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\ 



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''^ 



.REVISTA 



DE MADRID. 






%^^^^s^s^ ^>^^^^, 



ItKt VI. 



MADRID. 



^- 



IMPRENTA DE LA SOCIEDAD LUTSABIA Y TIPOGRÁFICA, 

CALLB BE lÁ. UANZAIfA , NDM. 14. 

1845. 



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«i 






EXPEDÍGION MLESi Al IRGER, 



9V1LAJ8TS LOS AK08 ÍS41 T 1842. 



IVABÜACIOIV 8A€ADA DE DOCUMENTOS OFICIALES. 

(Véase nuestra Revista de Diciembre del aSo anterior.) 

JLiA expedición salió de Iddah el dia 8 de setiembre acom- 
paflada del s^uodo jaez. El secretario del attab la segaia 
en su bote. Ua mallam, ó sacerdote, amigo y confidente 
dd primer juez, se fletó también en eUtí&er ¿o para asuntos 
personales. 

Bl día 10 después de haber costeado las escarpadas ori- ^ 
Has de la playa , cuyas románticas bellezas escitaban á me- 
nudo la atención de los viajeros , el Alberto ancló frente las 
ruinas de la ciudad de Adda-Kuddn. El Niger en esta par- 
te de su corriente, está dominado por ambas márgenes, por 
elevadas colinas que descuellan cortadas á pico á modo de 
muraMas, especialmente en la confluencia del Gbadda. Des- 
cábretue por dó quiera paisajes deliciosos, colinas cubier- 
tas cíe bosques, valles de variadísimo aspecto : la vegetación 
es lozana y el calor no escesivo. 

El dia 1 1 se reunieron todos los buques ^ el 1 2 los co- 
misarios visitaron la ciudad abandonada y sus inmediaciones, 
trascurriendo los dias 1 3 y 1 4 en estender las actas de la 
toma de posesión. Firmaron estas actas los agentes del attah 
y los comisarios, que siguiendo la costumbre repartieron 
nuevos regalos entre los agentes africanos. 



4 AB VISTA DE MADRlb. 

£1 . pais y cedido por el attab de Egarah á la reina de 
Inglaterra , está situado en la margen derecha del rio Ni- 
ger, donde confluye con el Chadda. Elévase al Norte una 
montaña llamada por los naturales Patteb , cuya cima tie- 
ne cerca de 400 metros sobre el nivel del rio; á la extre- 
midad Sur , hay una colina que determina el curso del Ki- 
ger y del. Chadda. Es muy fácil defender este punto con 
el apoyo de dos fortalezas fabricadas en Tos parajes extre- 
mos. Aumenta la importancia de su posición , porque do- 
mina completamente el pais , y porque está en sus cerca- 
nías el gran mercado de esclavos de Kiri. La comarca de 
Adda-Kúddu que se estiende como unas 16 millas á lo lar- 
go del Nigfa', y como 4 en el interior, encierra muchas 
ciudad^ y aldeas, entregadas á la rapacidad de los fila- 
talis, y abandonadas en su mayor parte. La ciudad capitial, 
Adda-Kuddu , antiguamente uno de los mas. florecientes 
mercados de estas regiones, no contaba un solo habitante. 
Los comisarios e&peraban que la instalación de uno ó dos 
establecimientos ingleses en estos patajes , produciría el 
efecto de inspirar confianza á los naturales ;. que las fa- 
milias dispersas no tardarían en reedificar sus casas ar rui-- 
nadas por la guerra ; y en vivir tranquilamente á la som- 
* bra del tratado celebrado entre el attah y los comisarios; 
que el ejemplo de estas familias lo imitarían probablemen- 
te las Tecinas poblaciones ; y en fin , que por la posesión 
de un pais tan bien situado ^ se realizarían los deseos ma- 
nifestados por el gobierno de S. M. la reina Victoria. 

El terreno, en las inmediaciones de Adda-Kuddu, no es 
de la mejor calidad , pero produce considerable cantidad 
de algodón. £1 director de la granja-modelo adoptó al 
punto sus disposiciones para establecerse en ella del mejor 
modo posible. 

Habiendo llegado la expedición á la confluencia del Píi- 
ger y del Chadda, creyó debía emprender sus manio- 
bras. Acordóse, pues, á propuesta del capitán Trotter en 
un consejo celebrado con este motivo, que se destacasen 



^ 



EXPEDIGIOM INGLESA At NlGER. 5 - 

dbs comisarios para entablar comuDieacioocs amistosas coa 
los caciques de las orillas del Chadda, en tanto ^ que los de- 
más subian á lo largor del Niger. Los comisarios de una y 
otra expedición iban provistos de amplios poderes para con- 
ferenciar por separado; pero los tratados debian someterse 
á la sanción de la comisión constituida en junta. 

Por desgracia, no se llevo á cabo este proyecto. Em- 
pezaba un nuevo período: período de calamidades, de in- 
fortunio! Hasta el instante de su arribo frente de Idab, 
los oficiales yniarineros europeos habian gozado, sino de 
perfecta, al menos de jsatisfactoria salud; ningún nuevo 
caso de calentura se habia notado «n la flota desde la em- 
bocadura del rio; pero el 18 de setiembre, los ¡pliegos ex- 
pedidos al secret&rio de las colonias, contenían dolorosos 
presentimientos, pues los comisarios anunciaban que aca- 
baban de declararse los alarmantes síntomas de aquella en- 
fermedad. Efectivamente, desde este dia la muerte se cebó 
cruelmente, y no hubo ya mas que una serie de desgracias. 

En su comunicación del 18 los comisarios informaron* 
al secretario de las colonias, que un oñcial, Mr. Nigh-ttn- 
gale , ayudante de cirugía, cuatro bombres del Alberto^ dos 
del WUherforce j uno del Sondan habian dejado de exis- 
tir ; que sesenta hombres de estos tres buques estaban en 
cama , y que su estado inspiraba serios temores. También 
informaba el capitán al ministro, que la opinioii del 4<^c- 
tor M. Yilliam, cirujano mayor, habia sido que s^ hiciese 
ir al Sondan á Fernando Pó , y si la necesidad lo exigía á 
Ascensión para trasladar allí los enfermos. 

£1 dia 19 los comisarios se reunieron para decidir sobre 
si la expedición debia continuar ó retroceder. Llamó$e*á 
cada uno de ellos para que emitiese su parecer. £1 coman* 
dante William Alien tomó la palabra, y sostuvo su opinión, 
fundada en la esperiencia que habia adquirido acerca de 
la mortífera influencia del clima. «La prudencia, dijo, nos 
manda retroceder. La estación está demasiado adelantada; 
los progresos del mal á bordo del Wilberforce y del Alber^ 



6 REVISTA DE MADRID. 

to son harto inteasos ; la precisión de cortar lefia en un 
pais insalubre , para reemplazar el carhon , y la reducida 
tripulación no permiten continuar el viaje; la enfermedad 
cundirá , y este es un azote contra* el cual no debemos lu- 
cbar ; lo pasado y lo presente me hacen temer males mu- 
cho mayores. Además no conviene que nos presentemos á 
la ciudad de Rabbah en este estado de postración ; el efec- 
to moral que produciría, sería, á no dudarlo, perjudicial á 
los intereses de nuestra misión; es pues, mas prudente re- 
gresar á la costa , restablecer en ella la salud de la tripu- 
lación , y volver aquí con nuevas fuerzas en estación mas 
oportuna.» 

El capitán Bird Alien , nombrado para desempeñar las 
funciones de secretario en relevo de M. Bowden, atacado 
de la calentura, dijo , que puesto que el Alberto estaba to- 
davía enidisposicion de navegar, era preciso subir por el rio 
hasta Babbab, y concluir un tratado con el cacique del pais, 
en cuyo caso se quedaría cumplida la mayor parte de la mi- 
sión en el resto del año; pero que los alarmantes progresos 
de la enfermedad á bordo del Irilberforce^ hacian indispen- 
sable el regreso de este bajel á l^s costas. 

El capitán Trotter participó de la opinión del doctor 
M. Williám, de que el clima naturalmente sería mas dulce 
cuanto mas se subióse por el rio, mas se alejasen de las tier- 
ras bajas , pantanosas , y ganasen las montañas rodeadas de 
un ambiente fresco ; y que por tanto estaban al abrigo de 
los miasmas^ infectos^ desprendidos por los estremados ca- 
lores. 

Decidióse finalmente que los capitanes Trótter y Bird 
Alien permaneciesen á bordo del Alberto para continuar, 
su* expedición en el Niger; que el capitán William-Allen, -y 
Mr. Coolt volviesen al mar con el Wilder forcé ^ y que re- 
conociendo los golfos de Beniu, y de Blaffra, ajustasen tra- 
tados con los caciques de estos territorios, si encontraban 
oportunidad, 

A propuesta de M. Carr, la Amelia ancló en la quin- 



ta-modelo para protegerla. M. Aiisell) colector dd plantas, 
desembarcó en este pctnto á ruego suyo. 

£1 21 de setiembre el Alberto zarpó para Babb&h. El 
WilberfQrice empezó su vuelta hacia la desembocadura del 
rio; mas adelante hablaremos de su Tiaje. Sigamos al iá/fter/o 
en' su atrevida y arriesgada escursion. 

£u esta ^poca conducia á su bordo el Alberto 39 euro- 
peos, 17 oficiales ó ingenieros y. 22 marineros^ seis délos 
cuales con dos ingenieros. pá(feciai| fiebre; los demás goza* 
han todoB de buéQa salund, excepto quizás tres ó éualrp, 
que después de Jbaber padecido aquella enfermedad , se ha^ 
liaban bien adelantados en su convalecencia. En et primer 
dia esperimentó di capitaii Bírd- Alien síntomas dé fiebre, *y 
al opeo dia quedó fuera de servicio. En aquel mismo dia se 
hicieron sentir otros dos casos de fiebre , el de un oficial y 
el de un marinero; el 22 llegó el ^{6€r¿o al mercado de 
Kori,á la orilla derecha. Contiene la ciudad de ochenta 
á cien casas. Su mercado está abierto cada quince dias, ánn«* 
que otros dicen que una vez al mes« No había allí ningún 
artículo de com^cio europeo ; las mercancías indígenas 
consistían e» graiios, i^normes sombraos del tamaffo de 
paraguas , artefactos de madera venidos de Abbab , algu-* 
nos grandes sacos Henos de algodon^«con granos , calabazas 
]a|)rddas ¡, alfarería de fábrica i¿d%ena , frutas diversas, ca- 
labazas* llenas de manteca, etc., etc. ; aquel día ni un sólo, 
esclavo se presentó en el mercado. 

Han po^ñdido^ algunos geógrafos que las ciudades de 
Kori, Akoka, Áteshira, Egbec, Área, fo|*nmbaú un estado 
independiente ; pero s^un las notas recogidas en> los mis^ 
roos pacáges por la expedición , se prueba que están someti- 
das al Attah. de Egarah. Sin embargo , pagan un tributo 
anual al rey de los filatabs. El Attah de Egarah puede sa- 
car tropas de Kori,.lo mismo que de. las demás cindadela. 
Aduku , hijo del Attah , proclamó á su llegada en presencia 
•del jefe de tosmallams, del juez, y de los principaies de la 
ciudad, la ley de su p^re, qué abirtuí el 1i*áfico dé esclavos. 



^ HE VISTA DE MADKID. 

En la inañana del dia siguiente 23 vinieron al Alberto 
muchos grandes botes;. entre otros había uno que pertene- 
cía á A jimba , hijo de Ajiddi , jefe de Mieji , aldea del pais 
de Gallanda , que se halla bajo la jurisdicción del Attafa de 
Egarah. Este bote volvia def mercado de Egga, que se bac- 
ila en la parte superior del río en el pais de Nufi. Iba car-> 
gado de caballos y de diversas mercancías. A jimba había 
comprado tr^ esclavos, que llevaba consigo , un hombre y 
dos mujeres. Gomo Egga , donde los esclavos habían sido 
comprados , se halla en el territorio del Attah , su trans- 
porté de Qn pais á otro era una contravención al tratado de 
Iddab. Por consiguiente el capitán Trotier retuvo d bote, 
y después de una severa reconvención , hizo subir los escla- 
vos á bordo del Alberto. Pero se probo completamtente que 
Ajímba ignoraba la existeücia del tratado, y por lo mis- 
mo no tuvo efecto la confiscación (tel bote y de su carga- 
mento. £1 capitán Trotter quiso saber el precio á que había 
pagado los esclavos, y Ajímba le declaró que había dado 
por los tres el valor de 400 rs. de nuestra moneda. Se le 
ofreció por indemnización seis fusiles^ un barril de "pólvo- 
ra y tres anas de paño encarnado , lo que podía valer , se- 
gún dijo M. Schoen , 500 rs. por los tres esclavos. Ajim- 
ba consintió de muy buena voluntad , y quedó concluido 
el n^ocio. Estos esclavos se transportaron á Fernando Pó, 
donde fiaron puestos en libertad. 

£1 25 llegó el Alberto delante de Kinamí con el objeto 
de cortar madera . Esta aldea se halla situada á la orilla de- 
recha, y habitada por nufis; su población está calculada 
próximamente en unas 1 ,000 almas. 

Kínami es tributaria de los filahs por derecho de con-* 
quista. £1 tributo anual se exige con una rigidez cruel por 
los oficiales del rey encargados de percibirlo. Los nufis se 
ven obligados muchas veces á vender su^ muebles , sus ca- 
báfias y sus instrumentos de labor para satisfaicer las exi- 
gencias del déspota; y si les sucede no poder pagar, son 
conducidos como esfdavos i Rabbab. El ^\n de la llegada de 



EXPEDICIÓN tlVOLESA At NIGER. 9 

los ingleses á Kinanii no había ningún esclavo de venta. 
Cuando los habitantes los necesitan , van á comprarlos á 
Egga, donde hay un gran mercado cada quince días. 

Según las notas del reverendo M. Schóen, la condición 
de los esclavos domésticos en 4;odas aquellas aldeas, se di- 
ferencia muy poco de la de sus propietarios. No se les apli- 
ca otro castigo que el látigo. Si un esclavo trata de esca- 
parse ; si comete un robo cou reincidencia , ó alguna ofen- 
sa contra su amo , inmediatamente se le vende. Si comete 
una muerte es castigado con pena capital , y su amo paga 
una multa. Si el amo mata á su esclavo^ solo se le castiga 
con una fuerte multa en metálico. 

El distrito de que Kinami es una de las principales ciu- 
dades, se llama Bushi. Principia en la orilla derecha opues- 
ta á Banchiku, y se estiende hasta Egga, comprendiendo 
cerca de 40 ciudades ó aldeas, cuya población se calcula en 
30,000 individuos próximamente. Este pueblo está reputa- 
do por muy industrioso. Fabrica telas, tanto mas notables 
por su calidad, cuanto qne para fabricarlas se valen de muy 
groseros instrumentos. El algodón les viene del pais de Nufi, 
en la orilla izquierda, cuyo terreno es perfectamente á pro- 
pósito para el cultivo de esta planta. Lo poco que se culti- 
va en el distrito de Bushi , se siembra después de las pri- 
mera» lluvias y se hace la recolección cinco meses después. 
Al arroz se reduce el principal cultivo. La inundación de 
184t , se llevó* toda la cosecha, y aquel año fué de miseria. 

Los habitantes de Kinami están dedicados á las manufac- 
turas y al comei:cio. Traen á los mercados de Egga y á otras 
ciudades ovejas, cabras y frutas. Toman la sal de Dohma 
y de Yauri, á donde la llevan mercaderes delpais de Haussa. 
El marfil escasea mucho, y sin embargo se asegura que los 
elefantes abundan en aquellas inmediaciones ; pero los na- 
turales de Kinami ignoran completamente el arte de matarlos 
ó de domesticarlos. 

Las creencias de este pueblo son una mezcla de paga- 
nismo y mahometismo. Los hombres son muy ignorantes 

SEGVnnA ÍPOGA,— >TOMO \x. 2 



10 . REVISTA OT MADBID. 

en materias de religión. Se casan con tantas mujeres como 
pueden comprar. £1 precio medio die una mujer es de cer- 
ca 120 reales de nuestra moneda. Esta suma se paga á los 
parientes de la joven , á quien nuuca se pide ^u cosentimien- 
to. Beber, y comer juntos, y gastar en placeres él precio de 
la venta y constituyen toda h ceremonia del casamiento. La 
mujer que de esta manera es comprada, puede volver á ser 
vendida por su marido, pero no como esclava. Los iilatahs 
se casan c<m mujeres de Nufi, pero nunca dan sus mujeres 
á los hombres de Nufi, á quienes desprecian ^soberanamente. 
Los fílatalis parecen mas instruidos en las leyes del doran. 
Nunca se casan con mas de cuatro mujeres, y sus mallams 
solemnizan el matrimonio con ceremonias religiosas y ora- 
ciones públicas. 

£1 27 por la tarda fondeó el Alberto delante de E^ga. 
Se encargó á M. Growtbérque fuese inmediatamente á anuQr- 
ciar al jefe la llegada de los comisarios ingleses. Al dia si- 
guiente ancló el navio delante de la ciudad. 

£gga esunade las principales ciudades del país de Nüfi, 
y la mas grande y poblada que los. inglesa han encontrado 
desdíB su entrada en elNiger. Este desgraciado pais , desgar- 
rado durante muchos anos' por guerras entre d¿os consipe- 
tidores del trono , ba venid.o á ser tributario del i'ey de £a.b« 
bah, uno de los jefjBS mas*poderosoide Ips.filatahs^ y que 
se halla sometido á las leyes del sultán de Sokatu. Elgober-: 
nador de Égga se llama Bogang; es nuil, y de una familia 
antigua de príncipes; esta dignidad es bcredUaria eu.su 
familia. 

La aparicúm del Alberto alarmó la población , haciéndo- 
se mil conjeturas acerca de su llegada. Se sabia que Ios-es- 
clavos, comprados en Eggapor Áji|n1)a hablan sido apréheiir 
didos: se imaginaban que por la fuerza de las armas y la 
guerra venían los ingleses á dar libertad á los esclavos. Pe* 
ro cuando M. Crov^ther bu1)o. explicado á Bogang la natu- 
raleza del tratado que los ingleses deseaban hacer' con él y 
coa todos los jefes, cuyos estados^ eran bafta^jlos por el Miger 



EXPEDICIÓN INGLESA AL NIGEH. U 

y por los demás rios que desembocan en él , contestó que ten- 
dría muclio gusto en yer al comandante del buque: «He 
oido hablar de su* llegada, dice, y me alegro de saber 
que no \iene á hacerme lá guerra, sino para asegurar la paz.. 
Sin embargo, temo ir á bordo de vuestro navio. Si el rey 
de Ibs filatahs supiese esto, se enojaría, porque teme al pue- 
blo blanco, que es en la guerra mas fuerte que él, y diría: 
ah ! Bogang ha ido á ver al pueblo blanco ! Yo lo castiga- 
ré por esto cuando el pueblo blanco se vuelva á su pais.» 

Aprobaba los motivos de la expedición, deseaba la abo- 
lición del comercio de esclavos ; pero como gobernador de 
Egga, no podia adoptar ninguna medida hasta que el mis- 
mo rey hubiese suscrito el tratado de abolición. « No pienso, 
dice, qué los filatahs cotísient^n en dejar de hacer el comercio 
de esclavos. Dios solo es capaz de aboürlo en aquel pais. » 

Su odio á sus oprésore-s se dejaba conocer en sus discur- 
sos, y muchas veces dejaba comprender que él y su pue- 
blp serían felices colocándose bajo la protección de los in- 
gleses , con la cual no tendrían ya nada que tenier de sus 
enemigos. «-Es inútil, dice, ir mas lejos, ni pensar en tra- 
tar con Ezu-Ina (ó Fridina) otro jefe nufi , que reside algu- 
nas millas mas arriba , porque carece absolutamente de po- 
der, y es tributario del rey de Babbah,'< Posee Egga (\erpa 
de 200 telares. Se suelen encontrar 10 ó 12 reunidos en ún 
patio trabajando con el mayororden. Estos telares son muy 
sencillos, y la tela que fabrican no tiene ma^de tres pulga- 
das de ancho; alguiias son'blancas y otras listadas de blanco, 
azul y encarnado; hacen dé ellas vestidos en que ehtran unas 
cincuenta varas de estás telas estrechas.. Los tintoreros ne em- 
plean mas que dos colore?, el azuly el rojo. Este rojo es de una 
madera molida en morteros por las mujeres , mientras que 
los hombres trabajan en tejero teñir. A veces se réunéu has- 
ta cuatro mujeres al rededor de un morterq en que macha- 
pan alternativamente. El polvo que de esta madera sé saca, 
se mezcla con arcilla, y de todo se hacen bolas, que se secan 
al sol. En algunas deltas bolas entra una materia crasiei^- 






12 AE VISTA DE MADRID. . 

ta. Las mujeres se sirven de estas paH frotarse el cuerpo, 
con lo que creen parecer mas hermosas: estas bolas rojas f^ 
emplean también como medicamento en ciertos casos. La 
alfarería se asemeja á primera \ista á la fundición de hier- 
ro. Se fabrica de esta clase gran cantidad, y délos residuos 
se sirven los habitantes para empedrar sus casas. 

£1 mercado de Egga era menos rico que el de Kori. Las 
únicas mercancías de Europa que vio M. Schoen , consis- 
tían en pañuelos y en cuentas para collares. Habia pólvora 
de cañón , algunos caballos y unos cincuenta esclavos que, 
según se aseguraba, eran prisioneros de guerra traídos al 
mercado por los fílatahs. La mayor parte de los esc^vos 
eran mujeres, siendo los demás niños de menos de 8 años, 
délos que solo habia tres: también habia algunas madejas 
de seda encarnada , traídas del pais de Haussa ; ño babia 
ningún arma de fuego, pero sí muchos sables fabricados en 
el pais, lanzas, arcos y Hechas. 

La población de Egga está calculada en 8,000 habi- 
tantes. Las casas, construidas todas en forma cónica, son 
mejores que las de Idda. Las murallas son de argamasa^ 
y varían de espesor desde 1 2 á 1 5 centímetros hasta metro 
y medio. La mayor^ parte de las casas están pintadas de 
azul , lo que les dá un aspecto agradable. Casi todas tienen 
sobre la fachada una especie de pórtico ó doble muro, que 
forma un espacio de cerca de un metro, y cuyo objeto 
principal es evitar en lo interior tanto la liumedad como 
los grandes calotts. No se conoce el uso de las ventanas. 
AL Schoen cree haber observado que la ciudad se hallaba 
enteramente rodeada de agua : quizá en la época en que el 
Alberto fondeó delante de Egga principiase alguna de las 
avenidas extraordinarias que á veces hacen perecer gran 
número de habitantes. 

El pueblo de Egga no profesa ni el mahometismo, ni 
el paganismo propiamente dicho; cada cual se entrega á 
sus ideas superticiosas. M. Schoen halló en la casa del Ma- 
llan muchos libros árabes , magníficamente escritos , que el 



EXP£DICIO]!í INGLE3A AL Ü^IGER. 13 

dueña de ellos uo^sabia ker , y otros que leia muy corrien- 
temente sin comprender la décima parte de ellos. Los ha- 
bitantes de Egga compran escla\os de su nación: sin em- 
bargo, prefieren aquellos ó aquellas que ignoran su patria, 
que^son traídos de muy lejos y que es muy difícil que hu- 
yan. Los esclavos sou tratados con humanidad. Trabajan 
la mitad del tiempo en beneficio de su amo , y la otra mi- 
tad en provecho suyo. Son generalmente muy adictos á sus 
amos. Estos deben dar al esclavo alimento y vertido, cosas 
muy poco costosas. El vestido de ün esclavo consiste senci- 
llamente en un pedazo de tela de algodón que se ciñe al, 
cuerpo. El esclavo puede vender el producto de la pose- 
sión en que trabaja, después que el amo ha dispuesto de 
los suyos. Si pertenece á un comerciante en clase de reme- 
. ro , puede transportar mercancías por su cuenta y hacer el 
comercio. Le es permitido comprar tantas mujeres cuantas 
pueda mantener , y sus descendientes son libres. Puede res- 
catarse y permanecer tranquilamente en la ciudad en que 
ha sido esclavo , ó volver á su pais si mejor le parece. Si 
el esclavo comete un crimen, se le vende, ó bien su amo 
paga uña multa. Los esclavos embargados por deudas de 
su amo , no pueden ser vendidos fuera del pais , etc. La 
costumbre de este pueblo, de frotarse las cejas con plomo, 
da á los ojos gracia y viveza. Se tifien las uñas de encarna- 
do con el jugo de una planta llamada en aquel pais y en 
Haussa Calleh y en árabe hanna ó herma, y se tifien el cuer- 
po con una pomada roja que se presta singularmente á to-^ 
das las especies de coquetería que se usan entre ellos , y que 
recuerdan, según el misiouero Schoen , muchos pasajes de 
la Escritura. 

« Y habiendo sabido Jezal)el que Jehu venia , pintó su 
rostro, adornó su cabeza....» (de los Beyes, libro 2.^, 
cap. 9, vers. 30.) 

« Aunque te vistas de carmesí y te adornes con adornos 
de oro, y cubras tu rostro de arrebol, ¡en vano te embe- 
lleces!,..» ( Jeremías, c. 4. v. 30). . 



14 RKVtBTA DE MADRID. 

Sumo-SatUi , rey de los íilatahs, á quien Egga paga 
tributo , esta reputado por liombr^e de un carácter irasci- 
bte, cruel, avaro. En la guerra encarga siempre á sus sol- 
dados que hagan esclavos, á quienes envía después á mu- 
chos mercados para que se vendan por su cuenta. 

Bogang hacia instancias á los ingleses para que pasasen 
á Rabbáh, pues sin duda pretendía- que su jefe superior 
llegase á ponerse en relación con los comisarios. Con este 
fin le despachó un mensajero, que le informase de la lle- 
gada del Alberto á Egga. Este mensajero era portador de 
un vestido de seda y de una Tíiblia árabe para él rey. Ro- 
gang le informaba del deseo que tenían los enviados de la 
reina de Inglaterra de liacer con él un tratado de comer- 
cío; por otra parte, Rogang instaba á los ingleses á qae 
subiesen el rio, asegurándoles que la inundación favorece- 
ría su proyecto , por lo menos durante siete meses. El ca- 
pitán Trotter le preguntó los nombres de las ciudades y al- 
deas situadas entre Rabba y Egga , y algunas noticias sobre 
aquellos parajes ; pero estas preguntas quedaron sin respues- 
ta porque aquel jefe no había salido nunca de Egga. 

La enfermedad hacia cada dia á bordo del Alberto pro- 
gresos alarmantes. Desde la salida de este iwivío'de la con- 
fluencia del Niger y del Chadda habían muerto dos hombres, 
y los que se hallaban enfermos, lejos de mejorarse, iban per- 
diendo diariamente las fuerzas y el ánimo. Nuevos enfermos 
entraban en el hospital. En Egga fué atacado de la fiebre M. 
Lódge, el único ingeniero que se hallaba capaz de hacer 
servicio. Se hizo á bordo nueva provisión de leña, con la 
esperanza de que uno de los ingenieros podría dirigir el 
navio para que subiese? por el rio hasta Rabbah. Pero nin- 
guno de ellos se encontró en estado de emprender ei^te via- 
je; ni aun hubo un carpintero que pudiese en caso de ne- 
cesidad reparar las averías. 

El 4 de octubre llegó á ser tan deplorable el estado sa- 
nitario de lá expedición, que al fin quedó abandonado el 
proyecto de subir por el rio. £1 misino capitán Trotter ha- 



TSXPEblCION I^GLIBSA AL KIGER. 15 

bia sido la ^í^pera acometido de la fiebre. Él comandante 
Bird-Allen se hallaba muy abatido. A escepcion del con- 
tramaestre M. Willie, de un marinero convaleciente, del 
doctor M. Willlam, del doctor Stanger y del reverendo M. 
Schoen, todos los demás se hallaban enfermos. ístas cinco 
personas, extrañas á la marina, apenas bastaban para di-" 
rijir el buque y cuidar á sus compañeros enfermos. Cada 
dia amenazaban mayores peligros. £1 rio habia bajado ma$ 
de 40 pulgadas , y era de temer que las emanaciones me- 
fíticas de los pantanos desecados por el calor, fuesen á to- 
dos fatales. Era pues preciso apresurarse á partir. 

El 5 de octubre , hallándose el capitán Troter demasia- 
do delicado para subir al puente , encargó á M. Willíe que 
levase ancla. Pero no habiendo nadie en estado de mover 
las máquinas , el contramaestre dejó al buque que siguiese 
la corriente. Esta manera de bajar por el rio , abandonán- 
dose al hilo del agua , hacia el viaje muy largo y peligroso. 
En esta circunstancia, el doctor Stanger, geólogo distin- 
guido, tomó una resolución muy laudable. Durante todo 
el primer dia y una parte dé la noche, estudió el thitado 
de Tredgolds sobre las máquinas de vapor, y con algunos 
consejos que le dio el ingeniero convaleciente, se vio en es- 
tado de reemplazarle. M. Stanger cumplió perfectamente 
su nuevo empleo , y condujo el buque sin ningún contra- 
tiempo hasta llegar delante de Abboh. Mientras que M. 
Stanger cuidaba de las máquinas, el doctor William tenia 
la cafta del timón y consultaba una excelente carta del Ki- 
ger. Mientras iba á cuidar á los enfermos lo reemplazaba 
un joven africano llamado M. Brown. 

El 6 de octubre tocó el Alberto en Buddu, pueblo situado 
sobre la orilla derecha, y que es cabeza del pequeño distri- 
to de Kalanda , que consta de cinco ó seis poblaciones. El 
Attah-de Iddah , dice M. Schpen, fué declarado soberano 
de aquel pais en 1837, y en calidad de tal recibe anual- 
mente et tributo de un caballo. Pero los filatahs se; babian 
apoderado de fidddu tres meses anteis de la llegada del Al- 



16 REVISTA DE MADIUÜD* 

berto. Los habitantes se avinieron á pagarles una crecida 
contribución, y con esta condición se retiraron, sin llevar- 
, se un solo prisionero y sin cometer la menor violencia. Ca- 
da íiiatah iba armado con un fusil, 'Uu sable, una lanza, 
un arcó y algunas flechas. Si se hubiesen negado loft ha- 
bitantes de Buddu á pagar la coatribucion , aquellos temi- 
bles merodeadores hubieran cautivado y reducido á la escla- 
vitud á todos los habitantes que hubieran podido encontrar, 
siu distinción entre loa hombres, las mujeres y los niños. 

El Attah de Iddah había hecho ya publicar en Buddá 
la ley sobre abolición de la esclavitud. Los principales ha- 
bitantes de la población añrmaban que esta había sido en 
otro tiempo un gran mercado de esclavos , pero que desde 
la publicación de la ley y las terminantes órdenes del At- 
tah no se había vendido uno solo. Los moradores se servían 
de esclavos domésticos para ayudarles en sus trabajos , pe- 
ro no para venderlos. Aquel pueblo aseguraba no haber ce- 
lebrado nunca sacrificios humanos. 
. En la noche del 7 se tiró al mar el aspirante M. Wil- 
mett en un acceso de delirio febril, pero le salvaron Wi» 
UiamGuy, natural de Cambia, y Tom Osmond Druma, 
que se arrojaron valerosamente al agua, á pesar de estar 
la noche muy oscura y de ser muy rápidaJa corriente. La 
sociedad humana ha concedido después dos medallas á es- 
tos dos negros por su animosa conducta en esta ocasión. 
M. Wilmet murió en Fernando Pó el mes siguiente. 

Al llegar á la hacienda-modelo , encontraron enfermos 
de calentura á MM. Carr, Kingdon y Ansell; fué necesa- 
rio llevarlos á bordo, y el establecimiento quedó encarga- 
do al negro americano Ralph Moorc , que habia embarca- 
do en Libería. La Amelia , cuyo comandante era M. Tho* 
más King, hombre de color, muy inteligente, y cuya con- 
ducta inspiraba confianza , se quedó con doce negros para 
pro tejer la hacienda. 

El 10 de octubre continuó el Alberto por el rio abajo, 
y por la noche fondeó á pQcas millas mas allá de Iddah. Al 



\ 



• 



CXPfiDIGHOIC IUGLESA At 19IGEA. 17 

^ amanecer del siguiente dia envió el Attáb á decir, que veia 
con sentimiento que el buque no entrase en las aguas de 
la ciudad, donde podría hallar auxilio. En prueba de amis- 
tad remitía un buey, qae fué llevado inmediatamente á bor* 
do de la Amelia ^ á petición del capitán Trotter. En la tar- 
de del 12 tocó el Alberto en Abboh, cuyo Oby se manifes- 
tó tan amigo como antes , á pesar del triste y miserable es- 
tado á que se hallaba reducida la expedición. El Oby y su 
hijd se apresuraron á renovar las provisiones de combusti- 
bles , almoriaron á bordo, y antes de salir del buque hicie- 
ron una visita al capitán Trotter, que seguia en cama con 
calentura. 

Después de una detención muy corta en Abboh , conti- 
nuó el buque su marcha. Hallábase solo á cien millas del 
mar, cuando encontró al vapor Etiope^ cuyo comandante 
M. Beecroft ibaen busca del AlbertOy á ruegos deM. WiUiam 
Alien. Fortuna fué que el Alberto le encontrase,» porque se 
hallaba sin recursos. Aunque sus máquinas no habian su- 
frido ningún daño dé consideración,, necesitaban sin em- 
bargo algunas reparaciones que se habian hecho indispen- 
sables , y á que rio habia podido atender el doctor Stariger, 
á pesar de toda su buena voluntad y de sus, esfuerzos. Pos- 
trado el capitán Trotter por la calentura, no podia subir 
sobre cubierta. Todos los oficiales y marineros europeos se 
hallaban en el mismo caso, escepto uno que estaba conva- 
leciente; y nt un solo negro era capaz de empuñar el timón. 
Tal era el triste estado en que se hallaba la tripulación del 
Alberto^ cuando le encontró el capitán Beecroft. Con pocos 
dias mas. que hubieran pasado , su ruina era inevitable, y 
hubiera perecido en la barra , arrastrado por las corrientes 
y po;: los vientos. . 

M. Beecroft se trasbordó al Alberto con un ingeniero 
y algunos marineros, y no solo lé liizo atravesar felizmen^ 
te la barra , sino que le condujo á Clarence-Cove en Fer- 
nando Poo, que está á 160. millas de distancia. El 17 de no- 
viembre fondeó en aquel puerto , y el Soldán llegó al otro 

SEGÜUDA ÉPOCA.— TOMO VI. ' 3 



18 REVISTA D£ MADRID. 

día. Este buque babia encontrado al Alberto mas arriba de 
la barra de Nun, y debía seguir subiendo el rio al mando 
del teniente Strange; pero, tal era su estado de deterioro, 
que M. Strange tuvo que abandonar este proyecto y ende- 
rezar el rumbo á Fernando Poo. Luego que llegó á aquel 
puerto, tomó M. Strange el mando de los dos buques. To- 
dos los oficiales estaban en cama, esccpto el aspirante M. 
Monat que los asistia. Era imposible pasar de Fernando Poo. 
El mal. hacia progresos horrorosos. Todos los enfermos fue- 
ron trasladados á tierra y colocados en los edificios de la 
compañía .del África occidental. Cinco oficiales y un ma- 
rinero sucumbieron en pocos dias ; hubo que sentir , entre 
otras, la muerte der capitán Bird Alien, que falleció el 25 
de octubre, la del segundo ingeniero M. Lodge, y la del 
joven M. Willmett, qué, como dijimos, se había tirado an- 
.teriormente al mar, en un acceso de fiebre. Tal era la si- 
tuacion de la tripulación que componía solamente una par- 
te de la espedicion en 1841 : situación desastrosa, diezmada 
por el azote mas cruel que en aquellas regiones tienen que 
tq»er los, europeos. Desde el 1 ." de setiembre, época en que 
salieron el Alberto y el Soldán de la punta del Delta, hasta 
el .95 de octubre, el primer buque perdió doce oficiales y 
marineros, y el segundj ocho. 

Pero volvamos al Wilber forcé , al cual dejamos el 2 1 de 
setiembre en la confluencia del Chadda y del Niger. 

Aquel dia, mientras que el Alberto levaba anclas y se - 
dirigía á.Rabbah, el Wilber forcé regresaba á la embocadu- 
ra del rio para pasar á Fernando Poo. Este buque y el Soli- 
dan tenían esperanza de que se restableciesen allí con pron- 
titud sus tripulaciones. El Wilber forcé llegó á la boca del 
rio en cuatro dias y medio., y después de detenerse otros 
cuatro en cargar combustible, pasó con felicidad la barra 
y se engolfó. El 3 de octubre llegó con el Soldán á Fernán-. 
do Poo.. El primer cuidado del capitán William-Allen fué 
el de surtir de víveres al Soldán , habilitar su tripulación 
y despacharle con socorros de toda especie en busca del 



EXPE0IQIO1I IHGLESA AL HIOER. t9 

oflpUati Trotter. Eo aquellos momentos llegó á Fernando 
PooM. Beecroft, comandante del vapor mercante £¿íope. £»* 
te capitán ofreció solícitamente su ayuda á M. Wiiliam-AUen , 
quien la admitió y le envió al encuentro del Alberto. Afor- 
tunada fué, como hemos dicho, esta circunstancia, pues 
sin la presencia de M. Beecroft hubiera perecido el buque, 
combatido por tantas TÍcisitudes. 

Sin ser insalubre la permanencia en Fernando Poo, esr 
tuvo á punto de ser fatal para los enfermos. Habiendo ob^ 
servado el capitán WiUiam-AIlen que la fiebre progresaba, se 
dio prist á reembarcar á su gente , salió al mar é hizo via-^ 
jes cortos á las islas de los Príncipes, á Sañto-Tomás, á 
Anno-Bon y i la Ascensión , donde tocó el 1 7 de noviem- 
bre. £n cada uno de estos puntos se notaba inmediatamente 
el buen efecto que causaba este cambio de sitios ,7 sobreto- 
do la influencia del puro y sano aire de la pequeña isla de 
Anno-Bon, donde se detuvo ocho dias; así que, cuando lle- 
garon á la Ascensión, casi todosi los oficiales y marineros 
gozaban de buena salud. 

Por aquella ^poca eran seis los muertos de la tripula- 
ción del Wilber forcé ^ á saber, un oficial y dos n^rineros 
que habían fallecido en el Kiger , y otros tres durante la 
travesía desde la boca de este rio basta Anno-Bon. Antes de 
entrar en el rio habia muerto de calentura un hombre de 
color y dos de muerte casual. El botánico M. Yogel , falle- 
ció de desintería en Fenando Poo, algunos dias después de 
haber saltado en tierra. £s digno de notarse que ocho per- 
sonas del Wilberforcey á saber, el comisario M. Gook , el 
teniente Strange, tres médicos y tres marineros disfru- 
taron sin interrupción de una excelente salud. 

En la Ascensión se gobernó el Wilber forcé para poder 
tomar la mar y subir nuevamente el Migér. Al mismo tiem- 
po entraban en Fernando Poo el Alberto y el Soldán. 11 5 
de noviembre fondeaba el Pluíon en el mismo puerto, ha- 
biendo dejado al Wilber forcé en Santo Tomás , y llegando 
á bordo al teniente Fishbourne y á Mr. Bauden , ambos 



' 20 aEVíSTA DE MADlliD. 

convalecientes, que deseaban formar parte de una nueva 
expedición. 

Habiendo recobrado su salud Mr. Carr. el director de la 
hacieuda-fnodelo manifestó el mas vivo deseo de pasar al sitio 
donde debia ejei'cer su empleo , á bordo de una de las ca- 
noas africanas, que trafican entre- Brass-Town y Abboh- 
Como el Pluton se hallaba listo para darse á la vela y cru-^ 
zar por aquellas aguas, M. Bi*ownt le ofreció conducirle has- 
ta las bocas de Rio-Bento , desde donde podría trasladarse 
fácilmente a Brass-Town. M. Carr salió de Fernando Poo 
acompañado solamente de su criado Henry Blumef, africa- 
no libre, fiel a toda prueba y digno de estimación. El capi- 
tán Trotter poso á su disposición una chalupa á las órde- 
nes del aspirante M. Brownt, persona de color, con preven- 
cion de que enviase un mensaje al rey Boy ,,á quien cono- 
cía' ya, encargándole particularmente que tuviese á bien 
disponer fuese conducido M. Carr á Abboh. 

Varias veces y en el mismo momento de su marclia su- 
plicaron á M. Carr sus compañeros de viaje, que llevase 
muy pocos efectos consigo á fin de no tentar la avaricia de 
los naturales y no darles ocasión para insultarle • pero to- 
das sus recomendaciones fueron inútiles. Los bagajes de 
M. Carr eran tan voluminosos , que M. Brownt tuvo que He- 

• • • 

tar una laticha á mas de la del Alberto para trasladarlos al 
otro lado de la barra. Llegadas al rio siguieron las doblan- 
chas cinco millas mas arriba hasta la caleta que conduce á 
Brass-Town, donde encontraron otras muchas montadas por 
africanos. M. Brownt les preguntó por el camino de Brass- 
Town. Los africanos respondieron que era inútil ir allá, 
pues el rey Boy habia pasado á Abboh. Pero aquel creyó 
que no debia darles asenso, y quiso continuar su ruta. Lo,s 
africanos se interpusieron en el rio, resueltos á no dejarle 
pasar. De aquí se siguió una lucha, en que perdió M. Brown 
parte de sus vestidos. 

. . Algunos hombres que iban por la corriente arriba en 
una gran lancha y que parecieron á M. Brownt habitantes de 



EXPEDICIÓN INGLESA AL NIGER. 21 

una pequeña población inmediata á Abboh y ofrecieron á M. 
Carr trasportarle allá, cuya proposición fué admitida. Tan- 
tos eran los fardos de su equipaje, que los naturales tuvie- 
ron que arrojar al mar parte de $us mercancías para que 

. cupiesen. Abandonándose así á merced de personas desco- 
nocidas, á pesar de los reiterados consejos desús camaradas, 
cometió M. Carr una imprudencia gravísima. La prisa que 
se dieran los negros á embarcar su equipaje, hubiera de- 
bido inspirarle prudentes reflexiones , j hacerle suponer que 
" no podrían resistir á la tentación de apoderarse de aquel, 
aunque fuese á costa de un crimen. M. Brow nt tuvo esté pre- 
sentimiento , 7 poco después de la marcha de la canoa se 

. puso á perseguirla , pero fué en vano, y tuvo que .volver á 
Fernando Poo. 

El 25 de octubre escribió el capitán Trotter al minis- 
tro de las colonias , dándole cuenta de los resultados de la 
expedición y de la necesidad que tenia de volver á Ingla- 
terra para presentar al almirantazgo un estado exacto de la 
situación de los buques y de las opiniones de la comisión so- 
bre la posibilidad de ^ubir por el Niger á una distancia mu- 

' cho mayor que la que babia recorrido la expedición * 
M. Trotter dio en aquel pliego detalles muy circunstancia-, 
dos sobre el desgraciado viaje del Alberto hasta cerca de Rab- 

#bah , y sobre su regreso causado por la intensidad de las fie- 
bres que le hablan privado de casi toda su tripulación. 
Anadia que no pensaba que pudiesen regresar el Alberto y 
el Wilber forcé á Inglaterra antes del verano , y que en cuan- 
to al 5o/dan era de creer que nunca estuviese en estado de 
volver á Europa. 

El capitán Trotter, M. Schoen y el doctor Stanger se 
embarcaron el 23 de noviembre en la goleta mercante War- 
rée para Liverpool. El Alberto salió para la Ascensión, don- 
de se reunió al Wilber forcé , y el Soldán pasó el invierno 
en Fernando Poo. 

Al llegar el Alberto á la Ascensión conferenciaron el' 
oomandante Alien y M, Gook y únicos individuos de la co« 



■ 



22 AETISTÁ m MADRID. 

misión que aun quedaban , sobre los medios de irolver al 
Niger , y subirle hasta la hacienda-modelo. Sobre este es- 
tablecimiento • T sobre M. Carr habian corrido voces sínies- 
tras.. Decíase que la hacienda habia sido saqueada y los co- 
lonos pasados ú cuchillo por los indígenas. Estas voces las 
bahía difundido el bergantín de guerra Bazatd , al cual 
las habian comunicado algunas personas procedentes de 
Bemis. Era fácil que no tuviesen mas origen que la malevo- 
lencia de getites poco dignas de crédito; pero los comisarios, 
consultando solo la voz de la humanidad y el honor del pa- 
bellón británico, resolvieron ponerse cuanto antes en coiau- 
sicacion con sus compañeros y cerciorarse de su "verdade- 
ro estado. 

£1 3 de febrero de 1842 se decidió en una reunión ce- 
lerada á bordo del Wilber forcé ^ entrar en el Niger en el 
menor térnüno posible, y ejecutar las órdenes de S. M. A 
este ^ecto debía dicho buque , en unión con el Soldán^ 
entablar rdaciones con el Ossai de Ábboh, el Atbah de Id- 
dah y los colonos de la hacienda-modelo, procurando hacer 
un tratado en Babbah con el rey de los filatahs; después 
Vid verían i la Ascensión, si no creían mas conveniente esplo- 
rar el Ghadda. 

De esta determinación , aunque contraria á las instruc- 
ciones dejadas por el capitán Trotter, se dio cuenta á Lord 
Stanley , ministro de las colonias , con fecha 1 2 dé febre- 
ro. Verdad es que se infringían los consejos del capitán, d. 
cual, antes de marcharse, previno expresamente que uosle 
emprendiese nada hasta el mes de julio ; pero ¿no eran 
responsables también los dos comisarios del resultado de k 
expedición? y , ya que no su deber , ¿no les obligaba á lo 
menos la humanidad á prestar auxilio á los colonos de la 
hacienda- modelo, á quienes se suponía rodeados de los ma- 
yores apuros? 

A principios del mes de marzo , los comisarios , los ofi« 
cíales y los marineros del Wilberforce y del Soldán , que 
se hallaban totalmente restablecidos , salieron de la Aseen* 



EXPEDlCICm lüGLfiSA AL IHIGER. 23 

sioQ con rambo á* la costa de África. Pocos dias después 
de su llegada á Fernando Poo recibieron periódicos de Lon- 
dres , y por ellos supieron que Lord Stanley habiá declara- 
do en el Parlamento no tener el gobierno'intencion de inten- 
tar otra navegación por el Niger con tripulaciones compues- 
tas de blancos. En su vista, resolvió el capitán William-ÁUen, 
como comandante de la expedición, esperar instruccioneis 
precisas del ministro de las colonias ó del almirantazgo an- 
tes de pasar adelante. Pero al mismo tiempo encargó al 
teniente M. Earle, que montaba el bergantín de guerra 
Rápido^ que fuese á tomar informes sobre las voces que ha- 
bían corrido acerca del asesinato de los colonos de la hacien- 
da-modelo. Este oficial regresó pocos dias después diciendo, 
qneM. Hope, agente europeo en las riberas del Formosa, 
le habia asegurado que no tenia ninguna noticia de tal des- 
gracia. Los habitantes de un pueblo situado á orillas del 
Nun negaron redondamente que hubiese sido asesinado 
M. Carr. 

Esperando órdenes de Inglaterra ,. y con el fin de con- 
servar el buen estado de salud de la tripulación , recorrió el, 
capitán WilUam-Allen la bahíadeAmboiseyel rioGamerons, 
en cuyos viajes pudo estudiar los usos y costumbres de las 
diversas naciones de negros que habitan aquellos paises. 

El 24 de junio llegó á Fernando Poo el vapor de guerra 
Kile con instrucciones para el capitán William- Alien. Partici- 
pábale Lord Stanley , ^que el gobierno no tenia intencio- 
nes de repetir la expedición, pero que debian establecer- 
se comunicaciones con los colonos de la hacienda-modelo, 
á fin de facilitar su regreso , si lo deseaban , ó en otro cai^o 
para proporcionarles medios de continuar su explotación. 
£1 ministro anadia que para esta empresa bastaba un solo 
buque, el cual debía tripularse en lo posible por negros 
y gente de color. 

El capitán William-AUen empezó á hacer diligencias para 
satisfacer cuanto antes los deseos del gobierno. El Wilber" 
forcé fué tripulado por negros y gente de color ^, al mando 



24 REVISTA DE MADRID. 

dé un teniente. Un ayudante de cij-ugía , un aspirante de 
marina, dos oficiales de contabilidad y tres ingenieros 
quisieron participar de los riesgos de esta nueva expedi- 
ción. El Kile remolcó al Wilbel forcé hasta la embocadura 
del rio, y el 2 d3 julio pasaron felizmente la barra. El pri- 
mero de estos dos buques recibió a bordo al resto de la ex- 
pedición , y tomó el camino de Inglaterra, á donde llegó el 
2 de setiembre. 

El teniente Webb , comandante del Wilber forcé ^ fondeó 
en Abboh el 6 de julio. Aquel mismo dia tuvo una entre- 
vista con el rey Oby, el cual se habia vestido para hacer 
la corte á los ingleses, con ef* traje que le habian regala- 
do los comisarios el dia en que se firmó el tratado de su- 
presión del comercio de esclavos. M. Webb le hizo muchas 
preguntas acerca de M. Garr, y entre otras la de si tenia' 
conocimiento de un hombre blanco que habia subido con* 
tra la corriente del rio en una canoa cpnducida por negros, 
que se dirigía al rio de San Juan. Sabia positivamente 
M. Webb que el rey Boy se hallaba en aquellos parajes en 
la época en que M. Garr los habia recorrido, y por lo tan- 
to menudeó sus preguntas á Oby; pero este respondió re- 
petidas «veces que nunca habia oido hablar de la llegada 
dé M. Garr al rio de Bras ó San Juan , si bien era probable 
qué hubiese saltado en tierra y seguido al hijo del jefe 
Jacques, cuyos estados se hallaban situados á orillas de aquel 
rio, y cuya barca habia pasado por él, en la época que se 

• 

le citaba. Esta respuesta convenció á M. Webb, de que Oby 
sabia mas de lo que decia con respecto á M. Garr. 

El Wilber forcé llegó el dia 10 á Iddah: en el camino 
encontró una lancha procedente de Hamia, en la cual iba 
un esclavo cargado de cadenas ; prueba evidente de que no 
se cumplía con fidelidad el tratado celebrado con el Attah. 

El 11 f ué á bordo el mallam del Attah de Iddah , con 
una caja de cartas de los colonos de la hacienda-modelo es- 
critas en enero. En eíla% expresaban gran inquietud sobre 
el regreso de Iqs buques , f daban algunos detalles acerca 



EXPEDICIÓN IIK^LESA AL IflGER. 25 

de dos ataques que les íiabian dado los filatabs. La ain- 
ciana reina de Iddt^b /«llamada Madogbie pasó tambieu á 
bordo, llevando consigo dos cabras que presentó de parte 
del rey, asegurai\do que éste hacia «preparativos para com- 
pletar las provisiones del buque. Tanto satisfizo á esta rei- 
na la buena recepción que la hicieron, quase detuvo á bor- 
do 24 horas. Por un singular capricho hizo, al regresar á 
Iddah, que desembarcase el mallan en una roca situada 
en mitad del rio, donde le abandonó. El infeliz sacerdote 
fué conducido nuevamente al Wilber forcé , por una lan- 
cha de Iddah , que volvia de un mercado,' y en la que iban 
dos esclavas de Kakanda. El mallam fué interpelado severa- 
mente sobre esta violación del tratado ; intimidado sin du- 
da con esto , se escapó y no volvió á presentarse. 

El 18 fondeó el Wilberforce junto á la hacienda-mode- 
lo ; la colonia se hallaba en un completo estado de desor- 
ganización. Los primeros dias se consagraron á hacer las ne- 
cesarias reparaciones en el vapor que habia tocado en unas 
rocas cerca de la isla de Beaufort. Empezaban á presentar- 
se algunos síntomas de fiebre, y M. Webb dispuso que se 
hiciesen los preparativos para dar cuanto antes la vuelta. 
La descripción que hace este oficial de la deplorable si- 
tuación de la colonia , es muy interesante , pero nos falta 
espacio para copiar estos detalles. Baste decir que se desco- 
nocía la autoridad de M. Moore, director interino, roe- 
nospreciáüdose sus consejos ; reinaba el mayor desorden en- 
tre los colonos , y muchos de ellos se hablan hecho culpa- 
bles de desafueros sumamente reprensibles. Estas razones 
resolvieron áM. Webb, después de pensarlo maduramente, 
á abandonar el establecimiento , sintiendo sinceramente la 
necesidad de este paso. «Conocía, dice este oficial, que 
dejábamos una posición muy ventajosa , como punto cen- 
tral de donde hubieran salido la civilización y el comercio 
.para los países comarcanos, y como un asilo á donde bu- 
^ bieran podido refujiarse los negros que se sustrajesen á, la 
esclavitud y viviendo bajo nuestra protección. Probablemen- 

SEGUNDA EPOCA-^TOMO VI. 4 



26 MVISTA D£ MADRID. 

te se hubiera hecho en poQo tiempo aquel sitio una co- 
lonia importante , lo cual era el objeto de la expedición; 
pero no podia realizarse sin los cuidados de uno ó dos eu- • 
ropéos dotados de todas las cualidades necesarias para di- 
rijir semejante negocio. » 

Los colonos aseguraron que un día habian TÍsto bajar 
por el rio hasta cincuenta canoas cateadas de esclavos. Ya 
babia servido la hacienda de asilo amas de trecientos fujiti- 
vos. Otros muchos habitaban las montañas vecinas, bajo el 
gobierno de Kulema , rey de Baba y de Sumana , jefe de ' 
la población de Pandaiki. M. Webb dio á Samaña todos los 
utensilios de la hacienda y á Kulema la cosecha del algodón 
que estaba todavía en pié, como una prueba de amistad y co- 
mo recompensa de las buenas relaciones que siempre les ha- 
bian i)ni4o con los colonos. También regaló un Caballo á 
Kudaja , jefe del pueblo de Baha. El pueblo repartió entre 
sí unas cincuenta pesetas como gratifícapiou. £u la noche 
del 22 de julio se dio á la vela M. Webb, llevando á Remol- 
que á la Amelia. Así se malogró uno de los mas impor- 
tantes objetos de la expedición. 

Los vapores llegaron á Abboh el dia 25. El rey Boy -en- 
vio mensajeros á decir á M. Webb, que su amo, que estaba . 
acampado en un banco de arena inmediato á la ensenada de 
Abboh , deseaba hablar con el hombre blanco , que siete ú 
ocho meses antes habia pasado por el rio. Por mas ini^taa- 
•cias que se le hicieron no consintió este jefe en pasar á bor-. 
do , pero insistió mucho en que saltase en tierra el tenien- 
te Webb, el cual accedió a su invitación. En aquella confe* 
rencia dijo el rey que hacia siete ú ocho meses fué un hom- 
b^ blanco (sin diida M. Garr) al rio San Juan : que en su 
casa deBrass-Town habia algunos vestidos de éste, y dos 
prisioneros , subditos del rey de Bassa, y que estos dos hom- 
bres podian muy bien haber quitado el vestido al hombre 
blanco, después de darle muerte, aunque no afirmaba que 
M. Cftrr hubiese sido asesinado. 

Se advertía tanta duplicidad , tanta bipocresia y mala 



EXPEDIGIOlf ITYOIESA AL 9I6ER. 27 

fé en estas palabtas del rey Boy, que el teníante WeW) tu- 
^0 teütaeioaes de apoderarse de él y llevarle á Femando 
^oo; pero no le acompañaban en su chalupa mas que algu- 
nos Clarineros débiles y desarmados, y hubiera tenido que 
Dtichar con tres grandes lanchas cargadas de africanos ar- 
lilfidos con arcos, flechas , mazas , etc., que demostraban 
uH aspecto amenazador. Aquel oficial prefirió volver á bor^ . 
do 4 y volver inmediatamente con el vapor á cortar la re- 
tiraik á las lanchas y al rey. Pero , sea que éste sospecha- 
se esta manielbra, ó que tínpleasen los ingleses mucho tiem- 
po en ejecutarla, lo cierto es que logró escaparse. 
; ' No baMentlo podido lograr su intento, resolvió M. Webb 
apoderarse de los dos hombres de Brass ,. y guardar á bor- 
. dó al mensajiero del rey Boy. Esta captura fué algo dificil. 
M. Webb se hahia propuesto firmemente avmguar por to« 
dos los medios posibles la verdad acerca del destino de 
M/ Carr antes de abandonar aquellos sitios. Los tres hom- 
bres quedaron en el vapor bajo la vigilancia de guardas 
de vista. Hubo sin embaí^ un momento en que engaiki^n*' 
do á tótos se acercaron á la borda, y saltaron al agua; pe- 
ro pudo fcojérseles , y en cuanto volvieron al vapor se íes 
cargó de cadenas. Nadaban con una extraordinaria celeri- 
dad báciauíias grandes yerbas que habia en la orilla, en- 
H^e las cuales se hubieran ocultado con facilidad. Después 
de intetttar en vano volver i ver al rey Boy, y renovar las 
velaeiones con él,^onttnuaron los dos buques bajando el rio. 
En la mafiana del 26 fueron interrogados sepuradamen* 
te los dos hombres de Brass, y el mensajero dd rey Boy. 
Be^ondierOü que éste había cogido á dos habitantes de 
Blissa , población situada á orilbis del Benin , á cerca de 46 
leguas de la boca de este rio: que itquellos llevaban en su 
canoa algunos vestidos de personas blancas ; que babia oído 
decir á los mismos, que el hombre blanco habia sido atado 
á un árbol y condoeido ^despue» á Bassa; que su criado 
marebó Dtra vfez á su pais; que el bi»»l>re blanco tenia mu*- 
ehoB vestidos y libros. 






28 IIEVISTA DE MADB1D. 

Estos fueroQ todos los datos que pudo obtener M.-Webb; 
las respuestas eraa tan semejantes, que se conocía haber 
sido dictadas por el rey Boy. 

Los 'dos buques renovaron sus provisiones en la parte 
baja del rio , y el 29 de julio llegaron á Fernando Poo. 

Hasta 16 de agosto se empleó la tripulación del Soldán 
en poner al Wüberforce en estado de atravesar el Atlánti* 
co. Eq aquel espació de tiempo sufrieron varios interroga- 
torios los prisioneros africanos, pero sus respuestas na va-^ 
riaron. M. -Beecroft , comandante del Etiope , les interrogó^ 
también sin obtener mejor resultado. Decidióse por fin po- 
nerles en libertad y proporcionarles medios de volver á su 
pais. Algunos dias .después se j>usieron en marcha. A pesar 
de sus constantes negativas, M. Webb ha quedado conven*- 
cido de que el rey Boy sabia todas las particularidades del 
asesinato de M. Carr , y de que podia haber tomado una 
parte activa en él. M. Carr murió víctima de sq celo y de 
su amor á la ciencia , escitando imprudentemente la ava- 
ricia de sus huéspedes con el aspecto de los objetos desti- 
nados al bienestar de sus compañeros de la hacienda-mo- 
delo. 

Después de un crucero hacia la isla de los Príncipes pa- 
ra restablecer la salud de la tripulación, salió el Wilberfor^ 
ce de Fernando Poo el 1 8 de setiembre con dirección á In- 
glaterra y entró en Plimouth el 1 7 de noviembre, habien- 
do llevado un viaje lleno de incidentes dolorosos y constan- 
temente contrarrestado por el mal tiempo. 

Así terminó la expedición del Niger, en que tan gran^ 
des esperanzas babian fundado el gobierno inglés , la hu- 
manidad y la ciencia misma. Los ingleses recorrieron qui- 
nientas millas de un pais casi desconocido desde la embo- 
cadura del Niger hasta Babbah. En todas partes fueron bien 
recibidos , en todas partes encontraron á los jefes de las po* 
bhciones dispuestos á cesar en el comercio de esclavos, y á 
entrar en relaciones coa los europeos por medio de tratados- 
La idea que presidió á esta empresa era noble , fecunda y 



EXPEIHGIOK IliGLESA Ah 5IGBR. 29 

perfectamente concebida. Los establecimientos: cocnerciales 
y agrícolas fundados en las confluencias de los rios que de- 
saguan en el Niger, hubieran sido otros tantos focos de ci- 
vilización , cuyos rayos, ilastrando aquella parte del Áfri- 
ca occidental, hubieran propagado la civilización, y abier. 
to inmensos manantiales de conocimientos , nuevos para la 
Europa. . , 

No es la Inglaterra nación que se desanima fácilmente. 
Us probable que los resultados morales ya obtenidos la su- 
jieran otra tentativa de la misma especie. No siempre pre- 
sentará la influencia del clima una barrerá insuperable. Un 
día ú otro será vencido por la ciencia su carácter mortífe- 
ro para los europeos. Las observaciones recogidas ppr la ex- 
pedición son preciosas, y pueden servir de base para nue- 
vos proyectos, para nuevas empresas, que es de esperar 
tengan un éxito mas favorable. 



30 msVtSTÁ M HADHID. 



¡QUE AMOR TAN milLAR! 



t 



(GontinnaeioD.) 



XI. 



Vm ataHo iIm MealMnleat*. 



.* 



Oos estensas galerías atravesaban la estremidad de la 
hacienda deKerbudda, las cuales conducíanla dos balcones 
situados en las fachadas del Norte y Mediodía. 

Después de algunas horas de descanso llegó Edward al 
terrado frente á la casa, lugar de la cita que él mismo se 
había dado. Las persianas de todas las ventanas se hallaban 
cerradas ,' escepto las del balcón déla galería. Sobre la ba-* 
luastrada de este se diluijaba en relieve un brazo medio 
' desnudo de gracioso contorno que sostenia una cabeza en- 
cantadora inundada de hermosísimos cabellos , cuya pósi^ 
«ion de indiferencia y abandono, revelaba una profunda náe- 
ditacion á los ojos del que la observaba. La joven se le* 
vantó bruscamente como si despertase de un sueño aloir 
cierto ruido de pasos que pisaban sobre las secas hojas.: > 

Edward se inclinó y saludó empezando su conversación 
por las fórmulas que exijia la situación. 

— Después de mi sueño, dijola condesa Octavia, he vi- 
sitado vuestro castillo indio, y en verdad que es un desier- 
to tan hermoso como el campo que lo rodea. Puede viviwe 
en él un mes á guisa de ermitaño ó anacoreta. Estoy asou|- 
brada de todo lo que descubren mis ojos. Qué cosa tan graü- 
de, tan admirable y tan triste á la vez! Preciso es ver e^- 
to una vez á lo menos en la vida, á fin de poder habléis 
de ello después. *A 

—Señora, dijo Edward, lá gran naturaleza es como uW 
mujer hermosa : cuando se la vé por primera vez , asom- 



•4f^^ 



¡ QBÍ AMOn TAS sikovlae! 91 

bra, desespera y entristece. Se siente uno ÍQdigYU> y peque- 
ño á su lado, y se envidia á los seres superiores creados 
para ella y faTorecidos con sus sonrisas. Basta eu seguida 
que esta naturaleza ó esta mujer haga lucir un rayo de sol 
ó una mirada de bondad para cambiar las disposiciones de 
nuestro espíritu y de nuestro corazón. Se acerca luio á ellae, 
se acostumbra á verlas y se las ama apasionadamente. Sí, 
porque lo mismo se apetece cada dia escuchar y - mirar el 
sopido de las cascadas y los abismos de los bosques, que la 
melodía de' una voz divina y el brillante resplandor de los 
mas hermosos ojos.... Os convenceres muy pronto, señora, 
de que nuestra gran naturaleza merece bien ser amada de vos. 

—Yo! os aseguro, Sir Edward, que no es otro mi deseo, 
amarla.... pero por algunos instantes nada mas.... £n ver- 
dad que no sé lo que he venido á hacer á la India.... y eñ 
eso estaba pensando precisamente.... Pero ya se vé, cuando 
una es rica; aturdida, y se halla fastidiada y viuda, se apa- 
siona una de la indiferencia de una amiga , se andan tres mil 
leguas, y se encuentra frente á frente con un tigre al lle^ 
gar. Héaquí un soberbio recibimiento !.. . ¿y queréis, Sir 
Edward, que desde la primera mirada ame yo á una natura- 
leza que ha estado á punto de devorarme , á no ser por vues- 
tro auxilio? 

— Os ruego, señora, que evitds las personalidade»: es mas 
agradable en verdad hablar de todos estos objetos que nos 
rodean hallándoos como os halláis vos asomada á uu, bal- 
cón y yo apoyado contra un árbol, que no b(d)lar de uno 
mismo , sobre todo cuando se trata de un servicio tan in- 
significante como el que os he prestado. . . . Creed, señora, que 
me es bastante sensible contrariar de este modiO la primera 
impresión que os ha producido la vista de mi Bengala; pe- 
ro permitidme ú lo menos que la defienda á vuestros ojos de 
los cargos que la hacéis. Guando fuisteis atacada en Smyrna 
pt>r dos tigres negros, la Maledicencia y la Calumnia, ¿qué 
cazador hubiera podido lanzar sffbre. ellos el plomo des- 
tructor? 

r— Ninguno, Sir Edward, lo conozco, y por eso viven 
todavía. 

— Y vivirán siempre > señora.... pero no hablemos mas 
de esto. ... Si me hallase en el caso de tener que fundar al- 
gún establecimiento, é eríjir alguna ermita esoojiería este 
país, al cual podemos llamar la isla del sol. 

— Sir Edward, eujerais sin duda, dijo Octavia rieB4oá 



32 AfiVrSTA BB MADRID. 

carcajadas. Vos no tenéis vocación dí de fabricante ni de 
anacoreta. 

— ^Seílora , las vocaciones varían cada diez años en la vidtf 
del hombre ; un accidente cualquiera basta para producir 
esta clase de cambios. Y si no permitidme una suposición.... 
Figuraos qiie aitto á uns^ mujer.;. . . el amor es cosa muy seña 
después de haber cumplido treinta años , porque las gran- 
des pasiones se desarrollan tarde.... hago pues deponer en 
esta mujer todo mi porvenir ; uno mi vida á la suya ; ci- 
fro mi felicidad en una sonrisa suya , mi horizonte en la 
huella de [sus pies.... peroUegáun dia en que pierdo á esta 
"mujer.... 
' — ¿Antes de haberse casado con ella, ' Sir Edward? 

— Antes de haberme casado.... Oh! entonces busco un 
rincón cualquiera donde esconderme, la gruta de Gamoens, 
la isla de Bobinson , un paraíso sin Adán , y hago de uno 
de estos lugares el sepulcro de mi vida, rogando á Uios que 
ine envié como en la Tebaida un kon que cave mi sepultura 
'Hespues de mi muerte. 

— Tranquilizaos, Sir Edward, que no os sucederá lo que 
teméis. 
— ¿Lo sabéis, señora.? 

-^No es preciso ser ninguna sibila de Cumas para poder- 
lo asegurar, Sir Edwar^ no,, no tendréis ningún león que 
cave vuestra sepultura. Os casareis. 
— ¿Y con quién , señora? 

— Eso, Dios lo sabe. £1 mundo está poblado de mujeres 
que esperan maridos. 
— Y que los desprecian. 
— Pero no* á vos, Sir Edward. 
— Sin embargo, me ha sucedido ya por dos veces. 
— ¿Soñando?' 

— No, real y ver (laderamente. 

—¿De veras, Sir ' Edward? ah ! contádmelo: esas histo- 
rias me divierten mucho. 

— Señora, tenia 26 años y estaba para casarme con Miss 
Herminia la hija del cónsul de Franquebar. Desembarqué 
en este punto con los despachos matrimoniales en la ma- 
no y hasta con mi vestido de boda encapillado.... pero el 
día antes se habia casado mi prometida con un anticuario. . . . 
Mi segundo chasco matrimonial ha sido aun mas terrible: 
me hallaba en una casa de campo de la Florida , en medio 
de un desierto poblado únicamente de leones y elefantes : en 



iQij£ ▲MpH tah sibgcl^r! 33 

la eaiii no yiTíaines mas, que una mojer y yo, pues auuque 
habia además un amigo, yo no debía contar con él, pues 
en lo que menos pensaba esté era en la tal mujer para mal- 
dita de Dios la cosa.... Sin embargo aquella mujer se casó 
con mi amigo. 

—¿A pesar suyo? 

— Mi amigo babia formado la intención de suicidarse á 
causa de k desesperación que le babia producido cierto 
amor desgraciado; buscaba un arma, encontró i aquella 
mujer y se casó con ella á fin de lograr su intento. 

—¿Y ba muerto? 

— No, señora, vive, es feliz y bendice su suicidio nupr 
cíál; es rico además y tiene dos ó tres bijos, según creo. 

— ¿Con que es decir que teméis un tercer naufragio?... 

— Precisamente, señora, porque está visto que mi estre- 
lla es funesta basta á mis amigos; ya lo visteis por vos 
misma en Smyrna. Estaba á punto de celebrarse un matri- 
monio; llego pocos momentos antes, cuando se bailaban 
en lo mejor cfel baile , y el matrimonio quedó desbarata- 
do.... Añadiré aun, si la crónica del pais de Homero no 
es una fábula, añadiré, pues^ que mi conciencia me acusa 
además de un becho mas grave aun.... 

— Dios mió ! pie baceis temblar , Sir Edward , dijo Oc- 
tavia sonriéndose. Vamos , continuad vuestra confesión. 

— ^¿Y me absolvereis^ señora? 

^ — Conforme, si el pecado es demasiado grande, os reco- 
mendaré á la clemencia del cielo. 

— Se ba dicbo que mi viaje á Smyrna babia desbarata- 
do el casamiento de un joven diplomático con una bella con- 
desa íntima amiga* vuestra. 

—No tengo amistad con ninguna bella condesa. 

— Hubiera debido nombraros, señora, porque e^toy se- 
guro de que no os bubieseis reconocido. 

— Pues bien , caballero , el pais de Homero ba añadido 
un capítulo mas á su mitología.... He conocido en Smyr- 
na á dos jóvenes de mucbo talento, dos compatriotas: es 
verdad que tanto el uno como el otro me dirijieron algu- 
nas galanterías, pero nada mas, os lo aseguro. Desde luego 
debe tenerse presente que estos señores tenian un gran de- 
fecto; eran demasiado jóvenes para mí. 

— Pero de ese defecto se babrán correjido ya, señora, 
aumentando el número de sus años. 

— Y yo á la vez me babré correjido diez años antes 

SUiníDA EPOGil.*^TOMO VI. . 5 



34 REVISTA DB MADnTD. 

que ellos, que es precisamente el tiempo que yo les iteTo. 

— Indudablemente, la cuenta es exacta según las reglas 
déla matemática matrimonial. 

— Ya veis, Sir Edward, que no sois tan culpable..., 

— Ah, señora, qué peso me quitáis de encima. Jamás me 
habría consolado de baberos privado de un marido por esa 
fatalidad que vá unida á mi nombre. 

— Os doy gracias por el interés qué os tomáis en mi se- 
gundo matrimonio, Sir Edward. jVo creo como vos en esa 
fatalidad de que os lamentáis, y espero que si yo entrega- 
se de nuevo mi mano al pié de un altar, firmareis conmi- 
go el contrato de mi nueva boda sin que vuestra estrella 
atraiga sobre mí ninfguna desgracia. 

— Oh ! no señora , haré pedazos la pluma antes de firmar. 
— Fismareis, Sir Edward, 

— No quiero condenaros, señora , á una perpetua viudez j 
quiero mejor estar en posición de veros llevar sucesivamen- 
te el luto de vuestros tres maridos, líl deber de una mujer 
tan encantadora como vos, es prodigar la felicidad á todo 
el mayor número de personas que sea posible. 

Bien, pueis supuesto que no queréis firmar, no me 
casaré nunca. Así podré convenir en que en efecto no te- 
neis sino de casado. 

— Sin embargo de lo que os Le dicho, debo hacer una 
escepcion, sefiora. Si el marido que clcjís me parece digno 
de vos,... firmaré con ambas manos. 

— En verdad, Sir Edward, que no comprendo por qué 
os obstináis tanto en contrariar mi elección. 

— Pensad como queráis, señora , pero no obtendréis mi 
firma. 

— Ya pensareis de otro modo, caballero. 

— ¿Podéis creer, sefiora, por ventura, que si os casáis 
con M. Tower, asociaría mi nombre á semejante atentado? 

^— Oh! Dios mió, ¿y quién piensa en casarse con M. To- 
wer? Adeftiás, él está ya casado consigo mismo hace mas de 
treinta años, y estoy segura de que no se divorciará ! 

— St*a en buen hora. Dejemos á M. Tower.... Pero es 
el caso que como hay^quí precisamente tanta escasez de 
hombres blancos, me es muy dificil hallar puntos de com- 
paración.... Pero bien, os permitiré que os caséis con el co- 
ronel Donglas.... 

— Veo que sois muy generoso, Sir Edvard, puesto que 
me adjudicáis el mai^ido de otra. 



¡QUÉ AilillA TA^ SIüraüLAH ! 35. 

-' Todavía no lo es, seiiora, todavía iio. 

—Lo será mañana é pasado mañana cuando mafi. 

— Qaién sabe ! . 

— ¿Qaé decís? ¿con que habremos venido desde un cabo 
del mundo- para concluir el matrimonio de Amalia, autori- 
zados con una orden del Ministerio, y nos quedaríamos m 
statu qiio? En Smyrna quedó pendiente, como sabéis, el SI 
de los novios, ¿y después de haber atravesado tres rail le- 
guas para pronunciar esas dos letras , permaneceríamos mo- 
das? qué locura , Sír Edward ! 

— Señora, os halláis en uabaloon, y yo al pié de un ár- 
bol; ala distancia en que nos encontramos es muy posible 
que no nos entendamos siempre, sin embargo de que creoque 
nosotros no nos entenderemos nunca. Jugamos al volante 
por medio de enigmas. 

En este momento cayó del árlK)! un papel á, los pies de 
Edward. 

— A propósito de enigmas, dijo la condesa, hé aquí un 
árbol que prodncé hojas muy ^singulares en verdad. 

— Sí, dijo Edward recojiéndo el papel con la mayor indi* 
ferencia , este es un fenómeno vejetal , que no se vé sino en 
Bengala. 

— ¿Estáis en correspondencia con alguna silfide, Sir Ed- 
ward? 

—Es un pedazo de papel casi del todo blanco. 

— ¿Casi del todo? 
—¿Queréis leerlo, señora? 

— Oh! no' por cierto, yo respeto mucho los secretos del 
aire. 

— Son cuatro versos.de nuestro poeta Campbell, autor 
del poema Pleasures ofhope. (Los placeres delae¿tperanza.) 

— Ah ! ¿el poeta Campbell tiene su morada en ese árbol, 
ó hace compañía á los pájaros por distraerse?.... Desgra- 
ciadamente es tan grande la espesura desús hojas, que no 
se puede ver mas que la primera capa de ellas.... ¿Pue- 
den leerse esos versos ? 

— Os los voy á. enviar, señora, con cualquier criado. 
Edward dio algunos pasos hacia la casa con hipocresía 
tan bien disimulada , que no pudo menos de engañar á la 
condesa.' 

—No, no, Sir Edward, dijo esta riéndose, no os toméis 
ett trabí^, hace demasiado calor. Prefiero mejor continuar 
hablando coa vos , aunque sea & alguna distancia comode^ 






26 JUSVI9TA BE MABRIB. 

• 

cis; y hablando así á la casualidad, sin objeto, t<»nainos por 
pretesto la primera hoja qne caiga ^obre nuestras cabezas. . . . ' 
Así, pues, decidme , Sir Edward , ¿de qué manera han na- 
cido en ese árbol los cuatro versos que se han desprendí- 
di de él? 

— Los coloqué yo mismo esta mañana.... al fin me obli- 
gáis á declararme.... Contaba con que el viento que se le- 
vantaría á mediodia los dejase caer á vuestros pies, y han caí- 
do á losmios...» 

" Muy natural me parece esa esplícacion . 
Edward conservaba el papel indiferentemente abierto en- 
tre la punta de sus dedos , leyéndolo á la par que hablaba. 
Ya se habrá comprendido probablemente que Nizam sal- 
tando de rama en rama como una ardilla había dejado caer 
aquel papel ^in darle forma de carta , cuyo papel no pudo 
ser leído sino á trozos , en esta forma : 

'^ Sir Edward, mi respetable señor. 
«Le temps va vite, usons du temps.* 

— Señora, dijo Edward, que pronunciaba una frase y 
leiá dos renglones. Ved aqui los cuatro versos de Camp- 
bell , traducidos en francés : 

Oh ! je voudrais etre le vent 

Que dans vos beaux cheveux noirs jone, 

lilt met leur ébene mouvant 

Sur r ivoire de votre joue ! 

— Muy bien , Slr Edward , muy bien traduóidos. 

— No es estraño , señora , cuando se conoce el original. 
«^Este misterioso fakir, que pide limosna á los árboles, 
» hablaba esta mañana con un beraidje demasiado joven pa- 
tera estar calvo;yo los observaba sin que me viesen como ten- 
»go de costumbre 

— Sir Edward, muchas veces he dicho al mirar un retra- 
to : Dios mío, qué perfecta semejanza! y sin embargo no co- 
nocia el original. Pues lo mismo me ha sucedido con vues^* 
♦ros versos. 

— Oh! señora, conservaos un instante en esa actitud que 
tenéis ahora, estáis encantadora. 

»E1 fakir y el beraidje se separaron, pero haciendo cier- 
»to6 gestos que me hicieron sospechar que alguna < reunión 
»se hallaba convocada en aquel lugar , para la cual se ci« 
»taban«.,. 



IQVi AMOR TAÜf SIAGULAR! 37 

— Parecéis , señora , un iicrmoso retrato de Stook que 
está en el LouTre. 

— Me parece qne exajerais algo mas de lo permitido , 8¡r 
Edward. 

Os repito*que estáis encantadora, admirable, y que 
eclipsáis las bellezas del cuadro que os rodea, que es cfi 
verdad soberbio; permitidme trazar sobre el papel algunas 
lineas solamente con mi lápiz para copiar á lo menos el 
cuadro ; no mas que el cuadro. . . . 

« He corrido á mi arsenal , Sir Edward, y he cubierto 
»todo mi cuerpo desde los pies á la cabeza con una cspe- 
»cie de tela formada de ojas de. arroz , disfraz que hasta 
«ahora me ha servido muy bien. Esta tela está sembrada 
»en toda la extensión de tallos de arroz muy espeso. Dis- 
''frazado do este modo me tendí boca al)ajo en el lugar de 
»Iacita del fakir y del beraidje.... 

— Con que es decir, Sir Edward, que me valuáis por el 
valor del cuadro ? 

— Perdonadme, señora, concededme siquiera dos instan- 
tes mas y os daré mi vida si la queréis. 

-r-Es un contrato, demasiado usurario el que me propo- 
néis, Sir Edward. 

— El fondo de vuestro retrato, señora, es herm(^fsimo, 
porque su oscuridad se halla modificada por una media 
luz de un efecto prodigioso , y sobre ese fondo de ébano 
dulce y agradable, se destacan admirablemente vuestro ros- 
tro, vuestros hombrosy vuestro brazo. . . Permitidme, señora^ 
continuar este lijero apunte, y será la primera vez en mi vi- 
da que haya yo copiado solamente el fondo de un retrato. 
»El fakir y él beraidje concurrieron á la cita y exa- 
» minaron escrupulosamente al rededor de ellos. El desier- 
»to estaba desierto, como decimos los indios. Depositaron 
»algunos objetos, armas probablemente, entre los altos ma- 
«torrales que ocultan la entrada de una gruta donde exis- 
^>te el manantial de un arroyo ; ^n seguida dijo el fakir: 
» Ya Jiace diez años que hemos comenzado este trabajo; deti" 
->tro de algunos días y de algunas horas tal vez, será í^rmt- 
^nado con ayuda del Dios Siva. El otro añadió : En la 
y'próxíma noche podremos atacar la hacienda deNerbtidday 
»y matar d los jefes de nuestros enemigos... » 

— Sir Edward, dijo la condesa con impaciencia, si nece- 
sitáis mucho tiempo para acabar vuestra copia, os dejo el 
cuadro y me bajo. 



38 UVIftYA BB MABRID* 

Edward terminó la lecturf^ de aquella espantosa carta, 
al mismo tiempo que dibujaba en otra oja de papel el bal- 
cón y una parte delj^amaje que lo circundaba, escribía de- 
bajo de todo los cuatro \ersos de Campbell. 

La carta del fiel Nizam concluía en estos términos: 
<^Así pues, mi respetarle señor, tenia jo razón en sos- 
»pecbar de estos fingidos mendigos y de estos supuestos la*- 
«bradorcs que merodean al rededor de la hacienda.. Lo6 
»Tbugs ban organizado sin dnda algún plan diabólico, j 
»mientras qne nosotros pensamos en atacarlos «n sus gua- 
«ridas, meditan ellos degollarnos en nuestras casas, dispo- 
«niéndose á poner qu ejecución un proyecto preparado lla- 
mee diez años. Cual sea este proyecto lo debemos ^'er muy 
»pronto. Pero estenios sobre aviso; velemos. 

»No he querido presentarme en la hacienda, temeroso 
>'de ser detenido y perder un tiempo precioso; por eso he 
«caminado, como quien dice, por los aires. £n la prime- 
ara noche de peligro, después de estar cerradas las puer- 
» tas de Nerbudda', escuchareis mi voz. Los thngs saben 
''bien qué yo me hallo en la vanguardia. Estad pues pre- 
«parado, que el peligro es inminente. « 

Edward se adelantó hacia el peristilo para recibir á la 
condesa , y en el niomento que se presentó esta : 

— Hé aquí, señora, la dijo enseñándola el dibujo, hé 
aquí un lijero boceto que yo conservaré toda mi vida. 
— Haréis mal, Sir. Edward, porque ahí falta el retrato. 
— La memoria es un gran pintor, señora. Podría olvi- 
darme de esos arabescos, de ese follaje, de esa lluvia de 
flores, de ese lindo balcón pintorescamente acariciado por 
las ramas flotantes y por los trasparentes rayos del sol ; pe- 
ro no olvidaré nunca la graciosa imagen que me sonríe en 
medio de l(is bellezas de este cuadro, y mi memoria me la 
representará sin cesar colocada en ese balcón, sin temer 
que las injurias del tiempo ó del hombre alteren en lo mas 
mínimo su encantadora pureza. 

— Sir Edward, no volvamos á dar á nuestra convei'sa- 
cion nn carácter de formalidad; me afectaría tal vez de 
cierta melancolía,... ¿Creéis vos por ventura, que mi po- 
sición me inspire ideas agradable.^??... Ah! necesitaré mu- 
cho tiempo, os ]o confieso, para aclimatarme á un país, al 
que me ha traído una calabcrada, una idea que no he po- 
dido menos de calificar de absurda al llegar.... ¿Queréis 
complacerme.... Sir Edward? 



\qvi AtfOB TAN SIKQPIAU! 49 

— £a liacerlo me complaceré ^ iní uú^mo, sefiora. 
— Renunciad á todo lo que sea formal; continuad habién- 
dome en el mismo estilo de broma 4ue me hablabais cuan- 
do teníais álos tigres delapte de vos; y cuando tengáis qué 
decirme alguna cosa triste, decídmela riendo. 

— Me conformo, señora. ¿Pero qué especie de conversa- 
ción emprenderemos que podamos acompañarla con nues- 
tras risas? 

Hablemos de lo que comenzamos á hablar antes, del 
ftenti^o que envuelven, los cuatro versos de Campbell. 

— Me conformo también; justamente se trata en ellos del 
matrimonio que es el mas frivolo de los negocios de la vida. 
-=— ¿Lo creéis así , Sir Edward? 

— Me interrumpisteis, señora en el momento en que os 
iba á proponer un casamiento con el condQ Eiona Brodzinski, 
supuesto que el del coronel Douglas era imposible, según 
me dijisteis. Esta conversación no podía menos de ser ale- 
gre y divertida.... Él conde Elo na es un joven distingui- 
do y de talento. Es verdad que es un tanto inclinado á 
la gravedad y á la misantropía.... pero con el tiempo..,. 
— Conozco bien al conde Elona , Sir Edward ; os dispen- 
so, pues, de hacerme su retrato. 

— En efecto, señora, le conocéis mejor que yo; nq me 
habia ocurrido eso; he cometido una tontería < firmaré por 
consiguiente con el mayor gusto vuestro contrato de bo- 
da con el/cqnde Elona. Es un partido excelente en. todos 
conceptos. 

Octavia se sentó sobre una banqueta forma4a d<e bambúes, 
.cruzó distraidamente los brazos y miró al terrado, á los 
árboles y á la íachada de la casa como si desease conocer m 
sus menores detalles aquellos sitios desde el primer dia que 
los visitaba. Edward, de pié delante de ella, jugueteaba con 
uña hoja de banano, después de haber terminado la frase 
qjue acabamos de transcribir, la cual habla sido escuchada 
con una especie de distracción. 

— He sido muy feliz, seuora, eji la elección que he hecho 
de dos amigos, continuó Edward: el coronel Douglas y el 
conde Elona me satisfacen completa.mente tanto ej uno como 
el otro, y spy deudoV á ambos de inestimables servicios en 
la sociedad.. Cuando estoy de buen liumor busco al coronel 
y nos reimos como dos chicos; y cuando me hallo sombrío 
y meditabundo busco al conde Elona y pasamos el rato mi- 
rándonos el uno al otro sin hablar una palabra. 



40 MVISTÁ DE MáDEID. 

— SirEdward, Tuestra conversación ahora toma cierto 
carácter de malignidad, dijo lo condesa con aparente indi- 
ferencia. Sois algunas veces tan satírico! 

- Señora, }o no veo nada de satírico en ló que acabo 
de deciros. Yo satírico! yo maldiciente! ah! no señora; soy 
demasiado egoista y demasiado prudente , y aprecio mucbo 
mi^ tranquilidad para usar de esas armas. Tengo muy pre- 
sente el proverbio que dice : qui s' evéort medissant se rf- 
veille calonnii, y temo el diade mañana. 

*— Siendo así, me he equivocado; perdonadme, Sir Edward. 
Pero bahía creido que no tratabais al conde Elona como 
amigo. 

-—Nadie aprecia tanto al conde Elona como yo, señora, 
pero. ... 

— Greedme, Sir Edward, no hablemos de eso. El conde 
Elona está ausente. 

— Sí , pero no se le ha ofendido en nada ; á vos sí que creo 
haberos faltado, á mi pesar, y os pido mil perdones. 

— No os formalicéis por eso.... Vamos, ¿habéis agotado 
la lista de mis maridos posibles , y que mereican vuestra 
aprobación? 

— Tenéis razón, señora: dejemos la formalidad. ¿Conque 
es cosa convenida que rehusáis como maridos áM. Tower, 
al coronel Douglas y al conde Elona? 

— Continuad, continuad, Sir Edward. 

— Es que después de esos tres señores no me ocurre nin- 
gún otro. 

— Becorred mejor vuestra memoria. 

— Esperad, señora.... ¿Conocéis al capitán Moss en 
Roudjah? 

—No. 

— Y al capitán Taylor? 

— Tampoco. 

— Pues señor , lo que es en Malabar , no encuentro á 
ninguno mas; recurriremos á Coromandel. 

—-No conozco á nadie en Coromandel; buscad mejor, Sir 
Edward. 

— Señora, os confieso que si no me .ayudáis en mis inves- 
tigaciones, no hallaré el nombre de ningún blanco que 
citaros. 

—¿Habéis olvidado el vuestro, Sir Edward? 

— A fé mia que no me había ocurrido. Os doy las gra- 
cias, señora, y supuesto que me autorizáis á contarme tam« 



¡Qti AMOR TAV SIRGULAR! 41 

bien entre el número de los elejibles, os prometo aceptar 
Toestra mano si gustáis. 

—¿Y la fatalidad de vuestra estrella? 

"^Vo debe servir de obstáculo , porque nos casaremos 
al sol. 

— Muy bien pensado. Con eso cuando aparezca por la 
mafiana os bailará casado ; pero se enfadará del chasco que 
le habéis dado. 
- — Tanto peor para ella. 

—Bravo, Sir Edward^ estoy contenta de vos. Compren* 
deis perfectamente el estHo de broma que nos hemos pro« 
puesto dar á nuestra con versación.. «. Continuemos, pues^ 
en el mismo tono. Supongamos que la estrella no ha po« 
dido ejercer sobre vos su fatal influencia, y henos ya casa- 
dos.... Ya soy vuestra mujer, ya soy Lady Rlerbbs.... De- 
cidme, pues, ¿qué género de vida me destináis, my dea- 
rest hiusband , mi muy querido marido? 

— Eso no ofrece, duda, es(^eremos la mejor, mi muy 
querida mujer. * 

— ¿Y quién ha de mandar, vos ó yo? 

— Mandaremos los dos, señora. 

— No me acomoda ese plan . 

-^Pues yo seré el que obedezca, señora. 

— ¿Cuánto tiempo? 

— Siempre. 

— Todos dicen ío mismo ; sois los hombres unos hipó- 
critas. 

— No soy yo de ese número, y sino haced la prueba. 

— Áh ! ojalá que fuese posible hacer en el matrimonio 
esa clase de pruebas; pero por desgracia esta especie de 
pruebas duran toda la vida y el arrepentimiento, hasta la 
muerte. 

— Señora , acaban de establecer en Londres , en Ijong 
Acre precisamente , una i^ompafifa de seguros contra el arre- 
pentimiento. 

— Bravísimo, vuelvo á decir, Sir Edwar, continuáis la 
broma admirablemente. 

. — No lo creáis por cierto; esta compañía existe y yo me 
he hecho inscribir en ella á mi paso por Londres, Basta 
que cinco testigos abonados aseguren haberos sorprendido 
in fraganti arrepentimiento para ser completamente indem- 
nizado. £1 capital es de diez millones. Es un buen proyec- 
to, ¿no es verdad? 

SCOtJKDA trOCA.— TOMO V« 6 



42 IBVI&TA DE MAÜBID. 

— De caalquiec modo' no puedo menos de aplaudirlo, 
puesto que me prueba que en .Londres habéis formado pro- 
yectos de matrimonio , aunque hayáis pensado también en 
arrepentí ros. 

— No señora, me Jilee inscribir por casualidad, ó mas 
bien por obligar á ello a uno de mis araigosi, M. Pierson, que 
tomó nada menos que doce mil acciones en la compañía. 

— ¡Y con qué formalidad me lo decís, Sir Edward! 

— Queréis apostar un casamiento, á que es muy cierto 
lo que os digo? 

— Un casamiento! ¿y cou quién? 

-^Conmigo, si os parece. . 

— Eso sería una especie de bigamia, Sir Edward; si ya 
se ba convenido en que nosotros estamos casados. 

— Perdpnad, señora, lo había olvidado; hablemoscon vos. 

— Sois muy galante, caballero; y si yo perteneciese á esa 
sociedad de seguros contra el arrepentimiento, exigiría la 
debida indemnización á la compañía. 

— Os faltan los cinco teáSgos abonados , señora. 

, La condesa guardó silencio por algunos momentos : su 
mano derecha jugaba con el brazalete de la izquierda; una 
lijera sonrisa brillaba en sus labios, anunciando ladispO" 
sicion de estos , que sus palabras iban á revelar algún pen- 
samiento tímido. 

— Sir EdVvard, dijo al fin, no os he visto sino tres veces 
en mi vida: en la primera os aprecié, en la segunda os mal- 
dije , y en la tercera .... 

— En la tercera, señora, si observáis las leyes de la gra- 
dación, soy hombre perdido. 

— En la tercera.... me he casado con vos 

. — Algo mejor esperaba. 

— Observando las leyes de la gradación? 
. — No , señora , la ley de los contrastes , después de haber- 
me maldecido. 

— Sois demasiado ambicioso, Sir Edward, queréis con- 
quistar un afecto al cabo solamente de tres dias. 

En vuestro pais, señora, basta este corto plazo para 
hacer una revolución , y como yo soy tan esclavo de las mo- 
das.de París. 

— Sir Edward, dijo Octavia, suspirando Kjeramente, mu- 
cho camino adelantamos riéndonos. 

—Y en verdad que es una desgracia que lo hagamos de 
ese modo. 



¡ qvi AHOH TiUf &1II^|II»AA ! 43 

—¿Pues no es la manera mas agradable de viajar? 

— Si ese es \uestro gusto, me conformo desde luego 
.con él. 

— Bien, pero nos detendremos aquí, si os parece. 

— No me gustan las paradas cuando viajo. 

—No veis al coronel Douglas que se diri je hacia nosotros»? 

— No veo mas que á vos , señora. 

•í— Pues permitid, entonces que yo mire por los do». 
El coronel Douglas saludó á la condesa Octavia y estre- 
chó la mano de Sir Edward , dic^iéndole al mismo tiempo 
en indio : « he visto á Nizam. « 

— Coronel Douglas , dijo Octavia, me ocurre. una idea. 

— Sois muy modesta, señora, dijo él coronel. 

—Me parece deliciosa esta hacienda y pienso fij:arme en 
ella. 

— Señora, dijo el coronel, eso sería para mí una fortu- 
na; pero no me atreveré á aconsejaros que establezcáis aquí 
vuestra residencia. 

— ¿Y por qué? coronel Douglas. 

Porque.... dijo éste con embarazo, porque la vida que 
hacemos aquí no podia agradaros por mucho tiempo. Es 
verdad que la orijinalidad de este pais tiene cierto encanto 
á primera vista que seduce, convengo en ello , como sucede 
con todo lo que es nuevo; pero se fastidia uno muy pronto. . * . 
preguntadlo á Sir Edward.- 

— Oh ! no, Sir Edward no participa de la misma opinión; 
precisamente acaba de hablarme de Nerbudda con un entu- 
siasmo, de artista 

— Sí, dijo Douglas, Edward se deja exaltar fácilmente; 
pero después de algunos momentos de reflexión , \é las co- 
sas con. lafria calma de un matemático ¿No es verda(j, 

Edward? anadió Douglas con cierta intención que le recor- 
daba la terrible carta d^ Nizam , olvidada en una conver- 
sación demasiado encantadora. 

Octavia miró fijamente á Sir Edward que vacilaba en 
responder á pesar de lo pronto qúaera en sus contestaciones. 

— Eso depende en mucho del carácter y de la organiza- 
ción, dijo Edward. 

Puede vivirse aquí desde luego cuando se gusta de la so- 
ledad y de la nieditacion ; es precisamente el retiro que con- 
viene á un hombre que se ha hecho egoista , después de ha- 
ber dispensado demasiados beneficios á los ingratos.... 

— §ir Edward, di^o Octavia riendo, nunc^ os be oído 



44 REVISTA DE MADRID. 

hablar en ese tono; os parecéis á un orador metodista que 
ha puesto en retirada á su auditorio, y que acaba su dis- 
curso con una. máxima cualquiera, supuesto que ya está 
pagado. 

-Es que, señora, dijo Edward aparentando una grave- 
dad solemne, es muy arriesgado dar consejos acerca de la 
elección de residencia. ¿Quién sabe lo que puede suceder? 
Al aconsejar se contrae una inmensa responsabilidad. Por- 
que.... ya veis.... boy gozamos de todas las dulzuras de. 
lupaz, y nuestra vida es la mas tranquila y sosegada. La 
ausencia de toda clase de cuidados está pintada sobre nues- 
tras frentes. Pero en este pais no hay nada estable, sñora« 
Este hermoso cielo de la India, este cíelo azul y traspiren* 
te, puede oscurecerse mañana y abrasarnos con el fuego hor- 
roroso de sus tormentas, ó ahogarnos entre sus flotantes 
océanos. Las vecinas campiñas pueden herizarse de mons- 
truos indios sedientos de nuestra sangre y exasperados por 
nuestra dominación. Basta solo ver lucir un relámpago en 
las nuves ó escuchar una palabra en los labios de un fakir, 
para que nuestra seguridad quede tlestruida. Creo, pues, 
haber formulado con bastante exactitud el pensamiento del 
coronel Douglas; porque nuestro Douglas, señora, es el 
valor y la prudencia persóniñcados. 

- Coronel Douglas, dijo la condesa ligeramente conmo- 
vida, hablad con franqueza, ¿preveeis algunos peligros? 
¿estamos amenazados de alguna invasión? No creo que vos 
y Sir Edward seáis capaces de hablar á una señora del mo- 
do que lo habéis hecho , si estuvieseis seguros de que no cor- 
ríamos ningún riesgo ni ahora ni después. 

— Señora , dijo Douglas , en cuanto al presente podemos 
responder; pero no en cuanto al porvenir, porque este 
pertenece á Dios y á nuestros enemigos. 

— En verdad, señores, que no os comprendo, dijola con- 
desa haciendo uu gesto de impaciencia. Esta mañana me afir- 
mabais tanto el uno como el otro que habitabais un paraíso 
terrenal; que la felicidad solóse hallaba en Nerbudda; que 
la paz de Bengala estaba asegurada para siempre, y que los 
formidables Thugs se habían convertido en mansas ovejas. . . . 
Ahora de repente ha cambiado vuestro lenguaje.... Y á juz- 
gar por vuestras fatídicas palabras, nos hallamos colocados 
entre un diluvio y un volcan. 

— Oh! y no hemos exajera do nada, señora, dijo el co- 
ronel con fin j ida sonrisa ; si hemos hablado así es porque 



tQU£ AM<» TAN SEIfGIff^^! 4& 

tenemos que daros un consejo respecto á iruestra residencia 
en Nerbudda.... Cuando se trata del porvenir deb^ tener* 
se mucha prudencia , señora , j seguir fielmente los con- . 
sejos. ^ - 

—Si he de decir lo que siento, no me parece todo i$to 
muy natural, dijo Octavia con cierto movimiento de cabe- 
za. Coronel Douglas , ¿es también probablemente ese temor 
al porvenir el que os hace retroceder cada dia ante vues- 
tro matrimonio...? 

— KOy señora ; precisamente me ocupo de mi matrimonio 
ahora mas que nunca .... 

— ^Bien poco se conoce, coronel. . . .Pero en fin; eso noes de 
mi incumbencia.... tratemos de lo que importa. ¿Qué haríais 
si os hallaseis en mi lugar, coronel Dougias? Indicadme un 
domicilio situado en territorio inglés.... fundados ó no vues- 
tros temores me han decidido y quiero abandonar á Ner^ 
budda.... Á donde debo pues dirijirme? 

— En cuanto á eso, dijo el coronel con tranquilidad afecr 
tada, la preciosa ciudad dé Roudjah es un punto en extre* 
mo agradable, y. encontrareis en él alguna sociedadeuropea..« 

— Coronel, vuestro Roudjah es inhabitable; preferiría 
mejor Ja cabana de anoche. . . . Mo , no me habléis de Roudjah* 

— Pues entonces podréis escojer uno de los puertos del 
litoral de Malabar. 

Octavia se calló durante algunos instantes y dijo para 
si: Decididamente, lo que quieren estos señores es alejar- 
me de aquí, pues razón de mas para quedarme. Huiría de- 
lante de un peligro, pero el peligro no existe; no quiero 
huir delante de una intriga por mas que la intriga exista... • 
Me engañan, pues engañemos. 

. — Sí, dijo Octavia, preferiría mejor una ciudad maríti- 
ma de la India, particularmente por tomar baños de mar... 
Bombay ofrece aljgunas comodidades, según creo.... 

* — Bombay , señora , es un barrio de Londres ,' .dijo £d-r 

ward. 

7^ Desearía mucho visitar también á Golconda, á causa 
de una ópera que me divertia mucho en mi infancia. 

— Señora, dijo Edward , estoy á vuestra disposición. Te- 
nemos excelentes palanquines , y si quereisi un guia pondré 
también á vuestros pies toda mi erudición india. 

La cólera empezaba á pintarse en el rostro de Octavia 
al verse despedida particularmente por aquel mismo hom- 
Lre que acababa de revelarle tanto amor.... Se levantó á 



46 ABVISTA DB MA0RIb. 

fin de contenerse mejor, y saladando gfaeiosameüte & sus 
doB intcrlocatores: 

— Señores, dijo, nos volveremos á ver á la hora de co- 
mer, ¿no es así?... Voy á reflexionar un poco acerca de mi 
escursion áBepgala....y volveremos á hablar de ello.... El 
asunto merece ser discutido largamente con un hombre tan 
instruido , tan valiente y tan prudente como el coronel Dou- 
glas., y con uno tan apasionado, tan noble y tan sincero 
como Sir Edward. 

Oetatia leshíio on saludo lleno de gracia, y se entró 
en la casa. 

XII. 

I < 

. Uaa cuirta Üa Sir Xdward. 

. Octavia se encerró en su cuarto y no bajó ni ann cuan- 
do la campana llamó á comer. 

Hallábase en esa singular disposion de espíritu del qo0 
ño sabe darse cuenta una mujer, y que no pudiendo 
ser fácilmente explicado , produce una irritación vaga y 
lin mal humor insoportable. Octavia no sabia á punto fijo 
si amaba al conde Elona , ó si le aborrecía. El amor que 
no ha echado aun raices, y el aborrecimiento que nace de 
este nUsmo amor , forman en el corazón una pasión extra- 
ña y sin nombre. La noche última , larga y terrible como 
fué, había en verdad alejado ágran distancia aquel amor, 
ó^ aquel odio , y presentado á la joven condesa un nuevo . 
h*orizonte delante de ella ; pero la herida que tmbia sufrid 
do su amor, propio ) mucho mas viva que la de cualquiera 
otro sentimiento , estaba abierta aun. La condesa Octavia 
antes de formarse ninguna nueva ilusión con respecto al 
porvenir, (lubiera querido desembarazarse enteramente, de 
cualquier modo que fuese, de las vagas inquietudes que le 
producía lo pasado. Hubiera querido sobre todo ver reali- 
zarse el matrimonio de Douglasy Amalia, porque este ma-* 
trimonio la vengaba inocentemente á sus ojos de los des- 
denes del joven conde, aislaba por decirlo así á aquel peli- 
groso pretendieníe 9 y la obligaba á poner entre ella y ella 
barrera de los mares. Pero esta esperanza era cada dia bur- 
lada. Douglas por un motilo inespiicable , ó demasiado claf 
rftmente, no parecía muy dispuesto á llevar á cabo aqud 



¡QUÉ AMOn TATT SIKGTJLAR ! 47 

matrímonto. Boaglás, pensaba Octavia, estaha tal vez ca- 
sado clandestinamente, cosa mny comnn en las colonias, 
y favorecia én (secreto los amores del conde Elona, esperan-, 
do cumplir así los deseos^ del ministro y las exijencias^ 
de su honor. La perspicacia de Octavia no andalm muy 
estraviada en este punto. Por otra parte aquella especie de 
aborrecimiento eterno que liabia concebido por Sir Edward 
no existia ya, y un simple afecto no la parcela bastante pa- 
ra reemplazar dignamente aquel odio est^nguido; Una gran 
pasión exige que la suceda otra de las mismas proporciones, 
y por consiguiente no era poes aceptable en este caso nin- 
gún otro afecto que no fuese también una violenta pasión. 
La amistad tiene en sí misma su valor, pero entre un 
hombre joven y una mujer joven está aqnella mny espues- 
ta á la peligrosa ambición de cambiar de nombre .> Octavia 
habría querido darse á sí misma la tranquilidad necesaria 
á fin de poder tomar una de esas resoluciones decisivas que 
desvanecen los enojos ; pero la hora era fatal y no concedía 
al pensamiento el mas lijero reposo. La linda viuda se sor- 
prendía en verdad de olvidar con tanta facilidad los desde- 
nes del conde Elona para ocupar sü imajinacion de aqnella 
noche terrible , á la par qae encantadora , en la que el noble 
Sir Edward le hahia hecho la revelación de su amor. Se 

^representaba veinte veces aquel sencillo heroísmo, aquella 
sublime delicadeza, aquel valor tranquilo, aquella protección 
dispensada con tanta modestia , con el fíñ sin duda de evitar 
toda clase de reconocimiento. Seguramente en aquella mis- 
ma noclie ha|)iá declarado Sir Edward sn amor en términos 
nada equívocos ; pero las circunsftancias parece que lo ha- 
bían exijido, y desde luego aquella declaración espontánea 
de la pasión , resaltaba aun mejor la respetuosa reserva dé 
tdáa la noche y de todo el dia siguiente. En la última con- 
versación tenida desde el balcón, cuando Sir'Edward hacia 
girar con gran destreza la conversación hacia un terreno* ^ 
peligroso , no habia bastado á Octavia una palabra ó nna 
indicación para daV á la conversación toda la alegre frivo- 
lidad qiie se necesitaba para permitirla cojnprenderlo to- 
do sin que pudiera ofenderse. 

La repentina é inesperada intervención de Douglas ai 
final de la conversación última había turbado de tal modo 
la cabeza de Octavia, y confundido sus ideas, que sus di- 
vjersas sensaciones, así las antiguas como las del momento, 

. empezaban á di8i{>arse para dar lagar & otras enteramente 



48 BEVISTA DE MADBID. 

nuevas* Cuál eri, pues ^ el seutido de aquella señal de in- 
teligencia y que Douglas acababa de bacer á Edward , j que 
habia sido cogida al Yuelo por su infalible mirada de mu- 
jer? ¿Por qué razoa 6ir Edward, tan festivo y tan bromoso 
basta entonces, se babia puesto de repente tan sombrío j ta- 
citurno? Octavia se pcrdia entre mil coujeturas j llevaba sus 
dudas hasta aquella misteriosa carta caida de un árbol á los 
pies de Sir Edward. 

algunas boras antes de ocultarse el sol, nuestra beroi- 
na vio entrar en su cuarto una joven india , la cual deposi- 
ta) una carta sobre una bandeja cubierta de frutas y de re- 
frescos. 

Iba á salir la mensajera después de baber evacuado su 
comisión , pero Octavia corrió hacia ella y la detuvo para 
preguntarla quién le babia entregado aquella carta. La jo- 
ven la contestó algunas palabras pero én lenguaje bengali, 
que impacientó aun mas á la condesa , y salió tan orgullosa 
como si en efecto hubiera sido comprendida. 

Octavia permaneció algunos instantes delante de la car* 
te sin atreverse á tocarla, temerosa de alguna explosión, por- 
que la letra del sobre era de carácter inglés , de modo que 
á no dudarlo aquella carta no podia ser de otro que de Sir 
Edward, y por eso la espantaba. Las susceptibilidades de 
mujer exigían que la devolviese sin abrirla.... pero sin em- 
bargo en el corazón de Bengala no parecía que debian te- 
ner aquellos escrúpulos el mismo valor que en la calle nue* 
va de Luxemburgo, tratándose particularmente de un hom- 
bre tan delicado , tan valiente , tan tímido y tan reservan- 
do como Sir Edward.... Y esta reflexión parecía halagar- 
la.... Desde luego podría suceder también que se engaña- 
se , porque la carta así ppdíd ser de Sir Edward como del 
coronel Douglas ó de Mr. Xowar.... La escritura inglesa no 
tiaiemas que un carácter, así es que en Inglaterra todas las 
letras se parecen unas á otras , de tal modo , que al recibir 
un inglés una carta cree frecuentemente que está escrita 
por él mismo. * 

Estas raiones justificativas impelían la mano de la con- 
desa , y una ibfernal curiosidad daba mas valor aun á 
aquellas razones. 

En el sello de lacre no se veia ningún escudo de ar- 
mas»... No era pues de Sir Edward aquella carta, supuesto 
que el acostumbraba estampar sus armas siempre en todas 
las qué escribía.... Por consiguiente debía ser de M. To* 



¡QUÉ ATití^^TA.* Stlí^ttkB! 4ft' 

carta de M. Tower* •' ' •' 

' Para excitar á la impradcmia , Octavia creyó deber de- 
ciif^eá sí misma eti alta yotv es de M. Tower! 

Rompe el sello, recorre la firma con laTÍsttí.... No!... 
es de Sir Edward!... quien lo hubiera crciiio?... Octavia 
desdélüego. * . . ' 

La carta está abierta.... Y bien! dijo para sí Octavia, es 
necesario cerrarla de íiiieTo, y devofverta con dignidad áSir 
Hdward ,' con esa dignidad que evita nna nueva tentativa. 

Sin embargo, debe ser curiosa una eartti de Sír Edi^ard!. . . 
tres veces repitió esta frase. .. . -« . 

8e la devolveré sin leerla , pero 9lr Edward nó 'Cfee*- 
rá nanea que no híé leido su carta.... y además sieni{)V€l Isé' 
gana algo leyéndola. - 

Con este pensamiento, Octavia vtadve á tomáif M carta, * 
y «e dijo en vor baja,. leamos los primeros renglotíés^, fle'mí 
depende el detenerme donde mejor me p&rezca.... Ala me^ 
nor frase qoé no me agrade, arrojo la carta por elbfilcott 
y la ofensa volverá á caer sobre él. ' ♦'* * - '' ' 

Puso al decir esto la mano sobre su coi^áfíon , ' cómo 
para mandarle adquirir su sangre fria ordinaria, y leyó: 

«SiR Edward a la Seítoba GemoESA 0<TrAviA. ^ 



I í 



«Nada hay mas divertido quQ el juego de las co^etu* 
»ras, señora; he.jugado á él ,con bastante. fre^encyiay y» \i» 
•perdido ; pero estoy loco. 

Al ver la panera con que cpmen^ba la carbí , Octavia 
se sonrió y respiró. . . .- ; 

.—Me había alarmado sin fundamento, murmuró entre 
sus labios. Sir Edward continúa la n^isma conversación aur 
perficial de antes^ pero, hace de ella un monólogo «{¿sto*- 
lar;, tanto mejor. 

Octavia nO'Qonocia bien aun pi Sir £dwa]cd* Al deddir- ■ 
se á escribir una carta,, £dw£^rd ba^ia adivinado todas lasc 
snsceptibilidade^vde la bella v{nda^ (rancha; y élnoerabonv* 
breque fuese. á empezar una carta de: modo.qu0 ía arrojar 
seii^ por el balcón. Hahia gr4dua<Jko la /orma y.. el fondo de > 
li^ epístola C09 tanto arte, que esperaba quie It^ leyesen, iun 
sensiblemente y. como siaquei:er basta el fin^.. > 

. .AJgun tanto repuesta la condes 4e su emoción :de$piies 
de estos tres renglones , contii uó su lectura interrumpan^ > 

ftEGUKDA £1>0CA--T0M0 VI. 7 



50 RBVissA m Jft4!mi>. 

veatanda alguna escusa en favor de su curiosidad. . 

«sSfflpni, tres Bomo9 los. babJiUntes del desierto, yor, el 
«coronel y yo; tres iinaeoretas, PHe3l)iea! eu este reino com^» 
«puesto de tres personas, b^y una que encuentra iohabita- 
»ble este mui^io de tres pers(»ias , y que se refugia en un . 
«desierto mucho roas desierto, por no vivir entre esta hor^ 
uribW sociedad reducida á dos individuos. 

«Además f desdé et momento de vuestra repentina retí**- 
«rada, Bqsbaliaraos eu la mayor confusión tanto el coronel, 
«coi^o yOf j^^. perder, la. mas cara mitad de nuestro pobre 
«género humano, hemos perdido el vivo encanto que djuLciri 
»íi/ca Ja áspera tristeza de las soledades. La cólera fermen- 
«ta en nosotros ; nos observamos unos á otros con ojos inquie-. 
«tos; las hostilidades están prontas á estallar á la primora. 
«0Q^sk>9. £1 coronel y yo formamos ya dos partidos distin- 
«tos^ comQ si di jóram4>s los wigbs y los torys« Si tuviésemos, 
«dos prensas formaríamos dos periódicos para atacarnos múr: 
«tuainentey derribar nuestro ministerio. Ko me asombraría, 
«si mañana me viese formado en batalla contra él, y empe-. 
«xasa una guerra para complacer á los cne^voi^. 

«Despees ;de haber abandonado este desierto, den^a^a** 
«do poblado para' nosotros , señora, os habéis lanzado en el 
«sombrío.sttf co de las coajeloras, sin gaia y sin fanal. Las 
«conjeturas son errores divertidos ; eso no se sabe cuando 
«se tiene la dicha de ser joven como vos, seflora..:. Un dia 
«df lina ctta de precisa asistencia al iras exacto de misamf- 
«gos, la víspera por la niañana; llegué d primero, esperé 
«iMista la noche, y no volvió. Entonces me vi obligado á 
«desenrollar la serie de conjeturas. Inventé doscientos casos 
«de impedimeiito casual para escnsar ia inexcusable falta de 
^rtá amigo ; todo lo habia previsto; todo lo babia adivinado; ' 
«todo lo babia calculado^ habia penetrado «n tbdos los mis^; 
«terios dé la vida del joven; habia desenrollado j pieza por- 
«ptetea , él sieeánismo'de mil resortes ,' de los cuales uno solo, 
«al romperse, puede detener el pié levantado y a para diiijit^ 
«ánoa cita ; en fin, quería tener la satíslaccion de decir á ese 
«amigo, enando llegaselson la escusa en los labios t->-Queri-^^ 
«do , todo lo bafbia adivinado. — ^Empero el único y verdades er 
«motilo habia siéot olvidado en él repertorio de vnis investigan' 
«ciopes; durante la noetile, mi amiga habia mneiiJo! 

«Desdé' éste di«, bfe renunciado á las conjeturas y me 
«vtt >^rfec(amei]te. 



K — ^úJ ti |»ediodia hfÁ^WiWV^ jmalWi hftliMIMmM W 
«Mústady pepmiüdme esfai^ palahra, seiora. De Tepe^t^^ mni 
«nube atravesó uaeatra oooyersaciow , luuTdeesaisiuibe&fiie 
>se elevan sia raspón atmoefériea ea nay^o, d^ un día seré- 
»ao, Vaeslra voz ba lomado temidos iftá^ graves; .uuafiw 
«coatraccion de ironía ha brillado en voeslra airada {^ wm 
» habéis abandonado eon esa pelitica ífifi del mondo y de 
«los salones y qoe es formidable en nn desierto y baío laf. 
«palmeras. Me pareció ver el (penaría, del tealro jMiwn^ 
«abrirse en una garganta poblada de tigres n^ros; waet 
«gnida desaparecisteis, ta tristepia ci^ó de la cima dí9;lqs ár^ 
«boles; el sol sei «ocnltó eñ m. «leas^^a} mediodía» 

»Síy señora, confieso qiie.la llegada del o^ronel ha da* 
«do á nuestra conversación un nue^o eartcter, y q«m ci to^ 
«no que tomamos entoqces súbitamente participaba de la 
«imp^ítica. Parecía que os decíamos: Señora, vm^raípre* 
«sencia nos importuna aquí; deberíais retiraros.:- .. se en-r 
«cuentraen ciertos espíritus inteligentes xma perocpoiMtatt 
«delicada, que comprenden el sentida de un silencio ,^ da^ 
«una actitud ó de una palabra que, no exprésate IraiiéaT 
«mente lo que quiere decir^ dqa suponer lo contraria de te* 
«que dice. Este privilegio de orgajaiiafcion le tenéis voi^ se^ 
«ñora; pero como todas las raras facultades da .este mun*-* 
«do, sobrepuja á veces el fin, j por lujo de iviteUgeneia)- 
«cpndoce al error. 

» Entonces empesaroa vuestras conjeturas. 

« Estos señores , habéis dicho sin duda , han qneridoale* 
«jarme, primero de su conversación , en seguida de su car 
«sa ; mi presencia les incomoda para el cumpiimimto de al^ 
«guna cosa misteriosa.... Esta casa es tal vei( un asilo 
«abierto i orjías ó á crímenes ocultos al mundo y al sol..^. 
«ellos han arreglado juntos el casamiento del eonde Elona 
«y de Amalia , y me excluyen de él c^mo testigo. ... 

«Podría , señora, detallaros todas l^ conjeturas qm ha- 
«beis hecho, y cuando hubiera agotado el tesoro de vuestra 
«imaginación, fácil me sería probaros que no hemos deta* 
«liado juntos masque errores. Deciros que en el f(méb de 
«todo.no hay nada, absdutamente nada, esto seria engtr- 
«fiaros, y engañaros c<m perfidia ; porque para oidos finoa 
»y f^ercitados, una conversación es lomismío que una* si»» 
«fonia ejecutada por hábiles artistas; á ia menor diseondaiii» 
»cia,4e loa instromentos , se puede afiírmar que pasa en 1% 
«eacena algo que nada ti^ne de común wm ia parütunu 

I 



59 ^ . MVfSifA 'DE MAt^MB. 



í • • ' ■. 



«Ahora -mé pedlireh;; fteftofa,^que taya-^ mco¥nro9.';j qiie 
>»d«seorht «1 vetó iiristerioso'de nwstréís erróf(*R. CiiafíiSó 
»y«'08 haya i*e»pdndwlo, «í^egun vuestras órdenes, A'trds qite 
»este awiigd, de qui«w os hablatía hace -poco-, há niúcrto 
»p^' segunda Vez. Pero, en vne»tfo intefrtís honran, nécesi- 
»to esperar atgunos dias para revelaros esta segnitda muerte. 
«¥o , señora ^ entrar eil nn complot que* oís obligare á 
«a^timft'dé aqní^ arrojaría al mundo entero fiel lagar que 
•tlos^éttignaseis, y os dejaría sola cómo un tniíndo, á con-*' 
'»di€íó» ^le luihitarlo yo á vuestrbs pies. *?íaestrá casa de 
wNéfbilddft * éd; triste ; si vnestros ojo$ la ilnminau y ía; 
«alegran pai^ noí^otf os* y para tin paebVo * de servidores, 
>»st)4* la úniea habitante excluida de la diclia- contun, que 
»e» Vuestra obra; Eálo no es ju^tp. ©adme mia'6rden,'se- 
«ílóra ; y al momento os condu2co ú un retiró mas dig- 
»no de vos , en el centro' dé las posesiones europeas. 

. «Vuestro palanquín eísté -pronto. Os escoltarerfiós hasta 
«R^ü^ah. Pasareis la noche en esa pobladon , y mañana* 
»o» prometo instalaros , como* nna divinidad qtie »ois, en 
»uiia*habiláeien eiicantadorá;, rodeada de quintas y depue-^ 
«Mceítos, y ftmdaáa pfór; fundadores franceses, tiompatrio- 
«tas vnesferos, que *0s harán la mas hospitalaria acogida^ 
»Cre«^€is estar en Meudoé, eü Autédíl, en Fónteiiay-sous- 
«tfois; táofdreislntencioií de pedir vitestró carruaje para 
«presentaros en el boulevard de París. Si comprendieseis to- 
»do el esfuerzo que ha tenido que hacer la naturaleza en 
«ese pedazo de» tierra, pana adornarse á la francesa, maña- 
«na vendríais á^bendecirla, partiendo hoy. Diríase que ésa 
«buena madre Ba pensado ea vos ; y quién sabe si= habrá 
«pensado! ha Suprimido los árboles de los trópicos á dos le- 
«guas en «ootíorno ; Iwi dado á la tierra una vegetación eu;* 
«mpea, y á tos jardines un^specto civilizado. Hay dosco- 

' «linas, cortadas ségun las fornias de las ladetas de Méudon 
«yídfe-Sdn Germán j se» entireabren para dejtír' correr un pe-, 
«qoéfto rió, que sé asemeja íl Sena como dos gotas de agua: 
«Goi^desa Octavia , de vos depende el ser la castellana 'de 
«esa teaMlacion señorial e» 'Bengala. El .coronel Dotiglas," 
«poseedor de la abadía de K cari m os la vende enelprecio 
«pagado ya, de cidn libras, ó sean dos mil quinientos francos: 
«£0 el'COrazon de la Bengala la* lAofetafiás tienen el valor 
«CQüaereial do un pedlazo dé piedra de Fratícia ; se compra 

• «na bosqne.inmedso eomo-nn ramillete en» la ópera, uwrio 
»Q0i«o un arroyueio. Eala edafd de mo , esel sigfCHle Adaor^ 






I QUÉ ^ái^oa |i^ij,,«pi4ifi4Aii ! / 53 

i^om^^^Ovd parmso teirreiMil fué i/|en4i()p P9rtfsjH^MWn 

.»{6r¿acU, el comppadpf jk> le pagó, j auaÍQj)afr€¡eió'lAc<Mp- 

rypríid^nwsiaKte cara. *..,•.. .,...,..! 

Mt . »ift>e.ftej?|i>jt|raft, lo espera, ^^ra^^ qu^.-yaj^ é haceras 

v4gunas!y^HAs 46seáQmmio,c^e44o poc yoSf, Jrj^inps U>()ps 

.;.»losdia$:el.(K)i:Qnel ó yot4 veeiWr y^estma.4i^WG69.y<á j^ei- 

»l^^r;4.'e^ QueviogüÍDen) de. YÍcla os qoatí^^^ :y¡p^^^aer 

vp^£| XQs .QiiPi4ul£e.;m^^a<la* Si no& bphiései^ci^s eogafiadO) 

Áa» pacrto» d^la babi||iCM>o de 1^ easa de J^erji^dJlA ^abfi- 

/»i*íafi p<^rva recibiros, é iaveQ,tarJa fiesta^^ si es.prepísO|. p^- 

, ,»r£^:djalciíicar. vuestro desli^ro yolantarip, y jc^aiubiar ^s^m- 

, »U^ priaiou en paraiso* 

> ^ «El vi/5nt9 del Norte sopla, y refresca el.^ire.. El fia. del 
. «diaserá «ocQnt^do?* XodQ ^jaw^ ^^ úocbf , {HtraoQfls- 
.>it^o^ .pequeño viaje, ó nuestro gcaa pasep. ]]ri^s, palaagiiiws 
. : }>fstáii .preparados para yos j yuesiraS:Capaiceras^ Lá.^olta 
, >vá á* caballo, ftlaud^di^^^ i^eim, ftqui\ no.teqeis ma%,q|ie 
. »s^i?vi(íoi:9s,,y el mas sifiqerp, ^^^todos se iUraa,, ¿ yWtios 
'^pies ... •...».:•, ... . ...t I '.» , f 

-.. . •'. ,.. í ! ' ' >»Eii>VAJl« ]&.....*> '. w 

» . ' '. * ■ ■ ' 

í I »- » • ' • . ; ■ . < ir . ; í ! ♦■Ti ■ ■ , . r ' , • • ■ » • * * ■ ■ ' • ' ^ ♦ * 

.. ,pDe^ lu^g^,:f^ta carla.de Edvvardparefia^es 
. dic tacto jf dcii^úa ;, resfalaba ;uagrap,de$!Bo,^ 
. :via, y :no>s€^ía.pu^tOi^añosi:iu^l<^^giúese,#g^ Pe- 

,,f<|{eriai»»9P^U[4e^iK| iídwif r4 #pc]áj)ifise xleotra siierte^.^a 
.^ bpra ¡terrible <pie. precipitaba ^u plmaa «^i;c!el wiü. 
. tl<a:i^be {^acareaba co^.terrore^ty peligros ^uperioresi al 
MrYali>r bumano ; era pi^ peces^rio alegar á tpdo precio, a u^a. 
. jó^eu .de aqviei lúf;ubi:e . ]^|rp/ doade d^ia repre^utar^e.pl 
;. ipas esp£^i[ito^ da. loa dira^ias. ; Ñizain , con sus luíalibles Iv 
cvitadea, uo era bombr^ que esps)rciese la, s^'rma. por. pe- 
ligros imagiúarií^s. J^iaiavaaipordelos Tbugsera inminente, 
20^ ji^ia nppbci ^ otrai, . porq^i^e .Ki^iafnlo.afírmitba, Sip duda» 
..^ua .dcí^sa J^ercftca y.viptoriqsa^pwtegia á ]>lqrbftdda,.coü- 
.tr>a el asalU,de).(?s^tra^uladqres;.DojüigbMf<balyallam 
.ajLprii^ej^«a'yi^ df»,K.izai9.uabaJbaUoú escogid^^ Sfi^s^ ysifis 
\alieut^$^,(VÍp^yos.^ pondr^^ ^0 camino después, de.ocul- 
: twíp filsftJ; UcgarMíi á.favor de^l^^ tiniqblaf yde jo^ÁJrboles, 
.para^^L^bys^arse en los. bambúes'del (^tanque próKfino,,y 
caer, copio., up rayo sobre el^en^go. P^iro po^fie^ie^do nn 
ieJiz siM^eso^ eri^ pjreciso .tainbiep pi^yar qi^i^ «<$ trabaría uga 
. j}i)^l^i;ori#idaÍ)le,6at^e los .^p€|c^rpSt,calvf)s.yjJo&,soldados* 
^44il<í^TÍíi4¥í3; yvfil«% UQ.sq dií)ia.lJArb?|r^ ba^.M^^.t^obqs- 



' Irtteiarto^, el reposo y fl saeAo de una mojer, por aqnél es- 
-fieetécalo de dcsotaeion y de mnerte. Si la carta de 8ir £d- 
ward no surtía efecto, el deber había sido #lo menoi» cam« 
piído. La ceAdesa Octavia , rebelde á una invitación nrgen- 
té aunque mistértosamente motivada, no podiaMirijir nin- 
guna queja á los dueños de Nerbudda ; se destinaba á sufrir 

- sin murmurar las consecuencias de su fatal obstinacien. 

El acontecimiento debia hallarse de acuerdo con el earác- 
tef dé Octavia. Así que hubo leidó la carta con mncba ateíi- 
eioo, Octavia analizó cada una de sus frases y empesó sus 
eeojeluras á despecho de las observaciones que Edward habia 
hecho acerca de ellas , y que ella miraba como otras tantas 
asechanzas. No pudiendo penetrar en el fondo de estos mis- 
terios, escepto d pensamiento evidente de alejarla de Ner- 
budda , tomó la determinación de quedarse y de observar. 

Envió inmediatamente á una de sus camareras á 8ir Ed- 
war, eon esta frase: la condesa Octavia está muy satisfecha 
de ta acogida hospitalaria que ha recibido en Nerbudcfai y 
no está dispuesta á cambiar de habitación. 

