su puesto el 
miosotis diversicolor, que en un mismo tallo presenta ñores encar- 
nadas, amarillas y azules. Vienen después tres grupos natura- 
les, las logánieas, apocineas y asclepiádeas, que abrazan especies muy 
interesantes, muchas excesivamente venenosas por la estricnina 
ó ácido cianhídrico que contienen. Si queremos recordar de 
nuestra flora especies de esos grupos, con flores tan bellas como 
tóxicas, citaremos la cabalonga, de fragantes flores amarillas, y la 
rosa francesa ó adelfa, blanca ó roja; pero en esas familias se encuen- 
tran también vegetales que atraen por su belleza ó perfume, como 
IbiS phanieras, con cuyas flores se hace la esencia de frangipana, los 
esíe/anoíis, blancos y fragantes, \a, flor de cera y las estapelias extra- 
ñas, que suelen llamarse estrellas y africanas. De otra familia, las 
solanáceas, es el tabaco americano, hermano de los venenosos estra- 
monios y de las lindísimas peíjíjiias matizadas; y no lejos, en la clasi- 
ficación natural, se colocan los jazmines de flores perfumadas, las 
preciosas diamelas, originarias de Arabia, y los severos olivos, que 
simbolizan la paz y que tanto se mencionan en la historia de la 
Tierra Santa. Al lado de la digital de los países templados, tan 
útil en el tratamiento de las enfermedades del corazón, hay qu^ 
mencionar las labiadas aromáticas ú ornamentales, como los mantos 
de la Virgen, las utricularias piscívoras y las madreselvas que embal- 
saman el aire. Y no debiendo prolongar más esta conferencia, me 
limitaré á citar, en las rubiáceas, las quinas sudamericanas, los cafe- 
tos de Arabia y Liberia, las cambusteras de flores purpúreas y hojas 



FORMAS INTERESANTES DEL REINO VEGETAL 139 

menudísimas, las ixoras blancas ó rojas, oriundas de la India, y los 
jazmines del Cabo ó gardenias, originarios de la China y del Japón, 
notables por sus flores perfumadísimas y blancas, y afines á otras 
especies, de África, que con igual fragancia presentan flores de co- 
lor rosado. Llegamos á la última familia del reino vegetal, las 
sinantéreas ó compuedas, consideradas como las plantas de estructura 
más complicada. Presentan sus flores reunidas en inflorescencias 
6 capítulos que parecen flores únicas y que los antiguos botánicos 
denominaron flores compuestas. El número de especies de esta fa- 
milia natural es muy extenso, y en la imposibilidad de citar mu- 
chas, recordaremos los ya mencionados girasoles, dalias y crisante- 
mos, las siemprevivas ó inmortales, de Australia, así llamadas porque 
sus flores viven mucho tiempo, las cinerarias luctuosas, las artemisas 
que recuerdan la reina de ese nombre, los áster y extraña-rosas de 
flores multicolores, los ramilletes cubanos, los acianos ó azulejos y las 
preciosas marrjaritas europeas. 

Termina, señores, la conferencia con que he tratado de presen- 
tar algunos ejemplos de las bellezas del mundo vegetal. Probable- 
mente ni el tiempo ni mis condiciones me habrán permitido alcan- 
zar lo que ha sido mi mejor intento; pero, en atención á éste, ruego 
se acoja con la mayor benevolencia el trabajo en que he deseado 
bosquejar el cuadro incomparablemente bello que forman las plan- 
tas, sobre las cuales ejerce su imperio Flora, diosa de juventud 
perpetua, que los romanos nos representan con las sienes ceñidas 
por una corona de rosas. 



REPAROS ETIMOLÓGICOS AL DICCIONARIO 
DE LA ACADEMIA ESPAÑOLA.— VOCES DERIVADAS 
DEL GRIEGO ^ 

POR EL DOCTOR JUAN M. DIHIGO 
Profesor de Lingüística y Filología 

La conuaissance des mota conduit á la 
connaissance des dioses. 

Platón. 

( Continúa) 

B 

Bácaris. — La Academia deriva esta voz de la griega páKxapis que 
no traduce. — Ahora bien, la docta Corporación acepta una sola 
forma de escritura en la lengua griega, siendo así que consultando 
los diccionarios de Chassang, Bailly, el Century y el Standard, se vé 
que en lugar de kx el vocablo debe escribirse con dos kk de este modo 
páKKttpis; y el Century afirma que la razón de escribirse kx es porque 
lo originan de BáKxos, Buco. En realidad de verdad, la escritura co- 
rrecta es BáKKapis, pues el mismo Alexandre, al insertar el vocablo 
escrito BdKxapis, prefiere á BÚKKapis. 

Bailar. — En la etimología de esta voz ha debido hacerse un poco 
de más análisis, pues si bailar proviene de paXXí^w, bailar, este verbo 
se deriva de páWw, arrojar. 

Balsamina. — La derivación que hace la Academia del vocablo 
griego paX.o-a|i£vTi es correcta, pero bien pudo agregar que balsamina 
procede de pá\o-a[j.ov, báhamo. 

Baquio. — La explicación etimológica de esta voz es incompleta, 
porque si se deriva de paKxtíos, ha debido la Academia indicar no 
sólo que aparece sobrentendido el sustantivo griego ttovs, pie, sino 
que aquí paKXííos está tomado sustantivamente y es del género mas- 
culino, pues existe en griego el adjetivo paKX€íos-a-ov, relativo á Baco, 
báquico con el que pudiera confundirse si no se hace la aclaración 
correspondiente. 

Báratro. — Del griego pápaepov, dice la Academia, pero sin dar 
su traducción, fom, agujero profundo, abismo. Hubiera sido conve- 

1. Véase el número 3 del volumen I de esta Revista, 



REPAROS ETIMOLÓGICOS AL DICCIONARIO 141 

niente la indicación del género á que pertenece este nombre en 
griego, que es el neutro, para evitar que, por su terminación, pudiera 
confundirse con el acusativo de singular del sustantivo masculino 
pápaSpos, hombre digno del báratro. Además, este vocablo en griego 
suele presentar modificaciones en sus vocales, pues en jónico es 
pépeOpov, y aun aparece contraído en la forma peOpov, golfo, hoyo, deri- 
vándose todas de la raíz BOn que indica idea de devorar. 

Barítono. — Del griego PapvTovos, que no traduce la Academia, y 
signiñcsi fuerteme7ite extendido, que produce un sonido grave, barítono. 
Para evitar confusión ha debido decirse que es un adjetivo de dos 
terminaciones Papírovos-ov, formado de Papvs-eía-v, grave, y tóvos, tono. 

Barómetro. — La Academia hace provenir el vocablo del griego 
papos, pesadez y nc'rpov, medida y está en lo cierto; pero mejor hubiera 
sido para la más exacta explicación etimológica, que refiriese el papos 
al popvs y este adjetivo á la raíz BAP, que expresa idea de pesadez, y 
el |i,€Tpov, medida, á la raíz ME, señalando la idea de medida. 

Barranco. — Es curioso observar cómo la Academia hace derivar 
este vocablo del griego <|)ápa-y|, valle profundo, precipicio, abismo, pues la 
generalidad de los diccionarios no está conforme con el origen que 
le da la Corporación. En el Diccionario de Autoridades, como en el 
de Monlau se lee que el P. Guadix deriva el vocablo castellano del 
árabe barr, berr, desierto, tierra desigual, tierra honda y húmeda; Roque 
Barcia nos refiere que para Larramendi proviene del vascuence 
barruanjo, dar, tocar en el fondo; mientras el Standard, el Century, 
Littré y Larousse, si indican la voz, silencian la etimología, lo cual 
es prueba evidente de la inseguridad que tienen respecto del origen. 
Si se toma en consideración la etimología de <j>ápa-y|, sima, precipicio, 
con la definición que da la Academia de lo que es un barranco, quie- 
bra profunda que hacen en la tierra las corrientes de las aguas, más es de 
inclinarse uno á la derivación arábiga que á la griega, pues aun 
cuando la voz vascongada se asemeja mucho en el sonido, no se 
debe olvidar que ésto no sería un punto de apoyo para inclinarse á 
aceptarla, si se tiene en cuenta el principio sustentado por los lin- 
güistas sobre el caso. 

Basalto. — La Academia ha debido conformarse con indicar que 
esta voz se deriva de la latina basaltes, mármol, basalte, sin referirse á 
la griega Pao-avírris. Tanto el Standard como el Century, Larousse, 
R. Barcia y Littré se muestran conformes con el origen latino de 
la voz, pero ninguno se refiere á la derivación griega; es más, 
Monlau entiende que su procedencia es oriental, y Littré hace refe- 



142 JUAN M. DIHIGO 

rencia á la etimología africana, como el Diccionario Hispano Ameri- 
cano se decide abiertamente por la derivación egipcia. De todo 
esto se deduce que la procedencia griega es perfectanj^ente peregrina 
pues no ha de salir nuestra voz del pao-avíri^s por el simple hecho de 
que signifique basalto, que tampoco eso significa, sino basanita. Si 
en vez de basalto se tratase de basanita, no se haría observación algu- 
na á la etimología que da la docta Corporación. Bailly no incluye 

la voz Pao-avÍTiis. 

Base. — ¿Por qué al indicarse la etimología de esta dicción de la 
griega pá<ris, no se ha dicho que á su vez procede de la raíz BA, 
expi'esando idea de caminar, puesto que páo-is significa marcha, paso, 
pie, planta del pié, J andamento, base? Además, ni la voz latina ni la 
griega están traducidas en el Diccionario de la Academia. 

Basílica. — Del griego pao-tXiKií, rerjia, dice la Corporación. Con 
este vocablo se sobrentiende oÍKía, casa, ó o-roá, pórtico, lo cual no se 
indica al estudiarse la derivación de este término, como igualmente 
se silencia que el pao-iXiKTj procede del pao-iXiKós-Tj-óv, adjetivo de tres 
terminaciones y significa real, derivado á su vez de pao-tXcvs, rey. El 
Pao-iXiKTj que forma el basílica castellano, es la forma femenina del 
adjetivo sustantivado. La traducción que hace la Academia de 
regia se puede aceptar únicamente pensando en la forma de adjetivo 
que tiene esta voz en griego, pero hubiera sido mejor que la Cor- 
poración hubiese traducido pao-iXuKTj, por basílica haciendo el análisis. 
que se ha indicado, porque así parece que en griego se considera úni- 
camente como adjetivo, siendo así que también es un sustantivo. 

Bastaje. — Del griego páo-rag, que no traduce la Corporación y 
significa cargador. El estudio que se hace de esta dicción es defi- 
ciente, porque la Academia acepta como vocablo fundamental que 
produce el bastaje el griego pio-ra^, como lo hace también Monlau; sin 
embargo, si se estudia detenidamente á Chassang y á Bailly veremos 
que en la letra B, no aparece dicho término, como tampoco le da im- 
portancia Alexandre, ({ue lo considera como un mero neologismo. El 
vocablo griego es pao-raKT^s, esportillero, lo cual ha debido decirse, 
como también que se oj'igina de fiaa-rálo>, llevar, portear, y esta forma 
verbal de la raíz BA, idea de marchar. Echegara}- y R. Barcia no se 
inclinan á aceptar la procedencia griega, aun cuando señalan el 
catalán bastaix, francés antiguo bastage que claramente denuncia su 
procedencia. Para Littré, Larousse y el Hispano Americano no hay 
duda sobre la iuílucncia de la lengua griega en la formación del 
vocablo. 



REPAROS ETIMOLÓGICOS AL DICCIONARIO 143 

Bato. — Es cuiioso observar cómo la Academia señala el origen 
de esta voz en la griega párros, tartamudo con aludan á la torpeza de 
los rústicos en la manera de expresarse, definiendo posteriormente el 
vocablo así: Hombre tonto 6 rústico y de pocos alcances. A juzgar por 
el criterio de la Corporación existe en griego un sustantivo párros 
que expresa la idea señalada en su Diccionario; pues bien, apoco que 
se examine á Cbassang, Bailly y á Alexandre veremos que hay un 
nombre propio Barros nombre del rey de Cirene en África, famoso por 
su tartamudez. El sustantivo párros no existe en griego, sí las for- 
mas compuestas parroXo^ew, tartamudear, tartajear; Parro\ó-yTi|j.a y 
Parro\o7Ía, tartamudez. Como se vé no tuvo la Academia razón para 
formar un sustantivo griego párros con su significación de tartamudez 
puesto que hay la forma vj/cXXós-'^-óv, tartamudo-a. Monlau que ana- 
liza siempre los términos con sumo cuidado hace referencia en el 
vocablo batologia á las diversas versiones sobre la etimología del 
mismo, sin que precise cual es á su juicio la verdadera. 

Batología. — Aquí incurre nuevamente la Academia en el error 
de suponer que este término procede de párros y de Xó^os; debió se- 
ñalar la forma griega parroXo^ía. tartamudez derivando de parroXoYt'w. 

Bautismo. — La palabra griega pairno-jAós de donde se origina la 
nuestra, aparece sin su traducción y significa bautismo. Aun cuando 
el origen señalado es correcto no es completo el estudio, porque 
habiendo dos formas en griego para indicar el bautismo, pairrio-(j.ós y 
páirTio-|xa, siempre resulta conveniente la indicación de ambas como 
hace WhituB}', tanto más cuanto que el páirrio-|jLa es el que más con- 
viene á la palabra castellana bautismo, pues pairno-iiós expresa pri- 
meramente la idea de sumergir y después la de ablución, bautismo. 
Alexandre en su Diccionario Francés- Griego traduce la palabra bap- 
téme en griego por páirrio-|ia. Pero la Academia ha debido hacer 
algo más, referir el páirrio-iJia ó Pa-n-rio-nós al verbo pairríSw, sumergir, 
derivado de páirr«, sumergir, bañar, formado de la raíz BA* que 
expresa la idea de sumergir en un líquido. 

Bautista. — Está bien señalado el origen, pero ha debido indi- 
carse la siguificaeión de paTrno-TTis, el que bautiza, formado del verbo 
Pairrí^w, sumergir. 

Bedelio. — La Academia señala la voz griega pSéXXiov, como base 
del vocablo castellano pero no dice lo que significa, resina de la pal- 
mera. Monlau también afirma que viene del griego como Whitne}^ 
y el Standard. La Corporación ha introducido una e después de la 
b que es de suponerse sea por eufonía, aun cuando pudo haber con- 



144 JUAN M. DIHIGO 

servado sin cambio la palabra, como vemos que así pasa en las 
voces francesas bdellium, é igual inglesa; esto no puede sorprender 
si uno se fija qne en el Génesis, en el capítulo 2?, versículo 12, se 
lee "3^ el oro de aquella tierra es mu}^ excelente y allí se encuentra 
el bdelío (hebreo bdolach) y la piedra cornerina." La forma correcta 
es bdelio y como muy bien dice Roque Barcia, á ella ha debido ajus- 
tarse la Academia. También se nota en el análisis de este término 
que la Corporación no refiere el pSéWiov, á la raíz BAAA que indica 
idea de sueesíón. 

Belemnita. — Del griego píXejivíTiis que no se traduce, y es piedra 
en forma de flecha; de ^íXilívov, flecha. Esto es lo que dice la Acade- 
mia. Ahora bien, parees que hubiese sido conveniente indicar que 
PsXefjivov es una forma poética por Pí'Xos, flzcha, derivado como muy 
bien dicen Whitney 3" el Standard del verbo páWíiv, lanzar mas el 
sufijo iTtis, formándose páW» de la raíz BAA. idea de lanzar. 

Berilo. — Falta la traducción de la voz griega ^i\pv\\os que es 
berilo. 

Biblia. — Del griego Pi.pXía, libros, dicela Academia. Mejor hu- 
biera sido que hubiese dicho, ptpxía, plural de PtpXíov, frecuente- 
mente escrito BapXíov. jyequeño libro, diminutivo de pípXos y también 
PvpXos. libro, jyapel, corteza del papiro. 

Bibliografía. — ¿Por qué no se traduce la palabra griega PipXio-ypa- 
4)ía copia de una obra, ds un escrito, arte del copista.^ Indicada la 
significación del vocablo, la Academia ha debido analizar cada uno 
de los e]era3ntos componentes. 

Bibliográfico. —No se indica la procedencia de este adjetivo, sin 
duda ponjue la Academia no encuentra el vocablo en griego, pero 
ha podido sí señalar el radical del cual se forma que es b^bliografia. 

Bibliógrafo. — No traduce la Academia la voz griega PipXioYpá^os, 
copista de manuscrito. También se echa de menos la indicación de 
ser un sustantivo que afecta lo mismo al género masculino que al 
femenino, distinguiéndose por el articulo que se le antepone. 

Bibliómano. — La Academia no indica la derivación de esta voz: 
ha debido expresar (lue su radical es bibliomanía. 

Biblioteca. — De PipXioe^KTi sin traducir, biblioteca. El Gtikt) más 
bien que armario significa caja, sitio en qne se guarda algo; así opinan 
AVhitne}', Baill}', el Standard, Echegaray, Littré y Larousse aunque 
indican la voz armoire, Roque Barcia y Monlau. Muy opoi'tuno 
hubiera sido para la mejor comprensión de la etimología que se 
hubiese indicado cómo la palabra 6^kt) viene de TÍ0t](ii, poner. 



ÉEPAROS ETBIOLOGICOS AL DICCIONARIO 145 

Bigamo. — La Academia después de señalar el origen latino de 
esta palabra, analiza los elementos que componen el vocablo, dicien- 
do que uno es hk, dos veces, y el otro -váfios. casado. En la significa- 
ción de la palabr¿i -yáiios incurre en un error, pues significa matrimo- 
nio y no casado que es 7a|i€TT]s. 

Biografía. — No se dice cual sea el origen de esta voz; procede 
del bajo griego Pioypa.^ía, formada de Pio-ypá(j)os, y ésta de Ptós vida y 
7pa4>a>. escribir. 

Biográfico. — Se forma del término biografía, con el sufijo corres- 
pondiente. La Academia nada indica. 

Biología. — El origen está bien indicado pero no se comprende, 
porque ^e silencia que logia se deriva de Kéya», decir. 

Biológico. — Kste adjetivo que se forma del griego pioXo^iKós-Vj-óv, 
no se traduce por la Academia; además ni se indica que sea un 
adjetivo como lo vemos en Alexandre, lo que es grave, pues pudiera 
pensarsj que fuese de das terminaciones, expresado el género con 
la anteposición del artículo, siendo asi que tiene tres desinencias. 

Biólogo. — La Academia dice que procede de pioXó^os, sin mani- 
festar su significación; no parece muy acertado este criterio porque 
Pio\ó7os traducido es corn-idiante, mientras que biólogo es el que se 
ocupa de la biología; por lo cual más atinado hubiera sido el decir 
que biólogo se forma del radical biología. 

Bizma. — Rfsulta algo peregrina la. derivación que hace la Aca- 
demia de esta dicción de la griega piacriiós, que traduce por fuerza, 
compresión, cuando Bailly, Chassang y Alexandre dicen que Piao-iiós 
significa violencia, pasión. Parece más aceptable el criterio de Diez 
respecto á que sea una corrupción de €irí9£|xa; y á la aceptación de 
este modo de juzgar se inclina Monlau. 

Blasfemo. —Del griego p\tt(r<|>Tinos-ov que la Academia no traduce 
y significa el que difanij,, injuria, propio para difamar. 

Blasfemar. — Del griego p\o(r<|)Ti[ji€w sin traducirse y significa blas- 
femar, miinnurar, derivado de p\átr4>TiH'0S. 

Blasfematorio. —Nada se dice sobre su etimología; ¿por qué no 
indica la Academia que proviene del radical blasfendaf 

Blasfemia. — Tampoco manifiesta la Corporación lo que significa 
pXa(r<|>Ti|A£a, maledicencia, calumnia, ni que se forma del radical pX-úo-- 

«J>r][ios. 

Blastema. — La Academia consigna que proviene de la voz griega 
p\á<rTT]|xa que traduce por gennlnación. La tiaducción de p\áo-T€|ia no 
es exacta, significa retoño, botón, vastago. La palabra griega que equi- 



146 JUAN 31. DIHIGO 

vale á la castellana germinación es p\áo-TTi<ris. Además la Corpora- 
ción lia debido analizar un poco más, indicando como hacen Whitney 
j' el Standard, que pXáo-TT)n,a procede de pXao-xíw, brotar, retoñar. 

Blefaroplastia. — Se>j;Tin la Corporación se forma de pX€4)apov, pár- 
pado y de -TrXtto-cru, formar. Siguiendo la opinión de los más afamados 
lingüistas, esta palabra debiera haberse analizado de este modo: 
de pX€(}>apov, párpado y -n-Xao-rós adjetivo verbal de irXáo-o-o) formar, 
expresándose que pXé4>apov se origina de la raíz BAEII, mirar. 

Blenorragia.— ¿Por qué la Academia acepta únicamente á pXc'wa, 
mvco.9ldad, como el vocablo que da el bleno de la voz blenorragia, 
siendo así que es un término de la lengua alejandrina ó greco- 
romana y no del koi,vt| ^XcSo-o-a lengua común? Sin duda que á esto se 
debe el que el Centnri/ y el Standard, que han cuidado tanto de las 
etimologías, señalen la dicción griega pxewos, perteneciente al género 
neutro y que siendo más propia la voz tiene igual significación. 

Blenorrágico.— Nada dice la Academia sobre la etimología, 
debiendo haber manifestado que se forma del radical blenorragia. 

Bolear. — Estudiando detenidamente esta etimología se compren- 
de que es algún tanto violento hacer que se forme del PoXrj griego, 
acción, de arrojar, derivada á su vez de páXXw, lanzar. Monlau que es, 
sin duda, el más cuidadoso de los etimologistas españoles, refiere 
este verbo al nombre bola y al explicar el origen de este sustantivo, 
después de indicar las opiniones de Court de Gebelin, Covarrubias 
y otros, entiende que la más corriente es la que lo deriva del latín 
huUa. No hace mención alguna de un vocablo griego. 

Bolo. — La Academia dice que proviene de PwXos: terrón, mogote; 
pero su etimología es la misma de bola. 

Borborigmo. popPopv-yfiós, sin traducirse en el Diccionario y sig- 
nifica borborigmo, formado de PopPopvíw, hacer ruido laa tripas. El 
PopPopvja) á que se refiere la Academia, viene de pópPopos, fango, cie- 
no, etc. Bien pudo haberse extendido más el análisis indicando no 
solo que existe en gfiego, como dice el Centary, el vocablo KopKopvYjjiós 
KopKopv7T|, con el mismo sentido, sino que la palabra popPopv7|ji,ós se 
deriva de la raíz BOP que indica la idea de devorar. K\ Diccionario 
Hispano- Americano se equivoca al escribir el verbo poppopvo-w con 
sigma, siendo así que < n griego tiene una tzeta; además Roque 
Barcia da como traducción de pópPopos, burbuja, ebullición, cuando sig- 
nifica como afirman Bailly, Chassang y Alexandre cieno, fango, 
pantano. 

Bóreas. — Xo se traduce la voz griega Popías de la cual se deriva 



REPAROS ETIMOLÓGICOS AL DICCIONARIO 147 

la dicción Bóreas: es Aquilón, viento del Norte, norte. Este sustantivo 
modifica su forma en el dialecto Ático siendo Boppás. 

Bosforo. — En el Diccionario de la Lengua Castellana se indica que 
procede de la palabra griega póo-iropos, sin traducir Bó-<foro, estrecho. 
El estudio etimológico de esta voz es bien incompleto, la Academia 
ha debido descomponer la voz griega diciendo que se ha formado de 
Boós, y de tropos siendo la primera genitivo de Bovs y irópos, pasaje, 
derivándose esta última del verbo xípáca, atravesar, cruzar. 

Botánica. — El análisis etimológico resulta algo confuso, porque 
la Academia dice que viene del griego poraviK^, como si hubiese tal 
sustantivo, no existiendo sino el adjetivo de tres terminaciones 
poToviKós-Tj-óv relativo á las plantas y haciendo proceder el adjetivo 
indicado del sustantivo Porávii. plantn, hierba. En realidad esta voz 
se ha formado de la griega Boravía, como dice Whitney forma rara 
de BoTÚvii, que se deriva de Póo-kw. alimentarse y á su vez de la raíz 
BO. que expresa la idea de pa4o, de alimento, de animal que pasta. 
Es inconcebible cómo la Academia que se compone de personas tan 
ilustradas y entre las cuales sobresalió por sus conocimientos lin- 
güísticos el Padre Fidel Fita, ha podido decir que Botánica viene 
de la dicción griega poTaviKTj, como si fuera un sustantivo, no exis- 
tiendo más que como adjetivo, y en este caso en su forma femenina que 
origina el Porávi]. ISTi el Century ni el Standard que han cuidado mucho 
de que sus etimologías sean exactas, incurren en tal descuido como 
tampoco Carré en su Vocabulario Francés que señala su origen en porávii. 

Botánico. — Aquí se nota la deficiencia de la explicación porque 
indicada solamente la forma poraviKós [)uede aparecer como un sus- 
tantivo de tema vocalario en omicrón, siendo así que es la forma 
masculina del nominativo de singular del adjetivo parisilábico de 
tres terminaciones PoTaviKós-Tj-óv, relativo á las plantas. 

Bradipepsia. — La Academia deriva la voz del griego ppa8Dir€\|/ta 
que no traduce y significa bradipepsia, digestión lenta, penosa, de 
PpaSvs, lento y w^o-o-w, digerir. Haciendo el análisis de los compo- 
nentes de este voc.xblo, tenemos que ha debido decirse que PpaSís- 
€ítt-í es un adjetivo imparisílado de tres terminaciones, porque 
teniendo la flexión consonarla nombres cuyos nominativos terminan 
en vs, pudiera tomarse por sustantivo lo que en realidad no lo es; 
además se compone esta voz del sustantivo irí'tj/is, digestión, de iréirT», 
digerir. Aun puede hacerse mayor análisis manifestando que PpaSís 
proviene de la raíz BPAA que expresa idea de lentitud y irí»j/is de la 
raíz IIEn, Kocinar. 



146 JUAN ?T. DIHÍGÚ 

Branquia — Este término dice la docta Corporación, que viene 
del griego ppá^x"-» sin indicar su significado. Con un simple examen 
etimológico se comprende que es muy deficiente el estudio de este 
vocablo, porque al referirse la Academia á la voz griega ha debido 
indicar que está en número plural, pues de lo contrario pudiera 
pensarse que es un nombre vocalario de tema puro. En los diccio- 
narios extranjeros se encuentra la voz en plural, así el Century trae 
branchiae, Littré y Larousse branchies, Koque Barcia y Echegaray 
branquias y el Diccionario de Autoridades, branchas. Todo esto signi- 
fica que parece estar mal usado en singular, en castellano, como lo 
hace la Academia y el Hispano Americano y que en el análisis eti- 
mológico ha debido precisarse cómo Ppá^x^ov expresa la idea de un 
ruido ronco. 

Brionia. — Existiendo en griego tres formas para indicar el 
vocablo castellano han debido expresarse y no conformarse con 
Ppvíüvía; las otras dos son PpvúvT] y la poética Ppvwvís, nueza blanca. La 
Corporación no indica el significado, como tampoco que este sus- 
tantivo provenga del verbo Ppvw, brotar, echar tallos y ramos, de la raíz 
BPY, brotar, germinar. La forma griega más usada es PpvcóvT]. 

Broma. — ¿Por qué al decirse que viene del griego Ppó.u.os. ruido, 
murmidlo, no se refiere la Academia á PpíV"? temblar, temblar de cólera, 
resonar, murmurar y á la raíz BPEM, idea de un ruido sordo? 

Broma. — ¿Por qué al hacer el análisis de esta voz no se ha lle- 
gado en su estudio hasta la raíz BOP, que indica idea de devorar f 

Bromo. — ¿Cómo es que el P. Fita aceptó el que Ppójios se escri- 
biera con una omicrón en la primera sílaba, siendo así que Chassang, 
Bailly, Littré, Larousse, Roque Barcia, Echegaray, Monlau y el 
Hispano Americano, ponen omega en la primera sílaba? La escritura 
correcta de este vocablo es PpwH.os, que significa hediondez, lo que no 
dice la Academia; además, aunque Alexandre trae la palabra con 
la primera sílaba breve, indica que se busque la segunda forma por- 
que entiende que es la que da la verdadera ortografía. Chassang 
cuando se refiere ají ua?¿¿eur, lo hace exclusivamente á Ppwfios, pues 
no dice que PpóH.os signifique lo mismo. 

Brugo. — Xi el vocablo latino bruchus ni el griego Ppoíxos, están 
traducidos; significan gusano, larva de escarabajo ó de langosta y por exten- 
sión toda especie de insecto semejante que destruye los campos. Como quiera 
que este vocablo en el sentir de Chassang y de Bailly se escribe de dos 
maneras en griego, hubiera sido conveniente que la Academia hu- 
biese indicado la forma ppovxos v la forma ppoíKos á fin de evitar 



REPAROS ETUIOLOGICOS AL DICCIONARIO 149 

dudas cuando se encontrase uno con cualquiera de ellas, pues 
mientras la honorable Corporación usa sólo la primera ó sea PpoOxos 
como hacen Monlau, Echegaray y el Hispano Americano, en cambio 
Koque Barcia sólo emplea PpovKos. Además, muy oportuno hubiera 
sido el haber señalado á ppoíxos como derivándose del verbo PpvKw, 
devorar, tragar, que á su vez procede de la raíz BPYK, que indica la 
idea de un animal que devora. 

Búbalo. — ¿Por qué la Academia no dice que povPaXos, en griego 
significa búbalo, especie de antílope? Nótase también otra deficiencia 
dada la pluralidad de formas que tiene este nombre en la lengua 
griega, pues si como dice Chassang y afirma Alexandre el vocablo 
aparece como povPaXis-etos y povpa\is-iSos, la Corporación ha debido 
indicar esas formas para evitar confusiones, toda vez que para el 
Century y el Standard la más importante es povpaXis, mientras para 
Echegaray, Roque Barcia y otros diccionarios, es la povPaXos. Tam- 
bién ha podido descomponerse el vocablo, indicando por vía de ilustra- 
ción, que algunos afirman que procede de PoOs, buey, aun cuando tal 
opinión, según Whitney, es bastante dudosa. Señálase igualmente 
como su raíz, el monosílabo BA. 

Bucólico. — La Academia dice que viene de PovkoXikós. sin tradu- 
cir el término y significa pastoril, bucólico, compuesto de Poís, buey y 
de KoXí'io ó iroXí'w, habitar, apacentar. Este análisis es deficiente, por- 
que la Corporación ha debido decir que PovkoXikós-t|-óv, es un adjetivo 
de tres terminaciones usado aquí en la forma masculina, dado que su 
terminación podría hacer dudar si es sustantivo ó adjetivo; además 
PovkoXikós proccde de povKóXos, boyero, palabra formada de Poís, buey, 
mas KóXos, que pudiera ser como afirman algunos lingüistas iróXos 
de iTíXti», mover, ser. La raíz KEA en su acepción de velocidad des- 
empeña un papel importante en la etimología de este vocablo. La 
significación de apacentar que dice la Academia, tiene el verbo iroXéw, 
no se encuentra en C hassang, Bailly ni en Alexandre, ni aun en Leo- 
pold mismo, pues -n-oXéw con la significación de errar que le da Whit- 
ney, sólo se usa en la voz media; además apacentar que es el mener 
paítre de los franceses, es £ls voniás é^íyo». Puede añadirse también que 
la forma koXí'w que trae la Academia, no se registra en Chassang, 
Bailly ni tampoco en Alexandre, todo lo cual indica que es el kóXos 
el vocablo que ha debido tenerse en cuenta. 

Budión. — ¿De dónde ha sacado la Academia que budión se origi- 
na de la voz griega povrvs? Regístrense los diccionarios griegos de 
más importancia y se verá que tal palabra no existe en la lengua de 



150 JUÁX JI. DIHIGO 

Homero. Monlau, que es uno de los etiinologistas españoles más 
distinguidos, puede que sea el mejor, ni siquiera se ocupa de la voz; 
Echegaraj' que con mucha frecuencia copia á la Academia, nada 
dice sobre su etimología, como tampoco el Hispano Americano, indi- 
cando Roque Barcia, que la palabra es de origen desconocido; ahora 
bien, ni el célebre Diccionario llamado de Autoridades, que frecuente- 
mente presenta las etimologías latinas y griegas, hace indicación 
alguna, demostrándose con esto que la cuestión de la procedencia 
está svbjudice, por lo cual la Corporación que es la llamada á dar 
siempi-e. por su saber, su opinión, no ha debido derivar un vocablo 
de una voz que no existe en griego. 

Buglosa. — La etimología que da la Academia de esta voz es 
correcta, ahora siempre se nota la falta de traducción de la corres- 
pondiente voz gi'iega PoúyXwo-o-os-ov, buglosa, lengua de bueij. Hay 
también la forma Pov^Xmo-o-ov. buglosa y PoíyXwo-o-os, lenguado. 

Bulimla. — La Academia dice que viene del griego Poíi\i|j.os. sin 
traducir y significa bulimia, cu^^a voz griega se descompone en Poís, 
buey y Xifiós, hambre. El examen de los diccionarios nos indica que 
la palabra castellana bulimia puede proceder de tres formas griegas 
de povXifiía, pouXt|i£a<ris y PovXijios; parece natural que se hubiesen in- 
dicado, pues siguiéndose por la Academia no se podría pensar más 
que en una sola forma griega; y es cierto que la más usada es la 
tercera de las indicadas, la más parecida á la castellana es la pri- 
mera. También se nota otra deficiencia en el análisis de los voca- 
blos que componen la voz griega povXijios; pues si la primera es la 
voz Povs, buey, ha debido decirse que está tomada la forma Pov. como 
un prefijo aumentativo, el cual viene de la raíz BO, que indica la 
fuerza. De este modo no habría duda respecto á la pérdida del 
signo característico del nominativo de singular; — así pensaba el 
sabio lingüista ^Yhitney y con razón sobrada. 



UN ÉXITO DE LA QUÍMICA INDUSTRIAL 

POR EL DR. CARLOS THE YE, 
Profesor de Química y Análisis Químico 

Todo el mundo sabe que la atmósfera terrestre hállase espncial- 
mente formada de la mezcla de dos gases, que son el oxígeno y el 
nitrógeno. Este último constituye, en la alimentación vegetal, un 
elemento de la mayor importancia, al que las plantas deben en par- 
te principal su desaiToUo y lozanía. Por esa i-azón de la necesidad 
que tienen las plantas de ese elemento, los agrónomos más eminen- 
tes dedican su preferente atención á detei'minar el procedimiento 
más eficaz y económico de ponerlo á disposición de la planta. El 
eminente químico francés M. Berthelot ha tenido ocasión de demos- 
trar, después de admii-ables investigaciones, que las plantas lo 
absorben del aire directamente por sus hojas, y asimismo que la 
tierra vegetal, cuando reúne ciertas condiciones de humedad y de 
constitución arcillosa, es capaz de retener físicamente una cierta 
proporción de nitrógeno atmosférico. Desde luego, que si la planta 
y el terreno pudiesen siempre, en todas cii'cunstancias, desarrollar 
su máxima capacidad de absorción, el problema agronóuiico á que 
nos referimos se hallaría en todo momento solucionado por la mis- 
ma naturaleza, y no habría motivo para que de él nos preocupá- 
semos. Mas, no sólo dicho ideal deja de realizarse en la generalidad 
de los casos, sino que también, según los mismos trabajos del citado 
químico, gran parte y á veces la totalidad del nitiógeno absoibido 
suele volver á la atmósfera cuando las circunstancias que favore- 
cieron su absorción son sustituidas por otras que le son desfavora- 
bles. Muy cierto que, á más de ese elemento de tan difícil aprove- 
chamiento, nuestra atmósfera contiene formas de combinación del 
nitrógeno, que lo hacen de más fácil asimilación y que el suelo re- 
tiene con más energía, esto es, en forma de nitrato de amoníaco que 
las lluvias disuelven é incorporan al terreno. 

Pero, ni la absorción directa del nitrógeno atmosférico, ni la 
incorpoi-ación al terreno por las aguas de lluvia del nitrato y del 
nitrito de amoníaco, apoi-tan á la planta la cantidad de elemento 
nutritivo que sus necesidades requieren; á tal extremo, que el agri- 
cultor vería pronto defraudadas sus esperanzas, si en ese único me- 
dio de fertilización las fundara. Por ello, necesario es acudir á 



152 CARLOS THEYÉ 

otras fuentes de producción y proporcionar á la planta el nitrógeno 
en foinia de sulfato de amoníaco, de nitiato sódico de Chile, ó de 
nitrógeno orgánico, tal como entra á formal- parte integrante de los 
residuos orgánicos nitrogenados. De estas ti*es formas de aplica- 
ción del nitrógeno, las dos primeras son las más útiles, porque sus 
resultados son más inmediatos; desgraciadamente, el elevado precio 
de dichos materiales es un obstáculo para mearlos con la abundan- 
cia deseable y, además, el nitrato de Chile, que hoy se exporta en 
cantidad de un millón y medio de toneladas al año, es muy posible 
que de seguir la expoi-tación en esa cuantía, en menos de veinte 
años se agotará por completo; en cuanto al sulfato de amoníaco, 
por más de que por hoy pudiera considerarse su producción como 
inagotable por ser un sub- producto de la destilación de la hulla, 
ella se halla ligada á los azares de otra industria que los progresos 
de la ciencia pudieran hacer desaparecer ó modificar en el porvenir. 
Por todo lo que antecede se llega á la conclusión de que si queremos 
asegurar el porvenir de la agricultura, forzoso es (jue acudamos ala 
fuente verdaderamente inagotable de nitrógeno, es decir al aire 
atmosférico, transformando ese elemento en ácido nítrico, y ulte- 
riormente en nitratos de cal ó de sosa, que constituyen su forma más 
asimilable. 

Ese es el desiderátum que parece haberse realizado con éxito á 
ñnes del pasado año en Noruega y cuyo procedimiento vamos á re- 
señar someramente. 

Desde el año 1903 el profesor Christian Birkeland, de la Uni- 
versidad de Christianía, y el ingeniero noruego S. Eyde, hicieron 
la aplicación industrial de la célebre experiencia de laboratorio 
realizada en 1784 por el ilustre químico y físico inglés Henry 
Cavendish, es decir, la combinación de los elementos del aire bajo 
una influencia eléctrica. La operación, tal como hoy se realiza en 
Noruega, comprende tres fases principales: 1? formación de los 
compuestos oxigenados del nitrógeno; 2? condensación, ó mejor di- 
cho, absorción por el agua de los vapores nítricos; 3? forma<¡óu del 
nitrato de cal que es el principal producto de la exportación. La 
fábrica que por primera vez realizó esas operaciones en escala ver- 
daderamente industrial, se instaló en Nottoden, cerca de Christianía, 
en Mayo de 1905, aprovechando una caída de agua que proporciona 
una fuerza hidráulica de veinte mil caballos. La reacción se opera 
en tres hornos eléctricos de 700 caballos cada uno, con los cuales se 
puede operar sobre 75,000 litros de aire por minuto, absorbiendo 



UN ÉXITO DE LA QUÍMICA INDUSTRIAL 153 

cada horno de 500 á 600 kilowatts, con una llama de 2 metros de 
diámetro entre los electrodos. La reacción es más térmica que 
eléctrica: con una temperatura de 3,200 °C y una circulación de 
aire de un litro en 20 minutos, se consigue la oxidación de cerca de 
5% del nitrógeno que dicho aire contiene. De los compuestos oxi- 
genados que se forman, el más importante es el óxido nítrico, NO, 
el cual se combina con el oxígeno que queda libre formando el dió- 
xido, NOo. Al sah'r de los hornos los compuestos oxigenados del 
nitrógeno, que se encuentran á una alta temperatura, pasan á las 
cámaras de oxidación donde se enfrían, pasando luego, para su 
absoiciói), por dos series de torres de granito compuestas de cuatro 
torres cada una con 40 metros cúbicos de capacidad, de manera que 
cada serie representa 160 metros cúbicos, que están ocupados por 
pedazos de cuarzo, por los que circula la cantidad de agua necesaria 
para transformar el dióxido NOg en ácido nítrrico HNO3, ácido 
niti-oso HNO2 y óxido nítrico NO. A continuación de cada serie 
existe una quinta torre en la que el 95% de los resi'luos gaseosos 
son absorbidos por una coi-riente de agua de cal. 

De lo que precede se deduce que el nitrato de cal producido por 
el procedimiento contiene también nitrito, lo cual en un principio 
pudo temerse que constituyese un obstáculo para su uso en la agri- 
cultura; mas el distinguido químico francés M. Schloesing (hijo) 
experinu'utó un nitrato de cal de esa procedencia con 13% de ni- 
trógeno, y en Noviembi-e del pasado año comunicó á la Academia 
de Ciencias de Paris, como resultado de sus experiencias, que el 
producto noruego equivale en su valoi- fertilizante al salitre de Chi- 
le, y que el nitrito calcico, que á dicho producto acompaña, no sólo 
es inofensivo para la planta, sino que también tiene sobre ella el 
mismo efecto favoiable que el nitrato. 

Como consecuencia del éxito alcanzado por esa fábrica, hase for- 
mado á fines del pasado año una compañía de capitalistas ingleses, 
fr-anceses, alemanes y suizos, con capital de 5 millones de pesos, 
que ha de emplear unos 30.000 caballos de fuerza utilizando la caída 
de agua del Svaelgfos, cerca de Nottoden. 

En Dalmacia (Hungría) y en los Alpes Austríacos esta nueva 
industria empieza á ser explotada, gracias á las grandes cantidades 
de hulla blanca (caídas de agua) de que esos países disponen. En 
los Estados Unidos hace unos cuatro años establecióse una fábrica 
en Niágara Falls por la « Atmospheric Products Company «, la cual 
producía una libra de ácido nítrico con un consumo de seis caballos 



154 CÁELOS THEYE 

hora eléctricos; pero el costo ora muy elevado y la empresa no 
prosperó. 

Alemania, que anualmente importa por valor de 5 millones de 
marcos del nitiato chileno, considera como de la ma3'or ui'gencia 
para ella la solución del problema, y á ese fin ha queiido encaminar 
las investigaciones de sus químicos é ingenieros el profesor Witt en 
su discurso inaugural del Instituto de Química TecnoIó¿;ica funda- 
do en Charlottenburg en el mes de Diciembre pasado. La dificultad 
del problema en aquel país estriba en la esca.^^ez de la hulla blanca, 
ó sea de caídas de agua poderosas que permitan disponer por lo 
menos de 5,000 caballos de fueiza; pues, en las condiciones actuales 
de dicha fabricación, el empleo de la hulla negi-a encarece el pro- 
ducto en condiciones de no poder sostener la competencia, no sólo 
con el nitrato chileno, sino también con los pi'oductos de Noruega, 
que se benefician de caídas de agua de 40,000 caballos con un costo 
de 75 pesos por caballo, pudiéndose reducir éste hasta 3 pesos al año 
con la utilización del Rjukanfos, que permite disponer de 300,000 
caballos. 

El rendimiento medio en Xottoden es ahora de 500 á 600 kilo- 
gramos de ácido nítrico por kilowatt-año: de suerte que una tone- 
lada de ácido nítrico puede ser pi-oducida por uno y medio kilowatt- 
año; y como el costo de cada kilowatt-año producido por fuerza 
hidráulica es, según estimaciones hechas en distintos países, de 
S 45.50, sin que en este cálculo se tenga en cuenta el interés del 
capital y los gastos de reparación, resulta que cada tonelada de 
ácido nítrico cuesta $ 68.20, lo que equivale próximamente á 30 cen- 
tavos por el kilo de nitrógeno, es decir al mismo precio que tiene 
dicho elemento en el sulfato de amoníaco procedente délas fábricas 
de gas y muy poco menos de lo que vale el mismo en el nitrato de 
Chile. Esta comparación, á primera vista desfavorable al procedi- 
miento noruego, deja ver la dificultad del problema, y la necesidad 
de grandes caídas de agua para llegar á la obtención verdaderamen- 
te económica del producto. No es dudoso además que los invento- 
res han de seguir mejorando su procedimiento, haciendo, por ejem- 
plo, un estudio más completo de la acción de las altas temperaturas 
sobre las varias mezclas de nitrógeno y oxígeno y sobre los com- 
puestos oxigenados formados, así como de la que el agua ejerce du- 
rante el proceso, por ser esas dos acciones, la de la temperatura y 
la del agua, la base fundamental de la reacción. Pero desde ahora 
puede anticiparse que el éxito alcanzado por los Sres. Birkeland y 



UN ÉXITO DE LA QUÍMICA INDUSTRIAL 155 

Eyde ha de constituir uno de les acontecimientos de mayor reso- 
nancia del siglo en que vivimos y una fuente de incalculables bene- 
ficios para la agricultura progresiva; consideraciones ambas sufi- 
cientes á justificar el propósito que nos ha inspirado al trazar estas 
líneas. 



CUBA PRECOLOMBINA 

POR EL DR. ENRIQUE JOSÉ VARONA 
Profesor de Psicología, Filosofía Moral y Sociología 



Sentiría que este título indujese á error á los que me lean; pues 
no voy á tratar de la vida y costumbres de los autóctonos de nues- 
tra Isla, antes de su descubrimiento y colonización, sino de mis 
deseos de saber algo positivo á ese respecto. 

Viendo el laudable empeño que ahora se pone en escribir la 
historia de Cuba, sobre todo en tratados populares, me ha parecido 
que va siendo tiempo de pasar el balauce de lo poquísimo fidediguo 
en lo concerniente á la antropología cubaua, de clasificar con cui- 
dado las fuentes directas é indirectas de información que poseemos, 
y de aplicarles seriamen,te las reglas de la crítica científica. Mi 
propósito, al trazar estas líneas, es sólo llamar la atención sobre 
esa necesidad perentoria. 

Existen, desde luego, descripciones más ó menos minuciosas de 
los aborígenes cubanos. Cuatro capítulos del libro primero de su 
Historia les dedica especialmente el Sr. Guiteras; pero basta fijarse 
en las autoridades en que se apoya, para comprender lo deficiente de 
su información. En cada página se amontonan las citas del cronista 
Herrera, de cuando en cuando aparece Oviedo y rara vez el padre 
Las Casas. El señor Pezuela apenas consjigra algunos párrafos á 
ese asunto; y no cree necesario aducir pruebas de lo que asevera. 
Su espíritu crítico, en esta materia de los indígenas, puede colegir- 
se de la naturalidad con que refiere, y aun traslada á la letra, la 
concertada plática que enderezó á Colón un indio anciano, en los 
momentos de celebrarse en nuestras costas la primera misa. Por 
ella coligió el almirante, al decir del señor Pezuela, que los natura- 
les de Cuba «conservaban creencias de pureza y sencillez análogas 
á las del cristianismos. 

El señor Bachiller y Morales procuró ir más lejos y hacer más 
que todos sus predecesores, y escribió su Cuba Primitiva. Pero 
este libro es la perfecta imagen del caos. La ponderosa erudición 
del autor abruma al lector bajo una avalancha de datos, noticias, 



^U3Á PRECOLOMBINA 157 

disquisiciones y conjetui-as, mezcladas y revueltas, que lo impelen, 
lo arrastran y lo hacen rodar al cabo á un abismo de confusión; de 
donde sólo se saca el propósito de no aventurarse de nuevo por lu- 
gares tan arcanos y de fundamento tan resbaladizo. 

Entre los extranjeros, el estudio más detenido que conozco, so- 
bre nuestros indios, es el de M. Cornilliac en su Anthropologie des 
Antilles; pero, como lo indica su título, se extiende á los habitantes 
del archipiélago antillano; y aunque los separa en dos grupos, se- 
gún que moraban en las Antillas mayores ó en las menores, no es- 
tablece separación entre los de Cuba y los de Santo Domingo. La 
mención más especial que hace de los aborígenes cubanos es para 
referir, sobre la fe de Herrera, el mismo episodio del indio teologi- 
zante, que ya he citado. Cúmpleme advertir que Herrera repite 
lo que encontró en la relación del segundo viaje del Descubridor, 
tal como ha llegado á nosotros. 

Si me he referido al estudio del Dr. Cornilliac es porque pone 
de relieve el procedimiento que se ha seguido generalmente en estos 
estudios. Se ha dado por supuesto que era una misma la raza que 
poblaba las grandes Antillas, unas mismas sus costumbres, creen- 
cias é instituciones; y lo que se sabía con algún principio de funda- 
mento de la más conocida, Santo Domingo, se aplicaba sin más á 
las otras, y por tanto á Cuba. Por otra parte, no se cuidaban los 
investigadores de clasificar las fuentes en que bebían; menos de 
someterlas á verdadera crítica; y de allí resulta la más extraña 
confusión de autores, coetáneos unos y posteriores al descubrimien- 
to otros, residentes en América y residentes en Europa, testigos de 
vista y testigos de referencia. 

El primer conato serio, realizado en Cuba, para llevar la luz de 
la crítica á esa enmarañada cuestión, fué una interesante polémica, 
provocada por un opúsculo del ingenioso Juan Ignacio de Armas, 
La fábula de los Caribes, y en que soportó casi todo el peso, con gran 
competencia y lucimiento, el Sr. Sanguily. En ella pudimos ver 
casi siempre contrapuestos, como lo estuvieron eu vida, á Las 
Casas y á Oviedo; y leímos apreciaciones muj^ atinadas respecto al 
valor, como testimonio, de las desfiguradas relaciones de Colón. 

Mas también en cuanto se escribió entonces el campo distaba de 
circunscribirse á Cuba y sus aborígenes. También se extendía á 
ellos, implícitamente, lo que afirmaban ó negaban de los indios de 
las otras grandes islas los viejos autores, ó los que después los han 
copiado. 



158 ENRIQUE JOSÉ V ABONA 

Por esta razóu puede aseverarse que es un terreno casi sin rotu- 
rar el que se refiere á Cuba precolombina; y la empresa podría 
seducir á alguuos de nuestros jóvenes escritores. Debía tentarlos 
el misterio que envuelve á la raza desaparecida, para tratar de hacer 
revivir á nuestros ojos esas pálidas sombras, y obligarlas á que nos 
digan cómo vivieron, cómo vegetaron, hasta que el áspero contacto 
de la civilización trituró sus débiles cuerpos. 

Pero á fin de llevar á cabo con acierto esa empresa, necesario es 
emprender un trabajo previo, para depurar las fuentes de informa- 
ción y darles su verdadero valor. En lo que sigue me propongo 
indicar cómo debiera procederse, con objeto de sacar de una vez 
nuestra historia primitiva del período de las afirmaciones en el aire. 

II. 

Todo problema histórico se resuelve, cuando se resuelve, por un 
largo proceso lógico, que no puede darnos sino un conocimiento 
indirecto. Es un caso de interpretación de hechos presentes, que 
nos conducen, por una larga serie de inferencias, á representarnos 
fenómenos anteriores. 

Esos hechos presentes son los documentos que nos sirven de tes- 
timonio de lo pasado. Aquilatar su valor, como prueba, es la ope- 
ración indispensable, que abre la puerta á las interpretaciones 
posteriores. El documento puede ser un fenómeno natural: estra- 
tificaciones geológicas, fósiles, restos de animales y de hombres; ó 
un producto humano: útiles, instrumentos, armas, figuras esculpi- 
das ó pintadas, ruinas, inscripciones, manuscritos, impresos. De 
éstos, unos tienen significación propia y directa; otros son meros 
signos de los estados mentales de los que los produjeron, y requie- 
ren un proceso de interpretación mucho más largo y falible que los 
primeros. Por desgracia, los segundos abundan infinitamente más 
que los otros. 

En presencia de los documentos de esta última clase, debemos cer- 
ciorarnos de que no se han deteriorado, de que los entendemos bien, 
deque sus autores estaban en condiciones de observar con exactitud 
lo que después refirieron, de que éstos tuvieron la intención de re- 
ferirlo con fidelidad y de que lograron expresar con propiedad lo 
que quisieron expresar fielmente; es decir que los autores no se en- 
gañaron, no han querido engañar, ni han engañado, sin quererlo, 
])or deficiencia en la expresión. No agoto, ni con mucho, las difi- 



CUBA PRECOLOMBINA 159 

cultades que ofrece la interpretación de esta clase de documentos, 
sino apunto las capitales. 

Los que se propongan desentrañar lo que fueron físicamente y 
cómo vivieron los indígenas cubanos, tienen á su disposición, aun- 
que en rany corto número, documentos de ambas clases. Tienen 
los escasos restos arqueológicos y antropológicos, que se han ido 
descubriendo trabajosamente en algunas partes de la Isla; y tienen 
las narraciones de algunos de los europeos que la visitaron ó resi- 
dieron en ella, antes de la rápida desaparición de los indios. Su va- 
lor como testimonio es, desde luego, muy desigual. Voy á comen- 
zar por los segundos, precisamente porque son, desde todos los 
puntos de vista, los de menos peso. 

Aunque Colón no hizo más que tocar en Cuba, consignó siempre 
por escrito lo que vio ó creyó ver en los lugares de arribada. Aquí 
el investigador moderno ha de entregarse á dos pesquisas igualmen- 
te importantes. Primera, el estado en que han llegado á nosotros 
las narraciones del Almirante; y después el estado de ánimo en que 
éste se encontraba al descubrir y circunnavegar parcialmente la 
Isla, y luego al estampar en el papel sus recuerdos. Diré de pasada 
que ese estado de ánimo era el menos adecuado para inspirar con- 
fianza, no en la buena fe, sino en la clarividencia del Descubridor. 
Todo el éxito y porvenir de su gran empresa dependía para él, de 
poder demostrar que había llegado al continente asiático, á las en- 
cantadas tierras del oro y las especias. Esto nos explica el caso 
extraordinario de la información oficial, que practicó en 12 de Junio 
de 1494, ante el escribano de la capitanía Fernán Pérez de Luna, 
obligando á todos y cada uno de los tripulantes á declarar que la 
Isla de Cuba era «tierra firme al comienzo de las Indias», so pena 
de diez mil maravedís y cortarles la lengua, si en algún tiempo des- 
pués decían lo contrario. Pena que se trocaba, para los grumetes 
y personas de menor cuantía, en la de cien azotes é igual pérdida 
de la lengua. 

Mucho más importante que el testimonio de Colón es el del 
padre Las Casas, puesto que su llegada á Cuba coincide casi con las 
primeras tentativas de colonización; y vivió algún tiempo en diver- 
sos lugares de la Isla. Por desgracia sus numerosos escritos se han 
publicado con diversos y largos intervalos, han estado mucho 
tiempo bajo una especie de entredicho oficial, y hay que depu- 
rar las vicisitudes por que puede haber pasado el manuscrito del 
de más significación para nosotros, que es su Historia de las In- 



160 EXRIQUE JOSÉ VARONA 

dios, donde se eucueutra la primera descripción existente de nues- 
tra Antilla. 

Por otra parte, es indispensable no perder un momento de vista 
el carácter del autor, de quien puede repetirse punto por punto lo 
que con tanta gracia decía el padre Calancha del padre Barcena, 
que era «gran siervo de Dios y excelente lenguaraz». Pocas veces, 
temperamento más apasionado tomó más á pecho la defensa de una 
causa, ni vio con más ahinco por un solo lado los asuntos que, con 
inagotable facundia, exponía y pintaba. Las Casas fué ante todo 
un polemista, y todos sus libros son obra de polémica. 

Los primeros pobladores de Cuba, por sí ó por medio de ama- 
nuense, tuvieron necesidad de escribir mucho, ni más ni menos que 
los de Santo Domingo y la Tierra Firme; pero escribieron para atacar 
ó defenderse, escribieron alegatos, y lo menos de que se cuidaban era 
de los usos y costumbres de los indios. Aunque los indígenas apa- 
recen de vez en cuando en sus escritos, van á la par que los cerdos, 
y sólo para lamentarse sus autores de que se escondieran ó suicida- 
ran por sustraerse á las tremendas faenas á que estaban sometidos. 

Esto no obstante, hay que recorrer todos los documentos de 
aquella época dados á la estampa, y siempre que sea posible los que 
aíin quedan en los archivos, para descubrir los indicios con que en 
ellos pueda tropezarse. 

Los referentes á las otras Antillas y á las tien-as próximas del 
continente vienen en segundo lugar, y sólo adquirirán valor, en re- 
lación con lo que den de sí los documentos arqueológicos y antropo- 
lógicos de Cuba. 

En este campo es donde puede recogerse algún fruto. A mi jui- 
cio, debe tenerse presente que son tres los puntos posibles de con- 
tacto de nuestra Lsla con lo exterior en aquellos tiempos. Hacia 
Oriente con Santo Domingo y Jamaica; hacia el Centro con la Flo- 
rida por las Lucayas; hacia Vuelta Abajo con Yucatán. Todo lleva 
á creer que el principal centro de influencia estaba al Oriente; pero 
no hay pruebas de que éste fuese el único. 

¿Pertenecían todos los habitantes de Cuba á una sola variedad 
étnica? Hay un pasaje de Las Casas, nunca citado que yo sepa, el 
cual mei'ece serio estudio. En memorial, presentado al Cardenal 
Cisneros sobre rempÁio de las Indias, dice: « Lo mismo se entiendíi para 
unos indios al cabo de Cuba, los cuales son como salvajes, que en 
ninguna cosa tratan con los de la Isla, ni tienen casas, sino están en 
cuevas confino sino es cuando salen á pescar. Llámanse giianahacabeyes. 



CUBA PRECOLOMBINA 161 

Otros hay que se llaman Siboneyes, que los indios de la misma isla 
tienen por sirvientes, y casi son así todos los de los jardines.» Puede 
verse con el número 290 en la Colección de Documentos inéditos de 
Ultramar, segunda serie. 

¿Hablaban dialectos semejantes? Bernal Díaz del Castillo afir- 
ma que los indios de Cuba hablaban la misma lengua que los de 
Jamaica, pero es un dicho aislado, que necesitaría confirmarse por 
medio de pesquisas que juzgo muy difíciles. 

¿Tenían las mismas ó parecidas costumbres? La respuesta á 
esa pregunta, que es capital, no la pueden dar sino investigaciones 
perseverantes y metódicas, en las diversas regiones de la Isla, para 
exhumar cuantos restos de los indígenas puedan hallarse; y cotejar- 
los con los descubiei'tos en las Antillas, en la Florida y en la mara- 
villosa península de Yucatán. Sólo entonces adquirirán valor las 
inferencias sacadas de lo que han escrito sobre esos países vecinos los 
primeros descubridores y pobladores, los que los conocieron antes 
del frecuente contacto de sus indígenas con los conquistadores y 
catequistas; como el doctor Chancas, el padre Pane, Oviedo ó Ben- 
zoni, por lo que toca á la Española, y las otras autoridades bien 
conocidas, en lo que se refiere al continente. 

Exploraciones, cual la llevada á cabo en la extremidad oriental 
de Cuba por los Dres. Montané y La Torre, son las que nos han de 
dar la clave de lo que aún puede llegar á saberse de los azorados 
salvajes, que, bajo la espada del conquistador y el látigo del enco- 
mendero, fueron á confiar el secreto de su mísera vida á los fara- 
llones de la costa y á los islotes que los vigilan, tan misteriosos y 
mudos hoy, como en aquella sangrienta alborada de nuestra civi- 
lización. 



ingeniería y matemáticas 

POR EL SR. JOSÉ MARÍA CUERVO 
Jefe del Laboratorio y Taller eléctricos de la Egciiela de Ingenieros. 

Mucho se ha discutido, miicho se discute en el tiempo presente, 
é indudablemente seguirá siendo motivo de discusiones en el por- 
venir, la importancia de las ciencias matemáticas en la ingeniería. 
¿Es necesario ser un matemático para poder llegar á ser un buen 
ingeniero? ó ¿es el estudio de las matemáticas, por el contrario, algo 
superfino; muy conveniente, sí, pero de ninguna manera necesario? 

Opinan algunos, y son, tal vez, los menos, que los conocimien- 
tos matemáticos son indispensables para poder abordar á conciencia 
los arduos problemas de ingeniería; y que un ingeniero será tan- 
to mejor cuanto mayores sean los conocimientos matemáticos que 
posea. 

Otros, por el contrario, opinan de una manera enteramente 
opuesta á la anterior. Admiten desde luego la necesidad que tiene 
el ingeniero de emplear constantemente fórmulas, empíricas las 
unas, puramente matemáticas las más; pero afirman que no es ne- 
cesario que el ingeniero pierda su tiempo en dedicarse á la obtención 
ó desarrollo de esa fórmula que aplica á la práctica; es suficiente 
que la sepa aplicar. Y dicen los que así piensan: « Esas fórmulas 
y esos desarrollos, deben ser obra exclusiva del matemático; que 
las estudie él; que las desarrolle, y una vez convencido de la exac- 
titud de las mismas, se las ofrezca al ingeniero para que éste 
las aplique. Que se entregue, pues, el ingeniero en brazos del 
matemático, de la misma manera que el viajero se entrega al 
cuidado y pericia del marino que dirige el barco que ha de condu- 
cirlo á seguro puerto; de la misma manera que el enfermo se entre- 
ga en brazos del galeno que prescribe la medicina que ha de devol- 
verle la salud perdida.» En otras palabras, el ingeniero debe usar 
tal ó cual fórmula porque el matemático le dice que es exacta y 
que con ella ha de obtener lo que desea; de la misma manera que 
el enfermo traga unas pildoras porque el médico se las ha recetado 
y debe saber de eso. 

Tal es la cuestión como á nuestra vista se presenta. De dos 
opiniones tan diametralmente opuestas, y sin que en ellas exista 



ingeniería y matemáticas 163 

absolutamente nada de común, una ha de ser necesariamente erró- 
nea. ¿Cuál de ellas? 

No es mi propósito en estas líneas hacer una afirmación categó- 
rica que satisfaga á la anterior pregunta sobre tan debatido tema, 
sino que me he de limitar á exponer varias consideraciones que me 
han sido sugeridas por la lectura de autores de reconocida compe- 
tencia. Y que cada cual, después, formule sus propias conclusio- 
nes y haga sus propios comentarios. 

Tres son las partes en que podemos convenientemente dividir el 
tema que hoy nos ocupa: las matemáticas consideradas en sí mis- 
mas, es decir, como ciencias abstractas; su relación, si es que al- 
guna existe, con la ingeniería; y la deuda que la civilización 
moderna ha contraído con la ingeniería y la ai-quitectura. 

Para el que se dedica al estudio de las matemáticas, es evidente 
que ellas se hallan íntimamente relacionadas, por una parte con la 
vida común y con las ciencias físicas, y por otra parte con la filo- 
sofía, en lo que respecta á nuestras nociones de espacio y tiempo. 
La aritmética y el álgebra guardan con la noción tiempo^ una rela- 
ción, si es que alguna existe, mucho menos evidente que la relación 
que guarda la geometría con la noción espacio. 

No pretendo hacer una defensa de las matemáticas con- 
sideradas en la primera de las relaciones ya citadas; y sin em- 
bargo, si tal hiciéramos, esa defensa habría de ser, siguiendo la 
opinión de Mr, Cayley, de la naturaleza que se exigió á Sócrates 
fuese su defensa de la justicia, es decir, sin detenerse á considerar 
las ventajas que acompañan siempre á una vida de virtud y de jus- 
ticia, y probando, independientemente de estas consideraciones, 
que la justicia era algo apetecible y deseable en sí misma. 

Al tratar, pues, de las matemáticas, no habríamos de insistir en 
hacer una exposición más ó menos detallada, de 'su utilidad en la 
vida común y en sus aplicaciones á las ciencias físicas, sino que, 
por el contrario, consideraríamos las obligaciones contraídas por 
las matemáticas con estas diferentes materias, reconociendo en 
éstas, otras tantas fuentes de teorías matemáticas. 

La opinión general ha sido, y sigue siendo, que la expeiñencia 
es la que nos conduce á las verdades matemáticas; y no es, sin em- 
bargo, la experiencia el fundamento de esas verdades; nuestra 
mente las concibe; ella presta su cooperación. Esta manera de 
pensar está comprendida en la teoría Platónica de la reminiscencia; 
si nos fijamos en dos objetos cualesquiera entre los cuales existe 



l64 ^OSÉ MARÍA CUÉMVO 

mayor ó menor semejanza, llegamos á la idea de igualdad: pero es 
indudable que ésta la concibe nuestra mente antes de declarar 
que son iguales los objetos que se nos presentan: y es por virtud 
de esa concepción que nos decidimos á confesar que tales ó cuales 
objetos son iguales. Lo mismo pudiéramos decir respecto á lo bello 
y á otras cualidades. 

Se lia afirmado que en la inteligencia no existe nada que no 
haya existido primeramente en nuestros sentidos: y al contestar 
Leibnitz á esta afirmación, exceptuó á la inteligencia misma. Si- 
guiendo la manera de pensar de Kant, es evidente que aunque es 
cierto que el principio de nuestros conocimientos es la experiencia, 
estamos, sin embargo, en posesión de ciertos conocimientos a priori, 
no tan sólo independientes de tal ó cual experiencia, sino absoluta- 
mente independientes de toda ella; los axiomas matemáticos son 
ejemplos de tales conocimientos a priori. Y sostiene Kant que el 
espacio no es una concepción empírica derivada de experiencias 
externas: sino que afirma, por el contrario, que para que las sen- 
saciones puedan ser referidas á algo externo, la representación 
del espacio debe ya tomarse como base: afirma, además, que la ex- 
periencia externa se hace posible únicamente y en primer lugar, en 
virtud de esta representación del esjmcio. 

De una manera semejante, la noción tiempo no es una concepción 
empírica que debe su origen á una experiencia; es una representa- 
ción necesaria, base imprescindible de toda intuición. 

Análogas afirmaciones podemos hacer respecto á las matemáti- 
cas. En una conferencia de astronomía, celebrada en el año 1836, 
SirW. R. Hamilton se expresaba en los siguientes términos: (f Estas 
ciencias puramente matemáticas, álgebra y geometría, son cien- 
cias de la razón pura, que no reciben auxilio alguno de experimen- 
tos; aisladas, ó capaces de serlo, de todo fenómeno accidental ex- 
terno. La idea de oi-den con sus subordinadas de números y figuras, 
no puede llamarse innata, si con esta palabra queremos significar 
que todos los hombres la poseen con igual claridad y perfección ; y 
sin embargo, parece ser cosa nuestra hasta tal punto, que su pose- 
sión en maj^or ó menor grado de perfección se debe al desarrollo de 
nuestros poderes originales, al desenvolvimiento de nuestra propia 
humanidad.» 

En dos grandes grupos pueden dividirse aquellos individuos que 
de alguna manera se dedican al estudio de las matemáticas: el pri- 
mero comprende ]or^ que las ©studian simplemente porque ellas 



ÍNGÉNIÉBIA t MATÉMAflCAS Uh 

forman parte del plan de estudios en la carrera que cursan. Para 
estos alumnos, el estudio de las matemáticas concluye cuando 
termina el tribunal examinador de extender el certificado de apro- 
bación en la materia. 

En otros casos, por el contrario, y son los menos, se utilizan 
estos primeros conocimientos, generalmente incompletos, y siempre 
más ó menos deficientes, como preparación para empezarlos de nue- 
vo y seguir después estudios superiores y profundos, á los cuales 
se dedican durante un tiempo más ó menos prolongado; estos traba- 
jos preliminares son utilizados como el umbral que ha de ser 
pasado antes de que el estudiante pueda vislumbrar todas las 
bellezas que encierra aquello á que se dedica. Y sucede lo que 
tiene necesariamente que suceder: que las opiniones formadas por 
estos dos grupos de individuos con respecto á las matemáticas, son 
diametralmente opuestas, y forman las respectivas banderas que 
cada uno de ellos se propone defender. Para los del primer grupo, 
el hecho de que a -f- b =: c no tiene más importancia que la posi- 
ble de ser presentado como tema de examen; cantidades imaginarias 
resultan ardua tarea para la imaginación y su existencia no se halla 
justificada; funciones de variables no resultan tan variadas como 

una función teatral; y ¿para qué más? ¿Es raro que crean lo 

que creen y que piensen como piensan? Sería una tarea difícil dar 
una idea, siquiera sea aproximada, de la vasta extensión de las 
matemáticas modernas. Esta palabra extensión no es la api'opiada 
y pudiera interpretarse mal; es una extensión llena de bellos deta- 
lles, no una de mera uniformidad como la de un desierto; es algo 
así como un hermoso paisaje que se divisa primeramente á dis- 
tancia, pero que permite la proximidad del que lo contempla y el 
examen de todos sus detalles, lomas y valles, ríos y rocas, bosques 
y flores. Esta belleza, en lo que respecta á la teoría matemática, 
es como toda belleza, perceptible pero inexplicable; nuestra mente 
la concibe, nuestros sentidos la palpan; pero nuestra palabra no 
acierta á definirla. 

Las matemáticas han adelantado constantemente desde el tiem- 
po de los geómetras griegos; nada, absolutamente nada, ha sido 
perdido ó malgastado. Los éxitos de Euclides, Arquímedes y Apolo- 
nio son tan admirables hoy como lo eran en su tiempo. El método 
de coordenadas de Descartes ha sido una adquisición para siempre. 
Pero nunca han sido las matemáticas objeto de mayor cultivo que 
durante el pasado siglo; y si, juzgando el pasado hemos de apreciar 



166 JOSÉ MARÍA CUERVO 

el porvenir, el campo ilimitado de las ciencias matemáticas se nos 
presenta lleno de esperanzas. 

En el estudio de las matemáticas se hace aparente la existencia 
de dos periodos característicos: durante el primero, juegan aquéllas 
el papel de amo déspota y cruel, intransigente con el vasallo ó es- 
clavo, el estudiante. Pronto se truecan los papeles sin embargo, 
y de amo cruel é intransigente, se convierte en vasallo obediente, 
sumiso y útil, que el estudiante maneja á voluntad. Y es enton- 
ces, solamente entonces, que éste comienza á darse cuenta de las 
bellezas que las matemáticas encierran. 

Y estas ciencias exactas, cuyas bellezas hemos admitido, ¿se 
limitan, como todo lo bello, á halagar nuestros sentidos, á propor- 
cionar placer á nuestra mente? Es mi propósito, en el resto 
de las presentes líneas, estudiar los servicios que las matemáticas 
han prestado y pueden seguir prestando á los ingenieros y á la in- 
geniería en general. 

El objeto de la ingeniería es la dirección de las grandes fuentes 
de potencia en la naturaleza, para el uso y conveniencia del hom- 
bre. Esta definición inclu3-e todo lo cubierto en la vasta extensión 
de nuestro trabajo, y excluye aquellas ciencias aplicadas, como la 
medicina, que estudia en cierto sentido los cuerpos organizados. 
Las matemáticas estudian todas aquellas cuestiones en que entran 
medidas de magnitudes relativas, de posición en el espacio, y las 
que se refieren á la determinación exacta de forma. 

La ingeniería es una ciencia matemática en un sentido particu- 
lar; la medicina, otra gran profesión de ciencia aplicada, tiene 
mu}- poco que ver con medidas de longitudes, ó con la geometría; 
pero el ingeniero las encuentra á cada paso, en todo aquello que 
con él tiene que ver; y las halla de maneras diversas. Lo que 
á él interesa determinar es que los medios empleados sean sufi- 
cientes para lograr el fin que él se propone; y para esto es indis- 
pensable comparar el fin con los medios, y ver que existen entre 
ellos la debida proporción. 

No creo necesario emplear tiempo alguno en tratar de probar 
que nadie puede ni debe aspirar á ser el más humilde de los inge- 
nieros sin conocimientos de aritmética y geometría suficientes para 
poder leer plaarts. La trigonometría, la mecánica y los conoci- 
mientos de proyecciones, forman una parte útil del equipo mental 
de un dibujante. Innecesario, igualmente, creo llamar la aten- 
ción sobre la abreviación en los cálculos que se obtiene con el em- 



iNGÉNiERIA \' MATÉiM ÁTICAS l(i7 

pleo de los logaritmos. Debemos, pues, limitamos á considerar y 
examinar el uso que tienen para el ingeniero las matemáticas 
superiores, y lo que éstas lian hecho por la ingeniería. 

Juzgando etimológicamente, las matemáticas deben haber sido 
empezadas por los ingenieros. En verdad la geometría y trigo- 
nometría son la ciencia del agrimensor. Y, sin embargo, desde aque- 
llos tiempos protohistóricos en que las matemáticas fueron iniciadas, 
poco ha sido lo agregado á ellas por los ingenieros. El objeto de 
éstos ha sido casi siempre, salvo raras excepciones, buscar en los 
vastos almacenes del matemático, aquellas herramientas más apro- 
piadas para el caso del momento, sin hacer nada para mejorar el 
estado de esas herramientas que ha pedido prestadas. Bajo este 
punto de vista, la relación de la ingeniería con las matemáticas 
difiere mucho de su relación físico-experimental. En electricidad, 
magnetismo y calor, los ingenieros han corregido repetidas veces, 
haciendo uso de la experiencia práctica, las doctrinas sustentadas 
por la teoría, y han dado así un nuevo impulso á la ciencia. Y sin 
embargo, no es esto admitir que las ciencias aplicadas de la inge- 
niería hayan contribuido á facilitar el desarrollo de las matemáti- 
cas puras. Y tan es así, que nuestro objeto debe limitarse á estu- 
diar la obligación contraída por el ingeniero con el matemático. 

Para formarse una idea de la aplicación de las matemáticas á 
la ingeniería, basta considerar las cuestiones relacionadas con el 
cálculo de la resistencia y de la rigidez de estructuras de varias 
clases. En este departamento de la ingeniería práctica es, tal vez, 
en donde esa aplicación se hace aparente. Es imposible abi'ir un 
libro que verse sobre la materia, sin encontrarlo lleno de fórmulas 
matemáticas y de figuras geométricas. Y no se trata de si las ma- 
temáticas son absolutamente necesarias para una comprensión 
adecuada de la materia, sino de si el método analítico ó puramen- 
te geométrico es más conveniente. 

El tratamiento analítico de una columna cuya sección es muy 
pequeña comparada con su longitud, y que por una causa cualquie- 
ra que afecte á su estabilidad, se separa de la recta que une sus ex- 
tremos, da origen á una ecuación diferencial de segundo orden con 
una variable independiente. Y no es concebible que se pueda lle- 
gar á tener una inteligencia clara del fenómeno sin conocer la teo- 
ría de las ecuaciones diferenciales. 

Casos de ejes sometidos á esfuerzos de torsión bajo ciertas con- 
diciones, tubos cilindricos sometidos á compresión externa, vigas 



168 JOSE MARÍA CUERVO 

sometidas á esfuerzos de flexión, etc., son ejemplos que se encuen- 
tran á diario y que justifican una preparación sólida y esmerada 
en matemáticas. 

La representación gráfica de las cantidades imaginarias y su 
aplicación inmediata al estudio gráfico de las corrientes alternati- 
vas, les quita ese carácter misterioso con que á primera vista, se 
encuentra el estudiante. 

