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HARVARD UNIVERSITY 




LIBRARY 



OF THE 



MUSEUM OF COMPARATIVE ZOOLOGY 



ti.\Lty^ 



OLW. 




íí)X^á,l1''-5'-»l'-f-5,l'^''^- 




OCT 3 1905 



REX'ISTA 



DE LA 



REAL ACADEMIA DE CIENCIAS 

EXACTAS, FÍSICAS Y NATURALES DE MADRID 



REVISTA 



DE LA 



REAL ACADEMIA DE CIENCIAS 



EXACTAS, FÍSICAS Y NATURALES 



DB 



MADRID 



0701^/10 III 



MADRID 

IMPRENTA DE LA "GACETA DE MADRID" 

CALLE DE PONTEJOS , NÚM. 8. 

1905. 



ART. lli HE LOS ESTATUTOS PE LA ACADEMIA 

€ La Academia no adopta ni rehusa 
las opiniones de sus in.divJduos; oada 
au-tor es respon.sat>le de lo que oon- 
tengan. sus escritos.» 



REVISTA 



DE LA 



REAL ACADEMIA DE CIENCIAS 



EXACTAS, FÍSICAS Y NATURALES 



DE 



MADRID 



TOIVtO XTX.-JSTTJls^. 1. 
(Julio de 190e.) 



'''MADRID 

IMPRENTA DE LA "GACETA DE MArRID" 

CALT/K DE PONTEJOS, NÚM. 8. 

1905 



ADVERTENCIA 



Los originales para la Revista de la Academia 
se han de entregar completos, en la Secretarla de 
la Corporación, antes del dia 20 de cada mes, 
pues de otro modo quedará su publicación para 
el mes siguiente. 



REAL ACADEMIA DE CIENCIAS 

EXACTAS, FÍSICAS Y NATURALES DE MADRID 



ACADÉMICOS DE NUMERO 
Excmo. Sr. D. José Echegaray, Presidente. 

Zurbano , 44.. 

Excmo. Sr. D. José Morer. 

Genova , 5. 

Excmo. Sr. D. Eduardo Saavedra, Vicepresidente. 

Fuencarral , 74. 

Sr. D. Joaquín González Hidalgo. 

Alcalá, 3Ó. 

limo. Sr. D. Joaquín M. Barraquer y Rovira. 

Campomanes , 12. 

limo. Sr. D. Gabriel de la Puerta y Rodenas. 

V'alverde, 30 y 32. 

Excmo. Sr. D. Daniel de Cortázar. 

Velázquez , 10. 

limo. Sr. D. José Rodríguez Carracido, Bibliotecario. 

Orellana , 10. 

Excmo. Sr. D. Francisco de P. Arrillaga, Secretario . 

Valverde , 20. 

Excmo. Sr. D. Julián Calleja y Sánchez, Tesorero. 

Argensola, ó. 

Sr. D. Eduardo Torroja }' Caballé, Contador. 

Requena , o. 

Excmo. Sr. D. Amos Salvador y Rodrigáñez. 

Carrera de San Jerónimo , 53. 

Sr. D. Francisco de Paula Rojas. 

Lealtad, 13. 

Excmo. Sr. D. Juan Navarro-Reverter. 

Barquillo , 15. 

Excmo. Sr. D. Lucas Mallada. 

Santa Teresa ,7. 

Excmo. Sr. D, Santiago Ramón y Cajal. 



— 6 — 
Excmo. Sr, D. Diego Ollero y Carmona. 

« Ferrar , 54. 

Sr. D. Pedro Palacios. 

Don Nicoiás Maria Rivero , 8. 

Sr. D. Blas Lázaro é Ibiza. 

Palafox, 10. 

limo. Sr. D. José Muñoz del Castillo. 

Quintana, 38. 

Sr. D. Leonardo de Torres y Quevedo. 

Válgame Dios, 3. 

Sr. D. José María de Madariaga, Vicesecretario. 

Zurbano, 18. 

limo. Sr. D. José Rodríguez Mourelo. 

Piamonte, 14. 

Sr. D. Victorino García de la Cruz. 

Gobernador, 25. 

Sr. D. José Marvá y Mayer. 

Campomanes, 8. 

Sr. D. Rafael Sánchez Lozano. 

Genova, i 7. 

Sr. D. José Gómez Ocaña. 

Atocha, 127. 

ACADÉMICOS ELECTOS 
limo. Sr. D. Miguel Martínez de Campos. 

Goya, 25. 

Sr. D. Vicente Ventosa y Martínez de Velasco. 

Amnistía, 10. 

Sr. D. Eduardo Mier y Miura. 

Infantas, 32. 

limo. Sr. D. Ignacio Bolívar. 

Jorge Juan, 17. 

limo. Sr. D. Bernardo Mateo Sagasta. 

San Mateo, 22. 

Sr. D. Pedro de Avila y Zumarán. 

Travesía de la Ballesta, 8. 

Sr. D. Ignacio González Martí. 

Hernán Cortés, 7. 

Exorno. Sr. D. Manuel Benítez y Parodi. 

Plaza de la Lealtad, 4. 



Sr. D. Miguel Vegas y Puebla-Collado. 

Pez, I y 3- 

La Academia está constituida en tres Secciones: 

i.^ Ciencias exactas.— Sres. Saavedra, Presidente; 
Torres, Secretario; Morer, Barraquer, Arrillaga, Torroja, 
Navarro-Reverter y Ollero. 

2.^ Ciencias físicas. — Sres. Puerta, Presidente; Mou- 
relo, Secretario; Echegaray, Carracido, Salvador, Rojas, 
Muñoz del Castillo, Madariaga, García de la Cruz y 
Marvá. 

3."* Ciencias naturales. — Sres. Hidalgo, Presidente; 
Gómez Ocaña, Secretario; Cortázar, Calleja, Mallada, 
Cajal, Palacios, Lázaro y Sánchez Lozano. 

ACADÉMICOS CORRESPONSALES NACIONALES 

Sr. D. Andrés Poey. París. 

Excmo. Sr. D. Eduardo Benot. Madrid. 

Excmo. Sr. D. Silvino Thos y Codina. Barcelona. 

Sr. D. Eduardo Boscá y Casanoves. Valencia. 

Sr. D. Luis Mariano Vidal. Gerona. 

Excmo. Sr. D. Leopoldo Martínez Reguera. Madrid. 

Excmo. Sr. D. Rogrelio de Inchaurrandieta. Madrid. 

Sr. D. Ramón de Manjarrés y de Bofarull. Sevilla. 

Sr. D. Modesto Domínguez Hervella. Alcalá de Henares. 

Sr. D. Salvador Calderón y Arana. Madrid. 

limo. Sr. D. Ricardo Vázquez-Illá y Martínez. Valladolid. 

Sr. D. Zoel García de Galdeano. Zaragoza. 

Sr. D. Eduardo J. Navarro. Málaga. 

R. P. Fr. Celestino Fernández del Villar. Manila (?). 

Sr. D. José María Escribano y Pérez. Murcia. 

Sr. D. José Florencio Quadras. Manila. 

Sr. D. Lauro Clariana y Ricart. Barcelona. 

Sr. D. Rafael Breñosa y Tejada. Segovia. 

Sr. D. José María de Castellarnau y Lleopart. Segovia. 

Sr. D. Juan Bautista Viniegra y Mendoza. San Fernando, 



— 8 — 

Sr. D. Rafael Pardo de Figueroa. Puerto Real. 

Sr. D. Juan Vilaró Díaz. Habana. 

Excmo. Sr, D. Pablo Alzóla y Minondo. Bilbao. 

Sr. D. Joaquín de Vargas y Aguirre. Salamanca. 

Sr. D. José J. Landerer. Valencia. 

Sr. D. José Eugenio Ribera. Madrid. 

ACADÉMICOS CORRESPONSALES EXTRANJEROS 

Barboza de Bocage (J. V.). Lisboa. 
Anguiano (A.). Méjico. 
Gaudry (A.). París. 
Lemoine (V.). Reims (?). 
Coliignon (E.). París. 
Barrois (Ch.). Lille. 

Hoonholtz, Barón de Teffé (A. L. de). Rio Janeiro (?). 
Gomes Teixeira (F.). Porto. 
Lapparent (A.). París. 
Príncipe de Monaco (S. A. el). Monaco. 
Choffat (P.). Lisboa. 
Vendrell (A.). Guatemala. 
Arata (P. N.). Buenos Aires. 
Carvallo (M.). Parts. 
Laisant (C. A.). París. 
Enestrom (G,), Estocolmo. 
Ferreira da Silva (A, J.). Porto. 
Nery Delgado (P. F.). Lisboa. 
Pina Vidal (A. A. de). Lisboa. 
Brocard (H.). Bar-le-Duc. 
Laussedat (A.). París. 
Ocagne (M. d'). París. 
Romiti (G.). Pisa. 

Wettstein Ritter von Werstersheim (R.). Viena. 
Engler (A.). Berlín. 

Guedes de Queiróz, Conde de Foz (G.). Lisboa. 
Academia Mejicana de Ciencias Exactas, Físicas y Natu- 
rales. Méjico. 



— 9 — 



I.— Catálogo de los moluscos testáceos de las islas 
Filipinas, Joló y 3íariaiias (1). 

Por Joaquín González Hidalgo. 



LUCIN1D.E 

Género Corbis Cuvier. 

Cfelata A. Adams (Proc. Zool. Soc. London, 1853, pági- 
na 69. Gafrarium ccelatumj. Sorsogón (Cuming), Manila 
(FAera), en la isla de Luxón. 

elegaiis Deshayes (Reeve, Coneh. icón., fig. 2. Corbis 
Soiverhiji; Deshayes, Traite Conch.,\ám. 15, figs, 7 á 9). 
Isla de Negros (Cuming). El nombre de Deshayes es an- 
terior. 

fiíiibriata Linné (Reeve, ConcJi. icón. Corbis, fig. 1). Isla 
de Cebú. — Zamboaoga, Surigao y Tagana-an, en la isla 
de Mindanao. — Isla Marongas, en el Archipiélago de 
Joló. — Aspurguan, en la isla de Guam, Mmianas. 



Género Lucina Bruguiere. 

bicoriiis Reeve (Reeve, Conch. icón. Lucina^ fig. 8). Isla 

de Ticao (Cuming). 
borealis Linné (Reeve, L?^cma, fig. 14). '^la.nWa, (Cuming), 

en la isla de Luxón. Esta especie no ha sido encontrada 

en Filipinas por otros naturalistas. 
COiTiigata Deshayes (Deshayes, Magasinde Zool. Mollus- 

ques, 1843, lám. 82; Reeve, fig.l8. Lucina Philippina- 

rum de Hanley; Martens, Molí. Indischen Ai'chipels, lá- 



(1) Véanse los tomos I y II de esta Revista, 



— 10 — 

lücina 

mina 11, figs. 3 y 4. Lucina Philippinarum). Tondo ea 
Manila (Cuming, etc.), La Unión, en la isla de Luxón. — 
Isla de Marindiique. — Isla de Negros (Elera). — Puerto 
Princesa, en la isla de la Paragua. Descrita primero por 
Deshayes, aunque con localidad equivocada. 

* exaspérala Reeve (Reeve, Lucina, fig. 4). Nasugbú, pro- 

vincia de Batangas (Sánchez), Morón, prov. de Batáan, 
La Unión, en la isla de Luxón. — Laylay en Boac, en la 
isla de Marinduque. — Isla de Cehú. — Arguelles, en la isla 
de Negros. — Tigao en Tandag, Davao y Zamboanga, en la 
isla de Mindanao. — Isla Balabac. — Archipiélago de Joló. 
fábula Reeve (Reeve, Lucina, fig. 69). Batangas (Cuming), 
Batáan (Elera), en la isla de Luxón. 

* fíbula Reeve (Reeve, Lucina, figs. 37 y 38, non 33). Islas 

de Burias y de Ticao (Cumi'ng). — Punta Balabac, en la 
it«la Balabac. — Aspurguan, en la isla de Guam, Marianas. 
La figura 33, de Reeve, es algo diferente y parece corres- 
ponder á la Lucina divergens de Philippi (Ahhild. Lucina, 
lamina 2, fig. 4. Oc. Pacífico). 
gemma Reeve ( Reeve, Luciría , fig. 64). Loay (Cuming)^ 
en la isla de Bohol. 

* inteiTupta Lamarck (Reeve, Lucina, ñg. 5). La Unión, en 

la isla de Luxón. — Laylay en Boac, en la isla de Marin- 
duque. — Archipiélago de Joló. 
mahim Reeve (Reeve, Lucina, fig. 26). Isla de Ticao 
(Reeve). 

* ovuui Reeve (Reeve, Lucina, fig. 21). La Unión, en la 

isla de Luxón. — Isla de Burias (Cu7ning). 

* Pllilippiana Reeve (Reeve, Ludna, fig. 23; Martens, 

Molí. Indischen Archipels, lam. 11, figs. 1 y 2. Lucina 
edentula, non Linné). Puerto de la Candelaria, en la isla 
de LuxÓ7i. — Islas de Samar y de Cehú. — Dumaguete, en 
la isla de Negros. — Isla Balabac. — Archipiélago de Joló. 

* pisum Reeve (Reeve, Lucina, fig. 66) Filipinas. 

* punctata Linné (Reeve, Lucina, fig. 2). Isla de Cebú. — 

Isla Saguisí, en la isla de Mindanao. — Isla Balabac. — 
Aspurguan, en la isla de Guam, Mariatias. 



— 11 — 

Lanna 

sericata Adams y Reeve (Voy . Samarang, Mollusca, lá- 
mina 24, fig. 6). Filipinas (BeJcher) . Paetel la incluye 
en el género Felania. 

* venusta Philippi (Reeve, Lucina,ñg. 15) 'Manila íCumÍ7ig)^ 
en la isla de Luxón. — Gigaquit, en la isla de Mindanao. 

Otras especies citadas: 

Lucijia globosa For?kál. Filipinas (Paetel). Especie del 
Mar Rojo. 
— Philippinarum Hanley = Luciua coiTiigata. 



Género Cryptodon Turton. 

Luzoniciis Smith (Voy. Challenger, Lamellibr. lámina 
14, fig. 5). Isla de Luxón. ( Smith j. A 1.050 brazas de 
profundidad. 



UNGULIXID.E 

Género Diplodonta Bkonn. 

subgramilosa Smith ( Voy Challenger, Lamellibr. lámina 
14, fig. 7). Filipinas (Smith). 

Otras especies citadas: 

Diplodonta conspicua Smith.) ^.,. . r. , -r-. . i 
, ^ ci • I (liilipinas (Paetel). Jiispecies de 

— corpulenta omith. > . , 

1 , , o • 1 í Australia. 

— subglobosa omith. ) 

Género Cycladicama Yalenciennes. 

* Lliciniformis Valenciennes (Hombron et Jacquinot, Voy. 
Pole Sud, Mollusques, lám. 26, fig. 3). Manila (Qua- 
dras), en la isla de Luxón. 



— 12 - 

GALEOMMIDxE 

Género Scintilla Desrayes. 

Adamsi Deshayes (Reeve, Conch. icón. Scintilla^ fig. 25; 

Sowerby, Thes. Conch. Scintilla, fig. 9). Isla de Bohol 

(Deshayes). 
aiioniclla Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 37; Sowerby, 

Scintilla, figs. 25 y 26). Isla de Luxón (Jagor). — Isla 

de Samar (Deshayes) . 
candida Deshayes (Reeve, Scintilla, ñg.ñ; Sowerby, A^cm- 

tilla, fig. 33). Islas de Bufias y de Bohol (Deshayes). — 

Isla Rita, en la isla de la Paragua. 
crocea Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 49; Sowerby, Scin- 
tilla, fig. 63). Isla de Linón (Jagor). — Isla de Negros 

(Deshayes). 
crystalliiia Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 51; Sowerby, 

Scintilla, fig. 53). Cacagsu, en la isla de Mindanao (Des- 
hayes). 
Cuvieri Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 15; Sowerby, 

Scintilla, figs. 59 y 60). Baclayón, en la isla de Bohol 

(Deshayes) . 
fla^ida Deshayes (Reeve, Scintilla^ fig. 24; Sowerby, 

Scintilla, fig. 64). Basay, en la isla de Samar (Deshayes). 
Hailleyi Deshayes (Deshayes, Proc. Zool. Soc. London, 

1855, pág. 180). Isla de Cehit (Deshayes). 
hydatiiia Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 38; Sowerby, 

Scintilla, figs. 56 y 57). Baclayón, en la isla de Bohol 

(Deshayes). 
hydrophaiia Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 48; Sowerby, 

Scintilla, fig. 62). Zambales, en la isla de Luxón (Des- 
hayes). 
opalina Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 41; Sowerby, 

Scintilla, fig. 41). Isla de Luxón (Deshayes). 
ovnlina Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 44; Sowerby, 

Scintilla, fig. 47). Basay, en la isla de Samar (Deshayes), 



- 13 - 

Snntiila 

Oweiii Deshayes (Reeve, Sciniilla, fig. 16; Sowerby, Scin- 
tüla, fig. 18). Manila (Elera), en la isla de Luxón.— 1&\B. 
de Cebú (Deshayes). 

I)allidiila Deshayes (Reeve, SciniíUa, fig. 10; Sowerby, 
Scintilla, fig. 6). Isla de Cebú (Deshayes). 

l)ellicula Deshayes (Reeve, Scintüla, fig. 52; Sowerby, 
Sdntilla, figs. 66 y 67). Isla de Cebú (Eleva).— lúa. de 
Bohol (Deshayes). 

Philippiíieiisis Dfshayes (Reeve Scintilla, fig. 5; Sower- 
by, Scintilla, figs. 31 y 32). Manila, en la isla de Luxón. 
— Isla de Cebú (Deshayes). Quadras. 

porulosa Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 33; Sowerby, 
Scintilla, fig. 21). Isla de Bohol ( Deshayes J. 

púdica Deshayes (Reeve Scintilla. fig. 17; Sowerby Scin- 
tilla, fig. 12). Jsla de Cebii (DeshayesJ. 

ReeA'Ci Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 4; Sowerby, Sciti- 
tilla, figs. 29 y 30). Bais, en la isla de Negros (Deshayes). 

rosea Deshayes (Reeve, Scintilla, ñg. 11; Sowerby, Sci?i- 
tillüi fig. 11). Zambales, en la isla de Luxón (Deshayes). 

sciiltillaiis Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 43; Sowerby, 
Scititilla, fig. 44). Isla de Bohol (DeshayesJ. 

solidula Deshayes (Reeve , Scintilla , fig. 45, Sowerby, 
Scintilla, figs. 48 y 49). Tamar, en la isla de Bohol (Des- 
hayes). 

spleiidida Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 26; Sowerby, 
Scintilla, figs. 14 y 15). Isla de Burias (Deshayes). 

squama Sowerby (Reeve, Scintilla, ñg. 50), Isla de Ti- 
cao (Sowerby). 

striatiiia Deshayes (Reeve, Scintilla, fig, 40; Sowerby, 
Scintilla, fig. 40), Isla de Bohol (Deshayes). 

SUCcinea Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 1; Sowerby, 
Scintilla, fig. 58 ). Isla de Luxón {Sowerby). — Baclayón, 
en la isla de Bohol (Deshayes). 
* tennis Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 7; Sowerby, Scin- 
tilla, fig. 34). Basay, en la isla de Sarnar (Deshayes). — ■ 
Isla de Cebii . 

túrgida Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 42; Sowerby, 



- 14 - 

Scintilla 

Scintilla, figs. 51 y 52). Basaj, en la isla de Samar 
(Deshaijes). 
vitrea Deshaces (Reeve, Scintilla, fig. 53; Sowerby, Scin- 
tilla, fig. 68). Idla de Barias (Deshayes). 

Otras especies citadas: 

Scintilla Jttkesi Deshayes. Bohol (Paetel). Especie de Aus- 
tralia. 

— polita Sowerby = Galeoinma polita. 

Género Galeomma Turtóx. 

ainbig'lia Deshayes (Deshayes, P7-oc. Zool. Soc. Lo?ido7i, 
1855, pág. 168). Isla de Ticao (Cuming). 

* aiig'iista Deshayes (Reeve, Conch. icón. Galeomma, figu- 

ra 3; Sowerby, Thes . Conch. Galeomma, fig. 10). Pala- 
nóc, en la isla de Mashate. — Isla de Bohol (Deshayes). — 
Placer, en la isla de Mindanao . — Isla Rita, en la isla de 
la Paragua. 

argéntea Deshayes (Reeve, Galeomma, fig. 7; Sowerby, 
Galeomma ., figs. 13 y 14). Isla de Bohol (Deshayes). 

chloroleuca Deshayes (Reeve, Galeomma, fig. 5; Sower- 
by, Galeomma. fig. 12), Isla de Samar (Deshayes). 

indecora Deshayes (Reeve, Galeotnma ^ ñg . 8 ; Sowerby, 
Galeomma , fig. 15) . Isla de Masbate (Deshayes). 

* inflata Deshayes (Reeve, Galeomma , fig. 6). Manila, en la 

isla de Luxón . — Isla de Mashate (Deshayes). 

niacrochisma Deshayes (Reeve, Galeomma, fig. 9; Sower- 
by, Galeomma, figs. 7 y 8). Isla de Mashate (Deshayes). 

paucistriata Deshayes (Reeve, Galeomma, fig. 2; Sower- 
by, Galeomma , fig. 9). Isla de Samar (Deshayes). 

polita Deshayes (Reeve, Scintilla, fig. 32; Sowerby, /Scm- 
tilla, fig. 19). Isla de Samar (Deshayes ). 

Otras especies citadas: 

Galeomma aurantia Lamarck. Filipinas (Paetel) Especie de 
Mauricio. 

— splendida Deshayes = Scintilla splendida. 



— 15 - 



ERYCINID^ 



Género Erycina Lamarck. 

buUiila Deshajes (Proc. Zool. Soc. London, 1855, pági- 
na 182). Filipinas (Deshayes). 

grata Deshayes (Proc. Zool. Soc. London, 1855, pág. 183). 
Isla de Samar (Deshayes). 

glittula Deshayes (Proc. Zool. Soc. Loridon, 1855, pági- 
oa 182). Isla de Burias (Deshayes). 

incerta Recluz (Journ. Conch., París, 1851, lám. 10, fig. 5). 
Manila (Cailliaiid) , en la isla de Luxón. 

iiiacrodoiita Deshayes (Proc. Zool. Soc. London, 1855, 
pág. 182). Manila (E/era), en la isla de fjuxón. — Basay 
(Deshayes) en la isla de Samar. 

parva Deshayes (Proc. Zool. Soc. London, 1855, pág. 182). 
Manila (Elera), en la isla de Liixón. — Basay (Deshayes), 
en la isla de Samar. 

Zeblieiisis Deshayes (Proc. Zool. Soc. London, 1855, pá- 
gina 182). Sibonga (Deshayes), en la isla de Cehú. 

Nota. Estas siete especies están incluidas en el género 
Kellya, en el Catálogo de Paetel, pero la primera y la quinta 
con los nombres equivocados de hullaius y marodonta. Colo- 
ca además la iticerta en el género Lasca. 



Gémero Kellya Turton. 

Telliiioides Hanley (Proc. Zool. Soc. London, 1856, pá- 
gina 340). Baclayón (Hanley), en la isla de Bohol. 



Género Fythiua Hinds. 

arcuata A. Adams (Proc. Zool. Soc. London, 1856, pá- 
gina 47). Isla de Cebú (Guming). 



- 16 - 

Pjtliina 

Cuuiiiigi A. Adams (Proc. Zool. Soc. London, 1856, pá- 
gina 47). Guindulman (Cuming), en la isla de Bohol. — 
Jimamailán (Cuming), en la isla de Negros. 
* Desliayesiaiía Hinds (Voy. Sidplmr, Mollusca, lámina 
19, figs. 8 y 9; Clienu, Ma7i. Conck., II, fig. 63; H. y 
A. Adams, Gen., MoIL, lám. 114, fig. 9). Manila, en la isla 
de Luxóti. — Magallanes, en la isla de Sihiiyán. — Lugar 
Bacjauan en Badajoz, en la isla de Tablas. — Isla de 
RomblÓ7i. — Isla Balauan, Isla Cayauan, Placer, Porto- 
lín en Cagayán de Misamis, en la isla de MÍ7idanao. 
triaiígularis A. Adams (Proc. Zool. Soc. London, 1856, 
pág. 47). Manila (Cuming), en la isla de Luxó?i. 



CRASSATELLID.5: 

Géneeo Crassatella Lamarck. 

COiTiigata Adams y Reeve (Voy. Samarang, Mollusca, lá- 
mina 23, fig. 7). Archipiélago de Joló (Belcher). 

lapídea Reeve (Reeve, Conch. icón. Crassatella, fig. 7). 
Isla de Mindoro. — Isla de Negros (Cuming). 

l)icta Adams y Reeve (Voy. Samarang, Mollusca, lám. 23, 
fig. 6). Filipinas (Belcher). 

zic'zac Reeve (Reeve, Crassatella, fig. 13). Isla del Corre- 
gidor (Cuming), en la isla de Luzón. 



CAIIDITID.E 

GÉNERO Venericardia Lamarck. 

antiquata Linné (Reeve, Conch. icón. Cardita, fig. 29). 
Mariveles, en la isla de Luxón. 

Belcheri Deshayes (Proc. Zool. Soc. Loñdoyi, 1852, pági- 
na 101). Filipinas {Cubras, fide Deshayes). 



-- 17 — 
Ttnericardia 

* canaliciilata Reeve (Reeve, Cardita, fig. 40). Sorsogón, 

prov. de Albay, Ensenada de Cayogno en Ternate, prov. 
de Cavite y Ensenada de Panimán, en la isla de Luxón. 
— Catbalogán, en la isla de Samar. — Zamboanga, en la 
isla de Mindanao (Smith). — Islas Marianas. 

Cardioides Reeve (Reeve, Cardiia, fig. 49). Isla del Co- 
rregidor íCuming) j en la isla de Luxón. — Isla Balabac 
(Elera). 

ferruginosa Adams y Reeve (Voy. Samarang , MoUusca, 
lám. 21,fig. 21). Filipinas íBehher). Sólo difiere de la 
Venericardia ovalis en ser comprimida y el menor nume- 
ro de costillas. 

* ovalis Reeve (Reeve, Cardita, fig. 27, c). Isla del Corre- 

gidor (Cuming), en la isla de Luxón. — Isla de Cebú 
(Elera). — Surigao, en la isla de Mindanao. 
liitida Reeve (Reeve, Cardita, figs. 27, a. b). Misamis (Cu- 
ming), en la isla de Miyidanao. 

Nota. Las anteriores especies figuran en diversas obras 
con el nombre genérico de Cardita ó Actinoholus . 



Géneeo Cardita Lamarck. 

Crassicostata Lamarck (Reeve, Conch. icón. Cardita, figu- 
ra 7). Puteao (CutnÍ7ig), en la isla de Luxón. 

Pliilippiuaruiii Clessin (Chemnitz, Conch. Cab., 2.^ edic., 
Cardita, lám. 10, figs. 10 y 11). Filipinas (Paetel). 

pica Reeve (Reeve, Cardita, ^g. 8). Ensenada de Cayogno 
en Ternate, prov. de Cavite, en la isla de Luxón. — Isla 
de Ouimaras (Cuming). 

seniiorlíiculata Linné (Reeve, Cardita, fig. 10). Islas de 
Mindoro y de Ticao (Cuming). — Surigao (Elera), isla 
Saguisí, en la isla de Mindanao. 

yariegata Bruguiere (Reeve, Cardita, fig. 3). Daet, prov. 
Camarines Norte (Jagor), en la isla de Luxón. — Isla Sa- 
guisí y Zamboanga, en la isla de Mindanao. — Archipié- 
lago de Joló. 

Eev. Acad. Ciencias.— m.— Julio, 1905. 2 



- 18 - 

Otra especie citada: 
Cardita phrenetica Born = Cardita seiiiiorbiculata. 

Nota. Las especies antes citadas figuran en algunos libros 
con el nombre genérico de Mytüicardia 6 de Lazaría. 

MYTILID.E 

Género Mytilus Linné. 

* curvatiis Dunker (Reeve, Conch. icón. Mytilus, fig. 53). 

Manila (Ele?'a), en la isla de Luzón (Cuming). — Mana- 
pla, en la isla de Negros. — Isla Tinago, Placer, Dapitan 
y Tandag, en la isla de Mindanao. 

Grayaims Dunker (Reeve, fig. 17. Mytilus I)iinJ¿eri). Fi- 
lipinas (Reeve). 

illflatlis Clessin (Clessin en Chemn., 2.^ edic, Mytilidce, lá- 
mina 8, fig. 2). Isla de Mindanao (Clessin). 

latissimiis Clessin (Clessin en Chemn., 2.^ edic, lám. 10, 
figs. 1 y 2). Filipinas (Paetel). Probablemente variedad 
del Mytilus Orayanus. 

sinuatiis Dunker (Reeve, Mytilus, fig. 16). Filipinas 
(Dunker). — Isla de Cebú (Elera). 

Otras especies citadas: 

Mytilus Dunl^eri Reeve = Mytilus Grrayaniis. 
— tortus Dunker = Stavelia subdistorta. 

Género Septifer Recluz. 

* bilociilaris Linné (Reeve, Cotich. icón., fig. 42. Mytilus 

Nicoharicus). Tondoen Manila (Lischke), Nasugbú, prov. 
de Batangas (Sánchez), isla del Corregidor, Ensenada de 
Panimán y Ternate en la prov. de Cavite, Isla Bagatao, 
en la isla de Luxón. — Laylay en Boac, en la isla de Jfa- 



- 19 — 

SeptiFer 

rinduque. — Isla Lubán. — Isla de Samar (Jagor). — Isla 
Saguisí, Davao y Tandag, en la isla de Mindanao. — Bin- 
tuan en la Bahía de Ulugán y Puerto Princesa, en la isla 
déla. Par agua. —Isla, Balabac. — Archipiélago de Joló. 
— Agat, en la isla de Guam, Marianas. 
virgatlis Wiegmann (Clessin, en Chemn., 2." edic, Myii- 
lidce, pág. 27). Manila (Besser), en la isla de Luxón. 



Género Stavelia Gray. 

* SUbdistoi'ta Recluz (Journ. Conch., París, 1852, III, lám.8, 
figs. 6 y 7; Proc. Zool. Soc. London, 1858, lám. 41, 
fig. 1. Stavelia torta Dunker). Zamboanga en la isla de 
Mindanao (Ciiming). El nombre de Recluz es anterior. 



Género Crenella Brown. 

bulla Dunker (Reeve, Modiola , fig. 85). Isla de Luxón 
(Ciiming). 

Otra especie citada: 

« 

Cretiella concinna Paetel = 3Iodiola coiiciiiiia. 

Género Modiola Lamarck. 

albicosta Lamarck (Reeve, Conch. icón. Modiola , fig. 7). 
Isla de Luxón (Jagor). 

* arata Dunker (Reeve, Modiola, ^g. 12). Nauján, en la 

isla de Mindoro. — Isla Balanacan, Boac y Mampao, en 
la isla de MarÍ7iduque. 

* arciiatiila Hanley (Reeve, Modiola , figs. 27 y 45). Mala- 

bón en Manila, en la isla de Luxón. — Isla de Mindoro 
(Elera). — Mampao (Elera), en la isla de Marinduqiie. 
concinna Dunker (Proc. Zool. Soc. London, 1856, página 
366. Lanistina concinna). Isla de Cebú {Cuming). 



- 20 — 
■Modiolii 

* eloiigata Swainson (Reeve, Modiola, fig. 4). Isla de Cebú, 

— Dapitan, en la isla de Mindanao. 
flavida Dunker (Reeve, Modiola, fig. 77). Manila (Cu- 
ming) en la isla de Luxón. 

* Japónica Dunker (Reeve, Modiola, fig. 26). Surigao,en 

la isla de Mindanao. 

* Metcalfei Hanley (Reeve, Modiola^ fig. 16). Malabón en 

Manila, en la isla de Liixón. — Mampao, en la isla de 
Marinduque. 

* Pllilipiíiiiarum Hanley (Reeve, MoíZz'o/a, fig. 1). Manila 

(Lisch~ke), Calatagán, prov. de Batangas; Morón, prov. de 
Batáan, en la isla de Luxón. — Nauján, en la isla de Min- 
doro. — Mampao, en la isla de Mai'indnque. — Looc, en la 
isla de Tablas. — Isla de Samar. — Taclobán, en la isla de 
Leyte. — Isla de Cebú (Hanlej/). 

* setigera Dunker (Ciessin en Chemnitz, 2.^ edic, Modiola^ 

lámina 26^ fig. 2). Malabón en Manila, en la isla de Luxón. 

* striatula Hanley (Reeve, Modiola, fig. 72; Ciessin en 

Chemn., 2.^ edic. Modiola strigata, non Hanley) Batangas 
(Hanley), en la isla de Luxón. — Looc, en la isla de labias. 
— Isla de Guam, Marianas. 
strigata Hanley (Reeve, Modiola, figs. 33 y 83; Ciessin 
en Chemn., 2.^ edic. Modiola arcuaiula non Hanley, lá- 
mina 31, fig. 6). Sibonga (Ha?iley), en la isla de Cebú. — 
lela de Mindanao (Elera). 

* sub ramosa Hanley (Reeve, Modiola, fig. 43). Nauján, en la 

isla de Mindoro. — Cajidiocán, en la isla Sibuiján. — Ría 
Catarman (Jagor), en la isla de Samar. — Cagayán de Mi- 
sarais (Cumingj y Davao, en la isla de Mindanao. 

'^- subsiilcata Dunker (Ciessin en Chemn,, 2.'"^ edic. Modiola, 
lámina 28, figs. 7 y 8). Manila (Dunker) y La Unión, en 
la isla áQ Luxón. — Surigao (Elerajt en la isla de Minda- 
nao. — Isla Balabac (Elera). 

*"■ Vag'ina Lamarck (Reeve, il/ocí/oZa, fig. 3). Zamboanga,en 
la isla de ]\rindanao. 
AVatsoiii Smith (Voy. Challenger, Lamellibr., lám. 16, 
%. 5). Isla de Luxón (Smith). 



- 21 -^ 

Otras especies citadas: 

Modiola hulla Dunker = Creiiella bulla. 

— castanea Gray = 3Ioíliola Vagina. 

— cinna^nomina Elera = Litliodomus ciimamomi- 

ims. ♦ 

— cuneiformis Hanley. Filipinas (Hanley)=: Mytilus cu- 

neiformis^ especie de Chile. 

— emarginata Clessia non Benson. Filipinas (Clessin). 

Especie de China? 

— ?nultístriata Dunker. Samar (Jagor). No conozco esta 

especie. 

— PcBteliana Clessin. Filipinas (Clessin) = Modiola sul- 

cata Lamarck, especie de las Antillas. 

— Reevei Angas = 3Io(lÍ()la stl'igata. 

— subsulcata Reeve, non Dunker = Modiola setigera. 



Género Lithodomus Cuvier. 

"* caiialií'erus Hanley (Reeve ConcTi. icón., Lithodomus, 
fig. 25). Bagac, prov. de Batáan. Nasugbú, prov. de Ba- 
t2iVíg'3i% ( Sánchex) , La Unión, en la isla de Luxón. — Isla 
de Cebú (Cuming). — Puerto Princesa, en la isla de la 
Paragua. 
caveriiosiis Dunker (Dunker en Chemn., 2.^ edic. Litho- 
phaga, lám. 2, figs. 5 y 6). Filijñnas (Dunker). 

* ciimaiuoiniíuis Chemnitz (Reeve, Lithodomus, fig. 5). 

Santa Cruz y Bolinao, prov. de Zambales, en la isla de 
Luxón. — Laylay en Boac, en la isla de Marinduque. — 
Isla de Cebú (Elera). — Isla Saguisí, en la isla de MJn- 
danao. 

* Ciimingiaims Dunker (Reeve, Lithodomus, fig. 8). Isla de 

Romblón. — Isla Saguisí, en la isla de Mindanao. 
Lobbeckeaims Dunker (Dunker en Chemn., 2.^ edic. Li- 
thophaga, lám. 2, figs. 3 y 4). Filipinas (Dunker). 

* nasiltus Philippi (Dunker, Lithophaga, lám. 1, figs. 5 y 6; 

Reeve, Lithodomus, fig. 10). Isla Saguisí é isla Tinago, 



— 22 - 

Lithodomns 

en la isla de Míndanao. — Puerto Princesa, en la isla de 
la Paragua. 

* obesus Philippi (Reeve, Lithodomus, fig. 6). Isla Saguisí, 

en la isla de Mindanao. 

* teres Philippi (Philippi, Ahhild. Modiola, lám. 1, fig. 3). 

Bagac, prov. de Batáan, en la isla de Luxón. — Isla de 
Cebú. — Cagayán (Cuming fide Carpenter), Isla Saguisí 
é isla Tinago, en la isla de Mindanao. — Puerto Princesa^ 
en la isla de la Paragua. 

Otras especies citadas: 

Lithodomus fuscus Gmelin = Lithodomus einiiamo- 
iiiiims. 

— plumilla Hanley. Citado de Panamá por este autor en 
una de sus obras y de Filipinas en otra. No sé que 
se haya encontrado en estas islas. 



AVICÜLIDiE 

Género Avicula Klein. 

Anomioides Reeve (Reeve, Conch. icón. Avicula, fig. 26)» 
Filipinas (Paetel). 

brevialata Dunker (Dunker, Molí. Japan, lám. 10, figu- 
ras 3 á 5). Filipinas (Dunker). 

castaiiea Reeve (Reeve, Avicula, fig. 49). Isla de Min- 
doro (Cuming). 
* Crocea Lamarck (Reeve, Avicula, fig. 57). Isla de Mindo- 
ro (Cuming). — Isla Saguisí, en la isla de Mindanao. 

fibrosa Reeve (Reeve, Avicula, fig. 50). Catanauan (Cu- 
ming), Cavite (Fiera), en la isla de Luxón. 

flaniniata Reeve (Reeve, Avicula, fig, 37). Bacjauan en 
Badajoz, en la isla de Tablas. (Quadras.) 

imbricata Reeve (Reeve, Avicula, ñg. 11). Filipinas (Cu- 
ming). 



" 23 - 
A?icala 

Largillierti Philippi (Zeüschr. fur MalaJc., 1848, pág. 133). 
Isla de Bastían (Philippi). 

* lentigiiiosa Reeve (Reeve, Aviciila, fig. 13). Manila, en 

la isla de Luzón. La Avicula prcetexta Reeve es proba- 
blemente joven de esta especie. 
Lotoriuiu Lamarck (Reeve, Avicula, fig. 2). Filipinas {Jay). 

* macroptera Lamarck (Reeve, Avicula, fig. 1). Zamboanga, 

en la isla de Mindafiao. 

* margaritifera Linné (Reeve, Avicula, fig. 21; Danker en 

Chemn., 2,^ edic. Avicula, lám. 1, fig, 2). Nasugbü, provin- 
cia de Batangas (Sánchez), Daet, Paracale y Mambulao, 
prov. Camarines Norte (Jagor), Caramoan , prov. Camari- 
nes Sur, Bolinao, prov. de Zambales y Témate, provincia 
de Cavite^ en la isla de Luzón. — Tac!obáa_, en la isla de 
Leyte. — Salangán cerca de Guiñan (JagorJ^ en la isla de 
Samar. — Isla de Bohol (Elera). — Batan en Capiz, en la 
isla de Panay. — Isla Santa Fe de Bantayán. — Badián, 
Tabogón y Daan-Bantayán, en la isla de Cebú. — Su- 
rigao y Zamboanga, en la isla de Mindanao. — Isla Pilas y 
Maticán, en la isla de Basilán. — Puerto Princesa, en la 
isla de la Paragua. 
miirieata Reeve (Reeve, Avicula, fig. 12). Isla de Samar 
(Elera). — Tagana-an, en la isla de Mindanao. (Qliadras.) 

* nebulosa Conrad (Reeve, Avicula, figs. 33 y 34). Madlaog, 

en la isla de Marinduque. 

pra'texta Reeve (Reeve, Avicula, fig. 15). Isla del Corregi- 
dor (Cuming), en la isla de Luzón. 

pulchella Reeve (Reeve, Avicula, fig. 22) Filipinas (Cu- 
ming) . 

rutila Reeve (Reeve Avicula, fig. 19). Isla Lubán. (Qua- 
dras.) 

* Savignyi Deshayes (Reeve, Avicula, fig. 71). Ternate, en 

la isla de Luzón. — Gasán, en la isla de Marinduque. 

Spectrum Reeve (Reeve, Avicula, fig. 59). lúo, áe Mindo- 
ro (Cuming). 

Trochilus Reeve (Reeve, Avicula, fig. 51). Filipinas (Cu- 
ming). 



— 24 — 

* Zebra Reeve (Reeve, Avicula^ fig. 36). Tondo en Manila, 
en la isla de Luxón, 

Otra especie citada: 

Avicula heteroptera Reeve, non Lamarck. Filipinas (Jay), 
Mindoro (Elera). Especie de Australia. 



GÉNERO Malleus Lamarck. 

* albiis Lamarck (Reeve, Conch. icón. Malleus, fig. 1). Isla 

de Cebú. — Zamboanga, en la isla áeMindanao. — Isla de la 
Paragua (Elera). 

* doeniouiacus Reeve (Reeve, Malleiis, fig. 6). Isla de Samar 

(Jagor) . 
Legiimen Reeve (Reeve, Malleiis, fig. 2). Filipinas (Cu- 

ming). 
Reg'iila Forskal (Reeve, Malleus, fig. 4). Filipinas (Reeve). 

— Isla de Cebú (Elera). 

* Vlilgaris Lamarck (Reeve, Malleus , fig. 5). Islas de Cebú 

y Negros. 

Otra especie citada: 
Malleus vulsellaius Lamarck = Malleus Regula. 



Género Vulsella Lamarck. 

hiaus Lamarck (Reeve, Conch. icón. Vulsella, fig. 16). Fi- 
lipinas (CumÍ7ig). 
* lingulata Lamarck (Reeve, Vulsella, fig. 6). Filipinas 
(Jay). Dunker la menciona del Japón y del Mar Rojo. 

Otra especie citada: 

Vulsella spongiarum Lamarck. Filipinas (Jay). Especie del 
Mar Rojo. 



* 



•^ 25 



Género Ferua Erügüiere. 



Aiiomioides Reeve (Reeve, Conch. icón. Perna, fig. 11). 
Isla Saguisí, en la isla de Mmda7iao.— Barrio de Tumúa 
en la isla de Guam, Marianas. 

Ephippiíim Linné (Reeve, Perna, fig. 8). Pasacao, pro- 
vincia Camarines Sur y Paracale, prov. Camarines Norte 
(Jagor), en la isla de Lnxón. — Isla de Samar (Jagor). 

Isog'iioiimm Linné (Reeve, Perna, fig. 24). Paracale y 
Mambulao, prov. Camarines Norte (Jagor), isla Bagatao, 
en la isla de Lnxón. — Isla de Samar (Jagor). — Isla de 
Bohol (Elera). — Isla de Cebii. — Tagana-an y Placer, en 
la isla de Mindanao. — Isla de la Paragua. 

leiitigiiiosa Reeve (Reeve, Perna, fig. 27). Filipinas (Cu- 
ming). 

Marsiipium Lamarck (Reeve, Perna, fig. 15). Filipinas 
(Reeve). 

Nucleus Lamarck (Reeve, Perna ^ fig. 4). Mambulao, pro- 
vincia Camarines Norte (Jagor), en la isla de Luxón. 

Samoensis Baird (Smith, Lamell. Voy. Challenger, pá- 
gina 285; Baird, Cruise of the Curacoa, lám, 42, fig. 8, 
fide Smith). Bagac, prov. de Batáan, en la isla de Luxón. 
— Zamboanga (Smith), en la isla de Mindanao. — Bin- 
túan, en la isla de la Paragua. — Isla Balabac. 

serratilla Reeve (Reeve, Perna, fig. 14). Filipinas (Cu- 
7ning). 

spatlmlata Reeve (Reeve, Perna, fig. 28). Malabón en 
Manila, Morón, prov. de Batáan, en la isla de Luxón. — 
Manapla, en la isla de Negros (Cuming J. — Isla Saguisí, 
en la isla de MÍ7idanao. 

Vespertilio Reeve (Reeve, Perna, fig. 26). Manila ( Cu- 
ming J, en la isla de Luxón. 

Otras especies citadas: 

Perna femoralis Lamarck = Perna Isog'iiomum. var. 
— flavida Paetel = 3Io(Iiola flavida. 



- 26 - 

Perna Isogonum Clessin = Perna Isognomiim. 

— subsulcata Paetel = Modiola siibsiilcata. 

— Vulsella Lamarck. Filipinas (Jaj). Especie de S/ Tho- 

mas. 

Género Pinna Linné. 

adusta Chemnitz (Chemnitz, Conch. Cab., edic. 1.* lámina 
91, fig. 782). Manila (Hanley)^ en la isla de Luxón. 

* bullata Gmelin (Reeve, Conch. icón. Pinna, fig. 16). Filipi- 

7ias (Jay). 
Chemiiitzi Hanley (Reeve, Pinna, figs. 1 y 55). Filipinas 

(Cuming). 
deltodes Menke (Reeve, Pinna, fig. 40). Zamboanga, en la 

isla de Mindanao. 

* electi'ina Reeve (Reeve_, Pinna, fig. 25). Gasán, en la 

isla de Marinduque. — Taclobán, en la isla de Leyte. 
flabellum Lamarck (Reeve, Pinna, fig. 18). Filipinas 

(Jay). 
fumata Hanley (Reeve, Pinna, figs. 27 y 28). San Nicolás 

(Cuming), en la isla de Cebú . 
Hanley i Reeve (Reeve, Pinna, fig. 15). Témate, provincia 

de Cavile, en la isla de Luxón. — Isla de Mindoro. 
inflatta Chemnitz (Reeve, Pimía, fig. 5). Filipinas (Cuming). 

* liirida Reeve (Reeve, Pinna., fig. 24). Manila, en la isla de 

Luxón.--1Ú2L de Samar. 
mutica Reeve (Reeve, Pinna, fig. 33). Isla óe Negros (Cu- 
ming). 

* nigra Chemnitz (Reeve, Pinna, fig. 4). Isla de Luxón 

(Jagor). — Isla de Samar (Jagor). — Surigao, en la isla de 
Mindanao. 

* peniia Reeve (Reeve, Pinna, fig. 39). Filipinas (Cuming). 
Philippinensis Hanley (Reeve, Pinna, fig. 20). Filipinas 

(Cuming). 

* saccata Linné (Reeve, Pinna, fig. 6). Filipinas (Cu- 

ming). — llocos (Fiera), en la isla de Luxón. — Isla de 
Cebú (Fiera). 



— 27 — 
Pinna 

* semicostata Reeve (Reeve, Pinna, fig. 30). Filipinas 

(Cuming). — Cortés en Tandag, en la isla de Mindanao, 

* vexilliim Born (Reeve, Pinna, fig. 36). Mambulao, prov. 

Camarines Norte (Jagor), Taal, prov. de Batangas y Bo- 
linao^ prov. de Zambales, en la isla de Luxón. — Isla de 
Mindoro. — Cauit, en la isla de Marinduque. — Daan-Ban- 
tayán, en la isla de Cebú. — Zamboanga, en la isla de 
Mindanao. — La Isabela, en la isla de Basilán. 

virgata Menke (Reeve, Pinna, fig. 45). Isla de Negros 
(Cuming). 

Zebuensis Reeve (Reeve, Pinna, fig. 26). Isla de Cebú 
(Cuming). 

Otras especies citadas: 

Pinna margínala Lamarck = Pinna biiUata. 

— nigrina Lamarck = Pinna nigra. 

— Philippensis Martens. ) „. tu m* • 

^, .,. . ^ ,}= Pinna Pliilippinensis. 

— Philip pinar um raetel. j 



ARCID.E 



Género Arca Linné. 



angicostata Reeve (Reeve, Conch. icón. Arca, fig 57). Isla 
de Mindanao (Smith). 

antiqnata Linné (Hanley, Ipsa Lin. Conch., lám. 4, fig. 3; 
Reeve, fig. 24, Arca maculosa). Morón, prov. deBatáan, 
en la isla de Luxón. — Nauján, en la isla de Mindoro. — 
Islas de Romblón y de Cebú. 

bicarinata Sowerby (^Proc. Malac. Soc. Londo7i, TV, lá- 
mina 22, fig. 14). Isla de Cebú (Koch). 

Chalcantnni Reeve (Reeve, Arca, fig. 43). Parañaque en 
Manila, en la isla de Luxón. — San Nicolás (Cuming), en 
la isla de Cebú. 

cometa Reeve (Reeve, Arca, fig. 111). Sorsogón (Cu^ 



._ 28 --^ 
Arca 

mmg), Nasugbú, prov. de Batangas (Sánchez) , en la 

isla de Luxón. 

COiígeiiita Smith (Voy. Challenger, Lamellih'., lám. 17, 

fig. 6). Isla de Mindanao (Smith). 

* cornea Reeve (Reeve, Arca, fig. 16; Philippi, Ahhild. 

Arca Cecillei, lám. 5, figs. 2 y 3). Tondo en Manila, 
Bagae, prov. de Batáan, Bulacán; Calumbit (Jagor), en 
la isla de Luzón. — Laylay en Boac, en la isla de Marín- 
duque. — Nauján, en la isla de Mindoro. — Basey (Cu- 
ming), en la isla de Samar (Jagor). — Dapitan y Giga- 
quit, en la isla de Mindanao. El nombre de Reeve es 
anterior. 

* crebricostata Reeve (Reeve, Arca, fi¿. 61). Tondo en 

Manila, en la isla de Luxón. 

* deciirvata Lischke (Reeve, fig. 80. Arca obliquata, non 

Gray). Nauján, en la isla de alindara. — Calbayóg (Cn- 
ming), en la isla de Samar. — Puerto Princesa, Ulugán, 
en la isla de la Paragua. 

* decussata Sowerby (Reeve, Arca, fig. 81). Daet y Mam- 

bulao, prov. Camarines Norte, Pasacao, prov. Camarines 
Sur (Jagor), Bagac, prov. de Batáan, en la isla de 
Luxón. — Laylay en Boac, en la isla de Marinduque. — 
Nauján en la isla de Alindero. — Isla de Romblón. — Isla 
de Samar (Jagor). — Isla Saguisí, Dapitan y Zamboanga, 
en la isla de Mindanao. — Bintúan y Puerto Princesa, en 
la isla de la Paragua. — Isla Balabac. 

* divaricata Sowerby (Reeve, Arca, flgs. 108 y 112). La 

Unión, en la isla de Luxón. — Isla de Saguisí é isla Ca- 
lumangán, en la isla de Mindanao. — Isla Rita y Ulugán, 
en la isla de la Paragua. — Isla Balabac. 

* feíTiíginea Reeve (Reeve, Arca, fig. 39; Jiivenis, fig. 48. 

Arca clathrata, non Defrance). Tondo y Malabón en 
Manila, en la isla de Luxón. — Islas de Barias y de 
Ticao (Cuming). De la misma localidad son los ejempla- 
res que corresponden á las dos figuras que cito. 

* fusca Bruguiere (Reeve, ^rm, fig. 82). Bagac, prov. de 

Batáan, Nasugbú, prov. de Batangas ( Sánchez) , en la 



— 29 ^- 

Arca '. 

isla de Liixón (Jagor). — Gasán, en la isla de Marindu- 
que. — Isla de Mindoro (Cuming). — Islas de Lubán y de 
Cebú. — Zamboanga (Martens, etc.^, Tandag, en la isla 
de Mmdanao. — Ulugán, en la isla de la Paragua. — Ar- 
chipiélago de Joló. 
g'lobosa Reeve (Reeve, ^/-m, fig. 52). Catbalogán (Cu- 
yning) , en la isla de Samar. 

* granosa Linné (Reeve, Arca, fig. 15). Costa de Tayabas, 

en la isla de Luxón. — Isla de Marinduque. — Nauján, en 
la isla de Mindoro. — Isla de Bohol (Elera). — Capíz,en 
la isla de Pa/m;/.— Tandag, en la isla de Mmdanao. 

* Giiberiiaciilum Reeve (Reeve, Arca^ fig. 14). Basey (Cu- 

ming), en la isla de Samar. — Dapitan, en la isla de Min- 
danao. 

* Helblingi Bruguiere (Reeve, Arca, fig. 90). Isla del Co- 

rregidor (Cuming)^ Nasugbú, prov. de Batangas (Sán- 
chex), Tonáo en Manila, en la isla de Luxón. — Laylay 
en Boac, en la isla de Marinduque. — Islas de Lubán y 
de Masbate. — Isla Saguisí, en la isla de Mindanao. 

* holoserica Reeve (Reeve, Arca, fig. 11). Isla de Samar 

(Cuming). De acuerdo con Smith no doy á esta especie 
el nombre de Arca uropygmelana Bory, como hacen al- 
gunos autores. 

* iil?eqilivalvi,s Bruguiere (Kobelt en Chemn. Conch. Cab., 

2.^ edic, Arca, lám. 3, fig. 1). Tondo y Malabón en Ma- 
nila^ en la isla de Luxón. — Dapitan, en la isla de MÍ7i- 
danao. 

* iiiflata Reeve (Reeve, Arca, fig. 30). Ilo-Ilo (Cuming), en 

la isla de Panay. 

* lacerata Linné (Reeve, Arca^ fig. 93). Isla de Mindoro 

(Cuming). 
latevalis Reeve (Reeve, ylrm, fig. 115). Filipinas (Cu- 
ming). — Manila (Nyst), en la isla de Luxón. 

* Lima Reeve (Reeve, Arca, fig. 101). Isla del Corregidor 

(Cuming), en la isla de Luxón. — Gasán, en la isla de 
Marinduque. — Isla de Burias (Cuming). — Puerto Prin- 
cesa, en la isla de la Paragua. 



— 30 — 
Arta 

* Luzoilica Reeve (Reeve, Arca, fig. 44). Manila (Elera), en 

la isla de Luxón (Cuming). — Dapitan, en la isla de Min- 
danao. 
miniíiia Nyst (Reeve, Arca minuta, non auct., fig. 112). 
Filipinas (Cuming). 

* Martinii Recluz (DunTcer, Novit., Conch. lám. 45, figu- 

ras 1 á 4). Témate, prov. de Cavite, en la isla de Liizón. 
— Isla Saguisí, en la isla de Mindanao. Especie citada 
del Brasil, pero como es tan característica, no me cabe 
duda de que pertenecen á ella los ejemplares recogidos 
en Filipinas. 

liavicella Reeve (Reeve, A7'ca, fig. 114). Calapán (Cu- 
ming), en la isla de Mindoro. 

obloilg'a Dunker (Duuker, Novit. Conch., lám. 37, figs. 4 
á 7). Filipinas (DunJcer). 

olivácea Reeve (Reeve, Arca^ fig. 113). San Nicolás (Cu- 
ming), en la isla de Cebú. 

* pilllla Reeve (Reeve, Arca, fig. 8). Mari veles, en la isla de 

Luxón. — Isla de Barias (Cuming). — Isla de Samar (Ja- 
gor). — Dapitan y Gigaquit, en la isla de Mindanao. 

* SCaplia Linné (Hanley. Ipsa Lin. Conch., lám. 1, fig. 4; 

Reeve, Arca, fig. 25). Manila (Cuming), La Unión, en la 
isla de Luxón. — Laylay en Boac, en la isla de Marindu- 
que. — Isla de Samar (Jagor, etc.). — Isla de Cebú. — Pla- 
cer (Elera), en la isla de Mindanao. — Puerto Princesa, 
en la isla de la Paragua. 
SCiilptilis Reeve (Reeve, Arca, fig. 118). Baclayón (Cu- 
ming), en la isla de Bohol. 

* seiiiitorta Lamarck (Reeve, Arca, fig. 89). Taclobán, en la 

isla de Leyte. — San Nicolás (Cuming), en la isla de Cebú' 
subrilbra Dunker (Dunker, Novit. Conch., lám. 28, figs. 1 
á 5. Anomalocardia subrubra). Filipinas (Cuming). 

* S3' 111 métrica Reeve (Reeve, Ar'ca, fig. 117). Manila (Cu- 

ming., etc.), en la isla de Luxón. 

* teiiebrica Reeve (Reeve, Arca, fig. 105). Malabón en Ma- 

nila, en la isla de Luxón. — Basey (Cuming), en la isla 
de Samar. 



- 31 — 

Arca 

* tenella Reeve (Reeve, Área, fig. 91). Isla de Burlas (Cu- 

ming). 

* tortuosa Linné (Reeve, Arca, fig. 86). Filipinas (Jay). — 

Baeolod, en la isla de Negros. 
trapeziua Lamarck (Reeve, Arca, fig. 103). Batangas (Cu- 
ming), en la isla de Luxón. — Islas de Samar y Cebú 
(Elera). 

* ventricosa Lamarck (Reeve, fig. 69. Arca zebra, non 

Swainson). Isla del Corregidor y Manila (Caming), en la 
isla de Luxón. — Gasán, en la isla de Marinduque. — Nau- 
ján, en la isla de Mindoro. — Isla Saguisí y Zamboanga, 
en la isla de Mindanao. — Isla Balabac. 
vii'esceiis Reeve (Reeve, Arca, fig. 97). Catbalogán (Cu- 
ming), en la isla de Samar. 

* vollicris Reeve (Reeve, Arca, fig. 109). Cayogno en Ter- 

nate, prov. de Cavite y Bagac, prov. de Batáan, en la 
isla de Luxón. — Isla de Burias (Cuming). — Pinamona- 
jan, en la isla de Cebú. — Isla Saguisí é isla Calumangán, 
en la isla de Mindanao. — Isla Rita, en la isla de la Pa- 
ragua. — Isla Balabac. — Aspurguan, en la isla de Guam, 
Marianas. 
Zebueiisis Reeve (Reeve, Arca, fig. 120). Isla de Cebú 
(Cuming) . 

Otras especies citadas: 

Arca anómala Reeve. Filipinas (Elera). El autor no da lo- 
calidad. 

— Cecillei Philippi = Arca cornea, var. 

— clathrata Reeve, non Def ranee ^ Arca femig'inea, 

juvenis. 

— craticulata Nyst = Arca ferruginea, juvenis. 

— foliata Forskal. Legaspi en Albay (Jagor) fide Martens 

= Arca lacerata? 
- láctea Linné. Filipinas (Cooke). Especie de Europa y 

África. 
— maculosa Reeve = Arca antiquata. 

— minuta Reeve = Arca miiiima. 



- 32 - 

Arca ohliquata Reeve, non Gray = Arca deciirvata. 

— Reeveana Nyst, non Philippi = Arca iiiflata. 

— torta Stimpson fide Morch = Arca tortuosa. 

— uropygmelana Bory = Arca holoserica. 

— Zehra Reeve, non Swainson = Arca ventricosa. 



Género CucuUsea Lamarck. 

COlicamerata Martini (Reeve, Cotich. icón. Cucullcea, fi- 
gura 1). Filipinas (Tryon). 

Género Pectunculus Lamarck. 

ailg'ulatus Lamarck (Reeve, Conch. icón. Pectunculus, 
fig. 30). Sorsogón, en la isla de Luzón. — Isla de Marindu- 
que. — Catbalogán (Cuming), en la isla de Samar. — 
Isla de Cehii. — Surigao, en la isla de Mindanao. 

aspersiis Adams y Reeve (Voy. Samarang , Mollusca, lá- 
mina 22, fig. 8). Archipiélago de Joló (Belcher), 

aurifliuis Reeve (Reeve, Pectunculus, fig. 17). Isla de 
Capul (Cmning). 

pectiniforiiiis Lamarck (Reeve, Pectunculus, ñg. 11). Mo- 
rón, prov. de Batáan, en la isla de Luzón. — Islas de Mas- 
bate y de Ticao (Cuming, etc.). — Isla de Cebú. — Zam- 
boanga (Martens, etc.), Tagana-an y Dapitan, en la isla 
de Mindaiiao. — Archipiélago de Joló. 

pertiisus Reeve (Reeve^ Pectunculus ,^g. 37) Islas de iw- 
%ón y de Mindanao (Cuming). 

striatiilaris Reeve (Reeve, Pectunculus , fig. 27). Sur de 
de la isla de Mindanao (Smith) . 



— 33 - 



NUCULID^ 

Géneeo Nncnla Lamarck. 

Ciimingi Hinds (Reeve, Conch. icón., Nucula , fig. 5), Bo- 
linao, prov. de Zambales, Sual, prov. de Pangasinán 
(Cuming), en la isla de Luxón. — Basey (Cuming), en la 
isla de Samar. — San Nicolás (Cuming), en la isla de 
Cebú. 

nana Hinds (Reeve, Nucula, fig. 33), Cagayán (Cuming)^ 
en la isla de Mindanao. 

Otra especie citada: 

Nucula retusa Hinds = Yoldia retusa. 

Género Leda Schumacher. 

lepida A. Adams (Proc. Zool. Soc. London, 1856, página 

49). Filipinas (Adams). 
Metcalfei Hanley (Reeve, Leda, fig. 18). Filipinas (Cu- 

ming). 
reticulata Hinds (Reeve, Leda, fig. 48). Loay (Cuming) y 

en la isla de Bohol. — Cagayán de Misamis (Cuming), en 

la isla de Mindanao. 
serótina Hinds (Sowerby, Thes. Conch. Nuculidce, figuras 

19 á 21). Filipinas ( Sowerhy). 

Género Yoldia Mollee. 

Myalis Couthouy (Reeve, Conch. icon.^ Yoldia, fig. 9), 

Filipinas (Sowerhy). 
retusa Hinds (Reeve, Yoldia, fig. 21). San Nicolás (Cu^ 

ming), en la isla de Cebú, 

Eev. Acad. Ciencias.— m.— Julio, 1905. 3 



— 34 - 



PECTINID^ 



Género Pectén Lamarck. 



*¿pyxidatus Born (Reeve, Conch. icon.^ Peden, fig. 6; Kus- 
ter en Chemn, Conch. Cab., 2.^ edic.; Peden, lám. 35, 
figuras 1 y 2). Capiz, en la isla de Panay. — San Nicolás 
(CumÍ7ig), en la isla de Cebú. — Bacolod, en la isla de 
Negros. — Isla de Mindanao. 

* Ziczac Linné (Reeve, Peden, fig. 29). Filipinas (Reeve). 

Otras especies citadas: 

Pedeti aurantius Sowerby. Filipinas (Jay) = Chlamys 
unicolor Lamarck, especie del Mediterráneo. 

— distans Sowerby, non Lamarck = Chlamys Janus. 

— hybridus Lamarck = Clilaiiiys squamosiis. 

— Layardi Reeve = Chlamys floreiis. 

— Leopardus Smith, var. solaris = Chlamys solaris. 

— sdnguineus Sowerby, non Gmelin. Filipinas (Sower- 

by) = Chlamys crueniatus Reeve, especie de Aus- 
tralia. 

— sanguinolentus Reeve, non Gmelin = Chlamys sa- 

iiiosus. 

— serratus Reeve, non Sowerby = Chlamys sqiiamo- 

sus. var. 

— veniricosus Sowerby. Calapán en Mindoro (Cuming). 

Especie de Santa Elena, en la América del Sur. 



Género Chlamys Bolten. 

albolineatus Sowerby (Sowerby, Thes. Conch. Peden, lá- 
mina 14, figs. 69 y 70). Daet, prov. Camarines Norte (Ja- 
gor), Morón, prov. de Batáan, en la isla de Luxón. — 
Laylay en Boac y Gasán , en la isla de Marinduque. — 



- 35 — 

Ohlamys 

Isla de Guimaras (Cuming). — Isla de Cebú. — Bahía dé 

Ulugán, en la isla de la Paragua. 
cloacatus Reeve (Reeve, Conch. ico?i., Peden, fig. 166). 

Filipinas (Reeve). 
florens Lamarck (Reeve, fig. 80, Pectén Layardi). Isla de 

Samar (Jagor). 
flilvicostatus Adams y Reeve (Reeve, Peden, fig. 123). 

Archipiélago de Joló (Belcher). 

* in?eqiiivalvis Sowerby (Sowerby, Peden, figs. 193 á 195). 

Laylay en Boac, en la isla de Marinduque. — Isla de 
Cebú. 

* Jaiius Montrouzier (Reeve, fig. 49. Peden distans, non La- 

marck). Calapán (Cuming), en la isla de Mindoro. — Boac, 
en la isla de Marinduque. — Ayala, en la isla de alinda- 
nao, — Archipiélago de Joló. 

larvatus Reeve (Reeve, Peden, figs. 158 y 165). Filipi- 
nas (Reeve). 

lemiiiscatus Reeve (Reeve, fig. 170. Peden lentiginosus) . 
Zamboanga (Smitk), en la isla de Mindanao. 

* leiitig'iiiosus Reeve (Reeve, Peden, fig. 76). Manila 

(Lisdike), en la isla de Luxón. — Isla Lugbón. — Isla 
Ticao (Cuming). — Islas de Cebú y de Panay. — Isla Sa- 
guisí, Ayala y Zamboanga, en la isla de Mindanao. 

* Palliuiu Linné (Reeve, Pede^i, fig. 63). Calapán, en la 

isla de Mindoro. — Isla de Cebú. — Zamboanga, en la isla 
de Mindanao. — Archipiélago de Joló. — Barrio de Sumay 
en Agat, isla de Guam, Marianas. 
pictiis Sowerby (Reeve, Peden, fig. 116). Bais (Cuming), 
en la isla de Negros. 

* pseudolima Sowerby (Reeve, Pede7i, fig. 57). Manila, en 

la isla de Luxón. — Nauján, en la isla de Mindoro. — Jacna 
(Cuming), en la isla de Bohol. — Surigao, en la isla de 
Mindanao. 

* Radiila Linné (Reeve, Peden, fig. 83), Puerto Galera, 

en la isla de Mindoro. — Isla de Burias. — Isla de Samar 
(Jagor). — Antique , en la isla de Panay. — Jsla de Cebú. — 
Arguelles, en la isla de Negros. — Zamboanga (Mariens, 



— 36 — 
Chlamys 

etc.) é isla Saguisí, en la isla de Mindanao. — Punta Ba- 

labac, en la isla Balahac. 

* Rastelliim Lamarck (Sowerby, Thes. Peden, fig. 30; Deles- 

sert, Recueil des coquill., lám. 16, fig. 3 a, b). Filipinas 
(Baranda). El Peden mirificus de Reeve (Condi. icón. 
Peden, fig. 104), es sólo una variedad de esta especie. 

* riigosus Sowerby (Reeve, Pedeti, fig. 144; Sowerby, Pec- 

ten, fig. 226). Morón, prov. de Batáan, en la isla de Lu- 
xón. — Isla de Burias (Qiiming). 

* saiiiosiis Reeve (Reeve, fig. 159. Peden sanguinolentus). 

Ayala y Zamboanga, en la isla de Mindanao. 
seiiatorius Gmelin (Reeve, Peden, fig. 81). Isla de Buzón 
(Smith). 

* serratiis Sowerby (Sowerby, Thes. Peden, fig. 56). Mobo, 

en la isla de Masbate. — Isla de Cehú (Cuming). 
solai'is Sowerby (Reeve, Peden, fig. 92). Isla de Luxón 
(Smiih). 

* speciosiis Reeve (Reeve, Peden, fig. 112). Filipinas 

(Reeve). 

* spectabilis Reeve (Reeve, Peden, fig. 128). Isla de Cehú. 

* squaiiiatus Gmelin (Reeve, Peden, fig. 82). San Nicolás 

(Cuming), en la isla de Cehú. 

* squamosus Gmelin (Reeve, Peden, fig. 65; Yar. fig. 46, 

Peden serrahis, non Sowerby). Cavite y Manila (Elera), 
en la isla de Buzón. — Isla de Cehú. — Isla Calumangán, 
Surigao y Zamboanga, en la isla de Mindanao. — La Isa- 
bela, en la isla de Bastían. 

* siil>plicatus Sowerby (Reeve, Peden, fig. 17). Isla del 

Corregidor (Cumi?ig), en la isla de Buzón. — Ayala, en 
la isla de Mindanao. 

* Tigris Lamarck (Reeve, Peden, fig. 77). Isla de Mashate 

(Cuming). — Zamboanga, en la isla de Mindanao. — La 
Isabela^ en la isla de Basilán. 
vitreiis Chemnitz (Kuster en Chemn., 2.^ edic. Peden 
lám. 18, fig. 10), Sorsogóü, prov. de Albay (Cuming), 
en la isla de Buzón. — Isla de Panay {Smiih). 



- 37 — 



Géseeo Amussium Klein. 



caduciim Smith (Voy. Challenger, Lamellibr., lám. 23, 
fig. 1). Isla de Liixón (Smith). 

Jeffreysi Smith (Voy. Challenger^ Lamellibr., lám. 23, 
fig. 2 ). Filipinas (Smith). 

Pleuronectes Linné (Reeve, Peden, fig. 48). Punta Res- 
tinga, prov. de Cavite, en la isla de Luxón. — Isla de 3Ia- 
rinduque. — Capiz, en la isla de Panay. — Isla de Cehit 
(Jay). — Surigao y Zamboaoga, en la isla de Mindanao. 



Género Hemipecten Adams y Reeve. 

Forbesiamis Adams y Reeve (Reeve, Conch. icón. Hemi- 
fecten, lám. 1, figs. 1 y 2). Archipiélago de Jo/ó (Belcher). 



LIMID.E 

GÉNERO Lima Brüguiere, 

Basilanica Adams y Reeve (Voy. Samarang, Mollusca, 
lám. 21, fig. 6). Isla de Basilán (Belcher). 

bullata Born (Reeve, Conch. icón., Lima, fig. 3). Sorsogón, 
prov. de Albay (Cuming)^ en la isla de Luxón. 

Cumiiigi Sowerby (Sowerby, Thes. Lima, fig. 24 y 25). 
Bolinao (Cnming), en la isla áe Luxón. 
* fragilis Chemnitz (Reeve, Lima, fig. 18 b; Sowerby, Lima, 
figs. 34 á 37). Balaring, en la isla de Marinduque. — Ba- 
dajoz, en la isla de Tablas. — Isla Liigbón. — Isla de 
Cebú. — Isla Saguisí, isla Balagnan, isla Tinago é isla Ji- 
nitúan, en la isla de Mindanao. — Isla Rita, en la Bahía 
de Ulugán, en la isla de la Paragua. 

lata Smith (Voy. Challenger, Lamellibr., lám. 24, fig. 3). Isla 
de Mindanao (Smith). 



— 38 - 
lima 

orientalis Adams y Eeeve (Voy. Samarang, Mollusca, 
lám. 21, fig. 7). Filipinas (Belcher). Sowerby la conside- 
ra como variedad de su Lima angulata. 

squamosa Lamarck (Reeve, Lima, fig. 10; Sowerby, Lima^ 
figs. 1 y 18). Manila (Lischke), en la isla de Luxón. — 
Isla Saguisí y Zamboanga, en la isla áeMindanao (Smith). 
— Isla Balahac. 

teñera Chemnitz (Reeve, Lima, fig. 7). Batangas (Soiverhy) 
y Pasacao, prov. Camarines Sur (Jagor), en la isla de Lu- 
xón. — Isla de Mindoro (Sowerby). — Isla de Cebú. — Isla 
Saguisí y Dapitan, en la isla de Mindanao. 

Otras especies citadas: 

Lima Í7iflata Chemnitz. Filipinas (British Museum). Espe- 
cie del Mediterráneo. 
— scabra Born. var. glacialis Gmelin = Lima teñera. 



SPONDYLID^ 

Género Spondylus Linné. 

* affinis Reeve (Reeve, Conch. icón. Spondylus, fig. 62). 

Filipinas (Reeve). 
albibarbatus Reeve (Reeve, Spondylus, fig. 32). Filipinas 
(Cuming). 

* albus Chemnitz (Chenu, Illusir. Conch. Spondylus , lámi- 

na 28, fig. 5). Isla Basilán. Tal vez variedad del Spon- 
dylus Nicobaricus. 
asperrimus Sowerby (Reeve, Spondylus, fig. 45). Filipi- 
nas (Cuming). 

* aurantius Lamarck (Reeve, Spondylus, fig. 10). Filipi- 

nas (Cuming). 

* Var. alba (Sowerby, Thes. Conch. Spondylus, lámi- 
na 89, fig. 55). 

* Var. purpurea (Chenu, Illusir. Spondylus, lám. 23, 
fig. 4). Lugbutún, en la isla de Basilán. 



- 39 - 

Spondylns 

* Var. lingua felis (Reeve, Spondylns, fig. 27). Isla 
Basilán. Mi ejemplar es intermedio entre esta figura y el 
tipo de la especie. 

barbatiis Reeve (Reeve, Spondylns, fig. 16). Filipinas 
f Cmw2¿/2^^. Probablemente este Spondylus y el Spondylns 
affinis son variedades de una misma especie , á pesar de 
las distinciones que hace Reeve entre ambos. 

Butleri Reeve (Reeve, Spo?idylus,ñg. li). Filipinas (Cu- 
ming). Parece tan sólo la variedad purpúrea del Spon- 
dylns anraniius, con menos series de espinas y éstas 
más anchas. 

camiirus Reeve (Reeve, Spondylus, ñg. 36). Filipinas» 
(Cuming). El Sporidylns foliaceus de Reeve (Conch, 
icon.^ fig. 57) es tal vez un individuo más adulto del Spon- 
dylns camurus. 

castlis Reeve (Reeve, Spondylns^ fig. 47). Filipinas (Cu- 
ming). — Manila (Kuster), en la isla de Luxón. 

* ducalis Chemnitz (Reeve, Spondylns, fig. 26). Nasugbó, 

prov. de Batangas (Sánchex), Mari veles y Morón, provin- 
cia de Batáan en la isla de Luxón. — Isla de Marinduque. 
— Isla Lubán. — Isla de Cebú. — Isla de Bohol (Elera). — 
Isla Cayauán, en la isla de Mindanao. — Isla Basilán. — 
Isla Balabac. 

* foliaceus Chemnitz (Reeve, Spondylus, fig. 25; Sowerby, 

Thes. Conch. Spondylus Petroselinnm , lám. 84, figs. 6 
á 10; Chenu, Illnst. Conch., lám. 22. Spondylus costatus 
de Lamarck), Isla de Ticao (Cuming). — Zamboanga, en 
la isla de Mindanao. 

* Fragiim Reeve (Reeve, Spondylns., fig. 61). Isla de Ma- 

rinduque. 
Hystrix Reeve (Reeve, Spondylus, fig. 42). Isla de Basilán. 

* imbutiis Reeve (Reeve, Spondylus, fig. 55). Filipinas. 
Lamarcki Chenu (Reeve, Spondylus, fig. 30). Diiet, pro- 
vincia Camarines Norte (Jagor), en la isla de Luxón. 

multimuricatus Reeve (Reeve, Spondylus, fig. 15). Fili- 
pinas (Cuming). 
niultisetosiis Reeve (Reeve, Spondylus, fig. 11). Ma- 



- 40 - 

Spondylns 

nila (Kuster), en la isla de Luzón, — Isla de Samar 
(Jagor). 
Mus Reeve (Reeve, Spondylus, fig. 12). Filipinas (Cu- 
ming). 

* Nicobaricus Chemnitz (Reeve, Spotidglus , ñg. 50; Chenu, 

Illustr. Conch., lám. 28, figs. 2 á 4. Spondylus radians 
de Lamarck; Reeve, figs. 44 a. b. Spondylus coccineus, 
non Lamarck). Isla Lubáti. — Isla de Barias (Sowerby). — 
Isla de Cebú. 
iiudus Chemnitz (Reeve, Spondylus, fig. 2). Filipinas 
(Cuming). 

* ocellatus Reeve (Reeve, Spondylus^ fig. 43). Filipinas 

(Cuming). 
occidens Sowerby (Journ. Malacology., vol. X, lám. 5, 
fig. 9). Filipinas (Sowerby). 

* Pacificus Reeve (Reeve^ Spondylus , fig. 1). Manila (Lis- 

clike), en la isla de Luzón. 

* pliirispinosus Reeve (Reeve, Spondylus , fig. 18). Isla de 

Basilán. 
\reg'ms Linné (Reeve, Spondylus, fig. 20; Chenu, Illustr. 
Conch. Spondylus, \ám. 7, figs. 1 y 2). Archipiélago de 
Joló (Cuming). 

* rubicuiidus Reeve (Reeve, Spondylus, fig. 60). Filipinas 

(Reeve). 

* setiger Reeve (Reeve, Spondylus, fig. 53). Filipinas 

(Reeve). 
Spectruiu Reeve (Reeve, Spondylus, fig. 49). Filipinas 

(Cuming). 
teiielliis Reeve (Reeve^ Spondylus, fig. 67). Filipinas 

(Fiera). 

* temiiíspiíiosii.s Sowerby (Reeve, Spondylus , ^g. 23). Isla 

de Cebú (Cuming). 
vii'giiieiis Reeve (Reeve ^ Spondylus, fig. 31). Filipinas 
(Cuming). 

* zoiíalis Chenu (Reeve, Spondylus , fig. 29). Islas de Min- 

doro y de Ticao (Cuming). 



- 41 — 

Otras especies citadas: 

Spo?idylus coccineus Reeve, non Lamarck ^ Spondylus 
Nicobaricus. 

— fragüis Sowerby. Filipinas (Jay). El autor no da loca- 

lidad. 

— herinaceus Chenu = Spondylus zoiíalis. 

— Petroselinum Sowerby = Si)Oiidyliis foliáceas. 

Géneeo Plicatula Lamarck. 

australis Lamarck (Sowerby, Thes. Conch. Plicatula, fi- 
guras 20 á 22). Cayogno en Témate, prov. de Cavite, en 
la isla de Luxón. — Isla Jinituan, en la isla de Mindanao. 
(Quadras.) 

dubia Hanley (Sowerby, Plicatula, fig. 19). Isla de Sa- 
mar (Cuming). 

imbricata Menke (Sowerby, Plicatula, figs. 6 y 15 á 18). 
Isla del Corregidor (Cuming)^ Manila, Cayogno, prov. 
de Ternate, en la isla de Luxón. 

Pllilippinarum Hanley (Sowerby, P/¿"ca^i¿/a, figs. 9 á 14). 
Filipinas (Cuming). — Isla de Cebú (Elera). 

Otra especie citada: 

Plicatula cristata Lamarck. Filipinas (Jay). Especie de 
América. 



ANOMIID^ 

Género Anomia Linné. 

* senigmatica Chemnitz (Reeve, Conch. icón. Anomia, fi- 
gura 40). Malabón en Manila (Jofias) , en la isla de 
Luxón. — Victoria, en la isla de Negros (Jay). 
Amaboeus Gray (Reeve, Anomia ^ fig. 7). Isla de Burias 
(Cuming) . 



— 42 - 

Otras especies citadas: 

Anomia corrugata Koch. Filipinas (Paetel). 

— naviformis Joñas = Anomia penigmatica. 

— reiicularis Koch. Filipinas (Paetel). 

— rosea Gray = Anomia {enigmática. 



Género Placunanomia Broderip. 

macrochisma Deshayes (Reeve, Conch. icón. Placunano- 
mia ^ fig. 7). Cagayán (G. B. Sowerby), en la isla de 
Luzón. 



GÉNERO Flacnna Bruguiere. 

papyracea Lamarck (Reeve, Placuna, fig. 2). Isla de Sa- 
mar (Jagor). 

* Placenta Linné (Reeve, Placuna^ fig. 3). Bulacán, en la 

Bahía de Manila, Caramoan, prov. Camarines Sur, en la 
isla de Liizón. — Isla de Samar (Jagor). — Capiz, en la 
isla de Panay. 

* Sella Gmelin (Reeve, Placuna, fig. 1). Zambales, en la isla 

de Luxón. — Surigao, en la isla de Mindanao. 

Otra especie citada: 
Placuna orbicularis Retz = Placuna Placenta. 



OSTREID^ 

Género Ostrea Linné. 

* affinis Sowerby (Reeve, Conch. icón. Ostrea, fig. 75). Isla 

de Cebú. 

* Cristagalli Linné (Reeve, Ostrea, fig. 22). Filipinas 

(Jay), etc. 



- 43 - 

Ostr«a 

CliCllUata Born (Reeve, Osirea, fig. 34). Malabon en Ma- 
nila (Elera), en la isla de Luxón. — Isla de Samar (Jagor). 
— Isla de Cehú (Elera). 

* Ciimiiig'iana Bunker (Reeve, fig. 48. Ostrea ladea). Fili- 

pinas. 
deiiticiilata Born (Reeve, Ostrea, fig. 14). Isla de Samar 

(Jagor). 
echinata Quoy (Voy. Ástrolabe, Moll.,\ám 76, figs. 13 y 14). 

Filipinas (Hanley). 

* hyotis Linné (Reeve, Osirea^ fig. 7). Diiet, prov. Camarines 

Norte (Jagor), en la isla de Luxón. — Zamboanga, en la 
isla de Mindanao. — Lugbután, en la isla de Basilán. 

* imbricata Lamarck (Reeve, Ostrea, fig. 36). Isla de Cebú. 

* lugubris Sowerby (Reeve, Ostrea, fig. 63). Filipinas. 

* Mytiloides Lamarck (Reeve, Ostrea, fig. 3). Isla de Cebú 

(Hanley). — Zamboanga, (Martens, etc.), en la isla de 
MÍ7idanao. 
orieiitalis Jay (Chemnitz, Conch. Cab., 1.* edic, lám. 71, 
fig. 660). Filipinas (Jay). 

* Paiilucciíe Crosse (Jonrn. Conch. París, 1870, lám. 2, 

fig. 5; Reeve, fig. 56. Ostrea palmipes). Filipinas (So- 
iverby). 

* Pes tigris Hanley (Reeve, Ostrea, fig. 78). Isla de Luxón 

(Cuming). 

* plicata Chemnitz (Reeve, Ostrea, fig. 68). Filipinas 

(Jay, etc.). 

* pyxidata Adams y Reeve (Reeve, Ostrea, fig. 16). Filipi- 

nas (Belcher). 
rosacea Deshayes (Reeve, Ostrea, fig. 46). Isla de Samar 
(Jagor). 

Otras especies citadas: 

Ostrea cornucopice Chemnitz = Ostrea CUCllllata. var. 

— fusca Lamarck. var. Sinensis. Filipinas (Jay) = Ostrea 

Sinensis Gmelin, especie de China. 

— palmipes Sowerby = Ostrea Paulucciíe. 



— 44 — 



RESUMEN 

Las islas Filipinas se hallan situadas en el Océano Pacífico, 
desde el 5° al 20° de latitud Norte, entre la China, por el Nor- 
oeste, la Cochinchina, por el Oeste, Borneo, por el Sudoeste, 
las Célebes, por el Sur, y las Molucas, por el Sudeste. Están 
separadas de la China y de la Cochinchina por el mar de la 
China; de Borneo, por el mar de JoIó <5 de Mindoro, y de las 
Célebes, por el mar de este nombre, quedando en su costa 
oriental completamente abiertas á las corrientes del Océano 
Pacífico, pues sólo á una distancia de 20°, y casi á la misma 
latitud, existen las pequeñísimas islas que han recibido el nom- 
bre de Marianas. Las islas que constituyen el archipiélago de 
Joló son también pequeñas y forman como una barrera entre 
el mar de Joló y el mar de las Célebes, desde el extremo in- 
ferior y occidental de las Filipinas hasta la punta más oriental 
de Borneo. 

El estar colocadas las Filipinas en la zona intertropical, el 
ser muy numerosas y de diversa magnitud las islas que forman 
dicho grupo, el presentar muchas sinuosidades en sus costas, 
aguas tranquilas en distintos sitios y poco hondas, pues la pro- 
fundidad es menor de 100 brazas, son circunstancias en extre- 
mo favorables para la vida de los moluscos marinos, y así no 
es extraño que su fauna sea tan numerosa y tan notable, y eso 
que falta mucho por explorar en una región tan privilegiada 
bajo el punto de vista de sus producciones naturales. 

Mucho hicieron por el conocimiento de la fauna malacológi- 
ca de dicha región los dos célebres colectores de los moluscos 
de Filipinas: el inglés Cuming, poco antes del año 1840, y el 
español Quadras, desde 1884 (durante un período de diez y 
seis años); contribuyendo también á ello las excursiones de 
Kierulf, Hombron, Belcher, Jagor, Semper, Baranda, Fungai- 
riño, Teixidó, Martens, Mangas, Pardo, Besser, MoUendorff, 
Sánchez y otros varios, como puede ver el lector en los datos 
reunidos en el presente Catálogo, de cuyo examen resulta que la 



- 45 — 

fauna filipina es una de las más ricas y variadas del globo. Pero 
con ser tanto el número de especies allí recogidas, se puede 
decir de antemano que han de ser muchas todavía las que se 
encontrarán en aquellos mares, cuando se recorran detenida- 
mente por mayor número de naturalistas y con los poderosos 
medios que hoy tiene la ciencia para esa clase de investiga- 
ciones. 

Si la fauna de Filipinas consta ya de 4.300 á 4.500 espe- 
cies de moluscos terrestres, fluviales y marinos, con las explo- 
raciones de unas cuantas personas que sólo han trazado en sus 
viajes algunas líneas por aquellas numerosas y accidentadas 
islas, calcúlese lo que aumentará dicho número cuando se pue- 
dan examinar despacio grandes extensiones de terreno, visitar 
minuciopamente todos los senos y repliegues de las costas y 
dragar en distintos sitios y á diferentes profundidades. 

En las páginas anteriores está ya reunido y estudiado todo 
lo relativo á los moluscos marinos (sin perjuicio de continuar 
publicándolo de una manera extensa en mis Obras malacológi- 
cas), y dentro de poco aparecerá la segunda parte de este Ca- 
tálogo, que contiene la enumeración de los moluscos terres- 
tres y fluviales. Mas al terminar esta primera parte he creído 
útil dar un resumen de las localidades más ó menos conoci- 
das de las islas Filipinas , Joló y Marianas, indicando á la vez 
el número de especies halladas en cada una y el nombre del 
colector que las encontró. Creo que esta lista servirá para las 
investigaciones posteriores , porque podrá verse en seguida qué 
localidades han sido visitadas y cuáles las que restan por ex- 
plorar. 

Sin contar muchos moluscos que han sido citados de Fili- 
pinas y que no admito aún en dicha fauna, pues no me inspi- 
ran confianza esos datos por diversas razones (1), las especies 



(1) Van señalados al final de cada género; es probable que lle- 
gue á confirmarse la existencia en Filipinas de algunos, pero pue- 
de afirmarse desde ahora que no se hallarán otros muchos, por- 
que si bien las Filipinas pertenecen á la misma provincia geográ- 
fica que China, el Sur del Japón, Borneo, Ceilán, Madagascar, 
Norte de Autralia, etc., es bien sabido que parte de las especies 



— 46 — 

que constituyen hoy la fauna malaeológica marina de dichas 
islas son en número de 3.121, incluyendo en ellas 485, á las 
cuales sólo se indica por localidad Filipinas. En el índice al- 
fabético colocado al principio de este Catálogo se ha hecho la 
distribución de las especies que corresponden á cada género, 
y en el que luego sigue se indica el número de especies encon- 
tradas en cada sitio. 

Las localidades de las islas van dispuestas por orden alfabé- 
tico; pero enumero las islas por grupos, atendiendo á su mayor 
conexión entre sí por la menor profundidad que hay en las 
aguas que las separan. Las mayores profundidades existen en 
el mar de Joló y de las Célebes donde llegan á 2.550 y 2.750 
brazas respectivamente; en el estrecho de Mindoro, entre la 
isla de este nombre y la de Busuanga, alcanza la de 936 bra- 
zas; es de 500 en el estrecho de Sibutú, entre la isla Tawi- 
Tawi y Borneo; de 375 entre Bohol y Mindanao; desciende ya 
á 110 alrededor de las islas que forman el grupo de Mindoro, 
entre ellas y Luzón, Marinduque, Masbate y Panay, y es, por 
último, de menos de 100 brazas á todo lo largo de las Filipi- 
nas y Joló, desde Luzón hasta el estrecho de Sibutú, entre 
Luzón, Polillo, Catanduanes , Marinduque, Ticao, Masbate, 
Samar, Leyte, Panay, Guimarás, Negros, Cebú, Siquijor, 
Bohol, Panaon, Dinagat, Siargao, Mindanao, Sarangani, Sa- 
col, Basilán, Malanipa y todo el archipiélago de Joló. La 
parte occidental de las Filipinas, ó sea Busuanga, Cuyo, Ca- 
lamian, Paragua, Balabac y Cagayán de Joló, se halla sepa- 
rada de la parte oriental por la gran profundidad del estrecho 
de Mindoro, é igualmente del archipiélago de Joló, por la del 
estrecho de Sibutú, y está en conexión más íntima con Banguey 
y Borneo por una profundidad menor de 100 brazas, como su- 
cede entre las islas de la parte oriental de las Filipinas. 



de una provincia geográfica se encuentran en todas las regiones 
de dicha provincia, y otra parte se hallan localizadas en cada una 
de las regiones de la misma. Hecho ignorado por Elera al incluir 
en la fauna de Filipinas muchas especies que hallaba citadas de 
los países antes indicados , y las cuales no señala como existentes 
en su colección del Archipiélago! (Véase su obra). 



~ 47 — 




— 48 - 



Grupo Luzón. 

Islas Batan, Camiguín, Luzón, Polillo, Alabat, Catandua- 
nes, Raporapo, Marinduque y Corregidor. 

Especies. 



Isla Batan, entre Formosa y las Babuyanes (Elera). 2 

Isla Camigum , en las islas Babuyanes (Cuming) . . 9 
Isla de Luzón (Cuming, Besser, Meyen, Jagor, 
Baranda, Martens, Semper , Goiild, Liautaud, 
Eydoux, Gruner, Largüliert^ Quadras, Teixidó, 

Fohl, Deppe, Móllendorff, etc.) 1.131 

Abulug, provincia de Cagayán (Cummg) 2 

Agoo, provincia de la Unión (Cuming) 7 

Albay, provincia de (Cuming, Jagor , Quadras) 11 

Aparri, provincia de Cagayán (Quadras) 4 

Bacarra, provincia de llocos Norte (Cuming) 2 

Bacón, provincia de Sorsogón (Quadras) 10 

Bagac, provincia de Batáan (Quadras) 126 

Bagatao (Isla), provincia de Sorsogón (Quadras) 33 

Bauang ó Baoang, provincia de la Unión (Cuming) . . . 3 
Bangui ó Banguey, provincia de llocos Norte (Cu- 
ming) 7 

Banquíruhán(Río), provincia de Albay (Quadras). ... 3 

Batáan, provincia de (Jagor) 11 

Batangas, provincias de (Cuming ^ Quadras) 31 

Bolinao (Cabo), provincia de Zambales (Cuming, 

Quadras) 59 

Bulacán, provincia de (Quadras) 6 

Bulusán, provincia de Sorsogón (Cuming) 1 

Caba (Río), provincia de la Unión (Quadras) 2 

Cagayán, provincia de (Cuming) 10 

Caloocán, en Manila. 

Calumpit, provincia de Bulacán (Jagor) 1 



— 49 - 

Especies, 

Cand<5n, provincia de llocos Sur (Quadras) 1 

Calatagán, provincia de Batangas (Qimdras) 8 

Camarines, provincia de (Quadras) 1 

Candelaria (Puerto de la) prov. Zambales (Quadras). 8 
Caramoan , provincia de Camarines Sur (Quadras) . . 7 
Casigurán (Playa de), provincia de Sorsogón (Qua- 
dras) 2 

Catalangán (Río), provincia La Isabela (Quadras) . . 2 

Catanauan, provincia de Tajabas (Cuming) 37 

Cavite, provincia de Cavite (Cuming , Martens).. . . 56 

Cayogno en Ternate. 

Currimao (Puerto), provincia llocos N. (Cuming, 

Quadras) 14 

Daet, provincia Camarines Norte (Jagor) 11 

Daraga ó Cagsaua (Río), provincia de Albay (Jagor). 2 

DigoUorín, provincia La Isabela (Quadras) 3 

Gubat, provincia de Sorsogón (Quadras) 4 

Hermita en Manila. 

Iba, provincia de Zambales (Cuming) 3 

llocos Norte y Sur, provincia de (Cuyning, Quadras). 15 

La Unión, provincia de la Unión (Quadras) , ...... 35 

Legaspi, provincia de Albay (Jagor) 8 

Lucena , provincia de Tayabas (Quadras) 5 

Malabón en Manila. 
Malate en Manila. 

Mambulao, provincia Camarines Norte (Jagor) 36 

Manhan ? (C. Semper) 1 

Manila (Besser, Meyen, Cuming, Baranda, Martens, 
Quadras, Gould, Liautaud, Fohl, Eydoux , Dep- 
pe, Gruner, Largilliert, Müllejidorff , Teixidó, 

etcétera, etc 409 

Mariveles, provincia de Batáan (Jagor, Quadras, 

Mollendorff) 78 

Matnog, provincia de Sorsogón (Cuming) 19 

Morón ó Morong, provincia de Batáan (Quadras) . . . 101 

Naic, provincia de Cavite (Elera) 9 

Narvacán, provincia llocos Sur (Quadras) 13 

Eev. Acad. Ciencias.— III.— Julio, 1905. á 



— 50 - 

Especies. 



Nasugbú, provincia de Batangas (Sánchez) 67 

Orion, provincia de Batáan (Cuming) 4 

Paguindin, provincia La Isabela (Quadras) 3 

Palanan, provincia La Isabela (Quadras) 9 

Pangasinán, provincia de (Quadras). 3 

Panimán (Ensenada de) Quadras 4 

Paracale, provincia de Camarines Norte (Jagor). ... 16 
Parañaque en Manila. 

Pasacao, provincia Camarines Sur (Cuming, Jagor). 25 
Pasig (Río) en Manila. 

Pasiguing, provincia llocos Norte (Cuming) 4 

Patrocinio, provincia de Albay (Jagor) 4 

Punta Restinga, Provincia de Cavite (Quadras). ... 4 

Puteao, provincia de Albay (Cuming) 13 

San Bernardino (Estrecho de) Quadras 1 

San Esteban, provincia de llocos Sur (Cuming, Qua- 
dras) , 6 

San Fernando, provincia La L^nión (Quadras) 2 

San Juan, provincia de llocos (Quadras).. . 1 

San Juan de Bocboc , provincia de Batangas (Qua- 
dras) 4 

San Miguel, provincia de Albay (Cuming, Jagor).. . 6 

Santa Cruz, provincia de Manila (Cuming, Quadras). 22 
Santa Lucía en Manila. 

Sargassinan (Es Pangasinán?) Cuming 1 

Sedeira en Manila. 

Sinait, provincia llocos Norte (Cuming) 3 

Sinay, provincia de Vigán? (Quadras) 5 

(Estas dos localidades deben ser una misma) 
Sorsogón, provincia de Albay (Cuming, Baranda, 

Quadras) 54 

Sual, provincia de Pangasinán (Cuming) 12 

Subic 6 Subig, provincia de Zambales (Jagor, Qua- 
dras) 15 

Taal, provincia de Batangas (Quadras) 12 

Tabaco, provincia de Albay (Quadras) 4 

Tayabas, provincia de (Quadras) 36 



- 51 — 

, Especies. 

Ternate, prov de Cavite (Qiiadras) 103 

Tiabasan (Río) en Bosoboso (Quadras) 2 

Ticnoan (Río) provincia la Isabela (Quadras) 2 

Tiui, provincia de Albay (Quadras) 1 

Tondo en Manila. 

Vigán, provincia llocos Sur (Quadras) 1 

Zambales, provincia de (Quadras) 9 

Yagua^ provincia de Albay (Jagor) 1 

Isla Polillo (Porte).. 4 Isla Cat and lian es 

Isla Alabat (Quadras) 46 (Quadras) 50 

Isla Rapompo ó Ba- ^°^*^° (Quadras). 1 

pnrapn (Quadras.). 1 ^^''^ '^""^ Corregidor 

(Cutning) 69 

Isla de 3Iarinduqne (Quadras). 362. 

Banalacan (Isla) (Qua- Laylay en Boac. 

dras) 77 Madlaog (Quadras) ... 1 

Balaring (Quadras) ... 10 Malibago (Quadras).. . 4 

Balugo (Quadras). ... 5 Mampao (Quadras) ... 9 

Boac (Quadras) 151 Masiga (Quadras) ... 1 

Buliasnin (^^Maí//-a.sj. . . 1 looc (Pimta) (Quadras) 10 

Biinganay (Quadras). . 3 Sabán (Quadras) 7 

Cauit (Quadras) 8 Santa Cruz (Quadras). 1 

Gasán (Quadras) 9 Tabigui en Boac. 

Ijatob (Quadras). .... 4 Torrijos (Quüdras). ... 7 

Grupo Mindoro. 

Islas Lubán, Mindoro, Ilín, Panagatan, Tablas, Romblón, 
Lugbón, Sibuyán y Burias. 



Isla Lnbán (Quadras) 70 Isla Ilín (Quadras) . . 1 

Isla de 3Iindoro (Cuming, Quadras). 332. 

Bacó (Quadras) 1 Buogao (Quadras) 1 

Bongabon (Quadras). . 1 Calapán (Cuming) 36 



- 52 - 

Mansalay (Quadras) . . 1 Puerto Galera (Cuming 
Nauján (Quadras) .... 88 y Quadras) 38 

Isla Paiiagataii (Cu- Isla Lugbóii (Qua- 
ming) 1 dras) 54 

Isla de Tablas (Quadras). 95. 

Agcalatao en Badajoz. Looc (Quadras) 16 

Bacjauan en Badajoz. Lanitnón en Odiongán.. 

Badajoz (Quadras). ... 55 Odiongán (Quadras) . . 10 

Calatrava (Quadras) . . 9 Salado (El) en Odiongán. 
Hambulón en Looc. 

isla de Romblón Isla de Burlas (Cu- 
(Quadras) 68 ming) 103 

Isla de Sibuyán (Quadras). 47. 
Cajidiocán (Quadras).. 10 Magallanes (Quadras) . 36 

Grupo Negros. 

Islas Ticao, Masbate, Panay, Guimarás, Negros, Bantayán, 
Cebú, Siquijor, Panglao, Bohol, Ley te, Limansaua, Panaon, 
Samar y Capul. 

Isla Ticao (Cuming). 257 S. Jacinto (Chierchia)., 2 

Isla de Masbate (Cuming, Jagor, Quadras). 194. 

Magdalena (^Q?/aí/raí;^. . 4 '^ aro (Quadras) 25 

Mobo (Quadras) 13 Palanóc (Quadras). ... 25 

Isla de Paiiay (Cummg, Quadras). 97. 

Antique (Quadras).... 20 l\o-l\o (Cu7?iing, Qua- 

Capiz Quadras) 33 dras) 21 

Dingle (Río) Cuming.. 2 Pilar (Quadras) 5 

Isla Guimarás (Cuming). 33. 
Nagaba (Cuming) .... 6 



- 53 - 



Isla de Negros (Cuming, Meyer, Mariensy Quadras). 203. 



Arguelles (Quadras) . . 


14 


Ginijerán (Cuming). . . 


2 


Bacolod (Quadras) . . . 


4 


Guihulgna (Quadras). . 


8 


Bais (Cuming) 


18 


Himalalud (Quadras). . 


21 


Binalbagán (Quadras) . 


1 


Jimamailán (Cuming).. 


10 


Cabancalán (Quadras). 


2 


Mambucal en Murcia 




Cádiz Nuevo (Quadras) 


1 


(Quadras) 


1 


Calatrava (Quadras) . . 


1 


Manapla (Quadras). . . 


10 


Dumaguete (Cuming) . 


22 


Tanhay (Cuming) 


3 


Escalante (Quadras) . . 


10 


Victoria (Quadras) . . . 


1 



Isla Santa Fé de Bantayán (Cuming, Quadras). 14. 

Isla de Cebú (Cuming^ Tripe, Quadras^ KocJi, Schneider, 
Müllendorff, Fortihe, P. P. Paides). 



Badián (Quadras) . . . , 

Barili (Quadras) 

Barrio (Fortihe) 

Boljoon (Cuming).. . . . 
Daan- Bantayán (Qua- 
dras) 

Dalaguete (Cuming). . 
Giloctoc (Quadras) . . . 



906. 

1 MedieVán (Quadras) .. . 2 

3 Naga (Quadras) 2 

7 Pinamalayán C'Q¿/ac?msy 1 

4 'P\n2imonQ.y3.\\( Quadras) 13 
San Joaquín (Quadras) 1 

1 San Nicolás (Cuming). 63 

11 Sibonga (Cuming). ... 16 

12 Tabogón (Quadras). . . 1 



Isla de Siquijor (Cuming, Quadras, Molletidorff). 47 



Lacy (Quadras). . 
María (Quadras) . 



1 

7 



San Juan (Quadras), . . 



Isla de Boliol (Cuming, Quadras, Koch). 228. 



Antequera (Quadras). . 1 

Baclayón (Cuming).. . 25 

Dauis (Moralde) 21 

Guindulman (Cuming). 14 

Ipil (Quadras) 1 

Jacna (Cuming) 6 



Loon (Cuming, KocTc). 
Sierra Bullones (Qua- 
dras) 

Tagbilarán (Quadras). . 
Talibón (Quadras).. . . 
Tamar (Quadras) 



Loay (Cuming) 15 Ubay (Quadras), 



6 

1 
1 
6 
1 

1 



— 54 — 



Isla de Leyte (Quadras). 66. 



Cabal i án (Quadras) ... 1 

Hinayangan (Quadras). 8 

Inopacan (Quadras) . . 4 

Maasin (Quadras) . ... 1 

MaVúhog (Quadras).. . 10 

Matalón (Quadras). . . 2 



Paiompón (Qaad7-as).. 12 
Saob en Cabalian. 

Taclobán (Quadras) . . . 32 

Tagbag (Quadras) .... 3 

Tanauang (Quadras). . 1 



Isla (le Samar (Cuming, Jagor, Quadras, Elera). 263, 



Basay ó Basey (Cu- 
ming) 18 

Borongan (Jagor) 15 

Calbayóg (Cuming). . . 3 

Catarman (Río) Jagor. 1 

Isla Paiiglao (Qua- 
dras) 2 

IslaLimansaiia (Qua- 
dras) 7 



Catbalogán (Cuming). 48 

Lauang (Quadras) . . . . 1 

Loquilocon (Río) Jagor. 1 

Taho (Elera) 1 

Salangán (Jagor) 1 

Isla Panaoii (Qua- 
dras) 7 

Isla Capul (Cuming). 88 



Grupo Mindanao. 

Islas Camiguing, Cagayancico, Mindanao^ Sacól, Saranga- 
ní, Malanipa, Basilán, San Rafael. 



Isla CamigiiíiigYCw- Isla Cagayancico 

ming) 3 ( Quadras) 5 

Isla de Mindanao (Cuming, Belcher, Fungairiño^ Mariens., 

Quadras, Smith, Watson, C. Semper, Teixidó, P. San- 
chex, P. Diego). 911. 

Ayala (Quadras) .... 12 Balingasag (Quadras). 21 

Balagnan (Isla) Qua- Batanan (Isla) Quadras. 1 

dras 36 Bislig (C. Semper). ... 1 

Balauan (Isla) Quadras,. 68 Butuan(Río) en Surigao. 



- 55 - 

Cacagsu (Cuming). ... 1 Misamis (Ciiming). . . 7 

Cagayáa (Cuming) ... 84 Placer (Quadras) .... 63 

Cagbabatán en Placer. Pollok (Fangairiño) . . 1 

Calumangáo (Isla) Qua- Portolin (Quadras) ... 7 

dras 38 Quinuguitan (Quadras) 17 

Candac (Quadras) .... 1 Saguisí (lú^)( Quadras) 95 

Caraga (Quadras) .... 3 Salay [Quadras) 83 

Casan en Misamis. Santa María {Fungai- 

Cayauan (Isla) Quadras 21 virio). 8 

Cimasana (C. Semper) . 1 Surigao (Cuming, -Qua- 

Cortés en Tandag. dras) 184 

Dapitan (Quadras) . . . 211 Tagana-an (Quadras) , 14 

Davao (P. Diego) .... 16 Tagoloan (Quadras).. . 1 
Gig&qmt (Quadras ).. . 17 Talavera en Tagana-an. 

Jin'úuSíQ ( Quadras). . . 30 TaWsayán (Quadras). . 8 

Lenguinao en Tandag. Tandag (P. Sánchez). . 24 
Mainit (Quadras) .... 1 Tayaga en Gigaquit. 
Masingloc ( Quadras) . 1 Tigao en Tandag. 

Miiúagás (QuadrasJ . . 1 Tinago (Isla) ^?¿rtf/ms. 34 
Zamboanga (Cuming, Martens, Fungairiño , Teixidó, Qua- 
dras, Watson, C. Semper). 304. 

Isla Sacól (Q ¿ladras). 1 Isla Saraiigaiií (Qua- 
dras) 13 



Isla Basiláu (Belcher^ Mangas) . 44. 



Calabaza (Mangas) . . . 
Cumalarang (Mangas) . 
La Isabela (Mangas). . 



9 Lugbután (Mangas). ... 8 

5 '^laúci.n (Mangas) 1 

5 Panigayán (Mangas) ... 3 



Isla Malaiiii)a ( Watson, Smith, Mangas). 20. 
Isla de San Rafael (Pardo). 24. 



56 - 



Grupo Paragua. 

Islas Cuyos, Busuanga, Calamianes, Paragua 6 Palawan , 
Balabac, y Cagayáu de Jold. 

Isla Busuanga (Quadras). 22. 

V^mix\2iXi ( Qiiadras). . . . 5 Muidlo (Quadras). ., . 9 
Dumuyog {Quadras). . . 2 

Isla Cuyo (Quadras) . . 37 Isla Cagayán de Joló 

(Belcher) 1 

Islas Calamianes (Quadras). 45. 

Bisucay (Isla) Quadras. 24 Sangat (Isla) Quadras. 1 

Culión (Isla) Quadras. 9 

Isla de la Paragua 6 Palawan (Quadras). 233. 
Bacauan (Isla) en Ulugán Iguahit ó Puerto Princesa 

Bintuan (Quadras). . . 15 (Quadras) 103 

Canigarán en Puerto Rita (LsIsl) Quadras .. . 40 
Princesa. Ulugán (Bahía de) Qua- 
dras 36 

Isla Balabac (Quadras). 252. 

Balabac (Punta) Qua- Dalawan (Quadras).. . 5 

dras 62 Melville (Cabo) Qua- 

Clarendon (Quadras).. 1 dras 1 

Grupo Joló 

Islas Joló, Mangsi, Marongas, Menusa, Pilas, Siasi y 
Tawi-Tawi. 

Isla Joló (Belcher, Quadras, Fardo, Farges). 171. 

Mangsi (Isla) (tOZí/c?. . . 1 Menusa (Isla) Q^'^acíros. 13 

Marongas (Isla) Qua- Pilas (Isla) Fardo 3 

dras 9 Siasi (Isla) Pardo 10 

Tawi-Tawi (Isla) Fardo 3 



- 57 — 



Grupo Marianas. 

Isla de Giiam, Guaham 6 Giiajan [Quoy, Quadras, 

FreycenetJ. 234. 



Agaña (Quadras), Frey- 

cenet . . . . 

Agat (Quoy, Quadras). 
A naga (Quadras) . , . . 

Asan (Quadras) 

Aspurguan (Quadras). 

Daño (Quadras) 

Ilic (Quadras). ...... 

Inarajan (Quadras). . . 



Retillán (Quadras).. 

12 Sumay (Quadras) . . 

32 Tarafofo (Quadras). 

1 Taraga (Quadras) . . 
4 Toceha (Quadras). . 

50 Torgoyay (Quadras) 

2 Umata (según Quoy) 

2 Omata (según Qua 

3 dras. 



24 
18 
1 
1 
1 
7 

14 



Todas las noticias reunidas en las páginas de este Catsílogo 
sobre los moluscos marinos de Filipinas, no hacen más que 
confirmar un hecho ya establecido, y es que dichas islas cons- 
tituyen una región de la gran provincia geográfica Indo-Pací- 
fica. Los límites de ésta son: por Occidente, la costa oriental 
de África y el Mar Rojo, y por Oriente, las últimas islas de 
Oceanía, es decir, un espacio de lOO"' de longitud por 45° de 
latitud, correspondientes éstos á la zona intertropical del Pací- 
fico. En ese espacio, y bañadas por las aguas de dicho mar, es- 
tán comprendidas las costas orientales de África, menos el ex- 
tremo Sur de este continente, las islas de Madagascar , Mauri- 
cio, Borbón y las Seychelles, el Mar Rojo, el golfo Pérsico, 
las costas de la India, las islas Maldivas y Ceilán, la penínsu- 
la de Malaca, las islas de Sumatra, Java, Flores, Timor, Bor- 
neo, Filipinas, Joló, Célebes, Molucas, Nueva Guinea y Nue- 
va Caledonia, el Norte de Australia, las costas de China y Co- 
chinchina, las islas Formosa y Loo Choo, la costa occidental 
de Corea, el Sur del Japón, las iblas Marianas, Carolinas, Tai- 
tí, Sandwich y todas las restantes de la zona intertropical de 
Oceanía. 

En esta gran provinciia geográfica es muy variada y numero- 



- 58 — 

sa la fauna de moluscos marinos, y si bien hay especies más ó 
menos localizadas en las diferentes regiones que la constituyen, 
otras muchas tienen una distribución muy extensa, pues se ha- 
llan á la vez en los puntos extremos y en los intermedios, como 
en la isla Mauricio, el Mar Rojo, las Filipinas, el Sur del Ja- 
pón, el Norte de Australia y las islas más remotas del Pacífico. 
Fischer da en la pág. 158 de su Manuel de Conchyliologie una 
lista de 21 especies que presentan esa ubicuidad, lista que pue- 
de aumentarse hoy día con otros ejemplos semejantes y en lo 
sucesivo con mayor número aún, á medida que se vayan estu- 
diando las faunas de todas las regiones. Las especies localiza- 
das, ó viven en una sola región, ó se extienden únicamente á 
las regiones más próximas. Como varían algo las condiciones 
de los países comprendidos en la provincia Indo-Pacífica, por 
su situación, la naturaleza del terreno, la profundidad de las 
aguas, la existencia de arrecifes de coral, las corrientes mari- 
nas, la temperatura, la orientación, etc., diversas resultan tam- 
bién las condiciones de existencia de los moluscos, y de ello 
proviene que unas faunas sean más abundantes en especies que 
otras, aun cuando se hayan explorado de una manera se- 
mejante. En la provincia Indo- Pacífica la región que tiene y 
tendrá siempre la supremacía por sus especiales condiciones, 
es la de las islas Filipinas, cuya fauna malacológica marina 
llega en el momento presente á más de 3.000 especies (1), 
(Hidalgo), número que irá aumentando según se vayan reco- 
rriendo los infinitos sitios en que aun no han penetrado los na- 
turalistas europeos. Sigue en importancia la del Japón, con más 
de 2.000 especies (Pilsbry); la Nueva Caledonia, con 2.500, se- 
gún Fischer (todas marinas?); las islas del Sur de África, con 
1.200 (Martens); el Golfo Pérsico, con 900 (Melvill), sin contar 
los pelecipodos; el Mar Rojo, con más de 800 (Mac Andrew); 
el estrecho de Torres, en Australia, con 500 (Melvill y Stan- 
den); la Indo-China, con otras 500 (Fischer); las Maldivas, 
con 380 (Smith); las Marianas, con 234 (Hidalgo), y con me- 



(1) Descontadas algunas fluviales que no se han separado en 
la familia de los Nerítidos. 



— 59 — 

nos aún, por falta de investigaciones ó de reunión de datos 
dispersos, los otros países que antes se han enumerado. 

Comparando la fauna de Filipinas con la de los demás paí- 
ses, se observa que existen en el Archipiélago filipino la mitad 
de las especies que viven en las islas del Sur de África, en 
el Mar Rojo y en la Indo China, las dos quintas partes de los 
moluscos del Estrecho de Torres, la cuarta parte de los del 
Golfo Pérsico y sólo la octava de los hallados en el Japón. La 
situación de esta gran isla, muy ascendente en latitud de una 
manera oblicua, y ya fuera de la zona intertropical, imprime á 
su fauna un carácter diferente y sólo en su parte Sur es donde 
se presentan varias especies de las que viven en Filipinas. La 
mayor parte de los moluscos de Loo Choo se encuentran en el 
Archipiélago filipino, según la lista de la colección Stearns, 
dada por Pilsbry; lo mismo sucede con la fauna de las Molu- 
cas, juzgando por las láminas de la antigua obra de Rumph; 
con las islas Maldivas, según el catálogo de Smith, y con las 
islas de Joló y Marianas. Es indudable que en Borneo , Java, 
Sumatra, Timor, Ceilán y Nueva Guinea, además de las espe- 
cies locales, existirán muchas de las de la fauna filipina; pero 
no conozco aún publicaciones sobre dichas islas tan completas 
como las que ya existen respecto á los demás países antes men- 
cionados (1). 

Para terminar mi trabajo, recordaré aquí que en la fauna de 



(1) Los que deseen enterarse más especialmente de la distriba 
ción geográfica de los moluscos marinos de la provincia Indo-Pa- 
cífica , pueden consultar los libros citados en la pág. 157 del Ma- 
nuel de Conchyliologie deFischer, y además los siguientes: 
Cooke, Test. moUusca obtained by R. Mac Andrew in the Gulf of 

Suez. London, 1855-1850. 
Daidzenberg , Faune malac. des íles Sechelles. París, 1893. 
— Liste de molí, marins des iles Glorieuses. Nantes , 1895. 
Bunker , Index mollusc. maris Japonici. Kassel, 1882. 
Fischer, Cat. et disLrib. geograph. des molí, de l'Indo-Chine. Au- 

tun,1891. 
Frauenfeld , Beitrage zur faune der Nicobaren. Wien., 1869. 
Hidalgo, Noticia sobre las faunas malac. de Joló y Marianas. Ma- 
drid, 1905. 



— 60 - 

Filipinas unos géneros presentan gran desarrollo en cuanto al 
número de especies que viven en dichas islas, y otros, por el 
contrario, apenas ofrecen representantes de los mismos. 

Entre los primeros encontramos el género Vertagiis , con 14 
especies; Scintüla, con 29; Spondijlus , con 32; Ricinula, con 
36; Tritón, con 49; Terebra, con 52; Natica, con 57; 
Cyprosa, con 73; Tellina, con 93; Nassa, con 120; Conus, 
con 162, y por último, las Mitra, con 211 especies! 

De los segundos presentan un número insignificante de es- 
pecies las Voluta (4), Turritella (2), Siphonalia (1), Pate- 
lia (9), MargÍ7ieUa (6), Fissurella (1), Fusus (9), etc., etc. 

Hay, sin embargo, otros géneros, poco numerosos en espe- 
cies, pero que están representados casi en totalidad en las Fi- 
lipinas, como, por ejemplo, los géneros Argonauta, Pterooera, 
Tridacna, Narica y Stomatella. 

Por último, se han citado de Filipinas algunas especies de 
faunas muy distintas, entre ellas el Murex rufus, la Cassis 
Wyvillei = Cassis Coronadoi, la Cgprcea qtíadripunctata, la 
Martesia striata, la Callista squalida, la Lucina borealis , la 
Arca láctea^ etc. En algunas ha sido posible la introducción 
casual, y tal vez la aclimatación; en otras hubo, indudablemen- 
te, cambio de las etiquetas de localidad. 



Algunos datos olvidados involuntariamente, y otros adquiri- 
dos después de la impresión de los géneros respectivos consti- 



Issel, Malacologia del Mar Rosso. Pisa, 1869. 
Ltschke, Japanische Meeres-Conchylien. Cassel, 1869-1874. 
Man, Mollusques de Madagascar. Leyde, 1877. 
Martens , Die Mollusken der Maskarenen. Berlín, 1880. 
Melvill, The marine mollusca of Bombay. Manchester, 1893. 
Mélvill y Standen, Mollusca of Torres Straits. London, 1899. 
Melvill y Standen, Molí, of the Persian Gulf. London, 1901. 
Pilshry, Cat. of the marine mollusks of Japan. Detroit, 1895. 
Rumph, Amboinischen raritaten-Kammer von schnecken und 

muscheln. Wien. 1765. 
Smith , Marine mollusca Maldive and Lacadive (sin fecha). 
Sturany, Lamellibranchiaten und Gastropoden des Rothen Mee- 

res. Wien. 1899 y 1903. 



- 61 - 

tuirán un pequeño apéndice al final de la segunda y última par- 
te de este Catálogo. 

Obras consultadas. 

Unas 1.700 cuyos títulos se enumeran en las páginas 273 
á 1.025 de la parte 2.* de mis Obras malacológicas , y otras ad- 
quiridas con posterioridad; pero más especialmente aquellas en 
que hay datos sobre la fauna filipina, como las consignadas 
en las páginas 1 á 3 de este Catálogo. 

Obras citadas. 

• 

En cada una de las especies se indica, al menos, una buena 
figura ó descripción que dé idea completa de sus caracteres, y 
los libros que han servido mejor para este objeto, son los si- 
guientes: 

AdaillS y Reeve, The Zoology of Voyage of Samarang, 1 vo- 
lumen con láminas. London, 1848. 
Adíims, H. y A. The genera of recent mollusca^ 2 vol. con lá- 
minas. London, 1853 á 1858. 
American Journal of Concliology, por Tryon, 7 volúme- 
nes con láminas. Philadelphia^ 1865 á 1872, 
Annals of Natural History, por Jardine..., 86 vol. con lá- 
minas. London, 1838 á 1880. 
Berg'll, Bullacea en Semper, Reisen in Archipel der Philip- 

pinen, 1 vol. con atlas. Wiesbaden, 1901. 
Bertin, Revisión des Tellinidae du Museum d'Histoire natu- 

relle, 1 vol. con atlas. París, 1878. 
Bertin, Revisión des Garidées du Museum d'Histoire natu- 

relle, 1 vol. con atlas. París, 1880, 
Bianconi, Specimina zoológica Mosambicana^ con láminas 
(En las Mem. della Acad. delle science dellTstituto di 
Bologna) , 1850 á 1864. 
Blainville, Disposition methodique des especes recentes et 
fossiles des genres Pourpre, Ricinule , etc. . 1 vol. con at- 
las. París ^ 1832. 



- 62 — 

BlllTOW, Elements of Conchology, 1 vol. con atlas. Loa- 
don, 1844. 

Cheimiitz, Neues systematisches Conchylien-Cabinet, 12 vo- 
lúmenes con atlas. Nürnberg, 1768 á 1829. 

Chemilitz, 2.^ edición, 500 entregas con láminas. Nürnberg, 
1841 á 1905. 

Chenu, Manuel de Conchyliologie, 2 vol. con figuras. París, 
1859 y 1862. 

Chenu, lUustrations Conchyliologiques, 85 entregas con lá- 
minas. París, 1842-1858. 

Delessert, Recueil des coquilles decrites parLamarck, 1 vo- 
lumen con láminas. París, 1841. 

Desliayes, Catalogue des mollusques de File de la Reunión, 
1 vol. con láminas. París, 1863. 

Duelos, Genre Olive et genre Colombelle, 1 vol. de atlas. 
París, 1835. 

Ducros Saint Germain, Revue critique du genre Oliva, 
1 vol. con láminas. Clermont, 1857. 

Dunker, Novitates Conchologicae. Mollusques marins, 1 vo- 
lumen con láminas. Cassel, 1858 á 1870. 

Dunker, Index molluscorum maris Japonici, 1 vol. con lámi- 
nas. Kassel, 1882. 

Encyclopedie metliodique , Mollusques, por Bruguiere, La- 
marck y Deshayes, 8 vol. con láminas. París 1789 á 1832. 

Grateloup, Memoire sur plusieurs espéces de coquilles nou- 
velles, 1 vol. con láminas. Bordeaux, 1841. 

Hanley, Ipsa Linnaei Conchyiia, 1 vol. con láminas. Loa- 
don, 1855. 

Hanley, An illustrated and descriptive catalogue of recent 
bivalve shells, 1 vol. con láminas. London , 1842-1856. 

Hidalgo, Obras malacológicas. Parte I, tomo II. Madrid 1903. 

Hinds, The Zoology of the Voyage of Sulphur, MoUusca, 3 
partes con láminas. London, 1844 á 1845. 

Hombron et Jaequinot, Voyage au Pole Sud. Mollus- 
ques por Rousseau. 1 vol. con láminas. París, 1854. 

Jaln'büelier der deutschen 3Ialakoz. Gessellsehaft. 14 
tomos con atlas. Frankfurt am Main, 1874-1888. 



- 63 — 

Journal de Coiicliyliologie, por Bernardí, Fisclier, 
Crosse, etc. 52 vol. con atlas. París, 1854 á 1904. 

Kieiier V Fisclier, Species general et iconographie des 
coquilles vivantes. 165 entregas con láminas. París (sin 
fecha) . 

Liscllke, Japanische meeres-conchylien, 3 vol. con láminas. 
Cassel, 1869 á 1874. 

Magasiii de Zoologie, Mollusques. 4 vol. con laminas. 
París, 1830 á 1845. 

3Iarrat, On some proposed new forms in the genus Xassa. 1 
folleto con lamina. Liverpool, 1877. 

Marrat, On the varieties of the shells belonging to the genus 
Nassa. 1 folleto. Liverpool, 1880. 

3Iartens, Süss-und Brackwasser Mollusken des Indischen 
Archipels. 1 vol. con láminas, 1897. 

MarteiiS, Conchologischen Miscellen. 3 partes con láminas. 
Berlín, 1897 á 1899. 

3IelviU. Notes on the subgenus Cylinder of Conus. 1 folleto 
con lámina. London, 1886. 

Naclisritelitsblatt der deiistcbeii Malakozoologischen 
Gessellschaft. 36 vol. Frankfurt a. M. 1869-1904. 

Proeeedings of the Zoological Society of London, 
London. Años 1830 á 1904. 

Proeeeding's of the Malaeological Society of London. 
6 vol. con láminas. London, 1893 á 1905. 

Philippi, Abbildiingen und Beschreibunge neuer Conchylien. 
3 vol. con láminas. Cassel, 1842 á 1850. 

Quoy et Gaimard, Voyage de TAstrolabe, Mollusques. 2 ve- 
lámenes con láminas^ 1832 á 1835. 

Reeve y Sowerby, Conchología icónica. 20 vol. con lámi- 
nas. London, 1843 á 1878. 

Roenier, Monographie der molluskengattung Venus. 2 volú- 
menes con láminas. Cassel, 1864 á 1872. 

Schwartz , Uber die familie der Rissoiden. 2 partes con lá- 
minas. Wien, 1860 y 1864. 

Sniith, Diagnoses of new species of Pleurotomidse. 4 partes. 
London. 1877 á 1888. 



~ 64 — 

Smith, Voyage of Challenger, Lamellibranchiata. 1 vol. con 
láminas. London, 1885. 

Souleyet, Voyage autour du monde sur la Bonite. Zoologie. 
1 vol. con láminas. París, 1852. 

Sowerby , Genera of recent and fossil shells. 2 vol. con lámi- 
nas. London, 1824. 

SoAverby, Conchological Manual. 1 vol. con láminas. Lon- 
don ,"^1842. 

Sowerby, Thesaurus conchyliorum. 5 vol. con láminas. Lon- 
don, 1842 á 1877. 

Sowerby, The Conchological illustrations. 2 vol. con láminas. 
London, 1832 á 1841. 

The Coiieliologist, por Collinge, 2 vol. con láminas. Lon- 
don, 1891 á 1893. 

The .Journal of Malaeology, por Cullinge, 8 vol. con lámi- 
nas. Birmingham, 1894 á 1904. 

The .Touriial of Conchology, por Taylor, 10 vol. con lámi- 
nas. London, 1879 á 1905. 

Tryon y Pilsbry, Manual of Conchology. 34 vol. con lámi- 
nas. Philadelphia, 1879 á 1905. 

Watson, Voyage of Challenger, Scaphoda and Gasteropoda. 
1 vol. con láminas. London^ 1886. 

Wootl, Index testaceologicus. 1 vol, con láminas. Edición 
Hanley. London , 1856. 

Zeitsclirift fiir Malakozoologie, por Menke y Pfeiffer. 10 
volúmenes. Cassel, 1844-1853. 
Y otros cuatro ó cinco de menos importancia, que no he 

visto, y cuyas citas se han hecho bajo la fe de reputados 

autores. 

FIN DE LA PRIMERA PARTE 



— 65 - 



II.— Análisis de las aguas potables. 

Por D. Gabriel de la Puerta. 



El análisis completo de las aguas potables comprende mu- 
chas operaciones que pueden resumirse en las siguientes: 

1.* Toma del agua. 

2.^ Caracteres físicos y organolépticos. 

3.^ Oases disueltos, expresando la cantidad de cada uno 
en litro de agua. 

4.** Residuo seco á 110° y Residuo al rojo oscuro. 

5.^ Orados hidrotimétricos totales y después de la ebu- 
llición del agua. 

6.^ Sales y pri?icipios fy'os, expresando la cantidad en li- 
tro de agua, de cloro, anhídrido sulfúrico, anhídrido carbóni- 
co, cal, magnesia, sosa, sílice^ etc. 

7.* Materias orgánicas. 

8.* j^itritos (nitrógeno nitroso) y nitratos (nitrógeno ní- 
trico). 

9.^ Amoníaco libre 6 salino (nitrógeno amoniacal). 

10. Ainoníaco albuminoide (nitrógeno albuminoide). 

11. Examen microscópico del fondo del agua, después del 
reposo. 

12. Análisis bacteriológico^ indicando el número de colo- 
nias, en centímetro cúbico de agua, formadas por el cultivo, y 
especificando si hay bacterias patógenas ó sospechosas. 

Además puede agregarse para un estudio más completo: 

Coeficiente de alterabilidad del agua. 

Acción fisiológica. 

Estudio geológico del terreno donde brotan las aguas. 

Captado y canalización. 



Eev. Acad. Ciencias.— III.— Julio, 1905. 



- 66 



Toma del agua. 

Deben adoptarse las mayores precauciones para que el agua 
no adquiera materia alguna extraña á su estado natural. 

Las botellas 6 frascos deben ser nuevos y perfectamente 
limpios, lavándolos antes de recoger el agua con la misma de 
la muestra. Los corchos deben ser también nuevos y bien la- 
vados antes con la misma agua, siendo preferible emplear fras- 
cos con tapón esmerilado, especialmente para el agua destina- 
da á la determinación de la materia orgánica, al examen mi- 
croscópico y análisis bacteriológico, debiendo además estar es- 
terilizados para este objeto, como se dirá en el capítulo corres- 
pondiente. 

El agua debe recogerse no en la superficie, sino en la parte 
media, en los depósitos, pozos y ríos, y si se extrae con bom- 
ba, ó sale por caño, esperar unos diez minutos ó más á que 
salga primero alguna cantidad de agua. 

Las botellas ó frascos deben llenarse completamente de 
agua, sin dejar espacio con aire. En el laboratorio deben co- 
locarse en sitio fresco, al abrigo de la luz y no demorar el aná- 
lisis, sobre todo de las materias orgánicas y bacterias, por las 
alteraciones que experimentan. 

La cantidad de agua para un análisis detenido lia de ser de 
«nos 15 litros, y para el análisis rápido bastan 2 litros. 

Caracteres físicos y organolépticos. 

El agua potable debe ser incolora, transparente, limpia, sin 
olor ninguno, ni sabor especial desagradable. También ha de 
ser fresca, de 10*^ á 15° de temperatura, y sin variaciones 
notables. 

Hay aguas potables con viso azulado, llegando á acentuarse 
tanto el color en algunas, que reciben el nombre de aguas azu- 
les ó cárdenas, como pueden verse en las montañas de Guada- 
rrama, de las que es notable una fuente que examiné en 1894 
en una finca de D. Germán Gamazo , cei^a de la estación de 



— G7 — 

Torrelodones. Estas aguas son, en general, buen"is, y su color 
azulado es debido á la existencia en ellas de diatomeas y otras 
algas microscópicas (1), siendo también algo opalescentes, lo 
cual se debe á la sílice ó silicato de alúmina, que en corta can- 
tidad contienen, en estado coloide. 

Nuestro colega Sr. Muñoz del Castillo, que tan notables tra- 
bajos está haciendo acerca de la radio-actividad de varios mi- 
nerales y aguas de España, ha observado que el agua cárdena 
del pueblo de Torrelodones posee la propiedad de ser radio- 
activa. 

Las aguas que tienen color amarillo, rojizo 6 verde, son 
malas. 

Densidad. — No suele indicarse la densidad de las aguas po- 
tables; pero la que he encontrado en varias que he analizado 
(de León, Perales de Tajuña, San Sebastián, Casa de Campo) 
ha sido de 1,0003 á 1,0004, determinada por el picnómetro 6 
frasco de densidades, y también con la balanza de Westphal. 
Debe advertirse la temperatura á que se determina la densidad, 
porque puede ocurrir en un agua con pocas sales, que parezca 
menor que la del agua destilada. El agua de Lozoya tiene de 
densidad 0,9997 á la temperatura del laboratorio, 12°, lo cual 
dio lugar hace tiempo á discusiones y dudas, que yo me expli- 
qué, teniendo en cuenta la temperatura á que se hicieron las 
determinaciones. En efecto, el agua destilada á dichos 12° tie- 
ne de densidad 0,9995, siendo 1 á -f- 4.°; y reduciendo la del 
agua de Lozoya á -\- 4.°, resulta 1,0002. 

Acción fisiológica. 

Los efectos observados en las aguas empleadas en la ali- 
mentación es un dato importante, que el químico analizador 



(1) Conforme con esta opinión mía, el Sr. Morales Chofré ha 
observado en un agua cárdena de la fuente pública del pueblo de 
Torrelodones, que en los posos de la misma aparecen numerosas 
algas y diatomeas. (Anales de la Sociedad de Física y Química j 
Mayo 1905, pág. 189.) 



- 6S — 

debe utilizar, siempre que pueda proporcionarse antecedentes 
sobre este particular. 

Antes de conocerse el análisis químico de las aguas y el mo- 
derno bacteriológico, era éste el medio de conocer la potabili- 
dad , unido á los caracteres físicos y organolépticos y á la propie- 
dad de las aguas potables de cocer bien las legumbres y no cor- 
tar el jabón en el lavado de las ropas; y aun ahora son los ca- 
racteres á que se atiende en los pueblos y localidades donde na 
se analizan las aguas. 

Gases disueltos en el agua. 

El agua potable debe contener aire en disolución en la pro- 
porción de 24 á 30 centímetros cúbicos por litro, siendo con- 
veniente contenga algunos centímetros cúbicos de anhidrido 
carbónico (2 á 10), sin exceder mucho de esta cantidad, por- 
que entonces se convierte en agua carbónica medicinal. En in- 
vierno contienen las aguas más gases que en verano. 

El agua que carece de aire en disolución tiene mal gusto y 
aun se había creído era indigesta, citándose el caso del poza 
artesiano de Grenelle en París, cuya agua en un principio na 
gustaba porque apenas contenía aire, habiendo sido necesaria 
airearla por medio de cascadas, con lo cual adquirió gusto agra- 
dable y mejores condiciones de potabilidad. 

Las aguas potables no han de contener otros gases que los 
del aire, debiendo desecharse aquellas que por tener materias" 
orgánicas en putrefacción desprendan hidrógeno sulfurado, 
protocarburo de hidrógeno, etc. 

La deterininación de los gases puede hacerse por el proce- 
dimiento de hervir el agua y analizar después los gases reco- 
gidos. Para esto se llena del agua un matraz de medio á un litro 
de capacidad, colocando un tapón de caucho, provisto de un 
tubo de conducción, lleno también de agua y de modo que no 
quede nada de aire, comunicando con la cuba hidrargiro-neu- 
mática, en cuyo puente se coloca una campana estrecha gra- 
duada para recoger los gases que se desprendan. Se calienta el 
matraz hasta la ebullición, prolongando ésta quince minutos ó- 



— 69 — 

más hasta que cese el desprendimiento de burbujas de gases. 
Se deja enfriar y se mide el volumen del gas, haciendo la co- 
rrección de presión, temperatura y humedad. £1 anhídrido 
carbónico se determina por la absorción con potasa, el oxí- 
geno, introduciendo una solución de ácido pirogálico para que 
se forme pirogalato potásico y absorba dicho gas, y el resto es 
el nitrógeno. (Véase para estas determinaciones mi Tratado de 
Química inorgánica , t. I, pág. 253.) 