Al oir esta respuesta, Edward hizo un movimiento que 
quería decir: he cumplido con mi deber, ahora suceda lo 

au^ t|úiéra! Desde este momento lo olvidó todo para ocupar- 
^seriamente dé los medios de defensa. Siguiendo el pare- 
cer dSel colono indio , visitó los cuatro muros esteriores de la 
''Casa, para asegurarse de que la tierra estaba intacta. Hizo 
"eeirtar por los jardineros las ramas inclinadas sobre la fa- 
^'chada, acusando álos trabajadores de descuido, porque ol- 
' vidalMu siempre, según decia, sangrar los árboles antes de 

- la estación de las lluvias. Examinó detalladamente las ven- 
tanas bajas, guarnecidas de barras de hierro como las dé los 
plateros en la Cité de Londres. Nada quedó por hacer'pá- 
i*a evitarla impetuosidad, la astucia, la inteligencia del ata- 
ique; y así que el sol hubo desaparecido , cerró él mismo la 

fmérta de la casa, y co\ocó en el vestíbulo dos criados in- 
répidbs y valientes , prohibiéndoles que no abriesen la puer- 
ta á nadie t>ara entrar ó para salir. Esta orden no es nue- 
va, añadió, pero siempre es útil renoi arla á menudo. 
''' Octavia despidió á sus camareras después de haberse 
'ofultttdo el sol^ y se deslizó como un fantasma por la gale- 
»*ría , iloráinada por medio de dos alxn'luras en sus dos estre- 
'Midades. Dufanfeél dia, habia descubierto este puesto ob- 
servador, que dominaba las dos fachadas. Un instinto extra- 
Ü0 guia síeiñpre á 4as mujeres á descubrir lo que las irrita 



¡ qvÉ kWk *kB^ ttlretiLAR ! U 

7 laque los hóml^res <Jlifrefeii ociiltxirles crá MudaMte fa^ 
tenctoives. La noche na estaba muy avanzada , cuando un 
líg^l^ r<ice se dejó sentir en lá fachada opuesta del terradol 
Octavia se indinó deirás de «ma parsiana eon precaución; 
y arrojó una niirada perpénficular sobré e) muro. Y ié df&* 
tintamente , - al resplandor de las "gr^iides eonsbélaciobés , uá 
ocierpo hummo^aeriK^rs el ereeido musgo délos bosques, 
y reconoció al punto á Sir Edward, en su talle esbelto y 
sorberbío , en su apostata audaz , y en aquella fléi^ása de 
movimiento que solo pertenecían á él. 

liéimatóse eoi^ el rostro bailado en un sudor frió , y cru- 
zando los brazos sobre su pechoy murmuró estas dos palabrak 
con voz coiieentrada ¡ él es ! - 

El siieneio dé aquel desi^Ki permitió escuchar pora^^*- 
nos instantes el riíido de los pasos- Sobre las hojas secas; des- 
pués no se oyerimf mas que* ki» ai^monías natunto de k 
Uoebe; 

^— El es ! repitió muchas veces elevando su voz conf un td^ 
nolleoo deciHera* 

Gallóse y* sé paseó pót la galería eoli liba alacien cbn^ 
"vulisrifva, eoHfo una mujer efta^enádií en el edt'redot* díí^m hoÉ^ 
pittil, ^ cuyo diniél los id^raeiados qüie lo* habHáiir htú 
dejado stf^aiion; \ »: . :! 

OetaVta éxperiinenttiba una necesidad' idfiérfaia de faáeetr 
resonar sus>quejas en enalqüier oido huinano ; pero al- 
rededor de ella soto tiabía isoleilad y reposo. Las hojas de 
tina enri^dádera golpeaban tes persianas de lós' balcones eá 
las estremidAdes de la galería , y los dos muroé que se pro^- 
Ibngaban uniformemente, repetían «onup eco perpetuó la 
fispiracion de iin peeho ardiente yel ruido de dos pies apo^ 
yados vigorosamente sobre las baldosas á cada paso. , 

A veces fievolviaeón vivacidad engañada t)br sí nii^ma; 
y nó creyéiMlOse dola^ espetaba eneotítrarse'fi^Até á frente 
edn-algü)ia lógubre aparición. .:'>...' i 

La galería permanecía desierta. Por en^é las ren^jiis 
nde tos aleones* se veia^lUeir una estrella, scñíic^átite al ojo 
de un demomo mirando al ti^avés de las persianaii á uttá j&- 
^en eníregadáá la desesperación. 

En fin , la cólera se lanzó del pecho á los labios como 
un tórrente que ha rotó eKdiqüe qiie lo detcnia , y Octa- 
via á falta de una persona á quten dirtgirse, se dirigió á sí 
ittMa nunlttnólogii piará darse a^¿ün consuelo. ' 
» «Sí; es'él!... yo^ptídi«»a evttár el verle, ló habría adi- 



t*(. f 



b6 wenviAr m MAtmin 

^0 nosotras!,.^ Pobres !>^,. Este pasa par hábil y fiaos enlas 
reputaciones! «.« HábU!».. Cuántos grados de estupidez ner 
qe^ta un hombría para^obt^^isr |a que esto ha merecido!. .4 
M^ escribe uqa car ta.«'. uujaaauautial de mentíjrasl..^ Co«- 
;no si. me. hubiese dicho á cada frase: señora, partid está 
noche ^.;partid propio, no miréis. hacía atrés) tengo ^^ 
bacpr una .n^ala jugada. 
,;. ^Oh¡ es^ muy hábil Sir Edward! 

» I Cuan feliz soy! 

»Yo bubiera p^ido amarla!... Y si lo hubiese amado. 
Dios mió ! .;. tal v^z mebabriais calvado de ladesesperacion! ... 

>»A qué infame cita de bohemias icolor 4e cobre se lanza 
ja$í,.á.e$!taJ)ora, gozoso como. uuesppso. en la noche 4c su 
JÍM)da„ desafiando á las fierafSpor alguna infame mujer ,^ali- 
Ijuna cortesana de las plazoletas del bosque»? 

»Toda mi sangre arde y se yela á la spla idea de que 
j^odri^ amarle,! ; . . . 

»Sí, podia amarle! Él ha sido mi ángel salvador qik una 
4Qcbe^^ una noche monstruosa! Había dado ásu* voz e^ en- 
camó, qué dívioiz^ laiP4f^ra humana^ se babifk aloyado< á 
/esa.; ^lagestiad de jb^roúifua^ue ez^ij^ la a^ipiracáoi^i Cuando 
llegó el dia, cuando la luz iluminó su noble, roatf o , no di- 
rige jal ^Ql sino mi segpAda»n^ra4^.«.» P^es bien, allí no 
j){ibia mas g^e^^nna nii3terioi|a idesi de, traición, ,. 

, .^>É1 n¿^ pujaba, según decía;, á lo JoienosinG.ilo <ha \úer 
^larado una vez ^ upf^ sola vez.^ y:Opn el misino tonoquisse 
jpueae [lacep una declaración 4e odio..,, «n .^esta. larga y 
úljljj[naL con ferenieia.se giiardó bien deivplyacme á hablar de 
^su, am9r..*«.me ba representado unateomedia divertida.... 
divertida como todo loque no^sale del.eoraaM>n<... y yo tan 
trencilla, i^reia boy.en sq reserva,, en. su dis<»*ecion^ en su 
modestia! Cuántas virtudes le prestab^.mi geniosa igno- 
rancia!... Oh! la mujer será eterpameiUejugiacte del honi'- 
br/^, JQuestro eterno enc^nigo. 

, ; ^Abor^i^ cuando nepesito partir I ]No necesitará él es- 
cribir , una segunda cprta para depidirme! Si es necesario, parr 
tiré sola, sola! aunque deba pasar por delante de las gOia- 
^rid^ dejk)S tigres y de los kones.... Kn Bengala comoen to- 
daa partes, el ^as feroz de todos es el bombre.i La^ cavermats 
son^ mas habitables ^uu que las casas ! 

»Por lo demás yo tengo la enlpa! Una mnj^r $e eifioiie 
,á todo , y, no tiene derecho, p^i^a .quejarse, cuando .abdica: 



, ettdiHlo-eteeflleviif^'Por eneima^de sa jBeto^^dteeeQdteiido 
al triste |>ftpet de aventurara ) reeürri&ado el mundo ea conir 
pttOía. del primer tainr imbécil^ mido del .cielo go9M^ ví|i 
tei?oeiile db f negó d0l infiernen!... £U universo de una mur 
jer es laea«a desn famiUapeleoaveato; - *» 

»Mia es la culpa, debo espiarla! así, Dios.mÍQ> esmp^ 
reittbajpa^Meíyivir len este urandul.v.'La ^ida fes una" cosa 
qileoUdie^be'fornil^r.'».. Sería preeisol tener dos^ei^istieyi^ 
cia&; kipsiniara tsería un cjisajpo.;.^ eoatido Uega la ex^ 
perieacíft es. neoesariio mrór : es la virtud délos ancíaiios; ¿P0- 
¥0 para «pii les siiive?. . ;Pam daf consejos, que nadie eseiieha. 
.»I<ocaU»«./Si alpin amigo^ fíEM hubiera dieho ayer'.alii 
4ísn0is üa attQiano diiijios ¿él, él dín]irá. voe$tra javénr 
tttdi .i^ enqué Océanode amang^- xwsía bubíara^'y^^ suméis 
gUfc^eiitoMesá «se desgraciado amigo! : > i 

»La experiencia no sirve sino después de la falta»..*, se 
4aHKmairma& y^na^l^ena.cseoltá'al salir^el isol ouaiido la 
aoeba precedente ba sido nii» tobado eamiL bosfuf^. * .} 
;, ii^Soeoí^^ fiiea mtol mi cabera está deíifiasiEido débíl.fir 
ra poder conservar sn razón. » •,, ' ^r- . 

t. O^ida eatneeii^ ^ feenle eoQ . entrambas maooHí eomo 
ij^ua ewteoarstt inteligencia püonta^atendonorla, y pckif- 
QUneeíó^IgWos ii&taji^liesbajo: la4presiM:de .a«si»rdoab8^ 
-lii^iento. ;En fl^agirida eol0oó!aiiaBÍaiita^seb!mal pavimenta 
4ia un^átf^lo:de:>la gisl^íai y se tbi¥ÍiEó lánguidamente' s^ 
<bi:e:.eataeamade,i<e9r»sor^^ V . .r^ t» , 

Enestaaorisi^ila bi^enheeltora^nat^ráleéa dá.á los smos 
.^iie! siif^n ua Jei^egp pe$ido (|uie se asep^iía alí saeflo co- 
mo 4 la «muerte. Se tiiBne d eonCuso sentimiento >de lai4 co^ 
saa.eai^riores ; pat^eaequeseestá en unp. tumba en.'^iieiita-eefi 
. id.sudaiiov y que seioye deslisar sobre el mármol el ruido íib^l 
viento y d^ las b<9as. 

.Tal:m el sttefio 46 esta mujer.: < . 

^. ;•- : * . ' ' í ,*^ ' • '. ) •, , • • I » . 

» • ? ' * » *■ ' , . ' , t ^» ^ ^ f '- " *. j ' ' * , * • •- 

* • ' .' . ' -. 

Si Ato-ai^ttleiiíie. .( 

Noctem minacem (t iii sceltis erupturam 
• • • • • fórsttñiiyii, ' ' rrxcilro.) : ''' ' 



, K . 



. Ufia eireunstaneía desoofEocidá bi«) abortar sin duda la 
c^láBton de crímenes preparados paraaqmelbi boéhe^ puqs 

seCUNDA ÉPOCA.— TOMO V. 8 



68 'jasnnk me habbid^ 

*ú& etñ posible dodar de la «^faoidadde üüaihi. Im «oMa* 
4oB emboscado» entre loe bambúes del estanque selo ojetoa 
Itf aetal dada por saeoroaél. Sir Edward ireló liasUi eialba 
ooolto entre lo^ matorrales bajo los Imloones de Oetavúi) 
con IVizam, y doce yalientes cipayos; pero los Thsgsnase 
presentaron. 

Jintes de qne lacr últimas estrdlas bubiescn desapave6W» 
éd firmamento, el coronel Donglas d¡q[)uso qiielilitis Iqs 
scddados en lugar de volverse á sus cantonease oealtásen ««- 
trelo mas espeso del bosque y que altíeiperasieift iNieva$ 
ordenes. Ifízam aprobó est« plan y le dijo á fiMglas:'^ 
Tened confiania en mí, coronel, entregaré mi cabeza eorao 
^rtintia. Los Tbugs no han atacado esta noohe á Neifbud¡^ 
^, pero no han renvociado por eso á su proyecti»; corioz^ 
co bien á esos bandidos. No nos doraiamos y continuemos 
alerta. 

< Al salir el sol tomó la Üasa el aspecto mismo que. siem^ 
pre y nadie habría adivtitodo ea ella qtte tin ataque yMona 
^Mmsd terrible iiftbran estado á* punto de efctaltar á su al- 
rededor. X • . t . . 

El coroael'llooiglas entró én el bosqate^ á la ctbeza^fl^ sus 
-trapas á fin de designar mejor ios -puestee qu(8 habiafi diB 
-ocupar estas, y dar sus imtrnectonies arcapiían Mesa. Ekí- 
ward no había a^ndonado el terrado deNerbudda. liospri- 
flierefs'rayos^ sol doraban ya hv cimas de los aisles de»- 
pertando á los pajarillos; y Kizam4iaMa partHlo tlevaiadb 
consigo como í^mpre los secretos dé esploraeion. ' < 

«Blla dberme) decia Edward en nn mbnóki^go ^memal, 
y duerme ctm esa dichosa' IranquiUdad de e^^llju qM 
acompaña sienipre el sueño de las mojeresi... Oh! lasm«<- 
jaresla. Ella ha recibido niio carta, mia.... ha leido éba 
carta calenturienta, como dice un periódica inglés, don el 
rabillo del ojo.... Después se hajdesnndado.i.. y ha Suje- 
tado sus hermosos cabellos con una coquetería egoista.... 
}fr Se ha dormido con la sonrisa en los labios , conservando 
basta que despertase en sus encantadoras mejillas la son- 
rosada serenidad de un querubín. Ah! hé aquí lo que son 
las mujeres!... y. si yo la dijese hoy: señora, he velado 
por vos desde el anochecer hasta, la aurora ; he velado co- 
mo el perro fiel á la puerta de su amo ; he velado con mis 
armas preparadas , porque vos os habéis obstinado en per- 
jiíalieOer en una casa rodeada de peligrosv y nosotroarliemos 
Íii]?|d<^ iodos iBoríD en; d cUnti^ 4^ la puerta de^eM-roasa 



¡Qtí AMOR TAK SñrGtfLAU! 59 

^ae es el templo anga»to de Tue^tra belleza.,.. Si yo \á di- 
jese esto me recompensaría aeaso con una sonrisa incrédu- 
la ó con nn cnmplimiento equívoco: hablarían sus labios.... 
p^ro callaría su corazón.... Allí es donde duerme ella.... 
^Ity... detras de aquella persiana llena de sombra.... Sea 
sq sueño feliz como deseo. » 

' En medio de esta meditación oyó Edvvard un mido de 
pasbs que sonaban en una de las alamedas inmediatas á la 
casa, y se dirigió lentamente hacia esta parte. 

Era la hora en que acostumbraban llegar de Boudjah 
y^ de las haciendas lejanas. Edward buscó á Douglas al re- 
dedor déla casa, pero el coronel estaba ocupado aun en 
sus deberes militares. 

— Es imposible, dijo Edward para^' , que sea el Nabab el 

que llega: nosotros le hemos alqfcdb de aquí de intento con 

su hija, y su ausencia debe durar tres días á lo menos. Tres 

dias son tres siglos cuando uiia hora se ha hecho tan precio- 

. sa cotno tinti mina de oro. 

Pero estos cálculos no eran acertadoi^; el Nabab y Miss 
Atinda llegaban en sus palanquines. 
* Edward se dirijió á la joven india p^ra ayudarla á bajar 
y ofi^ecerle sa.brazo. 

^ Éste accidente vá á complicar terriblemente la situación, 
dijo para sí, pero hagamos lo que debamos hacer, y suce- 
Üm lo que quiera. 

'" Suspendida Miss Arinda del brazo de Edward con todo 
#t. abandono délas de su raza , hablaba <^mo canta el pdja- 
ib al amanecer, cansado del largo silencio de la noche. 
*' —Sí, Sir Edward, dccia ella, estas visitas son muy iri- 
édmodas y fastidiosas. Nuestros vecinos no tienen nada de 
divertidos; siempre cuentan lo mismo. Hemos pasado la no- 
^é en casa de M. Bario w, el cual nos ha leidó la Biblia has- 
ta las once:^aun me parece que me estoy durmiendo.... 
Entonces le dije á mi padre que era preciso que nos volvié- 
semos) á Nei'budda. Hemos visitado cuatro familias : M. Bar- 
low* se ha encargado de ver á los demás. Todas estas gentes 
vendrán aquí para asistirá mis bodas el domingo próximo; 
nli^adreha fijado este dia. Bailaremos muého y nos di ver- 
tiremos. Tuestras jóvenes blancas son muy feas ; vos no pén- 
sai^ifi de este modo porque sois blanco, Sir Edward. Si yo 
fuese hombre no podría amar á una mujer blanca. Los cuá- 
leeros no vendrán á nuestro baile. Tanto mejor! Qué fámi- 
Ha tan estúpida* Las jóvones hablan cerrando los ojos, y 



t \ í « . 



;k)a hornees np lial)Mp^* ¿ Vpr qpésou cuákdr^ q|s^gfgel^e^? 
j)ro criBO quejiaá cometido algún crimen eíi su í)^)b, y los 
han cí)i?defl^do a. $er quá.keros. Decidme^ Sk E^wárd,, ¿Se 
ha levantc|dQ nuestro amitip el coronel? .^ . . . 

^ .. — Crépque ^ti cwan^o^en clhosque^ípíiau-yisto ¿^ 
al amanecer., 
. r7^Sqlo?v . ' . /. 

. /, — Oh ! no:, Mis3 Árinda, .se ha hechq acpinpaüAí' dg al- 
gunos de vuestros m<250jr¿Bi (^aWáor^s&k , .: , * 

, ^-- Es Un imprudente el qorpnjel! ,;.. \ 

\ — íío lo creáis, Sfís§ Arinda. y adéaiá3.,¿\|i}é.j)0|gi:ftlíP" 
(iia correr en istahpra? , . ., .•.:,:•' 

— Qué {)eligro5 Dios mió ! ¿y si se ¿nG<Hít^ase.9,a»;|dg;^l>a 

i.%ra?, • .^ .\ , .^. 

j .. — Si se encoíltrape, s^eríft eastigad^ppV:^.u,p^r^¿^ 

, billa del. cproaieí- . , , \ , , i ., 

. -r-SÁr Édw^rfl, ie diréis al coronel Dai^ías.qjife uo. pjp- 
drá verme hasta mediodía. Loscan49CtoW jpn^ Í^4li(^- 

, pw'tecjkí al «alir ^6pl, j JI, Barlow «íejia, daíl^iiii^ pa- 
ra dos noches seguidas. . Voy á.^añffo'.f u^^d^|^lÍl4&|^ á 

^ celarme, Ó! .¿^W8?J'v.íí^^^ l^^S^v S¿ J5<l\w45.'/?^|d€|o. 
Guando veáis al coronel, decidle tam)>iea.iq^.^e piff^i^o 

,Sí^r de casafCi?«^4o;se8*mifla[ftrJi4Q. ./ ■.': 

. A;'in4ÍEi : pr^eftió amistosamei^te la «nwft á Si?, .Ii4w;aií^, 

y subió ia escalera con la ligereza de una corxa*. , ', \ \,u 
..., ,c lj4wai'd perpaneciQ sioloipijn # Í^rra4p,,{pprque,,ei Na- 
, í)^)) se Imbi^ detei^ijdp en una quinta ¡JRm^i^ta^lCtofffOf^i, 

paca dac alguiias órdenes y visitar jalgunps ji^evps.piant^ífts. 

/, ..Ün ojo Qsóudriuadqr colocado entre la$ Jiojas-^de^una 
' ,. .persiana jiabia ^eguido i Édward desd^.el irhol, já. c^yo 

.pié se hal)¡,a deter}^do pl Pí^anquin4e J^lissAcioda, hasta í.f?l 
;4¡)qristiIo,de,la cai^a* . ,. ,. : . ^ ..- , . ,,.. . ^ 

. La Vi(ía,d^.las ser^s prÍYÍl^g|í|do§,e§.uj^ 4^do ^n ün 
. jCQptf a .la m?iíligpa inteligcAcia del acaso ., . ; í, . , ' : . h 

1 Qctavia lo habia visto tod^* PiMÍ*§<jia.q¥ie^pfií^ ijaamoi.ió- 
. >isible la.ha,l)iaflespprtado en eUiiqmpifcto mas jiií;9pijirtviwp, 
,.,y.qjie junavpkí.le batófi g>iJ44oa,l:QÍdo^..^M^^^ ., - .|,;n; 
' /,; UnA-exirana -sonrisa agitp sus íábip^.íp^liidos' y fQonyii^- 
.,¿ÍVQ§. A -esta sonrisa, sucedió' un<| c]^?''^^^*^ mas^.e^^ix^a 
. , aun . Octayia experimentaba ,^sa Reposa ajegr ia de a^or PKP- 
.,pÍo/iuiB se.siente ^uaudp s^-,vé cúmjftir^e una.pf:^i«ciflii. 

.y^ij supcso Qspejíado. |ipstr,w;a: ^l , aU^^., .pero se ad,tttti?»p,,al 

mi^Wip.tipU^o.filjplapeif d§íliaí?(efto.^^^^^ -., ,..., .,.í 



• • » » 



r « t . 



6Í* 



i QUÉ "AMOR *Alí ' SfTíGÜLATl ! 

i-^í?f , está bléii así,. éfetílMéri, áíjo ella con la Iranquili- ' 
dad amenazadora (le la nube tormentosa. No era posible en'*' 
Yérdail tírdif 'mejoi^ iihaintriga éori tóáás sus vergonzosas 
circunstancias. Cuánto me aplaiiiflo abóra'dé'iio haber obe- • 
dédido estúpidamente la cáfila de mentivas que encerraba 
la caria!... Lo he visto, sí, lo btí Visto orgulloso coa sü 
b(ybemi8í del Malabaií. ¡ A dVnitabíe conquista!... Y cómo se , 
extreniccerá de placer su brazo al contacto del brazo de esa * 
'bayadéra'XJólor de cobVé ! En verdad que es precisó vivir; . 
es pteciso viajar , es preciso correr el mundo park pod^i* ^ 
conocer bien á los honfllires!... Qué raza!... Es una mujer, 
pu^íésto* lea basta á éílós. . . . tíoila para divertir á los solda- 
dos y á los fakires.... y qué importa!* al 'fin es lina mujfei:! ' 
Se carga dfe joyas falsas coiiíó una diosa de Pagoda [ tam- 
poco importa, al fin es una mujer! Ha eirvejecido- tíene 
una piel de demonio acliicharradó.... tanipoco importa..^, 
hay hóinbres que sc-pagaá' de esta falsa moneda de ñues-, 
tro sekoeii SUS' inconceví bles pasiotiés. ' ' " 

' 0cfavia "hizo cierto movimiento enérgico , y sfe libóla 
raáiioá'ia frente, procurando de este modo combinar un * 



> • pensamiento, qq'é' le 'habiÉÍ ocurrido.' 
''S'e sentó,' se levantó, se Volvió i 



il «¿z 



fin. el siguiente billete: 



;*>' 



dvió á sentar, y escribió al. 



^ír Eáivard', 



' ¿'Sdís el' tóas apasionado áe mis servidores, ¿no es así? 
»pues bien, cuento con vos. • 

■ «Haced; ensillar dos caballos y prépat^ar dos pálanqui- 
wriiés ; quiero vipilat ías bercaníaá acompañada áe mis dóñ-r* * 
»éEfllás,''y espero que iñe escoíltaréis. \ ' : i 

»Exijp la mAyoí" celeridad ,póti^ue éí. sol ¡empieza '4' W- 
»(íóínodai^. í(o perdáis tiempo alguno.' ' ' ''" ^ . 

«,Vuestra afeítfeima, . * 

'*'' '' '■• y' ■ •••' '' ■'" ' ' ' »tÁ" C05DESA OCTAVIA.V \ '" ^ 

Así que hubo acabado de escribir, envió el billete á 
qAicu iba dirijido , se vistió 'precipitadamente, Üamó á jsus 
cattiaferas, les 'dixí.lás ordenes oportunas ;^lba]ó.^ '/ 

-=^t!sfííWsáf^í¿ mi hoí'ño,' dijo para sí al l)ajar la escale- 
ra; el aire que respiro en ella me abrasa. Procuremos sin '^ 
embargo q^e nó'rételen ni Wii rostro nt mis palabras el me- 
nor sífitbníá áe ceíofe.' itlémo se gozaría él en éii triunfó 'si 
lo ccíriocíesef'Sékmóíá müiér basta él fin.... Tórqué.,.. 6¡éá 



^ I 



62 IUKVI8XA jm MADaiD. 

lo sabe Dios , yo no estoy celosa, lo que estoy ea iadignii d a; 
aborrezco las intrigas. . . 

Sir Edward esperaba á la condesa Octavia junto á los 
primeros árboles de la avenida de Boudjah. 

Ambos personages estaban un tanto turbados en esta 
entrevista , pero ambos observaron el mas grande disimulp. 

_£stá bien, dijo Octavia, veo que sois n>uy es^aeto^ 1^ 
Edward. . ,- . 

—No be hecho mas que obedecer vuestras órdenes , seuQ^ 
ra , dijo Edward coa ademan respetuoso y con cierta swd- 
sa halagüeña. ^ <^ 

-^A caballo y Sir Edward, y haced acercar los pal^oqui- 
n^ para mis doncellas. 

"—Los conductores est4n en sus puestos, señora* 

—Pues bien, partamos. 

« — ^¿Y á donde vamos , señora? ^ 

—Me parece , Sir Edward que habéis adivinado el objeto 
de mi paseo, pues me esperáis en el camino de Boudjab. .- 

T-4e «pensado, señora, que después de los consejos quü 
os di anoche os habiais, dignado seguir las inspiraciones de 
la carta que be tenido ía honra de escribiros. '^' 

^— ¥ habéis pensado muy bien, Sir Edward, dijo la con- 
desa con un tono de ironia imperceptible. 

En efecto, quiero seguir vuestro consejo; voy á BouA- 
jah , pero no pasaré de allí. 

—Entonces no seguís, señora, mas que la mitad de mis 
consejos. 

— Ah^ s(^ ya comprendo lo que queréis decir.... pero re- 
nuncio á las posesiones del coronel Douglas. No he venido 
¿ Bengala para buscar las costas 'de Meudop. Daréis sin em- 
bar^ las gracias en mi nombro^ al coronel. 

-?-¿Y he de conduciros, señora á Sweet^Hours Inn^ en 
Boudjah? 

— Quisiera mejor alejarme en otra parte, dijo Octavia des^^^ 
pues de algunos momentos de vacilación; esa fonda no me 

l^usta* 
— Es que no hay otra, seucura. , t 

Octavia hizo un ínovimiento qqe detuvo á su caballo»' . 
-*^Cómo! Sir Edward, ¿esa gran ciudad inglesa no tiene 
mas que un parador? 
—Mandaré fundar otro para vos, si queréis. 
La condesa dirijió una mirada extraña á Sir Edward. . 
—Oh ! yo encontraré nna casa conveniente donde hos» 



. ¡ QUÉ Awmr TáÉ 9í|!IDW]:<4B! ^i 

padürtm^ diyí elb; Con diB«r^sQtHmipra,itii palAdae»^ 

•^Jia leaia del oapitaa Moss* e$l4' á vui^tra disposición.; 
AfiossfMredaMuentesetkaUa wsente deella.' * ;. 

^^Bien, eso Bie.acoiHioda;9sie afNearé proviMonal(Q0iite>a' 

cam d^ eapitan Moss^ y aotes de la^nocbe m asegura que 

bid^ré iudlada nua easapará:m{...« Oh! Dio^i mió, n% na 

es eiotl» que iiie.iiiguieta. »' - / 

, ¿TeDfiift otf os eátdados , eafiora?*.. permitidtae á lo met! 

' OKStavia e80it|S á 8a£abaUo, quie tomó la delaptata y dc^^ 
jó á Edward á alguna distancia. 

I., ^go de?e3ítTaoi^diaapio hay en todo fsto^ se dijo á sí 

mismo» £dv«ted , y se quedó péooisattvo. • > : . > 

. Solo se.eian 1^ eadenciosas pisada^ delod. oabaltos yt.éV. 

ca&io monótono do los conductores de palanquines* . ...» 

..»tAL Uegar'ár Bondjah conduje íEdward á la jóten y b&i 
lUii^era á la^oiea.designa^a, y la ofreeió sus flfrvioio&.;.«i 
Ootaviai le «detmo broseameate^ disijiélidcrfe cata pnegpttMacj 
¿pocki«r'p6rÉuiaecer<)cbodias conmigo m Bondjahy ^r^M*- 

— ¡Ocho días, señora! me es impoeülle* 

— Ah! es imposible!... ¿Con que vuestros ofrecimientos 
ban sido per m&í^^ fórmula? Pues bien , me contento con 
cuatro.... Imposible también ¿Y dos dias?... Tampoco. 
¿Qué negocios tan nrjentes traeisentre manos? Se me figu- 
ra , Sir Edward, que sois el gobernador de la India , aun- 
que de incógnito. 

— Esque.... habéis de saber ;^.señora , que be prometido 
al coronel acompañarle en una partida de caza , y esta no- 
che.».. 

—Os comprendo^ no hablemos mas del asunto. La caza 
debe preferirse á todo.... adiós, Sir Edward, no me olvi- 
daré de vos. ' 

Edward se inclinó profundamente para saludar, pero al 
levantar su cabeza Octavia había desaparecido, entrándose 
en la casa seguida de sus doncellas , después de haber paga- 
do espléndidamente á los palanquines. 

Que mujer tan infernal , dijo para sí , alejándose lenta*- 
mente ; pero he adivinado su pensamiento ; ha querido son- 
dear mi intención , ha querido saber si pienso volver in- 
mediatamente á Merbudda , ó si debo permanecer en Bood-t 
jab ; sa aatoeia es evidente.... Maldición! servir así deja- 



64 



U£flWA BB MJkBlim. 



giiét« á una Hitijér!... ella -viene aquí |)ara vevá m jáVeni 
conde Elona, y yo soy quien la há conducido á eota ei'*'. 
' ta ! . . ; esQOJerá ,• pue6 , alguna- casa aislada , y allí' al abrigo 
de toda vigitencia»... no, no,>»o gozará de esa felicidad, 
lo juro...! Ah! yo mueír^ combatido por un acceso de de- 
j^peracion i la idea áe que esta mujer que acaba de ne-* 
garme una mirada de amistad, vá á prodigar sus sonrisas 
y sus palabras tiernas á otro.hombre; paraéi, el pdraíso;' 
pan mf,- el infierna!... en ii«, veremos; el anM)r e^ una 
pasión abominable que aconseja cosas horrorosas; sin em- 
bftrgfV, es preéisdi no dejarse éstrángmlar por esos Thugs 
de fuego que se llaman celos. 

{ lia jo la imp#e9iori de estas ides» , Edward' arrogtó y por 
decirlo así , una especie de toilette moral que debía beottár 
Á las mitadas de otro, la turbación que sentía en sü espíritu; 
compuso stt fisonomía, dio serenidad á sus miradas, ^sar- 
j&six i^(ff cono podía bid^erlo hecho cim nn imstmtaietito, 
á fia de tomar el tono natural que aeostumbtába á usaren 
U»idiaa bonaíicibies de lamida 4 y ^enamiD^seivéyó dispaes^* 
ta á* sostener* QnH oonwrsamn dlfieil , seguro ád ^xítei, se . 
dirigió hacia la fonda donde se hospedabÜBi el conde políieo< 
al otro extremo de la ^odadi 



( S0 emtittmri^ 



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CAUTO tBCmiDOi 



65 



LA INFANTA fiOlA TERESA í UON. 



En tanto allá en Toleáo 
La corte mora espléndida reúne 
Cuanto priinor y maravillas cuenta. 
Toldos, alfombras, fuentes y perfumes, 
El i^ey por gala de su amor ostenta. 

Y el infelii Melendo , 

Con sus bravos cristianos , 
Leoneses y godos toledanos , 

Que acaudilló valiente, 

Quedó á la fin rendido , 
. Por número mayor preso y herido. 

A Ábdalla presentado 

Y en sombrías mazniarras sepultado , 

Esperaba el momento 
Que diese fin ansiado á su tormento. 

% 

Ya la gran muchedumbre , 

Todos los ojos , todos , 
Miran la Infanta de León , al paso 
De la ciudad , por plazas y recodos. 
« ¡Qué hermosa está, qué risa se derrama 
«De su divino labio ! ¡Qué dichosa 
•Debe de ser! (decían) ¿Quién no aclama 



•Nuestra ventura, que á Toledo envia 
•Tan noble reina en tan hermosa dama?» 

Y ella reia, sí, pero ¡qué risa! 

SlSeVHDA ÉPOCA.*— "TOMO VI. 9 



(H BBVIftTA BE 1IA0B1O. 

¡ Bisa de desconsuelo ! Eii sos poiiílas 
Lágrimas gruesas de dolor reprime 
Guaudo la envidia por feliz la gente ; 
T UB nuilo estrecho d coraton la opA'ÍBie 
' . Mlsatras sonrie su anublada fraato. 
£1 rey detrás camina , 

Y el Arzobispo de Teresa al lado, 

Que así Abdalla con tiempo lo ba ordenado , 
Porque la esplique dijif fpte y euirdo 
Que él á la ley de Alá no la sujeta , 

Y antes su Dios y religión respeta. 

Largo rato en silencio 
Marchan I09 dos , y el Arzobispo admira 

£1 llanto comprimido 

Que con recato advierte 
Guando á la Infanta cariñoso mira. 

> 

«Voto de castidad hasta la muerte, 
»De un claustro entre las rejas y 
«A mi Dios he jurado^ 
«(Dijo la Infanta) cuando aquí he venido.,^ 
«Gomo me salve del monarca odiado, 
y No lloréis (á su vez dijo, turbado 
»£1 Arzobispo) un Ángel prevenido 
•Hay en el cielo acaso por poxiero^ 

»A salvo del rey moro, 
»Si lográis esta noche sosteneros.» 

Siguió la comitiva , 
Mientras siguió la muchedumbre necia , 

Admirando asombrada 
El aparato seductor que aprecia. 

Gapríchosos festones, 
Enmarañada suerte de guirnaldas , 
Penden de galerías y balcones. 

En coufusion extraña , 
Músicas, serenatas, y canciones, 



fensÍA. 67 

Con heram» mojerviv 

Con ilustres varones, 

Compiten á porfia 
En magestuosa pompa 7 bízirría. 
¿Qué no hace amor cuando riquezas ti^ne ? 

¿Qtié tesoro y qué gala 
Hay en el mundo que mezquino Ubre, 

Y qué riqueza y esplendor %oala 

Al dulce hechizo que en las fuentes bebe 

De la pasión dichosa, 
Que el sentimiento al 'fluctuar conmueve 
En*su encantada linfa prodigiosa? 

Lleno el Alcázar en sa centro mira 

Cuanta gala y grandeza 
£1 reino moro de Toledo admira, 
liega la noche, y en vistosos trajes, 
En desconcierto, an|macio¿ y ruido, 
En modo extraño , en bailes y en orqaestas , 

Un nue(vo ecten querido 
Nos dá á soñar con voluptuosas fiestas. 

Las abiertas ventanas « 

Del real Alcázar, en la noche oscura, 
Lenguas de fuego son oon ascuas rojas) 
Que al Tajo pintan llamas y reflejos. 
Sombras distintas de apariaicias vanas 
Que en. su. corriente piérdeuse á lo lejos. 
Todo es bullicio , todo es alaria , 

Todo pompa y grandeza ; 
Mal pensarán que al asomar el dia 
Luto ha de ser lo qué festín empieza. 

Tal es la humana dicha \ 

Y el humano placer frájil y escaso, 

Y lo qué eterno píntase á su oriente 
Por ley eterna buscará su ocaso. > 
Horas solemnes ya de la alta noche 



68 . BEVISTA DE MADBIO. 

Unas tras otras magestnpsas soenaq , 
- . Y las músicas dentro » 
' Con regocijo y confusión resuenan. 
Y una sombra entre tanto , 
Pálida sombra de mujer y hermosa, 
Entre la fiesta y magestuoso encanto, 
Coa blanda risa que en dolor rebosa: 
Unge placer al ocultar su llanto. 

Mas calma al fin el ruido , 

Y del Alcéiar salen lentamente 
. ^ La toledana gente 

Y comitiva de cristianos godos 
Que la morisma agasajó prudente. 

Y ¿1 palacio magnífico y dorado 

Do retembló el brillante art^sonado, 
Libre de extraña multitud y ruido 
Atites de ser el alba se ha quedado. 

En tanto , cavilosa , 
La Infanta triste, la mujer hermosa, 
Que en el festín tan pálida lucía , 
En^ lujosa cámara encerrada, 

Su dolor escondía 

Con secreto profundo, 

Y estas palabras triste repetía : 
«Yoto de castidad hasta la muerte, 

»De un claustro entre las rejas, 

» A mi Dios he jurado , 
(Al padre dije cuando aquí be venido) 
»Gomo me salve del monarca odiado. 
»No lloréis (replicó á mi diestro lado 
El Arzobispo) un Ángel prevenido 
»Hay acaso en el cielo por poneros 

>'A salvo del rey moro, 
»>Si lográis esta noche sosteneros. >» 

Todo en torno callaba, 



POISÍA. 

SileóiDto profundísimo en palacio 
Tras la perdida confusión reinaba. 

Y la infanta llorosa y 
Recordando á Melendo infortunado , 

La hora de prueba y de tormento y lucha ^ 

Veia presurosa 
Venir tras ella, cuando al rey escucha 

Que, en próximo appi^ento y 
Ya se prepara á coronar ancoso ^ 

De su boda el contento , 
Con la guirnalda de galán y esposo. 

Escucha , y las inciertas 

Tisadas siente ahogada , 

Y en breve entrambas puertas 
Míranse abrir para dejarle entrada. • 

«Tengo* valor (pensó), sí, un Ángel velaí 
«Por mi pureza contra él torpe moro; 
»Un Ángel hay que mi ánima consuela, - 
» Y cruz» en Bubes de esmeraldas y oro. 
»¡0h Dios, oh Dios! que la inocencia aaima¡$, 
» Y U cristitoa con honor me diste ! * 

»¿Dime , por fin , si el velo desestimas . 
»Que á mi puresa por cendal pusiste? 
»¡Soy infeliz! desconsolada y sola, , 
» ¿Quién me dá amparo y me defiende y guarda? 
»»¿Quién?i». Y soñando, en fúlgida aureola 
Miró en su lecho al'- Ángel dé la guarda. 
Mas suefio fué de su desdicha cierta. 
Sueño y no mas dé su ventura escasa ^ 
Que mira entrar á Ábdalla por la puerla 
Porque impaoiente de su afnor se abrasa. 
«¡Qué hersnosa estáis, dofta Teresa! (dijo) 
» ¡Qué suave aroma vaestra estancia vierte ! 
>» Dadme una Biano, y que me améis exi^, 
«Pues 8(HS mi ef^a y parU^eis mi «oerte. 



69 



70 ekvistá di mabbid/ 

•Juntos los dos , el mando y sos gnnideías, 
•Ligero prisma pasará á mis ojos , 
•Cuantos me brinden rdnos y riquezas 
•A Yucstras plantas rendiré en despojos. 
•Dadme que toque la madeja de oro 
•Que en vuestro cuello de alabastro gira; 
•Dadme que adnúre el cdestial tesoro 
•Que altivo guardo y que la corte admira, 
j» Vuestro será mi rrino y mi fortunaj 
•Vuestro ¡ob Teresa! el mando y podern): 
•Dadme que aspire en premio una por una 
•Las frescas flores cuyo ar(Hna ausío. 
• Gallad , callad (Doña Teresa airada 
Le dijo al moro con adusto ceño) 
•No profanéis la virgen desdiebada 
•Que en Dios ya tiene protector y dueño. 
•Un Ángel vela desde el cielo armado , 
•Por mi pureza y virginal decoro; 
•No os acerquéis á prc^anar osado 
•Con torpe ardor la religión que adoro. 
•Si esposa vuestra con fortuna escasa 
•lile bizo mi bermano á mis querellas duro, 
•Vuestra seré y habitaré esta casa 
•Siempre encerrada en su sombrío muro. 
•Mas no penséis que si por débil Uora^ 
•El triste pecho en su aflicción tírana \ 
•He de mezclar á vuestra ley traidora 
•Con torpe amor mi religión cristiaiía. 
•Temed á Dios que en el calvario puesto 
•Sufrió pasión por rescatar al hombre; 
•Y no ultrajéis mi corazón dispuesto 
•Al sacrificio para honrar su noml^. » 
Risa infernal , al escuchar sus qu^, 
Brilló én'la frente del 8(4>erb¡o moro. 
•Desprecio (dijo) fútiles consejas , 
•Que el miedo foija al virginal decoro; 



poisíiÁ. f{ 

»Mi esposa sois, y edil mí hém áWÍettte 
»He de templar mí afíraéadíjra fid^aeM..» 
Tembló íeresa , y repitió: « éfeteríté , 
•Que un Ángel vela eií la celeste iésféra. 
«Teme las iras éA iiüperio augusto 
»Que en nubes de- oro asiéntase en el ciírio, 
»Y no pretendas que c» castigo justo 
» Ante mis pies te arrastre por el suelo.» 
Mas él ya ciego en su impaciencia loca, 
Roto al decoro y al • pudor él frenó , 
Un beso y otro la^tempóeñ la boca 
Con ansia ardiente ál profanar su seno.- 
Virgen perdida entre sus torpes lá^ds, ' - 
Con vano emf^o su* impotencia lucha , ^ 

Y al revolverse en siis UBrofileos brazos 
La V02 áá} Angel^jiísttele^o escucha . 

Voz que el «mpil^o • protector' mautíene , ' 

Y al moro Ábdá}ta^impávid6 amédi^tá , 
Guando á su óSdo tronadora' vie^^ 
Lanzando datftor pór'KVar su- áñ^iéélá. 
Dardos' ágilflos que in viMbles pasan 

Bl (íeéfili ái Moro ^én su láscS^ anhela; 

Y el oórtBMHi í<iip6diCd le abrasan , 
Siii^ftiérto^ ya lánfeáBdole eu el sueto; 
Hunde •éu^l'pcAJró la soberbia frente, ^ 
Qué^sf^ttt^^ftté deí k morisma 'fiera j 

Y al i^Oibfoáifd^ filtre la alfombra sik«e 
Que un A^^fél^eia en ¡é eeleíte eftféf^d. 



WáSíús^L «tt g^Meánsiéso, 

Y al escucha siHs dé^fnfptíe^lfás voces , 
El A^dbist)ó áeiMfe pr«sttrt»o , 

Y sus vasáñftós drmanse'vclódes. 
Todoestüffiíiltodé proyéist^vanoá, 

Que ea ehcotftradd anbeió ^ 
Forman mtdiiUtti mcéWWc^étíii^Aá: 



\' 



•> 



72 REVISTA m MADIIID. 

Y en btnra tan temprana , - 
Toda Toledo (félpase impetuosa 
Bascando el ruido que en seguir se afana. 

El rey mas reportado, 
Calmada ya la fuerza de sus males, 

Becibe con agrado 
Al Arzobispo y moros principales. 
Guarda en secreto la ocasión pasada, 

Y el torcedor y angustia que sufría, 

Y dice á todos : « que la Infanta honrada 
«Yuelva á León al asomar el dia; 
»Que la acompañen, su palabra dada, 
»Su guardia real y mora infantería ; 

«Y que respeten , como en él han visto , 
»La fé de esposa que promete á Cristo^ 
»Que tal lo manda con su voz el cielo, 
«Y él obediente á ejecutarlo empieza, 
«Puesto que jura con ferviente anhelo 
«Dejar por Dios la corte y su ^aodeza; • 
» Y así la vuelvan á su patrio suelo 
»C!on grande tren de adornos y riqueza, 
«Pues no ha de hallar en su reinado augusto 
«Fuerza á su ley ni á su cristiano gutío. . . 
«Que al rey Alfonso, á quien venera y aiM» 
«Le den un pliego con su prq^a firma, 
«En que se explique que á la hermosa dama 
«Le manda libre, aunque su pacto afirma ¡ - 
«No porque olvide la amorosa Uama, 
«Que antes con prendas de amistad confirma , 
«Sí porque quiere que la Infanta bermosn 
«Guarde su fé de Jesucristo esposa. . ^ 

«Que al godo audaz que temerario y oiegn^, . 
«Con su escuadrón acometió valienle, . / 
«Y en su p^rimon con lastimero ruego 
«Invoca al cielo misero y doliente, 
«Le dejen Ubre, porque marche laegA 



POESÍA. >4 

»Á SU pais con su vencida geiite^ 
»De la princesa real por noble guia 
•Que á Alfonso el Quinto de Leoí^ envia. » 

Absorta oyó la multitud dudosa^ 
La relación del soberano Abdalla ; r 
La nueva cunde en la ciudad ansiosa , 
T al par la Infanta moribunda calla : 

Galla anegada en llanto, 
Mientras {^reparan la impensada vuelta 
Diligentes esclavos del rey moro ; 
Quedando libre . el aposento en tanto 
Con solo el Arzobispo de Toledo 
Y la infeliz. prince$a> que rendida 
A su dolor tristísimo y quebranto, 
Dijo en ronco lamento: « jSoy perdida J 
•Perdida ya mientras la tierra babite : 
»rfo hay en el mundo patrimonio mió, 
•Gloria ni amor que mi pasión escite. ... 

•El voto que he jurado 
•A mi Dios, cumpliré^ Melendo amado, 
•denunciando á tú fé; vine á la tierra 
•Para luchar con desventuj'a y lloro, , 
•Y devorarme en impotente guerra , 
, •Por alcanzar lo que imposible adoro. » 

Tumulto y confusión , voces y estrépito 
En la revuelta población se pía , 

X ya en punto esperaba 
La gente de aricas el cercano dia. 

Licuado al fia 9 d morp 

El á Dios postrimero , 

Muy pronto dio al olvido, . 
Que no de .i^oír ,^ de .|;pnveiuencia solo , 
El lazo fué con su pierdida esposa i 

SEGUNDA ÍPOGA.~TOMO Yl. 10 



74 UVtsrX 0B MAMID. 

Gomo espresó sa labio inadvertido. 

En guerra entretenido, 
Varios años gastó , gente y riqueza y 
Unas veces ganando, otras vencido , 
Sin apurar su indómita fiereza. 

Y asi alcanzó la muerte i 
Entre el remordimiento 

«De recordar la infortunada suerte 

Y el dolorido acento 
De la Infanta Teresa , 

Que fiel cumplió entre tanto su promesa, 
Yendo á León , con su Melendo al lado , 
Con Melendo que al robo preparado 
Que le anunciaba el pliego á su venida 

Del prudente Arzobispo , 
Por libertarla aventuró su vida. 



Triste en su marcha lenta 
Guardó Melendo su pasión violenta, 

Sin apartar los ojos 
De la hermosa mujer por quien verUa 
Amargo llanto en misera porfié ¡ 

Y hondo silencio y grave , 
La comitiva conservó prudente, 
Mientras , confoso , adivinar no sabe 

Si es pena ó dicha lo que el alma siente. 
Mira d tesoro amado, 

Y frías sus miradas. 
Como en tiempo pagado , * 

No ya le buscan con las del clavadas ; 
Hiela su sangre derretida nieve, 
Y una vez y otra el penetrantefrío 
Le oprime el pecho, én la penosa marcha , 

No sabiendo ínfeltce 
Si. huyótStt anlor ó se tinoco eá desvío. 

«¿Cuál es {meifiiÁ ^síMM 



/ :•• ' 



«¿Es disinmlo y aparato solo 
' «De magestad, lo que mi vista advierte, 
1*0 inconseeaencia y manifiesto dolo \ 
«Lo^ae ea agravio mi ilásicMa eoofierte^» 

Y ella ahogando sa pena 

Triste, may grave , y silenciosa siempre , 

A la par caminaba, 
T solo al Arzobispo carifiosa 
£n el camino con recato hablaba, 

Solo con él Itorosa 
El interior del coi^n mostraba^ 

V 

Con riégia comittva 
Be caballeros leoneses iba , 

Entre donceltlis nobles ; 
Cerrando al fin )f marcha, de Toledo 
Los estandartes eñ bikras dobles; 

Y acémilas vMosas, 
Be esquisito tesoro, 
Depedrerfa^y 01*0, 
Con riquísima gala 

Que el musulmán >lleon6j regala. 

é José BE Gbijalva. 






♦>.M 



■(*• 






7^ REVISTA BE HABHIB. 



DON FÉLIX JOS£ REINOSD. 



Brcv€ nocicta de gn vldft y eftcrttos, y muestra» de estos en todos sos 
géneros, con algunos o]»ú8eulos inéditos ú poco conocidos. 



OABiEKDO que no tardará en va* la luz púbUea en la 6ra- 
leria d$ españoles célebres una biografia de este escritor, qae 
contiene una noticia circunstanciada y analítica de sus obras 
7 escritos ; 7 sabiendo que desde quQ ialleció trabajan^ sus 
albaceas y Tarios amigos en preparar para j,a preí^ una 
edición completa y cornecta de todas sus obraf en \erso y 
prosa, levantando <fe esta manera á su meAioria^el mas digno 
monumento ; nos ha parecido couYeqiente ofrecer al públi- 
co varias muestras de los escritos del Sr. Reinoso, en todos 
los géneros que cultivó , precediendo á aquellas iim breve 
noticia de su vida , con el fin de que sea mas generalmente 
conocida. 

Estudió por espacio de doce años las ciencias eclesiásticas 
cu la ciudad de Sevilla, su patria. £n 1793, de acuerdo con 
su condiscípulo D. José María Roldan, ya difunto, de quien 
ha insertado algunas composiciones el Sr. D. Manuel José 
de Quintana en el tomo 4;^ de las Poesías selectas ca^teHa- 
nas^ estableció una academia de letras humanas, que doró 
hasta 1 80 1 , apreciada en el reino por sus obras , y por el 
mérito de haber difundido los principios del buen gusto li- 
terario en dicha ciudad , de donde puede asegurarse , que 
cuantos jóvenes han descollado en literatura desde aquella 
época, le debieron su educación, ó Iit han debido posterior- 
mente á sus mas notables individuos , que todos desempeña- 



biografía Y OPÜ^ÜLOS DEL'Sft. RCTNOSO. 77 

roA liiegi^ cátedra» de varias enseñanzas. El poema de la 
inocencia pérdida^ imgresaeft 180t, fué' así como otras dé 
sos c^ras.7 pretíiiado poff la Academia. s ' • 

Ea 1 80 1 obtuvo el (mi%\^ de lá parroquia de Satíta Grdz 
de Sevilla, qae sirvió con singular celo hasta 1811. Ade*- 
más de sus oficios pastorales, que le conservan grata memo- 
ria en áqnella feligresía; institnyd una junta de caridad, 

. cuyo reglarmeíito fué presentado eomo e^tímiíÉ^ modelo á 
loi^ demás curas de la ciudad, por su amigo el oidor Don 
Joaquín María Sotelo/enoargado poriel real Aéuerdo para pro- 
pagar en ellasemejantes instituciones. Por medio de esta jun- 
ta estableció en su parroquia la hospitalidad doméstica ; pro- 

' porcionó lactancia y escuela á los ñiños desvalidos, y socor- 
rió todo género de necesidades. En su^casa estableció la va- 
cunación pública y gratuita , logi^asido gi^neralizarla en aquel . 

',|^n pueblo, donde anteriormente se habia malogrado se- 

V mejanie empresa, y su fomento en otros de la provincia. 
En el hambre que se padeció en Sevilla por la prima- 
vera de 1812, en que morían muchos infelices por las ca- 

; lies , fwmó dos hospitales de desfallecidos de ambos sexos, 
en que se dio á mas de 700 una curación y convalecencia 
esmeradas. 

La sociedad económica de esta ciudad le concedió por 
aclamación ¿ firieá de 1815, sú catara de humanidades, 
siMpendiUa por algunos años, en cuya restauración leyó un 
disourso sc^re ía inftuetída de las ietlas ktras &ñ támejo' 
raed entendimiento y rectífieaciím délas posíon^^ , que pn- 
h&eó la sw)iedad. Para su desemp^o, que duró cinco años, 
ordenó un curso filosófico de literatura, 'escrito por él, en 
gran parte, originalmente. 

Asocmdo por la diputación provincial de Cádiz á sus 
tareas facottativas desde mediado el año de 18^, hasta el 
último tercio d« 1 8í23 ^ extendió muchjos escritos , ora en 
apoyo 'de las solicitudes económiiías de la provincia, ora 
para el orden de su administración, ora para élfómenlode 
su prosperidad. De ellos se imprimieron entre varios oftros 



79 . aWirai M MAMID, 

difermfeipffoyeefaw ano de nóev» poMftckiiM ctt radisUnta» 
HA Modelo de ordenanzoi mnmieipaleij j A Pten^^i eeiMa 
de ¡a provincia^ formado por an nuevo Mteina ^ qm se es- 
pone en una introdnecioa racMedi y en gran námero de 
tablea ó eatadóa, para preaenfar la población por todas ni^ 
relaeíoíies y aapectoa lisieoa , poUtíeoa y reUgiosoe. 

A mirada de 1827 fué nonArujo por el Hüfíf D. Fer^ 
nando YII pvdiier redactor de la Gaeeía del Gobkmoy ca- 
yo deatpíno sirTÍ^ por tres afios bajo sos inslrnodonea^ De- 
jé eata plan pcNr babérsde conferido la preñdendá de wui 
comisión encargada de formar to estadlftica genand del reí- 
no , ciqros trabajos proyectados y reglamentados por él, no 
lograron entonces isíecoü$ion. Posteriormente se ban inten- 
tado realiar en parte por d Miañyterio de la Gobemaeioii 
de lá Penínsnb, circulando de Beal orden en 1837 nmi 
instrncdon trazada sotoeaqnd plaq y accnnodada á las nnm. 
. vas drennstancias. v. 

En fdnrero de i 833 fné eomiitonado pw d rey con otros 
dos sagetos dé conocida Uoslracion para pr^rar todos 
los decretos, comnnicaclones, l<>rmalidades y ritos de la ja- 
ra de la aeUial Beina de España, como beredem dri tooim, 
examinando las actas y registros de estas solemnidades, du- 
rante e| espacio de cuatro «igtosp 

En principio dA afio siguióte te nombró 8. N. itt* 
dividoo de la inspección gtoeral^de imprentas y ISneríaa 
del reino, de <]pie loé decñno por vim de dos aAee, basta sn 
supresión ea 1838. DaMímpefió de Keaji orden varms edni- 
«ones y enciMVos Utmirios ; baMendo dado á los en dils^ 
rentes épocas» varios opósfsulos sobro materias <k legiáa* 
cion y literatura, y algunas poesías , cwMtvándese mn- 
cbas inéditas. En 1816 publicó AEo^ámen de he diliu^s 
de infidelidad d to poíría, imptilodotí d loe eipeftofes eome* 
iidoe bajo la dominación (raneeea^ obm muy eepockia y 
apreciada, de que se biso poco despu^ de su poblieneion 
ia 2/ edición. 

Fué nombrado por el rey dífiuxto deán de la igleaía 



tikOGBAFU Y OPI^SGÜ^OS DEL Sb. BeiKOSO. 79 

m^tropolUattade Valencia^ j presentado á Su Santidad ^ 
ra jaei auditor del tríbanal de la Rota en 1833, de cqyo 
destino tuvo las correspondientes bulas pontificias , habién- 
dolo desempeñado basta cpie se cerró dicho tribunal des- 
pués del pronunciamiento de setiembre por acuerdo de la 
. junta revolucionaria de Madrid. 

En el mes de mayo del a0o siguiente se sintió amaga- 
ndo de una congestión cerebral, que cedió por idgunos iJUas 
á beneficio de evacuaciones sanguíneas. Repetido este ata-> 
que , 7 con síntomas mas alarmantes , falleció á los ocho 
dias de guardar ^»ma, después de recibir los auxilios espi- 
rituales 7 de hacer testamento, en el que dejó por herede- 
ros á sus criados; pero. reservando sus pinturas y su esco- 
gida biblioteca para que se repartiesen entre sus amigos. 
Fué embalsamado y enterrado en el cementerio de San 
Isidro. 

Entre sus obras inéditas, se ha encontrado por la di- 
Jigencia de uno de los albaceas, un curso completo de Hu- 
manidades que dejó corregido y en disposición de darse á 
la prensa. Para formar alguna idea de. esta obra, inserta- 
mos á continuación la introducción y dos artículos que he- 
mos escindo sin ningún motivo de preferencia. 

PRINCIPIOS GENERALES DE HUMANIDADfiS. 

Ziiirod«cel0i^. 

- í^ üplieaeion ád nombre Bumanidadeg á la literatura 
noa teTanido del latín.* La palabi^ latina hümanitctÉ eñ su 
pñdltti^ acepeion, s%nülea la naturaleía éét hombre, y 
comprende por tanto tes cosas que son propins de elhi. T 
COMO nada lo sea inas ^que la perfectibttidad de su intdi- 
geaeia 7 ée su voluntad, d' nombre humanitas se aplicó 
m«iy Hk^» á signiflear esas facultades en su estado da per- 
íetíritMa ,-ó bien las artes que las enKivan. Llamóse puesftu- 
manitas la instrucción literaria que amplía y perfecciona 
la inteligencia, y se llamó del mismo modo la benevolencia 



'80 AEVISTA DE MADAIO. 

é interés recíproco; esta mutua iparticipacion de afectos en- 
tre los hombres , que tanto realza su voluntad sobre la de 
los brutos. En castellano se 'entiende tainbien por humani- 
dad, como en latín , la afabilidad, la compasión , la bene- 
ficenda, y todas las demás virtudes suaves que fomentan la 
sensibilidad humana. 

Pero entre las varias doctrinas con que el hombre se 
ilustra, se dio especialmente el nombre humaniías á lasbe* 
Itas letras y á las cuales llama Cicerón arles ^quos ad huma- 
fritatém pertinent (I) ; artes propias de la hijmanidad. Por- 
que estas facultades , no solo perfeccionan el entendimien- 
to,^ en lo cual convienen con todas las ciencias , sino culti- 
van la voluntad de un modo mas directo que las especula- 
ciones abstractas; pues teniendo por objeto el agrado, ora 
primariamente, como la poesía, ora secundariamente, como 
la elocuencia, ejercitan y mejoran la sensibilidad , deque 
lá voluntad depende, y de que nace*el afecto recíproco en- 
tre los hombres. Esta blandura de corazón que conviene á 
las virtudes amigables y sociables, es necesaria para escri- 
bir, para gustar, y para juzgar las obras de poesía y elo- 
cuencia, y con ellas recibe su dirección y complemento. 

« Adde quod ingenuas didlcise fideliter artes, 
Emollit ifnores, nec sinit esse feros (2). * 

Por eso el nombre latino humaniías ^ trasladado .una 
vez á las letras, se hizo mas propio de las qw se Unoaan 
bellas^ ó humanas; porque nada coDviene tanto al hondeare, 
nada es tan humano como la dubeura del caráei^ que ellas 
inspiran, recreando 'el talento y. el corazón* 

Esa propiedad de significación se ha confirmacb) en loa 
idiomas moderaos, donde ya no se aplica eate nombre & 
las otiju^ ciencias. En varios de ellos , y espeeialmjmie eo. 
castellano, se usa de la palabra humanidad^ea plwal, 

(1) Pro Archia. • _ , 

(2) Ovid, Epistolar, ex Ponto flib. 2.% epist. 9. .' 



BtO&RAFlA Y OPÚSCULOS DEL Sr. BfitlíOSO. 81 

que usaron en singular los latinos: en' lo cual llevamos la 
ventaja de haberle adjudicado exclusivainente á la bella li- 
teratura, pues este plural no admite otras sígniücaciones 
como el singular. También se ba dado al que profesa estas 
facultades la denominación propia de humanista y muy 
humanista y en lugar de humanus y hujfna^isimus^ que 
tiene además otras acepciones en latin. 

Los nombres de humanidades, letras humanas^ 6 bellas 
letras se ban aplicado indistinta y vagamente á los estudios 
que sirven, ya para la ilustración, ya para la expresión agrá* 
dable de los mas generalizados y abstractos , á que se dá 
el título de ciencias. El estudio de los elementos comunes; 
del habla y de los particulares de los idiomas, ó sea la gra- ' 
mática general y las lenguas : el de los medios de emplear 
ese habla misma para mover y deleitar , ó bien la elocuen- 
cia y la poesía : el conocimiento de las personas , de los he- 
chos verdaderos y fabulosos , y de los lugares , ó la histo- 
ria , la mitología y la geografía , se han comprendido fre- 
cuentemente bajo el nombre de humanidades. Mas como 
tckias las ramas del saber se enlazan, y vienen á juntarse 
en un tronco , aun esas están unidas con otras de que reci- 
ben su perfección. Así la gramática está ligada con la ló- 
gica y la ideología, ésta con la fisiología, estacón la ana- 
tomía: la historia con la cronología, con la anticuaría, 
con la paleografía: la geografía con la astronomía, ésta 
con las matemáticas, y' así de otras muchas. Pero estos nue- 
vos ramos, que exigen discusiones mas áridas, no se cuen- 
tan entre las humanidades. 

Ni debe contarse la- gramática general, ni particular; 
porque el conocimiento filosófico del habla es, del mismo 
modo que la lógica, una parte de la ciencia de las ideas: 
basa común dd saber humano, no menos necesaria á todas 
las demás facultades que á la bella literatura ( 1 ) ; bien que 

(1) . «Habiendo ya subido felizmente al primer escalón de las ciencias, 
)»que es el de las lenguas, con ellas por sí mismo subirá á la cumbre de las 

SEGUHDA SPOGA.— TOMO VI. 11 



.82 &BVÍSTA DB MADRID. 

lÓB profesores de otras ciencias la bayaoi' descuidado mas. 
qae los Immanistas, quienes miran el habla como el ma- 
terial de sus obras* La gramática respecto de las humani^ 
dades es como respecto de la pintura la química , que en- 
seña la composición de los colores. A los estudios gramati- 
. cales se dá el nombre propio dé filología. 

Tampoco la historia y la geografía son parte de las hu- 
manidades mas bien que de las ciencias. Sin ellas caminan 
estáis á oscuras; porque las máxin^as generales no pueden 
establecerse acertadamente sin noticia de los hechos , ni los 
hechos entenderse bien sin el conocimiento de los lugares. 
La mitología es una sección de la historia, necesaria para 
conocer la religión de los pueblos antiguos , y tener la in- 
teligencia , no solo de sus cultos , sino de su legislación , de 
sm costumbres, de sus diversiones, y de los monumentos 
que de ellos nos restan. Son pues tales estudios auxiliares 
de todos los demás, puesto que el teólogo ó el jurisconsulto, 
si han de perfeccionarse en su profesión , no menos los han 
menester que el orador y el poeta. Estas doctrinas que pro- 
veen de las noticias necesarias á todas las facultades, se dis- 
tiiigüen con el nombre de erudición y y en castellano sue- 
len comprenderse bajo el de buenas letras (1) ^ue no sig- 
nifica lo mismo que bellas. 

Porque estas incluyen la idea de la belleza , como prin- 
cipio del placer que deben producir. Hé aquí el distintivo 
de las humanidades. Dijimos que este nombre se ba limi- 
tado á los estudios que sirven para ejercitar agradablemen- 
te la sensibilidad, porque suavizan por ese medio el carácter 
del hombre, y le hacen, digámoslo asi, mas humano, cul- 
tivando las afecciones que producen el bien y la dicha de 

«letras humanas.» (Quix. Part 2. cap. 16.). No se entiende pues bajo este 
nombre el estudio de las lenguas , que son igualmente un tránsito para 
las cieucias, y para las humanidades. 

(1) La extensión de signifícado quedamos áeste nombre, le está seña- 
lada disliutamentc cu su primer acepción por el Dlocionario grande de la 
Academia española; y con ella le tomó por su título la de Buenas letras 
de Sevilla. 



BIOGRAFÍA Y OPÜSGÜLOd DEL Sk. BeIIYOSO. 83 

SU naturaleza. Pues los estudios que procuran por su ins- 
tituto ese cultivo y ejercicio agradable, son únicamente la 
elocuencia y la poesía. 

Nada }iay inas distante de ei^citar la fantasía, ni de promo- 
ver los sentimientos que el estudio de la gramática. El de 
la historia complace masqué otros la curiosidad, este de- 
seo de recibir nuevas sensaciones intelectuales ; pero pocas 
veces satisface en toda su extensión el deseo de recibir sen- 
saciones de placer. Tampoco la mitología y la geografía, 
tienen por objeto halagar la sensibilidad. Todas general- 
mente se dirigen á la instrucción : exponen su materia tal 
cuales en sí misma,* y no son libres para crearla de nuevo, 
ni para variarla , ó presentarla al meaos por el aspecto mas 
agradable. 

Y aquí aparece otra diferencia entre las humanidades 
y esotros ramos que se les atribuyen. Todos ellos se versan 
sobre conocimientos especulativos, si se esceptua la grama- 
tica j porque la historia, considerada en cuanto á la nlanera 
de escribirla, pertenece como todos los escritos, á la elo- 
cuencia; pero el estudio de esta y el de la poesía, dirigién- 
dose á poner en ejercicio la sensibilidad, se terminan á la 
práctica, tienen por objeto la ejecución de una (^ra, son 
artes ^ como las hemos visto llamadas por los latinos: este 
es el nombre que dá repetidas veces Cicerón á esas facul- 
tades y á su enseñanza ; dúcttinam ingeniarum et humana" 
rwn áríium (1). * 

PARTB PBmERAé 

Priikgipio d£ las bellas artes. 



SSCOION, 1/ 
reqvierea. 

El saber humano comienza por la observación de los fe- 

(i) Deoratore, Fib. 3, cap.6. 



84 BBVISTA M MÁDtllD. 

nómenos y por los hechos. Reunidos y recordarlos perten^ 
ce á la historia. 

Comparar los hechos entre sí, examinar sus relaciones, 
hallar su origen y sud efectos, y redacirlosá principiosfe- 
nerales , corresponde á la ciencia. 

Deducir de estos principios las reglas de obrar, para 
producir nuevos efectos, es propio del arle. 

Así la noticia de los síntomas nacidos de la enfermedad 
ó de los medicamentos, es la parle histórica de la medicina: 
la combinación de ellos para conocer sus relaciones , descu- 
brir sus causas y sus efectos, y establecer ciertos princi- 
pios sobre su naturaleza , es la parte teórica ó científica : el 
método de curación que de esta se deduce, es la parte prác- 
tici^ ó artística; es el arte de curar. Dase pues el nombre de 
arte á la colección de realas ó máximas para hacer bien al- 
guna obra dificil, y lograr cumplidamente su objeto. Difi- 
cU digo , porque no se llama arte la corta enseñanza nece- 
saría para hacer las cosas mas groseras: así no se dice: ar* 
te de cavar ni de remar. 

Pero un catálogo de preceptos tomados de moinoria y 
s^uidos rutinariamente, embaraza el vuelo del talento, y 
le hace tropezar aun dentro del mezquino círculo á que le 
reduce. Beglas inmudables de obrar en las mudabilísimas 
y complicadas circunstancias que los varios caso» ofrecen, 
^ondttcen casi siempre al error. Es necesario saber filosófi- 
camente la teoría de los preceptos , conocer bien sus razo- 
néis, y prever anticipadamente sus consecuencias , para aco- 
modarlos á todas las circunstancias , modificarlos , variarlos 
tal vez, relajarlos, ó dispensarlos. Hé aquí la precisa unión 
del arte con la ciencia, si se han de formar artistas sabios, 
y no menestrales y empíricos: unión indivisible en aque- 
llas artes , cuyo ejercicio pende de las facultades mentales 
mas bien que de las físicas, puesto que siempre han menes^ 
ter profundas y delicadas meditaciones. Esas se deben llamar 
artes científicas. 

■ 

Las reglas son unas máximas ó principios mas genera- 



biografía y oPUscüLod DEL Sr. Beinoso. 85 

les de obrar , fundados en observaciones singulares constan- 
temente repetidas. Se hallaron pues por la observación , es 
decir, por la reflexión aplicada á los hechos, á que se dá el 
nombre de ciencia., Notóse que un orador indisponía á 
sus oyentes, cuando mostraba deseo de dominarlos al prin- 
cipio de sa discurso : observóse en la construcción de los 
edificios , que un peso no se sostenia bien sobre un vano : se 
investigó y halló la rai;on de estos efectos ; y para evitar- 
los se estableció por reglas , que sea modesto el exordio : que 
el macizo cargue sobre el macizo. 

La historia de las artes está consignada en la sucesión de 
las necesidades del hombre. Naciendo desnudo sobre un sue- 
lo que no le socorre sino á precio de su trabajo, se vio for- 
zado á buscar su alimento y á guarecerse del frío , de los 
soles, y de la lluvia. Halló en la naturaleza recursos, cuya 
progresiva mejora y perfección le dictaba la experiencia 
conducida por sus necesidades. Puesto al abrigo de la intem- 
perie en la primer choza que hizo , observó que la habita- 
ción era mas segura y acomodada, haciendo el techo mas 
sólido por el encadenamiento de los maderos , dándole vuel- 
to al rededor para que despidiese las aguas , formando divi- 
siones internas para los diversos meniesteres de la vida ; y de 
los varios efectos de sus ensayos dedujo máximas para cons- 
truir acertadamente las habitaciones. Necesitado de comu* 
nicar las ideas y los deseos propios con sus iguales , inventó 
signos á que los órganos de la voz le condujeron : aumentó^ 
los sucesivamente para que la comunicación fuese mas esten- 
sa: fijó y deslindó poco á poco su significado, para que el 
uso de ellos fuese mas seguro. Así nacieron el alarifazgo y 
la gramática. 

Mas luego quiso acrecentar el placer que hallaba en 
estos medios de satisfacción , y los pulió y perfeccionó con 
mayor esmero. Compartió el edificio en medidas simétricas, 
colocó ordenadamente sus miembros, añadióle ornatos que 
hiciesen mas grata $u vista: escogió las palabras, las com- 
bino de una manera mas enérgica y armoniosa , y creó so« 



86 HEVISTA DE teADRip. 

bre agüellas primeras artes la arquitectura j la elocuencia. 

Habiendo acallado las primitiyas necesidades j mejo- 
rado 7 hecho mas grata su satisfacqion , el deseo inestin- 
guible <le recibir nuevos placeres , le separó de aquellos 
objetos y le IIcyó en busca de otros mas lejanos y esqui- 
sitos. Entonces halló 1^ imágenes paria la poes(a, los soni- 
dos para la música , los colores para la pintura. Acaso los 
principios mas rudos de estas artes nacieron también de la 
necesidad. El lenguaje primitivo de los hombres, imitan- 
do^ siempre que podia , los objetos para significarlos, lle- 
nó de figuras, de metáforas y perífrasis para suplir la es- 
casez :. pronunciado con mas fuerza de gesto y de tono, 
para ayudar la imperfección de las palabras , inclnia ya 
los elementos de la poesía, de la pantomima, y de la músi- 
ca. Los caracteres que se usaron antes de la escritura^ fue- 
ron pinturas y jeroglíficos. Pero estos , que fueron al prin- 
cipio unos recursos para \as primeras urgencias dd hombr^, 
substituidos después por medios mas fáciles, alejados de su 
origen , y llevados á la perfección que los ha constituido en 
artes separadas , se dedicarcm especialmente á los placeres del 
gusto. 

Las artes, pues, se dividen en dos clases generalmente: 
unas pueden llamarse de necesidad y otras de placer. Bat- 
teux coloca en una tercera especie las que » inventadas por 
la necesidad, se perfeccionaron luego por el gusto, como la 
elocuencia y la arquitectura, á las cuales llama de como- 
didad. Estas, dice, tienen á un tiempo por objeto la utili- 
dad como las primeras, y el agrado como las segundas. Es 
necesario antes de todo fijar bien el significado de los varios 
términos que se emplean para clasificarlas, y conocer los mo- 
tivos de su aplicación, para evitar ambigüedades. 

Todas las operaciones voluntarias del hombre tienen orí- 
gen en sus deseos : todos sus deseos son inspirados por aígu- 
l^a necesidad. Becibe una sensación, una impresión que 
le complace ó le mortifica : la juzga buena ó mala de poseer: 
aufre en seguida con su privación en el primer casO| icanaa 



biografía y opúsculos del Sr. Reinoso. 87 . 

posesión en el segundo: siente la falta ó necesidad de adqui- 
rirse la sensación agradable, de alejar la penosa: lo desea: 
se pone en moYimiento para conseguirlo. Por manera que 
el sentimiento juzgado bueno ó malo, produce el sufri- 
miento, el sufrimiento la necesidad, la necesidad él deseo, 
el deseo el movimiento ó la acción. Luego el hombre para 
obrar , siempre ha de estar en necesidad ; es decir , siempre 
hade carecer de una cosa, cuya falta le haga sufrir. 

Utilidad es uñ nombre correspondiente á necesidad y 
sinónimo de placer.La necesidad es el sentamiento de la fal- 
ta, la exigencia de alguna cosa: la cosa que la satisface es 
útil: es placiente además: porque la satisfacción déla nece- 
sidad causa un placer, y no puede haberle mas allá de la 
satisfacción. Lo que ya no es útil, no agrada. La demasía, 
ó superfluidad hace que las sensaciones mas gratas empie- 
cen á ser dolorosas. La comodidad es una fácil y completa 
satisfacción de la necesidad : es una nueva utilidad: es un 
placer. Besulta, pues, que todas las obras humanas y las ar- ' 
tes que las dirijen traen su principio de la necesidad, y tie- 
nen ¡por objeto la utilidad, ó lo que es lo mismo, el placer. 
Pues ¿cómo podrán distinguirse entre sí por una nomencla- 
tura que conviene á todas? 

Pero estas palabras son susceptibles de mas ó menos 
graduación en el significado, ora por- el orden con que na- 
ce, ora y principalfsimamente por el término que tiene la 
necesidad á que se aplican. La exigencia de aquellas cosas 
indispensables parala vida se llama primera necesidad, por- 
que es la que siente el hombre primeramente ; y puede de- 
cirse necesidad de conservación. No porque este sea el prin- 
cipio de la necesidad presente: siempre ese principio es el 
sufrimiento por un dolor sentido, ó loque es igual , por un 
placer deseado. La naturaleza ha puesto un atractivo de pla- 
cer en los medios de conservación; un origen de dolor en 
su falta. Así el hombre procura con la comida, libertarse de 
la incomodidad de la hambre: con el vestido déla del frío; 



88 REVISTA BE MADRID. 

con la habitación de la del sol, del aire, y de las aguas. Llá- 
manse én^pero necesidades de conservación, porque este es 
el término de la obra que se ejecuta para satisfacerlas; aun- 
que el sentimiento sea su impulso , y su objetp el pla- 
cer (í). 

A ellas sigue Inmediatamente una necesidad s^unda, que 
puede en buen hora llamarse de comodidad. Conocióel liom- 
bre que á las primeras necesidades podia satisfacer de un 
modo que le causase nueyos placeres ; y ya sufrió mientras 
no los conseguía ; y ya tuvo necesidad. ¿Quién (á no supo- 
nerle destituido de todo) se contentará con los primitivos 
alimentos, vestidos, habitaciones > cuales se ven en los pue- 
blos salvajes? Esta necesidad nace también de un sufrimien- 
to y busca en su satisfacción un placer : pero termina en la 
mas cumplida y grata conservación. 

Satisfecha la exigencia de aquellas cosas que mas inme- 
diata ó lejanamente se dirigen á ella, no con eso reposa el 
hombre y pone fin á sus deseos. £1 alma se ocupa sola- 
mente de pensar ó sentir ; esta es su vida : en el ejercicio 
de ella conoce el hombre y goza de su existencia y faculta- 
des; porque nada conoce, de nada goza, sino sintiendo. Agi- 
tado de los primeros deseos, pensaba en ellos, en la necesidad 
que los causaba, y en el objeto que la satisfaría ; como suce- 
de á los menestrales laboriosos , cuyos pensamientos , cuyos 
sentimientos de placer ó de pena se circunscriben al éxito 
de sus manufacturas. Mas cuando estos deseos han calmado 
con su cumplimiento, si suponemos que el alma recibe nue^ 
vas sensaciones agradables , nacen otros para adquirirse los 
objetos 4c que provienen : si suponemos que no las recibe, 
nacen para auyentar la molestia causada por la falta de nue- 

(1) Supongamos un hombre que no halle placer en vivir : ya no siente 
•sa necesidad ; ya no dá paso para su conservación : se deja morir tran- 
quilamente. Supongámosle que siente un tormento en la vida : se m^ta , sí 
la religión no le* ofrece un motivo de dolor mas grave que el que la vida le 
presenta. Sus estímulos son siempre el placer y el dolor: ellos son el prin-. 
cipio de todas las acciones; la sanción de todas las leyes. 



SIOGRAFIA T OPU$CUU>S DEL Sr. BcUfOSO. 89 

Tas 30nsa£i<mes. Estn falta, de^ndo en cierta manera de ocio 
todos los órganos sensibles, paraliza el alma, y le causa na 
verdad^o safrimíénto (1); una necesidad de estar ejercita* 
da agradablemente que siempre tmro, y se distingue sin em- 
bargo de las anteriores j parece nueva, pco^que ha me* 
nester nuevos recursos para satisfacerse. Esta puede llamar- 
se necesidad de placer; no tanto porque es este el objeto que 
pretrade el hombre en la satisfacción de ella , en lo cual con- 
viene con las necesidades anteriores , cuanto porque es el tér- 
mino y. el producto total de la acción que la satisface. 

£1 alma puede ejercitarse, y procurar nuevos sentimien- 
tos por la reflexión , combinando las relaciones y juicios que 
le recuerda la Bsemoría. También el estudio de las ciencias 
causa impresiones agradables ; pero es un mediintrabajoeo 
de hallarlas, y no es para todos, ni para siempre. Las sen- 
saciones actuales son un medio mas fácil y grato ; porque 
fisgan menos el cerebro, estendiendo la acción á distintos 
óiganos de la sensibilidad. Tal es el principio de muchas 
obrasartístícas: el deseoder^róducir, de multiplicar, de 
parfeccionar bs sensacionesiletieiosas. 

Unas, pues, tuvieron su origen ^la las primeras necesida- 
des de los hombres , y sirven todavía para su conservación: 
otras se formaron por el deseo de aumentar las sensaciones 
agradables, y se limitan á su recreo. Unas son de tal natu- 
raleza, que sin ellas mas ó menos perfeccionadas, no pue- 
den vivir de un modo conveniente á su especie: otras son 
tales, que sin ellas puede subsistir absolutamente la socie- 
dad. Las primeras y las artes que las dirigen y perfeccionan 
se llaman de necesidad; porque se dá por excelencia este 
nombre á la exigencia de lo que es indispensable para la vi- 

(1) Todos los pueblos conocen est6 sufrimiento, y le ban señalado un 
nombre para distinguirlo en sus diferentes idiomas. Este es el que se llama 
tadium en latín , nqja, spleen , ennui en italiano , ingles y francés , y pue- 
de decirse ahurrímiento en castellano. Este, promovido de intento, es el que 
bace gravísima la pena del solUario en los Estados Unidos de Afocrica: este» 
en su mayor intención, es la causa del suicidio entre los ingleses. 

SEGUNDA EPOGA—TOMO VI. 12 



90 JIEVI8TÁ DE HADRID. 

da humana; como quiera que esa necesidad es mas general-, 
mente sentida , mas importante en sus consecuencias. Así es 
mas conocido é importante el provecho que trae sü satisfac-* 
cion ; j por eso se le ha Üado como privativo el nombre de 
utilidad. Las otras se llaman de placer, porque este es d \í* 
mite de su servicio , y el nombre que se dá por excelencia 
á las sensaciones de agrado mas delicadas. El título de co- 
f^^tdad no puede servir á ningunas de distintivo; porque 
en la perfecéion á que se han llevado las artes mas necesa- 
riis , todas buscan la comodidad y aun placeres accesorios, 
y tal vez extraños á su objeto. En las habitaciones, en el 
menaje , en el vestido , no solo se quiere lo sucinto , sino lo 
cómodo y aun lo que se llama agradable. Pero estas cosas 
sirven en su fondo á las necesidades primitivas, y tienen 
por término la conservación. Bajo e&te aspecto se han de 
considerar hA artes al presente para clasificarlas. Ese esta* 
do , en que solo proveen de lo mas ceñido y forzoso , no se 
halla sino en el nacimiento de ellas, ó en pueblos donde no 
han salido de la infancia. 

Dase el título de bellas á las artes que se terminan al 
placer , porquie le deben producir escitando las impresiones 
de la Belleza. Por esta palabra, tomada en su mayar exten- 
sión, se entiende la propiedad que tienen muchos x)b]etos, 
de agitar agradablemente nuestros sentidos, y causar en el 
alma ün movimiento vivo de placer. Tal es el significado que 
se le dá frecuentemente en las bellas arles ; significado en 
que la usamos ahora , por no haber otra palabra que atara- 
ce las diversas conmociones de ese placer , que nos impri- 
men los objetos. 

Guando decimos que las artes dirigidas al placer deben 
pródacirlie por medio de la belleza y que es la propiedad de 
causarnos cierto placer, no formamos un circulo, ni pensa- 
mos decir una inepcia. La imperfección de los idiomas hace 
que por una misma palabra se signifiquen ideas muy dife- 
rentes. El nombre placer es uno de los mas generales en to- 
das las lenguas, así como su contrario, dolor; ellos com- 



biografía y opúsculos DEt Sr. Rsmoso. 91 

pren(|en ; reducen á solos dos géneros todas las sensaciones 
recibidas. por todos los yii^ientes; porque la complacencia 
que se llama placer, ó bien la molestia que se dice dolor, 
son esenciales á la facultad de sentir , y mas ó menos inten- 
sas, mas ó menos notadas, intervienen en todos sus actos. 
Estos nombres de tan estendida significación tienen solo al- 
gunos subalternos que mas vaga é incompletamente señalan 
sus grados: así, gusto , recreo ^ gozo, alegría, delicia, j al- 
gunos mas, expresan distintos estados de placer; disgustó, 
fatiga y aflicción ^ pesar y tormento j y otros denotan varios 
grados de dolor. Pero no hay nopibres que de cualquier mo- 
do determinen algunas de las innumerables especies de sen- 
timientos agradables ó incómodos que se comprenden bajo 
aquellos dos generales. De ahí és que la palabra placer se 
acomoda indistintamente alas impresiones de taí sentido y 
á las de otro cualquiera: á las que residen principalmen- 
te en los óiganos exteriores, y á las mas recónditas del cen- 
tro común de la sensibilidad ; á las que sigue un contento 
permanente, y á las que persigue el arrepentimiento; á las 
que proceden de otros objetos, y á las que de nuestras mis- 
mas operaciones; á las que de acciones inocente^ y virtuo- 
sas, y á las que de delitos ; á las puras, y á las mas obscenas 
satisfacciones. De lo cual nace, que aplicado frecuentemente 
ese. nombre á los deleites sensuales , le desdeñen muchos 
hombres tímidos , como contagiado de cierta torpeza de sen- 
tido, y le Hayan en general proscrito equivocadamente al- 
gunos filósofos y ascéticos severos ; sin embargo de que es 
imposible concebir el alma del hombre sin sentimiento de 
agrado y de incomodidad, y es inútil pedirle que deseche 
todos los qae bajo cualquier sentido le son gratos , y abra- 
ce los que por todos aspectos le son penosos. 

Ahora bien : cuando algunas artes se denominan de pla- 
cer, queda este nombre vago todavía, y susceptible de la 
inmensa extensión de su significado : cuando se dice que la 
belleza es la propiedad de causar un placer, se entiende por 
este nombre un deleite de cierta especie determinada , que 






92 REVISTA DE M ABRID. 

♦ 

no se puede calificar en pocas palabras , y ba menester pa- 
ra su cabal inteligencia una prolija descripción. Queriendo 
entre tanto señalarle de la manera posible , dijimos que la 
impresión de la belleza es viva , para distinguirla de las 
conmociones mas débiles : añadimos que agita los sentidos, 
y causa en el alma ese movimiento, para significar que re- 
cibiéndose por los órganos exteriores, tiene su asiento , y 
reside principalmente en las facultades mas internas y es- 
pirituales». Por manera que el placer propio de la l)elleza, 
ciñéndose á una especie de impresiones agradables determi- 
nada, sirve para limitar el nombre genérico de placer, co- 
mo distintivo de estas artes. 

Si conociésemos la esencia de la belleza, como preten- 
dieron algunos, se determinarían fácil y seguramente los 
placeres que le corresponden. Mas no es ella un ser exis- 
tente, cuyos principios pudiéramos analizar; es solo una 
palabra abstracta con que significamos la propiedad que se 
haUa en innumerables objetos, que tienen esta relación con 
nosotros ; y damos el nombre de belleza á la causa de esa 
relación que suponemos en ellos. Pero esta relación, si se 
considera por parte del efecto, obra de diferentes modos, 
cuanto son diferentes las sensaciones de placer que se dicen 
bellas: si por parte de la cansa, proviene de seres diversísi- 
mos. Pues aunque la palabra belleza no se aplique á todos 
los agradables , ni comprenda mas que una parte de los 
placeres, todavía son tan varias las impresiones á que se 
estiende, y tan diferentes los objetos á que se atribuye, que 
no puede suponerse en aquellas una misma naturaleza , ni 
señalarse en estos un principio común del agrado. ¿No 
puede descubrir el bombre la esencia de los seres que tie- 
nen una existencia real , y querrá hallarla en las abstrac- 
ciones, que solo existen en su inteligencia (1)? 

Pueden' si determinarse los placeres que se asignan , y 

(1) «J<M peine á croire que ceux qui les premiers ont employé les mots 
vsvbstance» essence, nattire se soient imagines arvoir une idee deschOsesdont 
Ah porloyent. Us vouloyent diré par súbstance ce qui est dessous certaihes 



t 



biografía y opúsculos del Sr. B^noso. 93 

los que se escluyen de la belleza , y examinar las sensacio- ' 
lies de aquellos para señalar sus caracteres. Tcfdas las im- 
presiones agradables (y lo mismo pudiera decirse de las pe- 
nosas), pueden reducirse á tres clases respecto de los órga- 
nos que las reciben, y en que principalmente se ejecutan. 
La sensibilidad se ba , respecto de los nervios que son sus 
muelles y conductores, como una cantidad determinada de 
fluido f especto de los varios canales á que se extiende; que 
si carga en unos con mas abundancia , disminuye á propor- 
ción en los otros (1). Pues considerando los nervios en dos 
puntos cardinales , el de su terminación en la superficie del 
cuerpo, donde se reciben las impresiones esternas, y el de 
su nacimieato en la masa cerebral á donde se comunican; ó 
las impresiones agradables afectan, bien única, bien prin- 
cipalmente, alguno de dicbos puntos separados, ó se re- 
parten con cierta igualdad entre los dos, bien que esti- 
mulen en su tránsito otros focos intermedios de sensibili- 
dad. Las que nacen en estos , ó se reciben en las extremi- 
dades de los nervios que terminan en las partes interiores 
del cuerpo , no deben en este caso mencionarse. ¿ Quién 
dudará de que la buena sazón ó el contento desconocido que 
á veces sentimos interiormente , ó cualquier otra afección 
agradable, nacida sin noticia nuestra, de los movimientos 
orgánicos, no deben contarse entre las sensaciones de la belle- 
za? Esos sentimientos causando solo percepciones oscuras, 
proveen muy pocos materiales al alma para la formación de 

>»qua)ités; par essence ce qui fait qu' un chose existe avec telles propiétés: et 
»par nature ce qui fait qu' elle estnée, pour ainsi diré, avec lesqualités qu' 
«elle a. Or ceite expresión, ce qui , faisoit assez entendre qu' Us ne savotent 
)»pa8 ce que la sub^nce, 1^ essence , et la nature sont en elles mémes.» 
CondiUqc. HisUÁre anden, liv. 3, ckap. 27. 

(i) «Cela devient tres sensible dans toutes les affections violentes, mais 
wsur-tout dans les extases oú le cerveau et quelqnes autres organes sym- 
«patbiques jouissent du demier degré d'. energte et d* actkm ; tandis que la 
vfítculté de sentir et de se moavoir , tandis que la vie , en un mot , semble 
' »avoir eútiérement abándonné tout le reste. Cabanis, Rapports du fhUyque 
»et du moral, Memoire2, §. 6. 



94 BBVISTA DB MADBID. 

las ideas, y no pueden reputarse por placeres intelectuales. 

Cuanto á las demás impresiones de que hablábamos, cu- 
yo origen y relaciones conocemos distintamente, unas hay 
Tenidas de fuera, que pulsan en derechura los sentidos , y 
aunque se transmite al cerebro su percepción , parece que 
demora el agrado en la circunferencia ; así las sensaciones 
de uii olor grato residen en' la nariz, y las de un sabor en 
el paladar. Otras nacen y tienen su asiento en el ^^ntro 
común de la sensibilidad, sin que ordinariamente retro- 
graden á los sentidos , como son las que dimanan de la re- 
flexión, esto es, de una serie de recuerdos y de juicios. 
Otras ocupan y deleitan al mismo tiempo los sentidos ester- 
nos y el órgano sensitivo ; las extremidades y el centro^ tal 
es la vista del cielo estrellado ; tal una música patética. De 
estos tres géneros de impresiones los dos primeros no per- 
tenecen á la belleza. 

No las que residen en los sentidos esteriores; porque las 
conmociones agradables que causan , son mas uniformes y 
limitadas á aquellos órganos , y ejercitan y complacen me- 
nos la inteligencia, no suministrándole gran número, ni va- 
riedad de percepciones que pueda comparar. Gómprénden-i 
se en esta clase las que terminan de cualquier modo en sa- 
tisfacer las primeras necesidades, como la saciedad de la 
hambre 6 la sed, la templanza del calor ó del frió: y se 
comprenden generalmente todas las del tacto , del olfato y 
el paladar, que son comunes á los irracionales, y produ- 
cen un placer orgánico en que interviene poco la reflexión. 
Estas sensaciones no admiten grande variedad; no duran 
mucho mas que la presencia del objeto , ni sé reproducen 
mu]f distintamente por la memoria : ño pueden escitar vi- 
vas conmociones, sin producir una alteración perjudicial 
en el cuerpo humano, puesto que se reciben por un con- 
tacto mas inmediato dé los objetos con nuestros óiganos (1). 

Ni menos corresponden á la belleza las impresiones agra- 

(1) Bartheír deduce del intimo contacto que tienen las sensaciones del olfato 



BIOGllAFU Y OPUSCÜLOd DEL Sr. ReII^OSO, 95 

dables, que provienen únicamente de las operaciones del 
cerebro. Solo podrán á veces pertenecerle, las que son me- 
ros recuerdos de sensaciones aiiteriores , porque en este ca- 
so se refieren á ellas , y son de su mismo género. £1 placer 
que nos causa la memoria viva de un bello cuadro , ó de la 
representación de una tragedia , es un producto- de la pin- 
tura ó de la poesía. Mas cuando las impresiones traen su 
origen de repetidas comparaciones y juicios, como el pla- 
cer de haber entendido un cálculo ó resuelto un problema; 
aunque consideradas en sí mismas seau puras afecciones y 
efectos de la sensibilidad , son un resultado de la medita- 
' ^cion, no de la acción de algún objeto sobre nuestros ór- 
ganos : son mas difíciles de adquirir , y antecedidas de mo- 
lestias frecuentes: son menos vivas por lo común; menos 
estensivas en su goce, pues no se difunden á los sentidos. La 
belleza requiere un ejercicio mas fácil y extenso de nuestras 
facultades, y supone además un objeto exterior en que se 
considera. Esclúyese pues de ella todos los placeres dimana- 
dos déla reñexion. 

Mas no deben confundirse con estos los que causa la 
poesía y la elocuencia. Estas bellas artes, que tienen el ha- 
bla por instrumento , obran , es verdad, directamente so- 
bre las facultades intelectuales , cuyo ejercicio y placer pa- 
rece que escitan únicamente, puesto que ningún otro pro- 
ducen cuando no se entiende el idioma. Pero el movimien- 
to causado en el órgano sensitivo refluye en este caso sobre 
los sentidos estemos, y despierta en ellos las impresiones 
de los objetos descritos por el habla. Hé aquí su efecto ma- 
ravilloso , cuando se expresan por ella con tal viveza , que 

y del gusto otro motivo para que no puedan referirse á la-belleza. «11 me sem- 
«ble que la vraie raison en est , que nous considerons en general la beauté, 
»comme residant essentiellemcnt daos des objets places hors de nous; et que 
»les objets du gout et do Y odorat étant recus avec une appHcatiou la plus 
>.intime possible par les organes de ees sens , non» ne pouvousoonoevoir les 
»impre8Íonsde ees objets existant scparément des affections que nousresen- 
»tous dans ees organes.» Theorie duBeau, JHsctnw 2. . 



96 BEVISTA DE MADRID. 

exaltada Ja imaginación, ó para decirlo mas exactamente, 
estimulados los sentidos por las impresiones del cerebro, se 
mncven de manera , que nos parece ver y pir aquellas co- 
sas cómo si estuviesen presentes. Por eso decimos que la 
poesía pinta con las palabras como la pintura con los co- 
lores. Este es el secreto de las artes de hablar: promover por 
la acción de la inteligencia las sensaciones de los objetos es- 
temos, lo cual no es dado á la reflexión. — ^Añádase á esto 
que las palabras tienen sn música mas ó menos perfecta en 
los distintos idiomas , la cual por sí sola cansaba efectos ad- 
mirables en los pueblos antiguos , mas sensibles á la armo- 
nía: 7 annque degradada en las lenguas modernas, y me- 
nos sentida por nosotros , todavía escita conmociones agra-^ 
dables propias del oido; bien que esas mismas se fortifi- 
quen por la inteligencia de las palabras , que bace ¿jar la 
atención sobre sus sensaciones. 

Tan solo pues las que conmueven viva y agradablemen- 
te los órganos estemos y el centro de la sensibilidad , per- 
tenecen á la belleza: aquellas impresiones , que no solo co- 
munican su noticia al cerebro, sino que le bacen intere- 
sarse eficazmente en el placer sentido, apro))arle, recrearse 
con él, entrar en acción para aumentarle de su parte, y 
producir nuevos y mayores sentimientos de agrado por el 
gran número de relaciones que percibe. £1 alma se goza en- 
tonces con un ejercicio mas completo de sus facultades, por- 
que tanto los óiganos* estemos como los interiores se ponen 
en movimiento : y se goza con un ejercicio moderado, por^ 
que ni las impresiones extrañas son tan fuertes que morti- 
fiquen los sentidos, ni la aplicación de las facultades interio- 
res es tan intensa que la fatigue ; como quiera que los jui- 
cios sobre un objeto individual son menos trabajosos que so- 
bre ideas generales: que son menos trabajosos sobre un ob^ 
jeto presente á los sei^idos ó á la imaginación , que sobre 
objetos mas débilmente recordados ^ y que aun los recuer- 
dos mismos son mas fáciles, cuando hay una impresión ester- 
na que los escite. 



BIOORAFIA Y OWSeütM BUL 8é. ReIICOSÓ. 9f 

Nioai paes la» flensacipnés db la bettee» áb vta <d>jeM es* 
teitor: agitan á qb tiempo ios sentidos y id órgano 4el pen- 
tamiento , para hacer la fruidpn mas general : los ejei^Han! 
noderadamente para no cansarlos : les causan iwriedad dé 
moTiifaientos, para renovar j multiplicar el plaoer: obran 
eon Tigor en el alna) para atraerse j fijar del todo su 
ateneioot. Hé aqui los caracteres de las sensaciones bdlás en 
general , las cuales solo se reciben por la Vista , y por el 



Y no es e^ decir que todas las sensaciones de estos órga* 
nos sean Mías; sino que á ellos corresponda las que lo son. 
Porque ellos solos pueden sentir á la par y distintamente 
muchas impresiones y ofrecer á la inteligencia mas copioso 
número de ideas, mas Tarios términos de relación. El olfato 
y el paladar sienten mezcladas y confundidas las impresión 
nes diferentes cuando las reciben á un tiempo, como sé no^ 
ta en los cofadim^nlos y perfumes; y ni ellos, ni el tacto 
puedra distinguirlas y compararlas , sino r^oibiéndoias una 
triis otra , y teniendo á veces que dejar un reposo entre ellas, 
para que el órgano pierda el movimiento anterior , y pue^ 
da recibir el nuevo completamente: así se hace en la eom- 
•paraóton de los ékofte& y licores. Bstos juicios se forman 
siempre entre la sensación actual y el recuerdo, no muy 
4isllftto^ de las pasadas. ¡ Pero cuántos rsdbe unidas ó con 
rapidí^ma sucesión la vista , a) amanecer de uii 4ia seré* 
no de priimiYera , 'en np prado matizado de flores; tei^nina- 
do de nna parte, aquí por el boscaje poblado depajarillos, 
allí por colinas deaigMkB ¿ubi^^tas de rdialfios; y por otra 
seguido déniia Uanura inmensa , atravesada de un rio ¡ f des* 
,pejada hasta el orláoste, por dónde se deva el sol p^^iente, 
formando un sendero de luz trémula sobre las aguas. ¡ Cuan- 
-tas'eLoido, ya del murmuUo del arroyuelo, queso desliza 
.del ^otero.mas alto; ya del susurro de losí^árbc^es, tueeídos 
..por el cé0ro; ya del varío canto de las aves; ya de los bali- 
dos débUes de las obejas ; ya de las tonadas, qae^ canta de 
i^lgbn pastor, al «ompás de sm oaramilio ! : o."^* 

iBGUllDA EP0G4«— TOMO VI. 13 



k Sim !pim ttu MrkfeUtt hs inqiircsimieft ile «tos flwtldo8, 
y é^u üatem mas amplia á 1M operáciMes iBilidcielMiei¿ 
$oa wM ?iito tomlMeB t poar^pie abciizaii méjw núam» 4t 
6|lidade$ ea cada objeta , .y las mnteft ooa mas claridad!: m 
ewúmeyw, ét aUna iilteifsanente ma ser pdigrosaaá «loadla 
ganoi, porque los efectosiie la sensaeiontedeqpleganeoilas- 
lacBltÉdto i&terttas, qua eétán lacra; dd embiste 4k tea- akjitf» 
tos. S<m mas daraMes adi^áás ; porque reciliiéiidés^ "pnaá^ 
pálmente en el cerebro , donde reside de una manera sin^ 
lar la memotia , ledejan mas diqmesto pai^a morm^se deiiue- 
Yo y f^rodiicirtis. Son por últiraomas fecundas para re» 
eordar otros objetos, j aun representarlos á la imaginadon: , 
porque transmitido efttos sentidos al cerebro mas núlnaro 
^de percepeioneft simultáaeas quetos demás^ bán obasioaado 
cierto enlace entre los movimientos oomunieádos jutHaaHen^ 
4ey de modo que eseitando cualquiera de dios , per alguna 
dmprebiob actual, produce nna serie da ideas délos objetos 
que fuei^ á un tiempo perdbidos. ¡ Girtn poeós teetUrdos 
nos iFienen por un sabor, por imoior, por úgan coatacto^ 
ea comparación de los qtte reeÜHtooiEíf ov las jtopresiones dd 
aido y la vista! Así el tono de la yoe, la palabra, el gesto, 
todas los signos susoefftiUes4é alguna perféeddn se l^jen 
4 estos sentidos. 

A las impredones agradables ique sé cadben-peír loa «troa^ 

se dá la oalifiüadaa da bienas. Bmno se dice lo que iras 

cansa Mm : bkn es lo^ mismo que piaew , así oomq mal es 

dolar ;ipcird eftifn plaoer ciítéaMo mas gAeralmenté , no 

' eaUfieado cea los oaractote dé la beHeia. 

Como bBniad es una palabra mas generalizada, y dlee 
meiiíos qde esotra ^ Uneá dé placer , snele «conrodarse á l(fs 
objetos bcttos, annque beUeza^ destinada á bi eicpredon de 
un i^aeer especial, ño se pbedá estendei^ á lés que son bae- 
üossolamnté. Así se dice: buena música, buén duadro; y ¿o 
tmbde debirsc sin in^ropiedad: helio tino, bello medicatnentt. 
Lo boeno puede tal Vez ocasionar dolor antes dé pro- 
ducir el placchr ) loi bello dnnea. £n«uanto yroduoe daÜr 



-- .* 



no 9¿i»¿Meno ciertamente , sino^en t^áñfo- trie üie^ un 
ploieer 4siigíeri(>ir al dol<ñr sufrido. KA es bbeiía la qnilMi: es 
]>lie&o cortar la. pierna gangr^áda. 

lia bondad es eaúsa de un placer, si no tan espttífual, 
7 >ratiado, áUis duradero y trascendental <|ue él de jbi }>e- 
Iteza* A esta mayor dnraeion y consecuencia seda también, 
.céííío- y á dijimos, et noiñbre de -ntilidad ; é diferencia d^l 
agradó , que se mira como U2i placer mas pasajero. 

Todos los títulos de aprecio pánt el boad>re , si se etá- 
míMn, tienen pues á reducirse id placer: solo éh los e&- 
raeteres áe iesfe se diferenci&h. ^ueito y liftf se dieé de lo 

• • • • ■ r 

que produce un placer mas radical y permanente , aunque 
inenos Micaido y mas penoso á Yci;es de cmse^uir ; 6«l7d y 
i^jjfmdaSle délo que cansa nn phcm* mas esquisito y puro, 
aunque m^wos durable.» Por eso se d¿ el epíteto de l^áo 
á lo que tiene por terminó la conservación , cóiño el ali- 
mrato, la habitación, di Téstido (i): por eso táinblen alas 
impresiones dd tacto y del paladar; pues los óbitos diriji- 
des i esfos órganos son los que contribuyen principalmente 
á la consemiáoñ: por eso á las sensaciones dd olfato, que 
se unen y confunden .con las del paladar, que son su estí- 
bvbIo, su guia y complemento. 

• Sin embaído de que las bellas artes han adquirido éste 
renombre porque se dedíean al ^cerque hemos encado, 
toduviá se ementan entre élfais algunas que sirven á ias pri- 
méinis née^ídades. Tales son la docuencia y.la arquitectura: 
una se diri|^ á persuadir » ptra á formad háMtaéion^ con* 
Venientes. Dáseles empero el títuto de belfos , porque con- 
mderadtts cooao tales en su estado de períbccion , les es esen« 
ddl la biqUesa. 



. (1) Cuando se dice húifi^ easa, heUx^ v^tido» no se refiere este epíteto al 
«entido deLtÍM^ que se guarece de la tnteni(jerie, sino al de laTista que se 
deleita con el orden de la oonstruecion ó con los ornatos de aquella ó bien 
con la forma y colorido de este. En esos ejemplos se distingue bíeu:ciafO el 
placej* de la bondad de el de la belleza , que conviene en propiedad al 
ediflck>, y so acotaioda al trage en un^señUdó mas estenso. 



too MVI^rA D8 MAHEIH. 

Estas artes \ioieado á cuiltivar un terreno vinculado á 
la necesidad primitiva ^ no bán podido usarle para su re- 
creo sin pagar tributo á la necesidad. Así puede decirse que 
tienen dos objetos ; la satisfacción de lo necesario para la vi- 
da bumana, y la de lo necesario para sus mas delicados 
placeres. Bajo este último aspecto tratan su materia k elo- 
cuencia y la arquitectura^ mas sin olvidar el primero y 
principalísimo. Hablar solo para instruir y convencer es 
el oficio del gramático y del lógico ; construir habitaciones 
seguras y cómodas es la ocup£icion del alarife; estas son obras 
de rigurosa necesidad. Pero al orador y al arquitecto se pu- 
de además el placer propio de la belleza, y solo se dan estos 
nombres á los que saben escitarlecou sus obras i aunque e^ 
placer mismo le dirijan al uso mas delicado y comj^to de 

. eltos. 

De esta distinción de necesidad y placer entre las bellas 
artes dimanan las reglas siguientes : 

1 .^ Que jamás en las artes de necesidad se puede inten- 
tar el placer de la belleza solaviente. Un orador une llenare 
de galas y flores su discurro , sin formar raciocinio alguno ni 
persuadir nada; un arquitecto que labrase un edificio be- 
llísimo á la vista , pero que no se pudiese habitar , faltaría 
al fin principal del arte, y merecerían el desprecio de los 
sensatos. 

2.^ Que en las artes.de*placer satisfará á $u pb^o esen- 
cialmiBute el artista , cuando sepa i^cadar , AUAqi^e no pro- 
duzca otro provecho. 

3.'' Que en las primeras el agrado debe 1;$)inar.^l carácr 
ter de la necesidad misma. Todo debe aparecer en. ellas co- 
mo inventado por la necesidad. En las otras no debe en- 
trar la utilidad, sino cuando es á propósito para causar el 
placer, y como si fuese traida para agradar. Así en la elo- 
cuencia no se han de admitir descripciones ni figuras ^ que 
no sirvan á la enseñanza y persuasión: en la arquitectura 
no ha de haber foliages insignificantes 6 inconducentes ; en 
ambas se debe ocultar el arte. La poesía, por el (contrario, 



biografía y oprscüLOs del Sr. Réiiíoso. 101 

nanea inslruyie descubiertamente , sino hajo alegorías, eií 
iiiiág^nés, con la expresión agradable de los sentimientos, 
moviendo la admiración , ó la ternura , ó la risa , por la 
exposición ó representación de las acciones y costumbres. 
4.» Que en las artes de necesidad puede sufrirse la me-' 
dianía , que es intolerable en las de placer. Esta diferencia 
nace de la diversidad de sus fines. Un discurso puede instruir 
y convencer : un edificio puede habitarse , aunque no sea 
bello; pero ¿quién podrá sufrir una música de jabardillo, 
un cuadro, como dicen en Sevilla, de feria ^ unos versos 
impulsos? ' 

.........w Mediocribus esse poetis 

«Non homines, non Di!, non concesseree column» (t).»' 

lios adornos deben considerarse en estas artes, como me- 
diías de háo^ mas completo el servicio de la necesidad. E»^ 
ta se r^ula por las t^ersonas á quien ise sirve , y por la? 
cire^nstancias en que se sirve. Algunos exigen siempre mas 
e» la satisfacción dé l«m necesidades primarias ; todos ló pi- 
ddn én ciertos casos. Entonces se aumentan los medios ac- 
cesorios, para saciar ciimpliéiménte la necesidad. Un prín- 
cipe nó se dará por bien servido con la liabitacion de un 
particoiarciibáUero; ba menest^ un palacio: estilo mas no- 
ble requiere an congreso ilustrado , que no un auditorio 
ig&ora&tet todos deáesn en la construcción de uii templo, 
en d panegffico de un héroe, mas ornatos que en una for- 
taleza, ó en ün razonamiento familiar. Pero w eso mismo 
se vé cómo el servieio de placer se funda en la necesidad 
primera, califléada por las circunstancias, y se dirige á su 
eal)al satisfaocion. Un edificio ó un discurso trivial inco- 
modarían constantemente en tales casos; y no se sirve bien 
eoando constantemente se incomoda. Permita pues á la 
dócuencia y arquitectura haéer ostentación de sus galas, en 

(t) DeArt. Poet, ... 



102 REVISTA BE MAOBID. 

cftanto conducen al desempeílQ de su objeto prímitÍTO» 
A8Í como á las artes consagradas pmcipalmente á k 
necefiidad, se concede cierta licencia en proearar mas diree* 
tamente di placer , así á las destinadas á escitar este, cwr 
Tiene servir de su parte á la necesidad. Las artes, qae imi- 
tan á la naturaleza en sus obras, deben imitarla titíabiráeá 
s«B designios. El placer sirte en día para conducir los hom- 
bres & su bien y conserTacioa. Es verdad que alanos ^- 
ceres nos llevan al mal ; pero estos nunca son puros, ni 
constantes, y solo nacen de nuestros errores, y no de las 
miras de la naturaleza. El error proviene en estos casos, ó 
de las pasiones que inflamándonos con la presencia de un 
objeto, no dejan considerarlo por todos sus lados , y nos 
bacen obrar por sola la impresión halagüeña que reeíM<¿ 
mos de alguno de sus aspectos , ó de la ignorancia , por la 
cual juzgamos sobre una materia , sin lenér présenles todos 
los téj^minos de comparación , todos los tuiteoedaites y coo- 
secuencias. Asi los hcHubres son arrastrados á placan fal- 
sos , que llevan tras de sí el dolor y el arrepentiiiiiento. Mas 
siendo esta separación y extravío, que el ptecer tiene á ye^ 
ees de la utilidad , una imperfeociion de la naturaleza , el arte 
debe corregirla, é imitar el s^Qiío plan de m autcnr, que 
nos ha querido llevar al bien por el agrado. 

Es cierto que el oléelo de estas artes es el pteoer; pcw 
la utilidad y cooveniencia ulterior, intmtada sabiamente, 
lejos de destrsirlo lo aumenta , porque lisongea nuestro íé^* 
teres propio. Algunas obras pequiMas podrán dirigtne aun 
gfató desahogo , y en éso mismo producen utilidad; pero si- 
las 'artes se recrean con estes juegos inocenles, como la na^ 
turaleza cuando produce las conchas y las fl^^^susgrm- 
des obras siempre ilustran el espíritu, y lo enseltei y lo 
mueven é mas sólido bien. Romero, Virs^io, Bafael, Haydn^ 
todos los célebres artistas se han propuesto un. fin dig- 
no de hpmbres y correspondíeiite á sus tareas* £^ estti 
unión de la utilidad con el deleite consiste la perfección 
del arte y según la máxima de Horacio: 



«Omne toUt punctam , qui miscuit utile dülci , 
Xeetorem delectando , par iier que moneado ( 1 ) . » 

Debeeiiipero advertirse, que ú en las artes de necesi- 
dad se admite el placer para producir un servicio mas có- . 
modo, en las de placer ha de entrar la «Uliáad como, me- 
dio para acrecentar el agnado. 

(1) DeArt. Po«l. 



r 



104 . mmnA 01 mamid. 



SOBRE EL PROYECTO DE LET 

t 

BBIiATIVO A Xi08 VAGOS. 



Iiuestuas antiguas leyes sobre vagos habían caldo en de- 
saso hace ya tiempo , tanto por los absurdos que compren- 
dían y pues consideraban como vagos ¿ los que ejercían cier- 
tas profesiones Industriosas, cuanto porque el reglamento 
provisional para la administración de justicia prevenja.que 
se sustauclasen de un mismo modo todas las causas criml- 
nales por delitos ordinarios. La necesidad de corregir esta 
parte viciosa de nuestra legislación era conocida , y mucho 
mas en una época como la presente, en que después de una 
guerra civil y de una revolución, ambas por desgracia de- 
masiado prolongadas, es consiguiente no solo la inmorali- 
dad en ciertas clases, sino que h^yan dejado aquellas en 
nuestra sociedad ciertas heces, de que sea necesario pur- 
garla. Bajo ambos conceptos era necesaria y urgente la ley 
propuesta, que como han observado algunos distinguidos 
oradores , se roza por un lado con la beneficencia, y por 
otro con el derecho común. En esto consiste su carácter 
propio y especial, y por lo mismo no puede ni debe tener lu- 
gar en los nuevos códigos, aunque deba estar en armonía con 
ellos. Conviene observar que en estos ha de establecerse 
una manera de proceder común á todos los delitos , y que 
la ley de vagos tiene en esta parte naa forma espacial, no 
pudlendo tampoco decirse, que en la ley propuesta se con- 
sidere la vagancia como un delito. Por consiguiente , ni 
por la naturaleza de la nueva ley , ni por la forma de pro» 
ceder que en ella se establece , ni por la urgencia que re- 
clama el objeto de ella , debía esperarse á la formación y 



SOBBC EL VJiOtfi&tÚ m LA tlS¥ DE VAGCS. tOÍ 

«pirpbftckm de los códigos qm tse pp^ataa, eá ]m qfstt 

mima dd^er&t tener lugar. La Real ópdm de SO de aJbril 

de 1745 es Qiia prueba de que en aqtidla époea sedeMQBó^ 

dan las do0tríiia.s en que pueden fundarse una ky que ñjé 

y determine los casos^en que pueda ser punible to TagaiH 

da, y al fiftismo tiempo confirma el juicio que antes hemo($ 

<^u9tado. Copiaremos 8»8 misiiias palabras. ASet^n deeki- 

mdos vago$, diee, el que trae armas probíbiáis en edad 

en que ao pueda aplicárseles las penas impuestas por las 

l^ea: el que dn risible motivo dé mdia Vida á su onujer 

eon escándalo en ^ pueblo ; los i^ no tienen otro eja:^ 

cío que el de gariteros, b^tclierbs y sattímbaiicos, porque 

eataa entrel^imienlos son pernntiéos únkAimnle á lo^que 

iFÍ?aiivde 4»tiro oficio ó ejerdcio: los que andan de unos poe^ 

blos en otros con mesas da turren, mekoebas, etc.^ qué 

no irali^ik) todas eihis lo que necesita d vendedor para 

mantenerse odio: días, sirven do indisa^n á losmucba-^ 

<^os pata -quitar de sus easaB lo que i^ueden para comprar-* 

las, p(Mfqcie Je» tales vaidedores toman tanto cuanto les 

dan en cambió. » 

Las penas que imponia esta ley est&ban reducidas al ser^ 

vicio de las armas, tanto eti«l ejército. como en la airmada. 

Ya hacia tiempo qm se bailaba declarado que no se admi-^ 

tiesen m el ^rdto los- que fuesen destinados á él por sen- 

teneia judicial; y este es otro motivo en qvLB también se 

fundaba el desata en que babia caldo nuestra legislación 

de vagos, Estos^por otra parle, oomo ha dicho inuy exae- 

támaile un diiriode ei^a capital^ mas bkm que penados^ 

neeesUan*ser cornegidos; «yparaeRo es predao proporeio* 

narks medios de subdslir , que si no inmediatamente»' al ca»- 

bo de algun tiempo lea p^mitan vivir de su trabajo. Así, 

pues, la eonwecioli ddie inspirarle bálntos labori<^M>s ; en- 

sefiarie uaofioi»qne pueda ejj^roer durante su vida, y acos* 

tumln^arle auna. vida sosegada. £1 servicio á las armas, so?- 

fareloa inconvenientes que tiene en general como pena,. no 

jreuiie estaa cúri^nstandas. La vida i|el soldado,^ tMnbieii 
icGumPA epoGA.^TOMa vi. 14 



de ]& füeraa , pero no é.^esgmr: loa fconsejo6 de ift cM^ieoeía* 
Mt^m fán mhm: niiipia fAáo 09 condeniycl^ á Iaí^ Arma^, ¿qaé 
hBvá dospoes á» bab0r Qiiii^Udo sa coftdaoa? ¿Aprendei» 
m hk edad proveeta el arte, qae abaadoná ^ea su jayentud? 
Vql^wá' divagar prúbablem^ote* Y esto efiéí soptiesto de 
9H» ]ko;deeerte de Iik» fi^asi com que por ser mtyfécil ha^ 
tutít caM taées lea que ^aa á día» pdr yU de, pena, 7 ea 
eite iMoa^auamas-dífioíl la oori^eociQi^ del vago, pueB^oldi^ 
gado á haiir de la p^tseeiicíoD de la justicki, y tipieroio dé 
ttayqaes «^tigea, lo Aatopal es qi«e lifi^t^e nedioa de;SBbt 
ttsltr mk^m evaám^ y ea los despoldados. ^ . 

Bata ley, eono^iícílaMite.pfiede obmt^mnB^ esemniett*' 
totoeate moi^) y se fonda en la máxima , de jqae inas/vii- 
le preiRenir los ddítos.qme castigarloa* ¿Goal es. la mamma 
de coBsegoir esto? Esürpar ea la vagancia la dispeaío^Mi 
que hay ai día p«» los delitos» y aua arraaear al vi^ del 
eaminá deesioe cuando y^ ha dado en él dgnnfis fAnp^, se^ 
gnn la félk ex|a«sioa deL^. Gai^y. De aquí se infiere lo 
1.°, que al vago propiamente djíoho no se Ib eastiga , s»- 
na que sele eorríge, destruyelo c» él los hábitos de. ocio, 
aeostnaabrándoio al .trabajo, 5 . suotiaktrándate en el eleí^ 
eidode a^an indiislria ú oficio un meflio segiaro de sub- 
sittenda; y lo 2,^ que. la ley rdatlva á.e^e objeto des- 
líe oonqprénder, como en efiedo cómpretele la presénta<- 
&.á lás Coitoi por d Sr. 9Ciniatro.de %ada.y Justicia., 
ímxAo á los vagos projj^amenle dicfaos, como á aqudlos ^e 
aiédan á la vagatíeta olrw. eiiHHintaiieiás. agravantes. Ya 
se vé 4as4e luego que cada uu|i de e^s dos dasesi neoastta 
paraeii correoeion un tvatami^nto divecso ; y aunque la ley 
propuesta no 4isa respecto de .uiiiguno de les. dos casoa la 
palabra pena, fácümmitese infiera qúela» cocswecion.apli^ 
eadaá los que remien dreunsliuifliaaagravjaitíes, haide ler.na- 
isesariaBientemas rignrosaque laquei^enq^iC0ñ.loa.fiioir 
plemente vagos, para quienes bai^ el hábito dd taábajo y de 
«ua-^da arrei^daí y iáeoMlaBmde al(|^ acteiio&Qii^ 



MISKB £t t»ltO^ECfrO |>£ tA' ttfít' HE tAGOS. iéS 

8e bií, propaeáté erní isté Bi&tiVo Mi imiblíiitt éi «ki; 
simple VAganda debe ser pé^Ue* £t qué oadahaeo^seluí' 
diduiy no cmpetó mugrinoditito, bí Kty ^urtoniflláiift'fMi'f' 
rft proceder coatrá él bí ntolesterie. Pero en ]^ñi|ier logar > 
oositieiie oteertar ^p» la Tagaiibia así eoieáderada casi pne^ 
iie d^rse qae no existe : en segiiod^ lugar qoe al Mi|^e^ 
tteñte ^agf>i bí por la lej prefnMrfa iñ^pat láiatfMm d0in|> 
gánete se te e<mñdera ddfeenehte ni se le eaaliga^ mé ifüe^ 
se le cÜ^ á eontraár A báiáto áA trabajo - y á ápmmáut' 
v/á bSstm; y tercero y último^ qae elsimplem^tté tago reit-' 
ne las eircünstandas de no tener modo de Ttvil' eonoridny' 
de una oonteeta desarr^ada 7 soepeehoaa: pw eso Umm. 
hn atendon del legitiador, para corregir im dü^edcuMies. 
y su Btlaral propensimi ú Ios« drilles, ^anleB fue «Miga per^ 
estos qn& castigsflo la- autoridad jndixáaL 
- En nna t^ra qne d ato ánierhHr tuvo nu^ oridM'i*^ 
diñi.en Franda, dende se esmbíé, y en'easi tedas I» ea^ 
pSalel de Enn^a, se laMa algniias^^oteerTaeiiffiíes reiqpee- 
to do qne d estado Üoredeme en qfne se haltaa los estable- 
dmientós penitendi^ en algunos países extranjeros, pa^ 
reee ifUe premia d vieioy lairi^ncia en "veade eorreglr e^ 
tos y castigarlos; poes suministrando bnaia comida y lia» 
hitMíáon ál peniteaciadii, MíMAándolen&ofido,.eonserfán** 
dolé sus ahorros y ecmiomías para reunirle un capital que 
se lé entregue enánAi salga de la ^^^teneiadla ; y iM«* 
HMáite ño mnáeiUando sn rqmtaeion ^ ningma.nota in^ 
famaate, sehaoede mefmr emidMoii^los iuigo»]C|iie á Isa 
hon^M bennides y Udwriosos; sfinñniitra >d Estado mas*, 
medios y veeiinms á los prhaseros ^ei^ los abundas; y po- 
dffiá llegar d caso, de qtse ya se enenMi alguáos ejempioe,: 
qne se apeteciese lá entrada en dichos establecMaientos, y 
qne se eom^eiese pmr medio de nna iríNIa extraviad» y ocio- 
sa» De estn nian^ii, en eonoepló de algónjoe, se fomentar 
tfaÁloA mienoa Timos y Seis Biiailms nialissdhpoiiéumta qne 
se |Mretei|cHA desarraigar, v 

eate^irgitmenlopiie^s atener ;idgpMj«MriBa eif otruí 






piíáescii f»e baya tistftblecimieafilos en tal gi9(k> de perfec- 
ei^,' si^es que méféiéii bajo^ todos aspei^os eBte "nombre^ y 
si laátola opialon ^neral como la áe losqoe mitran ^i 
elloa^ los jingaa bajo lin concepto dema^ado iaviMrabie) y 
como iscapoees de impeaer la menor notar en la.rep»taet(m 
de 'IfiaipeiiHeiieíadofty'n^ faay que temer que por ahora ^ ni 
quaá en adelante , saeeda esU» en nuestro p«s; pues ade- 
más: de que les vagas con eineanatancias a^avaates serán 
eeadendoa á- lea presiijies eorreecienalery y los simpl^nen-^ 
teingea^á loa teUeres de enseñanca, no hay qne temer la 
deansiada .afiaaida em estos^por enafatoloi: he^rfanos, lo» 
mmieslerosos j d^validos, qae ni siquiera loen^ean la no<* 
U <k «iapboaeote vago;.; 4cén re^os y easeñado» ea 
lea )ios^os y demás e^bfecimimlos de benefieeneia. Be- 
dentemente ba ocorrido en Enineia que nn aensado oo&f e- 
sé un delito, cpie pareée babia cometido para ser destinado 
á .tuna peiliteneiarta , y .que dio imiestraa ée regoc»;^' cuaiidd 
oyó la senÉeocÁa del tribunal. Tampoeo babrá qne temer 
esto entre nosotros, por el espeeial amor que ti^en los es-^ 
palióles á la iadepeadeneia personal ^ á la que diíieilmeote 
saerifieau eualqaier otro interés* Los talleres de ensetenca, 
á que han de ser destinados los vagos , se encnenipan ya; 
estableeidos enalgimas de nuestiras prp^i»da$, prodndendo 
ks resaltados más.satisfaetorioa, mientras que el Gobierc^ 
no, segan ha manifestada el Sr* Hiaistro de la dobernacion, 
se propone exjtead^los suoesivaaieMte á b)s demás eon al)-* 
s<duta iodepeadenflia de Iw presidies oorreeeioiíalesy yme^ 
jorando cada N^ anas y perleeoinMádo surégiawn inletíor. 
Se esta manara se preparan y facilitan los medios de poner 
en e^ttf^ion k ley éé ^ages , apenas mereiea la aprobacimí 
de las Corles. 

£1 estado en que ya se encuentran los talleres, á que 
m» hemos referido, üo dtja de sernotable; losbay ya en: 
Yalea^a^ Barcelona, Madrid, Toledo y otros puntos, babien* 
do en ellos ademáa escuelas en que se enseñan las primeras 
letras y la doetriBi cmtiana»^ £1 firetidío correccional da Ya* 



ftOBAE EL PmíMfím M U. ÍMT BE ^AOOS. 100 

los ofieios y artes meeániens allí estabkotd^s r y la fiíimefti 
eien Ae muetiAs manaf altaras jen e^peoM la4e los leeeio- 
pdos, lia ilagaéo á un grado ^ perfeedon que parece ia- 
crdade. AUí sé atiende ala odtKaciofi&iiea , miMl y religto- 
sa; allí se coáira^i hábitos de obediencia, ^respeto y. amor 
al trabajo* £1 Gobtóin^ sepropiMae^atUtsar a»te modelo, pa- 
na ir suecfimmeale ei^leadieado á oti?as pri^iQíoíaa ^ esla- 
MemiQM^to deiüs tadieref «t-qac^ ha» de aer reoog^deai^s 
ta^. £n la.refiai»i& del mleiteeariWKefoaal'se ha pi^opoeMo 
por dlfir.aii|itetrp dela^dhcnlaet^, cpe haya im lagar sepa 
vado , ea que; se em^e la mayor paiM de. loa .ofiaios «weáiií* 
coSy i ker y á esaribii?, auErmoiatráiMfaHíe laH^aavankate ins-* 
tcueckm rdigíeatipor jfBedto4le'Oa6ieerdote destinadla esto ^ 
esclusivamieate. ¿Con qaé recursos cueata eljGobiiertio para 
astti imppcÉattle'fiíiipresa? Ckm tea gcaades l^fados de hi pie- 
^dad f.ttíí^oa ,de aueatros mayores, y bacíéfi^^ que los e^bi- 
- Uei^mimtQit ^ beneflo$9ieíaeoocttrraa'al misiaio obleto, y 
^tti^n á los XdiltíxmÁ que sean, ooiiducidos los vagos ioáa, 
»^capa:e de , ofender en adebuile á un tmemhro útil al Esta- 
do^y^.sia propia iamiUia. Esta id^'fH>s parece en ea^triNfpo i e- 
li^; ponpe qiúta á la simple vagancia el concepto dediaywa- 
bleqpe pmUerarniereGer j eonvirUéndola mas hi^n en unaictes- 
, geapla, eseitando en m U\q^ el inlerés genaral , y cubriéndola • 
Qon el maq^» (te la caridad* Así como losMoipleiiiente Tq^)s 
étíoe^ aceiscarae en lo posible y participar de la beneficencia 
p<iUica> lo^ ysigos COA ár^untfPfána agravantes d^ben por 
. cfMipigDiiente saj/starse 4 piras reglc^ qne disten menos déla 

kry coman. 

. . Lo mas delicado en esta ley era la parte relativa á la ca« 

lificacion de los vagos , en cuanto á que de ella dpbe d^pen- 

. der en todo caso el talla de los tribunales y la aplicación de 

. la pena, S^qp^Jos térmiaos con qncí el proyecto deünia á 

los vagosy pod^A suceder que fueaen considerados como ta^ 

les los que solo laereciesen compasión por su desgránela y 

. up a^to m/hB establecímieiiUiis de beneficcncmj podria 






. 11-0 ípsvtsrA M MKiiniii. 

tiuÉbim MiÍBedor i|Be ftteMí destitedoft i- un ]^Miúdio toé^ 
-fémúáñl^ 1^ ^e iialo laeñedaeii ser conáacidos á tta lá- 
iler 4e Áciés ú ^doif» Esto ^tíúto no era Iab iiefi, ^cht* 

"que eii'«f6<fo, las circoiistaBcias que distiiigiieaa á uQa 
^86 de Tfigiosi de te «tm , eetón bien isarcadasy y no 4«jaa 
iia'piitirta ab|ert|i al error ó á. ^ arbiiramdiid. Pere respee* 
to de los ámplemetite^ vag0^) ¿no fvodri suceder qée haya 
ilftttios que tfo tettgüí oíicto, fopoisBÍQB , muta 6 ocufMK^n 
ifdf^ de qti'e tivir, porque no poeiiii teáarla, porque ea- 

' i«8(Mn'«|e finales *é»4e ealttdpiñ ef^xtnia^ ó no se faaHen 

. ^ooti te iftstmoetoii qi|e.09adtaí requiere? ¿No|»odréscioeder 
que tes qne tengan ^(eto, protoíiHi ó in^kistrift^ no trabafen 
eni ellos kaMCoálmeMe por no Judiar trabajo ^ oeApáirái, 
6 porque pneden atender ásn saHsisteneia eon uno ó dos4iás 
de trabajo á la semana? 