Ejemplos de esta paturaleza pudieran citarse indefinidamente. 
Ellos demuestran, de una manera convincente, que la ayuda pres- 
tada por los matemáticos á la ciencia de ingeniería, ha sido gran- 
de y fructuosa; la aplicación directa de las altas matemáticas á la 
solución de los problemas de ingeniería ha hecho que ésta se desen- 
vuelva sobre cimientos seguros y sólidos. 

Ellos muestran también el peligro que se corre en la aplicación, 
puramente rutinaria, de una fórmula obtenida en uno de tantos for- 
mularios diseminados por todas partes, por individuos no preparados 
para entender cómo esa fórmula se obtiene y en qué fundamentos 
descansa. Una de las principales desventajas que se obtiene en la 
aplicación puramente rutinaria de una fórmula, es que se pierde el 
beneficio educativo. El conocimiento perfecto de la teoría en que 
descansa un problema cualquiera de ingeniería, habilita al ingenie- 
ro para la comprensión de otros problemas; y, además, idénticos 
razonamientos matemáticos aplican á otros casos. El mero uso 
ignorante de una fórmula pierde estos beneficios; la mente del que 
las usa no adelanta nada con ese uso, y lo incapacita para resolver 
otros problemas que, aunque semejante en la forma, difieren mu- 
cho en el fondo. 

¿Y el tiempo? ¿cómo es posible, se ha de preguntar por algu- 
no, que el ingeniero pueda llegar á conocer no sólo la aplicación 
práctica de las fórmulas que emplea, sino que también su desarrollo 
y obtención? La respuesta es bien sencilla. Entre las diferentes 
ramas de la ingeniería moderna, escojamos una, aquella que sea 
de nuestro agrado, y perfeccionémonos en ella; escudriñemos 
todos los rincones que nos parezcan más obscuros, y el éxito no se 
hará esperar. Llegaremos á conocer esa raiba de la ingeniería; no 
seremos enciclopedias ambulantes, igualmente versados en todas las 
ramas de la ingeniería moderna y en arquitectura; pero los pro- 
blemas que se nos presenten se resolverán á conciencia, y los re- 
sultados obtenidos serán lógicamente capaces de sufrir la más es- 
crupulosa de las inspecciones técnicas. 



ingeniería y matemáticas 169 

La profesión de ingeniero puede mirarse bajo diferentes puntos 
de vista, como lo pueden también todas las otras profesiones. En- 
tre los ingenieros, existen aquellos cuyo objeto principal es hacer 
dinero; otros consideran la profesión como un instrumento para be- 
neficiar á la especie; otros, finalmente, se interesan en ella por lo que 
ella es en sí, y es para ellos causa de placer cuando logran agregar 
algo á los conocimientos que ya poseen. Exactamente igual suce- 
de en la profesión médica: unos curan por ganar dinero, otros por- 
que gozan haciendo el bien, y finalmente otros se dedican á esa 
profesión con la esperanza de hacer nuevos descubrimientos. 

En cuanto á la primera clase de ingenieros, es indudable que 
un poco de habilidad en administrar una compañía será más útil 
para ellos que muchas matemáticas. Que administre él esa com- 
pañía y que compre á su matemático, y probablemente hará más 
dinero que éste. 

El Dr. Hopkinson opina que con el tiempo el hombre instruido 
ha de trabajar más y ganar menos; y sería una bendición el poder 
obtener de ese trabajo el mayor goce posible. Para lograrlo es ne- 
cesario una posesión perfecta de las razones que se tiene para todo 
lo que se hace, y la conciencia de que existe competencia para for- 
mar juicio, sin tener que depender de la autoridad de los demás. 

Y el único medio, según afirma Sir John Herschel, es (f un cono- 
cimiento sólido y suficiente de las matemáticas, el gran instrumen- 
to para todas las investigaciones exactas, sin el cual ningún hombre 
puede hacer progresos en las otras ciencias que le den derecho á 
formar una opinión independiente en materia alguna que se discu- 
ta entre sus límites)'. Nuestros conocimientos tienen necesaria- 
mente que ser limitados; pero lo cognoscible es ilimitado. Y mien- 
tras mayor es la esfera de nuestros conocimientos, mayor es la 
superficie de contacto con nuestra infinita ignorancia. 

De todas las profesiones, es seguro afirmar que las de arquitec- 
to é ingeniero están en primera fila entre las naciones civilizadas. 
No sólo por el capital, conveniencia y confort que han facilitado á 
la sociedad, sino porque son los representantes de las concepciones 
más gi-andes, de las empresas más atrevidas realizadas en el mundo. 
Mientras abogados y jueces han establecido leyes sabias y huma- 
nas; mientras militares las han enforzado, y han vencido rebeliones; 
astrónomos y matemáticos han medido planetas, estudiado el mo- 
vimiento de los mundos y las leyes de la navegación; médicos han 
enseñado las leyes de la salud y han prolongado la vida huma- 



170 JOSÉ MARI A CUERVO 

na, etc. : pero uiuguuo ha dejado pruebas tau estupendas de capital, 
genio y grandeza como el ingeniero y el arquitecto. Xo es necesario 
el deteaernos á considerar la verdad de esta proposición. Cada un 
año que pasa, marca, como monumento imperecedero, algün nuevo 
descubrimiento que hace avanzar un paso á la marcha acelerada de 
la civilización moderna. Y si juzgando lo pasado hemos de apie- 
ciar el porvenir, ¿quién puede asegurar hasta dónde llegaremos 
conducidos por los hombres de ciencias? 



LA IMITACIÓN COMO FACTOR DE DEFENSA 
EN EL REINO ANIMAL i 

POR EL DR. ARÍSTIDES MESTRE 

Profesor Auxiliar de Biología^ Zoología y Antropología 
Conservador del « Museo Poey » 

8r. Rector; señoras y señores: 

Eutre las cuestiones, tan diferentes y múltiples, que me brin- 
dan las enseñanzas actualmente á mi cargo en la Escuela de Cien- 
cias de esta Universidad, ninguna me ha parecido con más título 
que el importante problema que voy á someter en estos momentos 
á la consideración de mi ilustrado y al mismo tiempo benévolo au- 
ditorio: el de la imitación como factor de defensa en el reino animal. 
De por sí la materia despertará la atención de todos — desde el pun- 
to de vista de los hechos ó de la doctrina — y su interés suplirá mi 
deficiencia, porque debéis perder toda ilusión al verme ocupar este 
puesto á que me obliga el deber y no hubiera solicitado espontá- 
neamente quien jamás olvida en estas circunstancias la célebre 
máxima del templo de Delfos: A¿í?: <7£auróv. 

Mas, á parte de su alta significación científica, me ha movido 
también á tratar ese tema la oportunidad que se me presenta, esco- 
giéndolo, de evocar así el dulce recuerdo de mi maestro Felipe 
Poey, de memoria inolvidable para esta Universidad bien querida. 
Ese sabio naturalista habanero escribió esta frase: <( quien descubra 
la ley de los colores habrá resuelto uno de los problemas más in- 
trincados de la Historia Natural»; y después que la estampó en uno 
de sus trabajos más hermosos, siguióle preocupando por largo tiem- 
po, casi medio siglo, la coloración del reino animal. Veía distri- 
buidos los colores en la bella concha de los moluscos, en las ligeras 



1 Conferencia proniinciada en la Universidad el 25 de Febrero de 1905; para su desarrollo se 
han consultado los trabajos siguientes: Le mimetisme &; Darwin, sa iw, <fc, por Mathias Duval 
(Le Darwinisme, 1886); — La miiiiique et les aulres ressemblances protectrices des aidmaux: por Alfred 
Russel Wallace (La Sélection Naturellc, 1872); — Les espéces, leur origine & Mimetisme: por Edmond 
Verrier (Zoologie genérale, ViQZ);— Los colores considerados en la serie zoológica, etc., por Arístides 
Mestre (Tesis, 1887);— Les /acícztrs de Vévolution, por Alfred Giard (Reime Scientifique, 1889);— 
V'oyage d' un naiuraliste autour da monde, por Charles Darwin (1875); — L' origine des espi'ces ati 
mayen de la sélection natiirelle oii la lutte pour Vexistence dans la nature; por Charles Darwin 
(1868); etc. 



172 ARISTIDES MESTRE 

alas de las mariposas, en la pluma brillante de las aves, en la so- 
berbia corola de las flores perfumadas. «La inteligencia humana 
— decía Poey en 1858 — reconoce en todos los rasgos del divino pin- 
cel la intención del pintor que derramando con profusión sus tintes 
inimitables, los dispone con simetría, realces, gradaciones, comple- 
mentos y armonías; algunos seres se distinguen por sus sencillos 
adornos para demostrar la variedad en medio de la magnificencia; 
ninguno peca contra las condiciones del arte. El hombre, por el 
contrario, infringe á cada paso en sus manufacturas la ley de los 
complementos, que apenas empieza á descifrar; y ofende la vista 
con sus lienzos pintados sin acierto.» Aquel profesor ilustre, ya 
en el ocaso de su existencia, nonagenario, continuaba reflexionan- 
do — aunque con muy distinta filosofía — sobre el problema de la 
distribución de los colores en el mundo animal. ¡ Feliz el, que pasó 
su vida toda contemplando á la naturaleza con amoroso empeño ! 



El influjo de la localidad sobre la coloración en la serie zoológica 
conduce seguramente al estudio del hecho de la protección por adap- 
tación del color ó de la forma, fenómeno tan interesante que de él 
con razón se ha dicho, que « si la doctrina transformista no existiei-a. 
sería preciso inventarla expresamente para explicar las relaciones 
entre el color de los animales y la del medio en que viven, así 
como, de vez en cuando, las semejanzas entre sus formas y la de 
los objetos ú otros seres en medio de los cuales se les encuen- 
tra. Esto es tan cierto que AYallace ha podido, de un modo en- 
teramente independiente á Darwin, llegar al mismo tiempo que él 
á concebir la teoría de la selección natural, porque en el curso de 
sus exploraciones en las islas malayas, aquél, Wallace, se encontró 
con frecuencia frente á hechos que demostraban el papel de los co- 
lores y formas protectoras, atrayéndolo hacia la investigación de 
sus orígenes». Pero no insistiré sino más adelante en la doctrina, 
que ahora sólo se agruparán metódicamente los hechos tomados en 
su mayor parte de un notable estudio del eminente catedrático de 
Anatomía en la Escuela de Bellas Artes de París, el erudito Matías 
Duval. Mi lección tendrá por principal fundamento á ese trabajo 
á que acabo de referirme, de la misma manera que ese maestro de 
la ciencia ha bebido — para escribirlo— en una fuente de observa- 
vación admirable por todos conceptos: la obra de Alfredo Russel 
AVallace sobre la selección natural. Y, me ocuparé, en esta confe- 



LÁ IMITACIÓN COMO FACTOR DE DEFENSA 173 

renda, de los colores protectores, de las formas ó semejanzas gene- 
rales protectoras, de los casos de verdadera mímica; de la mímica 
en los invertebrados y en los vertebrados; de la mímica en la fauna 
de Cuba; del fenómeno de la inmovilidad protectriz; de las leyes 
de la imitación; de la mímica como factor primario indirecto de 
evolución orgánica; señalando, por último, la significación del pro- 
blema á la luz de la historia de la filosofía biológica: capítulos á 
que dedicaré, desde luego, poca extensión, teniendo en cuenta que 
en modo alguno debo abusar de vuestra benevolencia, pues mi pro- 
pósito es presentarlos en su conjunto, aprovechando para ilustrar 
— la que de seguro será imperfectísima exposición — algunas pro- 
yecciones curiosas que debo á la amabilidad de mi distinguido com- 
pañero y amigo el Sr. Juan Orús, Profesor de Astronomía. 

^% 

Darwin ha señalado el hecho de que las variaciones individuales 
de color blanco se producen lo mismo en el estado salvaje que en la 
domesticidad; ahora bien, no debe olvidarse que si en este último 
caso dependen con frecuencia del capricho, en el primero, por el 
contrario, esas variedades tienden necesariamente á desaparecer: 
es que el blanco pelaje resulta condición bien desfavorable en la 
lucha por la vida. Por otra parte — y no perdamos de vista los he- 
chos por más que siempre nos seduzca la explicación doctrinal, su 
interpretación — las relaciones entre el color del animal y su medio, 
es mucho más general de lo que á primera vista parece y se creía; 
así, en los desiertos africanos, la gacela y la zorra tienen el color 
semejante á la arena de aquellas estériles regiones; los insectos que 
viven sobre los tallos y las hojas de diferentes vegetales, son ver- 
des ó pajizos como esas hojas y esos tallos; son oscuros los insectos 
que habitan en las cortezas oscuras, presentando matices variados 
los que pasan el tiempo bien entre las hojas, bien entre las flores 
brillantes ó entre las cortezas más ó menos parduzcas, cambiando 
constantemente de lugar, en órganos distintos de las plantas. 

El oso polar, animal que, como no ignoráis, vive rodeado de 
montañas de hielo y bajo la nieve, es el solamente blanco entre las 
especies de osos; y lo mismo acontece con la liebre polar: habita 
las zonas glaciales de la América. Pero hay otro hecho más cu- 
rioso: la liebre de los Alpes no es blanca sino en invierno, cam- 
biando de color su pelo al volver la estación primaveral; y lo mis- 
mo se ha observado en un ave llamada el lagópedo, que es blanco 



174 ARISTIDES MESTEE 

eu iuvierno y después su plumaje está en estrecha relación con el 
aspecto de las piedras cubiertas de liqúenes sobre las cuales acos- 
tumbra á posarse y andar. 

Al lado de esos ejemplos y dentro de ese fenómeno que estudio, 
suministran otros los reptiles y los peces. Así, también, como las 
hojas en donde viven, son verdes las iguanas y muchas serpientes 
de las selvas tropicales; peces hay del color de la arena sobre que 
reposan, en cambio otros — los que pululan en los mares que baten 
los arrecifes de coral del oriente — tienen la más abigarrada y va- 
riadísima coloración; y, ya que hablo del mar, diré que ciertos peces 
presentan el cuerpo transparente, cual otros seres, las medusas, y 
son claros ambos como el líquido donde se mueven y habitan. 
Mas esos colores, que sin duda alguna protegen y por eso se nombran 
protectores, ¿se hallan en todos los insectos? La observación de- 
muestra que no; contestan de esa manera, negativamente, la ma- 
yoría de los himenópteros porta-aguijones, las avispas y las abejas. 
De ellos dice Wallace que no hay un caso coloreado de modo que 
se parezca á un mineral ó á un vegetal; y así se ven á hemípteros 
emitir un fuerte olor, sin que tenga importancia la coloración en 
sus relaciones con el medio vital; pudiendo citarse á este respecto 
á las nombradas vulgarmente sansanitas, y á coleópteros de la fa- 
milia de los carábidos. 

Al lado de los casos en que el color protege, á virtud de ese pro- 
ceso admirable de imitación, existen otros en que se observan las 
semejanzas por parte de las formas, en que hay «semejanzas gene- 
rales protectrices », ya solas, ya combinadas más ó menos comple- 
jamente con la coloración. Refiere Wallace que en el Oriente, 
pequeños coleópteros (bupréstidos) al posarse sobre la nervura 
mediana de las hojas semejan con la maj^or perfección á pedazos de 
excremento de aves. « Todos aquellos que se han dedicado á bus- 
car coleópteros — escribe Duval — saben bien que los gorgojos que se 
hallan sobre los cardos tienen la costumbre, cuando se les trata de 
coger, de dejarse caer á tierra, doblando sus patas y antenas, imi- 
tando así la forma de un pequeño guijarro redondo ó bola de tie- 
rra)'; entonces se les hace difícil sacar de entre los verdaderos gui- 
jarros, pues se confunden del todo con ellos. 

Wallace estudia asimismo el ejemplo del insecto-caña^ que perte- 
nece á la familia de los fásmidos. Su cuerpo semeja un pequeño 
bastón alargado, y cuando el insecto cambia de sitio, esto se cono- 
ce por el movimiento de sus delgadas patas. Ahora bien, al menor 



LA IMITACIÓN COMO FACTOR DE DEFENSA 175 

ruido se hace el muerto — y este es otro fenómeno interesante del 
que trataré más tarde— dobla algunas de sus patas imitando un pe- 
dazo de madera de la maleza con sus ramúsculos cortados (Fig. 1). 
Cuando los fasmos son jóvenes y de color verde — lo que sucede en 
la primavera — ellos viven sobre las yerbas, entre las cuales se ocul- 
tan y por la coloración no es fácil distinguirlos; por el contrario, 
en las siguientes estaciones son los insectos-cañas amarillos ú os- 
curos como los rastrojos y malezas donde habitan. Uno de estos 
insectos, observado por Wallace en Borneo, estaba cubierto de ex- 
crecencias foliáceas de un verde oliva claro, aparentando la figura 
de un bastón cubierto de un musgo parásito; convenciéndose de la 
realidad el sabio naturalista sólo después de un minucioso examen. 

Pero el Kallima inachis, mariposa común de la India, ofrece in- 
discutiblemente un notable ejemplo de esa semejanza protectora á 
que vengo últimamente refiriéndome en esta conferencia. « Yo en- 
contré—relata Wallace — dos ó tres veces al insecto en reposo y 
pude apreciar entonces la perfección con que se parece á las hojas 
secas; se posa en un ramo casi vertical, con las alas exactamente 
unidas y esconde entre sus bases la cabeza y las antenas; las pe- 
queñas colas de las alas posteriores tocan la rama y forman el pe- 
dúnculo de la hoja que se sujeta por las casi invisibles delgadas 
garras de las patas » (Fig. 2). Aquí, en este caso de \a, Kallima 
inachis, el proceso de imitación no puede ser más completo; todo se 
combina al efecto para realizar la confusión: color, dimensiones, 
forma, manchas y hábitos del curioso animal. 

Medítese un momento sobre esa serie de hechos de exprofeso 
expuestos por mi — y siguiendo en cierto modo á Duval y á Walla- 
ce — en forma gradual. Recórrase, en efecto, esa escala desde el 
ejemplo del oso polar blanco como los témpanos de hielo que lo 
rodean, hasta el caso sorprendente que acabo de citar de la mari- 
posa asiática, que nunca se posa sobre la ñor ó la hoja verde, sino 
sobre los árboles muertos de análogo color al de las alas del insecto, 
¿cuánto en todo ello se nos muestra de admirable la vida en la 
naturaleza, la relación tan estrecha y armónica entre animales y 
plantas? ¿cómo interpretar esos hechos, de qué manera explicarlos? 
¿qué doctrina ha formulado la filosofía científica que nos dé la cla- 
ve evidente de esos enigmas? 

*** 

Los teologistas se han contentado con admirar la infinita sabi- 
duría del Creador, en tanto que los hombres de verdadero espíritu 



176 ARISTIDES MESTRE 

científico dejando á un lado todo lirismo poético estéril, analizan 
los hechos, relacionándolos entre sí y no los atribuyen á inten- 
ción preconcebida, sino por el contrario buscan su explicación en 
el mecanismo de condiciones naturales, en la lucha por la exis- 
tencia. 

Algunos investigadores han intentado de darle solución al pro- 
blema viendo en la coloración un resultado de la alimentación; pero 
esto no puede ser admitido sino solamente en un número muy re- 
ducido de hechos y, por otra parte, se sabe que muchos animales 
viven donde el verde predomina, son ellos de ese color, mas nunca 
se alimentan de hojas verdes. «Si, al contrario — dice Duval co- 
mentando los hechos de acuerdo con Darwin y Wallace — como se 
ha visto á propósito de las variedades del color blanco, se tienen 
en cuenta las condiciones puestas en juego por la selección natural 
y que determinan sus resultados, concíbese que sea útil á todos los 
animales el poderse disfrazar á la vista, ya para escapar á sus ene- 
migos, ya para sorprender más fácilmente á su presa. » « Pero, si 

en los animales domésticos todas esas variedades de ropaje pueden 
conservarse, no sucede lo mismo en los animales salvajes, donde 
toda variación de color que ponga al individuo en evidencia, tende- 
rá á desaparecer puesto que ella será para él una causa de inferio- 
ridad, y, al contrario, todo color que constituya una salvaguardia 
tenderá á hacerse predominante y á ser en definitiva el color ex- 
clusivo de la especie.» Y consigna Wallace á este respecto que no 
siempre la selección natural es suficiente para explicarse el fenó- 
meno; los ejemplos de imitación protectriz, desde los más sencillos á 
los casos que presentan la mayor complejidad alcanzada, pueden 
formar — y j-a lo han podido apreciar Yds. — una serie progresiva. 
¿Hasta dónde la teoría de la selección natural dará cuenta de todos 
esos hechos? El eminente naturalista últimamente citado, sostie- 
ne que es imposible fijar ese límite. ¿No es lógico y probable que 
otros factores haj^an logrado realizar el proceso de la imitación, 
por medio de una acción más directa sobre el organismo? La falta 
de tiempo me impide insistir más sobre este punto. 

A los ejemplos del insecto-caña y del Kallinia inachis, que consti- 
tuyen indiscutiblemente hf^chos de complejo enmascaramiento, se 
les ha dado el nombre de mímica ó de mimetismo; pero, algunos pro- 
fesores restringen más la aplicación del término y no lo usan cuan- 




Fiy. 1. — El Insectu-canu imitando una rama (]M. Duval). 




/'";;. -•'. — ^El KiiHbiiii ¡nach'ts déla ludia, imitando á una 
nja colocada en el lado izquierdo del tallo (M. Duval). 



LA IMITACIÓN COMO' FACTOR DE DEFENSA 177 

do el animal imita á una hoja ó á un tallo ó cualquier objeto inerte, 
sino sólo en los casos en que el animal imita á otro animal. 

Antes de referirme á esa imitación en los animales sin vértebras 
y en los vertebrados, estudiaré, siquiera sea brevemente, el hecho 
opuesto, puede decirse, de aquellos que no tienen colores protecto- 
res, sino colores vivos, llamativos, pero que están favorecidos de 
medios de defensa particulares; y así una vez más admiraréis el 
gran espíritu de penetración que caracterizó á "Wallace. En la natu- 
raleza viven gran número de orugas con sorprendentes colores, con 
tintes que atraen porque resaltan sobre el fondo donde el animal 
habita. «Ahora — escribe Duval — como las orugas son muy busca- 
das por los pájaros que de ellas se nutren, no es fácil comprender 
cómo la selección habrá podido desarrollar en aquéllas colores que 
las hagan visibles, siendo esto un peligro; y la teoría de Darwin, 
que sobre todo ha considerado los colores brillantes como desen- 
vueltos por la selección sexual, aparece á los mismos ojos de su autor 
impotente, puesto que la selección sexual no puede haber actuado 
sobre las orugas, que son larvas y, por consiguiente, desprovistas 
defunciones sexuales.» ¿Cómo explicar este fenómeno contradic- 
torio, paradójico en cierto modo? 

Entiende Wallace, reflexionando sobre lo que sucede con otros 
insectos, que las orugas de colores atrayentes deben tener gusto 
desagradable para las aves, y por esto las rechazan, no las cogen; y 
que esa coloración ha de serles útil de alguna manera. Para que 
el ave no tenga que lanzar la oruga una vez probada, produciéndo- 
se la muerte por su cuerpo delicado, se necesita otro carácter cons- 
tante, bien evidente, que hiciera decidir el ave á dejarlas sin pro- 
barlas, y ese carácter es la coloración. Esto es, según Wallace, 
para lo que sirven los colores brillantes « unido al hábito del animal 
de exponerse á todas las miradas: los dos rasgos son, en efecto, un 
contraste absoluto con los tintes verdes ú oscuros y la vida oculta 
de las otras especies ». Pero, esa hipótesis de Wallace ¿ ha sido 
confirmada por la observación? Esta responde afirmativamente. 

Por eso, los entomólogos, los aficionados á la ornitología, el 
mismo Wallace, han podido demostrar que los faisanes y las perdi- 
ces rechazan siempre las orugas lisas, brillantes y de variados colo- 
res, orugas que nunca se ocultan de aquellos otros animales; además, 
la experimentación por su parte también ha probado que aquellas 
orugas jamás son tocadas por los gorriones y cardenales, aun cuan- 
do se les mezclen con otras á quienes devoran de seguida. Lo pais- 



178 ARISTIDES 3IESTRE 

mo, añade Duval, acontece con las ranas y los lagartos: Weir, 
durante muchos años, conservó átres lagartos verdes, voraces, que 
tampoco comían á aquellas orugas brillantes á que se acaba de ha- 
cer alusión. Los experimentos se repitieron y el resultado fué, en 
todos los casos, idéntico, aun en el de una araña, la Epeira diadema. 
En una palabra, en esos ejemplos la selección natural desarrolló en 
esas orugas una librea vistosa; de la misma manera — aunque por 
opuestas razones — aquélla tiene en otros desenvuelta una librea 
que la confunda con el medio en que viva el animal y donde le 
interesa pasar desapercibida. Es lógico ver como esos seres, despo- 
seídos de las mencionadas particularidades de gusto ó de olor, en- 
cuentran indiscutible ventaja en parecerse, en imitar, á los que las 
presentan, en su aspecto exterior: esta semejanza es causa de su- 
pervivencia. ¿La selección natural no ha podido, desde luego, 
desenvolver ese color vivo en orugas que no tienen mal olor ni des- 
agradable sabor? 

Antiguamente esas semejanzas tan curiosas entre animales que 
pertenecen á especies, géneros, familias y órdenes distintos, eran 
apreciadas como analogías punto menos que inexplicables. El 
ilustre naturalista Bates, autor de un interesantísimo estudio sobre 
ciertos lepidópteros, ha patentizado la frecuencia de esos hechos y 
propuesto el nombre de mímica, como si las semejanzas resultasen 
de una imitación voluntaria. Los ejemplos de mímica son dignos de 
citarse, y lo haré, aunque sin entrar en ciertos pormenores; pero, al 
contrario de lo que hace Duval, señalaré primero algunos de los que 
suministran los animales sin vértebras, para después considerarlos 
entre los vertebrados, sin olvidar de señalar también á otros ejemplos 
tomados de la fauna de Cuba. Todo esto para ilustrar seguidamen- 
te mi exposición con varias proyecciones. 

En los insectos existen ejemplos notables de mímica. ¡ Qué 
admirable, bajo este aspecto de la imitación de un animal á otro, lo 
que sucede con esas mariposas que constituyen uno de los rasgos 
más característicos del paisaje que ofrece el archipiélago malayo! 
Me refiero al hecho de las Helicónidas y de las Lejitálidas de la fa- 
milia de las Piéridas: los colores de las primeras constituirán un 
peligro para la vida, si su sabor no las salvara; las segundas son 
exactamente semejantes á las Helicónidas en cuanto á la forma y 
color de sus alas. Vean lo que de ellas dice Wallace: «Estas 
mariposas (las Helicónidas) de colores en extremo bellos y variados, 
frecuentan principalmente los bosques, tienen todas un vuelo lento 



LA niIT ACIÓN COMO FACTOR DE DEFENSA 179 

y débil, circunstancias que parecen resultar fáciles presas para los 
pájaros insectívoros. Y, sin embargo, no se les ve por ellos cap- 
turadas, sino por los lagartos y las gi-andes moscas carniceras del 
país. Es que esas bellas mai-iposas poseen un fuerte olor muy 
acre, que parece extendido en todos los líquidos de su organismo; 
y cuando el entomologista aprieta entre sus dedos el tórax de esos 
animales para matarlos, sale un jugo amarillo que mancha la piel, 
y cuyo olor es tan persistente que no se puede quitar más que con 
el tiempo y después de reiterados lavados. Es evidente que todo 
pájaro que baya capturado á una de estas Helicónidas habrá, á 
cada nueva tentativa djl mismo género, encontrado tan desagrada- 
ble de comerlas, que bien pronto renunciaría á todo nuevo ensayo; 
y la apariencia general de la mariposa, su forma, su color, su vuelo 
lento, son cosas bastante características para que el ave las reco- 
nozca de lejos y no las persiga.» Pero, ¿esas condiciones son apro- 
vechadas? Ya lo creo que sí, y ventajosamente por Isls Lepfalis, 
mariposas pertenecientes al grupo de las Fiéridas, y que viven en la 
América del Sur. Las Leptalís están bien protegidas por su extre- 
ma semejanza con las Helicónidas (Fig. 3), que á éstas aquéllas se 
parecen por la forma y color de las alas y la manera de realizar el 
vuelo. Las Leptalis son, por otra parte, poco numerosas con rela- 
ción á las Helicónidas; están nada menos que en la proporción de 
uno por mil, y es un motivo mayor de defensa. Toda mariposa, 
pudiérase decir en términos generales, que pertenezca á las que sir- 
ven de alimento á las aves, estará sin duda alguna bien protegida 
si se asemeja á las Helicónidas ó llega á semejarse por el lento 
pero efectivo proceso de la selección natural. 

Los ejemplos no se refieren solamente á'la imitación de los le- 
pidópteros entre sí; á veces, las mariposas pierden su aspecto y to- 
man la apariencia de las avispas ó de las abejas, que tienen el 
aguijón por órgano de ataque. Las familias de mai-iposas crepuscu- 
lares que se llaman específicamente apiformis, vespijormis é icneumoni- 
formis, llevan esos nombres por las grandes semejanzas que tienen con 
insectos de otro orden (Fig. 4). Expresan también los naturalistas 
que en la India muchas especies de lepidópteros presentan las pa- 
tas posteriores muy largas y cubiertas de pelos tupidos á la manera 
de las abejas de patas velludas que habitan en los mismos lugares. 
Cítase asimismo el hecho de la imitación de las abejas y avispas 
por los dípteros, á quienes seguramente interesa parecerse á insec- 
tos respetados por el aguijón que llevan en realidad. En el Brasil 



180 ARISTIDES MESTEE 

moscas de buen tamaño se asemejan á las grandes Esfégídas de 
aquella misma región. En los trópicos, un género de pequeñas 
arañas se nutre de hormigas á quienes se parecen, facilitando, co- 
mo se comprende, esta semejanza, el conocimiento de la codiciada 
presa; y á orillas del Amazonas cierta especie de manta es bien idén- 
tica á la hormiga blanca que le sirve de alimento. Por último, re- 
cordemos otro hecho curiosísimo que AVallace consigna en su nota- 
ble libro: el de una gran oruga que sorprende por su apariencia con 
lina pequeña serpiente. « Los tres primeros segmentos detrás de la 
cabeza eran dilatables á voluntad del insecto y al llevar de cada lado 
una mancha negra pupilada que recuerda el ojo del reptil, asemeja 
todo ello la larva, no á una serpiente inofensiva, sino á una víbora 
venenosa; así lo indica la manera como sus patas se repliegan cuan- 
do la oruga se endereza, imita,ndo las escamas aquilladas (carénées) 
del vértice de la cabeza de la serpiente.» Este ejemplo nos sirve 
de transición y nos lleva á indicar algunos casos de mímica propios 
de los animales vertebrados. ^ 

En la América del Sur un gran número de serpientes del género 
Elaps, están adornadas de brillantes colores: sobre un fondo rojo 
vivo se dibujan alternativamente rayas negras y anillos amarillos. 
Pero otras muchas serpientes inofensivas, que no tienen afinidad 
con aquel género, existen en la misma región: esas están coloreadas 
como los Elaps. Ahora bien, señálase el hecho de que no se encuen- 
tra sino en América serpientes con el mencionado color. La seme- 
janza, en cuanto á la forma y dimensiones, es tan notable entre el 
Elaps (Fig. 7) venenoso y las especies inofensivas, que sólo el natu- 
ralista, el hombre competente en estas cuestiones, puede distin- 
guirlas. 

En los alrededores de Río Janeiro viven un gavilán insectívoro 
(Harpagus diodon) y un gavilán carnicero {Accipiter pileatiis), que se 
parece mucho al primero. Lo importante de esta observación de- 



1 Después de hecha lu ponferencia he; leído en el CourK élimentairc de Zoolngie (3a edición. 
190C) de M. Rémy Perrier los píirrafos que le dedica al Manetismn, donde clasifica los casos en 
cinco categorías, que son: la El caso más simple es el de la homocromía, donde el color del 
animal sólo está en relación con el medio en que vive; 2a En ciertos casos la coloración del 
animal puede modificarse más ó menos rápidamente cuando camliia de medio; 3a El mimrtig/no 
propiamente dirho se reñere no solamente al color sino también sobre la forma del animal, que 
presenta el aspecto de los objetos exteriores; 4a En otra forma del mimetismo el animal presen- 
ta una semejanza más 6 menos completa con otros animales peligrosos ó desagradables; y 5a. Los 
casos en que el animal se cubre de objetos de diversa naturaleza, con el fin de disimular á suí 
enemigos 6 á su presa. Las figuras 5 y 6 que se publican con este trabajo han sido tomadas de 
eisc libro de R. Perrier, y se refieren á las larras ngrimensorns y al PhyUium eiccifoUum. 





Fig. .i'. ->r;in])(isa dol jíénero Lcpfa/is (la de la izquierda) imitando á otra 
del írnii») de las IFiHri'miihix (la de la derecha), enyos individuos segregan 
líquidos (jue los haeeii ser rechazados por los pnjanis insectívoros (E(Í. 
T'erricr). 




^'"í/- -í.— ^rariposa (la de la iz(iuierda), con el aspecto do avispa (la de 
, la dereciía). La primera es el Trorhilimn upifonne y la segunda la Vesjm 
rnihni (VA. I'errier). 



Ft'g. 5. — El Filio Iiojn-srca 
{Phylliitm siccifii/iuní) con su 
apariencia de hoja seca (R. 
Perrier). 



LA IMITACIÓN COMO FACTOR DE DEFENSA 181 

bida á Osbert Salvin, es que la región habitada por el accipiter es 
mayor que la ocupada por el harpagus; y que donde el harpagus no 
se encuentra, el accipiter cesa de semejársele, ¡ Es que no le hace 
entonces falta la imitación! Se confunde con la especie insectívora 
porque las aves no desconfían de ésta y sí del accipiter. A la es- 
pecie carnicera le es ventajoso pasar por insectívora, engañando 
así á las que han de ser sus víctimas. En Australia y en las islas 
Molucas se conoce el ejemplo de mimetismo del tropidorhynchus, ave 
melífaga, y el grupo de oriólidos que forma el género Mimeta. Es- 
tos se parecen tanto á los anteriores que los naturalistas los con- 
funden; y en el a Viaje del Astrolabio» la mimeta está dibujada y 
descrita como un melífago. La mimeta pacífica, débil, tiene la 
ventaja en parecerse al tropidorhinchus, que es ave batallador, vi- 
goroso. Y terminaré estos ejemplos diciendo que á medida que 
se asciende en la serie animal y se trata de observar el fenómeno 
siempre interesantísimo de la imitación, los casos de mímica son 
más raros y relativamente poco acentuados. 

Al lado de esos ejemplos exóticos, de otros lugares, hablaré de 
algunos de nuestra fauna, aunque sea rápidamente. Para el ata- 
que los falcónidos están protegidos por su color moreno, confundién- 
dose con el tronco de los árboles para sorprender á sus víctimas. 
Los sarapicos (Scolopacida:) de las orillas y playas se confunden con 
los arrecifes por su color gris; lo mismo que le ocurre al guabairo y 
al querequeté. Otras especies (pitirre, bienteveo, etc.) se resguar- 
dan también del peligro por su coloración. Las bijiritas pasan 
inadvertidas por sus colores poco notables. Los zunzunes, análo- 
gos á las mariposas diurnas, no se distin'guen ante las ñores donde 
liban el néctar. En Cuba, aves de vivos colores buscan protección 
en el modo de anidar y en sus costumbres. La oruga de nues- 
tro Papilio andrcemon que es, como se sabe, semejante al color del 
tallo del limonero, cuando se encuentra sobre la hoja, confúndese 
con el excremento del ave. ^ 



1 Esta parte de la conferencia fué ilustrada con las siguientes proyecciones, que fueron 
convenientemente explicadas: la Insectos disimulando sobre el suelo, cortezas y hojas secas 
y verdes: 2a ídem sobre el suelo, corteza, liqúenes y ramas 3a ídem entre las hojas, mii- 
tnndo una hoja; 4a El Kallima inachis; ^a. Insectos disimulando entre hojas y ramas; 6a 
Insecto-caña; 7a Insectos imitando íl otros insectos é insectos que se cubren de manto protector; 
8a Lepidópteros imitando avispas; leptalis con el aspecto de helicónidas; y 9a El género Elaps, 
serpiente venenosa & quien imitan serpientes inofensivas. Estas proyecciones se hicieron en su 
mayor parte tomando los ejemplos de la notable Colección Deyrolle (Medios de defensa en los 
artrópodos, etc.); algunos de esos ejemplos de mímica aparecen en las figuras que van intercu- 
a das en este estudio. 



182 ÁIUSTIDES MESTBE 

Al tratar del ejemplo del insecto-caña cuando se paralizaba en 
sus movimientos al sorprendérsele, hube de aludir el hecho de « ha- 
cerse el muerto w; pues bien, este fenómeno corresponde á la llama- 
da inmovilidad protectriz de los animales, de cuyo asunto de psicología 
zoológica se ha ocupado recientemente el erudito profesor Pieron en 
una de las revistas científicas más importantes que se publican en 
la incomparable capital de Francia. Del análisis de las diversas 
observaciones recogidas á este respecto, de la complejidad de mu- 
chas de ellas se deduce su difícil interpretación, existiendo para el 
mencionado profesor estas dos categorías: 1? la de los animales que 
por la inmovilidad se disimulan, como pasa con las arañas, y el 
fenómeno de la mímica respecto de los objetos inanimados; y 2? la 
de los animales que se protegen sólo estando inmóviles, y para que 
de ese modo no los cojan: esto ocurre, por ejemplo, en el erizo. 

De su escrupuloso examen concluj-e Pieron que no hay animales 
que se hagan en realidad los muertos, aunque se observen en un gran 
número de aquéllos la inmovilidad protectriz acompañada ó no de 
mimetismo; y esa inmovilidad se presenta más ó menos persistente 
pero nunca muy considerable en los animales ágiles; en cambio, 
dura más en los lentos y así pueden proteger á los órganos más 
expuestos, como las patas, etc. Nótase, por otra parte, que la in- 
movilidad no es ventajosa en la fascinación; é hipotéticamente (?) 
la astucia de un animal superior que se haga el muerto, ¿no pudie- 
ra considerarse dentro de la primera de aquellas dos categorías, es 
decir, la de los animales que se disimulan por una inmovilidad 
acompañada de mimetismo? 

*** 

Los ejemplos dispersos, pero metódicamente expuestos y con las 
consideraciones que he creído oportuno manifestar en el curso de 
esta lección, no pueden estimarse como simples coincidencias; 
ellos prueban dos cosas verdaderanieute, las demuestran al mismo 
tiempo: la variabilidad de las especies por un lado, y también la 
variabilidad de los caracteres, á los cuales, dice con razón Edmond 
Perrier, puede aplicarse la selección natural. « El mimetismo, 
agrega este sabio naturalista, no tiene solamente como consecuen- 
cia procurar una seguridad relativa á las especies imitadoras; per- 
mite también á las especies belicosas atacar, sin ser percibidas, su 
caza favorita. Numerosas especies carniceras parecen confundirse 
con las que son sus presas. Muchas especies, comenzales ó parásj- 




F'ni. (i. — La hirrn iinriiiii-intoni i{\\Q está Sobre la rama 
infrriiir iz(|uifi'ila toma en la inmediata ^lel mismo lado 
la forma de i'ama uuicrta v desnuda (R. Perrier). 




Fig. 6. — Elaps roralliiim. Serpiente venenosa 
de la Amériea del Sur, imitada en su aspecto 
y coloración por otras especies inofensivas 
(Ed. Perrier). 



LA niIT ACIÓN COMO FACTOR DE DEFENSA IS'J 

tas de otras á expensas de las cuales ellas viven, afectan gran seme- 
janza con esas últimas; y en ciertos casos las semejanzas parecen 
tener una real comunidad de origen.» ¿No son unas veces los dé- 
biles los que toman el aspecto de los animales fuertes y bien arma- 
dos? ¿no son, en otras ocasiones, los picaros — como sucede en lo 
humano — los que tratan de pasar por miembros buenos y recomen- 
dables por todos conceptos? 

Mas, todo ese grupo vasto, complejo, de hechos ¿no pudiera 
someterse al dominio de la ley? Esos hechos, numerosos y varia- 
dos, ¿no son susceptibles de clasificarse convenientemente? Sí, ellos, 
al cabo, están regidos por leyes, entendiéndose por éstas « la coordi- 
nación natural de los hechos tales como nos son conocidos », á la 
manera que la biología ha formulado las leyes de la herencia. Y 
esas leyes las ha formulado Wallace asegurando que se hallan en 
relación con la ley general de la supervivencia de los mas aptos ó 
de las formas favorecidas en la lucha por la existencia. Helas aquí: 

V^ Las semejanzas no son resultado del azar; en la inmensa 
mayoría de los casos de mímica, los animales ó los grupos que se 
parecen viven en la misma comarca, en el mismo distrito y hasta 
muchas veces en el mismo lugar. 

2^ Las semejanzas no existen en diferentes animales indistin- 
tamente, sino que están limitadas á ciertos grupos que son siempre 
abundantes en especies y en individuos, y que á menudo tienen un 
medio de defensa especial bien conocido. 

Y 3?' Las especies que imitan á esos grupos principales son 
relativamente poco abundantes y, con frecuencia, muy pobres en 
individuos. 

Las leyes de Wallace que acabáis de oir, interpretadas por Du- 
val, significan para éste que las semejanzas no son semejanzas casua- 
les: por el contrario, los animales ó los grupos animales que se pa- 
recen, viven en los mismos lugares; que las formas imitadas no son 
indistintamente las de tales ó cuales animales, sino que son siempre 
las de seres abundantes en especies é individuos, poseedores de 
medios de defensa; y, por último, las especies imitadoras, las que 
necesitan asemejarse á otras, son las pobres en todos sentidos. 

Los factores de la evolución orgánica se han ido determinando 
de una manera progresiva. La historia de la filosofía biológica 
desde BufEon hasta Weismann ó Delboeuf, por ejemplo, prueba el 
valor distinto que se le ha concedido — ya absoluta, ya relativa- 
mente — á los diversos agentes que juegan papel en el desenvolví- 



184 



A Bis Tin ES MES THE 



miento de las especies: la semejanza protectriz, el mimetismo, es 
considerado por Alfred Giard en uno de sus más notables estudios ^ 
como factor primario de los que llama indirectos, productos de una 
reacción contra el medio biológico; no asi Jammes. que juzga á la 
mímica como factor secundario que influj'e en la alteración de las 
formas animales, en contraste con los primarios, determinantes de 
las condiciones primordiales que todo animal debe precisamente 
satisfacer. 

. -Y- . 

¿Qué significación tiene el problema de la adaptación por el co- 
lor y por la forma, de la mímica ó mimetismo, en la historia de la 
filosofía zoológica? Ali! qué intesante es la manera como dos natu- 
ralistas eminentes llegaron á explicarse la evolución de las especies 
orgánicas por el mecanismo de la selección natural: dos sabios que 
vivían en lugares opuestos del globo trabajando independientemen- 
te, dan cuenta al fin de su laboriosa jornada, del mismo descubri- 
miento! En muy pocas palabras trataré de reseñar esa página 
brillante 3' que ahora entresaco del libro inmenso de las observacio- 
nes naturales. 

En el siglo pasado, y allá por el año de 1844 el profundo pensa- 
dor de Beckenham— aquel de quien j-a he dicho en otra ocasión que 
abarcó con su penetrante mirada, fija la vista siempre en la natura- 
leza, un horizonte inmenso desde lo alto, cuando no descendió con 
asombrosa escrupulosidad al detalle de los hechos y de los fenómenos 



I Factores primarios ■ 



Directos. 



Inrlirectos. 



1 El profesor A. Giárd en una de sus lecciones de apertura del curso sobre dEvolución de 
los letes organizados», agrupa de este modo á los factores de la evolución: 

Medio cósmico (clima, luz, temperatura, sequedad y hu- 
medad, composición fisica y química del suelo y de las 
aguas, estado mecánico del medio, viento, movimientos 
de los gases, etc.) 

Medio biológrico: alimentación, parasitismo, simbio- 
[ sis, etc. 

Reacción ctológica contra el medio cósmico: adaptación, 
convergencia. 

Reacción contra el medio biológico: semejanza protec- 
tora, mimeti.smo, etc. 

Herencia. 

Concurrencia vital y selección natural. 

Concurrencia sexual y selección sexual. 

Segregación, amixia. 

Selección fisiológica. 

Hibridismo, etc. 



II Factores .secundarios. 



LÁ IMITACIÓN COMO FACTOR DE DEFENSA 185 

— entonces, en aquella época, comenzaba á redactar la larga y que 
había de ser admirable exposición de su hipótesis grandiosa, la que 
no publicó tan pronto con el objeto de revisar reflexiva, pausadamen- 
te, sus múltiples observaciones. En 1858, es decir, más de cuatro 
lustros después del término de su viaje á bordo del Beagle, Carlos 
Darwin aún no había dado al mundo científico la teoría que lo ha 
hecho inmortal; pero una inesperada circunstancia le impele á 
divulgar, á que se conozcan entre los sabios el resultado de sus 
innumerables experimentos sobre la selección, acompañados de 
consideraciones verdaderamente notables. ¿Cuál fué ese móvil que 
lo obligó á romper el manto que cubría á sus secretos ? 

Hacía ya bastante tiempo que otro naturalista inglés, Alfredo 
Russel AVallace, se dedicaba á conocer los animales de las islas 
del Archipiélago Indio, donde— de igual modo que Darwin en el 
Archipiélago de las islas Galápagos —observó hechos variados y re- 
petidos que hicieron brotar de su mente creadora la bella idea del 
origen y de la trasformación de las especies, nada menos que por 
el complejo mecanismo de la llamada selección natural. Y he aquí 
señores, lo importante de esta historia en relación con el objeto de 
la conferencia: el que Wallace se ocupara preferentemente de estu- 
diar la serie de hechos que corresponden al mimetismo, y le envia- 
se una memoria á su ilustre colega, encareciéndole su publicación 
y que la presentara también á la Sociedad Linneana de Londres. 
¡ Cuánta sorpresa no sería para Darwin al ver que la tesis de Wallace 
contenía muchas de las ideas fundamentales dispersas en la obra 
que venía preparando desde tiempo atrás ! 

El conflicto de la prioridad científica estaba planteado segura- 
mente: Darwin tenía que salvar sus esfuerzos sin dejar de ser justo 
con Wallace; y le consultó á dos amigos eminentes— Hooker y 
Lyell — sobre esta situación tan llena de interés histórico para las 
ciencias naturales. Ambos profesores le aconsejaron presentar 
juntamente á la Sociedad londonense citada el estudio de Wallace 
y un resumen razonado de las notas que Darwin venía recopilando 
año tras año y que versaban sobre el mismo problema de filosofía 
zoológica. En Julio de 1858 se leyeron las dos comunicaciones en 
las que, como expresa Huxley, los dos ilustres naturalistas anun- 
ciaban haber dado idéntica solución á todos los particulares relati- 
vos á la especie en biología; y por último, en Noviembre de 1859, 
apareció la obra famosa de Darwin, ese monumento admirable, re- 
pleto de lamas pura y elevada sinceridad científica, honra del in- 



186 ARISTIDES MESTIiE 

telecto humano, base indestructible de esa doctrina que alguien 
justificadísimamente ha llamado, no de la descendencia, sino de la 
ascensión 1 

Gracias mil — señoras y señores — por la atención que benévolos 
me habéis dispensado al estudiar esos curiosos fenómenos que le 
harían — como otros ó con más razón quizás que otros — decir, si los 
conoció, al enciclopedista Diderot que la naturaleza era una mujer 
á quien le gustaba disfrazarse; pero que en sus caretas y trajes dis- 
tintos deja escapar ciertas partes unas veces, en ocasiones diferen- 
tes otras, dándole así esperanzas al que la observa asiduamente de 
llegar á dominarla en toda su hermosa realidad: esa es la obra di- 
fícil, lenta, del investigador frente á los enigmas al parecer indeci- 
frables del universo, cuyas le^^es aspira á descubrir rasgando, si 
puede, el denso velo de sus misterios eternos ! 



SIGNIFICACIÓN DE LA ESCUELA DE PEDAGOGÍA 
EN LA UNIVERSIDAD ^ 

POR EL DR. MANUEL VALDÉS RODRÍGUEZ 
Profesor de Metodología Pedagógica 

Sed bienvenidos, maestros de la Patria: sed bienvenidos á este 
recinto callado y tranquilo de la Universidad, donde arde el fuego 
sagrado de la Ciencia, á donde llega quebrantado el ruido de la ba- 
talla de la vida; puerto seguro del espíritu donde se percibe la 
huella que dejaran en su tiempo, el acento amoroso de Luz Caba- 
llero, el pensamiento severo de Várela, la previsión de Saco, la 
elocuencia de Escobedo. 

Sed bienvenidos, maestros de la Patria! Cuando la Facultad de 
Letras y Ciencias, tomó el acuerdo de abrir una serie de conferen- 
cias dedicadas al Profesorado de la niñez, y, por motivos allá en el 
fondo de la realidad, de afecto y de cariño, más que por título de 
merecimiento, me dispensó el honor de iniciarlas, tuve un instante 
de recogimiento, para pensar qué debiera deciros, y cómo habría de 
ponerme en comunicación con vosotros. Y vi que convenía más á 
mi propósito abrir mi corazón ante vosotros, estrechar regocijado 
vuestras manos y, con efusión de amigo, de compañero, deciros 
una vez más, « sed bienvenidos, maestros de mi Patria ». Y sobre 
todo, los elegidos y bien amados de los Dioses, á quienes sobra la 
fuerza de la vida, para seguir la carrera del sol triunfante, ajenos 
á las razones frías de la prudencia, tomad únicamente para vosotros 
la gloria del combate. ¿Qué puedo yo deciros? Cuando en el 
año 1900 el Sr. Varona, incluyó en la Facultad de Letras y Cien- 
cias de nuestra Universidad, la Escuela de Pedagogía, fué el primer 
cubano que, de una manera oficial, consagró en nuestro país el 
carácter científico de los Estudios Pedagógicos. 

No era fácil comprender por el momento la idea que prevalecie- 
ra, al hacerlo así, en la mente del eminente pensador, acaso la in- 
teligencia más disciplinada de todo el país. Entendieron los más 
que había sido su propósito establecer una escuela normal, dima- 
nando, con razón, la extrañeza de que tal organismo funcionara en 

1 Coiifer.mcia leida en la Universidaií el día fi de Febrero de 1904. 



188 MANUEL VALDES RODRÍGUEZ 

el seno de la Universidad. Esa apreciación era absolutamente 
equivocada. 

Lo que quiso la Orden 266 fué proclamar el fundamento cientí- 
fico de la educación, incluirla en el catálogo de los estudios dignos 
de figurar en la Universidad, y dar una dirección, hasta entonces 
desconocida, á lo que había de ser, en lo futuro, el desarrollo del 
pensamiento nacional en Cuba. 

Pensaba con razón el Sr. Varona que la cuestión más modesta 
de métodos, de costumbres y de disciplina escolares, era un dato 
que escondía sus raíces en el dato psicológico, y, hablando con 
mayor propiedad, en el dato antropológico, y que la orientación de 
la juventud, y que la economía política de la riqueza moral de un 
país, obedece á le3'es cuya investigación, estudio y determinación 
dependen del movimiento filosófico que se inicie y propague en el 
laboratorio científico de la Universidad. 

Modestos, por necesidad, fueron aquellos primeros pasos, para 
un pueblo nacido recientemente á la ciencia y cuando no estaba 
determinado todavía el carácter experimental de los estudios peda- 
gógicos, que había de ser la obra del tiempo: pero se preparó la 
tierra y en el surco del pensamiento, hábilmente depositóse la semilla. 

Vosotros, los que obedecisteis con entusiasmo al llamamiento, 
habéis contraído el compromiso de colaborar con la Universidad en 
la obra del pensamiento científico del país y he aquí vuestra pri- 
mera necesidad en los presentes momentos. 

Sed pues científicos: investigad la causa de los fenómenos que 
con vuestro consejo deben otros dirigir; ahondad en la conciencia 
del niño, para encontrar en ella la causa de su movimiento; deter- 
minad las leyes del espíritu y en su más escondido origen buscad 
con solicitud el pensamiento. 

Aprended de Sócrates, aquel arte, no igualado jamás en ningím 
tiempo, para sugerir pensamientos y encaminarlos al ajeno espíritu, 
poner al hombre en presencia de sí mismo y ser juez de sus propios 
pensamientos. 

A])rended de Aristóteles, á logi-ar que el orden lógico de las ideas 
marche al compás del orden real dcí las cosas: en Comenius, á dar 
oídos á la i'calidad, no á las palabnis: á formar un caballei'o con 
Rabelais y un hombre (;on Moiitaigiu»; á harmonizar el cuerpo 
con el espíritu, en Locke: á restablecer el imperio de la naturaleza, 
con Rousseau; el apostolado del amor, con Pestalozzi: á adivinarlas 
leyes de hi infancia y regidarlas, con Fnebel: en INIilton á evitar el 



SIGNIFICACIÓN DE LA ESCUELA DE PEDAGOGÍA 189 

formalismo literario: á educar al hombre para la humanidad, en 
Kant: al ciudadano, en Fichte y al hombre para sí mismo, en Her- 
bart; y por último á fijar, con Bain y con Spencer, el verdadero 
valor de cada estudio. 

En todo esto habréis de servir á la ciencia. Pero, junto á la 
experiencia de los siglos habéis de poner, con modestia, vuestra 
experiencia propia. 

Si no sabéis llamar á las puertas de la naturaleza, renunciad á 
vuestra obra de maestros. 

¿ Cómo sería posible pretender despertar la atención, si carecéis 
vosotros mismos del talento de la observación ? 

Porque al fin y al cabo, un niño á presencia vuestra, es una 
naturaleza que vais á encauzar, á dirigir, y á tratar en razón del 
procedimiento que aconseja la ciencia: es un mecanismo complicado, 
que puede quebrarse por alguna parte, entorpecerse en alguna rue- 
da, exagerarse por algún concepto, marchar con demasiada celeri- 
dad ó resultar tardo en sus movimientos. 

Son, esas, dos cosas que se complementan: la experiencia adqui- 
rida de los sabios y vuestra propia experiencia. 

Y en este punto, permitidme apuntar á vuestra consideración 
una circunstancia digna de ser advertida en el momento actual de 
la ciencia pedagógica, en todo el mundo. 

El organismo mental, cada día está mejor estudiado: las obser- 
vaciones más finas se suceden sobre la atención, la fatiga mental, 
la sensibilidad, la memoria y la imaginación. 

En este aspecto del problema, yo no encuentro nada más pre- 
cioso, para recomendar á los maestros, que los trabajos de Ribot 
sobre la personalidad, la voluntad, la memoria normal y sus enfer- 
medades, la imaginación, etc. 

Pero lo que está todavía, en profunda obscuridad, es la natura- 
leza moral del hombre. 

Y precisamente el aspecto más importante de la educación, se 
deriva de este concepto moral. 

Los instintos más desarrollados en el niño; las tendencias que 
me merecen mayor atención; los sentimientos en cualquier sentido 
manifestados; la pugna de factores opuestos; la inercia de algún 
sentido mox^al; la versatilidad ó consistencia de las impresiones, ó 
el predominio del elemento impulsivo: son todos estos problemas 
morales, de cuya consulta pende la acción del hábito y, en término 
último, la formación del carácter. 



190 MANUEL VALDES RODRÍGUEZ 

Allá en la raíz de la sensibilidad, en el origen de los poderes de 
la voluntad está escondida la respuesta que demandan todas las 
interrogaciones anteriores. 

¿ Quién contesta á estas preguntas ? El secreto no está en ir á 
á buscarlas allá, á lo interno del alma de los niños: el secreto está 
en hacer que abandonen esta región intangible, para salii* hacia 
fuera y, como claros indicios, descifrarlas en el rostro del alumno; 
en sus movimientos; en sus gestos, en su palabra, manifestación la 
más positiva de las almas; en sus juegos, en sus complacencias, en 
su trato con los amigos, en los movimientos inconscientes de su 
vida mental y moral, en el disimulo á veces, y á veces en la exte- 
riorización franca de sus espíritus. 

La Escuela de Pedagogía, con sobrado espíritu filosófico, con 
una tendencia de progreso, á que no es posible volver la espalda, 
fué incluida en la Facultad de Leti^as y Ciencias. 

Al terminar los estudios necesarios para aspirar al grado de 
Doctor en Pedagogía, la literatura patria 3' la extranjera, la anti- 
gua del griego y del latín y la moderna, abrazan no pequeña pro- 
porción en los progi'amas. 

No yo, cuyos títulos son pocos y escasos, sino las autoridades 
más acreedoras al respeto, deben aplaudir esta tendencia de nues- 
tra Escuela de Pedagogía, en la parte que afecta á las letras y á la 
literatura. 

Si el niño se manifiesta por el lenguaje, actúa el maestro por el 
lenguaje. Es simplemente en uno y en otro, la revelación diaria y 
constante de un mundo que viene al exterior. 

Recordad, á este propósito, la teoría de Ilerbart, cuando indica 
que el desarrollo del individuo recorre las mismas fases y procede 
por igual evolución que el desarrollo del pueblo, la nación ó la 
humanidad, marchando el uno y el otro en maravillosa correspon- 
dencia. 

Pues bien, señores: un pueblo está todo entero en su literatura. 
Por manera que la literatura, responde á una doble finalidad, de 
poderosa significación: porque, si de una parte, el maestro, estudia 
en la literatura la relación del niño con su nacionalidad, su histo- 
ria, y su origen, por otra parte, ella, como medio de expresión, pone 
cerca del educador la palanca más poderosa que pueda imaginarse, 
en orden á la educación, que en realidad, es una verdadera obra de 
movimiento. 

Permitidme también dos palabras acerca del método, aspecto 



SIGNIFICACIÓN DE LA ESCUELA DE PEDAGOGÍA 191 

del problema que asume también un interés vital en el elenco de 
nuestra Escuela de Pedagogía. 

Mi aspiración es deciros, lo más que me sea posible, dentro del 
más breve espacio compatible con la claridad y la precisión, que 
son las dotes características más valiosas del pensamiento. 

Me permito recomendaros en primer término y como síntesis 
más precisa, la doctrina de Herbart acerca de la apercepción; por- 
que, en efecto, tres son los pasos más necesarios y tres los andamios 
principales de la labor constructiva de discípulo y maestro. 

19 Poner en alto y ordenadamente la expei^iencia adquirida 
del niño. 

2? Fijar con precisión é inteligente organismo, la experiencia 
nueva que va á dar la instrucción del discípulo en cada caso, en 
cada grado, en cada tono de intensidad, en la mayor ó menor com- 
plejidad de relaciones. 

39 Fundir en aquella primera experiencia del educando la se- 
gunda experiencia del educador. 

¿Cómo se realiza esta fusión? ¿Cómo el elemento externo de 
la. experiencia adquirida, cual si estuviera guiado por secreta iman- 
tación, va en derecliura de la experiencia interna del niño, para 
que, de una conquista nueva, pase á ser una reserva del entendi- 
miento? Tal es la acción y el secreto, tal es la fuerza, virtualidad 
y significación del método. 

Para más precisar esta concepción del método, que tan notable 
puesto ocupa en nuestra Escuela Pedagógica, debéis meditar en 
que la educación es una verdadera función de la vida. 

Nada más á propósito, á este respecto, que observar el parale- 
lismo de la vida fisiológica con la vida mental, hasta el punto que, 
confundidas una y otra, sea posible imaginar que la naturaleza se 
vale de medios semejantes para el completo desarrollo de aquella 
primera y de esta segunda vida. 

Al fin y al cabo, reduciendo hasta su última expresión, los tér- 
minos del problema, en esta concepción de la vida, entran por nece- 
sidad tres factores ó datos, que son: 

19 El factor que resulta de la propia individualidad; 29 el 
que se origina de sus recursos de sustentación; 39 el medio en 
que estos instrumentos ó recursos pudieran encontrarse. 

La geuuina explicación de la vida se deduce de la relación har- 
mónica establecida entre aquel 19 y 29 factor, del 39 que rej)re- 
senta el medio ambiente. 



192 MANUEL VALDES RODRÍGUEZ 

Las condiciones del problema para nada varían, tratándose de 
la vida mental y moral; de donde se desprende que la verdadera 
función del método en Pedagogía consiste en proporcionar á la uni- 
dad mental ó moral del hombre los propios medios de alimentación. 

Es muy común encontrar estos puntos de vista en los publicistas 
ingleses y americanos; pero yo no sé que nadie los haya expuesto 
con tanta claridad como el escritor inglés Laury, profesor de la 
Historia de la Educación de la Universidad de Edimburgo, y cuyas 
obras se encuentran en la Biblioteca de nuestra Facultad de Letras 
y Ciencias, á algunas de cuj-as teorías me refería con insistencia 
cuando explicaba mi cátedra de Metodología, en este sitio actual de 
nuestra Universidad. 

La última conclusión á que debe llegarse, dentro de las expues- 
tas analogías y la importancia del método, es que debe realizarse, 
por todos los medios, la alimentación constante del espíritu. Pero, 
¿cómo alimentar el espíritu en el aspecto mental del hombre? 
Laurj^ da la respuesta en una fórmula de precisión admirable: el 
espíritu se alimenta con el orden real de las mismas especies que 
afectan á los sentidos. 

Surgen de esta consideración aspectos muy curiosos, en orden al 
concepto de la instrucción y de la educación. Esta, como un mo- 
vimiento de dentro hacia afuera, movimiento de intususcepción: 
aquélla como una acción del exterior hacia dentro; resultando de 
ambas la maravillosa inteligencia de lo interno y de lo externo. 

¿Cómo disponer, levantar y orientar aquella fuerza inmanente 
del espíritu? Cómo arreglar, disponer y organizar este factor ex- 
temo? ¿Cómo poner con habilidad aquella fuerza interior, en pre- 
sencia de esta entidad externa y recíprocamente, para que, del en- 
cuentro de estas dos fuerzas vivas, salte luminosa la chispa del 
saber en la conciencia? He aquí toda la significación del mé- 
todo. 

La instrucción, en cuanto dice relación con el maestro que la 
dispensa, no es un agregado inerte de partes diversas entre sí, sino 
que el maestro debe ai'reglar, ordenar y disponer los conocimientos 
como un organismo vital, de modo que la obra final del método 
estriba en dotar de vida la instrucción, es decir, lo que va á ser 
objeto del conocimiento, imprimiendo en él un verdadero movi- 
miento, que dentro de la apercepción, busque el contraste, la seme- 
janza, el chofiue y la fusión de la experiencia vieja del educando, 
en la experiencia nueva del educador. 



SIGNIFICACIÓN DE LA ESCUELA DE PEDAGOGÍA 193 

Tal es la enseñanza que os ha de dar la lectura de los filósofos 
y de los maestros. 

De ellos podi-ía aconsejaros lo que en sus días Horacio: 

« Vos quoque exemplaria greca 
Vérsate manu diurna, vérsate nocturna.» 

Revolved también vosotros, sin descanso, los libros de los maes- 
tros; pero, no sin conseguir una verdadera inteligencia entre vues- 
tro propio sentir y el pensamiento de cada escritor. 

Cultivad el criterio de la ciencia: pero, no dejéis de cultivar 
también, con las dificultades inseparables del intento, vuestro pro- 
pio criterio personal. 

Volvamos por un instante nuestra imaginación á aquel ilustre 
desterrado, que en 1627, sale de su país para adoptar el mundo por 
patria. 

Hay cuatro clases de escuelas, decía desde entonces el gran 
Comenius, legítimo precursor de esta ciencia pedagógica que tanto, 
en los momentos actuales, nos halaga y enaltece. 19 la escuela de 
la madre en cada hogar; 2? la escuela nacional en cada parroquia; 
39 el gimnasio en cada ciudad; 49 la Universidad en cada provin- 
cia ó región. 

« La escuela materna es para cultivar los sentidos externos. La 
nacional, ejercita y educa los sentidos internos, la imaginación y la 
memoria, la mano y la lengua; el gimnasio, la comprensión j el 
juicio; la Universidad, la voluntad.» 

Confieso que os ha de sorprender esta última; porque, ¿quién 
de nosotros no había de esperar, que la Universidad hubiera de 
enseñar la ciencia, en la acepción más extensa de la palabra ? 

La explicación es con todo sencilla: el saber, en la mente del 
ilustre maestro, como en la de Kant, como en Milton, en Fichte y 
Herbart, está subordinado á la voluntad y la virtud. El fin de la 
educación es un fin ético, y prescindir de esta afirmación es caer en 
la esterilidad más fría de la vida. 

No necesito deciros que aquella escuela materna del filósofo 
realista, es nuestro actual kindergarten: del mismo modo que su 
escuela nacional es nuestra escuela pública, común y gratuita, y su 
gimnasio, los liceos y colegios de 2'? enseñanza, de nuestros tiempos 
actuales. 

Vosotros, maestros que asistís á la Universidad, consecuentes 
al compromiso contraído, habéis de entender que vuestra ciencia 
debe plegarse, con maravilloso sentido de adaptación, á estos dis- 



194 MANUEL VALDES RODRÍGUEZ 

tintos gradog del saber, según las necesidades de los educandos, 
desde la escuela materna, hasta la expresión más simple del saber 
que debe culminar en la virtud de las Universidades. 

Me interesa hacer una ligera alusión, al carácter de la escuela 
primaria, cuyos alumnos deben recorrer una escala de variada in- 
tensidad mental, sin salir de la esfera que es propia de su ense- 
ñanza. 

A mi entender, la escuela, á más de la cantidad de fuerza educa- 
tiva que ie es peculiar, vulgariza el saber, en su expresión más 
común 3"^ sencilla: de donde resulta la necesidad de una gran pro- 
porción de conocimiento en el maestro. 

La verdad llega al cerebro del niño, no por un solo camino, sino 
por mil distintos caminos á la vez; lo que exige del educador una 
inmensa variedad de nociones, de medios y de procedimientos. 

Si se quisiera establecer una ecuación entre la cantidad de 
saber en el maestro, y la cantidad de materia enseñable al discípulo, 
esta ecuación sería absurda. 

El maestro, para dar un adarme de conocimiento, necesita una 
libra de saber. 

He aquí por qué el plan de vuestra Escuela de Pedagogía, exige 
un respetable caudal de saber en vosotros. Pero, ¿en qué forma 
habéis de presentar este saber al niño, en las escuelas comunes de 
la época ? No es posible que ningún maestro conteste á esta pre- 
gunta, sin un prolongado recogimiento, sin una tarda meditación, 
sin una experiencia no interrumpida. 

De todo lo que el maestro sabe ó cree saber hay que formar una 
especie de substractum que es la mínima cantidad aprovechable 
para el entendimiento: no de otro modo que de una gran medida de 
alimentos se deduce pequeñísima dosis de sustancia nutritiva. 

Ko se puede llegar á tal extremo, sin el talento de una difícil 
facilidad. 

Si no sabéis ser fácil, con toda la modestia, la sencillez y la na- 
tural expresión de la realidad; no intentéis poneros en comunicación 
provecliosa ni con el talento, ni con la voluntad, ni con forma nin- 
guna de la actividad en los niños. 

No es, por otra parte, el número de conocimientos lo que va á 
dar la medida de vuestra aptitud pedagógica: no. 

Hay niños que saben ó aparentan saber muchas cosas, y que 
están en realidad pésimamente educados, es decir, que no valen 
nada; en tanto que niños muy escasos en sus respuestas y en la 



SIGNIFICACIÓN DE LA ESCUELA DE PEDAGOGÍA 195 

manifestación de sus ideas, están inteligentemente guiados por sus 
maestros. En otros ó parecidos términos: niños locuaces que son 
muy tontos, y callados que marclian por buen camino. 

La obra asume un carácter distinto en el gimnasio ó instituto; pero 
el método no caiiibia radicalmente de objetivo ni de punto de vista. 

En el instituto va desapareciendo lo singular y lo aislado, en 
busca de complejidad y relaciones. El aspecto vulgar de las cosas 
se va tornando técnico y científico; y á la facilidad ó prima facies 
de los métodos, va sucediendo la demostración más complicada y 
vigorosa. 

No concedo importancia primordial al cuadro de asignaturas, ni 
á lo que llamamos el Plan de Estudios. La importancia capital está 
en el método: el método de exposición, ó activo del maestro, y el 
método de investigación del discípulo. 

El progreso alcanzado por nuestros institutos, desde el punto de 
vista de las ideas, ha llegado á ser muy notable, hasta el extremo 
de poder afirmar que el Plan actual de nuestra segunda enseñanza 
entraña mayor intensidad mental, que el mismo de la Universidad. 
El punto de vista de la realidad, ese depende de un factor, que no 
está en manos del Plan; depende del profesor. 

No es posible, señores, tocar estas cuestiones, sin sentir solicita- 
do el espíritu de mil partes muy distintas. Es imposible dar la fór- 
mula sin verla profundamente modificada por circunstancias do 
muy variado origen y de muy distinta índole. 

Pero no es ya hora de invadir este terreno que tal vez me habrá 
de llevar muy lejos. 

Abstracción hecha de estas consideraciones y sea cualquiera ei 
motivo científico de todo criterio pedagógico, en orden á los fines de 
la educaciÓD, nada me parece tan importante en la presente hora y 
en el actual momento de la civilización, como llamar vuestra aten- 
ción hacia el divorcio, realmente monstruoso, que aparece haberse 
establecido de la instrucción y la moral, el talento y la voluntad, el 
saber y la acción. 

También entre nosotros y á despecho de las grandes transforma- 
ciones á que hemos asistido, en los últimos días, al penetrar en 
nuestras escuelas y colegios, el atento pensador se siente sobrecogi- 
do de tristeza, preguntándose con honda inquietud, si es que habre- 
mos mutilado la humana naturaleza en nuestros educandos, pron- 
tos á todo género de perspectivas, pero sin fe, sin voluntad, sin 
acción, y sin ideal. 



LA INSTRUCCIÓN PUBLICA EN CUBA 

su PASADO, SU PRESEXTE. — INFLUENCIA SOCIAL DE LA LEY ESCOLAR 

QUE HOY RIGE EN EL PAÍS ^ 

POR EL DR. ESTEBAN BORRERO ECHEVERRÍA 
Profesor de Psicología Pedagógica 

Comenzó el disertante por fijar el concepto de la palabra educa- 
ción y prosiguió diciendo que si la educación es uua de las funcio- 
nes primordiales de la vida social, y sigue y refleja en su historia 
las visicitudes de cada comunidad humana, la historia de la Ins- 
trucción Pública, entre nosotros, por las peculiaridades morales que 
en nuestra existencia dieron carácter á la vida mental del país, es 
la historia de toda nuestra accidentada y tormentosa vida política 
durante las cuatro largas centurias de la existencia colonial de 
Cuba, 

Que Cuba tiene, en medio de todo, una hermosa tradición peda- 
gógica, como tiene una tradición cívica 3' no carece de hermosa 
historia intelectual. 

Que España, como administración, fué sorprendida aquí en ple- 
na decadencia pedagógica por los sucesos últimos que han cambiado 
la faz del país, y que la tradición pedagógica genuinamente cubana 
se había perdido también en el naufragio de nuestra existencia social 
durante las tres últimas décadas del pasado siglo. Con la interven- 
ción americana se inició en el país una suerte de renovación peda- 
gógica que promete un mejoramiento real á nuestra educación y 
cultura; el pueblo se ha saturado, por decirlo así, de ideas nuevas 
á ese respecto; y la Universidad de la Habana, atenta á las necesi- 
dades de la conciencia cubana, ofrece á los maestros públicos, dentro 
de ese gran movimiento de reforma escolar, conferencias pedagógi- 
cas en las cuales brinda lo mejor y más depurado de las enseñanzas 
que da en sus aulas; y así confraternizan aquí en ellas el catedrá- 
tico del primer centro docente del país y el profesor de las aulas 
populares. 

Y entrando en la historia de la Instrucción Pública en el país, 
dijo que es natural pensar que durante los primeros tiempos de la 

1 Resumen de la conferencia pronunciada en la Universidad el 12 de Marzo de 1904. 



LA INSTRUCCIÓN PUBLICA EN CUBA 197 

existencia de Cuba los colonos enviaron sus hijos á España ó los 
hicieron instruir como pudieron en sus propios hogares porque no 
hubo en los principios escuela pública ni privada en él. 

En 1728 contaba ya la Habana con una Universidad y que con 
ella compartían las cargas de la Instrucción Pública superior los 
seminarios y conventos donde sólo se enseñaba latín y teología; que 
si la enseñanza superior tuvo estas manifestaciones, la primaria 
alentaba apenas en su forma más rudimentaria, siendo como era 
carácter distintivo de la época su descuido, si grande en la metró- 
poli mayor en la colonia. 

Es cosa digna de notarse que las primeras escuelas privadas de 
Cuba estuvieron regenteadas por personas de color. En aquella 
época y mientras la Universidad daba en gran número médicos, 
sacerdotes y abogados, no llegaban á mil en toda la Isla los niños 
que asistían á las escuelas primarias. La Universidad estaba vacia- 
da en los moldes del siglo xvi y se calcó sobre la de Santo Domingo. 
Aristóteles, Nebrija, Fray Luis de Granada y F. Bixia informaban 
sus enseñanzas, que eran, no hsüy para qué decirlo, puramente peri- 
patéticas. Estos exiguos rasgos caracterizaron por largo tiempo 
nuestra vida pedagógica. 

Había crecido entre tanto dificultosamente, pero había crecido 
Cuba y al terminar el siglo xviii estaba formada y tenía caracteres 
propios. Era en verdad un pueblo cuyos fundamentos descansaban 
sobre la base de la esclavitud; pero formaba el núcleo de ese pueblo 
una clase relativamente extensa compuesta de familias criollas que 
poseían la tierra y disponían de gran fuerza social. 

Un grupo selecto de aquellos patricios fundó en 179.3 y duran- 
te el mando del digno general D. Luis de Las Casas, la Sociedad 
Patriótica que intervino desde entonces en la dirección de la en- 
señanza elemental; y con este hecho trascendente se abre la his- 
toria de la Instrucción pública en la Isla. Apenas constituida la 
Sociedad Patriótica, se ocupó con singular empeño en divulgar los 
conocimientos primarios, creó escuelas en gran número, mejoró las 
condiciones de las muy deficientes que j^a existían y dictó el primer 
plan de estudios hecho en la Isla, el cual fué obra del Presbítero 
D. José Agustín Caballero. A la historia de la Sociedad Patriótica 
está unida la de la vida y obras realmente meritorias del venera- 
ble obispo Espada, director que llegó á ser de dicha corporación y en 
honor del cual no se agotará nunca la alabanza. Reformóse por 
Espada y el P. Várela, entonces, el plan de estudios universitarios 



198 ESTEBAN BORRERO ECHEVERRÍA 

y entró de lleno este Centro en las corrientes de cultnra experi- 
mental qne ya cundían por el mundo. 