En la determinación del anhídrido carbónico ha de tenerse 
en cuenta si el agua contiene bicarbonatos, especialmente el de 
cal, porque por la ebullición se desprende parte del que está 
combinado juntamente con el anhídrido carbónico libre. 

Las aguas que tienen bicarbonato de cal se enturbian por la 
ebullición , depositándose después de frías el carbonato neutro. 

Con más exactitud se determinan los gases extrayéndolos 
-del agua por medio de la trompa de mercurio de Alvergníat, 
analizándolos después. 

El agua de Lozoya, que analicé en 188 i, contiene en un 
litro los gases siguientes, á la temperatura de 15°: 

Oxígeno 7,6 cent. cúb. 

Nitrógeno 18,0 — — 

Anhídrido carbónico 2,4 — — 

Total 28,0 — — 

El agua potable de León, analizada por mí en 1896, díó el 
resultado siguiente, á la temperatura de 15*^: 

Oxígeno 6,2 cent. cáb. 

Nitrógeno 16,0 — — 

Anhidrido carbónico 2,4 — — 

Total 24,6 — — 

Teniendo en cuenta los nuevos gases del aire, se encuentran 
lambíén en las aguas al lado del nitrógeno, y confundidos con 
éste, pequeñas cantidades de argón, helio, neón, kriptón y 
xenón. 



- 70 - 

La presencia del oxígeno en las aguas potables es muy im- 
portante, y su falta demuestra, por lo general, la existencia de 
materias orgánicas putrescibles que han sido oxidadas. Las 
buenas aguas potables contienen de 6 á 8 centímetros cúbicos 
de oxígeno por litro. Pueden ser aguas de origen profundo, las 
cuales contienen poco oxígeno, y son, sin embargo, buenas 
sin contener apenas materia orgánica. 

El nitrógeno libre procede del aire en disolución, y no debe 
confundirse con el nitrógeno en combinación, de que después 
trataremos, por la importancia que tiene en la pureza de las 
aguas. 

Para convertir en peso los volúmenes de gases obtenidos, se 
multiplica el número de centímetros cúbicos por el peso de 
cada uno de los gases, teniendo presente que 

1 c, c. de oxígeno pesa 0,00143 gramos. 

— nitrógeno 0,001256 — 

— anhídrido carbónico.. . . 0,001977 — 



Coeficiente de alterabilidad del agua. 

Se da este nombre á la relación que existe entre la pérdida 
de oxígeno que experimenta una agua expuesta en frascos en- 
teramente llenos á la temperatura de 33°, y al abrigo de la luz, 
y la cantidad de oxígeno hallada en la misma agua inmediata- 
mente después de recogida. 

Hay aguas que en las condicionefe dichas pierden casi todo 
su oxígeno disuelto, á causa de contener bastante materia or- 
gánica ó muchas bacterias, siendo, por tanto, éste un dato de 
importancia en el análisis. Si, por ejemplo, un agua ha dado 
7 cent. cúb. de oxígeno por litro inmediatamente después de 
recogida, y luego que se ha expuesto, como se ha dicho antes 
á la temperatura de 33^*, durante cuarenta y ocho horas, da 2 de 
oxígeno, resulta que el coeficiente de alterabilidad es 

-1=^ = 0,714. 



- 71 - 

En cambio, hay aguas que, después de algún tiempo de re- 
cogidas y expuestas á la luz, aumentan en la cantidad de oxí- 
geno, debido á que contienen algas con clorofila que, en pre- 
sencia de la luz, dan lugar á la producción de oxígeno. 

Todos estos datos deben tenerse en cuenta en un análisis 
completo de aguas. 

Residuo seco á 1 1 grados. 

Las materias fijas ó sales minerales no deben exceder de 
0,5 gramos ñor litro de agua. Si la sal es bicarbonato de cal 
no importa aunque exceda algo de los 0,5 gramos; pero si son 
sulfatos de cal y de magnesia, no debe pasar de 0,3 gramos el 
total de sales. 

En el cuadro que después se expondrá se indica el límite del 
residuo salino á 110°, según el Comité consultivo de Higiene 
de París. 

Para determinar las partes fijas se evapora medio á un litro 
de agua en una cápsula de porcelana, á calor suave, sin her- 
vir, y cuando se haya reducido á poco volumen , se traslada á 
una cápsula de platino tarada, y se continúa la evaporación en 
estufa de aire, á la temperatura de llO'', ó en baño de maría 
de nivel constante, durante cuatro horas, hasta obtener dos pe- 
sadas consecutivas iguales. El aumento del peso obtenido, del 
peso de la cápsula, es la cantidad de materias fijas. 

Para mayor exactitud es necesario dejar enfriar la cápsula 
en un desecador, en presencia del ácido sulfúrico, pesándola 
después. 

Pérdida de peso del residuo salino al rojo obscuro. 

Antes se consideraba como materia orgánica contenida en 
las aguas la diferencia del peso obtenido al rojo obscuro del 
peso del residuo salino; pero, realmente, esta pérdida lo que 
representa es el peso de la materia orgánica más el de las ma- 
terias volátiles resultantes de la descomposición de algunas sa- 



- 72 - 

les, como el cloruro de magnesio y carbonatos de cal y de 
magnesia y también del agua de constitución de algunas sales. 

Se opera del modo siguiente. El residuo salino obtenido en 
la cápsula de platino á 110", se calienta hasta 180° en baño de 
aire y se pesa nuevamente. Se le añade 4 á 5 cent. c^b. de una 
solución saturada de carbonato amónico y se calienta la cápsula 
con ¡^ecaución primero, para evitar proyección de la masa, y 
después con la llama del mechero de Bunsen, hasta el rojo obscu- 
ro. Si hay materia orgánica se observa un color gris ó negro en 
la masa^ principalmente en las paredes de la cápsula. En poco 
tiempo, continuando el calor, se quema la materia orgánica y 
aparece el residuo salino blanco. Después de fría la cápsula se 
pesa, y la diferencia del peso, del obtenido á 180^, nos da el de 
la materia orgánica , más el de las materias volátiles. 

Este procedimiento, que he empleado en otro tiempo en el 
análisis de algunas aguas, me ha dado próximamente el mismo 
resultado, para la materia orgánica, que el del permanganato, 
evaluada en ácido oxáUco, y algo más, si las aguas contenían 
sales descomponibles al rojo. 



Grados hidrotiniétricos. 

Además de los grados hidrotimétricos totales, que represen- 
tan la cal y la magnesia con el ácido carbónico , es convenien- 
te determinar también los grados hidrotimétricos después de 
la ebullición del agua, que indican las sales solubles de cal y 
de magnesia, y los grados hidrotimétricos del agua adiciona- 
da de oxalato amónico y filtrada, que indican aproximadamen- 
te las sales solubles de magnesia. 

Liquido hidrotimétrico. — Se prepara del modo siguiente: 

Jabón sódico de aceite de olivas (1). 100 gramos. 

Alcohol de 90° 1.000 — 

Agua destilada 1.000 — 



(1) En el día es difícil encontrar jabón fabricado con aceite de 
olivas y sosa, porque añaden grasas de origen animal y le adulte- 
ran con silicato de sosa y resinas , por cuya razón hay que prepa- 



- 73 - 

Se disuelve el jabón dividido en pedacitos en el alcohol, ca- 
lentando hasta la ebullición en un matraz, se filtra después de 
frío y se agrega el agua. 

22 grados hidrotimétricos deben producir espuma persistente 
con 40 cent. cúb. de una solución en agua destilada de cloruro 
de calcio puro fundido, que contenga 0,25 gramos de esta sal 
por litro de agua destilada. Si se necesitan menos de los 22 
grados, que es lo general, para formar espuma persistente, agi- 
tando, se añade á la solución de jabón la cantidad de agua 
destilaba necesaria, teniendo en cuenta que, para disminuir un 
grado, hay que añadir 1/03 de su peso de agua. 

Grados totales. — Aunque es tan conocido el procedimiento, 
le expondremos sumariamente: 

En un frasco de cristal, alto y estrecho, con tapón esmeri- 
lado (1) y con divisiones señaladas de 10, 20, 30 y 40 c. c, se 



rar el jabón en el laboratorio, si se quiere un buen líquido hidro- 
timétrico. 

Yo me preparo el jabón del modo siguiente : 

Sosa cáustica 18 gramos 

Agua 100 — 

Aceite de olivas 100 — 

Se disuelve la sosa en el agua y se mezcla con el aceite en una 
cápsula, calentando moderadamente sin dejar de agitar con una 
varilla de cristal durante dos boras ó más, reemplazando el agua 
que se evapora, hasta que se verifique la saponificación. Después 
se añaden 300 gramos dé agua, calentando y agitando basta que 
se disuelva el jabón. Entonces se agrega una solución de 30 gra- 
mos de cloruro de sodio, exento de sales de cal y magnesia, en 100 
de agua, y se calienta hasta que se separe el jabón de la gliceri- 
na. Se deja enfriar basta el día siguiente y se recoge el jabón que 
aparece en la parte superior, colocándole, dividido en pedazos, en 
un embudo de cristal para que escurra, y se lava con un cborrito 
de agua fría. Después se deseca entre papeles absorbentes. 

Con el jabón del comercio, al disolverle en caliente en agua y 
alcohol , resulta un líquido que se cuaja por enfriamiento. 

(1) En los estuches de Hidrotimetria se hallan estos frascos 
con el bidrotímetro y otros utensilios, acompañados de la Memo- 
ria explicativa de Boutrón y Boudet. 



- 74 — 

pone el agua que se va á ensayar en cantidad de 40 c. c, se 
añade, poco á poco, la solución de jabón contenida en el hi- 
drotímetro, agitando con frecuencia el frasco tapado, hasta 
que se forme espuma persistente, durante unos cinco minutos, 
y ocupe un espesor de medio centímetro. Las divisiones del 
hidrotímetro gastadas, son los grados que tiene el agua. Deben 
hacerse dos ó más operaciones para fijar bien la exactitud de 
los grados hidrotimétricos. 

Si el agua está muy cargada de sales, se ponen en el frasco 
20 6 10 c. c, completando los 40 con agua destilada; y en este 
caso, los grados hidrotimétricos hallados se multiplican por 2 
<5 por 4. 

Las buenas aguas potables tienen 3^ á 20°; cuando llegan 
á 30° son medianas, y cuando pasan de .82" son malas, si es sul- 
fato de cal la sal que contienen; si es bicarbonato de cal se to- 
lera algo más. 

Cada grado hidrotimétrico corresponde próximamente á 0,01 
gramo de sales de cal y de magnesia, por litro de agua. 

A continuación ponemos los grados hidrotimétricos de va- 
rias aguas de Madrid, halladas per mis alumnos en las prácti- 
cas de laboratorio. 

Agua destilada 0° 

— de Lozoya 3", 5 

— de lluvia 4° 

— del río Manzanares 7'* 

— de Meaques ( Casa de Campo ) 9*^ 

— de Amaniel (travesía de la Cruz Verde). 13° 

— de la Reina 18** 

— de la fuente de Luchana 19° 

— del Soldado 20° 

— de San Antonio 24° 

— de San Isidro 24» 

— déla Salud (Retiro) 25" 

— de la Castellana 25" 

• — de Pontejos 26 

— de Cibeles 28° 

— del Berro 29 

— de la Florida 29» 

— de San Antón 29^ 

— de un pozo ; 'O 



- 75 - 

Como puede observarse, la mayor parte de las aguas de los 
antiguos viajes tienen bastantes grados hidrotimétricos; pero 
como no predomina el sulfato de cal, son buenas, aunque las 
que tienen 28° y 29°, son algo gordas. En cambio son frescas en 
verano y no contienen tanta materia orgánica, ni tantas bacte- 
rias como la de Lozoya. Las de 28° y 29°, mezcladas con esta 
última, resultarían de mejores condiciones, sin tantos grados 
hidrotimétricos. Para evitar infiltraciones y causas de contami- 
nación , convendría recorrer las cañerías y sustituir las de barro 
por tubería de hierro. 

Orados hidrotimétricos después de la ehuUición. — Se hierve 
el agua durante media hora, reemplazando la que se evapore 
por igual volumen de agua destilada. Después de fría se de- 
terminan los grados hidrotimétricos, como se ha dicho antes, 
los cuales representan las sales solubles de cal y de magne- 
sia. Los bicarbonatos de estas bases se precipitan por la ebu- ' 
Ilición al estado de carbonates neutros. Las buenas aguas po- 
tables tienen menos de 12°, siendo medianas hasta 20", y ma- 
las las que pasan de 20°. 

Orados del agua después de precipitar la cal. — 50 cent. cúb. 
del agua se tratan con 2 á 3 cent. cüb. de la solución de oxalato 
amónico, se filtra y se determinan los grados, los cuales repre- 
sentan aproximadamente las sales solubles de magnesia. 

Sales y principios fijos. 

Las sales y partes fijas que contienen las aguas potables, son, 
por lo general, cloruros, sulfates y carbonates de sodio, calcio 
y magnesio, sílice, y, á veces, pequeñas cantidades de hierro. 
Este no debe pasar de 2 á 3 miligramos por litro. 

Las aguas de pozo contienen con frecuencia nitratos, y las 
de lluvia, nitritos y nitratos en corta cantidad. 

La determinación cualitativa y cuantitativa de las sales con- 
tenidas en las aguas, se hace por los procedimientos generales 
de análisis, de los cuales no nos ocupamos en este trabajo, 
tratando únicamente de los procedimientos especiales para la 
investigación y determinación cuantitativa de los cuerpos que 



— 76 ^- 

figuran en el cuadro del límite de los mismos, que se admite 
en las aguas potables, y que después expondremos. 

En el día, conforme con la teoría de Arrhenius, se tiende á 
expresar en los análisis los iones negativos (aniones) y los 
positivos (cationes), sin prejuzgar la combinación de los mis- 
mos, ó sea la existencia de las sales que, al disolverse en gran 
cantidad de agua, experimentan la disociación electrolítica. 

Las buenas aguas potables deben ser neutras, en contacto 
de los reactivos coloreados, como la tintura de flor de malva, 
papel de tornasol azul y rojo y la fenol-taleina. Pero algunas 
pueden contener bicarbonato sódico en corta cantidad, y tam- 
bién bicarbonato de cal y de magnesia, que experimentan hi- 
drólisis y producen reacción alcalina, especialmente después 
de la ebullición. Si tienen exceso de ácido carbónico disuelto, 
enrojecen el papel azul de tornasol, pero expuesto éste al aire, 
recobra el color azul. 

Las sales de ácidos fuertes y bases débiles, que por la hi- 
drólisis producen reacción acida, no se encuentran en las 
aguas potables. 

Cloruros. — Determinación del cloro. — La cantidad del cloro 
contenida en un agua tiene gran importancia en relación con 
otros cuerpos. Las aguas impurificadas por deyecciones y ma- 
terias animales, especialmente orina, tienen exceso de clo- 
ruros, al lado de los nitritos, nitratos, amoníaco libre y albu- 
minoide. Cuando existen estos cuerpos, el exceso de cloruros 
indica polución de origen animal muy nociva, y por eso se ha 
fijado el límite de cloro, en las aguas potables, en 0,04 gra- 
mos en litro. 

Si la materia orgánica es vegetal y no existen los citados 
cuerpos, no importa que exceda el cloro de 0,04, porque en- 
tonces proceden los cloruros del terreno. 

La determinación del cloro se hace por los procedimientos 
generales de análisis: 200 cent. cúb. de agua ó más, acidulada 
con ácido nítrico, sin poner un exceso; se trata con nitrato de 
plata, y el cloruro argéntico formado se recoge sobre un filtro, 
se lava bien y se deseca; se separa el cloruro de plata y se 
calienta en un crisólito de porcelana juntamente con el filtro 



— 77 — 

4 
incinerado en la espiral de platino, hasta fundirle. Si hay 

reducción de plata se impregna el producto con algunas gotas 
de agua regia y se calienta nuevamente hasta fundir el clo- 
ruro. Del peso obtenido, descontadas las cenizas del filtro, se 
deduce la cantidad de cloro, multiplicando dicho peso por el 
factor 0,2472. 

Cuando hay que practicar muchos análisis es más breve 
el procedimiento volumétrico siguiente: se prepara una so- 
lución de 2,907 gramos de nitrato de plata puro en cantidad 
suficiente de agua destilada para un litro; y otra solución de 
10 gramos de cromato neutro de potasa, en cantidad suficiente 
de agua destilada para 100 cent. cúb. 

El agua debe ser neutra á los reactivos coloreados para esta 
determinación. Se toman 250 cent. cúb. del agua; se colocan 
en un vaso de precipitados; se añaden cuatro gotas de la solu- 
ción de cromato, y por medio de una bureta se hace caer gota 
á gota la solución de nitrato de plata hasta obtener una colora- 
ción amarillo-anaranjada. Multiplicando el número de centí- 
metros cúbicos gastados de la solución de nitrato de plata 
por 0,0006065 y después por 4, se tendrá la cantidad de cloro 
en litro de agua. Si se quiere expresar el cloro en cloruro de 
sodio se multiplica el número de centímetros cúbicos por 0,001 
y después por 4. 

Las aguas potables deben contener en litro menos de 0,04 
gramos de cloro, las sospechosas tienen de 0,05 á 0,1 y las 
malas más de 0,1. Si los cloruros son de origen geológico se ad- 
mite mayor cantidad. 

Sulfatas. — Determinación del anhídrido sulfúrico SO'^. — 
Se encuentra generalmente en estado de sulfato de cal proce- 
dente del terreno, cuya sal comunica malas propiedades á las 
aguas, haciéndolas salobres é indigestas, como ocurre con las 
aguas de pozo. 

La determinación se hace del modo siguiente. Se toman 50O 
centímetros cúbicos del agua y se evapora, sin hervir, hasta 
reducir su volumen próximamente á 50 cent, cúb.; se añade, 
estando caliente, uno á dos centímetros cúbicos de ácido clorhí- 
drico y en seguida solución de cloruro de bario, con cuidado^, 



— 78 — 

hasta que las últimas gotas no formen precipitado, y procuran- 
do no poner mucho exceso del reactivo. Se agita con una vari- 
lla de cristal y se deja hasta el día siguiente en la estufa á 
unos 60°. El precipitado se recoge sobre un filtro de análisis y 
se lava bien con agua destilada hasta que el agua de loción no 
precipite con ácido sulfúrico diluido. El filtro, con el precipi- 
tado, se deseca en la estufa á 100'^; después, separando el sul- 
fato de barita, se incinera el filtro en la espiral de platino, y 
juntas las cenizas y el sulfato de barita, se calientan fuerte- 
mente en un crisólito de platino; el peso obtenido, después de 
descontar el de las cenizas del filtro, multiplicado por 0,343, 
da la cantidad de anhidrido sulfúrico, y como se pusieron 500 
centímetros cúbicos de agua se multiplica por 2 para tener la 
cantidad en litro. 

Las aguas potables dan menos de 0,03 gramos de SO-^ en li- 
tro, las sospechosas más de 0,03 y las aguas malas más de 0,05. 

Fosfatos. — Las aguas potables no deben tener fosfatos pro- 
cedentes de restos orgánicos. Generalmente no se hace deter- 
minación cuantitativa, bastando hacer el análisis cualitativo. 
Para esto se evaporan 200 á 300 cent. cúb. de agua hasta redu- 
cirlos á la décima parte de su volumen, y se ensayan con la 
disolución nítrica de molibdato amónico calentando, que pro- 
ducirá coloración amarilla y precipitado si existen fosfatos. 

Metales tóxicos. Plomo , cobre, zinc, etc. — Estos metales no 
se encuentran en las aguas potables naturales, pero pueden 
existir procedentes de cañerías, de vertederos de fábricas, et- 
cétera. Fácilmente se descubren dichos metales evaporando un 
litro ó más de agua, basta reducirle á la décima parte de su 
volumen, aplicando el hidrógeno sulfurando ó el sulf hidrato 
amónico y los reactivos correspondientes á cada metal. 

El agua de lluvia y las aguas de débil grado hidrotimétrico 
atacan al plomo después de largo contacto. Fundado en esto, 
el agua de Lozoya que surte en gran parte á Madrid, y que se 
distribuye en las casas por tubería de plomo, pudiera creerse 
que contiene algo de este metal; pero en varias ocasiones he 
pasado por el agua de Lozoya corriente continuada de hidró- 
geno sulfurado sin notar existencia de plomo. Sin embargo de 



- 79 - 

esto, deben proscribirse los depósitos de plomo ó de zinc para 
el agua, y evitar en lo posible que el agua esté mucho tiempo 
detenida en los tubos de plomo, sobre todo la que contiene 
pocas sales. 

Materias en suspensión. — A veces se encuentran en las 
aguas potables materias insolubles en suspensión, como ocurre 
en el agua de Lozoja, después de grandes lluvias y arroyadas, 
y en general en las aguas de ríos. Por lo común, son materias 
arcillosas, que difícilmente se depositan, conteniendo el agua 
en estos casos extraordinario número de bacterias, que la hacen 
impropia para la alimentación. 

Se aconseja para aclarar estas aguas turbias añadirlas alum- 
bre, un centigramo por litro, y si bien es cierto que se aclaran 
muy pronto , se introduce en el agua una sal que puede produ- 
cir graves perturbaciones, si se emplea en bebida. Lo que yo he 
hecho con el agua de Lozoya para aclararla, cuando viene tur- 
bia, es añadirla carbonato magnésico en polvo, agitando bien, 
y dejarla después en reposo, para que al depositarse el carbo- 
nato magnésico arrastre las materias arcillosas, aclarándose el 
agua. Como el carbonato de magnesia es insoluble é inocente, 
el agua así clarificada se puede beber sin inconveniente. 
Mejor es filtrar el agua por bujías de porcelana, porque además 
de privarla de las materias en suspensión, se la priva en gran 
parte del extraordinario número de bacterias que, por lo gene- 
ral, contienen las aguas turbias. 

Respecto del agua de Lozoya, lo mejor es el gran depósito, 
que ya se está construyendo, para dar tiempo á que se aclare 
el agua por sedimentación, y establecer además grandes filtros 
de arena y carbón, antes de salir el agua para su distribución en 
las fuentes públicas y en las casas. 

La determinación de las materias en suspensión puede ha- 
cerse recogiendo los sedimentos de dos ó tres frascos ó bote- 
llas con el agua, y colocarlos en un tubo de cristal cónico en 
su extremo inferior y estirado en punta cerrada. Después del 
reposo, se rompe la punta con unas tijeras, se recoge el poso y 
se evapora á 110'', pesando el producto, y, por fin, se analiza 
por los reactivos correspondientes. 



80 — 



Materias orgánicas 



Las materias orgánicas contenidas en las aguas naturales son 
unas sin vida y otras seres vivientes ó materia organizada, como 
las bacterias y algas microscópicas, de las que nos ocupare- 
mos en los capitulos Examen microscópico y Análisis bacte- 
riológico. 

De la materia orgánica sin vida, suele haberla en las aguas 
que no ofrece peligro, como la procedente de las materias hú- 
micas del terreno; pero esta materia, de origen vegetal, aunque 
no es peligrosa, contribuye á consumir el oxígeno disuelto en 
las aguas, y á veces comunica á éstas color y mal gusto, si la 
cantidad es excesiva. 

Las materias orgánicas procedentes de deyecciones, del la- 
vado de ropas y de materias animales en descomposición son 
nocivas, y con frecuencia ge hallan acompañadas de bacterias 
patógenas, que producen y propagan enfermedades infecciosas 
y epidémicas. 

En las aguas de los ríos son frecuentes estas materias, que 
impurifican el agua, especialmente cerca de las poblaciones, á 
causa de que vierten en ellas materias excrementicias y resi- 
duos de fábricas, lavan las ropas y se bañan; pero, á cierta 
distancia, por la corriente del río, disminuyen extraordinaria- 
mente dichas materias, á causa del movimiento del agua y la 
acción de la luz y del oxígeno del aire, que producen su des- 
composición. Esto nos explica que el agua del río de Lozoya, 
á pesar de hallarse expuesta á dichas causas de impurificación, 
llega, sin embargo, á Madrid en condiciones de potabilidad. 
Y todavía es más notable lo que ocurre con el río Manzanares, 
que se convierte en una alcantarilla abierta al pasar por Ma- 
drid, y, sin embargo, á larga distancia de la Corte, el agua se 
purifica en parte, y después de verterse en el Tajo, que tam- 
bién lleva bastantes inmundicias , la beben en Toledo, sobre 
todo si la purifican con filtros de arena y carbón, como hacen 
ahora. 

No hay un procedimiento exacto para la determinación cuan- 



— 81 — 

titativa de las materias orgánicas de las aguas, variando los re- 
sultados según el procedimiento que se siga, por lo cual es 
de necesidad expresar éste en los análisis, ton objeto de evitar 
confusiones. 

Ya hemos dicho (pág. 71) que antes se determinaba la can- 
tidad de materias orgánicas por la pérdida de peso que experi- 
menta el residuo salino, calentado al rojo; pero esto lo que re- 
presenta es la materia orgánica, más las materias volátiles. 

A continuación expondremos los procedimientos que se si- 
guen hoy. 

Por el permaiiganato , evaluada la materia orgánica en ád-^ 
do oxálico. — Este es el procedimiento más sencillo y el que yo 
he seguido en los análisis de varias aguas potables; pero el re- 
sultado es próximamente tres veces mayor que por el perman- 
ganato, expresada la materia orgánica en oxígeno, como se 
hace en el laboratorio de Montsouris. 

El procedimiento es como sigue. La solución del permanga- 
nato potásico se prepara con 0^32 gramos (1) de esta sal en un 
litro de agua destilada, que corresponden á 0,63 gramos de 
ácido oxálico , de modo que cada centímetro cúbico de la solu- 
ción corresponde á 0,00063 de ácido oxálico y á 0,00008 de 
oxígeno. 

Para determinar la cantidad de materia orgánica, se coloca 
en una cápsula de porcelana medio á un litro del agua, aña- 
diendo algunas gotas de ácido sulfúrico, se calienta á unos 90°, 
y se añade con una bureta la solución de permanganato, agi- 
tando con una varilla de cristal hasta que no se descolore la 
solución y adquiera el líquido un tinte rosado, permanente du- 
rante diez minutos. 

Ejemplo. Un litro de agua ha necesitado 20 cent. cúb. de la 
solución de permanganato, ¿cuánta materia orgánica contiene? 
20 X 0,00063 = 0,0126 gramos en litro. Esta cantidad, divi- 
dida por 3, da 0,0042, la cual corresponde próximamente á la 



(1) La cantidad exacta es 0,316; pero se pone un poco más por 
lo que se gasta en dar color rosa al líquido. 

Rev. Acad. Ciencias.— III.— Julio, 1905. 6 



— 82 — 

materia orgánica expresada en oxígeno, según el procedimien- 
to de Montsouris. 

En el agua de Lozoya he encontrado de 15 á 18 miligra- 
mos, cuyos números, divididos por 3, dan 5 á 6 miligramos. 

Téngase presente que los nitritos y las sales ferrosas descom- 
ponen el permanganato. 

Procedimiento de Montsouris. — Materia orgánica en oxí- 
geno (Levy).^ — Es conveniente hacer la determinación en me- 
dio ácido y en medio alcalino, pues aunque la diferencia es 
poca generalmente, puede suceder que sea bastante mayor en 
solución alcalina que en solución acida, en cuyo caso eá" sospe- 
chosa la materia orgánica contenida en el agua. 

Reactivos necesarios. — 1.*^ Solución de permanganato potá- 
sico 0^'^, 50 en un litro de agua destilada. Un centímetro cu- 
bico de esta solución corresponde á 0'"^'', 125 de oxígeno, y 
debe descolorarse por un cent. cúb. de una solución de O""", 997 
de ácido oxálico cristalizado en un litro de agua. 

2." Solución de sulfato ferroso amónico (1) 10 gramos, 
ácido sulfúrico puro 10 gramos y agua destilada para comple- 
tar 1 litro. 

3.^ Acido sulfúrico diluido, 1 en 5 de agua. 

4.° Solución saturada de bicarbonato sódico puro en agua 
destilada. 

Determinación en medio ácido. — Se ponen en un matraz, de 
unos 200 cent. cúb. de capacidad, 100 cent. cúb. del agua fil- 
trada, y se añaden 10 cent. cúb. de ácido aV^/- y 10 cent. cúb. 
de solución de permanganato. Se hierve moderadamente du- 
rante diez minutos y se deja enfriar hasta unos 50°. En- 
tonces se agregan 10 cent. cúb. de la solución de sulfato ferro- 
so-amoniacal, y después de la descoloración del líquido, se hace 



(1) El sulfato ferroso amónico SO* Fe, SO» (NH*)« -f 6 H^ O, se 
prepara disolviendo en 200 partes de agua destilada hirviendo, aci- 
dulada con 5 de ácido sulfúrico diluido , 100 partes de sulfato fe- 
rroso y 48 de sulfato amónico, se filtra y se hace cristalizar por 
enfriamiento. Los cristales se disuelven en 4 de agua, se añaden 
dos volúmenes de alcohol y el polvo cristalino verJoso se deseca 
entre papel de filtro á calor suave. 



- 83 - 

caer sobre éste por medio de una bureta gota á gota la solu- 
ción de permanganato , hasta obtener color de rosa persisten- 
te, agitando el líquido. El número de centímetros cúbicos gas- 
tados se anotan. 

Se repite la misma oporación (1) con 200 cent. cúb. de agua, 
empleando 20 cent. cúb. de ácido sulfúrico diluido y otros 20 
de la solución de permanganato. Se hierve lo mismo durante 
diez minutos, y después de frío el líquido se añaden 20 centí- 
metros cúbicos de la solución ferroso-amoniacal ; por fin se 
hace caer con la bureta la solución de permanganato hasta ob- 
tener color de rosa persistente. Del número de centímetros cú- 
bicos así obtenido se resta el número obtenido en la operación 
anterior, y la diferencia nos da el oxígeno consumido por 100 
centímetros cúbicos de agua, teniendo presente que cada cen- 
tímetro cúbico de permanganato corresponde á O'"^'"^, 125 de 
oxígeno. 

Ejemplo.— Un agua nos ha dado en la primera operación 2 
centímetros cúbicos y en la segunda 4,2; la diferencia 2,2 re- 
presenta la cantidad de permanganato necesaria para oxidar la 
materia orgánica contenida en 100 cent. cúb. de agua. Para 
obtenerla cantidad de materia orgánica expresada en oxígeno, 
haremos el siguiente cálculo: 2,2 X O'"""", 125 = 0,275; y ea 
un litro de agua 10 veces más, estoes, 2™^''', 75. 

Determinación en medio alcalino. — Se toman 100 cent, cúb» 
de agua filtrada, se añaden de la solución saturada de bicarbo- 
nato de sosa 10 cent, cúb., y después 10 cent. cúb. de la solu- 
ción de permanganato. Se hierve durante diez minutos, se deja 
enfriar; se añaden con cuidado 10 cent. cúb. de ácido sulfúrico 
diluido y en seguida 10 cent. cúb. de la solución de sulfato fe- 
rroso-amoniacal. En el líquido descolorado se hace caer gota 
agota, con la bureta, la solución de permanganato potásico, 
anotando el número de centímetros cúbicos gastados para ob- 
tener una coloración rosa. 



(1) Puede hacerse con solo la primera operación; pero se reco- 
mienda hacer otra segunda, y por esta razón la exponemos con- 
forme se practica en el laboratorio de Montsouris. 



- 84 — 

Se repite la misma operación con 200 cent. cüb. de agua en 
un matraz de doble capacidad, añadiendo las mismas substan- 
cias en cantidad doble, como se ha dicho anteriormente. En 
fin, del numero de centímetros cúbicos gastados de la solución 
de permanganato se resta el número de los mismos obtenido 
en la operación anterior, y se tendrá la cantidad de oxígeno 
empleada para oxidar en medio alcalino la materia orgá- 
nica contenida en 100 cent. cúb. de agua; multiplicando por 
Q mpr^ 125 y después por 10 se tendrá la cantidad de materia 
orgánica en litro de agua, expresada en oxígeno, en medio alca- 
lino, como se dijo antes en medio ácido. 

Los autores franceses, de acuerdo con el Comité consultivo 
de Higiene de París, admiten los límites siguientes de materia 
orgánica expresada en oxígeno: 

Medio ácido. Medio alcalino. 



Agua muy pura-. . Menos de 1 miligramo Menos de 1 miligramo 

en litro. en litro. 

Agua potable De 1 á 3. De 1 á 2. 

Agua sospechosa. . De 4 á 5. De 3 á 4. 

Aguamala Más"de 5. Más de 4. 

Estas cifras no pueden admitirse de una manera absoluta, 
porque hay aguas que contienen más de 2 y 3 miligramos de 
materia orgánica por litro, y, sin embargo, son buenas, como 
ocurre con el agua de Lozoya, que contiene 5 á G miligramos. 

Para apreciar el valor de la materia orgánica es necesario 
averiguar, por la presencia en el agua de nitritos, nitratos y 
amoníaco, especialmente albuminoide, y exceso de cloruros, si 
dicha materia es de origen animal 6 nociva, en cuyo caso está 
bien el límite de 2 miligramos y menos; pero si es materia or- 
gánica inocente de origen vegetal, puede admitirse en el agua 
mayor cantidad, sin inconveniente. 

Por no tener presente esto, y atenerse exclusivamente á la 
cantidad de materia orgánica y número de bacterias, han cali- 
ficado el agua de Lozoya algunos analizadores de sospechosa y 
mala, lo cual no es exacto, puesto que no contiene en su esta- 
do ordinario los principios que determinan la nocividad de la 



85 — 



materia orgánica. En caso de turbias y en algunas ocasiones 
por falta de cuidado y de vigilancia, se halla dicha agua en 
malas condiciones; pero en su estado normal, no. 



Nitrógeno en combinación. 

Distinguen los higienistas con los nombres ázoe 6 nitrógeno 
nitroso y nítrico el que se halla en estado de nitrito y nitrato 
en las aguas; nitrógeno amoniacal el que está en forma de 
amoníaco libre ó salino, y nitrógeno alhiiminoide el de las ma- 
terias orgánicas albuminoides. 

El nitrógeno nitroso y nítrico procede de materias amonia- 
cales y amidas que se han transformado en ácido nitroso y ní- 
trico por el oxígeno del aire y mediante la influencia de los fer- 
mentos nítricos del terreno, por donde pasan las aguas. La exis- 
tencia de este nitrógeno en las aguas acusa, por tanto, la pre- 
sencia de materias de origen animal, perjudiciales á la salud, 
que pueden hallarse en mayor ó menor cantidad, segün el gra- 
do de oxidación que hayan experimentado. Puede haber tam- 
bién nitritos y nitratos de origen meteórico, como en las aguas 
de lluvia y de nieves, y en este caso no se consideran perjudi- 
ciales. Las aguas de lluvia contienen de 0,5 á 1 miligramo de 
nitrógeno nítrico y de 1 á 5 miligramos de nitrógeno amo- 
niacal. 

El nitrógeno amoniacal^ 6 sea el amoníaco, no siendo me- 
teórico, indica la impureza producida por las materias orgáni- 
cas en descomposición, principalmente de la urea; y el nitro- 
geno alhuminoide es el de amidas complejas, tirostna y subs- 
tancias proteicas no transformadas. Las aguas que contengan 
amoníaco y materias albuminoides son malsanas y perjudicia- 
les á la salud. 

Nitritos. — Las aguas que contienen nitritos deben desechar- 
se, porque indican contaminación reciente, pues á causa de su 
fácil absorción por el terreno, no puede suponerse procedan de 
la atmósfera, como ocurre en las aguas recientes del deshielo 
de nieves ó de lluvias. 



- 86 — 

La determinacidn cuantitativa de los nitritos es innecesaria, 
una vez que se considera como sospechosa el agua que conten- 
ga indicios, y mala la que tenga cantidad apreciable, no siendo 
de origen meteórico. 

Se investigan los nitritos poniendo en medio litro de agua 
un gramo de ioduro potásico y engrudo claro de almidón y se 
añade ácido sulfúrico diluido, que producirá en seguida colo- 
ración azul, si existen nitritos en el agua. 

También se descubren con el reactivo de Trommsdorf , el 
cual se prepara del modo siguiente: cloruro de zinc, 10 gra- 
mos; agua destilada, 50 cent, cúb.; almidón, 5 gramos; se 
mezcla y se hierve el líquido durante unas tres horas, reem- 
plazando el agua que se evapora. Después de frío se añade 
ioduro de zinc seco^ 1 gramo, y agua destilada, cantidad sufi- 
ciente para completar 500 cent. cúb. Se filtra y se guarda en 
un frasco de vidrio amarillo. 

Para hacer el ensayo se colocan en una campana de pie 100 
centímetros cúbicos del agua, se añaden 2 cent. cúb. de ácido 
sulfúrico diluido (1 en 5 de agua) y después 5 cent, cúb, del 
reactivo de Trommsdorf. Si existen nitritos en el agua aparece 
un color azul al cabo de dos minutos. Si aparece el color des- 
pués de este tiempo , no tiene valor ninguno. 

Nitratos (nitrógeno nítrico). — Los nitratos en las aguas se 
investigan tratando el residuo salino de la evaporación con al- 
gunas gotas de ácido sulfúrico puro (exento de vapores nitro- 
sos) y corta cantidad de brucina, la cual toma color rojo, si los 
hay. También se descubren con dicho ácido sulfúrico y sulfa- 
to ferroso, que toma color pardo café si hay nitratos. 

Para determinar la cantidad de nitratos, puede emplearse el 
procedimiento colorimétrico de Grandval y Lajoux, que está 
fundado en la transformación del ácido fénico incoloro en ácido 
pícrico de color amarillo, por la acción del ácido nítrico de los 
nitratos, cuando se tratan éstos con ácido sulfúrico. Después, 
por adición de amoníaco, se forma picrato amónico, cuyo color 
amarillo se aprecia comparándole con una solución de nitrato 
potásico en cantidad conocida. 

Más exacto, aunque no tan fácil, es la determinación de los 



— 87 — 

nitratos por el procedimiento de Schulze y Tiemann, que se 
describe en el tomo II, pág. 543, de mi Química inorgánica, 
al tratar del análisis de las aguas de la Montaña del Príncipe 
Pío (Madrid). 

Amoniaco libre ó en estado de sal (nitrógeno amoyiiacal). — 
Para el reconocimiento del amoníaco libre ó salino en las aguas 
se emplea generalmente el reactivo de Nessler (1). Se toman 
250 á 300 cent. cúb. del agua y se colocan en una cápsula de 
porcelana de unos 500 cent. cüb. de capacidad: se añaden dos 6 
tres gotas de ácido sulfúrico, y se hierve hasta obtener cerca de 
50 cent. cúb. de su volumen; se deja enfriar; se precipitan los 
óxidos térreos por un ligero exceso de carbonato sódico; se 
echa el líquido por decantación en una campanita, y se añaden 
2 cent. cúb. del reactivo de Nessler, el cual produce una colo- 
ración amarilla ó rojiza si hay amoníaco. Es conveniente hacer 
la misma operación con agua destilada, por comparación en can- 
tidad y condiciones iguales. 

Manget y Marión han propuesto, para descubrir el amonía- 
co en las aguas, el empleo de diácidofenol (amidol), que toma 
color amarillo con la menor cantidad de dicho cuerpo, pudien- 
do hacer una determinación cuantitativa por un procedimiento 
colorimétrico , sirviéndose de un líquido compuesto de agua 
destilada con cantidades conocidas de amoníaco. 

Para determinar la cantidad de amoníaco con el reactivo de 
Nessler, se destilan 500 cent. cúb. del agua con 5 gramos de 
magnesia pura recién calcinada, recogiendo 100 cent, cúb, ó 
poco más de líquido, hasta que no pase agua sensible al reacti- 
vo de Nessler. 



(1) El reactivo de Nessler se prepara de este modo. En 20 cen- 
tímetros cúbicos de agua destílala se disuelven 17,5 gramos d& 
ioduro potásico, y se añade, gota á gota, solución saturada de 
cloruro mercúrico en cantidad suficiente para que se produzca un 
ligero precipitado rojizo persistente; luego se agregan 80 gramos 
de potasa cáustica pura, y, después de disuelta, 2 cent. cúb. de la 
solución saturada de cloruro mercúrico. Por fin, se añade agua 
destilada basta completar 500 cent. cúb. Se deja reposar durante 
cuarenta y ocho horas y se decanta el líquido , conservándole en 
frascos de color amarillo, fuera del contacto de la luz. 



— 88 — 

El líquido destilado se coloca en una campana de pie gra- 
duada, y se añaden 2 cent. cúb. del reactivo de Nessler, ó más 
si es necesario, sirviéndose de una pipeta graduada, y se agita. 
A su lado se coloca otra campana graduada igual, con el mis- 
mo volumen de agua destilada pura y de reactivo de Nessler; 
sobre este líquido se hace caer con una bureta dividida en dé- 
cimas una solución de cloruro amónico puro y seco (3,15 gra- 
mos en un litro de agua destilada pura), hasta que, agitando el 
líquido, tome el mismo color que el agua objeto del ensajo, 
siendo igual el volumen en las dos campanas, para lo cual se 
añade el agua destilada que sea necesaria. Cada cent. cúb. de 
la solución de cloruro amónico corresponde á O, gr. 001 de 
amoníaco (NH-^); de modo que por la cantidad gastada hasta 
obtener igualdad de color, sabemos el amoníaco (NH-^) conte- 
nido en los 500 cent. cúb. del agua que se analiza, y el doble 
«era la correspondiente á un litro. 

Como se gasta poco de la solución de cloruro amónico, es 
conveniente en la práctica diluirla en diez veces de agua des- 
tilada, es decir 100 cent. cúb. en 1.000 de agua, y entonces 
nn cent, cüb.de esta solución corresponde á O, gr. 0001 de NH'^ 

Otro medio cuantitativo. — En un aparato destilatorio con 
serpentín ascendente, como el de Schloesing ó el de Aubín y 
Alia, se practica la operación siguiente: en el matraz del apa- 
rato, cuya capacidad es de cerca de litro y medio, se coloca 
un litro del agua que se analiza, añadiendo 10 gramos de mag- 
nesia recién calcinada, y se calienta, subiendo el vapor al ser- 
pentín ascendente, y el líquido condensado se recoge en un ma- 
traz ó recipiente. En este matraz se han colocado previamen- 
te 50 cent. cúb. de ácido sulfúrico (1), ó más si el agua estu- 
viera muy contaminada, con algunas gotas de solución alcohó- 
lica de fenol-taleina. La ebullición se mantiene durante una 
hora, y se recogen unos 200 cent. cúb. de líquido destilado. 
Después de frío, se determina la cantidad de ácido sulfúrico 
no neutralizado por el amoníaco del agua, sirviéndose de una 



(1) Dilución de 10 cent. cúb. de la solución normal de ácido 
sulfúrico en 100 cent. cúb. de agua destilada. 



— 89 — 

solución centinormal de sosa (1), hasta que aparezca el color 
rosa persistente que los álcalis comunican á la fenol-taleina. 
Entonces tenemos por diferencia el número de centímetros cú- 
bicos que fueron saturados por el amoníaco de un litro de agua, 
y teniendo en cuenta que cada centímetro cúbico de agua co- 

0,gr. 017 
rresponde á — '■ — = O, gr. 00017 deNH^ podemos calcu- 

100 
lar la cantidad de amoníaco en litro dft agua. 

El agua potable pura sólo tiene indicios de amoníaco, pero 
se tolera hasta menos de un miligramo, considerando como sos- 
pechosa el agua que contiene más de 1 á 2 miligramos. En el 
agua de Lozoja se encuentra generalmente O, gr. 0001 de amo- 
níaco por litro de agua. 

Amoníaco ó nitrógeno alhuminoides. — Es de mucha impor- 
tancia la investigación del amoníaco albuminoide, no tolerán- 
dose en el agua potable más de O, gr. 00005 á O, gr. 0001. 

Para determinar la cantidad puede servir el líquido del ma- 
traz que ha servido en la operación anterior, añadiendo, des- 
pués de frío, un gramo de permanganato de potasa y 10 centí- 
metros cúbicos de solución de sosa cáustica pura. Se calienta 
lentamente hasta llegar á la ebullición en el mismo aparato, 
previamente lavado y limpio, recogiendo el líquido destilado 
en el matraz que contenga 20 cent. cúb. de la solución centi- 
normal de ácido sulfúrico. Después se determina, lo mismo que 
antes, por diferencia, la cantidad de amoníaco del agua que 
fué saturada, sirviéndose de la solución centinormal de sosa. 

También se puede determinar la cantidad de amoníaco albu- 
minoide por el color; con el reactivo de Nessler, como se ha di- 
(ho en la determinación del amoníaco libre ó su carbonato. 



(1) Dilución de 10 cent. cúb. de la solución normal de sosa 
en 1.000 de agua. 



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— 91 — 



Examen microscópico. 



El agua destinada á este análisis debe estar recogida con las 
precauciones dichas en el capítulo primero, Toma del agua 
en frascos nuevos bien limpios y esterilizados. 

Después del reposo durante unas cuatro horas, se decanta 
gran parte del agua, y del resto, nuevamente reposada, con un 
tubo 6 pipeta esterilizados (calentando ligeramente en la llama 
de alcohol), se sacan gotas de los depósitos, si los hay, ó del 
lítjuido del fondo y se examinan con el microscopio (aumento 
de 300 diámetros ó más). 

Suelen aparecer cristalitos de sales minerales, arcilla, síli- 
ce, osciladas, diatomeas, mucedíneas, infusorios en las aguas 
estancadas, y siempre bacterias, de que trataremos en el capí- 
tulo Análisis bacteriológico. CuauúoapBvecen iofusorios y gér- 
menes ó se ven fibras musculares y restos animales, el agua es 
mala y debe desecharse. 

Para estudiar los microorganismos, A. Certes aconseja aña- 
dir al agua algunas gotas de una solución de ácido ósmico, que 
los precipita al fondo; después del reposo se sacan gotas por 
medio de una pipeta y se examinan con el microscopio. Con el 
mismo objeto puede servir una solución de cloruro mercúrico, 
una parte en 200 de agua destilada. 

Algunas aguas pueden contener, procedentes de deyeccio- 
nes humanas, huevecillos ó gérmenes de íe?iia^ ascaris , oxyu- 
ris, afikilostoma , distomum, etc., que producen enfermeda- 
des parasitarias introducidos en el organismo, por lo cual es 
de interés grande el estudio microscópico de las aguas donde 
se observen dichas enfermedades. 



Análisis bacteriológico. 

El análisis becteriológico de las aguas potables tiene gran 
importancia, siendo imprescindible en época de epidemias ó 
cuando se sospeche que el agua está contaminada, porque pue- 
de suceder que un agua parezca buena por sus caracteres 



— 92 — 

físicos y organolépticos, y aun por los reactivos, y, sin embargo, 
contener bacterias patógenas, como el bacilo de la fiebre tifoi- 
dea, del cólera, etc., convirtiéndose entonces el agua en el me- 
jor medio de propagación de la epidemia. 

Para el análisis bacteriológico hay que recoger el agua con 
muchas precauciones en frascos de unos 200 cent, cúb., con 
tapones esmerilados y esterilizados, llevándolos inmediatamen- 
te al laboratorio y colocándolos en sitio fresco ó rodeados de 
hielo, sin demorar el análisis, porque con el tiempo y el calor 
proliferan las bacterias y desaparecen otras. 

Los frascos deben ser nuevos, lavándolos con una solución 
de permanganato potásico, acidulada con ácido sulfúrico, en- 
juagándolos bien d<;spués con ajiua destilada, y por fin, este- 
rilizándolos por el calor en la estufa ó en el horno de Pasteur, 
á la temperatura de unos 180°. 

El agua se debe recoger á algunos centímetros de la super- 
ficie, introduciendo el frasco en la misma y destapándole den- 
tro, volviendo á taparle cuando esté lleno de agua, sin que in- 
tervenga el aire. Para recoger el agua de los pozos se hace 
descender el frasco, que tiene un peso debajo, y cuando está 
dentro del agua se destapa, tirando de una cuerda que se halla 
atada al tapón, y mejor, para este objeto, es emplear el aparato 
de Miquel. 

Las bacterias proceden del aire ó del terreno por donde 
pasan las aguas y son, por lo general, inofensivas (saprofitas) 
hallándose comúnmente micrococciis , diplococcus , streptococ- 
cus, sarcina, hacülus (viridis, cilreus fluorescens, subtilis), 
spirillum, leptothrixj cladothrix, bacterium, etc. 

En las aguas contaminadas por deyecciones animales, lavado 
de ropas, cementerios, etc., se encuentran bacterias patógenas 
que pioducen determinadas enfermedades y propagan las epi- 
demias, tales son, entre otras, el micrococcus pyogenes aiireus, 
hacülus antracis (del carbunco), b. coli co?nmunis, h.pi/oeya- 
neus, b. typhosus (bacilo de la fiebre tifoidea ó b. de Ebert), 
pi'oteus vulgaris y mirabilis, spirillum colerce, bacillus septí- 
cus, b. tuberculosis, b. diphterice^ etc. 

No nos ocupamos de la descripción de las especies, remi- 



— Ba- 
tiendo á nuestros lectores á las obras especiales, como la de 
G. Koux, Analyse microbiologique des eaux , la de Macé, 
Traite 'practique de Bacterioloyie, etc., ni tampoco exponemos 
los medios de su investigación. Para esto es necesario gran 
práctica y disponer de material adecuado, sin lo cual es inútil 
ocuparse de estos asuntos, dejando este trabajo á los verdade- 
ros especialistas. 

Únicamente nos ocuparemos del análisis bacteriológico en 
los casos ordinarios, para determinar el número de bacterias 
contenidas en un agua, tal como lo hacemos en nuestra prácti- 
ca. Las siembras y cultivos se hacen en gelatina nutritiva (1) 
y en agar peptonixado ó gelosa nutritiva (2), sin ocuparnos de 
otros medios de cultivo que pueden verse en los tratados espe- 
ciales de Bacteriología. 

Los tubos en que se hallan colocados los medios nutritiv'os, 



(1) La gelatina nutritiva se prepara añadiendo al caldo pepto- 
nizado, que se describe en la nota siguiente, gelatina blanca ó gre- 
netina 110 á 120 gramos , según las estaciones, y cloruro de so- 
dio 5 gramos. 

La gelatina- gelosa , que es muy conveniente para verano ó para 
países cálidos, se prepara añadiendo á la anterior 1,5 por 100 de 
agar ó gelosa. 

El agar es un alga de la China y del Japón , llamada Gracila- 
ria liquenoides , y se encuentra blanca y seca en las droguerías. 

(2) El que me ha dado mejor resultado para el cultivo de las 
bacterias del agua y del aire es el siguiente, preparado por el doc- 
tor Castro, profesor de Microbiología, según las instrucciones del 
Dr. A. Besson : o gramos de agar se maceran en agua durante 
unas cinco horas; transcurrido este tiempo se coloca en un embu- 
do y se deja escurrir. Se lava con agua y se escurre de nuevo; des- 
pués se disuelve á fuego lento en 300 gramos de caldo peptonizado ^ 
Se comprueba la reacción del líquido, procurando sea débilmente 
alcalina. 

Se adiciona una clara de huevo batida en agua, y se lleva á la 
autoclava á 120** durante treinta minutos. Se filtra en caliente y 
se reparte en tubos ó frascos, y se estiriliza de nuevo á 115° du- 
rante veinte minutos. 

Si el agar fuese muy rico en sales calcicas, el producto obteni- 
do es ligeramente turbio, aun fundido, y esto se evita en el pri- 
mer tiempo de la operación, lavando el agar con agua acidulada 



- 94 - 



en cantidad de 10 á 15 cent, cúb., tapados con algodón y este- 
rilizados en la autoclava á 115°, se calientan en baño de maría 
j)ara licuar la gelatina. Después de fríos se echa en cada tubo, 
con una pipeta graduada (esterilizada), un centímetro cúbico 6 
un décimo del agua que se analiza, ó una gota (1) si es muy 
impura, y se mezcla bien, vertiendo el líquido en placas de 
cristal (cajas de Petry), previamente esterilizadas, y se cubren 
con su tapadera, para que no tenga acceso el aire. Después de 
bien extendida la gelatina y solidificada, se coloca en la estufa 
á la temperatura de 18 á 22°, durante algunos días, observan- 



con ácido clorliídrico y neutralizando después por loción con agua 
ligeramente amoniacal. 

El caldo peptonizado se prepara de este modo. Se toman 500 gra- 
mos de carne de buey magra, se la pica menudamente y se pone 
en maceración durante algunas horas en un litro de agua Después 
se cuece á fuego lento en una cacerola esmaltada, agitando con 
una espátula y prolongando la ebullición durante diez minutos. 
La masa se echa en únatela espesa tupida, esprimiendo fuerte- 
mente el residuo; el líqiiido que cuela se filtra caliente por papel 
fuerte sin cola, mojado previamente con agua para retener la 
grasa. 

El líquido filtrado se pone en una cacerola esmaltada y se aña- 
de: peptona seca de Chapoteaut, 10 gramos; cloruro de sodio, 5, y 
fosfato de sosa, 1 gramo. Se hierve, para que se disuelva la pep- 
tona, y después se neutraliza su acidez con una solución de sosa, 
echando gotas con una pipeta y agitando hasta que tenga el líqui- 
do reacción débil alcalina con el papel rojo de tornasol. Para obte- 
ner una alcalinidad conveniente se necesita, generalmente, según 
Park, unos 7 cent. cúb. de solución normal de sosa (40 gramos de 
NaOH en un litro de agua destilada). 

El caldo alcalinizado puesto en un matraz , se tiene en la auto- 
clava á 115°-117° durante cinco minutos; el líquido se enturbia y 
forma grumos de fosfatos térreos, siendo necesario filtrarle calien- 
te por el filtro Chardin, mojado. El líquido claro se le da el volu- 
men de un litro añadiéndole agua destilada, repartiéndole en tu- 
bos de ensayo (10 á 15 cent, cúb.), ó matraces de Pasteur (25 cen- 
tímetros cúbicos), tapándolos con algodón y esterilizándolos, por 
último, en la autoclava á 115°. 

(1) Las pipetas que se emplean para sacar el agua de los fras- 
cos llevan impreso el número de gotas por centímetro cúbico. La 
de Alvergniat da 50 gotas , y otras hay que dan 25 á 40 gotas. 



— 95 - 

do cada día las colonias que aparecen, y no dando por termi- 
nado el cultivo hasta que dejen de aparecer colonias , las cua- 
les se presentan en forma de manchas opacas, en número co- 
rrespondiente al de bacterias que existían en el agua. 

Algunas colonias liquidan la gelatina y se llaman liqui- 
dantes, para distinguirlas de las otras que no la liquidan. La 
presencia de bacterias intestinales como el bacillus colli, de- 
muestra que el agua está contaminada por deyecciones de ani- 
males, siendo muy importante la diferenciación del bacillus 
colli del b, typhosus Qfi. los casos en que el agua contenga este 
tíltimo, como causa de la fiebre tifoidea. 

Para contar el número de colonias se coloca la placa ó caja 
de Petri debajo de una lámina de cristal cuadriculada, 6 sea 
con divisiones por medio de rayas en centímetros cuadrados. 
Para este objeto me sirvo del aparato contador de Wolfthügel, 
mirando con una lente las manchas ó colonias y contando su 
número en un centímetro cuadrado, en medio ó en una cuarta 
parte, y calculando el correspondiente á toda la extensión de 
la gelatina, por los centímetros cuadrados que ocupa ésta. 

A falta de aparato especial contador^ puede hacerse la nu- 
meración colocando la caja de Petri sobre un papel cuadricula- 
do en centímetros, de los cuales uno se pinta de negro (con 
tinta) en su totalidad, otro la mitad y otro la cuarta parte, ó 
bien un sector de círculo. 

El número de colonias hallado es el correspondiente al vo- 
lumen de agua que se puso en cultivo, y después se calcula el 
que corresponde á un centímetro cúbico del agua. Deben ha- 
cerse cultivos de la misma agua en dos ó tres cajas, tomando el 
término medio del resultado. 

M. Miquel establece la escala siguiente entre el número de 
bacterias y la pureza del agua: 

Bacterias 
en centímetro cúbico. 

Agua muy pura 10 á 100 

— pura 100 á 1.000 

— mediana 1 .000 á 10 000 

— impura 10.000 á 100.000 

— muy impura 100.000 en adelante 



— 96 — 

En las buenas aguas de manantil he encontrado 300 á 400 
bacterias por centímetro cúbico. El agua del río Lozoya que 
Biirte á Madrid contiene número variable de bacterias, según 
las fuentes de donde se tome, del canal ó del depósito y según 
las estaciones; pero generalmente tiene 800 á 1.000 bacterias 
por centímetro cúbico y con frecuencia pasa de este número, 
llegando á veces á 10.000. En este caso se encuentra compren- 
dida entre las aguas medianas, conforme con la escala de M. 
Miquel, y cuando viene turbia pasan de 10.000, hallándose 
entonces en el grupo de las aguas impuras. Por esta razón es 
conveniente filtrar el agua de Lozoya, para privarla <5 disminuir 
el número de bacterias, convirtiéndola en agua pura. 

El análisis cualitativo, 6 sea la determinación de las espe- 
cies, si son patógenas, tiene más importancia que el cuantita- 
tivo. Pero también importa determinar el número de bacterias, 
aunque sean inofensivas, porque un número extraordinario co- 
munica malas propiedades al agua y es indicio de que existan 
algunas sospechosas ó patógenas, como ocurre en las aguas im- 
puras y contaminadas. Además debe tenerse en cuenta que la 
asociación de ciertas bacterias, aunque sean saprofitas, produ- 
ce virulencia en determinados casos. 

Por fin diremos que para confirmar que las bacterias de un 
agua son patógenas, es necesario hacer inoculaciones en ani- 
males pequeños con cultivos del agua, y observar los efectos 
que producen. 



Condiciones de potabilidad de las aguas. 

Como resumen de lo anteriormente expuesto, pueden esta- 
blecerse, á mi juicio, las condiciones siguientes: 

I.** El agua ha de ser clara, transparente, incolora (1)^ sin 
olor ninguno y de gusto agradable. La temperatura mejor es 
de 10° á 15^, sin variaciones notables. 

2.^ No ha de contener más gases disueltos que los corres- 



(1) Véase pág. 66 lo que se dice de las aguas cárdenas. 



— 97 — 

pendientes al aire atmosférico, oxígeno, nitrógeno y anhidrido 
carbónico, este último en la proporción de 2 á 10 centímetros 
cúbicos por litro de agua. 

3.^ Las materias fijas ó sales no deben exceder de 0,5 gra- 
mos por litro de agua, y ser las que generalmente se encuen- 
tran en las aguas potables (véase pág. 75), sin contener me- 
tales ú otros cuerpos extraños. 

La cantidad de anhidrido sulfúrico (en estado de sulfato) no 
ha de pasar de 0,03 gramos, y la de cloro (en estado de cloru- 
ro) de 0,04 gramos (véase pág 76). 

4.* Los grados hidrotimétricos no deben pasar de 30*^, sien- 
do las mejores aguas las de 3° á 15'\ 

5.^ La materia orgánica, expresada en oxígeno, no ha de 
pasar de 0,002 gramos en litro; pero si no es nociva puede ser 
algo mayor (véase pág. 84). 

6,^ No ha de contener nitritos ni nitratos, si bien de estos 
últimos se tolera hasta 0,0 L5 gramos. 

7.^ No ha de tener amoníaco libreó salino, ni albuminoide, 
si bien se tolera del primero 0,001 gramo y del segundo 0,0001. 

8.^ No debe contener infusorios, gérmenes de ninguna cla- 
se, ni bacterias sospechosas ó patógenas. 

9.^ Las bacterias han de ser completamente inocentes y no 
exceder mucho de 1.000 por centímetro cúbico de agua (véase 
pág. 95). 

Análisis rápido (le las aguas. 

Como el análisis completo de las aguas potables es tan largo 
y difícil, por las muchas y delicadas operaciones que hay que 
practicar, se ha pensado en reducirle á lo más preciso é indis- 
pensable para conocer la potabilidad del agua, prescindiendo, 
del análisis bacteriológico, una vez que la presencia ó ausen- 
cia, en un agua, de nitritos, nitratos y amoníaco albuminoi- 
des, con la cantidad de cloruros, nos dicen si el agua está ó no 
contaminada. 

Para hacer las investigaciones con facilidad, los Sres. Pi- 
gnet y Hue preparan reactivos dosificados, en forma de pasti- 

Eev. Acad. Ciencias.— III.— Julio, 1905. 7 



- 98 — 

lias comprimidas, que colocan, con los aparatos necesarios, en 
una caja de fácil transporte y de gran comodidad para hacer 
los análisis en el campo, y para personas que no dispongan de 
material de laboratorio. 

También la casa de Burroughs y Wellcome, de Londres, pre- 
para, para el análisis del agua en el manantial y para los ejérci- 
tos en marcha, estuches con los reactivos siguientes: cápsulas 
con la solución de Nessler, comprimidos de nitrato argéntico, 
ioduro potásico con almidón, permanganato potásico, cromato 
potásico, ferrocianuro potásico, bisulfato sódico, jabón, polvo 
de zinc, etc. 

Los comprimidos de Pignet y Hue los designan sus autores 
de este modo: 1.°, ácidos; 2.°, alcalinos; 3.^, de ioduro; 4.°, de 
zinc; 5.°, de cromo; 6.^, de nitrato de plata; 7.°, de jabón; 8.°, 
de permanganato, y 9.** de ferrocianuro. Además hay un fras- 
co de reactivo de Nessler y otro con solución alcalina concen- 
trada de permanganato. La manera de operar es como sigue: 
Grado hidrotimétrico . — En un frasco hidrotimétrico se po- 
nen 40 cent. cúb. de agua y se disuelve un comprimido de ja- 
bón; si no resulta espuma persistente agitando, se añade otro 
comprimido ó pastilla, y sucesivamente otro, hasta obtener la 
espuma. Cada comprimido de jabón corresponde á 4° hidroti- 
métricos. Debe restarse un grado por el jabón que se gasta en 
formar la espuma. 

Nitritos y nitratos. — Se toman 100 cent. cúb. del agua y se 
disuelve en ella un comprimido de ioduro y almidón. En segui- 
da se añade un comprimido ácido, y después de disuelto se ob- 
serva si el agua toma color azul en el espacio de cinco minu- 
tos. Si no toma color azul, no hay nitritos ¡ pero si aparece co- 
lor azul en cinco minutos, existen iiitritos , tanto más, cuanto 
el color azul se desarrolle más pronto y sea más intenso, en 
cuyo caso el agua es mala. 

La coloración azul que puede aparecer después de media 
hora, no tiene importancia. 

Para los nitratos se utiliza el líquido anterior, en caso de no 
haber nitritos, añadiendo un comprimido de zinc. Si el agua 
continúa incolora después de cinco minutos, no contiene ni- 



— 99 — 

tratos; pero si adquiere color azul, sí los tiene. Para 100 mili- 
gramos de nitratos por litro, el color azul aparece al miuuto; 
para 50, á los dos minutos, y para 15 miligramos, límite de 
potabilidad del agua, tarda en aparecer el color azul marcado 
cuatro á cinco minutos. 

Debe tenerse cuidado en no confundir el color gris algo azu- 
lado que el comprimido de zinc da á las aguas, con el color 
azul marcado que producen los nitratos. 

Cloruros. — Se toman 100 cent cüb. del agua y se disuelve 
por agitación un comprimido de cromato potásico; en seguida 
se añade un comprimido de nitrato de plata, agitando para que 
se disuelva. Si el color amarillo del cromato no pasa al rojo, se 
añade otro comprimido de nitrato de plata, y sucesivamente 
otro hasta obtener el color rojoclaro. Cada comprimido de ni- 
trato de plata corresponde á 10 miligramos de cloro para un 
litro de agua. Si el color rojo es muy intenso en el último com- 
primido, hay que rebajar 5 miligramos. 

La cantidad de cloruros no tiene gran importancia conside- 
rada aisladamente, pero sí la tiene en relación de otros prin- 
cipios, que demuestran la existencia de materias orgánicas no- 
civas (véase pág. 76). 

Materia orgánica. — Se ponen 100 cent. cúb. del agua en un 
matraz y se añade un comprimido ácido (bisulfato potásico). 
Se hierve el líquido y se echa al empezar á hervir un compri- 
mido de permanganato potásico, continuando la ebullición du- 
rante quince minutos. Si la coloración rosa que produjo el per- 
manganato desaparece^ se añade en seguida otro comprimido 
de permanganato y otro hasta que permanezca el color rosa. 

Cada comprimido corresponde á 1,5 miligramos de materia 
orgánica por litro (véase pág. 84). 

Amofiíaco libre ó salino y amoníaco albuminoide. — En un 
matraz provisto de un tapón de caucho, al través del cual pasa 
un tubo dos veces doblado en ángulo recto, se ponen 50 cen- 
tímetros cúbicos del agua y se añade un comprimido alcalino 
calentando con una lámpara de alcohol. 

Se destilan primero 10 cent. cúb. del agua recogiendo el lí- 
quido en un tubo de ensayo (núm. 1), no pasando la tempera- 



- 100 - 

• 

tura de 50°, á la cual no se desprende el amoníaco que conten- 
ga el líquido destilado. 

Después se destapa el matraz, se hierve el agua unos cinco 
minutos para desalojar las últimas porciones de amoníaco que 
pudieran existir, y se evalúa en la cuarta parte del recogido en 
el tubo núm. 1 , sumándole al final. Se deja enfriar el matraz y 
se añade medio centímetro cúbico de la solución alcalina de per- 
manganato, y adaptándole el tapón con el tubo, se vuelve á 
destilar el líquido, recogiendo 10 ceut. cúb. en dos tubos de 
ensayo (números 2 y 3). En estos 20 cent. cúb. de líquido des- 
tilado se encuentra el amoníaco albuminoide. 

En los tubos números 1 , 2 y 3 se echa medio centímetro 
cúbico de reactivo de Nessler, y dará color amarillo rojizo en 
el primero, si había amoniaco Ubre ó salino, y en los tubos 2 
y 3 dará el mismo color para el amoníaco albuminoide. 

El color resultante se compara con una gama de colores que 
los autores del procedimiento acompañan, y se deduce por com- 
paración la cantidad de amoníaco. 

Metales. — Si el agua contiene plomo (procedente de las ca- 
ñerías), se descubre por el precipitado amarillo que se forma 
al determinar los cloruros con el comprimido de cromato. Para 
el hierro, cobre y zinc se toman 100 cent. cúb. del agua y se 
disuelve un comprimido ácido, y en seguida un comprimido de 
ferrocianuro que producirá en cuatro á cinco minutos colora- 
ción azul, si hay hierro, coloración roja, si es cobre ^ y ligero 
precipitado, si hay xinc. 

Esto dicen los Sres. Pignet y Hue; pero si están mezclados 
dichos metales, es necesario investigarlos por separado con sus 
reactivos correspondientes, por ejemplo el cobre, por la colo- 
ración azul que produce con un exceso de amoníaco, etc. 

Hemos hecho algunos análisis de aguas con los comprimi- 
dos, siguiendo las instrucciones de dichos autores, y el resul- 
tado ha sido próximamente igual que con los reactivos ordina- 
rios ; pero disponiendo de laboratorio y no teniendo que hacer 
el análisis en el campo , es preferible emplear los reactivos pre- 
parados por el mismo químico analizador, porque sólo así pue- 
de responder de la exactitud de los resultados. 



- 101 -^ 

A las operaciones anteriores creo debe agregarse, si se tra- 
baja en el laboratorio, la determinación del residuo salino (pá- 
gina 71) y la investigación cualitativa de las sales (pág. 7o), 
con lo cual se tendrá conocimiento más completo de la compo- 
sición del agua, sin alargar mucho el tiempo. 

Conforme con lo expuesto, pueden establecerse las siguien- 
tes condiciones indispensables de potabilidad, para un análisis 
rápido. 

1.° El agua potable ha de ser clara, transparente, incolo- 
ra, sin olor y de buen gusto. 

2° Los grados hidrotimétricos no han de pasar de 30°, 
siendo las mejores aguas las que tienen S° á 15°. 

3.° No ha de tener nitritos ni nitratos, si bien de estos úl- 
timos se tolera hasta 0,015 gramos en litro. 

4.° El amoníaco libre ó salino, si le hay, no ha de pasar 
de 0,001 gramo. 

5,° No ha de contener amoníaco albuminoide, tolerándose, 
á lo más, 0,0001 gramo. 

6.° No ha de contener más de 0,04 gramos de cloro en 
litro. (Véase pág. 76.) 

7.° Materia orgánica expresada en oxígeno. No ha de te- 
ner más de 0,002 gramos en litro, pero si no es nociva puede 
ser algo mayor. (Véase pág. 84.) 

8." El residuo salino no ha de pasar de 0,5 gramos en 
litro, y las sales han de ser las que se encuentran en las aguas 
potables. 

Como ejemplo, pondremos el Análisis del agua de Loxoya, 
cuando está clara. 

Caracteres físicos y organolépticos; buenos. 

Grados hidrotimétricos; 3^,5. 

Nitritos; inapreciable. 

Nitratos; nada. 

Amoníaco libre ó salino; 0,0001 gramo. 

Amoníaco albuminoide; nada. 

Cloro; 0,005 gramos. 

Materia orgánica; 0,005 gramos. 

Metales; nada. 



- 102 — 

Residuo salino; 0,058 gramos, compuesto de cloruros y sul- 
fatos de sodio, calcio y magnesio, en cantidad tan pequeña 
que sólo producen opalinidad con los reactivos correspondien- 
tes, y además contiene cantidad mínima de sílice coloide (1). 

Resulta que es agua potable buena, aunque la materia or- 
gánica exceda de 2 miligramos , teniendo en cuenta que en su 
estado normal no contiene nitritos, nitratos, ni amoníaco albu- 
minoide, y la cantidad de cloro es la que existe en las aguas 
más puras. 

Para terminar diremos que en esta forma debía hacerse aná- 
lisis de todas las aguas empleadas en la alimentación, no sólo 
en las grandes poblaciones donde hay laboratorios municipa- 
les, sino también en las pequeñas, teniendo en cuenta que el 
estado del agua potable influye tanto en la salubridad pública 
y en la propagación de las enfermedades infecciosas; y como 
consecuencia de estos trabajos analíticos, poner los remedios 
donde sea necesario, á fin de que todos los pueblos tengan 
agua potable en buenas condiciones. 



(1) Puede expresarse esto, según la teoría de los iones, dicien- 
do: contiene los aniones Cl, SO^, y los cationes Na, Ca, Mg. Ade- 
mas el anión SiO^, el CO^ disuelto con O y ^ del aire. (Véase pá- 
gina 76.) 



- 103 - 



III.— División de un segmento en media y extrema 
razón. 

Por Luis Cátala y Gimeno. 

Si á una circunferencia R (o) se le traza una tangente AB 
por un punto A exterior de su plano, tendremos, llamando Am^ 
Am' las normales correspondientes al punto A (fig. 1), 

AB'^ = Am . Am. 



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Figura 1. 



Suponiendo que el radio de la circunferencia es igual á la mi- 
tad de la tangente, resulta 

Ani^Am-\-AB Am = Am' — AB 

Am = {Am-\- AB) Am = Am^ -\- AB . Am 

AB^ = {Am' — AB) Atn = Am^ — AB.Am', 



- 104 — 

de donde 

Am^ = AB^ — AB . Am = AB {AB — Am) = AB.mB 
Am'^ = AB^ + AB . Am' = AB {AB = Am'} = AB . 7?2'B; 

luego los segmentos Am, Am' son, respectivamente, los seg- 
mentos áureos aditivo y sustfactivo del AB. 

Trazando por los puntos m, m' de R [o) las tangentes mm^ 
y ?n'77i\, de la igualdad de los triángulos omm^ oBm^ y o?>^'m^', 
om^^ B se deduce que las rectas om^ y om¿ son las bisectri- 
ces del \BOA, y, por consiguiente, que el triángulo mom-¿ 
es rectángulo en 0. 

De la semejanza de los triángulos Am' m-^', m^mA y oBA, 
resulta 

Am, = 2mm^^2Bm^ .. Am' = 2Bm'', 

luego los segmentos m^B Bm^' son los segmentos áureos 
aditivo y sustractivo del segmento oB = — AB. 

Si en los puntos m^ m^' levantamos las _l_ á las rectas om^^ 
om^', prolongándolas hasta su encuentro con la recta oB en los 
puntos n^ n^', tendremos 

Bm^^ = oB.Bn^ y Bm^^ = oB .Bn^', 

luego los segmentos Bn^, Bn^ son los segmentos menores del 
segmento oB al dividirlo en media y extrema razón. 

De lo dicho resulta que, para dividir un segmento dado oB 
en media y extrema raxóyi: Describiremos una circunferencia 
con un radio igual al segmento dado; tomaremos en la tan- 
gente trazada á la circunferencia por un punto B a?'bitrario 
el segmento BA igual al diámetro y las normales del punto A; 
por los extremos de estas normales trazaremos dos tangentes 
á la circunferencia, las que al cortar la tangente AB en los 
putitos m^ m^ determinan dos segmentos, Bm^ Bm^, que son 
los segmentos áureos del segmento dado oB. 



— 105 - 

Para hallar los segmentos menores correspondientes traxa^ 
remos en los puntos m^ m-^ las perpendiculares á las rectas 
om^ om-¿y las que al cortar al radio oB prolongado en los 
puntos n^ n^ determinan los segmentos Bn^ Bn^ jjedidos. 

Sel. También pueden hallarse los puntos mi m^ trazando 
las bisectrices del ángulo A [o) B. 

De la semejanza de los triángulos m^ om^, om^ n^ y om^ w,, 
se deduce: 

1.° El segmento dado es media propo?'CÍonal entre sus dos 
segmentos áureos. 

2.° El segmento dado es igual al segmento áureo aditivo 
de su segmento áureo susti'activo dividido en media y extre- 
ma razón. 

3.*^ El segmento dado y su segmento áureo aditivo son 
dos medias proporcionales entre el segmento áureo sustractivo 
y el segmento menor aditivo del dado. 

4,° El segmento menor aditivo de un segmento dado es 
igual al segmento áureo aditivo del segmento áureo aditivo del 
segmento dado. 

Trazando por el punto n^' la recta n^ m^ J_ m^ n^ hasta 
que corte la tangente AB prolongada en m^ , de la semejanza 
de los triángulos m^ n^ m^ y om^ m^ deducimos: 

5.° El segmento áureo sustractivo del segmento dado es 
igual al segmento áureo aditivo del segmento menor sustrac- 
tivo del segmento dado, dividido en media y extrema razón. 

Teorema. Un segmento es inconmensurable con sus seg~ 
fnentos áureos. 

En efecto: hallando los segmentos áureos del segmento dado, 
y de cada uno de los que resultan, vemos que el punto B 
extremo del segmento dado oB es punto asintótico de los 
m^ n^ .. m^ n^ .. m^ Wg... que sucesivamente se encuentran, y 
por lo tanto no existe común medida del segmento dado y su 
segmento áureo aditivo, y por consiguiente son incomensurables; 

1 • 1 ^ *• í m.B\ ( oB \ 
lo mismo ocurre con el sustractivo, pues ( — - — |= 1. 

\ oB I \BmJ 
Problema, a). Trazando el haz o {M'BM), reproducción 
del o {m^Bm^) de la figura 2, podemos dividir un segmento 



— 106 — 

dado cualquiera en media y extrema raxón sin nuevas cons- 
trucciones. 

Sea 8 un segmento dado, tomando en el haz oB' = 8 y tra- 
zando por el punto B' la J_ á oB' los semi-rayos oM' OM; in- 
terceptan en esta perpendicular los segmentos B' m , B' m' , 
que son los segmentos áureos aditivo y sustractivo del dado 8. 




Figura 2. 



Las perpendiculares trazadas á las rectas oM, oM' por los 
puntos m, m' , determinan en oB los segmentos B' n^, ^^i'j 
que son los segmentos menores aditivo y sustractivo del dado 8. 

P) Hallar un segmento, conociendo su segmento áureo. 



1. Conociendo el segmento 
áureo aditivo. 

Trazaremos por el vértice 
del haz la _]_ al semi-rayo oB, 
tomando en ella oK igual al 
segmento áureo dado. La || á 
oB ^ trazada por el punto K, 
corta al semi-rayo oB en m. 

Trazando por m la perpen- 
dicular á oB,y prolongándola 
á su intersección mf con oB, 
tendremos determinado un seg- 
segmento o5',que es el pedido. 



1. Conociendo el segmento 
áureo sustractivo. 

En este caso hallaremos el 
segmento pedido haciendo 
análogas construcciones á las 
detalladas en (1) izquierda so- 
bre el semi-rayo oM' . 

Pero bastaría dividir el seg- 
mento áureo dado en media y 
extrema razón (a), y el seg- 
mento áureo aditivo de esta 
división será el segmento pe- 
dido. 



— 107 — 



Corolario. Dado el lado del decágono regular, es fácil 
construirlo, pues el problema anterior nos permite hallar el 
radio de su circunferencia circunscrita. 

Análogamente se podría construir un pentágono regular, 
conocido su lado. 

y) Hallar un segmento conociendo su segmento menor. 



1. Co7iociendo el segmento 
menor aditivo. 

Hallaremos, como se ha di- 
cho, el segmento cuyo segmen- 
to áureo aditivo es el que se 
nos ha dado, que será el seg- 
mento áureo aditivo del pedi- 
do, que determinaremos por la 
construcción (a, 1) izquierda. 



1. Conociendo el segmento 
menor sustractivo. 

Hallaremos el segmento cu- 
yo segmento áureo sustractivo 
es el segmento que se nos da, 
y será el segmento áureo sus- 
tractivo del pedido, que se de- 
termina por la construcción 
(a, 1) derecha. 



Aplicación. Construyendo una escuadra semejante al tri- 
ángulo momj', y marcando la altura 
correspondiente ó la hipotenusa con 
una división milimétrica, así como los 
catetos (fig, 3."), tendremos un instru- 
mento que nos permite hallar muy fá- 
cilmente, y con la exactitud deseable 
en las construcciones, la solución de 
los problemas que se resuelven por 
medio del hax que pudiera llamarse de 
división; lo que constituye una modi- 
ficación útil de la escuadra actualmen- 
te en uso. 

ScL. GRAL. Todas las propiedades 
estudiadas anteriormente pueden deducirse analíticamente por 
medio de la relación que define la división de un segmento en 
media y extrema razón. 




Figura 3. 



- 108 - 



IV. — Contribución á la teoría de polígonos regulares. 

Por Luis Cátala. 

Siendo {e^ e^ e^... e,J {E^ E.2 E^... E^) las especies de los po- 
lígonos regulares de géneros g, 2g y g un número impar, pue- 
de establecerse una correspondencia unívoca entre los núme- 
ros de ambos grupos mediante la relación 

(1) 2e-\-E = g. 

Porque el arco subtendido por el lado de un polígono regular 

de género g será — , cuyo suplemento es = — ; 

9 ^ ^ 2 9 2g 

y como el número g — 2e es primo con 2g, determina la es- 
pecie de un polígono regular de género 2^^ y llamándola E 
resulta g = 2e -\- E. 

Los polígonos regulares que satisfacen estas condiciones se 
llaman suplementarios. 

Si el número g es par, el grupo (e^ e, Cg... e,J de los números 
que designan las especies de los polígonos regulares de géne- 
ro ^ se puede descomponer en dos, que se corresponden uní- 
vocamente mediante la relación 

(2) e-{-E = ^g. 



Porque el arco subtendido por el lado de un polígono regular 

g 
de especie e y género g será — , y su suplemento 



2 9~ 9 



- 109 - 

y como el número entero -^ — e = E bb primo con g, será la 
especie de otro polígono regular del mismo género, y, por lo 
tanto, E -{- e = — g. 

Los polígonos regulares que satisfacen estas condiciones se 
llaman conjugados. 

Los lados de dos polígonos regulares suplementarios 6 co7i- 
jugados son dos cuerdas suplementarias de su circunferencia 
circunscrita. 

El lado y apotema de un polígono regular se designan con 
las letras L y a afectadas de un doble subíndice que indican 
respectivamente el género y la especie del polígono. 

Sean ^ y C los extremos de un diámetro de R (0); AB, CB 
dos cuerdas suplementarias; ow, 7?i sus distancias al centro; 
HB la cuerda trazada por B \\ AC , y D el punto simétrico de 
B con relación al diámetro AC. Del triángulo rectángulo ABC 
y del cuadrilátero cíclico ABHC sale 

(3) AB'-\-BCr-==4.m (4) AB'—BC'=:j^2R.EB ^AB^BC 
(5) AB.BC=R.BD (6) CB = 2 .on „ AB = 2 .om. 



Polígonos regulares suplementarios. 

LADOS Y APOTEMAS DE LOS POLÍGONOS REGULARES 
SUPLEMENTARIOS DE GÉNEROS g Y 2g. 

Sean 

AB = L2g. E • BC = Lg . e / 
luego 

(Lg.E (L2g(2E-g) 

BD=l 2E$g BH=\ 2E%g. 

(Lg(g-E) (L2g(g-2E) 

Eliminando BC de las relaciones (8) {4:) y AB de las (3) (5), 
resulta 

AB2±BH— 2 = 0, BC^ — 4:BC'-\-DB' = 0', 



— lio - 

sustituyendo en estas relaciones y en las (5) (6) cada segmento 
por su valor, tomando por módulo el radio, tendremos los sis- 
temas de ecuaciones 

(a) Lhg.E-{-L2g(g-2E}—2=0„L-2g.E — L2g(2E-g) — 2=0j 

(P) L\e-4^L'^g.e-\-L%.E=0„L%.e-áLg.e-{'Lg,g.E,=0,9^2El 

¿e-\- Mt=gm 

(y) Lg.e.L2g.E=Lg.E=Lg(g-E} j 

(5) Lg.e=2á2g.E „L2g.E=2ci'g.e 

Sumando y restando las relaciones (3) (4), sale 

{[t) L2g(g~2Eí='L-g,e—2^L2gfg-2E,=2 — l-g,e 

g%2E 2e-\-E=g, 



(p) ■^g.e=\2-^L2g[g-2E)„Lg,e=\2~h 



■¿g{g-2E) 



Los sistemas de ecuaciones (a) (^) y las relaciones (o) dan 
respectivamente los valores de los lados de los polígonos regu- 
lares suplementarios de géneros g y 2g y sus apotemas. 

Si restablecemos el radio en la relación (y), se deduce que 
éste es cuarta proporcional á los lados de dos polígonos regu- 
lares suplementarios y del polígono regular cuyos género y 
especie son el menor y la mayor de ambos polígonos. 

Si multiplicamos las relaciones que se deducen de (y) cuan- 
do se reemplazan e, E por sus valores correspondientes, de- 
ducimos 

siendo n el número de polígonos regulares que existen de gé- 
nero 2g. 

Las fórmulas (p.) nos dan los lados de los polígonos regula- 
res de género 2g en función racional de los suplementarios de 
género mitad, y las (p) los de género g en función de los de 
sus suplementarios de género doble. 



- 111 — 



Aplicaciones. Siendo suplementarios los polígonos de gé- 
neros (3, 6) (5, 10), de lo dicho resulta fácilmente 



L%.i = R „ «6.1 = — B.\^ 



«10. 



,i=i-EVlO + 2V^ 



iio.3 = -i- i2 (Vs + l) 



«10.3 



= i.i?\/lO_2V¡ 



Lg.i = i? y 3 „ «3.1 = — li 



L5.1 = — \/lO-2V/5 



«5.i=-i2(V^ + l) 
4 



Í5.2 = A\/io + 2V/5 



a5,2 = i i2 (\/ 5 — 1) . 
4 



Como la resultante del sistema (7.) en el caso í/ = 5 es 



a2 — A— 1 = 0, 



y la ecuación de los cuadrados de sus raíces es 



y2_3y + l = 0, 

resulta : 

a) La diferencia de los lados de los decágonos regulares 
de 5.* y 1.^ especie inscritos en una circunferencia es igual al 
radio, siendo éste media projoorcional entre ellos. 

b) La suma de los cuadrados de los lados de los decágonos 
regulares inscritos en una circunferencia es igual al triplo 
del cuadrado del radio, y su producto la cuarta potencia de 
este radio. 

Siendo la resultante del sistema (,3) en el caso g = ó 



X2 — 5a+5 = 0, 



resulta que; 



- 112 — 

La suyna de los cuadrados de los lados de los dos pentágo- 
nos regulares inscritos en una misma circunferencia es igual 
al quíntuplo del cuadrado del radio, y su producto al quín- 
tuplo de la cuarta potencia del radio. 

ScL. La aplicación de las fórmulas (p) (a) nos permite ha- 
llar los valores en función del radio de Lio.i -Z^io.a cuando se 
dan los de Loa L0.2, y al contrario. 



Polígonos regulares conjugados. 

LADOS Y APOTEMAS DE LOS POLÍGONOS REGULARES 
CONJUGADOS DE GENERO 2g. 

Sean AB= L^g.e BC = Log.E^ de la simetría de las rela- 
ciones (3) (5) con relación á AB, BC, se deduce que L%g.e L--2g.E 
son las raíces de la ecuación 

(m') X2 — 4X + L2^.e^0; 

por consiguiente, 

U\Jv Usjv' 

L-2g.e={ _ y L2g.E={ _ e-\-E = g; 

de dichas relaciones sale 

L^g.e = ^ [\J4.-^r'¿Lg.e±:\J4.-2Lg.^ 
L2g.E == \ [\/4 + 2i~ qi \¡4.-2Lg.X 

cuyos signos superiores é inferiores se corresponden, y son el 
resultado de desdoblar los radicales V ^ n V^ '• 



113 - 



De las relaciones (5) resulta 

(y') L2¡j.eL2g.E= RLg,E ri ^ ^ E = g. 

a) Luego el radio de una circunferencia es cuarta propor- 
cional á los lados de dos polígonos regulares conjugados ins- 
critos y al del polígono regular inscrito de género mitad y de 
la especie del menor de ellos. 

h) Sustituyendo en {-/) e, E por sus valores, y multipli- 
cando los resultados, encontramos que 



T,Líg_Q — TZL/og.e — 






e-^E=g, 



según que 2g sea una potencia de 2 ó una potencia de 2 mul- 
tiplicada por un número impar, siendo 7i el número de polígo- 
nos de género 2g. 

ScL. Conocidos los valores de los lados de los polígonos 
de género 2g, las relaciones (6) nos darían las apotemas. 

Aplicaciones. Siendo conjugados los polígonos regulares 
inscritos de géneros 8 y 12, sustituyendo en (m') Lg,e respec- 
tivamente por y 2 = L^ 1 = L^, resulta 



).2_4>. + 2 = 0, 



de las cuales sale 



as 



, = R\j2-\J' 



¿1 



Í8.3=i?\/2+ \¡2 



«8 



,=|V¡37^ 



)>2 — 4). 4- 1 = 0, 



ii2.i = ESJ 2 — \J \ 



«12.1 



-E'12.5 



4v/2 + V: 



= n\f2-\-\J^ 



«12.5 = 



^V^2-\/3. 
2 



Eev. Acad. Ciencias.— III.— Julio, 1905. 



^ 114 — 

De las ecuaciones anteriores deducimos: 

a) La suma de los cuadrados de los lados de los octógonos 
regulares inscritos en una misma circunferencia es igual al 
cuadrado del diámetro, y su producto al duplo del cuadrado 
del radio. 

b) La suma de los cuadrados de los lados de los dodecágo- 
nos regulares inscrita en una misma circunferencia es igual 
al cuadrado del diámetro, y el radio es media proporcional 
entre ellos. 

ScL. De un modo análogo se hallarían los lados de los po- 
lígonos regulares inscritos en una circunferencia de géneros 
2" y 2^g' , siendo g' un número entero impar y conociendo los 
lados de los polígonos regulares de género g' . 



Determinación particular de los lados y apotemas 
de algunos polígonos regulares. 

Triángulo equilátero y exágono regular (*;. — El 
circuncentro y ortocentro de un triángulo equilátero coinciden 
y éste es simétrico respecto á uno de los lados con el punto 
de intersección del circuncírculo y la altura correspondiente á 
dicho lado. 

Sea ABC un triángulo equilátero inscrito en -ZÍ(O); D el 
punto de intersección de la altura Am, correspondiente al lado 

BC con R {0), y tendremos cm = Bm, mJ) = mo = — E; y 

como CA^ = 3R\ resulta CA = Ls.i = RS/s. 

Siendo CD la cuerda suplementaria de CA, es el lado del 
exágono regular; y como la figura OCDB es un rombo, Xe.i^-R* 

Pentágonos y decágonos regulares. — Las diagonales 



(*; Al mismo resultado llegamos, fundados en que la mayor de 
las cuerdas que unen un punto arbitrario del circuncírculo de un 
triángulo equilátero á sus vértices es igual á la suma de las otras 
dos. 



- 115 - 

<3e un pentágono regular se dividen mutuamente en media y 
extrema razón. 

Siendo AB = Z5.1 = x, AC = L^.2 =^ y en la. circunferen- 
cia R (0) y AM el diámetro que pasa por A, tendremos 

\/5 — 1 
x = y ; 



pero del triángulo AC3I resulta y y 4 — y- = x, y, por lo 
tanto, 



x = —\/lQ — 2\Jb „^=: Av^l0 + 2\/5. 



Siendo B^í , CM las cuerdas suplementarias de las AB, CD, 
representan los lados de los decágonos de 3.* y 1." especie, y, 
por consiguiente, 

¿10.3 = |- (V 5 + 1) „ L,,i = -|(\/5-l), 

que son los segmentos áureos sustractivo y aditivo del radio (*), 
ScL. El semilado aparente del pentágono de 2.* especie 
€8 el segmento menor del radio, dividido en media y extrema 
razón. 



(*) Sabemos que la diferencia entre los lados de los decágonos 
regulares es igual al radio de su circunferencia circunscrita; y 
como su producto es igual al cuadrado del radio (Muir), tendremos 
).io.3 + (— >io.i) = R /10.3 (— /lo.i) = — R-; luego ).io.3 y — >io.i 
son las raíces de la ecuación X- — Rl — R- = 0^ y, por lo tanto, 

iio.i = R/2 {\5- 1) Lio. 3 = R/2 {\'b-{- 1). 



— 116 



Determinación gráfica de los lados de los pentágonos 
y decágonos regulares. 



Sabemos que 



Z5i=— \/lO — 2\/5 = 
2 

£5.2=— V^10 + 2V'3 = 



£10.1 = 4 (\/ 5-1)= 

2 2 






2 2 



Luego si en el extremo H de un diámetro .4 5 de Ji (0) traza- 
mos la J_ 5(7= i?, la recta AC corta al diámetro _l_ ^5 en el 
punto -p; la intersección de AF (p) con la prolongación de oP 
dará los puntos M y N^ y tendremos 

AP=—\/l> oP=^ ^MN=R\J b; 
2 2 

y, por consiguiente , 

AM^Lo,2 oM=Lio,3 AN=Ló,i oN^L]o,i, 



Lados y apotemas de los polígonos regulares cuyo gé» 
ñero es igual al producto de dos números primos 
entre sí. 



Si un número entero g es igual al producto de otros dos, 
OL y p, primos entre sí, llamando a, ¿las especies de dos poli- 



— 117 — 

gonos regulares de los géneros a, ¡3, sus lados serán las cuer- 
das de los arcos — , — de su circunferencia circunscrita, y 

a ' p ■ ^ 

SU suma — '-^ — - será el arco subtendido por el lado de un 
a(i 

polígono regular de género g y especie a^ -\- &y., pues este 
número es primo con g por ser a y ¡3 primos entre sí. Por con- 
siguiente, las soluciones enteras de la ecuación a3 + &a = c, 

6 sea 1 = , siendo c un número primo con g inferior 

á — g, serán las especies de los polígonos de géneros a, ¡j co- 

rrespondientes á la de los polígonos de género g. Luego si po- 
demos inscribir en una circunferencia dada los polígonos regu- 
lares de los géneros a, ¡3 con la regla y el compás, y conoce- 
mos los valores en función del radio de sus lados, será fácil 
inscribir los de género a|j y calcular sus lados y apotemas. 

Trazando por el centro A de un diámetro arbitrario AB de 
ñ (0) las cuerdas ha. a L^,h á un mismo lado áe AB ú a, h 
tienen signo contrario ó á distinto lado si lo tienen igual, la 
cuerda que une sus extremos y la perpendicular trazada por el 
centro hasta su intersección con el lado, serán el lado y apote- 
ma de un polígono regular de género g. 

Para hallar su valor numérico, si llamamos ii, p los pies de 
las apotemas de los polígonos cuyos lados son La. a L^,j), de 
los cuadriláteros cíclicos {o upe) y el determinado por los pun- 
tos A, B y los extremos de las cuerdas La.a> L^,h dan, por 
el teorema de Tholomeo, 

Lg.e= — [La. a L2^{^-2^) 'ihL^.h L-2a{a-2a)\- • • (^); 

debiendo tomar el signo (-{-) cuando el centro está entre los 
lados La.a^ i,i.6> 7 ^ ( — ) Gu el caso contrario. 

°'gr.e == — {L? .b — tta.w Lgx) > 

-L'a.a 



- lis — 

debiendo tomar el signo (-]-) cuando el centro no está com- 
prendido entre los lados La. a y L^,b, y el ( — ) en el caso con- 
trario. 

ScL. En general, la apotema de un polígono regular de 
género g y especie e es 



dg.e — •— L2g(g-2e)' 



APLICACIONES 



Polígonos de géneros 12 y 24. Siendo 12 = 3.4, 24=3.8 
D (2, 4) = 1, Z> (8, 8) = 1. Aplicando las fórmulas genera- 
les resulta: 



-£'12.1=— L^ (Z/g 1) 

¿I 



Ll2.h = — L^ (Xg -f 1) 



«12.1 = ~ -^12.5 

¿i 



ai2.5 = — •í'12.1. 

2 



-Z^24.1 = — (-^8.3 — -í>3 -í'S.l) 



-Z^24.o = — (-^3 ^8.3 — -í'S.l) 
¿1 



¿I 



Lii.n = — [Lq Ls.3 + Ls.í)' 

«24.1 = — -£24.11 
u 



«24.5 ^~ i'24.7 



«24.7 = — ■ £^24.5 
u 



«24.11 = — -£24.1» 



dodecágonos es igual al lado 
del cuadrado. 



— 119 - 

De las relaciones anteriores se deduce fácilmente: 

a) La diferencia de los [ a) La suma de los lados 

de los polígotios de género 24 
y especies (1 . 7), es igual al 
lado del octógono de especie 3.^; 
y la diferencia de los lados de 
los polígonos de géneros 24 y 
especies (11 . 5), es igual al 
lado del octógono de especie 1.^ 

b) El diámetro es cuarta 
proporcional á los lados de los 
polígonos de géneros (1 , 7) , 
y el lado del decágono de es- 
jyecie 1.^ y de los de género 
(5 . 11) y el lado del decágono 
de especie 5.* 

c) La suma de los cua- 
drados de los lados de los po- 
lígonos de género 24, es igual 
al cuadrado del diámetro. 



b) El radio es media pro- 
porcional de los lados de los 
dodecágonos. 



c) La suma de los cua- 
drados de los lados de los do- 
decágonos es igual al cuadra- 
do del diámetro. 



Polígonos de géneros 15 y 30. Siendo 15 = 3.5, 30 = 5.6 
D{^,b) = \, D (5, 6) = 1. Aplicando las fórmulas genera- 
les resulta: 



-í'15.1 = — [LoO.Lq\— L\Q).\ Lg.i) 
9 



LizA= — {Lo.2 Lq,t\-L\oa Ls.i) 
2 






Li5j = — ÍLío.bL3,i-{-Lo.iLq,í) 



«15.1^ — (-í'5.2-í'3.1 + -í'10.lÍ6.l) 

4 



-^30.1 = — (í'5 • -í's — ■£'10.3 L%,\) 

di 



-£'30.11= — (í'5.1- -£'34-^10.3 -í'G.l) 



¿30.7 = — {Lo.oL^ 



LwaLq.i) 



•£'30.13 = — {Ló.oLs^í-\-Lio.í Lq,i) 



«30.1 = — -£'10.3 -¿3.1 +¿5.1 ¿6.1) 

4 



— 120 - 



4 
4 



«15.7 = —- (■í'5.1^^3— -^10.3 í'6.l)' 



ff 30.11= — (-£'10.3 L,3.i—Lo.i Le.í) 
4 



flí30.7 = — (-í'5.2¿6.l4--í'10.lÍ3.l) 

4 



«30.13 = — (£'5.2Í'6.1— -^10.1 -ZvB.i). 
4 



De las relaciones anteriores se deduce fácilmente: 



a) La suma de los lados 
de los pentadecdgonos de 1.^ 
y 4.^ especie es igual al lado 
del petitágono de 2.^ especie; 
y la diferencia de los lados 
de los pentadecágonos de es- 
pecies (7 .2), es igual al lado 
del pentágono de 1.^ especie. 

b) El radio es cuarta pro- 
porcional al lado del decágo- 
no de 1^ especie y los lados 
de los pentadecágonos espe- 
cies (1 .4) y también al lado 
del decágono de 3.^ especie y 
los lados de los pentadecágo- 
nos de especies (7 . 2). 

c) La suma de los cua- 
drados de los lados de los pen- 
tadecágonos es igual al séptu- 
jplo del cuadrado del radio. 



a) La diferencia de los la- 
dos de los polígonos de género 
30 y especies (11 . 1), es igual 
al lado del decágono de 5.* es- 
pecie; y la diferencia de los 
lados de los polígonos de gé- 
nero 30 y especies (13.7) es 
igual al lado del decágono de 
1.^ especie. 

b) El lado del decágono 
de 1.^ especie es media pro- 
porcional entre los lados de 
los polígonos de género 30 y 
especies (1 .11); y el lado del 
decágono de 3.^ especie es me- 
dia proporcional entre los la- 
dos de los polígonos de género 
30 y especies (7.13). 

c) La suma de los cua- 
drados de los lados de los po- 
lígonos de género 30, es igual 
al cuadrado del triplo del 
radio. 



De igual manera procederíamos en los demás casos que 
pueden ocurrir; así, por ejemplo, hallaríamos para los polígo- 
nos de género 120 que 



DETERMINACIÓN GRÁFICA 

de los lados de los polígonos regulares de género 120, 

inscritos en una circunferencia de radio o A= R 




REVISTA DE LA REAL ACADEMIA DE CIENCIAS EXACTAS, 
FÍSICAS y NATURALES. — Tomo III. _ Julio de 1905. 



— 121 — 

/ = ~ (^24.5 Lio.3 ^ L2Í.7 L5.1) 
120.49) 



/y^" ■"' 



-í'120.23) 1 

/ = ~ (-£^24.7 Lo.2^ -£'24.5 ■£' 10.1) 
'120.47 ) 



in" — ^ 



-í'120.7 ) 1 



/ == ,^ (-C'24.11 -C'lO.l -{-Loi.l L0.2) 
-^120.17) 



-Z^120.43) 1 

/ = "77 (-^24.11 Lóo^ -^24.1 ¿lO.l) 
^120.53; 



-£^120.11 ) 1 

/ = ~ (-£'24.7' -£'10.3 +-£'24.5 -£'5.l) 
■'120.59 ) 



r S 2 



■£'120.13) 1 

/ = "T (-£24.5 L5.2 H^ -¿^24.7 -Z^lO.l) 
-¿^120.37/ 

■£^120.19) 1 

' = ~ (-£'24.11 -^5.1 ^^ -£'24.1 -£'10.3) 

1.29) 

-£'120.31 ) 1 

(-£'24.11 -£'30.3 + ¿24.1 -£'5.l) 
■'120.41/' 



•£'120.29 



T \ 2 

-£-'120 ■ " 



Ir ^ T 

fl5l20.1 = — -LilW.bQ ) 0^120.49 = — -¿^120.11 

2 2 

Entre otras relaciones, los lados de estos polígonos satisfa- 
cen la propiedad de que la suma de sus cuadrados es igual á 
ocho treces el cuadrado del diámetro. 



Lados de los polígonos regulares circunscritos; 
perímetro y área aparente de un polígono regular. 

a) Lado del polígono regular circunscrito. — Si en los pun- 
tos medios de los arcos subtendidos por los lados de un poli- 



— 122 — 

gODO regular inscrito en R (0), se trazan tangentes á la cir- 
cunferencia , resulta otro polígono regular circunscrito seme- 
jatite, cuyo lado es fácil calcular. 

Sean Lg,e el lado del polígono inscrito y "^^g.e el del cir- 
cunscrito semejante; tendremos 



\.e 


R 


2R 


2RLge 


Lg.e 


1 r 

2 ■^2g{g- 


L¿g(g — 2e) 
-2e) 

Lg{g-2e) 


Lg.e Lígig — 2e) 


! donde 




1 '2L y,e 





L 



g.-2e 



Llamando p al radio de la circunferencia circunscrita ó 
este polígono, se tiene 



P ^g.e 2 Lg,e 

■ti -t-^g-e -t-^g-s 



de donde 



2RIjg_e 



.L 



g.2e 



b) Perímetro aparente de un polígono regular. — Sea el 
arco ^i? la gésima parte de la circunferencia 7? (0), AD 
= BC = Lge, M, el punto de intersección de AD y BC, 
Pg_e el perímetro aparente del polígono; los triángulos seme- 
jantes CMD, AMB dan 

CD _ AB _ AB+CD 
CM~ MB ~ CB 



de donde 



123 - 



MB= ^_^-^^_ , 



y, por lo tanto, 



AB-i-CD 



'-'q . -L'ql -L'q.e 
Ijg.l-^ -Lg(2e-1i) 



Ahora bien, si á partir de un punto arbitrario A de la cir- 
cunferencia se trazan las cuerdas AB = Lg,\^ AD = Lg{2e-i) 
Y unimos el punto medio C del arco DB con los puntos A, 
jB, Z), resultará CA=Lg,e, CB=CD=Lg{e—i)yBD=Lg.2(e-i) 
y del cuadrilátero cíclico ABCD sale, por el teorema de Tho- 
lomeo, (*) 

7- ir Lg.eLg,2(e-í) f,s 

■Lig.\ -T-L, g (2e _ i) — \i-) 

y sustituyendo en la expresión de pg,e, resulta 



_ ^gr.^g.l Lg(e-l) , X 

Pg.e — • W 

Ijg.2(e-Í) 



Llamando P^.e al perímetro aparente del polígono circuns- 
crito, como 

* gr.e ^g.e ^ J-^g.e 



Pg.e Lg,e LgOe 



(*) Es fácil deducir que 

Lg.^+Lg.n = ^-^^•^"+" ^^-^"-"^ para n>m 

T y Log (g — {n-\- m) Lg(n — m) 

•^ ^ " L2g{g-{n-m) 



— 124 — 
resulta 



■L a.p. 

^g.2eLg2{,e-l) 



g.e 

-L/a.2e -L/ú 



(U) 



ScL. Si e = 1 , tendremos 

Pg.i = gLg.i y Pg.i = 2g —^ , 
pues 

Lg.l -f- Lg(2e — 1) = 2Z/^.i. 

c) Área aparenta de un ¡polígono regular. — Sean Lg.e, 
Ag,e, \.e> '^g.e los lados y áreas aparentes de dos polígonos 
semejantes, uno inscrito y el otro circunscrito á la -R (0), ten- 
dremos 

A __JL_ T —^n W^Lgie-l)L2g.(g-2e) . 

^g.e — — . lJ2g{g-2e) — "^ 9 ' 7 ' 

r^g.e ^ Lig2(e-í) 



pero 

luego 



Lg,e L2g(g-2e) — Lg,2e > 



-'- „ Lg_\Lg,2e'Lg(e — \) 



y como 



A — — « -^g.í^g:^e-^g(e-í} . , ,. 

ó l^g,e-L/g.2{e—í) 



y 2 

■Lig.2e -L/g2{e-l) 



ScL. Si ¿r = 1, se tendrá 



^gA=— gLg,2, 
4 



- 125 — 
pues 

LgX + Lg,(2e-Í) = ^Lg.í J ^g,t = g . . 

-L'g.2 

a) Si en la fórmula (c') hacemos sucesivamente 

9 = 9r7^=-^-^— :, 9=^9:,e=g — 2, 
resulta 

. __ 9 Lg,l L^g.l . _ L2g.lLg,l 

^„£zl — — • y ^2g.{9-2) = 9' ' > 

^2 ^ -'-'ig.S ■l^2g.i 



por consiguiente, 



A.2g(g-2)=2AglzL. 



Es decir, que el área de un polígono regular de género im- 
par y de la especie mayor, es la mitad del área del polígono 
regular de género doble y de la especie máxima. 

b) Si en la misma fórmula (o-') hacemos sucesivamente 

^9 = 9,,e=g—l „ 4:g=g„e = 2g — l, 
tendremos 

A2g(g-í) = g.—^¡-~ y Aig^2g-i) = 2g , 

-^g.l ■Li2gA 

y, por lo tanto , 

Aig(2g-i) I Aogíg-i) = 2Lg,í I — ^^ I . 

\ -í^2g.l } 

c) Si en la fórmula (u') hacemos, sucesivamente, 



resulta 



1 



-^sr.l _ v^ , _ . L2g.l 



2 =2g ^^ y 2 =4:g 

g — 1 L2g.l Log.i 9=''¿9Í9-2) Lgx i>2g.3 



— 12G — 
y, por tanto, 



s / s =^ ( ^^- y. 



í'- ^í 



4^ Si en la misma fórmula (u') hacemos sucesivamente 
g=2g^e=g—l y g = 4:g „ e = 2g — 1, 
resulta 



4f/ _ ^ 89 



S = "-^ y V 



2^(3-1) LgA 4flr(2^-l) ¿2^1 

y, por lo tanto, 

45f(2sr-l) 2g(g-í) Log.í 

ScL. Las fórmulas (t) (o-') (u) (u'), siendo de forma mono- 
mia nos permiten aplicar el cálculo logarítmico á la determi- 
nación de los perímetros y áreas de los polígonos regulares de 
cualquier género y especie. 



(*) Los resultados anteriores tienen una signiflcación trigono- 
métrica fácil de hallar, teniendo en cuenta que 

-r ^ 2tC ^ "¡^ t r^ T^ 

Lg.\ == 2 sen := 2 eos — — , L^g.i = 2 sen -r: 



g 2g ' -'•' "^" 2g 

L2g.í = 2sen-^ — y sen 2 a = 2 sena cosa, 



pues, resulta 



Aig (2g -1)1 Aog (flf - 1) = eos -^ I eos- -^, 
S / S í— r- S / S =4cos "" 



^•^- • ""^^ 2^ 

Estos resultados expresan la i^elación que tienen las áreas apa- 
rentes de los polígonos de géneros g ?/ 2g, de especie máxima, ins- 
critos y circunscritos á una circunferencia de radio E.. 



)'^1 







5. 


g 


-^ 


S' 


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- 129 - 



V. — Distribución de la corriente eléctrica en una red 
de conductores. 

Por Evaristo Serrano Rosales, 

Consideraciones basadas en la ley de Ohm y en las propie- 
dades de los valores 

deducidos de las ecuaciones de Kirchhoff -ir = —e y —i = O, 
nos han conducido al método que proponemos para solucionar 
el problema. 

Este método, que no exige la resolución de ecuaciones y se 
practica con el empleo de los más elementales conocimientos 
matemáticos, no viene á ser otra cosa sino un desarrollo de las 
determinantes de los valores de las incógnitas ^\, «*,••• apo- 
yándonos en las propiedades físico-matemáticas de la cuestión. 

El denominador es común á todas las intensidades, y vamos 
á calcularlo anteponiendo los siguientes principios: 

1.® El orden de los polinomios homogéneos, tanto del nu- 
merador como del denominador, es igual á h — p -\-l, lla- 
mando h al número de hilos de la red y ^ al de nudos. Llama- 
mos nudos á puntos de donde parten tres hilos por lo menos, 
é hilos á los segmentos de conductor comprendidos entre dos 
nudos cosecutivos. 

2.° No pueden existir términos con dos hilos que forzosa- 
mente no hayan de atribuirse á uno mismo de los h — p + 1 
circuitos cerrados que se consideren. Estos h — p-{-l circuitos 
deben ser elegidos de modo que entre todos contengan los h hi- 
los de la red, dando preferencia, por razón de mayor sencillez 
en el cálculo, á los circuitos de dos hilos, en su defecto, á los 
triangulares, cuadrangulares, etc. 

Rkv. Acad. Ciencias.— III.— Julio, 19(». 9 



— 130 — 

El primer principio es consecuencia de la naturaleza de las 
determinantes, porque son suficientes h ecuaciones, de las cua- 
les h — p-\-l es de la forma Y.ir=^e y p — 1 de la forma I!¿^0. 

El segundo principio es consecuencia del primero, porque 
cada término ha de contener hilos de los h — p + 1 circuitos. 
Por otra parte (prescindiendo ahora de la forma de los térmi- 
nos del numerador, y representando por r^, r^... las resisten- 
cias de los hilos 1, 2... por los que circulan corrientes de inten- 
sidades i^, i 2..., y cuyas fuerzas electro -motrices son e^, eg...), 
supongamos que así no fuera, y que hubiese en el denominador 
un término tal como r^ r^ Tq, correspondiente al cálculo de la 




ÍIJ 



C 




Í3J 



Fig. í. 

red fig. 1 , la forma del valor de la intensidad de corriente que 
pasa por r,, por ejemplo, será 



^2 = 



e(...) 



... +»•4^5^6 + 



(a) 



siendo e la suma algébrica de las fuerzas electro -motrices in- 
tercaladas en el circuito (2). Si reducimos á cero las demás re- 
sistencias Tj, r., y ^3, no cabe hacer más que dos hipótesis 
acerca de los valores que pueden tomar f, , aun desconociendo 
la constitución del numerador, pues que los términos com- 
prendidos en el paréntesis de (a) han de ser productos de las 
rasistencias de los hilos de la red. 



131 



El valor de ic, será finito si en el numerador hay términos 
que no se anulan, cuando se anulan r^, r.2 y r.¿; y será cero i.^ si 
este numerador se anula; ambos valores absurdos, en discon- 
formidad con la ley de Ohm; el primero, porque ^2 vendría 
dado, no en función de las resistencias del circuito conside- 
rado, como exige dicha ley, sino en función de resistencias 
agenas á éste; y el segundo, porque 7= oo, cuando R = y E 
tiene valor finito. 

De lo expuesto se deduce que : 

a) No habrá términos en el desarrollo del denominador con 
los 11 hilos de un nudo de orden ii. 

b) No habrá términos sin un hilo (*) por lo menos que con- 
cretamente pueda atribuirse á uno de los circuitos conside- 
rados. 

Aclaremos esto. En la red (fig. 2) , consideramos los cuatro 

9 




Ci) 



3 
C 

7 



rsj 



^^; 




j? 



FJg. Z. 



circuitos marcados (1), (2), (3) y (4). Los hilos 9, 2, 8 y 5 
pertenecen concretamente, sin que quepa hacer otra suposi- 
ción, á los circuitos anteriores. Pero el hilo 1, puede atribuirse 
á los circuitos (1) ó (2), el 3 al (2) ó al (3), y así los demás. 
Ahora bien, decimos que no pueden entrar en el desarrollo del 
denominador términos como r^ r, r^ r^ con los tres hilos del 



(*) Para simplificar el lenguaje usamos como sinónimas las 
palabras hilos y resistencias que los caracterizan. 



— 132 - 

nudo A, porque haciendo la distribución de éstos, se verá que 
en el término existen dos hilos del circuito (1) 6 del (2); ni 
debe haber términos comprendidos en la consecuencia b), 
como el t\ r^ r^ r^ , porque no hay una condición por la que al 
atribuirse el r^ al circuito (1), no pueda el r.^ atribuirse al pro- 
pio tiempo al mismo circuito. 

Aparte de estos dos casos, existen términos que deben des- 
echarse por caer dentro del segundo principio que abarca todas 
las exclusiones; por ejemplo, no debe entrar el término 
^'í ^5 ^6 ^lo porque r^ y r, son de los circuitos (1) y (4), y esto 
implica la condición de atribuir r^ y r^ al (3), Sólo, pues, de- 
ben constituir el denominador términos análogos á 9\ r^ r-j r^, 
en el cual^ partiendo de r,, que pertenece el circuito (1), r^ 
debe atribuirse al (2), r,- al (4) y Vq al (3). 

Lo expuesto es aplicable á redes planas y del espacio. Pronto 
vamos á ver un ejemplo: 

Nos detenemos en estos pormenores, con el fin de aclarar 
conceptos que, por falta de expresión, pudieran quedar con- 
fusos ó ininteligibles. 

Pasemos á ocuparnos del numerador de una intensidad 
cualquiera i,^. 

Llamamos Z)„ á la suma de los cocientes de dividir los tér- 
minos del donominador D , que contienen r„, por este factor. 
De la forma A,- del numerador de ?*„, y de razonamientos 
igualmente sencillos y análogos á los que liemos consignado 
para el denominador, fundados en la ley de Ohm, deducimos 
esta consecuencia: 

Cada f. e. m. intercalada, multiplica á los términos de D,^ 
que no contienen hilos del circuito á que se atribuya en cada 
caso el hilo que conduce dicha fuerza electro-motriz. La suma 
algébrica de estos productos forma el numerador. Más ade- 
lante veremos el signo que á cada término corresponde. 

Se comprende que el valor de i^^ en función de e^^, f. e. m. 
única que existe en la red é iutercalada en el hilo n, será 



- 153 — 

Con el fin de abarcar con un solo golpe de vista el método 
que proponemos, condensamos lo que antecede en la siguiente: 

Regla para determinar la intensidad de corriente en un 
hilo n de una red, en función de las fuerzas elect?'o-motrices 
Í7iter caladas. 

Cálculo del denominador común: 1.° Formación de las com- 
binaciones de orden h — p -f- 1 con las resistencias de los h 
hilos de la red. 2.° Supresión de los términos ó grupos que 
estén constitnídos por las resistencias de dos hilos que deban 
atribuirse á un mismo circuito de los h — P + 1 9^^ ^^ con- 
sideren. Estos circuitos han de contener los h hilos. La suma 
de los términos que subsisten constituye el denominador. 

Para mayor facilidad, la supresión debe hacerse por este 
orden: A) Términos formados por los n hilos de un mido de 
orden n. B) Términos que no contienen algún hilo que arras- 
tre la condición de poder atribuir cada uno de los restantes á 
un circuito determinado . C) Términos que en la distribución 
de los hilos aparezcan con dos que forzosamente caigan en un 
mismo circuito. 

La distribución de los hilos debe hacerse empezando por 
aquellos que no pertenecen más que á uno de los circuitos 
considerados , y las exclusiones se deducen de la inspección de 
la figura. 

Cálculo del numerador de i^^: 1.° Se forman en el denomi- 
nador los términos que tienen la resistencia r„ del hilo en 
cuestión, y se suprime ésta. 2.^ Se multiplica cada i. e. m. 
por los términos asi modificados que no contieneti hilos que 
en su distribución deban atribuirse al mismo circuito sobre 
el que se encuentra la f. e. m. factor. El signo de cada térmi- 
no se obtendrá recorriendo en el sentido de la flecha de r^ el 
circuito cerrado y formado por este hilo, el que conduce la 
f . e. m. factor y todos ó parte de los que no entran en el tér- 
mino. Si la dirección de la corriente en el segundo hilo es la 
misma que en r^, el signo correspondiente es positivo, y nega- 
tivo si es contraria esta dirección. 

Aplicaremos el método á algunos ejemplos. 

Sea la red presentada en la fig. 1; las flechas indican la di- 



- 134 — 

rección de la corriente en los hilos, mareada de antemano y 
de un modo arbitrario. Supongamos el caso más complicado 
que pueda presentarse, y es que en cada hilo se encuentre una 
f. e. m.; representaremos por e-^, 62» 63 ••• l^s intercaladas so- 
bre las resistencias r-^, r,¿, r^ ...^ y por ¿\, ?2 . . las respectivas 
intensidades de corriente. 

Calculemos el valor de ¿3. La red tiene 6 hilos y 4 nudos, 
luego h — p -|- 1 = 3. Se forman las 20 combinaciones ter- 
narias con las 6 resistencias, y se consideran 3 circuitos trian- 
gulares cualesquiera, que contengan los 6 hilos; sean estos cir- 
cuitos las tres mallas (1), (2) y (3). Se suprimen los produc- 
tos r^ r^ r^., r^ r^ r^, r^ r^ r. y r^ r^^ r^ formados por los hilos 
que concurren á cada nudo, segün la letra Aj de la regla. Se 
ve inmediatamente que no existen en esta red términos de los 
aludidos en la letra B), ni con la condición exigida en la le- 
tra C). Forma, pues, el denominador común á todas las inten- 
sidades, la suma de los 16 productos ternarios restantes, que 
representamos por D^^q. 

El numerador de i^ se calcula así: Se escriben aparte los 
términos del denominador que tienen rg y se suprime esta re- 
sistencia en todos ellos, resultando así las ocho combinacio- 
nes binarias siguientes: 

A^/V" '>*>• '>•'»• '>'•'>* 'y y -y-j* >•'>• >*'>* 

'1 '2' '^l '5' 'l'6' '2'4' '2'6' '4 'ó' '4 '6» ' ñ ' 6' 

Se multiplica e^ por estas ocho combinaciones, afectando 
cada producto del signo -\- , según indica la regla. En efecto, 
el hilo r.2 de la primera combinación pertenece al circuito 6 
malla (2), y el r^ se atribuye entonces al circuito (1); como el 
hilo rg que conduce e^ debe atribuirse según esta distribución 
al (3), no aparece ningún hilo de la primera combinación per- 
teneciente al mismo circuito del hilo que conduce la f. e. m. 
por quien se multiplica. En la segunda, r- pertenece á (3), r^ 
á (2) y /*! á (1). Del mismo modo se verá que deben tomarse 
las demás. El signo, como decimos, debe ser positivo, pues 
que la dirección de la corriente en r^ es la que se toma por 
unidad. 



- 135 — 

La f. e. m. e^ se multiplica por rg r^, r^ r^, r^ r^, r^ r^. Los 
grupos r^ rg, r^ r^ y r^ 7'q se excluyen por tener r^, que es el 
mismo hilo que conduce e^; el grupo r^r^, porque, pertene- 
ciendo rg y r^ á las mallas (2) y (1) respectivamente, no pue- 
de atribuirse r^ más que á uno de esos dos circuitos. El signo 
de esos cuatro productos es negativo, pues se ve inmediata- 
mente que la dirección de la corriente en el hilo 1 se opone á 
la del hilo 3. 

La f. e. m. Cq se multiplica sólo por los productos binarios 
^1 ''5 7 ^2 ^4* Recorriendo el circuito formado por los hilos 3, 
4, 6, 2 en la dirección de la flecha del primero, esta dirección 
es la 'misma que la de la corriente en 6; luego el signo del 
producto e^r-^r^ es positivo; y recorriendo el formado por 3, 
1, 6, 5, se ve que el signo del producto e^r^r^ es negativo. 

En fin; haciendo siempre iguales razonamientos se llega á 
obtener que el numerador de /g, cuando hay una f. e. m. inter- 
calada en cada hilo, es el polinomio siguiente: 

^3 (^i ^2 + ^1 ^5 + ^1 ^6 + ^2 n + ^2 *'6 + ^4 ^5 + ^5 ^e) 

— 61(^2^4 + ^4^5 + ^'4 ^6 + ^5 ^•6) + «2(^l ^5 + ^4 *5 + ^"4 ^6 + ^5^6) 
+ «4(^l»*2 + ^^5+^l ^6 + ^2^6)— «5(^1 ^2 + ^1 ^6 + ^2^4 + ^2^6) 

+ ^6 (^1 ^5 — ^2 ^)- 

En el caso de que no existiera más f. e. m. que e^, el valor 
se reduciría á 

,• _ ^6 (^1^5— ^2 O 
*3 — 



^^6 



caso del «puente de Wheatstonne». 

No insistimos más sobre esta red y pasaremos á determinar 
el valor de una intensidad en otra de mayor complicación. 

Sea la representada en la fig. 3, formada por los 9 hilos que 
concurren á los 5 puntos de bifurcación ó nudos en el espacio 
A, B, C, D, E, y marquemos las direcciones de la corriente 



— 13G — 



cou las flechas. Supongamos que queremos calcular el valor 
de ¿j en función de e^, única f. e. m. intercalada en la red, 
haciendo el mismo convenio que anteriormente, es decir, que 

las resistencias, intensida- 
des y fuerzas electromotri- 
ces, pertenecen á los hilos 
cuyos números tienen por 
subíndices. 

Cálculo del denominador: 
número de hilos = 9; nú- 
mero de nudos = 5; h — 
p-f-l = 9 — 5+1=5; 
es preciso considerar 5 cir- 
cuitos triangulares que con- 
tengan todos los hilos, y 
sean: BAC, CAD, DAE, 
EAB, CAE. Se forman 
los 126 productos quinarios 
con las resistencias de los 
9 hilos y se suprimen, con 
la figura á la vista, los 45 
que contienen todos los hilos de cada uno de los nudos, le- 
,tra A) de la regla. Tanto los excluidos por el conceptj B) 
como por el C), y cuyo número es siempre muy reducido, se 
descubren simultáneamente haciendo el estudio de los térmi- 
nos que subsisten después de la primera supresión. Así se de- 
duce que deben excluirse 







(v* fv* /y* ry* ty /y /y* ^ /y* /y» /y /y /y /y* /}* ^ ly /y /y /y 

'l'^'^^'l "^S^ ' 1 ^^2 '^S ' 7 ' 9 ' '^x'^l'^a'^s'QJ ^^2 ' 3 ' 4 'h ^6 ' 

/y /y /y ^ /y /y /y ry /y /y 

'2'3'6'8'9' '3'4'5'7'9* 

La distribución de los hilos debe hacerse así: en el primero 
de estos términos, r- pertenece al circuito CAD, r^ al DAE, 
pero ninguno arrastra la condición de que r-^^Vc, y r^ se atri- 
buya á un circuito determinado de loa que forman parte; en 
igual caso está el cuarto término. Los demás entran de lleno 
en la exclusión de la letra C). 



— 137 — 

En resumen, en el caso de la red, fig. 3, de las 126 combi- 
naciones de quinto orden se suprimen 51, formando las 75 
restantes el denominador, D^^~. 

Cálculo del numerador de i^ en función de e^: se toman en 
el denominador los 40 grupos que tiene r^ y se suprime esta 
resistencia en ellos. El producto por e^ de la suma de estos 40 
términos así modificados y tomados todos con signo positivo, 
es el numerador. 

Si se desea el valor de í^, en función e^, se toma el mismo 
denominador D'^r^^, pero el numerador será: 

— ^3 ^i ^6 **7 — ^'3 ^'4 ""6 ^H " ^4 ^6 ^7 ^"s) ' 

La razón es la siguiente: de los 40 términos anteriores, sólo 
en estos 8 pueden atribuirse sus resistencias de modo que no 
corresponda ninguna al mismo circuito á que se atribuya Tq 
(en este caso no puede ser más que al CAE). 

Para el primer término se deduce el signo recorriendo en el 
sentido de la flecha del hilo 1, el circuito (1, 6, 9, 4); para el 
cuarto, el circuito (1, 5, 9, 7, 3), y así sucesivamente páralos 
demás. 

* 

* * 

Si se quieren obtener las intensidades, no en función de las 
fuerzas electromotrices, sino de una intensidad /de corriente 
sobre un hilo de la red, el método es igualmente aplicable, si 
bien en condiciones mucho más simples. 

En efecto, en el caso de la figura 4, por ejemplo, las inten- 
sidades de ¿j é 2^ en función de e^ (única f. e. m. intercalada 
en la red), son 

_?¿Jj_ (^). i^ e {r, + r,) ^j^. 

rir-i + r^r^ + r^r^ r¡r., + rir^ + r¡¿r¡ 

Eev. Acad. Ciencias.— III.— Julio, 1905. 10 



— 138 — 



sustituyendo eo (y) el valor de e^ deducido de (8), y reempla- 
zando ^3 por el símbolo /que ahora adoptamos, se tiene 



h = 



Ir, 



r^ + r. 



€s decir, que en las condiciones en que nos hemos colocado y 
generalizando la demostración, lo que no ofrece dificultad al- 
guna, el denominador es también común á todas las intensi- 
dades, puesto que es el factor D„ de la fórmula (6), y el nu- 
merador es el producto por /del mismo factor que multiplica 
á la f. e. m. única cuando se hallan las intensidades en función 
de ésta. 

De aquí la siguiente 

Begla para determinar la intensidad de corrie?ite en un 
hilo n de una red en función de la intensidad I. 

Denominador: Se forman sólo las combinaciones de orden 
li — P -f- 1 (lue co7itienen R (resistencia del hilo donde se halla 
la intensidad I) , haciendo después las exclusiones de la regla 
anterior, y se suprime en los grupos que quedan esta resis- 
tencia. La suma de los términos así modificados forma el de- 
nominador común. 

Numerador de «*„.• Se forman igualmente, menos las excep- 
tuadas, sólo las combinaciones de orden h — p + 1 que con- 
tienen r„, la cual se suprime, asi como los términos que con- 
tienen R ó un hilo que deba atribuirse al circuito de ésta. La 
suma algébrica de los productos por I de los términos que 
subsisten, constituye el numerador. Para obtener el signo de 
cada término se tendrá en cuenta lo expuesto en la regla an- 
terior. 

Aplicando esta regla á la red (fig. 1), el valor de ¿g en fun- 
ción de ¿c,, á quien llamaremos /, y R á rg, será 



h = 



1 {r^r^ — r^r^) 



^1^3+ ^1^4+ ^^5+ ^2^3 +^2^4+ ^"2 ^5 + ^3 ^4 + '"s ''s 



— 139 - 

Por último, el denominador de orden h — p -{- 1 nos per- 
mite deducir la resistencia de la red entre los extremos del 





hilo R. Así, la resistencia de la red (fig. 4) entre los extremos 
A y B del hilo r^ = R es 



ri +n 



y, en general, se obtendrá dicha resistencia dividiendo la suma 
de los términos del denominador de orden h — P -|- 1 Qu^ no 
contienen B., por la suma de los grupos que resultan de su- 
primir en los demás esta resistencia. 



Enumeración por orden alfabético de los géneros 
mencionados en el Catálogo de los moluscos de Fi- 
lipinas, publicado en el presente tomo. 

Por Joaquín González Hidalgo 

La primera columna de números indica las especies de cada 
género que pertenecen á la fauna de dichas islas; la segunda, 
otras especies citadas^ pero todavía dudosas; la tercera, las 
páginas en que se enumeran los diversos géneros. 



140 — 



Géneros y autores. 



Amussium Klein 

Anomia Linné 

Arca Linné 

Avicula Klein 

Cardita Lamarck 

Chlamys Bollen 

Corbis Cuvier 

Crassatella Lamarck 

Crenella Broten 

Cryptodon Turton 

Cuculkea Lamarck 

Cycladicama Valenciennes.. . 

Diplodonta Bronn 

Erycina Lamarck , 

Galeomma Turton 

Hemipecten Adams y Reeve. , 

Kellya Turton 

Leda Schumacher 

Lima Bruguiere 

Lithodomus Bruguiere 

Lucina Bruguiere 

Malleus Lamarck 

Modiola Lamarck 

Mytilus Linné 

Nucula Lamarck 

Ostrea Linné 

Pectén Lamarck 

Pectunculus TMmarck 

Perna Bruguiere 

Pinna Linné 

Placuna Bruguiere 

Placunanomia Broderip 

Plicatula Lamarck 

Py thina Hinds 

Scintilla Deshayes 

Septifer Recluz 

Spondylus Linné 

Stavelia Gray 

Venericardia Lamarck 

Vulsella Lamarck 

Yoldia Moller 



admitidas. 


citadas. 


Páginas. 


3 




37 


2 


+ 2 


41 


44 


+ 2 


27 


21 


-4- 1 


22 


5 




17 


26 




34 


3 




9 


4 




16 






19 






11 






32 






11 




-f- 3 


11 






15 




+ 1 


14 






37 






15 


4 




33 


8 


+ 1 


37 


8 


+ 1 


21 


15 


+ 1 


9- 


5 




24 


16 


+ 4 


19 


5 




18 


2 




33 


16 


+ 1 


42 


2 


+ 3 


34 


6 




32 


10 


+ 1 


25 


19 




26 


3 




42 


1 




42 


4 


4- 1 


41 


4 




15 


29 


+ 1 


12 


2 




18 


32 


+ 1 


38 


1 




19 


7 




16 


2 


+ 1 


24 


2 




33 



INDICK 

DE LAS MATERIAS CONTENIDAS EN ESTE NÚMERO 



pXgs. 

Constitución de la Academia en 1.° de Julio de 1905 5 

I. — Catálogo de los moluscos testáceos de las islas Fili- 
pinas , Joló y Marianas , por Joaquín González Hi- 
dalgo 9 

II.— Análisis de las aguas potables, por Gabriel de la 

Puerta 65 

III. — División de un segmento en media y extrema razón, 

por Luis Cátala Jimeno 103 

IV. — Contribución á la teoría de los polígonos regulares, 

por Luis Cátala 108 

V. — Distribución de la corriente eléctrica en una red de 

conductores , por Evaristo Serrano Rosales 129 

Enumeración por orden alfabético de los géneros menciona- 
dos en el Catálogo de los moluscos de Filipinas, publica- 
do en el presente número 139 



La subscripción á esta Revista se hace por tomos completos, 
d,e 500 á 600 páginas , al precio de 6 pesetas en España y 6 francos 
en el extranjero, en la Secretaría de la Academia, calle de Val- 
verde, núm. 26, Madrid. 

Precio de este cuaderno, 2,25 pesetas. 



REVISTA 



DE LA 



KEAL ACADEIIA DE CIENCIAS 



EXACTAS, FÍSICAS Y NATURALES 



DE 



MADRID 



xo:m:o xtx.—tsttjis/l. 2. 

(Agosto de 1S05.) 



MADRID 

IJIFREIITA ZE LA "GACETA DE MADRID 

CALLE DK PONTEJOS , XÚM. 8. 

1905 



ADVERTENCIA 



Los originales para la Revista de la Academia 
se han de entregar completos, en la Secretarla de 
la Corporación, antes del día 20 de cada mes, 
pues de otro modo quedará su publicación para 
el mes siguiente. 



141 



VI.— Acción de la quinina y de la pilocarpina sobre 
las oxidasas. 

Por José R, Carracido. 

En las lecciones de Lauder Brunton sobre la acción de los 
medicamentos, leí que la quinina obra como inhibidora de las 
oxidasas, fundando el aserto en el experimento siguiente (1): 

Bañando durante algunas horas dos rodajas de patata (ma- 
terial rico en oxidasa), la una en agua destilada y la otra en 
disolución de sulfato de quinina, la primera se colora en azul 
por la disolución alcohólica de la resina de guayaco y el éter 
ozonizado, mientras que la segunda no toma color azul por 
los indicados reactivos. 

Partiendo de este hecho, cuya exactitud comprobé repi- 
tiendo el experimento, se extiende Lauder Brunton hasta su- 
poner que la acción antipirética de la quinina puede expli- 
carse por su poder inhibidor de las oxidasas. 

Recordando que las sales de quinina actúan, de igual ma- 
nera que la privación de oxígeno sobre los leucocitos y las 
amibas, suspendiendo la emisión de sendópodos y reducién- 
dolos á la forma globular, y que las sales de pilocarpina ac- 
túan á la inversa , excitando los movimientos amiboideos , su- 
puse que éstas debían obrar sobre las oxidasas en sentido 
contrario al de aquéllas. 

Para comprobar mi suposición bañé una rodaja de patata 
en disolución de clorhidrato de pilocarpina, y para hacer el 
cotejo en igualdad de condiciones con la sal de quinina bañé 
otra rodaja, no en la disolución del sulfato, como en el expe- 
rimento anterior, sino en la del clorhidrato, y después de 
veinticuatro horas de inmersión en los respectivos líquidos, 



(1) Action des médicaments. — Le9ons traduites de Tangíais 
par. E. Bouqué et J. F. Heymans.— París, 1901, pág. 82. 

Rey. Acad. Ciencias.— III.— Agosto, 1903. 11 



- 142 - 

vi, en conformidad con lo supuesto, que la rodaja bañada en 
la sal de pilocarpina se teñía, por el reactivo de las oxidasas, 
de azul muy intenso; pero también vi con gran sorpresa que 
se teñía igualmente la bañada en el clorhidrato de quinina. 

