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THE GIFT OF ARCHIBALD CARY COOLIDCE, "87 

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REVISTA HISTÓRICA DE LA UNIVERSIDAD 






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D I. DICIEMBRE 1907. N.» I 



EVISTA HISTÓRICA 



DE LA 



UNIVERSIDAD 



Periódico trimestral publicado por la Universidad 



33IRKCCION: 

^arlo» María de Fenm, Manuel Herrero y Espinosa, Juan Zorrilla de Saa 
irtíny José Enrique llo^ó, Francisco J. Ros, Lorenxo Barbagclata, Daniel 
reía Acevedo, Carlos OnetoyVlana, Orestes Araújo, José Pedro Várela» 
sé Saleado. 

L>ireccióii interna ; 
Luis Carve 



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ARCHIVO y MUSEO 
HíSTÓniCO NACIONAL 
MONTEVIDEO 

Imprenta tEl Siglo Ilustrado*, de Marino y Caballero 

23 — CALLB 18 DE JULIO — 23 



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Harvard Co:iac;- L;-a.«ry 

Ctrt of 

AroWbeid Cary Ccc" \ ^ 

and 

Clarenoe Loonnrd Koy 



PROSPECTO 



La Revista Histórica de la Universidad, iniciada 
por el ilustrado Rector doctor Eduardo Acevedo y autoriza- 
da por resoluciones superiores, se propone, llenando sin duda 
en la literatura histórica un vacío sensible, hacer conocer los 
sucesos anteriores y posteriores á 1810, por medio de la pu- 
blicación de documentos inéditos ó casi ignorados, y de toda 
clase de materiales que sean otiles para la historia social, 
económica, política, militar, literaria y física de la Repúbli- 
ca y que han de servir de base á la que alguno ha de tra- 
zar en lo futuro. 

Buscaró exhibir con ellos, en su integridad indiscuti- 
ble, para enseñanza de las generaciones y como estímulo á 
los que ya viven en el movimiento que se opera en el cam- 
po ilustrativo del pasado, la tradición de nuestra naciona- 
lidad desde que fué una posesión española hasta que el 
proceso de su evolución tomó las formas de un organismo 
libre y progresivo. 

Para satisfacer las exigencias de este propósito patrió- 
tico, la dirección de la Revista Histórica de la Univer- 
sidad contará con el caudal copioso que le proporcionarán 
los archivos que han salvado en manos de coleccionistas 
distinguidos, aficionados al estudio del pasado, algunos ri- 
cos en manuscritos, de verdadera importancia, que la Uni- 
vei-sidad Nacional adquirirá por donaciones ó compras rea- 
lizadas con dinero de que dispone desde luego. La Revis- 
ta Histórica déla Universidad aparecerá cuatro veces en 



6 REVISTA HISTÓRICA 

^el año, formando un volumen de 300 páginas el tomo co- 
rrespondiente á cada trimestre- 

Los documentos que se publiquen en la Revista irán 
acompañados de los comentarios y explicaciones que exi- 
jan por su naturaleza para la perfecta inferencia de la ver- 
dad, debiendo obedecer á un estricto sentimiento de pro- 
bidad. 

También tendían cabida en la Revista Histórica de la 
Universidad, las biografías de los orientales y extranjeros 
que se hicieron dignos de la recordación consagrando el es- 
fuerzo de su voluntad á las revoluciones emancipadoras de 
la tierra, las dotes de la inteligencia á la transformación 
institucional, ó que se caracterizaron por rasgos de in- 
tuición, de virtud y de trabajo fructífero para la Nación. 

Así como las vidas de los que alcanzaron las alturas en 
«las de la superioridad intelectual y moral, serán igualmen- 
te admitidas en estas páginas las fisonomías de los que con 
sus extravíos ó malas cualidades, actuaron en las etapas 
convulsas, de desconcierto político-social, que ha sufrido 
el país. 

Para apreciar á los personajes que merezcan que sus 
nombres sean inscriptos en las páginas de la Revista His- 
tórica de la Universidad, y en el vivo anhelo de la Direc- 
ción de ajustarse á la justicia y á la verdad, consultará, en 
cada caso, correspondencias originales, impresos, periódicos, 
manuscritos, noticias íntimas, autobiografías inéditas que 
ella ha de poseer; demandando de sus colaboradores que 
fundamenten, dentro de una absoluta prescindencia del in- 
terés de los partidos históricos, sus biografías ó monogra- 
fías en la investigación prolija ó en el documento que ha- 
ble de manera elocuente, lo mismo para ensalzar que para 
censurar las condiciones de sujetos de representación. 

Al lado del documento y de la biografía, con ánimo de 
cooperar de todas maneras al desarrollo de la literatura 
bistórica, serán acogidos en la Revista, los trabajos de crí- 
tica y las composiciones de ciencia social que digan relación 
á nuestro país, sin que el escritor, sea el que fuere, tenga 



DE LA UNIVERSIDAD / 

-en la emisión de sus opiniones acerca de lo que fué y de 
los hombres, otras limitaciones que no sean la corrección 
en la forma y la solidez en la información. 

En cada aniversario del 19 de abril de 1825, 25 de 
mayo de 1810, 18 de julio de 1830 y 25 de agosto de 
1825, que coincida con la aparición de la Revista, se pu- 
blicará un estudio del acontecimiento, redactado por un 
miembro de la Dirección ó por alguno de los ilustrados 
cooperadores que han ofrecido su valioso concurso, y en los 
que como no serán sólo trabajos narratorios, el autor ten- 
drá completa libertad de apreciación sin que de estos se 
entienda hacerse solidaria la Revista. 

La Dirección de la Revista, creada por resolución del 
Consejo Universitario, será presidida por el doctor Carlos 
María de Pena, y sus atribuciones principales son las si- 
guientes: I."" Decidir por mayoría sobre la admisión ó re- 
chazo de los documentos, biografías ó estudios históricos 
que sean presentados para su publicación; 2.'' Velar por la 
buena impresión y administración de la Revista; 3.*" Pro- 
veer á las necesidades del periódico, dictando las mediclas 
que sean conducentes á sus fines. 

Para el mayor acierto, brillo y desarrollo de la Re- 
vista, la Dirección se dividirá en tres secciones, siendo 
del presidente la facultad de distribuir las tareas; la prime- 
ra sección tendrá á su cargo el examen, comentario y ex- 
plicación de los documentos que se inserten en el periódi- 
co; la segunda el análisis de las biografías, memorias y tra- 
bajos históricos; y la tercera el estudio de la bibhografía, 
al que la Revista ha de consagrar algunas columnas, con 
el fin de señalar á la atención del público lo que salga de 
nuestras imprentas ó de las extranjeras en lo referente á la 
historia americana y nacional, ya sea en forma de libro 
ó de folleto. Con la sección bibliográfica terminará cada 
numero de la Revista. 

Las secciones deberán someter el documento, biografía 
ó trabajo científico ó literario, á la Dirección para que ella 
ordene su publicación. 



8 REVISTA HISTÓRICA 

En la administración y Dirección interna de la Revis- 
ta regirán las disposiciones que la Dirección dicte para ase- 
gurar la buena preparación del periódico y la conservación y 
custodia de los documentos depositados y los libros. 



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Fundación de la Universidad (^> 



A la memoria de mi querida nieta Margarita Pa» 
LOBf EQDE Barros dedico estas páginas escritas para^ 
calmar el dohr de su auseneia. 



Ya en otra ocasión, como resulta de mi estudio titulado 
El doctor don Jaime Estrázulas y el ambiente educa'- 
cional, puse de manifiesto cómo se había desarrollado el 
pensamiento de la instrucción primaria en la República» 
Los ciudadanos dirigentes, como Larrañaga, Antuña, Váz- 
quez, Anaya y otros, no descuidaron esta faz social. Tra- 
taron, por todos los medios, de difundir la educación entre 



(1) La Dirección de la Revísta hn tenido desde el primer momen- 
to el pensamiento de ofrecer á los lectores la historia de la Universi- 
dad de Montevideo, para que la juventud que busca en sus aulas el 
beneficio de las ciencias y fortalecer la intuición de la justicia, con- 
vierta la mirada á las nobles enseñanzas del pasado. Solicitada del 
doctor Alberto Palomeque la colaboración para el periódico, este pu- 
blicista envió el estudio informado con que honramos estas columnas. 
A la Dirección interna de la Revista pertenecen las Apuntaciones bio- 
gráficas délo» hombres que, atentos al porvenir, crearon é inauguraron 
la institución y le prestaron, en los primeros dias, su capacidad y su 
prestigio. En los números siguientes insertaremos las que, por falta 
de espacio, no se han incorporado al presente, y las de los estudian- 
tes que contribuyeron al brillo de la festividad del 18 de Julia 
de 1849: Palomeque, Antuña, Pérez Gomar, Acuña de Figueroa, 
Ferreira y Artigas, Araucho, Muñoz, J. A. Várela, Villegas, Besne» 
é Irigoyen, Herrera y Obes, L. y N. 






REVISTA HISTÓRICA DE LA UNIVERSIDAD 



I 



12 REVISTA HISTÓRICA 

buena comportación. Las materias de enseñanza, duración 
de sus cursos y forma» provisionales para el arreglo inte- 
rior y exterior de las clases, se haría en un proyecto de 
r^lamento que el gobierno presentaría á la sanción de 
las cámaras, debiendo erigirse la universidad por el pre-. 
sidente de la república luego que el mayor número de 
las cátedras referidas se hallasen en ejercicio, de lo que 
debía darse cuenta á la asamblea general con un proyecto 
relativo á su arreglo. 

Como se ve, esta ley, dictada durante la administración 
del general Rivera, no iba á tener una aplicación inmediata^ 
porque su ejecución dependía de la existencia de los alum- 
nos, los que, por el momento, no serían muy numerosos. Por 
eso, tanto la provisión de la cátedra como la erección de la 
universidad, estaban sometidas á aquella circunstancia. 
Llamaba la atención el punto constitucional, que, desde 
luego, aunque sin discutirse especialmente, allí quedaba re- 
suelto, referente á la intervención del cuerpo legislador en 
lo relativo á la confección de las materias de enseñanza^ 
duración de sus cursos y formas para el arreglo interior y 
exterior de las clases. El cuerpo legislativo, á estar á esta 
ley, la que en este punto sería modificada con el andar del 
tiempo, porque así lo aconsejarían la experiencia y el buen 
criterio, se avocaba la facultad de entrar á confeccionar, di- 
remos así, hasta los programas de las materias que debie- 
ran enseñarse. Olvidábase que esto debiera estar reservado 
al consejo universitario, como se ha hecho con posteriori- 
dad, reconociéndose así la buena doctrina. Sin duda este 
error provenía de considerar que esa autorización legis- 
lativa estaba comprendida en el inciso tercero del artículo 
diez y siete de la constitución, en el que se dispone que á la 
asamblea general compete expedir leyes relativas al fo- 
mento de la ilustración. Esto importaba dar un alcance 
muy extenso al precepto constitucional. Decir que el cuer- 
po legislativo dicta las leyes relativas al fomento de la 
ilustraciÓ7i, no importaba afirmar que debiera intervenir 
en lo referente á la organización de las cátedras creadas 



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DE liA UNIVERSIDAD 13 

por ellas; lodo lo cual es obra exclusiva del poder admi- 
nistrador, por intermedio de sus oficinas científicas y ase-i 
soras. Crear la cátedra y presupuestxjrla es la sola materia 
l^slativa, pues, á no ser así, el parlamento se convertiría 
en una academia científica donde se discutirían hasta los 
arduos sistemas filosóficos. 



III 



Terminada la administración del general Rivera, vino la 
del general don Manuel Oribe. Durante ésta, su ministro 
de gobierno, don Juan B. Blanco, tiró un decreto, de acuer- 
do con aquella ley, instituyendo y erigiendo la casa de es- 
tudios generales, en la capital, con el carácter de universi- 
dad mayor de la república y con el goce del fuero y juris- 
dicción académica; debiendo la composición y organización 
de aquélla reglamentarse en un proyecto de ley á sometere 
inmediatamente á la sanción de las honorables cámaras. 

Se fundaba ese decreto en el éxito de los ensayos ya 
obtenidos en la casa de estudios generales, creada por la 
ley mencionada. Decía que aquélla había correspondido 
satisfactoriamente á las esperanzas del gobierno y de la na- 
ción, demostrando la necesidad de colocar á la juventud 
nacional en aptitud de dar al orbe literario mayore»* testi- 
monios de su ilustración y de sus progresos en el cultivo 
de ios conocimientos humanos; que eri^ llegado el caso de 
hacer efectiva la autorización conferida al poder ejecutivo 
por aquella benéfica ley; que las exigencias que ya sentía 
la sociedad hacían palpable la urgencia de dilatar más la 
esfera intelectual de la juventud, suministrándole estudios 
más conspicuos y dignos de los servicios que la patria re- 
clamaría de ella algún día; que por ello, y en cumplimiento 
de lo dispuesto en el artículo 13 de la citada ley de 1833, 
había venido el poder ejecutivo en acordar y decretar aqué- 
lla «del modo más solemne». 

Durante esa misma administración se remitió á la asam- 



14 REVISTA HISTÓRICA 

blea general el reglamento de estudios y organización de 
la enseñanza, confeccionado en febrero 17 de 1836 por 
los señores Pedro Somellera, Florentino Castellanos y Cris- 
tóbal Echeverriarza, el cual había sido aprobado por el se- 
ñor ministro don Francisco Llambí, en febrero 22 del 
mismo año, nombrando los catedráticos que debían dirigir 
las aulas. La Asamblea lo sancionó en 7 de junio de 1837. 

El poder ejecutivo de la época, como se ve, daba á aquel 
decreto, que llevaba la fecha de 27 de mayo de 1838, ca- 
rácter de solemnidad, reconociendo así la importancia y 
trascendencia que atribuía al desarrollo de la educación. Es 
verdad que el gobierno que tal decreto daba no estaba co- 
mo para ocuparse de asuntos escolares, desde que tenía en- 
cima el movimiento revolucionario del general Rivera» 
quien, á los quince días, se presentaba vencedor en la bata- 
lla del Palmar. Esto no obstaba para que ese propio gobier- 
no, cuatro días antes de esta jornada, el 11 de junio de 
1838, promulgara la ley que establecía una academia téc- 
nico-práctica de jurisprudencia, por medio de la cual los 
alumnos de derecho del año 38, que hubiesen ganado los 
respectivos grados con sujeción al reglamento de estudios^ 
quedaban habilitados para recibirse de abogados á los dos 
años de su incorporación; mientras en los cursos sucesivos 
la práctica en la academia sería de tres años, independiente 
de los determinados para los estudios. 

Apenas triunfante la revolución de 1838, se constituyó la 
academia de jurisprudencia por el tribunal superior de 
justicia, designándose, por el doctor don José Ellauri, 
ministro de gobierno, el día 25 de mayo de dicho año, pa- 
ra su solemne apertura. 

Aquellas leyes de 7 de junio de 1837 y de junio 11 de 
1838, como asimismo el decreto de 27 de mayo de este 
último año, serían nominales, pues el país no estaba en con- 
diciones para ocuparse de la erección de la universidad. En 
efecto, el 9 de julio la asamblea general facultaba al gobier- 
no para abrir negociaciones de paz con el «jefe de los disi- 
dentes», como así se decía, del resultado de las cuales daría 



DE LA UNIVERSIDAD 15 

cuenta el poder ejecutivo. Este, al día siguiente, nombraba 
una comisión compuesta de los señores Joaquín Suárez,, 
Juan María Pérez y Carlos G. Villademoros para que se en- 
tendieran con el jefe de la revolución. El derrumbe empezó,, 
y es sabido que en octubre 24 de ese mismo año caía el 
general Oribe y lo sustituía el general vencedor. 



IV 



La situación creada en el país trajo la complicación con- 
el. gobernador de Buenos Aires, don Juan Manuel de Ro- 
sas, impidiendo que los hombres que entraban á actuar en la 
nueva época prestara u al país el eminente servicio de poner 
en práctica las leyes y decretos respectivos de 1 833, 37 y 38- 
Pero, una vez que la plaza de Montevideo se consideró ase- 
gurada contra los ataques de sus enemigos, Rosas y Oribe, 
que la sitiaban, sus hombres intelectuales, á cuyo frente se 
encontraba, como ministro de gobierno y relaciones ex- 
teriores, el doctor don Manuel HeiTera y Obes, compren- 
dieron que sólo en el desarrollo de la educación podría en- 
contrarse el bienestar general del país. 

En su consecuencia, se creó el Instituto de Instrucción 
Pública, por decreto de septiembre 13 de 18^7, encargado 
de promover, difundir, uniformar, sistematizar y metodizar la 
educación pública, y con especialidad la enseñanza primaria. 
Tenía las más amplias facultades, entre las cuales, por su 
especialidad, merece recordarse la que le autorizaba á «vi- 
gilar cuidadosamente la observancia del más perfecto acuer- 
do entre la enseñanza y las creencias políticas y religiosas 
que sirven de base á la organización social de la repú- 
blica.» 

Esta facultad surgía de uno de los considerandos del de- 
creto, en el que se decía: «que el cuidado de su desarrollo, 
de su aplicación y de su tendencia, no puede ser, pues, la 
obra de la especulación, de las creencias individuales ó de 
los intereses de secta. Esa atribución es exclusiva de los 



lü REVISTA HISTÓRICA 

gobiernos. Mandatarios únicos de los pueblps que represen- 
tan, es á ellos á quienes está confiado el depósito sagrado 
de los dogmas y principios' que basan la existencia de la 
sociedad á que pertenecen: de ellos solos es la responsabili- 
dad, y ellos son, por consiguiente, los que tienen el forzoso 
deber de apoderarse de los sentimientos, de las ideas, de los 
instintos y aún de las impresiones del hombre desde que 
nace, para vaciarlos en las condiciones y exigencias de su 
asociación. De otro modo no puede existir el civismo, esa 
armonía social sin la que no hay orden, tranquilidad, fuerza 
ni vida para los estados.* 

No podía llevarse más lejos el pensamiento del desarrollo 
de la educación. En ese decreto no se hacía sino sostener el 
principio de la enseñanza obligatoria, prohijado hoy por to- 
das las naciones adelantadas. El gobierno estaba tan con- 
vencido de la importancia y trascendencia de la obra que 
realizaba, que, al finalizar los fundamentos de sus decretos, 
declaraba que en aquel concepto estaba decidido «á formar 
« de ese cuidado el primero á que contraerá sus conatos 
>. después del de la salvación y seguridiíd de la repú- 
« blica. » 

El Instituto serviría de cuerpo consultor, siendo su presi- 
dente nato el ministro de gobierno, quien conocería en to- 
das las reclamaciones que originaran sus decisiones. El nú-r 
mero de socios fundadores sería de diez, no pudiendo pasar 
de doce. Además, podía tener socios supernumerarios, ele- 
gidos por los fundadores, con conocimiento y aprobación 
del ministro. Sus sesiones debían celebrarse en la sala del 
museo ó en la de la biblioteca pública. 

Los primeros socios fundadores nombrados por ese de- 
creto, cuyos nombres, sin que sepamos por qué motivo, se 
han suprimido en la Colección Legislativa del doctor Ma- 
tías Alonso Criado, fueron los siguientes: Francisco Araú- 
cho, Andrés Lamas, Florentino Castellanos, Luis José de 
la Peña, Fermín Ferreira, Enrique Muñoz, Cándido Juani- 
có, José María Muñoz, Esteban Echeverría y Juan Ma- 
nuel Besnes é Irigoyen. 



DE LA UNIVERSIDAD 17 

De acuerdo con las facultades que le habían sido confe- 
lídas, el Instituto nombró para presidente al doctor don 
Luis José de la Peña y para secretario á don José G. Palo- 
meque, dándose en seguida su constitución provisional. El 
Instituto tenía como objeto transitorio, hasta que se erigie- 
ra la universidad, inspeccionar la enseñanza secundaria y 
cieutíGca establecida por la ley de 11 de junio de 1833, 
por lo que sus atribuciones se dividían en permanentes y 
provisionales, siendo un cuerpo supletorio de la universi- 
dad á crearse por aquella ley, en la que estaba fundado el 
reglamento de estudios aprobado por las honorables cá- 
maras en 30 de junio de 1 837 y dictado por el gobierno 
«n febrero 22 de 1836. d) 



Iniciado este movimiento, el doctor don Luis José de la 
Peña lo secundó desde las fílas populares. No había en la 
<»pital más que treinta y dos escuelas privadas, lo que da 
una idea del estado lamentable de la educación. Ese digno 
sacerdote abrió un col^io denominado El Gimnasio Na- 
iíional. Sus clases empezaron á funcionar tan sólo con siete 
alumnos, y cuando rindieron examen, al año siguiente, pre- 
sentaba el hermoso espectáculo de cerca de trescientos estu- 
chantes, á cuyo frente se encontraban, como maestros, ade- 
más del director, los señores don Pedro Pico, Montafier, 
Vincent, Vázquez y Agaiar, habiendo abarcado la enseñan- 
za no sólo primaria sino lá superior de los idiomas latino, 
ingl^ y francés; la del dibujo de paisaje y la de filosofía y 
matemáticas. (2) El acto del examen fué presidido por los 
señores ministros de gobierno y hacienda juntamente ?on 
los miembros del InsiitHto. 



'(li Artículo 4.0 det Reglamento de fecha marzo 6 de 1848. 
•2) «£1 Comercio del Plata», 20 de julio de 1848. 



«S. H. DB LA ü.- 



18 REVISTA fflSTÓRICA 

Los acontecimientos políticos y sociales habían aproxi- 
mado á estos tres hombres llamados Herrera y Obes, Peña 
y Palomeque. Los tres poseían condiciones de carácter, 
desinterés y abnegación. En el trato íntimo se penetraron 
y confundieron sus fuerzas. El primero concebía como jefe 
de gobierno; el segundo como fuerza popular y el tercera 
ejecutaba y desarrollaba en la acción lo que los dos prime- 
ros habían preparado en la mente. Este último carecía 
de título académico, pues las vicisitudes políticas,— la 
mazorca de Rosas, — le habinn impedido continuar sus 
estudios profesionales, iniciados en la universidad de 
Buenos Aires, donde había rendido sus exámenes y si- 
do aprobado, según consta de los documentos que pre- 
sentó al consejo universitario de Montevideo para optar 
al título de bachiller, haciéndosele una concesión aten- 
to sus servicios á la causa de la enseñanza. De ese tra- 
to íntimo surgió la unión de las fuerzas, tirándose el decre- 
to de julio 14 de 1849, que, por fin, iba á abrir verdadera- 
mente las puertas de la universidad de la república á la 
juventud, ansiosa de instruirse, poniendo así en ejecución 
las leyes de 11 de junio de 1833y 30 de junio de 1837 y el 
decreto de 27 de mayo de 1838,obm de las administración 
nes presididas por los generales don Fructuoso Rivera y 
don Manuel Oribe. 

La ciudad de Montevideo se encontraba sitiada, desde 
hacía cerca de siete años, por las fuerzas comandadas por 
el último militar -citado. Los hombres que se encerraban 
dentro de la pUza miraron á su alrededor y sólo vieron una 
juventud educada en la escuela de la violencia, que no 
aprendía sino á exaltar el culto del valor personal sin 
despertar la fibra legal. Ya tenían el Instituto de 
Instrucción Pública y el Gimnasio Nacional y el Co- 
legio nacional del doctor Peña. En estos dos últimos 
se educaba la juventud de la época, de ambas orillas 
del Plata, apareciendo entre ella los nombres de Adolfo 
Alsina, Laudelino Vázquez, Nicolás Herrera, Gregorio 
Pérez Gomar, y otros tantos. Los colegios particulares 



DE LA UNIVERSIDAD 19 

no eran bastantes para llenar aquel fin social á que se 
había referido el doctor don Manuel Herrera y Obes al dar 
vida al Instituto de Instrucción P6bHca. Y entonces, á fin 
de abrirle nuevos horizontes á aquella juventud y llenar el 
propósito en que habían comulgado las pei-sonalidades po- 
líticas de ambas colectividades, el dicho doctor Herrera y 
Obes quiso solemnizar de una manera digna el aniversario 
de la jura de la constitución; y la universidad se inauguró 
definitivamente el 1 8 de julio de 1 849, presidido el acto 
por el presidente de la república don Joaquín Suárez, 
acompañado del ministro de gobierno y relaciones exte- 
riores, superior tribunal de justicia, jueces de prime- 
ra instancia, consejo de estado, vicario apostólico, ins- 
tituto de instrucción pfiblica, autoridades civiles y milita- 
res, doctores y graduados en diversas profesiones científi- 
cas y directores de establecimientos de educación habilita- 
dos. 

£1 acto tuvo lugar en la iglesia de San Ignacio, á la una 
de la tarde del expresado día. Ocupado el asiento que le 
estaba destinado al señor Suárez, ordenó que por el oficial 
1.' del ministerio de gobierno y secretario del Insti- 
tuto de Instrucción Pública, señor Palomeque, se leyera la 
ley que mandaba erigir la universidad y los decretos dados 
en consecuencia. 

H señor Suárez dijo, en ese solemne instante, puesto de 
pie: «La universidad mayor de la república queda insta- 
lada. Este acto decretado ha más de once años tiene lugar 
en los más críticos y solemnes momentos de la república. 
La Providencia ha querido reservarme ese honor y esa sa- 
tisfacción. Ella es una de las gratas á mi corazón. La pos- 
teridad, sin duda, colocará ese acto entre los más preciosos 
monumentos del sitio de Montevideo. Quiera el Todopode- 
roso colmar mis más fervientes votos haciendo que mis es- 
fuerzos contribuyan á que la república asegure y consolide 
sus libertades y su existencia en el saber y la virtud.» 

El presbítero don Lorenzo A. Fernández, vicario apostó- 
lico, nombrado rector de la universidad, prestó juramento en 



20 REVISTA HISTÓRICA 

ese acto, «manifestando que la inauguración solemne de la 
universidad, dando nuevos estímulos y nuevos medios de 
propagación á la ciencia, contribuiría á consolidar esas mis- 
mas glorias, fundándolas sobre la religión y enriqueciéndo- 
las con las virtudes cristianas de los ciudadanos; porque sin 
virtudes no hay verdadero patriotismo ni verdadera gloria; 
y sólo la religión divina y santa de Jesucristo es la que nos 
enseña la verdadera virtud y nos hace adquirirla.» 

Luego hicieron uso de la palabra el señor don Domingo 
Cobos, vicerector del Colegio Nacional, el señor don Lindolfo 
Vázquez, profesor de enseñanza primaria en el mismo, y un 
alumno por cada clase de estudios en dicho establecimiento, 
destacándose en sus alocuciones los jóvenes Lucas Herre- 
ra, Octavio Pico, Nicolás Herrera, Jacobo Várela y Berro, 
Gregorio Pérez Gomar y Fermín Ferreira (hijo), quien pu- 
so en manos del señor ministro de gobierno una composi- 
ción poética titulada: A mi Patria: el 18 de julio, y una 
traducción en verso de la canción de Beranger. Honneur 
aux enfants de la France. 

Lucas y Nicolás Herrera y otros estudiantes entregaron 
en ese acto al presidente de la república don Joaquín Suá- 
rez un plano del territorio, confeccionado por ellos mismos. 

El ministro de gobierno entregó al rector del Colegio 
Nacional, doctor Peña, una medalla de plata para que la 
ofreciese al niño que se destacara, como testimonio del apre- 
cio con que el gobierno miraba sus progresos y de las es- 
peranzas que sobre él fundaba la patria. 



VI 



Dos hechos llamaron la atención en ese momento: la 
composición poética del distinguido bardo argentino don 
Esteban Echeverría, titulada: El 18 de julio en 1849, y 
las palabras del doctor Herrera y Obes al reconocer los mé- 
ritos contraídos por los miembros del Instituto de Instruc- 
ción Pública, llamados, desde ese día, como él lo afirmaba^ 



DE LA UNIVERSIDAD 21 

á «desempeñar ocupaciones más serias y más trascendenta- 
les para el bien de la república.» «El gobierno, decía, no 
duda que el celo, contracción y habilidad que el Instituto ha 
despicado en aquellas hermosas tareas, las aplicará á sus 
nuevas funciones, adquiriendo asi mayores tributos á la 
gratitud pública.» De ahí que, como testimonio de honor y 
justicia, y en conmemoración de ese día solemne, el gobier- 
no deseaba que los miembros del Instituto aceptaran ><unas 
medallas como manifestación de aquellos sentimientos, las 
cuales fueron distribuidas á los miembros fundadores.» 

Lu^o, dice el acta de iuaugunición, se pasó al gran salón 
de sesiones del Instituto de Instrucción Pública, donde es- 
taban expuestos al público los trabajos de los educandos 
del col^o dirigido por don José María Lira, de cuyo lugar 
se retiró 8. E. con el mismo acompañamiento. -^ 

Las palabras del doctor Herrera y Obes tenían su ex- 
plicación, pues por el artículo 3."* del decreto de inaugura- 
ción é instalación de la universidad, el Instituto de Ins- 
trucción Pública formaba parte del cuerpo universitario, 
y sus miembros fundadores, con los catedráticos de la uni- 
versidad, componían el dicho consejo. Había más: de 
ese consejo formaba parte no sólo el rector y vicerec- 
tor, sino el secretario bedel, el que sería nombrado por el 
propio consejo universitario. Era que se quería que el di- 
cho secretario entrara á tomar parte en las deliberaciones, 
atentas las circunstancias especiales que reunía el señor 
José Gabriel "Palomeque, candidato impuesto, desde el pri- 
mer momento, dada 'su actuación en el Instituto de Instruc- 
ción Pública y sus vinculaciones con el señor ministro doc- 
tor Herrera y Obes, á cuyo lado se hallaba como oficial 
1."* del ministerio de gobierno. De esta manera se con- 
servaba la influencia directa del gobierno en la dirección 
de la enseñanza, llenándose el propósito político que se per- 
s^uía, como ya lo hemos expuesto al estudiar el preám- 
bulo del decreto de creación del Instituto. 

Así, tanto la enseñanza primaria como la secundaria 
quedaban bajo la dirección de la universidad, cesando las 



22 REVISTA HISTÓRICA 

atribuciones transitorias que se le habían conferido al Ins- 
tituto como cuerpo supletorio de aquélla. En su virtud, el re- 
glamento de la universidad, confeccionado por los seño- 
res Lorenzo A. Fernández, Luis J. de la Peña, Fermín Fe- 
rreira, Esteban Echeverría, Alejo Villegas, Florentino 
Castellanos y José G. Palomeque, éste como secretario, fué 
aprobado en octubre 2 de 1849 con las adiciones que se le 
hicieron en 9 y 22 de octubre de 1850. 

Era tal la convicción que el ministro fundador del Ins- 
tituto y de la Universidad tenía formada sobre el respeto 
que merecía la persona del estudiante y su influencia en los 
destinos de la sociedad, que la consideraba sagrada y no 
quería exponerla á caer bajo las balas del enemigo allá en 
las trincheras de la ciudad de Montevideo, De ahí que hubiera 
exceptuado del servicio militar, por decr^eto de 26 de octu- 
bre de 1847, á los cursantes de estudios secundarios. Y 
cuando se adicionó el reglamento, se dijo, en octubre 22 de 
1850, en el artículo 3.^ que esa «excepción sólo sería en- 
tendida respecto de los que la acreditasen con certificado de 
la universidad. ^> 

Es digno de recuerdo el interesante pleito que con ese 
motivo se mantuvo entre el señor ministro de la guerra, 
coronel entonces don Lorenzo BatUe, y el ministro funda- 
dor de la universidad, del cual me ocupé en el ligero es- 
bozo que en su oportunidad hice del ilustre patricio don 
Joaquín Suárez, W exponiendo los argumentos que de una 
y otra parte se alegaron hasta salir triunfante la doctrina 
de que la vida del estudiante debía economizarse en holo- 
causto al porvenir de la patria. 

El Colegio Nacional y el Colegio de Humanidades, 
juntamente con el Instituto de Instrucción Publica, fueron 
las columnas sobre las cuales reposó el edificio de la Uni- 
versidad. Ellos dieron la materia prima intelectual que vi- 
gorizaba aquel organismo recién nacido á la vida. Era una 



(1) Fué publicado en el diario El Día. 



DE LA UNIVERSIDAD 23 

obra compuesta de diversos elementos, obedientes á un plan 
armónico en todas sus partes, con los cuales se completaba 
6 se coronaba el frontispicio principal. Los alumnos de 
aquellos establecimientos pasabau á alimentar lo que se 
llamaba la universidad mayor de la república en contra- 
posición aloque se denominaba universidad menor. Esta, 
que era el Instituto, vivió durante años, en medio á gran- 
des luchas, sosteniendo las facultades que el decreto de 
1847 le había conferido. Las Juntas E. Administrativas 
reivindicaban autonomías. Llenó aquél su noble misión, 
dentro de la época azarosa y turbulenta en que le tocó 
actuar, poniendo en evidencia, quienes lo fundaron y 
les subsiguieron en la tarea, su fuerza de carácter para so- 
breponerse á los ataques de los que no se daban cuenta de 
que cada situación eng2ndra las instituciones que á ella co- 
rresponden. Por eso, cuando la oportunidad llegó, y el am- 
biente educacional se ensanchó, el Instituto, que ya había 
realizado su obra, tomó otro nombre distinto, aunque lle- 
nándose siempre la misma finalidad educativa, y la mano 
férrea de José Pedro Várela trazó los rumbos que desde 
1876 tiene la enseñanza primaria en el estadio de la Repú- 
blica, cuyos frutos políticos recién comienzan á vislum- 
brarse. 

Fué así que, al festejarse el primer aniversario de la 
instalación de la universidad, el consejo rindió aquel tributo 
de respeto debido á las mencionadas instituciones de enseñan- 
za primaria, existentes en la capital de la república. Él 
había presidido los exámenes de los alumnos de aquellos 
colegios y reconocía la influencia que habían tenido en los 
destinos de la Universidad. El ministro de gobierno y el 
consejo universitario asistían á esos actos, estimulando, 
con premios adecuados, y con su presencia, á maestros y 
estudiantes. El número de escuelas primarias habilitadas 
como públicas era diez y ocho de varones y cuatro de ni- 
ñas; las privadas eran diez de varones y mujeres, formando 
un total de treinta y dos escuelas en que se educaban mil 
niños varones y cuatrocientas catorce niñas. Había, además, 



24 REVISTA HISTÓRICA 

Otras, cuya estadística no había podido obtenerse, pero que»- 
según los mejores datos, harían ascender el número de edu- 
candos á mil seiscientos. Todo esto lo hacía la Universidad 
en medio á la mayor exigüidad de recursos, por lo que con 
razón el rector decía que todo «era debido al celo patriótico' 
de los encargados déla educación pública y á la consagra- 
ción recomendable de los profesores en los diversos ramos 
que abrazaba la enseñanza» 



vn 



El 25 de agosto de 1850 se celebraba la primera cola- 
ción de grados, en la que salieron á lucir los tradicionales- 
birretes de aquella ceremonia aparatosa que duró hasta nues- 
tros días, recibiéndose, de doctores en jurisprudencia, Adol- 
fo Rodríguez, Adolfo Pedralbes, Salvador Tort, Marcelina 
Mesquita y Luis Domínguez; en teología, Domingo Cobos; 
y bachiller en ciencias y letras, Luis Velazco. Estos pro- 
nunciaron sus proposiciones, siendo luego saludados por 
sus respectivos padrinos los doctores Castellanos y Peña,, 
teniendo este último por ahijados á los doctores Cobos y 
Domínguez. De éstos solamente sobrevive el honrado doc- 
tor Pedralbes, quien, con sus actos en la vida, ha demostra- 
do saber mantener firme y enhiesta la bandera de la justi- 
cia que desplegó á todos los vientos ese día, cuando dijo en 
BU proposición académica: « La observancia de la justicia 
« es el único medio infalible de «segurar á los hombres la 
« felicidad y á los pueblos la paz, la gloria y el engrandecí- 
c miento. » 



VIII 

Como se ha visto, el doctor don Luis José de la Peña,, 
presidente del Instituto de Instrucción Pública y director 
del Gimnasio y Colegio Nacional, que tantos servicios ha- 



BE LA UNIVERSIDAD 25 

bía prestado á la causa de la educación y á la Universidad 
de la República, siendo su primer catedirático de filosofía, . 
acababa de ser premiado con una medalla que le entregaba 
el propio ministro de gobierno, conocedor á fondo de la 
intervención que aquél había tenido en los trabajos co- 
ronados con tan buen éxito. 

Pero, allí estaba el autor de la obra: el hermoso rostro 
varonil del doctor don Manuel Herrera y Obes se destaca- 
ba en el cuadro. Aquello era suyo. Era lo primero en que 
había pensado cuando en 1847 recuperó el poder político de 
aquella sodedad. Tenía todos los talentos y toda la prácti- 
ca del letrado, como que había desempeñado funciones en 
la magistratura; pero carecía del diploma expedido por una 
academia científica. A él también le correspondía la recom- 
pensa por tantos afanes, y el consejo universitario, que 
así lo reconocía, le declaraba que * no representaría digna- 
« mente el reconocimiento que le debe la patria por estos 
« actos, si usando de sus atribuciones no ofreciera á V. E. 
« como una prueba de él, el grado de doctor de la Facultad 
« de Jurisprudencia. » El Consejo estaba cierto de queHe- 
n-era y Obes habría sido el primero en solicitar ese grado á 
que su calidad de abogado recibido le permitía optar desde 
lu^o, pero se anticipaba para i)edirle que lo admitiera y 
que en su calidad de patrono de la Universidad presidiera 
el acto de la colación que tendría lugar el 25 de agosto de 
1850. El doctor Herrera aceptó la distinción merecida de 
que era objeto, y el día 24 de agosto, en colación privada, 
recibía su grado, lo mismo que el doctor don Fermín Ferrei- 
ra, otro de los beneméritos trabajadores en pro de la educa- 
ción en la república. 

En ese momento agradeció el doctor Herrera el honor 
que se le discernía, manifestando, ante su padrino, el doctor 
don Florentino Castellanos, lo siguiente: 

* Animado en todos los actos de mi vida pública por mi 
« acendrado amor del bien; deplorando como siempre he 
« deplorado, los niales y desgracias públicas de que he sido 
« testigo; alcanzando á ver que su verdadero origen está en. 



20 REVISTA histí5rica 

« esa úlcera cancerosa que nuestra sociedad lleva en su seno 
« como fruto de más de trescientos años de vasallaje colo- 
re nial y cuarenta de la más espantosa y desenfrenada anar- 
« quía; y ansioso de encontrar el medio eficaz de poner tér- 
« mino á tanto sufrimiento y tanta calamidad, toda mi 
« atención se ha concentrado al fin sobre la educación, co- 
« mo el único poder capaz de operar ese fenómeno, remo- 
« viendo el peso inconmensurable de las habitudes y de las 
« costumbres. La erección, pues, de la universidad y las de- 
« más creaciones á que he propendido, en el inter¿ de sis- 
«^ tematizar y difundir la instrucción primaría y científica, 
« parten de un pensamiento fijo que preside á mis creen- 
« cías políticas; y así, sólo debéis tomarla como la prueba y 
< la expresión de esa voluntad que acabo de ofreceros. » (1* 

Pero, ahí quedaba otra figura no menos simpática por 
sus sacrificios y esfuerzos, que se ocultaba modesta dentro 
-del gabinete de trabajo. Esa era la que formaba la trinidad 
ya mencionada. Y el doctor Palomeque recibía de manos 
del presidente del Instituto de Instrucción Pública una no- 
ta honrosa, adjuntándole la medalla de oro con que la Uni- 
versidad premiaba sus afanes. Fué, de los tres, el que que- 
dó al frente de la obra iniciada en 1847. Peña, caída la 
tiranía de Rosas, se fué á su patria, y en Buenos Aires con- 
tinuó la jornada á favor de la educación, muriendo en el 
puesto de director general de escuelas. Herrera y Obes si- 
guió la corriente política en medio á las intermitencias de la 
época, y Palomeque permaneció al frente de la secretaría, 
siendo el alma de aquel esqueleto, como, años posteriores, 
así lo calificaba el doctor don Manuel Herrera y Obes. 

Pero, aquél nunca olvidó que allí palpitaba el alma del 
doctor Herrera y Obes. En prueba de ello, allá, en 1 856, 
reunía á los estudiantes de la universidad menor, dirigidos 
por los abnegados maestros don Fernando Barros y don 
Martín Pays, y los exhortaba á tributar el homenaje deres- 



(1) «El Comercio del Plata», 28 de agosto de 1850. 



DE LA UNIVERSIDAD 27 

peto y gratitud que merecía el autor de la obra. Y de aque- 
lla casa, que fué convento de franciscanos, ^1) que no debió 
venderse sino destinarse á un gran colegio, porque era la 
obra más pura de aquella generación batalladora, de donde 
también habían salido los conventuales para ir á reunirse 
con el «matrero Artigas», surgió un trabajo hecho por to- 
dos los alumnos de enseñanza primaria. El secretario lo en- 
tr^aba al agraciado adjuntándolo con una nota llena de 
afecto y admiración. Herrera y Obes decía entonces, en res- 
puesta, á su viejo colaborador: «Sí, esa es mi obra, es cierto 
« que yo la creé, pero hay mayor mérito en haberla conser- 
« vado un hombre que como usted tiene condiciones de ca- 

< rácter y labor poco comunes; usted ha conservado un es- 

< queleto de Universidad, de donde saldrá lo bueno que 
* aprovecharán las generaciones del porvenir ^.^2) 

Y en 181)0, ese secretario era nombrado jefe político en 
el departamento de Cerro-Largo. Su amor al puesto dióle 
motivo para dirigir al consejo universitario la nota trans- 
cripta en el acta respectiva, que en este momento no tengo á 
la vÍ8ta,pero que allí ha de existir. Eh ella decía que dependía 
la aceptación del puesto de sacrificio que el gobierno le con- 
fería, de la circunstancia de conservar su secretaría univer- 
sitaria, con la facultad privativa de nombrar la persona 
que debiera desempeñarla interinamente. El consejo así lo 
resolvió, siendo, puede decirse, éste, el medio elocuente de 
demostrar el aprecio que hacía de los méritos del secretario 
en propiedad. Y el distinguido doctor don Martín Berin- 
duague, estudiante entonces, y actual senador de la repú- 
blica, fué designado por el doctor Palomeque para secreta- 
rio interino, en cuyo carácter él actuó durante muchos años* 
Y el doctor Palomeque murió considerándose siempre el 
secretario de la universidad de la república, ¡Ese título era 
su orgullo! 



(1) En el trabajo citado al comienzo de este artículo he explicado 
como don Santiago Vázquez obtuvo ese local para la casa de estudios 
generales. 

(2) Carta original en mi archivo. 



28 REVISTA HISTÓRICA 



IX 



Después de todo lo expuesto, más de una vez nos hemos 
pr^untado si los fundadores de aquella casa de estudios con^ 
siguieron realizar sus grandes propósitos. Entonces nos he- 
mos dicho, con la mano puesta sobre el corazón de la patria 
nativa: Muchos pudieron salvarse del arroyo desaugreen que 
nos hemos bañado, porque quizá estaban predispuestos en ese 
sentido; pero el número, que es lo que siempre ha imperado 
en la humanidad, ahí quedaba envuelto en esa atmósfera 
pesada de la lucha armada, hija del caudillaje que tanto nos 
azotaría. Cuando la juventud salía de su hogar, sentía en la 
calle el olor á pólvora que se quemaba en la trinchera, y 
cuando miraba hacía el cielo lo contemplaba enrojecido 
por el fuego del aduar humano. E^te era el ambiente que 
respiraba en presencia de la escena ahí viva, real y brutal 
del desenfreno de las pasiones humanas. El niño, al entrar 
á la escuela, cortaba con su cortaplumas el asiento de la 
banca, como los hombres, en las cuchillas, s^aban con el 
arma afilada la cámara del pensamiento. Desde niños co- 
rrían á las murallas y se batían por sus ideales^ ahí per- 
sonificados en los trapos ensangrentados de la época. Es 
que no hacían sino preparar sus armas para la futura gue- 
rra á librarse en los campos de batalla, y así destrozarse 
cual güelfos y gibelinos. No era malo el sistema de edu- 
cación implantado en las escuelas del doctor Peña. Es que 
éstas sólo educan, como perfeccionadoras de costumbres 
que flotan en la sociedad; pero, cuando la sociedad misma 
es una carnicería humana, entonces ello se refleja en las le- 
yes y en los decretos que emanan de las alturas del poder 
y en las acciones que lleva á cabo cada generación para atar 
el anillo de la cadena de la humanidad. 

De ahí que sea necesario empezar por morijerar las cos- 
tumbres. Esta es la obra del hogar, continuada en la escue- 
la común y perfeccionada por la ciencia. Es que aquello 



DE LA UNIVERSIDAD 29 

endereza sentimientos y esto adoba el pensamiento. Educar 
no es instruir, si bien lo uno es la perfección de lo otro. 
Y por ello, de la Universidad han surgido muchos caudillos 
de pasiones violentas, tal como á ella ingresaron, y pocos 
estadistas, liados á la cumbre del poder, modelados en el 
arte de gobernar pueblos incultos todavía. 

En su consecuencia, mucho debe esperarse de la obra de 
-José Pedro Várela, cuyos frutos, sazonados en la escuela de 
primeras letras, debe recoger la institución universitaria pa- 
ra realizar los fines que se propusieron sus ilustres propa- 
:gandistas. De todos modos la obra ha perdurado. Ahí está, 
hermosa por el esfuerzo de los que vinieron después. ¡Honor 
-á todos ellos! 

Bahía Blanca, 1907. 

Alberto Palomeque. 



Apuntaciones biográficas 



Santiago Vázquez. 




Don Santiago Vázquez nació en Montevideo en una 
límpida atmósfera de veracidad, el 29 de diciembre de 
1787. Adquirió la primera educación en las escuelas de es- 
ta ciudad, y completó su cultura en el Real Colegio de San 
Carlos de Buenos Aires, como casi todos los jóvenes de su 
tiempo, cultura tan amplia y firme, que le sirvió para en- 
sanchar la carrera de estadista y diplomático. Excedería el 
espacio de una nota biográfica si hubiéramos de escribir de- 



DE LA UN^IVERSIDAD 31 

teDidamente la vida póblica de este grande hombre que 
merece el respeto que se tributa á los que, adelantan* 
dose á los años, pusieron casi resueltas sobre el tapete 
todas las cuestiones que han sido afrontadas por las gene- 
raciones sucedáneas. Hacer su biografía valdría trazar la 
historia del país de 1810 á 1847. En los (iltimos años de 
la dominación española, durante los reinados portugués y 
brasileño, en las dos jornadas por la independencia 
(1810-1825) y en los días de la transformación nacional, 
sin economizar sacrificio ninguno, tuvo figuración saliente. 
Concluido el asedio de 1811, el doctor Vázquez pasóá Bue- 
nos Aires acompañando al general Rondeau, tornando des- 
pués en calidad de secretario de Sarratea (1812). Produci- 
da la deposición de Sarratea, volvió á Buenos Aires, donde 
residió hasta 1817. Se le consideró complicado en la revo- 
lución que arrojó del directorio al general Alvear (1815)- 
Con Gabriel Pereira y Cristóbal Ek^hevarriarza, recibió del 
Cabildo de Montevideo (182ií) la misión de tentar el con- 
curso de armas, dinero y soldados de la Argentina para el 
movimiento que, apoyado por Alvaro da Costa en desave- 
nencias con Carlos Federico Lecor, habría modificado la his- 
toria del Estado Cisplatino. A poco, frustrada la misión, re- 
gresó al seno del hogar destinando las suficiencias de su espí- 
ritu apasionado por la felicidad del suelo de su nacimiento,, 
á la propaganda de la emancipación en El Aguacero y 
El Ciudadano. Hostilizado hasta la agresión personal 
por los agentes de Lecor, resuelve alejarse, embarcán- 
dose para la capital de las Provincias Unidas, donde des- 
empeñó, con el brillo que demostraba su saber, la subsecre- 
taría del Ministerio de Guerra bajo la administración de 
don Berriardino Rivadavia, ligándose con los hombres lite- 
rarios argentinos. Tomó asiento en representación de la 
Rioja en el congreso constituyente de las Provincias Uni- 
das (1825), donde, coherente en ideas y propósitos con Va- 
lentín Gómez, Gallardo, Vélez Sarsfíeld, Gorriti y el Mi- 
nistro Agüero, apoyó con las dotes excelentes de los orado- 
res parlamentarios la teoría constitucional de Rivadavia: 



32 REVISTA UrSTÓRICA 

«forma representativa republicana consolidada en unidad 
-de régimen». La revolución de 1825 tuvo desde el primer 

momento el concurso de la pluma del proscripto en Él PU 
ioto. Ingresó, votado por Maldonado, á la Constituyente de 

1829^ tomando parte en los debates de la histórica Asam* 
•blea. Entonces conquistó prestigio decisivo en la opinión y 

• en los caudillos todavía mansos. El pacto entre la Argenti- 
na y el Brasil que estableció la independencia del territorio 
oriental, sujetaba al examen y aprobación de las partes 
jcontratantes, la constitución del nuevo Elstado. A Vázquez 
le tocó, por decreto de 30 de septiembre de 1829, recabar 
de la Argentina la aprobación. Ministro de Gobierno y Re- 
laciones Exteriores en 1831-1833, hizo ejemplarizadora 
labor. Su sesuda prudencia venció con la resistencia legal 

-en aquellas convulsiones crudas y violentas que dieron vida 
á los partidos que perduraron. Transigente por naturaleza 
y convicción, actuó en la Convención de Paz, celebrada en 
d Miguelete (1838). Ocupó una senaduría en 1810, en la 

' que estuvo hasta 1843 que se hizo cargo del Ministerio de 
Gobierno y Relaciones Exteriores que desempeñó durante 
el resto de suá días. En esos años se fijó en la historia la es- 
tampa de esta especie de matemático de los destinos nacio- 
nales. Con fe en la justicia de su causa y decidido á enar- 
l)olar áioda costa la bandera de la victoria, asoció susfuer- 

' zas al designio previsor de don Florencio Várela de traer 
Á los conflictos del Río de la Plata la duple mediación de 
1843 é intervención de 1845. Don Santiago Vázquez, dijo 

•don Juan Carlos Gómez en El Orden de 1853, ha sido uno 
de los más eminentes hombres de Estado de la América del 

• Sur; y don Florencio Várela en una erudita reseña de sus 
servicios escrita el día de su fallecimiento, concluye así: 
«El doctor Vázquez hablaba con suma facilidad y esmera- 
da corrección; su voz llena y sonora le hacía especialmente 
apto para brillar en la tribuna; como orador poseyó á la vez 
y según el caso lo requería, las dotes del tribuno exaltado 
que arrebata á la multitud fascinándola, y del reposado es- 

*tadista que á poder de razón y de lógica, conquista el con- 



Dfi LA UNIVERSIDAD 



á3 



vencimiento y el voto de la asamblea». Falleció el 6 de 
abril de 1846. 



B. Blanco. 




Don Juan Benito Blanco, que nació en Montevideo el 30 
de abril de 1789, adquirió títulos al recuerdo respetuoso del 
país por una larga y no interrumpida serie de servicios 
inestimables. Honrar servicios es acto de justicia y probi- 
dad popular. A los diez y seis años de edad se alistó en el 
cuerpo de Voluntarios de Infantería de Montevideo que 
formó parte de la expedición reconquistadora que, á las ór- 
denes de Liniers, marchó sobre la ciudad de Buenos Aires, 
ocupada por las tropas de Berresford. Se batió en las jor- 
nadas déla reconquista, y después de restablecido el gobier- 
no español en la capital del Virreinato, regresó á Montevi- 
deo. En la invasión inglesa de 1807 volvió á tomar las ar- 
mas para servir en el sitio de Montevideo, cayendo en el 
asalto mortalmente herido. Al insurreccionarse en 1811 el 
país, se incorporó al ejército patriota cuyas filas no aban- 



B. H. DS LA C— S. 



34 REVISTA mSTÓRICA 

donó darante la lucha; estuvo en los dos sitios de Montevi- 
deo, y se halló en la acción del Cerrito el 3 1 de diciembre 
de 1812. Fué Regidor del Cabildo de 1814-15. Durante la 
delegación de Otorgues (1815), encargado de organizar 
las oficinas páblicas* Durante la dominación portuguesa 
permaneció en Montevideo, aceptando los hechos consuma- 
dos, pero dispuesto á servir á la independencia. N,.mbrado 
Regidor fiel ejecutor del Cabildo de 1817, renunció el car- 
go que posteriormente se vio obligado á aceptar. Fué de los 
que prepararon con denuedo, desde Montevideo, el movi- 
miento de 1825, y al producirse la cruzada, estuvo con don 
Juan Francisco Giró y otros, encerrado en los calabozos de 
la Cindadela. Emigró á Jiuenos Aires para ponerse al ser- 
vicio de la revolución. Elegido representante por Paysandú 
a) congreso de 1826, concurrió y votóla Constitución unita- 
ria sancionada en Buenos Aires. El departamento de la 
Colonia lo designó diputado á la Asamblea General Cons- 
tituyente, tomó parte en sus debates y suscribió la Consti- 
tución de la Repáblica. Actuó en la primera l^slatura en 
representación de Montevideo. Fué Alcalde Ordinario du- 
rante la administración del general Rivera, y en el primer 
año de la del general Oribe, Jefe Político déla Capital, en cuyo 
cargo tuvo iniciativas de progreso. En 1830 se le encargó 
de la Contaduría General de la Nación, y en lb37 del Minis- 
terio de Gobierno y Relaciones Exteriores, en cuyo carácter 
fíruió el decreto que erigió la Universidad de la Repábli- 
ca. Al descender el general Oribe, se trasladó á Buenos Ai- 
res, y después de producida la invasión de 1843 regresó á 
ia ciudad natal, falleciendo el 3 de mayo de 1843. 

Mauuel Herrera y Obea. 

Don Manuel Herrera y Obes, que nació en Monte- 
video el 6 de junio de 1812, procedía de una de las anti- 
guas y conspicuas familias del Río de la Plata. Era hijo del 
doctor Nicolás de Herrera, oriundo de Montevideo, y condis - 



bé LA DNIVSBSIDAD 



3S 



cípulo, en la célebre Universidad de Charcas, de Moreno, 
Gorriti, Passo, Castelli, López, Agrelo, que alentaron la 
gigantesca revolución de 1810, levantaron el pensamiento 
de América é ilustraron sus primeros gobiernos. Nicolás 
de Herrera fué de los americanos más versados en los ne- 
gocios públicos y de más elevada figuración en la colonia, 
en las revoluciones y en los períodos incipientes de estos paí- 
ses. El doctor Manuel Herrera y Obes cursó estudios en el 




celtio de ciencias morales de Buenos Aires, con tanto 
aprovechamiento que le sirvieron para aquilatar sus fecun- 
das aptitudes paralelas, de estadista y jurisconsulto que 
aplicó con Castellanos, Requena, Rodríguez, Velazco, Ma- 
gari&os Cervantes, Acevedo, idóneos representantes de 
estas ciencias y verdaderamente capaces de estudiar y dis- 
cutir todos los problemas ó cuestiones fundamentales. 
No fué un repentista que llegara desde el primer salto 
á las alturas de la espectabilidad. Desde su juventud 
ha sido. Alcalde Ordinario (1839), Juez, Representante 
(1839-1811), miembro de la Asamblea de Notables y del 
Consejo de Estado creado por decreto de 1846, Senador 



36 BEVISTA mST^BrCA 

(1863 y 1890), Ministro en los últimos años de la defensa^ 
en los días más episódicos de la administración de Gi- 
ró, en la provisional de Luis Lamasi^ en las crisis de la 
del general BatUe, y en las del general Máximo Santos, 
Ministro de los Tribunales Superiores de Justicia (1882), 
Rector de la Universidad (1857), Presidente de la Junta 
Ek^nómico- Administrativa de Montevideo en 1869, y, ya 
que nos referimos á este cargo, diremos que entonces se 
produjo una controversia ruidosa con el Poder Ejecutivo 
sobre facultades enteramente constitucionales que conviene 
leer y citarse. En 1 849, el Consejo Universitario, en mérito 
de sus servicios á la instrucción superior, le ofreció es- 
pontáneamente el grado de doctor á que, por su calidad de 
abogado podía optar, en términos que, por sí solos, eran 
una recompensa. A todas las posiciones oficiales á que lo 
llamaron, aportó, á la vez que sentimientos y aptitudes de 
paz y de concordia, el concurso de una competencia y cor- 
dura que habría podido ser envidiado por el más experto de 
los hombres de Estado. Manuel Herrera y Obes y Andrés 
Lamas son puntos luminosos en la triple alianza contra la 
dictadura de Rozas, y en las avenencias de 1855, 1865, 
1872. Entró en carrera política cuando el país entero es- 
taba conflagrado, y embanderándose en el partido que se de-' 
fendía dentro de las trincheras de Montevideo; pero su espí- 
ritu ágil y sagaz, profundamente intuitivo, lógicamente 
pacifista, nunca se envenenó con las pasiones extremas, ni 
se dejó tentar por lo inconsulto, que ha podido perturbar 
los intereses permanentes de la patria. «Tengo, escribía en 
1872 á don Andrés Lamas, comentando el pensamiento de 
la cofivención para reformar la Constitución, terror pánico 
á los ensayos políticos y mucho más á los ensayos violentos 
é improvisados. Para esta clase de mejoras soy comple- 
tamente inglés, como soy decidido yankee para las materia- 
les». Hay dos escuelas en política, escribió el doctor Ma- 
teo Magariños Cervantes en discusión con el doctor Juan 
Carlos Gómez, una que vive acariciando un ideal, al que 
sacrifica la realidad de la vida, produciendo á veces cata- 



DE LA UNIVERSIDAD 



37 



elismos sangrientos con sus proclamas; y otra que, to- 
mando los elementos de que dispone, en el estado en que 
se encuentran, hace el camino necesario para acercarse á 
la felicidad humana. A principios de 185-, con el pres- 
tigio del servicio trascendente, el país apaciguado lo 
aclamó candidato á la Presidencia, y se puede dar 
por cierto que por su eliminación el país corrió riesgos 
más tarde. Síntesis de su programa después de 1851: 
fortificar la independencia y allanar el triunfo de la Re- 
pública por medio del orden regular. Remitimos al lec- 
tor al folleto sobre la pacificación de 1872, publicado 
por el doctor Herrera y Obes, en que están expuestas 
con lisura sus ideas hondamente arraigadas, y á la contro- 
versia con el doctor Juan Carlos Gómez en 1873. El doc- 
tor Herrera y Obes falleció el 17 de septiembre de 1890. 

tMim J. de la Peña. 




Don Luis J. de la Peña, perteneciente á la generación de 
los Várela, Alsina, Echeverría, del Carril, Alberdi, perma- 
neció forzosamente en Montevideo durante la dominación 
de Rozas, prestando servicios meritorios á nuestro país. La 



38 REVISTA HISTÓRICA 

educación nacional lo contó entre sus obreros. Fué Director 
del Gimnasio Nacional, Presidente del Instituto de Instruc- 
ción Pública, Catedrático y Rector interino de la Univer- 
sidad, consagrándose á todas las tareas de maneras que su 
nombre ha quedado señalado en los progreso sociales de 
la Repáblica. Frecuentemente su celo por el bien de la 
juventud, excitaba en los catedráticos y alumnos el deseo de 
manifestarle el aprecio que se tributaba á su mérito. En 
los años 1850-51 se improvisaban serenatas al doctor de 
la Peña, de las que no damos una idea por no ser difu- 
sos. Los que sentían dentro de sí la poesía le dedicaban 
versos respetuosos. Restituido á la tierra natal en 1852, 
ocupó los Ministerios de Relaciones Exteriores del Gober- 
nador interino de Buenos Aires doctor Vicente López, y 
del Presidente Urquiza, y desempeñó misiones diplomáticas 
en el Uruguay, Brasil y Paraguay. No era un espiritual de 
rango por las brillazones del talento y las dosis de doctri- 
na que dieron renombre á otros de sus compatriotas, ni re- 
presentaba cifra alta en la política de su país; pero reunía á 
los conocimientos generales que levantan sobre el nivel co- 
mún, el temperamento que permite desempeñar comisiones 
de suyo delicadas. 

José B. Ijamas. 

El prelado José Benito Lamas nació en Montevideo en 
1787 y falleció de fiebre amarilla en la misma ciudad en 
1 857. Dedicado por vocación precoz al sacerdocio cristiano, 
ingresó á los diez y seis años de edad á la comunidad de 
los religiosos franciscanos, y después al profesorado de fi- 
losofía, latín y teología, llegando á ser un ingenuo, erudito 
y perseverante civilizador. En la ciudad natal, en Buenos 
Aires, Córdoba, Mendoza y San Luis, dogmatizó y doctri- 
nó en el pólpito con elocuencia evidentemente sobria, y 
transmitió en la escuela la universalidad de sus coüocimien- 
tos. El colegio de Buenos Aires, deque era Rector Fray Ca- 
yetano Rodríguez (1811), lo tuvo de institutor de filosofía 



DE LA UNIVERSIDAD 



39 



y latÍDÍdad. Se mantuvo la versión de que, ninguno le su- 
peraba en el conocimiento de la lengua del Lacio. Artigas 
le confió la dirección de la instrucción de Montevideo 
(1815-1817). Siguiendo á LarraBaga, tomó parte en la 
inauguración de la Biblioteca, fundada sobre los "bienes de 
Pérez Castellano (iSlü) á la cabeza délos colegios. Fué 
cura de la Matriz, de 18.-58 á 1853, en que se le eligió para 
la banca de senador por Montevideo. En 1854 reemplazó 




á don Lorenzo A. Fernández en el vicariato de la Re- 
pública, y cuando la fiebre amarilla lo rindió, era can- 
didato de Pío IX para obispo in-partibics. Lamar- 
tine dijo que cualquier lugar, función ó traje que no 
hubiera sido el de sacerdote, no habría cuadrado á la na- 
turaleza de Bossuet. En Lamas se hallaban indisoluble- 
mente unidas y confundidas la naturaleza y la profesión. 
La autoridad moral que le daban su piadosa convicción y 
su flexibilidad de filósofo, infundieron doquier la estima- 
ción que se dispensa á los hombres que se respetan. Ha sido 
relatada la violencia con que Elío expulsó de Montevideo 
(1811) á Fray José Benito Lamas con los conventuales 



40 



BEVISTA HISTÓRTGA 



Pose, Santos, Freitas, López y Faramifían por su adhesión 
á la revolución, y es digna de saberse la elevación mental 
y la nobleza de corazón con que asistió en bus últimos mo- 
mentos (1821) al general José Miguel Carrera. 



Cándido Juanlcó. 




Don Cándido Juanicó nació en Montevideo el 31 de oc- 
tubre de 1812. Fueron sus padres el acaudalado don Fran- 
cisco Juanicó, español, de la Isla deMahón, y la señora Ju- 
liana Texería, oriental. Nacido en el seno de nobilísima fa- 
milia, su educación no fué frivola sino cabal y perfecta. 
Hizo sus primeros pasos escolares en los colegios de esta 
capital, ingresando en 182H á uno de los liceos ingleses de 
Buenos Aires, en el que obtuvo por el talento y la energía 
persistente del esfuerzo, altas clasificaciones consagradas 
por medallas que hoy existen en el Museo Pedagógico. En 
1825 pasó á Londres á continuar los estudios, trasladán- 
dose en 1828 á Liejapara concluir los preparatorios. Estor- 
bado por sucesos revolucionarios, salió de la ciudad belga 
en 1 830 para volver á Londres. De la capital inglesa, ya 
!|íFpvecto^ se encaminó á París, ávido de todo género de e^- 



. J ■ • 
•re f .»- 



DE LA UNIVERSIDAD 41 

tadios, letras latinas, historia, derecho, música, aprovechan- 
do en la capital francesa las lecciones del jurisconsulto Ge- 
rando, del matemático, escritor y poeta Lista, j del emi- 
nente Roger-Collard; allí dejó establecida una intimidad con 
el poeta y novelista José de Espronceda, que resistió al 
tiempo y la distancia. Finalizados sus estudios en 1836, 
se puso en camino de Montevideo, rindiendo en 1839 los 
exámenes que había menester para ejercer la carrera de abo- 
gado que exigía la Academia Teórico-Práctica de que 
más tarde fué secretario. Perteneció á la magistratura 
como juez del crimen y de lo civil (1843). En 1852 lo 
llamaron á ocupar asiento en el Tribunal de Justicia. 
Fué representante (1853-50 y 59) y pronunció discur- 
sos que tienen la firmeza propia de los hombres madu- 
ros, en defensa del proyecto debatido de la neutralización 
aconsejado por el doctor Andrés Lamas. En 1846 formó 
en la Asamblea de Notables, en 1 856 en el Consejo Consul- 
tivo y en 1860 en la comisión de Biblioteca y Museo. Ha 
sido Ministro cerca del Gobierno Argentino en horas de 
tensión en los espíritus (1863) y en 1805 Ministro Pleni- ^ 

potenciarío en Europa* Representando á los revoluciona- 
rios, cooperó, bregando contra las intolerancias, á los trata- 
dos que en 1872 pusieron término á la guerra civil, é inau- 
guraron provisionalmente una política de confraternidad y 
de paz. Sirvió á la reforma de la legislación oriental en el 
Cuerpo Legislativo y en las comisiones administrativas, ha- 
ciéndose notar por su inteligencia en las cuestiones jurídi- 
cas. Fomentó las industrias del país, y se empeñó en co- 
municar vidaá todas las iniciativas de progreso nacional. Per- 
sonalidad interesante en nuestros anales intelectuales, no ha 
merecido de ninguno de sus contertulios y cautivos, la pá- 
gina que lo exhibiera con su ingenio y sus enormes lecturas 
europeas. Si el trabajo no tentara y sedujera á los que tuvie- 
ron gran amistad hacia él y fueron conmovidos, la memo- 
ria del doctor Juanicó, como la de muchos otros que se han 
cernido muy alto, sólo estará en la inscripción sepulcral. Por n^L ///)/i 
qna especie de pereza física no usó la pluma, y por senti^^^ ^O^y 




42 REVISTA HISTÓRICA 

algo así como el temor á las sirtes y bajíos que rodean, las 
alturas, resignaba las posiciones oficiales. Dicen que en 
ellas lo aquejaba la nostalgia que domina al genio cultor de 
lo bello, cuando se ve obligado al contacto de las cosas. 
Interrogado el ilustre historiador argentino Vicente Fi- 
del López acerca de los intelectuales, contestó: «uno de los 
hombres más preparados del Río de la Plata para la vida 
pública, ha sido el doctor Juanicó». Había ahondado tan 
pacientemente en la literatura antigua, que Virgilio y Ho- 
racio le eran familiares, traduciéndolos á libro abierto como 
Fray Luis de León. Recitaba, con grandes cualidades ex- 
temas, cualquier oda del autor de las «Epístolas», ó poe- 
ma del más inspirado poeta del siglo de Augusto, con la 
misma destreza que las creaciones de Hugo, Byron ó Man- 
zoni, ú otros modernos, sin caer en la afectación ó monoto- 
nía, segán nuestras indagaciones. Ha dicho un poeta pen- 
sador, que así como el estilo es el talento, el timbre de la 
voz es toda el alma! En el arte de leer literariamente era un 
ateniense de la edad clásica. El doctor Lucio V. López en 
un juicio crítico sobre el actor Calvo, dijo: «en el Río de la 
Plata hay un lector sapientísimo, un gran inspirado; es un 
Taima y un Garrick; ha sido el hombre más lindo que he- 
mos conocido; con un cuerpo digno de Apolo, y un espíritu 
sensible al ritmo como el de Orfeo, ha hecho la vida de 
Diógenes. Es el doctor Cándido Juanicó, que nos ha hecho 
comprender ese arte esencialmente moderno de la lectura; la 
frase que pasaba por su boca y el verso que caía de sus la- 
bios, se r^eneraban si eran mediocres y crecían si eran 
bellos». La música apasionó su naturaleza artística de tal 
manera, que U^ó á ser, como don Juan Bautista Alberdi, un 
eximio tocador de piano por el discernimiento para com- 
prender la psicología del compositor, fuera Rossini, Meyer- 
beer ú otro. Falleció el 13 de noviembre de 1884. 

CiSteban Eclieverría* 

El pensador de múltiples facetas, don EJsteban Echeverría 
que, según la frase de Mármol, vivió sin mancha y murió con 



DE LA UNIVERSIDAD 



43 



gloria, nació eu Buenos Aires en 1805. A contar desde ju- 
nio de 1841 que arribó á Montevideo, estuvo entre ios que 
promovieron cuanto tenía relación con la civilización á cu- 
ya causa se consagró exclusivamente. Por esto su huella es- 
tá impresa en la historia de nuestros progresos morales. En 
tierra extranjera, dice un eminente argentino, prodigó el bien 
que no pudo practicar en la nativa. Afrontó las tareas de ins- 
pirar certámenes literarios en los aniversarios de Mayo, 




ocasionar cuestiones trascendentales y propagar doctrinas. 
El primer objeto de la revolución de Mayo, decía, fué eman- 
cipar la Patria de la Metrópoli, y el segundo fundar la 
democracia sobre el principio eterno y providencial de la 
soberanía del pueblo. En virtud de comisiones ofi- 
ciales su espíritu vasto proyectó institutos de educa- 
ción y redactó libros de enseñanza y de moral para 
las escuelas, que los progresos del país no eliminarían 
porque ellos están llenos de conceptos fundamentales. 
La colección de poesías con el título de «Consuelos» en 
que se ve la influencia de la revolución romántica que tuvo 
lugar en los primeros aQos del siglo XIX; sus poemas 



44 BEVISTA HISTÓBICA 

«Eli vira 6 la novia del Platas, «Avellaneda», «El ángel 
caído», la «Revolución del Sur» que «trascienden perfu- 
mes de patria»; el poema descriptivo, aromado de bellas 
imágenes, «La Cautiva», y su fecunda prosa política y so- 
cial, llena de ideas y de reformas, que ha sido publicada en 
1871 bajo la dirección del doctor Juan María Gutiérrez, 
en dnco volúmenes, debe estar al alcance de los que deseen 
placeres delicados y lecciones severas. La concepción de la 
Asociación de Mayo y el Dogma Socialista que redactó con 
delineamientos tan definidos como elegantes, dieron los 
mayores contornos á este poeta, filósofo y obrero de la ci- 
vilización del Río de la Plata. La primera fué una tentativa 
para la regeneración de América por el trabajo de la ju- 
ventud intelectual, apasionada de lo bueno, en palestra co- 
mún; y en el s^undo están sus bellos ideales, ó su credo 
político que lo constituía la fórmula de aceptar la herencia 
legítima de la tradición de la revolución de Mayo, con la 
mira de perfeccionarla y complementarla, prescindiendo 
del espíritu de las facciones personales que por carecer de 
doctrina política y constitucional, no atendían al desenvol- 
vimiento del progreso. Ninguno de sus compatriotas, dijo 
el doctor J. B. Alberdi, con apariencia más modesta, ha 
obrado mayores resultados. Las generaciones argentinas 
posteriores á la suya le han tributado homenajes. Ya tiene 
el bronce representativo. Falleció en Montevideo en enero 
de 1851, habiendo presentido su destino en la sentida poe- 
sía que dedicó á otro argentino ilustre muerto en el des- 
tierro (1839): 

Triste destino el suyo! 
En diez afíos, un din 
No refipirar las auras 
De la natal orilla, 
No verla ni al morir. 

La extensa composición de este ilustre poeta recitada por 
el estudiante Octavio Pico en la inauguración de la Univer- 
sidad (18 de julio de 1849), comienza así; 



DÉ LA UNIVERSIDAD 4^ 

Vuelve de los recuerdos el venturoso día, 
El día de las glorías y de la libertad. 
El que la Patria adora porque le diera vida» 
Porque le abriera el campo de la felicidad. 

Pero ¡ahí como otro tiempo, la risa, el alborozo, 
Ni las festivas pompas del patriotismo ven; 
Ni el popular aplauso por boca de mil lenguas 
Le da la bienvenida con entusiasmo y fe, 

¿Por qué no trae regalo de bellas esperanzas? 
¿Por qué entristece tanto su vista el corazón, 

Y hoy las promesas sujas de porvenir, parecen 
Sólo un mentido sueño de la imaginación? 

¿Por qué no se oyen cautos en alabanza suya 
Ni vivas espontáneos de patria y libertad, 
Ni músicas alegres? ¿Por qué viendo su lumbre, 
De gala no se viste la intrépida ciudad? 

¿Por qué llora la muerte de sus mejores hijos 
Sentada sobre escombros la tan erguida ayer, 

Y están sus calles solas, y la miseria triste 
Asoma por las puertas del industrial taller? 

¿Por qué todo es silencio...? la guerra sí, la guerra 
Que trajo á sus campañas el bárbaro invasor, 
De Julio, le robara los prometidos bienes 
Sembrando en sus hogares el llanto y el dolor. 



Florentino Castellanoü. 