' * De estas eonsideraciooes j de otras qm expñso m el^ 8e- 
•nado con l&eidez *y I<%ica til Sr. ttarqnés de VáH^Bwa, 
puede infiáirse qu# en esta materia no es pósale oooypreá- 
dar todo6 los casos. iAgo tiene que quedar en elttt á la dis- 
creción y pruéenemdel jtt^; sin que por esto deba tíÑner- 
se racumalm^dte la at1>itrariedad de ést^; pues no sote se 
establecen dos instancias en It aiH^va \ey^ sino que p<^- la 
misnia se permite U vago que vüdva el ^eiid de su faiiíi- 
lia, ó á poder delá plersona qne^fará recogerlo, Sin elta 
tArligacioii qiié latie pintar ñna pequetia fíaiifa. No es pues 

' de /temer dibgoñ esceso ien esta partee ; antes debe temerse 
la itedoígénciá , que dt& múB pdtg^Msa <ás esta izarte bajo 

' un régimen dé libertad , en que los ambiciosos y los dísco- 
los, en que los enemigos del orden público y lóft h^nbres 
turbulentos, ¿nedtan como aüxiHaíres á los vagt)S que reú- 
nen en derredor de $ü bandera. 

' Los vagos con circunstaneias agravantes, cotnprendidos ^ 
en el párrafo 3.^ del artículo 2.o, son endito verdade- 
ros criminales ; pué^ el bombre <|ue isé encuentra en una ca- 
sa en la qtié se introdujo de una manera sospechosa , y al 
que sé le aprfeheúden ganzüas ú otros im^umentos á pro- 



80BBE BL PR0¥%GfD VÉhk hW DE VACOS.. III 

{Htoito pai^a i4olétftar puertad y cerraénndi/iMpiÁ Stíbpei» 
t\m Teheniéntes de pretender cf>meter un ddito, y puede 
«er jfakg«ido y penado por las leyes comunes; pf^o etia&do 
* de li« hechos no resulta masque un grad^ tfe conato, ^ue 
en la escala dé la criínitialidad no pueda qüi»l'ser califica^ 
dó de de^to, ¿no será conreniente cráipren<leple<en esta ley, 
y castrarlo por ella partí corregirlo, arraneánd:olo del ca- 
mino ér de lá pendiente áéí erfmen; antes de que -seamee^ 
sarío tratarle con mas rigor y severidad? 

Los simplemente vagos son destinados á los Itfle^ coi^ 
'Tcccionales, y los vagos cbn cfrcuiístandaR agravante» sen 
condenados ti la pena de dos á cuatro'afios de presidio. Pues 
bien-; tanto liifos coiÉo otros quedáü sujetos á un mismo 
procedimiento, lo que en nuestro concepto, ni es justo ni 
conveniente. Veamos las poderosas racones que en apoyo dé 
está opinión emite un tüario de esta (mpital. «£t aprended 
un ofició, dice, ó ejercitar A que se tiene en tfn taller dof^- 
rec^ional, casi no es una pena, al paso que dds ó cuatro 
lifios de ptesiéBo son un cafstígo mvíf grave. M que no co- 
mete otra falta qué la de vivir sin trabajar, casi no es dé^ 
iincuente,' cd mismo tiempo que él que ihuéstra conatos há'« 
cía el crimen es un verdadero criminal. El primero puede 
no ser mas qtie un hombre iddolenté ó desgraciado; el se- 
gundó es un hombre pbrveí^ y corronipido. £1 que vaya 
á pasar algún tiempo en un taller correccional, no debe 
considerarse infamado': el que sufre lá pena de presidio 
Uevá sdbre sí tma mancha (|ue noha de borrai^e nunca. De 
aquí se si^üe, que para imponer le primera de estas penas, 
'no^soniáñ necesarias las formalidades legales , garantía deía 
' ihocenéia, cotíio para aplicarla segunda, y que por lo tan- 
to si ha habido razoíi pkra excluir de esta ley á los mendigos 
y los huérfanos á fin de sujetarlos á una autoridad y á iñi 
procedimiento diferentes, nó falta tampoco para emplear con- 
tra los meramente vagos, un énj'uiciamento mas^ breve que 
contra los verdaderos criminales. tÁ)S primeros deben ser 
'destinados á lína cash donde ño teniendo el inenor rocé con 



112 ASVIfTA DJB MAOBID. 

los condenados por otros dditos, ni estando sujetos á otra$ 
privaciones que las absohitamente necesarias para prododr 
su enmienda moral , aprendan un oficio, ó ejerciten el qae 
por indoteficia ú otra causa abandonaron. Esta pena ni loa 
infama » ni imprime sobre ellos la menor señal de oprobio, 
asi como no se cree infamado tampoco aquel á quien se oUi* 
ga á vivir ea un hospicio. En cualquier tiempo en que elre^ 
cluso adquiera medios con que subsistir ó una persona de 
responsabilidad salga fiador de él, debe ser puesto en liber- 
tad. ¿Y pura hacerse este beneficio ba de necesitarse una cau- 
sa, formal coa su plenario correspondiste, una pm^a que 
pueda extenderse hasta veinte dias ; el emplazamiento ante 
el tribunal superior ; defensa de abogados y acusacicm del 
ministerio fiscal , y un plazo de veinte dias después de dic- 
tada la sentencia para esporar , durante ellos, la presenta- 
cion de la fianza? Xodos estos procedimientos son ,muy con- 
venientes contra los vagos con circunstancias agravantes, 
porque al fin se trata de imponer una pena gravísima^ pero 
contra los vagos meramente ¿no son en su mayor parte in- 
necesarios? Por esta^ razones crjeemos que la ley debia re- 
formarse en este punto, estableciendo distintos trámites con- 
tra las dos especies de vagancia que la misma reconoce.» 

Los que mendigan fuera de su domicilio ó en poblado < 
nes donde hay establecimientos de mendicidad, aunque ca- 
rezcan de aptitud para el trabajo , y los huérfanos menores 
do 14 años, que vagan fuera de su domicilio sin ninguna 
ocupación hcita, no han podido nunca ser considerados 
como vagos , como lo eran en el proyecto de ley , tal como. 
fué presentado al Senado. Aunque dicho proyecto los des- 
tinase á los hospicios y casas de mendicidad por el tiempo 
de seis meses á dos anos , ni esto debia hacerse por la au- 
toridad judicial sino por la administrativa, ni menos pro- 
ce4erse en este negocio judicialmente, tratándose solo de 
ejercitar una obra de misericordia. 

^Se ha notado por personas muy versadas en las buenas 
doctrinas de jurisprudenda general, que en ^te proyecto 



SOBRE EL PROYECTO m LA LEY BE VAGOS. 113 

se (Mmservii todavía la confesión^ procedimiento qae^con mu- 
cha razón se califica de inútil siempre y alguna vez peligroso, 
excluido de los códigos en todas las naciones civilizadas, y que 
probablemente lo será del código de procedimientos que se 
prepara. En esta ley debe desdéTluego tener aplicación una 
doctrina reconocida ya en toda Europa, para quéen lo posible 
guarde armonía. con el código de procedimientos,. del que 
creemos desaparecerá la confesión. Y si debe excluirse esta 
de aquel código , con miucha mayor razón lo deberá ser de 
una ley como la de vagos, en }a que pudiera reputarse, ó 
como un lazo tendido á la incauta juventud, ó como una 
tentación y uixa lección de mentir. 

AlíAYA. 



SEGORDA ¿POCA.— TOMO VI. ' (5 



114 RXVISTii Wi VAimio. 



CRÓNIIIA POLÍTICA. 



GoMOB DB Heos.— El obmbbal Concha (Don Máhükl).— IVbnida' a bsta 

COBTB DB IfOiSSTRO B^RBgBRTUTITB EN ROMA.— LeT DB AYIMTAMIBNTOS T 
BlPUTACIONBS PROVINCULES. — PRESUPUESTOS.— PROYECTO DB LEY ANCNCIAOa 
POR EL Sr. MMISTRO DB HACIENDA; 



V ARIOS actos de clemencia , y en especial el de que f ae- 
ron objeto el coronel Renjifo y consortes, no solo nos re- 
velaban la piedad innata de nuestra augusta Reina , de que 
ya teníamos tan señalados anuncios, sino que indicaban 
al mismo tiempo , que el Gobierno , satisfecho ya de su fuer- 
za, sin tener nada que temer de sus enemigos, y. conside- 
rando afirmada y consolidada la situación presente, habia 
creido llegado el caso de dar la mayor extensión á su sis- 
tema de estricta legalidad y de generosa clooiencia. El Go- 
bierno, que ha vencido ¿sus enemigos con la justicia y con 
la fuerza , quiere también yencerlos con la clemencia y la. 
generosidad. £1 Gobierno, que se ha mostrado vigoroso y 
severo,, cuando circunstancias imperiosas lo han exigido, 
cree llegado ya el caso de mostrarse indulgente y noble con 
los extraviados. Si esta conducta honra al Gobierno, y es 
an testimonio que acredita la ilustración superior de suB 
individuos, hay todavía un hecho que realza muy especial 
mente las cualidades personales del digne presidente del 
Gabinete. £1 Conde de Reus habia sido complicado en una 
causa, que tenia por objeto averiguarlas personas que de- 
bian cometer ur atentado horroroso contra la vida del ge- 
neral Narvaez : el Conde de Reus habia sido sentenciado 
por un consejo de guerra á ocho aílos de confinamiento en 



f- 



GIÍOínCA POLÍTICA. ^ 115 

ima dte nuestras posesiones dé A&ia, y ya se tollaba próxi- 
, Hio á embarcarse, cuando el general Narváez , despueá dé 
obtener la conformidad de sus cóíegas, ha impetrado de 
S. M. el perdón qíie se ha- dignado conceder al expresado 
Conde de Reas, á quien el Gobierno le ha señalado por 
punto de residencia la ciudad de Écija. No necesitamos en- 
carecer elmérito de una acción que por sí misma se reco- 
mienda, y que la política y la generosidad aconsejaban. 

Elevado el digno Barón de Meer íl la presidencia del 
tribunal supremo de Guerra y Marina, y honrado al mismo 
tiempo por S. M. con la gracia dé Conde de Gra y Vizcon- 
de de la Lealtad, uo.podia haberse escogido para reempla- 
zar á aquel yna persona mas á propósito, ni de cualidades* 
mas SobrlBalientes que el general Coni^ha. La conducta de 
este general en los pocos dias qu.e lleva de mando, justifica^ 
las esperanzas que hizo concebir su nombramiento. Por él 
juzgado de la capitanía general se ha. mandado sobreseer 
en el' ruidoso proceso de Borrell, reintegrando á su esposa: 
en la posesión de los bienes embargados. Visita el genjpral 
Concha los cuarteles, y en el que ocupa el regimiento deSo^^ 
ría, al llegar á la escuela de primeptf^ letras, que se huilla es- 
tablecida en este regimienfó como en todos por disposición 
de dicho general cuando era inspectof de infantería , halló, 
cintre 50 alttmnos<.de un solo batallón, un soldado cojo qué 
correspondia á la clase de escritura, y á quien se le rete-: 
ma á instancia suya la libencia absoluta, que habia- obte- 
- nido per ÍEÚtil á consecuencia de haber perdido una pier- 
na en la última insurrección centralista. A'plaiide su ce- 
lo, le dirije palabras" de consuelo, y le regaló en el acto> 
^2jO80 rsi para que pudiese yerificar su viaje hasta el pue-^ 
blo de su naturaleza. En todos los demás actos de suadmi- 
nistracion se manifiesta el espresado general prudente, cir- 
cunspecto, amante de la legalidad sin esce{^n de ningún: 
género, y generoso con toda clase de és^traviados. D0 esta: 
^manera conquistará en breve el aprecio de los catalanes ,^ y 
la estimaeion de los honü>res honrados de todos los pi^tido^ 






IHt REVISTA DE MADRID. 

La inesperada llegada á esta corte de nuestro represen-* 
taute en la de Roma, ba dado lugar á multitud^e conjetu- 
ras. Prescindiendo dé las absurdas , podemos citar entre las 
mas probables y autorizadas , que en la'Santa Sede se ma- 
nifiestan las disposiciones mas favorables y benévolas para 
entrar en negociaciones con nuestro Gobierno y celebrar un 
concordato , cuyas bases se adelantan algunos á apuntar. 
Se asegura que ya estará nombrado el ]\uncio, que ba de 
teñir á esta corte, y que por ser este el pensamiento dé la 
corte romana, no se han despachado hasta ahora las bulas 
del vicegerente de la nunciatura. Fuera de este hecho, que 
terminantemente se nos ha asegurada por personas dignas 
de crédito, todo lo demás no pasa de conjeturas, mas ó me- 
nos probables, mas ó menos fundadas. £n el supuesto de 
abrirse negociaciones con la Santa Sede, es posible qUe el 
viajé del Sr. Castillo y Ayensa tenga por objeto recibir las 
instrucciones necesarias para negociar ; y claro es que pa- 
ra formar estas instrucciones era necesario oir á aquel antes 
de que los individuos del gabinete conferenciasen y se pu- 
siesen de acuerdo sobre las que nuevamente debían darse 
á nuestro representantevyapor escrito ó de palabra , para 
la celebración de un concordato. Aunque sea posible un ave- 
nimiento , no creemos sin. embargo, que deje de ser obra 
dificil. Se trata de conciliar los intereses nuevos con los an- 
tiguos: se trata de conciliar la reforma eclesiástica con lo que 
exije la independencia y dignidad de la Iglesia. Para tran- 
sijir intereses y para declarar principios, hay añtes^que re- 
solver cuestiones delicadas. Nosotros deseamos que el con- 
cordato de que se había combine todos los extremos, com- 
prenda todo lo que debe comprender, y cierre la puerta 
para en adelante á todo género de disidencias. 

La ley de ayuntamientos que acaba de publicarse corri- 
ge los graves defectos de la de 1840, restablecida por el mi- 
nisterio del Sr. González Bravo, y está fundada en los bue- 
nos principios de administración. Por ella deja el alcalde 
de ser parte del ayuntamiento, pues se declara que en to- 



CBOlflGÁ IK)LITICA. 117 

• 

dos los pueblos que tengan administración municipal ha* 
brá un alcalde 7 un ayuntamiento. Se aumenta el número de 
concejales , como corresponde y conviene át cuerpos con- 
sultivos y deliberantes. Se extiende á dos años la duración 
de los alcaldes , y á cuatro- la de los concejales, permítiéu- 
db su inmediata reelección. £1 nombramiento de los alcal- 
des y tenientes de alcalde se confiere al rey en los pueblos 
de más de 2^000 vecinos ^ y al jefe político en los* que no 
llegaren áeste numeró: queda autorizado el Gobierno para' 
nombrar un alcalde corregidor, en lugar del ordinario, en. 
las poblaciones donde lo conceptúe conveniente: el alcalde 
deberá ser nombrado entre los mismos cqficejales que ha-, 
yaii resultado elegidos. También nombrarán euti'e silos re- 
gidores al principio de cada año al que haya de ejercer las ^ 
atribuciones de síndico. Se concede la elegibilidad á los ma- 
yores contribuyentes, que son en los pueblos que no pá- 
semele 1000'\ecinos, las dos terceras partes de los eleeto- 
res, y en los que pasen de aquel número , la mitad. de los 
mismos electores. Para el acto de las votaciones, se dividi- 
rán las poblaciones en tantos distritos cuantos sean lys 
tenientes de alcalde, votando cada elector el número de 
concejales que corresponda á su distrito. Los demás por- 
menores de esta ley son conformes á las bases que hemos 
apuntado. No^nos atreveremos á decir que sea perfecta, 
pues de una obra que abraza tantas partes y qiífe compren» 
de tantos pormenores de ejecución, solo puede juzgarse en 
yista de la exp'eriencia : esta es la única piedra de toque en 
que deben ensayarse todas sus disposiciones reglamentarias. 
Por lo mismo opinábamos antes de ahora, que con venia au- 
torizar al Gobierno para publicar esta ley, en vez depreV 
sentarse al examen y aprobación de las Cortes ; pues solo la 
experiencia puede suministrar las luces necesarias para ^sív 
la perfección á una ley de este gjínero: y las luces que su- 
ministre la experiencia no pueden suplirse con las de la dis- 
cusión. El pensamienlo de los alcaldes corregidores nos pa- 
rece excelente , pues en las grandes poblaciones son nece- 






118 • BEVISTA BE MAPEID. 

sarias. cualidades distinguidas, categoría social y otras en 
la primera autoridad municipal; circunstancias que exigen 
en esta que sea retribuido el cargo que ejerce y que su 
elección no se abandone á la casualidad de un escrutinio. 

• Aunque desde nuestra Crónica anterior ha vacado el Con* 
greso no pocos «días, con todo, la numer<M9a comisión de 
preisupuestos, dividida en varias seccionen, Jia trabajado con 
asiduidad en el* examen de los que al Congreso han sido 
presentados por el señor ministro de Hacienda. La tarea en 

.que se ocúpala comisión , es ardua y prolija, porque se di- 
rijo á estudiar una variación tan completa y radical como la 
que introducen Jos nuevos pre^puestos en nuestro sistema 
tributario. El objeto que se propone el Gobierno en los nue- 
vos presupuestos , es igualar los ingresos con los gastos , y 
sustituir varios impuestos viciosos con otros que estén fun- 
dados en mejores bases y délas cuales resulte una mas equi- 
tativa y conveniente distribución de las cargas públicas. 
Desde luego quedan abolidas las contribuciones siguientes: 

Paja y utensilios ............... 54.500,000 rs. . 

• Frutos civiles 17,900,000 

* Subsidio de comercio IC. 500,000 

Contribución, de Navarra . ^ 1.500,000 ■ 

Id. de las provincias Vascongadas. . 3.000,000 

Equivalej;ite , catastro y talla 40.000,000 

Rentas provinciales y sus agregadas. 101 .800,000 

Derechos de puertas 76.800,000 

Cuarteles de Madrid ; 850,000 

Manda pia forrQsa ' 350 

Culto y clero. *. . . 75.000,000 

Total 387.4Q0,000 

• Estas contribuciones deben ser sustituidas con las si- 
guientes: • 

Contribución de bienes inmuebles. 350.000,000 rs. 
Derechos de hipotecas. 18.000,000 



CBOWICA. POLÍTICA. * Íi9 

Cbitribucion d€ consumos. ... 160.0i9O,000 rs. 

Subsidio industrial y de comercio. . 25.(M)0,O0O 
Contribución de inquilinatos 15.000,000 

total. 568.000,00b- ' 

m 

Sin poder entrar en los' pormenores de las nuevas cón- 
tribueiones que se establecen , como cosa agena de nuestra 
Crónica^ no podemos sin embargo dejar de observar de pa- 
so , que aunque la propiedad territorial a parece algún tan- 
to recargada , debe tenerse presente que la propiedad rús- 
tica es la que ba obtenido mayores y mas inmediatos bene* 
ficios de la abolición del diezmo , de las prestaciones seño- 
riales, de la des vinculación, y de otras varias reformas que 
se han UeVkdo á cabo en estos últimos años. La, nueva con-* 
tribncion de consumos y la de hipotecas, que reemplazará la 
de alcabalas, se repartirá con mas igualdad entre todas las 
provincias del reino, y no pesarán casi exclusivamente so- 
bre las de Castilla. • 

'La contribución de inquilinatos es enteramente nueva: 
esto ya es un inconveniente. Si esta ha de pesar exclusiva- 
me«te sobre los inquilinos, no sabemos en qué pueda fun- 
darse la determinación de los muchos propietarios que, fa- 
vorecidos con la nueva ley de inquilinatos, desde luego han 
subido la renta de las casas. Si se ha de compartir entre in- 
quilinos y^ propietarios, vemos que según la resolución de 
estos ha de refluir precisamente sobre los inquilinos. Cree- 
mos que con la actual ley de inquilinatos toda contribución 
sobre la propiedad urbana ha de pesar sobre los inquilinos; 
y jina contribución de este género tendría el inconveniente de 
entenderse la administración con todos los* vecinos, y tener 
que seguir á estos siempre que muden de habitación: qui-* 
zá para los expedientes de apremio que se formasen por 
atrasos no bastarían todas nuestras fábricas. Tal vez, se- 
gún las bases en que se funde, y según los medios de eje- 
cución que se adopten , pueda ser realizable lo que hoy nos 
parece drflcilíisimo ó casi imposible. 



» 






120 * HBVISTA OJS MABniD. 

• 

Hay en los presupuestos diferentes puntos , que, aun* 
que se consideran como pormenores de poca importancia, 
7 quizá correspondientes á las atribuciones de la adminis- 
t];^cioD, nos parecen atendibles y dignos de reforma. ¿Por 
qué cada ministerio y las autoridades que de él dependen 
han de pagar la correq)ondencia de oficio , cuando lo que 
con este objetp se les señala sale de los fondos públicos? 
¿Por qué se ha de querer aumentar los ingresos de la ren- 
ta de Correos á costa de los contribuyentes? ¿No valiera 
mas, y sería mas cómodo y expedito, que s8 disminuye- 
se lo que por este gasto se abona á todas las Autoridades? 
' ¿Por qué han de pagar derechos de ningún género los ma- 
teriales que se introducen para las maestranzas, arsenales 
.y fábricas del Estado? ¿Por qué los. ministerio». y autori- 
dades superiores que residen en la corte han. de abonar la 
impresión desús circulares, órdenes é instrucciones, tenien- 
do el Gobierno una imprenta que es del Estado? ¿No pa- 
rece extraño que el Gobierjio pague á sí mistao la corres- 
pondencia , las impresiones y otros mucho§. derechqs? ¿No 
multiplica esto las operaciones de contabilidad? La partida 
de mas de 14.000 duros, que figura ealas cuentas dgla 
renta de Loterías como gasto de correspondencia, no figu- 
rará como ingreso en las de Correos? De este género se 
pueden hacer muchas observaciones .en los pi'esupuestoa 
sin mas que recorrerlos ligeramente. 

Acerca de los presupuestos, y con motivo del importe 
total de los gastos y de los ingresos, se han hcct^o al pre- 
sente y en diferentes épocas observaciones por algunos dia- 
rios , que han pretendido de la comparación de unos pre- 
supuestos con los de otro tiempo deducir consecue»BÍas fa- 
vorables á su opinión ó contrarias al Gobierno á quien im- 
pugnan. Para desbaratar cuantos argumentos puedan fun- 
darse en las consideraciones que hemos apuntado, nada he- 
ñios visto mas exacto , ni mas sólido ni mas profundo que 
lo que sobre este punto ha dicho El Globo. 

nSi lo que debe buscarse, dice, en política y en hacien- 



CROníCA. POLÍTICA. 121 

da es Qn gobierno barato, y si de lo barato ó -de lo caro ha 
de juzgarse en globo por la cifra total del presupuesto, 
ciertamente que no seria el pjeraplo de la Francia el que se 
debiera recomendará los hombres de Estado. Acabamos de 
ver en los periódicos de París 'el presupuesto de 1846, el 
cual sube*á la enorme suma dq 1 ,42 1 .709,903 fr., esto es, á^ 
mas de 5,686.000,000 de rs»De esta suma los 119 millo- 
nes corresponden á los servicios extraordinarios como son 
los. caminos de hierro, fortificaciones, canales, etc. ; los otras 
1302 millones á los servicios ordinarios de los ministerios,, 
intereses dé la deuda, y gastos de percepción de los im- 
puestos. 

•»No es solo lo que llama lá atención la enormidad de es- * 
ta suma sino también lo rápidamente que ha ido creciendo 
en estos años últimos. Enlos que precedieron á la revolu- 
ción de julio no llegaba á mil millones de francos el presu- 
puesto, y sin^embargo parecia enorme suma la carga, y 
la oposición ponia el ^rito en el cielo. Ahora es una mitad 
ínas de lo que antes era , y sin embargo la llevan con pa- 
dencia los contribuyentes. ¿En qué consiste esta diferencia?» 

.«Ante todo debemos decir que cualquier juicio que se 
ídrme acerca de un presupuesto ha de ser fácilmente injus- 
to y absurdo, sisólo se funda en la cantidad total dé él. Pa- 
gando antes de la revplucion de julio los dos tercios de lo 
que ahora pagan , nada*tiene de extraño que llevasen con 
mayor impaciencia el peso de los impuestos y que este fue- 
se mas opresivo. Y esto no por razones políticas, no porque á 
tqdo^ nos agiade mas pagar mucho á un Gobierno de nuestra 
aprobación y agrada, q^c poco á otro poder impopular y 
abori^ido, sino por razones que nada tienen de común con 
las cuestiones de los partidos, por razones puramente eco- 
nómicas. 

«Estas razones pueden ser áe dos especies distintas: pueden 
aplicarse ó á los ingresos, ó á los gastos delEstado. En cuanto 
á los primeros, claro es que aumentarán en cualquier pais á 
proporción que vaya creciendo y desenvolviéndose la riqueza 

SE6II1I0A EPOGA.— TOMO VI. 16 



m ll&VISTA DEJMADRn). 

pública. A proporción qac florezcan el comercio, la agricul- 
tura 5 las artes; á proporción , en fin, qne prospere aíjuel ra- 
mo de tráfico ó industria sob^e el cual pese un impuesto, 
este irá ci*éciendo en productos, y llenará con mas facilidad 
el erario sin necesidad de que crezca su cuota, sirf necesi;^ 
dad de que se bagá mas gravoso , y sin necesidad de que 
se establezcan otros nuevos, lais aduanas por ejemplo, sin 
necesidad de recargarlos aranceles, serán mucho mas produc- 
tivas en un estado de actividad j de prosperidad comercial, 
quefen otra época de paralización ó decadencia. 

«En cuanto á los gastos, aun cuando continúen siendo 
los mismos, aun cuando se aumenten, no los llevará á mal el 
pais si tienen un objeto reproductivo, si tienden á promover 
los diferentes ramos de la industria , á facilitar las comunica- 
ciones, á llevar á cabo públicas é importantes mejoras. Si 
por elcoritrario, los fondos del erario público se emplean 
de una manera improductiva, si sirven para pagar un ejér- 
cito demasiado numeroso, empleados que para nada sirvan, 
para alimentar el lujo de *altos funcionarios sin capacidad, 
y la ociosidad de sus subalternos, en ese caso todos los pre- 
supuestos son demasiado crecidos, todas las contribucio- 
nes sobrado gravosas , y toda economía debe 't)arecer popu- 
lar y recomendable. 

«Así pues, no se debe formar juicio sobre ningún, pre^ 
supuesto en vista de la suma total Se él*j ninguno es dema^ 
siado cuantioso cuando se proporciona á los incrementos 
naturales sin ponerles obstáculo, y cuando se emplean bien 
los productos de las contribuciones. El ejemplo de la Fran- 
cia, que antes hemos citado, y la comparación de^su pre- 

» 

supuesto actual con el de 1830, sirve de completa demos- 
tración á estas verdades. Vamos á entrar de Heno en esta 
comparación; nuestros lectores conocerán que no es inútil.» 

Después de comparar el presupuestó de 1846 con el 
dé 1829, explica en qué consiste la diferencia, y concluyie 
de la manera siguiente : 

«No nos parece que podrán iferecer inútiles estas cxpli- 



CftOHICA BOUTIGA. 



1^3 



caciones-, para demostrar que no siempre es mas cafo un 
gobierno, aunque sea mayor el guarismo de sus presupues- 
tos, y que no todos los aumentos, que en estos se hagan, son 
igualmente condenables. El gobierno de la revolución de 
j.ulio no es peor que el de la restauración , aunque gaste más, 
supuesto que lo emplea mejor. • . 

»Para que la demostración sea completa, nos falta ex- 
plicar como estos 1,420 millones de francos que gasta el 
gobierno de julio, son menos gravosos y pesados á la Fraa- 
cia aun independientemente de su acertada inversión ^ de lo 
que lo eran los .1000 millones de Carlos X. Esto lo hare^ 
mos en otro artículo , y en seguida entraremos en la com- 
paración de los presupuestos franceses y los de oti'as nacio- 
nes con los que mas nos impottan, esto es, con los nuestros. « 

Ocupados los dos cuerpos colegisladores en discutir varios 
proyectos de ley, como el <Ie«culto y clero , el de dotación de 
las monjas, conversiones verificadas en títulos del 3 por 100, 
vagos y algún otro , solo han ofrecido de notable la decla- 
ración que en el Senado hizo el Sr. Ministro de Hacienda 
al principiar la discusión de aquel primer proyecto hace 
muy pocos -días, ofreciendo en nombre del Gobierno pre- 
sentar á; las Cortes muy en breve un proyecto de ley en 
que se propusiese la devolución al clero secular de los bie- 
nes no vendidos y que le habían correspondido. Según se 
cree, hoy se presentará al Congreso este proyecto con el de 
la ley electifral. * 

AWAVA. 



Madrid 17 de febrero de i8íi5. 



' » 



124 « . ft£VI9rA DE MADRID. 



CRÓMGA TIATRAL. 



^ • 



lio hjce ranchos días que se ha estrenado en uno de nues- 
tros teatros un "drama del Sr. Zorrilla intitulado : El a/- 
calde Ronquillo. Veamos brevemente su argumento. En 1 548 
ó 49 \ivia en Bruselas un caballero protestante llamado Don 
Dionis Van-Derken , cuya hija Inés era objeto de la pasión 
de un juez español fugado de su tierra, á quien ella abor- 
recia. Una noche en que rondaba estelas puertas de su que- 
rida, vio salir á otro galán mas afortunado, sobreseí cual 
se arrojó; pero ante el cual cayó de rodillas, no bien le yíó 
desembozarse. Lajóvea Inés que desde un balcón presen- 
ciaba esta escení, comprendió la enormidad de su desgra- 
cia, y corrió á referir su falta á su padre , el ^ual juró pe- 
dir justicia del seductor al mismo emperador , valiéndose 
como prueba de algunas cartas escritas por er galán con la 
firma deD. Juan y de otra que p9r despedida dirijió álnés 
con su verdadero nombre, creyendo que la revelación de 
su poder lograría intimidarla y oMigarla alsrtencio. Par- 
tió pues D. Didhis en busca de Carlos V, pero no bien llegó 
á Amberes, fué asaltado y asesinado en una calle. Las car- 
tas fueron arranca'daí» á Inés, y esta salió para España con- 
ducida en una litera. 

El galán era el principo Felipe; el juez D. Rodrigo del 
Ronquillo, ministro de aquel .en el rapto de la joven y en el 
asesniato del padre. • 

En setiembre de 1557 era rey Felipe II , y Ronquillo 
alcalde de casa y corte. Guardaba éste en un relicario que 
siempre llevaba consigo, las cartas dirigidas á Inés que fil 



CRÓNICA TEATRAL. 125 

tiempo de robarla le había quitado. Su intcneion era ame- 
nazar á FeKpe en el momento en que sintiese vacilar el 
edificio de su fortuna con enviar las cartas al Papa, y des- 
cubrir á la seducida Joven que tenia oculta. 

Rondaba una noche por las calles de Valladolid el al- 
calde Ronquillo. Su cómplice, el asesino de D. Dionís, vivia 
en^ frente de su casa en una mala hostería: cerca de ella es- 
taba la llamada casa del diablo^ mandada tapiar por la in- 
quisición para quitar motivo á las hablillas del vulgo, que 
la hacia un laboratorio de hechizos y de maleficios. Se pre- 
véala un desconocido , y tiene dos entrevistas con distintos 
personajes: el uno es el secretario del inquisidor general; el 
otro un médico á quien pide el desconocido una pócima. Las 
contraseñas que para reconocerse se dan estos diversos per- 
sonajes son: dic^blo y Austria. Quédase solo el desconocido 
á tiempo que vuelve á su casa el hosterero Roberto, á quien 
el primero detiene en su camino. Sé quien eres, le dice; tú 
asesinaste á D. Dionís; tú robaste á su hija. Té has perdido, 
le contesta Roberto , y le tira una puñalada.... el puñal sal-"* 
ta sob^e el pecho del incógnito. Ronquillo acude con la ron- 
da; pero cuando trata de prenderle, le sorprende la impa- 
sibilidajl , la sonrisa de desprecio con que escucha aquel su 
orden. ¿Á quién .apelarás de mi justicia? le pregustó el al- 
calde lleno de cólera. — A Bruselas y al 22 do noviembre; 
está es la contestación. En seguida oye referir con lodos los 
^talles la fatal aventura. Si me prendes, le dice el incóg- 
nito , ten presente que hay otro en el secreto , y que en el 
momento que yo falte te denünáará á la inquisición.— ¿Qué 
pretendes pues?— La mujer y las cartas.— ¿Quién eres? — 
, El diablo; 24 horas te doy para la entrega de la Una y de 
las otras. — No las tendrás jamás. — Pues morirás, y mo- 
rirás sin ver al rey como desearías. 

El personaje que ha adoptado ^1 original seudónimo de 
diablo, persigue como una pesadilla al alcalde, espía todos 
sus pasos, burla todos sus planes, y frustra su vigilancia. 
^ m Yoz liuyen las rondas que tratan nuevamente de pren-. 



126 REVISTA BE MAIHITD. 

detle, descubre la mujer que busca, la roba á preseacia 
misma del incauto Ronquillo, y dá la muerte al asesino Ro- 
l)erto. — El aspecto del cadáver causa una honda impresión' 
en el ánimo de su implacable cómplice. ¡ No hay esperan- 
za! exclama entrando desesperado en su habitación; ¡Ese 
hombre se escapa de entre mis manos como una sombra!... 
¡Nadie ha sabido burlarme así !.-.. Pero le he buscado y ha 
huido : me deja libre; ¡bien! añade, apurando un vaso de 
vino; aun Migo eq mi poder las cartas, aun puede* bogar 
el bajel de mi fortuna ; si veo al rey á solas cuando aquí 
' llegue. . . . — Ja! ja! le interrumpe una voz. — Quién?. . . ¡ él! L .. 
■^— Sí; tu conciencia! sé todos tus secretos ; la casa de Rober- 
to y la del diablo, comunican con esta por esa biblioteca. 
Te tengo en mi poder. ¡Cede!— Cedefos! locura! — ^Dádme 
esas cartas; no abono al rey, me ultrajó mas que á vos.. — 
Antes prefiero bajar al átaud. 

Yan-Derketi se acerca al alcaide entregado á las agoníai^ 
de la muerte á tiempo que llega un mensajero de Felipe II, 
que acaba de entrar en la ciudad. Una especie de espía en- 
viado por el rey desde el principio del drama para obser-. 
var los pasos del Ronquillo ^ tiene el encargo de arran- 
carle las cartas á toda costa ; pero llega tarde para darle 
muerte, «pues le encuentra ya espirando.- El espía se dis- 
pone á quitarle el relicario , que contiene los preciosos pa- 
peles, cuando sé interpone Yan^í>erken á impedírselo. Lia-' 
ma el primero á su gente para prenderle; el segundo se re-^ 
siste. — ¿Quién de vosotros, dice el espía descubriendo su 
peefao, too defenderá las arnfas reales? — Quién de vosotros, 
dice Van-Derkcn, se atreverá á las armas imperiales? y 
muestra en el suyo ks armas de Austria bordadas- dé oro. 
~El espía manda que se lleven el cadáver con la mas se- - 
vera prohibición de tocarle, reservándose dar cuenta al rey 
de cuanto acababa de ocurrir. 

Felipe II habia concedido á Ronquillo una capilla para 
sa panteón , y su sepulcro estaba construido de tal modo, 
que por an tornillo podía levantarse la losa que le «uforifti 



CncmiGÁ TEATRAIi., 127. 

sin que ^te seercfo fuese conoaido mas qué de muy pocas 
personas. En él había sido depositado el cadáver, y allí 
era preciso acudir para sacar las cartas. Las instrucciones 
que para ejecutarlo recibió el espía, eran las de.llamar á 
la media noche a la puerta del convento en nombre del 
diablo ; aprovecharse del terror que este nombre debía 
inspirar , entrar en la capilla , coger el relicario y arro- 
jar al cadáver al algibe , que mandaría el rey cegar al 
dia siguiente. Pero á este proyecto se anticipo Van-Der- 
ken auxiliado del doctor que le proporcionó la misterio- 
sa bebida en el primer acto; Penetrando en el panteón á 
pretexto de ser un pariente del difunto, que deseaba hacer 
octtcion sobre su sepulcro, y poseedor del ^creto del tor- 
nillo, levanta la losa, quita las cartas al alcalde^ y luego 
el doctor vierte en su boca un licor que le. vuelve á la vida. 
El generoso Van-Derken no habia querido asesinarle , y sí 
solo apoderarse de los papeles, que tanto interesaban al ho- 
nor de su familia. Id, le dice, y ocultaos en algún extre^- 
mo del mundo para hacer penitente vida por vuestros aiv- 
teriores extravíos; id, puesaunque mis iras acabaron, estáis 
espuesto á las del rey; substituidme para salir de este sitio, 
y en cuanto á las cartas, no las usaré contra el rey: vedlas 
arder á* la llama de esta lámpara. Mas el espía cumple lo 
que el rey le lia ordenada, la comunidad se asusta al nom- 
bre de] diablo; pero cuando aquel abre el sepulcro, le 
encuenti^ vacío. — Di al rey, le dice Van-Derken, que esta 
historia transmitida al pueblo, 

Muro será dé tradición tremenda 
Que su gloria real guarde y defienda. 

Díle que caballero y ofendido 
La fuerza y la razón tuve en mi abono; 
Mfts satisfecho con haber podido, • 
El armiño manchar no osé del trono. 
Dílc* que el deshonor que en mi ha vertido 
No le devuelve en deshonor mi encono , 



- • 
.128 ¿EVISTA DC MADRID. 

, Porque en la fé del noble verdadero 
El honor de su rey es lo primero. 
......¡Vulgo sencillo, . 

Cree tú que el diablo sellevó á Ronquillo ! 

Por la idea que hemos dado del argumento de este dra- 
ma, podrán conocer nuestros lectores el interés que debe 
inspirar su misma complicación , y la novedad de los me- 
dios que emplea este eminente poeta. En el enredo de este 
.drama no entra mujer ninguna, ni aun como parte acceso-* 
ria: de él está desterrada la pasión del amor. £1 Sr. Zorri- 
lla se ha propuesto vencer esta nueva dificultad, pues para 
su ingenio no hay ninguna que sea insuperable. La com- 
binación tan ingeniosa de la fábula mantiene y fija la aten- * 
cion de los espectadores ^ y á pesar de esto , y de lo largo del 
dran^, el interés crece, y nunca decae, y se aumenta pro- 
gresivamente hasta el momento del inesperado desenlace. 
Si á esta circunstanciase añádela hermosura , nervio, y bri* 
Uantez de la versificación, y las demás dotes que propios 
y extraños reconocen en el Sr. Zorrilla, nadie extrañará la 
aceptación que ha merecido este drama. 

También tenemos que dar cuenta á nuestros lectores de 
una comedia del Sr. Bretón de los Herreros que reciente- 
mente se'ha estrenado y que tiene por título: D. Frutos en 
Belchile^ y que forma la segunda parte del Pelo de la De- 
hesa. Su argumento es el siguiente: De vuelta á su pueblo, 
se compromete D. Frutos á casarse con una aldeana, que no 
lleva en este enlace mas miras que las de disfrutar de las 
pingües rentas de su esposo. De esta aldeana está enamora- 
do el escribano del pueblo. Por un accidente llega la anti- 
gua prometida de D. Frutos á casa de éste, ePcual siente re* 
nacer su pasión al paso que vé aumentarse cada vez su an- 
tipatía á la brusca Simona , que le ofende y ofende á Elisa 
con sus inconsiderados celos. Harto de sufrirla, pero escla- 
vo de^su palabra, y sin atreverse á romper directamente la 
boda, anuncia á Simona que antes de firmar el contracto d&* 



8ea htcer testamento ,7 de ta) manera lo h^ce , que frus* 
tra las esperanzas de su novia , destinando todo su caudal á 
tres objetos ; parte cede al escribano , y el resto divide por 
mitad entre Elisa y el hospital de locos. El esetibano Ma- 
merto salta de alegría, y Simona y su padre brincan de cóle- 
ra: este dice que D. Frutos no puede testar por estar demen- 
te, y Mamerto, que no pierde ripio, contesta: 

Por los mismos argumentos 

No puede casarse, pues 

Si es loco D. Frutos, es 

Incapaz de sacramentos! ~ 
El resultado de esto es que la boda se deshace , que Ma- 
merto se casa con Simona, y que Elisa, que habia enviudado 

• 

hacia bastante tiempo,. promete áD. Frutos darle su nump 
apenas cumpla el tiempo del luto. De este sencillo argumen- 
to saca mucho partido el Sr. Bretón para dar en esta nue- 
^€ comedia una muestra de su inagotable fecundidad y de 
las dotes propios de este poeta en el género especia,l que en- 
tre nosotros ha creado. D. Frutos mantiene todo el interés 
que inspiró en El Pelo de la Dehesa ; y los carai^tere^ nue- 
vamente introducidos en esta segunda parte, como el de Si- 
mona y el del escribano, interesan y agradan, y hacen reír 
por su originalidad y excelente dibujo. De la animación iiei 
diálogo, de los chistes cómicos y de la facilidad y gracias 
de la versificación , nada tenemos que decir : estas son con- 
diciones precisas de todas las comedias del Sr. Bretón. 

La ópera Luigi Rolla ^ representada en el teatro de la 
' Cruz ,. no ha parecido de un mérito superior, a pesar de.ha- 
1^^ sido bastante bien desempeñada , en especial por el gran 
tenor Moriani. En el Diablo Enamorado\ baile que se ha 
estrenado en el teatro del Circo, ha entusiasmado laseüo- 
xa Guy Stephan á los espectadores. La misma que habia ma- 
ravillado á estos en la Willi alemana y en la oriental Peryy 
losarreliata en este nuevo baile, bailando un bellísimo jaleo 
de Jerez , y derramando en él á torrentes mucha gracia an- 
daluza y ¡ toda la sal de Jesús ! 

SEGUHDA SPOGA.— TOMO VI. 17 



I8t ESVI8TA «S MÁfiifD, 





Obras en verso y prosa ile D. SVAN «IJALBBRTO GONZÁLEZ. 

TOMO Z. 

Comprenie lo trodocelon de io epístola de Horacio a los Pisones, y de 
las Effiof as de TlrgUlo. 

1/iFiGiLisiMo , sino imposible, es traducir los grandes poe^ 
tas de la antigüedad. Nos esplicamos asi, porque no basta 
Bspre^r sus pensamientos, á pesar de que hasta en esto 
bay también dificultad , sino que es necesario producir eü 
ios lei^tores las mismas impresiones que causa en las perso^ 
ñas inteligentes y de gustóla lectura de los testos origina^ 
les. ¥ eomo este tipo de perfección es absolutamente im^ 
-posible, el mérito consiste en acercarse á él cada vez iiias: 
■por lo mismo á un traductor sigue otro y otro , aprove*- 
eháadose cada cual de los esfuerzos y de los tropiezos dé 
cuántos le han precedido , para adelantar en tan arduo ca*- 
mino , y aproximarse á la perfección ideal, que así es para 
nosotros, del modelo que se propone reproducir. Si las 
•personas inteligentes en la pintura, y que tienen acostum- 
-brada su vista á las obras maestras del arte, (Ustinguen des- 
de luego los originales de las copias por excelentes y aca- 
badas que estas sean, ¿que no sucederá respecto da los poe* 
*tas de la antigüedad, y sus traductores en los tiempos mo- 
dernos? Si el pintor que cuenta con todos los recursos del 
arte, y que em^ea los mismos de que se valió Rafael ó el 
•TieiaüO, no puede reproducir lodo el conjunto dé bellezas 
' que comprenden las inimitables obras de aquellos maestro^, 
¿qué se dirá del poeta, que yaliéudosé de una lengua di- 



IBOtWtí^ BIBLIOGlt AFÍto . 1 3 1 

viersa de'las d^e la antigüedad, quiere expresar poi* medió 
de «sta ao solo la fuerza de los conceptos y la relíánenciá 
lie los afectos, sino hasta la armonííst de las palabras y de 
las S0ftten<5ias , y la sonoridad de las frases y de los versos? 
La empresa nos parece casi temeraria , pero que no debe de- 
sanimar á los que la emprendan , y á los que en ella obtcm- 
gan resultados tan lisonjeros y gloriosos como los que bar 
obtenido el eminente humanista y distinguido poeta, cuyas 
obras anunciamos. 

Conviene tener presente que á nuestro juicio el gran 
mérito de los poetas y oradores de la antigüedad eonsiste, 
no tanto en lo que dicen cuanto en la manera de decirlo^ 
no tanto en el fondo de las ideas, qué ya boy no ptiedéá 
producir en nosotros el mismo efecto que en los pueblos á 
quienes dirigían sus obras aquellos grandes hombres, cuaUr 
to en las formas del lenguaje y de la elocución, de qué tálnr 
poco hasta cierto punto podemos ser jueées , no éistando 
«mestÁfos oidos acostumbrados á la delicada y esquisita ár- 
ni<míá de sus versos ó de sus períodos oratorios. En pru€^ . 
ba de esto, basta observar que si la Eneida de Vit^ilío sé 
trádface en excelente prosa, tendremos en esta tradaccioii 
un buen auxiliar para comprenderla y enterarnos del giro 
ée su argumento. Tendríamos en esta traducción un me* 
dio cómodo dé entender aquel poema inmortal; pero en ella 
habría desaparecido k Eneida de Yirgilio ,' poríqüe babríá 
desaparecido toda su poesía , que consiste no solo en aque« 
líos pensamientos secundarios y accesorios , que están tan 
inmediatos á las palabras , sino basta en lo que se llama poe- 
sía de dicción , y que se reduce al escogimiento de aquellas 
y á su combinación. 

El mérito de las traducciones que comprende el primer 
tomo que anunciamos, se funda principalmente en las in- 
numerables dificultades que el poeta ha vencido, y en el fe- 
liz resultado que Ha coronado sus esfuerzos. El SrJ Gonzá- 
lez se propuso sin duda ser un fiel intérprete de Horacio y 
de Virgilio: se propuso serlo de sus pensamientos y dé sus pa- 



^ 



1S2 JEtEVISTA BB MADRID. 

labras I y adelantar en este camino, basta Hiende se lo pernú* 
tiesen la naturaleza de nuestra lengua y el ingenio y labo* 
riosidad del traductor. Ha comprendido éste muy hiea la 
diferencia que hay entre imitar á estos dos poetas y tradu* 
cirios. Bepecto de este trabajo puede juzgarse de dos ma- 
neras , ya comparando la traducción con el original , cosa 
que cómodamente puede hacerse en este libro, que lleva el 
testo al pié de aquella, ó ya comparando la nueva traducción 
con otras. Lo primero nos dará á conocer la fidelidad del 
traductor , ajustándose en cuanto es posible al original , y 
conservando de éste gran número de bellezas poéticas, y, 
nos atrevemos á decir, que casi todas las que p^mite la 
completa diversidad de los idiomas. Lo sínodo demostra-^ 
rá cuánto se ha adelantado el Sr. González á los que le ban 
precedido, ora por sus reiterados y constantes esfuerzos y 
por su ímprobo estudio , ora por haberse propuesto seguir 
otro rumbo diverso. Para que nuestros lectores puedan juz-^ 
gar con acierto acerca de esto, insertaremos á continiracion 

. una de las Églogas que ha traducido el Sr. González, que 
sirva como de muestra de su buen desempeño, y á eontiu na- 
ción otra traducción del maestro I^eon. Escogemos la Églo- 
ga 10.* que pasa por la mas acabada de todas las de Vir- 
gilio, sin embargo de que el Sr. González le nota, lo mts^ 

. mo que á la 4.^ y á la 6."^, los defectos « de desórd^ en el 
plan y de una versificación digna de Ja epopeya. ^ 

Galo. 

Concédeme, Aretusa, el don postrero ^ 
Con esta obrilla : pocos á mí. Galo; 
Pero tales que lea su Lícoris, 
Pocos versos diré ; pues ¿quién á Galo 
. Sus versos niega? Así cuando el profundo 
Piélago de Sicilia atravesare 



BOLETA BIBLI06KAFIOÓ. 133 

Ta callada comente, con las tayas 

No mezcle Doils sos amargas^ ondas, * ^ 

Comienza ya : digamos los amores 

Ttístes de Galo , en tanto qne ¿espantan 

Lasnneyas hojas las romillas cabras. 

No cantamos en vano : corresponden 

A todo ya los eeos de la selva. 

¿Qué bosque , bellas Náyades , os tuvo ; 

Qné prados , cuando Galo perecía 

De un amor infeliz? Que ni del Pindó, 

Ni os demoró la cumbre del Parnaso, 

Ni la Aganipe Aonida. Lloraban 

Con él también laureles y torviscos: 

Con él también al verle que yacía 

Debajo de la peña triste y solo ; 

El pinífero Ménalo lloraba 

T las hdiadas rocas .del Liceo. 

£n derredor de mí , y ala querencia 

De su pastor están las ovejillas: 

Ni á menos tengas tú de apacentarlas 

O poeta divino ; sus ovejas 

Llevó á las fuentes el hermoso Adonis» 

Yino el pastor, vinieron los pausados 

Vaqueros , y calado asaz Menalcas 

Yino de la Unviosa montanera. 

¿Y de dónde este amor? inquierm todos. 

Apolo vino, y ¿qué locuras dice, 

Son estas, Galo? Ese tú amor , fjícoris , 

Por las nieves á un otro y por en medio 

Le siguió de las hórridas escuadras. 

Yino también Silvano , las floridas 

Espadañas blandiendo y los erguidos 

Lirios , honor de la silvestre frente. 

Y vino Pan, el numen de la Arcadia, 
A quien vimos traer de negras moras 

Y rojo bermellón el rostro tinto, 



t^4 REVISTA BE MABBID. 

¿Y qué , no ha de haber térmijaa? te dice : 
Amor de tales cosas no se cura. 
£1 crudo Amor jamás por satisfecho 
De lágrimfis se dio , ni las pradisras 
De riego, ui la abeja de toiniUo 
Ni de yerba la cabra.— Mas yo espero, 
Arcades/dijo el triste, quemicaio - 
En vuestros montes cantareis vosotros : 
Solo vosotros en cantar peritos , 
Arcades. [Oh cuan dulce y blandameate 
Reposarán mis huesos si algún dia 
Vuestra avena entonare mis amores ! 
¡ Oh fuera yo cualquiera de vosotifos 
De vuestra grei pastor , ó viñadero 
Al madurar las uvas ! Cierto , Filis , 
Aminta , ó quien mi dulce llama fuese , 
(¿Y qué, si Amintas es moreno? Negras 
Son las violas, negrillos jacintos); 
Conmigo, éntrelos sauces, á la «ombra , 
. De las frcmdosas vides yacería. 
Teji^ame coronas Filis bella, 
Cantárfi Aminta .... Yes aquí , Lícoris , 
Heladas fuentes^ deleitosos prados, 

Y bosques dó contigo viviría 
Hasta exhalar el último suspiro. 
Hora el ins$ino Amor entre las ducas 
Armas del fie.ro Marte, éntrelos daidos 
Me tiene , y á la fcente de enemigos. 
Tú leúdela patria (¡Oh, si al menos 
Dudarlo yo pudiese!) ves ahora 

¡ Ah pérfida! las nieves de los Alpes 

Y los hielos del flihin ; y no conmigo. 

¡ Ah no te ofenda la nieve ! ; Oh nunca 
Tus delicados pies el aspereza 
Del y elo abrase!... Iré, y los versos mioft 
Que en números calcicos dispnae, 



I 

I 

1/ 



BOLELin BIBUOGnAFIGO. 13$ 

Por mí serán al cammiUo agreste 
Del pastor de Sicilia modulados. 
Cierto quiera mas entre las selvas 
Vivir muriendo ; en las cavernas hondas 
De las fieras selyajes : mis amores 
Grabara en los pequeños wbolillos : 
Crecerán ellos, creceréis amores. 
Por el Ménalo entonces andubiera 
Mezclado con las Ninfas, ó los fuertes 
Javalíes siguiendo : ni los frios 
Bodear me vedaran los ribazos 
Partenios am mis canes. Ya me creo 
Por las rocas y bosques resonante 
Ir : quiero ya vibrar en la persiana 
Ballesta loscidonios pasadores.... 
I Como si aquesto fuese ihedicina 
De mi furor, ó mitigar puíliesen* 
AL Dios aquel los males de los hombres ! 
Ya ni las Hamadriades , los versos 

Ya no mé dan placar. Adiós, las selvas; 
Adiós , que no. pudieran nuestros males 
Mudar la ley de Amor. Así del Hebro 
En medio de los fríos yo bebiese 
Y de lluvioso invierno me cubrieran 
Las nieves de la Tracia : y así cuándo 
En los erguidos obnos abrasada 
Muere la vid , etíopes ovejas 
Apacentando fuera al sol de Cáncer. 
Todo lo vence Amor, á Amor cedamos. 
. Basta dpveipsos ya, divinas Musas, 
Que en el ocio cantó vuestro poeta. 
En tanto que de tierno mal vabisco 
Formaba una cestilla : engrandecedlos , 
Piérides vosotras, á mí Galo: 
A Gal», cuyo amor así se advierte 
JBa mi p^h0 cmer , cual verde chopo 



136 REVÍSTA BE' MAMID. 

Al asomar la blanda primavera:. 

Alto pues , que la sombra á los cantores 
Suele hacer mal: nociva del enebro 
La s(Híibra y á las mieses enemiga. 

Andad, cabrillas, hartas al establo; 
Que ya el Héspero viene; andad cabrillas. 

Veamos ahora la del maestro Fr. Luis de León : 

Galo. 

Este favor de tí que es el postrero , 

Me sea, 6 Arethusa, concedido: 

De Galo algunos versos decir quiero , 

Slas versos que convengan al ddo 

De la Lícori lazo estrecho y fiero, 

En que padece preso el afligido ; 

Que ¿quién jamás con buena y justa escusa 

A Galo negará su verso y musa? 

Concédeme, pues, Ninfa, alegremente 
Esta merced debida y deseada : 
Ansi cuando huyendo tu corriente 
Debajo de la mar vá apresurada , 
La Doris no inficione osadamente 
Con su amargor tu agua delicada ; 
Comienza ya y digamos el cuidado 
De Galo, en cuanto pace mi ganado. 

Los montes dan oido ú nuestro canto 
Que tienen y los montes sus oidos , 
Y á cuanto les cantamos otro tanto 
Al punto de ellos somos respondidos, 
Mas, Náyades, ¿qué selva amasteis tanto? 
¿Qué bosque ansi ocupó vuestros sentidos, 
Cuando de amores Galo perecia , 
Pues ningún monte docto os detenia? 

Que cierto es que ni el Pindó , ni el Parnaso 



BOCnni MBttOGftAPICX). íXf 

• 

. De algan detenimiento eaasa os faemn , 
Ni la Aganipe Aonia del Pegaso , 
M la Gsstalfq fuente os detuirieron: 

Y fué tan lastimero y duro el caso, 
Que del los insensibles se dolieron ; 
Lloró el pino y lloró el laurel Pbebeo, 

Y el Ménalo-y hs peñas del Liceo. 

Y las ovqás mismas lastimadas ' 
Juntas con él estaban de contino, 

A ellas no les pesa ser guiadas 
Por tí el mayor poeta y mas divino ; 
No deben ser de ti menospreciadas , 
Ni juzgues que el ganado no te es diño, 
Pues fué del bello Adoni apacentado 
Por prados y riberas el ganado. 

Y Vino el ovejero , y vino luego 

El porquerizo, y vino el gordo bincfaado 
Menalea de bellota; y tanto fuego 

Y tanto amor ¿de donde? han preguntado ; 

Y también vino á pelo, y dice, ruego 
Me digas ¿qué locura te ha tomado? 
Lícori , por quien , Galo , estas muriendo , 
A otro por las nieves vá siguiendo. 

Y vino el Ifes Silvano, y parecía 
Que sacudiendo recio meneaba 

Los lirios y espadañas que traia , 
La selva que su frente coronaba; 

Y el Dios de Arcadia Pan también venia 
Con rostro rubicundo que agradaba , 
Por nuestros ojos mismos visto ha sido 
De negras moras y carmín teñido. 

¿Y cuando has de dar fin á tu tormento ? 
Que de estas cosas , dice, amor no cura, 
Qae nunca amargo lloro y sentimiento 
Hartaron del amor la hambre dura, , 
Ni se vio amor de lágrimas contento, 

SEGUNDA ÉPOCA.— TOMO VI. 18 



Ni cabra de pacer rama y verdura^ 
Ni de flor las abejas y ni los prados 
D' ea agua de contiuo andar bañados. 
£1 sin embargo de. esto ^ doloroso 

Y triste re^^oadio: Yos los pastores 
De Arcadia cantareis con lastimoso 
YerFo por /vuestros montes mis.dolores, 
Yosotros que en el canto artificioso 
Sois únicos maestros , y cantores , 
Reposará mi alma, ¡ oh en qpé alegría 
Si canta vuestra yoz la suerte mia! 

Y, oh! si de vosotrofir fuera yo uno, 
^ O guarda de ganado ó viñadero^ 

Si amara á Pbili, Aminta lir otro alguno 
((2ue si es moreno Aminta no es tan fiero) 
' Tendido so los sauces de consuno 
Gozáramos en paz del hieú postrero ^ 
La Pbili d§ guirnaldas me cercara 
Y. Amintas con su canto me alegrara. 

Aqi^í prados bahía deleitosos , 
Aquí , Lycori , hallaras fuentes frías , 

Y aquí si te agradár^i , en amorosos 
Deseos traspasáramos los días, 

Mas ¡ ay ! que agora amor , pcnr peligrosos^ 
Pasos Ueyas mis locas fantasías, 

Y entre las armas fieras , y el bramido 
De Marte tienes preso mi sentido. 

Y. de la patria tú^ y de mí alejada 
(Mas nunca crea yo tal desventura) 
Sola y sin mí , la nieve Alpina helada , 

Y ves del fibin la tierra h^ada y diira, 
Ay ! no ofenda á tu carne delicada 

El frío, ó menoscabe tu hermosura, 
No corte de tu planta el cuero tierno. 
La escarcha rigurosa del invierno. 
Lo que en verso calcidico he contpuesto 



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Pasar quilates 4 la flMtoisiettioM , 
T entre las'sdvi^ y aliipa^as piie^o 
Qoieró paiSar mi duelo > j pena ii^noa , 
EataUacé ^ loa árboles acpiesto, 

Y tu qaciifada fé, Lícori, y vaim^ ? 
Ellos cr^c^iiido se baréa mayoim , 

Y creoweis eon. ellos, mis ainora». 

Y en trai^ eon las I^infas paseaado 
Del lífóiala andaré por los ot^OB, 

O si !»eidiim gusto, ii?é eax»^ 
Loa tínúdos vendos y Ugco^os, 
Sin ser conmigo parte, ni lanzando 
.0 nieve el ^1^0, ó tnrlno^ aguaceros:. 
Serán de n)t con perros rodeados 
Los valles del Parthe»iaty los coUadbs. 

Y se me representa ya y figura 

Que Voy por los plüaseos diAíardeoda , 
Ya yoy por 1a mootaña espesa^ erntsa, 
Ya encorbo el aren ^ y todo al tiro atienda ¿ 
Mas como si sidiid á.fiíi locara / 
biese lo que «om triste v^ didado, 
O como si del mal del pecho biMMQp 
Supiese TOndolerse aquel tirano. 

IMbs ya ni quiero Nio&a, sá cantores^ 
Lds versos qi»e no placen , ni 1q$ quiero » 
Mi gusto por mojutañas y Lugares 
Ásperos peraageár al pu^?C0 Aero, 
Las selvas 0:0 remedian mis p^BS9f es, 
Mi el mal incompai»ble de que pvímo , 
M estudió mJk), ó. pena, ó. triste 'diielo 
Fuedm mudar aquel que abrasa el mdf^. 

No puedeA; ni si en medio del imi^nio 
Pusiese denUo d pecbo el HAro belado, 
Mi si eu«i^a del cdmo el cib^q paterno 
Se seca en. l^. GiuineoQ , su ganado. 
Paciese iH)Wi^ádí9 i SH i^«rQ#} j 

4 



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Y cuando el ^1 en Gaitero está encumbrado!' 
Todo lo tiené'ámor preso y rendido , 
Rindámode también ntrésti^o smitido. 

Esto me baste, Musa, haber cantado, 
En cuanto utí eamistiUo e^tpy tejiendo 
Al Galo , cuyo amor , cual bien plaqtado 
Álamo, en mí por horas y& creciendo; 
Alto , que ya á la sombra estar untado 
Baña de enebro y mas la sombra ^ndo, 

Y aun á las mieses son las sombras f rms : 
Id, hartas , que anochece, id, cabras mas. ' 

En 1829 un poeta sevillano dio á luz la siguiente tra- 
ducción: 

Inspira tú, Aretosa, claro acento 
A los posi^peros -ecos de mi wfeñn ; 
Cantaré pava Galo mi contento 

Y á la misma Lteoris ^ré pena : 
¿Quién á Galo negara sus cantares ? 
Así á tí, eeando ya te devisares 
Sobre las crudts olas sicilianas, 

Doris con su cmda amarga no te ofencbí. 
Gomienca^ pues: cantemos las íttsanas 
Ansias de Galo en desigual contienda ; 
En tanto las cabrilif» tri^sdoras 
Los tiernos^ ¡recentales van paciendo. 
Las diosas protectoras 

Y eco fiel nuestros cantos repitiendo. 
¿Qué oculto bosque, cuál flor^ta nmbrfo 

Os detuvieron Náyades graciosas, 
Guando Galo en incasto amor ardia? 
No en las cumbres del Pindó gloriosas, 
Ni del Parnaso estabais solazadas, 
Ni de Aonia en las i^uas consagradas. 



tanto le UoralM»i loft kiivisto ^ 

Y á par los avdlauos le lloraban ; 
El Hénalo de pinos coronado, 

Y á par las roeas del lieeó hdado 
Su dolor con el llanto pobücabao , 
Sobre una peña al verle abandonado : 
£n torno balan las ovejas tristes , 

¥ ni aun os mueve su inocente pena. 
Mo te ofendas, si el nombre tuyo suena 
Con los rebafios, ná cantar cUi^ino, 
Que el bellísimo Adonis también vino 
Por las riveras con humilde bato. 
Llegó el pastor de ovejas, y vinieron 

Los tardos porquericos., 

Y de los invemMEOs 
Acopios de la nieve ya calado 
Vino Menalca, y todos te di)£r<m : 
¿De dónde aqueste am^ Cafarás sacado ? . 

Yino el crinado Apolo , 
¿Cómo estás, Galo (dice) tan sin seso? 

Liix»fis, tu eodie^esoy 
Por complacer su nuevo amante solo , 
Le acompaña entre nieves y entre horror^* 
Libóse á.Gak) Silvano, la frente 

Gearoaada díe JhHPes , 
Sacudiendo los váMagos floridos. 

Y un ramo de olorosas asuoenas. 
Llegóse el dios de Arcadia, Pan potente ^ 
A quien vimos nosotros los pastores 

Bello y resplandeciente. 
Ornado con ios frutos escogidos 
Del purpúreo eolov de las verbenas : 
¿% será esa remedio de pial tanto? 
(Dijo) el amor en ello no repara : 
No se sacia el amor de eterno llanto , 
Ki el pvado de agoa^ckra , 



Tfi la abeja <Mii6(tiio dofwb, 
Ni la cabra^del pasto (Mleiosq. 

Mas el triste decia : 
Arcades, caotareift irosotros soio 

La desveutQFa raía.- 
En estés Taestros montes algún dia,.- 
Vosotros cantareis , hijos de Apolo. 
Entonces ¡ cnán dichoso ! entre estas acmibras 
Descásarán^ mis huesos blandamente , 
Si mi pena pnMíca y mis amores 
Vuestra zampoita plácida y dolientes 
¡ Ojalá fuese yo de los pastores 
O guarda del gimado Tuestro fuese 
O las maduras uvas recogiese ! 
Ya de Filis ó Aúiittla fuera «mado , 
Va en mi pecho alentase un nuevo fu^, 

(¿Y 81 advirtiera luego 
De Aminla el rostro de color tostado? 
Morada es la violeta apetedbtei 

Y el jadnio flexible) 
Viviera yo tranquilo aquí i su lado 
Bajo los sauces y firondocas vide»; 
FiUs cogiera para mí las flores 
Y Aminta con su canto me halagara. 
Aquí, Lícori,entré las frias fuella, 
Aquí entre hftím prados florecienlés, 

Aquí en el bosiqüe umbrío 
Gont!^ viera éí sol postrero mió. 
Así el Amor iusano me desarma 
De Marte en los horrores, 
^ Entre enemigos y continua alarma; 
Mientras tú ¡quién creyera talddírio! 
De tu patná alejada , tá té atreves 
A ver , ¡ Oh dura ! las Alpinas nieves 5 
Sin mí sufres del Bthin el crudo frió. 
¡Ah! note cjisnda su ngor impío, 



Mi A yáo oprima tus divinas plantas. 
Del pastor de Sicilia con la avenH 
Iré , y ensayaré canciones tantas , 
Que el calcidico verso ya resuena. 
Sí , que en las selvas moriré gozoso 
Entre las grutas de las duras fieras , 

Y grabaré en los árboles nacientes 

Mis amores ardientes, 

Y como ellos iréis creciendo, amores, 
fh tanto correré el Ménalo ttmbrosoí 
Entre las bellas Ninfas placenteras , 
O iré cacando al javalí furioso ; 

Ni bastarán los mas helados f rios 

A impedirme llevar los canes mios 

En torno de las selvas del Partenio. 

Ya, ya corriendo con alegre ingenio ^ 

Por las rocas y bosques ir me miro ; 

Ya el arco parto manejar me agrada, • 

Y en él mil Amebas de Gydonia tiro. 

Mas ¡ah! que en vano á mi furor, consuelo 
Procura el alma de gemir cansada ! 
Del dios cruel el hombre pide en vano 
Bemedio al mal y al mísero develo. 
Ya de las Hamadríades la vista 
No me agrada, ni el canto siciliano ; 
Dadme , oh bosques, de nuevo que os olvide 
No hay quien con penas tal ardor resista; 
Aunque en medio del mas helado invierno 
De Ebro las aguas frías yo bebiese ; 

Y aunque de Tracia en huracán eterno 

Las nieves yo sufriese ; 

Y aunque apaciera bajo el Cancro estivo. 
Ovejas de Etiopía, cuando el vivo 
Bayo del sol las corchas desbarata ; 

De todo triunfa Amor, á Amor cedamos. 

Basta ya á vuestro alumno estos cantares 



Xá^ ^ RJSVISTA BE MAD&in. 

Ensayar , mientras teje en sombra gratf^ ^ 
Una cesta de mimbre con los ramos, 

Piérides divipas. 
• Vosotros estos versos llevareis 
Á Galo, y su belleza ensalzareis; 
A Galo, cuyas ansias siempre finas 
Mi pecho aumenta de uno en otro instante. 

Gomo en el nuevo estío 
Crece el álamo verde y rozagante. 
Marchemos pues , que el campo ya sombrío 
Suele apenar los tímidos cantores, 
Triste es la sombra del enebro. {rio, 
También la sombra daña los sombrados. 
Id , ovejUlas, id á.los cercados; 

Ya estáis hartas de aroipa . ,> 
Y el Hé]q[»ero luciente ya se jasoma. 



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145 



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BREVE ROnCU 



BE IJkS AMTiaUAS CORTES DE : GATAXiXnSrA. 



(Está tonuifia de los escritos del célebre D. LUIS PB6CEEA , del Consejo 
de S. M. en la Eeal Audiencia de Catalana, sngeto que á sos profun- 
dos conoclmleiitos en la Hvislaelon catalana » reuiíio la circunstancia 
de balier asistido a varias Cortes de aquella provincia. ) 



ARTICULO 1." 

» 

I. Ljlamabanse jCortes generales en Cataluña la reunión 
de los tres brazos ó estamentos de todo el Prineipado y á 
saber , eclesiástico , militar ó sea de nobles , y real , convo- 
cados por el rey en el puntó designado por él mismo, pa- 
ra la formación de leyes , y para tratar de negocios árdu.os. 

II. Estas Cortes generales solamente podian ser cóavo- . 
cadas, y celebrarse personalmente por el rey, como único 
que tuviese derecho 4 sentarse en el solio. 

£1 primogénito del reino tampoco tenia facultad para 
convocarlas ; pero una vez convocadas por el rey , podia el 
primogénito continuarlas como liigar-teniente general , con 
consentimiento de las Cortes. 

III. Escetuábanse empero los casos siguientes: 

1 .** Si el rey hallándose legítimamente impedido por esr 
tar en guerra, daba poder especial á la reina para la cele- 
bración délas Cortes generales, ratificándolo estas. 

2.^ Si estando el rey fuera de Cataluña, ocupado en al- , 
guoa espedicion , las convocaba en su nombre , y después 

SEGUNDA ÉPOCA.— TOMO VI. '19 



H6 A£VISTA DE MADRID. 

dfjdM poder especial á su primogénito de eontinnarlas , y lo 
consentian las Cortes. 

3.<> El primogénito del rey se habilitaba por los tres 
^brazos para celebrar Cortes con una fórmula determinada al 
objeto. ■ 

lY. El rey podia convocar Cortes generales , aun hallán- 
dose fuera del Principado. 

* V. La eleedon de lugar donde debian reunirse las Cor- 
tes estaba al arbitrio del rey , con tal de que se encontrase en 
Cataluña^ y no tuviese menos de doscientos hogares. 

Podia también variar el lugar de la celebración después 
de señalado. 

Sin embargo, cuando el rey babia ya llegtido á él , y ha- 
bian empezado tas Cortes , no podia hacer variación del lu- 
gar sin su consetimiento. 

YI. Solamente podiao intervenir en las Cortes generales 
de Cataluña los naturales del mismo Principado. Si en el jui- 
cio llamado de habilitación se dudaba del pais dé donde era 
alguno natural, era este escluido basta que probaba serio 
de Cataluña. 

]^o obstante, eran admitidos en calidad de barones los ex- 
tranjeros, aunque estuviesen domiciliados fuera del Princi- 
pado, si tenian baronía en el mismo. 

YII. Pari^ la celebración de Cortes primeramente se ha- 
bian de convocar : 

Por el brazo edesiástieo , el arzobispo de Tarragona , el 
sindico del cabildo de su iglesia catedral , todos los obispos 
de Cataluña, los síndicos de los cabildos de las iglesias cate- 
drales, el castellande Amposta, el prior de San Juan de Ca- 
taluña, los abades de la misma provincia, el prior de lo& 
conventos que tenian capítulo y carecían de superior en 
elta, como al propio tiempo fuesen señores de vasallos cóp 
toda jurisdicción y mero mixto imperio, y los comendado- 
res de la orden de San Juan de Jerusalen. 

Por el brazo militar (noble) los duques^ marqueses, con- 
des y vizcondes , y los barones y caballeros. 



SOBRE LAS ANTIGUAS CORTEA tíÉ GATALtl^A. j47 

Par el htázo réal^ todas laf ciudades y villas de Realen- 
go , que en virtud de stís privilegios to'ncarriaa á Cortes. 

YIII. Se CQOsideraBa por unos que podian concurrir tam- 
bién los que eran deudores á los fondos generales del Prin- 
cipado por arrendamiento de sus rentas , aunque otros se 
moárábatí de ccfhtícktiti opinión . 

ix. N6 cbncurriSáÜ etó^efró á lá¿ Cortes: 

1 .^ Ib Órdéíie^ de iñeíiot'é^, díoítiiinícbs ^ cai^bíéiitki^ , de 
Siú Á^kiá y dtrtó sbíéddicáilM. 

2.^ Los abades meramente elegidos, y que no t^üién 
todátiíá' el títtilo j 1k í^osb^oü^é la ^réhttíto. 

3.^ loá priora dé los conventos qué tenian superiores 
en la jiroViiücia , en calidad de tales. 

4.^ Los cíüdi^anos honrados de fiarcéloüá, por esté 
solo reií^ecto, áutirqftte eran tenidos coino óáballef<:fó. 

i5.^ fióis nobles meíiores de veinte áiW, poir nó tener 
voto énr fes Cortes. 

6.^ Los ciabálíeros en ciíyós privilegios se leia la cláú- 
stíta es|)re^ dé que nd puedan intervenir en ellas. 

7.^ Las universidades ó comunes de iglesias 6 de ba- 
rones. 

d.® Lds colegios, cofradías y otras <$ótí»oracidnes síéroe- 
jantes , aunque en algunas leyes se les diese el noiñbre dé 
ntfiviársicttdeb. 

9.^ . Loi^ territorios dé realengo en que habiá casas ha- 
bitadas sin formar población , por hablar solo las ¿onstitu- 
doiiés & itnh'eníidades , de ciudades, viltas y lugares. 

fO. Los abogados procuradores Aséales del rey. 

X. Pafalá convocación de las^ Cortes generales , sé áxñ' 
gién por parte del rey , letras en la forma acostunibrada á 
l6s pviinéroá de los tres brazos , que eran el arzobispo de 
Tarragona, el du<|ue ¿fe Cardona y la ciudad de Barcelona, 
y presidian respectivamente eh ellos, enviáñdolas igüalínen- 
té á los prelados y pérsobás eclesiásticas', éondes , vizcondes, 
barones y caballeros , y á las ciudades y villas de Cataluña 
que tenian lógai^ en Cortea, anioaestánd^os, citáüdblo's y 



148. REVISTA DE'MADIUD. 

convocándolos , para que en tal dia se hallasen personalmen- 
te y compareciesen , ó teniendo impedimento ^ por sus procu- 
radores ó síndicos y en tal lugar , para celebrar el día señala- 
do Cortes por S. M. á los catalanes. 

XI. Usábanse en las letras para cada clase ó dignidad 
distintos títulos ó cláusulas especiales á mas de las generales. 

XII. Enviábanse por portero ó nuncio jurado, que las 
presentaba á las personas á quienes iban dirigidas, y hacia 
después relación de la presentación al rey ó á su protono- 
tario. 

XIII. Si el rey hubiese dejado de convocar alguno de los 
tres brazos ó los tres primeros ó mayores de cada uno , esto 
es, al arzobispo de Tarragona, al duque de Cardona ó á la 
ciudad de Barcelona , ó bien hubiese omitido la forma acos- 
tumbrada, se hubiera tenido por nula la convocación. 

XIV. £1 edicto de convocación no dejaba de tener vali- 
dez por no comparecer el rey el dia señalado á las Cortes, 
porque tenia cuarenta dias para comparecer, dentro de los 
cuales se podían las Cortes continuar ó prorogar por otro 
en nombre del mismo rey. 

XY. La citación de las Cortes , la variación del lugar, la 
prorogacion del término prefijado y otras cosas que ocur- 
riesen antes de principiar aquellas, se consideraba que esta- 
ban á disposición del rey, el cual el dia señalado* ó. dentro 
de los cuarenta, debia personalmente presentarse, puesto 
que por él se habían de tener y celebrar. 

XVI.' Acostumbraban siempre los reyes dar principio á . 
las Cortes sentados en el solio, haciendo proposición á los 
brazos, y esplicándoles la causa de su convocación. 

Mientras hacían la proposición y los brazos daban su 
respuesta , ninguna otra persona podía estar en el espacio . 
superior del solio cerca de S. M. , donde estaba colocada k 
silla real , á escepcion del primogénito del rey. 

Para responder á la proposición de apertura, estando 
el rey sentado en el solio y los demás convocados á Cortes 
en bancos á una y otra parte, levantábase un prelado, y 



I 



HOBRE LAS ANTIGUAS CORTES DE CATALXJSA. 149 

dirijiéndose hacia el lugar donde se hallaba el rey , le con- 
testaba en términos satisfactorios , manifestándole cuan gra- 
ta babia sido la proposición á todos los brazos , y conclu- 
yendo que sobre el contenido de ella las Cortes deliberarían 
lo que mas conviniese al servicio de Dios, y fuese mas útil 

» 

ala república. 

XVII. Después de esta ceromonia las Cortes continua- 
ban reuniéndose por la mañana y por la tarde en las ho- 
ras habilitadas por las mismas. 

XYIII. Como uno dé sus primeros objetos , acostumbra- 
ban instar que se aguardasen los ausentes citados que ^o 
habian comparecido el dia prefijado; y el rey con las Cor- 
tes solia hacerles gracia prorogando el término á otro dia. 
Esta prorogacion se hacia según ana fórmula de estilo. 

ARTICULO 2.« 
CHMm, t«r»tteatttt y 41«i áé eortM. 

I. El dia siguiente de su apertura , constituidas las Cor« 
tes en sus propios y particulares estamentos , procedían á la 
elección y creación de notario y escribano del proceso de ac- 
tos hacederos en cada uno de ellos. * 

Luego de elegidos, prestaban estos el juramento de cos- 
tumbre en mano y poder del presidente del brazo, que los 
babia nombrado , en presencia de todos los que se hallaban 
en él, y con interrencíon de un notario de otro de los 
"brazos. 

II. Pasaban después estos últimos á hacer respectiva- 
mente elección de porteros, promotores y abogados, los 
cuales juraban también portarse bien y lealmente en su ofi- 
cio, y que guardarían secreto. 

III. Hechos estos nombramientos f el regente de cuen- 
tas de la diputación (1) entregaba á cada uno de los presi- 

(1) Había siempre subsistente en Cataluña una Diputación que admi 
nistraba e! Principado , y celaba la observancia de las leyes en su repre-" 



150 ÜCVISTÁ DE MADBID. 

denles de los brazos una maza de la misma, y^ ellos le fir- 
mab^^n escritura de recibo. 

lY. Todos los que estaban habilitados para cppcurrif 
^ Cortes debian también prestar el acostumbrado jurainepr 
to/'cada uno de por sí , en mano y poder del i^otario de su 
estamento. 

ía, fórmula del juramento se leia antes eu toz alta pot 
el uotario , y en ella prometían : 

Que darían bueno y leal consejo s^un su entenda* y el 
bien público de todas aquellas Cortes. 

Que tendrían secreto todo lo que i^e dijese á cada uno d9 
ellosi con esta circunstancia , y que por todos 6 U Q^iayojf 
parte se expresaría q^ne quedase secreto;. 

Que no manifestarían á nadie cosa alguna que se di- 
jese en las Cortes, y pudiese redundar en daño de las 
mismas; 

Que no revelarían lo que fuese secretaen aquellas Cortes. 

Que tampoco descubrirán cosa algiina. ds las que se tra- 
tasen en ellas bajo sigilo á personas extrañas , sino á las de 
8]|. brazo ú oU*o,, que pudiesen ser admitidas á* las delibe- 
raciones de las Cortes , sin nombrar á la persona que lo hu- 
biese dicho y recibido juramento de guardar m secreto lo 
revelado. 

Jura|>au también los síndicos y procuradores de loa au- 
sentes, qi^e antes de manifestar á sus principales lo que se 
hiciese ó tratase bajo secreto enr aquellas Cortes, les harían 
jui;ar que no revelarían á ninguna persona lo que les. co- 
municarían durante las mismas. 

Se juraba igualmente no admitir sabiéndolo á las delil^e- 
ntcioi^es de aquellas Cortes, á ninguno que no hubiese preii- 
tado el juramento. 
Y. Los dias de fiesta ,' así de consuetud como, de obli-^. 

sentacion. Véase sobjre los antiguos oficios y otros puntos kiples la tir^^uc- 
clon ai tostéllano, de los usajes y deniás derechos de Cataluña , por D. Pe- 
dro Nolasco Vives, obra sumamente apreciable , q^ue no debe faltar ea ía 
)>i))liotecf( de núi^ua erudito de Cataluña y provincias inmediatas. 



SOBRE tAS ANTí^irÁS COltTXlá Dfe CATALUÑA. Í5f 

gaeioB , se aeostambraban hahilitar por los brafós acordes 
con el rey, á fin de abreviarlas Cortes. 
. De ellos se habilitaban regularmente las horas después 
de comer. 

ARTICULO 3.» 
^■tei* 4« hAbWuielmi 4* lu Oortot. 

I. fiado principio á las Cortes se hacia la elección de 
habilitadores de las mismas. 

II. Las fanciones de los habilitadores eran: 

1 .® Examinar y habilitar las calidades dé los eclésiás^ 
ticos, de los nobles y dé las universidades ó comunes que 
babian concurrido. 

%^ Reconocer si los poderes y escrituras de sindicato 
de aqoéUos que compartían en representación de otros, 
venian en debida forma y según las constituciones genera- 
les de CataluHa. 

3.» Deliberar y decidir sobre los que debían ser admi-* 
tidos ó repelidos de las Cortes. 

III. Los habilitadores eran diez y ocho; nueve elegidos 
por parte del rey , y nueve por parte de las Cortea. 

De estos últimos se elegían tres por cada uno de los esta- 
mentos>. 

IV. Una vez elegidos los habilitadores y habilitados eñ 
SQ jurisdicción, no se admitía de sus deliberaciones y decla- 
raciones apelación , recurso ni suplicación. 

Y. £1 nombramiento de habilitadores se pedia por las 
Cortes al rey bajo cierta petición. 

.Becíbida la dejnanda por el rey, la miandába irisertat 
inmediatamente , y procedía por su parte á nombrar nueve 
personas; que eran el canciller, fegentes del- consejo supre- 
mo de Aragón , regentes y doctores del consejo real de Cata- 
luíla ú otros empleados reales de preeminencia. 

Desde luego haciau por su parte los bran}ssu elección, 
y* la presentabartí con otro espito á 8. M. 



152 heyistá i>e madrid. 

, El rey lo mandaba insertar, aceptaba la elección, y 
confería facultades á los habilitadores para Ter y examinar 
los poderes y calidades délos que debían concurrir i las 
Cortes. 

YI. Los habilitadores *se sentaban en el lugar destinado 
para celebrarse el juicio de la habilitación, á saber: los 
nueve nombrados por el rey. al lado derecho, y los nueve 
elegidos por los braios frente de ellos al lado izquierdo (1); 

VII. Los habilitadores, para ser capaces de ejercer su 
jurisdicción, prestaban juramento y homenajes al rey, esto 
es, juramento los elegidos por el brazo eclesiástico, y jura- 
mento y homenajes los de los otros dos brazos. 

Pedíase esto también á S. M. , quien mandaba asimismo 
insertarla súplica en el proceso y que se recibiese el jura- 
mento , cometiendo su recepción al canciller , y la de los bo* 
menajes al regente de la Cancillería de la provincia de Cata- 
luña , y al canciller el recibir los que este debia prestar. 

YIII. Doce condiciones y calidades de personas debían 
tenerse presentes en el juicio de habilitación , á saber : las de 
naturales , de , citados , de prelados , abades ó priores , de 
caballeros, de síndicos, de procuradores, de empleados 
reales, de repelidos, de sustitutos, de los que se hablan ido 
de las Cortes sin licencia , de los que habian sidó''ya habili- 
tados otra vez , y finalmente de los procesados por delitos, 
ci^yo conocimiento pertenecía á las autoridades reales. 

IX. De diferentes procesos de Cortes resultaban muchas 
reglas que se debían guardar en los juicios de habilitación. 
Entre ellas había las siguientes : ' 

La habilitación de los naturales de la provincia sola- 
mente espeliendo suspensivamente á aquellos de cuya natu- 
raleza se dudaba. 

La admisión de los naturales del Principado que ve- 
nían después de reunidas las Cortes, si estaban ausentes al 

(1) Se irán indicando varias circunstancias que parecerán á algunos mi' 
nodoaas : pero los inteligentes conocerán bien que en estas materias histó- 
ricas se hm sacado grandes principios de cosas creídas antes de poco interés. 



■^VVVWMVKWM»*** 



1 



SOBRE LAS ANTIGUAS Gdnt^S 0« GATALUÍ!íA. l5^ 

tiempo de su convoc^cioB , y no se les intí^mba esta en su 
principal domicilio ; y asimismo en cualquier tiempo que 
et^pareciesen de todos los que no hubiesen sido citados si 
teñian ingreso en Cortes por derecho propio, por ejemplo, 
por ser de la clase militar (nd>le). 

Que los citados á Cortes debian eoúiparecer personal- 
m^te el dia sefialado , á m^os de tener jiuto impedimento. 

Los prelados ó abades meramente electos no debian ser 
admitidos. Ix>s abades debii^n mostrar el título y posesión de 
la abadía. Los priores conventuales que no estaban sujetos 
á superior en la provincia y t^tan vasallos cen jurisdicción 
(Nnm'moday mero y mixto imperio, eran admitidos como 
priores. 

Los caballeros no eran admitidos sin mostrar su título. 
Los que <k ellos eran nobles no debían ser admitidos confio 
tales hast^ que justificasen su nobleza ; p^o podian serlo 
como caballeros (1). Los caballeros domiciliados en otros 
países , ú tenian baronía en Cataluña eran admitidos como 
barones. Los del brazo militar menores de veinte años no 
eran admitidos. 

A 1(^ síndicos de las universidades ó comunes , solo se les 
admitía si eran del cuerpo de las mismas ó estaban domici- 
lijftdos en ellas. En caso contrario , se reservaba á la univer- 
sidad el derecho de poder nombrar á otro síndico durante 
las Cortes. Solo se admitían asimismo 4 los de aquellas uni- 
versidades que tenian voto en ellas. 

A los síndicos subrogados se les admitía en lugar de los 
otros para quienes lo eran , por enfermedad ó muerte de es* 
tos. Dos síndicos de un mismo cabildo no se debian admi- 
tir sino poruña sola voz. También se habian de examinar 
las calidades de los procuradores. 

Los repelidos por contumacia no eran admitidos , aun- 
que lo dispusiesen el rey y las Cortes; ni tampoco los que 
volvían después de haberse ido de las Cortes sin licencia. 



(1) Coa esto se vé que se hada distinción de caballeros á nobles. 
[ SBGUHDA KPOGA.— TOMO VI. 20 



1^ 



Elqpue uai^ vea babia sido habilitado ya no podía des* 
piies s^ reppobado* 

IiO0 procesado» pcir. delito de conoeimieato de las antcn 
ridade» reales , en caso de duda erati repdiáos hasta (pié 
constase qi^e se hallaban ;a ea el easo de ser rebabilitadois. 

X. Sí aasentándose algano de íos babilctaderes subro- 
gaba A braio á otro en sn lugar , se opínaíba por y&rim que 
há}\9L bien de siipltoar al rey na aeeptadoa , y recibírsele 
después el juramento y homeiiales. 

XI. Aunque faitee uno de los faabilitacbres en él juicio 
de haUlitacioii , se papaba adelante en habilitar las €^rtes¿ 

XII. par^a iá (H»ao de bwsar psuebas en este juicio , había 
ejemplar de haberse cometido la recepción de los testigos d 
de ctalq^iqra otra prueba i los dos primeros babilita^res, 
esto ^s^ el uno de los ilombrados por di rey, y el otro de 
los Qoaibrados por los brazos ; los cuales procedieron su- 
viapáan^nte^ 

XIJL ' £L dmntímiento puerto en los brazos ó en at^ 
gil^o de eljlos^ suspendía también el juicio de la habilita^ 
cion; pero se podia suspender el mismo disen;tímiméQ pa« 
ra el efecto de pasar adelante en es^ juicio. 

ARTICULO 4.^ 
AilstanaU á laa OttrtM pfrsoniil 4 p#r preearaAdr. 

I. De varias ccmstitueiones en que se ordenó que estas 
se debiesen establecer con coaseotimiento de lofs prelados, 
harones, etc. , y se dictaron otras prQyidimdias análogas, se 
infería que los. que eran citada á Cortea debían ooncurrir 
de obligación á ellas , personalmente, en el día y lugar se-- 
ualsido para su celebración. 

II. Sin embargo, en el caso de hallarse justamente ii»* 
pedidos 9 podian coBaparecer por. procnrador ó> síndico, con 
tal que los poderes fuesen otorgados en la forma prevenida 
en las cftp;fíitBtpMín,es,- . 



SOBltS tÁS AMUGV^^ ^^Ví$ un GATALÜfiA. 165 

in. Se considerabaii justos ijiipe4ím^BtMt 
];i.a exi^tencifi de eof^m^^a^es pwMeaoidfa 6 atmos- 
féricas en el ppBio desftioaí^o ga^a 1^4^^:^^^ 1^ (¡flflm* 

£1 haber de pasar preeisameQ)^ p^ra ht 4 taa Cbrtes for 
caminos y lugares en que estn^i^sen Iqs aiem^Qs dei qM 
9e excusaba. 

£1 e^tar enfermo 6 ten^r mt mal- M^üri kíMiAto. 
La exposición de recibir un nobl^ poír el cftádno uoa 
pfen^a de per^na defoflma oondioiop.^' 

IV. liQS in^pedimeiitoK se. probaban p^r el fmpio jttrá* 
mentp. 

y. En los poclfücf^. dp lofi i^ped^os^ q«e faiiMa» «dei ei^ 
tados hablan de expresar estos el inipedimifiiitfi^ y jnsüfi* 
^|o con jui^aineQtp prestado ea podeir d^ oúsmó escriba- 
i^>.|i^lof a4toriaa)|i^ qfie 4qbil^ dar ifié en eUoa 4a diché 
¿H|*amenfo. 

Podia 8j|n eqibaitgo op^tíi^reli d^<^fiMrid:ifn|i^aieitoal 
espri^9;Q0 si era ki^fc^PPP Af 9U0K)<|$; baatáñdo lo demás. 

yL En Ifs podiTAa s^ b^^i^de pMfr todas toft eUuaiH 
las correspondientes , á tenor de yarias fórmulas qpe este» 
baf^ en uso, $9gvn laa {¡msonas ó 4)<Mrpoi:ackiiles que los 
otorgaban. 

ya. De dos ó ms proc|ii»do]«a,4e personas defeuni- ^ 
nadas de enalvai^^et^tafnento, pr^pÑieitcía y ceoM^iau 
Qd admitía solameolto el qpe ne$ prese^Uito pruaero; y en 
igualdad de presentación el primer nombrado en el poder. 
Admitido que era , se daba como de ningún y^lor el i}om*> 
braiw^tp^de los otro», ao^ cp eas^ d^ impedimento ó Au- 
sencia de aquel. Esceptuálfafisíe las u^ívenúdlid^ é sm laa 
ciiidac^4e Barc€ÍOQ(t) Lér idf > Gff!r(Np^ y ^¡^^% á quienes 
!ie les guardaba 1^ epQsnetud eu ^uie est^n de ^ir n^a» 
de Vi% aípdico* 

y III. Los procuradores de prelado de igjü^ cat^dnal 
no eran adinHidos.sinpperteneoiipi á su cabildo. Xojpismo 
tenia lugar en los de algún conyento ó colegiata. 

IX. Un mismo procurador no podjut Js^lo> de.m) ¡Kirel^do 

a 



156 ' *ÉVISTA DE MADltTD. 

j de un cabildo 6 de otra iglesia, ni tampoco de dos prelados. 
Si qneríü concurrir y Totar en nombre propio á su es- 
tamento, no podia usar én él de la calidad de procurador, 
y se le desestimaba el poder; j vice-\ersa, si prefería asistir 
en calidad* de procurador. 

No se admítian tampoco los poderes que hubiese otor- 
gado álgÉne en ealidad de prior, si después se presentaba 
como' abad ú ol»spo. 

X. Los procuradores de los barones y personas de la 
dase llaarada militar, debían ser de la misma. Un individuo 
de ella podia^ser procurador de dos ó mas de los de su cla- 
sci Se q[»inaba p^ alguno sin embargo que no podía repre- 
smtar á mas de cuatro. 

- XI. Los poderes débian venir en la forma prevenida en 
la eonsótucion de D. Pedro III en las Cortes de Perpiffan, 
cap. XXX. No obstante, los de los que no habian sido ci- 
tados no era preciso que viniesen en esta forma. ' 

XII. Los ausentes de la provincia no podían constituir 
procurador , á menos de estarlo por causa del Estado ú otro 
motivo justo. 

XIIL Los proeuradores tampoco podían ser naturales 
de país distinto de Cataluña. 

XIY . &an también desechados los poderes otoí^ados por 
los naturales dé la provincia que no estuviesen domiciliados 
en día; los de aquellos que después -comparecían personal- 
mimte, y los de los mtadosqueno se presentaban dentro del 
tiempo legítimo. 

XY. Se admitían los de aquellos que se separaban de 
las Cortes por razón de enfermedad. 

Eran asimismo admitidos los procuradores que no com- 
pareciesen por estar enfermos, dailro del tiempo señalado 
á los ausentes , probando el impedimento ; para lo cual bas- 
taba el juramento. 

XVI.. Los poderes délos individuos de ambos (I) esta- 

' (1) £Í original dice uiriusque, 

m 



: » 
' t 



SOBRE LAS Xñn&VÍ^ CP^^O» W GATAI^UfCÁ. . 167 

mantos debían contener la facultad de tratar y determinar so- 
bre el servicio ó donativo. Si carecian de ella se concedían á 
los procuradores veinte ó treinta dias ú otro término á arbi-» 
trio délos babílita^ores para c(mseguirla desús principales. 

XYII. Los procuradores de los que Jiabian sido citados 
podian intervenir en todos los actos de las Cortes desde su 
principio basta sú terminación, dar su parecer, consenti- 
miento j aprobación en las constituciones y estatutos que 
se formasen , y verificar todo lo demás que podrían haber he- 
cho sus principales. 

, XYIII . No se admitia á los sustitutos á m6no& que la sus- 
titución se hiciese por enfermedad del que sustituía , cons- 
tando de eUa. 



íhB MlíVÍStÁ filE AÁOÍÚÓ. 



m mu M mm. 



GonÜnoan los opasculos del Sr. Reinos», y maestras 4e su» vI^m e^ 

todos veneros. 



DE LA SUBLIMIDAD. 



(D« •« emmm Inédit* de Hvmaaldadti.) 



\¿üE los objetos graades nos cáasan uaa graade impresión, 
es cosa qae no necesita de prueba. No conocemos la gran- 
deía de los objetos sino en las sensaciones cpie nos cansan. 
Al paso que ellos crecen en magnitud ó en poder, con- 
mueven mas nuestra fantasía ; y del todo la suspenden y 
embargan, cuando llegan al alto término de grandeza , que 
llamamos sublimidad. 

Dijimos en la sección 1 .^ de este artículo , que la be*^ 
Ueza se baila en los objetos inferiores ó iguales á la fuer- 
za «humana ', y la suMimidad en los superiores á ella ; enü*e 
^ los cuales últimos los que tienen el mas alto grado de ele- 
vación, son sublimes rigurosamente, y los que descienden 
desde aquel hasta conánar con las fuerzas del hombre, son 
grandes mas ó menos á proporción que las esceden. Lo 
grande eleva el ánimo; lo sublime le arrebata, le saca fue- 
ra de sí mismo. La grandeza puede tener muchos grados; 
la sublimidad no tienen, mas de uno solo. Si la observación 
que vamos i hacer, no pudiere fijar esta distinción en- 



*^ 



OPÚSCULOS 6it 6n/BÉtiro80. Í59 

4 

tre lo graiftdé y lo sublime e&actam^é, ccmtríBuirá á lo 
menos para ilustrar la sensación dé ella , y hacerla distin- 
guir con mas claridad. 

Ora consideremos los seres que están fuera del hombre, 
ora los 'extraordinarios movimientos de su ánimo , son in- 
nümeiíaíbles los grados éh que unos y otros pueden sdbrepu- 
ja^ las débiles fuerzas humanas ; pero es uno solo el término 
del esceso j á que pueden llegar efectivamente, ó en qué pue- 
de conceMrlos el cntendiÉaiento. Porque los seres limita- 
dos tienen un término , de que tío es pefífiíite |>a8ar su na- 
turaleza , y loB infinitos lo tienen en lá percepción liniita- 
da.de los hómbreB, que no pueden coihprender su i&áüi- 
dad. Guando ¿ganamos á Dios bajo una imagen corpórea, se- 
ñalamos límites á está imagen, por glande q^ué sea; cüañ^ 
do iÉ)s r^esietitáiñós uáá exteifieipn ó iiúá líiofé infinita, 
la fantasía llega á un punto, aunque indeterminado y oscuro, 
^n que í^esa su aceiotr, y no puede seguii* ád^laute. Éáy 
pues siemp^ ún téi^kkiÉto, del cual no pasan los objeto^ , ó 
no pasa la mente que los <^ondbe. Pues los olrjetos que íte- 
gana ese ultimé término , verdadero 6 íipi'endtdo, de su- 
pertovidad, soíi perfectamente sublimes; y solo soíi gran- 
des todos aquéllos, sobre lóé ctíalés, aum^tie superioi^es al 
htmhtéj puede concebirse olio mayor. Es6 úlfimo féími- 
no ba de convenir á la naturallnEa del oÁjeto , án Hegar á 
delirios que no tengan un fundamento de verosimilitud. 

La fama ^ pintada por Virgilio , anda ig^obre nuestro 
suelo, y esconde la eabeza en ks nubes; Esta iñágen es 
grande , pero puede trazarse^ otra mayor. Lá discordia que 
pinta Homero , á quien imitó Virgilio , está sobre la tierra 
de pies;, y llega con lá cabeza, á Ips cielos. Esta: imagen ^ 
sublime , porque es* la de mayor aHora (ptíí puede lotmst 
la fantasía: mas allá de los cielos no vé otro término en 
que ftjurse, no halla lienzo en que señalar los contornos cíe 
la figura. 

El aociano Horaeio se indicia, oceye^áo que el t&peefb 
de sus hijod babia huido éA cdúdiMte , en qiíe p<6rcdei^oiA 



160 ísnnk BB MA0RIB. 

loB otros dos: pregúntanle, qué quería qué hiciera, estando 
ya solo contra tres , y responde: 

«Que muriera: 
»0 que un arrojo noble lo saldara.» (1) 

En esta doble respuesta se hallan unidos lo grande y lo 
sublime. Luchar uno solo contra tres , librando su vida en 
* la débilísima esperanza de vencerlos , es una acción de va- 
lor extraordinario : exigir un padre de su hijo , que arros- 
trase tan inminente peligro por la salvación de la patria, 
es un sentimiento grande. Pero ¡ cuánto mayor es, supues- 
ta la imposibilidad de triunfar ^ exigirle que muera por el 
honor solo de Boma ! Esta respuesta en un padre que acaba 
en el mismo bei^ho de perder sus otros hijos, es admirable^ 
mente heroica, es rigurosamente sublime: raya en el tér«- 
mino de donde no se puede pasar. 

Sin embargo de que en esta sección tratamos especial- 
mente de la sublimidad, nuestras reflexiones podrán tal vez 
acomodarse á la grandeza, á proporción que se le aproxime. 

Todo lo que es extremadamente grande nos^agrada. La 
vehemencia suma de las sensaciones, cuando no mortifica 
los sentidos, es por si sola un principio de placer, siempre 
que no se destruye esta impresión por el temor de un gra- 
ve peligro I ni se adultera por alguna idea accesoria (2). La 

(1) «... Qu'ilmourút: 

Oa qu'unbeau desespoir alors le.secourut.» 
Este últuiio verso ha psffeddo débil después de la respuesta primera. 
Puede verse .su viudicaeiou en Laharpe, Gows de Mterat» Part. 2.*, chap. I, 
sect. 2.' 

(2) Bien asquerosa. Én el poema del Escudo, que se atribuye á Hesiodo, > 
se desluce una imagen espantosa de la Diosa de las tinieblas por esta sucia 
dreuostaneia: un liadiondo humor le corria de las narices» Longino, SúbH- 
mt, cap. 9. 

Bien ridicula. « Glaudiano en un fragmento sobre la guerra de los ji- 
» gantes consiguió hacer ridicula y burlesca la idea de lanzarse las monta- 
)»ñas, que en sí misma es tan grande , por sda la circunstancia de pintar 
«á uno de dl9S con el monte Ida sotire sus hombros, y un río que corre 
»del monte por las espa)das abq|o del ^givite*» Bíatr. Lecci, 4.* 



opcsÉVLOft BEL Sm. Reihoso. i 61 

sabtimidftd no necesita de atractWoB ni ornatos como la be- 
UeiQ. Desordenado^ uniforme, osoaro', tosco, irregular nos 
agrada el objeto sublime. Un montón inmenso de peñascos 
enormes ) escarpados, enmohecidos: el cielo encapotado de 
negras nubes nos causan una sensación grave y deliciosa. 
Acaso pueda hallarse la razón de que nos agraden en 
general las impresiones Vehementes, sin empeñarnos en teo- 
rías sutiles^ que.no pueden luego aplicarse, á todo» los ob- 
jetos (1). £1 alma , principio de nuestras acciones , creada 

(1) Atribuir al terror ol deleite de las grandes impresiones., porque fre- 
cuentemente SQU peligrosos los objetos que las producen , me parece una 
equivocación de Bucke, de cuya Indagación sobre las ideas de lo sublime y 
de ¡o bello he tomado varias observaciones. Lo primero , porque los gran- 
des objetos , como nota Blair (Lecc. 3/) » nos agradan , auuqiie no sugieran 
la idea de algún peligro. Unas llanuras interminables, la inmensa exten- 
sión def firmamento , la constancia inalterable de un héroe nos arrebatan 
deliciosamente sin motivo de peligro ni terror. Al contrario, la mordedura 
de una víbora, los tormentos ejecutados en la persona de Damicns son. 
terribles sobre manera , y uo escitan la conipocion de la sublimidad. Lo se-' 
gundo , porque aunque los objetos sublimes nos causen una sensación agra- 
dable por su fuerza y poderío, y por ese poderío y fuerza nos inspiren mu- 
cbas veces terror , no se sigue de ahí que el agrado nazca del terror, así 
como uo se sigue .que el terror nazca del agrado. Estos sou dos efectos si- 
multáneos de una misma causa. La imagen de un poder extraordinario, 
aunque sea inocente ó se dirija á protegernos \ nos escita , como todas las 
grandes imágenes , una sensación agradablemente maravillosa, fii á vteces 
nos inspira temor , mengua el placer ó se destruye enteramente : prueba 
elara de que este no proviene de aquel , pues se ctisminuye á medida que 
esotro se acrecienta. Supongamos en medio de un vasto desierto , ó entre 
las quiebras de montañas altísimas á una doncella tímida, que ya se cree 
pasto de fas fieras : ¿qué placer podrá recibir.' Solo un ánimo asegurado de 
peligros puede gustar el enagcnamiento que inspiran estas grandes esce- 
nas.— Ya dijimos otra vez, que los objetos que nos aterran en la naturale- , 
za, agradan en la imitación de las artes, porqiie ellas alejan la aprensión 
del peligro, y uos ofrecen sola la imagen de la fuerza y grandeza , que de 
suyo es grata y maravillosa. 

. Hay sin duda cierta analogía entre las propiedades de la admiración y 
las del terror , que habrá sido tal vez la causa de c(mfundirlos. Aquella na- 
ciendo siempre de algún gjrande objeto. , y este cuando se inspira con el 
aparato de un gran poder , van acompañados en sus grados más débiles de 
un movimiento reverencial , que escitan siempre los seres que senos mues- 
tran superiores. Esta propiedad, común á entrambos , nace de la grandeía 

ftSGUNDA CPOGA.~tOMO VI. 21 



^ ^ 



para^ob^ar, cae^ cuando. est4, ociosa, ^ au tc^:y, iib«iri:i* 
miepto que la atormenta.,. Para buirlp, necesita dctli^ i^P-^ 
presionas esternas , que dan. n^oiriraiento y ejer<5Ício á sus- 
facultades. Toda$ las impresipnes que no le. cau^ap dolor 

del objeto , y no del daño con que nos amenaza. El respeto es el sentimien' 
-to de nuestra inferioridad , no de nuestro peligro. Se respeta á up podero- 
so príndpe , témase ó no ; se teme , y no se respeta á un batidklo. La fuerz^ 
perecedera y quitat)!^ qv^ empka.éste y ptidim ciuüqiií^r homltfe yul- 
gar , no le presenta á nuestra fantasía como un ser sup^erior. 

En su mayor grado producen , así la admiración como el terror , una* 
especie de pasmo que embarga nuestras facultades intelectuales y mecáni- 
cas, iias palabras espanto y asomJ>ro se aplican á los dos, porque suspenden 
ambos la inteligencia y el movimiento. -Pero esta suspen^oiai no ^s un fe- * 
nómeno piropio solamente del placer ; todas las sensaciones muy fuertes, 
sean de [ilacer ó de dolor , fijan y ábsorven la atención enteramente , ha- 
ciendo nulas las demás impresiones : y unas y otras debilitan las fuerzas 
motrices, enervando los músculos, que son los órganos del movimiento, 
por su unión con los nervios, que lo son de la sensibilidad. Aun escede 
en ese pasmo el terror á la admiración. Una circunstancia estraña, un ac- 
cjdente ridículo distraerá la atención en esotro, y no la distraerá en aquel; 
porque eí hombre ño piensa en otra cosa , sobrecogido súbitamente por ki 
sensación de su ruinai Pasado el momento de lá admiración se puede mo- 
ver el hombre ; pasado el motivo del terror no puede moverse todavía; 
porque dura la estenuacion de sus fuerzas. Esto nace de que la sensación 
del terror es mucho más vehemente que esotra^ y causa una postración y 
desentono mayor en la niáquina. 

Pero son muy distintos los caracteres de ese pasmo ó suspensión en los. 
dos sentimientos. En la admiración es una deliciosa sorpresa y embeleso 
que arrebata eí ánimo ; en el terror es un sobresalto y congoja que le 
abate. Lá suspensión del movimiento en la primera es un descanso del 
■ cuerpo , que puede nacer de que la voluntad no le manda moverse, con- 
tenta con gozar en roposo ; en el segundo es un en torpcQÍ miento de los 
miembros, nacido precisamente de la degradación de las fuerzas, que le 
impide moverse, aunque la voluntad quiera que se aleje del peligro. Se 
diferencian pues ía admiración y eí terror, aun en las circunstancias en 
que parecen asemejarse ; y jamás éste puede ser agradable al honabre, que 
no recibe placer con la idea de su destrucción. 

Acaso se hará una objeccion con el efecto de la tragedia , la cual nos 
agrada , escitando el terror y la compasión. Pero el terror que se comunica; 
á los espectadores no obra directamente ea ellos, como en lá persona trá- 
gica, que' es á quien amenaza el peligro : pero ese terror comunicado se 
templa y suaviza por la compasión , que es la fuente principal del placer; 
pero aun ese resto de terror desaparece, por la ag^adableseguridad qu«re.- 



m eMmieió, éeibmwAe ft^radablés, porque hr^6rcita% 
le mneatrui: so capaeidad de percibir, y la hacen gozar 
de su existeacia, qw solo siente en- sus operaciones. Mas 
si las: impresiones nó Taríaa ^ si no la mueven de distintas 
maneras para eslimolar su atenmn, la dejan al fin. surada 
en ana especié de letargo , qne se convierte en aquella 
inm^cion enfadosa , del modo que producen el sue&olos^so^ 
nidos templado» 7 monótotoos. En- las impresiones mas su«- 
Tes. y: moderadas es dtfieil' hallar esta variedad , porque son 
ma&análogas á las que recibimos ordinariamente, y están, 
digámoslo así ^ en la esfér» de los objetos que nos rodean. 
Por ese buscan los hombres con ansia todo lo que puede 
conmoTerloa fuertemente , y corren los mas delicados á los 
espectáculos, y los mas groseros á presenciar los suplicios. 
De lo dicho nace la dificultad de causar el placer con las 
sensaciones mas leves, y el escogimiento y perfección que 
necesitan para ello, como quiera que tantas otras de su 
género no nos nuieven ya por la vulgaridad , y de aquí se 
»gue igualmente, que las.foert^ sensaciones que son mas 
raffts. en la naturalessa.y en el: arte, cuando aquella las pro^ 
duce por. una muestra de su ; poder ^ y esotro puede reno- 
varlas, por na esfuerzo dd genio, logran, de cualquiera da- 
se quesean, el efecto de complacer, siempre que por otro 
motlvot no lo destruyan. Los caracteres de la sublimidad 
quedan indicados en la división que hicimos de los objetos 
del placer en bellos y sublimes. Dimos este nombre á los 
qne nos son superiores en pod^r ó resistencia: superioridad 
que se expresa, bien por la misma palabra sublimidad. 

Todos los objetos se consideran ó en acción^ ó en re- 

♦ 

cibe el espectador y comparando tácitafliente su situación con la del desdi* 
cbado. £xpQest(fe á los peligros de éste , n^ pudiéramos r«^birplaíser« Solo 
agrada la Jborrasca desdé la rivera. 

«Huelga el sano, 
«No* de ver á los otros eu los males , 
«Sioo de ver gue de ellos él carece.» 

(QamhsoJ 



164 KEVISTA DE MADBID. ■ 

poso. Considerados en acción, la sublimidad nace del ex- 
ceso de fuerza que manifiestan : considerados en reposo, na- 
C3 del exceso de magnitud. En el primer caso, mirándolos 
como agentes , pudieran dominarnos , si obrasen sobre noso- 
tros; y de hecho obran siempre sobre la fantasía , y la sojuz- 
gan y arrebatan por su poder: en el. segundo, contera-r 
plándolos como pacientes, no podemos dominarlos obran- 
do sobre elfos , y suspenden y espantan la imaginación por 
sd resistencia. Nos son, pues, en ambos casos superiores. 
ObserTémoslos primero en reposo y hablemos de la mag- 
nitud como el principio mas sencillo de la sublimidad. 

Toda extensión , todo espacio de magnitud extrema ha- 
ce una sublime impresión (1). Tal es una llanura, termina- 
da solo por el horizonte. Debe empero notarse, que la ex-, 
tensión en altura sorprende mas que en longitud y latitud. 
En la grandeza maravillosa del firmamento, se reúnen su 
elevación y espacio inmensurables. Aun. mas; en igualdad 
de dimensiones, la profundidad hace tal vez mas impresión 
que la altura. Una montaña enorme es objeto mas grandio- 
so que un llano; pero un precipicio profundísimo causa mas 
grande sensación que utíia montaña (2). 

Esta gradación de impresiones pudiera acaso educarse 
por el principio que hemos sentado , comparando los ot>je- 
tos que las producen , con las fuerzas del hombre que las 
juzga. Sus sentidos y su fantasía se rinden á la vista de una 

• 

(1) La cxleuslou (le tiempo ó de cantidad considerada en astracto, no 
pertenece á los placeres de la imaginación. Aunque « unos- números sin 
»fin, una duración eterna llenan el ánimo dé ideaá grandes» como dice 
Blair {Lecc. 3.') , no hieren la fantasía mientras no se ofrezcan bajo una ñ 
gura corpórea, ni pueden ser representados por las artes. Las ruinas mues- 
tran en su ancianidad y destrozó un recuerdo sensible de la duración y 
el poderk) del tiempo, de su resistencia á los siglos, de las .generacioues 
antiguas , de los trastornos del universo. Pero separada de toda imagen 
corporal la idea de la duración , no hiere tanto la sensibilidad. Los poe- 
tas sin embargo hacen uso de esas ideas , para invadir por todos los cami- 
nos el alma. Mas cuando atacan en derechura la fantasía, forman imágenes 
corpóreas que puedan en ella representarse. 

(2) Burke. Part. 2.', secc. 7/ 



-Tk 



OPUSCÜLOS^ DEL Sb. BfilHOSO. 165 

llanura inmensa que no ie parece posible atravesar. Pero 
una .montaña de igual dimensión, pendiente y erizada, le es 
todavía mas inaccesible: uü derrumbadero profundísimo aun 
es macho mas intransitable que la niontaSa. tjno y otro 
bajo diversos aspectos , oponen á la acción del hombre una 
resistencia mas insuperable qne la llanura. Parece, pues, 
que crece la sensacional paso que los objeto» sobrepujan 
las fuerzas humanas. 

Acaso la falta de luz que reina en la profundidad, con- 
tribuye á' hacer mas vehemente su sensación. La oscuridad 
favorece á lo sublime: ella presenta dudosos ó del todo 
confunde con el ambiente los contornos de los objetos, ha^ 
ciéndolos aparecer mas grandes. «Para hacer sublime un 
objeto, basta quitarle todos sus límites (1).» Hé aquí por 
•qué las sombras haciendo indeterminada la extensión de los 
cuerpos , les dan un poderío mayor sobre la fantasía. Ilus- 
tra menos los sentidos la oscuridad , pero los seduce mas 
por eso mismo, y por eso afecta mas fuertemente la ima- 
ginación (2). La claridad demarca el justo límite délos ob-. 
jetos, ora físicos, ora morales: los recorta, digámoslo así, 
los presenta en su tamaño justo, nos los hace conocer con . 
exactitud.. La oscuridad, al contrario, los presenta vagos 
y confusos, y no señalando sus términos, deja á la imaji- 
nacion allegarles cosas estrañas que los acrecienten. 

La oscuridad produce la ignorancia , que siendo débil 
de su naturaleza, supone mayores las cosas que no vé, mas 
elevadas las que no alcanza , y coloca al hombre en un la-- 
gar inferiol* átodo lo que no comprende. ¿Cuántos objetos 
vistos en escasa luz ó á grande distancia, nos causan una 
impresión, que examinándolos de cerca, y conociéndolos 

(i) Dlaii'. Locc. 3.» 

(2) Una esplicacion ma;^ Aiecánica de la acción de la oscuridad sobre 
la pupila limita al órgano eslerior sus efectos , y no muestra el modo con 
((ue obra en la fantasía ; de cuyas conmociones tratamos únicamente, 
cualido se habla de los placeres del gusto. Las análisis de Burke claudican 
frecuentemente por el olvido de este principio. Puede verse en \hpart. 4.', 

S€€€. 16. 



bien desaparee? Los grandes hombres ap«rtado»d6 nosetrai 
por un dilatado espacio de siglos ^ de rejiones , nos ia^i* 
Kan sentimientos de respeto j admiración , qne sude su 
trato disminuir. Las-ideas osouras tS Incompl^s dellisc^H 
sas oeasienan siempre ilusión : ^>ea^iian la admiración. Por 
eisoelviiílgo, que ritiendo moiios, se maravilla mas: por 
eso mira espantado un eelipse, que d astrónomo observa 
tranquilamente. Los trasgos y fantasmas, de que no tiene 
ideas olaras, conmueven al pueblo y desapaireceo aate la 
luo! de la filosofía. 

Eleilencio^ la soledad, la Yacuidsid aumentan las gran* 
des imprei$ioiies. £1 ánimo ocufmdo efe un objeto, se llena 
maé, se deja enteramente arrelMtar de d por la auseneía 
de todos los otros que pudieran distraerle. Con mucha maé 
fuerza ha de herir un ol>jeto la fantasía , cuando parece que 
existe solo ea el universo. 

Dijeque el silencio, k soledad y el vacio aumentan las 
grandes sensaciones , porque no me parece que las causan 
por sí solos (1). ¡€uán suaves son los dos primeros para 
aoociliar«l sueño ! ; Cuan apacibles todos para el estudio y la 
meditación \ Lejos de causarnos alguna sensación fttartlB, nos 
apartan «ntonces las impreidones externas , y nos d^an tran- 
quilos dentro de nosotros míismos. Para obrar pues sobre la 
imaginación, han de acqmpafiar un objeto, que de suyo 
tenga la fuerza para conmoverla. Ellos solo pueden servir de 
sombras al cuadro. Una imagen ha de existir antes á que 
den relieve y hagan resaltar. Encerrados en nuestro re« 
trete , no nos causan conmoción alguna , si ya no refueosan 
las que hemos recibido antes, concentrando en lilas toda 
la atención ; pero hallándonos entre rocas desiertas , hacen 
mas intensa la grande impresión de aquellos objetos. Una 
campiAa, por extensa ijue sea, si en derredor de posotros 
está cubierta de árboles , pájaros y ganados ; si está pobla- 
da de gentes que nos acompañan , nos causará la dulce im- 

(1) Como dice Barke , paH» 2.'. $€ce. 6.* 



ORUSCÜLOS DEL Sft. B^NOflO. l67 

préston de la bellcra , pero no la Teheméhte ite la suÜlmii- 
dad. La sociedad, la maltitád de objetos y de sonidos pro- 
ducen an sinnúmero de sensaciones pequeñas , y las varían 
incesantemente : la atención pasa de unas en otras , él al- 
iña halla Ifmites y distinciones por todas partes, y no tiene 
4iné bacer aquel grande esfoérzo , aquel movimieíito de di- 
latación para recibir nna sola imagen inmensa. Si sedeso- ' 
cupa ese grande ecípacio, para que luzca sola y desnuda su 
éxíeüsAón ilimitada : si callan los sonidos siiaTés cfxxe cttmtíe- 
Uecen e^ta vebemenle impresión : si falta la vista y la con- 
versación de los hombres que suscita otras ideas y divierte 
la suspensión y pasmo del alma , entonces la absorve toda 
y la domina y arrebata la imagen de la inmensidad. La 
soledad, la vacuidad, el silencio, representan mas crecida la 
extensión , aumentan la distancia entre di esipectador y ' 
los demás seres que parecen existir en otro emisferio: la. 
imagípaeion del hombre tiene que empeftar todas sus fuer- 
zas para correr el espacio interminable que le seplira de 
todo el mundo. 

tal es la impresión, tal es el esfuerzo á que obligan la 
fantasía los obfetos sublimes en su quietud : pero es mucho 
mayor la sorpresa que le causan los que son sublimes en 
la acción . Nada nos pasma tanto , nada supera asi la hu- 
mana debilidad como el ejercicio de una fuerza maravi- 
llosa. 

Está fuerza, para que conmueva nuestra fantasía sin las-^ 
timar los órganos estemos, solo puede percibirse por la vis- 
ta ó porel oido. En el primer caso se manifiesta por el mo- 
íHmiewto; por el óido en elsegttndo. Es sublime ptfrla fuer- 
za del movimiento la vista del relámpago , del rayo, de un ter- 
remoto. Es suí)lime por la fuerza de sonido el bramido de 
los huracanes, el estallido de los truenos, el estampido de 
los cañones , el estruendo de las grandes cataratas ( 1 ) . Al- 

(1) «El sonido profundo de una campana ,. ó el golpe ¿e ua reloj;, dioe 
vBlair {Ucc. 3.') , son grandes en cualquier tiempo ; pero lo son áoUe- 



166 litVISTÁ 0B MA01I0. . 

gvnas de esfas impresiones son mucho mas vehem«t>(es pot" 
que reúnen el sonido y el molimiento. 

Guando á la dimeosion que liace sublimes los objetos 
mirados en reposó, se junta la fuerza que los hace taks coa- 
siderados en aceion, ora sea esta fuerza de movimimito, ora 
de sonido, ora j mucho mas de uno j otro, la impresión 
que hAcen sobre la fantasía ^ llega al mas alto punto de su- 
blimidad. Una montaña enorme causa mas vehemente sen- 
sación con la erupcioa rápida y estrepitosa de un volcan. 
£1 Océano en calma ofrece una imagen sublime; pero.se 

» mente cuando se oyen en medio del silendo y calma de la noche.» Para 
esplicar ía grande eficacia que generalmente atribuye á esta sensación , de 
la cual dioe Burke fPart, 2.*, seec. is) , que pocas cosas infunden mas res^ 
peto » será necesaria considerar la disposición mdancólica de. los ingleses, 
así como la sensibilidad de los griegos y romanos á la armonía, para ha- 
llar la razón de los maravillosos efectos que en ellos obraba la música, 
y aun la conclusión de un período numeroso ; la cual , como testifica ha- 
berlo visto Cicerón , escitaba á veces en el pueblo gritos prodigiosos de 
aplauso. 

En efecto , considerado en sí mismo y sin predisposición ni prevención 
alguna el sonido de una campana, á la distancia en que se oye comun- 
mente , no es tal su fuerza que pueda hacer iina sublime impresión : y 
cuaiído lo fuese, la costumbre de oir incesantemente tales sonidos, la hu- 
biera debilitado ya; como quiera que las impresiones para ser sublimes' 
necesitan ser extraordinarias. Yo creo que todo el efecto del toque de las 
campanas pende <le las ideas que enlazamos con él. Un caminante se alegra 
de oírlas, porque le anuncian el término de su jornada. ¿ Cuántos gustan 
de oír un reloj para saber la hora en que despiertan? Estas sensaciones es- 
tán muy distantes de la sublimidad. Pero son profundamente sublimes y 
melancólicas las que recibe en el silencio de la noche un padre, un marido, 
que han perdido el hijo ó la esposa en la flor de su edad y de sus esperan- 
zas. (Y no (orno el ejemplo del sexo mas delicado, porque sus Sentimientos 
son en este caso mas tiernos que sublimes). Las ideas que entonces escita 
el reloj del curso rápido del tiempo , destructor de los días y de los pro- 
yectos de los hombres: las que el doble de una cam^Kina recuerda entonces 
tan vivamente , de la mortalidad , de la nada, de los sepulcros, de la eter- 
nidad , del templo de donde viene aquel somdo , morada del Dios inmor- 
tal , y que dá y -quita á su arbitrio la vida : estas ideas , digo , asociadas 
al gdpe de la campana, son las que hacen sublime la sensación. Quien des- 
nudo do prevenciones las oyese por la primera vez , no se llenaría de esos 
sentimientos grande?, como tampoco de la alegría joviiü que escita un pe- 
sado repique en nuestros pueblos. 



buce mas «ubUnteenla tempestad pof el rugido y arreba- 
tado con*er de las olas. La oscuridad que se extiende por 
la. esfera, lá luz pálida y tréínula del relámpago, el trire- 
nó, los rayos,' t^as las fuerzas.que se desplegan eu la bor- 
rasca, se reooen para hacer este espectáculo el mas grande 
y espiaiit<ifM> de la naturaleza. 

Los hombres, débiles si se consideran separadamente, 
forman por la reunión de sus fuerzas escenas sublimes. En 
el choque de ^s grandes ejércitos, se acumulan todos los 
principios de sublimidad que hemos establecido. La ex-, 
tensión, el movimiento, el ruido, y aun la circunstancia 
accesoria de la oscuridad. Es grande la idea de un prínci- 
pe poderoso Q de un conquistador , porque le consideramos 
eoHio el móvil de esta mole inmensa 'de fuerzas ; así como es 
grande la imagen de una nube preñada de rayos. 

La división que liemos hecho de los objetos físicos su- 
blimes, se pudiera aplicar á los morales, que son las grandes^ 
acciones l]|imadas heroicas , ó bien los sentimientos del co- 
razón que las producen. Conssiderado el hombre en quie- 
íud , la sublimidad consiste ea la constancia ó resistencia á 
los peligros (1): puesto en acción, consiste la. sublimidad 
en d poderíoy fuerza de alma con que los acomete (2). En 
el primer caso, el héroe es semejante á uníi roca inmen- 
sa, que en vano combaten el rayo y el torbellino: en el 
segundo es como un torrente que todo lo trastorna y des- 
barata. Pero sea obrando ó resistiendo, exige siempre el he- 
roísmo una tranquilidad de ánimo que. domina todos los 
acontecimientos G^). . 

(1) « Ju8tiim et Unacem propositi viram , 



. ■ ))Si frSKJtus illabatur orbis 

* 4>Impavidum ferientruiíiaj.» 

Horat. 
(2)' Horacio j marchando á combatir con loscariaeiós/responlle á qui^n 
le dice, que tal vez habrá que llorarle : 

ftQuoil Vous me pleureríes moarant pour ma patrie.» ' 
(3) Me parece débil Eneas , cuando se hiela y gime en la tempestad 
SSAiniDA EPOGA.-^TOMO YI. 22 



470 WmSTA M lUiNlIII. , 

Ánaque las Tirt«i46s seo k fuente rnts^cm y leciKiél 
de la sablimidad moral, nos sorpr^adea á veces ks aceio- 
nes ó sentimientos injusto en que ^ mne^bra ana extra<^rr 
diñaría fuersa del ánimo. Los célebres conquistadores que 
han dado materia á Ja admiración y á las artes, han sido pc^r 
lo comnn injustos; pero no admiifamos jsu razoo;, sino su 
fuerza de alma. 

Las ideas mas sublimes de todas son las que formamas 
de la divinidad.; las cuales representadas bajo figuras sen- 
sibles, arrebatan toíkk fantask, así eomo iiieditad9s ab- 
sorven todo el entendimiento. Ora consideremos el Ser Su- 
premo en sí mismo y en una manera de reposo , á nue^o 
modo de concebir , ora <d]írattdo en la naturaleza , tienen 
sus atributos , según ks ideas y el lenguage de los hom- 
bres , cierta analogía con los principios de sublimidad ex- 
plicados, ' 

Hemos examinado en sí mismos los objetos sublimes, y 
señakdo los principios de que nace k vehemeiite impresión 
que nos causan. Muyfócil debe ser ahora hallar las regks 
p^ra que darte produzca e^tas impresiones, como que toda 
k fuerza de ellas nace de los principios señalados en la 
naturaleza. £1 objeto que conáderado en si y pres^tado 
tal como es, no causa el moYÍmjento profundo de reveren- 
cia y admiración propio de k sublimidad, no podrá ha- 
cerse sublime á fuerza de esmero y artificio. Jamás el es- 
tudio del artista podrá elevar á esta cl«?e los objetos bdlos: 
podrá pulirlos en buen hora, perfeccionarlos, darles un 
nuevo brillo, pero no una fuerza que no tienen. 

* 

del lib. i."; por mas ({ue este seotimieulo se atribuya al deseo de haber 
muerto mas gloriosamente eo la defensa de Troya. César , hablando con el 
piloto , que no le había cono<ádo., y \&ma, naufragar en una borrasca, 
le dice: ¿Quid times? CoBsarem vekis. HnmqixeíSLy reina de Inglaterra, 
sosiega á los de su be^el en una tormenta deshecha , diciéndolcs tranqui- 
lamente : las reinas no se »hÁgan, Hé aquí las expresiones sujblimes.— Vir- 
gilio imitó á Homero en el lib. s."* df la (Mi^ea; pero el carMer ^e Ulisres 
y el argumento d^ este poema.» w^ destinado á eankar empresas de valor, 
hacen meaos aotabl^ una debilidad. 



OPUSG9UM HEL 8b. BkIVOSO. 47} 

ia primer iregla) pues^ deh ^abbmidad ai las arles, 
as foe d ^eto representado sea sublime en la natnrakza. 
Et'-artista ha ^de sabcor sentirlo y -escogerlo. aDjos dijo: que 
sea rfa'lm; y la ¡te íné. » Xste rasgo es std^lime, porqne 
lo esBl objeto: ktos nactendo ai i&edio 4el oaos á la vos 
ád Ottuai^teiile.iielendtíe, UÉrlando de lacreaeion, 



FHiMoma el trino sn garganta 
^, y báboleen dote: ^alalig^a 
» ta garca andas que al cielo se levanta (1). » 

EátDs Tersos que tienen grandeca, y digámoslo así, una 
beHeza magestoosa , no son sui^imes ni lo serian, si se les 
diese el giro de la espresion de Moisés: «Dios dijo: que 
tenga d ruisefior la armonía, y la-tuvo^, que la garaa vue- 
le con rapidéc, y votó : que nazcwi las rosas, y nacieron.» 
La razón de esta dHérencra, eslá «n k cosa representada. 
Porque aunque el poder de DicA en siís obrta sea ^iem^ 
grande, y por eso priesenténdole en^sccioa, todos los objetos 
adquieren cierto carácter de graiideca, que botamos «n los 
versos anteriores (2) ; sin «mbargo, como la sensación ^ue 



(1) Tomo III, dÍ3Curso 3." 