Esta diferencia en el modo de obrar las dos sales de qui- 
nina sólo puede atribuirse á las condiciones comunicadas por 
los respectivos ácidos, puesto que la base es factor común 
de ambas. La disolución en agua destilada del clorhidrato es 
casi neutra, mientras que la del sulfato siempre es fuerte- 
mente acida, aun en el caso de haber precipitado parte del 
alcaloide por un álcali. 

Para confirmar que la acidez del líquido, y no la quinina, 
era la inhibidora de la oxidasa de la patata , bañé una rodaja 
del tubérculo en agua á la cual unas gotas de ácido sulfúrico le 
habían comunicado sensiblemente el mismo grado de acidez 
que tiene la disolución del sulfato de quinina, y vi, en efecto, 
que la rodaja no era teñida por la resina de guayaco con el 
éter ozonizado. 

Pero todavía busqué más comprobantes de los hechos ante- 
riormente observados. 

El agua destilada no toma color azul por el reactivo de las 
oxidasas, pero añadiéndole una gota de zumo de patata inme- 
diatamente aparece el color, el cual desaparece por la adición 
de una sola gota de ácido sulfúrico ó clorhídrico diluidos. Las 
disoluciones de clorhidrato de quinina y de pilocarpina se co- 
loran como las oxidasas , y se decoloran como éstas por los 
ácidos diluidos. 

Los datos antecedentes creo que patentizan, en contra de lo 
afirmado por Lauder Brunton, que la quinina no sólo no es in- 
hibidora de las oxidasas, sino que, al contrario, actúa como 
una de ellas, y que la acidez del líquido es la que anula su 
papel en el proceso de la oxidación, actuando sobre el alca- 
loide lo mismo que sobre el fermento oxidante de producción 
celular. 

No satisfecho con los resultados obtenidos, busqué nuevas 
pruebas de la acción coadyuvante de la quinina y la pilocar- 
pina en el proceso de la oxidación , y para conseguirlas utilicé 



— 143 — 

el papel de catalasas , que también desempeñan las oxidasas 
cuando descomponen el bióxido de hidrógeno con desprendi- 
miento de oxígeno. 

Para este fin tomé 150 centímetros cúbicos de agua oxige- 
nada, y después de neutralizar por la potasa^ con la mayor 
exactitud posible, el líquido comercial, cuya reacción siempre 
es acida, dividí aquel volumen en tres partes iguales, colo- 
cando cada una de ellas en tubo graduado y en baño de mer- 
curio, dispuesto todo en condiciones de poder medir los volú- 
menes del oxígeno desprendido. 

En un tubo (A) puse 50 centímetros cúbicos de agua oxi- 
genada y 5 centímetros cúbicos de zumo de patata. 

En otro tubo (B) puse el mismo contenido del anterior, y, 
además, O gr. 5 de clorhidrato de quinina. 

En el tercer tubo (C), también puse el contenido del 
tubo A, y, además, O gr. 5 de clorhidrato de pilocarpina. 

Los resultados obtenidos fueron los siguientes : 

Volumen del oxigeno 
desprendido. 



Tubo A 3 centras, cúbicos 

Tubo B , 4 » » 

Tubo C 6 » » 

Debo manifestar, hablando con la debida sinceridad, que 
concedo poca importancia á estos resultados numéricos, no só- 
lo por la pequenez de sus diferencias, sino también por la' 
aparición de fenómenos secundarios capaces de perturbar el 
proceso de la catálisis, como el de formarse precipitado al 
mezclar el zumo y el agua oxigenada en el caso de no ser al- 
calina, y en el caso contrario el influjo de la alcalinidad del 
medio, debiendo también añadir á una y á otra circunstancia 
el desprendimiento de oxígeno sólo por agitación; pero, sea' 
cualquiera su valor, se muestran en correspondencia con la ob- 
servación siguiente: 

Colocando en sendos tubos de ensayo agua destilada, diso- 
lución de clorhidrato de quinina y de clorhidrato de pilocar- 
pina, y sumergiendo un fragmento de patata en cada uno de 



— 144 ^. 

los tres líquidos dichos , se ve que los tres fragmentos toman 
color azul, pero más intenso el sumergido en la disolución de 
quinina que el sumergido en el agua destilada, y todavía más 
intenso que aquél el sumergido en la disolución de pilocarpina. 
Otro fragmento del tubérculo sumergido en disolución de sul- 
fato de quinina no toma color azul. 

Todos estos hechos los conceptúo argumentos incontesta- 
bles de la semejanza del papel de la quinina y de la pilocarpi- 
na al de las oxidasas, y del error en que incurrió Lauder Brun- 
ton al atribuir acción inhibidora al primero de los dos mencio- 
nados alcaloides, cuando es la acidez del medio la que la ejer- 
ce. Y si la virtud antipirética de la quinina ha de explicarse 
por su acción sobre las oxidasas del organismo, resulta de lo 
expuesto que en la fiebre, á la inversa de lo que parece á pri- 
mera vista, el poder de dichos fermentos está quebrantado, y 
el alcaloide febrífugo obra como sobre la oxidasa de la patata 
acrecentando su actividad y supliendo, por consiguiente, la in- 
suficiencia de los catalizadores de la oxidación en el organismo 
febril. 

No contradice esta explicación el caso en que la quinina sea 
administrada en forma de sulfato, porque los efectos de la aci- 
dez anteriormente señalados desaparecen en el curso de la sal 
al través de los medios del organismo y sólo quedan los pecu- 
liares al alcaloide, influyendo de igual manera que se mues- 
tran en los experimentos precedentes realizados con el clorhi- 
drato. 

* * 

Después de haber llegado ala conclusión precedente, surge 
un más allá, y es el escudriñamiento del mecanismo químico 
que motiva el papel de oxidasas desempeñado por la quinina, 
y con mayor energía por la pilocarpina. 

Numerosa serie de experimentos fué poniendo de manifiesto 
que el poder del oxígeno se acrecienta en presencia de las ac- 
ciones reductoras. Oxidándose la hidroquinona en disolución 
alcalina por el oxígeno atmosférico, puede ser simultáneamente 



- 145 - 

transformado el amoníaco en ácido nitroso. El benceno pasa á 
fenol al mismo tiempo que se sobreoxidan los óxidos ferroso y 
caproso. La oxidación del hidrógeno proveniente del hidruro 
de paladio determina la conversión del índigo en isatina, y el 
sodio, oxidándose en contacto del aire, transforma los hidro- 
carburos de los éteres de petróleo en ácidos grasos. 

Resulta de estos hechos, y de otros muchos que no procede 
puntualizar ahora, que los fenómenos de oxidación son corre- 
lativos y solidarios de los de reducción, y que en esta correla- 
ción y solidaridad debe escudriñarse el mecanismo de las oxi- 
dasas. Por hoy nos vemos compelidos á renunciar á la explica- 
ción del mecanismo de las oxidasas elaboradas por las células 
por ser desconocida su constitución química; pero el caso de 
los alcaloides incita á pesquisar en las fórmulas que represen- 
tan su estructura la causa de su carácter oxidásico. 

La fórmula de constitución de la quinina no es completa- 
mente conocida, pero trazándola sobre la de la cinconina, de 
la cual sólo se diferencia por el aumento del grupo CH-0, 
puede suponerse que sea la siguiente : 

CH =CH — CIPO 
I 
/ CH — CH' \ 

CH ■(— CW- — CH^ —^ N 

\cH — C{OH) . — CR- — C H^ N. 

Quinoleina 

La de la pilocarpina está comprobada por la formación arti- 
ficial del alcaloide, y es la siguiente: 

/CO — /CH^ 

c--mN—c(- n(—ch^ 



Piridina 



CE^ \ CH' 



Sabido es que las cadenas cíclicas son muy resistentes á la 
acción del oxígeno en contraste con las acíclicas que se oxidau 



— 146 — 

con menor dificultad, sobre todo cuando contienen grupos oxi- 
genados, y en los esquemas correspondientes á uno y á otro al- 
caloide coexisten , articulados á los núcleos cíclicos de la qui- 
noleina y de la piridina, grupos admirablemente constituidos 
para ser atacados por el oxígeno. Basta la sola inspección de 
las dos fórmulas para comprender que la pilocarpina ha de ser 
más fácilmente oxidable que la quinina, y esta diferencia re- 
salta con toda claridad mediante el reactivo de las oxidasas, 
que en igualdad de condiciones siempre produce color azul 
más intenso el primer alcaloide que el segundo. 



* 
* * 



Evidenciada la igualdad cualitativa de la acción de la quinina 
y de la pilocarpina en el curso de las oxidaciones, queda en pie el 
problema de explicar los efectos contrarios que una y otra pro- 
ducen sobre los leucocitos. En estos, según Max Verworn (1), 
los movimientos amiboideos son producidos por diferencias de 
tensión superficial en determinados puntos de su masa, motiva- 
das por agentes químicos, principalmente el oxígeno, que en 
los puntos en que ejercen su acción atenúan la energía de su- 
perficie, siendo consecuencia de este desequilibrio la aparición 
de los sendópodos, como en las gotas microscópicas de aceite 
rancio bañadas por la disolución de un carbonato alcalino sur- 
gen prolongaciones. Reemplazando el oxígeno por un gas sin 
acción química sobre el leucocito, el hidrógeno ó el nitrógeno, 
por ejemplo, los seudópodos se recogen y toma la forma globu- 
lar, como la gota de aceite en el seno de los líquidos que no la 
disuelven ni ejercen sobre ella acción química alguna. 

Obrando análogamente á las oxidasas la quinina y la pilocar- 
pina ¿por qué la primera suspende los movimientos amiboideos 
de los leucocitos y la segunda los exalta? 

He visto que tratando el zumo de patata, convenientemente 
diluido para poder observar sus cambios de transparencia, por 



(1) Allgemeine Physiologie.— 4.e Aufl. Jena, 1903, pág. 611. 



- 147 — 

disolución de clorhidrato de quinina se produce abundante pre- 
cipitado, á la inversa de lo que acontece con el clorhidrato de 
pilocarpina que no produce precipitado alguno. El agente pre- 
cipitante no es tanino, porque el zumo de patata precipita en 
blanco por el cloruro férrico. 

Repitiendo el ensayo sobre una disolución filtrada de clara 
de huevo he observado la misma diferencia; la sal de quinina 
la precipita y con la de pilocarpina persiste transparente. 

El zumo de patata es un líquido de reacción acida muy li- 
gera al papel de tornasol y más franca á la fenoltaleina. Preci- 
pita con los ácidos minerales^ y con el reactivo Millón forma 
abundantemente el precipitado característico de las materias 
albuminoideas. En vista de los datos que anteceden parece in- 
dudable que la substancia proteica contenida en el zumo del 
tubérculo debe ser la precipitante de la quinina. 

Pero en el conjunto de dicha substancia proteica hay que es- 
tablecer una distinción. 

Tratando el zumo por ácido acético se forma coágulo, y el , 
líquido filtrado, si previamente se tiene cuidado de no emnlear 
el ácido en exceso, todavía precipita, aunque muy tenuemente, 
por el clorhidrato de quinina. 

Hirviendo el zumo, también se forma coágulo más abundante 
que en el caso anterior, sin perder la propiedad de precipitar 
con la sal de quinina, y en mayor abundancia que cuando el 
coágulo separado es el producido mediante el ácido acético. 

Resulta de esta distinción que el albuminoide que el ácido 
acético coagula es el que posee en mayor grado el poder preci- 
pitante de la quinina, y por el carácter de no coagularse en el 
xumo mediante el calor y depositarse mediante el ácido acéti- 
co debe ser clasificado como nucleoproteina, resultando, por 
consiguiente, congénere de muchas zimasas. 

Creo que con el concurso de los datos precedentes pueden 
explicarse satisfactoriamente los efectos contrarios que la qui- 
nina y la pilocarpina producen sobre los leucocitos , no obstante 
8u coincidencia en el carácter oxidásico. 

Una y otra, por su capacidad para contribuir á la producción 
del oxígeno activo, debían actuar reforzando la acción química 



— 148 - 

determinante de los movimientos amiboideos de los leucocitos, 
y por consiguiente, acrecentándolos; pero la particularidad de 
la quinina de insolubilizar las materias albuminoideas, y espe- 
cialmente las nucleoproteinas, de las cuales son muy ricos los 
leucocitos, rodea á estos de una película protectora de la acción 
del oxígeno circundante, y evitado así el ataque químico cesa 
la emisión de sendópodos, de igual manera que del mármol 
apenas se desprende gas carbónico mediante el ácido sulfúrico, 
porque el sulfato calcico formado en el primer momento del 
ataque impide el contacto de los dos cuerpos reaccionantes. 

CONCLUSIONES 

1.^ En contra de lo afirmado por Lauder Brunton, la quini- 
na no es inhibidora de la acción de las oxidasas. 

2.^ La quinina, y en mayor grado que ésta la pilocarpina, 
producen color azul en líquidos neutros mediante la resina de 
guayaco y el éter ozonizado, lo mismo que las oxidasas. 

3.^ Pequeñas proporciones de ácido sulfúrico ó clorhídrico 
impiden la aparición del color azul, obrando de igual manera 
sobre los dos mencionados alcaloides que sobre la oxidasa de la 
patata. 

4.^ La fórmula de estructura de la quinina, y en mayor 
grado la de la pilocarpina, revelan que los dos alcaloides han 
de ser muy oxidables , y de esto es consecuencia su influjo co- 
mo productores de oxígeno activo. 

5.* No obstante su carácter oxidásico, la quinina produce 
efectos contrarios á los de la pilocarpina, respecto á los movi- 
mientos amiboideos de los leucocitos, porque la primera inso- 
lubiliza las materias albuminoideas, á la inversa de la segunda, 
que no produce precipitado alguno en sus disoluciones. 



— 149 — 



VII.— La coagulación de la sangre. 

Por José R. Carracido. 



SupoDgo á los lectores enterados de lo que comúnmente se 
dice en los tratados de Fisiología y de Química biológica acer- 
ca del fenómeno enunciado en el epígrafe, y conceptúo super- 
fino reproducir aquí lo que es por todos conocido. 

En el último decenio, y cada año con mayor interés, han 
sido asunto preferente de las investigaciones físico-químicas 
los cuerpos coloides, como lo patentiza la abundancia de su re- 
ciente literatura; y siendo el plasma sanguíneo un líquido en el 
que coexisten materias coloides y cristaloides, como era de es- 
perar, los resultados de dichas investigaciones habían de ilus- 
trar el obscuro problema de la coagulación de la sangre, el cual, 
sin perder todavía en absoluto su carácter biológico, va en- 
trando cada vez en mayor proporción en los dominios de la 
Físico-química. 

Desde el doble punto de vista físico-químico y fisiológico 
expondremos nuestras ideas relativas al fenómeno en cuestión. 



* * 



Existen en el plasma sanguíneo tres proteínas: la seroálhú- 
mina, la seroylohuUna y el fibrinógeno. 

El calor coagula la primera ( ó la mezcla de las varias sero- 
albúminas, según Halliburton), desde 73' á 84°; la segunda, 
desde 60° á 75°, y el tercero, á 56°. 

El cloruro sódico no coagula, ni á saturación, la seroalbú- 
mina; pero al 30 por 100 coagula la seroglobulina , y al 15 
por 100 el fibrinógeno. 



— 150 — 

Todos los coloides, según calificativo de Ostwald, son me- 
taestables (1) en el seno de los líquidos que los contienen; pero 
de los tres contenidos en el plasma, el fibrinógeno, que es el 
que transformado en fibrina constituye el coágulo, es el menos 
estable en su asociación con el líquido, y, por consiguiente, el 
que menos resiste á los agentes de la coagulación. 

Pero la del fibrinógeno de la sangre, ni á las acciones di- 
chas de la temperatura ni de la concentración salina puede 
atribuirse, no sólo porque una y otra en el líquido sanguíneo 
distan de los puntos en que el fenómeno se produce, sino, prin- 
cipalmente, por no producirse en el interior del aparato cir- 
culatorio. 

* * 



Es unánimemente aceptado que la coagulación del fibrinó- 
geno la determina una zimasa exudada por las plaquetas (y se- 
gún algunos también por los leucocitos), cuando las hieren ru- 
gosidades ó asperezas de superficies que destruyen su delicadí- 
sima organización. Es, además, indispensable la existencia del 
calcio en la sangre para que su coagulación se produzca, por- 
que sabido es que los oxalatos y fluoruros alcalinos precipitan- 
tes de dicho radical metálico convierten á la sangre en líquido 
incoagulable. 

Arthus y Pagés dedujeron de este hecho que la presencia 
del calcio era imprescindible para la coagulación ; pero se les 
objetó que la causa de no producirse el fenómeno quizá no 
fuese la separación del calcio, sino la acción anticoagulante de 
las mencionadas sales alcalinas. Bordet y Gengou (2) patentiza- 
ron con nuevos experimentos que los oxalatos y fluoruros impi- 
den la coagulación por el único motivo de precipitar el calcio, 
confirmando la conclusión sustentada por los dos investigado- 
res anteriormente citados. 



(1) Eev. Scientif., 1902, t. XVII, p. 641. 

(2) Ann. Inst. Past. , 1903, p. 832, y 1904, p. 26. 



- 151 — 

Las plaquetas heridas no parecen ser las únicas capaces de 
producir zimasa coagulante, porque los trabajos de Delezenne 
y más recientemente los de Conradi (1) han mostrado que por 
traumatismo de los tejidos y por expresión de los órganos re- 
sultan productos coagulantes cuya acción es acelerada por el 
cloruro calcico. Según observaciones de E. Duclaux (2), las 
cantidades de zimasa coagulante que contienen los tejidos y la 
contenida en los leucocitos, están en razón inversa. 

Supuso Arthus que la zimasa tomaba calcio del plasma para 
cedérselo al fibrinógeno y convertirlo en fibrina, siendo ésta una 
combinación calcica de aquél; pero Hammarsten patentizó que 
en las cenizas del fibrinógeno y de la fibrina está contenida la 
misma proporción de calcio. 

Ante este hecho, Arthus hubo de aceptar la idea de Pekel- 
haring, según la cual la substancia exudada de las plaquetas 
no es la zimasa activa, sino un zimógeno que necesita absor- 
ber calcio para convertirse en aquélla y ejercer su acción sobre 
el fibrinógeno, de igual manera que la pepsina inactiva en me- 
dio neutro se convierte en agente peptonizante por la adición 
de ácido clorhídrico. 

El zimógeno es una nucleoalbúmina que, según Pekelharing, 
puede aislarse por enfriamiento á 0° del plasma oxalatado ó del 
peptonado, del cual se separa en forma granular. Por la adición 
de sales calcicas adquiere la propiedad coagulante. 

La zimasa calcica es la verdaderamente activa^ la que deter- 
mina la transformación del fibrinógeno del plasma en la fibrina 
del coágulo. 

¿Cómo actúa la zimasa coagulante? Su acción es la de todos 
los catalizadores que obran provocando ó acelerando el curso 
de las reacciones, y de la cual nada sabemos respecto á su me- 



(1) Beitragezur Chem. physiolog. u. patli. Bd., I, p. 136-182. 

(2) Traite de Microhiologie , t. 11, p. 678, 1899. 



— 152 — 

canismo íntimo, sólo conocemos sus efectos. El intento de ex- 
plicar el proceso de la acción de dicha zimasa sería aquí in- 
oportuno, porque este prqblema especial ha de plantearse jun- 
tamente con el de la acción de todas las zimasas, y resolverlo 
respecto á una será poner en claro el hoy obscuro papel de los 
catalizadores en el curso de los procesos bioquímicos. Revelar 
los mecanismos de las acciones zimásicas será descifrar la clave 
de las condiciones, al parecer extraordinarias, en que se efec- 
túan las mutaciones materiales en los organismos. 

Remitimos el problema particular de la zimasa coagulante al 
general de las acciones zimásicas, cuya resolución despejará la 
gran incógnita de la Biología, y me limitaré á consignar que no 
debe sorprender que la zimasa en cuestión sólo coagule á una 
de las tres proteinas eoexistentes en el plasma, no sólo por ser 
la más coagulable, según queda dicho, sino también por ser 
específica la acción de todas las zimasas, como consecuencia de 
la asimetría de sus moléculas, por la cual ha dicho E. Fis- 
cher (1) que deben ser imaginadas en sus relaciones con las 
materias fermentables como la llave respecto á la cerradura. 

Por la acción específica de la zimasa coagulante sobre el fibri- 
nógeno es por lo que se la ha denominado fibr inofer mentó . 



* 
* * 



Para explicar la transformación del fibrinógeno en fibrina, 
volvamos la vista á los estudios efectuados por los químicos 
sobre la coagulación de las disoluciones (ó mejor dicho de las 
seudodisoluciones) coloides, y prescindiendo, por conceptuar- 
las poco aplicables al caso presente, de las teorías basadas en 
la carga electroestática de los iones procedentes de la disocia- 
ción de los electrolitos, estimándolas á lo sumo como explica- 
tivas de las acciones determinantes, pero no de las eficientes, 
nos fijaremos en las teorías químicas, y especialmente en la for- 
mulada por Jacques Duclaux. 



(1) Zeitsch. f. physiolg. Chem., Bd. XXVI, p. 60. 



— 153 — 

En el estudio de las condiciones de formación del ferrocia- 
nuro cúprico añadiendo muy paulatinamente disolución dilui- 
dísima de sulfato de cobre á otra de ferrocianuro potásico, ob- 
servó que en el primer momento se inicia la formación de ua 
ferrocianuro potásico-cúprico que queda disuelto, constituyen- 
do disolución coloide, en el cual es mínima la proporción de 
cobre (1), pero á medida que ésta va aumentando por la adi- 
ción de cantidades sucesivas de sulfato, llega un punto en que 
se rompe el metaestabilismo de la disolución coloide y aparece 
el precipitado, el cual sigue todavía transformándose en el seno 
del líquido en el sentido de ir perdiendo potasio y ganando 
cobre hasta el límite de la total conversión del ferrocianuro 
potásico (Fe Cy''' K^) en ferrocianuro cúprico (Fe C(/''' Cii^). 

Esta gradual transformación entre los dos indicados extre- 
mos se efectúa siempre de manera que en las formas interme- 
dias Fe Cy''' K'^ Cu"^ las proporciones de potasio y cobre han 
de sumar las cuatro valencias correspondientes á la saturación 
del radical ferrocianógeno (Fe Cy ''""). 

De este hecho y de otros análogos concluye J. Duclaux que 
«la composición química de un coloide es variable entre lími- 
tes distantes, debiendo ser considerada como una función C07i- 
tinua de la del líquido intergranular, al cual nada se puede aña- 
dir sin que el coloide se apodere de algo» (2). 

El proceso relativo á la coagulación lo subordina J. Duclaux 
á las dos leyes siguientes (3): 

1.* La coagulación de un coloide va siempre acompañada 
de un cambio de composición química. 

2,^ Este cambio consiste en la sustitución, en proporciones 
equivalentes, de ciertos radicales del coloide por los de la subs- 
tancia coagulante. 

Tal importancia concede el investigador de las precedentes 
leyes á dicha sustitución, que llega hasta indicar que podrá ser 
utilÍ2;ada para el conocimiento de la estructura química de subs- 



(1) Co??ipí. rene?. 4c. á'c.,t. CXXXVIll, p. 144. 

(2) Becherches sur les substances colloidálles , París , 1904, p. 101. 

(3) Ibid., p. 93. 



— 154 - 



tancias complejas, efectuando la sustitución de radicales orgá- 
nicos por radicales metálicos (1). 



* 
* * 



Veamos ahora la transcendencia de las ideas precedentes 
al conocimiento del mecanismo de la coagulación de la sangre. 

Es verdad que Hammarsten patentizó que el fibrinógeno y 
la fibrina contienen igual proporción de calcio, pero al mismo 
tiempo puso de manifiesto que la segunda contiene mayor pro- 
porción de materia mineral que el primero (2), aportando con 
este dato, aunque sin hacerlo notar, un nuevo testimonio á lo 
observado por Freund respecto á los fosfatos contenidos en la 
fibrina. 

En el análisis del fibrinógeno y de la fibrina de la misma 
procedencia encontró Hammarsten las siguientes proporciones 
de cenizas: 

Cenizas p. 100. Cenizas p. 100. 

Fibrinógeno (a). . . 0,347 Fibrina (a) 0,432 

Fibrinógeno (b). . . 0,310 Fibrina (b) 0,579 

No se ha fijado la atención en estos datos todo lo que en 
mi sentir debía fijarse. 

Siempre forma parte de la materia organizada una cierta 
proporción de materia mineral, pequeña en los tejidos blandos 
y grande en los tejidos duros. 

Como término medio, los músculos contienen 1,2 por 100 
de sales minerales, el tejido cartilagíneo de 3 á 6 por 100 y 
el óseo 22 por 100. 

Es digno de ser notado que á medida que aumenta la pro- 
porción de materia mineral se ve más simplificada la constitu- 
ción química de la materia orgánica. La del tejido muscular 



(1) Compt. rend. Ac. Se, CXXXVIII, p. 571. 

(2) Zeitschr. fur phisyolog. Chem. Bd., XXII, p. 333. 



— 155 — 

tiene toda la complejidad de las proteínas, la del cartilagíneo 
es menos compleja que la de aquél, pero mucho más que la 
del óseo; la oseina es una fracción del condromucoide. 

Reconociendo que en la materia organizada no existe el su- 
puesto dualismo de la orgánica y la mineral, sino que todos 
sus componentes forman armónico conjunto, á semejanza de 
los diferentes radicales que integran las moléculas complejas, 
cabe suponer, aplicando al génesis de la materia de los tejidos 
las precedentes ideas de J. Duclaux, que en este génesis, 
como en el proceso de coagnlación de los coloides disueltos, 
hay sustitución parcial de radicales, reemplazando en propor- 
ciones equivalentes los de la materia mineral á los de la mate- 
ria orgánica. 

Aceptada esta suposición que concuerda perfectamente con 
los hechos conocidos, y recordando que la proporción de ma- 
teria mineral de la fibrina es mayor que la del fibrinógeno^ 
nada violento resulta imaginar la coagulación de la sangre 
como un principio de formación de materia organizada á 
expensas del más fácilmente coagulable de los albuminoides 
circulantes, motivando el tránsito de la disolución al coágulo 
un comienzo de sustitución de radicales de la molécula del 
fibiinógeno por radicales metálicos. 

La causa determinante de esta coagulación debe ser la cata- 
lizadora del fibrinofermento actuando á la manera de los fer- 
mentos intracelulares que colaboran en los procesos bioquími- 
cos de la célula, y que según Hofmeister (1) realizan en el 
curso de su producción sucesiva el epigénesis de las formas 
organizadas. 

Siendo el ñbrinógeno una globulina, y el fibrinofermento un 
nucleoproteido, puede considerarse la coagulación de la san- 
gre, según dice Bottazzi (2) como un primer vago indicio de 
la propiedad plasmadora de las globulinas y de los nucleopro- 
teidos. y hasta la birefringencia de los filamentos de fibrina 
observada por Hermann, revela la producción de la materia 



(1) Rev. gen. Scienc, 1902, p. 725. — La Chimie de la cellule. 

(2) Chimica fisiológica , vol. II, p. 119. 



— 156 — 

anisótropa formadora de todos los elementos contráctiles, des- 
de las fibras mioides de los infusorios hasta las del tejido mus- 
cular estriado. 

Cuando las acciones de las zimasas que determinan la pro- 
ducción de materia organizada tienen el freno de la autorregu- 
lación del proceso fisiológico, sólo se ejercen en la medida de 
la nutrición y desarrollo de las células, pero ejercidas extem- 
poráneamente y en las condiciones violentas de la sangre extra- 
vasada, originan coágulos informes de materia que química- 
mente se asemeja á la organizada, pero sin la forma con que 
se moldea en el seno de los elementos celulares. 

Y como un argumento más en favor de esta conclusión, 
aunque la materia formada es anhista , también puede tomarse 
en cuenta la intervención del agua. Los coloides llamados es- 
tables (que son principalmente las materias proteicas) absor- 
ben al coagularse mayor cantidad de agua que los llamados 
inestables (que son los minerales), y el agua retenida en el 
coágulo que antes se atribuía á la imbibición se refiere hoy al 
género de combinaciones denominado compuestos de adsorción. 
Uno de estos hidratos es el que debe formarse en el coágulo 
sanguíneo^ á semejanza de los formados en la intimidad de los 
tejidos, y en los cuales es forzoso suponer que los albuminoi- 
des y el agua están unidos químicamente para explicar la cons- 
tancia de sus proporciones respectivas en el curso de los cam- 
bios materiales del organismo. 



* 

* * 



De ser cierta la supuesta sustitución de algunos radicales 
de la molécula del fibrinógeno por radicales metálicos, deben 
quedar en el líquido en que se deposita el coágulo de la fibrina 
los radicales sustituidos, y la demostración de su presencia 
sería testimonio incontestable de la tesis sustentada. 

Si bien no es posible presentar la prueba directa que en 
este caso se pide, pueden citarse algunos hechos que parecen 



- 157 - 

confirmar por modo indirecto la indicada transformación quí- 
mica. 

Observaron Fredericq y Hammarsten , y lo ha confirmado 
Arthus (1), que en las disoluciones de fibrinógeno, cuidado- 
samente purificadas de seroglobulina, al ser coaguladas me- 
diante el fibrinofermento, no todo el fibrindgeno se convierte, 
en fibrina, sino que una parte, en la proporción del 30 al 40 
por 100, queda disuelta y convertida en una nueva materia 
albuminoidea, denominada fibringlohulina coagulable, á 64° 
(temperatura distante de la de 56° á que se coagula su gene- 
rador), y con una composición elemental que, según análisis 
de Hammarsten, aunque difiere poco, no es completamente 
igual á la del fibrinógeno ni á la de la fibrina. 

Por otra parte, la composición elemental de estas dos ma- 
terias albuminoideas tampoco es idéntica , según los siguientes 
datos de Hammarsten, referidos á 100 partes: 

C H N S O 



Fibrinógeno 52,93 6,90 16,66 1,25 22,26 

Fibrina 52,68 6,83 16,91 1,10 22,48 

Relacionando estas diferencias con la anteriormente indi- 
cada de la proporción de cenizas , y también con las vistas por 
J. Duclaux en el proceso de la coagulación de los coloides di- 
sueltos, ¿no resulta lógico admitir una sustitución de radicales 
orgánicos por radicales metálicos en el tránsito del fibrinógeno 
á la fibrina ? Y si esta sustitución es la que produce la materia 
constitutiva de los elementos organizados, resulta que la san- 
gre se coagula á consecuencia de la transformación química 
correlativa á un verdadero proceso fisiológico; pero desarro- 
llado en este caso en condiciones anormales, de igual manera 
que el aumento de la destrucción intraorgánica de los eritro- 
citos produce el infarto del hígado, por desempeñar esta glán- 
dula en estado normal el papel de catabolizar la hemoglobina. 

* 
* * 



(1) Archiv. de PJiysiolog., 1895, pág. 552. 

Kev. Acad. Ciencias.— III.— Agosto, 1905. 12 



— 158 — 

Podría tratarse aquí de la acción anticoagulante de las al- 
bumosas, del suero sanguíneo de la anguila, de los extractos 
de tejidos y del extracto de sanguijuela; pero las acciones de 
todas estas substancias, cuyos efectos, en general, son mucho 
más notables Í7i vivo que iti vitro , se refieren hoy al descono- 
cido proceso de la formación de los anticuerpos que neutrali- 
zan el poder coagulante del fibrinofermento, y la explicación 
de estos fenómenos negativos queda reducida á suponer la 
anulación del poder catalizador de la zimasa, que determina la 
producción del coágulo de fibrina á expensas del fibrinógeno 
con el concurso de sales minerales. 



CONCLUSIONES 

1.^ La coagulación de la sangre es un fenómeno físico- 
químico como el de la coagulación de los coloides disueltos. 

2.^ El zimógeno exudado por las plaquetas es el que, unido 
á la cal, forma el catalizador que determina la producción de 
la fibrina á expensas del fibrinógeno y de las sales disueltas 
en el plasma. 

3.* La coagulación de un coloide disuelto es consecuencia 
de un cambio de composición, en el que son sustituidos algu- 
nos de sus radicales. 

4/ La producción de la fibrina es consecuencia de un in- 
greso de radicales metálicos en el fibrinógeno, en igual forma 
que se produce la materia organizada. 

5.^ La coagulación de la sangre puede conceptuarse mo- 
mento inicial de un proceso bioquímico, cuyos momentos ulte- 
riores se van sucediendo desde el de la formación de la mate- 
ria de los tejidos blandos, hasta la formación del cartilagíneo, 
del óseo y, finalmente, del dentario. 



— 159 — 



VIH. — Cefalópodos de las costas mediterráneas espa- 
ñolas, particularmente de las de Cataluña y Ba- 
leares. 

Por Luis Lozano y Rey. 

Como introducción á mi trabajo me ha parecido racional 
comenzar por hacer la enumeración de las especies de Cefaló- 
podos dibranquiales que hasta hoy se han citado como exis- 
tentes en el Mediterráneo español. 

Este primer paso en mi labor lo ha facilitado en absoluto la 
extensísima y minuciosa bibliografía (1) hecha por mi sabio 
Profesor Sr. Hidalgo, en la que están recopilados todos cuan- 
tos trabajos se han hecho sobre moluscos de España , Portugal 
y Baleares, y en la que encontrará imprescindibles y sólidos 
cimientos en que sustentar sus trabajos todo aquel que desee 
continuar la obra de la Malacología española que tan intere- 
sante es, dada la excepcional posición geográfica de nuestro 
país. 

Copio de dicha bibliografía todo lo que se refiere á los Cefa- 
lópodos de las costas mediterráneas de nuestro país. 

Las especies citadas hasta ahora son: 

1. Argonauta Argo L. 

2. Tremoctopus violaceus Delle Chiaje. 

3. Octopus vulgaris Lamk. 

4. » macropus Risso. 

5. Eledone moschata Lamk. 

6. » cirrhosa Lamk. 

7. Sepia officinalis L. 

8. » elegans D'Orb. 



(1) Esta bibliografía forma parte de las Obras malacológicas 
del Profesor Hidalgo publicadas por la Real Academia de Cien- 
cias Exactas, Físicas y Naturales, en los capítulos XIV y XV de 
la parte II , desde la pág. 273 hasta la 1.025. 



— 160 - 

9. Lóligo vulgaris Lamk. 

10. Teuthis media L. 

11. Loligo sagitta. 

12. Spirula Peronii Lamlc. 

Ahora bien, teniendo en cuenta que las especies de Cefaló- 
podos que pueblan el Mediterráneo pasan de cincuenta, que 
en este mar las condiciones de vida no varían mucho, que se 
trata de animales cuya existencia no necesita un fondo marino 
muy especial, por lo que se encuentran umversalmente re- 
partidos, y que buena parte de ellos son pelágicos, con lo que 
se facilita su dispersión , se puede afirmar que doce especies 
de Cefalópodos mediterráneos constituyen un número que por 
lo reducido dista mucho de ser el verdadero. 

En este concepto, me decidí á emprender estos estudios, 
que ha coronado el éxito, pues he duplicado el número de las 
especies conocidas hasta aquí, habiendo procurado al hacer 
mi trabajo poner en todas las ocasiones que me ha sido posi- 
ble el producto de la experiencia ante el objeto, ya que no 
pueda ofrecer la experiencia en el tiempo , que difícilmente se 
puede conciliar tratándose del desarrollo de esta Memoria 
hecha para cumplir un deber académico. 

Los medios y materiales de que he dispuesto para hacer mi 
trabajo son: colección de Cefalópodos de la Universidad de 
Barcelona, recogidos en diferentes excursiones en Cataluña y 
Baleares; colección del Museo de Historia Natural de Madrid; 
colección del Laboratorio de Biología Marítima de Banyuls- 
sur-Mer (Francia); datos recogidos por De Buen en sus ex- 
cursiones particulares y á bordo del Roland ( barco del Labo- 
ratorio de Banyuls-sur-Mer) en el Mediterráneo español; y, 
finalmente, datos tomados por mí durante la estancia en las 
playas catalanas y mallorquínas, y muy especialmente en los 
estudios que he hecho durante mi permanencia en el admira- 
ble Laboratorio francés antes citado, que cuenta con inestima- 
ble riqueza de ejemplares y de libros, todos los cuales han sido 
puestos á mi disposición por su ilustre Director Mr. Pruvot, 
quien me ha dispensado opulenta hospitalidad científica por 
mí tan agradecida como jamás olvidada. 



- 161 - 

El estudio de los Cefalópodos ofrece grandes dificultades 
para aquellas personas que viven alejadas del mar (1). Se trata 
de animales bastante delicados para su conservación, y que 
por otra parte á las poblaciones del interior de nuestro país 
sólo llegan los que se venden en el mercado como pesca, y 
éstos ya se sabe que son poquísimos. Para quien vive en la 
costa, las dificultades disminuyen, pero no del todo, pues si 
bien los mercados se ven más surtidos en especies, éstas, de 
todos modos, son las corrientes, las vulgares; en cuanto á las 
otras, las más raras, precisamente las que más interesan al na- 
turalista, son separadas del peix bo (2) y arrojadas de nuevo 
al mar, ó cuando más retenidas para cebo porque constituyen 
la parte del peix dolent (3). 

Si apercibidos los pescadores, por amistad ó interés, guar- 
dan estas especies más raras, sólo en conladísimas ocasiones 
se recogerá algo notable, porque siempre el pescador de oficio 
sale á recoger determinados animales por un procedimiento 
especial apropiado al género de vida de los mismos para ob- 
tener un máximo producto, y claro es que sólo accidentalmen- 
te caerá en sus anzuelos ó redes lo que no ha ido á buscar. 
En caso favorable, casi siempre se tratará de especies seden- 
tarias y poquísimas veces de especies grandes nadadoras y de 
otras que viven en grandes profundidades, llamadas unas y 
otras comúnmente especies raras, y que en realidad en la ma- 
yoría de los casos no lo son en el mar, sino en las colecciones 
malacológicas. 

En corroboración de este aserto haré observar que muchas 
de las especies escasísimas en las colecciones son, sin embar- 
go, tan abundantes en el mar que constituyen casi el exclusivo 
alimento de determinados grandes animales marinos, como los 



(1) Por esta circunstancia, mi Profesor el Sr. Hidalgo no ha 
tratado esa parte de la fauna española, y me anima también á qae 
me ocupe después de los Opistobranquios , ayudándome con sus 
consejos y facilitándome la consulta de su magnífica biblioteca. 

(2) Pez bueno que tiene valor en el mercado. 

(3) Pescado malo. 



— 162 — 

cachalotes y delfines, que á veces se convierten en verdaderos 
museos ambulantes de curiosidades teutológicas , como el del- 
fín, dentro del cual Joubin encontró una verdadera colección 
de Cefalópodos á cual más interesantes, alguno de ellos nuevo 
como el Ctenopteryx cyprinoides Joubin. Añadiré también que 
si pocas veces se da el caso de que alguna de estas especies 
caiga en los artes de pesca que el hombre utiliza para otros 
fines, es porque se trata de animales que rehuyen las redes 
ayudados por su poderosísima vista y su enorme rapidez de 
movimientos, que les permiten surcar las aguas con velocidad 
de flechas. Por eso los ejemplares obtenidos de esas especies 
raras son generalmente de animales enfermos ó muertos que 
flotan en la superficie del' mar ó son depositados en las playas 
por las corrientes y los vientos; de suerte que en tales condi- 
ciones rara vez llegan enteros, y no hay que decir que estos 
ejemplares se presentan más incompletos cuando se recogen 
dentro del tubo digestivo de otros animales, como por ejemplo 
de los delfines. 

A pesar de todas estas dificultades, á fuerza de perseveran- 
cia he conseguido reconocer y anotar las siguientes especies: 

1. Stenoteuthis Bartrammi Les. 

2. Todarodes sagittatus Lamk. 

3. Illex Coindetii Ver. 

4. Todaropsis Veranyi Girará. 

5. Ancistroteuthis Lichtensteinii Fer. 

6. Chiroteuthis Veranyi D'Orb. 

7. Histioteuthis Ruppelli Ver. 

8. Sepiola Rondeleti Leach. 

9. Rossia macrosoma Delle Chiaje. 

10. Sepia officinalis L. 

11. Sepia elegans D'Orb. 

12. Sepia Orbignyana Fer. 

13. Spirula Peronii Lamk. 

14. Lóligo vulgaris Lamk. 

15. » media L. 

16. » Marmorse Ver. 

17. Argonauta Argo L. 



- 163 ^ 

18. Ocythoe tuberculata Rafin. 

19. Tremoctopus violaceus D. Ch. 

20. Octopus vulgaris Lamh, 

21. Octopus macropus Risso. 

22. » De Filippii Ver. 

23. Eledone moschata Lamk. 

24. » Aldrovandi Rafi?i. 

25. » cirrhosa Lamk. 

A éstas se podría añadir una especie de Sepiola de la que 
guardo numerosos ejemplares, casi todos machos hectocotiliza- 
dos y que no he podido determinar, porque desde que vinieron 
á mi poder no he dispuesto de libros apropiados. Pudiera ser 
que se tratase de una variedad de la S. Roiideleti Leach; pero 
á mi ver, difiere de ella por varios caracteres, entre ellos el im- 
portante de la hectocotilización. Tengo además referencias de 
que existen en las costas catalanas dos Sccergus, el itnicirrhus 
y el tetracirrhus; pero esto no lo puedo afirmar porque no ten- 
go ningún dato decisivo. 

A este resultado he llegado relativamente en poco tiempo, y 
disponiendo de un material que hubiera podido ser más nume- 
roso y variado si se hubiera recogido con la intención precon- 
cebida de verificar su estudio, pues en lo que se refiere, por 
ejemplo, á la colección de Cefalópodos del Gabinete de His- 
toria Natural de la Universidad de Barcelona, dicha colección 
está exclusivamente formada por ejemplares recogidos por De 
Buen durante su permanencia en playas catalanas y de las Ba- 
leares ó en las pescas que se verifican en las excursiones para 
instrucción de los alumnos de Zoología de aquella Uuiversidad. 

Yo opino que el estudio de los Cefalópodos de las costas 
españolas mediterráneas ha de dar no pocas sorpresas, aun 
dentro de los estrechos límites á que puede alcanzar la inicia- 
tiva particular. Los resultados se multiplicarían disponiendo 
de estaciones biológicas, hoy realmente imprescindibles, donde 
se coronaría la obra haciendo estudios del género de vida y de 
reproducción tan interesantes en estos notabilísimos animales. 

En realidad^ sólo el calamar es objeto de una pesca espe- 
cial. Los restantes Cefalópodos se pescan por los procedimien- 



— 164 - 

tos generales, en unión de otros animales marinos pertenecien- 
tes á diferentes grupos. Por ejemplo con el artet, red que se 
arrastra desde la tierra, se recogen Cefalópodos de la región li- 
toral^ que tiene una extensión algo mayor á la comprendida 
entre los límites de las mareas alta y baja. Los de la región 
costera, que sigue á la litoral y alcanza hasta la profundidad 
de trescientos metros, que es donde normalmente termina la 
vegetación submarina (Rodríguez Femenias, el notable espe- 
cialista en algas, ha encontrado algunas á más profundidad), 
y los de las regiones profundas se pescan con el palangre y el 
bou: los Cefalópodos pelágicos pueden obtenerse con las redes 
flotantes como las de la sardina y anchoa. 

Para facilitar la comprensión de las descripciones y la clave, 
antepongo los principales caracteres de clarificación en párra- 
fos, cada uno de los cuales lleva la cita de una figura situada 
en el atlas final. 

Siguen las descripciones de las especies, en todas las cuales 
he procurado comprobar la exactitud de los caracteres que se 
les asignan en los principales tratados. En algunas de dichas 
descripciones he modificado y aun aumentado todo lo que me 
ha parecido racional; pero siempre he tenido cuidado de no 
indicar sino aquellos caracteres más salientes. 

Al tener entre mis manos los ejemplares pudiendo cotejarlos 
con las descripciones que de ellos dan los autores , ha sido tan 
intensa mi satisfacción como profunda mi contrariedad, cuan- 
do me he visto privado de ejemplares sobre los cuales poder 
hacer un estudio positivo, como me ha ocurrido con el O. de 
Filippii. 

A las descripciones sigue una clave que he hecho general á 
todos los Cefalópodos del Mediterráneo, más que nada, para 
dar una idea de la posición y relaciones de los peculiares á 
las costas de Cataluña y Baleares con los restantes. En esta 
clave se citan cerca de setenta especies de Cefalópcfdos, pero 
hay que tener en cuenta que algunas de ellas son sinóaimas. 

Al final va el atlas con las fotografías y con los dibujos, en 
su mayoría esquemáticos. 

No he podido sacar las fotografías con la corrección que 



— 165 — 

hubiera deseado^ por carecer de local y aparatos fotográficos 
apropiados. Por las condiciones especiales de los que he usado, 
las fotografías de los animales mayores he tenido que hacerlas 
en placas más pequeñas que las de los menores. En cuanto á 
las figuras, he tomado del natural todas las que he podido y 
he copiado de los tratados de Jatta, D^Orbigny y Ferussac y 
de Verany todas aquellas de las que no he tenido modelo 6 
que interpretaban mejor que yo pudiera hacerlo lo que me pro- 
ponía representar. 



CARACTERES DESCRIPTIVOS 

Orientación y partes principales de un Cefalópodo: p.a. 
parte anterior; p.p. parte posterior; c. d. cara dorsal; c. v. cara 
ventral; h. brazos; e. embudo; m. manto; c. cabeza. (Fig. 1.) 

Cabeza separada del manto (realmente la cabeza está unida 
al manto, pero la unión no se ve desde fuera.) (Fig. 2.) 

Cabeza unida al manto por una brida cervical. (Fig. 3, b. c.) 

El cuello suele ser corto, pero puede adquirir gran desarro- 
llo. (Fig. 4, c.) 

Ojos sin abertura ocular, por estar cubiertos con el tegu- 
mento de la cabeza, que sobre ellos se hace transparente. 
(Fig. 5) (1). 

Ojos con abertura ocular, que están en contacto directo con 
el medio ambiente porque el tegumento de la cabeza se inte- 
rrumpe sobre ellos. (Fig. 6, a. o.) 

Seno lacrimal que existe en el borde de la abertura de los 
ojos de algunos Cefalópodos. (Fig. 6, s. 1.) 

Crestas cefálicas ó relieves de diversa forma que pueden 
existir sobre el dorso y los lados de la parte posterior de la 
cabeza. (Fig. 6, c. c.) 

Fóvea ó depresión bien delineada de la cara ventral de la 



(1) En la figura 5.^ no hay que tomar la línea cerrada i por 
una abertura ocular, pues no es sino el iris que se ve á través del 
tegumento cefálico. 



— 166 - 

cabeza y ea la que se aloja el embudo por su parte libre. 
(Fig. 7, f) 

Foveola ó parte anterior modificada de la fóvea y en la que 
se ven pliegues, (Fig. 8, f. 1.) 

Posición de la boca. (Fig. 9.) 

Membranas bucal [m. h.) y labial externa (m. 1. e.) é interna 
{m.l.i.) que rodean al bulbo bucal. (Fig. 10.) 

Bridas con que la membrana bucal se une á la base de los 
brazos. (Fig. 10, h.) 

Pico formado por dos mandíbulas córneas {m. s. y m. i.) que 
recuerdan las piezas del pico de un loro, y bulbo bucal (&. h.) 
que es la masa musculosa constitutiva de la boca. (Fig. 11.) 

La rádula es un órgano' masticador, de consistencia córnea, 
constituido por una lámina provista de dientes dispuestos en 
series, una central (c), dos laterales {1.) y dos marginales 
(m.). En este caso tenemos cinco series de dientes de tres 
formas; pero á veces existen dos series más, una á cada lado, 
que por estar constituidas por dientes iguales en forma á los 
de las series laterales ó á los de las marginales, las duplican. 
En la figura se representan los tres tipos principales de rádula 
y sus fórmulas correspondientes; en ella se ve también cómo 
se destacan por su forma los dientes marginales de los centra- 
les y laterales, que son más semejantes entre sí. 

A veces, sobre cada uno de los dos bordes laterales de la 
rádula, hay una serie de disquitos redondos [d), á modo de 
piedrecitas, que no se representan en la fórmula de la rádula. 
(Fig. 12.) 

En algunas especies de Cefalópodos, sobre todo en las na- 
dadoras, existen cavidades llenas de agua que constituyen lo 
que se llama el aparato acuífero y que comunican con el exte- 
rior por medio de agujeritos. Estas aberturas acuíferas difieren 
por su posición. La figura 13 representa las aberturas acuífe- 
ras cefálicas dorsales {a. d.) propias de los Filonéxidos, en nú- 
mero de dos , y que dan paso á dos anchas cavidades que co- 
munican entre sí por un agujerito. 

Aberturas acuíferas cefálicas ventrales (a. v.) 6 anales, pro- 
pias de los Oníquidos, Ommastrefinos y Filonéxidos; las caví- 



— 167 - 

dades á que dan paso estas aberturas son pequeñas en los Om- 
mastrefinos y grandes en los otros. (Fig. 14.) 

Aberturas acuíferas oculares {a. o.), propias de los Miópsidos. 
Son agujeritos apenas visibles que comunican con la cavidad 
orbitaria. (Fig. 15.) 

Aberturas acuíferas braquiales {a. &.), exclusivas de los De- 
cápodos. Son dos, situadas entre el 3.° y 4.° par de brazos; dan 
paso á dos cavidades que se comunican por un agujerito y en 
las que á veces pueden alojarse los brazos tentaculares. (Figu- 
ra 16). En los Lolígidos, Sepiáridos, Oníquidos, gen. Histioteu- 
this y Ommastréfinos hay unas aberturas acuíferas bucales en 
comunicación con una ó varias cavidades que rodean la boca. 

Brazos sentados {b. s.) son las ocho prolongaciones alarga- 
das de la cabeza de los Octópodos, y las ocho más cortas y se- 
mejantes entre sí de las diez que existen en los Decápodos. 
Tienen la cara ventral provista de ventosas ó de ganchos. 
Tanto en los Octópodos como en los Decápodos, estos brazos 
se distribuyen por pares, como se indica en la figura, desig- 
nándolos por números, teniendo en cuenta que el orden de su- 
cesión en que están colocados estos números expresa el de mag- 
nitud, de mayor á menor, de los brazos que representan. (Fi- 
gura 9) (1). 

Regiones que se consideran en un brazo sentado. (Fig. 17.) 

Los brazos sentados presentan algunas veces una cresta na- 
tatoria dorsal (c. ?i. d.) más ó menos desarrollada. En ocasiones 
el área ventral del brazo, sobre la que están insertas las ven- 
tosas, se extiende por cada lado en una expansión membra- 
nosa que las protege (e. m.). Estas membranas pueden estar re- 
forzadas por cordones musculares (c. m.) que parten de la base 
de las ventosas , y adquirir enorme desarrollo como el repre- 
sentado en la figura 18. 

Los brazos tentaculares (h. t.) son exclusivos de los Decápo- 
dos; se implantan entre los brazos del H." y 4.° par. Se dife- 



(1) Así, por ejemplo, la fórmula 3.2.4.1. indica que el 3.^^ par de 
brazos es mayor que el 2.°, el 2.^* mayor que el 4.'' y el 4.° mayor 
que el 1.° 



-^ 168 - 

rencian, principalmente, de los sentados en que son dos, más 
largos, con ventosas <5 ganchos sólo en la extremidad^ que 
suele estar ensanchada formando una especie de maza (tn.), y 
en que algunos de ellos pueden retraerse, hasta desaparecer, 
dentro de una cavidad situada en su base. La parte del brazo 
tentacular comprendida entre la base del mismo y el principio 
de la maza se llama funículo (/".). Existen también membranas 
protectoras de las ventosas y una cresta natatoria más ó menos 
extensa. Las ventosas ó los ganchos están sólo en la cara in- 
terna de la maza, cuya cara mira al eje del animal cuando los 
brazos están completamente extendidos en sentido longitudinal 
y sin haber sufrido la menor torsión. (Fig. 9.) 

Las ventosas son órganos de adhesión situados en la cara 
ventral de los brazos sentados y en la de las mazas de los bra- 
zos tentaculares. Son unas especies de capsulitas que pueden 
adherirse á los objetos por absorción, para lo cual aplican so- 
bre ellos su borde libre, y luego producen un vacío imperfecto 
dilatando su cavidad interna. Las ventosas de los Octópodos 
son carnosas, sentadas y más ó menos cilindricas ó discoida- 
les. (Fig. 19.) 

Las ventosas de los Decápodos son hemisféricas, globosas^ 
etcétera, etc.; están sostenidas por un pedicelo (p.), más órne- 
nos largo, que se implanta en un tubérculo ó en un cordón 
elevado (c. e.) del brazo y tienen en la parte interna de su 
abertura un círculo córneo, que puede presentar su borde li- 
bre, dentado en toda su extensión ó en parte (d.) de ella, y tam- 
bién puede ser liso. La abertura de estas ventosas puede ser 
circular ó tener otras formas; puede ser paralela ú oblicua, con 
respecto á la cara del brazo en que se sustentan, y el borde de 
ella está provisto de un círculo carnoso (c. c.) que proteje al 
córneo y facilita, además, la adherencia. (Fig. 20, 48 y 51 B.) 

Los ganchos que presentan algunos Cefalópodos, y que sus- 
tituyen á las ventosas, no son más que transformaciones de 
ellas; el círculo córneo se transforma en una uña (u.) protegida 
por la parte carnosa (y. ^í.) que forma lo que se llama la vaina 
de la uña. (Fig. 21.) 

Se llama aparato de conexión (aparatus conexivius, Steens- 



— 169 — 

trup) á un conjunto de ventosas {v.) y botones (6.) que forman 
una serie en la base de la maza de los brazos tentaculares de 
algunos Cefalópodos, de tal modo dispuestos, botones y vento- 
sas, que al aplicarse las mazas por su cara interna pueden 
adherirse fuertemente porque cada botón encuentra una ven- 
tosa en que ajustarse. (Fig. 22.) 

Disco de adhesión [d. a.) es un aparato que se diferencia del 
anterior en que las ventosas y botones de cada brazo, que se 
corresponden con botones y ventosas del otro, no están en una 
serie, sino apelotonadas sobre una superficie discoidal. (Fig. 23.) 

El embudo ó tubo locomotor es un órgano más ó menos có- 
nico situado en la cara ventral de la cabeza, que asoma por la 
abertura del manto y que está destinado á dar salida al agua 
de la cavidad branquial. El animal puede trasladarse de un 
punto á otro mediante la rápida expulsión de este agua. (Fi- 
gura 9, e.). 

Se consideran en el embudo la parte libre (p. L), la basal 
(p. b.), la abertura superior {a. s.) y el borde libre (b. 1.) de la 
abertura posterior. (Fig. 24 y 25.) 

El embudo se continúa lateralmente con el músculo coilar 
(m. c). Este tiene su borde anterior adherido á la cabeza y el 
posterior libre; en su parte media dorsal se ve el cartílago nu- 
cal (c. 71.), que varía de forma en las diferentes especies. (Fi- 
gura 2.) 

Los Cefalópodos pueden cerrar á voluntad la cavidad bran- 
quial del manto adhiriendo la cara externa de la parte basal 
del embudo á la interna del manto, fortificándose esta adhe- 
rencia á favor y mediante dos prominencias en forma de bo- 
tones (&.) que encajan en otras dos cavidades ó cicatrices (c.) á 
manera de ojales. En unos Cefalópodos los botones están si- 
tuados uno á cada lado de la parte basal del embudo, y los 
ojales enfrente, sobre el manto; en otros, los botones están so- 
bre el manto y los ojales sobre el embudo. Ojales y botones 
constituyen lo que se llama el aparato de resistencia, que pue- 
de ser variable en forma, dividiéndose en sencillo (fig. 24) y 
complicado (Fig. 25). 

La lengüeta ó válvula del embudo es una membranita más 



_ 170 — 

ó menos triangular 6 redondeada inserta en la cara interna 
dorsal del embudo, cerca de la abertura superior de éste, y á 
veces visible desde fuera. (Fig. 27, /.) 

La superficie interna del embudo está lubrificada por un lí- 
quido segregado por unas glándulas que forman lo que Jatta 
llama el órgano del embudo, denominándose también órgano 
de Verrill (Hoyle) y órgano de MuUer (Brock). Jatta indica 
cinco disposiciones principales del órgano del embudo, repre- 
sentadas por los siguientes cinco esquemas en los que se su- 
pone el embudo abierto por la línea media ventral y extendido 
sobre el plano del dibujo: 

1.^ Dos piezas dorsales {d.) y dos ventrales (y.), que pa- 
recen laterales por estar el embudo abierto y extendido. (Fi- 
gura 26.) 

2.^ Una pieza dorsal {d.) (formada de dos dorsales solda- 
das) y dos ventrales. (Fig. 27.) 

3.° Dos piezas dorso- ventrales [d. v.), producidas por la 
soldadura de cada pieza dorsal con la ventral contigua. (Fi- 
gura 28.) 

4.° Una sola pieza {v. d) constituida por la soldadura de 
las dorsales entre sí y de éstas con las ventrales. (Fig. 31.) 

5.° Numerosas piezas longitudinales. (Fig. 29.) 

El órgano del embudo constituye un buen carácter de cla- 
sificación, aplicable tan sólo á aquellos ejemplares que puedan 
disecarse. 

El manto es una especie de bolsa que encierra todos los ór- 
ganos excepto la cabeza y los brazos; sobre él se insertan las 
aletas, cuando existen. Su forma puede variar como se ve en 
las figuras 2m., 4m., 9 mí., 30 m y 49 m. 

La abertura del manto puede no ser sinuosa ó presentar un 
seno inf undibular (fig. s. i.) bajo el embudo y dos oculares 
(s. o.), uno al lado de cada ojo. (Fig. 5.) 

Sobre el manto de los Decápodos se insertan membranas 
natatorias ó aletas de diferente forma y extensión, como pue- 
de verse en las figuras 3a., 4a., 9a. y 49a. 

Algunos Cefalópodos (Decápodos) tienen una concha inter- 
na situada inmediatamente debajo del tegumento del dorso 



- 171 - 

del manto. Estas conchas son unas calizas y otras córneas. La 
concha de Sepia officinalis L. se toma como tipo de concha 
interna caliza y se llama sepión. Este es plurilocular, formado 
por la superposición de capas cada vez más extensas, la últi- 
ma de las cuales constituye el área lisa {a. L), que se diferencia 
del área estriada (a. e.) que forman los bordes escalonados de 
las restantes capas. El área lisa y la estriada sólo son visibles 
por la cara ventral del sepión, pues la dorsal está cubierta de 
una capa que se extiende sobre las áreas citadas formándoles 
una orla ó margen quitinoso [m. q,), generalmente estrecho en 
la parte anterior, en cuyo extremo forma una especie de cazo- 
leta que suele prolongarse por la cara dorsal en un saliente 
llamado rostro (r). La figura adjunta indica la orientación y 
partes del sepión visto por su cara ventral. (Fig. 42.) 

El tipo de las conchas córneas internas llamadas plumas es 
el de las conchas del Lóligo vulgaris Lamk. (Calamar). Consta 
esta pluma de un raquis un tanto fuerte , con dos costillas 
laterales (c. ¿.)> un surco central (s. c.) y dos expansiones 
laterales (e. 1.) más extensas y delicadas que el raquis y reco- 
rridas por nerviacioues. (Fig. 34.) 

En el extremo posterior de la pluma de algunos Cefalópo- 
dos, soldándose por delante las expansiones laterales, forman 
una especie de cazoleta llamada cono terminal. (Fig. 36, c. t.) 

Ciertos Cefalópodos (Sepiola, Rossia) poseen plumas rudi- 
mentarias que no llegan á la extremidad posterior del manto 
por ser más cortas que él^ mientras las plumas propiamente 
dichas y los sepiones son siempre tan largos como el manto. 
Estas plumas cortas pueden llamarse plumillas. (Fig, 85.) 

El Argonauta Argo hembra posee una concha externa 
como la representada en la figura. (Fig. 67.) 

Las figuras 80 e. y 62 representan un brazo transformado 
de un órgano sexual copulador que se llama hectocotile y que 
constituye un buen carácter de clasificación, pues varía mucho 
en las diferentes especies de Cefalópodos. 



- 172 — 



DESCRIPCIÓN DE LAS ESPECIES 



Stenotenthis Bartrammi (Lesueur, 1821) Verrill, 1880, 

(Figuras 18, 22, 32 y 68.) 

La cabeza es casi cilindrica , está separada del cuello por 
un margen saliente que se extiende por el dorso y los lados 
hasta encontrar los dos extremos del borde de la fóvea. A 
cada lado de la cabeza hay tres crestas cefálicas que parten 
del margen saliente y se unen por detrás. La foveola está sur- 
cada por pliegues que en el centro son paralelos al eje del 
animal, haciéndose divergentes hacia los lados. Mirando con 
una lente la foveola del ejemplar de la figura 68 se ven algu- 
nos de estos pliegues, y además una membrana transversa con 
la apariencia de una arruga que limita la longitud de los plie- 
gues centrales, los cuales siempre son por esta causa más 
cortos que los laterales. La abertura ocular es ancha. 

El primer par de brazos es el más corto, el tercero el más 
largo y el segundo y cuarto casi iguales; pero, respecto á la 
longitud, las diferencias no son muy grandes. En cambio, en 
cuanto á la forma, se destacan el segundo y tercer par por el 
enorme desarrollo que adquiere en ellos la membrana interna 
protectora de las ventosas que, sobre todo en el tercer par, 
(figura 18) es más ancha que el brazo y presenta cordones 
(c. un.) que, partiendo de la base de las ventosas, la refuerzan 
atravesándola en el sentido de su anchura. Un trozo desgarra- 
do de esta membrana se ve en el extremo del brazo derecho 
del tercer par (fig. 68). En la misma figura se ven las nadade- 
ras de los brazos del tercer par que están muy desarrolladas, 
son triangulares y están implantadas en el primer tercio de los 
brazos. Las ventosas de estos brazos están en dos filas, son 
pedunculadas y tienen anillo córneo, en cuya parte más ensan- 
chada los dientes son más largos. 

Los brazos tentaculares son cortos y su última mitad está 
ocupada por la maza, que es muy parecida á la del Illex Coin- 



— 173 — 

detii, sólo que las ventosas apicales están en cuatro filas algo 
irregulares, y además existe en la base de la maza un aparato 
de conexión constituido por botoncitos y ventosas, dispuestos 
sobre una línea y de tal modo, que al aplicarse un brazo tenta- 
cular sobre el otro á cada ventosa corresponde un botón (figu- 
ra 22). 

Los anillos córneos de las ventosas de estos brazos tienen 
dientes que varían en forma, tamaño y disposición. 

La membrana bucal está unida á los brazos por medio de 
siete bridas, de las cuales una se inserta entre los del primer 
par, y las otras, dos á dos, á la base de los otros pares. Estas 
bridas producen en el margen libre de la membrana bucal sie- 
te lóbulos. El bulbo bucal está protegido por una membrana 
labial interna y otra externa más delicada. 

El embudo se adapta en la fóvea, y si en la figura 68 apa- 
rece separado hacia la parte ventral, es por efecto de la con- 
tracción producida por el formol. Es robusto, cónico y coa 
una lengüeta bien desarrollada. 

El aparato de resistencia es como el del Illex. 

En la figura 6(S se ve bien la forma cilindro-cónica del man- 
to y la posición en el último tercio y forma romboidal de las 
aletas; sólo hay que advertir que por estar aplastado el animal 
aparece el manto más grueso de lo que es en realidad, y que 
estando arrugadas las aletas no se hace tan patente que su 
diámetro transverso es bastante mayor que el longitudinal. 

La pluma (fig. 32) tiene dos costillas marginales bien sa- 
lientes y coloreadas de pardo ^ que se aproximan una á la otra 
hacia atrás hasta soldarse con la costilla media, que es delica- 
da. Termina por delante en un ángulo obtuso redondeado, y 
por detrás en un cono. 

El ejemplar de la figura 68 fué recogido al pie del mismo 
Laboratorio Aragó flotando sobre las aguas y muerto; conser- 
va en el dorso una coloración vinosa azulada, y su longitud, 
sin contar los brazos tentaculares, es de 80 centímetros. 

Es pelágico. 



Eev. Acad. Ciencias.— IIL— Agosto, 1905. 13 



— 174 - 
Todarodes sag^ittatus (Lamk.) Steenstrup, 1880. 

(Figuras 6, 8, 37, 40, 44 y 49.) 

La cabeza es deprimida y presenta en correspondencia con 
el borde del manto una línea saliente que une los bordes de la 
fóvea, y que, además de formar en la parte dorsal un ángulo 
obtuso de vértice posterior, presenta otros tres á cada lado^ 
de cada uno de los cuales arranca una cresta cefálica (c). Las 
tres crestas de cada lado están unidas en su extremo posterior 
por otra transversal menos acentuada (fig. 6j. 

La longitud relativa de los brazos es 3. 2. 1. 4. siendo casi 
iguales los del segundo y tercer par. 

En este último la membrana natatoria se desarrolla en la 
parte media del brazo formando una expansión triangular. Las 
ventosas de estos brazos presentan nueve dientes en el margen 
superior del círculo córneo, de los cuales el central es más lar- 
go; tienen la abertura oblicua y un pedúnculo corto. 

Los brazos tentaculares no llegan á tener el doble de la lon- 
gitud de los sentados mayores; están provistos de una aleta 
que se inicia en la base y crece hasta la extremidad. La maza 
tentacular ocupa los tres últimos cuartos del mismo brazo, 
y tiene numerosas ventosas que difieren en forma, tamaño y 
disposición: primero se encuentran pequeñas ventosas de aber- 
tura oblicua y con siete dientes en su círculo córneo; siguen 
cuatro series de ventosas; las dos series centrales constan de 
ventosas grandes de abertura casi horizontal y con un círculo 
córneo como el representado en la figura 40. Las ventosas de 
las dos series marginales son mucho más pequeñas, en forma 
de pie de caballo y con dientes en todo el margen alternativa- 
mente largos y cortos (fig. 44); finalmente, en el extremo de la 
maza se encuentran otra vez ventosas pequeñas. 

La fóvea tiene foveola (fig. 8) que es elíptica, con el eje 
mayor en la dirección del eje del cuerpo, y está surcada en el 
mismo sentido por pliegues longitudinales paralelos que se des- 
vanecen antes de alcanzar la membrana de forma de media 
lona que limita la foveola por detrás. 



— 175 -r- 

Manto cilindro-cónico, dominando la región cónica, trunca- 
do anteriormente y terminado por detrás en punta. Las aletas, 
que ocupan casi la mitad de la longitud del manto, son en con- 
junto de forma romboidal, más anchas que largas, emargina- 
das anteriormente y formando un ángulo agudo hacia el extre- 
mo del manto (fig. 49). 

La pluma es parecida á la del S. Bartrammi, el cono está 
más desarrollado y el extremo anterior termina en ángulo agu- 
do, como si hubiera sufrido dos cortes de tijera (fig. 37) que 
interrumpieran bruscamente las costillas laterales. 

El aparato de resistencia, las membranas bucal y labia- 
les, etc., etc., son análogas á las del S. Bartiammi y el 
/. Comdetii. 

Este Cefalópodo forma parte de la fauna de Banyuls y en 
la colección del Laboratorio lo encontré representado por una 
pluma. 

En Mallorca lo cita el Archiduque Salvador, y ha sido vis- 
to y clasificado en diferentes ocasiones por De Buen. Allí les 
llaman Ludas ó Aludas, nombre que también aplican á todos 
los Cefalópodos análogos que adquieren gran tamaño. 

Pelágico, se le captura en la región costera en fango ó en 
arena. 



lUex Coindetii ( Verany, 1837) Steensteup, 1880. 

(Figuras 7, 10, 17, 20, 25, 33, 38, 47, 48, 51, 55 y 69.) 

La cabeza es deprimida, algo redondeada por encima, las 
aberturas oculares transversas y con un seno lacrimal tan pro- 
fundo que las da forma triangular. Hay un cordón saliente que 
separa la cabeza del cuello por el dorso y los lados , bien pa- 
tente en la figura. 69 B., en la que se ve cómo dicho cordón for. 
ma un ángulo obtuso de vértice posterior bien pronunciado y 
cómo nacen de él las crestas cefálicas, en número de tres á 
cada lado (fig. 38). La fóvea no tiene pliegues (fig. 7) y es 
redondeada. 

La longitud relativa délos brazos es 3. 2. 4, 1. Los del ter- 



- 17o — 

cer par tienen una mediana membrana natatoria dorsal situada 
sobre la parte media del brazo; pero que no alcanza ni á la base 
ni al ápice del mismo. Sobre todos los brazos, las ventosas es- 
tán en dos filas, tienen la abertura oblicua y sus pedúnculos 
nacen sobre unos relieves en forma de cordón corto que termi- 
nan en los bordes de la membrana protectora de las ventosas, 
como se ve en las figuras 20, 47, 48 y 51. 

En los ejemplares vistos por mí , de los cuales dos están re- 
presentados en la figura 69, he podido notar que las ventosas, 
que en los brazos del primer par decrecen de tamaño gradual- 
mente, á partir del primer cuarto de la longitud de los mismos, 
tienen en los otros tres pares de brazos una disposición espe- 
cial , poco visible en el cuarto par, bastante en el tercero y mu- 
cho en el segundo, y este carácter consiste en que las ventosas 
de los dos tercios básales son bastante mayores que las del úl- 
timo tercio apical , produciéndose este cambio de magnitud tan 
bruscamente que, haciendo abstracción de dos ventosas inter- 
medias, las inmediatas á ellas, de los dos tercios básales, son 
de doble diámetro que las contiguas del tercio apical (fig. 51). 
Las ventosas de los dos tercios básales de estos brazos son, 
como digo, más grandes, están cortamente pedunculadas, tie- 
nen la abertura redonda y el círculo córneo con dientes anchos 
redondeados, más visibles 6 más desarrollados los de la parte 
superior, cuyo diente del medio es agudo y saliente (figuras 20, 
47 y 51 A), Las ventosas del tercio apical son más pequeñas» 
pero están más largamente pedunculadas, son, además, más 
altas, su abertura ya no es redondeada y sobre la parte supe- 
rior de su círculo córneo se ven dientes largos , agudos y sa- 
lientes, frecuentemente en número de seis (figuras 48 y 51 B). 
Las ventosas más grandes de los brazos sentados son mayo- 
res que las más grandes de la maza tentacular. 

Los brazos tentaculares son más cortos que el cuerpo, y el 
último tercio de ellos está ocupado por la maza. Esta tiene al 
principio ventosas pequeñas, siguen después siete pares de ven- 
tosas grandes, de abertura redonda, dispuestas en dos filas 
centrales y á cada lado de éstas otra fila de ventositas peque- 
ñas largamente pedunculadas y con forma de pie de caballo; 



— 177 - 

el final de la maza está ocupado por numerosas y pequeñísimas 
ventosas en ocho filas irregulares. Las ventosas grandes tienen 
sus pedúnculos insertos en los senos producidos por un relieve 
en zig-zag que se extiende en sentido longitudinal entre dichas 
ventosas. En el esquema de la figura 55 éste relieve está repre- 
tentado por una línea (a) que en los ángulos salientes se pro- 
longa en otros relieves representados por líneas (6) que se bi- 
furcan en el extremo, perdiéndose en el margen de la membra- 
na protectora de las ventosas; en dicha bifurcación se implan- 
tan los pedúnculos (p) de las ventosas, que tienen forma de 
pie de caballo. De los siete pares de ventosas grandes, las más 
próximas á la base de la maza tienen el círculo córneo provisto 
de anchos y redondos dientes, que en las siguientes ventosas se 
hacen más pequeños hasta desaparecer en absoluto. 

Al final de la maza hay una nadadera. 

El aparato de resistencia consta de dos .relieves en forma 
de T invertida, colocados en la cara interna del manto, que en- 
cajan en dos ojales de la misma forma situados enfrente, sobre 
la base del embudo, y cuyos bordes son salientes (fig. 25). 

Manto alargado, cilindro-cónico, bruscamente estrechado 
por detrás, truncado anteriormente, con la abertura más estre- 
cha que la cabeza. Las aletas ocupan el último tercio y en con- 
junto son romboidales, con el diámetro transverso mayor que 
el longitudinal (fig. 67). 

La pluma (fig. 33) es parecida á la del S. Bartrammi; pero 
tanto las dos costillas marginales como la central son fuertes y 
están coloreadas de amarillo castaño intenso. El cono terminal 
es puntiagudo y alargado. 

El brazo derecho ó el izquierdo del tercer par se hectocoti- 
lizan sufriendo las siguientes transformaciones: las ventosas 
aparecen más distanciadas entre sí, se hacen más pequeñas; en 
cambio, los cordones sobre que se insertan se desarrollan ad- 
quiriendo algunos de ellos la forma de una bráctea; en el últi- 
mo quinto del brazo las ventosas se transforman en botoncitos 
que se hacen pequeñísimos al final y que están sostenidos por 
delicados pedúnculos. Los brazos del primer par se hacen algo 
más anchos que en la hembra; sobre ellos las ventosas se sepa- 



— 178 - 

ran entre sí y los cordones sobre que se implantan se desarro- 
llan más. 

Se pesca sobre fondos fangosos de la región costera, en las 
costas catalanas durante la Cuaresma. En la provincia de Ge- 
rona les llaman Cañadas y en San Carlos de la Rápita (delta 
del Ebro) Cananas. 

Los representados en la figura 69 pertenecen á la colección 
de la Estación biológica de Banyuls-sur-Mer. Hay ejemplares 
de esta especie en el Gabinete de Historia Natural de la Uni- 
versidad de Barcelona y en el Museo de Historia Natural de 
Madrid. 

Todaropsis Verauyi Girard. 

(Figuras 36 , 39 , 52 , 53 y 70.) 

La cabeza es parecida á la del I. Coindetii, La fóvea no tie- 
ne pliegues; pero anteriormente es aguda (figuras 39 y 70). 

Los brazos guardan la misma proporción relativa de longi- 
tud que en la anterior especie; pero con relación al resto del 
animal son bastante más grandes. Las ventosas de estos brazos 
disminuyen en todos ellos gradualmente de tamaño hacia la 
base y hacia la extremidad. Todas las ventosas tienen anillo 
córneo con dientes en el borde superior, agudos todos, menos 
dos, que son anchos y romos, situados uno á cada lado, donde 
principia el borde inferior que es liso (fig. 53). 

Los brazos tentaculares son tan largos ó más que el cuerpo, 
sobre el último cuarto de la longitud está la maza que es pare- 
cida á la del lllex Coindetii; pero las ventosas que en las dos 
series medianas se destacan por su grosor son cinco pares; tie- 
nen un círculo córneo con dientes cónicos en todo el borde y 
son mayores que los más grandes de los brazos sentados (figu- 
ras 52 y 70). 

El manto es bastante más corto que en el /. Coindetii, forma 
también un estrechamiento posterior, pero menos largo. Las 
aletas ocupan casi toda la mitad posterior del dorso del manto, 
tienen en conjunto la misma forma que en la anterior especie; 



- 179 — 

pero su diámetro transverso es doble que el longitudinal (figu- 
ra 70). 

La pluma es como la del Illex Coindetii, pero el cono termi- 
nal mucho más ancho y obtuso (fig. 36). 

El ejemplar representado en la figura 70 tiene los brazos 
del cuarto par transformados por hectocotilización. El del lado 
derecho presenta el primer quinto basal de su longitud sin 
ventosas; desde aquí hasta la mitad del brazo, las eminencias 
en que se insertan las ventosas se transforman en brácteas di- 
rigidas hacia el extremo apical del brazo. Lis brácteas básales 
son muy grandes, anchas y con el borde provisto de dos ó tres 
lóbulos á manera de dientes; á medida que se van acercando al 
extremo apical del brazo estas brácteas se van reduciendo de 
tamaño, vaa perdiendo ios dientes, se estrechan más y más y 
se apoyan las unas sobre las otras de manera que sobre la últi- 
ma mitad del brazo toman el aspecto de los granos de trigo en 
la espiga. Sólo se ven ventosas, pero muy pequeñas, en algunas 
de las brácteas del centro del brazo. El brazo izquierdo hasta 
la mitad de su longitud está transformado de la misma manera 
que su compañero; pero en el resto parece estar conformado 
como los otros brazos. 

Estos caracteres de la hectocotilización están tomados sobre 
un solo individuo. 

El ejemplar fotografiado en la figura 70 pertenece á la colec- 
ción del Gabinete de Historia Natural de la Universidad de 
Barcelona. 



Ancistroteuthis Lichtensteini (Ferussao, 1835) Gray, 1849. 

(Figuras 23 y 67.) 

La cabeza es algo cilindrica, con una depresión ventral que 
se acentúa frente al embudo, formándose una especie de fóvea 
en la que éste se aloja. La abertura ocular, á causa de la pro- 
fundidad de su seno anterior, adopta una forma acorazonada. 
Las crestas cefálicas son numerosas; las tres primeras inme- 
diatas al embudo son las más grandes y oblicuas entre sí y 



- 180 - 

con respecto á las restantes, que son perfectamente paralelas 
y equidistantes, decreciendo en tamaño hacia el dorso hasta 
quedar reducido á un punto. El número de estas últimas debe 
variar con la edad del animal, pues el clasificado por mí, sólo 
tenía seis al lado derecho y cinco al izquierdo. 

Los brazos del primer par son los más cortos y los otros tres 
pares casi iguales; están provistos de pequeñas ventosas con 
círculo córneo liso. 

Los brazos tentaculares son bastante más largos que el cuer- 
po, no retráctiles, cilindricos, terminados en una maza no en- 
sanchada, separada del funículo por un ligero angostamiento. En 
cada maza hay dos órganos adhesivos constituidos por ventosas 
y botones agrupados y dispuestos de modo que, puestas en con- 
tacto las mazas, á cada ventosa corresponde un botón. Uno de 
estos órganos es basal y el otro apical. El basal tiene forma de 
disco y entre ventosas y botones reúne veintiuno. En el espacio 
comprendido entre los dos órganos adhesivos de cada maza hay 
dos filas de ganchos en número de once pares. Los ganchos de 
la fila interna son pequeños y difieren poco en tamaño unos de 
otros; los de la fila externa son mucho mayores, creciendo 
rápidamente de los extremos al centro, de modo que el sép- 
timo gancho es bastante más grande que todos los demás. (Fi- 
gura 23.) 

El manto es cónico alargado, truncado anteriormente y pro- 
longado por detrás en una punta estrecha. La abertura del 
manto se prolonga hacia adelante en tres ligeros ángulos, uno 
dorsal y dos á los lados del embudo. Las aletas son de conjunto 
romboidal, con el ángulo posterior bastante agudo y un poco 
más anchas que largas, ocupando más de la mitad del manto. 
(Fig. 67.) 

La pluma, alargada y estrecha, está terminada anteriormente 
en punta redondeada y posteriormente en un cono alargado que 
se encorva hacia el dorso; en los dos últimos tercios se obser- 
van las expansiones laterales. 

El aparato de resistencia consta de dos cicatrices alargadas» 
de bordes cartilaginosos salientes situados en la base del embu- 
do y de dos cordones mucho más largos, que nacen en los án- 



— 181 — 

gulos laterales de la abertura del manto y se internan en la ca- 
vidad paleal. 

El ejemplar que me ha servido de modelo para hacer la figu- 
ra 67 pertenece á la colección del Laboratorio Aragó y fué pes- 
cado con la red de la anchoa. Sus dimensiones son: 



Longitud con los brazos tentaculares . 52 ceutíms. 





ae la caoeza 

de los brazos del 1.^'' par 


z Va 
7 


» 


!> 


T> » 2.° J> 


8'/, 


» 


S 


3." « .... 


8 Vo 


» 


I> 


t. » 4.° » 


8 73 


» 


S 


del brazo tentacular derecho. . 


30 


» 


» 


» » izquierdo. 


34'/. 


» 


» 


del manto 


15 "s 
9 7, 


s 


> 


de las aletas 


» 



En el Museo de Historia Natural de Madrid hay un ejem- 
plar recogido por el Sr. Antón en Algeciras, y que según indi- 
ca el rótulo que le acompaña es el O. Lichtensteini (1), pero 
por tratarse de un animal joven y mal conservado no puedo 
afirmar con absoluta certeza que sea tal especie, aunque real- 
mente lo parece. 



Chiroteuthis Veranyi D'Orb. 

(Figura 60.) 

El manto es cónico alargado, prolongado por su parte dorsal 
y sobre la cabeza en un corto y poco pronunciado ángulo; la 
mitad anterior es bastante más ancha que la posterior, sobre 
cuyo dorso están insertas dos nadaderas unidas en la línea me- 
dia, de conjunto circular algo cordiforme. 

La cabeza es grande, más ancha que la abertura del manto, 
con dos ojos muy v^oluminosos. 



(1) El Onichoteuthis Lichtensteini es el Ancistroteuthis Lich- 
tensteini. 



— 182 — 

Es notable el gran desarrollo que adquieren los brazos del 
cuarto par, con relación á los otros, los cuales decrecen en lon- 
gitud y grosor hacia los del primer par, que son los más delga- 
dos, y cuya longitud es, sobre poco más ó menos, un tercio de 
la de los del cuarto par. Estos dos brazos se extienden en una 
membrana, formándose una especie de canal ancho interno. Los 
otros brazos tienen numerosas ventosas en dos filas, globulares, 
con abertura redonda algo lateral y sostenidas por un corto y 
delgado pedicelo que se implanta en un tuberculito que le sirve 
de base. 

Los brazos tentaculares son extremadamente largos y delga- 
dos, cilindricos, con ventosas sentadas de trecho en trecho; 
terminan en una maza lanceolada ancha, y festoneada con cua- 
tro series de ventosas de abertura estrecha y provistas de un 
delgado pedúnculo inserto en la extremidad ensanchada de otro 
que es más grueso y largo, y que es el que directamente se 
apoya en la maza. Estos caracteres que se refieren á la maza 
no los he podido comprobar, pues los brazos tentaculares faltan 
casi por completo en el ejemplar por mí estudiado. 

La lámina dorsal es de consistencia córnea, aquillada, larga 
y terminada en una espátula lanceolada anterior y otra poste- 
rior, siendo estrecha en la región media. Yo no la he visto. 

Hay un ejemplar de esta especie en la colección del Labora- 
torio Aragó. Fué recogido muerto, por lo que no es extraño 
que esté deformado é incompleto, presentando tan sólo restos 
de los brazos tentaculares y faltando en absoluto el primer par 
de brazos , el derecho del segundo par y el ojo izquierdo. Sus 
bellas coloraciones las ha perdido en el formol. 

Es traslúcido. 



Histioteuthis Ruppelli (Yerany, 1851). 

(Figura 59.) 

La cabeza, tan grande como el manto, está provista de dos 
ojos muy gruesos y poco salientes. La abertura ocular es muy 



— 183 — 

grande, redonda y sin seno lacrimal. Hay un cordón saliente 
posterior y dos crestas cefálicas pequeñitas á cada lado. 

Los brazos sentados son robustos, más del doble de largos 
que el manto. Los tres primeros pares de brazos están enlaza- 
dos por una extensísima membrana umbelar: los dos inferiores 
quedan libres, formando grupo aparte y están unidos en su base 
por una membrana corta que se suelda en sentido lineal á la 
membrana que une los brazos del tercer par. 

El manto es cónico, bursiforme, terminado por detrás en 
punta redondeada: sobre su mitad posterior están las aletas, que 
son redondeadas en conjunto, y que se extienden un poco más 
allá del extremo posterior del manto. 

El ejemplar que he estudiado y que forma parte de la colec- 
ción del Laboratorio Aragó, fué recogido flotando sobre las 
aguas. Está conservado en formol y le faltan los brazos tenta- 
culares, los sentados ventrales y casi toda la región ventral, 
partes que sin duda fueron devoradas. La coloración es vino- 
sa, sucia, distribuida en manchas de diversa intensidad desde 
la clara hasta la muy obscura. Este ejemplar tendrá, aproxima- 
damente, de longitud total unos cincuenta centímetros, contando 
desde el ápice de los brazos sentados más largos hasta el extre- 
mo posterior del manto. 



Sepiola Rondeleti Leach. 

( Figuras 101, 3, 46 , 66 y 71 AB.) 

La cabeza es deprimida y un poco más estrecha que la 
abertura del manto. Los ojos están cubiertos por el tegu- 
mento de la cabeza que sobre ellos se hace transparente en 
una zona ovalada, y forma, replegándose hacia adentro, una 
especie de párpado inferior. 

Los brazos sentados del primer par son los más cortos , si- 
guen en longitud los del cuarto, y después los del segundo y 
tercero, que son casi iguales. Todos tienen dos filas de vento- 
sas globulares de abertura redonda, oblicua, más bien pe- 
queña; pero carecen de membranas protectoras de las vento- 



- 184 — 

sas y de aleta dorsal, excepto los del tercer par, que la tie- 
nen, aunque muy poco aparente. 

Los brazos tentaculares son algo más largos que el cuerpo, 
y terminan en una maza lanzeolada, no muy aparente, ar- 
queada hacia el lado interno, con una aleta dorsal algo más 
larga que ella, pero muy estrecha y con numerosísimas y di- 
minutas ventosas, casi iguales en tamaño y dispuestas sobre 
la cara ventral. 

La membrana braquial está poco desarrollada, es mayor en- 
tre los brazos del tercero y cuarto par, y casi nula entre los del 
cuarto; pero según he podido ver existe entre todos los brazos. 

La membrana bucal no está muy desarrollada, tiene siete 
bridas que la unen á la base de los brazos; pero se bifurca la 
que corresponde á los brazos del primer par. La membrana 
labial externa es lisa y delicada; la interna presenta una co- 
rona de tubérculos. 

El embudo es cilindro-cónico alargado en su parte libre, 
y ensanchado en su parte basal; presenta el margen posterior 
formando un ancho seno, á cuyos dos lados están las cicatri- 
ces {ci.) del aparato de resistencia, que son alargadas, de 
bordes salientes y que se corresponden con dos crestas {cr). 
lineales, situadas sobre el manto; pero aún más largas que las 
cicatrices, pues empiezan casi en el borde anterior del manto 
y se prolongan hasta la mitad de la longitud del mismo (figu- 
ra 46). 

El órgano del embudo consta de una pieza dorsal triangu- 
lar, profundamente emarginada por detrás, y de dos ventrales 
piriformes alargadas con la parte ancha hacia atrás. 

El manto está soldado á la cabeza por una brida dorsal (6. c), 
más bien estrecha que ancha; es bursiforme, redondeado por 
detrás, truncado por delante y con un ligero seno delante del 
embudo. En el segundo tercio de la longitud del manto están 
insertas las aletas, que son dorso-laterales, redondeadas y 
emarginadas profundamente en la inserción anterior (fig. 3). 
La plumilla ocupa el primer tercio de la longitud del manto y 
es lineal, terminada en punta de lanza. 

Los machos sufren grandes transformaciones en los brazos 



- 185 - 

por la hectocotilización. El brazo izquierdo, desde cerca de la 
base hasta la mitad de su longitud, se ensancha mucho y se 
ahueca por la cara ventral, quedando un ancho campo entre 
las dos filas de ventosas que se retiran á los bordes, creciendo 
irregularmente de tamaño, sobre todo las del borde interno, 
que son mayores. En la base de la zona modificada se forma 
una especie de bolsa por la existencia de una gruesa forma- 
ción membranosa de bordes muy irregulares y sinuosos. El 
resto del brazo no se modifica, ni tampoco su compañero de 
la derecha. Las ventosas de los brazos del segundo par son 
más gruesas que en la hembra; pero, sobre todo, se hacen enor- 
mes dos ó tres de las situadas en el margen contiguo á los 
brazos del tercer par. Estos brazos, en su primera mitad, en- 
gruesan considerablemente y se encorvan hacia la boca, per- 
diendo las ventosas que subsisten, pero algo engrosadas en la 
otra mitad. Las ventosas de los brazos del cuarto par engrue- 
san algo (figuras 66 y 71 A). 

La cópula se verifica en condiciones tales que se dificulta 
la respiración de la hembra, que por esta causa trata de esca- 
par, siendo necesario para que no lo consiga que el macho po- 
sea las robustas ventosas que se ven en sus brazos no hecto- 
cotilizados. 

El color lo producen unos cromatóforos de color de castaña, 
haciéndose más obscuro sobre una faja central del dorso y 
sobre los ojos; estos cromatóforos son menos numerosos en la 
cara ventral del manto de la cabeza y en la dorsal de las ale- 
tas y brazos. La cara ventral de éstos y de las aletas , el em- 
budo y el borde anterior del manto son blancos. 

En la colección del Gabinete de Historia Natural de la 
Universidad de Barcelona hay ejemplares de esta especie, re- 
cogidos en Blanes (provincia de Gerona), en Palma de Ma- 
llorca, Mahón, isla de Cabrera y San Carlos de la Rápita. 

Recibe los nombres vulgares siguientes: Morralet (provin- 
cia de Gerona); Frenética (Mahón); Fotesa (San Carlos de la 
Rápita). 

Se encuentra en la arena de la región litoral , y algunas ve- 
ces en la arena costera. 



- 186 - 



En el Museo de Historia Natural de Madrid hay un ejem- 
plar de esta especie, recogido por el Dr. Antón, en Algeciras. 



Rossia macrosoma (Delle Chiaje, 1828) D'Oebignt, 1835. 

( Figuras 2, 35, 54, 56 y 72. ) 

La cabeza es aplanada y voluminosa, más ancha que la 
abertura del manto; mirada por arriba, su contorno es redon- 
deado. Los ojos están cubiertos por una delgada membrana y 
protegidos inferiormente por un repliegue {p. i.) de la piel que 
forma un verdadero párpado (fig. 56). 

Los brazos sentados son cortitos y gruesos, no tienen nada- 
deras ni membrana protectora de las ventosas, las cuales en la 
base de los brazos son escasas; se disponen luego en dos filas 
y finalmente en cuatro. La abertura de estas ventosas es obli- 
cua y está provista de un anillo córneo liso. La longitud rela- 
tiva de los brazos es 3. 4. 2. 1. 

Los brazos tentaculares son retráctiles, tienen algo prismá- 
tico el funículo y terminan en una maza alargada que presenta 
una aleta dorsal y membranas protectoras de las ventosas, las 
cuales difieren poco entre sí, siendo pequeñas y numerosas. 

La membrana bucal está plegada y se une á la base de los 
brazos por seis bridas (fig. 54). 

El músculo collar {m. c.) presenta en su margen libre y 
detrás del cartílago bucal un seno profundo. El cartílago (c. n.) 
nucal tiene la forma de una hebilla con dos bordes salientes 
y con un relieve longitudinal en el sentido del diámetro ma- 
yor (fig. 2). 

El embudo es cónico por su parte libre, muy ensanchado y 
de paredes casi paralelas en la base. Su abertura es redonda 
y su borde posterior presenta un seno entre las dos cicatrices, 
que son alargadas, de bordes salientes, y en cada una de las 
cuales se encaja un botón, situado en el manto, que empieza 
cerca del borde de éste, siendo prominente y empequeñe- 
ciendo hacia el interior hasta desaparecer. 

El manto es bursiforme, redondeado por detrás y con el 



— 187 - 

borde anterior completamente separado de la cabeza en toda 
BU extensión, formando un ligero ángulo saliente dorsal y un 
seno ventral bajo el embudo. Sobre dos líneas látero-dorsales, 
que ocupan aproximadamente el segundo y parte del tercer 
tercio de la longitud del manto, están implantadas las aletas, 
que son semicirculares y que presentan una escotadura ante- 
rior (fig. 72), 

La pluma es pequeña, ocupa sólo parte de la longitud del 
manto y es lanceolada, redondeada por delante y aguzada por 
detrás. Tiene dos costillas laterales, que se aproximan gra- 
dualmente hasta reunirse en una, posteriormente, y entre las 
cuales queda un surco. En la ultima mitad se ven dos expan- 
siones laterales estrechas (fig. 35). 

Se hectocotilizan los dos brazos del primer par. Estos pre- 
sentan en su borde externo una membrana protectora de las 
ventosas, que se inicia en el punto en que las ventosas básales, 
que forman dos series, empiezan á formar cuatro más ó menos 
irregulares; adquiere máximo desarrollo en la parte media del 
brazo y se anula en el tercio final del mismo. Las ventosas 
son más pequeñas que las del mismo par de brazos de la hem- 
bra, carácter que se acentúa más en las que forman las dos 
series inmediatas á la membrana protectora. Las ventosas de 
estas dos series tienen sus pedúnculos insertos sobre relieves 
que se prolongan por la cara interna de la membrana protec- 
tora. En los otros tres pares de brazos, para cumplir el mismo 
fin indicado en la Sepiola Royideleti, se desarrollan mucho las 
ventosas de las dos series marginales. 

Procedentes del Mediterráneo español se conservan ejem- 
plares de esta especie en el Museo de Ciencias Naturales de 
Madrid, en la Estación biológica de Banyuls y en el Gabi- 
nete de Historia Natural de la Universidad de Barcelona. 

Es bastante sedentaria; se encuentra en las arenas de la re- 
gión costera bastante profunda. Se pesca al pie de las rocas 
más abruptas de la provincia de Gerona, habiéndola recogido 
Racovitza, abundante, al Norte del Cabo de Creus. 



- 188 — 



Sepia officinalis (Linné, 1761). 

(Figs. 1, 5, 11, 22, 27, 42, 57, 73 y U A.) 



La cabeza es deprimida, gruesa, poco más ancha que la 
abertura del manto y dilatada á la altura de los ojos. Estos 
están cubiertos por el tegumento de la cabeza que sobre ellos 
se hace transparente en un área de contorno arriñonado, tie- 
nen una especie de párpado inferior (p. i.) y el iris con dos 
lóbulos, uno inferior sencillo y otro superior más ancho y con 
un seno en el medio (fig. 5). 

Los brazos son robustos, de sección triangular; su longitud 
relativa es 4. 3. 2. 1. Los del tercer par con indicios de nada- 
dera, y los del cuarto con ella muy desarrollada. Todos los 
brazos tienen membrana protectora de las ventosas, las cuales 
están en cuatro filas. Las ventosas adquieren máximo desarro- 
llo en el primer tercio de la longitud de los brazos y desde 
aquí decrecen hacia el ápice hasta hacerse microscópicas; son 
hemisféricas con abertura más bien grande. La membrana 
umbelar es muy pequeña, falta entre los brazos del cuarto 
par y es muy visible entre los del tercero y cuarto. 

Los brazos tentaculares son retráctiles y más largos que el 
cuerpo, terminan en una maza alargada, torcida como una 
hoz, con una nadadera dorso-lateral interna bien desarrollada 
y dos membranas protectoras de las ventosas, de las cuales la 
externa presenta una estriación transversal que se extiende 
por el dorso de la maza hasta una línea cercana y paralela á 
la inserción de la nadadera. Las ventosas están dispuestas en 
cuatro series más ó menos perceptibles, adquiriendo menor 
tamaño hacia los extremos ; en una de las series internas hay 
cinco ventosas que se destacan por ser más grandes que todas 
las demás, y de ellas la mayor es la de en medio y las meno- 
res las de los extremos (fig. 57). 

La membrana bucal está unida á los brazos por siete bridas 
que se insertan, una en la base de los brazos del primer par, 
dos entre los del primero y segundo, dos entre los del segundo 
y tercero y otras dos en la base de los del cuarto. El borde libre 



- 189 — 

es muy irregular y presenta^ en correspondencia con las bridas, 
unas prolongaci nes de las cuales son notables por su mayor 
tamaño las que corresponden á las bridas que se insertan en la 
base de los brazos del tercer par. 

La membrana labial externa es casi lisa y deja ver el borde 
tuberculoso de la interna que proteje directamente el pico. 

El embudo es cónico, con tendencia á ser cilindrico, tiene 
el margen posterior (&. 1.) profundamente escotado, y á cada 
lado de esta escotadura las cicatrices (c.) del aparato de resis- 
tencia, que son dos, reniformes, de márgenes salientes y que 
se corresponden con dos botones (6.) de la misma forma, si- 
tuados en la cara interna del manto (fig. 24). La lengüeta es 
pequeñita y redondeada (fig. 27 1). 

El órgano del embudo consta de una pieza dorsal {d.) en 
forma de V invertida que llega casi hasta la lengüeta, y de 
dos piezas ventrales (v.) alargadas, de extremos redondeados, 
pero estrechas por delante y anchas por detrás (fig. 27). 

El manto es deprimido. Visto por su cara ventral tiene la 
forma de huevo algo puntiagudo, truncado por delante en for- 
ma de un ancho seno, detrás del cual se ve el embudo; late- 
ralmente se nota bien la línea de inserción de las aletas. Vis- 
to por el dorso aparece mucho más ancho porque se continúa 
insensible con las aletas y presenta anteriormente un lóbu- 
lo (1.) de punta redondeada que avanza hasta alcanzar el nivel 
de la línea media de los ojos. A cada lado de este lóbulo y li- 
mitado por los dos extremos del seno ventral (s. i.), hay otros 
dos senos oculares (s. o.) más pronunciados que el ventral (fi- 
gura 5) . 

Las aletas tienen la forma de dos cintas algo anchas, cada 
una de las cuales nace cerca del borde anterior del manto, se 
continúa lateralmente hasta unirse con su compañera, no en el 
extremo posterior del manto, sino muy poco antes de llegar á 
él y sobre el dorso del mismo. Los extremos anteriores de las 
aletas avanzan hasta pasar el nivel del borde anterior del man- 
to formándose un seno entre ellas y éste. Entre los extremos- 
posteriores de las aletas se forma también otro seno. 

La hectocotilización tiene lugar en el cuarto brazo izquierdo, 

Eev. Acad. Ciencias.— III. —Agosto, 1905. li 



- 190 - 

Las seis ú ocho primeras ventosas de dicho brazo se hacen 
algo mayores; las siguientes, hasta llegar á la mitad del brazo, 
son pequeñísimas y se disponen en tres filas muy distanciadas; 
el campo comprendido entre estas dos filas está surcado trans- 
versalmente, produciéndose estos surcos por eminencias sobre 
las que se implantan las ventosas. 

El sepión, en conjunto, tiene el contorno de una plantilla 
ensanchada y termina posteriormente en un rostro puntiagudo 
que no sobresale del manto (figuras 42 y 74 A.) Las propor- 
ciones entre la extensión del área lisa y la estriada parece que 
pueden variar, y esto ha sido causa de que Lafont haya hecho 
de esta especie tres, á saber: 

S. Officinalis Lin. — El área estriada ocupa el último tercio 
de la concha. 

S. Filliouxi Laf. — El área estriada ocupa los dos últimos 
tercios de la concha. 

S. Fischeri Laf. — El área estriada es más extensa que en la 
anterior especie, avanzando casi hasta el borde anterior de la 
concha. 

Jatta opina que no se deben admitir estas especies, pues no 
son sino diversos grados de edad de la 8. officinalis. 

La tenida por S. officinalis vive en la región litoral, en las 
praderas de Posidonias y en la arena; la tenida por S. Filliouxi 
se encuentra en las praderas más profundas de Posidonias y 
en la arena de la región costera. 

En el Gabinete de Historia Natural de la Universidad de 
Barcelona hay ejemplares de S. officinalis procedentes de Bla- 
nes (provincia de Gerona), San Carlos de la Rápita, Cabo 
Salinas (Mallorca) y de la isla Cabrera. De esta última locali- 
dad he visto algunos ejemplares con caracteres de la /§. Hie- 
rredda. 

Sepia eleg:ans D'Orbigny 1835. 

(Figuras 41, 68, 7á C. y 75.) 

La cabeza sobresale algo más del manto que en la S. offici- 
nalis y es también más deprimida. Los brazos algo más delga- 



— 191 — 

dos y largos, las ventosas están en dos series sobre los del pri- 
mer par y en la base de los restantes. La membrana umbelar 
como en la anterior especie. 

La maza de los brazos tentaculares es pequeña y la super- 
ficie sobre que están las ventosas tiene forma arriñonada con 
el seno hacia la parte interna; hay una nadadera dorso-lateral 
y dos membranas protectoras de las ventosas. Estas son la ma- 
yoría pequeñas y casi iguales; sólo se destacan por su conside- 
rable tamaño tres, puestas en serie. Entre éstas y el margen 
interno de la maza se pueden ver ventositas de mediano tama- 
ño y en una fila (fig. 58). 

La membrana bucal es muy pequeña. De las siete bridas con 
que dicha membrana se une á la base de los brazos en la 
S. offtcinalis , faltan en la S. elegans las dos correspondien- 
tes al cuarto par; además, aquí los dos salientes del margen 
de la membrana bucal que corresponden á las bridas que van 
á la base del tercer par son bastante menos visibles que en la 
S. officinalis. 

El margen posterior del embudo tiene un seno menos pro- 
fundo que en la S. officinalis. 

El manto suele ser más largo que en la S. officinalis y las 
aletas más estrechas, naciendo más lejos del borde del manto, 
sin prolongarse en lóbulo anterior (fig. 75). 

El sepión es más alargado y estrecho que en la especie an- 
terior; tiene contorno fusiforme con la anchura máxima al 
principio del segundo tercio de su longitud y desde aquí se es- 
trecha hacia atrás y se encorva hacia la parte ventral en el úl- 
timo cuarto; el margen quitinoso forma al extremo dos espe- 
cies de aletas; en lugar de rostro hay una quillita dorsal que 
se bifurca anteriormente por el dorso en dos relieves menos 
pronunciados que ella y que forman ángulo agudo. El área lisa 
es siempre menor que la estriada, y ambas presentan un surco 
medio longitudinal; las estrías tienen la contextura de líneas 
que forman cada una de ellas un ancho seno ondulado cuyos 
extremos se dirigen hacia atrás, y al llegar cerca de los bordes 
laterales del área estriada, estas líneas cambian bruscamente 
de dirección marchando hacia la parte anterior de la concha. 



— 192 - 

La cara dorsal presenta líneas onduladas que, á partir del ex- 
tremo posterior de la concha, se sobreponen las unas á las 
otras, teniendo la forma de senos tanto más agudos y profun- 
dos cuanto más se aproximan al extremo posterior de la mis- 
ma; hay, además, dos surcos longitudinales que forman dos lí- 
neas cercanas la una á la otra y á la línea media de la concha, 
que cortan á toías las estrías y se aproximan hacia atrás. El 
color sobre esta cara es amarillento con tintas rosadas (figu- 
ras 41 y 74 C). $ 

El color del animal por el dorso es rojo castaña, y por la 
cara ventral, blanco con numerosos y pequeños cromatóforoa 
rojos que, agrupándose mucho más cerca de la inserción de 
las nadaderas , producen dos fajas longitudinales coloreadas. 

El brazo izquierdo del tercer par, que es el que se hectoco- 
tiliza, se hace algo más largo que su compañero, se comprime, 
y en sus dos tercios básales las ventosas se reducen á pequeños 
tubérculos que se colocan en dos filas, una sobre cada borde 
del brazo, dejando un campo intermedio surcado por replie- 
gues transversales. En la base del brazo hay unas cuantas ven- 
tositas que no se modifican. 

Es mucho más pequeña que la S. offidnalis y sus dimen- 
siones medias están representadas en la figura 75. 

Se pesca en la región costera en fango ó en arena. 

En la provincia de Gerona la llaman Castaño. Existe eñ 
Banyuls, en la colección del Laboratorio Aragó, y en la Univer- 
sidad de Barcelona las hay procedentes de la isla de Cabrera, 
del cabo Salinas (Mallorca) y de Blanes (provincia de Gerona). 



Sepia Orbig^nyana Ferussac. 

(Figuras 9, 1»5, 43, 74 B y 76.) 

La cabeza es más grande con relación al cuerpo que en la 
S. officinalis, muy deprimida, pues á veces el diámetro supe- 
ro inferior es menor que la mitad del transverso. Vista por 
arriba presenta un contorno exagonal y sobresale del manto 
tanto ó más que la de la S. elegans. 



— 193 — 

Los brazos sentados tienen su cara ventral más estrecha que 
en la S. officinalis y están provistos de ventosas casi esféri- 
cas, de abertura redonda y pequeñita, dispuestas en dos filas 
en la base de los brazos del primero, segundo y tercer par; en 
el resto de los mismos y en toda la extensión de los del cuarto 
par, las ventosas están en cuatro filas. 

La membrana umbelar existe entre todos los brazos; pero 
entre los del cuarto par es muy pequeña (fig. 16). 

Los brazos tentaculares terminan en maza más grande rela- 
tivamente que las de la S. elegans, pero muy parecidas, dife- 
renciándose de ellas, principalmente , porque las ventosas gran- 
des son cuatro, de las cuales la primera basal es sensiblemente 
más pequeña que las otras tres. 

La membrana bucal tiene siete bridas dispuestas como en 
la S. officinalis, y en su bor^e libre los lóbulos que corres- 
ponden á las bridas son casi iguales en tamaño y poco pronun- 
ciados (fig. 16). 

El manto es más corto que en la S. officinalis ; se prolonga 
por el dorso en un lóbulo más agudo; pero en cambiólos senos 
oculares están muy poco pronunciados y lo mismo el ventral; 
por detrás se prolonga en una punta aguda cónica que es el 
extremo del sepión (fig. 76). 

Las aletas nacen como en la S. elegans separadas del borde 
anterior del manto ; son un poco más anchas por detrás (fig. 76). 

La concha en conjunto es oval, prolongada en una espina 
posterior y más ancha que la de la S. elegans. El área lisa 
ocupa el tercio anterior de la concha; la estriada presenta dos 
surcos laterales y las estrías son casi transversas entre los dos 
surcos y oblicuas hacia atrás entre cada surco, y la línea de se- 
paración del área estriada y el margen quitinoso. Este es muy 
estrecho á los lados del área lisa, pero á los costados de la es- 
triada se ensancha formando en el extremo posterior de la con- 
cha unas aletas que se sueldan por delante. La concha por el 
dorso es mucho más plana que la de S. elegans y tiene un surco 
longitudinal sobre la línea media; en el extremo posterior nace 
el rostro que es cónico, alargado, agudo y dirigido algo hacia 
el dorso (figuras 43 y 74 B.). 



- 194 — 

Las que yo he visto frescas tenían un tinte amarillo verdoso 
moteado por finos y numerosos cromatóforos que se aglomeran 
en mayor cantidad formando zonas más teñidas; en la parte 
media dorsal , alrededor de los ojos y en la cara ventral for- 
mando dos estrechas fajas inmediatas á las inserciones de las 
dos aletas. 

Se encuentra en la región costera, en fango ó en arena. 

Algunos pescadores catalanes la llaman Sipia de puncha; 
pero no sé hasta qué punto se pueda admitir esta denomina- 
ción como nombre vulgar generalizado. 

Se conservan ejemplares en Banyuls y en la Universidad de 
Barcelona. 



Lólig^o vulg^aris (Lamarck, 1799). 

(rigurasl5,3i, 64y 77.) 

Cabeza achatada, tan ancha como la abertura del manto. Los 
ojos son laterales y poco salientes, recubiertos por el tegumento 
de la cabeza que sobre ellos se hace transparente en una super- 
ficie redonda, en cuya parte anterior hay un agujerito ocular 
{a. o.)', el iris forma en su parte superior un lóbulo redondeado 
(Z. r.)f siendo circular el resto de su margen. Detrás délos ojos 
hay unas crestas (c), de las cuales la inmediata á cada ojo es 
la mayor (fig. 15). 

Los brazos del tercer par son los más largos y gruesos , y se 
caracterizan por estar muy comprimidos y por tener una nada- 
dera muy ancha hacia la parte media del brazo, desaparecien- 
do hacia el ápice; los brazos del cuarto par son casi igual de 
largos que los del tercero, los del segundo más cortos y mucho 
más los del primero; todos tienen ventosas, en dos series, glo- 
bosas, con pedículo corto, abertura oblicua y anillo córneo, an- 
cho y dentado en la parte superior y estrecho y liso en la infe- 
rior. 

Los brazos tentaculares están unidos por una brida á la base 
de los brazos del cuarto par; son largos, terminan en una maza 
provista de una aleta dorso-lateral que empieza ya desde la base 



— 195 - 

del funículo bajo la forma de una cresta; las ventosas difieren 
por su forma y tamaño y están dispuestas de una manera pare- 
cida á la descrita en el Illex Coindetii, pero las ventosas gran- 
des de las dos filas centrales, las que á primera vista se desta- 
can por su mayor tamaño, son cuatro pares. 

La membrana bucal es amplia, está plegada interiormente) 
tiene en su borde siete lóbulos oon ventosas pequeñitas en la 
cara interna y en correspondencia de estos lóbulos siete bridas 
que van á las bases de los brazos contiguos; la brida que va á 
insertarse entre las bases de los brazos del primer par se bifur- 
ca mandando una rama á cada brazo. La membrana labial ex- 
terna es muy corta, la interna está bien desarrollada y coronada 
de tubérculos. 

El embudo tiene una abertura ancha que permite ver desde 
fuera la válvula, que es bastante grande y que avanza hasta el 
borde de la abertura. El embudo en su base tiene los costados 
paralelos y sobre ellos están implantadas las cicatrices del apa- 
rato de resistencia que son dos, en forma de surcos alargados 
y de bordes salientes que se corresponden con dos crestas que 
hay en la cara interna del manto. El órgano del embudo se 
compone de una pieza dorsal en forma de V invertida y dos 
ventrales alargadas y de extremos redondeados. 

Manto (fig. 77) cónico, alargado, posteriormente romo, con 
el borde anterior prolongado en un lóbulo dorsal y dos al lado 
del embudo que producen dos senos oculares y otro ventral 
más pronunciado, y por el cual asoma el embudo. Aletas ova- 
les lanceoladas que ocupan los dos últimos tercios de la longi- 
tud del manto, uniéndose la una á la otra bajo el mismo (figu- 
ra 64). 

La pluma es córnea y tiene la forma de la punta de una lan- 
za, empieza á expansionarse á partir del principio del segundo 
cuarto anterior, adquiriendo la mayor anchura hacia la mitad 
de la longitud de la pluma; el raquis forma un canal de con- 
vexidad dorsal y las expansiones laterales repiten la curvatura 
del cuerpo y tienen nerviaciones como las de una hoja curvi- 
nervia (fig. 34). 

Se hectocotiliza el brazo izquierdo del cuarto par, siendo sus- 



— 196 — 

tituídas las ventosas del último cuarto por dos series de tuber- 
culitos cilindricos terminados en un botón casi esférico. 
Se encuentra en la región costera en fango y en arena. 



Lóligo Marmorse (Verany 1837). 

(Figutas 46 y 78.) 

Esta especie es parecida á la anterior y aquí anotaremos al- 
gunas diferencias. 

Detrás de cada ojo hay una sola cresta muy poco aparente. 

Las ventosas son mayores en los brazos del segundo y tercer 
par, y más pequeñas en el cuarto; tienen el círculo córneo liso* 

Las ventosas grandes de la maza tentacular son seis pares. 

Membrana bucal sin ventositas. La membrana labial externa 
y la interna son cortas. 

El manto termina en punta aguda. Las aletas ocupan algo 
más de la mitad posterior de la longitud del manto; son redon- 
deadas lateralmente, se atenúan hacia atrás y tienen en conjun- 
to forma acorazonada alargada (fig, 78). 

La pluma es más estrecha y aguda que la del L. vulgaris 
(figura 46). 

Es propio de la región costera sobre fango y arena. 

Ejemplares de esta especie los hay en las colecciones de la 
Estación biológica de Banyuls-sur-Mer, de la Universidad de 
Barcelona (recogidos en San Carlos de la Rápita por De Buen) 
y del Museo de Historia Natural de Madrid (recogidos en Al- 
geciras por el Dr. Antón). 



Lólig^o media Linné, 1767. 

(Figuras 45 y 65.) 

Difiere esta especie del L. vulgaris, principalmente por los 
siguientes caracteres : 

Los brazos tentaculares son poco más largos que los sentados 
del tercer par, la maza se extiende sobre todo el último tercio 



— 197 - 

de la longitud, y en ella las ventosas que se destacan por su 
gran tamaño son cinco pares, y tienen el anillo córneo liso y 
desarrollado por igual en toda su extensión. Membrana bucal 
sin ventosas. 

El manto es muy largo, prolongado en una especie de cola 
y ensanchado al nivel de la cabeza, á la que recubre en par- 
te. Las aletas ocupan los dos últimos tercios de la longitud del 
manto; tienen forma acorazonado-alargada, ancha en la primera 
mitad y después muy estrechas hasta unirse por detrás del man- 
to (fig. 65). 

La pluma es estrecha, tan larga como el manto; el raquis es 
cónico, se atenúa gradualmente hasta el último quinto, donde 
bruscamente se hace lineal; las expansiones laterales comien- 
zan en el primer quinto, alcanzan su máxima anchura hacia la 
mitad de la longitud de la pluma y forman en el último quinto 
un cono por soldarse la de un lado con la del otro (fig. 45). 

Forma parte de la fauna de Banyuls. De Buen lo ha recogido 
en las costas catalanas y baleares. 

Se pesca en la región costera sobre fango y arena. 



Argonauta Argo, Linxé 1758. 

(Figuras 61 y 79.) 

La cabeza está unida al manto por una brida cervical ancha, 
los ojos tienen la abertura circular (fig. 61). 

El orden de longitud de los brazos de mayor á menor es 
4. 2. 3. 1. Los del primer par son los más robustos y tienen 
una enorme membrana dorsal redondeada que es la que se- 
grega la concha, y que se ve bien en la figura 142 y algo en 
la 143, aunque muy arrugada. Los brazos del cuarto par tienen 
sobre los dos primeros tercios dorsales una membrana natato- 
ria. Todos tienen ventosas cilindricas, altas, ensanchadas y 
dispuestas en dos filas. Hay membranas protectoras de las ven- 
tosas poco desarrolladas y sólo sobre uno de los lados de cada 
brazo, y también existe una membrana umbelar corta. 



- 198 - 

La membrana labial externa es corta y delicada, la interna 
musculosa y coronada de tubérculos. 

El embudo (fig. 61 e.) es muy grande, se prolonga á modo 
de una nariz 6 trompa hasta pasar el nivel anterior de la cabe- 
za; el borde posterior del embudo no es sinuoso, presenta á 
los lados dos cicatrices que, con dos botones situados en la 
cara interna del manto, forman un sencillo aparato de resis- 
tencia. 

El manto es corto, cónico, terminado en punta redondeada, 
está replegado hacia atrás, tendiendo á formar una especie de 
gorro frigio; el borde anterior es más ancho que la cabeza, so- 
bresale por delante algo á modo de labio, y presenta dos senos 
bajo los ojos y otro bajo el embudo (fig. 61). 

La concha es externa, no adherida al animal y sólo propia 
de la hembra. Es univalva, tiene simetría bilateral, se arrolla 
sobre sí misma formando poco más de una vuelta de espiral» 
y está aplanada lateralmente. Hay en la concha una especie 
de lomo constituido por dos series paralelas muy aproximadas 
de tubérculos, que se prolongan en arrugas, que recorren la 
superficie en líneas onduladas. La concha es blanca, traslucida 
y frágil como una oblea (fig. 79). 

El macho tiene la cabeza más grande, los brazos del primer 
par carecen de las expansiones membranosas, y, por lo tanto, 
no hay concha; no existen crestas natatorias en los brazos ni 
membranas protectoras de las ventosas, que son hemisféricas 
y grandes. El manto no tiene forma de gorro frigio y el embu- 
do es más corto; pero, sobre todo, le diferencia la hectocoti- 
lización, que es como sigue: 

Se hectocotiliza el brazo izquierdo del tercer par, sufriendo 
la transformación encorvándose sobre sí mismo y encerrándo- 
se dentro de una bolsa, que presenta en su superficie externa 
un cordón saliente semicircular, y hacia la parte anterior un 
tubérculo córneo. El brazo ya transformado se hace mucho más 
largo que el del otro lado y se repliega algo hacia el dorso. En 
la base no cambia, pero más adelante pierde las ventosas y 
forma un peciolito corto y redondo á partir del cual el brazo 
se aplana y ensancha presentando en esta parte las ventosas 



- 199 — 



ensanchadas en sentido transversal y en dos filas. En el extre- 
mo del brazo hay una cápsula ovoidal que encierra un flagelo 
casi tan largo como el brazo. 

El ejemplar estudiado por mí forma parte de la colección 
de la Estación biológica de Banyuls. 

Es pelágico y propio de la región litoral. 



Ocythoe tnbercnlata (Eafinesque 1814) ; Steenstrup 1880. 

(Figura 80.) 

La cabeza está unida al manto por una ancha brida cervi- 
cal; presenta en la base de los brazos del cuarto par, á los la- 
dos del embudo, dos poros acuíferos ovales. 

Los brazos son vez y media más largos que el resto del ani- 
mal; el orden de su longitud relativa es 1. 4. 2, 3. En los 
del primer par hay una cresta natatoria bien desarrollada; en 
los otros es poco visible. La membrana umbelar es rudimen- 
taria, y, en cambio, están bien desarrolladas las membranas 
protectoras de las ventosas. Estas son cilindricas y altas. 

Embudo largo, profundamente excavado en su margen pos- 
terior, á los lados del cual están los botones del aparato de 
resistencia que se corresponden con dos profundas cavidades 
situadas en la cara interna del manto. 

El manto es bursiforme, con el margen anterior sin senos y 
con una reticulación en la cara ventral formada por tubérculos 
unidos por cordones salientes. 

El macho es mucho más pequeño y difiere de la hembra. 
Los brazos no tienen crestas natatorias y la cara ventral del 
manto no está reticulada, existiendo tan sólo los tubérculos. 

Se hectocotiliza el tercer brazo derecho sufriendo la trans- 
formación dentro de una bolsa algo alargada. En la figura 80 C. 
se ve el hectocotile destacado del animal que está á la izquier- 
da, y que presenta en e el muñón ó parte basal del brazo que 
ha perdido ventosas. El hectocotile se retuerce hacia el dorso 
en su parte basal y se aplana y ensancha en toda su longitud, 
terminando en una cápsula de la que sale el flagelo que, ex- 



- 200 — 

tendido, es más largo que el brazo. Las ventosas son compri- 
midas. 

La figura 80 representa los dos ejemplares existentes en el 
Laboratorio Aragó de Banyuls. 

Región litoral entre las rocas ó en la arena de la región 
costera. 



Tremoctopus violaceus , Delle Chiaje 1829. 

(Figuras 13, 14 y 29.) 

La cabeza es grande y más ancha que la abertura del man- 
to; tiene al dorso, en la base de los brazos del primer par, dos 
poros acuíferos ovales longitudinales {a. d.) y otros dos, de la 
misma forma y oblicuos, en la cara ventral de la cabeza {a. v.), 
á los lados del embudo (figuras 13 y 14). Los ojos son poco 
salientes y de abertura circular (figuras 13 y 14). 

El orden progresivo de longitud de los brazos es 2. 1. 4. 3. 
Los dos pares superiores son bastante más largos que los otros 
inferiores. La membrana umbelar se desarrolla muchísimo en- 
tre los brazos del primer par, presentando en medio un profun- 
do y estrecho seno; también es enorme la membrana entre estos 
brazos y los del par siguiente, pues á partir de los extremos 
del primer par, se dirige hacia los brazos del segundo en línea 
ascendente hasta llegar cerca de ellos y acompañarlos hasta la 
extremidad. Las membranas que unen los otros brazos entre sí 
son medianas, no llamando la atención por su desarrollo (figu- 
ras 13 y 14). 

Las ventosas están en dos series; faltan en la extremidad de 
los brazos superiores , siendo en el resto de ellas pequeñas y 
cortas, mientras que en los brazos inferiores son largas, cilin- 
dricas y más grandes. 

La membrana labial externa es más larga que la interna. 

El embudo es cónico, pequeño y con el borde posterior muy 
escotado. A cada lado de esta escotadura hay un relieve sen- 
cillo, y en la cara interna del manto dos f osetas lineales que 
forman con los relieves el aparato de resistencia. El órgano 



- 201 - 

del embudo (fig. 29) está formado por varios relieves longi- 
tudinales. 

El manto es bursiforme, alargado y redondeado por detrás. 
La abertura paleal se extiende algo hacia atrás y tiene el bor- 
de recto. 

El macho es mucho más pequeño, tiene la brida cefálica 
más estrecha, la membrana interbraquial une á los brazos del 
primer par sólo hasta la mitad, y á los del 1 y 2 hasta el pri- 
mer tercio. 

Se hectocotiliza el tercer brazo derecho. 

Los dos Tr. violaceiis estudiados por mí pertenecen á la co- 
lección de la Estación biológica de Banyuls. Se le encuentra 
en la región costera en fango ó en arena. 



Octopus vulg:aris, Lamarck 1799. 

(Figuras 30 y 81.) 

La cabeza es mediana; está abultada por los ojos que son 
látero-dorsales , de abertura redonda y con el iris transverso y 
lineal. El tegumento de la cabeza forma una especie de párpa- 
do á cada ojo. Inmediatos á estos párpados, sobre una línea 
paralela á los mismos y hacia la parte dorsal, hay tres cirros de 
los cuales el del medio es el mayor; todos ellos muy aparentes 
durante la irritación del animal; pero que pueden pasar des- 
apercibidos en los animales puestos en líquidos conservadores. 

Los brazos, gruesos en la base y regularmente largos, son 
prismáticos y están unidos entre sí en su base por una mem- 
brana umbelar que se extiende sobre casi todo el primer ter. 
cío de los brazos , prolongándose luego en el dorso de cada uno 
de ellos bajo la forma de una crestecita que está más desarro- 
llada en los brazos del tercer par; la membrana es más exten- 
sa entre los brazos laterales. Los brazos, en su cara ventral, tie- 
nen ventosas dispuestas en dos filas algo separadas entre sí 
por inclinarse las ventosas que las constituyen hacia los cos- 
tados del brazo. La longitud relativa de los brazos es 3. 2. 4. 1^ 

Las ventosas son sentadas, tienen la abertura redonda y 



— 202 - 

la superficie interna atravesada por surcos , que irradian del 
fondo en donde está la verdadera abertura, que es pequeña; el 
margen es estrecho, también surcado radialmente y dividido 
en dos concéntricos por un surco circular poco profundo. Las 
tres ventosas primeras básales están en una sola fila. En los 
machos adultos he podido observar que las ventosas de los 
brazos del segundo y tercer par son mayores, y, sobre todo, se 
destaca por su enorme tamaño una ventosa sobre cada uno de 
dichos brazos, como se ve en la figura 81. 

El embudo es cónico , tiene la abertura pequeña y el mar- 
gen posterior con un seno profundo, á los lados del cual están 
los sencillos y poco pronunciados relieves del aparato de re- 
sistencia, que se corresponden con f osetas excavadas en la 
cara interna del manto. 

El órgano del embudo tiene la forma de una W. 
El manto es bursiforme, algo alargado, unido por el dorso 
á la cabeza por una ancha brida cervical, estando separado de 
ella por la parte ventral, formándose una abertura paleal más 
estrecha que la cabeza, y que constituye, en correspondencia 
con el embudo, un seno mediano. 

La hectocotilización tiene lugar en el tercer brazo derecho, 
que se hace más corto que su compañero del otro lado. El 
surco de la membrana umbelar parte de la base del brazo, 
siendo más profundo cuanto más se acerca al ápice del mismo, 
y presenta la superficie interna con estrías paralelas transver- 
sales. La cuchara apical tiene pocos milímetros de largo, es 
cónica, abultada por la parte dorsal y excavada en la ventral, 
donde hay ligeras estrías, que no existen en el dorso. El ani- 
mal de la figura 81 está hectocotilizado. 

El color es pardo obscuro en el dorso y blanco sucio en la 
región ventral. El cuerpo, en su parte dorsal, está cubierto de 
granulaciones y rugosidades que se erizan más ó menos, se- 
gún el estado de irritación del animal; entre estos accidentes 
del tegumento se destacan cirros granulosos más ó menos re- 
gularmente dispuestos. 

El ejemplar de la figura 81 fué recogido vivo por mí en las 
inmediaciones de la Estación biológica de Banyuls, y conser- 



- 203 - 

vado durante varios días en uno de los acuariiim hasta que 
murió. Pesaba 11 kilos. Los de la colección de la Universi- 
dad de Barcelona proceden de Blanes y de los Alfaques. 

Vive en la región litoral entre las rocas, y por eso le llaman 
los catalanes Pop roque. 



Octopus macropus, Eisso 1826. 

(Figura 62.) 

La cabeza es reducida, los ojos tienen la abertura pequeña 
y oval; hay una especie de párpado y un solo cirro sobre cada 
ojo, pero no siempre visible. 

Los brazos son en proporción mucho más largos que en 
el O. vidgaris, siendo su longitud y grosor relativo 1. 2. 3. 4.; 
están unidos por una membrana umbelar mucho más pequeña 
que en el O. vulgaris. Los brazos del primero y segundo par 
son sensiblemente más grandes que los del tercero y cuarto, 
teniendo, además, las ventosas más grandes (fig. 62). 

El embudo es grande, tiene la abertura mediana y trans- 
versa y llega á alcanzar en su extremidad anterior la base de 
los brazos del primer par. 

El manto es bursif orme y alargado , la abertura paleal más 
ancha que la cabeza, formando bajo el embudo un seno ancho. 
Está unido á la cabeza por una brida cefálica algo más estre- 
cha que la del O. vulgaris. 

La hectocotilización se verifica en el tercer brazo derecho, 
y es análoga á la del O. vulgaris ; pero la cuchara es lisa en 
sus dos caras dorsal y ventral, las ventosas que la preceden 
están algo comprimidas y el surco de la membrana umbelar 
es liso en su cara interna. 

En el laboratorio Aragó hay un ejemplar de esta especie, 
que ha sido recogida por De Buen en Baleares en diferentes 
ocasiones. 

Vive en la región litoral, principalmente, en rocas cubiertas 
de algas. 



- 204 - 



Octopns De Filippli, Vbrahy 1851. 

La cabeza es subtriangular, separada del manto por un es- 
trecho cuello y dilatada á la altura de los ojos que son muy 
grandes, salientes y con la abertura redonda, al lado de la 
cual hay un solo cirro. 

Los brazos son muy largos, su longitud relativa es 4. 3. 2. 1., 
inversa de la del O. macropus, siendo los más delgados los 
del cuarto par y los más robustos los del tercero, que en la 
base están considerablemente engrosados. Con frecuencia fal- 
tan brazos en los ejemplares, porque son muy frágiles. La 
membrana que une estos brazos adquiere un desarrollo inter- 
medio entre la del O. vulgaris y la del O. macropus y forma 
crestas á lo largo de los brazos , sobre todo muy desarrolladas 
las de los del tercer par. Las ventosas están en dos filas al- 
ternas. 

El embudo tiene una abertura redonda y muy grande. El 
manto es bursiforme, está unido á la cabeza por una brida 
cefálica más corta que en los otros dos géneros anteriores. 

Se hectocotiliza el tercer brazo derecho, haciéndose más 
corto que el izquierdo; la cuchara apical está estriada en su 
cara ventral, y lo mismo la superficie interna del surco de la 
membrana umbelar. Esta comienza en el primer cuarto basal 
de la longitud del brazo, formándose en este punto un lóbulo 
triangular de la membrana, estriado por su cara interna; desde 
aquí se continua el surco hasta el extremo apical del brazo, 
acentuándose cada vez más. 

Es amarillento y con manchas irregulares pardas más abun- 
dantes sobre los brazos. El cuerpo es' liso. 

Este animal, que no alcanza grandes dimensiones, ha sido 
recogido por De Buen en Mallorca, y forma también parte de 
la fauna marina de Banyuls. En Mallorca le llaman Pop jueu. 

Se encuentra eu la región costera en fondo de arena. 



— 205 — 
Eledone moschata, Lamarck 1799. 

(Figuras 19, 63 y 82.) 

La cabeza es mediana y algo deprimida, los ojos tienen la 
abertura oval, son poco salientes, y al lado de ellos, hacia el 
dorso, hay dos cirros cónicos, uno sobre cada ojo. 

Los brazos son casi iguales; el orden de su longitud 
es 2. 1. 3. 4.; tienen las ventosas en una sola serie, y están 
unidos entre sí por una amplia membrana umbelar. Son 
comprimidos, de longitud regular y progresivamente adelga- 
zados hacia la extremidad (fig. 82). 

Las ventosas son sentadas y muy cortas; tienen un borde 
que se extiende lateralmente á manera de orla, y que visto 
por arriba se presenta fruncido y dividido en dos anillos con- 
céntricos por un surco mediano circular. La abertura es gran- 
de; presenta la superficie interna con surcos irradiantes del 
centro en donde hay otra abertura mucho más pequeña. La 
ventosa octava basal suele ser la mayor, y á partir de ella, las 
restantes disminuyen gradualmente de tamaño hacia la base y 
el ápice (figuras 19 y 82). 

El embudo es mediano, cónico y con un seno poco pronun- 
ciado en el margen posterior. 

El órgano del embudo está constituido por una cinta conti- 
nua en forma de W. 

El manto es oval, algo alargado, más ancho que alto, unido 
á la cabeza por una brida cefálica dorsal, tan ancha como el . 
manto por la parte anterior; la abertura paleal no forma seno 
por delante del embudo. La región dorsal está separada de la 
ventral por una línea poco aparente. 

El aparato de resistencia es muy sencillo y consta de dos 
repliegues situados á los lados de la base del embudo y dos 
fosetas excavadas en el manto. 

Se hectocotiliza el tercer brazo derecho acortándose, for- 
mando, con la parte de la membrana umbelar que le acom- 
paña hasta el extremo por su lado externo, un surco de super- 
ficie interna lisa, que se hace más profundo á medida que se 

Eev. Acad. Ciencias. -III.— Agosto, 1905, 15 



— 206 - 

acerca á la extremidad del brazo, en la cual se forma la cu- 
chara apical que es corta y globulosa, con la superficie con- 
vexa rugosa, y la cóncava lisa. En el extremó de los restantes 
brazos, las ventosas son reemplazadas por dos series de lami- 
nitas transversales, de borde libre redondeado y difícilmente 
visibles sin la ayuda de una lente. 

El color varía con el estado de irritación del animal. En los 
ejemplares estudiados por mí, conservados los unos en alcohol, 
los otros en formol y colocados en dichos líquidos conservado- 
res, algunos de ellos después de muertos y otros vivos aún, pre- 
sentan, sin embargo, gran uniformidad de aspecto en lo que se 
refiere al color, accidentes de la superficie y repartición de 
manchas. El color en conjunto es en ellos pardo en toda la re- 
gión dorsal; sobre ella se ven manchas negras más ó menos 
ovaladas y más abundantes sobre la membrana umbelar; entre 
todas estas manchas se destacan, por su tamaño, dos situadas 
en el dorso del manto y señaladas en el esquema de la figura 63 
con las letras A; en el mismo esquema se representan otras man- 
chas señaladas con las letras B y C , que con las A forman los 
vértices de un espacio triangular comprendido entre ellas, y 
también se destacan cinco manchas D, situadas en la parte an- 
terior de la cabeza entre las bases de los seis brazos superiores. 
El manto por la cara ventral es blanco rosado y está finísima- 
mente moteado de pequeñitos cromatóforos que, apelotonándo- 
se hacia el borde anterior del manto, forman dos manchitas 
muy laterales y algo difusas. 

Existe en el Laboratorio Aragó , donde lo he visto vivo en los 
acuarium. Los ejemplares de la colección del Gabinete de His- 
toria Natural de la Universidad de Barcelona proceden de Bla- 
nes (Gerona) y de San Carlos de la Rápita. Ha sido recogido 
por De Buen en el Cabo Salinas (Isla de Mallorca), y encontra- 
do también durante las excursiones del Boland, alrededor de 
la isla de Mallorca. 

Vulgarmente le llaman los pescadores catalanes Pop pudent, 
porque en estado fresco huele á almizcle. 

Habita la región costera en fondos de arena y fango. 



207 — 



Eledone Aldrovandi, Rafinesque 1814. 

(Figura 83.) 

La cabeza es más grande que en el E. moschata, aplanada, 

con los ojos algo más salientes, y al lado de cada uno un cirro. 

Los brazos son casi iguales, comprimidos, más delgados y 

largos con relación al cuerpo que en el E. moschata (fig. 83). 

La sexta ventosa basal es la mayor. 