Don Florentiao Castellanos, hijo del ilustre argen- 
tino naturalizado, doctor Francisco Elemigio Castellanos, de 
extensa y meritoria figuración, nació en Montevideo el 14 
de marzo de 1809, y falleció el 25 de septiembre de 1866. 
Estudió en Buenos Aires hasta graduarse en jurispruden- 
da y letras. La actuación de este señorial representante de 
la cultura y concordia, habría que buscarla fuera de las 
oficinas porque no vivió asido á ellas. Fué auditor de 
guerra (18H8), poco después de llegar definitivamente á la 
ciudad natal; Presidente déla Academia de Jurisprudencia 
teórico-práctica, constituida en favor de la profesión (1839); 
Catedrático y Rector déla Universidad (1849-r)2-55), Mi- 
nistro de Gobierno y Relaciones Exteriores en la Presidencia 



46 



B£VISTA HISTÓRICA 



de Giró (1852 y 1853), y en la transitoria de Manuel Basilio 
Bustamante (1855) y Presidente del Senado (1857-00-6 1- 
62). Sus luces personales, en las funciones que desempeñara, 
estuvieron al servicio de los verdaderos principios de admi- 
nistración, de moralidad y de progreso; y en los consejos 
de gobierno para que, como ciudadano representativo, fué 
solicitado cien veces, contribuyó á la política sana por su fór- 
mula armónica de garantizar el orden y la libertad dentro 
de la norma constitucional. Disgr^do de los partidos 




orientales, no se enfiló en las revueltas que hicieron crujir 
los quicios del país, n¡ azuzó uno solo de los mó- 
viles que han prevalecido en diversas ocasiones. Su espíritu 
sereno y reflexivo dio la espalda á los designios sombríos que 
obstaban á la marcha del país. Durante la guerra grande^con 
domicilio en Montevideo, estuvo alejado de la contienda, y en 
las crisis políticas posteriores sintió la dicha del deber bien lle- 
nado. En un debate de la Comisión Permanente de que era 
Presidente, sobre medidas políticas dictadas en circunstan- 
cias trágicas, pronunció un discurso sin floripondios retóri- 
cos, de empuje de pensamiento y de patriotismo de exce- 



bÉ LA UNIVERSIDAD 



4? 



lente ley, en que se ve sobre todo la virtud de la concilia- 
ción, y el buen sentido que permite percibir las fórmulas 
exactas. Por sí solo este discurso aureolaría una reputación 
de orador parlamentario en cualquier asamblea de la tierra. 
Contribuyó á la codificación, civil y comercial del país, con 
su ciencia y su experiencia. Como jurisconsulto y aboga- 
do también vivió en una atmósfera de elevada inteligencia 
y de alta moralidad; tuvo el pundonor de la. probidad de 
que habla Liouville en el libro DebereSy honor y ventajas 
de la profesión de abogado^ que estaría bien en los ana- 
queles de todos los profesionales del día. 

liOrenzo Antonio Fernández. 




Don Lorenzo Antonio Fernández, que nació en Canelo- 
nes afines de 1700 y adoptó la carrera eclesiástica para 
cultivar el alma, formó parte de la Junta de Representan- 
tes de Canelones que en 1827 aceptó la Constitución que 
para las Provincias Unidas del Río de la Plata dictó 
el Congreso de Buenos Aires el 24 de diciembre de 
1826, declarando que la encontraba capaz de hacer la fe- 



48 



REVISTA HISTÉRICA 



licidad del pueblo. Actuó en la Asamblea General Cons- 
tituyente Oriental. Al ser secularizada la Iglesia del anti- 
guo Convento de San Francisco (1831), fué nombrado cura- 
rector, y al producirse la guerra con Rozas, provisor ecle- 
siástico con facultades de vicario. En 1846 ingresó á la 
Asamblea de Notables creada para sustituir al Cuerpo 
Legislativo, y el 1.*" de mayo fué elegido vicepresiden- 
te de ese Congreso cuyas sesiones presidió hasta el 6 
de noviembre de 1848. Al fallecer el doctor Larrañaga 
(febrero de 1 848) le sucedió en el cargo de prelado nacio- 
nal. El internuncio apostólico reconoció la designación 
que el gobienio del señor Giró había confirmado (1852) 
|)or sus antecedentes, su inteligencia y sus virtudes. Mere- 
ció la distinción de ser nombrado primer rector de la Uni- 
versidad (1849) y simultáneamente catedrático. Falleció el 
1.° de octubre de 1852. 

Fermín Ferreira* 




Don Fermín Ferreira,que procedía de tierra extranjera, 
ingresó á nuestra agrupación ciftendo la frente con los lau- 



DE LA UNIVERSIDAD 



4Ó 



relés de las victorias de 1825. Dejó el texto de medicina, 
cuyos estudios cursaba en Buenos Aires, para agregarse al 
ejército independiente y prestarle servicios nobilísimos, fa- 
cultativos y humanitarios, afrontando los peligros inhe- 
rentes á la guerra. Lo dicen los boletines del ejército y 
emana del testimonio personal. Se halló en los triunfos 
del Ombá (16 de febrero), Ituzaingó (20 de febrero) y 
Camacuá (23 de abril de 1827). Terminada la contienda 
fué nombrado por Rondeau interinamente cirujano del 
ejército (1829), después de haberse expedido en su favor 
por las autoridades científicas argentinas el diploma que 
acreditaba la suficiencia de su espíritu, y por el general 
Bivera, miembro del Consejo de Higiene (1833). Formó 
en el ejército que venció en Cagancha (29 de di- 
ciembre de 1839). Soportó firme, sin ceder al infortunio una 
vez, las inclemencias de la jornada que remató en Arroyo 
Grande (6 de diciembre de 1842). Fué presidente de la Co- 
misión inspectora de víveres creada en beneficio de la defensa 
(1843), miembro de la Asamblea de Notables (1847), del 
Instituto de Instrucción Pública y del Consejo de Estado 
(1849)y ofreció á la Universidad desde un rectorado de 
diezaños (1857-]8t)7) el resultado de sus estudios, de su 
experiencia y de su observación. Venerable modelo de mé- 
dico cirujano, ejerció la profesión con tanto talento como 
filantropía. A Ferreira como á Vilardebó le faltó escenario: 
en París no habría estado al nivel de Dupuytren, pero 
uno ú otro habría podido, con igual luz en la cabeza, mar- 
char con paso igual á Nélaton. En la epidemia de fiebre 
amarilla (1857), que recrudecía cada día durante tres me- 
ses, como presidente de la Junta de Higiene y médico del 
Hospital, con prodigiosa actividad y ceño blando, llevaba el 
consuelo al enfermo, de la ciencia y de la piedad, sin más re- 
compensa que frases de admiración. Podríamos relatar 
anécHJotas ó escribir rasgos que definen netamente su cora- 
zón y su carácter y dan la medida de sus conocimientos. 
Su norma de cada día era la frase de La Bruyfere: II y a 
una espéce de honie heureux a la vue certaines miserea. 



B. H. DK LA U.-HL 



So REVISTA HISTÓRICA 

En vano se buscaría el nombre del doctor Ferreira fuera 
de las vicisitudes y délos progresos morales de la patria. 
Siendo del estado mayor de uno de los partidos históricos, 
compartió las fatigas y responsabilidades de los correligio- 
narios de mayor representación sin fascinarse con los triun- 
fos. Cruzó tiempos duros, sin que ninguno de los vórtices por 
creces que tomara la agitación, hiciera perder la elasticidad 
á su alma virtuosa. No le faltó el respeto de sus adversarios 
ni de los hombres sin antecedentes políticos que le reconocían 
jimor á la tierra de su noble esposa, hija del histórico Ma- 
nuel Artigas que acompañó áBelgrano en la expedición al 
Paraguay, y de sus hijos. Sincero afiliado á la revolución de 
1803, presidió en el ostracismo el comité que propendía ásu 
buena suerte. Debe legarse al culto de todos el nombre de este 
médico cirujano político que tanto se empeñó por el en- 
grandecimiento déla República. Falleció el 10 de octubre 
de 1867. 

Andrés Ijamas. 

Don Andrés Lamas nació en Montevideo el 3 de mar- 
zo de 1817 y era hijo del patricio Luis Lamas, que tuvo 
representación decorosa en las conmociones profundas de 
la República. Bien pronto don Andrés Lamas, que llenó 
medio siglo en la política, en las letras, en la enseñanza, en 
la guerra y en la paz, fué envuelto en las altercaciones bo- 
rrascosas. En la niñez se sintió hombre enrolándose en el 
partido <Je que era caudillo don Fructuoso Rivera, prestan- 
do á la revolución contra el presidente Oribe, con la intre 
pidez moral que venía de la cuna, el apoyo de su brazo y 
su cabeza, — recibió su bautismo militar en la acción del 
Palmar (1836), en la que, el primero de estos dos fuertes 
que en mala hora chocaron, mereció el favor de la fortuna. 
Fué auditor de guerra y comandante del Escuadrón de jó- 
venes Lanceros de la Independencia destinado á guardia 
de gobierno durante la invasión de Echagüe (1839). 



r 



DE LA UNIVERSIDAD 



51 



Abandonó estas posiciones para serOfídal Mayor del Mi- 
nisterio de Gobierno y Relacionen Exteriores. Llamado al 
Juzgado del Crimen, lo desempeñó hasta 1843. Como 
Jefe Político de Montevideo le tocó, sin un instante de re- 
poso, parte proficua en la organización de la defensa de 
Montevideo (febrero de 1843). 

La crónica, que siempre es la materia prima de la elabo- 
ración histórica, presenta al doctor Lamas en aquellos días 
exuberantes de peripecias dramáticas, despicando 



una 




rapidez y energía que llamaban estrepitosamente la atención. 
Con la actividad febril de un general que se apercibe á la 
batalla, ve qué se ha hecho y proyecta qué debe hacerse. 
Aproximado el ejército, poderoso, disciplinado, vencedor, 
del general Oribe, las fuerzas bisoñas con que la ciudad 
contaba para resguardarse fueron sometidas á la previsión 
de Vázquez, al entusiasmo de Pacheco y Obes, á la táctica 
de Paz y á las dotes de Lamas — al temple de alma y la 
uniformidad de miras de los cuatro proceres. «Conviene, 
decía el decreto que le nombraba, que la jefatura sea des- 
empeñada por una capacidad especial para llenar sus deli- 



52 REVISTA HISTÓRICA 

cadas funciones con la fuerza de acción, perseverancia y pa- 
triotismo que demandan las circunstancias:». De la jefatura 
es promovido al Ministerio de Hacienda, donde dicta, ven- 
ciendo arduas dificultades, las oportunas medidas que la 
vista humana podía distinguir. En la correspondencia 
del doctor Lamas debe haber claves de muchos su- 
cesos públicos y reservados, porque estuvo en las in- 
timidades de los caudillos y de los hombres de Es- 
tad(*>. Los apremios de la guerra y el trabajo adminis- 
trativo incesante, no le impidieron seguir nutriendo el es- 
píritu en el estudio de las ciencias y dedicar sus facultades 
sobresalientes á la prensa, á la enseñanza superior y al mo- 
vimiento literario que se desenvolvió dentro de la plaza 
atrincherada, y que señala el mayor jornal de gloria de 
^^í\si legión clásica. En el aniversario de mayo de 1 8JK1, en 
' combinación con Vilardebó, Herrera y Obes, Ferreira, 
Juanicó, Pacheco y Obes, Rivera Indarte, fundó el /7i«/i- 
tuto Oeogrdfico Histórico con el objeto de promover el 
gusto por el estudio de la naturaleza física del país y for- 
mar un depósito de materiales pertenecientes á la historia 
de América. Es el primer paso, escribió Rivera Indarte, pa- 
ra la independencia científica y literaria de la población del 
Río de la Plata, y un nuevo vínculo de dulce fraternidad. 
Nada detuvo la pluma ni embarazó el pensamiento del 
doctor Lamas desde que llegó á la edad de quince años. 
Adolescente, redactó con soltura El Sastre (1 836), que 
motivó su primer destierro y la destitución de un empleo 
inferior por disconformidad de principios con los que guia- 
ban la marcha déla Administración. En 1837 dio exis- 
tencia al Diario de la Tarde; en 1838 al periódico litera- 
rio El Revisador, que lucía como epígrafe el Bisogno ri- 
porsi in via, con Alberdi, Echeverría, Gané y Frías. Re- 
dactó El Nacional (1838-1839), con Gané; El Semana- 
rio y la Nueva Era, con Mitre (1846), y El Conserva-- 
dor, con Mármol (1847). Su inteligencia seria y pensadora 
hizo en todas las columnas obra de publicista, histo- 
riador, poeta, improvisador, sin que nunca pudiera re- 



DE LA UNIVERSIDAD 5d 

funfufiar el gramático ó el retórico porque era experto 
en el idioma, ni rectificar el cronista 6 el amigo del 
país, porque era exacto en la noción y cauto en el juicio. 
Devoto por extremo de la historia, se explica, que en me- 
dio de situaciones angustiosas y obscuras, haya sido, con 
curiosidad insaciable, un perseverante compilador de docu- 
mentos para la historia del Río de la Plata y trazado con la 
perspicacia del expositor clarovidente y doctrinario, tanüís 
páginas iluminadas. Como Tucídides pasó la vida reunien- 
do materiales para la historia. Compaginó (1849) volú- 
menes sólidos de documentos y memorias sobre la histo- 
ria y geografía del Río de la Plata con explicaciones ilustra- 
tivas que pocos conocen, sin embargo del valor del archivo 
y de las explieaciones que preceden ácada uno de los docu- 
mentos ó estudios reunidos, necesarias para su cabal inteli- 
gencia. Don Andrés Lamas es, á mi juicio, dijo el doctor Pe- 
dro Goyena, uno de los hombres más poderosamente dotado 
que he conocido, admirándome siempre su palabra y sus 
escritos; y el general Mitre escribió, al saludar los restos, 
que «su obra como literato, poeta, historiador, publicista, di- 
plomático, jurisconsulto, economista, arqueólogo, bibliógrafo 
y crítico, era vasta y estaba diseminada en diarios, revistas, 
opúsculos, rastros oficiale?, archivos y libros que revela- 
ban una poderosa inteligencia, una labor inmensa, con un 
caudal de variada erudición enciclopédica.» Su reputación es 
inmensa en el Río de la Plata. Las páginas que sirven de 
introducción á las poesías de Adolfo Berro (1842), en- 
cantan por la bella manera con que expresa las ideas 
y el perfume misterioso con que eleva al poeta. El 
prefacio — es un libro -con que abre la <^^ Historia de la 
conquista del Paraguay, Río déla Plata y Tucumán» por el 
padre Lozano de la Compañía de Jesús, sorprenderá siem- 
pre por el caudal de eíudición y la inmensa bibliografía que 
lo llenan. «Las agresiones de Rozas á la independencia 
oriental» (1849) en el estilo que convenía, bizarro y va- 
liente, son capítulos de historia nacional que permanente- 
mente resudtarán las épocas. En el estudio de « Rivadavía 



54 REVISTA HISTÓRICA 

y SU tiempo», escrito con motivo del centenario del ilustre 
estadista (1882), con los documentos más auténticos y los 
testimonios contemporáneos más autorizados, bordeó, mere- 
ciendo de los argentinos lisonjeras aprobaciones por la ver- 
dad histórica á que ajustó la narración de los hechos, por 
la épica entonación con que evocó los recuerdos y los hom- 
bres de la revolución, y por el criterio filosófico que aplicó á 
la obra del Ministro y Presidente. El historiador Carranza 
escribió: «En este estudio emprendido cuando el doctor 
Lamas había alcanzado á la plenitud de su genio y de su 
experiencia, trata el asunto, no con el arrebato del senti- 
miento patriótico, sino con la reflexión fría, el análisis pro- 
fundo, magistral, de los sucesos, y esa convicción lentamen- 
te formada acerca de los actores que nada puede conmo- 
ver». «La historia del Banco de la Provincia» fundado en 
Buenos Aires en 1822,que redactó porencargo oficial (1886) 
es el libro de mayores fuerzas y mejor hecho sobre institu- 
ciones de crédito que haya aparecido en la República vecina. 
«Para mí, escribió el doctor Carlos María de Pena, este li- 
bro es de aquellos que se leen con gran provecho y que 
más interesan á nuestra actualidad económica por los he- 
chos que revela y las doctrinas que contiene.» Fué 
poeta — cosechó laureles en toda senda — y en sus ver- 
sos, cuidadosamente medidos, que cantan al amor, á la 
patria y á la amistad, derramó fulguraciones vivaces. 
En noviembre de 1^47— trastornamos varias veces el 
orden cronológico en el interés de la claridad — se le prefirió 
para reemplazar á don Francisco Magariños en la repre- 
sentación de la República en Río Janeiro, y, con el princi- 
pio de la misión, sin un día sedentaria, comienza la más 
trascendental etapa de su vida pública. Las múltiples ges- 
tiones que marcaron su paso por la diplomacia hicieron 
ruido y tienen renombre. Todas las cuestiones que relaciona- 
ban los intereses de nuestro país con los del Brasil, fueron tra- 
tadas por el dotor Lamas (1851-1862), según era su mag 
nitud y con la habilidad práctica que no le faltó un día. 
En los volúmenes publicados por él, y en los inéditos, 



DE LA ÜNIVERSroAD 55 

e-'tán las pruebas del ojo claro que tenía para los conflictos 
extremos. Discutió con aplomo de maestro, las demarcacio- 
nes, la nacionalidad de los hijos de los brasileños nacidos 
en territorio oriental; reclamó por la esclavitud de cientos 
de personas de color arrancadas á nuestros hogares; por 
correrías y asaltos de tropas brasileñas en nuestros depar- 
tamentos y por la libertad de orientales forzados al servicio 
militar. El derecho, la historia, los tratados vigentes, las con- 
veniencias de uno y otro país en que fundara los tópicos, fue- 
ron desplegados con lujo de ilustración. Admii-a ver cuánto 
talento emplea para justificar lo que persigue. Si la gestión 
era desestimada, en vez de caer en la resignación paciente, 
ponía la justa acritud en la nota, y si merecía ser acogida 
favorablemente, merced á lo que argüía y á sus sorpren- 
dentes vinculaciones personales, la amplitud de sentimien- 
tos y la urbanidad irreprochable de su individualidad, de- 
jaban la calma en el jefe de la cancillería extranjera. 
Por los diversos tratados en que intervino representando 
á la Repáblica (1851 á 1855), que reseñaremos y examina- 
remos en uno de nuestros números no lejanos, para que se 
vea lo que hizo y lo que quiso hacer para afianzar los lin- 
des territoriales y justificar las reivindicaciones de los de- 
rechos de la República como riberana del Y aguaron y la Me- 
rím, se forjó en contra suya una leyenda de venalidad y de 
traición por las intenciones determinadas a priori de unos, y 
las obsesiones excusables de otros con quienes no debió vi- 
vir en divorcio. Se ha escrito que la rivalidad de Guizot y 
Thiers hizo más daño ala Francia que las demás aberracio- 
nes. Mucho habría utilizado la Argentina de la correlación 
de Mitre y Alberdi. Acerbamente agredido el doctor La- 
mas opuso la defensa del opúsculo «:A mis compatriotas» 
(1855) en cuyas páginas no vertió la indignación amarga sin 
embargo de sentir el escozor de las heridas. Debe ser reco- 
rrido por los iconoclastas de estos tiempos, así como «Ne- 
gociaciones» (1857), en que reforzó la respuesta, con más 
razón que jactancia, á la brutalidad de la detracción. El 
que juzga de lejos, dijo Alberdi, juzga como la posteridad 



56 BBVISXA HISTÓRICA 

á que todos apelamos, porque la distancia descubre á veces 
lo que oculta la proximidad. Los consejos y los anhelos re- 
sumidos en estos volúmenes son el testamento político de 
un hombre eminente, fX)co 6 nada conocido de los recién 
venidos de las nuevas generaciones. En 1886 la Junta 
Económico-Administrativa le encomendó el estudio de los 
Elscudos de armas de la ciudad de Montevideo, y en su in- 
forme rozó la cumbre, agotando la comprobación histórica. 
Publicó contribuciones ingentes á la historia en la «Revis- 
ta del Río de la Plata» (187 1 -77) y en otras, y en folletos y 
monografías que consignan cíen veces más la constancia pa- 
ra las averiguaciones y comentos de los sucesos de las ar- 
mas, y de los problemas sociales que legó el r^men colo- 
nial. Murió trabajando «El Génesis de la Revolución y la 
Independencia de América*, de que sólo se publicó una par- 
te en los «Anales del Museo de la Plata» (1890); es la la- 
bor de una cabeza profundamente instruida en los apartados 
tiempos de América. «El trabajo forzado, la esclavitud de los 
indígenas en diversas formas ó con diversas denominaciones, 
pero siempre la esclavitud, ha sido la base fundamental de 
todas las colonias establecidas por los conquistadores, y 
adherida á la esclavitud existe siempre una revolución laten- 
te». Así se expresa — exactitud y severidad — al calificar los 
medios planteados por la metrópoli, y las causas de las re- 
sistencias de los dueños de estas tierras. Retirado en la ca- 
pital argentina estudia en 1863-64 las diversas fases que 
presentaba la guerra civil de nuestro país, que se mantenía 
heroica y sangrienta, y los medios de finalizarla, y unido á 
agentes diplomáticos extranjeros y á orientales inspirados 
por los mismos sentimientos de paz, promueve, multiplican- 
do su actividad, n^ociaciones que fracasaron porque la fie- 
bre de la perturbación que arrastraba á los hombres de 
Montevideo, ultrapasó la línea de lo permitido. En «Ten- 
tativas para la pacificación de la República Oriental del 
Uruguay» (1865) están la filiación délas gestiones, la na- 
rración de los hechos y los documentos que prueban las 
convicciones y esfuerzos inútiles de este aristócrata de la in- 



DE LA UNIVERSIDAD 57 

teligencia que había renuociado á toda política que pudiera 
complicarlo con los partidos — como en «El acuerdo de 10 de 
febrero de 1872» de don Manuel Herrera y Obes, se señala 
la cooperación que prestó, desde su misión confidencial ante 
el gobierno argentino, á la paz de abril. Encarnizado en la 
defensa de la paz hace al gobierno de 1864, con la luz de 
sus propias reflexiones, profecías que poco más tarde fue- 
ron justificadas por los hechos. En el Ministerio de 1875 
se empeñó en la reconciliación y en el olvido del pasado; 
en esto era una roca. <í Evocar el pasado, repetía, es evocar 
la guerra civil, y en la guerra civil no hay seguridad, ni 
para adquirir, ni para conservar, siendo lo peor de la 
guerra civil, no la riqueza presente que devora, sino la 
riqueza futura que imposibilita, pervirtiendo los hábi- 
tos y las ideas morales.» En la prensa, los protocolos y 
los anales parlamentarios, están acreditados sus propósitos 
que servirán para disipar la niebla de la duda moral que 
puso sombras indefinidas en su rostro. Esta personalidad 
se engrandecerá, dijo (1894) el doctor Alberto Palomeque, 
á medida que se discutan sus actos y su época por la 
posteridad. Los estrechos límites de un boceto paran la 
mano- El doctor Lamas falleció, reclinado sobre sí mismo, 
sin ningún bien de fortuna, en Buenos Aires el 23 de 
septiembre de 1891. 

, Luis Carve. 



Artigas antes de 1810 



A la memoria dñ don Isidoro IM-Maria. 

Orígenes y causas de la leyenda arüguista.— Exposición de la leyenda.— Nacimiento de Ar- 
tigas.— Servicios de BU abuelo y de su padre.— Eiucación de Artigas.— Sus primeros 
trabajos en el campo.— Distinciones qu? le hace ru padre. —Un proceso y el indulto.— Es* 
tado de la campaña.— Causas de la creación del Cuerpo de Blandengues.— Su constitu- 
ción.— Entrada de Artigas al regimiento. - Sus primeras salidas.— Medios de que se valen 
sus amigos i ara hacerle ayudante mayor.— Se trata de nombrarle capitán.— Su fracaso. 
—Artigas y Axara: fundación de San Gabriel.— La guerra de 1801. -Su vida en 1802. 
1803 y 1804.— Casamiento de Artigas.— Pide el retiro del ejército.— Nómbrasele jefe 
del resguardo.— Artigas y las invasiones inglesas.— Conclusión. 

El 15 de febrero de 1811, después de haber declarado 
Elío la guerra á Buenos Aires, un suceso inesperado alar- 
mó profundamente á las autoridades españolas de la Colo- 
nia del Sacramento. <1) José Artigas, capitán de la tercera 
compañía del cuerpo veterano de Blandengues déla frontera 
de Montevideo, que hacía pocos días había llegado del Uru- 
guay á reforzar aquel punto, fugaba á Buenos Aires con el te- 
nienteRafael Ortiguera y el presbítero Enrique de la Peña 
para tomar parte en la rebelión contrn el dominioespañol,que 
había estallado en la capital del Virreinato. Vicente Ma- 



(1) Siguiendo á don Isidoro De-María nuestros historiadores fijan 
en el 2 de febrero la deserción de Artigas- Esto no es exacto. En el 
Archivo Administrativo existe una Revista del Cuerpo de Blanden- 
gues, de 15 de marzo de 1811, con estas notas: Jo^é Artigas, capitán 
de la tercera compañía, fugó á Buenos Aires el 15 del mes próximo 
pasado. Rafael Ortiguera fugó á Buenos Aires el 15 del mes próximQ 
pasado- 



DE LA UNIVERSIDAD 59 

ría Muesa@, comandante militar de la Colonia, comunico al 
gobernador de Montevideo la gravísima noticia, y compren- 
diendo éste que la deserción del capitán importaba la suble- 
vación de la provincia, dict5 las medidas aconsejadas por 
las circunstancias para afrontar los acontecimientos que se 
produjeran; entretanto atraviesa aquél los territorios que 
hoy forman los departamentos de Colonia y de Soriano, 
entera de sus designios á los amigos que encuentra á su 
paso, envía sus órdenes á los más distantes, cruza sigilosa- 
mente el Uruguay, presentándose en seguida á la Junta re- 
volucionaria, ofreciéndole el concurso de su brazo y de su 
prestigio para llevar triunfante la bandera de la insurrec- 
ción hasta la cindadela de Montevideo. 

¿Quién era ese fugitivo que desamparando [»^ filas rea- 
listas con tanto arrojo y confianza hacía su debut en la 
arena revolucionaria? Un libelo difamatorio aparecido en 
1818 en plena guerra civil y extranjera, provocadas ambas 
por las intrigas y los esfuerzos de los enemigos de Arti- 
gas, rodeó de colores sombríos y de visiones sangrientas los 
actos de su vida agitada y original bajo diversos aspectos. 
Fuera de las pasiones del momento que en verdad eran 
tremendas, sucesos internacionales de trascendental im- 
portancia para estas regiones contribuyeron también á 
acelerarla publicación de esa obra virulenta y demoledora. 
La fama de Artigas había salvado ya la frontera resonando 
su nombre en las discusiones que suscitó en el Congreso 
de Washington la noticia de haber proclamado solemne- 
mente su independencia las colonias españolas de Sud Amé- 
rica. En una sesión animada é interesante de esa corporación, 
un orador manifestó sin ambages que el general Artigas 
era el único campeón de la idea republicana en el Río de 
la Plata. A su vez el célebre guerrillero trató de insiouar- 
se en el ánimo deMonroe, entonces presidente de la Unión, 
y aprovechando la oportunidad de la recepción del cónsul 
norteamericano Tomás Lloyd Halsey, le dirige una carta el 
1.* de septiembre de 1817 en la que le participa la cordial 
acogida dispensada al agente, brindándole al mismo tiempo 



60 BBVISTA HISTÓRICA 

8U amistad y respeto. (^) Sus gestas y la acción decisiva que 
ejercía en los acontecimientos políticos del Plata no las ig- 
noraba el gobierno de Washington, á punto de que fueron 
partea entorpecer el reconocimiento demandado por los 
enviados de Puyrredón, pues seles observó con razón, que 
no se podía incluir en el nuevo Bastado á la Banda Orien- 
tal por estar bajo el dominio del general Artigas. La glorio- 
sa travesía de los Andes realizada en esa ^poca por San 
Martín y la victoria de Chacabuco que fué su consecuen- 
cia, fortalecieron poderosamente la causa revolucionaria 
concentrando sobre ella la atención del mundo civilizado; 
deseoso Monroe de tener noticias exactas de la situación, 
despachó el 4 de diciembre de 1817 varios delegados al 
Río de la Plata, encargados de informar de los recursos y 
fuerzas de los insurgentes y del estado político, social y eco- 
nómico de estos países. En los primeros meses del año 
1818 desembarcaron los comisionados en el puerto de 
Buenos Aires poniéndose en seguida en relación con las 
autoridades y personajes de influencia, estudiaron el am- 
biente, exploraron las opiniones recogiendo los datos y de- 
talles necesarios para transmitir á su gobierno un dictamen 
completo y acertado. La administración de Puyrredón que 
no había logrado desterrar ni deshacerse de Artigas con- 
forme lo consiguió con otros opositores, no dejó escapar la 
ocasión que se le presentaba para descargar sobre él un 
golpe que lo hiriera moralmente de muerte en el con- 
cepto de propios y de extraños, y al efecto confió á 
Pedro Feliciano Cavia, oficial mavor del Ministerio de 
Go bierno y Relaciones Exteriores, la innoble misión 
de escribir el libelo de la referencia con el propósito 
deliberado de desnaturalizar su fisonomía política y 



(O £1 doctor Alberto Palomeque publicó esta carta por primera 
vez en el tomo l.^^ de los «Orígenes de la diplomacia argentina». 
Posteriormente la citó García Merou, en el tomo 1" de la «Historia 
de la Diplomacia Americana» . 



1>E LA UNIVERSIDAb 61 

moral. (^) Individuo de carácter exaltado y de pasio- 
nes violentas, Cavia cumplió la tarea con saña implacable á 
fin de producir la impresión que se deseaba; enemigo perso- 
nal de Artigas porque le había hecho perder un cai-go ele- 
vado expulsándolo en 1813 de la Banda Oriental, venga 
sus agravios desahogando las iras reconcentradas «contra 
ese genio maléfico, como él le llama, que desde hacía tiempo 
estaba fijando la atención del orbe pensador». Obra de par- 
tido, inspirada en un móvil odioso, pati*ocinada por el go- 
bierno que Artigas combatía con encarnizamiento, en vano 
se busca en ella la nota humana ó las enseñanzas que siem- 
pre se piden á la historia; en vano se busca la sinceridad, la 
justicia y aquellas consoladoras atenuaciones en que se basa 
todo juicio histórico imparcial; predominan en sus páginas 
envenenadas el fanatismo sectario y las crueles impreca- 
ciones que en las grandes crisis políticas lanza un partido 
á la cabeza del adversario que no ha podido vencer ni ano- 
nadar. No se estudia el origen y desenvolvimiento del terri- 
ble di*ama en que se agita durante diez años el protagonis- 
ta, breando sin descanso con todos los elementos internos 
y externos desencadenados contra él; no se analizan sus 
facultades personales extraordinarias, con las que alcanza 



(1) El folleto de Cavia se publicó en febrero de 1818 y en ese mes 
llegaron los delegados. Véase la nota 2^ del artículo V del «Pro- 
tector nominal de los pueblos libres, etc.». En la nota 4.^ del artícu- 
lo III, explica asi el objeto de la obra: «La política ha hecho tam- 
bién deferir la presentación de este horroroso retrato (de Artigas) cre- 
yendo que su original cambiaee alguna vez de fisonomía. Una triste 
experiencia ha demostrado lo remoto de esta esperanza En tal con- 
cepto, ha sido preciso describir á este monstruo, para que el país se 
precaucione contra sus insidias, para que le conozca el mundo entero 
y para que sepa, que aunque por excepción de la regla, hay un hmnbre 
tan malvado en estas regiones*. Compárese el artículo V con las pro- 
clamas de Puyrredón, á los habitantes de Entre Ríos, de 5 de di- 
ciembre de 1817, cuando mandó socorros á Ererñu, Correa y demás 
caudillejos que á sus instancias se habían sublevado contra Ar- 
tigas. 



6¿ REVISTA HISTÓRICA 

en breve tiempo aquel poder y prestigio incontrastable que 
causan el asombro y la admiración de sus coetáneos. 'O Bien 
es verdad que este no era el objeto que se perseguía sino 
flagelarlo sin piedad, y Cavia respeta á maravilla la couísig- 
na navegando á velas desplegadas por el mar de la invectiva 
y la calumnia. Acumula con suprema frialdad cuantos re- 
cursos encuentra ó se le ocurren para constituir un proceso: 
recuerdos vagos, tradiciones confusas, imputaciones malevo- 
lentes, anécdotas inverosímiles, todo lo utiliza en su rabia 
destructora, altera los hechos más conocidos ó los forja á 
su sabor de manera que el cuadro resulte más tétrico y 
sombrío. Esta monografía, «declamatoria y grotesca», hija 
de una imaginación acalorada, podría servir, escribe Carlos 
María Ramírez, para estudiar la sicología de las facciones 
de esa época, pero no podrá aceptarse nunca como com- 
probación de la verdad. Y sin embargo, no ha sucedido así: 
la memoria de Artigas se resiente todavía de la influencia 
de este libro nefasto; en esa fuente contaminada han bebi- 
do los publicistas europeos y americanos que de él se han 
ocupado trasmitiéndose el romance de generación en gene- 
ración con los añadidos que le han zurcido los últimos de 
acuerdo con ideas preconcebidas ó antagonismos heredados. 
No lo decimos nosotros, son ellos los que se encargan de in- 
dicarnos el procedimiento. El doctor Vicente Fidel López 
siempre que tropieza con Artigas, y lo encuentra á cada 
paso en la primera década de la historia argentina, extre- 
ma en acriminarlo todos los arbitrios de su verba inagotable; 
pero impresionado él mismo de la viveza de sus ataques, se 
detiene de repente para recordar: «que es una r^la elemen- 
tal de historia no dar asenso á los apreciaciones que proce- 
den de ánimos prevenidos contra los hombres de quienes se 
trata », y advierte al lector que no tome su juicio al pie de la 



(1) Nótase esta impresión en el «Diario» de Lnrrafiaga y Guerra, 
en la Historia de Fuñen y en la correspondencia privada de otros 
personajes de aquellos tiempos. 



bÉ LA UNIVERSIDAD 6^ 

letra «porque execra la persona, los hechos y la memoria 
de ese funestísimo personaje» de su Historia. (1) 

Diversas causas facilitaron el desarrollo de lo que llama- 
remos la saga artiguista, dándole una importanda que de otro 
modo nunca hubiera alcanzado. Con pertenecer Artigas á 
una famih'a distinguida por su posición social y sus vincu- 
laciones en el período colonial, debido á un destino singular 
se desconoció durante muchos años el lugar de su nacimien- 
to. Poco faltó para que se renovara en torno de su cuna la 
polémica que sostuvo la antigua Grecia al rededor de la 
cuna de Homero; así como Atenas, Argos y otras ciudades 
disputaban á Eismima la ciudadanía del poeta, Las Piedras, 
el Sauce y otros pueblos del interior de la República dis- 
putaron á Montevideo el nacimiento de Artigas. Igual in- 
certidumbre existía respecto á la fecha de este suceso, unos 
la fijaban en 1746, otros en 1758, quienes en 1759 y quie- 
nes en 1760, no obedeciendo la elección á ningún método 
ni criterio racional sino al mero capricho de los autores, ó 
al deseo de armonizar esas datas con sus opiniones perso- 
nales ó con las consecuencias que de ellas pretendían dedu- 
cir. Berra en la primera edición de su Bosquejo Histórico 
hace nacer á Artigas en 1758, y en la última, publicada 
veintes años después de haber hecho conocer Maeso la par- 
tida de bautismo, lejos de corregir el error lo reproduce, qui- 
zás por no destruir el andamiaje que sobre esa base había 
construido. Aún el año de su incorporación al ejército es- 
pañol ha sido objeto de profundas divergencias. El general 
Nicolás Vedia en su Memoiña indica el 1800, Sarmiento el 
1804, Washburn el 1 808, y como quiera que del enlace de es- 
tas fechas con las anteriores resulta que Artigas ingresa en la 
vida pública en edad bastante avanzada, sus detractores que 
no pierden oportunidad para vilipendiarlo no dejaron de evo- 
car en su fantasía el pasado desconocido, los años ignorados, 
acumulando en sus narraciones la cólera y los enconos alma- 



(1) «Historia Argentina», tomo 3.^ página 424. 



64 REVISTA HISTÓRICA 

cenados en los días de convulsión y de combate. Cuando los 
escritores nacionales comenzaron á ocuparse de su personali- 
dad con entusiasmo, notaron en su vida las mismas defi- 
ciencias y obscuridades, especialmente en la parte relativa á 
su adolescencia y juventud, y poseídos del afán de llenar el 
vacío recurren á la leyenda entresacando de sus páginas 
los rasgos más atrayentes, las anécdotas más originales, 
contribuyendo sin saberlo á darle mayor vuelo y á vigori- 
zarla. Sin duda Artigas no ba sido ajeno al mantenimien- 
to de este estado de cosas por la serenidad con que acogió 
en distintas circunstancias los denuestos y ataques de sus 
enemigos; preocupado del triunfo de sus ideales, sin tiempo 
para distraer su atención en puntos extraños á esa tarea, ca- 
reciendo además del auxilio de la prensa monopolizada por 
sus adversarios, se limitó á levantar los cargos que oficial- 
mente se le hicieron, relegando al desprecio ó mirando con 
indiferencia los que se le dirigían en otra forma, pues que 
«no necesitaba, decía, vindicarse en el concepto público ni 
asalariar apologistas». En cierta ocasión le comunicó An- 
dresito los rumores desfavorables que circulaban á su res- 
pecto: «deje usted que hablen ó prediquen contra mí, respon- 
da Esto ya sabe que sucedía, aún entre los que me cono- 
cían, cuanto más entre los que no me conocen.» ^1) Otra vez 
escribía á Güeraes: <' A la distancia se desfiguran los sen- 
timientos y la malicia no ha dormitado siquiera para ha- 
cer vituperables los míos. Pero el tiempo es el mejor tes- 
tigo, y él justificará ciertamente la conducta del jefe de 
los orientales». (2) 

Nosotros no tenemos por qué ni podemos tampoco imitar 
su indiferencia. En vista, del rol extraordinario que ha des- 
empeñado en nuestra historia y de la influencia inmensa 
que ejerció en el Río de la Plata, influencia que continuó 
después de su ostracismo hasta la organización completa de 



(1) Artigas á Anüresito en 1816» citado por Bauza. 

(2) Artigas á Quemes, 5 de febrero de 1810. 



r 



bÉ LA UNIVERSIDAD 65 

estos países, nos es forzoso examinar detenidamente la le- 
yenda para ver cuáles son los elementos históricos que con- 
tiena Empezaremos por exponerla y lu^o criticarla á la luz 
de los document08 que hemos podido procurarnos. 

Narra ésta, que incitado Artigas por un temperamento 
rebelde á toda dependencia, abandonó en su juventud el 
hogar paterno internándose en las agrestes soledades que 
existían al norte del Río Negro. Esa zona del territorio 
uruguayo pareda destinada á ser teatro del terror y la vio- 
lencia, de ociosos y de bandidos por las seguridades que 
les brindaba su configuración especial, su aspecto salvaje, 
la proximidad de la frontera y la falta absoluta de policía; 
3i se les perseguía se ponían en salvo vadeando el Santa 
María, ó buscaban asilo en las apretadas serranías, los es- 
pesos bosques, los cerros abruptos y los profundos ba- 
rrancos que la cubrían. La disputa de límites con el 
estado vecino, la carencia de centros urbanos, y de 
fuerza organizada, hacían que la acción de la autori- 
dad no se dejara sentir " con frecuencia en esos lugares 
deshabitados. Fuera de los pueblos de Misiones todavía 
floreciente sólo encontraba el viandante en las costas del 
Uruguay la pequeña población de Paysandü, y á trechos 
la choza de barro de algún miserable campesino, ó la tien- 
da ambulante de cuero y estacas del indomable charrúa 
arrinconado allí por el empuje continuo aunque lento de la 
conquista. Eki este escenario primitivo rodeado de horizon- 
tes misteriosos, se despiertan, según la fábula, las pasiones 
é instintos que bullen en el alma joven de Artigas. Reco- 
rre á caballo los campos dilatados que se extienden á su 
vista, bien así como el cosaco la estepa, no dependiendo 
csino de Dios y de su lanza», estudia el terreno y las lo- 
calidades, se hace insensible á los padecimientos, resistente 
á la fatiga, acostumbrando su organismo á la miseria y los 
trabajos; lucha con los indígenas y las fieras ocultos en 
ios cafiaverales, cruza á nado arroyos caudalosos, acosa pa- 
ra sustentarse el ganado silvestre diseminado en las lomas, 
sorprende al viajero y al traficante extraviado en los valles, 

■• U. DB LA U.— 6. 



66 REVISTA HISTí^RrCA 

atisba desde la copa de algún añoso ombá la partida de 
tropa lanzada en su persecución, y en las horas de cansan- 
cio 6 de peligro se refugia en la parte más tupida de la 
selva. Sus proezas le dan pronto renombre y una fama 
ruidosa, afluyendo á su guarida como á la de David en los 
desiertos de Judea los tránsfugas y los ricos en desgracia; 
propietarios despojados, milicianos desertores, esclavos fu- 
gitivos, contrabandistas contumaces, presidiarios escapados 
de la Cindadela, sayones y holgazanes de las provincias del 
virreinato y de los eptados limítrofes. 

Añade la tradición que sus cualidades personales lo desti- 
naban á dominar sobre cuantos le rodeasen: á semejanza de 
Pedro el Grande, con el fuego de su mirada detiene á los mal- 
vados oles hace desfallecerá su grito aterrador; diestro jinete, 
maneja el caballocomo ninguno de sus coetáneos, montándo- 
los á medio domar, amansándolos en s^uida al empuje de su 
brazo y de su acicate; era tal su habilidad en las marchas ó en 
preparar una sorpresa, que la tropa soberana escarmentada 
por los contrastres sufridos, esquiva su encuentro resis- 
tiéndose á perseguirlo; si por un accidente imprevisto se 
veía cortado, ultima los caballos cansados detrás de los cua- 
les se parapeta y con sus fuegos certeros diezma al enemigo, 
que huye despavorido dejando el campo cubierto de cadá- 
veres. Estas aptitudes excepcionales del fogoso adolescente 
deslumhran á sus caraaradas, que lo aclaman á una jefe de 
la banda. Viéndose Artigas al frente de fuerzas respeta- 
bles se alia á los contrabandistas de Río Grande y ensan- 
cha el teatro de sus operaciones, desbordándose como un 
torrente sobre los países linderos; invade Entre Ríos, Co- 
rrientes, el Paraguay y el Brasil; impone contribuciones, 
destruye las cosechas, arrasa las aldeas, quema los templos, 
llevando sus depredaciones hasta los arrabales de las ciu- 
dade¿j. Impresionado el virrey por el incremento de feu po- 
der y de sus recursos, crea un cuerpo especial de blanden- 
gues para contenerlo; pero Artigas lo persigue, lo estrecha 
y lo vence, aterrando á las autoridades que estimándose 
impotentes para destruir sus fuerzas, mudan de táctica y 



t)É LA UNIVERSIDAD 6? 

resuelven reducirlo por medios pacíficos; imitando á las 
matronas romanas cuando la invasión de Coriolano ruegan 
á sus padres que sirvan de mediadores para atraer al pros- 
cripto; éste se somete pero imponiendo condiciones, exige 
una indemnización, amnistía general y admisión de él y los 
suyos en el cuerpo recientemente formado. Nombrado ayu- 
dante mayor de blandengues, cambia como por encanto de 
costumbres, restablece la tranquilidad de la campaña, cas- 
tiga inexorablemente á los bandoleros, borrando con sus 
servicios á la causa del orden el recuerdo de sus excesos y 
anteriores atropellos. Cuando el esijuilón de la revolución 
de Mayo convoca á los pueblos á la independencia. Artigas 
vacila en los primeros instantes, mas comprendiendo que 
las simpatías generales están de lado de los revolucionarios, 
se deja arrastrar por la corriente picándose al movimiento 
emancipador, con la esperanza de constituirse un Estado á 
la manera de Francisco Esforza ó de César Borgia. (O 

Así nos describen al Artigas legendario Miller, Famin, 
Berra, Sarmiento, Washburn y López, glosadores y co- 
mentadores de las anécdotas novelescas que rebosan en el 
folleto de Cavia. Como se echa de ver, se le quiso de- 
primir con pertinacia inaudita, y lo que se ha conseguido es 
elevarlo inmensamente dándole una importancia y propor- 
ciones que estuvo lejos de tener antes de la revolución. 
Más bien que un hombre moderno, parece un héroe de épo- 
cas remotas. Su figura romancesca tiene todos los relieves 
de aquellos personajes mitológicos en quienes simbolizan 
los pueblos de antaño las gestas y dolores de su infancia; 
recuerda á veces en más de un rasgo á Mitrídates reapa- 
reciendo en Sinope para sentarse en el trono de sus proge- 
nitores, despufe de haber vivido sus mejores años en las 



(1) Hemos seguido éa la exposición ríe la leyenda, á Miller^ «Me- 
morias». Casar Famin, «Cbile, Paraguay, Uruguay, Buenos Aires»^ 
página 59. — Wa8burn, «Historia del Paraguay», tomo I.», capí- 
tulo XV. 



68 llÉiVISTA HíaxáRTCA 

selvas del Paryadrés, entre los bárbaros y las fieras; otras 
trae á la memoria á los fundadores epónimos de las ciu- 
dades griegas y romanas, que hastiados como Artigas de la 
vida nómade y aventurera, crean Estados en donde conso- 
lidan su poder con el prestigio adquirido por su valor y sus 
hazañas; para que la semejanza fuera completa únicamente 
olvidó la leyenda el alfange y los coturnos de Teseo, la lo- 
ba que amamantó la infancia de Bómulo y las águilas que 
velaron el primer sueño de Alejandro.' 

Nos placen los romances, sin resistimos, diremos con 
Waliszewski «á la necesidad histórica de contradecirlos 
cuando ellos se engañan>,y en nuestro caso se han equivo- 
cado. Para demostrarlo, nos despediremos de la ficción y 
entraremos de lleno en los dominios de la historia 

José Gervasio Artigas nació el 19 de junio de 1704 en 
Montevideo, de Martín José Artigas y de Francisca Anto- 
nia Arnal, bajo el gobierno de Agustín déla Rosa; lo bautizó 
el 2 1 en la Matriz el presbítero doctor Pedro García, siendo su 
padrino Nicolás Zamora, escribano-secretario del Cabildo. 
Era el tercero de la familia compuesta de varios hermanos: 
Martina, Nicolás y Manuel Francisco. Bien que consten 
estos antecedentes en la partida respectiva, de la circuns- 
tancia de habérsele bautizado á los tres días de su naci- 
miento, deducen algunos escritores que nació en Las Pie- 
dras y después se le trajo á Montevideo para recibir aquel 
sacramento; pero el propio Artigas, que es de suponer no 
ignorase en dónde vio la luz por primera vez, se encarga de 
resolver la duda manifestando en el acto de su matrimonio 
ser natural de Montevideo, manifestación confirmada por 
los documentos expedidos por las autoridades españolas 
que lo declaran á una hijo de esta ciudad. W No podía exr 



(1) Algunos, entre ello» el laborioso escritor Orestes Aralüjo, creen 
que esta partida no resuelve el problema, porque el nombre Monte- 
video se aplicaba á toda la provincia, mas la observación carece de 
fuerza, pues la partida no dice natural de Moulevideo sino de la eiu 



DE LA UNIVERSIDAD 69 

damar con el poeta que su nombre principiaba con él, por* 
que si bien fué el más ilustre de su estirpe, sus agnados 
habían dejado huella brillante en la vida administi-ativa y 
miliciana de la colonia. Es menester detenerse un momento 
en este blasón hereditario, no sólo para ilustrar el pasado 
de su linaje, los servicios prestados por sus mayores á la 
Provincia, sino también para comprender los rasgos sicoló- 
gicos de su carácter, su genio emprendedor y atrevido, su 
prodigiosa actividad, su voluntad obstinada y su inclina- 
ción á los riesgos y á la lucha. Al ocuparse los historiado- 
res de sus antepasados, se limitan á hacer resaltar su inter- 
vención en las magistraturas municipales y otros cargos ci- 
viles que desempeñaron con aplauso general, dejando de 
lado las funciones militares que absorbían entonces la 
atención de los habitantes exigiéndoles rudos y continuos 
servicios, y los Artigas dedicaron á ellas sus energías, distin- 
guiéndose en primera línea entre sus contemporáneos, pues 
pert-enecieron á la milicia durante varias generaciones, pu- 
diendo considerarse esta carrera tradicional en la familia. 
Su abuelo paterno el zaragozano Juan Antonio Artigas, 
empezó su carrera en España en la memorable guerra de 
sucesión que agitó doce años á la península, despertando 
entusiasmos idénticos á los que despertó posteriormente la 
guerra llamada de la independencia contra la invasión na- 
poleónica. En la flor de la edad, á los quince ó diez y seis 
años sentó plaza de voluntario en el raimiento Nuevo 
Rosellón, en defensa de la causa nacional representada por 
FeKpe V, cuya popularidad creció en vez de menguar con 



dad de MonUvideo, determHiando claramente la localidad. En una 
acta del Cabildo del 3 de febrero de 1814, por la cual se nombran en- 
viados para invitarlo á la conciliación con España, se dico: <y con- 
fíadamentese espera por momentos el feliz día de la conclusión de- 
seada por este pueblo que le dio la existencia.^ Larrobla en una carta 
á Artigas, en 1812, dice: «este Cabildo hace á V. 8. la más solemne 
protesta de adherirse á cuanto usted proponga bajo la justa recom- 
pensa de su unión con Montevideo su patria, etcj^. 



70 REVISTA HISTÓRICA 

los reveses experimentados en los primeros años de la con- 
tienda. En 1710, despufe de Almansa, tomó la ofensiva el 
archiduque Carlos hallándose Juan Antonio Artigas en la 
desgraciada batalla de Almenar de Segre, dirigida personal- 
mente por el monarca, j en la de Zaragoza que abrió por 
segunda vez al pretendiente las puertas de Madrid. En esta 
acción cayó prisionero, logrando fugará los cinco días, y lue- 
go de algunas peripecias alcanzó y se incorporó al ejército 
en retirada sobre Valladolid. No tardaron en reanudarse las 
hostilidades, y auxiliadas las tropas de Felipe V, de las que 
formaba parte Artigas, por el mariscal Vendóme, atacaron 
el 9 de diciembre las fortificaciones de Brihuega, consi- 
guiendo adueñarse de esta plaza á pesar de la valiente de- 
fensa del general Stanope; con esta victoria y la de Villa vi- 
ciosa obtenida al día siguiente por el marqués de Valdeca- 
fias en los restos del ejército inglés, se decidió el porvenir 
de la dinastía borbónica, asegurándole hasta el presente el 
trono de España. En los ataques á Barcelona después de la 
fuga del pretendiente, el escuadrón á que pertenecía Juan 
Antonio Artigas, unido á los dragones y coraceros del conde 
de Maoni, se apoderaron del baluarte del Levante, óltima 
escena del sangriento y porfiado duelo que terminó con la 
paz de Utrech. W 

Buscando nuevo teatro y otros horizontes á su actividad, 
se embarcó en 1716 para Buenos Aires, en donde contrajo 
enlace con doña Ignacia Javií^ra Carrasco, é ingresó en la 
compañía dé milicias del capitán Martín José- Echauri, 
acompañando á éste á la primera expedición que se envió 
á la costa de Rocha para desalojar al contrabandista francés 
Esteban Moreau, y á los reconocimientos realizados en 
Montevideo cuando ocuparon este punto los portugueses. 
Una vez echados los cimientos de esta ciudad, Juan Anto- 
nio Artigas con otros soldados de Echauri, casi todos pa- 



(1) Expediente en el Archivo de la Escribanta de Gobierno y Ha- 
cienda. 



DE LA ÜNÍVERSÍDAD 71 

rientes suyos, se avecindó en ella con su esposa y cuatrp 
hijas, constituyendo el primer uücieo de pobladores, recibien- 
do en premio títulos nobiliarios, pues fueron declarados hi- 
jodalgos de solar conocido con derecho á gozar de los privile- 
gios anexos á su cat^oría en todos los dominios del Im- 
perio español, títulos que poco preocuparon á los Artigas 
porque en nuestras investigaciones únicamente hemos tro- 
pezado con una descendiente (Bárbara Bermúdez) que tra- 
tase de hacerlos valer. 

La fundación de Montevideo respondía al propósito de 
terminar con las tentativas que día á día exteriorizaban los 
europeos á la posesión de estas colonias, principalmente los 
lusitanos empeñados en apoderarse de la margen izquierda 
del Río de la Plata. De ahí que se diera á la ciudad as- 
pecto guerrero con bastiones y reducto, con cindadela y 
fortificación, con armada y guarnición permanente; como 
quiera que esta fuerza no bastase á garantizar su estabili- 
dad ni á vigilar su dilatada campaña, se enroló á sus habi- 
tantes en una compañía de milicias á caballo bajo el mando 
de Artigas, discerniéndosele el grado de capitán. Con estas 
fuerzas inicia en 1 730 sus célebres excursiones al interior, 
análogas á las que más tarde realizaría su gran nieto, en 
defensa de los propietarios m'timas de las violencias de 
indígenas y malhechores. De complexión robusta, habitua- 
do desde tierna edad á los peligros, endurecido en las fati- 
gas de la guerra, suple la falta absoluta de instrucción con 
la experiencia y sagacidad natural; la obstinación verdade- 
ramente aragonesa que desplega en el cumplimiento del 
deber, le grangean el afecto de los superiores, que confían 
tranquilos en su intrepidez y valor para ejecutar empresas 
difíciles. Cuando la primera insurrección de los minuanes, 
que hizo entenebrecer la estrella de Montevideo, ordena Za- 
bala se envíen comisionados á los indios á fin de inclinar- 
los á un arreglo; nadie se atreve á desempeñar la misión 
porque los caciques amenazan de muerte á los que se acer- 
quen en demanda de paz; en este conflicto el Cabildo en- 
carga á Juan Antonio Artigas la ardua tarea, y en medio 



72 ÍIE VISTA HISTÓRICA 

de ser Alférez Real, puesto que le faculta á rechazarla, se 
encamina á las tolderías, volviendo al poco tiempo con los 
representantes de los indios para celebrar el convenio desea- 
do por el gobernador. W En s^uida se dirige á Maldonado 
á impedir un desembarco que intentaban hacer los portu- 
gueses; auxilia al Maestre de Campo Manuel Domínguez 
en los dos combates que reprimen la segunda rebelión mi- 
nuana; interviene en la guerra guaranítica; asiste en 1762 
á la toma de la Colonia, procurando la caballada necesaria 
para los r^mientos, se le manda luego á la frontera á vigilar 
que el enemigo no ataque por el flanco al ejército de Ce- 
ballos, 6 que desprenda fuerzas para recuperar por sorpre- 
sa la ciudad perdida. No solamente las tareas agilitares 
distraían su atención: en los descansos que ^tas le permi- 
ten, atiende á su establecimiento de campo de Casupá re- 
cibido en merced del Estado en su calidad de poblador. Es 
de notar que las costumbres de nuestros antecesores tienen 
cierta analogía con las de los primitivos romanos, dividen 
su tiempo y actividad entre la labor doméstica y los debe- 
res públicos; así como Cincinato dejaba el arado y acudía en 
defensa de Roma amenazada, nuestros patricios interrum- 
pen sus faenas para batir á sus vecinos, cuyas expediciones 
se repetían con la monotonía de las de los Equos ó de los 
Volscos, 6 para asistirá las sesiones del Cabildo «con sus 
capas raídas y sus manos callosas», á velar por el mejora- 
miento de la naciente ciudad. 

Entre todos sus hijos se distingue desde temprano Mar- 
tín José, á quien sin duda puso este nombre en recuerdo y 
homenaje de su antiguo jefe; educado por los jesuítas, com- 
pañero de su padre en sus correrías y heredero de axx pres- 
tigio, obtuvo bien pronto los entorchados de capitán de mi- 
licias, el puesto más alto á que podían aspirar los criollos 
en la jerarquía militar de entonces. Las milicias eran ya 
más numerosas por el incremento de la población y por ser 



(1) Actas del Cabildo, 



BB IJ^ UNiyBR8i]>AD 73 

indispefisableB para custodiar los pueblos fundados en la 
jurisdíoción de Montevideo; formaban compañías especia- 
les, asistían á las operaciones militares, haciendo los mis* 
mos servicios de la tropa de línea, servicios que más de 
ooa vez recoixlaron é hicieron valer ante los olvidadizos 
gobernadores. El virrey Vertiz en su expedición á Río 
Grande construyó el fortín de Santa Tecla en la vieja ha- 
cienda real de San Miguel, y al retirarse dejó de guar- 
nición dos destacamentos, uno de línea y otro de mi- 
licias, el primero al mando de Luis Ramírez y el se- 
gundo al de Martín José Artigas. En los primeros 
meses del afio 1776, Pintos Bandeiras, capitán portu- 
gués que había adquirido por su denuedo una fama nove- 
lesca, quiso sorprender el fortín, presentándose de improvi- 
so al frente de seiscientos hombres; pero su intento fracasó 
porque lo descubrieron los de adentro á pesar de la cerra- 
zón que reinaba, y transformó la sorpresa en bloqueo. Ra- 
mírez y Artigas defendieron veintisiete días su posición re- 
chazando cinco asaltos furiosos del sitiador; capitularoncuan- 
do se agotaron los víveres y municiones, y salieron de la pla- 
za el 26 de marzo con todos los honores de la guerra: la guar- 
nición armada, dos cañones con mecha encendida y dos ca- 
rros cubiertos, hecho, dicen Liarrafiaga y Guerra, que hon- 
ra tanto al vencedor como al vencido. (1) Después ingresa 
don Martín José en el Regimiento de caballería de Mili- 
cias de Montevideo, donde tuvo de compañeros á los Du- 
ran, los Mas, los Cáseres, los Bauza y los Pérez Caatella- 
nos: se creó durante la guerra de la independencia norte- 
americana. Esa era la mayor fuerza que había en campaña 
cuando España, aliada de Francia, declaró la guerra á In- 
glaterra en defensa de la causa de los insurgentes. 



(1) Confróntese lo que dioe el vizcon le de San Leopoldo en la pá- 
irina 155 de aue «Annaes da Provincia de 8. Pedro*, con una nota de 
Martín José Artigas fechada en Santa Tecla el 27 de enero de 1776. 
M. B. del Archivo Administrativo, 



74 REVISTA HISTÓRICA 

«Elstu vieron acampados, escribe un contemporáneo, en 
número de 1,300 porque las compañías tenían más 
de cien hombres, hacia el horno de Achucarro. To- 
dos estaban montados en buenos caballos, suficientemente 
ejercitados en las evoluciones; y muy resueltos á que- 
dar airosos, contra el dictamen de los veteranos, parti- 
cularmente europeos, que los miran siempre con desafecto; 
pero otros confiaban mucho en su robustez y destreza en 
el manejo de los caballos, en la que seguramente no son 
inferiores á los antiguos Ndmidas ni á los modernos de 
Argeh. ü) 

No carecía, pues. Artigas desde su infancia de ejemplos 
que imitar ni de estímulos á la gloria; los halla brillantes 
en su hogar, siendo testigo de las acciones de su padre en 
la edad de los entusiasmos, en la edad en que el espíritu 
no da cabida al olvido ni á la indiferencia. Mientras el au- 
tor de sus días liga su nombre á la heroica defensa de 
Santa Tecla, frecuenta é\ las aulas del convento de San 
Bernardino, donde tuvo de condiscípulos á Nicolás Vedia, 
á Melchor de Viana y á otros compatriotas, más tarde 
¡lustres en los anales del Plata. Bien será decir que no era 
este el único colegio que había entonces en Montevideo como 
aseguran nuestros historiadores, pues que en cumplimiento 
del artículo 28 del decreto de expulsión de los jesuítas, el 
Cabildo instituye en 1772, en el local desalojado por la Re- 
sidencia, una escuela pública y gratuita de primeras letras y 
latinidad, destinándola especialmente á la educación de ni- 
ños pobres y menesterosos, la cual funciona en concurren- 
cia con la de los Franciscanos durante la dominación espa- 
ñola. (2) Si no era completa la instrucción que se daba en el 



(1) Pérez Castellano— Cajón de Sastre. M. S. en poder de don 
Nicolás Borraz. 

(2) Esta escuela se reformó (y no creó) en 1809. Sus primeros 
maestros fueron Yaldez y Ortuflo. Después de Gramática, José Ga- 
ria, y de primeras letras José Bernabé Guadiilupe.— A fines del si- 
sólo XVIII dirís^fa don Manuel Pagóla la clase elemental y la de la- 
tinidad el presbítero don Jofé J. Aiboleya. M. S. del Archivo Público, 



DE LA UNIVERSIDAD 75 

convento, suplía sin embargo las exigencias del momento, di- 
fundiendo los conocimientos indispensables á la niñez: se en- 
señaba á leer y escribir, nociones de aritmética, gramática y 
lengua latina con aditamento, como se comprende, de la doc- 
trina cristiana, sometiéndose también á los alumnos á la disci- 
plina y subordinación de orden en las instituciones de esa ín- 
dole. Dentro de la estrechez de criterio de la época en punto á 
educación, los franciscanos ampliaban sus clases y progra- 
mas siempre que las circunstancias se lo permitían; en 1787 
crearon la cátedra de filosofía dirigida por fray Mariano 
Chambo, pero Artigas no pudo aprovechar sus lecciones 
como las. aprovecharon Rondeau, Larrañaga y otros de sus 
amigos y compañeros más jóvenes que él que fueron dis- 
cípulos del fraile. No obstante esto, su instrucción si no fué 
superior, igualó á la de la mayor parte de los militares de 
su tiempo, incluso al genernl San Martín que como se sa- 
be no sobresalió por la calidad ni por la extensión de sus 
conocimientos; que no es extraño que tal cosa acaeciera en- 
tre nosotros cuando sucedía otro tanto en los centros ilus- 
trados de Europa, viéndose obligada en 1 793 la Convención 
francesa, para corregir el mal,á dictar una ley prohibiendo 
se acordaran grados desde cabo hasta general á las perso- 
nas que no supieran leer y escribir. (1) En el orden militar 
dice Taine, «la capacidad es sobre todo innata; los dones 
naturales, valor, sangre fría, golpe de vista, actividad física, 
ascendiente moral, imaginación topográfica constituyen su 
parte principal; en tres ó cuatro años, hombres que apenas 
sabían leer, escribir y las cuatro reglas, se hicieron durante 
la Revolución oficiales excelentes y generales vencedores». 
(-) Basta recordar los nombres de Jourdan, Vandame, Au- 
guereau, Massena, Junot^ Murat, Hoche, Ney y otros ge- 
nerales de la Revolución y del Imperio, para convencerse de 
la verdad que encierra la observación del gran publicista 



(1) Laviso y Rambau: aHistoire s^énéral», tomo 8, pág. 274. 

(2) Taine: «Le régime moderne», pág. 335. 



76 REVISTA HISTÓRICA 

f raDcés. Es muy de tener en cuenta que los partes expedidos 
por Artigas desde diversos puntos del territorio mientras 
fué oficial de blandengues, demuestran que no olvidó la 
instrucción de sus primeros años; si bien acusan cierta ne- 
gligencia en la puntuación y en la construcción del período, 
no abundan los errores ortográficos en las palabras más 
usuales que se ven en la correspondencia de otros militares 
de su tiempo. La semejanza de varías frases y giros de dic- 
ción con las notas posteriores principalmente con las que pu- 
blicó Fr^eiro, prueban que si no las redactó enteramente, 
colaboró en ellas, lo que confirma Robertseii en sus Cartas 
al decir que cuando ll^ó á Purificación encontró á Artigas 
ocupado en dictar á sus secretarios órdenes para sus co- 
mandantes y respuestas á las consultas de los Cabildos. 
Gustábale sobremanera la letra clara y correcta, á punto de 
que sólo el^a escribientes entre los individuos de buena 
caligrafía, imponiendo esta condición hasta en los partes 
que le dirigían sus subalternos. Habiéndole mandado una 
vez Rivera dos cartas confusas y de difícil lectura, no dejó 
de manifestarle su desagrado en la contestación: «ubted 
me ha escrito dos, responde, y tengo la fortuna de que su 
letra se va componiendo tanto que cada día la entiendo me- 
nos. Es preciso que mis comandantes vayan siendo más 
políticos y más inteligibles^. (1> Sus facultades é inteligen- 
cia se perfeccionaron más tarde con el trato de los hombres 
y de los n^ocios, con la observación y la experiencia ateso- 
radas en los años de servicio, pues estuvo en relación y bajo 
el mando de jefes de la talla de Azara, Viana, Lecoq, Quin- 
tana, Arrellano y RuizHuidobro.de cuya preparación nadie 
puede dudar. £1 primero le infundió en el año de estadía en 
Batoví aquel amor é inclinación por la agricultura que re- 
belan algunas notas de Artigas, y que puso en práctica 
cuando desengañado y vencido arrastraba su vejez y sus 
angustias en la confinación forzosa de Curuguatí. 



(1) Artigas á I^ivera, U de febrero de 1816. 



Üfí LA UNIVERSIDAD 77 

Sin orientacióo defíuida, sin vocación por el comercio 
y las profesiones liberales, sin necesidades apremiantes por 
otra parte, hizo Artigas en su adolescencia la vida fácil y 
ligera de los hijos de familia acomodada. En el ambiente 
patriarcal de la antigua ciudad no había más diversiones ni 
entretenimientos que las corridas de toros, los bailes y las 
visitas, así que la mayoría de los jóvenes distraían sus ocios 
en excursiones de caza ó en cabalgatas al campo, trayendo 
siempre al volver alguna anécdota que contar, en las que 
era protagonista obligado el indígena ó el bandido que ha- 
bía pretendido sorprenderlos en alguna encrucijada del ca- 
mino. Los dominios rurales se destinaban á la cría del ga-* 
nado y pertenecían á los pobladores ó á personas de influen- 
cia. Aliviados del proceso de la refinación de la raza que des- 
conocían, dejaban los dueños multiplicar aquél á su albeldrío, 
sin otro trabajo que vigilar á los peones ó esclavos que los 
custodiaban. Los más pasaban en sus establecimientos la 
bella estación refugiándose en la ciudad en cuanto se ha- 
cían sentir los primeros fríos. Con permiso de los gober- 
nadores salían de tiempo en tiempo al frente de partidas 
reclutadas entre sus hijos, vecinos, peones y esclavos, á ahu- 
yentar á los ladrones que merodeaban por los aledaños de 
la estancia ó á escarmentar en sus guaridas á los bando- 
leros más temibles, bien así como lo hacían con los indios 
de la frontera los arrogantes plantadores de Maryland, Vir- 
ginia y las Carolinas en la gran República del Norte. 
De ese modo se explica que fueran tan imperiosos y arro- 
jados los primeros nombres de la colonia, los Ghircía Zú- 
ñiga, los Pereira, los Herrera, los Artigas, los Salvañach, 
los Bauza, cuyas expediciones se consignan en las actas 
del Cabildo. 

La audacia y el culto al valor que profesan no es un 
nisgo peculiar á la raza como se ha creído, sino un ca- 
rácter común á la sicología de las sociedades en formación 
y especialmente á las de origen colonial. Causas físicas y 
no congénitas modelan el tipo que se extiende y perdura 
hasta que el progreso lo refina y transforma. Un medio 



7S' REVISTA HISTÓEICA 

en esas condiciones retarda la aparición de la cultura in - 
telectual, pero desarrolla en cambio la impulsividad, el sen- 
timiento individualista, la exaltación de la personalidad, 
el espíritu independiente y rebelde á las disciplinas socia- 
les, el amor á las aventuras y á la vida romancesca y de 
emociones que se acentúan en un pueblo más que en otro 
por la menor ó mayor vivacidad de su imaginación ó de 
su idealismo. Artigas no podía ser una excepción á la re- 
gla general: todo músculo y sangre, se rebela desde tem- 
prano en su organismo la nota originaria que imprime 
en el individuo el ambiente de su tierra. El campo le atrae, 
es verdad, como atrajo á sus abuelos, pero sin desligarlo 
de la ciudad á la cual se siente adherido por el afecto y 
el recuerdo; no la olvidó ni aún siendo oficial de blanden- 
gues, pues pasa en ella grandes temporadas disfrutando 
de los placeres que proporcionan la amistad y la familia. 
8¡ después en el apogeo del poder se aleja de Montevideo, 
más bien que á una inclinación innata á la soledad, se de- 
be á las exigencias de la guerra y á que tenía que aten- 
der á los intereses de las provincias que le pidieron ampa- 
ro. Don Martín José poseía en Casupá los campos hereda- 
dos de su padre, en Chamizo, los que adquirió por denuncia 
en 17(}4, y en el Sauce los que su esposa había aportado 
al matrimonio. En ellos principia Artigas sus ensayos de la 
vida rural, aplicando á la tarea toda la actividad y energía 
de su juventud (^\ Se hace hábil en el manejo del caballo 
y acarreo de ganado, vigoriza su constitución, desarrolla 
sus aptitudes, aprende la tojK)gra fía y accidentes geográficos 
del país, estrecha amistades que le serán útiles en lo suce- 
sivo, y con este caudal de experiencia se lanza á trabajar 
por cuenta propia, deteniéndose y u^ociando en Misiones^ 
el Arapey, Quí^uay y sobre todo en Soriano, en donde 
parece haber residido algunos años antes de ingresar e» el 



(1) Expediente sucesorio de don Martín José Artigas, archivado en 
el Juzgado de lo Civil de l.«' turno. 



Í)E LA UNIVERSIDAD 79 

ejército. Los cueros y productos que acopia los remite á 
Montevideo á la barraca de su padre, establecida en la 
esquina de las calles San Luis y San Antonio. Conservó 
siempre con su familia las mejores relaciones, mereciendo 
por su conducta excelente y laboriosa que su padre acordase 
á él y á Martina premios y distinciones que no acordó á 
sus demás hijos. Le nombra segundo albacea en el testa- 
mento, donándole en vida el usufructo de un solar de te- 
rreno en la calle de San Luis (hoy Cerrito), donde con sus 
ahorros edificó dos aisas que le producían cuarenta y dos 
patacones mensuales de renta antes de la revolución. (1) 
Cuando fuga á Buenos Aires queda encargado de ellas 
su íntimo amigo Juan Domingo Aguiar, pero en seguida 
fueron administradas por el Gobierno, porque Elío confis- 
có en beneficio del Estado su renta^ como las de las propie- 
dades de todos los emigrados. Siendo exactos é imparciales, 
es del caso agregar, que un período que conceptuamos 
comprendido entre 1792 y principios de 1796, estuvo Ar- 
tigas sometido á un proceso, amparándose al indulto que 
concedió Carlos IV el 22 de diciembre de 1795 en ce- • 
iebrídad del ajuste de paz con los franceses y de los matri- 
monios de las Serenísimas Infantas doña María Amelia y 
doña María Luipa. Este indulto se limitó al principio á la 
Metiópoli, pero más tarde comprendió también á las co- 
lonias, publicándose por bando en Buenos Aires el 25 de 
septiembre de 1796. ¿Cuál fué el motivo del proceso? ¿Se 
trata de un contrabando ó de desacato á la autoridad co- 
mo reza la leyenda?: No hemos podido encontrar en nues- 
tros archivos ui rastros del proceso, mas los términos del 
indulto dan base suficiente para responder á esa pr^unta.í'^) 



(1) Relación de los individuos que hacen de apoderados de las ca- 
sas de los duerios aasentesvle ia plaza. M. S. Archivo Administra- 
tivo. 1811. 

(2) La única noticia que tenemos al respecto es una frase inciden- 
tal en una nota del marqués de Aviles qiie dice que Artigas se aco- 
gió al indulto, sin indicar nada más. 



dO REVlStA HIST(ÍRÍCA 

No se comprendeQ en él «los reos de lesa Majestad divi- 
na 6 humana, de alevosías, de homicidios de sacerdotes, y 
el que no haya sido casual, ó en propia y justa defensa; 
los delitos de fabricar moneda falsa, de incendiario, de ex- 
trdcciófí de cosas prohibidcbs del Reino, de blasfemia, 
de hurto, de cohecho y baratería, de falsedad, de resüten- 
cia á la justicia, de desafío, de lenocinio, ni de las penas 
correccionales que se imponen por la prudencia de los jue- 
ces para la enmienda y reforma de las costumbres». Se 
extendía la gracia real < á los que estuvieren presos por 
deudas, pobres y que no tengan de qué pagar». (1) Los de- 
litos que imputan á Artigas sus adversarios son precisa- 
mente de los exceptuados, la extracción de mercaderías 
prohibidas y la rebelión, y en vista de esto es lógico supo- 
ner, que si lo favoreció la amnistía no pudo haberlos co- 
metido. La falta absoluta de datos impide saber la causa 
del proceso, pero no obstante esto se puede afirmar que no 
tuvo origen en alguna acción indigna ó infamante.Oorrobora 
esta creencia la circunstancia muy sugestiva por cierto, de 
' ser en esa época secretario del Cabildo, un pariente muy cer- 
cano de Cavia, pues que si Artigas se hubiera hecho reo de un 
delito desdoroso para su reputación, lo habría precisado aquél 
en todos sus detalles. (?) Por el contrario, en su célebre panfleto, 
se limita á consignar en términos generales que anduvo diez 
y seis ó diez y ocho años fugitivo en la campaña cometiendo 
desacatos, violencias y todo género de depredaciones. Mas 
esta afirmación se destruye por sí misma. Para que Arti- 
gas pudiese andar haciendo fechorías en el campo diez y seis 
ó diezy ocho años antes del 1 795, es menester suponer que 



(1) Archivo general Argentíno. La copia de este documento y 
otros, la debo á la atenoión del distinguido escritor don José J. Bíed- 
ma, á quien reitero aquf mi profundo agradecimiento. 