(2) Un objeto , nbble áe sayo , poede redhíf ttiáyér gi'ábdezá por esté 
&r¿flk»o, denejanfe ál ée la epe|^ya , mtaaáo introduce á la divinidAd para 
dar inporUmem y maravilla á su argamento. 

« Tal en la noche de los siglos densa 

wCreoer las nidrias de ignorancia viendo 

«Natura, y sacudiendo 

«fil ocio totaigoao en que yacía, 

wDijo , qae Homero sea , 

»Y Homero naoe« y resplandeoe el día.» 

En estos versos de Quintana hay ^randesa sin duda ; y mas habría , si 
descargando la sentencia del dáenri^ro que oatpa el tercero y cuarto , se 
hidese mas concisa y enérgica. Tal «tb de Púpe, á quien iontó: «la na- 
»turaleza y sus leyes estaban escondidas ea el seno de la noche : Dios dijo, 
•que Newton sea , y afíareció la hii.i» En estas dos imitaciones del Gene- 



172 • RKVrSTA M MAÍ>AtD. 

recibimos de este poder, no viene de él considerado en sí, 
sino del efecto producido que nos le hace sensible; cuan- 
do este efecto no es sublime, no puede ser sablime la sen- 
sación. Dios produciendo las flores y los nácares, parece 
que solo hace un ensayo de su poder; criando el sol ó el 
Océano, hace una ostentaciiSti sublime de su omnipotencia. 
Los objetos que nacen á su lúandato, son las imágenes sen- 
sibles que hieren nuestra fantasía: las conchas, las flores y 
las aves la mueven con la impresión de la belleza; el Océa- 
no, el sol, la luz por la primera vez que aparece, con la 
impresión de la sublimidad. 

Los seres incorpóreps y los imaginarios, se hacen subli- 
mes por las mismas propiedades , observadas en los de la 
naturaleza , cuandtf en la idea que se forma de ellos hay 
un fundamento de analogía para aplicárselas. Así Homero 
hace sublime por la dimensión la imagen déla discordia, fi- 
gurándola de pies sobre el mundo y llegando con la ca- 
beza Á los cielos. Milton compara á Satanás volando hacia 
el infierno, con una grandearmada, vista enalta mar, que 
parece colgada de las nubes! cuando se levanta del abismo, 
deja descubierto un inmenso valle: su broquel es semejan- 
te al disco lleno de la luna. Yirgilio dá grandeza á «la en- 
trada de Eneas en el averno con las circunstancias acceso- 
rias de la oscuridad, el silencio, la soledad y el vacío de 
aquellos lugares (1). Homero reúne la fuerza de movimien- 
to y de sonido, y dá algunos toques de. oscuridad al su- 

sis adquiere interés y magestad el objeto , por el aspecto maravilloso con 
que se presenta. Pero el naciraiento de un hombre, aunque por la impor- 
tancia de él sea muy noble , y pueda recibir con el arte mas punto de 
grandeza, no siendo un objeto que sorprende y arrebata la fantasía, nun- 
ca puede llegar á la sublimidaíl. 

" ( 1 ) « Dii , quibus imperium est animar um , u mhracque sileu tes, , 
»Et Chaos et Phlcgcton , loca norfc silentia Mfr, 
«Sit mihi fas audita loqui ; sit minimc vestro • 
»Pandere resalta terrá et calígine mersas. 
wlbant obscuri solu sub noctc , per nnibrast 
«Per(|ue domos Ditis racuas et inania regna. » 

Jineid. Lib. 6, y. 264. 



OPÚSCULOS DEI4 Sn. Beiihoso. 173 

blime caadro en que introduce á los Dioses tomando |>ar- 
te en la acción entre griegos y troyanos. « Alza Palas el 
» grito de la guerra sobre las márgenes del foso qne ciñe el 
» campo murado de los griegos., y por la playa resonante. 
»Marte fiero corriendo cualhorrible huracán, ya sobre las 
•torres de Ilion , ya por las riberas del Símois, ya por las 
»puntas de los montes, instiga á grandes voces los troya- 
»nos á la batalla.... Truena horrendo desde el alto olimpo 
»el padre.de los- Dioses. Neptuno á golpes de su tridente 
«sacude, los cimientos y las altas cimas del mundo : el mon- 
ote Ida con sus ríos, ks naves de los griegos y las torres 
»de Troya se balancean. Phiton despavorido salta del trono,. 
»y dá un horrendo grita, temeroso de que Neptuno rom- 
»pala tierra, y que las moradas espantosas, odiadas de los 
«inmortales, queden patentes á la vista de los Dioses y do 
»los hombres ('l).n 

La escritura usa de esfos rasgos de sublimidad .mas enér-- 
gicamente que ningún otro libro , en las grandes imáge- 
nes con que sensibiliza el ser y atributos de Dios. Figura 
su inmensidad por dimensiones portentosas (2) : le cerca de 
una densa oscuridad (3) : hace nacer el silencio á su vis- 
ta (4): le representa con tan maravillosa fuerza de movi- 
miento y de sonido, que doblega los ejes celestiales para 
descender del firmamento, y vuela sóbrelas alas del hura- 
cán' (5) : las aguas que cubrieran el mundo huyen espan- 
tadas al trueno de su voz, y se precipitan en el Océano (C). 
No son menos grandiosas las Imágenes de su inmutable cons- 
tancia, y de su poderío y fuerza para obrar. Perecerán 
los cielos y la tierra, y quedará inmoble entre sus ruinas 



• (1) Hiad., iib, 20.. 

(2) «Coelum sedes mea, térra autein scabellum podum meorum.» 
Jsaias , cap, 66. ^ 

(3) «Pusuit tencbras latibulum suum.» Psalm. 17. 

(4) «Sileat áfocioejasomnistcrra.» //aftflc. Qip. 2. 

(5) Psalm, 17. 

(6) Pio/in. 103, ' 



t74 ÉvmnDé^ trnuAMMíu 

«l.tr<Miodie Dio6(í): á su etiojo brama y se* ertromcm el 
orbeatemoricado; les asientos^ lai mootaflastilabean (3)- 
su voz troncha los cedros del Lítiaiio (3): minty iMsoel'* 
YO las naciooes. (4). Estps. rasgos manifiestan. ademá& la 
tranquilidad de su acdoo , que solo l6> cuesta ua acento* ó 
una mirada^ pero ninguno la muestra, tapto. como el dtado 
airteriormentc!. Dios dijo: que la lusí sea , y fué la jloz. 

Debe» tocarse aqueltos rasgos sdos que preseutaiLeldi- 
jeto en su mas fuerte punto d^ vista. Todos lo» obietosi tte* 
nen diversas faees^y > los mas- sublima pueden mkacse pnr 
un lado que loa4elnlite. Quien pinta d choque de do&:ejér* 
cítóS) disminuirá la impresioo si se d^eae á describir láa 
bandas y las plumas. El volcan pinado por el poeta^ no 
J)a ded^ribar las caaa9) úao los hosques^y laa ciudadea. 
Las calidades anteriormente determinadas; de queproeeife 
la sublimidad, son pues las que han de e^presasM sola* 
mente (5). 

(1) AdHebrepi,ca$,i,'* 

(1) Psain^ 17. • 

(3) Psalm. 2S. 

(4) Habacuc, , cap, 3. 

(&) Todjis km arte», sea caidvítt^resii ÍB^tipnieata , causan las- impre^ 
siooc^ sublinies ó^raiidc;s por algqiia.de las calidades senafadas. La mú- 
sica redupe.las voces al unísono, se vale de las disonancias , de ios bajos, 
de la oscuridad en los sonidos y en el eompás, para excitar las sensacícmes 
mas graves y.profundasv Una ciMlral ^gótieai por su grande extensioiik) 
por su desmedida. alUira,, porosa oscimdad y el silencio que inspira, ex-. 
ciUi se^timieQtoSi .de< respeto y admir/^cion. La distancia suma que tiene 
esta clase de edificios, de la proporción y elegancia de los greco-romanos, 
muestra bien cuan distintas son la belleza y la sublimidad; y que esta,' 
cuando se trata de objetos fisioos, se aviene con cierta rusticidad y des^rí 
den , de que nos dá ejemplo en las escenas sublimes la naturaleza. Los in- 
mensos edificios de Egipto, cuya memoria se conserva, las portentosas Pi- 
rámides que aun existen , manifiestan sobre todo el especial carácter de la 
sablimid2Él, que tan dificU>y costosa es en la» obras. arquiiech^fíicas.: La 
euritmia y los ornatos que exige la arquitectura regular, formaauo to4a 
compartido y variado, que si produce por el tamaña excesivo de los miem- 
bros lina grande impresión , no parece que. puede. llegar>.á la sensaciou 
única y severa de la sublimidad. No es esto preferir las. moles enormes y 
radas de los egipcios á la elegancia de los edificios griegos^ ni 4 la rí< 



. 



opüSGOtós BEt Su. Bsíifoso. 175 

Ádissen en $m anotaciones sobre Milton (1), oliserva 
que Homero describiendo la guerra de los gigantes , en que 
arrojaban l(fe montes unos sobre otros, pinta arrancado 
el Pélion con un bosque encima , señalando esta circuns- 
tancia tan fuerte y pintoresca en un solo epíteto. Pero Clau- 
diano^ en un. fragmento ja citado, sobre aquella guerra, 
representa á un gigante que arranca el monte Ida con el rio 
finipeo que* nace de él ; y pasando de aquí , donde debió 
parar, describe al jayán con la montaña á cuestas corrién- 
dole el rio por las espaldas abajo. Esta chorrera hace ridicu- 
la una imagen tan grande. - 
• Milton representa á Satanás, descollando por su fle- 
rtfa y estatura, como una torre sobre sus guerreros, em- 
pañado^ aunque no perdido del todo su primitivo explen- 
dor : á la manera que d sol naciente se \é desnudo d^ sus 
rayos por entre las nieblas del horizonte , ó como oscure- 
cido por un eclipse, esparce una luz medrosa sobre la mi- 
tad de las naciones, anunciando desastres, y Uenandjt) de 
pavor álos monarcas. £1 traductor español de las /nda^a^ . 
dones citadas de Burke , trasladando este lugar en versos 
castellanos , dice : 

» Gomo el sol aparece entre las nieblas , 
»Poco después que la rosada aurora , 
*Gon sus brillantes rayos despuntados. » 

La idea de la rosada aurora, añadida gratuitamente, que 

queza de los romanos : cada arte debe acomodar sus obras á la ap^titud del 
medio que én ellas emplea; ylaarqmteetnra, empleando las dimensiones 
reales para presentar objetos en reposo , no alcanza á darles la magnitud ili< 
mitáda , de que nace en estos la rigurosa sublimidad. 

En la escultura y la pintura , que principalmente se acomodan á imi- 
tar la sublimidad en los cdijetos morales , la expresión es el medio de re- 
presentarla. El Apolo Pitio maniñesta en la serenidad de su rostro y acti- 
tud , que no le ha costado esfuerzo alguno el vencimiento de la serpiente. 
El arcángel, pintado por Rafael, derriba á Satanás sin tocarle. 
(1) SpeeMenr , núm, ^Z^, 



176 REVISTA DE MAIM»D. 

sería muy linda f9^& una descripcioa bella , d/QBoompwe el 
grupo de imágenes aublimes del prigioal. 

Eq los cuadros bellos no daña tanto una circunstancia 
importuna , como .en los sublimes. £1 lector 6 espectador 
podrá en aquellos, desatendiendo algún rasgo- estraño , re- 
cibir y conservar la conmoción suave que le inspira ^ la cual 
admite varios grados , y es de suyo mas duradera ; pero la . 
impresión de lo sublime no puede obrar ni subsistir en un 
estado medio; y cualquier incidente que eptorpezca su. ac- 
tividad, la destruye ; cualquier rasgo que baga descender . 
súbitamente del arrebatamiento que causa, atormenta mucho 
con la caída (1). . • 

Además de esciuir las circunstancias estrauas, lo cual es 
solo un defecto evitado, debe el artista señalar bien y pre- 
sentar en todo su lleno y realce, aquellas que dan la fuer-: 
zaála seosacLon. "Si la descripción eí^ demasiado general 
y está desnuda de circunstancias, el objeto aparece bajo una 
luz desmayada, y hace ep el lector una impresign débil, 
é no le hace impresión alguna (2.). » Objeto sublime es una 
tempestad; pero pintada con lineamentos vagos ó comqnes, 
no herirá fuertemente la fantasía. Yirgilio la anima y ha-, 
ce .maravillosa, representando á Júpiter, que de entre las 
nubes lanza con su diestra los rayos, y derriba ora esta, 
ora aquella montaña señalada. 

Ipse pater , media nimborum in nocte corusca 
Fulmina molitur dextra, quo máxima motu 
Terra tremit: fugcrc'fcrax,*et mortalia" corda 
Humilis stravit pavor: Ule fragranti • 

Aut Atho, aut Rodopen, aut alta Cerania telo 
Dejicit.... (3). 



(1) Blair, lee. 4.' . . 

(2) Blair, ibid. 

(3) Georg, , lib, i ." r. .325 et sig. — Blair nota justamente qué eáté su- 
blime cuadro decae por las circunstancias vulgares de la espesa Uuvúlt j 
brami<]o de los vientos, que se le agregan en loados versos inmediatos. 



do los principios dé la naturaleza , la ha. revestido, ^e of- 
ouridad y de esir^^pil»^ y ^ wia fja^rxa prodigipsfi. Cuan- 
do el o^tOi aqqqji^ $nhl\m de. sujo., bapeir^ido en par- 
te JafE^iiergía de.3u impresioa ppr habernos acostumbrado á 
4 9 . f!í(^Q «acede á las tormentas, es . mas necesario á¡i artista 
crear cireupstancia^ que; lo hagan noevo 7 admirable. 

. La sublimidad exige concisión» Np solo debe excluir- 
SjB de «Ua todo lo gne no le sea esenciaji^ síído <}ue /esto dé- 
be expresarse por mayor y en grande, sin individuar, ifis 
PAf^s inenore^. La oombínaciop n.otadf^ y dis|LÍQ|a de so- 
lados:, los trino» y glcjsas en nna sinfonía ; la acumulación 
,de cuerpos^ ylgs pequefiasorpajtos ennn^dificio; las.^ 
Sales del mecanismo animal en una es.tát|ii| ; la «^q|titud 
deAgunis j las particularidades locales en^iM^ ^"^4^9 ^~ 



' 'i ' • t ' i 



,Ya diUinos qtie el verso añadido al 01»' ü mourüt' en ta tragedia de los fio- 
racios , sin embargo de contener un sentímiento grande , ha ^retíoo DÓbü 
dbsptiesdé aquella sublime espresion. ««Péroeñloáeés, citando «Ji^l» He* 



gaido á lo- sublime» serA Beóeséríe rakbm » i> dioeLaliarpí^; y y^ift^ipspon- 
d^qpiesí, coB.tv^i^iiias eoBfi,au2a, coiinlo trat<^de^a.rl^^o|^o]^e^^cr.en 
diálogo que puede interrumpirse donde convenga. Después del rasjgo 'ipas 
hierte eni una imagen ó sentimiento, janiás ha áe a&adtrse otrb menos 
•ftierté á aquella iÁiigéti ^ seutimieiMb ; y Htá^^k, y édhWM l*l»ge- 
nes habladas podrá colocarse antes; puoij^grad«tsoii'qiip{ira)es|e|m<l se 
fonna, parte el espacio de la elevación, y divide la impresión súbita de la 
sublimidad. Guaodo la ei^presion sublbae se coloca en medio de un dis- 
curso, que és necesario proseguir , otros pensamientos habrá , otras imá- 
genes para formar el descenso, y enlíiítáí^ailiiéllá ek^stttn eon lo siguiente 
sin necesidad de prolongarla y debilitarla. En los versos de Virgilio dtados 
coi|venjdriaswÍ9iir los idos qu^. siguen sobre el viento y la Uuyia, que 
ya se habían descrito ái principio ¡terminar el cuadro por las montanas 
dettocadai oou el Irayó, que es el rasgo ma»^nér^co y pibtoresco, '^ ha- 
ber tránsito á la «ui¡íe«nfwk circuid de 
los hombres que se ha interpuesto dividiendo la acción de Júpiter. Esta 
cirfsuQ^aiusia no tanlp escupa parte de la^ imagen, como la escena en que 
se ven au^ efect^f ,, y se eplaza bien con ^í tcmoí* y precaucionas ,que 
í^nsejii^ los vennis sj^uie^tes: . 



«Hoc metodus^ cqali oteases et.sidera serva. »' etcl 
lEOOlflia S90CA.— TOMO YI. 23 



rt i.i 



"ía Ruí)rrmic(áíf''h'''.' '*' '*''"''• "'^■"'' ** '^'' •'"'ofíi' í'iiq w>i •>& 






t 




'ijííie/. ' t/á' eip'resfoh''suliAíme'aé^aK{-íílsí'tóHpi«6ny nro- 




"■'ños'WertÍ?;'1'o"M*r¿táíHá-; • ío <i'üé«t-e9rfnfla-/l*aMíífel*ílh- 
distribuyendo el objeto en sus partes, puede presentarle 




'"l^-úniev impresioh <(& 4a •«lilhi»idadti<:(Po«lrÁ-<Aiiw<'irtasr>cp]^- 
"'•d{ít"Tái'^"añ(ffea''AÜe' éé"hállá^én'!os firtdbíí'ifltérrtiedloS'de 

"*';."" ,"'■ 'Af^ " aue si'éíftra'^ó áWaks 'ár'áWsíntf^''''''''''"' 

fí l'í.ín o». I, ii / 'ii- ^r. i'ív '.)i i'M .r.hj. •.>!«] «n / rÁv, í;.'Í.'.<| 'íh í>i;»)|«"'m'iíi <ir^ 

""■'' . "fó¥a''U!í|éV»'(fe ifÉ'gn'tré;i.ái)iáü'drt'cHiV''ívif)§r'és'sinyii- 

of) j|aaiulo<''ffii<fe tupotlab sñ^übn»»]) Anof Utíiíf{iM96:ii{utf)it0ttf^ft)!ilos 

'"''balíórhas , cs^ generaf a'ioíías las "belfas ^Artos /"ci(an(frt (n'iañ"f(c'^i'i'o(tucir 
fuertes impresiones; y si yo le doy el iíoni^)/-5íípíé coúhswn\ íÍW"'ít?íih li- 
mitado por el uso á los escritos, esnorqüeno me ocurre otro que sig 



tanto , ningHua en todo rigor ^n\i\\^ op^f^p ,J(a.i|f;iy5i¡erR. ' 

í: ' ' f/í ErtvilídiUKf Qtmlíí^ iQs^,ffl 4?spep^ .„ ,r. 



. 4 « 



i . . . >&igtóW»4Q^P»«afj^ftíd;9,,p.f^ *F^/PÍ9 ^^ la pesadez 

--jrtíriaMMi^M, .. •.. ...j.. i.,^,; ,i ....... ,.í,,j. ... ... .... j 

..fies /y.atl^.mB«lJre t1«*?ft.re^ plffíífl^.j,.l?^gPiP3cpr,.l89.,CQÍo. 
• 'ite líWcfWW(^.íy],lp&v riftft?jfi^ yar^^,dpl; Iri|S^;y^^l^ ípz^^ su 

hace Dios esta obra maravillosa : la prontitud cojí qué le 
. .i) {*qdc^.í?, jpfttarftl^za, , Vo}: .fft^^L ^1^ f Oflcg^iop uo s(jp, 'su^li- 
uj.^m^^iWM^«,,fRmW833(\4cq§í j^¿^ ,9tns .^de^cri^f^o^^^^ la 

Sirva de ejemplo la formación d^ ^pjlyjJpJjii^La,.,,;.., 
,MfM/ T^víft. es^fl^Kj if^pftsgrjia J^.fpnpísio^ ^n ly^^.^epíimieu- 
uu tfí^r ^UíWipftfsi gft&.i^a. í^s, jimágp^es, ^QX^^?,^ ^1 .flu.^^pj^jlen 

unirse varias de estas , como en el cuadro que citahios de - 
•..:Hofl^efio.3,píij5fieíi t(?.?^sg distiftta3 cjy|Ciipstancias, q^eocu- 
'- 'peo algutoa^^siensioiií^ pero €l seoftiríüefito: l^erióicQi e?i ivino 
"' 'stttó\ (lómlnante, írtdíviiSiMe* 'és^cl áiríéó iifovío[rteiito»'que 

reina en ei'corazoji.X^^ expresión íéhíe^üorréspóiider á' su 

ii^numá»^^, Qui^}¡m0^ÍS^^fiV^^^^^^ %ii pala- 

■ ' '^tvtm^rémi^ fei^ráiidé^alirtiaídeí^Géaair.ieML sitial Hi«u)ji(fje^ta- 

' ' ^sé dé' pfóhtiy, '(loteííiktidó' á' tos^ mli^fm y á la fértwna»/Es- 

! . ÍP »?n??ffl}^ft^ r .^fPí?li W<^. í!»»^^ ;., t^,^, Míos 

giros dictó.ftí.I«íM5^ift,í4Ií>^^ . 



sáliá, j' viíétié á pák^ár; iéomb licita ttaífV^ti'^i^^^i'^U^'A 
décláihacion. El áilencíó paedé sef aílg^lifas'V^ües dlMlme; 
pero nunca la locdáci^d(;l). - .«:':•:. o. 

Sencillez. La concisión excluye lo difuso , lo menudo; 
la sensiUezIo estudiado ypulimentado'. La isid>Iilnidad quie- 
re una expresión üobie, pero clata^ propia, fácil, natu* 
ral. Aborrece no solo lo foírtado y'lS^\siAb^ sino lo bri- 
llante, lo esquisto, lo muy esnieradb y acabado. La natu- 
raleza que deliúeá y mattza fán ¿8tuidla«Ul|i€ille las aves y 
las flores, obtá cód libertad y esf berzo en loa mares y en 
las montañas. 

' T:ia manera' artiÜciósá ¿e pi^esentar^ leus' p^in^lutiieatos , el 
lenguaje peregrino, traspuesto, metafórico, ofu^cányeoer- 
van la áubliúlidad de ló^ escritos; ai^f -bóino eii um leom po- 
sición músick menoscaban la gi*an¿é¿a, te simetría y dis- 
' t!n<¿iótt notada del comjpíáá , en una éitátüd Iéí íM^iWd ulec- 
tada ó iidléntá , en tití cuadro la b^illant^z del cóloiido. 
Esmér^e el arte en la pcrfeÍBciotí dé lóíbéíHó^; eii;lo aubli- 
me debe lucir solala fran<}uezaiy de^ntídefe dií k natüta- 

' tá respuesta del viejo' Horacio -, ítié wiírtéftt/*l)iferde 

' toda sil fliei^á, si se varía á$í : qué -éxhúMta !el'aft9td;> que 

/In05é.'£l primer modo est a&ctádó W ' él peá^áknti^f^é^ el 

segundo en la locución. ' ' • ' = í • ■ i>' í< 

El emperador Ctaudid condena á PMóíifiuférW.^ Arria, 

* mujer de éste ttesgrííciéÉdó , se atraviesa él pecho^ con un 

(l) El silencio imíes'tb á veces la superíoiíátid xíé*áfttíá; de qtiitti^b des- 
deña de hablaf .: Tal «s éí sHeneio de Ayai^ ealúÁrvüñéiQossék la ceaonfiHa 
ciort que pretende ^Vli^eá e^i,el libro, |l^| deja 0<fisea.;i:al e§ el de l\iioA ios 
j . ruegos de Eneas, imitado de aquel por Virgilio en el libro 6: 

«UJasplp fixos oculosaversá'tenebat.» ' ' ' '* ' '^ 
• Hajr otro silencio' sublimé /qiÍecob^tkeetí'dfet^á^¿'á¿ dé' 'líá^^ 
<• éi6h'^ bdmttterf»jdesoáiasaádoien.'elJÍBStiifaemQti^&,pTqfi0^^ 
' ;SQi^l<)(r) ol africano ^ ctofQgafQ^idp ^ite, el pueblo^^. Ropaa para, responder á 
una acusación df peculado : komaiws , dice , tal dia cotno hmi venri á An- 
nibq/ V subyugm á Cartago : vmnós a dar gradas a los 'dioses J' l^lguéle el 
pUlbfó aT Capitolio' j y qtiíéáao los aodador «é doáibadíólotí.' ' > ' '< í^x. 



d^iá un h^bo taii pprtept^o, ^ieae 1^ ináyor sabíimidad. 
Viéfise^oomo la adultera Maroial para buscar un concepto 

éé^pjgraima , 

I ' I 

íl «fGartasuOrgladmitl euipi ^rader^t Á^nf^^ P«to, 

t »Quam á« yiscfiribas traxjerA^ ípsa suis : ■ '/^ 

:• »Si qila'ft!Í0s,.Yal^s,,qi^4 f!??i> noQ dolet ínquit; . [ 
: >»Sed q«i^ t^^íaples;, tioc iQÍ^ , Pa^te,.dolet.» 

^La>o0|idictoar.debtti(firlatSQPteqcia,. di^oiíQuyeiidQ ,s^ 
earteotai los aBrtítesis^ díe 1q$ pepsaw^btosiji y el r^deo,q\]|[f 
forma id dicción vte quitan de energía t^do lo que; lej dct^u 
de artiOcJo.'l^te' torbi) jf juego de pensamientp^ es más propio 
de on gafain , que jdioe lindeza^ i «u dama, que no de quien 
maláñdosé exhorta n morir. — ^Debe observarse también, aun- 
.4}tie estonio perteaeeea & la sencillez de que hablamos i qu^ 
tlRafcial ívuda-^l saíitijRiúentO y y; lo¡ jbace tanto meno^ subli- 
iiñe^icijuinto miónos profá^p^aalcntoráP^ á la n^uer- 
te. Su mujer te<t«iere quitar el horror de 1^ b^rida ^ y con 
¿&te üa- le a»9gura. qu^ no duel^ Pero limitando en el epí- 
grama» la fa^ta 4ft dólop al golpe, qpe se ^4ado ^ y.aííadien- 
do además que el4e <3ttímaridp b^ de.ser.para.iella. flolo- 
< ifosoí^ inada dice - que le destierro q1 .temo^ . ^ : . 

K OkaSmsoi h«.ímit«i» ^ exprc^iqn 4« Arría en ,^ A^- 
raryda^/deUUkánddla tambíeii>< aunque no tanto fpinp Mf^w- 
oiah Afaimhamet^i^aca el piullal ponqpi^ sio Meri^, y t\o 
!entfega;á aqui^Ua ^du^ii^ndo := , . 



I. í 



- «Si amas, Zorayda, . 
.,.:'» Este, ucef o .es bermps9^ toma y prueba.» 

•'"♦ ; >; '"('■■ -1': ... >^^ ■: .■,■ j -^ . •.. . :.;, i 

- j,. La acción nunca puede ser aquí tan maravillosa , árros- 
-M-fMÍa/«n 'Hf}>B(ioHf^9,ííe fjpspecbo^ e^eQutada sm tran^ui- 
. : !ídft5^áí^:;fi«W?K^.fb^Qb|i , m poi;; una débjl miljjei- , sino por 



un 



» f 



i guét'Wíó;' pWo JO icfll) trittf (ífe eoñil^aWf létí etpiWio^l 
n^s.;Ía'de Arria man'ifiíé^ta sencillamiefiteaa^'fbtotóíá'iliísri» 
alrña,"4ué laíiaoe ÍTfefeíísi*le"áí-aoÍ6í^l Hb^étíiUí ¡iCuinlk 
se eleva sobré la d^bilM^d-ííela uátíraléí^átiií^esipífitií^é 
no siente el dolor del corazón atravesado por ürt ^«tsiHi Eéi 
te acero es hermoso dice Abenhamet. Allí víamos desde kie- 
go el alma ;' ijAe efe él feü'g'etb del at)Ittí*;'tt(iüí*«e-'it<te« fija la 
atención en el accW)'. i.Üldék priíñerá'i^üé f^e'tfkme^'Mo es 
la fórtaieiaj ho'efe áquéílá He^éica'irié^sifriltóádff »r«hajo 
esas palabras se acültaf , ' fe^ 'triehéáer l]iü§¿aírtaf**f»r ta»m se- 
rie de ideas intermedias. Lo que primero ocurre es la idea 
Hél cufehfító: éétá ciji^féibh eáíti**íátíada;'y él/i«ictoi tie- 
ííé que dfáírxin pasbv ^iái^S hallat ipoi?' Sídm^jáflwia^el eoDClBp^ 
*l!ó de- apiíédo óori' (Jtié'el cúéhllló «p presenta 3. debfc íwega 
liíisckr la razón de esté' ííp recio; y haWíotlo ^^inci^iitda & 
'í)éiisár poí' el cuéMIlb ; ' V*ui1^ "pht i^ífñJhim » á -páfar mO. 
esfuerzo de ^uieh áísí Ití éío^'ia. Dé' veirdídtiqtte tel- áltélll(K^ 
Itíténfo nó'va'ctííftandó ésWS pás^s ;G[Cíe »da)<rá|)á(idi»eirtp;, 
pGVú effris eiitbr^écetí áéitííre W i;€Ífi8áW(m>»-^ 
fkltíí' cl¿ ¿eÁcllIez? noítfdá', Ííq;^ %ato***ttif|ilttt'iie»tc(iüo«K>nf58»en 
lá séii téniciia . SbÍó ¿nít Idtgft ^ é^l^h^ m Itt áé Ar j*ta n&dtéé- 
'U'^; ¿ñ Ici de '^Éreiiharhet séí ^i^ésatí-tres-^ 'desinfeiiúkaildD 
'f enét^khdó la prín*lpyu> é^lhenréb^b- ióífkay'ifrimbahit, •-. 
"''•''losbbjtto^rlgíifÓsafttletltttStíMltóéiísdtt yirrosiofl/faií na- 
turaleza, y no dos lAiff&n larifüfcrte itjiprcBftoní^'áii» k) 
"f lifeseh í A6 • b^ ékcHtbt* qde p\iednimtim ¿aaiáírieícon- 
tíri' hadÜ ' ffe^ iíüfigeñbs' 'd 'mtíti altehio^^ ^mblímei ú di >bx:{Rie8ion 
''áe estbá íik ie áétíWefVe bdtífflásl: lá ^edríííidoiofl íqtté/cateaii 
pone al ánimo en una violenta sitQüdóny'^Q>fio;puede8er 
permanente. Todo muestra que las sensaciones sublimes son 
poco duradefa^i" ' -''"■'• -r^ * 

¿Conviériéii fe ío stibiiiñ^é Vá' VaHédád', >ér'¿soogimiento y 
la unidad formada por el orden , que señalamos como leyes 
de tal)elleza?--ílaVuI)riúiláad con^y^ en 

una sentencia, en, un f aá¿ó' %lb : m ó'lir^',* é'cí 4^^ tídr Ib á)- 
niun sé háíla ésia' imagen ó' rasgó , clebé^ Weí ' íbáa^'^áí^élías 






i 



qRlMi(to ifipmmltí^mmMU mís^. íJíl^i ¥má% 

generalmente porla proporciou ;ydireccioQ^j|^^|{:tj^^jm 
solo efecto , como lo hemos explicado otra \ez, no hay du- 
da que conviene á la sublimidad; bien que tiene poco lugar 
en ella, por la concisión que aminora las partes del obje- 
to sublime, ó le expresa en un solo rasgó; y puede además 
reducirse á la tercera regla que acabamos de establecer, de 
tocar solamente las circunstancias que fortifiquen la impre- 
sión. Tomando empero el orden mas particularmente, como 
se acostumbra, por la combinación estudiada y simétrica 
que requieren á veces los objetos bellos , es ageno de los 
sublimes; los cuales así como quieren una dimensión ó fuer- 
za escesiva , así rejiuyen toda serie y concierto. El esmero 
y artiíuíio no manifiestan esfuerzo, sino estudio. Enormes 
rocas desordenadas é irregulares sorprenden mas bien el 
ánimo, que un conjunto de sillares, colocados simétrica- 
mente. — Solo pues la escelencia y la unidad sirven emi- 
nentemente á lo sublime. En nada se requiere tanto lo so- 
bresaliente, lo extraordinario: en nada tanto lo sencillo, 
lo solo , y uno, cómo en la sublimidad. Las observaciones 
hechas lo demuestran . 

Resta solo advertir que no debe equivocárselo sublime, 
de que hemos tratado, con lo que llaman sublime los retó- 
ricos, hablando del estilo. La sublimidad consiste toda en la 
cosa misma que se expresa; destilo sublime en los medios 
de expresar las cQsas. Para lo sublime es necesario el último 
grado de elevación y fuerza ; para el estilo sublime basta 
que la materia sea grande, como la acción de una epopeya, 
el argumento de una oda heroica, el elogio de un ilustre per- 
sonaje. Lo sublime es, como ya se dijo, un rasgo solo, que 



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aííóikdiíU y kit^tk; «I éiíttto sübUUie m nínñWkie áé iAik' 

bes senténdá)!, tal veí en ihiá patabtn ae ciá^MBlhi taíMMl*'' 
midad ; ét és(Í$Ío imUf nie «e halla en olitf» eiitoit#. A ifiM^' 
llá conviene ía sensillez ; este qniere todas las "^¡[im^ grM^ 
diosas. En stnná, la sublimidad es lo m^ alto en las Imá^ 
¿enés ó ien los sentimientos; el estilo >nllHme to mis etota^-' 
dd'ehláexjpifesioñ. 



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AL AtnOR SE UN ABTfGVLO IlfSlSRTO EN US C««XÁS 
KPi^OirAS (cuÁiMHio NtiH. eo), BÁM' EL NOMBRE DE 



' ' ' ■ I • .'■.'. ■'.'';'• , • • • • * • . i • > 

(fitta «••atestación y la qae pon4ircm«s en el BAttMra prdthnOf las iiá- 
' whéé cf «é-. ftfilll«MÓ c* él aüo ^ IMi; « M. Su «MÑa laiieftammii 

'''■-•••• ' ^ ; :.M.i-Mi 

ABVERViiNGIA. • 

-•:>■.-.; . . • ^ ., í "■ . . ' ,-.' . 

Eiie articuló se dirigió en su principio d la redacción 

de dich(is Cautas ) hoy Revista Esi»aSola, y no habiendo- 

it efectuado su inserdini^ el auíij^haacudiáú á lé del Cotí- 

wso, és$eús0 de vifídiemr la m)emoria del henen»ifilQ Pm 

Agustín €em Bermudez. . - > 



// ny a rien de fíhts infame >qUé 
. - , la calumnie^ centre les morts. 

P ■.■'''■■ •-:.••.'• ''.■,:>■' 

Jufl#lSfiAi«ÍK> k» diés paisMloft i mi amigiv i^í^ w))te s» buffr 
té áij^Ms aáiÉieiw dé la» CaHas españolas >4ae.¥^ paUlite^ 
«Blre los caales iescttó mi curiosidad ^ cuaderno fiO^oms* 
pfiíikBéMié al 12 de jülid, por hattar en so cobkrta wnii- 
«iado «n artfeolo sobre biografía ét los: artistas ospaOoles. 
Ilii'fbjé nebésario pasar en sit teetiira muy adrante para eb«- 
ftoeer el espf ritb ^ne habia géla<to ta plnnla del esorttofe^ dis- 
fMAdo i^óa el nombren de '1>. José Teodoro Grambialla. Dea- 
pnes deidoe^ar^ J9<ecíbn«ria igfo fos praflMor^ de los' Mfor 
ülHés en E^pUaÑia^ póripi^ ii¿ eraposíMe principíaFdcsactre- 
^liátílé, d« suelta á sü eiíeMo eootra el Sri Gean 9eilmii* 

SEGVBÜA ¿POCA.— TOMO VI. 24 




t^ IlEVtSTA DE MADHID. 

dez, acusando su conducta literaria desde el año 1800 bas- 
ta su muerte. Sin dudí esta acriminación pudiera haber te- 
nido visos de celo si se hubiese hecho en los 29 anos prime- 
ros de este siglo, ^fMf^l^'j^^f IIA^<lo y laborioso es- 
critor: pudiera entonces Moer correguio las faltas que se. 

itÁw^üiBi 4»0te «VpnttaytfstRPfeiiiíTR^s/ieeim w^mv in 

^dyertenáa»*é3W^^illt9^ílfBte^múmmBm^^ la inopor- 
tunidad y desacuerdo de tate&amonpstaciones. Engañóse en 
esto ciertamente, porque ni es tal la ignorancia de los hc- 

el amor de la justttfá'iíBe 11fe]»'M1f«lífffl!fflflfM!f^^ 
memoria de un español, ilustre por sus infatigables tareas 
en servicio y gloria d6^^Í4l/|iátfU/«^/yencrable por su es- 
trenjada hmivadez ? virtudes, .que ^1 articulista quisiera 

tlQ^^^md5^«dAdtolugirT()át4Q6 airq«»tébl(toreiihs«?.di««b)(iM^ 
de los profesores de bellas artes, eFál*íífl>I>^l^f©9í(íiü»|A- 
no, a quien en 1798 presentó su obra antes de publicar- 
la, lavexAwwrtáÁxque,,i|?¡clii^'.e^^ en ella los profesores de arqui- 
tector¿7'^'f^SÍÍA^^ fin las noticias de los arqui- 

tectos que hdihm formado él mismo, y conservaba manus- 
critas. Sabe que el Sr. Cean no admitió su oferta, juzgando 
frjk8(h<if«ar(f«&r <^i|iBÍm ai {oUUm^ 4#buKf( <Rh^j^u9m.T 

4itfllwriiipiMr(óii(li& a9omtí^\o9c^ ,^iMí»f:^9^t(Í^4l!^^mñHmf 
Mlapnimchat^ém fj?afei«bi4mi;W>ilP%'MJ»k^<»)^»46lta9 i%tí» 
^hi<mn[|iDÍ«i}í(IotQ(^Molá^qs)^Íl^ 

teb dethoTOt íf idcr0i9^Í9^fiM^i^leltai)|j^yilftí^ifi^l^ 

rC ,17 OMOT— .ADO<lá Aa»T703« 



opustíttsbSA ifEii i6]i;i Jtem oso . Víffi 

f hMMMe.' >Na m • de iniit «Hríctet^ocupanis^ttmch^. piMíP(V 
cbñ IVt^t^l^tlM fPefmqalefc} pera«cfifiqdef:i«e JftMl. Ibr^d^ fj^) 
ft^tf í di Üe^onáffifte) ¿no será ilícito álottmriMipisaplif .in^ijll^ 

'''•< Pfeirft^Pb{yíítií*rtiife'*iwpfeza Muadki)do(4éinl)ni«<foJ^«;4^ 
T«í«ákyi&da:'cté(tSíi^i'4^^ari./Habia'dieliQfrá^^ pn^togp Htm 

i>il¿éhH^to^'{|u6>tdvd 1» prlom* luiüoíaíide i»)0feYfi.4«íf^ 
fl(ir ntbgimd p<^ diidAuítc» qae<fifi3Kd&BQitbríir #ii ^títÑil)\V^ 

l«W'Ho(Irigií¿Í5, iih{íi^ííe)íí?ttotp90ú'íBiJQilBí>püf6fW^l'í^^ 

d<)fié¡ldle«Vt^dd'iétth'áiia9€rfítd^'7} nhi^^doepe-iti WfitaH^ 
/o mas creíble ni en la curiosidad de Ceanly; n¡rikD.tflii liétí^ 
'ttlfdac} ^^ l^eltañofc / /qfné riet evee^AseM sÉipic8B4ji^l en 
-éii^liO'áec^<^léri'(g|t«'eI a^ltod de>laf jábrá^i oiifti»d(»<MÓst6 no^ 
*elli^áf%át üsñÜ cM^Kftitimn^ ébsáégne.'Cn-aimtmétopufáj 
--diéb (^&il'Un^<lott)i"á!»^d{iiadatH^ ^ctver'e«:«otííeffai'>?dlSa>ds 
r§Uró'JIJstíiéSá'V;i^\^ A fth lidMbéetifkalB eáai^do ]»a^I&:^ett\ he^ 
^lió 'étl^Vt^i^ no 'pWdel«ngafiAí««f^y.«^ «fiíe^wDniítae.mtwés 

''áUha'^'<!Éi^>^f<^ ^Vétl^ifd^^I^ésteidéiftlilffiMaáítea 
'^'ijf'^ti^fo'tfue'l^lMbtós^^ccltffiáJdoiél Bt.. ^Ilaigltaiotpniíil:! 



g»» horasv y el rápido gr tn^Hilanto ttii»mtMia; áfílf^r.io-. 
Véllkbód^'M «11^9 ángttstiasie acowj^áCeiHiiy ho eraq^p^fí 
dérl^ia oéaftiM mas proporcionada ptm ecupat^e «im qu«> 
rífifiMádésHi tratar de invesfigacioaes arftínUoaa^ Jü laijgq 
exacto dé kisMhó aAos esteTÍBron separador á log iextramos, 
dé la Península j Geaá en SevSla yJ6v«Uano$ en ln, eofte, 
cáÉtábriek, o^eifr^doíi amboé ea.eoittíniíasftaiieas, y^ fik {íltín 
mo adetnás en: freou^tes y penosos viajte; y Ia:<)oinre$ponh 
dendá por etorito,' que; en tales cii^nn8taheta$delfi6<d9ser 
Áftiiy lenfea'^ié interriÉmpida^nodaba la flaciUdadqueilai^QaT 
yeráiéiónpara cohfiamás reservadas sir aVlSr.i Jovetlumfidib^i 
seiioliibre de iriolM*' secretos ideaos. Jüa^rdyptie»^ dlué ,y.Q 
de mejür fé que^d autbv delarticnlo^^ iftaArd qm tnreifírselOf 
púiijlUeM'tó áke. ^, ¡sefior , porque él; Id dice,' y ppfqnf 
no rálm eottjetnras falibles eqntra el testímonío ^Osítúvo 
de Uta hombre de fan eminenie verdad cetoio el Srw Ce^n, 
«piéiaipfé del patíbulo no hubiera, faltado ü ella, ^iie^fuer 
sé^en estola vida. . ; . . \ 

* < Sitúense á estas dndas . malicio^i^ laa.at^naali^ietnef) ^ qw 
■ée' redueea á dos prineipales: 1:/ la tenacidad que 99 impí^ 
ta 4 Cean. ea no piibücar la^ obra^ del Sr. Llagtup. 3^* 
La clase de ilcistracioBes qufi la bu aaadido.,€^.9Kf <se Uvi- 
minotsé 4^ empeño de dar bulto á la parte. di^fiu iriaftajo, 
katímné» tanta fntgiwiqm ahoga el ^g^aU //a/q?i^tejG^ 
iAtáieri aíladé oorlMnenteelairticuiistaví Arates defu^^nifr 
nac issIiaB' inptaladbnes wf d^a vereda oonti^tc^ú^^.jqiue 
I tienen entre' áí. El Srw Gean tenia empego. ¡fp^iiOipiil^l^cnr 
las iVo^cioa del Sr« UagUnp: el¡Sr. Cf^p- t^nia empfBño^ 
dar hdlte! á lá parte de su traba|o que había # par^i;* f^ 
la pn|»lie8fiiin. ¿Gamo pueden a^9Í9se^]9^i9a dP^:f;(i^^ 
)S1 á costa del original qnoría Lucirla Gean pon: sus Mieíp* 

nes, ifém^ podría Indr susadieíoae^'Slapnbli^? 4::91?~ 
l^iial? ¡QuéioeonftefsMnte^ ^ Jiajl^giíM^.de Ja, malewoÁ^^ 
,. Al' priwer eiurgp JM» pqed^.pi^it^s|iifi^.sju tr/^pe^^^ 
l^iiwprtmía *e sli jabjetpJ Ijli'bpmbrj?^^ Al^e^i u^,Wi; .ifl^^al 



fíDír éatumteii ,ií)ia «te {impenan^ m Uu mf^9lk W *^9fh» 

Kta e&to -r«gitt» general de Jas.M(fiH^ 9P4d^ 

' icenlotiir^ «for^r, impognfir «biertAiQaiite.l«)l)«mnÍtp9 i^e 
'Uo aé|or/4lftuiifeo» tk)fc[dejnl{)otta.mfts<lA ep^eAiifuia pA* 
' blká ' que< i» cóiiseiiv»Giflh de i .uá .enétiíto 4efmef et^idi^f se 
ptMde ^mattitefac ntí flági<^,.por4iiQe»Ja8t^ restituir jil 
* Verdadéíro^áotaveliinérito da If/ obra iifuirga#:.. pero una 
- aimsafeioíi ée «emioí^ad iiiteoe^a.ftt ;li9lM^ rQt^r4a4<^ iP9P tra 
' i^ü «MMDtía^y déheriaj^^ d^oaa p^r^i ^|ie f»lá 
ya impresa, tres áfiaa há^ ¿filé.flQ Jmwqi^ IM|u¡d^ ^^^ /V>^ 
la í!asllfi^pi«7gQaéima^.Miaior p.or^dUf^^d^^^^jEii aí, Ubjrpm 
ásüaíitóiD? {jareelimigííGiii |k9l?A'q|0^^ publicase 4. ]]íf a- 
nascrilo, faaoha diez aftoa autea^ pod^^í'W^ pop objoi:o.^- 
> iMrar^Hi piiMíéa(cÍMi.;Pei)ia:.miiQbo d^n^ies i4p pj^I^Ufi^flai j 
> «Ui^piies de^imif rto el. editor , I9. ^qjmi^ií^ ^e ^i^. imi)^lo 
^ hsfdM» anfes, y<4e! no bákiv^clo ¡mcho ppr tef/j^ed^, icu^n^ 
>do^iio|)or»lf« fulana motW^q!^. 8^ Wfli^ 
-^lr^l»vademg^ac,la>«iiemQrm;dela4^ > :: 

¿Y qaénppietfia.bi^ de €3^i.t9r49edad? E|L;lai!:ga )ti«pn- 
pb qwi retttyp>i(iédito( ^ ifitii|»«M^i]í^ 4 fi^sitr^ ;^^^^ 
cias de varios aficionados á las arte». <G;5|i.<)^tí^c|qq. se 
iMBpliÉisa }r.fo]idera.sta:iiniis iqotíiiíPr qw ^eA^ íB?ippe§^o, co- 
ntó si la . dtttemoQ s6l0. piidii«*% f]ia«^ dft si]^jvp)n^t^4-(Aun 
¡a» ^para.Matenfir «na aoimoiw tiw i^fi^r^t Uf^f^a «dfe l^qrle* 
tps y aar<»isiitoa).: era oeeesiMr^.qae fil, ^r»- .G^n hi|b|e8e 
aceptado de m. wU^\ el t^^yir^ dQ pi|bl\c9r. la Q^^raj. en 
coya^deUiiQÍw.qiiiíere #1 arliie«lM|a gmv^'lf '« cof{c^*efffía. 
pev^ii lejos 4(6 eso el Sr. Lt$^imfi dejó el ^8p ^el qi^Aus* 
^ arito aJaíwlm^tdfASf* G^an>|t^W»'é^i PpicQjtijij^go 
éalagado^ Ip aaagwa ^v, l^ait^l^brM wsipftf qui^ilHB^ a^í^^dor 

m^Misms^MiUif ú^m^^9^^^mfm\w;í\l^., nG(^.^ pxi^Io- 

l>ga:^ilaí>olM4íee«l,^. (<ei^ ;qi|CI m9 4í JW it«filW«n- 
taMoa::de íLta^piiQle ^(emiti^kü^ hf^vi^^f^ (^pp^-^qs ,pa- 



- 1 • 
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i; 'í 









^-ftO .'^''^''Mtfis'nr ini<Ai»imim 11(1 

'%d^^á[|$éií« di»' ét % qué túíikre ifum tRfnvefíifntñ > fopgiti^ mió 
'kíhít&mái^i^ljfííiífio miútíl^^típAh\i90^ ¿¥J^dlguQii¡^a^t)ii 

''^^ítía - dé' faúfástttaá^^artet^ y •' 'spQoetipiá* >SLh «uso v<|Ujé> «do^viaM»)^ á 
'''Céate, <iió k^'^^j^z^a^otinnb el.Srl Garxiiid)IftHA2ít^lia 
^ '^ri^ó ^<^tf«ñ dM:^6 i^it^^tmí que iprcAesldilb ifei €;9fmi>el 
'^^^Sí^/^tlTagUiíb ^<)Mst<Cé&a , mtt iií|>9lintr> jbmá» éiíflmmaciülio, 

'^Hhrié, 4M' jtí^tüóia rí^dK ii6 triaría desfile rc{)k*et]dari«. .£1 ise- 

' ibámWm lAibüiitfHev |ftteátb'q^e ^a iM 1390 oq bmfinUba 

'^'^ího •d^'éíltáir^séí'lta' Ü^tíÍA»te^ (yi inerte, aílas flk¿pii^s, 

primirla. Pueá ¿cdUfi^ podi^4títiiÍtti^etl< l^áiil^itci^ 
'^'^'tytaaBí^'í^^'cai'éb 'Mtí^aJ)a>lé^1«tib^ Hi^o mas 

'<''é9*A#|^hM^<^sttío^ié(ÉMiété idéí>f^d^ m m úsáti^f^i^ £L se- 

'dé$fiMdda'k }á k'ílUh\ y'>^c^dáfd>ei*a h^*pmi}tQl^épidd los^g^os; 
^"b^ á' ik't^^t^Mt'^ diá^^Wl^^ tlalííiada' g¿tieft:ihipnSt)ia- 
^'^-^^teáif^/^la téí'^ek'áf^ia g#éoo-MiM&áv ite^tMdai A\iéíaa de 
'''^'éf^m' mmt pdVmáéA^^^imóik^ * lHi ^« ({ii|di»t;|^liár de 
--o^Ui J»(^Íteá€6-^ft^e6léitté^ll^ffti¥lespé6ti^^ 
''^'^HMÉAí) delcá4 M«^tlí<fin'te(H^^ 

'^*'^db iéu1é&«^«íé*ae ttri6i^l<yi (ítimdo no iámi^h tes^Hibros 
'^' ^'étt'Wito^íM»Meb'n)mftter40'^^ 



•í 



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opuaifiíHis^ um. Av.i íBjiiinoso . 1* ^ t 

'i<^Uiift^irmgob9eiva0ie(ric6l(Ukafjbi9V<^^ t^il^MP ^C~ 
f paite ái^iiaidto(pafi;afi». SspimmmMmk^^^ ^e^if>eiSgír 

-«aMiciiiidv i|héciaii6éto'lA»alédáUGl(ti{^Me lMi<^AililM(i^a 
Méanifíid0q^eK«r8Bi(B9iBtx|ue'ip!i9éa itdi^niíQs^poti^^ttU^s. 

tan tes , .|íi'iiio^s(iM>sebri^úÜ'ítefn{g^ 
-caafiüfiííterts^'j.é |)&ij^sojeqHebri)«b|iiiBdfí«^a^^^ in- 

' fY^ér !ieafÉbiitdd¿aíe»a»& íSI&í Mss^itííijiü\kmt(k^&Íf¡Oi^K 9^" 
iHáio iMDolifái) Í6iBÍfob)*ib 9W)^iaftQ;é .$li«^tal|ifti|f l'iP^r^^ 

lr>is(iiiBqK4taiiosu^d)ton^l;ítnb^ ^í#jWétei3i)iiPi«»] íSfiri- 

-liWfesí^iifcojegiofiv^^jnaalwbitótds í , %q«|na^ 
íj-íp«ot»(iiflofiy eü^aolde^igrandf B^ cler*:íi»ü% j^j^^iílfjifijI^-lia- 
i5 «diiitnfpl ji «É*i^M aiíf^l»e%»>cpft*|¿ (tedias, ,^^ft 4,jgue 

ní\l<i|fn«te Itoto'idittatotejUíytfiWi Wit«í)íq§MW^ <Wfi ^^ 

todas podian ser igualmente aptas y celosas : cuántas ins- 
tancias y repeticiones serían necesarias para yencer la pe- 
reza y rectificar las inexactitudes de sugctoa ii^i]fp^p4ien- 



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jaique étte^'jr iuinMe4aki mi mlMitod ^tamm^^qoe 

t«diVíáel aAo de 14^ ecdebír, en te mtad éttimi de. 1m 

^^ bAés db ki'tttiúit deteiiesDii}qii6 m SáRputii al:Sv. 4hMp, 

dM iiabin dMlo fitt 4 ^csia fitiUM. tavw. Ai Jmpthnw éa 

^ná aAó Itt. Mmiofíéi parala vida M St. JfmlUum^ 

'dloé A «¡MícéUsU, <|«e proméUó mmi ofitorfMMmíe su jnl* 

bKtñcím; ¥ bi abteitD^ui eemldd proniftift M^ftpor m 

parte: solo dijo (I) que en mayo de 1805, le remllié Ji^ 

' >¥élUMMiS^ Mft icaria «dekMMW dn Itiátruiriiie y de. asHidarme 

'éb d «oméiHKr y^ pobUcaeion del apredAie wuHiserito áA 

Sr. Ik: Eugenio Idagmo y Amirola.... qsi» ya trata éá- 

tooédi ^ $mig6 uáatfta enk^e ñéam^i.ñ Nocüataii, pMs, 

<6WttlaidM^rt añodje 14 íes ilualiraeieiiea á If obm dd se- 

«MfIiliife;m«,yi«id|iK lisegiini fcw» rde ;gn = ^Hibüf aeite 

<6iBo ^ deseo del Sr. JoTellaniMw Modio pniritede taheür 

lesuiiéce^arib para dTataidiir im eargo df.iatunioii Mrilrates- 

'i^tiliiMibs ^ue solo significan irúi^j dUigeiácia. 

Gotttiiitíaba Mn lAtMdio despsea^ el Sn Cepn «dkdomHíi- 

' do^ ittsftittBeritó non las netíeiaaiqpe adqpilria miodsitaiiíA 

'ffe y y hflbíera coütínuado éaink SQ- aAos si |oip indrieae mi- 

'^ día, 7 no iMlbiese llegado el osMt dé datleal: pá^ieo, oíébo 

'■'•'ñft dedil[jarse tan inteMiMiSBte d <Mo«pliwiA p iáMprp el <e« 

ílorLlágiino rectiicánid y^ oonrigieadosaHdanii fuetlftiel 

' n'afto de tMA' salada^. i^delas^deéita «alnrakia n»Ma«^^ 

'lían mientras no se dé in < bw ittdagaaoMs, y laa^ ibda- 

gadonésl artísticas diel 6r. Celn' solo 4«yieroa fia JtteNaisu 

" iniaépte. «!9o e^toy meMs S9tisfeébo^ decí» eaiduyeildo 

'''tas dias^ irioil^tá éftra , de babertaa MrvM»(4 kiijnliiiáy d 

' }a ar^uitéttufé) cfn iÉedlo<de wicbos trabajas^ paiMaaáo- 

ñés {ij/nátúbtí láqüéi Mlé¡fu$ii$aHa^m9u Ufn¿hre)iadBiba- 

' héé pódidé 'llegar ^IcóM dénfolmta aüás de edatt dandoí/ia 

'■ ■ ' " ' ' • * . ' ' ' •' ■ ' ' ' • '"'M ■'•,] t . 






i\ )' 



''}(i):ftk^ús^Qit, >: • i^i'-ií / . • . : •,. .jí;; 






I* 



OPÚSCULOS DEL Sr. Beinoso. 193 

á esté apéndice y á estas noticias de la arquitectura en Es- 
paña (!).« 

¿Y quién era de esos amigos que, según el articulista, 
le instaban, por su publicación, el que franqueaba los rae- 
dios de hacerla? Da ninguna instancia por escnío tiene no- 
ticia su familia: las de palabra, que en tales casos se hacen 
á los escritores lamentándose de que no se publiquen sus 
obras, no proporcionaron a Ccan un pesodiiro. ¿Dónde 
hallaría 5,000 para la impresión? El respetable octogena- 
rio, á quien halló la muerte con la pluma en la mano en- 
tre la multitud de sus manuscritos, lloraba sobre este co- 
mo sobre tantos otros que dejó inéditos, porque no era da- 
ble su publicación á la penuria y las desgracias que le cer- 
caban en sus últimos años. Hubo un ministro, apreciador 
ilustrado del saber y del mérito, que dio conocimiento á 
S. M. de las tareas y de las necesidades del Sr. Gean, y con- 
siguió de su beneficencia soberana el alivio de ellas y la 
impresión de esta obra, y del Sumario de las antigüedades 
romanas^ que se ha publicado recientemente. Ceari, lleno 
de gratitud, lo testifica en la dedicatoria de las noticias, por 
estas palabras: « Amparada del augusto patrocinio de V. M. 
s^le á la luz pública esta obra.... Sin la generosa recompen- 
sa con que V. M. ha remunerado mis tareas, y sin su ex- 
preso real mandato de que se imprimiesen, hubieran que- 
dado sepultadas en el olvido. — ^Dígnese V. M. admitir con 
su acostumbrada benignidad la espresion sincera y respe- 
tuosa de mi gratitud por el favorable acogimiento con que 
ha tenido á bien honrar al autor, al adicionador y á la 
obra...» ¿Habrá un iSolo hombre de buena fé que no en- 
tienda el sentido de estas espresiones, que no conozca por 
ellas, que sin el amparo y patrodnio del rey, sin el favo- 
rable acogimiento de S. M. , y sin su real orden y auxilio 
para hacer la impresión, no hubiera podido hacerse por 
falta dé recursos? Bastaba solo haber leída en la portada 



(l) Tomo IV, pág. 339. 
SlSaWOA ÉPOCA. -^TOMO VI, % 



194 BEVISTA PE MAD&ID. 

r • * <■ • • » • 

' ■ ^^ I 

de orden de 5. M. en la Impret^la Real y para entender que 
él rey costeaba la impresión; porque con orden de' S. M. 
no se imprimen libros á costa de los autores ó editores, uí 
sin mandato de S. M. publica la Imprenta Real obra nin- 
guna á sus espensas. 

Pues esta orden y mandato de que se hiciera la impre- 
sión, necesaria para la oficina que la ha publicado, lo in- 
terpreta con la mas pura intención el articulista , como un 
precepto para vencer la oposición de Gean á que \iese. la 
luz una obra en que tenia mucha mas parte él mismo que su 
primer autor, aunque ni él nombre de este, ni la gloria 
y utilidad délas artes le interesaran. Sutil es además, pe- 
ro muy frágil en sus raciocinios , la malquerencia. En tan- 
tos; libros como la Imprenta Real ha publicado de orden de 
S. M., ¿quién entendió jamás que esa orden ó mandato sig- 
nificaba un apremio contra la resistencia de los autores ó 
editores , puando ellos mismos , primeros interesados en la 
publicación , han sido frecuentemente los solicitadores del 
mandato para que se imprimieran ?* No lo fué por cierta 
en está ocasión e\ Sr. deán, que en su ancianidad y des- 
iñayo trabajaba escondido en su gs^binete sin tener ni pro- 
curar acceso con el Gobierno; pero lo fueron sus amigos 
que dieron noticia de sus tareas á quien supo apreciarlas, 
y de la escaseé <Ie sus recursos, á quien podia influir en que 
S. M. la remedíase; y solo el nombre de Cean, y los tra- 
bajos solos de Gean fueron los mencionados en esta coyun- 
tura: y él naotivo alegado , especialmente para la impresión 
dé la obra^ fueron ciertos documentos adquiridos por él 
mismo é insertos al fin de uno de los tomas. Nada se habló 
del Sr. Llagpno sino por ocasión de las obras de Cean ; y si 
el manuscrito de aquel hybiese estado en manos mas desco- 
nocidas ó menos acreditadas , ni se babria dado paso algu- 
no, ni se hubiera por consecuencia despertado la memoria 
de las Noticias de los arquitectos. 

¿Cómo, pues, el Señor Gramblálla que lo ignora todo, 
ó de propósito lo pervierte ^ pudo inferir de las palabras co- 



OPÚSCULOS DEfi Sb. Keihoso. 195 

piadas i^nte^ que el Sf. ^i; « ba re^uidQ ayai^aoieate ^ sa 
pader l^ obra que debi$ años hac^ ^u^ar en m^nos de todos 
basta el año de 182^, y ami la habría r^t^lí^idA por les ^- 
glps de los siglos , si todo na 1:^7 uq le hubiera mai^dado 
^mplir ía yóíuntad esplícit^ del legador? » ¿De dónde cons- . 
táesá voluntad ni esplícitani tácita del Sr. Ll^gunó? ¿Dón- 
de está ese mandato del rey para queX]le^n cumpla su Yolun- 
tad? ¿Dónde la resistencia y ocultación ^vara del virtqosf; 
anciano, que alzaba las manos al cielo y lloraba de goz(), , 
bendiciendo la munificencia del monarca y la sabiduría j^ 
su ministro, que tan generosamente babian sacado el manos- 
crito de ks tinieblas? Al acusador» que segúi^ 4ÍC9 fingif^r 
do escrúpulos, bubiera en el caso de Gean presentádose á to-, . 
das horas el ánima del autor para pedirle cu^ii^ta^ ájf^ w tar- 
danza, ¿no tembli^ la nía no al és^mp^ir cláusulas ta^n in- 
fundadas como ofensiys^ á la memoria de otro difim^ nq 
menos respetable? ¿No le pareció v^» ^ ^iombra airada d^ 
Gean , que le decisf con la eat^rjeza i^^^ <^pi^P9^ J ^^^ 
ter: « ;malsinador d^ mis inocentes y ^radecidas espresionef ! . 
¿guando j^esistí yo la publicación deJi ga^auscr^tQ del sejlpf 
L)aguno para que tanto trabajé? ¿Tuve niedios eqmi vjdAj 
y meixos ^p ^i fatijgada vejez, paira imprimir ol^rij |4aií;«4i)- 
m¡npsa?Hic€| lo que estaba á m(al^^<^^ <íOftv^it¡í P8 ^wa; 
historia seg^idit y casi completo de uuestra^ai;qpil^ttti;a las . 
noticias reunidas por mi foyorecedor b^ nem4r|to^, y p^ec- . 
cionar la obra para cuajado pudiera imprimiise. F^tro níq* 
gliua edición hice á mi costa ni pqdo nu|^: y 31 1104 V6f 
mi amistad y veneración 4 Jovellanos me empeftó ea ppbli«- 
ear por suscricion de.sus amigos el cortp librO de m» hk^ . 
morías, todavía causó pérdidas á mí pobre fortuna. ¿Iso^li- 
mía yo otras obras mientras guardaba la de Llagupo, pa- 
ra que se busquen malignamente causas ^efciales de su re- 
tenci(m, cuando yacían y aun ya9en e^ la os^uridadmM». no- 
nieiroéos y corpulentos ori^jij^l^?* 

Yiveu en eí dia cuantos intervinieron e|i la pubüioacion 
de U» noticias d€ lo^ arquitoctoa: viyeq tfidf^ kft tcistigo» y 



196 BfiVÍSTÁ bE MADRID. 

• . ■ ■ 

sabidores de lo que pasó en este negocio : el autor de esta 
contestación es uno de ellos, y desmienle á la faz del pu- 
blicólas interpretaciones é historieta con que el articulista 
ha desfigurado los hechos , queriendo mancillar la memor^ 
del Sr. Cean. Si se atreve á negar alguna de las circunstan- 
cias referidas, hágalo bajo su verdadero nombre; y quien es- 
to escribe firmará también con su nombre y sostendrá con 
sa cara descubierta cuánto vá diclio. Quede, pues, sentado 
entre tanto que el Sr. Cean no estaba en obligación ninguna 
de dará luz el manuscrito oiiginal; que acometió volunta- 
riamente esta empresa, y que no la desempeñó mas pronto, 
prnnero, porque deWa rectificarle y adicionarle á cosía de 
tiempo y de indagaciones; segundo, porque no tenia medios 
para imprimirle. 

Aunque este motivo último bastaría por toda respues- 
ta , no por eso nos olvidaremos del poco aprecio que el ar- 
ticulista manifiesta de las adiciones , cuya laboriosa adqui- 
sición hemos tenido en cuenta como una de las causas que 
debieron- retardar la publicación. «Parece, dice, enano el 
autor , y el compilador gigante. (¡ Lindamente aplicado el 
título de compilador al que adiciona y completa una obraí) 
Pero aunque éste mas y mas se empine y esponje (continúa 
el Sr. Gramblalla), ésta su descomunal grandeza se me an- 
toja en mucha parte como la de los gigantones antiguos del 
Corpus \ borra j papelón que ahoga el alma que gime de- 
bajo de tanta balumba. » Esta es una badajada sin sentido, 
que ni merece refutación, 'ni puede tenerla cabal sin hacer 
una prolija análisis de la obra. Diremos no obstante lo que 
baste para mostrar cuánto es el conocimiento, ó cuál el 
espirita de quien así habla. 

Cinco son las clases de agregaciones que hizo Cean al 
manuscrito de Llaguno: Primera , notas al pié de su con- 
testo. Segunda , adiciones intercaladas separadamente para 
Henar los vacíos entre sus capftulois. Tercera, el principio 
y el fin de la obm, á saber, el discurso preliminar y el 
apéüdiee ó coütinuacion desde el año dé .1734 en que la 



OPÚSCULOS PEL Sr. B^INOSO^ 197 

dejó Llaguno , hasta el de 1825 en que la concluyó Cean. 
Cuarta, multitud de docurnenlos originales reunidos al fin 
de los tomos en comprobación así del testo como de las 
adiciones. Quinta, copiosos írídíces de los artistas y de Ips 
pueblos en que se hallan sus obras. Fácil es conocer que 
no serán borra y papelón ^ ni el discurso preliminar, en 
que se dá una idea general de todas las aítevaciones que 
ha recibido la arquitectura en España desde los tiempos 
mas remotos; introducción necesaria á las noticias parti- 
culares de los arquitectos, cuya falla dejó anotada en su 
manuscrito el Sr. Llaguno; ni la coutinuaciou. por cerca 
de un siglo hasta nuestros dias. Tampoco lo SQránlos índi- 
ces, en que fué siempre muy esmerado el Sr. Cean, sin los 
cuales costaría mucho trabajo encontrar las noticias que 
se quisieran , y mas si se ignoraba el año en que florecía 
el arquitecto. Ni lo serán mas los docuraentgs añadidos al 
íin , que sirven para ilustración y rectificación de los hechos 
espresados en el original ó justificación délos añadidos, y 
para mas amplia instrucción^ de los artistas, histoi^iadores 
y curiosos que quieran consultarlos, sin embarazar la lec- 
tura de la obra, ni hacer sentir su inevitable pesadez á ios 
que no tengan esa curiosidad* En España, donde tanta fal- 
ta hace la publicación de documentos. históricos, y. á la 
que tanto han acusado los extranjeros por la reservad de sus 
archivos , sería muy grande torpeza reprobar la impresión 
de los que recogió con suma diligencia el Sr. Cean para 
ilustrar la YÍda y obras de nuestros célebres artistas , y la 
protección que les han dispensado los monarcas. Por ellos 
se acreditan los verdaderos autores de los edificios, á quie- 
nes tal vez han querido robar esta gloría los extranjeros: 
por ellos se descubren muchos arquitectos desconocidos an- 
teriormente : con ellos se distinguen varios que siempre fue- 
ron confundidos por haber tenido un mismo nombre ; en 
ellos se encuentran proyectos, dictámenes, instrucciones 
sabias de construcción , y en íin, hechos y advertencias im- 
portantes á la hi.^toria , al Cjstudio y á la practica.de la ar- 



n 



.198 ttéVISTA DÉ MADltlB. 

<{Qitectüra. Remos diclio que algunos^ de esos documentos 
sirvieron de estííniílo para conceder la impresión, y esta es 
otra razón no pequeña de. su impottancia. Resta pues h&- 
^ Mar de las dos primeras ciases de agregaciones. 

Las notas puestas por Gean al testo delSr. Llaguno^ en- 
íúiendan las equivocaciones que padeció este ilustre escritor, 
por no haber consultado tos documentos originales ; descri- 
ben edificios importantes, que solo se mencionan en el contes- 
to ; advierten las alteraciones que han sufridd y el estado 
en que se hallan al presente; copian sus antiguas inscrip- 
ciones ; dan noticia de sus verdaderos autores ó de otros 
que intervinieron en su construcción, qiie no nombra el ' 
Sr. Llagnno ; añaden otros edificios 6 circunstancias , per- 
tenecientes á los que nombra , á veces de tal importancia 
como fel iioml)re áel célebre Machuca , que ignoró el autor 
original. Sirva de ejemplo en el toíno primero , de donde 
los toHíarenios todos, lo poco é inexacto que dice Llagunó 
(pág. 148) de la catedral de Salamahca, por haber seguí-, 
do á Gil Gotízúei Dávilá, historiador de aquella cijidad.. 
Las notas de Geán sobré este capitulo , que es el de Juan 
Gil Hóntaáon, montan mas de ocho tantos que el original; 
pero ¡ cuántas cqüívócaciohes desbarata ! ¡ cuántas noticias 
añade sacadas de los archivos dé aquélla iglesia ! M la ca- 
tedral dé Salamahca , ni sus primitivos artífices , ni el mis- 
mo Hohtañoh, pueden conocerse sin las notas del Sr. Cean. 
En nn artículo de periódico no caben mas pruebas: exami- 
ne cualquiera las demás notas por sí mismo , y verá si son 
borra y papelón. 

'Vengamos á las adiciones intercalares; y para mostrar 
su valor, haremos un breve extracto del primer tomo, pues- 
to que sería muy prolijo de todos cuatro. Descontadas 40 
páginas de introducción al principio , seítaládas con núme- 
ro^ romanos, y ÍStí ál fin de documentos, de cuya impor- 
tancia hemos hablado yá, ocupa 23^ él cuerpo déla obra. 
De estas llenan 112 las adiciones, y 116 el testo de Lia- 
gunoc El período comprendido en este tomo desde 720- en 



OPÚSCULOS DEL Sr. RfiíHok). 199; 

que principia basta 1537 en que acaba, es de 818 áác^. 
La parte original que corresponde á Llaguuo compone soló 
336 ; las lagunas que Hena Cean con sus adiciones sumad 
482, í^te enorme suplemento . que importa casi tairto y 
medio de tiempo que el original, ¿es unasj^rie cronológica 
borra y papelón? Inútil es advertir qiie Ceai^ no lleva se- 
gilidos todos los anos en los grandes espacios que 3uple: 
tampoco los lleva seguidos el Sr. tlaguno en la parte que 
dejó historiada : ni es posible qué no queden algunos va- 
cíos , especialmente en las épocas mas remotas, porque no 
bay un arquitecto conocido en cada año de mas de ocbo 
siglos, infelices casi todos para la nación. Los arquitectos 
bistoriados ó mencionados cuando no se sabe mas ,eñ este 
tomo son 280, de ellos solo 48 por Llaguno , de que baa 
de rebajarse tres lalsamente supuestos: los 232 restantes 
son añadidos por Cean. Y no se cuentan los comprendidos 
en el catálogo de los maestros mayores de la catedral d^ to* 
ledo, que pone éntrelos documentos bajo el número ilxii, 
y varios qué aparecen de las inscripciones árabes ti^adjuci- 
das que también añade, ¿fes esto borra y papélonl No ¿ot- 
ra, sino liolUn desleído coín hieí, es lá tinta con que así 

se denigra el mérito del eminente ilustrador dé nuestros 

• * ■.. . ■. • 

arquitectos. 

De este portentoso número que anadie Cean no deben 
formar cargo al Sr. Llaguno , porque ao entraban en el plá^ 
de su obra nueve arqnitectós romanos de que dá noticia el 
adtcionador en el dt^urso preliminar. Debeii también re- 
ÍMijarse. cuatro, de que trata en el segundo tomo Llaguno, 
auúque diminuta y tal vez equivocadamente. Pero ¿qué 
vale esa pequeña rebajá , ni alguna leve equivoeácioñ que 
se hubiese deslizado en estos cálculos, para disminuir la 
inmensa ventaja de valor histórico que llevan las adiciones 




200 REVISTA BE MADRID. 

otro son igualmente conocidos ni de igual mérito : pero en- 
tre los olvidados por Llaguno y añadidos por el adiciona- 
dor, los hay tales y tan grandes y célebres como el maes- 
tro Jimon, Pedro López, Diego Alonso Motaude, Diego de 
Biauo, Alfonso Bodrighez, Guillermo Sagrera, los dos Die- 
gos Vergaras, padre é hijo, Pedro Compte, Aneguin de. 
E^s, Antón Egas^ y otros no menos memorables, entre los 
que pudieran contarse el famoso Enrique Egas y su hijo del 
mismo nombre, de quien habla como desconocido el Sr. Lla- 
gunOj diciendo : « Hubo en Toledo un Enrique de Egas, que. . . 
hizo bajo la dirección de Govarrubias la portada del Al- 
cazar. » Gean forma un extenso artículo de estos dos arqui- 
tectos, á quienes nombra apenas Llaguno, y trae noticias 
y documentos muy curiosos que deslindan esta célebre fa- 
milia. ¡De cuántas fábricas dá noticia! ¡cuántos grandes 
edificios describe olvidados en el original! Las catedrales de 
Palma en Mallorca, deTortosa, de Pamplona, de Oviedo, 
del Real de las Palmas en Canarias, y otra multitud de 
templos célebres: las casas de ayuntamiento de Sevilla y 
de^ Barcelona , la lonja de esta ciudad, las de Mallorca y 
de Valencia, el castillo Bell ver, las casas d^ la diputación 
de Zaragoza, la accequia imperial y otras mil fábricas de 
todas clases y de no menor precio é importancia , ni se men- 
cionan siquiera por el Sr. Llaguno, si se exceptúa la ea- 
tédral de Oviedo, de la cual, cómo de otras varias, solo 
dice el año en que se empezó. Y no debe olvidarse que nos 
ceñimos al tomo primero, que no es por cierto el mas au- 
mentado. 

Con ese inmenso caudal de noticias, infinitamente supe- 
rior al del primitivo manuscrito , aconsejaron al Sr . Ge^in 
varias personas ilustradas, que fundiendo en común todos 
los materiales, escribiese la historia de la arquitectura 5 y so- 
lo pudiera culpársele de no haberlo hecho así , porqué en- 
tonces correría seguida y enlazada la obra y limpia de las 
equivocaciones del original, sin apostillas ni enmiendas, ni 
cortaduras en el contesto. Pero la gratitud de Cean al se- 



OPCSGULOB DEL Sn. BE1I90S0. ?01 

flor Llaguno, y un respeto, que debería graduarse de 8U- 
perticioso si no fuese inspirado por motivos tan nobles, le hi-' 
cteron desechar esa « terrible tentación para los queaspiran 
á 9er escritores originales, aunque s»ea ataviándose con ves- 
tidos -ágenos...., y contentarse con ser un mero adiciona- 
dor, » como dice él mismo en el prólogo que escribió pri- 
mero para esta obra. ¡Y es este el hombre envidioso del 
mérito del Sr. Llaguno, que ha pretendido oscurecer el 
manuscrito con sus ilustraciones ! Todos los vicios para sos- 
tenerse han menester algún colorido de virtud, y la calum- 
nia para ser creída necesita ser mas vcrosimil. 

Larga parecerá esta carta: pero ¿se hace callar con rae- 
nos á la maledicencia? Si á la detracción contra un difunteo 
virtuoso y benemérito de su patria «e dieron ocho páginas^ 
¿no se concederán diez á su vindicación? Yo procuraré ser 
mas breve en lo que resta por contestar. 

Es de V. muy atento servidor. — El ewemigo de la 

GALUMINIA. . 



&ECCKOA £FOGA««-T01IO TI. 



26 



Ítí2 



HEYtSTA DX ItADHIÓ. 



JOtli AKOH TAN 



i • 




(GonUuuacioo.) 



Edward encontró fácilmente al cqade Elona, y después 
de tin íiiiitiio éstrcchon de ínanó, salieron de la ciadady se 
dirigieron él eámpo, á fin de poúet hablar coa mas libertad. 
— Yaveí^, dijoelcoade, que QbedezcjO eiegameiite las 
órdenes de la amistad. Me habéis mandado que espere, y 
espero. 

— Sí, contestó Edward, vuestro comportamiento es dig- 
no de todo elogio, y creo que M. Tower y su pttf)ila reci- 
birán muy pronto la visita del coronel Oougla«. 

— -Ah! dijo Elgna, afectando una gran tranquilidad, el 
niatrimonio se celebrará pronto,. . . Tanto mejor , ya es tiem- 
po que esto se acabe. .. . 

' — No se en verdad de qué modo acabará, mi querido 
conde, porque no tenemos tiempo.de pensar en estas cosas. 
Los momentos son terribles.... Os hablo eoñ sinceridad.... 
T vale mas fastidiarse aquí con M. Tower que pasar en 
Nerbüdda npches infernales. 

— ¿Qué queréis decir, Sir Edward? 

— Lo que quiero decir es bastante flaro; hemos cedido 
los buenos puestos,' y hemos tomado los malos.... ¿Cómo 
pasáis aquí él tiempo, conde Elona? 

— Esperando. 

— ^^¿Y nada mas? 

— Y es bastante, me parece, para consumirse de fastidio. 

— ¿Y la encantadora Amalia?... Vaya, decidme, nadie 
se ha enamorado aquí de la diviQá griega? 

— Si nadie la vé, Sir Edward, nadie. 
— Nadie, escepto M. Tower, y.... 
— Nadie, repito; la señorita Amalia no sale nunca, de* 
FU cuarto. - 



(QUE AMOR TÁlC SÍUGÚLAr! 203 

<r-Sta embargo, conde Eloha, haría con mucho gusto uíi 
caiábio de posición con yos.... Ilferbudda está inhanitable. 

— Me parece, Sir Edward, qne ocultan yuestras palabras 
algunas reticencias que me hacen poco favor. 

-^Querido Conde ^ me decís eso con un tono.... 

— Éi quano concibo la razón qiie tengáis para dirigirme 
esa especie de reconvención indirecta. Si jo he venido á 
iKoudjah, vos sois el que me habéis enviado; y si permanezco 
aun aquí y tó porque creo haceros un favor.. •• 

— I también por vuestro gusto. Vamos, mi querido con- 
de, sois demasiado valiente, demasiado celoso de vuestrja 
honra para permanecer en Gapua, cuando se cortan cabe^ 
zas en Zamá. Preciso es que un atractivo poderoso..,.. 

— ¿Habláis formalmente , Sir Edward ? . 

— Oh! Dios mió, si me chancease no me reiría. 

— ¿Amenazan algunos peligros á la Hacienda? 

— Bien lo sabéis,, querido conde.... 

~ Cuidado, Sir Edward, que os habéis colocado «n el 
camino de los insultos,... 

-T-Precisameute es el solo camino que mb es desconocido 
en el mundo, conde Eloua. 

—Si dudáis de mi valor, os advierto que esa duda es una 
afrenta.... 

— Dudo tan poeo respecto á ese punto, conde Elona, que 
os convido á una fiesta soberbia para esta noche. 

— ¿Qué clase de ñesta? entendámonos. 

—Hablemos en voz bajá, j separémonos un poco. Los 
árboles ¿e inclinan, eácücban y faa(>lán. Escojamos un ter- 
reno abierto, y destruyamos hasta el -insecto que hormi- 
guea á nuestros pies. ... El airé está lleno de oidos.dé Thugs.^ . 
* conde Elona ; la hacienda de Nef budda se halla amenazada 
de un asalto nocturno. Los Thugs aguardan las tinieblas 
y los horrores de un sueño profundo. Entonces .saldrán de 
los bosques cómo tigres hambrientos; escalarán nuestros 
muros, y caerán en medio de nuestros sirvientes sobrecoji- 
dos de terror. ¿Pensáis que los jóvenes de corazón fuerte 
y valor reconocido deban permanecer indifei^entes á esta es- 
cena de espanto, cuando ía joven tierna de Bengala saltará 
desgreñada de su lecho implorando socorro de aquellos á 
quienes honra con -«u hospitalidad? 

— Edward! Edwarxl! me hacéis estremecer. 

—Asi debe suceder 1 .. . $í, querido conde, puede dudar- 
se de vuestro valor sia haceros injuria.... Pero veamos^ 



204 BfeVISTA DE MADHID. 

¿qué es lo que haréis para probarme que sois valiente?¿Me 
citareis \uestros gloriosos servicios? los conozco; pero per- 
mitidme que os diga que* son demasiado vulgares.... La 
Polonia y la Francia están llenas de valientes como vos.... 
¿Que os batiréis con migo? nada probará eso tampoco. Cual- 
quiera francés, por oscuro que sea, recibe una balaá quince 
pasos riéndose. Se forman en línea cien mil contra cicíi mil, 
y al ruido de las músicas y de los tambores se hace un fue- 
go de cañón, mal dirigido por cierto, dgrante doce horas; 
pero nadie tiembla escepto la tierra. Todos mueren si es 
preciso, sin que la mas ligera señal de miedo oscurezca su 
frente.... Muy diferente es la tiesta á que os convido. Allí 
ni la fuerza ni el valor sirven para nada.... Debemos batir- 
nos con el infierno entero, debemos luchar con reptiles glu- 
tinosos de rostro humano, frente contra frente, dientes con- 
tra dientes, y oir rujir en nuestros oidos voces monstruo- 
sas, ahuliidos espantosos, y ver lucir sobre nuéistras me- 
jillas ojos de tigres negros, y sentir en nuestros labios mor- 
deduras fétidas, llenas de espuma y de veneno..,. Tal es la 
fiesta a que os invito; ¿vendréis á ella, conde Elona? 

— ^¿ Y por qué me hacéis una pregunta tan extraña? 

— ^Porque necesito una respuesta. 

— ^Pues bien, yo no respondo nada. 

— ^Entonces, haré ensillar dos caballos , conde Elona. 

— ¿Y á qué bofa partiremos, Sir Edward? 

— ^Después de ponerse el sol. Douglas me hai prevenido 
que lleve conmigo doce oficiales ingleses para que dirijan ' 
otros tantos destacamentos de cipayos, No podemos salir 
hasta que haya cerrado la noche; el menor incidente po- 
dría despertar sospechas. El pais cree que la guerra de los ^ 
Thugs está terminada, y es preciso dejarle todo el mas 
tiempo posible en este error. 

—¿Y dónde nos hemos de reunir? 

— En la puerta de Mediodía. Nuestros oficiales saldrán 
uno á uno y nos esperarán á una milla de la ciudad, jun- 
to al pozo de Ananta. 

—Corriente, Sir Edward. 

— Conde Elona, no debemos presentarnos en la ciudad: 
así pues, voy á entrar en vuestro cuarto y á descansar al- 
gunas horas. 

Se estrecharon en seguida afcctuosSmentc las manos y 
no se separaron hasta el vestíbulo de la fonda. . 

Sir Edward subía solo la escalera, aparentando hallar- 



¡ QUÉ AMOR TAN SlWGüLAU! , ' 205 

se rendido de fatiga , cuando se eucoutró de repeate cara á 
cara con M. Tovver. 

— Sir Edward Klerbbs, exclamó el liUor. 

— Vrecisaraente, dijo Edward, á vos es á quien busco, 
vengo á haceros mi visita de vecino. 

— ¡Oh! dijo Tovver, ya sabia que os hallabais en Ner- 
budda, ;Sir lídward.... También nosotros debemor ir nauy. 
pronto á Nerbudda, según creo,.... digo, á menos que.... 

— ^¿A meuosqutí.... M. Tower? . * 

—No lo se, Sir Edward, ¿que queréis?... esto se com-. 

plica demasiado Entremos en mi cuarto y hablaremos 

con mas comodidad. • 

— Con mucho gusto, M. Tower.,.. Creo, sino me enga- 
ño, que la última vez que os vi en Londres, fué en los jar- ' 
diñes, de White-Stall. 

-T-iOh! aquellos sitios son mi galería favorita, Sir Ed- 
ward : el ministro me necesita coa macha frecuencia , y el . 
first clerk está seguro de encontrarme en ParUament''Street, 
ó en el parque de Saint-James. Siempre en los alrededores * 
de While-SuilL Cuando no como con el ministro ó con al-.» 
guna dama de West-Euáy como ordinariamente en casa de 
Rupert, 

— r ¡ M. Tower ! \ M. Tower ! ; siempre con las damas , siem- 
pre con las damas! 

— ¡Oh! pero no mas que por galantería, Sir Edward, os 
lo aseguro. 

—Por supuesto; ¡quien podría dudar eso... scuor. hi- 
pócrita! 

Tower soltó una grafti carjada y dió tres ó cuatro golpe.- : 
cltos con la palma de la mano sobre una de las rodillas de . 
Sir Edward que acababa de sentarse. 

— ^Qué excelente ministro hubierais podido darnos, M. To- . 
wer, tomándoos solamente la molestia de asistir á las últi- 
mas elecciones de Kent, en Greenwich, en concurrencia con 
M. Hodges. . 

— Sí, eso es precisamente lo que me aconsejaron mis 
amigos, dijo Tovver, suprimiendo la risa y tomando repen- 
tinamente la seriedad de un hombre de estado. Pero habia 
un obstáculo, mi alianza con Hodges, el cual como sabéis, 
ha sido ya nombrado cuatro veces en el We^t-Kent. 

—Sin embargo , M. Tower , os quedaba el Middleser; Allí 
Parker no es peligroso, y aun en Westminster podiais lia- ^ 
ber luchado ventajosamente con Leader y con Evans. 



206 REVISTA DE MADRID. 



I r 



— Síj es verdad, acaso.... pero, qué queréis, me gustan 
poco los negocios.... Ya sabek que los negocios.... 

-r-£ii efecto, los negocios (^isminuyen Iqs placeres. Cu^nr 
do vinimos para otros, morimos para nosotros. E¡1 egoís- 
mo es ía salud del alma. Así es que ye también soy egoísta. 

— ¿Y cómo pasáis el tiempo en Nerbuddií, Sír Edward? 

—Muy agradablemente, M. Tower. Tenemos nuestras 
reuniones de familia que son deliciosas. 

— Ola! ¿con que lends sociedad? ¿y con señoras? 

—No nos dejan solos ni un momento, M. Tower. Y una 
de estas noches además tendremos muchísima gente.... ex- 
tranjeros probablemente, que no han sido convidados, j 
que nOs agarrarán por el cueHo y nos obligarán á pasar la 
noche con ellos..., Y vos M. Tower, ¿cuáles son ynesirás 
diversiones aquí en Boudjah ! 

— Oh! no me habléis de eso, Si r Edward, no tenemos 
ni sombra de sociedad.... Muchos soldados, algunas fami- 
lias inglesas, damas de un puritanismo espantoso; impo- 
sible armar aquí ninguna intriguilla. Suelen verse alguna 
vez én las calles y á través de persianas algunos ojos acu- 
les y algunos bucles rubios; pero todo esto con una espe- 
cie de gazmoñería insoportable. Al menor piropo que se 
las dirija , os arrojan á la cara un shaHing que os dejan ta- 
mañito. £n cuánto á las indígenas , color de cobre , son 
menos salvajes ; manifiestan cierta inclinación á dejara aga- 
sajar, y se conoce que no detestan del todo á un europeo 
buen mozo; pero el color de jsu cutis lastima la vista, par- 
ticularmente á mí , que he servido cinco anos en Lancastre 
y puedo añadir que con bastante buena fortuna en los sa- 
lones.... 

— Desde luego es preciso convenir en que tenéis cerca 
de vos una joven muy interesante , y esta circunstancia os 
coloca en una posición ventajosa respecto á cualquiera com- 
paración^ 

— Afa! habíais de mi pupila, la señorita Amalia, dijo 
Tower tomando cierto aire de reserva. Sí, las brahmanesas 
no podrían brillar al lado de ella. iSir Edward, esta joven, 
os lo diré en confianza, me ofrece alguna inquietud. Me 
arrepiento en verdad ahora de haber aceptado el car^o de 
tutor. 

— Ese cargo deberá cesar én breve, s^un creo, M.iTower. 

— No sé una palabra respecto á ese punto , contestó Tower 
con acento misterioso. 



¡QUE A^0^ TAIÍ ^itigülar! 207 

— Gomo que no lo sabéis, exclamó fclward asombrado. 

— Hab|eihósen voz baja, Sir Etlward.... ]^scadtá4> Ves 

sois lin hombre discreto y experiipentado aunque joven.... 

■^Qué disparate! Somos de pna misma edad y M. Tower. 

— ¿Lo creéis así?... ¿es posible?... ¿Y conserváis ne^rps 
vuestros caballos? es verdad que los mios estaban' grises á 
(os 22 añóis.... 

^Eso caracteriza mucho una cabeza política como la 
vuestra , M. Tower. ' 

Oh ! sí, precisamente. Lo mismo me han dic^o do^ se- 
ñoras en los baños de Brigh ton..!.. ¿SabeiSjSirÉdwárd,qúe 
e3|a mañana he recibido una carta de la señorita Ámaua? 

— Oh! bien, ¿con que es^alis en correspondencia con vuesr' 
tra pupila sin embargo de vivir en la misma casa que 
ella? 

•—Hablemos formalmente , Sir Edward, qué la cosa bien 
lo merece..... Mi pupila no ha tenido valor para hablarme 
esta mañana, y me ha escrito..'.. 

—Excitáis mi curiosidad extraordinariamente, M. Tower.' 

— Si os hago esta confianza , Sir Edward, es porque en 
cambió necesito que me d.eis un consejo. El caso es ái*duo. 
"' — ps prometo daros todos los cohsejo$ 'que queráis: 

— Puesbien.... hé aquí la carta : leedla, os vais á que- 
dar estupefacto. ... Es verdad que dé las mujeres hay que es- 
perarlo todo.. Yo las conozco bien. 

— Oh ! ya lo sé. . . . Vaya , veamos esa 'carta. 

— Permitidme que os la lea, Sié Edward.... porque hay 
s^gun creo cinco ó seis renglones.... un poco atrevidos.'... 

«QüEBiDo Tutor. 

-^Querido tutor ! efi ! 

— Una fórmula de política, Sir Edward.... «Querido tu- 
i»tor,la soledad inspira la reflexión, y por eso íxe reflexio- 
»nado ipucho. Greia haber nacido libre.... Mi padre mu- 
jírió en Grecia por la libertad, y mi protector Lord Byron 
•tuvo la misma gloria. Sin emlargo, se me quiere consti- 
>>tuir en la esclavitud, á mí! ésto es absurdo, injusto, y 
«cruel. Quieren casarme contra mi voluntad; quieren en- 
» venenar mi vida, quieren matarme antes de tiempo. . . . í?ues 
«bien, yo me rebelo; no me matarán!» ¿Qué tal Sir ÉÜ- 
ward? 

—Magnífico; eso es portarse como una verdadera griega; 

«—(continuemos.... «Mi querida tutor , las mujeres no. 






- 208 REVISTA DE MADRID. 

» tienen en la vida mas que un negocio importante de que 
«ocuparse , y esté es su casamiento. Sin embargo, cuando- 
»ellas quieren mezclarse en este asunto^ se las dice que 
«esto no las incumbe. Pero no, yo quiero ocuparme de mi 
"matrimonio , y |io me casaré. Lo he decidido irrevoca- 
»blementc. Sé muy bien que se me puede ecbar en cara 
» haber dado mi consentimiento en este asunto.... » Aten4^d 
"bien á esto, SirEdward.... y haberme embarcado en Smyr- 
»na con cierta alearía para terminarlo en la India. Esto es ' 
«cierto , lo coníieso. Pero desde Smyrna á la India hay un 
«mundo, y puede cambiarse de modo de pensar en el ca- 
«níiíflo. Esto precisamente es lo que á mí me ha sucedido; 
' »>ya no pienso como pensaba. Así, pues, si se quiere vio- 
«lentar mi resolución os prometo un buen desenlace. Por 
"única herencia me ha dejado mi padre su puñal; el po- 
«niode su empuñadura sellará esta carta, y la punta to- 
»mará otra dirección. Vuestra afecma. etc., etc. 

Amalia.» 

* 

Hubo un momento de silencio. M. Tower guardó so- 
lemnemente la carta en su cartera , dando á su figura un 
aire de triunfo y de modestia á la vez. Sir Edward sin em- 
bargo no se ocultó la extravagancia que envolvían las mi« 
radas de M. Tower. 

— Hé aquí una cosa inesperada; dijo Sir Edward. 
k — Inesperada; repitió Tower con toda la estupidez de 
un eco. 

— ¿No os parece inconcebible semejante locura, M. Tower? 
"* Este apretó los labios, cerró los ojos, ioclinó la cabe- 
za, cruzó sus brazos y se calló. 

— ¿Con que ella salió gustosa de Smyrna, continuó Ed- 
ward con la maligna intención de escitar á Tower á decla- 
rar su increíble pensamiento; acepta el matrimonio; llega 
á lo que yo llamaré el puerto de himeneo. 

— Sí, sí, el puerto de himeneo, eso es precisamente, Sir 
Edward. 

— Y después rehusa al llegar.... Esto me confunde, M, 
Tower. 

— Ah! 

— ¿Ha ocurrido algo extraordinario durante la travesía, 
M. Tower ? habladme francamente. 

— ¿En la travej»ía? no, nada absolutamente. Nuestra jó- 



¡QUÉ AMO^ TAN SrNGULAR! 209 

Ten Y bella pasajera me ba parecido feliz y satisfedia. Ha- 
blábamos mücbas veces jun^s sobre cubierta.... de *eosas 
alegres por supuesto. La conté unasicuaotas historíelas muy 
divertida^.... con lo cual parecía divertirse mucbo..*. 

— Venían á bordo algunos oficiales jóvenes, M. Tower? 

— Qué ! al contrario I todos viejos y estúpidos.... ob! es- 
tupidos c()mo ellos solos. ^ 

— ¿Y aquí en fioudjah habrá visip por ventura?... 

— Tampoco, á nadie, os lo aseguro, Sir Edward.... un 
momento solamente á ese conde Elona.... Pero qué! Yo 
conozco á los hombres, y este no es peligroso. En un prin- 
cipio os confieso que tuve mis dudas, y aun escribí al co- 
ronel una carta respecto á este punto; pero observando des- 
pués mejor alcpnde Elona, lo he coln prendido perfecta- 
mentei Además que Amalia y él solo se han visto. una vez, 
y eso á presencia mia. 

—Pues en ese caso, M. Tower, no concibo en verdad.... 

— Kl tiempo UQS instruirá, Sir Edward. 
Tov^er volvió á cruzar sus brazos, bajó la cabeza como 
para disimular uña sonrisa y tarareó nn trozo de música des^ 
conocida. 
— M. Tower, dijo Edward fingiendo seiiv de sus medita- 
ciones, me autorizáis para que dé con^eioüento de todo esló 
al coronel Douglas? 

—Bien, dijo Tower recalcando notabiemeate esta pala- 
bra, no bailo en ello inconveni^ite. 

—Pobre coronel Douglas! 

— Oh ! un militar halla pronto consudos.... tiemeiertas 
•distracciones.. ...Ja comprendereis, Sir Edward, que no sería 
nada prudente ésponer de «ste modo á una joven.... que 
sería capaz de matarse como dice.. .. Oh lc<mozco bien á las 
mujeres. 

' — Prepararé al coronel Douglas, M. Tower, dijo Edward 
levantándose como para despedirse. ^ 

— Sí , preparadle , Sir Edward , pero con prudencia , eofflf 
precaucioa; hay una manera delicada de hacer las eoeas.... 
Qué diablo! yo soy tutor, es verdad , pero tutor basta eier^ 
to punto. Mo traspasaré los límites de mi cteber* Pero si fne« 
se preciso obligar á mi pupila á que se case contra su gusto, 
dimitiré el cargo, lo. dimitiré. 

— Muy bien, M. Tower. Habláis como un hombre de ho- 
nor.... Desde luego vuestra pupila tiene doce mil libras de 
dote, y con este apéndice siempre se encuentra esposo, 

aeCUUDA £1>0GA--*T0M0 VI. 27 



210 EEVISTA DE MAOIllD. 

— ^^lí OH espose de bu gusto. 

— Ppecisainente, eso qoería dear, M. Tower. 
Después de alguaaR palabras instgtaificaRtes qoe cambia- 
ron entre sí M. Tower y Sir £d\vard, se separaron como 
dos antigaos amigos. 

Solo ya en la escalera, reflexionó un instante Sir Ed- 
ward y dijo para sí : pues señor todo está perfectamente et* 
pilcado ;. ¿lona y la pupila Ée entienden á las mil maravi- 
llas. He querido en un acceso de celos arrebatar, al conde 
Elona y alejarlo de la condesa Octavia , cuyo proceder no 
erñ en verdad muy leal. Pero todo es ya inútil. Estoy com- 
pletamente desengañado. Clona se quedará aquí Partiré 
solo 9 y será tanto mi pbcer al anunciar al coronel una 
buena noticia, que olvidaré por un momento mi propia 
desgracia. 

Descansó después algunas horas y al espirar el dia se 
reunió al conde Ekma, ya pronto á montar á caballo. 

- Querido conde, le dijo apretándole la mat^b, olvidad 
todo lo qoe os he dítbo ; be- querido adquirir uno nueva 
prueba de vuestro afecto, y estoy completamente satii^eebo, 
Elona. Dios me libre de querer violentar vuestros gusto;?; 
qmdftos en Bbtid|ah. Qcwdaos. Somos basantes en Kerbud^ 
dá para baeer frente al enemigo. Estáis pronto á partir, bien, 
esto me basta. ]Nada haríais de mas á mis^ojos si partieseis.- 
Bdward acon»páfil6 estas palabras con un aceüto y un 
ademan de verdadera amistad. 

—Oh! dijo Elon* con resolución, si queréis quedaros, 
S^ir Ediward, partiré solo. 

— Bs inútil, conde Blo&a, enteramente inútil.... 

^Mnnea es inútil cumplir con su deber.... Sir Edward, 
ni una piilabra mas, ni una sola. Estoy á vuestras ordeñes. 

— Para quedaros? 

«^Para partir< 
Edward se inclinó en muestra de resignación éhizo sus 
preparativos. . * 

Eolrada la noche , dos caballeros , seguidos de ^oce soU 
dados ingleses ominaban sitenciosameiite por el camino dé 
labaeienda' de Nérbndda. 



¡QBÍ kiÁÓK TÁÑ SlficdLAR! 



iít 



XIV. 






Procul recedani 

(ÜYMNE MT YfiPJICS.) 



Nanea llega bastante pronto una buena noticia. Por eso 
Edwdfd, sabiendo ef$to,babia enviado liiuchas horas hacia 
una carta cayo contenido 4eb>a completar la dicha del co- 
ronel Doiíglas. Al separarse de lA. ToWer y antes dé entre- 
garse al descanso que tanto necesitaba, había escrito éstas 
línea«<* 

«Querido Coroi»íel. 

. , ■ . •'.,•■ 

» El cartero indio agita sus plancl^asde latOn bajo las 
«ventanas del boteL Vá á. partir á cabillo y á pa$$»*ii4r 
»Nérbüdda ; pero le he cogjdlo ál vuelo y \k be eutr^gádo m^ 
»tá carta para vos. Saltad de coatentp..Aaiali^9la niujep* 
HÍuerto^ H^ dado su ultimátum á M. Xower él bopábre diébil. 
«Hé aquí una copia, escrita de jtnework de la car|fi de ñues- 
''tra griega* (^igue la copia.) Esto os salva, ¿aviareqao» por 
» consiguiente el susodicho ulHmMtuíh,¿JL ipinistroque q^ie* 
«re obstinadamente cruzaros con la sangjra 4e Feríeles, ápe*- 
«sar dejos destinos^ Vor supuesto qiie no debefaios tefaer 
»el suicidio dei Amali^i^ teniendo cdinp tenemps el repedío- 
»eñ nuestra mabo. Según lo que be viko, y de lo qpeine |ie 
«enterado y be comprendido ;al travéi^ de la estupidez cplo-* 
«sai de lüf. Tower, verdadero tipo de tumores necios^ es 
»que el conde Elona no espera mas que upa pqasioa onor- 
»tuná pata casarse con An|aliai. $i d Vqlfaop {lu^ístrado 
»de Grettna-Green tuviese su herrería civil ^u B^jfÁln» ya 
«estaría fraguado éste matrimonio. Así, pues, baí qu^ído 
«Douglas , calmad todos vuestros temores. é inquietudes; os 
«habéis salvado según vuestros deseca. Éste aoontecimíap- 
«to me hace tan dicboiM) 4^úe he olvidado mis propias, 
«penas. 

»A(fios, cuanto cierre la noche' saldré para esa llevan- . 
»do los doce oficiales ^ y llegaremos precisamente en el mo« 






212 REVISTA P£ MADRID. 

«mentó del peligro si k> hubiese. Contad con migo esta no- 
»ch€ como siempre. 

»Edward.» 

Gaando Edward y el conde Elona se pusieron en cami- 
no, hacia mucho tien|^ que eata'^anto^e hallaba en manos 
del coronel Dooglas. 

Preciso es por consiguiente que sigamos á nuestros dos 
jóvenes en su «ventura<^ paseo , dirigiéndose á la hacien- 
da de Nerfottdda , escoltados por doce soldados por un ter- 
reno tan expuesto á cada instante á todo género de pe- 
ligros. 

La hora era solemne. Nadie hablaba una palabra, y pa* 
recia que cada cual llevaba fija su atención en sondear ias 
disposiciones amigas ó enemigas del campo, a ates de aven- 
. turar ninguna conjetura. 

Nada podría dar una idea dé aquellas estrauas soleda- 
des cuando la oscuridad de la noche las euvuelve. No es 
aquello entonces ni un árido y arenoso desierto, ni un lios- 
que sombrío y espeso. Es un ancho arrecife jbien empedrar 
do y sin adornos: á derecha é izquierda jardines cultivados, 
mezclados de ramilletes de árboles salvajes, y divididos por 
barrancos, en coyofondoruedán torrentes invisibles. Cam- 
pos de arroz aquí y allá sembrados de grupos de palmeras, 
qtíe parecen gigantes, conspirando á favor de las tinieblas. 
.Llanuras inmensas, cargadas como cestas, de hermosísimas 
flores , que se cierran por la noche como para entregarse al 
/(uefio, y se abren por la mañana paraisaludar al astro que 
las vivifica. Pero ni un techo de alquería, con su hogar do- 
méstico; ni un rayo de luz á través de trasparentes vidrios; 
ningún sonido de campana, ningún canto da pastor, nin- 
gún ruido de ruedas, ningún balido ni relincho, ningún 
incidente en fin de esos que en los campos de Europa pres- 
tan tanto encanto á la noche. 

La mitad del camino había sido ya recorrida, cuando 
igi^roximándose á Edward el conde Elona le dijo en vpz baja: 

^— Tengo un triste presentimiento , Sir Edward ; tenio que 
lleguemos tardé. 

—No os dé cuidado ese temor, querido conde, dijo Ed- 
ward con el tono de voz bastante únicamente para ser es- 
cuchado de su interlocutor. fí>s Thugs tienen la costum- 
bre de los fantasmas, esperan la media noche para presen- 
tarse. 



¡QUá AHOR TAlf SIirGCtARt 21 3 

'• — Osftsegaro, Sir Gdward smceramente , que tengo cu- 
riosidad de ver de cerca á esos animales indios. 

— Oh ! y bien merecen ía pena , porque estos animales 
no lian sido clasificados ni por Saavers ni por Buffon. 

— ¿Qni^n ha engendrado esos monstruos , Sir Ed- 
ward? 

— Han nacido de tres madres : la política , la religión y 
la estupidez. Los jefes mú los únicos que saben lo que ha- 
cen y loque quieren hacer; !a vil turba obedece á sus je- 
fes y á su fanatismo y matando todo lo que encuentra, ora. 
sean ingleses ó indios. Elistei^ fakires abominables que creen 
ganar el paraiso estrangulando á un europeo en el altarde 
Deera 6 de Doürga. Desgraciados por consiguiente los pri- 
sioneros, sobre todo si son ingleses. 

— Muy sombría es esa historia, Sir Edward. 

• — ^¿ Y á quien se lo decís? Figuraos que yo mro ÁHam- 
fet y fi Oífielo como farsas ahora. Me reiría á carcajadas en 
presencia de Lady Mácbeth. Cenaría con el espectro Banco. 
Valsaría con todas las brujas y hechiceras de William. Por- 
que creedme, todas esas apariciones son cuentos de niños 
al lado de los Thugs. Conde Elona, ya conocéis á mi valien- 
te Nizam, puesto que habéis viajado coa él; pues bien, es- 
'te indio se ha constituido m inspector de los Thugs. Nos 
dá un aviso, urfa instrucción 6 tin consejo, y desaparece co^ 
hfio un pájaro; ésta es su vida. Cmin(h) hayamos aniquila- 
do á esos monstruos, Nizam se morirá de fastidio.... Con* 
dcEtona, rae parece que vuestro caballo va algún tanto 
iiiquiéto..... 

— En efecto, sus movimientos no son tan regulares co- 
mo ha^a aquí.... A no ser que le haya picado alguna ser- 
piente.... ¿La Cabra-Capell no se entumece á estas horas, 
Sir Edward? * 

— Y el mal parece contagioso, Elona j porque mi caballo 
también se recela.... Aquel grupo de árboles que se vé alia 
abajo le ha espantado siii duda.... Hay allí nri manantial 
y un bosquecilto encantador viíttos á la luz del sol.... Allí 
fué donde Nizam vio el otro dia un fakir pidiendo limos- 
na á un árbol. 

— ^¿Cumplía quiiás algún voto? 

-^Se valia de una astucia. Peto Nizam no sé deja sorr 
prender por las alrteríaá de los Thugs.... Querido conde, os 
anuncio una buena noticia , no estamos mas que á una mi*- 
lla de Nerbudda. 



2f4 uvmji m MimiD' 

—Pues eómo, Sir £dward;» ¿los Tbtigs m to^A^^ jfte- 
sentarse de día á las puertas de Nerbúddá? 

' — Porque solo se preseata algouo q^e ol^ro aisladai^fittte. 
Ya se iFé, es un fakir/ un labrador, un jardiu/éíri)..,^ ff^ 
seles ha de decir á ei^ta i^peciede gen^? ]>'o p^driak creer 
nunca toda la clase de atenciones que nos vemos oblig^o^ 
á \mr eon.los Thuigg* Hay en Ingli^fieri^ uo club filaaljó* 
.pido que nos observa con. edificante cusdA^. Qqf^udo Im 
niies^rós Fon degollados^ uLclub íe (f^rfce e^tp muy saíural 
y no diice una palabra ^ porque píe|^ , j tieue rá«09 ) qm 
noi^tros beoiás Yenido 4quí p<M^a %¿t. dfigg^oUadi^* Peco si por 
el ^oiitraj;io mandamos ^hovjctíV á <$uálquie|ra Tbv^, enton- 
ces Íes otra cosa; el club baee auya la ciiuf^ 4p^ Tbíig» im* 
prime su oración fúnebre, y i^qs e^jrfgpi á I4 execcacian 
de la po&teridad ipdi(^. Tpíflo to -ciial nos obliga á guardar 
una gran circunspección-... ^\n embargo, si continúan es- 
tos espías ejerciendo &u oficio por esta par(e , nos f4[>odera- 
remos de loii fakires y de ios falsos labradores. 

Al pronunciar estas úliiipas palabras , se \ió levantar 
lentamente en la orilla del camino l^ íigpra de un cuerpo 
bumano alto y delgado, que agitaba unos braxos dfssjiiesu- 
rados , á algfinps pasos de los caballos. 

. Los saldados se d^tnvieroii mirando i &ii* £dward j esr 
peraudo sus órdenes. * 

— Ese es el fakir de quien hablábamos, dijo Edward coa 
la mayor sangre friai el que pide limosina á los árbples; 
¿laadiendo en seguida ei| di§)(Bcto iqdio: Sakib (4) iajkiir, 
quieres dejarnos paso, ó te envió con los malos espín^ffs 
dfi la Jiocbe. 

.£1 fakir agitó su ci|bepEa, y onduló, sus breaos jlaiigos y 
delgados como ser{»ieptes. 

— A la tercera intimación que te haga y no me 4rfi^d^^* 
cas, te bago fuQgo , dijo Edward. 
' T-Apoderémqnos de él, auadció £k>na. 

— ¿Apo4erarse de él? al primer inovimí^nto que hicié* 
sernos desaparecería como un relámpago ; las balas ^e p)o« 
mo pueden línicaniente di|r alcance á esta especie dfi ani- 
males. 

—¿Pero qué es lo que b^^^.bí» io^Mdiéqdpi^ el paso? 

; — ^06 maldice, 4^ lo cual en verdad nos debe dar {loco 

cuidado, ¿Ao es así? Pero fsti^ mpildíoiqii yá siendo ao por 

■t 

(1) Sahih en indio, equivale á seHor, 



¡ QUé AWW TJ^ *SMSQVf^ASi ! 3 1 & 

co Iai:ga%... /Sabib Ffikir, ¿quieres irleá iili4de0iriio^ desde 

—No..-. 

T"¿Qttieres degoUartips ? 

^— Si . • ■ • 

— -A lo menos es liombre fratico el tal i húg. 

E4ward tomó una pistola y lik dispanó. £1 feKir cayí^. 

Pero en, el misaio instante efe levantarotí ea las dos orillas 

del «amiao eien espectros negros oomo Tampiro$ bomifados 

por las tumbas. 

— Que cada uno eumpla cod au deb^r , exdamó Edward; 

£1 pequeáQ destacamento se encoKitré fácilmente rodea- 
do por la turl^ de bandidos indios. Amados soiamente los; 
soldados de dijnks y de pistolas ^ recbasaroa valerosamenle 
él primar cboque. £1 conde Elona bmo fti^ cuatro ye-' 
ees, pero é la quinta cogido violentamente por un brasil 
emmigo, bajó liemasiado lá puntería y una bala esi^tra- 
viada birió á su caballa en la cabeza. El i^itrépido ginete 
bapia los mayores esfuerzos para sostenerse , pero el pobre 
toiinal se escapaba bajo sos rodillas. Edward por su parte 
. después dé badier agotado sus munícáoiKes, tenia doa luchas 
que sostener , la de los Tbogs y la de su caballo <fue se 
rebelaba de tei|KH*<:odli!a la ec|>u^. Koáforbudo sobte la 
crin con una pisstola d/e arzón en cada mano, y sirviendo* 
se de ellas como de dos mazas de armas , prestaiba á sus 
robustos beatos una lufía d^ r<^<áo&taa \iva, como si se 
bubiese hallado atrifnelif^rado en el círculo inaccesible de 
un torreón improvisado ed el desierto. Un grito agudo atra- 
vesó el aire: ¡aquí, Edward, a!quí!... Elona acababa de ser 
cojido por los Ihngs. £dward des^rró los bijares de su 
caballo, mordió su flotante crin, y se encarnó como un 
centaura m el cuello del aninial á fin de volar con él al so- 
corro de su amigo : pero el rebelde caballo después de dar 
algpnos botes, s^ ertcabritó, retrocediendo sobre su6 pier- 
nas; atermdo con lavisia deleadá ver de su hermano, rom- 
jiió las bridas y salió desbocado atravesando furiosamente 
aquellos campos, y sallando los arbustos y los arroyos basta 
llegar á un sitio desconocido. 

Tres oficíales ingleses habían sido ahogados en el acto; 
los demás fueron amarrados como víctimas destinadas ^1 
sai^rifi^ip , y llevados ef& l#s ibelKikvos ide sus vendugos oou 
uiia^agiMdad mpooltUteíai A la^ caiíaaaide esttt fúdobteicon- 
^x>y I cnattK) bapdi^%iealY^$ arf«»t«ahan al omde Elooa. 



216 lEVfSTA HB MADRID; 

Todo esto hiibta pasado dotnúte algunos instantes. 

La rapidez, de la carrera no h^bia permitido á EdwaVd 
calcular «el espacio que habia andado. Así pues, cuando 
el caballo rendido de fatiga, cayó sin aliento, el pobre .ca- 
ballero se encontró rodeado de un nue\o peligro. Toda tra- 
za de sendero humano ó salvage habia desaparecido. £1 ári- 
do desierto d^aba ver en sus estrechos horizontes rocas ó 
árboles sombríos que parecían los muros deun circo arruina* 
do. Edward quiso examinar la brújula que le ofrecian las 
estrellas, pero si bien estas le indicaban la dirección que 
débia tomar, no le daban á conocer la distancia qqe la se- 
paraba de cualquiera lugar á donde quisiera dirijirse. La- 
pord y Geiland tienen en su Zenit en una misma hora las 
mismas constelaciones. Cada hemisferio de nuestro plañe* 
tu , está cubierto pcH* un solo punto laminoso de su firma- 
mento. 

Edward abandonó el caballo á las fieras , seguro de que 
un festín tan abuntánte y servido con tanta generosidad en 
el desierto , debia atraer forzosamente sanguinarios convi- 
dados, que entretenidos en aquella inesperada diversión no 
le estorbasen én su marcha. Y después de haber dirijido al 
cielo sa última mirada de astrónomo y de cfrístiano, se pre* 
cipitóeon paso apresurado hacia el lado del norte. 

Pronto sabremos qué idea le liabia inducido á encami- 
narse hada aquella parte. 

Los hombres habituados á la observación y al estudio - 
de los secretos y caprichos de la naturaleza , han notado que 
generalmente y cu todas partes desarrollándose el campo 
hacia lo infinito, se reviste de horizonte en horiz(Hite y á 
laicos intervalos de una capa uniforme de tierra y de ár- 
boles, y que cada pedazo de terreno al aproximarse á su 
límite empieza á perder su fisonomía para confundirse con 
la otra que le sucede. Cuyo trabajo de imitación graduado 
se revela particularmente en el centro de los grandes cqh- 
tínentes vírgenes todavía, donde la naturaleza no ha cedido 
aun al hombre sus antiguos derechos, donde la devastación 
no ha tomado aun el nombre de embellecimiento. 

Edward observó que los accidentes del terreno, súbi- 
tamente descubiertos en los límites del valle, tenían algu- 
nos pontos de semejanza con el campo de Roudjah, del 
mismo modo que se notan algunas líneas de filiación en la 
figura de los déseendientes de una familia patriarcal. Los 
hombres dotados de una (H-ganizacipn fuerte saben con- 



iQUÍ AMOR TAIH SÍNGUIAR! 217 

servar aun en las circunstancias mas difíciles una gran ló- 
gica de conducta y de reflexión. Edvvard lo olvidó todo, 
hasta ia terrible suerte del conde Elona. Se olvidó Üe sus 
amigos, de sus amores, y hasta de sí mismo , á fin de con- 
centrar esclusivamenté su pensamiento para descubrir la 
ciudad de Roudjah. Esta era la única é imperiosa necesidad 
del momento. Hallada que fuese Boudjah, los demás cui- 
dados serían sometidos á sii vez á nuevas combinaciones de 
salvación. No nos admiráremos, pues, de que esperimen- 
tase Edward cierta alegria relativa, al notar algunas señales 
de filiación, aunque lejanas, con los campos de Roudjah. 

Esta idea prestó alas á sus pies y^ á sus brazos; parecía' 
mas bien un hombre que huia de un peligro inminente, 
que uní) que buscaba una ciudad. 

Ün pequeño rio profundamente en^jonado y escesiva- 
mente rápido, detuvo su vuelo. Cosa Üien fácil era atra- 
vesarlo, pero considerando Edvvard la linca de colinas^quc 
bordaba la otra «rilla, y reconociendo la familia á que 
pertenéciaü los árboles , concibió inmediatamente que este 
rio^ debia forzosamente al fin de su curso pasar por cerca 
de Roudjah. Se acordó entonces dé los Swimming'CoU'' 
ricrs (1) que descienden por los rios de la India llevando 
cartas , y tomó al momento su partido. ' 

Se lanzó al rio, y tomando la corriente, se dejó llevar 
dirigiéndose con imperceptible movimiento de manos. 

Insensiblemente perdían las dos orillas su carácter sal- 
vaje, y permitieron al fin ver á través de los árboles una 
tierra cultivada por la mano del hombre. Cuando al atra- 
vesar un desierto se descubren estos primeros vestigios de 
labranza , se puede asegurar que la población no está lejana. 

Edward' ganó la orilla derecha, y se encontró muy 
apronto en país conocido. El campo se había convertido en 
jardín ,. los caprichosos parques, los bosquecillos, los cami- 
nos bordados de césped y de flores con todo ese lujo de la 
fantasía rural podia hacer creer que se viajaba de Londres 
á Oxford, y que si se continuaba caminando, se encontra- 
rían los jardines de VVycombe ó de Wostook con la sola di- 
ferencia de que un profundo silencio reinaba al rededor de 
Roudjah , y que el conquistador á pesar de su poder no ha- 
bía dado aun á sus encantadoras imitaciones la seguridad de 

las noches de su pais. 

<#? • > . 

(1) Correos nadadores. 
SEGUlfDA ÉPOCA.— TOMO VI. 28 



318 REVISTA pK UAS}fífú. 

Tres boras haMw pwaéo solanieiite dea^ Ja dec^racia? 
da partida de Roudjab ; el conde Elona y Édward babiáu 
dejado esta ciudad al poQeri»e el sol , es decir , á la aproxi- 
mación de las tiniblas. En estos lugares privados de la tran- 
sición del crepúsculo y ^l dia acaba á las seis, y deja aun 
i la noche un espacio bastante largo. 

Édward se hizo reconocer por los soldados que custo- 
diaban la puerta del mediodía y entró en Roodjab seme- 
jante á un marino escapado de una hatalla ó de un naufrajio. 

En ansenda del capitán Moss, mandaba k plaza el te- 
niente Stephenson. Hé aquí las primeras noticias que ad- 
quirió Edward. 

Se dirijió á casa del capitán Moss , custodiada por una 
guardia numerosa ; y preocupado como se hallaba por los . 
graves sucesos que babian teuido lugar, ni \ib pensamiento 
siquiera dedicó á la^Snujer que babia buscado asilo en aque- 
ila misma casa. 

Edward en fuerza de la enerjía moral ^que lo-caracteri- 
z4ba, disimulaba bastante bien , en el tono de su yqz y de su 
iisonomía , el horrible estado de su espíritu ; pero el irrepa- 
rable desorden de su traje ocasionó cierto murmullo entre 
los soldados y destruyó el buen efecto que su heroica sere- 
nidad babia legrado producir. Siniestras conjeturas se for- 
maban entre los grupos , las cuales se acercaban mucho á la 
realidad. 

La casa del teniente Stepheoson que indicaron á Edward, 
se hallaba situada eq frente del terrado de la del capitán 
Moss. En aquella tuvo lugar el diálogo siguiente. 

— Tejiente Stephenson , pr^untó Edward, me recono- 
céis ? 

— Sí , Sir Edward, os hallabais con nosotros cuando nos 
batimos con los Thugs capitaneados por el fakir Souuiacy. • 
— ¿Podéis disponer de doscientos hombres? 

— Sí , Sir Edward. 

— Quedará sin epibargo bastante número para custodiar - ' 
la ciudad? 

— Oh ! la ciudad no me inspira el menor cuidado. 
Entonces Edward contó al teniente Stephenson el fatal 

encuentro que habían tenido á la entrada del bosque. 

— Teniente Stephenson, añadió , lo que nos ha sucedido 
será puesto en duda por el coronel Douglas, pero niijuca* 
podrá creer que poco después de ptrneirse él sol limos sido 
atacados por una bandada de Tbjags en los alredcdor|BS fie 






H^)))td4a. Es^ pp )j/i^i4^ jamáis h co^hpbre de i^sos l)§ar 
didós. í'or lo deniás^^ iúút^í qÜQ' pt'pCf^rf mos a^ifrfir 
este enigma; ocupémonos de ío mas impor^j^t^^ £i<eojpde 
Elona y nueve soldados i agieses hafi si^ó linchas prisione- 
ros; alo menos debemos isaponerlo así, y ppi* Qonsig4iiente 
que viven aun y que están 4!ssti{iadps á u^ sacrificio liorri- 
ble. En ciertos casos cooocidbs únie«imeiite por 16^ l'bugs, 
noasesinao en jel acto á sus pjri^ionerp^ ^ los guardan para 
paj^pí* con elips'd^udfs de san^i:e á sus infaqies»» idplos. JE^ 
preciso, pvje^, parí\r vplandp', ,si es pp^ible, al soco^*pde 
nuestro amigo y de esos soldados; un instante que percjiar 
|iios es irreparable y puede serles fatal. 

V-^^yjpstp es lo míe me pedíf , §ir I?^ward: si espp 
desg^áomd(^ baii dejaaó'de existir, iiiiestro ¡clebfr nos or- 
di^^ qwe cpumi^ieipos á lo miónos sus í»4*verss J les de- 
pp^ una sepuHur^ gloriosa. Pero bay una di¿cuUad. ¿Gor 
popéis la gi^arídá de esos n^ónstruos? ¿Sabréis indicar el oa^^ 
mino & qpc^trbs sbldpdós? Ii03 Xbngs tieneU|3scpnc(it^ 4^r' 
cojoóci^os.... 

--]B(epi)fBvislo.esa objmfien, te^lieate StepUeoson, y síbo If 
bubte^ pFeyf$t$f, no babri^ venLáp á buscaros. l^Iientras 
ji^jtr^ lúcba cou 1q$ Tliugs^ puedo ast^uraro^ qi^e i^e rer 
conocido á algunos de ellos; son los mismos de ^ojií^ño* 
cte. ^n Ips sejdes del íaKir 8omii.acy, Tal veas rpad^i^^^ 
^ii^edores aé jVerbúddá con la espi^anza ^TÚMdvi^r é §a 
^akir prisionero.... ¿Dónde habéis relegado á Sobuíj)^^? 

, — £9 la prisión próuma, aquella que astácontigí^ á la 
casa del capitán Moss. 

-^¿En frente? 

— Sí,Sir Edward. 

— ¿Qq^eis permitirme dirigir este njego¡eio , temiente 
^jtepbeppon^ 93 respoiiHo con mi ciib^ia , y p^ mi bpoor, 
qué mi amigó Douglás aprobará cuanto bi^arnosr.^ 

—Lo creo, y os obedeceré, 8ir EdwarcT, Q^q[ip pbede- 
raría á yujcstro an^iij^ el cpropel ]pipiugUs. fCim^^ bien to* 
d^ l|l cppiSapza que 4e inspiraos. 

—Vamos á ver al fakir en su prisión. 

— Yaxfios , Sir Edward . 

— Teniente $tep)h^n^9 , me ipermita^^is en segqidí ha- 
cer W tQíl^litp e|ii vi^éstra m^. í¡^^ balUrcpe d« vuelta 
en Nerbucída antes de media noiQfie. ]!^qf§ qs|4 al» coo 3ii 
4f^cf(fiieiiito,, y I^qg|j|s me espe|í*f :t4mbien. (^da noche 
t^f^ iik ataque, y ^p ^ ^atl^e allí mt/^ de m^» 



¿20 REVISTA BE MADRID. 

noche , como os digo , me creería Douglas muerto ó des- 
honrado.... ¿tenéis un buen caball^í 

— Sí.Sir Edward. 

—¿Un caballo que haya \isto á los Thugs? 

— Y qué no los teme por cierto. 

— Bien, vamos á ver al fakir. * 
Y salieron en seguida. 

En aquel mismo dia y durante las mismas horas , es de- 
cir, después dé ponerse el sol, escenas muy distintas pasaban 
simultáneamente, escenas que se enlazan 'ton nuestra his^ 
tória. 

M. Tower precedido de un criado que llevaba un acha 
de viento, se dirijia á casa del capitán Moss. Hizo que le 
abriesen la verja del jardin y al poner el pié en el vestí- 
bulo, retrocedió tres pasos al veí* un vestido blanco lleva- 
do con tanta elegancia, que podia desde luego asegurarse 
,no cubria el esqueleto de ningún fantasma ; así pues, el es- 
panto de M. Tower era incscusable. Este gracioso traje se 
adelantó hacia el dintel, y un rostro divino fué iluminado 
por la luz dé la antorcha que alumbraba á M. Tower. 

— ¡Oh que es nuestra J)ella condesa Ofetavia! exclamó 
juntando sus manos. Hé aquí una sorpresí^ verdaderamen- 
te agradable. - 

¿Vos aquí á estas horas, mi querido tutor, dijo la coíi- 
desa disimulando su mal humor, y qué venís á buscar á 
esta casa? \ 

— A vos, dijo el tutor riendo estúpidamente, ¿os admi- 
ráis por eso? 

— Dejaos de bromas, M. Tower, no tengo humor para 
chanzas esta noche.... estoy fu ricpa contra mis camareras; 
figuraos que hace una hora que las estoy buscando y á nin- 
guna encuentro.... Buscáis sin duda al capitán Moss ¿no 
es verdad, M. Tower? 

— Sí señora, lo habéis adivinado. 

— Pues* habéis de saber que el capitán está ausente. Me 
han diciio que ha ido á un baile en casa de un holanclés 
que vive aquí cerca. 

— Ha hecho muy bien ; cuando la guerra ha terminado 
los oficiales jóvenes deben bailar para casarse. 

— Sí; porque es preciso volver á poblar el mundo des- 
pués de haberlo destruido. 

— ^Eso es'precisamenté;' pensáis con niuého juicio. Per'ó 
fne es en extremo sensible no hallar en casa al capitán Móss: 



I ~ 



¡QU£ AMOR TAI^ SI9QUL4R! 221 

—¿Queréis descansar un momento en mi cuarto, M. Tower? 
-rlln iastanté no mas^^porquehe dejado mi liotélcon graa 

5 risa.... Yüien, mi bella tránsfuga , dijo Tower sentan- 
ose con toda la mal disimulada pesadez de sus sesenta años, 
mucho pesar nos habéis causado con vuestra brusca desapa* 
ricion. 

— ¡Oh ! no bableipos de eso ahora, M. Tower.... 
El tutor cruzó sus brazos , cerró sus oJo& y hizo una 
inclinación de cabeza. : 

— ¿Y vuestra Yisita al capitán Moss encierra algún mis- 
terio? continuó Octavia con un tono de indiferencia muy 
marcado. 

— Señora, no teugo misterios para nadie y mucbo meno» 
los tendria para vos. Quisiera saber si el capitán Moss'podria 
darme noticias del conde Elona. 

— :¿Del conde Elona? dijo Octavia con una emoción que 
no pudo disimular. 

— ^i señora, ese joven no hace mas que ponerme en cui- 
dado.... Le observo sin cesar, porque.... ya lo veis.... no 
se sabe loque puede «uceder.... Es un francés de Varsovia,; 
como suele decirse.... Me temo en él un arrebato de ciabe- 
za.... En verdad yo no se bien lo que debo temer pero mi 
deber es vigilar lo que pasa en mi casa. 

— Voy á procurar que nos dé un poco de aire, el calor 
es en extremo sofocante; ¿no es así M. Tower? dijola con- 
desa levantándose y abriendo las persianas. Podéis continuar 
cuaudo gustéis, M. Tower. 

En estas palabras de la joven condesa se advertia cierta 
turbación ^ pero el bueno del tutor, nada advirtió. 