En orden al espíritu de la Instrucción Primaria procuróse por 
la Sociedad Patriótica que imperase en la enseñanza el método pes- 
talozziano, así como reinaba en la Universidad é imperaba ya el 
cartesianismo. 

Fué el P. Várela precursor de D. José de la Luz Caballero, cuyo 
colegio se inauguró el 15 de Febrero de 1848 y fué clausurado en 5 
de Mayo de 1869. 

¿ A qué hablar de D. José de la Luz Caballero, de aquel grande, 
piadoso y sabio educador á quien se tiene aquí por maestro de todas 
las ciencias? ¿Quién no conoce aquí su grande, noble y cívica labor 
más que de maestro, de apóstol ? 

Para explicarse el hecho singular de la aparición de aquella 
gran cultura intelectual en Cuba, es necesario saber que la clase 
superior en que, ya en cierta medida, se vinculaba, monopolizó en 
un tiempo todas las fuentes de la Instrucción, y que entre sus hijos 
se despertó desde temprano la afición á los viajes; los más se edu- 
caron en las naciones más cultas de Europa y no pocos en los Esta- 
dos Unidos. Humbold, que al principio del siglo visitó el país, ha- 
bla admirado de la gran cultura mental de los habaneros. Hasta 
aquí la obra de la Sociedad Patriótica y del país cubano propiamen- 
te dicho. 

En el año de 1842, y cuando á influjos del país florecía la ins- 
trucción popular, el Gobierno reclamó para sí el manejo de esos 
asuntos, cesando, ipao Jacto, en sus funciones educativas la Sociedad 
Patriótica. 

Quedó desde entonces paralizada, y para siempre, la actividad 
escolar sana del país. 

La nueva ley organizó la Instrucción Pública sistemáticamente, 
dividiendo la enseñanza en primaria, secundaria y superior, bajo la 
acción reguladora del Gobernador Superior Civil. 

El costo total del presupuesto de Instrucción Pública fué en 
aquel año de 47,882 pesos, de los cuales la Hacienda aportó 17,173, 
perteneciendo el resto á la Junta de Fomento, á los Ayuntamientos, 
al capítulo de Impuestos y al de suscripciones voluntarias. Si pa- 
rece insignificante esta suma, todavía gastó menos el Gobierno en 
los años de 1847 á 1851 en atención tan capital como aquélla. 

Con este estado de cosas termina lo que pudiera llamársele ter- 
cera época de la Historia de la Instrucción Pública en nuestra pa- 



LA INSTRUCCIÓN PUBLICA EN CUBA 199 

tria; y los i'asgos que caracterizan la vida de la Instrucción Pública 
en este período de nuestra Historia, son: « de una parte el ahinco 
de la clase elevada de la población criolla por fomentar la cultura 
del país, y de otra la absoluta indiferencia y la incapacidad del 
Gobierno español á ese respecto ». ( Palabras del Dr. E. J. Varona 
en un trabajo reciente sobre este asunto.) 

En honor de la verdad debe consignarse que las escuelas de los 
PP. Jesuítas y la de los Escolapios, influyeron beneficiosamente en 
la cultura del país: estableciéronse de 1854 á 1858 estas escuelas. 
Los Escolapios fundaron además una Escviela ííormal en Guana- 
bacoa (1857), y de este modo se dio por vez primei-a y por poco 
tiempo dirección y carácter facultativo á la primera enseñanza en- 
tre nosotros. 

En 1863 se lamentaba amargamente la prensa independiente del 
país de la penuria en que estaban en lo administrativo estos asun- 
tos. Y, «mientras pugnaba así (dice el Dr. Varona en su obra 
citada), desde muchos años atrás en nuestro país el esfuerzo gene- 
roso de la conciencia pública con la apatía y la política recelosa 
del Gobierno, las fuerzas sociales seguían en el fondo un proceso 
de transformación que había de tener gran resonancia en la forma 
y dirección de los estudios generales en la Isla». La Keal Cédula 
de 28 de Febrero del 1789, que declaraba libre el tráfico de negros, 
había abierto un nuevo período en la historia social de Cuba: ésta 
comienza el grande y peligroso cambio que ha de aproximarla al ti- 
po de las Colonias de plantación. El malestar político, las conspira- 
ciones, revueltas y guerras civiles que llenan tan buena parte de 
nuestra historia en el pasado siglo hasta terminar en la gran in- 
surrección del 68, no son sino el resultado de la pugna de la clase 
que había poseído la tierra cubana y la maj'or suma de influencia 
social en el país, con la nueva desastrosa organización económica 
que el Gobierno imprime al país mismo.» Aquella clase social cu- 
bana, compuesta toda ella de potentados y hombres de superior cul- 
tura, fué vencida al cabo tras una pugna de diez años en 1878. El 
resultado más aparente de aquella derrota fué la trasferencia del 
capital y de las influencias de los criollos de vieja cepa á las clases 
peninsulares de menos arraigo que habían estado durante la con- 
tienda al lado del Gobierno. En la era que se abrió con la paz del 
Zanjón al país, decayó y se prostituyó lastimosamente la Instruc- 
ción Pública; en esa época naufragaron también los restos de las 
grandes influencias tradicionales del genuino país cubano: la Ins- 



200 ESTEBAN BORRERO ECHEVERRÍA , 

tracción Pública fué desde entonces entre nosotros bastarda grange- 
ría: todo el mundo quería ser bachiller, y lo era: bacliilleres hubo 
entonces de diez años de edad: la Instrucción Primaria fué sólo un 
instrumento, y medio de ingreso en los Institutos de 2'^ Enseñanza 
para optar al bachillerato que abría las puertas universitarias. Así 
estaban las cosas cuando estalló la Revolución. 



Si el Gobierno de la Intervención Americana llevó á cabo en el 
país obra alguna realmente notable, fué, sin disputa, la reforma ra- 
dical de este importante ramo de la Administración Pública. El 
plan fué tan vasto como era importante en sí el asunto, y empren- 
dió la reforma de los estudios universitarios, de la segunda ense- 
ñanza y de la instrucción popular. 

Dióse por la nueva le}' escolar participación formal al país en la 
administración de las escuelas públicas, y se crearon éstas en núme- 
ro de más de mil, apenas suficiente para atender á las necesidades de 
más de 500,000 niños en edad escolar que existían desatendidos en 
Cuba. Xo es posible, en un resumen como éste, insistir en porme- 
nores; pero véase el presupuesto de Instrucción Pública para el año 
fiscal de 1902 á 1903: 

Ordinario $ 265,530.00 

Extraordinario 55,000.00 

Instituto 2^} Enseñanza de Pinar del Río 33,205.00 

» j) » » la Habana 59,450.00 

» » ). » Matanzas 38,785.00 

y> » « ;> Santa Clara 29,100.24 

j> » )) )) Puerto Príncipe 34,105.00 

)) » « )) Santiago de Cuba 37,258.00 

Academia de Pintura y Escultura de la Habana 11,720.00 

Escuela de Artes y Oficios 29,960.00 

Biblioteca Nacional 5,760.00 

Junta especial de Veterinaria 180.00 



$ 600,053.24 



Cantidad presupuesta para las 105 Juntas de Edu- 
cación $2.930,605.92 



LÁ INSTRUCCIÓN PUBLICA EN CUBA 801 

RESUMEN 

Junta de Educación $2.980,605,92 

Superintendencia General de Escuelas 28,440.00 

Superintendencia Provincial 29,784.00 

S2. 988, 829. 92 

(jrastüs adscritos á la tíecretai-ía 328, 580. 00 



83.317,409.92 



Número de Escuelas Publicas 1,790 

Número de Aulas 3,352 

Total de alumnos matriculados 152,934 

Varones 82,912 

Hembras 70,022 

Blancos 101,331 

De color 51,603 

Número de maestros 3,417 

Hombres 1 ,422 

Mujeres 1,995 

Blancos 3,286 

De color 131 

Número de conserjes ],79S 

En cuanto á la beneficiosa influencia inmediata en lo social de 
este nuevo orden de cosas sobre la suerte del país, no hay más que 
fijarse en que por él la mujer cubana ha hallado útil empleo á sus 
actividades mentales y morales, tanto tiempo, por falta de ocasión 
para manifestarse, casi estériles; la mujer ha querido colaborar aquí 
con el hombre, esposo ó hermano su3^o, en la obra hermosa del tra- 
bajo á que ña su subsistencia la familia; y ha salido ante los nuevos 
estímulos — del recinto del hogar en donde languidecía ociosa ó em- 
pleada en labores improductivas, enervantes — al aire libre, á actuar 
en otro ambiente intelectual, en el cual mejora y acrecienta su cul- 
tura. Las familias de esos 152,000 escolares matriculados en las 
aulas públicas han orientado sus actividades dentro del concepto de 
la educación de su prole: ha cundido el estímulo entre todas las mu- 
jeres y hombres aptos para dedicarse al profesorado, y por todas 



202 ESTEBAN BORRERO ECHEVERRÍA 

partes se estudia y por doquier se aspira, dando á la vida un fin no- 
ble superior. Con esta ley escolar empezó para Cuba una era nueva 
que puede llamarse la Era Pedagógica del País; y no hay para todos 
asunto más importante que éste. Si bien es verdad que la mayor 
parto de los maestros públicos son, sencillamente, alumnos pensio- 
nados por el Estado para estudiar y practicar pedagogía, no es por 
ello menos verdadero que en el espacio de cuatro años la cultura 
del país ha adelantado grandemente en esta vía, y que las mejores 
doctrinas, en cuanto á metodología pedagógica, se han hecho paso 
con esa superior cultura entre nosotros. 

El país por otra parte y dentro del amplio concepto democrático 
de la Ley Escolar vigente, toma parte activa, directa y continua por 
la acción de los superintendentes provinciales en el desarrollo téc- 
nico de esa ley, así como por intermedio de esos }'• otros funcionarios 
vigila en lo administrativo de un modo eficaz por su cumplimiento- 
Que la ley no sea perfecta, que algún funcionario del ramo no al- 
cance la plenitud de la suficiencia que fuera de desear, son cosas 
sabidas; pero es sabido también que eso mismo sucede en los Esta- 
dos Unidos y en Alemania y en Inglaterra; y no puede Cuba, en lo 
humano, aspirar el alcanzar en un punto la perfeccción total á que 
no han podido en ese complejo orden de ideas llegar las viejas y 
más cultas naciones de Europa y América. Sólo motivos de con- 
gratulación tenemos á ese respecto, y es seguro que en breve tiempo 
los errores de pormenor y las pequeñas deficiencias administrativas 
que hoy en ese terreno se lamentan, desaparecerán por completo. 
Que el país tiene conciencia de que su suerte, á este respecto como 
en todos, está ho}' en sus manos y que sabe muy bien que un signo 
de inferioridad intelectual es, en el concierto y compenetración de 
la vida é influencias de las naciones, un signo de muerte rápida y 
vergonzosa. 



LA EVOLUCIÓN DE LA MATERIA 

POR EL DR. ANTONIO ROSELL 
Profesor Auxiliar Interino de Química inorgánica. 

Según la antigua teoría de Crookes, los rayos catódicos estaban 
constituidos sencillamente, por moléculas de gas rareficado que se 
electrizaban al contacto con la catoda y eran lanzados al través del 
tubo. El espacio vacío en que ellos se movían, les permitía recorrer, 
cómodamente, la longitud del recipiente. 

Nadie pensaba entonces, que el átomo pudiera disociarse, y por 
eso en el experimento del sabio inglés sólo se consideraban las mo- 
léculas como apartadas unas de otras, pero sin alteración alguna 
en su estructura. 

La denominación de materia radiante de Crookes, se conserva 
en la ciencia, como un recuerdo histórico ^lada más. Muchos físicos 
notables, entre ellos Perrira y J. J. Thomson, han medido la velo- 
cidad, la masa y la carga eléctrica de las partículas materiales que 
constituyen los rayos catódicos. La desviación de éstos por un 
campo magüé' ico ó eléctrico, ha demostrado la materialidad del 
fenómeno. No solamente se sabe hoy que las partículas catódicas 
están cargadas de electricidad negativa, sino que ellas son mil veces 
más pequeñas que el átomo de hidrógeno, hasta hoy, el más peque- 
ño de todos los átomos conocidos. 

Al principio, se creyó que el átomo se encontraba roto en pedazos 
en los rayos catódicos, pero conservando siempre aquellas propie- 
dades especiales de la materia de donde ellos provenían. Habién- 
dose demostrado posteriormente que los gases más diversos conteni- 
dos en la ampolla, de Crookes, producen partí (Ui las idénticas, sin 
presentar propiedad alguna que recuerde su procedencia, fué preciso 
admitir que el átomo no se dividía en partículas similares á su pro- 
pia substancia, sino que él se disociaba en elementos enteramente 
nuevos, dotados de propiedades idénticas para todos los cuerpos. 

Ese resultado importatitísimo, desde el punto de vista filosófico, 
fué anunciado é interpretado por vez primera, de un modo categórico, 
por Gustave Le Bou; después del descubrimiento de las substancias 
radio-activas de los esposos Curie y Becquerel. 

La identidad observada en las partículas de los rayos catódicos 
podía atribuirse al metal de la catoda. Los experimentos de Thora- 



204 A. ROSELL 

son y Wilsou han probado ulterioi'meute, que la naturaleza de la 
catoda dejaba inalterables los resultados obtenidos. La disociación 
atómica se imponía pues en la ciencia. Naturalmente, las ideas 
nuevas, no suelen abrirse paso en seguida. Afirmar que los fenó- 
menos de las substancias radio-activas no son propias d(; esas subs- 
tancias en particular, pero sí fenómenos generales de la disociación 
de la materia, no solamente es una idea nueva, sino una idea genial 
en la ciencia. Xo hemos de admirarnos, pues, que ella haya sor" 
prendido al mundo científico. El átomo de Leucipo, Lucrecia 
Demócrito y Dalton, es decir, la piedra angular de ese admirable 
edificio que se llama química moderna, recibía un fuerte golpe; era 
preciso abandonar el concepto de indivisible que se le había atribuí, 
do, y resolverse á apuntalar el edificio construido con materiales que 
se desmoronan. Se intentó relacionar estos descubrimientos con la 
disociación térmica de Ste. Claiie Deville, con la disociación elec- 
trolítica de Arrhenius ó con la ionización de los gases. Semejante 
intento tenía que resultar^ la postre completamente ineficaz. Podía 
pensarse en separar los elementos de un compuesto en sus respecti- 
vos iones, pero, disociar de ese modo un cuerpo simple, era destruir 
un dogma científico, puesto que la ciencia establece la imposibilidad 
de disociar los cuerpos simples. Tampoco podía invocarse la diso- 
ciación ó ionización electrolítica, para explicar los nuevos hechos 
experimentales, porque los productos de esta operación dependen de 
la substancia disociada, mientras que, la disociación del radio, del 
oxígeno, aluminio, etc., produce siempre una sola y misma cosa. 

Cualquiera que sea el cuerpo ionizado, cualquiera que sea el 
método de ionización empleado, el resultado es idéntico. Forzoso 
es reconocer, pues, que no hay semejanza entre la ionización y los 
nuevos fenómenos. Para relacionar aquellos descubrimientos ya 
clásicos, con los señalados últimamente por Gustave le Bon, Ru- 
therford, Thomson, etc., es preciso considerar la disociación de la 
«materia como un fenómeno gradual que se inicia en las sustancias 
compuestas y termina en las simples, con la disociación última de 
sus átomos. 

ISTo resulta acertada, por otra parte, la idea de la ionización del 
átomo, porque, todo ion está cargado de electricidad y mientras los 
productos de la disociación del átomo atraviesan fácilmente las lámi- 
nas metálicas en comunicación con el suelo, la electricidad se i'esiste 
á semejante prueba. 

Los fenómenos observados en la disociación de la materia, la 



LA EVOLUCIÓN DE LA MATERIA 205 

emisión de partículas dotadas de una velocidad comparable con la 
velocidad de la luz, la propiedad de engendrar rayos X, son en ver- 
dad, caracteres particulares que la electricidad no posee. El pro- 
fesor Kutherford ha demostrado ya, que las partículas emitidas en 
la radio-actividad, provienen de una emanación que no lleva carga 
eléctrica alguna y que. sin embargo, ellas pueden engendrar elec- 
tricidad. 

La idea fecunda, luminosa, de Gustave le Bon, consiste en con- 
siderar las emanaciones, los iones, electrones, rayos X, la electricidad, 
como fases distintas de la dematerialización déla materia, es decir, 
como transformaciones de una energía desconocida, á saber, la 
energía intra-atómica. La idea es fecunda, porque ella ensancha 
el horizonte de la física y de la química, relacionando la materia 
l)ouderable con la materia imponderable, destruj^endo un dualismo 
que en las ciencias experimentales ha sido siempre un misterio des- 
consolador. Lamarck, Wallace, Darwin, Hoeckel y sus alumnos, 
han logrado fundar sobre sólida base la teoría de la evolución en 
las ciencias naturales. Ciertamente, faltan aún muchos eslabones 
en la cadena de seres que aparecen en la creación. Pero es indubi- 
table que la evolución, ha impreso á las ciencias naturales, un ca- 
rácter eminentemente científico que satisface por completo, gracias 
á su sencillez, la idea de economía que debe servir de base á toda 
ciencia. La física y la química no habían alcanzado todavía hacer 
desaparecer el dualismo entre la materia y el éter. La materia 
ponderable y el éter se presentaban en estas ciencias, como dos 
mundos completamente distintos, siendo el primero considerado co- 
mo real, positivo, y atribuyéndose al segundo, una existencia nece- 
saria, pero hipotética, al fin, á pesar de su necesidad. 

Antes de los trabajos de Gustave le Bon, el mundo etéreo per- 
manecía en la oscuridad, á pesar de todos los fenómenos luminosos 
que lo adornaban. La alta física molecular era una confusión de 
palabras, un laberinto sin salida. Loreuz no establecía diferencia 
entre el ion y el electrón; Thomson llamaba corpúsculos á los átomos 
eléctricos de Larmor; cada físico tenía su teoría para explicar sus 
experimentos y ninguna de esas teorías conseguía enlazar uaos con 
<;tros, de un modo satisfactorio, los variados descubrimientos reali- 
zados en estos últimos diez años. 

Es imposible analizar en estas páginas, el libro de Gustave 
le Bon sobre La Evolución de la materia. Publicado en 1905, él 
marca un progreso científico colosal realizado en corto tiempo. 



é06 Á. BOSELL 

Basta examinar la obra do AVhethain sobre The Receñí deveJopmeni 
of P/iyalcal Science, del año antt'rior. para convencerse del adel.mto 
admirable, de las nuevas ideas, desde 190-1 Iiasta 1905. 

El sabio francés empieza, ¡«ir ordenar los datos adtjuiridos a^'er 
y que, fii la actualidad parecen ya remotos, antes de pi-esentar 
sus piopias ol)scrvac¡"iies y describrir su- m nicrosos i xpci inientos, 
orioiiialt- t()<lt)s. 

Paia (lar una idea <]e es- ti'abajo. que e>tá llaniaiidd la atciu'ión 
d«d mundo ii< mítico, no^ limilanu)s á ■ nt r-'-acaí- ilc >ns páiiinas la 
exposición lie los hechos i-onoeidos •nn el nonib r de eniniiaridiiex, 
iones po.<itiVi>.< y negatii'os. e}i^rti-(>ii.<. ¡iinjon X é irmilidcioiirs (imíloc/dK. 
En otra ()(• isión nos ocuparemo- de los <vj erimentos de Gu^tave 
le Bou. Ih' ese nu)d() el lectoi' podrá daisi cuenia de las posieiiuei- 
COI quistada- po la ciencia de la. m it«'ria. ■ n e-to- últiums . fío-. 

Ld^ ¡■Jiiiiii(((-i<iif .-i. — Li- emanaciones han id. des ultiirtas por 
Rulheif rd en el torio y radio, como producto de las susiaucias 
espontáneamente radio-activas. J. J. Tli ins( ii ha demostrado (jue 
ellas existen en el a«j;ua. en la arena. !a piedia. la arcilla, etc., etc., 
en casi todos los cuerpos ordinarios. 

Se le j)Uide considerar como una. etapa eu la disociación de la 
mateiia; Gustave le Bou denomina sustancia fírm i -material á la 
emanación, poríjue ella posee á la vez las propi dades de los cuer- 
pos materiales y también las propiedades de aquellos que han cesa- 
do <Ie serlo. Coudeusada como un gas. á la temperatuia del aire 
líquido, se puede ver, gracias á su fosforescencia, de <[ué manei'a 
ella se manifiesta. Encerrada eu un tubo de vidrio, se conserva al- 
gún tiempo, pei'o de<pué-!, desaparece, ti-ansformándose en partícu- 
las elécti-icas. Entonces cesa de ser materia. Esas partículas e.stán 
formMhis de ¿oves pogitivos (rayos a de Rutherfoi-d) al principio, de 
electrones (rayos p del mismo sabio) y de rayos x (rayos y ) después. 

Ramsay ha obseivado que, el tubo ceiíado conteniendo la ema- 
nación, presenta, al cabo de cierto tiempo, el espectro del helio. 
Como ese espectr-o no aparece al princi[)io, el célebre físico inglés 
cree en la formación espontánea de ese gas. Pero sucede que, el 
helio formado así, desaparece después y como quiera que semejan- 
te propiedad no se observa en el helio ordinai'io, es imposible admi- 
tir la interpretación de Ramsay. La emanación produce partículas 
eléctricas en su disociación, pero ella no lleva carga eléctrica al- 
guna. 

Iones nerjativos y positivos. — Supongamos un gas disociado, es de- 



LA EVOLUCIÓN DE LA MATERIA 207 

cir ionizado. Según las ideas actuales, ese gas contendrá iones posi- 
tivos é iones negativos. 

El átomo primitivamente neutro, es decir, compuesto de ele- 
mentos que se neutralizan, pierde algunos de sus electrones negati- 
vos; éstos se rodean, por atracción electro-estática, de moléculas 
gaseosas neutras. El conjunto formado por cada electrón y las mo- 
léculas atraídas, es lo que se denomina ion negativo. El átomo pri- 
vado de cierto número de electrons negativos posee desde luego un 
exceso de carga positiva, que le permite rodearse por atracción, de 
moléculas neutras, para formar así el ion positivo. Así sucede, según 
la teoría admitida, cuando el gas está ionizado á la presión ordina- 
ria. Pero, cuando se opera en el vacío, es decir, en un espacio muy 
rarificado, los electrones no se rodean de moléculas neutras para 
constituir iones; ellos permanecen al estado sencillo de electrones y 
esto les permite adquirir gi-andes velocidades en su movimiento. 

Como el electrón positivo, es más pesado que el negadvo, porque 
se compone del átomo primitivo privado de una parte de sus mate- 
riales, siempre resulta que la velocidad del electrón positivo, es 
inferior á la velocidad del electrón negativo. 

Puede suceder, que los electrones negativos sean expulsados del 
átomo violentamente, con una velocidad tan considerable que ellos 
no puedan, en su vertiginosa carrera, atraer las moléculas vecinas. 
Así sucede con las emisiones al aire libre de las sustancias radio- 
activas. Esos electrons no se transforman pues en iones; ellos consti- 
tuyen los rayos P de Rutherford. 

Ha sido posible medir la masa de los electrones separados del 
átomo que los agrupaba en torno suyo. Los cálculos conducen to- 
dos, por diversos medios, ai mismo resultado, es decir, á una masa 
que es la milésima parte de la masa del átomo de hidrógeno. La 
masa del átomo privado de electrones negativos, es decir, la masa 
del ion positivo, es mucho mayor, casi igual á h\ masa del átomo de 
hidrógeno. 

Al hablar de iones, es preciso, según lo que precede, distinguir: 
19 Si ellos han sido formados en un gas á la presión normal; 2? en 
el vacío; 3? si por alguna causadlos han sido proyectados con gran 
velocidad en el momento de su formación. 

Es difícil admitir la teoría de los iones, cuando se trata de un 
gas simple. Entonces se obtiene un fluido especial parecido á un 
gas, pero privado de estabilidad; él puede circular por un serpentín 
en comunicación con la tierra, diferenciándose así de la electrici- 



208 A. ÍIOSÉLL 

dad. Esas propiedades notables, explican el nombre definido iónico 
dado por Gustave le Bon al producto de la ionización de un gas 
simple. Ese fluido iónico puede, gracias á su inercia, presentarse 
en formas geométricas regulares. 

Electron. — Los electrons, ó corpúsculos de Thomson, son el nú- 
cleo de los iones negativos. En la ampolla de Crookes se obtienen 
libres de todo elemento extraño (rajaos catódicos) en los cuerpos 
radio-activos, ellos forman los rayos p. Ellos presentan propieda- 
des semejantes á pesar de la diversidad de origen. Una de las más 
notables es la de abrirse paso al través de las láminas metálicas, 
sin por eso perder su carga eléctrica. Esta es siempre la misma. 
Cuando están en movimiento, los electrones se desvían por el cam- 
po eléctrico. Según Lord Kelvin, ellos están formados por torbelli- 
nos de éter y son especies de giroscopios etéreos. Detenidos en su 
carrera, ellos engendran ondas hertzianas, luz, etc. 

Rayos catódicos. — Nacen de las corrientes inducidas que atravie- 
san los tubos de Crookes. Se les considera formados de electrones. 
Ellos producen un bombardeo que eleva la temperatura del cuerpo 
sobre el cual caen. Los metales funden bajo la acción del choque 
de esos rayos. Su poder de penetración es débil. En cambio, los 
rayos X derivados de los catódicos tienen sorprendente poder de 
penetración, según fué demostrado por vez primera por Lenard. 

Parte de las partículas que constituyen los rayos catódicos, lle- 
va carga negativa, en la región más céntrica de la ampolla de 
Crookes; en la parte denominada rayos canales, hay ioiies positivos. 
Eayos catódicos y canales tienen la misma composición que las 
irradiaciones a y p del radio y torio. 

Los rayos catódicos hacen conductor al aire y se transforman 
en rayos X al tropezar con un obstáculo. 

Las sustancias radio-activas, el radio ó el torio, producen fenó- 
menos análogos á los precedentes. La naturaleza de los fenómenos 
observados con los tubos de Crookes ó con las sustancias radio-ac- 
tivas es idéntica. 

La medida de la velocidad de la masa y de la carga eléctrica de 
las partículas constituyentes de los rayos catódicos y de la emisión 
de las sustancias radio-activas, ha demostrado la identidad de am- 
bas cosas (véase Memorias de Thomson, Rutherford, Wilson &). 

¿Cómo ha podido medirse esa velocidad? Gustave le Bon seña- 
la el siguiente procedimiento empleado entre otros varios por 
Rutherford : 



LA EVOLUCIÓN DE LA MATERIA r>ü9 

Se dirige nn haz estrecho de rayos catódicos, obtenidos ya sea 
por un tubo de Crookes ó por un cuerpo radio-activo, sobre una pan- 
talla que pueda tornarse en fosforescente. En el punto chocado por 
los rayos aparece un espacio luminoso. Por medio de un imán, 
colocado de tal modo que sus líneas de fuerza formen ángulo recto 
con la dirección de los rayos, se desvían éstos. El movimiento del 
espacio luminoso sobre la pantalla fosforescente, indica la desvia- 
ción que el campo magnético, de intensidad conocida, imprime á los 
rayos del experimento. La fuerza necesaria para desviar de cierta 
cantidad un proj^ectil de masa conocida, permite determinar la ve- 
locidad de este último. De la desviación de las partículas catódi- 
cas puede deducirse, pues, su velocidad, que no es inferior á 30,000 
kilómetros por segundo, ó sea J^ de la velocidad de la luz. 

La determinación de la razón -^ entre la carga y la masa de la 
partícula, tiene gran interés. El profesor Wetham indica varios 
procedimientos para resolver este problema; nosotros nos limitare- 
mos á referir aquel que Gustave le Bou nos describe: Empiézase 
por determinar la carga de un número de partículas desconocido (el 
número contenido en un volumen de gas determinado), Al efecto, 
se coloca cierta cantidad de gas con partículas radio-activas entre 
dos platillos metálicos paralelos, aislando uno y cargando positiva- 
mente el otro. Las partículas positivas son repelidas hacia el pla- 
tillo aislado; las partículas negativas son atraídas por el platillo 
positivo; su carga se mide con el electrómetro. 

Conociendo la carga total de las partículas, es preciso hallar el 
número de éstas, para determinar la carga de una de ellas. He 
aquí un procedimiento empleado por Thomson para resolver este 
nuevo problema. El principio que le sirve de base es el siguiente: 
cuando se introducen partículas diminutas en una atmósfera de 
vapor, cada partícula se convierte en núcleo de una gota de agua y 
por eso se forma una nube en la atmósfera. Las gotitas son dema- 
siado numerosas para ser contadas; su pequenez es otra dificultad, 
pero ellas caen con una velocidad relativamente pequeña y de esa 
velocidad puede deducirse su número, 

Experimentalmente, pues, se ha demostrado que la razón-^ 
entre la carga de las partículas catódicas, de las partículas de sus- 
tancias radio-activas, de metales ordinarios sometidos á la acción de 
la luz, y la masa de la partícula, es una cantidad constante repre- 
sentada por 10^ 

Como por otra parte -^es, en el ton de hidrógeno, 10^ se ve que 



210 Á. ROSELL 

la Tna«a del ion negativo de los cuerpos disociados es la milésima 
parte del átomo de hidrógeno, según lo habíamos dicho anterior- 
mente. 

Téngase en cuenta que se trata únicamente de iones negativos, 
pues éstos son los únicos de magnitud constante, cualquiera que sea 
su procedencia. 

Rayos X. — Si los electrones de los tubos de Crookes ó de un cuer- 
po radio-activo encuentran un obstáculo en su propagacióu, ellos 
producen rayos X en el primer caso, rayos 7 en el segundo. Estas 
irradiacioues son rectilíneas y pasan al través de los obstáculos, 
pero no se reflejan, ni se refractan, luego no se asemejan á la luz. 
Como por otra parte ellos no son desviables por el imán, tampoco 
son semejantes á los ra\'os catódicos de donde proceden. 

Los Rayos X ó -y además, convierten al aireen conductor, im- 
presionan las placas fotográficas y dan fosforescencia á muchas 
sustancias. 

Cuando los rayos X tocan á un cuerpo, ellos provocan la forma- 
ción de otros rayos denominados secundarios. Los productos de la 
disociación de la materia producen pues otra disociación de la ma- 
teria con la cual tropiezan. Esa propiedad la poseen también las 
irradiaciones ultra- violetas. 

Nada más se sabe de los rayos X hasta la actualidad. 

Gustave le Bou hace observar que, para hallar en las irradiacio- 
nes ultra-violetas rayos de longitud de onda comparable con la lon- 
gitud de onda supuesta en los ra3'os X, habría que apelar á las 
irradiaciones ultra-moradas menos penetrantes. 

Para el sabio francés, los rayos X son una de las manifestaciones 
de la energía intra-atómica; una etapa en el desvanecimiento de la 
materia, una forma de energía con caracteres particulares, un esta- 
do transitorio de las cosas materiales, antes de convertiise en éter. 

Si la ciencia llega á confirnmr, en todas sus partes, una afirma- 
ción tan categóiica, nosotros creemos que la idea de Gustave le 
Bon no habrá revolucionado nuestros conocimientos, como algunos 
imaginan; ella habrá abierto vastísimo campo á la investigación 
marcando un rumbo fijo, una dirección segura hacia la verdad, li- 
gando en un mismo concepto, cosas hoy distintas y de explicación 
dudosa. 

Hay un mundo ignorado oculto tras un montón de vocablos. 

Los estados alotrópicos, las acciones de presencia, la fosforecen- 
cia, etc. etc. infinidad de fenómenos químicos y físicos permanecen 



LA EVOLUCIÓN DE LA MATERIA 211 

sin explicación lógica á pesar de los adelantos de la ciencia. Es 
que. á pesar de toda la labor científica acumulada desile la época 
de Lavoisier hasta nuestros días, ningún principio ha podido presen- 
tarse para englobar los diversos resultados ol)teuidos. en una sola 
idea fecunda, síntesis general de ellos. 

Lock^-er había infei-ido, de la observación del espectro de los 
cuerpos simple-, la existencia de una sustancia primordial. El sabio 
inglés cieía que á la temperatura del sol, la inatei'ia se disociaba y 
producía esa substancia.. Prout, opinaba casi de igual modo, al con- 
siderar los peso-! a.tóini(!()-( de los cuerp »s simples. Pero ni Loc- 
kyer ni Prout tuvieron hi suerte de compi-obar experimentalmente 
la exactitud d<' esa idea.. 

Ste. Claire De vi lie no creía en la pei'sistencia de los elementos en 
los compuestos. 

Ostwald considera contrario á toda evidencia que la matei-ia no 
desaparezcü bajo la acción química, para pi'oducir otra con propie- 
dades diferentes. 

Según Moissan, el gian descubrimiento moderno sería, disminuir 
metódiciimente el númeio de cuerpos simples. Para este eminente 
químico, la química mineial, que muchos creían agotada, se inicia 
ahora. 

Haber demostrado que la materia se disocia; que las sustancias 
denominadas radio-activas son materiales en vías de disociación, 
que hay (uierpos espontánemente disociables y otros que pueden to- 
mai'se en disociables; que el pioducto de la disociación es siempi-e 
el mismo sea cual sea la matei'ia disociada y el procedimiento em- 
pleado en la disociación; que ese pi-oducto en forma de efluvio ó de 
emanación pi-ocede del átomo, esa ha sido la gloria de Gustave le 
Bon, Thomson. Lenard, AVilson, Rutherf(jrd, etc. etc. La existencia 
de la fuerza intra-atómica, hipótesis fecunda del eminente físico 
francés, es la única parte de su obra un tanto discutida aún. 

En verdad, la idea de energía intra-atómica perturba considera- 
blemente el principio de la conservación de la energía, es decir, la 
conquista más preciada de la ciencia moderna. Hasta ayer, nadie 
atribuía á la materia un papel directo en las manifestaciones de la 
energía. La materia tenía que limitarse á devolver de un modo ó 
de otro modo, aquello que ella había recibido del mundo exterior. 
Según le Bon, el átomo es un manantial de enei-gía per se, por- 
que es átomo. Resulta, pues, que la materia está dotada de ener- 
gía. Pero no es esto todo, sino que esa materia desaparece eu su 



212 A. nosELL 

disociación última para convertirse en energía. A nuestro juicio. 
es muy fácil dar satisfacción á la razón y conservar el principio de 
la indestructibilidad de la materia, pero ensanchándolo. Todo re- 
torna al éter, nos dice el eminente sabio; pero todo proviene del 
éter. De aquí resulta que el ciclo de la materia está formado; la 
materia ponderable no es más que un estado transitorio de la mate- 
ria imponderable y esto es, á todas luces, importantísimo en filoso- 
fía, y como quiera que esta última llena todo el espacio, sería ab- 
surdo admitir su deperdicióu, porque según la observación lógica 
de Duclaud, habría que suponer la existencia de algún espacio 
sin éter. 

El dualismo entre lo ponderable y lo imponderable desaparece 
de ese modo, aclarándose el horizonte que permanecía oscuio. 

Nosotros creemos también que el principio de la conservación 
de la energía puede concillarse con la idea de energía intra-ató- 
mica, si se admite que el átomo al disociarse, no hace más que res- 
tituir una energía acumulada en el transcurso de los siglos. 

Los sabios más eminentes de Francia se lían ocupado de las 
ideas y de los experimentos de Gustave le Bou. IjOs hechos no 
pueden negarse. La interpretación de ellos podrá dar lugar á di- 
vergencias de opinión, pero los hechos hechos son. La obra de este 
espíritu renovador, consta de dos partes; una parte cuajada de da- 
tos experimentales; otra de una hipótesis hermosa. La primera 
parte, ó sea la disociación atómica, es una verdad que ya nadie 
discute. La segunda, antes por el contrario, ha levantado algunas 
dudas. Xaquet y Poincaré, por ejemplo, hacen la siguiente obje- 
ción: si los átomos engendran calor al disociarse, ellos son endo- 
térmicos, luego debieran ser inestables, y sin embargo, .sabemos 
que el átomo es lo más estable que se conoce. 

El célebre químico de la facultad de medicina de Taris ve en 
esto una contradicción inquietante, pero él confiesa que no debe 
atribuírsele mucha importancia, porque «siempre que han surgido 
« grandes sistemas, éstos han tropezado con dificultades de ese orden, 
u Si Xewton y sus sucesores se hubiesen dejado detener por las per- 
'( turbaciones que ellos observaban, la ley de la gravitación univer- 
«sal no se hubiera formulado nunca.» 

Arniand (íautier, miembro del Instituto de Francia y profesor 
actual en la Escuela de Medicina de l'arís, dice, por otra parte: 

« Esta acumulación de energía que Gustave le Bon ve en la 
" materia y que le hace pensar que ésta no es más, en definitiva, 



LA EVOLUCIÓN DE LA MATERIA 213 

'(que energía momentáneamente condensada en el átomo y dispues- 
«ta á renacer por medio de una trasmutación mucho más extraor- 
« diñaría que la trasmutación de la materia, yo la veo en el átomo 
K y sus partículas bajo la forma de energía giratoria insensible para 
" los sentidos y el termómetro, pero en condiciones de transformar- 
ía se en energía vibratoria ó de traslación, para producir calor, luz y 
«los fenómenos radio-activos.» 

La materia conocida por nuestros sentidos se transforma cons- 
tantemente, por el calor, la luz, etc. en otra cosa muy distinta, en 
éter tal vez. Esa conclusión no resuelve el enigma de la existencia- 
pero ella hace retroceder las sombras que la oscurecían para hacernos 
vislumbrar, en todo cuanto nos rodea, algo muy sutil y perdurable 
que nuestra conciencia invoca siempre como una necesidad. 



EL DR. ESTEBAX BORRERO ECHEVERRÍA 

Con el más profundo y sincero sentimiento de dolor, corrió por la 
ciudad en la mañana del día 29 de Marzo, la noticia de la muerte del 
distinguido Catedrático titular de la Facultad de Letras y Ciencias, 
Dr. Esteban Borrero Echeverría. Aumentó la emoción de la triste 
nueva el fin trágico que, en momentos de perturbación mental, rea- 
lizara por la excitación que en sus sentimientos morales hubo de 
proporcionarle la reciente llorada pérdida de la compañera de su 
hogar y de su vida. 

Artista y soñador, ante todo, poeta en el cual vibraban las más 
dulces emociones, amargado en los años últimos con una tristeza 
invencible, quizá presagiadora de su lamentable muerte, un golpe 
tan cruel é inesperado de la suerte adversa, llenó su espíritu y su 
mente clara, viril, fecunda, firme hasta entonces, de sombras que 
le arrebataron la razón. 

Era el Dr. Borrero Echeverría Catedrático de las asignaturas 
de Psicología Pedagógica, Historia de la Pedagogía é Higiene Esco- 
lar, cursos que hasta hace pocos días venía desempeñando desde que 
cesó en el elevado cargo de Subsecretario de Instrucción Pública. 

Redactor de la Revista de la Facultad de Letras y Ciencias 
á que pertenecía, aún está fresca la tinta que en sus páginas hizo 
brillar el trabajo que leyó en la fiesta conmemorativa del tercer cen- 
tenario de la primera edición del libro inmortal de Cervantes, y que 
la Universidad celebró, en 13 de Mayo de 1905. Dicho trabajo se 
intitula: Injiuencias sociales y morales del Quijote. Por esos días, 
y para la celebración del misino acontecimiento literario, en concu- 
rrencia á certámenes públicos, escribió un Juicio sobre el Quijote y 
D. Quijote poeta, narración cervantesca. Suyo es el bello cuenteci- 
11o, una brillante y pulida jo^dta literaria. El ciervo encantado; así 
como varias poesías de su musa correcta, de sabor psicológico, con- 
ceptuosa, que daba casi semanalmente á nuestros periódicos. 

No tenemos tiempo ni espacio más que para recordar al compa- 
ñero bueno, afectuoso, á uno de los representantes más cultos y eru- 
ditos de nuestia intelectualidad. 

El Dr. Esteban Borrero Echeverría fué, como los bardos medio- 
evales de las leyendas, poeta y soldado, escritor enérgico, satírico á 



MISCELÁNEA 215 

la manera volteriana y hombre amable, cortés, preceptor y educador 
lleno de afecto y de bondades hacia el niño y la juventud. 

Deja una labor extensa y rica que en su día apreciará debida- 
mente la sana critica. 



MISCELÁNEA 



Congresos 
Antropológicos 



El Congreso Internacional fie Antropología y Arqueología pre- 
históricas, según ya lo hemos anunciado en la Revista, celebrará 
su XIII sesión en Monaco á mediados del próximo mes de Abril 
y bajo los auspicios del Príncipe Alberto I. Eu representación del Gobierno de 
Cuba ha ido nuestro compañero de redacción el Dr. Luis Montano, Catedrático ti- 
tular de Antropología, el que oportunamente fué propuesto con aquel fin por la 
Facultad de Letras y Ciencias. El Dr. M(mtaué dará á conocer un estudio de an- 
tropología loca!, comprendiendo el bo.squejo histórico de la antropología en Cuba, 
el hallazgo y descripción metódica del osario indio de Maisí, la sepultura de la 
«Boca del Purial» y descubrimiento de un tipo antiguo: el hombre de Sancti Spíri- 
tus, seguido de comparaciones importantes desde el punto de vista étnico y etno- 
gráfico; trabajo científico, que, con las discusiones á que dé lugar y las conclusiones 
que de ellas se deduzcan ó formule el mencionado Congreso, se publicarán en nues- 
tras páginas. También asistirá el Dr. Montané, y en nombre de la Academia de 
Ciencias de la Habana, al Congreso de Antropología Criminal qne ha, de verificarse 
en Turíu á fines del mismo mes de Abril, en cuya reunión se le tributarán grandes 
honores al eminente Lomhroso; habiendo allí una notable Exposición de Antropo- 
logía Criminal y de Policía Científica. 

Antes de la apertura del Congreso Internacional tendrá lugar una visita á la 
Exposición prehistórica y protohistórica que la Sociedad arqueológica de Provence 
ha organizado en Marsella, y donde existen objetos meritísimos recogidos por Mr. 
Vasseur. En Monaco las reuniones serán en el Museo Oceanógrafico, con vitrinas 
especiales para que los congresistas expongan las piezas relacionadas con las comu- 
nicaciones; y se harán excursiones á las grutas de Baoussée-Roussé, á los palafitos 
del lago Várese, etc. El programa, ajiarte de lo referente á la prehistoria de la 
región de Monaco, contendrá estos asuntos: 1? Estudio de las pit-dras utilizadas ó 
trabajadas en tiempos precuaternarios; 2? Clasificación de los tiempos cuaternarios 
bajo el triple aspecto de la estratigrafía, la paleontología y la arqueología; 3? Nue- 
vos documentos sobre el arte en las cavernas; 4? Estudio de los tiempos interme- 
dios entre el paleolítico y el neolítico; 5? Origen de la civilización neolítica; las 
primeras cerámicas; 6? Geografía de las civilizaciones de Hallstadt y de la Féne; 
7? Las civilizaciones protohistóricas eu las dos cuencas del Mediterráneo; 8? Indus- 
trias de la piedra en Asia, África y América; y 9? Unificación de las medidas 
antropológicas. 

En el otro Congreso, el de Antropología Criminal, ocuparán la atención de los 
olaboradores, entre otros generales, estos asuntos de carácter más práctico: 1? Tra- 
amiento de los jóvenes criminales en el derecho penal y en la disciplina peniten- 
iaria según los principios de la antropología criminal; 2? Tratamiento de las 



21 fi NOTICIAS OFICIALES 

mujeres crimiaales; 3? Kelaciones entre las condiciones económicas y la crimina- 
lidad; 4? La Antropología Criminal en la organización científica de la policía; 6" 
El valor psicológico de los testigos; 7? Profilaxia y terapéutica del crimen; y 8? 
Establecimientos de detención perpetua para los criminales declarados irresponsa- 
bles por enfermedad mental. — Desarrollarán esos particulares, tomando participa- 
ción en los debates, los profesores Lombroso, Garófalo, Ferri, Kurella, etc. 

Los organizadores de la Exposición de Antropología Criminal y de Policía 
Científica, próxima á abrirse en Turín (Abril 28 de 1906), se proponen reunir «to- 
dos los documentos propios á ilustrar la doctrina de la Antropología Criminal y en 
relación con la biología y la psicología de los criminales...» Y al lado de ellos 
expondrán «como en una rápida síntesis, los principales resultados obtenidos en la 
Policía Científica— la cual se relaciona por filiación directa á la Antropología Cri- 
minal — sobre prevensión y á la represión del crimen, á la identificación de los cri- 
minales, á la demostración de las circunstancias y de las modalidades que han 
acompañado al crimen ». 

Y en todas esas pruebas de adelanto en la Antropología pura y en sus impor- 
tantes aplicaciones dominará de seguro el mismo espíritu científico, del cual es el 
más genuino representante César Lombroso, quien, con su genio, ha iluminado 
vivamente problemas variados y difíciles de la psiquiatría, ya del dominio jurídico, 
ya del campo de la sociología; en todos ellos ha dejado ver su alma creadora, la de 
ese sabio estimado con razón como uno de los más grandes agitadores de la vida 
intelectual moderna. La fiesta que le preparan en Turíu seguro que estará á la 
altura de su prestigio y fama universales. 

El Sr. Presidente de la República de Cuba ha donado á la Uni- 
versidad para el Museo de Antropología de la Escuela de Cien- 
cias, un Semi, adquirido por el Sr. C. Lores en una de las cuevas 

de Maisí (Gran Tierra). Como ídolo parece ser el ejemplar más importante que 

tenemos, el cual será estudiado debidamente. 



]^OTICIAS OFICIALES 

PeóRROGA.— La Secretaría de Instrucción Pública por resolución de 12 de 
Marzo de 1906, amplía al curso de 1906 á 1907 el ingreso en la Escuela de Inge- 
nieros, Electricistas y Arquitectos mediante examen de admisión. 

Regalos. — Para el Museo del Jardín Botánico, dos herbarios: uno de 770 plan- 
tas determinadas por Mr. C. F. Baker, y otro de 235 por A. H. Curtís. 

Nombramientos. — El Dr. Ezequiel García Enseñat, profesor auxiliar de la 
Escuela de Letras y Filosofía, para Bibliotecario déla Universidad, por renuncia 
del Dr. S. Cuevas Zequeira; y el Sr. Ángel Marqués para Ayudante del Gabinete 
de Astronomía de la Escuela de Ciencias. 

Sobre etimologías. — El Dr. Juan M. Dihigo ha comenzado una serie de lec- 
ciones sobre la enseñanza de las etimologías que exige la circular núm. 20 de la 
Superintendencia General de Escuelas (Febrero 23 de 1905). Estas conferen- 
cias se dirigen principalmente á los maestros públicos. 



3. ESCUELA DE PEDAGOGÍA. 

,-. •'' j , V, j ) , \ I Profesor Dr. Esteban Borrero Eche 

Historia de la Pedaoo^ia (i curso) V 

-...„,,"*, verria. 

Higiene Escolar (i curso) ' 

Metología Pedagógica (2 cursos) . ,, Dr. Manuel Valdés Rodrí- 

guez. 

Dibujo Lineal y Natural (2 cursos) ,, Dr. Pedro Córdova. 

El Profesor Auxiliar Dr. Ramón Meza está encargado de las Conferencias de esta 
Escuela. Agrupada la carrera de Pedagogía en tres cursos, comprende también asigna- 
turas que se estudian. en otras Escuelas de la misma Facultad. 

4. ESCUELA DE INGENIEROS, ELECTRICISTAS Y ARQUITECTOS, 

Dibujo topográfico, estructural y arquitectónico \ 

(2 cursos) [ Profesor Sr. Eugenio Rayneri. 

Estereotomía (i curso) -' 

Geodesia y Topografía (I curso) | ^^ Dr. Alejandro Ruiz Cadalso. 

Agrimensura (r curso) > 

Materiales de Construcción (i curso) 1 

Resistencia de Materiales. Estática Gráfica c a r c ^ 1 

¡- ,, Sr. Aurelio Sandoval. 
(i curso) I 

Construcciones civiles y Sanitarias (i curso) . J 

Hidromecánica (i curso) 1 

Maquinaria (I curso) . .} " Sr. Eduardo Giberga. 

Ingeniería de Caminos (3 cursos: puentes, fe--» 

rrocarríles, calles y carreteras) / " ^^- ^"'^ ^^ Arozarena. 

Enseñanza especial de la Electricidad (3 cursos) ,, Sr. Ovidio Giberga. 

Arquitectura é Higiene de los Edificios ( i curso) 1 

Historia de la Arquitectura (i curso) t^a4.-t--i 

„ , . , ' . , f n Dr. Antonio Espinal. 

Contratos, Presupuestos y Legislación especial \ 

á la Ingeniería y Arquitectura (i curso) . . J 

Esta Escuela comprende las carreras de Ingeniero Civil, Ingeniero Electricista y 
Arquitecto; y son sus profesores Auxiliares: Dr. Andrés Castellá, Sr. J. M. Cuervo 
(Jefe del Laboratorio y Taller Eléctricos) y Sr. A. Fernández de Castro (Jefe del Labo- 
ratorio y Taller Mecánicos); con sus correspondientes ayudantes. En dicha Escuela se 
estudia la carrera de Maestro de Obras. 

5. ESCUELA DE AGRONOMÍA. 

Química industrial con Análisis (i curso) . . -i 

Fabricación del azúcar (i curso) } Profesor Dr. Francisco Henares. 

Agronomía ( i curso) \ 

Zootecnia (i curso) j- ,, Sr. José Cadenas. 

Fitotecnia(i curso) > 

Para los grados de Perito químico agrónomo y de Ingeniero Agrónomo, se exigen 
estudios que se cursan en otras Escuelas. 



En la Secretaría de la Facultad, abierta al público todos los días hábiles de 12 á 5 
de la tarde, se dan informes respecto á los detalles de la organización de sus diferentes 
Escuelas, distribución de los cursos en las carreras que se estudian, títulos, grados dis- 
posiciones reglamentarias, incorporación de títulos extranjeros, etc. 



La Revista de la Facultad de Letras y Ciencias será bimestral. 

Se solicita de las publicaciones literarias ó científicas que reciban la Revista, el canje co- 
rrespondiente; y de los Centros de instrucción ó Corporaciones á quienes se la remitamos, el 
envío de los periódicos, catálogos, etc., que publiquen: de ellos daremos cuenta en nuestra 
sección bibliográfica. 

Para todo lo concerniente á la Revista (administración, canje, remisión de obras, etc. ) 
dirigirse al Sr. Secretario de la Facultad de Letras y Ciencias, Universidad de la Habana, Re. 
pública de Cuba. 



The Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, will be issued every other 
month. 

We respectfully solicit the corresponding exchange, and ask the Centres of Instruction and 
Corporations receiving it, to kindly send periodicals, catalogues, etc., published by them. A 
detailed account of work thus received will be published in our bibliographical section. 

Address all Communications whether on business or otherwise, as also periodicals, printed 
matter, etc. to the Secretario de la Facultad de Letras y Ciencias, Universidad de la Habana, 
República de Cuba. 



La Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, paraitra chaqué deux mois. On 
demande l'échange des publications littéraires et scientifiques: il en sera fait un compte rendu 
dans notre partie bibliographique. 

Pour tout ce qui concerne la Revue tels que: administration, échanges, envoi d'ouvrages, 
etc., on est prié de s'adresser au Secretario de la Facultad de Letras y Ciencias, Universidad 
de la Habana, República de Cuba. 



VoL. II. UNIVERSIDAD DE LA HABANA. Num. 3. 



REVISTA 



DE LA 

FACULTAD de LETRAS Y CIENCIAS 

DIRECTOR: 
Dr. EVELIO RODRÍGUEZ LENDIAN. 

REDACTORES JEFES: 
Dr. ARISTIDES MESTRE. Dr. JUAN MIGUEL DIHIGO. 

COMITÉ DE REDACCIÓN: 
Dres ENRIQUE J. VARONA, GUILLERMO DOMÍNGUEZ ROLDAN, MANUEL VALDES 
rodríguez, ramón meza, SANTIAGO DE LA HUERTA, LUIS MONTANE, ALEJAN- 
DRO RUIZ CADALSO, AURELIO SANDOVAL, JOSÉ CADENAS y FRANCISCO HENARES. 



MAYO DE 1906 



SUMARIO: 

-El Padre Várela. Contribución á la historia de la 

FILOSOFÍA EN CuBA Dr. Sergio Cuevas Zequeira. 

-Informe SOBRE fabricación de Casas-Escuelas (con tres 

grabados) Dr Jua?i M. Dihigo. 

-La mansión escolar en Cuba. Necesidad y medios de 

mejorar su condición actual (con dos grabados) . . . Dr. Andrés Castellá. 

-José Manuel Mestre (con un grabado). . . Dr. Pablo Desvernine. 

-Manuel González del Valle (con un grabado) Dr. Ramón Meza. 

-La enfermedad de LOS Cocoteros Dr. Carlos de la Torre. 

-Las modificaciones del actual sistema de enseñanza . Dr. Anlonio Rosell. 

-Consideraciones sobre el placer y el dolor Dr. José Ma?mel Mestre. 

-Evolución histórica de la Geometría Dr. Claudio Mimó. 

-Etnografía de América. Noticia sobre los indios ta- 

rahum.ares de México (con cincograbados) Dr. Arístides Mestre. 

-Miscelánea. — Vigésimo aniversario.— Memoria-Anuario. . 

Relación de impresos. 
-Noticias oficiales. — Elogio del Dr. Borrero. — Retratos. 

— Nombramiento de un Profesor titular. — Nuevos Ayu- 
dantes. — Prórroga de ingreso. — Excursión al Presidio y al 

Manicomio, hecha por los alumnos de Antropología. 
-Índice de las materias del segundo volumen. 



imprenta "AVISADOR COMERCIAL" 

30, AMARGURA 30 

HABANA 



ENSEÑANZA DE LA FACULTAD DE LETRAS Y aENQAS. 

T>ecano: Dr. Evelio Rodríguez Lendián. 
Secretario: Dr. Juan Miguel Dihígo. 



U ESCUELA DE LETRAS Y FILOSOFÍA. 

Lengua y Literatura Latinas (3 cursos) . . . . Profesor Dr. Adolfo Aragón. 

Lengua y Literatura Griegas (3 cursos). ... ,, ür. Juan F. de Albear. 

Lingüística ( i curso) "1 r-> t \¡i- i r->-i • 

r:--. y , , X y n Dr. Juan Miguel Dihigo. 

Filología ( I curso ) ) 

Historia de la Literatura Española (i curso) . \ r^ ^ .,, t^ , 

„. ^ . , 1 ,.. . . ^ . ,, Dr. Guillermo Domínguez 

Historia de las literaturas modernas extranjeras >■ " ^ . ,, 

, , I Roldan. 

(2 cursos) ) 

Historia de América (i curso) ■> ,, Dr. Evelio Rodríguez Len- 

Historia moderna del resto del mundo (2 cursos) i dián. 

Psicología ( I curso) \ 

Filosofía Moral (i curso) I ,, Dr. Enrique José Varona. 

Sociología (i curso) ......-' 

Las conferencias semanales sobre Historia de la Filosofía y Literatura están á cargo 
de los Profesores Auxiliares Dres. Sergio Cuevas Zequeira y Ezequiel García Enseñat, 
respectivamente. 

2. ESCUELA DE CIENCIAS. 

Análisis matemático (2 cursos) Profesor Sr. José R. Villalón. 

Trigonometría (i curso) \ 

Geometría superior y analítica (i curso). ... I ,, Dr. Claudio Mimó. 

Geometría descriptiva (i curso) ) 

Mecánica racional (i curso) -i 

Astronomía (i curso) [■ ,, Sr. Juan Orús. 

Cosmología (i curso) / 

Física: Termología y Acústica ( i curso) . . . „ Dr. Nicasio Silverio (Auxiliar) 

Física: Óptica y Electrología (i curso). . . . ■> 

Mecánica (I curso) | " Dr. Plácido Biosca. 

Química inorgánica (i curso) ,, Dr. Antonio Rosell. * 

Química orgánica (I curso) | Dr. G. Fernández Abreu. * 

Análisis químico (i curso) ) 

Antropología (i curso) ,, Dr. Luis Montané. 

Biología (i curso) \ 

Zoología de invertebrados (i curso) [• ,, Dr. Carlos de la Torre. 

Zoología de vertebrados (i curso) J 

Botánica (2 cursos) ,, Dr. Manuel Gómez de la Maza 

Mineralogía y Cristalografía (i curso) .,..■» . , , , 

Geología (I curso) [ " Dr. Santiago de la T.uerta. 

Los profesores auxiliares de esta Escuela son: Dr. Arístides Mestre (Conservador 
del Museo de Zoología); Dr. Victorino Trelles (Jefe del Gabinete de Astronomía); 
Dr. Nicasio Silverio (Jefe del Gabinete de Física); Dr. Gerardo Fernández Abren 
(Jefe del Laboratorio de Química); y Dr. Jorge Hortsmann (Director del Jardín Botá- 
nico). Estos diversos servicios tienen sus respectivos ayudantes. — El "Museo Antro- 
pológico Montané" tiene por Jefe al Profesor titular de la asignatura. 



* Ambo.s Profesores Auxiliares interinos sustituyen actualmente al titular Sr. Carlos Theye, 
en uso de licencia. 



Vol. II. MAYO DE 1906 Núm. 3 



Revista 



DE LA 



Facultad de Letras y Ciencias 



EL PADRE ACÁRELA 

CONTRIBUCIÓN A LA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA EN CUBA l 
POR EL DR. SERGIO CUEVAS ZEQUEIRA 
Profesor ou.viliar de la Escuela de Letras y Filosofía 

Señor Rector, Señores Profesores, Señoras y Señores: 
Cuando por feliz inspiración de uno de nuestros más distingui- 
dos compañeros, acordó la Facultad de Letras y Ciencias celebrar 
periódicamente estas fiestas intelectuales, hice el propósito de elegir 
para tema de mi conferencia, el día que fuera llamado á ocupar 
esta cátedra, un asunto que por sí mismo despertara vivamente 
vuestro interés, al intento de suplir con lo que él tuviera de atrac- 
tivo para vosotros, las naturales deficiencias que en mi trabajo 
habríais de encontrar, ya que mi palabra, si habituada á desenvol- 
verse en otras lides y en otros empeños, pudiera resultar torpe y 
desmañada en esta ocasión, porque no acierte yo á dar á este dis- 
curso el tono reposado y la severidad didáctica que á las obras de 
esta índole tanto enaltecen y avaloran. 

Que no me engañé al llevar á cumplida ejecución aquel propó- 
sito, lo atestigua elocuentemente la numerosa y selecta concurrencia 
en torno de esta tribuna ?ioy congregada, y atenta, no con seguridad 
al reclamo de mi palabra, sino al del nombre del Padre Félix Vare- 
la, acerca de cuya labor intensa y meritísima hemos de departir en 
esta tarde. 

1 Hesumen de la conferencia pronunciada en la Universidad el 5 de Marzo de 190-1. 



218 SERGIO CUEVAS ZEQUEIEA 

Y á fe que no os falta razón á los que habéis, al atractivo de ese 
nombre, acudido solícitos á esta casa, que fué aquel sacerdote ejem- 
plar, cuj-a vida resplandeció por el ejercicio de ia piedad y por la 
práctica del bien, un cubano excelso que amó á su patria con subli- 
me desinterés y le prestó grandes servicios con incomparable abne- 
gación. 

Fueron éstos, en lo que respecta al desarrollo de nuestra vida 
intelectual, de tan extraordinaria magnitud, que aquel varón in- 
signe vino á ser para la cultura cubana en general y muy especial- 
mente para la cultura filosófica, lo que fué Descartes para la de 
Europa. 

Xacido el Padre Várela eu esta ciudad de la Habana á fines del 
año 1788, pudiera afirmarse que, en lo que á la instrucción pública 
se refiere, vino al mundo en plena Edad Media. 

Y porque no os parezcan mis palabras hiperbólicas y desacordes 
con la historia, quiero recordaros muy puntualmente que otro cuba- 
no ilustre, el Lugareño, decía refiriéndose á aquella misma época, 
que no había en Cuba colegios ni escuelas regulares públicas y todo el sis- 
tema de educación consistía en mucho rezo, poca escritura, ninguna orto- 
grafía, gramática cotorrera y aritmética por los suelos. 

Bien es verdad que en esta capital existía j^a una Universidad 
pontificia donde se enseñaba teología en latín, á discípulos que no 
sabían el castellano, y en la que, según el testimonio nada recu.sa- 
ble del Padre Caballero, maestro y precursor de Várela, se seguía á 
la sazón el método antiquísimo de las escuelas, se rendía escrupu- 
loso culto al Peripato y no se enseñaba ni un solo couocimieuto 
matemático ni una lección de química, y no se hacía ni el más ru- 
dimentario ensayo de anatomía práctica. 

Y esto no ha de parecer extraño si se considera que la propia 
España, decaída por entonces de su antiguo esplendor, en vez de 
los Vives, Gómez Pereira, Huarte, Morcillo, Sánchez y Doña Oliva 
con que había contribuido á la obra del Renacimiento y á la gloria 
de la Filosofía, sólo producía, según la feliz expresión del Sr. Me- 
néndez Pelayo, sumulistas, compendiadores de compendios y dispu- 
tadores en el vacío. 

¡ Y eso, á la hora en que Inglaterra había dado, con Locke, el 
más cumplido filósofo al Kenacimiento, y Francia con Rabelais y su 
obra había desplomado sobre la escolástica la mole aplastante de 
una sátira cuasi cervantesca ! 

Pero Várela, sobreponiéndose á la acción enervante y desalen- 



EL PADRE TÁRELA 21» 

tadora de aquel medio donde imperaban en funesto consorcio el 
absurdo y la rutina, surge, apenas salido de la adolescencia, armado 
de la espada de los reformadores, en la cátedra de Filosofía del 
Seminario de San Carlos é inicia allí su perseverante labor en pro 
de la cultura patria. 

Proponíase la renovación total de los métodos de investigación 
científica, y la implantación de un sistema filosófico que él llamó 
ecléctico, porque tomando como punto de partida la duda cartesia- 
na, llegaba hasta las últimas afirmaciones en que Condillac dio 
foi'ma definitiva al sensualismo de Locke. Aquellos catedráticos 
de prima para quienes Aristóteles era Apolo, Hércules, Edipo, Sol, 
Príncipe y Soberano de la Filosofía; aquellos de quienes dice dono- 
samente el Padre Isla que hundían á ergo¿ y patadas las aulas de 
las Universidades españolas, tenían en Cuba numerosa descenden- 
cia que se irguió sorprendida, al rumor insólito de aquellas innova- 
ciones, y hubiera seguramente fulminado agrias censuras sobre el 
joven profesor del Colegio de San Carlos, si de ellas no le pusieran 
á cubierto la pureza de su vida, la firmeza de su ortodoxia, y la 
protección que le dispensaba el obispo Espada, de grata é impere- 
cedera memoria. 

Con el auxilio eficacísimo de este prelado, y asistido de una 
constancia inquebrantable, logra Várela, en el breve espacio de uno» 
pocos años, proscribir el latín bárbaro de las escuelas, sustituyéndolo 
por el idioma patrio como instrumento el más adecuado para la 
difusión de la enseñanza; seculariza la Filosofía, afirmando que los 
Santos Padres no tienen autoridad alguna en materias filosóficas; 
desacredita la Ontología, declarando que es sólo una ciencia de nom- 
bre, germen de cuestiones y conjunto de sutilezas; y desaloja, por 
último, de su postrero asilo á la escolástica, que desde el alborear 
del Renacimiento dejó de informar y disciplinar la actividad filosó- 
fica de los pueblos más adelantados de la tierra. Tal fué la obra 
de aquel reformador vigoroso que desterró de nuestra enseñanza la 
rutina y abrió á la Universidad ancha vía de progreso, poniéndola 
en condiciones de tener un lenguaje científico congruente con el 
que hablaban las naciones que marchaban á la vanguardia de la 
civilización. El impulso dado por el Padre Várela á la tendencia 
investigadora, latente y adormecida en el intelecto cubano, deja 
entre nosotros un hermoso reguero de luz, y una tradición filosó- 
fica que continúa transmitiéndose hasta nuestros días por ministe- 
rio de Luz Caballero, el pensador que mucho antes de haber apare- 



220 SERGIO CUEVAS ZEQÜEIEA 

cido la Lógica de Stuart Mili, afirmaba que la iutuicióu, la induc- 
ción y la deducción son los únicos medios que tiene (4 hombre de 
asegurarse de sus conocimientos, y de ensancharlos: y por Varona, 
eminente discípulo de la escuela asociacionista inglesa, y el más 
original y diserto de cuantos al presente escriben de materias filo- 
sóficas en lengua castellana. 

Sorprendería la aparición de hombres como Várela y sus conti- 
nuadores en el movimiento de renovación de ideas y de rectificación 
de métodos iniciado por él, en medio de una sociedad donde casi no 
existía ninguna tradición de esfuerzo mental, si no recordáramos que los 
hijos de los grandes terratenientes de la colonia, enriquecidos por 
la explotación de la caña de azúcar, pero alejados de toda interven- 
ción en el gobierno de la Isla, buscaron en los viajes por países 
extranjeros, en la meditación y en el estudio, empleo á sus forzados 
ocios, y cauce natural para la actividad de su espíritu, mal avenido 
con la actitud pasiva á que lo condenaban, suspicaces y recelosos, 
los representantes del poder nacional. 

Tenga presente la juventud universitaria el alto ejemplo que de 
la vida del cubano ilustre cuyo espíritu hemos evocado, se despren- 
de; reciba con amor, y aumente con labor fecunda, el caudal cientí- 
fico que él y sus continuadores nos legaron, y no olvide que son las 
generaciones, como vestales llamadas á transmitirse, conservar y 
acrecer, aun con su propio aliento si es preciso, la luz, la luz, se- 
ñores, que es lo que hay de más hermoso en el mundo físico y en el 
mundo moral. 



INFORME SOBRE FABRICACIÓN DE CASAS-ESCUELAS ^ 

POR KL I)R. JUAN M. DIHIOO, 
Profesor de Lingühtica y Filología 

Habana, 12 de Mayo de 190S. 
Señor: 

Accediendo á la petición reiterada de poner á >su alcance 
cuantas indicaciones fuesen oportunas con el fin de recabar del 
Congreso un crédito para la fabricación de casas-escuelas en este 
distrito urbano, los que suscriben tienen el honor de someter á V. 
las siguientes consideraciones. El cese de la soberania española en 
nuestra patria trajo como natural consecuencia una notable trans- 
formación en la esfera de la enseñanza, no sólo en lo que hace re- 
ferencia á la primaria, sino también en lo que i'especta á la secun- 
daria y superior. Tal cambio, establecido por las Ordenes promul- 
gadas, modificó por completo el sistema de enseñanza arraigado 
desde muchos años há, y el carácter esencialmente teórico de la anti- 
gua vino casi á ser sustituido por el eminentemente práctico, experi- 
mental que rige hoy. Esa modificación produjo la adquisición del 
material científico de enseñanza indispensable, la de los locales 
adecuados para que ésta se verificase en debida forma, 3^ si la Uni- 
versidad por un lado es una buena prueba de ello, como lo es tam- 
bién la Escuela de Artes y Oficios, no podríamos decir lo mismo, 
sin incurrir en falsedad, por lo que hace relación á nuestras casas- 
escuelas, ya notablemente mejoradas. No ha trascurrido tiempo 
suficiente para que olvidemos lo que dichos locales eran en el pasa- 
do, convertidos entonces más que en santuario de enseñanza, más 
que en templo donde se congregasen los alumnos para dar expansión 
al espíritu recibiendo el pan de la enseñanza conforme á los adelan- 
tos de la Pedagogía, en residencia particular del maestro, que ocu- 

1 Este informe ha sido redactado con la colaboración valiosa de los Sres. Alberto Barreras, 
Secretario de la Junta de Educación de la Habana, y Aurelio Sandoval, Profesor de la Escuela 
de Ingenieros y Arquitectos; lo que se hace constar como un deber de justicia. Motivó dicho 
estudio una carta del ex-Representante Dr. José A. Malberty, dirigida al Dr. Juan M. Dihigo, de 
fecha 20 de Enero de 1903. 



2Ó2 JUAN 31. Diurno 

paba la parte más cómoda y amplia de la casa. En esos locales, 
sin patio para el recreo ó con ellos reducidos á la mínima expresión, 
con la luz opaca que por la especial situación de las aulas rompía 
con las prescripciones higiénicas, sin inodoros construidos conforme 
á las reglas de sanidad, con aulas pequeñas que ocasionaban la 
aglomeración de los niños ó situadas cerca de retretes mal olientes, 
sin la separación debida unas aulas de otras para que los maestros 
no se interrumpiesen en sus enseñanzas y sin la especial ubicación 
para que estuviesen al fácil alcance de la población escolar, la In- 
tervención Americana fué en este orden de cosas una bendición del 
cielo, porque apreciando el estado de abandono en (jue nuestra ense- 
ñanza estaba, quiso sacarla y la sacó de su deplorable estado. Que 
para ello realizó el Gobierno Interventor toda clase de esfuerzos, 
bien sabido es de todos, puesto que la obra á nuestro alcance está, 
aunque incompleta sin duda, no sólo en lo referente á la parte técnica, 
donde la acción del tiempo se ha encargado de señalar las lagunas 
que existen, las contradicciones que se notan y lo irrealizable de 
algunos de sus preceptos, sino igualmente en lo que se refiere á la 
edificación de locales adecuados al nuevo aspecto de la enseñanza 
primaria; porque es imposible que se piense que donde el sistema 
de educación avanza, pueden conservarse los mismos edificios sin al- 
teración alguna, que ellos son para que vivan los alumnos las horas 
que en los mismos pasen y puedan con toda comodidad trabajar y 
no para ser mirados cuando sólo presenten un aspecto exterior agra- 
dable, ó censurados cuando esto no exista. 

La Junta de Educación de este Distrito, atenta como la que más 
á las necesidades de la enseñanza dentro de su esfera de acción, no 
ha mirado con indiferencia este punto; y cree haber cumplido con 
su deber tratando de remediar algo el mal de la falta de locales, 
abandonando casas inadecuadas para colocar la escuela donde estu- 
viese mejor; á eso se debe el gran paso de avance que se ha realiza- 
do, y viene realizándose sin desmayo en la actualidad, y justo es 
significar que á la competencia por todos reconocida del Dr. Alfredo 
M. Aguayo, su Director Escolar, á su actividad digna de imitación, 
se debe el cam])¡() operado en este sentido, con la adquisición de 
locales que presentan buenas condiciones higiénicas y capacidad 
bastante para la obra de la enseñanza. Y los esfuerzos de la Junta 
de Educación, como puede comprobarse con la lectura de las actas 
de sus sesiones, no se limitaron exclusivamente A lo diclio; com- 
prendiendo que á medida que aumentase el ingreso de los nifioB en 



WP0R3IÉ SOBRÉ FABRICACIÓN DE CASAS-ESCUÉLÁS 223 

las escuelas públicas, el Tesoro tendría que gravarse con el arren- 
damiento de nuevas casas para dar instrucción á sus pequeños ciu- 
dadanos, sin el beneficio de obtener en propiedad el Estado aquello 
que le originaba un gasto, y estimando por otra parte cumplir con 
un deber sagrado, que es velar por el buen empleo de los fondos de 
la Nación, acogió con agrado y apoyó la moción que le fué presen- 
tada por su Director Escolar, tendente á la fabricación de las casas- 
escuelas, donde la capacidad, la orientación y disi)0sición interior 
hiciesen posible la realización de la enseñanza, impedida por las ra- 
zones apuntadas y, en más de una ocasión, por la leonina cláusula 
del contrato de arrendamiento de locales para escuelas, en que se 
previene al propietario ser posible el abandono de su casa donde ha 
realizado gastos en transformaciones necesarias al fin que se le de- 
dica, con tal de que el anuncio se haga con treinta días de antici- 
pación. Tal estado de cosas, como bien comprenderá A^., ha hecho 
imposible la sustitución de locales viejos por buenos y aun en estos 
mismos días, tratándose de una escuela donde la asistencia es extra- 
ordinaria, donde las aulas son malas y merced á ello la aglomera- 
ción de los niños es un hecho, perjudicando notablemente su salud, 
esa cláusula por un lado y la imposibilidad de que el arrendamiento 
pueda extenderse en este curso más allá del 31 de Agosto del corrien- 
te año, ha impedido la adquisición de una hermosa casa donde 
estaría la escuela bien acondicionada. La Junta de Educación, 
apreciando debidamente las razones del Director Escolar, nombró 
una comisión de su seno, que recabase del Gobernador Militar la 
autorización que era necesaria para construir veinticinco locales 
apropiados. El resultado de la gestión fué absolutamente nulo. 
Posteriormente los Sres. Primelles y Zequeira presentaron dos pro. 
yectos encaminados á idéntico fin; el uno para veinte aulas y el otro 
para diez y seis; con el Proj^ecto se acompañaron la parte técnica y 
los planos, y nombrado ponente el Dr. Delfín, indicó al Consejo 
que dadas sus condiciones y estando para cesar éste, puesto que 
se aproximaban las elecciones, no debía tomarse acuerdo alguno 
encaminado á su aceptación y sí que todo fuese remitido al Sr. Co- 
misionado de Escuelas, quien, como consta en el expediente respec- 
tivo,^ resolvió que no debían estudiarse nunca ofertas aisladas, que 
ello significaría la protección decidida por determinada persona con 
perjuicio de tercero, y más especialmente del Tesoro, sino que 
dentro de un verdadero espíritu de justicia debía sacarse la obra á 
pública subasta. Anterior á lo que llevamos dicho ya, se hicieron 



224 JUAX JI. DI 111(10 

idénticas gestiones en la época del Gobernador General LndloAv. y 
se hicieron planos con ese objeto, que obran en la Secretaría de la 
Junta, sin que se lograse, á pesar del decidido interés que por la 
enseñanza siempre demostró el General Ludlow, nada en ese sen- 
tido. En 15 de Junio de 1901 el Sr. Comisionado de Escuelas, Mr. 
Hanna. reunió al Consejo Escolar, para someter á su consideración 
el proyecto y dibujo de una Escuela bajo la formal promesa de lle- 
var á cabo la obra con brevedad: no se necesita indicar que fueron 
vanas promesas, no tanto porque así lo desease el Sr. Comisionado, 
cuanto por haberse reducido el presupuesto, como oficialmente lo 
dijo en 17 de Julio del mismo año. 