(2) El secretario del CabUdo no fué Pedro Feliciano Cavia como se 
ka supuesto hasta ahora, sino Manuel José Saenz de Cavia, padre 6 
bermano del panfletista. Este ejerció también aquí su profesión. Su 
protocolo está archivado en el Juagado de lo Civil de 3.^ turno. 



Í)E LA UNIVERSIDAD Si 

comenzara á los once ó doce años, porque en esa fecha re- 
cién cumplía los veintinueve, y semejante absurdo no ca- 
be en un cerebro de mediano criterio. No hay duda, y 
estas contradicciones lo comprueban, que Cavia conocía 
el juicio, pero como se trataba de cosa baladí ó de poca 
monta, lo indicó en forma indeterminada desfigurando los 
hechos para deducir consecuencias adecuadas al objeto de 
su libelo. ¡Con cuánta razón se dijo al comenzar este capí- 
tulo, que ha contribuido poderosamente á propagar la le- 
yenda el haberse ignorado durante muchos años la fecha, 
el lugar del nacimiento y demás antecedentes de la niñez 
y juventud de ArtigasI Ocupémonos ahora de la vida mi- 
litar de nuestro héroe en el ejército español, deteniéndonos 
un instante en el origen y constitución del cuerpo de blan- 
dengues. 

El estado social de la campaña no podía ser más deplo- 
rable. La escasez de centros de cultural y la pésima adjudi- 
cación del suelo habían producido un espantoso desorden 
moral y un gran desequilibrio económico. La codicia brutal 
y el favoritismo pusieron en manos de un número reducido 
de familias, inmensas extensiones de tierra que permanecían 
incultas y despobladas como en los primeros días de la con- 
quista. Este procedimiento ocasionó desigualdades irritan- 
tes: formóse una pequeña clase de terratenientes ó privile- 
giados y otra numerosa de proletarios ó desheredados, apa- 
reciendo el vagabundaje con los vicios y crímenes que son 
su cortejo obligado. Los despojados, no pudiendo aplicar á 
la tierra su actividad, recurrían para vivir, al hurto, cometien- 
do mil tropelías: saquean las chacras y los establecimientos, 
incendian las casas, talan los campos, roban las mujeres, 
llevándolas á sus solitarios escondites, hieren ó matan á los 
sirvientes ó esclavos, sustraen los caballos dejando á sus 
dueños aislados sin medios dí^ movilidad, y arrean haciendas 
enteras para venderlas en Río Pardo ó Río Grande. La falta 
de vigilancia y el alejamiento de la capital hacían que cundie- 
ra el mal ejemplo porque los delitos quedaban sin castigo. 

C. H. DB LA ü.— 6 



82 REVIPTA HlSTÍ^RrCA 

Cuando el gobierno se desprestigia ó se rebaja su autoridad, 
el desorden se desenvuelve por sí mismo; nadie obedece 
porque nadie teme que recaigan sobre sus actos las san- 
ciones leales 6 judiciarias. Liaron á tal extremo las co- 
sas, que se perdían las cosechas por carecer de brazos para 
recogerlas. Cansados los vecinos de estos excesos expusieron 
en 1795 sus quejas al Cabildo, amenazando abandonar la 
campaña si no se remediaba este desquicio. Confundiendo 
los efectos con las causas, atribuían el desorden á los des- 
tacniuentos de tropa de línea que sustituyeron á las primi- 
tivas milicias en la policía rural, «su poca pericia en el ma- 
nejo del caballo decían, puede ser motivo de que más ape- 
tezcan el descanso á la molestia que les ocasionaría andar 
una docena de leguas para pers^uir á media docena de 
malhechores. Lo que podemos as^urar es que son casi 
inofensivos y que jamás vemos que se conduzca un solo 
arrestado. No falta quien crea que las partidas abrigan á 
los bandoleros y que á la sombra de ellos y por su media- 
ción van al campo para enriquecerse y que muchos se hicie- 
ron ricos de esta manera.» Terminan pidiendo se restable- 
cieran los destacamentos de gente veterana de milicias, di- 
rigidas por jefes de buena fe, celo é inteligencia, «puesto 
que antes cuando éstos recorrían el campo había muchísimos 
menos crímenes y en la cindadela de esta ciudad no pocos 
reos conducidos por aquellas partidas. «El Cabildo consultó 
el punto con el síndico procurador Manuel Nieto, quien re- 
conociendo ser ciertas las quejas de los peticionantes y los 
perjuicios que esos atentados ocasionaban al comercio, al 
erario y á los intereses de la comunidad, aconsejó se 
formase un cuerpo de blandengues semejante al que exis- 
tía en la capital del virreinato, «pues así como en Buenos 
Aires su destino principal es contener á los indios, fuese 
aquí el evitar los delitos que representan los hacendados. 
Los blandengues, añade, gente toda de campo acostumbra- 
da á sus fatigas y á las del caballo, serían mucho más á pro- 
pósito para celar los desórdenes de esta campaña que la 



DE LA ÜNIVEESIDAD 63 

tropa soberana.» W El expediente quedó paralizado cerca 
de dos años por la desidia orgánica de la administración, has- 
ta que acontecimientos exteriores sacudieron la indolencia 
de los gobernantes obligándolos á poner en práctica las ideas 
de Nieto. 

Con la ventajosa paz de Basilea fírmada el 22 de julio 
de 1795 concluyó Ekipaña la guerra que le había declarado 
la Convención francesa, indignada por los esfuerzos gene- 
rosos que hizo Carlos IV para salvar la cabeza de Luis XVI. 
Mas la posición brillante adquirida en este pacto la perdió 
al año siguiente, en el tratado ofensivo y defensivo que Go- 
doy con ^oísmo inaudito celebró con el Directorio y cuyas 
cláusulas importaban la ruptura de hostilidades con la Gran 
Bretaña. I^a suerte de las armas fué adversa á la metrópoli; 
á pesar de las heroicas defensas de Puerto Rico, Cádiz y 
Canarias donde Nelson dejó un brazo, se posesionaron los 
ingleses de la isla de Trinidad y derrotaron completamente 
á la flota española en el combate de San Vicente. Este 
revés inició la ruina de su marina de guerra, comprometien- 
do la estabilidad de su poder en las colonias sudamerica- 
nas. Temerosa la Corte de que los ingleses se dirigieran al 
Rio de la Plata, que de tiempo atrás despertaba su codicia, 
ordenó al virrey que lo era á la sazón Meló de Portugal, 
que fortifícase las costas y aumentara las milicias para impe- 
dir cualquier sorpresa. Meló construyó el fortín de Cerro Lar- 
go, reparó la fortaleza de Santa Teresa, y las baterías de Cas- 
tillos, reunió en San Carlos y otros puntos compañías de mili- 
cias, y recordando el consejo de Manuel Nieto decretó en enero 
de 1797 la creación de un raimiento de caballería deno- 
minado «Cuerpo veterano de blandengues de la frontera de 
Montevideo», destinando treinta mil pesos para hacer fren- 



(1) Solicitud de loa hacendados al GAbüdo de 28 de mayo de 1795, 
é informe de Nieto de 30 de junio del mismo aüo- M. 8. S. del Ar- 
chivo Administrativo. 



84 REVISTA HISTíSrICA 

te á los gastos que demandase su instalación. (U El virrey 
falleció á los pocos meses sustituyéndolo el brigadier Anto- 
nio Olaguer Feliá; por esta razón se ha tenido á éste por 
fundador del popular raimiento, lo que no es exacto según 
se acaba de ver; aunque Olaguer Felió intervino co.j efica- 
cia en su organización y remonta^ no puede arrebatar á 
aquél el mérito de haberlo creado y constituido defínitiva- 
menta 

La residencia de los blandengues se fijó en Maldonado, 
nlojiu ídolos en el cuartel de dragones de esa ciudad. Los 
mandaba un sargento mayor y hacía las veces de segundo 
jefe un ayudante con el grado de teniente. Mientras el pa- 
bellón español flameo en la cindadela de Montevideo, estu- 
vieron bajo las órdenes de Cayetano Ramírez de Arellano, 
siendo Artigas su primer ayudante mayor. Se afectó al pa- 
go de sueldos del cuerpo una parte del ramo de guerra ó 
sea el impuesto de dos reales que se percibía por cada cue- 
ro que se exportase y que constituía entonces una de las 
principales fuentes de recursos del Estado. Según el decre- 
to de creación, debía componerse de ocho compañías de cien 
hombres cada una, y bien que existieran desde el principio 
esos cuadros, su efectivo no pasó de cuatrocientos ochenta 
hombres en el período colonial. En los dos primeros años 
de servicio allt^ó Artigas al regimiento más de doscientos 
individuos entre reclutas y prisioneros tomados en diversas 
expediciones. Se prefería para soldados á los buenos jine- 
tes, á sujetos prácticos y conocedores del c^mpo. Lejos de 
blandir la lanza como lo hace suponer el nombre de blan- 
dengues, su armamento consistía en fusil y espada con su 
canana para municiones y balas; los de Buenos Aires usa- 
ban carabina en lugar de fusil, por ser, según Azara, más 
manejable y menos embarazosa que éste en las marchas á 
grandes distancias. Hacían ejercicio casi diario y los oficia- 



(l) Nota de Meló de Portugal de 7 de enero de 1797 al Ministro de 
la Real Hacienda en Montevideo. M. S. del Archivo Adminis- 
trativo. 



DE LA UNIVERSIDAD 85 

les tenían academin, quedando sometidos al servicio perma- 
nente y á la disciplina de la tropa de línea. El uniforme de 
blandeague era de paño azul, casaca corta con cuello, solapa 
y bocamanga encarnados, pantalón ceñido para poder cal- 
zar cómodamente la bota, galón angosto y dorado, y boto- 
nes del mismo color. Como estaban obligados á costearse la 
indumentaria recién se uniformó el cuerpo en mayo de 
1 802. Por esto y porque debían mantenerse y montar ca- 
ballos propios se señaló á la tropa un sueldo superior al 
que gozaban los de igual clase en los dragones. Sin embar- 
go, el de los oficiales era menor, así un capitán de éstos 
percibía ochenta pesos mensuales, mientras que un capitán 
de aquéllos sólo percibía cuarenta y ocho. En tiempo de 
paz se les destinaba á vigilar las guardias de la frontera, á 
perseguir bandidos y contrabandistas, y á contener á los 
indios, y en tiempo de guerra actuaban con la tropa sobe- 
rana formando junto con los dragones la caballería de lí- 
nea del ejército. De seis en seis meses se turnaban las com- 
pañías en sus comisiones, pudiendo ser prorrogado este pla- 
zo si las necesidades del servicio lo exigían, lo que sucedía 
con frecuencia, sobre todo cuando iban al mando de tenien- 
tes ó capitanes experimentados. Berra y el sendo Miller 
consignan la inexacta versión de que los oficiales de blan- 
dengues desempeñaban las funciones de los antiguos pre- 
bostes de Hermandad, juzgando y ejecutando sin más trá- 
mite á los delincuentes. Hacía ya tiempo que estas prácti- 
cas primitivas se habían dejado de lado, si es que alguna vez 
imperaron en la provincia; los prisioneros, ora fueran con- 
trabandistas, ora malhechores, se remitían á Montevideo en 
donde se les juzgaba rodeados de todas las garantías le- 
gales. En nuestros archivos y en los de Buenos Aires se ha- 
llan expedientes de las causas seguidas á los bandoleros que 
Artigas y sus conmilitones apresaron. U> Así se constituyó 



(1) Estos datos surg^ende la Memoria de Azara, en los libros de 
Revista de los Blandengues y otro.-f manuscritos del Archivo Admi- 
nistrativo. (2) Notas de Aviles de 6 de septiembre de 1799 y contesta 
ci6n del Ministro de la Real Hacienda en Montevideo de 14 de sep- 
tiembre de 1799. M. S. 8. del Ai chivo Administrativo. 



86 REVISTA HISTÓRICA 

el famoso regimiento que llena con su nombre los albores 
de la nacionalidad uruguaya y en cuyas filas militaron los 
Rondeau, los Artigas, los Quesada, los Belgrano, los Fer- 
nández, los Cardoso y la mayor parte de los jefes que des- 
collaron en la guerra de la independencia. El 10 de marzo 
de 1707, á la edad de treinta y dos años, entró Artigas en 
el cuerpo en calidad de soldado, ejerciendo sin embargo las 
funciones de teniente, bien que no se le otorgó el grado 
hasta un año después. En los cuatro primeros años de ser- 
vicio desplega ima actividad incomparable, poniendo de re- 
lieve sus condiciones y las facultades excepcionales de que 
estaba dotado. A raíz de su ingreso en el regimiento se le 
manda á campaña en busca de reclutas y á escarmentar con- 
trabandistas. Ekilos habían establecido el sistema con todas 
las reglas del arte: los unos transportaban las mercaderías de 
Río Grande á la laguna de los Patos, de ésta á la de Me- 
rín y pasando después en canoas y pequeñas embarcaciones 
á los ríos Yaguarón y Cebolla tí que en ella desembocan, 
esparcían sus artículos por el centro y EJste de la Provincia; 
los otros operaban por el Norte en los ríos Santa María é 
Ibicuy, entraban en el Uruguay navegándolo hasta el Plata y 
vendían los efectos en el tránsito á los hai^ndados, á las po- 
blaciones de las costas ó á los que se ocupaban de introdu- 
cirlos clandestinamente en Montevideo, Buenos Aires, la 
Colonia y villas subalternas. «De este desorden, escribe el 
Cabildo á 8. M., resultan perjuicios irreparables al comercio 
de la Metrópoli y á los intereses de aquellos habitantes, co- 
mo es fácil demostrarlo. Ll^an al Río de la Plata por 
ejemplo, tres ó cuatro expediciones de nuestros puertos de 
la Península, y como encuentran el país abarrotado de 
efectos, se ven en la necesidad los sobrecargos de perder 
para salir de la factura. Los cargadores, que lejos de repor- 
tar algún lucro, se sienten gravados en sus intereses, se 
abstienen de especulaciones sobre un país que ninguna uti- 
lidad ofrece. Pasa el tiempo, se consume la provisión, esca- 
sea el género, crece la demanda efectiva, y entonces esos 
mismos extranjeros imponen la ley, venden á los precios 



DE LA UNIVERSIDAD 87 

que quieren establecer, la necesidad obliga al consumidora 
suscribir á todo, y al fin de los tiempos nos llevan nuestro 
dinero dejando sacrificados á «quellos habitantes» ^^l Las 
autoridades hacían esfuerzos de todo género para impedir el 
mal, pero sin resultado, porque el mal era endémico, nacía 
de las instituciones, de la violación de los principios econó- 
micos y era menester reformar aquéllas inspirándose en és- 
tos para extirparlo. Artigas fué de los oficiales que más 
sobresalió en la represión del comercio ilícito. Todo el año 
1797 lo pasó en las dos zonas en donde maniobraban ha- 
bitualmente los contrabandistas, persiguiéndolos con por- 
fiado empeño. En el Chuy, al frente de cien hombres les 
arrebata una hacienda numerosa que habían sustmído para 
exportarla al Brasil; en agosto se traslada al Santa María, 
apresa de entrada varios contrabandos y al portugués Ma- 
riano Chaves en deuda con la justicia por un asesinato co- 
metido en Soria no, y por haber escopeteado en el Arapey á 
una partida celadora. A pesar de sí^r insignificante la ac- 
ción, la expondremos detalladamente para destruir con 
pruebas las apreciaciones de Berra y Miller. La avanzada 
de Artigas á órdenes del sargento Manuel Vargas encuen- 
tra de improviso en la costa del Hospital á Chaves y su 
gente, que al verse sorprendidos se amparan detrás de un 
barranco haciendo tres bajas á las fuerzas que los rodean. 
Comprendiendo Vargas el peligro que corre, ó temiendo 
que la presa se le escape, avisa á Artigas de su difícil si- 
tuación; éste que estaba bastante alejado, galopa toda la 
noche y logra al amanecer reunirse con su subalterno. Lo 
que el enemigo se entera de su llegada, abandona precipi- 
tadamente factura y barranco, internándose en el monte 
cercano; entonces aquél divide sus fuerzas en cuatro grupos 
y poniéndose al frente de uno de ellos, penetran la serranía 
por distintos lados; quiso la casualidad que el grupo que él 



(1) Nota del Cabildo á 8- M. en 18L0. Borrador del Archivo Admi- 
pistratíyo. 



88 REVISTA HISTÓRICA 

dirigia tropezara con Chaves, el cual munido de dos cara- 
binas se preparaba á la defensa apuntando á los invasores, 
mas al reconocer á Artigas, tira sus armas y huye á la es- 
pesura de la sierra; éste le sigue con ahinco y en cuanto lo 
descúbrele da la voz de preso, «no me tire, estoy rendido» 
grita azorado el bandolero. Artigas lo envía inmediatamente 
á Montevideo, y en el proceso que se le forma actúa como 
escribano Manuel José Saenz de Cavia. (X) Con 
esa corrección y humanidad procedió en sus arrestos 
desde principio de su carrera militar el gran calumniado. 
La justicia sumaría y el credo cimarrón de que hablan Mi- 
11er y Berra quedan relegadas á la fábula ó al entreteni- 
miento de los que cierran los ojos á la evidencia. 

Mientras el animoso blandengue brega con los bandi- 
dos en la frontera, sus amigos trabajan sin descanso para 
que se le premie con el cargo de ayudante mayor, todavía 
vacante. La empresa no era fácil, porque debían vencer una 
seria dificultad. Había que violar el escalafón, pasándolo 
de soldado á teniente, y esta irr^ularidad levantaría justas 
protestas de los aspirantes al puesto, que eran muchos. Para 
salvar este inconveniente y llenar las formas legales, sus 
protectores Olaguer Felifi y Sobremonte, se valieron de ua 
ardid: aconsejan á Artigas que pídala baja de «Blandengue», 
y una vez obtenida, le nombran el 27 de octubre capitán 
del regimiento de caballería de milicias de Montevideo. El 
31 de diciembre viene á esta ciudad y reside en ella dos 
meses luciendo su uniforme de oficial, y el 2 de marzo del 
año siguiente (1798) se presenta en Maldonado á la co- 
mandancia de «Blandengues», solicitando nuevamente su in- 
corporación al cuerpo, lo que se le concede en el acto con 
el grado de teniente y en el cargo de ayudante mayor. ^-) 



(1) Parte de Artigas de octubre de 1797. Expediente seguido á Ma- 
riano Chaves por contrabando. Juzgado N^ de Hacienda. 

(2) Notas de Aviles, de 19 de octubre de 1799. Archivo Argen- 
tino y la citada anteriormente. 



DE LA UNIVERSIDAD 89 

Antes que al mérito, debió su primer grado á la amistad y 
el favor, pero lo pagó bien caro, porque necesitó despu^ 
trece años de sacrificios para obtener un nuevo ascenso. En 
esos momentos los indígenas, eterna pesadilla de la admi- 
nistración española, se alborotan aterrorizando á las pobla- 
ciones diseminadas en la Provincia. Se destaca contra ellas 
al capitán Francisco Aldao y Esquivel, llevando Artigas á 
su cargo las partidas descubridoras. Fallece Aldao en el ca- 
mino y por orden superior toma Artigas la dirección délas 
fuerzas, acosa y derrota á los indios, haciéndoles setenta 
prisioneros y en seguida se dirige á Cerro Largo donde 
queda de guarnición á las órdenes del capitán de blan- 
dengues Felipe Cardoso, vigilando las guardias del 
Yaguarón y CeboUatí, hasta que en junio del 99 
se le releva volviendo á Maldonado á reposar de 
sus fatigas. Aquí comienzan los empeños para ocupar la 
vacante producida por la muerte de Aldao. Los amigos de 
x\rtigas renuevan los esfuerzos y ardides del 97, pero esta 
vez sin resultado por haber cambiado las circunstancias. 
Por una parte el marqués de Aviles había reemplazado á 
Olaguer Feliú, y el nuevo virrey no tenía con Artigas la 
menor vinculación; y por otra, figuraba entre los interesa- 
dos un veten» no, el teniente Miguel de Borraz, que no esta- 
ba dispuesto á dejarse burlar. No obstónte esto, el subins- 
pector Sobremonte hace su propuesta colocando á Artigas 
en primer término y en segundo á Borraz, sin mencionar 
el tiempo de servicio de cada uno. Borraz protesta con ra- 
zón de la preferencia, «pues había servido veintiún años en 
cuerpo de veteran-^s en su actual clase y las de alférez y 
cadete», mientras que Artigas se hallaba en el tercer año 
de su carrera, habiendo pasado cuatro ó cinco meses en las 
milicias de Montevideo, cuyos servicios no son con- 
tinuos como los de la tropa soberana. El virrey solicita 
informes del Ministro de la Real Hacienda de Mal- 
donado. Se entera «del extraño modo con que se le 
proporcionó su rápido ascenso de soldado á ayudante ma- 
yor:^, así como también de que Borraz era más antiguo, 



90 REVISTA HISTÓRICA 

«^circuDstaDcia que le ocultó el subinspector en la consulta 
que le hizo para arreglar el escalafón de los militares en el 
mismo cuerpo», y convencido de la verdad que encierra la 
exposición del peticionante le acuerda interinamente el 
grado de capitán hasta obtener la aprobación de S. M. EJs- 
to demuestra que los procedimientos irregulares sólo pro- 
ducen á los interesados ventajas momentáneas, pues á la 
larga se vuelven contra ellos mismos privándolos de bene- 
ficios duraderos. Así Artigas que había servido tres afios 
consecutivos en la tropa veterana á la cual pertenecía su 
regimiento, se perjudicó en esta ocasión por haber aceptado 
nominalmente en 1797 el grado de capitán de milicias, 
dando base al virrey para suponer que sus servicios no eran 
continuos porque «en las milicias se interrumpían por afios 
enteros». 0~) 

Sin embargo, no pasaría mucho tiempo sin que el virrey 
reconociera sus méritos. Portugal seguía paso á paso en 
estas regiones su lucha de preponderancia con la metró- 
poli. Colonias de conquista sobre territorios dilatados, se 
promovían entre los ambiciosos vecinos las cuestiones y 
rencillas comunes á países de fronteras indeterminadas. 
Aquél no desperdiciaba ningún contratiempo que tuviera 
Espafia en Europa para adelantar sus límites en el suelo 
uruguayo. Convencido el célebre naturalista Félix de Aza- 
ra deque si no se poblábala frontera continuaría la usur- 
pación y se perderían en definitiva las Misiones, propu- 
so en 1800 al marqués de Aviles fundar en aquélla varios 
pueblos, empleando las familias destinadas á la costa pata- 
gónica que se habían quedado aquí consumiendo anual- 
mente al Estado cincuenta mil pesos en su manutención. 
Si se resistían, cesaría la pensión repartiendo gratuitamente 
las tierras á los pobladores voluntarios que se presenta- 
sen. El virrey aprobó la idea con entusiasmo á pesar de la 
oposición de algunos refractarios, nombrando al naturalis- 



(1) Nota de Aviles, de octubre de 1799, Archivo Argentino- 



DE LA UNIVERSIDAD 91 

ta comandante general de la campaña en todo lo relativo 
á poblaciones, á fin de superar «los obstáculos que suelen 
detener y aún frustrar empresas de esta clase> . Para que 
lo auxiliasen en la obra puso á sus órdenes al teniente Ra- 
fael Grascón y al ayudante José Artigas, «en quienes, escri- 
be el virrey, respectivamente concurren las cualidades que 
al efecto se requieren, sin perjuicio de las demás que dicho 
señor comisionado considere oportunas para los distintos 
fines de su mandato y comisión». Acompañaba también al 
diíl^ado el teniente Félix Gómez, comandante de la guar- 
dia de Batoví, Joaquín de Paz de la de Arredondo y los 
oficiales de blandengues Isidro Quesada, Agustín Belgrano 
y el cadete Juan Gómez. Azara fundó en la costa de Ya- 
guarí, sobre la guardia de Batoví, el pueblo San Gabriel, 
poniéndole este nombre por haber firmado el decreto el vi- 
rrey el 18 de mayo, día que la iglesia conmemora al arcán- 
gel. Antes de emprender la división de tierras, pensaba 
Azara levantar el mapa de la zona, pero considerando los 
perjuicios que la demora de esa medida ocasionaría por la 
cantidad de pobladores que se presentaban, mudó de opi- 
nión, confiando á Artigas la tarea de proceder al reparto 
asesorado por el piloto de la Real Armada, Francisco Mas 
y Coruela. Artigas fracciona para chacras y estancias los 
campos comprendidos entre la frontera y el Monte Gran- 
de, desalojando á los portugueses que los detentaban ile- 
galmente; demarca y amojona los lotes, señala sus respecti- 
vos límites, dando posesión á cada poblador de la porción 
que se le adjudicaba, entregando después al naturalista los 
antecedentes de la operación y los requisitos necesarios pa- 
ra que éste pudiera expedir á los interesados los títulos de 
resguardo y hacer las anotaciones del caso en el libro de 
empadronamiento, ti) 

Quiso la fatalidad que esta obra pacífica y civilizadora 



(1) Memoria de Azara y libro de Empadronamiento del Archivo 
del Juzgado Nacional de Hacienda, 



92 KBYISTA HISTÓRICA 

se interrumpiera en 1801 por la desgraciada guerra que 
Carlos IV empujado por Bonaparte declaró á Portugal y 
que no tuvo más resultado que la pérdida de esas Misiones 
que con tantos desvelos y desinterés procuraba Azara 
conservar á su patria. En cuanto tuvo noticia de la rup- 
tura, ordenó á Artigas se retirara á Montevideo, pero esti- 
mando éste ser suficiente la guarnición de Batoví para re- 
peler al enemigo por las pocas fuerzas de que podía dispo- 
ner por ese lado, resuelve quedarse, dispuesto á defender el 
punto hasta el último extremo. Causas ajenas á su volun- 
tad, frustraron sus anhelos de soldado y ciudadano. El co- 
mandante de la plaza mantenía estrechas relaciones con los 
lusitanos, admitiendo en su intimidad á un soldado que lo 
visitaba diariamente. Repetidas vece^ le reprochó Artigas 
su conducta, que hacía sospechar de su fidelidad, mas el 
otro no hacía caso siguiendo su correspondencia con los 
portugueses. Inquieto Artigas, le manifiesta rotundamente 
que en tiempo de guerra no era lícito á ningún jefe tener 
entrevistas con el enemigo, y que era menester prender á 
aquel soldado por no ser más que un espía enviado para 
enterarse del estado y recursos de la guarnición. Gómez le 
contesta que no hará eso j)orque el soldado le debe sete- 
cientos pesos, y de ese modo no los cobraría; cuando se trata 
de salvar los intereses públicos, replicó Artigas, se sacrifi- 
can los particulares, y convencido de lo infructuoso de sus 
esfuerzos para desviarlo de la senda de la traición, reúne 
su gente y se replega á Cerro Largo, punto de concentra- 
ción de las fuerzas españolas; supo en el camino que á las 
pocas horas de haber abandonado la plaza, se posesionaron 
de ella los portugueses después de poner Gómez en liber- 
tad á los prisioneros que tomó Ortiguera en el combate li- 
brado días antes. (1) Se incorporó en seguida Artigas á la di- 
visión de don Nicolás de la Quintana, en marcha para el 



(1) Artigas á Sobremonte (1801)» en Lobo, «Historia de las anti 
guas colonias hispano-americanas»* 



DE LA ÜNÍVEiwroAD 03 

río Santa María, con el objeto de evitar la irrupción que 
por esa parte pretendía hacer el adversario. Cruzan los 
campos que ri^a el Ibicuy, poniéndose en contacto en los 
primeros días de noviembre con sus avanzadas en el vado 
de la Laguna, y cuando Quintana se disponía á atacarlas 
recibe orden de retroceder con urgencia en socorro de Meló, 
amenazada por Ins fuerzas reunidas en Yaguarón; contra* 
marcha con toda celeridad atravesando con la artillería in- 
mensos cháncales y pantanos intransitables, pero á pesar 
de su decisión se encontró con que la villa había capitulado, 
entrándose al coronel Manuel Márquez de Souza. Entre- 
tanto se acercaba Sobremonte al frente de fuerzas respeta- 
bles. Así que los portugueses tuvieron conocimiento, des- 
alojaron Cerro Largo y Yaguarón, estando tan amedren- 
tados, s^án dice el vizconde de San Leopoldo, que en la 
ciudad de Río Grande los habitantes enfardaban mercade- 
rías y muebles para transportarlos á la ribera opuesta, y 
los propietarios de los campos comarcanos arreaban sus 
ganados al interior. íO EJsto no obstante, el malhadado sub- 
inspector se limitó á costear las vertientes del Yaguarón, 
y en vez de invadir Río Grande del cual se habría podido 
apoderar por carecer de fuerzas suficientes que oponerle, 
desprendió á Misiones al coronel Bernardo Lecoq encar- 
gando á Artigas de la dirección de la ruta y conservación 
de la artillería y carruaje que llevaba. En la marcha reci- 
bieron orden de suspender las hostilidades por haber fir- 
mado la paz los beligerantes en Badajoz. Entonces Arti- 
gas vino á Montevideo, donde pasó todo el ano 1802 con 
parte de enfermo. í2) 

Ensoberbecidos los lusitanos por sus triunfos debidos 
antes á la impericia y carácter pusilánime de Sobremonte 
que á su denuedo, trataron de posesionarse de los campos 



(1) Vizconde de San Lieopoldo, «Annaes da provincia de San Pe- 
dro*, pág. 274. 

(2) Revista del Cuerpo de Blandengues. M. S. Archivo Administra 
tivo. 



94 REVISTA HISTÓRICA 

que se extienden desde Misiones al río N^ro, distribu- 
yendo algunos á sus paniaguados, y lanzaban en todas di- 
recciones partidas sueltas que recoman el territorio uru- 
guayo arreando con cuanto ganado encontraban. Desespe- 
rados los hacendados, pidieron en 1803 á Sobremonte, que 
por una mueca del destino ocupaba ya el sillón glorioso 
de Vertiz y de Cevallos, que en remedio de sus males ^e 
sirviera nombrar al teniente de Blandengues don José Ar- 
tigas, para que, comandando una partida de hombres de 
armas, se constituyese á la campaña en persecución de los 
perversos. Con parte de la guarnición de Montevideo y 
Maldonado y alguna artillería se forma un destacamento, 
con el cual sale aquél á desempeñar su comisión, sorpren- 
diendo á una fuerza portuguesa desprendida de San Nico- 
lás, á la que hizo siete prisioneros, y acosa hasta en sus 
guaridas á los indígenas y bandidos que aprovechando la 
anarquía existente se entraban á sus robos sin temores 
ni recato; «se portó, consignan los hacendados, contal efi- 
cacia, celo y conducta, que haciendo prisiones de los ban- 
doleros y aterrorizando á los que no cayeron en sus ma- 
nos por medio de la fuga, experimentamos dentro de breve 
tiempo los buenos efectos á que aspirábamos viendo sus- 
tituido en lugar de la timidez y sobresalto la quietud de 
espíritu y seguridad de nuestras haciendas» y en manifes- 
tación «de su justo reconocimiento» le acordaron el do- 
nativo ó gratificación de quinientos pesos. 

Al volver á Montevideo solicita de 8. M. el 10 de marzo 
de 1803, ser agregado á esta plaza con sueldo de retirado: 
«las continuas fatigas de esta vida rural, dice, por espacio 
de seis años y más, las inclemencias de las rígidas estacio- 
nes, los cuidados que me han rodeado en estas comisiones 
(que enumera) por el mejor desempeño de mi deber, han 
aniquilado mi salud en los términos que indican las ad- 
juntas certificaciones de los facultativos, por lo cual ha- 
llándome imposibilitado de continuar mi servicio con harto 
dolor mío, suplico á la R'^ P. de V. M. me conceda el 
retiro en clase de agregado á la plaza de Montevideo y 



Í)É LA ITNIVÉRSÍDAD 95 

coo el sueldo que por r^lamento se señala.» í^)Su Majes- 
tad le ni^a el retiro porque uo quiere privarse de sus 
servicios, volviendo uuevamente á la lucha. A mediados de 
1804 se hace cargo el coronel Francisco Javier de Viana 
de la comandancia de campaña llevando á Artigas de ayu- 
dante, quien lo secunda bravamente en sus riñas con los 
charrúas. Durante esta expedición denuncia un campo de 
una legua de frente por seis de fondo, situado en el rin- 
cón del arroyo Arerunguá, donde más tarde se dio la ba- 
talla de Guayabos, y se le otorga en propiedad á él y á 
sus heretleros. El 20 de marzo de 1805, desde su cam- 
pamento de Tacuarembó Chico á cien l^uas de la capital, 
reitera su pedido de licencia absoluta del ejército y el Rey 
se la concede con goce del fuero militar y derecho á usar 
el uniforme de retirado. Es el caso de preguntar: ¿estaba 
en realidad enfermo, ó la licencia obedecía á otro motivo 
que uo quería hacer público? Puede ser que los seis años 
de trabajo y las penurias déla vida de soldado quebran- 
taran su salud y necesitase descansar para recuperar las 
fuerzas perdidas; con todo creemos que la causa verdade- 
ra la oculta Artigas, por no ser la enfermedad física sino 
moral. Sus últimas estadías en Montevideo se prolongan 
demasiado y llaman la atención: pasa en esta ciudad todo 
el año 1802 como se ha visto; nueve meses del 1803 y 
la mitad del 1804; si fuera por enfermedad no habría sa- 
lido al campo cuando los hacendados reclamaron sus auxi- 
lios ó cuando Viana lo pide de ayudante. Luego no hay duda 
alguna que otra cosa lo detiene y á nuestro entender hela 
aquí: Artigas amaba tiernamente á su hermosa prima Ra- 
faela Rosalía Villagrán, hija de don José Villagrán y de 
doña Francisca Artigas, la cual le correspondía con igual 
apasionamiento. (2) Para poder pasar temporadas á su la- 



(1) Nota de Artigas á Su Majestad, del 24 de octubre de 1803. Ar- 
chivo Argentiao; ídem de marzo de 18(fó, Archivo ídem. 

<2) De cata pareja descieaden las familias de esta sociedad Ville- 
gas, Vidal, Pereira y Villagrán. 



&C REVISTA HrSTORICA 

do obtenía licencia de enfermo, pero este recurso, como se 
comprende, era precario; de repente interrumpía el idilio 
una orden superior que lo env¡;ib:\ por tiempo indetermi- 
nado á cien ó doscientas leguas de Montevideo y no había 
más remedio que obedecer y marchar. Esto lo desespera y 
empieza á mirar con ojeriza á una carrera que lo obliga á 
interminables ausencias sin ninguna compensación. No 
pudiendo desligarse de sus deberes mientras vista la casaca 
militar, resuelve hacer á su amada el sacrificio de aquélla 
y pide entonces su baja absoluta. Lo que lo demuestra es 
que su separación del ejército coincide con la celebración 
del matrimonio realizado el 31 de diciembre de 1805. Des- 
pués de los primeros entusiasmos vuelve á su regimiento 
sin que se repitan las dolencias de que se quejaba antes. 
Al año siguiente nace su hijo José María, único vastago 
del gran caudillo. DofSa Rafaela luego de ser madre tuvo 
ataques de enajenación mental, y bien que gozaba de in- 
tervalos lúcidos, esta desgracia veló desde el principio las 
alegrías del hogar. Artigas profesó entrañable afecto á su 
esposa. En la correspondencia con su su<^ra en los años 
1815 y 181G, dedica frases cariñosas á su «querida Ra- 
faela», como él la llama: si las noticias de su salud son 
buenas emplea la nota festiva «expresiones á Rafaela, di- 
ce, dígale que no sea tan ingrata y que tenga este por su- 
ya»; (1) si por el contrario son desfavorables porque el 
mal avanza, conteste resignado aunque con profunda tris- 
teza; en una carta fechada en Purificación, después de 
encarecer se cuide con empeño de la educación de su hijo, 
añade: «de Rafaela sé que sigue lo mismo, ¡cómo ha de 
ser!; cuando Dios manda los tmbajos no viene uno solo. 
El lo ha dispuesto así, así me convendrá. Yo me consuelo 
con que esté á su lado, porque si usted me faltase serían 
mayores mis trabajos, y así el Señor le conserve á usted 
la salud.» &) 



(1) Carta de Artigras á doña Francisca Artigas, de 15 de agosto 
de 1815. 

(2) Carta de Artigas á doña Francisca Artigas, I.» de mayo de 1816. 



DE LA UNIVERSIDAD 97 

Retirado del servicio activo, lo hace el gobernador Ruiz 
Huidobro oficial del resguardo con jurisdicción desde el 
Cordón al Peñarol. Estando en este puesto tuvo lugar un 
incidente que es menester narrar para comprender cómo se 
procedía en aquella época en materia de arrestos. Un sar- 
gento de milicias había propinado una paliza á su mujer, y 
la infeliz se refugió en casa de un alférez. El marido fué á 
reclamarla, é indignado porque la otra no quiso salir, hizo 
varios disparos al oficial. En conocimiento Artigas del sur 
•ceso, manda cuatro hombres 'á prender al sargento; éste no 
se entrega, manifestando que sólo muerto saldrá de su vi- 
vienda, y al efecto muestra las armas que tiene para defen- 
•derse: tres pistolas, una carabina y un sable, en una palabra 
un verdadero arsenal. Artigas ordena á la gente que se re- 
tire; expone el hecho á Huidobro y concluye en estos tér- 
minos la comunicación: «el sargento que mandé me hizo 
•chasque diciéndome que lo prendería matándolo. Yo le con- 
testé que se retirase. Esto supuesto, podrá V. 8. mandarme 
avisar sí para prenderlo hace armas s^ún intenta si podré 
tirarle; pues quiero dar parte á V. 8. por si tiene la aprehen- 
sión de dicho sargento mal resultado no se hagan cargos 
•contra mí.:> W 8esentíi años más tarde, en pleno progreso, 
y con una exiucación más depurada, las policías de su ciu- 
dad natal no andaban con tantos miramientos para arres- 
tar á un desei1x)r ó á un delincuente! 

Nuevos acontecimientos se preparaban en el nublado 
horizonte de la política española que pondrían á prueba el 
vigor de las colonias del Plata. El 20 de octubre de 1805, 
Nelson den'ota en Trafalgar á las escuadras española y 
francesa, quedando Inglaterra dueña exclusiva de los mares. 
Era evidente que aprovecharía esa gran victoria para satis- 
facer su ambición, tentando la conquista de las ricas pose- 



(l) Parte de Artigas á Ruiz Hiudobro, 5 de junio de 1906. M. S. del 
Archivo de don Isidoro De María. 



K. H. DB LA U.~7. 



98 REVISTA HISTÓRICA 

síones de que España disfrutaba en las cinco partes del 
mundo. En noviembre de dicho año llega á Montevideo la 
noticia de que un convoy inglés había recalado en la bahía 
de todos los Santos en la costa brasileña. La noticia des- 
pertó en la ciudad la inquietud consiguiente, tomándose en 
el acto las medidas necesarias para afrontar cualquier even-» 
tualidad; ciudadanos y gobierno concurren á la obra alle- 
gando recursos para vigorizar la defensa de la plaza. El 
rico saladerista Juan José Seco crea y mantiene de su pe- 
culio un escuadrón de doscientos hombres, y una vez listo 
lo entrega al gobernador que lo pone bajo la dirección de 
Artigas enviándolo al campo volante. 0-^ El convoy inglés 
pasa felizmente de largo en ruta al Cabo de Buena Espe- 
ranza, colonia holandesa del Sud de África, de la que se 
apodera después de breves combates. Allí se instala sin- 
tiendo las seducciones de los países situados á su frente al 
otro lado del Atlántico. Las narraciones medrosas de la 
tripulación de un corsario español, la fragata «Dolores^, sa- 
lido de Montevideo y hecha prisionera á la altura de la is- 
la Asunción, animan al comodoro Willian Popham á pose- 
sionarse de Buenos Aires, lo que consigue con facilidad en 
junio de 180ü. Montevideo se agita al saber la noticia é 
improvisa una expedición para reconquistar la capital del 
virreinato. Artigas, que había sido reincorporado á los blan- 
dengues en donde pasó los mejores años de su carrera, ve 
salir á sus camaradas sin poder acompañarlos porque el 
regimiento queda de guarnición en la provincia temerosa 
de algún ataque de las fuerzas de Popham. Entonces se pre- 
senta al gobernador y le ruega que ya que no pueden ir 
los blandengues, se le permita á él agregarse á los gloriosos 
cruzados. Huidobro accede á sus súplicas y le da un plie- 
go para Liniers encargándole que mande con el portador 
la noticia de la victoria ó la derrota. Artigas marcha^ 
alcanza al ejército en los Corrales de Miserere, pelea en 



(1) M. S. del Archivo Páblico. Expediente invasiones inglesas. 



DE LA UNIVERSIDAD 99 

el Retiro y en la plaza Victoria, y lu^o de la rendición de 
Berresford, se embarca en un bote^ naufraga, gana á nado 
la orilla como Cé^ar con su parte en el brazo, llega á Mon- 
tevideo y trae al gobernador la ansiada noticia. (O Cuando 
á Montevideo le toca el turno de repeler la agresión extran- 
jera, ocupa también su puesto de honor y no podía menos 
ele hacerlo así quien se adhiere con tanto entusiasmo á las 
fuerzas reconquistadoras. Hostiliza á la división inglesa que 
se posesiona de Maldonado; se opone á su desembarco en 
el Buceo, y en vez de huir al campo como huyó casi toda la 
caballería, se repica á la plaza defendiéndola con tesón du- 
rante todo el sitio; asiste al combate del Cardal, habiéndose 
portado él y sus conmilitones en todas estas acciones, dice 
el comandante Ramírez de Arellano, «con el mayor enar- 
decimiento y sin perdonar instante ni fatiga.» (2) Asaltada 
y tomada la plaza de Montevideo el 3 de febrero de 1807, 
Artigas no se entr^, se embarca para el Cerro y sigue 
hostilizando á los ingleses en los seis meses que la ocupan. 
Evacuada ésta, vuelve á su vieja tarea de Blandengue, per- 
siguiendo delincuentes, indios y portugueses, pudiendo es- 
cribir con razón en 1809 á su su^ra: *Aquí estamos pa- 
sando trabajos siempre á caballo para garantir á los veci- 
nos de los malhechores». El 5 de septiembre del año si- 
guiente, obtiene los entorchados de capitán de la tercera 
compañía de Blandengues por fallecimiento de aquel Mi- 
guel Borraz, á quien había disputado ese mismo puesto 
en 1799». &) 

Los gobernantes españoles tuvieron siempre el más alto 
concepto de Artigas, reconociendo todos sus grandes cua- 
lidades. Los documentos que de ellos nos quedan lo enal- 
tecen y encomian sobremanera. Ninguno consigna las 



(t) M. S del Archivo Administrativo. Este parte debe de ser el 
que publicó mi hermano Hugo en su «Centenario de la Reconquista», 
página 57. 

(2) M. 8. del Archivo Administrativo. 

(3) Libro de mercedes, etc. Archivo Administrativo. 



100 REVISTA HISTÓRICA 

imputaciones que más adelante le enrostran sus adversa- 
rios. Al empezar la revolución no dudaron un instante de 
su fidelidad; en 1810 le daban todavía misiones delicadas 
y de confianza. Cuando supieron su fuga á Buenos Aires 
les causó asombro y desesperaron de poder llenar el vacío 
que dejaba, comprendiendo que en esa deserción iba englo- 
bada la pérdida de la provincia. Buscaron desde los pri- 
meros momentos por todos los medios á su alcance, por la 
amistad, por el parentesco, y haciéndole brillantes y hala- 
gadoras promesas, que volviera á las filas abandonadas. 
Para que se vea que no inventamos transcribiremos un pá- 
rrafo de la exposición que don Rafael Zufriategui hizo á las 
Cortes españolas el 4 de agosto de 1811. Refiriéndose á la 
deserción de los oficiales de Blandengues dice: c Habiendo 
causado asombro esta deserción en dos capitanes de dicho 
cuerpo llamados don José Artigas, natural de Montevideo, 
y don José Rondeau, natural de Buenos Aires, cuyo indi- 
viduo acababa de llegar de la Península y era perteneciente 
á los prisioneros en la pérdida de aquella plaza. Estos su- 
jetos, en lodo tiempo se habían merecido la mayor con- 
fianza y estimación de todo el pueblo y jefes en general 
por su exactísimo desempeño en todas clases de servicios; 
pero muy particularmente el don José Artigas para co- 
misiones de la campaña por sus dilatados conocimientos en 
la persecución de vagos, ladrones, contrabandistas é indios 
charrúas y minuanes que la infestan y causan males irre- 
parables, é igualmente para contener á los portugueses que 
en tiempo de paz acostumbran usurpar nuestros ganados y 
avanzan impunemente sus establecimientos dentro de nues- 
tra línea (• \ Días antes de la batalla de Las Piedras, estando 
acampado Artigas en el Santa Lucía Chico, llega sn primo 
Manuel Villagrán con un mensaje de Elío pidiéndole que 
reconozca el pabellón español; el caudillo envía á Villa- 
grán á Buenos Aires para que se le juzgue, y después de 
rechazar la propuesta con indignación, dice á Elío: «vuesa- 
merced sabe muy bien cuánto me he sacrificado en el ser- 



(1) ^r. S. ílcl Archivo Administrativo. 



DE LA UNIVERSIDAD 101 

vicio de S. M.; que los bienes de todos los hacendados de 
la campaña me deben la mayor parte de su seguridad; 
¿cuál ha sido el premio de mis fatigas? El que siempre ha 
sido destinado para nosotros- Así, pues, desprecie vuesa- 
meroed la vil idea que ha concebido, seguro que el premio 
de la mayor consideración jamás será suficiente á doblar 
mi conducta ni hacerme incurrir en tan horrendo crimen.» (^K 
¿Es ésta la expresión de la soberbia ó del odio? Ni lo uno 
ni lo otro. Artigas condensa en esa frase que equivale á un 
proceso, los motivos que precipitan á estos países á la in- 
dependencia. España no quiso hacer de sus subditos ciu- 
dadanos; ap^da á la tradición como el pólipo á la roca, se 
resiste á refrescar sus instituciones en los principios espar- 
cidos por la democracia moderna, y sus hijos embebidos 
en olios con todo el entusiasmo de la juventud, se emanci- 
pan para establecerlos y sancionarlos por sí mismos. 

Este es el resumen de los hechos en que actuó Artigas 
antes de 1810. Pocos son los lunares, y si algunos existen 
Bon de los que provienen de la naturaleza humana y á los 
cuales no puede sustraerse el individuo. Había quizá en 
Montevideo uno que otro oficial más instruido, pero nin- 
guno le superaba en energía, resolución y prestigio. I^ la 
figura militar más eminente, la que más se destaca entre 
sus compatriotas que se agrupan á su alrededor, confiados 
en las inspiraciones de su experiencia y de su audacia. Es- 
taba predestinado á la misión que le señalaron los aconte- 
cimientos. Cuando en el momento preciso da el grito de 
emancipación, brotan de su tierra soldados como los lirios 
«bajo la mirada del Jesús de la leyenda». Nadie podía, 
pues, disputarle el derecho de lanzar á la pequeña nave 
uruguaya en el mar borrascoso de la revolución. 

Montevideo, agosto de 1907. 

Lorenzo Barbagelata. 



(1) Carta de Artigas á Antonio Pereira, de 4 de mayo de 1811. 



La Junta de Mayo y el Cabildo de Mon- 
tevideo 



misión del doetor Jaait José Passo 

1810 



Era en ios últimos días del mes de mayo de 1810. 
Montevideo, la ciudad que fundara Zabala ochenta y cua- 
tro años antes, dormía todavía la vida colonial. Si sus 
habitantes antes de aquella época habían vislumbrado ya 
el momento de su emancipación, determinando claramente 
su posición con respecto á Buenos Aires, todavía estaba el 
gobernador español don Joaquín de Soria, firme en el 
puesto que le confiriera el rey, todavía estaba el Cabildo y 
la enseña — que los hijos de la reconquistadora ciudad, 
llevaran en pos de la gloria, hasta clavarla en la otra mar- 
gen del Plata, arrancando un pabellón extranjero en me- 
dio de las balas y de los entusiasmos de una ardorosa re- 
friega— todavía lucía erguida en lo más alto de la Ciuda- 
dela. 

La civilización, el progreso en sus múltiples manifesta- 
ciones, aun no había penetrado, proyectando su inmensa luz, 
en aquella sociedad que se desarrollaba paulatinamente, 
aislada del mundo, separada de la madre patria por meses 
de nav^ación, y de las poblaciones vecinas, no ya por la 
distancia, sino por la carencia casi absoluta de noticias. 



DE liA UNIVERSIDAD 103 

Era en ese entonces Montevideo, más que nada una 
plaza fuerte, cuyas imponentes murallas coronadas de ca- 
ñones, mostraban al osado invasor, que hasta allí, había 
extendido sus dominios la bandera gloriosa de Carlos V. 

Figuraos un pequeño grupo de casas bajas en su mayor 
parte, construidas de piedra y barro, con anchas puertas de 
madera tosca, desparramadas aquí y allá, á lo largo de las 
primitivas calles delineadas por Millán, separadas casi to- 
das por amplios terrenos baldíos ó por huertos; figuraos 
una población que no subiera de más de diez mil almas; 
imaginad las calles de nuestra ciudad vieja, sin que jamás 
corriera un vehículo, á no ser grandes carretas tiradas por 
cuatro 6 cinco yuntas de bueyes; suponed, que en esas ca- 
lles, creciese el pasto hasta hacerlas intransitables ó se 
convirtieran en pantanos en los días de lluvia; pensad en 
el silencio absoluto de una ciudad sin vida, sin movimien- 
to, rodeada de una inmensa mole de piedra en cuyos inaccesi- 
bles fosos tanta sangre se derramara en el memorable asalto 
do la noche del 2 de febrero de 1807, y tendréis una idea 
más 6 menos clara, más 6 menos definida de lo que era 
el Montevideo colonial en los primeros años del siglo XIX, 

Y si de las manifestaciones de la vida exterior de aque- 
lla población, penetrásemos en su vida íntima, en el estu- 
dio de sus costumbres, de sus hábitos, de sus creencias, de 
í?u modo de ser, nos encontraríamos fácilmente con ese ti- 
po de pueblos de que nos hablan los sociólogos, que no 
han adquirido todavía un desarrollo amplio, y en que la 
familia constituida en forma patriarcal, es la célula de la 
sociedad. Arriba, la autoridad que gobierna, el represen- 
tante del rey dueño y señor, sustentada por una guarni- 
ción fuerte compuesta de soldados aguerridos; abajo, el pue- 
blo, ese pueblo que en un siglo de colonización, por fusio- 
nes de sangre, por mezcla de razas distintas, por la vida 
que ha llevado, en lucha constante para atender sus nece- 
sidades, ha dado finalmente, ese tipo propio, peculiar, el 
criollo, que lleva asociadas en su temperamento, en raro 
consorcio, la nobleza castellana y la pujanza indomable del 
«cliarrfia. 



104 BE VISTA HISTÓRICA 

De la cultura de ese medio, de lo que era esa sociedad^ 
de BU estado intelectual, en la primera década del siglo XIX^ 
bien poco podríase decir. Una escuela fundada en 1797 y 
otra en 1809, á las cuales concurrieron un número bien 
escaso de niños, además del convento de San Francisco^ 
donde se ensefiaba solamente latinidad y teología, he ahí 
todos loe centros de educación que poseía la antigua ciu- 
dad colonial. No había imprenta, y por lo tanto no había 
diarios. La que funcionó con la dominación inglesa, esa 
había sido llevada luego que ella terminó, y La Gaceta^ 
la célebre de fray Cirilo de Alameda, aún no había visto 
la luz. (1) Un detalle más y tendremos acabado el cuadro 
de aquel ambiente social, en el momento preciso de que 
nos ocupamos. Un escritor contemporáneo es quien lo na- 
rra y lo comenta. Era en 1807, durante el período corto 
del establecimiento del ejército inglfe. Un oficial de 
Auchmuty, recorre las calles de la ciudad colonial en bus- 
ca de una librería... de pronto se detiene ante un cartel 
anunciador... penetra en la casa ... interroga á su dueño^ 
y cuando cree encontrar un Lope de Vega ó un Padre 
Feijóo (son sus palabras) no ve en toda la estantería sino 
dos ó tres infolios antiquísimos y algún tratado de teolo- 
gía ... y sin embargo, dice, era la única librería que exis- 
tía en la dudad. í2) 

¿Cómo entonces, surge la pregunta, pudiéronse desarro- 
llar en ese ambiente pobre y atrasado, personalidades que 
con su nombre y su acción, domiíjaron el escenario políti- 
co del Río de la Plata en la segunda década del siglo XIX? 

Para investigar las causas y los factores que concurren 
en la formación de esos caracteres, tendríamos que penetrar 
en el estudio -^e los orígenes de la nacionalidad oriental. 



(1) «La Gaceta» de Montevideo publicó su primer uúinero el 13 de 
octubre de 1810. 

(2) Citado por Zinni en su «Historia de la prensa periódica de la 
República Oriental del Uruguay», pág. 399. 



DE LA UNIVERSIDAD 105 

No entraremos en esa investigación, pues su desarrollo 
nos conduciría quizás un poco lejos del objeto de nuestro 
estudio. 

Señalaremos sí, que ese pueblo humilde y pobre del 
Montevideo colonial, hacía ya tiempo que había avan- 
zado ideas en pro de su separación de la autoridad vi- 
rreinal. Diremos también que fué en 1750, veinticuatro 
años después de su fundación, cuando Montevideo no 
era sino un simple villorrio, que se estableció en él una 
gobernación independiente de la de Buenos Aires; que 
fué en 1808, cuando ese mismo pueblo, reunido en 
asamblea, proclamó públicamente su desobediencia al 
virrey Liniers, formando una Junta de gobierno, propia, 
idéntica en su origen á la famosa del 25 de mayo de 
1810; y que fué, en fin, en el cabildo abierto del 15 
de junio de ese mismo año, donde quedaría de mani- 
fiesto esa tendencia separatista del poder de la metró- 
poli argentina, dando motivo así, en lo futuro, á la crea- 
ción de una nacionalidad. 

La declaración del cabildo abierto de junio de 1810, 
que fué consecuencia de la misión del doctor Juan Jo- 
sé Passo, secretario de la Junta de Mayo, será, pues, el 
objeto de este estudio. 



II 

El 24 de mayo de 1810, un día antes que el pueblo de 
Buenos Aires invadiera el recinto del Cabildo, para pro- 
clamar la nueva autoridad de la Junta presidida por Cor- 
nelio Saavedra, declarando caduco el poder colonial, llega- 
ba á Montevideo, fugitivo, el capitán de navio don Juan 
Jacinto de Vargas, con las noticias de los sucesos que de- 
terminaron aquel gran acontecimiento. 

En realidad. Vargas no podía ser portador de los hechos 
ocurridos en la capital vecina, sino desde el momento en 
que Cisneros impuso al pueblo de las circunstancias críti- 



106 REVISTA HISTÓRICA 

cas porque pasaba la madre patria, con motivo de la inva- 
sión napoleónica, hasta la constitución del cabildo abierto 
del 21 de mayo. En su calidad de secretario interino del 
virrey, había presenciado todos los sucesos precursores de 
lu jornada del «25 de mayo y había copartieipado, al lado 
de la primera autoridad española, de todos los estremeci- 
mientos de aquella situación, que traerían el derrumbe de- 
finitivo de aquel sistema político. En medio de los sinsa- 
bores, de las angustias de aquel momento supremo, el vi- 
rrey Cisneros, previendo su caída inevitable, debía acordar- 
se de Montevideo, de la misma ciudad que había formado 
las huestes reconquistadoras que habían salvado á Buenos 
Aires en una ocasión cruenta, y llevado quizás de esa úl- 
íima esperanza, ya que le faltara en su ciudad todo apoyo 
moral y material, encomendó á su secretario el capitán de 
navio Juan Jacinto de Vargas, para que corriese, arries- 
gando peligros, hasta aquella ciudad, é impusiera de viva 
voz á aquel valiente pueblo, de sus circunstancias bien crí- 
ticas. 

Era la tarde del 24 de mayo de 1810, cuando el ca- 
pitán Vargas arribaba solo á Montevideo con las primeras 
noticias de los sucesos ocurridos en Buenos Aires. La nue- 
va trascendió velozmente entre el pueblo, llegando hasta la 
casa consistorial, donde en esos momentos sesionaba el 
Cabildo, el que ante lo imprevisto de los hechos de que era 
portador Vargas, sin animarse á tomar ninguna resolución, 
sólo se limitó a constatar aquella llegada inmotivada, di- 
ciendo en el acta de ese día <^que había venido de Buenos 
Aires, de cuyo destino había salido precipitadamente, por 
las conmociones populares de aquella ciudad», ^^f Pero las 
noticias habían trascendido demasiado entre el vecindario 
de la ciudad para que el Cabildo no adoptase ninguna re- 
solución, y e?a misma noche, temiendo probablemente quién 



(1) Acta del Cabildo de Montevideo, de 24 de mayo de 1810. Li- 
bros Capitulares. (Archivo Nacional). 



DE LA UNIVERSIDAD 107 

sabe qué sucesos, dada la efervescencia de los ánimos, sus 
miembros volvieron á reunirse á fin de tomar una resolu- 
<ñ6n. Probablemente las noticias, en cuanto se relacionara 
con los hechos producidos en la vecina capital, eran con- 
tradictorias. Vargas, á la vez que era portador de una co- 
misión del virrey, también había traído diferentes cartas 
^ue detallaban los acontecimientos de que había sido tes- 
tigo y actor. Perplejo el Cabildo, y ante las versiones dis- 
tintas, resolvió llamar á su seno al doctor Nicolás de He- 
rrera, Ministrode la Real Hacienda, accidentalmente en Mon- 
tevideo, para oir su opinión. Como era razonable, el doctor 
Herrera contestó al Cabildo, que antes de nada debería 
«hacerse comparecer ai propio don Juan Jacinto de Var- 
gas, resolviéndose así en consecuencia». ^1) 

Amaneció el día 25 y los habitantes de la ciudad im- 
presionados todavía con los sucesos del día anterior, reci- 
bieron plena confirmación con la llegada del pasajero Ma- 
nuel Fernando Ocampo, quien había sido conducido desde 
Buenos Aires en un lanchón, por su patrón Francisco Ro- 
dríguez. Ante la certidumbre de las noticias de que éstos 
eran portadores, el Cabildo reunido en la tarde de ese día, 
consecuente con su resolución de la víspera comisionó á 
su síndico procurador don Juan Bautista Aramburú ^<pani 
que pasase á la morada de don Juan Jacinto de Vargas, 
con recado político y lo invitase á concurrir al Ayunta- 
miento». Momentos después, el secretario interino de Cis- 
neros se presentaba en el Cabildo, acompañado de los doc- 
tores Lucas J. Obes y Nicolás de Herrera. Allí, en pre- 
sencia de sus miembros y después de narrar detalladamente 
los antecedentes de los sucesos acaecidos en Buenos Aires, 
declaró Vargas que su presencia en Montevideo no respon- 
día á otra cosa que dar cumplimiento al encflrgo del virrey. 



(1) Acta de la 2.» sesión del Cabildo, de 24 de mayo. (Archivo Na- 
cional). 



108 REVISTA HISTÓRICA 

el cual le había expresado «que esperaba fuese su autori- 
dad debidamente respetada por el pueblo y vecindario». (^> 

La cuestión evidentemente se complicaba. Urgía una 
contestación al virrey, pero ¿en qué forma? ¿Acaso el Ca- 
bildo de Montevideo debería hacerse solidario de los ac- 
tos del virrey, que hubieran podido acarrear su caída? De 
ningún modo. Si Montevideo había dado pruebas de su 
fidelidad al rey, también á su vez había desconocido abier- 
tamente la autoridad de Liniers, formando, como intentaba 
hacerlo Buenos Aires, una Junta propia de gobierno. El 
Cabildo, pues, no U^ó á ninguna resolución, determinando,. 
en vista que «ya era noche entrada», dejar la contestación 
al virrey para el otro día. 

En la sesión del 26, tras una larga discusión, el Cabildo 
encontró una fórmula conciliatoria, resolviendo responder 
á S. E. (el virrey) que estaba dispuesto ese cuerpo á to- 
mar todas las medidas conducentes á la conservación del 
orden y legalidad de lod derechos sagrados de don Fernan- 
do VII». En este sentido se comisionó á los señores Juan 
Bautista Aramburfi y don León Pérez para que se aper- 
sonaran á Juan Jacinto de Vargas á fin de que se embar- 
case de nuevo para Buenos Aires é informase al virrey de 
la resolución del Cabildo. 

Pero Vargas, convencido quizás de la inutilidad de su 
gestión, pues ya no existiría quizás la autoridad del virrey,, 
cuando él llegase, se negó á aceptar el cometido que le da- 
ba el Cabildo de Montevideo, manifestando «no haber ter- 
minado algunos asuntos que lo retenían en la ciudad». (2) 

Ante esta repulsa, el Cabildo debió volver sobre sus pa- 
sos. Mientras tanto los ánimos se exaltaban. La conducta 
de Vargas exasperaba al pueblo, que no veía en su actitud 
la seguridad que tenía el secretario de Cisneros sobre la 
ineficacia de su comisión. 



(1) Acta del Cabildo, del día 25 de mayo. (Archivo Nacional). 

(2) Acta del Cabildo del 26 de mayo de 1810. (Archivo Nar 
cional)* 



DE LA UNIVERSIDAD 109 

El Cabildo, en la impotencia en que lo ponía este incidente 
♦creyó de su deber consultar la opinión de otras personas, y 
en la sesión del 27 hacía comparecer á su presencia para 
pedir su opinión, al gobernador militar don Joaquín de So- 
ria, al comandante de marina don José Salazar,á los pres- 
bíteros Dámaso Larrafiaga y José Manuel Pérez, al minis- 
tro de la Real Hacienda don Nicolás de Herrera, á los aboga- 
dos doctores Lucas J. Obes y Bruno Méndez y al tesorero 
<le gobierno don José Eugenio de Elias. La opinión predo- 
minante, fué y así se resolvió: «se indicara á don Juan 
Jacinto de Vargas— á fin de impedir hubiese una con- 
moción popular ó fuese víctima de una tropelía — la con- 
veniencia de que se retirase al campo hasta nueva provi- 
dencian. (1) 



ni 



Mientras tanto los sucesos se desenvolvían en Montevi- 
-deo en la forma que hemos descripto, en Buenos Aires los 
acontecimientos que Vargas había previsto se precipitaron 
-en tal forma que el 25 de mayo, la autoridad del virrey 
Baltasar Hidalgo de Cisneros, había casi enteramente des- 
aparecido para dar por resultado la formación de una 
Junta de gobierno de origen popular, compuesta por ele- 
mentos netamente distintos al régimen colonial. 

Apenas instalada la Junta de Mayo, una de sus prime- 
ras medidas había sido comunicar á todas las ciudades y 
pueblos del virreinato, los motivos de su creación y las 
<*ausa8 que habían existido para declarar cesante la autori- 
<lad del virrey. La nota hecha en forma de circular había 
sido remitida con fecha 27 de mayo, siendo suscripta por 
todos los miembros de la Junta. ('^) 



(1) Acta del Cabildo, del 27 de miyo. (A^rchivo Nacional). 

(2) Registro Oficial de la República Argentina, tomo I, pág. 35. 



lio REVISTA HISTÓRICA 

En lo que se refiere á Montevideo, el gobierno de Bue- 
nos Aires comprendiendo, sin duda, la importancia que 
tenía su adhesión, dispuso el envío de un comisionado es* 
pecial, cuyo objeto no era otro, que eutr^ar en propia ma- 
no al gobernador don Joaquín de Soria, el oficio por el 
cual la Junta daba Cuenta de su formación, al mismo tiem- 
po que se acompañaban algunos impresos en los que se 
instruía de los antecedentes que habían obrado para su 
instalación. A este fin fué nombrado el capitán de Patricios 
don Martín Galain, quien debió embarcarse el 21) de mayo,, 
arribando el 31 á Montevideo. 

Galain era portador, como decíamos, entre otros docu- 
mentos ^1) de la nota oficial de la Junta de Mayo, comu- 
nicando su instalación á la vez que se exhortaba á su reco- 
nocimiento. Dicho oficio, que iba dirigido al «Cabildo, 
Justicia y Raimiento de Montevideo », estaba concebido 
en los siguientes términos: « La Junta provisional guber- 
« nativa de las Provas. del Río de la Plata á nombre 
« del Sor. Dn. Fernando 7.° acompaña á usted los 
<c adjuntos Impresos que manifiestan los motivos y fines 
«■ de su instalación. Después de haver sido solemnemente 
« reconocida por todas las corporaciones y gefes de esta Ca- 
« pital, no duda q.® el zelo y patriotismo de V. S. 
« allanarán qualesquier embarazo q.*" pudiera entorpezer 
« la uniformidad de operaciones en los distritos de Su 
4^ Mando, pues no pudiendo ya sostenerse la unidad cons- 
<s titucional sino por medio de una representación q.® con- 
« centre los votos de los Pueblos p." medio de represen- 
te tautes elejidos por ellos mismos, atentaría contra el esta- 



(1) Ademad de los documentos á que hacemoa referencia, conser- 
vamos en nuestro archivo otros oficios de la misma fecha (27 de ma- 
yo), como ser un expediente iniciado sobre remate del Alumbrado 
público, que elevado en apelación ante el virrey, fué devuelto por la 
Junta de Mayo, dilig;enciado. 



DE LA UNIVERSIDAD 111 

« do qualesquiera que resistiese este medio producido por 
« la triste situación de la península y único p."* proveer 
« lejítimamente una autoridad q.® exerza la representa- 
« cion del señor don Fernando T."" y vele sobre la guarda 
« de sus augustos Dres. por una nueba inauguración q.^ 
« salve las incertidurabres en q.® está embuelta la verda- 
« dera representac." de la Soveranía. 

« V. S. conoze muy bien los males consigtes de una 
« desunión q."" abriendo las puertas á consideraciones di- 
« ríjidas por el interfe momentáneo de cada Pueblo, pro- 
« duzca al fin una recíproca devilidad q.® haga inevitable 
« la ruina de todos: y ésta debería esperarse, si la Poten - 
« cia Vecina que nos acecha pudiese calcular sobre la di- 
« solución de la unidad de estas Provas. Los dros del 
« Rey se sostendrán si firmes los Pueblos en el arbi- 
<í trio de la gral convocación que se propone entran de 
« acuerdo en una discusión pacífica bajo la mira funda- 
* mental de fidelidad y constante adhesión de nuestro 
« August Monarca y la Junta se lisongea que de este 
« modo se consolidará la suerte de estas Provas. pre- 
« sentando una barrera á las ambiciosas empresas de sus 
<^ enemigos y un teatro estable á la vigilancia y zelo de 
« sus antiguos Magistrados ». (1) 

La nota en sí no debió causar en un principio un efecto 
mayor entre las autoridades. Soria, como el Cabildo, lo 
mismo que los vecinos más espectables de la ciudad, estaban 
en antecedentes de los sucesos ocurridos en la metrópoli ar- 
gentina, y el oficio de la Junta de Buenos Aires lo mismo 
que los impresos de que era acompañado, no anunciaban si- 



(1) Tomada textual del original inédito en nuestro poder.— La no- 
ta dirigida al Cabildo, Justicia y Regimiento de Montevideo, va sus- 
crita por Cornelio Saavedra, Francisco José Castelli, M. Belgrano, 
Miguel de Azcuénaga, doctor Manuel Alberti, Domingo Matheu^ 
'6. Larrea, Juan José Passo. secretario; y doctor Mariano Moreno, 
secretario. 



112 REVISTA HISTÓRICA 

no los detalles de aquel movimiento, que en idealidad no tenía 
un carácter manifiestamente revolucionario, desde que sus 
actores hacían lujo de demostraciones del mayor acatamien- 
to y sumisión á la autoridad del rey Fernando VIL Res- 
pecto á esto, pues, no debía inquietar los ánimos del vecin- 
dario de Montevideo un suceso que, á la verdad, no tenía 
mayores proporciones. En cuanto á la noticia que el pue- 
blo de Buenos Aires hubiese declarado caduca la autoridad 
del virrey Cisneros, parecería á primera vista que debió im- 
presionar á aquel pueblo— que como todos los de la Améri- 
ca hispana, en esos tiempos- -era tan apegado á las prácti- 
cas coloniales. ¿Pero ese mismo vecindario no había hecho 
una cosa idéntica dos años antes con su antecesor Liniers, 
cuando reunidos en el cabildo abierto del 21 de septiembre 
de 1808, declaraban con su propio gobernador español, Elío, 
que desconocían y negaban la autoridad de Liniers, en todo 
el territorio Oriental? 

Del oficio deque era portador el capitán Galain, unasolu 
cosa quedaba en pie, y era loque realmente debió ocupar la 
mente del Cabildo de Montevideo: el derecho que preten- 
día abrogarse la Junt^i de Mayo de someter á su autoridad 
á un pueblo que en diversos momentos de su corta vida 
política, había hecho demostraciones claras y categóricas en 
pro de su autonomía colonial. 

El desarrollo de esta negociación que historiamos con- 
firma plenamente nuestras afirmaciones, y así veremos, co- 
mo si bien el pueblo de Montevideo parece en un principio 
aceptar las indicaciones déla Junta bonaerense, apenas ini- 
ciadas las primeras tratativas, surge inmediatamente ese 
sentimiento, que podríamos llamar de nacionalidad, y que 
hará fracasar todas las tentiitivas de acatamiento ó recono- 
cimiento de la autoridad porteña. 

Fué así que el Cabildo de Montevideo para contestar el 
oficio de la Junta del 2o de mayo, resolvió la celebración 
-de un cabildo abierto, que tendría lugar al día siguiente de 
la llegada de Galain, invitándose para ese acto, como eia de 
práctica, á los vecinos más caracterizados de la ciudad y á 



bÉ LA ÜNiVÉRSIDAb ÍIÁ 

los cuales se les dio anuncio por medio de esquelas que 
fueron repartidas ese misino día. ^^ 



IV 



Los Cabildos en América, decía Florencio Várela, han 
tenido tal importancia en el drama de la revolución ameri- 
cana, que no es posible hacer un estudio completo de este 
grandioso acontecimiento, sin precederlo de un examen de- 
tenido de esa institución genuina mente española, la cual en 
su origen, en su forma, como las comunas de Nueva In- 
glaterra, representaban al pueblo que delegaba en ellas 
anualmente y por su voto directo, el ejercicio de su sobe- 
ranía. 

Nada más exacto que la afirmación del famoso redactor 
de M Comercio del Plata. Los Cabildos en América fueron 
la cuna donde nació y se desarrolló el sentimiento de inde- 
pendencia y las ideas de emancipación. Representan las 
aspiraciones del pueblo y su vida en el medio colonial, 
marcan como jalones que señalan épocas, el desenvolvimien- 
to de principios lentamente elaborados, que se harán hechos 
reales y positivos, el día que la palabra libertad estremezca 
el continente americano. 

EId verdad que los gobernadores españoles hicieron re- 
petidas veces escarnio de tentativas liberales nacidas en el 
calor de las discusiones del Cabildo; es verdad que sus miem- 
bros fueron insultados ó aprehendidos; que fueron impues- 
tas sus resoluciones por la fuerza armada, desterrados, agre- 
. didos y hasta obligados á rendir vasallaje al jefe militar, 
pero no es menos cierto que en esa lucha constante, de años, 
de siglos, entre la autoridad despótica y el poder civil, entre 
los soldados y el pueblo, entre la fuerza y el derecho, fueron 



(1) Apuntes de la guerra de los Orientales por Larrañaga y Guerra. 
«La Semana^, número del 9 de noviembre de 1857. 

m. H. DB LA. V.— 8 



Il4 REVISTA tíI8T(ÍRÍCÁ 

desarrollándose paulatina mente esas tendencias hacia la 
emancipación y esa aspiración suprema hacia la indepen- 
dencia. 