— Acostumbramos comer juntos como dos buenos amigos, 
y hablamos. El conde está siempre triste, pero yo le dis- 
traigo contándole mil anédoctas y dándole lecciones de estra- 
tegia amorosa. En fin, pasamos las noches lo mas agrada- 
blemente posible enliste paisde lobos. Pero hoy mi hom- 
bre no ha parecido á la hora de costumbre: le he buscado 
por todas partea , por la casa , por la calle , en la alameda 
délas mimosas, en el parqué de las bellas indias; pero na- 
da, no. he podido hallarlo ni .vivo ni muerto..*. Lo único 
que he podido averiguar es que al ponerse el sol le han vis- 
to salir mas triste que nunca acompañado de Sir Edward. 
Tomaron los dos el camino del campo y desaparecieron 
entre los primeros árboles del bosque sin decir una pa- 
labra.;.. 



3Í5tó ¿EVíStÁ bé MAÓtití. 

—{fea itfo á batiese f éxcláitió Ik óótídiésá líeváñdd sus 
Manóla ala flétate y. paMiyéiá^Ó ^p^tatitátieálÚ^té'. ' 

— t^ó mismo nos ocurrió á nd^ótros^^U^ M^iueiité Tp- 
wér'. Eso es üíií rfu^lo. dije yo para mí.... j^éroí^réítéxionapáó 
después ñtejor , atladí : ¿y por qué se han de batir Edward 
y Elona? ¿qué razop o motivo?. . . 

— Que han ido á batirse, os digo, repitió la condésia pa- 
seándose agitada y con ios brazos cruzados sobré el pécbo. 
Un duelo I Sí , un duelo I por su cuenta ó por la del coro- 
n.'l ftói%Ias, ó por la de los dos á la vez.... £1 coronel lo 
skbetodopi'obablementey y no se Casará mientras \iva ei jo- 
ven conde^... y después.... sí,, esto es precisamente.... Sir 
£d ward dispara dos ti tós á la par .... 

¥ower la escuchaba con Cándida sorpresa. 

—Oh ! vos no comprendei$ nada de e$tad cosas, }S, T6- 
wer , continuó la condesa. Nosois tutdr para coBÍ|irien- 
derlas. Pero yo lo adivino todo , todo. ... Ah ! esto es in- 
faYné ! . . . créiá, éthbaMáfMIe con sú' teoría acéi*ca dé fas con- 
jleturas!... qtíé hottibre tan eispaíátoso! miente como ün 
bouzo; recorre los bóé'que$ con las bohemias del l^ralabsfr! 
liiáta'á sus rivales y á los ilVates de sus amigos!... EÍete^iable 
Sir Edward!.... Oh! cuando le vi en Stíiyi^na no me engañó 
por cierto el primer itistíntb de mi corazón ... . Quisiera reu- 
nir e¿ tai pét$p tod^ elidió i^úe abrigan íos demoilios díel in- 
fierno conti^a ÍMjos paira lanzarlo cphtrá ese hombre, en es- 
te momento.... 

—Y yo que le creía tan buen muchacho, dijo Tówer eñ 
d colmó de la ^ospresa ; 

— -Gallaos, M. Tower, sois tan estúpido como lo son to- 
dos los, tutores ingleses.... Pero aun no me habéis dicho para 
qué véniáis á buscar al capitán Moss. 

— Séñbrá, dijo Tower con ese tóño dé dignidad teatral 
qiie tonia un tonto, cuándo se cree ali^ido eñ lo que con- 
sidera eti sí mas importan bé. ---Señora, es muy sencillo, 
venia á contar todo lo que ha pasado á M. Moss y á pe- 
itíñe úoticias del^ uno ó del pfró. Me es imposible pasar la' 
noche en una inquietud como en la que m^ hallo. 

—Oh! sí.... es muy grande su inquietud 1... todos los 
fiombi^es ó son l<>cos, Ó tontos ó infames!...' Me parece 
qtíé hay déma3Ía(lo ruido en la cáUe, dijo Octavia pres- 
tando atención, y ásomándo$e á la ventana. — Óhl habrá 
tenido ya íügár la catástroie.... se habrá sabido y habrá 
promovido ese rumor. 



• ••• 



4, 



Dirigió entopcés una ítíirada penetrante báoia la calle^ 
y retrocedió lleáá ilé espanto ; aóabába de distinguir li Sir 
Edward, á pesar del horrible desorden que reiuába en lói 
^ estidos de nuestro héroe, que lo haeian casi (íéscpnócído. 
Es verdad que las mujeres reconocen fácilmente entre mil 
y aun en medio de la mas completa oscuridad, al hom-^ 
bre ^ quien aman, ó á qüiéu aborrecen. Es prpciso con- 
\cnir en que tienen dos ojos mas que nosotros. 



XV, 



VHiMMro 4« ttu OMiitr. 



La condesa Octavia, oculta detras de una persiaua, se 
inclinó sqbre el antepecho del J)álcon á tfn de poder seguir 
mejor con la \ísta todos los movimientos de Edward^ 

Este y el teniente Stepbeñson entraron eii casa del ca- 
pitán Moss y atravesaron el vestíbulo dirigiéndose a la 
prisión. ' 

En uno de esos momentos de delirio en que toda cir- 
cunspección desaparece, se dirijió Octavia á la rampa dé 
la escalera interior y llamó á Sir Edward <íon una voz en- 
tre imperiosa y conmovida. 

Edward se estremeció al reconocer aquella voz, y es- 
peró para obedecer á que lo llamasen por segunda ve». 

—-Teniente Stephenson, dijo con aparenté tranquilidad, 
os ruego que me esperéis un momento en el jardiu; tengo 
un encargo que evacuar del capitán Moss, y necesito su- 
bir á las habitaciones. . 

—Bien , pero apresúraos cuanto os sea pósítle,, Siu 
Edvs ard , dijo Stephenson , ya sabéis que no hay un instan- 
te que perder. 
— tá lo sé. 

Edward subió á las babitadones altas y no fué poca su 
sorpresa al ver á M. Tower en el salón con Octavia. Se sa-. 
ludaron fria y reservadamente, y apenas hubieron cumpli- 
do con este deber de política, se levantó la condesa , eer^ó, 
la puerta dando dos vueltas á la llave ^ guardó e^tii entre 
sus vestidos , y estendieudo cuanto le fué posible su brazo 
derecho y colocando sá mano en el desnudo peclío de 
EdwaM: 



224 REVISTA DE MADRID. • 

• . % 

—No saldréis de aquí, cabíillero, le dijo con voz conte- 
nida pero colérica; no saldréis de aquí, os repito^ sino desr 
pues de haberme dado una completa satisfacción. 

— Señora, contestó Edward con tonotranquilo^ señora, 
antes de todo os suplico que me dispenséis por la manera 
poco conveniente con que me presento.... 

— Os he llamado, caballero, continuó Octavia interrum- 
piendo á Edward, pero no para oir vuestras escusas.?.. — 
Sir Edward, añadió lanzando á éste una mirada de fuego, 
os preguntaré como á Cain, ¿qué habéis hecho de vuestro 
hermano? ¿Dónde está el conde Elona? 

Esta pregunta era por sí sola bastante para anonadar 
á cualquiera hombre que se hallase en la posición de £d- 
Avard. Pero lo que mas habia lierid» el alma de .éste, era 
el acento nada equívoco de una mujer furiosa que pi:onua- 
cia el nombre del que ama. 

Edward hizo un esfuerzo sobre humano para sobrepo- 
nerse á la espantosa situación en que se hallaba, y conven- 
cei'se por sí mismo de que no hay grandes crisis para los 
grandes corazones. 

— Señora,* le dijo, os juro por mi honor que ignoro.... 

-^No acabéis vuestro execrable juramento, ó mas bienno 
perjuréis, caballero. Os habéis batido con el conde Elona, 
losé! 

— Señora! qué horrible idei! 

— ¿No os habéis batido? no? pues entonces ¿qué cís lo 
que habéis hecho de él? 

— Dios mió ! señora ! 

— Ah! le habéis asesinado!... Sí, sí, el crimen está pin- 
tado en vuestro semblante.... Todo revela la horrible lucha 
que habéis sostenido con el infortunado joven. Vuestros 
cabellosy vuestro pecho destilan sangre.*... Presentad aun 
hombre acusado por ¡tari espantosos testigos en la barra de 
un tribunal, y al dia siguiente subirá ese hombre al cadalso. 

— Es cierto , señora ,■ dijo Edward con sublime tranqui- 
lidad. 

—¿Y decís que es cierto?... ¿y nada añadís para justifi- 
caros, caballero? 

— Nada, señora. La cólera no escucha ; espero pues la 
calma para hablar. 

— M. Tower, dijo la condesa dirigiéndose al tutor que 
estaba medio muerto, M. Tower, hacedme el gusto de de- 
jarnos solos.... entraos en la babitacíon inmediata,... 



\qüi ÁMOA YA» . fturocLAli ! 225 

Tower no agaardó qae le repitieisea aquella invitación , 
y no solo obedeció inmediatamente, sino qae faixo mucho 
mas que lo que la condesa se habia propuesto. 

— Sir Edward, continuó Octavia, podéis hablar con en^ 
tera libertad; estamos solos y.... ya lo veis, me hallo en- 
teramente trauquila . 

£u nombre del cielo , señora , dejadme salir, dijo £d- 
wardcon acento desgarrador, dejadme salir. Me esperan.... 

—¿Y para qué? para hacer desaparecer tal vez los san- 
grientos vestigios de vuestro crimen? 

— Señora, contestó Edward con el mismo respeto y la 
misma urbanidad que acostumbraba tener siempre con cnal- 
quiera mujer: señora, si fuese un criminal, como decís, 
sería muy débil vuestro brazo para detenerme aquí. Esa 
ventana ó esa puerta hubieran favorecido mi fuga en menos 
tiempo que el que necesito para pronunciar vuestro nombre. 

—Pues bien, intentadlo, caballero, intentadlo si podéis. 
Os prometo que sabré castigar vuestra audacia.... Yamos^ 
intentadlo.... 

— Oh! mi posición es horrible.... si supieseis.... 

-^Hablad, caballero, hablad.... 

— Ah! cada minuto que pasa es un crimen, señora.... os 
lo repito, mi posidon es horrorosa. Yo no puedo permane- 
cer aquí, ni salir, ni hablar. Si me quedóme deshonro ante 
un amigo; si salgo sin explicarme me deshonro ante vos, 
señora, y si hablo, me deshonro ante todo el mundo. Con- 
desa Octavia, un hombre orgulloso como él solo, está á 
vuestros pies , tened piedad de él. 

— ¿La habéis tenido vos del conde Elona? ¿decid? y sino 
rospondédme. . . . ¿de qué venas ha salido la sangre de que 
os halláis cubierto? responded. ... y sino , miraos en ese es- 
pejo y horrorizaos dé vos mismo. 

Al oir estas palabras no pudó Edward contener un grito 
sordo pero desgarrador. 

— Oh ! sí , lo comprendo, continuó la condesa , ese es el 
grito de vuestra conciencia, el grito de los remordimientos 
que destrozan vuestra alma.... que Dios os perdone, porque 
yo no os perdonaré nunca. 

— Señora , exclamó Edward , si supieseis lo que hacéis en 
este momento ! si 1q supieseis ! y hería el suelo con sus pies y 
la frente con sus manos, asaltado por una cruel desesperación. 

Un golpe violento se oyó en la puerta de la sala , y una 
voz exclamó al mismo tiempo: Abridme, abridme! 

SEGUKDA. CPOGá.-"TOMO VI. 29 



226 AfiVISrA.BE ItiJÑItí).' 

£8ta voz no era desconocida á Sir Edward pero apenas 
la recordaba. Sin embargo , no se conmovió ma& de lo que 
estaba por un accidente tan vulgar ; no pudiendo él^lír^ po- 
co le importaba que entrase todo el mundo. 

Después de algunos momentos de vacilación se .dirijió 
Octavia lentamente hacia el fondo de la sala con ob}eto de 
abrir la puerta á la que no cesaban de llamar., Edward la 
siguió repitiendo sus súplicas á cada paso qtie daba,. pero 
Octavia solo respondía con gestos negativas señalando á £d- 
>vard el otro extremo de la sala. 

La puerta se abrió y Amalia entró. La amistad se des- 
pertó inmediatamente en el coraron de aquellas dos mq je- 
res, prorrumpiendo en gritos: de alegría y co^íundiendo sus 
suspiros, sus labios, sus abrazos y earioias. 

Amalia se desprendió la primera , y cruzando »m ¡moos^ 
elevándolas por encima de su cabeza, y dejándolas caer des- 
pués en toda la extensión de sus brazos, ei^cl^mó cou voz 
ahogada : Con que ha muerto I . . . ha ipuerto ! . . . 

— Sí, dijo Octavia, enjugando sus lágrimas con los bu- 
cles de sus cabellos ; sí Amalia , y h^ aquí su ai^i^o. 

La joven griega lanzó ^bre la freirte de Sir Edward. uñar 
mirada de Pitonisa. > 

— ¡Oh! dijo entonces, sí, es verdad,, lo sé todo.... Al- 
gunas líneas escritas por .M. To^er é itroduciidas por de» 
bajo de la puerta de mi cuarto me lo ban descubierto to- 
do... M. Tower me ha acompañado hasta aquí.... 

— • ¡ Estúpido Tower ! dijo lüdward , como si hablase con- 
sigo mismo. 

¡Qué audacia de demonio 1 añadió la condesa; sí, 
¡ quiere culpar á M. Tower! 

— ¡Ahora, á lo menos, quedo en libertad, dijo Amalia 
suspirando. Sí, pobre huérfana, si m| padre y mi madre... 
muertos ya por desgracia, me btubie$en presentado un es- 
poso elejido por ellos, Dios sabe que. me babria sometido 
sin murmurar á su voluntad santa.... Pero á falta de ellos 
nadie tiene derecho de imponerme sus órdenes, violentan- 
do mi gusto.... Sin embargo , me habia resignado con mi 

suerte.... habia aceptado á otro....* Ese coronel inglés 

Pero ahora puedo decir en alta voz di secreto de mi cora- 
zón .... ¡a raaba al conde Eiona ! . . . 

Y dejándose . caer sobre una silla, apoyó los codos en 
sus rodillas, ocultó su rostro entre sus manos y prorrum- 
pió en amargo llanto. 



¡Qüi AMOR TA» sikgular! 227 

-^liO sa^ia, Amalia, dijo la condesa abrazándola, sí, lo 
sabia.;.. 7 había dejado á Nerbudda ayer, y babía venido 
aquí con el ¿olo Objeto de pa^r esta noche j partir coa el 
conyoy de mañana.... Partiremos juntas, Amalia. 

-^¡Ah! no,yo no puedo partir, dijo la joven levantan- 
do la cabiNKi , debo llenar mi deber hasta el fin.... El des- 
graciado Elooa ha muerto y ni una vez siquiera le babia 
dicbdBri boca que le amaba... Ahora, si el coronel Bm- 
.glas reclama la víctima, estoy pronta.... Queme conduieca' 
al altar.... Que me sacrifique.... Se casará con ün cár- 
ter coronado de flores. '■" 

En este momwto la voz del teniente Stephenson se oyó 
en el jardín. 

Edvrard se estremeció como si despertase de un sueño 
profundo. Una crisis semejante destroza el alma mas fuer- 
te. Puede lucharse reuniendo una gran dosis deenerjta, pe- 
ro hay que sucumbir al fin. 

%sa; dos jóvenes amigas abrazadas la una con la otra 
habían agotado, por decirlo así, las palabras y las lágrimas. 
La des^peracion presta á las mujeres un carácter de be- 
tteca encantador y sublime porqué pone en relieve sobre 

^'fe* róstrb las temurtís de su corazón .'-' 
'"• Edward se adelaátó con una dignidad admirable ha- 
cia aquel interesante grupo, babia tomado una determina- 
ción extrema. 

^ -¿ Escuchadme, escuchadme, dijo con voz conmovida y 
pudiendo apenas contener sus lágrimas; soy inocente, pe- 
ro por vuestra causa voy á hacerme criminal.:., condesa 

' Octavia^ me exigís que hable , pues bien, hablaré. 
Octavia se incorporó un ppco/y miró á Edward. 
—Escuchad, seílora,. continuó; mañana al nacer el sol 
partiréis con una escolta, y veréis al aproximaros á Ner- 
bud<fa ún' terreno horriUemen te ensangrentado y sembra- 

. dp de cadáveres ó de ^us despojos^ si aquéllos han sido ar- . 
rebatados. £1 conde Elona no se halla en el número de esos 
muertos, < lo juro por el honor y las cenizas de mi madre. 
He es imposible deciros mas; demasiado os be dicho ya. 
Los secretos de otro no me pertenecen y nada en el mun- 
do me podría hacer faltar á nñ deber, nada , condesa Oc- 
tavia.... ni aun vuestra muerte que sería la mia. 

— Mddicion! dijo la jóVen condesa con una sonrisa fa- 
tal; con que mi muerte sería vu^tra muerte!... Ah! esa 
última palabra me garantiza la verdad de lá primera.... Sí, 



228 BJtVISTA DB MADEID. 

acabad, caballero, acabad Tuestra hipócrita obra.... atre- 
TCOB á hablarme de yuestro amor.... miserable! 
— Señora, el teniente Stepbenson me llama.... 
— Vuestra concubina es la que os llama , vuestra baila- 
rina, exclamó la condesa con exaltación. Andad, andad á 
gozar de vuestros infames amores sazonados con sangre 
humana ; son voluptuosidades muy dignas de vos. Después 
del críroeu', el crimen. Las vergonzosas caricias después 
dé las puñaladas ! 

— Oh! Dios mió! Dios mió! exclamó Edward, que hor- 
rible sueño! despertadpie , señora. 
^ — Un sueño, decís, un sueño!... Ah! no, el sol alum- 
braba, mis ojos estaban abiertos.... Sí, sí, fué una atroz 
realidad. 
— Explicaos , señora .... 

—Si me explicase, el rubor teñiría vuestra frente aun 
mucho mas que lo ha hecho la sangre que han vertido 
vuestras manos. 
, — Explicaos, explicaos, señora.... 

— Los ojos de una mujer son como los rayos del sol, que 
atraviesan las hojas de los árboles cuando estos ocultan un 
crimen. . . . os he visto ayer cuando vuestra bohemia suspendía 
su brazo de vuestro brazo.... Héaquí loquQ no quería de- 
ciros.... y lo que os digo al fin antes de mi partida porque 
no quiero hacer creer á los hombres que una mujer como 
yo ha podido ser burlada por las mentirosas protestas de 
uno de ellos. - 

Estas palabras fueron un rayo de luz que penetró en el 
alma de Sir Edward. Ellas le explicaban todo: el cambio 
ocurrido en las palabras de Octavia, su precipitada salida 
de I^erbuddft, y aquel lujo de cólera y rabia reconcentra- 
da que se habia desarrollado repentinamente en la primera 
ocasión , como si la mujer celosa no atreviéndose á descu- 
brir el fondo de sus pensamientos, se hubiera aprovechado 
del primer incidente, por extraño que fuese , para castigar 
á su pérfido amante. 

— Señora , me colmáis de alegría, dijo Edv^^ard con acen- 
to melancólico y dulce á la vez. Ah ! bendigo mil veces es- 
ta horrible escena, que me ha proporcionado oir tan feliz 
explicación. Señora, perdonadme si por la primera vez os 
hablo de aquella horrible y dichosa noche que pasamos jun- 
tos en medio de las íieras. Al recordaros esta noche os rue- 
go que dif erais vuestra partida y esperéis á que eí sol de 



¡QUÉ AMOR TAN SINGULAR ! 229 

mañapa os haga conocer mi completa jastificacion. Os lo 
juro, quedareis contenta de mí. Si fuese criminal saldría de 
aqaí á pesar vuestro , á pesar de la venganza coa que me 
amenazáis. No, no haré nada que pueda desagradaros. Os 
pido de rodillas el permiso de ir á cumplir ua deber, re- 
tardado tal vez por circunstancias independientes de mi 
voluntad". 

La verdad tomismo que la inocencia tienraun acento 
inimitable. Así pues, estas últimas palabras conmovieron á 
Octavia. Miró la suplicante actitud deEdward con ojos me- 
nos coléricos. Amalia permanecía en la inmobilidadr de es- 
tatua fúnebre colocada sobre un sepulcro. 

— ¿Con qué me exijis un dia? dijo Octavia, bien, así co- 
mo así, yo no soy vuestro juez.... Si sois culpable.... vues- 
tro mismo crimen os descubrirá. . . . Pero un dia es muebo en 
este horrible drama ; . . . Bien , os concedo ese dia. ... 

— Ah ! me concedéis la vida , seiloTa, y á otro tal vez: gra- 
cias; señora, gracias. 

— Mañana , al ocultarse el sol , ó estaréis absuelto ó des- 
honrado á* mis ojos. 

— Acepto con alegría y sin temor. Adiós , señora, adiós. 
Y saliendo preci pitadamente , bajó de un salto la esealera. 

—Nádame preguntéis, nada me digáis, le dijo en segui- 
da al teniente Stephenson; no hemos perdido mas que una 
media hora.... Yamos á la prisión del fakir.... vamos vo- 
lando. 

Abierta que fué aquella , cuatro soldados sacaron al fakir 
Souniacy , y le condujeron con los brazos amarrados ala es- 
palda á un pequeño bosque situado al Mediodía de Boudjab. 
. Cargaron las armas en su presencia y el miserable indio vien- 
do aproximarse el instante de síi suplicio no mostró por 
cierto ese valor que se atribuye generalmente á los de su ra- 
za. Un temblor convulsivo agitaba sus miembros, á lo cual 
no dejaba de contribuir la hora y el sitio en que se hallaba. 
Edward , que diri j ía todas estas operaciones, había pedidoá 
Stephenson uno de los mas ágiles corredores cipayos, el cual, 
instruido perfectamente en lo que debía bacer , se haÚa apos- 
tado detrás de los árboles junto á los que preparaban d su- 
plicio del fakir. 

Los soldados se colocaron á seis pasos de este y le apun- 
taron al pecho con sus carabinas, esperando la orden de 
hacer fuego. Pero Edward llegó inmediatamente seguido de 
Stephenscfti y de algunos oficiales con uniforme, y mandan* 



• 230 REVISTA DB MADBID. 

• .. ■ '• ' ■■>... . - ■ . ' .:■■ 

dq á li^ soldados ^e retirasen las armaü, le dijaeoÍDdio 
aifakk; AiDigamio, tus compatriotas han eligido tu mufir^ 
te;p€i!0 los ingleses qi^e son buenos, te conceden la vida. 
Yoy á i^oprtar tus ligaduras j devoli^erte. la libertad* ^ 
Ui^ acción semejante. es capaz de conmover el coraion 
mas duro. Así pues, el fakir Souniacy dio un grito de ale- 
gría al verse libre^ Parte, le dijo Edwardi 7 vé á decir á 
tus heriQaiios que s^n buenos como nosotros. 

. i £1 fakir saeujdió nm piernas entumecidas por las liga^ 
dacas., miró.á lae^. estrellas, y se perdió bajo los árboles en 
dirección de las montanas. . ^ 

El corredor le siguió de lejos pero sin perderle de vista 

'un instante^ - . . 

-T^Bé^aquí Ipdo lor que humanamente podemos hacer por 
el degradado conde. Elona , dijo Edward , entrando con 
preeipttacioa en }a ciudad á fin de arreglar sq toilette y to- 
mar el caballo preparado. — Teniente Stepfaenson, esto coh 
rao veis tiene un doble objeto: si nuestro infortunado amigo 
vive aun, cosa muy posible porque los sacrificios humanos 
no los hacen loisThqgs sino á la luna nueya, es muy pro- 
bable que el fakir Sonniacy.le conceda la libertad. Además 
viiestcp corredor que anda tres millas en cinco minutos 
0^ traerá indicios positivos acerca del verdadero camino del 
cuartel gweral d^ IpsTbugs. Partid inmediatamente, te- 
niente Stepbenson y obrad según vuestra prudencia y las 
inspiraciones del momento. r 

— SirEdwacdj.dijo Stepbenson, cumpliré vuestros deseos. 
Ya, todo lo que podia hacerse lo habéis hecho. 
- -^ Lo demás toca á la Providencia ; pera tengamos eon^* 
fianza, porque esta siempre favorece á los, que merecen ser 
favorecidos.... He cumplido con un deber, p^ro aun me res- 
ta otro. .r. ¿Dónde^stás tú? ¿dónde estás tú,. valiente Níji^bi? 

Algiinos instantes después el infatigable Edv^ard atrayesa- 
ba á^^fipe, el camino de la hacienda de Nert)udda; Al cruzar 
CWI0 el vienta el campo del combate saludó á tos muertos 
y conaagiró un recuerdo. á su desventurado amigo. Pero es^ 
ta. v^ los espectiTOs si existian aun, no se levantaron como 
antes. Edward por consiguiente llegó ^1 terrado de la ha- 
cienda Jiittcbo antes de; la n^dla noche. 

¿1 coronel Bott|^, él Nabab y su hija habian oide el 
^e^^ ctel cableo , y esperaban á Edward detras de la 
ipeí^, lijeramente entornada por precaución. Un criado 
aituado en la avenida , se apoderó del caballo , y el «aba- 



k 

k' 



¡QUE AMOB TAif sfiretn.AA! 231 

llerb se lotizó al Testíbiilo en medio de uii triple hourra de 
alegría. La ciudadela fué inmediatameate harneada. 

- ¿Sabéis, Sir £d\vard, qae nos causáis muchos sustos? 
dijo Árinda juntando sus manos. Os hubiécamos esperado 
hasta eldia. £1 coronel nos ha dicho mas de veinte \eces 
que nos retirásemos, pero lii mi padre ni 70 hemos que- 
rido obedecerle.... ¿quién os ha detenido hasta tan tarde? 

— Ah! picaron, tenéis algunas intriguillas.... ya! ya 
se descubrirá todo, señor mió.... pero no importa, os per- 
dono á cansa del billete que'haheis escrito esta m^ñasa al 
coronel Douglas. El coronel no me lo ha enseñado, ¡jorque 
dice que le habláis en él de vuestros asnntos secretos , y en 
efecto, parece que tenéis muchos asuntos secretos. Sinem-> 
bargo, el coronel ha saltado de alegría después de haberlo 
leido, y en seguida, sin perder uü instante, lia mapdado 
decir á las familias de la vecindad que nnestjro míitrimo- 
nio estaba ya decidido y que el baile se verificará dentro 
de tres dias. 

Los cuatro personajes de esta escena acababan de «sen- • 
tarse. El coronel Douglas dejaba hablar á Arlnda á fin de 
adivinar entre tanto los pensamientos de Edvrardi obser- 
vando su fisonomía. Este por su parte fingía eseacbar á 
la joven india con una sonrisa tranquila , proearando de 
este modo calmar en algún tanto la agitación que le devo^ 
raba. 

— Pues que sois tan bondadosa, queme perdonáis^ Miss 
Arinda, dijo Edward sonriéndose, pero dirigiendo al mis^ 
mo tiempo una mirada lúgubre al coronel Dooglas, no me 
tomo el trabajo de escusarme por mi tardanza. Un perdón 
de vos, Miss Arinda, no me haría arrepentir por ci^to de 
haber. sido culpable.... ¿con que es decir que bailaremos 
dentro de tres dias?... qué contento estoy del efecto que ha 
producido mi billete. 

— Y bien, Sir Edward, dijo Arinda, necesitareis tomar 
alguna cosa, ¿qué queréis que os ofrezca?... 

— Nada , señorita , mil gracias, no qoiero mas qaé dor- 
mir Hu poco. . 

— En efecto, es demasiado tarde, dijo Dooglas. 

— Y mas aun para mí , añadió Edward. Entretenidc^ 
con la caza nos hemps alejado mucho hoy.... 

— ¡Oh! no, hablemos un poco, señores, dijo la joven ia^ 
diacon una monería encantadora. ¡Me gusta tanto velar en 
el campo! porque durante el dia hace macho calor para 



11 



232 REVISTA DE MA01UD. 

hablar.... habéis de saber Sir Edward, que vuestro bille- 
te die esta mañana me ha granjeado un sobervio r^lo de 
pQrte de mi padre.... mirad este diamante, ¿no os parece 
hermoso? 

—Me parece magnífico, Miss Árínda, pero por la noche 
no se conoce bien el valor de los diamantes, tendré un 
particular placer en volverlo á ver mañana á la luz del 
día. 

— ^Áñtes de que llegaseis, Sir Edward, mi padre y el coto- 
nei Douglas han sostenido una lai^a discusión acerca de los 
diamantes.... 

— ^Y la continuaremos mañana , dijo el coronel levantán- 
dose con el ademan de un hombre agoviado de sueño. 

— Estad seguro qne os tendréis que dar por vencido, co- 
ronel, dijo Á viejo Nabbad. 

— ^l'al vez , dijo Douglas. 

— ^Por supuesto que no tiene razón, dijo Edward levan- 
tándose. 

— ¿Y qué sabéis vos de eso? exclamó Arinda riendo á 
carctijadas; si no conocéis el objeto de nuestra discusión, 
¿cómo la habéis de decidir? Sentada, Sir Edward, veremos 
ú podéis ser juez en este asunto.... Venid, sentaos á mi 
lado.... bien.... conocéis él valor del diamante de ritt(el 
regente.) 

—Sí .... es un diamante de i 37 granos , respondió Edward 
con mal disimulada ligereza. 

— ¿Creéis como el coronel, continuó Arinda , que no hay 
otro diamante mas grueso en el mundo? 

— Ya se vé que lo creo. 

~ Pues sois un ignorante, señor mió, el diamante qoe el 
emperador Baber tomó á Agrá en 1526 , pesaba 224 nUUes^ 
osean 672 granos, y el famoso diamante de Aureng-Zeb 900 
granos. 

— Según la tarifa de las Mil y una nocheSy ¿no es verdad 
Miss Arinda? 

— ^^Pues eso es precisamente lo que ha dicho el coronel; 
¿pues qué, señores, tendréis la pretensión de conocer los 
diamantes mejor que mi padre que los ha fabricado toda 
su vida para los ingleses? 

— Esa razón nos convence, dijo Edward, y por cierto 
qne gracias á vos voy á soñar esta noche con diamantes 
de 900 granos de peso. 

— Coronel, dijo Arinda á Douglas que en este momen* 



¡QUJB AMOR TAH SIÜGULAa! 233 

tó prestaba toda su atención al ruido confuso de la noche 
disimulando mal su inquietud.— Coronel Douglas, aban- 
donáis la discusión.... ¿pero qué hacéis allí delante de la 
ventana, ois algún ruido? 

— No, I)ella Arinda, me situé aquí para distraer^ie y no 
dormirme, y miraba la partitura de Bobiu des Bois abier- 
ta sobre vuestro piano. 

— Conocéis la obertura de Weber, Sir Edward!... qué 
hermoso debe ser oiría por la noche!... si el pianista indio 
hulnera venido hoy os la tocaría ; pero es muy poco exac- 
to este pianista. 

^ — Probablemente habrá estado muy ocupado hoy , dijo 
Edward mirando al coronel.... por lo demás, esa obertura 
es espantosa á estas horas. 

— Yo no tengo miedo de nada, dijo Arinda, cuando es- 
toy entre militares. Las mujeres de la India tienen mucho 
valor; parece que han nacido para ser soldados. ¿Conocéis 
la historia de Moor-Jeaban , Sir Edward? 

— ^^ Mucho placer tendré en conocerla mañana cuando me 
despierte. 

— Entonces es preciso que la oigáis hoy, dijo Arinda cru- 
zando sus brazos desnudos sobre la mesa» como disponién- 
dose á contar la historia. 

Douglas dírijió una mirada siguificativa y rápida á Sir 
Edward , con la cual quiso decirle : resignémonos y escu- 
chemos. 

» —Veamos, pues, la historia de Noor-^Jeahan^ dijo Edward 
apoyando su codo derecho en la mesa , y la barba en su mano. 
£1 Nabbad dormía. 

— Ifoor-leaban , dijo Arinda , gozosa como todamucbar 
cha que cuenta al^runa anécdota , era la favorita de Jeban-* 
gire, soberano de Los Cinco Bios, en 1616. Causó muchos 
disgustos á su marido al querer dar á su hijo Sbariar la su- 
cesión del trono, con perjuicio de los prim(^énitos de otras 
mujeres. Lo cual produjo una gran rebelión que hizo der- 
ramar mucha sangre ; porque el mas valiente , el mas hábil 
de los hijos desheredados, Shad-Jeaban, se granjeó un 
partido numeroso, y sostubosus pretensiones con las armas 
contra su mismo padre. En fin, el emperador Jebangire se 
encontró en gran peligro bloqueado en I#bora por su Fd>él- 
de ministro Mohabet. Noor-Jeahanse hallaba con su hermano 
Asihh-Kan cuando supieron la desgracia del soberano y re- 
solvieron librarle. Un ancho rio los separaba del ejército de 

fSOimilA IKK24.«<-TOMO VI. 30 



234 - RJsVlStÁ DE MAMTD. 

Mbhafiét. Nóor-Jebán se sül^íó sobre sa elefante , fleyande 
de la mano á su hijo, y entró la primera en el agtís. &á 
corto ejérdto, entonces, escitado por el heiioismo de aquelia 
mujer, arrojó gritos de entusiasmo y la siguió ánado. Noor* 
Jéfaan atacó á sus enemigos y agotó las flechas dé uno y otro 
carcax hasta cinco. Tres elefantes que servían de guias fue- 
ron muertos al lado snyo, y su pequeño .hijo herido en ei 
braco, Pero consiguió una victoria completa y libertó á su 
esposo. 

— Miss Arinda, dijo Edward levantándose por tercera véi, 
vuestra historia es magnífica, y sobre -todo tiene el méiito 
de no ser larga: ¡Qué mujer esa señora Noor*^Jehan! voy 
á soñar con ella esta nocbe^ si me dejais tiempo para. ello. 

— ¿Os parece, Sir Edward, dijo Arindá, obligándole á^s^- 
tarse.d^ nuevo ; os parece que sea esta mujer la úniea beroi-' 
na que se encuentre en Asia? Pues habéis de saber que te^ 
nemos miles como ella..,. ¿Queréis que os cuente la histo- 
ria de las mujeres del Emir Lodi? 

Douglas hiio un movimiento de impaciencia, que Edward 
pudo disimular. 

— Pero , Míss Arinda , dijo riéndose , guardad alguna co- 
sa para maflaña en la noche. Las mujeres del Emir Lodi tur- 
barían mi sueño, y con ]Xoor-Jeahan mé basta (1). 

— íSn ese caso, Sir EdwárdjdijoArinda levantándose, es 
inútil (lesearos una buena noche. ... 

— Así lo creo, Miss Arindá; tengo la cabeza llena dedia-> 
mantés , de beroiñas indias y de sueño. 

— Coronel Douglas , continuó Arinda, muy distraído es* 
tais esta noche.*.. 

•—Pensaba en vos^ Bliss Arinda, y por eso he prestado 
tanta Indiferencia hacia las otras mujeres de quienes lia* 
beis hablado, y hacía los diamantes. 

— Oh! dijo £dward , el coronel es tan galante como un 
marido en ciernes. 

-^No seai$ malo, Sir Edward, el coronel me ha prome* 
tido que siempre estará del mismo modo. 
^Plies entonces me callo, Miss Arinda, y para proba- 
ros qiie no conservo ninguna especie de rencor por vue^ro 
epigrama, os voy á acompañar con una antorcha enla ma* 
no basta el dintel de la puerta de vuestro dormitorio. Yues* 

(i)- La historia de Jehao^e es una m\e de dramas sangrji^Dtós de uñ 
interés maravüloso. Las mujeres del Emir Lodi se mataron todas por no ser 
deshonradas ; ejemplos heroicos de virtud muy comunes en la India. 



rt «• t 



;qu£ amor táh siírgular! 235 

4riit camiireras os; esperan >1 pié de la efu^alera. ¿Me permi- 
tís qué abra el primero la marcha? 

--^Yaya, nunca os he visto tan soñoliento como esta 
iioche.i». .,;... 

— No digáis esta noc/ie, l^liss Arinda; nos hallamos ya' 
enmaHdtuj^,. 

.-rYamos, Yenid y despertad á mi padre, que daerme por 
todos.... Despertad á vuestro suegro, coronel Douglas. 
.-r^£on mucho gusto, mi querida esposa, respondió el 

eoroñel. , . - . ,, - ,. , v. 

r-^Bqeao» esto es tratarse ya como casados.... pues qite 
Dios os.be^diga, y subamos* 

, ..,r-r-Me pareciáf. dijo Arinda deteniéndose en el primer es- 
ealoQ déla escalerá, qiie podrian suprimirse' esos- dos cen- 
tinelas que duermen detrás de la , puerta . 

-r-En verdad, Sliss , Arinda , dijo Edward, continuando 
^iei^d9,. qne .esta W^^ ^^ ^ reeonoico; estáis mas va- 
liente que ]!loor-Jeban« 

—Decid á esos centinelas que se vayan á dormir á sus cuar- 
tos, continuó, Ariiuda y ¿teméis acaso que los tigres abran la 
puerta Goj^ alguna, llave 7alsa? ,\ . 
'^' — Tenéis razon^ bella Arinda, dijo el coronel, ha sido 
lujo d^jpn^ucion ; voy á enviarlos á dormir & sus camas. 
, Mtty. pronto se separaron, y Douglas y Edward se ha- 
Ifamm^l fin,8oio8« 

— Quédia! y qué noche! dijo Edward. 

—Lo sé todo, dijo Douglas. 

—No sabás nada ) coronel. 

;r- Habéis sido atacados por una emboscada' á la salida 
del bosquecillo. Mossha oido, aunque á lo, lejos , un ruido 
sordo d^ armas de: fuego.,, que yoduró mas qué algunos 
instantes. Citen hombres partieron inmediatamente, pero no 
baUaron mas que algunos cadáveres de ingleses y de Thugs, 
á quienc» sepultaron con el mayor cuidado. Nada por con** 
Éigttienterse sabjrá mañana. 

— Ignoráis ^n embargo todo lo demás ; voy á contaros 
en ciJaco minutos los sucesos acaecidos en tres horas. 

Douglas escuchó la narración de Edward con una emo- 
ción fá^l de comprender. 

— rQucrido Edward, le dijo eii seguida, hay en todo es- 
to una cosa horrible para nosotros ^ y mas horrible aun 
para mí ; la catástrofe del conde Eloná. Si Dios no ha he- 
cho un ttúlagrO| el desgraciado conde 00 debe ya existir. 



236 REVISTA DE MADRID., 

Algunas lágrimas se desliiaron furtivamente de los ojos , 
de ambos amigos. La sensibilidad en muchos hombres tie- 
ne también su pudor. 

— Pero si hubi^e muerto.... dijoEdward después de una 
corta pausa ; si hubiese muerto, vuestro matrimonio con 
MissÁriuda.... 

-«-Cumplamos ahora con nuestro deber, amigo mió; pen- 
semos en lo que es mas importante para nosotros , Ed- 
ward.,.. Habéis reflexionado bien en esa emboscada de los 
Tbugs. Esos monstruos han variado de costumbres.... ¿Qué 
hacian , pues , en ese bosque , en tan corto número , cuatro 
bor^s antes de la salida de su estrella , y á dos pasos del ca- 
mino , en un campo de arroz? muy misterioso me parece 
todo eslo.... y hasta se olvidaron de enterrar á sus muer- 
tos, según acostumbran. 

— Eso es porque han contado con los tigres. 

— Sí, tal vez.... pero sin embargo, ese ataqufe.no deja 
de ser extraño.... Las noticias que he recibido hoy son muy 
favorables. He sabido por conducto de mis espías, que en- 
tre los Tbugs reina el desaliento. El proselitismo no ba 
cundido entre ellos. Los adictos le faltan, los viejos se reti- 
ran cansados. Los enemigos que nos quedan, no son por con- 
siguiente temibles sino á causa de ese fanatismo atroz que 
los ha cegado. Es preciso darles un gran golpe y acabar con 
ellos de una vez. Estoy decidido. 

—Si la éstralajema del fakir Souniacy tiene el éxito que 
me he prometido, dijo Edward, aun podemos abrigar algu- 
na esperanza respecto á Eloiia. 

— Esperanza muy débil, amigo mió ! Pero la estratajema 
ha sido buena, y yo lío puedo menos de aprobar cuanto ha- 
béis hecho en Koudjah. 

— Ya concebiréis, Douglas, que no he querido venir á 
pediros ningunos soldados por temor de no dejar desam- 
parada la hacienda de Nerbudda , amenazada cada noche 
como sabéis.... 

—Y habéis tenido mucha razón, mi querido Edward.... 
pero ahora todo nos hace creer que esta noche no seremos 
atacados.... es preciso sin embargo estar sobre aviso.... 
voy á escaparme como de costumbre para acabar la noche 
en medio de mis soldados ; en cuanto á vos , Edward , idos 
á descansar ; vuestro coronel os lo ordena. Pero dormid con 
tos ojos abiertos si podéis y las armas en vuestras manos. 
Ya lo veis. Vuestro puesto es mas honroso y mas peligroso 



iQci AMon TA9 siugülar! 237 

que eimuy; guardáis la casa del Viejo Nabliab y elsuefio de 
Miss Arinda, 

— Obedezco á mi coronel, dijo Edward estrechando las 
manos de Doaglas. 

— Hablaremos de Octavia mañana. Adiós Edward. 

-—Adiós Douglas.... Qué extraño tiene que el amor se 
mezcle en todos los asuntos de este mundo. Y si no, ya lo 
veis , no somos mas que tres en este desierto ; tres únicamen- 
te: uno quería dar la felicidad á su Polonia, vos á Benga- 
la, yo al género humano; y sin embargo, estos tres gene- 
rosos pensamientos ruedan en nuestras cabezas mezclados 
con nombres de mujeres y con todas las febriles distraccio- 
nes de los celos y del amor. 

— ^Ab! dijo el coronel, acaso de esos tres nombres que decís 
no queden mas que dos en el desierto ! 



XVI. 



Xt ttniplo tfe.Ponmar^Mytta (1). 



Des spIííDi, des bceuis 4*sinin sur Tétrafe acoroopis» 
Ooi fait des chapiteaux aux piliers décrépits ; 
L*asptc á '<BÍI debraíse, agitant sespaupiéres^ 
Passe sa tete píate avx crevasses des pierres . 
Tout chancelle et flécbit sous les toits eatrouverts. 
Le mar suinte^ et roa volt ^oumiller á travers 
De graods féuillages roux , sortant d*entre les marbre, 
Des moDstres qu*on prendrait pour fies racines d^arbres. 
Partoot, sur les parois dnipome monuoient 
Quelque chose d*affreux raippe conflüsétnent, 
Ét celui Qui parcourt ce dédale difiorme, 
Comme sil etait pris par un polype enorme, 
Sur son front efforé , sous son picd hasardeux , 
Sent vivre el rerauer Fédiftce nideuxi 

(TlCTOR líllGO. Puits de l'lndej 



Los estranguladores indios condujeron á sus prisione- 
ros por senderos conocidos únicamente por ellos hacia la 
cadena de montañas que se estiende en el horizonte por de- 
trás de la ciudad de Boudjah. Guando el joven conde EIo- 
na y sus nueve compañeros de infortunio se vieron atarlos 
pies y las manos por sus salvajes vencedores, casi siempre 
acostumiprados á decollar en el acto á los infelices que caián 

(i) Hay cloi> de ebte nombre eu la India. 



238 «bvistá db MiiDaii». 

enm pqder» comprendieron que.el.faniiUsiiid religioso les 
reserval)a ^in duda otro género de ftiüerte sobre él^ittarde 
la diosa Deera. 

En una desierta garganta del monte Sérich , una esten- 
sa y simétrica cscabacipn cortada como un pilón ejigcio sir- 
ve de, p<ytí«í. al tempja de Dpuj^ ' ; 

. Ha; ea Ijds alrededores de este atrio lúgubre un cpnjun* 
to 4aii pmlí^iósQ detocps amontonadas, Iq^ue los indi(^ del 
pais(iio podrían descubrir; á.nó tener, por giiia uno de esos 
. lákires pére^rinosi que se creen obligados á\isitajr las crip- 
tas aatiguas^' donde sus abuelos adoraroit á la trinidad in- 
dia, la. fecha de su inauguración ha sido olvidada por los 
historiadores. ¿Cuáles fueron las inatíos poderosas de aque- 
llos arquitectos y escultores que han enteh*ádo aqUieU^é ma- 
ravillas en los continentes y en los arciiipiélagós? EstcTes el 
•secreto de la India. Sé haniiecesitado tantos siglos y tantas 
goieraciones para labrar de aquel modo ]as entrañas de la 
tierra , y bacer brotar por (^<Hma y por debajo de ella una 
vegetación infinita de columnas y de monstruos gigantes, 
que parece que los sesenta siglos pasados no han podido 
bastar para este (raha|Oy. y i{jae uuestro planeta ha salido de 
las manos de l>ios con aquella inconcebible arquitecturay 
para promover las disputas de los sabios y hacer decir á la 
ci€nda una mentira eterna. 

£1 templa d<^ Doúi&ar-Leyna no es una obra maestra de 
gracia y de él^nte iK^liá^i ^ como el templo de Boro-Bodor 
en Java.'^dávpbdra destinadla piíra^^^ al gran sol, há- 
ciatel fiiwúiieiit<)i;azttl ,\'fájií ciAceladir;^ amor y compla- 
cencia pot'et'fliiliifecti^ indio ; la piedra subterránea y te- 
nebrosa guardaiH^panto^ car^ejterde los malos sueños de 
la noche* Mé^Qltdi'!l^e ha ilabraído la$ entrañas de la 
montaña Doumaif-Leyíiía írizo brotar de ella espantosos ara- 
bescos, para materializar, eii Ú fondo de este pozo, los ca- 
pridios del genio maligno, cuyo nombre es Myhassor. Creó 
un pueblo de lámales simbólicos, y les hizo saltar ó agru- 
parse, coáio piedestale^ vivo^ bajo lascoIffBiáiitas, hacién- 
dolos resaltar,! «on sus monstruosos roiátros,''^ las eorfilsas 
.d^ te técli^s. Todos Mínalos espíritus de k teogonia india 
,páreceU^sálir'^ enanos ó gigantes^ de laé parédei» de Jaár rocas 
subterráneas , agitando sus cabelleras áe^dlebi^s,^^ stis>lira- 
. zos armados de haqhas ó de puñales. Guaiido ' en uüá fiteta 
dé faUres;'este antiguo templó se iliimfaiá eéñ la^ Uainaa de 
Bengala , y los adoradores mas horribles jEiun que sus dioses 

.1.. í'5 4.-1 t» - ^;. :iy':i !t ^ .' \ .ii ..I • i ; 



* 



¡ QI3S AHOk TAH StKGIJLAA ! 239 

danzan en aqáeL laberinto de colamnataf iofinila»,' se cree- 

f ría T6P k&eeítátitas dé demonios, las cabessas^de los toros, de 
losleon^', ^e los elefantes ^ los cuerpos gigantescos de b^jo 
nalteYes agitarse en ün resplandor yerdozeo y ponfnso, y que 

. los eeos intmoresde la montaña eran los mngidos golosos de 
aquel'pneblo de monstruos que dan gracias asas ^doradores. 
Eá la nave mas retirada de aquel lúgubre edificio, los ' 
Thugs reúnen sus consejos , j celebran sus ritos. Lainíor- 
me estatua dé Beera se eleva sobre un pedestal deroea yíz- 
c^sa . A derecha y á izquierda del altar , se distinguen con- 
fusamente dos bajos relieves de figuras gigantescas y el uño 
representa el cohíbate de Dourga y d^ Myb«ssor ;, el otro el 

. suplicio del raptor de Siia , del cual ya ha hablado nuestra 
histotía :. dos lámparas sepulcrales, aUmeutadatt por medio 
de unagras$; íéljda , arden y humean en este santuario f cree- 

. rígse que van á apagarse bajo el pesq de los tenebrosos ca- 
pí teles, ^suspendidos de íashúmedasl bóvedas déla roca, y * 
jd jnterñiitente resplandor que esjfarceo en derredor suyo 
es mas terrible aun que la noche ^lúbría. £1 murjbíiullo con- 
tiguo de las agua^ invisibles y del e^eso ram^ge^. úitado 

, por tenebrosas familias de insectos y de pajarra^^, ei^ lo úni- 
co que recuerda la vida esterior eá este ten^plo, dopdé se 
regocija la niuerte. / 

Lo9 fakires , sacerdotes' del sacrificio^ llegaron los prime- 
ros, cotí una gravedad i^eligiosa que anunciaba eV ré$[|eto 
que sentían al colocar un pié profano en aquel santuarío^de 
sus mas temibles divinidades. La turba de los Thugs se^ia 
á los fakires, imitando su marcha. Los presos ^ libres de sus 
ataduras, para ser sacrificados como víctimas libres/ avan- 
zaban con la cabeza erguida y mostrando en el rostro el 
sublime orgullo, de ese valor que se atreve en lá a^nía á 

, insultar á sus asesinos. El joven Elona^ con los brazos cru- 
zados flK4>r'e su pecho desnudo, se distinguía aun e'n niedto 
desús coinpaueros ,, por cierto desden soberbio y por el no- 

J?le.. de^r^io de su. mirada^. Bubíérase creido ver un via- 

>jerg^ artista,^ entrando con sus guias en el templo de Dou- 

: ii^r*]^eyna, y prodigando saludos de admiración á aquel in- 
menso §ueño petrificado , edificado por los arquitectos del 

infierno. ' . 

El pensamiento que espresaba lá actitud del heroico jó- 

. ven era, este : antes de naorir me alegro haber visto lodo eisto. 
ü^n semejante circunstancia^ mward hubiera dÍbuj[ado 

^ losjmjps ídieyes/ " . 



240 REVISTA M MAtttlD. 

£1 honor ú^ ía vida es el desprecio de la muerte. 

Los indios sal vages enlonaron el himno á la diosa De^a 
con nn tono doliente y monótono, que es la metopea de to- 
dos los cultos del Oriente. A cada copla , los fakires se pro6- 
temaban ante la informe estatua, y al levantarse tomaban 
diversas posiciones de estasis, como si acabasen de ser ini- 
ciados en la bien aventuranza del celestial jardin. de Man- 
daña. 

Terminado el himno , dos verdugos agarraron á un pri- 
sionero y lo condujeron ante el altar de la diosa. Era una 
víctima escogida, un joven de veinte años, coronado'de bu- 
cles de cabellos rubios, y cuyo fresco rostro contrastaba 
con las fases lívidas , verdes, huesosas de los sacrificadores. 
Presentó con valor la cabeza al lazo de seda colgado ante 
él para ser atado á su cuello. Cada sacriftcador apoyó una 
mano sobre el hombro del desgraciado, y estendiendo el 
otro brazo que tenia agarrado fuertemente el otro extremo 
del lazo , arrojó sóbre.el pavimento un primer cadáver aho- 
gado con una destreza infernal. 

Los sacerdotes levantaron los ojos hacia las terribles: 
divinidades de los bajos relieves , como para descubrir en 
sus rostros de piedra una sonrisa de aprobación ; porque 
la fábula, que es la historia religiosa de aquellos indios de- 
' votos , afirma que la estatua de Ibdra se agitó un dia en- 
tre las esculturas de los dos pórticos de Dan-Tali, para sa- 
ludar al pasar al glorioso arquitecto de los templos de 
Elora. 

Los otros presos, al ver estrangular á su hermano, qui- 
sieron hacer alarde de su insensibilidad ante los v<»*dugos, 
los sacerdotes y los salvajes espectadores de esta escena. 
Desde éste momento , en una escitacion de amor propio su- 
blime, resolvieron todos tomar al morir, si podian, una 
actitud noble : por otra parte, muriendo con nobleza, ha- 
cían un último servicio á su pais,'y aquel efecto moral re*^ 
caería sobre todo el ejército ; parecían decir á sus enemi- 
gos: á vosotros os toca temblar, hé aquí como somos todos! 

La idea era grande , pero no conseguía su objeto con 
aquella horda de fanáticos que , á su vez , habrían derrama- 
do todos la última gota de sangre sobre el cadáver del últi- 
mo inglés vencido. 

El suplicio de los presos se efectuaba con una lentitud 
solemne. Los sacerdotes parecían querer prolongar la atroz 
voluptuosidad de la ceremonia; y después de una ejecución, 



>, 



J» 



¡QUE 4ltOE TA19 SIKGULAA! 24 ( 

retardalNiQ la tiguieute á fia de dar tiempo á toda el ejerci- 
te de los Thugs^ disanhiado en lae s^Btafias, para que vi- 
uieseo Á tqmar partean aquel íesüu d& cadáveres. A cada 
iostaate nuevas turbas llegaban á Doamar*Leyna , y se á^ 
lizaban como sombras infernales al través de las columna" 
tas del inmenso subterráneo ; los que , habiendo venido 
muy tarde, na podían ver ni d altar,* ni el sacrificio, es- 
calaban los arruinados pórticos , para suspendere de las 
cornisas y mesclar . sos. movibles hocicos, con las inmóviles 
cabezas de las esfinges , de los tigres y de los toros. La cía- 
ridad'delas lámparas se esparcía bajo las bóvedas, y hacia 
relucir todos los ojos de aquellos indios feroces, enlazados 
á los colosales arabescos, del techo. - 

- Ya balnan d^oUado nueve prisioneros, y sus cadáveres, 
cubriendo la base del altar, parecía^ ser el pedestal de la 
diosa. Aun quedaba el joven Eloua. Los sacerdotes com- 
pirendiaa que este no era un prisionero vulgar , y que era 
necesmo ccmoederle Los honores de- una agonía mas lenta, 
y de un suplicio mas espantoso. 

M heroico jóvan salió de ks tinieblas que le velaban, y 
se adelantó hacia las lámparas del altar para morir. 

Ck)gió por tres veces un puñado de tierra , y lo arrojó 
sobre los cadáveres á medida que rezaba. " 

£n seguida cruzó los brazos sobre su pechó , y esperó á 
sus verdugos. 

' £1 Ireflejo de las lámparas no revelaba sobre su noble ros- 
tro otra sentimiento mas. que la piedad hada sus compa* 
i^os muertos antes que él. 

Las manos de les ssícríficadores cayeron sobre sus hom- 
bros, y no se estremeció. 

De repente un horrible silbido i^lió de los bajos relieves 
del raptor de Sita ; las estatuas de los indios Tiphons s^agita- 
ron eu el flanco de la mcmtana , y una imagen de piedra, con 
ojos animados, estendió sM brazos hacia los sacrificadores. 

Una voz espantosa pronunció entonces estas palabras: 
Sacerdotes de Siva, hijos del León de Dios, servidores de 
Myhasor, suspended el sacrificio. Esa ultima víctima per- 
tenece al Dios Sonpramauy-Samy , el segundo hijo de Si- 
va , que ha habitado este templo durante mucho tiempo 
bajo la forma de una serpiente. Salid todos y dejad aquí á 
ese profano viviente. La serpiente Ananta exije su sangre 
y su cuerpo. Hijos del León de Dios , mañana volvereis á 
reuniros cu este lugar y pasareis la noche orando. . 

SEaUlf DA ÉPOCA.— TOMO VI. 31 



242 ÚVÍSTA os MAB&ID. > . 

Después de haber pronunciado estas palabras, ^'i^mü* 
lacro de piedra cerró sus o|os , encogió los brazos ^ y roh 
Tió á tomar todo su cuerpo la iumovilidad de bajo relieve. 

Los sacerdotes, los fakires, los saeriflcadores y todos 
los indios testigos de este prodigio, tan frecuentemente ci*^. 
tado en su historia, cayeron prosternados. Elona tan solo 
permaneció de pié con los ojos fijos en las estatuas del bajo 
rdieve, esLamináíidoias con una atoocion minuciosa y tran<-' 
quila á fin de esplicarse el sentido natural de aqúd pro« 
digio, La colosal escultura guardó su secreto. - 

I^a multitud se retiró lentamente precedida de los verdu- 
gos y los sacerdotes, y poseídos todos de un santo t^ror 
atravesaron los intercolumnios c<m la cabeza inelmada y las 
manos alzadas, murmurando las místicas preces que apla* 
caban la cólera de Myhassor. 

El t^nplo quedó desierto. 

Libertado Elona de la muerte por un prodigio tan in«- 
concevible, comprendió que en la desesperada posieimí en 
qjoe se hallaba no habla imprudencia posible , y que cual- 
quiera medio que adoptase sería bueno co» tal de que le per- 
mitiese huir de aquellos sitios. £1 lazo con que los l'hugs ha- 
bían amarrado su cuello faé quitado por ellos, pero el la- 
berinto de Dountar-Leyna con sus intrincadas profundida- 
des de granito le sofocaba aun mucho mas, y le enterraba 
vivo, por decirio así, jnnto á los cadáveres que dormían di 
pié del altar. Antes de aventurarse á recorrer aquel Débalo 
indio, quiso examinar de cerca el bajo relieve salvador y 
particularmente la estatua que solo presentaba en esle mo- 
mento la forma de un torso inmóbil , aquella estaba que 
pocos momentos antes agitaba sus ojos con tan espantosas 
contorsiones lanzando miradas de fuego á los^ sacerdotes de 
D^ra. 

Dio tres pasos hacia adelante y se detuvo^ — Oh ! se di- 
jo para sí, esto es un sueño horroroso. Creo estar dei^ierto 
y duermo todavía , ó acaso es cierto todo lo que se cuenta 
de los májicos de la India. 

^ La estatua había vuelto á abrir sus ojos , y hacia señas 
con su mano para que se acercarse mas. 

Una voz lúgubre salió entonces de los labios del simula- 
cro de piedra y dijo : 
— Conde Elona, apagad las dos lámparas. 

Elona sobrecogido de espanto , vaciló y no se atrevió á 
obedecer. . 



¡ QU£ Alcoa 7A^ S|:iia]Ui4R! 243 

>-*Ajpagad ibis des támpuras, caade Eloaa, repitió la «g- 
tátua. , • 

MovA hizo eatcmces una reflexión muy natural ,7 rápida 
tsamoel peosamieuto: aun á favor de esUus lampa ras ^ dijo 
paira sí, me sería imposible penetrar por^n mecÜQ de ese la- 
berinto, ¡qué podrá sneederme si las apago! 

* — La estatua aáadió en seguida: pues que rehusáis, será 
predso que 70 sea tsfn imprudente como vos. Y habiendo 
acabado de pronunciar estas palabras, se lanzó pop encima 
de las figuran del bajo relieve , se dejó caer sobre las lámpa- 
ras 7- las apagó, 

Bn el mismo instante una mano vigorosa cogió del bra- 
zo á £IoBa, 7 una voz le dijo al oido: dejaos conducir 7 
seguidme. 

Las tinieblas de la noche hubieran parecido claridad 
del día comparada con la profunda oscuridad que reinaba 
entonces ea todo el subterráneo de Doumar-Lie7na. 

Elona siguió á su extraño guia sin atreverse á resistir, 
ni á I^blar, ni á pensar. Parecía que habiendo exhalado 
7a el último suq^iro, un demonio lo arrastraba á los in- 
finimos. 

£1 misterioso guia marchaba con seguritiad 7 sin vaci- 
lar por en medio de las opacas tinieblas que era preciso atra- 
vesar 0(»iiopor una montaña de ébano, sin el auxilio siquiera 
del mas pequeño rajo de luz. 

En fin un punto luminoso apareció en l<mtananza> el cual 
eusaacbáadeise insenúblemente permitió ver algunos grupos 
deestrelto. 

El guia di ja á Elooa . 
— Quedaos ahí inmóbil 7 esperadme ; 7 se lanzó por el 
corredor del templo con una agilidad poco común por cíer^ 
to á las estatuas de bigos relieves. 

Elóua le siguió too. los ojos, 7 vio á lo lejos su sombra 
dibujarse en la abertura de aqueUa oscura mansión, elevar- 
se 7 bajarse con una ligereza increible, como si examinase 
los objetos esteriores. 

Algunos instantes después se hallaban los dos fuera del 
templo 7 sobre una montaña rodeada de corpulentos ár-* 
boles. 

— Respiremos aquí un poeo , dijo el guia. Y ahora, con* 
de Elona, ¿me reconocéis? 

•—No, respondió Elona estupefacto , examinando aquel* 
ser incomprensible que conservaba aun la tinta de bajo re-. 






244 JUSVfffCÁ DB MADRID. 

liere y la forma de una estatua ambulante , dotada de mi- 
rada y de voz por medio de alguli infernal artificio. 

— Ah! ¿con que no me reconocéis? continuó la estatua.... 
• — Sí, sí.... vuestra voz me ha hecho reconoceros, dijo 
Elona estrechando las manos de su guia , sois nuestro va- 
liente Nizam.... ¿y por qué no habéis salvado á todos? 

— Ah! por qué!... es verdad, si yo hubiese previsto que 
todo habiade haber salido tan bien, no habría esperado 
que os tocase la vez de ser sacrificado para espantar á vues- 
tros verdugos. Pero desconfiaba mucho, y he necesitado de 
esta última esperiencia para convencerme de que los indios 
continúan tan estúpidos como en tiempo de Aureng-Zeb. 
Oh! cuando os reconocí delante del altar, cuando vi la 
mano del verdugo elevada sobre el noble amigo de mi no- 
ble amo, Sir Edwaid, olvidé toda prudencia, y jugué el 
todo por el todo, como dicen los franceses. 

— ¿Pero qué especie de milagro os habia conducido allí, 
valiente Nizam? 

— No, no habia en eso ningún milagro; me hallo casi 
siempre allí en los momentos graves, conde Elona. La faa^ 
cienda de Nerbudda está amenazada. Los Thugs imaginan 
que allí se encierran todos los jefes del ejército inglés y de 
los indios renegados ; porque es preciso tener presente que 
hace quince afios que en Nerbudda es donde se han pre- 
parado los grandes golpes que han recibido. Me hallaba hoy 
en mi puesto de bajo relieve esperando la hora del consejo, 
y ya me preparaba á cantar mi canción de alarma sobre un 
árbol del parterre de Nerbudda, según lo habia convenido 
anteriormente con Sir Edward. De qué manera se verifi- 
cará este ataque, y cuáles sean las fuerza* que amenazan á 
Nerbudda, hé aquí lo que ignoro y lo qcíe es preciso saber. 
Ayer el viejo Sing habia convocado mil hombres para «n 
gran golpe de mano que preparaba, pero én s^uida dio 
contra orden. ¿Y sabéis por qué? por una superstición de 
los Thugs ; el viejo Sing habia visto correr una liebre. 

— ^ ¿Es ese animal de mal agüero^ Nizam? ' 

— Para los Thugs, sí, conde Elona. Los mil hombres 
por consiguiente fueron reducidos á ciento, para una^expe" 
dicion ordinaria ¡ según dijo el viejo Sing. Yo sé qué nu- 
merosos soldados y valientes oficiales velan al rededor de 
Nerbudda, y nada hay que temer de esta expedición ordi" 
noria , cuyo objeto ignoro , y qtic se confia á cica lum- 
bres todas las noches. 



¡QU£ AMOR TATÍ SINGüLAü! 245 

*— Ebós i9on precisamente los que nos han atacado á las 
mismas^ puertas de.Nerbudda. 

—¿Y Sir Edward os acompañaba? 

— Sí) Nizám. 

— Oh ! ¿y podría escapar de las garras de esos demonios? 

— Nizam , Sir Edward estuvo sublime.... 

—Eso no me admira, conde Elona. 
. —Sir Edward pudo muy bien escaparse; su caballo lo in- 
vitaba á cUq. Pero el intrépido caballero me vio caer en poder 
de los Thúgs, y obligó, por decirlo así, á su caballo con las 
rodillas, con los pies, con las manos, y hasta coü los dientes 
para venir á socorrerme. Yo le vi en un abrir y cerrar de 
ojos hacer todo lo que puede un hombre hacer en d mun- 
dk). Seré vuestro, seré vuestro ! Conde Elona, sosteneos un 
momento, exclamaba con una voz de trueno. Mi caballo ca- 
yó muerto entonces, y el de Sir Edward se asustó en unos 
términos, que sin que fuese posible sujetarlo^ salvó á su due- 
ño á pesar suyo, conduciéndolo hacia el bosque. 

— Ah ! pues en ese caso todo vá bien. ¿Y á dónde que- 
réis que os lleve ahora? 

— A donde Edward me habáa encargado que estuviese, á 
Boudjah. 

— Yoy, pues, á poneros en camino. Nos deslizaremos 
como el viento basta el cabo déla cresta, en lo mas alto 
de la montaña ; desde allí , á la llanura ; dos horas después 
estaréis en la ciudad, si seguís mis indicaciones.... Apo^ 
yaos en mí, conde Elona. Yenid. Al atravesar el rio me des- 
pojaré de esta tinta de bajo relieve, y encontraremos ves- 
tidos en mi albergue de Boudjah , donde Cuatro cipayos may 
diestros deben hacerme quinientos trages ^n cinco dias. 

— ¡ En cinco dias quinientos trages ! 

-r^ No os riáis por eso, conde Elona, os convencereis bien 
pronto.^ £a mis talleres se trabaja noche y dia. 

—Y ahora, valiente Nizam, ¿qué haré yo paTa pagaros 
lo que os debo? 

— Es muy sencillo, no liareis nada. 

Nizam encaminó sus pasos hacia la cresta de la monta- 
ña , y el conde Elona le sególa. 

En la misma hora en que se representaba este drama 

fúnebre bajo los subterráneos de Doumar-Leyna , los bata- 

• llones de Bdudjah conducidos per el teni€site Stephenson, 

marebabaa bácia el escondite de los Tbngs. El hábil corredor 

que habla se§mdo la pista al fakir Souniancy , se ba])ia deW- 



246 m&YISTÁ WE MADRU). 

nido eti lo isas prof ando de na torrente poco OKHla^yso, qae 
descendía serpenteando desde lo alto de una montaña, 7 cpie 
semejante á un sendero trazado por la mano de los hombres, 
condaeia hasta la cavema de los bandidos. £1 etspivL habla de- 
jado perder al fallir en las revueltas de este camino aereo, y 
persuadido que era inútil llegar mas lejos, porque suponía 
con razón que los Thugs de este cantón vivían en algún an- 
tro desierto de la vertiente ó cuesta , se volvió sobre sus pasos 
y se reunió en el bosque al teniente Stephensoñ; inmedia- 
tamente se lanzaron los soldados bacía la montaña precedí- 
do^ del guia corredor , y cuando llegaron á lo profundo del 
torrente buUeran debido ver si el sol hubiese alumbrado 
á Kizam y el conde Elona corriendo sobre las cornisas de 
la eresta hacia la última pendiente inclinada al orizonte de 
poniente. 

£1 torrente sin agua, oculto por los árboles, cubría la 
ascensión de los soldados basta la cima. Llegado que hu- 
bo á la esplanada culminante , el teniente Stephensoñ no vio 
alrededc»* suyo mas que una naturaleza trastornada que pre- 
sentaba un aspecto horrible á la luz de las estrellas ,- una 
tierra muerta y sombría bajo un cielo cubierto de una luz 
radiante y serena; innumerables montones de rocas se des- 
tacaban sobre aquella vertieute hasta el fondo de los abismos; 
cada cual de aquellos grupos rodeados de tinieblas por su ba- 
se, hacia lucir en su cima un punto luminoso comunicado 
por los. astros. Se hubiera creido ver á las doce mil Mal- 
divas, esas pequeñas islas separadas por un arroyo, que 
brillan en In noche como una consteladon terrestre en la 
inmensidad del Océano indio. 

En me^o de las sombras nocturnas y en las zonas tór- 
ridas principalmente, el menor ruido de la llanura sube 
sin debilitarse nada basta la cima de las montañas. El te^ 
niente Stephensoñ creyó oir desde luego d sordo marmul)o 
de un torrente ó de una catarata ; pero examinando tanto 
como podía permitírselo la oscuridad , la naturaleza y con- 
figuración del terreno , y la desnudez angulosa de las mon- 
tañas , pensó que aquel ruido provenia de una gran corrien- 
te de agua. Aplicó el oido con el mayor cui^do, y esta 
vez distinguió un canto monótono ejecutada por voces nu- 
merosas, que se asemejaba mucho á la mdopea kntadel 
himno de Luther. Por intervalos cesaba este murmullo. £1 
torrente y la catarata no podían pues tener estas interrap« 
«iones; era pues evidente que entonaban wk concierto ide 



íQÜE AMOK TAIÍ SINÓDLAR! 247 

voées humanas en las profundas naves de aquellos ajbísmos. 
Los viejos soldados indios colocados en círcplo alrededor de 
Stephensony itiiraban al teniente yle dirijian nna pantlHiii- 
ma significativa que quería decir: son los Thuga que can- 
tan allá abajo. Los ma^ jóvenes de los cipayos apartaban 
con admirable ligereza y sin mover una piedra, los raaia- 
ges que los ocultaban ^ y avanzando hasta el borde de una 
montaña cortada á pico mezclaban sus cabellos á las plane- 
tas flotantes de las cornisas dirigiendo una mirada perpen- 
dicular para descubrir los enemigos, su número y su po- 
sición. 

Pío teniendo consigo el teniente Stepheuson sino como 
unos ciento cincuenta hombres, y no procediendo en aque- 
lla espedicion con órdenes directas del coronel Douglas, com- 
prendía toáa la estensiou de su responsabilidad y quería 
sondear escrupulosamente el terrena antes de precipits^rse 
sobre losThugs y .empeñar conelloi^ un combate sobre rocas 
angulosas, sobre puntas de abismos donde la desventaja es- 
taría de parte de los que atacaban, particularmente si el 
enemigo reunia en su favor la superioridad del número. 

Un joven cipayo de quince anos que se deslizaba como un 
lagarto por l^s rendijas de la roca , se balanceo sobre I9S ra-* 
mas salientes délos arbustos^ y flotando con ellos por enci- 
ma de un precipicio vino á colocar su boca junto al oido del 
teniente Stepheuson ^ el cipayo habla visto y contado á los 
enemigos: eran mas de mil^^estaban reunidÜos en una espio- 
nada rodeada de abismos, y salmodiaban el himno á sus. Dio- 
ses para demandarles sin duda su ayuda antes de empren- 
der la grande espedicion proyectada. 

Stepheuson no podia aconsejarse sino consigo mismo; 
resolvió pues enviar tres raensageros á Jíerbudda para ins- 
truir al coronel Douglas y pedirle órdenes y socorros. En- 
tre tanto le pareció que debía conservar su posición, que era 
bastante buena, y podia combinarse con un plan de ataque 
, que as^urase el éxito. 

Causará admiración sin duda al leer esta historia el cor- 
to número de soldados que en aquella guerra se ponian en 
aecion por ambas partes ; pero nosotros debemos hacer ob-- 
servar por via de episodio , que la guerra de Nizam no se 
, imrecia eu nada á las operaciones militares de las guerras 
de Europa, y que la artillería^ los fuegos de fusil, las car- 
gas ^e caballería y las demás evoluciones que ski acoatum^ 
Jí>ran entré nosotros, estaba eacluidas como inútiles eoa 



248 REVISTA DE MADBID. 

adversarios invisibles, que solo sabían asesinar en medio de 
la oscuridad de la noche: añadiremos aun que solamente 
mencionamos aquí los sangrientos encuentros enlazados á 
nuestro drama; muchas otras luchas, sin embargo, tene- 
brosas y horribles se sostenían en la misma hora en otros 
lugares y con otros nombres. Los estranguladores estaban 
en todas partes y en ninguna , y las fuerzas parciales diri- 
gidas contra ellos, insuficientes casi siempre, ño podian 
cons^uir sino muy tarde un resultado general , feliz y de- 
cisivo. 

Luego que los fakires, los sacerdotes y los sacrificado- 
res salieron del templo de Doumar-Leyna, al oir la voz de 
la estatua del baj o relieve , se reunieron todos en una es- 
planada inabordable, en la que su jefe el viejo Sing habia 
escogido su morada en el tronco de un árbol . Todos guar- 
daban un silencio profondo y religioso, á que habia contri- 
buido sin duda el prodigio de que acabamos de ser testigos. 
Un nuevo incidente aumentó su fanatismo y justificóla au- 
daz intervención de Nizam. El fakir Souniacy, tan sentido 
por los Thugs, y á quien habian colocado ya en el rango de 
los mártires y de los santos, apareció de repente en medio 
de ellos. Los sacerdotes creían y publicaban que el fakir ha- 
bia muerto sacrificado por los bárbaros en el altar del Dios 
de los cristianos, y que en espiacion de éste sacrilegio era 
preciso inmolar también á Deera algunos prisioneros ene- 
migos. Al volver á ver á Souniacy los sacerdotes, atribu- 
yeron el milagro de aquella especie de resurrección al re- 
ciente holocausto de Doumar-Leyna ; y el fakir se guardó 
bien de desengañarlos , á fin de no verse obligado á tribu- 
tar elogios á la generosidad de sus enemigos, que acababan 
de devolverle la libertad en el momento fatal de la ejecución.- 

El himno que salmodiaban los sacerdotes y los Thugs 
era una acción de gracias á la 'diosa Deera, que satisfecha 
del holocausto les habia devuelto al santo fakir Souniacy. 

Los tres mensajeros del teniente Stephenson habian par- 
tido para Nerbudda, pero no juntos , sino uno después de 
otro por caminos diferentes, á causa de los peligros y de 
los extravíos de la noche, suponiendo que uno de los tres 
emisarios llegaría sano y salvo á su destino. 

Al paso que el teniente Stephenson habia renunciado á la 
esperanza de salvar á los nuevos prisioneros y al joven conde, 
se consolaba en alguna manera, por no haber ]^odido hacer 
nada en favor de aquellos desgraciados, pensando que $1 



¡QOé AMOR TA19 SmGlILARi 249 

objeto de su mmon tendría un resultado feliz , puesto que 
ocupaba una posición yentajosa , de la que el coronel Dou* 
glas sabría aprovecharse sin duda al día siguiente. 

Al desaparecer del firmamento las últimas estrellas, el 
teilienté Stephenson acuarteló %m soldán én lai i cjag^i- 
dades de la montaña, para ocultarlos pot precauéioÉ á^los 
infalibles ojos de los Thugs. Al salir el sol, se descubrió en 
medio de un horizonte desconocido una tierra árida y de- 
solada como el dominio de la niuerte. Era una sucesión in- 
finita de rocas agudas, semejantes á un mar combatido por 
el huracán, cuyas olas, súbitamente, heladas por el frió po- 
lar, hubiesen conservado sus formas en su repentina inmo- 
bilidad. De trecho en trecho se distinguian las ruinas so- 
l)erbias de algún antiguo templo sin nombre y sin Dios, 
elevado en edades desconocidas por arquitectos que coloca- 
ban rocas sobre rocas y cambiaban las formas de las mon-^ 
tañas ^ como dijo un poeta , cantor divino de aquellos es- 
pantosos lugares. 

{S$ continuaré,) 



«saraiu EiKMU— lüMQ .VI, 32 



2S0 mmmA rm UAsmw. 



LA nWANTA BOSA TERESA 1 LK 



CANTO TERi 



^H 



Pasaban largos dias 
Ea la peQosa marcha, y entre tanto 
No viendo fin , Melendo, á sus porfias, 
fnsomne y triste se consume en llanto. 
Vanos son sus esfuerzos para hablarla , 

Que en público no acierta 
En las largas jornadas del camino ; 
T por las noches, sombra de su puerta , 

Quiere en vano explicarla 

De su pasión ardiente 

Y su incierto destino , 
El ]>íen pasado, el torcedor presente. 

Ignora á do la llevan , 
Y cuando ya del moro los linderos 

Pasaron silenciosos ; 
Cuando el rey y sus nobles caballeros 

De la vuelta avisados , 
Salieron diligentes al camino , 

Sus males ya acabados 
Juzgó tal vez, y próspero el destino 

Del porvenir risueño. 
Miró vogando en bonancible ensueño. 
Mas gran misterio en los discursos nota 
El buen Melendo, y con recat? a^bnira 



Be los se^hlnAte» la «iteBekiQ deipte, 
T al Afzobispo coiao todos mira. 

Igaora en su ardinoi^tito - 
Que ya su amor ¿ sepoitarae corre 
£n los espiesos moros de, un convento* 

La Infanta de I^oon en San Pélajo 
Entró á cumplir su voto reverente , 
De San Benito en la cristiana regla ; 

Y Bielen^o raspado 
Sintió su pecho y cuando d fin veía 
Suelta 1^ venda y rot^ la esperanza 
Que al porvenii; un tí^npo sonreía. 

EntramlH)s se miraron > 
Con espreñpn tristíjsimay 

Y á perpetuo dolor se resignaron. 

Y Melendo perdido 

En vano afán y conjetura vwa, 

• ¿Cuál justa cwsfi del suceso ba si(lo? » 

Al Arzobispo en preguntar se afana* 

Blas calla y no responde 

El prelado advertido 9 

Y el grave arcano con prudencia esconce, 

Diciéndole tan solo : 
«Qp» de un peligro Ubre^ agradeeidí^ * 
»Se consagra ,al Señor , esposa fasta^ 
«Cumpliendo una promesa» y ^e o^o basta.» 



/■ 



m 



Entró la Infanta, y todos 
Los moros nolfla y espaAoles godos , 
Besáronla! la mam; 
Y ella éual muda estatua 
De frió márn^ y el iu^cáenso vaAo 

De terrenal i^aadeaa 
Mustia aceptó^ eaidíBi la cahna,^ 
Goto evnoite mirada 






f 

J52 REVISTA M IIADRIO« 

Que esparce triste el alma enamorada ^ ' 

Buscando, en su fatiga. 
El bien ansiado qne á olvidar se obliga. 
Fijo el concurso ^Uí, Melendo calla , 

Y ni á cumplir con su deber se atreve; 

Mas llega al fin> sus ojos 
Buscan los ojos que su fuego escitan 
Con encubierta y tímida mirada , 

Y en recio embate ^ su pasión agitan 
Guando se encuentran con la Infanta amada. 

Miranse , y se conocen , 
Si se conocen , y sentir pudieran 
Aunque sus tristes ojos no se vieran 
En años mil, por mares divididos, 

La distancia cercana 

Del simpático aroma 
Que del sensible corazón emana. 

Mas ¡ ay ! último instante, 
Ultimo instante les unió en la tierra , 

Y ya del ^paraiso 
Qué amor soñaba el mundo les destierra! 

Gomo jazmin que floreciente brota 
Al fresco riego dé arroyuelo puro , 
Que el verde y blanco y el perfume agoto 
Si el manantial se seca mal seguro 

-Del límpido arroyuelo , 
Y estéril planta agóstase en el suelo, 

Y el hntíican airado 
Le arrastra al fin marchito y deshojado $ 
De esta suerte, Melendo, tras sus dichas, 
Yió secarse del claustro entre las rejas 
M manantial de la amorosa f ueftte 
De su pasión con se» perdidas quejas. 

Oh! el amdr es tirano, 
Guando imposibleá en veiieer se obstina , 



MBSÍA. 253 

Que al alma bella, ganerosa y pura 9 
£1 manantial del sentimiento apura. 
Le sonrió en Toledo la esperanza , 
Le asomó cariñosa 7 pasagera 

Gomo siempre en el mundo, 
Y llanto solo y soledad le espera , 
. Y eterna angustia y torcedor profundo. 

Triste pasó la yida , 
* Monótona y amarga, 
Guardando siempre el alma dolorida 
De sus recuerdos la enojosa carga •« 

Nada dulce y risueño, 
Con novedad se presentó á sus ojos ; 
Con torva frente y con adusto ceño , 

Yió el mundo sin encanto,. 

Sin goees ni placeres , 

Con que calmar su llanto. 
Las mas bellas , angélicas mujeres , 
. De mármol frió ante sus ojos fueron ; 
Y en su expresión al corazón herido 
Siempre la Infanta á recordar TÍnieron 
Con la memoria de su amor perdido. 
Mi la esperanza de riqueza ó gloria 

En guerras , renovaba 
Con la ardua lucha del combate ñero 
La rica fuente que el amor secaba. 

Y ni su anciano padre 
Con el respeto autorizado , pudo 

De sus ocultas penas 
. Bomper el fuerte impenetrable escudo. 
Horas y horas pasaba 
En Gijon retirado , 
Mirando al mar que en las desnudas rocas 
Con impetuoso estrépito chocaba j 

Y lágrimas no pocas 



2^4 REVISTA *M V&DKID. 

Eir él su yerto corazmi vettüi 

Guando el objeto amado 
A renovarse y batallar volvía. 
Mas su vida fué corta ; 
Pronto murió ; y el desvalido anciano 
A quien del bijo d torcedor conmueve. 
Sin penetrar su misterioso arcano 
Murió también de sentimiento en breve. 

En carrion un sepulcro 
De sus claros abuelos heredado , 
Les recibió á los dos un mismo dia ; 

Y en la cortelbrillaron sus exequias 
Cual su linaje ilustre merecfo; 

T muchos les lloraron 
Que sus virtudes en d mundo honraron. 

La Infanta en el convento, 

Religiosa profesa, 
Un dia y otro esclavizada gime 
Con el dogal que su pasión la oprime. 

A veces sosegada, 
Con incesantes lágrimas que vierte, 

Su malestar mitiga, 

Y lo imposible de aliviar su suerte 
A resignarse ante el altar la oMiga. 

Con aparente calma 
Oculta á. veces la aflicción del pecho, 

Y purísima el alma 
Con fé cristiana al Bedentor adora 

Y alivio al mal del corazón implora. 

Solitaria en el soto 
Junto á la fuente ó cristalino lago, 

Vierte del pecho roto 

Lágrimas que allí lleva 
Entre plegarias que al empíreo eleva. 

Ejemplo de virtudes, 



AdmiraetOQ 011 el contento isa^if a , 

Y sombra im{»metrabl6 
A los' combates de la tierra gira. 

Tres años taitameiiie 
Hora tras bora transcurrió serena , 
Sin t[tte se pinte en sn tranquila frtete 
Dado, ni agrá vio 9 ni afliocion tenüÉáé. 

AI cabo y un cierlo difi, 
BOrando al éampo dedde dentro estaba, 

Y \ió que con porfla 
Una mujer por seflias la llamaba , 
Desde un peñofi á dó trepad<^ había 

Y que cerca al convento se eleTaba* 

Mestró entendf^r la seAa,* 

Y la mujer , de la elevada peila » 

Con esforaado intei^ , 

"pro nnbiUto {mado 

Que dio en la cqa errando al apo9ento% 

Miróle ávida al punto 1 
Tiendo una baitda negra que raeerraba 

Escrito un pergamino 
Ck>n un gran pkñno que ea el centro estaba. 

Léele, y sos nu^MIas 
Con escarlata y fuego se animaron» 

Y sus débiles iniemlHrQS 
Hercúleas íuerzaa j vigiMr cobraron , 

Y con crudo alendo 

Que resonó en Im elau»tros úú convento , 

Impeiisada congoja 
La acometió mortal en su apow&to^ 

AUí quedó olvidada , 
Sola y desamparada , 
Sin serviduiiibre que á su dafio acorra , . 
Gomo m üeppps pandos. 



256 REVISTA. 0B M40BI1). 

M en el preciso instaiite te socorra. 

Horas, lentas j muchas 
Moríbanda pasó, y unas hermanas 

Por su celda pasaron , 

Y á golpes en la puerta 
Para asistir al coro la llamaron. 

Wa entonces volviendo 
Del impensado mal , alzó la frente , 

Acaso presumiendo 
Que su secreto sc»*prendió impruitaite 

Alguna religiosa ,* 

Y se elevó del sudo cuidadosa , 
Para ocultar al punto m ttmnento, 

Con Miútü cautela 9 
Pues libre estaba y sola ai su aposwto. 
Guardó su pergamino , 

Y dirigió sus pasos á la Igleña , 

* Cobrando al fin su austeridad pasada, 
Grave y serena siempre y reservada. : 
Mas al cereano dUa 
Se observó en el convento 
Que la Infanta sidria, 

Y que oculta en su celda 
Algún grave suceso discurría. 

Y era así; sttenciosa 

El pergamino sin ce^r miraba , 

Y después pesarosa 
Con abundoso llanto le inundaba. 

Basta enton<M el mnnéo 
TIoticia alguna de su amor perdido 
La trajo al claustro ni sonó á su oido: 

Y al fin, infausta nueva , 

Que escrita á manos de Melendo ^taba, 
Trajo la última prueba , 

Que á su infortunio y aflicción quedliba. 
A Dios , Tertsu , et ctefe 



POESÍA* i¿7 

Que hay entre rayos de esperunza miro ^ 

Sabe que guarda mi impotíble anheh 

Tu único amor hasta et postrer susptVo. 

Alza tu voz y invoca fervorosa ^ 

Sobre una tumba que Carrión venera, ' . 

Do me hailards bajo la yerta losa. 

Perdido al mundo en la mansión postrera. 



La Infanta desdichada, 
Sin resistir del rayo al golpe rndo, 
Por sos ojos lanzó raudo torrente 
De llanto amargo que enfrenar no pudo. 

Y asi al dolor abierta 
Por vei postrera sü ulcerada herida, 
Eternas horas con la Incjia incierta 
Pasó llorando en.sa afticcion sumida. 
Paes como luz qne en noche dilatada 
Nos Inció en la celada, 
, ¥ al apurarse escita 
Ya moribunda su brillar postrero , 

Y á llamaradas en la mecha agita 
Su Tacilante j fúlgido lucero , 

Con rayo luminoso , 
Quemas Tito se advierte 

Si mas la acerca el termino á la muerte : 
Así en «1 amarga vida 

Fué dulce alivio el llanto á su despecho , 

Y así á la fin del combatido pecho 

La llamarada ardiente 
'Brotó el llanto á raudales 
No gota á gota al apurar su fuente. 

Después, siempre tranquila, 
Con apacible rostro iba risueña ^ 
A todo indiferente, y lucha alguna 
En fina ó ju^os de amistad la eAipeña 
Ni en amenaza ó quejas la importuna. 

nOimiA BF0G4.--*10M0 VI. 33 






$&8 . BEVISTA m lUMIlD. 

« ¡ Qoé npseible ! (^eeian) ¡ Cuál sonríe ! 

«Noxic^ él rigor la enoja, 
»Mi comp Inliiita de León ne engríe: 
»Si la ofendem<» con serenos ojos 
» Guarda su ofensa sin rencor ni enojos; 
»Si la ofrecemos ju^Qs los desdeña, 

»Qae no el placer la agrada 
«En el jardín de nuestra unión risueña. » 

La Infanta, con los años 
De la prudencia armada , 

En IKos iKpsando, disipó el veneno 

De la saeta al corai^ji clavada , 

Y suplicó á su hermano 

Que á un gran proyecto generoso y huefio, 
Prestase apoyo como rey cristiano. 
Pensó ser f ui^dajdlora 
^ De un monasterio que rcjir quería, 

Hasta la úlUnia hora 
Que en este mundo de vivir había. 
, Quiso velar el noble eaterira]nieiitp 
Donde Melendo sepult94<> ^taba , 
Cerrándole en los smros de un convento - 
Que con el npnd^re d^ Sa^ ZoU fundaba. 

Y su J^ermano prodenl^, 
Su antiguo erri»* por dipcn^i^ ^^$9^0, 

hp enti^gó diligente 
Todo su erario á la ocasión no escaso^ 

Cuando en Carriion se edificó la igjesf a , 

Allí tn^iquílas hoi*^^ 
Pasó velando el singular tesoro. 

Con BüMíicas sonoras 
Que le entonaba en amoníoso coro. 

Las otrafS religiosas ,. 

Mil vacies Id: wcoutriMrpa 



FQIfflA. ^^ 

De hinojos reelinada en las baldosas ^ 

Do en estatuas de mármol se elevaron 

Las fignras severas 
De ambos Melgados, 9n<^<Hoii Hombrados, 

Y* en las guerras i>ostreras 
Por sus ilustres hechos ensalzados. 

Ejemplo de virtud, su sauta vid? 

fué en el mundo cristÜEino conocida,' * 

Y después en Oviedo vio la muerte 
Tan resignada y con pureza tañía , 
Que con justicia en merecida suerte 
Sa?(ta Teresa se Itemó por lailta. 

Esta 6ft^ ketor , eon tígo queyo aiado, 
•La verdadera histom de T^íresa ^ 
Si por desdicha al divagar te enfado , 

Y por lánguido el 4SífieBfo no intmn , 
Descarta lo peer , vé con agradq . « 
El religioso celo ; digna canpifé^ ' . ' 

Y fé piadosa de la stots mia; 

Que á veinte y cinco es en abril su día , 
S^un afirma Á cAPELtiAii LozakíOi 
Docto escriteír, y de ebncienda pvopia', 
Aunque diftiao , sí fMpido y llaii&, * 
De erudicicm <ion snKMiable copia , 
En un libraco que llegó á mi mano, 
Grénica rara, dona musa apropia 
Este suceso tesforsiado en soma ^ 

En versos varios que ordisnó mi pluriía. 



Jpa^ p« GsiUámA^ 



* 



seo UVISlA 1>C M ADEIO. 




COITRE BE 01 SOLRABIO i UI CIDAiBAlO. 

nuurarooiow bsl momtt. 

Tú qiíe trocaste el suefto j el reposo 
Sie los palacios por la vil cadena , 
y en á eseonderte en esta selva amena ; 
Ven j serás dichoso. 

No de la madre ó de la esposa el llanto * 
Resaena aqní, ni el bélico estampido, 
Sino del.anra lánguida el silbido, 
T de la alondra él canto. 

Aquí de amor la flecha soberana 
Agita solamente el pecho humano, 
Ni otro' mal se conoce, otro tirano 
Que invierno y tramontana. 

T aunque mi rostro muerda, ó fiero brame 
£1 aquilón , risueño entre mí digo : 
No es este ciertamente mi enemigo , 
Ni adulador infame. 

Antes con sus rigores me atestigua 
La corrupción del fango Prometeo , 
T á la caterva de los males veo 
Salir de la urna antigua.' 



I 



Mas la esperiencia del dolor no ofende ; 

Y entre muros de adobes fabricados 
Mejor que ai los .alcázares domcto^ 

A ser hombre se aprende. 

La flor que á la mañana llueve «romai 

Y á la tarde ya inclina la cdniza, 

i Qué presto pasa la mortal beUeza ! 
Nos dice en su idioma. 

Betís que desalado al mar camina, 
Betis me anuncia que del modo mismo 
Corre á perderse en el eterno abismo 
Mi vidía peregrina. 

Todo me instruye y habla ; en el tomillo 
Gomo en la encina el sentimiento mora^ 

Y basta la piedra estúpida atesora 

Un vital fu^uecillo. . 

Ven y pues , ven á gozar tan dulce vida , 
Huye de las ciudades insolentes , • 

Y de la corte , cueva de serpientes 

Y de fieras guarida. 

Huye el ciego furor y las brutales 
Iras de los rebeldes, cuyas manos 
£n el pecho infeliz de sus hermanos 
Clavarán los puñales. 

O demencia cruel , ¡ siglo malvado ' 
De Pirra ;! ¡de Japeto vil ralea,! 
Suda la tierra sangre, y vuelve Ástrea 
' Al Olimpo indignado 

Por eso triunfa solo el mas robusto , 



Sfdf HEVISTA Bt ItÁDRIDr 

Falsa és la honra , pérñdo el amigo j 
Halla el injusto y el traidor abrigo , 
T no le enenentra d justo. 

r 

Por eso rompen yá por todos lados 
Del drÉida léro2 los desoendientes , 
Estremeciendo con lá voz las gentes , 
Gim armas los estados. 



Cual Encelados nuevos , al Tonante 
Disputa el trono su arrogancia loca , . 
Y aquél que impunemente no se toca 
Harpon horrisonante. ^ 

Mas no duerme allá arriba la vengania; 
Ya en las alas coléricas del viento , 
Yeo Culebrear, murmurar siento 
£1 rdámpago y lanxa. 



MS 



cRóRiCA poüna 



DByqLVCION DE LOi BIENES DEL CLERO NO TENDIDOS.— LbT BLBCTOEAl.— DE- 
BATE EN lA Cámara de los Dipútadsos de Fríngia aciíica díb EéRiÑi 

T de su Gf0B»RÑ0.*rAG01ITBCIMlMIT0S DB YlTORIA T TÁIiÍIIGU* 



JuL proyecto de ley^ qjne el Gobierno há presentado ail Con- 
greso para la devtílacion al clero de los bienes procedentes 
de él y que no han sido vendidos, está reducido á propo- 
ner en un solo artículo , que se devuelvan á dicho clero los 
mencionadosí bienes. Esta determinación del Gobierno, adop- 
tada con posterioridad á la llegada á esta corte de nuestro 
representante en Roma , y, según parece, én vista de siis ex« 
plicációnes , se cree que tiene por objeto satisfacer una exi- 
gencia de la Santa Sede , para entrar en negoeiaciones , qué 
tengan por resultado disipar la alarma en que se hallan los 
tíuévos intereres, y reconocer por la corte romana la le^- 
timidad de nuestra Reina, y todos los actoslégales de su Go- 
bierno. Si esto es así, y se mira bajo este aspecto la cues- 
tión , no admite duda , que el sacrificio que se nos impone 
es pequeño comparado con los beneficios de todo género que 
debe producir. No tememos que en esta ley, que en este mo- 
mento se discute, dejen de asegurarse las ventajas que de ella 
esperamos. El Gobierno , que la ha presentado á lás Cor- 
tes, habrá tenido para ello justos y fundados motivos,* y co- 
mo , aun después de aprobada por ambos cuerpos colegtsla- 
dores, á él le toca presentarla á la sanción de la corona, pu- 
blicaíHa , y ponerla en ejecución, no es de temer que, obran- 
do prudentemente, abandone esta prenda, sin obtener por 
ella las concesiones que por su parte tiene derecho á recia- 



$64 AEVISTA DS«MAD1UD. 

mar. De la buena fé y de la superior capaeidad de los indi- 
viduos que componen el actual Gabinete, es de esperar, que 
de está ley sacarán todas las ventajas, que son. conformes á 
los intereses del pais , al decoro de la nación , y á la dig*- 
nidad del trono. Ya se deja conocer, que aunque el objeto 
inmediato de esta ley es la devolución de los bienes del ele* 
ro no vendidos , su fin y término no pueden ni deben ser 
otro, que el de asegurar á los compradores de bienes nacio- 
nales en la quieta y pacífica posesión de estos* No es decir 
esto , que dejen de ser Intimas unas eaagenadones verifi* 
cadas en virtud de una ley, sino que es un bien, y de 
gran consideración , que á costa de un sacrificio económico ^ 
m obtenga, por el único medio posible, disipar completa- ^ 
mente la alarma que en la actualidad sufren los nuevos in- 
tereses.. Esta ley pues, no podrá ser calificada de reaecio- . 
;fliaria, si por ella se consigue desvanecer los temores de los 
compradores de bienes nacionales , consolidando los intere- 
ses que la revolución ha creado. 

Esta cuestión se ha debatido profundamente eq la co- 
misión del Congreso. No comprende una idea el proyecto 
que no se haya examinado detenidamente y bajo todos sus 
aspectos. Se disputó sobr^ si la ley debería aprobarse en 
los términos del proyecto , ó bien convertirse en una pro- 
mesa solemne de devolución. Algunos repugnaban esta úl- 
tima palabra, que en su concepto supone un despojo que 
se repara con un acto de -justicia; cosa que no debe tener 
lugar con actos legítimos de la potestad legistativa. La de- 
volución^ pues, la reputan unos como un acto de justicia 
que se debe al clero, y que hay obligación de otorgarle, 
prescindieado de lo que ella puede influir en las negocia- 
ciones pendientes con la Santa Sede ; mientras otros la mi- 
ran como una concesión conveniente para facilitar el arre- 
glo de los negocios eclesiásticos. De todos modos, no solo 
en el seno de la comisión , sino aun entre los diputados,' 
no faltan personas que den importancia á la palabra devo- 
lúcioH , dándole la significación que mas arriba hemos apun- 



I 



CROmOA POLITICA. 265 

tado. Ella no significa, en nuestro concepto, el reconoci- 
miento de un derecbo en el clero, para recuperarlos bie- 
nes de que fué desposeído. Devolver ^ en su acepción común, 
significa restituir una cosa á fiquel que la tenia primero, 
ora saliese de su poder con justicia, ora sin ella ; y en tér- 
minos legales, para expresar que uno entrega á su legítimo 
dueño la cosa de que le despojó , no se dice que se deviiel- 
ve y sino que se le restituye. Por consiguiente, la palabra 
devolución , dista mucho de suponer que se restituyen al 
clero los bienes de que fué desposeido , sino que se le en- 
trega una parte de los .que en otro tiempo tenia, sin califi- 
car de justa ó injusta la causa porque lo^ dejó de poseerá 
Con tal de que la ley expresé esta idea , cualquiera que sea 
la palabra que se emplee, no podrá menos de ser indife* 
rente para el objeto que aquella se propone. Conviene no 
perder de vista que en esta cuestión debe eliminarse toda 
controversia sobre principio^ y doctrinas : basta únicamen- 
te observar que el hecho de reconocerse por la Santa Sede 
las enagenacion^s verificadas , cuando llegue á realizarse, 
ya sea tácita, ya expresamente, supone al misnio tiempo 
el reconocimiento del acto del poder legislativo , de que pro- 
ceden aquellas enagenaciones. 

Acerca de esta cuestión se ha mostrado dividida la co- 
misión del Congreso. La mayoría está de acuerdo con el pro- 
yecto presentado por el Gobierno ; y la minoría , compues- 
ta de tres desús individuos, propone la redacción siguiente: 

Art. 1 .^ Se entregan en posesión y prd)[>iedad al cle- 
ro secular los bienes que le pertenecieron y no hayan si- 
do enagenados á virtud de la ley de 2 de setiembre de 1841 . 
Las rentas y productos de dichos bienes, se tendrán eu 
parte de la dotación definitiva del mismo clero. 

Art. 2.** Se autoriza* al (Gobierno de S. M. para que 
consultando la justicia y la conveniencia pública, y tam- 
bién el deber de mejorar la condición de los intereses crea- 
dos, fije oportuna y convenientemente el tiempo en que de- 
ba hacerse la entrega , las personas y corporaciones á quie- 

SEGUHDA ÉPOCA.— TOMO VI. 34 



266 REVISTA DÉ IIÁDBID. 

nes haya de verificarse esta , y para que dicte las disposi- 
ciones necesaria^ para la realización de lá misma, dando 
cuenta á las Cortes. « 

Art. 3.® Los bienes que se entreguen á virtud de esta 
\éj, no podrán enagenarse por el clero sin justa causa, y 
sin previo permiso del Gobierno. 

Respecto déla palabra entrega^ en vez de devo/iicton, ya 
bemos indicado nuestro juicio. Por eso creemos que él art. 1 ,® 
del Yoto particular, no añade nada en esta parte al proyecto de 
la mayoría. £1 art. 2.^ deja al arbitrio del Gobierno la fijación 
de la época en que deba hacerse la entrega , consultando la 
justicia y lá conveniencia pública j y teniendo el deber de me* 
jorar la condición de los intereses cr^ado5. Esta determinación 
ó tiene el objeto de impedir que el Gobierno verifique la 
devolución, mientras no baya conseguido de la Santa Sede lo 
que desea, ó es un mero consejo de prudencia dado por las 
Cortes al Ministerio. En el primer caso embarazaría las nego- 
ciaciones pendientes con la Santa Sede; porque no siendo la 
devolución un acto solemne délas Cortes, en la misma forma 
y manera en que se decretó la enagenacion de los bienes del 
clero , quizá no inspiraría bastante confianza á la corte de 
Boma , para concluir las negociaciones pendientes , una de- 
volución , que solo ha de realizarse en la época que el Go- 
bierno fije con arreglo á la autorización que al efecto ha 
obtenido de las Cortes, y por consiguiente bajo la responsa- 
bilidad de aquel, y con la obligación de dar cuenta á las 
mismas. El resultado es, que por este artículo se conceden 
al Gobierno tantas facultades como en el proyecto de la 
mayoría. Pero si el expresado artículo se reduce á un con- 
sejo, lo juzgamos inútil, porque si de los discursos de los 
diputados de lá mayoría se puede^nférir cuales son la opi- 
nión y los deseos de la mayoría del Congreso , de las expli- 
caciones francas y nobles que han dado en estos últimos 
dias los señoitcs ministros , puede inferirse, respecto desús 
intenciones y de sus miras , lo bastante para tranquilizar los 
ánimos de los compradores de bienes nacionales. 



clioiciGA política. 267 

Peti^etites negociaciones conla corte de Roma para el ar-* 
re^o de ntiestros negocios eclesiásticos, el Gobierno soló, que 
las conoce 7 puede juzgar de ellas, es el que se halla en el ca- 
so de poder apreciar, tanto de las concesiones que se le recia- ^ 
man, cnanto de los actos indispensables para llevar aque- 
llas á cabo. La ley que al efecto propone , la propone ba- 
jo su responsabilidad , porque responsable es de la ejecu- 
ción -de ella, y délas ventajas ó perjuicios que pueda pro- 
ducir dicha ley. Y por consecuencia, tanta confianza sene- 
• ceslta en el Gobierno para que use de esta ley , y consiga 
por eüa lo que el pais desea , * como para concederle una 
autorización tal eomo la que propone el voto particular. 

A la fecha en que escribimos, se halla pendiente en el 
Angreso el examen de esta cuestión; pero ya puede decir- 
se resuelta después de haber sido desechado el voto parti- 
cular por 117 votOá contra 27 . La discusión hasta ahora ha 
tenido suma latitud é interés: en todos sentidos se han pro- 
nnnciado elocuentes discursos, en los cuales los mas distin- 
guidos oradores del Congreso han dado nuevas pruebas de 
su elevada capacidad, como asimismo del esquisito tacto y 
dd singular decoro con que saben tratar cuestiones tan im- 
portantes y grates como la presente. 

En uno de estos últimos dias ha leido en el Góbgreso el 
Sr. nilnistró de la Gobernación un proyefcto dé ley electo- 
ral que se halla fundado en las bases siguientes : 

1/ Aumento del número de diputados. Habrá uno por 
dada 40,000 almas. 

2.^ Elección por distritos en lugar de provincias. £1 Go- 
bierno hará la designación de estos distritos. 

'3.* Bedóecion del número de electores. Será elector el 
que pague 400 reales de contribución. Las capacidades ^ es 
decir , abogados , médicos , etc. , ño necesitarán pagar tnas 
que 200 reales. 

4.* Serán de^bles para diputados los que á dichas cir- 
conslMeias reúnan la de haber pagado uñ áfio antes 1000 
reales de contribución, ó tener 12,000 de renta. 



26S , RRVI8TÁ DE Há|5AU>* 

. 5;* Invariabüidad en las listas electorales, cuya forma- 
ción qaeda encomendada á los jefes políticos y consejos ad- 
ministrativos con apelación á las audiencias. 
6/ Invariabilidad de los distritos. 

Entre las personas que no pueden ser elegidas para di- 
putados , se cuentan las siguientes: 

1.^ Capitanes generales de provincias: 2.® comandan- 
tes generales de los departamentos de marina : 3 .^ fiscales 
de las audiencias: 4.® jefes políticos : 5.'' intendentes de 
rentas. 

La nación se dividirá en 306 distritos que eligirán un 
diputado cada uno. 

Algunos diputados de la Cámara francesa, y en especial 
Mr. Gamier Pagés, se han explicado contra España y dH 
Gobierno de una manera dura , destemplada, inconveniente 
é injusta. Los insultos que dirijieron aquellos á la nación 
española , fueron enérgicamente rechazados por M. Guizot 
como ministro de negocios extranjeros. Las nobles palabras 
de éste, que no podian menos de tener un carácter oficial, 
nos dieron una cumplida satisfacción en nombre del Go« 
bierno francés ; así como el desagrado y disgusto con que 
oyó la Cámara las groseras frases de aquellos diputados , nos 
prueban que aquella asamblea , lo mismo que la nación que 
representa^ son agenas á las incultas calificaciones de los di- 
putados á quienes aludimos. Acerca de este incidente se 
promovió un interesante debate en nuestro Congreso , que 
djó ocasión al señor Egaña, que lo suscitó, á vindicar con 
dignidad y calor á la nacion¡española de los ultrages que aca- 
baban de dirijirle algunos diputados franceses. £1 Sr. minis- 
tro de Hacienda tuvo ocasión para demostrar que el Gobier- 
no español habia hecho cuanto estaba á su alcance por con- 
servar pura é ilesa la justa reputación que siempre habia 
merecido por su honradez. El actual gabinete, no solo ha 
pagado los intereses de la deuda del 3 por 100 , desde que 
entró en el poder , sino que ha asegurado de un modo efi- 
caz los de los dos semestres próximos, consignando para 



i. 



GRÓ9ICA i»otrncA. 26d 

su pago sucesivo en la Caja de Amortización cantidades efec- 
tiv{Hs. Al mismo tiempo ha satisfecho las obligaciones qae 
pesan sobre el Estado, por consecuencia de las legiones in- 
glesa y francesa que vinieron á España; 7 se ha mostrado 
él Gobierno español tan exacto en el cumplimiento de aque- 
llas, que habiéndose retardado algunos meses el primero de 
estos dos pagos , ha abonado intereses por valor de 3 mi- 
llones. El Sr. Peña y Aguayo no pudo sufrir en silencio que 
en nombre de la nación francesa se -atreviese un represen-' 
tante de ella á acusar á España de haber suspendido' sus 
pagos por tres veces, cuando de dos de ellas ha sido causa 
la Francia: la primera en 1808 cori motivo de una invasión 
pérfida hecha á título de amiga, y sorprendiendo la buena 
fé de los españoles; la segunda fué en 1823 cuando los 
ít 6era/cs franceses en^^iaron un ejército de 160,000 hombres 
á España , que á las órdenes de uno de sus príncipes llevó á 
cabo la gloriosa empresa de destruir el réjimen constitución 
nal. Añadió el Sr. Peña y Aguayo que el gobierno francés 
ha suspendido por cinco veces sus pagos , hallándose en su 
concepto mas próximo á hacerlo por sexta vez qne^osotros 
por cuarta. 

Enojoso nos es hacer mención de atentados contra el 
orden público, y de actos de indisciplina militar. En Yitoria 
se sublevaron algunos oficiales y sargentos de un cuerpo que 
se hallaba en aquélla ciudad de guarnición; y según ha podi- 
do inferirse de lo que sobreesto han publicado los diarios po- 
líticos, parece que el objetó de esta sublevación era procla- 
mar , para declararse en hostilidad contra el gobierno , la 
Constitución de 1837. El comandante general de Vizcaya, 
Urbistondo , procedió en este caso con bastante actividad , y 
los sorprendió en una reunión nocturna antes de que die- 
sen el grito de insurrección. Todos los aprehendidos fueron 
reducidos á prisión, siu que este hecho alterase en lo mas 
mínimo la tranquilidad del vecindario de aquella ciudad, 
en la que muy pocas personas tuvieron conocimiento de» él 
hasta la mañana siguiente , en que había desaparecido todo 



270 REVISTA HE MADIUO. 

• 

motivo de iaquiíetad. La causa, encargada á fiscales inUit»- 
re^ , se ba instruido en pocos días : ya parece qpe ,está pa- 
ra verse de un dia á otro en consejo de- G narra, y se presa-» 
.me que el folio de este templará el rigor de U^ acusación 
fiscal. Lo ocurrido en Valencia tuvo principio por una ri- 
fia entre unos soldados del regimiento de Lérida y otros d|e 
Artillería: hubo heridos por una y otra parte, y aun uno 
ó dos muertos; pero este suceso no ha tenido ningún carác^ 
ter político, ni ulterior consecuencia. Los aiitores de él, 
ó los que tomaron parte en el mismo , se halUm arrestados 
y se les está formando ci^us^ por sus respetivos cuerpos. 

. AwAVA. 

IC ét UMrio 4« isfts. 



221 



RiVlSTA TEATRAL. 



I 

I 
I 



r OCAS novedades han ofreioido nuestros teatros en las dos 
gnincenas anterior^. Amenazados con la interrupción de * 
la Semana Santa ^ y la anterior de Pasión , han quedado pa-» 
radecípnesde Pascuas, pues en estas hace el gasto el re-t 
pertorio, algunos nuevos' dramas que ya han anunciado los 
periódicos. JJn Rebato en Granada j primer ensayo del se- 
ñor Cañete, se recomienda ipas por el mérito de su versi- 
ficación, que por el efecto teatral. Esto no es extraño en 
quien principiíA una nueva carrera , y carece por consiguien-; 
te de la experiencia ,. que el tiempo y el estudio le habrán 
djB sif ministrar. Sin embargo, la primera muestra que de 
su ingirió ha presentado en el teatro el Sr. Cañete puede 
decirse feliz, por cuanto los delicados conceptos en que 
abunda, y allgunas situaciones interesantes que ofrece, batí 
acreditado su. lozana imaginación y sus talentos dramáticos. 
£1 público ha hecho justiijia aí mérito de éste poeta. Los 
Misterios de Madrid , obra de dos ingenios , los Señores Don- 
cel y Olona, han sido desgraciados. No podia menos de ser 
así , porque el asunto que indicaba su título , nos j^arecíó 
siempre mal escogido. Las costumbres de Madrid son una 
mina ya agotada en muchos y muy buenos artículos, en no 
pocos dramas, y sobre todo en los excelentes y acabados 
cuadros que nos ha pi:esentado el Sr. Mesonero en su Pa-^ 
norama Matritense. Por cpnsiguiente, no era fácil dar no- 
^edad á asuntps muy conocidos y en que muchos escritores 
se han ocupado : no era tampoco fácil igualar en el efecto á 
obras que por su mérito ó por la fortuna, han obtenido ui; 
éxito extraordinario : no era tampocp fácil sorprender cqoÍ 



272 aCVlSTA 0E MADBID. 

nuevoscoadros, eaando se hallan tan cerca los originales j las 
mas excelentes copias. Con Las Misterioi de Madrid no po- 
dia. menos de suceder lo mismo que con las comedias de 
D. Qaijote y Sancho Panza: ninguna de estas ha logrado 
jamás el éxito que la novela inmortal de donde se tomaban. 
Por lo mismo y nos atrevemos á pronosticar que cuantos cua- 
dros de las costumbres de Madrid se presenten en el teatro, 
no producirán nunca el efecto que algunos de los artícuki 
que hemos mencionado. Esto en cuanto á la elección del 
asunto ; respecto de la manera de desempeñarlo , han dado 
los autores no pocas muestra$ de ingenio y degusto. Tam-* 
luen el Sr. Doncel nos ha dado por sí solo una comedia 
original coi^ et título de A rio revuelto.... que se recomien. 
da por el interés de la acción , por la verdad de los carácter 
res, por las escenas cómicas que presenta, y por su buena 
versificacioti. Celebramos el buen propósito del Sr. Doncel 
de trabajar por sí solo, pues confesamos francamente, que 
no hemos podido comprender nunca cómo puede hacerse 
una comedia por dos ingenios. No nos parece absolutamen- 
te imposible , cuando antes de ahora lo han hecho alanos, 
y cuando de ello pos han ofrecido.muestras los Señores Don- 
cel y Valladares ; pero esto solo nos prueba que el talento 
de, estos escritores es capaz de vencer las dificultades que 
debe originar esta empresa. Hemos visto á un pintor que 
pintaba un cuadro en cuya obra le ayudaba su hija y dis- 
cípula, principiando el uno por un lado y la otra por otro, 
hasta venir á ajustarse perfectamente el trabajo de los dos. 
De esta manera se vence una nueva dificultad ; pero noso- 
tros creemos que en las artes lo mismo que en la poesía, 
no deben proponerse los autores vencer dificultades que no 
contribuyan á aumentar el efecto, y que no correspondan 
directamente al objeto del arte. Este desdeñará siempre las 
que no tengan otro propósito que ostentar el ingenio de los 
artistas. Los Señores Doncel y Valladares han presentado 
también en el teatro Los hijos dé Satanás, ó el Diablo anda 
en Cantillana^ que ha tenido un éxito desgraciado por 



mEV18ft4 TEinAIi*. 273 

*iina rMm análoga á la qae hemm ápimtado, esto es, por 
corresponder á un género, que ya no se usa,, y en el que 
había que luchar ^soñ obras inimitables, j con la remini»- 
cenda que ha dejado basta la ejecución de eUas. Aunque 
estos escritores hubiesen logrado hacer una perfecta imita- 
ciim de- nuestras comedias de figurón^ no podría sostenerse 
en el teatro shi los actories que solian ejecutar aquellas y que 
apenas hemos alcanindo, Los Seftores Lumbreras y^ YiUa del 
Valle, d^n estar muy agradecidos al Sr. Guzmaa que ha 
saUdo sacar tauto partido de la piececita en un . acto que 
aquellos seSores han trabajado con el titulo de A la tmo. 
El Sr. GuJbnan ha contribuido en gran parte á que tengan 
lucimiento el ^álogo y be sales cómicas ep que abunda 
ta piececita. . 



Akata. 



« 



Uaim»A BH)C4-*101fQ VI. 



35 



274 RimSTA DE MABfttD» 



MTi BIBU 




IÍaüi .llegado á nnestras mmm las Memorias de Luciahc 
BoHAPAKtE, Príneipe de Canino^ escritas por él mismo, j 
traduekias por D. José Lloreote florez, abogado del cole- 
gía de eista corle. Haccános mención del traductor por lo 
mnebo qpe ha Uastrado esta obra oi&a notas may importan- 
tes, curiosas y de bastante noTedad. Contra jéndonos á 
Luciano, hemos encontrado en sus Páginm históricas ^e 
la revolución francesa (las que comprenden los sucesos mas 
notables^ocurridos desde 1792 á 1800), gran fondo de filo- 
sofía, dignidad histórica, y sobre todo una crítica impar- 
cial y razonable. Testigo ocular de los acontecimientos que 
refiere, tanto por esto, cuanto por la manera con 4ue los 
expresa, comunican mayor realce á la verdad de los hechos. 
Comienza su hermoso cuadro de crítica por una ligera 
reseña de su. familia, la que ha ampliado el traductor con 
notas biográficas, algunas de ellas muy circunstanciadas, 
con especialidad la de Napoleón , la de su hermano José , y 
por último las de toda la familia Bonaparte. Hace también 
una descripción de la Córcega y de los trastornos y vicisi- 
tudes que la tuvieron largos años en continuada guerra. 
Habiendo tomado los Bonapartes el partido de la revolu- 
ción, que las ideas filosóficas del siglo XVIII promovieron 
en Francia , se vieron precisados á emigrar á Marsella, y á 
vivir económicamente con las cortas asistencias del joven 
Napoleón , oficial subalterno del arina de artillerísu Lucia- 
no logró una administración de provisiones , y colocado á 
la cabeza déla sociedad popular en el pueblo donde tenia 
sa destino, ejerció allí cierta dictadura revolucionaria sin 
sangre, la bastante para sostenerse en su puesto, y para 



t&fA%x las agresionfis de los partidos ha^ la épócá de la 
reacción, que se yíó en peligro de perecer, en la cárcel de 
Aix, ádoüide fué ^^nducido por un jÓYen reaüMa^ atolón* 
drado é ingrato, cuya familia bafaia librado antes Luciano 
de la guillotina. Los hombres de convicciones instes y tío- 
kntas en sentido reaccionario no yen mas que el tiempo 
presente , y se (dvidan con facilidad del pasado ^ porqoe 
creen que los beneficios se les deben de justicia. Por último, 
á influencia de su hermano Napoleón, alcanzó su libertad. 
El año de 1798 fué nombrado diputado para el Consejo de 
los Quinientos, logrando un gran ascendiente parlamenta- 
rio por su haíbilidad oratoria. Escasado es decir, que todos 
los actos públicos en que intervino, ó á los que concurrió 
durante este encargo, están minuciosamente tratados en las 
Memorias que tenemos á la vista. Los discursos de Sie^, 
que se hallan entre las notas puestas al fin del libro, for- 
man un conjunto perfecto y bien acabado; tanto que pudie- 
ran presentarse por modelo de alocuciones y de arengas. 
Las verdades que contienen , dignas son de la meditación 

« 

de nuestros contemporáneos, útiles y reccmiendables para 
la fdicidijid de la patria. 

El traductor en sus notas usa un estilo bastante fácil y 
natural, que parece efecto de un intimo .convencimiento de 
las doctrinas que presenta. Hablando de la nnia del taba- 
co , dice : « Los caudales públicos, si se emplean en la ma- 
nutendon de un crecido número de hombres parásitos, re 
lajan las costumbres y crean un medio de vivir agonizante y 
mortífero. El gobierno que marche por este camino de con- 
sunción , recargando gastos sobre gastos hasta el punto de 
apnrar los penosos ahorros del labrador y de las clases la- 
boriosas ; este gobierno (llámese como se quiera) aristocrá- 
tico , mixto , absoluto ó republicano , en su esencia será des- 
pótico, cualesquiera quefuaren sus formas, porqué lea pa- 
labras y los nombres son de poca importancia ante la rea- 
lidad de los hechos y de las cosas. T los subditos sean ó no 
constitucionales, en el fondo serán ^clavos, porque iip hay 






276 - . aeyísTA be madhid. 

ma^ror eselavitud que la pobreza y la mifiería.... La políti- 
ca, si no hay unii cabeza entendida y organizadora con tin 
buen corazón , que no deje en proyecto los pensamientos 
de gobierno , es la madrastra de las naciones , que hace 
desaparecer la legítima hereditaria de los hijos de la patria; 
y si á esto se agr^a una arrogante audacia y una ciencia 
superficial para regir y administrar el patrimonio público; 
la política entonces se gasta y acaba de todo punto , como 
se acaban y gastan los hombres y las opiniones dominan- 
tes de cada siglo; y mas pronto se acaban y gastan , si los 
pensamientos , las palabras y los hechod son tres cosas dis- 
tintáis y nn solo engaño, ó si la esperanza de un imagina- 
do bienestar 9e fija á qn plazo' indetermiqado, cuyo cum- 
plimiento penda de que los hombres sean laboriosos y hon- 
Ados.... etc. 

La traducción nos ha parecido muy bien hecha : la par- 
te tiprográfica también es buena ; y si se nota alguna falta, 
es de aquellas comunes que no alcanza á remediarlas el ína- 
.. yor cuidado, cuaddo una obra corre . por diversas manos 
mas ó menos prácticas en el arte. Esta obra bajo todos los 
aspectos merece ocupar nn sitio entre. las mas acreditadas 
de los sabios de este siglo ; porque Luciano lo era , y su al- 
tó renombre hizo que se le diese la presidencia varias, veces 
en las respetables asambleas científicas , reunidas en Milán 
y otras ciudades de la Italia , para dar cuenta en ellas del 
progreso de sus respectivas ciencias, y para acordar los me^ 
dios de fomentarlas por la protección que necesitaran (1). 



Hemos visto las primeras entregas del Diccionario tínt- 
versal francés español y español francés, que bajo la direc* 

(1) Puntos DONDE SE VENDE : Plaza del Progreso, imprenta del Gatte- 
llano : librería de Sancheaí , calle de la Concepción Gerónima : y se pueden 
hacer pedidos en las provincias por los comisionados eu ellas de aqtt«l pe- 
riódico.— Precio 20 reales en Madrid , y á 26 franco de porte para fuera 
deísta capital. * 



BOLETíff bíbliográfigo. 277 

oion deD. Rameo Joaquín Domínguez publica una sociedad 
áe profesores de ambas lenguas. Desde luego, juzgando por 
las primeras entregas, nos parece muy copioso' y enriqué-' 
cido, debiendo comprender, según han.ofrecído sus autores, 
no solo las voces de los. diccionarios de las dos Academias, 
sino también todos los términos de Literatura, de Historia, 
de Filosofía , de Matemáticas ^ de Economía Política , de Di- 
plomacia, de Táctica militar , de Química, de Miueralogia, 
de Botánica, de Zoología, de Girujía,.de Medicina, desa- 
grada Teología , de Derecho canónico , de Sectas religiosas, 
de Jurisprudencia, de Agricultura, de Geografía, de As- 
tronomía , de Mitología , de Comercio , de Marina , de Ar- 
tillería, de Fortificación y demás facultades , sin omitir eL 
tecnicismo de todas las artes. Hemos notado esmero en la 
correccicHi; qUe las palabras estáa perfectamente definidas 
y con suma precisión, pudiendo citar entre otras iliucbas 
la palabra ai?reoh7o. Lá pronunciación francesa lestá expresar 
da con mucho conocimiento: lodo concurre á que este dic* 
cionarip lleve conocidas ventajas á todos los de su clase. 



RiftorU de M§ptÁ9k desde los tiempos primitivos, hasta le 
majrorie de le Aeine Bo&e Isabel ZX, redaetada y MotaiÉa 
eoa arreirlo A. la que eseribid ob Ittfiés el doetor iHmbam, 

por B. AHIiOVZa ALCALÁ GJLLZAÉTO, OOM «M rosofta de 

les historiadores espaftoles de mas aota, porB. 9VAm 90* 
«oao GOWLTMBf j «a dlsevreo soIm^ la historia de haestra 
. Moloft, p<ir B* FlUUNrqZSOO KAJBLVMMMM 9X LA AMA. 

TOMO n. 

• • • • . 

Aunque ya se hallan completos los tres primeros lomos 
de esta historia, y repartidas alguna» entr^as del lY, 
como este II no.se ha completado hasta ^nes del mes an- 
terior , no hemoa podido antes dar una naticia eircunfttaD* 
dada de él, de la misma manera que lo hicimos d<A tomo I, 
y que en adelante lo haremos de los demás. 



< « 



278 RKVlftTÁ Oe M1D11I1I« 

&eii8ado e« que aSadamos nada acerca del estilo de esta 
historia y de los caracteres generales -dé ella , que ha sabi- 
do darle el Sr. Galiairo. Nos limitaremos, pues, á dar á nnes^ 
tros lectores una idea de sa contenido y de lasoopiosas y em- 
ditas notas con que ha sido enriquecido. 

Comprende el reinado de Abderrahman II, el de Aamiro, 
Ordoño y Alfonso III, él reinado deMohammedl en Córdoba, 
y una noticia de Tos disturbios á la sa«m ocurridos; el de los 
reyes de Asturias y León desde García hasta Sancho el Gor- 
do : el reinado de Abderrahman III: los reinados de Bamt- 
ro III y Bermudo II;el reinado deAIhakem II yde AlixenlII; 
el reinado de Alfonso Y y Bermudo III ; el de Suleyman y 
otros , y las guerras civiles entre los árabes hasta la destrue^ 
cion del califado en España. El oríjeü de los reinos de Ña* 
varra y Aragón ; la dec^nlencia de la dominación afrieana y 
fundación de reinos independientes. El reinado de Fernan- 
do I , rey de Castilla* y León , y la historia de estas dos co- 
ronas separadas. Eloríjen de los Almorávides, causa» áe su 
venida t España y sus victorias. Los reinados de Urraca y 
Alfonso, y de Alfonso llamado el Emperador. La historia 
de los condes de Barcelona desde 844 hasta 1 137, época de 
la Jucorporadoa de aquel Estado coa la corona de Ari^on: 
tratado las ewmáA reino de Navarra diesde el reinado áe 
GaiNsía UI hasta&ies del de Gareía I Vf de Im principias de la 
oMMirqttúi-mragoiiesa, hasta qoe«e le inaorporó ri oond«e 
do deBMroriom; del ori)aa dd poder de loa Almoadet, y 
desús oanqnistas en Afríeay España ; de los sucesos de León 
y Caírtina durante los rdüádos de Fi^nando Y II de Lera 
y Sancho III de Castilla en la menor edad del hijo de este, 
D. Alfonso ; de las cosas de Aragón durante el reinado de Al- 
fonso II y piMTte áA de Pedro II hasta la batalla de laa Na- 
vas de Tolosa; de his sucesos de Navarra hasta la mama épo- 
ca de la victoria de las Navas de Tolosa; deliaaperto de los 
Almoa<tesai'B8paña desde su fundación hasta la batalla de 
las Navas fie Toloea; de la historia de Castilla despuesde la 
victoria de las Navas de Ttrfoia, hasta la reunión de ambas 



BOLtim BinioaftABiGO. 274 

o<ironag en Fernaiiéa ill ó San Eermndo; de h» socesos de 
los mabometattol^ en Andalucía, desde la nínerle de Mahomel 
Aba-Ábdalla , hasta la to9iá de Sevilla por el ^rey Fernan- 
do el Santo; de las eosas de Aragón , desde la batalla de las 
Navas de Tolosa, basta 1^ conquista de la ciudad y reino 
de Valencia } por ]>. Jaime el Conquistador^ de las de Cas- 
tilla, basta el fin del reinado de Fernando III y durante el 
de Alfonso X (el Sabio); y por último del reino mahome* 
taño de Granada, basta el advenimiento de Mohámct II, ter- 
minando con varios apéndices. 

Las muchas notas de este tomo 2.^ son todas interesantí- 

« 

simas. En» ellas el Sr. Galiana ha dado mue^iras de su pro- 
funda erudición y de su etcelenté crítica. Veamos lo que di- 
ce en una de ellas sobre el palacio de Zahara: 

< En la historia de k donúaadoa de loa 4rabes por Con* 
de hay una descripción galana y en. verdad disparatada del 
]ralacio de Zahara , al cual se llama « real alcázar , obra gran- 
de y de elegante fát)riea. ^ riábkisedélas «cunlfojí^ y tres- 
cientas eolmnnas de preciosos máfniolea» yledns «^demaní* 
viHosa labor , ^ y se cuenta que en la lábriea dp la obiía « en- 
traban seis mil piedras labradas sin las de iiuunpoiteitíaqiie 
eran infinitas. « Además de la fbeiite de angae vivo dd jar*- 
<fin que se diee arriba- en el texto, se báoé.menekiQ do otnt 
fuente «en una sala que Hainábaa ^ califa, de jaspe» y 
«que toiia un eisne de oro en nwdio de marairilleQaf hbor 
que se imMa trabajado en GoMtralaaopla , y sokre la fétn* 
Xj& pendía del teeh» una insigne peiia que haWa legnlado 
á Amnir (Abdenmliman llt) el emperador griego. » ProiH 
gue así Conde hablando , fhido en la fé da los ori^^Lnales 
arábigos, y sin dar muestras de juicio crítico; y cuenta que 
el noníbre de Medina. (ciudad) Azhara le tenia aquel pueblo 
de llamarse Azhara ó Zahara , una hermosa esclaya dd rey, 
á la cual amaba y distíoguia s(dn« todas las de su harem. 

»Las extravagancias de esta descripción , parecida á la de 
los cuentos árabes de Mil y una nódbe, acreditan que mas 
hay de fabuloso en la tal población que de verdaderOc Por 



280 AEVfSfÁ US if Amto. 

ci^to el pahdloii en medio del javdin ccm la fuente de. aso-, 
gse recaerda el palado del Laroo de Moratin. 

Gran fachada: escalinata 
Magnifica :' cinco puertas : 
Peristilo egipcio, y luego 
Un jardín con arboledas , 
• Invernáculos, estanques, 
Cascadas , gruta de fieras , 

. • . . .etc. 