El embudo es más grande que en la anterior especie, avan- 
za más, llegando hasta la base de los brazos del cuarto par; 
tiene, además, el seno del borde posterior mucho más pro- 
nunciado. 

El manto es parecido al del E. moschata; pero el borde de 
la abertura paleal forma un seno bien aparente bajo el embu- 
do. La cresta que separa la región ventral de la dorsal está 
mucho más pronunciada. 

El aparato constrictor está más acentuado que en el E. mos- 
chata. 

Se hectocotiliza el tercer brazo derecho de modo análogo al 
del E. moschata, pero las superficies cóncava y convexa de la 
cuchara apical son lisas ambas. Los extremos de los brazos no 
hectocotilizados presentan las ventosas algo comprimidas trans- 
versalmente. Este último carácter no sé si será general, pues 
si bien lo afirman Posselet, Carus y Hoyle, en cambio, Jatta 
dice que no lo ha podido apreciar á pesar de haber empleado 
poderosas lentes. 

El color es, en general, más claro en esta especie que en la 
anterior, y, por lo menos, en los ejemplares que he visto no 
existían las manchas citadas en la descripción de la especie 
que antecede, advirtiendo que las observaciones las he hecho 
en ejemplares frescos unos y conservados otros en alcohol ó en 
formol. 

Lo he visto vivo en el Laboratorio Aragó. 
Los ejemplares de la colección de la Universidad de Bar- 
celona proceden de Blanes , San Carlos de la Rápita y de las 
Baleares. 



- 208 - 

Le llaman los pescadores Pop blanc, aludiendo, sin duda, á 
BU coloración ordinaria, más clara que en los otros, y también 
le llaman Pop mañuflá. 

Es propio de los fondos arenosos y fangosos de la región 
costera, 

Eledone cirrhosa Lamarck. 

Entre los ejemplares de la colección local del Gabinete de 
Historia Natural de la Universidad de Barcelona he visto un 
Eledone macho, en el cual los extremos de los brazos no hec- 
tocotilizados presentan dos series de cirros que, observados con 
más atención y con el auxilio de una lente, muestran ser los 
extremos alargados de las ventosas apicales que se han com- 
primido mucho transversalmente y cuyas aberturas se han he- 
cho pequeñísimas. Por lo demás, e&te ejemplar presentaba el 
aspecto del E. Aldrovandi; pero la absoluta carencia de libros 
que á la sazón sufría me impidió determinar la especie de una 
manera categórica. 

Teutólogos como Fischer, Hoyle y Girard identifican los 
E. cirrhosa y Aldrovandi. 

CLAVE DE DETERÍIIMCIÓN DE LOS CEFALÓPODOS DEL MEDITERRÁJÍEO 

CVéase pág. 220]. 

SCon ocho brazos sentados y dos ten- 
taculares Decápodos (2). 
Con ocho brazos sentados Octópodos (15). 

/ Ojos con abertura ocular en contac- 

l to inmediato con el agua JEgÓpsidos (3). 

2 .' Ojos cubiertos por el tegumento de 

(la cabeza, que sobre ellos se hace 
transparente Miópsidos (9). 



3 



(Abertura ocular transversa, con se- 
no lacrimal profundo; pluma alar- 
gada sin expansiones laterales y 
terminada en un cono; brazos sen- 



I 



— 209 - 

tados y mazas tentaculares coa 

ventosas, pero sin uñas Ommastrefidos(4)» 

Abertura ocular muy ancha y no 
transversa, con seno lacrimal pro- 
fundo; pluma con grandes expan- 
siones laterales y cuya extremi- 
dad, que á veces termina en un 

1 cono, puede encorvarse hacia 
adentro; uñas y ventosas en bra- 
zos sentados y mazas tentaculares. Olliquidos (6). 

Abertura ocular redonda, sin seno 
lacrimal; pluma tenue, corta y fo- 
liácea 6 larguísima y lineal Taoiiotéutidos (8), 

Cuerpo cilindro-cónico, no termina- 
do en punta; aletas triangulares 
redondeadas en los ángulos, inser- 
tas sobre casi toda la longitud del 
manto, por lo que el cuerpo apa- 
rece con forma romboidal; cabe- 
za pequeña; pluma en forma de 
4 (' flecha, redondeada en el extremo 
y fuertemente escotada en la base 

del raquis TlSANOTÉüTlXOS. 

I Cuerpo cilindro-cónico, terminado en 
punta; aleta sagital que ocupa só- 
lo la mitad posterior del manto ó 
menos; cabeza grande; pluma es- 
trecha sin expansiones laterales.. Ommastrefinos (5). 

/ Fóvea con foveola plegada, los plie- 
gues son recurrentes; maza ten- 
tacular con aparato de conexión: 
membranas protectoras de las 
ventosas desarrolladísimas en los 
brazos sentados laterales: últimas 
ventosas de la maza en cuatro se- 
ries, abertura ocular ancha Stenoteuthis. 



- 210 - 

Fdvea con foveola plegada, los plie- 

I gues son paralelos: maza tenta- 

¡ cular sin aparato de conexión: 

I anillo córneo de las ventosas gran- 

i des de la maza tentacular con 
dientes largos agudos que alter- 
nan con otros anchos y cortos: 
últimas ventosas de la maza en 
cuatro series: abertura ocular 

mediana Todarodes. 

Fóvea sin foveola: maza tentacular 
sin aparato de conexión: anillo 
córneo de las ventosas grandes 
de la maza tentacular sin dientes 
ó con dientes anchos y truncados; 
en las pequeñas ocho dientes bien 
distintos: últimas ventositas de 
la maza tentacular en ocho series 
más ó menos aparentes: abertura 

ocular estrecha Illex. 

Fóvea sin pliegues: anillo córneo de 
las ventosas grandes de la maza 
tentacular con dientes cónicos 
numerosos, iguales, cortos y agu- 
dos: últimas ventosas de la maza 
tentacular en cuatro series; aber- 
tura ocular pequeña lodaropsis. 

Brazos sentados ó tentaculares con 
ganchos: ventosas y ganchos 
siempre en dos series: rádula con 
siete series de dientes Onicoteütinos {!). 

Brazos con cuatro series de gan- 
chos y ventosas, dos marginales 
de ventosas y dos medias de gan- 
chos , rádula con cinco series de 
dientes Gonatinos. 



- 211 - 



Enoploieiiihis. 



Cuerpo alargado terminado en pun- 
ta, con la cara inferior provista 
de tubérculos dispuestos en se- 
ries. Cabeza grande. Aletas fre- 
cuentemente no termínales^ de 
conjunto romboideo sagitado, que 
ocupan algo más de la tercera 
parte de la longitud del manto. 
Brazos sentados con dos series al- 
ternas de ganchos: brazos tenta- 
culares provistos de ganchos y 
ventosas, no terminados en maza 
ensanchada. Membrana bucal con 
ocho bridas. Pluma con grandes 
expansiones laterales, sin cono. . 

Animales parecidos á los Enoplo- 
teuthis. Cuerpo liso por encima, 
inferiormente con tubérculos es- 
parcidos y granuloso. Cabeza gra- 
nulada. Brazos con dos series al- 
ternas de uñas y en el extremo 
de los mismos ventosas 

Cuerpo redondeado posteriormente. 
Aleta extendida sobre casi toda 
la longitud del manto. Brazos 
sentados con dos series de gan- 
chos. Brazos tentaculares rudi- 
mentarios, caducos, con pocas 
ventosas en la maza, pero muy 
variadas en forma y tamaño. Plu- 
ma lineal terminada en punta, sin 
cono Veranya 

Cuerpo terminado en punta 6 redon- 
deado por detrás. Aletas que ocu- 
pan casi la mitad posterior de la 
longitud del manto ó la tercera 
parte. Brazos sentados con dos 



Abralia. 



- 212 - 



series de ventosas. Brazos tenta- 
culares con ganchos y ventosas. 
Pluma alargada, algo ensanchada 
en el medio y terminada en un 

cono 

Cuerpo terminado en punta. Aleta 
rombo-triangular, que ocupa po- 
co más del tercio posterior de la 
longitud del manto. Brazos sen- 
tados con dos series de ventosas: 
los tentaculares con dos series de 
ganchos. En el ápice de la maza 
hay un aparato de conexión y 
otro en la base, más potente y 
en forma de disco. Pluma alarga- 
da, lineal, terminada á veces en 
\ un cono encorvado hacia el dorso. 

El cuerpo es gelatinoso, cónico, 
alargado y acuminado. Aletas 
acorazonado - redondeadas , que 
ocupan la última mitad del man- 
to, sin superar el extremo poste- 
rior del mismo. Brazos sentados, 
largos, muy desiguales, los del 
cuarto par los más grandes. Bra- 
zos tentaculares larguísimos y 
8 ( delgados con ventosas de trecho 
en trecho en todo el funículo y 
ensanchados en una maza provis- 
ta de cuatro series de ventosas 
largamente pedunculadas y arma- 
das de dientes. Pluma estrecha y 
larga, con los dos extremos lan- 
ceolados. Embudo sin válvula.. . 
El cuerpo y las aletas se parecen á 
las del Chiroteuthis Veranyi, pero 



leUoteuthis. 



Andstroteuthis. 



Chiroteuthis. 



— 213 - 

el primero se prolonga por detrás 
de las segundas en una larga 
cola. Cuello extraordinariamente 
alargado. Brazos del cuarto par 
mucho más grandes que los otros. 
Pluma lineal tan larga como el 
manto y la cola. Embudo con 
válvula Doraiopsis. 

Cuerpo alargado, cónico, con la ale- 
ta terminal, pequeña y triangular. 
Cuello más corto y delgado que 
el del Doratopsis vermicularis. 
Brazos del primer par mucho más 
cortos que los otros, que son des- 
iguales entre sí, pero no mucho- 
8 ^ Pluma alargada terminada en pun- 
tas agudas Entomopsis. 

jCuerpo corto, oval. Aletas no uni- 
das por detrás, membranosas, re- 
corridas por cordones. Brazos 
casi iguales. Pluma espatulada. CalUteuthis, 

Cuerpo más corto, poco mayor que 
la cabeza, rico en cromatóforos. 
Aletas terminales unidas por de- 
trás del manto, escotadas ante- 
rior y posteriormente. Brazos ca- 
si iguales, los del par ventral li- 
bres y los restantes unidos por 
una gran membrana. Pluma cor- 
ta, ensanchada, foliácea y de con- 
torno redondeado Histioteuthis. 

Cuerpo corto redondeado, bursifor- 
me, con aletas dorso-laterales cir- 
culares. Cabeza mediana sin cres- 
tas cefálicas. Pluma pequeña, más 
corta que el manto, tenue, ante- 



214 - 



9 



10 



riormente algo más ancha que ea 
la parte posterior donde termina 
en punta 

Cuerpo ordinariamente oval, con 
aletas laterales en forma de cin- 
ta más ó menos ancha y no uni- 
das por la parte posterior del 
cuerpo. Cabeza grande sin cres- 
tas cefálicas. Sepión 

Cuerpo alargado cilindro-cónico ter- 
minado en punta redondeada 6 
aguda, á veces prolongado en una 
cola. Cabeza grande con crestas 
cefálicas. Pluma típica con expan- 
siones laterales y sin cono termi- 
nal 

Cuerpo redondeado posteriormente, 
bursiforme. Cabeza mediana uni- 
da al manto por una brida cervi- 
cal. Ojos pequeños con repliegue 
palpebral inferior. Pluma peque- 
ña en forma de lámina que ocu- 
pa la mitad anterior del manto. . 

Cuerpo redondeado posteriormente, 
bursiforme. Cabeza grande no 
unida al manto. Ojos grandes glo- 
bulosos con repliegue palpebral 
inferior (fig. 56 r. ). Pluma me- 
diana terminada en punta y que 
ocupa la primera mitad dorsal 
del manto 

Cuerpo comprimido, hinchado en 
la parte ventral y terminado en 
punta redondeada. Cabeza pe- 
queña separada diel manto. Ojos 
pequeños sin repliegue palpebral. 
Pluma pequeña lanceolada 



Sepiólidos (10). 



Sepiáridos (11). 



Loligínidos (14) 



Sepiola. 



Rossia. 



Heteroteuthis. 



13 



- 215 — 

Manto oval, deprimido, estrechado 
posteriormente. Aleta estrecha, 
pero larga, que ocupa casi toda 
la longitud de los costados del 

manto. Sepión EüSEPiNOS (12). 

iManto bursiforme. Aletas estrechas, 
^ ^ j que ocupan sólo tres quintos de 
la longitud del manto en la parte 
media de los lados del mismo. 

Sin sepión Sepiadarinos. 

Manto cilindrico. Aletas estrechas, 
muy cortas, semilunares ó reni- 
formes, insertas en la parle pos- 
\ terior del manto Idiosepinos. 

/Sepión típico. Aparato de resisten- 
cia simple, formado por un botón 
semilunar elevado sobre el manto 
y una foseta correspondiente so- 
bre el embudo Sepia (13). 

Sepión tenue, sin rostro ni quilla. 
Aparato de resistencia complica- 
^ do: botón del manto con un tu- ' 
bérculo ó punta levantada y una 

foseta sobre el embudo Sepiella. 

Sepión de consistencia córnea con 
pequeñísima cantidad de incrus- 
taciones calcáreas. Aparato de re- 
\ sistencia simple Hemisepius. 

Brazos con cuatro series de vento- 
sas. En la maza, que es lanceola- 
da, se destacan por su tamaño 
cinco ventosas en una serie. Las 
aletas nacen casi en el mismo 
borde del manto, y, adelantándo- 
se, pasan al nivel anterior de éste. 
Sepión típico S. officinalis L. 



p 



— 216 - 

Brazos del primer par con dos se- 
ries de ventosas, como en la base 
de los restantes brazos. Maza pe- 
queña, arriñonada, en la que se 
destacan tres ventosas en una 
fila más grandes que todas las 
demás. El sepión, en lugar de 
rostro, tiene una quilla, y sus ex- 
pansionas laterales son estrechas, 
formando en el extremo posterior 
dos orejuelas. Las aletas son es- 
13 •^ trechas y no alcanzan el borde 
anterior del manto, pues nacen 
más atrás que en la S. officinalis. S. elegans D'Orb. 

Brazos del primero, segundo y ter- 
cer par, con dos series de vento- 
sas en la base: en el resto de es- 
tos brazos y en toda la extensión 
de los del cuarto par las vento- 
sas están en cuatro series. Por la 
parte posterior del manto emerge 
bruscamente una aguda punta, 
que es el rostro del sepión S.Orbignyanai^er 

Manto terminado en punta redon- 
deada. En las dos series centra- 
les de ventosas de la maza tenta- 
cular hay cuatro pares de ellas, 
que son mucho mayores que las 
de las series marginales. Aletas 
ovales lanceoladas sobre los dos 
últimos tercios del manto L. vulgaris Lamk. 

Manto terminado en punta aguda. 
Las ventosas grandes de la maza 
tentacular son seis pares. Las ale- 
tas ocupan algo más de la última 
mitad del manto y son acorazo- 
nado-lanceoladas L. Marmorse Ver, 



14 



\ 



- 217 — 

Manto muy largo prolongado en 
una especie de cola. Las aletas 
son acorazonado - lanceoladas y 
ocupan los dos últimos tercios 

) de la longitud del manto, estre- 
chándose mucho á los lados de 
la cola. Cinco pares de ventosas 

\ grandes en la maza tentacular. . . L. media L. 

Cabeza pequeña unida al manto por 
una ancha brida. Ojos volumino- 
sos algún tanto salientes, con aber- 
tura redonda. Manto alargado un 
poco estrecho por detras. Abertu- 
turas acuíferas anales Argoiiailtidos (16). 

[Cabeza grande unida al manto por 

ancha brida. Ojos apenas salien- 

j tes. Manto alargado, cilindrico y 

\ redondeado posteriormente. Dos 

aberturas acuíferas cefálicas y dos 

anales Filoiiéxidos. 

[Cabeza grande unida al manto en la 
región dorsal por una brida me- 
diana. Ojos pequeños con replie- 
gue palpebral. Manto típicamente 
bursiforme. Sin aberturas acuífe- 
ras cefálicas ni anales ^ Octópidos (17). 

Brazos del primer par de la hembra 

ensanchado en una membrana que 

segrega y cubre la concha. Hec- 

tocotilización en el tercer brazo 

izquierdo. Macho pequeñísimo: 

hembra con concha unilocular. . . Argonauta. 
|Brazos del primer par déla hembra 

normales. Hectocotilización en el 

tercer brazo derecho. Hembra sin 

concha, macho pequeño Ocythoe. 



16 



— 218 



17 



18 



Brazos con dos series de ventosas. 
Hectocotilización en el tercer bra- 
zo derecho. Cornetes cartilagíneos 
del manto cilindricos y plegados 
en ángulo obtuso Octopus (18). 

jBrazos con dos series de ventosas. 
Hectocotilización en el tercer bra- 
zo izquierdo. Cornetes cartilagí- 
neos comprimidos y plegados en 
ángulo obtuso Sccergus. 

Brazos con una sola serie de ven- 
tosas Eledone (19). 

; Brazos robustos en la base, regular- 
mente largos, cuya longitud rela- 
tiva es 3. 2. 4. 1. (parece que pue- 
de variar con la edad). Las tres 
primeras ventosas de la base de 
cada brazo en una fila. Membrana 
umbelar casi hasta el primer ter- 
cio de cada brazo, prolongándose 
en estrecha cresta sobre ellos. 

Tres cirros sobre cada ojo O. vulgaris Lamk. 

Brazos muy largos, cuya longitud 
relativa es 1. 2. 3. 4. ; los del pri- 
mero y segundo par sensiblemen- 
te más desarrollados que los otros 
dos y con las ventosas bastante 
mayores. Membrana umbelar pe- 
queña con relación á la longitud 
considerable de los brazos. Un 

solo cirro sobre cada ojo O. macropus Ris. 

Cabeza pequeña, de aspecto carac- 
terístico triangular, por estar pos- 
teriormente estrechada en un cue- 
llo. Brazos delgados muy largos 
y tan frágiles que con frecuencia 
están incompletos: la longitud re- 



\ 



18 



19 



- 219 — 

lativa de ellos es 4. 3. 2. 1. Las 
ventosas de los brazos del primero 
y segundo par no son despropor- 
cionadas con respecto de las del 
tercero y cuarto; las cinco prime- 
ras básales de cada brazo en una 
fila. Manto alargado terminado en 
punta redonda, pero estrecha. Un 
cirro sobre cada ojo. Pequeñas di- 
V mensiones O. de Filippii Ve?\ 

j Ventosas apicales de los brazos no 
hectocotilizados sustituidas por 
dos series de expansiones foliá- 
ceas y discoidales. Octavas ven- 
tosas básales de los brazos, mayo- 
res que todas las demás. Región 
dorsal del manto separada de la 
ventral por dos líneas laterales 
apenas visibles. Membrana um- 
belar extendida sobre casi toda 
la primera mitad basal de los bra- 
zos y reducida en el resto á una 

estrechísima cresta E. moschata LamJc. 

Ventosas apicales de los brazos no 
hectocotilizados un tanto compri- 
midas. Las sextas ventosas basa- 
lessonlas más grandes. Región dor- 
sal del manto separada de la ven- 
tral por dos crestas laterales bien 
patentes. Membrana umbelar ex- 
tendida sobre el primer quinto de 
la longitud de los brazos y reduci- 
da en el resto á una estrecha cresta. E. Aldrovandi Rafm. 
Ventosas apicales de los brazos no 

, hectocotilizados sustituidas por 

I dos series de cirros E. cirrhosa Lamk. 



— 220 — 

Con esta clave pueden determinarse las subfamilias de todos los 
Cefalópodos del mar Mediterráneo , todos los géneros que tienen 
especies descritas en esta Memoria y, finalmente, las especies de 
estos géneros cuando en las páginas anteriores se describe más de 
una. 

Los géneros y especies que no se determinan con esta clave son 
los siguientes : 

TiSANOTEUxiNOS. — Tliy saiioteutliis rhombus Troschel. — T. ele- 
gans Tr. 

Ommastrefinos. — Stenoteuthis Bartrammi Les. — S. pteropas 
Ststp.—S. Caroli Furtado.— Todarodes sagittatus Lamk. *— 
Illex Coindetii Ver. * — Todaropsis Veranyi Girard. * 

Onicoteutinos. — Enojyloteuthis Margaritifera Rupp .— Ahralia 
Veranyi Hoyle.—A. Owenii Hoyle. — A. polyonix Hoyle.— Vera- 
íiia sicula Krohn.— Teleoteuthis caribbsea Ver'rill.— T. Krohni 
Verrill. T. Menegliinii Hoyle. — Ancistroteuthis Lichtensteini 
Fer .* 

GoNATiNOS. — CronaÍMS Fabricii Ststp. 

Taonoteútidos.— C7i¿ro¿ewí^¿s Veranyi D'Orh. ^— Doratopsis yev- 
micularis Rochebrune . — Eidoviopsis Velaini Rochehrune.— Ca- 
lUteuthis neuroptera Jaita. — C. reversa Verrill. — Histioteuthis 
Bonelliana D^Orb. — H. Ruppelli Ver. 

Sepiólidos.— ^Sep^oía Rondeleti Leach.—S. Petersi Ststp.—S. Owe- 
niana D'Orb.—S. atlántica D'Orb.—S. aurantiaca Jatta.—Bos- 
sia macrosoma D. Ch.—R. palpebrosa Oioen. — Heteroteuthis 
dispar Gray. 

EuSEPiNos. —/Sepia Filliouxi Lafont.—S. Fiscberi Z/a/bn¿. — S. hie- 
rredda Rang.—S. rupellaria D'Orb. — S. enoplon Hoyle. 

iBWSKPitíiOS. —Spirida Peroni Lamk .* 

Loligínidos. —LoZígro Forbesi Ststp. 

Argonaútidos. — Argonauta Argo L *. — Ocythoe tuberculata Ra- 
fin. * 

Filonéxidos. — Tremoctopus violaceus D. Ch.— Tr. ocellatus Broch, 
Tr. microstomus Tryon. 

Octópidos. — Octopus Troscbeli Targ. — Toz. — O. Salutii Ver.— O. 
tuberculatus Blv. — O. Alderi Ver. — O venustus 'Rang.— Sccer- 
gus unicirrhus Tib. — S. tetracirrhus Tíb.—Sc. titanotus Tros- 
chel. 



* Es la única especie de este género que se conoce en el Mediterráneo. 




ooca 





^^ 



INDICK 

DE LAS MATERIAS CONTENIDAS EN ESTE NÚMERO 



pXG8. 

VI. — Acción de la, quinina y de la pilocarpina sobre las 

oxidasas , por José E. Carracido 141 

VII.— La coagulación de la sangre, por José B. Carra- 
cido 149 

VIII.— Cefalópodos délas costas mediterráneas españolas, 
particularmente de las de Cataluña y Baleares, 
por Luis Lozano Rey 159 



La subscripción á esta Revista se hace por tomos completos, 
de 600 ¿ 600 páginas , al precio de 6 pesetas en España y 6 francos 
en el extranjero, en la Secretaría de la Academia, calle de Val- 
verde, núm. 26, Madrid. 

Precio de este cuaderno, 1,26 pesetas. 



REVISTA 



DE LA 



REAL ACADEMIA DE CIENCIAS 



EXACTAS, FÍSICAS Y NATURALES 



DE 



MADRID 



TOlí^O iri.-KTXJIVE. 3. 
(Septiembre de 1905.) 



^''madrid 

IMPRENTA DE LA "GACETA DE MADRID 

CALLE DE POKTKJOS, KÚM. 8. 

1905 



ADVERTENCIA 



Los originales para la Revista de la Academia 
se han de entregar completos, en la Secretarla de 
la Corporación, antes del dia 20 de cada mes, 
pues de otro modo quedará su publicación para 
el mes siguiente. 



— 221 



IX. — Tipos de fosforescencia en los sulfuros de bario, 

estroncio y calcio. 

POR José Rodríguez Mourelo 

Antes de ahora he señalado por la característica más cons- 
tante y permanente de la fosforescencia de los monosulfu- 
ros BaS — SrS — CaS, que he obtenido aplicando diversos 
procedimientos y en las variadas condiciones experimentales 
ya conocidas y estudiadas, el color de la luz emitida. Y esta 
permanencia singular, observada de continuo en mis investiga- 
ciones, aun cuando variase mucho la intensidad de la lumines- 
cencia, fué motivo de nuevos trabajos, encaminados á indagar 
los tipos de sulfuros fosforescentes . en cuanto al color, deter- 
minando lo mejor posible sus piopiedades particulares y de- 
finiéndolos conforme á ellas: los resultados de la labor experi- 
mental, con tal intento llevada á término, están contenidos ea 
la presente Memoria y constituyen su principal objeto. 

Merece el asunto detenido estudio por varias razones. Es la 
primera, la relación que parece existir entre el color é intensi- 
dad de la fosforescencia y los métodos empleados para obte- 
ner los sulfuros que la presentan; refiérese la segunda á la tem- 
peratura de formación de las disoluciones sólidas que los cons- 
tituyen; la tercera es relativa á la diversa naturaleza y propor- 
ciones de las materias activas disueltas; la cuarta atañe á los 
fundentes y á su calidad y cantidad, lo mismo que á lo pecu- 
liar de sus funciones, y la quinta comprende el conjunto de los 
fenómenos anexos á la producción de las substancias lumines- 
centes. Teniendo en cuenta todo esto y comparando muchas de 
ellas, délas procedencias señaladas en anteriores trabajos, es 
como he llegado á fijar la constante del color, que determina 
el tipo do la fosferescencia en cada uno de los sulfuros de ba- 
rio, estroncio y calcio, por lo menos dentro de los límites de 

Eev, ACAd. Ciencias.— III.— Septiembre, 19(6. 16 



— 222 — 

la temperatura de 1.200°, próximamente^ que es la mayor em- 
pleada en mis experimentos, aunque no siempre ha resultado 
la más eficaz para producir la disolución sólida saturada. 

Bueno será advertir que, á lo que entiendo, hay error mani- 
fiesto en pensar que leves variantes en los métodos operatorios 
ó la adición de tales ó cuales impurezas, siempre en cortísi- 
mas proporciones , permiten obtener sulf uros cuya fosforescen- 
cia pueda ser de color elegido á voluntad y de antemano pre- 
visto. Por mi parte puedo asegurar que nunca he logrado tal 
cosa. Con semejante intento hice numerosos ensayos, sobre 
todo dirigidos á conseguir el sulfuro de estroncio dotado de 
fosforescencia rojiza ó siquiera rosácea, empleando á guisa de 
impureza el sulfuro de antimonio, siguiendo indicaciones, ya 
de fecha remota, de otros investigadores, y los resultados fue- 
ron negativos ; dudosos los obtuve queriendo lograr sulfuro de 
bario con luminescencia violeta ó sulfuro de calcio que la tu- 
viese amarilla, y vanos fueron también mis propósitos cuantas 
veces pretendía que el t'ilfuro de estroncio la poseyera asi- 
mismo violada, y todavía cuaado,en contadas ocasiones, ofre- 
cía su fosforescencia tonos amarillentos, tenían á la continua 
matices verdosos muy bien señalados; si es amarilla, por ejem- 
plo, en los productos del método de Vanino y Gans, influyen 
en ello las mismas condiciones operatorias, la temperatura muy 
elevada, el fundente, que es á la vez disolvente del sulfuro y 
de la substancia activa, y la primera ñaatern, estroncianita na- 
tural. Vese muy manifiesta esta última circunstancia en el sul- 
furo de zinc, cuyo color de luminescencia, verde ó amarillo, 
parece estar determinado por la ausencia ó prcí^encia del arsé- 
nico en el metal originario; no obstante, la blenda de Sidot, 
considerada tipo de los sulf uros de zinc artificiales, presenta 
siempre intensa fosforescencia de color verde. 

No se me oculta que acaso experimentando de manera dife- 
rente de como yo lo hice, y en otras condiciones, puedan ser 
distintos los resultados, tocante al color de la fosforescencia 
de los sulfuros metálicos susceptibles de presentarla; por eso 
sólo trato de experimentos propios, de investigaciones perso- 
nales y de opiniones individuales, estrictamente ajustadas á 



- 223 - 

hechos observados. Así, de su repetición en todas las ocasio- 
nes, depende al cabo la generalidad de las conclusiones relati- 
vas á considerar el color de la luz emitida como constante de 
la luminescencia. 

Conforme á semejante criterio, considero tipos de fosfores- 
cencia á aquellos sulfures dotados de extremada sensibilidad 
para la luz, que presentan el fenómeno con la intensidad y du- 
ración máximas y color amarillo anaranjado, tratándose del de 
bario; verde claro en el caso del de estroncio, y violeta si es 
el de calcio; y ya se advierte cómo las cualidades asignadas á 
los dichos tipos corresponden al límite superior, en el que há- 
llanse las características del fenómeno sobremanera exaltadas. 
Interesa en grado sumo el estudio de sus crecimientos, preci- 
sando los términos principales observados en el desarrollo de 
las coloraciones, desde el momento de iniciarse la luminescen- 
cia y con ella ya el tono del color, dependiente, en particular, 
de la naturaleza del metal sulfurado que constituye el disol- 
vente sólido. 



Obtenido el sulfuro de bario reduciendo por el carbón H ba- 
ritina SO^, Ba totalmente exenta de hierro, y empleando el ne- 
gro de humo, sábese que es menester operar á la temperatura 
del blanco, sosteniéndola algún tiempo para lograr la reduc- 
ción completa y un producto que aun en tal caso no es fosfo- 
rescente, si no ha experimentado incipiente oxidación median- 
te las acciones del aire, regenerándose, siquiera sea en propor- 
ciones mínimas, el sulfato originario. No es este cuerpo muy 
soluble en el sulfuro producido en sus transformaciones; antes 
bien, el disolvente está muy luego saturado y es de suerte que 
prolongando, y no mucho tiempo, las influencias del oxígeno 
atmosférico, se alcanza en seguida el límite de la solubilidad, 
resultando productos absolutamente inertes respecto de la luz. 
A la temperatura ordinaria se efectúa la oxidación con bastan- 
te lentitud; al rojo es más rápida, pudiendo conseguirse diso- 



- 224 - 

luciones sólidas sobresaturadas de sulfato de bario , no fosfo- 
rescentes; pues no cuenta la excepción de presentar algunas 
débilísima luminescencia de color indefinido, después de ha- 
ber experimentado por 15' las directas influencias de la luz: en 
mis investigaciones las cantidades de sulfato de bario disuelto 
en el sulfuro eran de continuo inferiores al 2 por 100, y los 
productos resultaban sensibles á la luz y excitables en grado 
variable, conforme lo tengo demostrado. 

Diré ahora que esta disolución, la menos fosforescente y la 
menos excitable de cuantas he obtenido , es la formada á tem- 
peratura más elevada y por más tiempo sostenida, y aunque la 
presencia de álcalis y de compuestos mánganosos determinan 
leves aumentos en la intensidad de la fosforescencia, bien pron- 
to se alcanza el límite superior del fenómeno, sin ser aquélla 
considerable. Es preciso tener en cuenta las condiciones de 
formación de la disolución sólida fosforescente en este caso 
particular de ser disolveote de sulfuro de bario, originado en 
las modificaciones del sulfato. No crece la solubilidad de la ma- 
teria activa conforme aumenta la temperatura, antes bien es 
cosa probada que el exceso de calor y la prolongación de sus 
acciones llegan hasta destruir el equilibrio del sistema forma- 
do, ya sea volatilizando la materia activa, no siendo de extra- 
ordinaria fijeza, ya sea disociando la propia solución en térmi- 
nos que no puede volver á constituirse; tiene, por consiguien- 
te, el fenómeno un límite definido para cada caso ó método de 
obtención del sulfuro de bario fosforescente, y este límite pue- 
de explicar las influencias de la temperatura y de la duración 
de sus acciones en la reducción del sulfato de bario, llevada á 
cabo en las condiciones de mis experimentos. 

Puede así admitirse que si el calor provoca la formación de 
la materia activa, favoreciendo las acciones oxidantes del aire, 
sobre el sulfuro ya constituido, y, en último término, la difu- 
sión de aquélla en la masa del disolvente sólido, la temperatu- 
ra excesivamente elevada ó mucho tiempo sostenida al blanco, 
ó cercana de tal extremo, es causa suficiente para formar ex- 
ceso de sulfato, que no se disolverá, y capaz también de escin- 
dir y descomponer la solución, resultando, en ambos casos, 



— 225 - 

productos sulfurados inertes para las acciones de la luz y en 
absoluto desprovistos de luminescencia. Tengo observado que 
en las cercanías de los límites indicados es cuando se produ- 
cen los sulfuros de bario, originados mediante redacción incom- 
pleta del sulfato, dotados de mayor fosforescencia de color ama- 
rillo claro, constante y nunca tan intensa y tan bien determi- 
nada como la de los productos de otras procedencias. 

Este hecho, de fácil observación, constituye el punto de par- 
tida para las investigaciones del tipo de fosforescencia en el 
sulfuro de bario, porque en el procedente de reducir el sulfato^ 
siguiendo las anteriores indicaciones, es en el que comienza á 
iniciarse la propiedad objeto de mis estudios, y aunque la inten- 
sidad del fenómeno se halle en el grado mínimo, ya aparece? 
bastante determinada, la constante de color con sus caracterís- 
ticos tonos amarillentos. Y no es función exclusiva de la tem- 
peratura, por más que sea innegable la influencia del calor en 
la luminiscencia; en cuanto al blanco, y operando fuera del con- 
tacto del aire, logré la reducción del sulfato de bario y un sul- 
furo de extremada pureza, en absoluto inerte para la luz. 

Quizá puedan ser consideradas las soluciones sólidas lumi- 
nescentes como representantes de sistemas activos, cuyo equi- 
librio es alterado fácilmente por la luz, produciéndose entonces 
transformaciones internas de carácter químico, reversibles, cu- 
yos efectos están relacionados con la homogeneidad de la difu- 
sión de la materia activa en la masa del disolvente sulfurado: 
hay, pues, en ellas cambios singulares de los que es señal la 
misma fosforescencia, y á lo que parece, en los tres sulfuros de 
bario, estroncio y calcio tienen el mismo carácter, y á no ser en 
las excepciones que se rbarcarán, reconócese su origen en las 
relaciones de orden químico que pueda haber entre las substan- 
cias activas y sus disolventes sólidos apropiados. Si tenemos en 
cuenta la manera de estar constituidos los sulfuros alcalino te- 
rrosos fosforescentes, habremos de admitir que son disolucio- 
nes saturadas , formadas á temperatura elevada; pero si nota- 
mos la escasa solubilidad de la materia activa y las mínimas 
proporciones de ella, que son eficaces respecto de la totalidad 
de la masa, acaso pudiéramos hallar analogías entre el sistema 



— 226 — 

formado y el que constituyen las disoluciones diluidas ordina- 
rias, y sólo faltaría saber si obedecen á las mismas leyes y si 
en ellos prodúcense fenómenos análogos. Por de pronto, los 
de disociaciones químicas, no permanentes y siempre suscepti- 
bles de reversibilidad, á lo menos entre límites bastante apar- 
tados, parecen demostrados necesarios á causa de las relacio- 
nes simultáneas de la materia activa y el disolvente en cuya 
masa se halla con uniformidad difundida. 

Fué menester practicar varias series de experimentos, enca- 
minados todos ellos á fijar y determinar la constancia del color 
de la fosforescencia del sulfuro de bario, estableciendo así las 
condiciones típicas, especiales del fenómeno, en el cual influ- 
yen de manera directa muchas circunstancias, siendo las prin- 
cipales, el método de obtención, la naturaleza de las materias 
activas disueltas y de los fundentes añadidos, y el tiempo ó du- 
ración de las acciones del calor; partiendo^ para el sulfuro de 
bario, de la temperatura correspondiente al rojo vivo. Claro 
está que la determinación del color propio de la fosforescencia 
de tal cuerpo ha de ser función de las acciones de la luz, al- 
canzando el máximo cuando también llega á semejante término 
la intensidad de la fosforescencia, de suerte que esta propie- 
dad y el color^ tenido por la cualidad más constante, se enla- 
zan en virtud de su mutua dependencia. 

Repárese que, en general, el tipo de la luminescencia corres- 
ponde á disoluciones sólidas complicadas, y las que he obtenido 
de continuo para mis investigaciones contenían, aparte del 
disolvente sulfurado y de la materia activa, leves proporciones 
de una substancia alcalina, á la continua carbonato de sodio 
anhidro que podía servir de fundente, y menores cantidades 
todavía de cloruro de sodio, volátil á la temperatura de forma- 
ción de las disoluciones y cuyas beneficiosas influencias he de- 
mostrado en anteriores trabajos, y ahora diré cómo son mani- 
fiestas en la homogeneidad de la difusión del cuerpo activo y 
en que saturada la disolución á temperatura elevada, no se se- 
para aquél del disolvente durante el lento enfriamiento de la 
masa. Exceptúase, aunque sólo en parte, de la regla el sulfuro 
de bario, cuya capacidad como disolvente, á lo menos del sub- 



— 227 - 

nitrato de bismuto y del óxido de uranio, es bastante menor que 
la de sus congéneres, los sulfures de estroncio y de calcio em- 
pleados en las mismas condiciones; por las circunstancias 
dichas, cuando el producto, de suyo menos complejo, es some- 
tido á las directas influencias de la luz, si bien no es tan pronto 
impresionado, en cuanto se excita tarda poquísimo en adquirir 
la intensidad máxima con el color amarillo característico de su 
luminescencia. 

Guardan relación sus matices con las circunstancias antes 
indicadas, y sobre todo con la estructura de las disoluciones 
sólidas. En algunas he observado que hay dos tonos del color 
amarillo: á veces sobre un fondo claro aparecen núcleos más 
obscuros y en ocasiones preséntase el fenómeno inverso, ad vir- 
tiéndose los núcleos claros destacándose sobre un fondo dora- 
do. Tampoco es raro, experimentando con masas de cierta con- 
sideración y fragmentos grandes, extraídos de los crisoles don- 
de se formaron y sometidos en seguida á las influencias de la 
luz directa por 3' á 5', que la fosforescencia se presente en 
zonas de distinto matiz amarillo, irregulares y sin gradación 
metódica, viéndose entre ellas espacios obscuros y porciones 
absolutamente inertes para las acciones luminosas, sin que 
haya medios de despertar su sensibilidad. Nótase el hecho 
en las disoluciones heterogéneas, llamando así á aquellas cuya 
materia activa hállase difundida de manera irregular y no uni- 
forme en la masa del sulfuro disolvente, de la cual unas por- 
ciones están saturadas y otras distan bastante de estarlo, ha- 
biéndolas por completo exentas de aquélla, y también partes, 
de ordinario amarillentas y aun pardas , en las que he demos- 
trado la presencia de sulfuro del metal activo, en particular 
siendo el bismuto. Y el hecho se enlaza con la temperatura 
de formación de las disoluciones que lo presentan y, aun mejor 
diría, con la manera irregular de actuar el calor, según aparece 
probado en repetidos experimentos de mis investigaciones re- 
ferentes á la fosforescencia del sulfuro de bario. 

Sirve de principio general en las relativas á los tipos de fos- 
forescencia la permanencia de su color en cada uno de los sul- 
fures estudiados, cuyos matices no están sujetos tampoco á 



— 228 — 

variantes de cuantía, que más se relacionan con la intensidad, 
reconociendo por causa inmediata la duración de las acciones 
luminosas excitadoras; lo cual se prueba en la posibilidad de 
lograr la característica del tipo, sometiendo algunos sulfuros 
de bario, nunca los procedentes de la reducción del sulfato en 
la forma acostumbrada, á la luz directa, prolongando sus in- 
fluencias. Entonces el color amarillo se acentúa y llega á adqui- 
rir, con la máxima intensidad posible, dado el método de ob- 
tención del sulfuro, el matiz amarillo dorado, típico y peculiar 
de su luminescencia. 

Hay que notar cómo se desarrolla la fosforescencia me- 
diante las acciones de la luz, partiendo del sulfuro de bario 
generado por reducción del sulfato ; y con semejante intento 
reproduje, introduciendo ligeras variantes, una serie de prue- 
bas utilizadas en la determinación de la intensidad de la lumi- 
nescencia. Abierto el crisol que contenía el sulfuro en la obs- 
curidad, y colocados sus fragmentos en tubos de ensayo, fue- 
ron esmeradamente tapados y conservados, envueltos en papel 
negro mate, y permaneciendo en la cámara obscura por diez 
días, con el fin de reducirlos al estado de pura inercia, y pa- 
sado aquel término, fueron expuestos á la luz: el 1.°, 30"; 
el 2.°, 1'; el 3.^ 1' 30"; el 4.°, 2"; el 5.°, 2' 30"; el 6.°, 3'; 
el 7.°, 3' 30", y el S.°, 4'; reuniéndolos todos para observar 
el efecto. Desde luego, adviértese la dificultad de señalar el 
punto preciso de la aparición de la fosforescencia; mas ya se 
ve como un resplandor que, aun siendo poco determinado, 
presenta desde el comienzo la característica tonalidad ama- 
rillenta, cuyo color se acentúa hasta adquirir el tono típico, 
si no en este caso en otros que se dirán. No son numerosos los 
incrementos de las coloraciones; mas poniendo en orden los 
tubos, unos al lado de otros, percíbense claramente, y de ellos 
puede juzgarse hasta alcanzar en los dos últimos la constancia 
del matiz amarillo, distintivo de la fosforescencia de los pro- 
ductos de la reducción del sulfato de bario, y conviene recor- 
dar lo que tiene de individual la propiedad estudiada, puesto 
que en ella es parte principalísima el origen y modo de haber 
conseguido las disoluciones sólidas fosforescentes. 



- 229 — 

Todavía cabe repetir el experimento á la inversa, comen- 
zando por las excitaciones máximas, disminuyéndolas gradual- 
mente hasta anular por entero la acción de la luz, y entonces 
se consigue la escala inversa, cuyos términos llegan á corres- 
ponderse con los de la primera, y es un buen medio de reco- 
nocer la constancia del color de la luminescencia, que será 
menester atribuir á la naturaleza particular del disolvente sul- 
furado, aunque en ello influyan, sobre todo, el método de ob- 
tención y la temperatura. Es este el caso más sencillo, porque 
la disolución sólida experimentada sólo contiene levísimas pro- 
porciones de sulfato de bario por materia activa, producto de 
incipientes oxidaciones del sulfuro. 

Iniciada la fosforescencia en la forma dicha, su desenvolvi- 
miento, en cuanto á la coloración, lo mismo que á la intensi- 
dad, depende de la duración de las acciones de la luz, y es 
función del tiempo hasta el límite marcado por el tono ó ma- 
tiz típico. Representando por üq el estado inicial ó de inercia 
en el que el sulfuro no está todavía impresionado, y no ha 
dado la menor muestra de su sensibilidad para la luz directa, 
tendremos que desde el primer momento en que aparece la 
fosforescencia incipiente hasta el límite determinado por la 
coloración típica habrá un número n variable de incrementos 

«1— «2 — «3 — «t— «5 «,t, 

representando cada uno su acentuación del color amarillo en 
el caso presente, y como dependen de las excitaciones lumi- 
nosas, á cada cual correspondería determinado tiempo t^ á 
partir de ¿q, y tendríamos: 



h h ^3 ^1 — h ^ 



n ) 



y partiendo de a.^ y de t¡^ en escala descendente, conforme se 
dijo, se llegaría al estado primitivo de insensibilidad, siendo 
entonces a = oyí = c>,yasí podían ser comprobados los lí- 
mites del fenómeno, en cuanto el color de la fosforescencia, 



— 230 ^. 

la intensidad y la excitación luminosa son términos correspon- 
dientes. 

Una vez establecidas las relaciones de los términos para 
cada sulfuro, se comprende que determinado el valor de t, en 
cualquiera momento aparecerían conocidos los valores de a y 
de h (llamando h á la intensidad de la fosforescencia) y de- 
terminado el desarrollo del fenómeno; pero esto sólo podría 
acontecer en una disolución invariable y de absoluta fijeza, es 
decir, con un sulfuro perfecto é ideal que no existe, ni es posi- 
ble lograrlo todavía. Cierto que en la práctica resulta por lo 
general bastante aproximada la relación de proporcionalidad 
entre los factores variables de que se trata; pero hay asimismo 
numerosas excepciones, dependientes la mayoría de las veces 
de otras propiedades de los sulfuros, precisamente de las que 
marcan sus características individuales y permiten distinguir- 
los; por lo general dependen de los métodos de obtención y 
de la temperatura á la que fueron constituidas las disoluciones 
sólidas. 

Juzgo que de tales propiedades es la más interesante la sen- 
sibilidad específica de cada uno, es decir, su natural capaci- 
dad para recibir las impresiones luminosas directas, que no es 
constante, sino muy variable y sujeta á cambios, por lo cual 
es siempre incierta su medida. Recuérdese como hay sulfuros 
cuya impresionabilidad aumenta con las reiteradas excitacio- 
nes de la luz, por virtud de acumularse, para los efectos de la 
fosforescencia, los residuos de carga; en algunos causa igua- 
les efectos la oxidación parcial ó incipiente, y en otros la tem- 
peratura puede dotarlos de capacidades que no tenían, con 
sólo mantenerlos al rojo durante cierto tiempo, el mismo mu- 
chas veces suficiente para tornarlos inertes; y todo ello, aun- 
que otra cosa pudiera parecer, no se relaciona con los modos 
de generar las disoluciones sólidas sulfuradas. Tocante al ca- 
lor, ya ¿abemos que en el caso del sulfuro de bario tiende á 
aumentar la sensibilidad, no parece ejercer acción en la co- 
rrespondiente al de estroncio, y aminora grandemente, hasta 
destruirla, la peculiar del sulfuro de calcio; lo que en ningún 
caso cambia es el color de la fosforescencia, ya perceptible en 



— 231 — 

los comienzos de la luminosidad, es decir, en el mínimo 6 lí- 
mite inferior de las excitaciones. Cuando el tiempo de éstas, 
aumenta 6, sólo reiterándolas, se determina mejoría coloración 
amarilla, verde ó violeta, conforme se trate del sulfuro de ba- 
rio, del de estroncio ó del de calcio, adquiriendo el tono y la 
intensidad correspondientes á los tres tipos de fosforescencia 
objeto de mis investigaciones. No es posible, por lo tanto, es- 
tablecer reglas generales y medios ciertos de llegar á ellos, 
dada la variabilidad de las mismas condiciones individuales 
de cada sulfuro, y, sin embargo, es el color de la fosforescen- 
cia su carácter más constante y permanente. 

Valga citar el caso de un sulfuro de bario, muy blanco, pro- 
cedente de las acciones del azufre sobre la barita cáustica. En 
un experimento logré excitarlo sometiéndolo repetidas veces, á 
la temperatura del rojo muy vivo, dos horas cada vez, en tér- 
minos de bastar un momento de impresión para que presen- 
tara en seguida hermosa fosforescencia de color amarillo 
claro; y en otro experimento bastó prolongar las acciones de 
la temperatura por tres horas, sin pasar del rojo vivo, para 
reducir el mismo sulfuro al estado de inercia, cuando en el ini- 
cial era ya de suyo bastante impresionable. 

Lejos de presentar uniformidad los incrementos de la inten- 
sidad de la fosforescencia y los referentes á las tonalidades y 
matices de la coloración que son consiguientes, ofrecen irre- 
gularidades y fenómenos dignos de ser tenidos en cuenta , por 
derivar de la sensibilidad y de los procedimientos de obten- 
ción de los sulfuros fosforescentes, acerca de cuyo punto ten- 
go hechas las observaciones cuyos resultados aquí se ponen. 
En las disoluciones más perfectas y saturadas, obtenidas á la 
temperatura conveniente y enfriadas muy despacio, el des- 
arrollo de la luminescencia, con su color característico, es ins- 
tantáneo y no han menester recibir sino un momento las im- 
presiones de la luz directa; no obstante, algunos sulfuros de 
bario, procedentes de las acciones del azufre sobre la barita ó 
el carbonato en presencia del carbonato de sodio y el cloruro 
de sodio con O gr.,001 de subnitrato de bismuto por materia 
activa, sólo á la segunda excitación, ó prolongando hasta 30" 



— 232 — 

la primera, presentan el tono amarillo dorado típico, comen- 
zando por un tono más claro; y en este caso la intensidad de 
.la fosforescencia parece llegar ya en el principio al límite su- 
perior. 

Y no es privativo de tales productos el recorrer con tanta 
velocidad las fases del desarrollo del fenómeno, si es que en 
semejante caso las tiene; pues los hay de igual origen que no 
participan de semejante excelencia, y dentro de los límites 
de 30" y 4' para la duración de las impresiones, ofrecen mu- 
chas y bien definidas fases hasta fijarse el color de la lumines- 
cencia, cuando es llegado el término superior de su intensidad. 
Sin embargo, es lo general que á la mayor impresionabilidad, 
particularmente en los sulfuros de color blanco, correspondan 
más fases ó incrementos en el tono é intensidad del color, aun- 
que sean rápidos los crecimientos y no puedan delimitarse con 
la precisión que se hace ensayando, por ejemplo, los produc- 
tos de la descomposición por el calor del sulfito y del hipo- 
sulfito de bario. También he notado que estos sulfuros tan ex- 
citables y dotados de hermosa fosforescencia del color amari- 
llo del oro bruñido, son los que más tardan en perderla; y con- 
servándolos en la obscuridad no es raro que tarden horas en 
recobrar su estado inicial, adquiriendo ciertos aumentos de 
actividad y tornándose más impresionables para nuevas exci- 
taciones de la luz; y esto no acontece de la propia manera con 
las disoluciones de sulfato de bario en el sulfuro de bario pro- 
cedente de su reducción. 

Llégase á disminuir el número de las fases que presenta el 
desarrollo de la coloración de la fosforescencia en aquellos 
sulfuros no constituidos de esta forma, es decir, en los que no 
son mezclas de sulfuro y sulfato (originados reduciendo éste ó 
descomponiendo el hiposulfito y el sulfito de bario), sino pro- 
ducidos actuando el vapor de azufre sobre el carbonato de ba- 
rio, adicionado de carbonato y cloruro de sodio; el gas sulf- 
hídrico seco con la barita en presencia de materias alcalinas; 
el azufre con el carbonato impuro, ó apelando al método de 
Verneuil conforme yo lo he modificado. Para conseguirlo bas- 
ta reiterar las impresiones de la luz, y al cabo de experimentar 



_ 233 - 

varias veces con un mismo sulfuro, en particular si contiene, 
procedente de las primeras materias, ó se le ha agregado sílice 
en exiguas proporciones (O gr.,001 á O gr.,003 por 100), nó- 
tase muy á las claras considerable aumento en su impresiona- 
bilidad, al punto de que en ocasiones es suficiente el calor 
obscuro para provocar la fosforescencia, apareciendo desde 
luego el color amarillo dorado con su intensidad máxima; y en- 
tonces la vuelta al estado inicial es lenta, y mientras dura, en 
los decrecimientos del color pueden observarse cambios deter- 
minando fases y reconociéndolas en que el tono dorado se 
aclara, pasa por muchos matices de amarillo, á cada punto 
más claro, y se emblanquece; pero cuando ya cerca de extin- 
guirse, sólo aparece como un resplandor débilísimo, todavía 
conserva ligera tonalidad amarillenta, que es la constante de 
la fosforescencia del sulfuro de bario. 

Aquí se nota clara la influencia del método de obtención y 
se ve la que tienen las materias activas de naturaleza metálica 
distinta de la peculiar del disolvente sólido, pudiendo estable- 
cerse entre ambos términos aquellas relaciones de orden quí- 
mico, cuya importancia he tratado de esclarecer en otro lu- 
gar. También es singular que estas masas fosforescentes cam- 
bien poquísimo sus aptitudes y sensibilidad, calentándolas al 
abrigo de las acciones del aire; resisten sin alteraciones la 
temperatura del rojo, y acaso por ello el color de su lumines- 
cencia permanece invariable, á condición de no alcanzar aquel 
límite en el cual la disolución se destruye y sulfurándose el 
metal de la materia activa, sirve de pigmento al cuerpo fosfo- 
rescente tiñéndolo de obscuro y haciéndolo en absoluto inerte 
para las acciones de la luz blanca directa. 

Marcan algunos de los resultados expuestos una nota singu- 
lar de la fosforescencia, y es el no ser fenómeno completa y 
absolutamente reversible, en cuanto, después de las modifica- 
ciones causadas por la luz, no se reintegra la disolución sólida 
al estado inicial , que algo de la impresión recibida queda en 
ella con cierto carácter de permanencia y se acumula hasta 
cierto límite, produciendo aumentos de sensibilidad y haciendo 
más rápido el desarrollo de la luminescencia. Por esta propie- 



— 234 — 



1- 



dad de los residuos de carga sumados unos á otros, se expl 
ca que el tono del color de la fosforescencia , sobre todo en el 
sulfuro de bario, sea más acentuado y recorra menor número 
de fases para llegar al tipo de la coloración, con la máxima in- 
tensidad, operando con un sulfuro que haya sido varias veces 
impresionado, cuando el mismo cuerpo recién preparado y la 
primera vez que es sometido al experimento, pone mayor tiem- 
po en llegar al límite máximo; pero tales aumentos no son in- 
definidos y se detienen en un punto, resultando formado un 
equilibrio estable y constituido un estado normal de las diso- 
luciones sólidas, en las que si no es enteramente reversible el 
fenómeno de la fosforescencia, como tal puede ser considerado 
en la práctica. 



II 



Bueno será indicar, porque es hecho general, cómo el color 
de la luz excitadora, si puede influir en la fosforescencia por 
impresionar de distinta manera á los cuerpos que de adquirir- 
la son capaces, no tiene la menor acción sobre el color de la 
luminescencia. Se demuestra con la mayor sencillez emplean- 
do luz monocromática, roja, amarilla, verde, azul y violeta, y 
viendo que, aunque la impresión sea desigual en cuanto á la in- 
tensidad, en nada se modifica el color específico, peculiar del 
fenómeno estudiado, en los sulfuros de bario, estroncio y cal- 
cio. Del propio modo he ensayado la luz fría, privando á la 
natural ó á la de un sólo color de los rayos térmicos, filtrándo- 
la por disoluciones acuosas de alumbre ordinario, y los resul- 
tados fueron no advertir en ningún caso, y el experimento fué 
repetido varias veces en diferentes condiciones, la menor va- 
riante en las coloraciones, sin que se modificaran sus fases; de 
suerte que se puede afirmar con un nuevo dato la constancia 
de la propiedad estudiada, cuyas relaciones con la intensidad 
de la fosforescencia aparecen siempre manifiestas; pues al cabo 
está unida al desarrollo de las coloraciones. 

Necesité para mi objeto operar con muchos sulfuros, única 



— 235 — 

manera de poder comparar la fosforescencia que adquirían, y 
es bien sabido cuánto tiene de individual semejante cualidad 
y las causas, en apariencia levísimas, capaces, no obstante, de 
modificarla hondamente. Por de pronto, y aparte de las aptitu- 
des peculiares de las disoluciones sólidas, hay la luminescen- 
cia que nombraré inicial, y es la adquirida cuando reciben por 
primera vez las impresiones de la luz; viene luego la fosfores- 
cencia progresiva, en la que al efecto de éstas únese la in- 
fluencia de los residuos de carga acumulados, y, en último tér- 
mino, la fosforescencia límite, que marca como el término de 
la acción de los dos efectos anteriores. En cada sulfuro pre- 
senta el fenómeno estos tres períodos, aunque su desarrollo no 
sea siempre el mismo, ni se puedan señalar iguales puntos sin- 
gulares, y también es de advertir que no en intensidad, pero 
sí en tono, ya en el primer período se puede llegar al tipo 
constante de la coloración, que de tal manera vemos relaciona- 
da con las condiciones químicas de la disolución sólida, pues 
en ellas, tanto como en su propia naturaleza y en la tempera- 
tura á que ha sido generada, ha de buscarse la causa de su 
impresionabilidad respecto de la luz y los modos de sus varian- 
tes y desarrollos hasta alcanzar la máxima. Indicado tenía, por 
lo tanto, el método de los experimentos. Clasificados los sul- 
furos conforme á los procedimientos de obtención, fué menes- 
ter, en cada grupo , examinar los tres períodos antedichos , y 
cuando en cada uno hube señalado el individuo que presenta- 
ba mejor definida la fosforescencia tocante al color, reuní 
aquellos verdaderos productos de selección, los experimenté 
en iguales condiciones y diputé por tipo al que ofrecía más 
constante y exaltado el color propio y peculiar de su respecti- 
va fosforescencia. 

Claro está que en las nuevas investigaciones distinguía pri- 
meramente la naturaleza particular del sulfuro, habida cuenta 
de que por la misma á cada metal, bario, estroncio y calcio, co- 
rresponde un color específico de su fosforescencia, á lo menos 
empleando para obtenerlos los métodos de que hice uso y las 
temperaturas que al describirlos por menudo dejo especifica- 
das. Mi intento fué siempre relacionar propiedades, con el ob- 



- 236 - 

jeto de generalizar luego lo más posible las condiciones espe- 
ciales del fenómeno estudiado. 

Ocurre en el acto de la excitación, aparte de los fenómenos 
debidos á la acumulación de los residuos de carga, un hecho, 
á mi ver dependiente de la estructura interna de las disolu- 
ciones, y es que su impresionabilidad, respecto de la luz, no 
resulta siempre la misma, lo cual acusa, á mi ver, cierta falta de 
homogeneidad de la materia fosforescente. Acaso el hecho tie- 
ne cierta semejanza con el que ofrecen las soluciones sólidas 
de cuerpos isomorfos, entre ellos algunas dolomitas cuádru- 
ples, en las que los carbonatos de calcio y magnesio hacen ofi- 
cios de disolventes de ligeras proporciones de hierro y man- 
ganeso; según están repartidos estos cuerpos, así aparecen 
las modificaciones del romboedro primitivo, conforme se obser- 
va comparando muchos cristales de tan curiosas substancias. 
De la propia manera no ha de considerarse tipo de fosfores- 
cencia aquel sulfuro en el que aparece más pronto el fenóme- 
no, siendo entonces el tiempo t^ del primer incremento a^ su- 
mamente pequeño; pues se ha de tener presente que el carác- 
ter del tipo depende del valor máximo de a^ límite, correspon- 
diente á la mayor intensidad h,^^, sean cualesquiera las fases 6 
puntos intermedios para llegar del estado inicial de pura iner- 
cia al estado final ó superior de la luminescencia, cuando es 
más intensa y de más acentuado color. Por eso es menester 
que alcance la plenitud del desarrollo y se manifieste en diso- 
luciones homogéneas, en las que puedan ser posibles y necesa- 
rias ciertas reacciones químicas, cuya característica va ya 
notada. 

Dijérase, teniendo en cuenta lo apuntado, que si se mira al 
modo de presentarse el hecho , la fosforescencia podría ser un 
medio, bastante aproximado, para inferir el estado molecular 
de las soluciones sólidas. Acerca de ello, en mis investigacio- 
nes tocante al sulfuro de bario, que tan bien presentan las des- 
igualdades, dejo consignados los experimentos en diversas con- 
diciones practicados: respecto del sulfuro de calcio, la desigual 
repartición de la materia activa me consintió obtener productos, 
cuya masa no fosforece toda de la propia manera, presentando 



- 237 — 

al lado de fragmentos susceptibles de hermosa é intensa lumi- 
nescencia de tono violeta puro, otros que sólo la dan ligera- 
mente violácea, y en cuanto al sulfuro de estroncio fuéme 
dado lograr variadísimos efectos en el reparto de coloracio- 
nes, intensidades é impresionabilidad, siempre dentro del tono 
verde, peculiar suyo, cambiando la difusión de la materia 
activa en el disolvente sulfurado. 

Puede resultar un sulfuro muy impresionable, no necesitando 
sino breves instantes ser sometido á las influencias luminosas 
directas para desarrollar su fosforescencia, y, sin embargo, no 
constituir el verdadero tipo del fenómeno, por no llegar al ple- 
no desenvolvimiento de la coloración peculiar de la naturaleza 
del disolvente; entonces los intervalos entre t^ y í„ son peque- 
ñísimos y no se corresponden con los incrementos de a, ó, por 
mejor decir, el valor de a.^ será menor que en otros casos, y lo 
mismo sucederá con el de h^^ representante de la intensidad 
del fenómeno. En cambio sucede que el intervalo to...tn es 
mayor, y que de a^ hasta a.^ hay más fases de evolución, y en- 
tonces se alcanza el valor máximo para h^^, es decir, la mayor 
intensidad de luminescencia con la coloración más acentuada, 
ó sea las condiciones correspondientes al tipo, según mi defi- 
nición. Cabalmente este es el caso del sulfuro de calcio: con 30" 
de exposición á la luz directa ya se excita y su fosforescencia 
blanquecina tiene ligero tono violeta; reiterando las impresio- 
nes ó prolongándolas durante V , 6 algo más, la intensidad del 
fenómeno crece hasta alcanzar el límite, apareciendo con ella 
el hermoso color violeta intenso, que considero peculiar y pro- 
pio de semejante cuerpo. 

Es, sin duda, lo más interesante, cuando se trata de fijar los 
tipos de fosforescencia, lo que corresponde á la naturaleza de 
los disolventes sólidos y el color de la luz emitida de ella de- 
pende y no varía aun cambiando la substancia activa, cuyas 
influencias, en cuanto á la excitabilidad de los cuerpos y á la 
intensidad de la luminescencia , aparece bien demostrada. Hice 
experimentos empleando substancias que pudieran tener relacio- 
j nes químicas con los disolventes, y en tal sentido fueron ensaya- 
dos los sulfatos de bario, estroncio y calcio, el subnitrato de 
Rev. Acad. Ciencias.— III.— Septiembre, 1905, 17 



- 238 - 

bismuto^ el óxido de uranio, el oxicloruro de antimonio, el an- 
hídrido arsenioso, el carbonato manganoso, el permanganato 
de potasio y los cloruros de estroncio y de torio; otras veces 
he trabajado empleando materias cuya inercia química respec- 
to del disolvente es notoria, como la sílice^ pura, y en ambos 
casos el sulfuro de bario resultó dotado de fosforescencia ama- 
rilla, el sulfuro de calcio con fosforescencia violeta y el sulfu- 
ro de estroncio con fosforescencia verde, quedando así demos- 
trada la cualidad de constante del fenómeno, que he atribuido 
al color, y su dependencia directa de la naturaleza del cuerpo 
disolvente. ' 

Quizá los mismos experimentos relativos á la estructura de 
las disoluciones sólidas fosforescentes esclarecen el punto de 
las coloraciones típicas , dando razón de su constancia y per- 
manencia desde el momento de iniciarse el fenómeno. Sólo es 
uniforme el color de luminescencia en el caso de las mezclas 
homogéneas^ cuando las materias activas hállanse en las pro- 
porciones convenientes ya indicadas para cada una de ellas en 
anteriores trabajos y en el mayor grado de difusión en la masa 
del sulfuro disolvente, repartidas de suerte que la estructura del 
cuerpo sea lo más homogénea posible. De otra manera he con- 
seguido ciertamente productos fosforescentes; pero no lo era 
toda su masa del mismo modo, y ya sabemos cómo los fenó- 
menos de las aureolas en el sulfuro de bario , los distintos ma- 
tices del color violeta en el sulfuro de calcio y la fosforescen- 
cia sólo en los bordes de los fragmentos del sulfuro de estron- 
cio, corresponden á estructuras heterogéneas y acusan irregu- 
lar difusión de las substancias activas que han sido experi- 
mentadas. 

Llegados á este punto, vese cuánto importa inquirir los es- 
tados de agregación física de las disoluciones sólidas estudia- 
das, y que son, á la postre, agregados moleculares de sulfuros 
alcalino terrosos, cuerpos activos de naturaleza metálica^ leví- 
simas proporciones de materias alcalinas y las exiguas de clo- 
ruro de sodio que en los productos pudo haber quedado y son 
á modo de residuo del fundente volátil. Cuando de intento ^ 
procuraba que los cuerpos activos se repartieran con desigual- 



- 239 - 

dad, pero sin formar sulfures metálicos coloridos que sirvieran 
de pigmento , llegaba á descubrir al microscopio, con aumento 
de 1.000 diámetros, granulos de distinta naturaleza, y aun 
conseguí separarlos unos de otros , poniendo aparte los fosfo- 
rescentes, más redondeados y de superficie como fundida, es- 
cogiéndolos entre la masa que ofrece tantas desigualdades de 
impresionabilidad , que acusan notables diferencias de estruc- 
tura. En cambio, observando de la propia manera los sulfures 
calificados de perfectos, cuya masa se impresiona toda ella lo 
mismo, presentando fosforescencia uniforme, característica 
del tipo á que pertenecen, no me fué dado establecer diferen- 
cias: son aglomerados de granulos pequeñísimos^ uniformes, 
idénticos, que se aparecen unidos y enlazados por el fundente 
protector contra las oxidaciones. 

Fuera, sin embargo, muy aventurado afirmarla homogenei- 
dad completa de tales disoluciones sólidas que califico de más 
perfectas, porque en ellas está mejor difundida la materia ac- 
tiva. Téngase en cuenta el carácter de fenómeno químico casi 
reversible asignado á la fosforescencia , y que la luz al provo- 
carla rompe un equilibrio, perturbando las relaciones del di- 
solvente con la materia disuelta, y al nuevo cambio iniciado 
siguiese al punto, y ya en la obscuridad, la regresión paulatina 
al estado primitivo, no sin quedar, á modo de señal del fenó- 
meno, aquel residuo acumulable que tanto hemos considerado 
en el hecho general de la fosforescencia. De consiguiente , la 
homogeneidad de las soluciones sólidas que la presentan, es 
sólo relativa y tiende á ser alterada conforme la luz cambia 
sus condiciones químicas, que no llegan á restablecerse nunca 
enteramente. 

Relaciónase con el color peculiar de los tres tipos de fosfo- 
rescencia señalados en mis trabajos, la composición de las di- 
soluciones sólidas correspondientes, y tengo visto, en el curso 
de los mismos, que las más impresionables, aquéllas en las 
cuales es más intensa y duradera la fosforescencia , son tam- 
bién las más complicadas, y recuérdese cómo la menor colora- 
ción corresponde á las simples disoluciones de sulfato en sul- 
furo, ó sea á las mezclas resultantes de descomponer los sulfi- 



- 240 — 

tos é hiposulfitos, 6 reducir, empleando negro de humo, los 
sulfates de bario, estroncio y calcio; en suma, productos de 
oxidaciones parciales é incipientes, que siendo muy pro- 
langadas anulan el fenómeno. Aun en estos casos, es me- 
nester tener en cuenta la resistencia de los sulfures á la oxi- 
dación, á la cual contribuyen no poco el fundente alcalino y 
el cloruro de sodio; sin embargo, he logrado destruir la fosfo- 
rescencia de un sulfuro de calcio, cuyos fragmentos la presen- 
taban espléndida y de hermoso color violeta, con sólo pulveri- 
zarlo; y en cambio , tengo en mi colección otras muestras, 
también de sulfuro de calcio en polvo fino, que son verdaderos 
tipos de luminescencia, y en polvo están asimismo los de bario 
y estroncio que la tienen magnífica. De este último poseo una 
muestra que me ha remitido Mr. Gustave Le Bon, de París, y 
es de procedencia alemana, la cual lleva algunos años expues- 
ta á las acciones del aire, sin haber perdido nada de su impre- 
sionabilidad, ni experimentado cambios la fosforescencia de co- 
lor verde característico, muy intensa y bastante duradera, con 
excitaciones de un minuto y aun de menos tiempo. 

Guardan mayores relaciones con el color de la fosforescen- 
cia, las proporciones de la materia activa empleada. Es sabido 
que ^tienen un límite bastante pronto alcanzado, por cuanto se 
usan de continuo en cantidades exiguas; pero varían conforme 
á la naturaleza del sulfuro disolvente, poseyendo cada cual, en 
tal concepto, cierta capacidad específica, que es uno de los 
caracteres peculiares de su individualidad; y esto lo tengo bien 
demostrado, porque experimentando con el subnitrato de bis- 
muto, se ve que la misma proporción de mayor eficacia, tra- 
tándose del sulfuro de estroncio, es excesiva para el de bario, 
que no resulta fosforescente y á veces insuficiente para lograr 
una solución fosforescente con el de calcio. 

Son de la propia suerte inciertas y variables las influencias 
de la temperatura, ligadas con la propia capacidad disolvente 
de los sulfuros , que es muy distinta, y hay que tener en cuenta, 
tocante al particular, la misma temperatura de formación de 
los cuerpos. Muchas veces he procurado constituirlos em- 
pleando hasta el calor blanco muy sostenido; otras lo apliqué 



- 241 - 

á disoluciones ya hechas y dotadas de la fosforescencia límite, 
y los efectos han sido diversos y muy variables, dependientes 
de la naturaleza de los dichos sulfures y en parte también de 
los procedimientos adoptados para obtenerlos. Presenta, en este 
respecto _, el sulfuro de bario, fenómenos curiosos: su capaci- 
dad disolvente tocante al del subnitrato de bismuto es pequeña; 
la solución fosforescente se constituye, saturada, á cerca de 
1.000 grados, pero al momento se disocia; el bismuto de la 
materia activa llega á sulfurarse, tiñe la masa de obscuro y 
Lácele perder su impresionabilidad para la luz; es singular que, 
procediendo á calentar una solución fosforescente en que sea 
disolvente el sulfuro de bario, resiste sin disociarse el rojo vivo 
durante bastante tiempo y conserva sus propiedades. Es en ex- 
tremo resistente la disolución sólida, empleando el sulfuro de 
estroncio; formada á menor temperatura, y conteniendo bas- 
tante más subnitrato de bismuto que su congénere, la de bario, 
puede ser calentada al rojo vivo, sin que se altere, y aun el 
calor es un medio de aumentar^ en ciertas ocasiones, la misma 
intensidad de la luminescencia, acentuando la peculiar colora- 
ción verde de tonos claros. Y si el disolvente es el sulfuro de 
calcio, la disolución se constituye á más baja temperatura; 
pero también se disocia, convirtiéndose en masa inerte, ca- 
lentándola al rojo durante una hora solamente, y pierde entonces 
la cualidad luminescente. 

Hay, entre los efectos de la temperatura, relativos al des- 
arrollo del color de la fosforescencia, algunos generales y co- 
munes á los sulfuros de bario, calcio y estroncio, sean cuales- 
quiera sus procedencias y la naturaleza de los cuerpos usados 
por materias activas, que indican por lo menos ciertas relacio- 
nes entre sus aptitudes. Estos efectos parecen independientes 
de las formas délas disoluciones sólidas, en cuanto no apare- 
cen ligados á la manera de constituirlas, ni menos todavía á los 
fenómenos inherentes á su disociación total ó parcial. 

Tuve especial cuidado de disponer 36 tubos de ensayo bien 
secos; sepárelos en tres series de á 12 cada una, y después de 
llenarlos con nitrógeno puro y muy desecado, coloqué en ellos 
igual número de sulfuros de bario, calcio y estroncio, respecti- 



- 242 — 

vamente, cerrándolos enseguida á la lámpara y conservándolos 
luego, envueltos por separado en fundas de papel negro mate, 
permaneciendo un mes, así dispuestos, en la cámara obscura, 
para reducirlos al estado inerte. Pasado este término, y sin qui- 
tarlos de sus estuches, fueron sometidos sólo una hora, en baño 
de aire caliente, á la temperatura de 150°. Separadamente se 
prepararon otras tres series de á 12 muestras idénticas y en las 
mismas condiciones, menos la de calentar los tubos en la forma 
dicha: los tubos se correspondían conteniendo los del mismo 
numero iguales productos, y así era fácil comparar los efectos 
de las impresiones de la luz blanca. Sólo duraban las excita- 
ciones, según los casos, 30" 1' y 1' 30", tiempo suficiente para 
que el fenómeno de la luminescencia comience siquiera á ma- 
nifestarse aun en los más perezosos; ala continua he observado 
notables aumentos de sensibilidad en los productos sometidos 
á la temperatura apuntada , y sobre todo singulares incremen- 
tos en el desarrollo de las coloraciones que, sin cambiar de 
tono, aparecen bastante más intensas, brillantes y determina- 
das; de suerte que los períodos de la luminescencia inicial y 
de la progresiva son brevísimos, y se alcanza al momento el de 
la marcada como límite superior, lo cual significa que el tér- 
mino constante del color se define y determina más pronto, 
habiendo experimentado los sulfures las acciones térmicas á 
que fueron sometidos. Constituye, en realidad, el experimento 
un medio de aumentar, hasta cierto límite, la intensidad del 
color de la fosforescencia en las disoluciones sólidas que la 
presentan. 

Inútiles fueron todos los intentos encaminados á conseguir 
cambios de color debidos á la temperatura , y los numerosos 
experimentos practicados sólo dieron el resultado apuntado, 
consiguiendo, desde el calor rojo, destruir, ó á lo menos mo- 
dificar grandemente, las condiciones de la disolución sólida, á 
la continua en perjuicio de sus cualidades luminescentes. Casi 
lo mismo pudiera decir de las acciones oxidantes del aire : las 
prolongadas destruyen por alteraciones químicas el disolvente 
sulfurado, y siendo incipientes, favorecen no poco la lumines- 
cencia, en cuanto mediante ellas, cuando no son profundas, 



— 243 - 

se forma, ó siquiera se aumenta, la proporción de materia ac- 
tiva, y aun se crean las verdaderas disoluciones sólidas á ex- 
pensas de modificaciones del sulfuro primitivo; y que así acon- 
tece téngolo por cierto y demostrado. Es el caso más favora- 
ble el de los productos de reducción de cualquiera de los sul- 
fates de bario, estroncio ó calcio por el negro de humo, lleva- 
da á término á temperatura bastante elevada, que llega al blan- 
co empleando el primero, y es de notar que las disoluciones 
en tal forma obtenidas son las menos impresionables, las que 
ofrecen menos definidas las coloraciones características, que 
nunca pueden servir de tipo normal, y basta comparar el ama- 
rillo , el verde ó el violeta que les corresponden y los mismos 
colores que con mucha menor excitación presentan mis disolu- 
ciones sólidas típicas, de composición y estructura bastante 
complicadas, para verlo demostrado. Y es que sin fundentes 
ni acompañamiento de sustancias alcalinas, no 'se logra satu- 
rar el sulfuro disolvente, ó en caso de lograrlo á temperatura 
elevada, al sobrevenir el enfriamiento, aunque sea lento, sepá- 
rase parte considerable de la materia activa disuelta. 



III 



Uniendo y concordando resultados experimentales es como 
he llegado á determinar la constante del color y las condicio- 
nes de los que he nombrado tipos de fosforescencia , restando 
el describirlos, indicando los caminos de llegar á ellos. Resi- 
de su principal condición en la invariabilidad y permanencia 
de sus propiedades, con solo los naturales aumentos de sensi- 
bilidad, debidos á la acumulación de los residuos de carga; 
aparte de ello, y siquiera sean rápidos, nótanse los tres perío- 
dos que dejo indicados para el completo desarrollo del color 
de la fosforescencia hasta alcanzar su intensidad máxima. 

Juntando, pues, los resultados de muchas observaciones, y 
examinando las condiciones individuales de los cuerpos some- 
tidos á los ensayos, es como pude establecer los tipos de fos- 



— 244 — 

forescencia, eligiendo por tales los sulfuros dotados de mayor 
impresionabilidad, y que son, al propio tiempo, los que ofre- 
cen los colores de fosforescencia más puros, intensos y per- 
manentes, y operando en las mismas condiciones, presentan, 
de continuo, notable y singular exaltación de sus cualidades- 
Queda dicho antes cómo primero se ensayaron muchas diso- 
luciones sólidas, que contenían diversas materias activas, eli- 
giendo aquellas más fosforescentes; en seguida, los productos 
de esta suerte de selección fueron reducidos al estado inerte, 
no sin antes haber notado cómo en cada uno de ellos aparecen 
determinados los períodos ó fases que en el desarrollo de las 
coloraciones he señalado antes; después de haber permanecido 
un mes en la obscuridad, y envueltos los tubos que los contenían 
en papel negro , eran sometidos de nuevo los sulfuros á las ac- 
ciones de la luz, sólo 30", y llevados al momento á la cámara 
obscura; observando allí los efectos de la impresión y el tiempo 
que duraba la fosforescencia, la cual extinguida, se reiteraban 
las excitaciones luminosas, aumentando progresivamente el 
tiempo, sin pasar del límite de l',30", bastante para alcanzar 
el completo desarrollo de las coloraciones, por supuesto con la 
intensidad máxima: los sulfuros estaban colocados en tubos ce- 
rrados á la lámpara y cuya atmósfera interior era de nitrógeno 
muy puro y desecado. 

Venía de molde, al establecerlas primeras series, el mismo 
procedimiento empleado en las investigaciones acerca de la 
fosforescencia del sulfuro de bario; y así, en cada uno, se es- 
tablecieron ocho, correspondientes á otros tantos métodos de 
obtención, á saber: sulfuros procedentes de la reducción de 
los sulfates de bario, estroncio ó calcio^ conteniendo hasta el 2 
por 100 de éstos y O gr. 002 de carbonato manganeso; sulfuros 
procedentes de las acciones del vapor de azufre al rojo sobre 
los carbonates de bario, estroncio ó calcio (viterita, estroncia- 
nita y calcita); sulfuros procedentes de las acciones del gas 
sulfhidrico seco sobre la barita, la estronciana ó la cal cáusti- 
cas, al rojo; sulfuros procedentes de la descomposición por el 
calor de los sulfitos; sulfuros procedentes de los hiposulfitos; 
• sulfuros procedentes de la acción de azufre sobre los carbona- 



- 245 — 

tos; sulfures del método de Verneuil, y sulfuros procedentes 
de mis propios métodos. 

Limitados los experimentos al sulfuro de bario, resultaron 
separadas como más fosforescentes y de coloración amarilla 
mejor marcada y permanente, once muestras^ todas ellas de 
un color agrisado claro, estructura granujienta, formada por 
la unión íntima de granillos, constituyendo en varias fragmen- 
tos irregulares de aspecto escoriforme. He aquí algunos por- 
menores acerca de los cuerpos de que se trata, referentes á 
sus propiedades individuales. 

a) Procede de la reducción del SO^Ba por el negro 
de humo, llevada á cabo á la temperatura del blanco, 
sostenida por cinco horas , siguiendo lento enfriamien- 
to y exposición al aire durante una hora. Es una masa 
dura , con aspecto de escoria y marcada estructura gra- 
nular; contiene 1,53 por 100 de sulfato de bario, que 
hace de materia activa; es impresionable en seguida por 
la luz y al cabo de 1' adquiere la fosforescencia máxi- 
ma uniforme y de hermoso color amarillo dorado, que 
dura cosa de una hora. 

h ) Obtenido , siguiendo el método de Verneuil, 
sin más variante que emplear como materia activa 
O, gr. 003 de óxido de bismuto para 100 gramos de car- 
bonato de bario. Tiene color blanco agrisado , sus granos 
poseen cierta dureza, es sensible en grado superior y 
en menos de 1' llega á adquirir la mayor luminescencia, 
asimismo amarilla y bastante persistente. 

c) Cuerpo pulverulento, blanco, resultante de la 
aplicación de mi procedimiento, siendo materia activa el 
sulfato de bario, 2 gramos por 100 de carbonato, soste- 
niendo cuatro horas el rojo vivo. Basta que experimen- 
te 30" las directas acciones de la luz y al punto pre- 
senta intensa fosforescencia de caracterísco color ama- 
rillo, el cual no es posible hacer cambiar. 

d) Es otro producto del mismo método^ sin más 
variante que el haber elegido por substancia activa el 



"— 246 — 

cloruro manganoso, O, gr. 012 por 100. Resulta el cuer- 
po en polvo formado de granitos duros ^ de color agri- 
sado claro, impresiónale la luz en seguida, y en cosa de 
50" vésele ya dotado de viva fosforescencia y adquiere 
con ella la coloración amarilla peculiar. 

e) Formado por igual medio, con la única particu- 
laridad de haber cambiado la materia activa por 
O, gr. 005 de carbonato manganoso por 100 gramos de 
carbonato de bario; preséntase constituyendo granos de 
ciertas dimensiones, menos duros que los de otras pro- 
cedencias. Posee mucha sensibilidad, adquiriendo en 
1' la máxima intensidad del color amarillo de la lumi- 
nescencia del sulfuro de bario. 

f) Nuevo producto del mismo sistema, en el cual 
sirvió de substancia activa el anhídrido arsenioso, 
O, gr. 025 por 100; masa en forma de escoria dura, en 
la que se advierte la estructura granular caracterís- 
tica: su sensibilidad es considerable; al cabo de 30"> 
límite inferior de las acciones de la luz, ya es fosfo- 
rescente, determinándose el color amarillo, que con 
la intensidad va en aumento, alcanzando el máximo 
de ambas cualidades al cabo de 1' de recibir las di- 
rectas impresiones de la luz. 

g) Corresponde á los experimentos efectuados , sien- 
do materia activa el óxido de bismuto, y es el único 
ejemplar que^ conteniendo 0,gr. 012 por 100 de tal 
cuerpo, goza la propiedad de ser muy excitable, adqui- 
riendo en 1' 30" la mayor intensidad, con color amari- 
llo dorado bastante vivo. 

h) Generado, según mi método, con O, gr. 008 de 
óxido de bismuto de materia activa, presentase en polvo 
agrisado claro, constituido de granulos pequeñísimos 
bastante duros. Con recibir 30" las directas influencias 
de la luz, ya manifiesta la fosforescencia característica, 
bastando poco más de 1' para que llegue al límite su- 
perior la intensidad del color amarillo dorado. 

i) Disminuyendo hasta O, gr, 005 por 100 la canli- 



— 247 - 

dad de óxido de bismuto, materia activa, he obtenido 
un cuerpo, en forma de escoria, duro y agrisado, con 
mayor sensibilidad para la luz directa, y cuya fosfores- 
cencia llega al grado máximo de intensidad y de color 
amarillo en 1'. 

j) Aminorando todavía la proporción de óxido de 
bismuto, hasta O, gr. 001 por 100, resulta un sulfuro 
de igual aspecto que el anterior y bastante más sensi- 
ble, en cuanto se consiguen iguales efectos de colora- 
ción en menos tiempo todavía. 

1) Proviene, como los anteriores, de la aplicación 
de mi procedimiento, usando esta vez, por materia ac- 
tiva, O, gr. 001 de subnitrato de bismuto para 100 
gramos de carbonato de bario. Resulta una masa casi 
blanca, de estructura granuda, algo blanda y homogé- 
nea: su impresionabilidad es singular y se excita en el 
momento d^ experimentar la acción directa de la luz; 
al cabo de 1' llega al máximo la intensidad del fenó- 
meno con la más espléndida fosforescencia del caracte- 
rístico color amarillo de oro, que persiste, á lo menos, 
hora y media. 

Ya sólo restaba comparar, unos con otros, estos verdaderos 
productos de selección, para lo cual era menester ponerlos en 
las mismas condiciones experimentales. Con tal objeto fueron 
colocados los once tubos, dispuestos de la manera dicha, sobre 
una tabla negra, separados y mediando entre ellos dos centí- 
metros; cubiertos con papel negro permanecieron durante un 
mes en la cámara obscura, para hacerles perder la menor traza 
de fosforescencia, extinguiéndose también los efectos acumu- 
lados de los residuos de carga procedentes de anteriores exci- 
taciones, conforme se dijo. Entonces fué llegado el momento 
de someter el sistema á las influencias de la luz, empezando 
por una excitación de 10": los sulfures señalados con las le- 
tras &,j, /, fueron los únicos que manifestaron leves indicios 
de luminescencia, á los 20" se notaban en los productos 
d^ e, /", i, y á los 30" era en todos manifiesta, aunque no coa 



- 248 — 

igual intensidad, ni con el mismo tono de color; para llegar al 
máximo he necesitado, según los casos, de 1' á 1' 30". Bus- 
cando diferencias, que no son grandes, entre los sulfures 
i,j y I, advertí, después de muchos ensayos, que en el últi- 
mo eran mayores la sensibilidad para la luz, la intensidad y la 
duración del fenómeno, más viva la coloración, desarrollándo- 
se al momento y alcanzando en seguida su punto culminante, y 
así lo diputo por el tipo de los sulfuros de bario fosforescen- 
tes. Sin llevarlo á la obscuridad, brilla ya en la sombra con 
hermosa luminescencia dorada, y es de suerte que el mismo vi- 
drio del tubo que lo contiene parece luminoso; son particula- 
res los efectos, y tan intensos, que excitan al cabo de cierto 
tiempo la fosforescencia de otros sulfuros, sobre todo, si á cau- 
sa de recientes impresiones, conservan todavía algún indicio 
de carga residual. 

Antes de ahora tengo advertido cómo es el sulfuro de es- 
trocio el que en la dilatada serie de mis trabajos ha dado me- 
jores resultados respecto del fenómeno estudiado; al propio 
tiempo es el más permanente y estable, el único que resiste, 
sin experimentar grandes alteraciones , la acción del calor re- 
lativamente enérgica y prolongada; el que disuelve en mayores 
proporciones las materias activas, constituyendo soluciones ho- 
mogéneas saturadas, impresionables y que no se destruyen 6 
aniquilan fácilmente. Compréndese, sin esfuerzo, dadas las 
condiciones apuntadas, que hayan de ser más numerosos los 
productos de la primera selección, cuyo objeto es, en definiti- 
va, señalar aquellos cuerpos susceptibles de mayor lumines- 
cencia, procediendo conforme se hizo tratando del sulfuro de 
bario. De consiguiente alcanza hasta ser 16 los sulfuros de es- 
troncio escogidos y apartados para nuevos experimentos, y aquí 
se ponen la procedencia y caracteres esenciales de cada uno 
de ellos. 

a) Es originado por la reducción del sulfato de es- 
troncio natural ó celestina, conteniendo sulfato de cal- 
cio, el agente reductor fué el negro de humo y la ma- 
teria activa el propio sulfato de estroncio con una traza 



— 249 — 

de yeso. Su aspecto es el de polvo grueso , granudo y 
no blando, de color ligeramente agrisado: lo impresio- 
na la luz en 30" y va adquiriendo la fosforescencia más 
intensidad y color prolongando las acciones de la luz 
hasta 1' 30", en cuyo momento se alcanza el límite y 
es la luminescencia de vivo y característico color verde- 
fe'^ Prodúcese en la descomposición por el calor 
del hiposulfito de estroncio, y como resulta una mez- 
cla de sulfuro y sulfato, éste hace de materia activa. 
Masa granular de color gris claro, dura y resistente, 
es excitable á los 40", crece la luminescencia, de color 
verde claro, alcanzando su desarrollo la intensidad 
máxima á los 2'. 

c') Siguiendo mi procedimiento, y empleando por 
substancia activa hasta la cantidad de O, gr. 015 de 
anhídrido arsenioso por 100 gramos de carbonato de 
estroncio natural, esironcianita impura, es fácil lograr 
un cuerpo no duro, escoriforme^ de color blanco, muy 
fosforescente; antes de los 30" de recibir la luz direc- 
ta ya se excita; al minuto alcanza el fenómeno su ma- 
yor intensidad y la coloración es verde bien pura , que 
poco á poco se aclara hasta extinguirse al cabo de una 
hora. 

d' ) Resultado de la aplicación del mismo método^ 
operando al rojo y usando O, gr. 005 de anhidrido ar- 
senioso como materia activa por 100 gramos de carbo- 
nato de estroncio artificial, es cuerpo blanco, granu- 
jiento , blando , que se impresiona recibiendo la luz di- 
recta 30" y al cabo de V fosforece con la intensidad 
máxima y coloración verde, que desaparece con lenti- 
tud y se extingue en hora y media. 

e') También es obtenido por igual procedimiento, 
cambiando sólo el cuerpo activo, que fué, en este caso, 
el ácido silícico, resultante de haber desecado la sílice 
gelatinosa precipitada. Aparece formando suerte de 
escoria no dura; es de tonos agrisados claros; se im- 
presiona en 45", adquiriendo la fosforescencia el máxi- 



- 250 - 

mo desarrollo, con hermoso color verde, en 1' 30" y per- 
sistiendo, cosa de una hora. Este sulfuro, formado al 
rojo vivo, sostenido por seis horas, contiene siempre 
silicato de estroncio y la cantidad eficaz de ácido silí- 
cico llega á O, gr. 025 por 100 gramos de carbonato. 

f ) Corresponde á una serie, en la cual, sin cam- 
biar el método, fueron materias activas diversos com- 
puestos de manganeso. Si en la solución sólida hay 
O, gr. 015 de cloruro manganeso, la luminescencia se 
manifiesta antes de los 30" de recibir el cuerpo las ac- 
ciones de la luz directa, y se desarrolla en 1' con mu- 
cha intensidad y color verde de tonos claros: es pulve- 
rulento y de matices agrisados. 

g') Hube de cambiar el cloruro por el carbonato 
manganeso, empleando O, gr. 008, y resultó un sulfuro 
dotado de condiciones análogas al anterior, quizá ua 
poco más sensible á las acciones directas de la luz 
blanca. 

W) Variada la materia activa, y prefiriendo el sulfa- 
to manganeso á la dosis de O, gr. 005, resulta un aglo- 
merado grisáceo, poco duro, que fosforece de la misma 
manera y con iguales condiciones que los dos ante- 
riores. 

i') Fué cuerpo activo el permanganato de potasio, 
en la cantidad de O, gr. 005, resultando menos eficaz 
que los otros compuestos de manganeso: el cuerpo no 
es duro, tiene color blanco más agrisado, que se altera 
y obscurece al cabo de tiempo. Requiere casi 1' para 
manifestar la luminescencia, la cual adquiere su inten- 
sidad máxima 30" después, con color verde claro ca- 
racterístico. 

j'} Ya en otro orden de ensayos , siempre adoptan- 
do mi procedimiento, fueron elegidos, en calidad de 
cuerpos activos, diferentes compuestos de uranio. Con 
O, gr. 015 de cloruro por 100 gramos de carbonato de 
estroncio, resulta una masa en forma de escoria dura, 
de tonos grises; es excitable por la luz en 30", y al 



- 251 - 

cabo de 1' llega al límite superior de la fosforescencia 
de color verde claro con matiz amarillento. 

V) Un efecto semejante he logrado con el sulfato 
de uranio, empleando sólo O, gr. 001; la masa resultan- 
te es dura, conociéndose muy bien en ella la estructu- 
ra granuda, y las cualidades de luminescencia parecen 
algo exaltadas respecto del cuerpo anterior. 

m) Análogos resultados produjo, como substancia 
activa, el óxido amarillo de uranio en la proporción 
de O, gr. 005. Es el cuerpo resultante, granudo, blan- 
do, gris, bastante sensible respecto déla luz directa, y 
su fosforescencia, siempre verde, con cierto tono ama- 
rillento, se desarrolla llegando al máximo en 1' 30". 

7i) Disminuyendo la cantidad de óxido amarillo de 
uranio hasta O, gr. 001, resulta un sulfuro escoriforme, 
blando, de color agrisado, en extremo impresionable, y 
cuya luminescencia se determina en lin momento, y 
llega al máximo antes de 1' con color verde del matiz 
de las demás soluciones que contienen uranio. 

o) No son enteramente iguales los efectos conse- 
guidos , si se emplea como materia activa el cloruro de 
torio en la proporción de O, gr. 015. Resulta, operando 
el rojo vivo, un cuerpo escoriforme duro, constituido 
por menudísimos granos, y es de color blanco algo 
agrisado. Exponiéndolo 30" á las directas acciones de 
la luz blanca, se impresiona y fosforece; reiterándolas 
excitaciones y haciándolas durar 1', se alcanza la má- 
xima intensidad de la luminescencia, que es de color 
verde con ligerísima tonalidad amarillenta. 

p) Límites más dilatados tiene la fosforescencia 
del sulfuro de estroncio cuando es materia activa de 
ella un compuesto de bismuto. Con O, gr. 02 de óxido 
de este metal, he obtenido una masa granuda, dura, 
blanquecina, excitable por la luz ya á los 20", y que 
antes de 1' llegaba al máximo de intensidad luminosa 
con hermoso color verde y la luminescencia permene- 
cía largo tiempo. 



— 252 - 

q) Generalmente, el cuerpo tenido por más eficaz 
ha sido, á io menos en mis experimentos, el subnitrato 
de bismuto, que puede ser empleado hasta en propor- 
ciones de O, gr. 14 por 100 y produce excelentes 
materias fosforescentes. Con la dosis ínfima de sólo 
O, gr. 001 ya se consiguen productos en sumo grado 
impresionables, y con la primera apuntada preparé una 
disolución, excitable por la luz de una lámpara de diez 
bujías, dando luminosidad verdosa; con la luz blanca 
y directa del día, la impresión es casi instantánea, bas- 
tando hacerla durar 30" para que adquiera la máxima 
fosforescencia de hermoso color verde , que sólo al cabo 
de horas se extingue permaneciendo el cuerpo en la 
obscuridad. 

Mejor acaso que los sulfuros de bario, podían compararse 
los de estroncio que van enumerados, empleando el mismo 
sistema de experimentos adoptado para aquéllos. Reducidos, 
pues, los 16 sulfuros de estroncio al estado de inercia, como 
punto de partida, y dispuestos de la manera que es ya di- 
cha, fueron sometidos por 10" á las excitaciones de la luz; 
bastantes ya se impresionaron , en particular los señalados con 
las letras p y q,' de los otros fueron de notar los que contienen 
manganeso, ó sea los marcados f, g' , h' é i' , si bien los efectos 
son menores y la incipiente luminescencia indeterminada. Pro- 
longando hasta 20" la acción luminosa, comienzan á lucir los 
que contienen arsénico c' y d' y los de uranio j', I', ni j n y 
el de torio o, y á los 30" todos los del grupo son fosforescen- 
tes. Iniciado el fenómeno, su progresivo desarrollo por incre- 
mentos variables, siempre rápidos, hasta alcanzar la intensi- 
dad considerada límite máximo, suele llevarse á cabo en 1' 30" 
á lo sumo ; pero hay un caso, que es el del sulfuro q, en el cual, 
á una impresión instantánea, se sigue la totalidad del desen- 
volvimiento de la luminescencia, en tan corto tiempo, que es 
bastante menor del necesario para excitar solamente á muchos 
de los otros comprendidos en la serie. Es suficiente la luz di- 
fusa de una habitación, la de una lámpara eléctrica basta para 



— 253 - 

impresionar este sulfuro; con la del día, en un instante absorbe 
la suficiente para lucir ya en la sombra y producir ea la obs- 
curidad la más espléndida fosforescencia de hermoso color 
verde, sólo extinguida, y eso con gran lentitud, al cabo de ho- 
ras. Por esto diputo al cuerpo de que se trata como el tipo de 
los sulfuros de estroncio luminescentes. 

Bien será poner término á esta Memoria tratando lo que re- 
ferente á su objeto se hizo á propósito del sulfuro de calcio, 
en cuyas propiedades influyen sobremanera el origen y la cali- 
dad de las primeras materias, sirviendo sus componentes y uti- 
lizándolos en dar á las disoluciones sólidas cierta complicación 
conveniente para que el fenómeno se produzca ; pero uniéndose 
disolvente y materia activa á temperatura bastante menor de 
la necesaria en la formación de'otros sulfuros alcalino-terrosos 
fosforescentes. Fueron separados^ como en los casos anterio- 
res, mediante seleción, hasta 11 sulfuros de calcio, que tienea 
las características siguientes: 

a") Trátase de un producto obtenido aplicando el 
método de Verneuil, pero sin añadir subnitrato de bis- 
muto, ni cuerpo alguno de naturaleza metálica que pu- 
diera hacer de materia activa, cuyos oficios cumplen 
las substancias contenidas en las cascaras de huevo, de 
las cuales procedía la cal empleada. Resulta un cuerpo 
blanco, granular, duro, que se impresiona por la luz di- 
recta en unos 50", adquiriendo la máxima intensidad 
con color violeta claro en 1' 30". 

h") Es el resultado de emplear igual procedimiento, 
conforme lo he modificado, también sin materia activa 
especial, llenando sus funciones los cuerpos existentes 
en las conchas marinas, de cuya calcinación era pro- 
ducto la cal usada en este caso. He conseguido un 
cuerpo blanco, granudo, tenaz, dotado de bastante sen- 
sibilidad para la luz, que lo impresiona yá á los 30", y 
reiterando las impresiones ó prolongándolas siquiera 
durante 1' 30", se alcanza el límite superior de la fos- 
forescencia, que es de color violeta característico. 
Eev. Acad, Ciencias. -III.— Septiembre, 1905, 18 



— 254 — 

c") Procede de la reducción del sulfato de calcio 
por el negro de humo, al calor rojo vivo, y es su mate- 
ria activa el propio sulfato de calcio, del que contiene 
1,50 por 100. Menos excitable que los anteriores, ha 
menester recibir durante 1' la impresión de la luz blanca 
y hasta 2 ' son necesarios para alcanzar la mayor inten- 
sidad de la fosforescencia, al igual de los casos ante- 
riores, de color violeta. 

d") Actuando el vapor de azufre sobre cal viva 
que contenga 1 por 100 de sulfato de bario, resulta una 
masa blanca, granular, impresionable por la luz en 30" 
y que en 1' 30" alcanza la máxima intensidad, y su fos- 
forescencia es siempre violada. 

e") Siguiendo mi ptocedimiento, sin otras varian- 
tes que el mezclar á la creta primera materia 5 por 100 
de carbonato de estroncio y usar como substancia activa 
O, gr. 015 de sulfata de estroncio, se consigue una 
masa blanca y granuda, que la luz directa excita en un 
minuto, pero hasta pasados 2' 15" no alcanía la fosfo- 
rescencia más intensa, ni llega al límite en el punto de 
la coloración violeta. 

f") Fué materia activa, en otro experimento, tam- 
bién por mi método, el anhídrido arsenioso en la pro- 
porción mínima de O, gr. 005 que marca el límite de su 
eficacia, resultando el cuerpo pulverulento y de color 
agrisado muy claro: es en extremo apto para la fosfo- 
rescencia, en el caso presente de tonos más claros, 
dentro de la coloración violeta, propia de los sulfuros 
de calcio; se impresiona en el momento de sentir las ac- 
ciones directas de la luz; pero necesitan durar 1' para 
que el fenómeno alcance su mayor intensidad y enton- 
ces dura bastante tiempo. 

g") De los cuerpos que mejor se disuelven en el 
sulfuro de calcio es, sin duda, el carbonato mangano- 
so. Adoptando mi procedimiento, con el polvo de con- 
chas por origen de la cal y O, gr. 015 de dicho carbo- 
nato á guisa de materia activa, se logra una masa gra- 



— 255 — 

nuda^ ligeramente agrisada, impresionable por la luz 
en 30", adquiriendo al cabo de 1' 30" gran intensidad 
y muy puro color violeta. 

h"j Hay bastante diferencia cuando se experimen- 
ta empleando el óxido de bismuto por substancia activa, 
tan eficaz respecto del sulfuro de estroncio. Con la cre- 
ta de primera materia y O, gr. 025 de dicho óxido, se 
logra un cuerpo formado de menudos granos duros, de 
color gris claro. Impresiónalo la luz 45" y entonces 
la fosforescencia comienza á desarrollarse, siendo lige- 
ramente violada; reiterando la impresión ó haciéndola 
de 1' 30", la intensidad alcanza el límite superior y el 
color tórnase de hermoso tono violeta. 

i") Variando las condiciones experimentales, em- 
pleando ahora cal viva en masa y sólo O, gr. 005 de 
óxido de bismuto, y permaneciendo constantes las can- 
tidades de carbonato de sodio y de cloruro de sodio, el 
cuerpo resultante es más excitable, á los 30" da seña- 
les de fosforescencia violeta, que sólo necesita 1' para 
su completo desarrollo. 

j") Mejores y más rápidos efectos he conseguido en 
nuevas aplicaciones del procedimiento Verneuil, siendo 
origen de la cal el mármol blanco y materia activa el 
ácido silícico procedente de desecar la sílice gelatinosa 
empleándolo en la proporción de O, gr. 015 y no pasan- 
do la temperatura del rojo. Resulta un sulfuro formado 
de granitos duros y blancos, que sólo recibiendo un ins- 
tante la impresión de la luz ya presenta luminescencia 
blanquecina; á los 30" tiene color violeta, que se acen- 
túa en seguida, y en 1' alcanza la intensidad máxima, 
decreciendo luego con lentitud. 

I") Quise medir la eficacia de la sílice en calidad 
de materia activa para la fosforescencia del sulfuro de 
calcio y adoptando mi método, con mármol blanco por 
generador de la cal, disminuyendo las proporciones de 
substancia disuelta hasta reducirlas á O, gr. 002. En- 
tonces conseguí un cuerpo blanco, constituido por finos, 



— 256 - 

sueltos y duros granillos; su excitabilidad es extrema- 
da, y en el mismo instante de sentir la impresión de la 
luz, tórnase fosforescente, y el ejemplar que guarda 
hace siete años es el más luminescente de toda la co- 
lección; á la misma luz del día brilla y su espléndida 
luminescencia, del más hermoso color violeta, no es 
igualada por ninguno de los cuerpos obtenidos en los 
nueve años que han durado mis trabajos. Advertiré que 
en el mármol empleado he reconocido la presencia del 
manganeso. 

No cabía duda respecto de la determinación del tipo de fos- 
forescencia del sulfuro de calcio en vista de este último que 
ofrece la exaltación máxima de las cualidades asignadas, y si 
llegan tan pronto á su límite superior, nunca alcanzado en los 
demás casos, la reversibilidad del fenómeno, dentro de los lindes 
marcados por los residuos de carga que se acumulan para su 
efecto al de nuevas excitaciones, conforme queda marcado, es 
lenta y dura horas; pues conservando en la cámara obscura el 
sulfuro, luego de bien excitado, vesele por bastante tiempo fos- 
forescer. Poco á poco va degradando el color violeta y al cabo 
la solución sólida torna al estado primitivo de relativa inercia, 
adquiriendo, no obstante, mayores aptitudes , que se manifies- 
tan bien claras cuando es de nuevo excitado por la luz. 

( Laboratorio de f|uíin¡ca de la Escuela Superior de Artes é Industrias de Madrid.) 



- 257 — 



X. — Las terminaciones nerviosas en las ventosas de 
algunos Cefalópodos. 

Por J. Madrid Moreno. 



Ya en un trabajo que publiqué en el Boletín de la Real So- 
ciedad española de Historia Natural (1), el cual, á su vez, con 
algunas ampliaciones fué presentado posteriormente, con pre- 
paraciones microscópicas demostrativas, al Congreso de Ra- 
dioactividad celebrado en Septiembre último en Lieja, indi- 
qué que, si al emplear en la impregnación de las neurofibrillas 
de diversas especies de vertebrados el método fotográfico* de 
las sales de plata, de Simarro, con las variantes introducidas 
después por Cajal, colocamos un tubo de bromuro de radio, 
obtendremos preparaciones confeccionadas en mucho menos 
tiempo, quizás, por la acción reductora que ejerce aquél sobre 
los compuestos de plata, que el indicado por dichos autores 
en su técnica y cuyas preparaciones ofrecen además la singu- 
laridad de presentar gran riqueza de neurofibrillas. La premu- 
ra del tiempo hizo que no pudiera reseñar detenidamente to- 
dos los particulares referentes á la intervención del radio en 
esta clase de preparaciones, por necesitar más largo estudio 
con objeto de circunscribir la técnica. Pero como quiera que 
los resultados obtenidos después han sido favorables en ex- 
tremo , no he querido dar á conocer únicamente un procedi- 
miento más, entre los innumerables que registra la bibliografía 
neurológica, por entender el poco valor que tiene toda innova- 
ción que se haga en el campo de la técnica, si no va acompa- 
ñada de su inmediata aplicación en algún tejido del organismo 
animal. 



(1) La radioactividad, como método histológico del sistema ner- 



- 258 — 

Mis primeros ensayos se circunscribieron al sistema nerviosa 
central y periférico de vertebrados, empleando aquellos ani- 
males que corrientemente se usan en las prácticas de los labo- 
ratorios, procediendo por fijar las piezas histológicas en al- 
cohol de 70 grados, cambiándolo sucesivamente por mayores 
graduaciones, hasta llegar al absoluto para que quedaran per- 
fectamente deshidratadas. Al trasladarlas á este último líqui- 
do, se agregan unas gotas de amoníaco, según aconseja Cajal^ 
para que se verifique la nitración en mejores condiciones. Pero 
^a hemos de ver más adelante, que, á pesar de que el amo- 
níaco está recomendado por los químicos como un sensibiliza- 
dor en las emulsiones para hacer placas fotográficas, conside- 
rándolo indispensable (1), puede obtenerse la impregnación de 
las neurofibrillas y hacer excelentes preparacionas si las piezas 
histológicas son puestas primeramente en alcohol absoluto con 
unas gotas de solución de eosina 6 de eritrosina, sometiéndo- 
las después á la acción del nitrato de plata, y donde, por con- 
siguiente, para nada ha entrado el amoníaco. 

Deteniéndonos primeramente en aquellas preparaciones que 
son fijadas en alcohol absoluto amoniacal, se las lava ligera- 
mente en agua destilada, y se trasladan después á un tubo que 
contenga nitrato de plata á l^/^ por 100. Para ello me he ser- 
vido de tubos de unos 6 centímetros de largo por 2 de ancho, 
con tapón de corcho, siendo indiferente el que tuvieran otra 
forma ó medida. El tapón se agujerea en su centro, y allí se 
sujeta ó se sostiene el tubo de bro?nuro de radio; pero como la 
longitud y diámetro de éstos es variable según sus actividades, 
todo depende de que tengamos varios tapones de corcho que 
sostengan, según el diámetro de su agujero, el tubito de aquella 
sal. La cantidad de solución de nitrato que se coloca en el 
tubo, es relativamente pequeña: de 5 á 10 centímetros cúbicos, 
cuidando que el espesor de las piezas histológicas tenga pocos 



vioso. — Boletín de la Real Sociedad española de Historia Natural. 
Julio 1905. 

(1) Mathet. Traite de chimie photographique., 2^ edit. Tom. I. 
París, 1901. 



— 259 — 

milímetros. Se procura que colocado y sujeto el tubo de radio 
verticalmente, llegue á tocar el ceutro del fondo, y que toda la 
sal quede siempre cubierta por la solución impregnadora, con 
el fin de que las radiaciones ó emanaciones se repartan por 
igual_, y ejerzan su acción sobre las piezas histológicas, coloca- 
das alrededor del tubo de radio. Dispuestos así los tubos , y en 
posición vertical , se trasladan á una cámara obscura ó á una 
caja herméticamente cerrada, á la temperatura del ambiente, 
durante veinticuatro horas generalmente, pues aquí lo que se 
trata es de obtener los mismos efectos, que los que da la perma- 
nencia en estufa á 37 grados durante cinco ó más días, en mu- 
cho menos tiempo del que se tarda en hacer una preparación, 
siguiendo la técnica del método fotográfico de las sales de plata. 
Lo primero que tuve que hacer, era conocer el tiempo de 
acción de las distintas actividades de los tubos de radio, una 
vez que positivamente sabía, según había comprobado experi- 
mentalmente, que las emanaciones de dicha substancia redu- 
cían la solución de plata é impregnaban las neurofibrillas; y 
como quiera que los tubos puestos á la venta (1) son de 40, 
240, 1.000, 3.000, 10.000 y 100.000 actividades, con todos 
ellos hice mis experimentos, valiéndome de los que había ad- 
quirido en el Laboratorio municipal y los que generosamente 
puso á mi disposición el Profesor Muñoz del Castillo en el La- 
boratorio de Mecánica química de nuestra Universidad. Unas 
veces me he servido contemporáneamente, además de los tu- 
bos de radio, de-la estufa á 37 grados, y otras de la distinta 
temperatura de la habitación de trabajo; y tanto de una mane- 
ra como de otra, el resultado ha sido satisfactorio, atribuyen- 
do la brevedad del tiempo de impregnación á las emanaciones 
radioactivas , aun cuando algún influjo pudiera tener la acción 
de la temperatura. De mis comprobaciones resulta, hasta aho- 
ra, que se obtiene riqueza de neurofibrillas con el nitrato de 
plata, á la dosis indicada, en cuarenta y ocho horas con tubo 
de radio de 3.000 actividades, y en veinticuatro horas con tubo 
de 10.000, y en menos tiempo con el de 100.000. Lavadas las 



(1) Société de produits cMmiques. — París. 



— 260 — 

piezas ligeramente en agua destilada, se trasladan durante 
veinticuatro horas al líquido revelador, habiéndome servido 
del ácido pirogálico, según la formula de Cajal. Igual resulta- 
do se obtiene con la formula de hidroquinona que emplean 
los fotógrafos, sin más que echar, en 10 centímetros cúbicos 
de agua destilada , de 3 á 5 gotas de aquél preparado. Otro 
tanto puede decirso del adurol, usándolo del mismo modo, lo 
que viene á probar la afirmación de Simarro al tratar de su 
procedimiento , á saber, que cualquir revelador de los usados 
en fotografía es susceptible de empleo en la revelación de las 
piezas histológicas sometidas á la acción del nitrato de plata. 

He de consignar también otro hecho, y es el de que si colo- 
camos centros nerviosos y algunos órganos, ricos en neurofi- 
brillas, procedentes de un vertebrado, en alcohol absoluto con 
unas gotas de solución alcohólica á 1 por 100 de eosina ó de 
eriirosina, para su fijación y coloración; y tras de un rápido 
lavado en agua destilada y después en nitrato de plata á 1 y 
V2 P^^ ^^^ ^"^ estufa á 37 grados, de tres á cuatro días, se ob- 
tienen preparaciones muy interesantes é instructivas. No sólo 
aparecen grandes plexos neurofibrilares que se destacan en 
negro sobre un fondo café rosado, sino que se tiñen otros 
elementos, de rosa, como lo glóbulos sanguíneos y leucoci- 
tos, lo que da una diferenciación mayor. 

Pero estas preparaciones tienen que sufrir varios lavados 
después en alcohol, hasta despojarlas del exceso de materia 
colorante, y es mejor fijar las piezas histológicas en alcohol 
fuerte, al que se añaden dos ó tres gotas de la solución de eosi- 
na 6 de eriirosina, lo suficiente para dar al alcohol un tono 
rosado; pues de este modo las operaciones se abrevian mucho 
y la impregnación resulta mejor. Estos colorantes substituyen 
al amoníaco y son elementos también sensibilizadores en las 
emulsiones gelatinosas de las placas fotográficas, que van, 
como es consiguiente, acompañadas del nitrato de plata. 

Los primeros histólogos que hicieron uso del nitrato de pla- 
ta fueron His y Recklinghausen (1), cuyas soluciones dibujan 



(1) Recklinghausen (Arch. F. path. annt. XIX).— Duval: La 



- 261 - 

en negro el cemento que une las células endoteliales. Pero di- 
chos autores no están de acuerdo en cuanto á la manera de 
obrar la impregnación , creyendo que el metal se fija por el 
cemento intercelular, mientras que otros piensan que actuando 
el nitrato sobre la misma célula se destaca en la periferia la 
línea negra, por su contigüidad á las otras células. Lo cierto 
es que dicho procedimiento ha llegado á ser clásico y es el 
único que pone de manifiesto dicho cemento de unión en los 
epitelios. Recklinghausen aconsejaba en su procedimiento, la- 
var los preparados en solución de cloruro de sodio, antes de 
exponerlos á la luz. 

Alferow (1) hizo uso de las sales de plata solubles en un 
ácido orgánico como el picrato, lactato , acetato y curato, en 
soluciones á 1 por 800, haciendo notar que aquellas que con- 
tienen un ligero exceso de ácido, dan impregnaciones mucho 
más puras, y á las cuales añade de 10 á 15 gotas de ácido. La 
sal de plata, actuando sobre los albuminatos, considerándose 
como fluido y coagulado por las sales de plata, el cemento de 
las células, y sobre otras substancias que se hallan en los te- 
jidos, cloruros, carbonatos, etc., lo hace también sobre otras 
granulaciones que, sin orden, se ven esparcidas por la prepara- 
ción; por la presencia del ácido libre, muchas de estas combi- 
naciones se descomponen y reconstituyen la sal de plata, de tal 
manera, que de todas las precipitaciones no persiste más que 
el albuminato y el cloruro de plata, que son combinaciones más 
resistentes. 

Müller (2) sumerge las piezas histológicas en nitrato y á la 
obscuridad durante dos ó tres minutos, añadiendo á la solución 
otra de 1 por 100 de yoduro de plata disuelto con ayuda del 
yoduro potásico. Después que hace el lavado, expone á la luz 
en solución de nitrato á 0,1 por 100. 



technique microscopique et histologique. — Bibliothéque Scientifi- 
que contemporaine. — París. 

(1) Arch. de Physiol. , 1874.— Lab. d'hist. du Collége de Tran- 
ce , 1874. 

(2) Arch. de Physiol., 1873. 



— 262 - 

Rouget (1) hace la reducción de las preparaciones someti- 
das al nitrato de plata con ayuda de la glicerina. 

Sattler (2) verifica la exposición á la luz durante unos mi- 
nutos en agua acidulada con fórmico ó acético. 

Krause, después de lavar las preparaciones, las somete á la 
acción del permanganato potásico, cuya reducción es rápida y 
68 hace en poco tie-npo (3). 

Oppitz (4), después del nitrato de plata, lavados ó tres mi- 
nutos en solución dé 0,25 ó 0,5 por 100 de cloruro de estaño. 

Jakimovitch (5) extiende la impregnación á los centros ner- 
viosos, y una vez que salen de la plata, los coloca en una mez- 
cla de una parte de ácido fórmico, una parte de alcohol amí- 
lico y 100 partes de agua, y cuya exposición á la luz debe du- 
rar de dos á tres días. 

Legros (6) somete las preparaciones á la acción reductora 
del hiposulfito de sosa, aconsejando Duval que después del la- 
vado en agua destilada, debe emplearse como reductor el baño 
de hiposulfito en la proporción de 2 centésimas. 

Gerota (7) recomienda reducir en solución de hidroquinona 
y fijar por el hiposulfito lo mismo que se hace en la fotografía. 

Resulta, por tanto, que el procedimiento de las sales de pla- 
ta, y especialmente el nitrato, no ha sido empleado más que en 
la impregnación de los epitelios, y que fuera del método de 
Golgi y el ya indicado por Simarro y Cajal, en que tan princi- 
pal papel juega dicha sal en los centros nerviosos, especial- 
mente en los vertebrados, no sabemos que hubiera sido utili- 
zado el lactato de plata en la impregnación de las neurofibri- 
Uas de los centros y órganos. 

Contemporáneamente á los experimentos con el radio, veri- 



(1) Arch. f. mik. Anat. , XXI. 

(2) Bolles Lee et Henneguy. — Tratíé des méthodes techniques 
deV anatoTnie microscopique. — París, 1902. 

(3) Bolles Lee et Henneguy, loe. cit. 

(4) Zeit f. wiss. Mik. , 1884. 

(5) Journ. de Vanat. , XXIII, 1888. 
{6j Joíir de Vanat., 186S. 

(7) Arch. Anat. Phys. Abth., ISdl.-Zeit. Wiss. Mik., 1899. 



— 263 — 

fique otros en los cuales sustituí el nitrato de plata por el lac- 
tato (Actol Credé) para ver qué efecto podía -producir en los te- 
jidos, y si se impregnaban las neurofibrillas, obteniendo exce- 
lentes resultados en los vertebrados. Pero no sólo me limité á 
este grupo, sino que me extendí á los invertebrados, especial- 
mente á las especies marinas, sabiendo que todos ó casi todos 
los procedimientos técnicos de preparaciones del sistema ner- 
vioso habían fracasado en animales de agua salada. Las espe- 
cies que tuve más á la mano, fueron fragmentos, conservados 
en alcohol ordinario, de tentáculos de pulpo, Octopus vulgaris, 
y de un gusano Nereis, y con ellos hice mis preparaciones. 
Ignoro, por otra parte, si con el procedimiento técnico que voy 
á describir, se obtendrán iguales resultados en otras especies 
del mismo elemento y de distintos grupos; pero todo hace 
creer que, salvando pequeñas diferencias de detalle, pueda ge- 
neralizarse en las pesquisas del sistema nervioso central y pe- 
riférico, y cuyas investigaciones he de continuar en otras es- 
pecies de muy distintos grupos de la escala zoológica. Así, 
pues, resumiré la técnica que, tras continuadas pruebas, he se- 
guido durante varios meses, y, coa la cual he obtenido los me- 
jores resultados. 

Las piezas histológicas se ponen directamente en alcohol 
de 70 grados, cambiándolas á menudo por otros alcoholes de 
80, 90, 95, y absoluto, hasta su completo endurecimiento y des- 
hidatración. En el transcurso de estas operaciones se reducen 
dichas piezas, por medio de la navaja histológica, á trozos que 
tengan un grueso de menos de 5 mm., y al pasar al alcohol ab- 
soluto, se le añade á éste dos ó tres gotas de amoníaco ó de 
solución de eritrosina en alcohol absoluto. La permanencia 
prolongada en este líquido no perjudica en nada al éxito de las 
operaciones sucesivas. Sacadas las preparaciones del alcohol 
absoluto, se lavan rápidamente en agua destilada y se trasla- 
dan á un tubo que contenga solución acuosa de lactato de plata 
(agua destilada^ 100 : lactato 2 gramos). Contemporánea- 
mente se coloca en el centro del tapón un tubo de bromuro de 
radio, de 3.000 actividades, del modo ya indicado, trasladándo- 
lo á la cámara obscura á la temperatura de la habitación, ó á la 



— 264 — 

estufa á 37 grados, durante cuarenta y ocho horas, también al 
abrigo de la luz. Se obtiene asimismo, pues de uno ó de otro 
modo da resultado, buenas impregnaciones, disminuyendo la 
dosis de lactato, haciendo la solución con l^'o gramos. Las 
preparaciones después se lavan en agua destilada ligeramente 
y se trasladan á la solución reveladora, ácido pirogálico (fór- 
mula de Cajal), hidroquinona, adurol, pues todas ellas han 
servido bien. 

Estos dos últimos reveladores tienen la ventaja de que no 
hay necesidad de prepararlos, sobre todo el último, que es ex- 
celente y expenden los comerciantes de objetos de fotografía. 
A veces, según la consistencia de los tejidos, y si á la solución 
reveladora no se le agregan unas gotas de formol, nos expone- 
mos á que se maceren un poco, hecho que hay que tener en 
cuenta. Nuevo lavado en agua para descartar el exceso del re- 
velador y fijador, son trasladados los trozos de tejido al alco- 
hol de 90°, 95 y absoluto, para su inclusión en celoidina ó pa- 
rafina, empleándose en este último caso como líquido interme- 
dio el aceite de cedro, y como aclarador en la primera, la creo- 
sota. Aparte de la impregnación de las neurofibrillas tienen 
otras ventajas estas preparaciones, dando numerosos detalles 
además, no sólo citológicos, sino selectivos en los tejidos, y en 
las cuales no es necesario emplear una segunda coloración para 
poner de manifiesto mayores detalles. Generalmente, y aun sa- 
liendo bien las preparaciones, se observan en diferentes re- 
giones de las mismas, precipitaciones constituidas por granula- 
ciones mucho más gruesas que las que forma en casos análo- 
gos el nitrato. Macroscópicamente puede conocerse si una pie- 
za histológica ha sido bien impregnada y ha respondido al mé- 
todo, pues si al hacer los primeros cortes, se observa que pre- 
senta una coloración grisácea en la periferia, más clara hacia 
el centro, es señal de que no hemos obtenido buena impreg- 
nación; mientras que si el color es de chocolate, con un tono 
rojizo central, es seguro que se han obtenido buenas prepara- 
ciones de sistema nervioso. Cuestión será ésta de más detenido 
estudio, pues hechos semejantes suceden cuando se emplea el 
nitrato, pero las granulaciones y precipitaciones de una ó de 



— 265 — 

otra sal no llegan nunca á formar grandes grumos como con el 
método de Golgi , cuyos precipitados periféricos impiden ver 
detalles de interés. 



Conocida es la morfología de las ventosas de los Cefalópo- 
dos descripta en los libros generales de Zoología, y cuya dispo- 
sición estructural constituye uno de los caracteres para la di- 
ferenciación de las especies. Situadas, en gran número, en los 
brazos ó tentáculos, ocupando la cara bucal, les sirven á 
aquellos animales, no sólo para sujetarse con fuerza á los obje- 
tos que tratan de apoderarse, si que, probablemente también, 
como órganos del tacto, dada la riqueza de neurofibrillas y de 
células sensitivas que poseen. Estas ventosas pueden ser pedua- 
culadas, provistas de un cabo ó sostén, como sucede en la 
sepia, 6 sentadas, como en nuestro ejemplo del ^niJpo común. 
En unas puede su parte libre ó borde estar rodeado por un 
anillo de naturaleza córnea, en otras especies estar provistas 
de finos dentículos ó asperezas, fáciles de reconocer á nuestro 
tacto y que les sirven para su mejor adherencia á los cuerpos". 
Si practicamos un corte medio pasando por el eje de la vento- 
sa, cortando á través el tentáculo, notaremos que está consti- 
tuida por dos partes, una cámara superior ó infundibulum 
y una inferior ó acetahular que hace el oficio de émbolo, se- 
parados por un orificio ó esfínter. Tanto una como otra están 
formadas por numerosas y robustas fibras musculares, coloca- 
das unas longitudinalmente y otras trasversalmente y que como 
anillos la rodean, dando al conjunto mayor solidez, haces 
longitudinales y trasversales también, de tejido conjuntivo. In- 
teriormente, la copa de la ventosa está revestida de células epi- 
teliales, caliciformes en su mayor parte, y separando las masas 
ó regiones musculares, fibras conjuntivas, notándose también 
sus correspondientes vasos. En la parte central del tentáculo 
hay un ganglio, el cual envía un paquete de nervios que sir- 
ven de eje nervioso á la ventosa. A partir de este sitio, pues, 
es donde nuestras observaciones han comenzado para ver qué 



- 266 - 

curso ó distribución llevaban las neurofibrillas entre las dos 
cámaras que forman aquéllas. 

Este nervio lo constituye un haz de fibrillas (fig, 1.^), que 
corre en dirección rectilínea por entre dos columnas de tejido 
fibrilar que están representadas en dicha figura. El espacio 
comprendido entre éstas, está ocupado por fibras musculares 
también, que aparecen en las preparaciones cortadas transver- 
salmente. Pero dicho haz, una vez que ha salido del territorio 
muscular ya indicado, después de hacer varias revueltas 6 en- 
roscamientos por entre el tejido conjuntivo, comienzan sus fibri- 
llas á separarse , unas veces longitudinalmente y siendo para- 
lelas á las fibras musculares (fig. 2.''), ascendiendo por otras é 
intercalándose también trasversalmente entre los músculos, y 
de cuya disposición darán mejor idea las figuras 3.^, 4."" y 5.^^ 
donde se ve que, aparte de las direcciones que hemos determi- 
nado, se renuen además, formando grandes y ricos plexos. Es 
además muy curiosa la arquitectura muscular de la ventosa, 
pues dada su función , necesariamente el juego que ejecutan 
sus haces, tienen que estar regidos por una fuerza nerviosa 
que establezca toda clase de contactes y relaciones entre los 
elementos histológicos, notándose en las preparaciones nume- 
rosos paquetes de fibrillas, formadas por muy diverso número, 
que se separan, vuélvense á reunir, tras un determinado tra- 
yecto, y á unirse á otras procedentes de otros haces. Estas dis- 
posiciones se observan constantemente en la cámara posterior 
de la ventosa, no habiendo hallado, en mis investigaciones, 
ninguna terminación nerviosa ni cosa semejante que á ellas se 
pareciese, en dicha región. 

Fijándonos en la región del infundibulum , veremos que 
continúa presentándose la misma disposición de los plexos ner- 
viosos, solamente que con más finura y delicadeza, y es nece- 
sario recurrir para su observación á objetivos de mucho ma- 
yor aumento, como el apocromático 1,30, de inmersión homo- 
génea, de Zeiss, del cual me he servido para la confección de 
las figuras 6.^ á 10. Notamos aquí otra particularidad digna de 
mención, y es la de que, siguiendo el curso de las neurofibri- 
llas, sean aisladas, pareadas ó en paquetes y haces, penetran 



— 267 — 

de tal modo entre las fibras musculares, que llegan á abrazarlas 
<5 rodearlas, volviendo á salir en distintas direcciones y nue- 
vamente enroscándose á otra ú otras fibras musculares, co- 
mo tegiéndolas; por último, la fibra nerviosa va á tocar uno 
de los uúcleos de la fibra muscular, terminándose, por tanto, 
en un pequeño ensanchamiento en forma de botón ó de pera, 
correspondiendo el tipo de esta terminación á las denomi- 
nadas mayichas motrices. En esta región de la ventosa se 
notan disposiciones muy variadas, pero que todas ellas respon- 
den al mismo tipo, viéndose núcleos rodeados ó envueltos por 
fibrillas, las cuales llegan á tocarlos por medio de su ensancha- 
miento , impregnado en negro claramente por medio del reac- 
tivo reductor. Distintas variedades de este modo de terminar ob- 
servamos en las preparaciones , de las cuales darán mejor idea 
las figuras. 6.^, 7.^ y 8.^ Otras veces , los paquetes que corren 
entre las junturas de las fibras musculares, se disocian ó sepa- 
ran, conservando cierto paralelismo, entrecruzándose después 
por entre aquéllas, volviendo de nuevo á reunirse unas veces, 
otras, y es lo general, á separarse, cuyo conjunto constituye 
una red que mantiene en íntima relación los elementos mus- 
culares. No es tampoco raro sorprender en las preparaciones, 
células de naturaleza nerviosa, unas veces aisladas y otras pa- 
readas, como en la fig. Q.^ A, con sus correspondientes expan- 
siones. Otras veces, los haces nerviosos, cuando van á terminar, 
se abren ó esparcen en forma de abanico, yendo sus termina- 
ciones á tocar á los núcleos, en los cuales hallamos, por otro 
lado, que presentan clara é indistintamente dos nucléolos , que 
ponen bien en evidencia el lactato de plata reducido. 



EXPLICACIÓN DE LAS LÁMINAS 



Fig. 1.^. — A. Nervio principal, cuyas fibrillas se reparten por la 
ventosa. 
B. Travéculas de tejido conjuntivo. 
Fig. 2."'^. — A. Tejido conjuntivo. 

B. Fibras musculares cortadas á través. 

C. Distribución de neurofibrillas. 

Fig. 3.^. — Plexo de neurofibrillas entre el tejido conjuntivo y el 
muscular. 

Fig. 4.'"^. — ídem id. id. 

Fig. 5.^.— ^Grandes redes nerviosas, formadas por haces de fibrillas. 

Fig. 6.*. — A. Dos células nerviosas con sus expansiones. 

B. Fibras nerviosas abrazando haces mvisculares. 

Fig. 7.^.— Distintas maneras de presentarse las fibrillas, antes de 
su terminación. 

Fig. 8.^.— Haces de fibrillas rodeando núcleos muscvilares y ter- 
minando en algunos de ellos. 

Fig. 9.''^.— Redes nerviosas y sus terminaciones entre las fibras 
musculares. 

Fig. 10. — A y C. Terminaciones nerviosas. 

B. Un niicleo envuelto por fibrillas. 






Rev. Acad. Ciencias. 






Rev. Acad. Ciencias. 







B 




r^/0 




Rev. Acad. Ciencias. 



/■ 



INDICK 

DE LAS MATERIAS CONTENIDAS EN ESTE NÚMERO 



píos. 



IX.— Tipos de fosforescencia en los sulfures de bario, es- 
troncio y calcio, por José Rodríguez Mourelo 221 

X.— Las terminaciones nerviosas en las ventosas de algu- 
nos Cefalópodos, por J. Madrid Moreno 257 



La subscripción á esta Revista se bace por tomos completos, 
de 500 á 600 páginas , al precio de 6 pesetas en España y 6 francos 
en el extranjero, en la Secretaría de la Academia, calle de Val- 
verde, núm. 26, Madrid. 

Precio de este cuaderno, 0,75 pesetas. 



REVISTA 



DE LfA 



REAL ACADEMIA DE CIENCIAS 



EXACTAS, FÍSICAS Y NATURALES 



DE 



' MADRID 



TOIvIO XTX.—JsTTJls/L. 4. 
(Octubre de 1905.) 



MADRID 

IHPREHTA DE LA "GACETA DE MADRID,, 

CALLE DE PONTEJOS, NÚM. 8. 

10O5 



ADVERTENCIA 



Los originales para la Revista de la Academia 
se han de entregar completos, en la Secretarla de 
la Corporación, antes del día 20 de cada mes, 
pues de otro modo quedará su publicación para 
el mes siguiente. 



- 2G9 - 



XI.— Quermes mineral (1). Nuevos estudios 



POR D, Gabriel de la Puerta. 




La numeración de las figuras intercaladas en el texto v la 
de las comprendidas en las cinco láminas que acompañan 
la Memoria del Dr. Pittaluga, han sufrido varias equivocacio- 
nes que el buen sentido del lector subsanará conveniente- 

T^T!^ ^""^ \7"^^^i°^ detallada de las láminas se publicará 
ai nnal de la Memoria. 



en 1829 sostuvo que era un oxisulfuro de autimonio, es uecir, 
combinación del óxido con el sulfuro, de cuya opinión parti- 
cipó Liebig; pero en 1839 Henry Rose demostró con el mi- 
croscopio que el quermes oficinal se halla formado de dos ma- 
terias distintas, copos rojizos amorfos que son sulfuro de an- 
timonio hidratado y unos cristalitos incoloros trasparentes que 
creyó eran de óxido de antimonio, cuyas dos materias se pre- 
cipitan simultáneamente al enfriarse el líquido de su prepara- 
ción. Conforme Berzelius con esta opinión, añadió, que el sul- 
furo de antimonio precipitado, retiene una corta cantidad de 
sulfuro alcalino, y el óxido ó anhídrido antimoaioso otra corta 
cantidad de álcali, que no se separan por las lociones, razón 
por la cual, no puede unirse el sulfuro con el óxido para for- 
mar oxisulfuro, como creyeron Gay-Lussac y Liebig. 



(1) Se escribe también kermes, palabra tomada de grana-ker- 
mes, por parecerse en el color á este insecto hemíptero. 

Eey. Acad. Ciencias.— III.— Octubre, 1905, 19 



- 269 - 



XI.— Quermes mineral (1). Nuevos estudios 
POR D, Gabriel de la Puerta. 

No hay cuerpo que haya dado más que hacer á los químicos 
que el quermes, aun á los más eminentes, como Berzelius, 
Robiquet, Gay-Lussac, Liebig, Mitscherlich, Henry Rose, 
Soubeiran y otros, habiendo llegado al siglo xx sin haber 
opinión unánime acerca de la composición y teoría de su for- 
mación. 

En un principio, se consideró el quermes como sulfhidrato 
ó hidrosulfato de antimonio. Robiquet en 1812 creyó se ha- 
llaba compuesto de sulfuro de antimonio hidratado y óxido de 
antimonio, que él separaba por medio de una solución de áci- 
do tártrico; pero Berzelius en 1826 dijo que era sulfuro de 
antimonio precipitado por enfriamiento de un líquido alcalino, 
reteniendo corta cantidad de sulfuro alcalino. Gay-Lussac 
en 1829 sostuvo que era un oxisulfuro de antimonio, es decir, 
combinación del óxido con el sulfuro, de cuya opinión parti- 
cipó Liebig; pero en 1839 Henry Rose demostró con el mi- 
croscopio que el quermes oficinal se halla formado de dos ma- 
terias distintas, copos rojizos amorfos que son sulfuro de an- 
timonio hidratado y unos cristalitos incoloros trasparentes que 
creyó eran de óxido de antimonio, cuyas dos materias se pre- 
cipitan simultáneamente al enfriarse el líquido de su prepara- 
ción. Conforme Berzelius con esta opinión, añadió, que el sul- 
furo de antimonio precipitado, retiene una corta cantidad de 
sulfuro alcalino, y el óxido ó anhídrido antimonioso otra corta 
cantidad de álcali, que no se separan por las lociones, razón 
por la cual, no puede unirse el sulfuro con el óxido para for- 
mar oxisulfuro, como creyeron Gay-Lussac y Liebig. 



(1) Se escribe también kermes, palabra tomada de grana-ker- 
mes, por parecerse en el color á este insecto hemíptero. 