En Montevideo los Cabildos representan algo más. El 
territorio oriental, colonia en un principio, estado del virrei- 
nato del Perú y después del de Buenos Aires, la autoridad 
civil, no señala sólo como todos los de América la idea del 
pueblo ansioso de romper los vínculos de solidaridad que 
lo unen con la madre patria, sino también el sentimiento 
de h nacionalidad que va á caracterizar cada uno de sus 
actos, cada uno de sus momentos históricos. Por eso no 
vacila en formar la expedición con que Liniers va á liber- 
tar á la ciudad hermana, cuando sus habitantes son rendi- 
dos á discreción por los ingleses; por eso ha declarado ya 
al pueblo reunido con el Cabildo, el 21 de septiembre de 
1 808, que nada lo liga con las autoridades ^e Buenos 
Aires y ha formado una Junta independiente; por eso tam- 
poco reconocerá la Junta del 25 de mayo, cuando por boca 
de sus delegados pretende imponer se preste acatamiento 
á sus decisiones. 

Decíamos que el pueblo, en su más sana parte había 
sido convocado para la celebración de un cabildo abierto á 
fin de considerar la nota de la Junta de Mayo y de la que 
había sido portador el ciipitán de patricios don Martín Ga- 
lain. Era, pues, en los amplios salones de la planta baja 
del edificio capitular donde ese día, el 1."* de junio de 181 0, 
deberían sesionar los vecinos más distinguidos de la ciu- 
dad, constituidos en asamblea conjuntamente con todos 
los miembros del Cabildo, con las autoridades militares y 
eclesiásticas, para tomar en consideración y resolver la ac- 
titud que debería asumirse ante los sucesos de Buenos Ai- 
res que habían provocado el cambio de sus autoridades. 

Los datos que poseemos son un tanto escasos para re- 
producir aquí las diferentes opiniones que fueron verti- 
das en aquella asamblea. Apenas si del acta capitular que 
tenemos á la vista, podemos afirmar que ese día, reunido el 
pueblo en cabildo abierto, estando presentes todos sus 



DÉ LA Ol^IVÉftSlbAl) Íl5 

miembros y sesionando como era de práctica, bajo la pre- 
sidencia del gobernador don Joaquín de Soria, «después de 
varías discusiones y opiniones, se acordó á pluralidad 
de votos la conveniencia que existía en la unión con la ca- 
pital (Buenos Aires) y reconocimiento de la nueva Junta 
para la seguridad y conservación de los derechos del rey 
don Fernando VII^. Esta declaración, sin embargo, no se 
hacía de una manera categórica, sino al contrario, con 
'^ ciertas limitaciones »,pHva lo cual y con idéntico objeto, 
el Cabildo propuso una comisión que fué aceptada por la 
asamblea, compuesta por el gobernador doria, los vecinos 
Joaquín de Chopitea, don Miguel Antonio Vilardebó, el 
comandante don Prudencio Murguiondo, el presbítero don 
Pedro F. Vidal y el Ministro de la Real Hacienda don Ni- 
colás de Herrera, y cuyo cometido no era otro que unifor- 
mar opiniones para resolver las condiciones en que Mon- 
tevideo haría el reconocimiento de la Junta de Buenos Ai- 
rea Una vez indicadas dichas cláusulas, deberían ser so- 
metidas á la consideración del Cabildo, el que en el caso 
de resolver su aprobación al día siguiente, el^ría una per- 
sona que iría con ese objeto á la capital de Buenos Ai- 
res, d^ 

Como se ve, el espíritu de la resolución de este cabildo 
abierto, era un tanto ambiguo. En él parece primar antes 
que nada la duda de las intenciones de la Junta de Bue- 
nos Aires, aumentada si es posible con la incertidumbre 
que existía en Montevideo, referente á los sucesos ocurri- 
dos en la madre patria y de cuyas circunstancias y deta- 
lles no se tenían más noticias verídicas que las de que daban 
cuenta los impresos y comunicaciones traídas por Galain. 
Sin embargo, por encima de esto parece desprenderse de las 
resoluciones transcríptas y del desenlace de toda la nego- 
ciación, ya que en este primer cabildo abierto no se aceptaba 



(I) Acta capitular del cabildo abierto del l.o de junio de 1810. Li- 
bro capitular. (Archivo Nacional). 



Il6 REVISTA HISTOIUCA 

lisa y llanamente el reconocimiento de la Junta del ¿5 de 
mayo, ese sentimiento de emulación que existía entre las 
dos ciudades del PlBta y que se traducía aquí en una adhe- 
sión que no era espontánea, sino al conti-ario, en cierto 
modo forzada — obligada si es posible por haber asumido 
la Junta la autoridad del virrey — haciendo una declaración 
con reservas y reticencias. 

La Comisión nombrada por el Cabildo abierto no llegó 
á reunirse. Una circunstancia fortuita vino á frustrar esa 
resolución: tal fué la U^da casual al puerto de Montevi- 
deo, el mismo 2 de junio, del bergantín «Filipino», el cual 
venía con impresos y comunicaciones de España, dando 
cuenta de haberse instalado un gobierno de r^encia en 
Cádiz. 

C/omo es claro suponer, las noticias cundieron rápidamen- 
te por la ciudad, y el pueblo reunido en la Plaza Mayor leyó 
en voz alta una proclama dirigida por las autoridades es- 
pañolas á los pueblos americanos invitándolos á celebrar su 
inmediato reconocimiento. El gobernador Soria, quizás un 
tanto alarmado con el giro que podrían tomar aquellos 
asuntos, aprovechó la efervescencia popula r para celebrar tan 
fausto acontecimiento con salvas de artillería y repiques de 
campana, al mismo tiempo que hacía que las tropas de la 
guarnición prestaran solemne juramento. 

En estas condiciones la conducta con Buenos Aires se 
imponía. El oficio de la Junta de Mayo, sería tomado en 
consideración después que ella reconociese el Consejo de 
Regencia. Esto mismo fué lo que resolvió el Cabildo en su 
sesión del 2 de junio: <c suspender toda deliberación sobre el 
nombramiento de diputados y demás puntos acordados en 
su sesión anterior, hasta ver los resultados de dichas noti- 
das (las traídas por el bergantín «Filipino») en la capital 
de Buenas Aires». W 



(])' Acta del Cabildo del 2 de junio. (Archivo Nacional). 



DE LA UNIVERSIDAD 117 

• En este sentido, pues, el gobernador Joaquín de Soria al 
mismo tiempo que el Cabildo lo hacía separadamente — se 
dirigió en oficio — por intermedio del mismo capitán Galain, 
á las autoridades de la ciudad vecina, dando cuenta de los 
sucesos ocurridos y solicitando como paso previo para con- 
tÍDuar la n^ociación el reconocimiento inmediato del Con- 
sejo de Cádiz. 

La respuesta de la Junta de Mayo no se hizo esperar. 
En una bien escrita nota eb que se adivina fácilmente la 
brillante pluma de su secretario el doctor Mariano More- 
no, contestaba los argumentos expuestos en el Cabildo de 
Montevideo, manifestando la ignorancia en que se encon- 
traba esa Junta respecto á la instalación del Consejo de 
Rienda de Cádiz, y añadiendo que no tendría inconve- 
niente en jurar esa autoridad, una vez que la noticia fuese 
ratificada, pero que en el intertanto convenía la unión de 
los dos pueblos. Dicha nota decía así: « Reunidos los ofi- 
« dos de V. 8. del 8r. comandt^ de Marina y Gov'*'. Mi- 
« litar de esa Plaza, resulta q.* convocado el pueblo en su 
« mas sana parte é instruido de las ocurrencias de esta Cap.* 
c se acordó una conducta enteramente uniforíne, pero q.® 
« al tiempo de nombrarse Diputado, apareció él Berg."" 
« Filipino cuyas noticias relativas á el estado de nras. 
« armas y á la instalac."* de un Consejo de Regencia en Ca- 
c diz suspendieron la execución hta. ver las resultas de es- 
« ta Junta, y esta Cap.* después q.*" se instruyesen de aq.* 
suceso ». 

« Nada ha redbido esta Junta de oficio ó por conducto 
c lexitimo q.** pueda hacer variar los fundamentos de su 
« instiilaa": ha dado cta. de ella á 8. M. mandando un oficial 
c de honor p.* instruir al Gobno. Soberano q.* encontrare le- 
« gítimamente establecido en España; ha convocado igual- 
c mente Diputados de todos los pueblos p.'' q.*" decidan el 
« poder Soberano q.*" debe representar á nuestro augusto 
« Monarca el Sor. Dn. Ferdo. 7."* y ni esta Junta puede 
« prevenir aq.- juicio, ni la situac." peligrosa de la Metrópoli 
« se presenta mejorada desde el sitio de Cádiz ni las noti- 



118 REVISTA HISTÓRICA 

c cias oficiales q.® puedan venir de un Gbno. Soberano re- 
« conocido en la Monarquía trastornar las vases de esta 
« Junta Provisoria, puesto q."" en su misma instalación juró 
€ reconocimiento del Gobno. Soberano q.® estuviere lejíti- 

< mámente establecido en España ». 

« Las contestaciones oficiales sobre este punto como la 
€ r} ard.* q.* ha publicado la Junta y acompaña á V. 8. 
€ darán cabal idea de la circunspección conq.® se procede 
« en tan delicada materia y demostraran q.^ no es oponei-se 
€ á los dros. de la Soberania, sujetar su reconocimiento á 
« los principios q.** ella misma ha establecido y conciliarios 
« con los dros. y dignidad de los pueblos >. 

« La Junta recomienda mucho á V. S. se sirva observar 
« con detención los principios q."" han influido en su insta- 
« lacion. El principal fundamento de esta ha sido la duda 
« suscitada sobre la lejitiraidad conq.^ la Junta Central 
« fugitiva, despreciada del pueblo, insultada de sus mismos 

< subditos y con públicas imputaciones de traydora, nombró 
« por sí sola un Consejo de Elegencia, sin consultar el voto 
« de los pueblos y entre las convulsiones del estrecho círculo 
« de la Isla de León >. 

c Si recurrimos á los primeros principios del dro. pú- 
« blico de las Naciones y leyes fundamentales de la nra., 
« la Junta no tenia facultad para trasmitir el poder sobe- 
« rano q.® se le havia confiado: este es intransmisible por 
« su naturaleza y no puede pasar á s^undas manos, sino 
« por aq.* mismo q.® la deposito en las primeras ». 

« Ese mismo Consejo de Etegencia ha declarado q.^ los 
« Puebles de América y q.® deben tener un influxo activo 
« en la representación de la Soberania; es predso, pues, 
« q.® palpemos ahora ventajas de q.® antes carecíamos y 
« tengamos parte en la constituc." délos poderes soberanos^ 
<: mucho mas quando siendo la América por declaraciones 
« anteriores parte int^rante de la Monarq.*, seria irr^u- 
« lar q.^ el mínimo punto de la Isla de León arrastrase sin 
« exam.° la suerte de estas bastas r^ones ». 

« Las incertidumbres sobre la Intimidad del actual 



DE LA UNIVERSIDAD 110 

« |x)der Soberano de España, unidas al riesgo inminente 
^ en q/ pone al Reino la ocupac." de la mayor parte de su 
« Territorio produxeron una gral. agitae." de q.*" ha nacido 
« la instalac." de esta Junta Provisional, p.*" q."* gobernase 
« sin sospechar por parte del Pueblo, hta. q.^ formado el 
« Congreso con los Diputados de las Provincias se decidie- 

* sen aquellas importantes qüestiones: no será fácil q.*" la 
« prevenga este juicio, ni esto es un embarazo p." la unión 
« y fraternidad con Montevideo ». 

« ¿Se reconoció en esa Plaza el Consejo de Regencia? 
« Buenos Ay/ no lo ha desconocido y quizá el voto de sus 

* representantes será este mismo qdo. (?) en el Congreso 
<c deba darse: Montevideo por un zelo q."^ en sí es laudable 
« anticipó ya el suyo, y este será seguramt.^ el de su dic- 

< tado; pero entre tanto se verifica la reunión deben unirse 
« los dos Pueblos, porq.^ así lo exhigen los intereses, y los 
« dros. del Rey ». 

« Ambos Pueblos reconocen un mismo Monarca; la Jun- 
« ta ha jurado al Sor. Dn. Ferd.*" 7.^ y morirá por la guar- 
« da de sus augustos; si el Rey huviese nombrado la Re- 
« gencia no havria qüestion sugeta al conocimiento de los 
€ Pueblos, pero como la de Cádiz no puede derivar sus po- 
« deres sino de los Pueblos jnismos, justo es que estos se 
« convenien de los Títulos con q.^ los han reasumido ». 

« Es esta una materia muy delicada para resolverse en 
^ ella con ligereza y ningún Pueblo debe executar por sí 

< solólo q.^debe ser obra de todos.- En la corresponden- 
^ cia de este Sup.'''^ Gov.""* con el embajador español reci- 
« dente en el Janeiro, se ha encontrado aviso oficial de 
« q.** la Junta Central havia declarado últimamente la Re- 
« gencia del Reyno, á favor de la S."" D." Carlota, Princesa 

< del Brasil y V. S. conocerá muy bien, quan graves ma- 
« les nos envolverían ahora, si en virtud de esta sola aun- 
« que autorizada noticia, huviésemos jurado y reconocido 
« la Regencia de aquella Princesa ». 

♦ Lo sustancial es q.*" todos permanesoamos fieles Va- 

* salios de nro, augusto Monarca el Sor. Ferd.'' 7.**; q.'^cum- 



120 REVISTA HISTÓRICA 

«^ plamod el juramento de reconocer al gob.""" Soberano de 
* Eüspaña, lejítímanit** constituido; q.* examinemos con 
« circunspección la legitimidad del establecimiento y no la 
« consideremos como una voz vana, sino como la primera 
« r^la directiva de nuestra resolución; y q.® entretanto es- 
« trechemos nuestra unión, redoblemos nuestros esfuerzos 
« para socorrer la Metrópoli, defendamos su causa, obser- 
« vemos sus Leyes, celebremos sus triunfos, lloremos sus 
« desgracias y hagamos lo q.® hicieron las Juntas Pro vi n- 
« ciales del Reyno antes de la instalac." lejítima de la Cen- 
« tral q.® no tenian una representaa" Soberana del Rey 
« por quien peleaban y no por eso eran menos fieles, me- 
< nos leales, menos heroicas, ni menos dispuestas á prestar 
« reconocimt*" á un Supremo poder apenas se constituyó 
« lejítimamente ». (1) 

Como se ve, la hábil y política nota de la Junta de Bue- 
nos Aires, iba destinada á tratar de vencer los obstáculos 
que el Cabildo y las autoridades de Montevideo pudiesen 
oponer, ante la sospecha que aquel gobierno que había su- 
cedido al virrey, tuviese veleidades de abrogarse facultades 
propias ó tendencias nuevas que pudieran traducirse como 
un desconocimiento de la autoridad del rey en las colonias 
americanas. 

Pero la Junta de Mayo fué más lejos. Demasiado com- 
prendía la importancia que tenía para la causa que había 
dado motivo á su formación — cualquiera que fueran sus 
creencias respecto á los derechos de España sobre estos 
Estados, hecho que en sí, como se ha visto, lejos de des- 
conocerlos, por el contrario los reconocía de una manera 



(1) Tomado textual del original inédito en nuestro archivo. La iio> 
ta de fecha junio 8 de 1810 va suscrita por todos los miembros de la 
Junta del 25 de mayo, con excepción del doctor Juan José Paseo. £1 
doctor Passo, en efecto, no pudo firmar esta nota por haber salido 
con esa fecha para Montevideo, con objeto de la misión que le con- 
fiara la Junta de Buenos Aires siendo, seguramente, portador de la 
comunicación, además de los poderes de que iba investido. 



DE LA UNIVERSIDAD 121 

formal y categórica— que una plaza fuerte, como era la de 
Montevideo, se sometiese prestando su acatamiento á sus 
resoluciones. — Convencidos los miembros de la Junta de 
Buenos Aires de este hecho, de suyo incontrovertible, se 
decidió á enviar un delegado especial al solo objeto de que 
impusiera al Cabildo de Montevideo y á sus autoridades 
de los propósitos que le animaban, solicitando su adhesión. 
A ese efecto, pues, se comisionó al doctor don Juan José 
Passo, secretario de la Junta de Mayo, y uno de los hom- 
bres más importantes que habían cooperado en el movi- 
miento político, que había dado por resultado su instala- 
ción. 



La sociedad, el medio ambiente de aquel entonces, atra" 
aado sin duda — como lo hacíamos notar en el comienzo d^ 
este estudio — había sufrido, sin embargo, el suficiente des- 
arrollo para haber podido formar ciertas entidades políti- 
cas é intelectuales cuya aparición en escena, en los momen- 
tos que nos ocupamos, determinaron un aspecto nuevo en 
la orientación de los sucesos, una dirección distinta en el 
desenvolvimiento de los acontecimientos. 

Así en la sesión de) 1." de junio, como en el desenlace 
final de los hechos que historiamos, la presencia de esos 
factores señalarían nuevas tendencias, y contra la alta auto- 
ridad, netamente española, del gobernador militar, aparece- 
ría la opinión entusiasta de los verdaderos representantes 
del pueblo nacional que triunfaría en definitiva en la con- 
tienda suscitada por las autoridades de Buenos Aires. 

Lucas J. Obes no aportaría solamente en las discusio- 
nes á celebrarse en el Cabildo el caudal de sus conocimien- 
tos y la vehemencia de sus convicciones en pro de los inte- 
reses americanos, por cuyo motivo, tan pronto sufriría to- 
dos los sinsabores de un largo y penoso destierro, — sino que 
también, llevaría á aquellas delíberadoues la expresión 



122 REVISTA HI8T(5ríCA 

genuina del alma nacional, de la patria, á la que consagra- 
ría siempre, todoa los ardores de su espíritu revolucionario, 
en las diversas etapas de su intensa actuación en la vida 
pública. 

Al lado del doctor Obes, deberá mencionarse igualmen- 
te al doctor Nicolás de Herrera, otra personalidad, quizás 
la más importante, de aquella situación, por el respeto de 
sus opiniones, por su talento y por su vasta ilusti*ación. 
Nombrado en ese mismo tiempo, por el rey, en una difícil 
comisión en estas colonias — despufe de haber merecido el 
honor de ser el único americano que actuó como diputado 
en el Congreso de Bayona, formado en la península, cuan- 
do la invasión napoleónica— se encontraba de paso, inci- 
dentalmente, en su patria, Montevideo, en los precisos ins- 
tantes en que se desarrollaban los sucesos en Buenos Aires. 
Es su palabra autorizada la que prima en todas las deli- 
bei-aciones de la casa consistorial, y los miembros del Cabil- 
do, han llegado hasta detener una resolución, para pedir al 
doctor Herrera, haga luz en un asunto difícil y los ilustre 
con su clarovidente criterio. Como Obes, Nicolás de He- 
rrera, también sena deportado, por sus ideas revolucionarias, 
y su salida de la patria, coincidiría con la iniciación de su 
importante vida, llena de servicios á la causa americana. 

Pero si con Obes y con Herrera, Montevideo tenía 
bastante para afrontar cualquier riesgo, cualquier peligro, 
era necesario que la autoridad civil fuese apoyada por la 
opinión decidida de la Iglesia— ya que en todos los sucesos 
de la emancipación del continente tanta influencia ejercie- 
ra la religión — y la Iglesia nacional sería representada en 
las decisiones del Cabildo por Dámaso Antonio Larrañaga. 
No tomaremos aquí, para presentar su personalidad, la fa- 
ma de sabio y de virtuoso que lo acompañó toda su vida, 
porque no fueron sin duda los únicos atributos de su des- 
collante figura. Larrañaga ante todo fué un exaltado por 
la patria, y su voz y su palabra, repercutirían en el Cabildo 
de Montevideo, no ya por la nobleza de su espíritu, sino 
por la altivez y el radicalismo de sus convicciones. Por eso 



DE LA üaVIVEHsIDAD 123 

sería uno de los primeros proscriptos de su ciudad natal 
cuando la autoridad española se asento detrás del baluarte 
de sus inexpugnables murallas; por eso sería uno de los di- 
putados que llevó á Buenos Aires las célebres Instruccio- 
nes de Artigas, aquellas que decían: «pedirán aqtes que na- 
da la independencia de estes colonias del poder del rey de 
España:». 

Parecería, sin embargo, que entre aquel grupo de perso- 
nalidades notables, llenas de energía, de talento y capaces 
de afrontar cualquier situación por crítica que ella fuese, 
faltase un hombre de fibra que á la inteligencia, reuniese 
condiciones del tribuno que enardece y levanta las pasio- 
nes, pero ese tipo aparecería encarnado en la persona de 
Mateo Magariños que iría al Cabildo y dominaría los 
ánimos con «su elocuencia tempestuosa» hasta hacer triun- 
far sus ideas que eran las mismas sustentadas por la ciu- 
dad, en pugna manifiesta con la autoridad de Buenos Aires. 
Es Mateo Magariños quien concurre á la plaza páblicat á 
arengar al pueblo que se ha reunido á la espera de los 
acontecimientos, á recorrer sus filas y sacudir sus entusias- 
mos, para ir después á la sesión y tomar allí la palabra y 
decir en nombre de ese mismo pueblo que no se debe 
aceptar la Junta de Mayo porque ella pretende ejercer su 
poder como sucesora de los derechos del virrey, y Monte- 
video no reconoce en esa situación, sino sus propias y le- 
gítimas autoridades. 

Si los relevantes servicios prestados posteriormente por 
Mateo Magariños no fuesen suficientes para dar el colorido 
necesario á su personalidad, la actuación especialísima que 
tuvo en los dos cabildos abiertos — de cuyo estudio nos 
ocupamos -sería bastante para que su nombre fuese re- 
cordado siempre entre los primeros en la historia de la na- 
cionalidad. 

Eran estos, pues, los hombres principales de aquella si- 
tuación y contra los cuales tendría que luchar el delegado 
de Buenos Aires para salir airoso en la difícil comisión de 
que lo encargaba la Junta de Mayo. 



124 REVISTA HISTÓEICA 

El doctor don Juan José Passo llegó á Montevideo el 
14 de junio de aquel mismo año. (1) 

La noticia de su U^da cundió rápidamente por la ciu- 
dad, causando la más viva excitación en el ánimo de todos 
sus habitantes. En la sesión celebrada ese misrtio día por 
el Cabildo, el gobernador Soria dio cuenta * de haber llegado 
el diputado de la nueva Junta de Buenos Aires con comi- 
siones de importancia*, <2) y acto continuo se resolvió 
oirlo en audiencia, comisionando á ese efecto á los regido- 
res don José Manuel Ortega y don León Pérez para que 
invitaran al doctor Passo á concurrir á la sesión á fin de 
tomar en cuenta el objeto de su misión. El representante 
de la Junta de Mayo aceptó de buen grado la invitación 
que se le hacía, y pocos momentos después concurría á la 
Casa Consistorial, donde en presencia de los miembros del 
Ayuntamiento allí reunidos, con la palabra fácil que le era 
característica, hizo una relación sucinta de todos los suce- 
sos ocurridos en Buenos Aires hasta la formación de las 
nuevas autoridades, explicando los motivos (los mismos 
que ya hemos expuesto), que había tenido ese gobierno 
para no reconocer al Consejo de Regencia establecido en 
Cádiz, concluyendo el comisionado por solicitar la unión 
del pueblo de Montevideo con la capital. Impuesto el Ca- 
bildo de todo esto, previo el retiro «del doctor Passo, el cual 
fué acompañado por los mismos regidores hasta su posada 
de extramuros^», pasó á discutir la actitud que debería asu- 
mirse, resolviendo en definitiva, dada sin duda la impor- 



(1) Suponemos que haya error en la afirmación que hace Bauza en 
su «Historia de la Dominación Española», tomundo el dato de los se- 
ñores Larrafiagra y Guerra, al consignar el 10 de junio como el día 
de la llegada del doctor Passo á Montevideo. De la fecha con que 
fueron expedidos Jos poderes á que hacemos referencia, lo mismo que 
del acta capitular del 14 de ese. parece desprenderse que el comisio- 
nado de la Junta de Mayo no pudo arribar á esta ciudad antes del 
día 14. 

(2) Acta capitular del día 14 de junio. (Archivo Nacional). 



bE tu UNIVERSIDAD 12B 

taucia del catío, la celebración de un cíibildo abierto, «pues 
desde que la diputación venía al pueblo, debía convocarse 
en 8u más respetable parte de su vecindario, para queíns- 
traído por el diputado, deliberase lo que estimare justo.» W 

Consecuente con esto, al día siguiente, 15 de junio, de 
acuerdo con las prácticas establecidas en estos casos, las 
personas más caracterizadas de la ciudad se sentaban al 
lado de los cabildantes. Hacían acto de presencia el gober- 
nador militar don Joaquín de Soria, el jefe de la marina 
don José de Salazar, las autoridades eclesiásticas don Dá- 
maso Larrañaga y don José Manuel de Pérez, el ministro 
de la Real Audiencia don Nicolás de Herrera, el tesorero de 
gobierno don José Eugenio de Elias, los miembros del Ca- 
bildo don Cristóbal Balvañach, don Juan Bautista Aram- 
burú, don Pedro Vidal, don Jaime Illa, don José Manuel 
de Ortega, don Félix Mas de Ayala, don Damián de la 
Peña, don León Pérez, don Juan Vidal y Bena vides y los 
ciudadanos don Lucas J. Obes, don Mateo Magariños, don 
Juan J. Duran, don José de Acevedo, don Jorge de las Ca- 
rreras, don Miguel Costa, don Boque Antonio Gómez, don 
Bartolomé Neira, don Bruno Méndez, etc., etc. (2) 

No tenemos por qué llamar la atención de la importancia 
que iba á tener la resolución que adoptara este cabildo 
abierto. Bastará simplemente decir que en él se iba á decidir 
definitivamente si el pueblo de Montevideo aceptaba las 
autoridades de Buenos Aires ó si las desconocía, si el pue- 
blo de aquella ciudad se sometía á las decisiones de la 
Junta de Mayo, ó si, por el contrario, se separaba para siem- 
pi'e de la tutela que en vano había pretendido imponerle. 

Abierta la sesión y previa venia que le fué concedida al 
doctor Juan José Passo, para que hiciera uso de la palabra. 



(1) Acta capitular del día 14. 

(2) Tomamos estos datos de los mismos libros capitulares y de la 
relación de servicios del doctor Mateo Magariños, citado por Bauza, 
«Historia de la Dominación Española en el Uruguay». 



lád REVISTA HTSTí^RtCA 

éste procedió á dar lectura de la nota dirigida al goberna- 
dor, y en que lo acreditaba con poderes plenos su gobierno 
para dar arribo á la misión. Dicho oficio iba concebido 
en los términos siguientes: «Convencida la Junta Provi- 
« sional de lo que interesa á la causa del rey y de la pa- 
« tria, la estrecha unión de ese pueblo con éste, ha resuel- 
« to dar una prueba del celo con que se empeña en pre- 
« caver todo error ó equivocación que pudiera perjudicar 
« tan sagrados derechos. — Al efecto, ha nombrado al doc- 
<- tor don Juan JoséPasso, uno de sus secretarios y vocales 
« que reuniendo su confianza, sus sentimientos y su re- 
« presentación, pase á esa ciudad y allane los embarazos 
« que pudieran entorpecer una concordia tan interesa.ite ». 
« Sus poderes son amplios; no lo son menos su inteligen- 
<' cia y la pureza de sus intenciones, y si la buena fe con 
« que se agita una causa justa, es el medio seguro de su 
« consecución, espera la Junta que apreciando Montevideo 
« tan distinguida confianza, una sus votos á los nuestros, 
« consolide tan estrecha unión que sirva de terror á nues- 
«: tros enemigos, y presente á la patria el tierno espectáculo 
« que prepara Buenos Aires en la entrada del represen- 
« tan te de Montevideo en compañía del de la Junta, que 
« ha ido á prepararle los caminos ^. (1) Inmediatamente el 
doctor Passo entró á manifestar el objeto de su cometido, 
historiando los antecedentes que el pueblo de Buenos Ai- 
res había tenido en vista para declarar cesante aí virrey, 
proclamando una Junta propia de Gobierno, á imitación 
de las establecidas en la madre patria y cuyos fines no eran 
otros que formar autoridades locales que mantuviesen la 
concordia y el orden de los distintos territorios mientras 



(1) Nota de la Junta de Mayo, de fecha 9 de junio de 1810, diri- 
gida al gobernador de Montevideo y firmada por todos sus miembMM 
con excepción del doctor Passo, quien aparece reemplazado por el 
doctor J. J. Cdsteili en calidad de secretario interino, t Manuscrito 
original en nuestro archivo). 



DÉ LA ÜíTÍVÉRSÍDAl) l27 

durase la acefalía ea la casa reinante de España, provocada 
por la invasión bouapartísta. Habló de los peligros que co- 
rrían ios pueblos del virreinato, expuestos más que nunca, 
si no se unían, á las ambiciosas miras de otras potencias; 
dijo que era uecesari':^ que esa alianza se hiciese para pre- 
caver posibles ataques de la corte portuguesa, concluyendo 
su discurso pidiendo que Montevideo aceptase la Junta de 
Buenos Aires, reconociendo ese cuerpo como la legítima 
autoridad del virreinato. 

El discurso del doctor Passo había excitado visiblemente 
los ánimos. — Para los elementos netamente españoles que 
predominaban en aquella Asamblea, la Junta de Mayo si 
bien reconocía categóricamente los derechos de España so- 
bre estos países, tenía en su origen, en su formación, qui- 
zás en sus tendencias, algo que ellos traducían en cierto 
modo como una rebeldía á la autoridad del rey. De aquí la 
resistencia— que inmediatamente de retirarse el doctor 
Passo del recinto para que el Cabildo deliberase - se notó 
en el ánimo de todos aquellos. En cuanto á los demás 
miembros asistentes, la sumisión á Buenos Aires no podían 
admitirla bajo ningán concepto. El doctor Mateo Magari- 
fios fué quien tom'ó la palabra sosteniendo esos principios, 
y encarándola desde ese punto de vista, «habló con elocuen- 
cia tempestuosa, dominando con su palabra á la Asam- 
blea». ^^^ El rechazo del comisionado de la Junta del 25 
de mayo fué resuelto en seguida. En este sentido fué, pues, 
la resolución del aibildo abierto; ella decía: « que entre- 
« tanto la Junta no reconociese la soberanía del Consejo 
« de Regencia que había jurado el pueblo, no podía ni 
« debía reconocer la autoridad de la Junta de Buenos 
^ Aires, ni admitir pacto alguno de concordia ó uni- 
« dad ». ^) 



(1) Relación de los servicios del doctor Magariños, citada por Bauza- 

(2) Acta del cabildo abierto, del 15 de junio de 1810. (Archivo Na- 
cional). 



láÓ EETI8TA HISTxÍrIOA 

De esta declaración fué portador el mismo doctor Passo, 
quien se embarcó inmediatamente para Buenos Aires, 
quedando desde este momento completamente desvincula- 
do Montevideo de la capital. 

Las noticias de la resolución que adoptara el Cabildo, 
s^uramente debían U^r á aquella ciudad antes que fue- 
sen confirmadas por el mismo comisionado Passo. Es así, 
que la Junta de Mayo, comprendiendo toda la importancia 
del resultado de la asamblea á verificarse, sin conocer su 
resultado, se adelantó dirigiendo una óltiraa nota al Cabil- 
do de Montevideo, sin prever, que cuando ella libase á 
su destino, sus habitantes habrían ya definido su actitud 
con respecto á la autoridad de que ellos se creían investi- 
dos, (lí Dicho oficio iba concebido en los siguientes térmi- 
nos: « La Junta ha sabido con harto dolor suyo que el ^oís- 
« mo y espíritu de partido de algunos malos ciudadanos, 
« han sembrado especies siniestras contra la fidelidad de 
« este pueblo (Buenos Aires) y pureza de sus intenciones. 
<^. No es digno de la Junta rebatir unas calumnias que se- 
« rán desmentidas por su conducta, pero es un deber de su 
« institución protestar á V. S., no se dexe alucinar por v¡- 
« les impostores que queriendo hacer servir á sus personas 
« los sagrados derechos del Monarca, blasfeman todo lo 
« que se aparta del interés sórdido que los anima. Exami- 
< ne V. S. despacio las causas y objetos de la instalación 
« de esta Junta; y no encontrando en ellos oposición algu- 
« na á los Augustos derechos de nuestro Monarca, despre- 
« cié los clamores con que el interfe personal grita contra 
« los privilejios de los Pueblos, lej ¡timados por las críticas 
« circunstancias del dia y por el exemplo de todas las Pro- 
« vincias de España, considerando con especialidad que el 
c interés individual preferido á la causa pública es el me- 



(1) La nota de la referencia es de fecha 16, por lo que creemos que 
fué hecha sin que en Buenos Aires se tuviere conocimionto de los su- 
cesos ocurridos en Montevideo el día anterior. 



DÉ LA tJNIVERSrDAt) Í29 

« jor apoyo de las ambiciosas miras de José Bonaparte y 
« el más fácil camino para ser subyugado de potencias 
« extranjeras que pretendan nuestra ruina ». í^) 

Esta nota probablemente no fué tomada en considera- 
ción por el Cabildo de Montevideo. Eiscrita, como se puede 
advertir fácilmente, con el propósito de destruir apreciacio- 
nes, sobre las intenciones de Buenos Aires con respecto á 
los derechos del rey sobre sus colonias en la América, 
fué enviada por la Junta de Mayo, sin que ella tuviese co- 
nocimiento de los sucesos ocurridos el 1 5 de junio y las 
declaraciones categóricas expresadas en el cabildo abierto 
de ese día. Suponemos fundadamente que no fué tomada 
en consideración por las autoridades de esta ciudad, pues 
déla compulsa que hemos hecho de los Libros Capitulares 
no aparece nada que haga sospechar ni siquiera que haya 
srdo recibida. 

S^uramente el oficio en cuestión, recién llegó á Mon- 
tevideo el 18 ó el 19 de ese mes de junio, cuando ya á 
consecuencia del fracaso de la negociación Passo, las rela- 
ciones entre la Junta de Buenos Aire» y el Cabildo de 
Montevideo habían quedado de hecho interrumpidas. 



VI 

De esta manera, pues, quedaron teruiinadas todas las 
gestiones que la Junta del 25 de mayo interpuso, á fin de 
que su supremacía fuese reconocida en Montevideo, á igual 
que otras provincias del virreinato que le habían prestado 
su pleno asentimiento. Las causas que obraron en el ánimo 
de este pueblo, evidentemente fueron múltiples. Quizás si 
Buenos Aires, en vez de adoptar una política ambigua, hu- 



(1) Manuscrito original en nuestro archivo. La nota es de fecha 16 
de junio. Como las anteriores está firmada por todos los miembros de 
la Juntado Mayo y dirigida al Ilustre Cabildo de Montevideo. 

B. H. DB LA U.— i. 



130 REVISTA HISTÓRICA 

biese declarado categóricameate sus intencioues y sus mi- 
ras tendientes á promover un movimiento separatista de la 
madre-patria, —en la forma expresa que lo hacían casi al 
mismo tiempo otras colonias de América, — el partido 
criollo que existía en Montevideo, que no trepidó un ins- 
tante en lanzarse á la lucha por su independencia al año 
siguiente, y que estaba representado en nuestra ciudad por 
el alma ardiente de Lucas Obes, de Nicolás Herrera, de 
Larraftaga y de tantos otros, habría seguramente respon- 
dido en una forma que la solidaridad de acción, entre las 
dos capitales, hubiese sido un hecho terminado. Pero la re- 
volución del 25 de mayo de 18 10, si bien señala en la his- 
toria del pueblo argentino el punto inicial del cambio del 
régimen colonial, no marca, bajo ningún concepto, el mo- 
mento histórico de su independencia y de su emancipación. 
Lejos de ello, — como lo hemos visto en las notas cambia- 
das con el Cabildo de Montevideo —sus actos todos, son 
hechos á nombre de Fernando Vil, como medios encontra- 
dos para el mejor resguardo de sus derechos sobre estas co- 
lonias. La idea de libertad, surge con el lento desenvolvi- 
miento de los acontecimientos, apareciendo todavía vaga é 
indefinida en la Asamblea de 18l;Í, hasta consolidarse y 
hacerse carne, recién en 1816, en la célebre declaratoria del 
Congreso de Tucumán. 

Encaradas así las cosas, ¿cuál debía ser la actitud de 
Montevideo, ante las instancias repetidas de la Junta de 
Buenos Aires, para que se reconociese su autoridad? Las 
dos capitales del Plata coincidían en sus manifestaciones 
decididas en favor de los inalienables derechos de España 
sobre sus colonias. No había, pues, discrepancia al respecto. 
¿Cuáles eran entonces los motivos que podían existir para 
que Montevideo se negase á la aceptación de la Junta que 
había sucedido en la autoridad virreinal, dando un pretexto 
fútil, como el no reconocimiento inmediato del Consejo de 
Regencia de Cádiz, hecho que en sí, ni siquiera — como se 
ha visto anteriormente —Buenos Aires lo desconocía? 

Para encontrar una explicación satisfactoria, tendríamos 



bÉ LÁ UNIVERSIDAD iSl 

que penetrar en el fondo de la cuestión, quizás en el estu- 
dio de las sociabilidadea que dieron nacimiento á la forma- 
ción de dos entidades, iguales en su origen, pero distintas 
por tendencias encontradas, y que en el futuro darían razón 
á la creación de dos naciones independientes. No haremos 
un examen detenido de esas causas, pero sí diremos, que es 
el sentimiento localista que nace con el primer gobernador 
de Montevideo, en 1750, que se hace patente en el cabildo 
abierto de 1808, el que va á determinar los sucesos y la 
.-ictitud de Montevideo en frente de las pretensiones de la 
Junta de Buenos Aires. Es ese sentimiento localista el que 
predomina en la declaración de junio de 1810, ese senti- 
miento innato á la tierra en que se nace y que con el tiem- 
po se transformará en espíritu de nacionalidad, el que se 
cierne en el ambiente donde se desarrollan esos aconteci- 
mientos, el mismo que empujará las masas uruguayas de 
Artigas, en la larga noche de desastres que se llamó la in- 
vasión portuguesa, el mismo que llevará á Rivera á las Mi- 
siones y que guiará el sable triunfante de Lavalleja en 
Ituzaingól 

Pablo Blancx) Acevedo. 



El cerro «Tupambay» 

al través de la hlütorla, la geografía, y la cartografía 

nacional 



Estadio dedie&do i la '^Jonta de Historia y Nomismátiea AmericaDa'' 

POR FRANCI800 J. ROS 

Miemlfro mmsponditnte de la * Junta de Historia y Numismátiea Amerieana*, de la 'Sooiedad 
Oeográfiea de Lima*f etc. 

En la República O. del Uruguay, existen dos ce- 
rros denominados «TupamUay». Uno de ellos, que 
es el que motíva este trabajo, está situado eu el 
departamento de Cerro Largo, á los 32*41' de latitud 
Sur y á 1«19* do longitud Este (1) del meridiano de 
Monteyideo. El otro estA situado en el departamen* 
tu de SCaldouado y forma parte do la cordillera de 
*Lm Animas», próxima al estiuurio del Piala. 



La nomenclatura geográfica de la República O. del 
Uruguay, está tan extensamente vinculada á los nombres 
de las innumerables acciones de guerra que en ella se han 
librado, que parece que algún genio siniestro se hubiese 



(1) La longitud y In latitud han sido tomadas en la Carta GeoR^á- 
íica de la República O. del Uruguay, del general do ingenieros don 
José María Beyes. 



J 



DE LA UNIVERSIDAD 133 

empeñado en que, ni uno solo de sus ríos, ni de sus arro- 
yos, ni de sus sierras, ni de sus valles, ni de sus cerros, ni 
de sus costas, ni de sus islas, ni de sus ciudades, ni de eus 
pueblos, se viese libre de recordar algún hecho de armas, 
ó alguna otra escena trágica de sus luchas. 

La obra fatídica de esas sangrientas vinculaciones entre 
la geografía y la historia comienza en marzo de 1516, allá 
en las playas de «Martín Chico», con la memorable masa- 
cre de Solís y sus compañeros, — que unos la atribuyen á 
los indios charrúas, y otros á los guaraníes; — la continua- 
ron, después, los conquistadores españoles;— la siguieron 
los invasores portugueses; — le prestaron su colaboración 
los piratas, los faeneros y los mamelucos; - la aumentaron las 
armadas de la Gran Bretaña; — la agrandaron los patriotas 
artiguistas;— la ampliaron los ejércitos de la independencia, 
y la hemos seguido nosotros sin miedos ni reparos hasta la 
hora presente. 

Y por eso, están escritos, en cada paso de los ríos, en ca- 
da ladera de los cerros, en cada centro de los valles, en ca- 
da escondido potrero de los bosques, en cada ciudad y en 
cada pueblo, — el nombre de una batalla, de un ataque, de 
una sorpresa, de un entrevero 6 de algún pequeño encuen- 
tro parcial, pero todos igualmente sangrientos. 

Si nos propusiéramos expresar gráficamente en una carta 
del territorio cada uno de los sitios en que se detuvo el ca- 
rro de la guerra para descargar los hitos bermejos que mar- 
can sus huellas de muerte y de horrores, tendríamos que 
apartar la vista de tan triste documento, aterrados ante el 
número de puntos rojos que, al salpicarla, preconizarían el 
recuerdo de tanto sacrificio, de tanta desolación y de tanta 
ruina. 

Lias madres orientales deben haber llorado mucho más 
que la Niobe inconsolable de la leyenda! 

Y sin embargo, — se creerá que es paradoja al oirlo: — . 
La República Oriental del Uruguay es, quizás, la única na- 
cionalidad contemporánea de la cual puede afirmarse que 



134 REVISTA HISTÓRICA 

está realizando su evolución política y su progreso, en medio 
á los acerbos dolores de cruentas luchas intestinas. 

Pueblo guerrero desde antes de su independencia, sigue 
siéndolo aán sin fatiga y sin desmayos, después de tres 
cuartos de siglo de haberse constituido en organismo libre 
y soberano. 

Su existencia tormentosa llama desde hace tiempo la 
atención del mundo; — y la llama, muy especialmente, por 
dos circunstancias bien singulares: — por lo continuado de 
sus luchas y por el adelanto evidente y asombroso á que ha 
llegado, aun en medio á este batallar sin tregua; — adelanto 
que autorizó al ilustre estadista ríograndense Assis Brazil, 
para afirmar, no hace mucho, que el país más rico de la 
América, es la República O. del Uruguay. W Afir- 
mación exacta, que fácilmente podríamos comprobar 
aquí, si la índole de este trabajo no nos lo impidiera. 

Mientras las demás repúblicas sudamericanas se acomo- 
dan cada día más, á transacciones de todo género dentro de 
las exigencias político-sociales de su vida interna, ésta, sin 
embargo, continúa irreductible en su turbulento radicalis- 
mo de bandería; y mientras las demás, á la sombra de esas 
convenientes y necesarias transacciones, gozan de los bene- 
ficios de una paz casi permanente, — ésta, no tranza ni 
quiere dirimir definitivamente su viejo pleito partidista, — 
y los descansos ó intervalos obligados con que, de cuando 
en cuando, repara las fatigas de sus lidias, son apenas, como 
los entreactos, forzosamente necesarios á los protagonistas 
de la larga y asombrosa tragedia que se está desarrollando 
en el hermoso escenario de su territorio, agraciado con todos 
los beneficios de una naturaleza espléndida., y colocado por 
la suerte en una posición geográfica excepcionalmente pri- 



(1) El doctor Assis Brazil lo dijo en un discurso pronunciado 
en Washington, rectificando al Ministro de Relaciones Exteriores de 
Norte América, que sostenía que su país era el mis rico del conti- 
nente americano- 



DE LA UNIVERSIDAD 135 

vilegiada, que parece elidida, por altísimo designio, para 
que, en ella, se construya el pórtico de la mejor y más es- 
pléndida entrada á la opulenta cuenca del Plata. 



Su última guerra civil, — que ojalá sea definitivamente 
la última, — me ha dado motivo, incidentalmente, para escri- 
bir este modesto trabajo de investigación histórico-geográ- 
fica. 

La primera alborada del año 1904, iluminó él horizonte 
con fulgores siniestros. 

Por causas que la historia aclarará y juzgará inexorable- 
mente en su hora, Beloua, — agitando en alto su roja antor- 
cha, — volvió alanzar su alarido bárbaro, estremeciendo con 
él los patrios hogares; y desde entonces y durante nueve 
meses, la sangre oriental corrió otra vez á raudales, como 
un riego maldito, sobre las fértiles y hermosas campañas 
uruguayas. 

Cinco mil ciudadanos de los más vigorosos y necesarios 
al trabajo, quedaron sepultados para siempre bajo los es- 
combros de este último desastre, que enlutó el alma nacio- 
nal, destruyó la fortuna pública por más de veinte millones 
de pesos, y embraveció las pasiones haciendo más profun- 
dos y más intensos los viejos odios partidarios. 

Entre las varias y memorables batallas que durante ese 
lapso se libraron, la más tremenda por las cifras que apun- 
tó la muerte en los diarios de campaña de uno y otro ban- 
do, fué la que tuvo lugar el día 22 de junio en las vertien- 
tes de un cerro denominado Tupambay, situado en el de- 
partamento de Cerro Largo y en el centro mismo de la re- 
gión nordeste del país. 

El nombre de este cerro, célebre ya en nuestra historia 
por haberse librado á su pie, además de esta batalla, otra, 
no menos sangrienta, en agosto de 1832 0), dio lugar, hace 



(1) La primera batalla librada en Tvpambay, tuvo luj^ar el 18 de 
agosto del año 1832. entre ha fuerzas revolucionarias al mando del 



136 REVISTA HISTÓRICA 

poco, para que mis distinguidos amigos los doctores don 
Oriol Solé y Rodríguez y don José M. Sienra Carranza, es- 
cribieran algunos citantes y eruditos artículos sobre la 
interpretación filológica de la palabra que le sirve de deno- 
minación,— artículos que todos hemos leído con una mezcla 
de deleite y de dolor, porque al saborear sus bellezas litera- 
rias teníamos que recordar, al mismo tiempo, que, tan her- 
mosas flores del ingenio, brotaban junto á la sangre, toda- 
vía sin orearse, de nuestros valientes paisanos, derramada en 
las vertientes de aquel cerro, cuyo nombre recordado por 
la fatalidad de la guerra, daba lugar á que se buscara su 
origen elimológico, afirmándose, por una parte, que signi- 
fica Visión de Dios ó cosa de Dios; y por la otra, que sig- 
nifica Limosna de Dios ó Cerro de la limosna; y en uno 
y otro caso, como traducción de la palabra guaraní Tupam- 
hae 0) 6 Tupamhaé (2). 

A mi vez, pienso de distinta manera, y á pesar del res- 
peto que me merecen las opiniones de tan ilustrados com- 
patriotas, voyá fundar mi disidencia, en este caso, buscan- 
do la verdad, al través del tiempo, —aunque con más aridez 
y menos atractivos,— para demostrar que ese cerro no se 
denomina Tupamhaé ni Tiipambaé, sino Tüpambay; 
que este vocablo no es guaraní sino un modismo misione- 
ro, cuyo significado difiere, como se verá, del que en los 
citados artículos se le dio. 



general don Juan Antonio Lavalleja, y las fuerzan del Grobierno al 
mando de su Presidente el general don Fructuoso Rivera. 

La segunda tuvo lugar en los días 23 y 23 de junio del año 1904 
entre las fuerzas del Gobierno ai mando del coronel don Pablo Ga- 
larza y las del ejército revolucionario al mando del generalísimo don 
Aparicio Saravia. 

(1) Tupamhaé es la ortografía empleada por el doctor Oriol Solé y 
Rodríguez. Véanse sus artículos publicados en «La Razón* en julio 
14,21 y 30 de 1904. 

(2) Tupambaé, es la ortografía empleada por el doctor José M. 
Sienra Carranza. Véanse sus artículos publicados en «La I(azón* 
en julio 18 y 24 de 1904. 



DE LA UNIVERSIDAD 137 

Además, en mi concepto, —y por eso he emprendido es- 
ta tarea, —aquí no se trata de una simple cuestión etimoló- 
gica, ni tampoco se trata de buscar el origen de una le- 
yenda indígena, sino de una importante investigación de 
sucesos históricos, hasta ahora no estudiados y que tienen 
que ilustrar, necesariamente, un período casi desconocido 
para nosotros. 

En otro trabajo, que tengo en estudio, trataré de am- 
pliar lo que en éste apenas dejaré esbozado. En él me 
propongo incorporar á nuestra historia un personaje hasta 
ahora ignorado y sobre cuya existencia remota busco hace 
tiempo noticias y documentos que justifiquen la opinión 
que he formado á su respecto. Me refiero al padre José 
Días, muerto en marzo de 1753 á inmediaciones del cerro 
Tupambay y á quien en el curso de este ligero estudio he 
de citar más de una vez. 

Expuesto así, en pocos rasgos, el móvil y origen de este 
trabajo, y antes de entrar resueltamente al fondo del asun- 
to, ha de permitírseme, que, previamente, divague un poco 
sobre algunos puntos de geografía histórica, porque quizás 
ellos puedan contribuir al fin que me propongo, de buscar 
la verdad de acontecimientos que ya distan muchos años 
del presente. 



n 



La antigua geografía sudamericann adolece de muchos 
errores, así en sus detalles orográf ico-hidrográficos, como 
en lo que se refiere á la nomenclatura de los lugares, á la 
definición de las cosas, al cálculo de las distancias y á la 
fijación astronómica de las localidades. 

EIsos errores, en el andar del tiempo, han contribuido á 
fomentar muchas y largas discusiones, — desde las más tras- 
cendentales, que afectaron la paz y las buenas relaciones 
internacionales entre las cancillerías hispano-portuguesas 
primero, y las de sus sucesores más tarde, — como conse- 



138 REVISTA HISTÉRICA 

cueucia de la revolución de 1810, — hasta las más humil- 
des, de investigación histórica y de índole pui'amente cien- 
tífica, — pero no por eso menos interesantes para el hombre 
de estudio. 

Las causas que fuera del orden político han generado y 
dilatado muchas de las controversias, hay que buscarlas, en 
parte, en las imperfectas ó exageradas descripciones geo- 
gráficas, á las veces fabulosas ó novelescas; y en parte, en 
las deficiencias de la cartografía de los primeros años del 
descubrimiento y conquista de estos países. 

Habitada entonces la América por gentes cuyos idiomas 
y dialectos eran tan completamente desconocidos para los 
conquistadores, como su origen, su historia y sus hábitos, 
y siendo casi todas las lenguas bárbaras que en ella se ha- 
blaban, expresadas con sonidos guturales, nasales y aspi- 
raciones, era muy difícil percibir con claridad el número de 
sílabas de cada palabra y el valor de cada letra, sobre todo 
en las terminaciones; y era más difícil aún, diferenciar los 
idiomas, de los dialectos, y traducir fielmente esos sonidos 
con los abecedarios de los europeos (O, quienes, por lo gene- 
ral, y salvo raras excepciones, eran obscuros hombres de ar- 
mas y aventuras, de escasa ilustración, y por consiguiente 
poco preparados para darse cuenta de los complejos proble- 
mas de índole geográfica, etnológica y filológica que for- 
zosamente se les presentaban, y los cuales tenían que ser- 
les malamente explicados por los aborígenes en idiomas pa- 
ra ellos desconocidos. De ahí que no pudieran legarnos cons- 
tancia verdadera y perdurable de los datos y observaciones 
que obtuvieron directamente en el terreno, ó de los natura- 
les, en cada país conquistado. 

Cada cual llamó á las cosas como las entendió, sin otro 



(1) Azara refiriéndose á los charrúas, dice que tenían «una lengua 
particular diferente de todas las otras* y U»n f^utural» que el alfabeto 
español no puede expresar el sonido de sus sílabas». V. «Viajes», 
cap. 10. 



DE LA UNIVERSIDAD 139 

intérprete que su propio oído, ineducado para percibir 
bien y claramente, al través de aquellos raros, nuevos y di- 
fíciles idiomas, el valor fonético de sus extrañas sonorida- 
des. 

8i á esto se agrega, que en las expediciones europeas, ve- 
nían mezclados, hombres de diversas nacionalidades, que 
hablaban el español, el portugués, el alemán, el italiano, el 
francés, el inglés y el holandés, — y que fueron ellos quie- 
nes construyeron los primeros mapas, quienes escribieron 
las primeras crónicas y narraciones históricas, quienes es- 
bozaron las primeras descripciones físicas de los nuevos 
territorios, y quienes tradujeron las primeras palabras bár- 
baras que oyeron á los habitantes de aquellos pueblos, 
virtiéndolo todo á sus respectivos idiomas, - entonces se 
concibe fácilmente el origen del enorme cúmulo de du- 
das que sobre todo esto nos liaron aquellos años ya le- 
janos de exploraciones intranquilas, que, empujadas por la 
ambición de gloria y de fortuna, estremecieron las numero- 
sas naciones indígenas en cuyo seno penetraban con vio- 
lencia para alterarlas y transformarlas al influjo de la cruz 
y de la espada. 

Y también se explica, como consecuencia de todo esto, 
que, más tarde, nos hayamos visto obligados á descifrar los 
jeroglíficos del pasado con nuevos procedimientos, y á des- 
pejar, una por una, las innumerables ecuaciones que nos 
plantearon los errores y las deficiencias de aquellos hom- 
bres; - ecuaciones cuyo despejo se exige, cada día más, en 
nombre de la ciencia moderna, que si bien acepta y nece- 
sita las galas de la imaginación y de la frase para embelle- 
cer las ideas, no se contenta sólo con eso, sino que quiere la 
investigación paciente y laboriosa, la afirmación documen- 
tada y la demostración analítica de las rectificaciones ó de 
las interpretaciones con que hay que exponer la verdad, 
para que se destaque vigorosamente sobre el fondo bru- 
moso del error pretérito. 

Por otra parte, no debemos olvidar que una de las ma- 
yores dificultades que para el europeo presentaban las len- 
guas americanas consistía en la parte fonética. 



140 REVISTA hist(5rica 

Uua misma palabra oída por los españoles, 6 por los 
portugueses, ó por los alemanes, etc., era, después, escrita 
por cada cual de diferente manera, para traducir las impre- 
siones del sonido con las letras que en los alfabetos de sus 
respectivos idiomas juzgaban ellos equivalentes á la sensa- 
ción recibida al oírlo. 

A veces, sin embai'go, coincidían en dar á la palabra el 
mismo sonido al vocalizaría, aunque hubiera sido escrita 
con distintas letras, como sucede, por ejemplo, con el nom- 
bre de nuestro rio Yi, que los españoles lo escribieron con 
Y griega é i latina, y los portugueses con (r y con y griega, 
— Gy —sonando no obstante, en boca de anos y de otros, casi 
del mismo modo. Pero, quiero dar otros ejemplos, sin salir 
del reducido sector en que necesariamente tiene que desen- 
volverse este humilde trabajo, porque dentro de él me pro- 
pongo demostrar con el apoyo de la cartografía y de la geo- 
grafía histórica el verdadero nombre del ya, por dos veces, 
tristemente célebre cerro Tüpambay, denominación geográ- 
fica que desde hace algunos años ha degenerado en Tu- 
pambae y Ttipambaé; y así, pues, continuaré este pesado 
preámbulo antes de entrar de Heno al fondo del asunto, 
recordando algunos casos que comprueban la anarquía de 
los antecedentes históricos de los diversos nombres que á 
una misma cosa les dieron los primeros exploradores, y para 
sacar en consecuencia, que, si los que presentan esos carac- 
teres de diversidad, no pueden ni deben aceptarse definiti- 
vamente, sin una previa investigación histórica, — en cambio, 
no están en el mismo caso los que fueron escritos del 
mismo modo y en diversas épocas lejanas, por hombres de 
distintos idiomas, y que, por consiguiente, los consagraron 
para siempre y desde su remoto origen con el sello perdu- 
rable de la verdad. 

En este caso, considero la denominación Tüpambay dada 
á este cerro; — y su confirmación, pienso que ha de traer 
más adelante muy importantes y luminosas revelaciones 
para la historia de nuestro país, que, sin duda alguna, está 
todavía por escribirse. 



bE LA UNIVERSIDAD l41 

tero prosigamos: 

El célebre Ulrieh Schmideí, uno de los más inteligentes 
exploradores del siglo xvi, en su «Viaje al Río de la Plata», 
escrito con las observaciones de veinte años ( 1534-1554 ), 
llama á «Don Pedro de Mendoza», que fué su jefe y com- 
pañero, Tom Pietro Manthosa; 0) á los «charrúas^ les 
llama Zechuriiasg; (2) á los «chañas», Zechennaus; v3) á 
los «guaraníes», barenis; ^^) al «Río Paraguay», Para- 
boe; (5) y a-^í, de esta manera escribe los nombres de gran 
número de cosas, personas y lugares, en su interesante his- 
toria, porque, sin duda alguna era la traducción, que, con 
arralo á su idioma, creyó que correspondía á las sensacio- 
nes recibidas por su oído. 

El nombre de «Montevideo», que como se sabe, en su 
origen fué Monte-vidi según unos, y Moníe-vi-ev según 
otros, en algunos mapas del siglo xviri se escribió Monte- 
Seredo, según lo consigna el P. jesuíta Cayetano Cattaneo 
en carta escrita á su hermano José en 18 de mayo de 1729 
desde la ciudad de Buenos Aires. ^6' Y Francisco de Albo 
en su «Viaje y Derrotero» dice que le llamaban Sa/nto 
iridio; y en el planisferio anónimo de Weimar atribuido á 
Alonso de Chaves se le denomina Buendeseo. 

El «Río Uruguay», que en el mapamundi de Gaboto se 
llamó Jordán, Diego García en su Memoria de Nav^ación 
le llamó Ouruay en 1520; en el planisferio de Di^o Ri- 
bero de 1529, se denominó áe Uruay; en el mapamundi 
de Gaboto de 1554 se denominó Huruay; en tanto que 
en la carta de fray Juan de Rivadeneyra de 1581, se le 



(1) Ulrieh Schmideí «Viaje al Río de la Plata». Edición de la Junta 
de Historia y Numismática Americana, página 140. 

(2) ídem ídem, pág. 146. 

(3) ídem ídem, pág. 166. 

(4) ídem ídem, pág. 151. 

(5) ídem ídem, pág. 152. 

•^ (6) V. La Eevtsta de Buenos Áiresy tomo ix, páginas 78 á 82. 



iiÚ REVISTA HIST(ÍrICA 

llamó Oroy, y en el mapa de Abrahan Ortelius de 1587 
Urualt; como en el de Guillermo Delislede 1 700, Uraguay; 
y podría s^uir citando muchos otros ejemplos cartográficos 
de este solo caso si no temiera hacer más pesado este es- 
tudio. 

A los mismos «charrúas» á quienes Schmidel llamó 
zechuruass en 1515, Diego García les denominaba chor- 
rruaes y charruases en 1520, en tanto que el arcediano 
del Barco Centenera, que fué el primero que dijo que nues- 
tro río «YÍ5» se llamaba Hum, les denominó charruahas 
en una de sus octavas del canto X, y para que no se crea 
que seojejante ortografía haya sido una mera licencia poé- 
tica impuesta por las necesidades métricas del verso, en 
otra octava, la repite diciendo : 

• Otra C08tumbre tienen aun mas mala 

c Aqueates «charruahaes» que en muñendo. • .> etc. 

Y luego la vuelve á repetir en otras. 

Pero sería interminable el número de ejemplos que po- 
dría recordar, sin salir de los límites de nuestro país. 

En cambio, muchos nombres geográficos de nuestro te- 
rritorio fueron escritos de la misma manera por los espa- 
ñoles y por los portugueses, algunos de los cuales se han 
conservado en toda su integridad por más de una centuria, 
aunque después hayan sido alterados por nosotros, por cau- 
sas que, en cada caso concreto, demandan su correspon- 
diente explicación. 

Así, por ejemplo, nuestro actual Marmarajd fué llama- 
do Baumarahatej y el Aigud se denominó Aleiguá por 
las Comisiones de límites españolas ^1) y portuguesas (2) que 



(1) V, Cap. VI del Diario de la Segunda Comisión de Limites, por 
el segundo comisario y g:eógrafo don José María Cal ver. M. S. exis- 
tente en la Biblioteca ^Nacional, año 1783. 

V. Memoria de Oyarvide, pág. 293, tomo VIII de la «Colección de 
Tratados de la América Latina^, por C. Calvo. 

(2) Diario para os commísarios, astrónomos e geógrafos da pri- 
meira tropa. ColleeQoo de Noticias para a historia e geografía das 
nances ultramarinas, ano 1753. Publicada pela Academia Real daa 
Soiencias, tomo Vil, pág. 56. 



DÉ LA UNIVERSIDAD l4^ 

estudiaron geográficamente gran parte de nuestro país, con 
motivo de los trazados ranvenidos en los tratados de los 
años 1750 y 1777. 

En el mismo caso de estos últimos ejemplos se encuen- 
tra el cerro Tüpambay, que con este nombre fué conocido 
en la historia, en la geografía y en la cartografía, así como 
también por las gentes de aquellas campañas, hasta que el ge- 
neral don José María Reyes, en su «^ Descripción Geográfica 
de la República*, lo alteró inconscientemente por el de 
Tupambae, que emplea sin seguridad alguna, y sin que im- 
porte rectificación á la ortografía antigua, como lo demos- 
traré más adelante. 

Desde entonces, la nueva denominación dada por Reyes, 
ha sido, á su vez, modificada por la de Tupambaéy aun- 
que no en todas las cartas, ni en todas las geografías de la 
República, pues en algunas de ellas, editadas en estos úl- 
timos años, se le sigue llamando Tüpambay. 

Y expuestas estas ideas previas que he creído necesarias, 
entro resueltamente :il fondo del asunt ) y p Iíío a estudiarlo 
desde su punto de vista histórico. 



III 



El documento más antiguo que conozco referente al 
CERRO TcPAMBAY, ticuc la ya remota fecha de 28 de enero 
de 17ri3. Un poco más de un siglo y medio. 

E¡se día, las Comisiones demarcadoras de los límites his- 
pano-portugueses, que trazaban sobre el terreno la línea 
divisoria que, por el tratado de 1750, debía separar, en esta 
parte de América, los dominios de España y Portugal, re- 
gistraron en el Diario, llevado en portugués, la siguiente 
anotación: 

« Siguióse la marcha por la cima de los cerros del arro- 
€ yo Ventura Silveyra, que se introduce en el río Negro, 
« quedando la línea divisoria en la cumbre de la loma más 
c elevada que está al extremo de estos cerros, y por la 



144 REVISTA HTSTX^RTCA 

« parte de Portugal príncipian las aguas del Tacuarí, que 
« se introduce en el CeboUatí í^) acampando en un plano 
« fuera de la línea divisoria á más de media legua, donde 
« principian las aguas del arroyo del Tupambay, to- 
« mando este nombre por pasar por la falda de este 
« monte. . . » (2)^ eta 

Era, pues, el cerro Tüpambay el que daba nombre al 
arroyo que corre á su pie. 

Para dar una idea de la importancia que tiene la orto- 
grafía empleada en este Diario, para designar el nombre 
del arroyo y cerro citados, debe recordarse que los artículos 
25 y 26 del tratado que se estaba interpretando práctica- 
mente sobre el terreno, en nombre de los soberanos de His- 
pana y Portugal, dicen textualmente así: 

« Artículo 25. Los comisarios, geógrafos y demás per- 
« sonas inteligentes de cada tropa, irán apuntando los rum- 
« bos y distancias de la derrota, las cualidades naturales 
«: del país, de los habitantes y de sus costumbres, los ani- 
« males, plantas, frutos y otras producciones; los ríos, h- 
« gunas y otras circunstancias, poniendo nombres de co- 
« mún acuerdo á los que no los tuviesen, para que vengan 
« declarados en los mapas con toda claridad; y procurarán 
^ que su trabajo no sólo sea exacto por lo que toca á la 
« demarcación de la línea y geografía del país, sino tam- 
« bien provechoso por lo que respecta al adelanto de las 
« ciencias, la historia natural y las observaciones físicas y 
« matemáticas *. (3) 



(1) Eataban equivocadas las Comisiones, pues el Tacuarí no desem- 
boca en el CeboUatí sino en la Laguna Merín. Este error se explica, 
porque las Comisiones adn no habían explorado aquella parte del te- 
rritorio. 

(2) Galleado de Noticias para a historia e geografía das na^es u/- 
tramarinas que viven nos dominios portugueses ou Ihes sao visinhas, 
publicado pela Academia Real das Bciencias, tomo VII, pág. 64. 

(3) Coludo de Noticias cit , tomo VII, pág. 18. 



D£ LA UNIVERSIDAD 145 

'El articulo 26, con toda previsión, disponía que: « E}1 

« cuidado de apuntar todas las referidas noticias, se distri- 

•« huyera entre diferentes personas de ambas naciones, con- 

< forme á bu capacidad y propensión, á fin de que las lia- 

< gan más exactas y con menos trabajo >. 0) 

Estos dos artículos nos revelan, cuan digna de respeto, 
:por su exactitud, tiene que sernos la denominación con que 
se registró en ese Diario el nombre del okrro Tüpambay, 
•en aquella fecha ya lejana. 

Elste nómbrelo tenía ya, por consiguiente, en el año 1753. 

Pero, ¿desde cuándo? —¿Quién se lo dio? —¿Qué signi- 
ficaba? 

Trataremos de investigarlo. 

Pero antes, intentemos, primeramente, bosquejar á la li- 
gera y en pocos rasgos, cuál era el estado de esta parte del 
país en aquella época; y digamos con qué nomenclatura geo- 
gráfica se encontraron las Comisiones demarcadoras de 
límites, que fueron las primeras que, — al menos oficial- 
mente y sin reservas,— emprendieron en esta región un es- 
indio topográfico del territorio, para trasladar después al 
papel la expresión gráfica de los detalles orográfico-hidro- 
gráfícos de nuestro hermoso suelo, hasta entonces sólo re- 
corrido por los aborígenes, los audaces «changadores» ó 
«faeneros», los piratas que frecuentaban el litoral oceánico, 
los depravados mamelucos, y también, y mejor que todos 
s^uramente, por los Padres jesuítas, de las misiones al 
oriente del Uruguay, que entonces constituían un poderoso 
-foco de civilización que irradiaba su luz cristiana sobre la 
tierra charrda, deslumhrando con sus destellos a tray entesa 
nuestros indios, más dóciles á los consejos del Evangelio 
-que á las imposiciones del arcabuz y de la espida, como lo 
demuestra la efímera existencia que tuvieron los centros 
fundados por la fuerza, y el desarrollo creciente y expansivo 
que adquirieron los pueblos misioneros, cuya influencia se 
liizo sentir hasta la margen oriental del Estuario del Plata,. 



(1) CoUepao de Noticias cit., tomo Vil, pág. 19. 

B. H. DB LA U.— 10 



146 REVISTA HISTÓRICA 

comprobáudose este aserto, entre otros antecedentes^ con la 
nomenclatura geográfica encontrada en eJ interior, que per- 
petuaba en el cristal de las aguas y en el dorso pétreo de 
las sierras, los nombres del Santoral y el rastro evideute^ 
del paso del audaz y estoico predicador de la Compañía 
que, á la vez, dejaba también escrito en los cerros y en los^ 
arroyos el recuerdo de sus medios de seducción hábiles y 
humanos, como lo comprueba, á mi juicio y según lo vere- 
mos después, el nombre mismo del cerro que motiva este 
trabajo. 

Los charrúas, como los minuanes, — de quienes se han 
dicho tantas cosas, que están por probarse; y de quienes 
aún no se han dicho muchas otras que conviene conocer, — 
parecen haber sido tan accesibles y dóciles á las sugestio- 
nes bondadosas y persuasivas, como indómitos y terribles 
á toda imposición violenta. 

Y así fueron, generalmente, las diversas tribus que po- 
blaban lo que se llamó «Banda Oriental». 

Basta sólo recordar el afable recibimiento que nuestros 
huraños indígenas hieron en el siglo xvif al segundo go- 
bernador de Buenos Aires, el suave don Francisco de Cés- 
pedes, quien, según cuenta la historia, encontrándoles en 
buena disposición para oiría doctrina cristiana, encomendó- 
esa tarea á fray Bernardo de Guzmán, el cual con algu- 
nos compañeros de su orden, obtuvieron resultados satis- 
factorios. 

Además, es cosa que ya no puede ofrecer duda, que 
verdaderos exploradores geógrafos, disfrazados de misio- 
neros, ó realmente misioneros geógrafos, al conocer el res- 
[>eto que éstos inspiraban á los indios, recorrieron, repe- 
tidas veces, esta parte del territorio, reconociéndole pre- 
viamente, para apoderarse, sin duda de él después coa 
más facilidad por medio de las armas si necesario fuese, segúu 
lo sospechaba Felipe V al darle noticia del hecho el goberna- 
dor de Buenos Aires en los primeros años del siglo xvnr. 
Para convenir en esta sospecha y aceptarla, basta re- 
cordar la copiosa cartografía que existía ya del territorio- 
que hoy pertenece á la República Oriental del Uruguay^ 



DE LA UNIVERSIDAD 147 

Sin contar el planisferio anónimo de Weimar de 1527, 
atribuido á Alonso Chaves, que ya dibuja el perímetro ár- 
eifinio de nuestro territorio; ni el planisferio de Di^o Ri- 
bero de 1529 que aumenta la nomenclatura del anterior; 
ni el mapamundi de Sebastián Glaboto de 1544 que la 
amplía un poco más; ni el mapa muy imperfecto del P. 
Rivadeneyra dé 1581; ni el de Abrahan Orteluis de 1587, 
que puede considerarse el primer dato serio de esta inci- 
piente cartografía; ni el de la extremidad austral de la 
América del año 1600, atribuido á Ruy Díaz de Guz- 
inán, (1) — podemos citar, como comprobación de la exis- 
tencia de importantes trabajos topográficos en nuestro te- 
rritorio, el primer mapa del Paraguay construido por los 
jesuítas entre los años 1646- 1650, que fué dedicado al 
P. Carrafa, general de la Compañía de Jesús, en el que 
ya figura el perímetro del Uruguay, con el curso de los 
ríos Tebiquary y N^ro, así como muchos de los afluentes 
del estuario del Plata hasta el arroyo de Solís Grande 
actual; — y el mapa de Guillermo Delisle del año 1700 
que perfecciona el anterior; y el s^undo mapa del Para- 
guay construido por lorj jesuítas en 1722, que fué dedica- 
do al Padre Tamburini, XIV general de la Compañía, en el 
que ya se detalla una buena parte intenta de nuestro país; 
y el mapa del Paraguay, también construido por los je- 
suítas en 1730 que aumenta los detalles de nuestra oro- 



' (1) Después de escrito este trabajo, he tenido ocasión de leer un eru- 
dito estudio de mi ilustrado amigo el doctor Daniel García Acevedo 
sobre el mapa inédito de Ruy Díaz de Guzmán,— cuyo original se en- 
cuentra en el Archivo General de Indias, en el estante 70, cajón 2.^^ 
legajo 10;— y después de imponerme de tan interesante como valiosa 
• Conlribueión al estudio de la cartografía de los países del Río de la 
Piaia^, declaro, que ya no cabe decirse, al hablar de ese mapa,— 
•atribuido á Ituy Diax de Ouzmán*— sino que, debe decirse con toda 
certidumbre: *de Ruy Díaz de Quxmán^^ pues el doctor Gnrcfa Ace- 
vedo ha conseguido comprobar que el original aludido os el que 
acompañaba al texto de la «Argentina» y con ello ha prestado un 
relevante servicio á la historia americana. 



148 REVISTA HISTÓRICA 

grafía é hidrografía; y el tercer mapa, también del Para- 
guay, construido por los mismos jesuítas en 1732, dedicado 
al padre Francisco Retz, XV general de la Compañía, que 
perfecciona el anterior; y el de 17153 por D'Anville que 
enriquece los detalles de los precedentes,— lo mismo que 
debe recordarse otro mapa del Paraguay, de los jesuítas, 
construido en 1734, que adelanta más el conocimiento in- 
terior del Uruguay; — y el que levantó el jesuíta Quiroga 
del territorio de las Misiones, determinando con prolija 
exactitud la posición geográfica de los treinta pueblos de 
esas Misiones y de las ciudades de la Asunción, Corrientes, 
Santa Fe, Colonia, Montevideo y Buenos Aires, comple- 
tándolo con los datos que le suministraron los padres de la 
Compañía; — y el mapa de la América Meridional de 
D'Anville de 1748 que perfecciona todos los anteriores; 
y el mapa del padre jesuíta Pedro Francisco Javier de 
Charlevoix, del Paraguay y los países adyacentes; y el 
célebre mapa de los confines del Brasil con los de la -Coro- 
na de España en la América Meridional, que tiene fecha 
de 1749 y con el cual se pactó el tratado de límites firma- 
do en Madrid el 13 de enero de 1750, para el trazado de 
la línea de que nos estamos ocupando en esta monografía. 

Se ve, pues, cuan recorrido había sido j'a el interior de 
nuestro país en la época de que nos ocupamos; pero de 
cualquier modo, y desde que el fin que ahora me propon- 
go, no permite dentro de sus límites analizar puntos que 
le son ajenos, convengamos en que, en la historia de la 
República Oriental del Uruguay, existe un gran vacío que 
hay que llenar con serias y arduas investigaciones, y que 
por ahora y entretanto, está ocupado por la fábula 6 el 
misterio del silencio. 