Y sobre la altura 

Del monte que señorea 
Eijardin, unbelveder 
De mármoles de Florencia 
Con bóvedas de cristal 
En medio de una placuela 
De naranjos del Perú. . . etc. 

»Lo eingulir (diee d duque de Sivas, D» Ángel de Saave- 
dra, en sna nota á sa Ifaro Expéiilo, po«ia, ánmée vive 
rentada con peregrina hermosura la Córdoba árabe, na^ 
segm la reaUdid poética que s^pua la reati^d btetéBca) 
de Znhara , cuja ésiñtmtíBií eree el miaño autor que no pue- 
de revocarse en duda, es no ser fácil. expli^r que hája 
desaparecido completamente, pues en el ritió que ocupó, 
que es boy una dehesa catre los llanos de la Albania j los 
de las Cuevas, no se descubren ruinas, ái dmiailoé^, ni 
vestigio algi4io. « El MoroExpóMto. » París, tSM. Tomo I. 
Notas. Not. 23, p. 4&0.—- 4&2« Por eso el Msmo poeta di- 
ce de Arhara ó Zahara traducimido él 

Etiam periere ruinase 
del poeta latino. 

Pues hasta las ruinas pereekron. » 

Acerea de Alfonso VI y de las anécdotas de que ha si- 
do objeto diee: 



BOLfiTIN Bl^ilOOBAl^ICO. ^1 

son laa -caentos (gue . acaso tienen mucho de 
'verdades) que corren respecto á esté rey. Llamábase él de 
la mano horadada, por referirse que estando en Toledo pro- 
t^ido por el rey sarraceno, cuando llegaron las nuevas de 
haber muerto asesinado su hermano Sancho delante de Za- 
mora, recayendo en él la corona, acertó á estar echado y 
con trazas de dormido mientras deliberaban el monarca 
mahometano y sus consejeros sobre si le dejarían ir á em- 
puQar el cetro sin sacarle antes algunas concesiones; y como 
estos quisiesen averiguar si de veras dormia, ó si había oido 
lo que se trataba, hicieron la prueba de echarle ei)címa 
piorno^ derretido, lo cual llevó él con tal firmeza, que se dejó 
taladrar la mano por el metal hirviendo , sin dar muestrai$ 
de que Lo sentia. De esto habla el famoso epitafio de Pero 
Anzurez , llamándole 

£1 rey qiie coa gran denuedo 

Tuvo* siempre «1 hraeo q«edp 
Al horaduie la «Npa. , 

'• - ' 
Pero estos versos, muy posteriores al reinado de Alfonso YI, 
se fundaban en una tradición no parja creída por no ser pro- 
bable* 

Del jmramento que ^ este rey tomó el Cid pidiéndole 
que aaésm^ase no haber tenido parte en la muerte de su 
hermano, haUan las poesías y. las historias fundadas en 
el testummio de la tradidon y no^ en el de autora contooi- 
poráaeas. Pero el lugar en que vendrá bien hablar de esto 
es en el apéndice dedicado á tratar de los hechos del 
Cid. 

Alfonso YI por haber ganado, á Toledo y dilatado sus 
conquistas jbasta Andalucía, es rey del cital también ha- 
cen elogios los historiadores. La tradüeion , sin embargo, 
no le es tjín favorable, pues en la que se refiere al Cid p^sa 
pw injusto, ó cuando menos rene^oso, por haber siempre 
querido vengar en el célebre y benemérito guerrero el 

. SBODNDA ÉPOCA.— TOMO VI. 36 



282 BISVISTÁ BS MADRI)>. 

desacato coa que este le trató en Santa Gadea cnando le tomó 
el juramento famoso. 

* Lo que si es cierto de Alfonso, es qoe fué injusto y 
cruel con su hermano García, como el texto de esta Ustoria 
refiere ; y mal pudo merecer el crédito de bueno qaien así 
faltó á los preceptos de la justicia , desatendiendo al mismo 
tiempo los afectos nati|rales. Cuenta la Compilación de Pa- 
quis, refiriéndose á la Crónica de Pelagio ó Pelayo, p. 487, 
á Sandoval, fol 27, á Florez, tomo Itl, p. 330, al arzobispo 
de Toledo D. Rodrigo YI , c. XXX , y á Lucas de Tuy, p. 99 
y siguientes , que fué concedida la libertad al cautivo mo- 
narca de Galicia por su hermano , cuando cercano aquel 
á la muerte , ya no podia aprovecharse de la justicia que 
se le hacia ó del favor que se le mostraba , y que por eso 
.afirmó que no quería sec libre, sino llevar á la sepultura 
los hierros por tanto tiempo puestos en su pei*sona , y aun 
DO falta quien afirme (según teálimomo de los citados au- 
tores) haberse abierto tas venas' al infeliz acelerándose la 
muerte, la cual le llegó naMfcieiKto ét ásu hermano en 
marzo de 1090.» 

Sobre la batalla de las Navas de Tolosa pone el Sr. Ga- 
liano la interesante nota que sigue : 

« Si el historiador inglés cita las autoridades en que es- 
triba la demasiado compendiosa narración de la batalla de 
las If avas de Tolosa y campaña precedente , el aut»r cuyo 
texto sigue en esta parte la Compilación de Paquis, nunca 
• cita á lo menos en notas. Pero en el contesto de su narra- 
ción pone algo que estará mejor en una nota acerca de los 
sarracenos que murieron en las Navas. 

«De estos es general afirmar que perecieron cien mil y 
no doscientos mil como el original inglés afirma; pues es- 
te último número es el que se supone que perdieron los in- 
fieles en la bataHa del Salado , con harta mas improbabili- 
dad , no siendo la segunda jornada ni por el número de com- 
batientes ni por otras razones igual ni con mucho en im- 
portancia á la primera. És tan común afirmar la muerte de 



BOtniN BIBLIOGRÁFICO. 283 

cío mil en las Navas que en los compendios vulgares de Da- 
cb«»ne traducido por Isla y de triarte , está así puesto. 

»En euanto á la escasez de muertos por parte de los cris- 
tianos, singular es que achaque el autor a los moderaos 
españoles habjeria supuesto , cuando todos ellos citan ^M>ara 
hacerla ereible, la autoridad del arzobispo D. Rodrigo, no 
solo escritor contemporáneo, sino presente en la batalla. 
Este, pues, dice (véase su relación) que solo hubo por par- 
te de los cristianos en aquella reñida y sangrienta pelea 
veinte y cinco muertos. El arzobispo de Narbona , testigo 
presencial, supone que los cristianos muertos fueron cii^ 
cuenta. Sobre esto cita la Compilación de Paquis d monje 
Alberico , cuyo testimonio vale , por lo probable , pero <iue 
no fué contemporáneo , sino algo posterior á la época de la 
batalla. Este dice que en el alcance después de la victoria 
murieron solo treinta cristianos ; pero que en lo recio de la 
rdriega , y coando los caballeros de Calatrava hubieron de 
ceder arrollados con las tropas que tenian delante por los 
infieles, fué considerable el número de los cruzados que pe- 
recieron. Ni pudo ser otra cosa en tan bien disputado 
triunfo. 

»Es de notar que los árabes antes abultan que disminu- 
yen su pérdida en la batalla de las Navas de Tolosa ; pues 
autores de ellos bay que suponen haber sido de seiscientos 
mil hombres su ejército al empezar la lid, y de cien rail 
solo el número de los que se salvaron.» 

No podemos dejar de copiar la importante nota que apa- 
rece en la página 240, y en la que se habla de D. Alonso 
Pérez de Guzman , y de su heroismo. 

«No sin sobra de rigor, dice, trata el autor inglés al 
rey D. Alfonso el Sabio abultando alguna vez sus verdade- 
ros graves defectos, y no poniendo en realce hasta el punto 
debido sus nada comunes prendas. Bien es cierto que estas 
últimas eran de hombre mas que de rey , y mas acreditaban 
en su dueño lo agudo del entendimienlo y lo vasto de la 
instrucción que A buen seso ó d tino en la gobernacioa del 






284 1USV1STA ÜB MABEID. 

Estado ó la de su propia familia. Mariana y casi todos Iob 
historiadores hablan muy mal del rey Sabio ; algunos crí- 
ticos, le defienden ; y aun ha habido quien , como el señor 
Vargas Pouce« en el elogio del mismo príncipe, premiado 
por la real Academia Española hacia fines del siglo próxi* 
mo pasado , lleven fuera de término razonable las alabanzas 
que leudan, representándole como hábil gobernador y afor- 
tunado guerrero. En esto último hay exceso sin duda algu- 
na, porque Alfonso, no obstante su talento y conocimien- 
tos extensos en ciencias y letras , y aunque le debe España 
unas leyes para aquellos dias admirables, y en todos tiem- 
pos dignas de alta estimación , gobernó su reino con escasa 
fortuna y no mucha gloria. 

«Singular^ es que no haga mención el historiador ingles 
del ínclito D. Alonso Pcrez de Guzman, que en los reina- 
dos de p. AlCpnso y de su hijo D. Sancho adquirió tan justa 
fama , de la cual recae parte en la nación de que era orna- 
mento. Bien merece citarse la carta que á este claro taron, 
residente á la sazón en Marruecos , escribió el rey afligido 
por la rebelión de Sancho y sus parciales. Es la carta do- 
cumento curioso por lo bieu sentida, y por la belleza de sii 
estilo y lenguaje, donde se yé cuan bien manejaba Alfonso 
la casi recien nacida lengua Castellana. Dice, pues, como 
sigue: 

«Primo D. Alonso Pérez de Guzman: la mi cuita es tan 
grande que coiño cayó de alto lugar se verá de lueñe é como 
cayó en mi , que era amigo de todo el mundo , en todo él sa- 
brán la mi desdicha y afincamiento que el mió fijo sin ra- 
zón me face tener con ayuda de los mios amigos y de los 
mios perlados , los cuales en lugar de meter paz , no á es- 
curo ni á encubiertas sino claro, metieron asaz mal. Mon 
fallo en lamia tierra abrigo nin fallo amparador^ nin vale- 
dor , non me lo mereciendo ellos sino todo bien que yo les 
fice. ¥ pues que en la mia tierra .me fallece quien me ba- 
bia de servir y ayudar , forzo^ me es que en la agena bus- 
que quien se duela de mí : pues los de Castilla me fallecie- 



BOLETm BIBLÍOGIUFIGO. 285 

ron j nadie me terna en mal que yo busque los de Benama- 
rin: si los míos íi jos son mis «ñeraigos non será ende mal 
que 70 tome á los mis enemigos por fijos ; enemigos en la 
ley, mas non por ende en la Toluntad , que es el buen rey 
Aben Jussef que yo amo é precio mucho, porque él non me 
despreciará ni fallecerá , ca es mi atreguado é mi apazgua* 
do. Yo sé cuanto sodes suyo y cuanto tos ama , con cuanta 
razón é cuanto por Tuestro consejo fará. Non miredes á co^ 
sas pasadas sino á presentes : cata quien sodes é del linage 
donde venides, é que en algún tiempo vos faré bien, é si vos 
non ficiere, vuestro bien facer vos lo galardonará, que el 
que. face bien nunca lo pierde. Por tanto el mió primo Alon- 
so Pérez de Guzroan faced á tanto con el vuestro señor, y 
amigo mió, que sobre Ift mia. corona mas averada que yo be 
y piedras ricas que ende son me preste lo que él J)or bien 
taviese, é si la suya ayuda pudieredes allegar no me la es- 
torbedes como yo cuido que, non faredes, antes tengo que 
toda la buena amistanza que del vuestro señor á mí viniere 
será por vuestra mano, y la de Dios sea con vusco. Fecha 
en la mia sola leal ciudad de Sevilla á los treinta años de 
mi reinado y el primero de mis cuitas.— El rey.» ' 

»No es menos de notar que al referir los sucesos del 
reinado de D. Sancho ó los contemporáneos de las monar- 
quías musulmanas de Granada y África , nada se diga en 
la obra inglesa del famoso cerco de Tarifa , y del hecho de 
fortaleza feroz, con que, durante él, se señaló el mismo Guz- 
man, gobernador de la ciudad y su defensor contra los in- 
fieles , con quienes estaba el infante D. Juan de Castilla. 
En el año 1294 (de la Hegira 693 á 694) ó los infieles si- 
tiadores, ó su amigo el infante, hombre perverso, teniendo 
á Tarifa muy apretada , pero sin poder rendirla , y habien- 
do cautivado á un hijo del gobernador, intimaron á este 
que se les entregase con la ciudad , amenazándole con que 
de no bacerjo quitarían la vida al inocente cautivo. £1 pa« 
dre, mas atento á los preceptos de su obligación que ala voz 
' de los afectos naturales, no solo sé negó á la entrega, sino 



N. 



386 MVISTA 0K lUJMIID. 

que desde el maro (según enentan) arrojó á los siliadones 
un cuchillo con que pusiesen por obra su malvado inten- 
to. Htciéronlo así los bárbaros , daodo muerte al bijo de 
Guzman á \ista de los defensores de Tarifa. Levantaron es- 
tos un clamor de horror é ira; llegó el ruido á los oidos 
del gobernador ; alborotóse este ; preguntó la causa de aquel 
estrépito; é informado de la verdad , respondió *i Cuidé que 
£ran entrados en la ciudad los enemigos , » solviéndose lue- 
go á la ocupación en que estaba. Levantóse el céreo , y el 
rey escribió á Pérez de Guzman una carta, comparándole 
á Abcaham, y dándole el dictado, de bueno, el cual llevan ^ 
unido á su apellido los Guzmanes. Sobre este hecho de fio- 
mano hasta en lo que tiene de feroz , se ha hablado mu- 
cho, quiénes rebajando su mérito^ y pintándole como me- 
ro cumplimiento de un deber, quiénes vituperándole co- 
mo acción mas de padre duro que de fiel vasallo. Es cier- 
to que Guzman habría obrado mal si se hubiese entregado, 
por amor á su hijo , y no es menos verdad que én su con- 
ducta se yé la feroz índole de los hombres de aquel tiem- 
po ; pero casos hay en que hacer lo debido á suma costa 
es insigne así como nada común hazaña, y bien puede afir- 
marse que la insensibilidad del gobernador fué un medio 
de mostrar á los sitiadores su inflexible propósito , desa- 
lentándolos y alentando á los sitiados. Sea como fuere , el 
hecho de D. Alonso Pérez de Guzman ha sido argumento 
de mas de una composición poética , donde se le dá alta ala- 
banza. D. Nicolás Fernandez de Moratin, en una mak tra- 
gedia ; Triarte , en un monólogo , donde pinta al padre ba- 
tallando entre encontrados afectos, mientras la suerte ^ del 
bijo e^ pendiente; D. Manuel José Quintana, en una com- 
posición breve, y en nuestros dias D. Antonio Gil y Zara- 
te , en una tragedia buena y aplaudida (en la cual , sin em. 
bargo , es de censurar que falte el dicho característico del 
gobernadar cuando cree entregada. la ciudad, y se consue- 
la con saber que no es así , y que solo ha muerto á manos 
de los contrarios el infeliz cautivo) , han tratado este asun» 



BOLETJH. BIBUOGBACIGO. 287 

to eomo de los mas notables en la historia de nuestra Es- 
paña. También le refiere Quintana en su vida de Guzman 
el Bueno , qae está en el tomo I de las Yidas de españoles 
ilustres. £1 hecho es auténtico, y no hacer mención de él 
en una historia parece faRa grate; solire todo, siendo él de 
los que dan á conocer cuál eran el temple de las almas y 
cuáles las costumbres en ciertos dias. 



t 




288 * BEVtSTA 0S ÜTADRID. 



COIUHICAIMI. 



Srei. Redactores de la Revista de Madrid. 

« 

Muy Sres. míos y de mi mayor aprecio : al fia del artí- 
culo que han tenido YV. la bondad* de consagrar en su 
último número correspondiente á este mes, á mi Ca4ál0go 
razonado de tos manuscritos españoles que se hallan en las 
bibliotecas públicas de París, se dice, hablaüdo del Can^^ 
cioneró de Baena qué me propongo publicar, lo signien* 
te : « Tenemos entendido que ya lo ha sido (publicado) én 
Leipsick,^ 

Yo puedo asegurar á YY. que esto es inexacto: se ha 
publicado hace meses un pliego de impresión del dicho 
Cancionero , á manera de muestra y nada mas. ¿Seguirá 
adelante esa publicación? Por mi parte no lo creO; pero co- 
mo quiera que sea, es lo cierto que no se ha publicado, y 
así ruego á YY. se sirvan dar cabida en sn Revista & esto 
rectificación, favor á qiie les quedará agradecido este su mas' 
atento y seguro servidor Q. B. S. M. 

£uG£9ip DE OCHOA. 



36» 



OPASCDLOS 



DEL Señor 

wat FEUX JOSÉ 1UBIN080. 



(CoDlinoaciOD). 



SEGUNDA CONTESTACIÓN 

A •. lOfiHB TEOMHIO CtAMBLALLA, a«tor de«B «Hicwlo Inscno 



o 



mr á VY . mtt gracias , a^oreg redaotiireB dd üortM, 

por habar pitt>lkada h vindiciMKOn del ilustra eH>aÍol'fioii 

Jaao Ag«sti0 Ceaa Benattdkz, qjna tea eonnuiícó ob amí-f 

g& mía, j qpe na' qiiisK> ii»erl»r ea sa periádio^ eledih»» 

da la Rwüia Es^pmi^la , qoa babia^dad» á luí el 

artículo de D. José Teodoro OramblaUA eontra aquel 

criler be&eniérito,* Ustedes , sin tanta obUgaeion de vengar 

SQ memoria r han mostrado cnanto tes interesa el bnen nom-- 

bre de un 'es|)añol honrado y laborioso^ qoe ha ilnstrada 

mas que ningnno la historia de ntiestras artes ^ y enántn 

kallnd se dAe á un difunto que ya no se puede d^ender, 

ultrajado pérfida y oobardamente eft su sepulcro. Gorottén 

VY. , eomo les ruego, su buena ofera, puMíeando en su 

estimable periddieo lo que me resta y ofrecí deeír sobre la 

eensura del artioiUsta diafamador^ 

£1 Sr. Gean no induyó el año de 1800 en su Diedona^ 

rio de los proCescMres de las bellas artes á los arquiteatos, 

y en 1829 púUieé tes NoU^ifU ie U$ «ngfuiteelos f 0rqm* 

ledurá ie E$paáa^ Bsta es para c4 seior artieulista wM 

tetradamoByUna eontradiceion que solo pildíera descubrir 

la agudisíBui pers^cacia dri Sr. <vramMalte. Ciertamentt 
fMoanA moca.— TOMO vi* 37 



. • 



WS REVISTA OK HAimiD. 

la omitradiecion bo estará en haber omitido primero á los 
arquitectos, j tratar luego de ellos separadamente ; porque 
quien habla ahora, d!b edMMdldé lt> que ño ha dicho an- 
tes. No puede estar tampoco en los motivos que le impul- 
saron á callar autes y á hablar después. ¿Escluyó acaso la 
arquitectura de su Diccioiiarío como Yio perteneciente á las 
bellas artes, entre las que le da luego tan principal lugar? 
Así lo da á entender nuestro crítico, cuando por prueba 
de la retractación copia las palabras de la introducción á las 
noticias en que Gean llama á la arquitectura la principal 
y mas exctlemie de loi Mta$ (orUs, Bero oaiíalmente esa ra- 
zón de prilicipalidad y excelencia fué, entre las varias que 
expresa en el prólogo da su Diceiooario, la que lé persua- 
dio que los arquitectos requerían una obra distinta y es- 
pecial. «Por lo mismo (dijo en aquel prólogo) que la ¡nf^ > 
<|HitMstti]ii loinirt^d á Itti demás (bellas attes) ^en la seéei 
sidlÉl,.'ia inportaiicia y los ifévios deaÜMB áBt sas^ ahtmi . 
me paetcia querías ménMvias 4i^>flm profesares pcdiiBtn:>Bti 
tnlHiJp^ separado y mas detattidí^* p* ¿Ci^1«b, pues, li^eoii«* 
tfadkfMR die^ habeír liecbo éeqpaes deteaidameiite ésetraü* 
bafo sqisrado? CiSó su Keoíonario á la pintura, eseullum 
y gnibacb^ eono habla lioúlado el sfeiyo i atlas nritioas 
Mr. WaMet.> Le intitiiló d$ ku béUas sities j ponqué halbui 
aites SM esas -de que traía; peiro ad^irtió-iiimédiatMieiite 
que jM comprendía á los «rcpiiteetos. Fatonet diá á ^m 
eseriioa el titulo de OEuforeá^éiters^ oauoeriHmt les án^i y 
sdo haUó en altos de la escailura y- pintura , sír «omlNraff 
la avqaiteelMa skio oc<»d»itahfaeiite en alguna nota sobre 
niiwK Cea» , que habla recogido «n su Oieoionario lasóme*» . 
morías de los demás artistas , ¿se desmintió lucfo sm-* 
jateado ycomplamentando Üs de los arquitectos tan. de- 
tenidunoBte , que las noticias de estos exeeden en eJEteñ> 
sion i las de* lados los eoflupi^éndidoa «a el Di<í<^naríQt 
Paes erta eondueta, que covipleta' la biogmfia de loa. ar* 
lísláa ; esta eoñducli , tan coasigiiienia á su of iáien'de> tra^ 
lar ée los urqniteclw per sepmtado , nos^ da ootaioií al 



*^ 






sfilfis jáe láiiáfay síbóí pm^^fistamp&r esiai ^acgla j aboñi^ 
M^e ^Uiiüiila eDntra .un homJir^ deck» tütíaetito! vifitoéai, 
ito la mmaciilada yula déi Sr« Géaa. «Nc^s» erte.(diieé)él 
áüieo bopffOB borradc» .eii dkbo- y. hecho que taaemc» 'icf ue 
admirar en^l/suáfliassiQéémipfieoiadove&v» ¡Dislnaadc^ 
mardaz de los lanertos! .Sisas takiBtós y eráüto Áerecicb 
irrtlaa tu eáyidii , res{)dtft á ^a menos' áu virtud* . - 

kwai restaa .4os acnsariones <q. la misma «apta: iprn no ies^ 
tampó al Itente dé k btoa la vidftidel Sr . Uagiincf, j; «pe., ao 
piqjaa al pimáplo deeUasa^Betrafo*- £sta última^ laa imgeiife» 
Beata toma la .primera , solti p wde .'dingíive coutoa '^^tktk 
eosteó la edición , que alií m&mo se dice, f nosoirpB :ftcBMs 
repodo qó&án fAé: d^ £k*. €eaii no pedia libn^ él icqsta éé 
una lámina contra el reéitesoreu La pirioieray no meftoa ia^ 
q^tfina^ aisreáítatgualmeiile su comezen djs iaei^miaap gr 
morder. >£( ^l&r. Uágu^o fi^, adeti^.^6 Iirt8%eii^ eft*JÉí 
arteB^ua.temailisia,)iin jyteri^^ »iiau>^ciidBreide.eif;a^ 
«II i^ialro; ,j. atfo^ luese «oadilá<m prüí^ii est^riÜÉrA 
vi^á : díebjmtar 'oujnn úhhm so^{miUÍNiiQ y i^MÉeattm'^ fditia 
mny laeii el'- Sií^ GAn^fífúte pem^hib hitmildisimaiiiMUfii de 
lá es laa nuileriaá ^uéttabaUia .esta¿&|da pnrftaidamfeñM^ 
.«o^eipéers^capaa de fomar d i^cyRa(CO]iipktti;^da}W pm- 
aotatal^ que to.diifaia iprenseiitqr y caKfiear^ por ta» fvaricttié 
inpartaMes asp&elog«: Itar ean^ oUigado eoo ma» esfiseelws 
tincd^oís ádc^^ toofiígnada jta jabüeia' de kís bec^Ms-dd. )s6- 
jlor JoveUaaosi de que él miaiM bÉtnasiáOr lestíge^ j «un 
l^rte nei^eae vee^, diq í aqiid efiéritoéI'JBMdéito tftoto 
46 JiimerMtf.r Beapecto del 8r.. Llagnaift^- 3^ cy :d p^ítegD 
de su diccionario entre mil otras expresiones de graiHbui^ idte 
-elogio^ de Veoecadion^ qué aHí y .ealaiaheá de laaarcpíitec* 
tos le prodigai y qw el Sr^ Gr<|mblaUa <»diftea de *üiak0tkzu 
itegamda 411a* i^oíd^ jnja« quehmira aigatotedo^. «apiAfita 
liieit\sa prefÑÍnto ysii^ deseea por. estas palabite': «(^ki 
^0lñ^phuMaepeargadadeeempihfla^{Iat»^ IM- 

ftmn) düiáfiba á b^ peMíurklad laa premlaa y littédei ^ftp 



t 
1 * ' 



S99 UVttTA M II4MUD. 

l|ft adonaroB, y fM reekiMii pin ote dignottgeko^l aua. 
distingoido logar entre los hombres beneméritog de la na* 
cioii) de la literalora y de las artes. » Si fuese cierto qfae 
ú articaliflta hobiése, como dice, becbo correcciones 7 aaw- 
mentos i la biografía de nuestros artistas qne padieran coqi-* 
poner on Yolúmen, tendríamos la explicación de estainde* 
eente saAa con qne se ceba en el buen nombre del Sr. Cean 
$u mas íineero apreciador^ buscando de todos lados acrimi*- 
Baciones con que deslustrarle. Serta el caso de la oruga de- 
sacreditando los capullos del gusano de seda: JfilamU de 
metíer. Pero hay bombres de mas ruin envidia, qne no ha« 
dea^o en su Tida otra cosa que mordiscar y zaherir, desa* 
ereditaB las obras de mérito, fingiendo qne ellos ban escri- 
to niqor sobre el asunto, sin dar jamás al público sos es« 
topendas tareas en que han sudado tantos aitos, ó por- 
fae las perdieron en la de marras última , donde puede 
darse por perdido cuanto se quiera, ó porque las: guar- 
dmi per su raioA particular, que sin duda no será la mo^ 
desliá. En la Memsíu Española ba ea^Mido también, á pesar 
4s sil eatensíOD, otro artieulo de úolsusta memoria, en que 
se baUaeon el mayor desprecio de la obra del Sr. Sieiba so* 
bte koirtokgía y prosodia de liuertra lengua, el libro sin 
duda mas filosc^eo que sc^re ella se ba escrito en la parle 
que se propone tratar; y de paso nos dice aquel articulísla, 
qué tiene becbo y rehecbo otro libróte sobre tantas cosas 
4A castellano. Mas ¿no podia el Sr. Gramblalla y el Hr. dé 
Pórwolee presentarnos sus admirables obras para que no las 
tnviéseiiios por bacbillerías? AÍ público no se engaña con 
trampantojo;, por^pie no cree ni aprecia lo que whyé ni pue» 
dejúigar. 

Ya nuestro Gmnblalla nos d¿ un saborete de sus adi- 
ciones sobre bis artistas , y por cierto no será tomado de la. 
Mipia, sino de la nata de su trabajo. Por muestra de él dá 
noticia del Sumario y d^taraeion de loe díseiios del Ee^h' 
fiad que pnUioó Juan de Herrara, y de ^e no hátító Céan 
por no baberlo Tisto y no ser lumbre para baldar po» <»• 



OPtJflGtJLM BCL ^R. BfilHOSO. 203 

das. Bespaes de impreso el tomo segundo de los arquitoe-* 
tos, en qae se trata de Herrera , yino á sus manes mi ejení* 
piar qoe babia sido de D. Ventora Rodrigoef , y aflaáié es- 
ta noticia á la Tida dé aquel insigne arqaitec^, qoe d^ 
con mas extensión manuscrita. Es sin dada apreeiable «1 
eonoeimiento de este raro übrito-, aonqne en nada reúia 
pl jnsto y elevado concepto de Herrara emño matenrftieo Jr 
eomo arquitecto* Pero el articulista para errar en todo, aott 
en lo qoe pudiera acertar, pretende que por ese esertto la 
república de las letras tiene no menas acción d la peffwna 
de Juan de Serreta ^tie el gremio de los ar lisias. Ignora 
que los antiguos airquitectos acostumbraban pobUear des* 
cripciones razonadas de siís edificios, y la antigüedad no los 
toniá por literatos : que Titrubio cita el comentario que de^ 
}6 Agatarco del teatro construido por él en Atenas', y Aga<* 
tarco no fué por ese escrito contado entre los literatos: que 
Milizia desea que los artistas fuesen obligados á hacer des- 
cripciones raciocinadas de sus obras, y no exige por eso 
que los artistas sean literatos: en suma, que un arqoitecto 
para dar razón del edificio que ha trazado y dirigido no né« 
cesita mas que ser un buen arquitecto. 

Esta es la grande ipúestra que dá el articulista de sos 
adiciones á las Noticias de los arquitectos : mas respecto del 
Diccionario de los profesores de las artes se manifiesta mas 
fecundo en otro artículo complementario, impreso en d 
número 64 de las mencionadas Cartas Españolas. Trata en 
este de los dos pintores Antonio Mofaedaño y Juan de la 
€roz, como él le llama, asegurándonos del primero qoe foé 
natural de Lucena y no de Antequera , como dicen Palomi* 
no y Gean , y despojando al segundo de su apellido paterno, 
y dejándole con el solo nombre del reformador de los car- 
melitas , como sí fuese hijo de la Inclusa. Y . para que no 
haya página sin injuria, dice cuanto á la patria de Mohe» 
daño , que Gean fué reloj de repetición de Palomino , sin ad? 
Vertir, llevado de su malevolencia, que a^í manif^taba ño 
conoce las obras de los dos biógrafos^, tan düerentes* én la 



' 264 UV15TA Da MÜMIl»* 

attarion j exa<?títiul 4e láft nf^tíeiairy tp el j«iieb artfstieó 
4ekwpr(rfñorés. 

. Pédíá &er fw MohibdftM ^iáse aatarél d^ Lacena* (If o 
es.eiftiiHio que al pw ^Uge&te iiidagi^^f 4e tantas Yid¿ .y 
||eobo» diVérsísíttini ae escondiuii alguoaii á mo<^tias mwm^ 
timbas que airo d^soábra por eaaftaUd»d,) Perb Mt praelia 
qoetiM-éi^. Gr«BUaUa,estaa expuesta áeqttiv<Nsacíi^^ 
que soH>pwde 4ar laotivi^ á ufim dpda. Ocupa sia ewbaego 
tee$ liágiBas de broia y iagíoa^ ea las qii^ reiMiíta de un 
áocuBieQljD \\tmsr de ímperUneiiGii^ para el caie , que la isáir 
)eo ide:S. PeKJhro de^la iglesia mayor 4e Lvcena fuétioráda ^ 
1591 |ior ilfMoi»ia JfCoJMdafia y Jtiott VmfMSí ဠVega, pm* 
totesy tiernos de Ant$quer4 y uaiur4tíei'4$estu mU^^ £ia^ 
minaado ea 1 708^ la imijm , íu^ hallad m eUa m testimo»* 
nioquelo deoía^isí, rn^y icqrrpido i^im ^ |raii<^)tir^a «M 
li^mj9d, el. coal se trasladó é ifisertó en otto que; foé,e<4or 
€a<fo entonces en el mismo l|igar, j se desenbrh^ ^ año de 
1788 tratando djs retocar, la efigie. De allí le copio an cura 
de LuífBena m la Mstoria dé este pnébloque déji» manuscri?^ 
tá á au, faltecimiento, y de esta, según parece, le copia á 
la letra el articalista. Shi detenernos en algunas obser vaciot 
Ms que pudieran hacerse sobre el dc^umenio y su traslado, 
no parece verosímil que un artista del mérito de Mohedáno^ 
buBiamste, poeta ^ predilecto discípíliih) del stibio Pi^lé de 
Céspedes, con quien s^uia eorrcspondencia epistolar, que 
^ió Palqmino; en sitma, piotot aered^tado, se ocupase en 
doréir is^enes ^ que no ha i^ido oficio de nuertros célebres 
pintores* ¿No pudo el dorador ser (4co de su iñismo nom- 
bre y aipellidp, pariente ó ei^i^uo suyo, como hubo tres 
Bautistas AntoneUi y tres Herna&dds Ruis, que ha desliiH 
dádp el Sr. Ceaá, reputados ajite^ por uno solo? La ningur 
na celebridad del dorador «Mohedafio haría perecer su m»r 
morift y confundirse con la ^d pintor. 

Mas aun justificada la identidad de la persona, ocurre 
luego que la nueva patria de Mohedauo solo consta de la 
buena fé de aquellos ^b^dltos cofrades y que pudieron 



nititwl 4ia^ eércwo, ísobio por d^epi^illiiii^fo^ semcpar 
tes fie b» 69!tiY0país(<i la vendAderá patria da laiic^ Ul^^ 

éékiá T^cijirtM paní iiqre.^tfuc m :^nf^^im* i Pwo €<i^uGi(t^ 

lifiso 4 Sr. GfimWUa de la^piaiq^ h^a élQarift4^I^iv 
468a>iGte la ^D^^lm en 170S>, de up es^ü?^ jwi; o^soír, 
4o emel tra|i9W£so. 4el tÍMipp! ¿¥ q^in^ ims/ii^iira .de 
la e^iM^^d idfe la prim^sr^ cepa eaeada de ua c^íjioal tfiü 
4»slfopeMí(>, ^ ^ ^ piwtiialMfof^ de 1^8 sigqiifsife» q)|« ño 
íimm fé 0K|iUi3ay piMíBestur eí^to» 4^ ifOjí la ^fgresioa dj^ 
jomumj natntp^es qi|e se eita m jAuní w^&^wtq {ifisie*- 
1^ ea wgtolpri eoiieatíWidQ 4f^o K^a Joan Yajoqiie^? üüd- 
ifaMe oí iimmn9riQ dl^ Ce^ ¡el m^ficu^p . Ju0tn Yu^zqp^z 4^ 
Yes^j dioeeáis^tdaelSsr. GiMpUáUa* ¡JBdybArtíciiiopoír 
eierta! « Hiibo vm Juan Yisu^piez que derd una imágep d^ 
&. Bedf n: »; porque, nada mi^ sabe «i p«ede dearác^ de éL ii 
«rtieidiita. No: aa aa diceúmaría de los ar.tistas<io hw artír 
calos de doradores«> Fe0O:Í9iporta qa^valU se di}^ pitúori^ 
ó jfintori á lofijqciB ettibÉdumaii las p^i^irtas .se dá.e^te nombre 
por^todoB generabneate, aunque sean ooCrádes de A. Peájpúi • 

Vamos al aiilíettlo de Jiiaa de la CiciM^ 
w censara ; acredita su bHeM ié^ y su iat^igeneiael se- 
üor GraaMaüa. ÁnibÓGiÉiQs «ste iin lai^o relal di$ la bistot- 
t^ de Ictsamiiaks que pablioó A pooeipíos del s^lo ^LYIi 
«a lal riaaeiseo. Veka de Areiaiep , baticaeío 4» ToledEi, 
en qm refieie que hm de la (¡ryzretrató u« ágaila eoa 
tal propiedad, QUe la r^ebata^a arircwiettó al }kú¡íO y U lúf 
M pedaios^ orejeado, eadbostír ám adverwrki.: Y eiic^laaia 
eu seguida el arlíeulmta^ «¿Es poBiUe que au piatortaa 
ibistiiado eoiáo Juan de la. Cruz no ha: de hallarpe eaelear 
tálogo de los pintores ilustres de España por Gean Berma- 
dez?» Sin embargo, después de una suspensión, que llena 
algo más de uña hoja, en que hace creer que el buen Juan 
no &e. encuentra ^ el Piccion^rio, condesa que está apí, 



296 UVIfitA M llADtlD. 

aaoqtté ItaAado dé otra manera ^ (joe no quiere dedr pan 
que se reconozca prácticamente el inconYeaienfe dé no Ikn 
' mar á las gentes por sos nombres. (¡Cnántoe eüf^ hay en 
A mondo!) Lo primero de lo mncho que aquí ddie oo^ 
tarse es^ nna sdemne superchería. El caso áA ágntta y el 
libro de Arcini^ , de cnya rareza hace mérifa , de lo po- 
co qne «e lee, j de que por no leetíse se Ignora sa oonteniéd; 
ese caso y ese libro ^tte r^ere y eita era tal apáralo oomo 
si foese un descubrimiento snyo , está referido y citado por 
el Sr. Gean en el arttcnlo eorrespondteate, ife donde toiné 
la noticia para herirle con las armas qoe le rebaba, conia* 
do úú duda en que no sería descubierto oenkttido el lo« 
gar donde se halla en el Biccionario. Á Yodtas de esta Ai- 
Ilerta muestra desnuda su ignorancia del arte y de' nuestros 
artistas. Hay su mérito en haber pintado un animal con lál 
Tcrdad y valentía que engate i otro de su misma ei^eeie; 
pero este mérito está muy lejos de tos géneros y las parles 
mas nobles de la pintura , la invención , la composkion, la 
belleza de la formas, la eicprcsion. ¿Qué diremos, pws, de 
las ponderaciones qoe el artienlista hace de etía rila del 
águila , que encaraman á su JuaU ik la Cruz sobre todos 
nuestros pintores? «Se* ha eslampado de éi pan la inmor- 
talidad (dice) un rasgo clásico <Ugno de los siglos herreos 
de las artes : el cual pue<k eompetir y aun eclipsar las n»- 
ravillas de la mágica del pincel de lóá leuxis y Parrásios. 
laf anécdota es mémomble.» ¡Pobre señor! Pr^iablen^ote 
ignora que anécdotiks como esa y superiores á esa, se refe- 
ren de Cttachros de Yelazquez , de MuriUo, dd Bassaoo y de 
otros mil artistas e^afioles y extranjeros d6 meoornonánv, 
sin que sobre tales engaftifas se fnñle su erédtlo, cono no 
se funda m eHas d del giran Rafael, de qui^ no se referirán 
esos cuentos: no sabe que el objeto de las artes no es la Un* 
5«on(í).- 

(1> ((Le« persoiinés qui ne connoissent point 1' art, placei^t dan^ 1' Ula- 
sion la perfection de la peinture. Gette erreur n' est pas- nouvelle. Les 
anciens ont celebré les ráigins de Zeuxis que des- olseaux viuf col becque- 



OFiwsutM i>]SL Sftn Sffitoéo. 997 

^ • • 

Yfie mM6iendk> kÉtrtoi, tumpM éoBoeeá lesárttetai» 
JuMcfelaCrm, momkiy lirqiid», fué «o c^bre milita^' 
tornta éd 8^ XYIlj á quiea elogia Qaeredo, cuyos versoH 
oopia ei Sr. Gean en el artícido ^oe le dedica* Esotro ddl 
ágmla es y bi sido conocido de todo ü miiodo por Juao Pan- 
lopa, «Itadiéadole é sapftniíáadole frecsenlíñinamepte pi- 
M ftbreráir, el s^no^ apellido d« fo Cruz^ Para ke prní- 
teres, los- reparadores, Jos jalonados, los ebalaaes, lee 
lectores de tia|es, y ctia&lesJ»dUÉn decmdres ó hao artni- 
do algiaiá vei en d taUev de idgan pintor, no es fteeesaño 
decir mas, por^H» todos le conocen'por Pantoja, y ningiK 
na por Inan de la Graz i secas. H» para nnestro articnlto'- 
ta, ^e es lega en la HUrteria, es^neeesario aftadtr que en 
m» caaAm se firmaba I^mte]a, ci»i9o ¡mede Tcala, ya ^le 
no eottDce sos ciuidros, en kinseripeion de nno decUos qoe 
copia Ceoii (macbas ^eces esoríMa Pantoja con todas sas 
ieti'as, iodiéando el segando ap^do pKHPnna aroi); qne 
Palomino le llama Pantqa : qoe ató le nombra Pcmz en i»e^ 
te tomos y en lagares rq^^ictos «tesa viajé: qaedmis^iD 
apellidóle ék ú padre limenez en sa deser^HÓon ddEsoo^ 
rial ; qoe se le dá igoalmente ea la moderna delpadre Ber* 
me|o; qoe Hr. QnilMet en sa Siecionario délos pinjkHom 
espalloles le coloca por el sobrenombre de Pantoja: qae por 
este apellido se designa en el catálogo de los cuadros dd M»- 
seodel Pradoy enri déla real academia de S. Femando. 
Si se neoeiátan mas testigos, se presentarán. Con esta dilé^ 
^reneia: ^e en estos ttbros soete llamársele Pmitoja de la 
Gfbs la primer Tez qae se le nombra , y en las repeticiones, 
en los membretes BMirginalesy ea losíndíces solo se le llama 
Panloíi , como inioede en coatro caadros de los cinco qne hay 
^yos eñ el Mosco. No obstante Ponz las dos primeras te- 
ees qoe bebía de él (tom. 1.^, pág. 87 y 92) le nombra 
Pantojasolamente eomo le nombran todos los pintores. Ceaii, 



ter , etle rídeau de Parrhasius qui trom|)a Zeuxis luí méoie* » Mr. Leve$qne, 
Debiera añadir que Plinio, por quieu sabemos cslos hechos, no muestra 
haber sido muy enleudedor de las obras artísticas. 

SEGVHOA ÍVOCk.^TOnO VI. 38 






9M unmkM UMitam, * 

• 

psMTy deU6 IkoMrlB HMleji di k Graf ^ oono se lUiauíba 
realmente^ omio él se IlMBé ¿ si iniM») y wmo éénprene 
)6 ha llunado, porque d {ñ$ gentes , como díee él irüQHiisr 
te, se Itama par sus non^tee. ^ 

Pero DiMOtn^ ^tieo , uu oMoeer á l¿s artMas. niloa Hr 
teoa que tnitM^ eUc», éefyio.por eLiñaudite JkmQi«0a^ 
er^Bjeiido qaí3 {lara saber el nombre dctos piotores m lidyib 
isonsiiUar á'loa botieaiioft: y afirjikáiidose easü propósito de 
fb^unle^r á iraertro piotor eeu «na ootaVa^ Lo^e^ eo qóe 
le n^ODibra cobio dliaritiac^^la) porque /non Paig^QJa de. 
•M Cruz adesiásde hacer ladieeion muy prosák^^ea loeual 
BO hubiera reparado) uo podía eatr«^ ea Ha yerso endeea* 
eílabo. No «do á Pantoja siaoá otros muchos, nombí»: iu<- 
oenpletameote Lepe en eete lugar i donde hay alguno que 
Bo puede -con eeite«i< deteraunarae ^ ooiaoL un tal^ABdres^ 
que a«»á ciaah|iiiefu 4b kamuidios que han tenido este oooír 
bre.— £18r. Cean «orrlgi6 oon »M»jores datos el aAo en ipe 
lalliBcíó Pautoja, tanto en su historia maonscarita de hi'piu^ 
iura^ cono en la siguiente nota escrita con otras mueiMs de 
M mano al márgei^ de su DicoioBario. «Falieció Pantoja en 
Madrid el día % de oetd)rB de 1608, y se enterró eii la 
{Nirroquia dé S. £rines, porque vivía en la -euUe Mayor. 
Otorgó testamento aiüe Luis de Izeara, y fué albaosa su 
mujer Francisca de^Guestos. » Ahí. tiene el jSr. Gramblidla 
Blas Botieias que las que poéde suministrarle, la Jf erusalen 
4e Lope de Vega, 

Mas otro provecho quisiera yo saiease. da esla contestaekm^ 
no monos, útil ala mc^l.queála literaturas áaab^: que 
si sá mak estrella le arrastra á. censurar las obras agehas, 
lo hie^se siompre de buena fé : quis no se 4le|ase Ik^ar á¡^ 
estímulos bastardos en tan peligroso. eiei?eicia: que notra*- 
iaaode luaterías qué no entiende: que no disfamase á los 
que ya no se puedeu defender , y respetase las cenikas é» 
los muertos ilustres. 

Se ofrece á W. otra \et como su afecto servidor:— £?/ 
Enemigo de la calumnia. \ . 



>A. 



apusctooft J^Eír Si« :B£f]ioso. M8 

Esta fd^osa ec^€ck»i>iiM4caila. algmi^ tifimpo^ m\0í 
de niáooifía? iiiie»t«o p^ó<&sa(l),HQBeoMfli^yiM'P^ 
misím ^sl» ^i Iw mi antor «o . 1807 ; pedi?# JMinieBhNteé^^ 
ta|íi)$iMi»te eDB Jaii«^Ha& QDQfl^pamioii^ eseo}ída$ de k» po^r 
jtaaque bao faU^qiSa^espoeei^é UuitrM^ cqh (f^bsorvacio^ 
mes cfítiéas so^ Jas yiesM da» tof^ .a9tigM§ qii^ daü mafe^f 
ría i 4m^ úUtos refl6|ú«H|!es. i^sr ja lip^a* iNUfi^n' e$ «mi^Q 
iftas oiúBerosa )^ rica» 9ias fitosófiycft é ia»ti:«iativa ^n^ la prM 

apreció y gratí1^« . j 

Válfias €rái^, y ae han aumentad^, deqme^» las compilad 
ícipaes de ^naiAras p^esías^cmpdo.palMkó primereia m^ 
ya el Sr. Qmntaoa; pur^ .niogima ba.^eQi<)o ^m abj^to dá 
laB, esteosá iuüi(ida4) ni 1# ba dpeaip^ádo^laa elHnpleta^ 
mente. Poi^M delando á pácetelos caiu^oneriMi y Otras an-i 
tilias eokie^ae&v Umitad^s y mal escójídas.; ií tal vek pa 
^au insertado en bm ceekq^ ;todi|$> las compo^iones da 
nuestros Uriisas, cnya leetnra e» mny prcdija y na aüampra 
grata p«Mra todos:;'ó ya ^ás ^eees se b|n entrwioado álgjtn 
naa sin diaeernímienbi y e(>loeado sün érden , 6 14$n se iiaa 
omitidla las de ^riea^ poetas célelires, qqedapdo ineomple^ 
ta^ siempre la ooteocicii. Una oi^ra en que se. den á coMcei; 
t^ám les poetas espaíMi^dai^réiito jiistffteado} en foese 
reúnan sus minores plecas j en 4ue se coloquen . piH! el ór^*: 
den de tiempos > de. modo qaea|Artzea& las yicíBiftides. soit 
e^iVasyl9.perleceionjó dotmejeradé formas que ha recii- 
bido el arte toa el progreso de las Ineies y las ¡alteraciones 
del^uste, no habia entances ni Iiaj abó^^aen Bueslra Itíeh 
ratura síim> la eol^seion del Sr. Quintana. Ma sola puede 
oontenter á los i tmt raidos , por su «qjoeza ; iráriedad y com^ 

ptefliieuto: ella sola puede i>Qr su método dar.d los estudioT 

• *' 

(1); EKte aiüculó se publicó en 1830 en un periódico que salla en uuá 
firoviiieia. ? . ; 



300 HEVfSTA M MAMID. 

806 una tíkñ calml de la sttcesión y addatitos de' h poesía 
espalda desdé el relnacto de XiSrlm Y : ella sÓla por sa es- 
cojimiento paede ofrecer á los curioso^ y personas aficiona- 
das qae leen tersos por solo placer , lo mas selecto y bello 
de nuestro Parnaso. Añádase que ella sola entre tantas pue<^ 
de dirijir y rectiílcát el gusto de los principiantes ó extra<^ 
viados en el estudio de nuestros poetas, por las excelentes 
observaciones que acaba de añadirle el compilador. Por ma- 
nera que entre todos los libros de esta parte pAncipalísi^ 
ma de la bella literatura , la colección presente es sin con- 
tradicción , y será mientras viva el faabla castdlaua , el dé 
una lectura, un placer y una utilidad mas general. 

A la prolongada tarea de examinar muchos volúmenes 
de versos castellanos para escojer las piezas de su colección, 
y al bden tino para elejirlas con acierto , añadió desde la 
edición primera el Sr. Quintana un nuevo y mas aprecia- 
ble mérito en la introducción bistórica que les antepuso. 
£sta es el más acabado cuadro que se ha hecho hasta aho^ 
M , de los progresos y decadencia de nuestra poesía. Después 
de bosquejar su nacimiento en el siglo XI f y su infancia 
en los inmediatos, y dar razón del poema del Cid y de los 
qne le siguieron, poniendo ejemplos de los mas notables,, 
comparándolos y haciendo observaciones muy justas sobre 
las creces dd habla y de la poesfa , pasa á tratar de su adó- 
lescenda en el reinado dé D. Juan II, que por la innova- 
ción y mejora del metro y de la rima , por la elección de 
los asuntos, mayor regularidad de los planes y conoci- 
miento de los modelos, forma una nueva y mas rápida edad 
de acrecentamirato. I^ introducción de los versos italia- 
nos, y la mas segura imitación de sus buenos poetas y 
de los latinos constituye desde principios del siglo XVI 
su juventud y lozanía que recibe sucesivamente las gra- 
das de Garciiaso , la sencilla majestad dé León , la temu-^ 
ra del bachiller de la Torre, la elevación, la pompa y culr 
tura de los poetas sevillanos en las grandiosas composición 
nes de Herrera , en las nobles y elegantes de Arguijo , eu 



ks eiiérjieaft, itosé^caftj 4eUeJM)dfi derJÜMÍa* Ifo^'eiMMto 
pareeia tocar á su edad OMstaate p<« los miwmm de estola 
poetas , y sé escuehatian ea boea de los Argeosolas sus aeea^ 
tos severos y raroníles, decayó rápidasieate de su robaste^: 
por el abandono y rabia de yersificar de Lope ^ qoe pos« 
poniendo el estadio y regalaridad , fomentó la disolu^MOH 
m las obras poéticas ; por la inflación y dedenfraio de Géür 
gora que adulteró la fantasía; por )jgi comezón de agude^ 
y equívocos de Quevedo, que estragó y puso en tortura e| 
ingenio. Ykiadas con tales ejemplos estas facultades pron 
ductoras de las obras poéticas; desecbada la imitación de 
los modelos, la observancia delasr^ks cUsíéas, y.Jalin 
ma tan recomendada por Horacio | siguióse por mas de un 
s^lo la completa ruina del arte, eir que imitando los tert 
sistas á aquellos, grandes prevaricadores, no en los bellos 
rasgos del genio, que ninguno se pn^e apropiar, sino en 
los desarreglos que pueden fácilmente adoptarse, acabaron 
eon la poesía , precipitándola en todas.lan extravapmcíai^ y 
delirios de un talento desbocadoi y frenético^. 

Estas varias épocas están bien determinadas y descritas 
lein la introdpi^ión : los po^s mencionados y todos los de 
mérito fspeeial están car^terizados perfectamente: sus tar 
lentos , las perfecciones y las faltas de su£^ obras , el influjo 
qúh ejercieron en el buen gusto, el progreso ó decadencia 
que trajeron al ai*te , están señalados sabiamente y con .ex- 
quisito discernimiento. £1 juicio de los romanees, <d>ra8 .en 
mucha parte de autores desconocidos, publicado antoior'- 
mente por el autor en el prólogo al Bomancero de la cor 
lección de Fernandez , está escrito con grande conociniien- 
to de estas producciones indígenas, y con sana crítica de 
sus bellezas y descuidos. Mas sin embargo de negarles jus* 
tamente el aparato y el^acion de las (imposiciones subli- 
mes, calificando su colorido de uipa media tinia amable y 
iuave , y de confesar que la afición á ese género influye en 
deicarrejir y deMliñar la poesía ; llevado de un entusiasmo 
producido por sus bellems y su gracia, l^ prodiga tal yw 



SM • tÉvñiTA i>x WAmtii 

algm defió b^neriiólico^ qm no nos yawoe ftcíl de^oBW 
téiw»;lrii » i liu doio&fcohw|BgBle ^ ria bugiatr otros» i loscjetiH 
plmáe venM myorüs que eila ettlá mistM introdueeioD, 
Áe BUrtolOflié Árgensola, de Qoevedo, aran de Góngora, d 
prteei|iéde los ¥amanic$ro$ ; j á ios que luego copie en kú 
d^ñrBcioneS) ya como bellos, ya como enérjioosy^ya CQii|oio» 
gWBklscb, ya iaiidiién €omo4iáicad(xr) trabajo costaiíaontre^ 
sacardéloérsttiBweesqoe'Se ioserlanea la coleccáon por iño« 
jóFto, nMyor ni am ignal námero de logara qoe loa Y€iioie<' 
sen m eala» amidas, y eomprobaaen en: h comparación , que 
« hay «íi dios mafl e^restones béliaay endvgicatfy Aiaa taggoi 
^ddiaado& é íttgtnioaaaqiie én lodo to détnás dé uMstnif^oe^ 
fte (1). » Peroíeie juieio partícnlára^re un hetbo, no too»* 
trudieelos hMaosprineipuMi, ni manóacaba el caudal de 

. (1) Acaba <Je reioapriauif^ sin eiunieiuia ni correotivo cnua penúdm 
de Madrid, tomándole, sogun se dice, de otro periódico de )a Habana, ua 
artículo sobre los romances moriscos , ; en el cual entré otras proposicioneá 
lia! digeridas' éé éstniúpa la ^ijsuioiite respecto 4b an vomancié 4e Gamíñi 
« Cualquiera que h(^.p«(»#9>ea fS^paña^ qiie sea ^-;rat^ m^emJ^^e^ 
~^ao8 seguros que encontraiá mas placer en su lectura, si deja á un la- 
dillas preocupaciones escolásticat ^ que al leer un dmto de la Eneida o una 
tída de Horado. » Eáta' 'blatfemlaí * igntnmiliofca para lftlit<*nttorá espiañdla; *d 
tales alnttiNtdBpii4Meoaíte|itirk^:aef«fleie.cabaibMalB áaa f^naaiEtoae» 
ttw^ 4^ desatinadas metáforas|y. eomporacton^ » Heno de descripciones io^ 
correctas y embrolladas, y desnudo de aquel briHaiite colorido, de aquella ri* 
quezay lozoníade dicción, que embellece generalmente tas composiciones 
áé esta clase. Yéasc 1á pobreza de sus primeaos *versoB, que tui son por 
éi«fó loe pMMst 

«Estando toda la corte 

De Álm^nzor, rey de Granada, 

Celebrando del Bautista " 

La fiesta entre moros santa.... . . : 

• • • . . » 

. , • ♦ • • • 

Pues tal es el romance que en opinión del articulista se prefiere en Es- 
paña al libró^4." de la Eneida. Si ese artículo oscuro pudiera* tomarse por 
testimonio del gusto iiacionat , ¿^né juicio formaría h Europa del tdento é 
Hostraeiíai dd.lMespattoleft?-*Na«e haa tepresaesto» AesbeiMScoB maliíva . 

la ooieecioa del Sr. Quintana , ni . en ella ha uerepido entrar ese román- 
re , tan neciamente preconizado ; mas no quisiéramos que con excesivos 
elogios de esta poesía ( bella ,' pero no la superior de nuestro Parnaso) , se. 
dieser asidero» á kis t<^pf6 exageradsnes'de los i^ndiim 



Ir 



cimieiito de nuestra historia poétíM, ^üebriHiía «É lakitiK^ 
diiéctoti. Está) iiiii9i[tié*ilingfm 51ro escrito, pwdé^ ilnstrar 
á los amantes d6 'níi«|stra literatilra y á tos t^raOos qué 
deseen conofserla; y i^efrvfíifó áe ^ciia en la leetor» y estn^^ 
dtódelds ^oélai escoles. 

' Los déi slgkrXiVI f del XrVlI, y algQocís por moesliá 
<fel anterior, ^ecrniprendidos en los tres tomos iprbnefos-, «M 
SS, babv^Mtode aitacKdo en este reim^r^ión Im úmo¡bfé& y 
algunos, tersos de San Juan .de la Criizy del lieeaéiado 
OñeMii. Lásobrás están geiieralflitote' bien escogidas; y ft^ 
m ima pedanteHa ridícaila, iralándose dn cfHtca de^ 4M^ii#¿ 
tíaiy m)im pleito al gwtdMÉñliisdál del «dl#6tó» MbiN^te^tei»* 
ciütt á onfiston'de^ algana eontra e!^d;o pArtiMlardll 
leyeiite. Puede asegurarse, 3^ eso basta ^ que nlngnua omtttf 
ñ% las de líinyot' ñiérüé^ ó célebiidad de nnesiroB pMasi; f 
qtte un jbei setiero, bas Imai-qne añadir otráS)' hattari «dgn» 
ñas qué destellar; Mas «Mr fodáé tes obrai^áe lAiá mlélíAélÉi 
eomo;&t8 (dksé fand^daineeÉtti^ et iMor t^n tina íb aM 
pneSta ser igualmente aventajadas i ^ tal easd t€tíé^km 
^ue reducirse Ú muy :p<M^i Basia que (üm^deradas ea fié 
lotáfidad , i^uedén '■ UamarSé* ImMas , f' éauseñ'één aa ^ kelu-' 
1^ jmas agi'adb que fastidio. » -* • .^ ;. ^ 

Xa mas importante adi^on en e&ta parte de iMestm an^ 
tlgua poesía vl& que da'uitapnéefe muy supermr á k edi^ 
etoft presente sobre la primera , sob 1¿» «dMerMtekmai etí^ 
tfcas que áfiade id autor al fn de tcitda téttm aoÍNre4i^ )^i6^ 
Éás mas uotebles : observaciones bedms con tal intetigénisia^ 
y conrtán Aelieadotrno y diseernintieiito, quemuy rara ^ef 
«fiséntirá de cMíls el ^nsto ínaÉ b^ é}ereitado. Coútü^i^ ito 
exUbargo advertir, que propenden mas ala indulgencia «p»9 
á la severidad; pera tranquIMiae á -cierta leélores suf^rs^ 
ticbsos, cáya idatelrte liáciu nuestros eseíritates iiE^fiMi 
loQdNi acaso por^deanasiado rígidos los Jttleíoa d4 eaiedor^ 
Nosotros, nopidira^ re0orriBi*Io^ prott|amK^, pMdxeJí 
SMé ejemplos de acunas ^ auto denlas que M0 pifeifeA ine*r 



BMexactai; y. pocos, si los hay, se hsBúribi adenis, á^pe 
no . süserilMuÁos enteramente. 

• Sinran j^imeranento de ^^mplo las q^servaei^pes so* 
bQe la candon de Herrera 4 D. Jaan de Austria. Nada hay 
que decir de los justos dogios que tributa á esta composi- 
ción clásica, reconocida entre los críticos por un modela» 
Todos saben que su plan c<msiirte en comparar la r6beUon 
de los gigantes y de los moriscos, descrihiénd«das nna y 
otra, é introducir á Apolo cantando en la derrota de aqne* 
líos las alabanzas de Marte, y pronosticando la ruina de 
estaros por el valor del príncipe au^riaco. Al $r« Quinta-* 
na no paraoe .propio de la ocasión ni del liigar , que Apo« 
lo anuncie al campew d?l OUipipOt que Tendrá, un tismpa 
«Qwqoe deslustre y oscoresca unnuHrtalsu^alor. Esta obseir- 
Yacion, por lo que. toca á las circunstancias en qi^ se hace 
el annndo, no nos pareoería ten importante. Que el «on* 
peso pleno de los dioses se ocope. de los sucesos humanos 
en eualqni^ tianpo, es una cneencia antigua en la teolor 
gía pagana, d^ que .ofreos Homero ejemplos t^Mlavía mas se- 
ñalados; y aun en la verdadera reügipn, es esteuncnida-^ 
do y., previ^iii digna de 1^ provideiv^ia. Si en este parte hu, 
I^kae a^ que disimilar, el apuor ipe tienen los bandires 
á su patria, les haría oir, no solo con tc^anm sino cw 
placer 9 qne hubiesen llamada , ten tos siglos imtes la aten- 
ción d^ la divinidad las empresas y la gloria.de su na^ioñ« 
Lfftqueno espri^io de Apolo, ni miíolé^icamenie ¥erosíniil^ 
es que antepon^ li valor de mi biomlure al de un IHos^ y 
que Marte triipiante quede oscurecido con el anuncio de la 
irí^Ha de na mortal. Considerada precisum^te bajo este 
fOnci^to la ohservaciM del Sr. Quintana, nos parece jos- 
tfeima, y la f alte de c^iv^^ocia en la composición, muy 
iéeilipente remediable. £1 poete, sin hacer que Apollo bu^ 
«nUaae.al dios de la guerra: en su ^lioiiiia, diebíó conteur 
terse con que le anumáára entonces, que la memoria de su. 
triunfo se renovaría en los lujlnros si^os, por las basafias 
de nn héroe á quaefi habte do comunicarse su Yalor. Ana 



OPÚSCULOS HEL Sr. Bcihoso* 305 

pudo añadir j ^goitoda las flexiones de Honüefo/que el 
mismo Marte tomaría la figufitdel oatidillo^patfol para al- 
canzar nna victoria maj mas gtoriosa.Este era d medio de 
encarecerla sóbrela guerra de los gigantes, sin ofender el: 
triunfo del Dios, y die ennoblecer la penkma del príncipe. 
— ^Herrera no puede quejarse de que se respete mas la buena • 
razóti que su eminente mérUo: ningún pofito recibe «üayóres 
elogios del Sr. Quintana. « 

Sin embargo ,. el juiéio que fios parece menos f nadado , y 
que (si la opinión de los literatos^ no es absolotattentB erró- 
nea) agravia sin duda á este gran poeta, es el que forma 
dd'su el^a á Ift muerte de Eliodora. De ella,' entre nkW. 
encomios que ba recibido, dijo el ilustrado prologuista: 
de sus rindas en la colección de Férnaudei&, que fio time 
igual en castdlano : de elia dice ernuevo editor, quetje^: 
¡mra habeñ0 úmítiáo^en la colección pre$IMe. Y no tanto' 
admira la extrema' diácordanda de estos juicios, cuanto la^ 
extraordinaria dureza con que se quisiera desechar tan eété^. 
bre. j notable composición , habiendo acogido tantas otras 
de tolerable meíKanta y m^ ignoraiás^ por SQ escaso -crédí- 
to. ¿De qué puede nacer, no está diferencia de opiniones, 
sino la desusada severidad de ese' fallo? . ! 

El colectbr reconoce en esta pieza ta&tMi picudas rele- 
vantes en la dtoeioñ , eíi el estilo , en las imágenes , 'en los pen- * 
samientos, en su sabia graduación ^ en él espíritu y nervio 
de. le» versos, que parece podrían jostifioir el aprecio que 
ha merecido siempre, y el lugar que ocupa-en su colección. 
Echa de menos el acento del dolor y el abándoM áe la me- 
lancolía. Pero ni esta falta es tan absoluta, ni están propia 
de Herrera, que nopueda perdonármele en gracia de tantas 
beMcKás como abundan en la degfa; La riqueza nativa de 
la dieeion no qttita á estos versos el tono candido ]r seücillo < 
^kt setttiiftiento: 



k Quien pudo ver la luz suave y ^ pura , 
Cfairísim lüodora, de tds ojos> 

fiMüllAá HOC4..—1OI10 VI. 39 



806 - tmnwth D» HAttMB. 

Í^iiii€ft.«i^ar6 tea gfMde desv^^^ 

Y án Ytgor la bella y Umica fcei^> 

Y queda el cvieUo apuesto dernbado. 
£1^ blattda trato , el corazón clei^eiite ,. 

La gvaeta generosa y eortc^ía 

La fé y modestia y la yirtiid pyeseate 

Entrega un desdichado y cruel dia 
Ea duros brazos de la muerte fijera^ 
QuHidó menos al miedo se debia. 

* * • 

BrtDs ^rsos no soü (fietados por el iugenio qi fm la üiíih 
task., 9ÍÉo en cuanto es agitada por los ^iO¥píiiei|tos deleo* 
' rMou ; ^1 él tienen su origen, y so dfsmiwten i^ tenguaje. 
Aun los rasgos éimágeaes tiM sqblimfis estén «olori^^s cw 
erte pincel blando y jugoso^ y aniwdos con la exfMresionk* 
tternaécá dotor: ¡Qué sentidas sou lasplegariaa que dii%e 
á Blíod^a! 

. i 

■ , I 

«tt* puede renovarte alguua y^^ 
La memoriadelsuíelo despreciado 9 
En dichosa alegüia y bieft euTuelta, 

]M esf u[Ci»oiá este m eq>írítu euMc^« • * » 
¡ AJma ^fohosa ! tú,, qm al alto, ^lo 

lioaiiifuéoes alegre , y gtoii'io^ 

fe rabres de purpúreo y sutil irelo ; 
Vuidveá mirar éEspaid lastimofa 

Eftt« partida. ... , t 

* ■ . ' 

Efr^fliilOique no hay en esta piezas m Iayeh€pi?ueia4ff 1«> 
aflieoíon, nv el ddiria, ni el'des|)Qehoi^ ni. I« portr^cíoii d«> 
espíribii, tau pocas \eee$ expi>esados con latS^elid^. de; l^^* 
naturaleza, y tantas otras contrahechos for^aAmmte PM. 
el gusto plañidor y noTcIesco de nuestros dias. Pero ese no 
era el estilp # aquella edftd , ci^aAdo' ^ aiq^ii en boca de 
los poetas se convertía ep^ uq.ci^Oi^ ir^Y^éPKl^. Iftymas y 






opüflcmios Mhu fti. Risiiídso. 

settiliiiiitoBldéithii, mhñ qM^ bí pevdMá lis <M)tibobioiieií ^ 
del corazón^ quedábala iinagiiiaoion satíisfi^bqi^ f ftteiiM 
descontenta la moral. Tales faeron las ideas espirituales con 
que trató estapasdon el Petrarca, á quien siguió Herrera 7 
los mas célebres ingenio^ eft sus gmves oomposidoBes. Ck>m« 
párese esta elegía con las canciones- de aquel gran {k^eta á 
la muerte de Laura, y no aparecerá desnuda de sentimieii- 
%or, y Éé hüllará mas i^ca dé imaginación. El qée ittcilí, 
vvmddoEfiotfo^ra, és€á' {HN>teMaci<^n platónica ée s«iMú^ 

f ' ' 

a \Nuiica osé levanta el pensamiento 
A DM^que eontemplar la kemmsurá, 
Vuestro Yalor y Uísaido aeoj^mien^; » * 

debia ser consiguiente en el ddor . de su muerte; y ne llo«« ' 
rar con la- agitación que causa la pérdida de goces mas ve- 
hementes> sensibles, sino con el pesar calmiMto y reflexivo 
que deja la falta de un Meik general-y te auseMia de un lu- 
minar común á h tierrai 

¡Mi oflío mondo iúgráto t 

üfúfí^ éagfton heA ^dever piangtf flieiJo ; 

LaDé«ll0m]^(tcf m^ de la bélélkfjqilebabiasidosuéqlaíQícb- 
paeivnvrt tr^lftda enteuoes al cielo: canta te' aipoítéosis d^ 
oti^Mtf «rtm^y-éinvoca su proteeci<» , codio la'dG un iKimM, 
pmttm patria. Kb« Irétamios de defmder ai de impttj^r esi- 
te^gvsto, sino de reconocerte como elá»oo en aqud tiempp, ; 
si ésdásico el sombre delñs^arca. No s^á tan tierno á te 
vented; ^ro es indudablemente mas^ande. Si habte me- • 
nos al^ earjemn , e»^iia y engraitdiMse' te-fiínUmfo : si no biere, « 
si fo^t tcaq^asa , si 'lie oprime) el^a e«^ settlüaiafitos mns no^ 
btea y tmk mas grandimis eápcMmm^. Bm deváoiou, cpeno - 
destipy^ A scpitiaiteatii^ stao te teqipte y ^iMbleoa^ se^nue^ . 



y 



. • • • 

taft ya á«ad# el principio de la degia ea e^toi vénoajMB» - 

nífioas y lúgulHres: 

• ' • • • . 

« 

« Bien ctelieB aaconder • sereno cielo . 
Tos laces, y. tejer de oscuro manto 
fin tinmo luengamente el ancho irelo/ r 

Eateliito de la.Mtarakza, debido á k pérdida de sa ma-- 
yor orwnfewtp, le conduce á' reflexionar quenada triunfa 
de la. muerte sino la yirtud; la cual sola no será destruida 
en la ruina del universo. Jan^ f^ «í fractvis ilabatur orbis 
de Horacio se amplificó eou imágenes tan grandes ; jamás 
se expresó en tan magníficos Tersos, como en estos déla ele- 
gía, sabidos de todos los hombres de gusto, y repetidos por 
modelo en los tratados de ensefianza : 

« 

« Bompa el cielo en mil rayos encendido, 
• Y con pavor horrísono cayendo ,^ ^ - 

Se despedace en hórrido estampido. » 

Solóla lengua castellana, y solo Herrera pudieran dar ala 
dicción sonidos tan robustos y numerosos. ¿Y valen tan po- 
co esos versos, que no merezcan insertarse en la colección? 
Homero no es menos apreciable, porque sea mas tierno 
Virgilio. 

£|ieiiiplos hay en la natnraleía de esta manera de sentir, : 
qiie se lleva siempre nuestra admiración». Anlioaos hay que - 
no se abalen por el infortunio ; y sin estin^uir el denjtwieii- • 
to, cobran de él nuevas fuerísas, y dilatan la esfera de sos : 
propósitos y esperanzas. De lo que no hay modelo; lo qne » 
no se vé en la naturaleza , es algún hombre que poseido de 
un gr^ve pesar, se ocupe en retruécanos y. juegos de voea«- . 
blos, en metáfocas desatinadas, en conceptos alambicados : 
y frivolos, en erudición pedantesca, en tantos delirips, ana « 
mas ágenos ádl sentimiento que del buen gusto, como bn-* . 
Uen en las Barquillas de Lppe, á las cuales compara y pos- 



opüscutos DKt Sn. RetNoso. M9 

m 

pune anestro colector la el^'a. Habrá quien domiiie sa den 
lof, qnien le manifieste con cierta di^idad y templaza , y 
*lb interrainpa con las ^grandes ideas de la nada del mníido 
y del trianfo éterno^ áe la vii^qd, que exeita.la inaerte; ^pe- 
ro ¿quién, llorando la pérdida de lo qqe ama, se entrelíeT 
ne con paraBomastas y «quf yoeos , cxhi antítesis ridíenlas y 
-conmetofibtfias ininteligibles? 8i tsd tcc Lope acierta i nenie- 
:dar el dolor, porque le Mtan á la mano estos ja€gfos, .cae 
ú la copla inmediata en otras frialdades que le desmi^iteB,' 
que muestran el estado habitual de su espíritu , y destruyen 
el efecto de la cotiiposidan. /n<T¿di«íta odi. 

Las obsemeiofles sobré dos sonetos de Lnperdo Argen^ 
sola nos ofrecen tambifsn motivos de reflexión. Uno de ellos 
«s, el que principia: 

Yo os quiero confesar, D. Juan priineró.... 



.> 



* * • 

euya d»iic/ti5t on, dice «1. colector, es débil y aun coñtrédk^ 
torta con el inltnto del potía.'Vó podeoios hallar esa con*' 
tradícdon, que ya' había notado él Sr. Martin^ de la Bosa. 
El poeta disculpa su aflciiHi al color postizo de la dama* por 
ser este en día mas hermoso, que en otras el natural. 



* «Mas ¿qué mucho que yo perdido ande 
Por nM engaño. tal, pues que sabemos 
Que nos engaña así naturaleca? 

Porque ese ctdo axnl qne todos vemos , 
Ni es cielo, ni es azul. ¡Lástima grande. 
Que no sea verdad tanta belleza ! 



Ahora bien : habiendo confesado que se complace en un en- 
-gaño, busca su defensa en la naturaleza, que ha sometido 
los hombres á la fuerza de la ilusión. Pero ésto es mas bien 
justificar su yerro propio, como inevitable por el imperio 
de tos sentidos /que no la triste condición de los hombre?, 
sujetos á la impresión de las apariencias; y no Id contradi- 



iA setíánAmU) Ae que Uecnmi^tomt/^ no i$arr6sp<md«ii 
/esjtas á te verdad: ¿No sería sms s^aro su placer, ú fiieste 
Krd0der6e/ bkmco ycarmi» de Doña Shira, j te raioli 
no Tímese alguna vez á turbar el error áü amante , ni Don 
Joan á combatir sn ilusión? La expresión de este sentimien- 
to ^ no limitado id «igaño de los afeites de m dama (q«e 
«alo enloiiees pudiera panrecer eontrario á su propósito) , sí- 
m ¿ la debiüdad de te natundeisa , es patétíea , contiene rnaá 
sadtiHliáa profunda, embebe la filosofía del soneto, y p^ 
.tanto-no es débil. 

« 

Supongamos que á uno de tantos infeliees , soslenictes 
por esperanzas quiméricas en te adversidad^ sb emp^Qa al- 
guno en dtes^vanecérselas, manifestiudele su engaiio. Ese 
bombre le contesta, y no hay respuesta mas salida: «Span 
en buen hora mis esperanzas una ilusión; pero dejadme 
mis ilusiones, porque dtes meconsueten mas qué las rea- 
lidades. ¡ Harta desgracia es , que fa adversa fortuna solo ha* 
lagne tel ves á loe hombres con apariencias! » *r-Erte es el 
diflourso de Arg€«ieote y el de te razón. Sustituyase sd ter« 
joeto últiflio te enmienda que hace éL Sr . Martmez de te»A(}- 
sa.; y todos , si no nos engañamos , sentirán cuánto daeae te 
composición, subrogando al sratimirato final ésa conelusmi 
lógica, fria é innecesaria, por estar bien manifiesta en el 
soneto: 

Porque ese ctelp azul que todos vemos, - 
Ki es cielo ni es azul. ¿Y e$ menos grande ^ 
Pqr no $er reaiiáíd taiíáa belleza? 

Imagen espantosa de te w^efle, es el otro soneto de que pen- 
samos hablar. El colector hace un merecido elogio de él, y 
sécate sus mas bellos ra/»gos* ¿Quién no adoptará este juicio? 
Sin duda es el mejor soneto, da te poesía casteltena ; y entra 
(piira usar de las es^presioncs de nuestro critico), «en el 
cortísimo nvtmero de aquellos poemas que desperan por 
su p^feécion. » Nada tendríamos que decir sobre este pui^- 
|o^ sf no |«<^d^seiqoA nnacensfirft nienos justa q^e ba sja- 



optiftátJtóíriiÉ^ Sé. St^HOfiOr "Sil 

Itíáo esté poéníita. El Sr. Maftin^ de la Bosa, ¿€«s|^ dé 
elogiarle, mánliies^ ^ seütimento ^e qué eoncláya <^ tm 
€piMa. E^ta tío eft uña oj^on j^artiedtáf ^ oottio laií ánteHo- 
raqoe hemos e%amitiada; es una eqiíivecacioa manifesiif, 
eá ^lie p^ disitaecion bobo de ittotiírrif^ tan ilustrado ta- 
ttanista^ y íia qmr^nios desaprbveehKr la oeasiou de des* 
iaDfeeerfa. 

¿ Será Éieeésafrio recordar á algunas lectores erpensaiiiiefn^ 
to de e^ cotApósteiotí? El poeta dtspierfo ée ua sueAb fu- 
neáto 4IK M representaba el idvIáD de t}a «(uí^ida , ^ eitclKlAi 
Heno ^ soU^esaRo : «Kb tnrbes, 6 stiefio, mi repi5s«), móá- 
tfüfidonie perdMo él soki éedsaelo de'ttlis dlMÍ^áefefes, Ütí^- 
ea d palacio dé álgniit tírano , 6 la estredba hábítáfeiétt dfe al^ 
,^ú avariento t baz qae el uno tea el tntnallo del pttebld^ó 
el asesino i^ile lé acomete, y át (^ró se represente él láfthpn 
fute roba «n tt«oro. 

1 

Y d^alé al átóor stls glorias ciernas, - 

La- palájbira tierittó es xtú uSjetim , pero no tín epititú 
en. éste kigar. Soil itfdy distintas estas dos taSii&eadones/ 
Aijttívó es nn término de gramática ; epíteto es nn término 
de el<>ca«ncia 7 pbésía. TA prim^fo ts un signo de «alldaií 
qofé sirve para esipresárias propiedades de la ^rsdñ'a ó co- 
sa deqae se habla: á Teces es tan esencial, que stn él qne- 
dárfarla idea incompleta ó dndósa. £1 color aztíl 6 amarillo ^ 
lii temperatntá ftia 6 cálida , la lengaa castetlána ó france- 
mj él imperio rti50 6 germánico, etc. qo expresaría]! idéáir 
deterínitíadas^ sin la¿ palabras añadidas qué ttmitañ y fljatt 
h acepción á extensión del nombre. Estos adjetivos no sofa 
f^ftetos. Por eplfetú se entiende uña palabra de anipÜfiéa- 
don é de ornato, qué sirve , ño para determinar la idea ,prin- 
cipal, sino para presentarla eon mas viveza, ó enerjía, ó no- 
bleza, ó briHo^ ó grada, ó ternura; en suma, paiíi darle él 
o^tuno éoléridd. Porque si bien el epíteto expresa tambíed 
I¿ ealidadés'det dijeto, son aqneUas qtte no es úéeé«lH4 



>. 



312 BimSTA DB MADltlD. 

«efialar explíeitamenlQ para que se entíendan ^ por estar em- 
bebidas ea la idea que nos excita su nombre;, como seré en 
estos: la blanca niefe, el duro mármol |l)t oryenlada lana. 
Los epítetos, pnes 9 nanea son esenciales á la inletigencia; 
quedará sin ellos la expresión desmayada y desnuda;; pero 
qiiedará el sentido y la idea fundamental^—: Aunque sean 
frecuentemente adjetivos y pueden-ser nombres., como en d 
priiicipio.de este mismo soneto: «ó sueño, imdgm de la 
muerte.» £1 nombre- mdgen es aquí un epíteto de seme* 
jánza, qbe no sirve para sígniiicar el suefio, sino para pre- 
sentarle bajo un aspecto horroroso. En los adjetiTos es muy 
fádl di^ngiiir cuando son, ó no, epítetos. ¿Sinreo para 
determinar la Idea principal? No squ epítetos en este caso. 
¿SifTen solo para exornarla con otras ideas accesorias? Son 
epítetos ciertamente. «El hombre jia(o es felii aun en la 
desgracia: el justo Arístides era feliz en au destierro. » £a 
el primero de estos ejemplos el adjetivo justo es un modt/í- 
cativo' tan necesario para determinar el sugelo de la propo- 
sición , que sin él seria falsa generalmente : en el segundo es 
nn epíteto de amplificación , que puede suprimirse , que- 
dando cabal y verdadera la sentencia. Y véase aquí la.ra- 
|on y de que sea débil un verso cuando termina con epíte- 
to, porque este expresa siempre una idea accesoria; y pue- 
da no serlo, terminando con adjectiyo, porque este signi- 
fica á vec^ la idea principal.. 

Esta doctrina , sobxet que no nos detendríamos, si no lo 
exigiese lá equivocación de un autor respetable, tiene su 
aplicación especial respeto de los verbos. No solo con el ver- 
bo ser expresa el adjetivo la manera de ser, ó el atribjoto, 
que es la idea principal del juicio, como ArMedes es feUzi 
sino con otros muchos en varios casos; como «.tener lanarix 
aguileñi;^ 6. los ojos pardos ^ poner algo tuerto 6 derecho^ lle- 
varle atüdoj traerle tendido^ quedar la cuestión indecisa^. 
d^jar una cosa dudpsa 6 cierta. £n estos ejemplos la princi-. 
pal idea que intentamos manifestar, esto és, la idea de la 
propiedad que atribuimos al sugeto; la ide^ en que eonsis* 



opüflcttos DEi* Sa, Beihoso. 3)3 

te el'jgÍQio qi|e forouiinos de^l^ iBstá. contraída en el eid- 
jetivo.^ de tal modo,, que suprimido este, ó queda manca lá 
prqiosicion, ó no expresa el juicio que pretendemos. Es- 
te es puntualmente d caso del adjetivo ciertas en el soné* 
to. Solo esa palabra manifiesta la idea i ella sola expresa lo 
qj^9 pide el poeta para las glorias del amor; la persuasión 
1)0 interrumpida con ilusiones, hi ceritza constante^ \ñ lí- 
iK^rtad de esas fantasmas soñadas que turban su pecho. El 
amor de su querida era verdadero en so juicio, pues de 
otrq modo no pudiera ser su consuelo .en la adversidad: 
tampoco el suefio pudiera concederle este amor. Pero el 
i^eño le aflijía con ilusiones contrarias ; y solo le. pide qui^ 
V^e al lecho del avaro ó del tirano esas ilusicmesj^ hacien* 
4o sus gpces dudosos^ y deje ciertas las glorias del amor. 
£1 adjetivo cierto no 9e refiere á la realidad de las cosas, 
sino á la convicción 6 seguridad- que tenemos de ellas. Hay 
cosas verdaderas de que no estamos ciertos. Permítase es- 
ta digresión que no será tal vez inútil para algunos, como 
uua .justificación del acertado juicio del colector. 

El tomo IV con que termina la obra, contiene las pie- 
zas selectas de los poetas del siglo XYIII, y de los que han 
fallecido del XIX. A este volumen antecede otra introduc- 
ción sobre el renacimiento de nuestra poesía , pasado un 
tercio de aquel siglo: cuadro maff reducido ^ su extensión, 
pero tr^izado también con maestría, dibujado y colorido con 
inteligencia. Presenta primero bajo su verdadero aspecto 
el restablecimiento del arte, y responde victoriosamente á los 
quejosos de que la literatura francesa baya adulterado el ca- 
rácter de la poesía i^tellana. £$ta habia perecido del todo 
mas de medio siglo ant^ del restablecimiento. <^No se dorada 
pues ni 8$ corrompe lo que np existe. » Renació, sí, con nue- 
va dirección y nuevos modelos el gusto; pero esa dirección fué 
la misma qjue recibió con la nueva dinastía el gobierno: la mis- 
ma que recibieron las ciencias, la que recibieron las artes, 
las instituciones públicas, la civilización, los usos, los tra- 
jes, ep sujma, el espíritu g^eral de la nación; y Ips mode* 

SKOnUDA ]SFOGA«-^TOMO VI, 40 



3 14 fiSVlStA DÉ MADBID. 

los que se ofrecieron á la poesía , eran los más grandiosos 
que preseutaha entonces la Europa; les que admiraban é 
imitaban todos los pueblos cultos. Tk autor se abstiene 6é 
justificar ó reprobar este hecho : bástale mostear su eii^n- 
cia y su necesidad en las circunstancias. •' 

Esta nueva era de la poesía española principia en tu- 
zan , el patriarca de lá restauración , bien caracterizado poi" 
el autor como preceptista y como poeta. Itontiano, Jorge 
Pitillas 7 él conde de Torrepalma pertenecen á aqáeHa 
época de reformad Mas no solo eran necesarios para afian- 
zar esta hombres de buen juitio que reglamentaran di ar- 
te j diesen algunas muestras de sus obras ; era menester 
((ne otros de mas disposiciones y dé mas dedicación á iasr 
musas, multiplicasen los ejemplos en ios varios géneros, f 
atrajesen secuaces con él brillo de sus composiciones. Esta 
parte cfupó á D. Tíicolás Moratin y á Cadalso: el primero 
con mas talento y aml)icion poética ; d otro con mas grada 
y con mas inñujo, por habernos dado á Melendez. Movió- 
se entonces la guerra literaria á favor de la escuela anti- 
gua por el ruidoso García de la Hueria , el peor de los áda- 
fides qué á pesar de su talento pudo presentarse en la li- 
za, por su poco saber, por sú orgullo genial y por su gus- 
to gongorino. Todos los que escribian, qué eran muchos ' 
en d último terció del siglo, (^rgaron sobré él, le acome- 
tieron con impugnaciones y burlas , le confundieron con 
í^azones, le oscurecieron )con obras mas importantes. £t 
prosaismo sin embargo, acreditado por Iriarte, amenazaba^ 
los géneros elevados de la poesía con una dolencia mas pe^ 
ligrosa, cual es la vulgaridad y languidez. Pero sobré vi-^ 
no para sostener su vigor el gran JKEeléndez , cuyos ejem- 
plos admirables en Tos verábs cortos f en algunas odas sU'*' 
blinies, mas débiles por lo común en composiciones gra- 
ves y filosóficas, pero nunca descaminados, y embellecidos 
siempre con un colorido poético, fueron seguidos general- 
mente , con mas ó menos éxito , tal vez con algún eittra- 
vío, por los ^e mas felizmente se ban ejercitado en te pofe^ 



tu 



oTVMOfJ» DB H^ Aniroso. 9 1^5 

9iá bileólki j Krica^ El extreimáo.¿dihcor|iiiBimto coo c^ 
d wtor. cillfiealas ébm ú» totaí^te^acUe^ Mueblo 
JoveUatM^ drt «ndaz y viribeneiiteClíeBífaegMi laim^r^ 
eíftiidad íeén qiw hibla dt todoftf y te ludlle oiretiwpcé- 
,eiw <^ «Mlfstm eft éstn; «amo «i todniMii «lim, kaíen 
. aobre matiera iBstrtiettvo jr ^i^ei^iaUf «Me anevo dfecaiWy 
f w será en te i^lierídad d WHUiilieDto ^isIdríeoiMS pre- 
cioso de te restavraoioii dé iraeMnl poe^. 

RenoJítiseBOs ma embaí^ notar alguna ÍMaoiétUudieii 
im caraeti^es cpi^ teateUeee pata dirtíú^sír el ginto filosa 
fi^, iütnoidiieiilo. de tes extraajeefs por MdiaMhi^, Ctenfae- 
gas y Joveltenos, del qaiíote(}s baii seguido da nvéstviis 
dtee» ípsMieBdo en tes b«eUas' dé Mestros antigmapot- 
' tas. P^ estes die^ que haa pretoidp te imiíacian italiana; 
y que « te índole propte ée erta earaete ts poMt tod« va 
esmero eo te ptimtaal »i&eUte de k» melrot, ea el bah- 
go de los Dameros^ en ia Regañóte y finrem-del estflo, m 
la facilidad y hmfma ^de-}a qeeadee. » La imiutcion ita- 
. Ikum ^ que iuiródujo Bosean ^ 'Oinobfeció fiareíteso y siguie- 
r^n 1<M poc^tas del sii^ X|in^ sepamia eada y/ei maa jdle su 
wtgeiiy ba quedudo^rediieida eawMstros^ias a| nsodeten- 
deeaaftebo y i sa meocte om. A heptaailafeo ; libre dé tes 
em^MfiDoes priméraft que m tomaroft de tes eandones^de 
INmreaf y iw[fiel «m y esta mecdft^ arraigado* bt Msdte 
Iffea siglos ea Mesiro sado, «m comunes á todos lofc poé* 
taa«spiriSoles, dft wilqoier gosla^ y «scdek qoe seM. Be 
niRguna ,^0 ettasr podii ^aOsterse al pvesente aigiiti italia- 
no, qai» se baya propuesto por tnoddé;; mas Usa se cUrte 
qqe su atención se ba diripdo bada unaAtros tlásiaw anll- 
gqos.^— JKi s<do en tes eooi^imones lítrief» de cria ducnete 
sebfdte hkpuutmal $i$M$fia á^U» meír^Sy que üsiteateilMH 
ye eomo sa pcimer dtettni^Ho, sino en. tes aatignas da tes 
gri€^ y de tes tetinos, eo'tes moéatmt» de tes otitaah 
eiones, en las de Iftitendes mismo y Ctenfnegos, dcsigmi- 
dos aomo eorifeos de te eyoiíate ^^neísta* El katego da tes 
n^rov:^ y te» dmaa deles de^tegiMte, pnnm^y iimitíe- 






3Í6 iuévtstA 1» VAmtd. 

' 4 

za de ejeMdoñy deben aer prendas de todas las escuetas; 
y. la lilt^ .Ú0 elks halará de im potarse i colpa del aiitiH?, 
^eoftlqoiéra que foere sli esterna; porqiie iié sería poétiea 
la seeta que las reputase p<N^ edsa de meóos Taler.<--*lilb-- 
solrós «ti entroBietefiias á deci<Ur la superioridad -ratre 
.IMS ^ dases, da que presehide también el Golectór, so- 
lo (rfüNirviúnémos, que las sentencias; la filosofía que pueda 
hermanarse con vi sentimieútú (porque tratamos de la U- 
1 rica) y áébéí reTesttrse con esmero de esos ornatos de ele-, 
ganeía y de sonoridad que son esenciales á la poesía;* y 
- fiOB indinaAoB á Jéroer, qqe si lá ciencia é impcírtancia qué 
deUeiim haíUarse en todas las obras y y las gracias y belle-' 
-n que requieren addnás las. de poec^ia^ no se han reunido 
hasta ahora en igual grado, nace mas de la dificultad de 
la empresa y desigualdad de facultades en los autores, que 
dé la diversa proifesion de principios; si ya no es esta una 
^afeetíicion propia de la debilidad humana, que quiere con- 
vertir ras defectos en sistema para oanonizarlcM;. 

Este volumen , d n«is ecn^pnlento de todos , contiráe las 
xcMtposidones escindas de 20 poetas. Cinco de ellos, los 
primeros cpie mendonanos antes , excepto Montiano que 
pertenece á la tragedia, entraron ya en la primera edickm. 
^Los ftfiadidos en est9 son, adenm de ka ya nombrados, Sa- 
aianiegOí I^esias, Fomer yelP. Gonialeí, eorrespondien- 
teá.al siglo XVIII ; y respecto del presente , D. Leandro 
Moratin^ el conde de Norofia, Sa^chei Barbero , y tres de 
la aoaden^ de Sevilla, estableada á fines del siglo ante- 
.ríor ; á Mber, Árjona, Boldun y Castro: las piezas de to- 
do» son 230. Sobre estas no hace observadones partícula^ 
res d cdecte^ ; porque coJno dice á otro proposito , ha tan 
eo^to tiéopo que fallecieron mudios de sus autores, que 
aún pnede considerárseles como vivos ; y por mas impar- 
4sialidad que se gmiráase al hacer el examen ^ la censura 
podHa parecer contradicción, y el aplauso lisonja. Consi- 
deración tanto mas justa , euanto haciéndose en un mismo 
libro el jmio de^ilérentés escritores , no podrían alejóme 



lo6 motiTOB de comparaeion. Paede sin embargo aa^urarse 
queesté tomo, casi del toda nuevo, es el mas rico, Turiado 
é interesante de todos . Contiene mayor número , di versidad y 
novedad de éQ{)9^^(|^|ei^ti^^4e 1^ inédi- 

tas; y si tal vez ceden estas á las antigujGis en riqueza de fan- 
tasía X,8í^4eJíK\^ v^m^m»^yí0a^ 

te en corrección y en saber , no ofendiendo por lo común el 
gu!6to y sáti^feci^iA^ ma? ó la i^^geppa- 

Tal es el rico museo poético , acrecentado é ilustrado . 
considerablemente, que ofrece de nuevo el Sr. Quintana á 
la literatura ^española. Su colección debe ser estudiada ince- 
santemente por los alumnos de nuestras musas, y no pue- 
de faltar sin meapu^.di^ eflAiite^e$lf^i4Aj^.^ literato, ni 
del gabinete de un bombre de gusto. Bogamos á este sabio 

» 

y laborioso humanista, que cumpla su propósito y hs es- 
peranzas q^e B(^ haee eoncebir^ de publiaiu; U Miw».#ical 
capitana y el Tmím $el$cto Ufm(d.y {i|»ii..coiB|d^r.io. 
que falta á la instrucción y al plucer de \m iunantesdel af ? '- 
te masbeUa y sublime, y perfeccionar lo que^muM^bii^*- \ 
grado á su cabal sallftfac^jon mic^tara esc^a, / 



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Slft • MsvfMrA Mt mA0tamj 



KUm PüLEMIáFNHIBMiiM 



ó nvKTO üE «osos xióá taáOBóÉum. 



PjEUMERA PARTE. 

* * 

Lái^ lüdtetia dé üMstroa eMigos, desloes d«I infii9iifio^ hh^ 
iridcí- ^lie Jifr* ik^tfdÉaiia y iiiMhas persona» doétá» con sos p^ 
bilmcioms y emneotarióB bicieroní; á te aienolt, ha adblan»' 
taé» htíüMmt^ degutt el ésfóda €91 ^ue se bailaba á ptiw»pi»s 
del último sigIo> Ko poeo dteta', sil emftargí», del térniíio^ 
acaso inaccesible I á que la filosofía y la crítica pretenden 
nevarnos en esta época descontcntadiza : término bello, no 
hay dnda , como la verdad que tiene en él su trono ; térmi- 
no lejano , desconocido , que todos desalentados olvidaría- 
mos, si por fortuna su camino^ tras pasaduras malas, no 
nos ofreciera deleitosas moradas de descanso en algunos 
sitios. 

En este flujo y reflujo de incomodidades y placeres, de 
aliento y desaliento , de certeza y de dudas , fuerza es se vean 
continuamente envueltos, quizá mas que en cualquier otro 
género de investigaciones , los que con ánimo desapasiona- 
do intenten penetrar en el oscuro laberinto de la historia- 
Tratamos ahora, por ejemplo, de un código, con el cual, 
nos dicen, antes que con otro alguno, después de seis siglos 
de lenta organización social, de fatigas sin cuento, de cons« 
tancia* incomprensible, de heroísmo sobrehumano, se creyó 






ixAMEK tm* cómao oft tápícuto. ^Ift 

qoe eca^ 79 tiempo, de fij^ las relacipjie$» Ja vid« íntinif y. 
exterior, ]sl constitución del pueblo leonés-caStelláQp. — 
¿Quién h¡20 ese cédigo? ¿Cuáudo se hixo? ¿Quién le pro- 
j^c0?¿Cuá| fué, desde que salió á luz, su destino? Nada 
se sabe con seguridad. ¿Qué mucho, si no poseemos. ni un. 
solo códice ai^téuücQ,. coetáneo, del. célebre Fuero-juz« 
go (0^ ¿Q^ mucho, si ui siquiera le conservamos de las 
Partidas (2)? . 

La Academia I para adquirir textos auténticos, ofició á 
sus indiyiduos corresponsales, alas catedrales, á los ayun- 
tamientos, á los monasterios, á las bibliotecas,^ impetran-, 
do 7 obteniendo de S. M. la fuerza necesaria para, vencer 
cuantos obstáculos i* sü. loable propósito se opusiesen (3). 
Y bien ¿qué bailó? Miagun original: del Espéculo, que es 
nuestro asunto, un solo códice (¡causa admiración!), pro- 
pio del seftor duque del Infantado (4); sia sellos, sin ca-r 

(i) Los mas antiguos códices del Fuero-juzgo que encontró la Aca- 
demia (el Atbeldense y el Emilianense) , los Conceptúa de flnes áfí sr- 
gfo X. Existen Kbros de Sán'lkgustm-^ mediadtibi'dtt Afjté Mh (gé^* 
cmtg. B. B,) ; existe uim cnmpUaoioB (k taños lüiro»». oú^^t^ dol^ §áh. 
gio^y^ (>9^.' ei^jg.n^^ Cñf..Oveteitt^); cxi«te^en fui, oi^itiendo mas ci- 
tasylaiamosa biblia Toledana ({r()f. red. meridj), que ihuclíos dicen uso' 
San Tsidoro, y el P. Mariana aflrma que se* escribió por^ Ib* (ne^OS* airiüi'»^ 
d^ \á invá»oii saMcena. Del Pueiio-jaxgar, d<»1a4«$>! gtn«ral dfel EkMOf M 
]a<pttídflséeelVríiiQÍ|n9 4olfr i«sl^a¥Íw.e(^l4pMásiéii^lp,,,^|{un Ma-;^ 
lioa, lao^anjljl^^a ime nos qvedarsou los escritos dedos monges del, 
sido X ó del simiente. En sus qppias ¿nada alterarían? Sus discordándas' 
graves , y' las d^ los demá^ códices qu^ compnlaó y eonoeKo e^inó pñfo4ii^ 
AeadenñiihS sok^ito dan-á'ConooerlO'eQatruio. . I 

(3) . Ja A^sadeima califica det ai^lo XUI muchos de lo» ^ódíce^ qpe con-, 
sul^ (Vfose elpréí.) Desgraciadamente todos, ó casi todos los que Refiere 
á aquel siglo están escritos en papeV lo quo verdaderamente' los coloca* en 
el XIV por lo menos. D« este asutito haíMinremOs «Mi bMtUilD dHeUlaite- ' 
tocoaado examinemos la aotíguediri fteloódice* del Efl^^ 

(3) Prólogos de la Acad. al Fuero-juzgo, Part.,.Op. leg., etc. 

(4) No hacemos mei\D¡on.de otro códice de la misma casa, porque no 
conteniendo,. entre otras materias, mas q.ue el libró íñ'del Ef^pécolo , no 
▼ale la pena de citarse, siendo sobre t!pd6 , como es, modéftki. Está esctito ' 
en papel ceptí , y según la Academia es del siglo XV. (Op. Itg, de Don AUm^ 
soelSaíño» tom. J, prél,) 



32(^ ftEYISTA DE MADIIID. 

m 

Meter legal de ninguna especie, escrito en papel, lo qne sin 
mas pruebas sobraria para calificarle de copia partícuTar, 
po^ue basta el siglo XIV (acaso basta el XY) no se conoce 
nn solo documento, procedente de la autoridad real, escrí^ 
to en papéf , aunque únicamente estuviese* signado dé los 
escribanos de Cámara. Semejante pobreza de códices del Es-' 
péculo, es tanto mas- de notar, cuanto que en la intro- 
ducción dice el re^ D. Alonso, ó. se le bace decir: «Etpor 
esto damos ende libro en cada villa j sellado con nuestro 
seeTlo dé ptómo, é toyiemos este escripto en nuestra cor- 
te (f), de que son sacados todos los oíros que dieitiospor 
las villas (2). >» 

¿Y todos y en todas partes ^e perdieron estos origina- 
les, llamando así las reales copias selladas y autorizadas, 
no menos que el de la Cámara y otros ejemplares, que se^ 
gun costumbre y necesidad debieron entregarse á los gran- 
des oficiales Üel Estado? ¿Quién lo creerá? ¿Ocurrió desde 
entonces alguna nueva invasión germánica , slava ó árabe, 
que destruyese nuestros manuscristos, como aquellas, con 
otras causas de que se bablará ea su lugar , destruyeron . 
los antiguos? ¿No existen en los arcbivos públicos y par- 
tiadato», centenares de documentos auténticos de Alonso X, 
Fm*nándo III y otros rey^s anteriores? ¿Cómo, pues, cu- 
po á los códices del Espéculo tan desastroso fin? Concíbese 
la pérdida délos primitivos del Fuero-juzgo en la invasión 
á|«be$ y no muy allá, si á mas del odio que los judios le 
profesaban, invasores y auxiliares, no snpiéraraós que. las 
villas marítimas, según Gibbon (3), y los pueblos Aatnr, 
Cántabro y Wasco, ó no sufrieron, ó por lo menos constan- 
teÉieate repugnaron la dominación goda , siendo de consi- 
goiente natural que no conservasen con grande esmero una 

(1) SeguQ esta dáusula, la copia que sirvió de lexio á la Academia de- 
bió haberse sacado del orígiual de la real Cámara, si no es copia de copia. 

(2) Que atemos, dimos: según esto , do fue un pensamiento , sino üu 
acto cumplido. 

(3) flisl^deladeGad. dellaip.»cap.38. 



XX4XE1I DEL CÓDIGO DEL ESI»EGI7LO. 321 

kgídaeion, á sus cjDS dél^stable (1). Concíbese también lá 
JesaparicioQ de los éódiées brígi|iales déh» jPar|idaa«4»w- 
quie Sancho el Brri>o Vqia m eUas mi esmágt^ dkami^ de 
8a dinastía, y los pueblos, se^n ks losvltadoa diraMs&a- 
ron y ball&banse per^taÉiente d»pitetos i esliogiilr basta 
él meábr recuerdo deaqttelmoñarafnta delaif^o XIII, ba* 

'jo mñébos aspectos célebre. En' el Espéádo n» bigr^esfafs 

-skAivos, ni ningim otro particolar^ sé sabe. ¿Girfl fiié^M 
caiisa entomces/ repetimos, de la desq»aricioii.de*todoa)^is 
tóifices ottginales? ¿Cómo es que «na co|tia^ usm sola o#- 
jpia, Tiene á ser todo lo qae nos resta de^ la iminera aons* 
titncion general de Alonso el Sabio ó de so: padre? ¿Por 

' qné éú ningún ordenamiento, carta de senleneni, albfdá, 
carta-puebkj confirmación ó doclim«ito«Éeid de cualquie- 
ra especie, se babla nunca del Espéculo? ¿C^no ésta ^ 

' cepcion, cuando el Fuero Real, coetáneo suyo seg^ sq eree, 
j menos importante j sobre haber bailado ife él doee copias 
la Academia, ya que no originales; apareoe i^dalniaiAe 
consignado en ordenamientos, cartas^pud^las y otros do* 
cmnéntos auténticos (2)? ¿No da erto en 'que pensep? ¿Se« 



( (1) La huloii» ^odorespa^la es muy difieil (te expliearsé , porque la 
pagDa de las razas , que modernamente' es lá brújula 'para oonoéer el orí- 
gen 'de los principales sucesos ocurridos en Inglaiierraíy Francia, desde qne 
le eslri)lecieroB en aqueUbs países los conquisUdores germánicos, parche 
menos perceptible en España. Sin embargo /no deja de notarse eá los rei- 
nados de Siaebuto (612), Swinlila (Q2i)« Wamba (674) y quizá Witiza. De 
todos modos no hay duda que Sisebuto y Swintila pugnaron fuertemente cbii 
¡p» cántabros y astures, Wamba con los wascones y ciudades de laÍGíalia-gó- 
tica ; y todos estos tiempos no distan tanto de principios del siguiente siglo, 

; ..qae ya para entonces puedan las razas considerarse confundidas. Los astCnre» 
y wascones (nrincipalmente, por lo lejano, pobre é inaccesible del terreno^ 
es posible que fueren' mas bien tributarios que subditos de la corte de To- 
ledo; Esta circunstancia es importantísima para comprender la nacionalidad 
española desde la infancia de la monarquía leonesa. 

(2) Marina encuentra una alusión al código del Especuló en las Cortes 
de Palenda de 1274, porque en ellas se menciona el libro «que fué fe- 
cho... • el año que casó D. Doart. » Esto , en verdad , es querer compren- 

^ der demasiado » cuando no sabemos siquiera los libros que se hiéleronéa 
SBGVaDA ÉF0C4.~TOM0 VI. 41 ; '; 



jr algM ol^ witigio mjp^ m eaprn ét iám p6^imt un^ 
fíMSmmmá iávMcimí de |fts muchas j^ lii.eda4 qi^dy^ (|.)? 
^ Por haber. ÍQdicaéo;eda éuda» ^iitá seoosll^e^^ 
olfatos ó i^em^Mioftiior lo.Biefiíq^; poniw bn^iP^i^SpiHS 
fim fjpriews dudarles ttft4leUtQ» dmÍ9 áltate ^w^fíi¡\fiipkifí 

^lat jaUMislia tasada ea mii0ii| ti^iipo^*. ^.^a; acfusp 4^ 
9«i» se Inisliiee en fiosótnoB^ i tirp de^b|ile%t(|^ e^ «8?»- 
lii -de ofipn»]id|ML fatua , ^nropel quiseral^l^ jcon que la jyjh 

nidad de mficbQs pnetende 0(^^91? .8^ jgapñiu^la^.eQ^lvOs 
tietppoftiMideriifiís*^ seri 9na. iii|H^|)cia,.eii cqf4|m|jBjr $€^- 
49i^^ Qm ea ndoiial la ^hidaiJi^jlt^i^ .^ priiBlMtjpog jo 
4ÍÍv^^j<^síMi& eifAietto. Y bien^ fstudiei^os: á d <^tttd^^ 
por desgracia;^ solo 09» Uqv% á,49KPbritjiii(i verdad ncj|^ 

^ tif«^ cosa harto, freeueiite) lircmcareipos ^^1 e^mpó d^Ja 
Aiifloria iiiilt]QBla.ye»rbft, j i¿go.^ jfc^atoé hfyiía^ 
tnm tfioíMxaiiiQs c» pM y^llyíd ppsitiva^poi^ imigaj^caá^ 

-•tttjrá podf4 el^arlami .huf^9 ing$Qip?,ibutmine^^^ 
todo el úoieo códice que se ha descubierto ; indaguemos 
su fecha. 

.,^ L|^ ^demuí J^ c(m<;^i;tua^ del si^Io XITI , aiitenór al 
«iiodie 1282,. antepenúltimo. del reinado de AIoqsq JL^J^^n- 
dase j^ra afirmar lo ^primero en la letra ; para lo según- 

iié^po.de Alonso X , y aun de los conocidos se disputan las fechas. (Véá^ 

d £nsa|[. 10&. to £e¡y., S 298), 

• .(t). ,Xana|p^ los pD. Asso y Manuel ooinaroQ eí ofdenamiéntó dé Á* 

^:¡^^.dfL^n.c¿dice f^ri^iiuil; y entonces, se replicará, ¿he'mosde dudiu'tb 
l||,eiÍM»ieQcia.? Dudaremos de su comulación , pero de la existencia dé aqd«l 
, AK^namiento i^o, porque se halla consignada ,en muchos docaiAoñios pte- 

t teriorefii, oAmIos y auténticos. Además « los mismtas BD. couñesau (Prél. 
IMifS. M y 37>/, que tuvieron ,á ]a vista el qué habia sido propio de la Gk-^ 

. . JOm d^ rey ("^k. Uica t. . j^úteo 2 .. ntji». 2J. Si á pesar de eso preflrfe- 

foiiotro ,fHfV<^ no original para texto, porque guardaba, «una constan-^ 

^.y.umlormidad admirables en la órtog^afía^» coilio ellos Écéñ¡, ¿quién les 

J()!e^e Ja oulpaf Esas n^sm^s eircunstandas díebitran liaberles hecho éoisb • 

ctr fue ao era aucto ea la copia el escribiente. Asi procedieron en otraa 



> • «« 



ÉOfémiam t^trertenóf paciato al pié de la ligr JII^ Ut« JJÍf 
Ubi n, qué eÉpKcaade di tilbr fde llis suddü tím q^%H 
imlla éfi €8ta' alqoe4ÍBálioÉri]?e á k» ii(ftari«i del rey , di* 
tít: «esesfaiidoel sueldo, por cada Uno' acSs martTedA 
ée^ tmestra moinedá ^ i^- la Aeadepiaafit»a. qoe .tetes' iih^ 
raTedís, equivalentes á la sexta parle de un sueiido', inér 
nm estingüidos en láfc Cortes deGoeUar de ISMí jrqne 
"pór 16 mismo liíadvertérida^ j iá^ctítmcúeadm el cédice^ 
se eserib}éroii con anterioridad* Basa más allá en sasoba^** 
'Wtííúpm la ' ihnltre eorporacaon : pcareíbe' qué. el ,fin del 4dr 
4iee, en ia iio^ de guarda pegada á'la ^cuademwsío^ 
-kapf eiatre otras «na eUusola dé letra igod al tetfo,- en lá 
^ua! sé/les: *é0 él l&péeoloda laiiii faMa que <Ar que fife 
«ienondatíoB. genial, ad como eoaflídD diomediee:: renm^ 
eio qn^ non sea^oido dé Qinguiia' razoa , ilis'piíeda tomiw 
alsacU, nin i^istá, nin. suplieacaon; qae iál renoÉeiaeiibi 
^eoniO' ésta, qm noo erapéesee alqué Ui ftee:» y de abí 
deéoce-, que adm> d^ primitiva Bipécalo se «swübirfo m 
Mln , y que quizá jnr antigüedad ser «emonfe (la dA códi- 
-fo) ba^ ri rá«ado:de SSa Sei|iaaéo« fiílakiiento isl táA- 
'ee'ooíitféoo llSt bojab, 114 las éq^e^oeupa 4a ta4|W<fe, c«- 
fpflHibS! eeM e&Mié^i0apapel1ii|seé yviéf^ao/^ per mi- 
bt'^selek^iete de la pasta y sáMr el pap^I smnameaté delí^- 
do, parece que bubo. pVecision de i^Tir^ ée dos hej^ nal*- 
das con gófliá ó cosa equivalente, to emi ifelíéé haber sito 
éaasa de qw Üipesar éel cbidwló coéf qar haya sido %iA- 
"íM persas dueffto, se baile muy delerioraAb y se rompin 
'^á^rivente sas-bojas por los^rtes.faA'és^ ea -rásÑftmen^.la 
descripción y cáMii<^oa ilé la A<2adeillfti. Segaroe dlHa 
exactitud de b prünera, que es ana mera ctíésfioú de Mé^^ 
séanos lícito apartarnos de la segunda, no obstante el res- 
peto que la ilustre é^rporacíea atts saereeeu Weamitmos^ mu- 
cho sus decisibncs: mas todatfa shs servfitíos, poirqtre de 
^ella. j de ¿as individuos sa^lieron, en tieinpos lQ])rego$ , ra- 
yos.becaiaMs da Itts que haa eaelacasldé aiiestra^iiiMiH^ 
política '1 mez<^Íados de alguna ^sofialMniv seat l»^:<qaeH9i'«ida 



824 wviitA M UAMm. 

(Hsfaiimye MI láéríto, oomo qiiieni que €8 ii 

isto flMiela de io maléy de lo bÉené « tode lo tocMto 4 

eoMw de la tierra. Pero eoinoiiidieábmoB, no Uegftododiee» 

Ira reverencia baelá la fé, el débale qae entebtaeKMi béH^r 

ee de oonsigaieRte compreiidido ea la esfera de noertroe 

dereclHM, 

La primera eircómtaiieia ^mt sallé é la vista , esaade 
qoeremés examinar la antigüedad de na códice é deotro'do- 
eumento, éa la materia M ({ae ei^ eserito. Esta praeiía es 
e^lTOca (¿caál ao?) ; pero anas veeas eooitftttye mi e<Hi>- 
prohaate, y otras mas todavía. Se ha tn^aéo maj Uatgk* . 
mente dri asonlo en eaestion por machos aatores aaei^yaa- 
les y extranjeros; pdro cMio no lodte ks^ faabrili Wdo^ y 
«orno por otra parte coavenga difundir entre nosotros k 
aicion á la historia, qae poco vale si no se apoya en ímh 
Anamrtos veriÉReos , creemos oporttiao traxar á coaliaoa- 
don an estraeto As h» qde aqaellos ha» di<Ao, annqneuda 
nnefo altedamos, y ana igmuwMs basbmie de lo saUáo; 

AlU , en los tiempos ndHeos , eaéatj^ qae los hombres 
io leniaa alro^ papel émb perfoaMido y esqaisilo, qae riai* 
pies 1ie|Mi ét paiauí y otns por d eslife:; seré de esto 
lo qae faeía. Assde la prüa e ra oMihirtMoi^ asÉramey 
paM eeasiipMr elpeasamiMlo hamaao y otros mas altos, 
In tridas de madera encerada» fsck^daf);1as hofas de plo- 
mo/ lis tdAícas de p^>ifo ó ekorla, arbosto que se cria* 
Imea ios paataaos d^ Niki (1), Keaios pr^rados cjeato 
para la laatoca hoy dia (€«rftasi'aos|, otras veo^ nada nms 
qae eacerados, lamM» om» r^ltes de madera may H- 
sps, sobre las caaks se «MHribia coa ua paaxon fiao, i 
poatosi y finalmente ana especie de papel muy de^do 



(I) Cgprriu jNy^^mt. Sm aUumeoema «•• dto ocho: ptet. Wt lienss -Jta 
recto, fibroso» luieeo y UiaagalAr. En el fié tiene unas bojia prolonspiias 
y estrechas , en el tronoo ningana, y a) remate algunas pequeñas , guar- 
nécelas de un penaelko de lardos hilos , que acaban en unas rositas vistosñ. 
lA eoriefS^e eoMipoae do lAeieas, qotse 8epai«ilíaa«ott'«na a^gi^tadafeNai 



I 



ÍHUmépliilifé$)z esimmsitíAm ehro átipie <6 mfgatiron 

TÜM s^fdigiotMi iMédtotot, toa graudM aMM«, le f8«« 
ifimÁm ta iásBMt de bmpee y fktiimt j ote IMIS»* 
IM iiftrMM 9M doté te^ el «ig^o V. 

Le imtefU «as ifliportMte, ettqmte^^ 
feé d pergenlfin: ligwee rtpc wá ip f»e le iiifenié Aleleí 
Mtimo itj dePéifepoteleMlTtviéeadsigtopeBiltmo 
delaivpíMieeiWMn, flinide protebie fM per elfaifrtetfci 
leéotaeiB, 4fet0dM ke t«^ iMiámae te Étm Mm* Oe 
eitilqtiir mMMe, el peegeaiiioee te metariii 
IMteetee é^enHMiee desde Sil kiveMJmi^^ 

mía» ée tee eepeeJBáwtoe de Mttttee eatepüedm* UáMr 
ieeílel#el qwe#liftcte»de pdU^ 

eaeriie mitetweMboe* fieesoaiy ea gttMel, teeetew de.fer 
fA Qieae ssaniii eotte^edad wmém^.^ psimece jí nm ««li-* 
§m de e^odeft flmutemMfc) ^ ^msmA^émm ms^imm íM 
%l de Míe. ¿fie eaad de loadoeei A eédtee? Ia Ai^imm 

nuaeW e: é^Msoa, pnea^ ioiettr, fpieM ae etmié i re^ 
setTeete (1)* ¥ him^ oe ia^^piie: aea de na elai«, a^ djp 
eM, ea iaipoiible, diSriltetene per lo aiaMa, fue en anti- 
gftedad ae renoole beata el ai^ XIIL Hemaaliedii» bmI eft 
asM^piar te íwmí de tiMatim peopo^eten; im^f^Mk. lo 
ftDftteneniOBi 

I* 

4 

,(i) . jPii09qiiédifícuIt«ltíeiie?dbr¿aalg^iMtt. Mi^^ no bai^a verán 
códice «Bligoo para conocer si su papel, que ha perdido el color y suele 
deshacerse entre las manos como polvo, es de hilo ó de algodón. Mayans 
asatenlaqae uaejeaaplar dd TüdoBe» de prioeipios del siglo XIII, era 
daeapd de.}ido; M ^t rm a» y Murray ref iBcaha n «peerá iiaposlUe , segua 
la epioíoii europea, qoe eon trabajo samo, sobra este partíeultf se había 
establecido. La itísputa -arreciaba, y con tal motivo anduvieron pedacos 
de aquel payid de unos á oirás inteligentes» siendo el resultado quedane 
cada cual coa m j^ianttya opinioa., eoaao soaede por lo «omun entre era* 
ditos* 



' BMto el «t|^ X ó^ XlM ««MM^/ea ^te SÉV«p» («^ 

gdaoii ^ »MilMil0, iBlHMio.^ «^.«irifiw «ftw ^imi^ 
él MltHÉM 8i^fM (JtaMi, <le4|iwli«s lo^v^ofe^á (á.)«iasiéM^ 
ffiíi emtergo^ eseasisfoi^i ki HtwünOTUibfi r, «tpntxi nn i«f 
prt iMMaiAiidlp MVytmií^km larHwroM de GwiiilU^. co- 
m eá ItMii Fg»p«i»> . tngtpfcrrift ^jUeaiimi* Mirijép^c^ 

^tfíMa ^ VttlÓMia (13$7)ÍA']MyorpMrtoi4ft i^ iWPntii? 
Mb 4i «cpMl Mm ertÉft w.pi^,.|» qjH» 9i^jfliNMÍ« 
««rtí^il AiQti^ 1^. M6iÍMy^|ÉM.4ifi^; 8^ Muir i^pdimN 
mtwdertat aAmMÜiea «Mte áéáixmboém^ «^J[4| 
«üiicftt ittdüft qw 4e^9Páia^let qft^Ém hmtuntM wmmcm 
Uto 6ri pftffár^ éA^e^M (S)« 'Séa.mks aio 4lMlcVBémm 

« ql|6?ett^€lMrtillBiv*gi|é'^ 4 toqMitd tite siMifolKi nos 

fMM/ «I ^^dlado'P. HgPÍpb , JlaWnliéfi s<|^sbitidt) ,|^ra 

crittiriK i»ftg aMiffui ^^ wimm^ ¡á. i|er 40 a^Ua^aipiéíi^ 
es 6d:«to IMÜ (4). Idi^iMWi eaieoaolaytfite, á.wfiíteo 
}áid0«, pam proÉar , ác^e «atámríB^B^ boj» hul^íM» 

(2) Paleog., pag. 182, * 

(3) Bib. árab.-hisp.-esc., tom. 2. 

(4) Paleg.» lam. 21 , núm. 2.-- Id. pag. 232. Algún Vbro háñéMeáno^ 
de mediadod del siglo XIV , escrito en papel ; pero ?Ie mas-atras , « ao he- 
mos l^ido mal ^ absólutattieñte nada. Kódrigaez / qñe es mtiy propenso á 
anticuar, fué mas feliz. Tatnbien adolece bastante' del rtklémoaéhiRnie la 
Academia (sea eslo dicho como miámefa oplníbn'iíüe^éft), 'y aíf'esHlic 
ocho códices de las Partidas, escritos éh papel '{f^ásé efpr$$, ú hi$ «Mméi ) 
los califica del siglo XITT. Cierto (fne -los' cótfices >»ltigno8 sófian éMtlhlrBe 
4 dos columnas; pero ni esta circunstancia, ní la letra, impiíAen que sea 
exageradísima semejante calificación. "En prueba li^se lo que dn'emos del 
manuscrito del Espéculo: en eáta parte todo es át^léaMé á'áqu^os <x^o 
de lat> Partidas. 



eserito otros docnmüílo^ th ^pi^l^ ^^ <iu^ escasetn^ÍH 

ioiMfe trafed jé priAi^pilMfttK Si MU ímpís 11» «aNllwMi 
f^lééMiñm fé Mñ q^ e6diM»$ fimi4#r 

HM'Mé arguMMtoi pOBilif aiBrte ItBipyeo tes^sicwiBt 
í^iHlfriMgvtfo'aiié^^ á «idia^P»^ ii|^ iU¥« l4^ 
giyveGtt i%ftfré<idt TÉii «twfc át'Cagtüh,- y od t itp trtir 

fMéfimf ^%i0é Jfff, mBMfnMIo otrt» I» oiliftQiáflli 
iielir:A}Wteii4at'''' '-'' '.>•-••■•■' -.?■ • ;•%- * 

^ BÉ pwi j ^ é i ^^w>^i^y•^w<^aea>^ tlyj^r^igte^ lié' 
'fil yirifrcDp8crlr><ó<-é»itel^ ioii4Á#i|e 

-tiógr IfcMhoii jmfmiaéáyát temjkéemiwiákm Mm^mi fffh 
•foeirtoíiMiv ¿éfne MÉM llegidb á.iifMtM»fMM»«nMi 

'llipn QW^9 W^M'^^MPtaá ('1:)| MMUik tOlMléS jlillMMir 

jAffé^, Viierd dié las lojet y oféniíniefilé Ab dllettt (9^ de 

todÉvia'ie^ertHf 4e tw oí táHMioátiGe» M üedlrM y4s 
te^^lMNlA» Mq^ ^S). If «a Müm ^¡oM üIm^ tan 
«jtaAaéds iMf hásMmj *éa«fNÉ|el 4« élgadttoi ¿f iiáa ji 
Hlar 4^8110 doigMS'deimiMfe ptiaft pflagitaat (ite^ ikh 
:<■? i fwrw i tt i iui. ?;» par.iÉrti». Sa««|i: ¿Nm ottMr tm- 
iflbi^tfliiha flMRtrtag da^MroMi de Anagf»? ¿jC4«* lia 



^i 



(1) Ebb. /sobre la leg.» J 299 , páff. SidO. 

()^ A ÜDét'del dgló XIV 86ria, ¡^iws que tanto se haÚa Vulgariíado 

^ÜntfUÉlMrto éB^áeák. No^éQitia,elliMB^ te a#i§MÍ>MllotiiMiai) 

-M.'4S) ' aik9ato4»«el ÉM^ort mm apü^uot^íMd» c^diaig, é# f^^fe 

UffQi la yhttíil^ Ámíkmaaí(J^ról. fe l^ iffH*)« 8fmafa<lo,£ir«»3/-^i. Z.. Ij». 

GoBÜeoe el teilo la teicen y cuarta Partida, y íü! airgenes leyéa del 

gur w Oa » ^fi «íM*» «MHi grai»fiMtpafi#l> #e Ms^füa» i^ eopiaiha M- 



'^ : 



338 asvifTA me iudud. 

aukMseiitoB ánim cM «i^ XI , tmo¡bkm ^pmid4e^M'' 
goA6D, cilidM por Gasjrri? Alo cual tts^o/oáenam: ¿mi 
or^mta fsot Humiiscritos? Era ^ginrim pndmrlo^ y ésdi^ 
laea qtta^ nadHe lo eooKga*. ^mm eapia»^ ya k oiMMkii 
camina Al aspecto; y de seguro hay que agrcgw seartaa ai»r 
das á la feeha qoe eb óate qm le coasigiia , si se oottágr 
jw^ ^tá , en taen h^a, laarearáel Aa en' que se esctibié 
el^rigiiial; pero la copia latransmitírA, eribmdo la suya; 
y tendrá fébrieás, si es praeiao, cosa ratonees osaAs sía 
escráptdo, ycoHiomasadelflRl»isdiearenos, aseso mama- 
•Nciav Cótt'taáo, toftveDgnaoa ea tiil» Misten machas esm- 
taras valencianas , originales del siglo XIII y en papel 4e 
algodón: no hay paridÉd-eatto aquHlas y al eédnaéri Es- 
'pécálo. las eseñtMas de piropiedad y las pritttegios se 
archivan, sin ^ en largas aiios se saiprní de los I^jos 
en que se eoloean, y eatocontríhoye machísiaio á ^le ^ 
-material se ebnsenre y asfaüsmo la Idva ; pera Ids JUros 
de esladta ^ y mas enlaaees que ka ejemplares o sea Ba a ftap , 
^e ajan pronta por el wo, ana siendo de iiá anAerial ceoH 
üstébte, y la ÚoMl^ eapsAla al aire y i li Iwy se dama- 
lora' y desapareea, óqn«am el pi^ al desoomponene (1). 
Por eseepeien se mendonará algnn tthro, como el del há- 
dense, ¿Mhyaas. No sabetaMS' ea q^ criado ae hallaba: m> 
^bia ser baeuo j caandosa poseedor y Ksermaii^asÉls pH- 
dMron eim^ealrse éa la «aüilcaeioa do la matesía eh ^se 
estaha escriAo; pero aAmás de que en todo éasO seala asía 
mít tmmtiy y^iepareonsigaíeDteiiadapnsdka) «aSbto 
"^de historia latteo'desde loa liempoa da ¡asmando Hi dafasó 
ser poco leido, ó por lo menos solo podo andar en manos 
de |)enK>|^as doctas^ pu^to que á la sazón era ya tan poco. 
coBMUí el idioma del lacio , qoe basta las clérigos. Aiareii 
€ompeltdos á estadiarlo p<^ mandato do na eonülio. Por 
último, ni un libro de' historia, que desde que se esctibió 

(t) Gen añós H los Mhtos en pergámiiió de tnircho aso, eonw'los' lAiSa- 
les, -concede á lo mas de vk^i el P. Merino. Elagerari' algo; 'péro>n 
este p^icular era buen juez. Pñieóg.t pé$. IS* 



EXÁ1IB9 DEL ^DIGO DEL ESPÉCULO. 3^29 

It Cr^ka Geof i:»!. qiie4ó relegado al catálojgo de los ero- 
Bicone». antiguos, podo ep madera alguna ser tan buscado 
7 leído ^(Viio m^. libro de derecho general, libro de estudio 
(Bpoolar iorfosfmente ,}pines á fines del siglo Xni tal era el 
molido de las aniversidades, aun de Italia (1) ; ni alguna 
fitfmfám^ si la hubiese^ destruje una regla universal. No 
Miití^i»iios qnela A«^demia^ como si previese de antema- 
no estas objeción^ I dice gue el códice fué, al parecer ^ tra- 
tado ||pr sqs.dueQos con cuidado; lo cual como que dá á 
ffámái^v q^ vivió siempre en clausura, ó no expresa na- 
da para el ca^. Lo prioiero, sin embargo, no es posible. 
ywf^.^tt? lo ¿Bese er:a preiíiso que existiesen á la sazón en 
^Castílla» 7 q^t se trasmitiese, como desde el siglo XV (ó 
,tli^ i ,1o w^ d^l XIY) basta, ahora , indivisibles los gran- 
ices afébivos 4b partícfi^res , únicos recintos en donde ta- 
•ks libcof suelen pasar intactoa añoi^ j añoS por desaperci- 
)wdw; pocqae en |as bibliotecas (si podian aspirar á este 
titulo) 4^1qs jurisconsultos, j aun én las de los monasté- 
ms, acgi^^asrait^ 9a holgaban. Escusada será probar la 
fiaeiúat^ndA de seoic^ntes archivos en el siglo XIII , ni tam- 
pow,ba9tafiii^ del XIV. Ampiando la opinión de Moli- 
na. (2); suponíala que en esos tiempos se conociesen ya 
en.G9#tiUa los mjBjtai^axgps j fideicomisos, cosa que bajo 
wm-ú otfa Iqrma, 7 coinouna üjera reminiscencia modifl- 
eÍMbdd derecho romano, .parece. cierta (3), no lo es me- 
M», que desde Fernando III desaparecieron los grandes es- 

(t ) Savigni , liisl. del der. rom. «1 k edad mt&á , tam. m, eppe. XLI 
y *XIJV. A let'flwtfittres MMm «wedide k» jprérliflef , 00199 auw Ur* 
de (Éígs. XIV y XV> á estos, k» tmoUimas. 

(i) McH., lib. 1» eap. I. 