Eev. Acad. Ciencias.— III.— Octubre, 1903, 19 



— 270 - 

Inspirándose en la opinión de Berzelius y en la teoría de 
Soubeiran, el Dr. Camps (1851) decía, que el quermes ofici- 
nal es una mezcla de sulfoantimonito y antimonito sódicos 
muy ácidos, y esta ha sido la opinión más admitida en Es- 
paña (1). 

Los autores franceses en estos últimos años, siguiendo á 
Terreil (1866), admitían que el quermes esta compuesto de 
sulfuro de antimonio hidratado mezclado con los cristalitos 
que dicho autor consideraba como dos antimonitos sódicos, 
uno neutro y otro ácido. 

Los autores alemanes y de otros países admiten general- 
mente,- como creía H. Rose, que el quermes está formado por 
sulfuro de antimonio hidratado y los cristalitos de óxido ó an- 
hídrido antimonioso, cuyas dos partes se distinguen con el 
microscopio. 

M. Feist (2) en 1902, ha demostrado que los cristales del 
quermes no son de óxido de antimonio ni de antimonito sódi- 
co como se había creído, sino de piroantimoniato sódico, lo 
cual ha sido confirmado por M. Bougault en 1903 (3), debien- 
do añadir, como dice este último autor, que Mitscherlich 
en 1840 ya anunció que el quermes contiene muy frecuente- 
mente cristales de antimoniato de sosa, formados por oxida- 
ción del aire en una disolución de sulfuro de antimonio en 
carbonato de sosa. 

Confieso que he dudado en un principio de que dichos cris- 
tales del quermes sean piroantimoniato de sosa, pero me he 
convencido ante las razones que da M. Bougault en su notable 
Memoria, y después de los trabajos prácticos que he hecho 
para desvanecer mis primeras dudas. 



(1) Algunos autores (Gautier, CJiimie minérále , 1895) em- 
plean los nombres de polisulfoantimonito y poliantimonito sódi- 
cos , que quieren decir lo mismo , pero ya veremos que estas sales 
no existen en el quermes. 

(2) Archiv. des Pharmazie, t. CCXL, p. 241. 

(3) Véase Journal de Pharmacie et de Chimie, 15 Novémbre 
y 1 Decémbre 1903. 



— 271 - 

Empecé por preparar piroantimoniato de sosa (1) para ob- 
servar sus cristales con el microscopio, y he visto que son 
iguales á los que aparecen en el quermes de Cluzel, esto es, 
prismas rectos de base cuadrada. 

También he preparado óxido de antimonio Sb'O'^ sin inter- 
vención de sosa, precipitándole del cloruro de antimonio con 
amoníaco diluido, hirviendo el líquido, y después de bien la- 
vado el óxido precipitado con agua hirviendo, no presenta 
cristales visto con el microscopio, y sólo se ven copos blancos 
amorfos. El óxido de antimonio obtenido por precipitación con 
carbonato sódico del cloruro de antimonio en líquido hirviendo, 
presenta, además de los copos blancos amorfos, algunos cris- 
tales prismáticos, como los del quermes, pero creo son de piro- 
antimoniato sódico, formados también por oxidación del aire. 

Además he determinado la cantidad de sodio que existe en 
el quermes de Cluzel (2), y he hallado 2 á 3 por 100, según 
las muestras, debiendo advertir que éstas procedían del labo- 
rotorio de mi cátedra de Química Inorgánica, preparadas en 
años diferentes, y otras del de Farmacia práctica. La cantidad 
de sodio hallada es insuficiente para formar sulfoantimonito, 
dada la cantidad de Sb'^S^' que hay en el quermes (67 por 100). 
Calculando la cantidad de piroantimoniato sódico Sb-O'Na^ 
iJ2, Q H'^ O que pueden formar 2 de sodio, resulta 22,1 por 100 
y 3 forman 33 por 100; pero la cantidad de piroantimoniato 
que existe en el quermes, es inferior á dichos números, como 
luego se dirá; de donde se infiere que parte del sodio, aunque 
pequeña, puede hallarse en estado de sulfuro ó de carbonato 



(1) Con solución de piroantimoniato potásico y corta cantidad 
de carbonato sódico, calentando y dejando enfriar el líquido para 
obtener cristales. 

(2) Disiielto el quermes de Cluzel en ácido cborbídrico en ca- 
liente , be precipitado el óxido de antimonio con amoníaco en ex- 
ceso y filtrado el líquido, lavando bien el precipitado, le be evapo- 
rado, calentando fuertemente el residuo para eliminar todo el clo- 
ruro amónico; quedando sólo cloruro de sodio, de cuyo peso he 
deducido el del sodio, resultando cantidad variable de 2 á 3 
por 100, según las muestras. 



— 272 — 

de sodio que arrastra el producto al precipitarse, dependiendo 
la cantidad de que las lociones sean más ó menos prolongadas. 
Por último, he preparado quermes con sosa cáustica, coa 
el objeto de ver si se forman los cristales , á pesar de que to- 
dos los autores dicen, que el quermes preparado con los álca- 
lis cáusticos carece de los cristales, porque suponiendo son de 
óxido de antimonio ó de antimonito sódico, dicen, se disuelven 
en el exceso de álcali; lo cual no es exacto respecto de la sosa, 
naciendo el error de que con la potasa efectivamente no resul- 
tan los cristales, habiéndolo generalizado á la sosa, sin haber 
examinado el producto con el microscopio; pues de haberlo 
hecho, hubieran visto como yo, que el quermes obtenido con 
sosa cáustica, contiene los cristalitos, lo mismo que el prepa- 
rado con carbonato sódico. Esto es una prueba más de que di- 
chos cristales son de piroantimoniato sódico, sal casi insoln- 
ble en agua fría , que se forma cuando se hierve en contacto 
del aire el sulfuro de antimonio en polvo fino con una solución 
de carbonato de sosa ó de sosa cáustica, precipitándose por 
enfriamiento del liquido. 

Con el carbonato de potasa, ó con la potasa cáustica, no se 
forman los cristales; no porque se disuelvan en el exceso álca- 
li, como dicen los autores al tratar del procedimiento de Pide- 
rit, sino porque el piroantimoniato potásico que pueda formar- 
se es soluble en el agua caliente y en la fría, y por esta razón 
no se precipita al enfriarse el líquido, como lo hace el piroan- 
timoniato sódico. 

No me queda duda, ante los hechos observados^ que los 
cristalitos del quermes son de piroantimoniato sódico áci- 
do SbWNa'-H% 6EW, 6 en fórmula dualística, SbW\ 
Na- O, H'^0, QH-0; pero debo añadir, que á pesar de lo que 
dice M. Bougault, creo que en el quermes se precipita también 
óxido de antimonio, como lo demostraré después al tratar del 
análisis de dicho cuerpo. 

En cuanto á la otra parte constitutiva del quermes que se 
encuentra en mayor proporción, todos los autores (con rara 
excepción) están conformes en que es sulfuro de antimonio 
hidratado de color rojo-pardo, y no sulfoantimonito sódico 



-- 273 - 

ácido, ó polisulfoantimoníto, como le llaman algunos. No fijan 
los autores el grado de hidratación de dicho sulfuro de antimo- 
nio, pero creo, por las razones que después expondré al tratar 
del análisis del quermes, que debe ser trihidratado; esto es, 
Sb'^S^, 3H'-0, aunque no tengo completa seguridad. 

En resumen^ creo que el quermes oficinal es una mezcla de 
sulfuro de antimonio hidratado Sb'-S^,SH- O, óxido de anti- 
monio Sb'^0^ y cristalitos de piroantimoniato sódico áci- 
do Sb-W'Na'-H\ QHW. 

£1 quermes obtenido por vía seca con carbonato sódico tie- 
ne composición análoga, aunque difiere en las cantidades de 
los componentes. 

Nueva teoría de la formación del quermes. 

Estando constituido el quermes en su mayor parte por sul- 
furo de antimonio hidratado, se explica la formación de este 
cuerpo, teniendo en cuenta que el sulfuro de antimonio (1) 
que se emplea finamente pulverizado, se disuelve en una solu- 
ción de carbonato de sosa hirviendo (procedimiento de Cluzel), 
y después se precipita por enfriamiento en estado de sulfuro 
hidratado de color pardo- rojizo (2). 



(1) Cuando decimos sulfuro de antimonio, nos referimos al 
compuesto Sb-S^, que unos autores llaman sulfuro antimonioso, 
otros sulfuro antimónico y Berzelius súlfido antimonioso si es 
sulfo-ácido. 

Igualmente, al decir óxido de antimonio, nos referimos al Sh^O^, 
que unos llaman óxido antimonioso y otros óxido antimónico. 
Estando anhidro, es el anhídrido antimonioso, y si está hidratado, 
ácido antimonioso. 

(2) Esta idea, emitida modernamente por M. Bougault, se halla 
expresada en libros antiguos como Le Canu, traducción española, 
1848, tomo II, pág. 232. 

La teoría de la formación del quermes que da M. Bougault, es 
como sigue: «Cuando se prepara el quermes, según las indicacio- 
nes del Codex, se nota desde luego que todo el sulfuro de antimo- 
nio se disuelve si está bien porfirizado y puro , y no queda ningún 
residuo de oxisulfuro negro de que hablan ciertos farmacologistas. 



- 274 - 

Pero como en el quermes oficinal existe además piroantimo- 
niato de sosa en cristalitos microscópicos, y según yo creo, 
óxido de antimonio amorfo, en cantidad ambos cuerpos de 
unos 20 por 100, es necesario para completar la teoría expli- 
car la formación de estos dos cuerpos. Cierta cantidad de car- 
bonato de sosa se disocia por hidrólisis, separándose corta 
porción de sosa que reacciona con parte del sulfuro de anti- 
monio disuelto, dando por oxidación del aire piroantimoniato 
de sosa que se precipita en cristalitos por enfriamiento del 
líquido filtrado, y además se precipita óxido de antimonio 
como se dirá después. 

En la formación del piroantimoniato sódico interviene el 
oxígeno del aire, siendo mayor cuanto más actúe éste, y el en- 
friamiento sea mayor, y también cuanto meros diluido esté el 
líquido para que se precipite más por enfriamiento. La reacción 
me la explico del modo siguiente , actuando la sosa separada 
por hidrólisis del carbonato sobre el sulfuro de antimonio; 

/S'¿2^3 _|_ 8 2^aOH + 3 H^O + 0^ = 3 iW>S + 

También puede explicarse, por oxidación del antimonito só- 
dico^ como se dirá al tratar del quermes por vía seca. 

Examinado el quermes con el microscopio, me ha llamado 
la atención que la cantidad que aparece de cristales no pasa 



Si el aire no interviene, todo el antimonio que se deposita por en 
friamiento, se halla en estado de sulfuro hidratado. Xo queda 
nada ó casi nada en las aguas madres, fuera del carbonato sódico, 
y no contienen Na- >S porque no desprenden , ó solamente despren- 
den indicios de H' S por los ácidos ; esto es vina nueva prueba de 
que la doble descomposición indicada por Terreil no se produce.» 
«Si el aire interviene durante la ebullición , hay oxidación, y se 
deposita piroantimoniato de sodio al mismo tiempo que las aguas 
madres se cargan de sulfuro de antimonio disuelto á favor del sul- 
furo de sodio formado al mismo tiempo que el piroantimoniato de 
sodio». (Journal de Pharmacie et CJiimie, d.^ serie, tome XVIII, 
pág. 551.) 



— 275 — 

á lo más de 6 á 8 por 100 en relación de los copos rojizos de 
sulfuro de antimonio hidratado, y además, al hacer el análisis 
del quermes como luego se dirá, separando el sulfuro de anti- 
monio de los cristales, resultan al lado de éstos (visto con el 
microscopio), copos blanquecinos amorfos, que no son otra 
cosa que el óxido de antimonio que se precipita también al de- 
positarse el quermes por enfriamiento, á causa de no haberse 
oxidado lo bastante para convertirse en piroantimoniato , pa- 
sando al través del filtro disuelto en el líquido alcalino caliente. 
Su formación se explica por la ecuación siguiente: 

^¿2 53 _|_ 6 Na 0R=Sb^0^-\-SIP0 + 3 Na^S. 

También puede explicarse la formación del óxido de antimo- 
nio Sh^O^ y del sulfuro de sodio Na^ S por disociación de par- 
te del sulfuro de antimonio disuelto en el líquido caliente, del 
modo siguiente: 

El hidrógeno sulfurado se combina con la sosa resultante de 
la disociación del carbonato por hidrólisis, y forma el sulfuro 
de sodio 

H^S-\-2NaOH=Na^S-]-2n^O. 

El óxido Sb^O^ permanece disuelto en el agua caliente á 
favor de la sosa, precipitándose después por enfriamiento del 
líquido filtrado; y el sulfuro de sodio continúa en el líquido 
filtrado y frío disolviendo cierta cantidad de sulfuro de anti- 
monio en estado de sulfoantimonito. 

Según lo que se acaba de decir, en las aguas madres del 
quermes de Cluzel, se encuentra, además de la gran cantidad 
de carbonato de sosa que se puso, corta cantidad de sulfuro 
alcalino Xa^ S que retiene poco sulfuro de antimonio en esta- 
do de sulfoantimonito. Por ésta razón, al añadir un ácido se 
desprende gran cantidad de anhídrido carbónico, y poco hidró- 
geno sulfurado, precipitándose escasa porción de azufre dorado 



—-276 — 

de antimonio. Además, dichas aguas deben contener poco dxido 
de antimonio disuelto en la sosa y muy poco piroantimoniato 
sódico, que sólo se disuelve en frío una parte en 350 de agua. 
En la obtención del quermes j)or vía seca, fundiendo en un 
crisol la mezcla de sulfuro de antimonio en polvo y carbonato 
sódico anhidro, se verifica según Berzelius, la reacción si- 
guiente: 

25&2 53+2 CO^ Na^ = 2 (702 _^ 3 5¿ ¿^2 ^^ _|_ SbO^Na 

Sulfuro de Carbonato Anhídrido Sulfo-antimonito Antimonito 

antimonio. sódico. carbónico sódico (meta). sódico (meta) 

Ó en fórmulas dualísticas^ para apreciar mejor la composición 
de estos cuerpos: \ 

4:Sb'-S^ + áCO^Na^O=4tCO--^3Sh^-S\Na^S-\- 

Sb^O%Ka^O. 

La masa resultante de la fusión contiene sulfoantimonito y 
antimonito sódicos, sulfuro de antimonio que no ha hecho más 
que fundirse y carbonato de sosa que no ha reaccionado (1). 
Al hervir esta masa en polvo con el agua, se disuelve el sulfu- 
ro de antimonio en el líquido alcalino, depositándose después 
por enfriamiento en estado hidratado, como en el procedimien- 
to de Cluzel (2), y además se precipita sulfuro de antimonio. 



(1) Además dice Berzelius (t. III, pag. 336, traducción espa- 
ñola), que si la temperatura es muy elevada se separa antimonio 
metálico, porque se forma antimoniato sódico y quizá también 
sulfoantimoniato, aunque en cantidad insignificante. 

(2) El Doctor Camps, siguiendo á Berzelius y Soubeiran, ex- 
plicaba en la cátedra la formación del quermes , por medio de fór- 
mvilas químicas que representaban los dos fraccionamientos ó di- 
sociaciones del sulfoantimonito y antimonito sódicos que se supo- 
nían, primero en el líquido hirviendo y después por enfriamiento 
■de dicho líquido filtrado. 

En el procedimiento de Cluzel se suponía también que reaccio- 
nando el sulfuro de antimonio con el carbonato sódico, se forma 
sulfoantimonito y antimonito sódicos básicos , solubles en el 



— 277 — 

por fraccionamiento 6 disociación del sulfoantimonito , óxido de 
antimonio del antimonito, y piroantimoniato sódico en crista- 
les, producido por oxidación del aire. 

Puede explicarse la formación del piroantimoniato por oxi- 
dación del antimonito en esta forma: 

2 SbO^Na -}- 1 IP O -i- 0^ = Sb^ O' Na^E%6HW 

6 en fórmulas dualísticas: 

SbHP,Xa^O -i- 7 H^0-{- 0^ = Sb^O'^, Na^O, H^O, QH^O 

Al añadir un ácido á las aguas madres del quermes por vía 
seca, se desprende mucho hidrógeno sulfurado, porque contie- 
nen bastante sulfuro de sodio y se precipita mayor cantidad 
de azufre dorado de antimonio^ que en las aguas del quermes 
Cluzel, porque contienen más sulfuro de antimonio en estado 
de sulfoantimonito básico soluble; además hay cierta cantidad 
de sulfoantimoniato y muy poco piroantimoniato sódico que 
queda disuelto en el agua fría. 

Por qué no se convierte todo el sulfuro de antimonio 

en quermes. 

En los numerosos experimentos que he hecho, hirviendo el 
sulfuro de antimonio porfirizado con agua y carbonato de sosa 
ó sosa cáustica, he obtenido un producto próximamente igual 
á la mitad del sulfuro empleado, y á veces más, quedando 
siempre un residuo de dicho sulfuro, representado por la ter- 
cera parte ó algo más. Se ha atribuido este sobrante á no estar 
perfectamente porfirizado y á las impurezas que pueda conte- 



agua hirviendo , y por tanto que no había más que un fracciona- 
miento de estas sales al enfriarse el líquido filtrado y depositarse 
el quermes. (Véase mi Tratado de Química Inorgánica ^ 1897, 
tomo II, pág. 149. 



- 278 — 

ner como sulfuro <íe plomo; pero aunque esto puede ser causa 
de mayor residuo sobrante, debo decir que he operado con sul- 
furo de antimonio artificial puro y bien porfirizado, y siempre 
ha quedado residuo de sulfuro, á pesar del exceso de carbona- 
to de sosa que se emplea en el procedimiento de Cluzel y las 
dos horas de ebullición. 

Tratando de averiguar la razón de ésto, he hervido el resi- 
duo sobrante con nueva cantidad de agua y carbonato de sosa, 
y resulta nueva cantidad de quermes, quedando también resi- 
duo de sulfuro no transformado en quermes, y repitiendo la 
operación con el segundo y tercer residuo he obtenido más can- 
tidad de quermes, quedando siempre un residuo de sulfuro de 
antimonio en cantidad próxima á un tercio del empleado. 

La explicación que doy de este hecho, que no he visto en 
ningún autor, aunque sí lo citan, es que en la transformación 
del sulfuro de antimonio en quermes hay un equilibrio quími- 
co, y por tanto la reacción es limitada, no pudiendo transfor- 
marse todo el sulfuro de antimonio empleado en el sulfuro hi- 
dratado que constituye la mayor parte del quermes; y prueba 
de ello es que hirviendo quermes con agua y carbonato de sosa 
se disuelve completamente al principio, y continuando la ebu- 
llición aparece un polvo insoluble de sulfuro de antimonio de 
color cada vez más obscuro. 

Esto nos dice que los residuos de sulfuro de antimonio pue- 
den aprovecharse para obtener nueva cantidad de quermes. 



6oIor del quermes. 

Berzelius y Soubeiran atribuían el color pardo- violáceo ó 
purpúreo del quermes á la corta cantidad de sulfuro alcalino 
que contiene; pero tratando el quermes con ácido clorhídrico 
diluido, que seguramente debe descomponer dicho sulfuro al- 
calino, no cambia de color. Además de este hecho, he observa- 
do los siguientes: puesto el azufre dorado de antimonio de co- 
lor amarillo anaranjado en contacto de agua con corta cantidad 
de sulfuro de sodio, adquiere color más obscuro, pero no igual 



- 279 — 

al del quermes; y por fin las aguas madres de preparación 
del quermes con sosa cáustica, dan por adición de ácido clor- 
hídrico un precipitado de color del quermes, á pesar de que en 
el sulfuro de antimonio precipitado no puede suponerse con- 
tengan sulfuro de sodio, que seguramente es descompuesto por 
dicho ácido clorhídrico puesto en exceso. 

Opino, por tanto _, que el color propio del quermes no es de- 
bido á la corta cantidad de sulfuro de sodio que pueda acom- 
pañarle. Creo más bien que la diferencia del color del sulfuro 
de antimonio del quermes y el color amarillo-anaranjado del 
sulfuro obtenido por precipitación con hidrógeno sulfurado de 
la disolución clorhídrica del cloruro de antimonio, así como 
el color del azufre dorado de antimonio, es debido á estados 
distintos de hidratación del sulfuro de antimonio. Berzelius 
dijo también que esta diferencia de color podría explicarse por 
modificaciones isoméricas del sulfuro de antimonio. 

El sulfuro que se halla simplemente disuelto en una solu- 
ción de carbonato de sosa ó de sosa en caliente y se precipita 
por enfriamiento del líquido, tiene el color pardo -rojizo del 
quermes, y el que se precipita del sulfoantimonito alcalino por 
adición de un ácido tiene color amarillo-anaranjado. Y si se di- 
suelve quermes en un sulfuro alcalino y después se añade un 
ácido, el sulfuro que se precipita es de color amarillo-anaran- 
jado. 

Preparando quermes con sosa cáustica observé que al empe- 
zar á formarse el precipitado por enfriamiento del líquido hir- 
viendo filtrado, tenía un color amarillo claro distinto del quer- 
mes y del azufre dorado de antimonio; pero después, enfrián- 
dose el líquido, se cambia el color en el pardo- rojizo, propio 
del quermes. Esta diferencia de colores la atribuyo á estados 
diferentes de hidratación del sulfuro de antimonio. 



análisis y composición del quermes. 

M. Bougault, en su notable Memoria antes citada, dice que 
la composición completa de un quermes preparado según las 



- 280 - 

indicaciones del Codex y desecado á la temperatura ordinaria, 
es como sigue: 

Sulfuro de antimonio 70,20 

Piroantimoniato de sodio 17,62 

Agua 11,50 

99,32 

También dice que en dos quermes tomados del comercio ha 
encontrado en uno, 27,30 por 100 de piroantimoniato, y en 
otro, 35 por 100. 

Yo he analizado quermes de Cluzel preparado en mi labo- 
ratorio de Química Inorgánica y he encontrado óxido de anti- 
monio, además del sulfuro y piroantimoniato, obteniendo el 
resultado siguiente: 

Sulfuro de antimonio ^ft^/S^ 67,0 

Oxido de antimonio Sb'O^ 11,5 

Piroantimoniato de sosa SbWNa'^H', 6H'^0.. . 8,7 

Agua 12,3 

99,5 

El análisis le he practicado en la forma siguiente: 
Un gramo de quermes Cluzel le traté con sulfuro amóni- 
co (1) el cual disuelve al sulfuro de antimonio, dejando sin di- 
solver un residuo de color rojizo al principio, tomando des- 
pués de algún tiempo color blanquecino ó grisáceo. Recogido so- 
bre un filtro pequeño dicho residuo insoluble, después de bien 
lavado y seco pesó 0,202 gramos y visto con el microscopio se 
observaron los cristalitos prismáticos de piroantimoniato sódi- 
co y copos blanquecinos amorfos de óxido de antimonio en 
proporción mayor. Tratada la mezcla con agua hirviendo en 
cantidad bastante para disolver el piroantimoniato y filtrado 
caliente, lavando la parte insoluble con agua hirviendo sobre 
el filtro, pesó dicha parte insoluble después de seca, 0,115 gra- 



(1) El sulfuro empleado ('iVJf*^- >S' tenía un ligero exceso de 
amoníaco y nada de sulf hidrato. 



- 281 — 

mos, de modo que esta cantidad es de óxido de antimonio (1) 
y la restante 0,087 gramos de piroantimoniato sódico. 

El líquido resultante de tratar un gramo de quermes con 
sulfuro amónico, se trató con ácido clorhídrico y el precipi- 
tado de sulfuro de antimonio de color amarillo-anaranjado 
pesó 0,849 gramos. Teniendo en cuenta que la parte insoluble 
en el sulfuro amónico es 0,202 gramos, el peso del sulfuro de- 
bía ser á lo más 0,798, pero el exceso es debido al azufre pre- 
cipitado del sulfuro amónico algo polisulfurado. Repetido el 
análisis en otras muestras de quermes, algunas dieron mayor 
cantidad de sulfuro de antimonio, y menos de óxido y de piro- 
antimoniato, especialmente de este último que sólo llegó á 4 ó 5 
por 100. 

La cantidad de agua la he determinado en un quermes Clu- 
zel obtenido hace dos años, que seguramente estaba bien dese- 
cado; le calenté gradualmente en una capsulita de porcelana 
hasta convertir el sulfuro de antimonio hidratado en sulfuro 
anhidro negro; perdió de su peso 12,3 por 100, cuya cantidad 
representa el agua , siendo un poco mayor que la necesaria 
para convertirse 67 de sulfuro anhidro Sb'^S^ en trihidrata- 
áoSb-S^ SIPO. 



(1) El óxido de antimonio toma color rojizo con el sulfuro 
amónico, pero no se disvielve en frío, resultando al día siguiente 
de contacto, de un color blanquecino. Esta alteración que expe- 
rimenta el óxido, puede ser causa de que su determinación cuan- 
titativa no sea exacta, tal como la liemos heclio , pero la admitimos 
aproximadamente, porque habiendo determinado en otro análisis 
el antimonio total existente en el quermes y el azufre, calcu- 
lando por éste la cantidad de Sb- S^^ resulta un número próximo 
á 67 por 100. El resto, deduciendo el agua, es próximo á 20 que 
representa la mezcla de óxido y de piroantimoniato. Calculando 
en el microscopio la cantidad de cristales, resultan unos 8 por 100, 
cuyo número restado de 20 da para el óxido de antimonio una can- 
tidad próxima á la hallada en el análisis practicado. 

Los cristalitos de piroantimoniato sódico no se alteran por el 
sulfuro amónico. 

Agitado el quermes con agtxa caliente y filtrado el líquido, re- 
stilta una solución coloidal de color amarillento y opalescente. 



— 282 — 

Mirado el producto negro con el microscopio, siguen los 
cristales de piroantimoniato de sosa sin alteración ninguna, in- 
coloros y trasparentes; pero vuelto á calentar hasta oxidar el 
sulfuro y adquirir color gris, se ven ya con el microscopio los 
cristales alterados y perdida por completo su transparencia, de 
donde deduzco que los cristales de piroantimoniato de sosa re- 
sisten sin alteración una temperatura bastante elevada, hasta 
cerca de 300". 

En los análisis antiguos del quermes,, por ejemplo, el de 
Liebig, se dice 22 por 100 de óxido de antimonio, pero en esta 
cantidad creo están incluidos el óxido de antimonio y el piro- 
antimoniato sódico. Terreil tomaba como antimonitos de sosa 
la mezcla de óxido de antimonio y piroantimoniato, lo cual 
advierte Bougault, pero este último autor en su Memoria acer- 
ca del quermes, dice haber encontrado 17,62 por 100 de piro- 
antimoniato de sosa y me parece que ha considerado como tal 
la mezcla de óxido y piroantimoniato, que yo he separado, ha- 
llando 11,5 de óxido de antimonio y 8,7 de piroantimoniato 
sódico por 100. Basta para convencerse de que la cantidad de 
cristales de piroantimoniato no pasa de 6 á 8 por 100 en los 
quermes que tienen más, observarle con el microscopio, sien- 
do necesario á veces variar el campo del microscopio para en- 
contrar los cristales. 

A continuación exponemos los análisis antiguos y modernos, 
que conocemos, del quermes oficinal. 





Liebig. 


0. Henry. 


Bougault. 
70,20 


Puerta. 


Sulfuro de antimonio. 


70 


62,5 


67,0 


Oxido de antimonio. . 


22 


27,4 


» 


11,5 


Piro-antimoniato de 










sosa 


5 


10,0 


17,G2 
11,50 


8,7 


Agua 


12,3 


Sosa 


3 


indicios. 


» 


> 



Método para la obtención del quermes. 

El quermes de Cluzel es el aceptado como oficinal por casi 
todos los países, atendiendo á su mejor aspecto y ala existen- 



— 283 — 

cia en él de los cristalitos de piroantimoniato sódico y del 
óxido de antimonio, á cuyos cuerpos se atribuye principal- 
mente su acción terapéutica. 

Teniendo esto en cuenta, he pensado modificar el procedi- 
miento de Cluzel, de tal modo, que obteniendo un producto de 
las mismas condiciones, no tenga los inconvenientes de aquél, 
y puedan aprovecharse las aguas madres para obtener azufre 
dorado de antimonio. 

La cantidad de carbonato de sosa en el procedimiento de 
Cluzel es extraordinaria, 225 gramos para 10 de sulfuro de 
antimonio^ así como la del agua 2.500 gramos, hirviendo el 
líquido y reemplazando el agua que se evapora, según pres- 
cribe Cluzel, durante dos horas, con lo cual se consigue la 
mayor disociación del carbonato sódico. 

En el procedimiento que propongo basta poco más de la 
quinta parte de carbonato de sosa, y para que se verifique más 
pronto la reacción entre parte del sulfuro de antimonio con la 
sosa, añado una corta cantidad de este cuerpo, que contribuye 
además, en unión del carbonato de sosa, á disolver el sulfuro 
de antimonio que después se precipita por enfriamiento. 

El procedimiento es como sigue: 

Sulfuro de antimonio porfirizado. . 10 gramos. 

Carbonato sódico cristalizado 50 — 

Sosa cáustica • 1 — 

Agua destilada ( 1 ) , 2 litros. 

Se echa el agua en una cápsula de hierro bien limpia, se di- 
suelve el carbonato de sosa y sosa cáustica, y se añade el sul- 
furo de antimonio en polvo muy fino y se calienta, sin dejar 
de agitar con espátula de hierro ó de madera, hirviendo el lí- 
quido durante media hora, hasta que se reduzca á la mitad de 
su volumen próximamente (2). El líquido hirviendo se filtra 



(1) Puede servir el agua potable, siempre que no tenga más de 
12° hidrotimétricos. En Madrid se emplea agua del Lozoya que 
sólo tiene 3°, 5. 

(2) Se aconseja para obtener el quermes de más bello aspecto. 



- 284 — 

por papel en embudo de cristal, y si se trata de mucha canti- 
dad, por un lienzo con papel de filtro encima, colocados sobre 
una crucera, recibiendo el líquido filtrado en una vasija de 
loza, en donde se deja que se precipite el quermes por enfria- 
miento durante veinticuatro horas. Al cabo de este tiempo, se 
recoge el quermes depositado sobre un filtro de papel, laván- 
dole bien con agua fría, hasta que las aguas de loción no den 
reacción alcalina con el papel rojo de tornasol. Después se de- 
seca, envuelto entre papeles de filtro á la temperatura de 25" 
á 30", reduciéndole á polvo fino y pasándole por el tamiz de 
seda núm. 100. 

El producto tiene muy buen aspecto, como el de Cluzel, 
con lustre aterciopelado, y visto con el microscopio se perci- 
ben bien los cristalitos de piroantimoniato de sosa en prismas 
rectos de base cuadrada. Resulta de composición análoga que 
el de Cluzel. 

En este procedimiento he obtenido de 10 gramos de sulfuro 
de antimonio 5 gramos próximamente de quermes , dependien- 
do la cantidad de producto de que el sulfuro se halle bien por- 
firizado en polvo finísimo y puro (1), para que se disuelva lo 
más posible y después se precipite por enfriamiento en estado 
de sulfuro de antimonio hidratado. Como se ha dicho en la pá- 
gina 277, queda siempre cierta cantidad de sulfuro sin reaccio- 
nar, aunque esté bien porfirizado. 

Las aguas madres sirven para obtener azufre dorado de an- 



reemplazar el agua que se evapora y recibir el liquido hirviendo 
filtrado en agua caliente colocada en el recipiente, para que el en- 
friamiento sea más lento, pero con esto el líquido resulta muy di- 
luido y se precipitan menos cristalitos. 

(1) Si se emplea el sulfuro de antimonio natural ó antimonio 
crudo, debe estar purificado por tratamientos con amoníaco diluido 
para privarle del arsénico ; y el polvo es necesario esté porfiriza- 
do ó levigado , pues de no estarlo , es inútil tratar de obtener quer- 
mes , porque no resulta. El sulfuro de antimonio artificial , obte- 
nido fundiendo una mezcla de 100 partes de antimonio en polvo 
y 41 de azufre, me ha servido con sólo pulverizarle en mortero de 
hierro y pasar el polvo por el tamiz núm. 100; pero si se le porfi- 
riza , da mejor resultado. 



- 285 - 

timonio por adición de un ácido, habiendo obtenido con las 
cantidades dichas, 2 gramos próximamente. 

También he preparado quermes con sosa cáustica, emplean- 
do 3 gramos para 10 de sulfuro de antimonio y 2 litros de 
agua; pero al precipitarse el quermes por enfriamiento del lí- 
quido caliente filtrado aparece de color amarillo, que después 
se vuelve pardo-rojizo, y no de tan buen aspecto como el ob- 
tenido por el procedimiento propuesto; y además las aguas 
madres tratadas con un ácido dan un producto del mismo color 
que el quermes y no amarillo-anaranjado. La causa de esto es 
que estando muy alcalino el líquido con la sosa cáustica, que- 
da disuelto en frío cierta cantidad de sulfuro de antimonio que 
se precipita por la adición del ácido, del mismo color que el 
quermes. 

Examen microscópico del quermes. 

Mirado el quermes con el microscopio se ven, como lo ob- 
servó por vez primera H. Rose en 1839, copos amorfos de co- 
lor rojizo, en su mayor parte, y los cristalitos que él creyó eran 
de óxido de antimonio y que son de piroantimoniato de sosa, 
no percibiéndose el óxido de antimonio que también existe en 
estado amorfo, como he demostrado, porque confundido con el 
sulfuro de antimonio hidratado, no aparece con su color blan- 
quecino, pero que puede observarse separándole del sulfuro. 

Ningún autor define bien los cristales del quermes, diciendo 
solamente cristales prismáticos, y alguno añade octaédricos; 
pero como hay prismas y octaedros correspondientes á varios 
sistemas cristalinos, he tratado de fijar bien la forma propia de 
dichos cristales. En el quermes de Cluzel preparado con mu- 
cho esmero, siguiendo todos los preceptos de su autor, se ven 
los prismas bien marcados, rectos de base cuadrada, corres- 
pondientes al segundo sistema, y lo mismo se ven en el quer- 
mes preparado según el procedimiento propuesto (pág. 283), 
siendo iguales á los del piroantimoniato sódico , que también 
he preparado para comparar dichos cristales. 

Debo advertir que los cristales se ven mejor antes de pulve- 

Kkv. Acad, Ciencias.— III.— Octubre, 1905. 20 



— 286 — 

rizar y tamizar el quermes , porque se rompen y deforman por 
la trituración, siendo necesario mayor aumento en el microsco- 
pio para percibirlos, no viéndose con la forma tan marcada 
como antes de la pulverización. También debo advertir que el 
número de cristales ó cantidad de los mismos varía según el 
sitio de donde se tome el quermes para la observación, por no 
hallarse igualmente repartidos en toda la masa. 

En algunas muestras de quermes he visto, además de los 
citados prismas cuadrados, algunos que me han parecido de 
base cuadrangular correspondientes al tercer sistema, y tam- 
bién cristalitos muy finos aciculares. Como estas muestras pro- 
cedían unas del comercio y otras de laboratorio distinto del mío^ 
no puedo responder de las condiciones de su preparación. 

El quermes preparado con sosa cáustica, como he dicho en 
la pág. 272, presenta bastantes cristales también prismáticos 
rectos de base cuadrada^ viéndose otros apuntados formando 
octaedros largos correspondientes al segundo sistema y deri- 
vados de prismas rectos cuadrados. 

En los quermes preparados con potasa cáustica (Piderit) ó 
con carbonato potásico (Ligeri) no se ven cristales, porque 
aunque se forme piroantimoniato potásico, esta sal es mucho 
más soluble en agua que la de sosa y no se precipita por en- 
friamiento de los líquidos. 

En el quermes preparado por vía seca por el procedimiento 
de Berzelius con carbonato sódico, y en el de Thierry, se ven 
también con el microscopio los cristales de piroantimoniato de 
sosa, pero no presenta la masa idéntico aspecto que el quer- 
mes de Cluzel, en el cual los cristalitos se hallan mejor forma- 
dos y en mayor número, y además los copos rojizos amorfos 
son mayores en el quermes Berzelius, de tal modo, que por me- 
dio del microscopio se pueden distinguir dichos quermes, com- 
parándolos con muestras tipos. 

Para terminar diré, que como se han hecho tantas operacio- 
nes y pesadas, me han auxiliado en los trabajos prácticos Don 
Lucas Torres Canal y D. Bartolomé Leal en el laboratorio de 
Química Inorgánica, y D. Manuel Martínez, D. José Cordero 
y Ladislao López en el laboratorio del Ministerio de Hacienda. 



— 287 - 



Xn. — Sobre la representación simbólica, por comple- 
jas imaginarias, de las magnitudes sinusoidales. 

Por José M. de Madariaga. 

La feliz aplicación del método de Wallis, hecha la primera 
vez, por el célebre electricista C. P. Steinmetz, para representar 
las magnitudes eléctricas sinusoidales, reduce á sencillas ope- 
raciones de adición algebraica de cantidades complejas ima- 
ginarias, las de composición de fuerzas electromotrices é 
intensidades, cuando son funciones armónicas sencillas del 
tiempo. 

Así, por ejemplo, la expresión 

[I] = i^ -\-ji2 = /(coso -\- sen(]> y — ^)i 

en la que^ = y — 1, representa la intensidad de una corrien- 
te alterna sinusoidal, determinada por el módulo /y el argu- 
mento J/, supuesto conocido, además^ el valor a=2Tzf de la 
pulsación, ó lo que es lo mismo, el de la velocidad de giro del 
vector [I] (1). 

La fuerza electromotriz efectiva, en fase con la corriente, 
lo estará por la fórmula 

en la que r es la resistencia óhmica del circuito. 

La fuerza electromotriz de auto -inducción, retrasada de 



(1) Se supone el sentido sinistrórsum para el giro de los vec- 
tores. 



— 288 - 

aquélla un cuarto de período, viene dada, en esta represen- 
tación, por 

— jx[I], si x = aL, 

y L designa el coeficiente de auto-induccidn; y la fuerza elec- 
tromotriz total que haya de vencer las dos acabadas de citar 
para producir la corriente /, por 

[E] = r [J] -{-jx [I] = r^■^ -{-jri^ -\-jxi^ — XÍ2 = 
= (r¿i — XÍ2) +Í i'^h + ^h)' 

La resistencia aparente, 6 compuesta, tiene por símbolo 
Z'=r -}-jx, 6 Z=r — jx^ 

cuando x= , en el segundo caso, y c representa la capa- 
cidad de un condensador intercalado en el circuito; y, en con- 
secuencia, la fuerza electromotriz eficaz, será 

[Kf] = [/] . z, 

fórmula análoga á la que expresa la ley de Ohm en las co- 
rrientes continuas. 

Mas cuando se pasa de las operaciones de composición de 
estas magnitudes, á la determinación de la potencia eléctrica, 
que depende de su producto, los resultados no son tan senci- 
llos, y hay que interpretarlos debidamente para no ser induci- 
do á error. 

Sean: 

[E'j = -E'(cos<|;+ sen^l^y — l) = e^ -{-je^ 

la fuerza electromotriz , é 

[ J] = 7 ( eos J>M-_sen f y"=T) = ^ + Jh 



^ 289 ^ 

la intensidad de la comente , cuya potencia se desea calcular. 
Al primero de estos vectores corresponde el argumento (|¿ para 

el tiempo t = o, y la frecuencia de ambos es f= — , con lo 

cual quedan determinados. 
Para su producto se tiene 



T 



[E] . [I] = El { (costj; . cos(I/' — sen^j/ . sen¿') -[- 

-f (cos¿ . sen-y + cos^^'sentj^) y — 1 } = 
= El { cosCtj. + f ) + sen(<l- + f ) V^^} = 



En esta expresión del producto de las dos complejas imagi- 




narias hay que introducir una primera corrección. La potencia 
es, como se sabe (véase la figura), una función de doble fre- 
cuencia que la fuerza electromotriz y la corriente, lo cual 
quiere decir que el vector que pudiera representarla daría dos 
vueltas en el tiempo que los de sus factores dan una. Como 
en este modo de representación, las multiplicaciones por 

liz V — 1 determinan dos vectores de la misma frecuencia 
que el que se multiplica^ adelantado el primero, y retrasado 



- 290 — 

el segundo, 90" con relación á aquél, para fijar la posición de 
un vector de frecuencia doble , será necesario cambiar el signo 
á todos los términos que aparezcan multiplicados por los di- 
chos factores, porque esta multiplicación por dz y — ^ de los 
vectores de frecuencia /", equivale á haberla efectuado por 
( — 1 ) en el vector producto , de frecuencia 2 f. Según esto, 
el verdadero producto será^ en el caso que se considera, 

[E].[I] = EI {(cos^í^.cosf + senA.senf ) + 

-f-(cosi}>'. sen(|> — cos»^. sent];') y — l} = 
= El {cos(¿ — f ) + sen(<|^ — f ) y — l} = 

que representa una sinusoide de argumento (¿ — ti') y de mó- 
dulo El. Se sabe, no obstante, que la potencia es una curva 
periódica representada en la figura adjunta por la línea P,que 
no es una sinusoide. 

Esta dificultad, que no he visto aclarada en ningún libro, se 
explica fácilmente. En la representación simbólica se supone 
conocida, y no aparece expresa, la velocidad de giro de los 
vectores. La curva de la potencia es , en general , de doble fre- 
cuencia que sus factores; pero ni esta circunstancia puede apa- 
recer expresada en la representación del producto, ni tampoco 
que sea diferente la duración de las dos fracciones de tiempo 
que constituyen un período. De esto depende la dificultad con 
que se tropieza. Mas si en vez de considerar el vector produc- 
to, se toman por separado sus componentes, y se determina el 
valor medio que cada una tenga durante un período, se debe 
llegar á resultados conformes con los de los métodos analítico 
ordinario, y gráfico. 

La componente real del producto E /eos (<]> — ^'), siempre 

positiva, y cuyo valor medio es cos((p — ^')^ correspon- 



— 291 - 

de á la comente energética^ sinfásica con la fuerza electromo- 
triz, y tiene por valor actual, si hacemos ^j/ -^ ¿'. = o, 

T? , T , El El ' 

Mi senaí X í cos'í . señar = coses coso x cosat, 

2 ' 2 ' 

cuyo valor medio, en un período, es 

El 

C0SC5, 

2 

que es la expresión de la potencia media buscada. 

La componente imaginaria El sen ((]/ — 'I'') V — 1 > cuyo 
valor medio durante una vuelta completa del vector producto, ó, 
lo que es igual, durante la oscilación de esta componente des- 
de -j- El a/ — 1 á — El y — 1 , es cero, corresponde á la 

corriente anenergética ó magnetizante, en cuadratura con la 
fuerza electromotriz, y vale en el instante í, 

iPT , , El 2at 
El seno . señar, cosa? = sen 9 .sen , 



cuyo valor medio es, también, cero. 

Se ve, pues, que no exigiendo del método simbólico lo que 
no puede dar, que es el valor actual de la potencia, y fijándo- 
se sólo en lo que más importa conocer, que es el valor medio 
de ésta, en cuya apreciación no hay para qué tener en cuenta, 
ni la ley de variación con el tiempo del vector que podría re- 
presentarla, ni la diferente duración de las dos fracciones de 
su período correspondiente, la conformidad es completa entre 
este modo de representación y los métodos analítico y gráfico, 
generalmente seguidos al estudiar las corrientes sinusoidales. 

Las consideraciones que acabo de apuntar, fácilmente apli- 
cables á la representación simbólica del par, en un motor de 
corriente alterna, magoitud de frecuencia también doble que 
sus factores, se ven claramente consignadas en la representa- 
ción geométrica de la figura adjunta, que no exige explicación^ 



- 292 - 



XIII. — Estudios acerca de los Dípteros y délos pará- 
sitos que transmiten al hombre y á los animales 
domésticos. 

Por el Dr. Gustavo Pittaluga 

Quelqnes difficnltós qu'il y ait & 
decouvrir des vórités nouvellea en 
étudiant la Nature, il s'en trouve de 
plns grandes encoré á les faire re- 
connaitre. 

Lamaeck, Philoaophie zoologique. 



PROLOGO 

Esta Memoria representa, al mismo tiempo, el resumen de 
mis personales investigaciones, llevadas á cabo en Italia y en 
España durante los últimos tres años, y el esquema de más 
amplio trabajo, destinado á reunir en conjunto de doctrina 
cuanto se conoce, por los resultados de la ajena y de la propia 
observación, acerca del papel de los Dípteros y de los parásitos 
€n general, en la transmisión de los agentes patógenos. 

Resumen y esquema, por tanto: nada más que eso. 

Determinados argumentos han sido tratados con más am- 
plitud y expuestos con mayores detalles; otros se hallan apenas 
tocados. 

Bien manifiesto aparece por el examen (aunque superficial) 
de las cuestiones tratadas y que quedan por tratar en la pre- 
sente Memoria, que los conocimientos de Historia natural y de 
Ciencias biológicas sirven de gran provecho y constituyen el 
necesario fundamento para el estudio de ciertos capítulos de 
la Higiene y de las Ciencias médicas en general. 

Las estrictas relaciones que existen entre la Medicina y las 
Ciencias naturales , conserváronse como base y lema de toda 
una escuela de sabios durante el siglo xviii; pero se perdieron 



- 293 — 

en la segunda mitad del siglo xix, con la especialización ex- 
tremada, que llegó hasta el olvido de las armonías fundamen- 
tales del edificio científico. 

En la misma Alemania, sólo muchos años después de la 
muerte del gran Leuckart, que tanto había insistido en estos 
conceptos, se ha creado — como parte integrante del Instituto 
imperial de Sanidad (Kaiserlichen Gesundheitsamte) — un im- 
portantísimo Instituto Zoológico, dirigido en la actualidad por 
Fritz Schaudinn. 

He utilizado — cuando el texto lo exigía — algunas figuras 
ya publicadas en las Monografías de Grassi, Theobald, Man- 
son, Blanchard, Looss, Noé; todas ellas van acompañadas por 
la indicación exacta de su procedencia. 

Las demás figuras y láminas contenidas en la presente Me- 
moria , han sido dibujadas por mí, sobre preparaciones mías, 
que documentan y comprueban lo que se halla expuesto y afir- 
mado en el texto. 

CAPÍTULO I 
Caracteres generales y clasificación de los Dípteros. 

DÍPTEROS hematófagos Y DEMÁS FORMAS EN RELACIÓN CON 
LA PATOLOGÍA HUMANA Y DE LOS ANIMALES DOMÉSTICOS 

1. Los Dípteros {Díptera) son Insectos {Insecta, Exapo- 
da) con alas posteriores sustituidas por balancines, esto es 
transformadas en pequeños apéndices claviformes; piezas buca- 
les dispuestas para picar y para chupar, constituyendo un 
aparato especial (trompa) con varia disposición y modificacio- 
nes morfológicas bastante acentuadas en las distintas formas; 
antenas articuladas; ojos compuestos, grandes, de facetas por 
lo general exagonales, raras veces pentágonas ó cuadradas, 
redondas en la familia Culicidae; tórax soldado; metamorfo- 
sis completa , con larvas ápodas. 

Estos caracteres, tan someramente expuestos, son desde 
luego insuficientes para deslindar en sus exactos límites el or- 
den de los Dípteros, y hacerse cargo de sus relaciones y afini- 
dades, y de la situación sistemática que ocupan dentro de la 



- 294 - 

clase de los Insectos. Por otra parte, la subdivisióo del grupo 
y el estudio de sus familias, géneros y especies, resultaría más 
difícil si no apartáramos de antemano las dudas, estableciendo 
y fijando nuestro criterio taxonómico, en particular acerca de 
los Afanípteros ó Sifonápteros (Pulgas y especies afines), que 
la mayoría de los autores, sobre todo los menos recientes, co- 
locan entre los Dípteros. 

Por esto nos conviene emplazar debidamente este orden 
(Díptera) en la clasificación general de los Insectos. 

2. Los Insectos {Insecta, .Exapoda) constituyen, tal como 
hoy día se les considera, un grupo zoológico bastante homogé- 
neo. Debemos á Swammerdam (1637-1680), á Malpighi 
(1628-1694), y sobre todos á Réaumur (1683-1757) los pri- 
meros pasos en el estudio concreto, científico, de las formas 
que deben comprenderse en esta clase. Los seis tomos de las 
Memorias sobre los Insectos, de Rene Antoine Ferchauld de 
Réaumur (Mémoires jjoiir servir á Vkistoire des Insecles) , re- 
presentan, en efecto, el resultado de un asombroso esfuerzo 
personal, de una observación incansable. Y, sin embargo, has- 
ta los primeros años del siglo xix, ó los últimos del xviii, con 
Cuvier (1769-1832), con Lelorgne de Savigny (Mémoires sur 
les animaux sans vertebres y 1816), con los trabajos de Leach 
sobre los Miriápodos (1817), con Latreille (1762-1833), no 
quedó la clase bien diferenciada, ni pudo librarse del hacina- 
miento en que venían, desde los tiempos de Aristóteles, mez- 
clados y confundidos todos los Artrópodos , y á más de estos 
muchos Annélidos , que el naturalista y filósofo griego había 
reunido bajo el nombre de «Entoma» (svTOjjia). 

Desde los principios del siglo xix, una labor incesante, de 
naturalistas y biólogos, ha logrado determinar gran número de 
caracteres anatómicos, histológicos, embriológicos y fisiológi- 
cos, propios de las varias familias; las diferencias morfológi- 
cas que ostentan sus innumerables especies; y, por fin, los con- 
ceptos fundamentales para una clasificación natural. 

Podemos definir los Insectos (clase VIII del tipo Ártropoda), 
como Invertebrados con metamería heterónoma (segmentos del 
cuerpo, de distinta significación morfológica, estructura y fun- 



— 295 — 

cidn); — cabeza con un par de antenas, tres pares de apéndices 
bucales, un par de ojos compuestos, acompañados muchas ve- 
ces por tres ojos sencillos ó estemas; — tórax de tres metáme- 
ros 6 segmentos (protórax, mesotórax y metatórax), cada uno 
de los cuales lleva un par de apéndices ventrales, locomotorias 
(patas), y los dos últimos [mesotórax y metatórax], un par de 
apéndices dorsales (alas) cada uno [exceptáanse los dípteros y 
las formas ápteras]; — abdomen constituido por once segmen- 
tos ó metámeros (como máximum), sin apéndices; — respira- 
ción por tráqueas. 

La forma, disposición y venatura de las alas, — la disposi- 
ción de las piezas bucales, y sus varias adaptaciones,— y, so- 
bre todo, la naturaleza de las transformaciones evolutivas desde 
el huevo hasta el insecto perfecto (ausencia, presencia y mo- 
dalidades de las metamorfosis), son los caracteres que sirven 
de base para la división sistemática de la clase. Los insectos 
que no tienen alas (Áptera en general), agréganse, teniendo en 
cuenta los datos de la interna organización, los de la evolución 
biológica (clase y forma de la metamorfosis) y la probable filo- 
genia, á los grupos alados afines. Desde luego hay que separar 
aquellas formas — (Colémbolos y Tisanuros) — que carecen de 
todo vestigio de alas , y que deben considerarse como primiti- 
vas. Brauer (1885) constituyó para ellas el grupo délos Apte- 
rygota, que mejor llamaríamos Adelóptera (1). Todos los de- 
más órdenes, sub-órdenes, familias, sub-familias, géneros y 
especies, comprendidas las formas ápteras correspondientes, 
hállanse incluidos en el grupo único de los Pterygota (Insecta 
genuina de Brauer). 

Ahora bien, en la subdivisión de este grupo — que reúne la 
inmensa mayoría de las especies de insectos, enfrente del pe- 
queño y primordial grupo de los Adelópteros — nos encontra- 



(1) Adopto esta palabra, de las griegas aoT.).oí (no manifiesto) 
y TiTEpó/ (ala), en conformidad con las razones adelantadas por el 
P. LoNGiNOS Navas , aunque sin considerar al grupo como una 
subdivisión de los Neurópteros. (Véase la indicación bibliográfica 
correspondiente, al final del capítulo). 



— 296 — 

mos con los tipos fundamentales de los Ortópteros, de los Neu- 
rópteros, de los Coleópteros, de los Lepidópteros, de los He- 
mípteros, de los Dípteros y de los Hymenópteros , para los 
cuales hallamos, relativamente, fácil colocación, de tal suerte, 
que en todos los sistemas entomológicos clásicos, de Claus 
(1888), de Lang (1889), de Ed. Perrier (1894), de Sharp 
(1895-99) etc., comprenden casi siempre las mismas formas. 
Mas quedan algunas familias cuya distribución en el sistema 
es sumamente difícil, dudosas sus afinidades, y muy debatida 
su significación filogénica. Entre ellas debemos contar, precisa- 
mente, las pulgas ( Afanípteros), cuya importancia no es para 
encarecer, en el estudio de las relaciones que los insectos pue- 
dan tener con el hombre y con los animales domésticos. 

3. Roesel (1749) fué el primero que tuvo la idea de acer- 
car las pulgas (Afanípteros) á las moscas y á los mosquitos 
(Dípteros), Este concepto, aceptado en parte por Lamarck 
(Histoire ?iat. des animauxsans vertebres (1815-1822), sufrió, 
sin embargo, una modificación importante por parte del gran 
naturalista, pues éste creó para dichas formas un orden aparte 
(Áptera), comprendiendo en él el solo género Pulex. A pesar 
de esto, la mayoría de los autores que le siguieron, sobre todo 
los alemanes , volvieron á colocarlas en el orden de los Dípte- 
ros, ya por el ejemplo de Oken (1815), y de Strauss-Durkheim 
(1828), ya porque las más recientes observaciones de New- 
mann (On ihe affinities of the Pulicites, 1851), de Walker 
(1851-56) y otros, parecieran confirmar el concepto de Roesel. 
Así es, que aun recientemente Wagner (1889-1903, en nume- 
rosas publicaciones) y Dahl (1897 , 1899) insisten en esta opi- 
nión, y con ellos Otto Schmeil (de Magdeburg) en su Tratado. 

Los estudios de Taschemberg (1880), de Kraepelin (1884) 
y de Heymons (1899) han resuelto desde hace tiempo — en mi 
entender — esta cuestión. En realidad, las pulgas, que ya com- 
prenden hoy día tres familias (Pulicidae [Taschemberg, 1880]^ 
Sarcopsyllidae [Taschemberg, 1880 J y Vermipsillidae [Wag- 
ner, 1889J), aunque tengan en común, con los Dípteros, ciertos 
caracteres, como las larvas ápodas, y la metamorfosis com- 
pleta, difieren, sin embargo, de todos ellos por la disposición 



— 297 — 

de las piezas bucales, característica del grupo; por las condi- 
ciones en que se desarrolla la ninfa; por las antenas de once 
artejos, y por varios hechos anatómicos, que no pueden consi- 
derarse como transformaciones ó adaptaciones involutivas, se- 
gún pasa en otras formas ápteras. INIuchos de estos caracteres 
parecen más bien acercar el orden de los Afanípteros (pulgas) 
á los Coleópteros. Pero desde luego constituyen, en el estado 
actual de nuestros conocimientos, un orden aparte (Aphanip- 
tera; v. Siphonaptera; v. Suctoria). 

En efecto , en las recientes clasificaciones de Claus y Grob- 
ben (última edición, postuma, del Tratado de Zoología de 
Claus, 1905 ), encontramos bien sentado este concepto (páginas 
554-560): 

INSECTA 

Ord. XII. — Díptera (Antliata) (r=ZAveiflüger). 
Ord. 'Klll. — Aphaniptera (Siphonaptera) ( = Flohe). 

Lo mismo ocurre — aunque sea distinta la distribución de 
los órdenes de la clase — en el reciente Tratado de Hertwig 
(en p. 438): 

INSECTA 

Ord. VIH. — Dipteren (Zweiflüger). 
Ord. YK.— Aphanipteren (Flohe). 

Así, Lang (1890), que además coloca los Afanípteros muy 
cerca de los Coleópteros , separándolos definitivamente de los 
Dípteros: 

INSECTA 

Ord. XIV. — Siphonaptera. 
Ord. XV. — Coleóptera. 
Ord. XVI. — Lepidoptera. 
Ord. XVI. — Hymenoptera.- 
Ord. X.\ll.—DÍ2ytera. 

Así, Sharp, Emery, Goette (1902), que sigue en la distri- 
bución de los órdenes el sistema de Lang. 



298 - 



Nosotros, de acuerdo, en parte, con Emery (1904)^ adop' 
taremos la siguiente clasificación de los insectos: 



Classis: Insecta. 

Ord. I. — Adelopf era {Apterigota,), (Ametábolos [sin metamor- 
fosis] ; sin alas), Tisanuros. Colémbolos. 

Ord. II — Arclñptera. (Hemimetabolos ; alas anteriores y poste- 
riores membranosas); ej. Termes, etc. 

Ova. m. — Ortóptera. (Paurometábolos; alas anteriores trans- 
form. en elitras); ej. Periplaneta, etc. 

Ord. IV. — Neuroptera ó Lioptera. (Holometábolos [metamorfo- 
sis completa]; alas enteramente membranosas); ej. Myrme- 
leon, etc. 

Ord. V. — Coleopitera. (Metamorfosis compl.; alas anteriores 
transformadas; boca con mandíbulas desarrolladas en las lar- 
vas y en el insecto perfecto); ej. Carabus, Tenebrio, etc. 

Ord. yi. — ApJianiptera (Pulex). 

Ord. VII. — Hymenoptera (mandíbulas desarrolladas en las lar- 
vas, metamorfosis compl.) (Vespa, Apis (A. mellifica), etc.). 

Ord. VIII. — Lejñdoptera (mandíbulas desarrolladas en las lar- 
vas; boca de la imag. para chupar y lamer; metamorfosis 
completa), mariposas. 

Ord. IX. — Díptera (véasela clasificación de los Dípteros más 
abajo). 

Ord. X. — Rincliota (s, Hemiptera) (metamorfosis incompleta) 
(ej. Philloxera). 

Ord. XI. — Fisa2)oda (s. Tysanoptera). 

Excluidas las formas que constituyen el orden de los Afa- 
nípteros (Pulgas), veamos ahora cuáles y cuántos grupos de 
géneros y especies comprende el orden que directamente nos 
interesa en este estudio, el orden de los Dípteros. 

4. Los antiguos autores sólo dividían los Dípteros en gé- 
neros: el gen. Culex era uno de ellos (Culex nocturna cala- 
mitas). Desde el principio del siglo xix, y durante los prime- 
ros setenta años , tres nombres descuellan en la Historia de la 
Dipterología: los de Latreille, con su Histoire naturelle des 
Crusfacées et des Insectes; de Meigen,con los siete tomos, ver- 
daderamente admirables, acompañados por excelentes láminas^ 
Systematische Beschreihung der hekannten europaíschen Zwei- 



— 299 - 

flugeligen Insekten (Halle, 1851), acabados luego por H. Loew 
(Halle, 1873); y de Macquart (1823-1845). Observaciones 
personales de grandísimo interés añadieron Zetterstedt, Wal- 
ker, Rondani, Schiner, á quien debemos el primer intento de 
clasificación natural de los Dípteros (1864). Las obras dipte- 
rológicas de Brauer (1863-1888) y de Osten-Sacken (1890-95) 
nos han traído por fin mayor copia de datos, y un criterio más 
fijo para la clasificación. 

Latreille fué el primero que separó las familias de los Díp- 
teros, y creó el nombre Nemocera (que comprendía dos tribus: 
Culicidae y Tipulariae). Macquart estableció las diferencias 
fundamentales entre Nemocei'a y Brachocei'a [^Bra^hijcera de 
Zetterstedt): « 

Nemocera: antenas largas, de 6 artejos como mínimum; 
palpos de 4 ó 5 artejos (definición de Latreille; 
«Antennae filiformes vel setaceae, saepissime capi- 
tis truncique longitudine — articulis sex et ultra 
(saepe 14-16) discretis; — palpi communiter elonga- 
ti, subsetaceis, articulis quinqué vel cuatuor distinc- 
tis» (1805)). 

Brachycera: antenas cortas, de tres artejos; palpos de 
uno ó dos artejos. 

En conjunto, esta división del orden en los dos subórdenes 
Nemocera y Brachycera persiste y es admitida por la mayoría 
de los autores. 

Sin duda, el sistema de Schiner, de Brauer y de Osten- 
Sacken, que se funda en los caracteres embriológicos de las 
distintas formas, y en caracteres morfológicos de gran valor, 
debe considerarse como científicamente superior á los demás. 
Un criterio más natural , nacido con las excelentes observa- 
ciones y largos estudios de estos sabios dipterólogos, ha pre- 
sidido á su formación. Según este criterio, divídense, ante 
todo, los Dípteros en dos grupos: Orthorrapha y Cyclorrapha, 
esto es: Dípteros cuyas crisálidas (ninfas) ábrense, para dar 
paso á la salida del insecto perfecto (ímago), con hendiduras 
lineares longitudinales (= Orthorrapha); y Dípteros cuyas cri- 



- 300 — 

salidas (ninfas) ábrense, transversalmente, constituyendo la 
abertura un foro redondo, casi siempre en la parte anterior, de 
donde sale el insecto perfecto {= Cyclorrapha). 

Ficalbi adopta, en este sentido, la clasificación de Brauer. 
Nosotros, aunque por razones exclusivamente prácticas, por 
ser fundada sobre caracteres más sencillos y más fácilmen- 
te accesibles, aceptamos la división del orden directamente 
en Nemocera, Brachycera y Pupípara (siguiendo en esto á 
Lang y Emery), comunicaremos aquí la clasificación de Sharp 
(1895-99), que en sus puntos fundamentales está de acuerdo 
con la de Brauer: 

Ord. Yll.— Díptera. 

Sub-Ord. I.—Orthorrapha. 
Tribus 1.— Nemocera. 

Familias: 1. Cecidomyidae.— 2. Culicidae.— 3. Chiro- 
nomidae. — 4. Tipulidae. — 5. Bibionidae.— 6. Simu- 
liidae. 
Tribus 2. — Brachicera. 

Familias: 1, Stratiomyiidae. — 2. Leptidae.— 3. Taba- 
nidae. — 4, Nemestrinidae. — 5. Bombyliidae. — 6. 
Asilidae.— 7. Empidae.— 8. Dolicbopidae. 
Sub-Ord. II. — Cyclorrapha. 
Tribus 1. — Aschiza. 

Familias: 1. Platypezidae. — 2. Conopidae. — 3. Syr- 
phidae. 
Tribus 2.— Schizophora. 

Familias: 1. Muscidae. — 2. Anthomyiidae. — 3. Ta- 
chinidae. — á. Sarcophagidae. — 5. Oestridae. 
Sub-Ord. IJI.—Pupipara. 

Familias: 1. Hyppoboscidae. — 2. Braalidae.— 3. Nyc- 
teribiidae. 

5. En la clasificación que sigue, y que nosotros aceptamos 
tan sólo por el fin práctico ya indicado, resultará algo difícil 
encontrar la correspondencia exacta de los grupos que consti- 
tuyen sus familias, con los establecidos por algunos de los 
autores antes indicados. Pero debo decir, en mi disculpa, que 
el estado actual de nuestros conocimientos, las continuas des- 
cripciones de nuevas especies, la incertidumbre de los criterios 
diferenciales, así específicos como genéricos, no permiten en 



— 301 - 

absoluto un acuerdo definitivo sobre el particular. Así es, por 
ejemplo, que la división de las familias de Sharp, antes re- 
ferida, está muy lejos de ir de acuerdo con la adoptada por 
Brauer, modificada radicalmente por Osten-Sacken, criticada 
por Eysell, y destinada sin duda á nuevas transformaciones 

Orden: DÍPTERA. 
Suborden I.— Nemocera sive Xeiiiatocera. 

Familias: 1. Cecidomyiidae. — (Alas aterciopeladas, 
con escasísima venatura; antenas lar- 
gas, moniliformes; patas muy largas y 
delgadas; larvas fitófilas, productoras 
de agallas.) Géneros: Cecidomyia, Hor- 
momyia, Compylomyza, etc. 

2. Mycetophüidae. — (Alas con venatura al- 

go más complicada que en la precente 
familia; antenas cortas, filiformes; pa- 
tas largas, con tibias espinosas; larvas 
que se desarrollan sobre los hongos.) 
Gen.: Mycetophila, Lestremia, etc. 
[¿Hematófagas?] 

3. Bihionidae. — (Alas con venatura bastan- 

te desarrollada; larvas terrícolas, muy 
dañinas para la agricultura.) Gen.: Bi- 
bio, Dilophus, etc. 

4. Simtdüdae. — (Formas relativamente pe- 

queñas; alas muy anchas, con venatura 
poco evidente; antenas de 11 artejos, 
cilindricas; patas cortas, fuertes, gor- 
das; tórax grande, abdomen pequeño; 
las larvas viven en el agua: se fijan por 
la extremidad posterior. Insectos per- 
fectos hematófagos; asaltan á los gana- 
dos y al hombre.) Gen.: Simulium, 
[Probables transmisores de parásitos.] 

5. TipuUdae. — (Formas de dimensiones re- 

gulares, algunas relativamente* gran- 

Eev. Acad. Ciencias.— III.— Octubre, 1903. 21 



- 302 - 

des; antenas de 13 artejos; trompa 
corta, carnosa; alas muy largas, de ve- 
natura complicada; patas muy delga- 
das y largas.) Gen.: Tipula, Limnobia, 
Erioptera, Spyloptera, etc. (No hay es- 
pecies hematófagas.) 

6. Rhyphidae. — Gen. Rhyphus. [No hay for- 

mas hematófagas]. 

7. CuUcidae (Mosquitos en general.) [Lar- 

vas acuáticas.] 

1.^ sub-familia: Corethrinae (géo. Core- 
thra, Mochlonyx.) [No hay formas he- 
matófagas.] 

2.^ ídem: Culicinae (gen. Culex, etc.) [For- 
mas hematófagas.] 

3.* ídem: Anophelinae (gen. Anopheles, 
etcétera.) [Formas hematófagas.] 
[Transmisores de parásitos.] 

8. Bixidae. — Gen. Dixa. 

9. Chironomidae. — (Formas pequeñas; alas 

delgadas, con venatura muy parecida á 
la de los Culícidos, pero más sencilla 
por lo general; larvas acuáticas; espe- 
cies hematófagas.) Gen. Ceratopogon, 
Chironomus, Tanypus, Mycterotypus^ 
Oecacta. 
[Probables transmisores de parásitos.] 

10. Phlebotomidae (ó Psychodidae). (Formas 
muy pequeñas; antenas muy largas; alas 
aterciopeladas y anchas; venatura lon- 
gitudinal abundante.) Gen. Phleboto- 
mus (hematófago), Pericoma, Psychoda. 
[Probables transmisores de parásitos.] 

Suborden II. — Brachvcera. 

Familias: 1. Tabanidae. — (Formas de dimensiones 
considerables; antenas de 3 artejos; 



- 303 - 

trompa aguda; [hembras hematófagas]; 
alas constantemente entreabiertas.) Gé- 
nero Tabanas, Chrysops, Haematopota, 
Atylotus, etc. (el solo género Pangonia 
no es hematófago). 

[Probables transmisores de parásitos.] 

2. Leptidae. — ( Venatura en la porción api- 

cal de las alas, complicada como for- 
mando red.) Gen. Leptis, Chrjsophila, 
Atherix, Lampromyia, etc. [Formas 
floréales: ninguna hematófaga.] 

3. Nemestrinidae. — Gen. Rhynchocepha- 

lus, Hirmoneura, etc. 

4. Strattomyidae.— {Tromi^a. muy corta, en 

extremo reducida; antenas relativamen- 
te largas; tercera vena longitudinal de 
las alas, siempre bifurcada, y vena mar- 
ginal de iguales dimensiones alrededor 
de toda el ala; vuelan entre las flores.) 
Gen. Stratiomyia. 

5. Bombijlüdae.— {Cé\u\a anal del ala, en- 

sanchada hasta el borde.) Gen. Bomby- 
lus, Ploas, etc. 

6. Asilidae. — (Trompa relativamente corta, 

robusta; cabeza deprimida; ojos muy 
grandes; dimensiones considerables; alas 
grandes, entreabiertas; especies insectí- 
voras; hacen guerra á las moscas, bom- 
bus, tipulas, etc.) Gen. Laphria, Asi- 
lus, etc. 

7. Therevidae.— Gen. Exapata, Xestomy- 

za, etc. 

8. Empidae. — (Esta familia comprende pro- 

bablemente formas distintas, artificial- 
mente reunidas; especies muy numero- 
sas, por lo general pequeñas; viven ca- 



— 304 - 

zando insectos [Tipulidae]; pero los 
machos son fitófagos; célula anal del 
ala, nunca ensanchada hasta el borde; 
célula basil. ant. alargada.) Gen. Em- 
pis, Pachymeria, Gloma, etc., consti- 
tuyendo cinco sub-familias, según 
Schiner. 
9. Dolichopidae. — Gen. Dolichonus, Me- 
deterus, etc. 

10. Platypezidae. — Gen. Callomyia, Platy- 

peza, Opetia, etc. 

11. Conopidae.— Gen. Conops, Physocepha- 

la, Ocemyia, etc. 

[Las formas comprendidas en estas 
familias no presentan interés alguno 
desde el punto de vista de nuestro es- 
tudio : trátase de especies fitófagas, 
anthófilas ó insectívoras, no hemató- 
fagas]. 

12. Syrphidae.— CDí^^teros primitivos 

[Lías], formas en extremo interesan- 
tes y útilísimas para la agricultura. En- 
tre 3.^ y 4.^ vena long. de las alas 
existe una vénula supranumeraria 
(V. spui-ia), que corta la transversal.) 
Gen. Syrphus, Lasiophticus , Erista- 
lomyia, Helophilus, Merodon, etc. 

13. Musddae. — (Trompa carnosa ó mem- 

branácea en su extremidad; antenas de 
tres artejos; alas casi siempre entre- 
abiertas; célula bas. super., separada de 
la discoidal por una vena transversal.) 
[Musddae calyptratae de Brauer.] 
(Comprenden, desde luego, muchas 
subfamilias.) 

Gen. Musca — gen. Lucilia — géneio 
Calliphora — gen. Curtonevra — 



- 305 - 

gen. Sarcophaga — gen. Cynomyia 
gen. Stomoxys — gen. Haemato- 
bia — gen. Glossina, etcétera, etc. 
[Transmisores de parásitos.] 

14. Ánthomyidae. — (Considerada por mu- 

chos autores como sub-familia de la fa- 
milia Muscidae calyptratae ; compren- 
de numerosas especies , con larvas ra- 
dicícolas y fitófagas, armadas de gan- 
chos; insectos perfectos, por lo general 
fitófagos : algunas hembras hematófa- 
gas.) Gen. Anthomyia, Hydrotaea, 
Chortophila, Aricia, Hylemyia, etc. 

15. Acahjptratae (en oposición con Musci- 

dae calyptratae, Brauer). (Formas por 
lo general pequeñas; comprenden mu- 
chas subfamilias; algunas especies muy 
dañinas para la agricultura y horticul- 
tura.) Gen. Pyophila, etc. 

16. lachinidae. — (Trompa muy corta y gor- 

da; antenas por lo general largas; alas 
armadas á veces de una espina en su 
margen exterior y siempre entreabier- 
tas; larvas endoparásitas de coleópteros 
y de crisálidas de Lepidópteros.) Gen 
Tachina, género Echinomyia^ etc. 

17. PJwridae. — Gen. Phora (Phora incra- 

ssata.) 

18. Oestridae. — (Trompa rudimental, atrófi- 

ca; antenas cortas; alas parecidas á las 
de los Muscidae; larvas parásitas de 
mamíferos.) Gen. Oestrus, Hypoderma, 
Gastrophilus. 
[Producen directas lesiones en los huéspedes.] 

Suborden III. Pupipara, — (Rudimentos ó vestigios de alas 
en los adultos ; el embrión se desarrolla en una especial 



- 306 — 

dilatación de la vagina durante todo el período larval; 
cuerpo aplastado, ancho; antenas muy cortas.) 

Familias: 1. Braulidae. — (Sin ojos.) Gen. Braula 
{B. caecá). 

2. Hi/ppoboscidae. — Gen. Hippobosca, gé- 

nero Melophagus , gen. Ornithomyia, 
Myiophthiria , etc. 

3. Nyderihidae. — Gen. Nycteribia. 

[Probables transmisores de parásitos.] 

Ya por las breves anotaciones que hemos hecho al encon- 
trarnos con algún grupo que comprendiera formas interesantes 
por sus relaciones l)iológicas con el hombre y con los animales 
domésticos, nos apercibimos de que á los tres subórdenes per- 
tenecen especies hematófagas, y entre ellas importantísimas 
las de las familias Culicidae , entre los Nemóceros, Miiscidae, 
entre los Braquíceros. 

En efecto; la primera (Culicidae) comprende aquellos Díp- 
teros (Culicinae, Anophelinae, etc.) que transmiten al hombre 
los microorganismos patógenos productores de las fiebres in- 
termitentes (Paludismo) y — al parecer — de la fiebre amari- 
lla, así como algunas de las Filarlas (al hombre y á los perros); 
la segunda (Muscidae) comprende el gen. Glossina, que tan 
grave papel desempeña en la transmisión de enfermedades epi- 
zoóticas entre los ganados del continente negro; y el género 
Stomoxys, común en Europa, huésped intermedio de la Filaría 
labiato-papillosa del buey. 

Mas con ser estas formas las que más llaman nuestra aten- 
ción, no son las solas que merezcan nuestra detenida observa- 
ción y nuestro estudio. Muchas hay, como las comprendidas 
en las familias Simuliidae^Chironotnidae y Phlebotomidae, en- 
tre los Nemóceros; Tabanidae, Anthomyiidae, Acalyptratae y 
Oestridae, entre los Brachycera, y por fin, las que pertenecen 
al orden Pupipara , que por sus relaciones con el hombre y 
con los animales domésticos, pueden ser vehículos indirectos, ó 
bien directas productoras, de estados patológicos peculiares. 

En los sucesivos capítulos, al examinar el papel que desem- 



— 307 — 

peñan los distintos grupos en la Patología humana y de los 
animales domésticos, nos veremos obligados á detenernos algo 
más sobre los caracteres propios de aquellos grupos y hasta de 
las familias, de las subfamilias, de los géneros y especies que 
los componen. 

Pero desde luego es preciso que, con el auxilio de una di- 
recta y personal investigación, adquiramos ahora exactos, aun- 
que someros, conocimientos sóbrela interna organización, la 
Morfología y la Biología de los Dípteros. 

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vera, Xemocera anómala and Eremochaeta. (Berliner En- 
tomol. Zeitschr., 1892.) 

(Esta publicación dio lugar á discusión entre Brauer y 
Osten Sacken: es importante por el estudio de los caracte- 
res propios de los grupos en el orden Díptera.) 
Explanatory notice of my views on the Suborders of Díptera. 
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CAPITULO II 

CARACTERES MORFOLÓGICOS Y BIOLÓGICOS 
DE LOS DÍPTEROS 

1. No tenemos, por la breve definición que encabeza el 
precedente capítulo, más que un concepto general acerca de 
los caracteres propios de los Dípteros; y, sin embargo, al con- 
siderar el método que nos ha guiado para la subdivisión del 
orden en sus 31 familias, nos apercibimos de que la forma y 
estructura de las alas, y la disposición de su venulación (ó 
venatura), constituyen circunstancias de gran interés. Su cono- 
cimiento puede servir de base, no sólo paraestablecer las fami- 
lias, sino también para la distinción de los géneros, á veces de 
las mismas especies, dentro de cada familia. Su estudio se hace, 
por tanto, imprescindible. 

Partiendo de distinto concepto, examinaremos luego los ca- 
racteres propios del aparato bucal de los Dípteros. 

En efecto, es por medio de este poderoso y complicado 
aparato, constituido de varias piezas, que los Dípteros hcma- 



- 311 - 

tófagos, las hembras en particular, perforan la piel de los ma- 
míferos y del hombre, de los vertebrados eu general, dejan 
que penetren, á veces, por la imperceptible herida gérmenes 
patógenos de extraordinaria virulencia, parásitos de distintas 
clases; vierten de todos modos acre veneno, que por sí solo 
produce, en determinados casos, vivísima irritación; chupan 
por fin y absorben la sangre, perpetuando de esta suerte el 
perenne círculo de ciertas enfermedades del tipo endémico ó 
enzoótico. 

La estancia de algunas formas de los parásitos que engen- 
dran estas enfermedades, en el organismo de los üípteros he- 
matófagos, no es una estancia pasiva, no queda reducida al 
paso á través del tubo digestivo; bien al contrario, aquellas 
formas sufren hondas modificaciones: procesos biológicos evo- 
lutivos de extraordinario interés se cumplen en la intimidad de 
los tejidos del huésped (Díptero). Es menester, por tanto, que 
antes de emprender el examen de estos hechos, que en reali- 
dad más directamente nos interesan, nos hagamos una idea 
suficientemente clara del lugar donde suceden, del ambiente 
vital donde se desarrollan. 

En conjunto, y sin dejarnos llevar por el aspecto estric- 
tamente zoológico, que no es propio ni pertinente á nuestro 
objeto, debemos ocuparnos, en virtud de las razones antes 
expuestas: 

a. De las caracteres externos, y muy en particular de las 

alas de los Dípteros. 
6. Del aparato bucal. 

c. Del sistema digestivo y de la interna organización en 

general (de los tubos de Malpighi, de los órganos 
sexuales, sobre todo en la hembra, etc.) 

d. De sus metamorfosis y de sus costumbres en general 

(Larvas, Ninfas é Insectos perfectos). 

2. Las dimensiones de las numerosísimas especies com- 
prendidas en el orden Díptera son en extreno variables: desde 
las pequeñísimas formas que constituyen las familias Chirono- 



— 312 - 

midae y Phlébotomidae , que no llegan en algunos casos á 
2 milímetros de largo (como en Mycterotypus , etc.), hasta los 
grandes insectos de las familias Muscidae, Anthomyidae y Asi- 
lidae (15-20 milímetros). 

La proporción entre cabeza, tórax y abdomen varía también 
de uno á otro grupo. Sin embargo, si se exceptúan algunas for- 
mas del sub-orden Pupipara, en que aparece la cabeza en ex- 
tremo reducida y casi indistinta, en las demás familias presenta 
dimensiones considerables con relación al tórax y al abdomen. 
Los ojos compuestos, situados lateralmente, suelen ser gran- 
des, á veces grandísimos; los sencillos (Ocelli, estemas) exis- 
ten en algunas formas, en número de tres; otras veces faltan 
por completo. 

De los tres segmentos que constituyen el tórax de los Díp- 
teros (y de los insectos en general) el más desarrollado es el 
mesotorax, de tal suerte que representa en realidad, en la ma- 
yoría de las formas, todo el armazón del tórax, ocultándose el 
metmiohan (III «segmento, metatorax) posterior é inferior- 
mente debajo del mesonoto, en el punto de conjunción con el 
abdomen. 

El tórax lleva tres pares de apéndices locomotorias ventrales 
(patas), y un par de apéndices dorsales, propias del segmento 
mediano (alas). 

El abdomen comprende de cinco á nueve segmentos (ó me- 
támeros), no siempre evidentes, sobre todo los últimos ó pos- 
teriores. 

3. Alas de los Dípteros. — Las alas de los Dípteros, como 
las de todos los insectos, resultan de dos láminas delgadas de 
quitina, aplicadas y extendidas la una sobre la otra, y recorri- 
das por algunas líneas en relieve (venas y vénulas). La dispo- 
sición de estos relieves lineares, que constituye la venatura ó 
venulación de las alas, varía dentro de ciertos límites, pero en 
su conjunto responde á un tipo fundamental, á un plan de es- 
tructura, que en sus términos medios averiguase en la Familia 
de las Moscas (Muscidae). La figura 1 reproduce este tipo me- 
dio, en el cual es oportuno estudiar la distribución de la vena- 
tura por un lado, de las celdillas ó células (que así sejlaman 



313 



los espacios comprendidos entre las venas que se entrecruzan y 
el borde de las alas) por otro lado. 




Figura 1.— Ala de Musca doméstica (original). 

Venulación : 1 , vena costalis ; 2 , v. mediastinalis ; 3 , v. sub-cosíalis (ó i .^ lon- 
gitudinal) ; 4, V. radialis (ó 2.^ longitudinal); 5, v. cubítalis (ó 3.^ longitudinal) ; 
6, V. posticalis (ó 4.^ longitudinal); 7j v. analis (ó última longitudinal); 8-8, vena 
transversa posticalis ; 9, v. transversa analis ; lO, v. discoidalis; 11, v. transversa 
discoidalis ; 12 (corresponde á la v. posticalis = 6)- 

Células: a = costalis i.*; 6=costalis 2.^; c = mediastinalis (ó costalis 3.*);' 
d= marginalis (ó subcostalis) ; e = cubitalis (ó submarginalis) ; /= posticalis i.^; 
yi = posticalis 2.^; g- = anaiis ó axillaris; A = radicalis superior (ó basalis); /i' = 
radicalis media; /i- = radicalis inferior; t«= discoidalis. 

Todas las variaciones que se encuentran en las alas de los 





Figura 2.— Ala de Calliphora vomitoria. Figura 3.— Ala de Cecidomyia. 

demás grupos de Dípteros, respecto de este tipo medio de ve- 





Figura 4.— Ala de Hormomyia 
(H. producía). 



Figura 5. — Ala de una especie de la familia 
Acalyptratae (Ulidia). » 



natura, pueden considerarse como efecto de aumento ó dismi- 



— 314 



nución, esto es de complicación 6 simplificación estructural. 
Si comparamos el ala de una Cecidomyia (fig. 3) ó de una 




Figura 6. — Ala de Tabanus bovinas (familia Tabanidae). 

Hormomyia (fig. 4) con el ala de Mosca (M. doméstica) (fig. 1) 
6 de Calliphora (fig. 2) que representan el tipo medio, nos 




Figura 7.— Ala de Haemaiopota pluvialis 
(familia Tabanidae). 



apercibimos de que las venas costalis, siibcostalis y posticalis 
permanecen, pero han desaparecido, ó mejor dicho, no existen 




Figura 8.— Ala de Eristalomyia tenax 
(familia Syrphidae). 



en el ala de los Cecidomyidae las venas mediasiinalis y radia- 
lis, ciñéndonos al examen de las principalísimas y fundamen- 
tales. Las alas de la mayoría de las especies comprendidas en 



— 315 — 

la familia Acalyptratae presentan igualmente cierta simplifica- 
ción de la venatura (fig. 5). Al contrario, en el ala de los Em- 
pidae, Platypezidae, etc., 6 de los Tabanidae (figs. 6 y 7), la 
complicación es evidente. Lo mismo ocurre en todas las for- 
mas de la familia Syrphidae, como en el gen. St/rphiis (S, Ri- 
hesii) , gen. Helophilus (H. pendulus), gen. Eristalomyia, gé- 
nero JMerodon, gen. Cheilosia (fig. 8). Desde luego hay que ad- 
vertir que no es el hecho de la complicación mayor ó menor 
que constituye el carácter taxonómico, sino el modo cómo las 
venas principales se subdividen y circunscriben las células^ y 
su relación con el borde del ala. 

Mas no es éste el solo carácter que nos interese en el estu- 
dio de las alas do los Dípteros. Debemos también tener en 
cuenta: 1.° La forma ó corte del ala, sobre todo en su base, 
donde toma inserción entre tergites y epímero del segmento 
medio del Tórax (Mesothorax); — 2° La forma y disposición 
de las pequeñas escamas que en determinados grupos, como 
en la familia Culicidae (Mosquitos), recubren las venas y el 
borde de las alas. Escamas semejantes revisten también, en 
estos Dípteros, las demás partes del cuerpo, con varia distri- 
bución y en distinta medida. Fúndase esencialmente sobre es- 
tos caracteres la clasificación de la familia Culicidae de Theo- 
bald (1903); — 3.° Por fin, la disposición de las alas respecto 
del eje longitudinal del cuerpo cuando el insecto descansa. 

Por lo que se refiere á la forma de la base del ala y su in- 
serción, hay que observar que la presencia de ahila, antíté- 
gula y tégida, ni es constante ni corresponde con una compli- 
cación más ó menos acentuada de la venatura. En los Culici- 
dae, por ejemplo, que representan un tipo bastante complicado 
de venulación, álula y tégula se encuentran apenas indicadas, 
así como es muy poco acentuada la incisión (<5 incisura) axilar 
(ó anal), que constituye el límite entre el borde del ala (borde 
posterior) y el álula. légula y antitégula llámanse en conjunto 
sqiiamidae 6 mejor calypirae: al cerrarse las alas, en aquellos 
Dípteros que poseen caliptras, repliéganse la una (antitégula) 
sobre la otra (tégula); pues en realidad sólo la primera hace 
parte del ala y con ella se mueve: la segunda (tégula) está 



— 316 — • 

fijada á la pared torácica. Ambas recubren — cuando existen — 
los balancines, y por este carácter distínguense los dos gru- 
pos de Muscidae: Muscidae Calyptratae (con balancines cu- 
biertos por caluptra) , que comprenden tantas especies para 
nosotros interesantes, como las del género Olossina, las del 
gen. Stomoxys, etc., y Muscidae Acalyptratae (que carecen de 
calyptra, y tienen por tanto balancines descubiertos). 

4. La importancia de la forma y distribución de las esca- 
mas, no sólo á lo largo de las venas y bordes de las alas, sino 
también sobre las distintas partes del cuerpo^ se hace evidente 
en el estudio sistemático de los mosquitos propiamente dichos 
(Culicidae). Son esas escamas pequeñas, finísimas, que re- 
uniéndose en gran número en ciertos puntos, á la confluencia 
de dos venas, por ejemplo, en aquellas especies típicas descri- 
tas hasta ahora como pertenecientes al género Anopheles (y 
separadas por Theobald, Giles, Blanchard, en los géneros Py- 
rethophorus, Mizomyia, Myxorhynchus, Anopheles, etc.), 
determinan con sus tonos parduzcos las apariencias de man- 
chas características, propias de cada forma en particular. El 
aspecto de estas escamas, determinado por Theobald en un nú- 
mero considerable de ejemplares, puede reducirse, en mi en- 
tender, á seis tipos fundamentales á los cuales pueden añadir- 
se algunas combinaciones entre formas diferentes, que se en- 
cuentran en las alas. En efecto, la observación detenida de 
cierta cantidad de ejemplares de la misma especie, ó por lo 
menos del mismo género, me ha permitido convencerme de 
que existen formas de transición, formas intermedias, las cua- 
les no tienen nada de específico, ni pueden considerarse, por 
tanto, como caracteres suficientes para establecer distinciones 
de especies aceptables en buena regla taxonómica. 

Theobald ha definido las formas de escamas con términos 
ingleses , inadmisibles en absoluto para entenderse y llegar á 
un rápido acuerdo internacional sobre un carácter que él mis- 
mo juzga y cree tan importante, quizás con excesiva benevo- 
lencia. Blanchard ha intentando traducir al francés, ó mejor 
dicho, indicar con términos franceses más sencillos las formas 
típicas de las escamas que cubren el cuerpo (ó ciertas partes 



- 317 — 



del cuerpo) de los mosquitos y las venas de las alas. Yo re- 
produzco (en la fig. 9) las seis formas típicas que en mi en- 






VI 




m 




jv 






Figura 9. — Formas fundamentales de las escamas que cubren determinadas partes del 
cuerpo de los mosquitos (Culicidae) , y su disposición sobre las venas de las alas. 
I. Squamula rectangulata. I. Squamulae elongatae. 

n. — rhomboidalis. H. — cyclicae et minimae. 

TTT - — arciformis. UI. — longirectangulatae. 

rV. — ovoidea. IV. — longire ctangulatae et 

V. — aculeata. elongatae. 

VI. — contorta. (Class. DE G. Pittalüga). 



tender pueden admitirse como características en los varios 
géneros de la familia Culicidae, y además cuatro de las com- 
binaciones de escamas alares; pero las acompaño con la corres- 

Eev, Acad, Ciencias. -III.— Octubre, 1905 22 



— 318 - ■ 

pendiente indicación latina, que desde luego debe sustituirse 
á las de Theobald y de Blanchard. 

Balancines. — Ya hemos dicho que las alas posteriores (se- 
gundo par, ó alas del metathorax de los demás insectos) están 
reducidas, en los Dípteros, á dos pequeños apéndices clavifor- 
mes, los balancines. La función de los balancines se ha in- 
terpretado como una función de equilibrio durante el vuelo. 
Semejante interpretación no tiene serio fundamento. Encuén- 
transe en los balancines de los Dípteros en general, una ó mu- 
chas series ó grupos y aglomeraciones de órganos escolopófo- 
ros del Graber, muy parecidos á los que constituyen los órga- 
nos cordotonales (metaméricos y de fácil observación en las 
larvas de los Dípteros en general, pero existentes en todos los 
insectos). 

Patas. — Como todos los insectos, los Dípteros tienen tres 
pares de apéndices locomotorios torácicos (ventrales), esto es, 
seis patas; y la conformación de estas patas corresponde en su 
conjunto también al tipo general de los insectos. La pata de 
un Díptero, pertenezca á cualquiera de las familias de este or- 
den, se compone délas partes siguientes: anca (coxa) , trocán- 
ter, fémur, tibia y tarso. Los tarsos son de 5 artejos, común- 
mente 5 tarsos: trátase, por tanto, de insectos pentámeros. 
Desde luego, los tarsos, así como las otras partes que consti- 
tuyen las patas, son más ó menos largas, más ó menos delga- 
das en las varias familias. 

El último artículo del tarso lleva especiales órganos de ad- 
hesión, esto es, uñas (en número de dos, por lo general, con 
dientes) y empodio, 6 lóbulo con aspecto de ventosa, varia- 
mente dispuesto en los diferentes grupos, destinado, sin em- 
bargo , siempre á sujetar convenientemente el insecto sobre el 
plano 6 superficie en que descanse. 

Importancia grandísima para la clasificación , secundaria 
para nuestro objeto, tiene el estudio de las Antenas y de los 
Palpos de los Dípteros. Órganos completamente distintos, las 
primeras hállanse implantadas en la cabeza, en su parte supe- 
rior ó dorsal: son constituidas por muchos artejos en los Ne- 
moceros, pocos en los Braquiceros: representan órganos tac ti- 



— 319 — 

les ó en general de sentido, muy probablemente auditivos: por 
fin, son casi siempre más desarrolladas en los machos y ador- 
nadas de pelos, de que carecen en las hembras, lo cual consti- 
tuye un dato muy importante, pues en la mayor parte de los 
casos, las hembras solas siendo hematófagas y peligrosas, nos 
conviene distinguirlas con relativa facilidad. Los Palpos están 
en íntima relación anatómica con las piezas bucales: son órga- 
nos ventrales: á veces se unen íntimamente con las piezas an- 
tedichas y participan con ellas — en la apariencia exterior — á 
constituir el aparato bucal. Como las antenas, presentan dimor- 
fismo sexual evidente^ sobre todo en algunas familias (Culici- 
dae): largos y plumosos en el macho, son reducidos y desnu- 
dos en las hembras del mismo género. 

5. Aparato bucal de los Dípteros. — El aparato bucal de los 
Dípteros, en extremo interesante, constituye lo que se llama 
comúnmente la trompa (probaseis) , destinada á perforar (excep- 
tuadas pocas familias, y casi siempre los machos) y á chupar. 
A veces muy prominente, quédase en otras especies reducida 
á un pequeño relieve cónico, terminal, en la parte inferior de 
la cabeza. La disposición y el número de las piezas que cons- 
tituyen la trompa varían notablemente; y, sin embargo, en to- 
dos los casos podemos reconstituir, con un examen detenido, el 
tipo fundamental. 

Diremos, desde luego, que los Estridos (familia Oestridae) 
al estado adulto presentan piezas bucales atróficas. 

En las demás familias, el tipo está representado por una 
vaina (constituida por el labium, más ó menos largo), que con- 
tiene las piezas perforantes. Estas son en número de seis como 
máximum: dos mandíbulas, dos maxilas, el hipofaringe y el 
labrum, soldado casi siempre, en estos casos, con el epifarin- 
ge. Labium, labrum^ dos maxilas y dos mandíbulas correspon- 
den á órganos que se encuentran en todos los Insectos, adap- 
tados en modo especial y distinto en los varios grupos: al con- 
trario, hipofaringe y epifaringe representan dos piezas impa- 
res, quitinosas, exclusivamente desarrolladas en los Dípteros. 

Nunca hipofaringe y epifaringe faltan; pero sí pueden en- 
contrarse atróficas, ya aislada ó ya contemporáneamente, las 



— 320 — 

maxUas y las mandíbulas. Cuando la vaina constituida por el 
labium (v. fig. 10) no contiene más que dos piezas, constituidas 
por el labrum (soldado con el epifaringe) y por la hipofaringe, 

como ocurre en las mos- 
,J.<:^^^^ ^ I^^Arc-nJe ^^^ ^^ general (familia 

Muscidae) , entonces la 
trompa llámase dicheta 
(antlia dicheta). Cuando 
se hallan en la trompa 
cuatro piezas perforan- 
tes, llámase tetracheta: 
éste es el caso de la fa- 
milia Syrpkidae (figu- 
ras 11-12). Cuando to- 
das las piezas se hallan 
desarrolladas en la vaina del labium, entonces la trompa dícese 




Jlipo/arinée 



Jjd^ii 



um 



Figura 10. — Esquema que representa una sección 
transversal de la trompa dicheta , característica 
de la familia Muscidae. 




Max. 



J/a.¿i 



itun 



Figura ll,— Cabeza de Eristalis hor- 

tensis (familia Syrphidae) [semi-es- 
quemáticoj. 



T/ipo/ar. 




FiflUPa 12. — Sección transversal de la trompa 
ttetrachaetaj de Eristalis hortensis (esquemá- 
tico. 



exacheta, pues contiene seis piezas: este es el caso de los Cu- 
licidae (mosquitos) y de los Tabanidae (v. fig. 13 y 14). 

Reducida á estos términos sencillos, la constitución de la 
trompa de los Dípteros en general, y de los Culícidos en parti- 



Fíq. 14 



Labrun-epipharinx 




rra^uc<is 



Mufiuiahuxi. 



Cínc/uc/v MUüar 



Mandibulae 



- Hypopharinx 



Maxillae 



^^ Labium 




O.J'Ma&l^ 



Rev. Acad. Ciencias. 



321 



cular, será comprendida con relativa facilidad. Modificaciones 
especiales del labium, que en los Muscidae se ensancha en su 
porción terminal como una ventosa, y constituye un órgano 
poderoso para chupar; variaciones considerables en la dimen- 
sión de toda la trompa, muy larga y resistente, aunque delga- 
da, en los mosquitos; adaptaciones de varia clase, explícanse 
todas sin apartarse de la interpretación de los detalles anató- 




FiflUra 13.— Cabeza de Tabanus au- 

tumnalis Q 

a. Antena. 
p. Palpo. 
t. Trompa. 




J^. 



Figura 14.— Detalles de la trompa de Tabanús 
antumnalis (seg. Delafond) 9 

p. Palpo. 

Lep. Labrum -[- Epifaringe. 

mm. Mandíbulas y Maxilas. 

Hip. Hipofaringe. 

Lab. Labium. 



micos ya indicados, y mejor aún demostrados por las adjuntas 
figuras, y por la primera de la lám. I. 

Las piezas bucales que constituyen la trompa de los machos 
en general — puesto que en las especies hematófagas que- 
da reservado á las hembras este papel — están reducidas para 
formar un órgano de succión , un órgano eminentemente chu- 
pador. 

6. Tubo digestivo y órganos con él relacionados. — En el 
tubo digestivo de los Dípteros podemos distinguir tres porcio- 
nes: I, la primera ó anterior, casi siempre y en su totalidad 
comprendida en los límites de la cabeza y del tórax y repre- 



— 322 — 

sentada por la faringe^ inmediatamente en continnación de la 
abertura bucal á la base del aparato ya descrito , y por el esó- 
fago, en cuya parte anterior ábrense el reservorio (jabot de 
los franceses, saco ventral ó estómago chupador, con expre- 
siones impropias) y á veces dos sacos accesorios, laterales 6 
sacos aéreos (v. la fig. 2 de la lám. I). En correspondencia de 
esta porción del intestino encuéntranse también las glándulas 
salivares, cuyos conductos excretores desembocan — reunidos 




Figura 15.— Intestino medio y posterior de un Díptero de la familia Culicidae 
{Anopheles claviger) 9- 

V. Válvula cardíaca (límite anterior del intestino medio). 
/. m. Tubos de ]Malpighi. 
a. r. Ampolla rectal. 
OV. Ovarios. 



en un túbulo único por lo general — casi siempre en el límite 
anterior de la faringe. Las glándulas salivares, muy desarro- 
lladas en casi todos los Dípteros, segregan un líquido dotado 
de peculiares propiedades irritantes, venenosas. — II, sigue el 
estómago 6 intestino medio , intestino quiUfero , separado del 
esófago por una válvula evidente , repliegue de la mucosa con 
participación de la muscular (válvula cardiaca), detalladamen- 
te estudiada por Schaudinn en los Culícidos (v. fig. 15); á su 
vez el intestino medio comprende una parte anterior estrecha^ 



— 323 — 

j una parte ancha, verdadero estómago. — III, viene por fin el 
intestino posterior, constituido por una primera parte delgada 
(Ileum) y por una porción terminal ensanchada (Rectiim, am- 
pulla redalis). 

En el punto donde termina el intestino medio (estómago), 
desembocan los tubos malpigianos ó tubos de Malpighi, órga- 
nos de gran interés morfológico y fisiológico, que se encuen- 
tran en número muy variable en todos los Insectos (exceptua- 
dos los Colembolos y algunos Tisanuros) y en los Dípteros en 
número de cuatro ó cinco (cinco en los Culícidos, constante- 
mente). 

La disposición y estructura de los tubos de Malpighi es típi- 
ca: abiertos por un lado en la cavidad intestinal, en corres- 
pondencia del límite entre intestino medio é íleo, están cons- 
tituidos por una serie de células epiteliales^ acompañadas por 
una membrana basilar y una delgada capa quitinosa; las ante- 
dichas células epiteliales, características, gordas, con grandes 
núcleos y especiales disposiciones citoplásmicas, encierran, de- 
terminan y rodean un lumen ó canalículo central, que contiene 
un líquido de secreción. 

Cerrados en la extremidad opuesta, hállanse los tubos de 
Malpighi libres en la cavidad del lacunoma (celoma), y deben 
considerarse — sobre todo á consecuencia de las investigacio- 
nes de Platean y de Schindler — como órganos renales y uri- 
níferos. 

La estructura de la pared del tubo digestivo puede reducir- 
se á las tres túnicas: túnica mucosa, túnica muscular y túnica 
conectival ó conjuntiva (ó peritoneal ócelómica). Esta última, 
externa ó periférica, está directamente en relación con el la- 
cunoma (celoma) ó cavidad general del cuerpo donde circula 
la sangre. Los caracteres de la túnica mucosa, que reviste in- 
-teriormente todo el tubo digestivo, difieren en sus distintas 
porciones, pero casi siempre hállase acompañada la capa ó ca- 
pas celulares por una membrana basilar ó anista, y recubierta 
por una delgadísima capa ó cutícula quitinosa. 

7. Grupos celulares especiales, más ó menos extensos, re- 
unidos en el lacunoma (cavidad general del cuerpo), alrededor 



- 324 — 

de los órganos, debajo de la pared cutánea, y constituidos por 
elementos de muy distinta significación morfológica y fisiológi- 
ca (células grasicntas ó adiposas, células esplénicas, enoci- 
tos, etc.) representan los llamados órganos adiposos de los In- 
sectos en general , y que se encuentran particularmente des- 
arrollados en ciertos Dípteros. 

Todo el cuerpo está recorrido por tráqueas , tubos respira- 
torios, constituidos por hilos quitinosos en espiral cerrada, re- 
cubiertos por una membrana delgada. 

El sistema muscular se encuentra bastante desarrollado en 
todos los Dípteros y corresponde con la metamería (segmentos) 
del cuerpo. Disposiciones en extremo interesantes presenta el 
sistema nervioso. 

Órganos genitales . — No nos detendremos en la descripción 
de los genitales externos. Los órganos genitales propiamente di- 
chos (glándulas sexuales), hállanse constantemente encerrados 
en la cavidad abdominal. Todos los Dípteros son insectos con 
sexos separados, y con dimorfismo sexual bastante acentuado 
y evidente, aunque no en la medida en que se manifiesta en 
otros grupos, por ejemplo, en los Lepidópteros (1). Los órganos 
genitales de la hembra — que mayormente nos interesan por 
las consideraciones que tendremos ocasión de hacer durante 
nuestro estudio, acerca de la posibilidad de transmisión de 
ciertas formas de parásitos desde el organismo materno á los 
huevos, y por ende á las larvas, ninfas é insectos perfectos de 



(1) Como en casi todos los grupos, existen también entre los 
Dípteros formas hermafroditas, aunque rarísimas. Tal es el caso, 
sumamente interesante, del Termitoxenia (Termitoxenia mirabi- 
lis) estudiado por Wassmann. 

Es también importante recordar los casos de partenogénesis que 
se observan en algunas especies de Dípteros, como en los Chirono- 
onus (reproducción, durante ciertas épocas del año, por huevos 
sin fecundar ) ; y los de paidogenia ó pedogénesis (reproducción de 
nuevas formas larvales, endógenas, partenogenéticas , en el cuer- 
po de las larvas de una generación sexuada) , propios de ciertas 
Cecidomias ( Cecidomyia Myastor) , estudiados por Meinert, Leuc- 
kart, Metscbnikoff y otros. 



- 325 - 

la nueva generación — resultan esencialmente de tubos 6 vai- 
nas ováricas, bilaterales (pares, en número igual por cada lado 
del cuerpo) y que se continúan, 6 mejor, desembocan en un 
conducto — oviducto — que se une con el de lado opuesto para 
formar la vagina. El número de los tubos 6 vainas ováricas, 
que constituyen en su conjunto los ovarios, en extremo va- 
riable en la serie de los insectos, es muy reducido en los Díp- 
teros pupí paros (Hyppobosca, Melophagus, etc.) y no es muy 
grande en ningún grupo de Dípteros en general. En el género 
Chirononms , en las familias Cecidomyidae y Culicidae la dis- 
posición de los óvulos en la bolsa ó vaina ovárica es distinta 
de la que se observa en los demás grupos. Las células viteló- 
genas, en los ovarios de los Dípteros, rodean al huevo, de tal 
suerte, que éste se encuentra en la vaina ovárica encerrado en- 
tre dichas células, constituyendo un nodulo esférico ú ovoideo, 
único, visible. En los Culícidos y en otros Dípteros existe una 
glándula especial que segrega una substancia mucilaginosa, la 
cual se elimina con los huevos, durante la puesta. Existe siem- 
pre Spermatheca. 

8. Metamorfosis en los Dípteros y costumbres de las Lar- 
vas, Ninfas é Insectos perfectos. — Los Dípteros son insectos 
con metamorfosis completa (Insectos metábolos ú holometá- 
bolos). Los huevos, fecundados en el momento de salir del 
cuerpo materno por el esperma contenido en la Spermatheca, 
dan lugar á larvas, las cuales, al cabo de cierto tiempo, trans- 
fórmanse en ninfas 6 pupas , y de éstas desarróllanse y salen 
los insectos perfectos, esto es, las formas adultas. El tipo de 
ninfa ó pupa propio y característico de los Dípteros es el de 
pupa coártala; es decir, que la forma de ninfa desarrollase 
dentro del involucro de la larva, sin salir de él. A pesar de 
esto, las ninfas ó pupas de la familia Culicidae y de otros gru- 
pos de Dípteros, son dotadas de movilidad, que manifiestan 
á veces con movimientos vivísimos. Algunas especies de Díp- 
teros (gen. Musca, Glossina, Anthomyia, Sarcophaga, Ta- 
china , Dexia) son en realidad vivíparas. Sólo en las familias 
del orden Pupiparae (gen. Hyppobosca , Melophagus , Nycte- 
ribia, etc.), las larvas se desarrollan en el cuerpo de la madre 



- 32G — 

hasta el punto de su inminente transformación en ninfa ó pupa. 
Entonces la madre las depone , y en seguida pasan á esta forma. 

En las demás familias, la puesta de los huevos averiguase 
en condiciones muy distintas. Las hembras de muchos Dípte- 
ros ponen sus huevos en las aguas, 6 mejor sobre pequeños 
trozos de substancias sólidas, ó sobre vegetales que se encuen- 
tren en las aguas: las larvas y las ninfas de estos Dípteros son 
acuáticas. Tal es el caso de las familias SimuUdae (en parte 
Tipulidae), Chironomidae y Culicidae. Casi todas las formas 
con larvas hidrófilas ó acuáticas, pertenecen al suborden Ne- 
mocera, Pero en este mismo suborden la familia Cecidomi/idae 
pone los huevos sobre las flores, sobre las hojas, sobre los 
pequeños ramos de las plantas, como la Lestremia juniperina 
del JiDiiperus (Enebro), la Cecidomyia del Lotus cornicula- 
ius, la Ctcidomyia del pino, etc. Sus larvas determinan la for- 
mación de agallas. Algunas viven á expensas de otros insectos 
(Afidios), como las de Cecidomyia aphidiophora. La familia 
Bibionidae engendra larvas terrícolas: otras especies, que 
constituyen, según los recientes autores, una familia aparte 
(Mycetophilae), ponen los huevos sobre ciertos hongos de de- 
terminadas clases. Por fin, las larvas de los Phlebotomidae 
(Phlebotomus papatasii y otras formas ) viven en la tierra 
húmeda, entre los restos orgánicos, etc. 

Entre los Brachycera (II suborden) hay familias con larvas 
terrícolas ó acuáticas, otras cuyas larvas se desarrollan y viven 
entre substancias orgánicas en descomposición, y por fin mu- 
chas especies cuyas larvas se hospedan directamente en los 
tejidos ó en cavidades del cuerpo de varios animales. Sobre 
estos caracteres podría fundarse (y así lo han intentado algu- 
nos autores), una clasificación del suborden de los Braquíceros, 
comprendiendo en éste. Dípteros con larvas: 

I. Geomyzae, esto es, vivientes en la tierra (ó en el 
agua). 

11. Abiomyzae, esto es, vivientes entre substancias orgá- 
nicas, descompuestas, sin vida. 

III. Biomyzae , que se desarrollan y viven sobre los tejidos 
6 en los órganos de varios animales. 



- 327 - 

• Pertenecerían al I grupo las familias: lahanidae (cuyas lar- 
vas, armadas de dos grandes y móviles apéndices ganchiformes, 
se desarrollan en el terreno húmedo); Siratiomyidae con lar- 
vas en parte lignícolas, esto es vivientes en la madera, algunas 
sobre las plantas, etc. (en parte larvas hidrófilas, vivientes en el 
agua); Bomhiliidae y Asilidae, Empidae (en éstos ^ larvas 
acuáticas algunas veces), Leptidae y Therevidae. 

Sirfldae y Muscidae (estas últimas muy importantes para 
nosotros), viven en estado de larvas entre las materias orgáni- 
cas en descomposición. El insecto perfecto es muchas veces 
hematófago (Glossina , Stomozys, Haematobia , etc.). Las 
Anthomyidae se desarrollan en las substancias vegetales des- 
compuestas, algunas sobre los hongos ó en la tierra húmeda, 
entre los micelios y las raíces. Lo mismo sucede con las larvas 
délos Acalyptratae. 

Las larvas de la familia Tachinidae viven y se desarrollan 
como endoparásitos de varias especies de Coleópteros , de Le- 
pidópteros (crisálidas), de Forfículas y otros insectos: singu- 
larísimo caso de adaptación parasitaria. Las larvas de los Oes- 
iridae, por fin, se desarrollan como parásitos de varios mamí- 
feros domésticos ,en el estómago é intestino del caballo, en las 
fosas nasales y senos frontales de las ovejas, algunas en la in- 
timidad de los tejidos. 

El « habitat » de las larvas y de las ninfas es un dato de suma 
importancia en el estudio de las relaciones que pasan entre es- 
tos insectos y el hombre ó los animales domésticos. Aun de- 
jando aparte el grupo de los Oestridae, en los cuales la adap- 
tación parasitaria del período larval representa ya por sí una 
causa directa de alteraciones patológicas, de estados morbosos, 
á veces de graves lesiones en el organismo del huésped, el 
conocimiento exacto y posiblemente completo de las costum- 
bres larvales, del «habitat» de larvas y ninfas, y hasta del 
tiempo ó estación y localidades preferidas para la ovificación, 
la fecundación y la puesta de los huevos, puede indicarnos 
el camino para aplicar ciertas medidas profilácticas, cuando se 
trate de proteger al hombre y á los animales domésticos contra 
ciertas especies, que en el estado de insecto perfecto ejercen el 



— 328 - 

papel de transmisores de graves enfermedades. En efecto, la des- 
trucción de las larvas y de las ninfas, aunque muy difícil de lle- 
var á cabo, puede, sin embargo, tomarse en consideración como 
una de las medidas profilácticas aplicables en semejantes casos. 
De interés adn mayor son las costumbres de estos Dípteros 
en su estado terminal de insectos alados. Mas sobre el particu- 
lar entraremos en mayores detalles al ocuparnos de las distin- 
tas especies que, como vehículo de gérmenes patógenos, repre- 
sentan un peligro constante , en ciertas condiciones de am- 
biente, para el hombre y para los animales domésticos. 



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simas figuras). 



- 330 — 



CAPITULO III 

CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE LAS ENFERMEDADES 
TRANSMITIDAS POR LOS DÍPTEROS 

1. El papel de los Dípteros en la transmisión de ciertos 
parásitos, en la propagación de enfermedades epidémicas ó 
epizoóticas, ha sido descubierto y determinado muy reciente- 
mente, y, lejos de ser conocido en toda su extensión, requiere 
aún multitud de datos, exige largas y pacientes investigaciones. 

Si se tiene en cuenta que los Dípteros, representados por las 
típicas y comunísimas formas de las familias Muscidae (Musca 
domestica, etc.) y Culicidae (Culex pijjiens , 6 mosquito común, 
etc), han sido constantes compañeros del hombre, en sus vi- 
viendas, en los parajes de sus faenas agrícolas, desde los tiem- 
pos más remotos, nos extrañamos de tan larga demora, de re- 
traso tan perjudicial en el conocimiento de los maleficios y da- 
ños que pueden ocasionar semejantes insectos. 

Y, sin embargo, bien considerada la cosa, nos convencemos 
muy pronto de que sólo la aplicación de los modernos métodos 
y adelantos científicos á los estudios mierobiológicos, podía 
traernos la prueba y demostración de lo que, en forma de vaga 
hipótesis ó desatendida tradición popular, venía afirmándose por 
algunos y sospechándose por otros. 

Dormese, citado por Comenge, á propósito de la gravísima 
epidemia de « calenturas malignas » y « fiebres infecciosas » que 
acometió y diezmó las tropas francesas durante el asedio de 
Gerona (Cataluña) en 1283, y de la cual extensamente habla 
Pauly en su libro «Climats et endémies;^, refiere que los habi- 
tantes de aquella comarca y los soldados atribuían el contagio 
á «unas moscas que mataban con su picadura ». 

Lancisi, en los primeros años del siglo xviii (De noxiis pa- 
ludum effluviis eorumque remediis, Roma, 1717), escribía que 
muy probablemente los mosquitos (Cidices) tenían alguna par- 
te, ejercían algún papel en la producción de las fiebres palúdi- 
cas, no ya por la sola irritación consecutiva á su picadura, sino 



— 3H1 - 

por inoculación de alguna substancia tóxica (non vulnere , sed 
infuso per vulnus venéfico liquido). 

A pesar de estas y otras vagas indicaciones, que paréceme 
del todo innecesario reproducir, llegamos hasta los últimos 
años del siglo xix sin que ninguna observación directa, nin- 
guna investigación científica, ninguna prueba experimental se 
hubiese llevado á cabo sobre tan importante argumento. 

Sentada la doctrina microbiana, y demostrado ya el origen 
bactérico de un grupo muy considerable de enfermedades, antes 
aún que se comprobara el origen parasitario y protozoárico de 
otras, muchos pensaron en la posible transmisión de gérmenes 
patógenos por medio de las moscas en general, y, en efecto, 
desde el año 1875 al 1885 publicáronse numerosas Memorias, 
notas y observaciones acerca del papel de las moscas en la 
difusión de varias enfermedades epidémicas (Grassi, Hoffmann, 
Lioy, Mégnin, Sawtschenko, Spillmann y Hausalter, etcétera). 
En todas ellas admitíase el transporte puramente mecánico de 
los gérmenes. Sólo cuando surgió el problema de la determi- 
nación de un medio adaptado para el desarrollo de ciertas for- 
mas de parásitos animales, como las Filarlas (cuyos embriones 
circulan en la sangre), las investigaciones tomaron nuevo y más 
científico derrotero. 

Bancroft, Cobbold y Manson deben considerarse, sin discu- 
sión, como los iniciadores de este período, Bancroft, que 
en 1876 había descubierto los Nematodes adultos, que engen- 
dran los embriones circulantes en la sangre, en los casos de 
Filaria sanguinis hominis (antigua denominación de Lewis, 
sinon. pro part. Filaria Bancrofti Cobbold), pensó en la posi- 
bilidad de que los mosquitos, al chupar la sangre de los enfer- 
mos, absorbieran también los embriones, y luego, quizás, los 
depositaran en el agua. Así lo escribía el mismo Bancroft, en 
una carta, fechada en 20 de Abril de 1876, dirigida á Cobbold. 
La hipótesis de Bancroft fué comprobada en parte por Man- 
son: comprobada sólo en parte, pues el modo como los embrio- 
nes de Filaria abandonan el organismo del mosquito, para 
pasar otra vez en el huésped vertebrado, no responde en la 
realidad á la teórica explicación de Bancroft, temporalmente 



- 332 — 

aceptada por MaDSon, esto es ala hipótesis de la transmisión 
por el agua. Sin embargo, las excelentes observaciones de Pa- 
trick Manson, pusieron en claro que los embriones antedichos 
cumplen en el cuerpo del Díptero una especial evolución mor- 
fológica, modifícanse profundamente y adquieren caracteres 
nuevos y propios de una fase de desarrollo vital, que los acerca 
á las formas adultas. 

Este hecho fundamental , fué el punto de partida de una se- 
rie de investigaciones, que muy pronto, por analogía, hicieron 
pensar en la existencia de parecidas metamorfosis, de pareci- 
dos ciclos evolutivos en los parásitos (protozoarios) que Lave- 
ran, primero, en 1882 había encontrado y descrito en la sangre 
de los palúdicos, y luego, por los estudios del mismo Laveran, 
de Golgi, de Marchiafava y Celli, de Grassi y Feletti, habían 
sido universalmente reconocidos como microorganismos pató- 
genos específicos de las fiebres intermitentes. 

Este, someramente expuesto, fué el camino que recorrió en 
sus principios la doctrina de la transmisión de ciertas enferme- 
dades parasitarias, en particular Filariasis y Malaria, por los 
mosquitos (Dípteros de la familia Culicidae). 

Desde entonces, con la participación de los médicos colonia- 
les, sobre todo de los ingleses, que encontraron en las Indias 
campo de observaciones inesauribles sobre enfermedades tropi- 
cales de varia clase; con la cooperación de zoólogos de gran 
mérito, nuestros conocimientos acerca del papel que ejercen 
los Dípteros en general , los Mosquitos en particular, en la pro- 
pagación de varios parásitos patógenos para el hombre ó los 
animales domésticos, han aumentado notablemente. 

Nosotros expondremos aquí, en lo que toca, sobre todo, á la 
Filariasis (humana y de los perros), á la Malaria (Paludismo) 
y á ciertos puntos especiales de la epidemiología de la fiebre 
amarilla, así como á determinadas especies de Dípteros (Phle- 
hotomus , Mycterotypus f etc.), los resultados de nuestras per- 
sonales investigaciones. 

2. Para el estudio de las enfermedades transmitidas ó pro- 
ducidas por los Dípteros, adoptaremos el plan y el orden que 
á continuación se exponen: 



- 333 - 

I. Enfermedades determinadas por parásitos que cumplen 

su círculo vital (ó ciclo evolutivo) con una fase de 
desarrollo en el organismo de ciertos Dípteros: 

1 . Enfermedades debidas á parásitos animales 

(Metazoos): 

a) Filarinsis. — Las Filarlas del hombre. 

bj Las Filarias de los animales domésticos. 

c) Probable papel de los Dípteros en la 
transmisión de otros Nematodes, de 
Trematodes y Cestodes. 

2. Enfermedades debidas á Protozoarios pará- 

sitos: 

a) Paludismo (Malaria). 

bJ Enfermedades debidas á Hematozoarios 

cercanos al de la Malaria humana, en 

los animales. 
c) Tj-ipanosomiasis. 

1. — En el hombre. 

2. — En los animales. 

3. Enfermedades debidas á Ifomicetos, Blasto- 

micetos y Esquizomicetos. 

4. Enfermedades debidas á parásitos de natura- 

leza aun desconocida ó indeterminada: 
Fiebre amarilla. 

II. Enfermedades producidas por parásitos que probable- 

mente c^xm^^Xen su ciclo evolutivo en ciertos Dípteros 
y pueden, por tanto, ser transmitidas por estos in- 
sectos. 

III. Enfermedades de etiología desconocida, y cuya difu- 

sión se atribuye á ciertos Dípteros. 

IV. Enfermedades producidas por gérmenes 6 parásitos 

que pueden mecáyiicamejite ser transportados por los 
Dípteros, 

V. Enfermedades directamente producidas por los Dípte- 

ros ó sus larvas. 

Eev. Acad. Ciencias.— III.— Octubre, 19C6. 23 



— 334 - 

3. El estudio de la epidemiología y el examen de la distri- 
bución geográfica de estas enfermedades (grupo I), permiten 
apercibirse en seguida de que su difusión queda circunscrita casi 
siempre dentro de ciertos límites, caracterizados por peculiares 
condiciones climáticas. Trátase esencialmente de enfermeda- 
des de las zonas tropicale? y subtropicales, adquiriendo en los 
países de clima templado caracteres de menor intensidad. Des- 
de luego podemos afirmar que el hecho ahora indicado está en 
estrecha relación con las condiciones vitales de los parásitos, 
más bien que con la distribución geográfica de los Dípteros 
transmisores. A pesar de la dificultad extrema que se encuentra 
para apreciar la sensibilidad y los límites de adaptación de los 
parásitos animales (comprendidos los Protozoarios) á las con- 
diciones del ambiente cósmico reflejadas en el huésped , pode- 
mos, sin embargo, afirmar que esa sensibilidad es finísima, y 
que estos límites nos permiten sentar conclusiones prácticas 
de grandísimo valor para la profilaxis personal, individual, y 
hasta para el saneamiento de regiones enteras. 

El desarrollo de las empresas coloniales por parte de los eu- 
ropeos, que ha adquirido durante los últimos veinticinco años 
extraordinarias proporciones, sobre todo en el continente afri- 
cano; la necesidad de establecer acuerdos internacionales fun- 
dados en datos científicos y conocimientos exactos sobre la 
etiología y medios de difusión de enfermedades epidémicas tan 
graves como la fiebre amarilla, son suficientes razones para ex- 
plicarnos el vivísimo interés y la febril actividad con que los 
centros oficiales de investigaciones científicas han dirigido to- 
dos sus esfuerzos al esclarecimiento y al estudio de la Patolo- 
gía tropical. 

Mas en España existen razones especialísimas que deben 
impulsarnos á cooperar activamente en esta labor. Sus largas, 
seculares é íntimas relaciones con las Américas, y muy en par- 
ticular con el Sud de América, con las regiones que constitu- 
yen las Repúblicas del Centro, y con las islas del grupo de las 
Antillas; y, por otra parte, con el archipiélago filipino, han 
puesto á España en condiciones favorables en extremo para la 
importación de enfermedades parasitarias y epidémicas, pro- 



- 335 — 

pias de aquellas antiguas colonias. Si se considera que el clima 
de España es, dentro de los términos de Europa, el que más se 
acerca al tipo de los subtropicales (climas calientes), por lo 
menos en sus provincias del Sur y en parte de las Mediterrá- 
neas , y se añade la proximidad de la costa africana y las fre- 
cuentes relaciones que existen con ella, se comprenderá que 
todas estas causas juntas pueden haber contribuido á estable- 
cer en España focos latentes, pero peligrosos, de gérmenes pa- 
tógenos y parásitos, como las Filarías, por ejemplo, que me- 
recen toda nuestra atención y el más detenido estudio. 

Por otra parte, abundan en la Península, segán queda de- 
mostrado por mis investigaciones personales, ya publicadas en 
parte, y por las de otros observadores, los Dípteros de la fa- 
milia Culicidse, transmisores de las principales y más impor- 
tantes enfermedades endémicas en los trópicos. 

Estas consideraciones deben representar un estímulo pode- 
roso para continuar en el camino indicado. Ellas sirven al mis- 
mo tiempo de justificación — si es menester justificar con algún 
fin práctico el trabajo de investigación científica — para todo 
lo que en esta Memoria se estudia y se describe. 

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— 337 — 



CAPITULO IV 

FILARIASIS 
I). — FiLARiASis EN GENERAL. — II). Ftlaria immitis, Leidv. 

1. Llamo Filariasis en general, al conjunto de las altera- 
ciones y lesiones producidas en el hombre y en los animales 
domésticos por las Filarlas de la sangre, ó Filarlas cuyos em- 
briones circulan en el plasma sanguíneo. 

El tipo de estos parásitos está representado por la Filaría 
Bancrofti (F. nocturna) del hombre, que determina á veces 
las características formas j)atológicas de la Elefantiasis ara- 
biim,' y por la Filaría immitis de los perros; ambas transmi- 
tidas al huésped vertebrado por Dípteros de la familia Cidíci- 
dae (mosquitos). 

Todavía no conocemos exactamente el ciclo evolutivo y modo 
de transmisión de las demás Filarlas del hombre. 

La Filaría lahiato-papillosa del buey, se transmite por me- 
dio de los Dípteros de la familia Aluscidae, pertenecientes al 
género Stomoxys (Stomoxys calcitrans) . 

Las Filarlas equinas se transmiten, según toda probabilidad, 
por medio de los Dípteros del gen. SimuUiim. 

2. Son las Filarlas {Í2Lxm\\2i Filaridae) gusanos Nematodes, 
de sexos separados, parásitos los adultos de animales verte- 
brados (mamíferos) y del hombre; las hembras, vivíparas, pro- 
ducen gran número de embriones, destinados á pasar una fase 
de desarrollo larval en el organismo de un huésped intermedio 
(invertebrado) (1). 



(1) No hablase aquí en lo más mínimo de la Filaría medinéri'- 
sis del hombre, cuyos caracteres morfológicos, modo de transmi- 
sión, etc., nos obligan á considerarla como género distinto, por 
lo cual es oportuno aceptar definitivamente la nomenclatura de 
Cobbold, Ktimpfer, Looss, y llamarla Dracunculus (Dracunculus 
medinensis). 



— 338 — 



Tomaremos como ejemplo típico para el estudio del ciclo 
evolutivo y modo de transmisión de las Filarias de la sangre, 
el de la Filaría immitis de los perros, por ser de fácil obser- 
vación en España, por parecerse en extremo al de la Filaría 
Bancrofli, por haber constituido, en fin, el objeto de persona- 
les investigaciones, por mi parte, durante los últimos años. 

3. Los individuos adultos de la Filaría immitis (Leidy, 
1850) ó Filaría papíllosa haematíca canis domestici (Delafond 
y Gruby, 1852), se encuentran, por lo general, en número re- 
lativamente reducido, en grupos de dos á diez ó poco más, lo- 
calizados en estos casos en el ventrículo derecho del corazón y 
en las arterias pulmouales del perro; sin embargo, y á pesar de 

que la mayoría de los 
observadores insiste so- 
bre dicha localización, 
se encuentran también 
aislados, á veces en nú- 
mero bastante crecido, 
en el tejido conjuntivo 
subcutáneo, sobre todo 
en los perros viejos, que 
viven desde mucho tiem- 
po en sitios donde abun- 
dan los mosquitos y 
duermen en el campo, 
al abierto. 

Son gusanos filifor- 
mes, de dimensiones 
variables, más largas las 
hembras que los machos. 
Las hembras pueden, en efecto, alcanzar la medida de 300 
milímetros; y yo poseo un ejemplar que llega á los 370 (figu 
ra 16, AJ. El diámetro transversal varía entre 1 y IV2 ™í^í~ 
metros. El cuerpo es cilindrico, blanco opaco; el del macho, 
que no llega casi nunca á los 200 milímetros de largo, termi- 
na, en su extremidad caudal, con una espiral fina y puntiagu- 
da (v. fig. 16, B). La abertura bucal, pequeña, redonda, está 




Figura i6.— Filaría inmitis, adultos Ó y Q 



— 339 — 

rodeada de seis papilas, y seguida inmediatamente por ua bre- 
ve esófago que se continúa en una porción del intestino, intes- 
tino muscular, de 2 á 2 \ o milímetros de largo. Lateralmente, 
muy cerca de la extremidad cefálica, ábrese la vulva en las 
hembras. Los órganos sexuales están representados, en estas 
últimas, por los tubos ováricos que corren á lo largo del cuer- 
po, y se continúan en dos úteros que convergen al fin en la 
vagina única, monolateral. 

Sacados del medio ambiente en que viven estos parásitos 
(sangre, tejidos conjuntivos bien vascularizados), quedan como 
entorpecidos y mueren poco tiempo después. En solución fisio- 
lógica {de Na Cl), á la temperatura de 37° ó 38°, pueden 
conservar su vitalidad durante veinticuatro horas ó más. 

Cuando en el sistema circulatorio ó en el tejido conjuntivo 
del perro (1) hállause machos y hembras adultas, entonces las 
hembras, fecundadas, pueden dar lugar á grandísima cantidad 
de embriones, que, libres y dotados de activísimos movimien- 
tos, se presentan en la sangre periférica. 

4. La morfología de estos embriones, su fina estructura y 
organización, constituían un problema en extremo interesante, 
puesto que debía suponerse que en ellos se encontraran los 
distintos elementos, origen de los órganos que se desarrollarán 
luego en los períodos sucesivos de la vida larval, en el huésped 
invertebrado (mosquito). 

Durante el verano de 1903, dirigí mis investigaciones en 
este sentido, y logré aclarar en gran parte la fina anatomía de 
estos embriones, hasta entonces casi completamente descono- 
cida. En efecto, el mismo Dr. Noé, en su importante trabajo 
Sul ciclo evolutivo della F. Bancrofti e della F. immitis 
(1901), limítase á describir los embriones de la F. del perro 
durante su vida en la sangre del huésped vertebrado, coa las 
palabras que siguen: «Estos embriones, observados con mucha 



(1) Me interesa hacer observar que las Filarías que se encuen- 
tran en el tejido conjuntivo son siempre más pequeñas , de dimen- 
siones menores que las de la sangre del corazón (sin que se trate 
en estos casos déla F. Recóndita, especie distinta). 



- 340 — • 

atencidn, presentan una organización más complicada de lo 
que parece. Ya puede uno ver, á lo largo de la parte anterior 
del cuerpo, si bien apenas indicado por una línea sutil, el lu- 
men intestinal, que á veces puede extenderse posteriormente 
en un trayecto muy notable. Muchas veces dicha línea parece 
como interrumpida por varias manchas pequeñas ó puntos res- 
plandecientes, los cuales representan pequeñas dilataciones lle- 
nas de líquido transparente. 

» Acerca del límite de la tercera parte anterior del cuerpo 
embrional se ve muy bien una mancha ovoidal, también res- 
plandeciente, situada sobre el lado ventral del embrión. Re- 
presenta esta mancha el inicio de una glándula que se encuen- 
tra luego muy bien desarrollada en las larvas durante su evo- 
lución sucesiva en los tubos malpigianos del mosquito, y que 
ha sido descripta por Grassi y Calandruccio en las larvas de 
F. Recóndita, bajo el nombre áe gl adula anterior. 

»A1 límite de la tercera parte media del cuerpo se puede 
poner de relieve, con alguna dificultad, una gruesa célula 
ovoidal que parece ser el indicio de los órganos genitales.» 

Como se ve, esta descripción, á pesar de su exactitud, no 
puede considerarse como suficiente bajo el aspecto morfo- 
lógico. 

Por otro lado, las preparaciones de sangre en seco^ someti- 
das, después de haberlas fijado, á los varios métodos de colo- 
ración, no dan resultados mejores, en cuanto no llegan á reve- 
larnos en la forma debida, conservando las disposiciones nor- 
males, la estructura celular de los embriones. Así es que, por 
ejemplo, los preparados teñidos con tionina fenicada de Nico- 
lle, ó con azul de metileno en solución alcalina, ó con emato- 
xilina, á {)esar de lo que digan los autores, no son á propósito 
para el estudio morfológico, puesto que en ellos se tiñen los 
embriones irregularmente in tota, diferenciándose muy mal las 
distintas células. 

En una nota de Lang y Noc , Les filaires en Nouvelle Calé- 
donie^ dicen estos autores: «...La meilleur procede de colora- 
tion du sang consiste dans Femploi de la Thionine phéniquée 
de Nicolle. Ce colorant met bien en évidence la constitution 



— 341 



intime^ des embryons, qui apparaissent colores en violet, etc..» 
Ahora bien, cuantas preparaciones he hecho con este método 
y los otros parecidos, siempre me han dado coloración unifor- 
me ó casi uniforme de los cuerpos embrionales, y sólo la falta 
de comparación con los re^ultados que se obtienen con el mé- 
todo de la coloración in vivo puede hacer creer que los méto- 
dos en seco permitan poner de relieve la constitución íntima 
de los embriones. 

Y no quiero detenerme más en examinar las varias opinio- 
nes emitidas acerca del asunto. Sólo diré que, en una nota de 
Low, en el Journal of tropical medicine (16 Febrero de 
1903), sobre «Method of mounting specimens of Bilharzia 
eggs, Filarial embrios, and Small Worms, etc», se lee tam- 
bién que «...para los embriones de Filaria puede pasarse en 
agua el cubre- objetos con la gota de sangre, y luego añadir 
pocas gotas de una substancia colorante cualquiera, como fuc- 
sina, ematoxilina, etc...» Lo que he dicho antes vale también, 
y con más razón, por lo que se refiere á los resultados de este 
método (tratándose de embriones de F. immitis). 

En el tratado de Perroncito <í1 paras siti delV uomo e degli 
animali utili», pág. 406 de su ultima edición (1902), hállase 
una figura que reproduce la forma de los embriones de F. im- 
mitis. Pero los cuerpos allí representados, uniformemente gra- 
nulosos, limitados por la cutícula periférica, en nada revelan 
la interna organización. 

El método por mí indicado (coloración in vivo de los em- 
briones) y los resultados obtenidos, ya publicados en prece- 
dentes Notas (1903-1904), han sido comprobados por Grassi, 
Noé y otros observadores , no sólo en lo que toca á los embrio- 
nes de Filaria immitis^ sino también — con ciertas diferen- 
cias — á los de F. hancrofti. Sin detenerme en referir los de- 
talles de la técnica empleada, que se hallarán en mis anteriores 
publicaciones, me limitaré, en este punto, á comentar y expli- 
car las figuras que aquí reproduzco, añadiendo algunas nuevas 
y originales (v. lám. II y III). 

Los perros filariosos son muy frecuentes en Extremadura, y 
en particular, nosotros encontramos muchos en la provincia de 



- 342 — - 

Cáceres, distrito de Navalmoral de la Mata, comarca grave- 
mente palúdica, donde abundan en grandísimo número los 
mosquitos del género AnopTieles, Pyretóphorus , Mixomyia. 