Lo que ocurrió en nuestro territorio desde la venida de So- 
lís hasta el momento en que nos encontramos con el Diario 
de la Primera Demarcación de Límites, en la víspera de la 
célebre Guerra Guara nítiea, puede decirse que está por es- 
cribirse. Y lo que es más: que está por investigarse; porque, 
como lo ha dicho con razón el profesor R R. SchuUer en su 



DE LA UNIVERSIDAD 149 

prólogo á la «Geografía Física y Esférica de las Provincias 
del Paraguay y Misiones Guaraníes, por el sabio Félix 
de Azara», — <^ cuantos se han propuesto hacerlo lo hanhe- 
« cho en vano. Los charrúas siguen, todavía, siendo enigmas 
« en la etnografía de la .cuenca del Plata, como lo eran, y co- 
« mo lo son hasta el momento ». 

Y para explicar por qué está todavía en blanco esa in- 
teresante página de nuestra historia, el citado profesor 
agrega, con severa franqueza, que «ese vacío hay que atri- 
« huirlo á la poca escrupulosidad con que se procede en in- 
<c veetigaciones científicas de tanta trascendencia, ó á la falta 
V*: de conciencia que requiere el estudio de la etnología y 
<£ al hecho de carecer en absoluto de discernimiento y de 
<: previa instrucción que, basada en sólidos conocimientos 
« científicos y literarios en la materia referida, es indis- 
^ pensable á todos los que se preocupan del estudio del 
« hombre americano.» W 

Aunque este lenguaje resulte duro, tenemos, sin em- 
bargo, que conformarnos con él. Quizás hubiese podido 
suavizarlo un poco si hubiera recordado que estos pueblos 
del Plata han pasado gran parte de su existencia entrega- 
dos á otra clase de preocupaciones y actividades casi ex- 
eluyentes de la tranquila meditación de gabinete, y que re- 
cién empiezan á conseguir un relativo sosiego para poder 
entr^arse á esta clase de pacientes estudios. 

Pero, en todo caso, bueno es tener presente esa crítica 
para reaccionar de inmediato de la costumbre hasta aquí 
s^uida por muchos de ir copiándose los unos á los otros, 
y para entrar resueltamente, cueste lo que cueste, y aún 
cuando se cometan errores, en la investigación previa, que 
es obra de paciencia y de dedicación laboriosa y abnegada. 

Entretanto, debe considerarse meritoria y digna de en- 
comio, toda rectificación sensata y fundada, que venga á 



(1) R. R. ScHULLER. Prólogo á la «Geografía Física y Esférica de 
las provincias del Paraguay y Misiones Guaraníes, por don Félix de 
Azara», página 12. 



150 REVISTA HISTÓMCA 

desvanecer una duda, á destruir una fábula ó que contri- 
buya á evidenciar una verdad puesta en discusión. 

Si es cierto que de los charrúas y otros indios que habi- 
taron en esta parte oriental del Uruguay, apenas nos han 
quedado algunos pocos elementos de juicio, esos pocos, y 
precisamente por eso, debemos conservarlos íntegramente, 
sin que se desfiguren con extraviadas interpretaciones; por 
eso considero meritoria la rectificación que hace el doctor 
SchuUer, á la afirmación de que los charrúas no eran ca- 
noeros, cosa que demuestra con una cita de Pedro López de 
Souza, que dice: que «al ll^ar á Montevideo los vio venir, 
unos á nado y otros en canoas-», Y esta cita pudo refor-. 
zarla todavía con Pigaffeta, (1) con Herrera (2) y con Diego 
García, <3) que lo demuestran acabadamente. 

Hay, pues, necesidad de restablecer la verdad histórica 
de lo poco que por ahora se conoce; hay que buscar lo que 
todavía se ignora respecto á la vida y costumbres de aque- 
llas gentes que desaparecieron para siempre entre las som- 
bras de la muerte; y hay que ir reconstituyendo los acon- 
tecimientos que durante ese lapso tuvieron lugar, como se 
reconstituyen en paleontología los esqueletos de otras eda- 
des. 

Por lo que á nosotros respecta, lamentamos no poder 
contribuir como deseamos á tan noble tarea, porque nues- 
tra humildad científica de meros aficionados á estudios 
de esta índole no nos autoriza para abrigar esa pretensión; 
y además, los estrechos límites de una monografía como 
ésta sólo nos permiten trazar los grandes rasgos, los más 
estrictamente necesarios, para conducir la idea que quere- 
mos exponer hasta el término de un esclarecimiento lógico. 

Por eso, reanudando la oración, he de contentarme 
con decir que cuando las Comisiones demarcadoras 
llegaron á su punto de partida, en la ensenada de Cas- 



(1) Primo viaggio in torno al Globo. Libro I, página 22. 

(2) Historia de las Indias Occidentales. Década II, Libro IX. 

(3) Memoria de Navegación, año 1527. 



DE LA UNIVERSIDAD 151 

tillos Grandes, la entonces «Banda Oriental» ó «Vaquería 
-de Buenos Aires», sólo contaba con cinco centros de civi- 
lización, algunos de ellos de escasísima importancia: «Santo 
Domingo Soriano^, fondado en 1624; las capillas de «Ví- 
íboras» y «Espinillo» poco después de aquél y como aquél 
por fray Bernardo de Guzmán y sus cuatro compañeros 
•de la misma orden; la «Colonia del Sacramento», por los 
portugueses en 1680 y la ciudad y Plaza Fuerte de «Mon- 
tevideo» en 1727 por don Bruno Mauricio de Zabala, con 
un gobierno político y militar, cuya jurisdicción sólo alcan- 
zaba hasta Cufré, Pan de Azúcar y la cuchilla Grande. 

El resto del dilatado territorio, que desde las márgenes 
del Uruguay, el Plata y el Atlántico se extendía hasta los 
indecisos límites con las. posesiones portuguesas, estaba in- 
mensamente poblado de ganados vacunos y caballares, — re- 
producción asombrosa ue los cien bovinos y de las dos ma- 
madas de yeguas que Hernandarias de Saavedra había 
mandado introducir en nuestros fértiles campos, durante 
•el primer cuarto del siglo xvii, — para convertirlos así en 
opulenta deheza de los habitantes de la margen occidental 
del Plata; y sin pensar que su enorme fecundidad había de 
ser causa, más tarde, de nuestra vocación económica, de pue- 
blo esencialmente pastoril. 

Con los ganados convivían las fieras salvajes, que llega- 
ron á sumar cifras aterradoras, á las que había que agregar 
las numerosas jaurías de perros cimarrones que recorrían 
las campañas en toda dirección. 

De estos fértiles campos, y de estos incontables gana- 
•do8,8Ólo disfrutaban los pocos indios que al mediar el si- 
glo xvni habían quedado en ellos, y los «faeneros» con 
<)uienes se juntaban para negociar los cueros secos con los 
•contrabandistas que entraban por los afluentes del Lago 
Merín, ó con los piratas que frecuentaban los puertos de 
Maldonado y de Castillos. 

Los lugares, los arroyos y las sierras que entonces te- 
tiían nombre, eran pocos; — y de ellos, los más, — por una 
ú otra circunstancia, — los debían á los individuos que los 



152 REVISTA HISTÓRICA 

recorrían haciendo esa vida azarosa; ya porque durante al- 
gún tiempo, establecieran su permanencia en un punto, (y 
porque lo elegían para explotar en él su peligrosa industria. 
Otros eran conocidos por el nombre de algán santo, puesto^ 
sin duda, por los misioneros que recorrían furtivamente las 
campafias. 

La nomenclatura indígena era la más escasa; muy par- 
ticularmente en la parte Este y Nordeste. Si acaso existió 
en mayor número, pocos fueron los lugares que la conser- 
varon. 

Las mismas Comisiones demarcadoras lo comprueban 
en su referido Diario, al empezar sus trabajos en Castillos,, 
diciendo que «estaban los dos campamentos rodeados de 
« montes y no hay ninguno que ter.ga nombre, sino el cerro 
c de Navarro y el de Cafalote (Chafalote), á los cuales, co- 
« mo á todos los demás montes y casi la mayor parte de 
« los arroyos les dieron nombre los que venían á hacer 
« cuereadas en estos campos, que estaban muy poblados de 
« ganados, no habiendo quedado noticias de los nombres 
« que les dieron los indios que han poblado estepaü^J^^ 

Nótese, que refiriéndose á los indios, el Diario dice: 
<^que han poblado estepaüt^ y no que lo poblaban en ese 
momento. 

Y efectivamente: en todo el largo trayecto que recorrie- 
ron las Comisiones, desde la Ensenada de Castillos, siguien- 
do por la cumbre que vierte aguas al Plata y al Lago Me- 
rín, hasta encontrarla cuchilla Grande, y por ésta,- -en 
la divisoria de las aguas al mismo Merín y al río Ne- 
gro, — solo vieron, á lo lejos, algunos indios minuanes y al- 
gunos tapes. 

¿Dónde estaban los charrúas en 1753? 

Tengo que dejar la pregunbi sin respuesta en este lige- 
ro estudio, porque para satisfacerhi de inmediato me aleja- 
ría demasiado de la línea que dcj^eo seguir. 

Sólo diré, que en este momento histórico, los charrúas 



(1) ColleQáo de Noticias cit, tomo VII, pág. 47. 



DE LA UNIVERSIDAD 153 

no estaban en la zona Este j Nordeste del territorio que 
hoy es de la República Oriental del Uruguay. 

Ni el rastro de ellos encontraron las Comisiones en su 
largo itinerario y en su dilatada permanencia de varios 
meses en la región que atravesaban. 

Y no solamente los charrúas habían desaparecido, sinO' 
también sus aliados los minuanes, de los cuales, apenas, 
como he dicho, pudieron divisar á la distancia alguno que 
otro grupo pequeño. 

¿A qué respondía este éxodo de gentes que no conocieron 
el miedo, ni contaron jamás el número de sus enemigos en 
la guerra? 

¿Sabían ellos acaso, que las Comisiones del marqués de 
Valdelirios y del conde de Bobadela, venían á partir en 
dos, la que hasta entonces era su patria común, sin otros 
límites que el mar, 6 la resistencia de una fuerza superior 
á la de ellos? 

Y si lo sabían, ¿quiénes fueron los que en el misterio de 
feus campañas les impusieron del trascendental aconteci- 
miento, y les persuadieron á efectuar una retirada silencio- 
sa y estratégica, sin oponerse desde luego, como era su 
costumbre, á los nuevos invasores que venían señalando 
con hitos de mármol, la huella de sus pasos sobre las- 
cumbres de su patria, siempre defendida? 

Esta nueva interrogación hace mirar hacia el Norte, tie- 
rra adentro, — hacia el centro entonces de una nueva y ex- 
traña civilización, donde los jefes de las tribus indígenas 
que se les sometían seguían siendo sus capitanes, y donde 
el conquistador jesuíta, para el adulto, apenas era un após- 
tol, que no le obligaba á cambiar de idioma, W sino que le 
aconsejaba y le enseñaba en el que habían aprendido de 
sus mayores, utilizándolos políticamente, como un medio 



(i) «El guaraní fué el idioma de las Misiones. No se enseñaba el 
espafiol.» (Andrés Lamas: Introducción á la «Historia de la Conquis- 
ta del Paraguay, Rfo de la Plata y Tucumán, hasta fines del siglo 
XVI, por el P. José Guevara», pág. XXXI. 



154 EE VISTA HISTÓRICA 

transitorio, pues que toda su esperanza de futuro para sus 
planes de dominación perdurable, se cifraba en el niño, y 
cuando más en el adolescente, que educado en sus col^ios, 
había de ser el verdadero conquistador, el que llevara á 
los suyos el amor de lo que había aprendido, imponién- 
dolo naturalmente. 

« Realizaba así la célebre Compañía su sabio precepto de 
no nadar contra la corriente, sino atravesándola.» (O 

Hacia aquel centro es que hay que dirigir la mirada; 
hacia aquel centro entonces poderoso, cuyos límites al Sur 
estaban planeados hasta los 32^29', — (2) más ó menos has- 
ta donde hoy se levanta el pueblo de «Nico Pérez»; — y 
en los cuales, por esta parte, era probablemente su centinela 
avanzada, en aquellos momentos, un Padre llamado José 
Días con algunos compañeros de su orden, encargados de 
hacer conocer á estas naciones indígenas los beneficios de 
aquel centro, atrayéndolas hacia él con sus consejos, fies- 
tas y tupambays. 

Allá se encontrará la respuesta. 

No había de tardar en comprobarlo un gallardo jinete 
misionero, que, salido de aquellas que podrían llamarse 
sus patrias aldeas, se presentaba escoltado por treinta bi- 
zarros compañeros, para decir, en nombre de ocho rail in- 
dios armados — y con la severa majestad del Dios Término 
€n los clásicos días de Numa Pompilio, — que traía orden 
de notificar á los demarcadores hispano-portugueses, que 
no se les permitiría pasar de allí. (3) Una de las pruebas 
del éxodo charrúa en aquella época se encuentra en el Dia- 
rio á que nos estamos refiriendo. En él sólo se hace refe- 
renda á los indios minuanes, diciendo que algunos de 



(1) Da. CouTO DE Maqalhabs. Ciitéshese de indígenas no Brazil, 
•cap. II. 

(2) Azara: «Geografía Física y Esférica de la Provincia del Para- 
:guay y Misiones Guaraníes», ap. 191. 

(3) CoUegáo de Noticiasy tomo VII, pág 77. 



DE LA UNIVERSIDAD 155 

•éstos, cuando las Comisiones estaban acampadas en Cas- 
tillos, vinieron desde treinta l^uas de distancia y les roba- 
ron cien caballos en la noche del 19 de noviembre de 1752^, 
pero que pers^uidos por los soldados españoles y por- 
tugueses de las comitivas, les tomaron á su vez ciento 
cuarenta de los de los indios, y además treinta y dos perso- 
nas, todas mujeres y niñosM) 

Después, nos hace saber que el nombre del arroyo 
«Baumarahate» (hoy Marmarajá) es de origen minuán, 
en cuyo idioma (que segíin Azara no tenía analogía algu- 
na con el de los charrfias) (2) significa Cerro-frío (3); que el 
arroyo ^Barriga Negra» se llama así, por haber encontra- 
do un hombre muerto por los minuaneSj que así le nom- 
braban. 

También nos dice que al atravesar la sierra de «Yace- 
guá» (Aceguá) se vio rastro fresco de haber estado gente 
en su cumbre, así como, que encontraron dos caballos can- 
sados y un novillo que el práctico (vaqueano) les dijo que 
eran de los indios ininuanes^ infiriéndose que sería de 
los que se recogían d las estancias pertenecientes d las 
misiones de los Padres de la Compañía de Jesús, (*) 

Ni una palabra de los charrúas. ¡Ni su sombra en los 
•campos, ni su idioma en la Geografía! 
¡Siempre el enigma! 

Y para disipar cualquier duda que pudiera abrigarse, de 
que los demarcadores no supieron distinguir á las diversas 
naciones de indios, y les llamaron minuanes á todos los de 
la región que recorrían, conviene hacer notar, que en el 
.mismo Diario, en la jornada del 14 de febrero de 1753, 
se dice que el Cerro de la Cruz (cerca de Ac^uá) te- 



(1) ColleQoo de Nolidas, tomo Vil. 

(2) Azara: «Viajes por la América Meridional», cap. 10. 8obre in 
^io8 salvajes. 

(3) Coü^o cit, tomo Vil, pág. 72. 

(4) ídem cit., pág. 70. 



156 REVISTA HISTÓRICA 

nía ese nombre,* por una de madera que encontraron en su 
cima, la cual había sido colocada allí por los indios Ta- 
pes que andaban por aquellos campos. 

De la misma manera consignan en la jornada del 21 de 
febrero, que al llegar á las puntas del río Negro, vieron á 
la puesta del sol unos humos que juzgaron ser de los in- 
dios Tapes, quienes regularmente andaban recorrienda 
el campo y recogiendo el ganado que huía para la cam- 
paña, salido de las estancias inmediatas. 

Debemos advertir que en este punto empezaba el pobla- 
do misionero. Los campos casi desiertos y sin gobierno, 
aparentemente, quedaban ya á la espalda de las Comisiones: 
al Sur. 

Los demarcadores habían entrado ya en los dominios de 
la Compañía de Jesús, cuya influencia política se haría 
sentir muy en breve, en beneficio futuro de una nacionali- 
dad, que, en el transcurso del tiempo, había de llamarse la 
República Oriental del Uruguay. 

Efectivamente: cinco jornadas más adelante, las Comi- 
siones avistaron unos ranchos sobre una loma de las ver- 
tientes del río Negro. Era un puesto avanzado de la juris- 
dicción de Santa Tecla. 

En él encontraron varios indios, de los cuales, uno, per- 
tenecía á la estancia de San Antonio, correspondiente al 
pueblo de San Miguel; y ellos les dijeron que tenían or- 
den de proveerles del ganado que necesitasen. 

Habiéndoles pedido los comisionados, que les llevaran 
una carta al cura de la estancia, se prestaron gustosos á 
desempeñar el encargo, agregando, desde luego, y con la 
convicción de una cosa ya sabida, que el cura había de ve- 
nir, agregando que se llamaba el Padre Miguel Ferreira. 

Véase cómo en aquellas campañas desiertas, que las 
Comisiones dejaban á su espalda, — -que otrora fueron tea- 
tro de feroz barbarie, y que no obstante habíanlas recorri- 
do en plena paz y tranquilidad durante varios meses, sin 
encontrar ni un solo obstáculo por parte de sus levantiscos 
habitantes, — estaba, sin embargo, en pie, siguiéndoles y^ 



DE LA UNIVERSIDAD 157 

-observándoles, la invisible pero alerta centinela del jesuíta 
-que habíales acompañado en silencio durante su lenta tarea 
de explorar vertientes, medir cumbres divisorias de aguas, 
y colocar en sus cimas los marcos divisorios que levanta- 
ban, creyendo que, con ellos, y de una vez para siempre, se 
ponía término al largo y debatido pleito del aledaño entre 
las coronas de sus respectivos soberanos. 

Tómese nota de esto, para ver cuan posible es, que los mi- 
sioneros hubiesen estado antes en el cerro Tüpamba y de Ce- 
rro Largo, y que hubiesen llegado hasta el litoral del Plata de- 
jando el rastro de su paso en el otro Tupambay de Maldona- 
do,eii la cordillera délas Animas; celebrando, tantoal pie del 
uno como del otro, las alegres fiestas que más adelante 
vamos á describir y en las que se distribuían premios ó re- 
galos, con que divertían, atraían y conquistaban las almas 
ariscas pero sencillas de los indígenas, y á cuyas fiestas se 
debe el nombre de esos cerros, pues ya fuera la palabra 
TUPAMBAY usada en estos territorios por charrúas 6 minua- 
Ties, ó fuera un modismo absolutamente misionero, — que 
^s lo que yo creo, —ó fuera corrupción del vocablo guaraní 
tupambae ó tupambaé, ó lo que se quiera, pues yo no he 
-de entrar al terreno de la lexicología, porque no domino 
<jsa lengua casi muerta, ni creo que el diccionario del Pa- 
dre Restivo ni el del Padre Ruiz de Montoya, puedan re- 
solver el punto,— lo cierto es que Tupambay, en estas re- 
giones, donde imperaba el jesuíta, no tenía otro significado, 
<}ue el de premios ó regalos dados en las fiestas populares 
<}ue se celebraban en honor de los santos patronos, las 
<íuales también se denominaban del mismo modo, y cuyos 
regalos se repartían sin distinción entre pobres y ricos, 
aunque algunas veces no dejaba de favorecerse con ellos, 
preconcebidamente, á los últimos según lo veremos des- 
pués. Servía también este nombre para recordar un día 
alegre, deseado de antemano, y al cual se sacrificaban hasta 
las economías y lo necesario al sustento, para invertir- 
lo en TUPAMBAYS, como hoy se invierten los dineros pú- 
blicos en adornos y objetos conmemorativos en nuestros 
festejos nacionales. 



158 REVISTA HISTÓRICA 

Buscar en los vocabularios que han quedado del idioma 
guaraní el significado de la palabra tüpambay, aún como 
corrupción de Tupambaé, y suponiendo que fuese así, — 
aún en este caso, sería lo mismo que buscar en nuestros 
diccionarios las palabras paquete y zafada, — por ejem- 
plo, y para no citar más, —y deducir de ellos lo que en 
nuestro país queremos decir, con esos que hemos converti- 
do en modismos nacionales, cuando expresamos con ellos,, 
que Fulano estaba muy paquete, ó que Fulana era 
una zafada, modismos que, como se sabe, entre nosotros 
quieren decir, que Fulano estaba muy bien vestido, y que 
Fulana era muy inmoral, no obstante que según el diccio- 
nario de la Academia, resultaría, que Fulano estaba muy 
bien envuelto y fajado, y que Fulana era una mujer que se 
había librado de algún peligro ó dificultad. 

Más adelante ampliaremos esta afirmación anticipada, 
que dejamos caer, de paso, en el árido camino que vamos 
recorriendo. 

Pero antes de reanudar nuestro discurso, permítasenos, á 
título de nueva digresión pertinente, que diga que las 
Comisiones demarcadoras, en el mismo Diario en que re- 
gistran la posición del cerro Tüpambay, habían registrado 
los nombres del arroyo «Santa Lucía», del cerro de los 
«Penitentes > y del valle del «Campanero», nomenclatura 
ésta, que no puede atribuirse á los «faeneros» 6 ^changa- 
dores» que pululaban por aquellas campañas; ni menos á 
los indios; — así como, permítasenos también, que dejemo?v 
constancia de que en el mismo Diario se registró el nom- 
bre de un arroyo y cerros de José Días, poco antes de lle- 
gar a Tüpambay, cuyo nombre de José Días ha desapare- 
cido de nuestra cartografía moderna para ser sustituido por 
el de arroyo de las «Tarariras», lo que no ha impedido, sin 
embargo, que él se haya conservado en otra forma, graba- 
do á cincel, sobre una tosca piedra que fué lápida sepulcral^ 
la cual existe depositada en nuestro Museo desde el aña 
1893; y esa lápida señaló durante 140 años la sepul- 
tura del Padre José Días de la orden de Paula de 



DE LA UNIVERSIDAD 159 

Portugal, fallecido en marzo de 1 753, en la margen de 
un arroyo, que por eso, y desde entonces, se le conoce 
con la denominación de Frayle Muerto. 

El distinguido Director del Museo, mi amigo don Juan 
Mesa, al recibir esa lápida, que le fué enviada en el citado 
año 1893, por el entonces Jefe Político de Cerro Largo 
don Gumersindo Collazo, le dio cuenta al Ministro de Fo- 
mento (O de la valiosa adquisición, diciéndole que el padre 
José Días formaba parte de las Comisiones de límites del 
marqués de Valdelirios y del conde de Bobadela. 

Estaba en error el Director del Museo al hacer semejan- 
te afirmación. No es así: y conviene aclarar el punto por 
diversas razones de carácter histórico, que á su tiempo ten- 
drán mucha importancia. 

Else fraile, ó padre, se encontraba ya en aquellas campa- 
ñas y precisamente cerca de Tüpambay cuando por allí 
pasaron las Comisiones de límites anotando en su Diario 
con fecha 28deenero de 1 753 el nombre del arroyo José Días 
que^ sin sospecharlo, era el del obscuro religioso, que qui- 
zá desempeñaba en aquellos campos y en tales momentos 
alguna imporfamte misión política, — y que, probablemen- 
te, les seguía ios pasos, como centinela invisible de las Mi- 
siones, á las cuales no había de volver jamás^ porque la 
muerte le sorprendió dos meses después hallándose á corta 
distancia de Tüpambay. 

El padre José Días no formó parte de las Comisiones de 
liiQites como lo afirma el Director del Museo. 

Los religiosos queaconápañaban á los demarcadores eran 
tres y se llamaban: el P. Bartolomé Panigai de la Compa- 
ñía de Jesús, observador astronómico de la partida portu- 
guesa; — el R. P. Cayetano Soares de Aguiar, capellán de 
la misma Comisión, y el célebre R. P. Bernardo Ibáñez de 
Echevarry, de la Compañía de Jesús, perteneciente á la 



(1) Véade la nota del Director del Museo al señor Ministro de Fo- 
mento de fecha 24 de julio de 1893. 



160 REVISTA HISTÓRICA 

partida española, — y autor más tarde de la ruidosa obra 
«El Reino Jesuítico del Paraguay», que le valió su ex- 
pulsión. 

Queda así aclarado el error cometido por el señor Direc- 
tor del Museo y paso á evidenciar otro que con respecto al 
mismo «fraile muerto» comete también nuestro estimado 
liistoriadordonIsidoroDe-María,cuandoafírmaque el arro- 
yo Fraile Muerto debe su nombre al hecho de haber sido 
enterrado allí en 1804 el capellán de la tropa que llevó 
don Francisco Javier de Víana en aquel año, para reprimir 
las depredaciones y asesinatos á que se entregaba la india- 
da de charrúas y minuanes en el departamento de Cerro 
Largo. (l> 

No niego que durante la expedición de Viana hubiese 
muerto el capellán de su tropa; pero hago constar que en- 
tonces hacía ya más de medio siglo que el padre José Días 
dormía el eterno sueño bajo la lápida de piedra con su nom- 
bre grabado u cincel, y que el arroyo á cuya margen se le 
sepultó se denominaba ya del «Fraile Muerto:», como 
lo comprueba el mapa de la segunda Comisión que 
vino á trazar los límites con arreglo al tratado de 1777 y 
de la cual hablaré más adelante. 

Tampoco está en lo cierto el ilustrado autor del «Dic- 
cionario Geográfico de la República O. del Uruguay» don 
Orestes Araüjo, cuando asegura que el sacerdote á que se 
refiere el señor De-María, «se llamaba Fray Juan Alonso 
'. Martínez, (2) que fuera propietario de campo en aquel lu- 
« gar y edificara allí una azotea en que vivió, y aún secon- 
<^ serva con el nombre de Padre Alonso». Y digo que tam- 
j)oco está en lo cierto, porque esa azotea fué edificada en 
1 802 por un español llamado Alonso Martínez, — que no 
•ora sacerdote, —sino que, s^án las referencias de los veci- 



(D I. De María: «Rasgos biográficos de hombres célebres». 
(2) O. Ara ú jo: «Diccionario Geográfico de lii República O. del 
.Uruguay»», pág. 208. 



DE LA UNIYEBSmAD 161 

nos más antiguos del lugar, los indios le llamaban padre 
por la caridad que ejercía <^) 

Hechas estas aclaraciones que he creído necesarias para 
salvar de dudas la memoria del padre José Días, cuja vida 
cuando se conozca y pueda incorporarse á nuestra historia 
ha de iluminar las obscuridades de un período muy intere- 
sante, reanudo mi estudio para terminar con la parte refe- 
rente al Diario de las Comisiones de límites en el año 1 7 53, 
y con el cual he querido no sólo demostrar la ortografía 
del vocablo Tüpambay, sino, también, poner de relieve la 
-extraordinaria influencia que ejercieron los jesuítas dobre 
nuestros indios, y para evidenciar que nadie sino ellos die- 
ron nombre á esos montes que en Cerro Largo y Maldona- 
do se denominan de Tupambay. 



Tan luego como las Comisiones demarcadoras enviaron 
la carta á que hemos hecho referencia, dirigida al Padre 
Miguel Ferreira, cura déla «Estancia San Antonio», (2) tra- 
taron de proseguir el deslinde, pero al emprender de nuevo la 
tarea, no demoró en presentarse anle ellas un escuadrón de 
treinta hombres armados, de entre los cuales uno se ade- 
lantó pr^untando por el capitán de dragones don Francis- 
co Bruno de Zabala, perteneciente á la Comisión de S. IM 
Católica; y una vez en su presencia «sin demostrar urba- 
nidad y tratándolo con toda descortesía», le notificó que 
traía orden del Padre Superior y del Padre Cura del pueblo, 
para impedir el paso de las dos partidas demarcadoras de 
S. M. F. y de S. M. C, para lo cual estaban prontos y cerca 
de allí ocho mil indios armados. &) El capitán Zabala lere- 



(1) Savtniano Pérez: «Cartilla Geográfica con noticias históricas 
del deoartamento de Cerro Largo». 

(2) V. Golleoao de Noticias cit., pág. 76. 

(B) «Últimamente, habiendo obtenido permiso real para tener que 
U3;ir armas en defensa de las agresiones de los salvajes enemigos, 
organizaron milicias relativamente numerosas, y las adiestraron para 

B. H. DB LA U.—ll. 



162 REVISTA HISTÓRICA 

plicó ^que viesen lo que hacían, porque las Comisiones^ 
venían en paz y no para insultarlos; que estaban obedecien- 
do y dando cumplimiento á las órdenes de sus soberanos^, 
y agregando para reforzar la réplica, que el representante- 
de 8. M. C. estaba en el campamento. 

A esta réplica el indio contestó con elocuente laconis- 
mo que: cellos también obedecían la orden de los Pa^ 
dres^. (1) 

Histórica y memorable respuesta cuya trascendental im-^ 
portancia había de producir uno de los acontecimientos más- 
notables y dignos de recuerdo. 

Ella fué la primera notificación de la resistencia indí- 
gena al tratado de límites de 1750, resistencia que después 
se consignó en la historia con el nombre de Querrá Gua-^ 
ranilica. 

Sin ese suceso, los límites actuales de la República O. 
del Uruguay no nos permitirían llamarnos dueños de dos 
terceras partes del departamento de Rocha, de un tercio 
del de Maldonado, de tres cuartas partes del de Minas, de 
todo el de Treinta y Tres y de tres quintas partes del de 
Cerro Largo. 

Saludemos, pues, desde esta hora de la posteridad, á 
aquel indio lancero, que, jinete en potro sin arreos, con 
aire de señor territorial, dilatado el desnudo pecho, erguida, 
la cabeza coronada con vistosas plumas de ñandú, y exten- 
diendo majestuosamente el brazo con la mano abierta, en 
actitud de contener el avance formidable de dos reinos,, 
notificó el día 27 de marzo de 1753 con breves y solem- 
nes frases á los representantes de España y Portugal, que 
no se les permitiría que continuaran un trazado que hubo 



las funciones de.guerra bajo la dirección y ol mando personal de los 
PP. de la Compaüíu.*— Andrés Lamas: «Introducción á la Historia 
de la Conquista del Paraguay, Río de la Plata, etc., pof el P. Josí 
Guevara*^ pág. XXXI. 
(1) ColleCdo de Noticias cit., pág. 77. 



DE LA UNIVERSIDAD 163 

de despojar, á ellos primero, y á nosotros después, de la 
parte más opulenta y de más auspicioso porvenir de un te- 
rritorio que en el andar del tiempo había de pertenecer á 
la República O. del Uruguay. 

Saludemos también con gratitud á aquellos esforzados 
jesuítas misioneros, que con su catequización evangélica y 
sus TUPÁMBAYS, lograrou armar el brazo fuerte del indio 
y convertirlo en instrumento heroico de una defensa terri- 
torial tan justa como preciosa; aunque, como consecuencia 
de esa sugestión, y también como obra providencial para 
los destinos futuros de la democracia sudamericana, el es- 
fuerzo les costara la pérdida del teocrático reino guaraní- 
tico, cuya metrópoli echaba sus cimientos, allá, en el seno 
de las selvas donde el indio, por vez primera, había oído 
las vibraciones sonoras del bronce cristiano. 

No en vano el marqués de Pombal le decía al goberna- 
dor general de Marañón: «No puedo sujetar estos Padres; 
su política y destreza son superiores á mis cuidados y á la 
fuerza de mis tropas. Han dado á los salvajes, costumbres 
y hábitos que los unen á ellos indisolublemente^. (1^ 

Pasemos ahora á estudiar otros antecedentes. 

IV 

Malogrado por la resistencia indígena el trazado de la 
^ linea divisoria convenida por el tratado de 1750, volvieron 
las cosas al estado en que se encontraban antes, por ha- 
berse así resuelto en otro tratado que se celebró en el Par- 
do, en 12 de febrero de 1761, por el cual se dejaron sin 
efecto las estipulaciones del anterior, y como si no hubiese 
existido. 

Este, á su vez, y con motivo de la muerte de don José 
de Portugal, fué sustituido por el que definitivamente ne- 



''(1) CoiecciÓQ de Angelí?, tomo ÍI, pág. III. Discurso preliminar á 
la historia del P. Guevara. 



164 REVISTA HISTÓRICA 

goció el conde de Florida Blanca en 11 de octubre de 
1777 y que fué él último que estableció para siempre los 
debatidos límites de los dominios hispano-portugueses en 
América. 

El determinó, para el porvenir, el derecho territorial de 
todas las nacionalidades que después de la revolución de 
1810 se constituyeron en los que fueron dominios de Es- 



Para interpretar sobre el terreno las estipulaciones de 
ese célebre tratado, una y otra nación mandaron á sus geó- 
grafos más eminentes. 

Baste recordar que por la parte de España figuraron 
Várela Ulloa, Diego de Alvear, Félix de Azara, Oyarvide, 
Cabrer y tantos otros ya eminentes en los anales de la 
geografía. 

De uno de los Diarios de esas Comisiones, voy á extraer 
el segundo documento que se refiere al cerro Tüpambay. 

En el que fué redactado por el coronel de ingenieros don 
José María Cabrer, cuyo original autógrafo se encuentra 
en nuestm Biblioteca Nacional, en el apunte correspondiente 
al día 9 de mayo de 1 785, al referirse al relevaíniento de 
la cuchilla Gragde, se lee lo siguiente: 

« Corrióse un pequeño tramo de esta cuchilla, hasta lo- 
« grar un cruzamiento al cerro de Nico Pérez. Releván- 
« dose asimismo los cerros del Cordovés^ los de Pablo 
<^ Páez, lo8 de Tüpambay, mayor y menor, occidentales to- 
* dos al camino real que sigue la cresta de la misma cu- 
« chilla, la cual se halla tendida de N. E. á S. O. ». 

Esto es lo que de puño y letra del mismo Cabrer puede 
leerse en el capítulo VI del tomo I del manuscrito que, 
como ya he dicho, existe en nuestra Biblioteca Nacio- 
nal. 

Entre este Diario y el que redactaron los comisionados 
portugueses en 1753, median treinta y dos años. 

La faz del territorio había cambiado notablemente. Los 
pueblos de Maldonado, San Carlos y Minas, y las fortale- 
zas de Santa Teresa y San Miguel existían ya. 



DE LA UNIVERSIDAD 165 

La planta del viajero ó de las tropas de los ejércitos es- 
pañoles habían, trazado ya los caminos que desde Monte- 
video conducen todavía á la frontera del Chuy, al pueblo 
de Minas y á la guardia donde ese mismo ^ño debía fun- 
darse la villa de Meló. 

En las campañas del Este y Nordeste existían ya mu- 
chas estancias. 

Los arroyos, los cerros, las cuchillas, las lagunas y las 
sierras empezaban á tener denominación. Los afluentes del 
lago Merín adquirían nombre propio, y los del Plata tam- 
bién. 

El arroyo Baumaragate ó Baumarahatey aún se lla- 
maba así, aunque se le empezaba á denominar Marmarajá; 
— el Aleiguá todavía no se llamaba Aiguá, pero la no- 
menclatura del Santoral no aumentaba en un solo nombre. 

¡Los jesuítas habían sido expulsados de sus dominios!... 

No obstante, el Tüpambay, como hemos visto, seguía 
llamándose el Tüpambay, con la misma ortografía. 

A este respecto debo hacer notar, que Cabrer, adema» 
de sus indiscutibles méritos de hombre de ciencia, era tam- 
bién un fino espíritu literario y agudo observador de las 
cosas; basta leer su Memoria para darse cuenta del valor 
que daba á las palabras y del arte con que expresaba lo- 
que sentía; y por eso, el hecho de encontrar escrito de su 
puño y letra y subrayada la palabra Tüpambay, coinci- 
diendo letra por letra con la del Diario de la Comisión del 
trazado de 1750, merece que se tenga muy en considera- 
ción para no dudar que así se denominaba aquel cerro. 

Pero aun voy á presentar otra prueba documental de la 
ortografía de esta palabra y de lo que ella quiere decir. 

Es la autoridad del brigadier general don Diego de Al- 
vear, primer Comisario en Jefe de la 2.* División española 
de límites, quien no sólo nos va á dar también la palabra 
Tüpambay subrayada, sino, que va á explicarnos el signifi- 
cado que ella tuvo en las Misiones, y va á darnos la prueba 
de que los charrúas eran conocidos en esas fiestas de los 
patronos en que se repartían tüpambays. Al mismo tiempo 



166 REVISTA HISTÓRICA 

nos servirá para patentizar la participación directa que en 
esos festejos tomaban los Padres Misioneros, dando al acto 
un carácter esencialmente religioso, aunque mezclado con 
los atractivos mundanos, con que ellos, seductores de hom- 
bres bárbaros, pero de almas candidas, rodeaban su cx)n- 
quista espiritual. 

Dice el general Alvear en el capítulo V de su «Relación 
geográfica é histórica de las Misiones»: 

« Para la fiesta del Santo Patrono, se convidan los Ca- 
« bildos, curas y administradores de los otros pueblos inme- 
« diatos, y generalmente todas las personas de algún viso y 
« amistad. Estos suelen venir un día antes y se les sale á 
« recibir á larga distancia con música de pífanos y tambo- 
« res; se les aloja en los mejores cuartos ó viviendas del 
« Col^io; se les festeja con todo obsequio y urbanidad, y 
« á su retirada se les acostumbra á dar algún tüpambay ó 
« regalo, que se reduce á una pequeña expresión de algunas 
« varas de lienzo fino, picho, paños de manos bordados y 
«otras cosas semejantes del país, aunque se ha llegado á 
« abusar de esto y cometer varios desórdenes. 

« Esta función dura comunmente tres días: en el pri- 
« mero al punto de las doce todos los del pueblo y convi- 
« dados montan á caballo, reservando para estos cusos una 
Ac caballada numerosa y escogida que llaman del sa^ito y 
« se dirigen juntos á casa del Alférez Real. Acompañado 
« éste de su paje, no menos engalanado que él, toman tam- 
c bien sus caballos, que son de los selectos, muy saltarines 
« y ricamente enjaezados: reciben el Estandarte Real en 
« Casa del Cabildo, y tremolando delante sus banderas, 
c cuatro soldados de la milicia de infantería y blandiendo 
« sus lanzas, otros cuatro en igual alternativa y destreza de 
« todo aquel lucido acompañamiento, dan una vuelta re- 
« donda á la plaza con toda pausa y gravedad, mucho ruido 
<t de tambores, pífanos, tiros, tóimaretas y continuas acla- 
« maciones de vítores y voces de viva el Rey y el santo 
« tutelar. 

« Este paseo se termina en la puerta de la iglesia, donde, 



-% 



DE r^ UNIVERSIDAD 167 

<: d^ando todos sus caballos, son recibidos de los curas y 
-c demás sacerdotes que se han juntado de los otros pue- 

< blos, y descubriendo entonces el retrato del Rey, que al 
« efecto conservan todo el año en su urna de madera con 
« puertas y cortinas de tafetán ó damasco, en el mismo 
^ pórtico se le saluda con tres voces de Viva el Rey, y se- 

< deja abierto el resto del día con su guardia montada que 

< le provea de centinela. Se entra luego en la iglesia, en 
« donde el Alférez Real tiene su silla, almohadón y alfom- 
<n bra como el gobernador 6 tenientes, obsequio que también 

< suelen usar con todo oficial de graduación que pase por 
« los pueblos, cantando con ostentación y solemnidad el 
^ himno de Magníficat^ se retiran á sus casas, preeediendo 
« otro paseo semejante por la plaza, y dejando el estan- 
te darte presentado en el testero opuesto á la iglesia sobre 
« un frontispicio de bastidores y arcos, en que colocan 
« también una imagen devota de la Virgen ó del Santo 
« Patrono. 

« A esta ceremonia sigue inmediatamente otra no menos 
« vistosa y que también da buena idea del carácter de estos 
« indios, que es la bendición de las mesas. De cada una de 

< las casas del pueblo conducen las mujeres á la puerta del 
€ col^o, ó de la iglesia, una mesa pequeña dispuesta en 
« forma de altar, con su estampa ó cuadro y algunas 

< viandas, de las mismas que han de comer. Cuando están 
« todas juntas y en su orden, va el Cabildo en cuerpo avi- 
« sando á los convidados, circunstancia que precede á todos 
« los actos, y uno de los curas bendice las mesas pública- 
« mente, entonando los cantores en su propio idioma, una 
« letrilla en acción de gracias; y hecho esto, se las vuelven 
« á llevar las mismas chinas que las trajeron, brindando 

< antes á los asistentes con alguna fineza ó fruta, que sue- 
« len admitir por no desairar aquella inocente sencillez. 

« A la tarde se cantan las vísperas á hora competente y 
« á la mañana del otro día, su mig:a de tres, de primera 
^ clase, con su panegírico y asistencia del Estandarte Real, 
«« conducido con la misma formalidad y acompañamiento; 



168 REVISTA mStÓEICA 

< y al caer el sol se cierra el retrato del Rey, y se guarda el 
« dicho Estandarte en la Casa Capitular, siguiendo todos á 
« dejar en la suya al Alférez Real: etiqueta que no se dis- 
« pensa por cualquier pretexto. Los músicos, sacristanes^ 
« y seises, como en las demás funciones, son puntualísimos 
« y diestros en no perder genuflexión alguna ni inclinación 

< de cabeza, de cuantas ordena el ritual romano, ya á las 
« glorias, ya al invocar el nombre de Jesús y otras preces. 
« El último día se suele celebrar en algunos pueblos una 
« misa cantada de réquiem con su vigilia, y aún los demás 
« sacerdotes aplican la suya por los hijos del pueblo ya 
« difuntos. 

« Corren en estos días también toros y la sortija, que no 
« es más que una argolla de fierro suspendida de un tor- 
« zal entre dos palos derechos, y tiran á sacarla á la carre- 
€ ra del caballo con un asta de madera puntiaguda dando 
« su pequeño premio ó tüpambay al que lo consigue. Re- 
« medan sobre todo con más perfección las escaramuzas 
« de los infieles charrúas á caballo, pintándose como ellos 
€ los cuerpos desnudos de varios colores y figuras, ador- 
« nándose cabeza y cintura de penachos de plumas largas 
« de avestruz y capacetes de cuero, y corriendo en pelo, 
« silbando y acometiendo les unos á los otros con las chu- 
« zas, con tal celeridad, tendidos sobre el caballo y hacien- 

< do con el cuerpo varios quites, que admiran. Finalmente, 
« el resto del tiempo lo emplean en galopar y correr al 
€ rededor de la plaza haciendo diversos torneos, entradas 
« y salidas con simetría y orden, á son de ti-ompetas y pi- 
« tos, en lo que son incansables y tienen su más particular 
« y frecuente diversión». 

Se ve, pues, que los tupambays eran los premios, los re- 
galos, que se daban en esas festividades de las Misiones, para 
que tuvieran mayor atractivo, y que en esos festejos, aunque 
populares, predominaba la forma religiosa. 

También el sabio Azara nos hace interesante descripción 
de una de esas fiestas y nos da la prueba de que en ellas 



DE LA UNIVERSIDAD 169 

tomaban parte, personalmente, nuestroHcAarriícw y min^z^a- 
nes, dato importante que induce á creer que en los cerros 
Tupamhay de Cerro-fjargo y Maldonado, — aun cuando 
no fueran pueblos y por consiguiente no tuvieran santos 
patronos, — se celebraron algunas de esas fiestas que tanto 
cautivaban á los indios, y que por eso podrían explicar la 
presencia en nuestro territorio de algunos de los . Padres, 
entre los que indudablemente debía contarse el Padre 
José Días. 

Pero debo hacer notar que Azara no escribe la palabra 
TüPAMBAY dos veces del mismo modo, por más que la em- 
plea en tres pasajes de su descripción, subrayada y siempre 
con distinta ortografía. Ora escribe Tupambahe ponién- 
dole al lado y entre paréntesis (tupambahi)^ pero con h 
en la penúltima letra; y con i latina, en tanto que en todos 
los antecedentes que he citado se escribe con y griega al 
final y sin h. 

Pero, además escribe tupambae sin ^, de donde resulta 
que el sabio no se apercibió de la diferencia ó no le di6 
importancia á la ortografía de ese modismo, sin duda algu- 
na, y precisamente por ser modismo, lo que se comprueba 
en la misma descripción que vamos á copiar. 

Dice Azara en el capítulo que en su tercer viaje dedica 
al Pueblo de indios de San Miguel y en sus apartados 194^ 
195 y 196: W 

« 194. El día 29 era la grande festividad del pueblo, y 
« don Manuel Lasarte empeñado en obsequiarme no me 
« dejó salir. Las ningunas noticias de los portugueses, y 
c de lo que pasaba en el Paraguay, me inquietaban en tan- 
« ta distancia, agregándose el temor de que si por algún 
« accidente me viese obligado á hacer alguna detención, ya 



(1) y. «Geografía Física y Eaf erica de las provincias del Paraguay 
y Misiones guaraníes», por Félix de Azara, páginas 117, 118 y 119 
de la edición délos «Anales del Museo Nacional de Montevideo» con 
bibliografía, prólogo y anotaciones del doctor Rodolfo R. Schu- 
Uer, 1904 



170 BE VISTA HISTÓRICA 

« no podría tomar las alturas meridianas con mf ¡nstru- 
« mentó, porque el sol venía de prisa al trópico inmediato 
« y yo iba hacia él. Estas reflexiones me quitaron de la 
« cabeza el pasar á los pueblos de Yapeyú, La Cruz, San 
« Borja y Santo Tomé, entreteniéndome ese día en hacer 
« las siguientes apuntaciones de la fiesta. 

« 195. La víspera, el día y el después de la fiesta, no 
« (cesaron) cesan de tocar los ra ósleos día y noche, y la 
« plaza está llena de gentes corriendo toros, sortijas, pare- 
« jas y haciendo bailes todos con mucha formalidad y con- 
« cierto. Los bailes son siempre serios con vestidos con- 
« venientes que da la comunidad y se reducen á una mezcla 
« de danza y de esgrima. No tienen parte en ellos las mujeres 
« ni los instrumentos de aire. Cada danza es seguida de 
« un entremés ó pantomima. Los bailes de la noche se ha- 
« cen con iluminación y al que desempeña bien cualquier 
« cosa de las dichas se le da tupambahe (tupambahi) que 
« es un pedazo de lienzo ú otra friolera. Los administra- 
« dores modernos han enseñado á los indios algunas cou- 
« tradanzas y bailes valencianos que ejecutan bien. 

« 196. Se hallaban en estas fiestas algunos bárbaros 
« chai*rúas y minuanes que tanto persiguieron en tiem- 
« pos pasados á Buenos Aires y Montevideo y hoy están 
« en paz corriendo libremente los campos desde aquí al 
« río Negro y Santa Tecla. Hablan guaraní, pero tienen 
« idioma particular muy gutural. Corrieron éstos, parejas, y 
« sortijas juntamente con los guaraníes, recibieron tupam- 
« baes como si todos fuesen unos mismos. Iban montados 
« en pelo: un palito servía de bocado al freno y sus puntas 
« de cuerno hacían de alacranes. El vestido se reducía á 
« un escaso taparrabo ó trapillo sucio ceñido á los ríñones: 
« los adornos consistían en una cuerda sobre la frente ata- 
« da en el cogote, el pelo tendido y las quijadas pintadas de 
« blanco. Algunos estaban armados de una lanza larga de 
« doce pies con la punta de fierro delgada, y larga media 
« vara: otros llevaban su aljaba muy aplastada que ocupá- 
is ba la espalda y lomos en la que estaban las flechas cortas 



DE LA UNIVERSIDAD 171 

< y en abanico, cuyas plumas sobresalían á la cabeza for- 
« mando un arco de varios colores que hacía por delante 
« una apariencia verdaderamente hermosa. Su figura y 
«talla es arrogante y bella como la de los bárbaros mbyd 
« sin comparación mejor que la de los guaraní ». 

Podría citar aún otros documentos que contribuyeran á 
justificar la tesis que estoy sosteniendo, pero temo dar muy 
abultadas proporciones á este modesto trabajo. 

Creo que con lo dicho hasta aquí basta para justificar his- 
tóricamente la verdadera ortografía y el verdadero significa- 
do que tiene el modismo Tüpambay. 

Paso ahora á comprobar mis afirmaciones con el auxiUó 
de la cartografía. 



V 



Podría empezar citando una carta geográfica, que tengo 
en mi archivo y que atribuyo á los jesuítas, la cual contie- 
ne ya el arroyo de Tüpambay, con su vieja ortografía, pe- 
ro la circunstancia de estar muy destrozada y no tener el 
año de su construcción 6 publicación, me impide alegarla 
como prueba, por más que podría justificar el origen y la 
época, por el hecho de que la parte de la leyenda que aún 
se conserva, dice: « Carta geográfica de los territorios de 
las Misiones orienialesy tierras adyace?ites^. 

Dejando, pues, á un lado ese antecedente, comenzaré por 
citar el mapa muy conocido en la cartografía americana 
que contiene esta leyenda: « Carta Esférica de la Confe- 
deración Argentina y de las Repúblicas del Uruguay y 
Paraguay, que comprende los reconociinientos practicar- 
dos por la^ primera y segunda subdivisiones españolas y 
portuguesas al mando de los señores don José Várela y 
Ulloa {comisario PrJ^ DirJ""), don Diego de Alvear^ 
el teniente general lusitano Sebastian Javier de Vega 
Cabral da Cámara y el coronel Francisco Juan Roscio, 
en cumplimiento del tratado preliminar de límites dell 



172 REVISTA HISTÓRICA 

de octubre de 1777. Construida oficiosamente en 1802 
por el segundo comisario y geógrafo de la sobredicha se-- 
gunda subdivisión española don José María Cabrer. * 

En esta carta que debe considerarse como un respetable 
monumento de la geografía americana, tanto por la enorme 
extensión de los territorios que abarca, como por el indis- 
cutible mérito científico de los trabajos geod&icos que la 
precedieron, y sobre la cual se han construido después to- 
das las cartas parciales de estos países, tomándola como ba- 
se; — en esta carta, digna de toda consideración para el 
hombre de estudio, está relevado el arroyo Tüpambay y de- 
nominado con esta ortografía. 

También está relevado el arroyo José Días^ pero éste 
empieza ya á denominarse» también del Pescado puesto que 
dice arroyo de ^José Dia^i^ ó del € Pescador. 

Este arroyo es el que actualmente se denomina de las 
^ Tarariras» y no hay que confundirlo con el del mismo- 
nombre, pero de la hidrografía del departamento de la Flo- 
rida, cuyas nacientes están también en la cuchilla Grande 
al N. O. de la «Sierra de Sosa^ y desagua en el río Yi. El 
que nos está llamando la atención por la relación histórica 
que pueda tener con el Padre José DiOrS es un afluente 
del Río Negro, como lo es también el Tüpambay. 

Como se ve, pues, en el año 1802, en que fué construida 
esta carta, Tüpambay conservaba la ortografía que en 1763 
se consignó en el Diario de la Comisióu portuguesa que 
operaba con el conde de Bobadela. 



El segundo documento cartográfico que tengo á la vis- 
ta, es la a Carta Geográfica del Estado Oriental del Uru- 
guay y posesiones adyacentes , trazada según los docu- 
mentos más recientes y exactos. Publicada bajo la direc- 
ción del señor A. Roger^ cónsul de Francia, dedicada al 
Excmo. señor Presidente general don Fructuoso Rivera.. 
PaiHs, año 1841.» 

Entre esta carta geográfica y la anterior median treinta 



DE LA UNIVERSIDAD 173 

j nueve años, y el Tüpambay conserva aún su ortografía 
siVL alteración alguna. 

Eu cuanto al arroyo José Días, ha cambiado definitiva- 
mente de nombre. 

En esta nomenclatura se le llama ya Pescado. 

Esta carta que es poco conocida está grabada con toda 
delicadeza y su tamaño es de 0"80'' x 0™55^ La considero 
digna de respeto, pues además de ampliar los detalles de la 
de 1802, es la primera que establece los límites de la Re- 
publica con el Brasil teniendo por divisoria al Norte el río 
«Ibicuy». 



M tercer documento lo constituye la « Carte Genérale 
du Bassin déla Plata. Dressées d^aprés les documents re- 
cueülis sur les lieux, et les meilleurs plans partiels de cet- 
te contreéypar Mr. Coffiniers i'* Cnel Du Géme. Monte- 
video 1850. Gravee au Depart de la Guerre. Publié en 
1853.1^ 

En esta hermosa carta que mide l°*05''x0°'77*^ y que 
amplía las anteriores en sus detalles topográficos, no sólo 
se conserva la ortografía del Tüpambay, sino que por pri- 
mera vez aparece situado el cerro con su nombre clara- 
mente escrito, lo mismo que el arroyo. 

El nombre de «José Días^ ha desaparecido también y 
el arroyo que lo llevaba se denomina como en la carta an- 
terior solamente del «PescadoT^. 

Nuestros límites con el Brasil, en el Norte, están fijados 
en el no «Ibicuy » y dentro del perímetro nacional estáu de- 
terminados los puntos en que se libraron batallas hasta esa 
fecha, consignando el año en que tuvo lugar cada una de 
ellas. 

Se ve, por consiguiente, cómo la documentación carto- 
gráfica al igual de la histórica y de la geográfica, ha con- 
servado desde el sig'.o xviri la denominación de cerro y 
arroyo Tüpambay con la misma ortografía. 

Recién en 1859, en la ^ Carta Geográfica de la Repú- 



174 REVISTA HISTÓRICA 

blica Oiñental del Uruguay, por el general de ingenieros 
don José Maria Reyes^ ComisaAo de la misma Repúbli- 
ca pa/ra la demarcación de sus límites con el Imperio 
del Brasihy — es que se altera la ortograíFía del Tupam- 

BAY. 

El general Reyes escribe en su carta: cerro y arroyo de 
Tupamhaé. En ella también, el antiguo arroyo José Días 
tampoco conserva ni su primitivo nombre ni el de PescoAo^ 
que le dieron cartas anteriores. 

En ésta se denomina arroyo de las Tarariras^ que es 
el nombre con que actualmente se le conoce. 

A partir de la publicación de esta carta (año 1859), la 
anarquía se produce en las nujnerosas ediciones que del 
mapa de la República se han publicado. 

En unas, el arroyo y cerro que nos ocupa, se denomina 
Tupambae^ en otras Tupambahe ó Tupambaé sin A, y na 
faltan las que siguen conservando la verdadera y primitiva 
ortografía. 

Este es el origen de la confusión. 

Pero ha llegado el momento de saber si ese cambio de 
nombre á un lugar geográfico, es la obra meditada del car- 
tógrafo, si es una rectificación concienzuda del geógrafo,. 
6 si por el contrario es un descuido de detalle ó un error 
inconsciente de ortografía al escribir la nomenclatura en- 
tonces ya muy numerosa. 

Yo afirmo, que fué un descuido, un error de ortografía 
cometido por el general Reyes y que él no tuvo la intención 
de modificar, en forma alguna, el vocablo, y que ni siquiera 
se apercibió del caso. 

La prueba para esta afirmación mía, me la da el distin- 
guido geógmfo en su Descripción geográfica del tenntorio 
de la República Oriental del Uruguay, 

Baste decir, que en la página 220 escribe Tupambahiy 
en la página 31Ó Tupambaé, y en la página 317 Tupam- 
baé, y siempre subrayando la palabra en las tres únicas 
veces que hace uso de ella. 

De manera, que esto prueba que no se preocupó de esta 



DE LA UNIVERSIDAD 175 

denominación geográfica, y que si en su carta escribió Tu-- 
pambaéy lo mismo habría escrito Tupamhae ó Tupambahi^. 
como lo hizo en el texto de su hermosa Descripción geo- 
gráfica de la República^ Ja cual^ y no obstante ^te y otros 
detalles que pueden rectificarse, será siempre un libro de 
consulta del que no podrá prescindirse, tratándose del te- 
rritorio nacional. 

VI 

Creo haber demostrado con antecedentes históricos, geo- 
gráficos y cartográficos, dignos de todo respeto, cuál es la 
verdadera ortografía con que se escribía y debe seguirse 
escribiendo el nombre de ese cerro, que las fatalidades de 
la guerra han hecho ya tristemente célebre, á pesar de su 
mismo nombre, cuyo verdadero significado he puesto en 
claro para evidenciar que él rememora días lejanos de ale- 
gría indígena que permanecen aún en misteriosa obscuridad,, 
pero que la investigación paciente ha de iluminar para 
exhibirlos con todos sus interesantes detalles. 

TüPAMBAY fué modismo misionero. Tupambay fué un atri-- 
buto de una fiesta popular en los pueblos que fundaron 
los jesuítas, fiesta que, como hemos visto, se celebraba en. 
plena luz solar, en medio á rumorosas alegrías y que sus- 
tituyó ventajosamente para la civilización á las terribles 
asambleas augúrales, que congregaban en el silencio de las 
noches, bajo el pálido resplandor de la luna ó la incierta 
claridad de las estrellas, á los bárbaros y taciturnos indí- 
genas, para atormentar sus almas de guerreros terribles con 
siniestros vaticinios en los que no se hacían sentir jamás 
las dulces inspiraciones de Tupa, sino las gangosas profe- 
cías de Añag, para turbarles sus sueños y hacerles delirar 
con visiones pavorosas y sangrientas. 

EJsta palabra pertenece en la geografía y en la cartogra- 
fía de estas r^ones á la nomenclatura misionera. 

¿Quién se la aplicó á ese cerro del departamento de 
Cerro-Largo, y al otro (que aún conserva su ortografía) en. 



ílS REVISTA HISTC^RIOA 

que unidas produjeron hombres de sobresaliente mérito y 
capacidad. 

El lugar del nacimiento del general fué dudoso por mu- 
cho tiempo. Aproximadamente se señala en el mes de ma- 
yo, pues en el mes de mayo fué bautizado. Estando á la 
partida de nacimiento éste debió ser en Buenos Aires. (O 

Concurría á mantener la incertidumbre el saberse que 
por aquella época su padre don Jorge, ai servicio del rey, 
había desempeñado varias comisiones en este Elstado — 
entonces Provincia del virreinato — ya guarneciendo las 
fronteras, ya persiguiendo ladrones; conduciendo su familia 
á los puntos á que sus servicios lo llamaban. 

Quizás contribuyese á mantener la duda, el deseo vehe- 
mente del general de ser tenido por hijo de esta tierra á la 
que había consagrado su afección y sus servicios desde la 
más temprana edad. 

A más de otros datos, el que mayor fuerza le hacía era 
una carta escrita por su padre al general Lavalleja en el 
año 1825 cuando el joven Pacheco fugó de Buenos Aires 
para venirse á incorporar á las filas libertadoras. En ella 
le recomendaba su hijo y, disculpaba .su fuga, porque creía 
natural el sentimiento que le impulsaba queriendo ayudar 
á libertar su tierra natal. El general Pacheco se apoyaba 
en esta carta, como en el documento más convincente, 
para persuadirse de lo que t^into deseaba. 

He creído indispensable hacer mención de estas circuns- 
tancias porque ellas han ejercido cierta influencia en la vida 
del general. 



(1) La fe de bautismo del g^eneral Pacheco y Obes dice que nació 
en la Argentina, pero se puede aseverar que era de Paysandú. A los 
pocos meses de nacer en esta población oriental, toda la familia ee 
trasladó á la Argentina, donde el párvulo se enfermó. Este acci- 
dente motivó su bautizo fuera de la República. Tenemos el dato del 
doctor Pedro Bustamante y seüor Fernando Torres. Hacemos una 
pes^quisa que confirmará la información de estos distinguidos ciuda- 
danos.— (Dirección interna de ^Revista Histórica). 



DE LÁ UÑI^ÉRSTbAÍ) 179 

El joven Pacheco hizo su primera educación, parte 
en Buenos Aires y parte en la Corte del Brasil, adonde 
fué bajo auspicios de su tío don Lucas José Obes, siendo 
en Buenos Aires y en el Brasil siempre un estudiante 
aventajado, según declaraciones de sus maestros y condis- 
cípulos. 

Por aquel tiempo fermentaba en Buenos Aires el 
entusiasmo por la guerra que sostenía este país para expul- 
sar de su seno el ejército brasileño y la dominación que á él 
se le impusiera. 

El joven Pacheco se sintió arrebatado por el deseo 
de compartir los peligros de la lucha, y temeroso de la 
oposición de su padre, hizo sus aprestos sigilosamente, para 
trasladarse á esta Banda, y lo verificó en 18l!5. 

Ya entonces la patria de sus afecciones era este territorio. 
Por eso buscó la incorporación de sus divisiones y no la 
del ejército argentino que empezaba á formarse, y donde 
es de suponer, tuviese mayores concesiones. 

Es probable le inculcara estos sentimientos su tío don 
Lucas J. Obes, en cuya compañía había pasado bastante 
tiempo, y quien, con ser igualmente argentino de naci- 
miento, se había consagrado al servicio y engrandecimiento 
de este país con todo el ardor de su alma apasionada y los 
recursos de una inteligencia tan cultivada cuanto fecunda y 
creadora. 

El joven Pacheco sirvió casi toda la campaña á las 
órdenes del general Lavalleja y coronel Laguna. Se gran- 
jeó el cariño de estos jefes que le trataban como á un hijo. 
Les servía de amanuense, para lo que era extremadamente 
apto por la facilidad y expedición con que lo hacía. 

Asistió á la batalla de Ituzaingó en la división del coro- 
nel Raña, á la que había sido incorporado días antes de la 
acción; y al terminar la guerra en 1 828, se encontró con el 
^Ttdo de teniente L*" de caballería de línea. 

, El teniente Pacheco había ti-abado relaciones durante ese 
período con la generalidad de los jefes y'oficiales de los cuer- 
pos á que había pertenecido. Su genio festivo y locuaz, y 



180 REVISTA HISTlÍRrCÁ 

la \ñvacidad y travesura de sus chanzas, le hacían buscar y 
querer de sus compañeros de armas. 

Era de talla baja y tau sumamente delgado y rubio, que 
á los lü años parecía un niño. Todos le trataban con 
el miramiento y simpatía que inspira este exterior, máxime 
cuando va acompañado de un ánimo resuelto y de un genio 
agudo y decidor. 

8u división marchó, á la paz, para el departamen- 
to de Paysandü, adonde la acompañó, y contrajo ma- 
trimonio poco después, estableciéndose allí. 

Por aquel tiempo le acaeció un lance pueril, pero que le 
ocasionó mucha mortificación por las chanzas y burlas de 
que fué objeto. 

Hallábanse en desavanencias los generales Lavalle- 
ja y Rivera. El hermano de este último, don Bernabé, 
acaudillaba por aquellos parajes una fracción que le era 
muy adicta. 

Acostumbraba visitar en una estancia de aquellas inme- 
diaciones, yendo acompañado sólo de un ordenanza. 

Pacheco se ofreció para ir á prenderlo. 

Aceptado su ofrecimiento, se fué á emboscar en las cer- 
canías de la casa, con una partida. Pasada con mucho la 
hora en que le esperaba, creyó errado el golpe, y siendo la 
noche mala, se refugió en esa misma casa, dejando afuera, 
bajo unos árboles, su piquete. 

A la madrugada se presentó don Bernabé sin más sé- 
quito que el de costumbre, avisado probablemeiite por al- 
guno de los mismos que acompañaban á Pacheco, en inte- 
ligencia con sus demás compañeros. El resultado fué que 
todoá los soldados se le plegaron, y Pacheco, encerrado 
solo en la casa, hubo de rendirse. 

Pudiera ser que no precediera ninguna inteligencia, y 
que Rivera, fiado sólo en su ascendiente y brío, acometiera 
la empresa, porque era hombre capaz de eso y mucho más; 
pero el resultado para el joven oficial fué el mismo. 

Don Bernabé le trató con bondad, pero con desdén, ofen- 
dido de que un niño tuviese la arrogancia de quererle apri- 



DE LA UNIVERSIDAD 181 

sionar. Le despidió con mofa, y el teniente r^resó corrido 
de la expedición. 

Eíste hecho, probablemente de una apariencia débil, y su 
mediana destreza en el ejercicio del caballo, que nuestros 
paisanos valoran en tanto, pusieron por mucho tiempo en 
duda el coraje de un hombre que, después, en la Defensa 
de Montevideo se mostró superior á toda suerte de peli-^ 
gros. 

En 1832, cuando pstalló la revolución del general La- 
valleja para derrocar la primera administración constitu- 
cional presidida por el general Rivera, Pacheco se encon- 
traba en la capital. La causa de la legalidad, y quizás la 
influencia que sobre él ejerciera el doctor Obes, uno de los 
más conspicuos consejeros de Rivera, hicieron que Pacheco 
se decidiera en favor de éste, y contra su antiguo general, 
por quien, no obstante sus separación, conservó siempre 
profundo respeto y gratitud. 

Creo que su tío Obes tuviera la influencia que he mar- 
cado, en los primeros afectos y pasos políticos del general 
Pacheco, porque veneraba su memoria, y decía era la única 
inteligencia ante la cual se había inclinado siempre, subyu- 
gado por su superioridad. 

Resuelto á sostener al gobierno, sirvió de agente para 
promover k contrarrevolución, que hizo en la Cindadela, el 
Batallón de Cazadores, que poco antes, arrastrado por la 
influencia de su antiguo jefe, el coronel Garzón, había ser- 
vido en las milicias de los revolucionarios. Sirvió poco 
después como capitán de compañía, y se le confió la difícil 
misión de vigilar y contener las demasías del joven Le- 
zaeta, á quien la casualidad colocó al frente del movimien- 
to; y de mantener en buen espíritu una tropa que en breves 
días había hecho dos revoluciones, y se hallaba desmorali- 
zada y dispuesta á ser seducida para cometer mayores des- 
órdenes. 

Pacificado poco después el país, obtuvo su separación 
del cuerpo, y regresó al seno de su familia. 

En 1835, cuando la administración de Oribe decretóla 



18á REVISTA HISTÓRICA 

reforma militar, se le dio de baja en el ejército bin opción 
á premio, por no tener el tiempo de servicio que designaba 
la ley. 

Otros, en identidad de circunstancias, obtuvieron gracia: 
él reclamó y no se hizo mérito á su solicitud. 

No obstante considerarse agraviado, se abstuvo de tomar 
parte en la revolución de 1836, por la que el general Ri- 
vera quiso derribar de la presidencia al general Oribe. 
Aunque simpatizara con el partido de Rivera, le repugna- 
ban las vías de hecho entre la autoridad legitimada por la 
ley. 

Inquietado por la autoridad del departamento, y teme- 
roso de que le comprometieran sus amigos, en actos en que 
no quena ser partícipe^ se retiró á la capital con algunas 
carretas, dedicándose á trabajar con ellas personalmente, 
para subvenir á sus necesidades. Fué tan afanoso é incan- 
sable en este ejercicio, que en él se sostuvo por muchos 
meses, que le producía abundantemente con que vivir, y la 
satisfacción aún mayor, según él decía, de haberse cerciorado 
una vez más, que en cualesquiera circunstancias en que se 
hallnra, él se bastaría á si mismo. 

Terminada la guerra de 1838 por el triunfo del general 
Rivera, entró de nuevo en las filas del ejército, donde 
desempeñó varias comisiones. 

Su estreno, entonces, fué tomar á su cargo la defensa del 
sargento mayor Marote, complicado en la última discordia, 
con la defección del coronel Raña del bando de Rivera. 

Este general se mostraba irritado y le hacía encausar 
conservándole con grillos. Pacheco le patrocinó, defendién- 
dole calurosamente con los descargos que él le suministrara, 
y, sosteniendo por fin, con tanto talento como nobleza, la 
doctrina de no ser crimen de lesa patria en las discordias 
civiles, ser tránsfuga de un partido á otro. Todo ciudadano, 
dijo, tiene el derecho de abrazar el partido que crea justo, 
lo mismo que de cambiar de causa, sin más pena que la 
que inflige la opinión á la inconsecuencia y falta de pun- 
donor. La necesidad de la propia conservación podría, en 



DE LA UNIVERSIDAD 183 

casos análogos, disculpar el rigor, pero no hoy, en que la 
causa del general Rivera ha triunfado y tiene en su apoyo 
la opinión uniforme del país. 

Est3 defensa hizo sensación en el ejército, y Rivera man- 
dó suspender la causa, poniendo al acusado en libertad poco 
despu^. No es de suponerse hiciera ejecutar un castigo 
cruel, pues que fué constantemente generoso con sus ene- 
migos, pero esto no quita el mérito de haber arrostrado su 
desagrado cuando otros trepidaron para llenar un deber de 
humanidad, de conciencia y de honor. 

La última guerra civil había producido complicaciones 
fatales para la República. Por una parte los unitarios, emi- 
grados de la República Argentina en nuestro Estado, habían 
tomado partido á favor del general Rivera, y el gobierno de 
Buenos Aires había auxiliado la administración de Oribe 
con esta notable diferencia: que los pritíieros servían indi- 
vidualmente y bajo las banderas de Rivera, y que Rozas 
intervino con soldados regimentados, su pabellón enarbo- 
lado. 

Sobrevino entonces el bloqueo de Buenos Aires por la 
escuadra francesa, que naturalmente tenía en nuestro puer- 
to su centro de operaciones, emergencia que nos compro- 
metió más y más con el dictador argentino. 

ün ejército suyo de seis á siete mil hombres, reunido en 
el Entre Ríos y mandado por el general Echagüe, invadió 
súbitamente nuestro territorio, en 1839. Servíale de pre- 
texto, la reinstalación de la presidencia de Oribe, quien al 
ll^ar á Buenos Aires había protestado contra la renuncia 
que de ella hizo voluntariamente ante las Cámaras, al au- 
sentarse de aquí. El pretexto era tanto más fútil, cuanto 
que sólo le faltaban cuatro meses de mando, y que ni vino 
él á reconquistar su presidencia. 

La guerra que empezaba no pudo, pues, ser considerada 
sino como guerra nacional. 

El capitán Pachecd ascendido á sargento mayor, fué 
puesto á las órdenes del general don Rufino Bauza, nom- 
brado comandante general de armas de la capital y su de- 



V.M..': 



184 REVISTA HISTÓRICA 



•';^'' .' . partamento. Obtuvo toda la confianza de este oficial ge- 

: ^5^' w^ , ;^' neral, y despicó tanto celo é inteligencia, que puede decir- 
. ' ^ • ' se se constituyó en órgano indispensable de todo el servicio. 
;•..;:' Amagado el departamento por una incursión que hizo hasta 

. :>" las puntas del Miguelete el coronel don Manuel Lavalleja, 

/ en veinticuatro horas reunió y equipó una fuerza de caballe- 

ría capaz de repeler cualquiera tentativa semejante. 

Cooperó con su eficacia y actividad en el equipo y apres- 
tamiento de refuerzos de infantería, que esta comandancia 
tuvo orden de enviar al ejército, y vencedores de la inva- 
sión el 29 de diciembre de ese mismo año, el sargento ma- 
yor fué llamado á continuar sus servicios en campaña. 

Las aptitudes que desplegó en la capital, hicieron se le 
destinara al E. M. G. Allí descubrió nuevos recursos y 
mayor aplicación al buen desempeño de sus deberes, y fué 
adquiriendo importancia y consideración hasta ser nom- 
brado 2.** jefe de este ramo y encargado del detall, sobre- 
llevando casi exclusivamente todo el trabajo. 

En el entretanto se relacionaba estrechamente con los 
jefes de más valer del ejército, se hacía de ellos escuchar, 
y en más de una ocasión, hicieron apercibir al general Ri- 
vera que sus operaciones eran discutidas y algunas comen- 
tadas desfavorablemente por sus subordinados. Conociendo 
dónde estaba el centro de esta oposición, quiso alejarle del 
ejército, y el teniente coronel Pacheco (promovido á este 
grado al ser nombrado Jefe de detall) tuvo ordsn de bajar 
á la capital para hacerse cargo de la Jefatura de Policía y 
Comandancia Militar del departamento de Mercedes, con 
la oferta de recibir con esta investidura la graduación de 
coronel. 

O no quiso el general Rivera que se advirtiese el móvil 
de su conducta mostrando disfavor, ó bien quizo hacer las 
cosas noblemente, al separar á un hombre cuyos servicios 
eran apreciablcs, y usufructuarle en otro puesto. 