(d) GrHaee antes ^ue desde la nropríoii geroiáttca» slava y irabe* hasta 
la MMfiaista por los pisanoa de Amalfi el aio de H3>& » ^ve eslíe otrag 
cesas iMdlanMr en-este fmeUo lus ejeiD|ter de^ las Pandectas, el derecho 
romatiohabia descrecido eompletamettle de Eotoim, ¡^esoúidíeodo de 
la parle oorrespondieiite al imperio griego. Era uu error, disipado por 
Savigni, sabio alemán (Uisk t^éél étti rem.^e» ¿a mM «ieia«}, |^ 
6niM> {nm. ie IM dvills.}, y oCta, como m» adsl^te, cuanto á noso- 
tros también, probaiéttos. 

tEGimBA BfÓGA.— TOMO YI. 42 



33iQ . . JUBVtSTA DB llÁOSID. 

tado6 ^itlcakres ^ qriginadós de la dinasüa QaYarro-fran- 
c^del siglo Xíy 7 que no volvieron áeonoeeí^^aáta lá inl^ 
noria de Fernando IV , en que los miaíntazgos/á la sainñl 
poderosos 9 pgmenzaron á formar el i&nico plantel Ter¿á« 
deramente ^aristocrático Sé nuestra tierra . inaS éébil aun 
(sea dicbo de paso) jgue los de Francia é Inglaterra / como 
gue íiunca goió áqtii la prepotencia ni tos derééhos qiie Ibk 
otros iiiueron en aqueHas (l) ; 7 todavía Ibé arráiic»dó 
de cuajo por el rey If. Pedro. Asunto es este dé reiSidás 
contiendas, en las cualeí» no es nuestro ánimo romper átio- 
ca uhá lanía, que, valga lo que yaliere, guairAimos ]^ara 
otro momento ;' pero para salir dé! paso Mstetíós cfecír; 
sin j^mQr de ser desmentidos cotí pruebas , que ninguno tíe 
ios estados importantes (iio linages, que s^h ^staéc» nwik 
significan bajo el aspecto social) del siglo XII, ni'drf XHÍ, 
ni dé pi^iiicipiq^^ y mediados del XIT, basta EB)í>iqie ll 
(1369), se'eníaxa con alguno de los presentes; y sino, inuéi- 
tresénos * cual y á qué sé extendia en áquc3tos« tiemp<^. 
^sí, pues, repetimos: sabiendo, como sabemos, qñe los cé^ 
dices del Esp^nlo eran' muy buscados , Úésit el si^o ILÍ V 
por lo meno^ ; no teniendo motivo para dudair'qde ese ütlM 
fuese aun fnayor (existiendo los códices) en hl ^poea éé hls 
gandes estudios del derecho eú el siglo XIII ; <|iié lis libMs 
útiles, antes de la invención de la ia^prenta, éscmséabán y 
naturalQiente babiah de servir para ú estudio ^ muchos, 
por ^u alto precio (2) ; que éa consecuencia no ^ «iei^ñte 



(i) Los señores de Hsro (Hnaje «Ltinguido), imáséia en los vizeatoos 
Id^fenáoríM» ffpotímióm centra ntieftio «ncid. ^Qaé pQ#eí»» pop dmdio 
hereditario? cQuó deredios? Mu««i, ^ii»era vyH»3Fa?:|€<iálQs siis 
íaeros?> Sa capital misma, Bilbao, es de] siglo XIV (iSpo); los fueros 
de Ws otros pueblos, menores y posterioires á los de casi Ipdas las TíHas 
éa^B^-Ieóiiesas. Esto es lodétlo«'CcHQito á plroveÉir ^ )a «iKMia pl 
plá'ñ^i arístderMioo de GastiHa, se <firái(ae las óedcnesy los olwvps 
faéroQ olVo ocígeii. A ÍBsto respoBderéímos que tales casas, salvas algiuMs 
escepeíones del siglo XY , siempre síspíraroo á oonsolidarse, eiriasáadoae con 
familias le^HÜnatf, ó legitiniadas de' los reyes. 

{2) Sr «Mied 9É«^airviÉda4ntfo é lá Acadeoáa para tafedacoioii del 



» • / • # 



r - ♦..*". \ >"'' *"í» 



^pi^vlps plvid^i^ efilo^ legajos; qaae ni) ^istia^ «r- 
j^i«2#^\|¡lU*Üeul^res ^meP60$,:cpmo ahora , m áon^ p^q^ 
^iesQii i^^rntaecex tr£)spá|pelados , ó {kpco nieno^^ lüires ¿le 
l^anjóllfiacia deú íu«^ 4^1 sol y del aire j, que es notoripi 
4& tp^a ^qtqfrjiedad;, ^que eljjapel de algodón de 8u;f o. .«ji 
fr^jij^ ; c^ue í a, tÍDt{i al descomponerse lo ablr^sp. 1^QStánd<ih 
pos .todo esto, ^olveinos á insistir, ¿edmó por crédulk) qu^ 
j^ua^uiera sea ó galera serlo ^ podrá sostentar que uii lilbró 
|4 bubi^^a íle^ado á npsqtrbs en 'estado legible «^esde f^ 
j(|g\a I^III? In^o^ible, absolutamente imposible; no en sí- 
* ^ajQ^op de poder leerse, ni becbó polvo hubiéramos podi- 
jd^ ba|:]|erle ,i las manos, j afirmar otra cosa es pretende;^ 
jq^ se viva eternamente en lo^ espacios imajinarios. S|^nn- 
Sa.prueba contra la calificación de la Academia: ' '. 

J^ifw la. ilustre <x)rporacipp , se dirá , , no manifiesta qíie 
dj^fd^áú códice sea de aljgodoñ: supóngase de hilo,, y 
entonces ¿qiié vale todo ese aparato, de argumentos?— r A e|- 
itp^ya hemos de antemano dado respuesta, y. ahora probaré- 
g^qfip m .puede ser del siglo XIIÍ en tal caso. 

La cuestión del origen del papel se debatió muchísimo 
eu el ^lo Xyill (á mas 4^ cuatro literatos parecerá hoy 
fútil) riudewigio en 1744, ^ Sociedad real de Gottinga en 
175^, Meerxnan en 1762 (1^, ofrecieron premios ái los que 
^^ribi|esen la, n^jor memoria sobre este asunto. 'Todos Ips 
^sáh^ CT^anjerps^ no tan conformes re^^^cto del papel de ¿d- 
gpdpn, convinieron í después de prolija^s investigaciones, en 
ipe ei dp hilo no jisibin sido cppócidQ en Europa , ni en par- 
te alguna ^sta el siglo XIY; ^ero Ibjfans, que sc^un el 

FijiepAe^d {Esc, i.^ est.z pliit, y, n. 8.)j contiene una nota de Alvar Mar- 
tía Veclel , fecba á io de miirzo de l448^ en* que matiífiesta tene^á^üé^li- 
, bro de Alvar Gutiérrez Casimiro , como hipoteca de varias alhajas que es- 
te le debis (^. ¿ef ., tom. I., PróL), En algunas ocasiones consta el precio 
ea moneda ; pero para conocer que debía ser siempre muy alto, basta con- 
• stderav. que lo idra.la oi^tei^ía , que. A ^^ de .escribir eri^ poco eomün , y. 
qlie'ki»jt>airi^ de los^UMpribiept^ debian ser muchos , y por la escases 
del arte yja^ o^ejMUkdt ycaro», 
(1) Ab. Aodr^s» hist. dt. í ^* 



* 



ábate Andrés obtovo el premio de Meermail (1), tiá daéi 
por su emdicioa y no por haber resuelto la difieoHad, 
pues que el mismo Meerman es en este particular su miycHr 
contrario (2) , afirmó que en España se había asado antes 
éd siglo XIY , y mostraba en apoyo de su opinión el o6* 
dice del Tudense que anteriormente hemos mendoaado. 
Fué Mayans, aunque emdito, muy amigo de sustentar cau- 
cas desesperadas y al parecer extravagantes , como la de 
Witisa bajo el aspecto ortodoxo, fundado en una frase áú 
Pacense, que los demás no ignoraron y que debiera haberte- 
servido para consideraciones de otra espede; y como la di 
las fechas, en que contradice á Mondejar en un punto iii- 
teresante, por el docto marqués completamente diluddado. 
Meerman y otros, visto el papel del códice¡, negaron qiié 
fuese de hilo. En verdad, la existencia de un códice depa« 
peí de hilo en el siglo XIII, supone una fábrica; y la exit- 
tencia de una fábrica de semejante artículo en aquel siglo, , 
cuando tan caro y escaso andaba el pergamino, que es una 
de las causas mas poderosa á que se atribuye lá ignottmeia 
de la edad media , y la pérdida y adulteración de los ma* 
nuscritos antiguos , no nos hubiera dejado señales suyas en 
un códice , sino en muchos y en muchos otros docun^nb¿ de 
diversas clases, fuese hoy su estado el que quisiera, como 
aconteció en Italia á mediados del siglo XIY (3) . Por fin 
Maffei, Mabillon, Murray^Heerman, Amort, consultados 
unos por el abate Andrés, otros por Merino (4), todos de- 
claran no haber visto documento alguno en papel de hilo, 
anterior al siglo XIY; y cuando las esquisitas diUgencias de 
aquellos sabios diplomáticos arrojaron de á ese resaltado, 
ao hay peligro en adoptarle por regla general, siendo có- 

(1) Id. id. 

(2) id. id. 

(3) Mer. Pal., pág. 234. Cundió allí tanto, que por decretes se HhhIó 
su uso. Por esta causa , y por la eseaseí que tmbo «n fiafMña: iMHta 6ft«i- 
glo XV , es de creer que se importaba de lUdia en el XiV. 

(4) Obras dtadas. 



mQ tu oooforme cap el de las practicadas par ui^roa liQej(h 
refi paleógrafos. No obstante , ecmoedamos qoe por jnilagro 
apareiea na ejemplar 6 más dd siglo XIII. ¿Tal suerte for- 
fosamente babia de caber al códice de la Academia? Era pre- 
ciso i»robarlo. Pues eo fiii« supongamos que lo fuese: tamr 
poco hubiera llegado eo estado legible á nuestros dias ; por« 
qse ni la materia, con ser mas faerte que la de algodón^ 
podría resistir al oso destroctor de seis siglos^ ni la tinta 
existiría. A riesgo de ser pesados manifestaremos , annqae 
' ya la indieamos hablando del papel de algodón, la opinioi| 
Uteral qne indistiiitamente sobre una y otra.clase expresó el 
P. Mmfko^ « Lo cierto es, dice este docto esculapiQ, que ai 
los escritos anügnosse bohíeran hecho en papel» cuasi ninr 
gnno hubiera llegado á nuestros tiempos ; porque aunque 
un libro se conserve con la mayor diligencia» la tinta lo 
abrasa» y saltan las líneas enteras» como se dijo hablando 
del libro de la disciplina eclesiástica (i).» Creemos» pues» 
dejar suficienteniei|te probado ». que el códice del Espéculo^ 
ya se halle escrito en papel de algodón» ora en papel 
de hilo, por solo estar m papel» permanecer eo estado legible 
jr.no pertenecer 4 Ia ^Use de documentos que se hacian 
para .morar ociosos en los legajos» libres de la influencia 
:de la luz, dd sol» del 'aire y de his ízanos» es de todo pun« 
to imposUde que pertenezca al siglo XIII » j muy dificil 
que al XIV (2). 

Dos objeciones se opondrán á nuestro fallo: la adver- 
tencia al pié de la. ley III» tit. XII» lib. II» que esplicando 
d valor de los sueldos en monedas corrientes en el siglo XIII» 
refiere indirectamente la fecha del códice á la inisma épo- 



(1) Pal., pág. 234. 

(2) Eftto mismo decimos de los oódiees de las Partidas, escritos en pa- 
|iel. No fHilA?iyW si el pergamino 4t jMtntio, de que se habla eii las mlsmati 
lormado e» nw mis vtUrvM pannorum , según decía Pedro Mantuano en él 
siglo XII» era papel , de qué clase , ni qué se entendía especialmente por 
aquel jnuiiio, es eacusado mendonarle. Pergamino de cuero de ^uey , vi- 
tela, papel de algodón y de hUo, nada mas llegó á nosotros. 



ca, 7 Üí ¿láísé 4é letra en tpíe está efiérito.'A efttirifimbité 
ftartisfaréiúb^. ' /; ^- • •'-'• •■. -í' 

* Qdelas eítÁs'iy éonexidhéi» éróDológicaís, las ñíitsmas 
íecnas no garantízaa lá legitimidad órígioariá de uh' docú^ 
mentó antigáo, es Uásta ana máxima Vafgar delderechb (1): 
t^réécindiendó dé lis verdaderáá MUflcaííiones , ló^ éscti^ 
Sientes lo éo^iabati sin aclaraciones freciientcsneáte tod6; 
fardas téc^ por costumbre, otras para dar á stís éOjf^iáé nia^ 
valoren ellínefcado*, sí eran Hbrbs, 6 por dtro íhtferés á 
ierán dtrá clase dédocnménfés ; siendo también muy natural^ 
tfíie én ^^stds dÓs'tlltii&os casóÉs disfrazilsen óanticoif^áelea- 
«¿|« * U «cr,»™. Xc í.e «to- %p«ei. h.. pí««. 
poco lá atención , bajo tal panto dé tísta, en los raánascrl- 
to^ dé la edad medm. Es íntiy común tropezar en lé» arclii*- 
Voá hasta boíl tres óéaatro escrituras originales idénticas, 
qtté en laudad nb lo soii/ni auú coetán^s siquiera ; ]^ero 
que lo |ifli'ecdi. Citaremos un caso notable dé un a^ór á 
;quien' ya hemos apelado bastante , y todavía apelaremos^ 
\Boisoaba el PMCérino él famoso pritilegió de Alonso Vi m 
él archivo de lá sañtit i^lJasía de Toledo, toas famoso qée 
por iiínt!cip'ár cuatro afios te pérdida de Éspaflá, por ha- 
ber elevado lá silla toledana á la altara gerárqnlcá qtie 
éñ lá monarquía goda ta viera, dotándola sobre IbdóoéfH 
sendos ptíeftlos , l/eredades y otros derechos mondañalél. 
Nuestro diplomático, no uno, sino cinco ejemj^lahés en- 
contró del prívil^to (2^, habiendo distinguido^ original, 
'dice, por lá íetrá. Sin emlbargb , * no ge cíemi^rendé sctoefAft^ 
té distinción , cuando á tino de los ejemplares (3) le su^ 
hé, como la data, del año 1086 (és el que llama original), 
y otro (una copia con la data del original^) le califica del 



(1) ..jCum certl^imimsitin jure, quod data> cjuañtummini^e añtiqlia, 
non. probet instrun^entiantiquitatem {Pareja; átinstrum. edlt..tdm. i, iütrí, 

5//.) . - ' ^ 

(2) Paleog., pág. 132. 

. (3) n^.lám. 12f núm. 3» pág. US. 



y 



^ • ■' . -J» <» « I 



nAMEH D£t CÓDIGO DEL ÉSPÍCULO. 335 

9dít.^J!SVM9^^ ^J^ 4f.l037.(0* Diestro V^ el f; Meritf^ 
^n el eooof^inieota de laa letr|¿^ pero ¿cómo aquí le sinrefa 
< (jb, r^la para calj^qir por aáo^ los docam^ntos , cuando ge- . 
ü^oienta basta por siglos titubea? Has esto es del lugar 
fi^i^ííWte, j, eq, ^. qnft pos ballainos nos paráremos poco p^r 
^a^acabfir d§|asüftcar,.qu^ lasiecbás expresamente cónsig-^ • 
nadas, ó notas, ó a^aracifU^^ e<^WaÍe.ntes , de nlng|an mó* 
^ priielw^ la ||fitígii^4 de nq docámento, nó cppcarríeii- 
.49if9n ofr^ f ÁP^^niu^nciaB ,d|3 mas. ^eso. Hemos démóstra- 

.dp.§stfi Bi'<>ffP^<<ip^. J?^^.49^ ejemplar^ ae Alonso VI: ik 
íit^ tires,^ (ffífi mencionan^, tienen la misma data ; ; sm 

:.liQ|I]#i^ afiígfijl jel.]^. Merino que son inucbo mas inoáeSr- 
nos (2), lo cual en parte bien ise comprende ^poi^qüe él rey 
n(iibabia^de.expedijr.Gtnoo ejemplares originales á un tlem- 
|^.($). Pi^^en Ufi escritjaras.párticnlares y en los ci^ices, 

r ^y^dWi tde^ cfisps eón mayor f recaéncía : , las obras dípj^ 

. ipáiti^^ WciQmye»yjextrjftpjecas, á cad& inomeñfó refieran 
JÍ|# f§cbas de aquellas j ^tqé, á época& 'más' cercanas d*e las 

. fp# 8^ 0(»Qsijgiaaii ei| stt^ textosi.y ejra c^to natural, cuando te 
aiiiiwabaii (Qppjfialiciat ycomnn, procediendo aun sin ellk 



M» t « 



(1) Ib. lám. 13, núm. 1 pág. 129. - " - - ^ 

p) Pa1.,pag. 134. ' . ' . . - , 

(3) La pi^típcioa, aá|M«ia;iwnlád60ailel áífiffkú de.ffqri^da4^ J^Q 
Üeliiaifir genital lí muy fipptfiqiílii^^pi k»|>riiiier(>s sjglos dé la reconquilía, 
. ))f rt% ()ue las, Parü4aB declararon. las maneras en que se ganaban las 66- 
aas por tiempos todavía ^éh el siglo *XIV , éste priócSpio» ^a los ilégool» 
mas Importantes se negaba ahiertamenté , tom^jjpMño rerse m el -oéIp- 
^amiento de Alcalá , y aun hoy , los absurdd^ pleitos de reversión é i^ico^- 
IHWM!m»pr4i(i|K)yido^p^ el^isco^ é in(X)pDpat|bles por otea parjfe coa 
^la dfssa.morUzacion > porque nsuüe se alreyerá a comprarlo ^e pdbde ser 
incorporado ó revertido, son una reminiscencia de la ignofttüoUidA.'ctfM 
siglos. Bien nüráda, la ¡ M fé t eti p i Éia f s tma 4»fiseciiepfía ^ela téwf^^^fe 
l<» f fc«cJbof cormmadoif que desde el {¡obierno general desciende al derecho 
civil ^ y <|ue muchos combaten, porque no la comptendea. 

Cuando la conservación de la propiedad dej^endi» de ladean pergHai- 
^t.M tiem|¥>,s en que no habia protocolos , oficios de Upotecas» iegiK- 
.^9f)^ ^ jp otras garantías conoctdad ea los presente*, la npetteiba áaias 
escrituras casi arguye precaución masliien qtie liiaficia, iadqptiiifiHf Wf 
te de las invenciones y Alsilicacioaeí de doottmettK»» «fue mikUm ¡\ 



336 MYI8TA M IC41IAID. 

. Quede por tanto sentado , que la adyerfencia d«l códice dri 
Espécalo, que es el prtnei{Md fundanientd de la Acadanria 
. para calificarle del siglo X.in , atinque expresase cómo coi^- 
rientes, mará vedis que únicamente lo fuesen baste eFafio 
de 1282, nada por sí sola probaria. Si en los siglos XIV y 
*XV hubieran copiado el mismo códice cien veíces, la pro* 
pia suerte las mas, sin aclaración ninguna, por iólerésó ig- 
norancia habría corrido la advertencia. 

Pero ¿es verdad que los mararedíi á que se refiere, de- 
jaron de existir en el año de 12^2? Dé seguro, no. Vamos 
á demostrar breveniente nuestra negación , á fia de redncir 
á nulidad completa , cuanto ala ¿poca, la advertencia ^1 
códice, que ha sido, como hemos manifi»tadt>, d príneifal 
fundamento de su calificación. 

£i sueldo antiguo , á que alude la advertencia , y en lo 
que conviene la Academia, según unos ftié siempre moneda 
de OTO nominal, y s^un otros fué efectiva baste la páifi* 
da -de España, y nominal deqpnes. Se baila coiisi^paada mi 
, las escrituras con el nombre de soKdm , «olíchim , bmív^, 
numisma j áureo ^ sueldo y iueldó pe^mtie^ tona^ dtreeloyAe- 
churero; valia 80 rs. fl), equÍTaliá álasaite parlede una an- 
sa, y4se dividte en semissis (la mited, ó 1(12 onza) y tremii^ 
sis (ia tercera parte, ó Iil8 orna), monedas de oro; efctivas 
que htfn Uega<ki á itue^roa tiefl»poa« Para la contabilidad si- 
guió haciéndose uso del sueldo Imt^o haste-el reinado de 
Felipe IV, y en los últimos siglos se le llamaba maravedí y 
«itttdluio de oro; también antes se le nombró márevedi de 
oro. 

En el año de 1252 mandó Alfonso X labrar una mo- 
neda Uamada branca^ ó branca déla guerra, por su color y 
objeto, á loque se cree; y príndpidm^te piaravedi al fon- 

(1) pe 1 á 1&, tapona el seaor Cantos Benitez, ensuffcritüitíodemo- 
mtéa$ , ia r^aeioa aaUgua del pro á la plata, y ea tal concepto el sueldo 
lólo valia eiitoiioes 50 rs. nuestros. £1 P. Merino, que escribió después, eal. 
tüfai esta rdadcNi de l á 24 , y prueba su dictamen satisfactoriamente. Se- 
foa «1 ptiflMfo valia de .eonsiguiente la onza de oro 300 rs., y según el se* 
fWl^ I coya opíBíim seguímos, 4S0, 



fiXAMEÜ DEL CÓDIGO D£t BftP£GULO/ 337 

1Í9 Ó maravedí húrgales ^ por el nombre de su autor y ddi 
puebh) en que se construyó (1): equivalía á la sexta parte 
de un sueldo antiguo, ó á' 13 reales 11 IjS maravedís de 
los nuestros. Esta moneda blanca de la guerra, dice la Aca- 
demia, se mandó deshacer por SaneboIY, en las Cortes 
de Guellar, por real cédula de 1282; y de ahí se sigue, que, 
pues la advertencia llama corrieates (desta nuestra moneda) 
á los maravedís que valían la sexta parte da un sueldo vie- 
jo ,^7 tales inara vedis se extinguieron en el año 1282, el 
códice en consecuencia es anterior. Ahora bien , suponien- 
do que dicha advertentía sea la orijinal y no copiada mas 
adelante, como la materia del códice lo manifiesta, todavía 
insistimos en que pudo ser posterior á aquella fecha. Pues 
qué ¿tan pronto se reeojta en el reino por aquellos tiem- 
pos la moneda abolida, y se labraba para oompmsacion 
la nueva? El rey Católico, ¿no tuvo que mandar extin- 
guir, por la dificultad de los cambios, la mucha moneda 
antigua de diferentes reinados qoe habia llegado hasta sus 
días? ¿No consta claramentjB de la pragmática que espidió 
en Medina del Campo á 13 de jaiiío de 14^7? En los siglos 
anteriores, siglos de incertidumbre , en que hoy triunfaban, 
mañana caian y pasado se levantaban las mismas cosas , por- 
que entonces durab an mas que ahora (que no son cortos 
los períodos de las revoluciones, las órdenes se expedían y 
se renovaban con fiíctUdad pasmosa , amen de cuando ellas 
iban por un lado, y los liombres por otro: Lo primero su- 
cedió con la que cita la Academia , relativamente á la mo- 
neda blanca alfonsi, ó blanca de la guerra. ¿Mandó San- 
cho el Brabo el año de 1282 aboliría en las Cortes de Cue- 
llar? Pues hela aquí autorizada por él mismo cuatro años 

(1) Los sueldos y dineros de estos tnaravedís (uo los maravedís), los 
taandó deshacer el mismo Alonso X, que así andaba en juegos con las mo • 
nedas como con las leyes y fileros hasta que conoció (bien tarde) lo que 
solian costar , el año de jH&8. Habíalos mandado labrar cuando los mará-, 
vedis, ó seis años antes de su abolición. Un sueldo húrgales era 1 ¡I 5 de 
maravedí , y valia dé los nuestros 30 y 1 [5 : el dinero era 1(6 del sueldo, ó 
1|90 del maravedí , y valia 5 mrs. y algo mas de los de ahora. 
SKGDIIDA ÉPOCA.— TOMO VI. 43 



338 MVisxA M iiADiim 

^pues, ó sea d año de 1286 en las cortes de 
iéase, sino, el segundo ótrosHsí de su o^rdenamiento, que 
de na cuaderno oríjinaj trasladamos á continuación literal- 
nmite (I). 

« Otro sí, tei^o por Ueñ que la moneda blanca aifon»i 
que agora corre (aun no se había extinguido) ^ que fizo el 
rej mió ffiáre ante desta que agora jo mandé labrar, que 
se non abata, é que compren é viepdan p<^ ella, así como fas- 
taqyi ficieron, en la yalia desta monedl nueva que 70 agora 
mando labrar, /ioMlafii^ ella por $i sea eon$<miida. £t esta mo- 
neda que yo agora mando labrar , que la non naude, nin la 
n^ugue; etque esto corra toda mi vida, como lo prmne- 
tí ea Burgos (2). • 

&a r^Bieate escusada esta cuestión de monedas, por- 
que demaaado sabido es, como basta d fastidio acaso mos- 
tramos, que k simple dato denpcédíoe, por expresiTa que 
sea, para calificar $u abUguedad nada vale. El mismo que 
examinamos ofrece eu su introducción un convencimiento 
emnpleto de cuanto relativameqte. i este asiinto beq^s asen- 
tado. Dice w ella: « Et por esto damos en<)e libro 1 encada 
viUá, sediado fiofumestrose^o de ptomio, étoviemoeiete es^ 
erifííf en tiueslm Cotk^ de que spn sacados ^os los otros. « 

(1) Archivo del ayunt. de Aviles, caj. único de docs. antigs, 

(2) Cruz del enteodBmiento llama uu autor moderno , por la dificultad 
de ciaáÉcaifo», á loe maraveaii M reinado de Alonso el S^iÁo. Sin em^ 
bugOf aunque los novenes de este rey tanü>ien se jlamaron, moneda díanea» 
con el nombre de moneda blanca aifoiisi se designó generalmente á los pur- 
galeses de 90 dineros , ó de 1(6 de sueldo ó maravedí de oro, de 80 rs. en- 
tonces , ó de 53 rs. ii Ifd mrs. según la relación actual del oro á la i^> 
ta. Si á pesar de esto se cree Mra cosa, pudiéramos sostener con la au- 
toridad del P. Merino (paf. 199) la existencia de los maravedís burgaleses, 
muy entrado ya el siglo XIV. En fín , Juan I impone pena al hijo deso- 
bediente (cortes de Bcibiesca de 1387) «de 600 mrs. de los buenos, que 
son 6000 mrs. desta moneda.» Larejadon de 1 á io entre los mrs., es la 
de los burgaleses á los novenes. Quiere esto dedr que los novenes aun 
se labraban á la sazón; pero los otros por fuerza eran también corrientes, 
porque en otro caso, no habiendo sido nunca moneda nominal^ es imposi- 
ble que sonara en )as escrituras y en las leyes después de muchos años de 
ejLtíBguida. Si la extinción fue^e reciente , para nuestro objeto es lo mismo. 



EXAMEN DEL CÓDIGO DEL ESPÉCULO. ZÍ9 

Y bien , ¿e8 así? ¿Fué este el códice de que se sacaron tih 
dos los otros? Beadk Fernando III, por lo ioienos, eran die 
magnífica vitela Los cuadernos originales déla Corona) auto* 
rizados 9 iluminados, generalmente, y siempre, desde los pri- 
meros siglos, de pergamino. Sin embaído él copiante pri- 
mero, s^undo, tercero, ó los que unos de óticos fuesen, 
transcribieron sin ninguna aclaración aquella frase, exten- 
si va solo ál códice orijinal, y á su turno corrió el propio 
destino la advertencia, y.por igual razón lá hubiera después 
corrido cualquier otra que posteriormente én una nueva 
copia se hubiese puesto. ¿Qué vale, pues, semejante funda- 
mento de calificación? ¿Qué importa que un códice, no ori- 
jinal, esprese ni aun indirectamente su fecha? Algo vale: . 
por sí sola, causa una prueba negativa y no mas.' Guando 
se lea en un códice , ó documento cualquiera , se hizo en 
tal año, ó el dia de tal santo de tal era , ó alguna frase que 
indirectamente equivalga , una cosa puede afirmarse sin te- 
mor de errar, y es, que ese códice ó documento, ó ló que 
sea, no se hizo antes; porque así como lo pasado pudo su- 
ceder, y por lo mismo se refieren hechos falsos transcurridos, 
con la esperanza de encontrar quien les dé crédito, nadie - 
ha creido ni creerá jamás en ningún siglo, que exista ó 
haya existido lo venidero. ¿Cómo habían de suponer exis<w , 
tente en d siglo XIII , por ejemplo , un códice del siglo XIV? ' 
Pero podían, sí, suponerlo del XII. De esta manera, la 
único que de seguro nos demuestra la advertencia en cues- 
tión, es que no se escribió aquel libro con anterioridad al 
tiempo en que se usaron maravedís , equivalentes á la sex- 
ta parte dé un antiguo sueldo de oro; pero tales maravedís, ó 
de ese valor, lo fueron también los pepiones de Fernando III; 
luego toda la luz que nos dá, es que no se escribió con 
anterioridad al reinado de aquel monarca. ¡Buen hallazgo! 

Debemos aun examinar dos pruebas , la de la letra ó 
escritura y la del leuguage, que entrambas caen bajo el do- 
minio del análisis paleográfico, aceptándole en la extensión 
á que los autores nacionales y extranjeros le elevaron. La 



340 ftKnSTÁ DB MADRID. 

Mcritara, según sti forma, so aire, sus nexos, sos abre* 
viatnras, su ortografía, d^ la que tenemos todo on trata- 
do en los siguientes 7 muy conocidos versos de Alcoino; 

Per cola disHnguant proprios ^ el commata versm; 
El puncto$ ponant ordint quosque $uo : 

á pesar de los cuales, ni vírgula al principio, ni punto al 
fin, ni dos puntos al medio del período, ni en parte algu- 
na suya fijamente fueron conocidos. El lenguaje escrito, se- 
gún sus orígenes, su sintaxis, su prosodia (presumible), su 
estilo, que también tienen el suyo respectivamente los si- 
glos. Materia ardua, por muchos tratada, resuelta por 
ninguno. Juzgarnos nosotros mas afortunados , f u^ra arro- 
gancia ridicula ; pero coordinaremos , estractaremos lo pre- 
ciso , compilaremos , que es la tarea de los hombres cada 
dia, y algo nuevo añadiremos por ventura: algo no. mas 
decimos ; si bueno , si malo , ó solo por desgracia mezqui- 
no, ello se mostrará, que nosotros somos parte muy inte- 
resada para fallarlo en justicia. 

Ciomo semejante disertación ha de ser larga, por mu- 
cho que intentemos reducirla, la dejaremos para el inme- 
diato número ; pero al concluir en este nuestro trabajo, que- 
remos volver á consignar nuestro respeto á la ilustre cor-» 
poracion que bajo cierto aspecto combatimos ; porque di- 
sentir en este ó el otro punto de su opinión, siquiera nos 
estraviemos, no arguye declinación de su jurisdicción, que 
tanto mas acatamos cuanto su fuerza es menos coactiva. 

Si por otra parte generalizamos demasiado las cuestio- 
nes, alejándonos bastante en algunos momentos del asunto 
' especial indicado en el epígrafe , no negaremos que lo ha- 
cemos á propósito. Nuestro deseo supera á nuestras fuerzas. 
Quisiéramos fomentar mucho d espíritu de examen ; no tan- 
to, sin embargo, como se propagó el de autoridad en otro 
tiempo , porqué si entrambos son dos elementos del mun- 
do moral indispensables, entrambos solo son útiles con su 
tasa y medida. Pues bien , por la exageración del segundo . 



CXAMEÜ DEL G0DI60 1ÍÉL ESPECUtO. .341 

principio, liaron á creer nuestros abuelos la historia na- 
cional sin pruebas y y se llenó de fábulas: por la del pri- 
mero podemos desdeñar nosotros con un desprecio común 
cuanto ha existido, creándonos, por decirlo asi, unahistcnria 
puramente negativa ; que fuera gran dafto. £1 estudio de 
los documentos antiguos , que aun abundan en nuestras bi- 
bliotecas y archivos públicos y particulares , mal , aunque 
muy consultados en la mayor parte de los dos siglos últi- 
mos, porque desde mediados del XYII hasta fines del XYIII 
solo para hacer santos , fundar linajes ó averiguar fechas 
se revolvían , es la verdadera luz de los hechos históricos, 
ó mejor dicho, su fianza legítima. Clasificarlos, distinguir- 
los , comprender su importancia intrínseca , debe ser el 
afán de los que noblemente pretendan elevarse á algo mas 
que á editores, ó traductores, ó compiladores de trabajos 
ya publicados (1). Extiéndese, pues, nuestro deseo á fomen- 
tar la afición á las investigaciones diplomáticas ; á reaní- 
li&r en buen sentido el espíritu de exájncn ; á que las teo- 
rías se formen, no por intuición ni por sistema, sino por 
la generalidad de los hechos , deducidos de pruebas origi- 

(1) Desde mediados del siglo XVII á igual período del XVIII , nuestra 
ndcion, que ood Italia y Portugal parecia llamada por las épocas anterio- 
res á ocupar en- todos los ramos el primer puesto ialeléotoal de Europa, 
cayó en la degradación mas miserable. La historia, que tan alta habia prín- 
apiado con ün Mariana, fué un oprobio en poder de los milagreros y ge* 
nealogistas. No faltaron escritores doctos , como Mondejar; pero los malos 
críticos triunfaron, y su espíritu dominaba á la corte misma. Felipe V. hon- 
ró al P. Yadez con el diploma de -cronista: al P. Yañez , que consumió el 
calor de su frente en una obra tan indigesta como erudita (España en ta 
Santa Biblia), para probarnos que los españoles siguieron siempre la reli- 
gión Terdadera, así después, como antes de la Tenida de Cristo {*). El vene- 
rable , sin quererlo , vino á ser puramente deista. i Qué siglo ! Aquel pre* 
cisamente en que mas anduvo Europa, es «n el que nosotros nos paramos 
y aun retrocedimos, á pesar del vuelo que de atrás traíamos. Tal fué el 
efecto (ninguna otra causa se percibe ; las demás también en Europa cof • 
xistian) de la dominación teocrática , ejercida unas veces por sus repre- 
sentantes naturales, y otras encamada en el príncipe. 

(i* ) BicriMó tambieo , contaiidlmdo las UmUccíoiivs mnwu coa las griag u 7 afniaiide 
9« ioo la ara del c«sar , iü tratado da laa fecbaa de Bspaaa, y la vida da uaa beata. 



342' REVISTA DE MADATD. 

naícs 6 de otros documentos mas 6 menos próxiihos á los 
sucesos; porque la tradición sin tal auxilio, así como en 
otro tiempo nos conducia al romance, sancionado por una 
fé ridicula, hoy, aunque algunos se hagan ilusiones, nos 
lleva al pirronismo: hoy, que el principio de autoridad 
ha perdido, y no la reconquistará ¡quién sahe en cuánto! . 
lá mitad de su poderío. 

Hé aquí por qué divagamos y divagaremos en los artí- 
culos sucesivos. Las digresiones son con frecuencia nuestro 
objeto; el códice del Espéculo, casi un pretexto. 



Bafabx Goszal£z Llakos. 



%' 



ití 



- ■ ^ ■' ' • ■ . ■ '.y- . . ■ . * ■■ , . í . -: 

— r < a 4« la ls«aMa4 At ra«9# «ttrt la g r— A wi 4a Cas- 
tilla y la aaMaia fraaaaia. 

SjEJTOR. 

Lál duque de Arcos : dice que habieadío lle^o á su noti-* 
ciála resolución tomada por Y. M. cod acuerdo del rey cris- 
tianísimo cerca délos grandes, después de yenerair con et 
mayor respeto esta determinación , no puédé cómo nno de 
ios grandes, y por cnniplir Con sil honor y sd carácter , de- 
jar de representar á Y. M. el graVe perjuicio que óon esta 
novedad se hace á las prerogativas y al esplendor de sti 
dignidad. Entiende él duque qué el real animó dé Y. M. y dé 
su glorioso abuelo discurrieron este medió por a,nánkr lái 
dificultades <|ue dé la diferencia de grados y tratamténtoé 
pódriaá nacer para impedir la verdadera nniou que éeáéaú, 
y en qiie son realmente interesadas aitibas naciones. Petó 
también entiende que si Y. M. y el rey cristianismo ésta* 
Tiesen plenamente informados de las Calidades qiie consti- 
tuyeron en España los grandes, se hallaría con corla iúi' 
peccion que no puede ser medio el que no produce igual- 
dad; y dando á los duques y pares el primer liígár de loa 
espafiol^ , pone á íós grandéá en él cuarto qué conocen j 
practican los franc^es. 

Hállase el duque precisado á formar esta representación 
no ^lo por el particular interés qué tiene en conservar sa 
casa con las prerogativas que la heredo, sino por h&Céf 
á Y. M. el servicio de poner ante sus reales ojos lo qué U 
resolución tomada perjudica al mías grave y elévalo cúep' 
po de la nación española ; al mismo tiempo que ella espera 
de la justificación de Y. M. y dé la gloria del rey cristianísi- 
mo que no solo será conservada en su anciano expfendor, 
pero ilustrada si fuese posible con nuevos favores. A este 
último niotivo obligan al duque lós vínéolos de vasallo y cria- 



344 REVISTA DE MAMID. 

do de y. M. 7 que con ardiente celo desea practicar en sa 
obsequio todo lo que sus ahuefos pudieron lograr en él de 
tantos gloriosos monarcas españole^ antecesores de T.M.,y 
para el primero le impele la carga que le impuso la mis- 
ma posesión de sus casas, en que no siendo mas que un me- 
ro administrador desús bienes, dignidades y honores, en 
conciencia j justicia obligado á procurar su conserTacion 
porque no los bailen deteriorados después de su vida, los que 
en fuerza de las cláusulas de sus mayorazgos sucedieren en 
ellas. 

No siente. el duque, ni podrá alguno délos grandes, que 
y. M. baya conferido las prerogativas de la grandeza á 
lostluquesy pares de Francia, porque sobre ser esta acción 
incontestable á los monarcas españoles, toda la nación debe 
apreciar mucho que V. M. incorpore en el grado de su pri- 
mer nobleza personas de tan elevado mérito y excelente 
calidad. Pero lo que el duque deseara en esta nueva regla 
de tratamientos y honores es, que tuviese y. M. presen- 
te que en España no hay ni puede haber entre el rey y los 
grandes dignidad, grado , ni lugar alguno, sino es el prín- 
cipe heredero y los infantes. Al tiempo mismo que entre el 
rey cristianísimo y sus duques y pares hay otras cuatro cla- 
ses, á saber: los príncipes inmediatos, los príncipes de la 
sangre, los príncipes no legítimos, y los príncipes extran- 
*|eros. Con que dándose á los duques y pares el primer gra- 
do en España, no es ni puede ser recompensa para los gran- 
des tener el cuarto lugar y grado en Francia . 

Podrase entender para satisfacción de esto, que á los prín- 
cipes inmediatos de esta incontestacion su cercanía á la au- 
gusta corona d^ Francia: á los de la sangre, su origen real 
y su derecho de suceder: á los no lejí timos el alto explen- 
dor de tener por padre tan glorioso monarca, y á los ex- 
tranjeros la grande calidad de proceder de casas soberanas. 
I^ero en esto mismo fundan los grandes españoles su justa, 
acción de ser tratados con diferencia de los duques y pares: 
porque (separando de la disputa los príncipes inmediatos 



EXPOSICIÓN DEL DCQUE BE ÁRODS A FeLIPE Y. 345 

de la easa de Francia que deben tener el tratamieno de in- * 
fante) hallafó Y. M. en los grandes todas la& calidades que 
en las otras tres clases. Mucbosgrandes son, sin controver- 
sia, príncipes de la sangre real de Gistilla, de Aragón, de 
Ixon , de Portugal y de Navarra , porque descienden de aque- 
llos reyes por varonía ó por hembras. Otros proceden de 
hijos naturales de los mismos reyes , los cuales y sus des- 
cendientes fueron siempre tratados como príncipes. Otros 
separaron sus líneas de casas soberanas libres é independien- 
tes; y todos estos tienen muclias líneas reales legítimas, y 
el honor de que á Y. M. pertenezca por varios casamien- 
tos su nobilísima sangre. Si todo esto se hubiese podido re- 
presentar á Y. M. y á su glorioso abuelo antes de tomarla 
resolución, cree el duque que hubiera sido mas favorable 
alcuerpo de los grandes españoles, mayormente en tiempo tan 
feliz como el del deseado ingreso de Y. M. en esta monarquía. 
Pero lo que no se pudo ejecutar entonces por falta de noti- 
cia, se dignará Y. M. de que se le represente ahora coa.d[ ma- 
yor respeto, y con una entera confianza de que, atendiendo 
Y. M. á la justicia de sjdis grandes, la protegerá de forma que 
mejor instruido el rey cristianísimo los concederá en sus do* 
minios el honor correspondiente á su carácter, y á lo que 
,Y. M. dispensa á los duques y pares. 

Débense considerar en ia grandeza de España dos cons- 
titutivos distintos y separados en su origen, y unidos é in- 
corporados por la serie de los tiempos, uno el de príncipes 
(de la sangre real, y otro el de ricos hombres, ó grandes que . 
es una misma cosa. De estas dos calidades, y de cada una 
de ellas sola formó Castilla , que es la cabeza y piedra an- - 
guiar de la monarquía, el nombré de grande, que pasan- 
do con el curso de los años á dignidad , quedó la primera, 
la mas altü, y la mas venerada de todos los reinos espa- 
ñoles. Cubríanse, y sentábanse en la presencia de los reyes 
antiguos todos los ricos hombres, y tenían otras grandes prer- 
rogativas de inmunidad de sus casas, exención de tributos 

Á sus criados que llamaban paniaguados, j relevación de res« 
wQvnux eF0CA.^T0M0 VI. 44 



346 UVim DC MÁBlttD. 

ponder á daelos ó restos si no faesen hechos porosas iguales. 
Pero los príncipes gozaban estos mismos honores , y por sti 
cercano origen real, afiadian el de ser llamados tios, primos, 
ó sobrinos de los reyes , segan el grado de sus parentescos; 
cosa que no lograban los otros grandes ó ricos hombres, 
aunque todos ó los más procedian de los magnates, ó pró^ 
ceres de la antigua monarquía de los godos , electores y 
consejeros natos de sus reyes, ó de los antiguos condes so- 
beranos de Castilla, ó primeros monarcas de León , Navar- 
ra y Portugal. Sin embaído, el nombre de príncipe nqnca 
se conoció en Castilla , ni se llamó príncipe de la sangre á 
ninguno de los hi]os legítimos de los infantes, y porque Don 
Xuan Manuel, nieto de S. Fernando , no le pudo establecer 
entre los castellanos; aunque yerno , cufiado y saegro de to- 
dos los reyes de España, se vio precisado á buscarle del rey 
D. Alonso It de Aragón que le creó príncipe de Yillena ; pe- 
ro nunca se admitió en Castilla este título, ni D. Juan se 
llamf^én los instrumentos reales ó privados mas que D. Juan, 
hijo del infante D. Manuel. Los otros hijos y nietos de los 
infantes, sin embargo de ser verdaderos príncipes de la san- 
gre y herederos en su caso de la corona , no tenían mas ca- 
lidad que la de grande, y con ella confirmaban con los otros 
grandes los privilegios reales que por la rueda en que esta- 
ban, el signo y las armas del rey Uamó Castilla rodados, y 
es la única, ó la mas ¿i/tSi^i^ada sefial de la grandeza ó rica 
hombría, en cuya guia forma, incluyéndose en el nombre de 

' grande ó rico hombre, los príncipes inmediatos de la casa real 

y los ancianos descendientes de ella, ú otras soberanas, ó 

derivadas de los godos, constituyeron unos y otros la clase 

de los grandes y unieron sus prerogatívas como hoy están. 

Que no hubiese en las coronas dci España después de sus 

' reyes mas carácter ni grado que el de infante y grande, se 
prueba de infinitos ejemplos: porque el infante D. Alonso, 
Sr. de Molina, hermano de S. Fernando, tuvo de su tercer 
matrimonio á la reina Doña María, mujer del rey D. San- 
cho II y áD. Alonso, Sr. de Meneses, que confirmando los 



EXPOSICrOÑ DEL. BUQUE DE AnCOS A FeLIPE V. S47 

privilegios reales, soló se nombra D. Alfonso hijo del infan- 
te de Aloliná, y D. Téllo Alfonso y D. Alonso Tdlez , hijo y 
nieto de este príncipe, nunca tomaron otra calidad que la 
de ricos hombres. Lo mismo se halla en D. Juan, hijo del 
infante D. Manuel, D. Juan, Sr¿ de Tiscaia, y D. Sancho, 
Sr. de Ledesma, nietos del irey D. Alonso el Sabio, y en to- 
do^ los principes de la casa déla Cerda, aunque tenian la 
línea primogénita de nuestros reyes castellanos; y en Ara- 
goñ sucedió lo mismo á las líneas reales legitimas de Exeri- 
ca, de Yillena, dePrades, de Urgél, y otras que, aunque 
procedidas de aquellos reyea, estuvieron incorporadas en 
la clase de los grandes ó ricos hombres de sangre y de 
natura , sin diferencia ni distinción para los tratamientos, 
empleos y honoresf. • 

Fué por estos antecedentes tan elevada la estimación de 
los ricos hombres ó grandes, y tan singular su grado, que 
no solo le tuvieron siempre (como que no podian tener 
otro) los nietos legítimos de los reyes de España , aunque 
verdaderos príncipes de la sangre real y herederos de lá co- 
rona; pero todas las veces que vinieron á Castilla los hijos 
ó nietos de los otf os reyes españoles , ó extranjeros , ó los 
príncipes soberanos de Europa, nunca lograron mas gra>- 
do ni dignidad que la rica hombría ó grandeza , tomando 
un nombre y otro según el tiempo ; porque la voz grande 
que sucedió á la de rico hombre , no se halla en nuestras 
historias hasta el tiempo del rey D. Juan II. Justifícase a^ 
to con que en tiempo del rey D. Alonso el Sabio confir- 
man sus privilegios como ricos hombres los duques de Bra- 
bante y de Borgoñá ; el marqués de Monferrato , el conde 
de Flandes y los vizcondes de Bearne y de Lirooges, que 
tenian algún reconocimiento á la corona: y por esta misma 
razón confirmaban aquellos instrumentos con ellos y los 
otros grandes, los reyes de Granada , Alurcia y Niebla. En la . 
misma edad tuvieron el grado de ricos hombres D. Luis y 
1). Juan, hijos de Juan de Breña, rey de Jerusalen, empe- 
rador de Constantiñopla, y cuñados del emperador Federa 



348 ESVISTA D£ MADRID. 

co II. tn tiempo del rey D. Sancho II confirma como rico 
homlire Joan, conde de Aumala , nieto de San Fernando, y 
el infante D. Alonso de Portugal en tiempo del rey D, Fer- 
nando 11. £n los privilegios del rey D. Alonso XI confir- 
man como ricos hombres D. Orlondo de Aragón, hijo de 
D. Fadrique, rey de Sicilia y D. Pedro II, seQor de Exe*^ 
rica , príncipe de la sangre de Aragón. Eja tiempo del rey 
D. Pedro fueron ricos hombres y, oficiales déla corona de 
Castilla , aunque estimados herederos de ella , los infantes 
D. Fernando y D. Juaú de Aragón en el reinado de Don 
Enrique II, y los de su hijo y nieto tuvo la rica hombría 
de Castilla , y f ué oficial de la corona D. Alonso , conde 
de Denia y de Bibagorza , que llamaron en Aragón el Du- 
que Beal, y pretendió suceder al rey. D. Martin en aquel 
reino como nieto del rey D. Jaime II. En tiempo de los 
reyes D. Enrique III, D. Juan II y D. Enrique I confir- 
maron como ricos hombres los infantes D. Juan y D. Dio- 
nís de Portugal, que después se llamaron reyes por muer- 
te del rey D. Fernando su hermano mayor. D. Enrique 
y D. Pedro, hijos del rey D. Fernando 1; Juan, conde de 
. Fox y de Bígorra , soI)erano de Bearne , y Juan I , conde 
de Armañac y de Bodes , que teúia en Castilla los conda- 
dos de Cangas y Fineo, y era hermano de Borra, duquesa 
de Orleans, madre de Luis XII, rey de Francia. En tiem- 
po de los reyes católicos fueron tratados como grandes el 
infante D. Enrique I, duque de Segorve, y los infantes 
D. Fernando y D. Juan de Granada , hijos del último rey 
de aquella corona. Carlos Y trató como grande á D. Fer-, 
Bando de Aragón, duque de Calabria^ heredero de la co- 
rona de Ñapóles ; y miró S. M. tanto á continuar Ja igual- 
dad de los grandes españoles con todo género de príncipes^ 
que cuando el año 1530 recibió de mano del Papa las co- 
ronas de emperador y rey de Italia, eligió para llevar las- 
insignias de la coronación del imperio al marqués de Mpn- 
ferrato y á los duques de Saboya , Baviera y Urbino , y pa- 
ra la coronación de rey de Italia nombró otros cuatro pría* 



> 



EXPOSICIÓN» Mli BUQtlS DE ARCOS A FEtlPE V. 349 

cipes y á saber : el marqués de Astorga y el daque de £&* 
calorra^ grandes de España, el mismo marqués de Monfer- 
rato 7 Alejandro de Mediéis, primer duque de Florencia. El 
rey D. Felipe II trató con grande igualdad á los príncipes 
y á los grandes ; pues desde qbe por denunciación de su 
])adre sucedió en la monarquía , puso en el consejo de Es- ^ 
tado, con diversos grandes, al duque de Saboya y al de 
Guastala, bermauo de Federico II,. duque de Mantua, y 
cuando celebró en Bruselas las honras del emperador su 
padre , quiso que llevasen las puntas de la Loba los du- 
ques de firunswiek y de Arcos, y la falda el príncipe de 
Eboli. El mismo tratamiento que á los grandes dio S. M. 
á los tres duques de Brunswick , Enrique Erico y Ernesto, 
que estuvieron en su corte, á D. Pedro de Málicis, her- 
mano de Francisco II , gran duque de Toscana , cuñado 
del emperador y suegro del cristianísimo Enrique II el 
Grande, y á Felipe Guillelmo, príncipe de Oránge, sobe- 
rano de aquel estado ; y este gran rey y Felipe III , su hi- 
jo , apreciaron tanto la dignidad de grande , que no la qui^ ' 
síeron conceder á muchos segundos de los príncipes de 
Italia, ni á los poseedores de otras casas soberanas, que 
ya la tienen. Al príncipe de Tingry de la imperial casa de 
Luxembourg trató como grande cuando el año Í6t2 vino 
con el duque de Umena á Madrid, y. Felipe I no dio otro 
tratamiento que el de grande á Wolfango Quiliclmo, du- 
que de Baviera, de Neoburg y Juliers , cuando vino á Espa- 
ña, darlos II trató solo como grande á Alejandro Farne- 
sio , príncipe de Parma j á los duques de Guastala , Savio- 
neda y Bozolo , príncipes de la casa de Mantua ; al duque 
de Holslein Gotorph, príncipe de la casajde Dinamarca; 
al príncipe Eugenio de Saboya, y al príncipe George Lantz- 
grave de Hasia Darmstad, á quien tamlrien, como al prín- 
cipe de Parma, favoreció con la llave de gentil hombre de 
su cámara; y de esta calidad fueron siempre los príncipes 
á quien los reyes de España incorporaron en el gremio dé 
sus grandes, consid^ando en estos todas las altas prero^ 



3g0 HEVISTÁ 0J5 MADAID. 

gativas que pudieron constituir los postores del primar 
honor de la nación , y no hallando én aquellos der^ho para 
distinguirlos y darfos preferencia al venerable cuerpo dj^ 
los grandes que nunca conoció alguna. 

Que en los grandes españoles ó en los mas de ellos con* 
^ curra con la dignidad de grande la de príncipe de la sangre, 
que aunque en grado remoto los dá derecho para poder su- 
ceder en todas las coronas de España , es cosa facilísima de 
íustiílcar; porque siendo admitidas á la sucesión de estos 
reinos las hembras, la corona de Castilla (á que con e| 
tiempo se han agregado por hembras las de León , Aragón, 
Portugal y Navarra) entró por hembra en la de. Navarra, 
después recayó en la de Borgoña, condado, luego en la de 
Austria, y de esta en la de Francia. De forma que no se 
puede dudar que todos los grandes que legítimamente des- 
cendieren d§ princesas de estas casas reales, tendrán en su 
caso derecho de suceder en ellas, y que así son verdaderos 
príncipes de su sangre. Que la casa de la Cerda proceda 
por línea legitima del infante D. Femando, primogénito del 
rey D. Alonso el Sabio , Iqs mismos reyes castellanos lo con« 
fesaron varias A eces: con que no se podrá negar á sus des- 
iMsndientes la calidad de prínpipes de la sangre. A los du- 
ques de Segorve y á los nietos de aquella casa que descieur 
d^n dd infante D. I^nrique, duque de Yillena , hijo del rey 
D. Fernando, primo de Aragón, infante de Castilla ^ nadie 
disputará su acción y derecho para suceder en an^b^s coro- 
nas. A los duques de Cardona y Sesa, que sobre proceder 
déla casa de Barcelona tienen tres matrimonios continua- 
dos con tres princesas de la sangre de Aragón , Dona Jua- 
na de Urgel, Doña Jqiana, condesa de Prades , Doña Jua- 
na de Yillena, son indisputables sus. derechos y calidad de 
principes. Ni tampoco se pueden dudar para la corona de 
Portugal al cmáe de L^mos y á los otros que proceden de 
ella , porque el conde e^ quinta nieto varón de D. Fernan- 
do 111, duque de Ikaganza y de Doufi Isabel de Portugal, 
hermana entera del i^ey D. ]U^up|^,é bija del infante Don 



BXPOSlGtOH DEL 0UQUB Iffi AECOS A FfiUP£ V. 35t 

Fernando, b$rmanp d^l rey D. Alonso V. Estas y otras 
muchas líneas qne se omiten , })an pasado de unas casas 
grandes a otras de tal suerte, que se. puede decir pertene- 
cen Á laidos, dejando á cada una su derecho después de 
]a otra , para suceder en la corona de. que procede , y pa- 
ra ser tratado como príncipe de su sangra. 

Fuera de estas líneas indubitadas é incontrovertibles, por 
donde los grandes españoles son principes de la sangre, tie- 
nen sus casas otro derecho , que aunque mas anciano , los 
asegura el grado y tratamiento de príncipe, porque hay 
muchos que reconocen el principio y origen de sus familias 
en los antiguos reyes de León y Navarra; otros en los con- 
des soberanos de Castilla; otros en sus primeros jueces, que 
descendían de U sangre real de los godos ; otros en casas 
que tuvieron soberanía y dieron princesas á varias casas rea- 
les 2 seberanas. La relación sería muy prolija , y por es- 
fi^ttsarlá se dirá solo á V. M., que la casa de Lara, que pro- 
cede de los condes de Castilla, tuvo en España las soberanías 
de Molina y Albarracin , y en Francia el ducado de JMarbo- 
Da; que el señorío de Lam recayó por sangre ep la casa 
real de CastiUa, y que aunse pone entre los dictados de Y. M^ 
el señorío de Molina qne-fué de esta casa. La casa de Haro, 
cuya sangre coii el señorío de Yiicaya usaron el título por 
la gracia ds Dios^ dieron fueros á sus siibditos^ y lograron 
otras grandes prero^tivi^, y de esta cwa proceden tam- 
bién las de Mendoza y Ayala, d^ ci^ya sangie participa la 
casa BeaL La casa de Yelasco, ilustre entre todas las ^las 
ancianas de España, procede de Ñuño Nuñez Basuiii, uno 
de los dos jueces de Castilla, y descendiente de los reyes 
San .Hermenegildo y Becaredo. La casa de Zúftiga prueba 
sus filiaciones desde el infante D. Alonso, hijo; segundo de 
1). García Raniirez, rey de Navarra.*Las casas de Acuña y 
Jirón , que unidas produjeron á los duques de Escalona y 
O^una, descienden del infanta I). Aznar Frnelas, hijo de 
Fruela II , rey de León. La casa de Moneada prueba con 
testimonio de Tos owmos reyes de Aragón m procedida de 



352 REVIST^l DB MADHID. 

los condes soberanos de Barcelona , y no solo se enlazó por 
matrimonios con los sol)eraaos de Urgel, Amponas, Pro- 
venza y otros, pero gozó muchos años el principado de Bear- 
ne, que recayó por sangre en la augusta casa de-iFranda, 
y por este medio tiehen los Moneadas la gloria de que sea su 
pariente mayor el rey cristianísimo ; y la casa de Toledo, 
siempre fecunda en líneas y héroes, no solo es estimada 
procedida de los antiguos reyes godos, pero tuvo la suer<^ 
te de que perteneciese su sangre^con el estado de Gasa-Bu- 
bios al rey Católico por su línea materna, y á V. M. otra 
. vez por la serenísima reina María de Mediéis su tercera 
abuela , que era nieta de Bofía Leonor de* Toledo, gran du- 
quesa de Toscana, bija deD. Pedro II, marqués de Villa* 
franca y nieta de D". Fadrique II, duque de Alva; y á es- 
te modo hay otras muchas casas de grandes que, en fuerza de 
su origen real y de sus repetidas alianzas con las familias ' 
reales y soberanas, han pretendido siempre el tratamiento 
de príncipes. 

Hay otra razón por donde los grandes españoles entien- 
den debérseles de justicia el tratamiento de príncipes, siem^ 
pre que en la monarquía haya alguno 'superior al de gran- 
des, como es el que algunas de sus casas se formaron dé los 
hijos ilegítimos de nuestros reyes, par medio de los cuales 
se estableció para los grandes el tratamiento de primo, que 
en lo antiguo no lograba alguno que no fuese de la sangre 
real. Que los hijos del rey D. Alonso XI y Doíla Leonor 
de Guzman fuesen tratados como príncipes, no solo se jus- 
tifica por las historias y por los instrumentos reales, sino 
porque D. Sancho^, coúde de Alburqnerqne , que fué uno de 
ellos, casó con la infanta Doíia Beatriz de Portugal , y. á su 
hija única ¿asó el rey D. Juan I de Castilla con el infante 
D. Fernando, señor dé Lara, su hijo segundo, después rey de 
Aragón. El mismo tratamiento y estimación de príncipe lo- 
gró D. Alonso Enriquez, almirante de Castilla, hijo de Dotí 
Tadrique, maestre de Santiago, otro de los hijos del rey, y 
esto no solo se comprueba con que en los privilegios confir- 



^no Q9pili| alt^i pstimatíeo ^yie tairp 9¥i!&[^aáa y conseryi^a 
8U3.suces0i;^..3tt Uijp p,,}?,^riq,ue ^,^ aljpirAat^ de Íds 4?^ 
&^ cai^ 9 íi|^ taiabiea t^ajta|i<> fómo príqcige jfffv lo^ ,reyes^ 
de Aragpo , ríavari:^ y otros , y él fip^mp |n. yfq*m W 
qí^ :e9C#?ó al rey I). Juaa U , y están. i^apreM» eaf u, 9rp-r^ 
i^ca, «ft Uama tío avyp, cosa q^e a^uja iiuidtio el cará^j^^;^ 
p^ro la laayor pirutíba de iiu elevfiQÍoii$e^sfj(^ de J^i^j^r |0a-:'^ 
sa^ á un ii^iamp tju^sipp una h\¡a eou iel jr^ de ^fa^iarri^^^y , 
uaasobrUiay bija de la cond^ de VenaT^^te^^auí^riit^pa^ 
fspp el iafante D* Enrique /duapp d^ TiUe^oi^,, ijmboflL h^r- 
niiuiW) oiñadoa y príiaoa berma^OA d^ les reje». de jCbtijOi^ 
Afugw y Poi:^gi|l. T^yo este ajjB)irf¡q^l|^ felicida4 <le -{% 
í aa bl^) reípa d^ Ari|go^, y á aa nii^^ r«y 4e. 5ifi%^.jj 
príiicípa4a Ca^UUat.por cuyix opiedio fm^pp 4 jpoct^siaAcM» d&s: 
cendiiQDtes s^y^-^odaa k)ar^e^cwtiaiM>s«IjpS}dqqii^^ 
Noi^alto ; enip^i^oa ^a D. ]f§^la^dQ de A^'a^^^, b\j|o^ ^ 
p. Ferp#^da 1 1 re/ de Kápaka, por cuya ca^ea 1(^ ^M^,^^^ 
jmc\ai es^UmacioD, el ejpiperadoi; Gt^^los Y y y su c^ ;;€^i^ 
a^ya^jaa pr^pgati va» de preceder ^n aquel reipp á tofiif 
loa graade^ y titalos , y á ios aiete grapdes oíiciaieeí, ik) p^íf 
gar derechos ,de sus- despachos eq la Gbancilleiría cpma ,19^ 
de la sangre real, y asvitir el ppseedpr de esta casa c^j^^rt^^ 
debajo del dosel en las andiepciaa póbUcas detqs YUieyes^ 
I««»d«d.Urtopro«de.ddú,ímtep,.. "^ 
de ^ Beaumont, hijo de Fc^elll y PoQa J}tfm^ reyes ^^ 
Nazarea, y no solo oelebrarou dos matríniompa cfín, ||i(ja^<^ 
los :i«yea de Naviurra y de Aragón « pero una bija m^g^y ^ 
a$ con fi if^ant^ JX. Jayme de Kayarra, por coya? f>^4^ 
icaUdades {nerón estucados estos condes com^;pi2Í¡pc|pgSi4p 
aquella ca^ peal, m cuya atenciQívsojl^ da. por ^^trp9 
p^efi el. tratamiento de ilfuife pftmo (1), qu^ uo^se^ (^f^^ 
d^ per QmW^ 4 los d^nite,gsandieB lqer% ^e]l di^f U|f > c|i^^ 
govbftvsioo, siendo vun^ixes,. J^.maRqif^s)^ 4f^ ^YHJ^^T^ 

(1) Felipa {!» Dnonne ce^ men^s f^res aU coiipetablé de. Momorency* 
anuilDA XP0G4— T(MO VI. ' * ' ^5 ' '^ 



UA • • lÉVlSTA tsk 

Í¡fom^ , tíljb'-Aiktírüt' dél'i^y'9. finrf<tu<f II <ié eliál9Rá;'y^ 
¿ff 1$^ á( loé tii^bda c6mo prfóiApé', '^oéaa díMeenffiei^ 
Í¿¿UúúM la'inisniá ieüMatt'iéii I^étógaf, tóraatfdb'éer 
ÁÍStlátrúM¿ni»bltísÍJttakós'4e.áItt> Jr j^b»Ñ>oso'|^iiél^'f 
«éftúr, ^ siéódó traMbs pórh^ tejfés. .'.'. - ' atnlauii tléi»|> 
pífüai'ó&;'b' sóbHÜi», yégtftt df %í«ídó d^ ^^éb«6^' éá. ^U» 
«iéii/bán. Ix» cflínifeg de' Leffióá ti«am Ut ¿éistt jr ^c^deáUÑ 
díon (í«Í ittáestré de 6dH»a¿9r'l^-'Pa^4«iM, l>(irtttiiiiO'd<aMWri 
D^. iÜHd^ü'TKÍc^tíibftSfíaV'y D- l'edrl) ^^ iQlistniá -Mt Ji9« 
mk^^,-^£ fdécmiáe áettésiáaim, Lcftii6é t S«fi<i^ , ut^ 
«Uió éiiíiflíi i^vllkgiM 'é 'iÉsUruméútó^ ftiale(( Mirütado otfu 
áki' piríbéfpijIhiíAiindolé tSó , pfliÁo\6'sofariHoi¿(« biít^eB^ 
M ét áfitr 1390 filé defetahido «Mcirdel'ite^ D.fiariltÚc'flí 
j tégevi(¡b áb '«vtiMiió^; qoeé^ ndtoi'ib-éetbáé'pktfiipiS'dtf 
fil'sáíi^éí.-'tií Uísfáia calidad taV6 1), f^i^ dé tiiíMillhi,' 
stí Ujú áá^ tíe Arstína, cóttde'de'PiÜ^ttiMtf^ pbi^lá 
&1^M dé dUtiiié qu^ logró, nrÉH^^^aütá ébtotNM «i^lMÍi 
iHá dárdó á'péréoaá qfüé Ti«f tóáie ákh éiv/^ real, 'y'á éfid 
lili, eh tjaé jptlB á la corte 4e Atagóir, di¿li Z^tHk titte 
m^yfíttiwí'á r^bir los infafates^ y todo» lót^ ^anides ;^ sé^ 
^^ ipjfe í^ fatíHÜbaa ¿a cifta , y caavdd el flifédió áffe «»> 
%r6 éá Korella, ^1 l>apalieiiéatefo XÍÁ , qaiso el r<^ D. íet^ 
üfáñdtt lUeTar thiá de la» varas Vfel paKo én ^tt^'foé'^reeí^ 
íiitít, y para láé dtnis tionibró lit intíiiifte'l)-. BÚacbO', liu fil- 
ló, «í«oadé IV. 1^8drít[áe^, ál Mmtfáúte &. AittüMlleiíriqíieíi; 
á' 0: Ktirt^é dé 'Vtiíéna, ptríDrdpé'de U'^i^t^, y átcond^ 
itttíií^Áéi. Desalíes domtó «t véy tá póMlM el diá SS -d« 
jdtib, -y ^ «¿Aturen «ii sá iínisma irié¿ «^ fédb úVéáró d: ál>- 
'düfáiflii'V. lAíiim EúHVjidéz y el cunde de TttiNátatiiÁiv ^^'M 
ifiáiééi^ élitafimce D. SÜa¿bo, «u fiiib , Y D. mH«ttM'ldfe 
Yiüélíá: ¿ostM tbdak c^ ááegMin sétf WtMdUsf d^iáb -^^KM- - 

áií ¿títl^ Hay €iÍrtbdbsplfoÍ!baflt'M!ftlHbftls"d& éMH adiilU^ 
porque el rey D. Juan II le nombró el año 1225 padrino 
delJkWáiií^ del pbéít^ a. ÉhMdiíe, 6ir b'ijo; dttíbtu» 

t -J • . '•; ,f-~f...:iX AU0.5.Ü 



EXPOSICIÓN DEL ífeHJíMÍ' iSÍ» ÜÉtfSÓé'i FELIPE V. 38** 




rfifte^Táiih4ÍBteaít!eihpo'^e'¿u'fftaerti;^^é"1«de<lldetfii»^ 
eá&ioéñúimíéée Satíta ^áfSTtffe ¿Éíf fflá tfé MnftfBW«ííf 



ejitimc 







eááa 'á'btra '«é' há p¿«ttl)"¿qiib1'Hr*tamítíifópí1)i*|uSl{¿a 
^á-i*feíílécAia; fiero kan negáaó éíémpre'todJÍ' cffiíl|ttmáít 
y direretíciáéh las' éórtesíáá y íibnorék á'lófe ^kfíap*''ei5 
• tt-anjeriis' áe '¿uálqdíéí'cálííl&tf , M^V y ¿ífeuráá'^'&mn'. 
Sü'pii'éstas ya' las rázÓnéá'i)bi' 4u¿'íós Jn^ánfleá'túWerótfMerír- 

¥aíi' 

' w 'áíf tfó'és íé^ nv mñaáórík' iá 'df h¡aaa%é %A^, 

«itro éxiÜícaéiBíi ^ téstlfribniá de lá ¿áidáíl á^^iMcif^tfé 
Ik'saógre Véál , 'yque ftíélaidos con Ú mtüpoWhíS^íMm 






'dftd mía ée ^f, ¿1 ^tíDfdp;í-¿1^6Íj[e/%át»¿cWy 'üó ki^V 



«t EfpifiA.otro gr^dó para los de' la €Sf^ reüqm^ tM^ . 
fMtCi, UwM^i fli<nipre,pi(ta loe íiijos l^fUpuos de los >ey«i * : 
* ia mifHM priiebi(| <6 W» fácU se «aea ttel estilo ^: Ari^go^. 
dmle loe marqiiesee tieneo ^ tratamiento da {Nrinioe t^ 
ser glandes,, y del de Portagid donde nq se dá ¿1 .Iratanñe»-; 
t^ de les dignidades sino i la sangve; de forma ipie V7 : 
naoB mai^qimes ó eondes qoe son Uamades firifiM» ó so*^. 
lini^ d^aftiidloerejes^yplrqsipieiiotieiieaiiiisleat^^ 
fluesto qae el de Jkonr^ifai taargué^, ó eovde amigo, m^<^j 
doasíqae todos ¡se jenbren y se sieIl^n|y tiidoa^eiigraa-:; 
des aoní^tte.^oii dietliicion entüe lasdigoidadea, JEalas coro-. 
Has de Italia son Uamadop primos les j^intlpes y duques,, 
a^mqoe no swa grandes. En el Uamt 

y, M primos á los eahaUeros del : 
y <>lras personas aunque no tienen grmd^f* y en GaetiUi^ 
logrfUL el mísipio honor los eondes de SaldaQa y de Castro^. 
y }os marqneses de Ay amonte y YUlaiHieva del Fresno^ y 
aingnno de ellos es grande. Pero enlnei^lo al 0]rí}ra, b^* 
remos fiie hasMt d tiempo d^ rey P. Enrique O, aii^u- 
po de los prineipc^ de la c^sa real tomó en k» jprivii^os 
reales él tratamiento de primo 6 solnrino del rey , y qn^ es^ 
te príncipe íné el primero que lo estableció. La nqiatiya 
se oompmetia por infinitos priyilejios que hay impresps^ 
y guardan los archivos; y para estabLecer la proposición 
no solo urTcn los mismos privilejios comunes, sino los 
particidares co^oedidos á los mismos prii^ipes,. Enrique 11 
dio el áfto 1371 á Aguilar y la tierra de la reina, 6 Do^ 
JnaayO. Atonsosussobrinos, Uánuindolosasí,!éAíi<M ¡ief 
conde p. Ttllo su hermano^ y siendo ambos bcvmafos y- 
aietoa dri rey D. Alonso XI, bailamos que no Cuerqp 
ambos grandes, sino el D. Juan, que era el mayor y vifñ 
hjsredado j y así en los privilejios del rey P. Juan I eowfifrr 
núi llamándose primo del res 7 ^^^ de Aguflar. dfH cps 
el sef; primo del rey no es Ip ^ismo que sfirgren^-, pu¿ 
no ifuié grapdiE; D. Alonso aunque- era^primo , h^^fioiwp ^c^ ^ 
rey. Él f:ey jp. ^my^ UI llam<itiosuyo á D. ]^Ñrif^l|lar 



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woáU. Pédiil MsMdi; Éittérr éá flbaUtf égfrey 7 á 9. Te^- 
tiaiMto ^HMH», M|dg4(« eóQdH, ottiea lé dlétiíAaiiiieMo 
tié ptlino tf fliiHifiM, Ütt eMHirgí)^ de 8l»f f i^áde él B'. f^ 
ifó, eomoló jtifillMeHí miiéhas eotfftrmÉÉiélií^ siiyis. H«lh 
1á tülcü eMs^ 9«e táétiñ de te «Migre lett f'<iij&'h' 
tirik^imfíéé fnéíL mfiá^fée^^ toeboMreré^'tegrÉH- 
éMi, « ta&á TTttM ^ éér i( ttMMiiefito de {WtaMi dU 
IMMM# de^«gt]iAHl#i grattÍdteC|^olP^ Út^ Ú. fMn^I 

itfib M tttfáttte 0Í Haáod'; f álés^WlttÑMi'fMiéÉ 8¿ M. 
bfi IteíataftriiM^fliieditoa^ ^i^i^W; eüto^tOi^tniilitfdii- 

i4(i46iieiMMr-y ftfi Aii|M>4é AbMhMUe^i^ffW^'boIMta^ 

( M 7 el ¿Mdé, y.fiMí j^wi'piK^fcsiÉbee ee eripe qiA oto 
^podün tMirJertMb:id ^modMi, twatapites i ricli l ía É — ly 

^ ^p» «l>tí«ifti»iMMii^^#el^4 idb» 'te eaiidÉé de^piüueípesde 
Hte IsuiglPe^^ «diÉio>M;loé^daS'flM9|Í«B jmtMMÉ^^ ^ ello 
llmk é^^tm^n áBám' á te ye «igede es ErMiya teikiAe 
'iiMtadeéi'tiirsoh pftpeip i o .de te«Éii0r«4»teeeeito«iMBSlif^ 
~ «ma^ niwgft^W d%^ MMáMek, teslMoaifes 
^yflidnde'|>fidci|iwt em'jqpe Moeiftiaei eoiLlafe pÉi»te-> 
I Ifü^ phiiqfte v pii B¿ á i a^oritei dif^Bidedi T^a^^^mmptmm 
,<lMWtt #etotABtiiádi4*6Qb frie: pr<ei íüiépuíi. leiiietéetjMifcwídw* 

- fneUsenden A Melpifle «ÉNeepmHteéteriHl^MdilfrteK 
"^ei|íiedeitevnM<gi'e^€Égilhwh» ^¡fcgtáiteidejMMiiit. .(¿ i\ v ri( 

- Be» t«iwta»A^ riii i d i d .^frtüMpieidd te nn$m rikh 



sxposicion D^;ftpfljjE.j^E^^99f^ a Fbupe V. ,^ 

/WP^ |)fra.,gD4ff^ ^vi(^ jjodep y autoriza J?9r^ r^spí^^ft- 
.^4^i,aijMmá^f^a.;Hei;fla4^)ii^.cii ^|^f%(t(>i^ Óurf)^ Y 8a^,¡^ 

-fflfm'^Mm^ m^Wm ?<ÍB.?1 rey y,,la ^éih}Wk 
dose nao íioj^f^Q; i»riflio,<Íe,aii^;, y. 8Í|Wíft #.<*!?#!" 

«Wc?fflí» y «W4«í ^uftWf <?'^bW íI\P';.M <l|giMjil^,i|pljf i;^ 
. fi<fi«.;.vy ««ni^SMÍ^, 4;e9t*Wa «i W ^^tablecjWfi^ito 4c 

hiiH»., ,í^>VffFVffi (mifl f»'^-««;olüo íiFftfJF'lfí» -«liiW^n 



-II? 



Veo' ' ' ' ¿BVtSTA ¿K MAttiró. 

Viái' ¿e algunas ^'articolares, que sirven para todas en ^'«- 

"^áeral / respec^ 9é lá igualdad de los tratamientos. Laréiriá 

'dé Espafta'tiermatía de Fox, en carta dé f9 dé setiembre ife 

1510, al áüique del inilintado nuestro muy caro Primo, y 

en otra dé 21 dé Diciembre de 15ÍG á la condesa dé Salda-* 

'fiá'Doñá Isatiél de Aragón, bija del infante D. Eñri<{ae, la 

llióinbrá madre condesa de Saldafia nuestra sobrina : dé qote 

ib' jtisti^ca qué ló« grandes jr^los príncipe^ de lá sangre ttf* 

íiián ian mismo tratamiento.' La princesa de Gspafiá ^DiMh 

'llat^áVitsi dé Austria^ hijin dd emperador liCatimillano' Ij hí 

'batía dé 15 d^ óctttíHk de fSíS ál daqáe del InMifUM, 

éñipieia: áuqütpfimo señof-, llcsaba: dtíqné primo. Séñ^rhA'- 

'i/ü oknostrú$ en su e^pectoí guarda: laflfíioia dicerTtíésMa 

"¿fítnávy tnii'ihnyí Margarita ^ y el sobrescrito: d ^pH^ 

''^áúiehoreí dtiqne del infantado. Y esté es un bonéHKií^tn- 

j^líár aprecio, pues bieh notorio es ciiinto^ Iñedíé paM '^Ue 

áuéétros reyes' hayan concedido á los dbqtiés de FIoreh<áa 

'¿I^támíiento qué boy' seles dáde íeHar pñmdj'Ün bá* 

'"hérÚ querido * conceder &át¿ ¿asá Sobetiatiá.^ ; ' • ' ' ^ 

rabba á'Ic^ grábd^ 
El emp€«*ádor Fei*- 
iínstré'huéstro primbj 
y él énníperádof Maximiliano tí, stt bijo, en la instrticeiiíii 
'*qtie'di6al árcbiduque Carlos, su berhiano, cuáiido^el aáo 
^'llféS^Si^no éÉspafta, üamaat ddqno dé Alba, el itastrelMu 
* 4^€^átido de Toledo, duque dé Am, e^.. hnésfro j^teocli- 
'l^jib.lá reina Dollit Leonor- Infanta dts'Eipafla, siendo reiba 
' 'de Francia', llama al lA^r^u^s del 2enete muy ihutre fnarquis 
~'niiéái*ó príino' año Í558; y el de fStS, siendi MiÁ- de 
Portugal; tk'faba á)tós^^irkhdes débotiradb' y magnflÉtiO dti^ 
^^'qde núésííÜ iñáy Uto y estimado' piribio, y él mi^d estilo 
''¿yéí^vócon 'ellos iá' reina l^óñHlilkría dé tJhgrf a, snberbia- 
^^á'/'íf aiídísétí i; rey' de í ráriéia , y éTIÍéian «ú bijb, eá las 
"'áfrlSs '^é'éáíHiÚ^éróñ iíid^qué d^^ dáiid^ céSén- 





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es eoM» iMtan los reyes ef:i8tiaBfriflíia» á los mayores sobem- 
^m, yi\oi prítíeipes de la sangre. La emperatria Bofia María, 
lafe&tá de Espuíla, bija 4e Carlos Y, anearla escrita elaiEh) 
t&72 al marqnés de Mondejar le llama, iUústre fmrqués ie 
Mmká^wti Wk^lTB amado priwM. Los reyes de Polonia Este- 
ban Batory y AnasQ mujer, en carias escritas elafio 1&78 
íA mismo «mMiiaés déMondejar, le dan el tratamiento de 
seCorfa ilnstrísimt, que es como todo los reyes del Norte trá. 
taíiU los grandes y le llaman Uostrísimo prtndpi domino 
maioé nostro earissimo; £1 atcbida^tte Alberto^ conde de 
^flandes, cttiládo de félifM III , trataba á los grandes de miiy 
Uk$tre lellór y señoría, éomo se xe por carta del año 1600 es* 
eríta n\mÉSN¿íiA$étí^Béméf y el seior r^ cristianisimoenei 
poderqiie dié almarfoés delGarpío, D. Lais^ para que sedear 
^pasase en stt kiombre con la s^ora infanta Di^ Marta fe- 
tesa, le ttamn nuestro mny caro j bi^n amado prinfo; 
j A éste modo son los tndamientos que se eoncedi^oft ^Uem- 
'^reá ios grandes, y no se prildueen mu» testrnumios de ellos, 
porqne^oon eslM no ae paeden dwiar los otros. Estableo!- 
da ya con tantas éje^pios lo «stimaeion grande qiie faiéio* 
ton toctos ló& t^yes cristianos de los grandes españoles, pa- 
sMettM i aikstrar cuánto los ignalaron nuestim* reyeaoon 
'k» pHücipeade Atomania, de Francia y de Italia, sia eioi- 
fenrgo de qne los intereses' de estado obligaban á distinguir 
á estos eon nmyorés e&preñones de honor. EL rey cat^ieo 
taitü 4 los príncipes Vitalia, á saber, Mioya, Mantna y 
FeMira éeUmMümiy eonmíiuineú nosiroi earUiimOf que 
eorresponde al nrimoio tratafoiento qne daba al daqoade 
MgQftlie y al eo&de doLerin, sin embargo de ser subditos 
de É: M . Garlos Y no pneée hacer ejemplé a^iMtras fué am • 
persMtorcidn los prín^peá dependientes del imperio^, éon 
' qoien hnbO'de'ObeenFar el antigoo estilo déla chancillería; pe- 
ro antes de temrtefdignidadimperial> los trataba «orno d r^y 
clili6IicoM' abacio, y es^bieado en francés llamaba imnwi/h 
gtl^'ta priflio, MtMide loan^de Ostfrisio, prhidq^ áü impe- 

aSGVHDA CF0C4»-*XOlfO vu 46 



I 



,« I 



-cipe deí iinpeño; aV daiiii6f^Gl¥ist$Uw<lliÍI W(9fsm^^ 

.stngfe deiEaeooía y goiteroAdar ide.aq^l .PMi^^iá. l0s 4«- 
4iie)3 de Boaolmti y de YaadanUí {i^rtf^gaet dfJaihBiii^ 
Franoía^ ; aV düqu^ d8 Lor^na. F«bp^ Ú lim^i» .l^.^t^MStf- 
res y otros ptíncipeg del J»p0río,:d6.dib9f(i^k9(> fWí¡imSÍil^ 

rlafi^casUs ilüstrísmopsíaoipi f^^oanQ^tiiofii» mi^tw^ 
Mmo/A :k)&.du({a^ de JSanUia^ Fcítrátoa^ tUf^ROwF* {Wir«yi 

JüAxah liLiiy t7K«ítie do^tié tioiUroimiéí 6afio.jinitNieiy jr.Ü ]ífl9«|etB 

Mpnneipe^de.itaiHksfgiaadoflidd e6to$)<ó ^^^^^ IMhur, 
>iiegé;4sl tratenA^to de,pi?lrM, iCDivMi4'^4irOf^tate vMbHiiife 

^da, marqués de la CUdttto^ :|^fí«ei(M A^Xim^^ . J{oqm9|^ 
ValdUan^v Sc«'(tePomhtiayomdi»de.kiMh^i^ 

i yafia yJafesf^dB lae tasas «tean9S.ii>lIai»fl^ ((|«^^ 

- cá , llaniando^á u&Os iftalrfi /betí^ i^jttmidfM» y ft olKdQ iliiHI- 
-sXfiñ tira.6iticete* Rdhés 4ileott)^;S9b«Mí^^ JS «Pf* 
;<di!i eotéjaDjel'(tUít S. Mv i>b8efnrabi^6Wiiioa<|^[i(j^^jj^.fe 
-ifaallará qae sia'«m))ai^ ^de» $er iiiJtdíAiSiite li^ monnf <p(íi, 

^•ñoseciiesfisnrio'gftiiar frttda ' <^0fi Kit4:«itf- 

(nidlite.tratot(knieiitos9.l0& dafta^^ lt.rel «iMnonqii«jifQ(yr 
:0hQi grqndte prínetpes^ y majikic {que (A e(lro«< Iia%íii9ti|i|p* 

- loíoa qlaepqra jiiI$ traianijsnto^idíó IV^^ )L i<;^9. <(ti«lll djs Aw*- 
:itaa, «ui hennaaaQ, fioando^ ftié4 8eCigMiei3al:de*|a|igikiKHMfa 

«l^trareo ^disdarla l^ieii la aüsiiam coO'^tUB ii|i«f^ ^ füjppl^ti- 
>iéor:de los gnalfediíi» y ^.eliosja a«tMÍdad |1^ i^^aipnMmfP^ 
.de* Ib sangre ide iiÍ94^fia^p4»f^ já^^rdm^tellf 7^ 9iM^ 
. S^iJuan, 1^ majada -^tinil»? de . áIwMísís^ rjjTr/Bf oqí^i^^ SiMto 
«i^i^mo 4 .el eqttiv4laal^4e.«9kayrUa9^e¡)r:i|^4(M(ía'^ jieiHifipFÍa 

id«r^:k)sdiiq<ie$ d«.'^goriY9.Ai^^ Arü^hii» lnfim^p^fM^, 
JiddiDa de-Rto^e^y^]fAWilps toígfaftd^flH^PIfii^ 

- ípvopia aohmrla fii?flia \ (»t«^iltM^ íA» .^> í^. ífelpíá iios dcifiás 
M4uqiDea a^bditofr de..U.ma^i:qtMii]qiufií|?f $*J^t»9iDici^«A9k4jp- 

<\^A^\\mim i/t m#f*a^d y ft liiís-wiftW»i(deíW^ 






EXPósicioi^ D£l,,IW{{e£»g£^4^AQ<)ft A Fflipe V.:)t|3 

-4ÍP«>»Iipro. ^9^flu.e,ípqH pji^mm }<^m'i^^ a^e cí twiíwiw- 
^}¿)^4o^ígr(isi4Q%Cfti^sv8tejeft to.c^|i4f44e.Bí;^e¡|»,.aa,qpe 

jjWW^ejis^ «Jfüíxd^l dtt«}|P..^e }4^ltj%3r<!9tr« ^el.ií$MP¿le.AÍVa4e 
1 Ji^b^l^ís^ .^t& ^onpr COK i$:ismgreti>y-jip .<k>q la:>gca»4ei:a 

u4í»l«U%}<^WWt^íe««Kn9^1{l$•J^ d^9do.;y 

que de Umena; á Alejandro Farnesio, .BrÍ0QÍB^ ,4^4)?4ip^j 
-(M«»4^ AflA^ S^mmt'^ lA «aogil^ 4«rif awía,A;{»^IQ{éPM- 



f 



964 ' ABvifiéA Ite lüAMiD. 

t 

. WriSyCHMii^a MhBdni, nuera de aquella ^rhiéesá. Gte'tía 
eardaiales se trataron siempre coa igualdad los grandes ; y 
eomo desde el tiempo de Urliaiio YHI preteudieseti los eaf^ 
dénales la prérogativa de no dar la puerta ni la ittejor ú* 
lia á persona alguna de cualquier carácter que ftMe, lo 
cual establecieron en Italia con todos los soberanos, esoep* 
to Saboya,* nunca los grandes espaifoles quisieron toleriff 
esta diferencia , y el dilqne de Mágora, el eoBdie dé^MUAe 
y otros grandes tomaron puerta y siUa al cardenilBorfiíy, 
Velaaco y otrés. Pero como después han meo los éar¿teiiá- 
les cufióles bíjos de casas grandes, sus parientes inmedtli- 
tos los ban vMtado sin repar<>, y los demias grandes bán 
eaeusado lasf ínsitas de fermaUdad, y es de creer que si 
álos bttbieseü omitido el euidado^ deesas pnsrog^ttvas, ea- 
yeran en la ctosgracta de nuestros respes, pufes Itebiendo sa- 
bife la magestid de Garlos II , qoe el Pootifieé^ Al^tadfo 
Yin ccmeedíó al gran prior de Frtitiola, si^liiido de k ca« 
sa de Bullón , d traCamientc^ de príneíplB, mandó 8. M. que 
ningún gratide pasase á besar lA* pfé:al Pa^ ni suáMíttcMio. 

' res , si no se les daba el mismo tratamiéiito..'MBS elbis iián 

^ «tendido tanto á conservar sus preeminentiiiaB-énrtodtts par- 
tes, ecmio lo decfaira el caso: que sncedtó al dondestable de 
Castilla, cuando tol?iaido de su gdriertí» deFlaiidesréliusó 
ver«l rey cristianísimo hasta tener seguridad de que S. M. 
le mandaría-^ubrir , yesta rqimgnaneia fué mas notable en 
aquel grande que en otro^ porque debia tener presentes las 
honras que el condestable luán Fernandeí de Vehutoe , sa 
abuelo, débié ¿ Enrique IV d Grande todas las teoes ^ 
estuvo en su corte. 

La particular atención que han leniéd^ nuMrds Ireyes 

' de no defraudar i los grandes de las preMgMWaí#4e p¿ln- 
dpe, se saca como de baberkis tratado ignalmente con tos 
eittraiijeros , de habériós encargido aqu<^8 mismas fun- 
dones que en Espafiá y en los otros rdnos efecutareé éiem- 
fire los mayores prfw^ifles. iPara los bantiMfos Mé1«í qMda 
tfeto que fiara el úA rey B. Bnrique liy fiié'mMibftiito 



fexpofticfolir Mt .00Qi7fe m Ancos A FmPE V, Wh 
4 4t^pie de Arsf^pa, gr je «fi€«imft de pl^ el ^Imitiñle Pon 
Aloiifp^ fiíriqíia , el cíondestuMe &• Al'^ara de hatm y 4 
•djiilaptadp mj^ de Ca^^tilte t sqí mojéis» Xambieii fe. 
liaUaq[tieer duque de ^(ág^ray el iparquésde ViUena^ foe* 
rw pft4ri9os éA bautismo del inlnite D. Feroando» despiiee 
raiper^dor piriiiiero de este nooibre, y qoe pare el hanti»*' 
ato de JFeUjpe U lneroQ oambrados padrino^ c^ewdesta-^ 
bte>de Gastillii, lo^ doqoos de N^^era y Bejjar ^ ¡jr ke eo&- 
^ de/|KeiiaveBte y de Nasao, marqués del Cénete; y este 
acto se ba ea^rfado de la Juii^Mi forma, y con opas Iré* 
eoeoeia á to^ mfi)ntes ó arcliiduqiiea; Pan los easamientos 
leales, ^ q oe tanUea ffiero& siempre padriiies los prioci-. 
' pce^i^medtatai .ó los regreS) beUfiiBos ^pieeldiiique de Cala*» 
bri^ y jln éoodésa de Faro fueron pi^drínos de la* rebioon 
de diarios de LaiCf^, prí&espe de Salmona^ y grande á^ Esp^a, ^ 
qoieB se desposó en nondare dd rey erlstíanf simo FnuMÁscti 
I c^A ,to reiipa. l)cAi I^ en ac^^nda ma|er. Peí pri-* 
iner matr^iiomo.de Fettpe II con la infinnia BoOi^ María de 
PoHitogal, ft^ron padrinos Ips dnqfim deAlba D. Feraai^ 
do y Ddla Maria^Etiriquez , y* el doqae fiel infantado fué 
padrino del tnrcí^ casamiento 4f S. M. con la reina DcAí 
Isabd de la Paz. El mismo dnque de Alba, nombrado arri* 
ba , se desposó con esta princesa en nombre del rey sn ma- 
rido ; el doqiie de lerma casó en nombre del rey cristia- 
nísimo Luis XIII cenia reina ^ña Ana Maurida , y el 
marqnés del Carpió se desposó c<mi la serenfeima reina Po- 
íia Bbtna Teresa, fn virtnd de poder del rey. cristtantsio»p 
liUiavXlV: para conducir alas iglenas los principe» de Efr 
pañapara recibir el bautismo, eligieron siempre niiestr os 
reyes lag prindf^iles personas de í^s cortes, y nnas teces 
se sirvieron de los grandes naturales, y otras de Ids príor 
cipes extranj[eros. £lai|o 1571 llevó á la iglesia al prí«eír 
pe p. Fernando, el doque 4^ Bejar^ id priiifBipeP, Diegp. 
d duque de AIl^, aifo 1575; á Ffiipe III el afio 157$, 
Pedro de Mediéis, bermaiio áA ^ran Dpique f & la in^ta 
DqíMi María el nQo; 1&80, el dn^ i^i^e c|e ^pn^wí^l^; 



* íttipfe rr él'áfl6 l'W5, eltftfqtie á; Lái^nia ;^ a'W BaWti^ 
tkDóflk Bfargftrtte éí aííi f^R^ el- coiíde cFftrfüe flá 0!(t¿J? 
ifes : dte' itíci'te que ilí diVidfefon aqíieltbs fiifeiciones' énítré/' 
gra^désy'pfíncipeá^' conslderáfide^'ái todt^' ^tikl cárááiáf* 
y aütórídaá. EstlmaAin mmjjre efeta IgtialdSaá los lí^ 'áfé* 
E^íjfáflá yí Wáttéia de til suerte, qué tfeseáridó feiía¿ü*ró cdh-' 
serrai- tePát)téndor áeítifnoharqufá, ctím^ei^Ai' éíi Vi-aH-' 
ctó á lósí^íncfpéi de la sarigi^eóe^xtráiijeriifei'lbiitié-cn Es-; 
ptíñíi Á lóS gi*andes. Cuando Télipe H *üp6 '(ftié Ánti)iiííf* 
dé**H>6ri , duque dé Tafídóni& , prímél^'ipl'íhci^e tfí la saii-* 
gre''^ rty titular de NaVaírra j cT cardenal 'sd hdrfiííínby y' 
c! príncipe dé" la Boche Furión, hablan 'íé'conflul^rhááta' 
Í6ííHrr¿feós, aiftd 1S«0, á laftéina^üSítíí^éabel déla t>az,i 
ftómbW? 8:' M: • píW que! rfedbíésen' á¿ éflofe "*• ^éslA f^Vítiéésá 
y fe'^céndujfeen^á'laf cortfe, al- óáMénál «Té^ óafá f blWáp'o' 
fléBwgos y áf duque del Infantado: Y^ekmuf ^oíaBle^ p6r 
té'^ue toca i la ií^áTdad fle M- príncipes y los grandes,' 
ü!icapAulo -ft'lá instriiccloti^ue S. M: d« aV^card^álf 
aí!'4ttq¿e,--p»éitii(5¿: «€9 dicho príncipe de lá-B6chír;'diáiiai 
dé Tfetíii* hasta^lk raya conf la reina en ¿í tñistóo lugar' jüe 
ttS'íAros, aunque heclia la entrega, lía <le cesar en' efetá par* 
te mi pl&der,'^ortíÜ¿ liar de pasar ácff éómd émTiajadór, 'j 
pci^óna qué rne tréféel collar de la (írderi de San Miguel á 
ilóíidéyó estuviere acókiipañandbsblamente'áíla téiná por 
Se! camino: fiéí ser tan pritieípar y déla sangre de' Financia, 
y él título cótt i^ue Viene, le Iftimareís sefioríá," que él cor* 
téspondérffi dé la 'tolshaía liaiíerá, etfe*. «De 'cwyás pülírlíf aá V 
"de otras de lá dicha lYistrnccion, fto solo ée infiere el tratan 
Iniento igual dfel ^cfo de las 'éftfiregaá; entré los'Miíirf poí- 
-"álnboS monarcas intervinieron éti ellas , pero se saca quer^ 
cdábarcl rey que fenecida aqnella funcioti rehusasen élcar^ 
dettlál' y e! duque del' Tníahtérdo trafaVse igiidlmehte oóñ 
'él príiféipé' ttó la feocHé f^ríóii, «iii eiiibargo fl8 ásr *Ae Iti 
<fengtédfeTránéfá. Y dividiendo las' comisiones tb cstcí)rínf- 
'élpe; Tialíamós •óft'o ^ctó* Aé igüáídád* entre Ms'príiibrpey ófe 
la sanaré y1ósi^átíaes;tiUk'4ttéda Vh^ 4^^ éi'^rÉjb ál 



EXPOgfCTOif DEi^'étK^ it AMM A Felips V. 367" 

dé Allitf D/ t^raatídó , yeriáo céH :1^ Ddfia :I«»bcV * 

dé ]»pÉHHi^ 'mil(5iá , V^^^ B^aiii.« po^Mbmáar dltra-i 
tlÜe', ñrbiátíddte'£AÍri({tié ^ átqmf 4^ UMiiimvVi^dqpeleiart 
éúá d» liorénáv T^'páiiór á FPafiHil^ pum^ébauáfti^M efecto d 
¿úqiié de* Pasteaba,' gi^án^e.'Evrti»dAiB las f iiaomieai ikíesW 
atembes embajüdtí^'sé óbéci'vó* iMata "W- 'taií fhváofífn'^mam 
igülíhlád notftMe^'péécplé^l'éu^w4e ilI#eBa.CMiU6 á.v&m 
Mí'>el<düqfl<e>'di^ !4lbliV 1^ 4lti»i|tá¿Iá^ipnÉB^a, aitfiítoeúl ^ 

" Iil4it)üies ^cl-átllfuer éé Ii«y^a«v>AA éñimldé Pfcsl;raiit iáúiá 4 

l6 'Bévélá'fa príáiem tti/diebowiG^Tdn^Qede .G pl^íuc^ 
. ^ tiete lÁfili d^Lorem V y ai joralninifta^i pfíiKÍp«^.dÍ9;C¡otii- 
%ii iftte eVa 4e l&^elÑigi^; y «s^f iéh^nié J>ruebft*iie Ja jc^pfjfr 
^toHteibftí d6.1o¿H^a¿rd€8) q^ie pata (6 qlie' «Irlos .bsiUmiilf , 
c^geiítár 6B tfiidrld «s^deitísase bu París- o«í.pflíiMft|k$ de. l<i 
sangre, y dbs kipaif|eiti8f y €^rd (ifriiebiL ixiaDi»ek^)i)Q 4« 
te igtialdáfl s|9 MüftKléíqae^eaaQi^ yr¿ dl^ ¥awelaf^.«m])a7 
j!lBd^ord(üiiisió^eiFifriuá»'Cn Ma^ 
de liét^Aíá jklbrff U aMisnria! e» : q^& barbi^deí pf psqplar fi^ 
túy él podeÉ del véy éristhiniaiiiio pura jski da^Oi^M^ ,:fué 
(petoéslét-^ueí )et dm^oe^ eslaTífiBi asdguffuda^ li^.»<m^ <^ fivÁQr 
-dfpie d¿ J^ftivttte|d9 í kM Clisa Üa . Coveua «>ii4tt^^ .{#^!9i !^ 
tfjlidftio ' efecto aV enibajiítob QbrdmaHo de SpiP^^a^* paraii^ 
-Véníi^ em 400 todso^ia' grande clv^e^oomlMjeseaVcle Fr?M^ 
¥íii^ f isef 'eligió iitéoode deAllaoiiiPr. £&.iiQ^e}^ acasjpp 
TMildr^n al M^M dtí Vtelnuili «n Piwí& |o$ p^íD(^ipe« d^ la 

^vfeiu4e^ eiMiib dü B8|Ni¡lia4e «jipMAóíeaaieldpqMe ^Umena^ j 

ipaláton^ les du^oiea jf loSrpriiteip^t^ d^Li^l^leopi^cptoip 

i^«pélyiias <<^AiMiwálte99^ |%ffllÍ),4Cflfftif«tfipf- 



mi mkuio dia Jto daqai»^ el de Ufieiia ymtil pifísiara^de. 
Bü^néna. Patl tos «Qlri^ de las ,d<^ priBjoesias. nombró eb 
mf cristíaiiisimo al duque de Guisa (qa^. se haUa deipcH, 
sadó con la princesa Doña Isabel , como el diif ne de I^ibk 
eM la reina 0Ma Ada) jr Felipe III nombró ial dnqiiQ de 
Uctída, y loa tratamientos de esto^ f^wii /as|niisi|io igoaf 
tos. En él primar matriaioaio del rey D. Garlas II i^on la, 
raíM Ooña María Lnisa, trajo á esta princesa e^ eoodQ da^ 
lUrooñrl, príncipe de la casa.de íxurena , y U| rocibió de^^ 
4 varfQés de Ariorga y grande. ¥ fuera de estas lonlregas'qoe 
teean á la casa de Franeia, Se baila la misna 4>bsertawia 
én ^s de Portagai 7 dd' Imperid, flu^ son las; do» cesas om 
qofen nnésifos reyes freeutatardn los msKrjmoiaíos. A toew^ 
peratriz ^Doflá fisibel eondojeron basta to> rayt de P^urtugil 
las ittfatités B. Lais y O. Feraepdo, sas/harniaiioi, el cbn 
que dto Bitgaiiza y el «lárqoés de Yillareali y allí la noci** 
bierón d duqw de Gatobria , el ar^npo de Toledo y e^ 
duque de Bqar ,* á k i^ineesa Dofia liarte 4e Portaigalj 
pqrittiera mujer de Felipe 11^ trqeroii ú anobi^po de Usboi^ 
^ el duque de firagama, y la redbieron d eardea^l 1!ayera^ 
arzobispo de Toledo, y el duque de Medina Sidonia; á la prin^ 
oesa Doña Juana dé EspaAa, mujer del po^íocipeD. Juané» 
Portugal, lletarená aquéllos conines el obispo de Osma y 
el duque- de Escalotia , y 1% reetlneron A obispo de Goimbra, 
y el duque iñ Averó, nielo dd rey D. iuati ll^á larein^ 
^ñá Ana de Austria, cmidujeron el dñspoi de Mimster y 
el gran maestre de la órdén Teutóui^^ príneipes del IfUr 
perió, f la recibió de eHos el duque de Alba ; á la retufi 
Dofta Margarita de Aosti^a, condujo la arehidaqiiesa su miir 
dre, y la redMeron el condestable de Ga$tilla y, la duquesa 
de Gandía, sulie^mana, y á la reina Doña Mariana de Ai«c^ 
triá^ condujo basta Roveredo el rey de Hungría^ m berma- 
no, de quien lá reeibM el duque de Nájmra y Naqueda , te- 
niendo los grandes en todos esloi actos td grado, IraUumen- 
to y estiinaeion dé prfadpeS) cuya attatO^Aad los oonfi^séji 



k:;lposigion bel DtjQüís M- Aaoos a Feupb V. 369 

los maa graves escritores espaflcdes como D. INegode Men- 
doza, Attionio de Herrera, el obispo de Pamplona , D. Die- 
go Ortiz de Zúñiga» y otros. Y aun los mismos reyes cris- 
titofoimos oonócieroií á los grandes la calidad de príncipe», 
para aquella monarquía extranjeros : pues se la concede» 
en un acto tan autorizado como el tratado de paz hecho el 
año 1559 en'Ghasteáu en Gambresis, donde nombrándolos 
diputados de ambos reyes , dice: ^ de taparte del dicho señor 
rey católico los ilustres principes y señores D. Fernando Al^ 
varez de Toledo , duque de Alba, etc., GuilMmo de NasaOy 
principe de Orange^etc, Rui Goniez de Silva y conde de Me- 
lito , sumiller de corps dd dicho señor rey católico , y Anto- 
nio Perrenoty obispo de Arras ^ todos del consejo de Estada 
del dicho señor rey católico. Y déla parte del dicho señor rey 
cristianisimo el ilustre principe Carlos de Lorena^ présbite^ 
ró^ cardenal de Ifi santa romana iglesia del titulo de San 
Apolina:riOy etc. Ana de Montmorencyy par^ condestable y 
gran maestre de Francia ; Jacques dé A^lon j señor de San 
Andrés ,^ marqués de Fonsacy mariscal de Francia; Juan 
de Morvillers, ohispo de Orleans, conseiero del rey en su 
coiuejo privado y y Claudio del Aubespine^ caballazo señor 
de Bauterioe , también consejero del dicho señor rey crislia* 
jüsimOy sü secretario de estado y de sus finanzas. » 

Con que hallamos llamados ilustres príncipes y señores 
al duque de Alba, príncipe de Orange y conde deMelito, 
plenipotenciarios de España; y que de los de Francia solo 
se dá esta calificación al cardenal de Lorena, negándole á 
un par y condestable,, y á un mariscal de Francia. £n los 
rehenes que se dieron de una á otra monarquía para segu- 
ridad de aquella paz , hay otra expresa confesión de que 
los grandes de España corresponden á los príncipes en 
Francia : pues habiendo el rey Enrique II dado por su par- 
te al cardenal de Loreua, á los duques de Guisa y Aumala, 
y al principe de Joinville, todos príncipes de Lorena, el rey 
h. Felipe II dio á los duques dfe Alba y de Arcos, al prín- 
cipe de Orange y al conde de Egmond, todos. grandes. Gon 

ÍEGiniDA EPOGá.— TOMO VI. 47 



* * 

370 REVISTA DE MADRID. 

• • • r 

que {Miu en la misaiainteligen^^a de la monarquía francesa 
los graudes españoles no corresponden á los duques y pares 
franceses, sino á los príncipes. 

^ . Aun en los mismos términos de Castilla hay comproba- 
^cioncs ii^ignes de la autoridad de los grandes, pues de la 
crónica del rey D. Juan II consta que los infantes 5e ponían 
,jeu pié al tiempo que llegaban á la presencia del rey los gran- 
d^s; y que Ips^ban su mesa y salian á recibir cuando en- 
traban en las poblaciones don4e ellos estaban , y refiere el . 
ejemplo en el rey de navarra, c infante D. Enrique de Ara- 
gón el.añq 1227. Que los mismos reyes visitaban á los gran- 
des en sus enfermedades y los bacian aposentar cuando iban 
.á sjít corte: y que alguna vez se detuvieron las funciones 
públicas reales por haber sucedido la muerte de algún gran- 
de, Y-aunquc la diferencia de los tiempos ha moderado es- 
.tas grandes prerogativas, todavía conservan los grandes fan- 
ta§, que solo pueden convenir xion su calidad de príncipes. 
Deben, ser tratados de señoría por ley, y el año 1586 se les 
^permitió la excelencia, que era el tratamiento que en aquel 
. tiempo tenian todos los soberanos de Italia (excepto Saboya) 
como afirma el Sanfouino y el que en España solo lograba 
D. Juan de Austria, hermano del rey, y no le permitió la 
pragmática de las cortesías sinoá los grandes, que son conseje- 
ros natos del rey desde la antigua monarquía de los godos.eu 
que eran también electores. Y como tales consejeros, si con- 
curren en algún tribunal a la vista desús propios pleitos, 
se les dá el lugar inmediato al presidente. No pueden ser 
presos, sin cédula especial del rey, que es lo mismo que 
no estjar sujetos á las justicias ordinarias ni á los consejos.' 
INo se puede ejei^ccr acto de justicia en sus casas, sin que 
el ministro los prevenga primero por un recado de atención. 
>'inguuo habiajservido en los ejércitos como particular , si- 
no como jefe, hasta que en tiempo de Felipe Ilhizo el ejera- 
piar el ardor del duque de Pastrana, pasando ii servir á 
Flandcs con una pica. Preceden en las funciones reales á 
los patriarcas , arzobispos y obispos ; y en el consejo de Es- 



• » 



EXPOSICIÓN DEL DUQUE jbfe Attcos A Felipe V. 371 

tado qae es »u propio y natarál f rrbuaai , y presidido dtt 
i*e^ y no pueden ser precedidos de los eard^náles ni jdél pre- 
sidente de Castilla, porque se sientan como entran. C^lreni* 
se y siéntanse en la presencia del rey y de la teina*, eát^ 
sa que no se concede á otro ningún subdito de esta lAonar-' 
qúía, ni á los arzobispos y obispos. A ellos y i «os moje-* 
res y á lias de sus primogénitos , reciben hi reinas eu piié, 
y d las mujeres dan almobada, como- tamliien £Ias de los 
primogénito!^. Los infantes han visitado en todos tiempoi 
á las mujeres- de los grandes, honor que no se eoñéede á 
ótrá alguna. 

Cuando algún grande casd con dama de la reina, fuferdn 
los reyes padrinos de la boda, sentaron á su mesa á la na^ 
via, y el rey la condujo en público y á c&bálio á su hAú 
siniestro á ía casa de su nuevo «larido. Cuando Tan á be- 
sar la mano al rey por haber sucedido en la grandaza át sün 
casas, se les toman las armas por los guardias reales; si qui^ 
ren setvir en los ejércitos, los dá el rey el mi^mo sueldo que 
á los generales , y si lío sirven los toman también las af^as co- 
rno al general. Si van á los reinos de Italia , los visitan los vf- 
reyes y los dan la preferencia ed sus casas y eli la eaHe', y 
cuando entran en las metrópolis de los reinos dé Arago¿ 
y Navarra y principado de Cataluña , los Visitan las ciuda- 
des y los reinos ; preceden en las Cortes á toda la noble- 
za , siendo tan grande y tan autorizada la porción que ccm- 
curre en ellas. Cuando viven' en sus tierras se escusa alójaír 
en el lugar que habitan tropas militares, y lo mismo se ha- 
ce con la capital de sus estados si viven en la corté 6 én 
otro lugar del rey. Nunca en lo antiguo sirvieron eir otto 
tribunal que el de Estado sino presidiendo ; y aunque boy 
sirven en los de Aragón , Italia , Indias y hacienda , eomo 
' grandes chancilleres y tesorero general, es cosa permitida 
en el siglo inmediato, y pocos años há que se quito á un 
grande el ejercicio de la Cámara de Indias, por decir que 
era incompatible con la . elevacioi^ de la grandeza. Siendo 
el puesto de capitán de los guardias tan autorizado y esti- 



372 AKVISTA D£ »UDttlD. 

plftble éii España , quando le han tenido grandes ^ como boy 
socede^ les sirven por sus tenientes, por hallai'se reparo en 
qae un grande tome las órdenes del mayordomo mayor, de 
quien dependen aquellos empleos. ?íinguno de los grandes 
entró basta el tiempo de Felipe III á servir los puestos de la 
casa real que no son de jefe, como mayordomo mayor , caba* 
Uf^rizq mayor, y camarero mayor ó sumiller, y sinfer, cria- 
dor del rey;' tienen entrada libre en su cuarto basta la pie- 
}A en que S. l^l» duerme, y aun en ella si está indispuesto. 
$i ep lo antiguo concurrian al tiempo que el rey se layaba 
las roanos, tenia obligación el camarero á ceder la toalla al 
grande que estaba presente para que él la sirviese, y final- 
mente ningún grande ba sido empleado en embajadas or- 
dinarias fuera de la del Papa, y solo se les ban dado las 
embajadas de obediencia , y las e;Ktraordinarias para casa- 
mientos de los reyes, juramentos de paces, y cosas de seme- 
jante mgnitud. 

Sentado ya que en los grandes españoles concurre la al- 
ta^cfLÜdad de príncipes de la sanare, y que sus prerogati- 
yas. y bqnores no solo están afectas al nacimiento , pero son 
las jQ^yores que se lum practicado entre los subditos de 
esta monarquía, sin que baya ni pueda haber alguna mas 
.preeminente I observando los términos de la justicia, fácil- 
mente conocerá V. M. que no los pertenece ni satisface el 
trabuniento de ios duques y pares, pues ni es aquel igual al 
qne de tantos siglos á este gozan los grandes, ni tienen cor- 
respondencia los honores de una dignidad á los de la otra; 
. siendo el carácter, y grado de los grandes en España seme- 
, japte, proporcionado y respectivo al de los príncipes en Fran- 
cia y otros reinos. Por lo que toca á los príncipes de la 
, sangre , dejando como queda dicho los inmediatos , es no- 
toria la igualdad que deben tener y han tenido hasta aquí 
los grandes, no solo siendo unos y otros los p{*imeros de 
ambas monarquías, pero teniendo semejantes derechos; 
. pues si á los príncipes de la sangre hace tan recoiíiendables 
cu el mundo lu calidad de herederos en su grado de la 



. EXPOSICIÓN DEL DUQUE. DE AhCOS A FeMPE V. 373 

gloriosa corona de Francia, la misma calidad tienen los 
grandes españoles, pnes descienden de princesas tegftimaS' 
de la& coronas de España: todas las cuales podrán heredar 
en sn caso, representando el derecho de aquéllas prince- 
sas, supuesto que las hembras y la sucesión cíe ellas ha^ 
sido siempre y deben ser admitidas , como qufeda probado;" 
y siendo cierto que en Inglaterra., Escocia, Dinamarca y 
Sueeia son príncipes de la sangre todos los que descienden 
de^ hijas ó nietas de aquellos reyes, la misma ra^on hayeri 
España para que los grandes que proceden de principales 
de Castilla, Aragoii, Portugal y Navarra tengan la calidad 
de principes de la ^ngre. 

Por lo que mira á los príncipes extranjeros aun éeheif 
mas superior razón los grandes; porque aquellos rio pfrd^ 
ceden de casas reales sino de casas feudales , aunque so- 
beranas, cuya autoridad, ún cimbargo de ser grande;*^ 
muy inferior ú la dignidad real ; ¡J^ si se entendiere que es- 
tán los príncipes extranjeros mas inmediatos á la herencia 
dé las casas de que proceden , que los grandes á las cbvo^ 
lias de que son príncipes, se responderá, que ño quita ni 
disminuye la calidad de principé el estar mas ó menos ilis- 
tante de la casa real , á que se tiene derecho; pues btem 
remoto era el parentesco de los reyes cristianísimos Enri- 
que III y IV, cuyas líneas se separaron en los hijos dé ífeiii 
Luis, y sin embargo sucedió en la corona Enrique IV, sin 
que se le disputase su justicia. Sobre lo cual aun no equf <- 
Tale la distancia á la diferencia de ser heredero denn rey 6 
de un duque. Y si se establece, como quieren muchos, qtie 
las dos casas de Loréna y Saboya admiten hembras , taá 
apartados quedarán de heredarlas los principes de ^rnbas 
que \iven en Francia , como los grandes de España Ibá reif- 
nos á que tienen derecho. 

Pero descaeciendo de estos príncipes á Ioá oXtm que tie- 
nen en Francia el grado de príncipes extranjeros , la casa 
dé Bullón , que es de la familia de la Tóur , entró por éoiri- 
pra y sin sangre de la casa de la Maírcka , en M soberaairihi 



374 / - HCVI^Tf DE MADRID. 

4e Sedán; pero perdióla en el siglo {jasado, ^i^ .qn^arle . 
oten eosa qoe ]^ honores de príncipe, por gracia dd rey 
c^jIt^nlsiiDo. Con que no habieiido ea e$to$ príncipes orí^ 
gea ftobenaipo , poseaion de 6(>beraina , úi derecho á otra ca- . 
^ ?eal ó soberaaa^ ao fse^be por donde, en perjuicio de 
tos gpwdes*) gue tienen las mas de estas calidades, pueden 
^rl^ 4«M|P€p dQ SaUoo tG^ta4os cQmo prÍQicipes, y las(gran- 
4e8 c^no duquei» y pares. La casa de la Trjmouillesoza 
^oibien en Francia el grado de príncipe , fuodado en la 
iiccioB que pijet^ode ^ la earona de N4poles , por deseen^* 
4er, de, Carlota de Ai;^gon^ hermana del diique de Calabria, 
é bija de D. Fadriqae, rey de KÁpQlcs. Pero ^obre que 
f^K^ d^recbo tuvo de^e su origen contra sí las dos mona r- 
qittas y las in^tidur^s de tantos pontífices á las.c^sas d4 
4pigpn y de Áa^tria^ se debe:tQner presente que si el du* 
ig^ede iGalabria., indal^ifado heredero ;del rey D. F^dri** 
q4e,.i|otuyo,en España inas.q^e ei tratan[iiepto deg^andei 
f^ hnbiej^e dejado bijQs no p{)drlau te>ier otroi; cónio.car 
l)^!ím^ S^ nq^i^la líniBa ^o}a de la casa de Mpoles , ilegír . ^ 
tin^, deM de Aragón, logre el dnque d^ la Trímouille /^ 

trfitainipxfitP de.prílV^pe? ^o. que se dé á los grandes es- 
j^4iiol^s que , tiepen ^ntas líneas legítimas de. sus reyes y 
1^ qt^as mucl^ circunstancias ya anotadas. Xa casa de 
Jloan e$ asimismo de las que gozan en Franela los bono- 
fe» de príncipe, fundados ep, que se dice proceder de los 
juie^guos soiberanos de Bretaíla , y que tuvo varios casamien- 
;(os fion 1^ casa de aqnellos,4ttquj^, y uu9 con la real de Ka- 
i^aiura e(i h línea dñ AJlbret, ya desposeída. 3lJas estas p;^^- 
j^icnlarid^d^^ e^celen^ , no hay grande antiguo espafiql que 
n^ Id^ tinga como qiieda visto , y serían muy perjudicados 
j^.qiie no se apreciasen en ellos cpmo en la casa de ;Roan, 
Resta en Francia otra casa con grado de príncipe 4^e es la 
..dial Jülona/Qo, de qnien solo : ^ 4eb^r<^ Advertir, que cqando 
(«stiibd eii.h prolecpipnde JEspaiai que fué basta d sigloin- 
m^dí^tp^ Wflca ppi^o. f onp^gjiíir pl .príncipe de Jttpi^ft^. ia 
rdÁi^i^ # grande) y ^qne scgaena tiatudo por nuestros re^ 



EXPOSICIÓN DEIi DDOUE DE AR(X)S á FeLIPB Y. 37$ 

• • • : i 

je» de magniQcoliaroDy ó ilustre,. cuando los grandes tenrau , 
radicado el tratamiento de primo, y las calidades de prín- 
cipes.' Con que no bay razón por donde disfrute ésta casé, 
aunque tan excelente, mayores honores que las de los gran- 
des de España; y aun sería el perjuicio más considerid)le 
que á todos, aí príncipe Doria, que siendo como el jle]Ho- 
naco, sobei*ano y jefe de unas de las cuatro priMeras fami- 
lias de ;Géno vá , no tiene mas Iratamietsto qué éldclgríiiíde. 
* * rinalmeute , los grandes han pretendido siempre el tra- 
tamiento Igual con tódoá los príncipes, fuera de Jos hi- 
jos legítimos de sus reyes, y no pueden dejar dé tenerse 
por perjudicados en que se les obligue á cortesías y trata- 
mientos que se oponen á su antiguo estilo y al honor de su 
carácter. IVo cree el duque que el ánimo de V. M. y del rey - 
cristianísimo sea agraviar ó desfavorecer á los grandes que 
tanto desean servir á Y. M. y veneran infinito á su heroico * 
abuelo; antes supone que esta nueva regla de honores, se 
juzgó medio de facilitar el trato y confianza de las dos na* 
clones, convidando á los primeros personajes de ellas áfre^* 
cuentar sus cortes sin el reparo de las formalidades. Pero 
(señorj cuando se formó este dictamen no debió de haber 
suficiente instrucción de lo que son los grandes , pues no 
se hizo á V. M, presente, y á su glorioso abuelo, el perjüi- 
« cío que de esto resultaría al mas autorizado y poderoso bra- 
zo de la nación española, y eliacon veniente preciso deque 
no podrán sus miembros visitar la corte cristianísima ni 
concurrir en ella con tan grave detrimento de su autoridad 
y de sus pferogativas. Para informar á \, M. de lo que 
hasta aquí se ha omitido, ha formado el duque este pa- 
pel, esperando del benigno ánimo de V. M. y de la equi- 
dad de su grande abuelo, que considerando la razón de loa 
grandes, conservarán á sa sangre, dignidad y explendor 
aquellas ancianas, naturales y radicales prerogativas de que 
no pueden ser desposeidos sin ser agraviados, ó sin conside- 
rarlos delincuentes y dignos de castigo. V como caalqaiera 
de estas cosas distad infinito de sa concxáda fidelidad, y 



376 JUCVISTÁ DE MADBID. 

» 

del ardiente celo con que desean la gloria de Y. M. y de la 
cristianísima casa, espera con entera seguridad el duque, que 
. mejor informado Y. M. y su augusto abuelo, declararán á 
los grandes el tratamiento que se les debe, para representar 
el carácter, que tienen de ser felizmente los primeros subdi- 
tos de Y. M., conservar ilesa su estimación, j poder pare- 
eer en el mundo con aquel alto y anciano explendor pro- 
pio de su nacimiento y nunca interrumpido aun en la pasa- 
da desunión de las dos monarquías. En que el duque recibirá 
seftalada merced. 



d 



37' 



GEOHETRU ELEHEHTiL o. 



JuA teoría de las páratelas no ha 8Ído aan expuesta con el 
rigor 7 exactitud peculiares de la geometría elemental y y 
juzgándolo así han trabajado con el objeto de perfeccionar- 
la muchos de los mas famosos geómetras , especialmente dé 
nuestro siglo. Verdad es que algunos otros no menos céle- 
bres han pasado por alto el hueco que los primeros han 
querido llenar; pero esto, á mi entender, en \ez de pro- 
bar que hayan sentido de distinto modo , prueba solamen- 
te, ó que mas cautos han rehuido combatir la dificultad, 
. ó que menos sinceros han ocultado sus vanas tentativas pa- 
ra superaría. 

Poco pudiera importarnos que la teoría de las parale - 
las se hallase defectuosa , y excusado seria ocuparse seria- 
mente en procurar perfeccionarla, si este fuese uno de aque- 
llos puntos mas curiosos que importantes , cultivados no 
tanto por utilidad, cuanto por ostentación de ingenio^ pe- 
ro dicha teoría es por su mucha trascendencia en las ma- 
temáticas una de las principales bases de estas ciencias: por 
consiguiente su mejora debe llamar la.atcncíon de todos los 

(1) Al disponer un tratado elemental d^ geometría que tengo casi con- 
cluido , probé á perfeccionar la importante teoría de las paralelas , á cuyo 
fin escribí por separado ana Memoria. Basta abora né me ba údo poilbte 
da^ á luz, conforme ¿ mis deseos , ni concluir y perfeccionar mi Geome- 
tría para darla también al público. Páreciéndome , sin embargo , que po* 
drá ser á este de alguna utilidad la introducción que se baUa en dicba Me- 
moria , y no siendo tampoco agena de uii periócfico donde se dá lagar á 
artioiitos de tíencdis , la ofirezco á eoiftiiiuaei«n , (al K^kao la escribí bace 
di6z años. 

SHaDmA XPOOA.— -TOMO VI. 48 



378 ESVISTA DB M ABRID. 

amantes del rigor geométrico, como ha llamado la de los 
sabios, que conociendo toda su importancia, haq dedicado 
una parte de sus tareas á tan interesante objeto. 

Ya se deja conocer que este punto, sobre el cual j coa 
un mismo fin ban trabajado inútilmente machos hambres 
de talento y doctrina, ofrece necesariamente alguna difi- 
cultad; y es así con efecto: pues bien que demostrar la teo^ 
ría de las paralelas de un modo satisfactorio , se presenta 
á primera vista como una de aquellas empresas, cuya apa- 
rente facilidad brinda á todos con la esperanza del éxito} 
al empeñarse en verificarlo, disminqye la ilusión á medida 
que crecien las dificultades, como para humillar en el mis- 
mo umbral de la mas perfecta de las ciencias ta presunción 
del humano entendimiento, fsta consideración me hul)iéra 
sin duda retraído de tomar parte en este asunto, si él deseo 
de verle mejorado, haciéndome superior á la desconfianza 
de mis propias fuerzas, no me hubiese movido á probarías 
ep el ensayo que ofrezco. Pero antes de pasar á exponerlo 
. quiero ipanif^star las razones en qqe me fundo para nó 
adoptar por exacta ninguna de las teorías que ha dado en. 
su$ obras ej Sr. Yallejo.; y no hago mención dé las que se 
han publicado fuera dé España, porque ya esté autor las 
crítica con la debida solidez en la teir^ta edicioií de su 
Tratado elemental de Geometría, que es ta obra que ahora 
tengo á la vista, y á la cual se refieren las llamadas que se 
hacen en esta Memoria. 

Dice el Sr. Vallejo (pág. .42, nota"**): «En la prime- 
ra iedlcion de este volumen expuse la teoría de las para- 
lelas por un método rigoroso y exacto , pero bastante comr 
plicado. >» Aquí se vé que en el concepto de este autor, su 
primera teoría de las paralelas es rigorosa y exacta, auuque 
complicada , y que solo el dieseo de evitar est^ incoa veaieua* 
te le movió á sustituirla por otra mass siiüple. Poro valga 
la verdad, este benemérito español no ha sido mas féfiz eñ 
sus teorías, qijLe los extra pjerps á quienes justamente criti- 
ta. P|H>baré «it» aaereion €€« respecto á su primera teoría^ 



f 



i. 



y <l^^«s ' jpji^^iró & yAñ&car\¡) con r^p^to á k sagpnda., 

(Pág..43,,S. S^T^ealaiiatai) ^^Teofeíi\BL, Si una linea ÁB 

(fig. 48 j qw es perpendicular doira fiD en B,s$^ mueve d 

. lo lafgóde ella fiermanefiiendojperpeniicular^ su otro extre- 
mo A irüzará una linea AEGC -que tendrá todo$ sus pun- 
iojs i^ialmeníe ^-islandés de la recta primitiva JíD^ y ella 
' ^erá íambiea una rectas. ^ Este .teorema es el f uojdamento de 
1^ priipei^a t^orífi del Sr. V^llejo. La primeea jp^rte de él 
|a demuesjbra, y después contHiúa; « Para demostrar que \§^ 
AG es una líoea recta ^ concibamos tres caalesqjaiera de sus 
pmtos Ay E, G, tales que las pacties B.F, FH qfie ipterü:^* 
^n eo la 1^1^ la^ pcrpeudiculares que desde elía^ se pBj/in^ 
fejiu iguales^ y teudremos^ tiráado desde el punto d¿ en- 
medio £ á los otros dos A y G doslíueas £A, I^G, que si 
estas dos rectas do formau mas ^ae una sola y píúsma lír 

' x¡m^ dicho3 trc» puntos estarán en línea recta. » H^ta^aho- 
ra voy conforme con el autor , el cual prosigue: «Para que 
l£is dos líneas EA, EG no formen mas ^i^e una sola línea^ 
deberán s^r en ^primer lugar iguialeí^los ángulos FEA j FEG; 
porque si se cogciba doblada la figura por la JE, dé faia- 
ñera que BF se confunda opn Fjíí y la BA sie confundirá coa 
HG (§. 348), pues los ánguk)s en 6 y H son iguales por 
rectos; y cpijao EAz::HG , «I ()unto A caerá sobre G , y por 

. lo mismo la^ dos líneas A£« EG se habrán confundido en 
toda su longitud, para lo cual es indii^pensable que los án- 
j;ulos AEF, GEF sean iguales.» Aun Toy de acuerdo con 
,el 3r. Yallejo, pero notaré que n,o ^lamente se deduce de 
Ao;dicbo que son. iguales los ángulos AEF, GEF, sino que 
también son iguales entrAsí los cuatro ángulos AEF, GEF, 
EAB, EGH. Para convencernos de esto basta considerar su- 
^perspuesto el cuadrilátera EABF al GEFH , de modo que B 
caiga sobre F , y F sobre H, sin |>erder de Ytsta que las rec- 
tas AB, EF, GH son iguales-y perpendiculares á BH: tén- 
gase preaentp esta observaoien*, de la cual; vamos á. hacer 
juso muy pronto. El autor continúa: « Ahora ^estos ángulos 

po puedan m ni obtusw m agodw; porque sí suponecuos 



^80 BBVIStA D1S ífADlItÓ. 

qae sean obtusos y qne estén representados por tosí FEa, 
FEg, podemos en efecto doblar la figura de manera que se 
confundan; pero si por E concebimos las £A, EG perpen«> 
diculares & Ia¿ aB, j gH, tendremos los triángulos EaA, EgG, 
én los cuales, siendo rectos los ángulos EAa, EGg, los AaE, 
(GrgE, serán agudos. » Aquí nos separamos del autor. De la 
observación que hice se deduce , que no solo es arbitrario 
suponer >que las perpendiculares tiradas del punto E á las' 
rectas Ba, Hg caigan por debajo de los puntos a, g, sino 
que es contradictorio ; pues en consecuencia de dicha ob- 
servación, si se supone que son obtusos los ángulos aEÍ", 
gEFy también se suponen obtusos los EaB-, EgHque les son 
iguales: por consiguiente las perpendiculares tiradas del 
punto £ á la^ rectas aB, gH, habrán de caer por arriba de 
los pontos a, g (corolario 6.®, §. 368.) 

No pudÍ€fndo ser , según acabamos de probar , que las 
perpendiculares caigan por mas abajo de los puntos a , g^ 
tampoco se puede demostrar que los ángulos a/g sean agu^ 
dos; y por consiguiente queda al aire este teorema, que es 
el fundamento de la primera teoría del Sr. Yailejo. Há^ 
hiendo manifestado el hueco de la primera, pasaré á ma- 
nifestar donde se halla el dé la segunda. 

Al párrafo 383 después de haber el Sr. YaHejo defini- 
do las líneas paralelas en el anterior , diciendo : son oque- 
lias que estando en tm mismo plano y no se encuentran ^ aun 
cuando se las prolongue cuanto se quiera , pone este teore- 
ma. « Si dos líneas son perpendiculares á una tercera , son 
parálelas. «Demostración. Porque si las dos líneas AB, CD 
(fíg. 47; , son perpendiculares á 6H , estas líneas no se pue- 
den encontrar en ningún punto del plano donde se hallen; 
porque si esto se verificase , tendríamos tiradas desde un 
mismo punto dos perpendiculares á la GH , porque es ab- 
surdo (368 cor. 3.**). 

«Cor. 1.** be aquí se deduce; que para tirar una M- 
nea paralela á otra dada. ^ desde un punto cualquiera G, ba- 
jaremos á esta línea desde dicho punto- una perpétidícu- 



GEOMBIEIA BLSMfi»!Ul. 381 

lar GH , y ea dicho punto 6 levaataremos una per^ndiT 
cular GD á esta perpeodtcular GH, y tendremos qae en yitr 
tad del teorema antecedente GD , será paralela á la linea 
propuesta AB, por ser ambas perpendiculares á GH. 