Los embriones de Filaría immitis, examinados directamente, 
en una gota de sangre extraída por puntura de una oreja del 
perro, se presentan con aspecto de pequeños gusanos, de 330 
á 360 \i. de largo, 6-7 jx de ancho, dotados de vivísimos mo- 
vimientos. En una capa de sangre de algún espesor, entre porta 
y cubre-objeto, en determinadas condiciones de observación, 
pueden verse aún vivos al cabo de algunas horas, á pesar de la 
evidente alteración de los hematíes. Si se persigue su examen 
al microscopio — es muy suficiente para ello una lente en 
seco, —se ven durante un primer período de tiempo hacer mo- 
vimientos serpentinos, deslizarse en' forma de anguilas, trasla- 
dándose con relativa facilidad de un punto á otro en el plasma, 
Luego, en un segundo período, siguiendo con esa forma de mo- 
vimientos muchos de ellos, se ven otros embriones, y poco á 
poco, la mayoría, que se envuelve y repliega en espiral, con 
movimientos rápidos, desenvolviéndose también rápidamente. 
Y más tarde, por fin, los movimientos disminuyen de intensi- 
dad y se ven los embriones, ya fijos, sólo hacer movimientos 
de balanza, agitando débilmente su extremidad cefálica y mo- 
viéndola de un lado á otro, con pequeñas oscilaciones de todo 
el cuerpo. 

5. Adoptando mi método de impregnación in vivo (Véase 
Fase, 1.°, t. III, Marzo, 1904, «.Trabajos del Labor, de In- 
vest. biológicas de la Univ. de Madrid») con una solución al- 
calinizada de Azul de Metileno (de Hocht); esto es, mezclan- 
do directamente con el plasma de la sangre en que se mueven 
los embriones, una gota de la solución siguiente: 

Azul de Metileno crist. puris. L. Meis- 

ter , etc. , Hocht 0,20 gramos. 

Carbonato sódico 0,30 ídem. 

Agua destil 100 ídem. 

se nos revela poco á poco la íntima estructura celular de los em- 
briones, según la representan las figuras de las láminas II y III 



— 343 - 

Sin embargo, haré observar, que la reproducción de la ima- 
gen completa de un embrión llegado al término de su impreg- 
nación con el método antes indicado, no nos proporciona to- 
dos los detalles que salen á luz cuando, con Ja vista al ocular 
del microscopio, seguimos el proceso en sus fases sucesivas» 
mientras se desarrolle y determine (1). 

Enfocando convenientemente con el tornillo micrométrico 
se ven por primeras, á la extremidad cefálica del embrión, tres 
6 -cuatro células con gruesas prolongaciones anteriores, que 
llegan al límite del cuerpo embrional, tocando la cutícula del- 
gada. Toman estas células aspectos diferentes en sus relacio- 
nes con la pared anterior y lateral del cuerpo, según represen- 
tan con suficiente claridad y con toda exactitud las figuras de 
la lám. lí. Si se tiene en cuenta que el ectoderma embrionario 
de los Nematodes en gen2ral (y véanse acerca de esto los es- 
tudios de Jammes), se presenta en condiciones de diferencia- 
ción tan atrasada, que no nos permite distinguir los elementos 
epiteliales sencillos y los elementos ya próximos á los caracte- 
res del tejido nervioso, y si, por -otra parte, ponemos en com- 
paración la disposición embrionaria representada por ese agru- 
pamiento de células cefálicas, con la disposición del anillo de 



(1) Recogida sobre el cubre-objetos una gota de sangre de una 
pequeña herida (pincbazo), en la región mejor vascularizada déla 
oreja del perro, se pone rápidamente sobre el porta-objetos, ejer- 
ciendo ligera presión. El porta-objetos ba sido previamente pre- 
parado, habiéndosele dejado caer encima una gota de la solución 
colorante indicada. 

De esta forma, el plasma, en el cual se mueven los embriones de 
la gota de sangre del cubre-objeto, se mezcla íntimamente con la 
solución colorante. Los embriones se tiñen poco á poco, progresi- 
vamente. 

Estas preparaciones pueden conservarse por más tiempo en bue- 
nas condiciones, si se ponen á la estufa á 35 ó 38*^. También puede 
encerrarse el cubre- objetos pegado al porta, con bordes de parafi- 
na ó de cualquier substancia impermeable; no se evita con esto la 
alteración de los hematíes, pero sí puede lograrse que los embrio- 
nes se conserven coloreados en buenas condiciones por algún 
tiempo. 



— 344 — 

pequeñas células nerviosas, ya claramente visible en los suce- 
sivos períodos de desarrollo de los embriones en el huésped in- 
vertebrado (período larval), nos parecerá muy lógica la inter- 
pretación ya comunicada en mis precedentes notas, esto es, 
que el agrupamiento antedicho que se encuentra en los em- 
briones, esté constituido por los elementos neuro- epiteliales 
que darán origen á las células nerviosas del anillo peri-eso- 
fágeo. 

Inmediatamente detrás de este grupo de células anteriores, 
se perciben (en un período bastante adelantado de la impreg- 
nación), las pequeñas células entodérmicas (fig. 17, E.), á las 
que hállanse sobrepuestos los núcleos ectodérmicos esparci- 
dos debajo de la capa cuticular estriada, que reviste todo el 
cuerpo embrional (lám. II y III). 

Antes de llegar al límite, entre el tercio anterior y el tercio 
medio del cuerpo del embrión, á 100 [x. ó menos de distancia 
desde la extremidad cefálica, encuéntrase la vesícula refrin- 
gente, clara, situada en contacto de la pared del cuerpo, ya 
descrita por Grassi y Noé con. el nombre de glándula anterior. 
El contenido de esta pequeña ampolla glandular posee propia-, 
dades acidófilas, según queda demostrado por mis observacio- 
nes, y desde luego puede afirmarse que comunica con el am- 
biente exterior. En efecto , con el mismo método de la colora- 
ción in vivo de los embriones en la sangre, y sustituyendo á 
Ja gota de sencilla solución de azul de metileno una gota de 
la mezcla de azul de metileno y eosina (solución 1 por 100 de 
eosina B cristal Meister L. & B.), hemos observado que el 
contenido de la glándula anterior preséntase siempre con el 
aspecto de pequeños coágulos de color terroso ó rojizo, indu- 
dablemente debidos á la precipitación de substancias acidófi- 
las (v. lám. III, fig. 2). 

Una célula grande, con citoplasma intensamente teñido (por 
el método antes indicado), núcleo claro y nucléolo central, está 
en relación con la vesícula abierta al exterior (fig. 17). 

La significación embriogénica y la función de este esbozo de 
órgano, representado por la vesícula ó glándula anterior, es muy 
dudosa. 



— 345 - 

En mis precedentes Notas, y tomando en consideracidn las 
disposiciones anatómicas del gusano adulto y las sucesivas mo- 
dificaciones de la glándula anterior en las fases larvales, den- 
tro de los tubos malpigianos del AnopheJes , según han sido de- 
mostradas por Noé, yo me permití adelantar algunos conceptos 
acerca de la posibilidad que dicha glándula representara el es- 
bozo de las vías genitales externas en las hembras de Filaría 
immiiis. Reconozco las dificultades de carácter cmbriogénico y 
morfológico que se oponen en parte á esta interpretación, y so- 
bre todo la falta de datos exactos y terminantes en este pro- 
pósito. Mayores probabilidades presenta la hipótesis de que se 
trate de un rudimento de sistema excretor que Looss, por ejem- 
plo, ha creído observar y ha descrito en otras especies de Fila- 
ridae (F. loa). Lo cierto es que la glándula a ?í/er/o;' puede se- 
guirse en su desarrollo desde las formas embrionarias en la 
sangre del vertebrado, basta los últimos períodos larvales de 
la F. immitis en el huésped invertebrado, encontrándonos al 
llegar á este punto con una interrupción, que sólo nuevas in- 
vestigaciones podrán satisfactoriamente llenar. 

Prosiguiendo hacia la extremidad posterior del cuerpo em- 
brional^ nos encontramos con una porción bastante larga en 
que se observan tan sólo las pequeñas y numerosas células re- 
dondas ó poligonales , con borde protoplasmático delgado y 
nucléolo central fuertemente teñido, sobre las cuales, y deba- 
jo de la capa cuticular, se notan algunos núcleos ectodérmi- 
cos; llégase, por fin, al límite entre la tercera parte media y 
la tercera parte posterior del embrión, en correspondencia de 
una célula gorda, de considerables dimensiones, provista de un 
núcleo muy grande, claro, y que encierra un nucléolo central. 
Esta célula, según los conocimientos actuales, debidos en su 
mayor parte á los estudios de Leuckart acerca de semejantes 
disposiciones embrionales en los Xematodes, debe representar 
el esbozo de la gónade, de las células sexuales. En los perío- 
dos posteriores de la evolución larval, dentro del huésped in- 
vertebrado, estas células agrupadas se ven trasladarse sucesi- 
vamente hacia la porción anterior del cuerpo , sin alejarse mu- 
cho de su punto de origen (fig. 17, d.). 



.-- 346 — 



Viene luego un agrupamiento de cinco á seis células ento- 
dérmicas, de dimensiones bastante mayores que las descritas 




Fiaura 17.- Embrión de P. immitis (aum. 1 

\ lf)00 / 

a, agrupamiento de células cefálicas. 
E, pequeñas células entodérmicas. 
6, vesícula ó glándula anterior. 

c, célula grande central. 

d, gónade (?). 

e, vesícula posterior. 



en las porciones anterior y media. Estas células constituyen 
los elementos del intestino quilífero, que se desarrollará msís 
claramente desde los primeros momentos de la vida larval en 
el huésped invertebrado. Este agrupamiento celular llega has- 
ta un punto donde se encuentra una segunda vesícula cla- 
ra, refringente, con reflejos amarillentos, dispuesta como la 



II 



.^ 






'g.<L. 



X^V 



vp. 
Fig. 20.C 






H 



Cü 



i 



Fig. 21. A 



% 



Fia 21.a \é 



\r7.' "tnt 



•f^r- 



F,g. 21. 



Fig. 2U 



i 



I 



tí 

^1 



ü PULtüí^a. JU: 



/¡M' Aaui.íundtis. 



- 347 — 

primera, 6 glándula anterior, hacia la pared ventral del em- 
brión. Esta vesícula posterior debe considerarse como el esbo- 
zo del intestino posterior, sin que aun se hayan establecido sus 
relaciones con el intestino quilífero. Su presencia en los em- 
briones es de gran importada, pues parece demostrarnos que 
el intestino posterior tiene origen esquizocélico y no se forma 
por introflexión y consiguientes fenómenos de rotura y solda- 
dura. Ya Patrick Manson, en su «Tratado de enfermedades 
tropicales», al describir los embriones de la F. Brancofti (del 
hombre), hablaba también de una tail spot (ó mancha cau- 
dal), adelantando la hipótesis de que pudiera tratarse de un 
rudimento of the anus , or cloaca, and posterior part of tke 
alimentary canal (1. cit., pag. 550, 3.* ed.). 

La última parte del cuerpo embrional, poco después de la 
vesícula posterior, empieza á hacerse más delgada, hasta que 
termina en un filamento constituido, al parecer, exclusivamente 
por la cutícula estriada. 

6. Un hecho muy interesante, que importa poner de relie- 
ve, es que los embriones de Filaría immitis del perro, hállan- 
se desnudos en la sangre, al contrario de lo que sucede con 
los embriones de F. Bancrofti (F. nocturna) y de F. Diurna 
del hombre, que se observan encerrados en una membrana 
(Esuvies). Esta membrana no es otra cosa que el chorion del 
huevo. Los embriones de F. immitis rompen el involucro del 
chorion antes de salir del útero de la hembra adulta; al con- 
trario, en las especies antedichas, la membrana del huevo, sin 
ceder á la presión de los movimientos de extensión que ejerce 
el embrión en su interior, despliégase delicadamente y acom- 
paíía á este último durante el primer período de su vida, en el 
plasma sanguíneo. 

Los embriones así descritos viven durante un tiempo in- 
determinado en la sangre del perro filarioso, sin posibilidad 
ninguna de desarrollarse ulteriormente mientras permanezcan 
en ti huésped vertebrado, donde se encuentran los gusanos 
adultos que los han producido. 

¿En qué forma efectúase su migración? ¿De qué manera 
y por cuál camino pueden llegar á penetrar en otro huésped ó 



- 348 — 

conservarse vivos en ambiente distinto, y por fin infectar otros 
perros? 

Galeb y Pourquier aseguraron haber observado en un caso 
la transmisión de los embriones de la sangre de la madre á 
los perros recién nacidos. Aun admitiendo la posibilidad de 
este modo de transmisión, nada nos explicaría, ni sería sufi- 
ciente para darnos razón de la manera cómo algunos de estos 
embriones tan numerosos llegan al estado y forma de nemato- 
des adultos. De todos modos, yo no creo en la posibilidad de 
esta transmisión á través de la placenta; y fundo esta opinión 
en argumentos de analogía con lo que pasa con el hematozoa- 
rio de La verán; en razones fisiológicas y morfológicas, al con- 
siderar el modo de formación de los distritos vasculares del 
feto en correspondencia con los vasos de la placenta materna, 
y, sobre todo, en la observación personal de una perra fila- 
riosa, que dio á luz en Diciembre de 1903, y cuyos cachorros 
(examinados en el Instituto de Alfonso XIII en Madrid) es- 
taban por completo exentos de embriones circulantes en la 
sangre (1). 

En 1879, Bancroft comunicó haber observado embriones, 
probablemente de Filaría immitis, en el cuerpo de ciertos pio- 
jos, Tricbodectes lahis, ya considerados como huéspedes inter- 
medios de la Taenia cocitmerina del perro. Sin embargo, debió 
tratarse de un error en la indicación de esta especie de ecto- 
parásito, pues, como es fácil observar directamente — y queda 
en la actualidad fuera de duda — \ob Trichodectes [Ax(\\\\^- 
teros ápteros y parásitos malófagos), no chupan nunca la san- 
gre ni penetran, en modo alguno ;, á través de la piel del perro, 
sobre el que tienen su asiento: sólo se limitan á carcomer y 
roer la superficie cutánea y los pelos. 

Sonsino, en 1888, rectificó el error y aseguró que debía tra- 
tarse, en el caso de Bancroft, de un Haematojmius (H. pili' 
fer) , habiendo observado el mismo, por su parte, embriones 



(1) La perra era filariosa desde siete meses por lo menos. La 
autopsia (en Febrero 1904) demostró la presencia de 7 gusanos 
adultos en el corazón derecho (3 machos y 4 hembras). 



— 849 — 

de Filaría immitis en estos insectos, así como en las pulgas 
de los perros (Piilex serraticeps). 

Mas las investigaciones posteriores de Grassi, del mismo 
Sonsino y otros, demostraron que los embriones encontrados 
en los insectos de los géneros Pulex y Haematopinus (en és- 
tos muy escasos y quizás accidentales), pertenecen á una es- 
pecie de Filaria del perro, distinta por completo de la F. im- 
mitis, y que Grassi llamó F. recóndita. 

El mecanismo de transmisión de los embriones de F. itn- 
mitis ha sido determinado por Grassi y Noé en 1900. Du- 
rante el año de 1903, aprovechando la circunstancia favora- 
ble de encontrarme en una comarca de España donde abun- 
dan los perros fílanosos, al mismo tiempo que llevé á cabo 
las investigaciones antes referidas sobre la morfología de los 
embriones, repetí las experiencias de Noé; y de los resultados 
obtenidos, doy cuenta al describir en su conjunto el proceso 
evolutivo de la Filaria immitis y el modo de difusión de este 
parásito, desde los perros que ya le hospedan á los perros 
sanos. 

Si se examina la distribución de las zonas ó regiones en que 
se hallan perros con embriones en la sangre (embriones — que- 
da entendido — de F. immitis) ^ se observa en seguida que és- 
tas corresponden casi siempre con sitios de paludismo endémi- 
co; cuando menos trátase de lugares donde abundan ciertas es- 
pecies de Dípteros de la familia Culicidse. Al hacer el examen 
de gran cantidad de estos Dípteros encontráronse los prime- 
ros investigadores con que algunos entre ellos — pocos, relati- 
vamente, — pertenecientes á la sub-familia Aiiophelinae ^ hos- 
pedaban en los tubos malpigianos gran número de embriones 
de nematodes, los cuales, con un estudio más detenido, se re- 
conocieron por formas de desarrollo (formas larvales) de una 
Filaria de la sangre. De aquí á la prueba experirnental y de- 
mostración biológica de la transmisión de la Filaria immitis 
del perro por medio de los mosquitos, el paso fué breve. 

Existía el precedente de las observaciones de Bancroft, y, 
sobre todo, de Patrick Manson, acerca del paso de la Fila- 
ría Bancrofti, en su período larval, por el organismo del 

Eev. Acad. Ciencias.— III.— Octubre, 1905. 24 



- 350 

Culex ciliaris (C. pipiens, en general). Sin embargo, es opor- 
tuno poner de relieve que la hipótesis sostenida por Manson 
y sus discípulos sobre el fundamento de estos hechos (es de- 
cir, de la existencia de un período de desarrollo larval en el 
organismo del mosquito), consistía en admitir que las larvas, 
llegadas á cierto límite de su evolución, pudieran ser deposi- 
tadas en las aguas por los mismos mosquitos, ó, mejor dicho, 
caer en el agua al morir las hembras de estos Dípteros, según 
suele ocurrir durante la puesta de los huevos; y luego pasar al 
organismo del hombre por medio del agua que las contuviera. 
Tratábase, por tanto, de una hipótesis fundada en la analogía 
con los hechos observados por Fedtschenko, bajo la dirección é 
inspiración de Leuckart, y que tanta luz han traído sobre la 
transmisión de la Filaría medinensis ( Dracunculiis medi- 
nensis. 

La determinación exacta del mecanismo de transmisión de 
la Filaría immiiis en los perros, ha servido luego para modi- 
ficar también los conceptos de P. Manson y de sus discípulos 
sobre el modo de penetración de la F. Bancrofii en el orga- 
nismo del hombre. 

7, Ya hemos dicho que al examinar directamente (según 
los métodos y la técnica que más adelante se indicarán) un 
número bastante crecido de mosquitos de la sub-familia Ano- 
phelinae, y más especialmente de la especie Ánopheles claviger 
(sinónimo maciiUpennis ) , allí donde se encuentren perros fíla- 
nosos pueden hallarse en algunos ejemplares los embriones de 
Filaría ímmítis en su período de desarrollo larval. 

La proporción de mosquitos infectados (1) no supera casi 
nunca (en verano), el 4 por 100 de los examinados. Si el pe- 
ríodo de desarrollo en que se encuentran las larvas de Pilaría 
en el mosquito es aun muy atrasado, no podremos llevar á 



(1) Esta palabra no es apropiada ni admisible, pues debe re- 
servarse para indicar los organismos atacados por gérmenes bac- 
téricos en general. En este caso mejor diríase parasitados , adop- 
tando un vocablo ya corriente entre los franceses; no me atrevo, 
sin embargo, á introducirlo en la lengua castellana. 



— 351 — 

cabo un experimento de inoculación, que nos dé la prueba de 
su evolución definitiva en el organismo del perro (huésped 
vertebrado). Mas si encontramos casualmente las larvas ya 
por completo desarrolladas, esparcidas en la cavidad general 
del cuerpo y en el lahium mismo del mosquito, entonces po- 
dremos — dilacerado ya el díptero — trasladarlas, vivas y mó- 
viles, durante breves momentos, en pocos centímetros cúbicos 
de solución fisiológica de Na Cl, y luego, lo más pronto posi- 
ble, inocularlas por una puntura cutánea, por una herida su- 
perficial, que apenas haga sangre, en el tejido conjuntivo de 
un perro sano, previamente examinado. 

Esta experiencia, de difícil actuación en las circunstancias 
y con el método antes indicado, puede llevarse á cabo en 
modo más completo y más demostrativo, haciendo picar un 
perro filarioso, que presente abundantes embriones en la san- 
gre periférica, por cierto numero de mosquitos del gen. Ano- 
pheles. Algunos de ellos, se utilizarán como testigos, exami- 
nándolos sucesivamente en distintas fechas^ para observar el 
desarrollo de las larvas de Filarla: los demás, alimentados con 
frutos y agua, en la forma que se indicará, se destinarán á que 
piquen, en el momento oportuno — determinado por la obser- 
vación metódica de los testigos — otro perro, sano, en el cual 
podremos investigar la suerte tocada á las larvas salidas del 
mosquito, ya esperando que aparezcan en la sangre los embrio- 
nes producidos por los gusanos adultos (si es que macho y 
hembra llegan á fecundarse), ya con la autopsia, buscando di- 
rectamente en los tejidos y órganos las Filarlas en su nueva y 
terminal fase de evolución biológica. 

Cuando un mosquito de la sub-familia Anophelinae, habien- 
do picarlo al perro filarioso, introduce en su tubo digestivo, 
mezclados con la sangre chupada, los embriones de Filaría 
immitis^ éstos, penetrados á través de faringe y esófago en el 
estómago ó intestino medio del mosquito, se dirigen hacia las 
desembocaduras de los cinco tubos de Malpíghi (véase figu- 
ra 15), que constituyen el sitio de elección para su desarrollo 
en el huésped invertebrado. 

La migración de los embriones desde el Mamífero (perro) al 



^ 352. ~ 

Díptero, debe considerarse, por tanto, como migración pasivas 
sólo en su primera parte, en su primer período, mientras la 
faringe del mosquito, provista de musculatura, dilatándose y 
contrayéndose sucesivamente, empuja la sangre, y con ésta los 
embriones chupados, hacía el reservorio y el estómago. Mas 
desde ahora, y en este punto, empiezan los movimientos acti- 
vos de los embriones, para introducirse en los tubos de Mal- 
pighi, que ábrense, como es sabido, en el límite entre el ins- 
testino medio y el posterior. 

Las razones ó causas de esta adaptación parasitaria, especí- 
fica, para los tubos de Malpighi, son muy obscuras y comple- 
jas. En realidad hay que advertir que un gran número de em- 
briones se pierde y muere pasando al intestino posterior, arras- 
trado con la corriente del líquido ingerido á veces en exceso; 
y siendo eliminado así por la abertura anal; otros mueren en la 
misma cavidad del estómago, cuando la mezcla de la sangre se 
ha alterado química y físicamente. Los embriones que llegan á 
penetrar en los tubos de Malpighi, en núoaero siempre muy 
considerable, dotados aun de movimientos vivísimos, destro- 
zan las paredes celulares, destruyen la membrana, producen 
lesiones muy notables en el mismo citoplasma de todas las cé- 
lulas, hasta que ya van deteniéndose en sus movimientos y ce- 
san éstos por fin, á las veinte, veinticuatro y treinta horas. 
Entonces se encuentran los embriones, fijos, encerrados dentro 
de los cuerpos celulares que revisten las paredes de los tubos 
de Malpighi, revueltos muchos de ellos, todos casi por com- 
pleto inmóviles. 

Los tubos malpigianos de los Culícidos en general , hállanse 
constituidos por una capa cilindrica de grandes células (evi- 
dentemente células glandulares) que rodean, ó, mejor dicho, 
determinan ellas mismas, un canalículo ó conducto central, 
cerrado en la extremidad periférica ó libre (extremidad del 
tubo que flota en el lacunoma ó cavidad general del cuerpo, 
como en el esquema fig. 2, lám. I), y abierto al otro extremo, 
desembocando en el intestino. Una delgada capa cuticular es- 
triada sirve de límite entre los elementos celulares y el cana- 
lículo central. 



III 



ñg. 22. 



><^' 



W 



^ 



ñg. 22.a 



F,g. 22. b 






t-. 





c.^efv. 



y Ifml. post'. 



Fig 24. bis. 



tí. /'iU.i/tií/a J¿1- 



Jil.3lasíji 



" -'^^/ MiZd/'CC^''. 



Jíec.-íauf cundíi.'\ 



— '353 



Esta disposición ó estructura normal sufre profundas modi- 
ficaciones y daños irreparables bajo la acción de los parásitos. 
No sólo desaparece, dilacerada y rota, la capa cuticular ante- 




n 



VI 



IV* 




Figura 18. — Esquema que representa las distintas y sucesivas fases de 
desarrollo de los embriones de Filaría immitis durante el período lar- 
val en los tubos de Malpighi. 
Primer periodo. — I-III. 
Segundo periodo. — IV. 
Tercer periodo. — V. 
Cuarto periodo. — VT. 

Demuestra las relativas proporciones en los momentos 

I 
sucesivos : aum. 



dicha, sino que los embriones de Filaría immitis reducen en 
pocas horas casi todas las células de los tubos de Malpighi á 
porciones mínimas de citoplasma que rodean un núcleo ape- 
nas visible cerca de la membrana basal que constituye la pa- 



.— 354 — 

red externa del órgano. Si el organismo no resiste, y no se 
produce, con los restos de los cuerpos celulares, una rápida 
regeneración de estos órganos, el díptero muere al cabo de 
pocos días, el huésped cae víctima del parásito. En efecto, la 
mortalidad de los Anopheles que se infectan con la sangre de 
perros fílanosos es grandísima: llega al 40-50 por 100. Es ésta» 
muy probablemente, una de las causas por que se encuentran 
con tanta dificultad mosquitos que hospeden larvas muy des- 
arrolladas, en los .tubos de Malpighi, ó ya salidas de estos tu- 
bos y libres en el lacunoma. 

8. Los embriones sufren modificaciones morfológicas de 
mucho relieve durante su estancia en los tubos malpigianos. Po- 
demos dividir en cuatro períodos, con Noe, el desarrollo lar- 
val de estos parásitos (fig. 18). 

En el primer período, los embriones se acortan considera- 
blemente: desde 320-360 [j. ó más (dimensión de los embrio- 
nes circulantes en la sangre), se reducen á 135-140 a (al ter- 
cer día, en los tubos malpigianos). Al propio tiempo, aumenta 
el diámetro transversal. Averiguase un característico aumento 
en las dimensiones de la vesícula posterior^ que se ve sobre- 
salir del borde cuticular, en extroflexión, quedando semejante 
disposición durante todas las sucesivas fases de desarrollo. 

Al tercero ó cuarto día, esto es, al principiar el segundo 
período de desarrollo, empiezan las larvas á crecer otra vez en 
longitud. Sus movimientos son aún reducidos y escasos. Acór- 
tase y repliégase la extremidad caudal, casi formando un gan- 
cho, siendo aprovechada, muy probablemente, para fijar el 
cuerpo á las células de los tubos malpigianos. Los esbozos de 
los varios órganos van tomando sus propios caracteres. De- 
bajo de la cutícula embrionaria viene constituyéndose, entre 
tanto, una segunda capa cuticular, que representa más tarde, 
en los últimos períodos, la verdadera cutícula larval. La glán- 
dula anterior aparece muy clara, con su abertura exterior; las 
distintas porciones del intestino anterior y medio van estable- 
ciéndose con sus propios caracteres; pero la comunicación entre 
el intestino medio y el posterior, no existe aún en este período. 
El esbozo de los órganos sexuales (gónade), ya constituido 



IV 




Laauíoma. 




' Filar ia 



ü PiJiaiUfft' JU: 



íleo. Míxul:Ctm<u(i'- 



^'h 



^ 



— 355 — 

por un pequeño agrupamiento de células, se encuentra en co- 
rrespondencia del límite entre el intestino anterior y el intesti- 
no medio, es decir, bastante más hacia adelante que en la dis- 
posición morfológica embrionaria. Puede verse en este perío- 
do el anillo nervioso periesofágico ya constituido. Al séptimo 
día (tercer período de desarrollo larval) se nota un rápido 
alargarse del cuerpo, que llega así á los 450-500 [x, quedando 
el diámetro transversal en un máximo de 20 á 22 [x. Desde el 
noveno ó décimo día, ya las larvas pueden considerarse como 
maduras (cuarto período); los órganos, exceptuados los sexua- 
les, que sólo se desarrollan definitivamente en el huésped ver- 
tebrado, se encuentran perfectamente definidos en el pequeño 
cuerpo larval. La cutícula embrionaria ha sido sustituida por 
un revestimiento nuevo ; se ha abierto la comunicación entre el 
intestino medio y el posterior, y con la rotura de la vesícula 
posterior, se ha establecido la de todo el tubo intestinal con el 
exterior (abertura anal). Sin embargo, sólo al 12.° día, los 
movimientos aumentan de intensidad y vivacidad, de tal suerte 
que las larvas logran, con sus golpes repetidos, romper la 
continuidad de la membrana que cierra los tubos malpigianos 
en su extremidad periférica. Penetran así, ya libres, en el 
lacunoma (cavidad general del cuerpo). 

La cavidad del lacunoma extiéndese á lo largo de todo el 
cuerpo del mosquito, de modo tal que sus prolongaciones há- 
llanse también en los órganos del aparato bucal. Trátase de un 
sistema cerrado, como es natural (celoma), que no tiene puer- 
ta de salida de ninguna clase. En estas condiciones, el meca- 
nismo de migración de las larvas maduras desde el lacunoma 
del mosquito al huésped vertebrado, averiguase con un singu- 
lar artificio. Penetradas en el lacunoma, según queda dicho, 
por rotura de la pared de los tubos de Malpighi (v. lám. IV), 
dirígense en breve tiempo, la mayoría de ellas, hacia las pro- 
longaciones de la cavidad general en el lahium del mosquito. 
El espacio que en correspondencia del labiutn pueden ocupar 
las larvas es relativamente pequeño, estrecho; y puesto que, 
por otra parte, las dimensiones de las larvas ya maduras son 
considerables (pueden llegar á 900 jjl ó 1 milímetro' en algu- 



- 356 — 

nos casos), encuéntranse apretadas, encerradas entre las pa- 
redes del lahium , que aparece, cuando el número de las lar- 
vas es crecido, como abultado, ensanchado en sus diámetros 
transversales. A veces hállanse allí reunidas seis, ocho, diez 
<5 más larvas, y otras ocupan los espacios que representan la 
continuación del lacunoma en los palpos: muchas deben que- 
dar esparcidas por el cuerpo del Díptero. 

Las condiciones antedichas en que se encuentran las larvas 
dentro del lahium, explican cómo durante el acto de picar el 
mosquito, aumentada en modo excepcional, por la excesiva 
distensión de las paredes, la fragilidad del lahium, éste, que 
repliégase sobre sí mismo en la forma indicada por la figura 57, 
se rompa y deje pasar las larvas. 

En efecto, cuando el mosquito introduce sus piezas perfo- 
rantes en el cutis del mamífero (perro), constantemente el la- 
hium repliégase debajo de los estilos, disponiéndose con una 
curva de convexidad muy acentuada, á veces constituyendo 
un ángulo muy agudo (fig. 19); y más anteriormente, donde la 




; ^s-¿. 



Figura 19. — Esquema que representa la disposición del Labium (Lab.) 
respecto de las piezas perforadoras (Est.) del mosquito en el momento 
de picar. 



punta del labium en contacto con las piezas perforantes replié- 
gase otra vez, según demuestra la figura 19, encuentran fácil 
salida las larvas, á través de las paredes dilaceradas, y fácil- 
mente penetran por la herida cutánea en la sangre ó en el tejido 
conjuntivo subcutáneo del huésped vertebrado. 




Fig.28 




ñg. 28 bis 



—-iní. 



ü. J'Uía/u^u ,IU: 



Nti- .-lr,i{¿. aWuúr.< 



^ 357 ^ 

Este mecanismo de transmisión, desde luego muy singular, 
ha sido puesto en duda por algunos investigadores, especial- 
mente por Low y por la Escuela de Medicina tropical de Li- 
verpool, si se exceptúa el Dr. Dutton, muerto recientemente 
en África, y cuyas acertadas observaciones en éste como en 
otros puntos de la Biología y Patología tropical, le hacían 
acreedor á la más alta consideración en el campo científico. 
La opinión de Sambon (Liverpool) sobre el modo con que las 
larvas maduras de Filaría Bancrofti (del hombre), que se 
desarrollan en el gen. Qúlex, penetran desde los músculos to- 
rácicos á través de la pared faríngea del mosquito, en la por- 
ción anterior y terminal del tubo digestivo, para llegar así di- 
rectamente, con el líquido de las glándulas salivales, en la 
sangre ó en el tejido subcutáneo del hombre, no podría de nin- 
guna manera hacerse extensiva á la transmisión de las larvas 
de F. immitis, que no se encuentran localizadas en la misma 
forma de aquéllas, en los tejidos del huésped invertebrado 
(mosquito). Por mi parte, la juzgo errónea también por lo que 
toca á la Filaría Bancrofti ^ y por las observaciones y los ex- 
perimentos llevados á cabo en estos últimos años, creo que 
el mecanismo de transmisión de las larvas, tanto de F. immi' 
lis como de F. Bancrofti, desde el mosquito al huésped de- 
finitivo, se reduce al que hemos descrito en sus momentos 
principales, en los párrafos anteriores (1). 

Ya penetradas en el huésped definitivo (que en el caso de 
la Filaría immitis es el perro), por la picadura del mosquito, 
las larvas maduras, cuya morfología corresponde por completo 
á la de los gusanos adultos (si se exceptúan los órganos sexua- 
les), empiezan á crecer lentamente en sus dimensiones, hasta 
que alcanzan, al cabo de algunos meses, las propias y caracte- 
rísticas de estos nematodes en su última fase de desarrollo. ' 

9. Puede ocurrir que la picadura de un mosquito infectado 
introduzca, en el tejido subcutáneo ó en la sangre del perro, 



(1) Discutiremos más adelante también una reciente interpre- 
tación del Dr. Mario Lebredo (Cuba) sobre el mecanismo de mi- 
gración de las larvas maduras de F. Bancrofti. 



- 358 - 

larvas del solo sexo masculino ó femenino (mejor dicho , larvas 
que darán lugar á individuos adultos de sexo masculino 6 fe- 
menino). En estos casos — que de todos modos deben ser rarí- 
simos, aunque no faltan observaciones ya publicadas sobre el 
particular — se encuentran sólo á la autopsia los gusanos adul- 
tos, y éstos en escaso número por lo general: nunca se presen- 
tan los embriones en la sangre, porque no ha podido efectuar- 
se la fecundación (caso de Silva Araujo, Brasil, 1878). 

El número de los embriones que suelen encontrarse en los 
perros filariosos es á veces grandísimo. Delafond y Gruby cal- 
cularon que llegasen á 224.000 en un caso de su observación; 
mas no cabe duda de que superan esta cifra muy á menudo, 
sobre todo cuando se trata de perros viejos, que hayan vivido 
mucho tiempo en el mismo sitio , en condiciones abonadas para 
la reinfección. Así es que un perro enfermo, hematúrico, ede- 
matoso y parésico de las extremidades posteriores, que yo tuve 
ocasión de observar en Navalmoral de la Mata (Cáceres), y 
pertenecía al Jefe de estación en dicho pueblo, contenía en 
su sangre, por lo menos, 300.000 embriones de Filaría im- 
mitis. (Examen comparativo con el cuenta-glóbulos de Thoma 
Zeiss). 

Fundándose en el extraordinario número de perros infecta- 
dos que se encuentran en India y en China, P. Manson consi- 
dera como inofensivo este parásito. Desde luego, esta opinión 
es errónea. Los perros jóvenes soportan relativamente bien la 
presencia de los gusanos adultos en los grandes vasos, y casi 
sin molestia ninguna cuando se hallan localizados en el tejido 
conjuntivo subcutáneo. Pero si el número de los gusanos adul- 
tos aumenta por nuevas y repetidas inoculaciones, lo cual su- 
cede casi constantemente en comarcas donde abundan los 
Anopheles y cuando los perros duermen en el campo, al descu- 
bierto, en chozas ó corrales, y, por consiguiente, también el 
número de embriones que se vierten en la sangre es muy con- 
siderable, nunca se sustraen los huéspedes á las manifestacio- 
nes de lesiones más ó menos graves, de los aparatos circulato- 
rio, urinario y nervioso. A veces, como en el caso ya indicado 
de Navalmoral, hállanse reunidos síntomas distintos: edemas. 



-- 359 — 

hematuria, paresis y parálisis parciales, paraplegias. La muer- 
te puede ser repentina. 

En Italia y en España, la cantidad de los gusanos adultos 
que se encuentran á la autopsia de perros filariosos (con em- 
briones en la sangre) no suele ser muy considerable. Raras ve- 
ces pasa de 10 ó 15, excepcionalmente de 20 6 25 gusanos en 
los grandes vasos 6 en el corazón. Mas en los trópicos, suelen 
hallarse en número muchísimo mayor. Baste, para hacerse cargo 
de ello, tomar en cuenta la estadística de Lang y Noc, acerca 
de la Filaría immitis en Nueva Caledonia: 

Sobre 12 casos: 

En el 1.°— 96 gusanos (40 (f y 56 $) 
» 2.°— 52 » (24 (f y 28 9) 
» 3.°— 49 » (22 cf y 27 $) 
» 4.**— 153 » (53 cf 7 100 $) 
» 5.°— 123 » (46 (f y 77 $) 
» 6.°— 156 » (62 cf y 94 9) 
» IP— 23 » (10 cf y 13 9) 
» 8.°— 16 » ( ? ? ) 

» 9.° — Cantidad indeterminada, muy conside- 
rable. 

» 10.— 36 gusanos (18 cf y 18 9) 
» 11.— 64 » (29 (^ y 35 9) 
» 12.— 20 » ( ? ? ) 

La fórmula hemoleucocitaria sufre modificaciones variables, 
que no me ha sido posible reducir á un tipo fijo y constante, á 
pesar de numerosas investigaciones. Lang y Noc sostienen que 
existe siempre hiperleucocitosis (desde 8.000 (p. m.'') leuc. nor- 
males, hasta 30.000 (p. m.') en los perros infectados, con mu- 
chos embriones en la sangre periférica), y que dicho aumento 
del número de glóbulos blancos está representado esencial- 
mente por leucocitos polinucleares, con manifiesta eosinofilía. 
Pero en realidad , la hiperleucocitosis de los perros filariosos es 
transitoria^ accesional, nada permanente y menos caracterís- 
tica de lo que podría suponerse al tomar en consideración los 
datos de los dos citados autores. 



— 360 — 

- 10. Aunque a priori pudiera juzgarse imposible la vida, y 
sobre todo el desarrollo de los embriones de F. iminitis en 
otro ambiente que no fuera la sangre del huésped vertebrado y 
el organismo del huésped intermediario (mosquito), sin em- 
bargo, parecióme sumamente interesante una tentativa de ex- 
perimentación, para mantener en vida y estudiar las posibles 
transformaciones de estas formas en el agua, en el tubo diges- 
tivo de otros insectos, etc. 

Por una incisión en la vena marginal de la oreja de un perro 
filarioso, recogíanse algunas gotas de sangre directamente ó 
por medio de una pipeta previamente calentada, en dos centí- 
metros cúbicos de solución fisiológica de Na Cl (sol. 0,75 ^/oq)^ 
á 38°. Seguros de que debía encontrarse cierto número de em- 
briones en el liquido, procedíamos á su examen cada cuarto de 
hora ó cada media hora, manteniéndole en estufa á la tempe- 
ratura de 38°. 

En estas condiciones — completamente artificiales y desde 
luego difíciles en extremo de averiguarse casualmente — los 
embriones quedaban vivos durante algunas horas (lo más cua- 
tro horas y media): al cabo de doce horas había empezado con 
toda claridad el proceso histolítico; los cuerpos embrionales 
hallábanse depositados en el fondo del líquido. 

Empleando el agua pura, la muerte de los embriones deter- 
minábase rápidamente. 

Nunca he podido observar más que alteraciones regresivas 
en la estructura del cuerpo embrional. 

Repetidas veces recogí sobre perros infectados de F. immi- 
tis , con abundantes embriones en la sangre, ejemplares de 
Pulex serraticeps llenas de sangre, y que por tanto debían 
contener embriones. En efecto, algunos de éstos hallábanse 
mezclados con la masa sanguínea, al parecer inertes, sin que 
me haya sido posible encontrar formas de desarrollo en los ór- 
ganos ó tejidos de los insectos. Tampoco me ha sido posible 
observar las formas larvales de la Filaría recóndita, cuyos em- 
briones presentaban, sin embargo, algunos perros en su sangre. 

11. Es oportuno completar la exposición de estos hechos 
con algunas observaciones interesantes. 



— 361 — 

Las filarías que se encuentran en el tejido conjuntivo de los 
perros (cuando no pertenecen á la especie F. recóndita), pa- 
recen desarrollarse más lentamente y alcanzan por lo general 
menores dimensiones con relación á las que — habiendo pene- 
trado muy probablemente en el instante mismo de la picadura 
del mosquito, en un vaso capilar — hállanse en los grandes 
vasos 6 en el corazón. Sin embargo, los adultos son sexualmente 
maduros y las hembras pueden, por tanto, producir embriones 
mucho antes de llegar á las dimensiones que se consideran 
como medias de la especie de estos Nematodes. En efecto, 
pueden observarse hembras, llenas de huevos fecundados y 
de embriones, y que no superan los 10 centímetros de largo. 

El estudio de la fina anatomía de los Nematodes en general^ 
y muy en particular de estos parásitos, permite cerciorarse de 
una condición estructural muy interesante, esto es, que el or- 
ganismo de estos seres resulta de un número relativamente es- 
caso de grandes células, algunas de dimensiones verdadera- 
mente considerables. Muy probablemente, no hay ulterior 
multiplicación celular, no hay proceso histogénico, después del 
que se averigua y cumple durante el desarrollo larval en el 
huésped intermedio, en el mosquito; si se exceptúa, como ya 
se ha dicho repetidas veces, el que corresponde á la formación 
definitiva y constitución del aparato sexual. 

En los tubos malpigianos del mosquito, algunas larvas van 
sujetas á un proceso degenerativo, representado por una infil- 
tración de pequeños cuerpecitos (¿depósitos cristalinos?) ama- 
rillos y pardos á lo largo de todo el cuerpo larval, hasta que 
éste queda como encerrado, incapsulado en esta capa, deter- 
minada muy probablemente por el huésped (quizás por el lí- 
quido propio de los tubos de Malpighi). Según parece, la 
muerte de las larvas precede constantemente al fenómeno de 
la degeneración pardo-amarilla antes indicado. 

Las condiciones de ambiente (temperatura) en que se en- 
cuentre el huésped (mosquito) , así como ciertas circunstancias 
biológicas (ovificación, método de alimentación, etc.), influyen 
considerablemente sobre el desarrollo de las larvas en el orga- 
nismo del díptero. 



— 362 ' 

Mas acerca de estos extremos volveremos con más detalles, 
al ocuparnos de la técnica para el estudio de los mosquitos. 
En efecto, es oportuno, antes de hablar de la Filariasis hu- 
mana, fijar bien nuestros conceptos y adquirir claros, aunque 
elementales, conocimientos sobre los Dípteros de la familia 
Culicidae, que tanto nos interesan como transmisores de estos 
parásitos. 

BIBLIOGRAFÍA 

Bancroft (Th. L.).— Preliminary note on the intermediaryhost 
of the Filaría immitis Leidy (Journal and Proceeding of 
the E. Soc. N. S. Wales, XXXV, 1901, reproducida en 
The Journal of Trop. med., 15 de Octubre de 1901, p. 347). 
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(Bull. Acad, Méd., París, 1900, núm. 21). 
ErcOlani (G. B.).— Osservazioni elmintológiche sulla dimorfo 
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gli embrioni di F. immitis e su una cisti con F. immitis 
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e della F. immitis Leidy. 

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chivos latinos de Medicina y Biología, Madrid, 1903, 20 Oc- 
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de Madrid , III , Marzo 1904), 
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bre 1904). 
EivOLTA (S.). — Relazíoni fra gli embrioni di F. immitis del 
sangue del cañe ed alcune lesíoní patológiche. (Giornale 
d'Anatomía Fisiol. e Patol. degli Animali, Pisa, 1877). 
Silva Arau.jo.— Filaría immitis et F. sanguinolenta, (ed. fran- 
cés, Lyon, 1878. 
SoNSiNO (P.).— Richerche sugli ematozoi del cañe (A. della Soc. 
toscana d. Scíeuze nat., V. X, 1868). 



índice 

DE LAS MATERIAS CONTENIDAS EN ESTE NÚMERO 



PÁGS. 

XI.— Quermes mineral. Nuevos estudios, por D. Gabriel 

de la Puerta 2G9 

XII.— Sobre la representación simbólica, por complejas 
imaginarias, de las magnitudes sinusoidales, por 
José M. de Madariaga 287 

XIII. — Estudios acerca de los Dípteros y de los parásitos 
que transmiten al hombre y á los animales do- 
mésticos, por el Dr. Gustavo Pittaluga 292 



La subscripción á esta Revista se hace por tomos completos, 
de 500 á 600 páginas, al precio de 6 pesetas en España y 6 francos 
en el extranjero, en la Secretaria de la Academia, calle de Val- 
verde, núm. 26, Madrid. 

Precio de este cuaderno , 2 pesetas. 



REVISTA 



DE LA 



REAL ACADEMIA DE CIENCIAS 



EXACTAS, FÍSICAS Y NATURALES 



. DE 



MADRID 



(Noviembre de 1905.) 



MADRID 

IIÍPBEIÍTA DE LA "GACETA DE MADRID,, 

CALLE DE PONTEJOS, KÚM. 8. 

1905 



ADVERTENCIA 



Los originales para la Revista de la Academia 
se han de entregar completos, en la Secretaria de 
la Corporación, antes del dia 20 de cada mes, 
pues de otro modo quedará su publicación para 
el mes siguiente. 



— 3G3 - 



XIV. — Don José Ramón Luanco. 

Por José Rodríguez Moürelo 

A 5 de Abril de este año de 1905, falleció en su retiro de la 
asturiana villa de Castropol, donde naciera en 1825, el señor 
D. José Ramón Fernández Luanco, que desde 1886 era miem- 
bro correspondiente de la Real Academia de Ciencias Exactas, 
Físicas y Naturales, Pasó Ja vida enseñando, y al cabo de 
cincuenta años de magisterio, tornóse á descansar en aquellos 
placenteros lugares donde viera la luz primera, después de 
haber pertenecido á las Escuelas y Universidades de Sevilla, 
Oviedo, Santiago, Madrid, Zaragoza y Barcelona; que la suer- 
te llevóle de una en otra á los comienzos de su carrera. Trabajó 
mucho en cuestiones de Química práctica, en la que fué habi- 
lísimo; practicó cuidadosos análisis, á los que debió los princi- 
pios de la justa fama de que gozaba ; escribió acerca de diversas 
materias con elegancia suma; notabilísimo erudito en achaques 
de Alquimia, buena parte de la dilatada y copiosa labor de su 
vida, tuvo por objeto la patriótica empresa, casi siempre logra- 
da, de allegar materiales para la historia científica de España. 

Tocóle asistir á la renovación de las ideas en materias cien- 
tíficas y correspóndele parte principal en las transformaciones 
de la enseñanza de la Qaímica; que nadie igualó su diligencia 
en propagar y enseñar los fundamentos de la doctrina atómica, 
de la que siempre fué partidario. Luanco, al igual de sus com- 
pañeros y camaradas, que llegaron á ser Catedráticos notables y 
excelentes químicos , tuvo mucho de reformador, y no es de sus 
menores méritos el haber contribuido á crear una suerte de 
medio científico, tan reducido y limitado como se quiera, pero 
que ha tenido marcado influjo en el desarrollo de nuestra cul- 
tura. Aficionar á los alumnos al laboratorio y á los experimen- 
tos, enamorarlos, si así vale decir, de las maravillas de la Quí- 
mica, es abrir el camino que conduce á las investigaciones y 
descubrimientos originales. 

Eev. Acad. Ciencias.— III,— Noviembre, 19(S. 25 



— 3C4 — 

Desgraciadamente aquellos esfuerzos meritísimos y aquellos 
afanes de los maestros de ciencias experimentales, no tuvieron 
eficacia de momento ó acaso la lograron ya tardía y á destiem- 
po; quizá también vinieron retrasados, y siendo reflejo de otra 
cultura extranjera, muy superior á la nuestra, pudo faltarles la 
nota personal y de originalidad, y en tan laudable obra había 
mucho del espíritu, de las ideas y hasta de la letra.de los Pro- 
fesores de nuestros Profesores. Es menester tener en cuenta 
cómo al medio científico, hecho á otras disciplinas intelectua- 
les en su mejor parte, y por lo general indisciplinado tocante á 
las de las ciencias experimentales, hasta le repugnaban sus 
doctrinas y hacía todo lo posible por no aprenderlas. Habíase 
creado un estado de violencia y desequilibrio social, tristísima 
herencia de horribles guerras, que no consentía hacer nada á 
derechas en materias de cultura; el continuo y nunca acabado 
mudar de régimen político; los cambios absurdos de procedi- 
miento; la transición de un sistema á otro, que demanda larga 
labor educativa de los pueblos; el aislamiento tradicional en 
que hemos vivido y aun queremos vivir, sin participar en la 
soberana obra científica de los tiempos presentes , todo ello 
junto y mezclado con los defectos, que nadie pretendía corre- 
gir, del carácter nacional , eran parte bastante para descorazo- 
nar al más animoso, y suficiente para dar al traste con los ma- 
dores esfuerzos y las mejores voluntades. 

Mal se acomodan con la inquietud en el vivir y con la nece- 
sidad de tener puesta y distribuida la atención á la vez en mu- 
chas cosas heterogéneas, el trabajar é investigar en materias 
de ciencia experimental, que la reclaman toda entera y piden 
su dominio absoluto. Obra de transformación social, de per- 
feccionamiento continuo en todos los órdenes, es, sin duda, la 
labor científica; mas sus principios y fundamentos, aunque sig- 
nifiquen tremendos combates, prolongadas luchas en las que es 
seguro el vencimiento de la idea nueva, y profundas mudanzas 
en el modo de constituirse pueblos y sociedades, han de ser 
descubiertos y formulados en la santa paz y en la dulce quietud 
de los laboratorios. 

Fué Luanco de los contados maestros que se penetraron de 



- 365 - 

ello; y apóstol convencido, predicó coa el ejemplo, ejerciendo, 
con sin igual celo, las funciones docentes, consagrándose lue- 
go de haberlas cumplido á los trabajos de laboratorio, que de 
tan buena manera sabía compartir con los de erudición y. aun 
servíanle para restaurar, en lo posible, la castiza nomenclatu- 
ra científica, en tan mala hí>ra olvidada. Con muy escasa com- 
pañía al principio de su carrera, tenaz y firme en su propósito, 
tocóle asistir y tomar parte en la tarea de preparar el camino, 
de crear aficiones y despertar entusiasmos por la Química, que 
tuvo siempre sus preferencias; disponiendo de limitadísimos 
elementos y no los más adecuados para cierto linaje de expe- 
rimentos, su ingenio supo resolver problemas analíticos de tan- 
ta dificultad como el reconocimiento de los meteoritos, y ejer- 
citarse en otros de carácter industrial, á semejanza de la ex- 
tracción del iodo; aprovechando con arte singular los medios 
de trabajo que había á mano y supliendo con rara habilidad los 
más perfectos, hizo notables análisis de las aguas potables de 
Oviedo y redactó importantes Memorias acerca de la fabrica- 
ción de la sidra por fermentación del zumo de la manzana y de 
los modos de producir el gas de la hulla y utilizarlo en el alum- 
brado público. Y, enseñando siempre, aplicándose á la labor 
experimental, entretenía su juventud, contribuyendo al des- 
arrollo de la cultura patria, tratando de formar el medio más 
apropiado para el desarrollo de las ciencias , muy distante to- 
davía de sus mayores esplendores. 

Por suerte, á la educación científica de Luanco precedió el 
estudio que se llamaba de humanidades y nunca abandonó las 
aficiones clásicas, y así cuidó mucho la forma de sus escritos y 
puso empeño en que el lenguaje fuese castizo y elegante, sin 
perjuicio de la exactitud y claridad de las doctrinas que expo- 
nía ó de los propios trabajos que pretendía dar á conocer. De 
ello es la mejor prueba el Compendio de las lecciones de Quí- 
mica general, excelente Tratado dispuesto con arreglo á las 
teorías modernas, que durante bastantes años sirvió de texto 
en la mayor parte de las cátedras de España. 

Consecuencia de semejante cultura clásica fué, sin duda, la 
obra de erudición que ocupó buena parte de la vida de Luanco,' 



- 366 — 

No se limitaron sus cuidados ni se concretó su solicitud en este 
orden á la rebusca de noticias y al acopio y clasificación de da- 
tos y pormenores; pudo entretenerle esta labor preliminar bas- 
tante-tiempo , en cuanto es indispensable para acometer mayo- 
res empresas de verdadera investigación crítica que era su ob- 
jeto, mas nunca túvola por principal. Así, el trabajo relativo á 
la Alquimia en España, es sólo conjunto de materiales, aco- 
piados y elegidos conforme eran encontrados, con objeto de 
hacerlos punto de partida y base de estudios críticos é indica- 
ciones precisas , tocante á los antecedentes históricos de las 
ciencias experimentales *n nuestra patria. En cambio, el dis- 
curso acerca de Ramón Líiil, considerando como alquimisin, 
que leyó en la Academia de Ciencias Naturales y Artes de Bar- 
celona, y que puede considerarse como un estudio definitivo 
de la representación del doctor iluminado respecto de las cien- 
cias experimentales, y la carta relativa á la patria del famoso 
Arnaldo de Vilanova, deben ser consideradas obras sintéticas, 
de mucha y buena doctrina, en las que Luanco aprovechó á 
maravilla la copiosa erudición que durante varios años había 
acumulado. 

Tal variedad de trabajo, que entretuvo la nunca cansada ac- 
tividad del reputado químico, supo hacerla compatible con sus 
deberes de Catedrático, cuyo celo y entusiasmos por la ense- 
ñanza no decayeron un punto y antes parecían exaltados con 
el tiempo, y llegó á enlazar y unir, sin soluciones de continui- 
dad, la experimentación y la erudición, la cotidiana labor en 
la cátedra y en el laboratorio y el minucioso y pesado estudio 
de manuscritos y libros, indagando en aquellos papeles viejos 
las noticias y datos que había menester para allegar los mate- 
riales de nuestra historia científica. Por eso fueron de tanta 
cuantía y de tales méritos los trabajos de Luanco en este sen- 
tido, que bien puede considerársele iniciador de semejante li- 
naje de investigaciones , cuya importancia y utilidad no preci- 
san encarecimientos. 

En la misma diversidad de las aptitudes y trabajos está in- 
dicado cómo ha de ser tratada y considerada la personalidad 
científica de Luanco. Intentaré presentarla brevemente, fijan- 



— 3G7 — 



dome en lo más saliente de su labor y en los rasgos peculiares 
del carácter del ilustre maestro, cuya vida se ha consagrado 
entera á la tarea de la enseñanza en la cátedra, en el laborato- 
rio y en el libro, con los mayores afanes, nunca desmayada so- 
licitud y desinteresados propósitos. 



No será menester repetir que D. José Ramón Luanco, cuya 
familia era de la villa de donde deriva su apellido, pació en la 
de Castropol en el año de 1825. Siguiendo la costumbre de en- 
tonces, comenzó su instrucción por las disciplinas clásicas y de 
humanidades, que debieron ser muy de su gusto, pues no dejó 
de cultivarlas y fué extremado en conocerlas, y tan versado en 
ellas, que la influencia de aquellos estudios es patente en cuan- 
tos llevó á término durante su vida, y en verdad no fueron es- 
casos. Desde 1838 contól-í la Universidad de Oviedo entre los 
alumnos de Filosofía, habiendo recibido en aquella famosa Es- 
cuela el primer grado académico de Bachiller; impulsado por 
su vocación, estudió luego las Matemáticas y se consagró de ca- 
mino á la Literatura, aprovechando juntamente las enseñanzas 
universitarias y los sólidos conocimientos de humanidades, que 
eran singulares y fundamentales en Luanco. Que no bastaron 
para satisfacer sus ansias de saber los metódicos y regulados 
cursos de las aulas ovetenses, demuéstralo el que acudiese á 
cátedras particulares y buscase en estudios privados y en su 
propia é individual aplicación , aquella suma de conocimientos 
que anhelaba y aquella sólida base de cultura que tan á maravi- 
lla supo utilizar en los mayores empeños científicos de su vida, 
y desde los comienzos acertó á escoger lo provechoso de los 
elementos tradicionales, empleándolo para llegar mejor al co- 
nocimiento de lo nuevo y es, en tal sentido, excelente ejemplo 
de cuánto valen ciertos fundamentos de cultura clásica, cuando 
de ellos se sabe sacar partido, aun tratándose de cosas que en 



._ 368 — 

apariencia están muy alejadas de los estudios llamados de hu- 
manidades. 

Llegó el año de 1846_, que señala para Luanco el comienzo 
de la carrera profesional, que empezó siendo alumno pensiona- 
do de la Escuela Normal de Ciencias, fundada á semejanza de 
la francesa, de gloriosísima historia. Allí es donde se deter- 
minan sus inclinaciones por la Química, que cultivó con pro- 
vecho toda la vida, sin dejar de la mano tampoco las aficiones 
literarias y eruditas; pero la Química, que en aquellos años 
acrecía grandemente su caudal de invenciones y descubrimien- 
tos, le atrajo y cautivó, entreteniendo toda la actividad del jo- 
ven aprendiz de Catedrático, que para serlo había ganado su 
plaza en la Escuela Normal. Mas quiso la mala ventura del 
continuo mudar, característico de nuestras leyes, que tal cen- 
tro de Enseñanza fuese suprimido, antes de advertir sus pro- 
vechos 6 de remediar sus inconvenientes, y á Luanco quedóle, 
como gran merced, una pensión de lo más reducido é insigni- 
ficante que puede imaginarse y el esperar otros tiempos y otras 
reformas que le consintiesen aplicar y utilizar los conocimien- 
tos adquiridos y acabar de formarse, practicando con tranqui- 
lidad en un laboratorio de Química. 

Hasta 1850 tuvo que aguardar para ser nombrado Ayudan- 
te de las Cátedras de Física experimental y Química general 
en la Universidad de Oviedo, y en semejante puesto, prepa- 
rando las cotidianas lecciones, experimentando é investigando 
de continuo y supliendo Cátedras, á veces durante dos años 
consecutivos, tuvo su actividad campo en que ejercitarse, las 
dotes nativas de su ingenio pudieron desarrollarse y las aficio- 
nes del novel químico hallar satisfacción cumplida. Un año des- 
pués aparecían con frecuencia en El Ovetense, periódico muy 
curioso, primorosos artículos científicos y literarios que firma- 
ba un Dalmiro , cuyos escritos y otros que se les parecían mu" 
cho, de cierto Carlos, podían leerse también en El I omento 
de Asturias. Dalmiro y Carlos eran Luanco con sus puntas y 
ribetes románticos, que sabía atender con no igualada diligen- 
cia al cuidado del laboratorio y á las obligaciones de la cáte- 
dra, y quedábale tiempo para estos trabajos de imaginación, 



- 3G9 — 

tan útiles, provechosos y educativos en los años de aprendiza- 
je científico, cuando no es llegada la reflexión y madurez que 
demandan las investigaciones originales. 

Un trabajo de Luanco señalaré ahora por ser quizá el pri- 
mero que le tocó llevar á cabo fuera de la esfera oficial y aca- 
démica: por los años de 1852 ocurrióle á cierto industrial de 
Oviedo iluminar con gas el café que explotaba y trató de mon- 
tar una fábrica, sólo para tal objeto, inmediata de aquel esta- 
blecimiento. Como era caso nunca visto, se solicitó parecer de 
personas competentes, y entre ellas, de los químicos de la 
Universidad, correspondiéndole á Luanco ser el Secretario de 
la Comisión formada, y no tuvo el proyecto partidario más en- 
tusiasta ni defensor más ardoroso; estudió á fondo el asunto, 
hizo pruebas, buscó datos y antecedentes, se esforzó en pre- 
sentar las ventajas del nuevo sistema, y tanto acertó en su In- 
forme, que andando el tiemj)0 sirvió de base y fundamento 
para establecer el alumbrado por el gas de la hulla en la capital 
de Asturias. 

Son de la misma época otros estudios de importancia, y de 
ellos el más citado el que lleva este título: Consideraciones 
acerca de las circunstancias en que debe fermentar el zumo 
de la manzana en la preparación de la sidra, impreso en 
Oviedo el año de 1853 y es obra de mucha utilidad, conte- 
niendo para su tiempo grandes novedades ; porque no debe ol- 
vidarse que fué compuesta cuando se sabía, á lo sumo, res- 
pecto de la manera de obrar los fermentos, si acaso los prime- 
ros esbozos de aquella teoría del contacto á la que dio forma 
definitiva el gran genio de Liebig. Poca era entonces la expe- 
riencia de Luanco en achaques de investigaciones químicas; 
sus mismos estudios mejor iban encaminados hacia la ciencia 
pura y no se detenían en cierto linaje de aplicaciones; no obs- 
tante, como el caso de la sidra referíase á una industria que 
en Asturias tiene grandísima importancia, prestóle toda su 
atención consagrándole muy detenido estudio, con el fin de 
desterrar malas prácticas inveteradas, aconsejando otras de 
eficaces y seguros resultados. Acaso pretendió el químico de- 
mostrar así la necesidad de lo que el vulgo ignorante llama con 



— 370 — 

desdén ciencia teórica , para llegar á la práctica racional de las 
industrias, que sin aquella guía degeneran hasta convertirse en 
indigesto fárrago de empíricas recetas, remora de todo ade- 
lanto y tradicional obstáculo de todo progreso. 

Iniciase en 1855 la peregrinación de Luanco por las Uni- 
versidades españolas, que no cesó hasta que dio en la de Bar- 
celona en 1868; en el primero de los años citados ganó por 
oposición la cátedra de Química aplicada á las Artes en la Es- 
cuela industrial de Sevilla, y sin tiempo á posesionarse de ella 
nuevas oposiciones diéronle el puesto de Catedrático de Quí- 
mica general en la Universidad de Oviedo, que era el colmo 
de sus ambiciones. Vivo está todavía el recuerdo del maestro 
y no se ha extinguido la memoria de aquel Profesor cuya sen- 
cilla y correctísima palabra persuadía siempre, de aquel dies- 
tro experimentador, dotado de habilidad suma, que acertaba 
sin vacilar con las mejores demostraciones, llevando con ellas 
el convencimiento al ánimo de los oyentes y discípulos. Pasa- 
do el largo y trabajoso aprendizaje, cuando Luanco ocupóla 
cátedra, era ya afamado Profesor y notoria su pericia en 
la Química práctica; así, desde el comienzo de sus lecciones 
había de demostrar, junto con las dotes nativas , aquel caudal 
de ciencia y aquella habilidad manual en la ejecución de los 
experimentos, que fueron los caracteres distintivos de su en- 
señanza. Fué un maestro apasionado de la ciencia que profe- 
saba; en la clásica sobriedad de la palabra, en la sencillez 
hermosa de la frase había los mismos entusiasmos que an- 
dando el tiempo tuvo para él el hallazgo de un manuscrito in- 
teresante, entusiasmos nunca decaídos, de los cuales vile las 
más sinceras y espontáneas manifestaciones ante el resultado 
de un experimento, y eso que á la sazón su edad tocaba en 
los lindes de la vejez y abundantes hilos de plata adornaban ya 
6U cabeza. 

Que no era suficiente la cátedra para entretener toda la ac- 
tividad de Luanco, no hay para qué decirlo; cumplía como pri- 
mera función la de la enseñanza y no hubo nadie más solícito 
y cuidadoso de ella, ni quien le aventajase en interés por sus 
discípulos. Mas solicitábale también el trabajo del laboratorio 



— 371 - 

en el que fué incansable y extremado, no dándose reposo en la 
práctica analítica y en aquellas investigaciones en las que su 
ingenio muy despierto podía suplir de algún modo la escasez 
y pobreza de los medios que tenía á mano para todos los me- 
nesteres de un curso experimental con su complemento de in- 
vestigaciones originales. 

Grandísima esperanza había de tener puesta en la eficacia 
de la ciencia y mucha fe en sus propios ideales quien traba- 
jaba hace cincuenta años en aquellos menguados lugares que 
se llamaban laboratorios de Química, tristes, destartalados, 
por lo general obscuros, húmedos y lúgubres, como si fuera 
necesario operar á escondidas, muy lejos de la gente, en apar- 
tados rincones; cual si se cometiera horrendo delito preparan- 
do oxígeno 6 averiguando la riqueza metál'ca de los minerales. 
Sirva esta observación para entender el mérito del que en 1857 
y en compaííía del benemérito Profesor de Física de aquella 
Universidad D. León Salmean , emnrende y lleva á cabo la ta- 
rea del análisis químico ( ompleto de las aguas potables de 
Oviedo, que nuestra Academia publicó en el tomo VII de la 
Revista de los progresos de las Ciencias exactas, físicas y na- 
turales. Para el tiempo y con los medios empleados , resultaba 
esta obra, ahora de práctica corriente, de extremada dificultad 
y el hacerla bien debe considerarse mérito de gran aprecio; 
pues eran contados los verdaderos analistas que en Espaiía ha- 
bía y aun de ellos pocos se consagraban á la minuciosa y pesa- 
da labor del examen de las aguas y sábese cómo las potables no 
son de fácil análisis, si han de apreciarse la naturaleza y can- 
tidad de los gases y separar los componentes del residuo fijo, 
operando de continuo con muy poca cantidad de materia sóli- 
da, después de haber evaporado mucha agua. 

Vióse libre Luanco de las influencias que sintieron muchos 
químicos españoles de su tiempo. Aquella mísera lobreguez en 
que se veían obligados á trabajar, la tristeza que engendraba 
la soledad en que practicaban sus experimentos, el forzoso ais- 
lamiento en que vivían, la misma pobreza délos medios cuan- 
do su pensamiento se elevaba á grandes fines, eran parte á vol- 
verlos huraños, agrios y malhumorados; por contraste el Pro- 



— 372 - 

fesor de Oviedo era alegre, comunicativo, decidor; su amení- 
sima y variada conversación estaba cuajada de agudezas y do- 
naires, y siempre con oportunidad y gracia refería sucedidos, 
cuentos é historietas. Gustó de la sociedad y trato de gentes, y 
su laboratorio fué el lugar de reunión de todos los compañe- 
ros, á quienes entretenía con sus interesantes relatos, y el ha- 
blar no le impedía atender solícito á las más delicadas opera- 
ciones de la Química analítica. 

Jamás llegamos en España á un equilibrio estable en mate- 
rias de organización de la enseñanza y por uno de tantos y tan 
repetidos cambios bruscos, que son de lo más inconveniente y 
perjudicial que puede imaginarse, fué suprimida la Facultad 
de Ciencias en la Universidad de Oviedo el año de 1860. Dis- 
tribuido con poco acierto el personal docente, capole en suerte 
al Profesor de Química ocupar la cátedra de Algebra superior 
y Geometría analítica en la Universidad de Santiago, y para 
desempeñarla con aquel laudable celo que puso siempre en la 
enseñanza^ volvió Luanco á sus estudios de Matemáticas, y 
por fortuna eran vastos y fundamentales los que hiciera años 
atrás á los comienzos de su carrera profesional. 

Ya había llegado su fama á las aulas compostelanas, donde 
los antiguos esplendores aún perduraban, y la suerte le deparó 
el encuentro con otrf) Profesor, admirable maestro de Química, 
cuyas lecciones fuer')i verdadero y acabado modelo de clari- 
dad y de ciencia y cuantos tuvimos la dicha de oirks, jamás 
olvidaremos á aquel perfecto Catedrático; rae refiero á D. An- 
tonio Casares, y no he de dejar pasar la ocasión sin tributar á 
su querida memoria el homenaje de mi gratitud, que no es me- 
nos sentida por ser la del menor de sus discípulos. A la sazón 
era grande y merecido el renombre de Casares: había analiza- 
do muchas aguas m^-dicinales de Galicia y no pocos minerales 
metálicos; descubriera con Martínez Alcibar la xaratita y la 
morenósita en el cabo de Ortegal y determinara su formación 
mediante alteraciones de sulfuro natural de níquel; en su labo- 
ratorio consiguiera vitriolizarlo, conforme se vitriolizan los sul- 
furos de cobre y de hierro; del sulfato formado pasaba al hi- 
drato, que reducido daba el metal, y teuía un método origi- 



- 373 - 

nal para obtener el níquel. Era un experimentador de primer 
orden, en su entendimiento no había nieblas y aquella claridad 
de la inteligencia era la misma de su palabra en la cátedra y 
con admirable precisión, sin vacilar ni un instante, como si 
respondieran á las evocaciones de su voz, las más instructivas 
demostraciones prácticas acompañaban á las explicaciones del 
maestro : así era el compañero que tuvo Luanco en Com- 
postela. 

Beneficioso sobremanera hubiera sido para nuestra cultura 
científica el trabajo unido de aquellos dos hombres impulsados 
por la misma idea y animados de idénticos propósitos; pero 
Luanco, aunque muy versado en las Matemáticas, no estaba á 
gusto en la cátedra de Algebra superior y Geometría analí- 
tica; su vocación era la Química, y químico habíase hecho en 
el laboratorio; sacarlo de allí, privarle de explicar esta ciencia 
que llenaba su vida, valía tanto como echar por tierra toda su 
labor y todos sus ideales. Perdía al amigo y se alejaba del 
maestro; pero con júbilo abandonó la Universidad de Santiago 
y vino á Madrid en 1862 para desempeñar interinamente la 
cátedra de Química inorgánica en la Facultad de Ciencias, tor- 
nándose á sus queridísimas aficiones, inaugurando un período 
de gran actividad, en el que no se dio punto de reposo, des- 
plegando sus talentos y energías en multitud de ensayos y ex- 
perimentos importantes, sin arredrarle lo iexiguo de los medios, 
ni la estrechez y ruindad del laboratorio, que tanto debiera re- 
cordarle, andando el tiempo, los de aquellos alquimistas cuyos 
trabajos recopiló su diligencia; á fuerza de ingenio suplía la 
penuria de elementos de experimentación y realizaba intere- 
santísimos estudios. 

Otra vez volvió á Santiago y á la enseñanza de las Matemá- 
ticas en 1865; de nuevo cambió, á la fuerza, la dirección de 
sus estudios el ambulante Catedrático, que los mal aconsejados 
directores de la enseñanza pública no paraban mientes en un 
traslado más ó menos, ni les importaba gran cosa que hubiera 
ó no Profesores competentes y aficionados á la ciencia que les 
correspondía enseñar. Este ir y venir de una en otra Universi- 
dad daba al traste con los mejores propósitos de Luanco; no 



- 374 - 

lo dejaban sosegado y tranquilo, y á pesar de ello, hallaba 
modo de hacer trabajos de tanta cuantía y delicadeza como los 
referentes á los aerolitos caídos en Oviedo y en Cangas de 
Onís, que se distinguen por la minuciosa precisión de las de- 
terminaciones analíticas, y encontraba momento para consa- 
grarse á aquellas sus aficiones eruditas y literarias , y con pa- 
ciencia de bibliófilo entendido iba formando magnífica colec- 
ción de documentos y de libros raros y curiosos. 

Lejos de hallar la deseada quietud cuando retornó á la Uni- 
versidad compostelana, á los dos años justos, en 1867, fué su- 
primida la Facultad de Ciencias que en ella había y trasladado 
Luanco á la cátedra de Química de Zaragoza. Un año después 
ocupaba la de Química general en la Universidad de Barce- 
lona, encontrando por fin la anhelada estabilidad; pudo en- 
tonces trabajar tranquilo y cumplir sus deberes de maestro con 
aquel afán y puntualidad que fueron sus características; ni el 
ser Decano, ni las ocupaciones inherentes al cargo de Rector, 
que desempeñó en momentos difíciles, fueron parte á hacerle 
abandonar sus discípulos, su laboratorio y sus papeles viejos: 
en esto hallaba todas sus complacencias y satisfacciones. De- 
cretada la jubilación de los Catedráticos que hubiesen cumpli- 
do setenta años, el 22 de Octubre de 1900 dejó el rectorado 
D. José Ramón Luanco, y aquel mismo día, el que había en- 
trado joven en la Universidad de Barcelona, explicó viejo la 
última lección de Química en la cátedra de sus triunfos y llo- 
rando se despidió de sus discípulos. Mas tarde volvió los ojos 
al antiguo hogar y allí se fué en busca de descanso, tras labo- 
riosa vida, y allí murió rendido á la pesadumbre de los años y 
á la nostalgia de la cátedra y del laboratorio, dejando el re- 
cuerdo de la ciencia, que poseía como pocos, y de sus bonda- 
des, que eran inagotables. 



Relatado lo principal de la vida de Luanco, falta hablar de 
su variada y dilatada obra. De lo mejor de ella sólo queda el 



- 375 — 

recuerdo; consistió en las lecciones que explicaba á diario y en 
la conversación científica y erudita, á la que era muy dado; su 
labor fué principalmente docente y educativa, y contados serán 
los que en ella le hayan aventajado. Su cualidad superior es la 
de maestro y expositor de ciencia, á la que va unida, á guisa 
de complemento, la de experimentador ingeniosísimo, y así la 
originalidad de Luanco era menester verla y apreciarla en la 
cátedra y de preferencia en las lecciones más sencillas que 
componía y aderezaba con arte exquisito, dándoles novedad y 
comunicándoles extraordinario atractivo, valiéndose de las más 
adecuadas demostraciones prácticas al alcance de todo el 
mundo. 

A la obra didáctica de Luanco pertenecen algunos escritos 
suyos, que son lo permanente que de sus enseñanzas, como 
Catedrático, ha dejado; de ellos citaré sólo el Compendio y las 
Lecciones de Química general. Bastantes años antes de publi- 
car los libros así titulados, hiciéraae notar como partidario y 
propagandista de las doctrinas atómicas, y acaso fué el primero 
que las enseñó en España , poniéndolas al alcance de los que 
comienzan el estudio de la Química y ejercitándolos con mu- 
cho arte en el uso y práctica de las notaciones modernas; con 
el mismo objeto tradujo y puso en excelente castellano la re- 
nombrada obrita de Biélaz, que ha sido muy consultada. To- 
cante á las de Luanco, escritas con ánimo é intento de que fue- 
ran guía de principiantes, de suerte que, luego de estudiarlas, 
pudieran trabajar por sí mismos y aprovechar la lectura de los 
grandes y fundamentales Tratados modernos, aparte de la ex- 
celencia de la doctrina, tienen como características lo acerta- 
do de su disposición y método, la claridad de los conceptos 
la sencillez y tersura del lenguaje y aquel estilo clásico, espa- 
ñol neto, tan apropiado á nuestra prosa científica y que avalo- 
ra considerablemente la de Luanco, contribuyendo á la mejor 
comprensión de la doctrina. 

Merece ser notada otra circunstancia en sus libros de texto. 
Si cuidadoso anduvo respecto del lenguaje, no le fué en zaga 
la solicitud puesta en españolizar las voces nuevas y en res- 
taurar, todo lo posible, la nomenclatura nacional, tan olvidada 



- 376 — 

por desgracia. A primera vista choca leer poso, y no precipita- 
do, quemante , en lugar de comburente, y otras varias denomi- 
naciones, sin parar mientes en que son las propias de nuestro 
idioma y las que debemos usar; que pudiendo hacerlo, nada se 
pierde con aprender la Química en puro español , y es de ad- 
vertir como así se enseñó en nuestras Escuelas. Con haber 
sido las primeras que adoptaron la nomenclatura que todavía 
rige en la ciencia, los maestros pusieron todo su cuidado en 
buscar y determinar las equivalencias de los nuevos nombres 
en español, y semejante tendencia siguióla Luanco en los ex- 
celentes Tratados elementales que compuso. 

Bueno será advertir cómo al lado del meritísimo trabajo di- 
dáctico de la cátedra y del libro, deben ponerse las investiga- 
ciones originales y aquellas observaciones propias relativas á 
la práctica de algunos procedimientos, como las modificacio- 
nes de la obtención del oxígeno por el hipoclorito de calcio, ó 
las referentes á la industria del iodo encaminadas á abreviarla, 
suprimiendo la enojosa y pesada incineración de las algas. No 
han de omitirse en el presente relato los repetidos experimen- 
tos realizados para determinar el límite de la sensibilidad de 
los reactivos del ácido cianhídrico, ni los ensayos^ que nunca 
he visto publicados, acerca de nuevos métodos para obtener 
los cloruros de fósforo, en cuya labor le ayudé el año de 1873 
en el laboratorio de la Facultad de Ciencias de Madrid. 

Nuevos. lauros conquistó Luanco con el estudio de los me- 
teoritos. Primero le entretuvo el aerolito caído en Oviedo á 5 
de Agosto de 1856, y sus investigaciones publicólas nuestra 
Academia en el tomo XVII de la Revista de los progresos de 
las Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, que corresponde 
al año de 1867. Empezó determinando la densidad, llegando 
al núm. 3,59685, y separando luego la parte atacable de la 
inatacable, hizo su análisis completo, que no es empresa fácil 
separar unos de otros y pesarlos , hasta trece cuerpos distintos. 
Fué base el análisis referido para clasificar el aerolito de 
Oviedo en el grupo de la luceita de Meunier, que pertenece al 
tipo de los esporadosidéreos , clase de los oligosidércos. Después 
ocupóle el aerolito caído en Cangas de Onís á 6 de Diciembre' 



-^ 377 — 

de 1866, y la Memoria en que se consignan los resultados del 
estudio de Luanco está publicada en el totio III de los Anales 
de la Sociedad Española de Historia Natural, que es el del 
año de 1874. Para peso específico de la piedra halló 3^7044, y 
en el análisis separó y determinó cuantitativamente hasta ca- 
torce componentes, sirviendo todo ello para incluir el meteo- 
rito en el grupo de la mesminita ^ del mismo tipo y clase que 
el anterior^ pareciendo resultar de la mezcla de la luceita y la 
limeriquita. Así, el análisis químico practicado con aquel es- 
mero y aquella pulcritud que eran tan singulares de los traba- 
jos de Luanco , ayudó sobremanera para determinar y clasificar 
las rocas meteóricas caídas en Oviedo y en Cangas de Onís. 

Con la labor científica docente y experimental iba siempre 
aparejada la labor erudita de ciencia, historia y literatura. Hay 
en la vida de Luanco un hecho decisivo para tal linaje de in- 
dagaciones, en las que fué peritísimo, y es su conocimiento y 
amistad con D. Marcelino Ménéndez y Pelayo, que es, princi- 
palmente, nuestro mayor artista; muy mozo era cuando cono- 
ció á Luanco; mas éste, al tratarlo, debió sentir, con el asom- 
bro que siempre produce su saber, la sugestión que sobre 
todos nosotros ejerce aquel tan fino y superior entendimiento, 
que, sin quererlo el mismo, es soberano maestro de todo tra- 
bajo intelectual, del pensar recto para realizarlo, del bien de- 
cir para expresarlo. Al punto debieron entenderse: Luanco ya 
en la plenitud de la edad, práctico en la enseñanza, y Menén- 
dez y Pelayo, joven, todavía estudiante; de ello son testimonios 
la parte que el Catedrático de Química escribió en el libro del 
homenaje al Catedrático de Literatura y la dedicatoria de la 
obra en dos tomos, titulada La Alquimia en España. 

Ocupóse en ella Luanco con particular afición, y aparte de 
esta obra, que incompleta y todo es única y de mucha impor- 
tancia, cuéntanse con^o principales trabajos suyos, pertenecien- 
tes á la materia, el discurso acerca de Ramón Lull, la carta 
referente á la patria de Arnaldo de Vilanova y los estudios de 
metalurgistas españoles. En torno de la gran figura del doctor 
iluminado formóse u- a verdadera leyenda; el gran polígrafo 
del Blanquerna debía haberlo hecho y descubierto todo; aún 



- 378 - 

ahora muchos libros repiten aquello de que aisló el ácido ní- 
trico, y por esta atribución y por varios escritos que aparecie- 
ron con nombre suyo, fué considerado como alquimista y de 
los de mayor cuantía, al punto que se habla en la Alquimia de 
escuela luliana. Fué costumbre antigua de muchos embaucado- 
res, falsitícadores y alquimistas teóricos y prácticos, trocar sus 
nombres por los de grandes sabios y filósofos y hay en plena 
Edad Media un Moisés y un Aristóteles, muy entretenidos en 
buscar la piedra filosofal y el elixir de larga vida, y á lo que 
infiero de mis lecturas, el nombre glorioso de Raimundo Lulio 
parecíale de molde para encubrir el suyo á cierto Raimundo de 
Tárrega, judío acaso, á quien no convenía mucho usar de con- 
tinuo el propio. 

De sus personales investigaciones, de los antecedentes ya 
conocidos, entre los cuales se han de contar los de Ernesto 
Renán, valióse Luanco para componer su mejor y más bella 
obra, el discurso sobre Ramón Lull, demostrando que nunca 
fué ni pudo ser alquimista, y anduvo tan acertado en las prue- 
bas, las presentó tales y tan bien documentadas, se esforzó 
tanto en los razonamientos, puso en ellos tal fuerza de lógica, 
uniéndola al valor positivo de los datos acopiados, que el tra- 
bajo resultó magnífico, definitivo y sin réplica posible. Tiene 
su pareja en el que compuso tratando de Arnaldo de Vilano- 
va, médico y alquimista en esta tierra española donde se cuen- 
tan los adeptos de la doctrina trasmutatoria, y aun de estos 
pocos, los más fueron habilísimos falsificadores de moneda. 
Donde había ricos placeres de oro, excelentes minas de pla- 
ta, cobre^ plomo, cinc, estaño, hierro y azufre y el mejor y 
más abundante criadero de azogue, florecieron en todos los 
tiempos la minería y la metalurgia y no podían aclimatarse y 
prosperar las prácticas de la Alquimia, reducidas al cabo á 
unas pocas recetas, casi nada modificadas desde tiempos muy 
remotos. Es lástima que quien en el discurso de Ramón Lull y 
en la carta acerca de Arnaldo de Vilanova expusiera la buena 
doctrina, dejara incompleta la labor; en La Crónica Cie?iiífica 
publicó Luanco noticias y fragmentos de escritos alquimistas, 
que sin comentarios ni orden cronológico reunió en los dos vo- 



— 379 - 

lámenes de La Alquimia en España; son matCTíales para ma- 
yores empresas, algunos tan singulares como el famosísimo y 
leberíntico Libro del candado, que publicó completo quizá por 
vez primera, y de todas suertes constituyen elementos de in- 
dudable valía para la historia científica de Eápaña. 

También en Za Crónica Científica se publicaron los estudios 
que llevan por título «Los metalúrgicos españoles en el Nuevo 
Mundo» ; datan de 1888 y se refieren á D. Juan de Alcalá Amu- 
rrio y á D. Juan del Cerro y Segarra. Son á manera de mono- 
grafías, poco extensas, riquísimas de datos y pormenores su- 
mamente útiles y provechosos para el conocimiento de la parte 
más interesante de la historia científica de España , por re- 
ferirse á labor original y á trabajos prácticos considerables 
proseguidos durante siglos y que constituyen la gloriosa conti- 
nuación y los esplendores de aquel Arte de los Metales, cuyas 
tradiciones nacionales se remontan á tiempos antiquísimos. 
Claro está que el trabajo de Luanco no había de limitarse á lo 
publicado, que con ser excelente prometía mucho más; de- 
jólo incompleto, conforme quedó La Alcjuimia en España, y 
aunque sería laudable y conveniente el continuar ambas obras, 
juzgólo empresa dificultosa en sumo grado. 

Pudieran resultar bastante mejor trazados el carácter, la per- 
sonalidad y la significación de Luanco tratando del pormenor 
de su trabajo, labor digna de ingenios mayores que el mío. Es- 
tas notas biográficas han de tenerse como un homenaje al maes- 
tro y un recuerdo al amigo y al compañero que reposa en su 
pintoresca villa de Castropol donde vio la luz primera , y así la 
misma tierra en que nació, á la que tanto amaba y de la que 
fué historiador, recogió sus despojos cuando le rindieron la 
pesadumbre de los años y la nostalgia de la cátedra y del la- 
boratorio. 



Eev. Acad. Ciencias.— III.— Noviembre, 1905. 26 



— 380 — 



XV.— Ensayo de Óptica geométrica. 

Por Vicente Floren Acero. 

Preliminares. 

Relación anaimónica de cuatro puntos A, B, C, D, situa- 
dos en línea recta, es el cociente de las relaciones de las dis- 
tancias de dos de ellos á los otros dos; por ejemplo (fig. 1.*), 

AC BC 



AD BD 

Dados tres puntos sobre una recta y el sentido positivo de 
ésta, podemos determinar la posición de otro punto de modo 



^.f J'. 



J9 



que la relación anarmónica de los cuatro tenga en magnitud y 
signo un valor dado; es decir, que si nos dan A . D j C, po-- 

• T,j ^ . ^C BC 
demos determinar B de modo que se tenga : = x, 

^ AD BD 

Para que el punto B sea distinto de los otros, el valor de x 
tiene que ser distinto de O -|- 1 é co. 

Si el valor de x es igual á — 1, entonces : = — 1 

^ AD BD 

recibe el nombre de proporción armónica, y se dice que Ay B 

son conjugados armónicos con relación á C y D. 

Un haz de cuatro rectas determina sobre una transversal 



- Íi81 — 



cualquiera cuatro puntos que darán una relación anarmónica; 
y si el valor de ésta es — 1, el haz se llama armónico. 



En el estudio elemental de la Óptica geométrica se suponen 
siempre los rayos que caen sobre una superficie curva infinita- 
mente cercanos al eje principal; en este supuesto, y con las 
definiciones anteriores, se simplifica el estudio elemental de 
esta parte de la Óptica, basando la reflexión en la proporción 
armónica y la refracción en la relación anarmónica. 



Reflexión. 

Espejos esféricos. — Sea (fig. 2.^) E un espejo esférico, P/el 
rayo incidente, CI la normal, IF el rayo reflejado y TI la 



J'JO- . '<- 



á n<i 




C r -E T 



tangente en el punto de incidencia; estas cuatro rectas forman 
un haz armónico que determina sobre una transversal Pl (eje 
principal) cuatro puntos P, C, F y T, conjugados armónicos. 
Si el espejo es de gran radio y poca abertura, el punto 1 
puede considerarse como confundido con E. Consideraremos, 
por tanto, los puntos P (punto luminoso) y i^(foco) como va- 
riables; C (centro de curvatura) y E (polo del espejo) como 
fijos; la flecha indica el sentido positivo. 



La proporción armónica 



PC FC 



PE FE 



= — 1 nos permite 



— 382 - 

hallar la posición del foco F si se nos da la del punto lumi- 
noso P. 

Discusión. — 1.° Si P está en el infinito, la relación de los 

PC 

segmentos vale la unidad, y entonces FE= — FC; sien- 

P E 
do estos segmentos iguales y de signos contrarios, el foco F 
tiene que estar en el punto medio del radio CE; esa posición 
es el foco principal. 

2.° Si el punto P se halla entre ce y C, tendremos que 
los segmentos PC y PE de la primera relación son del mismo 
c signo; luego los FC y FE de la segunda tendrán que tener 
signos contrarios; por tanto, el foco F estará entre C y E; 
pero PC < PE, luego FC < FE; por tanto, F estará en- 
tre C y el punto medio de CE. 

3.° Si P está en C, el segmento PC=0 y el PE=r, y 
para que se verifique la proporción armónica será FC = O y 
FE=r; luego el punto luminoso P y su foco F se confun- 
den en C. 

4.*^ Si continuando su marcha, P pasa de C, PC se hace 
negativo y PE conserva su signo, luego FC y FE serán po- 
sitivos; por tanto, el foco F se aleja hacia la izquierda de C. 

5.° Si P coincide con M, punto medio del radio, será 
— PC=PE, luego FC=FE; por tanto, el foco F esta- 
rá en Go. 

6.° Si P pasa de M, será PC> PE, luego FC> FE; y 
como los dos primeros segmentos tienen signo contrario, los 
dos últimos lo tendrán igual, luego F estará á la derecha de E; 
es decir, tenemos foco virtual. 

7.° Si FE = O, será FE = O; luego P y P coinciden en 
el polo del espejo. 

8.° Si /-* pasa á la derecha de E, los segmentos PC y PE 
tienen el mismo signo, y además PC^ PE , luego FC y FE 
son de signo contrario y FC^ FE; por tanto, P estará entre 
E y el punto medio M del radio. 

9.° Si P está en ce, los ^segmentos PC y PE son iguales 
y del mismo signo, luego los otros dos son iguales y de signo 
contrario; por tanto, F estará en M, punto medio del radio. 



383 - 



Vemos, pues, que P y F se mueven siempre en sentido 
contrario y se confunden en dos puntos, que son Cy E; los 



ryo^-^' 



F. 



F 



números 1.° á 7.° inclusive corresponden á las posiciones del 
punto luminoso y de su foco en los espejos cóncavos ^ y los 8.° 
y 9.° á los espejos convexos. 

Pongamos la proporción armónica bajo la forma 



PC PE 



FC FE 



-1. 



Si Cesta en oo, vemos que PE = — FE, lo que nos dice 
(fig. 3) que el punto luminoso y el foco están*á distinto lado 



^^U " 



-* 1— -I — 



J^ 



c r J^i 



del espejo y á igual distancia; este es el caso de los espejos 
planos. 

Fórmulas ordinarias de los espejos. — Si queremos obtener- 



-ása- 
las basta hacer PE==p, FE = p' y r = 2f, y sustituir va- 
lores en la proporción armónica, teniendo en cuenta el signo 
de los segmentos en cada caso particular; ejemplo, en el caso 
de la figura 4.^ 

PC=p-2f; FC^-{2f—p')=p' — 2f\ 
■ PE^p; FE = p' ] 

y, sustituyendo en la proporción armónica, será 

p — 2f p—2f 1 1 1 

p p t V P 

Ejes secundarios. — Son todas las transversales que pasan 
por el centro C; como este punto y el extremo del radio con- 
servan su distancia, la proporción armónica subsistirá. 

Imágenes en los espejos esféricos. — Sea la figura 5.^; sabe- 
mos que los puntos situados entre ce y C tienen sus conjuga- 



/'jcr^ S . 



I' 



c r 




dos entre C y M é inversamente, y que los comprendidos en- 
tre M y E los tienen entre oo y E. 

Supongamos un punto P, cuyo conjugado es E ; si hacemos 
girar el eje principal alrededor de C, los puntos conjugados 
armónicos guardarán las mismas posiciones en el eje; en cada 
momento las posiciones de E son focos de los de P, luego el 



(*j Para obtener la fórmula de Newton , P — «f'-f', basta hacer 
PJlf=:o y FM=^'^' y sustituir valores en la proporción armó- 
nica. 



— 385 — 

arco descrito por F será la imagen del que describe P ; ade- 
más, vemos que por estar F y P á distinto lado respecto á C, 
la imagen resulta invertida y más pequeña que el objeto. 

Si invertimos las posiciones de P y de i^, vemos que á un 
arco pequeño (objeto) corresponde un arco grande é invertido 
(imagen). En ambos casos las imágenes son reales. 

Si el punto luminoso P está entre M y E (fig. 6.^), al girar 
el eje, los arcos descritos por P y por su conjugado F son del 






I — 



---->^_j,£; 



mismo sentido, pero el segundo arco es mayor que el primero; 
luego en este caso la imagen es virtual derecha y mayor que 
el objeto. 

Si invertimos las posiciones de P y P tendríamos el caso 
de los espejos convexos. 

Tres casos importantes tenemos que considerar: 

1.° Si el punto luminoso está en el infinito, el giro del eje 
determina en el foco princi|)al una pequeña superficie esférica 
que pedemos considerar como planaj,.ha recibido el nombre de 
plano focal principal. 

2. Cuando el punto luminoso está en C, también está su 
foco; un objeto y su imagen serán iguales, pero invertidos; el 
plano que pasa por este punto y perpendicular al eje, se llama 
antiprincipal. 

3.° Si el punto luminoso está en F, también está el P, y el 
giro del eje nos dice que objeto é imagen son iguales en mag- 
nitud y posición; el plano que contiene á los dos se llama pla- 
no principal. 

Haciendo pasar una recta por el foco principal y que limite 
en el plano principal una magnitud igual á la del objeto, ten- 



— 386 — 

dremos la cai'acterística de Oariel, que facilita mucho la cons- 
trucción de la imagen de un objeto. 

Relación de magnitud entre la imagen y el objeto. — En las 
figuras 5.^ y 6.'' vemos que los arcos ó sus tangentes son pro- 

/ FC 
porcionales á los radios; por tanto, — = , y sustituyen- 

do sera — = — ^— para la imagen real y — ^ 



O p — 2f O 2f — p 

para la virtual. 

Aberración de esfericidad. — Hemos supuesto al principio 
que el espejo era de poca abertura y gran radio, en cuyo caso 
el pie de la tangente se confunde con el polo del espejo; pero 
si éste no cumple con estas condiciones, entonces el pie de la 
tangente se aleja tanto más del polo cuanto más marginales 




son los rayos incidentes, y por tanto, el conjugado armónico 

del infinito, que siempre está en el punto medio del segmento 

CT, se acercará al polo del espejo; la distancia MM' (fig. 7.^) 

se llama observación longitudinal; todos los rayos paralelos que 

inciden sobre el espejo se entrecruzan después de reflejados y 

determinan la superficie llamada cáustica. 

1 11112 
Si en la fórmula 1 ^ = — ó 1 = — sustituí- 

p p' f P P ^ 

r 
mos, en vez del segmento r, el verdadero CT = , será 



cosa 



1 , 1 2cosa tA ^ < , 
1 = , formula más exacta. 

p p' r 



- 387 — 



Lentes. — Estudio elemental. 

El plano principal de una lente infinitamente delgada pasa 
por su centro óptico; los planos antiprincipales se hallan al 
doble de la distancia focal, j como las propiedades de estos 
planos y de los focos son análogas á los elementos de igual 
nombre de los espejos, podemos reducir el caso de las lentes al 
de los espejos. 

En la figura 8.^, E representa un espejo j G, su centro de cur- 



•^>- 



c 



t 



vatura; F^ el foco principal; la propiedad del plano antiprinci- 
pal la representaremos por las dos flechas iguales y contrarias; 
la del plano principal, por otra más gruesa. Si los rayos vie- 
nen en la dirección de la flecha, la figura representa un espejo 
esférico convergente, y haciéndola girar alrededor del plano E, 
tendremos la representación de una lente convergente. Si la 
luz viene en opuesto sentido, la misma figura representa un es- 
pejo esférico divergente, y después del giro, una lente diver- 
gente. 
Lentes convergentes . — Sea O (fig. 9.^) el centro óptico de 



m- 



->- 



J^j^ ". s 



f" o 



j^ 



C' 



una lente convergente, F y F' sus focos principales; para co- 
nocer las posiciones de los focos conjugados buscaremos el 



— 388 - 

conjugado armónico del punto luminoso en el espejo cóncavo 
de radio 0C= 20 F\ y el simétrico del punto hallado con re- 
lación á O, será el foco que se busca. 

Discusión. — 1.° Si P está en oo , su foco estará en F' (caso 
del espejo) y en su simétrico F (caso de la lente). 

2.° Si P se acerca á C, su conjugado se acerca al mismo 
punto hasta que coinciden (espejo); su simétrico se acerca á 
C" hasta coincidir (lente). 

3.° Si P va de C á F', su conjugado (espejo) va de 6 
á 00 , y su simétrico (lente) irá de C' á ce . 

Todos estos son focos reales. 

4.° Si P va de F' á O, su conjugado (espejo) va á la de- 
recha de O desde oo á O; su simétrico se moverá á la izquier- 
da de O. En ambos casos los focos son virtuales. 

Le?iies divergentes. — La misma figura sirve para hallar los 
focos en este caso, considerando solamente que los rayos vie- 
nen ahora en sentido contrario á la flecha. 

Estas consideraciones nos permiten hallar las fórmulas sen- 
cillas de las lentes infinitamente delgadas por la misma pro- 
porción armónica que sirvió para los espejos, teniendo en 

PC 
cuenta que la primera relación es la misma y que los seg- 
mentos de la segunda son sustituidos por otros del mismo va- 
lor absoluto y también de signos contrarios; portante, el valor 
de la proporción (que deja de ser armónica) se conserva el 
mismo. 

Sea (fig. 10) O el centro óptico de una lente convergente y 



->- 



J^ O J^' C 



polo del espejo cóncavo, 6 el centro de este espejo y doble 
distancia focal de la lente; sea P el punto luminoso, su conju- 



- 389 - 

gado armónico en el espejo será F y el simétrico de éste, F', 
será el foco en la lente. La proporción armónica en el espejo 
será 

PC FC_ _ _ 



PO FO 
y la de igual valor en la lente será 



PC F'C 



PO F'O 

y sustituyendo los valores PC = p — 2f, PO = p, F'C = 
= 2/"— p' y F'O = —p será 



p-2f 2f-p' 



de donde 



f P P' 

Lo mismo haríamos en cualquier otro caso. 

Imágenes en las lentes. — Repetimos lo dicho acerca de los 



J'j^fJJ. 



/ 
/ 

I 



r' 



espejos (fig. 11): si hacemos girar el eje principal alrededor 
del centro óptico O, al arco descrito por el punto luminoso P 
corresponderá otro descrito por F' , que es el simétrico del 
conjugado armónico de P. La magnitud de los arcos (objeto é 



— 390 — 

imagen) estará en relación con la de los radios, 6 sea con sus 
distancias al centro óptico; el sentido del movimiento en cada 
arco indicará la posición relativa del objeto é imagen. 

Construcción de la imagen. — Construyendo la imagen en el 
espejo correspondiente á la lente y doblando la figura alrede- 
dor del plano principal, tendremos la imagen correspondiente 
á la lente; pero es más rápido trazar la característica simétrica 
de la del espejo, trazar un eje secundario por el extremo del 
objeto hasta que encuentre la característica, y bajando una 
perpendicular de este punto al eje principal, esa será la ima- 
gen; por ejemplo (fig. 12): 



Refracción. 

En el estudio que precede de las lentes no hemos tenido en 
cuenta el índice de refracción ; vamos á tratar ahora la refrac- 
ción de un modo más completo, tomando como fundamento la 



relación anarmónica, cuyo valor hacemos igual al índice de re- 
fracción. 

Con los segmentos, determinados por cuatro puntos en línea 
recta, pueden formarse seis relaciones anarmónicas de valores 
distintos; pero dos de ellas tienen valores negativos, y como el 
índice de refracción es siempre positivo, prescindiremos de 
ellas; además, si como hemos hecho en los espejos, tomamos 
como invariables los dos puntos que determinan el radio, las 



— 391 - 

cuatro relaciones quedan reducidas á dos de valores inversos, 

por tanto, éstos podrán ser n y — . 

n 

Dióptricos simples. — Los puntos invariables son: el centro 
C de curvatura del didptrico y L polo del mismo (límite de las 
posiciones del pie de la tangente al punto de incidencia del 
rayo, cuando éste cae muy cerca del eje principal); si nos dan 
la posición del punto luminoso P, determinaremos la de su 

-pn JTC 1 

foco i^ haciendo la proporción : igual d n 6 á — , 

PL FL n 

según que la luz pase del medio menos al más refringente, 6 al 
contrario. 

Dióptricos convergentes. — Supongamos (fig. 13) que la luz 



/-JCrfJd. 



~^fi» >- 



jp J.%_ C J^ 




pasa del medio menos al más refringente , la relación anarmd- 

nica será: : = n; los segmentos de la primera rela- 

PL FL 

ción son positivos, luego los de la segunda podrá i ser ambos 

positivos ó negativos; por tanto, el punto F podrá estar á la 

izquierda de L (foco virtual), ó á la derecha de C (foco real). 

DiscusiÓ7i. — 1.^ Si P está en oo , será FL = n FG (1), y 
como n'> 1, será FL > FC; luego F estará á la derecha de 
C y los segmentos FC y FL serán negativos. 

Llamando f á la. distancia de P á Z; y sustituyendo valores 

71 r 
en (1), tendremos f= n (f — r) 6 f = ; valor de la 

fi — 1 
distancia focal cuando los rayos llegan paralelos al eje. 



392 — 



2.° Si P se acerca á i^, la primera relación aumenta hasta 

PC 
valer (2) = 7i, en cuyo caso FC ^= FL, y como tie- 

PIj 

nen igual signo, i^ estará en x . Llamando /' á la distancia PL 



y sustituyendo valores en (2) será: f -\- r = nf, 6 f = 



r 



n — 1 



valor de la distancia focal de los rayos incidentes, que después 
de la refracción salen paralelos al eje principal. 

PC 
De modo que, cuando el punto luminoso va de oo á = n, 

su foco va de = n hasta oo ; todos estos focos son reales. 

FC 

nv Y 

De las fórmulas f= y /' = se deduce que 

71 — 1 n — 1 

f 

-L = n y f — /' = r, esta última nos dice que los puntos fo- 
cales principales distan igualmente del centro y del polo del 

dióptrico. 

PC 
3.° Si P se acerca más al dióptrico, será "> n, y por 

FC 
tanto, >• 1, luego FC'> FL; entonces F pasa á la iz- 

FL 
quierda de L y los dos últimos segmentos son positivos; los 
focos son virtuales. 

4.° Si P coincide con L, también lo hace F. 

5." Si el punto P pasa de L, entonces la luz camina de un 
medio más á otro menos refringente; por tanto, la relacjón 
anarmónica será 

PC FC _ l_^ 



PL FL n 

los dos primeros segmentos son de signo contrario, luego 
los dos segundos también lo serán; por tanto, el F estará en- 
tre L y C. 

Continuando la discusión encontraríamos los mismos focos 
que anteriormente. 



— 393 — 



Fórmulas. — Sustituyendo en la relación anarmónica los 
valores PC=^ p -\- r, PL =p, FC = ;/ — r, FL ^=p' será 



p-\-r p' — r . n — 1 1 , n 
— : = n 6 = 1 

p p r p p' 



para los focos reales ; del mismo modo tendríamos 



p-\- r p' -\- r n — 1 1 n 

p p' r p p' 



para los focos virtuales. 

Dióptricos divergeiites. — Sea el dióptrico esférico L (fig. 14), 
la relación anarmónica que le corresponde será: 

PC FC 

= 71. 



PL FL 
Discusión. — 1.° Si P está en oo , tendremos FL = nFC, 

»>^ ^- 



J" J^ C 




luego FL > FC\ por tanto, 7^ estará á la izquierda de C, ó 
sea en foco virtual, y ambos segmentos son positivos. 

Llamando /"á la distancia focal FL y sustituyendo valores, 

Berá:/"=w(/' — r) ó f= . 

n — 1 



— 394 — 

2.° Si P se acerca á C , también lo hace F. 

3.° Si P pasa oc C, PC cambia de signo, lo mismo que 
i^C; luego ambos estarán entre C y L. 

4.° Si P coincide con L, también lo hace F. 

Por consiguiente, este dióptrico no da más que focos virtua- 
les, cuando el punto luminoso va de co á L, su foco F va del 
foco principal á L. 

5.° Si P pasa de L, la relación anarmónica será: 

PC FC 1 



PL FL n 

y discutiéndola veríamos que, pasando P de i á co , su foco F 
va de _L á la distancia focal principal, que en este caso vale 

f = ; los focos son virtuales. 

n — 1 

Fórmula. — Sustituyendo valores en la relación anarmóni- 
ca, tendremos : 

;; — r j/ — r 











~ —n, 




V 




P 




de donde 












n 1 




n 


1 








■■ — 


. 




r 




V' 


V 



Imágenes. — Dióptricos convergentes. — Sean /"y /' (fig. 15) 
los focos principales del dióptrico Z>^ y C su centro de cur- 
vatura. 

Para un punto en co , el giro del eje alrededor del centro 
determina en f el primer plano focal principal. 

Si se acerca P , este punto y su foco F engendrarán arcos 
que pueden considerarse como el objeto y su imagen, y vemos 
en la figura que aquélla es real invertida y más pequeña que el 
objeto. 



— 395 — 

Si Pliega á la distancia 2f'L, la relación anarmónica nos 
dice que la imagen está á la distancia 2fL, y por el giro del eje 
vemos que objeto é imagen son iguales, pero en posición in- 
versa; los planos normales al eje que pasan por ellos son los 
planos anii'principales. 

Cuando P se acerca á f\ la imagen es mayor que el objeto, 
y continúa invertida. 

En f el giro del eje describe el segundo plano focal y su 
foco da una imagen en oo . 

De modo que entre oo y /"' obtenemos imágenes reales é in- 







vertidas, situadas entre /"é co , y que crecen constantemente. 

Cuando P pasa de f, sabemos que su foco es virtual á la 
la izquierda de /', y el giro del eje nos hace ver que la imagen 
es mayor que el objeto y derecha. 

En L, objeto é imagen son iguales y de igual posición; este 
es el plano principal. 

Luego estando el objeto entre f y L, las imágenes estarán 
entre oo y i, son virtuales, derechas y disminuyen constante- 
mente. 

Dióptricos divergenies. — Por las mismas consideraciones 
veremos que en este caso se forman imágenes virtuales derechas 
que crecen de O á la magnitud del objeto y situadas entre el 
foco principal y el dióptrico. 

Trazado de las imágenes. — Se hace como en los espejos por 
medio de la característica y un eje secundario. 

Cáusticas. — Al considerar los puntos del sistema anarmóni- 
co hemos tomado como punto fijo el polo del dióptrico, en lu- 

Hev. Acad. Ciencias.— III.— Noviembre, 1905. 27 



— 396 — 

gar del pie de la tangente en el punto de incidencia, el cual es 
variable; por tanto, el foco es distinto para los diversos rayos 
paralelos al eje, los cuales, después de la refracción, se entre- 
cruzan, dando lugar á las cáusticas. 

Sistemas centrados. — No consideraremos más que el caso 



J-j^-^Jó. 



'Síí^ 



J^ 



C \^ </ > 



más sencillo de dos didptricos de la misma sustancia y de es- 
pesor despreciable. Sean (fig. 16) C y C los centros de los 
dióptricos, L el polo y P un punto luminoso; la posición de su 
foco en el primer dióptrico será dada por 



PC FC 

H 



PL FL 



y sustituyendo valores tendremos la fórmula 

^^^=^=-+- (1). 

r p Pí 

Pero el rayo, antes de llegar á F, atraviesa el otro dióptrico 
pasando de un medio más á otro menos refringente; luego con- 
siderando á F como punto luminoso, hallamos su foco /'por la 

FC fO' 1 

relación '- : = — , y sustituyendo valores dará: 

FL fL n 

n — 11 n 

—7-= — (2). 

r p py 



— 397 - 



Sumando (1) y (2) tendremos 
(n-i; 



r r } y p 



que es la fórmula general de las lentes. 

Dióptrico plano. — Es el dióptrieo esférico, cuyo centro está 
en 00 ; aplicaremos, por tanto, la relación anarmónica. 

Sea (fig. 17) L la separación de dos medios de distinta den- 



y^y^'yr. 



m^ 



J^ 




sidad y P el punto luminoso; por estar C en oo , la relación 

FL 
anarmónica se reduce á = n 6 FL = nPL. 

PL 

1° Si P está en oo (incidencia normal), PL será oo , y por 
tanto, también lo será FL; luego no hay refracción. 

2.° Si PL es finito, también lo será FL, pero siendo ?i >> 1, 
será FL >■ PL, luego F estará á la izquierda de P; por tanto, 
un observador, colocado en O, verá el punto luminoso más le- 
jos de la superficie de lo que realmente está (refracción atmos- 
férica ). 

3.° Si Pestá á la derecha de L (fig. 18), como la luz pasa 
de un medio más á otro menos refringente, la relación anarmó- 



nica correspondiente queda reducido á 



FL 



PL n 



— 6PL=nFL, 



luego PL >> FL: por tanto, F estará entre L y P. Un obser- 
dor, colocado en O, ve el punto luminoso más cerca de la su- 
perficie (fondo de un estanque). 



- 398 ~ 



Ángulo limite y reflexión total. — En las construcciones que 



anteceden puede observarse que tomamos n = 



tag¿ 
tagr 



, y esto 



sólo puede admitirse para los rayos muy cercanos á la normal; 




sin embargo, discutiéndola se explica claramente la reflexión 
total. 

Siendo n positivo^ lo serán también las dos tangentes. 

Si Ti >- 1, será tag¿ >> tagr; á medida que crece r aumenta 
su tangente, aumentan, por consiguiente, tag¿; para un cierto 
valor de tagr, será tag^' = co , en cuyo caso i = 90'^; es decir, 
que el rayo refractado es paralelo á la superficie de separación 
de los dos medios; el valor que corresponde en este caso á r 
se llama ángulo límite. 

Si continúa aumentando r, tagi cambia de signo, siendo, 
por tanto, los términos de la relación de signos contrarios , no 
hay refracción: estamos en el caso de la reflexión. 



Medios de caras paralelas. 



Sean (fig. 19) L y L' las caras de un medio de índice n: el 
foco de P sobre la primera cara sería i^,- como la luz, al atra- 
vesar la segunda cara, pasa de un medio más á otro menos re- 
fringente, el punto F, considerado como punto luminoso, dará- 
un iocoJ^'; por tanto, un rayo incidente PI da uno II' en el 



— 399 — 



medio y otro emergente /'/"; tenemos que demostrar que el 
incidente y el emergente son paralelos. 



FjcrfJO. 




La relación para la primera refracción es 
la segunda 



PL 



= n,y para 



FV 
F'U 



n. 



de donde 



FL 



PL F'L' 



FL' , FL 
o 



_ 1^^ . 



FU F'L' 



pero los triángulos semejantes FLIy FU I' dan 



FL LI 



FU ur 



de donde 



PL 



LI 



F'U ur ' 



luego los triángulos PLI y F'U I' son semejantes ; por tanto, 
PI y FI" son paralelos. 



- 400 - 



Refracción en el prisma. 



Determinación del foco. — Sea (fig. 20) un prisma A de ín- 
dice ny P \xn punto luminoso: la relación que nos dará el foco 

F T 
sobre la normal á la primera cara será = n {!), luego 

estará en F, éste actúa como punto luminoso para la cara de 



F^i-r 




emergencia, su foco estará en la normal á dicha cara (ó su pro- 
longación), y como pasa de mayor á menor refringencia, será 



F'U 
FU 

De (l)y(2) se deduce 

FL 



l_ 
n 



(2) 



PL 



FL' 
F'L' 



por tanto, uniendo L con L' y trazando por P una paralela, el 
punto en que corta á FU será el foco F' que se busca. 



— 401 — 

Marcha del rayo luminoso. — Si PI es un rayo incidente, 
uniendo i^ con I y prolongando la recta, II' será el rayo re- 
fractado; uniendo F' con /' y prolongando la recta, I'E será 
el rayo emergente. 

Los ángulos i, e, r y r es fácil ver que son respectivamente 
iguales á los de incidencia en la primera cara; de emergencia, 
de refracción en la primera cara, y de incidencia en la segun- 
da; el ángulo d es el de desviación del prisma; el ángulo en F 
es igual al A, por tener sus lados respectivamente perpendicu- 
lares; por tanto, A = r -\-r' y ú cuadrilátero FF'OP nos dice 
claramente que d = e -{- i — A. 

Haciendo variar el ángulo i^úF ^= A ó la relación 



FL 

= 71, 



PL 



estudiaremos la variación del ángulo d. 



— 402 — 



XVI. — Estudios acerca de los Dípteros y de los pa- 
rásitos que transmiten al hombre y á los animales 
domésticos. 

Por el De. Gustavo Pittaluga. 

(Continuación). 



CAPITULO V 

Observaciones sobre morfología y biología de los cu- 
lícidos, EN particular DE LAS SUBFAMILIAS Anophelinae 
Y Culicinae. 



1. Los inosquitos propiamente dichos (¡tal.: xanzare; 
franc. : cousins , moustiques, marengouins ; inglés: gnats; 
alem.: stechmücken) (aunque vulgarmente se designan con este 
nombre muchos Dípteros de distintas familias, entre ellos Ti- 
pulidae, Simuliidae, etc.), constituyen en realidad la familia 
Culicidae en el suborden Nematocera (Latreille). 

Trátase, por lo general, de pequeños Dípteros^ molestos en 
extremo durante la noche y las últimas horas de la tarde, en los 
días de verano y otoño, por el monótono zumbido que produ- 
cen al volar, y por la insistencia con que pican, perforando la 
piel con las agudas piezas de su aparato bucal, en todas las 
partes descubiertas del cuerpo. 

La familia Culicidae comprende á su vez — en nuestro en- 
tender — 5 subfamilias: 

1. Corethrinae (tipo = gen. Corethra); 

2. Culicinae ( » = » Culex); 

3. Anophelinae ( » = » Anopheles); 

4. Megarhininae; 

5. Aedinae. 

Recientemente ha propuesto Eysell (Die Stellung der Core- 



- 403 — 

thriden, Caliciden und Anopkelideu im zoologischen Syst.) 
(1905) elevar á categoría de familias lo menos 3 de estas cin- 
co, Corethridae (Bitschebnücke), Culicidae ( StechmücTie)> 
Anophelidae ( Gabelmüclcej. En este caso, la palabra Culici" 
dae — nótese bien y téngase en cuenta — no consérvala misma 
significación, sino que indica tan sólo aquellas formas que — 
dentro de la clasificación por nosotros adoptada — se compren- 
den en la subfamilia Cu licinae. 

2. La familia Culicidae^ en su conjunto, está representada 
por Dípteros que reúnen los siguientes caracteres: Antenas lar- 
gas, delgadas, casi desnudas ó recubiertas de escasos pelos en 
las hembras, con abundantes mechones en los machos; palpos 
largos, más largos y plumosos en los machos, menos en las 
hembras; trompa exachaeta (con seis piezas en el canal del la- 
hiiim) larga y resistente; patas muy largas y delgadas; alas muy 
finas, irisadas, con seis ó más venas longitudinales, recubiertas 
de escamas. 

Las hembras ponen sus huevos en las aguas estancadas; las 
larvas son acuáticas, ápodas, eucétalas (es decir, con cabeza 
distinta), y poseen en su extremidad posterior un apéndice es- 
pecial, destinado á la respiración, con abertura de los tubos 
traqueales que corren á lo largo del cuerpo. La larva respira 
por la superficie del agua en que vive, disponiéndose en modo 
que la antedicha abertura de su apéndice respiratorio posterior 
llegue al nivel del líquido, en contacto con el aire atmosférico. 
Las ninfas_, que se desarrollan en el agua, son características, 
móviles. 

La subfamilia Corethrinae, que comprende actualmente los 
géneros Corethra (Meigen, Corethra plumicornis) , y Mochlo' 
nyx (Loew, Mochlonix culici for mis , vebdinus , effaetiis), no 
nos interesa para el objeto de nuestro estudio, pues ninguna 
de las especies que la constituyen es hematófaga, ni vive en 
relación con el hombre ó los animales domésticos. 

Muy distinto es el caso de las dos subfamilias Culicinae y 
Anophelinae. Ambas comprenden, en efecto, numerosísimas 
formas hematófagas, y que ejercen un papel muy importante 
en la transmisión de las Filarlas {F. immitis del perro, F. Ban' 



- 404 — 

crofti del hombre), del Paludismo y de la Fiebre amarilla. For- 
mas hematófagas comprenden también Megarhininae y Ae- 
dinae. 

Durante los últimos siete años (desde 1898) y muy especial- 
mente en los primeros cinco de este siglo (1900-1905), se ha 
llevado á cabo en todas partes, con la cooperación de un gran 
número de investigadores, naturalistas, entomólogos, anató- 
micos y biólogos, una labor considerable para la definición de 
los caracteres, determinación de las especies, estudio de la es- 
tructura y de las costumbres de los mosquitos pertenecientes á 
las subfamilias Culicinae y Anophelinae. Sin embargo, á pesar 
de la obra fundamental de F. V. Theobald, del British Museum 
en Londres, precedida y seguida por las contribuciones parcia- 
les y Monografías de Ficalbi, de Grassi, de Donitz, de James, 
de Giles y otros; de Coquillet, Dyar, Smith (América del Nor- 
te), y de la reciente publicación del Tratado de Blanchard, 
estamos muy lejos de haber llegado á un acuerdo completo 
acerca de los caracteres fundamentales para la distinción de los 
géneros y de las agrupaciones naturales de géneros y especies. 

Theobald y los que — sin examen crítico suficiente y con 
un concepto superficial del valor científico y práctico de su mé- 
todo — han adoptado el sistema del dipterólogo de Londres? 
han considerado muchas veces como caracteres distintivos al- 
gunas modalidades morfológicas que muy difícilmente podrían 
y deberían aceptarse por tales. Hemos llegado por este camino 
á un número tan excesivo de géneros y especies en la familia, 
y muy en particular en las subfamilias Culicinae y Anopheli- 
nae , que todos los resultados experimentales obtenidos con 
ciertas formas en Europa, á propósito de la transmisión de 
enfermedades parasitarias, no son ya admisibles sin nuevas 
comprobaciones. 

Estos graves inconvenientes se ponen de relieve porque difi- 
cultan el estudio práctico, al alcance de los médicos, de las 
enfermedades transmitidas por los mosquitos. Mas, por esta 
misma razón, los entomólogos en general no los toman en cuen- 
ta, y persisten en su tarea de subdivisión listinción de las for- 
mas, creación de nuevas especies, nuevos géneros y nuevas 



— 405 — 

agrupaciones, sobre el fundamento de caracteres externos, pu- 
ramente morfológicos, y cuyo valor taxonómico depende mu- 
chas veces de un criterio de apreciación personal. 

Desde luego yo reconozco que no se puede de ninguna ma- 
nera tener en cuenta la utilidad práctica, las ventajas de la 
sencillez y facilidad de la clasificación, ni siquiera fundarse en 
un concepto puramente parasitológico y biológico, para esta- 
blecer los caracteres sistemáticos de la familia y su división en 
géneros y especies. Sería absurdo pretenderlo. 

Pero creo estar en la verdad cuando afirmo, que aun to- 
mando como base de un sistema taxonómico conceptos estric- 
tamente científicos, y que responden á los clásicos métodos de 
la zoología sistemática, se puede llevar á cabo una definitiva 
revisión de las subfamilias Oulicinae y Anophelinae, que re- 
duzca notablemente el número de géneros y especies estableci- 
das por Tlieobald en su largo y considerabilísimo trabajo ana- 
lítico. 

Yo expongo, por ejemplo, un concepto, que si bien — lleva- 
do á sus últimas consecuencias — pueda parecer absurdo y has- 
ta chocar con la realidad, sin embargo merece fijar nuestra 
atención, ser analizado en su importancia biológica y estudia- 
do tomando como ejemplo de comparación los casos parecidos 
que se encuentran en gran número en la zoología; esto es, 
que las especies que hospedan determinados parásitos, adap- 
tados en su evolución á pasar un período de desarrollo en 
estos huéspedes, difícilmente podrán separarse en géneros 
distintos. Con otras palabras, los huéspedes de una misma for- 
ma de parásito, característica y fija, pertenecen casi siempre al 
mismo género, aunque puedan distinguirse en varias especies. 
Yo creo firmemente que en la incertidumbre y vaguedad de 
que adolecen nuestros conceptos de género [genus , Oattung^ 
y de especie natural, hora es ya de aprovechar los datos que 
nos proporciona el estudio de las adaptaciones biológicas recí- 
procas ^ y muy especialmente de los fenómenos de parasitismo, 
puesto que deben estar en íntima relación con las condiciones 
fisiológicas propias del organismo del huésped (sobre todo con- 
diciones y caracteres fisioquímicos, que se escapan á nuestra 



406 



investigación y para los cuales el parásito nos sirve como de 
preciosísimo reactivo vital). 

V^olveré á ocuparme de este asunto cuando llegue el momen- 




HAlM 



W^J^ 



e/mj 



Figura 29. — Aparato terminal del tarso de Cultx 
pipiens 9- 

5.0 T = ;.° artejo del tarso. 



to de hacer algunas consideraciones sobre la adaptación de los 
parásitos del paludismo á su ciclo vital en el huésped in- 



>? 



W 






Figura 30.— Forma de las uñas en los 3 pares de patas de Culex penicillaris. 

vertebrado ( Anoplieles). Expuestas someramente estas ideas, 
veamos ahora cuáles y cuántas especies, reunidas en cuántos 



— 407 — 

géneros, débense agrupar en la familia Culieidae, y más par- 
ticularmente en las subfamilias Culicinae y Anophelinae. 

3. Al hablar de los métodos de clasificación de los Dípte- 
ros en general, algo ya se ha dicho acerca de los caracteres más 
importantes que sirven de base para la subdivisión de la fami- 
lia Culieidae. 

Primero el dipterólogo argentino Linch Arribálzaga, y lue- 
go, con mayores detalles, Ficalbi, utilizaron el carácter muy 
interesante de la forma de las uñas con que termina el último 
artejo del tarso en los Culícidos. En efecto, las uñas pueden 
ser sencillas, sin dientes, ó bien con 1, 2 ó 3 pequeños dien- 
tes que sobresalen de la concavidad del borde ungueal. Según 
las combinaciones que resulten de la forma de las uñas en 
las 6 patas, constituyese la Fórmula ungueal de Ficalbi, que 
se representa con 6 cifras así dispuestas: 

Primer par de patas. Segundo par. Tercer par. 



1.* uña 2." uña I." uña 2.*^ uña I.'' uña 2." uña 

O O o o 

y se escribe, en este caso, O. O — O. O — O. O; indicán- 
dose con ello que todas las uñas de los tres pares de patas son 
sencillas, sin dientes (como en la hembra de Culex pipiens). 
Si, por ejemplo, tuviéramos delante un ejemplar con las uñas 
de la forma siguiente: primera uña del primer par de patas 
(es decir, en ambas patas), con dos dientes; segunda uña, con 
un diente; primera uña del segundo par de patas, con dos dien- 
tes; segunda uña, con un diente; por fin, las dos uñas del ter- 
cer par de patas, con un solo diente, escribiríamos: 2.1 — 
2.1 — 1.1. (Tal es el caso de Culex pe?iicillarís (j^ , común 
en España) (v. fig. 30). 

Lutz (Río Janeiro) funda una nueva división de los Culiei- 
dae (ya separados en Euculicidae y Culicimorphae, éstos co- 
rrespondientes á la fam. Corethrinae), en los tres caracteres 
principales : 1.°, de la morfología de las larvas; 2°, de la exis- 



— 408 - 

tencia, disposición y forma de los pelos sobre el metathorax; 
3,**, de la forma y dimensiones de los palpos. 

Bianchard, en su reciente tratado «Les moustiques. Histoi- 
re naturelle et medícale», acepta en casi todos sus detalles el 
sistema de F. V. Theobald ( 1 ). 

4. Dejando aparte la subfamilia Corethrinae (que Theo- 
bald eleva á categoría de familia, Corethridae), comprende este 
autor en los Culicidae, propiamente dichos^ las subfamilias si- 
guientes: 



1. 


Aiioplieliii.ae. 


2. 


Megarhiiiiiiae. 


3. 


Culicinae. 


4. 


Heptaphlebomyinae. 


5. 


Aedoiiiyiiiae. 


6. 


Sabettiiiae. 


7. 


Yoblotiiiae. 



La subfamilia Heptaflebomyinae comprende un solo gé- 
nero con una especie: Heptaflebomyia simplex, y se conoce 
sólo la hembra. (Alas con 7 venas longitudinales en lugar de 6, 
la 7.^ constituida por una línea de escamas del tipo minimae- 
longiredangidatae [ v. fig. 9]; uñas O. O — O. O — O. O; 
África central,) 

Como se ve, trátase de una subfamilia creada con datos in- 
suficientes y de muy escasa importancia. 

La subfamilia Sabettinae de Theobald, fundada sobre los ca- 
racteres principales del género Sabethes de Robineau-Desvoi- 
dy (1827) (emend. Scudder, 1882 Sabettus), comprende los 
géneros: 

Sabettus (con 3 especies). 



(1) R. Bianchard modifica muy á menudo, en su libro, la ter- 
minología taxonómica, viéndose á ello obligado — según advier- 
te — por la sucesiva publicación de varias Notas y Memorias de 
Theobald, durante la composición del tratado. Al hablar de la 
obra de Theobald yo me refiero siempre directamente á sus tres 
tomos (con atlante): A Monograph of Culicidae , etc. 



- 409 - 

Dendromyia (con 6 esp,), 

Sahettoides (con 1 esp.). 

Wyeiomyia (con 4 esp.). 

Phoniomyia (con 2 esp.). 

Binoiia (con 3 esp.). {Sin6n.=Ru?tckomyia). 

Sabettinus (con 1 esp.). 

Son dípteros americanos (América Central, Antillas y Amé- 
rica del Sur: una sola especie de la península de Malacca). 
El carácter de los palpos, igualmente cortos en los dos sexos, 
los acerca á las formas de la subfamilia Aédinae (Aédomyinae, 
Theobald), de la cual pienso que puedan formar parte. 

La subfamilia Yoblotinae participa del mismo carácter. Theo- 
bald la separa de las subfamilias Aédomyinae y Sabettinae por 
la forma y disposición de las escamas que cubren la cabeza, el 
metatórax y el abdomen; comprende en ella los géneros: 

Yohloiia (s'món. =Jrichoprosopon) (con 3 especies). 
Limatus {sin6n.= Simondella) (con 1 esp.). 
Goeldia (con 1 esp.). 
Hyloconops (con 1 esp.). 
Carollia (con 1 esp.). 

También todos ellos se encuentran en la América del Sur. 
Entran, con Sabettinae, á constituir la subfamilia Aédinae. 

De tal suerte, quedan en realidad reducidas á cuatro las siete 
de Theobald: 

Aiioplieliiiae. 
Ciilicinae. 
Megarhiniíiae. 
Aédinae. 

5. La subfamilia Aédinae, tal como la conceptuamos, 
resulta constituida de las especies descritas en las artificiales 
agrupaciones Sabettinae é Yoblotinae, más los géneros: 

Aédes (Meigen, 1818) (con 3 especies). 



- 410 — 

Aédeomyia (Theob., 1901) (con 3 esp.). 

Aédimorphns (con 1 esp.). 

Uranotkaenia (con 15 6 más esp.). 

Haemagogus (con 4 esp.). 

Deinocerites [6 Brachíosoma] (con 2 esp.). 

Finlaya (con 2 esp.). 

Hoivardma (con 2 esp.). 

Skusea (con 3 esp.). 

Verrallina (con 3 esp.). 

Ficalbia (con 2 esp.). 

Mimomyia (con 4 esp.). 

Oiialteria (con 2 esp.). 

Áédinus (con 2 esp.). 

Todas estas formas estaban representadas, hasta el año 1903> 
por las escasas especies del único género Aédes dcí'Critas por 
Meigen (1818) (Aédes cinereiis), Osten Sacken (1877) (A. fus- 
cus), Skuse y Arribálzaga. Quedaba dudoso el género Haema- 
gogus. Todas las demás son debidas á Theobald, Neveu Lemai- 
re, Coquillett y Lutz. 

Caracteres comunes y generales: Palpos igualmente cortos 
en los dos sexos. — Metatórax desnudo, sin escamas ni pelos. 
(La forma y disposición de las escamas sobre el Scutelluní, el 
tórax y el abdomen, sirve de carácter distintivo entre género 
y género.) 

Casi todas son formas americanas, indias, africanas. En Eu- 
ropa sólo Aédes cinereus (y raro). 

Las hembras de estos dípteros son hematófagas; pero no 
molestan al hombre ni pican más que en determinadas condi- 
ciones, muy probablemente cuando necesitan de la sangre para 
la maturación de los huevos. 

6. La subfamilia 3Iegarllinmae está representada por los 
más elegantes entre todos los mosquitos, de brillantes vivísi- 
mos colores. Comprende actualmente tres géneros: 

MegarJmius (Rob. Desvoidy, 1827). 

(Con 19 especies; todas ellas tropicales: viven en los 



— 411 - 



grandes bosques de América, de Australia, de las In- 
dias y del África central [MashonalandJ. Se encuen- 
tran en México y muy probablemente en Filipinas. 
Aunque son raras sus relaciones con el hombre y con 
los animales domésticos, sin embargo pican y produ- 
cen pomfos dolorosos [Goeldi, Lutz, etc.]. No existe 
ningún dato que pueda hacernos sospechar un papel 
pat(5geno por parte de estos dípteros. 

Toxorhynchiles (Theobald, 1901). 

(Coa 3 especies, asiáticas y africanas). 

Ancylorhynchus (Lutz, 1904). 

(Con 1 especie, muy próxima al gen. Megarhinus). 

Los caracteres generales de la subfamilia son los siguientes: 
Trompa larga, encorvada; 
palpos bastante largos, en 
el macho más que en la 
hembra; tórax cubierto de 
pequeñas escamas fusifor- 
mes, cortas, del tipo ovoi- 
dea; scutellum (1) con es- 
camas del tipo rhoinboida- 
lis, grandes. Alas cubiertas 
en su venulación de esca- 
mas grandes, irisadas, con 
reflejos metálicos. 

7. Quedan así aislados 
ios dos grupos que con-ti- 
tuyen las subfamilias Ano- 
phelinae y Culicinae. Los 
caracteres fundamentales de las dos pueden resumirse en esta 
forma: 




jLi.f 



m/x 






jñjL.fM'íoui/ni. 



JU 



e-mjt/n_^ 



Fifllira 31. — Esquema que representa la disposi- 
ción de distintas partes del Tórax de los Culíci- 
dos (visto por el dorso). 



(1) Llámase Scutellum una parte de la pared torácica dorsal, 
trilobada, situada entre el Mesothorax y Metathorax ó Metano- 
tum, en los mosquitos. Constituye un relieve quitinoso, á veces 
cubierto de escamas y pelos (v. fig. 31.) 

Eev. Acad. Ciencias.— III.— Noviembre, 1905. 28 



— 412 — 

A) Anophelinae. 

Trompa larga y derecha. 

Palpos de 6 artejos, casi igualmente largos en los dos 
sexos; pero desnudos en las hembras, con mecho- 
nes de pocos pelos en los machos. 

Antenas de 14 artejos en las hembras, con pequeños 
mechones de pocos pelos; de 15 artejos en los ma- 
chos, con mechones de abundantes y largos pelos. 

Tórax cubierto de escamas relativamente escasas. 

Abdomen, por lo general, desnudo (sin escamas). 

Alas raramente sin manchas; por lo general, adorna- 
das de manchas determinadas por agrupamiento de 
escamas (escamas de los tipos longirectangulatae^ 
elongatae et miniraae) . 

Machos fitófagos. 

Hembras solas hematófagas. 

Larvas acuáticas; apéndice respiratorio corto, y por 
tanto, larvas horizontales cuando suben al nivel 
del agua. 

B ) Culicinae 

Trompa larga j derecha. 

Palpos de 3 artejos en los machos, y largos tanto 
como la trompa ó más; de 3 ó 4 artejos en las hem- 
bras, y siempre más coitos que la trompa. 

Antenas filiformes , con escasos pelos en las hembras, 
con mechones de muchos y largos pelos en los ma- 
chos. 

Tórax y Scutellum cubiertos, por lo general, de esca- 
mas; pero Metanotum ó Metatórax desnudo. 

Alas casi siempre inmaculadas. 

Larvas con sifón respiratorio, y por tanto, dispues- 
tas, en el acto de respirar al nivel del agua, obli- 
cuamente ó casi perpendicularmente, con la cabeza, 
hacia abajo. 

La subfamilia Anophelinae comprende los mosquitos que 
transmiten el parásito de la Malaria humana, y al mismo tiem- 
po pueden ser huéspedes de la Filaría hnmitis de los perros. 

La subfamilia Culicinae comprende aquella especie que con 
el fundamento de importantísimos datos experimentales y epi- 
demiológicos se considera como transmisora de la Fiebre 



413 — 



amarilla, y comprende además todas aquellas que pueden ino- 
cular al hombre las larvas de la Filaría Bancrofti. 

La subfamilia Anophelinae, constituida hasta el año 1900 
por pocas especies del gen. Anopheles, cuenta hoy día^ en vir- 




í-K-j 



Figura 32. — Aspecto y morfología general externa de un 
Díptero de la familia CuLICIDAE, gen. Anopheles Q. 

tud de la clasificación de Theobald, con 10 géneros y más de 
60 especies. 

Sin detenernos en describir los caracteres diferenciales de 
cada uno de ellos, daremos cuenta sólo de los resultados taxo- 
nómicos, es decir, del estado actual del sistema de Theobald; 



— 414 — 

siendo de todos modos imprescindible establecer la sinonimia 
6 la correspondencia con las formas verdaderamente funda- 
mentales á que nos referimos en el estudio sucesivo. 

8. Géneros de la subfam. Anophelinae , según Theobald: 

1. G-en. AnopJieles. (¡Con SO especies, según Theobald!) 

Tipo Anopheles claviger. (Fabricius, 1805; sin. A. ma- 
culipennis, Meigen, 1818). 
Anojyheles hifurcatus, Linneo. 
[Puede afirmarse en modo terminante que mu- 
chas especies nuevas del gen. Anopheles crea- 
das por Theobald son sencillamente variedades 
de especies existentes: así es de A. nigi^ipes, 
A. aJgeriensis, etc., etc.] 