E? ta separación le fué muy penosa, porque el ejército 
estaba próximo á pasar al Entre Ríos en cuya campaña 
anhelaba servir. Pero hubo de resignarse, y emprender su 



iffi^Viff 



'f* 




DE LA UMVERHIDaD 185 

viaje para la capital, donde le fueron cumplidas ias ofería^Qo 
del general, pasando inmediatamente á instalarse en su"^^ 
nuevo mando. a 4^ 

Bosquejaremos antes de hacerle entrar en la gran escena ^n^ 
en que, desde aquí, empieza á figurar, el carácter j cualida- "^^iifo 

des del coronel Pacheco. i^ 

Tenía un temperamento fogoso y apasionado. Cuando 
nada le estimulaba, era indolente y perezoso, á punto de 
pasarse los días acostado, soñoliento, ó entr^ado á la lec- 
tura. Pero que una ocupaciou cualquiera le pusiese en ac- 
ción, era activo y constante. Si en vez de una ocu- 
pación, casi indiferente, tenía empeño en cons^uir su 
objeto, era entonces tenaz é incansable, á punto de no 
admitir dilación, removiendo y dominando cualquiera in- 
conveniente ó resistencia que le embarazase. Exci- 
tado por el entusiasmo más ardiente que le inspira- 
ra la causa que había abrazado, causa que, con la más pro- 
funda convicción, él creía justa, santa y gloriosa, sin esfuer- 
zo ni hacerse violencia, se elevó á la altura de sus convic- 
ciones por la fuerza incontrastable de su voluntad, el bri- 
llo y lucidez de su inteligencia y la actividad febril de su 
acción que no le permitía sino escasísimas horas de des- 
canso; y aún de éstas, sin que se pasara una que no fuese 
interrumpida por alguna orden, anticipándose á los queha- 
ceres del día venidero ó corrigiendo ó reparando algún 
error ú omisión. Digo, sin que le costara violencia, — apa- 
rente al menos —porque se mantuvo con igual tesón todo 
el tiempo que estuvo al frente de la defensa; y que él, de una 
naturaleza enfermiza, gozó de mejor salud entonces que en 
otras épocas de mayor sosiego para su ánimo. 

Sus sentimientos de amor patrio, se habían exaltado á 
términos, que pocos hombres podrían expresarlos con igual 
ardor y elocuencia; y sus acciones hacían buenas sus pala- 
bras. Para él, el hombre que había servido á la patria, tenía 
todo derecho á protección; y no le escaseaba alabanzas ni 
servicios. No conoció el mezquino sentimiento de la envi- 
dia, y así elogiaba más al que más lo merecía, sin que le 



186 REVISTA HISTÓRICA 

detuviera el temor de la rivalidad: por el contrario, esta cir- 
cunstancia le impulsaba á ser más pródigo de encomios y 
encarecimientos. — Exagerado algunas veces con los amigos 
á quienes quería bien, nunca fué injusto ni deprimió á los 
que no le eran afectos, si tenían títulos á la gratitud pú- 
blica. 

Tocó los extremos en cuanto á generoso y desprendido, 
haciendo gala en dar, aún cuando para ello tuviese que pe- 
dir y contraer empeños que rara vez dejó de satisfacer el 
día fijo que prometía. Razón por la cual siempre tuvo cré- 
dito con los amigos á quienes ocupaba. 

Dotado de una inteligencia privilegiada y de una ima- 
ginación rápida cuanto ardiente y entusiasta, nutrió, y se 
desenvolvieron estas brillantes facultades por la lectura que 
era una de sus pasiones y su recreación favorita. 

Estudió la historia de varios países, y con especialidad 
la de Francia y su revolución, que conocía en sus menores 
detalles. La de América y las guerras de su emancipación, 
le eran familiares y hablaba de ellas con extensos datos y 
conocimientos. 

En los últimos años de su vida, se proponía escribir la 
biografía de los hombres más notables que en ella habían 
nacido. 

Tenía suma facilidad en versificar y escribir en prosa, 
con un estilo que arrastraba por la lógica y colorido de sus 
pensamientos é imágenes. 

La fuerza de su imaginación lo descarriaba á veces, ha- 
ciéndole exagerar los sentimientos nobles y generosos, sa- 
crificándole conveniencias reales, y le hacía dar asenso á 
algunos presentimientos y supersticiones vulgares. 

Así que jamás emprendía cosa de importancia en día 
martes, y le aconteció notar al salir una vez de su casa para 
una empresa, que había bajado el umbral con el pie dere- 
cho, y subió inmediatamente para partir con el izquierdo, 
porque había leído que un pueblo de la antigüedad tenía 
la preocupación, que salir con este pie era signo de buena 
fortuna. 



DE LA UNIVERSIDAD 187 

Su memoria era prodigosa. Recordaba sesiones enteras 
del congreso de Buenos Aires á que había asistido siendo 
col^al; todas las proclamas y documentos notables de 
aquella época, máxime tantas publicaciones burlescas como 
aparecieron; los nombres y las fechas dé los más de los 
personajes y sucesos históricos; multitud de versos y un cú- 
mulo de anécdotas curiosas que contaba con mucha gracia. 
Así era su conversación de entretenida y varia, que las per- 
sonas que le frecuentaban no se cansaban de su sociedad. 

Luego, su facilidad para hablar, tanto que creemos que el 
don de la palabra fué la facultad más prominente en él. 
Sus improvisaciones en público fueron siempre elocuentes, 
y herían fuertemente las cuerdas del corazón que le conve- 
nía tocar. 

Por todas estas cualidades reunidas y por una conducta 
siempre leal, patriótica y animosa, fué que llegó á ejercer 
tanta influencia sobre sus correligionarios políticos que, 
puede decirse, habría sido decisiva, si algunos desvíos pro- 
pios no hubiesen minado su valimiento. 

El coronel Pacheco llegó á Mercedes oportunamente y 
. tomó posesión inmediata de su empleo. Se hallaba aquel de- 
partamento como los más de la República, en un desgo- 
bierno completo. 

Amagados entonces con una segunda invasión más po- 
tente que la del general Echagüe, el general Rivera se ha- 
bía propuesto llevar la guerra á la otra parte del Uruguay, 
donde incorporándosele el ejército correntino, creía poder 
establecer la lid con más ventaja. 

Como medida precautoria para el cTaso de un revés, el 
Grobiemo había dispuesto se organizasen militarmente todos 
los departamentos. Esta era la misión más importante de 
aquel momento, y para llenarla cumplidamente, desplegó 
el nuevo jefe verdadero celo é inteligencia. 

Sus medidas fueron tan acertadas, que en breve hubo 
organizado las milicias en número tan crecido como nunca 
habían alcanzado allí. Sus proclamas y discursos, y la fe- 
liz elección de los agentes que empleó, junto con su pre- 



188 REVISTA HISTÓRICA 

senda y actividad en todas partes, fueron los únicos resor- 
tes que dieron este gran resultado. Allí, como en los de- 
más puntos, y aún más quizás, existía una masa de hom- 
bres que, ó desafectos al partido que estaba en el poder 6 
sordos á los intereses de la patria y atentos sólo á su bien 
particular, se esquivaban siempre de todo compromiso y 
obligación, máxime si se trataba de enrolamiento. 

El supo hacer comprender á los primeros, que antes de 
los intereses de partido estaba el interés nacional; y á los 
segundos, que se arriesgaba más en desobedecer que en 
someterse. 

La primera gloria, sin embargo, á que aspiró, fué regu- 
larizar la administración, haciendo sensibles los beneficios 
del orden, la seguridad y el goce de todos los derechos. 
Abrazó en el acto el conjunto de sus deberes, y se ocupó 
con igual anhelo en favorecer la enseñanza pública, en la 
compostura de caminos y pasos reales; en los medios de 
hermosear y dar comodidad á la población, consti-uyendo 
veredas, estableciendo el alumbrado de las calles y los ca- 
rros de la limpieza pública, mejoras que la riqueza y cul- 
tura de aquel vecindario hacían de fácil realización. Con- 
vocó á los vecinos para que le auxiliaran á llevar á ejecu- 
ción estos proyectos y le ofrecieron entero concurso y coo- 
peración. 

Pero su más difícil tarea consistía en subordinar algunos 
espíritus díscolos é indómitos, que avezados al crimen y á 
no reconocer freno en sus desmanes, hacían alarde de bur- 
lar la policía. Les amonestó, por emisarios adecuados, á que 
entrasen en la línea del deber, dándoles un plazo para pre- 
sentarse, pasado el cual, siendo agarrados se les trataría con 
todo el rigor á que dieron mérito sus hechos. Redujo al 
mayor número, pero unos pocos más contumaces siguieron 
sus correrías, abrigándose, cuando se veían perseguidos, en 
los montes, que son por aquellos parajes tan abundantes y 
extensos. 

Lisonjeándose con la idea de haber hecho lo suficiente 
en cuanto á aprestos militares, porque esperaba que la suer- 



t)É LA UNIVERSIDAD ISd 

te fuera propicia & nuestras armas, y á todo evento, en que 
lo que había alcanzado le respondería de poder disponer de 
cuantos elementos bélicos se encerraban en el término de 
su jurisdicción, quiso conquistarse una corona cívica, dejando 
recuerdos permanentes de su bien entendida administracióa. 

Noble aspiración y laudable empeño, que el destino le 
arrebatara, lanzándole en otra senda, bien que menos bené- 
fica y útil para la prosperidad de la patria, no menos glo- 
riosa ni de menos alta prez; gloría que aparecerá más pura 
á medida que el tiempo pasando, cídme la violencia de las 
pasiones encontradas, que tan rencorosas se agitaron. 

Entregado á proyectos que impulsaron los elementos de 
riqueza y engrandecimiento que poseía el magnífico terrí- 
torio que mandaba, proyectos tendientes á dar mayor s^u- 
rídad y garantía á nuestros criadores de ganados, y fomen- 
to á la industria y la labranza, el día 8 de diciembre le 
sorprendieron los rumores de una gran batalla perdida por 
uoestras armas, en los campos del Arroyo Grande. 

Esparcióse allí la primer noticia por un oficial disperso 
en la acción que llegó con una celeridad extraordinaria, y 
buscando en los montes dónde ocultarse, cayó en manos de 
los pocos hombres desalmados que en ellos habían hallado 
refugio. Supieron por él, el desastre cruel que habíamos su- 
frido; y 80 pretexto de color político le ultimaron bárbara- 
mente, le despojaron, y salieron después á circular la mala 
nueva. Con este reciente atentado repitió sus órdenes para 
la ¡Hrisión de los delincuentes, dando tales prescripciones 
que esperó prenderles, proponiéndose hacer con ellos tal 
escarmiento que sirviera de lección saludable y vigorizara 
su autoridad. 

Al siguiente día nuevos dispersos confirmaron la fatal 
noticia, suministrando pormenores que le hicieron compren- 
der la ruina y total dispersión de nuestro ejército. 

Miió con una mirada profunda é irritada el caos que por 
todas partes ofreda el país, para oponerse á la tremenda 
invasión que iba á asolarle: la generalidad de los departa- 
mentos, sin organización militar ó defectuosa é incompleta; 



19Ó REVISTA mSTC^RICA 

el tesoro exhausto por fraudes conseutidos y manejos re- 
prochables; el Gobierno débil y gastado, é incapaz de arros- 
tar los azares y enormes dificultades de que iba á verse 
cercado; el general Rivera, el baluarte más firme de la in- 
dependencia nacional, desalentado quizás; su prestigio, aho- 
ra más que nunca necesario, quebrantado por la desgracia, 
y sus huestes desbandadas. 

Nada de esto pudo poner pavor á su corazón, ni contur- 
bar su mente. 

Sabía que ios pueblos hacen esfuerzos de gigante cuan- 
do se les hiere en sus creencias, en sus derechos, en el sa- 
grado de su suelo nativo. Juzgó que el pueblo oriental no 
es inferior á otros pueblos, y que sabiéndole dirigir, á las 
voces de patria y libertad, haría prodigios de constancia y 
valor. Quizás también sintió en sí fuerza y cualidades bas- 
tantes para dar impulso á esta lucha, — al parecer temera- 
ria, — y á ejercer en ella una influencia superior. 

Tampoco se le pudo ocultar que, si el pánico horrible 
que precedía la marcha del invasor, era un elemento pode- 
roso para intimidar y apagar la resistencia, — una vez ésta 
entablada, — aquellas espantosas crueldades sublevarían to- 
das las almas bien puestas, y nutrirían dando incremento 
y expansión al fuego concentrado de la defepsa nacional. 

Para no creerse engañado en sus apreciaciones, tenía los 
antecedentes de la campaña de Ek^hagüe, en que los mis- 
mos principios y las mismas banderas, habían sido comba- 
tidas y vencidas por solo los orientales, sin la concurrencia 
ya del elemento unitario. 

¿Sería la invasión ahora menos ominosa para que ma- 
yor número de lanzas y bayonetas pretendieran impo- 
nernos? 

¿O porque trajesen como auxiliares, — escrito en sus 
pendones, — el exterminio para sus contrarios y la confisca- 
ción, terminantemente prohibida en nuestro Código Fun- 
damental? 

La confiscación que arrebata la fortuna adquirida por 
el trabajo, la honradez, la economía de la larga existencia 



bfe LA UNIVERSIDAD lÓl 

de un padre de familia, á veces de dos y más generaciones; 
que destruye los grandes caudales así acumulados porSuá- 
rez, Sayago, Márquez y rail otros, que debían el origen al 
respeto y consideración de todos, sirviendo de moralidHd 
por el estímulo laudable que ellos infundían, — y que le- 
vanta sobre sus ruinas media docena de fortunas innobles, 
que engendran la envidia y todas las aspiraciones bastar- 
das, hasta el espíritu de revuelta para reconquistar la usur- 
pación ó enriquecerse como otros se enriquecieron. 

¡La confiscación y el exterminio! ¡La preponderancia ex- 
tranjera representada |)or un Rosas, el azote de la huma- 
nidad! ¿Cómo dudar de la justicia, de la santidad de la 
causa? Los mismos orientales á quienes la fatalidad había 
arrastrado en pos de Oribe, venían abismados del cúmulo, 
de males que iban á talar su tierra infeliz. ¡Al menos, todos 
aquellos que tenían cabeza para pensar y corazón para sen- 
t\rl Ese falso pundonor que nos liga á todos de no desertar 
de un compromiso contraído, cuando no se previeron todas 
sus consecuencias, los encadenaba en su puesto: quizás 
también el terror y la certeza del triunfo. Apelamos á sus 
conciencias, y día llegará en que algunos publiquen sus 
dolorosas impresiones: no, ellos no pudieron derramar 
sobre su patria, próspera y feliz entonces, los trastornos 
calamitosos que se le preparaban. Testigos, la carta de don 
M. Errdsquin, y la noble conducta del general Garzón, 
bastante independiente, para no querer venir á presenciar 
desastres que no podría contener ni mitigar siquiera. 

Su odio á la revolución y dilapidaciones del general Ri- 
vera, no los autorizaba á tanto. Los había vencido con ele- 
mentos nacionales. En buena hora le hicieran la guerra, 
pero apelando sólo al sentimiento del país. Quizás, quizás 
hubiese correspondido á sus deseos; y si sucumbían habrían 
llevado consigo la simpatía y el interés de muchos de los 
buenos, tal vez de los más. Entonces el coronel Pacheco ha- 
bría sido un jefe como otros, porque le hubiera faltado la 
fe en el corazón y la inspiración, hija sólo de profundas 
convicciones. 



1&2 REVISTA HTSTX^RICA 

Preciso es establecer bien estas premisas, porque la jus- 
ticia del móvil, es el alma que realza y diviniza los esfuer- 
zos humanos, y la luz que los muestra en relieve á la pos- 
teridad! 

El extravío y obcecación de las pasiones podrá aún po- 
nerla en duda; pero la historia le dará plena razón y 
santificará sus trabajos; y siempre que la patria oriental 
sea hollada por la planta insolente del extranjero querien- 
do dominarla, sus buenos hijos le dedicarán un recuerdo, y 
desearán se presenten otros que se le asemejen. La ver- 
güenza y el oprobio son el sentimiento de las naciones que, 
sin lidiar, inclinan la cabeza á voluntades extrañas, aún 
cuando éstas no pretendiesen entronizar la arbitrariedad, el 
despojo y el degüello. 

El coronel Pacheco, fuerte en su derecho, penetrado de 
la magnitud del desastre, y escondiendo en el pecho sus do- 
lorosas reflexiones, se presentó impávido y sereno, resuelto 
á conjurar la pavorosa borrasca, ó á sucumbir en ella. — En 
su derredor todo fué postración y espanto en los primeros 
momentos: él tuvo el envidiable saber y el raro ascendien- 
te, de trocar casi instantáneamente el desaliento en brío y 
esperanza en la salvación de la República, excitando la ab- 
negación y el civismo, hasta en los pechos más indife- 
rentes. 

La noticia de aquel suceso nefasto, reveló á su mentía 
nuevas y poderosas concepciones, y toda la discreción, ener- 
gía y voraz actividad para dar el término cumplido. 

Antes de recibir orden alguna, ni aíín el parte oficial de 
la derrota, se apoderó con mano robusta de todas las facul- 
tades gubernativas que podían desembarazar la ejecución 
de sus designios. 

Había pedido al Gobierno mandara armamento, vestua- 
rio, monturas, municiones: lo había pedido con instancia y 
por repetidos expresos; nada se le envió. Ante la urgencia 
del peligro, comprendió que era llegado el niomento de bas- 
tarse á sí mismo, y halló en su fecundo pensamiento recur- 
sos bastantes para llenar sus necesidades. 



bE La universidad Í^Á 

El pueblo de Mercedes, rico y surtido de cuantos artícu- 
los de comercio podía precisar, le proveyó abundantemente 
con que uniformar sus tropas. Las familias se ocuparon en 
coser vestuarios. 

Requisas rigurosas colectaron cuanUs armas existían. 
Todos los talleres se convirtieron en maestranza, armería y 
parque, para construir carros y fragua de campaña, hacer y 
componer armas, confeccionar correajes y municiones, diri- 
giendo y activííndo personalmente estas obras- 

El comercio, y en particular los amigos de la causa, faci- 
litaron los fondos de que había menester. 

Decretó el enrolamiento para el servicio activo desde 14 
años hasta 50, siendo igual é inexorable en esto como en 
todo, para el rico como para el pobre. De 50 para arriba 
formó la milicia pasiva. Decretó la formación de un bata- 
llón de infantes de las gentes del pueblo. 

Anticipándose al Cuerpo Legislativo, y autorizado por la 
ley suprema de la propia conservación, decretó la libertad 
de la esclavatura, y convertidos en hombres Ubres les im- 
puso el deber de la defensa nacional. 

Interesó é hizo tomar parte en sus trabajos, á los célebres 
coroneles Olavarría y Hornos, con muchos otros emigra- 
dos y extranjeros. 

Equipaba, dándoles media paga, á los oficiales y tropa 
del ejército que caían dispersos, haciéndoles r^resar á sus 
filas, dominada ya la impresión de la derrota. 

Pers^uía con incansable af^n á los forajidos que se 
abrigaban en los montes y pretendían ahora partidarismo 
por la causa del vencedor. 

Todos estos trabajos se ejecutaban con la celeridad del 
pensamiento por el coucuerdo y orden que presidía en sus 
deliberaciones, y sin otro rigor que ruidosas amenazas, sin 
derramamiento de sangre hasta entonces. 

Mantenía una correspondencia activa con sus coleas de 
los departamentos vecinos, con el gobierno, con el general 
Rivera y sus jefes más acreditados, y con sus amigos in- 
fluyentes, comunicando á todos su patriotismo exaltado, el 

U. B. DK LA C- -18 



194 REVISTA HISTÓRICA 

éxito de sus trabajos y sus eoQvicciones entusiastas de que 
la República podría ser asolada, pero saldría triunfante en 
la encarnizada contienda 

El fu^o que brotaba de su alma se transmitía á los que 
le escuchaban: las esperanzas empezaron á renacer, y los pe- 
riódicos á. ensalzar sus tareas y á creer en la posibilidad 
del triunfo, considerándole como un ariete, cuyos esfuerzos 
levantarían del suelo el espíritu público, postrado por el 
terrorismo y el poder inmenso del invasor. 

Hasta entonces, para muchos, la principal áncora de sal- 
vación estribaba en la nota colectiva que los ministros 
Meodiville y Delurde, pasaron á Rozas después de la ba- 
talla, intimándole diera orden para que sus tropas uo pasa- 
mn el Uruguay. El coronel Pacheco juzgó desde el primer 
momento irrisorio ese documento, y vio en él una tendeuT 
cia fatal á adormecernos en la confianza que haría más fá- 
cil nuestra ruina. Escribió en consonancia á todas partes, 
estimulando con mayor ahinco el celo en los aprestos, di- 
ciendo de no fiar sino al número y temple de nuestros pe- 
chos y aceros, el sagrado depósito de nuestras libertades 
públicas. 

Más de 1,100 hombres de caballería y 300 infantes se 
hallaban reunidos, en un departamento que escasamente 
había podido dar antes, un contingente mayor de 300 ji- 
netes. 

Perfectamente equipados y montados, los ocupaba á 
todas horas en ejercicios de armas, y en evoluciones que 
los amaestraran en el arte de la guerra, permaneciendo fir- 
mes en su puesto hasta que la proximidad del enemigo de- 
terminara su acción ú órdenes superiores le marcasen su 
destino. 

Capturó alguno de los malhechores, entre ellos, uno de 
los asesinos del oficial mencionado, y un agente del gene- 
ral Oribe, y aprovechando la coyuntura de practicar un cas- 
tigo que impusiera, formó toda su tropa y con grande os- 
tentación y aparato, hizo fusilar á tres, eligiendo para este 
acto riguroso la cuchilla más alta á inmediaciones del pue- 
blo. 



DE LA UNIVERSIDAD 19?) 

Proclamó en seguida su tropa inculcándole, cuan abo- 
minable y despreciado se hacía el que traicionaba su patria. 
Y para impresionar más vivamente los ánimos hizo arrasar 
la pequeña habitación de uno de ellos, fijando en alto este 
letrero: *Aquí se abrigó la traición: la justicia nacional 
arrasó la guarida^. 

Esta fué la vez primera que el coronel Pacheco derramó 
la sangre de sus semejantes; y es justo para su buen nom- 
bre notar, que las pocas veces que lo hizo, lo hizo á la luz 
del día, dando toda publicidad y aparato al castigo que 
creía merecido, para producir el escarmiento y evitar la re- 
petición de actos que repugnaban á su corazón; lo hizo, 
aceptando para ante el tribunal de los hombres y la histo- 
ria la responsabilidad más completa, conforme en su (íon- 
ciencia y ante Dios, reposaba en la justicia de sus fallos. 

Recibió á este tiempo del general en jefe la orden de in- 
corporarse al ejército con la división de caballerín, y dirigir 
á la capital la infantería. 

Ejecutó lo que se le mandaba, haciendo acompañar al 
batallón y un gran convoy de familias que voluntariamente 
abandonaban sus casas, por una fuerza de caballería, y lo 
practicó él poco despufe con sus demás escuadrones. 

Mas á cortas leguas del pueblo, le llega aviso de haber 
entrado á él y aparecido por sus alrededores, varias parti- 
das enemigas: contramarcha rápidamente, los arrolla de- 
lante de sí, los desaloja y entra de nuevo en Mercedes. En 
aquellos momentos llegaba la escuadrilla de Buenos Aires, 
trayendo para posesionarse del punto al coronel Pinedo con 
300 infantes. Sus órdenes le prescribían la incorporación 
pronta al ejército, y por otra parte, con caballería única- 
mente, no podía repeler la agresión sin pérdida de mucho 
tiempo; emprendió, pues, otra vez su partida. 

Es muy notable y digno de encomio advertir que todas 
estas medidas rigurosas, y aún violentas algunas, fueron 
llevadas á cima con tanto pulso y juicio, que ellas no pro- 
vocaron odio ni animadversión pública contra su auior. 
Puso en contribución principalmente á los que eran más 



196 REVISTA HIST(ÍrICÁ 

pronunciados por la defensa nacional, diciéndoles: <>si 
triunfamos, como confío, el erario público os pagará con 
creces v tendréis la satisfacción de haber rendido un servi- 
cío importante; si sucumbimos, de todas suertes, vuestros 
haberes no serán bastantes á saciar la rapacidad del ven- 
cedor.» 

La libertad de la esclavatura, habría sólo causádole se- 
rias y quizá invencibles dificultades de parte de los extran- 
jeros, si como lo calculó perfectamente, su actitud no arros- 
trara la indecisión del Cuerpo Legislativo. Felizmente, la 
ley extinguiendo el derecho que su decreto atacaba, para- 
lizó toda resistencia á su mandato. 

Ni tíimpoco olvidó su solicitud al vecindario que iba á 
abandonar. Prescribió á la milicia pasiva sus deberes en lo 
sucesivo, limitados á repeler toda gavilla de ladrones ó 
desertores, y acatando las fuerzas que obedeciesen á cual- 
quiera de los contendiente^. Invitó á los extranjeros, y ellos 
aceptaron compartir este servicio vecinal. 

Conservó hasta su muerte un recuerdo tierno de afecto 
é interés por Mercedes y su departamento. Allí fué la cuna 
de su gloria, y donde su palabra, por primera vez, reper- 
cutió sonora y simpática, invocando Patria y Libertad! 

En el paso de Villasboas del río Yi, ingresó él con su 
división compuesta de ochocientos y más soldados, en las filas 
del ejército. El general Rivera la pasó en revista, y al ver su 
número y organización, disciplina, y el espíritu marcial que 
en ella reinaba, no pudo contenerse de decir al coronel Pa- 
checo: ítSi en todos los departamentos hubiese tenido jefes 
como tu, yo respondo que el enemigo no pisaría esta mar- 
gen del río Negro». 

En estas palabras se encerraba la recompensa más grata 
á su corazón. Este le había hecho sentir, y su razón se lo 
confirmaba, que había el deber de resistir, y los elementos 
para triunfar: la exclamación del general ratificaba sus sen- 
timientos y cálculos. 

Desde aquel momento, hasta la retirada á Canelones, 
acompañó al ejército. Fué en ese corto período el cónsul- 



DE LA UNIVERSIDAD 197 

tor en quien el general ponía más confianza, y su consejo, 
decisión é incansable afán, concurrieron á activar la re- 
unión de las fuerzas que se habían levantado en otros de- 
partamentos, y en inculcarles orden, moralidad y entu- 
siasmo por la causa. 

Allí, todo el tiempo que no estaba ocupado con el gene- 
ral, lo empleaba en recorrer los cuerpos, en hablarles, y su 
palabra prestigiosa ya por el éxito de sus brillantes traba- 
jos, era escuchada con respeto é interés. En sus discursos 
exaltaba el brío y la constancia del soldado oriental; reme- 
moraba sus hechos pasados, por los que conquistaron pa- 
tria é independencia; la ruina de cuantas agresiones injus- 
tas nos había traído la República Argentina, y predecía 
que la presente invasión, si bien más pujante, destructora 
y sangrienta, tendría por eso mismo un escarmiento mayor 
y de más alto renombre y honor para nuestras armas. 
Concitaba á la vez el odio contra el enemigo, pintando con 
vivos colores los horrores que dejaba en su rastro, y de que 
iban á ser teatro nuestros pueblos, nuestros campos, y 
hasta el hogar de las familias. 

El general Rivera, cuya conveniencia suprema para el 
éxito de sus operaciones ulteriores estaba en salvar la ca- 
pital, centro de todos sus recursos, comprendió cuánto im- 
portaría para su defensa la presencia dentro de sus muros 
y al frente de la repartición de la guerra, de un hombre 
como el coronel Pacheco, y le propuso el Ministerio de la 
Guerra. 

El se manifestó dispuesto á servir donde fuera más útil 
y pudiera contribuir con más eficacia al triunfo nacional, 
pero le significó la necesidad de conservar al general Paz 
en el mando del ejército de la capital. 

Contrariaba á Rivera esta exigencia, porque estaba lle- 
no de prevenciones contra aquel entendido jefe, y pretendió 
convencer á Pacheco, que concentrada en su mano toda la 
autoridad militar, podría desenvolver sus planes sin que le 
entorpecieran las pretensiones de un hombre tim engreído 
que creía á todos inferiores á su mérito y saber: y proponía 



198 REVISTA HISTÓRICA 

para mandar ese ejército otro jefe de condición más blan- 
da y acomodaticia. Le halagaba también, haciéndole entre- 
ver, que en este caso, toda la gloria de la defensa refluiría 
en él. 

Pero Pacheco era más patriota que aspirante. Bien se le 
alcanzaba que mandando Paz el ejército, su posición en el 
Ministerio era secundaría; y que los laureles que se obtuvie- 
sen, se distribuirían todos á este general acostumbrado siem- 
pre á vencer, por sus acertados planes y hábil estrategia. 
Pero comprendía también que en presencia del peligro in- 
minente que corríamos, debían usufructuarse los servicios 
de todos, y más en particular los del general Paz, que, aún 
prescindiendo de su ciencia militar, representaba por ^í solo 
una fuerte columna en la confianza que inspiraba á los pro- 
pios, y el temor y recelo que infundiría en los contrarios. 
Insistió, pues, agregando á estos conceptos, que en cuanto á 
él no podía solo asumir tan seria responsabilidad de que la 
suerte de la República pendía probablemente, porque ni 
tenía en sí, ni podía merecer de nadie, la confianza de co- 
rresponder dignamente á tan importante misión. 

El general, empero, no desistió de llevarle al gobierno, 
aplazando la cuestión del mando de Paz para cuando llega- 
se á Montevideo. 

El coronel Pacheco le precedió de algunos días. A su 
arribo los patriotas le recibieron con universal aplauso, y la 
prensa le saludó como á un hombre de quien se esperaba 
mucho más para el porvenir de la patria de cuanto había 
hecho ya en pro de la causa: tan aventajada era la idea que 
había hecho concebir de sus talentos administrativos, capa- 
cidad militar y acendrado patriotismo. 



La nacionalidad de los hijos de los brasi- 
leños nacidos en la República 



Las notas del doctor Lamas que publicamos, tratan una 
cuestión de la mayor importancia para los pueblos de Amé- 
rica. El éxito obtenido por el Ministro oriental en el Bra- 
sil merece ocupar, á justo título, un lugar preferente en el 
primer numero de la Revista Histórica de la Universi- 
dad, porque significa en definitiva un triunfo de! criterio 
americano sobre el principio europeo en materia de nacio- 
nalidad, pues la cancillería brasileña no podía, con arreglo 
á las mismas disposiciones constitucionales del Brasil, de- 
fender la doctrina que impugnó victoriosamente el doctor 
Lamas. 

El criterio europeo y el americano tienen necesariamente 
que ser opuestos para apreciar la cuestión de la nacionali • 
dad. El primero, el criterio europeo, está condensado en los 
breves términos con que Bluntschli resuelve esta cuestión 
diciendo: « El carácter de nacional reside en la sangre y 
« en la raza; es ante todo personal; la consideración del lu- 
^ gar del nacimiento ó el domicilio sólo vale en segundo 
« término: el lazo que une al individuo á la nación es de- 
« cisivo; el que lo une al país es secundario. » 

El criterio americano, por el contrario, sostiene que el 
nacimiento es decisivo para determinar la nacionalidad, y 
respondiendo á ese principio declara, como lo hace el ar- 
tículo 7.*' de nuestra Constitución, que « ciudadanos natu- 
« rales son todos los hombres libres nacidos en cualquier parte 



200 REVISTA HISTÓRICA 

oc del territorio del Estado». Las demás constituciones de 
América, con ligeras variantes de forma, hacen la misma 
declaración. 

Es el conflicto del jus solis que según la tradición feu- 
dal consideraba al hombre como una dependencia del suelo, 
y el jus sanguinü del moderno derecho europeo, fundado 
en el principio de las nacionalidades, que sólo atiende al ori- 
gen del nacimiento para establecer la agrupación á que per- 
tenece el individuo. 

El jiLB 8olÍ8, respondiendo á la naturaleza de las cosas y 
también á la ley de la necesidad, ha venido áser el principio 
americano, aceptado tácitamente por la práctica en la Eu- 
ropa contemporánea, pues son contados los casos de con- 
flicto que esta diferencia de criterio engendra entre ambos 
continentes. 

Decimos que este principio responde, en América, á la 
naturaleza de las cosas, porque ella fué poblada desde su 
origen por hombres que en su mayoría soñaban con la fun- 
dación de una patria nueva más grande y sobre todo más 
libre de la que abandonaban. Y aún los que no se daban 
cuenta de esta aspiración, tendían instintivamente ala eman- 
cipación, u por lo menos, á la autonomía. 

Así los puritanos que en 1620 desembarcaban en la 
América del Norte, decían á los pocos días de pisar la nueva 
tierra: « Declaramos solemnemente ante Dios que nos uni- 
« mos para formar un cueiyo civil y político y establecer 
« el orden, dictando las leyes, ordenanzas, resoluciones y 
« creíindo las instituciones necesarias para el bien público 
« de la colonia», con cuyos términos decretaban los colonos 
del Norte la nueva patria que fué totalmente libre en 1 776. 

La emigración que pobló la América española y portu- 
guesa, reclutada, en su mayor parte, entre los desheredados 
de la fortuna, reivindicó también desde los primeros días el 
gobierno propio en sus formas más rudimentarias pero no 
por eso menos decididamente: el nombramiento de Hernan- 
darias de Saavedra á principios del siglo xvii es una buena 
prueba de ello. 



bE LA UNIVERSIDAD 201 

Fué, pues, la mente de los pobladores de América fun- 
dar nuevos organismos de cuyo funcionamiento resultó ló- 
gicamente el grupo de las actuales naciones de América. 

El Brasil, emancipado de Portugal, proclamó en su Cons- 
titución el principio del jií¿^ solü; declarando el inciso I."" 
del artículo 6.", que son ciudadanos brasileños todos los na- 
cidos en el Brasil, aunque el padre sea extranjero, aunque 
igualmente es cierto, que también declaró ciudadanos á los 
hijos de brasileños nacidos en el extranjero que establecie- 
ran su domicilio en el Imperio, lo que dio origen al con- 
flicto y discusión que motivan las notas del Ministro oriental 
en el Brasil, doctor Lamas. 

La solución del conflicto no podía ser otra que la obte- 
nida por el Ministro oriental, pues tratándose de doctrinas 
contrarias no podía la cancillena brasileña desconocer el 
derecho en que aquél fundaba su reclamo, desde que invo- 
caba la propia disposición constitucional del Brasil en la 
materia. 

Cabe notar todavía en apoyo del rigorismo de las dis- 
posiciones brasileñas sobre esta cuestión, que su Constitu- 
ción es la que menos facilidades da para la naturalización 
del extranjero y menos ventajas le ofrece, pues, por los ar- 
tículos 95 y 136, el ciudadano naturalizado no puede ser 
ni diputado, ni ministro. 

Entretanto, un país en el ijue se extremaba hasta ese 
punto e\ JU8 8olÍ8, pretendía imponer la nacionalización 
brasileña al hijo de brasileño nacido en nuestro territorio, 
aunque éste manifestara claramente su voluntad de seguir 
siendo oriental con la exhibición de su papeleta consular! 

Volvemos á repetir que la solución obtenida por la ges- 
tión del doctor Lamas no podía ser otra que la justa que 
Bgura en forma de acuerdo en las notas que publicamos, 
cuyo trabajo, estamos seguros, será leído con provecho por 
todos los hombres de estudio. 

Debemos, para terminar, dejar constancia que la nueva 
Constitución republicana del Brasil ha hecho desaparecer 
la mayoría de las dificultades que la imperial oponía á la 



202 REVISTA HI8T<5rIOA 

naturalización del extranjero, quien puede ejercer hoy to- 
dos los cargos públicos con excepción de la Presidencia de 
la República que, á semejanza de las demás de América, 
sólo puede ser ocupada por ciudadanos naturales. 

Manuel Herrero y Espinosa. 



Jiúm. 44. 

Legación de la República Oriental del Uruguay en el Bra- 
sil. 

Río de Janeiro, abril 14 de 1857. 

El infrascripto, Enviado Extraordinario y Ministro Ple- 
nipotenciario, acaba de recibir nuevas reclamaciones de in- 
dividuos que siendo orientales por el nacimiento, por las 
leyes de la República y por su propia voluntad, son consi- 
derados brasileños en la provincia de Río Grande del Sud 
y obligados al servicio militar del Imperio, en cuyo acto se 
desconocen é inutilizan por autoridades subalternas loe cer- 
tificados de nacionalidad de que aquellos ciudadanos orien- 
tales estaban legalmente provistos. 

Proveniendo las violencia^' de que se quejan los recla- 
mantes de la aplicación de una medida general, el infras- 
cripto contraerá á esa medida la reclamación que es de su 
deber presentar á S. E. el señor doctor don José María da 
Silva Paranhos, del Consejo de S. M., Ministro Secretario 
de Estado para los N^ocios Extranjeros. 

Por el inciso I.** del artículo G."* de la Constitución de es- 
te Imperio, son brasileños iodos los diácidos en su territo- 
rio^ ya sean ingenuos ó libertos, aunque el padre sea ex- 
tranjero, una vez que éste no resida por servicio de su 
nación. 

Haciendo la aplicación de este artículo contraías preten- 
siones de las naciones europeas que sostienen la regla de 



DE LA UNIVERSIDAD 203 

que el hijo hace parte de la nación d que pertenece sn 
padre, si nace de legítimo matrimonio, ó de la nación 
de su madre si ésta no es casada— hñ sostenido y soetíe- 
ne el gobierno de este Imperio: 

Que la primera calidad es la patria, la derivada del lu- 
gar del nacimiento; 

Que en ese concepto, por la presunción de que el que 
nace en cualquier Estado no se querrá privar del derecho 
de ser miembro de él, y por motivos de conveniencia na- 
cional, la Constitución no faculta sino que impone la na- 
cionalidad brasileña al que nace en el territorio del Brasil; 

Que no desconoce que el hijo se supone s^uir el destino 
de su padre en todo cuanto, en razón de su edad, no puede 
enunciar un juicio esclarecido y seguro; pero que esta pre- 
sunción no rige en los casos en que la ley, sustituyendo la 
voluntad paterna, ha supuesto la del menor como en el 
§ V del artículo 6.*" de la Constitución del Imperio. 

Esta es la interpretación doctrinaria de la Constitución 
brasileña, estos son los principios sostenidos por el gobier- 
no imperial en sus discusiones sobre la nacionalidad délos 
hijos de extranjeros nacidos en el Brasil, como es de verse 
en los Relatorios presentados al Cuerpo Legislativo, espe- 
cialmente en los de 1847 y 1852. 

Entretanto, la medida general adoptada y violentamen- 
te ejecutada en la provincia de Río Grande del Sud, de que 
el infrascripto reclama, se basa en los principios diametral- 
mente opuestos. 

El señor barón de Muritiba, Presidente de Río Grande, 
decía al Cónsul oriental, — si tales individuos son conside- 
rados orientales por el hecho material del nacimiento^ y 
sólo por él, esa circunstancia no puede perjudicar la prime- 
ra calidad^ entendiendo por primera calidad la derivada de 
la nacionalidad de los padres. 

Según la presidencia de Río Grande: 

La primera calidad no es, como sostiene el gobierno 
imperial, la patria, el lugar del nacimiento. 

No se presume, como dice el gobierno imperial, que el 



204 REVISTA HISTÓRICA 

que nace en cualquier Estado, quiera conservar el derecho 
de ser miembro de él. 

La ley no puede suplir en el caso, como el gobierno im- 
perial supone que puede suplir, la voluntad paterna, y el 
menor sigue forzosamente la condición de los padres. 

Doctrinas tan sustancialmente opuestas, principios tan 
mortalmente contrarios, no pueden existir en un mismo 
gobierno, en una misma materia, para la inteligencia délos 
párrafos de un mismo artículo de la Constitución. 

O los principios que rigen la interpretación del § 1."* del 
artículo 6.*" de la Constitución del Brasil, rigen la interpre- 
tación del § 2.** del mismo artículo, y en ese caso la medida 
reclamada por el infrascripto es— pripia facie— ilegal y aten- 
tatoria, ó esta medida interpreta bien la Constitución del 
Brasil, y en este caso el Brasil no puede sostener, bona 
fide^ la aplicación que hace del § 1."* de esa Constitución, — 
retracta los principios que hizo suyos al sostener esa apli- 
cación, y reconoce la injusticia con que ha resistido á las 
reclamaciones que sobre ella le hicieron y le hacen otras 
naciones. 

E^te dilema sería inevitable si la letra del § 1.'' del ar- 
tículo 6.** de la Constitución brasileña no declarara explíci- 
tamente cuál es el principio que la rige. 

El nacido en el Brasil, dice, es brasileño aunque el pa- 
dre sea extranjero. 

El principio, pues, que sostiene el gobierno imperial, — 
el de que la primera calidad es la patria — la derivada del 
lugar del nacimiento, — es el principio constitucional brasi- 
leño. 

El principio contrario, el que despreciando el hecho ma- 
terial del nacimiento hace primera calidad la nacionali- 
dad del padre, ese principio sostenido por la presidencia de 
Río Grande, es notoriamente inconstitucional en el Brasil. 

Siendo evidente que la Constitución no puede interpre- 
tarse contra su principio, esto es, interpretarse inconstitu- 
cionalmente, el § 2."* del artículo 6.*" en cuestión no admite 
ni puede tener la interpretación que le dio la presidencia 



^ 



btí LA ÜJÍÍVER8IDAD 205 

de Río Grande, para mantener los actos que dan origen á 
esta reclamación. 

La Constitución de la Repáblica Oriental del Uruguay 
declara ciudadanos orientales á todos los que nazcan en su 
territorio. 

Es el mismo principio de la Constitución brasileña. 

El Brasil no tiene, no puede tener derecho alguno que 
no tenga la República Oriental del Uruguay, que el Brasil 
no sea obligado á reconocer y á respetar en esa República 
como en cualquier otro Estado soberano é independíente. 

El derecho que tiene, y que ejerce el Brasil al declarar 
brasileño, al imponer la calidad de brasileño al que nace en 
el territorio del Brasil, es el mismo que tiene la República 
Oriental para declarar orientales á los que nucen en su te- 
rritorio. 

Ella lo tiene y ella lo ejercita:- -son orientales los que 
nacen en territorio oriental. 

¿Reconoce el Brasil en alguna nación extranjera el dere- 
cho de desnacionalizar, contra su voluntad, al ciudadano 
brasileño que tiene esa ciudadanía de las leyes del país en 
que nació y que quiere conservarla? 

S. K el señor Paranhos, contestará que no, que no reco- 
noce en nadie el derecho de desnacionalizar á un brasileño 
contra su voluntad, de privarlo de la protección del Brasil 
en que nació y á que quiere pertenecer. 

Esa contestación perfectamente justa, perfectamente arre- 
glada á la protección que debe el Brasil á todos los que re- 
conoce por hijos suyos, resuelve, inapelablemente, la recla- 
mación presente, pues, como va dicho, el Brasil no tiene ni 
puede tener derecho que no reconozca en la República, su 
igual en soberanía. 

En efecto, la medida adoptada y ejecutada en la Provin- 
cia de Río Grande, desnacionaliza á ciudadanos orien- 
tales contra su voluntad, violentamente. 

Ellos son orientales por el lugar de su nacimiento; y no 
sólo se presume, sino que, mayores de edad, declaran explí- 
citamente la voluntad de conservar y usar del derecho de 
ser miembros del Estado en que nacieron. 



206 REVISTA HrST<5RrCA 

Recurren á la autoridad oriental, prueban su nacimien- 
to, piden y obtienen el certificado de su nacionalidad, —y 
esta nacionalidad emana de un hecho y de un principio que 
el Brasil reconoce y aplica, — que hace parte de su misma 
Constitución. 

Entretanto, las autoridades locales de Río Grande decre- 
tan que esos orientales son brasileños aunque nacidos en 
territorio oriental, porque sus padres lo son,— los molestan, 
los oprimen y declaran nulos, cancelan, rompen descortes- 
mente los certificados de nacionalidad legalmente expedidos* 
por las autoridades orientales. 

Tales son los hechos en su más sencilla y verdadera ex- 
presión. 

Estos hechos, en su fondo y en su forma, encierran aten- 
tados é injurias individuales, — atentados é injurias interna- 
cionales. 

De esos hechos reclama el infrascripto, y reclama con- 
vencido de que el Gobierno de 8. M. no puede dejar de ha- 
cer pronta y plena justicia á esta reclamación. 

Desde que los individuos de que se trata son orientales 
en virtud de un principio y de un derecho que el Brasil 
reconoce y aplica por su parte, él no puede desnacionali- 
zarlos, ni privarlos del derecho de entrar, de salir y de re- 
sidir en el Imperio á la faz y bajo las condiciones de los 
demás orientales, de los demás extranjeros. 

La Presidencia de Río Grande ha declarado reciente- 
mente (oficio de 16 de febrero del corriente añoj en con- 
testación á la reclamación del Cónsul de la República, que 
si los individuos nacidos en territorio oriental querían go- 
zar los fueros que les concedía la ley constitucional del 
Estado Oneníal, ^allá deberían tener su domicilio. > 

Esta pretensión, que tal vez habría podido tener asidero 
en el derecho feudal, no lo tiene ni en los principios del 
moderno derecho de gentes ni en la Constitución y leyes 
de este país. 

La Constitución brasileña, apartándose del derecho feu- 
dal, como se apartó, el derecho moderno, no ha supuesto, 



t)É LA ÜNíVKbSrDAÜ 20 7 

en ningún caso, que la calidad de brasileño sea indeleble, — 
que se entienda de la cuna al sepulcro contra la voluntad 
del hombre. 

Ella ha reconocido que el ciudadano brasileño puede 
perder esa calidad— que puede renunciarla de diversos 
modos; y entre estos modos, por naluralizarse ciudadano 
extranjero. 

Aunque fuesen fundadas y admisibles algunas de las 
pretensiones deducidas por la Presidencia de Río Grande 
para sostener la medida, insostenible, origen de esta recla- 
mación, ellas debieron detenerse, cuando menos, en presen- 
cia de documentos que atestaban que si el individuo debía 
ser considerado brasileño ó por la nacionalidad 6 por el 
domicilio paterno, ese individuo había usado de una liber- 
tad constitucional naturalizándose extranjero. 

Las condiciones con que se otorga la naturalización del 
extranjero, son peculiares de cada país; (tada uno establece 
las que más le conviene ó cree convenirle. 

Desde que el extranjero las acepta libremente, desde 
que, con arralo á ellas, se naturaliza ciudadano de este ó 
del otro Estado, el acto está l^almente consumado, —lo 
está para la patria renunciada por el individuo de que se 
trate. 

Ijas fórmulas de la naturalización son del dominio pri- 
vativo de cada país. 

Al extranjero le basta saber por conducto competente, 
que esa que se le presenta es la fórmula bastante. 

Todos los nacidos en el territorio oriental, son, de dere- 
cho, orientales; y cualquiera autoridad oriental está no sólo 
autorizada sino que tiene deber estricto en el extranjero de 
reconocerles esa calidad, de declararla, de documentarla y 
de sostenerla. 

Desde que individuos nacidos en el territorio oriental 
se presentaron al consulado de su país, acreditaron el naci- 
miento que les confiere ipso fado la nacionalidad oriental, 
y pidieron que se les reconociese y documentase, el cónsul, 
competente para reconocerla y documentarla á nombre de 
la República, tenía deber estricto de hacerlo. 



J 



íiOft REVISTA HISTÍ^RrCA 

Ese documento era una prueba cabal de nacionalidad 
oriental. 

El hombre que lo presentaba se había hecho oriental; y 
como los brasileños tienen la libertad de natvralizarse 
orientales, no puede desconocerse, contradecirse, nulifi- 
carse ese acto sin atacar la libertad constitucional del hom- 
bre, sin atacar el derecho de la nación que lo reconoció y 
admitió como hijo suyo. 

¿Qué pueden exigir las autoridades del Imperio para 
reconocer que uno que consideraban ciudadano brasileño 
dejó de serlo por haberse naturalizado ciudadano ex- 
tranjerof 

¿La prueba de esa naturalización? 

Pues todos los orientales violentados á que se refiere 
esta reclamación la tenían y la presentaban en ese certi- 
ficado consular que han cancelado y roto atentatoria y des- 
cortesmente las autoridades de Río Grande. 

Y esos certificados consulares eran, en el caso, documen- 
tos intachables, pues reconociendo, como han reconocido las 
autoridades de Río Grande, que ellos eran expedidos 
á hombres nacidos en territorio oriental reconocían que 
de conformidad con las leyes de la República, ellos habían 
sido expedidos en r^la, legalmente, competentemente. 

Aun bajo este aspecto restricto, el proceder de las auto- 
ridades de Río Grande viola la Constitución de este Im- 
perio y es contrario á los deberes y á la cortesía inter- 
nacional. 

El infrascripto no puede dejar de llamar la atención de 
S. E. el señor Paranhos al hecho de que la República no 
sólo ha observado respecto al Brasil los principios en que 
asienta la presente reclamación, sino que los ha observado 
con extrema benevolencia, con extrema deferencia por el 
Brasil y por las autoridades brasileñas. 

El Brasil ha reconocido como brasileños á individuos 
nacidos y domiciliados en la República y que continúan su 
domicilio en ella, por el solo hecho de haber nacido duran- 
te la época de la ocupación brasileña. 



DÉ ti üiírvÉRsrí)AD 20Í) 

De e¡^ hecho no deduce la República, ni es dado deducir 
el derecho que el Brasil ha deducido: 

Primo: Porque declarados nulos, írritos y de ningún 
valor ni efecto los actos de incorporación al Brasil, aquel 
territorio no dejó de ser nunca para los orientales, tetritorio 
oriental. 

Secundo: Porque los individuos nacidos y domiciliados 
en un territorio que muda de nacionalidad y permanecen 
eo él, siguen la suerte de la nacionalidad del territorio; y 
este principio no es meramente teórico,— es un principio 
práctico. Puede servir de ejemplo lo ocurrido con los ha- 
bitantes de las provincias reunidas á la Francia de 1 790 á 
1814, y que fueron ciudadanos franceses por el acto de 
la reunión: separadas esas provincias de la Francia en eje- 
cudón de los tratados de 1815, todos los habitantes de 
ellas fueron reconocidos extranjeros por la misma Francia, 
lo mismo los que vivían en el momento de la reunión, que 
loB que nacieron mientras el territorio fué territorio francés. 

Tercio: Porque la Constitución d-í la República declaró 
ciudadanos naturales á todos los que habían nacido en 
su territorio; y el Brasil prestó su explícita aprobación á 
esta como á las otras disposiciones de dicha Constitución. 

Sin embargo, la República ha tolerado que el Brasil 
naturalice brasileños de facto, á naturales del territorio 
oriental que no han salido jamás de aquel territorio^ que 
permanecen en él, y que hicieron de la nacionalidad brasi- 
leña un verdadero fraude para librai-se de las cargas de la 
ciudadanía oriental, cuyos beneficios tenían y ejercían 
cuando esa ciudadanía les fué pesada en días de doloroso 
conflicto para el país. 

Cabe advertir, para consignar todas las circunstancias 
del hecho, que los orieiitales que de facto, se han naturali- 
zado brasileños én el terHtorio oriental sin haber salido 
de él, lo han hecho por meras declaraciones ante la Lega- 
ción ó Consulado brasileño, y que entraron y se mantuvie- 
ron en el goce de las excepciones de los verdaderos brasile- 
ños, sin otro documento que un certificado de nacionalidad 

«. B. DK hK 0.-14. 



210 REVISTA HrST(ÍBICA 

expedido por la Legación ó Consulado del Brasil certifi- 
cado igual, de igual valor en derecho, á los que expiden la 
Libación 6 Consulados orientales en este Imperio, certifi- 
cados que han sido en la República respetados hsvsta por la 
autoridad suprema, pero que en el Brasil son cancelados, 
rotos, menospreciados, hasta por los ínfimos empleados de 
policía. 

La Constitución brasileña ofrece la ciudadanía brasileña 
á los hijos de brasileños nacidos en territorio extranjero; 
pero á condición deque vengan á^'ar domicilio en el Im- 
perio. 

Hijos de brasileños nacidos en territorio oriental que 
sintieron pesada en los días dolorosos para la República su 
ciudadanía natural, y sólo por eso verificaron un viaje de 
placer á Río Janeiro, y haciendo de una simple vista un 
equivalente del domicilio exigido por la Constitución, re- 
gresaron á Montevideo y fueron reconocidos, declarados, do- 
cumentados y sostenidos por las autoridades brasileñas como 
ciudadanos del Brasil. 

Algunos ni aun á las incomodidades de «se viaje se suje- 
taron: sin salir un solo día de Montevideo, sin pisar una 
pulgada de tierra brasileña, por el solo hecho de ser hijos de 
brasileños, obtuvieron y usaron de certificados de nacionali- 
dad brasileña. 

Todos esos certificados, ¡legales ante la misma ley del 
Brasil, han sido respetados, y respetados generalmente co- 
mo el Brasil lo exige que lo sean. 

Para establecer como exige que lo sean, basta memorar 
un hecho. 

En 1844 un hombre enganchado libremente en el ejér- 
cito, desertó al frente del enemigo. 

Para escapar al castigo del crimen, ocurrió á la Legación 
brasileña y probando ser nacido en el Brasil obtuvo, con 
fecha posterior á la deserción, un certificado de nacionalidad 
brasileña. 

Con él fué á hacer alarde de impunidad; pero creyendo su 
jefe que el certificado era falso, que aún siendo verdadero 



bÉ tA ÜXrVERSÍDAb 21 1 

era irregularmeote expedido y que en todo caso no cubría 
el crimen del soldado que libremente juró la bandera y que 
la desertó al frente del enemigo, prendió al desertor y lo 
castigó. Ese hecho fué considerado como un atentado gra- 
vísimo, hasta por un insulto nacional por el representante 
diplomático del Brasil el señor Felipe José Pereira Leal. 

Todos recuerdan la angustiosa posición de Montevideo 
en 1844. 

£n medio de esa angustia, en que la moral del ejército 
era vital, en que un solo peso era una cuestión de Estado, 
el representante del Brasil exigió como reparación el casti- 
go solemne del oficial que castigó al soldado desertor al 
frente del enemigo, sin miramiento al certificado de nacio- 
nalidad, y una fortísima indemnización pecuniaria en favor 
del castigado. 

No hubo término entre dar esas reparaciones ó estable- 
cer un conflicto que comprometía la situación. 

Era un sacrificio cruel bajo más de un aspecto; pero el 
sacrifício fué hecho en aras del respeto exigido á nombre 
del Brasil para el certificado de nacionalidad brasileña, bien 
6 mal expedido, por su representante en Montevideo. 

El Gk>bianio de S. M. el Eoiperador, tan justo, tan 
¡lustrado, tan benévolo como es, no puede dejar de recono- 
cer que todos ios hechos consignados en esta nota, ios que 
tienen lugar en Río Grande, los que han tenido lugar en 
Montevideo, hechos de que, sin duda, no se ha apercibido 
bien, le hacen una posición odiosa que.no querrá que sea la 
suya, que compromete su política, que compromete sus con- 
veniencias. 

El Brasil no puede pretender, y no pretende, que le sea 
permitido proceder fuera de toda regla. 

No puede pretender, y no pretende, más derechos que los 
que reconoce en sus iguales, los otros Estados indepen- 
dientes. 

Quiere, sin duda, el Gobierno de S. M. someter 
su conducta internacional á principios y r^Ias ciertas, defi- 
nidas, conocidas, y admite que los principios y reglas que 
aplica le sean aplicados. 



512 REVISTA HISTÓRICA 

Ea ese concepto, le parece al infrascripto que bastaría 
para U^r á an acuerdo sobre la importante materia de 
que se ocupa, que el Gobierno de S. M. se dignase, 
tomándola en consideración, establecer los principios y las 
r^las que reconoce y admite ya en relación á los hijos de 
extranjeros que nacen en su territorio, ya sobre la natura- 
lización de los extranjeros en el Brasil, ya sobre la protec- 
ción que les deba una vez reconocidos brasileños si de esa 
nacionalidad son violentamente despojados en algán otro 
Estado. 

Declarados esos principios y esas r^las y siendo casi 
evidente que estarían de acuerdo, que serían las mismas 
que la República tiene por justas y convenientes, y que 
quiere aplicar por su parte, la cuestión estaría resuelta. 

La República está dispuesta á entrar en un acuerdo es- 
pecial sobre esta materia, si eso deseara el gobierno impe- 
rinl. 

Lo que no quiere la República, lo que no puede querer 
el gobierno imperial, es la confusión, la contrariedad, los 
abusos y las violencias de que el infrascripto ha tenido el 
honor de reclamar. 

La situación actual es, en la materia de que se trata, 
además de odiosa, dañosa para las relaciones de los dos 
países. 

Respecto á los certificados consulares, el infrascripto de- 
clara formalmente á nombre de su gobierno, que admite 
las reglan que quiera establecer el de S. M. 

¿Cuáles son los efectos que atribuye el gobierno impe- 
rial á los certificados de nacionalidad oriental expedidos 
por la Legación ó cónsules orientales en el Brasil? 

¿Hacen fe? ¿Cómo? ¿Para qué? 

¿Pueden ser desconocidos y cancelados por las autori- 
dades del país? ¿por qué autoridades? ¿por qué motivos? ¿con 
qué formalidades? 

Las reglas que el Brasil establezca y observe respecto á 
los certificados de nacionalidad oriental, serán las mismas 
que establecerá y observará la República respecto á los 
certificados de nacionalidad brasileña. 



DE LA ÜNIVERSroAD 213 

8. E. el señor Paranhos no puede dejar de hacer justicia 
al espíritu de equidad y á la amistosa cordialidad que ha 
dictado las propuestas de que el infrascripto acaba de ser 
órgano. 

Ellas se resumen en esta fórmula — igualdad de dere- 
cho — reciprocidad. 

S. E. el señor Paranhos reconocerá también la conve- 
niencia de que, mientras se discuten y resuelven esas pro- 
puestas que deben eliminar en esta materia la cuestión pre- 
sente y prevenir su repetición, se ponga término á los vio- 
lentos procederes de las autoridades de Río Grande que 
la han originado. 

La República respeta certificados de nacionalidad brasi- 
leña que juzga indebidamente otorgados. 

¿No es justo que se respeten los certificados de nacio- 
nalidad oriental, al menos por el corto plazo necesario para 
que los dos gobiernos lleguen á un acuerdo sobre la ma- 
teria? 

No accediendo el gobierno imperial á este medio provi- 
sorio de conciliación, mientras se U^a á un acuerdo defi- 
nitivo, encamina las relaciones de los dos países á un con- 
flicto innecesario é injustificado. 

Ambos países pueden esperar sin sombra de peligro ni 
de inconveniente el acuerdo de los dos gobiernos que debe 
dar solución final á la cuestión de individuos, — de pocos 
individuos de que ahora se trata. 

Mandándose respetar provisoriamente los certificados 
de nacionalidad oriental, como el Gobierno de la República 
continuará respetando los de nacionalidad brasileña, todo 
conflicto estaría prevenido en esta materia. 

Lisonjeándose de que el gobierno de S. M. no rehusará 
la aceptación de ese medio, el infrascripto tiene el honor de 
reiterar á 8. E. el señor Paranhos las protestas de su más 
perfecta y distinguida consideración. 

Andrés Lamas. 

A S. E. el señor José María da Silva Paranhos. 



214 REVISTA HISTÓRICA 

Núm. 97. 

Lición de la República Orieotal del Uruguay en el Bra- 
sil 

Rio de Janeiro, agosto 24 de 1857. 

El infrascripto, Enviado Extraordinario y Ministro Ple- 
nipotenciario, tiene el deber de llamar la atención del señor 
Consejero vizconde de Maranguape, Ministro Secretario de 
Eistado para los Negocios Extranjeros, sobre la nota que 
tuvo el honor de dirigir á su digno antecesor, bajo el nú- 
mero 44 en 14 de abril del corriente afto. Eísa nota se re- 
fiere á conflictos sobre cuestiones de nacionalidad y sobre 
el valor de varios actos consulares, y tales cuestiones no só- 
lo interesan á diversos ciudadanos orientales violentamente 
desnacionalizados, sino que afectan profundamente por el 
fondo y por la forma de los actos de las autoridades bra- 
sileñas, la soberanía y la dignidad de la República y del 
Gobierno que el infrascripto tiene el honor de representar 
en esta corte. 

El honrado antecesor de 8. E. el señor vizconde, ofreció 
al infrascripto una solución tan urgente como el negocio la 
reclama; pero en más de cuatro meses, ya decorridos, el 
negocio no ha adelantado un solo paso. 

El infrascripto cree que ese negocio en los términos en 
que fué colocado por la recordada nota, no puede dejar de 
tener una solución inmediata y satisfactoria, desde que el 
gobierno de S. M. se digne tomarlo en consideración; y, esa 
solución es urgente para resolver los e«sos particulares pen- 
dientes y prevenir la repetición de otros semejantes que, sin 
necesidad, sin objeto, vengan á agravar la mala situación 
en que ya se encuentra este negocio. 

Al final de su citada nota, el infrascripto indicó un me- 
dio de conciliación provisorio que podría adoptarse por un 
acuciado internacional, y que, dejando intacta la cuestión 
fundamental para ser resuelta con mayor detenimiento, 



DE LA UNIVERSIDAD 215 

evitase el conflicto actual de uua manera recíprocamente 
justa y redprocamente digna. 

El Plenipotenciario de la República está habilitado á en- 
trar en tal acuerdo inmediatamente. 

El infrascripto reitera á S. E. el señor vizconde de Ma- 
ranguape las protestas de su más distinguida considera- 
ción. 

Andrés Lamas. 
A S. E. el señor vizconde de Maranguape, etc., etc., etc. 



Bívm. 118« 

Lición de la República Oriental del Uruguay en el 
Brasil. 

Río de Janeiro, octubre 1.» de 1857. 

El infrascripto, Enviado Extraordinario y Ministro Ple- 
nipotenciario, tiene el deber de volver á manifestar á S. E. 
el señor Consejero vizconde de Maranguape, Ministro Se- 
cretario de Estado para los Negocios Extranjeros, la ui'gen- 
te necesidad de que tengan solución las cuestiones sobre 
nacionalidad y sobre el valor de los certificados consulares 
de que trata la nota de esta Legación numero 44 de 14 de 
abril y número 97 de tí4 de agosto del corriente año. 

El infrascripto, animado por el sincero deseo de evitar 
las innecesarias y desagradables discusiones de casos parti- 
culares á que estas cuestiones dan lugar, y confiando, como 
debe, en igual disposición por parte de S. E. el señor viz- 
conde de Maranguape, cuenta con que 8. E. se servirá dar 
á este importante ní^ocio la preferente atención que re- 
clama. 

El infrascripto se complace en reiterar á S. E. el señor 



2l6 EEVTOTA HISTÓRICA 

vizconde de Maranguape, las protestas de su más distin- 
guida consideración. 

Andrés Lamas, 
i* 
A 8. E. el señor vizconde de Maranguape, etc., etc., etc. 



Río de Janeiro. 
Ministerio de Necios Extranjeros, noviembre 27 de 1857. 

El infrascripto, del Consejo de 8. M. el Emperador, Mi- 
nistro 8ecretario de Estado para los N^ocios Extranjeros, 
examinó debidamente las notas número 11 de 1856, y 
números 42, 43, 50, 66, 79, 97 y 118 del corriente año, 
que el señor don Andrés Lamas, Enviado Extraordinario y 
Ministro Plenipotenciario de la República Oriental del 
Uruguay, dirigió á este Ministerio. 

Por esas notas informa el señor don Andrés Lamas que 
ciudadanos orientales residentes en la Provincia de Río 
Grande del 8ud han sido violentamente despojados de su 
nacionalidad por las autoridades de aquella Provincia, con- 
siderados brasileños y obligados al servicio de las armas 
del Imperio. 

Como medio de evitar los conflictos que pueden i-esultar 
de ese proceder, propone el señor Lamas que se ordene á 
las autoridades de la Provincia de Río Grande del 8ud que 
respeten los certificados de nacionalidad oriental expedidos 
por la L^ación de la República 6 por sus Consulados en 
el Imperio. 

El infrascripto tiene la honra de comunicar al señor 
Lamas, que, deseando el Gobierno Imperial evitar en 
cuanto sea posible las cuestiones de nacionalidad, va á or- 
denar á las autoridades de la Provincia de Río Grande del 
Sud que respeten los referidos certificados, y que en el caso 



DE LA UNIVERSIDAD 217 

de no parecerles r^ulares y verdadera la nacionalidad in- 
dicada, sometan los motivos^de duda que tuvieren, al cono- 
cimiento del Grobierno ó del presidente de la Provincia, á 
fin de ser regularmente examinado y discutido el negocio, y 
tomada, por la autoridad superior, la resolución que con- 
venga. 

Esperando el infrascripto que el Gobierno de la Repú- 
blica se prestará á expedir en el mismo sentido sus órde- 
nes á las autoridades orientales, á fín de que sean respetados 
los certificados de nacionalidad expedidos por la Legación 
del Brasil, por el Consulado General ó Viceconsulado del 
Imperio en la República, aprovecha esta ocasión para reite- 
rar al señor don Andrés Lamas las protestas de su perfecta 
estima y distinguida consideración. 

Vizconde de Maranguape. 
A S. E. el señor don Andrés Lamas. 



Núin* 143. 

Legación de la República Oriental del Uruguay en el 
Brasil. 

Rio de Janeiro, diciembre 3 de 1857. 

El infrascripto. Enviado Extraordinario y Ministro Ple- 
nipotenciario, tuvo el honor de recibir la nota que le diri- 
gió en 27 de noviembre ppdo. S. E. el señor Consejero 
vizconde de Maranguape, Ministro Secretario de Estado 
para los Negocios Extranjeros, y por la cual se sirve co- 
municarle que ha examinado las notas de esta Legación 
número 11 de 1850, y números 42, 43, 50, 66, 79, 97 y 
119 del corriente año, y que tomando en consideración la 
propuesta que le hizo el infrascripto para evitar los conflic- 



218 REVISTA HISTÓRICA 

tos que pueden resultar de que se despoje violentamente 
de la nacionalidad oriental á los que la acreditan con cer- 
tificados expedidos por la Legación ó los Consulados de 
la República, el Gobierno Imperial va á ordenar á las au- 
toridades de la Provincia de Río Grande del Sud que res- 
peten los referidos certificados, y que en el caso que no les 
parezcan r^ulares y verdadera la nacionalidad indicada, 
sometan los motivos de duda que tuvieren al conocimiento 
del Gobierno 6 del Presidente de la Provincia, á fin de ser 
r^ularmente examinado y discutido el negocio, y tomada 
por la autoridad superior la resolución que convenga. 

Espera 8. E. el señor vizconde de Maranguape, que el 
Gobierno de la República se preste en la misma forma á 
expedir sus órdenes á las autoridades orientales á fin de ser 
respetados los certificados de nacionalidad pasados por la 
Lición del Brasil, por el Consulado General y Vice- 
consulados del Imperio en la República. 

El infrascripto, as^urando desde lu^o, á nombre de su 
gobierno, que los certificados de nacionalidad expedidos 
por la Legación del Brasil, por el Consulado General y 
Viceconsulados del Imperio en la República, continuarán 
siendo respetados por las autoridades orientales en los mis- 
mos términos en que los expedidos por la L^ación, el 
Consulado general y los Viceconsulados de la República 
van á serlo en el Imperio, se felicita cordialraente de este 
acuerdo internacional, que suprimiendo los actos de violen- 
cia y ofensivos de los respetos y conveniencias internacio- 
nales, coloca en la esfera de una discusión tranquila, de 
Gobierno á Gobierno, las cuestiones de nacionalidad que 
se han presentado y quedan pendientes entre ambos Go- 
biernos, para que puedan ser estudiadas, discutidas y re- 
sueltas con el detenimiento y la placidez que demanda tan 
grave asunto. 

El infrascripto, teniendo por subentendido que se man- 
darán desligar del servicio de las armas del Imperio los in- 
dividuos despojados violentamente de la nacionalidad orien- 
tal que acreditaron con los respectivos certificados consu- 



DE LA UNIVERSIDAD 219 

lares, y á que se refieren nominatívameDte las notas de 
esta Lición que han producido el presente acuerdo, apro- 
vecha esta grata oportunidad de renovar á S. K el señor 
vizconde de Maranguape las protestas de su más perfecta 
y distinguida consideración. 

Andrés Lamas. 

A S. El el señor Consejero vizconde de Maranguape. 



Libación de la República Oriental del Uruguay en el Brasil- 
Río de Janeiro, enero 18 de 1858. 
Señor Cónsul «General 

A virtud de las perseverantes reclamaciones de esta Le- 
gación, se ha celebrado, en los términos de la nota adjunta 
en copia, un acuerdo mediante el cual las autoridades bra- 
sileñas respetarán los certificados de nacionalidad expedidos 
por nuestros Consulados ó Viceconsulados, limitándole, 
cuando los crean indebidamente expedidos, á dar cuenta á 
las autoridades superiores, para que el caso sea examinado 
y discutido de Gobierno á Gobierno. 

En consecuencia, de ahora en adelante, nuestros Consu- 
lados no tienen que discutir el valor 6 legalidad de sus cer- 
tificados de nacionalidad con las autoridades brasileñas. Esa 
discusión queda reservada para las autoridades superiores, 
debiendo ser, entretanto, respetados los certificíidos. 

Nuestros Consulados, pues, deben limitarse (y esto lo re- 
comiendo muy especialmente) á reclamar pura y sencilla- 
mente, y con las menos palabras que sea posible, «que se 
respeten sus certificados en virtud de acuerdo celebrado en- 
tre los dos Gobiernos, y que si algo tienen que alegar con- 
tra ellos lo hagan ante la autoridad superior para que el 
caso sea discutido de Gobierno á Gobierno, * 



22Ó REVISTA mSTÓRICA 

Limitándose á esto en los casos ocurrentes, y dando cuenta 
menuda y oportuna de todas las ocurrencias para que esta 
Legación esté siempre debidamente instruida, espero que, 
auxiliados por el tiempo y con la prudencia necesaria para 
la ejecución de todo sistema nuevo que tiene que vencer 
hábitos arraigados, llegaremos á consolidar una situación sa- 
tisfactoria en estos asuntos, origen hasta ahora, de tan con- 
tinuadas y penosas dificultades. 

Excuso decir, señor Cónsul General, que adquiriendo 
nuestros Consulados la dignísima posición que les da el 
acuerdo internacional que acabamos de celebrar, deben te- 
ner los señores Cónsules y Vicecónsules la más religiosa 
escrupulosidad en la expedición de certificados de naciona- 
lidad oriental. 

Ningün certificado debe ser expedido sino sobre pruebas 
fehacientes de la nacionalidad del individuo que lo reclama 

El Cónsul ó Vicecónsul que no observe esta regla puede 
comprometer seriamente su responsabilidad. 

Creo conveniente advertir también que en el caso de que 
algün individuo que estuviere en servicio militar y no se 
encontrase matriculado antes de entrar á él, y solicitase la 
protección consular como oriental, si probase esta calidad, 
el Cónsul debe limitarse á reclamar que se le dé de baja, y 
dar cuenta detallada del caso para los efectos consiguientes. 

V. S. al transmitir el acuerdo á los Consulados de su de- 
pendencia, les recomendará las indicaciones contenidas en 
esta nota. 

Tengo el honor de reiterar á V. S. los sentimientos de mi 
particular consideración. 

Andrés Lamas. 

Al señor don Gabriel Pérez, Cónsul General de la Re- 
pública. 



Galería indígena 



Tamandá 

En los primeros tiempos de la conquista, aparece, en el 
Plata, la extraña é interesante personalidad del cacique Ya- 
mandá. Su presentación histórica, brumosa é incoherente, 
tiene las deficiencias inevitables en narraciones de carácter 
general, trazadas al acaso, 6 poco menos, sin base ni coor- 
dinación deliberadas, y sometidas, á veces, á la fantasía ó 
al interés de los autores, sobre todo cuando se trata de épo- 
cas y sucesos de por sí tan confusos, en que fácilmente las 
figuras accesorias pueden borrarse en la vaguedad de lo in- 
definido. Bajo esa luz indecisa, crepuscular, aparece Yaman- 
dú en las crónicas coloniales. 

Físicamente, — yaro ó charrúa, nacido en una isla ó en 
tierra firme, — Yamandú es producto directo, auténtico, de 
las tribus originarias del Uruguay, De mediana talla, mus- 
culoso, de ojos vivaces, cabellera poblada y recia, lo pre- 
sentan distinguiéndose por una suavidad de ademanes que 
contrasta con el destello nervioso de su mirada. Habla sin 
vacilaciones, pero con calma, y el sonido de su lenguaje 
guaraní, — el idioma de las tribus uruguayas, —se armoniza 
con un gesto serio, tranquilo, en ocasiones amable ó so- 
lemne. A su rudo semblante, de irregularidad característi- 
ca, asoma con frecuencia una placidez transformadora, no- 
ble, que dulcifica la expresión y concurre á que los discur- 
sos del cacique encuentren fácil acogida en la opinión de 
sus oyentes europeos. 