Y con esto dicho, Sr. Kepresentante. hemos llegado á la época 
actual, y precisa, pues, que esas Cámaras, que tanto se interesan 
por el bien de la Kepública 3' por sus hijos, mediten con el debido 
detenimiento este asunto, que no debe serle en absoluto indiferente 
porque se trata de la rama más importante de la administración de 
un buen Gobierno, que es esforzarse por que la instrucción pública 
se coloque en el maj-or estado de apogeo y porque también se trata 
de un asunto de carácter económico que no debe mirarse de soslayo 
pues de continuar en este estado de cosas se habrán de irrogar 
á nuestro Tesoro, gastos cuantiosos sin beneficio alguno. Recorde- 
mos siquiera sea, y más tratándose de un país libre de toda deuda 
como éste, como un estímulo, el impulso que los Estados Unidos 
han dado en este orden de cosas y recordemos también que la Re- 
pública Argentina, el 20 de Maj'o de 1902, inauguró en Buenos 
Aires una serie de suntuosos edificios, acomodados á las exigencias 
de la higiene escolar, atrayentes por la belleza de su estilo arqui- 
tectónico, como una prueba de la atención principal que tanto ella 
como Chile vienen dando á la instrucción pública por causa del be- 
neficio que con su mejoramiento se proporciona al país. Para que 
pueda Y. formarse idea cabal de la forma en que esto pudiera lle- 
varse á cabo, los que suscribimos sometemos á su consideración los 
lugares donde deberán situarse dichos planteles y la forma de darle 
comienzo á la obra, así como los necesarios detalles referentes á los 
planos que se presentan y material que se deba emplear. N"o han 
olvidado los autores del presente proyecto la gran importancia que 
tiene para el mtyor servicio de la enseñanza, la situación de los lo- 
cales destinados á ese objeto tomáudo.se mwy en cuenta las condi- 
ciones que rodean á la escuela. líay quien supone que la distancia 
no deV)e ser causa que demore la fabricación de edificios en deter- 



INFORME SOnnE FABr.lC ACIÓN DE CASAS-ESCUELAS 225 

minado lugar, discurriendo en el sentido de que en otras ciudades 
se observa que los escolares recorren no pequeña distancia, mas es 
justo significar que en estudio de esta índole precisa tener muy pre- 
sente los especiales factores que concurren en cida localidad. En 
esos países á que se hace alusión, y cuj^os centros escolares van to- 
mando á diario extraordinarias proporciones, se cuenta con un cli- 
ma que permite jornadas de esa índole sin que ello contribuj''a á 
ocasionar en la naturaleza del alumno cansancio que pueda quebran- 
tar sus fuerzas físicas; el pavimento de sus calles resulta más apro- 
piado en tanto que la educación sui generis de nuestro pueblo, la 
apatía de nuestros cuei'pos de seguridad en muchos casos, la falta 
de humanidad de los conductores de vehículos de todas clases y 
aun la propia indiferencia de los transeúntes, no brindan al niño 
toda aquella consideración que se nota en elementos de la raza sa- 
jona y en algunos de la nuestra. De ahí, pues, que resulte indis- 
pensable la existencia de muchos locales de escuela de relativa 
capacidad, procurándose que estén en perfecta relación con la den- 
sidad de la población escolar del barrio en que haya de levantarse 
determinado plantel. La construcción de grandes centros escola- 
res disminuiría algún tanto el costo de su sostenimiento y facilitaría 
la mejor inspección del Gobierno, pero aumentaría obstáculos en 
su administración, dado que la agrupación de miles de niños de di- 
versas edades, unido á un respetable número de maestros y conser- 
jes, por sí solo constituí-e un asunto que reclama, para la debida 
marcha de la Institución, las mejores dotes de gobierno. La expe- 
riencia viene demostrando todo lo contrario en cuanto á resultados 
positivos respecto á esos grandes establecimientos, que unos cuan- 
tos que anden bien no es bastante para sentar im principio general, 
poi-que, amén de todo lo dicho, tropiézase con las exigencias del ser- 
vicio de inodoros, atenciones en el recreo, así como la entrada y sa- 
lida de los niños. 

En tal virtud, los que suscriben entienden que las casas-escue- 
las que deban fabricarse han de tener dos tamaños, sin que el tipo 
de ambas sea completamente distinto y respondiendo cada uno 
de ellos *al número de escolares que puedan en las mismas congre- 
garse. Merced á ello deberán situarse en los barrios de relativa 
población escolar, una ó dos escuelas de cinco aulas cada una. En 
aquellos barrios en que el censo ha demostrado que, lejos de dismi- 
nuir la población escolar, ésta se mantiene firme en cuanto al nú- 
mero grande y hasta puede apreciarse la tendencia al aumento, será 



áátí JrAN M. nmtao 

conveniente la situación de Centros con capacidad para diez y seis 
aulas: así se lograrán las ventajas reconocidas en algunos casos á 
esas instituciones grandes permaneciendo éstas todo lo más próxi- 
mas posible á los hogares de sus tiernos habitantes. Para llevar 
á cabo la obra que se indica, los que suscriben han tenido muy pre- 
sente el costo de los edificios y los medios para el pago del mismo, 
sin olvidar que en los actuales momentos estudia el Gobierno la 
manera de formalizar un empréstito con otra finalidad y que pudie- 
ra servir de base para el actual pro3'ecto, permitiendo de este modo 
que la República pueda disponer de locales ad Jioc para las escuelas 
y cese de seguir abonando las gruesas sumas que hoy se vienen 
consignando por el concepto de alquileres de casas; y si bien es 
cierto que las necesidades de edificios acondicionados es algo que 
se siente en toda la Isla, y serias dificultades pueden impedir que 
de una manera inmediata se lleve esto á la práctica, también cree- 
mos que sólo con una buenfi voluntad, por parte de nuestro Go- 
bierno, bastará para que estas ideas, con las atinadas modificaciones 
que se le hagan, logren ser un hecho en lo que constituye, por de- 
cirlo así, el Municipio de la Habana, para ii- ensanchando lenta- 
mente la obra en el resto de la Isla. 

Apreciando debidamente las dificultades y los peligros que ofre- 
cen los barrios comei'ciales durante las horas laborables, tanto por 
el extraordinario tráfico de vehículos de carga como por las malas 
condiciones de sus aceras, los que informan proponen se sitúen en 
el perímetro comprendido por el litoral de la bahía y las calles de 
Egido y Monserrate doce escuelas de cinco aulas cada una, es de- 
cir, quince aulas más que en la actualidad. En los barrios de 
Colón y Punta, que en la actualidad tienen once aulas, deberán 
situarse tres escuelas de cinco aulas cada una; en los de Monserrate 
y San Leopoldo pudieran establecerse tres de cinco aulas y una de 
diez y seis; en el de San Lázaro, que es el de mayor población es- 
colar en el municipio, dos centros de diez y seis aulas cada uno y 
cuatro de cinco; en el de Tacón, dos de cinco aulas, con tres de 
diez y seis aulas en (Juadalupe y Dragones; en Peñalver y Pueblo 
Nuevo dos de diez y seis y una de cinco aulas, destinándose para 
Marte dos de cinco; en los barrios de Atares, Pilar y Villanueva, 
dos de cinco y dos de diez y seis; en los de Jesús del Monte, Luya- 
nó y Arroyo Apolo, seis de cinco aulas; en los del l'ríncipe y Ve- 
dado, Cerro y Puentes Grandes, once de cinco aulas, debiendo 
destinarse para Arroyo Naranjo y Calvario dos do cinco aulas. Es- 



INFORME SOBRE PABRÍCACIOÑ T)É CASA8-ÉSCÜÉLÁS 22^ 

timan, por último, los informantes, que deben establecerse en 
Casa Blanca y en Regla tres de cinco y una de diez y seis; re- 
sultando pues, once Escuelas de diez y seis aulas 3'^ cincuenta y 
una de cinco. 

La Comisión que suscribe, para presentar el actual proj^ecto, lia 
oído á expertos ingenieros, entre ellos al Sr. Aurelio Sandoval, 
profesor de la Escuela de Ingenieros de la Universidad, y autor de 
la Memoria y Presupuesto que se presenta en el extremo que se re- 
laciona con la construcción, material y costo de las mismas, acep- 
tando los datos proporcionados respecto al importe de los sesenta y 
dos edificios, apreciados en un millón de pesos en oro. Es casi 
seguro que cuando el Gobierno pretenda llevar á la práctica el pre- 
sente ó análogo proyecto, encontrará proposiciones que tal vez 
disminuyan en un 10 % ó más la suma indicada; pero á fin de que 
quede demostrado cuan fácil y ventajosa es la realización de esta 
idea, siempre dentro de la cantidad apuntada, se expone á conti- 
nuación la forma de llevarla á cabo expresándose en forma numé- 
rica en la tabla que se copia. Aceptando que el Gobierno dedique 
anualmente la suma de setenta mil pesos en oro para el pago 
de las casas-escuelas, cuya cantidad en la actualidad es algo me- 
nor por referirse á locales capaces para 16,000 niños y no para 
21,550 como contendrán dichos edificios, pero partiendo de ella y 
conviniendo en un interés de un 5 % anual, quedaría, después de 
pagarse todos los intereses, amortizado el capital adeudado en un 
período de 26 años; de ello resultaría, que sin contraerse una deu- 
da que pudiera comprometer en lo más mínimo la tranquilidad del 
país, se obtendría como evidentes ventajas, en primer término, el 
disfrute de apropiados edificios, que permitiendo hacer verdad la 
enseñanza, habrían de embellecer la ciudad y ser á la vez prueba 
inequívoca de la especial estimación de nuestro primer Gobierno 
por la enseñanza primaria. 



223 



.Jr.lX .V. DI HIGO 



Años 


Deuda 


Interés ui 

5 fí 


Aniortiziición 
aiiaal 


basto anual 


Disminución 
(le la (londa 


1" 

2? 


11.000,000.00 
9fO,0OO.OU 
959,000.00 
936,950.00 
913.797.50 
SSví,487.37 
86:^,961.73 
837,159.81 
809,017.80 
779,468.69 
748,442.12 
715,864.22 
631,657.43 
645,740.30 
608,027.31 
568.428.67 
526,850.10 
483,192.60 
437,352.23 
389,219.84 
338,680.83 
2^5,614.87 
229,895.61 
171,390.39 
109 959.90 
45,457.89 


$ 50,000.00 
49,000.00 
47.950.00 
46,847.50 
45,689.87 
44,474.36 
43,198.08 
41,857.99 
40.450.89 
38,973.43 
37,422.10 
35,793.21 
34,082.87 
32,287.01 
30,401.36 
28,421.43 
26,342.50 
24,159.63 
21,867.61 
19,460.99 
16,934.04 
14,280.74 
11,494.78 
8,569.51 
5,497.99 
2,272.89 


$ 20,000.00 
21,000.00 
22,050.00 
23,152.50 
24.310.13 
25,525.64 
26,801.92 
28,142.01 
29,549.11 
31, -026. 57 
32,577.90 
34,206.79 
35,917.13 
37,712.99 
39,598.64 
41,578.57 
43,657.50 
45,840.37 
48,132.39 
50,539.01 
53,065.96 
55,719.26 
58,505.22 
61,430.49 
64,502.01 
45,457.89 


1 70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70,000.00 
70.000.00 
47,730.78 


§ 980,000.00 
959,000.00 
936,950.00 
913,797.50 
889,487.37 
863,961.73 
837,159.81 
809,017.80 
779,468.69 
748,442.12 
715,864.22 
681,657.43 
645,740.30 
608,027.31 
568,428.67 
526,850.10 
483,192.60 
437,352.23 
389,219.84 
338.680.83 
285,614.87 
229,895.61 
171,390.39 
109,959.90 
45,457.89 


3V 


4? 

5? 


6? 


1° 

8? 


9? 


10? 


11" 

12? 


13'' 

14? 


15? 


16? 


17? 


18" 

19" 

20? 

21? 


22? 


•¿3? 


24? 

25^ 


26° 






S 797,730.78 


§1.000,000.00 


$1.797,730.78 





Total de gastos 81.797,730.78 



Amortización en 20 años. — Intereses S 797.730.78 



ESCÜEL.V PARA 400 XIÑOS Y 400 NIÑA.*!. 



El edificio será de dos pisos ocupando un terreno de planta rec- 
tangular, de 35 metros 34 centímetros de frente por 42 metros 30 
centímetros de fondo, con una supei'ficiede 1,495 metros cuadrados. 

Distribuida la planta baja en dos vestíbulos ó zaguanes, de G 
por 2.50 metros; iina sala para recibo de 6 por 4,50 metros; 8 aulas 
de 10 por fi metros; dos galerías de 17.30 por 4.50 metros; dos 
cuartos de sombreros de 4 por 2 metros, dos cuartos de criados 
de 4 por 4 metros; dos cuartos para inodoros de 4 por 2 metros; dos 
patios de 28 metros de fondo por 5.13 metros de frente y 9.13 
metros de ancho en el fondo. Corredores de 2 metros de ancho en 




J7^Í7- 



PLANTA DE CASA-ESCUELA PARA 40(1 XIÑÜS Y 400 NIÑAS 




PLANTA DE CASA-ESCUELA PARA 250 XIXOS 



INFORME SOBRE FABRICACIÓN DE CASAS-ESCUELAS 229 

dos de los lados de los patios y de 1.50 metros en frente á los pa- 
tios de los cuartos de sombreros, de criados é inodoros. 

La planta alta está distribuida como la baja, con la sola diferen- 
cia de estar ocupada la crujía del frente por dos aulas y dos salas 
de recibo, separadas con un tabique con gran puerta central corre- 
diza, lo que permite comunicar á voluntad éstos con aquéllas y te- 
ner dos salones para actos. 

Las aulas tieuen capacidad suficiente para 50 alumnos y el maes- 
tro y como la superficie de cada una es de 60 metros cuadrados, co- 
rresponde á cada alumno una superficie de 1.20 metros cuadrados 
y por ser la altura ó puntal de 5.50 metros, el cubo de aire es de 
330 metros, correspondiendo á cada alumno 6.6 metros cúbicos. 

La distribución adoptada permite construir el edificio en el cen- 
tro de una manzana cualquiera de casas, esto es, limitada por 
medianeros cerrados, ó en el ángulo de dos calles ó completamente 
aislado; sin que en el caso más desfavorable, que es el primeramen- 
te citado, deje de tener luz abundante y gran espacio al aire libre 
para el recreo de los niños. 

Las aulas reciben siempre abundante luz y aire por un solo 
lado, por lo que, situado el maestro eu un extremo y mirando los 
niños hacia él, recibirán siempre la luz por el lado izquierdo. 

La galería y corredores cubiertos permiten la fácil y cómoda 
circulación, especialmente en los días lluviosos. 

El muro de fachada, los dos interiores de carga paralelos al pri- 
mero, los del frente de las aulas al patio y los medianeros, serán 
de ladrillos, con un espesor respectivamente de 40 centímetros en 
el piso bajo y 30 centímetros en el alto. La pared divisoria, según 
el eje del edificio, será de ladrillo de 30 centímetros en el piso bajo 
y de 15 ceutrímetros en el alto. 

Igual espesor que el anterior corresponderá á las paredes de 
frente de los cuartos centrales en ambos pisos. La medianera del 
fondo en la parte del patio, será de citarón de ladrillo y de 3.50 me- 
tros de alto. Las divisiones serán de citara de ladrillo de 15 cen- 
tímetros de espesor. 

La cimentación de los muros será de mampostería, ó de sillería 
hasta sin laborar, ó de hormigón ó de ladrillo, según el material 
que resulte más económico en la localidad; pero siempre se emplea- 
rá el cemento para la mezcla con que se fabrique. En el caso ex- 
cepcional de terrenos muy malos para cimentación, se empleará 
la cimentación de cemento armado. 



236 JCÁX X. DiniGO 

Los huecos de las puertas y ventanas serán de forma rectangu- 
lar, de cuatro metros de altura, y los dinteles se construirán con 
roca de ladrillo con tirantes de hierro en su parte inferior ó de vi- 
gas de d(^le T de hierro ó acero. 6 de carrillos de hierro, ó de ce- 
mento minado. 

El muro de fachada y todos los demás serán completamente li- 
sos y repellados con mezcla de arena, cal y cemento, con enlucido 
de mezcla blanca, terminando el primero por su parte superior por 
una sencilla cornisa y un pretil coronado en su parte central por 
un escudo cubano. 

Las azoteas serán exclusivamente de Cemento Volcánico de C. S. 
Haeuder, pues son las que. á más de dar una impermeabilidad per- 
fecta, son muy ligeras, y con ellas hemos podido conseguir un míni- 
mo de dimensiones de vigas, muros y cimientos y por tanto una 
notable economía en el costo, y aprovechamiento de espacio. 

Los techos estarán sostenidos por vigas de pino de tea, de 3 por 
8 pulgadas inglesas, en salas y aulas, de 3 por G pulgadas en gale- 
rías cuartos y de 2 por 4 pulgadas en los corredores. Sobre las vi- 
gas, que irán espaciadas 40 centímetros de eje á eje, forro de tabla 
de una pulgada de espesor y después la cubierta impermeable 
Haeusler, con cinco capas con un espesor total de 5 á 6 milímetros, 
encima un relleno de grava y cemento de 4 centímetros de espesor 
y solería corriente de arcilla asentada con mezcla ordinaria. 

Llevarán pretiles de ladrillo de 30 centímetros de espesor y <S0 
centímetros de altura, sobre el muro de fachada, los medianeros y 
los de frente al patio. 

Los corredores de frente al patio estarán sostenidos por apoyos 
de madera labrada, de sección octogonal, de 10 centímetros de diá- 
metro en el alto, de 12 centímetros en el bajo, sobre bases de pie- 
dra, dura y espaciados próximamente á tres metros de eje á eje. 

Kl })iso de todo el edificio será de cemento, excepto en las salas 
para recibo y sala para actos del piso alto, que llevarán piso de lose- 
tas de cemento imitación á mosaico. 

Las puertas serán de tableros y sobre todas las de las aulas irá 
una luceta corrida de vidrio, de 50 centímetros de altura, giratoria 
alrededor de un eje horizontal. 

Todos los huecos de fachadas menos dos, llevarán persianas con 
lucetas de vidrios y reja de hierro con cenefas alta y baja. 

Los seis huecos de la galería frente al patio llevarán persianas 
con lucetas de vidrio. 



INFORME SOBRE FABRICACIÓN DE CASAS-ESCUELAS 251 

La madera empleada en las puertas y persianas será iudistiuta- 
mente madera de Cuba, 6 pino blanco de los Estados Unidos y pino 
de tea para los marcos. 

Todas las puertas, persianas y rejas se pintarán de tres manos 
al óleo y las paredes con dos manos de lechada interiormente y al 
temple en las fachadas. 

Toda la instalación sanitaria será según las disposiciones vigen- 
tes, ventilando perfectamente los pozos y conductos y poniendo en 
todos los tragantes y vertederos sifas inodoras. 

Para impedir que la humedad suba por los muros, se situará pró- 
ximo al nivel del piso una placa continua de plomo, de un milíme- 
tro de espesor, que ocupará todo el ancho del muro é irá colo- 
cada entre dos juntas de mezcla de una parte de cemento y dos de 
arena. 

Las dos escaleras serán de tres tramos, con dos descansos, de 
madera dura sus huellas 6 pasos y de cedro ó caoba con balaustres 
lo demás, con una anchura libre de un metro veinticinco centí- 
metros. 

Como garantía de estabilidad del edificio proyectado, damos los 
comprobantes siguientes: 

Carga total permanente 3^ accidental de las azoteas: 250 kilo- 
gramos por metro cuadrado. 

Peso de pino de tea de los Estados Unidos: 740 kilogramos por 
metro cúbico. 

Carga máxima ó coeficiente á que resultarán sometidas las vigas 
de los techos: 80 kilogramos por centímetro cuadrado, corresponde 
de I á ^ de la carga de rotura. 

Carga máxima de los muros en su pie, al nivel del suelo: 2.12;> 
kilogramos por centímetro cuadrado en la primera línea de carga 
paralela á la fachada: '2.10 kilogramos por centímetro cuadrado en 
la fachada; 2.07 kilogramos por centímetro cuadrado en los frentes 
á patio; y 1.13 kilogramos por centímetros cuadrados en las media- 
neras, íío excediendo de un medio de la carga de rotura. 

Las cimentaciones serán de 60 centímetros de espesor en el muro 
de fachada, suponiendo 80 centímetros de profundidad; de 55 cen- 
tímetros la primera línea interior, medianeras y frentes de patio y 
de 45 centímetros en los muros de cuartos centrales. Resultando 
con una carga máxima el terreno, de un kilogramo por centímetro 
cuadrado. 



232 JCAX J/. DI HIGO 

PRESUPUESTO 

Pi<o bajo 

160 metros cúbs. de excavación para cimientos á 81-00 8 LtíO-OO 

160 meti'os cúbs. de mampostería hidráulica para id. 

á 88-00 el metro cúbico 1,280-00 

1180 metros cuadrados de muro de ladrillo de -12 cen- 
tímetros de espesor, incluso repellos y enlucidos, 

á S4-50 5.310-00 

450 metros cuadi'ados de muro de citarón de ladrillo 

repellado y enlucido á S3-50 1 . 575-00 

.310 metros cuadrados de citara de ladrillos con re- 
pellos y enlucidos á 82-50 metro 775-00 

60 metros cuadrados de piso de losetas de cemento 

de mosaicos á 82-75 165-00 

1340 metros cuadrados de techos de viguetas, tablas 

y rellenos á $1-70 1,768-00 

290 metros cuadrados de puertas de tableros, á 85-50 1,595-00 

110 metros cuadrados de persianas á 86-50 715-00 

42 metros cuadrados de reja de hierro con 2 cene- 
fas á 85 210-00 

32 apoyos de madera ochavados, sobre base de pie- 
dra á 86-50 208-00 

Pintura al temple y al oleo en toda la plan tu baja 500-00 

2 fosas para excusados y desagües 200-00 

S inodoros y 8 urinarios con sus cercos de madera, 

puertas, desagües y ventilaciones 425-00 



Suma 8 17,298-00 

7'*/Vo alfa 

3.S0 metros cuadrados de citarón de ladi-illo, incluso 

repellos y enlucidos á 84-00 8 5.520-00 

540 metros cuadrados de citara de ladrillo, incluso 

ici.cllos á 83-00 1,620-00 

36 metros lineales de cornisa en el frente á 86 216-00 

36 metros lineales de faja moldurada entre los dos 

pisos en la fachada á $2-00 72-00 



Suma al frente $ 7,428-00 



INFORME SOBRE FABRICACIÓN DE CASAS-ESCUELAS 2\^Z 

Suma del frente $ 7, 428-00 

210 metros cuadrados de piso de losetas de mosaico 

de cemento á $2-80 588-00 

1010 metros cuadrados de piso de loseta de cemen- 
to á S2 2,020-00 

1040 metros cuadrados de techo de azotea á $4-20 4,368-00 

290 metros cuadrados de puertas de tablero á $5-50.. 1,595-00 
110 metros cuadrados de persianas con vidrios á $6-50 715-00 
110 metros cuadrados de baranda de hierro en ante- 
pechos á $3-50.... 385-00 

32 apoyos de madera, ochavados sobre base de pie- 
dra á $6-50 

Pintura al óleo y temple de toda la planta alta... 
8 inodoros y 8 urinarios, con sus cercos de made- 
ra, puertas, desagües y ventilación 

2 escaleras de madera 

Suma $ 18,762-00 

RESUMEN 

Valor del i)iso bajo $ 17,298-00 

« » piso alto 18,762-00 



208- 


-00 


480.00 


425- 


-00 


550- 


-00 



Suma $ 36,060-00 

Importa la ejecución material de las obras treinta y seis mil 
sesenta pesos en moneda de los Estados Unidos. 

ESCUELA PARA 250 NIÑOS 

El edificio será de un solo piso, ocupando un terreno de 32 me- 
tros 50 centímetros de frente por 42 metros de fondo, ó sea un rec- 
tángulo de 949 metros cuadrados. Distribuido, como se ve en el 
plano, en zaguán de entrada, de 6 m. por 250 m. ; sala para recibos, 
de 6.50 m. por 6 m. ; salón para actos de 13 m. por 6 m.; todas es- 
tas habitaciones con frente á la calle. A continuación una galería 
de 19 por 45 m. y un cuarto para sombreros 3^ abrigos de 4.5 por 
2.3 m. ; cinco aulas de 10 por 6 m., dos á un lado y tres á otro lado, 
todas con puertas al gran patio central. Tres habitaciones de 6 por 
3.25 m., una para cuarto de criados, otra para almacén 3' otra para 
inodoros 3^ urinarios. Un gran patio central descubierto, de 28 por 



234 JUAN M. DIHIGO 

6 m. 3' tres corredores cubiertos de 2 m. de ancho rodeando tres la- 
dos del patio. 

Las aulas tienen capacidad suficiente para cincuenta alumnos y 
el maestro, y como la superficie de cada uno es de 60 metros cua- 
drados, corresponde á cada alumno una superficie de 1.2 metros 
cuadrados, y por ser la altura ó puntal 5.50 metros, el cubo de aire 
de la sala es de 330 metros, correspondiendo á cada alumno 6.60 
metros cúbicos. Los pupitres se dispondrán en seis filas paralelas 
á los lados mayores del aula. 

La distribución adoptada permite construir el edificio en el cen- 
tro de una manzana cualquiera de casas, esto es, limitada por me- 
dianeras cerradas, ó en el ángulo de dos calles, ó completamente 
aislado, sin que en el caso más desfavorable, que es el primeramen- 
te citado, deje de tener luz abundante y gran espacio al aire para 
el i'ecreo de los niños. 

Las aulas reciben siempre abundante luz y aire por un solo lado, 
por lo que, situado el maestro en un extremo y mii-ando los niños 
hacia él, recibirán siempre la luz por el lado izquierdo. 

La galería 3' corredores cubiertos permiten la fácil y cómoda 
circulación, especialmente en los días lluviosos. 

El mui-o de fachada, los dos interiores de cai'ga paralelos al pri- 
mero, los del frente de las aulas al patio y los medianeros, serán de 
citarón de ladrillo, de 30 centímetros de espesor. Las divisiones 
serán todas de citara de ladrillos de 15 centímetros de espesor. 

La cimentación de los muros será de mampostería ó de sillería 
basta sin labrar, ó de hormigón ó de ladrillo, según el material que 
sea más barato en la localidad, pero siempre se empleará el cemento 
para la mezcla con que se fabrique. En el caso excepcional de 
terrenos rany malos para cimentación se empleará la cimentación 
de cemento armado. Los huecos de las puertas y ventanas serán de 
formas rectangulares, de cuatro metros de altura, y los dinteles se 
construirán con roscas de ladrillo con tirantes de hierro en su parte 
inferior, ó de vigas de dol)le T, ó de carriles de hierro, ó de cnncufo 
armado. 

El muro de fachada y todos los demás serán completamente li- 
sos y repellados con mezcla de arena, cal y cemento con enlucido de 
mezcla, terminando el primero por su parte superior con una senci- 
lla cornisa y un pretil coronado en su parte central por un escudo 
cubano. 

Las azoteas serán exclusivamente de Cemento Volcánico de C, iS. 



INFORME SOBRE FABRICACIÓN DE CASAS-ESCUELAS 235 

de Haeiisler, pues son las que á más de dar una impermeabilidad 
perfecta son muy ligeras, y con ellas hemos podido conseguir un 
mínimo de dimensiones de vigas, muros y cimientos y por tanto una 
notable economía en el costo y aprovechamiento de espacio. 

Los techos estarán sostenidos por vigas de pino de 3 por 8 pul- 
gadas inglesas, en salas y aulas; de 3 por 6 pulgadas en galería y 
cuarto de sombreros, y de 2 por 4 pulgadas en los corredores cu- 
biertos, y espaciados á 40 centímetros de eje á eje. Sobre las vigas, 
forro de tabla de una pulgada de espesor y después la cubierta im- 
permeable Haeusler, con 5 capas de un espesor total de 5 á 6 milí- 
metros, encima un relleno de grava y cemento de 4 centímetros de 
espesor y solería corriente de arcilla cocida, sentada con mezcla 
ordinaria. Llevarán pretiles de ladiúllo de 30 centímetros de es- 
pesor y 80 centímetros de altura, sobre el muro de fachada, los me- 
dianeros y los tres muros de frente al patio. 

Los corredores del patio estarán sostenidos por apoyos de made- 
ra labrada, espaciados próximamente á tres metros, de sección octo- 
gonal de 10 centímetros de diámetro, sobre base de piedra dura. 

El piso de todo el edificio será de cemento, excepto el salón para 
actos y la sala para recibo, que llevarán pisos de losetas de mo- 
saicos de cemento. 

Las puertas serán de tableros; sobre todas las de las aulas irá 
una luceta corrida de vidrio de 50 centímetros de altura, giratoria 
alrededor de un eje horizontal. Todos los huecos de fachada, menos 
uno, llevarán persianas con lucetas de vidrio. La madera empleada 
en las puertas y persianas será indistintamente madera de Cuba 
ó pino blanco de los Estados Unidos ó pino de tea para los marcos. 
Todas las puertas, persianas y rejas se pintarán con tres manos 
al óleo, y las paredes con dos manos de lechada interiormente y al 
temple en las fachadas. 

Toda la instalación sanitaria será según las disposiciones vigen- 
tes, ventilando perfectamente los pozos y conductos y poniendo en 
todos los tragantes y vertederos sifas inodoras. 

Para impedir que la humedad suba por los muros, se situará 
próximo al nivel del piso una placa continua de plomo, de un milí- 
metro de espesor, que ocupe todo el ancho del muro é irá entre dos 
juntas de mezcla de una parte de cemento y dos de arena. 

Como garantía de estabilidad del edificio damos los comproban- 
tes siguientes: 



236 JUAN M. DIHIGO 

Carga total permaueute accideutal, de las azoteas: 250 kilogra- 
mos por metro cuadrado de cubierta. 

Peso de fábrica de ladrillo, ó de mampostería ó de sillería: 1,800 
kilogramos el metro cúbico. 

Peso del piuo de tea de los Estados Unidos: 700 kilogramos el 
meti'O cúbico. 

Carga máxima 6 coeficiente, á que resultan sometidas las vigas 
de los techos: 80 kilogramos por centímetro cuadrado (corresponde 
de 7" á ^ de la carga de rotura). 

Carga máxima de los muros en su pie, al nivel del suelo, 2.75 
kilogramos por centímetro cuadrado en la primera linea de carga 
paralela al muro de fachada; 2.60 kilogramos por centímetro cua- 
drado en la fachada y 1.40 kilogramos por centímetro cuadrado en 
las medianeras, no excediendo de -^^ de la carga de rotura. 

Las cimentaciones serán de 45 centímetros de espesor, supo- 
niéndole 80 centímetros de profundidad, en el muro de fachada, 
primera interior y medianeras y de 40 centímetros en los frentes al 
patio, resultando con una carga máxima el terreno de un kilogramo 
por centímetro cuadrado. 

PRESUPUESTO 

75 metros cúbicos de excavación para cimientos á$l.. $ 75-00 
75 metros cúbicos de mampostería hidráulica para 

cimientos á S8-00., üOO-OO 

1 800 metros cuadrados de citarón de ladrillo, incluso 

pretiles, repellos y enlucidos á $3. 50 4 , 550-00 

23 metros lineales de cornisa de poco vuelo al fren- 
te á $6-00 138-00 

240 metros cuadrad<ís de tabiíjues de citara, con re- 
pellos y enlucidos á $2-50 (500-00 

120 metros cuadrados y pisos de mosaicos (losetas de 

cemento) á $2-75 .3,30-00 

770 metros cuadrados de pisos de cemento á $1-80... 1,3(38-00 

750 metros cuadrados de techos de azotea á $4-00... 3,000-00 

210 metros cuadrados de puertas de tableros á $5-50.. 1 ,155-00 

70 metros cuadrados de persiana á $6-50 455-00 

Suma al frente $ 12,271-00 



INFORME SOBRE FABRICACIÓN DE CASAS-ESCUELAS 237 

Suma del frente S 12,271-00 

31 metros cuadrados de reja de hierro (espejo) con 

cabillas y cenefas, á $5-00 155-00 

20 apoyos de madera ochavados, sobre base de pie- 
dra á $6-50 ] 80-00 

144 metros lineales de canales y tubos, bajantes de 

hierro galvanizado á $0.50 72-00 

Pintura al óleo y temple en todo el edificio 350-00 

Fosa para escusado y para el desagüe 1 10-00 

5 inodoros y 5 urinarios, con sus cercas de madera 

y puertas, incluso desagüe y ventilación 320-00 

Suma $ 13,408-00 

Importa la ejecución material de las obras trece mil ciuitrocien- 
tos ocho pesos en moneda de los Pistados Unidos. 



LA MAXSIOX ESCOLAR EX CUBA ^ 

NECESIDAD Y MEDIOS DE MEJOKAK SU CONDICIÓN ACTUAL 

POR EL DR. AJS'DRÉS CASTELI.Á 

Profesor Auxiliar de la Escuela de Ingenieros 

Todo edificio destinado á la enseñanza elemental ó superior debe 
satisfacer á diversas condiciones de pedagogía, higiene y localidad, 
pero estos requisitos son aun más esenciales cuando se trata de la 
casa-escuela destinada á la instrucción popular, que es la base del 
progreso de las naciones. 

Y el problema resulta de mayor importancia cuando se trata de 
la enseñanza elemental, no sólo por el gran número de alumnos (jue 
han de concurrir á sus aulas comparado con los de la superior, sino 
también porque la tierna edad de aquéllos los expone más fácilmen- 
te á contraer enfermedades de fatales consecuencias, que provienen 
de edificios incómodos ó malsanos. 

Por otra parte, no es lógico presumir que el maestro llene á sa- 
tisfacción su sagrado ministerio cuando sólo pueda disponer para la 
enseñanza de locales estrechos, con falta de aire ó de luz y exceso 
de humedad ó miasmas deletéreos que producen frecuentes faltas de 
asistencia en sus alumnos, ya por enfei'medades allí contraídas, ó 
ya por la repulsión instintiva que ocasionan semejantes locales, que 
desgraciadamente son muy frecuentes. 

Es, por tanto, una seria preocupación de todos los pueblos civi- 
lizados el remediar este mal, erigiendo esos templos del saber en 
todas las localidades; ya modestos pero cómodos é higiénicos edifi- 
cios en los pequeños núcleos de población, ya espléndidos i)alacios 
en las grandes capitales. 

En Cuba no se hizo nada en este sentido durante la época colo- 
nial; en cambio, después ha habido muy loables iniciativas que dcs- 
gi-aciadamente no han dado el resultado apetecible, debido tal vez á 
falta de sistema y decisión en los encargados de velar por tan im- 
portante asunto. 

1 (Jouíereiicia iJioiiuiifiada en lu L'nivcrsirtud el diu 17 de .Marzü df 190t>. 



La 3ÍAÑSÍ0N ESCOLAÉ ÉK CÜÉA S39 

Como todos sabemos, en la época colonial no existía en Cuba la 
casa-escuela construida ad Jioe, sino que se tomaba en alquiler la 
peor de cada localidad; no porque en ello tuviese nadie gusto espe- 
cial, sino porque se pagaba poco y mal, sin perjuicio de otras com- 
ponendas que la hicieran empeorar. 

En la época actual ha mejorado mucho la mansión escolar, 
porque se destina á la enseñanza primaria una parte considerable 
de nuestro presupuesto, lo que permite tomar en arrendamiento ca- 
sas buenas, tal vez muy buenas como viviendas de familia, pero que 
sin embargo resultan malas, muy malas como casas-escuelas. 

A excepción de contados edificios públicos arreglados para es- 
cuelas y de alguno muy raro levantado con ese objeto, estamos hoj' 
tan atrasados como a^yer, y lo que es peor, parece que tratamos de 
retrogradar, porque si antes se hizo algo y se pretendió hacer más 
tratando de que nuestras Cámaras legislativas votaran un crédito 
apropiado para la construcción de casas-escuelas, ahora parecen 
dormidas nuestras energías en ese sentido, como también sucede 
desgraciadamente con otros importantísimos problemas de nuestra 
naciente vida nacional. 

Claro está que no es posible levantar en un día ni en un año el 
gran número de planteles que requieren las necesidades de la ense- 
ñanza en nuestra República; pero á ello puede llegarse en un perío- 
do relativamente corto, no sólo contando con los grandes recursos 
del Estado, sino también con la iniciativa particular favorecida por 
aquél en el solo sentido de que resulte garantizado un interés módico 
á los capitales que se dediquen á mejorar ó construir casas-escuelas. 

Quiere esto decir que el Estado, empleando parte del sobrante 
de sus presupuestos, y hasta sin gastar un centavo de éste, puede 
lograr en poco tiempo locales apropiados para la enseñanza y dignos 
de los esfuerzos del profesorado, que, justo es confesarlo, resulta 
cada día más laborioso y competente. 

Para ello bastaría que se hiciese un estudio de las casas-escuelas 
existentes, para poderlos dividir en dos grandes grupos, á saber: 

1? Edificios que necesitan y son susceptibles de mejoras para 
que reúnan todas las condiciones necesarias á la enseñanza; y 

2? Edificios que deban ser construidos de nueva planta por ca- 
recerse en la localidad de otro que se encuentre en el caso anterior. 

Los edificios del primer grupo serían fácilmente transformables 
en buenas escuelas, puesto que partimos del supuesto que para ello 
tienen aptitudes especiales, tratándose sólo de obras de adaptación 



240 ANDRÉS CASTKLLA 

que desde luego realizaría u todos los propietarios de esas easas. ¡-i 
el Estado se obligara á ocuparlas por un número de años que res- 
pondiera á la cuantía del capital invertido en las mismas. 

Y de paso diremos que boy se sigue un criterio diametralmenle 
opuesto al indicado y que lógicamente debe dar y da resultados 
también opuestos á los intereses de la Enseñanza y del Estado, co- 
mo trataremos de explicar en dos palabras para no alargar demasia- 
do este trabajo. 

Todos los contratos de arrendamiento que se celebran actual- 
mente sólo tienen un año de duración, y como si esto no fuera bas- 
tante, contienen además la cláusula de que el Estado se reserva el 
derecbo de dejar la casa el día que le plazca con sólo notificar al 
propietario un mes antes; lo que significa una condición de inferio- 
ridad de éste que necesariamente ha de pagar aquél. 

En efecto, esas ventajas aparentes que se reserva el Estado han 
de traducirse en un casa mala y cara, porque uo es lógico presumir 
que nadie vaya contra sus propios intereses, y en su consecuencia, 
el dueño de casa que acepta tales condiciones y además haga alguna 
obra de adaptación que luego ha de perder con tan inestable inqui- 
lino; es natural que proceda así, bien halagado por un gran aumento 
en el alquiler, bien porque las malas condicicmes del edificio lo ha- 
gan de difícil ocupación para otro objeto, ó bien por a]nbas causas 
á la vez. En resumen, que el sistema actualmente empleado parece 
el mejor para tener malas y costosas casas-escuelas. 

En cuanto á los edificios del segundo grupo de nuestra clasifica- 
ción, ó sean los que han de construirse de nueva planta, pudieran 
edificarse ya por el Estado, destinando á ello una buena parte del 
presupuesto ó de sus sobrantes, que de este modo tendrían más 
útil aplicación que generalmente se les da, ó ya celebrando contra- 
tos con capitalistas particulares, que indudablemente acudirían á 
levantar nuevas casas para escuelas con la condición de que se les 
ofreciera comprarle más adelante esos edificios por un precio razo- 
nable, abonándoles entre tanto un módico interés cuj^a ascendencia, 
sería menor que el alquiler que hoy se paga por unos locales á todas 
luces inconvenientes. 

De lo expuesto se deduce, que al Estado corivsponde dejar su 
actual papel pasivo; y si no quiere proceder por sí á la inme- 
diata niejoiu y construcción de las casas-escuelas como una nece- 
sidad que se impcme para aprovechar debidamente el gran sacrilicño 
que en instrucción pública está haciendo la Nación, por lo me- 










- / ^ ■ 



/ 2. ■»-»<!. 



LA MANSiOK ESCOLAR EN CUBA S41 

nos debemos pedirle que permita realizar esa gran obra á la ini- 
ciativa particular, ofreciendo garantías á los capitales nacionales y 
extranjeros, hoy ávidos de colocación á bajo interés. 

Con lo manifestado he tratado de demostrar que si no tenemos 
ya las casas-escuelas que reclaman las necesidades de la enseñanza, 
ni se hace nada práctico para llegar á ese fin, se debe más á nuestra 
incuria tropical ó á los entorpecimientos de nuestra política inte- 
terior, que á las dificultades de un problema de fácil y segura so- 
lución. 

A 

Indicada á grandes rasgos la parte económica de nuestro tema, 
que es esencialísima, pasamos á ocuparnos de la parte técnica, ó 
sean las condiciones principales que debe reunir un edificio que se 
destina á escuela, para lo cual procuraremos desterrar las fórmulas 
y tecnología especial de Ingeniería ó Arquitectura, que pudieran 
hacer cansado este trabajo para las personas poco versadas en estas 
ciencias. 

Expondremos, pues, en forma vulgar y sencilla, cuáles son las 
condiciones que para tales establecimientos escolares se aconsejan 
en las naciones más adelantadas de Europa y América que hemos 
tenido ocasión de visitar, y aun más, para abreviar este estudio, nos 
limitaremos á indicar sólo un resumen de tales condiciones adapta- 
ble á Cuba, tomando como base las que se exigen en Francia y en 
los Estados Unidos, por entender que sirven de tipo á las distintas 
tendencias en ambos continentes. 

Divídense en Francia las escuelas en obligatorias, convencional- 
mente obligatorias y comunales ó facultativas, cuya clasificación se re- 
fiere al deber en que se encuentran los municipios franceses de 
erigir casas-escuelas para niños de ambos sexos, según su importan- 
cia y número de habitantes, contando para ello con subvenciones 
del Estado graduadas por una ley especial. 

Esa obligación comprende no sólo la construcción de un edificio 
apropiado, donde debe existir un local decoroso para vivienda de 
los maestros, sino también el entretenimiento y limpieza de dichos 
edificios, su alumbrado y calefacción, y además la adquisición y 
renovación del mobiliario escolar y del material de enseñanza. 

La construcción de las casas-escuelas, así como la adaptación de 
las ya construidas á las necesidades de la enseñanza, está sometida 
á una serie de condiciones que varían seg"ún la importancia de la 



342 ANDRÉS CASTÉLLÁ 

escuela 3' muy especialmente los recursos con que se pueda contar, 
aunque tendiendo siempre á un tipo ideal, que se modifica por ra- 
zones de economía en la mayor parte de las escuelas que hemos 
podido visitar. 

En los Estados Unidos esas condiciones esenciales de la mansión 
ideal con\áenen con las francesas en el fondo, puesto que ambas se 
basan en idénticos principios de pedagogía é higiene; pero resultan 
nuls liberales en cuanto á la capacidad de los locales y demás requi- 
sitos que favorezcan la escuela, sin reparar en gastos, pues la prác- 
tica generalmente seguida es la de proj'ectar estas obras con la 
mayor perfección posible y luego buscar la cantidad de dinero que 
sea necesaria para erigirla tal como ha sido proyectada, esto es, que 
el presupuesto dependa de la obra y no la oln-a del presupuesto, 
cual parece indicarse en Francia. 

Además difiere la casa-escuela europea de la americana, en que 
aquélla provee el local necesario para la vivienda del maestro y de 
sus ayudantes, mientras que la americana prescinde de ella, obli- 
gando al maestro á vivir fuera de la escuela y abonándole por esta 
razón major sueldo. 

Muchas son las razones que se aducen en pro 3' en contra de 
cada uno de los dos sistemas antes indicados; pero nosotros, sin 
entrar en su discusión, nos inclinamos á que se incluya entre los 
edificios que integran una escuela, la vivienda del maestro, por en- 
tender que es favorable á la enseñanza, toda vez que facilita el 
trabajo de aquél, obligándole á llevar una vida más ejemplar y de- 
dicada al cuidado de la escuela y de sus alumnos, sin que poi- otra 
parte este sistema resulte más costoso para el Estado, puesto que 
pagaría un sueldo menor en relación con el valor de la vivienda 
que le proporciona. 

Además, si admitimos la conveniencia de que los sacerdotes de 
nuestra religión, por ejemplo, vivan dentro del templo, no hay ra- 
zón contraria para que así no suceda cuando se trate de nuestros 
maestros, que están igualmente obligados á ejercer el sacerdocio de 
la enseñanza, predicando también con el ejemplo. 

En todo lo demás nos parece preferible el sistema usado en los 
Estados Unidos, donde, de paso sea diclio, sucede con los planteles 
de enseñanza algo análogo á lo que ocurre con los ferrocarriles, esto 
es, que anualmente se construyen allí más casas-escuelas que en las 
demás naciones del mundo reunidas. 

Y aunque el grado de perfección que ha alcanzado la instrucción 



LÁ MANSIÓN ESCOLAR EN CUÉA 243 

publica eu los Estados Unidos durante el último medio siglo, es 
mayor que en ninguna otra nación, no obstante pudiéramos asegu- 
rar que sus edificios escolares dejan todavía bastante que desear, lo 
que podría servirnos de triste consuelo. 

En efecto, se dice por personas peritas de aquella gran Repúbli- 
ca, que sólo el dos por ciento de las casas-escuelas antiguas reúnen 
las condiciones debidas, y que únicamente el diez por ciento de las 
nuevas llenan todos los requisitos exigibles, cuya aseveración he- 
mos podido comprobar en parte al visitar allí varios establecimien- 
tos escolares. 

Como confirmación de lo expuesto podemos citar también un 
informe dado en 1891 por la Junta de Sanidad del Estado de Maine 
sobre 84 escuelas que había examinado, conteniendo de 1 á 24 aulas 
cada escuela, y en total 5G8 aulas, cuj-o resultado fué el siguiente: 

Luz conveniente en 67 aulas. 

Luz deficiente en 217 » 

Ventilación conveniente en 17 » 

Ventilación insuficiente en 268 » 

Total 568 aulas. 

Ahora bien, si esto pasa en un país tan rico y adelantado como 
aquél, ya podemos suponer lo que encontraríamos aquí si se hiciera 
un estudio parecido sobre nuestras escuelas ! 

Mas volviendo al estudio técnico de las condiciones que debe 
reunir en Cuba iina casa-escuela, tomando como base las más esen- 
ciales que se exigen en esos adelantados países; nos ocuparemos de 
las que pudiéramos llamar condiciones exteriores ó pedagógicas de 
un edificio escolar, prescindiendo desde luego de las condiciones 
propiamente técnicas ó que se refieren á los preceptos del arte de 
construir qne hay que tener en cuenta para que esas construcciones 
respondan cumplidamente á aquellos fines, porque esto último haría 
demasiado extenso nuestro trabajo. 

Cuando se intenta realizar una obra de la índole de la que nos 
ocupa, lo primero que hay que hacer es la « Preparación del Pro- 
yecto), estudio que han de llevar á cabo las Juntas de Educación y 
que comprenderá los siguientes particulares: 

(a) Cuál es la población escolar del lugar de que se trata. 

(6) Si esta población escolar tiende á aumentar ó á disminuir, 

* en qué proporción y por qué causas. 



á44 AXDRE.^ CA.^TELLÁ 

(c) Si lia}^ otras escuelas públicas ó privadas y qué parte de 
la población escolar puede servirse de ellas. 

((/) Emplazamiento que crean más conveniente con indicación 
de los demás terrenos de que pueda disponerse para la 
edificación de la escuela. 

Se pasa luego el expediente á un arquitecto, quien formula el 
ante-proj'ccto de la obra, el cual, después de sometido á la apro- 
bación superior, debe volver á su autor para que redacte el proyec- 
to definitivo, que ha de constar: 

1? Del plano de la ciudad, indicando el lugar que ha de ocupar 
la escuela en relación con el cementerio y demás estable- 
cimientos insalubres é incómodos. 

2? Plano del conjunto de todas las construcciones de que se ha 
de componer la escuela á escala de i^-^o- 

39 Plano de cada piso á escala de jl-^j. 

4? Fachadas y secciones longitudinales y transversales á esca- 
la de Jo- 

5? Plano del mobiliario escolar. 

G? Memoria descriptiva de las obras. 

79 Presupuesto detallado. 

Este proyecto ha de ser desarrollado licuando ciertas indicacio- 
nes generales sobre emplazamiento, orientación, distribución y con- 
diciones de cada una de las dependencias que comprende, y son: 

Einplazamiento: El terreno destinado á una escuela debe estar 
situado en punto céntrico y elevado, ha de ser seco, sano y con li- 
gero declive para las aguas pluviales, en buenas condiciones de 
aereación, de fácil acceso y alejado de establecimientos ruidosos, 
insalubres, inmorales ó peligrosos, distando al menos cien metros 
de los cementerios. 

La extensión superiicial de dicho terreno se calculará á razón de 
8 á 10 metros cuadrados por alumno, no pudiendo tener menos de 
400 metros, que es el espacio necesario para 50 alumnos correspon- 
dientes á un aula de clases. 

Orientación: Será la más favorable en relación con los vientos 
reinantes, la coníiguración del suelo y la distancia á (jue se encuen- 
tran las construcciones vecinas, así couio las diuiensiones del em- 
plazamiento, las aberturas libres á la luz y demás condiciones 
especiales de cada caso que Jifecten la higiene }' comodidad del 
edificio. 




« 



3ó. 



-^ 



LA 3ÍAXSI0N ESfOLAR EN CUBA 245 

T)istribuc¡ón general: Kefiriéndonos sólo al tipo medio de casa-es- 
cuela que luego presentamos, las dependencias indispensables son: 

A. Vestíbulo de entrada, formaudo en él, 6 por separado, la 

sala de espera y el vestuario ó guardarropía, etc. 

B. Una ó más aulas de clases y de dibujo. 

C. Uno ó más patios cubiertos que puedan cerrarse con vidrie- 

ras, donde se instalará el gimnasio y taller de trabajos 
manuales, á fin de que sirva á la vez para ejercicios y 
recreo en días fríos ó lluviosos. 

D. Un patio de recreo de piso enarenado con jardín y huerta 

anexos. 

E. Water-closets y urinarios en lugar y número conveniente. 

F. Alojamiento para el Director, sus Ayudantes y el Conserje. 

Condiciones de cada dependencia: Las más esenciales á cada una 
de las que se acaban de indicar, son: 

A. VESTÍBULO DE ENTRADA, & 

Será proporcionado al número de alumnos calculados á cada es- 
cuela y estará situado en lugar conveniente no sólo al ingreso ge- 
neral del edificio, sino también en fácil comunicación con las demás 
dependencias del mismo. 

Su forma podrá variar según lo exijan las condiciones de cada 
caso particular, pudiendo llegar á utilizarse como tal vestíbulo el 
patio cubierto que luego se menciona, y que por tanto habrá que 
colocarlo al frente del edificio, comunicando directamente con las 
aulas de clases, etc. 

En escuelas de poca importancia se sitúa en este vestíbulo la 
sala de espera y los departamentos destinados á guardar los som- 
breros, abrigos, paraguas, etc., de los alumnos, con la conveniente 
separación y de modo que puedan ser vigilados por los profesores. 

Los pasillos que comunican el vestíbulo de entrada con las aulas 
y escaleras, deben ser amplios y bien alumbrados, de cuya luz han 
de participar mu}' especialmente dichas escaleras. 

Estas serán cómodas é incombustibles, construidas fuera de los 
muros de recinto y colocadas á ambos lados del edificio; convinien- 
do que además de su caja independiente tengan una ancha plata- 
forma en cada piso. Su anchura será al menos de 1™20 y de 
manera que correspondan O™ 15 porcada 100 alumnos, }• además 
se aumentará la anchura O™ 30 por cada piso más que hayan de 



246 ANDRÉS CASTELLA 

servir dichas escaleras, que también se proNectarán de modo que 
estén en comunicación directa con todas las dependencias del piso 
á que sirve de acceso. 

li. AULAS DE CLASES 

Han de tener entrada independiente cada una, y si están situa- 
das en planta baja se exigirá que el pavimento tenga al menos 45 
centímetros de altura sobre el nivel del suelo exterior, dotándo- 
las de escalinatas cómodas para el ingreso, si ya no las tuviera el 
vestíbulo ó los pasillos de entrada. 

Si existen dos ó más aulas de clases, no deben éstas ser contiguas, 
sino separadas por los patios cubiertos ó á lo menos por galerías ó 
pasillos que tengan más de 1 °^ 50 de amplitud. 

La forma será rectangular, con techos planos y ángulos redon- 
deados, y su superficie se calculará de manera que á cada niño 
corresponda un área de uno á dos metros cuadrados, siendo la rela- 
ción entre las dimensiones horizontales de |. esto es, que si su 
anchura es de 6 metros, por ejemplo, su longitud será de 9 metros. 

El techo, plano y liso, tendrá de altura de 5 á 6 metros, de modo 
que el volumen de aire que corresponde á cada alumno sea al me- 
nos de 6 metros cúbicos. 

El piso, de cemento ó madera dura bien unida, ó de cualquier 
otro material que constituya un pavimento seco, liso é impermeable. 

I^as paredes serán lisas é impermeables, sin cornisas ni resaltos, 
con los ángulos de unión, entre sí y con el techo, redondeados, con 
un radio de O™ 10, de manera que la limpieza de todas sus partes 
pueda hacerse fácil y eficazmente. Podrán llevar zócalos de made- 
ra, de azulejos ó pintados al óleo. 

Las puertas en número suficiente, de corredera ó de hojas que 
al)ran hacia fuera, de un metro de anchura ó más y situadas de 
modo ([ue puedan ser vigiladas por los profesores, debiendo estar 
cerradas durante las clases las cjue den al exterior de calles, cami- 
nos, etc. 

Las ventanas estarán situadas en los muros longitudinales, se- 
rán i-ectangulares y su número y dimensiones proporcionado, de 
manera que la luz llegue en cantidad conveniente y de modo uni- 
forme á todas las partes de la sala. 

P;n-a ello se procurará que la distancia del umbral al techo sea 
lo menor posible (O"' 20) y su altura sobre el nivel del suelo de 
1™ 20 alo sumo, de modo que quede el mayor espacio libréala 
entrada de la luz. 



LA MANSIÓN ESCOLAR EN CUBA 247 

Conviene mucho que estas ventanas estén situadas en un solo 
lado de la sala y unidas entre sí para evitar la proyección de som- 
bra que darían los macisos intermedios. Igualmente se dividirán 
en dos partes en el sentido de su altura por medio de vidrieras que 
permitan establecer á voluntad la ventilación y luz necesaria, abrien- 
do ó cerrando la parte superior y la inferior de cada ventana, aisla- 
da ó conjuntamente. 

Como la luz deben recibirla los alumnos por la espalda y por la 
izquierda, y mejor aun sería que la recibieran únicamente por su 
lado izquierdo, no deben pues las aulas de clases tener ningún alum- 
brado zenital y mucho menos otras ventanas que no sean las indi- 
cadas. 

Esto en cuanto á la dirección de la luz, pues en lo referente á la 
cantidad de la misma, es un asunto que ha sido muy discutido 3'^ 
resuelto de diversos modos; pero la opinión más seguida es que la 
superficie de vidrieras ó ventanas expuestas á la luz directa del exterior, 
sea próximamente igual á (-^) un sexto del área de la sala. 

Pero no basta esto, es preciso, como se ha indicado ya, que esa 
área de ventanas esté dispuesta convenientemente, pues de lo con- 
trario la luz no sería uniforme, habiendo regiones de sombra mo- 
lestas para el profesor ó para los alumnos, como pasa generalmente 
en nuestras actuales escuelas, debido á los grandes macizos de pared 
existentes entre las ventanas, ó por la interposición de otros depar- 
tamentos del edificio en el costado que debe proveer de luz el aula. 

Por lo cual se aconseja que dichas ventanas estén entre sí lo 
más unidas posible, que se usen cortinas enrolladas en lugar de las 
persianas, que quitan luz y sirven de depósito de polvo, y además 
se procure hacer los umbrales y jambas en superficies inclinadas 
que favorecen el alumbrado del interior. 

En cuanto á la ventilación de las aulas, debe ser lo más perfecta 
posible, de manera que el aire se renueve constantemente en tal 
proporción que la cantidad de ácido carbónico que contenga no ex- 
ceda en ningún caso de uno por mil, pues lo contrario constituiría 
una seria amenaza contra la salud de los niños. 

C. PATIOS CUBIERTOS 

ó salas de recreo, son necesarias á la higiene escolar, como sitio 
donde puedan hacer ejercicios físicos los alumnos en días fríos ó 
lluviosos, alternando así con los ejercicios intelectuales á que sirven 
aquéllos de indispensable contrapeso. 



248 ANDRÉS CASTELLA 

Estai'íui situados en la planta baja ó en los pisos superiores y su 
área se procurará que sea de metro y medio cuadrado por alumno, 
teniendo de altura ó puntal al menos cinco metros, lo que significan 
7^- metros cúbicos de aire por alumno, volumen justificado por los 
ejercicios corporales á que se destinan estos locales. 

Sus costados llevarán cierres de vidrieras divididas en paños que 
puedan abrirse según convenga á la ventilación de la sala, donde 
podi-án instalarse el gimnasio y el taller de trabajos manuales, de- 
biendo estar provistos de lavabos, fuentes para beber y asientos 
para los niños. 

D. PATIOS DE RECREO , 

De gran conveniencia en toda escuela, deben tener un área de 
8 á 5 metros por alumno, afectando una forma y situación tal que 
sea fácil su vigilancia. 

El suelo sano, seco y enarenado con pasos cementados, tendrá 
una pendiente moderada (O™ 03) para que discurran fácilmente las 
aguas pluviales. Es en estos patios donde deben situarse todos los 
servicios sanitarios y tragantes inodoros hechos con las debidas 
garantias. 

Conviene que los patios de recreo tengan algún arbolado y ane- 
xos á los mismos un pequeño jardín y una huerta para la enseñanza 
agrícola, y además fuentes y asientos fijos á la sombra. 

E. WATER-CLOSETS Y URINARIOS 

Constará cada escuela del número de éstos que sean necesa- 
rios, instalados conforme á los preceptos sanitarios modernos, en 
lugar apropiado y de manera que pueda llegarse á ellos á cubierto 
de las lluvias. 

De acuerdo con lo antes manifestado, se situarán estos servicios 
en los patios de recreo, donde sea efectiva la vigilancia del profe- 
sor, en compartimentos separados por completo y que se comuni- 
quen con el resto del edificio por medio de pa.sillos cubiertos. 

El número de inodoros será de uno por cada 25 alumnos, y el 
de urinarif)S de uno por cada 15, teniendo ambas paredes lisas é 
impermeables, pisos con declive, puertas que no lleguen al quicio, 
aparatos modernos de cierre hidráulico con sus ventilaciones co- 
rrespondientes, y además una manguera con abundante agua para 
su más fácil y continua limpieza. 



LA MANSIÓN ESCOLAR EN CUBA 249 

F. HABITACIÓN DE MAESTROS, &. 

Estará completamente separada de la escuela, sin couiuLiicación 
alguna con ésta y constará: 

19 Alojamiento para el Director, compuesto de comedor, dos 
ó tres piezas, cocina, inodoro, baño, etc. , con una su- 
perficie total de cien metros cuando más. 
2V Una habitación para cada Ayudante. 

3? Alojamiento para el Conserje, constando de dos piezas, co- 
cina, inodoro, etc., cuyas dependencias pueden estar en 
otro piso del mismo edificio que se destina al Director y 
sus Ayudantes. 
Las condiciones generales que deben reunir estos locales son las 
que se exigen á toda casa dedicada á vivienda en buenas condicio- 
nes de comodidad é higiene, y que no pasamos á detallar por no ser 
objeto del tema que nos ocupa. 



Indicadas las condiciones generales que debe satisfacer una ca- 
sa-escuela moderna, vamos á demostrar de modo gráfico que todos 
esos requisitos puede reunirlos fácilmente un edificio de costo mo- 
derado, si se cuenta con el terreno necesario, como sucede en casi 
todas las localidades de Cuba, y aun en la misma capital, destinan- 
do á tan gran obra los muchos y bien situados que posee el Estado 
ó el Municipio. 

Para comprobar nuestro aserto, acompañamos el Croquis No. 1, 
hecho á escala de 3^^ sólo en lo que se refiere á sus dimensiones 
principales ó distribución del terreno y de los edificios indispensa- 
bles para una escuela de cuatro aulas de á 50 alumnos cada una, ó 
sea un total de 200 niños. 

Aparece en primer término, al frente, un jardín de 100 metros 
cuadrados, cerrado por una verja, sirviendo á la vez para alejar las 
aulas del ruido y polvo de la calle y además para estudios agríco- 
las y embellecimiento del lugar. 

Viene luego el edificio principal, que consta de un gran vestí- 
bulo de entrada, sirviendo también de sala de espera y además 
para separar las aulas entre sí y dar acceso á las demás dependen- 
cias de la escuela. El piso de este vestíbulo como el de las aulas y 
pasillos está elevado O™ 45 sobre el nivel del suelo exterior, subién- 
dose á él por cómodas escalinatas que se indican en el croquis. 



250 ANDBES CASTELLA 

Las aulas de clases son cuatro, con entrada independiente y se- 
paradas también por un pasillo de 3 metros de ancho, donde se en- 
cuentran situados, con la conveniente separación, los estantes para 
sombreros, abrigos, etc., de los niños. 

Las dimensiones de estas aulas son de 9 X 6 metros, ó sean 54 
metros cuadrados, y 6™ 00 de puntal, correspondiendo á cada alum- 
no más de un metro cuadrado de superficie y más 6 metros cú- 
bicos de aire. 

La luz penetra en cantidad conveniente por cuatro ventanas si- 
tuadas á la izquierda de los alumnos, estando provistas de vidi-ieras 
que permiten graduar á voluntad la ventilación ó renovación del 
aire de cada aula. 

Al lado de éstas hay una sala de recibo y recitación, que se co- 
munica con aquélla, teniendo además entrada independiente, y á 
continuación del vestíbulo un pasillo cubierto que va hasta los 
water-closets y urinarios, comunicando además con el patio cu- 
bierto, taller de trabajos manuales y gimnasio. 

El patio cubierto comprende en total un área de 306 metros 
cuadrados y tendi-á 5 metros de puntal, de manera que corresponde 
una superficie de más de metro y medio y un volumen de más de 
siete y medio metros por alumno. 

El patio de recreo tiene 751 metros cuadrados, ó sea cerca de 
cuatro metros por alumno, y al fondo del mismo, aislada de las 
demás dependencias de la escuela, está la vivienda del maestro, sus 
aj'udantes y el conserje, que es un edificio modesto y cómodo de 
dos pisos, ocupando sólo un área total de cien metros cuadrados. 

El total de terreno ocupado por esta escuela mide 35 metros de 
frente por 54 de fondo, comprendiendo, una superficie de 1,890 me- 
tros cuadrados, ó sean más de nueve meti'os por alumno, lo que 
también se ajusta á las condiciones antes expuestas. 

Comparemos el modelo de casa-escuela que acabamos de indicar 
con las que hoy existen; y para que la comparación resulte más fa- 
vorable á las actuales, elijamos una casa de las mejores de esta 
capital, fabricada para vivienda de familia acomodada, que ha sido 
adaptada para escuela también de cuatro aulas y que mide un área 
de 384 metros cuadrados, correspondiendo por tanto á menos de 
dos metros por alumno, lo que por sí solo comprueba sus malas 
condiciones como escuela. 

El Croquis No. 2, á escala también de ^^^ como el anterior, in- 
dica sus dimensiones y distribución, permitiendo á simple vista y 



LA MANSIÓN ESCOLAR EN CUBA 251 

de modo gráfico, apreciar la gran diferencia entre lo que es y lo que 
debe ser la casa-escuela cubana. 

La casa representada es de esquina llamada de fraile, y sus fa- 
chadas dan directamente sobre la vía pública, con los inconvenien- 
tes de ruido y polvo que tanto estorban á las clases. 

El vestíbulo de entrada está constituido por un zaguán de mal 
piso que fué cochera y la saleta, cuyo piso adolece en parte del 
mismo defecto que el zaguán. 

A la derecha del zaguán está la sala, que hoy constituye un aula 
de 40 metros cuadrados, insuficiente para 50 alumnos, que han de 
recibir una luz desigual, como lo prueban las proyecciones de som- 
bra indicadas por el rayado de líneas rojas paralelas. 

La segunda aula, formada quitando el tabique divisorio de los 
dos primeros cuartos, es demasiado alargada, tiene una capacidad 
insuficiente y peores condiciones de luz que la anterior, sin contar 
que es contigua con la primera y tercera aulas, de tal manera que 
los profesores que explican sus lecciones en cada una de ellas se 
oyen y estorban mutuamente. 

La tercera aula, formada quitando parte del muro de carga 
intermedio entre la tercera y cuarta habitación de la casa, es tam- 
bién demasiado alargada, defectuosa en capacidad y luz y demás 
inconvenientes que se indican en el aula anterior. 

La cuarta aula sólo tiene 36 metros cuadrados, y á todas las 
desventajas antes expresadas reúne la de que necesariamente ha 
de servir de paso á los alumnos de la primera y segunda aulas que 
han de ir á los water-closets y urinarios. 

Carece esta escuela de patio cubierto, y el de recreo se reduce á 
un área de 90 metros, sólo bastante para 30 alumnos, y si á esto se 
agrega que las instalaciones sanitarias son defectuosas y que las 
paredes y pisos abundan en humedad, será forzoso convenir en que 
el conjunto constituye una escuela detestable, tanto por sus condi- 
ciones higiénicas como pedagógicas. 

Además de la comparación gráfica antes hecha, acompañamos á 
continuación un Et^tado comparativo entre ambos tipos de casa-escue- 
la, en el cual se consigna, en columnas separadas, la capacidad de 
cada dependencia en total y por alumno, á fin de que resulte pa- 
tentizada una vez más la necesidad de mejorar la condición actual 
de nuestros edificios escolares, no debiendo olvidar que si la compa- 
ración que hemos hecho resulta tan desfavorable á pesar de haber 
elegido una de las mejores casas-escuela,s existentes ¿qué resultaría 



252 



ANDRÉS CASTELLA 



si la estableciéramos con las peores, que son las que constituyen la 
casi totalidad de la mansión escolar en Cuba? 



ESTADO COMPARATIVO entre la casa-escuela ideal que exigen las necesiáaden de 
la enseñanza moderna y una de las mejores que actualmente existen en Cuba: 



DEPEMIE.NCIAS DE CADA E8CIELA 



Vestíbulo y pasillos 

Au'as de clases 

Salas de recitación, etc 

Patios cubiertos 

Patios de recreo 

Gimnasio 

Jardín 

Huerta 

Water-closets y urinarios 

Vivienda de maestros y conserje 
Superficie total 



CASA 


IDEAL 


CASA ACTUAL 


Superficie total 

metros 

enadrados 


litros, cuadrds. 

por 

alumno 


Superficie tota! 

metros 

cuadrados 


Mtros. cnadrds. 

por 

alumno 


125 


0.63 


60 


0.30 


216 


1.08 


166 


0.83 


44 


0.22 


00 


00 


866 


1.83 


00 


00 


751 


3.75 


90 


0.45 


76 


0.38 


30 


0.15 


ino 


0.50 


00 


00 


80 


0.40 


00 


00 


32 


0.16 


15 


0.08 


100 


0.50 


23 


0.11 


1,890 


9.45 


384 


1.92 



?;-*N», 



H^ - ^ |Kil 




DR. JOSÉ 3IANUEL MESTRE 

Catedrático qite fué de Lógica, Psicología y cidral 
de la Facultad de Filosofía 

t MAYO 29 DE 1886 



JOSÉ MANUEL MESTRE 

POR EL DR. PABLO DESVERNINE 
Profesor de Derecho Civil 

Ra2;ón sobrada tiene la Revista de la Facultad de Letras y 
Ciencias de nuestra Universidad, para querer conmemorar, con la 
expresión de un recuerdo, en sus páginas consignado, siquiera sea 
por la débil pluma del que esto escribe, el vigésimo aniversario de 
la muerte de un cubano ilustre, vernáculo de casta y de i'aza, como 
dirían los ingleses, y que no sólo brilló siempre, serenamente, por 
su participación activa en las agitadas ludias materiales y morales 
de nuestra historia política, sino que encarnó el sentimiento de su 
patria, de manera tan firme y constante, con tanta verdad y aun 
con tanto decoro y elegancia, que boy la evocación de su persona- 
lidad y la contemplación de su robusta figura moral, nos alientan 
á todos para lo porvenir, j^a que con el recuerdo de las grandes cua- 
lidades de esos cubanos, de la patria beneméritos, es como se forta- 
lece en nosotros la conciencia de que, por ser sus compatriotas, 
aquellas sus altas dotes puedan acaso ser todavía dotes de todo 
nuestro pueblo. 

Rendir hoy tributo á su memoria, pronunciando su nombre con 
amor y con respeto, y trazando el boceto de su personalidad, el cua- 
dro de alientos y de enseñanzas, de ejemplos y de civismos, que 
forman el conjunto de su vida, tiene en todo tiempo, pero más en 
estas horas, no muy serenas, de nuestra pública conciencia, un gran 
valor práctico y no poca importancia de actualidad, dado que siem- 
pre ha de ser fecundo, para el orden de nuestro mejoramiento, 
comprobar, con ejemplos, como el que ofrece nuestro ilustre com- 
patriota, que no somos orgánica é irreductiblemente imperfectos, 
antes bien susceptibles de mejorar y aun de redimirnos en definiti- 
va, puesto que modelo de lo que debe ser un gran ciudadano, lo 
han sido en nuestro país, cubanos, bien cubanos, intransigentemen- 
te cubanos, como el doctor José Manuel Mestre. 

Con indudable exactitud ha dicho un docto publicista moderno, 
que es desproporcionado el lugar que, á las biografías de sus hom- 
bres públicos, consagran los ingleses en sus labores literarias, sien- 



354 PkBLO DESVERNÍNE 

do causa de ello, ó bien cierto antropomorfismo político que cree 
reinante en Inglaterra, ó la preponderancia que allí tiene el perso- 
naje sobre la idea. A nuestro juicio, sin embargo, la causa de esta 
afición biográfica de los ingleses, debe buscarse en su tendencia á 
los métodos absolutamente concretos y experimentales, j-, por tan- 
to, á su convencimiento de que, en la vida general de sus hombres 
eminentes, es donde se encuentran grandezas de obras y de carác- 
ter que no se colegirían del más atento estudio de las producciones 
de su ingenio. Por esto, sin duda, decía Emerson, que los que 
oían á Chatliain, pensaban siem])re que había en su personalidad 
algo superior á sus más elocuentes oraciones, como también que no 
acertó Carlyle á justificar, con el cuadro que traza de las obras y ac- 
tos de Mirabeau, el juicio que de su genio formó, como no acertaría 
nadie á descubrir el fundamento de la grandeza de los Gracos, de 
Cleomenes ó de Washington, con la más acabada exposición de sus 
hazañas. 

Y es que, en los hombres, hay siempre mucho más de lo que re- 
presentan las obras meditadas de su inteligencia, no siendo, por tan- 
to, posible comprenderlos y juzgarlos por el solo estudio de estas 
producciones de su espíritu. Importa, á veces, mucho más, sor- 
prender y estudiar otros aspectos de sus grandes actividades, no ya, 
únicamente para sumar este conocimiento al de las otras manifes- 
taciones del individuo y completar así la figura plena del conjunto, 
sino para con más seguridad fijar el íntimo sentido de las obras de 
la inteligencia y de la cultura que, con frecuencia, es en el estudio 
del carácter del individuo, esto es, en las constantes prácticas de su 
vida, en sus tenaces energías y en la fe ardiente que pone en sus 
ideas, en donde con más perspicuidad se trasluce. Quiere decir 
que, si el examen de las obras, descubre, siempre, rasgos salientes 
del carácter y de la personalidad moral de un hombre, el estudio de 
su individuo, tal cual se produjo en el curso de la vida, no sólo ex- 
plica la fisonomía intelectual de sus obras, sino que integra el aca- 
bado cuadro de las excelencias y perfecciones de su personalidad. 

Y es esto, precisamente, lo que, á nuestro juicio, ha de aquila- 
tar el alto valor práctico, que, para nuestro país, es razón que ten^ 
ga un poco de culto á esa afición biográfica de los ingleses, ó, cuan- 
do menos, el cultivo de la memoria de nuestros grandes cubanos, 
de esos tantos y tantos, como, más en otros tiempos que en la actua- 
lidad, por sus talentos y su civismo, alcanzaron á desarrollar, entre 
sus coetáneos, aquella poderosa simpatía que despiertan ciertas 



JOSÉ MANUEL ^lESTRE íí55 

personalidades y que no tiene otro secreto explicativo que el del 
misterioso don que poseen de trasladarnos á su espíritu y hacernos 
creer en esas supremas verdades de amor y de justicia en que ellos 
creen y que ellos aman con tenaz intransigencia ! 

José Manuel Mestre, en efecto, por vauy sólidos y brillantes que 
hayan sido los productos de su poderosa labor de inteligencia y de 
cultura, no i-esulta debidamente estudiado y comprendido, en toda 
la extensa medida de sus grandes merecimientos, con el recuento 
de las obras materiales de su pluma y de su palabra, por más que 
en ellas esté esparcido é impreso, á modo de tono genei-al de un 
cuadro, el patriótico espíritu y la práctica finalidad, que á todas 
sus actividades presidieron siempre. Y consistió esa nota, que fué 
la predominante de toda su fisonomía intelectual y moral, en su 
acendrado patriotismo, pues cualquiera que, en el orden sucesivo de 
los tiempos, haya sido la vehemencia de sus formas, dictadas y 
acondicionadas por avisos de prudencia y de necesidad, mantuvo 
siempre intacto, como fondo permanente é inviolable y superior á 
todas las eventualidades de la vida, su programa fundamental de 
deber cívico que consistió en el amor y en el respeto de su patria. 
Bien que en el proceso de sus diversas etapas políticas, etapas di- 
versas en la forma y en el grado, pero nunca en la calidad y, mu- 
cho menos, en la esencia, el doctor José Manuel Mestre pi-estó el 
apoyo de su vigorosa inteligencia y de su robusta personalidad mo- 
ral, á distintas soluciones del programa político de Cuba, siempre 
se caracterizó por su constante labor de dar á todas sus actividades 
una finalidad patriótica y la mayor posible concreción cubana. 
Desde el punto de vista, puro y exclusivo, de la libertad y del de- 
recho de su patria, partía, siempre, en efecto, parala determinación 
de todas sus manifestaciones políticas, sin que, en ocasión alguna, 
y no obstante el acicate perturbador de los personales intereses, le 
ocurriera anteponer nada á su patria, ni con ningún otro criterio 
que el exclusivamente cubano, profesar opinión política alguna. De 
esta suerte se mantuvo siempre idéntico al fondo fundamental de 
su conciencia y pudo ser, sucesivamente, reformista y liberal y auto- 
nomista, antes de la revolución de 1868, y revolucionario durante 
los diez afíos que duró esta guerra gloriosa, teniendo siempre estas 
sucesivas evoluciones políticas, por común denominador, el integé- 
rrimo espíritu cubano que inflexiblemente alentó en José Manuel 
Mestre. Y lo que más contribuyó á mantener siempre esta inte- 
gridad de la conciencia patriótica de Mestre, fué su propia natura- 



256 PABLO DESVEEXINE 

leza moral que no le hubiera permitido, aun bajo la coerción de las 
más excepcionales circunstancias, orientarse en ninguno de esos 
sentidos acomodaticios que, á veces, no sólo han postergado, sino 
que hasta han olvidado los verdaderos intereses de la patria. Todas 
las opiniones, en efecto, pueden sinceramente profesarse y, en este 
concepto, hacerse respetables, cuando las informe el móvil del pa- 
triotismo, y, sobre todo, cuando á impulsos de las inspiraciones de 
ese móvil, no desdicen descastadamente del solar amado en que 
vimos la luz por primera vez, porque el amor á la patria, como el 
afecto filial, tiene artículos de fe que no sólo son irreductibles para 
las conciencias honradas, sino que constituyen imperativos precep- 
tos de la vida social y de lo que pudiéramos llamar la tonicidad 
moral humana; imperativos de los que no es dado prescindir sin 
quebrantar las leyes fundamentales del deber y sin los cuales no 
puede asegurarse que sea íntegra la naturaleza moral de un hombre. 