2. Gen. Myzomyia (sinónimo Grassia). (Con 18 especies.) 

Tipo Myzomyia superpicta, Grassi, 1899. 

Corresponde í\l Anopheles superpidus de Grassi. 

3. Gen. Stethomyia (dudoso, una sola especie). 

4. Gen. Pyretóphorus (con 10 especies). 

Tipo P. costalis. (Característica especie tropical. Re- 
presenta al gen. Anopheles en los ti-ópicos.) 

5. Gen. Cydoleppteron (ó Cydolepidop)teron) (dos especies de 

valor dudoso). 

6. Gen. Myzorynchus (con 15 especies). 

Tipo Myzoryndius pidus , que corresponde á la es- 
pecie Anoptheles pseudojjidus , Grassi, 1899. 
M. sinenns ó vigerrimus Wiedemann (especie 
asiática. China, Sumatra, etc.). 

7. Gen. Nyssorhynchvs (con 17 especies). 

8. Gen. Arrihalzagia (con 2 ó 3 esp.). 

9. Gen. Cellia (con 14 esp.). 
10. Gen. AldricMa (una esp.). 

Y se añaden Chrystia (1904) (con una esp.). 
Lo2)homyia (1904) (con una esp.). 

9. Por otra parte, la subdivisión de la subfamilia Culicinae 
de Theobald resulta aun más complicada y extensa. 

Géneros de la subfamilia Culicinae (Theobald): 

1. Gen. Janfliinosoma (Arribálzaga, 1891). (Sinónimo Conchilias- 

íes- Theobald.) (Hembras hematófngas.) (Com- 
prende 7 especies, todas ellas americanas.) 



— 415 — 

2. Gen. Psorophora (patas cubiertas de escamas). 

Tipo Psorophora ciliata, correspondiente al antiguo 
Culex ciliatus ■+- C. molentus. (Comprende 
4 especies, todas ameiicanas.) (Hembras he- 
matófagas, ignórase si participan en la trans- 
misióij de J^iíaria, etc.) 

3. Gen. Mucidus (las larvas de la esp. Mucidus alternaiis , co- 

rrespondiente al antiguo Culex cdternans de 
AVestwood , pueden desarrollarse en el agtia 
de mar, de densidad 1025). (Comprende 5 es- 
pecies, esparcidas en África, Asia, Australia.) 
Hembras hematófagas. 

4. Gen. Desvoidea (ó Desvoidya^ sinón. Armígeres Theob.). (Com- 

prende 3 especies, del Extremo Oriente asiá- 
tico.) 

5. Gen. Eretmapodites (con una sola especie, África). Género du- 

doí-o, con caracteres comunes de Sabeitus y 
Ctdex. 

6. Gen. Stegomyia (con 30 especies). 

ft Tipo Stegomijia fascirda (ó St. calopus), muy común 
en las regiones tropicales y subtropicales, y 
hasta en algunos puntos de las zonas templa- 
das de los cinco continentes. 

(Reúne este género varias especies del an- 
tiguo género Culex; entre ellas las más 
importantes son: Culex elegans , C. vitta- 
tus, C. alhopictus.) 

7. Gen. Culex. 

(Culex ab acúleo, quem in ore habet acutissimum, nomen 
accipit. — Alberto Magno, De natura animalium, 1. xv, 
t. VI , 1.270.) 

(Comprende más de í8í? especies, esparcidas 
en todo el mundo.) 

Las larvas de algunas de estas especies 

pueden desarrollarse en el agua salada, 

como las de Culex Mariae (Algeria), 

Culex marinus, etc. 

(Hembras hematófagas, en general.) 

(Especies más importantes: 

Culex pipiens (sinón. C. ciliaris), 
Culex fatigans (¿variedad?), 
Culex pemcillaris , 
Culex spathipalpis, 
Culex mimeticus). 



— 416 — 

8. Gen. Mansonia ( sinón. Panoplites ). (Con 8 especies , ninguna 

europea. ) ( Hembras hematófagas. ) 

9. Gen. Tneniorhinchus (con 20 especies). (Hembras hemató- 

fagas.) Taeniorhinchus Richiardii. Sinónimo 
del antiguo CuJex Richiardii. 

10. Gen. Theobaldia ó Theohaldinclla. 

(Este género, recientemente creado por Ne- 
veu-Lemaire, comprende formas del género 
Culex, entre ellas, las principales: 
Culex nemorosus (Theobaldin. n.). 
Culex spathipalpis, ya indicado, etc. 

11. Gen. Lutzia (comprende sólo el Culex Bigotii, elevado á ca- 

tegoría de género). 

12. Gen. Gilesia (ídem id. Gilesia aculeata, única esp.). 

13. Gen. Lasioconops (ídem id. Lasioconops poecilipes , única es- 

pecie). 

14. Gen. Mélanoconion (con 8 esp.). 

15. Gen. Grabhamia (con 10 ó 12 especies, entre ellas algunas 

comprendidas por el mismo Theobald en su 
primera parte de la « Monografía sde los Cu- 
lícidos», en el género Culex. como Culex pul- 
chritarsis (Grabhamia pulchritarsis) . 

16. Gen. Acarto'niyia (con una sola especie). 

10. Las especies típicas de los Ánophelinae en Europa 
quedan reducidas á las del antiguo género Anopheles: 

Anopheles claviger (maeiiUpenriis) (v. fig. 33). 
Anopheles hifurcatiis (v. 6g. 34). 
Anopheles superpictus ( Pyretophorus sup. de Theob.). 
Anopheles pseiidopictus (Myxorynchns sup. de Theob.). 

Todas las demás, así como los géneros creados con los ca- 
racteres diferenciales de la forma y disposición de las escamas, 
son especies exóticas (Asia, África, América, Australia), si 
se exceptúan Anopheles nigripes que Theobald considera como 
hona species , Anopheles algeriensis , Myxomyia hispaniola y 
otras pocas formas, que en realidad no representan más que 
variedades (á veces tan sólo variaciones individuales) de las 
cuatro antes indicadas. 



— 417 — 

El carácter artificial de la clasificación de Theobald aparece 
muy claramente cuando se considere que la especie A. bifur- 
catiis, la única quizás en toda la sub- familia Anophelinae que 
no tenga manchas sobre las alas, y que por lo tanto merezca 
con buen fundamento ser colocada en un género aparte, queda, 
sin embargo, en el sistema del dipterólogo ing'és como espe- 
cie del género Anopheles, junto con Anopheles claviger (ó ma- 




Figura 33.— Ala de Anopheles claviger. 



ctilipennis) cuyas alas llevan características manchas dispues- 
tas constantemente en la misma forma. Otras especies, al con- 
trario, que se apartan por otros caracteres, como A. superpic- 
tus y A. pseudopictus , constituyen en el sistema de Theobald 




'>iMiiiiiiiiiiMiiiiiiiiiiiiHiiii'i|<ri 
Figura 34.— Ala de Anopheles bifurcatus. 



géneros distintos, en virtud de la excesiva importancia que 
atribuye este autor á la forma de las escamas. 

Las cuatro especies indicadas, Anopheles claviger, A. bi- 
furcatus, A. (6 Pyretóphorus) superpictus, A. (6 Myzorhin- 
chus) pseudopictus, existen en la península ibérica. 

Ejemplares numerosísimos de A. claviger he enQontra.áo, du- 
rante los tres últimos años, en las provincias de Barcelona 
(Prat de Llobregat, Sampedor, etc.); Tarragona, Valencia 



— 418 - 

(toda la huerta y sobre todo los arrozales entre Catarroja, Sue- 
ca y Cullera), Murcia (Cartagena), Madrid (San Fernando, 
Vallecas, y alrededores de la corte); Gupdalajara, Salamanca 
(frontera de Portugal, Fregeneda y Baica de Alva, en general 
todo el valle del Duero); Cáceres (Navalmoral de la Mata y 
sus alrededores), Baleares. El Dr. Macdonald, médico de las 
minas de Río Tinto (Huelva), ha encontrado también esta es- 
pecie, en la provincia de Huelva. 

Menos frecuentes son en el centro de España las tres espe- 
cies Á. biftircatus , cuya investigaci(5n es á veces muy difícil, 
A. superpictus y pseudopietus. Sin embargo, estas últimas se 
encuentran relativamente abundantes en las provincias occi- 
dentales del reino (Huelva, Badajoz, Cáceres, Salamanca); 
A. bifiircatus se encuentra, al contrario, más fácilmente en las 
provincias orientales, mediterráneas (Valencia, Barcelona) é 
insulares (Baleares). 

En la isla de Mallorca, á lo largo del camino de Felanitx, y 
sobre todo en la Albufera de Alcudia, al Norte de la isla, hallé 
unos cuantos ejemplares de Anopheles hifiircatiis, en extremo 
parecidos, por sus caracteres, á la variedad que Et. y Ed. Ser- 
gent describen como hona species con el nombre de Anopheles 
algeriensis. Bien es verdad que los mismos autores (E. y E. Ser- 
gent) admiten que los caracteres distintivos entre A. algerien- 
sis y A. hifurcatus son escasos y de poca imj)ortancia especí- 
fica, de tal suerte que ellos consideran A, algeriensis como «la 
forme vicariante de A. hifurcatus en Algerie» (1). 

En realidad, aunque las formas de bifurcaius que yo hallé 
en Mallorca correspondan perfectamente con las descritas por 
Et. y Ed. Sergent en Argelia, no creo suficientes sus caracte- 
res diferenciales con el tipo para constituir una especie nue- 
va. Sobre este punto he insistido en otras publicaciones. 

Lo que nos interesa es saber si todas estas formas, varieda- 
des, especies 6 géneros, que las numerosas investigaciones en 



íl) Observations sur les moustiques des etivirons d'Alger, par 
MM. Edmond Sergent et Etiünne Sergent. 
(Ann. Instit. Pasteur, Enero 1903, pág. GO.) 



- 419 - 

todas las regiones de la tierra y los nuevos conceptos taxonó- 
micos han hecho admitir en la subfamilia Anophelinae, trans- 
miten 6 no transmiten aquellas enfermedades parasitarias que 
en Europa transmite, sin ninguna duda, el género Anopheles; 
y sobre todo si son aptos á hospedar, en su fase de desarrollo 
esporogónico , los parásitos de la Malaria humana. Desgracia- 
damente, la determinación de una especie nueva, sobre esca- 
sos y superficiales caracteres morfológicos , dentro de la sub- 
familia Anophelinae, resulta tarea mucho más fácil que la ob- 
servación detenida de condiciones epidemiológicas, ó el ensayo 
experimental, largo, molesto, y que necesita, desde luego, co- 
nocidiientos y técnica especiales, y medios oportunos. Por este 
lado, carecemos, por tanto, de datos. 

Sin embargo, parece que las formas agrupadas en el género 
Nyssorhynchus (erróneamente Laverania de Theobald), pro- 
pias de Australia, India y América, no son aptas para hospe- 
dar las formas del ciclo esporogónico de Plasmodium y Lave- 
rania (malaiiae). 

Todas las demás especies de la sub-familia pueden — proba- 
blemente — transmitir el parásito de la Malaria humana, y al- 
gunas quizás también las larvas maduras de F. Bancrofti. So- 
bre el particular parece oportuno esperar datos más seguros- 
tanto parasitológicos, como sistemáticos. 

El género Atioplieles en general, y muy en particular la es- 
pecie Anopheles claviger (en Italia y en España) transmite á 
los perros la Filaría immitis. 

Bien es verdad que las larvas de Filaría immitis pueden — 
en condiciones excepcionales — desarrollarse también en el gé- 
nero Culex [Culex pipiens); menos difícilmente en las esp. Cu- 
lex 'penicillaris y Culex malariae (ó C. rexatis) , C. SJciisü se- 
glán las observaciones de Bancroft (1); pero debe tratarse de 
un medio anormal, muy probablemente limitado á los casos ex- 
perimentales. 



(1) C. Skusü , muy parecido á C. cüiaris , dehe considerarse 
como una variedad de Culex pipiens , comunísimo en toda España. 



— 420 - 

En conjunto puede afirmarse que la adaptación de las larvas 
de Filaría immitis (quizá de los Füaridae en general) al hués- 
ped intermedio, no es específica, no ha llegado á la necesidad de 
una selección esquisita, como es la que se encuentra, sin duda, 
en otros parásitos, entre ellos en los protozoarios de los géne- 
ros Plasmodium^ Loverania, Haemoproteus [Proteosoma), etc. 

11. Dos palabras más, acerca de la distribución de géne- 
ros y especies en la sub-familia Culicinae, como acabo de ha- 
cerlo con respecto á la sub-familia Anophelinae. 

La sub-familia Culicinae comprende aquellas especies que 
con más frecuencia transmiten al hombre la Filaría Bancrofti; 
las que parecen ser vehículo del germen — todavía desconoci- 
do — de la Fiebre amarilla; y por fin otras muchas que nos in- 




Figura 35.— Ala de Culex pipiens. 



teresan bajo el aspecto parasitológico, por ser huéspedes de 
hematozoarios de las aves , parecidos á los que producen la Ma- 
laria humana. 

Del antiguo género Culex y Theobald y los recientes autores 
han separado un crecido nfimero de formas, y con éstas han 
creado géneros nuevos: lo mismo han hecho con la antigua es- 
pecie Culex pipiens , subdividida en especies distintas. 

Muchas de estas innovaciones tienen fundamento natural y 
lógico, en el conocimiento cada día más extenso de formas exó- 
ticas, antes desconocidas, y de caracteres estructurales y mor- 
fológicos que no podían apreciarse sin los modernos medios de 
investigación por un lado, y por otros sin la comparación de 
un número grande de formas diferentes. 

Y sin embargo, en la sub-familia Culicinae como en la 
Anophelinae, Theobald ha exagerado — en mi entender — el 



— 421 — 

valor científico, sistemático (no hablo de valor práctico), de los 
caracteres que le sirven para la diferenciación específica y ge- 
nérica. 

Si se examina con algún detenimiento la constitución actual 
del género tal como lo Culex, ha dejado Theobald y adoptado 
Blanchard, nos apercibimos, por ejemplo, de que la especie 




3 



Figura 36.— Ninfa (ó Pupa) de Culex pipiens, 

A, aumento de 20 diam. 

B, tamaño natural de la misma. 

C, detalle de uno de los apéndices dorsales 

(bilaterales). 



Culex fatigans no merece por ningún carácter importante ser 
separada de la forma común Culex pipiens. 

Culex fatigans (Wiedemann), sinónimo de C. anxifer, 
C.aestiians, C. pungens, C. pallipes (Meigen 1838), elevado 
á categoría de género por Arribálzaga (1896) (Heteronycha do- 
losa), representa en realidad al Culex pipiens en casi todas las 



- 422 - 

regiones de la zona sub-tropical (climas calientes). Encuén- 
transe ejemplares de esta forma en América, en África, en 
Asia, en Australia; y en Europa, precisamente en España 
(descrita por Birt, según Theobald, op. cit., II, p. 154, y III> 
p. 225), tn Gibraltar; encontrada por mí en Málaga (Junio de 
1904); en Portugal; probablemente en Grecia; y en Italia, 
següu demuestran las observaciones de Bordi, comunicadas 
en 1902 á la Real Academia de los Linceos. Mas lo singular 
del caso es, que el mismo Theobald confiesa que le ha sido 
preciso superar gravísimas dificultades para combinar algunos 
caracteres fijos, sobre los cuales fundarse para diferenciar la 
especie C. fatigans de la C pipieus. 

En efecto, trátase de variaciones individuales (quizás de 
variedades ya constantes, pero sin importancia específica) , y 
que se encuentran á cada paso cuando se examinan detallada- 
mente, en cierto número, mosquitos del gen. Culex, esp. Culex 
pipiens. Dichas variaciones se observan preferentemente en 
los caracteres de las alas (escamas), del Scutellum y del pri- 
mer segmento abdominal, y hacen imposible de todo punto la 
creación de una especie definida. Así es que Theobald se ve 
obligado á adoptar los caracteres de la fórmula ungueal, de la 
estructura de los genitales masculinos, y de la forma de los 
palpos, para crear la especie (C. fatiyans), pero subdividién- 
dola en seguida en cinco subespecies (C. fatigans propiamente 
dicho [strictiori senbu]^ C. f. luíeoanmdaius, C. f. Macleayh 
C. f. Skasii [muy probablemente sinónimo de C cüiaris], 
C. f. /;77¿/¿ea/Ms^, admitiendo además 15 variedades. 

Theobald publica en la pág. 158 del II tomo de su «Mono- 
grafía » diez figuras que reproducen 10 variedades de venula- 
ción (mejor diríamos variaciones en la veiiulación) délas alas 
de la especie Culex fatiyans. Pero en realidad se encuentran 
todas las formas de pasaje , las disposiciones transitorias entre 
una y otras de esas variaciones. 

Esto, que fácilmente se ha observado en Italia, estudiando 
(Bordi) gran número de ejemplares del comunísimo Culex pi- 
piens ^ también se averigua con relativa facilidad al examinar 
los caracteres de esta especie en España. 



- 423 - 

Theobald afirma que las subespecies y variedades del C. fa- 
tigans de que se ha hablado, tienen una distribución geográfica 
característica, 6 por lo menos se encuentran en ciertas regio- 
nes, reunidas, formas que corresponden á determinadas subes- 
pecies y variedades, con exclusión de las otras. Tampoco esto 
es cierto, pudiendo tan sólo admitirse que en los países tropi- 
cales ó subtropicales (en Europa podríamos decir en los países 
meridionales), acentCianse y multiplícanse las variaciones de 
algunos caracteres morfológicos de interés secundario. 

Todo esto, dejando aparte su importancia zoológica, nos in- 
teresa por tratarse de un mosquito que desempeña papel pre- 
dominante en la difusión de la Füaria Bancrofti. La mayoría 
de los recientes investigadores, Bancroft, Lutz, Danie's, etc., 
aseguran, en efecto, que Culex fatigans constituye en casi to- 
das las regiones tropicales el medio de transmisión típico, 
constante, de la Filaría Bancrofti, y que su presencia y dis- 
tribución están estrictamente ligadas con la presencia y distri- 
bución de la Elefantiasis (esto es, de la más importante mani- 
festación de la Filariasis humana). 

Claro está, que si realmente C. fatigans constituye una es- 
pecie aparte, separada de C. j^ipiens, no bastará encontrarlas 
formas comunes de esta especie para entrar en la sospecha de 
que la Filaría Bancrofti pueda endémicamente establecerse 
ni aun esporádicamente transmitirse en aquella región ó co- 
marca. En efecto, hasta ahora no tenemos pruebas seguras de 
que Culex pipiens [strictiori sensu , esto es en el sentido de 
Theobald] pueda ser huésped natural de las larvas del Nema- 
todes. Si nos queremos dar la pena de examinar detallada- 
mente la Bibliografía contemporánea y más reciente, veremos 
que C. pipiens no viene señalado fuera de Europa, y de algu- 
nas regiones de clima templado del Norte de América, en nin- 
guna parte; y sin embargo siguen los tratados, incluso el de 
Blanchard , asegurando que se trata de una especie cosmopo- 
lita , comunísima y difusísima. Entre tanto la mayoría de los 
casos de Filaría Bancrofti se atribuyen á la picadura de Cu- 
lex fatigans y de Stegomyia calopus (St. fasciata). 

La verdad es que ni los caracteres sobre que se funda 



— 424 - 

Theobald , ni las pequeñas variaciones de la morfología de las 
larvas, estudiadas por Howard, pueden convencernos, en con- 
tra de los resultados de nuestras personales observaciones, de 
que las formas reunidas por el primero bajo el antiguo nombre 
de Wiedemann, Culex fatigans, constituyan una bona species, 
distinta del Culex pipiens. 

Por consiguiente, yo pienso que, de averiguarse todas las 




Figura 37. — Larva, probablemente de Culex mimeticus NoÉ, 
encontrada en Canarias {Tenerife) Quliii igosV Habitat foveal 
(pequeña fuente en un jardín). 



condiciones necesai'ias para ello (existencia ¡de enfermos con 
embriones en la sangre periférica, temperatura suficiente, etc.), 
en los 'países donde se encuentre cualquier forma ó variedad 
del Culex pipiens puede establecerse endémicamente ó esporá- 
dicamente transmitirse la Filaria Bancrofti. 

Veremos dentro de poco el alcance y la importancia prác- 
tica de esta conclusión. 

Debo decir aún que las costumbres — tanto larvales [habitat 
de las larvas]^ como de los insectos adultos — son perfecta- 
mente iguales en todas las formas comprendidas en la antigua 
y clásica especie Culex pipiens, esto es en el pipiens de 



- 425 — 

Theobald y en Cidex fatigans , que en conjunto la representa 
y sustituye (según los recientes investigadores) en las regiones 
tropicales y subtropicales de todos los continentes. 

Trátase de mosquitos esencialmente nocturnos: apenas se 
logra encontrarlos de día. Las hembras ^ hematófagas , en ex- 
tremo molestas, viven en el interior de las casas (House-mos- 
quito ^ Bancroft, que identifica C. ciUaris = C. Skusii = 




-Ó^ 

A 



Figura 38. — Extremidad posterior y apéndice respi- 
ratorio de la larva de Ctilex mimeticus (según NoÉ). 



C. fatigans = C. pipiens). Pueden ser transportados con los 
grandes barcos ( — lo propio sucede con el gen. Stegomyia) — 
sobre los cuales frecuentemente se han encontrado numerosos 
ejemplares de (7. fatigans (C. pipieyís). 

Sus larvas viven en ambientes bastante variados: sin em- 
bargo pueden considerarse como características de las peque- 
ñas balsas, de los charcos, de los pozos superficiales, de las 



- 426 - 

pilas de agua: se encuentran con facilidad hasta en barriles de- 
jados al abierto y que contengan pequeñas cantidades de agua 
de lluvia. 

En Canarias (Tenerife) yo he visto desarrollarse junto en 
la misma pila, en un jardín, larvas de C. pipiens y de Sie- 
gomijia (1). Low asegura también que esta comunidad de vida 
entre los dos géneros durante su estado larval, es frecuente en 
las regiones donde se encuentra el género Stegoinyia. 

Las especies Culex phytophagus (Ficalbi, 1889), que Mac- 
donald (1902) describe como una de las formas encontradas 
en el Siid de España (provincia de Huelva, Ríotinto); Culex 
agilis (Bigot), Culex dot72esiicus, tampoco pueden separarse 
de Culex pipiens y deben considerarse, por tanto, como sinó- 
nimos de esta especie. 

Theobald publica en la pág. 133, t. 11^ cinco ejemplares de 
ala de (7. pipiens (entendiendo con este nombre la especie re- 
ducida de su sistema). Entre ellas, dos, por lo menos, presen- 
tan una venulación bien distinta. Y el mismo escribe (pág. 135): 
« Culex pipietis (strictiori sensu) is subject to great variation in 
size and also in regard to certain features of its venation» (C. pi- 
piens presenta grandes variaciones en sus dimensiones y tam- 
bién en cierto modo de disposición de las venulaciones). 

Sin embargo, Theobald admite luego una nueva especie- 
Culex quasipipiens , fundándose únicamente en la venulación 
de las alas y en la forma de las escamas que cubren la cabeza 
y el tórax: «very like C. pipiens, but differs in wing venation 
and in the form of the head scales, wich are smaller in this 
species, and in the larger thoracic scales» (muy semejante á 
C. pipiens, pero difiere de éste por ia venulación de las alas, y 
por la forma de las escamas de la cabeza, que son más peque- 
ñas en esta especie, y por las escamas torácicas mayo- 
res) (pág. 137). Pues bien, el carácter de la dimensión (erró- 
neamente dice Theobald forma) de las escamas es absoluta- 



(1) Séame permitido dar las gracias á mi distinguido amigo el 
Dr. D. Tomás Zerolo (Orotava) por el auxilio qiie me prestó du- 
rante mi breve estancia en la isla. 



— 427 — 

mente variable y sumamente inconstante; y las diferencias en 
la disposición de algunas vénulas de las alas, no son de más 
relieve que las descritas por el mismo Theobald en su especie 
Culex pipiens (fig. 39). 

Al contrario, constituye desde luego una especie aparte — y 
quizás merezca ser considerado como género — el Culex 
nemorosus , que Blanchard llama Theohaldinella 7iemorosa 
(emend. Theohaldia [Neveu Lemaire]). En efecto, la fórmula 
ungueal de las hembras, que en todas las especies antes indica- 




B 





Figura 39.— Disposición de las venas costalis y sub-costalis en las es« 
pecios (Theobald): Culex pipiens y C. quasipipiens. 

A, Culex quasipiens. — a, tipo de las escamas torácicas en la misma 
especie. 

B, Culex pipiens. — b, tipo de las escamas torácicas en la misma 
especie. 



das (C. pipiens en general, C. fatigaiis, C. quasipipiens y 
C. agilis , etc. )'es la misma (O. O — O. O — O. O), varía en 
esta especie (1. 1 — 1.1 — 1.1), así como varían otros ca- 
racteres morfológicos, y son por completo distintas sus costum- 
bres , sus relaciones con el hombre y el habitat de larvas y nin- 
fas. Trátase de una especie que vive, por lo general, en los 
bosques, en los jardines, en los parques; raras veces encuén- 
trase en las habitaciones (Blanchard la vio en Sevilla). Es 



Eev. Acad. Ciencias.— Ill.-Xovieinbre, 1905. 



29 



428 - 



diurna j y la hembra, hematófaga, pica al hombre y á los ani- 
males domésticos durante el día. Las larvas desarróllanse en 




Figura 40.— Aspecto de Stegomyia fasciata en actitud de picar (aum X lo)- 



lagos, pantanos, grandes charcos ^á veces en aguas corrientes 







¿^^^^3^^ 



^ 



9 




cf 



Figura 41.— Aparato ungueal de Síígowj'ja /ascia/» d* y 5, en los ejemplares proce- 
dentes de las islas Canarias (sí. ja%c. var. canariensis). 



cuyo movimiento sea dulce y lento; á veces también en aguas 
saladas (salinas de Cagliari, Cerdeña, seg. Ficalbi). 

Su distribución geográfica abarca á toda Europa: Culex 



- 429 - 

sylvaticus, C. provocans, C. salinus (Ficalbi), C. reptans^ 
C. stricticus deben considerarse como sinónimos de Culex 
nemorosus (ó Theobaldinella nemorosa) . 

Por lo demás, hay que advertir que también C. nemorosus 
presenta variaciones muy considerables en los caracteres exter- 
nos, de tal suerte que se admiten 3 variedades: C- n. salinus^ 
C. n. luieovittatiis^ C. n. detritus. 

12. El género Stegomyia corresponde al antiguo Culex ele- 
gans Ficalbi, al C. calopus Meigen, al C. anniiUtarsis y otras 
formas que comprenden hoy día más de 25 ó 30 especies. Es- 
parcido en casi todas las regiones de clima caliente y tropical, 
llega á establecerse — transportado quizás por los buques — en 
países relativamente fríos (Inglaterra, encontrada por Ste- 
phens). Encuéntrase este género, representado por la especie 
St. calopus ( St. fascíata), en las costas meridionales de Espa- 
ña (Alicante, Málaga, Cádiz, Huelva) y Portugal, y en gran 
abundancia en las islas Canarias (Tenerife, Las Palmas) donde 
he podido observar sus costumbres, en un reciente viaje al Ar- 
chipiélago (Julio 1905). Trátase de un mosquito doméstico, 
que vive en las casas, que hállase con gran frecuencia en las 
habitaciones, tanto de día como de noche: sin embargo, no pica 
durante el día con tanta frecuencia como durante la noche. 
Pone los huevos en todas partes donde haya pequeñas cantida- 
des de agua, y, según las observaciones de Lazear (que no he 
tenido ocasión de comprobar), pueden esos huevos soportar 
bastantes días de sequía. 

Los caracteres de esta especie, tal como se observan en los 
ejemplares capturados en la costa Sud de España, pueden re- 
ducirse á los siguientes: 

STEGOMYIA FASCÍATA. — Theobald. ] 

Aspecto. — A simple vista el insecto aparece blanco y negro; 
el blanco puro de la ornamentación contrastando fuertemente 
con el pardo obscuro del fondo. 

Tamaño. — Longitud: de 3 ^/^ á 5 milímetros (sin trompa). 

Cabexa. — Densamente cubierta de escamas del tipo redan- 



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gulaiae (v. fig. 9, I), negras y grises á cada lado, formando 
una mancha blanca en medio^ una mancha blanca en cada lado, 
una franja blanca delgada rodeando los ojos; escamas del tipo 
aculeatae (v. fig. 9, V.) en la nuca; las antenas negruzcas con 
bandas pálidas, estrechas y verticilos moreno obscuro; palpos 
con escamas negras; el último artejo con escamas de color 
blanco puro plateado cerca de la punta; trompa negra sin ban- 
das blancas. 

Tórax. — Pardo obscuro con escamas curvas de color mo- 
reno rojizo^ dorado pálido y crema, adornado como sigue: una 
banda curva y ancha de blanco puro, de cada lado, incurvada 
hacia adentro ; hacia la mitad del mesonoto y continuando 
hacia atrás, más delgada y pálida hasta el scutellum\ dos ban- 
das escamosas delgadas y paralelas, pálidas, extendiéndose has- 
ta la parte media á través del mesonoto y más ó menos hacia el 
scutellum; una línea blanca corta entre estas dos; una mancha 
blanca en cada lado del tórax hacia adelante cerca del cuello; 
scutellum con una fila de escamas planas, anchas y de color 
blanco, y tres mechones de pelos; metanoto y pleuras moreno 
obscuro con varias manchas de escamas plateadas. 

Abdomen. — Pardo obscuro, cubierto en algunos sitios de 
escamas blancas, negras y grises; con bandas básales de esca- 
mas blancas, primer segmento de escamas cremas; lados con 
manchas de escamas blancas de aspecto más 6 menos trian- 
gular. 

Alas. — Venas tapizadas con escamas parduscas de los ti- 
pos longireciangulatae et elojigaiae (v. fig. 9), estrecha? y lar- 
gas, algunas cortas, del tipo rectangulatae , y más obscuras; 
primer.i celda submarginal más larga y ligeramente más estre- 
cha que la segunda celda posterior, la base de la primera algo 
más cerca de la base de las alas de la segunda. Disposición de 
las venas parecida á la del gen. Culex, pero las celdas ahorqui- 
lladas cortas. 

Patas. — Negras con bandas blancas argénteas básales; cu- 
biertas uniformemente de escamas blancas; tibia negra; meta- 
tarsos con bandas blancas básales; tarsos anteriores con el pri- 
mer artículo blanco á la base y el resto negro; tarsos medianos 



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lo mismo; tarsos posteriores todos basalmente blancos, excepto 
«1 último artículo, que es blanco puro; penúltimo artículo en su 
mayor parte blanco con el ápice negro. 

Uñas. — Hembra: anterior — ambas iguales y uniserradas; 
media — ambas iguales y uniserradas; posterior — ambas igua- 
les y no dentadas (1.1. — 1,1 — O. O.). Macho: ante- 
rior — desigual la mayor con un diente corto romo, y la menor 
con uno no dentado; media — desigual y no dentada; poste- 
rior — igual no dentada (1.1. — O. O. — O. O). 

Habitat de huevos, larvas y ninfas. — Ya se ha dicho que 
las hembras de esta especie prefieren poner en aguas tranqui- 
las, de tal suerte que se encuentran huevos, larvas y ninfas en 
los barriles de agua de lluvia, pequeños estanques, jarras, en 
una palabra, en cualquier receptáculo que contenga agua. 

Huevos. — Negros, de forma cilindrica y extremidades cóni- 
cas. Los depositan en la superficie del agua, con disposición 
parecida á la de los huevos de Anopheles , solos ó en grupos de 
tres ó más, dispuestos en filas paralelas ó arracimados. Parecen 
muy resistentes á las influencias exteriores. Cada hembra de- 
pone de 30 á 115 huevos, siendo de 50 el promedio; los 
huevos maduran y se abren entre tres y doce días ó más tiem- 
po, según la temperatura del agua y otras condiciones. 

Larvas. — Son parecidas á las de G. pipiens , si bien difie- 
ren de ellas por algunas particularidades anatómicas estudia- 
das y descritas por Howard. La posición en que permanecen 
cuando respiran en la superficie del agua tampoco es idéntica 
á la que es propia y característica de las larvas de Culex, pues 
las de Stegomyia se disponen en dirección casi vertical, con 
la cabeza hacia abajo. Son relativamente más largas y menos 
anchas , y el tubo respiratorio es más corto. La duración del 
período larvario varía, siendo el mínimum de seis días. 

Ninfas. — Parecidas á las del C. pipiens , pero más delga- 
das y elegantes. La duración del período de ninfa varía, siendo 
el mínimum de dos días. 

Observaciones. — Los caracteres principales que distinguen 
el gen. Stegomyia, y muy en particular la especie St. fascia- 
ta, son las escamas de la cabeza y del scutellum; las líneas 



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blancas á los lados del tórax, y las patas con bandas blancas. 
La forma encontrada por mí en las islas Canarias presenta 
algunos caracteres que — siguiendo el criterio adoptado por 
Theobald y aceptado por Blanchard — pueden hacerla distin- 
guir de la especie típica Stegomyia calopus. Tales son: la dip- 
posición de las vénulas transversa mediana y transversa su- 
pernumeraria en las alas; el tipo de las escamas , que respon- 
de á la combinación de rectangnJatae longirectangulatae á lo 
largo de las venas, y al de elongatae sobre el borde de las alas; 
que permiten crear una variedad St. cal. varietas canariensis. 




Figura 42.— Ala de stegomyia fasciata, variedad canariensis. 



13. Los géneros lanthínosoma y Psoróphora son exclusi- 
vamente americanos: poco sabemos de sus costumbres, nada 
acerca de la posibilidad de que ejerzan algún papel patógeno. 

El gen. Mucidus es asiático, australiano y en parte africano 
(quizás las formas africanas deban comprenderse en otro géne- 
ro). Tampoco tiene importancia para nosotros el género Eret- 
mapodites. 

El géníTO Mansonia (Panoplites de Theobald , Mansonia de 
Blanchard, correspondiente en parte al antiguo Culex titillans 
de Walker, 1848), es uno de los huéspedes intermedios de 
Filaría Bancrofti. Los caracteres de la forma de las escamas 
sobre las alas (escamas típicas rhomboidales grandes) (v. figu- 
ra 9, II) , y de la dimensión relativa de la trompa y de los pal- 
pos distinguen este género de los afines Culex y Aédeomyia- 

No se ha encontrado todavía este género en Europa, En los 
demás continentes hállase esparcido en las regiones subtropica- 
les de ambos hemisferios. Penetran estos mosquitos á veces en 



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las casas: las hembras ponea los huevos en las aguas, aunque 
dotadas de algún movimiento (pequeñas corrientes de agua^ 
ríos de escaso cauce, lagos, etc.); su picadura es en extremo 
irritante, por especiales propiedades químicas del líquido de 
las glándulas salivales, ó quizás por la frecuencia con que con- 
tiene (y por tanto inocula en la herida) blastomicetos abundan- 
tes y formas vulgares de esquizomicetos ( 1 ). 

El gen. Taeiiiorhy nchiis (representado anteriormente por el 
Culex Richiardii) se encuentra en Italia, Asia Menor, Ingla- 
terra, Xorte de América y en todo el continente asiático. Muy 
probablemente, existe en España, aunque yo no lo he encon- 
trado ni ha sido visto por otros. 

SegCín reconoce el mismo Theobald en la introducción al 
tercer tomo de su Monografía (1903-1904), todos los caracte- 
res de las formas adultas, sobre que se funda la distinción de 
géneros y especies, deberían ser confirmados por un estudio 
detenido, acabado, de su desarrollo larval, y de la estructura 
de larvas y ninfas. 

Desgraciadamente carecemos de datos exactos sobre el par- 
ticular, en la grandísima mayoría de las especies de Anophe- 
Unae y de Culicinae^ si se exceptíían las europeas y alguna que 
otra india ó africana (pocas de la América del Norte, estudia- 
das porHoward, Coquillet, Dyar, etc.). 

Por mi parte estoy convencido — aunque no me atrevo á 
exponer por ahora esta idea más que en forma de hipótesis — 
,que muchas formas adultas descritas como especies y géneros, 
no representan otra cosa que variaciones muy probablemente 
debidas á la estación y á fenómenos de polimorfismo sexual: 
si conociéramos en estos casos la morfología de las larvas y 
.ninfas, si pudiéramos siempre determinar, bajo nuestra vista, 
en nuestros laboratorios, la reproducción de aquellas formas, 
veríamos desarrollarse larvas por completo idénticas á las atri- 
buidas á otra especie, y de estas larvas y de las ninfas que de 



(1) Theobald fpág. 174, t. II) escribe: «The bite of Panoplites 
(Mansonia) is very irritating and the saliva in some species is dis 
tinctly acid (Lutz)». 



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ellas procedieran, veríamos salir formas adultas con ciertos ca- 
racteres distintos de los que encontrábamos en las primera- 
mente examinadas, esto es, en la forma paterna y materna. 

Este concepto responde de tal suerte á la verdad , á los he- 
chos que se observan en la naturaleza, que el mismo Theobald, 
en la indicada Introducción del tercer tomo (ultimo publicado) 
de su Monografía, escribe: «In many respects the Culicidae 
are extremely variable: this variation is chiefly in wing-mar- 
kings, and to some extent in the leg banding in certain species. 
The variation in wing-markings is said to be seasonal. » 

Admite, por tanto, Theobald la existencia de una variación 
en ciertos caracteres morfológicos externos, en dependencia 
del ciclo estacional del año. Pero al mismo tiempo no se aper- 
cibe de que aquellos caracteres externos, por ejemplo, las man- 
chas de las alas, y otros, como los colores y aspecto del tórax 
y del abdomen, dependen de la forma, dimensión y distribu- 
ción de las escamas , sobre las cuales establece el Dipterólogo 
del British Museum las fundamentales distinciones de géneros 
y especies. Así es que un carácter variable en los individuos 
constituye en la clasificación actualmente adoptada, el carácter 
fundamental para la subdivisión de las subfamilias. 

Y baste con esto de crítica. 

Sólo añadiré que con mayor razón aún , del mismo modo 
como admito variaciones estacionales y sexuales eu los indivi- 
duos de una misma especie y del mismo género , así pienso que 
existen variaciones geográficas, y que la misma especie pre- 
senta en los distintos puntos de la superficie terrestre modifica- 
ciones más ó menos evidentes en su aspecto general y en sus 
caracteres. 

14. Con relación á los estudios epidemiológicos, es de 
gran interés conocer el habitat y las costumbres de las larvas 
y las ninfas de las dos familias Anophelinae y Culicinae. En 
efecto, por una determinación exacta del medio que nece- 
sita cada especie para poner los huevos y para que éstos se 
desarrollen convenientemente al estado de larva y de ninfa 
hasta llegar á insecto perfecto, podríamos alcanzar un conoci- 
miento seguro acerca del territorio en que vivimos, región, co- 



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marca, pueblo, finca, en cuanto ofrece condiciones favorables 
ó desfavorables para la reproducción y vida larval de estos 
Dípteros. 

Desde luego estamos muy lejos de haber llegado á esa de- 
terminación. 

Sin embargo, tentativas en este sentido se han hecho, sin 
que hayan proporcionado los resultados apetecidos. 

La distinción de especies en: 

1. Palustres. — (Larvas en estanques, grandes pantanos, 

pequeños lagos, etc.) 

2. Sub-palustres. — (Larvas en charcos, balsas, etc.) 

3. Foveales. — (Larvas en pequeñas cantidades de agua, 

en recipientes de poca capacidad), 

establecida por Ficalbi (1899-98) y Grassi (1898-99) en Ita- 
lia, adoptada en parte por Nuttall (1899-1900) en Inglaterra, 
no puede ya mantenerse en todo su rigor; pero de todos modos 
yo creo que merece ser conservada y admitida en sus líneas 
fundamentales. 

Considerábanse en un principio, según las indicaciones de 
Ficalbi, como especies típicas del tercer grupo (es decir, que 
ponen sus huevos en pequeños charcos, en las pilas de agua 
de los jardines, fuentes, pozos, y hasta jofainas con escasa can- 
tidad de agua), las siguientes: 

Culex 'pipiens (comprendiendo la especie Cidex fatigans 

Theob.). 
Culex spathipalpis (actualmente Theohaldinella spathi- 

palpis). 
Culex elegans (actualmente Stegomyia fasciata, S. ca- 

lopus). 
Culex annidatus (y algunas más). 

Las investigaciones posteriores han confirmado en conjunto 
el hecho puesto de relieve por Ficalbi. Desde luego no puede 
haber en esto una ley absoluta, porque no existe una meuida 



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absoluta, un límite máximo y mínimo, que nos ponga al abrigo 
de las variaciones subjetivas en la interpretación de la clase á 
que pertenece el ambiente acuático en que se desarrollan las 
larvas. Así es que no siempre encontramos de acuerdo los va- 
rios observadores. Pero lo cierto es que, si bien á veces pue_ 
den hallarse los huevos ó las larvas de las especies antedichas 
en ambientes que no encajan en el tipo foveal (esto es de pe- 
queña capacidad, de escasa cantidad de agua), sin embargo 
queda indudable que el ambiente preferido es ese, y, por tanto, 
son estas especies eminentemente domésticas, conviven en 
todas partes con el hombre. 

Lo cual no deja de tener grandísima importancia. Acuérdese 
que Stegomyia fasciata (antiguo Culex elegans de Ficalbi) 
relativamente raro en Italia, ya más frecuente en las costas 
meridionales de España^ abundantísimo en Canarias, consti- 
tuía en Cuba, en particular en la Habana, la especie caracte- 
rística de las casas, puesto que desarrollábase en extraordina- 
rio número en los depósitos de agua que cada edificio poseía 
para el uso de los inquilinos. Desde que con medida general se 
han cubierto dichos depósitos , las Stegomi/ia han disminuido 
considerablemente; y otras disposiciones higiénicas de distinto 
carácter casi han logrado destruir esta especie, ó por lo menos 
hacer que desapareciera de la Habana y de sus arrabales. 

Por otro lado, ya Ficalbi notaba que distintas especies de 
Anophelinae, como Anopheles daviger (maculipennis), y A. bi- 
furcatus, se desarrollan especialmente en ciertas aguas, en 
condiciones diferentes la una especie de la otra. Anopheles 
daviger (maculipemiis) es el tipo de los Anofelinos ^m/tís/res, 
esto es que sus huevos, larvas y ninfas desarróllanse de prefe- 
rencia en aguas estancadas de grandes extensiones, en charcas 
de considerable capacidad (hasta de algunos metros de profun- 
didad, según pudimos comprobar en lo sucesivo), en pantanos 
y en ciertos lagos también : en los arrozales con predilección 
y en gran abundancia (así, por ejemplo, en los arrozales de 
Valencia). Anopheles bifiircatus, al contrario, desarróllase 
más bien en pantanos de menor extensión y de poca profundi- 
dad, en las acequias de lenta y escasa corriente, en los char- 



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eos y balsas que se forman en el campo, aunque accidental- 
mente; y sobre todo en las aguas que quedan en cierta canti- 
dad reunidas en los espesos y densos bosques, en las zanjas 
rodeadas de arbustos y hierbas. En este caso llamaba Ficalbi 
suh-palustre el habitat de las larvas y ninfas. 

Sin embargo, Ficalbi tuvo que modjficar muy pronto sus 
afirmaciones, y Grassi, Nuttall, Noé, yo mismo, pudimos esta- 
blecer definitiv^amente la adaptabilidad extrema de los huevos 
de Anopheles en general, para desarrollarse en aguas de toda 
clase, en ambiente palustre, snb-palustre y hasta foveal (en 
hoyos, zanjas, pozos, etc.). Coggi y Ceccherelli han observado, 
por ejemplo, que Anopheles hifurcatus y el mismo Anopheles 
claviger se desarrollan en pequeños fosos llenos de agua que 
hay para riego de ciertos árboles en los alrededores de Siena 
(Italia), donde no se encuentran ninguna clase de pantanos ni 
condiciones palúdicas del terreno. 

Ocurre lo propio en España. Anopheles claviger se encuen- 
tra con relativa frecuencia en lugares que carecen de los ca- 
racteres palustres, como en los alrededores de Madrid. 

Al mismo tiempo se observa que la difusión de esta especie 
y de las que componen la sub-familia Anophelinae, alcanza á 
veces una altitud que los primeros investigadores no sospecha- 
ban. A 1.000 metros sobre el nivel del mar pueden hallarse 
estos mosquitos, y á veces á mayor altura, constituyendo el 
hecho ahora indicado gravísima razón de dudas acerca de los 
límites orográficos de la endemia palúdica. 

15. Los huevos de los Anopheles, largos de ^/^ de milíme- 
tro' á 1 milím., de color blanco recientemente depositados y 
volviéndose después de color plomizo, son en forma de barqui- 
lla, corriendo á lo largo de cada lado una membranilla estria- 
da, que en su parte mediana constituye una pequeña cámara de 
aire, destinada sin duda á sostener al huevo flotando en el agua. 

Anopheles claviger y A. psendopictus (ó Myzorynchus pie- 
tus Th.) ponen sus huevos constituyendo cintas paralelas 
de 3, 4, 10, hasta de 20 huevos. Anopheles hifurcatus , al 
contrario, casi siempre pone sus huevos en el agua en forma 
de estrellas, pues se hallan unidos por sus extremidades. 



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Paede calcularse que cada Anopheles hembra pone de 100 
á 150 huevos (1). 

Las larvas varían poco de forma con la edad^ reduciéndose 
al menor crecimiento de la cabeza con relación al tórax que 
hace aparecer la primera tan ancha como el segundo en un 
principio y más estrecha, por el contrario, al fin de su desarro- 
llo. Los caracteres dados de ellas por los autores, como Mei- 
nert, que las ha descrito con gran detalle, se refieren á la for- 
ma ya bien desarrollada. La cabeza es cónica, próximamente, 
y un poco deprimida. Las antenas llevan dos gruesas sedas es- 
piniformes en su extremidad, y otras dos plumiformes, una de 
ellas en el extremo y la otra á un lado antes del punto medio 
de la antena. De cada lado de la cabeza salen dos sedas que 
tienen importancia para la determinación de las especies y se 
llaman sedas angulares, y en la parte anterior salen otras muy 
largas, también importantes, llamadas sedas medianas. Los 
ojos están bien desarrollados. De la parte inferior de la cabeza 
salen dos pinceles de pelos muy apretados, que reciben el nom- 
bre de órganos rotatorios y que contribuyen á producir un mo- 
vimiento especial que verifican á veces, principalmente du- 
rante el día, estando las larvas flotando sobre la superficie 
del agua con el vientre hacia abajo, pero con la cabeza vuelta 
hacia arriba, esto es, girada 180'' desde la posición normal, 
lo cual hacen con gran facilidad. La boca está provista de 
fuertes mandíbulas. En la mitad anterior y en la terminación 
del cuerpo están esparcidas sedas muy largas, más 6 menos 
ramificadas, visibles á simple vista, que sirven para hacer más 



(I) Estas observaciones, comprobadas personalmente por mí 
en las mismas especies de Anophelitiae en España, confirman los 
datos ya proporcionados por Grassi, sobre todos, en su importan- 
tísima obra Studí d'uno zoólogo sulla Malaria (Reale Accademia 
dei Lincei, Roma, 1901, pág. 100 y sig.). 

La descripción de larvas y ninfas, conforme también con la de 
Grassi, está reproducida de la primer noticia científica que se dio 
en España de los estudios de mi maestro, el ilustre catedrático de 
Roma, por el Dr. Rioja y Martín, en su discurso inaugaral del 
curso de 1902-1903 en la Universidad de Oviedo (pág. 17 y sig.). 



— 439 — 

estable el equilibrio de la larva. El penúltimo anillo del cuerpo 
se prolonga dorsalmente sobre el siguiente (que es muy mó- 
vil), formando una especie de escudo, en la base del cual se 
hallan los estigmas y al lado externo de cada uno una papila 
con pelos, probablemente sensitiva, y un órgano en forma de 
peine que debe servir, en unión de otras papilas anales, para 
aferrarse ó adherirse á los objetos. En la extremidad posterior 
del cuerpo existen, á los lados del dorso, dos pinceles de pelos 
que ayudan al sostenimiento de la larva, y en la parte media 
ventral una especie de abanico de sedas que contribuye al mo- 
vimiento, sirviendo algo de órgano de dirección del mismo. 




-rwvtt' cLtt 



T 



i<4/ 



B 



Figura 43. — Actitud délas larvas: /4, de Culex. — B, de Slegomyia. — C, áe Anopheles{ 
cuando se disponen para respirar á la superficie del agua. 



Como hemos dicho, las larvas de Anopheles se mantienen 
sensiblemente horizontales en la superficie, sacando fuera sobre 
todo la parte dorsal de la extremidad posterior del cuerpo y 
con la cabeza un poco debajo del agua; en ciertos casos, sobre 
todo si se le asusta al animal, se deja caer al fondo, donde per- 
manece poco tiempo con el vientre hacia arriba; sube verifican- 
do un movimiento, más bien lento, de impulsión, producido por 
la extremidad posterior, que se mueve como un látigo, ó de lado; 
en la superficie se mantiene ordinariamente quieta, pero de 
tiempo en tiempo produce un movimiento rápido de lado que 
la hace retroceder oblicuamente. 

Todos estos caracteres tienen interés para el que, deseando 
experimentar con estos insectos, necesite procurarse sus larvas 



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pues hay otras pertenecientes á distintos géneros y familias de 
Dípteros que pueden parecérsele á primera vista, y con el exa- 
men de estas particularidades pueden reconocerse las de Ano- 
pheles y distinguirse de las correspondientes á otros géneros. 
Así, por ejemplo, las del género Dixa son muy parecidas, pero 
carecen de las sedas largas esparcidas por el cuerpo, y además 
tienen movimientos y actitudes un poco diferentes de las del 
género Anopheles , siendo más lentos aquéllos y muy habitual 
en dichas larvas la posición del cuerpo formando un arco con 
la concavidad que mira hacia arriba (1). 

Después de un tiempo mayor 6 menor, según la temperatu- 
ra, pero que puede ajarse en 20 á 22 días en verano, pasan al 
período de ninfa. En este estado tienen en conjunto la forma 
de una coma, pues presentan una porción gruesa y comprimi- 
da anterior y otra delgada posterior, en forma de cola, que es 
el abdomen. Durante este período el animal se mueve, pero no 
se nutre, como acontece también con los Culex. Se distinguen, 
sin embargo, las ninfas de Anopheles por tener el margen su- 
perior del abdomen formando una curva sencilla, mientras que 
las de Culex presentan tantas curvas parciales cuantos son los 
anillos de dicha región. Merced á unas especies de cornetillas 
que tiene á los lados del cuerpo dirigidas hacia arriba, que al 
sumergirse arrastran un poco de aire; y con el auxilio de cier- 
tos sacos aéreos que obran en conjunto como un aparato hidros- 
tático, pueden elevarse pasivamente estas ninfas, cuando por 
una causa cualquiera se han sumergido huyendo de algún peli- 
gro. Válense para este movimiento de inmersión, de repetidos 
coletazos producidos con la extremidad del abdomen, que está 
provista de dos aletas terminales. Por esta razón les es imposi- 
ble mantenerse en el seno del agua, á menos que no se agarren 
á plantas ú objetos sumergidos por medio de las láminas cau- 
dales y de unos filamentos que nacen en el margen de éstas. 
Ordinariamente se encuentran en la superficie, en la que cami 
nan hacia adelante dando coletazos, en cada uno de los cuales 



(1) V. RiojA Y Martín: loe. cit. , pág. 18 (Oviedo, imprenta 
«La Comercial», 1902). 



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la ninfa es impulsada hacia abajo, volviendo á recobrar pasi- 
vamente su posición y el contacto con el aire al nivel del agua. 
Al cabo de dos ó tres días la ninfa se fija en la superficie 
del agua, y alzando el abdomen queda más ó menos extendida, 
hasta que poco tiempo después la cutícula se hiende por el 
dorso longitudinalmente y sale á pequeños empujones el insec- 
to alado, ó adulto, llamado también insecto perfecto, el cual 
permanece algunos minutos sobre el agua, merced á una dispo- 
sición especial de las uñas, hasta que pierde la transparencia 
que tiene al salir de las cubiertas de la ninfa y llega á hacerse 
opaco, y coloreado según su peculiar manera específica, en 
cuyo momento, batiendo con fuerza las alas, se lanza al vuelo. 

El insecto alado, cuyas diferencias con el Culex hemos an- 
tes indicado, presenta los siguientes caracteres que, en parte, 
son comunes: Las antenas, compuestas de 14 anillos en la 
hembra y 15 en el macho, están provistas en cada uno de di- 
chos artejos de sedas, que siendo mucho más largas en el ma- 
cho se hacen perceptibles á simple vista y le dan el aspecto 
de una pluma, carácter que sirve para reconocer este sexo, así 
como el de tener los palpos terminados en maza, mientras en 
las hembras terminan adelgazándose al extremo. El aparato 
chupador ó probóscide está constituido, como en todos los cu- 
lícidos, por el labio inferior que forma como un canal ó estu- 
che que proteje á seis estiletes; dos de éstos, impares, que son 
los representantes del labio superior y de la hipofaringe, al 
aplicarse el uno al otro forman, por su configuración especial, 
un tubo por el que hace el animal la supción de la sangre; los 
otros cuatro, que son las dos mandíbulas y las dos maxilas, sir- 
ven, en unión del tubo, para verificar la punción, en cuyo mo- 
mento el labio inferior se separa, desde el primer tercio, á con- 
tar desde la base, de los estiletes, doblándose en ángulo cada 
vez más cerrado á medida que aquéllos profundizan en el espe- 
sor de la piel. 

La nuca está cubierta de sedas muy apretadas y rodeada de 
escamillas en forma de espatulitas. En el punto de unión de la 
cabeza con el tórax, éste es estrecho y forma como un cuello. 
Toda la superficie dorsal de dicho tórax está revestida de apre- 



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tadas sedas, á las que deben sus especiales coloraciones, y lleva 
dos escudos, uno anterior y otro posterior. Las alas están reco- 
rridas en toda su longitud por diez nerviaciones procedentes 
de siete primarias, tres de las que se bifurcan después del ori- 
gen, habiendo también alguna otra transversal. Sobre las ner- 
viaciones existen escamitas, las cuales, acumulándose en cier- 
tos sitios, originan las manchas características, y en el borde 
y ápice forman una franja. Siguen los balancines, representan- 
tes de las alas del segundo par. El último artejo del tarso de las 
patas del primer par termina por una una tridentada en los 
machos, y por dos sin dentelladuras, en la hembra. Los otros 
dos pares de patas terminan, en el macho y en la hembra, por 
dos uñas sin dientes. El abdomen^ compuesto de ocho anillos 
y peloso, acaba por el aparato sexual externo más desarrollado 
en el macho, que consta de dos gruesos lóbulos con sedas que 
hacen aparecer bifurcado el extremo del abdomen y de otras 
piezas cuya diversa y característica configuración pueden ser- 
vir, sobre todo en los machos, para la determinación específica- 
16. El Doctor Mario Lebredo distingue en la trompa del 
mosquito los siguientes órganos: 

1° Órganos de perforación, succión y eliminación salivar 
(Labrum-epifaringe é hipofaringe). 

2° Órganos de sección ó dilaceración (mandíbulas y ma- 
xilas). 

3.** Órgano de protección y abarcamiento (labium). 

Añade (p. 78, Rev. Med. trop., Mayo 1904) las siguientes 
observaciones, que son del todo exactas: 

«La hembra tiene necesidad de chupar sangre, sin cuyo ali- 
mento no verifica, según hemos podido comprobar, la función 
de la ovulación. Por lo tanto, necesita para perforar la piel, 
no ya sólo del hombre, sino el cuero de muchos animales, ade- 
más de la potencia perforante del labrum, los órganos de sec- 
ción (mandíbulas y maxilas) ya descritas. 

El macho sólo se alimenta de los jugos vegetales, y por lo 
tanto, le basta con la potencia punzante del labrum. De aquí 



— 443 - 

el que su proboscis conste de labrum-epifaringe, hipofaringe y 
labium. 

El labrum-epifaringe y el labium, así como todo el resto del 
conducto digestivo, son iguales en el macho y en la hembra. 

Muchos autores han negado la existencia de la hipofaringe 
en el macho. Pero además de ser necesaria su presencia, por- 



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Figura 44. — Aspecto de las piezas que constituyen el aparato 
bucal de los culícidos (9), artificialmente disociadasjas unas 
de ¡as otras, y separadas de su vaina del Labium. 



que sin ella no se explica el mecanismo de la succión, la en- 
contramos siempre en las disecciones cuidadosas, sobre todo 
verificando la disección en aceite. 

Respecto á la anatomía de los Anopheles importa, para el 
caso, considerar sólo el tubo digestivo. Empieza éste detrás 
del aparato bucal externo ya descrito, con la faringe, á la que 
sigue un esófago. Comunican con éste tres sacos chupadores, 
uno ventral principal y dos laterales accesorios. Continúase al 
nivel del primer par de patas el intestino anterior, que es el 



Kev. Acad. Ciencias,— III.— NoYiembre, 1905. 



30 



- 444 — 

formado por la faringe y el esófago , con el intestino medio 6 
estómago quilífero formado á su vez por una parte anterior es- 
trecha 6 cuello al que abocan numerosos tubos ciegos, y otra 
posterior ensanchada ó verdadero estómago, hallándose una 
válvula (válvula cardíaca) en el punto de unión del intestino 
anterior con el medio. Al nivel de la unión del quinto con el 
sexto anillo abdominal se continúa el intestino medio con el 
posterior, en el que se distingue un íleon, un Colon y un Recto. 

La pared de este tubo digestivo está constituida por un epi- 
telio de células más ó menos aplastadas, revestidas al interior 
de una cutícula que es más ó menos fina y provista de crestas 
ó sin ellas, según las diversas regiones de aquél, y por una 
capa externa elástico-muscular, formada por fibras musculares 
(circulares al interior y longitudinales al exterior, en el intes- 
tino medio al menos). 

Esófago. — Está en relación lateral y superiormente con los 
dos sacos aéreos y con las glándulas salivares; superiormente 
con la porción muy anterior de los músculos antero-posteriores 
del tórax y con el tejido conjuntivo del cuello, é inferiormente, 
además de estarlo con el tejido conjuntivo del cuello, hacia su 
parte anterior, lo está posteriormente con la primera porción 
del saco suplementario. Muchas veces en su parte anterior el 
esófago, casi al nivel de su unión con la bomba quitinosa (an- 
terior), se relaciona inferiormente con los dos tubos que co- 
rresponden á cada glándula salivar y que en este punto vienen 
á formar uno solo, que corre hacia adelante, hasta el recep- 
táculo. 

Esiómago-Intestino medio. — El estómago (también llamado 
intestino medio) es un tubo largo que, partiendo desde la ter- 
cera parte anterior del tórax, se continúa con la misma estructu- 
ra, hasta un límite posterior que no puede precisarse por no 
ser fijo, pues varía según el grado de dilatación que tenga. 

En la mitad anterior en que es estrecho, la mucosa está cons- 
tituida por células casi cilindricas, siendo su estructura aquí 
gruesa, y resistente y de apariencia estriada; y en su mitad pos- 
terior que ocupa el abdomen y que después se continúa con el 
intestino posterior, aunque conserva el mismo aspecto de es- 



- 445 — 

tructura celular que en su primera parte, son algo más redon- 
das las células y es menos resistente y por lo tanto más dila- 
table. 

El punto de unión del estómago y el esófago es muy espe- 
cial. El estómago en su primera parte, cuando hacemos una 
disección, tiene la apariencia exterior nudosa ó mejor de una 
protuberancia, lo que se explica, pues allí está invaginado ha- 
cia adentro, de manera que forman sus paredes reflejadas una 
verdadera válvula interna (válvula cardíaca). En esta porción 
interna invaginada es donde viene á terminar la porción poste- 




Figura 43. — Aspecto y disposición de los órganos en la cabeza de Ánophelet. 

C. s., conducto de las glándulas salivales (demuestra el punto de desemboca- 
dura en la base de la hipofaringe); n., nervio; m., músculos; es., esófago; 
g. c, ganglio nervioso. 



rior del embudo exofágico, adhiriéndose á ella como ya lo he- 
mos descrito (fig. 13, 1). 

En su parte terminal ó pilórica el estómago, al continuarse 
con el intestino posterior , lo hace por medio de un verdadero 
esfínter. De este punto, por fuera del esfínter, es de donde par- 
ten las cinco digitaciones que llevan el nombre de tubos de 
Malpighi y que están á su alrededor colocadas simétricamente, 
como cinco tentáculos colgados de un cinto, cuyo cinto es la 
faja de separación del intestino medio (ó estómago) y del in- 
testino verdadero. 

En el estómago tiene lugar la primera función digestiva y 
de absorción de los jugos nutritivos, y allí es donde se verifica 
la primera parte del ciclo extra-humano del parásito de la ma- 
laria, cuyo último paso es en el aparato fealivar. 



- 446 - 

Anejas al tubo digestivo deben considerarse las glándulas sa- 
livales y los cinco tubos de Malpigio. Las glándulas salivales 
terminan en un tubo que se abre en la línea media y ventral, 
en la base de la hipofaringe, por un surco de la cual corre 
el líquido segregado que sale por dicho tubo y se inocula en 
el individuo picado al hacer la punción. Retrocediendo se ve 
este tubo dividirse en dos laterales, y cada uno de éstos pro- 
ceder á su vez de tres lóbulos , uno dorsal , uno ventral y otro 
intermedio, de diferente forma y estructura éste que los otros 
dos, siendo á su vez diferente esta última en las distintas re- 
giones de cada uno, aunque en principio tengan todos una capa 



Figura 46.— Glándula salival (de un lado), constituida de tres lóbulos, con su 

conducto excretor. 



interior de cutícula con un hilo de refuerzo arrollado en espi- 
ral como las tráqueas, y otra externa glandulosa, constituida 
por series de células secretoras (células glandulares), de igual 
tipo en cada lóbulo. 

17. Sobre los métodos prácticos para el examen de los 
mosquitos, indicaciones bastante completas hállanse en las re- 
cientes obras de Grassi (1902), de Ruge, de Giles, de Howard, 
de Blanchard y de otros. Yo me limitaré á comunicar en bre- 
ves palabras lo que me parezca realmente útil ó esté en deS'- 
acuerdo con lo que dicen los ya citados autores. 

Supongamos de haber capturado 100 á 200 ejemplares de 
Culex (C. pipieíis, comunísimo en los alrededores de Madrid). 
Separados en distintos vasos de cristal (de boca muy ancha, 
cubiertos de gasa, con una abertura central que pueda tenerse 
bien tapada por una torunda de algodón en rama), dejaremos 



— 447 — 

libres un cierto número, entre ellos las hembras con huevos 
maduros, en una jaula expresamente preparada, igualmente cu- 
bierta de gasa, y que contenga en el fondo una cápsula de Pe- 
tri (descubierta) con 1 V/,-2 centímetros de agua. Con agua 
Bola (en particular con agua ligeramente azucarada, que los 
mosquitos en general distinguen bien del agua pura, lo cual 
prueba que deben poseer órganos finísimos de sentido, olfato- 
rios y gustativos)^ pueden mantenerse en vida durante varios 
días: mas si se quiere asegurar el éxito, bastará colocar, junto 
con el agua, pequeña cantidad de frutas, especialmente de ta- 
jadas de sandía [después de haberles quitado la parte central^ 
roja y jugosa]. Con un pájaro común (Passer), completaremos 
todo lo necesario para la alimentación de nuestros mosquitos. 
En efecto^ se hace preciso, á veces, hacerles chupar la san- 
gre de algún vertebrado. Esta especial alimentación (con san- 
gre) es propia y casi siempre exclusiva de las hembras, tanto 
de la subfamilia Gulicinae, como de la sub-familia Anopheli- 
nae. Por esto decimos que las hembras son hematófagas ^ los 
machos fitófagos. Pocas y dudosas excepciones no merecen ser 
aquí recordadas. 

La necesidad de las hembras, de chupar sangre de vertebra- 
dos (según se ha dicho anteriormente), obedece á cierta indis- 
cutible influencia — desconocida aún en su esencia bio-quími- 
ca — que la alimentación sanguínea ejerce sobre la maturación 
de los huevos. Para llevar á cabo la maturación de los huevos, 
las hembras necesitan alimentarse con sangre. 

Los huevos maduros serán fecundados al momento de la 
puesta por el esperma que la hembra conserva en la esperma- 
teca, pequeño saco ó vesícula que desemboca en la porción 
terminal de la vagina. 

Las hembras de los Culícidos ponen sus huevos en las aguas 
con ciertas disposiciones características, reunidos en agrupa- 
mientos especiales, de que ya hemos hablado. Muchas veces, 
estas disposiciones de la serie de huevos en el agua no pueden 
observarse, se escapan á nuestra investigación, porque los mo- 
vimientos, algún obstáculo natural, etc. _, rompen fácilmente su 
frágil conexión y dispersan los huevecillos. En condiciones ar- 



- 448 — 

tificiales, por otra parte, si se exceptúa el género Culex, re- 
sulta bastante difícil sorprender á las hembras en estos actos 
biológicos. Con mucha paciencia, esperando la ocasión oportu- 
na, experimentando con gran número de ejemplares, atendien- 
do escrupulosamente á todas las condiciones de temperatura, 
de alimentación, etc., lograremos, sin embargo, también en 
algunas especies del género Anopheles, llevar á cabo la obser- 
vación metódica del desarrollo de toda una nueva generación. 

Por lo general , en condiciones artificiales, las larvas salen 
de los huevos mucho más tarde que en condiciones naturales. 

Los huevos de Culex se disponen en forma de pequeñas 
l)arquitas, regulares, compactas, que comprenden gran número 
de huevos reunidos por una substancia mucilaginosa que la 
hembra segrega al ponerlos^ junto con ellos; los huevos de 
los Anophelinos, al contrario, se encuentran casi siempre se- 
parados^ si no esparcidos, aunque en los primeros momen- 
tos presenten una disposición geométrica (formando cintas 
ó polígonos contiguos, etc.). Larvas y ninfas pueden reco- 
leccionarse directamente , y con relativa facilidad , en aguas 
naturales. 

En las comarcas palúdicas, donde se hallan casi siempre en 
gran cantidad los mosquitos del género Ajiopheles , suelen en- 
contrarse también algunos perros filariosos. Sin embargo, la 
existencia del parásito no es necesariamente concomitante con 
la existencia de sus dos huéspedes, vertebrado (perro) é inver- 
tebrado (Anopheles): causas climatológicas, entre ellas suma- 
mente importante la temperatura, influyen sobre la distribu- 
ción geográfica de esta adaptación parasitaria. 

Extraordinaria paciencia se necesita, la mayor parte de las 
veces, para lograr que un mosquito se acerque á la piel del 
vertebrado y pique para chupar sangre. Desde luego concedo 
que es verdad lo que dice la mayoría de los investigadores: 
sobre 10 ejemplares (hembras) alimentados durante algunos 
días con jugos vegetales, de 2 á 4 pican y chupan ávida- 
mente la sangre del vertebrado. Pero una observación repeti- 
da me permite afirmar que los mosquitos alimentados con ju- 
gos vegetales (sandía) durante largo tiempo, pierden casi por 



- 449 - 

completo el instinto hematófago. Hay en esto una adaptación 
rápida, especial, que debemos tener en gran cuenta. 

De todos modos, es aconsejable — siempre que se pueda — 
adoptar el método de dejar libremente al mosquito (ó á los 
mosquitos) en contacto ó en comunicación con el animal de que 
se quiere que chupe la sangre. Resulta pesadísimo, á veces 
imposible, hacer picar á mosquitos puestos en contacto con la 
piel del animal, dentro de un tubo de ensayo. Al contrario, 
poniendo durante toda la noche, á obscuras, el vertebrado 
en una jaula con los mosquitos, ó en comunicación con la que 




ap 



0/ 



Figura 47. — Método de extracción del intestino medio (estómago) de un mosquito para 

su examen. 

encierra los mosquitos, encontraremos por la mañana algu- 
nas hembras, lo menos, llenas de sangre. Este método puede 
adoptarse con relativa facilidad cuando se trata de hacer pi- 
car á un pájaro; sin duda presenta mayores dificultades cuan- 
do se trate del perro. En este caso podremos emplear jaulas 
especiales, que contengan otras con el perro. Si se quiere estu- 
diar la evolución de los parásitos del paludismo humano en el 
gen. Anopheles, es preciso hacer que el enfermo (en el cual el 
examen hematológico nos haya probado existir las formas 
sexuales, gametos, de los parásitos), introduzca un brazo en la 
jaula que contiene los mosquitos. No siempre se logra, la pri- 
mera vez, que los mosquitos piquen. Hay que insistir. 

El examen directo, en fresco, de los mosquitos infectados, 
ya sea para observar las larvas de Filaría en los tubos malpi- 



- 450 - 

gianos, ya los quistes de los liemosporidios en la pared del in- 
testino, se lleva á cabo con un método indicado por varios au- 
tores; esto es con la extracción del tubo intestinal, en una so- 
lución fisiológica de NaCi (que puede rápidamente sustituirse 
por una solución sat. de sublimado , ó por otra que se prefiera 
para la fijación, si es que se juzga conveniente conservar el 
preparado) (v. fig. 47). 

Lo mismo dígase por lo que se refiere á las glándulas sali- 
vales. 

Estas preparaciones se hacen sobre porta-objetos y luego se 
cubren con cubre-objetos que se tienen separados, levantados 
sobre el plano del porta-objetos por medio de pequeños bordes 
de vaselina ó parafioa ó cera (que es suficiente poner en los 
cuatro ángulos). Debajo del mismo cubre-objetos puede luego 
sustituirse la solución de NaCl por la de sublimado, y des- 
pués de la fijación, y de haber nuevamente sustituido alcohol 
iodado al sublimado, se introduce definitivamente glicerina 
neutra, y se cierran los bordes con parafina y luego con solu- 
ción de lacre en alcohol. Semejantes preparaciones nunca per- 
duran largo tiempo. 

La fijación en solución sat. de sublimado, inclusión en para- 
fina y coloración sucesiva de los cortes con Hematoxilina fé- 
rrica de Delafield, con Hemalun (Hemateina aluminosa de 
Mayer) y con Hematoxilina-Eosina, nos han dado buenos re- 
sultados para el estudio de la estructura de los parásitos, y 
sus relaciones con los órganos y tejidos del huésped inverte- 
brado (mosquito). 

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Centralbl. v. Bütschli , 13 Junio 1905, núm. 910, p. 293). 

[ En esta Memoria se da importancia especial al estudio 
de las formas masculinas, que en realidad había sido olvi- 
dado ó tratado con datos insuficientes por los demás inves- 
tigadores. El estudio de las larvas también adquiere nuevos 
aspectos, y merece fijar nuestra atención. En apéniice, pre- 
senta el A. una revi.^ión completa de los géneros y especies 
de Culícidos, creando los nuevos géneros Culicelsa, Culi- 
cada, Ecculex , CuUcella, Culiseta, Protoculex]. 

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- 454 — 



CAPITULO VI 

FÍLARÍASIS 

(Sigue). 

IIT. — Filaría Bañero fti.\ — Elefantiasis arabum, etc. 

Anopheles claviger (macuUpennisJ, y en general todas las 
especies del género Anopheles (y de los nuevos gen. Pyreto- 
jjhorus , Myxomyia, etc.); accidentalmente algunas del gene- 
ro Gulex, transmiten al perro las larvas maduras de Filaría 
immitis, desarrolladas en los tubos malpigianos de esos hués- 
pedes intermediarios. 

Diferentes formas del gen. Ciilex transmiten al hombre , en 
determinadas condiciones y por un mecanismo parecido, las 
larvas de la Filaría Baticroftí. 

1. Filaría Bañero f ti (Cobbold, 1876), 

(Sinónimos: Filaría nocturna, Manson, 1891. — F. cystíca 
[Trichina cística], Salisbury, 1868. — F. sanguinís hominis, 
Lewis, 1872. — F. Wuchererí, Da Silva Lima, 1877. [Todos 
estos nombres se referían exclusivamente á los embriones cir- 
culantes en la sangre del hombre.] — F. Bancrofti es el nom- 
bre de la especie, comprensivo de las formas adultas y de los 
embriones). 

Los individuos adultos de esta especie viven como parási- 
tos del hombre, en los vasos linfáticos periféricos 6 centrales, 
encerrados á veces en pequeñas dilataciones quísticas termina- 
les, á veces libres en los grandes vasos y en el mismo conduc- 
to torácico (Manson). Son gusanos de sexos separados. Su 
cuerpo capilar, cilindrico, uniforme, no supera las dimensio- 
nes de 9 — 12 centímetros de largo, 0,28 á 0,35 milímetros 
de ancho (diámetro transversal), en las hembras: los machos, 
que se encuentran con frecuencia junto con ellas, son más pe- 
queños: no alcanzan 7 — 8 centímetros de largo. 

Las hembras son vivíparas. En la porción terminal de sus 
conductos genitales se encuentran embriones ya libres, esto es, 



— 455 — 

dotados de activos movimientos, aunque recubiertos de la 
membrana que los acompaña durante su vida en la sangre. 

Estos embriones, en efecto, salidos del cuerpo materno, 
viértense en gran número en los pequeños linfáticos; y en los 
hombres que hospedan Filarlas adultas, suelen encontrarse con 
abundancia en la sangre. En estas condiciones, el examen he- 
matológico puede revelarnos la presencia de los parásitos. Las 
formas adultas, al contrario, difícilmente podrán descubrirse 
durante la vida de los enfermos: esto sucede cuando dichos 
gusanos localízanse en los linfáticos periféricos, en órganos 
abundantemente vascularizados; pues entonces determinan por 
lo general tumefacciones, á veces de gran volumen, y la inter- 
vención quirúrgica pondrá en descubierto cierto número de 
gusanos adultos. Mas e&to no sucede en la mayoría de los ca- 
sos. Aun cuando se manifiesten tumefacciones considerables 
en varias partes del cuerpo, que contribuyen á formar el cua- 
dro clínico de \a. Elefantíasis (Elefantiasis arahnm) ; sin em- 
bargo, esas alteraciones resultan de la oclusión de los linfáti- 
cos y sus consecuencias (edemas, etc.), encontrándose los gu- 
sanos adultos en los distritos centrales. 

Los embriones que en estos casos caen bajo nuestra obser- 
vación por el examen liematológico, difieren de los que hemos 
estudiado en los p(irros, es decir de los embriones de Filaria 
immiiis. Los embriones de Filaria Baticrofti, algo más pe- 
queños (200-280 p. de largo, 7-8 \f. de ancho), están ence- 
rrados en una membrana (esuries), que representa la mem- 
brana del huevo, y que sólo se rompe, por los movimientos 
activísimos del cuerpo embrional, cuando modifícanse profun- 
damente las condiciones bio-quíroicas del medio; esto es cuan- 
do el plasma sanguíneo se altera, por salir la sangre de los 
vasos; cuando se determina rápida y activa hemolisis, ya na- 
turalmente (pasando la sangre en el estómago de un mosquito 
hematófago), ya artificialmente, para el estudio experimental. 
En efecto, si procuramos ponernos en oportunas condiciones 
de observación, hecha una preparación de sangre directa, eu 
fresco, y colocada en cámara húmeda, al cabo de unas horas la 
calentamos ligeramente en estufa á 37° y añadimos por capila- 



- 456 



ridad una gota de solución fisiológica de NaCl, podremos ob- 
servar la salida de los embriones de sus involucros (ecdisis) , 
de la misma manera como esto se averigua al pasar en el estó- 
mago del mosquito que debe servir de huésped intermediario 







Figura 48. — Aspecto y detalles de la estructura celular de un 
embrión hemático de Filaría bancrofti (F. nocturna). — Aumen- 
to de 2.00 diám. 

en.?, célula nerviosa?; Va, vesícula ó glándula anterior; 
Ent., células entodérmicas; Cutic, cutícula embrionaria pro- 
piamente dicha; G. , Gonade ; V.p., vesícula posterior. 

para el completo desarrollo de los embriones y su transmisión. 
La íntima estructura celular de los embriones de Furnia Ban- 
crofti difiere también algo de la característica de la Filaría im- 
mitis. Las observaciones de Manson, de Penel, del mismo 
Looss, que en el reciente tratado del Mense (Tropenkrankhei- 
ten) comunica los resultados de nuevas investigaciones morfo- 



- 457 - 

lógicas (v. I, pág. 157 y suc), no han sido suficientes para acla- 
rar este punto. Con el método de la coloración in vivo ya adop- 
tado á propósito de los embriones de F. iinmüis, lógrase, aun- 
que con mayores dificultades, por tratarse en este caso (F.Ban- 
crofti) de embriones cubiertos de la membranilia antes indica- 
da, evidenciar la disposición de las células y los esbozos délos 
órganos que deberán desarrollarse durante los períodos larva- 
les. Semejantes observaciones pude llevarlas á cabo — si bien 
durante poquísimos días — en un enfermo de Cartage- 
na, D. R. Q,., de que hablaremos más adelante con mayor ex- 
tensión, y que me envió el Doctor D. Manuel Ruiz, Director del 
Laboratorio de Bacteriología del Hospital de Marina en Car- 
tagena. La comparación de las figuras que representan la es- 
tructura embrional según la describen Manson y Penel por un 
lado, Looss por otro, con nuestra fig. 48, que representa el 
resultado de mis observaciones, demuestra que se ha dado un 
nuevo, aunque modestísimo, paso en nuestros conocimientos 
acerca de la morfología de los embriones de Filaría Bancrofti. 
Debo advertir en este punto, que las afirmaciones de Looss, so- 
bre todo la que se refiere á la significación embriológica de la 
« V-spot» de Manson, ó «glándula anterior» (vesícula anterior) 
en todo correspondiente á la de los embriones de F. immitis, 
son prematuras y carecen de fundamento. Looss llama desde 
luego la V-spot de Manson ó glándula anterior (v. fig. 48) con 
el nombre de «Fxcretionsporus», y deja entender que debe 
tratarse no ya sólo de una disposición transitoria, propia del 
organismo embrional, sino del esbozo de órganos de excreción 
en los Nematodes adultos. Esta hipótesis, que yo expuse y 
sometí desde luego á la crítica, en 1903, á propósito de la 
misma disposición en los embriones de F. immitis^ choca, sin 
embargo, con el hecho fundamental de que en los Nematodes 
en general, y muy en especial en los Filaridae , eaTecemos de 
todo conocimiento acerca de la existencia de un sistema excre- 
tor. En los adultos de Filaría immitis nada se encuentra que 
pueda hacer pensar en ello: en los de F. Bancrofti, que yo 
sepa, tampoco; ni la descripción de los adultos áe Filaria loa 
recientemente publicada, con una buena lámina^ por el mismo 



— 458 — 

Looss, puede darnos el convencimiento de que en ellos existe 
dicho sistema, ni de la correspondencia entre la vesícula ante- 
rior de los embriones de Filaría immitis y F. Bancrofti, y el 
punto de la superficie cuticular de los adultos de F. loa, donde 
desemboca, al decir de Looss, el aparato excretor. 

2. Los embriones de F. Bancrofti (F. nocturna de Man- 
son) aparecen en la sangre periférica de los enfermos con cier- 
ta periodicidad; sin que ésta pueda considerarse absoluta, es, 
sin embargo, característica. En efecto, dichos embriones se 
encuentran con gran dificultad en la sangre periférica durante 
las horas del día: aparecen, al contrario, con abudancia durante 
las horas da la noche. Y sin embargo, ocurre que un examen de 
la sangre, hecho durante las horas de la noche, pero mientras el 
enfermo esté despierto, levantado, ocupándose en sus quehace- 
res, andando, etc., puede dar resultado negativo^ y dar resul- 
tado positivo un examen hecho durante el día , mas habiendo 
dejado dormir ó descansar en la cama al enfermo. Es evidente 
que la periodicidad de la aparición de los embriones en la san- 
gre periférica, obedece á algo distinto de la circunstancia que 
sea noche ó día. Con lo cual no queremos decir que no sea ver- 
dad el hecho fundamental , puesto de relieve por los primeros 
investigadores y por Manson sobre todos, pues no cabe duda de 
ninguna clase que la frecuencia y abundancia de los embriones 
en la sangre periférica, es siempre mucho mayor durante la 
noche que durante las horas del día. 

La explicación teleológica de este fenómeno consiste en una 
adaptación especialísima de los embriones, que se vierten en 
los vasos periféricos, en los capilares sub-cutáneos cuando son 
más propicias las circunstancias para que pueda ponerse en 
contacto con el huésped actual (hombre), el nuevo huésped, el 
huésped intermediario que, chupándola sangre, introducirá en 
su organismo los embriones, les permitirá desarrollarse en lar- 
vas y así las transmitirá, al cabo de cierto tiempo, á otro hués- 
ped definitivo, á otro hombre. 

Esta admirable adaptación parasitaria debe estar en relación 
desde luego, con alguna circunstancia funcional, fisiológica, 
característica del huésped durante el sueño ó durante el desr 



— 459 - 

canso de la noche; así, por ejemplo, con especiales condicio- 
nes de equilibrio hidráulico de la masa sanguínea entre los ór- 
ganos internos y la periferia, ó de vaso-dilatación y vaso cons 
tricción en distritos diferentes del sistema circulatorio. 

Debo decir también que algo semejante, aunque sin la regu- 
laridad con que aparece en la Filaría Ba?icrofti, se averigua 
con los embriones de F ilaria immitis . En efecto, las condicio- 
nes de transmisión son casi iguales. Al contrario, otras Filarías 
del hombre, principalmente Filaría loa, que en mi entender 
debe considerarse como la forma adulta de los embriones que 
Manson llamó Filaría diurna, ñe encuentran indiferentemente 
en la sangre periférica durante la noche ó durante el día, qui- 
zás más durante las horas de la mañana y de la tarde. Y te- 
niendo en cuenta semejante circunstancia, junto con otras mu- 
chas que se refieren á la epidemiología de este parásito, debe- 
mos pensar que se transmita por medio de un huésped inter- 
mediario, de costumbres muy distintas de las que son propias 
de los mosquitos; y cuyas relaciones con el hombre deben ser 
constantes, íntimas, continuas: muy probablemente trátase de 
pulgas ó de insectos parecidos. 

La investigación de los embriones de í ilaria Bancrofti en la 
sangre periférica^ se hace directamente con sangre fresca, pre- 
parada con el método por todos conocido, extendida entre cu- 
bre y porta-objeto. En esta forma se perciben claramente, aun 
con objetivos de poco aumento, los embriones vivos. Para el 
estudio de la estructura de estos embriones, adoptamos siem- 
pre el mismo método, modificado por la coloración vital: esto 
es, que el examen se hace de igual modo en preparados de 
sangre fresca, con los embriones vivos; mas colocando, así 
como se ha indicado á propósito de la Filaría ímmítis, una gota 
de solución colorante (Azul de Metileno carbonat.) sobre el 
portaobjeto, en el punto donde irá á apoyarse el cubre-objeto 
con la gota de sangre. 

Insisto en afirmar (jue las preparaciones en seco, permanen- 
tes, de embriones en la sangre, servirán sólo como documen- 
tación ó como subsidiarias de las investigaciones hechas con el 
método antes indicado; pues ninguno de los métodos que puc- 

Eev. Acad. Ciencias.— III.— Noviembre, 1905. 31 



- 460 - 

den emplearse para la coloración ó teñido de dichos prepara- 
dos en seco, después de fijados, dan resultado conveniente y 
claro. A pesar de lo que digan varios autores, y aconseje el 
mismo Manson (1), Lang y Noc, Low y Looss, siempre los em- 
briones demuestran en estos preparados un teñido uniforme, 
escasos é insuficientes indicios de la íntima estructura celular. 
Por lo demás, puede adoptarse la técnica de Ziemann (esto es: 
de una solución constituida de 1 Az. Metileno, 4 Bórax, 
100 agua, una parte; de una solución 0,1 °/q Eosina [Hocht] 
cuatro partes; coloración durante 5 minutos), ó de Coles (en 
Eosina 1 minuto; en Hematoxilina 1 á 7 horas), ó la de Nico- 
lle (Tionina fenicada) indiferentemente. La fijación previa 
conviene hacerla rápidamente, con ligero calor (llama de al- 
cohol) é inmersión durante 10-20 min. en la mezcla de Niki- 
foroff. 

En los enfermos de Filariasis, los embriones suelen presen- 
tarse con cierta frecuencia en la orina, existiendo por lo gene- 
ral quiluria, raras veces hematurias. En estos casos, se ven 
con facilidad al examen microscópico del sedimento ó del lí- 
quido. 

Las preparaciones directas, de sangre fresca, hechas en 
ciertas condiciones y con cierto cuidado, de modo que resulte 
espesa la capa de sangre entre cubre y porta-objeto , y rodea- 
do el primero por un borde de substancia impermeable; con- 
servadas además en cámara húmeda y á temperatura de 37°, 
mantienen vivos los embriones durante muchos días. Y vivos 
también se encuentran los embriones, al cabo de ocho días ó 
más, conservando las preparaciones — en la forma antedicha — 
á la temperatura del ambiente (18° centígr., — 6.° cent.; dife- 
rencia [máxima y míi'ima] entre el día y la noche durante el 
tiempo de experimentación). Semejantes resultados, que coin- 
ciden, en parte, con los obtenidos por S. Solieri en 1903, prue- 



(Ij Pag. 549, Tropic. Diseases , 3.^ ed. ingl. : «Double staining 
witli eosine and longwootl shows very well the ^ Strueture of 
miisculo-cutaneous layer of the worm, in addition to other anato- 
mical details». 



— 461 — 

ban que los embrioaes de _F. Bancrofti poseen una resistencia 
notable para las bajas temperaturas ó más generalmente para 
los cambios de temperatura, dentro de ciertos límites. Mas el 
cambio de temperatura — y esto es importante — no influye en 
lo más mínimo sobre la morfología de los embriones. Después 
de haber soportado éstos, en la medida indicada, la acción fí- 
sica representada por el cambio de temperatura, pero dentro 
siempre del medio ambiente que le es propio (sangre), no se 
hallan los embriones modificados en su estructura, forma y di- 
mensiones. Sólo se averigua un hecho que no deja de tener in- 
terés grande: y es que algunos de ellos abandonan la mem- 
brana que los reviste y que se observa vacía y rota en la pre- 
paración; quedando ellos libres y' cubiertos tan sólo por la cu- 
tícula estriada. 

3. El camino natural de su evolución morfológica sólo lo 
encuentran los embriones de Filaría Bancrofti en los dípteros 
que representan el huésped intermediario, entre hombre infec- 
tado y hombre sano: en los mosquitos del género Culex, prefe- 
rentemente de la especie Ctilex fatigans (Culex ciliaris, Culex 
pipiens). 

Sin embargo, la localización de las larvas de F. Bancrofti 
en el organismo del huésped intermedio es bien distinta de la 
propia y característica de las larvas de F. immitis (tubos mal 
pigianos). 

Pocas horas después que un mosquito del gen. Culex haya 
picado á un individuo filarioso y chupado con la sangre cierta 
jcantidad de embriones de F. Bancrofti, éstos, en el plasma ya 
profundamente alterado por activa hemolisis, dentro del estó- 
mago del mosquito, encuéntranse en el momento característico, 
descrito la primera vez por P. Manson, en que abandonan la 
membrana ó esuvies. Con movimientos activos y rápidos, rom- 
pen los embriones el involucro (residuo de la membrana del 
huevo, según hemos indicado varias veces), y se hallan libres, 
desnudos, en la cavidad del intestino medio. 

Si se hace el examen de un Culex en este período, esto es, 
á las seis, ocho horas después de haber chupado la sangre con 
los embriones, hállanse en el contenido del estómago muchas 



- 4G2 — 

membranas embrionarias vacías (esuvies). El acto de librarse 
los embriones y escaparse de la esuvies, llaman los ingleses 
ecdisis. Hemos visto anteriormente que puede efectuarse este 
fenómeno (y, por tanto, observarse), en condiciones artificiales. 
Los embriones, libres de la membrana, atraviesan la pared 
del intestino medio (estómago) del mosquito, con movimientos 
activos, y al parecer con el auxilio de un breve apéndice pun- 
tiagudo, que poseen en la extremidad anterior. Penetran de 
esta suerte en la cavidad del lacunoma y en las masas muscu- 



iJo 



(X/XCL. 




Figura 49. — Esquema que representa las larvas de Filaría Bancrofti entre las fibra» 
musculares de los músculos torácicos de un Ciilex (ciliarts) 9 durante su desarrollo. 



lares, por lo general en las masas musculares torácicas, (figu- 
ra 49), muy raras veces en los músculos del abdomen. Desde 
el segundo día esta migración puede considerarse como efec- 
tuada. 

El paso de los embriones desde la cavidad del intestino me- 
dio, á través de sus paredes, en los músculos del tórax, es en 
extrem'o difícil de sorprender: y, sin embargo, con examen 
directo, en solución salina fisiológica (NaCl 0,75, por 100 
de H~OJ, desde la hora doce hasta la veinticuatro ó la treinta 
y seis después de la picadura, podemos observar larvas aun 
encerradas en el estómago, y otras, contemporáneamente, ya 
llegadas á su destino, dotadas de escasos y lentos movimientos 
entre las fibras musculares donde cumplirán su transformación 
biológica. 



463 — 



En efecto, durante seis días como mínimum, veinte días 
como máximum (estas diferencias están en relación con las va- 
riaciones de las condiciones atmosféricas, esencialmente de la 
temperatura , y muy probablemente con la especie del mosquito 



N 




Figura 50. — Estructu;.: -^ .j. larva madura de Filaría bancrof- 
ti I en los músculos del tórax de Culex ciliaris, según las ob- 
servaciones de LoQSs) (aum. X 22S diám.). 

N, ¿anillo de céltílas nerviosas?; Ex., Excretion poriis (aber- 
tura de excreción); Int., intestino; G, gonade (células sexua- 
les); Int quil., intestino quilifero; Rect., recto; An., ano. 

huésped), las larvas, en numero de cinco, ocho, á veces bas- 
tante más, hasta de veinticinco (Bancroft, Cobbold), permane- 
cen entre las fibras musculares del tórax. La figura 49 demues- 
tra muy claramente la situación de los parásitos en este perío- 
do. Y durante este período averíguanse cambios importantes 
en las dimensiones y en la estructura de las larvas; aumentan 
sus dimensiones hasta llegar á 1 milímetro ó 1 milímetro y me- 
dio de largo, por 30 á 35 u. de ancho; desarróllanse con eviden- 
te diferenciación el tubo digestivo, ya distinto en intestino an- 



— 464 - 

terior, intestino medio y quilífero; la abertura anal, la extre- 
midad caudal con cierta disposición característica, trilobada, 
según demostraron Bancroft y Manson. Por fin, se hacen bien 
manifiestos los activos movimientos de las larvas ya maduras 
(figura 50). 

Entonces éstas abandonan, más 6 menos pronto, los múscu- 
los del tórax y van acumulándose en los de la cabeza^ en la 
cavidad del lacunoma, por fin en los espacios que representan 
la prolongación de esta cavidad en el lahium 6 en los palpos, 
en los órganos del aparato bucal. La figura 51 reproduce con 
claridad el aspecto de una sección transversal de los órganos 
bucales de Culex con cinco larvas maduras de Filada en el la- 
bium y una en el palpo de izquierda. 

La determinación exacta y aefinitiva de este período de 
desarrollo de las larvas de Filaría Bancrofti en los músculos 
torácicos del huésped intermediario es obra de Bancroft y de 
Manson sobre todos. Manson insistió por algún tiempo en su 
primera hipótesis de la transmisión hídrica de las Filarias; ad- 
mitía y sostenía entonces que éstas, llegadas al estado de lar- 
vas maduras en el huésped intermediario (mosquito), pudieran 
por distintas vías caer en el agua; y bebiendo de esta agua, 
pudiera el hombre introducir el parásito en su organismo. 

Observaciones y experimentos posteriores, confirmados y 
apoyados por los casos muy parecidos de la transmisión de la 
Malaria humana y de la Filaría immitís de los perros, sobre 
todo, han llevado á Manson también á' la absoluta persuasión 
de que las larvas maduras de Filaría Bancrofti se transmiten 
directamente por la picadura de los mosquitos que las hospedan 
y que constituyen por tanto el vehículo de este parásito, desde 
el hombre enfermo al hombre sano. 

4. El mecanismo con que se efectúa el acto de la transmi- 
sión de las larvas adultas por parte del mosquito, con su pica- 
dura, lo hemos indicado al hablar de la Filaría immitís. Las 
larvas reunidas en el lahium rompen la pared, frágil y excesi- 
vamente extendida, de este órgano, y penetran así por la heri- 
da que las piezas perforadoras (Labrum-Epifaringe, Maxilas y 
Mandíbulas, Hipofaringe) del aparato bucal del mosquito, han 



— 466 — 

hecho en la piel del huésped definitivo (el hombre). La red 
linfática recibe preferentemente y casi exclusivamente las larvas 
inoculadas. En los linfáticos del derma desarróllanse por lo 
general hasta alcanzar la definitiva forma, dimensión y estruc- 
tura de Nematodes adultos. Estos, si hay machos y hembras, 
producen la nueva generación de embriones, que se encontra- 
rán más tarde en la sangre periférica. 

El Doctor Mario Lebredo, de la Habana, en una nota preli- 
minar comunica el resultado de sus observaciones acerca de la 
migración de las larvas maduras, asegurando que «... las Fi- 
larías salen del mosquito por la extrema punta del labium. 
Después de varios ataques vigorosos rompen el tegumento en 
la punta del labium. Sabemos que las Filarlas se encuentran 
en el espesor del tejido conjuntivo especial que recubre inte- .. 
riormente la pared externa de la vair a ó labium. Por la punta 
en el borde en que se encuentran adheridas esa capa interna y 
la externa, es por donde salen las Filarlas». (Rev. de Méd. tro- 
pie, Nov. 1904.) En la determinación del acto migratorio 
tendría también gran importancia — al decir de Low — la- 
temperatura. 

El mecanismo descrito por Lebredo podría admitirse tan 
sólo entendiendo por punta del labium el repliegue constituido 
por las paredes de la vaina, donde se continúan con la oliva 
terminal, en su parte interna. 

Entonces la interpretación de Lebredo coincidiría exacta- 
mente con la de Dutton , ya descrita al hablar del mecanismo 
de transmisión de Filaria immitis. 

En efecto: durante el acto de picar el mosquito, dos puntos 
minoris resistentiae ofrece el labium al replegarse en la for- 
ma indicada en la fig. 19 (pág. 856 de esta Rev.), y en la figu- 
ra 28, lám. V: el uno, superior, corresponde á la curva de con- 
vexidad posterior; el otro, inferior, corresponde precisamente á 
la curva más estrecha, de convexidad anterior, que forma el 
labium en su extremo, en la línea de unión de las olivas. Si 
los movimientos activos de las larvas maduras reunidas en la 
cavidad del labium y en el tejido conjuntivo ejercieran gran 
influencia sobre la rotura de la pared , esta rotura debería ve- 



46o — 








rificarse casi siempre en correspondencia de la primera curva 
(de convexidad posterior), y en lugar de encontrar salida las 
larvas por la extremidad 6 por la abertura del borde interno 
en correspondencia de las olivas, la encontrarían antes por el 
punto de rotura superior, perdiéndose la mayoría de ellas para 

los fines de la migración 
del huésped invertebrado 
al vertebrado. 
* Mas no ocurren así las 
cosas. Los movimientos ac- 
tivos de las larvas son muy 
escasos en estos momentos 
(y durante todo el período 
en que se hallan encerra- 
das en el labium); no lle- 
gan nunca á ejercer « vigo- 
rosos ataques » , según la 
expresión de Lebredo. Ya 
sea por un fenómeno de 
atracción bio-química es- 
pecial, ó ya — más proba- 
blemente — por un sencillo 
fenómeno físico, por la 
presión que va determi- 

Figura 51. — Sección transversal de las piezas 

del aparato bucal (trompa) y de los palpos naudo CU Cl bulbo laríngCO 
( P ) de Culex, que demuestra la presencia de j i 

seis larvas de Filaría Brancofti: cinco en la y en la baSC dC la trOmpa 
cavidad del labium y una en un palpo { P). . 

la sangre que corre hacia 
arriba (en el canal chupador constituido por hipofaringe y La- 
brum-epifaringe), las larvas se encuentran empujadas hacia aba- 
jo, hacia la extremidad libre; aumenta entonces la tensión de 
las paredes de la vaina (labium) en correspondencia de la 
segunda mitad anterior, y más aún en el punto minoris resis- 
tentiae, representado por la curva estrecha del borde supe- 
rior de las olivas; ábrese en ese punto la pared, y por allí se 
escapan las larvas, penetrando en la inmediata herida cutánea 
y por ende en los linfáticos del derma ó en el círculo sanguí- 
neo (fig. 28, lámina Y). 




— 467 - 

Las primeras investigaciones acerca de la transmisión de 
Filaría Baiicrofti por los mosquitos, fueron hechas con una 
especie que se llamó Cidex cüiaris^ añadiendo tratarse del 
«house mosquito» (ó mosquito casariego, doméstico) de casi 
toda Australia. En realidad C. ciliaris podía y puede conside- 
rarse como idéntico á C. pipiens. Theobald identifica á C. ci- 
liaris y C. skusii (en que James observó también el desarrollo 
de F. Bancrofti) con la especie C. fatigans. 

Bancrc f t intentó observar el desarrollo de los embriones de 
F. Bancrofti en diferentes especies de Culex; pero obtuvo re- 
sultado negativo. ¿Trátase verdaderamente de condiciones es- 
peciales de inmunidad, ó mejor dicho, no son apto" esos Culi* 
cidos para hospedar las larvas; ó bien trátase de resultados oca- 
sionales, que merezcan la confirmación de nuevas investigacio- 
nes? Si se considera que James asegura haber observado el 
desarrollo de las larvas de F. Bancrofti en Anopheles Rossii 
(Indias), habrá que dudar mucho de que otras especies del 
mismo género Culex no puedan hospedarlas ni ofrecerles igual- 
mente favorables condiciones para su desarrollo; ó bien habrá 
que modificar hondamente todos nuestros actuales conceptos y 
métodos para establecer las diferencias genéricas y específicas 
entre las distintas formas de estos huéspedes. 

De todos modos — y dejando por ahora esta cuestión — vea- 
mos en cuáles y cuántas especies de Culícidos se han observa- 
do hasta la fecha los sucesivos períodos de desarrollo de la Fi- 
laría Bancrofti ó sencillamente su transmisión al hombre; cuál 
es la distribución geográfica de estos huéspedes, y cuáles sus 
relaciones con la epidemiología de la Filariasis humana, y muy 
en particular de la Elefantiasis. 

El ciclo evolutivo de las larvas de Filaría Bancrofti ha sido 
observado en las especies siguientes: 

Culex pipiens (en China, Amoy) por Manson. 

ídem (en Egipto) por Sonsino. 

[Culex ciliaris] (en Australia) por Bancroft. 

(Brisbane, Queensland). 



— 468 — 

[Culex Skusei] (en Australia). 
(Sinónimos de Culex pipiens). 

Cnlex faiigans (en Trinidad, Antillas) por Vincent. 
ídem (en Santa Lucía, Antillas) por Low. 
[Culex anxifer] (en Mauridus) por Grandpré. 

( Sinónimo de C. fatigans, probablemente C. pipiens). 

Mansonia (Panoplites) africana (en el África central) 

por Daniels. 
¿Stegomyia calopus? (en Barbados) 
¿ídem? (en Niger) por Sambon. 

¿Anopheles Rossii? (en Travankor, India) por James. 
¿ Anopheles cosialis f (costa de África, Niger) por An- 

nett y Dutton. 

Resultados positivos, pero incompletos, esto es, sin que se 
haya logrado hacer llegar las larvas á su período terminal de 
desarrollo, se han obtenido, al parecer, con las especies: 

¿Culex taeniatus? (en Trinidad, Antillas) por Low. 
Culex microannulatus.Uen Travankor, India) por Ja- 

Culex albopictus ) mes. 

Anopheles musivus (A. albimanus) á la Trinidad, por 
Vincent. 

Mas aquí es preciso poner de relieve un hecho singular, y es, 
que en realidad Culex taeniatus (Meigen) es uno de los sinó- 
nimos de Stegomyia calopus: las formas que en Santa Lucía, 
Trinidad y otros puntos de las Antillas han sido descritas bajo 
el nombre de Culex taeniatus, deben comprenderse en el gé- 
nero Stegomyia (St. calopus, S. fasdata). Pues bien; en 1901 
(Junio) el Dr. Low comunicaba al British medical Journal los 
resultados de sus investigaciones, diciendo entre otras cosas: 
«Contrasta de un modo notable el rápido desarrollo que pre- 
sentan los embriones en los mfisculos torácicos de Culex fati- 
gans, comparado con lo que pasa en el Culex taeniatus. Este 



— 469 — 

último, muy voraz, se alimenta de día y de noche picando al 
hombre, mientras que el primero sólo lo hace de noche. Ambas 
especies fueron alimentadas con sangre de un filarioso, rica en 
embriones, para comprobar hasta qué punto puedan servir de 
huésped para propagar la enfermedad. — Experimentos con el 
Culex taeniatiis: Disecando los insectos de esta especie, á las 
doce 6 veinticuatro horas de haberse alimentado con sangre^ 
ya se encontraron muchos embriones de Filaria dotados de mo- 
vimientos activos en los músculos del tórax: no hay trazas de 
la vaina (membrana) que los encierra cuando circulan en la 
sangre humana. A los cuatro días y medio después de la infec- 
ción, los embriones revelan algún desarrollo: son más largos y 
anchos, y con un fuerte aumento puede advertirse cierta dife- 
renciación y multiplicación celular en su organismo. Una cutí- 
cula fina, que termina en punta afilada en su extremidad cau- 
dal, los encierra. A los siete días toman la forma de morcillas; 
la boca es visible y comienza á constituirse claramente el tubo 
digestivo: se ve en muchos el prolapso hemiario del ano y to- 
dos tienen adn su cutícula. A los ocho días y medio algunos 
han modificado su aspecto y se han alargado aún más. Sin em- 
bargo, de los nueve días en adelante, se paraliza por completo 
el crecimiento de los embriones y raras veces se encuentran 
algunos con su tubo digestivo evidente; en lugar de aumentar 
y desarrollarse ulteriormente como en el huésped api opiado, 
comienxan á degenerar; las células se hacen granulosas; el tubo 
digestivo se borra. A los catorce días casi todos han desapare- 
cido, y sólo quedan algunas imperfectamente desarrolladas, 
muchas larvas ya fijas , inmóviles. A los diez y siete días en un 
solo insecto sobre 10, puede encontrarse trazas de las larvas: 
éstas se ha'lan muertas ó degeneradas. A los veinte días no se 
encuentran huellas de Filarias en muchos mosquitos disecados. 
Podemos deducir, con respecto al Culex taeniatus, que este 
insecto 710 es huésped apropiado para el desarrollo de F. Ban- 
crofti: hecho ya señalado por el Dr. Rees en la última reunión 
del British Medie. Assoc. Aunque los embriones emigran al 
tórax y manifiestan alguna modificación morfológica, sin em- 
bargo, ninguno adquiere madurez, y por lo tanto no pasan en 



- 470 — 

la trompa del mosquito; circunstancia muy afortunada para 
Santa Lucía y otros lugares de las Antillas donde esta especie 
abunda extraordinariamente». 

No se comprende, por consiguiente, cómo y por qué afirman 
muchos autores que Stegomyia fasciata (8t. calopus) consti- 
tuye uno de los huéspedes más apropiados para el desarrollo y 
la transmisión de la Filaría Bancrofti. Muy probablemente 
esta afirmación está fundada tan sólo en consideraciones epi- 
demiológicas y de distribución geográfica (pues en realidad 
Stegomyia fasciata se encuentra casi siempre en común con 
Culex fatigans 6 Culex pipiensj, 6 bien en observaciones su- 
perficiales é incompletas. 

En conjunto queda muy dudoso que otros géneros distin- 
tos del género Culex contribuyan en medida considerable y en 
condiciones naturales, ordinarias, á la transmisión de Filaría 
Baiicrofti. 

Por lo que se refiere á la variabilidad del tiempo necesario 
para que las larvas lleguen á su completo desarrollo en el hués- 
ped invertebrado, podemos aceptar en todo las conclusiones de 
Low. En efecto, Manson experimentó en Amoy (China), Ban- 
croft en Queensland (Australia), James en Travankor (India), 
en condiciones de estación, clima, etc., muy distintas la una de 
la otra. Sobre todo la temperatura del ambiente, á la que se 
adapta por completo la del huésped intermediario, animal he. 
terotermo, influye sobre la evolución morfológica de las larvas 
de tal suerte que, con temperatura elevada (verano, regiones 
tropicales), pueden alcanzar su forma madura y penetrar en el 
labium al décimo día después de la picadura, y quizás actes 
(Manson); en clima templado necesitan, al contrario, un tiempo 
bastante mayor (hasta 25 días, Bancroft etc.). 

Fenómeno parecido averiguase, según se advirtió, con los 
embriones de íilaria immitis en los tubos de Malpighi del 
Anopheles. 

5. El huésped intermediario de la Filaría Bancrofti [mo^- 
quito del género Culex: Culex fatigans) , encuéntrase en re- 
giones de clima tropical, sub-tropical (caliente) y hasta tem- 
plado, de todos los cinco continentes: Europa, Asia, África, 



— 471 - 

América y Australia. La razón fundamental por que el [)arásito 
no se halla en forma endémica, ni siquiera esporádicamente 
aparece en muchas partes donde existen — por lo menos durante 
cierto período del año (verano, otoñri) — condiciones oportunas 
para su desarrollo en los dos huéspedes alternos, se escapa en 
el estado actual de nuestros conocimientos á cualquier investi- 
gación y juicio. Es posible que un concepto claro y. terminante 
de estas causas ó razones biológicas que dan lugar á intensa y 
abrumadora manifestación de ciertas adaptaciones parasitarias 
en determinadas partes de la tierra, nos lo proporcionen los 
datos cada día más numerosos y exactos, las observaciones de 
los naturalistas, las investigaciones de los zoóloojos y de los 
médicos, los experimentos de los biólogos, acerca de las cos- 
tumbres, distribución geográfica primitiva, evolución, origen, 
fisiología y recíprocas relaciones de los mismos parásitos y de 
sus huéspedes: problema cuya complejidad asombra á la par 
que excita y estimula para alcanzar su solución. 

Mientras no se logre reunir en única y sólida doctrina los es- 
casos conocimientos que están hoy día en nuestro poder y que 
ni si(juiera se estudian y comprueban con el directo fin de 
esclarecer esos problemas de Parasitología comparada, inten- 
taremos indtilmente los médicos, los higienistas, los legislado- 
res, 'los que necesitan una explicación práctica de los fenóme- 
nos naturales, para oponerse á ellos con la aplicación de prác- 
ticas medidas cuando sea conveniente, darnos razón de su ori- 
gen, de t'U desarrollo, de sus distintas manifestaciones. 

Bien es verdad que dichos conocimientos, y muchos más de 
que aun carecemos, abarcan puntos muy lejanos, argumentos 
en extremo distintos, de las ciencias en su conjunto: pues se 
refieren á la vez á la Mesografía en su más amplio sentido; á la 
Climatología, á la Zoología, á la Anatomía comparada, á lá 
Fisiología general, á la Sistemática zoográfica, á la Parasitolo- 
gía, á la Patología humana en sus aspectos más extraños y 
complicados. 

Por esto hay que confesar que estamos muy lejos de haber 
entendido y comprendido el alcance de las infinitas relaciones 
quo existen entre los hechos biológicos y los hechos ó las le- 



- 472 — 

yes físico-químicas que los dominan, 6 que en ellos influyen di- 
recta é indirectamente. 

Nuestra tarea debe limitarse por ahora á la observación y 
al estudio del modo como actualmente se presentan y desen- 
vuelven los hechos biológicos que nos interesan, y del modo y 
condiciones con que ejercen su acción sobre la especie hu- 
mana. 

En la Península Ibérica, particularmente en ciertas regiones 
de España, encuéntranse en gran abundancia los mosquitos 
del género Gulex que pueden servir cofno huéspedes interme- 
diarios de la Filaría Bancrofti. No sólo la variable especie 
Culex pipienft , que hállase esparcida desde las costas y los 
valles de Asturias hasta el Sud, y abunda en todas partes en 
España^ sino también la variedad que Theobald considera como 
hona species Culex fatigans , encuéntrase en las provincias de 
Huelva, de Cádiz, de Granada, de Murcia y Valencia, en las 
dos primeras sobre todo, con relativa frecuencia. 

Sin embargo, no hay historia de Filariasis humana en estas 
regiones, ni esporádica ni tanto menos endémica. 

Nosotros no hemos de buscar las razones , desde luego muy 
complejas, de este hecho. Pero sí hemos de apuntar dos consi- 
deraciones: la primera se refiere á la necesidad de extender y 
profundizar el estudio de la patología especial de las provin- 
cias meridionales en España, sobre todo de las marítimas de 
Oriente y del Sur, antes de negar en modo absoluto la existen- 
cia de Filaría Bancrofti como parásito esporádico del hombre. 
Se refiere la segunda consideración al peligro que puede repre- 
sentar el huésped intermediario cuya existencia en España está 
fuera de tola duda. 

Las íntimas y largas relaciones que España ha tenido en los 
siglos pasados, y hasta todo el siglo xix, con regiones donde 
reinaba y reina endémica la Elefantiasis, la Filariasis hu- 
mana, como las Antillas, México y América central y me- 
ridional, Filipinas, dan fundamento á la sospecha de la impor- 
tación del parásito, y por ende al peligro de que haya podido 
establecerse una infección, si bien reducida, localizada y cir- 
cunscripta, del huésped intermediario. 



- 473 — 

6. Durante los últimos años se han comunicadc por algunos 
observadores tres ó cuatro casos de Filariasis humana en Es- 
paña. Uno 6 dos de ellos no dejan lugar á duda acerca de la 
importación del parásito desde las Colonias, lo cual — si se 
tienen en cuenta las consideraciones anteriormente expuestas — 
es ya muy importante y grave. Mas en los que quedan — dos 
por lo menos, que yo conozco — es muy posible que se tratara 
de inoculación del parásito en España, por parte de mosquitos 
precedentemente infectados, pues ninguno de estos enfermos, 
al parecer, había salido de la Península. 

El primer caso fué publicado en 1894 por el Dr. Font y 
Torné («De la Filariasis: exposición del primer caso esporá- 
dico observado en Europa». — Revista de Ciencias médicas de 
Bai'celona , páginas 73 y 97, 1894). Tratábase de un hombre 
de Canet de Mar, pueblo situado á 40 kilómetros al Norte de 
Barcelona, sobre la costa mediterránea. Este individuo no ha- 
bía dejado nunca la Península, según afirma el Dr. Font, pues 
había prestado en San Sebastián su servicio militar y luego ha- 
bía vuelto á su pueblo. Desde 17 años presentaba hemato-qui- 
luria y tumefacción del escroto. El examen de la sangre de- 
mostró la presencia de numerosos embriones de F. Bancrofti. 
El Dr. Font añade que habíanse observado en el pueblo, coa 
antecedencia, dos casos más de hemato-quiluria con síntomas 
parecidos, sin que se llevara á cabo el examen de la sangre. 
Es posible que se tratara de la misma enfermedad parasitaria. 
Hace constar, además, el Dr. Font, que Canet de Mar es un 
sitio donde convienen muchos españoles de vuelta de América 
ó de Filipinas, así como hay otros, entre ellos Sitges, en la 
naisma costa meditarránea, al Sur de Barcelona. 

En toda esa región^ como en Barcelona y sus alrededores, 
abunda el Culex pipiens. 

Un segundo caso fué publicado hace dos años por el Dr. So- 
lieri, de Siena. Tratábase de un joven clérigo español, proce- 
dente de Gibraltar, donde había pasado toda su vida. Trasla- 
dado, al parecer, á un convento de Italia, presentóse en la clí- 
nica del Dr. Biondi, catedrático de Cirugía en la Facultad de 
Medicina de Siena, con tumefacción del escroto, quiluriaj 



— 474 - 

trastornos de varia clase. El examen de la orina demostró la 
presencia de cantid id muy notable de grasa, hematíes, leuco- 
citog, fibrina; algunos embriones de Filaría. El examen de la 
sangre comprobó que se trataba de Filaría Bancrofti. El en- 
fermo había llegado á Italia desde once meses: á los cuatro ó 
cinco meses ya se había apercibido de la alteración evidente 
de sus orines, en la misma forma en que se presentaba al mo- 
mento de la visita. Si se tiene en cuenta el tiempo que necesi- 
tan las larvas recién inoculadas para transformarse en gusanos 
adultos, y éstos para producir éxtasis de los linfáticos y sínto- 
mas tan acentuados, además del gran número de embriones en 
la sangre, no cabe duda de que los parásitos habían penetrado en 
el organismo de este enfermo antes de su salida de Gibraltar- 

El Dr. Correa de Portugal Aragao (de Gibraltar) insiste en 
declarar que desconoce por completo la presencia de Filariasis 
humana en la comarca donde había vivido el enfermo. Recien- 
temente afirma también que éste, de vuelta á su país, se ha 
curado satisfactoriamente de su enfermedad. Sin embargo no 
dice de haber repetido el examen de la sangre. Me parece su- 
mamente difícil modificar la interpretación ya indicada sobre el 
origen de este caso de Filariasis humana. 

Un tercer caso^ — cuyos pormenores desconozco — fué comu- 
nicado durante el año pasado en la Academia Médico-quirúr- 
gica de Madrid, por el Dr. C. Sala. 

Finalmente, en el mes de Junio próximo pasado, el señor 
Dr. D. Manuel Ruiz, Director del Laboratorio de Bacteriolo- 
gía del Hospital de Marina en Cartagena, me envió un caso de 
sumo interés. Trátase de un Capitán de Fragata, D. R. G, 
de Q. y B., domiciliado en Cartagena. Regresó de Cuba y 
Puerto Rico hace siete ú ocho años; pero sólo desde año y me- 
dio ó dos se siente enfermo, quejándose de vértigos, debilidad 
general muy acentuada, parestesias. Hombre de 55 años, alto, 
de buena constitución, aunque con evidentes signos de tempe- 
ramento linfático. No hay quiluria ni hematuria. Tumefaccio- 
nes ligeras en las ingles. El examen de la sangre demuestra la 
presencia de embriones (relativamente escasos) de Filaría 
Bancrofti. 



— 475 - 

El Dr. Rniz nos escribía, con fecha 26 de Junio de 1905, á 
propósito de las investigaciones que por mi consejo ha lleva- 
do á cabo en el distrito de Cartagena y muy en particular 

sobre los militares: « Posteriormente [al caso del Sr. R. G. 

de Q. y B.] , he reconocido tres nuevos casos en militares; uno 
ingresó en el hospital con hemato-quiluria: no ha estado nunca 
en países tropicales» (1). 

Como se ve, queda planteado el problema en forma grave y 
de mucha importancia para España. Es más; queda ya fuera 
de duda que existen en España casos de Filariasis humana por 
Filaría Ba)icrofí¿, muy probablemente importada desde las 
Colonias. Hay que averiguar ahora si otros casos pueden im- 
putarse á la transmisión local del parásito por medio de los 
mosquitos del género Cnlex (Cidex pipietís , Cidex fatigaiis), 
que abundan en las costas de España, y en qué medida puede 
haberse efectuado la infección de estos huéspedes intermedia- 
rios, constituyendo nuevo peligro para determinados distritos 
de las provincias meridionales y orientales del Reino. 

7. La Filariasis humana produce síntomas tan variables, 
complejos y á veces obscuros, que resulta muy difícil encerrar- 
los en un cuadro clínico correspondiente con la realidad. 

Semejante incertidumbre nosográfica ha contribuido en gran 
parte á retrasar la interpretación etiológica de esta enfermedad. 

Desde luego podríamos aceptar como la definición más sen- 
cilla, práctica y científica al mismo tiempo, la siguiente: «Fi- 
lariasis es la enfermedad producida por la presencia de nema- 



(1) Posteriormente, habiéndose dejado extraviar el Sr. Ruiz 
por algunas observaciones inexactas y por hechos mal interpreta- 
dos , modificó las conclusiones de su estudio, y sostuvo — en una 
Memoria presentada á la Real Academia de Medicina de Madrid — 
haber descubierto un nuevo parásito (que llama Amplexus hema. 
tohium) y una nueva enfermedad por él producida. Me es forzoso 
señalar este grave error, puesto que el caso de Filariasis humana 
ya referido (D. R. G. de Q. y B., de Cartagena) va confundido en 
el trabajo del Sr. Ruiz con otros varios de dudosísima interpreta- 
ción, todos ellos considerados como casos de una llamada «Disto- 
miosis hemato-intestinal», fjroducida por el hipotético Amplexus, 

Eev. Acad. Ciencias. -III. -Noviembre, 1935. 32 



— 476 — 

todes del género Filai'ia en el organismo humano, y de sus 
embriones en la sangre». 

Sin embargo, esta definición puramente etioldgica, deja mu- 
cho que desear desde el punto de vista clínico. Pueden existir 
ciertos síntomas elefantiásicos, tumefacciones y edemas locali- 
zados, debidos á la obstrucción de vasos linfáticos por parte de 
los gusanos adultos, sin que se encuentren embriones en la 
sangre circulante (los adultos son en estos casos de un solo 
sexo); más frecuentemente, en casos de elefantiasis declara- 
da, desde muchos años, con linfangitis, varices, lesiones de 
carácter inflamatorio asociadas ó secundarias, etc., los distri- 
tos del derma ó del tejido sub-cutáneo donde se hallan locali- 
zados los gusanos adultos, se encuentran separados por completo 
del torrente circulatorio, aislados y encerrados los mismos gu- 
sanos en una espesa adventicia de tejido conjuntivo, de tal 
suerte, que los embriones no pueden penetrar en la sangre; á 
veces los gusanos adultos, en estas condiciones, mueren, pero 
queda la lesión elefantiásica con todas sus consecuencias próxi- 
mas y lejanas sobre la hidráulica del sistema linfático. Es pro- 
bable, también, que los embriones vertidos en el círculo san- 
guíneo puedan ser eliminados lentamente y al cabo de cierto 
tiempo; y si por alguna de las razones antes expuestas no se 
renuevan con otra generación, pueda hallarse la sangre libre 
de los mismos, y quedar incierto y dudoso el diagnóstico. 

Por otra parte, embriones de otras Filarías^ muy distintas 
de Filaría Bancrofti, pueden encontrarse en la sangre del 
hombre. Tales son los embriones que Manson llamó Filaría 
diurna, y corresponden á la Filaría loa adulta; tales los de 
Filaría perstans y otros. 

Si estos casos se consideran dentro del cuadro general de la 
Filanasis humana, aumenta la incertidumbre nosográfica y 
multiplícanse las dudas clínicas. En efecto, estas especies de 
Filarias ni se localizan en los mismos tejidos y órganos, ni de- 
terminan síntomas elefantiásicos característicos, ni por fin se 
transmiten de hombre á hombre por el mismo camino, por el 
huésped intermediario propio de la Filaría Bañero f ti. 

A pesar de todos estos inconvenientes, debemos acatar por 



- 477 — 

ahora el concepto general de la Filariasis humana, porque no 
nos proporciona elementos claros para una definición nosológi- 
ca el estudio del síndrome clínico producido por la Filaría 
Bancrofti. 

En efecto, la palabra Elefantiasis (Elefantiasis de los ára- 
bes, bien distinta de la Elefantiasis griega, 6 Lepra), no en- 
cierra para todos , no implica en modo absoluto el concepto 
etiológico de «lesión producida por la Filaría Ba?icrofH>->. 

Y no puede desconocerse, en realidad, que el proceso ana- 
tomo-patológico propio de la lesión elefantiásica no está deter- 
minado exclusiva ni directamente por los gusanos localizados 
en el tejido subcutáneo. Obedece, sí, en los casos de Filaria- 
sis elefantiásica, al estímulo anormal, producido por estos gu- 
sanos: pero indirectamente, quizás por los materiales tóxicos 
del metabolismo de los mismos parásitos, quizás por la com- 
presión debida á la éxtasis de los linfáticos y edemas conse- 
cutivos; quizás también por la acción concomitante ó secunda- 
ria de bacterias, que determinan una especie de crónica infla- 
mación erisipelatosa (Manson). 

Así las cosas, se comprende sin dificultad el que muchos 
observadores, y médicos prácticos que han ejercido largo tiem- 
po en regiones tropicales, afirmen que Elefantíasis no es siem- 
pre sinónimo obligado de Filariasis humana. 

Sin embargo, la Elefantiasis es la lesión dominante y ca- 
racterística que la Filaría Bancrofti produce en el organismo 
del hombre , sobre todo en los países tropicales. 

La Elefantiasis [Dal fil de los árabes , ó Dau-ool FU) Hy- 
persarcosis ; Pachydermía; Phleg masía malabaríca; Elefan- 
tenfuss; Knollbein; Barhadoshein; Mal de Cayenne; Helmín- 
thosarcoma-, Helininthoma de Bancroft] es endémica en mu- 
chas regiones de la zona tropical y sub-tropical, en algunas 
con carácter de tal gravedad que alcanzan las estadísticas de 
los enfermos, según afirma Manson, el 5 y el 10 por 100 de 
toda la población: así es en Cochinchina, en Samoa, en ciertos 
distritos de la Australia y en Amazonia (Norte del Brasil): es 
, también comunísima en el centro de África. 

La mayoría de los casos (quizás el 85 por 100) presentan 



- 478 - 

las lesiones elefantiásicas localizadas en las piernas y en los ge- 
nitales externos. Lo cual se comprende por tratarse ante todo 
de éxtasis en ciertos distritos linfáticos, sujeta á la ley de gra- 
vedad. La lesión de los genitales externos — más rara en la 
mujer, frecuentísima en el hombre — difiere substancialmente 
de la lesión elefantiásica propiamente dicha, que está repre- 
sentada, á parte la intervención primaria del sistema linfático, 
por verdadera hiperplasia del tejido conjuntivo sub cutáneo. 
Ea efecto, trátase en esos casos, casi siempre de escroto ele* 
fantiásico que encierra un líquido quiloso, mezclado con larvas 
de Filaría por lo general ; á veces se encuentran encerrados 
en él uno ó más gusanos adultos ( Lymphscrotum). 

Las lesiones ele^^antiásicas, en particular las localizadas en el 
pecho (mamas), en los genitales externos y en las piernas, 
pueden alcanzar dimensiones extraordinarias. Los casos publi- 
cados, ya desde la primera mitad del siglo pasado, cuando aun 
desconocíase por completo la etiología de la Elefantiasis, por 
Behrend, Delpech, Clot-bey , Gitanni, Prunner, Riegler y 
luego por Hecker, Von Hebra, Geber, Turner, Davies, Da- 
niels, Manson, Looss, son característicos y dan clara idea 
del extremo límite á que pueden llegar las lesiones elefantiási- 
cas. 

Estas pueden manifestarse también en la cara, aunque ra- 
ramente (Von Hebra); los casos de Br)'k, de Alibert, de Gui- 
bot, Ollier y Schuster (nariz); de Graefe, Carrón du Villard, 
Fano, Tilláis, y Beck (párpados), y algunos más deben con- 
siderarse como auténticos; otros representan desde luego erro- 
res de diagnóstico. De conformidad con lo que advierte Von 
Hebra, conviene tener presente que el Fibroma moUuscum pro- 
duce tumefacciones muy parecidas á la de la elefantiasis de los 
árabes cuando localízase en la cara. Igualmente lo que Wilson 
W2.m2í spargosis de la nariz (Spargosis del griego «o-Trapyáio» 
ensanchar, inflar), y considera erróneamente como manifesta- 
ción elefantiásica, no puede incluirse en el cuadro clínico de la 
elefantiasis propiamente dicha. 

Los genitales externos de la mujer pueden también partici- 
par del proceso elefantiásico. Kugelmann, Rokitan&ky, Krie- 



- 479 — 

ger^ Talrich, Walter Macdonald, Manson, han publicado ob- 
servaciones interesantes acerca de esta localización. 

Cuando la tumefacción elefantiásica alcanza proporciones y 
tamaño considerables, como en los casos, verdaderamente ex- 
traordinarios, de todos los autores antes recordados, la jiiel 
presenta constantemente alteraciones secundarias; eczema^ in- 
filtraciones inflamatorias de varias clases, zonas erisipelatosas, 
costras, ulceraciones. Linfangitis más 6 menos graves las acom- 
pañan. De todos modos, la piel elefantiásica, la piel que recu- 
bre una tumefacción característica de elefantiasis filariósica 
(por Filaría Bancrofti), ya desde los primeros meses después 
de la aparición del tumor, preséntase en condiciones anorma- 
les, participa de un proceso reactivo para cuya realización no 
son estímulo suficiente la comprensión del derma, las éxtasis 
linfáticas y venosas, los edemas debidos á la presencia del pa- 
rásito en ciertos distritos vasculares. 

Hay casos bastante numerosos de lüaríasis humana en que 
faltan las manifestaciones déla típica, aunque reducida y loca- 
lizada lesión elefantiásica. Los enfermos presentan entonces, 
por lo general, quiluria, hemato-quiluria, hematuria, síntomas 
á cargo del sistema linfático glandular, tumefacciones de los 
ganglios de la ingle, de los axilares, etc. (principalmente de los 
inguinales), varices linfáticas; á veces trastornos nerviosos, en 
particular vértigo y demás síntomas relacionados con estados 
anormales del sistema circulatorio. Manifiéstase en muchos ca- 
sos una fiebre elefantiásica, muy probablemente en relación 
con procesos inflamatorios superficiales, sobre todo con Linfan- 
gitis, frecuentes y graves en esta enfermedad. 

La presencia de los embriones de Filaría Bancrofti en la 
sangre no suele determinar alteraciones muy considerables d© 
la constitución química y morfológica de la sangre misma. El 
resultado medio de repetidos exámenes hematológicos en el caso 
publicado recientemente por el Dr. Solieri, fué el siguiente: 

Hemoglobina, 95 por 100. 
Hematíes, p. mm.\ 4.340.000. 
Leucocitos, 9.099. 



- 480 - 
Relación L. : H. = 1 : 474. 

Sin embargo, en enfermos que desde más tiempo hospedan 
al parásito, puede observarse cierto grado de anemia (oligohe- 
mia, con hiperleucocitosis). 

8. ¿Existe una inmunidad de raza para la Filaría Ban- 
crofti? En la distribución geográfica de la elefantiasis ó, mejor 
dicho, de laFilariasis humana, en las variaciones de intensidad 
y frecuencia con que manifiéstase en distintas partes, ¿pueden 
ejercer algún papel los caracteres de las diferentes razas hu- 
manas? 

Ya los observadores del siglo pasado dieron contestación ne- 
gativa á semejante pregunta. El desarrollo de las colonias y los 
datos prácticos que éstas proporcionaron, además de los estu- 
dios científicos que se promovieron con este objeto, han com- 
probado una vez más que los europeos van sujetos á la inva- 
sión del parásito (Iñlaria Bañero fti) de igual modo como los 
indígenas de raza negra ó amarilla ó como los mestizos, en las 
regiones tropicales donde se halla endémica la enfermedad. Las 
condiciones en que vive por lo general la población indígena, 
abandonada, desnuda, durmiendo en chozas abiertas, literal- 
mente llenas de mosquitos durante la noche, favorecen en modo 
extremo la difusión del parásito entre ellas, y constituyen al 
propio tiempo diferencias tan notables con el modo de vivir 
de los blancos en las mismas regiones — puesto que trátase casi 
siempre de funcionarios, empleados, empresarios, colonos, gen- 
te que cuida de su salud — que pueden inducir en un error de 
interpretación, y hacer creer que se trate, por parte de éstos, 
de una inmunidad relativa. 

Ha sido comprobada la existencia de la Filariasis humana — 
con carácter endémico — en las siguientes regiones: 

América. — Antillas (por Levacher, Thomas, Vincent, Low). 
Taiti (Lesson). — Nueva Granada (Dalton). — Ve- 
nezuela. — Guiana francesa, holandesa é inglesa 
(Blair, Dalton, Hasselaar, TerBeck). — Barbados 
(Low). — Martinica, Fort-de-France (Clarac). — 



- 481 - 

Trinidad, San Vicente (Hendy, Leuren, Rufzo, 
Savaresy, Clarac, Town). — Panamá y costas de 
las Repúblicas de América central (Dundas, Tschii- 
di, etc.). — Brasil, Amazonia, Para, México (Dun- 
das, Saint- Hilaire, Lallemand, Plagge, Pieasants, 
Regó, Smith, Tschudi, Apollonio). — Argentina 
(casos esporádicos). 

África. — Egipto (Sonsino, Looss). — Abisinia y Somaliland. 
(Prosper Alpinus, Larrey, Pruner, Riegler, etc.). — 
Argelia (Bertherand, Gayón, Sergent, Laveran, 
etcétera). — Senegambia, Sierra Leone^ Costa de 
Oro, Liberia (Berville, Clarke, Oldfield, Dutton, 
Annett, Todd, Brumpt, Blanchard , etc.). — Costa 
occidental de África en general, Congo, Nigeria 
(Brumpt, Sambon). — Colonia del Cabo, Trans- 
vaal, Mashonaland (Berncastle, Koch,Theiler). — 
Isla de Santa Elena (Me Ritchie). — Fernando 
Poo. — Cameroon (Plehn, Ziemann) (probablemente 
Colonia del Mani). — Madagascar (Acema, Cha- 
potin). — Zanzibar. 

Asia. — Arabia (Courbon, Niebuhr), — Persia (Von Hebra, 
Geber). — India (Manson, James). — Ceylán 
(¡Marshall, Castellani). — China (Manson). — Japón 
(Ishiwama). 

Australia y Polinesia. — Nueva Caledonia (Benet^ Lang y 
Noc). — Costa oriental del continente australiano 
(Benet, Heffinger, Lesson, Thomson, Turner, 
Vinson, Bancroft). 



Bl BL lOGRAFIA 

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hématiirie (Filariose) observé á Tabiti. (Ann. d'Hyg. et de 
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- 487 - 



CAPITULO VII 

FILARIASIS 

(Sigue). 

1¡ Descartando las especies dudosas : i^iVaWa labtalis, Fi- 
laría conjimtivae , Filaría hominis oris, Filaría resiíformis, 
Filaría lentís, etc., quedan las siguientes, que con caracteres 
de difusión epidémica ó endémica á veces, esporádica en otras 
partes, se han encontrado y descrito como parásitos del hombre: 

Filaría loa (Guyot, 1778). 
[Filaría diurna (Manson 1895)]. 
Filaría perstans (Manson, 1895). 
[ Filaría Oxxardi ( Manson , 1897)]. 
Filaría Demarqtiayi (Manson 1895).. 
Filaría MagaUíaesi (Bianchard 1895). 
Filaría gigas (Prout, 1902). 
Filaría Powelli (Penel, 1904). 
Filaría volvulus (Leuckart, 1893). 
Filaría kilímarae (Kolb, 1898). 

Filaría loa. — Este pará&ito es común en muchas regiones 
de África, sobre todo en la costa occidental (Gambia, Sierra 
Leone, Guinea, Niger^ Congo) (muy probablemente en la co- 
lonia española del Muni-Benito, y en la isla de Fernando Poo. 
En mi viaje á Canarias (Julio 1905) no he tenido noticia de 
observación ninguna de casos locales ó importados). Los ma- 
chos adultos miden de 25 á 30 milímetros: las hembras de 30 
á 40 de largo: no pasan de medio milímetro de diámetro trans- 
versal los primeros, y de un milímetro las segundas (v. fig. 52). 
Una buena descripción de los individuos adultos ha dado 
Looss (1904): reproduzco en parte los detalles de organiza- 
ción de esta especie (v. figs. 52-54). 

Viven los adultos en el tejido conjuntivo, en general super- 
ficialmente: con gran frecuencia aparecen en el borde de la 



488 - 



conjuntiva ocular, y allí pueden permanecer mucho tiempo 
(años). 

Se conocen con el nombre de Tumores de calabar (Cala- 

barswellings ^ Calabarbeulen 
Kameroon-geschwülste de 
Plehn), ciertas lesiones, tu- 
mefacciones cutáneas múlti- 
ples y localizadas, que Man- 
son atribuye á la presencia de 
F. loa en el conjuntivo. 