á2á REVISTA HÍSTXÍRrCA 

No ha querido, sin embargo, cierto romancero de la con- 
quista, que se dice conocedor personal de Yamandá, des- 
pojarlo de la exterioridad repelente que la leyenda asigna, 
en general, á nuestros aborígenes, y, en versos tan malos 
como su intención, le atribuye deformidades físicas en con- 
sonancia con una supuesta dedicación al pillaje sanguina- 
rio. Bien es cierto que procediendo de ese autor tal pintu- 
ra, Yamandú sale ganancioso, pues aquel insigne tortura- 
dor de las musas, no ha hecho, como cronista, otra cosa 
que legar á la posteridad un cíimulo de estravagantes fal- 
sedades. Por otra parte, el agravio pi'ocede de quien pudo 
conocer, á su costa, que fué Yamandú el enemigo más por- 
fiado, más inteligente y temible que encontraron los con- 
quistadores entre los indomables caciques del Uruguay.— 
Y, además, su contextura física, en el supuesto de ser es- 
pantable, no haría sino acentuar el realce de su comproba- 
do talento, — porque, en realidad, con solo admitir en Ya- 
mandú la conformación craneana propia de su raza, crearía- 
mos un conflicto á los sabios, empeñados en medir la inte- 
ligencia por las peculiaridades externas del estuche óseo 
que la contiene. Frente al cacique habrían fracasado mu- 
chas teorías, de aparente solidez, desde la hipótesis de Cam- 
per hasta ía moderna antropología de Lombmso. De ahí d 
fenómeno. 

Los actos de Yamandú, reveladores de una mentalidad 
superior al origen físico y al nivel moral de la tribu, son 
precisamente los que invitan á la observación, al estudio, 
aa por ser cosa nuestra, de conexión irrecusable con los 
moldes matrices del temperamento nacional, como por inte- 
rés filosófico, generalizado, humano, desde que esos hechos, 
aparte de su valor histórico, involucran un problema de 
atrayente sicología, al renovar el eterno cuestionario de 
cómo se desenvuelven y realizan las perfecciones morales 
y cerebral^. Tal vez no se trata de una excepción indivi- 
dual, tal vez los actos inteligentes del cacique correspondan 
á un estado intelectual, desconocido, de la tribu . . . Por eso 
decimos problema^ no enigma. 



1>E LA ÜNÍVERSÍDAD á2SÍ 






Al tiempo de ser descubierto por |a civilizacióü europea, 
Yainandú permanecía en esa edad del mundo, que los geólo- 
gos denominan periodo neolüicOjy qwelos poetas llamarían 
etapa secundaria del mitológico reinado de Saturno; y, á pe- 
sar de que los descubridores venían con la superioridad de 
su progreso, cuando estos representantes de épocas conven- 
cionales tan diversas, se encontraron bruscamente sobre el 
nuevo escenario, se vio que el indígena, con ser un despren- 
dimiento errático de la humanidad, un simple exponente de 
la edad de piedra, elaboraba en su cerebro y realizaba e»8u 
acción altOM pensamientos é ideas propias, á igual del hom- 
bre civilizado. 

Ningún historiador lo reconoce, ninguno concede á Ya- 
manda prerrogativas políticas ni sociales, pero al mencio- 
nar su decisiva intervención en sucesos culminantes de la 
ipeca, fijan sin notarlo, — puesto que no analizan ni comen- 
tan, — los caracteres determinantes de una verdadera perso- 
nalidad. Esas viejas crónicas han reflejado así un ser ori- 
ginal, un prototipo, — con igual inconsciencia que la placa 
fotográfica retiene la imagen del objeto enfocado, aunque 
diferenciándose en que si ésta reproduce contornos y líneas 
materiales, aquéllas han venido á dar, en esencia, una de- 
finición moral del hombre que mencionan. ¿Del hombre?... 
No; ni siquiera mereció Ya mandú el honor de esa denomi- 
nación común á los humanos. Era apenas una cosa vivien- 
te, destacada del bosque, inconclusa, sin colocación exac- 
ta en la escala zoológica. ¡Era el bárbaro! 

Elsto en cuanto á los historiadores. En cuanto á la masa 
popular de la conquista, á los actores coetáneos, tampoco 
veían mejor ni descifraban con más acierto, — en el papel 
de amigos ó en la realidad de tiranos, — la actitud del indio 
excepcional, pues si le encontraban humilde, le juzgaban 
taimado, pérfido, y si le notaban belicoso ó áspero, le seña- 
laban por salvaje, y para ambos casos aplicaban un mismo 
recurso disciplinario: el hierro. Claro es, que en esto regía 



224 REVISTA HISTC^RICÁ 

una ley superior á la voluntad de los dominadores, que era 
la ley de las circunstancias, el rigor de los tiempos, la fata- 
lidad de lo inevitable. De una aventura militar que se des- 
arrolla en lo desconocido, sujeta doblemente á las violen- 
cias Jel fuero y del hábito marcial, no debe esperarse pro- 
cedimientos propios de una misión evangélica, encaminada 
á promover orientaciones de conciencia. 

Aquellos hombres cubiertos de acero, que avanzan paso 
á paso, como asomándose, curiosos y desconfiados, á un 
nuevo teati'o de la naturaleza, no habían de pararse á in- 
vestigar el alcance sicológico de los actos del poblador de 
esa extensión desconocida. Para ellos todo está y debe es- 
tar ajustado á una misma lógica. 

Encuentran á Yaraandú en la condición primitiva y deso- 
lante, que comprende seres y cosas de la r^ón descubier- 
ta, y si algo ven en él semejante al talento del hombre, es 
elemental que lo atribuyan, cuando mucho, á una percep- 
ción puramente sensitiva^ esto es, al instinto aguzado por 
ansias de una animalidad obstinada en vivir. Para ellos, 
además, todo es singular y misterioso. 

El viento, los astros, la sombra del bosque, lo que la ola 
ha dibujado en las arenas de la playa, el sendero del puma 
ó del jaguar, el grito estridente del aguará famélico, el ex- 
traño rumor de juncales y malezas donde circula una fauna 
ignorada, los sanguinolentos racimos del ceibo, el canto 
nunca oído de aves sin nombre, la selva temblorosa, hasta 
el solemne silencio de las praderas vírgenes, debía llevar al 
espíritu de esos hombres audaces, la incertidumbre, siempre 
angustiosa, del peligro invisible- 
No es un programa de ocupación racional ó científica, 
lo que el conquistador va realizando. Es una aventura 
prodigiosa librada á las sorpresas de lo inesperado, á todos 
los riesgos, á todos los contrastes, sin una sola seguridad 
de acción ó de destino, más grande, por ser más incierta, 
que la del guerrero romano en el Asia y el África; y en 
tal aventura no era posible imponer el pensamiento políti- 
co de los que soñaban con extender el imperio del moderno 



DE LA ÜMVEBSIDAD 225 

-César á regiones apenas entrevistas por la mente de geó- 
grafoa imaginativos. Predominaba el temperamento dd 
hombre de armas, movido por las sensaciones de cada jor- 
nada, y es natural que el materialismo de la ocupación ex-^ 
cluyera, momentáneamente, los conceptos nobles y fecun- 
dos de tan grande obra. No eran, en realidad, heraldos de 
una idea civilizadora, sino anticipos de fuerza lanzado^ 
como investigación, á través de la misteriosa niebla, para 
derribar obstáculos, para abrir caminos, para desentrañar 
el secreto del nuevo mundo, partiendo á golpes de hacha el 
pecho de la Esfinge; y así llegaban con ese gesto arrogante, 
la espada en alto, más dispuestos á combatir que á conven- 
cer, y más convencidos de su pujanza que de su ideal. 

Actores en campañas que variaron el destino del mundo 
al determinar la clausura de las viejas etapas humanas, 
que transformaron el mapa político del orbe y que aun mo- 
difícaron la fisiología de muchos pueblos, llevando hasta la 
fría Germania el calor generoso de la sangre meridional, 
traían el orgullo incontestable de esas victorias; orgullo le- 
gitimado por la proximidad de las hazañas realizadas, por 
rastros de su acción reciente, cuando todavía, al golpear 
impacientes con su pesado pie, los dinteles del mundo nue- 
vo, ven desprenderse de su bota el polvo de las tierras con- 
quistadas en otros continentes, desde las volcánicas de 
Ñapóles hasta las gredas de la Frisia; cuando sus armas 
conservan estriages luminosos de aquella esgrima heroica 
de Sicilia, de Flandes, de Roma y Pavía, y sus escudos 
son los mismos que reflejaron, en Seminara y el Gallerano, 
la imagen gloriosa del Gran Capitán. 

Y, ¿cómo estos hombres, rudos mecanismos de guerra, 
conquistadores de reinos y apresadores de Reyes y de Papas, 
habían de inclinarse á examinar filosóficamente, siquiera un 
momento, al indio miserable?... Observando de afuera 
hacia adentro, el conquistador ve sólo el conjunto, y Ya- 
mandá es apenas un detalle del cuadro descubierto. En 
cambio el cacique, desde el seguro observatorio que le pres- 
ea la naturaleza, en complicidad con ella, mira de adentro 

«. H. DB LA O.— 15 



£26 REVISTA HISTÓRICA 

hacia afuera, sin que le estorbe la sombra de lo ignorado, 
y al ver la aparición de los invasores ha interpretado libre- 
mente, á su modo, por el aspecto los designios. Se da así 
el curioso caso de que el hombre indígena, semivestido de- 
pieles, salga por primera vez, en estas r^ones, al encuentro 
del europeo, vestido de hierro, no para acecharlo con ins- 
tinto feroz, sino para observarlo y estudiarlo con un cri- 
terio profundamente humano. Nadie conoce los procedi- 
mientos mentales del indio, pero no hay duda de que 
Yamandú los empleó reflexivamente para estudiar, conocer,^ 
tratar y combatir á aquellos hombres blancos, que liaban 
en tren de invasión, provistos de formidables armas de 
guerra. 

* 

Despufe de rechazado don Juan Díaz de Solís, pasa el 
infortunado almirante don Di^o de Mendoza, que va á 
morir heroicamente á manos de quera ndíes, yaros, charrúas 
y minuanes eoaligados; pasa el glorioso aventurero Sebas- 
tián Gaboto, con su legión de inquietos capitanes, que 
creen más en la visión aurífera de estos países, que en las 
fabulosas tierras de Tharsis y Ophir; pasa, con su n^a co- 
dicia, el inepto Diego García; y cuando las tribus uruguayas 
descansan de las jornadas del Riachuelo, deSancti Spiritus, 
de San Salvador, de San Juan, de Corpus Christi, donde 
han actuado, alternativamente, por sí ó en auxilio de tim- 
bóes y querandíes, reaparecen, siempre al abrigo de la isla: 
de San Gabriel, las carabelas españolas. El pueblo charrúa 
vuelve á subir á las eminencias de la costa, movido de cu- 
riosidad, pero tranquilo, — y así espera y recibe la nueva 
visita de los mensajeros de un mundo remoto. 

La recepción es hospitalaria. Y hay un secreto en esta 
variante de la actitud indígena. Es que Yamandú, el más 
joven, pero á su edad el más prestigioso de los caciques co- 
niai'canos, ha predicado, — como no lo haría mejor quien- 
tuviera claras nociones de caridad y justicia, — una política 
de amistosa tolerancia hacia el visitante blanco, pero de 



DE LA UNIVERSIDAD 227 

amistad condicional, estableciendo que el extranjero será 
respetado y auxiliado mientras no persiga á los naturales 
ni pretenda posesionarse de las tierras de la tribu. Y Ya- 
mandu, consejero errante, juez y providencia de las agru-r 
paciones nómades, médico y sacerdote, que cura á los en- 
fermos é ilumina á los sanos, pues que posee la ciencia de 
las hierbas y el secreto de la predicción astrológica, ha sido 
oído por jóvenes y ancianos. 

El blando tratamiento, dispensado durante años á nu- 
merosos cautivos, españoles y portugueses, fué el primer 
resultado de la nueva prédica, y la mansedumbre con que 
la tribu sale al encuentro de la nueva expedición cristiana,, 
es otra de sus consecuencias. 

Yamandú asiste á la cordial recepción, expone sus pací- 
ficas intenciones, y para confirmarlas, aconseja al patriarca 
Zapicán la entrega de los cautivos, entendiendo, sin duda, 
que los viajeros, en marcha á otras regiones, no exigirían 
allí más tributos que el accidental de la alimentación y del 
reposo. Bien pronto, sin embargo, los dueños de la tierra 
comprenden que el extranjero ha venido, esta vez, resuelto 
á echar las raíces de una ocupación definitiva; y cuando, á 
poco más, el hábito marcial y la costumbre del dominio sSe 
dejaba sentir sobre la espalda desnuda de los indígenas, la 
voz de Yamandu vuelve á imponerse en el consejo de los 
caciques, no ya para asegurar á los conquistadores un tra- 
tamiento hospitalario, sino para pedir su inmediata expulsión. 

La primera crueldad innecesaria produjo así, con rapidez 
eléctrica, el levantamiento airado de las tribus, pues si el 
alma charrda estaba abierta á la amistad, no lo estaba, ni 
lo estaría nunca, á la tiranía. Y el político indígena veía cla- 
ro, al fin. O se aceptaba la servidumbre, ó se emprendía 
la guerra sin tregua. Y con esa visión definida de su des- 
tino, marcha Yamandú á promover la solidaridad defen- 
siva, entre todas las tribus, á los cuatro rumbos de la tie- 
rra amenazada. 



228 REVISTA HISTÓRICA 



* 



Mediador habitual en conflictos j choques internos, 
•debía serlo, con sobrada razón, frente al grande peligro qUe 
les llegaba de afuera, representado por la obstinación de 
aquellos huéspedes arrogantes y malhumorados, en quienes 
los naturales presentían, sin engañarse, agentes de des- 
arraigo indígena, de suplantación, de fatal desalojo; y Ya- 
mandú cruza llanuras, traspone montes, llega á las abruptas 
serranías del interior, vuelve á los valles, atraviesa bosques, 
utiliza su veloz chalupa para esparcir el grito de alarma en 
las islas, y cuando ha terminado su trabajo de organización, 
retorna al punto de partida para decir al viejo Zapicán, que 
ya puede encender en las colinas los fuegos simbólicos de 
la guerra, á cuya luz semafórica, acudirán sin dilación las 
tribus confederadas. 

E& entonces que las armas charrúas caen con todo su pe- 
€0, en convulsión feroz, sobre el invasor. Los «cerros de San 
Juan se tiñen materialmente de púrpura, tan reñido es el 
combate y tan espantosa la matanza. Realizan prodigios de 
valor los nobles caballeros castellanos, dentro del torbellino 
que los aniquila, pero al fin sucumben, no sólo al número, 
sino al empuje sorprendente de sus adversarios. Y es allí 
donde, por primera vez en la joven América, aquellos for- 
midables guerreros mundiales, dan la espalda al indígena 
victorioso, dejando en su poder tizonas, arcabuces y alfanjes, 
que, movidos luego por el músculo charrúa, denuncian en 
sus nuevos poseedores una aptitud que los hace dignos de 
tan gloriosos trofeos de la victoria. Y á esta sangrienta ba- 
talla sigue la guerra tenaz, heroica, que el charrúa sostiene 
en defensa del suelo nativo, años y años, sin más intermi- 
tencias que las determinadas por la desaparición y la reapa- 
rición de los conquistadores. 






Yamandú es el alma de esagrande epopeya. Cuando des- 
cansa como guerrero, trabaja como diplomático, —y es, sin 



DE IiA UNIVERSIDAD ÍJ29 

duda, más diplomático que guerrero. Con las armasen Ift 
mano, al frentede sus bravos isleños, pocas veces obtiene tan 
señalados triunfos, como cuando solo, sin más armas que 
su ingenio y su elocuencia, va sosegadamente al campo ene- 
migo y pone en juego las artes maravillosas de su diploma- 
cia, para aplacar iras, adormecer desconfianzas y asegurar 
el logro de sus secretas combinaciones. Debía sentirse due- 
ño de una gran superioridad mental, cuando así iba á librar 
esas batallas de la inteligencia, entregándose materialmente 
inerme al enemigo, — y es seguro que la poseía, puesto que 
alcanzaba, á favor de ella, los efectos que deseaba producir.* 
Cien veces desvaneció, con la magia de su palabra, las tor- 
mentas que la irritación de los engañados condensaba so- 
bre su cabeza, y otras tantas veces éstos se convencieron de 
que no había experiencia bastante ni para conocer ni para 
resistir el influjo de esos engaños. 

Prevenidos ó incautos, iban fatalmente hacia donde lo& 
llevaba esa extraña seducción. Y Yamandú que pertenecía^ 
por sus hábitos materiales, á la edad de la piedra pulida^ 
era, por su capacidad cerebral, tan moderno como cualquier 
político de la época, y más que muchos. Alguna vez loa 
conquistadores aparecieron inaccesibles á las sutilezas del 
indio. Resisten, no le creen, lo aprisionan y maltratan; pe- 
ro Yamandú se agiganta en los trances extremos. Con el 
gesto y la voz de los iluminados, habla de sus viejas pre- 
dicciones respecto al destino político y religioso del hombre 
blanco en América, repite los consejos que ha difundido en 
su pueblo, alardea de su apostolado de clemencia y amor 
hacía el europeo, representa su desinterés por los bienes tem- 
porales, muestra su pobreza, su constante abstinencia, su 
castidad, y al referirse al patriotismo de las tribus lo hace 
con láginmas en los ojos, afirmando que desea la amistad 
de los conquistadores para hacer la felicidad de sus herma- 
nos, enseñándoles las cosas buenas que ellos ignoran y ofre- 
ciéndoles las ventajas de la civilización. Tal es la sinceridad 
que fluye de aquella singular oratoria, y tan perfecta es la 
verdad que el indio simula con los recursos de un arte eximio^ 



230 REVISTA HISTÓRICA 

<jue sus oyentes vuelven á rendirse á la seducción, y lo 
absuelven, lo halagan y hasta llegan á instituirlo confidente 
y mensajero de sus más reservadas inteligencias. 

El triunfo más típico. lo consigue Yamandú en su famo- 
sa conferencia con el Adelantado Ortiz de Zarate, á quien 
presenta, — en Martín García, — nuevas de Garay, obtenien- 
do, como era su designio, cartas del Adelantado para éste, 
con cuya credencial sale al encuentro del arrogante vascon- 
gado y lo induce á desembarcar en las proximidades de 
San Salvador, donde está en acecho, desde días atrás, la 
emboscada charrúa. Esta conducta es duramente calificada 
por el romancero aludido. « Felonía propia de indios >. 
« Comedia infernal ». Son sus expresiones. Sin embargo 
Yamandú habría encontrado fácil atenuación en prácticas 
análogas, admitidas entonces y después, por la civilización 
europea, y en cuya inmoral duplicidad han basado, con fre- 
cuencia, sus mejores éxitos diplomáticos muchos hombres 
ilustres. Pero el pobre indio ignoraba, — y es posible que el 
cronista también, — que en su misma época un filósofo, 
consejero de Prínci{)es, había teorizado admirablemente so- 
bre el caso, en libros imperecederos, que bien pueden ser 
una codificación de las fórmulas más refinadas del engaño 
político! 

* 

Durante medio siglo más se prolonga la acción de Ya- 
mandú. Viejo y enfermo, persiste aún en su obra de resis- 
tencia á la conquista, y cuando ha cumplido su promesa de 
matar á Garay, en venganza de la muerte de Zapicán y otros 
grandes caciques charrúas, todavía Yamandú realiza la co- 
losal confederación de 1584, y lleva sobre Buenos Aires más 
de veinte mil indios de todas las procedencias. No sobrevive 
á la derrota. Muere allí, sobre las empalizadas, al lado de 
su generalísimo Guaruyalo. 

Represente ó no un eslabón roto, perdido, de alguna mis- 
teriosa cadena intelectual, la vida luminosa de Yamandú 
demuestra, cuando menos, que la flor del talento lo mismo 



I 

I DE LA UNIVERSIDAD 231 

I 

abre á favor de culturas exquisitas, en los tibios invernácu- 
los de la civilización, que en la soledad de los campos y en 
€l silencio de los bosques, donde la planta humana, perdida 
en el olvido, sólo recibe, para desarrollarse, las caricias de 

los vientos libres y el rocío de las noches estrelladas. 

! -^ 

Antonio Bachini. 



El edificio y el menaje de los primitivos 
Cabildos de Montevideo 



No tenemos para qué relatar en este lugar la bien sabi- 
da historia de la fundación de Montevideo, ya que corre, 
escrita con diferentes estilos, y con más ó menos galanura, 
pero sin falseamiento de la verdad, en libros y folletos, dia- 
rios y periódicos, no faltando aventajados publicistas que se 
hayan engolfado en dilucidar el irresoluto problema de 
cuál ha de ser la fecha que debe conmemorarse como ani- 
versario de dicha fundación: si el 28 de noviembre de 
1723, día en que los portugueses levantaron las primeras 
barracas, ó el 20 de enero de 1724, en que los españoles 
tomaron definitivamente posesión de la pequeña península 
de Montevideo, ó el 24 de diciembre de 1720, en que el 
hábil y previsor don Pedro Millán delineó la futura ciudad, 
señala su término y jurisdicción y se reparten las tierras y 
solares, estableciéndose de una manera definitiva los linca- 
mientos de la población, ó, por último, el 20 de diciembre 
de 1729 ó el I."" de enero de 1730, días en que se la reco- 
noce oficialmente y se instalan las primeras autoridades 
locales. W 

Prescindiendo, pues, de la fecha histórica que debe adop- 
tarse para ser solemnizada, lo cierto es que don Bruno 
Mauricio de Zabala hizo cuanto pudo para satisfacer lo&^ 
deseos del rey de España, que tantas veces le había orde- 



(1) Héctor Alejandro Miranda: inundación de Montevideo, 



DE LA UNIVERSIDAD 233 

nado que fundase la ciudad de Montevideo con la respecti- 
va fortificación para su defensa y s^uridad; C^) y deseoso 
de atraer á ella un crecido vecindario, y de asegurar á éste 
una permanencia duradera en medio de un relativo bien- f 
estar y desahogo, dictó el auto de fecha 28 de agosto de 
1726 enumerando los privil^os y exenciones que debe- 
rían disfrutar todas las personas que se resolviesen á venir 
á instalarse en la población cuya fundación se proyectaba; 
exenciones y privilegios que el Capitán de Caballos Cora- 
zas don Pedro Millán acrecentó con nuevos beneficios al 
proceder al reparto de estancias, ganados, chacras y solares 
entre las primeras familias pobladoras de Montevideo y su 
jurisdicción. 

Todavía hizo más el manco de Durango, en obsequio 
del vecindario de su incipiente y predilecta ciudad, y fué 
realizar con las Ordenanzas Municipales comunes á todas 
las ciudades americanas de origen hispánico, un trabajo de 
adaptación que las hacía más suaves y benignas despoján- 
dolas de todo aquello que era difícil de realizar, que no 
tenía aplicación aquí, ó que pudiera violentar el carácter 
humilde y sencillo de los primeros pobladores de Monte- 
video, con cuya medida evidenció Zabala que conocía á 
fondo el arte de gobernar y que estaba profundamente 
poseído de un sentido práctico, tan admirable en su desen- 
volvimiento como eficaz en sus resultados. 

Por último, dispuso Zabala dotar á la ciudad de un Ca- 
bildo Capitular, como así lo hizo previas varias reuniones 
que se celebraron en su morada, por no haberla de Ayun- 
tamiento, (3) si bien de antemano había resuelto que hicie- 
se las veces de tal la casa que había pertenecido al Capi- 
tán don Pedro Gronardo, baqueano del Bao de la Plata, 
en la cual deberían celebrarse las juntas, teniéndose por 



(2) Cédulas reales de fechas 10 de mayo y 20 de diciembre de 1723, 
y 20 de junio y 20 de julio de 1724. 

(3) Libros Capitulares, acta de la sesión del día I.» de enero de 1730. 



234 REVISTA HISTÓRICA 

Casa Real de Cabildo, mientras no se fabricaba, con su co- 
rrespondiente cárcel, cuerpo de guardia, oficinas y demás 
dependencias, el edificio municipal en la cuadra que al 
efecto destinara el ya mentado don Pedro Millán. (^) 

He aquí como, mientras Montevideo contaba con 
fuerte para el comandante militar, cuartelillo para el 
piquete de tropa que la guarnecía, y una pequeña ca- 
pilla, amén de alguna casucha de piedra, como la de 
Jorge Burgués, ó de adobe, como la del soldado Juan 
Bautista Callo y la de Pedro Gronardo,ó de cuero, co- 
mo el rancho que usó el Capitán Ingeniero cuando se 
efectuó Ja primera delineación, el mísero Cabildo carecía 
de local propio donde congregarse á fin de tratar y conferir 
las cosas tocantes al pro y utilidad de esta República y 
bienestar de sus habitadores. 

Y así continuó por mucho tiempo el menguado Ayun- 
tamiento, sin sala en qué reunirse, ni campana para llamar 
á los cabildantes, ni pregonero que difunda sus acuerdos, 
ni pendón real que simbolice las grandezas de la monar- 
quía y las fuerzas de la naciente ciudad y su hidalgo vecin- 
dario, como tampoco tuvo por entonces cárcel en que poner 
á buen recaudo á los malhechores, que suponemos serían 
escasos en aquella época, aunque el calabozo militar de la 
Fortaleza solía alojar algón indio maleante, á más de un 
atrevido portugués, ó alguno de aquellos changadores ó 
faeneros clandestinos, de quienes en 1730 decía el ca- 
pitán don Luis de Sosa Mascareñas, Alcalde de la Santa 
Hermandad, *^ que tenían tanto delito como Judas». (^) 

La casa del Práctico Gronardo sirvió, pues, de Sala ca- 
pitular desde que Zabala le dio ese destino hasta fines de 
1734, en que se proyectó componerla á causa de ame- 
nazar ruina, á cuyo efecto se designó una comisión técnica 



(4) Libros Capitulares, acta de la sesión del día 20 de diciembre de 
1729. 

(5) Id. id., acta de la sesión del día 23 de febrero de 1738. 



DE LA UNIVERSIDAD 235 

<?oinpuesta de dos albañiles é igual número de carpinteros, 
Á fin de que emitiesen su opinión facultativa respecto del 
estado del edificio, reparaciones que tendrían que hacerse y 
costo de las obras, (6) las que no fué posible llevar á cabo 
por falta absoluta de recursos, puesto que ascendían á la 
-enorme suma de cien pesos: de aquí que el Cabildo resol- . 
viera que su destartalada y ruinosa mansión fuese entre- 
gada al Comandante militar de la plaza para que dispusiese 
de ella como lo tuviera por conveniente, ya que se hallaba 
<?onstruída en sitio ajeno y en medio de la calle Real. ^"^^ 

Desde este momento se inicia para el Cabildo de Mon- 
tevideo una era de penosa peregrinación, pues vive á salto 
de mata, ya reuniéndose en la vivienda del Alcalde de pri- 
mer voto, (8) ya en la sala del despacho del comandante 
militar de la plaza, (^^ en alguna casa particular UO) gene- 
rosamente cedida al efecto por su propietario, ó bien en la 
iglesia, 0-^) «en donde infaliblemente todos los entendi- 
mientos convocados serán alumbrados de Nuestra Señora y 
3íadre de Dios, para que libremente digan sus pareceres, se- 
gún y confórmese les fuere preguntado», (^2) hasta que por 
fin, resolvió el Ayuntamiento que se edificase una sala 
donde celebmrsus reuniones, la cual debería tener «nueve 
varas de hueco y cinco de ancho, con puerta y dos venta- 
nas, con la altura que fuese necesario», destinándose á esta 
obra todo el capital que á la sazón poseía el Cabildo, (^^) 
ó sean los doscientos once pesos que anteriormente había 



(6) Libros Capitulares, acta de la sesión del día 14 de diciembre 
Hdel734. 

(7) Id. id. id. id. de la sedión de fecha 24 de diciembre de 1734. 

(8) Id. id. id. id. de las sesiones de fechas 11 y 14 de marzo, 13 de 
abril, 5 de mayo, 11 y 20 de junio, 18 de julio y 31 de diciembre de 
1735 y 4 de febrero de 1737. 

(9) Id. id., acta de la sesión de fecha 1.^ de enero de 1736. 

(lOji Id. id., actas de las sesiones celebradas durante todo el año 
-de 1736. 

(11) Id. id., acta de la sesión del día 31 de diciembre de 1736. 

(12) Id. id. id. id. déla sesión del día 19 de agosto de 1730. 

(13) Id. id. id. id. de la sesión del día 29 de marzo de 1737. 



236 REVISTA HISTÓRItJA 

producido la venta de la tahona, (^^^ generosamente donada 
por Zabala á la ciudad, los cuales estaban colocados á ré- 
ditos en persona segura, legal, llana y abonada, devengando 
un interés de 5 por ciento anual. (^^) «Imaginémonos cómo 
sería cuando pocos años después hubo que reedificarla, do- 
,tándoIa de algunas piezas más para ofícina, cuerpo de 
guardia y cárcel. Desgraciadamente, las paredes se levan- 
taron á fuerza de barro y con materiales de tan poca ó 
ninguna consistencia, — dice el acuerdo del Cabildo, —que 
todo el frente amenazaba ruina á principios de este si- 
glo.> (16) 

En tan humilde local celebraron sus sesiones y dictaron 
sus acuerdos, bandos, ordenanzas y pragmáticas los primi- 
tivos cabildantes; desde él mantuvieron sus fueros, dere- 
chos y regalías contra la prepotencia de los comandantes 
militares primero y algunos gobernadores después; ponían 
el precio á los comestibles que expendían los comerciantes 
minoristas, ordenaban la limpieza de las fuentes públicas y 
recomendaban la higiene de las calles y plazas; velaban por 
la conservación de la riqueza ganadera; dirimían sus que- 
rellas sobre la pureza de la sangre; admitían en su seno 
á los delegados indígenas para tratar con ellos la sumisión 
de la horda; disponían la forma en que debían de solemni- 
zarse las grandes festividades como Corpus y San Felipe, ó 
el nacimiento de algún príncipe, ó la jura de un nuevo 
monarca (17) y^ por último, en tan mezquino albergue 
abrían, llenos de unción y respeto, las epístolas del rey, con 
quien el Cabildo de Montevideo se honraba en cartearse 
directamente. (1^) 



(14) Libros Capitulares^ acta de la sesión del dfa 14 de noviembre 
de 1734. 

(15) Id. id. id. id. id. id. id. id. id. 

(16) Isidoro De-María: Montevideo Antiguo, lib. 1.® 

(17) Andrés Lamas: A7 escudo de armas de la ciudad de Monte- 
video, 

(18) Libros Capitulares, acta de la sesión del día 31 de agosta 
de 1740. 



DE LA UNIVERSIDAD 237 

En mansiÓD tan ruin tenía también cabida el pueblo 
«empre que se celebraba Cabildo abierto, aunque algunas 
veces se verificó éBte en la iglesia Matriz en razón de su 
mayor capacidad, y si por acaso pretendían los capitulares 
deliberar en secreto, no faltaban vecinos que golpeasen la 
puerta del local concejil, advirtiendo á la Corporación que 
no tenía derecho á proceder de semejante manera- — 
«Abridnos, que somos el pueblo y queremos saber de lo 
que tratáis y tomar parte en vuestras deliberaciones,» — 
ie dijo cierta vez un puñado de ciudadanos tan celosos de 
sus derechos como resueltos defensores de los intereses de 
la colectividad; y los cabildantes, comprendiendo lo inco- 
rrecto é ilegal de su proceder, no tuvieron otro camino sino 
franquear la entrada á sus convecinos y continuar la se- 
sión en su presencia. (^^) 

Ninguna extrañeza deben causar las vicisitudes y penu- 
rias que sufrieron, á su pesar y sin que estuviese en sus 
manos evitarlas, los primitivos Cabildos de Montevideo si 
se recuerdan todos los privilegios, fueros y exenciones que 
Zabala concedió á sus fundadores y subsiguientes vecinda- 
rios. 

En efecto; con objeto de atraer cuanto antes la mayor 
cantidad de gentes á fin de proceder á la fundación de 
esta ciudad, con fecha 28 de agosto de 1726, el gobernador 
del Río de la Plata dictó un bando brindando á quienes se 
decidiesen á venir á establecerse en la península de Mon- 
tevideo, entre otras, las siguientes mercedes: a) Pasaje gra- 
tis desde el punto de su residencia hasta Montevideo para 
ellos y sus familias; b) Reparto, también gratuito, de sola- 
res en la nueva ciudad, chacras en sus alrededores y cam- 
pos de estancia en su jurisdicción; c) Donación de 200 va- 
cas y 100 ovejas á cada poblador; ch) Distribución de ca- 
rretas, bueyes y caballos, dsí como con indios costeados 



(19) Francisco Bauza: Hisioria dñ la dominaetÓH española en d 
Uruguay» 



238 REVISTA HISTÓRICA 

para corte y acarreo de las maderas y demás materiales 
que fueren menester para edificar las casas que pronto se 
fundaren; d) Ayuda, por parte de las autoridades, con toda 
clase de herramientas que podría utilizar toda la comuni- 
dad; e) Reparto proporcional, durante el primer año, de 
granos para semilla, pan, yerba, tabaco, sal y ají; y f) Se- 
ñalamiento de los parajes para graseadas y demás faenas 
de campo y monte. (20) 

Se ordenaba también que los pastos, montes, aguas y 
frutas silvestres fuesen comunes, aunque perteneciesen al 
fisco, en tal manera que ninguno pudiese impedir á otro el 
corte de leña y maderas, si bien recabando el permiso de 
autoridad competente, la cual no podía negarlo. (21) 

Disponíase, además, que los pastos fuesen comunes, de 
modo que los dueños de ganados nada deberían satisfacer 
por la permanencia de dichos ganados en campo ajeno, pe- 
ro no era lícito á los propietarios de haciendas en tránsito 
levantar en tierras que no fuesen las suyas, choza, corral,, 
bohío ni cabana, « sino que el uso común de los pastos se 
entienda siendo de paso, y accidental el pasarse los ganados 
de unas heredades á otras ^. '22) 

Los ganados y el trajín de carretas tendrían libertad de 
abrevar en aguas comunes, á cuyo efecto los dueños de cara- 
pos estaban obligados á dejar entre suerte y suerte, fuese 
feta de chacra ó estancia, una calle de doce varas de ancho^ 
que sirva de abrevadero común, «para que así se eviten 
muchos pleitos que se experimentan en la población de 
Buenos Aires, por no haberse observado el dejar abrevade- 
ros, como lo dispuso en su padrón "y repartimiento el gene- 
ral don Juan de Garay, su primer poblador». (23) 

Por último, se acordó á la vez que los caminos fuesen de 



(20) Auto de Zabala, de fecha 28 de agosto de 1726. 

(21) Libro de padrón en que se contiene el término y jurisdicción qu» 
se le señala á esta nueva población y ciudad de Ban Felipe de Mon- 
tevideo y repartimiento de cuadras y solares. 

(22) Id. id. id. id, etc., etc. 

(23) Id. ¡d. id. id, etc., etc. 



DE LA UNIVERSIDAD 239 

tránsito libre para todo género de gentes, de tal manera que 
aunque los dichos caminos atraviesen por heredades repar- 
tidas ó que las repartieran, ninguna persona las pueda im- 
pedir, como ni tampoco otro que de nuevo descubrieren los 
caminantes por más breves, 6 de mejor conveniencia». (-4) 

Considerando el generoso y previsor Zabala, que tal ve^ 
todas estas regalías no fuesen suficientes para asegurar, no 
sólo la estabihdad de los futuros pobladores, sino también 
el bienestar y tranquilidad que proporciona una vida des- 
ahogada, con fecha 7 de diciembre del año precitado dicta 
un nuevo auto disponiendo: «Que también han de ser exen- 
tos de pagar alcabala, ni otro derecho de mojonería, sisa, ni 
otro alguno, por todo aquel tiempo que 8. M. hubiese con- 
cedido ó concediere á las familias que están alistadas en 
España, y las que de aquí (Buenos Aires) pasaren, han 
de gozar de todo aquello que 8. M. hubiere concedido ó con- 
cediere á dichas familias europeas, por haber de correr con 
igualdad en todo, excepto si 8. M. hubiese preferido en algo^ 
alguna 6 algunas familias por especial privilegio*^. (^^) 

Tantos gajes, regalías y prerrogativas quiso Zabala con- 
ceder á los vecinos de Montevideo, que el Cabildo de esta 
ciudad se quedó sin rentíis, pudiendo únicamente disponer 
de algimos arbitrios tan insuficientes como eventuales, con 
perjuicio del progreso de la nueva población y desventaja 
del vecindario que, si bien estaba exento de impuestos, en 
cambio se vio recargado de servicios tan molestos como pe- 
sados. 

En efecto; falto de recursos, sin poder sostener emplea- 
dos municipales ni atender á obligaciones propias del ramo- 
concejil, al extremo de gue durante muchísimos años el es- 
cribiente que con más prolijidad que ortografía redactaba 
las actas, tuvo que desempeñar gratis sus delicadas funcio- 



(24) Libro de padrón, id, etc., ete. 

(25) Auto del capitán general don Bruno M. de Zabala, para el es- 
tablecimiento de la nueva población de Montevideo. Buenos Aire» 
28 de agosto de 172G. 



240 REVISTA HISTÓRICA 

nes, (26' el Ayuntamiento se vio en la necesidad de echar 
sobre los hombros de los buenos y pacientes vecinos de 
Montevideo infinidad de cargas, tales como alegrar y lim- 
piar los manantiales de que se servía el público, sin que les 
fuese tolerable incurrir en omisión ninguna; 0^7) reunir ca- 
da ocho días y amontonar en el extremo de sus respectivas 
<íalles «todos los despojos y demás inmundicias que hubie- 
re y los quemen;» (^) trabajar durante ocho días en las 
obras de la construcción de la iglesia Matriz; (29) obligar á 
cada vecino cabeza de familia á matar dos perros cada mes, 
cuya matanza comprobana con la entrega de las cuatro ore- 
jas de los canes sacrificados, en el bien entendido que por 
cada una que faltase se le había de quitar un real; (?^) zan- 
jear la parte del terreno que corresponda á cada poblador 
para que las aguas servidas, que ha de echar frente á su casa 
y no sobre la del vecino, corran sin dificultad y no se que- 
den estancadas; (31) imponer á los vecinos casados una con- 
tribución de doce reales, pagados en plata, y los que no pu- 
diesen satisfacerla en plata lo hiciesen en especie ó con tra- 
bajos, con destino al mantenimiento del Cura y Vicario de 
la iglesia Matriz, en vista de la corta congrua que obtenía 
-de los diezmos y demás rentas eclesiásticas; í32) y otras va- 
rias obligaciones y cargas que distraían tiempo, mortifica- 
ban el ánimo ó consumían recursos, de los cuales lan es- 
casos andaban los modestos vecinos de Montevideo y su 
jurisdicción. 

La falta de medios para atender á las obligaciones inhe- 
rentes al Cabildo, la imposibilidad en que éste se encontra- 



(26) Libros Capitulares: acta de la sesión del día 23 de diciem- 
bre de 1778. 

(27) Id. id. acta de la sesión del día B de febrero de 1730. 

(28) Id. id. id. id. id, del día 3 de febrero de 1730. 

(29) Id. id. id. id. id, del día 3 de febrero de 1730. 

(30) Id. id. id. id. id, del día 31 de mayo do 1730. 

(31) Id. id. id. id. id, del dfa 31 de mayo de 1730. 

(32) Id. id. actas de las sesiones de los días 30 de enero y 9 de di- 
-ciembre de 1730. 



DE LA UNIVERSIDAD 241 

ba, en virtud del auto de Zabala á que nos hemos referido 
-anteriormente, de cobrar contribuciones ó establecer im- 
puestos al vecindario, determinó, más de una vez, á la cor- 
poración de la referencia, á hacer uso de la facultad que el 
precitado bando le concedía, aconsejando que á falta de re- 
cursos propios, los consiguiese por medio de listas en las que 
cada vecino diese lo que buenamente le fuese posible. 

Este es el origen de las continuas limosnas que tenía que 
dar el vecindario de Montevideo, y aún el de su campaña, 
desde el mísero hortelano hasta el afortunado poseedor de 
vastas extensiones de campo é innumerables cabezas de ga- 
nado. Así, por ejemplo, cada vez que tenía que celebrarse 
alguna de las fiestas de Tabla, no sólo se imploraba la con- 
sabida limosna, sino que se exigía del vecindario que barriese 
las calles por donde tsnía que pasar la procesión, improvi- 
sar altares en las esquinas del tránsito, adornar los frentes 
de sus casas, y años después, iluminarlas, 0^3) 

Cuando se trató de edificar la iglesia parroquial, el Cd- 
bildo apeló á la generosidad y sentimientos religiosos del 
vecindario para llevar á cabo la obra, sin cuyo concurso no 
se hubiera podido concluir, dando ejemplo de abnegación y 
cristiano celo el Alcalde Provincial, quien encabezó la lista 
de los donativos subscribiéndose con 40 tijeras y siguién- 
dole los demás cabildantes; subscripción que se renovó pos- 
teriormente varias veces, siempre con igual objeto, (-^' y 
no se hubiera concluido la fábrica de la Iglesia si Alzaibar 
no se decide á terminarla de su peculio. (3^' 

Igual cosa sucedió cuando se llamó á cabildo abierto (ce- 
lebrado en la Iglesia por no caber todo el vecindario en la 
fortaleza donde el Ayuntamiento, á falta de local propio, se 



(33) Ordenanzas municipafes aprobadas por S. M. el Rey con fecluí 
29 de mayo de 1668. 

(34^ LüiroH Gaptiutaresty actan de las sesiones de los días 13 de nUril 
-y 22 de septiembre de 1730; 28 de fel>rero y 10 de agosto de 1732, y 31 
• lie octubre de 1738. 

(35) Id. id. acta de la sesión del din 31 de octubre de 1738. 

R. H. DB LA U.— 16. 



242 REVISTA HISTÓRICA 

reunía periódicamente) para solicitar la fundación de ui> 
convento de PP. Franciscano?, á la cual contribuiría volun- 
tariamente el que quisiese, pues no se obligaba á nadie. (36) 

Hasta para defenderse de las irrupciones de los indios,, 
tuvieron los inermes vecinos que solicitar se les suminis- 
trasen armas, comprometiéndose á pagar su importe, «den- 
tro del término que 8. E. fuese servido determinar, s^ún 
la con edad del caudal de los vecinos^, t^^) [o que quiere de- 
cir que el parque del fuerte estaba exhausto de armamento, 
6 que el Jefe militar de la plaza tal vez se negase á pro- 
porcionarlo. 

Y cuando hubo necesidad de limpiar el foso ó cortadu- 
ra para defenderse de una temida invasión portuguesa, el 
vecindario no titubeó, á solicitud del Cabildo, en brindar 
sus pobres recursos y su buena voluntad, nunca desmenti- 
da, para sufragar la mitad del costo de la obra, siendo la 
otra mitad de cuenta de la autoridad militar, ^38) y lo pro- 
pio acontecía con la construcción del cuartel de dragones 
(39) y hasta con las obras de fortificación. 

No es. pues, de extrañar quede vez en cuando y por 
orden del gobernador del Río de la Plata, la caja de la 
Comandancia, guardadora de las rentas reales, tuviese que 
suplir cantidades de dinero, ya para solemnizar alguna 
festividad r^Iamentaria, ya para sufragar los gastos que 
ocasionaban las obras de la fábrica de la primitiva iglesia 
Matriz. -40) 

En fin, la construcción déla cárcel, la manutención de 
los presos, la fundación de colonias con indios minuanes (^1* 



(36) Libios Capitulares^ acta del din 19 de agosto de 1730. 

(37) Id. id. id., del día 4 de noviembre de 1730. 

(38) Id. id. id. id. acta de la sesión del'día 25 de septiembre de 1735. 

(39) Id. id. id. id. del día 25 de junio de 1737. 

(40) Id. LL id.' Actoíd de las festonea délos días 13 de abril de 
1730 y 11 de mayo der 1733. 

(41) Id, id. id. id. del día 4 de mayo de 1764. 



DE LA CNIVERRIDaD 243 

y otras muchas atenciones propias del Cabildo eran cum- 
plidas gracias á la generosidad del bondadoso vecindario 
de Montevideo, que nunca negó su concurso para cuanto 
importase una innovación, un progreso ó una caridad. 

Aquellos humildes cabildantes, que constituían el mis- 
mo pueblo de Montevideo, soldados viejos cargados de mé- 
ritos y servicios, labriegos que con tanto tesón y fe deposi- 
taban en el surco los gérmenes de la primitiva riqueza 
ngríeola evidenciando las múltiples aptitudes del suelo 
uruguayo, artífices á quienes la necesidad más que la des- 
treza profesional convertía en hábiles obreros de diferentes 
oficios, todos, en fin, lo mismo el negociante que el gana- 
dero, el que se mantenía de su soldada como el que vivía 
de lo eventual é inseguro, eran los primeros en dar para 
bien de la colectividad, en provecho ajeno, á beneficio de 
otros, para iglesias y fortificación, para clérigos y frailes, 
para misas y procesiones, para indios taimados y para po- 
bres vergonzantes, sin acordarse de que el Cabildo de Mon- 
tevideo vivía de prestado, sin local propio donde reunirse, 
sin Sala Capitular, sin oficinas, sin empleados, sin archivo 
y sin mobiliario, en razón de no tener con qué sufragar es- 
tos gastos, porque Zabala había dispuesto (]^ue la ciudad 
estuviese libre de impuestos, gabelas y alcabalas. Los úni- 
cos recursos que pudo obtener en sus primeros tiempos el 
Cabildo fueron de carácter aleatorio, pues dependían de cir- 
cunstancias fortuitas, como lo eran las multas que se im- 
ponían al vecindario por infracción de las disposiciones mu- 
nicipales, venta ó arrendamiento de algún bien inmueble, 
donativos de cueros que con dificultad se vendían á las po- 
cas embarcaciones que llegaban en procura de este artículo 
para transportarlo á Buenos Aires, derechos de abasto que 
fueron casi nulos en los primitivos tiempos, venta de pro- 
ductos embargados, permisos para faenar, que casi siempre 
se daban gratis, etc., etc. Los diezmos, las alcabalas, la ven- 
ta de bulas, las contribuciones pagadas por los propieta- 
rios de chacras y hornos, el derecho de lanchaje, el almo- 



244 REVISTA HISTÓRICA 

jarifazgo, la renta del papel sellado y los derechos del Real 
Consulado fueron, sucesivamente, de épocas posteriores. (^2> 

Agregúese á todo lo expuesto que la ciudad carecía de co- 
mercio, ya que le estaba terminantemente prohibido mante- 
nerlo con otro punto que no fuese Buenos Aires, pues siendo 
Montevideo puerto de mar se prestaba para practicar el con- 
trabando, que á todo trance querían evitar los Oficiales 
Reales ^^^\ He aquí por qué el Cibildo con fecha 7 de ju- 
lio de 17;]3 se dirigía al Rey pintándole de este modo su 
precaria situación... «Y en medio de que no tenemos co- 
mercio alguno ni dónde vender nuestros frutos, gozamos de 
tranquilidad y del corto interés que la guarnición de este 
presidio nos deja por ellos en el bizcocho que se destina 
para su manutención, el que se fabrica entre los vecinos.» 
(44' Como natural consecuencia de semejante situación la 
plata amonedada escaseaba tanto que era imposible realizar 
muchas operaciones comerciales que hubieran sido benefi- 
ciosas para el vecindario. ^45) 

Sin embargo, siempre solícito el Cabildo en pro de los 
intereses de la comunidad, aprovechó la partida de una em- 
barcación para dirigirse de nuevo al Rey pidiéndole que le 
concediera el derecho de cobrar cuatro reales por cada bo- 
tija de vino ó aguardiente que se introdujera en Montevi- 
deo procedente de Buenos Aires, «sin excepción de perso- 
nas y por el tiempo que S. M. fuere servido», destinando 
este derecho de consumo «para principio de propios de esta 
dicha ciudad para poder fabricar sala de ayuntamiento, 
cárcel y demás gastos de ciudad >; (46) y no considerando 



(42) Carlos M. de Pena: Sinopsis general del Departamento de 
Montevideo. 

(43) Nota de los Oficiales Reales al Cabildo de Montevideo: 15 de 
abril de 1730. 

(44) Carta del Cabildo, Justicia y Regimiento de la nueva ciudad 
de Montevideo, de fecba 30 de mayo de 1733, á S. M. el rey don Fe- 
lipe V. 

(45) Libros Capitulares, acta de la sesión del día 22 de julio de 1730. 

(46) Id- id. id. de la sesión del día 2 de septiembre de 1730. 



DE LA UNIVERSIDAD 245 

tal vez bastante eficaz esta petición, le dirigió otra de la cual 
fué portador el mismo Alzaibar. En esta última, el Cabildo 
solicitaba el competente permiso para, á la par de Buenos 
Aires, poder enviar sus productos al Brasil, aunque sólo 
fuese tres veces al año en balandras ó sumaquillas,y que se 
la exonerase del pago de alcabalas y derechos como en sus 
comienzos se había exonerado á la ciudad vecina, á pesar 
de no ser, como lo era Montevideo, la llave del reino del 
Perú. <47) 

En tales condiciones se explica sin dificultad que el Ca- 
bildo careciese de campana para congregar á sus miembros 
cada vez que tenía que celebrar sesión para dictar sus ban- 
dos de buen gobierno, ó para convocar al pueblo á Cabildo 
abierto siempre que algún asuntó espinoso requería su pre- 
sencia y su consejo, como en sus comienzos no tuvo por- 
tero que fuese á las casas de los Alcaldes y Regidores ci- 
tándolos para la futura reunión, (48) tarea que tal vez hi- 
ciese algún peón ó sirviente del Presidente de la Corpora- 
ción, pues de ello no hay constancia en los Libros Capitu- 
lares, á pesar de su minuciosidad notoria ... y su falta de 
sintaxis. 

Tampoco el Cabildo dispuso de escribiente 1^9) á sueldo 
que redactara las actas, llevase los libros, copiase los oficios 
y corriese con el resto de la documentación, de igual moda 
que transcurrieron 26 años sin contar con Secretario, en 
razón de no disponer de ningún fondo de propios para sa- 
tisfacerle emolumentos, «á pesar de los muchos é irrepara- 
bles daños que de esta falta se han originado, con queja de 
muchos lastimados», hasta que con fecha 1.*" de enero de 
1756 se resolvió crear ese empleo, eligiendo para desempe- 
ñarlo á don Pedro José de Irurita, quien á la sazón tenía á 
su cargo el alguacilazgo mayor de la ciudad. í^^) 



(47) Memorial que el Cabildo, Justicia y Rendimiento de la ciudad 
de Montevideo dirige al rey de España y de las Indias 8. M. don Fe- 
lipe V. 10 de febrero de 1738. 

(48) Ordenanzas municipales, artículo 9.*. 

(49) Libros Capitulares: acta de la sesión del día 20 de julio de 1730. 

(50) Id. id., fecha ut supra. 



240 REVISTA HISTÓRICA 

Aquellos hidalgos que « tenían que amasar bizcocho 
para procurarse rentas», dejaron por todas partes vestigios 
de su cruel pobreza, (^^) llegando ésta á ser tan intensa que 
<5on motivo de haberse llenado el primer libro que servía 
para asentar las actas del Cabildo, encontróse éste que no 
tenía medios para proporcionarse otro y resolvió lo siguiente: 
«EQibiendo propuesto no tener la ciudad ningún haber ni 
otro arbitrio para el costo de dicho libro, determinamos 
entre todos diese cada un 3 lo correspondiente para dicho 
costo». íi>-) 

Por muchos que fuesen los medios á que apelara la 
Corporación municipal con objeto de reunir fondos para 
hacer frente á sus necesidades más apremiantes, eran aqué- 
llos tan reducidos y eventuales que sus cajas (expresándonos 
metafóricamente), siempre estaban vacías, al extremo de 
que, en sus comienzos, las penurias del Cabildo fueron tan 
hondas que ni aun siquiera pudo mandar hacer los patro- 
nes de las pesas y medidas que tenía que usar el comercio, 
por cuya falta el Alcalde respectivo no hacía la inspección 
de los tendejones que á la sazón existían, sin embargo de 
lo cual el Ayuntamiento acordó que se girase la visita re- 
glamentaria, á fin de conocer si se noüiba alguna diferencia 
entre las que usaban los negociantes que las empleaban, y 
en el caso de que se notase diferencia, procurase remediar 
el mal para la mayor paz y concordia de esta ciudad-». '^^ 
Y cuando, por fin, tuvo patrones, careció de la marca ó 
sello necesario para su correspondiente contraste después ' 
del cotejo con los patrones reales, ^^> defectos que, induda- 
blemente, serían muy del agrado de los negociantes de mala 
ley que en todo tiempo han existido, para desgracia del con- 
sumidor. 



(51; Francisco Bauza: Un gobierno de otros tiempos. 

(52) Libros Capitulares, acta de la sesión del día 10 de febrero de 
1749. 

(53) Id. id. id. id. del ciía 9 diciembre de 1730. 

(54) Id. id. id. id. del día 1.» de enero de 1737. 



DE LA UNIVERSIDAD 247 

A estas lamentables miserias había que agregar otras no 
menos sensibles, una de las cuales era la falta de medios 
<Je publicidad á las disposiciones municipales, no sólo por 
la carencia de escribiente que las extendiese, sino por la de 
-sitio donde fijar los edictos, pues en los parajes acostum- 
brados no tenían reparo ninguno, resolviéndose que dichos 
fictos fuesen voceados por el respectivo pregonero y he- 
-ehos públicos, además, en las grandes festividades del pue- 
blo, como por ejemplo, « el día de San Felipe y Santiago 
que se hallará congregada toda esta República en acompa- 
ñamiento del estandarte real». (^5) Ya puede figurarse el 
lector cuan oportunamente llegarían á conocimiento del ve- 
-cindario algunas de estas disposiciones del bonachón Ca- 
bildo, Justicia y Regimiento de la noble y leal ciudad de 
Montevideo. 

Pero, en lo que verdaderamente el antiguo Cabildo an- 
duvo en la mala durante algunos años, fué en la cuestión 
de mobiliario, del que se vio privado por idéntica causa, es 
<Jecir, por falta de medios con que adquirirlo, de modo que 
sus Alcaldes y Regidores tendrían que mandar desde sus 
casas las sillas necesarias en qué sentarse, como hacían 
cuando concurrían en corporación á la iglesia, ó las pe- 
dirían prestadas á los vecinos más próximos al lugar en 
-que celebraban sus sesiones, ó la Comandancia Militar fa- 
cilitaría compasivamente algún banco del cuartel, pues 
sería desdoroso para aquel cuerpo cól^iado suponer que 
durante sus largos acuerdos sus miembros se mantuviesen 
de pie, ó en cuclillas, ó sentados en el duro suelo. 

Como quiera que fuese, llegó un momento en que él Ca- 
bildo, comprendiendo que las cosas no podían continuar de 
-semejante manera, trató de remediarlas, y á falta de recur- 
sos con qué adquirir el menaje que necesitaba, «^resolvió 
valerse de una licencia de un mes para que con el fruto 
que de ella se sacase en el campo, mandar hacer unos 



(4) Libros Capitulares^ Rcta de la. sesión del día 28 de abril de 1738. 



218 REVISTA HISTÓRICA 

bancos y una silla con sus tres divisiones para el aseo de 
esta casa Capitular», dice el acuerdo, agriando que «la 
cual licencia se le aplicó, con voto de todos los capitulares, 
al Capitán Juan Antonio Artigas, el cual dijo que pondría 
los referidos asientos y trabajaría la licencia de su cuenta.» 
(56) He aquí cómo ía riqueza ganadera del país y la buena 
voluntad del primer Artigas vinieron á proporcionar al 
Cabildo de Montevideo el mobiliario que necesitaba. 

Sin embargo, como transcurriera algún tiempo sin que 
Artigas pudiese cumplir el compromiso contraído, ya por- 
que atenciones de otro género absorbiesen su tiempo, ó en 
razón de dificultades que no se han podido averiguar, el Ca- 
bildo resolvió, seis meses después, ampliar la licencia con 
quince días más, es decir, que el casi perpetuo Alférez Real 
(pues sus com|)añeros de Consejo lo reelegían casi cada año 
para el desempeño de este honroso cargo) dispondría de 45 
días para faenar ganado, elaborar sebo y grasa y aprovechar 
los cueros de los animales que sacrificara á cambio de dar 
en propiedad á la Corporación municipal tres sillas, (^7) que 
indudablemente estarían destinadas, al Comandante Militar 
una, otra al Alcalde de primer voto y la tercera al Secreta- 
rio que bastante hacía con desempeñar esas funciones á título 
gratuito. 

La elección del Capitán de Corazas don Juan A ntonio 
Artigas para que usufructuara la licencia consabida se ex- 
plica sin dificultad, así como su casi perpetua reelección para 
el cargo de Alférez Real, pues entre todos los cabildantes 
era el más apuesto y gallardo, á cuyas cualidades físicas había 
que agregar otras de carácter moral, como su proverbial 
generosidad, su actividad reconocida y su tino y buen gusto 
estético en la organización de aquellas festividades en que 
salía á relucir el pendón real. Por eso decía el Cabildo que 
al Alférez Real había que darle alguna ayuda de costa pa- 
ra que en llegando la función se desempeñase con el brillo- 

(56) Libros Capitulares, acta de la sesión del día 28 de junio de- 
1732. 

(57) Id. id. id. id, del día 3 de febrero de 1733. 



DE LA UNIVERSIDAD 249 

que acostumbraba, (¿58) pero Artigas, siempre correcto y des- 
prendido, aceptó la licencia, pero rechazó la ayuda de 
costas. (^9) 

No terminaron por entonces las agonías del cuerpo mu- 
nicipal en lo referente á la adquisición de menaje, porque 
un año después todavía gestionaba, á cambio de otra li- 
cencia para trabajar en las campañas de esta jurisdicción, 
que ofreció á quien la quisiera aprovechar, la adquisición de 
una caja que, haciendo las veces de archivo, sirviera para 
depositar y conservar en ella los libros y demás papeles 
pertenecientes al Cabildo, después de practicar el respectivo 
inventario, cuya caja sería de tres llaves, una que estaría en, 
manos del Alcalde de primer voto, otra que mantendría en 
su poder el Alférez Real y la tercera que conservaría el 
Alcalde de segundo voto, por no haber en aquellos tiempos 
en Montevideo ningún escribano público. ^6<0 

En 1750, todavía el Cabildo andaba penando por mue- 
bles y otros enseres, de modo que disponiendo de un so- 
brante de sesenta pesos, procedentes de una suscripción, 
ordenó que «en virtud de la falta que tiene esta Sala Ca- 
pitular, de algunas piezas para su decencia, necesarias como 
son una mesa, tres sillas, una carpeta, un tintero, una sal- 
vadera, un taburete, unas tijeras grandes y cuatro bisa- 
gras para la ventana, y no tener este Cabildo otro arbitrio 
que tomar, de común acuerdo se determinó se comprasen 
las referidas cosas». (^0 

El origen humilde de los primeros pobladores de Monte- 
video (tan humildes que el mismo Zabala fijó un plazo de 
seis años para que los vecinos analfabetos pudieran ser 
miembros del Cabildo) está evidenciado en los mismos Li- 
bros Capitulares de la ciudad, en que se observa la torpeza 



(58) Libros Capitulares^ acta de la sesión del día 28 de junio de 
1832. 

(59) Id. id. id. id, del día 8 de abril de 1733. 

(60) Id. id. id. i.l. id, del día l.o de marzo de 1734. 

(61) Id. id. id. id. id. del día 23 de diciembre de 1750. 



^50 REVISTA HISTÓRICA 

-de sus miembros aúo para mal trazar sus nombres y apelli- 
dos: plagadas estáo las actas de firmas así puestas: Luis 
desosa Mascareñas, Diego de Mendosa, Thomds gs. par- 
dron, esteban de ledesma^ Tint^'' do figr.\ izidro peres 
de roxas^ eta, etc. 

Acostumbrados, pues, por naturaleza, por carácter y por 
educación al pauperismo, á la miseria y á la sumisión, no 
les era demasiado penoso á los primeros cabildantes pa- 
sarse sin local, carecer de mobiliario y desempeñar funcio- 
nes que hoy, á pesar de la tan cacareada democracia, conside- 
raríamos del todo humillantes. 

Sin embargo, estos cabildantes analfabetos^ <: constantes 
y aferrados á sus ideas, incubaron en los que les rodeaban 
un espíritu de saludable resistencia á la opresión, y una 
tendencia físcalizadora que regularizó y fortificó la admi- 
nistración pública. Sin desmayar un día lucharon veinti- 
séis años para obtener un gobernador nombrado por el 
rey y algunas franquicias comerciales que les permitieron 
desarrollar sus elementos de industria. Los anales de sus 
actos políticos, administrativos y militares, escritos en los 
libros de sus cabildos yen su correspondencia oficial con 
el rey, el gobernador de Buenos Aires y más tarde con el 
de Montevideo, demuestran en ciertos casos un sentido 
práctico que se asemeja mucho á la razón política ilumi- 
nada por la moral y la ciencia. El respeto de que supie- 
ron rodearse en el hogar doméstico, les dio una autoridad 
sin límites sobre sus hijos, á quienes modelaron en las 
formas de su carácter propio, preparando sin saberlo aque- 
llas almas fuertes que concibieron y ejecutaron la gran re- 
volución que nos dio la independencia y la libertad. 

«Sin que muchos de ellos supieran leer, ni la minoría 
tuviera una ilustración que pasara del nivel comün de la 
mediocridad, la gestión de los negocios públicos, les abrió 
horizontes que iluminaron sus espíritus, perfeccionándolos 
por el ejercicio de la noble misión de hacer el bien colec- 
tivo. El orgullo de un mando restringido por el despotis- 
mo de los dueños de la fuerza, les obligó á hermanar su 



DE LA UNIVERSIDAD 251 

interés propio con el interés público, y de ahí nació el pa- 
triotismo que les fué ennobleciendo día por día, hasta ha- 
cerles aptos para afrontar los sacrificios más duros. La 
ficción que diviniza el objeto de un cariño desinteresado y 
puro, concluyó por hacerles creer que su pueblo era el más 
hermoso y el más noble de la tierra, y así hablaban de su 
ciudad de cien ranchos, como un romano de los tiempos 
de Mételo hubiera podido hablar de la capital del mundo. 
Tales eran los fundadores de Montevideo, en su carácter 
oficial y en sus cuestiones domésticas.» (6^) 

Orestes Aral^jo. 
Montevideo, 18 do julio de 19C7. 



(62) Francisco Bauza: Un Gobierno de otros tiempos. 



El doctor José Manuel Pérez Castellana 



Apuntes para nn bioi^rafla 

Al sabio naturalisfa don José Arccliavaleia. 

I 

El doctor Pérez Cnslcllano: sus imlecesores; su vida 



El 19 de noviembre de 172G llegó á la bahía de Mon- 
tevideo el navio aviso «Nuestra Señora de la Enzina», con- 
duciendo á su bordo al primer con- 
ADtecesores de Pérez j^ ^^^ ^^ ^^^j^j^^ ¿^ j^^ j^j^^ (.^^ 

Lastellaiio. *? . i i 1-1 . 

nanas, que enviaba don Francisco 

de x^ilzáibar, en cumplimiento de reales disposiciones en-^ 
caminadas á poblar «el paraje de Montevideo». 

Al saltar á tierra, ya encontraron en ella los buenos la- 
bradores canarios algunas familias avecindadas poco antes, 
varias de las cuales vinieron de Buenos Aires estimuladas 
por el buen sentido del teniente general don Bruno Mau- 
ricio de Zabala, quien consideró conveniente que las que 
debían venir con Alzáibar, «hallasen otras del país en el 
paraje de Montevideo, con quien comunicar». ^ Pronto to- 
das formaron un solo conjunto y se unieron para ayudarse 
mutuamente en un lugar de verdadero peligro como era el 
de la población proyectada, — recién arrebatado á los portu- 



1 Zabala al Cabildo de Buenos; Aires. Auto de 28 de agosto de 1726. 



DE LA UNIVERSIDAD 253 

gueses, cuya vuelta debía temerse, — aislado de todo otro nú- 
cleo castellano, y, además, á completa merced de les in- 
dios. 

¡Honor á esos primeros pobladores, de temple de acero, 
insensibles á las nebulosidades del horizonte, pero cons- 
<;ientes de su valor y deseosos de conquistar en esta tierra 
nueva el bienestar que hasta entonces no habian encon- 
trado! 

El 24 de diciembre del año ya citado, tuvo lugar la ver- 
dadera fundación de la ciudad de San Felipe de Montevi- 
deo. Desde ese día, cada jefe de familia contó con un solar 
donde levantar su casa y con sitio para formar una peque- 
ña huerta. 

Entre los que hicieron la travesía en «Nuestra Señora 
delaEnzina», se hallaba el abuelo paterno del doctor Pérez 
Castellano, don Felipe Pérez de Sosa, en pleno vigor físico, 
pues contaba 38 años de edad. Era natural y vecino del 
pueblo del Sauzal en las Canarias. Vino con su esposa y 
cinco hijos, llamados: Domingo, de 15 años; María de la 
Encarnación, de 12; Bartolomé, de 11; Francisca Antonia, 
de 10, y María del Cristo, de 5. ^ 

En el reparto de solares, correspondió á don Felipe la 
mitad de la manzana número 10, ^con cien varas de frente 
á la calle del Medio ^ (hoy Juan Carlos Gómez), por cin- 
cuenta á la de la Fuente ^ (hoy Cerrito), y otro tanto á la 
de la Cruz ^ (hoy 25 de Mayo), donde se apresuró á levantar 
fiu casa, rodeándola de árboles y plantando algunas legum- 
bres. 

Poco después, el 12 de marzo de 1727, día en que co- 
menzó el reparto de las chacras á los vecinos, se le deslin- 
dó una ^ á don Felipe «en la otra Vanda del Miguelete», 
-de cuatrocientas varas de frente sobre el dicho arroyo por 
«na legua de fondo en dirección al Pantanoso. Esta chacra 



1 Libro Padrón de Montevideo. 

2 Actas del Cabildo de Montevideo. Sesión del 31 de mayo de 1730. 

3 Reparto de las primeras cbacras. 



254 REVISTA HISTÓRICA 

fué la segunda, sieudo la primera ia de don Silvestre Pérez 
Bravo, que se delineó señalando cuatrocientas varas «arro- 
yo abajo acia la Ensenada de este Puerto*, empezadas á 
contar desde «unas Peñas nativas, las quales señalo», dice 
el reparto citado, «por Mojón principal de las chacras que 
se han de repartir en dicha otra Vanda». 

Haciendo un análisis prolijo de diversos datos, he lle- 
gado á encontrarlas mencionadas «Peñas nativas> que sir- 
vieren de mojón, y afirmo que ellas son unas piedras que 
aún se ven en el primitivo camino de abrevadero que limi- 
ta la quinta que fué del coronel Lorenzo Latorre y hoy 
pertenece á la sucesión Delucchi, en una altura desde don- 
de el terreno baja hacia el Miguelete, de manera que la 
chacra de don Felipe Pérez de Sosa, que fué la segunda, 
empezaba después de las primeras cuatrocientas varas Mi- 
guelete abajo, medidas desde las mencionadas Peñas, y lle- 
gaba hasta las ochocientas desde el dicho mojón, teniendo 
una legua de fondo. Esta chacra pasó á ser, por herencia, 
de las nietas de su primitivo dueño, hijas de María del 
Cristo Pérez y Manuel Duran, de donde viene el nombre 
de «Paso de las Duranas» conocido hoy, y que originaria- 
mente fué «Paso délas Duranes». 

Don Felipe se dedicó con inteligencia y empeño á tra- 
bajar la chacra, que su nieto el doctor Pérez Castellano 
consideraba como un modelo en su tiempo. 

En sus «Observaciones sobre Agricultura», ^ hace el 
nieto una referencia á su abuelo, y con ese motivo agrega: 
*^ «Los nuevos hortelanos, para quienes esto escribo, no de- 
ben tener á mal que yo haga de. mi abuelo esta grata me- 
moria, porque sobre serlo, y hallarme por esto mismo en 
la obligación de tributarle amor y reverencia, á más de ha- 
ber sido muy hombre de bien en todo el sentido riguroso 
de la expresión, fué también aquí muy benemérito de su 
honrado ejercicio; pues su chacra, que fué la segunda que 



1 «Observaciones», § 55, pág. 25. 

2 ídem, § 58, pág. 27. 



DE LÁ üNn^ERSIDAD 255 

se repartió, fu^, mientras vivió, la mejor y más bien culti- 
vada, y lo fuera aún si sus descendientes poseedores tuvie- 
sen en la agricultura la inteligencia y aplicación que tenía» 
mi abuelo y el suyo>. 

En otras partes de sus «Observaciones» ^ dice que don 
Felipe tenía una buena viña en su chacra y que hacía vina 
de buen gusto, pero muy flojo, lo que no complada al co- 
sechero, que aspiraba á imitar el vino de Tenerife. 

Los elogios que hace de su abuelo, considerándolo «muy 
hombí^ de bien en todo el sentido riguroso de la expre- 
sión», dejan en mi espírítu la impresión de que son perfec- 
tamente justos, porque después de haber leído algo de las 
producciones del doctor Pérez Castellano, se adquiere gran 
fe en su honradez como escritor. 

Indudablemente, Felipe Pérez de Sosa fué un buen la- 
brador y un hombre honesto. Sus vecinos debieron haberlo* 
tenido en buen concepto, puesto que se le ve desde 1732 
hasta 1755 ocupando ocho veces puestos en el Cabildo de 
Montevideo: en 1732, 34 y 41, Fiel Ejecutor; en 1735 
Alcalde de 2." voto; en 173G y 40, Alférez Real, y en í 752 
y 55, Depositario General, en cuyos cargos se portó con 
toda corrección y celo por los intereses locales. ^ 

Fué jefe de una familia en que lucieron hombres dis- 
tinguidos, entre los cuales cabe mencionar, aparte del doc- 
tor José Manuel, á su hermano Pedro Fabián, miembro del 
Congreso de la capilla de Maciel, y auditor de guerra del 
ejército que bajo las órdenes del general Rondeau sitiaba 
entonces á Montevideo; su otro hermano Manuel, también 
miembro del dicho Congreso; Juan José Duran, Goberna- 
dor intendente de Montevideo, Presidente del Congreso del 
año 1821; Manuel Vicente Pagóla, — de brillante memoria^ 
mayor general de. Artigas, jefe del célebre «Regimiento 
N.** 9^', que se cubrió de gloria á las órdenes de Rondeau y 
San Martín en tierras lejanas de la patria,— constituyente; 



1 ^Observaciones», §§ 301 y 303. 

2 Actas del Cabildo de Montevideo, años citados. 



256 REVISTA HÍSTÓRICA 

Andrés Manuel Duran, que quedó inválido en el asalto de 
Montevideo por los ingleses, miembro del Congreso de la 
capilla de Maciel, archivero y tesorero geneml de la Na- 
ción; Eduardo Acevedo, codificador, jurisconsulto, Presi- 
dente del Senado, Ministro de Gobierno y Relaciones Ex- 
teriores; Luis Eduardo Pérez, teniente general, Ministro de 
la Guerra; Eduardo - Mac-Eachen, Ministro de Gobierno, 
Presidente del Senado; Agustín de Vedití, publicista, y su 
hermano Juan Manuel, educacionista; Manuel Pagóla, ge- 
neral, Jefe .del Estado Mayor del Ejército; los Aldecoa y 
los Vedia, militares de honor; Bartolomé Mitre y Vedia, 
periodista; Alfredo Vásquez Acevedo, jurisconsulto, codi- 
ficador, educacionista; Eduardo Acevedo Díaz, litera- 
to, etc., etc. 

Bartolomé, uno de los cinco hijos que con él vinieron de 
las Canarias, fué también un honrado vecino de Montevi- 
deo, y su nombre figura entre los de los cabildantes de la 
ciudad. Casó con Ana María Castellano, ^ hija de Juan 
Alonso Castellano, ^ labrador también, y canario, que fi- 
gura en la «lista de los segundos pobladores que por olvido 
de don Pedro Millán no se asentaron en el Libro Padrón 
y se hace ahora» (año 1730), de cuyo matrimonio tuvieron 
seis hijos, ^ á saber: doctor José Manuel, Bartolomé, te- 
niente del «Regimiento de Milicias» de Montevideo, cabil- 
dante, hacendado; Pedro Fabián, á quien ya me he referido, 
y del que diré ahora que fué entregado en rehenes por Al- 
vear á Vigodet; Felipe, teniente coronel del «Regimiento 
de Voluntarios de Caballería» de Montevideo en el año 
1805 y padre de Manuela Pérez, que casó con Nicolás de 
Vedia cuando era teniente del «Regimiento de Infantería» 
de Buenos Aires (1805), * el mismo que en nombre de 

1 Testamentaría de Bartolomé Pérez. Archivo del Juzgado de lo 
Civil de l>*r Turno (año 1810, n.« 61). 

2 «Observaciones», pág. 129 

3 Testamentaría de Bartolomé Pérez, locus cit. 

4 Protocolo de la Escribanía Pública de Montevideo (afio 1806). Se 
encuentra en el archivo del Juzgado Letrado de lo Civil de l.^^*" Tomo. 
Felipe Pérez y Teresa Ramallo autorizan en 18 de diciembre de ISQo 
«1 casamiento de sus hijos Manuela Pérez y Nicolás de Vedia. 