De ahí, la obra uniforme de Mestre, la homogeneidad patriótica 
de su personalidad, con la diferencia de que, en él, tomó siempre, el 
amor á su país, acentuados caracteres de concreción y de aplicación. 

Como abogado, en efecto, culminó, por su talento y su cultura, 
en las mayores alturas de nuestro foro, pero aun el ejercicio de su 
profesión contrajo una bien marcada fisonomía de patriotismo, si se 
atiende á la calidad de su clientela y á la índole de sus procesos en 
que no se descubre nunca rasgo alguno del que pudiera colegirse 
que gravitaba sobre centros ó núcleos que no fuesen exclusivamen- 
te patrios. 

En la enseñanza, tiene la marca de casa que adquirió como pro- 
fesor del colegio de José de la Luz Caballero en donde se incubó el 
sentimiento del honor y del deber patriótico, en términos de haber 
formado escuela aquello que más que colegio, pareció un apostolado 
y donde se formaron discípulos que, para determinar luego la direc- 
ción de sus deberes políticos, no necesitaron más que aplicar las má- 
ximas por aquellos maestros enseñadas. De ese profesorado formó 
parte Mestre y no, ciertamente, á título de mero pedagogo que pro- 
fesionalmente ejerce ese ministerio, sino con el criterio de quien, 
creyendo, como creía él, en la virtualidad de la educación para fa- 
bricar ciudadanos, á ese foco de educación acudió, por ser el que 
más transcendental le pareció en el alto orden moral de una disci- 
plina docente que procura algo más que los raeros conocimientos 
dtiles para el ejercicio de las actividades lucrativas. 

En la Universidad, así en la Facultad de Filosofía, como ou la de 



JOSÉ MANUEL MESTBE 257 

Derecho, ocupó también dos cátedras de estudios filosóficos que no 
dejarían de brindar á un cubano, amplia oportunidad de imprimir 
en la conciencia de la juventud el amor de la justicia y del derecho. 
Y fué, aun en esto de los estudios filosóficos, tan amante de las cosas 
de su patria y tan adicto á levantar acta de cuanto pudiera enalte- 
cerla, que de todas sus producciones, en ese orden de estudios, tiene 
máxima importancia, su libro titulado De la Filosofía en la Ha- 
bana, uno de los muy escasos testimonios que, de ese aspecto de la 
cultura cubana, poseemos hoj^ y en el que podemos, al presente, es- 
tudiar la fisonomía y las tendencias del espíritu cubano aun desde 
aquella época. La obra es tal, que siempre figurará como fragmen- 
to de importantísima información para la documentación de la his- 
toria de las ideas, que es, al fin, la historia de los acontecimientos 
de nuestra patria. Y sólo un cubano, de gran espíritu patriótico, 
le hubiera consagrado sus desvelos, por lo mismo que es obra mo- 
desta que, sólo en lo porvenir, como depósito de un orden del pasa- 
do, habría de crecer y abrillantarse. 

Y la misma fisonomía de trabajador militante, habría de pre- 
sentar la carrera de Mestre, como escritor público. El campo para 
sus energías y sus fines, más firme, fecundo y adecuado, debía ser 
el de la prensa pública, la que abrazó con tenaz confianza, colabo- 
rando en todos los periódicos, genuinamente cubanos de su tiempo. 
Dirigió, en efecto, con cubanos tan ilustres como Nicolás Azcárate 
y José Ignacio Rodríguez, la Revista de Jurisprudencia, donde po- 
día ensayar sus fuerzas la juventud forense del país, y donde 
sus directores cultivaron la ciencia del Derecho, más que in abs- 
tracto, en consonancia con las tendencias y las necesidades de la 
época. 

Colaboró también en El Faro Industrial, Cuba Literaria, Revista 
de la Habana, El Mundo Nuevo, en New York con nuestro gran Pi- 
ñeyro, La Revista de Cuba, del malogrado José A. Cortina, y tam- 
bién en El Siglo, monumental publicación que, por su importancia 
y por su inñuencia en el orden político de nuestra historia, está 
protocolizada en el gran libro de la historia patria, como la matriz 
en que se incubó nuestra personalidad política y en que, por vez 
primera, se condensó, en forma neta y definitiva, el verdadero sen- 
timiento cubano que si, como compás de espera, ó por vías de tran- 
sacción con necesidades incontrastables de los tiempos, toleraba la 
unión con España, jamás formuló ninguna profesión de fe política, 
en que palpitara ningún sentimiento de preferente adhesión á Es- 



258 PABLO DES VEE NIKE' 

paña á costa de las aspiraciones iiTeductibles de la gran masa del 
pueblo de Cuba. 

Y véase cuan homogéneo es el cuadro que presenta la figura de 
Mestre en todas las variadas formas de su desenvolvimiento. El 
espíiñtu de consecuencia entre sus actos y sus ideas, es inalterable 
y no lo turba ni la sombra más leve de la más pálida y atenuada 
apostasía. Sus ideas y los actos que, á impulsos de las mismas, 
ejecutara, podrán ser, cada una de ellas, la fracción de un todo, 
pero de un todo, no formado por obra de agregaciones sucesivas de 
cada una de esas fracciones, sino de un todo sintético que, en 
esencia, estaba retratado y contenido en cada uno de esos frag- 
mentos. 

La Eevolución del 10 de Octubre de 1868, significó, para él, el 
reactivo que no ya precipitó, sino que reveló, toda la extensión de 
la personalidad moral de José Manuel Mestre. Aunque el movi- 
miento, sin duda, se anticipó á sus previsiones j no estaba en sus 
cálculos de fuerza ó de prudencia, él no vaciló en abrazarla incon- 
dicionalmente y, al efecto, haciendo dejación de una lucrativa clien- 
tela, que habría podido conservar con sólo permanecer aquí neutral, 
marchó voluntariamente á la emigración, no sin antes conferenciar 
con notables compatriotas que, ó por él arrastrados, ó por espontá- 
neo impulso, le siguieron por ese camino patriótico del destierro, y 
allí, en New York, fueron á integrar aquel grupo selecto é imponen- 
te de cubanos como Aldama, Rodríguez, Cisneros, Echeverría, 
Bramosio, Morales Lemus, Piñej-ro, Martín Rivero, Mantilla y 
tantos otros, j Mestre entre ellos, que dieron vivo testimonio de que 
el talento, la cultura y la posición, estaban de lleno con el noble pro- 
grama de esa nuestra primera Revolución, trágica y gloriosamente 
iniciada por aquel grupo inmortal de patriotas, entre los que mere- 
ce un saludo de respeto patriótico, el actual Jefe de la República, 
por el puesto que ocupó desde esa primera hora de nuestra lucha 
por la libertad, en la que, sólo debido á inspiraciones supremas, de 
no sabemos qué confianza en la fuerza de una idea, aventuróse aquel 
puñado de hombres á retar la entonces enorme fuerza de la metró- 
poli española. 

Mestre fué, desde luego, nombrado por el Gobierno militante de 
la Revolución, su representante diplomático en AVashington, puesto 
que mantuvo largo tiempo, hasta poco antes de agotarse, más bien 
que de ser vencida, aquella revolución. 

Poco después de firmada la llamada paz di-l Zanjón, regresó á 



JOSÉ MANUEL MESTRÉ 259 

ésta, su ciudad natal, donde reasumió el ejercicio de su profesión y 
vivió apartado de las luchas activas de la política, aunque se incli- 
nara siempre del lado del partido autonomista que encarnaba, á la 
sazón, el sentimiento de una gran parte del pueblo cubano. 

Una enfermedad fulminante lo arrebató á la vida á la edad, re- 
lativamente temprana, de 54 años, en todo el vigor de su espíritu 
y cuando aún le estaba destinado hacer acaso mucho por su patria 
en el porvenir. 

Y por que ha muerto ¿habrá de decirse, con el latino Lucrecio, 
que al eterno reino de la muerte pertenece ya cuanto hizo en la 
vida? ¿No nos habrá quedado siquiera, vivo y palpitante, el re- 
cuerdo de su personalidad, recuerdo á que debemos rendir culto, pa- 
ra que no caiga en el hueco frío del olvido aquel ejemplo de cívicas 
virtudes que, con sólo rememorar, parece como que se propende á 
su imitación? 

Para nuestro país, y ho}' quizás más que nunca, un hombre de 
las condiciones de José Manuel Mestre, debe mantenerse en la me- 
moria, como embalsamado en imperecedera juventud, por lo que 
el cuadro de su figura representa para nuestra cívica educación. 
Aun cuando se admitiese, en hipótesis más ó menos probable, que 
cubanos de esa alta calidad son ya hoy de número muy contado y 
que, por tanto, el tipo que representaban, es ya sólo un recuerdo de 
algo que irreparablemente se ha perdido, aun así debemos renovar 
su memoria para suscitar la tentación, y, con la tentación, la tenta- 
tiva de reconstruir tipos análogos, de lo que pudiéramos llamar cu- 
banos orgánicos y constitucionales de lo que debe ser un genuino 
ejemplar del verdadero ciudadano. Hoy, sobre todo, en que pare- 
ce que á todos se ha abierto una gran cuenta corriente, un amplio 
crédito de inconsecuencias y de cambios de opiniones en que, alter- 
nativamente, han figurado y figuran los saldos en las columnas del 
activo y del pasivo del patriotismo; hoj^ más que nunca, nos impor- 
ta poner de relieve, ejemplos, como el del Doctor Mestre, que lleva, 
como sello distintivo, el de un espíritu de consecuencia política que 
mantuvo, con el mismo cuidado, con que los hombres honrados 
mantienen el de su hombría de bien. Para él, había en el fondo de 
las relaciones con la patria, algo de fundamental é inflexible que, 
moralmente, no podía dejarse á la libertad de la opinión de cada 
cual, algo que uniforma, aun en medio de las actitudes más diver- 
sas, el sentido invariable de la patria y de los deberes para con ella, 
y que, como aconteció con el Doctor Mestre, nos pone en condicio- 



260 • FABLO DESVEBNINE 

nes de adaptarnos á las distintas etapas de su desenvolvimiento, 
no ya sirvierdo humilde, como un lacayo, el acontecimiento, se- 
gún se vaj'a presentando, sino pudiendo reconocerlo y abrazarlo por 
el tono preexistente de nuestra conciencia, como pudo Mestre com- 
prender y abrazar la revolución de 1868, no porque ésta, como fuer- 
za material de un hecho, hiciei'a erupción en el camino de su vida, 
sino porque era resultado y expresión de los principios, que siempre 
alentaron en él, de respeto 3' de amor para el derecho y la justicia 
de la patria ! 




DR. MANUEL GONZÁLEZ DEL VALLE 

Decano y ('atedi^ltico que fué de la Facultad de Filosofía 

t ENERO 17 DE 1S84 



MANUEL GONZÁLEZ DEL VALLE 

POR EL DOCTOR RAMÓN MEZA Y SUÁREZ INCLÁN 
Profesor de Ja Escuela de Pedagogía 

Desde que Cuba despertó á la vida de la cultura, tomando pues- 
to digno en el movimiento de progreso universal, abriéndose brecha, 
con esfuerzo propio, por en medio de trabas puestas oficialmente á 
su intelecto y al través de preocupaciones hereditarias, allá por el 
último tercio del siglo xviii, no es posible negarle la gloria de 
haber tenido un representante que de este lado del Atlántico man- 
tuviera los principios filosóficos más avanzados en Europa y que 
más ventajosamente han influido en el adelanto de las ciencias y de 
los métodos más eficaces para su propagación y enseñanza. 

En sintética y brillante página ^ ha dejado trazada magistral- 
mente el Dr. Varona esta evolución de nuestra intelectualidad en 
la más vasta y comprensiva de las ciencias, la filosofía, que señalan- 
do dirección al pensamiento y proporcionándole los medios de enca- 
minarse rectamente á la consecución de la certeza, tiene preferencia 
y dominio sobre todas las demás ciencias investigadoras de la ver- 
dad dentro de su limitado campo particular, que son siempre im- 
pulsadas de manera muy enérgica por las doctrinas y predicaciones 
que parten como un centro ó núcleo vivo, de un manantial fresco, 
fecundo é inagotable, de aquella ciencia nobilísima y primera. 

Cuba pasó de las tinieblas de la escolástica ya caduca, dice el 
pensador citado, á la plena luz de la filosofía moderna. Y señala, 
como la mano vigorosa que la hizo salvar sin tropiezos el abismo, al 
Padre Félix Várela. En este camino ya, y mirando un poco atrás, 
parécenos de justicia poner entre los precursores de esta labor, raras 
veces aislada, casi siempre colectiva en el estudio de la evolución 
del pensamiento de un grupo social determinado ó de un pueblo 
constituido, dos nombres más. Dentro de esa brillante página tiene 
derecho, por lo menos á una cita histórica, el Presbítero José Agus- 
tín Caballero. En su mejor estudio biográfico ^ se recuerda el 

1 Conferencias filosóficas, la serie, Lógica; pág. 18. Edición: 1880. 

2 El Presbítero D. José Agustín Caballero: sií vida y sus obras. A. Zaya.'i, Ed. 1891, pág. 17. 
Habana. 



262 BASTÓN MEZA 

juicio que mereció á D. José de la Luz y Caballero: «fué eutre nos- 
otros el que descargó los primeros goljies al coloso del escolaticis- 
mo, fué el primero que hizo resonar en nuestras aulas las doctrinas 
de los Locke y los Condillac, de los Verulamios y Newtoues ». Un 
poco antes, según Bachiller y Morales ^ Hechavarría calificaba de 
frivolas y vanas las afirmaciones del peripato, por tantos siglos y 
por tan acreditados centros de cultura más que cultivadas, segui- 
das, impuestas. 

Xos referimos á estos precedentes para encontrar, un poco más 
adelante, en su justo y honroso lugar, la representación filosófica 
que, siguiendo esta línea de conducta altamente favorable al pro- 
greso de nuestra modesta pero dignísima labor científica, representa 
en este cuadro reducido, á la par que glorioso, la personalidad del 
Dr. Manuel González del Valle, que al frente de una cátedra uni- 
versitaria, cuya doctrina obligada. Texto Aristotélico, era la pauta á 
que oficialmente estaba ligado, hubo de recoger también en sus días 
de apogeo, los ecos que con brillante, sonora y respetable voz par- 
tían de la Sorbona, en correspondencia con movimientos idénticos 
de la opinión en Inglaterra y en Holanda, donde Víctor Cousin 
tuvo precursores y colegas - que hacían oir su voz, siguiéndola 
ávidamente la juventud francesa, contemporánea de los Valle, á 
quienes tocó en suerte ser los entusiastas mantenedores de esta es- 
cuela, muy en boga, muy debatida en su época. 

La influencia favorable que al progreso de nuestras ideas aportó 
la labor de los González del Valle, particularmente de Manuel, que 
fué el maestro de José Zacarías, su hermano menor, y de José Ma- 
nuel Mestre, discípulo también de éste y sucesor de aquél en la cáte- 
dra universitaria, bien determinada se halla en la citada obra Conje- 
rmcias filosóficas. «La escuela de Cousin, dice, no echó profundas raíces 
en nuestro suelo; pero aquí, como en otras partes, desempeñó un 
papel importante que es de justicia señalar y ha sido ya señalado. 
Y sea éste el galardón de los esfuerzos de sus iniciadores los respe- 
tables González del Valle. Concediendo una exagerada supremacía 
á la historia de los sistemas asi antiguos como modernos, esparcía 
gérmenes fecundos y llevaba al estudio y conocimiento de las obras 
originales. De este modo el nivel de la cultura filosófica había de 
subir forzosamente; y así se explica cómo resonando aún los ecos de 
las últimas lecciones de Várela, viera Cul)a surgii-, ya formado, el 

1 Apunte» para la hidoria de lan letras en Cuba, tomo I, pág. 159, Edic. IS.W. Hnbana, 
'¿ 0, tieit-ter. JJMoire de la Philosophie Modernc, tomo III, Parjs 1851, 



MANUEL GONZÁLEZ DEL VALLE 263 

escritor de más vasta erudición filosófica, el pensador de ideas más 
profundas y originales con que se honra el Nuevo Mundo: José de 
la Luz y Caballero.» 

De esta suerte está señalada por autoridad competentísima, en 
el estudio de nuestra evolución filosófica, en su breve pero encomia- 
ble historia, la tarea que cumplía realizaran, dentro de su época, ó 
mejor período, á los que desde aquí seguían con amor, sin prejui- 
cios, despojados déla influencia estéril, perniciosa, de moldes tradi- 
cionales, tenazmente inquebrantables en el seno de otras sociedades 
que no abrieron franca puerta de entrada, acaso por imposibilidad 
de plástico acomodamiento, al espíritu científico dominante en 
Europa. 

Manuel González del Valle fué el mantenedor, paladín sincero 
y convencido de una doctrina que dominó breve, pero brillante- 
mente, en Francia, que formó escuela y que tuvo también distingui- 
dísimos y notables representantes en otros centros de actividad 
intelectual europeos. 

En la humilde y apartada colonia americana teníase también 
puesta la vista y el oído atento, para seguir en estos pasos en que 
trazaron camino ancho y favorable los estudios filosóficos en su le- 
gítima hegemonía sobre los demás estudios con que íntimamente 
tienen que estar ligados. Víctor Cousin y sus discípulos pudieron 
equivocarse: todo lo excelente y bueno y aceptable de los demás 
sistemas filosóficos no constituyen, aunque con arte y habilidad se 
les exponga, un sistema filosófico. Esta es la objeción más seria é 
irrebatible que pudo hacerse á la doctrina del Profesor de la Escue- 
la Normal francesa y más tarde catedrático de la Sorbona, á 
Víctor Cousin, su apóstol; pero esa doctrina preparó la admirable 
concepción de lo bueno, lo bello, lo verdadero, expuesta por modo 
sugestivo, con las galanuras del estilo, en forma atrayente por lo 
artístico y elegante. ^ Y con los fines de la ciencia supo exponer 
distintas teorías científicas, ampliadas, embellecidas, despojadas de 
su aridez puramente especulativa: amenizó, con los recursos del 
arte expositiv'O, los sistemas filosóficos oscurecidos por las brumas 
y el polvo de los siglos; por lo menos debe concederse á los discípu- 
los de Cousin, que fueron afortunados propagadores de gérmenes 
que volvieron á vivir para la ciencia prestándole reconocida utilidad. 

Manuel González del Valle, Catedrático de Filosofía de la Uni- 

] Vu vmi, du hcau, et du bien. V. Cousin, París, 1865, 



264 RAMÓN MEZA 

versidad de la Habana, pontificia aún, pues no filé secularizada 
hasta la reforma de 1842, tuvo que armonizar los deberes impuestos 
por su cargo oficial, que ya tenía de antemano, en el programa 
científico, texto expresamente señalado, con los impulsos de su con- 
ciencia, erigiéndose en mantenedor de las doctrinas que en aquel 
momento predominaban en la capital de la nación francesa, vehícu- 
lo trasmisor para el mundo latino, laboratorio rico, fructífero, de 
las ideas más aA^anzadas en el desarrollo de la cultura en Europa. 

El Dr. González del Valle obtuvo su cátedra, por oposición, en 
el mes de Septiembre de 1824, á los veintidós años de edad. Na- 
ció en la Habana en 1802. Antes de esa cátedra desempeñó, inte- 
rinamente, en 1823, la de Prima de Leyes. En 1840 sirvió la cátedra 
de Moral aplicada al estudio del Derecho. En 1842 era catedrático 
de Lógica, Metafísica, Moral é Historia de la Filosofía, siendo nom- 
brado Decano de la Facultad de Filosofía, cuj^o deca,nato desempe- 
ñó hasta el año 1856. 

Su labor en la Cátedra no le impidió desempeñar importantes 
cargos y servicios públicos. En la Sociedad Económica perteneció 
á la Comisión de Historia, encargada de publicar en las Memorias 
todos los datos y documentos referentes á Cuba en general y parti- 
culares de cualquiera de sus pueblos y lugares. Esta Comisión 
imprimió la Llave del Nuevo Mundo: la Habana descripta, por José 
Martín Félix de Arrate ^ con muchos otros documentos curiosos 
y de valor para la ciencia. En 1843 y 1852 fué propuesto para una 
magistratura que no llegó á obtener. Vocal de la Junta de Gobier- 
no y Beneficencia Pública en 1851, perteneció á la Comisión redac- 
tora de las Ordenanzas Municipales, ocupando, en 1854, el cargo 
de Alcalde Mayor interino. 

En la Sociedad Económica desempeñó también el cargo de Se- 
cretario de la Sección de Educación, confiriéndosele por sus servi- 
cios el título de Socio de Mérito. 

I^o escribió de propia cosecha muy extensamente Manuel 
González del Valle; perteneció á un período en que privaba la 
sobriedad de la palabra, la concisión del pensamiento: los elencos 
contenían la síntesis brevísima de la enseñanza preferentemente 
oral; y el aforismo era á las veces rápida expresión de las teorías. 
Para uso de sus alumnos de la Universidad, imprimió un Estudio de 
la Moral - que contiene además unas sintéticas noticias sobre his- 

1 Imprenta Viuda Arazosa y Soler, 1830, l.> edición, Habana. 

2 Imprenta Boloña, Habana. 1843. 



3IANUEL GONZÁLEZ DEL VALLE 265 

toria de la filosofía de su época, como antecedentes expone los sis- 
temas del siglo XVIII, Locke, Condillac, Hobbes, Escuela Escocesa, 
Escuela Alemana, Fichte, Schelling y siglo xix, poniendo á la ca- 
beza de los autores que cita de la escuela francesa, Guisot, Jouffroi, 
Lammenais, Michelet, Leroux á Víctor Cousin. 

Con el mismo objeto, para que sirviera de guía ó compendio á 
sus discípulos de la Universidad publicó Basgos históricos de la Filo- 
sofía ^ y recogió en un pequeño folleto sus artículos publicados so- 
bre Psicología según la doctrina de Cousin. ~ 

La tendencia de su actividad fué sobre todo docente: gustábale 
propagar sus ideas, enseñar como primera ocupación. Gabriel de 
la Concepción Valdés, nuestro infortuado poeta Plácido, recibió de 
él instrucción y consejos. José Fornaris fué su discípulo en el Co- 
legio de San Fernando, teniendo por compañeros de estudio, entre 
otros, á Eduardo Lebredo, Eugenio Odoardo, Donato Palma y 
Francisco Yaldés Domínguez, según aparece del Elenco para el exa- 
men de Filosofía, en la tarde del 31 de Agosto de 1S41, cujeas prime- 
ras proposiciones dicen: — A tres clases se reducen los hechos de que 
nos asiste testimonio íntimo: ó son sensibles, ó intelectuales ó acti- 
vos. — La sensación anuncia en la conciencia el poder de la natura- 
leza exterior. — Nuestras sensaciones vienen á ser las propiedades 
de los cuerpos con quienes nos comunicamos por medio de los sen- 
tidos. — Hallamos una gran diferencia entre la impresión y la ver- 
dadera sensación. — Sólo cuando referimos á tal ó cual sentido una 
impresión, hay conciencia clara y distinta de la sensación. ^ 

En 1856 renunció su cátedra el Dr. González del Valle, ocupán- 
dola su discípulo distinguido José Manuel Mestre, Catedrático Su- 
pernumerario de Filosofía por oposición, quien la obtuvo en ascenso 
legal; y en 1863, por reformas del plan de estudios, pasó á ocupar 
la de Filosofía del Derecho, Derecho Internacional y Legislación 
comparada, hasta que, sintiéndose ofendido por un acto de arbitra- 
riedad del Gobierno hacia un compañero, también la renunció á 
principios del año 1866. 

Fué José Manuel Mestre discípulo de González del Valle y Pro- 
fesor también del Colegio « San Salvador », de Luz y Caballero, en 
el Cerro; amaba y veneraba tanto al uno como al otro, y aunque se 
mantuvo neutral en la polémica sobre el Eclecticismo de Cousin, 

1 Imprenta Boloña, 1S40. Habana. 

2 Imprenta Boloña, 1840. Habana. 

3 Habana, IptprentaJ. S. Boloña, 184 J. 



266 RAMÓN 3IEZA 

prestó grande servicio en la cuestión discutida, consultando sobre 
el particular al P. Félix Várela é incitándole á dar su opinión, con 
lo que se obtuvo la brillante y extensa carta de la cual son estas 
sentidas y juiciosas líneas: «conozco á los contendientes, son per- 
sonas de gran mérito, los amo tiernamente y más que á ellos amo 
á mi patria, y por tanto quisiera que el raudal de sus conocimientos 
corriese más lentamente, para que regase y no destruj^ese las her- 
mosísimas flores que en el campo de la juventud cubana han pro- 
ducido y producirán sus desvelos. « ^ 

Esta célebre polémica, á que se refieren no pocos de nuestros 
autores de nota, ^ en que intervinieron varios cousinianos de una 
parte, y partidarios de Locke y Condillac de otra, se inició por un 
artículo « Impugnación al examen de Cousin sobre el Ensayo del 
entendimiento humano por Locke », publicado, con el pseudónimo 
Filolezes, por Luz y Caballero. Fué el toque del bélico clarín. Los 
cousinianos, tras sus portaestandartes los González del Valle, acu- 
dieron á la lid, 3^a de manera franca y abierta empeñada, pues de 
antes, algunas escaramuzas le habían iniciado en los elencos que 
manteniendo el credo respectivo de sus escuelas, habían formulado 
los contendientes, siguiendo así, sin duda alguna, el permanente é 
interminable debate sostenido por la dialéctica secular, en torno del 
eterno, insoluble problema, que miran desde dos distintos aspectos, 
idealistas y positivistas, espiritualistas y sensualistas. El lauro de 
la victoria, justo es reconocerlo, pertenece, por el triunfo de sus 
principios, al insigne Luz y Caballero. Pero esto que es fácil juz- 
garlo á posteriori, porque el factor tiempo ha corrido, no lo era por 
aquellos días en que, con igual ardor se sustentaban, con iguales 
energías estas doctrinas en el mundo intelectual. El Sr. Varona 
en la página ya citada, ha fijado la parte que á cada uno de aque- 
llos combatientes por las ideas les asigna honrosamente el juicio 
de la posteridad. 

Ya lo hemos dicho, el Dr. Manuel González del Valle fué propa- 
gandista. Tradujo de su puño y letra para uso de sus discípulos, 
á fin de que les sirviera de consulta, la obra de F. Kivet: Relaciones 
del Derecho y de la Legitslaclón con la Ecouom'ia Política, edición de 
París, 18G4. 

Imperando en las poesías de su éx)0ca el clasicismo, y viendo la 

1 Jo.s6 I. Rodrigaez. Vida del Presbítero D. Fiüx Vardn. New York, 1878, piig. 337. 

2 Manuel Saiiguily. José de la Luz y Caballero. Estudio critico: Habaiia, 1890, pag. G2. 
A. Bachiller y Morales, Historia de las letras en Cuba, pag. 199. Tomo 1, Ed. Habana, 1859. 



MANUEL GONZÁLEZ DEL VALLE 267 

dificultad que tenían y los errores que cometían los jóvenes cultiva- 
dores de la literatura para hacer sus citas, imprimió un volu- 
men Diccionario de las 3íusas en que, por orden alfabético, presentaba 
los pi'incipales personajes y asuntos de la mitología. ^ Muchos fue- 
ron los trabajos completamente anónimos que de este modo hizo 
circular en nuestro pequeño mundo intelectual, sin otro fin, que el 
de servir á la cultura, enseñar á la colectividad, extendiendo así su 
esfera de acción y su actividad como profesor. En esta parte de su 
labor hay que citar la que en sus últimos años, enfermo ya del mal 
que le privó de la vida, en 16 de Enero de 18S4, á los 82 de su 
edad. Historia de la confesión, del Conde de Lasterye, problema que 
acaso le preocupaba, en este estado psicológico, solemne, en que de 
una parte se encuentran las convicciones arraigadas, el criterio de 
hombre de ciencia contra las fuerzas del organismo que se desgas- 
tan, la energía que va declinando á la par que la debilidad física 
invade, antes que lleguen las sombras de la eternidad. Invitado 
piadosamente á cumplir con los preceptos del credo de su familia, 
eludió toda decisión de su parte sobre este asunto. Conservó la lu- 
cidez de su inteligencia hasta el último instante de su vida; y una 
noche de desvelo, la misma de su muerte, que ocurrió á la madru- 
gada, dijo claramente estas palabras que el respeto y la veneración 
de sus deudos recogió anotándolas con rigurosa exactitud: «Cono- 
cimiento del daño. Arrepentimiento de haberlo hecho. Propósito 
de enmienda. Es el verdadero camino del cielo ¿ para qué otra con- 
fesión ? » 

En su juventud fué cultivador de la poesía, por lo que luego no 
reclamó lauro alguno. Sus graves ocupaciones en la cátedra, en la 
administración, lo severo de sus enseñanzas, le apartaron de estos 
senderos, para los cuales no tenía completa vocación. Andando los 
años, cuando el Sr. Antonio López Prieto, en su afable entusiasmo 
por nuestra cultura 3' glorias, recogió datos y documentos para su 
obra Parnaso Cubano, - encontróse en su rebusca de papeles con 
algunas poesías de González del Valle, que dio á la estampa, entre 
ellas Canción MarHiina, Marzo de 1827, Canción al tabaco, Oda y Sáfi- 
cos Adónicos, con motivo de la muerte del Obispo Espada. En las 
cátedras que para contribuir á la expansión de la cultura abrió el 
Liceo de la Habana en 1858, Manuel González del Valle explicó 
las de Literatura y Psicología. No salió de Cuba, su país natal, 

1 New York, 1827. 

2 Habana. Imp. M. de Villa, 18.S1, pág. 183 



268 RA3WX MEZA 

pero además del latín, lengua oficial de su cátedi-a en elencos, dis- 
cursos, dialécticas y polémicas juevinas y sabatinas de la Universi- 
dad, poseía correctamente el inglés, el italiano y el francés. Su 
energía mental la absorbió por completo el estudio; y su actividad 
el bien. Era austero, inflexible y á la vez filántropo hasta rayar 
en la prodigalidad. Fué un carácter: severo, adusto, obligado al 
cumplimiento de los deberes dictados por su conciencia. Cruzó el 
camino de la vida con seriedad invariable, con rectitud no que- 
brantada. 



LA ENFERMEDAD DE LOS COCOTEROS ^ 

POR EL DR. CARLOS DE LA TORRE 
Profesor de Zoología y Biología. 

Señor Rector; Señoras y Señores: 

Invitado por el Sr. Decano de la Facultad de Letras y Ciencias 
para ocupar un turno en la serie de estas conferencias, tuve verda- 
dero placer en aceptar ese encargo, con tanta más razón, cuanto 
que algunas de las personas que concurren á las mismas hubieron 
de manifestarme igual deseo. 

Con tal motivo, aprovecho la ocasión que se me presenta para 
tratar un asunto que, después de treinta años, sigue siendo de ac- 
tualidad é interés. 

Me refiero á la enfermedad ó plaga que, desde aquella fecha, 
viene destruyendo nuestros cocales. 

Recientemente un hacendado de la provincia oriental, el señor 
Enrique Mesa, ha acudido á la Secretaría de Agricultura en deman- 
da de auxilios y estudios para combatir la enfermedad de los coco- 
teros, que continúa, como hace tiempo, mermando la producción 
eu aquella rica comarca. 

El señor Mesa obtuvo de la Secretaría de Agricultura el nom- 
bramiento de una Comisión de la Estación Agronómica, para que 
fuera á estudiar esa enfermedad, y á proponer algunos medios de 
tratamiento para la misma; y como quiera que yo había tenido la 
suerte (que así creo puedo decir en este caso) de haber tomado 
parte en las discusiones interesantísimas que se sostuvieron durante 
diez años, ó más, en la Academia de Ciencias, he querido recordar 
las ideas que expuse entonces, con objeto de que se vea que no es 
nuevo el problema, que ya se había estudiado en Cuba; y sobre 
todo, para que aquellas observaciones puedan servir de precedente 
á los trabajos que ahora se emprenden; y entonces podrá resultar, 
ó que esos estudios que están practicándose ya por los señores pro- 
fesores de la Estación Agronómica habrán de confirmar lo que en 
aquella ocasión digimos, ó que por el contrario, vendrán á desmen- 

1 Conferencia pronunciada en la Universidad el día 3 de Marzo de 1906. 



2tO CABIOS DE LA TORRE 

tirio, y en ese caso habrán de desecharse mis ideas, como sucedió 
con la teoría que había prevalecido durante seis ú ocho años, cuan- 
do yo hice el estudio de la enfermedad de los cocoteros. De todos 
modos, aunque no tengo la pretensión de haber dicho la última pa- 
labra de la ciencia en este asunto, creo haber dado un paso de avan- 
ce en el mismo, y haber expuesto un medio de combatir la plaga. 
Después explicaré cuáles han sido los motivos por qué nada se ha 
hecho en ese sentido, y por qué desgraciadamente, siguen siendo 
una verdad y pueden repetirse aún las elocuentes frases que en 
ocasión remota pronunció el Doctor Federico Gálvez en la Acade- 
mia de Ciencias: «pierden las hojas su brillo, se tornan amarillas, 
se secan, caen á su vez, y por último, las sigue el bulbo, quedando 
sólo en pie el duro tronco negro, seco, desnudo, como signo de 
desolación y tristeza, convirtiendo la antes fresca, frondosa y pro- 
ductiva campiña, en un gigantesco cementerio neozelandés, y como 
para recordar al hombre su ingratitud, diciéndole en su lenguaje 
expresivo, aunque mudo: me has abandonado, me has dejado indejenso 
á merced de mi enemigo, has contemplado indiferente mi lucha por la vida, 
después que te he dado mis frescos, sabrosos y jugosos frutos )) . 

La plaga de los cocoteros, según las personas que por primera 
vez la estudiaron en Cuba, data de una fecha muy próxima al fa- 
moso huracán de 1870, que tantos estragos causó en la parte occi- 
dental de la Isla, y muy en particular en la ciudad de Matanzas. 
Allí también fué donde se presentó por primera vez, en una hacien- 
da próxima á la ciudad, llamada El Cayo, desde donde se extendió 
á una quinta de los alrededores de Matanzas, la quinta de Oña, 
más tarde á las quintas de la Cumbre, y poco á poco se fué propa- 
gando hasta Cienfuegos. En esto empleó de ocho á diez años. En 
los años sucesivos siguió extendiéndose el mal y al cabo de otros 
diez años, en 1889, llegó á Baracoa, la región de la Isla que vivía 
entonces de los cocoteros, y que desde aquella fecha, aumentó la 
producción del plátano, el cual ha venido sustituyendo la riqueza 
que constituían al principio casi exclusivamente los cocos. 

La enfermedad apareció en una forma epidémica arrasando en 
poco tiempo los cocales en toda la región occidental; y después de 
pasada la primera invasión, los cocoteros que quedaron en pie esta- 
ban enfermos, aunque en una forma crónica, y de ellos fué trasmi- 
tiéndose el mal á los que se plantaban de nuevo, no habiéndose 
logrado desde entonces, plantar grandes cocales, sin que hayan 
sido atacados más ó menos |)i()nto por esta plaga que los aniquila. 



La ENFER3IEDAD DE LOS COCOTEROS 271 

En Septiembre de 1880 se nombró por la Academia de Ciencias la 
primera comisión, compuesta de los Sres. D. Felipe Poey y Docto- 
i-es Eamos, Vilaró, Gundlach y Morales, para que estudiaran la 
mencionada epidemia; y á principios de 1882 se discutió en aquella 
corporación el informe de la misma, que fué combatido por el Doc- 
tor Federico Gálvez y otros señores académicos. 

En el año de 1889, que es la época á que vamos á referirnos es- 
pecialmente, cuando llegó á Baracoa la enfermedad de los coco- 
teros, los dueños de aquellas haciendas nombraron una junta de 
defensa, como se nombran durante las grandes epidemias de la es- 
pecie humana, 3^ enviaron una memoria redactada por el Doctor 
Valdés Domínguez á la Academia de Ciencias, en donde se em- 
prendió de nuevo el estudio de esta enfermedad. 

Las opiniones fueron variando según las personas que se dedica- 
ron á su estudio: si eran zoólogos los que lo estudiaban, creían ver 
en animales el origen del mal; si eran botánicos, creían ver en una 
planta la causa del mismo; y de tal manera se esforzaron los ai-gu- 
mentos y las pruebas, que alguna vez los botánicos, á fuerza de 
qaerer encontrar plantas, describieron como vegetales organismos 
que eran verdaderos animales. 

Cuando se dio cuenta por primera vez á la Academia, de la plaga 
de los cocoteros, se remitieron algunos insectos en los que se creía 
ver la causa de la enfermedad. Llamaban la atención por su ta- 
maño ó por su forma extraña; y por el hecho de encontrárseles en 
la planta enferma, se decía: éste es el culimble de la enfermedad. 
Así fueron remitidos á la consulta de los Sres. Poey, Gundlach y 
Vilaró varios inocentes, sólo porque tenían un aspecto sospechoso. 
Esos eran los famosos <'Aicarachones; y se generalizó tanto esa idea, 
que no se decía ese cocotero edá enfermo, sino á ese cocotero le ha 
caído el cucarachón. Estos insectos á que me refiero, los cucaraehone^ 
(los enseña al público) , son el Strategus anacoreta y el Strategus titamis, 
coleópteros de la familia de los escarabajos. También tenemos 
otros mayores: el Prionus damicornis y un hemíptero muy grande 
llamado Belostoma colossicum, que cuando se estableció aquí la luz 
eléctrica, acudía en abundancia inmensa á los parques y paseos 
públicos, habiendo disminuido su número á medida que se han ido 
desecando las lagunas y pantanos de los alrededores de la Habana. 

Hemos dicho que estos insectos, por su aspecto, fueron conside- 
rados como los productores de esta enfei-medad; pero cuando se 
estudian sus hábitos, sus costumbres, la manera de desarrollarse 



2tá CABIOS DE LA TORRÉ 

estos insectos, se comprende que no es posible que sea ninguno de 
ellos el culpable. Los primeros, los Strategus, viven en los palos 
podridos; de manera que cuando hay un tronco en descomposición, 
allí encuentran ellos elementos de vida para su prole, y allí van á 
depositar sus huevos, para que al nacer sus larvas encuentren ali- 
mento apropiado. Esto sucede también con los cocoteros: el ctica- 
rachón acude á él cuando el tronco está podrido, y al encontrársele 
allí, cree el vulgo que es el causante de la enfermedad; lo cual no 
es posible, porque estos insectos no atacan á los árboles sanos. En 
cuanto al Belodoma, que es de hábitos acuáticos, suele acudir á los 
cocoteros, porque encuentra un asilo agradable en el agua que se 
deposita entre las pencas y el tronco de la planta. 

Descartados estos insectos, el Doctor Vilaró creyó euconti^ar la 
causa del mal en unas larvas que se hallaron en gran número en 
la yema ó el cogollo de los cocoteros destruidos por la plaga; pero 
criadas aquellas larvas por D. Felipe Poey, resultaron ser moscas, 
semejantes á las que se desarrollan en algunos quesos, y teniendo 
estos insectos el hábito de atacar las substancias más ó menos 
putrefactas, el Sr. Poey rechazó la opinión del Dr. Vilaró, por creer 
que la descomposición de los tejidos debía preceder á la invasión 
del insecto. 

El Dr. Ramos, recién llegado entonces del extranjero, deseoso 
de reanudar sus estudios botánicos, se fijó en aquel asunto, que 
estaba sobre el tapete, y empezó á estudiarlo con mucho empeño, 
aunque sugestionado por ciertos trabajos que se habían hecho en 
Europa sobre la enfermedad del trigo y otras gramíneas. 

Observando las hojas y las demás partes verdes de los cocoteros 
enfermos (más tarde se vio que en los cocoteros sanos también 
existían), encontró el Dr. Ramos una serie de puntos claros, al 
principio, y que después se iban obscureciendo, hasta hacerse ne- 
gros. Relacionó aquellos puntos con otros mayores que se veían en 
las caries ó porciones muertas del vegetal, y creyó ver en ellos dife- 
rentes especies de hongos. Describió uno de ellos con el nombre de 
Uredo cocivoro, y dijo que el Uredo estaba asociado á una Puccinea, 
como en la enfermedad de las gramíneas. 

En ese estado se encontraban los estudios realizados sobre la 
enfermedad de los cocoteros. Casi todos los naturalistas estaban 
conformes en que, no siendo los insectos que se habían acusado los 
agentes productores de la enfermedad, había que buscar la causa 
en el n^ino vegetal, y estaban dis|)neatos á aceptar los Hongoí^ para- 



La ÉNFÉÉMÉDAt) DÉ LOS COCOTEROS 2tá 

sitos, como causa productora de la misma; se emitió aquella teoría 
en el informe de la primera comisión de la Academia, y fué gene- 
ralmente aceptada. Hubo, sin embargo, una excepción: el Doctor 
Federico Gálvez, que sin ser naturalista, estudió por sí mismo la 
enfermedad de los cocoteros, observó que existía un insecto parási- 
to, y llegó basta á determinar la familia (si no el género, y la 
especie) ; dijo que era un Cóccido el que producía la enfermedad y 
explicó el proceso de la misma, en una memoria interesantísima, y 
muclio más, tratándose de un hombre que no tenía conocimientos 
especiales de Historia Natural. 

Por entonces no se habló más del particular; el Dr. Gálvez no 
se ocupó más de aquel asunto, y quedó prevaleciendo la opinión del 
Dr. Ramos, sustentada también por el resto de la comisión. 

Cuando se recibió en la Academia la memoria del Doctor Valdés 
Domínguez, pertenecía yo á la Corporación y tuve el honor de ser 
nombrado para formar parte de una nueva comisión con los Docto- 
res Ramos y Vilaró. Celebróse una reunión, en la que mis compa- 
ñeros quisieron desechar la memoria del Dr. Acaldes Domínguez, 
y contestar á los hacendados de Baracoa con las conclusiones de la 
comisión anterior; pero yo me opuse á ello y manifesté mis deseos 
de investigar personalmente aquel asunto y de comprobar los he- 
chos á que se refería la memoria del Dr. Valdés Domínguez, para 
ver lo que hubiera de cierto en ella, y al mismo tiempo para cono- 
cer los Uredos y Puccineas del Dr. Ramos, antes de darle mi asenti- 
miento á sus conclusiones. 

Y existiendo en el patio de la Universidad (situada entonces en 
el antiguo convento de Santo Domingo) dos cocoteros, que al decir 
del Dr. Ramos se encontraban enfermos, derribamos una penca de 
coco, y la encontramos absolutamente invadida por un parásito, 
que se veía era el que producía las manchas amarillas, signo que 
se observa en las plantas enfermas, antes de que llegue la putrefac- 
ción de la yema terminal. 

Apresúreme entonces al estudio del mal, y en pocos días pre- 
senté á la Academia el resultado de mis observaciones. Por otra 
parte, venía haciéndose el estudio en el Laboratorio histo-bacterio- 
lógico que dirige el Dr. Santos Fernáudez, y allí habían podido 
observar que no se podía atribuir la causa de la enfermedad, tan 
absolutamente como pretendía el Dr. Ramos, á la presencia de aquel 
elemento extraño (el pretendido Uredo cocivoro); y en una memo- 
ria que coincidió con la mía, se describía aquella producción, y 



•2Í4 CABIOS DE LA TORRE 

aunque se seguía cousideraudo, dentro de la idea del I)r. Ramos, 
como un hongo, se hacía coustar que se dudaba de que aquellos 
puntos obscuros fueran realmente hongos, porque no tenían todos 
los caracteres que correspondían á dichas plantas, y de que aquella 
fuera la causa de la enfermedad, porque aquel punteado se encon- 
traba normalmente en todas las plantas, atacadas ó no; y porque 
parecía un carácter natural y propio de la planta, más que un agen- 
te extraño y patológico. 

En una de mis comunicaciones ulteriores á la Academia, hube 
de probar que, en efecto, no había tales Uredos, que los puntos obs- 
curos eran pelos escamosos ó escariosos de las hojas del cocotero, y que 
esos pelos escamosos figuraban entre los caracteres de la familia de 
las Palmeras y muy en particular del cocotero: y por lo tanto, había 
que desechar en lo absoluto la idea del Uredo, como causa de la 
enfermedad. 

Existen hongos en abundancia en los cocoteros enfeimos, pero 
no los Uredos, sino otras especies que aparecen en un período avan- 
zado de la enfermedad, ó después de la muerte de los tejidos de la 
planta, y especialmente en el cogollo ó yema terminal. 

l'na vez desechada la teoría del Uredo, nos quedaba la del Cóc- 
cido, indicada por el Dr. Federico Gálvez y renovada entonces por 
el Dr. Valdés Domínguez. 

En estos insectos fijé entonces preferentemente mi atención; y 
no era de extrañar el que así lo hiciera y el que en realidad sean 
los cóccidos la causa de la destrucción de los cocoteros. 

Los profesores de la Estación Agronómica, aquí presentes, que 
siguen con interés los trabajos del Departamento de Agricultura de 
Washington, saben mejor que yo. que la mayor parte de las plagas, 
que atacan las plantaciones hermosísimas de la Florida y Califor- 
nia, se encuentran en ese grupo de los Hemípteros. 

Aquí mismo en Cuba teníamos un precedente en la famosa gua- 
gua que destruyó nuestros naranjales, después del memorable hura- 
cán de 184:4; y la guagua no es otra cosa que un cóccido parásito, de 
otro género distinto, pero de la misma familia que los insectos des- 
tructores de los cocoteros. Los melocotones, los manzanos, los 
perales y especialmente los naranjos, todos los frutales y otras 
muchas plantas, tienen sus parásitos pertenecientes á esa misma 
familia; y una sola especie, el Aspidiotus pemiciosus, que se ha pro- 
pagado extensamente en el occidente de los Estados Unidos (en la 
región de California, especialmente en San José), ha costado mu- 



LA ENFERMEDAD DE LOS COCOTEROS 275 

chos miles de pesos el combatirlo, y son numerosos los medios que 
se han empleado para destruirlo. La Filoxera, que acaba con las 
viñas, pertenece al mismo orden de los Hemipteros. El cuidado que 
se tiene en los Estados Unidos con los árboles frutales, es muy 
grande; el Departamento de Agricultura de Washington publica 
anualmente los medios de combatir las plagas ó enfermedades de las 
plantas y envía comisiones para estudiarlas y evitarlas en donde 
quiera que se presentan. Ya los agricultoies de aquel país conocen 
la necesidad de destruir los parásitos de las plautas, y en Cuba ha 
empezado á hacerse lo mismo. El Sr. Silveira, por ejemplo, al hacer 
sus grandes plantaciones de frutales en la región central de la Isla, 
trajo de los Estados Unidos expertos para combatir esas plagas. 

El Sr. Cook, de la Estación Agronómica, me ha manifestado que 
ha hecho j^a el estudio de los parásitos del naranjo, de la caña y de 
algunas otras plantas, y que pronto habrán de publicarse sus ob- 
servaciones. En la misma Estación están estudiando ahora los 
parásitos de los cocoteros; y yo creo que la comisión enviada espe- 
cialmente para este objeto, habrá de encontrar un procedimiento, un 
medio práctico de combatir el mal; y si no pueden hacerlo los par- 
ticulares, debe hacerlo el Gobierno para evitar que acabe de per- 
derse esa fuente de ri([ueza del país. 

Ahora que conocemos la historia de la enfermedad, yo deseo 
hacer una descripción breve, como puede hacerse en una conferen- 
cia, de estos parásitos de los cocoteros; presentaré alguuas proyec- 
ciones de los mismos, y después haré algunas indicaciones acerca 
de la manera de combatirlos. Los Cóceidos hemos dicho que son 
insectos pertenecientes al orden de los Hemipteros. Entre los He- 
mipteros hay una rama en donde se encuentra la maj'or parte de 
los parásitos de las plautas; son éstos los Fitóphtiros, piojos de las 
plantas como los llama el vulgo; á este grupo pertenecen los Afidos 
ó pulgones, que se encuentran en los rosales y en casi todas las plan- 
tas de jardín, y los Cóceidos ó cochinillas. Entre los Cóceidos hay 
tres grupos principales, tres familias ó tribus, pudiéramos decir, 
usando el término científico: los Cóceidos, los Lecánidos y los Diáspi- 
dos. Los Cóceidos propiamente dichos, tienen la forma de una co- 
chinilla, y persisten en esa misma forma durante toda su vida; los 
Lecánidos sufren una transformación parcial, y los Diáspidos afectan 
formas muy distintas en cada sexo, y sufren transformaciones tan 
profundas que sería imposible reconocer las especies en sus distin- 
tas edades, si no se siguiera paso á paso su evolución ó desarrollo. 



276 Carlos de la torre 

Los Diáspidos al principio de su vida, cuando nacen, tienen la 
misma forma de los Coccus ó cochinillas: el cuerpo es oval, carecen 
de alas y están provistos de seis patas; pero esta forma no dura más 
que algunas horas, durante las cuales se mueven con actividad por 
la superficie de la planta, hasta que se fijan en un punto; entonces 
evolucionan de dos maneras distintas: las hembras introducen su 
pico, que es muy agudo, debajo de la epidermis de la planta, y 
se quedan fijas en aquel punto para toda la vida; con los despojos 
de las primeras mudas y el producto de una secreción especial del 
mismo animal, va formando un escudo ó cubierta protectora, por lo 
que se les ha dado el nombre de scale iiisects (insectos de escama). 
Si se levanta con la punta de una aguja esa escamita que le sirve 
de cubierta protectora, se encuentra debajo el insecto adherido á la 
planta. Las hembras permanecen fijas, como se ha dicho; pero los 
machos, producen una secreción semejante, aunque de forma alar- 
gada, y ao'se fijan, sino se desarrollan como los otros insectos, es 
decir, sufriendo metamorfosis ó cambios: pasan por un estado de 
ninfa, en el cual permanecen durante el desarrollo de las hembras; 
en cuanto aquéllas han llegado á su completo desari-ollo, salen los 
machos convertidos en insectos alados é invaden la planta en todos 
sentidos; pero su vida es efímera, quizás de algunas horas, pues 
mueren tan pronto como llenan su misión, que es la fecundación de 
las hembras; éstas siguen entonces creciendo, y se convierten en un 
saco lleno de huevecillos, de donde salen otras tantas cochinillas. 

He aquí un caso interesantísimo de dimorfismo. ITno de los 
sexos, el macho, tiene la forma propia de un insecto: la cabeza 
provista de dos largas antenas, el tórax con tres pares de patas, 
un par de alas simples, y el segundo par de alas, rudimentario, á 
manera de balancines, como en los Díj^ieros, aunque estos insectos 
son Hemípteros; por último, el abdomen termina en un dardo muj^ 
notable. No tienen pico, ni trompa, ni órganos bucales de ninguna 
clase, ni aparato digestivo, porque siendo su vida tan corta, no 
necesitan alimentarse; en cambio, la hembra, que está llamada á 
darle nutrición á su prole, está provista de un fuerte pico, que se 
introduce bajo la epidermis de la planta, y se convierte más tarde 
en una larga trompa, por donde permanece adherida, y por medio 
de la cual absorbe la savia de que se alimenta. Ya hemos dicho 
antes, que al principio tiene la hembra la forma de una cochinilla 
pequeñísima, con sus antenas y sus seis patas; pero que cuando se 
fija, pierde las patas y las antenas, y se convierte en un saco aplas- 



LA ENFER3IEDAD DE LOS COCOTEROS 277 

tado, de forma discoidea, que en nada recuerda la forma de un 
insecto. Eu ese saco se desarrollan de 60 á 80 huevecillos que 
rompen su envoltura y salen de la cubierta ó escudo que protegía 
el cuerpo de la madre, para extenderse por todas las superficies 
verdes de la planta y seguir la misma evolución que sus padres. 
Cada insecto no alcanza más de un milímetro de diámetro; pero si 
pensamos que cada hembra es capaz de producir á su vez de 60 á 
80 insectos, y así en progresión geométrica, se comprende fácil- 
mente cómo se llegan á formar verdaderas costras, que cubren com- 
pletamente toda la superficie de las hojas atacadas por el parásito. 
Y si al mismo tiempo, observamos los trastornos profundos que 
visiblemente ocasiona la presencia de esos Cóccidos en la planta, 
(porque donde quiera que está adherido un Cóccido, cambia la co- 
loración de la hoja, debido á la alteración de la clorofila), se ex- 
plica también fácilmente, que la presencia de estos parásitos en 
número extraordinario en una planta, sea la causa de su enferme- 
dad y muerte. 

Ustedes saben que las hojas y todas la partes verdes de una 
planta, están destinadas á la respiración y á la función clorofiliana; 
pues, tanto esta función, como la respiración propiamente dicha, 
dejan de ejercerse, ó se verifican en malas condiciones en las plan- 
tas atacadas por estos Cóccidos, y dichas plantas pueden morir 
entonces por una especie de asfixia. 

Cuando el número de los parásitos no es muy considerable, la 
enfermedad toma la forma crónica; y entonces pudiera explicarse 
la muerte, por la alteración de la savia, y el envenenamiento que 
lentamente va sufriendo la planta. Pudieran compararse estas dos 
formas de la enfermedad, con las formas aguda y crónica de la 
tuberculosis humana. 

La especie de Cóccido observada primero por el Dr. Federico 
Gálvez, que fué la misma que encontramos en el cocotero del patio 
de la Universidad, y en otras muchas matas de coco de las cerca- 
nías de la Haibana, es el Diaspis vandalicus, nombre que apliqué á 
la especie cuando pude determinar su verdadera clasificación, pues 
el Dr. Gálvez la había llamado impropiamente Cocoivoro vandálico; 
pero después encontré en los cocoteros otras especies de Cóccidos 
pertenecientes al género A sp id iotus qne atacan las hojas, en tanto que 
el Diaspis se fija de preferencia en la base de las pencas. Conservo 
dibujos y notas de los estudios que entonces realicé, los cuales 
tuvieron que interrumpirse por no haberse conseguido del Gobierno 



27S CARLOS DE LA TOREE 

uu crédito de mil pesos que. ii moción del Dr. Claudio Delgado, 
pidió la Academia, á fin de que la Comisión pudiera trasladarse á 
Baracoa, en donde hacía sus estragos la plaga. 

Desde aquella fecha, siempre que he observado cocoteros enfer- 
mos, los he encontrado invadidos por el Diaspis vandalicus, ó por el 
Aspidiotus cocoivonis, y á veces también por otras especies, que no 
parecen tan perjudiciales como éstas. 

Es cierto que existen muchas plantas que sustentan una ó más 
especies de Cóccidos parásitos, sin que lleguen á perecer por la pre- 
sencia de esos huéspedes molestos, que se limitan á destruir algu- 
nas de las ramas ó yemas de la planta; pero hay que tener presente 
que el cocotero tiene una sola yema terminal, en donde reside toda 
la vitalidad de la planta; de suerte que si esa yema perece, también 
perece la planta. Esto es lo que se observa en la forma lenta ó 
crónica de la enfermedad de los cocoteros; por lo que algunos han 
creído ver la causa del mal en la presencia de baeterias que determi- 
nan la fermentación pútrida de la yema terminal. Pero debemos 
tener presente que en la forma aguda del mal, la muerte suele llegar 
sin que le haj^a precedido la fermentación de la yema; y que en 
realidad, esa fermentación debe considerarse como una consecuen- 
cia, y no como la causa del mal. 

También es frecuente la presencia de otros hongos en las hojas 
de los cocoteros y de otras plantas atacadas por los Cóccidos. Estos 
insectos segregan un líquido azucarado que embadurna las hojas, y 
en su superficie se desarrollan ciertos hongos que forman unas 
manchas negras, las cuales han recibido el nombre de fumago, por 
su semejanza con el negro de humo. 

Como se ve, existen bacterias y otros hongos en los cocoteros 
enfermos; pero en nuestro concepto, su aparición es secundaria. 

El Sr, Backer y otros distinguidos profesores de la Estación 
Agronómica, que están estudiando la enfermedad, aunque no han 
formulado aún sus conclusiones definitivas, parece que se inclinan 
á creer en el origen bacteridiano del mal. 

Cuando conozcamos sus trabajos, podremos emitir nuestro jui- 
cio; pero debemos advertir que pai'a nosotros carecen de valor 
las bacterias que se encuentran en la yema terminal cuando se 
inicia la putrefacción. No es esto rechazar sistemáticamente la 
posibilidad de que pueda ser de origen vegetal la enfermedad de los 
cocoteros; por el contrario, estaremos siempre dispuestos á prestar 
nuestro modesto concurso en la investigación de la verdad, y á 



LA ENFERMEDAD DE LOS COCOTEROS 279 

rectificar nuestras ideas en vista de nuevos hechos ó de conclusio- 
nes mejor fundadas que las nuestias. 

Después de haber explicado la evolución y la morfología de los 
Cóccidos parásitos, sólo nos resta decir algunas palabras acerca de 
los medios de combatir la enfermedad. 

La naturaleza, que muchas veces junto al mal ofrece el remedio, 
nos proporciona algunos recui-sos que, bien utilizados, pudieran ser- 
vir para combatir la enfermedad de los cocoteros: me reñero á cier- 
tos insectos enemigos de los Cóccidos, como las Coccmellas, un Chal- 
cLdido parásito, un Psocus y un Acaras, cuyo número aumenta á 
medida que aumentan estos Cóccidos, y muchas veces bastan por sí 
solos para detener la enfermedad. 

Las CoccineUas, conocidas vulgarmente con el nombre de cotorri- 
tas, son insectos Coleópteros de forma hemisférica y de color rojo, 
negro ó amarillo con manchas; sus larvas son peludas y destruyen 
un número considerable de Cóccidos para su alimentación; por lo 
que, lejos de perseguirlas, debemos favorecer su propagación, como 
uno de los mejores medios de combatir esas plagas de las plantas. 
Las CoccineUas saben, por instinto, mejor que el hombre, perseguir 
á los Cóccidos bajo sus escudos protectores. Antes de comenzar 
esta conferencia, me decía el Sr. Cook que de Jamaica le habían 
pedido ejemplares de estas CoccineUas, con objeto de propagarlas en 
aquella isla; y ya en 1889 el Doctor Gundlach recomendaba á los 
dueños de cocales de Cayo Smith y de otras localidades próximas á 
Santiago de Cuba, que no mataran las CoccineUas ni sus larvas, por- 
que estos insectos eran los a enemigos de los enemigos del cocotero ». 

Los Chalcididos son unos insectos parásitos de los Cóccidos, y 
aunque su tamaño es tan pequeño como el de los mismos Cóccidos, 
prestan servicios tan grandes ó más que las CoccineUas. Pertenecen 
los Chalcididos al grupo de los Himenópteros terebrantes, y están pro- 
vistos de un taladro con el que depositan sus huevecillos en el cuer- 
po de otros insectos, á expensas de los cuales se nutren sus larvas; 
de suerte que son parásitos de parásitos, que aniquilan y matan las 
hembras de los Cóccidos antes del nacimiento de la prole. En nues- 
tros estudios hemos podido observar que cuando los Chalcididos se 
desarrollan en suficiente número, se detiene la plaga de los Cóccidos, 
l)or lo que consideíamos su intervención más eficaz que la de las 
CoccineUas. En esta penca de coco, de donde he tomado los ejem- 
plares de Cóccidos para las preparaciones microscópicas, cuyas pro- 
yecciones habéis visto, existen los Chalcididos en tal abundancia, 



280 CARLOS DE LA TORRE 

que me ha sido difícil encontrar algún Cóccido que no estuviera ya 
atacado por el Chalcidido parásito. A esta circunstancia se debe 
probablemente, el que, á pesar de existir en este cocotero la causa 
del mal, no haj^a hecho grandes progresos la enfermedad. Cuando 
se presenta la plaga por primera vez en una localidad, ó cuando no 
existe en ella el Chalcidido parásito, sería conveniente llevar algunas 
pencas de coco en las que exista en abundancia dicho Himenóptero. 

Los PsocKs son también insectos microscópicos, 3^ los Acarus son 
pequeñísimos arácnidos, que se encuentran con frecuencia en las 
plantas atacadas por los Cóccidos y contribuyen á destruirlos. 

En cuanto á los remedios que pudieran emplearse para combatir 
la enfermedad, existen en los Estados Unidos muchas preparaciones 
insecticidas que se han empleado con buen éxito para destruir los 
Cóccidos (scale insects); pero las menos costosas y las que han dado 
mejores resultados son las emulsiones de kerosene ó aceite de carbón; 
estas emulsiones pueden hacerse con leche ó con agua de jabón. El 
procedimiento mejor consiste en disolver p. ej. una libra de jabón en 
dos galones de agua hirviendo y agregarle cuatro galones de aceite 
de carbón; bombeando entonces el líquido de manera que el chorro 
vuelva á caer en el mismo depósito que contiene la mezcla, se obtie- 
ne al cabo de ocho ó diez minutos una emulsión que tiene el aspecto 
de crema, y que debe diluirse en ocho ó diez veces su volumen de 
agua, antes de regarla sobre las partes del vegetal atacadas por los 
parásitos. Las proporciones de jabón, agua y petróleo deben irse 
modificando, en vista de los resultados qne se vayan obteniendo. 

Esta emulsión, que da muy buenos resultados cuando se esparce 
(con la misma bomba, provista de una regadera) en la superficie 
del tronco ó sobre las hojas de un naranjo, de un melocotonero ó de 
otro árbol atacado por los Cóccidos, es muy difícil de aplicar en la 
cima de un cocotero, que es la parte invadida del vegetal. Pudiera 
emplearse con este objeto una caña brava en la que se fijaría un tubo 
de goma terminado en una regadera. También pudiera subirse á 
las matas por medio de trepaderas, llevando á la espalda un depósito 
con la emulsión, que se aplicaría con una bomba de mano. Pero, 
como se comprenderá fácilmente, todos estos medios resultarían 
muy costosos y complicados, por lo que nos limitamos á recomen- 
dar un procedimiento más sencillo, y que dio muy buenos resulta- 
dos en Santiago de Cuba, bajo la dirección del Doctor Gundlach. 

Consiste este procedimiento en cortar las pencas, ó aquellas par- 
tes de las pencas que se encuentren anianllívs, y queuíarlas parí^ 



LA ENFERMEDAD DE LOS COCOTEROS 281 

evitar la propagación del mal. Si las hojas están poco atacadas, 
bastará chamuscarlas un poco, sobre la misma planta, por medio de 
unas pencas secas encendidas ó de alguna substancia combustible 
colocada en el extremo de una ccma brava. Si esta operación se 
practica después de la fecundación de los Cóccidos y antes del naci- 
miento de una nueva cría, podrá dar los mejores resultados. No se 
crea, sin embargo, que bastará una sola operación para destruir la 
causa del mal; el encargado de un cocal, ó de una plantación cual- 
quiera, debe vigilar constantemente el estado de sus plantas, para 
aplicar el remedio dónde y cuando más convenga; y debemos adver- 
tir que, según nuestras observaciones, la enfermedad de los co- 
coteros da tiempo para combatirla; pues salvo en casos raros, que 
pudiéramos llamar agudos, tarda cuatro ó cinco años en aniquilar 
el vegetal y producir la muerte de la yema terminal y, con ella, la 
(le toda la planta. 

Cuando presentamos á la Academia nuestro informe, se remitió, 
por un particular, uua copia del mismo al Departamento de Agri- 
cultura de Washington, acompañado de unas hojas de cocoteros en- 
fermos, y tuve la satisfacción de ver confirmada mi opinión por el 
Profesor J. H. Comstock, entomologista del Departamento y la au- 
toridad más competente en esta materia. 

Pero hasta el presente, mis indicaciones han sido en general 
poco provechosas, por el abandono del Gobierno, y por la falta de 
hábito de nuestros hacendados y campesinos de atender al cultivo 
de los árboles y de combatir á los enemigos naturales de las plantas. 

Confiemos en que existiendo ahora una Estación Agronómica do- 
tada de personal idóneo y de los medios necesarios, y habiéndose 
comenzado ya el estudio de este importantísimo problema de nues- 
tra producción agrícola, pronto habremos de conocer el resultado 
de sus investigaciones. Y si se encuentra algún remedio eficaz, 
deberá aplicarse éste por el Gobierno; pues si se deja á la iniciativa 
particular, ya sabemos que en Cuba d se enferman los cocoteros, se 
siembran plátanos, y si se mueren los plátanos, se sembrarán pinas. 



LAS MODIFICACIONES DEL ACTUAL SISTEMA 
DE ENSEÑANZA ^ 

POE EL DR. ANTONIO EOSELL 
Profesor Auxiliar interino de la Escuela de Ciencias. 

Sr. Rector, Sr. Decano, Señoras y Señores: 

Designado por el Sr. Decano de la Facultad de Letras y Cien- 
cias para dar en este recinto una Conferencia Pública, vengo con 
gusto á cumplimentar la orden que he recibido. 

Me alienta la esperanza de ser útil á Cuba y tal vez pueda mi 
buena voluntad, disculpar mis deficiencias, al tratar de exponer an- 
te ustedes mis ideas sobre el siguiente tema: «Modificaciones que el 
actual sistema de enseñanza requiere para preparar la felicidad del 
pueblo cubano. Cuba trazará el rumbo que los Estados Unidos de- 
ben seguir para afianzar su hegemonía en la Ainérica Central.» 

De regreso á este país, después de una ausencia de diez años, 
iba yo un día por la calle de Obispo. 

Un lujoso coche, tirado por briosos alazanes, precedía al mío. 
Eran las lOi de la mañana. Por las aceras circulaban muchos ni- 
ños, jóvenes escolares cargados de libros y cuadernos. Los guardias 
saludaban militarmente al personaje que, sentado en el fondo de 
aquel coche, se dirigía á palacio; pero los alumnos pasaban, indife- 
rentes, sin un saludo, sin la más mínima demostración de cariño ó 
de respeto para el primer Magistrado de la República de Cuba. 

Este hecho hubiera sido muy significativo para cualquier obser- 
vador; para mí lo era mucho más. Cuando uno ha dedicado su vida 
á la enseñanza y ha pasado veinticuatro años educando á la juven- 
tud, no puede impedirse de medir toda la importancia de los hechos 
de esa naturaleza. Yo había asistido, además, á la homérica epo- 
peya de este pueblo, cuando él luchaba por su independencia. Yo 
había aplaudido el patriotismo sublime de las madres cubanas ben- 
diciendo á sus hijos cuando éstos iban á exponer su vida por la in- 
dependencia de la patria. Yo había visto en esta tierra el renaci- 
miento de las heroicas virtudes espartanas, al rico marchando al 
lado del pobre, al blanco al lado del negro, sin distinción de clases, 

1 Conferencia leída en la Universidad el día 14 de Abril de 1900. 



L A S MODIFICA CIO KER DEL A CTÜA L SISTEMA DE ENSEÑANZA 333 

8iu distinción de razas, unidos todos por un mismo sentimiento, 
guiados todos por un mismo ideal, llevando en el corazón venera- 
ción para los grandes patriotas cubanos y en la mente el claro con- 
cepto del deber. Me era doloroso, pues, ver que, después de tantas 
pruebas de civismo, los hijos de este pueblo heroico dejaran pasar 
sin un saludo y con la mayor indiferencia al Sr. Presidente de la 
República Cubana. Yo me había hecho la ilusión de encontrar aquí 
á una juventud que considerase como una honra demostrar afecto 
y respeto á los patriotas que realzan la gloria del nombre cubano. 
Me parecía natural también que, con un buen sistema de enseñanza, 
esa juventud tuviera 3^a exacta idea de lo que significa el primer 
Magistrado de la República. Como conocíamos el patriotismo cuba- 
no, no podíamos culpar ni á los alumnos ni á sus maestros. La 
falta observada tenía que provenir, desde luego, de alguna imper- 
fección del sistema de educación implantado aquí en bloque, sin 
l)revia adaptación al medio. 

Nunca nos ha gustado importunar con visitas á los personajes 
importantes. Por eso no conocemos personalmente al Sr. Presiden- 
te de esta República; pero conocemos su historia, como conocemos 
aquella de todos los cubanos que merecen nuestra estimación; esa 
historia debiera estar grabada ya en los jóvenes corazones. En la 
escuela primaria debe haber más educación que instrucción, debe 
cuidarse más del corazón que del espíritu, más de los sentimientos 
que de la inteligencia. 

Permitidme, pues, que señale esas deficiencias, con el mismo 
buen deseo que años ha, señalaba yo en Le Matin y Le Journal des 
DehaU la marcha triunfante de la revolución cabana. 

No es útil ponderar, en estos momentos, lo que este pueblo inte- 
ligente ha hecho por el engrandecimiento y la prosperidad de Cuba. 
Todos sabemos que el comercio, la industria y el crédito de este 
país han adquirido un desenvolvimiento notable. Pero no hemos 
venido á satisfacer el amor propio nacional, ensalzando el mérito de 
lo que nos parece bueno. Nuestro propósito es, antes por el contra- 
rio, hablar de lo que está imperfecto, pero sin censurar, porque la 
censura es enojosa y á más estéril. Hemos de procurar, pues, de- 
mostrar la exactitud de nuestros juicios, con la sana intención de 
que, los errores sean enmendados y las faltas corregidas en bien de 
Cuba, en bien de la estabilidad de su gobierno. 

En América, los pueblos latinos adolecen de un defecto común, 
á saber, de ver en su propio gobierno á un enemigo. Es que, el al- 



284 ANTONIO KOSELL 

ma uacioual no se modiñca fácilmente. Los hábitos adquiridos du- 
rante el coloniaje, sólo se transforman ó se pierden, con el tiempo, 
por medio de una educación distinta, creadora de hábitos nuevos. 
ís"o somps de aquellos que en el sistema de escuelas ven una pana- 
cea para curar todos los males sociales. Pero es innegable que una 
educación nacional bien dirigida, es una fuerza importantísima que 
da estabilidad á los gobiernos y hace la grandeza de los pueblos; 
Alemania, los Estados Unidos y el Japón, son ejemplos que com- 
prueban la exactitud de esta afirmación. Los ejércitos son indispen- 
sables á los gobiernos que aceptan como un axioma la declaración 
de Bismark: la forcé prime le droit. La educación nacional es nece- 
saria á las democracias que tienen fe en sus instituciones. 

Sin desconocer el mérito de la obra educativa iniciada en Cuba 
por Mr. Fr3-e, me atrevo á añmar que ha faltado decisión para com- 
pletarla. En la actualidad, las escuelas públicas son muy superio- 
res, por todos conceptos, á las escuelas de las misma clase que 
existían durante la dominación española. Se ha gastado dinero en 
fabricar edificios y en comprar material escolar abundante. Sin 
embargo, el maestro, es decir, la parte más importante del sistema 
de enseñanza, no ha recibido todavía toda la atención que él merece. 
El magisterio, en efecto, es el principal apoyo de los gobiernos de- 
mocráticos. Las jóvenes repúblicas latinas no pueden, sin el auxilio 
de un magisterio idóneo, asegurar su estabilidad, preparar su feli- 
cidad. Hacedme dueño de la enseñanza, decía Leibnitz, y cambiaré 
el mundo. Forme Cuba un magisterio con fe en el porvenir, y la 
República afianzará su existencia. Muy lejos estoja de creer que 
no sean buenos los actuales maestros. El mérito de éstos es indis- 
cutible, porque ellos se han formado solos y tenemos especial gusto 
en tributarles aquí nuesti'a admiración sincera. Pero el fin supremo 
de la educación cubana, debe ser esencialmente nacional, y para 
eso, es preciso que el magisterio esté identificado, por medio de una 
disciplina especial, con las instituciones de esta joven democracia y 
ligado con su gobierno. Sin escuelas normales, no se consigue ese 
resultado; habrá buenos maestros, pero no existirá la necesaria so- 
lidaridad de sentimientos entre el magisterio y el gobierno repu- 
blicano. 

Terminada la guerra de la independencia, fué fácil conseguir 
educadores para las escuelas públicas, porque entonces era conside- 
rable el número de jóvenes de ambos sexos que solicitaban trabajo. 
En aquella fecha, no se sentía, pues, la imperiosa necesidad de fun- 



LAS .MODIFICACIONES DEL ACTUAL SISTE3IA DE ENSEÑANZA 285 

dar escuelas normales. Pero la prosperidad de la Isla llama hoy 
por otros senderos menos espinosos á esa juventud y llegará el mo- 
mento en que, los más inteligentes, buscarán fuera de la escuela, 
medios de subsistencia más provechosos. 

No es maestro aquel que se limita en la escuela á enseñar á leer, 
escribir y contar. La escuela primaria debe ser educativa ante todo. 
El niño debe aprender á respetar el gobierno establecido por la vo- 
luntad del pueblo y á no ver en el gobernante á un enemigo de la 
nación. Es iudispensable convencer á los educandos de que, todo 
buen ciudadano forma parte del gobierno y que el sufragio es cosa 
sagrada, tan sagrada como la propiedad. Haced comprender esas 
cosas á los jóvenes alumnos; hacedles venerar la memoria de todos 
los cubanos que han dado brillo á Cuba, ó han sido mártires de una 
idea altruista. Eso es ser maestro, eso es amar á Cuba, eso es tra- 
bajar por su felicidad. 

La palabra república no es sinónima de libertad. Hay muchas 
repúblicas en el mundo: hay pocos pueblos libres. La felicidad de 
las democracias depende ciertamente de su libertad, pero es cuando 
ésta tiene por base una educación nacional. Sin esa educación pre- 
via, la república corre el riesgo de convertirse en propiedad de un 
partido. 

Pueblos hay que se han ennoblecido rompiendo á machetazos las 
cadenas de la esclavitud; pero ellos no son libres todavía. De sus 
brazos cuelgan aún los rotos eslabones. Los fraudes electorales y 
las luchas fratricidas perduran como restos del pasado. La vieja 
herrumbre que antiguos hábitos han formado, sólo desaparecerá con 
el tiempo, si se sabe utilizar la educación nacional. 

Busquemos la verdad sin pretender hallarla, decía Chevreul; 
busquen los maestros y el gobierno la felicidad de Cuba, pero sin 
pretender hacerla. 