«Cor. 2.0 T como desde el punto G no se puede.bajar 
mas de una perpendiculai' GH á la AB, y en G solo moa 
perpendtcttlar á GH , resulta que por un punía cmlqmeru 
G no te le podrá tirar duna linea,sino ttmsolfi pearalela.» 
Hé aquí donde se alueiaó el autor ^ y donde se encuentra 
el hueco de su Inunda teoría. 

Es verdad que del punto G^nopiiede bajarse mas de 
una perpendicular GH á AB , y .que m G solo otra puede 
tirarse á GH ; pero de esto no* se sigue la consecuenaift de > 
que por el punto G no puede tirarse mas de una paralela 
áAB. 

Ha probado rigorosau^nte que por G no puede pasar mas 
de una recta que cumpla á un tiempo con las dos.condicM>- 
nes de ser parálela á AB y perpendicular á GH; pero como no 
demuestra que, faltando la secunda circunstancia, ha de fal^ 
, tar asimismio Id primera, es ari)itraóo decir qc)e de las rectas 
que pasen por el punto G de la GH, sedo la GD, que la es 
perpendicular , será paralela á AB : pues geométricamente 
hablando no será absurdo decir que VT, por ejemplo, que 
pasa por G, y es oblicua á GH, es paralela. á AB, mien- 
tras no se demuestre que de las rectas que pasen por G,, so- 
lamente podrá ser paralela á AB , la «(ue sea perpendicular 
á GH. • 

De otro modo define el autor las paralelas diciendo que 
son aquellas líneas , que hallándose en un mismo plaao no 
se encuentran, aun cuando se las prolongue cuanto se quie- 
ra , de cuya definición , y lo que antes de ella dice, se si- 
gue que las rectas que no son paralelas se cortarán en el 
curso de su prolongación. Acorde con estos principios de- 
muestra bien que CD es paralela á AB* pero cuando dice ^ 
que ninguna otra línea que pase por G puede ser paralela á 
AB, supone tácitamente en virtud de dichos principios^ que 



^82 AIJViSTA DE kADltm. 

cüálqaiera otra linea, VT pdr ejemplo, que corte á la &tí. 
oblicuamente en 6 , encontrará suficientemente prolongada 
i la AB : \íene pues á suponer que á una recta AB perpen- 
dicular á otra GH la encuentran todas las que son oblicuas 
á esta btra , Cuyo supuesto, que es el que toma lacroix por 
lottdamiíntb ñe su teoría de las paralelas, se i^edücc en suis- 
talñcia al axioma 12 de Eudides. 

Me esforzaré todavía para manifestar con mas claridad 
el hueco dé e$ta teoh'a, para lo cual reduciré el raciocinio 
que la sirve de base al siguiente argumento: 

Las perpendieulü'fies d GH son paralelas ú AS*. 

Y por el punto G soló puede tirarse una perpendiculaír 
á GB\ 

Luego por el punió G ño puede tirarse mas de tina pa- 
ralela d AB. 

No eil menester ser muy lógico parar conocer que este 
silogismo es defectuoso por su forma , en raíon á que cons- 
ta de los cuatro términos siguientes; 

Las perpendiculares a GH son paralelas d ÁB: 

Por el punto G solo puede tirarse una perpendicular á 
GB. 

Y solo las petpendicuíares d GH pueden ser paralelas d 
AB; 

Luego por el punto G. no putde tirarse mas de unapa^ 
ralela d AB. 

Hasta aquí la inítroducciou á mi citada Memoria. 

Conclusión. 

tfemós visto queeu la teoría de ías paralelas del 8r. Va- 
ílejo se supone, aunque tácitamente, el mismo principio 
que toma Lacroix por basé de la suya. í)e esto se deduce 
que por ahora deberá seguirse en la Geometría del autor 
español lá marcha del francés, tomatido e^ipíícitamente por 
cierto dicho principió. Be este modo mientras el Sr. Vaíle- 
jo no perfeccione su teoría ó le dé otro rumbo que la haga 



geometría elemental. 383 

Taque no rigorosa á lo meuos coherente, se evitarán los 
círcalos viciosos qnc en ella se cometen ahora , ahorrando 
por otra parte á los profesores y á los discípulos el traba- 
jo de llegar por ua difícil rodeo á una f e^rdad que ya se ha 
supuesto de antemano. 

Concluyo protestando no eS mi ánimo defraudar en lo 
mas leve la gloria que por. su Ial)oriosidad y talentos haya 
adquirido el Sr. Yallejp; pero la decidida aceptación que 
ha treinta años merece á este autor su teoría, á la cual con- 
sidera como un importante descubrimiento con que se * ha 
vencido una dificultad (fié ' Kan procurado superar tan- 
tos célebres geómetras, y el hallarse dicha teoría en una 
obra (1) adoptada para texto en la eqseñanza de las Matemá- 
ticas, me ha movido á escribir este articulo, teniendo pre- 
sente además que^ como dice el mismo Sr. Vallejo (2), de- 
hemos emíar cuidadBsmnimU los etnmlm méto^s por ser el 
origen principal de que se perpetúen tos errores. 



Zagaaíja AcSQStA. 



(t) El eompeHctio de Makemáticas de este autor. 

(2) inUoduGcion á su tratad» deneaial UeMéteniáttcas. 



384 R£VISTÁ DE MADIIID. 



mí AMOR TAN milLÁR! 



(GoiltiQtUKiOD.) 



XVII, 



ai 41a tlfwlfBM. 



Despoes de una noebe de lágriíaas, de profuudo sileii- 
do j de desesperación , Octavia y Amalia y ieroii correr las 
horas del siguiente día, sin que cesasen ni su llanto ni su 
penosa incertidumbre. Habiéndose bajado al jardin de la 
casa, que les servia de posada desde el dia anterior, y sen- 
tadas en el mismo banco de césped, escuchaban con la ma- 
yor atención él menor ruido que á sus oidos llegaba. A ca- 
da instante esperaban ver á Sir Edward que les trajese al- 
guna noticia consoladora ó fatal. Octavia se preguntaba á 
sí misma, pero solo hallaba «n ella turbaáon» dudas, con- 
tradicciones, 7 algunas veees la asaltaba un pensamiento 
horrible^ del qne se indignaba como.de un. crimen. £u el 
dolor qne sentía al pensar en la muerte violenta del joven 
conde Elona, proscripto y desgraciado, descubría un ver- 
gonzoso y culpable consuelo, que se obstinaba en recha- 
zar, pero qué la perseguía siempre. Este pensamiento po- 
día reasumirse en estas palabras: el amor de Elona y Ama- 
lia , qne ha mortificado tanto á mi orgullo de mujer, y aca- 
so también á un naciente afecto ; este amor que tenia co- 
mo suspendido sobre mi cabeza un matrimonio fatal para 
mí , este amor ha sido destruido por la muerte. Un ins- 
tante no mas habla creido Octavia separar su imaginación 
de lo pasado, aquel en qne se habia dejado arrastrar de 
admiración y reconocimiento ante la gracia y valor dé Sir 
Edv^'ard ; entonces una existencia nueva llena dé encantos 



¡Qtli AMOR TAm smaTOAA! M& 

le había preseolado á sa itaaginacion; paro aquel berboeo 
sueño habia desaparecido como las ilusiones óptieas del de- 
sierto; pero aquel espléadido palacio de cristal , construido 
en un momento de ilusión , habia sido destruido también 
en un momento. Una catástrofe misteriosa babia devuelto 
al conde Eiona. aquel interés ardiente y generoso que la 
noble condesa se habia apresurado á prodigar al jÓYcn pfo»- 
criptotd verlo por primera vee en el Oriente; y ahora, 
después de la muerte de Elona , y separada para siempre de 
Sir Edii^ard , cuyo amor había sido para ella una diversión 
poderosa y favorable, se revelaba vergonzosamente contra 
el pensamiento criminal- de hallar una «specic de consuelo 
en un fetal desenlace. 

La lux de la esperanza que Edward habia dejado á Oc* 
tavia al partir en el dia anterior, se disipaba de hora en ho- 
ra, á medida que se acercaba el mediodía. La impaciencia 
aumentaba aun el tiempo pasado. Sir Edward era ya deci- 
didamente criminal, puesto que no se presentaba á rendir 
la justificación prometida.— *0h! deda Octavia, he sido 
por segunda vez engañada por ese hombre; ese hombre que 
varía como quiere las máscaras de su ro^ro y los tonos de 
su voz. Temió anoche un escándalo, y se aprovechó de un 
destello de enternecimiento, que le manifestó á mi pesar, y 
se alejó para siempre.... ya no le veré masj pero la justi- 
cia humana le alcanzará á donde qaiera que se esconda.... 

Pero antes de todo, sin embargo, necesitaba Octavia 
purificar su alma del culpable pensamiento que 4a morti- 
ficaba , y después de haber cambiado con Amalia unos cuan-. 
tos mpnosílabos breves y agudos como suspiros, le dijo á 
Amalia con el acento y la intención de un humilde peni- 
tente que se arrodilla ante un sacerdote para demandarle 
perdón de su culpa y tranquilizar su conciencia : 

— Mi querida Amalia, he sido muy injusta contigo.... 
sí, muy injusta.... no, no, déjame hablar.... Amalia, ya 
lo ves.... las horas corren.... ese hombre no viene.... ni 
vendrá, no lo dudes,... nos ha engañado, ya se vé, es tan 
fácil engañarnos á nosotras.... escucha; Amalia, necesarios 
son estos momentos para descubrir lo que hay de bueno y 
4e puro en el fondo de nuestras almas.... porque todo pen- 
samiento de injusticia y de yanidad desaparece ant^ la muer- 
te... « tú no comprendes bien esto, amiga mia , ¿no es ver- 
dad? pero qué quieres! mi cabeza arde.... las palabras se 
hielan en mis labios.... Amalia , tu amabas á ese noble jó^ 

SEOUKDA ÉPOCA.— TOMO VI. 49 



316 . MVliVA M ltAl>AIll. 

ire»?,... Bí , Id le amates mHM^a.... tá ÁMyriMé antes dé 
aw <eq^€«i4eotr0«... adivino y eompTWdo tu Uanfo.... pe^ 
1^ si \iiriese.attn, Ainafia.... si 1« vohri^ses á ver.... 

— Ab! no, ba muerto, ba mnerto! Octavia.... nos ba- 
ilamos en latiiitad deldia.... y nada.... he reconocido su 
.noble sangre en los vestidos de Sir Edward.... ab! sf, ba 
muerto! 

-*-Dé|ame acabar lo que qnería decirte , qtteridS Ama^ 
lia.... 

— Hé aquí á.M. Tower que vuelve del botel á donde le 
balaamos enviado.... pero imposible adivinar nada en la 
figura impasible de ese hombre. 

— Señoras, dijo Tovi^er saludándolasr, Tmgo de la fonda 
por teroorft.yex, 7 el conde f^oaa no ha /vuelto tidn. 

-^ Está bien, dijo la condesa badenéonn movimiento sfg- 
niiiealivoá^ Tower, está bien, queremos estar solas atmalgú- 
nos instantes* 

— No ba vuelto, dijo Amalia.... él, que todas las no- 
ches y todas las maianas me enviaba las flores mas bisrmb- 
sas de Bengala. 

— Dios es grande, m querida Amalia, dijo Octavia abra* 
lándol». Escuetia , ángel mió , tengo necesidad de hablarte 
con mi cohiaBon: los labios mienten algunas veces , pero el 
corazpoy nunca».:, si Dios nosdevudve al conde Eloucl , le 
miraÉé como á mi hermano adoptivo y diré al coronel Don- 
glasúJoIvidadtode loque os be escrito; Amalia no será nun- 
ca vuestra esposa ; está prometida á otro. Coronel, estáis li- 
bre y Amalia también. I¿tán satisfechas todas las exigencias; 
Escribiré yo misma al ministro y á algunos amigos de Sniyr- 
na que Ami^ y el conde Elona están casados, cuyo acon^ 
tecimiento pone un término á lodo. 

— Octavia, dijo Amalia con voz lenta, y triste, todo eso no 
es mas que un hermoso sueño. . . . ¿para qué hemos de suponer 
lo que ya es imposible? la realidiMl basta para anonadarme.' 

— Amalia , dijo Octavia , me encuentro un poco conso- 
lada después de haberte dicho esto. 

— Y ninguna noticia, ninguna!... nadie, Octavia, nadie j 
esto es terrible.... oh! imposible vivir en tan cruel incer- 
tidumbre.... moriré si permanezco un día mas en esté 
pueblo. 

Amalia hizo señas á Tower que se aproximase! 

—M. Tower, le dijo, ¿habéis mirado en la foüda el aviso 
de los buques prontos á partir? 






•i 



" " * 



•^Si seftora^ se^n vuestras órdienes. 
• — -Y á quién de los dos queréis complacer, M. Tower/ 

al mÍBtstro ó á mí? 

— Esa pregunta , señora , dijo Tower haciendo grandes 
cortesías, esa pregunta me honra mucho para.... 

— No Qi» la hago para que os honré. Bespondédme con 
uñadla palabra. 

—El ministro está muy lejos de aquí , y probablemente 
se habrá olvidado de nosotros. Tengo plenos poderes para.... 

— Os han exijido una sola palabra, M. Tower, dijo 

Amalia^ \ 

— Voy á complaceros , «eftorita . 

—Isla bien, aunque un poco tardé.... ¿Hay algún bu- 
que qué salga pronto para Francia? 

— -¿En los puertos del Malabar ? ' 

7^ Sí , en los puertos del Malabar. 

—En Goromandel se anuncia la salida del bergantín EX 
Dragón con destino á Burdeos. 

— Sí^ pero es menester atravesar en palanqnin la mitad 
' casi de toda la isla para ir á.... 

— A Tranquebar, señorita. 

-^ Poes bien , si es preciso , iremos á embarcarnos 'á Tran-r 
quebar, Tú no mediarás, Octavia, ¿no es verdad? 

-r-Dejarte! ¿y qué haría yo aquí, ángel mió? Juntas vini- 
mos y juntas nos volveremos.... Pero me parece, Amalia,^ 
que esta partida depende alin .... 

— En efecto. Octavia, preciso es que yó apure la copa 
hasta las ^eces. ¿Qué me importa ahora cumplir con mi de- 
ber? Lo cumpliré, pues, labrémoslas disposiciones del co- 
ronel Douglas.... y si el coronel desprecia mi duelo, si 
no me concede ^siquiera el plazo que se concede á los seuten-» 
ciados, me resignaré, me sacrificaré , y me quedaré aquí. 
No quiero que el mundo espióte contra mí la muerte de 
Elona inventando nuevas historias para acabar de deshon* 
rarme. Si el coronel es generoso , como espero, é indiferen* 
te, como parece, todo ha concluido para mí eu Bengala: ma- 
ñana subimos al palanquín y partimos á Francia ó cual- 
quiera otro pais ; me sería imposible permanecer un día mas 
en esta casa.... Octavia! Octavia! añadió la joven sacudien- 
do melánciHicamente su cabeza , ya lo ves. . ^ . nadie parece. . . « 
todo ha muerto al rededor de nosotras.... 

Y se levantó como excitada violentamente por una idea 
concebida de antemano que trataba de poner en ejecución. 






388 AEVISTÁ 0S MADRlD.^ 

-— M. Tower, dija, no estamos aun mas que á la mitad 
del dia y podréis bien estar de Yudta esta noche antes de 
]>oner8e el sol.... Veáiá guias y escolta si queréis, y seréis 
.al momento obedecido. Es preciso que salgáis inmediatamen- 
te para Nerbudda y que habléis con el coronal Douglas. 
— ¿Lo exijis, señorita? dijo Tower con humildad. 
— Sí, lo exijo, respondió Amalia. 
— Iré a ver al coronel Douglas.... ¿Y después? 
—Le hablareis particularmente y le exijireis una expli- 
cación cfit^órica y terminante acerca del asunto de^mi ca- 
ftámiento. Ya conocéis mis intenciones « M. Tower, pues 
bien , es preciso que mi tutor conozca también la del coro- 
nel Douglas. i 
— Nada mas justo , señorita .... 

— No ocultéis nada al coronel , M. Tower. Os doy am- 
plias facultades para que digáis todo lo que os parezca.... 
Poco me importa.... Lo esencial es conocer las intenciones 
del coronel. Pero cuidado que obráis por vnestra propia 
cuenta, ¿lo entendéis M. Tower? No olvidaos de qne. hacéis 
una visita de tutor. 

— Señorita , dijo Tower , vais á ser obedecida. al instante. . . 
pero no os aflijáis de ese modo que pronto encontrareis con- 
suelos.... espero que mis cuidados, mi celo, mi.... 

— M. Tower , pensad que estoy sobre ascuas esperando 
vuestra vuelta. 

M. Tower se inclinó respetuosamente y salió del jar- 
din para ejecutar las órdenes de su pupila , que $e había 
convertido en su tu tora desde su llegada ú Roudjah. 

Dejaremos á nuestras dos heroinas en medio de su ais- 
lamiento y con sus mortales angustias,, y seguiremos á 
M. Tower en su viaje á Nerbudda. 

M. Tower, que todo lo apropiaba a sí mismo á medida 
de su amor propio, se encargó con el mayor placer de aque- 
lla comisión. La desesperación que mauii'eslaron las dos mu- 
jeres por la noticia verdadera ó falsa de la muerte de Lio- 
na, era causada por un vivo interés de amistad. Al dia si- 
guiente, ya habría pasado aquella desesperación, decía pa- 
ra sí M. Tower. En cuanto al coronel Douglas, M. Tower 
no dudaba de su invencible repugnancia por aquel casa« 
miento. Así, pues, se proponía obligar á Douglas á termi-' 
narle , á fin de dejarle una puerta abierta para libertarse de 
ir al pié del altar. £n seguida emprendían un largo viaje 
por mar, una conferencia de tres mil leguas , donde las Cí^ 



I QUC AMOn TAK SÍNGULAR ! ^89 

sas debían tomar necesariamente un giro favorable para 
M» Tower, cuyo ascendiente era irresistible sobre unajó-^ 
ven abatida por las fatigas de una larga navegación. El de- » 
senlace de aquellas aventuras era fácil de prever. Desem- 
barcarían en un puerto de Francia , libres de las persecu- 
ciones y de los rencores del Forreing-office y y se verifica- 
ría un casamiento de amor de doce mil libras de dote , en 
beneficio de M. Tower. 

— ^Los tutores de la cancillería embiadosá las indias ban 
inventado este nuevo ramo de comercio, y lo explotan or^ 
dinariameute con mejor ó peor éxito. Se compra una pu- 
pila como se podría comprar un buque. El ministro de Whi- 
te Ttall no tiene solo que pensar en las pupilas y en los tu- 
tores. 

M. Tower iba acompañado de tres cipayos á caballo , tres 
de los que le escoltaban desde su llegada á Ttoudjah , y aban- 
laba rápidamente hacia la hacienda para terminar aquel 
negocio con prontitud y llegará la ciudad antes de los pe- 
ligros de la noche, porque el campo que se exteridia á su 
derecha y á su izquierda era espantoso, aun iluminado por 
el sol. 

El Nabab Sourah-Berdar oyó un galope de caballos en 
la cQlle de árboles que condücia á la puerta de su casa , y 
se levantó de sus almohadones para salir al encuentro de . 
aquellos á quienes con tanta impaciencia esperaba. Al ver 
descender de sus cabalgaduras á unos desconocidos^ mani- 
festó por un gesto de mal humor que aquella visita le era ' 
bastante desagradable. ' , 

Tower ^ que no pensaba mas que en él, no notó esta pan- 
tomima; se adelantó hacia el Nabab con el paso pomposo 
de un embajador, y con tono imponente, hizo esta pregunta: ', 
quisiera tener el honor de hablar al coronel Douglas. 

— El coronel está ausente; está en una cazería desde es- 
ta mafiana , respondió el Nabab medio dormido sobre el ám- 
bar de su jouka. 

— Ausente 1 dijo Tower acariciando con su mano, su bo- 
cá'y su bafbft. No es esto lo que yo esperaba. ¿Volverá pron- 
to de la caza? 

—No sé, caballero. 

— Sahib Nabab, dijo Tower con una dignidad parodia- 
da , soy M. Tower, agente de la Gran Bretaña; tengo un ca- 
rácter oficial para hablar al coronel Douglas. 

—Lo creo , señor Tower , pero el coronel está ausente. Si 



390 RKVtSTA DS MADÉID. 

queréis esperarle , eátrad , pasad adelante y pedid todo cuaii- 
to^neeesiteis. 

—Él mal hampr delJNakab uo le impedía í^ensar ea loa 
deberes de la bospitalidad. 

— Me es imposible esperar, Sahib Nabadb^ no tenia que, 
bablar con el coronel Douglas mas que cinco minutos, £& 
preciso que esté en JRoudjah muy temprano. La noche no es; 
muy divertida en este desierto; 

—La pasareis aquí, señor Tower..., 

— Oh ! imposible ! mi presencia es indispensable en ^oud- 
jah esta noche...* Tengo algunos buques que cargar... 
algunas señoras ú quienes ver.... El sol eniipieza á bajar 
y cuando empieza pronto se oculta enteramenjte. Volveré ma* 
ñaña.... no es culpa mia que el coronel esté ausente.... Ya-- 
mos á subir á caballo. .. ¿ Slañana aprovecharé mejor el día, 
y no temeré á la nocbe. Ya se vé, el ministro me ha reco* 
meneado mucha prudencia ^n Bengala, particularmente des- 
pués de ocultarse d soL Muy servidor vuestro, Sahib Nabab. 

—¿Pero no queréis descansar ^siquiera un instante? 

— Sahib Nabab, sí topifse que el coronel había de vol* 
ver pronto^ lo esperaría, pero en la duda, quiero mejor 
aplacar nuestra entrevista hasta mañana. 

Guando acabó de decir estas palabras ya estaba M. To-, 
wer á caballo. 

— M, Tower, dijo el Nabab, puesto qm soi§ «eompatrio- 
ta del coronel debéis haber recibido una esqi^ela de convite 
de su parte.; 

— No, no be.rexjíbido nada, dijo Tower con ojos es-., 
pantados. 

W Entonces la recibiréis mañana, y esas señoras tam- 
bién. 

— ¿Dá el coronel ttouglas algún baile , Sahib Nabab? 

. — Mucho mas que eso, M. Tower, se casa dentro de unos 
días. Ya veis á los criados ocupados délos preparativos del 
baile. 

7— Ah! ¿con que decididamente se casa? dijo Tower estu- 
pefacto. 

. — Es asunto convenido desde hace mucho tiempo , M. To- 
wer ; sino que por algunos motivos particulares se ha dila- 
tado algún tanto.... 

— Muy bien ; dijo Tower secamente como queriendo cor- 
tar la conversación. Muy bien, Sahib Nabab. Decid al coronel 
xjueM., Tower ha venido a Terle..,. ya comprenderá el objeto; 

..-.*. ... , : - 



de mi vis^ y se dará por tmj sattefiíeto. Leáicdtrcií que 
apl9ttdunÓ3 sa casaioíepto, y que eaperaáwii m visitar éees^ 
poso futura ea naestr» posfada de Bottdjafaw 

Es uaa desgracia en^ v€4?dad , di^ pam st , asürilo edú- 
cluido. Sin embargo, es preciso portan^ como qütei^^; 
seamos diplomático ea todo y p^r todo. Asíeoma a»(, atut 
me, queda la condesa Ootavia. Es jóveñ, hermtosa y riea 
como Creso. ' 

La cabalgata partió iumediatamente para Aoudjab. 

Duran le la travesía se eñtretu^yo Tower en organiíttír 
ugos nuevos- planes^ qu^ le paredfsroa inláliffeiles; Resolvió, 
pues , fijarse, Tcrificado que fuese el cásaaümto en pwto ^ 
niuy f»:óx¡mo á loS' esposos , y concentrar d^í esté niodoto^ 
^ dik sus recursos de fascinación s(rf)re las ée& müjétB^. ^W^ 
era un porvenir delicioso^ qvie duldfiíDaba en « p«He el a^* ^ 
tual contratiempo, y qup jcseitaba en él una esp^dif dé eiW'^ * 
pasión hacia lel desgraciado Dóngla», demai^iaído inpriiden*- 
tef para casarse con una joven que so le ftmabá , pr^ra^'^ 
do así triunfos fáciles á un temible ri^. 

Al su})ir la. esadera que andada ú la habitaoion donde 

le esperaban IfLsseftqras^ aireglo.TowfiT'm ÜMominteV ^ • 
sayo todos los tonos de su voz , y combinó ciertasVfniJié^? v 
q\ie le perecieron las, mas á propéaU». páua coraíeíÉAar^ sa 
conversación. La puerta se abrió como por sí misma , f^*^ 
qute la vuelta d^ Tower había sido espiada délidie' la ^péma- 
na^ y Amalia le.preguntiV en seguida:- 

— Seüprita , dijo Tower colocando sus mahoa 'delii§« de ^ 
la barba ,,sdeptro de algunoa díaseos UamareiB MadMM^-^ 
glasiStafford, el baile de vuestra boíde^se esláprepaváiiidoí^' 
en jNerbudda , he visto á los criados ocupados len estés fae-^- 
iias , y la condesa Octavia y yo estamos GonTÍdados^ 

— l^stá bíei^, dyo Amalia despue» dé exhalar un sos-^ ' 
piro, eso es lo que yo qufría saber.».. M. Tower, os doy 
gracias.... 
. — Señorita I he ejecutado vuestras ^órdenes. 

— Oh ! si, ya lo sé , no ten^ w& la culpa de cp^ yo me '• 

case • « • • 

—Oh ! bien podéis creerla , señorita ; dijo Tower levan^ 
tando la mano derecha ^ y lana^anch) wia mirada esUlpida- 
mente expresiva ; pero es preciso resignarse á la suerteV 
Repito que he ejecutado vuestras órdenes. Ya dije que noe 
bailábamos prontos á este casamiento , y re^bims mafianá ' 
la^isibi delcorQft^i; .. 



392 HEVfSTA DB MkMííD. 

-- MriUráa partiré 70 de estos sitios; dijo Octavia leTan- 
tándofie muy agitanki ; ao quiero volTer á Ter al coronel 
Douglas.... Pero miratras tantú ¿qoé hace ese infame Sír 
£dw«rd?«.. no bty iusticia humana en este pais.... Dios 
mío! Perdonadme, M. Tower, pero tened la bondad de de- 
jarnos solas.... pue&qné! el conde Elona desaparece; acu- 
samos á Sir Edward ! no puede justiflcarse, no puede expli- 
car la sangre qne cubre sus ^manos^ ni el desorden de su 
fisonomía , ni de sus vestidos. . . . Gain no puede decirnos 
donde está Abel; y para semejante hombre , y para seme- 
jante crimen no habrá aquí un castigo digno, y gozará ese 
infame de su impuaidad! 

•*-^(Mavia, Oetayiai dijo Amalia suspendiéndose del bra- 
BO de la jévea condesa. Tú no me abandonarás, no, tengo 
necesidad de tí , Octavia; necesito una amiga 'como tú pa- 
ra quejarme, para consolarme, para poder vivir.... 

•-r¿Lo orees tú así, Amalia? volver yo álVerfoudda! yo! 
imposible* Sé bien toda la amargura que me ha costado el 
momento de descanso que he pasado en esa morada. 

-->¿Gon quñ me quieres quitar toda esj^ania, Octavia? 
¿ Quieres que yo, muera víctima de mi deber y de tu fál^a 
amíi^? ... . .^ 

Amalia. ae^scotó bruseamente y prorrumpió en amargo 
Uaota. 

••--«¿Idia.vá á ácalNir, dijo Octavia conSoz sombHa , y 
el miserable no ha vuelto aun.... Ah ! qué inspiración taii 
veordadera fué la mia cuando le dije una noche en Smyrna: 
os Ñborfecefé , o» ábwtreceré de tina muñera implacable has* 
ia mimuerUi! el amor de "una mujer puede extinguirse, pe- 
ro su édio, nunca! 

En este momento se oyeron en la escalera pasos preci- 
pitados, y en segiiida tres golpes ligeros sonaron en la puer- 
ta. de la sala, como si el respeto hubiese contenido en su 
iogossí escitacion á aquel que deseaba entrar. 

Las dos jóvenes se miraron , y á pesar de su desespera- 
ción dirigieron una rápida ojeada hacia sus vestidos , con 
un movimiento natural y adecuado á su extremo dolor; 
—Adelante, dijo Octavia con voz apagada. 
. La puerta :se abrió, y el conde Elotia apareció en 
ella. 

Dos gritos sonaron á la vaí exhalados desde el fondo 
del corazón «de aquellas rauj^es; pero estas exclamaciones 
espiraron en 9us labios ^ sus rostros brillaron de repente co- 



¡ QUE AMOR TAN SINGULAR! 393 

mo iluminados por un rayo de \ida, y stt« ojos: explicaron 
mirpensaniientos en un momento. 

£1 con^e Elona había llegado en la mañana de aquel 
mismo dia, y mucbó antes de la salida del sol al sitio en 
que Nizam habia establecido su misterioso taller. Pero co- 
mo las puertas de Boudjab se hallaban cerradas en aquella . 
hora y y el pobre conde estaba tan rendido de fatiga y can*- * 
sancio á causa de las emociones que babia espmimentado, 
su sueño de soldado fué roas duradero que lo que acostum- 
braba; de modo que ya tocaba el sol en el Zenit caandov- 
se despertó* El infatigable ^it am por el contrario no se ha- 
bia detenido mas que una liora para dar sus órdenes á los 
trabajadores y sus instrucciones á Elona; iustracciones cu- 
ya aclaración sabremos muy pronto. Al llegar á la fonda 
de Dotices^Hmres , se sorprendió el conde de no hallaF en 
ella ni á M. Tower, ni á Amalia , ni á ninguno de los ma- ■. 
dos ; así es que nadie pudo informarle de lo que babia si- 
do de ellos. Reparó, pue^, eltiesórden de su toüet e0n el 
mayor esmero á fiu de no despertar ningún género de < 
sospechas, y esperó. Al salir M.. Tower del cuarto de nues- 
tras hcroinas, según acabamos de decir, se ikaseaba á la 
casualidad por la ciudad, y. habiendo encontrado ú £loiia, 
tuvo con él una es;plic^cÍQa corta y animada, que prDd«jo. ' 
el incidente que vamos á contar. . • 

-r- Señoras, dijoel jóvefi conde eoq una triste sonrisa; 
vengo á daros gracia^ por el intecés que balieis jtaasífesüi- j 
* do hacia un pobre j;>roscripto. Bendigo d motivo de mi au- 
sencia que me ha proporcionado la ocasión de conocer á / 
mis verdaderos enemigos. 

— Conde Elona, dijo Octavia* esfonándose cuanto le fué ' 
posible para coordinar sus ideas, ese interés es muy natu* > 
ral y no debéis estrañarlo.».. !Nos ludíamos tan lejos^ de 
nuestro pais.... que nos miramos los unos á los otros como . 
compatriotas, ó mas bien como hermanos.... una ausencia 
inesplicable, misteriosa y acompañada además por circuns- 
tancias bastante singulares, ha podido bien, y así de^a su-« 
ceder, alarmar á una familia, porque nosotros formamos 
una verdadera familia aquí en el desierto. 

— ¥j& él, no hay duda, dijo Amalia, que pareda volver 
en sí después de un profundo letargo ; pero qué pálido es- 
tá ! . . . ¿no es verdad , Octavia? 

— £1 conde Elona, dijo esta procurando sonreirte, ddie 
hallamos muy demudadas. ... 

9S6UIIIIA EIHKIA*— TOMO n. 50 



394 MvtSTA M Madrid. 

— No lal, señora, replicó Elona sentándose ^on.toda la 
tranqailidad de utl hombre qué sin hallarse áhsorvido ppr 
ninffttna preocapacion , se dispone á pasar la noche en fk- 
nlífaa. 

i— 'Sin embargo, la noche ha sido para nosotras muy 
cruel, dijo Amalia; ah! sois en verdad tnuy culpable, se- 
ñoír eonde, añadió con una dulzura que modificaba la acu« 
sacion. 

.«rr Culpable! dijo Elona riéndose de corazón; ¿no sabéis 
que hay momentos en que no es posible escusarse?... yá 
coaoceta el carácter persuasivo de Sir Edward.../ pues bien, 
me cogió de improviso.... y me obligó á que le acompaña- 
se de casa. .i. 

^-Gonde Elona , dijo Octavia cuya eabei^a asaltaron en 
este momento mil pensamientos contradictorios.... Ya sos- 
pechamos qué era Sir Edward quien os había inducido.... 
pero no os neis de Sir Edward. . . . Sois demasiado candido, 
conde.... 

'-*-¿Qtte no me ñe de Sh* Edward, señora? Con los ojos 
eerhidos le segttiré á cualquiera parte. 

'-*^¡ AhJ tío hagáis tal, al primer paso que deis, adqui- 
riréia un'eraei desehgdño. 

.-^'4]onde^ Octavia , dijo Elona con todo el entusiasmo de 
la iimlstad) no conozco un corazón mas nbblé qué[ él cora-, 
zon de Sir Edward. ' 

-En: las Drgahisaciones vivas, el menor incidente puede 
trastornar de repente tedas las ideas. Octavia que desde la 
enliwda del oeinde Eiona se esforzaba en vano en acallar tas 
ditersas semsacioiieB que la ajitaban , & fin de reparar la san- 
gre fría que le era habitual , halló una ocasión favorable 
al escachar las últimas palabras de Elona, y una maligna 
expresión reanimó sos hermosos ojos. 

•4^En verdad que no esperaba yo ver al conde Elona de- 
fender con tanté calor á Sir Edward.. r. Pero ya lo conci- 
bo;..; Estos dos señores han cazado juntos,... la noche 
última.... y una cacería por la noche debe ser una cosa, 
nmy divertida.... 

"«^Señora , dijo Elona que era demasiado novicio para di- 
simular su turbación, señora.... Se parte por la noche para 
cazar al diá siguiente por k inañana. 

-^ Yo encuentro muy natural esa explicación , dijo Ama-? 
lia un tanto alarmada del repentino cambio que advertía 
w iá fisMoÉnta y tn el tono de voz de la condesa. 



¡ Qü£ AMOK TAI» SíHGÜtAK ! 395 

— ií^ muy natural, 4ij0 (totavM reealcando maliciMa- 
iBeiite cada una de las sílabas, qu^ pronu^^ciali^) muy pa- 
tural.... nodigóyoló cóufrario. v / , \. 

i^Pero me parce.., JmarmnróElonk para decir algtfna ce- 
sa, aunque sin intep^iou de llevar la cuestión á otro terreoo,. 

— En efecto, os parece á tos también lo mismo, conde 
Elona, dijo Octavia; habéis partido anoche , aunque un po- 
co clandestinamente, según creo; habéis pasado la noche ^ 
en Nerbudda, y habéis cazado esta mañana... 

— Señora, no vcb en esto nada sorprondente , dijo Elona. 

—Y decidme, señor conde, ¿cómo habéis concebido tan 
repentinamente esa pasión por lacaza?,Eu Smyrna, donde 
no se corren los peligros que aquí , aborrecíais la caza y ' 
los cazadores, y en Bengala donde los tigres cazan á los 
hombres rio solo cazáis, sino que cazáis de noche? ;jjna 
sola palabra de Sir Edward bastó para hacer nacer esa pa- 
sión en tos?.... ' 

¡Os reis, conde Elona!... en efecto.... yo* también me 
rio.... ya lo veis.... Después de una mala noche es preci- 
so distraerse con cualquiera broma.... Aquí par^ evadir^. 
se de cualquiera compromiso , se pretésta siempre la caza.l.. 
y así se sale del paso.... Sir mward ayer usó conmigo tání- ,. 
bien ese medio.... pero no lo acepté, os Iq prevengp..;^ 

— Odavia! dijo Amalia espantada, Octavia, no te com- 
prende N6 parece sirio" qué. ¿tas disgustada dé volver ., 

¿ ver al conde Efona vivo después de haberle llorado esta, 
noche. . , , . : , 

— Amalia, yo me comprendo perfectamente.,., y estoy 
segura de que el conde Elona me comprende también y mé ;. 
hace mas justicia que tú.... 

i-^Seilora condesa, dijo Elona, os juro qué no adivino el 
seiitido jde vuestras palabras. .. . 

Una mirada de Octavia interrumpió al conde. Inclinó 
este la cabeza y suponiendo por una reflexión instantánea i 
que Octavia se bailaba instruida de las horribles escenas 
ocurridas la noche anterior, resolvió limitar todo lo pipsi- 
ble aquella conversación temeroso de provocar alguna peli- 
grosa indiscreción. 

Un largo silencio sucedió después, durante el cual se pa- 
seaba Octavia en la mayor agitación sacudiendo la cabest.y 
apoyando con fuerza sus pies sobre el pabimento. , Amalia! 
miraba á su amiga con ojos, que en fuerza de explicarlo ta* 
do, 00 explicaban mas que una vaga inquietud., 

* * ' * * 

TÍ '" .' ■' 



I 



396 HEVISTA DE MADRID. 

Elona, que liabiá contraído el compromiso de asistir á 
una cita inevitable, \eia con espanto que la nocbe se acer- 
caba, dio algunos pasos hacia la puerta, y se volvió des» 
pues hacia las ventanas como queriendo preparar á las 
señoras á su forzosa partida. Pero Octavia adivinó su in« 
tención. 

-r Señor conde, le dijo con una política glacial, esto no 
impide que nos hallemos nosotras sumamente reconocidas 
á vuestra visita. En tin pais como este en que nos hallamos, 
donde la noche es un peligro continuo para los viajeros im- 
prudentes, nada tiene de eitraño que ños hubiésemos alar« 
mado por vuestra ausencia. Nos habéis tranquilizado com- 
pletamente y esto es lo esencial. Por lo demás, si vuestros 
negO€)ios ó vuestros placeres qs llaman á alguna otra parte, 
de ningún modo quéremas deteneros; proceded , señor con- 
de con entera libertad. 

Elona murmuró algunas sílabas que querían ser pala- 
bras, y no pudiendo coordinar ninguna frase qw no fuese 
una mentira, saludó profundamente á Amalia primero que 
continuaba muda y sorprendida , después á la condesa, y 
salió. 

T- Ahora, dijo Octavia con furpr reconcentrado, me de- 
jaría arrancar los cabellos si me engañase en mis sospe- 
chas.. . . Amalia, el conde saldrá de Roudjah en cuanto sea de 
noche. 

—Octavia, añadió Amalia, en verdad que desde hace al- 
gunos instantes no te comprendo; quisiera hablar en favor 
de.... 

— Ay Amalia! tu eres una niña...., no has dicho nada 
y has hecho bien.... Acabas como quien dice de salir del 
colegio, y yo soy una mujer; ¿rae entiendes?.... ¿No te ha 
chocado á tí ver á Elona defender con tanto calor á Sir 
Edward? 

— ^Y qué tiene e.so de particular, Octavia? ¿Elona no es 
amigo de Sir Edward? 

— No , es su cómplice, no tengas la menor duda, . . . ¿Quie- , 
res que me explique mas? 

— Lo deseo, Octavia. 

■^— Sé que voy á rasgar tu corazón.... á helar tu san- 
gre.... pero supuesto que tu lo quieres, todo lo sabrás,.., 
te digo que Sir Edward pasa todas las noches en infames 
coloquios con las bohemias de este pais , y que ha arrastra- 
do al conde Elona á tan horrible sociedad. 



¡QUÉ AMOR TAN SCNGÜtAR^ 397 

— Oh! eso no es fiosible, iio, no es posible , exetamó 
Amalia con el rostro encendido; el conde Elona es un ca* 
ballero que no ha Ycnido á Bengala á deshonrarse. 

-—Amalia, Sir Edward también es un caballero. Pero 
estos señores no creen deshonrarse con infamias de esta es- 
pecie; las toman por una diversión , por un pasatiempo de 
viajeros aburridos. Los hombres son todos así. Tratan al 
amor con la mayor indiferencia. Las mujeres no son para 
ellos sino objetos de lajo ó de amor propio.... No somos no- 
sotras por cierto las que hemos inventado los serrallos.... 
— Tranquilízate, Octavia, tranquilíiate , tu razón se ex- 
travía..'.. 

— Al contrario , amiga mia, nunca he estado mas razo- 
nable, créeme.,.. Todo lo que te digo no es mas que por de- 
séngafiarte.... Por lo demás, ¿qué me importa á raí lo que 
hace el conde Elona, pi lo que hace Sir Edward? Pío ten- 
go celos ni del uno ni del otro. 
— ¡Quién sabe! 

— ¿Quién sabe, dices tú?.... En verdad, Amalia, que no 
te creia capaz de abrigar semejante sospecha, y mucho me- 
nos en un momento como estfe. Y si no quieres creerme, 
¿dónde piensas tú que pasará el coude la noche? 
— ^En la fonda de Roudjah ; estoy bien segura de ello. 
' — ¡Qué niña eres! ... En fin, ¿quieres que arranque la ben- 
da que aun oscurece tas ojos? 
—Sí. 

—Pues bien , quedarás .satisfecha.... ¿Y qué piensas de 
Sir Edward , que debía volver á presentárseme hoy mismo, 
sopeña de quedar deshonrado á mis ojos? 

-—Eso no me importa , nada tengo que ver con Sir 
Edward. 

— Amalia, ángel mió, hija mia , dijo la condesa con. el 
acento de la mas tierna sensibilidad; lo que nosotras hace- 
mos ahora es horrible, y me avergüenzo de ello. Esta ma- 
ñana hemos llorado juntas; hemos confundido nuestros do- 
lores y nuestra desesperación; y ahora una acritud vergon- 
. zosa se mezcla á nuestras palabras.... Abrázame» Amalia, las 
dos somos muy desgraciadas!... Existe en mi cabeza un 
pensamiento que me mata.... No sé en verdad cómo no me 
vuelvo loca!.... Guando se tiene la desgracia de ser mu- 
jer se está expuesta á ver las preferencias que uíi hombre 
prodiga á otra mujer.... pero aquí no son nuestras rivales 
mujeres de voz dulce y de tez anacarada , son monstruos 



' S " 



4 



398 ; , ÜBVftTA BE MADAto* 

áe latón con uñas de tigre en sus dedos, y eme hablan á rur 
gidQS.... Pero ya' es de noche, Amalia,. M. Tower no seJba* 
Iká alejado de aquí sin duda, vamos á llamarle, y le man- 
daremos á la fonda para qiie nos traiga noticias del coq^ 
deElona. \ . 

' — Oh ! estoy segura de que le Jiallará allí ¿ no tengo la 

menor duda. , 

Octavia sé calló y algunos instantes después partió 

M. Tower á evacuar la comisión que le habían encargado 

con toda la prontitud que le era posible. 

Guando {M. Tower volvió á casa del capitán Moss^. las 
estrellas brillaban ya en el firmamento. Se detuvo enton- 
ces en el dintel dé 4a puerta en la actitud de un hoxnbre 
que se dispone á dar cuenta del resultado del encargo que 
sé le cometió , en el cual ha hecho todo cuanto creía posi- 
ble hacer. 

— Señora condesa, dijo, el conde Eloña Brodzinskí ha 
salido de la fonda apenas oscureció. £1 landrlord le pre- 
guntó si pasaría la noche en el hotel : , , 

— i-Creo que no, respondió, y añadió en seguida: Aqfif ^ue- 
da una carta que acabo de recibir de Nerbudda , á la cuaLhe 
pue$to un sob^e dirijido á M. Tower. Que se le entregae así 
que vuelva. Cuya carta, señora^ es jpará yps;(tomaala. 

— ^Está bien , dijo Octavia manifestando lijeraménte su re- 
conocimiento á M. Tower é indicándole que se retirase. Be- 

cohqzco la letra , sí , es un billete de Sir Edwárd If bien, 

Amalia, qué dices tú del joven conde? anadio después con 
una sonrisa irónica. ¿Me había yo engauaido? responde. 

^—Veamos la carta de ^ir Edward , respondió Amalia con 
voz desfallecida ; ella lo explicará todo..^ 

— L& carta no esplicará nada; lo vas á ver.... 

SlR EdWABD a la pOIíDESA OCTAVIA. 

«Señora, en este inundo siempre nos hallamos en vis- 
«peras de morir. No es por consiguiente imposible que yo 
«muéí'a ant^ del tol de mañana. Y supuesta esta triste ver- 
»dad , y que no quisiera morir deshonrado, os remito es- 
»ta cai*ta con el conde Elona, á íín de [que me devolváis en 
»cambío vuestra estiiñacion y afecto. Cuenjo, ^.eñora, con 
9 que me haréis esta justicia, cómo cuento con la justicias 
»de Dios.':!. Nadie ha matado al conde Elona. 

«Dichosos aquellos á quienes honréis con vuestras lá- 



2Q¿¿ AMOR TAB 6IlCGUl4Am! 399 

«grimas cuándo bajran dejado de existir, j qae resuciten 
»al dia siguiente para recibir vuestras sonrisas. 

» Yo que no pertenezco al número de estos dichosos , á 
>»lo menos para merecer YUestras sonrisas, cuento sin em- 
»bargo con vuestras lágrimas en cualquiera evento. 

» Ya veis^ señora , que mi estrella nupcial continúa te-^ ' 

uniendo razón. 

«Vuestro afectísimo, hasta mañana, 

»£dwaed.» 

— Hasta mañanal murmuró Octavia; ho^^a mañanal.^. 
hé aquí un billete muy extraño, ¿no es verdad, AmaUa? 

— JVada be oído, dijo esta que continuaba en su mipjaf 
inc[uietud, absolutamente nada.... Cada una tiene su parte 
de dolor.... Qué. horrible noche, comieiiza para nosotras! 

— Amalia, ¿quieres que vuelva áleer esta.carta? 

—La amistad es muchas veces imprudente^ Octavia^,,. 

— Si yo tuviese una benda sobre mis ojos, ¿por qué esa dbsf ^ . 
tinacion por arrancármela?.., 

— Tú has sido, Amalia, la que has colocado mi mano so<^ 
bré tu beñda.... Este billete me sobresalta sin saber pov 
qué...., ? • : ' 

— Dios mío. Octavia, como cambias de modo de peiisar á 
cada minuto!... Ya te bas reconciUado con Sir Édvfñvd 
por un billete vulgar de amante mentiroso que te ha diri- 
gido.... ^ . 

Encaréceme ahora tu mucha experiencia , Octavia! Síri 
Edward finje amarte, y te amenaza con qué se matará si Uk 
ño correspondes á su amor.... Este es el verdadero sentido 
de su billete, me parece.... 
— Y no le habías escuchado! . . 

— Todos estos billetes jse parecen unos á otros. En Smyr- 
na he visto mas de ciento que estaban todos concebidos en 
los mismos términos.... Amutdme, ó me mato! decían en 
ellos sus autores : no se les amaba , y vivian sin embargo 
cien años mas^ 

— Sí, An^ajia..,. pero Sir. Edward.... 
— Su bphemia lo consolarán 
— Dios mió ! exclamó la condesa , suprimid la noche y 

haced que llegue pronto el dia de m^ana. 

Abismadas por decirlo así, quedaron por largo, rato» en. 
sos reflexiones estas dos mujeres, hasta. que ^1 cid>o en mfh 
dio de la noche se durmieron con ese sueño ajitádo que se 



400 REVISTA BE MABAID. 

experimenta siempre cuando el alma y el etief po han pade- 
ddo lerribleB emoeiomes. 



XVIH. 



SI valle de lee tli«fe. 

£i conde Elona bahía salido de la ciadad después de 

ocultarse el sol, y al llegar al albergue de Nizam, encon- 

;tró doscientos cipayos, armados á la ligera, que esperaban 

las instrucciones de que estaba encargado por el coroneí 

Douglas. 

En este albergue era donde el joven habia hallado ua 
abrigo, después de las fatigas de la última noche. Nizam no 
se detuvo en él mas qué una hora; en seguida volvió á em- 
prender el camino de la montaña para continuar su volun- 
tario servicio. Este lujo de afecto le pudo ser fatal: cuan- 
do subia por la cima de la cresta que domina el templo de 
DoumarLeyna, fué detenido por los soldados emboscados 
del teniente Stephenson , de los cuales ninguno era conocido 
de él. Procuró Hablar para salir de aquel apuro, pero le 
cerraron violentamente la boca , y le amenazaron con estran- 
gularle si pronunciaba una sola palabra. 
' ■' Los soldados incrustados en las quebraduras de la mon« 
taña se comunicaron uno á otro, por signos expresivos^ la 
noticia de la captura deun Thug, á fin de que fuese trans- 
mitida al teniente Stephenson. Este dio la orden de guardar- 
le bien, y de no hacerle daño alguno. Nizam, que poseia el 
don de la pantomima , ensayó una nueva explicación d^ ges- 
tos. Lo amenazaron con atarle los brazos si continuaba. 
■ Cuando el dia se acercaba, el teniente Stephenson hizo, 
emboscar su pequeño destacamento en un ángulo sombrío 
de la montaña, y dio la orden de conducir al pretendido pri- 
sionero Thug. 

Nizam no esperó á ser interrogado para hablar. 
— ^Teniente Stephenson, dijo con un acento de verdad inex- 
plicable, soy Thug, mi apodo es Wizam; soy el servidor 
de mas confianza del coronel Douglas, jefe de este can- 
tón. Dejadme libre; si el dia que vá á empezar se pierde, 
no será' fácil repararlo ; y será perdido si yo no hablo al 
cdroíiel., . . ¿Aun desconfiáis de mí, teniente Stephenson? pues 



¡QUE AMOR Tkü SIN61II.A.R! 401 

» 

bien! áedme con qoe escribir al coronel Dooglas, aquí &h 
peraré su respuesta. Guando baja concluido mi caria, la 
leeré» antes de enriarla, y veréis después de baberla leido 
que soy vuestro amigo, y vuestro fiel altado. 

Stepbenson era un oficial joven y novicio, que tenia éí 
mérito muy estimable en semejante guerra, de obrar coa 
una prudencia extremada. Beflexionó algún tiempo, y áb^ 
pues de nuevas instancias |lenas de sinceridad, con»ntié en 
lo que lé pedia Nizam. 

Inútil es copiar aquí la carta que Niiam eseribió al 
coronel Douglas. Revelaba muchas cosas que ya sabemos; 
entre otras, las trájicas escenas del templo subterráneo, y 
describía un plan de ataque , (kl cual la inteligencia deloo« 
ronel debia sacar un partido victorioso, completándole. Po- 
dríamos dispensarnos de añadir que á la vuelta del men-* 
sajero'fué devuelta la libertad al valiente servidor de Sir 
Edward. 

Durante esta jornada , el coronel Dougías y Sir ¡Bdii'ard, 
instruidos por la carta de Nizam , visitaron todos Ioq pues* 
tos de Cipayos , emboscados entre el espeso ramaje de los dos 
bogues próximos á la hacienda. Lo cual esplíea'SU ausen*^ 
eía, cuando M. Tower llegó á k casa del Nabab, á quien 
encontró solo, delante de Nerbudda. Aunque Nizam hubiese 
previsto en su carta que los Thugs no atacarían la noche si- 
guiente la casa del Nabab , sin embargo , por lujo de pre* 
eauciqp , el coropel dejó doscientos boDrf>res de lo mas es* 
eojido, mandados por el capitán Moss, para guardar de cer* 
ea la habitación de M iss Arinda. Str Edward, por consejo 
de Douglas, eiivió un mensajero á Boudjab, para que die- 
se al conde £lona instrucciones. 

En la noche de aquel dia , nuestros dos amigos hicieron 
so velada habitual con el Nabab y su hija, y la gravedad 
de las circunstancias no alteró de ningún modo la alegría 
de su conversación , como' se juzgará por las últimas pala- 
bras que fueron cambiadas en el momento en que los cria- 
dos esperaban con las antorehiN^ en la mano á Miss Arinda 
y al Nabab en el vestíbulo, para conducirlos á sos habi- 
taciones. 

. — Sí, señores, decía Arinda, ya tengo elegido mi traje 
de baile , y espero que mi coronel me dará la enhoraboe^* 
na por mi buen gusto. Mis camareras gie han probado hoy 
jin traje de crespón de China, de un color delicado, y es- 
toy loca de alegría. Es una tela precio^. Vuestras dañas 



,402 RBVISTÁ HE MA£f»iO« 

áe>Leiidrefl la panamo á qtiiníeiiltt lÜM^seti eam-4e 
rinteli., el ai^astecedop de Mí69 SMaiíia. Esteré peWaéaf e<H 
Júáé la didsa Mchmi , con do9 trencas* ondemtefteír eadbi 
sien, y masas dé eabellos formando peqiwtlas trenza», que 
caiga» detras de la cabeiar, meaE^kidas con florea ; stano- 
pem del maa puro'inarfí). ¿Conoce» la flor de staaoped, Stp 
Kdtvard? 

-«-Que si la conozco! Miss Arioda , dijo Edwand, aearn 
ciando á dos guacamayos cxúe estaban sobre so percha^ 
la stario|H!a es el capricho mas eucnitador do hi. natnraíleza 
india. Binase que k flora deBengala haiqnerido eopiafe en 
miiiíiRtnra nna cabeza* de eldante y cincelarla en marfil; 
Las anchas- orejas flotantes y los coikmiUos ^obre todo son 
adt&irábies por sa imitaoiop. Bi^n Teis, MissArindh, (|ne 
conozco \ti stanopea octi/ofa, este es su nombre; 

—•La conpc^! dijo la joven india con sorpresa. ¿Pero 
cómo tenéis tiempo, Sir Edward, para estudiar tanta» oosas? 

— Estudio dorante la noche, liUss Arinda, dijo Bduard 
emi^nna gravedad llena de modestia. Ahora, por ejettfffai;, 
voy á separarme de tos. Subo á mi cuarto, abro mi^itr-fe** 
lio8^ mis mapas, mi albtfm, y voy á estudiór hasta la»dos 
é la» tres de la mitíiana. Intentad llamar á.mi puerta ea^» 
tredós y tres y me hallareis indinado sobré mis librosi Pre* 
guotad sino alceronel Douglas. ... 

— Oh! lo hace como lo dice, respondió el coronel. 

^- Yeso me rec»erda, l^ss Arinda^ dijo £dward aiilan- 
' do* coú sus dos dedos d arco de ébano de su bigote, eso^ 
me reenerd^ que ten^ios que tradncil* esta noche con elxo«^ 
ronel nn paníoun malais muy difícil. La sociedad instrui- 
da de Bombay nos le pide, -y el tdinga parle maikma;... 
]>dbei8 conocer ese püntoun, Miss Arinda! £» el que em-^ 
pieza de esrte modo : Et^ (mices el iimtre fnonarea dij& dn»- 
graciúm espoM{i). 

—Sí, lo conozco, Srr fidward. El rey vá á la caeería^ 
y su TM^er le dice: Tráeme nn jeten ffomuciUo (2). 

— Bboc&muy difícil de traducir en inglés, dijo el eoro* 
nel Douglas. 

—Horriblemente difícil, dijoEdward, con una formali* 
dad admí roble , á cansa de la pobreza occidental de nuestra 
JetigÉa) 



(1) Saloa berkala railja hang*aoüAn. 
(a) Baonkann sAva.... 



¡QUÉ AMO» TAÍl SUÜÚULAK * 403 

— Vamos á dejaros trabajar, señores, dijo Aríndá'.... A 
propósito, querido-coronel, añadió dándose üoá palío^dá en 
la jfrente, olvidaba lo mas esencial. No dejad mañana de en- 
viar una inritacion á un compartriota.... Ya sabéis, ese 
caballero de quien os ha hablado mi padre.... 

— ¿M. Tower? dijo íranqnilamenle Sir Edward. 

— 'Precisamente , presigaió Arinda; no olvidéis el did- 
girle una invitación, á él, y á las dos señoras que le acom- 
pafián.... M. Wallés las ha visto; dice que son bastante gnu* 
pas, pero demasiado blancas. Do^ damas de mas para nues- 
tro baile ! eso es mu; importante ! 

—Invitaremos á las dos damas y & M. Tovver, dijo el 
coronel. 

— Sois amabilbimo, querido Douglas , estrechénionos laf 
mano, y buena noche! 

- Será buena, querida Aririda , respondo.de ello, 
fiieslpiíes de la separación, £dward y el coronel salieron 

al campo por el camino ordinaria, y esta vez con un ardor 
que anunciaba una violenta determinación. A medida que 
corriau el u)K> al lado del otro, se cambiaban alguñtfi 
palabras. 

— i^Edward, daremos un golpe decisivo.... 

— Octavia ama al conde Elona , querido Douglas. 

-^Ta me lo habéis repetido veinte veces^ querido Edward! 

-^Si como yo hubieseis visto su desesperación !.. . sus lá- 
grimas ! . . . 

— Sed hombre, Edward, sed fuerte. 

— Psta noche no tiene dia siguiente para mí, querido 
Douglas. 

— Esta noche, Edward , es preciso cumplir coa su deber. 

—Douglas, demasiado lo cumpliré; ya veréis. "* - 

— ¿Estará todo pronto en el albergue de Píizam? 

— Sí, 08 lo he repetido veinte veces, Douglas. Elona está 
avisado. 

— I Debe Elona reunirse con nosotros en Doumar I^ejua? 

— Sí , Douglas , y espero que pereceremos juntos. 

— ¿Qué habéis hecho de vuestra generosidad, querido Ed- 
ward? deseáis la muerte de un hombre ! 

— Y la mia también, Dougl^, le trato como me trato 
á mí mismo!... 

—Y si le vie^s en peligro de muerte , ¿le socorreréis, 
Edwárd? 
' --¡EéveráidiDoQgtaft, 

4 



404 REVISTA 1>K MADRID. 

— Ed>y ard , estáis loco . 

— También es verdad. 
-^ Sois injusto.... 

— Douglas j cuando se está enamorado , es uno todo, me- 
nos hombre.... 

— Pensemos en la hora presente, EdWard! los Tluigs de 
mi distrito se nos han entregado. Prodigo mi sangre y mi 
\¡da; voy á dar el último gol pe; y si salgo vivo de este in- 
fierno, envió mi dimisión al ministro y me caso con Arin' 
da. De este modo habré satisfecho á tres cosas sagradas; á 
mi corazón , á mi honor y á mi d^ber. 

-- Qué extraña vida llevamos, querido Douglas!... Miss 
Arinda vá á dormirse tranquila haciendo castillos eu el 
aire, en Bengala. Pobre muchacha ! puede despertarse viuda, 
mafiana, la víspera de sus bodas! 

— Dios mió! ¿qué queréis que haga, Edward? es preciso 
que la engañe continuamente hasta el día de la verdad. £s 
una terrible obligación, la sufro. Es decir que juego á Ja 
ventura. Siempre gana uno cuando es feliz. 

— Pues yo he perdido! 

— Edward ! ¿creéis que doscientos hombres son sufícieur 
tes para defender, en caso de ataque , la casa de Miss Arin- 
da esta noche? ' 

— No habrá ataque, según nos escribe Nizam. Los Thugs 
se imaginaban que su fakir Sonniacy estaba preso, en la 
hacienda de Nerbudda, y he ahí por qué querían hacer un 
esfuerzo extravagante de sorpresa para libertar á su jefe; hoy 
han encontrado á ese fakir , y es probable que ya no piensen 
en e^e ataque nocturno! 

— Así lo creo, Edward, y tengo necesidad de creerlo pa- 
ra dedicarme solamente a mis soldados...-. Ea, silencio. Ya 
nos hallamos eu los puestos avanzados. La pantomima va á 
suplir la palabra. Despidámonos de las mujeres hasta ma- 
ñana. 

— Tal vez para siempre! dijo Edvtard con voz sombría, 
cuyo timbre parecía resonar eu el oido de un amigo por 
la primera vez.... 

Cuando los soldados que llegaban con el conde Elona del 
albergue de Nizam se hubieron reunido con los del coronel 
Douglas, formaron un débil destacamento de unos trescien- 
tos hombres. Nizam se unió á ellos al pié de la montaíja Se- 
rich , y según sus infolibles cálculos, el número de enemi- 
gos reunidos á aquella hora en el tepiplo de Doihnar Leyna/ 

; ■ • 



¡QUE AMOR TAN SIITGULAr! 405 

debía ascender á doscientos. En una batalla arreglada , los 
Thugs no habrían defendido el terreno un solo instante, pe- 
ro su táctica, su fuerza, su Yalor, su osadía los hacían te- 
mibles en las posiciones y momentos que ellos sabían elegir. 
Agresores ó atacados, se lanzaban al cuello de sus enemi- 
gos, se enlazaban cuerpo á cuerpo con ellos para neutra- 
lizar el uso de las armas, tan contentos con matar como con 
ser muertos, porque la muerte no puede inspirar ningún 
temor á fanáticos salvajes que están persuadidos de que des- 
pués «de su muerte van á oir los meledipsos cantos de Litar ^ 
al lado del dios-azul, en el jardín de Mandana. 

Kizam, que conocía el terreno, marchaba aV frente de 
la pequeña columna al lado del coronel Douglas. Atravesa- 
ron ua bosque profundo que se elevaba en la llanura^ y ve- 
nia á espirar sobre la base de la montaña, y se perdieron 
en un valle tenebroso que conducía á sitios áridos y desola- 
dos^ cuyo espanto aumentaba aun la noche. Nizam rio va- 
cilaba nunca en la elección del camino; cuando, por inter- 
valos, las rocas cruzaban sus picos y sus abismos, y pare- 
cían arrojar sus invencibles barreras ante la audacia de los 
pies humanos, Nizam se abria un camino al través de la ma- 
leza, y todos se deslizaban tras él cual enormes reptiles con 
la misma cautela V agilidad. 

Después de tres hok*as de ardiente marcha, Píizaní se 
detuvo sobre la cresta de uu valle. La naturaleza habia ago- 
tado todos sus horrores eu el paisaje que iluminaban las es- 
trellas en aquel momento. A la derecha, un conjunto pro- 
digioso de. rocas servia como de pedestal en ruinas á la im- 
mensa muralla de una montaña cortada á pico. 

INi^am se colocó delante del coronel , y por medio de una 
pantomima tan espresiva como la palabra , le habtó así: á 
vuestra derecha , allá arriba , entre aquellas rocas amonto- 
nadas, y al pié de la montaña á pico , se encuentra la aber- 
tura del templo áe Doumar Leyna, lleno de Thugs ahora. 
Al nacer el alba , los Thugs descenderán de aquellas altu- 
ras iüaüeesibles para esparcirse por el campo , y volver á 
ejercer sus profesiones de cultivadores, jlirdineros, pasto- 
res, cojedores de arroz, ó de mendigos; pero todos d^ben, 
antes de separarse, pasar por este valle , que yo he llamado 
el valle de les Thugs. Examinad este valle, tanto como pue- 
da permitíroslo la noche ; est4 formado por dos pequeñas 
colínas, que no son sino dos prolongados conjuntos de ro- 
cdb' grises suspendidas á derecha é izquierda sobro uu pro- 



1 






406 nVVSftA DE MADRID. 

jfoudo desfiladero. Ahora yereis de qué mauera he oisftdo 
del permiso qae me habcis dado respecto al capitán MoBs. 
La estratagema trabajada* en el taller del albergue dos ase- 
gura un buen éxito, según creo, sin mucha precaución. 

Al punto los soldados se quitaron sus vestidos, y solo 
conservaron sus armas. La tropa se dividió en dos desta^ea^ 
mentos; uno de ellos descendió al valle, y subió la colina 
opuesta, pero sin apartarse mucho del desfiladero que se- 
guian los Thugs; el otro descendió para establecerse al mismo 
niv^l. Los terrenos elejídos estaban sembrados de pedamos de 
rocas angulosas, como si una avalancha de granito, caida 
desde la cima de las das colinas y rota enm caída en mil frac- 
mentos, se bobiese detenido en la doble orilla del estrecho 
camino. £n seguida , distribuyeron á los i^oldados pedazos 
de unS tela grosera^ pintada del mismo color de las rooas^ 
esta era la estratagema inventada y jxreparada por Ni;iam, 
con una habilidad infinita de imitación, cosa muy comuu 
en los indios y en los chinos. Cuando por ambos lados los 
oficiales y los soldados se hubieron cubierto de este extra- 
ño traje , el coronel Douglas , Edward y Elona , qne ha* 
bian permanecido de pié un momento, se manifestaron por 
medio de un cambio de miradas la satisfacción que les cau- 
saba el nuevo ardid de guerra. Rocas vivas ó muertas, to* 
das pertenecían á la misma especie gieológica. Lk vis(^ no 
podría sin duda, al iimanecer, distii^uir el terreno pará- 
sito del terreno natural. 

Antes de colocarse en su puesto f como los demás, Elo- 
na entregó á Edward una carta escrijta' con lápí^, rogándo- 
le que la leyese á la primera claridad del alba. 

Esta carta estaba concebida en e^tQs términos : 

«Mi QXJEftino EnwAJiD: 

* 

« Uéme aqui en presencia de uja eneíaigo que uo lo es 
»m¡o, y con elque^me repugna combatir, porque es impo* 
>>sible que le guarde ningún jencor de venganza: Si los 
»Tbugs b^n querido abogarmieen Bojiiii^r I^^na, espor- 
^que me mirabfin como uno del03 vuestros: estaban en su 
>,deFiécho. 

» Al atacar á los ingl^^ y i mf^ ñliséas indias , esos sal- 

^mjes defienden su pais. ^'q me han liecho daúo alguno, 

y en iponpiea«iA , n^ jituedo hftc^r.tíaMsa conikiin pou YJü&en 

''Csta ocaN<^n. M^ie Ggtodo de jiu;gar viteiílrii guerra, es^sio 



«duda , á vueslr&s ojos , injusto ó absundo; sin embargo mé 
»ilebe fier permitido explicarlo. Mis principios son in^-afla'' 
»bles , y hoy no ]os sacrificaré aleci^ndo la escusa xkqiie 
»nos batimos con bárbaros, élcltíidos dd dembo de -^n^ 
«tes. Por otra parte, babeis apelado á mi. aféelo , qneríáé 
«Edxvard ; me acocrdo mnybiisn de los servicios 4|uemieiia^ 
»bds becbo ; también os estoy muy reccmoeido pwr el i^*- 
"^lor increible con que os babeis precipitado en mi sooorm 
>»la otra nocbe. En este mome&to, estáis en peligra de maer- 
''te , tengo pues que cumplirtin deber, y lo cumpliré. Taiji- 
«bien es necesario qoe siga al coronel Douglas en el lerri* 
»ble combata que se va á travar á la aurora; bé a^uí la 
«razón moral: sé que el coronel Dougla& está obligado, por 
"> motivos de poUtica y de alta conveniencia, á caaari^e c^i 
«la sefiorita Amelia. Áisi, pues, mi deber es confiervat* la 
«vida del coronel, porque es mi rival; porque debe destruir 
^par^ sieflipre mi felicidad, consumaiaido ese casaímientó. N^ 
>Aqütero cjue se diga que podía salvar la vida -del coronel 
«Dotiglas cofflíbatleñdo Hl lado suyo, y qse he pr^etido 
«por un odioso cálculo de celosa irivalidad , ocultarme y es^- 
?'peeular amorosafiiente sobre -su muerte. 

«flé aquí, pues, bajo qué condiciones me be comf^ro- 
«metido en este asunto : yo, el conde Eloná , «oy Miigo dé4 
«corcbel Douglas y de h\r Cdwatd, y ademiás 1^ debo re- 
«conomiento. Atravieso con dios un desviadero de Betíga» 
nh; mis amigos son sptaeados por estrsRguJadoresdeprofe- 
«siou, toi»o las airm«s y defiendo á mis amigos. Si, ^eooio 
«se afirma, un crecido número de Thugs, anulando suS4m^ 
«'tígfites costumbrei, van armados esta noebe de armáis de 
«íu^o y de puñales, el peligro será mucho m^yor, y mi 
«deber de asii^ir n^s iaipetíosd. En todo caso , yo no irom* 
«pené el íuego. A mí no me toca atacar, {)ero sí é^H^áer. 
«Inútil es deciros: valor, Sdwar; solo he debido ^preveni*- 
«ros que mañana tendréis dosbraaos mas enila refriega , y 
«estos serán 1(» mios. 

£1 |)equeño ejército de Tlia^ qoe se bübia csla^blecido 
ea el d»trÉto de 9ierbudda, y ^e obecteeiaá Jos iSrdtoieii 
del viejo Smg y al Fakir Sovnkicy, ^na el mas astuto éeto^ 
das las :bandas de Sengala. El coim)M1 Ponglas y Niaam 
balnan eoBvprea^tdo que era aecesario dttsa'nlmiu' á !o& ex*- 
trangúladores icl rSejo SUig , m<^ti'ándo?€ mucho mas J%w§« 



408 HIVIffrA DB lUMItt. 

f 

que dlo6, es deeir, flobrepojándóloft en «ágafies, pneeto 
qoe stt nombre significa engañ€ulares* Para conseguir e«rte 
resaltado victorioso , era precisa tomar la iniciativa de las 
astucias y batirlos con sus propias armas. Hasta «ste mo- 
mento les habían dejado el pri\ilegiodelos ataques noctur* 
nos y de las emboscadas^ astutamente combinadas ; era pues 
necesaria «asombrarlos haciéndoles conocer que en cambio 
de sos misteriosos retiros, lazos mortales podian ser tendidos 
bajo sus pasos, y que iban en fin, á su vez, á caer vícti- 
mas de las emboscadas inteligentes de sus enemigos. 

Esta idea babia inspirado la táctica nueva , cuyo resul- 
tado vamos á ver en los abismos de Dotimar Ley na. 

Al ocultarse las últimas estrellas , un concierto de voces 
monótonas descendió de la montaña y corrió de eco en eco 
hasta el fondo de los precipicios y como si cada roca hubie- 
se repetido á su vez el estriviilo del himpo religioso. Los 
Tbugs cantaban al salir del templo estrofas del poema sa- 
grado de Ramaiana. Algunas piedras destacadas de la mon- 
taña anunciaron que la banda se ponia en marcha y sirvién- 
dose de las innumerables rocas amontonadas como de una 
escalera, y después todas las voces se apagaron, oyéndose 
solamente el ruido de los pasos en los últimos momentos 
del silencio de la noche. 

. Las montañas del horizonte de la aurora resplandecían 
en sus cimas, dejando aun en el fondo de los abismos una 
claridad dudosa, cuando los Tbugs entraron en el desfila- 
dero, qué era su camino acostumbrado para llegar á la lla- 
nura. 

£n el momento oportuno, un agudo silbido resonó en 
aquella espantosa soledad , y todas las rocas del valle ro- 
daron wbre la columna de los Tbugs, produciendo un mi-* 
do espantoso. Las últimas filas de los éxtranguladores, ater- 
rados por este prodigio, y abibuyéndolo al poder divi- 
no, saltaron de roca en roca, como gavilanes sorprendidos 
por las águilas, hasta el atrio del templo, para ponerse ba- 
jo la protección de sus dioses. Este movimiento había sido 
previsto. Los soldados indios de Stephenson habían descen- 
dido desde lo alto de las cremas, ayudándose de las piedras 
salientes , de las yerbas , de las quebraduras de las rocas, 
délas raices tortuosas; y favorecidos por el terreno /recha* 
zaron á los Tbugs fugitivos y los precipitaron muertos ó 
vivos en los abismos , en el momento en que sus pies mal 
afirmsídos vacilaban ya al borde de ellos. En el valle, el 



¡QUÉ ÁWOñ TAÜ ftÜT^ÜLAH! 40d 

otmibste se eucArñuába sobre na flaontoñ de eadávem , en- 
tré los soldados de Dooglas y los mas intrépidos extrangu- 
ladores. De una parte y otra el ruido de tas armas tiabia 
cesado. La lueba era cuerpo á eoerpo: las manos y los ^e- 
dos seeríspaban en la carae, y los puüales se ropipiarí so* 
bre los huesos. Un rugido abogado de agonía , de dolor y 
de rabia eircalaba fk>r toda la línea como el raido de uií 
torrente. Loé Tiiugs se dejaban caer como faeridos de muer- 
te, y apenas estaban tendidos despedazaban con piedras 
agudas los pies desnudos de sus enemigos, y los extrangu- 
laban antes de levantarse para morir. Nizam, herido mi 
la cabeza, fué poseído de un acceso de locura furiosa que 
dio al combate ún nuevo carácter de horror. Se armó de 
dos p«ñales y arrojó con voz de trueco el formidable gri- 
to de miok !' el grito tan conocido y temido aun en Ben- 
gala, y que las islas de la Sonde han enviado al continente. 
Gritando amúk la boca cubierta de espuma, los ojos liorH- 
blenaite ensangrentados, Nizam saltaba con las alas deun 
demonio y la agilidad de un tigre sobre las filas compatitas 
de los Thugs, y prodigaba las puñaladas y las maldiciones 
indias. Los soldados de })ougias arrojaron el mismo grito 
y se lanzaron con ese furor infernal que les dan su sangre 
y su sol, sobre los extraoguladores sobrecogidos de espau- 
to; mientras que los ci payos de Stephenson, que habían 
descendido por el otro lado, acabaron la derrota apoderándo- 
se del viejo Sing y de su escolta de sacerdotes y de Fakires. 

La historia dice, que solo doscientos Thugs se libraron 
de la pelea del valle de Doumar Ley na. Hicieron un gran 
número de prisioneros ; y los pájaros de presa y las fieras 
del desierto gozaron largo tiempo de las eonsecuencias de 
esta batalla. 

Los honores de la sepultura no fueron concedidos mas 
que á los soldados Anglo-indtos. I>otíglas,, £dv«^ard y el 
joven Elona estaban desconocidos, aun á los primeros ra- 
yos del sol. Habían combatido estrepitosamente en la re- 
friega, y era dificil conocer si la sangre que corría por dios 
saKa de sus venas ó de las de sus enemigos. Elona no se 
habia separado del coronel, y esta asistencia fraternal y 
vijilante habia sin duda evitado mas de un golpea Douglas, 
quien, en su calidad de jefe, debía vi jilar naturalmente por 
sus soldados, y bien poco por él. 

— Querido conde Elona, dijo Douglas estrechando las 
manos del joven , ' os doy gracias ; sois un excelente escudo. 

SKGlffDA EPOGA. — TOMO VI. 52 



4tO mmnA m mammo. 

.Siento no poder 'hacer nada por vos. Mo tango niagan gra- 
do que claros. En este n^ocio , qiüen ha hecbo el papel 
mas noble, sois vos. 

*— Qaerido coronel, diio Eloaa, he lieeho bien poco; 
pero sin embargo, exijo qne hc^is algo por mí.... allí 
arriba^ encima de esos abismos que conon» biau , hay une*' 
ve cadáveres tendidos al pié da nn. infame alter; nuestro 
deber es enterrarlos. 

El cteouel hiao un gesto de satisfaociou , y volviéndo- 
se báeia Mizaní que llegaba eon el rgrupo de los pr iao- 
ñeros: 

— INkam , 4ijo, ¿ereeis qñelos cadáveres de nuestros des- 
geeeiados soldados ^fén ,aon alia arriba en el templo? 

— No, coronel, dijo Nisam con voz ahogada aun* \hw 
decirlo así, después de la tempestad de mumúk ; no, los 
cadáveres han sido arrebatados de allí, según la oostom- 
bre de esos bandidos. 

^-*^EI viejo Síng debe conocer el lugar donde estén de* 
pasítados. 

— Segttitiiñente , mi dbronel, el viejo Sing conoce ese lu- 
gar , y íosolros también. Pero*., anadió 3Si<am, ¡ miro ba- 
cía todas partes, y no veo á Sir Edward ! es ckmasiado dies- 
tro para hacerse matar por esos animaks ! ¡ dónde estará 
&r Edwtrd ! 

•^hKo os inqnieteis, ¡valiente Kisam, idijo Eiona. Acabo 
de estroefaar la mano á &ir Edwand; probablemente se ha- 
brá batido , según su eostumbre , como hombre €(ue despre- 
cia á sus enentifQos, y que noiqnitre tener el honor de de- 
jarsematar por ellos. . . P^o, mirad, aquí viene 8tr Edward. 
Intnadiatameate después del combate ,erey ó Edward de 
su deh(*r descubrir un arroyo en medio de aquel árido de* 
sierto, estudiando las distintas 'faces de las r4)oas, .y las va- 
riadas ohises de, plantas sembradas ienjasgiúetaR de «las 411011- 
tañas, y en las coucijrbidades de los picos. Hallado que hu- 
bo d'8ri*oyo, se pi^rifteó nuestro oaíiallero de las nianchás 
de S3ngre que halua adupíiirido en la batalla , y se dirigió 
al grnpo de sus amigos con cierta afectación muy «acusable 
en ¡verdad , porque la fatuidad no es permitida smo en el 
campo de batilia , ocoao lo ha .notado na moralista id«l si^ 
glo úliAmo (1). 

— ^Amigos míos, dijo Edwaard, la muerte no es tan fá«il 

O) 'MarácoiN. 



IQl^ !áMm ^AK tmontAR! 4il 

ie balkf eoM> Be oree ; no wiMerewÉoeaaiidbqaka^.^l 
IBlnfrcdo.^ Byron dijoi es wiig fácil morir.., pero 70 res- 
ponde á eso : Bo es cosa tan fácil , milord. 

—¿Pues qué, habéis procurado morir, Edward?, dijo lilo- 
11a «castado al ver la triste soarisa de su ami^o. 

«— 'JVo precisamente, mi querido Elona*... Pero bfty tnó- 
•inentosée una m^aaeolía mortal.... Voésabeia esto-mejer 
que cualquiera otro, conde... momentos ^ que daría uno 
su yida por cualquier lijero o^pricbo.... por iiuaniciier.... 
Aniigos mios, acabo de desat^rir allá abajo detrás de ese 
promontorio de rocas itn arroyo encantador^ un agna vir- 
gen, deliciosa.... , 

— Sí, exclamó Nizam..., conozco ^Bse ^arroyo.... no liay 
iña? que ese emestos alrededores. 

— Ks on arroyo muy oenüo que parece baiber «ida olvi- 
dado pordtstracciíMíi.... Apresuraos á Ycnir á goxar de él. 

-^llotonel Douglas, ¿queréis eifterrsr los ciMcláTcres?.... 
dijoKÍ2Bfn. 

-^Qs comprendo , Nizam , dijo el coronel con tristeza . 

— Seguidme, lieronel. 

-^¿Debo yo acompañaros, Doui^s? preguntó £dward. 

— Preciso, amigo mió, precia, preciso. 

— Pero yo conoicoel arroyo; yo soy -d quelolia des- 
cubierto. 

— Venid vos también y descubvireía etra cosa. 

— Boitglas, £tofia, Hizamy Edward se dirigieron bácia 
el arroyo, y caando dieron algümes pasos, el coronel habló 
jen vozbiqaá ISiiam, que hizo un «ígnoaíbTmMivo, y sé vol- 
vió bácia el lugar del cooaibate, donde tdtatieQte4ftí^fapensmi 
vigiluba las inhiimaoioties. 

-^ Gom>ael Dooglas , dijo Elona, esbe misterioso episodio 
os ha hecho olvidar mi súplica. 

— *-Nada be olvi^do, conde £loiia. 

— IVe |>arece , coronel , conlinué d conde, que miestro 
primer deber es pensar m los desgraetaüos pimoneros que 
fueron extranguiados enmi presfincia, y;... 

— Muy loable es vuestra demanda , pero esperad un poco 
y quedareis satisfecho. 

INizam se acercó en este momento seguido de unos cuan- 
tos ci payos, y continuó con ellos hacia el arroyo. 

Guando llegó á las orillas de este reconoció el tetteno 
en una extensión de quinientos pasos; arrancó algunas plan- 
las acuáticas, cuyas raices examinó, escarbó profundamente 






412 



ABVISTÁ DE MADRID. 



la tierra can sos dedos, y ootanidaen íln qae d arroyo hacia 
una eurba, que no era natnral, por entre dos líneas de fio- 
recillas, colocadas en la orilla artificialmente,^ se dio una 
palmada en la frente y dijo: €U¡ui es. 

Inmediatamente los inteligentes ci payos cabaron con una 
dureza admirable en uno de los lados del arroyo, consi- 
guiendo por este medio que la corriente tomase nti nuevo 
giro, dejando descubierto el leclio por donde pasaba antes. 
Descubrióse entonces un pedazo de tierra, recientemente re^ 
movida y despojada de la lama y musgo que la humedad 
hace crecer en el fondo de los arroyos. Los soldados c^stba- 
ron de nuevo en el sitio que les iudicó Nizam , y se descu- 
brieron nueve cadáveres. 

Elona los reconoció y derramó algunas lágrimas. 

Así es como los Tfaugs entierrau á sus víctimas á fin de 
ocultar á las mas minuciosas pesquisas las huellas ó seña- 
les de sos asesinatos religiosos. Cambian el albéo de un rio 
y le dan uno nuevo que han convertido en una tumba. 

£i coronel Dooglas reunió á todos los soldados para ha- 
cer los honores militai*es á las víctimas de Doumar Leyna, 
sepultándolos en huesas profundas, sobre las cuales coloca- 
ron enormes peñascos sacados de la roca, á fin de guarecer 
los cadáveres contra las hienas y pájaros de presa que acos- 
tumbran escabar las sepulturas en busca de despojos huma- 
nos para sadar su hambre. 

Cumplido este piadoso deber, el coronel Douglas dio la 
señal de partida, y el destacamento abandonó el desfilade- 
ro de la montaña. Los soldados de Stephenson recibieron 
órd^d de no presentarse en Boudjáh hasta la noche, á me- 
nos que las cirénnstancids exigiesen que se tomase alguna 
nueva disposición. El capitán Moss situó su gente en los bos- 
»ques dePíerbudda. 

— Esees un eseeso de precaución, dijoNizam, porque 
creo que los Thugs de por aquí no intentarán nada después 
de la lección que han llevado esta mañana. Sin embargo, 
bueno es estar siempre sobre aviso. 



(Se coiwluirá.) 



413 



BOLfiTIN BIBLI 




HlfttQrla da EtpMíi d«ftde los ttompoi i^rlailtlvos hasta la: 
mayoria da la Belna Baña Xi^bal XX, redactada y aaatada 
con arrabio á la qna escriiiló an infiel al doctor Banhan, 
»or B. ANTONIO ALCAuL GAXXANO| coa uM raioia da 
loa historiadoras aspanolas da mas nota, por B. JUAN 
BONOSO CORTES , y «a dlscarso sobra la historia do naas- 
tra ttacioa , por B. FRANCISCO MARTÍNEZ BS UL ROSA. 

TOMO XXI. 

« 

CiSTEtomo 111, qae ya se baila completo,. estando al mis- 
mo tiempo muy adelantada la pirblicaeion del IV, c<ini- 
preade el reinado de D. Pedro el^Crael, tratando de! rei- 
no de Granada y de las cosas de los moros , desde el año 
de 1273, hasta la muerte de aquel monarca. Gontinúa la 
historia de Aragón, desde el fallecimiento de D. Jaime el 
Conquistador, hasta el fin del reinado de D. Alonso Y en 
1458. Guntinaando también la hi^ria de Castilla, seré* 
iieren lofisuceivos ocurridos^ 4esde 1<^ principios del reinado 
de D. Enriqoe II, basta fines del* de D. Juan II; y se pro- 
sigue la del reino de Navarra, desde el principio del rei- 
nado de Carlos 111 el Noble , basta la muerte del prínci- 
pe de Viana. En el capítulo IX se reúne la biMoria de 
Castilla, Aragón y Navarra, hasta el fin del reinado glo- 
rioso de los Beyes Católicos, en que se reunieron los di- 
versos estados que constituyeron después nuestra podero- 
sa monarquía. En los dos últimos capítulos de este tomo 
se espone con tanta erttdieíon como filosofía un estado d^ 



414 ÜEVISTA D£ ]yrADRID. 

■ 

la España crií^tiana , y otro político , civil y religioso de la 
PcDínsiila y durante la dominación mahometana. 

Las notas son tan eruditas, tan curiosas, tan interesantes, 
y de tanta importattciáoonto en los tomos anteriores: entre 
las de este, no podemos dejar de copiar la que tiene por tí- 
tulo Generosidad de Naa»mz. (Apéndice A, al tomo III, 
pág. 156). 

«El siguiente ejemplo de generosidad, dado por un al- 
caide cristiano, ha de.seríeído con gnsto, porqae prueba 
ípie en nn^ hombre valeroso ni las preocupaciones naciona- 
les , ñi las religiosas , pueden sofocar los mejores princi- 
pios de la naturaleza humana. 

• »Fn vísperas de una expedición , Rodrigo de Narvaei, 
alcaide de Antequera y destacó algunos ginetes á reconocer 
el campo. No descubriendo estos enemigo alguno, se iban 
de vuelta á Antequera, cttwido al rodear una altura , die- 
ron de repente con un moro á caballo, al cual hicieron cau- 
tivo. £ra este un mozo como de veinte y tres años de edad^ 
degallurdapreseaeia, ricamente aderezado , eon una espa-^ 
da y escodo de trabajo esquisílo , y montado en* un hermo- 
so ealNUo^9 todo k> oual éfiba eláros ifidioios de ser de uiuii 
fafúlía dteUagiiiidft de aqtiellfi tierra. Fi»é traido el cautivo 
anle Narvaez , el oaal le preguntó qváéa eca y á donde Iba. 
AesfMMidió el moro muy conmovido , que él era hijo del al^- 
caide de Bofda 4 pera, al procurar; continuar su retec^, 
empezó á dertiaiMr láglrimas con tanta abanéanóa-, qiie: 
le fué imposible decir palabra alguii». Me adoan», di» 
jo Narvaez : sé que tu padre es un guerrero inifépidb ; pe« 
ro tü lloras como una mujer. ¿Ke selles que tu desdicha es 
uno de los azares ordinarios de la guerra? No lloro la pér« 
dida dé mi libertad, respondió el moro, sino una desven- 
tura mil veces mas grave. Entonces ealteehado á que deebh-^ 
rase lavcausa de su agitación, dijo: Largo tiempo hace q^ 
estoy enamorando á k bija de un alcaide-vecino, 1# eual oor« 
responde con igual afecto al mió. Esta noche nusma^ibi^ i 
ser dtiejk> desu Jtorme^ura, y aJtofu^nt^^h^nidertá espfraa* 



áoy tus soldados me b^n éaativiMk>. ^o hay palabras para 
ex^ivsaar midesiesperaeilofi. ftfea^eabalkefoefes, dijo áí^e^to 
movíd&á o^tnpasion el eristiaíiio ,^ y si me pvomietes vcdver, 
te conseiiHré que Tfiyas libre á ver á tu dama . Lleno d6«gra- 
deoimiefito el moro, aieeptó k coadioióo prepuesta y se faé 
Utegaiido a la casa de su: q^i^rida antes de apirtiiap t» anrora. 
Al 3d)er eUa h» causa- átí m: abatlmíeato y tristeza , difo: 
« antees de esle fatal momento siempre me bas mestrado eari- 
lio, y ahora no me das pruebas de tenérmele. Temes que 
si yo te sigo sea también cantíTa, y por eso quieres^ que me 
quede; ¿pero rae tienes por menos- generosa que tú? Mi 
suerte de aquí en adelante ha de estar unida ú la tnya;li-* 
breó.cautivotú, yo en la misma situación he de estar'siem- 
pre á tu lado. En e^ cofrecito tienes joyas bastantes á pa** 
gar to rescaté ó á mantenernos á los dos en el cautiverio. 
InrtiediBtamente se fueron los dos amantes, y al caer la tar- 
de llegaron á Atttequera. Fueron bien recibidos por Narraea^ , « 
el cual dio las mas altas alalianzasá lafldelidad del caballero 
y á lá fierna pasión y al heroico desprendimiento de la 
doncella, y no soto otorgó libertar á ambos, sino que col- 
mándolos de presentes los envió eoír una escolta y con tO' 
dasegurictodá Ronda. Corrieron pronto por todo el reino 
áé Granada nuevas de este suceso, el cual vino á ser asutn 
to de varios romances donde ^an cantadas las alabanzas de 
Narvaez por sus mismos contrarios. Traduceion de la hi§^ 
torta de Conde por Itfarlés, tomo XII, pág. SOS á 308 (1).» 

Yéase to que dice nuestro autor aeerea de la conquista 
de Granada: 

«En la primavera de 897 (de Cristo 1491) elrer Dóir 



(l) De este suceso de Rodi'igode Narvacz trae una relación muy bien 
caserita Jorge de Montemayor en sa ülana. Es por supuesto la relación poé< 
tiea «lunquo eapcosa , y sacada át la tmagináciob inventiva de] autor* sos 
eiremntanoias. A eUa alude mu» de an» ves GeryaiUes en su Quijote. No 
estará dfi mas decir que el famoso akaide es progenitor del general D. Ra- 
món Xarvaez , que tanto papel está haciendo en nuestra presente historia, 

{X AH r.) 



416 . REVISTA jm IfADMD. 

Fernando poso cerco á Granada al frente de cincuenta mil 
soldados de á pié y diez mil de á caballo. Bien era de espe* 
.'rar que sería largo y sangriento el asedio ^ considerando la 
robustez de las fortificaciones y el fanatismo del vecindario 
sitiado. Pasó en verdad algún tiempo antes que el cerco 
pudiese apretarse , pues los granadinos solían á mequdo re- 
cilnr socorros de víveres , no obstante la vigilancia de los 
castellanos y de su rey, y en salidas que ocurrían de cuan- 
do en cuando, no siempre quedaba la victoria por parte de 
los sitiadores. £st05 combates abrieron tantos claros en las 
filas de la bueste cristiana, que su rey hubo de prohibir- 
los, resguardando sus reales contra las salidas de los moros, 
rodeándolos de espesas murallas y hondos fosos. Bien cono- 
cieron entonces los sitiados que su enemigo estaba resuelto 
á hacerse dueño de la ciudad , tardase mucho ó poco en 
cons^ttirlo. Muza, general de los moros, hombre de gran 

. valor y no meno$ talento y i)ericia , desesperado al ver aque- 
lla conducta política de los cristianos, persuadió á sus ae- 
caaces á que le siguiesen á asaltar las trincheras de los si- 
tiadores. Pero estos no aguardaron á recibir y repeler el asal- 
tp, pues viendo venir sobre ellos á sus contrarios, y cono- 
ciepdo la intención que traían, dejando el abrigo de sus 
murallas les fueron al encuentro. £1 campo que mediaba 
entre el real cristiano y el muro de Granada, vino á ser 
teatro do una horrorosa lid , que terminó en la completa der* 

, rota de Ips moros. Conseguida esta victoria , ya no se con* 
tentó el rey Femando con traer á los granadinos encerra- 
dos en su ciudad, sino que resolvió cortarles toda comuni- 
cación con las tierras de donde recibían el sustento, y es- 
perar con paciencia los efectos inevitables del hambre. Ha- 
biendo talado toda aquella comarca , puso destacamentos en 
todos los puertos y pasos que iban hacia la ciudad. Labró 
la poblacion.de §anta Fé, fortaleciéndola como lugar de se^ 
guridad si los moros hiciesen algún esfuerzo de desespera- 
ción , y lograsen alguna ventaja , y en aquel pueblo nuevo, 
así como en los reales vecinos, tuvo á sus soldados y á su 



BOLBTOI BIBU06&AFIG0. 417 

corte, DO solo proTístos de todo lo necesario á la tida , sino 
con comodidad y basta con regalo. Entre tanto los sitiados, 
sujetos á crueles privaciones , empezaron primero á mur- 
murar, y luego á amenazar con la muerte á su muelle 
7 pereaoso monarca. Abu-Abdalla en tal aprieto se dio 
prisa á juntar un consejo de guerra, á fin de oir el dicta* 
men de los principales entre sus subditos sobre la lasti- 
mosa situación en que estaban sus negocios. Todos acordes 
convinieron ^ en que los fuertes reales de Fernando, la ciu* 
dad que junto á la de Granada había labrado, y la política 
que seguia , eran indicios demasiado evidentes de ser inal- 
terable su determinación, y de la suerte que esperaba á 
los granadinos al postre, y aun dentro de poco; que el 
pueblo estaba rendido y abatido por el hambre y la fatiga, 
y que siendo imperiosa la necesidad, se babia menester 
hacer una tentativa para sacar de los cristianos una capi- 
tulación en términos honrosos y razonables. £1 Hagib Abul- 
Gassen, anciano venerable, pasó á los reales de los reyes 
católicos, y en el 22."^ de la luna de Mulharram del año 
de la H^ira 897, ó sea 25 de noviembre de 1491 de la 
era cristiana, se estipularon entre él y personas comisio- 
nadas al intento por los reyes católicos las condiciones si- 
guientes: que fuese entregada la ciudad dentro de dos 
meses, si en d término de ellos no era socorrida; que el rey 
moro, sus wisires y jeques jurasen fidelidad á los reyes 
de Castilla, y que tpdos los habitantes trasladasen el pleito^ 
homenaje hecho á Abdalla á los vencedores ; que á Abu- 
Abdalla fuesen dados dominios y estados bastantes á man- 
tenerle con el debido esplendor; que todo musulmán que- 
dase en libertad completa ^ y siendo dueño de la hacienda 
que á la sazón tuviese : que les fuese conservado el libre 
uso de su religión , así como sus mezquitas , sus alfaquies, 
y hasta sus leyes y jueces; que durante tres años estuviesen 
exentos de pagar tributos para el mantenimiento del estado, 
y que después hubiesen de pagar solamente los que pagaban 
á sus propios reyes, y que entregasen quinientas personas 



418 BRV.fSTA DE MADRID.- 

eu rehenes delflel cumplimiento de todas las anl^chi^ esti- 
pulaciones.. Ahul-Cassen, portador de condiciones tan du- 
ras , las expuso ante el consejo de Abu-Abdalla , donde 
fueron oidás con solemne y triste silencio. Al cabo algu- 
DOS de los vocales del consejó mostraron una natnral y 
profunda aflicción por la suerte que ante si veian. Muza fué 
de parecer que muriesen antes que rendirse, y viendo que 
valian poco sus quejas y reconvenciones, se salió de la sa^ 
la donde se celebraba la junta, cogió sus armas, monto en su 
caballo, y echándose fuera de la ciudad por la puerta de 
Elvira, desapareció por el campo ^ sin que de su suerte 
posterior haya noticia alguna. Después que así se fué su ge* 
neral, Abu-Abdalla dijo: «valor no es lo que nos falta, pe- 
ro medios dé resistir sí: la mala fortuna ha extendido su 
mortífero influjo sobre este reino, y despojádonos de alien- 
to y fuerza á todos. ¿Que recurso nos queda? Todo lo ha. 
destruido la tempestad. » Todos conoísiérón con cuánta jus- 
ticia se quejaba el rey , menos la ínfima plebe, cuya faná- 
tica furia habría sin duda sepultado la Ciudad eiitre ruinas si 
el mismo Abu-Abdalla, por consejo de sus jeques, no hu- 
l>iese rogado á Fernando que entrase en la ciudad algo an- 
tes de cumplirse el plazo estipulado, ruego al cual el mo- 
narca castellano accedió de buena gana. 

u En el cuarto dia de la luna de Rabia I del afío de la 
Hegira de 897 (ó sea en el de 4 de. enero del 1491 de nues- 
tra redención) , Abu-Abdal la envió á su familia y tesoros 
alas AIpnjarras, y él mismo, seguido de cincuenta gine-. 
tes, salió caballero en su caballo, á presentarse al rey Don 
Fernando, á quien saludó como á su señor, baciéudole pleito- 
homenaje. En seguida Abul-Cassen entregó al rey cristiano 
las llaves dé la ciudad de Granada, y entrando los cristianos,' 
plantaron al momento sus banderas en las almenas del Al- 
hambra, v en las torres v muros de las varias fortalezas de 
la capital del reino granadino. De ahi á cuatro dias hizo el 
rey Fernando con su consorte la reina de Castilla sil en- 
trada solemne en la ciudad, en la cual erigieron un'arzo^ 



BOLETIIf BnLIOGBAFIGO. 419 

• • • 

bispttdo/ é hiciéton una ^eside^cia de alganos meses. Ea^ 
segaich sé referirá cómo ¿umplieroü con la capitulación, 
ea virtud de la cual entraroiri en posesión de su conquista. 
El d^il Abu^^Abdalla no tuvo ví|l6r para volver á entrar allí . 
donde liabía estado sentado en un trooo ;: <^bizbajó y des- 
consolado, empezó su jornada hacia el Alpujarra, y como 
de cuando en cuando volviese los ojos preñados de lágrimas á 
las torres que iba perdiendo de vista, cuentan quelé dijo Zo- 
raya, su madre: « llora, llora, qué bien es que llores como 
mujer lo que no has sabido defender como hombre. » No se 
detuvo tampoco mucho en España, pues, á ejemplo de sú 
iio, vendió sus estados y se retiró al África, donde de allí 
á algún tiempo vino á morir en una batalla defendiendo el 
trono del rey de Fez, su pariente, pos príncipes de m fa- 
milia ,,yahia y su hijo, se quedaron en la Península espa- ' 
Kola^ donde abrazaron la f é de Cristo, y fueron colmados 
de honores y riquezas por kis reyes sus nuevos* soberanos. 
Así acabó en España de todo punto el señorío de los mol- 
sumanes, que desde el desembarco de Tarik hasta aquel 
momento habia durado casi ocho siglos pasados, én contí- ' 
nuas guerras. 

»Gon*tan señalado y provechoso triunfo vino ási^r altí- 
sima la gloria de los reyes católicos , cuyo dominio quedó 
establecido sobre la mayor y mejor parte de España. En 
la guerra hablan sido vencedores de los eneoiigos de su pa- 
tria y de su fé: en la paz contribuían á la común felicidad 
con. los aciertos de su firme y diestra gobernación , enfrenan- 
do y sujietando á la justicia á los opresores de los humildes 

• • • 

y destructores de la paz del estado, 

»Si Fernando é Isabel soló hubiesen usado de tan saluda- 
ble rigor contra los turbadores del público sosiego, nada 
empañaría el brillo de su fama ; pero por desgracia exten-; 
dieron su severidad á cuantos osaban apartarse de lir^reli- 
gion establecida. Tenían odio implacable á los apóstatas y 
á todos los conversos que- después de ser bautiíados se vol- 
vían otra véi al judaismo , ó á la secta de M ahoma. Anda* 



Í20 . REVISTA DE MADBID. 

lucía mas que otra provincia del reino abundaba en estos 
relapsos. \ instancias de algunos eclesiásticos de Sevilla, don- 
. de como en ninguna otra ciudad liabia cundido el mal pes* 
tilente de la apostasía, establecieron allí un tribunal nue- 
vo con facultades sin tasa contra todos quienes delinquie- 
sen en materia de religión, ó á lo menos <;ontra todos aque- 
llos que acusados y citados á comparecer en un plazo lijo 
no mostrasen contriccion por su culpa , ni se sujetasen á la 
penitencia que les fuese señalada. Los jueces eran tres , to- 
dos ellos doctores en derecho civil y canónico, y todos con 
encargo estrecho de no ahorrar trabajo para descubrir á 
los delincuentes, y después de condenarlos relajarlos al bra- 
zo seglar. El Papa aprobó el establecimiento de este tribu- 
nal , llamado de la Inquisición ó de la Fé, y en la bula mis- 
ma en que le estableció dejó á los reyes reinantes y á los que le 
sucediesen la facultad de nombrarlos inquisidores. Los nue- 
vos jueces empezaron con vigor á ejercer su tremendo mi- 
nisterio. Vero Sevilla no era el único lugar donde abunda- 
ban los apóstatas, pues estos eran casi tantos en el reino de 
Toledo. En 1483 otra bula pontificia autorizó el estable- 
cimiento de tribunales semejantes en varias ciudades de Cas- 
tilla y León, sujetos todos á una cabeza suprema, que con 
el título de Inquisidor general, hubiese de ejercer una auto- 
ridad sin limites sobré sus procedimientos. El primer ecle- 
siásti(5o ascendido, á tan alta dignidad fué el celebrado prior 
de Santa Cruz de Segovia , fray Tomás de Torquemada, frai- 
le dominico, de alma inaccesible á la misericordia, y cuyo 
celo excesivo rayaba en diabólica crueldad, si bien hay prue- 
bas bastantes para acreditar que aquel varón extraordina- 
rio en todas sus acciones era guiado por los rigorosos pre- 
ceptos de lo que él consideraba su obligaciím, siendo en sus 
modales manso y suave, en su porte humilde, y en su auste- 
ridad tan severo, que de pocos era igualado. Pronto vio ex- 
tenderse su jurisdicción á otros tribunales de la misma es- 
pecie establecidos en Aragón , Cataluña y Valencia, reinos 
donde sin embargo causó extremada ira tal novedad en~sus 



BOLETIll BIBLIOGIIAFIGO. 421 

fueros y privilegias , y que por largo tiempo , aunque en val- . 
de, se resistieron á que en ellos se plantease. Todos los es- 
critores contemporáneos astán conjordes en reconocer que 
la inquisicton en sus primeros procedimientos obró con ri- 
gor excesivo. Solo el tribunal de Sevilla en el breve exacto 
de treinta y seis anos (d^e 1 484 á 1 520) condenó cuatro mil 
víctimas á la hoguera, y un número infinitamente mas creci* 
do á galeras , á cárcel por vida ó por plazo limitado , y á 
otras penas; de suerte que al saber tantos rigores , imposi- 
ble es que no se estremezca quien tengan algo de humano. '> 



EL 6II4 BLAS BEL SIGLO Xl\, cuyas aventaras eomlcnzan con la guerra 
de la Independencia, y coMliina con la relación de la principalmen- 
te aedécido en Espada hasta el presente añ« de iSlili.— Olira IHstrlM- 
da cfi libros y capítulos» $. Imitación del «otlyuo cai Blas de Saatñla^ 
na, poi^ D. I. F. G. G. S. Y. T.; 4 tomo» 8.« (Se vende en la librería de 
Boíl, calle de Carretas, ndmero 8.) 

No necesitábamos que el autor de esta obra nos dijese 
que había estudiado cuidadosamente el Gil Blasdel siglo XYII, 
para conocer que de tal manera lo ha estudiado, y con tal 
afícioli y gusto, que sus pensamientos y sus palabras ha- 
bia llegado á asimilarlas^ y, digámoslo así , á convertirlas en 
^ sustancia propia, para reproducirlas' después con verdad, 

^ con naturalidad y lucidez. En efecto, basta solo leer las pri- 

, meras páginas de ésta obra, para descubrir en ellas desde 

luego, no solo aquel lenguaje sencillo, fácil, expresivo, no 
solo aquellos pensamientos oportunos é ingeniosos, y aque- 
llas ideas maliciosas ó picarescas expresadas por cierto ba- 
jo una forma nada disimulada ni edificante, sino también la 
manera acertada y feliz con que se enlazan de tal modo los 
incidentes, que en una obra de recreo resulta una buena 
crítica y una sólida instrucción. El autor del antiguo Gil 
Blas pinta las costumbres del «iglo XVII, y las arterías y 
vergonzosos actos del gobierno de Felipe III , según expre- 
sión del autor del uuevo Gil Blas; y este se ha propuesto, 
venciendo dificultades inmensas, y penetrando por el laberin- 
to de los acontecimientos contemporáneas, trazar á grandes 
pinceladas un cuadro, en que aparecen pintadas las costum- 
bres de nuestro siglo, y presentados bajo su verdadero pun- 
to de vista los extraordinarios sucesos de que ha sido teatro 



-M I 



422 JUSVI8TÁ pÉ MADBID. 

nuestra Peninsula desde la gaerra llamada de la indepen* 
dencía. Los prinei pales acontecimientos de esta, la ynelta 
del rej Eerñando, su decreto espedido en Valencia d 4de 
mtijo, el gobierno dé los 6 años, las épocas desde él aftó^ 
al 23 , y dnde este al 33 con el gobierno de Calomarde ^' j 
los sucesos ocurrido^ desde k muerte d^l rey hasta el aflo 
1844, han sugerido á la fecunda imaginación del autor 
dé la obra qué anunciamos los cuadros mas acabados, las 
descripciones mas interesantes , y* los juicios mas exactos 
y profundos. Para dar alguna mm^tra de esta obra , pr»» 
sentaremos á nuestros lectores la. descripción qué baoe de 
la vida y costumbres de las Babianas, y del lance gracioso 
que con estas ocurrió á Gil Blas s « Emprendió, pues, su ni- . 
ta por las Bahías, puerto de Somiedo y Peftaflor. Llevaba 
su imaginación ocupada en lo que habia observado en casa 
de su amigo, viendo á toda su familia decidida por un par- 
tido tan opai^to á hs Ideasde sus tíos. Esto le obKgaba 
i.presagiar males sin cuento^ si por desgracia de la tápa- 
na se generalizaba esta diversidad de opiniones, porque ra- 
ciocinaba de este modo: Yo he observado en Saíárnaaca^es- 
ta. misma oposipion de ideas. £n una de las casas que fre? 
cueatiiba, decían que todavía eran pocos los veinte y cüa- 
trp conventos de frailes y catorce de monjas que allí bábii^ 
y que^ era pr^iso fundar muchos mas* En otra spstenian 
qué estas corporaciones se habían apropiado lo mejor de 
la fierra, y que se mantenían á costa del sudor de los po- 
bres.que la cultivaban, encerrándose en los plaustros bra- 
^ muy robustos y muy útiles para él trabajo, ¡sin ejerci- 
tarlos en ninguno de locí oficios que son indispensables eu 
la sóqiedad. Los unos; aseguraban que los religíóísos eran el 
ma» firme apoyo del Estado por su moral, por ^u doctrina 
y emeftanza de las máximas del Evangelio. Los otros ates- 
tiguaban con hechos todo lo contrario , haciendo ver el es^ 
travio de algunos que se arrojaban á toda clase de escesos, 
sin perdonar la seducción de las poncellas , y de las que 
no siéndolo ya, pertenecían á otro duefio. 

«Algunos, aunque confesaban este ^trayip de unos po- 
eos, pitaban otros venerables ancfafios , que ^ran un tesoro 
de ciencia y. de virtud^ y qqe estaban esclusívamente de- 
dicados á beneficiar la viáa del Señor. Otrps confesando ser 
cierto^ afiadiiin que para :C$o no eran precisas tantas rentan^ 
ni tantps bienes como se habían acumulado en perjuicio de 
las clases pobres que no poseían un palmó de la tierra que 



boletín BIBLIOGÁAFICO. 423 

el Eterno Hi^cedor había regalado á todas sus criaturas, sin 
)[X)nceder á oiaguno la propiedad de élla. Los qué dereudiaia 
las órdeaes religiosas citaban las inuclias limosnas que ¿e 
hadan en los conventos , y probaban que las tierras que' les 
peirtenecian eran arrendadas con un cánón muy moderado 
respecto de todas las demás. £n una palabra, cuando.yó salii 
de eutr.e los defensoresde los frailes y de los convetijtps, me pa- 
recía que tenían razón, y cuando venia de ver á sus contrarios 
me. parecía que también tenían razón , ¡ Oh Dios iliió.! e:icla- . 
maba, yo interiormente: si estas razói\es ó estas síiírazoues 
se gcoerálízan por toda la España^ ¿á dónde Iremos á parar? 
» Recordaba asimismo otras varías conversaciones que ha- 
bía presenciado en Salamanca sobré los vínculos y mayoraí:- 
gos.. los unos los defendían por muy útiles al Estado para 
sostener el trono, y para perpetuar él nombre de la familftt 
en la mas. prolongada sucesión. Los otros los declaraban iti« 
justos y pjpr judiciales ala sociedad por adjudicarse al pri- 
mogénito todo el . producto de las vinculaciones, dejando ú 
los demás hermanos sin ningún derecho á gozhr de lo que 
! debia ser de todos por una igualdad.' \. 

•La misma divei*sidad de opiniones había notado en Sa- 
lamanca respecto de los diezmos y otras varias íiíttovacto- 
ues que se intentaban hacer. Esto le presagiaba una encat^- 
nizadaguerra civil; pero no se atrevía á afirmarse en esta 
opinión hasta ver lo que le enseñaba el mundo que iba á 
recorrer. Continuó pues su vereda hasta que llegó á la vi- 
lla de Cabrillanes en las Bahías. Allí se le presentó un nue- 
vo mundo desconocido para él. Apenas había hombres eu 
aquellos contornos. Las mujeres hacían todos los oficios. 
Ellas ejercían la noble profesión déla agricultura, sembr an- 
do y labrando la tierra con sus bueyes, y manejando la 
esteva con toda inteligencia. Ellas iban al monte con s us 
carros que retornaban cargados de leña. En una palabra, 
era una sociedad de mujeres aisladas, pero unas amazonas 
en la fuerza y en la animosidad. Sus maridos y sus hijos 
estaban dedicados á la vida pastoril, y en la provincia dé 
Estremadnra tenían su mas larga mansión. Solamente pa- 
. saban por su pueblo en la estación de verano cuando ve- 
. nian con sus rebaños á darles pastos en las montañas que 
dividen el principado de Asturias del reino dé León.' 

>»Sé apeó nuestro Gil Blas en la taberna de aquel pueblo, 
y pidiendo de comer, le presentaron las mejores truchas 
que pued^ haber en todo el reino de España. No se piíede 



424 tBVISTÁ ht 1IA0EID. 

dar una idea de lo que soo stuo ioYitando á loe lectores á 
ir á comerlas allí. Cuanto se estaba saboreando con ellas 
nuestro Santillana, se asomaron por el frente cuatro de 
aquellas amazonas y le dicen:— Caballero, ¿han de ser 
.voluntarios ó forzosos?— ^No se lo que Y V. me preguntan, 
dijo Gil Blas. — Hablamos délos cacharrones, le contesta- 
ron.— Y ¿qué son cacbarrones, repr^untó? — Gacharrones 
son los azotes que le. hemos de dar en sus posaderas. — Quié- 
nes? YY. á mí? £a, muchachas, ya está visto que han de 
ser forzosos , y manos á la obra. Al decir esto, arremeten las 
cuatro ai pobre Gil Blas, y cogiéndole la una por una pi(»im 
la otra por la otra, la una del brazo derecho, la otra dd 
izquierdo, me lo levantan á una vara del suelo. En esta 
actitud comenzaron á darle los cachárrones sobre su trasero 
por encima de los calzones, y concluida la operación se mar* 
charon muy satisfechas de haber cumplido su deber.» 

Supuesto que el autor de esta obra , tan ventajosamente 
conocido en nuestra literatura , ha querido ocultar su nom- 
bre, bajo el ^peso velo de muchas iniciales, nosotros debe- 
mos respetar este misterio, aunque nos será permitido fe- 
licitarle por el buen resultado de su trabajo, y por el pre- 
sente que en él ofrece á los amantes de las lecturas útiles 
j amenas. \ 



425 ' 



GRdnci poünci. 



LST nVCTOML.*— Pftttüm»T68.— AorOftlZAetMI VBVWk »0Í «. GOMttR» 



LiK nuiestra crótitcií anterior hemos presentado en resámen 
las bases del nuevo proyecto de ley electoral qae el Gobier- 
no ha presentado al Congreso , y que ya ha examinado una 
comisión dé este cuerpo colegislador. 

Una de las novedades mas importantes que se iatrodu- 
cen en la nueva ley , consiste en las formalidades que se es- 
tablecen para la formación de las listas electorales. Todas 
las que se dirigen á asegurar y íTacilitar á todos los electo- 
res el ejercicio de su derecho , todas las que se dirigen á que 
la elección represente fielmente la v(duntad y los intereses 
del pais , no podrán menos de merecer la aceptación de 
todos los hombres imparciales Y de principios verdadera- 
mente liberales. La intriga y la fuerza pueden obtener triun- 
fos electorales; pero serán siempre de muy corta duración; 
será muy débil el apoyo que proporcione al Gobierno una 
mayoría, que no tenga á su favor la fuerza de la opinión,* 
y que no pueda decirse la natural y legítima representación 
de los intereses del pais. Todo el poder de las mayorías en 
el régimen representativo, todo el influjo que ejercen en 
7as cosas públicas y en la gobernación del Étado, se fun- 
dan en la legalidad de las elecciones. Si se verifican estas de 
tal manera que sean puntual y religiosamente observadas 
las leyes que fijen y determinen el ejercicio de este derecho; 
si este no se impide á ninguno de aquellos á* quienes la ley 
se lo declara; si ninguna lo usurpa indebidamente ; si en el 
acto de la votación se respeta hasta el último punto la li- 

SEGDCDA £B0GA.-*10M0 Tp 54 



426 UyiSTÁ DB MADRID. 

-. • 

<• - » 

bertad de lo6. electores, y si preside al escratinio y demás 
operaciones electorales la m«s estricta legalidad , y una iiq- 
parcial justicia, entonces la deccíon será una verdad; en- 
tonces Se babri Itenaido la 'primera coüdieion del régimen 
representativo*; entonces la elección expresará las opinio- 
nes é intereses generales ; y entonces en fin se habrá indica- 
do un adelanto conocido én nuestras costumbres publicas, 
y en la práctica de loa. gobiernos libres. De otra manera se 
trabaja en vano , porque buscando una mayoría parlamen- 
taria , solo hallaremos una mayoría de partido ; y porque 
eansaltándo al pais en su opiniou y. m «sos intére^sas,. solo 
nos encontraremos con un agregado de opiniones é intereses 
individuales óxie partido. Por eso creemos que en la par- 
te á que aludimos, es decir, en la. formación de las listas 
electorales, y. generalmente en todas las circunstancias y 
formalidades que aseguren la mas estricta l^alidad en las 
elecciones, no debe considerprse este proyecto én el inter^ 
esclusivo de ningún partido, sino en el interés de todos los 
que sean de orden y deleplidad. 

Para impedir todo género de abusos se establece en el 
nuevo proyecto: 1.** que las listas sean permanentes; 2.o que 
las primeras que se hagan las formen los jefes políticos, oyen- 
do á los. akaldes y ayuntamieatos dé los pueblos , y recogien- 
do los da^s convenientes dé las oficinas de Hacienda; 3 .« que 
los jefes políticos ))pgan cada dos qüos la rectificación de las 
listas k en virtud de las notas' que para ello les remitan los 
alcaldes de los pueblos; y 4.<^ que los mismos jefes políticos, 
de acuerdo con los consejo^ provinciales, decidan de las re- 
clamaciones que se hicieren sobre inclusión y exclusión de 
las listas. Permanentes las listas y sucesivamente rectifica- 
das, no dependerá en adelante, ni del Gobierno ni del in- 
flujo de ningún partido, alterarlas ni renovarlas para fal- 
sear la elección. Cuándo el Gobierno disuelve unas Cortes 
con las cuales se halle en desacuerdo, no le será fácil por 
medio de las autoridades administrativas , hacer nombrar 
otras dliferen tés que le apoyen, no estando en su arbitrio 
variar el cuerpo electoral. Siendo este el mismo que había 
nombrado l^s Cortes disueltas, si envía una mayoría favora- 
ble^ al Ministerio, será prueba de que la anterior babia peic- 
dído su cpúfijinza; si íaenvia contraría ,^crá evidente que 
la habia perdjdó el Ministerio. Del mismo modo, cuando \a 
<^osicioii' luche por. derribar al ministeóo, podrá esperar 
en lai|* elecciones inmediatas qué ía bpibioh del paia fallé éíi 



N. 



i 



CROHICA POtmCA, 427 

sa favor, para eonvertir^e ea mayoría y entraren la direceioQ 
de los negocio» jubileos. Gons^vando dé up modo perma* 
nente el número y las caUdades del cuerpo electoral, servi* 
ri este al Gobierno d& garantía contra la oposición, y á es- 
ta contra el influjo de aquél: servirá de garantía á todos los 
partidos legales, que se acostambrarán á esperar resignados 
el fallo del pais, confiados ÚEficamente en la excelencia de 
sus priñcipítos y en la acertada y /ventajosa aplicación de 
ellos. O bemos de réAoneiar á los beneficios.del régimen re- 
presentativo, ó debe acatarse iM*of nudamente el juicio del. 
país expresado por «nediodel^Mierpo electoral. Quien de este 
juicio apele á la coacción » á la intriga ó á la fuerza , no ama 
las instituciones liberales, sino «1 despotismo que llera en- 
carnado en su ambician propia* 

En el nuevo proyecto se declara- incompatible el cargo 
de diputado con elefecliyo dé los funcionarios signieuies: 
i.^ capitanes generales; 2.<'coma&dantes.generales délos de- 
partamentos de marina; 3.^ fiscales délas audiencia^; 4.*" je- 
fes políticos ; &.^ intendentes de rentas ; pero sé esceptiian 
los que ejercen estas mismas funciones y tienen su residen- 
cía en iá capiltal; : : . 

£sta determinación se f uqda en dos principios : uno de 
palitica y otro de buena ádminisjtrae^OH : 1.^ la asamblea 
popular , ó electiva debe bailarse respecto del Gobierno en 
una justa y decorosa independencia ; S."* para que la admi- 
nistración sea bien servida en las provincias ,. es preciso 
que no abandonen sus respectivos puestos , para ejercen el 
cargo de diputados^, aquellos empleados superiores, coya 
residencia es indispensable en la^ provincias. Bespecto de 
1q .|>rimero .parece conveniente alejar de las Cortes ,á los 
einpleados de inferior ó mediana .categoría., que qniza á 
costa dé w conciencia, viniesen á las Cortes á adelantar 
rápidamente en su carrera, alterando el orden adminis- 
trativo , premiando la inmoralidad , y menoscabando * la in- 
dependencia pro|Ha de un diputado. Respecto de lo segupdo, 
d int(^réá de la administración es el mismo que el del pais^ 
y las autoridades que arriba bemos mencionado, no pue- 
den abandonar sus importantes cargos, sin perjuicio 4« la 
administración y <fel servicio público. £1 Gobierno no debe 
confiar ías capitanías. generales, las, comandancias genera- 
les de los departamentos de marina, las fiscalías de las 
audienciasi las jefaturas políticas y las intendencias de ren- 
tas i personas que no l|is hayan de desempeffar ^ y que ocu* 



428 BEVISTA DE MADRID. 

pados en fanciones extrañas y residiendo en la corte, dis* 
frnten la consideración y los haberes de aquellos elevados 
cargos, sin servirlos ni tomar sobre si la responsabilidad de 
sus atribuciones. Una mayoría compuesta de las autoridades 
de las provincias, que recíprocamente hubiesen influido en 
sus respectivas elecciones, ¿no supondría el abandono de to- 
dos los ramos de la administración , y no representaría en 
verdad el espectáculo de una mayoría pagada por el Go- 
bierno? 

Guando los empleados públicos de inferior categoría 
son diputados, no solamente están en peligro de sacrificar 
los intereses comunes á los propios, sino que ni siquiera son 
ordinariamente un apoyo seguro del ministerio á quien sir- 
ven. Necesitando para vivir de sus empleos, su interés con- 
siste en conservar la amistad de los ministros presentes, y 
cuando estos estén próximos á retirarse, en captarse la be- 
nevolencia de los futuros. Si ocurre una cuestión de gabi- 
nete, el deber de estos empleados, lo mismo que el de to- 
doií los diputados, consiste en votar según su conciencia; 
pero su interés es muy distinto ; su interés consiste en pe- 
sar las probabilidades de éxito que tiene el ministerio, y 
si estas son considerables, apoyarle eficazmente; mas si su- 
cede lo contrario , su interés le llama á la oposición como 
medio seguro de conservar en adelante su puesto. Esta ta- 
zón, sin embargo, no milita respecto á los empleados supe- 
riores , pues cualquiera que sea su interés en esta especie 
de cuestiones, sus compromisos de honor y de posición 
suelen ser mas poderosos que cualesquiera otras considera- 
ciones de inter^ personal: y aunque así no sucediera, aun- 
que ofreciesen los mismos inconvenientes que los emplea- 
dos inferiores, los compensarían sobradamente con los auxi- 
lios que sus conocimientos especiales y su esperiencia ad- 
ministrativa pueden suministrar para la mas acertada re- 
solución de los negocios públicos. Aunque el proyecto de 
ley electoral no ofreciese otra ventaja que la de cerrar ea- 
teramente la puerta para que en adelante vengan al Con- 
greso a hacer carrera aquellos empleados, que por los me- 
dios ordinarios no pueden adelantar , esto solo serviría pa- 
ra recomendarlo. 

Los presupuestos han sido detenidamente examinados 
por las diferentes secciones en que se ha dividido la comi- ^ 
sion general. Sobre el de ingresos se acordaron por dicha 
comisión , rcj^pecto del proyecto del Gobierno , las modifica- 



CRÓNICA política. 429 

clones siguientes : 1 / una rebajá de 50 millones en la con- 
tribución territorial en raxon á haberse economizado 24 mi- 
llones en el presupuesto de gastos, y sin perjuicio de au* 
mentar la cuota de 300.000,000^ á que dicha contribución 
queda reducida, en el caso de que analizadas las demás con- 
tribuciones, resultase algún déficit: 2.« reducción del im- 
puesto de consumos, conservando el derecho de puerta en 
las capitales que hoy lo pagan y y modificando las tarifas 
en sus cuotas y en el número de artículos sobre que re* 
caen : 3 .^ aumento de la contribución de $ubsidio industrial 
y comercial, hasta el duplo de la cantidad propuesta por 
el Gobierno , de modo, que en lugar de 25 millones sean 50. 
El Sr. Pella y Aguayo, individuo de la sección especial de. 
ingresos, presentó un sistema de impuestos diferente, que 
consistia en conservar las jcontribuciones actuales, eseepto 
las de culto y clero, paja y utensilios y frutos civiles, las 
cuales habrían de sustituirse con una de ióO millones sobre 
la riqueza territorial, y en aumentar algunos de los im- 
puestos restantes, como el derecho de puertas^ que én opi*^ 
nion de este séüor diputado, debía extenderse á todos los 
pueblos de 3 á 4,000 vecinos. 

Por la misma comisión de presupuestos se ha exai^ina- 
do el proyecto del Gobierno, en que pide se le autorice 
para el arreglo de la deuda pública. A los debates de la 
comisión se asociaron muchos señores diputados , y con^ 
currió ^1 señor Ministro de Hacienda. Besde luego, y en vis- 
ta de las csplicaciones de dicho señor ministro, manifesta- 
ron varios diputados que se hallaban dispuestos á votar el 
mencionado proyecto, pero con ciertas limitaciones y sobre 
ciertas bases , dé que no pudiera separarse el Gobierno* £1 
Sr . Peña y Aguayo leyó ante dicha comisión un voto particu- 
lar, en virtud del cual debia quedar favorecida exclusiva- 
mente por la conversión la deuda consolidada que no haco* 
brado interés en estos años últimos, es decir,' la del 5 y 
4 por 100 interior, > la activa extranjera. En vista de las 
varías opiniones manifestadas por los individuos de la co- 
misión, aceptó el señor Ministro de Hacienda como bases 
de la autorización que pedia, las siguientes, que se hallaban 
conformes con su propio pensamiento: 1 .* no se aplicará 
en este año al pago de los intereses de la deuda que se 
convierta , una cantidad mayor de 40 millones de rs. : 2."^ se 
señala como mínimum para verificar la conversión , un 
plazo de 8 años : 3/ la conversión favorecerá impalrcial- 



430 REVISTA 1>< MAMIB. 

mente todas las dases de deudas existentes en ei dia ; y 4/ 110 
se aamentarán los tipos de las contribacrones que sefta- 
la el presupuesto.— Las bases del voto particular del señor 
Pefia 7 Aguayo eran' las siguientes: í .* solo se pagarán por 
ahora los Intereses de la deuda ya auteriormeíAe consolida- 
da. La sin interés j y de mds no consolidadas, no disfrutarán 
de este beneficio: 2."* los 6000 millones en que se gradúa la 
deuda consolidada existente, geacariñ este aflo de un medio 
por 1 00 : en el próximo , de uno por 1 00 , 7 as( sucesi vamen* 
te basta el 6.*^ aflo, en que se fijará en 3 por tOO los intereses 
de toda la deuda : 3.* para evitar á los compradores de bienes 
nacionales el perjuicio que pudiera resultarles de lá aliade los 
precios del papel , ocasionada por la conversión , se fijará un 
tipo; por el cual puedan pagar en metálico los plazos pen^ 
dientes. Este lipo será el de 20 para el papel del 4 y 25 pa- 
ra el del 5 ; y 4.' el producto en metálico que ba de resul- 
tar de la base anterior se aplicará á los intereses de la deu- 
da convertida.— -Este voto particular del Sr. Peña y Agua- 
yo no. fué tomado en consideración , pero sí aprobó la comi- 
sión las limitaciones ó bases propuestas Ipor algunos señores 
diputados, y que el señor .Ministro de Hacienda habia acep-^ . 
tado. . Vj 

El Gobierno, que cree tener en las nuevas contribución 
nes los recursos necesarios para atender al pago de* los in- t 

tereses de la deuda, t}ue se baila en suspenso desde el año 
de 36, cree indispensable para fomentar nuestro crédito, 
el arreglo de la deuda. Para realizar este pensamiento soli- 
cita una. autorización de las Cortes. Solo dos medios po- 
día adoptar el Gobierno: el uno consistía en presentar á las 
Cortes un plan completo y acabado de organización de la 
deuda , cosa que además de ofrecer no pocos inconvenien- 
tes, 7 dé lastimar quizá intereses, no podria menos de di- 
latar demasiado un arreglo tan necesario: el otro medio con- 
sistid en solicitar una autorización en la forma y manera 
en que el Gobierno lo ha hecho. Entre estos dos medios, 
que parecían desde luego esclusivos , la comisión ba esco- 
gitado y convenido con el ministro del ramo en que se fi- 
jen las bases que han de dirijír al Gobierno en el uso que 
haga de la autorización que se le conceda , y que han de 
limitar ésta. Por consiguiente, el Gobierno será autoriza- 
do, éomo debe esperarse, para el arreglo de la deuda; pe- 
. ro lo será conforme á las bases propuestas por la comi- 
sión , y que han sugerido las diversas opiniones manife»» 



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CBOKICA POLltlCA. 43l 

ladas eii lacomtsioa por los digaos iadivíduos de ella , y las 
esplicaeionesi del Sr. Ministro. Quedari el Gobierno facnl* 
bdo para él arreglo de ladMÉl.; pero no podrá en la con- 
versión favorecer usa clase de deada con perjuicio de otra^ 
ni dedicar en éste primer año mas de 40 millones de reales 
al pago de los intereses de la deuda convertida. Estas, y las 
déma» bases podrán todavía 1^0 ser suficientes para asegu- 
rar el acierto de tan vasta operación : esto resultará de la dis- 
cusión en que se ocuparán nuestras Cortes en breve. El Go» 
bierno, que desde luego l)a admitido sin dificultad las bases 
propuestas por la comisión , admiti|^ de la misma numera 
las que sean justas y raaonables / Jas* que se dirijan á evitar 
4oda lesión en los intereses , con tal que. ni embarácenla ope- 
ración ni se opongan al pensamiento del G<rf>iertio. 



AVÁYA. 



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