Los embriones de F. loa 
viértanse en los linfáticos y 
en la sangre: corresponden á 
los que Manson había llama- 
do, desde 1891, Filaría 
diurna (fig. 54); como los 
de F. Bancrofti, hállanse en 
el torrente circulatorio envuel- 
tos, encerrados en la membra- 
na (esuvies) que les impide 
con toda evidencia desarro- 
llarse en vida libre, sin la in- 
tervención de un huésped in- 
termediario. 

Sin embargo, desconoce- 
mos hasta la fecha cuál sea 
este huésped. 

Carácter típico de los em- 
briones que Manson llamó Fi- 
laria diurna es el de apare- 
cer en la sangre periférica del 
hombre á todas horas durante 
el día; lo cual los distingue de los embriones de Filaría Ba- 
ncrofti (que Manson llamó F. nocturna) más aún que los ca- 
racteres morfológicos. 

Esto hace pensar que el huésped intermediario de la Filaría 
loa debe llegar en contacto del hombre y chupar su sangre du- 




Figura ñ^. — Filaría loa. 

A, macho adulto; B, hembra adulta (di- 
mensiones naturales); C, extremidad an- 
terior (cefálica) del macho (según Looss) 
(aum. 2o diám.); an. nerv., anillo nervio- 
so periesofágico; int., intestino; test., tes- 
tículo. 



- 489 



rante el día, á diferencia de lo que pasa en el caso de la Fila- 
ría Bancrofti. 

Blanchard afirma (pág. 539 de su reciente Tratado) que en 
la región del Calabar, donde es endémico el parasitismo hu- 



úm ntji. 




Figura 53. — Extremidad anterior (cefálica^ áa Filaría lo Q 

(según Looss) (aum. 20 diámetros). 

an. «erv., anillo nervioso periesofágico," Es., esófago, £;fc.,aber- 
tiirade excreción (Excretionsporus): i«í., intestino; Ovar., ova- 
rio; t/ag'., vagina; vulv., vulva (abertura genital. 
(La depresión de la cutícula, que Looss indica como desembo- 
cadura de un aparato excretor (Excretionsporus, Exc), está en in- 
tima conexión con fibras procedentes del anillo nervioso perie- 
sofágico : trátase probablemente de un órgano de sentido). 



mano de Filaría loa (ya hemos indicado que debe estar rela- 
cionado con ciertas lesiones características de esas comarcas 
africanas), el hombre está expuesto á la continua molestia y á 
las picaduras de ciertos dípteros, que los colonos ingleses lla- 
man en conjunto Mangrove flies y los indígenas ukpom y uijo. 



- 490 



Estos corresponden á ciertas especies de Tahanidae y de Mus- 
cidae, muy en particular al Chrysops dimidialus (van deWulp), 
y Glossina palpalis y longipalpis (Brumpt). 

Sin embargo, carecemos de datos seguros, de exactas ob- 
servaciones y de resultados experimentales sobre este extremol 
Sólo podemos añadir que Annette, Dutton y Eliott intenta- 
ron la infección artificial de Myxomyia 
(Anopheles) Bossii con los embriones de 
F. diurna (F. loa) y con resultado nega- 
tivo. 

2. Filaría perstans. — Este parásito 
se encuentra con mucha frecuencia en el 
África occidental y central (Congo, Nige- 
ria, Lagos, Nyassa, etc.), así como en los 
negros de la América central (Guiana in- 
glesa). La forma adulta, descubierta por 
Daniels en individuos de Demerara, es 
cilindrica, de 70 á 80 milímetros de lar- 
go, con apéndice caudal terminada en 
dos puntas triangulares. Vive en el tejido 
conjuntivo y en los vasos. Los embriones 
corresponden en parte, sin duda ninguna^ 
á los que Manson describió con el nom- 
Figura 34. - Aspecto de bre de Filaría Oxxardi. Sin embargo. 

los embriones hemáticos 

de Filaría loa {Filaría puedc admitirse quc la forma embriona- 

diurna) {en \a sangre pe- . . ,. , r> •» r 

riférica del hombre) (au- Tía indicada por P. Mauson con este nom- 

mento de i.ooo diám.). . 

bre (Filaría Oxxardi), no es única, no 
constituye una sola especie; muy probablemente pertenece, 
en parte, á los adultos de la especie F. perstans, en parte á los 
de F. Demarquayi. Looss, mantiene, en su reciente monogra- 
fía (pág. 169 del Mense, V. !.)> la incierta especie F. Oxxardi. 
Blanchard, al contrario, considera esta especie como artificial, 
comprendiéndola en las dos antes indicadas: F. perstans, por 
un lado, F. Demarquayi , por otro. 

Los embriones de F. perstans se encuentran desnudos, sin 
membrana, en la sangre. Sun pequeños, no llegan á la mitad de 
los de F. BaJicrofti y F. diurna (F. loa). 




— 491 — 

lia hipótesis de P. Manson, fundada en observaciones epi- 
demiológicas y de distribución geográfica correspondiente, que 
admitía una relación estrecha entre el parasitismo de F. pers- 
tans y la enfermedad del sueño (negro-lethargy , sleeping-sik- 
ness), no puede tomarse en consideración hoy día, después de 
los descubrimientos recientes acerca del papel patógeno de los 
Tripanosomas. 

Por lo que se refiere á la transmisión de F. perstans y su 
evolución en algún huésped intermediario, nada concreto y de- 
finitivo puede afirmarse. Hodges, en Uganda, y Low, en 
Guiana, han observado, al parecer, un principio de desarrollo 
de los embriones en Panoplites africanus (Mansonia africa- 
na) el primero, en Tae?iiory?ichi¿s fnscopennatus el segundo. 
En cambio, el mismo Hodges experimentó, con resultado 
completamente negativo, con Myxomyia (Anoplieles) fu- 
nesta, Anopheles costalis ( Pyretophorus cj, Stegomyia ca- 
lopus (fasciata), etc., y Low con las mismas especies y ade- 
más ccn Culex, Stethomyia, Yanthinosoma , Melanoconioriy 
etcétera. 

Más recientemente Christy ha publicado una serie de obser- 
vaciones que tienden á demostrar que la transmisión de F. pers- 
tans efectúase por medio de los ácaros (especie de garrapa- 
tas) , del género Ornithodorus (O. moiihata). 

Por otra parte. Bastían sostiene que F. perstans no debe 
considerarse más que como una forma del gen. Tylenchiis , pa- 
rásito común de trigos y demás gramináceas y plantas cultiva- 
das en los trópicos. Lo que haya de verdad en esta afirmación 
y cómo pueda averiguarse el paso de los embriones maduros al 
hombre, queda por aclarar, y merece, desde luego, las más 
detenidas investigaciones. 

3. Filaria Demarquayi. — Manson encontrólos embriones 
que llamó con este nombre, en la sangre de algunos enfermos 
de San Vicente (Indias occidentales), siendo luego confirma- 
dos los caracteres específicos de estas microfilarias por las 
observaciones de Galgey, Low, George Gray, etc., en Santa 
Lucía, Dominica y Trinidad (Antillas). Trátase de embriones 
muy parecidos á los de F. perstans, y por tanto, mucho más 

Eev. Acad. Ciencias.— Iir.— Noviembre, 1905. 33 



- 492 — . 

pequeños que los de F. Bancroftl y F. loa (diurna) , y des- 
nudos (sin esuvies). 

Galgey encontró luego la forma adulta (hembra) de la F. de- 
tnarqíiayi en un enfermo de Santa Lucía. 

Nada cierto sabemos respecto de la transmisión de este pa- 
rásito. Vincent y Low, en la Trinidad, han experimentado con 
los mosquitos del gen. Stegomyia: los resultados fueron dudo- 
sos : las larvas llegaron á penetrar en los músculos torácicos, 
pero no se desarrollaron ulteriormente y al cabo de unos cuan- 
tos días empezaron á manifestar fenómenos de degenera- 
ción. 

Filaría MagalJ/aesi. — En 1887, el Dr. Magalhaes, de Río 
de Janeiro, describió las formas adultas de una especie de Fi- 
larla encontrada en el ventrículo izquierdo del corazón de un 
niño en dicha ciudad, muerto por enfermedad desconocida, ó 
cuyo diagnóstico no se había hecho durante la vida. Tampoco 
ee había hecho el examen de la sangre. Observaciones poste- 
riores confirmaron, al parecer^ las diferencias específicas en- 
tre F. Bañero f ti y F. Magalhdesi , siendo ésta de dimensiones 
más reducidas (155 milím. la hembra, 82-83 el macho), y con 
cuatro pares de papilas pre-anales, y cuatro post- anales en el 
macho. Los embriones, poco conocidos, miden de 350 á 
400 ¡Ji. por 8 ]}.. 

Dice Manson (p. 604, Trop. dis.): «Nothing ist known of 
its life-history, ñor of the associated pathology». Nada cono- 
cemos acerca de la evolución de este parásito, ni de las lesio- 
nes que determina en el organismo humano. 

Filaria gigas. — Trátase de una forma de embriones de Fi- 
laría, encontrada por el Dr. Prout en la sangre de un enfermo 
de Sierra Leone. Desconocida la forma adulta, y dudosos los 
caracteres específicos, estamos muy lejos de conocer el origen, 
difusión y evolución de esta forma de Filaria. Los embriones 
descritos por Prout son desnudos, sin membrana. 

Filaria Powelli. — En este cííSO, como en el precedente, des- 
conócense los adultos. El nombre específico ha sido dado por 
Penel á una forma de embriones, pequeños (130 jx. X 5 [)..), 
cilindricos, uniformes (sin cola puntiaguda), con vaina ó mem- 



- 493 - 

brana (esuvies), encontrada por Powell en Bombay, en la 
sangre de un indio. 

Filaría volvulus. — Leuckart, primero (1893 ), luego Laba- 
die-Lagrave, Deguy, Prout, describieron ejemplares de Fila- 
rías adultas encontradas en ciertos tumores cutáneos en negros 
de la Costa de Oro, de Sierra Leone y del Dahomey (África 
occidental). Embriones de 250 ¡x. X 5-6 [jl., sin membrana. 
Evolución y transmisión desconocidas. 

Filaria kilimarae. — Las noticias que Kolb proporciona acer- 
ca de esta especie^ que dice haber encontrado como parásito 
en los negros de la costa occidental de África (British-ost- 
Afrika), son insuficientes. Nada conocemos acerca de su trans- 
misión y difusión. 

Resulta de cuanto se ha dicho en los párrafos anteriores, 
que nuestros conocimientos concretos, seguros, sobre el ciclo 
evolutivo de las Filarías del hombre limítanse á los que hemos 
estudiado en el capítulo precedente: esto es, á la transmisión 
de Filaria Bancrófti. Es probable que en el caso de los em- 
briones de Filaria loa, deba intervenir para su desarrollo y 
transmisión un huésped intermediario del orden de los Dípte- 
ros, aunque pueda dudarse de ello. Nada cierto sabemos sobre 
la evolución de las demás formas de I ilaridae que hallan en el 
organismo humano el huésped definitivo. 

4. Filarías liemáticas de los animales domésticos. 

Entre las Filarlas de los animales domésticos, la especie más 
interesante por su difusión, sus caracteres morfológicos y bio- 
lógicos, lo parecido de su transmisión con la de Filaria Barí' 
crofti del hombre es la Filaria immilis del perro (v. cap. III). 

En el perro encuéntranse á veces embriones que difieren de 
los característicos de la Filaria immitis, aunque las diferen- 
cias son mínimas. Trátase de los embriones de Filaria recón- 
dita (Grassi); los adultos de esta especie hállanse en el tejido 
adiposo que rodea á los órganos parenquimatosos, ó bien en el 
tejido conjuntivo. La Filaria reco7idita se desarrolla en las 
Pulgas {Ptilex serraiiceps de los perros). 



— 494 — 

En los animales domésticos se han observado y descrito las 
especies siguientes, que puedan interesarnos: 

Filaría irritans (Rivolta, 1884, Raillet, 1885), en as- 
nos y caballos _, en ciertas llagas y ulceraciones que 
manifiéstanse durante el verano (Bouley, 1850, Lau- 
lanié, Perroncito). 

Filaría eransi (Lewis, 1882, observada recientemente 
por E. y E. Sergent en Algeria), en los camellos; 
embriones en gran número en la sangre, adultos en 
los grandes vasos, corazón y pulmón. 

Filaría polpebralis' {Wilson 1844; probablemente sinóni- 
mo de Filaría lacrymalis, Gurlt, 1831; F. bovis, Rai- 
llet, 1858), en la conjuntiva, debajo de los párpados 
y en los conductos lacrimales de bueyes y caballos, 
los gusanos adultos (determinan oftalmía vermino- 
sa). ¿Embriones libres? 

Filaría inermis (Grassi, 1887, F. conjuctivae), especie 
dudosa; asnos y caballos [¿hombre?]. 

Filaría Jiemorrágica (Raillet, 1885; ó F. multipapiUosa, 
Condamine y Drouilly 1878) (Filarla de los botones 
hemorrágicos de los caballos húngaros, Drouilly, 
Trasbort, etc.). 

Filaría equina (Blanchard, 1892; ó Filaría papillosa 
Rudolphi; F. equi, Gmelin; Gordíus equinus,A.h\\ág.) 
Caballos. 

Filaría labíato papillosa (Alessandrini, 1838; Sin. J^¿- 
laría cervina^ Dujard., 1845; F. terebra^ 1851). 
Bueyes. 

[Filaría Mansoni, Filaría cypseli de las aves no pueden 
interesarnos en este momento]. 

Es posible, según parecen indicar las observaciones de los 
hermanos Sergent en Argelia, que la Filaría evansi de los ca- 
mellos se desarrolle en un huésped intermediario del género 
Tabaniis. Sin embargo, no tenemos pruebas, hasta la fecha, 
para afirmar este nuevo papel de los Dípteros. 



- 495 - 

Por lo demás, sin detenernos aquí en discutir el valor espe- 
cífico de los caracteres que se han adoptado por algunos zoólo- 
gos y parasitólogos (Raillet, Perroncito) para fundar las espe- 
cies Filaría irritans, Filaría hemorráglca y otras, diremos 
tan sólo que su localización en el organismo del huésped ver- 
tebrado, las lesiones que producen, su distribución geográfica 
y difusión prevalente en ciertas regiones, la época del año en 
que de preferencia se observan, llevan al ánimo la persuasión 
de que especiales insectos, y precisamente los Dípteros Ne- 
matóceros del géa. Simulium, ejercen el papel de huéspedes 
intermediarios y transmisores de las larvas maduras. 

En efecto, la Filaría haemorragica de Raillet, Filaría mul- 
tipapillosa de Condamine y Drouilly , fué descrita por este úl- 
timo en lesiones cutáneas, nodulos ó «botones», edematosos y 
á veces hemorrágicos y ulcerados, desarrollados en caballos de 
la guarnición de París; todos parecían contener un gusano 
adulto. Ulteriores investigaciones comprobaron que esta Fila- 
ría hállase con bastante frecuencia en parecidas lesiones de 
caballos y asnos (Raillet, Moussu, Perroncito). Ni los gusa- 
nos adultos ni los embriones, pueden vivir fuera del organismo 
del huésped en condiciones artificiales. Las observaciones de 
Raillet, demuestran, en este sentido, la necesidad absoluta de 
admitir la existencia de un huésped intermediario en el des- 
arrollo y transmisión de esta Filaria. Yo añadiré que en mi con- 
cepto debe acercarse á esta especie la descrita por el mismo 
Raillet y antes por Rivolta con el nombre de Filaría irrítans, 
propia de la dermitis granulosa , y de ciertas ulceraciones de 
verano en los asnos y caballos. 

El género Simuiium merece ser estudiado con todo deteni- 
miento bajo el aspecto parasitológico , pues la molestia que 
ocasiona en ciertas regiones y temporadas al ganado caballar 
y bovino y los daños de que ya lia sido inculpado, dejan lugar 
á graves dudas acerca de su papel patógeno. 

En 1863^ Tisseran indicaba especialmente los pequeños 
Nematóceros del gen. Simulium como causa de una epizootia 
dominante en el distrito de Condrieux, y que ya había produ- 
cido en los meses de verano y otoño graves daños en los ca- 



— 49G — 

ballos, bueyes y asnos. En 1892, Boyadjief insistía en decla- 
rar que varias especies hematófagas, entre ellas principalmen- 
te las del gen. Simulium ( Simulium columhatxense Schiner), 
debían considerarse como peligrosísimas, en determinadas cir- 
cunstancias, por sus picaduras, para el ganado; y juzgaba que 
en el distrito de Viddino (Bulgaria), se habían perdido á con- 
secuencia de ellas 534 bueyes y 52 caballos, en breve tiempo. 
En toda Europa.fientral son frecuentísimos los dípteros del 
gen. Simulium. Coquillett ha descrito recientemente ocho es- 
pecies propias de la América del Norte: entre ellos importan- 
tes por su frecuencia, difusión y efectos de la picadura, no 
sólo en los animales, sino en el hombre: Simulium venustum 
y S. invenustum. 

Abundan en ciertas regiones de España las especies Simu- 
lium ornatum Mg. (en Algeciras, según Strobl); Sim. reptans 
L., Schiner, etc. (Elche, Medinaceli, Molina de Aragón, etc.); 
Sim. fiiscipes Fbr.^ Zetterst. (Madrid.) 

Por lo que se refiere á las Filarias palpebralis y lacryma- 
lis (probablemente trátase de la misma especie) puede pen- 
sarse también en su transmisión por la típica Chrysops caecu- 
iiens, comunísima en toda Europa, muy frecuente en España, 
y que pica con infinita molestia y no indiferente daño al ga- 
nado caballar y bovino en correspondencia de los ojos, llegan- 
do á producir la ceguera. 

Mas la única especie de que hasta hoy conocemos en modo 
seguro el ciclo evolutivo y el mecanismo de transmisión, es la 
Filaria labiato papillosa del buey. 

5. La Filaria labiato -papilosa del buey vive, en estado 
adulto, en el tejido conjuntivo de distintas partes del organis- 
mo del buey. La hembra, vivípara, produce gran número de 
embriones que son ejemplo típico del modo como las formas 
embrionarias encerradas en la membrana ó esuvies, considerada 
por algunos como un quiste protector secundario, vienen des- 
arrollándose y desenvolviéndose en el interior del chorion del 
huevo, que los acompaña en su vida hemática. En efecto, los 
embriones de F. labiato-papilosa son cubiertos de membrana 
como los de F. Bañero fii. En el útero de las hembras se ven 



- 497 — 

formas de desarrollo sucesivo, y dilacerando 6 disecando una 
de ellas (las hembras son gusanos de 10-12 centímetros), sa- 
len los embriones, todos ellos envueltos en la membrana del 
huevo, algunos aun en su disposición arrollada, encerrados y 
comprimidos en el involucro del chorion; otros, ya más adelan- 
tados , y que ocupan la porción anterior ó terminal del útero y 





Figura 55. — Evolución del embrión de Filaría labiato-papillosa en 
el cliorion ("embriones intrauterinas). 

A, huevo maduro; B -C, distensión progresiva de la membrana por 
parte del embrión; D, embrión, tal como aparece en el útero ma- 
terno y en la vagina, en el momento de ser vertido en la sangre 
del vertebrado. 



desembocan en la vagina, extendidos y dotados de movimien- 
tos, pero siempre con la vaina que los reviste. (La figura 55 re- 
produce las fases sucesivas de este proceso, observado direc- 
tamente). 

En la sangre de los bueyes que hospedan la Filaría labiato- 
papillosa se encuentran los embriones circulantes (miden de 
180 á 220 [i.. ), pero nunca en número tan extraordinario como 
sucede, por ejemplo, con los de la Filaría inimitis en la san- 
gre del perro. Muchas veces se hace preciso un examen déte- 



— 498 - 

nido y repetido para lograr encontrar embriones de Filaría 
labiato - papulosa . 

Sin embargo, éstos son suficientes para asegurar, con la in- 
tervención del huésped intermediario, la continuidad de la 
especie. 

El huésped intermediario está representado por la especie 
Stomoxys calcitrans (en la campiña de Roma), muy probable- 
mente por varias especies del género Stomoxys, en distintas 
regiones. 

El género Stomoxys pertenece á la familia Muscidae calyp- 
ierae, en el sub- orden Brachycera de los Dípteros. En extre- 
mo parecidos á las moscas comunes (Musca domestica, etc.), 




Figura 36. — Ala de Stomoxys calcitrans. 

poseen, sin embargo, los Stomoxys una trompa penetrante, 
aguda y sólida. Frecuentísimos en toda Europa, se encuentran 
con abundancia también en España [St. calcitrans, en Alge- 
ciras y Andalucía (Strobl), Cáceres (Pittaluga)]; persiguen los 
ganados bovino y caballar, pero con el carácter de no alejarse 
demasiado de los establos, de las cuadras, y, en general, de los 
sitios donde estén encerradas las reses; raras veces se encuen- 
tran en el campo abierto. Distingüese en sus costumbres de la 
Haematobia, porque ésta acompaña constantemente al buey, de 
Cuya sangre se alimenta; llega á ser inseparable de su víctima. 
Si ésta se mueve con cierta vivacidad, las Haematohias se ale- 
jan por momento, levántanse en rápido vuelo á poca distancia y 
siguen así al buey ó al caballo, al rebaño entero ó yeguada, si 
juntas se encuentran muchas cabezas de ganado. En los largos 
viajes de rebaños, se observan muy á menudo en cantidad 
enorme, formando espeso enjambre, perseguir así al ganado de 
un sitio á otro, para fijarse en seguida, en cuanto se pare, sobre 



— 499 - 

él, alimentarse y esperar, allí mismo, la hora del nuevo pasto. 

Al contrario , la Stomoxys abandona á su víctima después de 
haber chupado la sangre y busca en las paredes, en los arbus- 
tos, en los objetos alrededor, un sitio conveniente para llevar 
á cabo la digestión. 

Estos datos pueden ser de utilidad para quien quiera hacer 
investigaciones sobre la transmisión de la Filaría lahiato-pa- 
pillosa por las Stomoxys en España. 

Los embriones de la Filaría labiato-papíllosa, que Stomo- 
xys calcítrans chupa y absorbe con la sangre al picar al buey 
infectado, líbranse de la membrana que los encierra (ecdisis), 
penetran á través de la pared del intestino y cumplen su des- 
arrollo larval entre los músculos de la cabeza del insecto. Las 
«larvas maduras», después de varios días (necesitan lo menos 
ocho á doce días, probablemente más, en condiciones menos 
favorables de temperatura, etc.), salen de las fibras muscula- 
res y se introducen en la cavidad general y en el lahium; con 
un mecanismo muy parecido al que se averigua en el caso de 
las Filarlas ímmítís y Bancroftí en los mosquitos, efectúase 
en el momento oportuno, al picar el huésped intermediario á 
otro buey, la migración definitiva de dichas larvas maduras. 
Estas , que ya en su fase terminal, en su último período de des- 
arrollo morfológico en el huésped intermediario, se encuentran 
bastante diferenciadas en su estructura, y presentan caracteres 
bastante claros, de la especie en su forma adulta, llevarán á 
cabo su definitiva transformación en el nuevo huésped verte- 
brado, el buey. 

Conviene advertir que, de conformidad y en corresponden- 
cia con lo que se ha dicho acerca de la escasez de embriones 
en la sangre periférica de los bueyes que hospedan la Filaría 
labiato-papillosa , las Stomoxys que se infectan no encierran 
nunca en su organismo un número muy considerable de larvas: 
al contrario de lo que sucede, según se ha visto, en los casos 
de Filaría ímmítís y Filaría Bancroftí. Y la misma propor- 
ción de Stomoxis infectadas quédase por lo general muy baja. 
En un establo donde haya un buey filarioso, no se encuen- 
tra más que el 3 ó el 4, muy difícilmente el 5 por 100 de las 



— 500 — 

Stomoxys que se examinan, con alguna larva en desarrollo. 

En efecto, la difusión de la Filaria lahiato - papulosa , aun- 
que con carácter endémico se haya establecido en alguna co- 
marca, no suele ser muy acentuada, ni muy considerable. Las 
reinfecciones son relativamente escasas. 

Una Filaria Stomoxeos, descrita por Linstow en 1875 (com- 
pendium der Helmintologie y TrocheVs Archiv ^ 1875), debe 
considerarse hoy día como correspondiente á las larvas de Fi- 
laria labiato-papillosa , que se desarrollan en Stomoxys calci- 
irans (según las investigaciones de Noé ). 

6. Posibilidad de la transmisión de otros Nematodes , de Cesto - 
des y Trematodes por los < Dípteros » . 

No se conocen otros casos, fuera de los expuestos en estos 
capítulos, de intervención de los Dípteros en la transmisión de 
gusanos parásitos del hombre ó de los animales domésticos. 

Sin embargo, de algunos Cestodes, y de muchos Trematodes 
y Nematodes, parásitos del hombre ó de los animales domésti- 
cos, nada sabemos acerca del modo como penetran en el orga- 
nismo del huésped vertebrado. 

¿Pueden ejercer los Dípteros algún papel en su transmisión? 

Por lo que se refiere á los Cestodes, la hipótesis es poco 
probable, quizás desde luego inadmisible; cuanto se conoce de 
la evolución de estos seres y por otra parte del habitat, cos- 
tumbres y relaciones de los Dípteros con el hombre y los ani- 
males domésticos, excluye a priori esta transmisión. 

En lo tocante á los Trematodes nada cierto puede afirmarse- 

En los casos del Paragonymus ivestermatii ( ó Distoma pul- 
monale), que ocasiona una forma de hemoptisis endémica en 
Japón, esporádica en Filipinas; del Opisthorchis sinensis, del 
Opisthorchis conjunctum (Distoma conjunctum, etc.), de la 
misma Bilharxia (Schistosomum hematobium), de los géneros 
Fasciolopsis , Heterophyes ( Mesogónimus) y Amyhistomum (ó 
Gasirodiscus) , etc., poco ó nada sabemos acerca de la suerte 
del Miracidium , desde que éste sale del huevo en el organismo 
del huésped vertebrado (hombre ó animales domésticos), for- 



- 501 - 

mación de redias y cercarías, y transmisión definitiva. Sin 
embargo, la determinación del ciclo evolutivo de la Fasciola 
hepática (Leuckart) hace pensar que algo semejante ocurra 
en estas especies y géneros afines. La intervención de los Díp- 
teros hematófagos parece descartada en semejantes casos. 

A pesar de eso, no podemos olvidar que un Trematode en- 
quistado encuéotrase con alguna frecuencia en el organismo 
del Anopheles claviger y muy probablemente de otros Culíci- 
dos. Trátase de una forma de Distoma, aplastado, ovoideo, 
con una ventosa anterior grande, y ventosa posterior en co- 
rrespondencia de la mitad del cuerpo, en su cara ventral. Há- 
llase á veces libre (¿forma adulta?) en la cavidad general, en 
el abdomen; más generalmente se encuentra enquistado, sien- 
do los quistes de las dimensiones medias de 150 \). á 250 ^i 
y en número de 4 á 10 por cada huésped (Anopheles). Duran- 
te la primavera, es muy raro encontrar mosquitos que hospe- 
den á semejante parásito (observaciones del Dr. Martirano); 
durante el verano y el otoño llega á encontrarse en el 40 por 
100 de los mosquitos que se examinan. 

Es de toda evidencia, que el insecto perfecto (Anopheles) 
debe llevar ya las cercarías enquistadas en su organismo, des- 
de que sale del involucro de ninfa. Muy probablemente, las 
larvas son invadidas por una cercarla acuática libre ó bien por 
un miracidio que cumple en ellas toda su evolución. 

De todos modos, este ejemplo debe ponernos en sospecha y 
hacernos pensar que es posible el desarrollo de Trematodes en 
un huésped invertebrado del orden de los Dípteros (Culícidos). 

Por fin, entre los Nematodes, aparte el caso ampliamente 
tratado, de los Filar idae, se ha encontrado en la cavidad ge- 
neral de larvas y ninfas de los Culícidos una forma joven (¿es- 
tado larval, forma de desarrollo?) del género Mermis, gusano 
que se halla libre en su período adulto; aunque no esté deter- 
minada como especie la forma parasitaria encontrada en lar- 
vas y ninfas de Culícidos, debe ser próxima al Mermis ni- 
grescens. Larvas y ninfas que hospedan este parásito, mueren 
casi todas (probablemente todas en absoluto, dejando libre al 
nematode ya llegado á su madurez). Cabe, sin embargo, la pre- 



— 502 — 

guata de si en otros casos parecidos, las formas larvales de al- 
gún Nematode puedan penetrar en larvas y ninfas de Dípte- 
ros hematófagos (larvas y ninfas acuáticas 6 terrícolas), y per- 
manecer en el insecto perfecto, para llegar así al huésped de- 
finitivo (vertebrado) , por medio de la picadura. 

Nada sabemos acerca del modo de transmisión de Scleros- 
toma equinum (Sclerostoma armatum^ 6 Strongylus eqai- 
ñus) frecuente en asnos y caballos. Los estudios de BoUin- 
ger sobre el desarrollo de las formas larvales de este parási- 
to en los vasos (arterias) donde determinan lesiones importan- 
tes (aneurismas) , no pueden considerarse como definitivos, 
porque falta la prueba absoluta de que los rhabditos nacidos 
de los huevos, y libres en el agua ó en la tierra húmeda, pe- 
netren directamente en el tubo digestivo y luego atraviesen los 
tejidos para llegar á los vasos. Cabe pensar que dichas formas 
de desarrollo (rhabditos) puedan penetrar en el organismo 
larval de Dípteros hematófagos y luego, llegados éstos al es- 
tado de insectos perfectos, ser transmitidos por la picadura en 
los tejidos y en el sistema circulatorio del huésped vertebrado 
(caballos, asnos). 

El ejemplo de este caso sirve igualmente para muchos otros, 
pues de varias especies de Nematodes parásitos desconocemos 
por completo la vía de penetración en el organismo humano y 
de los animales domésticos. 



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Tropen Hygi^ne , VI, n. 10, p. 352, 1902.) 



INDICK 

DE LAS MATERIAS CONTENIDAS EN ESTE NÚMERO 



pXgs. 

XIV.— D. José E,amón Luarco, por José Eodríguez Moit- 

relo B63 

XV.— Ensayo de óptica geométrica, por Vicente Floren 

Acero 3S0 

XVI. — Estudios acerca de los Dípteros y de los parásitos 
que transraiten al hombre y á los animales do- 
mésticos (continuación), por Gustavo Pittaluga. . 402 



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DE LA 



KEAL ACADEMIA DE CIENCIAS 



EXACTAS, FÍSICAS Y NATURALES 



DB 



MADRID 



(Diciembre de 1Q05.) 



"^MADRID 

IMPRENTA DE LA "GACETA LE MADRID,. 

CAIOiK DB P0NTBJ08, KÓM. 8. 

1©06 



**. 



ADVERTENCIA 



Los originales para la Revista de la Academia 
se han de entregar completos, en la Secretaría de 
la Corporación, antes del día 20 de cada mes, 
pues de otro modo quedará su publicación para 
el mes siguiente. 



JÜL 11 130« 



- 505 - 



X Vil— Estudios íicerea de los Dípteros y de los pa- 
rásitos que transmiten al hombre y á los animales 
domésticos. 

Por el Dr. Gustavo Pittaluga.- 

(Continuación). 

CAPÍTULO VIII 

Observaciones sobre los esporozoos transmitidos por 
los dípteros, muy en particular sobre los parásitos 
del paludismo humano. 

Tres especies — hasta hoy conocidas — de esporozoos pa- 
rásitos de la sangre, determinan en el hombre las diferentes 
formas de fiebres intermitentes y las distintas manifestaciones 
clínicas del Paludismo (Malaria; SezOes, Sezonismo, en Por- 
tugal; Agüe en Inglaterra). 

Las tres especies se transmiten, al parecer, exclusivamente 
por medio de mosquitos (Culícidos) en cuyo organismo tiene 
lugar la fase esporogónica (reproducción sexuada) de su des- 
arrollo. 

Protozoarios muy parecidos, cuya situación y distribución 
sistemática dentro de la clase «Sporozoa» no está aún fijada 
de una manera definitiva ni aceptada con unánime acuerdo, se 
encuentran como parásitos de otros mamíferos y vertebrados, 
y muy en particular de las aves. Su estudio facilita en gran 
parte la interpretación del ciclo evolutivo de los parásitos pro- 
ductores de las fiebres palúdicas en el hombre. 

1. Tres períodos podemos distinguir en la historia de las 
investigaciones sobre parasitología de la infección palúdica, 
desde el descubrimiento ó hallazgo de La verán (1880) hasta 
nuestros días. 

El primero y segundo período abarcan en conjunto los diez 
y ocho años que van desde 1881 á 1899. Un estudio crítico 
acabado de lo que durante este tiempo vino conociéndose y 
averiguándose respecto de la morfología, taxinomia y biología 

Eev. Acad. Ciencias.— III.— Diciembre, 1905. 34 



— 506 — 

del parásito, así como también una exposición completa de 
los datos experimentales y epidemiológicos acerca del conta- 
gio y transmisión del paludismo, encuéntranse en las dos co- 
municaciones del Dr. Rodríguez Méndez al Congreso de Hi- 
giene de Madrid (1898): «Las enfermedades protozoarias 
desde el punto de vista higiénico» y «Sobre el contagio del 
paludismo» (publicadas en la Oac. méd, caial., 1898-99) (1). 

El primer período (18811891) fué de incertidumbres, du- 
das y pesquisas mal seguras sobre los caracteres zoológicos y 
biológicos de los parásitos hallados por Laveran, y sobre las 
relaciones existentes entre las formas endoglobulares y hemá- 
ticas en general, y las manifestaciones clínicas del paludismo. 

Los nombres de Oscülaria malariae (Laveran, 1883), Plas- 
modium (Laveran, 1885; Marchiafava y Celli, 1885), Hae- 
matophijUum (Metschnikoff , 1887), Haematomonas (Os- 
lar, 1887), en el sentido en que entonces los aplicaron estos 
autores, quedan como recueidos históricos, así como los de 
Cytoxoon , Polymitus , Laveratiia (Danilewsky, 1891) y 
Haemamaeba (Grassi y Feletti, 1890). 

Durante el segundo período (1891-1899), estableciéronse 
las relaciones que interceden entre las formas hemáticas y las 
manifestaciones (períodos, accesos é intermitencias) de las 
fiebres palúdicas, quedando al mismo tiempo aclarados los ca- 
racteres zoológicos y biológicos distintivos de las formas fun- 
damentales de parásitos, y los del grupo á que pertenecen en 
la escala zoológica y en el sistema taxonómico. Golgi debe 



(1) El Dr. Rodríguez Méndez ha publicado durante estos úl- 
timos años en la Gaceta méd. cat. el resumen de los trabajos más 
importantes que han venido á luz en Italia, Alemania é Inglate- 
rra. Muy particularmente debe elogiarse la publicación in exten- 
so de la Memoria de Lühe (Catedrático en Konigsberg) : «Ergeb- 
nisse der neuren Sporozoenforschung » (Zusammenfassende Dars- 
tellung mit besonderer Berücksichtigung d. Malariaparasiten 
und ihrer nachsten venvandten) — con 35 fig. en el texto (ver- 
sión castellana) ; — Memoria excelente, y digna, por todos los 
aspectos, de ser tenida en gran cuenta en el estudio parasitoló- 
gico del paludismo. 



— 507 - 

considerarse como el representante de este período de intensa 
y eficaz investigación. De sus trabajos, y de los de Marchia- 
fava y Celli, Canalis, Antolisei, Bignami y Bastianelli, Grassi 
y Feletti, confirmados y ampliados por Mannaberg, Kocb, 
Thayer, Hewetson, etc., ha surgido la doctrina de la plurali- 
dad de las especies parasitarias , en contradicción á la doctri- 
na unitaria, que Laveran ha persistido en sostener hasta hace 
muy poco tiempo. 

Hoy día, si puede haber discusión entre los zoólogos en lo 
que toca al modo de clasificar las especies de parásitos, no 
puede caber duda de ninguna clase sobre la diferencia de los 
tipos febriles y su correspondencia con distinta forma de agen- 
te patógeno. Esta afirmación, que mis personales observacio- 
nes, durante los últimos tres años, en España, me hacen acep- 
tar y sostener con la completa seguridad de que está fundada 
en los hechos , arranca desde los estudios de Golgi ; fué com- 
probada por los resultados experimentales obtenidos con la 
inoculación de sangre infectada en hombres sanos, llevada á 
cabo por Baccelli, Antolisei, Mattei, Grassi y Calandruccio, 
Mannaberg, Bastianelli y Bignami, etc. (véase el adjunto es- 
tado, págs. 508 y 509), y es para nosotros fundamento im- 
portantísimo de toda investigación acerca del ciclo evolutivo 
de los parásitos en el huésped invertebrado. 

Mannaberg , á quien debemos uno de los mejores trabajos 
sobre el paludismo, merece ser aquí recordado por haber sos- 
tenido, con el mayor acierto, la exactitud de los conceptos 
expuestos por los hematólogos italianos , y haber comprobado 
con detenidas investigaciones clínicas y epidemiológicas la 
pluralidad de las especies. 

Mannaberg, es verdad, no interpretó debidamente la signi- 
ficación de las formas semilunares, que llamó syncita (sinci- 
cios), esto es «elementos celulares reunidos ó conjuntos», cre- 
yendo haber visto ciertas formas plurinucleadas, que realmen- 
te se encuentran en la sangre de los palúdicos con antigua in- 
fección estío-otoñal ó tropical. Semejante interpretación le lle- 
vó á la distinción de excesivo número de formas parasitarias 
específicas. 



EXPERIMENTOS DE INOCULACIÓN DE SANGRE DE PALÜli 

CORRESPONDIENTES Á DETERMINAdI 



Nímiero. 



1 

2 



3 
4 
5 

6 

7 
8 



9 
10 



11 

12 
13 

14 

15 

IG 

17 
18 

19 
20 

21 
22 
23 
24 
25 



NOMBRE DEL AUTOR 



Gerhardt (Berlín) 

Giialdi y Antolisei (Roma) 

Gualdi y Antolisei 

Baccelli (Roma; 

D. Mattei (Catania) 

Grassi y Calandruccio . . . . 

D. Mattei 

Antolisei y Angelini 

Antolisei y Angelini 

Bein y Sakharoff 

Bein y Sakharoff 

Bein y Sakharoff 

Bein y Sakharoff 

Baccelli 

Mannaberg 

Bastianelli y Bignami . . . . 

Bastianelli 3' Bignami . . . . 
Bastianelli y Bignami . . . . 

Bastianelli y Bignami . . . . 
Bignami 

Bignami 

D. Mattei 

Agrámente 

Caccini (Roma) 

Caccini (Roma) 



[lia. 



1888 
1889 



1889 
1890 
1891 
1891 
1892 
1894 



1894 
1892 



1892 

1892 
1892 

1892 

1892 

1895 

1895 
1895 

1895 
1895 

1895 
1895 
1901 
19(2 
1902 



TIPO DE FIEBRE Y ESPECIE DE PARASITOfl 
QUE contenía la SANGRE INYECTADA 



( 



Terciana (Falta examen de la sangre) . 
Cuartana (Formas esquizogón.) 



Cuartana (id. id.) 

Cuartana (id. id.) J 

Cuartana (Formas endoglobul.) 

Cuartana (id.) ,' 

Cuartana (id.) ,| 

Terciana (Parásitos endoglobul. jój 
venes) 



ídem id. id 

Terciana (Parásitos endoglob.). 



ídem id. id. 

ídem id. id. 
ídem id. id. 



Terciana (Formas de reproducción esquL 
zogón.) 1" 

Terciana (Sedimenc. glob. Centrifug.- 
Inyec. subcut.) 

Parásitos de la fiebre tropical 



ídem id. id 
ídem id. id 



ídem id. id 
ídem id. id , 



ídem id. id 
ídem id. id 
ídem id. id 
ídem id . id 
ídem id. id 



■i) 



I 



eos PARA LA REPRODUCCIÓN DE LOS TIPOS FEBRILES 

FORMA DE PARÁSITOS DE LA SANGRE 



CANTIDAD DE SANGRE INYECTADA 

MÉTODO y OTRAS OBSERVACIONES 



Vj cm. cúb. (subcut.?) . . . 

2'cm. cúb. — I Parásitos 
abuud.) (invecc. endo- 
venosa) 



ídem.— (endovenosa). . . . 
4 cm. cúb. (endovenosa). 
/o cm. cúb. (subcutánea) 

1 cm. cúb. (subcután.) . . 

2 cm. cúb. (subcut.) 

Inyección endovenosa: 
cantidad indetermi 
nada 

Vs cm. cúb. endovenosa . 
2cm. cúb. (sangre extraí- 
da por sanguijuelas) . . 



2 cm. cúb. (id. id.). 



ídem id. (id. id), 
ídem id. (id. id.), 



3 cm, cúb. endovenosa. 



0,2 cm. cúb 

2 cm. cúb subcut. 



5 cm. cúb 

V. cent. cúb. subcut. 



una gota (subcut.) 
ídem id. id 



ídem id. id. 
2cm. cúb.. 
ídem. id. . . 

1 cm. cúb.. 

2 cm. cúb. . 



Días 

Je 
infubatiOii 



15 

12 
12 
18 
18 
11 



11 

11 

12 

12 

9 
9 



21 
2 

2 
5 

4 
6 

10 
14 

11 

? 



TIPO DE FIEBRE fllE SE PRODUJO 

y espooic o forma de parásitos 
que se encontraren en la sangre. 



Terciana 



CBSERVACIONES 



Cuartana. — V&xk?,itos ti- 
pióos cuartán [Plasmodiummalariae] 

ídem id. id ídem. 

ídem id. id ídem. 

ídem id. id ídem. 

ídem id. id ¡ídem. 

ídem id. id Ildem. 



Terciana doble. — Pará- 
sitos 

Fiebre irregular, luego 
Terciana típica 

Fiebre ligera, breve. Pa- 
rásitos en la sangre. . . 

Terciana doble (Pará- 
sitos) 

Ídem (id) 

Terciana, luego Terciana 
doble 



Terciana 



ídem 

Fiebre irregular (Parási- 
tos tropic.) 

ídem id. id. id 

Terciana estío otoñal 
(Tropical) 

Fiebre irregular 

Terciana tropical (perni- 
ciosa) 

ídem id. id 

ídem id. id 

Cuotidiana 

ídem 

ídem 



[Pl.vivax] abundantes 

[Pl. vivax.\ 

[Pl. vivax.] 

ídem, 
ídem. 

ídem. 

ídem. 

ídem. 

Laverania malariae. 
ídem. 

ídem, 
ídem. 

ídem, 
ídem, 
ídem, 
ídem, 
ídem, 
ídem. 



- 510 - 

Teniendo en cuenta los resultados concretos de todo este pe- 
ríodo, puede decirse de todos modos que ya quedaba estable- 
cida la distinción entre: 

1. Una forma de parásito productor de las fiebres cuarta- 

nas (cuya multiplicación asexuada, directa, esquizogó- 
nica averiguase en la sangre [sangre de los órganos in- 
ternos] cada 72 horas): 

Aniaeha febris quartanae 6 Plasmodiiim malariae 
quartanum (Golgi, 1890-91) ó Haemamaeha 
jnalariae varietas quartanae (Labbé^ 1894). 

2. Una forma de parásito productor de las fiebres tercia- 

nas sencillas (tercianas primaverales de los autores 
italianos) (cuya multiplicación esquizogónica cüoiple- 
se en 48 horas) : 

Amaeha febris tertianae 

(Plasmodium malariae ieriianum) {Go\g\, 1891), 
ó Haemamaeba ?nalariae varietas tertianae (Lab- 
bé, 1894). 

3. Una forma, con aspectos variables al examen sistemáti- 

co hematológico^ al parecer muy complicada, de in- 
terpretación difícil, y que parecía producir las fiebres 
graves, malignas (tercianas estío-otoñales de los au- 
tores italianos), perniciosas y tropicales, las biduas 
de G. Baccelíi (tropen-fiebers de Koch). 

Entretanto adelantaban también los estudios citológicos, las 
investigacianes sobre la íntima estructura celular del parásito 
Vióse que éste poseía constantemente un núcleo y un nucléolo 
que luego resultó constituido de granulaciones cromáticas 
puestas de relieve en todas las distintas fases morfológicas 
por Mannaberg primero, por los modernos métodos de Roma 
nowsky, de Ziemann, de Ruge, de Koch, de Zettnow, de Nocht 
de Giemsa, en estos últimos años. 

El último período empieza con el año 1899. En 1899 apa 



— 511 — 

recio la monografía de Labbé « Sporozoa» en el Tierreich di- 
rigido por Bütschli; y precisamente apareció cuando ya habían 
sido publicadas las primeras noticias de los resultados experi- 
mentales obtenidos por Ross, Grassi, Bignami y Bastianelli, 
con la transmisión de los parásitos del paludismo por los mos- 
quitos del género Aiiopheles y coa el estudio de su desarrollo 
en el organismo del huésped invertebrado. Labbé no pudo apro- 
vechar estos datos, y su clasificación careció de interés y cayó 
en el olvido al poco tiempo de haberse publicado: constituyó 
una tentativa de revisión de la clase « Sporozoa » , que mere- 
ce, de todas suertes, ser considerada como la que representa 
exactamente y con gran copia de datos el estado de los cono- 
cimientos zoológicos acerca de semejantes protozoarios pará- 
sitos, en el último ó en los últimos años del siglo xix (1). 

Desde aquella fecha , al propio tiempo que se aclaraban los 
caracteres biológicos de los Esporozoos de la sangre (Hae- 
mosporidia), complicábase siempre más la nomenclatura, y 
sobre todo resultaba cada día menos fácil y sencilla la clasifi- 
cación de géneros y especies, tanto de los Hematozoarios hu- 
manos, como de los que viven en las aves y en otros animales 
vertebrados. 

2. En la actualidad podemos aceptar la siguiente división 
de la clase «Sporozoa»: 

Classis: SPOROZOA. 

I Tribus: Telesporidia (Schaudinn). 

(Sinón. Cytosporidia Labbé.) 

I Orden: Gregarinas. 

(G?'egan?i¿da.) 

(Formas parasitarias en intestino ó cavidad gene- 
ral (celoma) de muchísimos Invertebrados, sobre 



(1) Una nota de Labbé en el Tierreich advierte que el Manus- 
crito de su Monografía estaba acabado y había sido entregado ya 
en el año 1897 , Noviembre. 



- 512 - 

todo de Artrópodos , raramente de Moluscos: al pa- 
recer, nunca de Vertebrados.) 

(Las gregarinas tienen desarrollo endocelular du- 
rante un primer período de su vida: penetran con as- 
pecto de esporoxoito dentro de una célula del tejido 
del huésped, alcanzan allí su forma y estructura de 
gregarina adulta [con el cuerpo en parte fuera de la 
célula huésped], y luego viven libres en el intestino 
ó en la cavidad general.) 

a) Polijcijstina (<5 Cephalina). 
h) Monocystina (ó Acephalina). 

II Orden: Coccidiida. 

(Parásitos endocelulares en parte, sobre todo de 
los tejidos de animales Vertebrados: raramente de 
Invertebrados [ — hay que hacer muchas reservas so- 
bre este extremo — |. Las células epiteliales consti- 
tuyen el habitat más frecuente de los Coccidios^ á 
pesar de que se encuentran á veces quistes mesodér- 
micas, derivadas secundariamente de un desarrollo 
endoepitelial (intestino, hígado y glándulas del tubo 
digestivo en general; riñon; órganos genitales.) 

a) Polyplastina. 
h) Olygoplastina. 

III Orden: Haemosporidiida. 

(Sinón. Haemosporidia Danilewskyi, Haemocyto- 
zoa, Haemamaehida , etc.). (Comprende los Qym- 
nosporidia de Labbé, aunque separados en una fa- 
milia aparte.) 

1.'"^ Familia: Cytosporidiidae. 

(Sinón. Haemosporidiidae strictiori sensu, Labbé, 
1898. — Haemoyregarinidae, Kruse, 1890. — Hae- 
mosporea v. Vasilewskyi, aceptado por Blanchard, 
1904-1905.) 



- 513 — 

(Parásitos endoglobulares en la sangre de Verte- 
brados de sangre fría (Batracios, Reptiles; algunos 
en los Peces); — con período de vida libre en el plas- 
ma — y con un período esporogónico ó de reproduc- 
ción sexuada en invertebrados (huéspedes interme- 
diarios según la definición de Koch ; huéspedes defi- 
nitivos según el concepto biológico.) 

La clasificación de estas formas resulta sumamente 
difícil en este momento. Es muy posible, según he- 
mos advertido en una publicación precedente (1 ), 
que muchas de ellas pasen por una fase de Tripano- 
soma, y deban, por tanto, considerarse como una 
sola especie ciertas formas endoglobulares hasta 
ahora incluidas en esta familia de Haemosporidios, 
y las formas tripanosómicas correspondientes, que 
como flagelados separábanse y sepáranse por com- 
pleto de aquéllas en la actual clasificación. 

Nos limitaremos á consignar aquí que en la fami- 
lia Cytosporidiidae se comprenden hoy día 3 gé- 
neros: 

1 gen. Lankesterella (Drepanidiiim) (en Ranas). 

2 géi. Caryolysus (en Reptiles), 

3 gen. Haemogregarina (Peces y Batracios). 

Este género comprende, desde luego, formas dis- 
tintas, que habrá que separar, teniendo en cuenta 
sus relaciones con las formas de Tripanosomas que 
se encuentran en los mismos huéspedes vertebrados, 
y de su evolución esporogónica. 

[Cytamaeha, Dactylosoma, Haemapium, no pue- 
den aceptarse como géneros bien determinados.] 

2.* Familia: Acystosporidae. 

(Sinón. Gymnospof'idiae Labhé, 1894:; Acystospo- 



(1) G. PiTTALUGA. — Sobre los caracteres morfológicos y la cía. 
sificación de los Tripanosomas.— ('i^ey. de la B. Acad. de Ciencias- 
Madrid, Abril de 1905). 



— 514 - 

ridia, von Vasilewsk^'i, 1896, Acystosporea Blan- 
chard, 1904.) 

(Formas endoglobulares en Vertebrados de sangre 
caliente; formas sexuadas en la sangre del huésped 
vertebrado, pero estériles mientras permanezcan en 
este medio ambiente; período de reproducción espo- 
rogdnica en el organismo de huéspedes invertebrados 
(Artrópodos). 

I.'* gen.: Plasmodium (con 2 especies: 
Pl. malariae. 
Pl. vivax). 

2.° gen.: Laverania (esp.: Lav. ynalai'iae, 
y probablemente 2 variedades: 

Laverania malariae varietas mitis 
Laverania malariae » immits) 

[Estas tres especies, separadas por nosotros, de 
conformidad con los estudios de Grassi, Bignami, 
Bastianelli y Marchiafava, en dos géneros, son pa- 
rásitas del hombre, y constituyen los agentes patóge- 
nos de las fiebres palúdicas.] 

S^^ gen. Haemopj^oteits = Halte7'idium: in part. Try- 
panosoma , Schaudinn). 

(Pará^it.) de las aves: se ha encontrado en la san- 
gre de Passer domesticus , P. monianus , Athe?ie 
noctua, Alauda arvensis , Columba liria, Corvus 
corax, Falco, Sturnus^ Fringilla, Buteo, Melospixa, 
Emperixa, Agelaeus (A. phoeniceiis) , etc.). 

4.° gen. Proteosoma (sin. Plasmodium Danilewskyi). 
(Id. en las aves; menos frecuente que Haemopro- 
ieus; en gen. Alauda, Fringilla, Passer, etc.). 

5.° gen. Spirockaete (Schaudinn) (¿bonum genus?). 
(Id. en Alheñe noctua.) 

6.0 gen. Polychromophilus ^ y 

7.° gen. Achromaticus (Dionisi, 1898), 



— 51o - 

(los dos en los murciélagos: Vespertilio niiu'inus, 
Miniopterus Schreibersi, Vesperugo noctula etc.) 

8.° gen. Haemomjtoxooyi (H. sciuri). 

(En ardillas del gen. Sciurus griseimamis, Vas- 
sal, 1905) 

II Tribu: Neosporidia (comprende: Mixosporidia, Sar- 
cosporidia, Microsporidia, etc.). 

La complicada sinonimia de estas formas específicas, que 
considero innecesario reproducir en este lugar, se encuentra 
expuesta con todos los detalles en las Monografías de Labbé, 
antes citada, de Neveu-Lemaire, de Schaudinn, y en la re- 
ciente obra de R. Blanchard. Sólo diré que el gen. Haemopro- 
tens corresponde en parte al nov. gen. Trypanosoma Schau- 
dinn (especie Trypatiosoma noctiiae), sin que pueda aceptar- 
se por definitiva semejante denominación, mientras no se ave- 
rigüen y establezcan las relaciones existentes entre estos pará- 
sitos y las formas que con igual nombre (Trypanosoma) van 
comprendidas en los Flagelados. Desde luego podemos afirmar 
que el género Haemoproteus comprende formas distintas, que 
pertenecen quizás á diferentes géneros y sin duda ninguna á 
más de una especie. 

3. Según queda dicho, yo mantengo la distinción de los 
géneros Plasmodiiim y Laveraiiia. La mayor parte de los re- 
cientes autores, Blanchard, Manson, el mismo Schaudinn, 
comprende en el solo género Plasmodium las tres especies: 

Flasmodium vivax. 

Plasmodium malarias. 

Plasmodium praecox (s. inmaculatum) , 

que producen, respectivamente, en el hombre, las fiebres de 
tipo tercianario, cuartanario y tropical (estío-otoñales, biduas, 
cuotidianas, tercianas malignas ó perniciosas irregulares). Sin 
embargo, el carácter de las formas sexuadas, su diferente as- 
pecto morfológico, el distinto período de reproducción mono- 
gónica ó esquizogónica, son datos suficientes para la distinción 
de géneros. Los parásitos que determinan las fiebres de tipo 



— 516 - 

tercianario y cuartanario (Plasmodmm vivax el primero, Plas- 
moclium malariae el segundo) diferentes por determinados 
caracteres, entre ellos importantísimo el de la intermitencia 
entre los períodos de reproducción monogónica en la san- 
gre, se apartan, sin embargo, mucho más de la otra espe- 
cie: puesto que las formas sexuadas que se presentan en la 
sangre (gametos), son de aspecto redondo en las dos primeras; 
son constantemente ó adquieren siempre en determinado pe- 
ríodo, aspecto ovoideo, alargado y de media Urna (semiluna- 
res) en la tercera, es decir, en aquella especie que se en- 
cuentra como propia y característica de las fiebres graves^ 
malignas ó perniciosas , y de las manifestaciones clínicas más 
rebeldes, largas y crónicas de infección palúdica. Erróneamen- 
te — en mi entender — sostiene Blanchard en su reciente Tra- 
tado, que el carácter morfológico de los gametes (formas se- 
xuadas) es secundario, y no constituye argumento suficiente 
para la separación de los géneros. Es que dicho carácter mor- 
fológico de los gametes (semilunares en el género Laveranid) 
va junto con otros caracteres^ no tan sólo morfológicos, sino 
esencialmente biológicos, que diferencian en modo absoluto 
esta forma del parásito de las dos especies productoras de las 
intermitentes tercianas y cuartanas. 

Sobre este punto, las conclusiones de los investigadores ale- 
manes (Koch, Plehn, Ruge, Ziemann, Nocht, etc.) coinciden 
exactamente con los resultados de las observaciones largas y 
numerosísimas, que desde tantos años vienen reuniendo los ita- 
lianos (Marchiafava, Bignami,Grassi e Feletti, Bastianelli, etc.). 
y nosotros no insistimos en ello tan sólo para diferenciar la 
especie parasitaria desde el punto de vista zoológico, lo cual 
entraña en última análisis muy escasa importancia y un inte- 
rés muy reducido para los estudios prácticos de las manifes- 
taciones epidemiológicas y clínicas: muy al contrario, es que 
semejante distinción sirve de fundamento para separar, den- 
tro del cuadro de la infección palúdica, aquellas formas que 
realmente se apartan por uno ú otro síntoma, por el tipo clí- 
nico, por la evolución de la enfermedad, por sus consecuen- 
cias, por su acción sobre el organismo, por sus agudas y per- 



— 517 — 

niciosísimas manifestaciones á veces, de las comunes tercianas 
y cuartanas, endémicas y frecuentes en todas las comarcas pa- 
lúdicas de España de Italia, de Francia, y aun de Inglaterra 
y Alemania. 

En conjunto, en éste como en tantos otros casos, la parasi- 
tología y el examen hematológico, fundado en los conocimien- 
tos que aquélla nos proporciona, vienen á confirmar un dato 
clínico y epidemiológico desde mucho tiempo conocido por los 
observadores, desde Torti en Italia, desde el mismo Mercado 
en España. Las infecciones producidas por los parásitos del 
género Laverania ( Plasmodiiim praecox 6 Plasmodium falci- 
pariim) son infecciones graves todas ellas, aunque de distinto 
tipo: agudas á veces, con rápida, fulmínea evolución; otras 
veces, de curso crónico, mas con manifestaciones de intensa 
destrucción orgánica, de caquexia irreparable. En el primer 
caso, el síntoma «fiebre»^ el más importante para el médico, 
suele conservar intermitencia típica, período accesional cons- 
tante, en los primeros días (tercianario ó cuotidiano); pero pronto 
este cjirácter se pierde, y los accesos se hacen subintrantes, se 
sobreimponen, se suceden con excesivo desorden, de tal suerte, 
que la curva térmica difícilmente se reconoce. Si la enferme Jad 
perdura, se establece un tipo de fiebre irregular, con intermi- 
tencias y recaídas, que adquieren á veces excepcional gravedad 
y que las sales de quinina no logran dominar por completo. Por 
lo general, sin una intervención rápida y pronta, que exige casi 
siempre suministración inmediata de quinina por vía hipodér- 
mica, y en gran Íes dosis, el enfermo sucumbe en los primeros 
días con síntomas intestinales ó nerviosos de forma aguda y de 
extraordinaria intensidad {ñebres perniciosas de los autores ita- 
lianos, fiebres malignas de los españoles). Puede haber perni- 
ciosas comatosas, delirantes, apoplexiformes, ictéricas, tifoi- 
deas, etc. La anatomía patológica demuestra, en modo termi- 
nante, que la multiplicación de infinito número de parásitos 
endoglübulares (multiplicación esquizogónica, ó monogónica, ó 
asexuada), y su localización en los órganos internos, cuyos ca- 
pilares hállanse verdaderamente atestados de glóbulos rojos 
infectados por dichas formas, son causas de las alteraciones 



— 518 — 

funcionales y de las graves lesiones anatómicas que llevan á 
estos enfermos á la muerte. En las autopsias de perniciosos, 
esto es de individuos muertos á consecuencia de la infección 
por parásitos del género Lavemnia , dos caracteres saltan casi 
siempre á la vista, y son: el aspecto de la superficie de sec- 
ción del cerebro y el estado del bazo (hablo de aspectos ma- 
croscópicos). Al corte longitudinal mediano, la superficie de 
sección del cerebro aparece de un color pardusco, y más exac- 
tamente, de un color de pizarra, que es característico de la 
localización abundante de los parásitos melanígenos en los va- 
sos cerebrales: numerosas hemorragias puntiformes se obser- 
van al mismo tiempo. £1 bazo, abultado, obscuro, de un color 
morado y á veces casi negro, al abrir la cápsula deja saür, for- 
mando hernia, la pulpa reducida en masa pultácea, blanda, 
sin consistencia de tejido. Este aspecto es típico, y jamás se 
olvida cuando se ha visto una vez. 

Semejantes formas de infección palúdica, son propias de re- 
giones de clima caliente (tropical y subtropical, mediterráneo 
sólo en parte). Suelen aparecer — por lo menos en Italia y en 
España — durante los meses de verano y sobre todo de otoño. 
Se presentan con carácter endémico, en Europa, tan sólo en la 
Rusia meridional, en la península balcánica y muy en particu- 
lar en el Sud de Italia , en Sicilia , sin que falten en la campiña 
de Roma y en las Paludes Pontinas: por lo que á España se re- 
fiere, en las provincias de Huelva, de Badajoz y Cáceres, en 
las de toda Andalucía y en parte de la costa mediterránea 
oriental, si bien en medida muy reducida. Con extraordinaria 
frecuencia é intensidad se presentan en las regiones tropicales^ 
y constituyen una de las más graves manifestaciones de la pa- 
tología africana, americana y asiática. 

Pero la infección por parásitos del género Laverania (con 
gametes semilunares), no siempre toma el carácter ni se des- 
arrolla con la intensidad y en la forma ahora descrita. A veces, 
sin fenómenos agudos impresionantes, después de un breve 
período febril de tipo indeterminado (fiebre irregular), empie- 
za un largo período de sufrimientos, de decaimiento orgánico, 
de anemia irreparable, de caquexia, que — muy probablemente 



- 519 — 

por distintas condiciones de resistencia individual, de reacción 
de los órganos heraopoiéticos y otras — pueden durar mucho 
tiempo^ pueden á veces combatirse victoriosamente con opor- 
tuna é insistente suministración de quinina y de arsenicales, ó 
bien llevan al enfermo, tras largos y multiformes padecimien- 
tos , á la muerte. 

Una distinción clara, una separación absoluta de estas for- 
mas de curso lento (crónico) por un lado, y de las antes des- 
critas, agudas, rápidas, perniciosas, por otro lado, no es fácil 
clínica ni epidemiológicamente. Sin embargo, puede afirmarse 
que en España el tipo de infección últimamente indicado se 
encuentra con bastante frecuencia en las provincias de Sala- 
manca, en parte en las de Extremadura y, sobre todo, en las 
de la vieja Castilla y de Cataluña (cosía mediterránea desde 
Gerona hasta Tarragona), como también en las de Castellón y 
Valencia. 

4. En su conjunto, las manifestaciones clínicas de la infec- 
ción por Laverania maJariae (ó parásito de las fiebres tropica- 
les), constituyen la verdadera Malaria grave. Estas son las fie- 
bres que los italianos llaman estío- otoñales y Koch Tropenfie- 
bers. Ya hemos dicho que el período de intermitencia ó período 
accesional de estas formas de infección palúdica suele aparecer 
irregular, discontinuo, complicado, de interpretación clínica á 
veces difícil ó mal segura. 

No faltan numerosas investigaciones dirigidas á averiguar si 
en los distintos tipos de intermitencia febril que se observan 
dentro del cuadro clínico de la infección palúdica grave, se en- 
cuentren especiales parásitos, que puedan darnos razón del po- 
limorfismo sintomático y sobre todo de esas diferencias en los 
caracteres de la curva térmica. Así es que la cuotidiana trópi- 
ca ó cuotidiana « estivo- autiimnalis», ha sido atribuida por 
Mannaberg con criterio clínico, por Caccini (Roma), reciente- 
mente, con fundamentos experimentales, pero no parasitoló- 
gicos, á una forma específica de Plasmodium febris quoti- 
dianae. 

Por lo que yo he observado en mi estancia en las Paludes 
Pontinas (Terracina, Italia), en la misma campiña de Roma 



— 520 - 

(Ostia, 1901), en la provincia de Cáceres, en España, la cuo- 
tidiana pura, quotidiana vei'a , es rarísima, excepcional, y al 
examen de la sangre no se descubren formas diferentes de las 
propias y características del parásito de las estío-otoñales (La- 
verania , formas endoglobulares pequeñas, con escaso pigmen- 
to); en la mayoría de los casos, la cuotidiana representa un pe- 
ríodo de transicción de la terciana estío-otoñal, en cuyo perío- 
do dos generaciones esquizogónicas (ó bien una esquizogónica 
y una partenogenética) de los parásitos, vienen alternando la 
invasión globular, y por tanto producen en días alternos los 
síntomas característicos del acceso febril. Por demás, cabe de- 
cir que el parásito de las infecciones estío-otoñales ó tropica- 
les ( Laverania) , no posee absoluta y constante fijeza de pe- 
ríodo monogónico , como los de la terciana sencilla ó primave- 
ral {Plasmodium vivax) y de la cuartana (Plasmodium ma- 
lai'iae) . Con extrema facilidad, aun en las primeras generacio- 
nes, el parásito de las fiebres tropicales (Laverania) adelanta 
6 atrasa, por lo general adelanta progresivamente, el momento 
de la reproducción esquizogónica (lo que erróneamente lláma- 
se esporidación). 

5. Una de las más graves manifestaciones de la Malaria 
tropical es la hemoglobinurio, (Fiebre hemoglobinúrica, Black- 
Water Feb r). Algunos observadores (Kanellis, Montoro, etc.) 
pretenden igualmente que un parásito especial determine esta 
forma clínica. Los estudios de Tomaselli y Mnrri (1895-1900), 
de Plehn en Camarones (Colonia alemana del Kameroon), de 
Koch y otros, demuestran que la Fiebre hemoglobinúrica debe 
considerarse como producida por una acciun hemolítica de 
ciertas combinaciones quinínicas en estados de grave infec- 
ción in aciu por parásitos del género Laverania. Es muy posi- 
ble que en ciertos organismos, la sola invasión globular por 
parte denlas formas esquizogónicas en número considerable, 
pueda determinar este fenómeno patológico: en la mayoría de 
los casos trátase desde luego de la acción combinada de la 
quinina. 

Hasta hoy, las tres especies ya indicadas: Plasmodium vi- 
vax (terciana), Plasmodium malariae (cuartana), Laverania 



- 521 — 

malariae (Fiebre tropical 6 estío-otoñal, etc.), deben conside- 
rarse — por lo menos en Europa — como las responsables de 
tod^is las varias manifestaciones clínicas ilel paludismo. 

Sólo yo me permito insistir en la distinción de dos varieda- 
des de Laverania: una Laverania malariae, varietas immi- 
iis , {)roductora de las fiebres trópicas agudas, de las pernicio- 
sas estío- otoñales antes descritas; y una Laverania malariae, 
varietas milis , productora de aquellas otras formas de grave 
infección malárica caracterizadas por un curso lento, por una 
acción crónica sobre el organismo. Las diferencias morfológi- 
cas entre estas dos variedades son en extremo difíciles de es- 
tablecer: por demás, no me entretengo en ulteriores discusio- 
nes acerca de este punto, por haber sido objeto de estudios ya 
publicados en precedentes trabajos (1). 

0. Tanto para el estudio clínico — que no constituye nues- 
tro objeto — como para el estudio epidemiológico, que sí nos 
interesa, importa conocer con toda exactitud el modo con que 
se determinan, la frecuencia y la duración de las Recidivas en 
los varios tipos de fiebre palúdica. 

Un tipo de infección palúdica, en que las Recidivas pueden 
observarse y estudiarse con relativa facilidad, es el de la Fie- 
bre cuartana. El Plasmodiiim malariae (parásito de la cuar- 
tana), cede, en su fase monogónica, á la acción de la quinina; 
pero cede por brevísimo tiempo; y las nuevas generaciones de 
merozoitos (esporozoitos monogónicos) vuelven muy pronto á 
invadir los glóbulos y aparecen en la sangre periférica. Esto 
no deja de suceder también con el Plasmodiiim vivax: y sin 
emfcargo, las tercianas suelen cesar definitivamante, sin que ya 
reaparezcan (salvo el caso de nueva infección primitiva), so- 
metiendo al enfermo á un tratamiento metódico con sales de 
quinina. 



(1) V. Investigaciones y Estudios sobre el Paludismo en Es- 
paña (pviblicados bajo la dirección del Dr. G. Pittaluga, en oca- 
sión del XIV Congreso internacional de Medicina, Madrid).— Un 
tomo de 260 pág. con 35 figs. y 6 lám., Barcelona, tip. la Acade- 
mia, Abril 1903. (v. pág. ^5 y sig., 113, 224-225.) 

Kev. Acad. Ciencias.— III.— Diciembre 1905. 35 



- 522 - 

Eq las cuartanas esto no ocurre tan fácilmente. Es observa- 
ción antigua y vulgar el que las cuartanas persisten rebeldes á 
todo tratamiento durante larguísimo tiempo, años y años, Es 
más: con interrupción de un período muy largo, también de 
muchos años, puede reaparecer de improviso una antigua y la- 
tente infección cuartanaria. 

Lo mismo puede ocurrir, y en efecto ocurre, con las infec- 
ciones por Laverania malariae [varietas mitis] . 

En tesis general (pues no deja de ser frecuente el caso en 
las tercianas), debe admitirse que «una antigua infección palú- 
dica puede reaparecer — con fiebre de igual tipo, ó con fiebre 
atípica — y manifestarse de improviso^ bajo un estímulo anor- 
mal cualquiera^ después de mucho tiempo — [años] — desde la 
primitiva invasión». 

La interpretación de estos hechos es en extremo difícil, y 
puede decirse que sólo un atento, detenido, escrupuloso estu- 
dio hematológico (parasitológico) y clínico, nos da razón de 
semejante fenómeno, que entraña uno de los más graves pro- 
blemas de la epidemiología del Paludismo. 

Mas sin el conocimiento previo de las formas que presentan 
en la sangre del huésped vertebrado (hombre) los parásitos 
productores délas fiebres palúdicas, no será posible interpre- 
tar convenientemente el papel que ejercen en las distintas fa- 
ses de su evolución. 

7. Los parásitos productores de las fiebres palúdicas (Plas- 
modium y Laverania) , presentan un ciclo evolutivo, probable- 
mente cerrado y exclusivo, entre el huésped vertebrado (hom- 
bre) y el invertebrado (mosquitos de la familia Culicidae 
sub-familia Anophelinae) . Si, fundándonos en un concepto 
biológico, entendemos por huésped definitivo el en que los 
parásitos llevan á cabo la reproducción sexuada, la que cons- 
tituye el momento más importante para la conservación de la 
especie, debemos considerar como huésped definitivo en este 
caso, al invertebrado, pues en él efectúase el desarrollo de las 
formas anfigónicas. 

El ciclo evolutivo de los parásitos del paludismo ha sido de- 
terminado en 1898-99 por las investigaciones de Grassi y sus 



- 523 — 

discípulos, precedidas por las de Ross (1897-98) sobre los 
Hetnosporidios (Proteosoma) de las aves , y por las de Manson 
sobre el desarrollo de las Filarias de la sangre en los mosquitos, 
según se ha dicho en los capítulos anteriores. 

La reproducción sexuada (es decir, caracterizada por el fe- 
nómeno de la fecundación), tiene lugar después de un cierto 
número (indeterminado) de generaciones asexuadas, generacio- 
nes que se producen por multiplicación directa, y que llámanse 
exactamente «esquizogónicas» ó « monogónicas». La genera- 
ción sexuada llámase «amfigonia» ó «esporogonia». 

La multiplicación directa, ó monogónica, tiene lugar (coa 
carácter de periodicidad) en la sangre (muy en particular en 
la sangre de los órganos internos) del huésped vertebrado 
(hombre). Los parásitos endoglobulares (monontes ó esquizon- 
tes), desarróllanse á cargo de la hemoglobina contenida en el 
estroma globular, y producen, como efecto de su especial me- 
tabolismo, granulos de pigmento (melanina, pigmento melá- 
nico) <iue se hallan esparcidos ó agrupados con distinto aspecto 
en el cuerpo del mismo parásito. 

8. Los métodos de investigación que se han adoptado por 
los varios autores con el fin de estudiar las formas hemáticas 
de los parásitos del paludismo humano, suelen tener siempre 
cierto carácter personal, en virtud del cual pierden todo valor 
de reglas precisas y generales. Esto me dispensa de hacer un 
examen crítico de tales métodos hematológicos. 

El examen directo de la sangre fresca constituye una prác- 
tica indispensable, siempre que se quieran escoger y sorpren- 
der momentos determinados de la evolución de las formas pa- 
rasitarias, ya sean éstas endoglobulares (ó monogónicas), ó ya 
se hallen libres en el plasma (en apariencia), correspondien- 
do en este caso á la fase hemática del ciclo esporogónico ó 
sexuado. 

Por lo que se refiere al diagnóstico hematológico, es aconse- 
jable el método de Koch, sencillo, rápido y mucho más se- 
guro que el examen directo de la sangre fresca. 

Para recoger la sangre sobre los cubreobjetos destinados á 
preparaciones teñidas y de algún interés para el estudio de las 



— 524 — 

formas hemáticas, he de consignar que el método aconsejado 
por Patrik Manson (pág. 47 de su III ed. ingl.: Jropic. diseases) 
no me ha dado jamás resultados correspondientes á mi deseo. 
Para obtener una capa de sangre fina, delgada, constituida de 
una sola serie de hematíes sobre el plano del cubreobjeto, con- 
sidero, por mi personal experiencia, muy preferible el método 
aquí representado en la figura 57, y que consiste en recoger 
la gota de sangre (de un pinchazo) en el borde de otro cubre- 
objeto, y con éste, deslizándole, arrastrándole en ángulo agu- 
do, dejar apenas trazada, apenas visible, la capa de sangre 
que queremos, sobre el cubreobjeto que debe utilizarse. 




Figura 57. — Representación gráfica del método aconsejado en el texto para recoger la 
sangre sobre cubreobjetos destinados á preparaciones teñidas para la investigación he- 
matológica. 



Aunque parezcan insignificantes estos pormenores y otros 
en que he tenido ocasión de fijarme, resultan, sin embargo, 
muy importantes en la práctica. 

Los métodos de coloración de los preparados de protozoa- 
rios en general, han sido objeto, durante estos últimos años, 
de numerosas publicaciones, todas ellas, en conjunto, encami- 
nadas á dar la interpretación y la mejor solución del problema 
de teñir en modo fijo y claro la cromatina nuclear, fundándose 
en las propiedades de una mezcla de Bleu de Metileno y Eosi- 
na, ya reconocidas y utilizadas por Romanowsky (Método de 
Romano wsky). 

Séame permitido, sin embargo, asegurar que el olvidado 
método de Mannaberg, aunque algo comiilicado en su técnica 



- 525 — 

original, y fácilmente reducible á mayor sencillez, y más aún 
los métodos de Grassi y Feletti, no dejan de dar á veces bue- 
nos resultados. Consiste el primero en: 

1.° Fijar (después de secados los preparados) en ácido acé- 
tico 1 gota-}- agua 20 c. c. 

2° Luego, en 

Ac. pícrico, soluc. concentr. ac p. 30. 

Agua dest p. 30. 

Acido acét p. 1 . 

S."" Alcohol abs 

4.° Teñir en la solución siguiente (vieja): 

Hematoxilina JO) , 

Alcohol ab.ol 100 i '°^'^' ^ P^'*'^' 

Alumbre ammoniac. soluc. '/¿ por 100, t. part. 2. 

(12 á 24 horas). 

5.° Diferenciar con alcohol nítr. -f- alcoh. ammon., etc. 

Como método de investigación clínica, aconsejaré siempre 
el método de Koch, fundado sobre el empleo de una solu- 
ción de: 

Carbonato sódico centigramos 30 

Azul de Metileno » 20 

en 

Agua destilada gramos 100 

Esta fórmula es susceptible de alguna modificación según 
la temperatura y la clase de color. Se aplica sumergiendo du- 
rante un segundo el cubreobjetos, que contiene la capa de 
sangre, sostenido con unas pinzas, en la solución; se le lava 
después abundantemente con agua, se seca la preparación y 
se monta en bálsamo del Canadá. 

Como se ve, este método requiere poco tiempo y da, por 
otra parte, buenos resultados; los hematíes quedan coloreados 
con un verde pálido ó con un tinte azul ligero, que, sin em- 
bargo, se modifica ó desaparece con el tiempo; el núcleo de 
los leucocitos se tiñe en azul obscuro, casi morado, y las formas 
endoglobulares del parásito se colorean también de azul en su 
protoplasma y en su nucléolo (cromatina) , con lo cual se dis- 



- 526 - 

tÍDgueu claramente del estroma* del glóbulo rojo. Las formas 
de la evolución sexual de los parásitos (gametos) se colorean 
en azul algo claro. Los granulos de melanina aparecen clara- 
mente en el citoplasma. 

Volviendo á los métodos del tipo Romanowsky, innecesario 
paréceme afirmar que las incertidumbres, las variaciones en 
los resultados y las numerosas modificaciones propuestas suce- 
sivamente por Ziemann, Zettnow, Korek, Ruge, etc., debidas, 
en parte, á la distinta procedencia de los productos ó substan- 
cias colorantes empleadas , tenían su razón fundamental en el 
desconocimiento absoluto de la acción recíproca de los cuer- 
pos (Bleu de Metileno y Eosina) que producían la coloración 
específica ó electiva. En realidad, el Bleu de Metileno, pro- 
cedente de ciertas fábricas (Lucius Meister & Br., Hoechst), 
determinaba, junto con la Eosina, la formación de un precipi- 
tado al que se atribuía la facultad de fijarse en la cromatina 
nuclear ó en los cromidics en general. Este pensamiento había 
sido expuesto ya por el mismo Romanowsky. Pero las condi- 
ciones en que este precipitado se formaba convenientemente, 
quedaban — y han quedado hasta ahora — en tal incertidum- 
bre, que cada investigador estaba, en realidad, obligado á bus- 
car cada vez, tanteando con algunas preparaciones destinadas 
á perderse, la técnica mejor, las proporciones en extremo va- 
riables, de las dos substancias, el tiempo que debía dejarse 
accionar la solución ó el precipitado, etc. 

Fué, en realidad, Nocht (Centralbl. f. Bakt. XXIV, p. 839) 
quien primero demostró que para obtener una buena y cons- 
tante coloración de la cromatina, se necesita un agente espe- 
cial, procedente de la descomposición del Bleu de Metileno, 
y que él llamaba por entonces: «Rojo procedente de la des- 
composición del Bleu de Metileno». 

Entretanto Michaelis, cuyos estudios de química biológica 
son umversalmente conocidos, y luego Giemsa, demostraron 
que dicha substancia corresponde á una especie de Azul de 
Metileno, ya por primera vez preparado y aislado en 1885 por 
Bernsthen (Liebig's Ann. d, Chemisch., CCXXX, pág. 73). 
Este Azul de Metileno (Methilen Axur) es, por tanto, algo 



— 527 - 

bien distinto del Bleu de Metileno que veníase empleando 
hasta ahora. El Bleu de Metileno contiene cantidades varia- 
bles de Azul: lo cual explica las diferencias de formación del 
precipitado (Romanowsky), en unión con la solución de Eosi- 
na, y de los resultados de la coloración. El Bleu de Metileno 
de Merck (medie.) 6 de Grubler nunca me han dado resulta- 
dos satisfactorios, que sólo se alcanzaban con el Bleu de Me- 
tileno de Lucius Meister en Hüechst. 

Todas las modificaciones del método de Romanowsky, que se 
fundan sobre el empleo del azul policroma, como las de Korek 
(Azul de Metil. y colargol), de Jenner, de Golhorn, y sobre 
todo la de Unna, utilizan la propiedad del Bleu de Metileno, 
de dejar accionar al Azul que contiene, en mayor ó menor 
cantidad, variable con el tiempo; por ejemplo, según la fecha 
en que se ha preparado una solución satur. acuosa de ese pro- 
ducto. 

Los métodos de Wright y de Leishmann, representan modi- 
ficaciones prácticas, también fundadas sobre el empleo del Azul 
contenido en el Bleu de Metileno, con la particularidad de que 
la sustancia colorante prepárase ya disuelta en el fijador (al- 
cohol metílico). Este mismo método fué adoptado por Marino 
que prepara una mezcla de Bleu de Metileno, Azul de Metile- 
no, carbonato de sosa y Eosina en alcohol metílico. 

Sin embargo, este método no puede aplicarse al estudio ci- 
tológico de los parásitos en sus formas hemáticas: el alcohol 
metílico ejerce especial acción sobre el preparado y determina 
un precipitado casi constante, que impide la visión clara déla 
capa de sangre. 

Grubler prepara y pone en comercio, ya hecha, la solución 
de Giemsa, que sin duda responde á las necesidades de la in- 
vestigación. Yo pienso, sin embargo, por lo que he visto en 
los resultados obtenidos, que es muy conveniente prepararse 
personal y directamente las soluciones, según las fórmulas de 
Giemsa, susceptibles por de más de variaciones que la prácti- 
ca sugiere á cada instante. 

La solución colorante de Giemsa se prepara del siguiente 
modo : 



— 528 - 

Azul de Metileno (Metil-azur) I , . , 

^, ■,,,,., >partes iguales. 

Bleu de Metileno |^ ^ 

(Constituyese así el Azur II) : 

Azur II y Eosina, partes iguales — tómese, gr. 3 

Azur II gr. 0,8 

Glicerina neutra Merck gr. 250 

Methylalcohol . gr. 250 

(En una gota de esta solución, mezclada con una gota 
de agua destilada, déjese la preparación [cubreobjeto] 
durante un tiempo variable de 15 á 30 minutos, según 
Giemsa; puede dejarse hasta una hora y más.) 

El método de La verán (con azul deBorrel) puede emplear- 
se con la seguridad de obtener buenos resultados: sin embar- 
go, es algo pesado y lento; y en la diferenciación de las masas 
cromáticas, sobre todo cuando se trate de pequeñísimos ele- 
mentos cromidiales esparcidos,, como se observan en las formas 
sexuadas (gametos) y en el mismo glóbulo rojo parasitífero 
(granulaciones de Schüffner en casos de Pl. vivax), no alcan- 
za el grado de fina y clara coloración que se obtiene con el mé- 
todo de Giemsa y con el mismo método de Romanowsky, 
cuando se aplique con criterio personal y con las modificacio- 
nes sugeridas por las condiciones de la investigación. 

9. Las formas de parásitos que se encuentran en el orga- 
nismo del hombre, al hacer un estudio hematológico metódico 
en enfermos de paludismo, pertenecen en su mayoría al perío- 
do monogónico ó esquizogónico (esto es, de multiplicación ase- 
xuada , directa). Todas ellas proceden de los merozoiios (ó 
esporoxoitos esquizogónico s) producidos por división del cuer- 
po celular de otros parásitos endoglobulares que ya se hallaban 
en la sangre, y á su vez representaban el producto de igual 
proceso de multiplicación agámica en precedentes generacio- 
nes. Estos merozoitos (ó esporozoitos esquizogónicos) penetran 
cada uno en un glóbulo rojo, y allí se desarrollan adquiriendo 
aspecto distinto, conservando en los diferentes casos las ca- 
racterísticas de la especie y ejerciendo acción especialísima 



— 529 - 

sobre el contenido y el estroma del hematíe, sobre su compo- 
sición y sobre su forma. 

La figura 58 reproduce los diferentes aspectos de los mo- 
nontes endoglobulares de PlasmocUum vivax (parásito de la 
Terciana), así como se presentan al examen hematoldgico, en 
un sólo preparado de sangre, teñido con el met. de Roma- 
nowsky. La obsers'ación microscópica de este preparado (con 
uu adecuado aumento) nos revela la coexistencia "de formas 
endoglobulares distintas, pertenecientes á diferentes períodos 
6 momentos de desarrollo del parásito dentro del glóbulo rojo. 
El glóbulo rojo parasitífero (ó que contiene el parásito) pre- 
séntase ensanchado, hinchado y deforme, lo cua constituye un 
carácter especialísimo de las infecciones por Plasmodium vi- 
vax; esto es, de las fiebres tercianas. 

El aspecto y las dimensiones de los glóbulos rojos invadi- 
dos por el parásito en las infecciones por Plasmodium mala- 
riae (Cuartanas) y por Laverania malariae (fiebres estío- 
otoñales, tropicales), son completamente distintas. Este ca- 
rácter propio de los hematíes invadidos por el Plasmodium 
vivax aparece bien claro en la figura 58^ sobre todo en B, C, 
D, E, L, O, R, S, comparando precisamente el glóbulo pa- 
rasitífero con los hematíes que le rodean y que no contienen 
parásito. En A y sobre todo en J se ven formas jóvenes, con 
escasos granulos de melanina y en activo movimiento de ex- 
pansión protoplásmica. T reproduce el aspecto de un glóbulo 
doblemente parasitífero, pues comprende una forma joven 
en anillo, con la cromatina nuclear excéntricamente reunida 
en único punto cromático, bien claramente visible; y al mismo 
tiempo una segunda forma con expansiones protoplásmicas 
que aparecen distintamente en el estroma globular. Las demás 
son formas de desarrollo, algunas ya muy adelantadas (como 
en C, D, E, y sobre todo en I, K, L, N), pero todas ellas en 
estado de monontes endoglobulares, sin división cromática que 
indique una próxima multiplicación. Solamente en G y N, re- 
tiradas ya las expansiones protoplásmicas, empieza á manifes- 
tarse en la cromatina nuclear un proceso de división que pre- 
cede á la formación de nuevos merozoitos (^esporulación). 



— 530 - 



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Figura 58. — Diferentes aspectos de parásitos endoglobulares (monontes) de la especie Plasmodium vivax. 
(Proceden de un solo preparado de sangre, de un caso de Terciana, teñido con el met. de Romanowsky). 

Aumento 



. Ob. inmers. homog. Koristka — — ; ocul. compens. i5 

2600 15 



— 531 — 

10. Sin embargo, además de estas formas agámicas (per- 
tenecientes al período de evolución asexuada del parásito), há- 
llanse también en la sangre formas correspondientes á la fase 
anfigdnica ó esporogónica. En efecto, dejando aparte la distin- 
ción de la especie y género del parásito {^Plasmodium vivax 
de la terciana sencilla, Plasmodium malariae de la cuartana, 
Laverania malariae de las fiebres graves, tercianas malignas, 
irregulares, biduas, cuotidianas y trópicas), después de una 
serie — indeterminada — de generaciones monogónicas, produ- 
cidas por «esporulación» (término erróneo) ó multiplicación 
directa (conitomía pseudomitósica) de las formas endoglobu- 
lares (en el glóbulo rojo), todos estos parásitos — y del mismo 
modo los de las aves, por lo menos el gen. Proteosonia — pro- 
pucen ciertas formas especiales, características, que ya hemos 
indicado con el nombre de gametos, conocidas desde hace tiem- 
po como formas estériles en la sangre humana. (V. fig. 59). 



i^, '^^ í^^ 






!'«.' 









A B C 

Figura 59. — Formación y aspecto del Macrogameto de Flasmodium vivax (Tercianas) 

I 



2600 

A. Macrogameto en un período ya bastante adelantado de su desarrollo endoglobular. 

Aparece muy clara la disposición de la corona de granulaciones cromáticas. Los 
limites del cuerpo protoplásmico del gameto aparecen igualmente bien dentro del 
hematie. 

B. El mismo macrogameto en período más adelantado. Pigmento melánico esparcido 

en la periferia del citoplasma del gameto, ai limite del mismo con el hematie que 
le contiene. 

C. Macrogameto libre. El glóbulo rojo en que se ha formado ha sido destruido. 



Esta formas estériles representan los elementos sexuados 
(gametos). Son estériles mientras permanecen en la sangre 
humana; pero al pasar en ambiente distinto, al modificarse 
las condiciones físicas del medio ó más bien sus caracteres bio- 
químicos, entonces manifiestan su actividad, apareciendo bien 
claramente la función á que son destinadas, el papel que re- 



- 532 - 

presentan y la excepcional importancia que tienen en la evo- 
lución biológica de la especie de parásito á que pertenecen. 

En efecto, comprenden estas formas (gametos) elementos 
femeninos y masculinos, destinados á fecundarse. A conse- 
cuencia de la fecundación, de la fusión del elemento masculi- 
no con el femenino, desarróllase una nueva generación famfi' 
gonia ó esporogonia) en las condiciones que más adelante exa- 
minaremos. 

Llámanse macrogametos los gametos femeninos, microga' 
metocitos los gametos productores de elementos masculinos; 
estos últimos microgametos (también ooides, macrosporas , los 
primeros; anteridios los microgametocitos, espermoides 6 fla- 
gelos (Laveran) los microgametos.) 

La emisión de flagelos ó formación de los microgametos por 
el microgametocito puede observarse siguiendo con detenida 
atención las formas antedichas en preparaciones de sangre 
fresca conservadas en cámara húmeda y en determinadas con- 
diciones de temperatura. Mac Callum, primero, observó la fe- 
cundación del maerogameto. El estudio sucesivo de estos fe- 
nómenos ha sido completado por Grassi y por Schaudinn. 

Mis investigaciones se han dirigido á averiguar lo que ocurre 
con las formas sexuadas — estériles en la sangre del hombre — 
cuando permanecen durante largo tiempo en el organismo hu- 
mano. Problema en extremo interesante, planteado ya muchas 
veces y desde mucho tiempo antes que se conociera el destino 
de estas formas y su verdadera significación en el ciclo evolu- 
tivo (anfigonia) de semejantes parásitos. 

Razones clínicas y epidemiológicas de gran importancia ha- 
cían pensar que las formas estériles, consideradas por muchos 
observadores (Ziemann) como degenerativas; por otros (Big- 
nami, Bastianelli, Marchiafava, etc.) de todos modos como in- 
capaces de reproducción en el organismo humano [estériles], 
participaran de alguna manera á la producción de nuevos pa- 
rásitos endoglobulares, de la fase piretógena, y muy especial- 
mente de las recidivas febriles. 

Ya se ha dicho antes que las recidivas , frecuentes en la ter- 
ciana primaveral, frecuentísimas y persistentes en las cuarta- 



— 533 - 

ñas, constituyen la manifestación constante y duradera de las 
infecciones tercianarias, cuotidianas 6 irregulares debidas á 
Laverania malariae, varietas mitis. 

Casi al mismo tiempo que Schaudinn demostraba la división 
de las formas sexuada femeninas (macrogametos) de Plas- 
modium vivax (tercianas) y la producción de nuevos merozoi- 
tos partenogenétieos por efecto de esa división, casi al mismo 
tiempo yo comunicaba (Archives de Parasitologie , París, vii, 
1903, pág. 389) los primeros resultados de mis observaciones 
sobre la división partenogenética (ó Partenogenesis) de los 
macrogametos de Laverania (.L. malariae, var. mitis). 

Quedaba así en parte explicado el fenómeno de la reapari- 
ción de la fiebre después de largos períodos de interrupción. 
(Recidivas tardías). Si la interpretación del origen de las re- 
caídas febriles (á breve distancia de la infección primitiva) 
puede fundarse en la posibilidad de que escaso número de mo- 
nontes (formas endoglobulares) supérstites, después del trata- 
miento 6, en general, después de la curación de un período ac- 
cesional de fiebres palúdicas, vuelva á multiplicarse activa- 
mente en los órganos internos (medula de los huesos, bazo) y 
en la sangre periférica, y vuelva, por lo tanto, á producir el 
acceso febril, la interpretación de las Recidivas tardías, según 
queda dicho, constituía un problema cuya solución no se hu- 
biera alcanzado sin el descubrimiento de la Partenogenesis de 
los macrogametos. 

11. La división nuclear de las formas semilunares (for- 
mas en medias lunas, formes en croissants de los franceses), 
esto es, de los gametos de la Laverania^ ya observada repe- 
tidamente por Mannaberg, Canalis y otros, en la misma sangre 
periférica (correspondiente á la forma representada en la figu- 
ra 61, D), había sido explicada de distinta manera y variamen- 
te interpretada. Semejante división de las masas cromáticas es 
exclusiva de los macrogametos (gametos femeninos, formas 
que no se flagelan, que no emiten flagelos). Averiguase en 
los microgametocitos semilunares un fraccionamiento de la cro- 
matina, es verdad; pero esto sucede cuando la célula produc- 
tora de microgametos prepárase á realizar este acto, á emitir 



- 534 - 

las formas masculinas: entonces. la cromatina se subdivide y 
se dispone en la periferia de la célula^ que redúcese á forma 
esférica^ y con rápidos movimientos presenta expansiones pro- 
toplásmicas filiformes, llenas de granulos cromáticos. Ellas 
representan los microgametos propiamente dichos. 

El fraccionamiento de las masas cromáticas ahora descrito y 
propio de las formas semilunares masculinas (microgametoci- 






-m^- 



B 









DE F 

Figura 60. — Aspectos de los gametos semilunares de Laverania malariae (en un prepa- 
rado de sanare de un enfermo de fiebres tropicales; aum. I. 

2000 / 

A. B, C, D, £.— Dejan ver claramente los residuos del glóbulo rojo en que se ha des- 
arrollado la forma sexuada; en F aparece esta última como libre y adherida á un he- 
matíe. 

tos) es bien distinto de la división cromática que manifiéstase 
en ciertas formas de macrogametos semilunares, y que pre- 
ludia á la multiplicación paitenogénica. Hay que advertir que 
las formas de multiplicación partenogenética de los macroga- 
metos semilunares (Laverania) , á diferencia de las formas 
correspondientes de los gametes de Plasmodium vivax descri- 
tas por Schaudina, difícilmente obsérvanse en la sangre peri- 
férica; sólo con repetidas investigaciones en el líquido he- 
jnático extraído por punción del tumor esplénico — investiga- 
ciones por demás muy difíciles de llevar á cabo — y con adoptar 
ciertos artificios de método en la observación hematológica, 
se logra encontrar las semilunas (macrogametos semilunares) 



- 535 — 

en fase sucesiva de división cromática, de división citoplásmi- 
ca y de producción de numerosas yemecitas (merozoitos 6 es- 
■porozoitos ó esquizontes partenogenéticos) destinadas, sin duda, 
á la invasión de los hematíes. 

Las figuras 60 y 61 reproducen exactamente el aspecto de 
los macrogametos semilunares, desde las formas hemáticas evi- 
dentemente endoglobulares (fig. 60, A, E)^ hasta las que se en- 
cuentran en el barro esplénico (figura 61, E, F)^ y muy pro- 
bablemente en la medula de los huesos, y constituyen la fase 
de división y multiplicación partenogenética. 

La figura 59 representa las formas de desarrollo endoglobu- 
lares (A, B) y la llamada forma libre del macrogameto de 
Plasmodium vivax. En su comparación con los macrogame- 
tos semilunares de Lavej'ania salta á la vista la diferencia mor- 
fológica entre las dos especies. 

Sin embargo, el proceso biológico de multiplicación parte- 
nogenética es parecido en las dos especies. Solamente el me- 
mento en que se determina, las condiciones de tiempo y de 
lugar, las circunstancias del ambiente bioquímico en que se 
produce este fenómeno, es decir, la división cromosómica y ci- 
toplásmica del macrogameto para la formación de los nuevos 
elementos destinados á la invasión de los hematíes, son esen- 
cialmente distintas. 

Schaudinn (1) ha descrito magistralmente el proceso de di- 
visión de los macrogametos de Plastnodium vivax para la re- 
produción partenogenética en la sangre de enfermos de Ter- 
cianas , antes de la reaparición de una fiebre recidiva á los 
tres meses después de la infección primitiva. 

La observación y descripción de las fases sucesivas de di- 
visión celular de los macrogametos semilunares (Laverania) en 
el momento de la partenogénesis resulta, como se ha dicho, 
relativamente más difícil. La división protoplásmica va prece- 
dida por una división de la cromatina nuclear, fenómeno ya 



(1) Studien über krankheistserregende Protozoen. — II. Plas- 
modium vivax (en Arhciten aus dem Kaiserlicheti Gesundheit- 
samte, Berlín, 1902, p. 169, con 3 laminaos). 



— 536 - 

observado y descrito por muchos autores (Golgi, Canalis, 
Mannaberg, Grasí^i y Feletti) y variamente interpretado. En 
ese estado aparece el cuerpo semilunar como en la figura 61 D, 
separado en dos mitades, cada una de las cuales contiene 
una corona de cromosomas; y en el puente citoplásmico in- 
termedio se hallan casi siempre reunidos los granulos de pig- 
mento melánico. Sucesivamente la cromatina nuclear reunida 
en una de las dos mitades del macrogameto fracciónase en un 
cierto número de corpúsculos cromáticos con un proceso muy 
parecido al que se observa en los monontes endoglobulares 
adultos cuando se disponen para la segmentación y la forma- 
ción de los merozoitos agámicos (esporozoitos esquizogónicos) 
(ñg. 61, E). Cada uno de estos corpúsculos cromáticos consti- 
tuye el centro de una porción citoplásmica que se separa del 
cuerpo del macrogameto (fig. 61, F), representando un verda- 
dero merozoito partenogenético^ destinado á la invasión de un 
hematíe. A consecuencia de esíe proceso queda libre una por- 
ción del protoplasma del macrogameto, que comprende la ma- 
yor parte de los granulos de pigmento melánico y además una 
parte reducida de la cromatina nuclear, dispuesta en forma de 
corona, y que permite dudar de si esta porción residual del 
macrogameto después de la Partenogénesis está destinada 
realmente á desaparecer, como un detritus orgánico incapaz de 
ulterior vitalidad y de toda función biológica. 

12. He dicho antes que para encontrar en la sangre algu- 
nas — ya que nunca se encontrarán todas en un mismo suje- 
to — de las formas evolutivas del ciclo monogónico y las prime- 
ras del amfigónico, sobre todo las formas semilunares de La- 
verania, es menester observar un método escrupuloso y una 
atención exquisita en escoger el momento para llevar á cabo el 
examen de la sangre y hacer las preparaciones fijas destinadas 
á la coloración. Cuando no se observan estas reglas se pierde 
muchísimo tiempo en balde y se arriesga á abandonar la inves- 
tigación por cansancio ó por creerla inútil , ineficaz ó negativa. 
Lo cual no pocas veces ha hecho afirmar conclusiones inexac- 
tas y sentar como verdades las que no debían considerarse más 
que consecuencias de un método erróneo de estudio. 



— 537 ^ 

Es más: no sólo para buscar las formas antedichas, que des- 
de luego se escapan con extraordinaria facilidad á nuestra ob- 
servación hematológica, sino también para un examen de la 
sangre destinado á darnos cuenta del aspecto, naturaleza, es- 
pecie y condiciones de las formas endoglobulares corrientes 
del parásito, es oportuno, es preciso á veces tener presente 
que sus diferentes fases de desarrollo monogónico (multiplica- 
ción asexuada) se reflejan en los síntomas clínicos, en los pe- 






B 




--©ís 



(•f- 



í^) 










Figura 61.— Aspecto de los Macrogametos de Laverania en distintos momentos y en las 
fases sucesivas de la reproducción partenogenética. lAum. |. 



ríodos accesionales de la fiebre, en las variaciones aunque mí- 
nimas de la curva térmica (gráfica), y por fin en cada uno de 
los elementos que constituyen el síndrome característico de la 
infección palúdica en sus tres tipos fundamentales. 

Debemos, por tanto, aprovechar de los datos clínicos, impor- 
tantísimos en este caso para el estudio parasitológico. 

Para mayor abundamiento en la indicación de los métodos 
que hay que seguir para el estudio hematológico, diré que 
cuando se trata de una infección semilunar (infección por La- 
verania, infección estío-otoñal), comprobada la existencia de 
las formas endoglobulares, suelen aparecer los cuerpos semi- 

Eev. Acad. Ciencias.— III.— Diciemlare, 1905. 36 



— 538 — 

lunares á los ocho 6 diez días, á veces más tarde, después de 
la suministración de dos ó tres dosis de un gramo 6 gramo y 
medio de sulfato de quinina. (Si se deja al enfermo sin medi- 
camento — ajmrte de que esto es sumamente peligroso en las 
infecciones por Laverania — los cuerpos semilunares aparecen 
mucho más tarde en la sangre.) Mas entre los escasos cuerpos 
semilunares que suelen aparecer en estas condiciones en la san- 
gre periférica, constituidos de macrogametos y microgameto- 
citos, no se observa jamás fenómeno alguno de división cro- 
mática y mucho menos de multiplicación partenogenética. Sólo 
si se someten preparaciones de sangre fresca á la observación 
metódica (en cámara húmeda, temp. 25°, ó también con intro- 
ducción de una gota de líquido isotónico [sol. fis. Na Cl^), 
puede observarse — muy raras veces — á la par que la emisión 
de flagelos (microgametos) por parte de los microgametocitos, 
la emisión de uno ó dos cuerpecitos, muy probablemente homó- 
logos, de los 'í- corpúsculos polares >-> — (Reduklions Korpers), 
por parte de los macrogametos. Este fenómeno se averigua 
constantemente en los períodos que preceden ala fecundación, 
cuando ya macrogametos y microgametos, en el plasma san- 
guíneo introducido en el estómago del mosquito (huésped in- 
vertebrado), se acercan para efectuar la cópula. En los game- 
tos de Plasmodium vivax, según queda demostrado en modo 
terminante por las investigaciones de Schaudinn, puede obser- 
varse con mayor facilidad (y en ambiente natural) el desarro- 
llo de semejantes fenómenos. Por demás, la producción de cor- 
púsculos polares es un hecho general en los Coccidios y pro- 
bablemente en los Hemosporidios. Creo firmemente que los 
corpúsculos que emiten algunos macrogametos en la sangre 
(en las condiciones antes indicadas) puedan considerarse como 
homólogos de los corpúsculos polares. La división cromática en 
estos casos es insignificante; no hay fenómenos pseudo-mitósi- 
cos parecidos á los que se averiguan en la división cromática 
precedente á la multiplicación esquizogónica, ó bien á la sepa- 
ración partenogenética de nuevos merozoitos. 

Mas si seguimos en la observación del enfermo, después de 
un tratamiento suficientemente enérgico para dominar los acce- 



- 539 - 

sos febriles, veremos en el período siguiente — que puede du- 
rar meses y meses — desaparecer poco apoco los cuerpos se- 
milunares de la sangre. Durante este tiempo, hasta la manifes- 
tación improvisa de una recidiva franca, con fiebre típica (in- 
termitente) ó atípica, el enfermo estará casi siempre apirético: 
sin embargo, un atento examen de la curva termométrica re- 
vela oscilaciones bastante acentuadas entre los 36° y los 37*^ 5 
6 38° centígrados. La tumefacción del bazo — dentro de ciertos 
límites — no disminuye. Al cabo d^ dos meses, tres meses ó 
un tiempo variable, la recidiva franca aparece. 

Pues bien: las oscilaciones antedichas de la curva termomé- 
trica son de grandísimo interés y deben servirnos de guía para 
llevar á cabo en esos momentos el examen hematológico. En- 
tonces, en esos períodos que podríamos llamar preparatorios de 
las manifestaciones clínicas de la recidiva propiamente dicha, 
encontraremos, quizás en la misma sangre periférica, formas de 
transición de la fase semilunar, y más exactamente macroga- 
metos en estado de división de la cromatina nuclear y hasta de 
fraccionamiento [conitomia] citoplásmico. Y es que, durante 
estos períodos, las formas semilunares, en activa multiplicación 
partenogenética, reaparecen en la sangre desde los órganos in- 
ternos (medula de los huesos, bazo) y pueden sorprenderse en 
esa fase. 

La gráfica de la curva térmica la conceptúo indispensable en 
el estudio detenido de semejantes casos, cuando realmente se 
quiere llevar á cabo una investigación completa acerca de las 
formas hemáticas del ciclo amfigónico, y muy en particular 
acerca de la partenogenesis de los macrogametos. 

Igualmente útil puede ser el estudio esfigmográfico, pues nos 
proporciona otro dato clínico aprovechable para la investiga- 
ción parasitológica durante las intermitencias y los períodos 
de incubación y prodrómico de las recidivas estío-otoñales (se- 
milunares). En efecto, la gráfica del pulso revela una modifi- 
cación de tiempo y de forma, no sólo en los momentos acce- 
sionales y post-accesionales, sino también en los momentos 
.que preceden los accesos de fiebre y que corresponden con 
oscilaciones prodrómicas de la temperatura. 



— 540 - 

Consignaré á este propósito que el tipo del pulso, durante 6 
después del acceso, corresponde ai que Mannaberg había ob- 
servado, y de que habla en su Monografía (p%. 116: «Allge- 
meine Symptomatologie»; pág. 137: « Pulsecurve»). 

El modo como se presentan las semilunas en la sangre du- 
rante los períodos de incubación de las recidivas en estos ca- 
sos, así como también la precocidad de su formación después 
de las invasiones presumiblemente primitivas, me han confir- 
mado desde hace tiempo en la opinión de que deben existir 
dos variedades de parásito con gametos semilunares (Lavera- 
nia). Sobre este extremo baste con lo que se ha dicho antes; 
en precedentes publicaciones liállanse expuestos mis conceptos 
acerca de los caracteres biológicos de la variedad Laverania 
malariae milis. 

13. La extraordinaria importancia que tiene la participa- 
ción de los macrogametos en la producción de formas piretó- 
genas de nuevos monontes endoglobulares, no es para en- 
carecer. La partenogénesis de los macrogametos es un tercer 
modo, una tercera forma de reproducción de la especie, inter- 
puesto entre el ciclo monogónico (asexuado) y el ciclo anfigó- 
nico (sexuado). El ciclo monogónico debe tener algún límite, 
aunque nosotros desconozcamos por completo las condiciones 
porque se alcanza este límite; las formas sexuadas (gametos) no 
muy abundantes relativamente al número de parásitos endoglo- 
bulares y en una determinada cantidad de sangre, serían ex- 
puestas con gran facilidad á no llegar á su destino, esto es á 
la fecundación y al desarrollo anfigónico (en el huésped inver- 
tebrado) ^ si no tuviesen la potencialidad de reproducir nuevos 
parásitos endoglobulares por partenogénesis. Queda así aclara- 
do también un problema epidemiológico muy grave, y es el que 
se refiere á la persistencia del parásito, durante la estación de 
invierno, en aquellas regiones de clima templado en que el 
invierno llega á ser verdaderamente frío, y se interrumpen, 
por consiguiente, las generaciones de los mosquitos, se inte- 
rrumpe la ovificación en estos Dípteros, quedando escaso nú- 
mero de ejemplares en las casas, en los establos, en espera de 
la nueva temporada. 



— 541 - 

Las primeras generaciones de mosquitos, que nacen en Abril 
6 Mayo, más frecuentemente sólo en Junio (Norte de Italia, 
Francia, Norte de E-^paña y Castilla), no podrían de ninguna 
manera determinar la difusión epidémica de los parásitos, si 
esos Dípteros no hallasen en la sangre de los enfermos formas 
sexuadas (gametos) en abundancia, en cantidad suficiente para 
asegurar el desarrollo anfióntico y la sucesiva transmisión de 
los esporozoitos. Y desde luego las formas sexuadas en la san- 
gre periférica serían relativamente muy escasas si no hubiese 
nueva producción por los ciclos partenogenéticos, que toman 
origen en la división de los macrogametos, y que se suceden 
durante el invierno, y sobre todo se desarrollan en la primave- 
ra (Recidivas). 

¿De qué modo debe interpretarse el origen de los gametos 
en los glóbulos rojos? 

Los gametos de las tres especies de parásitos (Plasmodium 
t'ivax, Pl. malariae y Laverania) se desarrollan de elementos 
endoglobulares. Las objeciones y dudas de Lo Monaco, Pani- 
chi, Capogrossi, etc., acerca de este extremo, y que entraña- 
ban una interpretación del todo distinta de la corriente sobre 
las relaciones entre parásitos monogónicos y hematíes, no son 
aceptables. El desarrollo endoglobular, así de los mononles 
(esporozoitos monogónicos), como de los gametos es evidente» 
aparece bien claro hasta en aquellas formas sexuadas ya adul- 
tas (gametos tercianarios y gametos semilunares), en los cuales 
el involucro constituido por el hematíe queda reducido á del- 
gadísima y casi imperceptible membrana, por destrucción de 
todo el contenido hemoglóbico y del mismo estroma globular. 

Mas aquellas formas que están destinadas á desarrollarse en 
los glóbulos rojos, no ya como monontes esquizogónicos (ase- 
xuados), sino como gametos (macro y micro-gametocitos), ¿de- 
ben considerarse específicamente y sexualmente diferenciadas 
desde un principio, ó bien ciertas condiciones del ambiente bio- 
químico, en el huésped, influyen sobre la determinación de los 
caracteres de los parásitos endoglobulares de tal suerte que 
éstos puedan desarrollarse á veces en forma de gametos, á ve- 
ces en la dirección de sencillos monontes asexuados? 



- 542 - 

Esta segunda interpretación debe descartarse, teniendo en 
cuenta que en los mismos órganos (medula de los huesos, bazo) 
en que efectúase la mayor producción de gametos endoglobu- 
lares, desarróllanse contemporáneamente, maduran y se multi- 
plican las formas asexuadas endoglobulares de la generación 
monogónica. 

Es muy probable que la formación de los gametos, conside- 
rados éátos desde luego como diferenciados ab iriitio , desde un 
principio de las formas esquizogónicas endoglobulares comu- 
nes, esté en relación con especiales condiciones déla constitu- 
ción bio-química del plasma sanguíneo, á consecuencia de la 
misma acción de los parásitos, en organismos en que la infec- 
ción perdura desde cierto tiempo. Con otras palabras^ después 
de un cierto número de generaciones monogónicas en el orga- 
nismo humano, puede admitirse que esista un estado especial 
del ambiente hemático, por el cual el desarrollo de nuevas 
formas agámicas ó asexuadas en los glóbulos rojos encuentre 
serias dificultades; en estas condiciones se producirían los ga- 
metos. 

Sin embargo, esta causa no puede conceptuarse como funda- 
mental, como la verdadera causa determinante y razón íntima 
del fenómeno biológico. Podemos admitir que bajo la influen- 
cia de dicha causa y por su acción se desarrollen los elementos 
sexuados (gametos) en número mayor ó menor, y en época 6 
momento diferente, más ó menos precoz; pero conviene aceptar 
por demás el concepto de que trátase de un fenómeno heredi- 
tario, propio del género y correspondiente á la producción de 
las células germinativas en los metazoos. 

CAPITULO IX 

Obseevaciones sobre el desarrollo de los parásitos 
del paludismo en el huésped invertebrado 

La reproducción anfigónica ó sexuada (ó esporogónica, se- 
gún Schaudinn), de los parásitos del paludismo, tiene lugar en 
el organismo de un huésped invertebrado. 



543 



Ejercen este papel , según quedó comprobado en 1898-99 
por las inv'estigaciones de Grassi, Bignami y Bastianelli y sus 
discípulos, los Dípteros liemat()fagos de la Familia Cidicidae 
y precisamente las especies que componen la sub-familia Ano- 
phelinae. Precedentes observaciones de Ross en India (Calcu- 




Fígura 62. — Aspecto del Microgametocito de Plasmodium vivax (Terciana) en el mo- 
mento de emitir los flagelos (Microgametos). H, un hematíe; mg, microgameto libre 
destacado del cuerpo del Microgametocito ; A/g, Macrogameto (ó Gameto femenino) en 
el acto de la fusión con un Microgameto (fecundación ó cópula). Se ve claramente la 
dispoiición de la masa nuclear del Macrogameto en el momento de la unión con las 
masas cromáticas del elemento masculino. Rodean al Macrogameto otros microgametos 
libres. 



ta, 1897), habían demostrado que ciertas formas de parásitos 
de las aves (ProteosomaJ se desarrollan con generación espo- 
rogónica (sexuada) en el organismo de los mosquitos pertene- 
cientes á la actual sub-familia Culicinae. 

1. Los dípteros hematófagos de la sub-familia Ánophelinae, 
al chupar la sangre de un hombre infectado de paludismo en 



— 544 — 

cualquiera de sus formas, pueden introducir en su tubo diges- 
tivo exclusivamente parásitos de la fase monogónica , parási- 
tos endoglobulares asexuados, por faltar en la sangre las for- 
mas sexuadas (gametos). En semejantes casos, ninguna trans- 
formación de carácter evolutivo sufren los parásitos en el 
organismo del huésped invertebrado: desaparecen con la san- 
gre lentamente digerida por el huésped mismo. 

Al contrario, cuando se encuentran en la sangre macroga- 
metos y microgametocitos , al llegar éstos en el estómago _, rá- 
pidamente destácanse los microgametos de los microgametoci- 
tos, y efectúase la cópula, la fecundación del macrogameto. 
Este momento es en extremo difícil de sorprender, y sobre 
todo difícil de fijar en preparaciones duraderas^ como bien se 
comprende: sin embargo, pueden observarse los sucesivos fe- 
nómenos de formación del vermículo, que con movimientos ac- 
tivos penetra en la pared entre las células del epitelio intestinal 
(intestino medio) y se establece y fija en la sub-mueosa, en la 
túnica elástico-muscular del mismo intestino. Mientras el an- 
fionte conserva el carácter de movilidad que es propio de un 
primer período después de la fusión de las masas cromáticas 
del macrogameto y del microgameto, la llamaremos ooquineto 
(Schaudinn): conservaremos el nombre de quiste amfióntico 
(ooquiste de Schaudinn) para la forma que se desarrolla ya 
fijada en la túnica elástico-muscular ó sub-mucosa del intes- 
tino. 

El ooquineto penetra con movimientos activos entre las cé- 
lulas del epitelio intestinal á las 24 ó 40 horas después de chu- 
pada la sangre por el mosquito, y cuando ya se ha verificado 
en gran parte la digestión. Casi siempre los vermículos van á 
fijarse en la porción posterior del intestino medio ( estómago): 
es raro, excepcional, ver un quiste anfióntico en la pared de la 
mitad anterior del estómago: las figuras esquemáticas dibuja- 
das por algunos autores y que representan el estómago entera- 
mente cubierto, en su pared externa, por los quistes anfión- 
ticos, son desde luego erróneas. Semejante circunstancia se 
averigua también con los anfiontes del Proteosoma de los pá- 
jaros (gorriones), de cuya situación da ciara y exacta idea la 



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- 545 - 

fig, 64 en la lámina VI, que reproduzco de una de mis prepa- 
raciones. 

2. La expresión de «quiste anñóntico» debe ser interpreta- 
da en el sentido de que los tejidos del huésped constituyen una 
especie de quiste adventicio alrededor del parásito: no ya que 
el anfionte produzca por su cuenta un quiste protector. Es opor- 
tuno fijar bien estos conceptos, pues demasiado fácil es caer 
pn errores, que dejando aparte su importancia biológica, en- 
trañan deducciones falsas acerca de la acción que el parásito 
pueda ejercer sobre el huésped y otras que no ha menester re- 
cordar en este momento. 



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Figura 63. — Esquema que representa una sección longitudinal del cuerpo de AnopheUs, 
con la disposición de los órganos. En la pared del Estómago se fijan y desarrollan los 
Anfiontes de los parásitos del paludismo. 



El anfionte, en su primer período de desarrollo, cuando 
apenas ha llegado á fijarse en la sub-mucosa, rodeado de una 
capa delgadísima, de una sutil membrana (cápsula), presén- 
tase con aspecto esférico ú ovoideo, y mide apenas 6-8-10 p. 
de diámetro. 

Sin embargo, el crecimiento del anfionte es rápido é inme- 
diato, y con el crecimiento, la multiplicación nuclear. En efec- 
to, la reproducción esporogónica en el quiste anfióntico efec- 
túase ya desde los primeros momentos, empieza cuando el 
anfionte es aún extremadamente pequeño. Por división (bipar- 



- 546 — 

tición) de la cromatina nuclear, se engendra un considerable 
número de Esporoblastos espurios, no pudiéndose considerar 
como verdaderos Esporoblastos las porciones citoplásmicas en 
que se subdivide la masa protoplasmática del anfioute, por 
quedar todas ellas anastocnizadas entre sí, de tal suerte, que 
en realidad constituyen un todo único, con centros cromáticos 
(ó núcleos) separados. Sucesivamente, los núcleos céntricos 
(ó centros cromáticos antedichos), por un proceso de subdivi- 
sión múltiple, se disponen á la periferia de la masa citoplásmi- 
ca y constituyen de esta suerte el punto de partida de un ele- 
mento celular — esporozoitoblasto — cuya forma terminal^ libre 
por fin en el quiste anfidntico maduro será el <.< esporoxoito>> 
(véase la fig. 67, lám. VII, que representa dos quistes anfión- 
ticos en período bastante adelantado de su desarrollo, debajo 
del epitelio de la mucosa del estómago de Anopheles claviger,' 
y también la fig. 70, lám. VIII) (1). 

Queda una «masa residual», amorfa (ayihista) , punto de 
apoyo de los esporozoitos hasta su extrema fase de desarrollo, 
y que progresivamente disminuye de volumen por cuanto au- 
menta el número y las dimensiones de aquéllos. 

Durante este proceso de multiplicación nuclear, el quiste 
amfióntico aumenta considerablemente en sus dimensiones, has- 
ta alcanzar 70-80 p. de diámetro, y puede contener millares 
de esporozoitos. 

Los quistes anfiónticos pueden reconocerse fácilmente en 
la pared del intestino, también con un examen directo, en 
fresco, extrayendo el intestino con el método ya indicado en 
otro lugar. Desde luego se reconocen cuando están colocados 
á los bordes del tubo iutestinal extendido sobre el portaobjeto 
y cuando han alcanzado un cierto tamaño; mas también en los 
primeros momentos de su fijación en la pared del intestino, 



(1) Para cuanto se refiere al desarrollo de la generación anfi- 
gónica de los parásitos del Paludismo en el huésped invertebrado, 
debe considerarse como definitiva la Monografía, verdaderamente 
admirable, del profesor B. Grassi : Studi dhino zoólogo sulla Ma- 
laria, publicada por la R. Acad. del Lincei, Roma, 1902, segunda 
edición. 



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— 547 - 

cuando aun son pequeñísimos, se ponen de relieve por los gra- 
nulos de pigmento melánico que conserva el Macrogameto, y 
que, después de la fecundación, el ooquineto arrastra consigo 
(por lo menos en parte), durante su fase móvil (aunque en 
parte se eliminan). Estos granulos de pigmento quedan espar- 
cidos en el quiste anfióntico durante los primeros períodos; 
luego, encerrados en las masas residuales, desaparecen casi 
todos; en los quistes maduros difícilmente se encuentran. 

Los quistes anfiónticos maduros alcanzan, he dicho, hasta 
70 y 80 ^ de diámetro. Debo decir que semejante medida es 
excepcional: por lo general no superan los 50 a. Los esporo- 
zoitos miden 13-14 [x de largo por 1 tji. de ancho. 

Los quistes anfiónticos, al crecer y madurar, vense obliga- 
dos á hacerse sitio entre los tejidos y órganos que rodean al 
intestino, cuya pared se encuentra á veces verdaderamente 
atestada de parásitos (v. fig. 68, lámina VII). Así es que há- 
llanse los quistes anfiónticos rodeados casi siempre por el ór- 
gano adiposo, en la inmediata continuidad con el celoma (lacu- 
noma)^ ó bien en contacto con los ovarios (v. fig. 68, lám. VII). 

3. Cabe aquí la pregunta: ¿pueden los anfiontes, en su pri- 
mer período, desprenderse de la pared del intestino, ó bien 
desde luego los ooqtiinetos enquistarse en órganos distintos, y 
precisamente infectar los ovarios, de tal suerte que, desarrollán- 
dose los huevos, y siendo depositados más tarde junto con for- 
mas especiales — (esporos resistentes) — del parásito, queden 
infectadas las larvas y las ninfas, esto es, la nueva generación 
de mosquitos? 

Ninguna observación positiva puede producirse en favor de 
esta hipótesis. La infección de las nuevas generaciones de 
Anophelinae jamás se ha averiguado, ni siquiera artificialmente, 
haciendo desarrollar estos Dípteros de los huevos depositados 
por hembras infectadas^ examinadas en seguida después de la 
puesta, y realmente llenas de quistes parasitarios en la pared 
intestinal ó de esporozoitos libres en la cavidad general del 
cuerpo ó encerrados en las glándulas salivales. 

Sin embargo, dúdase aún de la significación de ciertos cuer- 
pos pardo-amarillos, que se encuentran con alguna frecuencia 



- 548 — 

en quistes anfióaticos de Anopheles , por lo general , de ^mo- 
pheles infectados desde mucho tiempo. Semejantes cuerpos 
pardo-amarillos (de que reproduzco en la fig. 70 de la lámi- 
na VJII un ejemplar), llamados por Ross «black-spores » (es- 
poros negros) se han interpretado como formas resistentes 
quizás destinadas á persistir en ambiente libre, y, por tanto, 
como posible fuente y origen de infecciones [anofélicas ó hu- 
manas , directas 6 indirectas] por vía distinta de la represen- 
tada por la picadura de los mosquitos. 

No puede negarse que la relativa frecuencia con que se ob- 
servan los cuerpos amarillos-pardos 6 esporos negros de Ross 
en quistes anfidnticos del intestino de Anopheles , debía des- 
pertar sospechas y dudas, tanto más justificadas, por cuanto se 
escapa á nuestra investigación la causa productora de altera- 
ción semejante, si se consideran como formas degenerativas. 

Yo he dedicado particular atención á estos cuerpos: añadiré 
que he buscado llevar á cabo un estudio comparativo de estas 
formas desarrolladas en quistes anfiónticos de parásitos del 
paludismo humano ( Plasmodium vivax) con las que de igual 
manera se observan en quistes de Proteosoma en el intestino 
de Culex pipiens ; el estudio de estas últimas desde el punto 
de vista experimental es más fácil; y, por otra parte, el hallaz- 
go de algún hecho ó de algún indicio que hubiese permitido 
una interpretación segura y definitiva acerca de estos cuerpos 
en las formas de Proteosoma, hubiera constituido desde luego 
argumento de analogía para llevar á cabo directas y compro- 
bantes observaciones con el parásito humano. 

La investigación histológica (citológica) nada nos dice, nada 
nos revela más de lo que ya conocemos sobre la estructura, 
forma y disposición de estos cuerpos. Los quistes anfiónticos 
en que se hallan encerrados son por lo general vacíos, priva- 
dos de esporozoitos, sin que por esto deje de encontrarse al- 
gunos con escasos esporozoitos maduros ó en proceso de des- 
arrollo; la pared de estos quistes anfiónticos parece más es- 
pesa (fig. 70, lám. VIII); sin duda esto depende de la retrac- 
ción de la misma pared extendida de antemano. En efecto, los 
cuerpos amarillo-parduscos ó pardo- amarillos (esporos negros 



- 549 — 

de Ross y de Nuttall), desarróllanse, al parecer, dentro de an- 
fiontes ya adelantados en su proceso de multiplicación esporo- 
g<5nica, y casi siempre con esporozoitos ya formados. 

Sin embargo, á pesar de que yo he hecho gran número de 
cortes m toio del organismo y particularmente del abdomen 
de mosquitos artificialmente infectados (la fig. 69 de la lámi- 
na VIII representa una sección transversal del abdomen de 
un Culex pipiens; á la pared del intestino se adhieren algu- 
nos (7) quistes anfiónticos de Proteosoma , entre ellos uno que 
contiene cuerpos pardo-amarillos, representados con mayor 
aumento en la fig. 70), no he logrado nunca encontrar los cuer- 
pos amarillo-parduscos libres en el lacunoma ó bien localizados 
en otros órganos y tejidos. Cuando se considere que casi todos 
los quistes anfiónticos que contienen los cuerpos amarillo-par- 
duscos son quistes viejos y abiertos, de donde ya han salido 
los esporozoitos, aparece muy extraño — dada la hipótesis que 
dichos cuerpos estén destinados á representar un papel en vida 
libre ó sean formas resistentes del parásito, — aparece muy 
extraño, repito, que no se hallen en los ovarios, por ejemplo, 
ó de todos modos fuera del sitio de producción, donde nada 
representan. Nunca he observado semejante localización. 

Bien es verdad que, por otra parte, los cuerpos amarillo- 
parduscos resisten bastante tiempo en el agua, por ejemplo, y 
en general en ambiente por completo desfavorable á la vida 
del parásito en todas sus formas. Pero el aspecto que tienen, 
examinados algún tiempo después de esta prueba, demuestra 
en mi entender que no se trata de elementos vitales, sino de 
depósitos de substancias especiales, debidas á transformacio- 
nes bioquímicas, muy probablemente degenerativas, de las 
masas residuales y de todo el protoplasma del anfionte. Pro- 
cesos regresivos parecidos averíguanse en otros parásitos de 
los mismos insectos: y es muy probable que la degeneración 
pardo-amarilla de las larvas de Filaría immiiis en los tubos 
de Malpighi de Ayiopheles ^ obedezca á semejante proceso. 

En conjunto — si bien no es posible afirmar en modo abso- 
luto lo que representen los cuerpos amarillo-parduscos, — todo 
parece confirmar que se trata de formas involutivas, y no de 



— 550 - 

formas resistentes destinadas á nuevo ciclo vital del parásito. 

4. Cuando el quiste anfióntico ha llegado á maturación, la 
cápsula que lo reviste se abre, se rompe (por tensión y compre- 
sión), y deja salir los esporozoitos libres en el lacunoma del 
huésped. Los esporozoitos son dotados de movimientos activos: 
sin embargo, hay que admitir que la corriente de la sangre 
(líquido contenido en la cavidad del lacunoma del mosquito) 
los arrastra pasivamente en gran cantidad, de tal suerte, que 
llegan á las glándulas salivales y })enetran en sus células, no 
sabemos si del mismo modo como pueden penetrar en todos 
los demás órganos en relación con el lacunoma, ó bien por una 
electiva atracción, por acciones quimio- tácticas ó por otra ra- 
zón desconocida. Sin duda se encuentran esporozoitos espar- 
cidos en el órgano adiposo: mas en número reducido y de nin- 
guna manera comparable con el de los esporozoitos que invaden 
las glándulas salivales. 

Las glándulas salivales constan de tres lóbulos glandulares 
por cada lado, dos más alargados y el mediano más pequeño. 
Todos tienen una capa cuticular, interna, más ó menos delga- 
da, reforzada en los túbulos excretores por un hilo arrollado 
en espiral (hilo de quitina) muy parecido al de las tráqueas. 
Los tres túbulos de los lóbulos glandulares de cada lado se 
reúnen en dos principales troncos, que, á su vez, se encuen- 
tran y reúnen en un solo conducto que desemboca en la línea 
media y ventral del tubo digestivo, en la base de la hipofarin- 
ge (véase la figura 63 y las precedentes en el cap. V.) 

La secreción de los seis lóbulos glandulares no es idéntica. 
La del lóbulo mediano (pequeño) es indudablemente distinta 
de las demás, con carácter ácido manifiesto. Los esporozoitos 
abundan casi siempre en las células de los lóbulos laterales; es- 
casean en las del mediano. 

Los esporozoitos son inoculados con el líquido segregado 
por las glándulas salivales en el momento en que el Díptero 
hematófago pica al hombre y á los animales. En los animales, 
los esporozoitos de los parásitos del paludismo no se desarro- 
llan: la especie se pierde. En el hombre, al penetrar los espo- 
rozoitos en la sangre, multiplícanse muy probablemente en 



- 551 — 

forma algo distinta de la que averiguare en la esqnizogonia de 
monontes de las generaciones sucesivas, pero de todos modos 
invaden los hematíes y aumentan de número hasta que deter- 
minan las primeras manifestaciones clínicas de la infección y 
la fiebre. El período antedicho (período de incuhnción) es en 
extremo variable, como demuestran los casos ex[)erimentales 
de infección palúdica, reunidos en las páginas" 50S y 509. 

Muy probablemente el período de incubación (reproducción 
de los esporozoitos anfigónicos y primeras generaciones mo- 
nogónicas) es de menor duración en los casos de parásitos 
semilunares (Laverania). 

5. En las glándulas salivales pueden encontrarse esporo- 
zoitos en gran número aun después que el mosquito ha inocula- 
do una y más veces el parásito al hombre. Con otras palabras, 
y más claramente: si — producida artificialmente la infección 
de un mosquito — al cabo de ocho, diez ó más días, cuando el 
examen de los testigos puestos en iguales condiciones nos haya 
demostrado que los esporozoitos se hallan en las glándulas sa- 
livales, procuramos que pique á un vertebrado de sangre ca- 
liente (perro, por ejemplo), y así sucesivamente dos y tres 
veces, y por fin llevamos á cabo el examen de las glándulas 
salivales del mismo mosquito, hallamos casi constantemente 
cierta cantidad de esporozoitos en ellas, aun cuando haya pa- 
sado mucho tiempo desde la infección del Díptero, desde el 
desarrollo de los quistes anfiónticos productores de dichos es- 
porozoitos. 

Tres explicaciones se presentan para semejante hecho: 1.*, 
podemos pensar que — eliminados los esporozoitos que ya se 
encontraban en las glándulas salivales en el momento de la 
última picadura — hayan penetrado luego en las células glan- 
dulares nuevos esporozoitos, procedentes de quistes amfiónti- 
cos maturados más tarde; 2.*, podemos admitir que con la pi- 
cadura no se eliminen más que un número reducido de esporo- 
zoitos, quedando para las sucesivas picaduras la mayoría de 
los que se encuentran encerrados en las glándulas salivales; 
3.*, por fin, podemos pensar que los esporozoitos se multipli- 
quen, con nueva fase reproductiva, en las glándulas salivales. 



- 552 — 

Por cuanto pueda parecer extraño este hecho, sin embargo 
debo insistir en ello, por muchas consideraciones. Ante todo^ 
la interpretación primera debe descartarse porque el fenómeno 
se observa haciendo picar al mosquito en un período tan ade- 
lantado desde su infección, que no admite duda sobre la per- 
sistencia de quistes anfiónticos aun por madurar. La segunda 
interpretación no es suficiente ni nos satisface, sobre todo 
cuando se observa que los esporozoitos permanecen en las cé- 
lulas de las glándulas salivales en número tan grande después 
de repetidas picaduras, que no parece posible sin admitir su 
multiplicación. 

En efecto^ con detenidas observaciones lógrase sorprender 
en los esporozoitos un fenómeno de bipartición, de división 
cariosómiea seguida por la separación de dos mitades longitu- 
dinales. Muy probablemente, los esporozoitos se dividen por 
tanto longitudinalmente, del mismo modo y en la misma forma 
que Schaudinn ha indicado como propia de los productos de 
la generación esporogónica en los parásitos del género Haemo- 
proteus y del género Haemamaeha (Spirochaete), que consti- 
tuyen por sucesivas biparticiones pequeñísimos elementos con 
aspecto de Irypanosoma y de Spirochaete. 

No quiero con esto acercar la evolución de los parásitos del 
paludismo á la que Fritz Schaudinn ha descrito como propia 
de ciertas especies de Hoemoproteus (Trypanosoma 7ioctiiae), 
y de Haemamaeha (Spirochaete Ziemanni) ; pero sí cabe afir- 
mar que el parentesco indudable con estas formas halla com- 
probación nueva en la existencia de semejante fase de multi- 
plicación de los esporozoitos (amfigónicos). 

6. Estoy en absoluto convencido de que los parásitos de la 
Malaria humana no presentan otro ciclo de evolución que el 
descrito, ni se desarrollan en otro ambiente que en la sangre 
del hombre (fase monogónica ó asexuada) y en el organismo 
del huésped invertebrado (fase anfigónica ó sexuada). 

Claro está que la inoculación directa de sangre de palúdico 
que contenga parásitos endoglobulares de la serie monogónica 
puede reproducir la infección y el tipo febril, como demuestran 
las observaciones reunidas en el estado de las páginas 508 y 509. 



— 553 - 

Sin embargo, trátase de un medio artificial de transmisión. Los 
insectos hematófagos (hembras) son incapaces de transportar en 
forma pasiva, puramente mecánica, el parásito de la sangre hu- 
mana (fase monogónica) desde el hombre enfermo al hombre 
sano, porque: 1,°, con su picadura no devuelven ni la menor 
cantidad de alimento (sangre) precedentemente chupado, en 
que pudiera contenerse aún intacto el parásito en los hematíes; 
2.°, sus picaduras se averiguan siempre á cierta distancia la una 
de la otra, es decir, con la interrupción de cierto período de 
tiempo; período siempre suficiente para que la sangre introduci- 
da en la primera se encuentre ya alterada, en plena hemolisis, 
y por tanto los parásitos endoglobulares que pudiera contener 
ya inertes é inactivos, en el momento de picar la segunda vez; 
3.°, las mínimas cantidades de sangre que puedan quedar so- 
bre la trompa y las piezas del aparato bucal en general, alté- 
ranse a fortiori inmediatamente al contacto del aire, sécanse 
y pierden en todo caso su vitalidad los parásitos endoglobula- 
res que pudieran contener. No olvidemos que no se trata de 
esquizomicetos: se trata de parásitos animales, que necesitan 
condiciones de ambiente determinado, y cuya estructura celu- 
lar sufre rápidas y mortales modificaciones bajo la influencia 
de condiciones desfavorables. 

Tan sólo el hallazgo de formas enqiiistadas (en el verdade- 
ro sentido de esta palabra^ no ya de formas envueltas en mem- 
brana adventicia, como es el caso de los anfiontes en el intes- 
tino medio del mosquito), de formas resistentes, encerradas en 
involucro quístico propio (como se encuentran en cierto