Dad al magisterio la atención que él requiere; retribuid conve- 
nientemente sus servicios. Haced de él un defensor inteligente de 
las instituciones. Eespetad su conciencia. Procurad no conver- 
tirlo en agente electoral. Cread las escuelas normales. Tened en 
cuenta que Cuba está en condiciones especialísimas. Aquí no se 
trata únicamente de educar á quien no sabe; pero también de re- 
educar á quien ya lo estaba. El problema es, pues, complejo y para 
resolverlo satisfactoriamente, es preciso empezar por formar educa- 
dores que, inspirándose en un mismo ideal, bajo una misma disci- 
plina, comprendan su misión y dirijan, con tacto exquisito, todas 



2*^6 ANTONIO ROSELL 

SUS energías hacia un mismo ñn. altamente moral: el amor de Cuba, 
la veneración de sus glorias, el respeto á la ley. 

Otra deficiencia del actual sistema de enseñanza es la falta de 
estobilidad del magisterio. Un maestro no puede apoderarse del 
alma de sus educandos para ejercer sobre ella influencia eficaz, si 
ese maestro carece de estabilidad. Su obra reeducativa fuera de la 
escuela, su influencia moral sobre los campesinos, nacen del respe- 
to y de la consideración que inspira una vida ejemplar. Las virtu- 
des del maestro las aquilata el pueblo con esa piedra de toque lla- 
mada tiempo. De aquí resulta que el maestro trasladado de un 
lugar á otro, es una fuerza moral perdida en perjuicio de Cuba \' 
de su buen gobierno; es una palanca sin punto de apoj'o. Xo co- 
piemos servilmente al extranjero. Hay cosas fuera de Cuba que 
podemos admirar, pero que es prudente no imitar. En los Estados 
Unidos por ejemplo, el maestro público puede, sin inconveniente, 
carecer de estabilidad y trabajar por contrato de corto plazo, porque 
el pueblo es allí libre, desde los primeros tiempos de su instalación 
en América; porque allí el alumno encuentra en cada hogar una 
escuela de civismo y los padres son, conscientemente, auxiliares 
poderosos del maestro. En Cuba, antes por el contrario, no puede 
haber magisterio si la inamovilidad del maestro no existe. 

La inspección de las escuelas es otro })unto deficiente en el ac- 
tual sistema. La Isla de Cuba no está dividida en distritos escola- 
res y el número de escuelas que deben ser visitadas por el inspector 
es demasiado crecido. Se necesitan inspectores de distrito, inspec- 
tores de provincia é inspectores generales. 

La clasificación de las escuelas, tomando por base los grados que 
cada una comprende, me parece aceptable. Puede haber así, escue- 
las rurales, graduadas y principales, según que ellas consten de dos, 
menos de cinco ó seis grados. En este clima, es conveniente, desde 
todos los puntos de vista, reducir á seis los ocho años de enseñanza 
primaria. 

El estudio de la naturaleza debe ser la base de la escuela rural 
en los campos y el eje de toda la enseñanza primaria, porque esa 
naturaleza es la que refleja el alma de Cuba. 

El dibujo no tiene todavía la importancia que debiera tener en 
la enseñanza. Sin dibujo, no se estudia con provecho la naturaleza. 
Sin dibujo, no se tiene idea cabal de la belleza de la forma. Los 
maestros no deben clasificarse únicamente por el título que osten- 
ten, es preciso tenor en cuenta sus servicios, su experiencia. Sería 



LAS MODIFICACIONES DEL ACTUAL SISTEMA DE ENSEÑANZA 287 

justo y provechoso, aumentar de un 10% los honorarios del educa- 
dor que cuentíi más de tres años en el ejercicio de su profesión y de 
un 20% si él cuenta más de seis. 

Asegurar la vida del magisterio, es asegurar la vida de la Repú- 
blica. Esta debe además, conocer á sus mejores maestros y á los 
mejores alumnos. El gobierno que premia la labor de aquéllos y 
la aplicación de éstos, cumple con su misión altamente moraliza- 
dora. Muchas inteligencias notables se atrofian en el olvido. Es 
preciso descubrirlas, cultivarlas como plantas preciosas; ellas cons- 
tituyen una esperanza para la nación cubana. Las más de las veces 
ellas se ocultan en la pobreza, viviendo en la sombra como la vio- 
leta. El medio más eficaz para descubrirlas, es organizar certáme- 
nes entre los alumnos pertenecientes á un mismo grado, en las 
escuelas todas de una provincia. Esos certámenes pueden ser par- 
ciales ó generales; ellos servirán también para aquilatar la obra 
educativa del maestro y permitirán premiar á los educandos más 
sobresalientes y á los educadores más laboriosos. Someter el maes- 
tro á exámenes escalonados, para cerciorarse de sus adelantos, es á 
todas luces, un procedimiento injusto, desde el momento que no se 
extiende también á los servidores todos del pueblo cubano, llámense 
éstos, médicos, ingenieros ó abogados. Los certámenes de que he- 
mos hablado consiguen el resultado apetecido, sin faltar á los prin- 
cipios de equidad. Lo que importa no es examinar al maestro: es 
examinar su obra. Y en vez de apelar á la amenaza ó al castigo 
para impulsar la actividad de aquél, es preferible, desde todos los 
puntos de vista, acudir al premio, á la recompensa. 

Durante las vacaciones, pueden organizarse conferencias de 
maestros. Estos discutirán en ellas los problemas más interesan- 
tes de la enseñanza, presentando sus observaciones personales. Las 
dificultades con las cuales ha tropezado el maestro, pueden some- 
terse, de ese modo, á la consideración del magisterio y quedar alla- 
nadas en provecho de la educación. El mismo gobierno puede 
someter á la discusión del profesorado un punto determinado del sis- 
tema de enseñanza, un pro3^ecto de ley relativo á escuelas primarias, 
por ejemplo, y encontrar en esas reuniones un poderoso auxiliar 
para aclarar sus pasos y marchar sin tropiezos en su patriótica labor 
de educación popular. Cuando una ley ha merecido la sanción de 
aquellos para quienes se legisla, se establece una solidaridad muy 
provechosa entre éstos y el Gobierno. 

En el actual sistema de enseñanza, cuando el maestro se enfer- 



3í» ANTOnw ROSf'JJ. 

ma ó muere, su i'arailia queda en la miseria. Esto es lamentable; 
no es humanitario. Cuando una pizarra se rompe en la escuela, se 
pone otra. Pero el maestro no es uno de tantos enseres que utiliza 
la escuela: él es algo más importante. Un sistema de enseñanza que 
se despreocupa por completo de las desgracias del magisterio, no 
cuadra con los preceptos invocados por las democracias. O una de 
dos: ó el gobierno adopta un procedimiento parecido al de Alema- 
nia ó España para la protección del maestro y de la familia del 
maestro, ó el magisterio se asocia con ese fin noble y altruista. El 
militar tiene en todas partes un retiro; entendemos que también 
debe tenerlo el maestro. Aquél expone su vida en determinadas 
circunstancias: éste sacrifica su existencia entera por la felicidad 
de la patria, sin más ambición que el deber cumplido, sin más 
horizonte que el olvido. 

Pero, no son los maestros solos, aquellos que deben asociarse. 
Los médicos, deben asociarse, los abogados, los industriales, los 
agricultores, los antiguos alumnos de la Universidad, deben aso- 
ciarse. 

El espíritu de asociación debe animar á todas las fuerzas vivas 
de la nación. Esa es la base de las democracias fuertes. Es por 
integración de átomos que se constituyen las moléculas; es por inte- 
gración de moléculas que se forman los cristales; es también por 
asociaciones parciales de inteligencias y voluntades, que se forman 
las cristalizaciones nacionales. Formad, pues, el cristal cubano. 

He procurado señalar las principales deficiencias é imperfeccio- 
nes del actual sistema de enseñanza, con la sana intención de hacer 
un bien. Entre otras cosas, he hablado de la necesidad de fundar 
escuelas normales. Agregaré que esas escuelas deben destinarse á 
la clase pobre, porque el rico camina, generalmente, por otros sen- 
deros. En la Escuela Normal de Puerto Kico, fundada por el doc- 
tor Brumbaugh, la enseñanza es completamente gratuita y la misma 
escuela presta á los alumnos los libros de texto. Hay allí vein- 
tiocho becas para los jóvenes más desheredados do la fortuna; éstos 
rexíiben 830 mensuales cada uno. 

No me corresponde discutir la conveniencia de fundar, en Cuba, 
varias escuelas normales; yo entiendo que, desde todos los puntos 
de vista, es ventajoso tener una Escuela Normal Central en esta 
T'niver.sidad. 

Para conseguir ese objeto bastaría dotar la Escuela de Pedago- 
gía actual, de dos secciones ó departamentos. Un departamento 



I 



LAS MODIFICA CIONES DEL A CTUA L SISTEMA DE ENSEÑANZA 289 

normal de enseñanza primaria. Un departamento normal de ense- 
ñanza secundaria. Habría asignaturas comunes á los dos departa- 
mentos y otras especiales á cada uno de ellos. 

La sección normal primaria, abarcaría los mismos estudios de la 
Escuela de Pedagogía actual. Sus graduados recibirían el título 
L. N. P. (licenciatura normal primaria), equivalente en todo, al 
diploma de Doctor en Pedagogía. 

La sección normal superior comprendería: 

Un curso de psicología pedagógica. 

Un curso de historia de la pedagogía. 

Un curso de metodología. 

Esos tres cursos se harían en un año, pudiendo haber normalis- 
tas superiores, en las cuatro Facultades siguientes: 

En la Facultad de Ciencias Físico-Matemáticas. 

En la Facultad de Ciencias Físico-Químicas. 

En la Facultad de Ciencias Naturales. 

En la Facultad de Filosofía y Letras. 

SegCín la especialidad del estudiante. 

El diploma sería L. N". S. (licenciado normal superior) y lleva- 
ría el nombre de la Facultad especial de donde procede el alumno. 
Este diploma abriría diversos horizontes á la juventud y elevaría el 
grado de cultura de la sociedad cubana,. Es muy fácil llevar á la 
práctica esta modificación, estando la Escuela de Ciencias dividida, 
en tres Facultades y trabajando ella en combinación con la Facultad 
de Letras y con las demás escuelas especiales. 

La Escuela de Ciencias y la Escuela de Letras forman en las Uni- 
versidades modernas lo que en los Estados Unidos llaman el College. 
Es conveniente agrupar en cuatro años de estudios, obligatorios 
unos, electivos otros, toda la enseñanza de nuestras distintas Facul- 
tades; pero es preciso incluir dos cursos de francés, inglés y alemán 
en esa distribución. No se concibe, en efecto, que la enseñanza de 
esos idiomas quede excluida del College, puesto que en él han de for- 
marse los profesores de nuestros Institutos y que de la Universidad 
han de salir también representantes del pueblo cubano en el extran- 
jero, cónsules y ministros. Es un desacierto dejar truncos los estu- 
dios empezados en los establecimientos de enseñanza secundaria. 

En Puerto Rico, el edificio de la Escuela Normal primaria costó 
$64,000; el edificio de la escuela modelo anexa S20,000. El soste- 
nimiento de ambas, unos $20,000 anuales. Cuba puede tener, apro- 
vechando los laboratorios de la Universidad, la enseñanza de 8us 



:¿\H) A N Tomo ROSELI. 

distintas Facultades y el saber de los sabios compañeros que me 
escuchan, una Universidad de primera clase, moderna, con un pe- 
queño sacrificio anual de unos SI 0.000 tal vez. 

Con ese gasto, á todas luces insignificante, no solamente hay la 
posibilidad de crear las dos secciones normales y las nuevas cátedras 
de idiomas vivos, sino que puede también ofrecerse un doctoiado 
decoroso á los Xormalistas en cada una de las cuatro Facultades, 
para ensanchar el campo de acción de la Universidad y elevar su 
prestigio. Un Licenciado Normal Superior en físico-matemáticas, 
llenaría los requisitos necesarios para hacerse Doctor en la misma 
facultad, aprobando un curso superior de análisis infinitesimal, 
otro de física y sosteniendo, además, una tesis. Cada Facultad 
fijaría de ese modo, dos asignaturas complementarias y una serie 
de trabajos prácticos y personales, para los aspirantes al Doctorado 
correspondiente. 

La organización reciente de la Universidad de París bajo un 
plan algo parecido al propuesto aquí, la incorporación de la célebre 
Escuela Normal Superior con la referida Universidad, la marcha 
progresiva de los centros docentes superiores en Alemania 3^ los Es- 
tados Unidos, son ejemplos utilizables en bien del progi'eso cientí- 
fico de Cuba j en bien del desenvolvimiento gradual de la idea fun- 
damental, que ha permitido transformar la vieja Universidad de la 
Habana, en otra más en armonía con las necesidades del siglo en 
que vivimos. Conviene crear cincuenta becas para alumnos pobres 
en la sección iSTormal primaria; diez en la Normal superior. La 
Universidad puede, además, ofrecer á las Universidades alemanas, 
francesas y americanas algunas becas para cierto número de alum- 
nos; éstos vendrían á perfeccionarse en castellano y á estudiar las 
riquezas naturales del suelo cubano, é igual nvimero de estudian- 
tes nuestros irían á esos países á especializar sus estntlios. 

Cuba necesita caracteres, inteligencias ponderadas, que sepan 
rechazar los sofismas; maestros llenos de fe en el porvenir de su 
país, para obtener la comunidad de voluntad que hace la unión de 
la patria, dando al patriotismo un carácter altamente moral. Re- 
cordemos estas palabras del profesor Marión : « Los hombres deben 
amarse como hermanos; pero es preciso alcanzar ese ideal hermoso, 
amándose primeramente como ciudadanos. La solidaridad dentro 
de la patria primero; la solidaridad fuera de ella después.» 



LAS MODIFICACIONES DEL ACTUAL SISTEMA DE ENSEÑANZA ;i«Jl 

La hegemonía de los Estados Unidos sobre la América Central, 
es el ideal supremo de la política de la Unión. Ella se ejercerá, sin 
duda alguna, sobre los países bañados por el mar de las Antillas, sin 
excluir á Venezuela, como se ejerce ya sobre todas las regiones del 
golfo de Méjico. La política de expansión y el imperialismo, tie- 
nen la sanción del pueblo americano. La elección de M. Roosevelt 
á la Presidencia, así lo ha demostrado. Pero yo entiendo que la 
Isla de Cuba no debe temer el desenvolvimiento de esa política, si 
su gobierno y sus habitantes trabajan unidos por la felicidad de 
este país hermoso. Me atrevo á afirmar, en efecto, que esa hege- 
monía puede resultar provechosa al pueblo cubano y á los pueblos 
vecinos, si Cuba no fracasa en su labor de ti-abajo, de paz y de re- 
generación. 

Siempre hemos tenido una fe inmensa en el pueblo cubano; esa 
fe no ha disminuido, porque hemos visto, aun en los más críticos 
momentos, que las pasiones personales han sido ahogadas siempre 
por la voz hermosa de un patriotismo sincero. 

Es una quimera pensar que la preponderancia de los Estados 
Unidos en América puede evitarse. Preferible es admitirla sin 
protestas quejumbrosas y prepararnos para sus consecuencias. Hay 
dos modos de ejercer predominio sobre pueblos débiles: sometién- 
dolos á cañonazos, avasallándolos por la fuerza, ó atraj^éudolos por 
el interés material, por el agradecimiento, por el amor. El primer 
procedimiento es propio de los pueblos guerreros, que inspiran sus 
actos en las doctrinas de un Bisraark. El segundo es propio de las 
democracias, cuando ellas no consienten en deshonrar sus principios. 
¿Cuál de estos dos procedimientos eligirán los Estados Unidos? Yo 
no vacilo en afirmar, que ellos eligirán el segundo. Mi afirmación 
no se funda en cuestiones de sentimiento ni en preceptos de moral. 
Bien sabemos que, por desgracia, las consideraciones de esa índole, 
poco valen en la política de las naciones. Ella se funda en las leyes 
del menor esfuerzo y de la menor resistencia, que son tan exactas 
en la evolución de la política, como lo son en mecánica racional. 
Es un disparate pensar que los Estados Unidos intenten apoderarse 
violentamente de la Isla de Cuba. Ellos no necesitan cometer ese 
^rimen para resolver su problema de imperialismo y de expansión. 
Semejante proceder, además, lejos de favorecer la realización del 
ideal que ellos persiguen, lo comprometería seriamente. En la fa- 
mosa carta cubana de 1904 Roosevelt decía: «es falso que los Esta- 
« dos Unidos estén sedientos de conquistas territoriales. Ninguna 



292 ANTONIO ROSELL 

(■nación debe temer á los Estados Unidos d ella mantiene el orden, si 
«ella cumple sus obligaciones, si ella hace ver que sabe actuar con- 
(( venientemeute en política y en industria. Pero la maldad brutal 
« V continuada, la impotencia que resulta del relajamiento general 
« de los vínculos de una sociedad civilizada, eso es lo que puede traer 
« consio'O la intervención de una Nación educada.» Esas palabras 
han de ser meditadas por el piieblo cubano y lejos de conmoverse, 
él debe medir la inmensa responsabilidad que ellas le dejan. La 
suerte de Cuba depende de los cubanos; esa es la verdad reflejada 
con claridad franca en esa declaración. Si pudiera dudarse de la 
sinceridad de un hombre del temple de Roosevelt, nosotros agrega- 
remos que la política de asimilación á ontrance, llevada á cabo en 
Puerto Kico, ha despertado vivísimo recelo en las grandes repúbli- 
cas de la América del Sur y ha hecho fracasar el proyecto de com- 
prar á Saint Thomas. Ese recelo ha producido un gran quebranto en 
las relaciones comerciales de los Estados Unidos con esas dilatadas 
regiones. El gobierno americano necesita, pues, desvanecer ese re- 
celo para alcanzar, con el menor esfuerzo, la solución definitiva del 
problema imperialista. La manera más eficaz para desvanecerlo, 
es respetar la independencia de Cuba. Ellos alcanzarán así, el re- 
sultado que apetecen, más fácilmente que de otro modo. 

Si el pueblo cubano, en la plenitud de sus derechos, se resolviera 
á pedir, por medio de un plebiscito, su ingreso como Estado en la 
federación americana, esto, lejos de favorecer el desenvolvimiento 
de la política de la Unión, vendría á complicarlo grandemente, 
dentro y fuera de la Unión. 

La complicaría dentro de la Unión, porque millón y medio de 
votos para las elecciones presidenciales, pesan mucho en la balan- 
za que mide los intereses de un pueblo, y también porque la rique- 
za creciente de los productos naturales de Cuba, amenazaría seria- 
mente á los productos similares de los Estados del Sur. Recordad 
cuánto trabajo costó á Roosevelt conseguir del Congreso la peque- 
ña reducción que el azúcar cubano tiene en los derechos de intro- 
ducción. Me parece ocioso seguir discutiendo las contingencias de 
esta solución. Podrá invocarse el ejemplo de Texas en 1844. Pero 
téngase en cuenta que allí reinaba la anarquía; aquel territorio era 
además contiguo al territorio de la Unión, y desde aquella fecha 
hasta la presente, han transcurrido ya muchos años. Esa alterna- 
tiva es, á todas luces, inadmisible. 

La Isla de Cuba es la llamada 4 indicar, por su cordura y sen- 



LAS MODIFICACIOXES DEL ACTUAL SISTEMA DE ENSEÑANZA 293 

satez, cuál es el ruinbü que los Estados Unidos habrán de adoptar 
para seguir desenvolviendo su política en la América Central. Esa 
cordura y esa sensatez se robustecen por medio de una educación 
nacional, bien entendida. Por eso nos hemos ocupado de la educa- 
ción del pueblo cubano, dándole preferente atención en nuestra con- 
ferencia. Si, como lo esperamos, el pueblo cubano se muestra á la 
altura de las circunstancias, él servirá de ejemplo á los demás y á 
la par que asegurará su porvenir, preparará también la felicidad de 
los pueblos débiles que lo rodean. 

La independencia de México, de Cuba, de Panamá y de Santo 
Domingo, bajo la influencia comercial y política de los Estados 
Unidos, indica un rumbo, una dirección, que permite vislumbrar 
como una realidad, remota tal vez, pero realidad al fin, el sueño de 
Hostos y Betances, sobre la federación antillana. La corte supre- 
ma de los Estados Unidos ha declarado ya que en los nuevos terri- 
torios conquistados, el controle del gobierno americano sólo debe 
ejercerse momentáneamente, durante el tiempo necesario para im- 
plantar la libertad. Si los habitantes de Puerto Rico saben perma- 
necer puertorriquerws y limitarse á pedir el gobierno propio, ellos fa- 
vorecerán grandemente sus intereses y los de los Estados Unidos en 
estas regiones. El pueblo americano es el pueblo de las oportunida- 
des; el gobierno de ese pueblo es un gobierno de opinión. Que Cuba 
sirva de ejemplo, demostrando en su desenvolvimiento libre, alto 
concepto de moral cívica, y la opinión americana no tardara en in- 
dicar al Gobierno de los Estados Unidos el derrotero más lógico y 
más fácil para alcanzar la hegemonía en estas regiones, es decir la 
independencia de esas regiones. Es preciso empezar por tener fe 
en el porvenir de Cuba. Es una ley histórica, afirma Fouillé, que 
los factores sociales, y por consiguiente intelectuales ó morales, so- 
brepujen de más en más con el progreso de las civilizaciones mo- 
dernas, á los factores étnicos, geográficos y del clima. El porve- 
nir no es de los anglo-sajones ni de los latinos; es de los más sabios, 
de los más industriosos, de los más morales. 



CONSIDERACIONES SOBKE EL PLACEK Y EL DOLOR i 

POR EL DR. JOSÉ MANUEL ME!?TRK 

Xihü bonum iiisi houestum. 

ClC. TUSQ. QQ. V. 

I 

NOCIÓN DEL PLACER Y DEL DOLOR 

Ante todo ¿qué es el placer? ¿qué es el dolor.' Placer, eu con- 
cepto nuestro, es el efecto de la impresión que, por la intervención 
armónica de la sensibilidad, produce en el hombre aquello que sa- 
tisface el fin de sus facultades. El espíritu humano posee tres que 
están íntimamente ligadas entre sí y abrazan por entero la actividad 
espiritual. Pensar, sentir y querer: tales son las partes constitu- 
yentes de un verdadero organismo en que cada facultad implica la 
existencia de las otras. El pensamiento analiza, distingue, combi- 
na las cosas que penetran en el yo, y concibiendo esa distinción en 
que se funda el conocimiento, deja á los objetos su propia naturale- 
za; la sensibilidad y el afecto se asimilan las cosas sin analizarlas ni 
comprenderlas; la voluntad destinada á regir á las otras les comu- 
nica un impulso inicial y viene á ser, según la feliz expresión de un 
distinguido filósofo moderno, el poder central y ejecutivo del espí- 
ritu. Cada una de estas facultades tiene su fin: Dios ha hecho al 
hombre, sensible para gozar con lo bello, inteligente para que 
busque por donde quiera la verdad, libre para que sus actos sean 
meritorios al ir en pos de la justicia: la belleza, la verdad y la vir- 
tud son, pues, los fines de las facultades humanas, y cual la estrella 
de los magos, van guiando al hoinbj-e en su mísera peregrinación 
sobre la tierra. ^Vfas, en ese íntimo comercio que eslabona entre sí 
á las facultades, nada puede pasar en la conciencia sin que inter- 

1 N'OK ha jmrccido oportuno reproducir este tnibajo del J)r. Mostré, difíeil de encontrar 
l>or lo escaso de los ejemplareft de la revista en que se publicó, como documento interesante 
para la historia de la enseñanza filosófica en nuestro país y en nuestra Universidad; y porque 
xeüala una etapa inicial eu la evolución de las ideas de su ilustre autor. Fui present^ido para 
ser admitido á la oposición de una cátedra supernumeraria de la Facultad de Filosofía. 

La Redacción. 



CONSIDERACIONES SOBRE EL PLACER Y EL DOLOR 293 

vengan todas en indisoluble síntesis, }' nunca por lo tanto podrá 
una de ellas verse satisfecha en sus fines, sin que la sensibilidad 
revele á la conciencia la existencia de esa indescribible impresión 
que el vulgo conoce con el nombre de placer. 

Es muy común el distinguir un placer físico y un placer espiri- 
tual; mas, por nuestra parte, no podemos admitir sino bajo cierto 
respecto semejante clasificación. En efecto, para nosotros el placer 
sólo puede existir en el espíritu; cuando el alma no interviene no 
hay placeres; la materia es incapaz de sentir. Por los mismos ojos 
por donde entra hasta el alma el espectáculo de iina bella perspec- 
tiva, entra también el de una buena acción que presenciemos; y no 
obstante, ¡ cuan distinto placer experimentamos en cada uno de 
estos casos ! Al contemplar el grupo de Laocoonte ¿no es cierto 
que nos agitan muy heterogéneas impresiones? Si consiguiéramos 
echar completamente á un lado lo horrible y doloroso del grupo de 
Canova ¡ cómo gozaríamos al contemplar la proporción de las formas 
y la naturalidad de las posiciones ! Por los mismos oídos por donde 
se introducen las más dulces armonías, puede introducirse también 
la letra de los más repugnantes cantares: el alma goza con las pri- 
meras y dolorosamente se extremece con los últimos: — cwr tam 
varioi'í — Los nervios sólo ha'n venido á servir de vehículos, por de- 
cirlo así; no ha habido placer ni dolor mientras el alma no recibió 
la impresión, y una vez que ésta hubo coincidido directa ó contra- 
riamente con sus facultades. Confesamos, sí, paladinamente, que 
muy perplejos habíamos de vernos si se tratara de obligarnos á 
explicar la naturaleza íntima de la impresión á que nos hemos refe- 
rido; pero ¿qué ojo miserable de hombre ha visto nunca con clari- 
dad en los insondables arcanos del espíritu ? 

Lo que generalmente se llama placer físico es, por lo tanto en 
nuestra opinión, aquel que se produce con motivo de los sentidos; 
mas ¿hay por ventura placeres en que éstos no intervengan? — No 
cabe duda. — La imaginación y la memoria son copiosas fuentes de 
placer para el espíritu: ya nos recreamos con el plácido recuerdo de 
los días de nuestra infancia, ya concibiendo para el porvenir los 
más dulces momentos; ora nos forjamos en la mente el tipo más 
perfecto de belleza, ora nos dejamos vagar por los espléndidos pa- 
lacios de la fantasía. Cerrados los ojos, entorpecida la acción de 
los sentidos, aún nos quedan mil y un placeres en esos adentros 
misteriosos y sublimes donde mora el espíritu del hombre. 

Y no vaya á creerse que, por lo que llevamos dicho, le haya 



296 JOSÉ JlÁXrEL 3fESTBE 

cabido al cuerpo un papel iusiguiñcaute eu los fenómcuos de la 
sensibilidad. La impresión meramente nerviosa, esa corriente que 
trasmite al cerebro la excitación producida en cualquiera de nues- 
tros órganos, esa misma excitación localizada ya en el cerebro, no 
bastan, es cierto, para proporcionarnos placer; pero ¿quién duda 
que el origen, ó permítasenos decir, la genealogía de la impresión 
que en último resultado recibe el alma, tiene grandísima impor- 
tancia? El placer que procedió de una impresión sensual tiene un 
marcado color local, una especie de sello característico, y tan estre- 
chísimas y secretas relaciones median entre el alma y el cuerpo, 
que nada extraño nos parece que al fin y postre no veamos más que 
materia donde en tan interesante manera interviene el espíritu. 
Tan cierto es esto, que no han faltado quienes pretendan colocar 
las sensaciones en los órganos materiales, ni quien haya sostenido 
que el principio de la sensibilidad está en un fluido llamado ner- 
vioso, ni quien lo ponga en el fluido eléctrico. Pero no es nuestra 
intención venir á las manos con ellos en este momento, obligándo- 
nos á ser algún tanto dogmáticos, no el figurarnos incontrovertible 
lo que vamos asentando, mas el deseo de entrar cuanto antes eu 
otros desenvolvimientos. 

Como que, según quedó establecido, el alma tiene tres magnífi- 
cos horizontes, lo bueno, lo bello y lo verdadero, tres diversos ma- 
tices tienen también nuestros placeres; pero téngase presente que 
por ahora no nos ocupamos de aberraciones. Hay, pues, placeres 
afectivos, intelectuales y morales. Contemplad si no las majestuo- 
sas formas del Apolo, poneos eu lugar de Newton al descubrir la 
]ey de la atracción universal, ó de Arquímides al proferir su eiireka, 
imaginaos luego al justo cuya alma ha de sacudir muy pronto su 
sucio capullo de barro para volar hacia la eternidad, y nos diréis 
después si cada uno de esos placeres experimentados ó concebidos 
no tiene un carácter bastante peculiar. No sucede, sin embargo, 
con frecuencia que las impresiones que el alma recibe sean así tan 
especiales; muy por el contrario, lo que sí sucede á menudo es que 
á la vez vayan á dar pasto á su amor por lo bello, á su ansia por la 
verdad, á su tendencia hacia la justicia; siendo ciertamente seme- 
jantes placeres, que pudiéramos llamar mixtos, los más completos 
que puede disfrutar. 

Hemos dicho que las impresiones del cuerpo son más de una 
ocasión motivo de placer para el espíritu, y que á su turno los pla- 
ceres puramente espirituales originan impresiones en el cuerpo, que 



CONSIDERACIONES SOBRE EL PLACER Y EL DOLOR 297 

vuelven á obrar necesariamente en el alma. Supongamos, para 
dejar bien sentadas las cosas, que mientras esperamos á una perso- 
na querida, que debe retornar de tierras lejanas, dejamos que la 
mente se deleite en concebir el momento de estrecharla tiernamente 
en nuestros brazos. Esa poderosa nigromántica que tantos fantas- 
mas sabe crear con su fiat^ nos pone delante al que esperábamos; 
¡ ah ! es el mismo, es él, que llega ansioso de imprimir en nuestra 
frente el ósculo de paz ! Desde ese momento, lo que nada había 
interesado á lo físico, comienza á reflejarse en él, y todo nuestro 
cuerpo experimenta marcadas impresiones; un estremecimiento ge- 
neral nos sobrecoge, nuestro corazón late con violencia, y acaso nos 
vemos en la necesidad de buscar un apoyo para no caer desvaneci- 
dos de alegría. — El lector nos permitirá trasladar aquí algunas 
palabras del célebre Broussais, que nos parecen muy de recordarse 
en este momento: — «Cualquiera que sea el origen del placer moral, 
decía, si alcanza un grado de intensidad algo considerable, llega á 
hacerse físico, porque traspasa los límites del encéfalo, y produce 
excitaciones agradables en todas las extremidades de los nervios 
encéfalo-raquídeos, en los músculos, y hasta en las superficies sen- 
sitivas donde ordinariamente nace el dolor físico.» — Para Broussais, 
por consiguiente, el fenómeno es puramente material; para nosotros, 
muy al contrario, esa impresión orgánica sólo viene á ser efecto de 
la influencia que sobre lo físico ejerce lo moral, y si esa impresión 
es agradable ó desagradable, es, según dejamos sentado, porque el 
alma la recibe. El alma, pues, en el caso que nos ocupa, goza de 
un modo exclusivamente espiritual, y goza también con la impre- 
sión orgánica que ese placer espiritual motivó. De la misma ma- 
nera que más de una vez nuestro cuerpo verifica ciertos movimientos 
sin orden expresa del alma, mas como si se anticipase á ella, así la 
materia puede reflejar por su propia virtud los placeres del espíritu. 
¿Cuántas ocasiones sucede que embebecidos en nuestros pensamien- 
tos, no advertimos que nuestra bestia ^ está delatando hacia afuera 
cuanto ha pasado por nuestra mente? Acaso estamos pensando 
que hablamos con alguna persona, y sin saber cómo, se escapan de 
nuestra boca las palabras que le hubiéramos dirigido; tal vez pen- 
samos en ir á alguna parte, y sin que nos podamos explicar el 
porqué, nos encontramos andando en la misma dirección; ó cruzan 
por nuestra cabeza ideas agradables y una sonrisa de satisfacción 

1 Así ha llamado al cuerpo el conde Javier de Maistre, en su obra titulada Voyage autour 
de ma chambre, 



298 JOSÉ JIAXUEL 3IESTEE 

entreabre nuestros labios dejando traslucir nuestros secretos pensa- 
mientos. ¿ Qué papel ha desempeñado el cuerpo en cada uno de 
estos casos? No ha pasado de ser la blanca superficie que refleja 
la luz sin absorber ninguno de sus ra3'0S. 

Bien sabemos que ideas como las que acabamos de exponer, nos 
ponen en contraposición con los que pretenden explicar todos los 
fenómenos que dicen al hombre por medio de la acción del organis- 
mo: pero ¿qué importa? ¿Quién que examine al hombre, sin espí- 
ritu de sistema, podrá negarme que con frecuencia se halla arras- 
trado y seducido por eficaces agentes que ni de su cerebro ni de sus 
nervios emanan, y que su mismo organismo resiste en vano? Llá- 
mesenos como plazca; el único deseo que nos guía es andar por el 
camino de la verdad. No nos parece inoportuno el trascribir, con 
motivo de esto, la opinión del distinguido antropologista Várela de 
Montes: « Reconoce el hombre, dice, sus deberes para con Dios y 
para con sus semejantes; ama la virtud y en el testimonio de su 
conciencia halla un antídoto enérgico contra las sensaciones orgá- 
nicas. Estos mismos deberes y esta virtud elevan al hombre sobre 
sí mismo, oscurecen las sensaciones orgánicas de conservación y lo 
conducen á una esfera superior, en medio de la cual, vehemente 3' 
sublime, se halla poseído de una pasión que en verdad fuera muy ri- 
dículo confundir con las pasiones orgánicas.» 

Respecto del dolor, nada ó muy poco queremos agregar, pues 
bastará para que se conozca nuestro sentir en ese punto de vista, 
que se tenga presente lo manifestado sobre el placer. Sólo, sí, nos 
detendremos en hacer una ligera observación. El dolor tiene mu- 
cho más fecundos manantiales que el placer; por donde quiera brota 
el dolor en este valle de la vida tan justamente llamado de lágrimas. 
Abrid si no los libros del fisiólogo: no hay punto, pudiera decirse, 
en el cuerpo del hombre en donde no se halle escondido el germen 
del dolor, y entre tanto ¡ cuántos permanecen siempre mudos para 
el placer ! Pero ¡ cosa admirable ! la Providencia ha dispuesto que 
la memoria reproduzca difícilmente, y siempre con suma debilidad, 
los dolores de un origen puramente físico, y esto, á nuestro ver, 
significa dos cosas: primera, que los manantiales del dolor más 
están en lo físico que en lo moral, sucediendo viceversa con los del 
placer; y segunda, que á cada página que el hombre lee en el gran 
libro de la naturaleza, se ve obligado á abismarse ante la infinita 
sabiduría. 

Pero ¿para qué dedicarnos más tiempo á fijar la noción del 



CONSIDERACIONES SOBRE EL PLACER Y EL DOLOR 299 

placer ó del dolor? Por su parte, los sensualistas no son muy es- 
crupulosos que digamos en lo que mira á la acepción de esas pa- 
labras. Bentliam, por ejemplo, manifiesta bien claramente su modo 
de pensar sobre esto. « Entiéndase (así se explica) que tomo las 
palabras pZacer y pena en su significación vulgar, sin inventar defi- 
niciones arbitrarias para excluir ciertos placeres 6 para negar la 
existencia de ciertas penas; nada de sutilezas; nada de metafísica; 
no es menester consultar ni á Platón, ni á Aristóteles: pena y placer 
es lo que cada uno siente como tal, el palurdo como el principe, el 
ignorante como el filósofo.» Sentimos no ser de la misma opinión 
que el eminente legista; muy á la inversa, hemos creído deber dete- 
nernos en traducir del mejor modo que nos ha sido posible la idea 
que envuelven las mencionadas palabras, á fin de que esto viniera 
á servir de punto de partida en estas Consideraciones: en el sentido 
de esas palabras, como en el de no pocas otras, el entendimiento 
del vulgo corre gran riesgo de equivocarse, porque suele quedarse 
en la superficie de las cosas, entenderlas á su modo, y contentarse 
con eso. ¿Qué mucho de admirar sería que hubiese desfigurado la 
naturaleza del placer y del dolor? 

Preguntémonos ahora: ¿el placer y el dolor por sí representan 
ó son fenómenos del orden moral? 

II 

CARACTERES DE LOS FENÓMENOS MORALES. — EL PLACER Y EL DOLOR 
NO LO SON POR ESENCIA 

Nada ha salido de las manos del Criador sin llevar escrita en su 
propia esencia la ley de su destino. El más insignificante átomo 
sirve para algo en el plan admirable cuanto incomprensible que 
presidió en la formación de las cosas, y el hombre, obra predilecta 
de la naturaleza, no podía menos de tener un fin más elevado aún 
que el de los demás objetos creados. — El hombre tiene un fin. Pero 
ese fin, como acabamos de decir, es de una categoría más excelsa 
que el de los demás seres, por cuanto á que siendo en alguna ma- 
nera el resumen sintético de la creación, en él todas las cosas en- 
cuentran un punto de contacto y de afinidad, está en relación con 
todos los órdenes de la existencia, y en cada uno de ellos tiene una 
misión particular que cumplir. Estando en relación con la natu- 
raleza, con sus semejantes, con Dios, concibe y perfecciona sin cesar 



300 JOSÉ MANUEL MESTRE 

para cada uno de esos puntos de vista, un sistema de fines físicos, 
sociales y religiosos. Su misión, por consiguiente, consiste en 
desarrollarse en todas direcciones, y el bien para él no puede en- 
contrarse sino en el desenvolvimiento integral y armóuico de todas 
sus facultades y en su aplicación á todos los ói'denes de cosas, con- 
forme al orden general y á la naturaleza de cada cosa en particular. 
Mas así como en todos los objetos se nota una marcha ciega é ins- 
tintiva hacia el fin que Dios les asignó, en el hombre, ser dotado 
de un elemento que ninguno de los otros posee, cual es la libertad, 
debía suceder necesariamente que tendiese á su fin de una manera 
del todo peculiar. 

El hombre, como ser inteligente, comprende que Dios lo creó 
para algo, se ve dotado de una naturaleza imperfecta, mas perfec- 
cionable, siente que del fondo de su pecho nace la llama que debe 
acrisolarlo, y encuentra en sí propio los gérmenes todos de un 
completo desarrollo. Ye delante de sí el tipo que debe imitar; no 
sólo se siente capaz de imitarlo, sino que es llevado á ello de un 
modo misterioso, y luego concibe que, como libre que es, suya ha 
de ser la obra. ¿Qué le queda, pues, sino marchar hacia adelante? 
Hay, por lo tanto, en la conciencia ciertos actos, que son la conse- 
cuencia intima de la marcha del hombre hacia la perfección; pero, 
se entiende, cuando el hombre ha obrado en el sentido de que sus 
acciones son conformes á los principios, á la naturaleza y al desen- 
volvimiento del conjunto de los seres, cuando el hombre ha practi- 
cado libremente el bien, por practicar el bien. En esos actos, y 
únicamente en ellos, el hombre se eleva á la verdadera moralidad, 
al bien moral, y á los motivos morales. Ningún acto puede tener, 
en una palabra, valor moral si la inteligencia no ha podido funcio- 
nar, si no ha habido discernimiento, si no ha habido el sentimiento 
de la libertad y de la responsabilidad; y ninguno tampoco pudiera 
llamarse moral, si no tiene al bien por objeto y por motivo. «La 
virtud, dice Cousin, es siempre el motivo único del acto moral, que 
no es moral en si, legítimo y bueno, sino por su inmediata relación 
con la regla, única que debe haberlo determinado. La felicidad 
no es un derecho, sino en tanto que no ha sido un motivo, á lo más 
podrá consentirse como esperanza; como fin directo, cesa de ser le- 
gítima, y del alto rango á donde la había elevado su subordinación 
á la virtud, vuelve á formar parte de los móviles sensitivos con los 
cuales nada tiene que ver la razón pura práctica.» 

Tales son, pues, los caracteres distintivos de los actos morales: 



CONSIDERACIONES SOBRE EL PLACER Y EL DOLOR 301 

en el orden moral, todo depende del conocimiento y de la libertad 
del que obra, y este conocimieuto y libertad para producir acciones 
que pertenezcan á ese orden, deben ser capaces de referirse á él. 
('¡Cosa singular es la moralidad!, exclama Balmes; su belleza la 
vemos, la sentimos y nos atrae y cautiva; la fealdad de lo inmoral 
la vemos, la sentimos, nos repugna, nos repele, nos inspira aversión. 
El orden moral se liga con el provecho y el daño; pero no es ni el 
daño ni el provecho; se dirige á los resultados, pero es indepen- 
diente de ellos; se consuma en la conciencia con el acto libre de la 
voluntad, y allí mei'ece su alabanza ó vituperio, sean cuales fueren 
los efectos imprevistos que cause en lo exterior. Tan íntima es la 
relación de la moral con el bien del individuo, de la sociedad y del 
linaje humano, que á primera vista parece confundirse con esos 
bienes: donde se halla una utilidad individual ó general, allí hay 
ciertas ideas morales que moderan, que dirigen; y al propio tiempo 
es tal su independencia con respecto á esas mismas cosas con las 
cuales está ligada, conserva de un modo tan inalterable su carácter 
en medio de la variedad de los objetos, que parece no tener ninguna 
relación con ellos y ser una especie de divinidad, á la que no afec- 
tan las vicisitudes del mundo.» Palabras como las que acabamos 
de citar, nos traen de un todo á la cuestión que nos hemos pro- 
puesto ventilar. Queda expresado del modo más claro y perspicuo 
que nos ha sido posible, qué es lo que comprendemos por fenómenos 
del orden moral; más digamos para concluir: son los tales aquellos 
que se encuentran en la conciencia del hombre; diciendo esencial- 
mente relación á su fin. ¿Seránlo por ventura el placer y el dolor? 

Si no se tratara de un punto en que tropiezan tantas opiniones, 
bastaría el aplicar la doctrina que acabamos de establecer para 
resolver esta cuestión; mas no sólo nos parece preferible dar los 
fundamentos de la opinión que adoptemos, sino que también vendrá 
al caso refutar las opiniones de los corifeos de la escuela sensualista. 
Para que el dolor y el placer pertenezcan al número de los fenóme- 
nos morales, es necesario, pues, que propendan directa y esencial- 
mente al ñu que Dios designó para la humanidad. Tratemos de 
probar que ambos fenómenos pueden existir sin la moralidad, y 
que ésta á su vez puede existir sin aquéllos. 

La razón y la naturaleza de las cosas acreditan que la época 
reflexiva del hombre viene precedida de otra en la cual éste obedece 
á sus leyes sin conocerlas; en que todo conocimiento es indistinto y 
oscuro, en que la conciencia percibe al yo y al no yo, sin poder decir 



302 JOSÉ 3IANUEL ME8TRE 

que son dos fenómenos, y dos fenómenos correlativos. En esos 
momentos iniciales de la vida humana se desenvuelven las tenden- 
cias que han de impeler al hombre por la vía que Dios le trazó, se 
despiertan las facultades que han de hacerlo capaz de seguirla, y 
cuando éstas reciben cierta especie de excitación por los obstáculos 
que al paso van presentándose, sobreviene una concentración que 
es la primera manifestación ó el primer grado del desenvolvimiento 
voluntario. Siendo sensible la naturaleza humana, experimenta 
placer, cuando sus deseos se ven satisfechos, y dolor en el caso con- 
trario, de lo que resulta que en ese estado primitivo ó de esponta- 
neidad de que vamos ocupándonos, brotan de la actividad del alma 
mil pasiones más ó menos relacionadas entre sí, y que la dominan 
exclusivamente. Habrá, si se quiere, en esa concentración, un 
germen de mando ó de dirección propia; pero semejante poder es 
ciego todavía, y permanece sometido al caprichoso despotismo de 
la pasión mientras la razón no ilumina á la conciencia con sus di- 
vinos resplandoi'es, en una palabra, mientras no aparece el libre 
albedrío. Queda, pues, probado con estas breves consideraciones, 
que el placer y el dolor no son fenómenos del orden moral. El 
orden moral no comienza sino desde donde comienza el dominio de 
la voluntad, como decía Santo Tomás de Aquino, Ihi incipit gemís 
morís ubi incipit dominium voluntatis; y si hay placer y dolor en esos 
momentos de la vida del hombre en que aún no ha comenzado éste 
á ser libre, ó digamos á ser moral, claro es que moralidad y {)lacer 
no son términos que puedan confundirse jamás, ó para ceñirnos á 
las palabras del programa que en estas Consideraciones desenvolve- 
mos, «que el placer y el dolor no son fenómenos de orden moral». 
Pero no es esto por cierto el único ai'gumento que en nuestro 
apoyo podemos alegar. No sólo hay placer y dolor cuando el hom- 
bre aún no ha recibido la unción de la moralidad, sino que asimis- 
mo se encuentran en seres cuya naturaleza los hace enteramente 
ajenos de la libertad. Me refiero á esas impresiones que contem- 
plamos en los irracionales y que tanto parecen asemejarse á las que 
nosotros mismos experimentamos cuando nos afecta en alguna ma- 
nera un objeto agradable ó desagradable: los animales no dotados 
de razón, en efecto, ofrecen síntomas que parecen revelarnos su 
capacidad para el placer y el dolor, y si eso es cierto, ¿podrá decir- 
se con viso de fundamento que estos son fenómenos morales? — Si 
el placer que experimenta el hombre al llegar á un vaso de agua 
sus sedientos labios, en nada se distingue del que un perro sintiera 



CONSIDERACIONES SOBEE EL PLACER Y EL DOLOR 303 

al saciarse en turbio cliarco, ¿qué razón hay para que en el hombre 
sea por esencia moral el placer? Por más que se diga, semejante 
absurdo es insostenible ante un sauo juicio; no, es á todas luces 
repugnante que la más noble prerrogativa del más noble de los seres 
creados, venga tan miserablemente á confundirse con un fenómeno 
que lo mismo tiene lugar en el hombre en aquella época de su vida 
en que más pudiera confundirse con los seres de inferior escala, 
que cuando brilla su mirada con ese fuego que le comunica el libre 
albedrío; con un fenómeno que, á mayor abundamiento, lo mismo 
se encuentra eu el hombre que en los más abyectos animales. 

De paso advertiremos, y acaso cierre esto la puerta á algunas 
objeciones, que, en nuestro concepto, todo cuanto se diga respecto 
á lo que pasa en los seres que no son humanos, no deja de ser una 
hipótesis más ó menos bien fundamentada. Para resolver en esas 
cuestiones no tenemos más que razones de analogía, y éstas en más 
de una ocasión sólo sirven para ahorrarnos suposiciones dispara- 
tadas. Recuérdese si no lo que Descartes y otros filósofos sostu- 
vieron acerca de los brutos, y no se eche en olvido que los materia- 
listas no han escaseado esfuerzos para sacar partido de lo misterioso 
del asunto en contra de la espiritualidad del alma humana. 

Y no sólo se nos presentan mil casos de placer y de dolor en los 
momentos en que no hay moralidad ni puede haberla en la natura- 
leza humana, sino que existen no pocos en los cuales el hombre, 
dueño absoluto de sí mismo, verifica acciones que sólo tienen por 
mira la ley obligatoria del deber y acciones en las cuales, hollando 
esa ley sacrosanta, sólo se propone su interés privado. 

Séanos permitido transcribir un ejemplo del P. Palmes que no 
pudiera ser más oportuno. Hay un hombre que viendo en peligro 
á su patria resuelve dar su vida para salvarla: no se propone ni 
hacer fortuna eu caso de sobrevivir al riesgo, ni mejorar la suerte 
de su familia, ni siquiera adquirir celebridad: él sólo tiene noticia 
del peligro de su patria y no le es posible comunicar la noticia á 
nadie; solo, sin más testigos que Dios y su conciencia, sin más deseo 
que el bien de sus compatricios, marcha al peligro y muere... Esto 
es sublime, moralmente hablando, no sabemos cómo expresar el 
interés, la admiración, el entusiasmo que nos inspira tan heroico 
desprendimiento, un amor tan puro de la patria, un corazón tan 
grande, una voluntad tan firme; muere, pero i ay ! ha sido víctima 
de un engaño que no ha podido prever ni sospechar ! Su muerte, 
lejos de salvar la patria, la ha perdido para siempre. El resultado 



304 JOSÉ 3IAyUEL 3IESTEE 

es desastroso: ¿se disminuye la moralidad y el heroísmo de la 
acción? Xo, ha producido una catástrofe, es verdad; pero él no lo 
podía prever, diremos: el mérito es el mismo. Y ¿ por qué? Porque 
la raíz de este mérito estaba en la voluntad, en la conciencia; pi'o- 
cedía del amor puro de su patria, en cuyas aras se inmolaba, sin 
más testigos que Dios y su conciencia, y guiado por la idea del 
bien, por la prescripción del deber, por el amor de la virtud. El 
heroísmo no deja de serlo por haber sido desgraciado; sobre la tum- 
ba de la patria debería levantarse la estatua del héroe. 

Coloquémonos ahora, agregamos nosotros, bajo otro punto de 
vista distinto. — Un hombre ha sido pagado para cometer un asesi- 
nato: la víctima debe atravesar un sendero extraviado, el infame 
se brinda á acompañarlo, deja ver en su rostro los mejores senti- 
mientos, y su mano traidora acaricia entre tanto el mango de un 
puñal. Mas su máscara hipócrita no consigue engañar completa- 
mente á aquel contra quien se preparaba la atroz alevosía, y perci- 
biendo éste tras de sus fingidos obsequios las peores intenciones, le 
promete recompensarlo con mano generosa si quiere convertirse de 
asesino en fiel guía y compañero. El asesinato no tiene lugar y 
nuestro hombre se salva, porque el otro llegó á comprender que 
más cuenta le tenía dejar el puñal en su vaina que hundirlo en el 
corazón de un hermano. ¿ Deja por ventura este hombre de ser un 
criminal para los otros? ¿quién se atrevería á proclamar descara- 
damente que semejante acción merece el dictado de buena? No 
hubo hecho exterior alguno que pudiera ser vituperado; la maligna 
intención á nadie perjudicó, y por añadidura, la vida de un hombre 
fué salvada. Y sin embargo, ¿quién no verá escrito sobre la frente 
del que dejó de cometer un crimen por conveniencia, el anatema 
de los reprobos? 

Para abatimiento de los partidarios de la doctrina del placer, 
infinitos son los ejemplos que pudiéramos aducir y las consideracio- 
nes que hacer, para acreditar de la más patente manera que al 
formar juicio sobre un acto moral cualquiera, nos desentendemos 
del placer que al que lo ha practicado haya podido resultarle. 
Figurémonos uno al antojo, y que nosotros hayamos de juzgarlo: 
naturalmente tendremos en cuenta el objeto de la acción, la mayor 
ó menor aptitud del agente, el fin, cierta clase de circunstancias, 
etcétera. Pero ¿acaso para nuestra aprobación tendremos á la 
vista las ventajas que hayan podido reportarse del acto? Sin duda 
que no, y muy por la inversa tal vez tanto mayor mérito encentra- 



CONSIDERACIONES SOBRE EL PLACER Y EL DOLOR 305 

mos en éste, cnanto más grande ha sido el interés sacrificado por el 
actor en el cumplimiento de sus deberes. Lo repetimos, y repeti- 
remos una y mil veces: donde no hay cumplimiento libre del deber, 
no puede haber moralidad... ¡ Oh ! vosotros los que aspiráis á me- 
recer bien de vuestros semejantes y de Dios, si hubiereis conseguido 
que vuestras acciones hayan tenido por norma primordial el cum- 
plimiento de la ley obligatoria y por impulso el amor al bien, 
podéis exclamar henchidos de noble satisfacción: est Deus in nobis, 
agitante calescimits tilo !.. . . 



III 



EPICURO — HOBBES 

Mas estamos muy distantes de cerrarle la boca á nuestros ad- 
versarios: quedan expuestos los priucipios que profesamos, y aun 
nos congratulamos de que apoyados también quedan en poderosas 
razones; pero no intentamos rehuir el cuerpo á las objeciones, y 
con tal objeto examinaremos el sensualismo en algunas de sus prin- 
cipales fases y lo refutaremos en tanto que lo permitan nuestras 
facultades. — Comencemos con Epicuro, cuya filosofía tiene por ca- 
rácter el haberse reducido casi enteramente á la moral. La moral 
de Epicuro deducida de su Física y de su Canónica, consiste en el 
más refinado sensualismo; su principio es la utilidad, su fin el eude- 
monismo, y bajo tales bases Epicuro define á la filosofía una «acti- 
vidad que procura por ideas y pruebas una vida feliz»: su moral, 
según Ritter, es la ciencia de la felicidad. Y ¿dónde reside la fe- 
licidad ? La felicidad reside en el placer; y esto para los epicúreos 
se comprueba con la propensión natural y sensible de todos los 
seres. Los animales huyen del dolor y buscan el placer, y en los 
hombres debe suceder lo mismo; sólo sí, con la diferencia que lo 
que hacen los animales instintivamente, nosotros debemos hacerlo 
con reñexión. De esos antecedentes resulta que el verdadero epi- 
cúreo debe saber renunciar á goces que pudieran causarle pena, y 
elegir á las veces dolores de los que puedan resultar grandes pla- 
ceres. He aquí para qué sirve la sabiduría, pues no es más que la 
facultad de discernir entre lo útil y lo perjudicial para el hombre. 
Según un distinguido filósofo alemán, la doctrina de Epicuro es un 
sensualismo rigurosamente desenvuelto en sus principios y en sus 
consecuencias, y como nada es más cierto, esto facilita mucho su 



306 JOSÉ MANUEL MESTRE 

refutacióu. A primera vista, conocemos que en ella no existe nin- 
gún principio absoluto de justicia, ningún fin elevado para la acti- 
vidad individual y social, ningún ideal de la vida humana y de la 
sociedad; y esto explica bastantemente, según Tiberghien, por qué 
esa moral en que tanto brilla la sagacidad de su autor, en que tanto 
se recomienda la templanza, la virtud y la justicia en el interés 
bien entendido del placer, permaneció puede decirse estéril en la 
antigüedad, y antes nos inspira repugnancia que respeto. Pero 
¿será necesaria una formal refutación de Epicuro? Si por acaso, 
que no lo pensamos, no fuese suficiente lo que atrás dejamos ex- 
puesto, nos parece que al refutar otras doctrinas del mismo cuño, 
quedará también ésta refutada: así evitaremos el incurrir en repe- 
ticiones. Trasladándonos ahora á la filosofía moderna y á los filó- 
sofos que siguieron el desenvolvimiento sensualista promovido por 
Bacon de Verulamio, detengámonos por un momento en Tomás 
Hobbes, que en los tiempos modernos ha fundado la moral y la 
política del sensualismo sobre principios no distintos de los del an- 
tiguo, pero mejor eslabonados y desenvueltos. 

Según la concienzuda exposición que hace Mr. Renouvier de 
los fundamentos de la moral de Hobbes, para éste la sensación pro- 
ducida en el cerebro y acompañada de un esfuerzo exterior consti- 
tuye la percepción; esa misma sensación acompañada de un esfuerzo 
interior hacia el corazón constituye ya el placer, ya el dolor, según 
que los movimientos sensibles favorecen ó contrarían el organismo 
vital. Si el esfuerzo ó la reacción tiene lugar hacia la causa de la 
sensación hay apetito: en el caso contrario hay aversión. El objeto 
del apetito es el bien; el de la aversión el mal: no puede existir 
regla común sobre el bien y el mal en la naturaleza sino en el esta- 
do social, en el cual este punto se deja á la decisión del juez. Lo 
bello y lo deforme son los signos aparentes y probables del bien y 
del mal. Belleza, bondad, placer, son especies de bienes: el uno en 
promesa, el otro en hecho, y el último como fin; y con respecto al 
mal, puede hacerse una división análoga. 

Bajo tales premisas, el criterio y el fin supremo del hombre es 
la sensación del placer y del dolor; y de aquí es que el ilustre re- 
presentante del sistema del interés en los tiempos modernos ha po- 
dido formular en estos términos el principio de su doctrina: el hien- 
edar es el fin del hombre. «Así, fin último de toda acción, y por 
consecuencia del hombre; el bienestar: motivo universal de toda 
acción, y por lo tanto de toda conducta humana; el amor del bien- 



CONSIDERACIONES SOBRE EL PLACER Y EL DOLOR 307 

estar. — Hé aquí eu cuatro palabras, dice Jouffroy, el sistema moral 
de Hobbes ». ¿Cuáles pueden ser sus consecuencias? — Claro es que 
será bueno y legítimo cuanto conduzca, al fin de la humanidad: to- 
do, incluso los más atroces actos, debe estar permitido si es un 
medio para conseguir el bienestar. ¿Se nos dirá que pudiera con- 
ciliarse el bienestar de cada uno con el bienestar de los demás? 
Pero decir tal cosa, sería demostrar la más supina ignorancia de la 
naturaleza humana: cada hombre entiende las cosas á su manera, 
cada hombre comprendería f-u bienestar de un modo enteramente in- 
dividual, y todos tendrían el mismo derecho para obrar de un modo 
adecuado á sus ideas: todos tendrían derecho á todo, y como el mis- 
mo Hobbes lo comprendió muy bien, la guerra serla el estado natural. 
Esta horrible consecuencia no fué, es cierto, suficiente para arredrar 
al filósofo inglés; pero se nos antoja que es de por sí más que bas- 
tante para que se desplome cualquier sistema que la haj^a engen- 
drado. En efecto, suponer que siendo la muerte el peor de los ma- 
les, Dios puso al hombre en un estado que tan directamente 
conducía á ella; suponer que sólo hubiera podido salvarlo otro esta- 
do ficticio é hijo de la necesidad, como supone Hobbes ser la socie- 
dad, nos parece el mayor de los absurdos. Hobbes en su sistema 
niega que el hombre pueda ser impulsado por el móvil instintivo y 
por el móvil moral; trunca además, como lo probó satisfactoriamen- 
te Jouffroy, el móvil egoísta, y para que su infidelidad psicológica 
llegase hasta sus últimos límites, mutila también el placer para no 
considerar más que una de sus fases; y si no fuera porque no cree- 
mos que éste sea el momento más á propósito para refutar esa doc- 
ti'ina, sino fuera porque nuestro objeto sólo se circunscribe á probar 
contra Hobbes, como contra cualquier otro filósofo que campee por 
doctrinas semejantes, que el placer no es un fenómeno moral, ha- 
ríamos ver por medio del análisis psicológico que exií^ten eu el espí- 
ritu humano, además de los fenómenos de la sensación, principios 
racionales, impersonales y unos que son condiciones para el conoci- 
miento sensible, facultades á las que se refieren todos los actos espi- 
rituales que podemos cumplir, y por último, una unidad la más 
elevada, la unidad del ser espiritual, fuente de todas nuestras fa- 
cultades. 

Pero basta de Hobbes: tráigase aquí á la memoria lo que ya 
hemos dicho, para probar que no todo es egoísmo en las acciones 
del hombre, que el placer no es de la categoría de los fenómenos 
morales, y de ese modo, dentro de muy poco, al refutar á Jeremías 



308 JOSÉ MANUEL MESTRE 

Bentham, podremos dedicar todos nuestros esfuerzos á sostener los 
principios que contra el sensualismo hemos ido desenvolviendo en 
estas Consideraciones, á probar, en una palabra, que en la naturaleza 
del hombre existe una continua é irresistible aspiración hacia 
el bien. 



IV 



BENTHAM 

Para no pecar de falta de orden, comenzaremos exponiendo las 
bases del sistema Beutamista, y de ahí pasaremos á presentar á 
éste bajo el punto de vista en que nos coloca el tema que nos hemos 
propuesto. Bentham, de quien dice Jouífroy para dar en cierto 
modo razón de sus opiniones, que más bien que como metafísico 
debe ser considerado como legista, parte en su discurso sobre los 
principios de la legislación de la proposición siguiente: La natura- 
leza ha colocado al hombre bajo el imperio del placer y del dolor. En su 
concepto, les debemos todas nuestras ideas: á ellos referimos todos 
nuestros juicios, las determinaciones todas de nuestra vida: no sabe 
lo que dice el que pretenda sustraerse á su yugo, puesto que, aun 
en el mismo momento en que huye de los más grandes placeres y 
en que se somete á los más vivos dolores, sólo tiene por objeto el 
procurar los primeros y evitar los segundos. En tal virtud, Ben- 
tham considera que esos sentimientos eternos é irresistibles deben 
ser el gran estudio del moralista y del legislador, y como para que 
ninguno siga el principio de la utilidad de una manera equivocada, 
se dedica á caracterizar del modo más detallado cuál es y debe ser 
la bandera del verdadero partidario de la utilidad. La utilidad es 
un término abstracto que expresa la propiedad ó la tendencia de 
una cosa para preservar de algún mal ó procurar algún bien. Mal 
es pena, dice Bentham, dolor ó causa de dolor; bien es placer ó 
causa de placer. El partidario del principio de la utilidad, por lo 
tanto, mide su aprobación ó desaprobación de un acto privado ó 
público por su tendencia á producir penas y placeres; emplea los 
términos ^Msío, injusto, moral é inmoral, bueno, malo, como colectivos 
que contienen ideas de ciertos placeres y de ciertas penas, sin darles 
otro sentido; y no mira la virtud como un bien, sino á causa de los 
placeres que de ella se derivan; ni como un mal vicio, sino por las 
penas que trae consigo. 



CONSIDERACIONES SOBRE EL PLACER Y EL DOLOR 309 

Una vez establecidos los cimientos del sistema utilitario de una 
manera tan magistral, y después de refutar y echar á su juicio por 
tierra cuanto no sea el tal sistema, Bentham cae en la cuenta de 
que pueden suscitarse algunos escrupulillos 6 pequeñas dificultades 
verbales contra el principio de la utilidad, y se detiene algún tanto 
en desvanecerlas, para pasar después á formar un prolijo catálogo 
de los placeres y de las penas. ¿Queréis saber por qué cree Ben- 
tham de gran utilidad á su catálogo? «Todo el sistema de la 
moral, dice, todo el sistema de la legislación descansan sobre esta 
única base: el conocimiento de los placeres y de las penas. Este es el 
principio de todas las ideas claras; cuando se habla de vicios y de 
virtudes, de acciones inocentes ó criminales, de sistema remunera- 
torio ó penal, ¿de qué se trata? De penas y de placeres, y de nada 
más que eso. Un raciocinio en moral ó en legislación que no puede 
traducirse por estas sencillas palabras, pena ó placer, es un racioci- 
nio oscuro y sofístico, del que nada en limpio puede sacarse. » Conse- 
cuente á esto, para el legista inglés el estudio de la interesante 
materia de los delitos, no es en el fondo más que una comparación, 
un cálculo de penas y de placeres. « Consideraréis el crimen ó el 
mal de ciertas acciones, esto es, las penas que de ellas resultan 
para tales ó cuales individuos; el motivo del delincuente, esto es, el 
atractivo de cierto placer que lo impelió, el p7-ovecho del crimen, es 
decir, la adquisición de algún placer que ha sido su consecuencia; 
el castigo legal que ha de imponerse, ó sea algunas de esas mismas 
penas que es necesario hacer sufrir al culpable.)) 

He aquí la teoría de las penas y los placeres, que es para los 
utilitarios el fundamento de toda la ciencia. Así pues, como que 
el placer y la pena son los únicos móviles de la voluntad, un ser á 
quien no pudiéramos hacer experimentar ni uno ni otro, sería com- 
pletamente independiente respecto de nosotros: la sanción de una 
ley deberá fundarse en el placer ó en el dolor, y la ley de un estado 
no podrá regir en otro. Cuenta que estamos muy lejos de pensar 
haber hecho una exposición satisfactoria de la doctrina de Bentham, 
mas tampoco nos propusimos eso por objeto; no tratamos de refutar 
esa doctrina bajo todos sus aspectos, sino bajo uno tan sólo, y por 
consiguiente hemos querido evitar el salir de nuestro cíiculo. 
Queda puesto en evidencia que, en su sentir, bien y mal son nombres 
impuestos al placer y al dolor, y que éstos, á más de principios de 
nuestras acciones, son los premios y castigos que á éstas destinó la 
naturaleza; en una palabra, que, para Bentham, el placer y el dolor 



:^10 JOSÉ MANUEL 31 ESTE E 

son por sí fenómenos pertenecientes á lo que nosotros llamamos el 
oi-den moral. Efectivamente, si el mal no pasa de ser un dolor y 
el bien un placer, y si la sanción de la ley (caso en el cual para 
nosotros, anti-bentamistas, el dolor y el placer tienen un carácter 
moral) sólo es premio ó castigo, porque interviene un placer ó un 
dolor, se deduce de ahí que estos fenómenos son por su esencia 
morales, influj-en sobre las costumbres, porque tal es su naturaleza, 
y no son sanciones porque el hombre las haya aplicado en ese sen- 
tido, sino que de suyo lo son, siempre que sean el resultado de la 
observancia ó contravención de ciertas reglas de conducta. 

Vémonos, pues, en el caso de refutar á Bentham en sus princi- 
pios y en sus consecuencias, y así procuraremos hacerlo como pro- 
metimos, aunque esquivando toda digresión. — Como vimos, la base 
de su doctiina es que la naturaleza ha colocado al hombre bajo el 
impelió del placer y del dolor, y entendiendo por la palabra natu- 
raleza el autor y criador de ella, deduciremos con fundamento que 
Bentham niega la existencia del libre albedrío. ¿En qué se apoya 
proposición semejante? Excusado parece que nos detengamos en 
avei'iguarlo, puesto que Bentham no se tomó el trabajo de funda- 
mentar y razonar los principios sobre los cuales estableció su siste- 
ma, mostrando en ello muy poca lógica, ya que hizo alarde de mu- 
cha en los desenvolvimientos. Es imposible concebir libertad en el 
hombre, una vez admitido que todas las determinaciones de su vida 
han de referirse al impulso que le impriman el placer y el dolor. 
Bentham desconoce el libre albedrío, y al afirmar que el pensamien- 
to actual es consecuencia de los pensamientos anteriores, nos da 
margen para pensar que, en concepto suyo, cuando creemos obrar 
por impulso pi-opio, no hacemos más que seguir el que de fuera he- 
mos recibido: supuesto esto, ¿tendremos nosotros que probar aquí 
la libertad humana? ¿Nos veremos obligados á alegar minuciosas 
}>rnebas de que el hombre es algo más que una máquina movida 
por sólo dos resortes? No podemos menos de confesar que desde- 
ñamos el entrar en semejante argumentación. Quien dice que el 
hombre sólo es movido por el placer y el dolor; quien dice que 
éstos son los únicos fines que en sus acciones se propone; quien, 
por lo tajito, sólo ve la sanción de las leyes en la pena ó el placer 
que, bien por la naturaleza, bien por otras circunstancias, pueden 
resultar de su observancia ó transgresión, niega á todas luces que 
el hombre goza del libre albedrío, y quien niega que el hombre es 
un ser libre, profiere el más incomprensible de los absurdos. Si de 



CONSIDERACIONES SOBRE EL PLACER Y EL DOLOR 311 

alguna prueba hubiéramos de valemos, nos contentaríamos con 
acudir al testimonio del género humano. ¿Os creéis por ventura 
responsable de vuestras acciones?, iríamos preguntando uno por 
uno á todos los hombres; y estamos seguros de que ni uno siquiera 
de cuantos disfrutan el buen uso de sus facultades, dejaría de res- 
pondernos afirmativamente. Que lo honesto y justo pueda ser útil, 
admitido; que siempre lo sea, pase; pero que la utilidad pueda ser 
causa de la honestidad y de la justicia, ¿quién pudiera aceptarlo en 
sano juicio? Y sin embargo, para ser partidario del principio de 
la utilidad, como hemos visto, es necesario medir la aprobación ó 
desaprobación de un acto privado ó público por su tendencia á pro- 
ducir penas y placeres, y emplear las palabras justo, injusto, moral, 
inmoral, bueno, malo, con referencia al placer ó á la pena, y sola- 
mente en ese sentido: véase á lo que conduce la doctrina de Ben- 
tham. « Díganme ustedes, ¡ oh hombres !, exclamaba hace no pocos 
años cierto religioso valenciano, al refutar algunos puntos de esa 
misma doctrina; saben ó han oído decir que acusado algún reo de 
algún crimen, sea verdadero ó falso, y queriendo excusarse de veras 
de lo que se le imputa, haya dado en descargo y para justificarse 
la razón de que si cometió el tal delito fué porque le había sido útil 
y traído cuenta cometerlo?» — Creo muy bien poder asegurar que la 
respuesta de cuantos tienen la bondad de leer estas consideraciones, 
no hubiera sido muy distinta de la nuestra. 

Aquí vendría muy bien el probarle al legista que las reglas de 
la conducta humana deben dimanar de un principio absoluto, inva- 
riable y universal, para deducir de eso que el principio de la utili- 
dad no puede servir para el efecto, por ser esencialmente vago y 
relativo. Pero el mismo Bentham nos ahorra el entrar en esa dis- 
cusión, incurriendo en ciertas inconsecuencias. «Un hombre, dice, 
que conociese bien sus intereses, no se permitiría ni un solo delito 
oculto, ya por el temor de contraer un hábito vergonzoso, que tarde 
ó temprano le haría conocer, ya porque aquellos secretos que se 
quieren encubrir á la vista penetrante de los hombres, dejan en el 
corazón un fondo de quietud que acibara todos los placeres. Todo 
lo que pudiera adquirir á costa de su seguridad, no valdría tanto 
como ésta; y si desea la estimación de los hombres, el mejor garan- 
de que puede tener de ella es la suya propia.» — Si Bentham toma 
los términos placer y pena en su significación vulgar, como dice él 
mismo, sin inventar definiciones arbitrarias, ¿ cómo pretende dar la 
pauta de lo que es ó no conveniente? Para saber eso no se necesi- 



312 JOSÉ MANVEL MESTRE 

ta, dice él, consultar á Platón ni á Aristóteles, y agregaremos nos- 
otros, ni á Bentbam tampoco, puesto que « pena y placer no son 
más que lo que cada uno comprende que lo es, el palurdo como el 
príncipe, el ignorante como el filósofo «. — En verdad, ¿no es una 
palpable contradicción la que acabamos de hacer notar? Si cada 
uno puede hacer entender á su modo lo que es el placer y lo que 
es el dolor, ¿no pudiera decirse á Bentbam que si para él la segu- 
ridad vale más que todo lo que pudiera adquirirse á costa de ella, 
no faltará quien opine de una manera enteramente contraria? Sin 
duda que sin darse cuenta de ello, Bentbam rindió parias en esta 
ocasión á la necesidad de un principio impersonal que sirviera de 
norma á las acciones humanas. Y no es esto todo: ¿pudiera anali- 
zarnos Bentbam ese principio de inquietud que dejan en el corazón 
del hombre aquellos secretos que desea encubrir á la vista de los 
demás y que acibaran todos sus placeres? Se nos figura que seme- 
jante análisis no podría caber en su sistema, lo que probaríamos si 
no rehuyéramos cuidadosamente las digresiones. 

Si el placer y la pena, diremos resumiendo cuanto queda dicho 
hasta ahora, no pueden ser considerados ni como únicos móviles 
ni como fines supremos del hombre; si es de todo punto inexacto 
que la naturaleza haya colocado al hombre bajo su imperio; si para 
decirlo así de una vez, el principio de la utilidad no es ni puede ser 
el que sirva para caracterizar de virtuosa ó de viciosa á una acción 
cualquiera, ¿podrá repetirse con Jeremías Bentbam que todo el 
sistema de la moral y el de la legislación descansan por única baso 
en el conocimiento de los placeres y de las penas? ¿Podrá pensar- 
se por ventura que cuando se habla de vicios y de virtudes, de 
acciones inocentes ó criminales, de sistema remuneratorio ó penal, 
sólo se trata de penas y de placeres? I^o, mil veces no; «el hombre 
podrá hacer que las cosas sean útiles, mas no que las acciones sean 
justas á medida de su voluntad y para satisfacer sus necesidades y 
antojos)). ^ Entre lo útil y lo justo existen muy marcadas diferen- 
cias: el sistema de Bentbam es erróneo en sus premisas y lo es asi- 
mismo en sus consecuencias; desconoce la naturaleza humana y 
degrada al hombre del lugar predilecto en que Dios lo colocó. 
¡ Cómo ! ¿Será posible que en la intención no haya responsabilidad 
alguna? ¿A que queda entonces reducida la moral? ¿Quién po- 
drá revocar á duda que ella puede penetrar hasta ese fuero sacro- 

1 Dr. D. M. (i. fiel Valle, Catedrático decano de la Facultad de Filosofia en esta Univer- 
sidad.— N. del A. 



CONSIDERACIONES SOBRE EL PLACER Y EL DOLOR 313 

santo interno, donde se embota la espada de la ley escrita? — (f¿Por 
qué esos elogios, pregunta De Gerando en su amable libro del Per- 
feccionamiento moral, por qué ese vituperio para ciertas acciones? 
IS'o se vitupera la piedra que en su caída mata al transeúnte, no 
nos merece estimación el remedio que cura al enfermo, no se con- 
dena al demente que hiere á su amigo, no se alaba al que inadver- 
tidamente salva la vida de 'otro. Podrá compadecerse al hombre 
que se ha equivocado en la elección de sus placeres, felicitarse al 
que ha calculado mejor; pero no ha}^ para ellos ni admiración ni 
censura.)) — Pero decid, ¡ oh placeristas !, ¿ignoráis que existe cierto 
gusano que roe cruelmente el corazón del culpable, aun en medio 
de todos los placeres que su crimen haya podido proporcionarle? 
¿En qué se diferenciaría entonces el hombre de esas bestias feroces 
que pueden reposar tranquilas sobre los despojos palpitantes de sus 
víctimas y entre charcos humeantes de sangre? ¡ No !, repetimos; 
el hombre no puede abdicar el cetro que Dios puso en su mano; es 
una calumnia afirmar, del modo que lo hace Bentham, que la na- 
turaleza lo haya colocado bajo el imperio del placer y del dolor; y 
bien podemos decir con Silvio Pellico: «el deber y la felicidad del 
hombre se reducen á asemejarse á Dios, á no anhelar ni querer otra 
cosa que ser bueno, porque lo es Dios, que le dio el destino de al- 
canzar todas las virtudes hasta identificarse con él )>. 

Creemos haber demostrado suficientemente contra la escuela del 
sensualismo, que el placer y el dolor no son por sí mismos fenóme- 
nos del orden moral, y antes de detenernos en salvar una objeción 
que pudiera presentarse contra lo que hemos opinado, queremos 
dejar aquí consignado nuestro sentimiento al oir de la boca del 
Conde José de Maistre que (ftodo mal es un castigo», ^ puesto que 
en un talento tan fino y profundo como el suyo y en tan religiosas 
opiniones como las que profesa, semejantes palabras no las atina 
uno á comprender. 

Por lo que toca á la objeción, no faltará quien diga que el amor 
al bien también puede extraviarse, y que siendo absoluto y univer- 
sal el principio de justicia, no se explica cómo hay tan diversos y 
aun contrapuestos juicios sobre las acciones humanas. Tal argu- 
mento es sin duda más especioso que sólido, porque estriba todo en 
confundir la existencia de la lej'^ con su aplicación: dadas la natu- 
raleza y las relaciones del hombre, fácil es determinar los deberes 

1 Veladas de San Petersburgo, 4a 



314 JOSÉ MANUEL MESTRE 

que de ella se derivan; pero como el hombre uo es un ser perfecto, 
puede equivocarse en la determinación de las verdaderas relaciones 
que con sus semejantes lo unen, y de ahí aplicar falsamente la ley 
moral. De ese modo, la aplicación de las leyes morales podrá di- 
versificarse más ó menos; pero ellas no dejarán por eso de ser las 
mismas para todas las conciencias. La prueba de ello es que su- 
puesto un precepto moral cualquiera, no nos puede caber en la mente 
que admita su más y su menos; no podríamos concebir que otro hom- 
bre, teniendo expedito el uso de su razón, creyese por ejemplo justo 
lo que todos reprueban como injusto; ¡ cuan de otra manera sucede 
con lo útil ! — El hombre sobrio puede comprender muy bien qué 
cosas, para él superfinas, sean de primera necesidad para otros; el 
que ha pasado una vida errante y azarosa aceptará sin dificultad 
que para no pocos hombres vivir de la manera que él vive tanto val- 
dría como morir de privaciones; y nosotros mismos ¿ no vemos bien 
claramente como, cosas que las circunstancias de la civilización nos 
han hecho del todo indispensables, serían superfinas para el salvaje 
morador de los bosques? La verdad moral, como dice muy bien 
Cousin, en nada difiere de la verdad matemática; y la verdad se le- 
gitima por sí sola y es la base de sí misma; es absoluta, en una pala- 
bra. Pero volvamos á oir por un momento al utilitario: «Ved en 
qué círculo se encierra uno al no querer conocer el principio de uti- 
lidad. — Debo cumplir mi promesa. — ¿Por qué? — Porqviemelo pres- 
cribe mi conciencia. — ¿ Cómo sabéis que os lo prescribe vuestra 
conciencia?— Porque tengo de ello el sentimiento íntimo. — ¿Porqué 
debéis obedecer á vuestra conciencia? — Porque Dios es el autor de 
mi naturaleza, y obedecer á mi conciencia es obedecer á Dios. — 
¿ Por qué debéis obedecer Dios ? — Porque es mi primer deber. — ¿ Có- 
mo lo sabéis ? — Porque me lo dice mi conciencia, etc. Hé aquí el 
círculo eterno do donde jamás se sale; hé aquí la fuente de los más 
tenaces é invencibles errores «. 

Séanos permitido el contraponer á la maliciosa petición de j)rinci- 
pio que nos presenta Bentham, un raciocinio menos sofístico y de 
todo punto positivo. — ¿Por qué habéis cometido un robo ? — Porque 
eso convenía á mi interés. — ¿Y cómo sabéis que es así? — Porque 
calculé de antemano todas las consecuencias de mi acción, pesé las 
ventajas y perjuicios que de ello pudieran resultarme y como que 
aquéllas eran superiores á éstos, no vacilé en decidirme. — Mas ¿no 
sabéis que segfán vuestro Bentham, el hombre que conozca bien su 
interés no puede permitirse un solo delito oculto? Y vos (nos re- 



CONSIDERACIONES SOBRE EL PLACER Y EL DOLOR 315 

dargüirá) ¿habéis olvidado acaso que, según ese mismo filósofo, 
cada uno se constituye y debe constituirse juez de su utilidad; que de otra 
manera el hombre no seria un agente racional, sino medios que un niño, un 
idiota ? — ¿ No es cierto, preguntamos ahora, que en este raciocinio 
se encuentra exactamente bosquejado todo el sistema de Bentham? 
En cuanto á su círculo vicioso, bien podemos ponerle punto final 
con estas palabras de Cousin: «Lo absoluto se legitima por sí mis- 
mo; si se me pregunta por qué hay deberes, responderé que porque 
hay deberes: no hay razón que dar de la razón; es cierto por esencia 
que es necesario ser fiel á nuestras promesas, cualquiera que sea el resul- 
tado de esa fidelidad.» 



V 



RELACIONES ENTRE LA MORALIDAD Y LA UTILIDAD. — EL PLACER Y EL 
DOLOR PUEDEN REPRESENTAR FENÓMENOS MORALES. — CÓMO Y CUANDO. 

Pero no vaya á creerse que entre lo útil y lo justo no puede 
menos de haber contraposición; estamos muy lejos de pensarlo así. 
En muchas ocasiones, más diré, en la mayor parte, ambas cosas se 
encuentran asociadas y aun confundidas: de que hayamos sostenido 
que las acciones humanas pueden estar sometidas al móvil moral, 
no podrá deducirse en buena lógica que desconozcamos el móvil 
interesado. Indudablemente que el hombre desea su felicidad, y 
que este deseo debe unirse en la mayor parte de sus actos al de la 
perfección, y es palpable asimismo que el deseo de la felicidad 
puede combinarse con el amor al bien, puesto que un ser moral 
puede muy bien ser legítimo. Esto mismo es una prueba de la 
admirable sabiduría divina, que con el placer ha sabido mover á los 
inertes, animar á los perezosos, estimular á los de buenos deseos y 
premiar á los hombres de bien, y ha sabido aplicar el dolor de una 
manera correspondiente. Así decía muy bien el Cardenal de Po- 
lignac en su Anti- Lucrecio: 

Namque Imminis natura honum sihi semper, ct ultra 
Prosequitur, quoque instindu desiderat esse 
IIoc etiam esse bene 

Y á tal punto llegó para algunos la íntima relación de la utili- 
dad con la justicia, que no faltó quien dijera exageradamente en la 
antigüedad: Quod honestum non est, id ne utUe quídem (Cicerón, III 



316 JOSÉ MANUEL 3ÍESTEE 

De Ojffitiis). — Este es ciei^tamente el reverso de la medalla de los 
sensualistas. Nosotros preferiríamos más bien el haber sido los 
autores del párrafo siguiente, que tomamos en la obra de De Ge- 
rando: 

« El placer que proviene de las impresiones sensuales contenido 
en los límites necesarios á su propia economía, los diversos géneros 
de funciones que traen consigo las afecciones del corazón, la con- 
templación de lo bello, la posesión de lo verdadero, son otros tantos 
y sucesivos escalones que conducen á la felicidad, que cada vez más 
se aproximan á ella, sin ser ella misma, que la hacen presentir y 
desear; por cuya razón los goces concedidos al hombre siguen los 
mismos progresos que su perfeccionamiento. Pero los órdenes in- 
feriores de goces, abandonados á sí mismos, se excluyen á menudo 
y se contradicen entre sí; no puede gustarse de uno sino á costa de 
otro, 3' con frecuencia uno de ellos se destruj^e y emponzoña por sí 
mismo por sus excesos y extravíos; recibidos y adoptados por la 
virtud, se concillan, viniendo á ser esa virtud para ellos una especie 
de metro ó diapasón. Los placeres de la personalidad sensual tenían 
algo de concentrado, de estrecho, eran agitados y temerosos, no so- 
lamente estaban encerrados en el yo, sino que al gustarlos no percibía 
su objeto, no discernía lo que tenían de útil; autorizados por la vir- 
tud, descubren su fin; respirados por la inocencia, se despojan de 
cuanto tienen de grosero é impuro para medirse por la necesidad de 
una sabia y prudente economía. Los placeres de las afecciones 
eran inciertos en su objeto; la virtud al darles la estimación por 
alimento hizo comprender el verdadero amor. Los placeres del es- 
píritu se detenían en una región especulativa, la virtud los hace en- 
trar en la esfera de la voluntad, en el dominio de la acción; les da 
una realidad profunda, los convierte como en propiedad y sustancia 
de nuestra alma, transforma el asentimiento de la razón en una 
aprobación de la conciencia, y la satisfacción que había proporcio- 
nado la contemplación en un contento íntimo, que llena de encan- 
tos nuestro comercio con nosotros mismos.» — Hasta aquí De Geran- 
do ¿que pudiéramos decir después de citar tan elocuentes como 
profundas palabras ? — Si el placer y el dolor no son fenómenos del 
orden moral, no por eso dejan de ofrecer con frecuencia sus carac- 
teres. A cada momento se nos presentan con el sello de la morali- 
dad, y esto se explica muy fácilmente. Si como hemos dicho atrás, 
el placer y el dolor pueden ser usados como premios ó castigos, si 
toda vez que se ofrece á nuestro juicio un hecho de libertad cual- 



CONSIDERACIONES SOBRE EL PLACER Y EL DOLOR 317 

quiera, al calificarlo de justo ó de injusto, de meritorio ó demerito- 
rio, lo consideramos también como digno de recompensa ó de pena, 
no cabe duda que el placer y el dolor desempeñan un papel intere- 
sante en la escena de la moralidad. ¿Quiere decir eso acaso que 
por sí sean fenómenos morales? No; y esto lo hemos probado nos 
parece que hasta la evidencia, con lo que economizaremos palabras. 
Lo que hacen el placer y el dolor por consiguiente es representar fe- 
nómenos morales unas veces, y otras aparecérsenos confundidos con 
la fuente de donde han emanado. Esto último sucede con esos pla- 
ceres sublimes y profundos que trae consigo la práctica de la virtud, 
pues en este caso confundiéndose al efecto con la causa, á la emana- 
ción con el principio, han llegado á ser considerados como la defini- 
ción de la misma virtud. En cuanto á lo primero, no cabe duda: 
el placer y el dolor pueden convertirse en representaciones del orden 
moral siempre que se presenten con el carácter de premio ó de cas- 
tigo. Entre placer y premio, entre dolor y castigo llega á estable- 
cerse para el hombre una íntima relación; por la que, sin perder su 
naturaleza, el placer y el dolor adquieren el aspecto de fenómenos 
esencialmente morales. 

¿Y quién ha verificado esa transformación, quién les ha comu- 
nicado tal aspecto á esos fenómenos? La Providencia divina, al 
formar al hombre como lo formó, al hacerlo susceptible de moverse 
bajo el impulso de tres distintos resortes, y al señalarle el fin su- 
premo que debiera proponerse, quiso sin duda que sus primeros 
pasos tuvieran la mejor dirección posible, y teniendo en cuenta esa 
época de espontaneidad en que aún no jjuede resplandecer el genio 
moral y que inevitablemente ha de atravesar el hombre en los pri- 
meros tiempos de su existencia, hizo de modo que ciertas acciones 
que tendían al bien directamente, tuviesen por consecuencia un 
placer, y aquellas que de él se alejaban engendrasen el dolor. De 
ese modo el hombre, aun en esa época de oscuridad y de indiferen- 
cia moral, había de dirigirse al bien al ir en pos de los placeres que 
así podía proporcionarse. Eso era prepararlo para emprender con 
fruto la mejor de las jornadas; eso era, si se nos permite la expre- 
sión, regar de flores del más seductor perfume los umbrales del ca- 
mino del bien. Dios, por lo tanto, hizo que el hombre, desde la 
primer aurora de su vida moral, se encontrase con ciertos placeres 
al practicar unas acciones, y con ciertos dolores al verificar otras, y 
de ahí resultó que el placer fué poco á poco convirtiéndose en sím- 
bolo de la recompensa, y el dolor en representación del castigo; que 



318 JOSÉ MANUEL MESTBÉ 

el móvil del placer dio en aparecerse con el carácter de sanción, y 
que desde ese momento pudieran los placeres ser transformados por 
el orden moral en recompensas, y en castigos los dolores. Si como 
decía Santo Tomás (Summa Theolog. P. l'>, quest. 49, art. 11): 
Deus est auctor muli quod est j)cena, el hombre también, pudiéramos 
decir, sabe comunicarle al mal el aspecto de la pena: ésta y el pla- 
cer, pues, llegaron á ser verdaderos signos alegóricos del premio y 
del castigo; y como la inteligencia del hombre es tan llevada de esas 
estrechas asociaciones que entre el signo y la cosa significada se es- 
tablecen, llegó por fin á tener lugar una especie de transubstancia- 
ción, digámoslo así, por medio de la cual, el placer y el dolor se 
asimilaron los caracteres todos del orden moral. 

Por lo que respecta á esos primeros placej^es y dolores que se 
transformaron en sanciones, baste traer á la memoria el placer ín- 
timo que sentimos al verificar una acción buena, y los remordimien- 
tos, amarga fruta del árbol del mal. En cuanto á los demás, sufi- 
ciente será que arrojemos en torno nuestro una mirada. — Ved á ese 
niño que corre y juguetea por las floridas callejuelas de un jardín, 
¿qué significación podrá tener para él el solaz de que goza en ese 
momento ? A buen seguro está que traiga á la mente su buen com- 
portamiento anterior. Pero llega un día en que queriendo su padre 
sacar partido de todo para mejor educarlo, sólo le consiente esparcir 
su ánimo entre las flores y perseguir en vano á la ligera mariposa, 
cuando en el día ha dado muestras de buena conducta y aplicación. 
¿ No es cierto que desde entonces los paseos por el jardín han de 
tomar para él un aspecto enteramente nuevo? — Ved asimismo aquel 
hombre que ha recibido un golpe en la cabeza, suponed que le haya 
sido inferido en clase de pena, suponed también que una piedra al caer 
se lo causó. ¿Juzgáis queen ambos casos sea idéntica la impresión ? 
¿No veis que en el primero el dolor era un castigo, y en el segundo 
el dolor no era más que dolor? — El orden moral, pues, se apodera 
de esos fenómenos, y transformándolos en premios y en penas, los 
reviste de una fisonomía enteramente nueva. He aquí expuesto; 
sucintamente sí, mas creemos que al mismo tiempo, con la suficien- 
te claridad, cómo llegan el j^lacer y d dolor á adquirir el carácter de fenó- 
menos del orden moral. 

¿Será preciso que nos detengamos mucho en determinar cuándo, 
en qué época de la vida humana se verifica esto? — Si echamos una 
mirada retrospectiva sobre el camino que llevamos recorrido, se ve- 
rá que esta pregunta tiene la más fácil solución. Como hemos visto, 



CONSIDERACIONES SOBRE EL PLACER Y EL DOLOR 319 

hay un período en el desenvolvimiento de la naturaleza humana, 
durante el cual todas las cosas que en el hombre suceden pasan sin 
dejar huella alguna en su conciencia; los afectos descuellan, los im- 
pulsos ciegos predominan, hasta que la luz de la razón va paulati- 
namente vivificándose allí para llegar á ser más adelante el faro que 
todo lo ilumine. En ese entretanto, en que, como decía el filósofo 
Vives, Spontanea vatio non tam certis ac notis principiis aggreditiir opus 
sunm qiiám jvssa, no ha comenzado el orden moral todavía, no existe 
aquel conocimiento ni aquella libertad que son las condiciones 
indispensables de ese orden, y por consiguiente todos los placeres 
y dolores que el hombre pueda, experimentar, no podrán en manera 
alguna tener para él significación moral. Cuando el hombre 
comienza á ser dueño de sí mismo, á dirigir sus acciones, ó en fin á 
ser responsable de ellas, cuando todas sus facultades principian 
á obrar en perfecta síntesis y armonía es cuando nace el orden mo- 
ral, y entonces, y sólo desde entonces será capaz de ver en impresio- 
nes como el placer y el dolor el carácter de la moralidad, y aun de 
transformarlas en premios y en castigos. — Lo mismo que acontece 
en el individuo sucede en la humanidad. La humanidad tiene 
también su infancia, su época de espontaneidad: la misma confu- 
sión, la misma propensión ciega é instintiva que se nota en el hom- 
bre individuo se deja notar también en el hombre colectivo, y eso 
explica por qué hay ciertos dolores que han pasado de generación en 
generación siempre con el carácter de castigos, y nos permite su- 
poner que hubo épocas en las cuales el genio de la humanidad no 
pensó en considerar como signos ó representaciones del orden moral 
á muchos placeres y dolores que en nuestros tiempos presentan 
perennemente ese carácter. — Por lo demás, por las impresio- 
nes agradables ó desagradables que en una época dada del pasado 
recibían el sello de la moralidad, fácil sería sacar en consecuencia 
el grado de adelanto ó de atraso que en ella había alcanzado la 
humanidad en la vía de su perfeccionamiento. — Mas ¿ podrán acaso 
fijarse los límites que separan á la espontaneidad de la reflexión ? 
La misma penumbra que entre la luz y la sombra encontramos, 
se nos muestra también entre esas fases de nuestro desenvolvi- 
miento. ¿Quién pudiera decirnos hasta qué momento fijo duran 
las tinieblas de la noche y desde cuál comienzan los arreboles 
del día? 



320 JOSÉ MANUEL 3IESTÉE 



YI 



IMPORTANCIA DEL ASUXTO 

Como que desde uu principio nos fijamos ciertos límites para 
este trabajo, tiempo es ya de que le pongamos fin. El asunto exi- 
gía, sin duda, maj'ores desenvolvimientos, junto con pluma j cabeza 
más ejercitadas, razón por la cual hemos procui^ado poner en relieve 
los puntos de mayor interés, tan sólo contentándonos con exponer 
brevemente los otros; mas nos anima la esperanza de que la convic- 
ción que nos ha impulsado haya hecho que nuestros esfuerzos no 
sean enteramente inútiles. Si el lector tiene á bien recordar el 
plan que nos trazamos, habrá de ver cómo después de dar la más 
exacta noción que nos fué posible del placer y del dolor, y así que 
hubimos fijado los caracteres distintivos de los que por eseucia son 
fenómenos morales, expusimos las razones en que nos fundábamos 
para creer que el placer y el dolor no pertenecían al número de 
éstos; emprendímosla en seguida con algunos de los principales 
campeones antiguos y modernos de la escuela sensualista, y nos 
dedicamos á probar por qué, en nuestro entender, el placer y el 
dolor sólo pueden considerarse como representaciones del orden 
moral, y cómo reciben de éste tal carácter cuando la criatura co- 
mienza á respirar la atmósfera de la libertad. Se nos figuró que 
únicamente así hubiéramos podido reducir un asunto tan vasto á 
los estrechos límites que nos propusimos en estas Consideraciones. 
Aquí podríamos, por lo tanto, concluir, si no nos pareciese muy del 
caso hacer antes algunas observaciones sobre la importancia de la 
cuestión que acabamos de examinar. 

Prescindamos de que por punto general puede muy bien decirse 
que la moral que hemos refutado rompe los vínculos que unen á la 
criatura con el Criador, reduciendo á la primera « á la condición del 
vil gusano que se arrastra por la tierra»; prescindamos de que cier- 
tas acciones, acaso las más heroicas, se harían imposible si sólo 
pudieran legitimarse por el móvil del placer, y descendamos al te- 
rreno de las consecuencias prácticas. A nadie puede ocultársele 
que el placer y el dolor son dos poderosos resortes en los movimien- 
tos humanos. 

Como antes heiuos manifestado, no sólo no se opone á la natu- 
raleza el empleai'los como medio de perfeccionamiento, sino que 



CONSIDERACIONES SOBRE EL PLACER Y EL DOLOR 321 

ella misma nos lo sugiere bien claramente. La Sabiduría Sublime 
colocó el resorte de la necesidad allí donde se encontraba para el 
hombre un medio de progreso, y colocó asimismo la mayor parte de 
las veces el placer al cabo de la tarea. ¡ Qué admirable lección 
para el hombre ! Allí estaba la clave de la educación, allí estaba 
también la de la recompensa y del castigo. Así como Dios había 
comenzado á educar al hombre para el bien por medio del placer y 
del dolor desde aquel crepúsculo de la vida que sirve de precursor 
á los rayos luminosos de la razón, así el hombre puede aplicar esos 
móviles para dirigir los primeros pasos del niño, para enderezar los 
extravíos deplorables, para confortar el ánimo del bueno, para co- 
rregir las infracciones del orden, para dar galardón á la virtud. 
No ha desconocido esto, por cierto, la buena pedagogía; sobre ello 
están asimismo asentadas las bases de la legislación penal; mas ad- 
viértase que solamente bajo de una indispensable condición. Jamás 
el placer y el dolor deben ser considerados con exclusión de la idea 
absoluta del deber; por muy hermanadas que se nos presenten la 
utilidad Y la moralidad, nunca debemos confundirlas, y la criatvira 
deberá siempre sacrificar el apetito del placer, el temor del dolor, 
al amor sublime que la arrastra, según los mandatos de Dios, hacia 
el bien soberano. 

Juzgúese ahora en cuan profunda sima nos sepultarían tan 
erróneos sistemas: si la pedagogía estuviera en manos de esos hom- 
bres, excelentes aritméticos si se quiere, pero á todas luces pésimos 
moralistas, ¡ cuan de sentir serían los resultados ! Matar en germen 
los más generosos sentimientos, y acostumbrar al hombre desde su 
más tierna infancia á no practicar acción alguna sin poner antes en 
la balanza del cálculo, en un platillo el placer, en el otio el dolor. 
¿ Dónde irían á parar entonces esos nobles arranques, esas aspira- 
ciones sublimes y esa pureza de intención que, huyendo de la co- 
rrupción social, han ido á buscar un albergue en el corazón de la 
j u ventud ? 

Y ¿qué se encontraría en todas esas obras que, poco más ó me- 
nos, deben proponerse por objeto el fomentar los buenos sentimien- 
tos? ¿Dónde iría á parar la moralidad en la literatura? La 
novela y el drama, esas palancas de varia aunque innegable poten- 
cia, que van derechamente á obrar sobre la imaginación, sólo se 
consagrarían por su parte á pintarnos las ventajas de mirar siempre, 
y antes que todo, por el ego, y los perjuicios que resultan de hacer 
lo contrario. Y no sucedería de otro modo en todas aquellas otras 



8¿2 JOSÉ MANUEL MÉSTRÉ 

obras que tienen por objeto primario ó secundario (poco importa) el 
influir sobre la conducta del hombre. 

Por lo que toca al derecho penal ¡ cuan distinto sería su aspecto 
y cuan diferentes sus resultados, si por desgracia estuviese redacta- 
do según las inspiraciones de los partidarios de la doctrina del 
placer ! ¿ Sería entonces para nosotros la pena lo que es cuando la 
consideramos como una manifestación del principio divino de la 
Justicia? — Supongamos que un hombre ha cometido un delito; la 
sociedad le impone un castigo: supongamos que ese castigo ha sido 
impuesto y recibido según las bases del sistema utilitario: ¿creéis 
que producirá alguna vez siquiera ese llanto misterioso del espíritu 
que nosotros, cristianos, llamamos contrición ? — ¡ Ah, no ! — Podrá 
muy bien suceder que ese criminal se corrija para siempre; pero 
¿queréis saber cómo ha sucedido eso? — Le ha bastado formar el 
siguiente cálculo á la par de Bentham (cap. 11, P. de Legislación): 
« Soy extraño á esas denominaciones de vicio y de virtud; y por lo 
tanto sólo tengo que juzgar á las acciones humanas por sus buenos 6 
malos efectos. Abramos dos cuentas; pongamos entre las ganancias 
todos los placeres, todas las penas entre las pérdidas, y comparemos 
fielmente ambas partidas.» — El castigo que me ha sido impuesto 
(habrá proseguido diciendo) ha hecho que la acción que cometí me 
haj-a sido más perjudicial que ventajosa; calculé mal; mas este 
percance me hará cauto en lo sucesivo. ¡ Pobre legislación penal si 
no consigue por frutos más que este raciocinio ! En cuanto al que 
es espectador de la imposición de una pena, sólo verá en ésta las 
ventajas que reporta, sólo verá en el castigo del criminal una 
garantía para poder él gozar de la posible seguridad. ¿Compren- 
derá por ventura el partidario del principio interesado de dónde se 
deriva la misión del que castiga? ¿Podrá determinar con acierto 
sobre quién debe ejercerse su derecho? — «Si no desprecia la lógica, 
contesta Rossi, tal derecho deberá ejercerse sobre todos aquellos 
que sirven de obstáculo á su interés », y de ahí resulta que ese sis- 
tema sólo se cuida del efecto material é inmediato del castigo sobre 
la multitud, y que la justicia aparente es considerada en él como de 
más valor que la real. 

Examinadas, aunque lo confesamos, con suma brevedad, las 
consecuencias tan fecundas como varias que resultarían de consi- 
derar al placer y al dolor como fenómenos del orden moral; puestos 
en evidencia, en una palabra, los funestos resultados de la infun- 
dada doctrina del interés, queda demostrada la importancia del 



Consideraciones sobre el placer y el dolor 323 

asunto que hemos tratado de desenvolver. ¿Habremos conseguido 
colocarnos en el más conveniente punto de vista? ¿habremos logra- 
do elevarnos hasta la altura de la materia? Muy lejos estamos de 
pensarlo así: nos reconocemos muy inferiores á ella, y mu}^ poco 
dignos de haberla hecho objeto de nuestras Consideración es; mas con- 
tamos cou que nuestro buen deseo y esfuerzos han de conquistarnos 
las bondadosas simpatías del lector. 



EVOLUCIÓN HISTOEICA DE LA GEOMETRÍA ^ 

POR EL DR. CLAUDIO MIMÓ 
Profesor de Geometría Superior y Analítica 

Sr. Rector; Sr. Decano; Señoras y Señores: 

Siguiendo la costumbre establecida por los que me han precedi- 
do, debo decir algunas palabras antes de dar principio al tema 
objeto de mi conferencia, recordando lo expresado por dos queridos 
compañeros. Decía el Dr. Cuervo: «Cuando se presentó la moción, 
suscrita por el infatigable amigo nuestro y Secretario de la Facul- 
tad, Dr. Dihigo, para establecer esta clase de conferencias, le di 
mi voto favorable, en la inteligencia de que no había de llegar nun- 
ca el día en que tocara mi turno.» Y efectivamente llegó el día en 
que el Sr. Decano le nombró para que cumpliera su cometido, y to- 
dos sabéis con qué acierto el Dr. Cuervo dio su conferencia, una de 
las mejores que aquí se han oído por su forma y por su fondo. 

También, como él, di mi voto en favor de esta moción, pero yo 
francamente creía que no había de llegar mi turno, porque estaba 
convencido deque las conferencias no tendrían éxito, y no por cansan- 
cio de mis compañeros, sino por el del público, que no sería asiduo 
concurrente á las mismas. Por fortuna me he equivocado, y he 
aquí por qué rae tenéis hoy cumpliendo con mi deber. 

¿Y qué papel represento en esta serie de conferencias? Esto me 
recuerda otra conferencia muy agradable, la de nuestro compañero y 
amigo el Dr. Orús, que decía al empezar: « Estas conferencias pue- 
den asemejarse á un gran banquete: todos los conferencistas que me 
han precedido en el uso de la palabra os han dado buenos y sucu- 
lentos manjares, y yo vengo aquí á proporcionaros, como un compás 
de espera, una especie de entremés para recrearos.» Y efectivamen- 
te, nos recreó con su conferencia agradable y amena. 

Después del Dr. Orús han venido otros conferencistas, los cua- 
les os han dado otros manjares suculentos, buenos postres, y hasta 

1 Confüreiicia proininciiida eii la Universidad el dia 21 de Abril de 1900. 



EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LA GE03IETEIA 325 

el Dr. Eosell os proporcionó una buena taza de café de Puerto Rico, 
con la lectura de su conferencia y como final del banquete. 

Después de todo esto, yo quisiera que me dijera mi compañero 
Orús, ¿qué represento yo en este banquete intelectual? No puedo 
salirme de mi asignatura, y debo dar una conferencia sobre Mate- 
máticas, porque si me apartara de este tema y me fuera á Física, 
por ejemplo, invadiría los dominios del eminente profesor de esta 
asignatura, y esto de ninguna manera voy á intentarlo. Debo, 
pues, elegir un tema de Matemáticas, y al hacerlo, procurar que no 
sea doctrinal, sino que vaya revestido de un ropaje agradable y que 
os haga menos pesada la conferencia y más corto el tiempo que voy 
á ocupar vuestra atención. 

Mas, ahora viene otro punto que dilucidar, porque las Mate- 
máticas comprenden una porción de ramas: ¿cuál es el tema que 
debo elegir? Reflexionemos un momento. Al contemplar la bóveda 
celeste, al observar la naturaleza, por todas partes vislumbro armo- 
nía, por todas partes aparece la simetría, por todas partes ve- 
mos este conjunto armónico y simétrico que hizo exclamar al Rey 
Salomón: «todo, Señor, lo habéis dispuesto con número, peso y 
medida». Y, preguntémoslo de una vez: ¿no es ésta una frase sin- 
tética, que da en breves palabras la verdadera idea de lo que repre- 
sentan las Matemáticas? 

Efectivamente, las Matemáticas son una ciencia tan fecunda 
como vasta; podríamos comparaiias á un árbol frondoso que tiene 
dos ramas llenas de vida espléndida, que se desarrollan con igual 
fuerza, que toman el nombre de Análisis y ijreometría; dos 
ramas de las que se originan otras que á su alrededor crecen 
unidas al tronco primitivo formando un todo completo, un todo 
armónico, al que se le aplica una sola denominación: cantidad, 
tiempo y espacio. Análisis y Geometría. Es cierto que soy muy 
apasionado por el Análisis; me encanta una fórmula, me seduce 
la resolución de un problema y me cautiva el observar el resul- 
tado del mismo y hasta discutirlo. Pero el siglo xix fué fecundo 
en procedimientos geométricos; todos los objetos de la naturaleza 
pertenecen á esta parte de la ciencia tan conci-eta, tan clara que se 
llama Geometría. El mismo individuo humano no es más que un 
conjunto geométrico en todas sus partes. 

No podía, por tanto, abandonar esta rama importante de las 
matemáticas, de la que soy profesor en la Escuela de Cien- 
cias, y por esto el tema que desarrollaré será sobre lo mismo. Para 



326 CLAUDIO MIMO 

facilitar este estudio procuraré dar una sucinta y rápida idea de 
su historia, hasta hi Geometría moderna, cuyo desarrollo en pleno 
siglo XIX explicaré brevemente, para después hacer algunas con- 
sideraciones acerca de la conveniencia y necesidad de estudiar esta 
rama de las matemáticas. 

Las matemáticas, como la historia, tienen su edad antigua de 
la que nos ha quedado tan poco, f^ue solo recordamos que los chinos, 
los indios y los caldeos debían conocerlas porque se dedicaban á 
la astronomía y á las ciencias de aplicación, como la navegación 
y la mecánica. Y sólo desde el historiador Herodoto sabemos 
que la geometría tuvo su origen en los egipcios, manifestán- 
donos que cuando el Rey Sesostris se apoderó del Egipto, repartió 
sus terrenos en porciones perfectamente cuadradas entre cada 
uno de los individuos de su reino, á los que obligaba á pagar 
por ellos un pequeño tributo ó contribución como se llamaría 
hoy. Las avenidas del río Nilo cambiaban por completo la faz 
de aquellos terrenos, cercenando porciones á unos y dándose- 
las á otros, por lo que era preciso una distribución completa- 
mente nueva, puesto que venían reclamaciones acerca de la dismi- 
nución del tributo por parte de los que habían perdido alguna 
extensión; entonces Sesostris nombraba á ciertos individuos que 
se dedicaban á la ciencia de medir la tieira, á los que llamaban 
medidores de campo, que yo supongo fuesen como los agrimen- 
sores de hoy, pai-a que hicieran un nuevo reparto, en virtud del 
cual aumentaban la contribución á los que tenían mayor canti- 
dad de terreno y se la disminuían á los que tenían menos; y 
esta explicación nos satisface porque está conforme con la verda- 
deía significación de la etimología de la palabra Geometría, 
palabra que viene de las griegas -iio. que quiere decir tierra y 
fi€Tpov que quiere decir medida. Verdaderamente, donde se estu- 
dió primero la Geometría, fue en Grecia. Tales de Mileto, que en 
Egipto había aprendido á medir las montañas por las sombras que 
proyectaban sobre la tierra y que había recorrido la India, fué á 
Grecia y estableció la primera escuela jónica de su nombre; intro- 
dujo la circunferencia en la medición de los ángulos, estudió los 
triángulos semejantes. Los conocimientos aquellos eran pura- 
mente superficiales. 

Después de Tales de Mileto vino Pitágoras, el gran Pitágoras, 
célebre por su teorema que ha pasado á la posteridad y que 
recordará todo aquel que haya saludado la Geometría, es decir, 



EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LA GE03IETBIA 337 

que el cuadrado de la hipotenusa es igual á la suma de los cua- 
drados de los catetos. 

Pitágoras, discípulo de Tales, pasó á la ludia, estudió luego en 
Egipto, recorrió la Grecia y fué luego á Italia, donde estableció la 
Escuela Pitagórica. 

Esta, tenía el defecto de ser exclusiva: los conocimientos que 
se estudiaban en ella quedaban dentro del círculo de los amigos 
que á ella concurrían. Afortunadamente para la ciencia de Pitágo- 
ras, cuya escuela era de carácter aristocrático, el pueblo, que era 
contrario al carácter de la misma, en cuanto subió el partido demo- 
crático, no atendió á que era un templo científico, sino que destru- 
yó la escuela de Pitágoras y los elementos de ella se exparcieron 
por toda la Grecia y en todas partes á donde fueron á parar los in- 
dividuos que la componían establecieron nuevas escuelas bajo la 
norma que les había enseñado Pitágoras. 

Después de Pitágoras, vino Platón. Platón, discípulo de Só- 
crates, era geómetra por temperamento y después de haber reco- 
rrido todos aquellos países y de haber estudiado en Italia, en donde 
conoció á Architas, el último resto de la Escuela Pitagórica, fué á 
Grecia, su patria, y estableció una escuela con el nombre de es- 
cuela ó liceo platoniano. 

Tan amante era Platón de la Geometría, que decía que era la 
única ciencia por excelencia, y que Dios, con todo su poder, todo 
lo había creado conforme con la Geometría, resultando un perfecto 
geómetra. Y era tanta la pasión que sentía por la Geometría, que 
mandó gi^abar en la puerta del Liceo la siguiente inscripción: Nadie 
entre aquí que no sea geómetra. 

Platón, con los conocimientos de Pitágoras por base, hizo que 
su escuela progresara y preparó el terreno, puesto que fué el pri- 
mero que introdujo el procedimiento analítico, que más tarde había 
de producir una verdadera revolución en el campo científico. 

En este estado de la ciencia, aparece el hombre más eminente de 
la antigüedad, el que dio nombre á la Geometría: Euclides. Este 
hombre de temperamento serio y de carácter bondadoso y dulce, 
había estudiado en Grecia, de donde era natural, pero como Ptolo- 
meo, hijo del Rey Lagus, en Alejandría, lo llamara á sus dominios, 
se estableció en dicho punto. Debido á su carácter y á pesar del 
respeto que le merecía el Rey, por ser Rey, conservaba Euclides su 
independencia y se dedicaba por completo al estudio, coleccionando 
todo lo que hasta aquel entonces se había escrito y publicado acerca 



328 CLA UDIO MIMO 

de la Geometría y con sns conocimientos propios logró formar 
su gran obra, Los Elementos de Euclides. En esta época lo mis- 
mo en la Escuela Platoniana, que en la Escuela Pitagórica, la 
Filosofía iba hermanada con la Geometría. El Rey Ptolomeo, al 
observar que la Geometría era un estudio á que se dedicaba la ma- 
j-or parte, porque todo el mundo quería ser geómetra, al propio 
tiempo que filósofo, quiso ser discípulo de Euclides y asistió á sus 
clases; pero como los procedimientos de Euclides eran largos, pesa- 
dos, y por consiguiente el estudio se hacía hasta fatigoso, le pre- 
guntó el Eey que si había otro medio, otro camino para estudiar la 
Geometría, á lo cual le contestó secamente Euclides: «No hay ca- 
mino especial para los reyes en el estudio de la Geometría ». 

Euclides, en un volumen de trece libros, recopiló todo lo que se 
había escrito acerca de Geometría. Su mérito fué el método, en el 
que se ve un modelo tal de orden y un rigorismo tan puramente 
geométrico en las demostraciones, que la obra de Euclides ha sido, 
no solamente comentada, sino traducida posteriormente, á varios 
idiomas, y los grandes matemáticos que le sucedieron siglos des- 
pués, como Newton y Leibnitz, le han tributado fervientes elogios. 

Estos trece libros, de los que no puedo en manera alguna hacer 
una descripción completa, porque el trabajo sería muy prolijo, están 
clasificados en Definiciones, Postulados y Axiomas. Escribió luego 
otra obra con el nombre de Porismas, cuya interpretación quedó ig- 
norada, hasta que el eminente Chasles dio una explicación completa 
de esta teoría en el siglo xix. 

Cincuenta años más tarde, florecía el gran geómetra y físico 
siciliano Arquímides. Arquímides introdujo la relación del diá- 
metro á la circunferencia, lunar que se encontraba en la obra de 
Euclides, y esto dio motivo á que pudiera obtenerse el área de un 
círculo y el área y volumen de los cuerpos redondos, de que j^a ha- 
bía hecho mención Euclides. 

Arquímides dio un gran impulso á la Geometría, demostrando 
que fué un gran geómetra, y de él puede decirse que vivió dos ve- 
ces científicamente. 

Siendo Cicerón cuestor de Sicilia, se encontró debajo de una 
roca la tumba de Arquímides, en la que estaba grabado el problema 
de inscribir un cilindro en una esfera, y seis versos escritos en 
griego, en los que explicaba el procedimiento. Claro está que Cice- 
rón sin pérdida de tiempo publicó este trabajo, lo hizo conocer á todo 
el mundo, y de este modo, pasados doscientos años, revivió la gloria 



EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LA GE03IETRIA 329 

de Arquímides, como una compensación á los sinsabores que había 
éste sufrido en vida. 

Después de Arquímides, vino Apolonio, que m)s enseña teore- 
mas, estudiados y conocidos más tarde por otros procedimien- 
tos: tal es el estudio de las cónicas que hizo bajo el punto de vista 
puramente gráfico, sin análisis alguno; sin embargo, predecía j'a 
que este estudio debía verificarse más tarde en otra forma, como 
así resultó. 

Si nosoti'os fuéramos siguiendo paso á paso todas las diferentes 
etapas que nos da la historia de las matemáticas en Grecia, 
no terminaríamos, apartándonos de nuestro objeto; por consi- 
guiente, después de estos ilustres geómetras, que dejai'on ya todo 
clasificado y formando un cuerpo de doctrina, mencionaremos á Hi- 
parco que inventó la Trigonometría; á Menelao, que explicó la 
teoría de las transversales, que han sido luego objeto de estudio en 
la Geometría moderna; al gran astrónomo Ptolomeo, que en su 
obra Abnagesto nos dejó escrita la Trigonometría que había ideado 
Hiparco, y que se había perdido; y, finalmente, al célebre Papús, 
que se le tiene como el mejor coleccionador de todo lo que se había 
estudiado en la Escuela de Alejandría. Papús en aquella época 
dio á conocer las relaciones anarmónicas de cuatro puntos, el fun- 
damento de la teoría de la involución, la hermosa propiedad del 
exágono inscrito y muchos conocimientos más, que luego vemos 
explicados y desarrollados en la Geometría moderna. 

Terminado el período antiguo y con la invasión de los bárbaros, 
que destruyeron por completo la Escuela de Alejandría, inutilizando 
sus aparatos y quemando la biblioteca, los sabios se dispersai'on ; 
sobrevino un período completamente de calma, período en que pa- 
recía que todos aquellos conocimientos que habían costado tantos 
siglos adquirirlos iban á desaparecer por completo. 

Y realmente fué un período de transisión en que se pasaron 
como mil años, sin que se tenga absolutamente idea alguna, ni de los 
conocimientos ni de las personas que se dedicaban en aquella época 
á la ciencia matemática. 

Los árabes procuraron revivirla, y tradujeron en su lengua al- 
gunos libros de los pocos que se habían salvado por casualidad del 
incendio de Alejandría; pero esto no significaba nada: las matemá- 
ticas estaban olvidadas, pues la guerra por una parte y la literatura 
y la filosofía por otra, que dominaban en aquel entonces, absorbían 
la atención de los hombres de aquella época. Pero la semilla esta- 



330 CLAUDIO 311310 

ba ecliada y forzosamente debía producir su fruto uno d otro día; 
la Geometría debía aparecer más tarde con un vuelo muy dife- 
rente del que babía tenido en la época antigua y era preciso que 
otros bombres con nuevos conocimientos prepararan el terreno. 
Esto sucedió en el siglo xv, en que aparecen dos bombres notables, 
Yieta j Keplero. Yieta prepara el cambio por completo de la Geo- 
metría con el portentoso artificio del Algebra; Keplero, introdu- 
ciendo en la Geometría el infinito, que aunque ba sido muy debati- 
do y ba dado lugar á la formación de diferentes escuelas, dio 
origen al método infinitesimal. 

Vieta demostró al mismo tiempo algunos casos de Trigonome- 
tría esférica; él fué el primero que dio á conocer el principio de 
dualidad , pero su Algebra vino á preparar el terreno, para que 
luego una pléyade de bombres distinguidísimos, como Roberbal, 
Descartes, Desargues y Pascal, que le sucedieron, liicieran una ver- 
dadera revolución en el campo científico. El bombre destinado 
á efectuar esta revolución fué Descartes. 

Descartes fué el primero que aplicó el Algebra á la Geometría, 
determinando analíticamente las tangentes de una curva y por este 
camino todo lo que babía sido mirado por los antiguos como particu- 
lar, puesto que el mismo problema, con datos diferentes, lo presen- 
taban como cuestión nueva, fué estudiado bajo un aspecto de uni- 
versalidad. Y claro está que la doctrina de Descartes, que era á la 
Geometría como un ropaje nuevo, revestida de un carácter general, 
eliminando aquellos pasos, aquellas transiciones propias de la Geo- 
metría antigua, tuvo una multitud de secuaces, sedujo á toda 
la juventud de aquella época; y lo mismo Fermat, que le ayudó en 
sus demostraciones, Cjue Pascal, á pesar de ser uno de los más reac- 
cionarios en sostener la doctrina de Descartes, porque estaba afe- 
rrado á la doctrina pura de la Geometría, todos contribuyeron á 
su desarrollo y como el golpe estaba dado y la revolución becba, la 
Geometría pura cayó herida mortalmente por la mano de Descartes: 
de ahí parte la Geometría que se conoce con el nombre de Geome- 
tría Analítica. 

Pero dos sabios matemáticos que siguieron la. doctrina de 
Descartes y no se separaron de él, porque ei'an analíticos como él, 
creyeron que la Geometría pura no debía morir, y que no debía sa- 
crificarse el procedimiento geométrico por el analítico. Estas dos 
figuras, Pascal, que á la edad de 16 años sorprendió al mundo 
científico de aquella época explicando el célebre teorema del exá- 



EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LA GEOMETRÍA 331 

gono inscrito en un círculo que luego demostró analíticamente, y 
Desargues, fueron los que prepararon la coutrarevolución. Siguie- 
ron una porción de años sin que la Geometría pura diera señales de 
vida, pues predominaba la Geometría Analítica, y entonces vemos 
dibujadas tres tendencias geométricas ó á la Cxeometría en tres for- 
mas distintas: la Geometría de Euclides, la de Descartes ó sea la 
analítica, y la trascendente ó de Apolonio, á la que, con el nombre 
de Geometría moderna, pusieron los cimientos, Desargues y Pascal. 

La Geometría Analítica era una especialidad por su carácter y 
por su forma. Descartes no veía más que análisis, por consiguien- 
te, prescindía por completo de los procedimientos geométricos, y 
éste era quizás el defecto de la nueva Geometría. Los geómetras 
que con entusiasmo seguían á Descartes, se dedicaban con exceso á 
la proligidad del cálculo analítico, y este desarrollo del análisis al- 
gebraico preparó el camino para que Newton y Leibnitz, inventa- 
ran el cálculo diferencial é integral, del cual no voy á ocuparme, 
porque no es mi objeto tratar de ese asunto en esta conferencia. 
En esa época, la Geometría pura estaba olvidada, parecía no dar 
señales de vida, á pesar de que en esta serie de años, sobresalía 
algún geómetra como queriendo hacerla revivir. Esto no pudo 
lograrse hasta el siglo xix, que protestó de tamaña ingratitud, 
de tal modo derrocó á la Geometría analítica y volvió otra vez 
por los fueros de la Geometría pura. Entonces se presentó la 
Geometría pura con un ropaje nuevo, despertó de su letargo, 3^ 
apareció modernizada y elegante, y desafiando las iras de la Geo- 
metría analítica. 

Se empeñó una lucha titánica entre la Geometría analítica y la 
superior. La primera atendiendo con exclusivismo á la proligidad 
de sus cálculos, y la segunda, sin olvidar los procedimientos geomé- 
tricos, introdujo la generalidad de la primera. Fué el primer re- 
formador el inmortal Monge, con el descubrimiento de su Geometría 
descriptiva, llamado por él el idioma del ingeniero; pero el verdadei'O 
iniciador de la moderna Geometría fué Carnot, quien con las teorías 
que habían ya expuesto Desargues y Pascal, estableció su Geome- 
tría de Posición, introduciendo la teoría de las transversales que ha- 
bía explicado ya Menelao. 

Todas estas teorías nuevas adolecían de ciertas nebulosidades, 
que se encargaron de desvanecer sus discípulos, en especial Pon- 
celet con la publicación de su gran obra sobre las propiedades pro- 
yectivas de las figuras geométricas, y Jacobi estudiando las polares 



332 CLAUDIO MIMO 

recíprocas y anunciando el gran principio de dualidad, principio que 
fué admitido hasta con admiración por los geómetras de aquella, 
época, que creían que no se podía estudiar dicha ciencia sin este 
compás de á dos. Este principio que enunció Jacobi, pero que en 
realidad se debe á Gergonne, es importante, como vais á verlo mu}' 
pronto; pero no es de necesidad imperiosa para el desarrollo de la 
Geometría. Sin embargo, él dio margen á que se estableciera la 
teoría de las propiedades correlativas. 

Los teoremas correlativos tienen para nosotros un gran valor 
y realmente destru^^eron la Geometría analítica, diciéndole: ava- 
sallaste los pi'ocedimieutos antiguos de la Geometría pura con 
la generalidad del cálculo 3' nosotros, sin el cálculo, venimos á 
dar la generalidad que tú le diste y nos colocamos á tu nivel y 
con la ventaja de no olvidar el punto capital, el procedimiento geo- 
métrico. 

Estos teoremas correlativos, basados en el principio de dualidad, 
tienen la ventaja de que un mismo teorema se expone bajo diferen- 
te forma, y queda enunciado y demostrado con la sola cambiante de 
puntos por líneas y de líneas por puntos, de líneas por planos y de 
planos por líneas. En comprobación de lo dicho, voy á enunciaros 
dos sencillos teoremas que todos vosotros conocéis: 1? una recta está 
determinada por dos puntos; y 2? la intersección de dos rectas es 
un punto. 

Comparad estos dos teoremas tan sencillos y elementales, y ve- 
réis que mientras en el primero se habla de una recta que pasa por 
dos puntos, en el segundo se determina un punto de intersección de 
dos rectas; mientras el primero da como resultado una recta, el se- 
gundo da un punto. 

Recordando el teorema que enunció Pascal, años antes, con el 
nombre de Exágono de Pascal, veremos como Brianchon explica 
el suyo, correlativo del primero. Dice Pascal: « Si tenemos un exá- 
gono inscripto en una circunferencia y prolongamos los lados 
opuestos de este exágono, encontraremos tres puntos que es- 
tán en línea recta.» Y en virtud de esto agrega Brianchon: «Si 
tenemos un exágono circunscrito en un círculo y unimos los vér- 
tices opuestos (en vez de decir prolongamos los lados) encontramos 
tres rectas (en lugar de decir tres puntos) que pasan por un punto 
(en vez de decir que están en línea recta).)) 

Tenemos, pues, que el teorema segundo no es más que el pri- 
mero por una correlación de ideas. 



EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LA GEOME'ÍRIA 333 

Como éstos podríamos enunciar una serie, pero no es nuestro 
objeto molestaros con tantos detalles. 

En este estado de la Geometría superior, le faltaba un genio 
para completar el desarrollo de la misma y éste fué el gran geóme- 
tra Chasles, que con todo lo que habían expuesto Carnot, Ponselet, 
Gergoniie y otros y con los coQocimientos que él poseía, porque 
había bebido en la fuente de Euelides, á quien respetaba y admi- 
laba, coleccionó todas aquellas doctrinas; y con las teorías que ex- 
puso respecto á la involución, homografía, relaciones anarmónicas de 
puntos y rectas, fundó la Geometría modei'ua, escribiendo su obra 
de Geometría superior. 

Con el afán de innovar, todo el mundo se cree con derecho á 
establecer nuevas doctrinas; el racionalismo lo invade todo, y no 
piensan que así pueden comprometer á la verdadera ciencia. Se 
enuncian las más extrañas teorías acerca de la Geometría, empe- 
zando por negar todos los postulados y teoremas de Euelides, 
á quien tratan con poco respeto y hasta con desprecio. Y vemos á 
hombres eminentes, como Gaus, A^olsjai, Riemen, y otros, pro- 
clamando á los cuatro vientos la excelencia de la doctrina que 
intentan crear; pero como á toda idea revolucionaria, para lle- 
varla adelante, le hace falta un hombre, como sucedió con la 
revolución francesa en la que apareció un Napoleón que la llevó 
á la victoria, así también en la revolución contra Euelides les 
faltaba un hombre que les guiara y éste se encontró. Hombre 
de un país frío, de un temperamento como el de su país, con 
un talento algo raro y atrevido, supo aprovecharse de la opor- 
tunidad, y rodeado de los que le ensalzaron y le dieron el poder, 
se levanta como un dictador y pretende destruir de un solo golpe 
todo el edificio geométrico, y al estilo de Jesucristo, que dijo: el que 
no está conmigo está contra mí, manifestóles: el que no esté con la 
Geometría que yo profeso, es enemigo de la ciencia. Este sabio, 
que no es otro sino el ruso Lobatschewsky, contando con la su- 
misión de los que le rodeaban, creó su nueva Geometría con el 
nombre de Pan geometría, que equivale tanto como á Panteísmo. Sí- 
gnele en su principio E.iemen, y por falta de unidad científica no 
continúan el mismo camino y cada uno expone su doctrina bajo dife- 
rente forma; de ahí que aparezcan varias Geometrías: la Geometría 
racional, la de Euelides, á la cual se le dio el nombre de Parabólica, 
la Geometría de Lobatschewsky, á la cual se le dio el nombre de 
Geometría Hiperbólica ó Abstracta, y la de Riemen, que fué bautizada 
con el nombre de Elíptica ó doble abstracta. 



334 CLA UDIO MIMO 

Y como ejemplo de la divergencia de estos diversos aspectos de 
la ciencia geométrica, os voy á enunciar unos cuantos teoremas para 
que veáis cómo cada uno lo resuelve de un modo diferente. Empe- 
zamos por el problema sencillo que todos conocemos de determinar 
las rectas paralelas que pasan por un punto. 

Pues bien, mientras la doctrina de Euclides dice que por un 
punto no puede hacerse pasar más que una recta paralela á otra, 
Lobatschewsky dice que pueden hacerse pasar dos rectas¡ y Riemen 
sostiene que no puede hacerse pasar ninguna. 

Mientras que los tres ángulos de un triángulo según Euclides 
valen dos rectos; la doctrina hiperbólica afirma que valen menos 
de dos, y la elíptica sostiene que valen más de dos rectos. 

Para los reformadoi'es ya no existen triángulos semejantes, y 
ya no se puede inscribir un triángulo en una circunferencia; ya el 
valor de los ángulos de un polígono no es constante sino que á me- 
dida que aumenta el número de lados, aumenta el valor de los án- 
gulos; ya los ángulos de los triángulos no tieuen un valor permanente; 
y si de ahí pasamos á la Geometría del espacio el caos es mu- 
cho mayor; el espacio no es homogéneo: existen una porción de es- 
pacios, en los que una figura de uno de ellos no puede penetrar en 
el otro espacio; ya no se encuentran tres dimensiones, sino una por- 
ción que llegan al número n, siendo éste tan grande como se quiera; 
concepción absurda porque todo lo que se aparta de las tres dimen- 
siones deja de tener existencia real. 

Pero no paró aquí el deseo de innovar: se han creado la Geome- 
tría de la regla y el compás, la Geometría del círculo y la Geometría 
del triángulo. Todas ellas concepciones intelectuales nada más, 
mejor diríamos, abortos de la inteligencia, cuyas teorías á no po- 
nerles un dique impedirían el progreso de la verdadera ciencia geo- 
métrica. Así la Geometría del círculo, pretende haber hallado con 
exactitud el área de un círculo, y por consiguiente, la rectificación 
de la circunferencia; que puede determinarse la cuadratura de un 
círculo, que asimismo resuelve el problema de la trisección del 
ángulo; cbos tres problemas no han sido hallados hasta el día. 

Expuestas, pues, las ideas principales de la Geometría moderna, 
al mismo tiempo que las de la Geometría analítica en lucha científi- 
cñ, con la primera, no quiero molestaros por más tiempo, y veamos 
cuál es la utilidad y necesidad de estudiar la ciencia matemática y 
en especial la Geometría. 

No existe ninguna ciencia de aplicación sin el estudio pre- 



EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LA GEOMETRÍA 335 

vio de las matemáticas; es realmente la base de todas las demás 
ciencias. 

La Física, investigando los agentes, nos da á conocer la teoría 
del calórico; la óptica los telescopios y microscopios, y la electri- 
cidad, los motores eléctricos, la divisibilidad de la luz, el fonógrafo 
y finalmente la telegrafía sin hilos de Marconi, inventos que han 
transformado la Astronomía, la Navegación y la Mecánica y que 
no hubieran pedido producirse sin contar con el poderoso auxilio 
de las matemáticas. 

La Química, compuesta toda ella de fórmulas algebraicas para 
la determinación de los cuerpos compuestos, ha llegado á tal punto, 
que sin el conocimiento del cálculo diferencial no es posible penetrar 
en lo que llaman la química molecular. 

La Mineralogía es álgebra en cuanto á la composición de los mi- 
nerales, es geométrica al analizar la forma y estructura de los mis- 
mos, de tal modo que el cristalógrafo Bravais debe sus grandes 
estudios acerca de la forma y estructura de los minerales, á que era 
al mismo tiempo que naturalista un gran geómetra. 

El ingeniero, de cualquier clase, así como el arquitecto, no pue- 
den apreciar el estudio de sus importantes ramas de aplicación, si 
no cuentan con una firme base de matemáticas. Sin ellas no podría- 
mos presenciar esos atrevidos puentes, esos túneles como querien- 
do penetrar en las entrañas de la tierra, ó esas perforaciones de 
montañas que después de un trabajo titánico coinciden en un mismo 
lugar, como si se tratara de hallar el punto de intersección de dos 
rectas; no veríamos esos grandes monumentos de arte que admira 
el género humano y que parecen escalar al cielo; obras que no 
hubieran podido realizarse sin la portentosa ciencia que llamamos 
Matemáticas. 

Más aún, recuerdo haber oído con fruición una conferencia dada 
en el Ateneo de Barcelona, por el célebre anatómico y Profesor de 
aquella Universidad, que más tarde lo fué de la de Madrid, el 
Dr. Letamendi, explicando cómo eran necesarias las matemáticas 
para el estudio de la medicina. 

Si es útil y necesario el estudio de esta ciencia para el progreso 
y desarrollo de todas las demás ¿deben estos conocimientos ad- 
quirirse solamente cuando el joven entra en estudios superiores? 
¿ no es indispensable que este estudio lo haga desde temprana edad 
para que al mismo tiempo que se desarrolle la inteligencia se les 
tome afición? ¿No debieran estudiarla los jóvenes que asisten á 



S36 CLAUDIO MUfO 

las Escuelas públicas y de cuyo mayor número salen los artesanos? 
¿Cómo es posible suponer que boy, en el estado de desarrollo de 
todas las artes, un albañil, un carpintero, un sastre, un pintor, una 
modista, desconozcan la Geometría? Cierto qus ha}- una Escuela 
de Artes y Oficios, con un profesorado celoso é inteligente, un 
Director que se desvive por dicha Escuela; pero los que, deshere- 
dados de la fortuua, acuden allí en busca de los conocimientos nece- 
sarios para ser buenos artesanos, deben ir con más base para que 
saquen proveclio en los tres años de sus estudios. Reconozcamos, 
pues, la imperiosa necesidad de dar importancia al estudio de las 
matemáticas desde la escuela, y en especial al de la Geometría. 

Cuando hace veinte años, el Gobierno de la entonces colonia, 
creó la Facultad de Ciencias en esta Universidad, y organizó sus 
estudios, y vine por azares de la suerte de catedrático de Geometría 
analítica, tenía un solo alumno matriculado. Y al preguntar la causa 
de la apatía se me dijo que los jóvenes no tenían inteligencia para 
las matemáticas y que el Gobierno miraba con indiferencia todo lo 
que á la Universidad se refería. Lo primero, es contrario á los he- 
chos, porque he tenido muchos alumnos muy aprovechados en esta 
ciencia, algunos de los cuales son dignos profesores de este Centro. 
Lo segundo, desgraciadamente era cierto; pero no por indiferencia 
para todo lo que á la colonia se refería, que algo había de verdad, 
sino porque España hasta principios del siglo xix no despertó de 
su marasmo científico y la juventud empezó á dedicarse á estos 
estudios, siempre cou poca protección por parte del Gobierno. 

Y ¿cómo no había de estar España atrasada, si en el siglo xvii 
cuM,ndo al Rey mismo, que suele ser siempre enemigo de todo 
progreso, al pedir por un mensaje á la Universidad de Salaman- 
ca que permitiera establecer á cargo de don Diego Torres una 
clase de Aritmética, Algebra y Geometría, contestó aquélla que 
no era posible acceder á su deseo porque aquellos libros que 
contenían tantos signos y tantas líneas, debían ser obra del diablo? 

Y más tarde, ya eu el siglo xviii, cuando también el Rey esta- 
bleció por un decreto la creación de cla.ses elementales de matemá- 
ticas ¿no se negaron á cumplir este decreto las Uuiversida.des 
de Alcalá y Salamanca, hasta algunos años después ? Si España 
ha ido lenta respecto al progreso científico, nada de extraño tiene 
que tuviese también abandonada á Cuba, entonces su colonia. 

Hoy la situación de Cuba ha variado. Cuba independiente tie- 
ne alas y por lo tanto puede remontarse y ponerse al nivel de las 



EVOLUCIÓN HISTÓRICA DE LA GEOMETRÍA SS*? 

naciones uiás civilizadas. Contamos ya con una buena Escuela de 
Ingenieros, con un selecto cuerpo de profesores que consideran 
las matemáticas como base y desarrollo de las demás ciencias, y 
en ella h&j una pláyede de jóvenes estudiosos, con talento y apti- 
tudes para esta clase de estudios, que no dudo darán días de gloria 
á su patria. En efecto, vemos que la enseñanza superior ha mejora- 
do y bastante la enseñanza secundaria; pero nada haremos en pro de 
la cultura y adelanto del país, si no se principia á educar é instruir 
sólidamente á la clase inferior, si no se atiende á la primera ense- 
ñanza, si no se procuran hacer buenos é inteligentes maestros. Soy 
partidario de la creación de una Escuela Normal anexa á la Uni- 
versidad, de donde salgan los que han de dirigir el corazón é inteli- 
gencia de la nueva generación. De este modo el título de Doctor 
en Pedagogía, cuyos estudios son deficientes, porque no se le» da 
conocimiento alguno de Matemáticas, Física, Química é Historia 
Natural, podría utilizarse en la educación nacional. 

Hace cuatro años que Cuba se rige sola y los programas 
oficiales con que son examinados anualmente los maestros no 
han cambiado: las mismas asignaturas é igual extensión eu cada 
una. - En Aritmética se contentan con cuatro opei'aciones senci- 
llas de enteros y decimales y algún quebrado; se ha creído que el 
dibujo equivalía á la Geometría y se conforman con que se dibuje 
una silla, un vaso, una mesa, etc., y no se preocupan de esta cien- 
cia que ha de contribuir á formar la inteligencia de los jóvenes, 
que más tarde han de ser artesanos del país, albañiles, carpinteros, 
sastres, etc., artes que hoy exigen conocimientos y cultura que no ne- 
cesitaban hace cincuenta años; nada hay en el programa que indi- 
que al maestro la necesidad de tener conocimientos de Física y 
Química; y nada, en fin, que señale una senda de progreso y adelanto 
en la clase de maestros. Si nos fijamos en la Geometría, que 
aparte de su utilidad para todos los oficios, se requiere para el estu- 
dio de otras ciencias, yo preguntaría á los maestros si teniendo ne- 
cesidad de enseñar la Geografía y en ella darle algunas nociones de 
Astronomía, ¿cómo les hacen comprender lo que es un círculo máxi- 
mo, sin tener noción de lo que es un círculo, ni aun de lo que es una 
línea recta? ¿cómo puede explicarse la redondez de la tierra sin 
conocer lo que es una esfera? 

Es, pues, una verdad que el programa oficial para los maestros 
es deficiente, y mientras no venga esa Escuela Normal que an- 
helan los mismos que á la enseñanza se dedican, yo suplicaría á 



338 CLAUDIO 3IIM0 

los encargados de hacer que el magisterio sea culto, que cam- 
bien radicalmente este programa, que exijan conocimientos de Arit- 
mética razonada. Algebra y Geometría, y no echen en olvido las 
ciencias físico-químicas, dándose á todo ello otra orientación. 

Xo quiero importunaros más y voy á concluir. Los señores del 
poder legislativo primero y el ejecutivo después deben procurar que 
el estudio de las matemáticas se generalice y sea una verdad. 
Este estudio contribuye poderosamente al desarrollo de la inteli- 
gencia. Para terminar, recordaré un pensamiento de un ilustre 
catedrático español, que decía: «cultivar la verdadera ciencia como 
es el estudio de las matemáticas, es gloria para Dios, honor para 
la patria y fruto suave y delicado para aquellos que á esta clase de 
investía-aciones se dedican «. 



etnografía de AMERICA 

NOTICIA SOBRE LOS INDIOS TAEAHUMARES DE MÉXICO 

POR EL DR. ARÍSTIDES MESTRE 

Profesor Auxiliar de Biología, Zoología y Antropología. 

Conservador del ^^ Museo Foey». 

Con el principal objeto de facilitar ciertos apuntes sobre los pue- 
blos de la América á los alumnos de Antropología, es que escribimos 
este artículo, aprovechando la oportunidad de su publicación para 
dar á conocer, al mismo tiempo, buen número de hechos anotados 
en un reciente libro de Carlos Lumholtz; libro que redactó con lujo 
de datos interesantísimos y después de cinco años de exploración en 
México, entre las tribus de la Sierra Madre Occidental, en la tierra 
caliente de Tepic y de Jalisco, y entre los tarascos de Michoacau, 
otro de los Estados de la República del benemérito Juárez. A 
grandes rasgos nos ocuparemos de los hombres que actualmente 
pueblan la vasta extensión del continente americano, agrupándo- 
los conforme lo hace uno de los más notables antropólogos para re- 
correr después varios de los distintos capítulos de la obra aludida, 
consignando algunos de los datos más importantes. 

Precisemos ante todo la significación de dos términos — etnología 
y etnografía — porque han sido interpretados de modo bien dife- 
rente. K La descripción particular y la determinación de estas 
razas, decía Broca ya en 186G, el estudio de sus analogías y dife- 
rencias, bajo el punto de vista de la constitución física como de su 
estado intelectual y social, la investigación de sus afinidades ac- 
tuales, de su distribución en el presente y en el pasado, de su papel 
histórico, de su parentesco más ó menos probable, más ó menos 



340 ARISTIDES MESTRÉ 

dudoso, y de su posición respectiva en la serie humana: tal es el 
objeto de la parte de la Antropología que se designa con el nombre 
de Etnología; los principios en que se funda son numerosos; toma 
datos de la Etnografía ó descripción de los pueblos ». El profesor 
Topinard se inclina á aceptar un criterio en el sentido de la defini- 
ción formulada por Littré: «la Etnografía^ dice este sabio, es la cien- 
cia que tiene por objeto el estudio y la descripción de los diversos 
pueblos. La Etnología trata de sus orígenes ó distribuciones j). 
Y no ha\' duda que la determinación de la raza — dentro del valor 
relativo que tiene la raza respecto de la variedad y de la especie, 
conforme á la doctrina trausformista — es uno de los problemas 
más complicados de la ciencia antropológica; en cuanto á su cla- 
sificación «nadie ha llegado, en este terreno exacto y natural 
de las clasificaciones étnicas, á la altura de Quatrefages, que pue- 
de decirse ha dado la norma que ha de seguirse en el método 
natural...') 

Aunque en nuestro sentir la Etnología trata del estudio de las 
razas, de los tipos humanos, y la Etnografía del de los pueblos — ca- 
3"endo más bien del lado de Broca que del de Topinard — comprende- 
mos lo que dice J. Deniker en la « Introduction » á su libro sobre Les 
races et les pexiples de la terre, respecto de esa distinción entre Etno- 
logía y Etnografía (así como de la división en especial y general) 
que esas distinciones son puramente teóricas, dificultándose su rea- 
lización en la práctica cuando se intenta efectuarla de una manera 
absoluta. « Para clasificar — escribe Deniker — los pueblos, las na- 
ciones, las tribus, en una palabra, los grupos etílicos, se debe tomar 
en consideración las diferencias lingüísticas, los caracteres étnicos 
y sobre todo, según nosotros, la distribución geográfica: es así como 
describimos los distintos pueblos clasificándolos geográficamente. 
Pei'o, para una clasificación de las razas — tomando la palabra en el 
sentido que le hemos dado en la « Introduction m — no se debe tener 
presente masque los caracteres físicos. Es preciso tratar de esta- 
blecer, por el análisis antropológico de cada uno de los grupos étni- 
cos, las razas que los constituyen; y, después, comparar estas razas 
entre sí, reunir las que son más semejantes, separar las que ofrecen 
mayor diversidad.» Jja noción de raza se confunde con la de pueblo, 
en el caso, desde luego raro, de que un grupo étnico esté constitui- 
do exclusivamente por una sola raza (Boschimanos, Minkopis); mas 
lo que sucede generalmente, lo frecuente, es que varias razas entren 
á constituir un pueblo en proporción más ó menos desigual. «Una 





'Ti- » 




De frente . 



De perfil. 



INDIO TAKAHUMAR (C. Luillholtz). 



etnografía de AMERICA. -indios TARAHVMARES 341 

raza puede formar la proporción preponderante en un grupo étnico 
dado, ó bien entrar por mitad, por un cuarto ó por una fracción 
mínima, y lo restante pertenece á otras.» Y á pesar de todas 
las modificaciones y cambios originados por la civilización, mezclas 
de lenguas, etc., los caracteres de raza persisten y aparecen bien 
claramente en medio de la variedad de los elementos constitutivos; 
ahora bien, si los caracteres que describe minuciosamente Deniker 
con el nombre de « somáticos j) (morfológicos, fisiológicos, psicoló- 
gicos y patológicos) sirven para clasificar las razas, en cambio los 
grupos étnicos, los pueblos, hay que definirlos, teniendo precisa- 
mente en cuenta los caracteres lingüísticos y sociológicos, y, junto 
á ellos, las afinidades geográficas; no olvidando, al considerar estas 
fundamentales relaciones, que son á veces producto de las diferen- 
cias de medio ambiente, de influencias sociológicas. 

La tarea de describir ó clasificar á cualquiei'a de los grupos ó 
divisiones de la especie humana, aumenta en dificultad cuando se 
trata de las razas americanas. En el nuevo continente existían 
poblaciones muy diversas á la llegada de los europeos á la América: 
los blancos, los amarillos y los negros contaban con numerosos re- 
presentantes. Era, en parte, poblada la América del Norte por 
tribus más ó menos salvajes, conocidas por el nombre de pieles-rojas; 
y la del Sur por tribus bárbaras bastante diferentes de aquellas que 
vivían en el septentrión; tan complicados como los indios surame- 
ricanos y los pieles-rojas, eran los elementos étnicos que componían 
las otras naciones que alcanzaron un grado de civilización relativa- 
mente avanzada, los mexicanos y los peruanos, y que también exis- 
tían en la América cuando á ella arribaron los hombres del antiguo 
mundo. Otros factores étnicos (escandinavos, asiáticos) invadieron 
asimismo el continente americano, « de tal suei'te, expresa H. Giart, 
que, mezcladas todas estas razas más ó menos profundamente, re- 
sulta casi imposible formar un tipo único bien definido». Asilo 
considera el Dr. Luis Montané — entusiasta profesor titular de An- 
tropología en nuestra Escuela de Ciencias, ausente en la actualidad 
por estar representando al Gobierno de Cuba en los Congresos an- 
tropológicos de Monaco y de Turín, y á quién, por tal motivo, sus- 
tituimos ahora en la enseñanza de la Antropología — al describir Las 
razas indígenas de América en uno de nuestros ilustrados semanarios 
( Cuba y América, 1903 ) . (c LTn gran níimero de sabios, dice el Dr. Mon- 
tané en su interesante artículo, han tratado de desenmarañar el caos 
de las razas americanas. L^nos se han atenido para ello al estudio 



342 



ARISTIDES MESTRE 



de las lenguas, otros á los caracteres físicos, y otros, finalmente, á la 
civilización. Poniendo á contribución estas investigaciones, Qua- 
trefages ha dividido las poblaciones americanas en diez y ocho fa- 
milias. Y en cuanto á las familias que admite, él mismo declara 
que tendrán que sufrir numerosas correcciones, por lo cual no debe 
mirarse como definitiva esta que se considera, sin embargo, como 
la más acabada entre las clasificaciones modernas.» Sabido es que 
Quatrefages en su Introduction á V Huele des races Jmmaines (Bibliothé- 
que Etnologique) admite tres razas ó tipos que llama fundamenta- 
les: blanco, amarillo y negro; y, además, las razas mixtas, queá su 
vez divide en « razas mixtas oceánicas» y «razas mixtas america- 
nas»: ambas razas mixtas contienen los caracteres de los troncos 
caucásico, mongólico y etiópico. 

Las razas mixtas americanas, únicas que en estos momentos nos 
importan, han sido agrupadas sinópticamente por Quatrefages en 
el siguiente cuadro, que comprende las familias distribuidas en la 
América Septentrional, en la América Central y en la América 
Meridional : 



FAMILIAS 



GRUPOS 



3^ Californiana 
4'.^ Pueblana .... 



(a) América Septentrional 



(b) América Central. 



1- Atabasca ( Chipewayos. 

[ Apaches. 
2^ Oregona Chinucos. 

í Makelchel. 

I Achomawi. 

) Paduco. 

( Moqui. 

p;a T\r- • • • í Choctaw. 

5. Misisipiana < 

^ ( Crek. 

r Pawni. 

6'? Misuriana J Siux. 

( Osago. 

j Algonquin. 

I Lenape. 

S^Canadense ) Iroqués.^ 

( Chéroques. 
j Misteca. 

9? Mejicana ■! Otomí. 

( Chichimeca. 
Guatemalteca Yucateca. 



7'^ Pensil vana. 



etnografía de AMERICA.— IXDIOS TARAHUMARES 343 

FAMILIAS GRUPOS 

1? Muizca Choco. 

í Aimara. 
2^ Peruana } Quichua. 

(^ Yunca. 

ÍAuca. 
Puelche. 
Charrúa, 
á?' Chiquita. 

(c) América Meridional ...( -a Potoc da i ^^^^^^^^o- 

[ Puri. 

I Tupi. 

6? Guarani < Guaicuru. 

( Caribe. 

„^ -r^ , ) Tehuelche. 

7. Patagona < 

[ Fueguense. 

Antisano. 



89" An tisana , , . 

Boliviano. 

Según consigna el Sr. Hoyos Sainz en el tercer volumen de sus 
muy recomendables Zecciones de Antropología {l'dQO) «componen la 
actual población del continente 122 millones de habitantes, y sólo 
el seis por ciento del total corresponde á los americanos, represen- 
sentados por 7.500,000, de los cuales cuatro millones viven en 
México, único país donde siguen predominando; los negros abundan 
en la zona intertropical con diez millones y cinco en los Estados 
Unidos, Brasil, México y Chile, y los mestizos extiéndense por toda 
la América española, donde el cruzamiento data de la época de la 
conquista y se perpetúa en las trece generaciones sucedidas; no 
existiendo apenas en la América anglo-sajona, pues el exterminio 
de las tribus indígenas ha sido la única norma de los conquistado- 
res, y, hoy día, mientras que en la América española los blancos, 
los negros y los rojos se funden en una sola raza, en los Estados 
Unidos y América inglesa marchase á la exclusión de todo elemen- 
to que no sea europeo, anulando los restos de indios y manteniendo 
en una esclavitud social, si no legal á los negr-os». He ahí, en lo 
que acabamos de apuntar, apreciados en su proporcionalidad los 
elementos actuales que constituyen el conjunto de la población 
americana. 

El profesor Deniker al clasificar las razas y pueblos de toda la 



344 ARISTIDES ME8TRE 

Améiica, expresa que para la América del Norte pueden adoptarse 
tres grupos etuo-geográ fieos: los esquimales con losaleutas; los in- 
dios llamados pieles-rojas (atabascos, 5'uma, thlinkit, etc. ); y los 
indios de México y déla América Central (aztecas, mixtecas, pimas, 
mayas, etc. ) Para la América del Sur admite Deniker cuatro grupos 
geográficos: los andinos (chibcha, quichua-aimai'a, etc.); los ama- 
zonianos (cai-ibes, arovak, paño, etc.); los indios del Este del Bra- 
sil y de la región Central (tupi-guarani, botocudo-haj^apo, etc. ) ; y, 
por íütimo, los pampeanos (patagones, tribus del chaco, de las 
Pampas, etc.) «Conviene igualmente tener en cuenta para el 
Nuevo Mundo — añade Deniker — á los negros importados y á los 
descendientes de los colonos: anglo-sajones en el Norte, bispano- 
lusitanos en el Sur»; como que precisamente, de esos colonos, puede 
decirse que constituyen el verdadero núcleo de numerosas y distin- 
tas naciones civilizadas de las dos Araéricas: y esto sin dejar de 
reconocer que en torno de ese centro étnico se han agregado oti'os 
elementos extraños. Sólo nos referiremos, después de lo dicho 
anteriormente, á dos de las familias establecidas por Quatrefages en 
su cuadro sinóptico, por lo mismo que pronto vamos á ocuparnos, 
en este artículo, del libro de Lumholtz. Esas dos familias son 
la mexicana y la guatemalteca. 

Respecto de la primera, tenemos que hacia el comienzo de nues- 
tra era, México estaba ocupado por los mayas; al principio del siglo 
VI vienen los toltecas, que, después, ceden su puesto á los chichimecas, 
y éstos á su vez á los alcolhuas: más tarde aparecen los tlaxcaltecas; 
pero la civilización — en distintos grados— que tuvieron esos pue- 
blos no es comparable á la que importaron los aztecas y que fué una 
í^orpresa grandiosa para los conquistadores. Los aztecas, conside- 
rados físicamente, son de talla media, miembros rechonchos, cráneo 
niesaticéfalo (índice 78.12) frente estrecha, ojos negros, nariz chata, 
boca grande, labios carnosos, dientes cortos, cabellos negros, espe- 
sos, ásperos, piel cobriza, extremidades pequeñas. Formaron, en 
otros tiempos, un pueblo agricultor, industrioso y guerrero, eran 
hábiles pescadores y cazadores, notables arquitectos y distinguidos 
en muchas industrias; á pesar del peso de la conquista han dado 
posteriormente pruebas de inteligencia y laboriosidad verdadera- 
mente notables. ¿No alcanzaron puestos elevados en la magistra- 
tura, en la milicia, en las ciencias, en plena sociedad española, á 
(juien, en medio de todo, la dominaban, en cierto modo y al menos, 
moral mente? 




INIIIO TARAHIOIAR DISPARANDO SU FLECHA 

(C. Lumholtz). 




CESTOS HECHOS POR LOS TAKAHIIMARES 

(C. Lumholtz). 



etnografía de AMERICA— indios TARAHUMARES 345 

Los pueblos de la América Central forman para Quatrefages una 
sola familia, la gnateraalteca. resultado de cruzamientos múltiples 
entre negros indios y españoles. Hombres de pequeña talla y fuer- 
temente constituidos; de piel bronceada, cabellos negros y lisos, 
cabeza corta, frente baja, cara ancha, ojos pequeños, oscuros, hori- 
zontales; nariz recta, boca mediana, labios fuertes, mentón redon- 
deado. Los indios de Centro América, que fueron cazadores, 
pescadores y agricultores, aunque agricultores todavía, son hoy 
bien poco industriosos y conservan sus viejas supersticiones, á pe- 
sar de la conversión al catolicismo. 

El 3'a citado Deniker divide á los indios de México y de la Amé- 
rica Central desde el punto de vista etnográfico en dos grandes gru- 
pos: los sonorianos-aztecm que viven en el IS'orte de México, y los 
centro-americanos, habitantes del México meridional 3^ los Estados 
situados más al Sur hasta la República de Costa Rica. Los prime- 
ros, bajo el aspecto lingüístico, se aproximan á los chochoues, y en 
sus costumbres á los verdaderos indios (f Pueblos» de los Estados 
Unidos, pero ofrecen diferencias en el orden físico: los sonorianos 
se aproximan á los norte-americanos de la vertiente atlántica, en 
tanto que los pueblos del grupo azteca patentizan la infusión de unq, 
gran cantidad de sangre centro-americana. Constituyen el grupo 
principal de los sonoi'ianos los pimas y sus congéneres los pápajos; 
viven en los pueblos ó (f casas grandes » y subsisten gracias á sus gran- 
des esfuerzos en la estéril tierra del valle del Gila; son hombres her- 
mosos, 1™71 de talla, ágiles, cabeza algo alargada, nariz prominente. 
Sus vecinos, dice Deniker, los 3'aquis y los mayos, reunidos en la ca- 
tegoría lingüística Cahita (unos 20,000 individuos) tienen el mismo 
tipo que los pimas y se conservan bastante puros, al contra- 
rio de los ópatas y tarahumares de Chihuahua y de Sonora. Los 
aztecas ó nahuas, son nombre colectivo de muchos pueblos y tribus 
que ocuparon antiguamente la vertiente pacífica desde el Río de 
Fuei'te (26° de latitud Norte) hasta los confines de Guatemala, ex- 
ceptuando el istmo de Tehuantepec, pero extendiéndose sus colonias 
hasta Guatemala y San Salvador. Sobre la vertiente del atlántico 
las tribus nahuas habitaban los alrededores de México y constituye- 
ron, probablemente dos ó tres centurias antes de la llegada de los 
españoles, tres Estados confederados: Tescuco, Tlacopan y Tleuoch- 
tillau. «Actualmente los aztecas, en número de 150,000 próxima- 
mente, encuéntranse extendidos sobre toda la costa mexicana desde 
el Sur de Sinaloa hasta Tepic, Jalisco, Michoacan y el Oeste. Muy 



346 ARISTIDES MESTRE 

pacíficos, sedentarios, con un barniz de civilización, ellos son cató- 
licos de nombre, auimistas llenos de superstición en el fondo. En 
muchas villas aztecas todavía se habla la antigua lengua nahua.w 
El profesor L. Biart ha escrito extensamente sobre la historia y 
costumbres de los aztecas (París, 1885). 

Al lado de los aztecas se designan con el nombre de ((mexicanos 
propiamente dichos» á otros tres grupos étnicos: el otqmi, los taras- 
cos y los tolonacs de la provincia de Yeracruz, antes muy civilizados 
y que se parecen físicamente á sus vecinos del nordeste, los huaste- 
cas, que pertenecen al grupo lingüístico maya. El otomí nos da el 
ejemplo particular de pueblo americano hablando una lengua casi 
monosilábica; de talla debajo de la media, braquicéfalos en general 
con tendencia á la mesocefalia (Hamy, Brinton). Los tarascos no 
mezclados viven, según Lumholtz, en número de 200,000 en las 
montañas de Michoacan: otros han sido absorbidos en la población 
mestiza. 

El otro gran grupo etnográfico de los indios de México y de la 
América Central, siguiendo en esto á Deniker, ya hemos dicho que 
lo forman los centro-americanos; y están subdivididos por el mismo 
notable antropólogo en tres grupos geográficos: los indios del Sur de 
México, los mayos y los istmianos. Entre los primeros están los 
zapotecas de Oaxaca, descendientes de un pueblo que alcanzó en 
época remota el mismo grado de la civilización azteca; están también 
los mixtecas de Oaxaca y Guerrero, de talla pequeña, braquicéfalos, 
y los zoques, mixes y chapanecas, para no citar otros. La antigua ci- 
vilización maya era semejante á la de México; los (( mayas propiamen- 
te dichos de Yucatán » contienen como principales tribus: los tchon- 
tales de México, los mopans, de Guatemala septentrional; los quichés 
más al Sur, el único pueblo indio que posee una literatura escrita 
indígena; los pocomanes, los chorti y los huastecas. ((A pesar de 
las diferencias lingüísticas, todos los guatemaltecos ó indios de 
Guatemala se semejan desde el punto de vista físico: son pequeños, 
rechonchos, de pómulos salientes, nariz prominente, con frecuencia 
convexa; y algunas de sus costumbres, como la geofagia, son comu- 
nes á todas estas poblaciones.» El profesor Deniker reúne bajo el 
nombre de <( los istmianos)) á los pueblos indígenas de la América 
Central distribuidos por Guatemala y el istmo de Panamá, cuyos 
idiomas no están comprendidos en ninguna de las categorías de las 
lenguas americanas (leucas, matagolpes, guatusos, oulona, moscos, 
rama). 



etnografía de AMERICA — INDIOS TARAHUMARES 347 

Algvinos autores creeu que, en cnanto á la América, la agrupa- 
ción de los pueblos tiene mejor base en los caracteres lingüísticos 
que aquella que pueda suministrarles los étnicos y soraatológicos; 
opinando asimismo que esos caracteres lingüísticos son fimdameutos 
más sólidos para definir las razas del nuevo continente. Para Briu- 
ton existe \\n lazo común entre todas las lenguas americanas; pero, 
discurriendo ampliamente sobre este punto, lingüistas de la talla de 
Müller y Adaní piensan distinto, que la similitud entre las lenguas 
americanas no autorizan á aceptar que todas ellas han procedido de 
una sola fuente, única. Atribuye, por otra parte, Powel, mayor 
importancia á la semejanza del vocabulario que á la de las formas 
gramaticales; y llega á establecer esta conclusión: «las tribus de la 
América del Norte no hablan precisamente dialectos relacionados 
entre sí y nacidos de una sola lengua original; hablan, por el con- 
trario, muchas lenguas pertenecientes á familias diversas, que no 
parecen tener un origen común ». Estima Brinton en 150 ó 160 el 
número de las familias lingüísticas conocidas en toda la América, lo 
que parece ser un cálculo exacto; en efecto, sólo para la parte del 
Norte de México enumera Powell 59 familias lingüísticas. 

Con relación al territorio de la República Mexicana — yaque ha-, 
cia él vamos convergiendo en este estudio y á él concretándonos — 
conocemos la siguiente nota donde se clasifican las familias etnográ- 
ficas por sus idiomas (F. Pimentel — «Cuadro geográfico, estadístico, 
descriptivo é histórico de los Estados Unidos Mexicanos », por A. Gar- 
cía Cubas, 1885) en estas catorce agrupaciones: l'.\ mexicana, 2'?', so- 
norense, opato-pima; 3'}, guaicura y cochimí-laimon; 4^, seri; 5'}, 
tarasca; 6?', zoque-mixe; 7^, tatonaca; 8^, mixteco-zapoteca; 9^, me- 
tlazinca ó pirinda; 10?^, maya-quiché; 11^, chontal; 12?', huave; IS?^, 
apache y 14?, othomí. La nota y los datos que se refieren á esta 
clasificación me fueron facilitados en 1898 cuando nos encontrába- 
mos en Monterrey (la floreciente capital del Estado de Nuevo León) 
por nuestro distinguido amigo el Sr. Ingeniero Miguel F. Martí- 
nez, actualmente Director de Instrucción Primaria en la ciudad de 
México, D. F, 

La familia mexicana, que comprende mexicanos y cuitlatecos en 
número de 1.750,000 individuos, se halla extendida en los Estados 
de Sinaloa, Jalisco, Sur de San Luis Potosí, Colima, costas de Mi- 
choacan. Guerrero, Morelos, México, Puebla, Distrito Federal, Hi- 
dalgo, Tlaxcala, Veracruz; y en corta cantidad en Aguascaüentes, 
Tabasco, Oaxaca y Chiapas. 



348 ARISTIDES 3IESTRE 

Los opata-pimas, pápagos, jnimas, j^aquis, mayos, tarahumares, 
coras, huicholes, tepelmanes y acaxees, están dentro del dominio 
señalado á la familia sonorense opata-pima; extendida en los Estados 
de Sonora, Chihuahua, Durango, Sinaloa, Jalisco y Zacatecas, for- 
man un total de 85,000 almas. 

Antiguamente la familia gaaicHra y coehuiii-laimon constaba de 
más de 20,000 individuos, habitantes todos ellos de la península do 
la Baja California. Su número ha quedado reducido en la región 
septentrional á 2,500. 

La familia Serí vive en la Isla del Tiburón (Golfo de California) y 
costas adyacentes en el Estado de Sonora: actualmente son unos 200 
nada más, pues han ido decreciendo en número de cierto tiempo acá. 

Tribu poderosa y antigua rival de la mexicana era la familia 
tarabea, fundadora del reino de Michoacan; en el Estado de este 
nombre habita, asi como en alguno que otro pueblo de los Estados 
de Jalisco y Guerrero. Su proporción á la raza mezclada ha dismi- 
nuido en número (250,000). 

La familia zoque-mixe comprende los zoque-mixe y los tapijula- 
pas, y, en número de 60,000, se les encuentra por los Estados de 
Chiapas, Tabasco y Oaxaca principalmente. 

Habita la familia totonaca la Sierra de Huaehinango, al Norte del 
Estado de Puebla y la región del de Veracruz, confinando con los 
huastecos entre los ríos Chachalacas y Cazones. Su número es de 
1)0,000. 

Vive en el Estado de Oaxaca y en parte de los de Puebla y Gue- 
rrero la familia mixteco-zapoteca, una de las más interesantes. Com- 
prende, en la proporción de 580,000, á los mixtéeos, zapotecos, 
chuchones, popolocos, cuicatecos, totlecos, chatinos, papabucos, 
amusgos ó musgos, mazatecos y cli mantéeos. 

La ciudad de Toluca, situada á 2,600 metros sobre el nivel del 
mar, fué fundada por la familia matlazinca ó p ir inda, la que hoy se 
encuentra en corto nvimero diseminada en el valle de Toluca, en el 
pueblo de Charo de Michoacan, en los de San Martín y Santa Cruz 
del Distrito de Temascaltepec del Valle, en San Juan Alzinco de 
Ocuila, en San Mateo Mexicalzinco, Calimaya y San Mateo de Te- 
mascaltepec. Su número es de 5,000. 

A 400,000 alcanza la humUamaya-quichc; comprende á los mayas 
ó yucatecos, los punctune, lacandones, los petenes ó itzaes, chañá- 
bales, comitecos y jocolobales, choles, quichés, tzotziles, tzendales, 
inanes y huastecos. 



etnografía de AMERICA— indios TARAHUMARES 349 

La ñimilia chontal habita principalmente el Estado de Tabasco, y 
en menor cantidad los de Guerrero y Oiixaca, extendiéndose á Gua- 
temala y á Nicaragua. Su total es próximamente de 31,000. 

Oriunda de Nicaragua es la familia huave; hállase dividida en los 
distritos de Juchitan, Telmatepec y el Centro del Estado de Chia- 
[)as, formando un conjunto de 3,800 individuos. 

La familia apache está constituida de tribus bárbaras como son 
los chiricahues, joatos, mimbreños, zileños, mezcaleros, sacramente- 
ños, carrizatenos, xicarillas, mogallones, lipanes, faraones y nava- 
joes. Todas estas tribus tienen sus rancherías en territorio norte- 
americano, de donde se desprenden para ejercer sus depredaciones 
en el de la República Mexicana. Ascienden á unos 8,000, que viven 
en los Estados de Chihuahua y Sonora. 

Por último, la familia othomí comprende: los « othomíes principa- 
les)), muy extendidos en los Estados de Guanajuato y Querétaro, 
Oeste del de Hidalgo, Noroeste del de México; los «serranos)) en la 
Sierra Gorda de Guanajuato; los « mazalruas )), en los distritos de 
Ixtlahuaca y Villa del Valle, y en las Sierras de Tajimarra, Hapu- 
jahua y Zitacuaro; los « pames )> en la antigua Misión de Cerro Prie- 
to, de Jacala, Estado de Hidalgo, en Santa María de Acapulco del 
Estado de Querétaro, en la Parímica de Arnedo y en Xichu del Es- 
tado de Guanajuato, aunque en su mayor parte residen en los dis- 
tritos orientales del Estado de San Luis Potosí; en fin, los « jonases» 
ó « mecos )) que habitan en un pequeño lugar de la Sierra de Guana- 
juato. Los «othomíes principales)), en corto número y formando 
indiscutible contraste con el resto de la población, se encuentran vi- 
viendo en un barrio de la hoy hermosa y próspera capital de la Re- 
pública, la ciudad de México; también en el pueblo de Ixteuco 
en Tlaxcala y en las montañas que separan el Valle de México del 
de Toluca. Los othomíes alcanzan en su totalidad la cifra de 
704,734 almas. 

El conjunto de las catorce familias mencionadas suma 3.970,234. 
En la proporción de individuos correspondientes á cada una de 
ellas, tócale el mayor número á la familia mexicana (1.7 50,000), Isi 
primera á que nos hemos referido en la anterior relación; sigúele en 
turno la othomi, después la mlxteco-zapoteca, la maya-qidché y la tarasca, 
sucesivamente. Las otras no llegan á 100,000 individuos. La me- 
nor cantidad se observa en la familia seri, compuesta sólo de 200 
individuos. No todas esas familias etnográficas, clasificadas desde 
el punto de vista de los caracteres lingüísticos, viven ó habitan ex- 



350 ARISTIDES MÉSTRÉ 

elusivamente dentro de los límites actuales del territorio de la Re- 
pública de México: j'a señalamos el hecho de que los apaches tienen 
rancherías en los Estados Unidos, bastante por encima de Río 
Grande del Norte; y, por otra parte, los chontales se han extendido 
hasta Nicaragua, de donde procede en cambio la familia huave. 

Sabido es que el antropólogo estudia al hombi'e de dos modos 
bien diversos: 3"a en plena actividad y en su conjunto, mientras cons- 
titu3'e el ser vivo, ó ^a, después de muerto, examinando sus restos 
principales ó característicos. A pesar de todo el valor científico 
que tenga y se le haya atribuido á este segundo método; á pesar de 
que se asegure por algunos que los estudios sobre el vivo resultan 
menos fijos y completos por no idealizarse en el laboratorio como 
las investigaciones osteométricas y craneométricas, hay que aceptar 
que en nada superan los primeros citados á los segundos en las de- 
terminaciones de una raza: ambos medios tienen su importancia 
relativa y cada uno de ellos contribu^'C á los progreáos de la cien- 
cia á que dio el gran Broca días de gloria y esplendor incompara- 
bles. En los trabajos puramente etnográficos, como esos que han 
conducido á Qiatrefages ó á Deuiker á establecer las diversas fa- 
milias distribuidas en el nuevo continente, se toman como funda- 
mento — y de ello hemos hablado — dos grupos de caracteres: los 
lingüísticos y los sociológicos. En los primeros se aprecia la mane- 
ra como los « grupos étnicos « efectúan el cambio de sus ideas y la 
trasmisión del pensamiento á cualquier distancia, corta ó larga, y á 
través del tiempo. Los caracteres sociales, por otro lado, los sumi- 
nistran la vida material (alimentación, habitaciones, vestidos y 
adornos, medios diversos de existencia); la vida psíquica estimada 
en los juegos y diversiones, en las bellas artes, en los mitos; la vida 
de familia que se revela, por ejemplo, en el matrimonio ó en los 
mismos ritos funerarios; y en las manifestaciones colectivas, emi- 
nentemente sociales, lo que constituye la vida social en sí, en su 
doble aspecto de régimen interior y de relaciones internacionales 
entre los pueblos ¡ Qué interesante por todos conceptos sería aplicar 
este vasto y complejo programa á esas familias etnográficas que ocu- 
pan el territorio anchuroso, accidentado, do México y penetrarse de 
todo lo que atañe á su físico, á su intelectualidad y vida moral; á su 
civilización; á sus adelantos y retrocesos en medio de otras tenden- 
cias colectivas que las inodiíican á posar de la resistencia que oponen 
á distintas corrientes de ideas ó de diversas actividades, sus ener- 



etnografía de AMEBICA.-INDIOS TABAHUMABES 351 

gías espontáneas y acumuladas, que se califican por algunos de sín- 
tomas de degeneración, de inercia á veces, como si la inercia misma 
no fuera también una poderosa fuerza de defensa, admirable en sus 
resultados !... 

El ilustre explorador Carlos Lumholtz lia publicado recientemen- 
te en una obra que lleva por título El México Desconocido (traducción 
castellana del Sr. B. Dávalos, New York, 1904) sus pacientes inves- 
tigaciones sobre diversas tribus que liabitan una buena parte de la 
Eepública de México; labor infatigable que tuvo por causa más ó 
menos próxima el interés que despertó en su espíritu el estudio di- 
recto de los pueblos primitivos después de sus viajes por Australia, 
donde pasó bastante tiempo en compañía de los negros caníbales del 
muy excepcional continente: desde esa época fué objeto predilecto 
de la vida de aquel sabio europeo el conocimiento de las razas bár- 
baras y salvajes. De 1890 á 1898 Lumholtz efectuó varias expedi- 
ciones en México, cuyos resultados se vieron en diversas publicacio- 
nes; pero, la citada obra es una relación sucinta de sus viajes y es- 
fuerzos entre los pueblos remotos de la Sierra Madre del Norte y las 
regiones subyacentes, al Sur y al Oriente hasta la ciudad de México. 
« La mayor parte de lo que aquí narro — dice Lumholtz aludiendo á 
su propio libro — se refiere á una porción de la República que nunca 
han visitado los turistas y que es desconocida aún para la mayoría 
de los mexicanos. Los pueblos primitivos son cada día más raros 
en el globo. En el continente americano aún quedan algunos en su 
estado original. Si se les estudia antes que ellos hayan perdido su 
individualidad ó hayan sido arrollados por el paso de la civilización, 
se podrá esparcir mucha luz no sólo sobre los antiguos pobladores de 
dicho país, sino aun sobre los primeros capítulos de la historia de 
la humanidad.)) Asimismo, lo expuesto que están esos grupos 
étnicos á fundirse en la nación á que pertenecen, y cuyas selvas 
antes impenetrables y rica producción mineral van siendo explota- 
dos por otros hombres de superior podeino ! 

En Enero de 1892 llevó Lumholtz su expedición más al Sur, y hé 
aquí lo que de ella cuenta: «Esta vez, escribe, llegamos á los ha- 
bitantes de las cavernas. Los indios tarahumares de la Sierra Madre, 
una de las tribus mexicanas menos conocidas, vivían en cavernas en 
una extensión tal que propiamente puede llamárseles los trogloditas 
americanos de hoy.)) En 1893 llevó al Norte sus colecciones tara- 
humares y tepehuanes, exhibiéndolas en la Exposición de Chicago. 
« Las grandes ventajas que ofrece México á la etnología — agrega 



352 ARISTIDES 3IÉSTEÉ 

Lumholtz — dieron irresistible incentiv'O á nuevas investigaciones, y 
%áendo los resultados de mis investigaciones anteriores, el Museo 
Americano de Historia Xatural de Xew York me envió de nuevo á 
la que iba á ser la tercera j más extensa expedición mexicana, la 
cual duró de Marzo de 1894 á Marzo de 1897.» Estuvo un año y 
medio entre los tarabuniares y diez meses entre los coras y huicho- 
les; recogiendo en todo el camino valiosos materiales, tanto de los 
tarahumares, tepehuanes del Xorte }' del Sur, como de los coras, 
liuicholes y tepecanos: esta última tribu no habita en la Sierra 
Madre del norte. Además, pudo obtenerlos de los uahuas de 
las faldas occidentales de la Sierra y de los que viven en los 
Estados de Jalisco y de México, de los tarascos en el Estado 
de Michoacau. «De la major parte de estas tribus — afirma 
Lumholtz — poco más se sabía que sus nombres, y j'O volví con 
grandes colecciones que dan mucha luz acerca de su estado 
étnico y antropológico, juntamente con extensos informes sobre 
sus costumbres, religión, tradiciones y mitos. Completé asimismo 
mi colección de vocabularios y melodías aborígenas. En mi viaje 
por la tierra caliente del Territorio de Tepic y los Estados de Jalis- 
co y Michoacan, adquirí también buen número de objetos arqueoló- 
gicos de gran valor é importancia histórica.» Posteriormente, en 
1898, hizo la última expedición, visitando de nuevo y durante bre- 
ves meses á los tarahumares y huicholes: puso en orden sus notas, 
dilucidó algunas dudas y completó el material que ya tenía. 

Y al recorrer las páginas del hermoso libro de Lumholtz — modes- 
to monumento, como él lo llama, erigido á sus indios amigos y que 
los hombres civilizados serán seguramente los primeros en reconocer- 
lo — tropezamos con dos nombres que nos despertaron gratos recuer- 
dos: Ales Hrdlick y A. J. Bandelier. De ambos hemos tenido el 
honor de estrechar las manos y de recibir interesantes informes so- 
bre problemas antropológicos cuando visitamos últimamente, en 
1904, varios museos norte-americanos. Al primero lo tratamos en 
Washington en el « Smithsonian Institute », donde está encargado 
del Departamento de «Antropología Física», y, al segundo, en el 
« American a\íuseum of Natural History » de la ciudad de New York, 
del que ha sido recopilador durante largo tiempo en la majestuosa 
cordillera de ios Andes. ¡ Qué luchas y vicisitudes la de esos hom- 
bres en medio de una naturaleza agreste y rodeado de gente desconfia- 
da y semi-salvaje ! Pero, esos rigores de clima y de vida social tienen, 
por fortuna para los sabios investigadores, sus agradables compeu- 




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VASIJAS TARAHIIMARES DE PANALACHIC, DECORADAS CON' OCRE ROJO 

Y JABONCILLO BLAXCo (C. Lumholtz). 



etnografía de AMERICA.— indios TARAHU3IARES 353 

saciones, hasta sus encantos. « Sentéme — escribe Lumlioltz á este 
propósito — á contemplar el magDÍfico panorama de la parte central 
déla Sierra Madre que se dilataba frente á mí. Al Norte y Nordes- 
te había mesetas y cerros cubiertos de pinos, en series al parecer sin 
fín; sobre el hoi-izonte oriental encontraba mi vista las negruzcas y 
macizas alturas del Chuhuichupa, seguidas rumbo al Sur por cum- 
bres y cumbres de verdaderas sierras con agudísimas y dentadas 
crestas, corriendo principalmente de Noroeste á Sudoeste, y entre 
ellas y yo, había una extensión de negras serranías de pinares, suce- 
diéndose en apretados cordones, y corriendo generalmente en igual 
dirección de la sierra. Reinaba en aquel solitario paisaje una in- 
mensa tranquilidad primaveral. Me gusta la sociedad de los hom- 
bres; pero, ¡ cuánta serenidad y reposo — exclama el sabio — nos in- 
funde á veces la íntima comunión con la naturaleza !» ¡ Ah ! los que 
beben en estas fuentes — expresaba también nuestro maestro Poey, 
al describir la felicidad en las ciencias — pasan las noches insomnes 
aunque agradables, corren á remotas playas arrostrándolo todo, ó 
ascienden á las regiones de perpetuas nieves; Linneo, sin co- 
nocer la lengua ni las costumbi-es de sus habitantes, penetró á pie en 
la desnuda tierra de la Laponia: estudiando á la naturaleza, puede 
el hombre esperar días tranquilos y dichosos ! 

*** 
Del lil)ro de Lumholtz, escogemos una de sus más completas in- 
vestigaciones etnográficas, la referente á los tarahumares, de cuyo 
grupo nos vamos á ocupar con relativa brevedad. En la clasifica- 
ción ya expuesta de las familias etnográficas y que descansa en el 
idioma, están comprendidos los tarahumares en la nombrada sono- 
rense opato-pima, correspondientes á la categoría de pueblos seuii- 
civilizados, de progreso apreciable pero lento, y en los que predomina 
la tendencia á la conservación de lo adquirido; es carácter que los 
distingue, ya sean agricultores ó nómadas. La gran trilni de los 
tarahumares ocupaba en otra época todo el valle de Chihuahua has- 
ta donde se encuentra la capital del Estado, incluj^endo también 
una faja larga y angosta á unas treinta leguas al Norte de Temosa- 
chic. La mayoría de las 25,000 almas que próximamente compren- 
den los tarahumares, ha adoptado la lengua, costumbres, religión y 
vestidos de los mexicanos; mencionándolos en el siglo xvii el Pa- 
dre Ribas, los considera como dóciles y gente fácil de convertir al 
cristianismo. Por esta circunstancia, dice Lumholtz que sólo en 
los lugares más selváticos han podido aquellos hombres conservar 



354 ARISTIDES 3IESTRE 

sus viejos hábitos; « ...los primeros tarahumares de sangre pura que 
encontré en su pequeño rancho á unas diez millas de Temosaehic, eran 
verdaderos indios... Advertí, agrega, en su apariencia cierta acti-^ 
tud de nobleza y reserva que no había desaparecido al contacto de 
los blancos y mestizos.» La palabra tarahumar romnaehi ha dado 
nombre al pueblo que acabamos de mencionar; y dicho vocablo 
significa en lengua castellana « donde haj^ blanco », aludiendo, según 
expresa el ilustre explorador de donde tomamos estos datos, á cier- 
tas rocas de ceniza solidificada, como de unos cincuenta pies de al- 
tura; en esas rocas había cuevas donde vivían indios pimas, también 
miembros de la misma familia etnográfico-lingüística sonorense 
opato-pima á que pertenecen los tarahumares. 

De mediana estatura, de pómulos prominentes, es el indio tara- 
humar de hoy, aunque más musculoso, dice Lumholtz, que su primo 
de Norte-América. «Me sorprendía bastante observar á menudo 
que los que viven en las calurosas barrancas tienen la cara menos 
oscura que el resto de su cuerpo, y por extraño que parezca, los más 
atezados que vi son los de la meseta de cerca de Guachochic, donde 
la gente crece también más y es más musculosa que en las tierras 
bajas de la región.» Los hombres y mujeres son de cabello negro, 
largo, rara vez ligeramente ondulado. Los indios viejos encane- 
cen, pero no son calvos. Las mujeres, más pequeñas, son por lo 
general tan vigorosas como el sexo fuerte; aquéllas tienen manos y 
pies pequeños. Separan sin rigidez y sobre ambas piernas, los tara- 
humares, para estar cómodos. Cuentan con las manos haciendo 
movimiento con los dedos. « Es preciso verles los ojos para hallar 
la expresión de lo que les pasa interiormente, pues su rostro carece 
de movimientos y no revelan sus sensaciones con impulsos involun- 
taiios.» Resisten notablemente lo mismo á la acción del sol como 
á los rigores del frío. Parecen no sentir el dolor á igual grado que 
nosotros. Son más fuertes los tarahumares para cargar pesos que 
})ara levantarlos. Rasgo ciertamente notable en esos indios es una 
buena salud: el anhelo de ellos «se reduce á vivir muchos años». 
La enfermedad más común y seguida de fatales consecuencias es, 
por lo general, para ellos la pleuresía. La viruela les causa bastan- 
tes estragos. Xo se suelen bañar sino en tiempo délas aguas; y las 
drogas medicinales, á juzgar por ciertos hechos, producen sus efec- 
tos muy eficazmente. El tarahumar no comete un homicidio sino 
en estado de embriaguez; por regla general no es ladrón y mientras 
se conserva en estado nativo no engaña nunca en sus tratos. En- 



etnografía de A3IERICA— indios TABAHUiMABES 355 

tre ellos hay algún comercio que lleva á los indios de las montañas 
á obtener de los de la barranca del Oeste, chile, arí, zarcillos de 
madera y cabras: todo ello á cambio de frijol y maíz. (^Los indios 
de Nararáchic van al río Concho para comprar las conchas con que 
hacen sus pendientes y usan el polvillo de las mismas, mezclado con 
sal, como remedio para las enfermedades de los ojos.» Disponen 
los tarahumares de gran destreza de dedos y de cierto don para la 
mecánica: en prueba de ello cita Lumholtz las cerraduras de made- 
ra que construyen. Los niños aprenden rápidamente el castellano, 
son dóciles y fáciles de convertir al cristianismo; al adquirir algún 
conocimiento desarróllaseles mucho la ambición. 

Son observadores escrupulosos de los cuerpos celestes: «conocen 
las Pléyades, el Cinto de Orion y la Estrella de la Mañana y de la 
Tarde»; no les despierta gran interés la Osa mayor y siembran el 
maíz teniendo en cuenta la posición de las estrellas con relación al 
sol. Cuando la luna tiene «un anillo alrededor» dicen que está 
bailando en su patio. Se explican los eclipses manifestando que la 
luna y el sol, al pelear, tropiezan en el camino. 

Nunca por causa aJguna consienten los indios que se interrumpa 
la solemnidad privada ó pública que están realizando; y «ningún tri- 
bunal de los lugares civilizados impone tanto respeto y obediencia 
como el constituido por aquellos hombres que con sencilla gravedad 
se sentaban al pie de la pared que amenazaba ruina, provistos de 
sus varas y con una solemnidad que habría parecido ridicula si no 
rayara en lo sublime ». Al hablar así Lumholtz, se refería á un ca- 
so de doble delito: por uua parte el hurto, y por otro lado el rapto 
de una mujer casada. En la celebración del juicio, dos de los ma- 
gistrados « empuñaban en la mano derecha bastones de palo del 
Brasil, en símbolo de su dignidad, pues se halla muy extendida en- 
tre los indios la idea del bastón demando»: los indios respetan real- 
mente, no al individuo, sino á la vara que llevan. 

El vestido, por esos indios usado, es siempre escaso; la mayor 
parte poseen unas frazadas ó cobijas que sus mujeres les tejen y en 
que se envuelven para asistir á sus fiestas. El traje femenino es 
también sencillo; en efecto, los indios no parecen tener mucha incli- 
nación á los adornos. Se hacen collares con la semilla del Coix 
Lachryma-Jobí, sobre todo con un fin medicinal. 

Todo apo3^a la opinión de que las habitaciones de los tarahumares 
son de un carácter bien primitivo; y « muchos de ellos ni siquiera 
fabrican cabanas, sino que habitan permanente ó transí toriamen- 



356 ABISTIDES MESTRE 

te en las grutas «; esto lo pudo confií'mar en sus sucesivas explo- 
raciones, en toda la localidad ocupada por la tribu, durante más de 
año y medio. En muchas partes del globo hay razas y grupos ét- 
nicos que aún viven en grutas; los indios estudiados en este articulo 
pasan por un estado de transición, adoptando la mayor parte chozas 
y cobertizos, por más que muchos pretieren á las habitaciones he- 
chas por sus manos el abrigo que les brinda profusamente la natu- 
raleza^ Los tarahumares conservan aún, en su género de vida, sus 
instintos nómadas; pasan, á menudo, de la cabana á la cueva, pues 
tienen las dos relativamente cerca. En las cuevas de los tarahuma- 
res hay los mismos utensilios que en las chozas: canastas, ollas y 
cazuelas de barro, el metate, el fuego en el conti-o. La mayor gruta 
vista por Lumholtz, tenía cerca de cien pies de anchura por una 
profundidad de veinte á cuarenta, de dentro á fuera; los indios viven 
próximo á la entrada. Las cuevas habitadas no están en lugares 
inaccesibles, y muchas de ellas son simétricas y cómodas. En 
México, además de los tarahumares, otros grupos étnicos viven 
también en las cuevas (pimas, tepehuanes). Pero, ¿esos habitantes 
de las cavernas tienen alguna relación con los antiguos hombres que 
vivieron en las rocas de los Estados Unidos? «Resueltamente no 
— contesta á este particular Lumholtz; su gran aversión á vivir más 
de -una familia en una cueva y su falta de sociabilidad, hacen nota- 
ble contraste con los antiguos habitantes de las rocas, que tendían 
por naturaleza á congregarse. Por interesante que sea el hecho 
mismo de vivir en grutas, no basta para probar su filiación con los 
antiguos cliff-dwellers. Aunque los tarahumares son muy inteligen- 
tes, es grande su atraso en las industrias y en las artes. Verdad es 
que las mujeres tejen fajas y col)ertores de admirables grabados, 
pero hasta aquí llegó el límite de su capacidad. A veces, dibujan 
toscamente con ocre, en las cuevas, figuras de animales y mujeres, 
y pueden verse en algunas rocas, contornos de pies esculpidos con 
piedra, para dejar su huella en este mundo cuando mueran. La al- 
farería tarahuuuir es extraordinariamente tosca en comparación con 
las piezas que se han hallado en las antiguas habitaciones de las 
rocas (cUff-dwellingH), y su ornamentación es también comparativa- 
mente infantil, pues los cJiff'-fhurllcrs, hicieron avanzar el arte de la 
decoración á un grado relativamente alto, según aparece por los ob- 
jetos hallados en sus habitaciones. Los habitantes de las cavernas 
que hoy existen, carecen de tal habilidad, están igualmente privados 
del don arquitectónicOj que se hace notar en las notables coustruc- 



etnografía de AMERICA.— indios TARAIIUMARES 357 

ciones que practicaban en las rocas los diff-dwellers primitivos. En 
lo concerniente á todo esto, no pueden, pues, — expresa Lumholtz — 
clasificarse en un nivel superior á los trogloditas.» En las habita- 
ciones de los tarahumares, chozas ó cuevas, es carácter de ellas la 
existencia de un piso parejo que utilizan como patio y donde llevan 
á efecto ya sus prácticas religiosas, ya sus danzas. Clavan hasta 
tres cruces en dicho patio, que mide por lo regular ocho metros cua- 
drados. Los tarahuraares usan para trojes ó graneros á cuevas pe- 
queñas, cuando no las hacen de piedra y lodo y con techo de tablas 
de ocote que aseguran con piedras y tierra. 

La principal riqueza del indio tarahumar, la constituye el gana- 
do, considerándose satisfecho al tener tres ó cuatro cabezas, entre 
bueyes y vacas, y una docena de ovejas y cabras; á veces poseen al- 
gunas gallinas, también palomas ó codornices. En las cumbres 
y barrancas que corren hacia el Estado de Sinaloa viven tarahuma- 
res paganos. Los más independientes que quedan encuéntranse en 
Norogachic, Pamachic y ISTararáchic, pueblos que tienen á su alre- 
dedor la dilatada región montañosa, donde ejercen los indios indis- 
cutible dominio. Según los cálculos de Lumholtz, en la parte más 
l^opulosa de la región tarahumar, incluyendo aquellas tres munici- 
palidades, existirá una población de unos 8,500 indios, aproxima- 
damente. 

El producto agrícola más importante de los tarahumares es el 
maíz, estimándose la cosecha de cada familia, de seis á doee fanegas 
por término medio; también cosechan tabaco, chile, calabazas y fri- 
jol, pero en corta cantidad. En arroyos y barrancas, donde no 
pueden arar con el instrumento primitivo, emplean el procedimiento 
llamado «coamillar)), todavía en uso entre los naturales más remo- 
tos de México. ((Cortan árboles, desmontan un espacio de tierra y 
lo dejan así descubierto hasta que están á punto de comenzar las 
aguas, procediendo después á quemar la maleza, que ha quedado 
por entonces completamente seca, y á plantar el grano en las ceni- 
zas; para esto, hacen simples agujeros en el suelo con una estaca., 
echan en ellos algunas semillas y las cubren con el pie.» Desde 
mediados de Abril hasta la primera semana de Julio atienden á la 
siembra; la cosecha dura desde los primeros días de Octubre hasta 
principios de Diciembre. Los tarahumares practican el cultivo en 
común: así desmontan el campo, aran, siembran, siegan, cazan y 
pescan. Cuidan muy bien los animales domésticos y nunca los ma- 
tan, salvo para ofrecerlos en sacrificio. 



358 ARISTIDES MESTRE 

«Eran de considerable interés — refiere Luinholtz en su libro 
— algunas cuevas sepulcrales cerca de Xararácliic, especial uiente 
una llamada Xarajérachic («donde bailan los muertos))). Un mexi- 
cano había estado sacando salitre de allí durante seis años para fa- 
bricar pólvora y la cueva se hallaba muy registrada cuando la 
visité: pero siempre logré sacar unos treinta cráneos bien conserva- 
dos y algunos esqueletos completos, momificados en el salitre. En- 
contramos también algunos lienzos con plumas entretejidas, unos 
pedazos de obsidiana y de hilo azul, pero ningunas armas ni uten- 
silios. Según me dijo el minero, lo que parecía verídico, había 
desenterrado más de cien cuerpos. Generalmente se encontraban 
á dos pies y medio de la superficie y á veces había otros abajo. En 
muchos de ellos encontré adornos para las orejas, hechos de concha, 
semejantes á los que usan hoy los tarahumares, además de algunos 
tejidos de fibras y un jarro de frijoles.)) En Aboreáchic, examinó 
Lumholtz una cueva sepulcrar donde se enterraron los cadáveres 
distintamente: se le rodeaba de tablas á modo de caja, los cuerpos 
inclinados y tendidos de costado; de allí se sacaron cuatro cráneos 
y también un fragmento de aguja de madera. 

Viajando más de un año por entre los tarahumares, visitándolos 
en sus ranchos y cuevas, en las mesas y barrancas, Lumholtz llegó 
á adquirir buen conocimiento de la manera de ser de esos indios: 
cobardes en poco número, si se ven muchos reunidos son temerarios; 
inofensivos si no se les molesta, no olvidan ni perdonan una injuria. 
En más de una ocasión, exasperados por las vejaciones, han matado 
á los blancos que abusaron de la hospitalidad que les dieron. 

Los tarahumares fabrican arcos y flechas, siendo grandes cazado- 
i-es y diestros tiradores los del centro de la región; los habitan- 
tes próximos al pueblo de Panalachic usan el hacha como su arma 
favorita. Los abuelos de la presente generación de Xararáchic te- 
nían flechas cpn punta de obsidiana. Las ardillas son cazadas del 
modo más primitivo: derrumban el árbol donde ven el animal. Los 
hombres curten pieles y las mujeres hacen ceñidores y frazadas en 
un telar sencillísimo, dibujando el tejido; siendo los tejidos de Pa- 
machic los más apreciables. No están los tarahumares muy ade- 
lantíidos en el arte de la alfarería, que sólo las mujeres practican 
esa industria, variando el grado de habilidad: en Panalachic se ha- 
ce lo mejor, adornándose con ciertos dibujos rojos y blancos. La 
tinaja más grande tenía cerca de ocho pies de circunferencia. Otra 
industria de importancia particular en la vida de los tarahumares 



etnografía de AMERICA.— indios TAEAIÍU3IAEES 359 

es la fabricación de la cerveza nativa. El tesgühio, sacado del maíz, 
constituye una parte integrante de la religión de los taraliumares, 
quienes lo usan en todas sus fiestas, ceremonias y bailes, dándosele 
al niño con la leche materna para librarlo de las enfermedades. 

Para ser bárbaro, el tarahumar, dice Lumholtz, es persona muy 
política; pero pierde sus buenas maneras á medida que se civiliza; 
aunque comparte su alimento, por regla general no es hospitalario: 
no admite en su casa á ningún extraño. Nada emprende ese indio 
sin previa deliberación, siendo indudablemente curiosas sus costum- 
bres domésticas, en las que no podemos detenernos. En la tribu 
hay más mujeres que hombres: las oraciones de éstos tienen más 
alcance que las de aquéllas. Las mujeres le piden á la Luna, más 
pequeña que el Sol, la deidad de los hombres. No obstante el he- 
cho de ser común el decir que un hombre vale por cinco mujeres, se 
la aprecia en su verdadero mérito á la mujer de inteligencia y ca- 
rácter. ¿No ha sido gobernadora ó jefe una mujer «porque sabía 
más que los hombres «? 

No se conforma al gusto moderno ni tampoco se aviene al lla- 
mado ideal clásico el modelo de belleza tarahumar; y la riqueza de 
un hombre no es el mejor atractivo pai-a las jóvenes. « En Narará- 
chic— cuenta Lumholtz — había un viejo, dueño de cuarenta cabezas 
de ganado y diez y ocho caballos, que cuando enviudó tuvo que vivir 
con una vif^ja de mala reputación, porque no hubo otra mujer que 
quisiera casarse con él.» A esas indias nunca se las obliga á contraer 
matrimonio sin amor. Una hermosa tarahumar, solicitada por un 
rico mexicano que hablaba bien la lengua de aquélla, contestó al 
galán — á pesar de las bellas promesas que éste le hacía por si lo 
aceptaba como marido — con estas palabras: chiyie olama gacha negalé, 
que traducido libremente dice: «no me gusta ese hombre; el amor se 
va á donde quiere ». ¡Cómo que la vida íntima del hogar no estando 
estrechamente ligada por el afecto, la honda simpatía, el delicioso 
amor, la vibración armónica del sentimiento, es vida insoportable, 
que espanta ! Bien puede la india tarahumar dar ejemplo á muchas 
mujeres de nuestra civilización. Ah ! pero los sacerdotes, entre los 
tarahumares, hacen uso del/its primee noetis. ¿Será esto en todos los 
casos ? 

La mujer da á luz sentada, se ata el ceñidor y se agarra de algo 
alto, como la rama de un árbol; permanece acostada el primer día y 
en la siguiente mañana se dedica, como si nada hubiera ocurrido, á 
sus tareas habituales; en cambio, su marido durante tres días nada 



360 ARISTIDES MESTRE 

hace, «porque pieiipa que se le rompería el hacha, se le caerían los 
cuernos á su buey ó se fracturaría una pierna ». ¿ Esta costumbre 
no nos recuerda, en parte, el curioso hábito de la couvade ? Después 
del alumbramiento — y en esto consiste la cotivade, observada hoy 
mismo en la ludo-China, por ejemplo, y también en América — el 
marido se acuesta en la cama en lugar de la mujer, que se levanta 
para ocuparse de los quehaceres de la casa; aquél cuida al niño y 
hasta imita los dolores del parto. Diríase que el marido — expresa 
Lacassagne, interpretando este fenómeno social en la evolución del 
matrimonio — al parodiar á la mujer en el parto, quiere adoptar á sus 
hijos por una imitación del alumbramiento y conquistar así sus de- 
rechos paternos, como un resto del viejo poder de la madre. 

El juego con que se divierten los niños tarahumares es mu}^ di- 
verso; el padi-e les hace arcos y flechas y los adiestra en la caza y 
trabajos agrícolas. « A las muchachas, conforme van creciendo, les 
enseña su madre á hilar y á tejer frazadas, porque de otro modo se 
volverían hombres. Les aconseja también que no tengan hijos con 
mucha frecuencia, porque les faltaría quien se los cargara»; y no 
aplican á sus hijos, los tarahumares, castigos corporales: los repren- 
den únicamente si se portan mal. En cuanto á los adultos, afirma 
Lumholtz, que no conoce tribu alguna más aficionada al juego que 
los tarahumares: del año, pocos días habrá que no dediquen á algu- 
na diversión. El juego al tiro se llama choguiralí y choguira á la 
flecha. Otro es el rixihuatali, en el que emplean discos de piedra 
achatados por un lado y convexos por el contrario. El facuari (gol- 
I)ear la bola) á que se dedican sólo las mujeres; pero el más impor- 
tante es el romavoa, que se juega con cuatro palos de igual tamaño 
nombrados romalaca y en los cuales hacen determinadas señales 
para fijar su valor: aunque se tiran de diferente modo que los dados, 
tienen el mismo objeto. Para Lumholtz no cabe duda que los tara- 
humanes son los mejores corredores del mundo; y esto en el sentido 
de la resistencia, no en el de la velocidad: pueden, en efecto, 
correr, sin parar, hasta ciento setenta millas. En la carrera á 
pie, de los indios, presenta la escena un aspecto de gran animación. 
También las mujeres emprenden carreras, con apuestas y mucho 
entusiasmo. 

Para los tarahumares existen dos dioses: el Padre Sol, Noiwrú- 
f/ami, y la Madre Luna, Yerúgami. El Sol cuida á los hombi-es du- 
rante el día y hace dormir á los animales; vigila de noche la Luna, 
que es la deidad de las indias. A ésta, « ayúdala su hijo el Lucero de 




CUEVA HABITADA POR LOS TARAHUMAKES CON ESCALERA PARA SUBIR AL GRANERO 

(C. Lumholtz). 



etnografía de AMERICA.— indios TARAHÜMARES 361 

la Mañana, quien manda á las demás Estrellas, porque son sus hijos, 
porque son tarahumares. Las Estrellas avisan á sus hermanos de 
la tierra cuando entran ladrones en sus casas. Si los tarahumares 
tratan de afirmar algo solemnemente, dicen ¡ por los de arriba !, esto 
es, por el Sol, la Luna y las Estrellas)). El paraíso de los indios es 
un conjunto de grandes ranchos, donde encontrarán los animales que 
en esta vida sacrificarou en aras de su dios, cuya ocupación en el 
cielo es jugar carrera con los ángeles. En los mitos y tradiciones 
de la tribu, presentados por Lumholtz en su libro, se reconocen con 
facilidad las ideas cristianas introducidas. Esos mitos y tradi- 
ciones se refieren á la creación, el Sol y la Luna, al principio del 
mundo, las leyendas de la estrella y del diluvio, los gigantes, etc., 
etc. «Antiguamente había gigantes en las cumbres de las monta- 
fías, tan grandes como pinos y con unas cabezas como rocas. En- 
señaron á los tarahumares á sembrar el maíz, derribando árboles y 

quemándolos, pero se comían á los niños.)) «Cuando el mundo 

se llenó de agua, una muchachita y un muchachito subieron á una 
montaña llamada Lavachí, situada al Sur de Panalachic, de la que 
descendieron cuando el agua hubo bajado, llevando consigo tres 
granos de maíz y tres frijoles. Como las rocas estaban blandas 
después del diluvio, aún pueden verse las huellas de los niños. 
Plantaron el maíz, se acostaron y tuvieron un sueño aquella noche; 
después cosecharon, y de ellos descienden los tarahumares.)) En el 
adivino, el tarahumar reúne á su médico y á su sacerdote; sin aquél 
el indio se consideraría punto menos que perdido en esta vida y 
también en el otro mundo. Los sacerdotes-doctores tienen sus es- 
pecialidades; algunos sólo cantan en las danzas y otros únicamente 
se dedican á curar. « Son los sabios de la tribu los que hacen llo- 
ver, los que curan j conservan la herencia común de conocimientos 
y tradiciones que les presta poderosa influencia sobre los demás )> ; pero 
ellos jamás prestan sus servicios gratuitamente. Los indios conocen 
excelentes yerbas medicinales. El modo de curar es muy diferente. 
Los astrólogos emprenden la curación del Sol y de la Luna, que 
con frecuencia se enferman. Considéranse los tarahumares cristia- 
nos en el caso de curar á su iglesia « cuando los muertos enterrados 
dentro de ella ó á su alrededor, han estado bailando ruidosamente 
y haciendo daño al edificio para obligar al pueblo á que les dé tes- 
güino.)) Para producir manantiales, los curanderos pueden «sem- 
brar)) agua. Existen también brujos profesionales; el poder de és- 
tos es tan grande para producir males, como el de los sacerdotes 



362 ABISTIDES MESTBE 

para hacerlos desaparecer. El hechicero es temido de todos 3 son 
sorprendentes sus recursos mágicos. 

Entre los taiahumares es cosa averiguada que los animales los 
enseñaron á bailar; y la danza para aquéllos reviste notoria impor- 
tancia: «más que diversión, es una especie de culto y de encanta" 
miento...» « La danza no sólo expresa solicitud de lluvia y de vida, 
sino también peticiones á los dioses para que libren de todo mal, de 
todo género de daños á los hombres, á los animales y á las cosechas.» 
Los dos bailes principales son el rutuburí y el yumarí: el primero se 
los enseñó el guajalote y el segundo el venado. Actualmente, pa- 
ra los sacrificios los tarahumares consideran con más mérito á los 
animales domésticos que á los que habitan en el campo ó en los 
bosques. 

Todo tiene vida en la naturaleza para esos indios. « Las plan- 
tas, así como los seres humanos, encierran un alma, pues de lo con- 
trario no podrían vivir ni crecer. De muchas se supone que hablan, 
cantan y son sensibles á la alegría y al dolor. En invierno, por 
ejemplo, cuando los pinos están enrigecidos de frío, suplican lloran- 
do al sol que salga á calentarlos. Cuando se insulta ó se molesta á 
las plantas, éstas acostumbran vengarse.» El simple aroma del lirio 
para los tarahumares cura las enfermedades y quita el embruja- 
miento. Existe un culto regular para los cactos pequeños, á quie- 
nes se les atribuye altas cualidades mentales. Es protector pode- 
roso del pueblo el jiculí (variedades diversas de cactos) en cualquier 
circunstancia, trayendo la buena suerte. « El jiculí no es tan gran- 
de como el Padre Sol, pero se sienta á su lado.» Al jiculí le dedican 
los indios una especial canción. 

La muerte no es para los tarahumares más que un cambio de 
forma: tan arraigada está, pues, en ellos la idea de la inmortalidad. 
Si creen en la vida futura, más firme tienen la convicción de que sus 
muertos se complacen en causar perjuicios á los vivos. «A veces 
son los hechiceros quienes envían á los muertos para que perjudi- 
quen y enfermen á la gente, pero por lo general los muertos mismos 
vienen á hacerlo por su propia cuenta»... «A veces se aparecen los 
espíritus de los muertos y los curanderos los ven volando por el 
aire como pájaros. Cuando el alma de alguno da en habitar en 
una casa, el dueño comenzará por sentir una impresión desagrada- 
ble é irá consumiéndose hasta morir, á menos que el doctor prodigue 
al difunto tesgüino en abundancia y lo aleje con encantamientos.» 
El ritual funerario y la forma de enterramiento revisten sus peen- 



etnografía de A3IERICA.— indios TABAHUMARES 363 

liaridades entre los indios taraliumares; además de otros objetos, le 
dejan al muerto su bolsa de cuero y tres pequeños bules con frijoles; 
también mazorcas y tesgüino. Tres fiestas celebran después del 
fallecimiento de un familiar. El profesor Lumholtz describe minu- 
ciosamente en su obra una rumbosa función dada por una viuda con 
motivo de la pérdida del marido. 

Entiende Lumholtz que «la civilización, tal como les llega á los 
tarahumares ningún beneficio les presta. Sacude rudamente las 
columnas del templo de su religión. El ferrocarril central me- 
xicano aplasta sus cactos sagrados, cuya ira redunda para los 
pobres taraliumares en años de escasez y desgracias. En tanto 
que ellos se privan del placer de fumar durante el día para no 
ofender al sol con el humo, arrójanlo en espesas nubes, día con 
día, los hornos y máquinas de los blancos, dejando á los indios 
fuera de la vista de Tata Dios que no puede cuidarlos. En la loco- 
motora misma, ven la representación del Diablo con larga len- 
gua y crecida barba.» Ah! les va destruyendo su patria esta civi- 
lización; y, por otra parte, ¿cómo han de progresar los tarahumares 
al contacto de mestizos ignorantes y despojados de todo escrúpulo? 
Por eso el indio que llaman civilizado resulta punto menos que in- 
tratable: no sabe cumplir sus compromisos, aprendió á engañar y á 
realizar el hurto, su conciencia moral se extravió bajo el mal ejem- 
plo; y esto es más sensible al recordar que son excelentes criados 
y en las filas del ejército han sido soldados notables. Los tarahu- 
mares se resisten á recibir la civilización del mexicano, del mestizo. 
Hablan la gran maj^oría de los tarahumares, su lengua propia; sus 
mujeres no se unen fácilmente á hombres de otras razas. ¿No es 
cierto que ellos no querían á los niños de color más claro y que las 
madres los ponían alsol, hasta no hace mucho, para que se les oscure- 
ciera la piel? (f Es esta — dice Lumholtz — la misma vieja historia que 
se repite en América, al igual que en África, en Asia y donde quiera. 
El indígena sencillo se convierte en víctima del industrioso blanco, 
quien por la razón ó por la fuerza, acaba por privar de su país al 
primero. Es una fortuna que los tarahumares aún no hayan sido 
borrados de la existencia. Su sangre se va extendiendo en las cla- 
ses trabajadoras de México; van tornándose mexicanos; pero bien 
puede transcurrir un siglo todavía antes de que todos lleguen á 
estar al servicio de los blancos ó desaparezcan como los ópatas.» 
No encontrarán otros recuerdos de los indios tarahumares las futu- 
ras generaciones, sino aquellos que á fuerza de tenaz empeño 



364 ARISTIDES MESTRÉ 

traten de salvar los hombres de ciencia de esos pobres indios con* 
temporáneos nuestros, representantes de otras edades que ya pa- 
saron en la vida de la humanidad. 



Sí, no se perderán en el olvido por el trabajo de un Lumholtz, 
que ha penetrado en ese pueblo y oído de sus labios sus tradiciones 
viejas, sus hermosas leyendas, que ha estudiado sus costumbres, que 
ha descrito sus útiles domésticos. Ese sabio nunca se vio aislado en 
medio de las tribus indias; sintiendo, por el contrario, vivamente el 
deseo de observarlos, de conocer sus pensamientos, de comprender su 
arte tradicional. Los hechos apuntados y que con rapidez bosqueja- 
mos en este artículo son bien pocos, comparados con el número que 
contiene la obra que nos ha servido de guía; pero, ellos son sufi- 
cientes á dar una idea de la vida de los indios tarahu mares. ¡ Tan 
difícil es penetrarse de ella á pesar de pertenecer á nuestros días^ 
de tratarse de grupos humanos que habitan la superficie de la tierra 
al mismo tiempo que nosotros, que podemos verlos de cerca, anali- 
zarlos en plena actividad! — y ¿qué no serán las exploraciones cientí- 
ficas referentes á razas y pueblos que hace siglos desaparecieron? 
La conquista convirtió al continente americano en una inmensa tum- 
ba muda, ha escrito el erudito Merchán. Respecto del mismo México, 
el infatigable Profesor A. L. Herrera, publicó en 1893 un estudio 
titulado El hombre prehktórico de México, cuyo trabajo tuvo por 
fundamento principal el examen de un maxilar inferior humano 
encontrado en una cantera de Xico á cierta profundidad y á muy 
poca distancia del cráneo de una caballo fósil. Así, investigando 
pacientemente y desentrañando lo que guarda la tierra, decíamos 
en otra ocasión, es como se alcanza á vislumbrar algo de lo que 
contiene el complejo problema de nuestros oscuros orígenes; y 
cuando nos llegue el momento de dormir el eterno sueño, no falta- 
rán entonces quienes aspiren noblemente á hacer lo mismo con 
nuestros restos, con nosotros, que, al fin, no formamos nada más 
que un simple eslabón de la interminable cadena de generaciones 
humanas ! 



MISCELÁNEA 

La Revista no olvida que el 29 del preseute mes de Mayo, se 
Vigésimo , ■ ^ ~ t ^ , ■, t, 

cumplen veinte anos de la muerte de uno de los profesores mas 

ilustres que, sin disputa alguna, ha tenido la Universidad de 
la Habana: el Dr. José Manuel Mestre; y le consagra un recuerdo publicando, con 
su retrato, un artículo del Dr. Pablo Desvernine, sobre la interesante personalidad 
política de aquel maestro. Al mismo tiempo, y por razones que en una nota se in- 
dican, reproducimos el notable trabajo de Mestre sobre El placer y el dolor, escrito 
al hacerse cargo de la cátedra de Lógica en 1854, á los 31 de edad. La Universidad 
siempre tendrá presente á aquel hombre para quien el ejercicio de la enseñanza fué 
uno de los más bellos ensueños de su vida; aquel que amó, de estudiante, en la Fi- 
losofía á la ciencia de las ciencias, y como profesor experimentaba el más grato de 
los sentimientos cada vez que se le presentó la oportunidad — como dijo en ocasión 
solemne — de sembrar en el corazón de sus discípulos algún germen de sana doctrina. 

Por la Secretaría general de la Universidad, se ha repartido la 
Memoria- Anuario Memoria-Anuario correspondiente al curso académico de 1904 á 

1905. Señálanse en ella primeramente las alteraciones ocurridas 
en el personal administrativo y subalterno, con los cuadros correspondientes al per- 
sonal facultativo que constituyen las Facultades de Letras y Ciencias, de Medicina 
y Farmacia y de Derecho. Después se ocupa la Memoria de todo lo referente á la 
organización de la enseñanza universitaria en las Escuelas: de Letras y Filosofía, 
de Ciencias, de Pedagogía, de Ingenieros, Electricistas y Arquitectos, de Agrono- 
mía; de Medicina, de Farmacia, de Cirugía Dental; de Derfcho Civil, de Derecho 
Público, de Notariado — en que se dividen las tres Facultades fundamentales. Trata 
de las disposiciones relativas á la validez é incorporación de títulos extranjeros; del 
plan de enseñanza, extensión de los cursos de las distintas Escuelas, orden de las 
clases y locales en que se explican y obras recomendadas para el estudio; contiene 
un informe acerca de los resultados de la enseñanza en la Universidad durante el 
curso académico de 1904 á 1905 y varios datos estadísticos relativos á las Facultades^ 
De otros capítulos consta asimismo la Memoria: «Resumen general», «Datos 
diversos» y «Variedades»; terminando con la relación del presupuesto de gastos 
(personal, material, becas de viaje y gastos adicionales). A la Memoria van agre- 
gados veintidós grabados ilustrativos. Ella demuestra con claridad, en su infor- 
mación minuciosa, los adelantos que progresivamente se han venido realizando, 
sobre todo en el orden material, en los diversos ramos y departamentos de la Uni- 
versidad de la Habana. 

Consecuente con lo que manifestamos en nuestro número de 
Enero liltimo, la Revista da á luz en el presente, la relación 
de los impresos que nos han visitado desde entonces, agrade- 
ciendo una vez más la remisión de las publicaciones que día por día vienen á au- 
mentar de un modo conbiderable nuestro canje, que coleccionamos cuidadosamente. 
Letras, El Fígaro, Cuba y América, Cuba Pedagógica, El Estímulo, El Estudio, 



366 MISCELÁNEA 

Andes de la Academia de Ciencias Jlédicas, Físicas y Naturales, de la Habana; La Es- 
cuela JIoderna, Archivos de la Policlínica, Revista del Vedado, Cuba y Canarias, Me- 
moria del Instituto de ¿} Enseñanza, de Matanzas; Boletines^ Circulares de la Estación 
Agronómica, de Santiago de las Vegas; Derecho y Sociología, La Instrucción Primaria, 
La enseñanza de la ingeniería y las opiniones del Dr. Waddell, por el Dr. A. Ruiz 
Cadalso; Perista de Construcciones y Agrimensura, Estudio comparativo del contrato de 
seguro, por el Dr. Guillermo Domínguez, La vida sencilla, por \\'a£uer ( donativo 
del Dr. G. Aróstegui), Memoria del Instituto de 3') Enseñanza, del Camagüey; Oftal- 
mología clínica, por el Dr. E. López, de la Habana; Industria é Invenciones, Barcelona; 
Anales del Instituto de Ingenieros, Chile (Santiago de Chile); Bollettin quotidiauo del 
VI Congresso Internazionale di Chlmica applicata, de Koraa; Revista de la Real Aca- 
demia de Ciencias, Madrid; Archivo hihliographico da Bibliotheca da Universida de 
Coimhra, Coimbra (Portugal); Arquitectura, Ingeniería y Construcción, Madrid; La 
Construcción Moderna, Madrid; Boletín de la Secretaría de Fomento, México; Revista 
Positiva, México; La Ingeniería, Buenos Aires; Ballet in of the New York Public 
Library; The John Hopkins University Circular, Baltimore; Anales de la Universidad 
de Oviedo, Oviedo; Journal de la Société des Américanistes, París; O Instituto, Coim- 
bra; Bullcfin du JIuseum d'Histoire NatureUe, París; Anales de la Universidad Nacio- 
nal, Asunción (Paraguay); The University Revieiv, Londres; Revista Crítica, Vera- 
cruz; Prospecto del Instituto Nacional de Enseñanza, Lima; BuUetin of the John 
Hopkins Hospital, Baltimore; Travaux scientifques de V Université de Rennes, Rennes; 
Observations on the habits of some solitary wasps of Texas by Hartman, The University 
of Texas Record, Austin; Anales de Instrucción Primaria, Montevideo; Reglas de 
procedimientos para exámenes y concursos, Montevideo; La Cultura latina; Neue 
Heidelberger Jahrbiicher. Heidelberg; Memoria y Revista de la Sociedad Científica An- 
tonio Álzate, México; Balletin de la Societé Archéologique d'Alcrandrie, Alexandrie; 
Anales de Ingeniería, Bogotá; Revista de Ciencias, Lima; Revista de Archivos, Biblio- 
tecas y 3Iuseos, Madrid; Los Archivos del Hospital Rosales, San Salvador; Limites 
entre Nicaragua y Honduras; Memoria de la Real Academia de Ciencias, Madrid ; Dis- 
cursos de recepción en la Real Academia de Ciencias, Madrid, por Vicente Ventosa; 
Anales de la Universidad Central, Quito; La enseñanza universitaria, Montevideo; 
Discurso inaugural de la Universidad de Sevilla, por Federico Relimpio; Crónica de 
los Cervantistas, Segunda época, Madrid; Ley de Enjuiciamiento Civil, por Ángel C. 
Betancourt; Prontuario de la doctrina del Tribunal Supremo en la parte criminal, por 
Ángel C. Betancourt; Id. id. id. en la parte civil, por Ángel C. Betancourt, de la 
Habana; Congreso General de Enseñanza Pública, eg 1902, Chile; Curvas especiales 
notables, por F. Gómez Teixeira, Madrid; Discurso de apertura del curso académico 
de 1905 á 1906, del Instituto de Pinar del Río, por L. G. Alcorta; University of 
California Register, California; Id. id. summer session. California; Id. id. shori 
Courses in Agriculture, California; Cuba Agrícola, Habana; Smithonian Institution U. 
S. National Museum, Washington; Anales del Museo Nacional, San Salvador; La cri- 
minalita dei negri in Cuba, por Fernando Ortiz; Boletín de la Sociedad de Ingenieros, 
Lima; La Física y la Química de Appleton, por E. Nel-son; Aritmética Inventiva de 
Appleton, por E. Nelson; Estadísticas económicas, Nicaragua; Catalogue of the Impe- 
rial Library of Calcutta, India; Memoria anual del Instituto de enseñanza. Habana; 
Aúnales de l'Est et du Nord, Naucy; Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, Madrid ; 
Ateneo, Revista Mensual, Madrid; Discurso en homenaje al Iltmo. Sr. Francisco Ro- 
dríguez Marín, por Luis Montoto, Madrid. 



NOTICI.VS OFICIALES 

Elogio del Dr. Bokrero. — Eu la sesión celebrada el 24 de Abril de 19U6 pol- 
la Facultad de Letras y Ciencias, se acordó encargar al Dr. Enrique José Varona, 
Profesor de Psicología, el Elogio postumo del Dr. Esteban Borrero y Echeverría, 
catedrático que fué de la Escuela de Pedagogía, recientemente fallecido. 

Retratos. — También la Facultad tomó el acuerdo de colocar en el salón de 
conferencias los retratos al óleo de los Dres. E. Borrero, IMontané y Rodríguez 
Lendiún. El del malogrado compañero, en atención á sus merecimientos y como 
tributo á su memoria; los de los dos iiltimos, ex-Decano y Decano actual de la Fa- 
cultad de Letras respectivamente, en correspondencia justísima y testimonio de 
distinción por el señalado interés de ambos en el progreso y engrandecimiento de la 
Facultad. 

Nombramiento de un Profesor titular. — La Secretaría de Instrucción Pú- 
blica ha nombrado Profesor titular de Psicología Pedagógica, Historia de la Peda- 
gogía é Higiene Escolar — y en sustitución del Dr. E. Borrero Echeverría — al que era 
Profesor Auxiliar de la Escuela de Pedagogía, Dr. Ramón Meza. El Dr. Meza ha 
entrado á formar parte del Comité de Redacción de la Revista. 

Nuevos ayudantes. — El Rectorado, á propuesta de la Facultad, ha nombrado 
Ayudante del Gabinete de Astronomía, al alumno Sr. Ángel Marqués y Fuentes; y 
Ayudante del Museo de Mineralogía, al alumno Sr. Pedro Guerra y Seguí. Ambos 
servicios pertenecen á la Escuela de Ciencias. 

Prórroga de ingreso. — La Secretaría de Instrucción Pública, de acuerdo con 
lo solicitado por la Facultad, acordó prorrogar para el curso próximo de 1906 á 1907 
el ingreso en la Escuela de Ingenieros y Arquitectos, previo examen y sin el re- 
quisito del grado de Bachiller. 

Excursión al Presidio y al Manicomio hecha por los alumnos de An- 
tropología. — El Dr. Arístides Mestre, encargado accidentalmente de la Cátedra 
de Antropología — por encontrarse el Dr. Luis Montano en Europa, donde ha ido á 
los Congresos antropológicos de Monaco y Turín en representación del Gobierno de 
Cuba — ha efectuado dos excursiones científicas en este mes de Mayo con los alum- 
nos de Derecho matriculados en Antropología: una al Presidio y otra al Manicomio 
de Mazorra. Esa clase de excursiones las llevó á cabo el Dr. Montano en el curso 
anterior, consecuente con el espíritu que domina en la enseñanza de la Antropo- 
logía aplicada al Derecho. 

Los conocimientos de la Antropología en su más amplio aspecto — comprendien- 
do la psicología, la psiquiatría, la medicina legal— son bien útiles para los alumnos 
de Derecho: esto es indiscutible á todas luces. Por otra parte, «los estudiantes de 
Derecho — escribe un ilustre médico — se asimilan fácilmente esos procedimientos y 
esos resultados; y el profesor Ferri los pone eu condiciones de hacer la aplicación. 
Los alumnos son llevados á la cárcel, donde el profesor los inicia en el examen. 



368 XOTICIAS OFICIALES 

les explica el arte difícil del interrogatorio; j les enseña qué investigaciones deben 
hacer para apreciar lo mejor posible el estado físico ó moral de los criminales». 

Con ese propósito han estado los alumnos en los dos establecimientos públicos 
de la República. Los estudiantes de Antropología han podido, en su visita al 
Presidio, formarse juicio sobre si existen ó no los caracteres típicos del criminal 
según la escuela de Lombroso. El Dr. Mestre analizó los antecedentes de varios 
criminales, investigando su estado mental y la relación de éste con los hechos de- 
lictuosos que hubieren cometido y por los qire fueron condenados. 

En la excursión á Mazorra comprobaron los alumnos los adelantos de la doctri- 
na de la irresponsabilidad de los enajenados, los problemas de la responsabilidad 
parcial y total; el intervalo hícido y los jjeríodos de intermitencia; la simulación y 
la disimulación de la locura; el estado mental de los procesados, etc., etc. Los 
Dres. F. Arango y J. Hortsmann, médicos internos del Hospital de Dementes, pre- 
sentaron y explicaron numerosos casos interesantes, de acuerdo con un programa 
indicado á aquellos profesores por el Dr. Mestre. 

IaiRevista consigna con gusto en sus columnas este progreso en la enseñanza 
de iS^ntropoctenía, de la Medicina Legal á los alumnos de Derecho; y lo hace con 
tanto más motivo cuanto que conoce la lentitud, todo el trabajo que ha costado el 
que se verificase en las principales universidades europeas, la vulgarización de la 
Medicina Legal en las Facultades de Derecho, las investigaciones de la ciencia an- 
tropológica aplicadas al Derecho, en su doble aspecto, penal y civil, lo que constitu- 
ye, en una palabra, la Antropología jurídica propiamente dicha. En este sentido, le 
esfuerzo del ilustre Dr. A. Lacassagne, de Lyon, merece recordarse con respeto y 
aplauso, tomarse si cabe como ejemplo por los que viven pendientes é interesados 
en ese género de elucubraciones que tienden á armonizar, cada vez más, la ciencia 
y la ley: la ley que debe recibir siempre el saludable influjo de la ciencia. 



3. ESCUELA DE PEDAGOGÍA. 

Psicología Pedagógica (i curso) -» 

Historia de la Pedagogía (i curso) > Profesor Dr. Ramón Meza. 

Higiene Escolar (i curso) ' 

Metología Pedagógica (2 cursos) ,, Dr. Manuel Valdés Rodrí- 

guez. 

Dibujo Lineal y Natural (2 cursos) ,, Dr. Pedro Córdova. 

El Profesor Auxiliar está encargado de las Conferencias de esta Escuela. Agru- 
pada la carrera de Pedagogía en tres cursos, comprende también asignaturas que se 
estudian en otras Escuelas de la misma Facultad. 

4. ESCUELA DE INGENIEROS, ELECTRICISTAS Y ARQUITECTOS. 

Dibujo topográfico, estructural y arquitectónico \ 

(2 cursos) j- Profesor Sr. Eugenio Rayneri. 

Estereotomía (i curso) -' . 

Geodesia y Topografía (I curso) | ^^ Dr. Alejandro Ruiz Cadalso. 

Agrimensura (i curso) * 

Materiales de Construcción (i curso) 1 

Resistencia de Materiales. Estática Gráfica [ _^ g^ ^^^^,j^ Sandoval. 

(i curso) I 

Construcciones civiles y Sanitarias (i curso) . J 

Hidromecánica (i curso) 1 ^ ,- , , ^-i 

.- . • / ^ > ,, Sr. Eduardo Giberga. 

Maqumana (i curso) . . J " ** 

Ingeniería de Caminos (3 cursos: puentes, fe-) 

•, ,, , , y ,, Dr. Luis de Arozarena. 

rrocarriles, calles y carreteras! i " 

Enseñanza especial de la Electricidad (3 cursos) ,, Sr. Ovidio Giberga. 

Arquitectura é Higiene de los Edificios ( i curso) ^ 

Historia de la Arquitectura (i curso) 

Contratos, Presupuestos y Legislación especial 
á la Ingeniería y Arquitectura (i curso) . . 

Esta Escuela comprende las carreras de Ingeniero Civil, Ingeniero Electricista y 
Arquitecto; y son sus profesores Auxiliares: Dr. Andrés Castellá, Sr. J. M. Cuervo 
(Jefe del Laboratorio y Taller Eléctricos) y Sr. A. Fernández de Castro (Jefe del Labo- 
ratorio y Taller Mecánicos ) ; con sus correspondientes ayudantes. En dicha Escuela se 
estudia la carrera de Maestro de Obras. 

5. ESCUELA DE AGRONOMÍA. 

Química industrial con Análisis (i curso) • • 1 „ ^ ^^ r- 

■c y^ • • ' A \ ' í \ { Profesor Dr. Francisco Henares. 

rabricacion del azúcar (i curso) ) 

Agronomía (i curso) \ 

Zootecnia ( I curso) \ ,, Sr. José Cadenas. 

Fitotecn¡a(i curso) ' 

Para los grados de Perito químico agrónomo y de Ingeniero Agrónomo, se exigen 
estudios que se cursan en otras Escuelas. 



Dr. Antonio Espinal. 



En la Secretaría de la Facultad, abierta al público todos los días hábiles de 12 á 5 
de la tarde, se dan informes respecto á los detalles de la organización de sus diferentes 
Escuelas, distribución de los cursos en las carreras que se estudian, títulos, grados dis- 
posiciones reglamentarias, incorporación de títulos extranjeros, etc. 



La Revista de la Facultad de Letras y Ciencias será bimestral. 

Se solicita de las publicaciones literarias ó científicas que reciban la Revista, el canje co- 
rrespondiente; y de los Centros de instrucción ó Corporaciones á quienes se la remitamos, el 
envío de los periódicos, catálogos, etc., que publiquen: de ellos daremos cuenta en nuestra 
sección bibliográfica. 

Para todo lo concerniente á la Revista (administración, canje, remisión de obras, etc. ) 
dirigirse al Sr. Secretario de la Facultad de Letras y Ciencias, Universidad de la Habana, Re- 
pública de Cuba. 



IÑTOTICE 

The Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, will be issued every other 
month. 

We respectfully solicit the corresponding exchange, and ask the Centres of Instruction and 
Corporations receiving it, to kindly send periodicals, catalogues, etc., published by them. A 
detailed account of work thus received will be published in our bibliographical section. 

Address all Communications vvhether on business or othervvise, as also periodicals, printed 
matter, etc. to the Secretario de la Facultad de Letras y Ciencias, Universidad de la Habana, 
República de Cuba. 



La Revista de la Facultad de Letras y Ciencias, paraítra chaqué detix mois. On 
demande l'échange des publications littéraires et scientifiques: il en sera fait un compte rendu 
dans notre partie bibliographique. 

Pour tout ce qui concerne la Revue tels que: administration, échanges, envoi d'ouvrages, 
etc., on est prié de s'adresser au Secretario de la Facultad de Letras y Ciencias, Universidad 
de la Habana, República de Cuba. 



New York Botánica! ^^"^^",\'}^¡^l)¡,, 



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