Dr. Jo8¿ Manuel Pírez Castellano 



DE I*A UNIVERSIDAD 257 

Alvear recibió las llaves de la ciudad de Montevideo, cum- 
pliendo así Vigodet la capitulación que de acuerdo con las 
leyes de la guerra no pensó que pudiera violarse; Manuel, 
de quien dice su propio hermano José Manuel ^ que era algo 
bilocado, — por cuya circunstancia fué postergado en la carre- 
Ta de las armas, que seguía, — pero que en la reconquista de 
Buenos Aires, formando parte del «Regimiento de Drago- 
nes», se portó como un bravo; y Luisa, que casó con An- 
tonio Aldecoa. 

Bartolomé (padre) hizo testamento en Montevideo el 3 de 
octubre de 1805, encontrándose ciego desde doce años 
titi-ás, y falleció álos 92 de edad, el 23 de abril de 1807. ^ 
Es digna de elogio una de las cláusulas testamentarias, por 
la que dice que: «liberta á su esclavo Francisco Domingo, 
su mujer é hijos, en compensación de la fidelidad, lealtad y 
amor con que constantemente me han servido, á los que les 
lego una suerte de estancia. en Carreta Quemada». ^ Este 
solo rasgo muestra la nobleza de sentimientos del testador. 

Tales eran los antecesores del doctor Pérez Castellano: 
Felipe Pérez de Sosa, pobre labrador de las Islas Cana- 
rias, que vino á América en busca de una posición desaho- 
gada para su familia, la que consiguió por su inteligencia, 
laboriosidad y honradez, y Bartolomé Péreí;,que heredó las 
buenas condiciones de su padre y, como él, mereció ser tenido 
por un buen vecino de Montevideo, logrando educar á 
sus hijos en las carreras de las armas y de la Iglesia, tan 
consideradas entonces, y en las labores del campo, tan 
útiles al progreso del país. 

El 24 de marzo de 1743 fué bautizado en la primitiva 

Iglesia de Montevideo, un hijo de Bartolomé Pérez y Ana 

.Priinoros\ifios fiel Castellano, siendo SUS padrinos don 

floeior Pérez Gasie- Manuel Duran, que fué cabildante 

""^* y comandante del «Regimiento de 

Milicias de Montevideo», y su esposa doña María del 



1 >Caxon de Sastre»— Carta á una perdona que se encontraba eu 
Italia. 

2 Testamentaría de Bartolomé Pérez, locuscU- 

«. H. DB LA U.— 17 



258 REVISTA HISTÓRICA 

Cristo Pérez. La fe de bautismo, que transcribo textual- 
mente, dice así: 

«Joseph Pérez — El dia 24 Marzo de 43Bap.*' puseOleo 
y Xma. á Jph M. n." de 4 dias, hijo legmo. de Bartolo 
Pérez y de Ana Castellanos: ^ P/ D." Man.* Duran y 
María Pérez de Sosa. — D! Jph Nicolás Bárrales-». *^ 

Eiste niño, — á quien según costumbre muy generalizada 
en la época pusieron los nombres de José (por ser el santo 
del día en que nació, y Manuel, por ser el de su pa- 
drino,— honró á su suelo natal. Fué el presbítero doctor 
José Manuel Pérez Castellano. 

Siendo natural suponer que nació en la casa de sus pa- 
dres, se puede afirmar que el nacimiento tuvo lugar en la 
calle San Pedro, con frente al Sud, esquina San Fernando, 
con frente al Este, ^ hoy 25 de Mayo esquina Juan Carlos 
Gómez, casa de propiedad de la señora María Josefa Mu- 
ñoz de Correa, cuyo esposo don Agustín Correa la hubo 
como descendiente de don Bartolomé Pérez. 

El joven Pérez Castellano pasó sus primeros años en 



1 Este apellido está equivocado. Es Castellano y no Castellanos^. La 
prueba se halla en el expediente del juicio testamentario de Bartolomé 
Pérez {locus cit,\ quien en su testamento, al nombrar á su esposa, 
dice: «Ana Castellano»; en el mismo expediente el doctor Pérez Cas- 
tellano, como albncea de su padre, en varias partes escribe el apellido 
materno sin la s final: el mi»mo, en sus «Observaciones sobre Agri- 
cultura», al referirse á su abuelo paterno lo llama «Juan Alonso Cas- 
tellano», y si bien el presbítero firmaba generalmente « Joseph M.* Pe* 
rez» ó «Jph Man.' Pérez» solamente, y así era conocido, en el cuerpo 
de su testamento, escrito de su puño y letra, cuyo original he t«nido 
á la vista en el Archivo del Juzgado L. de lo Civil de 1.^^ Turno, 
firma » Jph Manuel Pérez Castellano». Considero innecesario presen- 
tar más pruebas al respecto, aunque lo haría si fuese contradicho. Es 
muy general ver escrito el segundo apellido con la s final, error ex- 
plicable en razón de que así se lee en las tablillas de la calle á la que 
en 1842 se dio el nombre del ilustre compatriota. 

2 Esta partida, que se publica por primera vez, establece en forma 
indubitable la fecha del nacimiento de Pérez Castellano, que se ha 
dado equivocada en varias oportunidades. 

3 Entonces era casa baja. 



DE LA UNIVERSIDAD 259 

Montevideo, donde comenzó sus estudios. Sin poderlo afir- 
mar terminantemente, creo que aquí recibió sus primeras 
lecciones de latinidad bajo la dirección de don Benito Riva, 
Fundo esta creencia en un párrafo de las «Observaciones 
sobre Agricultura^, y en otro de una carta que en 1787 
dirigió á persona radicada en Italia ^ y que veinticinco- 
años antes había salido de Montevideo. 

Los citados párrafos son: el primero, en el que hablando- 
sobre el trigo, dice: «El farro me lo envió de Italia mi 
maestro de latinidad don Benito Riva, hay veinticuatro 
años... », - es decir, en 178í>; y el segundo, en el que, tra- 
tando sobre los sacerdotes que entonces había en Monte- 
video, se lee: «Uno de éstos es preceptor de gramática latina 
y la enseña donde usted la enseñó algún día . . . », lo que pa- 
rece indicar que la carta de 1787 era dirigida á don Beni- 
to Riva, que enseñaba gramática latina en Montevideo 
basta 1762 (es decir, veinticinco años antes de la fecha de 
h carta) año de su salida para Italia. 

Como dato exacto, puedo decir que en 1 7ü2 ^ se encon- 
traba estudiando en la Universidad de Córdoba para al- 
canzar las órdenes sacerdotales con que más tarde fué in- 
vestido, de lo que puede concluirse que antes del año que 
acabo de citar (que es el mismo de la ida de Riva á 
Italia), Pérez Castellano tenía, antes de cumplir los diez y 
nueve de edad, resolución hecha de seguir la carrera ecle- 
siástica. 

Fué poco afortunado en la carrera de su elección, pues 

según él dice en la citada carta dirigida á Italia, vacante el 

curato de Montevideo, dos veces, por 
Su carpera cclesiáss- i. j i • j 

. muerte del primero y segundo curas, 

á los que administró los últimos sa- 
cramentos, se presentó como candidato, sin éxito en nin- 
guna de las dos oportunidades, á pesar de haber sido cura 



1 «Observaciones», pág. 184. 

2 Mfl. de Pérez Castellano— «Caxon de Sastre», pág. 42. 

3 ídem, pág. 161 vta. 



200 REVISTA HISTÓRÍCA 

y vicario interino más de una vez, ^ antes del nombra- 
miento de don Juan José Ortiz, á quien tuvo por hombre 
«tan maduro y juicioso en su porte, que puede servir de 
modelo de curas.* '' 

La extremada modestia del pretendiente, su independen- 
-cia de carácter, de que varias veces dio pruebas, y su cali- 
dad de criollo, debieron haber sido las causas que impidie- 
ran que el buen montevideano viera logrados sus de- 
seos de ser cura párroco de su ciudad natal, á pesar de la 
ilustración, inteligencia y hermosas condiciones de bondad 
que hicieron de él un sacerdote del corte de Larraffaga, el 
amigo siempre recordado y pntre cuyos brazos expiró. 

Durante muchos años fué encargado por el Capítulo de 
Buenos Aires de la cobranza de los diezmos, ^ posición que 
le permitió dar en la referida carta á Italia autorizados datos 
sobre la cosecha de trigo en Montevideo y la campaña. 
Fuera de otros cargos propios de su carácter eclesiástico, 
ejerció el de «Comisario Particular de la Santa Cruzada» 
on Montevideo, cuyo cometido renunció en 1787, quizá 
porque en ese año se le remitieron para vender 2,070 bu- 
las (!!),* lo que, se me ocurre, pudo parecer demasiado al 
buen sacerdote. 

Era miembro déla Junta de Temporalidades (años 1767 
y 1768) y consultor repetido del Cabildo de Montevideo, 
no sólo en muchos asuntos de interés del municipio, sino 
también en momentos graves del punto de vista político. ^ 



1 Archivo del Hospital de Caridad. Acta de ia Hermandad de Ca- 
ridad, de 3 de marzo de 1779. Papeles del notario eclesiástico Sebas- 
tián Roso, en poder del doctor Eduardo Brito del Pino. Libros IV y V. 

2 Ms. Pérez Castellano.— «Caxon de Sastre». Carta á Italia, pág. 
161 vta. 

3 Testamento del doctor presbítero José Manuel Pérez Castellano. 
Lotms cit., cláusula 19.». 

4 Papeles de Roso. Tomo V. 

5 Actas del Cabildo de Montevideo. 22 de marzo de 1793, 26 de ma- 
yo de 1810 («Los Primeros Patriotas Orientales», por Justo Maeso, 
pág. 65, etc , etc.) 



DE LA UNIVERSIDAD 261 

El virrey Sobremonte, después de su triste figuración en 

presencia de las tropas inglesas que se apoderaron de la 

p, , . o/ ^ . ciudad de Buenos Aires el 27 de 
El (loclor Pérez Casle- . . j , o/^/> . • . x 

llano durnnto el si jumo de 1 «06, y posteriormente, tu- 

^'leleíf'*^** por los íii- yo la audacia de presentirse en 
Montevideo y tomar la dirección^ 
de las fuerzas, desprestigiando la autoridad del gober- 
nador Ruiz Huidobro, que era un militar valiente y 
pundonoroso. Desde la libada de aquél, y mucho 
más todavía después del desembarco de los inglese» 
y la salida desgraciada del 20 de enero de 1807, para 
combatirlos, — salida impuesta por el pueblo contra la 
opinión del gobernador y del Cabildo, — desapareció toda 
disciplina entre la tropa. Esta y el pueblo discutían 
todas las órdenes dadas para la defensa de la plaza, las 
cumplían ó no, seg6n les parecía; el virrey, el gobernador^ 
el Cabildo, eran objeto de públicos insultos: reinaban sobe- 
ranos el desorden y la anarquía. Pero la situación se hizo 
más grave el 27 de enero, cuando empezó á circular la noti- 
cia de que en la noche anterior el Cabildo se había ocupado 
de la necesidad de entregar la plaza á los sitiadores, y que 
hasta se habló de las condiciones de una capitulación. 
Ninguna descripción de este estado de ánimo del pueblo 
es más viva que la hecha por el propio Cabildo en oficio 
que dirigió al gobernador el día 27, pidiendo ser amparado. 

Dice así el oficio referido: 

« Señor Gobernador: Se publicó en Montevideo, que 
este Cavildo pidió expresamente capitulaciones á V. S. con 
el enemigo; cuando sólo hemos propuesto á V. S. que aten- 
didas las circunstancias del dia se hiciese junta de gueri*a 
para que examinadas se resolviese lo que conviniese ejecu- 
tar. Las resultas son, que la mayor parte de las gentes se 
han irritado contra los inocentes procedimientos del Cavildo, 
llegando al extremo de haber tomado las armas, para ma- 
tar á todos los Capitulares, uno de los tercios de gentes 
auxiliares, como lo hu vieran verificado á no haverlos con- 
tenido oportuna y blandamente el comandante respectivo. 



202 REVISTA HISTÓRICA 

De modo que ningfin Capitular será osado sal^r á la calle, 
j para desvanecer el concepto que se han formado las gen- 
tes, tuvo que fija- carteles dando noticia al público del ofi- 
cio que pasó el comandante de la Colonia de que el señor 
Liniers viene con segundo refuer/o 

X El Cavildo sin embargo se considera en gran peligro, 
porque sabe en qué punto de insubordinación se halla el 
pueblo: tiene presente que al señor comandante de artillería 
le pusieron en una batería el fusil al pecho para matarle, 
como se huviese verificado, á no haberlo contenido un ofi- 
cial en tiempo; tiene muy presente la muerte que publica- 
mente dieron á un portugués, inocente, sin la menor duda, 
solo porque disculpaba á un negro á quien atribuyeron que 
quería clavar unos cañones. Estos y otros hechos del ma- 
yor escándalo y contra los que clama la vindicta pública, 
no dejan duda al Cavildo que fácilmente conspirarían con- 
tra sus vidas por la mas leve causa, y bastará que mañana 
no tengan todos los víveres que necesitan. Por tímto, su- 
plicamos á V. S. muy encarecidamente disponga que desde 
hoy se ponga de continuo una guarda competente con oficial 
del Batallón de Milicias, no pudiendo ser veteranos, con or- 
den que no permitan llegar á las puertas Capitulares juntos 
arriba de fres hombres. Este Cavildo espera de la bondad 
de V. S. lo ejecutará así para no ponerlo en la precisión de 
abandonar sus respectivos encargos, para poner en salvo 
sus vidas. Igualmente esperamos que V. S. se sirva man- 
dar se averigüe qué personas son las que trataron de trai- 
dores á los Capitulares gritando que como tales era menester 
matarlos. El hecho fué público y es muy fácil su averi- 
guación. S.*^ Gobernador: si no se hace algún ejemplar 
con cuatro insolentes, llegará á una completa sublevación 
el Pueblo. . . ^^ 

Pérez Castellano participaba de la indignación del pue- 
blo contra el Cabildo, que suponía hechura del virrey So- 
bremonte, y se complacía en expresar en público y ante 
los mismos cabildantes sus severos reproches al respecto. 



DE LA UNIVERSIDAD 263. 

< Es sabido y publico », dice, «que he sido uno de los 
mas ardientes Patriotas, que en quauto me fué posible in- 
fluí en que la Plaza se defendíase con honor. . .y>^ 

Así que tuvo conocimiento el 27 de enero de lo que se 
había tratado la noche anterior en el Cabildo, se dirigió 
por carta á uno de los regidores diciéndole: « En el Pueblo 
se ha extendido la voz que anoche huvo junUí de guerra 
í petición del Cavildo que pretendía se capitulase. Yo no 
la creo, porque me parece que no hay motivo ninguno para 
semejante desatino, que cubriría á Montevideo de infamia, 
tanto ó más que hasta aquí se ha cubierto de honor». 1 

El regidor le contesto que, efectivamente, se había ha- 
blado de capitulaciones, pero que se estuvo muy distante de 
pedirlas, «si bien se creyó que no sería malo tener pensados 
los artículos de ellas por si llegaba el caso ».^ Pérez Cas- 
tellano era uno de los portavoces del pueblo, y como tal, 
hizo llegar hasta los cabildantes la desconfianza que comen- 
zaba á manifestarse, contra ellos, en el seno de la pobla- 
ción. 

«Ahora empieza la fiesta», decía uno de los capitulares 
en eso» días en que los ingleses hacían un vivo fuego sobre 
la plaza. «Esto es nada para lo que vendrá después: no 
hay remedio; es menester capitular». ^ Pérez Castellano, 
que penetraba en ese momento á la sala del Cabildo, al 
oir las referidas palabras, contestó con severa serenidad: 
« Señores: si yo hablara delante de los que nos defienden 
« esponiendo sus ideas sobre los cañones, tendría vergüen- 
« za de hablar, porque debia temer que se me dixera que 
« yo hablaba asi porque por mi estado, ni me hallaba en 
« las baterías, ni podia tomar las armas; pero quando ha- 
« blo delante de unos sujetos que están menos espuestos 
« que yo, pues viven y duermen en esta casa que está se- 
« gura de las bombas por los muchos y fuertes blindages 



1 Ms. Pérez Castellano— «Caxóa de Sastre»: «Memoria de los 
acontecimientos de la guerra actual de 1806 en el Rio de la Plata». 



264 REVISTA HISTÓRICA 

« con que está defendida, al mismo tiempo que yo vivo ei> 
« la mia á la qual puede desplomar una bomba y matar- 
« me, parece que puedo hablar sin temor. Y asi, digo: que 
« es menester que tengamos un poquito de firmeza, pues 
« el fruto de ella, y de nuestra constancia en sufrir el si- 
^ tio, será la Victoria, y quando no la consigamos, el ene- 
« migo si es generoso, nos tratará, después de rendidos,. 
« con más consideración que si nosotros le entregamos la 
« Plaza á los primeros ataques». 

Nadie se atrevió á contradecir tales palabras; pero la 
mayoría de los cabildantes, que querían apresurarse á ca- 
pitular, no perdonarían al que les enseñara, — ante gran 
concurso de vecinos, — el camino del honor. Y así fué^ 
pues que tomada la plaza después de la heroica defensa de 
la tropa y el pueblo, uno de los alcaldes destinó para un 
coronel invasor la casa del padre de Pérez Castellano, y eL 
catre del anciano fué ocupado por el sirviente del jefe in- 
glés, lo que produjo viva indignación al presbítero, que veía 
que de ese modo se cumplía la amenaza de dicho alcaldes- 
de «sentar la mano á los fanáticos que no habían querido 
capitulaciones». ^ 

Tres días después de haberse adueñado de la plaza los- 
ingleses, fué llamado el Clero al Cabildo para firmar el ju- 
rameíito de vasallaje á 8. M. B., con la condición de que 
ninguno de loa firmantes sería obligado jamás á tomar las 
armas contra S. M. Católica. El Vicario Eclesiástico se ne- 
gó á firmar sin consentimiento del Obispo. Argumentó á 
su modo, citó ciertas bulas pontificias para fundar su nega- 
tiva, y expuso que la Religión Católica no era protegida 
por las autoridades inglesas. El jefe británico manifestó al 
Vicario que quien no jurase, sería expulsado de la ciudad. 
Pérez Castellano, teniendo en cuenta que no era ese el mo- 
mento de invocar cuestiones de derecho canónico ni bulas 
pontificias, de lo que ningún caso harían los invasores, — 



1 Ma. Pérez Castellano— «Caxon de Sastre^: ^ Memoria», etc. 



DE LA UNIVERSIDAD 2(í5 

con la conciencia tranquila por haber hecho todo lo posi- 
ble por la defensa de la plaza; creyendo que su deber le 
obligaba á quedar en Montevideo, prestando ayuda á su 
pueblo, desoyó la argumentación del Vicario, y, arrastrando 
la censura consiguiente, prestó su firma al juramento. ^ No 
tenía, ni reconocía superior jerárquico cuando sus senti- 
mientos humanitarios le señalaban el camino del deber! 

En el estado de tirantez á que habían llegado á media- 
dos de septiembre de 1808 las relaciones entre el virrey 

Liniers y las autoridades de Monte- 

. ^ . Video, por causas ya conocidas, pro- 
de septiembre doj.^,, •'^ «¿i 
l^^g dujo verdadera consternación la no- 
ticia, — propagada rápidamente el 20 
del naes citado, — de que acababa de desembarcar, proce- 
dente de Buenos Aires, el capitán de navio don Juan Án- 
gel Michelena, trayendo orden expresa del virrey de apre- 
hender á Elío, enviarlo á esa ciudad y ocupar la goberna- 
ción de Montevideo. El pueblo, comprendiendo que la 
guerra quedaba, de hecho, declarada abiertamente, consi- 
deró que el único camino que tenía expedito, era el 
de la rebelión. Los jefes militares de la plaza hicieron' 
comprender al enviado del virrey que no le prestarían apo- 
yo; Elío resistió las órdenes de Liniers; y Michelena se 
presentó al Cabildo á las 9 de la noche, el que, sorpren- 
dido, lo reconoció en el carácter de Gobernador. 

Pero, el pueblo no dormía; el enérgico vocerío de una 
numerosa agrupación de hombres llegó á la Sala Capitu- 
lar aún antes de retirarse de ella el enviado de la autori- 
dad superior del Virreinato, y la pueblada que había vi- 
toreado á Elío en el Fuerte, se presentó en la Plaza Ma- 
yor y llegó, profiriendo gritos de amenaza contra Liniers 
y el nuevo Gobernador, hasta golpear las puertas y venta- 
nas de la «casa de la ciudad». La multitud quería, como 
pueblo en ejercicio de su soberanía, solucionar por sí mis- 



1 M«. Pérez CastelIano—ftCaxon de Sastre»: «Memoria», etc. 



266 REVISTA HISTÓRICA 

tna la difícil cuestión, quería resolver de una vez sobre sus 
destinos lo que mejor le acomodase, ante el hecho de en- 
contrarse en poder de Napoleón el monarca Fernando VII, 
cuyo vasallaje no hacía aún mes y medio que había ju- 
rado. 

La actitud decidida de la población presente en la Pla- 
za Mayor, confortó á los capitularas, que concedieron para 
el día siguiente la celebración de un cabildo abierto, lo que 
produjo gran conten t-^ al pueblo, que no descansó esa 
noche, formulando planes para la asamblea obtenida por 
su energía, y permaneció en imponente manifestación 
hasta altas horas, dando lugar á que Michelena, impuesto 
de la notoria impopularidad de su misión y también de su 
persona, saliese de la ciudad en la madrugada. 

Llegado el momento de la reunión en cabildo abierto, 
habiéndosele significado al pueblo, — quedaba muestras de 
la más viva impaciencia, — que debía designar los diputa- 
dlos que lo representasen en ese neto, fueron nombrados 
por aclamación los señores: don Juan Francisco García de 
Zúñiga, doctor José Manuel Pérez Castellano, fray Fran- 
cisco Javier Carvallo, doctor Mateo Magariños, don Joa- 
quín de Chopi tea, don Manuel Diago, don Ildefonso Gar- 
cía, don Jaime Illa, don Cristóbal Salvañach, don José An- 
tonio Zubillaga, don Mateo Gtillego, don José Cardoso, 
don Antonio Pereira, don Antonio de San Vicente, don 
Rafael Fernández, don Juan Ighacio Martín'=^.z, don Miguel 
Antonio Vilardebó, don Juan Manuel de la Serna y don 
Miguel Costa y Tejedor, «todos vecinos antiguos de esta 
« Ciudad, notoriamente acaudalados, del mejor crédito y 
« concepto, de los cuales la mayor parte han obtenido en 
« esta ciudad cargos de República . . . » ^ 

Dicho cabildo abierto, presidido por Elío y con asis- 
tencia de los capitulares titulares, jefes militares, varios 
funcionarios, y representantes del pueblo, después de am- 



1 Libros Capitulares de Montevideo. — Acta del cabildo abierto de 
21 de septiembre de 1808. 



DE LA UNIVERSIDAD 267 

plia discusión y oída la opinión de los asesores doctores 
Elias y Obes, resolvió por unanimidad, ^obedecer, pero 
no cumplirá, las órdenes de Liniers, resolución verdade- 
ramente revolucionaria, que, sin embargo, guardaba las for- 
mas de la época; y además, declaró en el acto, que la pro- 
pia asamblea quedaba constituida en «Junta de Gobierno», 
á semejanza de las creadas en España para gobernar, — 
á nombre de Fernando VII, — dentro de la jurisdicción de 
Montevideo. 

Tal solución, que desligaba á esta ciudad de la obedien- 
cia á un virrey que le era sospechoso, fué un triunfo que, 
en parte principalísima, se debió á Pérez Castellano, que 
en unión de fray Francisco Javier Carvallo, Prudencio 
Murgiondo y otros, emprendieron trabajos tendientes á ob- 
tener tal resultado. Ellos fueron los que movieron la opi- 
nión popular así que se conoció la llegada y misión de Mi- 
chelena. ^ 

En conocimiento Liniers de la actitud y actuación del 
doctor Castellano, y con el objeto de restar elementos á la 
Junta de Montevideo, se dirigió por oficio al Obispo de 
Buenos Aires solicitando tomase medidas disciplinarias 
contra su subordinado. Oído el Promotor Fiscal, se dictó 
el siguiente decreto: 

<^ Vistos: con lo expuesto por el Promotor Fiscal; por aora, 
y sin perjuicio de las ulteriores providencias á que dá mé- 
rito el Expediente, pásese oficio de suspencion y compa- 
rendo al Presb.*" D."" D.° Joseph Manuel Pérez en que se le 
intime, que bajo la pena de suspencion de celebrar. Predi- 
car, y confesar, con todas las demás responsabilidades é in- 
habilidades consiguientes á su transgresión, desista de con - 
currír por si, ni por representante á la Junta llamada de 
Gobierno, ilegal mente establecida en la Ciudad de Monte- 
video; y de intervenir en asunto público alguno de los que 



1 Expediente sobre la Juii<a de Montevideo. Ms. Bauza, tomo 
II, Libro VII.— Libros Capitulares de Montevideo. Acta de 21 de sep- 
tiembre de 1808. 



1ÍÜ8 REVISTA UISTÓUICA 

indebidamente se hubiese apropiado entender aquella Asam- 
blea. Como así mismo, que bajo la misma pena de suspen- 
cion ipsofacto incurrenda comparesea personalmente en 
esta CapiUil á nuestra presencia, por convenir así al servi- 
cio de Dios, y lo traslado y comunico á Vd. p.' que inteli- 
genciado de su contexto, le dé el más debido y puntual 
cumplimiento 

«Dios g.'^'' á V. muchos años. 

«Buenos Aires, 26 de Noviembre de 18 '8. 

«BENITO Ob.MeB.^A.^ 
<cAl Presb.'' D/ D." Joseph Manuel Pérez*. ^ 

Es de suponerse la violencia en que se encontraría el 
doctor Pérez Castellano en presencia de semejante orden de 
su superior; pero considerando, — lo que mucho le honra, — 
que debía anteponer los deberes de patriota á los de clé- 
rigo, contesto en la siguiente forma: ^ 

«limo. S."' 

^LosEíspañoles Americanos somos Hermanos délos Es- 
pañoles de Europa porque somos Hijos de una misma Fa- 
milia, estamos sugetos á un mismo Monarca, nos Governa* 
mos por las mismas Leyes y nuestros dhos son unos mis- 
mos. 

«Los de allá viéndose privados de nro muy amado Rey 
el S.*"" D." Fernando T" han tenido facultades p." proveher 
á su seguridad común y defender los inprescriptibles dhos 
de la Corona creando Juntáis de Gov'' que han sido la sal- 
vación de la Patria y creándolas casi á un mismo tiempo y 



1 Archivo General Administrativo. Alio ISOS. Cija N.«> 230. 

2 Papeleado Roso. Tomo IV. itín poder del doctor don Eduardo- 
Brito del Pino. 



DE LA UNIVERSIDAD 269 

€omo por inspiración Divina. Lo misino sin duda podemos 
hacer nosotros, pues somos igualmente libres y nos hallamos 
enbueltos én unos mismos peligros por que aunq® estamos 
mas distantes, esta rica Colonia fué ciertamente el sevo 
que arrastró al Infame Corso al detestable Plan de sus pér- 
fidas y violentas usurpaciones, s^un el mismo lo manifestó 
á los Fabricantes de Burdeos poco antes de entrar á su os- 
cura guardia de Marzac. Devémos pues estar vigilantes 
quando es manifiesta su tenacidad en llevar adelante sus 
proyectos y volver á la Preza como el voraz Tiburón q^ vuelve 
«1 segundo anzuelo aun que el 1.** le haya roto las Entra- 
ñas. 

«Si se tiene á mal q® Montev"" haya sido la 1.' ciudad de 
America q® manifestase el noble y Enérgico sentim^"* de 
igualarse con las Ciudades de su Madre Patria, fuera de 
lo dho, y de hallarse por su localidad más expuesta q® nin- 
guna de las otras, la obligaron á eso sircunstancias q® son 
notorias y no es un delito ceder á la necesidad. 

«También fué la primera Ciudad que despertó el valor 
<:lormido de los Americanos. 

«La brillante Reconquista de la Capital, la obstinada de- 
f enza de esta Plaza tomada por asalto, no se le ha premiado ni 
en común ni en sus individuos y aun se le ha tirado á 
obdcurecer aquella Acción gloriosa con mil artificios gro- 
seros é indecentes que han sido el escándalo de la razón y 
de la Justicia. Sobre uno y otro asunto ha llevado esta Ciu- 
dad sus representaciones á los pies del Trono, para que 
S. M. se digne resolver lo que fuere de su agrado, sufriendo 
<;on paciencia y resignación á mas de los males que ha su- 
frido, los muchos insultos que se le hacen de toda especie, 
mientras llega la Soverana resolución que espera favorable 
confiada en la Justicia de su Causa. 

«Entre tanto yo, que respeto á V. S. I. por su alta digni- 
dad, y como á mi Prelado, me doy por suspenso de la fa- 
cultad de celebrar, predicar y confesar á consecuencia del 
oficio de V. S. I. de 26 del Corr''' que se sirvió dirigirme 
por el Presbítero D.*" Ángel Saúco, pues teniendo el honor 



270 REVISTA HISTÓRICA 

de haver sido elegido por Vocal de esta Junta, ni puedo de- 
jar de cumplir con la .gagmdu obligación que me ha im- 
puesto la Patria y cuya ¿alud es la suprema Ley, ni puedo 
por haora comparecer personalm^"" á dar cuenta de mi con- 
ducta al Tribunal de V. S. I.— Dios Gu.^ á V. S. I. m* a\ 
— Montev^ Nov^ 80 de 1808.:* 

La valiente contestación del presbítero en 1808, con- 
cordante con su actitud del año anterior en pugna con el 
Vicario Ekílesiástico, contiene, como se ve, la fórmula revo- 
lucionaria de Mayo, la fórmula expuesta por el doctor Cas- 
telli en el memorable cabildo abierto celebrado en Buenos 
Aires el 22 de mayo de 1810, en los siguientes términos: 
«La España ha caducado en su poder para con la Amé- 
rica, y con ella las autoridades que son su emanación. AJ 
pueblo corresponde reasumir la soberanía del monarca, é 
instituir en representación suya un gobierno que vele por 
su seguridad.» ^ 

Montevideo fué, pues, usando de las palabras del general 
Mitre, «el primer teatro en que se exhibieron en el Río de la 
^lata (en la América Española, podría decirse), las dos 
grandes escenas democráticas que constituyen el drama re- 
volucionario: el cabildo abierto v la instalación de una 
Junta de gobierno propio nombrada popularmente». ^ 

El 1.'' de octubre de 1812 lució en el Cerrito por primera 

vez la insignia blanca y celeste ^ sustentada por el intré- 

El Connreso lU^ la ca- pido Culta. Desde entonces los rea- 

pUlii de Maeícl. listas encerrados en Montevideo 

sufrieron el sitio que los patriotas pusieron á la ciudad. 

El doctor Pérez Castellano, muy pocos días antes ó des- 
pués del 1.** de octubre* salió de la plaza para su chacra. 



1 Mitre: «Historia de Belgrano», tomo I, p&g. 318. 

2 Mitre: «Historia de Belgrauo», tomo I, pág. 248. 

3 F. A. de Figueroa : « Diario histórico del sitio de Montevideo » 
(1812-1814). 

4 Véase Ms. Pérez Castellano. Volumen Fernández y Medina— Pró- 
logo de las «Observaciones» y autos testamentarios de Bartolomé Pérez, 



DE LA UNIVERSIDAD 271. 

donde, siguiendo su decidida inclinación, se dedicaba á las 
tareas de la agricultura, con un amor que sólo tienen Ios- 
hombres de corazón bien puesto. 

Seguía con dolor los sucesos de la guerra, lamentándo- 
los perjuicios que con esto sufrían su país, y sus paisa- 
nos dedicados a las labores agrícolas, pero evitaba deli- 
beradamente tomar parte activa en los acontecí mientosy 
tratando de abstraerse lo más posible en sus .experiencias- 
agrícolas, que repetía con afán, y con su resultado y los 
recuerdos de largos anos de labor, iba escribiendo su tra- 
tado de que más adelante hablaré. 

En esta tarea se encontraba cuando á fines de noviembre 
de 1813. fué sorprendido por la llegada á su chacra, de un 
chasque del «^Pueblo déla Concepción de Minas», que le 
entregó una comunicación del comandante militar de esa 
jurisdicción, don Gabriel Rodríguez. 

Sus paisanos de aquel pueblo en que predicara «el ser- 
món de la colocación de su iglesia» ^ le habían designado 
como su diputado para representarlos en la Asamblea elec- 
toral que debía reunirse en el cuartel general del Arroyo 
Seco, el día 8 del siguiente mes de diciembre, á iniciativa 
combinada de Rondeau y de Artigas, con el propósito de 
elegir de nuevo los diputados que debían representíir á la 
Banda Oriental en la Asamblea Constituyente de BuenoS' 
Aires. 

El comandante militar. Rodríguez, y el Cura de Minas,- 
Juan JoséXiméuez Ortega, los dos se empeñaban por es- 
crito con el presbítero para que aceptase el cargo, prodi- 
gando elogios á sus méritos y virtudes... ¡pero para el de- 
signado, el rol que se le confiaba era bien delicado! 

Hombre de rectitud inquebrantable y de conciencia es- 



escrito por el que José Raymundo Guerra entrega al Alcalde de l^^^ 
voto de Montevideo (1821) los originales de la. partición de la heren- 
cia de don Bartolomé, para ser archivados. ~ Archivo del Juzgado- 
L. de lo Civil de l.er turno, alio 1810, número 61. 
1 Ms. Pérez Castellano— «Caxon de Sastre». Carta á Italia. 



272 REVISTA HISTÓRICA 

•crapulosa, había jurado fidelidad á Fernando VII, y se 
consideraba vinculado personalmente al monarca. Frente á 
esto, abrigaba en su pecho arraigados sentimientos de in- 
dependencia, que lo hacían considerar un ideal el gobierno 
del pueblo por sí mismo; ideas que lo ligaban á Artigas, de 
.quien al decir de Bauza, era amigo decidido; ^ á Rondeau, 
«á quien amo y estimo muchos, segáu el mismo lo dice; ^ 
á Larrañaga, uno de sus más queridos amigos, que en ese 
mismo año como diputado oriental había golpeado sin 
.¿xito las puertas de la Asamblea Constituyente de Buenos 
Aires con las célebres Instrucciones de Artigas; á su her- 
mano Pedro Fabián, patriota entusiasta, y á otros muchos. 

Eludía toda participación en asuntos públicos por esta 
situación en que se encontraba, de manera que así que recibió 
el nombramiento escribió al comandante militar Rodríguez 
diciéndole que ya estaba viejo para un encargo *que no pue- 
do satisfacer cumplidamente», agregaba, «por la debilidad y 
vértigos diarios que padezco de cabeza*,*^ por lo que supli- 
caba se designase otra persona para el honroso cometido. 
Al dirigirse al Cura con el mismo motivo le dice que tiene 
para su renuncia, otras razones que, agrega, «me reservo por- 
que son de larga discusión*, '^ 

Así que Artigas y Rondeau tuvieron noticia de la elec- 
ción de los vecinos de Minas, se apresuraron á cumplimen- 
tar al candidato, y el primero lo citó para una reunión, á 
la que — consecuente el presbítero con su actitud prescindente 
^ — se excusó de asistir alegando que su mucha edad y sus 
achaques no le permitían salir de su chacra, lo que Arti- 
gas aceptó como razones bastantes. 

Rondeau, por su parte, recibió como contestación á sus 
felicitaciones, una carta en la que le expresaba la verdad, la 
causa real que lo había hecho renunciar, es decir, la obliga- 



1 Bauza: «Historia de la Dominación Española en el Uruguay»» 
tomo III, pág. 431. 

2 Ma. Pérez Castellano. — Volumen Fernández y Medina.— Co- 
.rrespondencia con el pueblo de Minas, págs. 28 y sifcuientes. 



DE LA UNIVERSIDAD 273 

•ción de consecuencia personal con Fernando VII; ^ pero el 
jefe patriota debería conocer á fondo el modo de pensar de 
su paisano, pues le rogó que no insistiese en la renuncia, 
— buscó el influjo de Pedro Fabián, tan unido como era 
<íon su hermano, y finalmente consiguió que el presbítero 
se decidiese á aceptar el puesto que le ofrecieran sus com- 
patriotas de Minas. ^ 

Antes del día de la primera reunión del Congreso (8 
<:le diciembre de 1813) ya empezó Pérez Castellano á ejercer 
influencia con sus justas observaciones. El elector por Minas 
hizo llegar á oídos del general Rt)ndeau, que no le parecía 
bien que las sesiones tuviesen lugar en el cuartel 'general, 
porque eso era contrario á la independencia que debía tener 
todo cuerpo deliberante, y con este motivo agregaba: «y 
ahora que nos dicen que somos libres y que hemos roto las 
cadenas de una esclavitud ignominiosa, se señala por lu- 
^ar del Congreso para la elección de diputados á la Sobe- 
rana Asamblea Constituyente, un cuartel general, bajo las 
bayonetas y sables de todo un ejército. v ^ 

Esta atinada observación tuvo eco inmediato en el geiie- 
r«il Rondeau, que dispuso que el Congreso se reuniese en la 
capilla que había sido de don Francisco Antonio Maciel. ' 

En el Congreso, varias veces hizo oir su autorizada y 
•enérgica voz, siempre inspií^ada en el bien de sus compa- 
triotas. 

El general Rondeau, sometió al Congreso la idea de 
•crear «una municipalidad para arreglar contribuciones».' 
Este tema, contenido en las Instrucciones, dio lugar á 
que el doctor Pérez Castellano, que desde el principio del 
sitio era testigo de los males de la guerra en la campaña 
y las pérdidas de los habitantes, se manifestase decidido 
-enemigo del proyecto expresándose en estos claros y pa- 
trióticos términos: 

«Me parece injusto é indecoroso que se nombre esa muni- 

1 Ms. Pérez Castellano.— Volumen Fernández y Medina, — Co- 
Trespondencin con el pueblo de Minas, pág. 280 y siguientes. 

«. H. DK LA U.— 18 



274 REVISTA HISTÓRICA 

cipalidad para un objeto tan odioso en una campaña total- 
mente desolada. Si fuera un gobierno que se crease para con- 
tener los infinitos desordenes que en ella se cometen con abso- 
luta impunidad, sería bueno y parece necesario; pero para arre- 
glar contribuciones á unos vecinos desgraciados á quienes casi 
nada les ha quedado, repito que me parece injusto é inde- 
coroso.» ^ 

De esta oposición, apoyada por don Tomás García de 
Zúñiga, nació la idea de la formación de un gobierno con 
todas las atribuciones que las Leyes de Indias conferían á 
los gobernadores de provincias, idea que habiendo sido 
aprobada, se llevó á efecto nombrándose por el Congreso 
para formar ese gobierno, á los señores don Tomás Gar- 
cía de Zúñiga, don Juan José Duran y don Francisco Re- 
migio Castellanos. 

El gobierno, compuesto por los tres patriotas nombra- 
dos, como todas las otras resoluciones de aquella asamblea ». 
fué desconocido por Artigas debido ál desagrado que le cau- 
só la influencia ejercida por Rondeau en el Congreso de 
Maciel, lo que motivó la ruptura entre los dos jefes y la 
retirada de Artigas del sitio de Montevideo, en la noche 
del 20 de enero de 1814. ^ 

El hecho de que Pérez Castellano se decidiese á aceptar 
el puesto de representante de Minas en el Congreso, ya es 
una prueba de que se resolvió á actuar á favor de la cau- 
sa patriota dejando de lado los escrúpulos de que partici- 
paban entonces muchos hombres que después* prestaron 
servicios importantes á la causa de los patriotas, escrúpulos 
bien explicables en un hombre que había llegado á la 
vejez, período de la vida poco favorable para cambios ra- 
dicales en asuntos de tanta importancia como el de la in- 
dependencia, que en aquellos momentos muchos nativos 



1 Ms. Pérez Castellano.— Volumen Fernández y Medina.— Co- 
rrespondencia con el pueblo de Minas, páff. 280 y siguientes. 

2 C L. Fregeiro, «Artigas», págs. 216. 



DE LA UNIVERSIDAD Z(0 

•miraban corao una aventura para la cual no estaba aun 
preparado el pueblo americano, y fuente de grandes desór- 
denes cuyas consecuencias les llenaba de pavor. 

Fuera de la aceptaci<)n del cargo en una asamblea patriota^ 
la actuación del presbítero prueba su modo de pensar en 
el Congreso. 

En efecto, con motivo de que el general Rondeau diera 
por un hecho consumado el reconocimiento del Gobierna 
de Buenos Aires por los pueblos de la Banda Oriental, — 
lo que era cierto en efecto desde el momento que éstos en- 
viaron sus diputados á la Asamblea Constituyente, — el doctor 
Pérez Castellano puso en duda la verdad del reconocimiento 
y entonces expresó sus ideas políticas, desarrollándolas así: 

«. . . . lo que yo sí sé, es que el mismo derecho que 
tuvo Buenos Aires para substraerse al gobierno de la 
Metrópoli de España, tiene esta Banda Oriental para sus- 
traerse al gobierno de Buenos Aires. Desde que faltó la 
persona del Rey que era el vínculo que á todos nos unía 
y subordinaba, han quedado los pueblos acéfalos y con de- 
recho á gobernarse por sí mismos >^. ^ 

Aquí están, pues, bien claramente expuestos sus idea- 
les políticos, después de sus momentos de duda y escrúpulos: 
quería la independencia absoluta, quería la formación de 
la nacionalidad oriental, quería la declaración franca de 
independencia de España, á que no se había llegado aun 
por el gobierno de Buenos Aires, quería que los pueblos de 
la Banda Oriental se gobernasen por sí mismos! 

La agricultura, era para el doctor Pérez Castellano un 
verdadero culto, y á ella dedicó todos sus entusiasmos, to- 
Pérez Castellano, mies- das sus energías, comprendiendo que 
iro primor agro nomo, el adelanto de las actividades agríco- 
las podía constituir una fuente de riqueza para su patria 
y una remuneradora, benéfica y sana tarea para sus compa- 
triotas. 



1 Ms. Pérez Gastellano. Volumen Fernández y Medina— Corres- 
pondencia con el pueblo de Minas, págs. 280 y siguientes. 



270 REVISTA HISTÓRICA 

Esta decidida afición al noble cultivo de la tierra debió 
«erle inspirada por su abuelo paterno, apasionado agricultor, 
cuya chacra tanto elogia; y por la lectura de Virgilio, cuyas 
« Geórgicas », siempre nuevas, producen encanto y hacen 
amar las labores y la vida de campo. 

A los 30 años de edad, es decir, en 1773, ^ compró la 
chacra en que hizo, durante cuarenta años, fecundas expe- 
riencias y observaciones sobre agricultura. Esta chacra «so- 
bre la otra Vanda del Miguelete » y con fondo hacia el Panta- 
noso, formaba parte de la que en el primitivo reparto, señalada 
con el número 1, correspondió á don Silvestre Pérez Bravo, 
la que después pasó al cura Bárrales, quien en testamento 
la legó á su esclavo Bruno, de cuyo «tutor y curador don 
Antonio Camejo», hubo el doctor Pérez Castellano, según 
escritura de 9 de septiembre de 1773, la mitad, ó sean 200 
varas sobre el Miguelete y una legua de fondo, tierra que 
es hoy parte de las quintas que fueron del coronel Lorenzo 
La torre (hoy sucesión Delucchi) y general Santos y si- 
guiendo hacia el N. E. las que quedan al E. del camino 
que pasa junto á la estación Sayago del Ferrocarril Cen- 
tral del Uruguay hasta cerca del Pantanoso, ocupando 
hasta 20U varas al Este de dicho camino, que es uno de 
los de abrevadero y dividía la chacra adquirida por Pérez 
Castellano de la de su abuelo don Felipe Pérez de Sosa, 
que era la número 2 del primitivo reparto. ^ 

En una elevación ^ que se encuentra á los fondos de la 
quinta hoy de la sucesión Delucchi, hizo el presbítero su 
casa de material y techo de azotea, y desde ella se delei- 
taba contemplando la vista de las arboledas del Miguelete, 
el Cerro y la ciudad, * vista hoy tanto ó más encantadora 
que entonces y fuente segura de inspiración para cualquier 



1 Testamento de Pérez Castellano. Cláusula 10, loctis eiL 

2 Esta ubicación es el resultado do investigaciones hechas en di- 
versos archivos y en el terreno. 

3 «Observaciones», etc , § 296. 

4 «Observaciones», etc., § 322. 



DE LA UNIVERSIDAD 277 

artista. A los lados de la casa y defendiéndola de los «sud- 
estes», tenía dos hermosos ombúes plantados cuando recién 
compró la chacra y que llegaron á elevarse á más de diez 
y ocho varas, formando copas con otro tanto de diámetro. ^ 

El agricultorestaba orgulloso de su casa y de sus dos om- 
búes; decía que de lejos parecía que aquélla se apoyaba en 
éstos, agregando: «Estos ombues á mis ojos la adornaban 
(la casa) con los verdes colgantes de sus ramas, y yo los 
apreciaba en tanto, que hubiera despreciado una talega de 
pesos que me hubieran ofrecido por quitarlos de donde yo- 
les tenía.» ^ 

Cerca de la casa se levantaban las dependencias, esta- 
blos, galpones, etc.. necesarios á las labores á que se dedi- 
cara, y rodeando las construcciones se agrupaban los na- 
ranjos, los pinos, los robles, las parras, las flores, los alma- 
cigos, á que creía debía prestar más solícito cuidado ó que 
apreciaba por el perfume ó por su bello aspecto. 

Más lejos, estaban los montes frutales y las sementeras. 

En este tranquilo y hermoso medio, pasó gran parte de 
su vida el buen hombre, cuidando con amor su chacra, ha- 
ciendo siempre experiencias, tratando de sorprender é inter- 
pretar la más ligera manifestación de los vegetales, ense- 
ñando al que se le acercaba todo lo que sabía, comunicando 
sus observaciones y estimulando á todos los agricultores, y 
feiendo el generoso amparo del vecindario pobre que lo te- 
nía como á un padre solícito. 

Quería á los árboles como si fuesen sus semejantes y 
amigos; le causaba dolor ver cortar uno, aunque fuese 
ajeno, ^ y veía, «como acto digrio no sólo de vituperio, sino- 
de castigo^, el hecho de cortarlos fuera de sazón. ^ 

Si el amor á los árboles se hubiera generalizado más en 
nuestro país, no tendríamos hoy que lamentar la desapari- 



1 «Observaciones», etc., § 330. 

2 «Observaciones», etc., § .^05. 

3 «Observaciones^, etc., § 307. 



278 REVISTA HISTÓRICA 

<2Íón de gran parte de nuestros montes naturales, tan bené- 
ficos al hombre, no sólo por su sombra sino por su influen- 
cia higiénica, el valor de su madera, y su poderosa acción 
sobre la frecuencia de las lluvias, tan necesarias para la ri- 
queza nacional. 

Próxima á la ciudad, como estaba la chacra, iba á ésta 
con gran frecuencia y permanecía largas temporadas de- 
dicado exclusivamente á sus plantaciones, formación de 
almacigos, poda, cosecha de los granos, ensayos de semillas, 
experimentando nuevos procedimientos para las distintas 
labores, perfeccionando instrumentos de trabajo y empe- 
ñándose en difundir entre los hortelanos del Miguelete los 
resultados de sus observaciones, á fin de evitarles un per- 
juicio ó hacerles más fecundo su trabajo. 

Probablemente el período más largo de su vida, pasado 
exclusivamente en la chacra, es el que abarca desde fines 
de septiembre ó principios de octubre de 1812, hasta el 3 
de septiembre de 1815, fecha en que fué traído á Monte- 
video ya gravemente enfermo. 

Fué durante esta larga estadía de casi tres años, en que 
rara vez vino á la ciudad, ^ que pensó en ordenar sus ob- 
servaciones, las que escribió instigado por un patriótico 
pedido. 

La obra del empeñoso agrónomo no fué duradera. La 
chacra, formada á fuerza de la más grande constancia, de 
verdaderos sacrificios, dos años después de la muerte de su 
dueño, <fiU absohttamente destruida!» - Fué absolutí;- 
mente destruida la obra de cuarenta años de entusiasta la- 
bor! Hoy no existe ni un solo árbol de los plantados por el 



1 Auto8 testamentarios de Bartolomé Pérez. Escrito de José Rai- 
mundo Guerra— Archivo del Juzgado L. de lo Civil de l.*^*" turno. 
Año 1810. 

2 Archivo del Juzgado L. de lo Civil de 1/'*" turno— Año 1823-- Ex- 
pediente caratulado «Libertad de esclavos del presbítero doctor Férez 
Castellano», escrito de Juan Francisco Giró, Síndico Procurador de la 
ciudad. 



DE I, A UNIVERSIDAD 279 

presbítero, y se ha perdido completamente el recuerdo de 
la chacra, hasta el extremo de que la tradición oral no 
ofrece dato alguno para dar con la ubicación del sitio en 
que se hicieron en el país los primeros y más serios estu- 
dios sobre agricultura. Sin embargo, esta ubicación es un 
dato que ha de aprovecharse sí algún día llega á hacerse 
agricultura científica en el país; ha de aprovecharse para 
estudiar la evolución de las tierras, las transformaciones de 
las especies vegetales á través de los años, la productivi- 
dad de las semillas y otras cuestiones que son interesantes 
para saber cuál es nuestro porvenir en materia de agricul- 
tura. 

En el año 1813, ya se sentía el presbítero muy decaído. 

Varias veces en sus escritos de entonces, hacía referencias 

á su ma! estado de salud; á que no podía salir de su chacra 

Hiiorie del docior Pé sino para decir misa los domingos y 

rez Castellano. días festivos; que mientras oficiaba, 

sentía unos vahídos que lo obligaban á recostarse sobre el al- 
tar; que iba perdiendo la memoria; se lamentaba de que no 
podría hacer nuevas experiencias sobre cultivos; pensaba en 
lo que sería de su chacra cuando él faltase. ^ En esta situa- 
ción creyó que debía hacer testamento, lo que llevó á efecto 
en su misma chacra el día ü de enero de 18 14, ^ escribiéndolo 
de su puño y letra, después de lo cual invitó á varios amigos 
y vecinos para cerrar los pliegos que contenían la expresión 
de su última voluntad. Este acto tuvo lugar el 10 del mis- 
mo mes y año^; en él, el testador expuso á los señores 
don Juan José Duran, don Hilario Sánchez, don Carlos 
Anaya, don Francisco Calvo, don José Manuel Trápani, 



1 Ms. Pérez Caatellano, Volumen Fernandez y Medina. Correspon 
<l»»ncia con el pueblo de Minas, páginas 280 y siguientes, «Observacio- 
nes sobre Agricultura». 

2 El testamento original y su cubierta, se encuentran en el Archivo 
del Juzgado L. de lo Civil de l.^r Turno. Protocolo de la Escribanía 
Páblica— Castillo -Aflo 1815, fojas 409 y siguientes. 



280 REVISTA HISTÓRICA 

don Carlos Casavalle y don Andrés Manuel Duran, que 
bajo la cubierta cerrada y lacrada que les presentó se encon- 
traba su testamento, extendiéndose esta declaración que 
firmaron los siete testigos y el testador, no coni^^urriendo 
al acto escribano en razón de no hallarse ninguno á mu- 
chas leguas á la redonda, ^ exclusión hecha de los que se 
encontraban dentro de la plaza sitiada. 

Al año siguiente, el buen hombre, veía venir la muerte. 
EiSta se le presentó el i.** de septiembre de 1815, atacán- 
dolo con una « epilepsia » ^ que desde el primer momento 
le privó del sentido que no volvió á recobrar, falleciendo á 
los cuatro días en su casa de la ciudad, á donde fué traído 
el día 3 desde la chacra, custodiando amorosamente ese 
cuerpo moribundo, el presbítero Dámaso A. Larrañaga y 
algunos parientes y amigos, ^ que valoraban los tesoros de 
nobleza, de bondad, de desinterés, de saber, de patriotismo 
que caracterizaban al modesto vecino de Montevideo. 

El testamento fué abierto ante el Alcalde de 1.*'' voto, 
del Cabildo, don Pablo Pérez, el mismo día de la muerte, 
y al día siguiente, cumpliendo la voluntad del extinto, tuvo 
lugar su entierro en el cementerio de la Iglesia Matriz, lo 
que se justifica por la partida respectiva que dice así: 



« José Manuel 
Pérez. 



En seis de Septiembre de mil ochocien- 
tos quince se enterró en el Cementerio de 
la Iglesia Matriz de Monte'*^ el cadáver 
del D"' y Presbítero D" José Man* Pérez N* de Monte***'" 
hijo legítimo de D" Bartolo Peiez, y de D* Ana Caste- 
llano; de edad de 70 años, mwviC de muerte violenta;^ 
recibió el sacramento de extremaunción; otorgó su testa- 
mento en el q*" dejó por A Iba cea á D" José Raimundo 
Guerra; y p' verdad lo firmé, 

// Jua7i Otaegui^^. 



1 Diligencias do apertura del testamento, á continuación de ésre. 

2 En el original están uichadas las palabras de muerte violenta^ 
con la indicación al margen «Enmendado. No valc>. 



DE LA UNIVERSIDAD 281 

Grande fué la impresión de dolor que produjo en Mon- 
tevideo la muerte de uno de sus hijos más justamente 
(jueridos. 

Hasta nuestros días la tradición refleja el aprecio que se 
tenía á Pérez Castellano en su ciudad natal; cuando se le 
veía por la calle, todos cuantos lo encontraban se apresu- 
raban á inclinarse reverentes á su paso. 

Nada importante ocurría en gran parte de las familias, 
que no fuese motivo para consultar la opinión siempre 
mesurada del presbítero. El participaba de las alegrías 
y de los dolores de todos; á todos consolaba, á todos 
estimulaba hacia el bien y les daba alientos para seguir lu- 
chando. 

Era más bien alto, delgado, de cabello negro y abun- 
dante, nariz pronunciada, mirada sumamente dulce á la 
vez que enérgica; seducían su sonrisa bondadosa pronta 
á manifestarse y sus modales elegantes sin la más ligera 
afectación, dando á esto mayor prestigio entre sus con- 
vecinos, su traje talar, que siempre llevaba con la mayor 
sencillez. ^ 

Pérez Castellano tuvo un puesto distinguido entre los 
hombres má.s ilustres de su tierra. Fué un espíritu selecto. 
Sus lítalos á la consí- de inteligencia bien cultivada, de cri- 
deración pública. terio firme y sereno. Sus acciones, 
siempre noblemente encaminadas, eran el resultado de ma- 
dura reflexión. En sus obras se encuentran multitud de 
observaciones atinadas que denuncian una visión clara de 
los destinos á que estaba llamada su patria. 

Comprendió que el trabajo y la ilustración debían ser 
los principales factores para alcanzar la felicidad nacional. 
Esta persuasión lo impulsó á trabajar en primer término, 
durante más de la mitad de su vida, para iniciar á sus pai- 
sanos en las labores agrícolas; y debe considerarse como 



1 Referencias varias. 



282 REVISTA HISTÓRICA 

una verdadera desgracia nacional, el hecho de que el bene- 
mérito agrónomo bajase á la tumba antes de haber con- 
seguido encauzar hacia las tareas de su predilección, la 
actividad de sus compatriotas. . 

El triunfo de las ideas del hortelano del Miguelete hu- 
biera economizado á la patria muchos días de duelo, pues 
que la semilla sembrada á costa de duros esfuerzos, la 
necesidad de prot^er el sembrado y cosechar los frutos, — 
único sostén de una familia. — hubiera retenido en sus 
ranchos á muchos compatriotas; los hubiera alejado de los 
<?ampo9 de las crudas y estériles luchas que vinieron des- 
pués, en que se cruzaban las lanzas, y cuando ya habían 
herido, solía ser tarde para confundir en un fuerte abrazo 
á dos almas nobles y estrechamente vinculadas por lazos 
del afecto ó de la sangre. 

Para favorecer la instrucción, —otro de los poderosos 
factores que lo preocuparon, —legó sus libros para fundar 
una biblioteca púbhca, una casa capaz para su funciona- 
miento, y rentas para costear todos los gastos á fin de que 
la institución prestase sus vaUosos servicios sin gravamen 
para la hacienda pública. 

Desde su muerte ha transcurrido casi un siglo, y Ciíbe 
recordar, que nadie lo ha sobrepasado en desinterés y labo- 
riosidad á favor del adelanto de la agricultura, ni nadie ha 
hecho como él una disposición testamentaria tan completa 
y patrióticamente inspirada á la vez. 

Fué un hombre de conocimientos superiores á los que 
en su época eran generales; la carrera eclesiástica le pro- 
porcionó el dominio de la lengua latina cuyos autores clá- 
sicos le producían embeleso y le ofrecían nociones que 
supo aprovechar; el francés le era familiar; ciertos elemen- 
tos de historia natural le dieron la explicación de algunos 
secretos de la vida vegetal y le permitieron sobresalir en su 
afición predilecta, ayudado poderosamente por una inteli- 
gencia tan sobresaliente, que le enseñó que el método ex- 
perimental es el mejor camino para progresar en el estudio 
de la naturaleza. 



DE LA UNIVERSIDAD 283 

Era docto además en matemáticas, las que aplicó á 
cuestiones de interés público. ^ 

En un medio poco propicio al estudio, no desmayaba su 
afán para aumentar el caudal de su saber; así llegó á ser 
tenido como una verdadera autoridad, hermosamente pres- 
tigiada por su modestia y sus virtudes. 

Fué el mentor y consecuente amigo de Larrañaga, de 
quien era 28 años mayor. 

Como ciudadano, mostró entereza de carácter é indepen- 
dencia y ofreció el sano ejemplo de anteponer los deberes 
para con la patria, á todo otro orden de consideraciones, lo 
que evidenció más de una vez, — y en forma bien notable, 
cuando desoyendo las terminantes órdenes de su superior 
el Obispo de Buenos Aires, permaneció como miembro de 
la Junta de Montevideo de 1808. Actitud semejante hoy 
todavía merecería aplauso, y es mucho más justo tributarlo 
tratándose de hechos ocuridos en tiempos en que el espí- 
ritu de libertad recién empezaba á dar muestras de sacudir 
su letargo. 

Toda cuestión de interés público lo preocupó, toda idea de 
pi'Ogreso lo tuvo de aliado. 

La nobleza y la sinceridad de sus juramentos y la edad 
avanzada en que se encontraba, lo retardaron en plegarse 
al movimiento revolucionario encabezado por Artigas. A él 
se afilió, sin embargo, cuando el momento le pareció llegado, 
y encaró el problema político en el sentido de la libertad 
absoluta de la Banda Oriental, sobrepasando en ideales 
patrióticos á muchos otros hombres de su tiempo. 

Su testamento, ^ fuera de la demostración de sus arrai- 



1 Tengo un documento escrito de puño y letra de Larrañaga que 
prueba que éste, en unión con Pérez Castellano, por medio de trigo' 
nometría logarítmica, obtuvo la altura del Cerro, la distancia des- 
de su linterna bástala Isla de Batas y otros datos interesantes para 
la defensa militar de la babía de Montevideo. 

2 Archivo del Juzgado L. de lo Civil de 1.®' Turno— Protocolo de 
la EscríbaniaPública— Castillo— Año 1815, fojas 409 y siguientes. 



284 REVISTA HISTÓRICA 

gadas y sinceras creencias religiosas, prueba su carácter 

-, . . sencillo, enemigo de toda ostentación 

Testamento. -j i r . i i- l 

vanidosa, los afectos que lo ligaban 

á su familia, sus buenos sentimientos con respecto á sus 

esclavos y su innegable patriotismo. 

Por la cláusula primera, dispone que su cuerpo sea 
amortajado con un «ornamento pobre y viejo correspon- 
diente á su orden sacerdotal» y no se entierro bajo techo 
destinado á la celebración de la misa. 

En cuanto á la mortaja, seguía ^ la costumbre general 
en Montevideo, según la cual, aún sin pertenecer al sacer- 
docio, los que fallecían eran vestidos con hábitos sacer- 
dotales ya usados, que se vendían al efecto; y en lo refe* 
rente al sitio en que debía ser enterrado, se mostraba 
consecuente con su propaganda constante en el sentido de 
combatir la antihigiénica práctica, sumamente arraigada, de 
enterrar á los muertos dentro de las iglesias, loque dio por 
resultado en la iglesia de San Francisco, ^ por ejemplo, que 
aún más de media hora después de abiertas las puertas por 
la mañana, no era posible entrar á ella por los malos olores 
que la putrefacción de los cadáveres despedía. 

Se singularizaba enemigo de las vanidades y de las pom- 
pas cuando en la cláusula segunda disponía queá su entierro 
concurriesen sólo algunos sacerdotes, pero sin sobrepelliz; 
que no se usase órgano en las ceremonias mortuorias, sino 
canto llano; que los funerales fuesen breves, «para que sean 
soportables á los que tengan la caridad de asistir á ellos»; 
que no se pusiesen más velas que las de rúbrica y que no 
se hiciese túmulo sino que en su lugar se colocase un paño 
n^ro con cuatro velas. 

Dispuso la libertad de los esclavos de su chacra, otor- 
gada desde el momento de su muerte á algunos, — los que 
mejor le sirvieron, — y después de ciertos años de trabajo, á 



1 La iglesia de San Francisco vieja, que se encontraba donde está 
hoy la Bolsa de Comercio. 



DE LA UNIVERSIDAD 285 

Otros cuya conducta no fué tan recomendable. Más ó me- 
nos tard?, pues, todos debían gozar de su libertad, disposición 
que fundó expresando que no quería que ninguno de sus 
esclavos tuviese por desgracia el haberlo servido. 

Declaró que no debía nada á nadie; hizo varios legados 
u sus sobrinos y expresó que su fortuna era una chacra de 
200 varas sobre el arroyo Miguelete y una legua de fondo 
en dirección al arroyo Pantanoso y una casa en el pueblo. 

Nombró heredero fideicomisario de su chacra, á su amigo 
don Agustín de Estrada, quien debía disponer de ella según 
instrucciones que anteriormente le había dado. ^ 

Las cláusulas 22.^ 23.* y 24.* ^ que se refieren al legado 
para biblioteca pública y recursos para su mantenimiento 
dicen así: 

«22.* Después de estas declaraciones, destino por mi úl- 
tima voluntad toda mi casa del pueblo, para que en ella se 
establezca una biblioteca pública, empezando la colección 
de libros por los pocos que yo tengo míos, tanto aquí en la 
chacra como en la ciudad, siendo mi deseo que en esa bi- 
blioteca no se hallen jamás libros obscenos que corrompan 
las costumbres, ni libros impíos que las corrompen mucho 
más, haciendo escarnio de la religión y acarreando los ma- 
les infinitos que actualmente nos afligen. Una biblioteca 
sin exclusión de esos libros, lejos de ser útil, la reputo per- 
judicial. El establecimiento se entiende después de haberae 
satisfecho los legados que antes expresé, y que de haberse 
satisfecho con la demora que demanda el dejar legados sin 
dejar algunas talegas prontas, pero como á vuelta de pocos 
años, los alquileres ayudados del trigo que tengo en la cha- 
cra ensacado y almacenado, que me costó más de dos mil 
pesos y es de excelente calidad, y ayudados también de lo 
que se cobrase, pueden dar salida á e3e embargo, que ya 



1 No me ha sido posible encontrar rastro alguno de estas instruc- 
ciones que bien pudieran ser interesantes para el estudio del personaje. 

2 Testamento áe Pérez Castellano, loctis eiU 



286 REVISTA HISTÓRICA 

está puesto porque así lo escribí, quedará la cosa más llana 
y corriente. Así digo que después de cumplidos los legados, 
debe entrar el estiblecimieuto de la biblioteca, y señala 
para el bibliotecario cuatrocientos pesos anuales sobre los 
alquileres de las piezas de la calle, quedando lo restante 
para algunos reparos que se ofrezcan en la casa y para los 
dependientes que necesiten casa y biblioteca para su aseo 
y limpieza y para su conservación; pues todo lo que pro- 
duzca la casa, fuera de la parte ocupada por el biblioteca- 
rio y sus dependientes y la misma biblioteca, es mi vo- 
luntad que se refunda en su conservación y adelanta- 
miento.» 

«2S.* ítem nombro por bibliotecario á mi amigo don 
José Raymundo Guerra; y cuando por sus ocupaciones no 
pueda admitir ese encargo, nombro para él al presbítero don 
Dámaso Antonio Larrañaga, quien aunque actualmente se 
halla en la biblioteca de Buenos Ayres, á donde lo arreba- 
taron las circunstancias, me persuado no se negará á ad- 
mitir en su patria un empleo fixo, teniéndolo sólo por 
admisión voluntaria del principal fuera de ella. Pero si uno 
ni otro lo admiten, ru^o al primero nombre quien lo ha 
de ser. Asimismo le ruego forme un reglamento para el ré- 
gimen de la casa, y sancionado con la aprobación del Go- 
bierno y del Excelentísimo Cabildo, quede establecido 
como una constitución que se deba observar en adelante. 
Asimismo es mi voluntad que el referido viva siempre 
que le acomode en la casa, eligiendo para su habitación las 
piezas que guste, pues si yo después de muerto fuese ca- 
paz de sentimiento, lo tendría grande, de que por el qué 
dirán ó por la delicadeza de su genio, abandonase la casa 
de un amigo que siempre lo apreció. 

«24.* Asimismo es mi voluntad que para lo sucesivo 
sean electores del empleo de bibliotecario los señores Al- 
caldes de primero y segundo voto y procurador de la ciu- 
dad; y suplico al Excelentísimo Cabildo proteja con su am- 
paro un establecimiento que creo será útil, y que le dará a 
la ciudad lustre y decoro. Asimismo por la natural incli- 



DE LA UNIVERSIDAD 287 

nación que tienen los hombres al país de su nacimiento, 
yo desearía que habiendo algún natural de Montevideo 
apto para desempeñar ese encargo, fuese preferido en igua- 
les circunstancias á otro de afuera, y que en iguales cir- 
cunstancias fuese preferido un eclesiástico al que no lo 
fuera.» 

I/d iniciativa de la creación de una biblioteca publica y 
la forma cómo dispuso el funcionamiento de tan importan- 
te factor de progreso, dotándolo de 
El docior Pérez Cas- casa capaz (23 varas de frente por 50, 
leJIano y la Bibíio- . calle 25 de Mayo entre Juan 
leca Nuoioiíal. ^'^, ^^ . ,/ . ^. , 

Carlos liomez e Ituzamgo), y de 

fondos para su mantenimiento haciendo posible que la idea 
llegase á ser una verdadera realidad, constituyen un valio- 
so servicio á favor del adelanto intelectual del país, que 
debe hacer inmortal el recuerdo del ciudadano que en 
aquellos ya tan lejanos tiempos se preocupaba del futuro 
engrandecimiento intelectual de su patria, y es además un 
brillante ejemplo de patriótica y noble disposición tesbi- 
nientaria, recurso que en otros países ha contribuido pode- 
rosamente al adelanto de las ciencias y las artes. 

He aquí como el ilustre historiador don Isidoro De-Ma- 
ría, también patriota apasionado, juzgaba la iniciativa: 

«El doctor Pérez y Castellano tuvo el alto mérito de ser 
el primero que pensó en la creación de una biblioteca pú- 
blica para sus compatriotas, donando patriótica y despren- 
didamente medios para su planteación y sostenimiento: pre- 
ciosa y meritoria ofrenda de amor á la patria y á las luces, 
hecha por el civismo más cumplido en sus altares; prueba 
inequívoca del interés que le inspiraba la ilustración de las 
generaciones del porvenir, consagrando á ella con su última 
voluntad, una parte valiosa de sus bienes de fortuna, para 
fomentarla en una época de oscurantismo y de emancipación 
prematura, cuando más que nunca se necesitaba un poco de 
luz que la derramase en su camino, preparando los espíri- 
tus para las serias funciones de la sociedad que tocaba el 
dintel de la independencia política». 



288 REVISTA HISTÓRICA 



<. . .el doctor Pérez y Castellano, allegar con preferencia lo 
principal de sus bienes para la fundación de la biblioteca 
publica, rindió un señalado servicio á su país y á la 
ilustración de sus hijos, que hace inolvidable su memoria, 
dando á su nombre un lugar distinguido entre los que la 
posteridad justiciera venera y dignifica por sus méritos y 
virtudes».^ 

Pero, la voluntad del testador no se cumplió, «ella que- 
dó defraudada», dice De-María, «por una serie de circuns- 
tancias que no alcanzamos á explicar»,^ y don Juan Manuel 
de Vedia expresa á su vez, «que desearía saber á qué 
causas se debe el que no se cumpliese jamás la voluntad 
del doctor Pérez Castellano». ■* 

La biblioteca pública propiamente nunca estuvo insta- 
lada en la casa del doctor Pérez Castellano, que hoy perte- 
nece á un particular. Ella se inauguró el 26 de mayo de 
1816 estableciéndose en el Fuerte de Gobierno ^ y pronun- 
ciando la oración de apertura al pdbhco, el doctor Dámaso 
Antonio Larrañaga, en cuya pieza oratoria exclama: «¡que 
sea eterna la gratitud á cuantos han tenido parte en este 
público establecimiento!»; y manifiesta en seguida que me- 
recen ese agradecimiento, el general Artigas, su delegado 
(Ion Miguel Barreiro y el finado doctor don José Manuel 
Pérez y Castellano.* 

Al año siguiente de la instalación, los invasores portugue- 
ses, al entrar á Montevideo destruyeron el establecimiento. 



1 Isidoro De-María: «Rasgos biográficos de hombres notables de 
Uruguay»— Libro segundo, página 86. 

2 Artículo citado. 

3 Actas de la Asamblea Constituyente tomo III páginas 439 y si- 
guientes. 

4 Oración inaugural que en la apertura de la Biblioteca Páblica 
de Montevideo, pronunció el doctor D. A. Larrañaga.— cLa Revista 
del Plata», dirigida por don Isidoro De María.— Montevideo, mayo 21 
de 1877. 



DE LA UNIVERSIDAD 289 

Esta afirmación ha sido desmentida, ^ pero debo tenerla por 
cierta en atención á que el constituyente Masini, que fué tes- 
tigo presencial del bárbaro acto, en la sesión del 4 de mayo 
de 1830, cuando se discutía un proyecto de ley por él pre- 
sentado referente al restablecimiento de la biblioteca públi- 
ca, dijo lo siguiente sin haber sido contradicho: 

«Dice el señor diputado que la biblioteca no ha sido des- 
truida porque existen los estantes y algunos libros, de lo 
que se deduce que el señor diputado no estuvo aquí el año 
17. La biblioteca, señores, es público que fué arrojada al 
patio del Fuerte y á una pieza que era imprenta, lo que dio 
motivo á que se destruyesen porción de obras y otras des- 
aparecieran. ¿Qué extraño es que se diga por un decreto que 
la biblioteca ha sido destruida, no por los hijos del país, 
sino por los extranjeros, que, como yo lo presencié, se mo- 
faban de ella? '^ 

«Esto debe constar, señores . . . ^. 

Fué en presencia de la actitud de los portugueses, que el 
Cabildo, para salvar los libros arrojados de sus estantes, 
dispuso en sesión de 10 de abril de 1817, «que todos los 
libros y útiles de la Biblioteca fuesen entregados, por in- 
ventario formado por el escribano, á don José Raimundo 
Guerra; que éste conservase todo á su cargo, en la casa del 
finado presbítero don José Manuel Pérez Castellano, según 
la misma y última voluntad del mismo; que el acto de la 
entrega fuese presenciado por el señor Regidor Defensor de 
Menores don Juan F. Giró, á quien se comisionaba al 
intento, y que de todo se instruyese de oficio á dicho 
Guerra para su cumplimiento en la parte que le toca». ^ 

Recién entonces, pues, los libros de la biblioteca pública 
fueron á ocupar la casa del presbítero fallecido. Allí debíe- 



1 P. Masoaró y Sosa: «Noticia histórica de la fundación de la Bi 
blioteca Pública de Montevideo». 

2 Actas de la Asamblea Constituyente, tomo III, página 446. 

3 Actas del Cabildo, fecha citada. 

B. M. Mi LA V.— 19. 



290 REVISTA HISTÉRICA 

ron quedar custodiados por don José Raimundo Guerra á 
quien aquél tanto distinguiese con su amistad; pero todavía 
en noviembre 14 de 1833 ' era un deseo del Gobierno el 
restablecimiento de la biblioteca, deseo ya manifestado por 
Ja Asamblea Greneral Constituyente y íj^slativa, según 
decreto de 10 de mayo de 1830 inspirado por el consti- 
tuyente don Ramón Masini, á quien se debe también la 
iniciativa de la colocación del retrato del doctor Pérez 
Castellano ep la biblioteca «ínterin se logre la erección 
de una estatua en el mismo lugar», como decía el proyecto 
presentado. '^ 

El 19 de diciembre de 1838 el Presidente de la Repú- 
blica, general Rivera, nombra Administrador General de 
Correos al ciudadano don José Mendoza, quien hasta en- 
tonces desempeñaba el cargo de Tesorero del Ejército. ^ 

Él nuevo Administrador, pronto consigue dar al Correo 
un local mejor * y este local es ... la casa de Pérez Castellano, 
destinada por su propietario, «para que en ella se establezca 
una biblioteca pública» ! 

¿Tenía derecho el Presidente Rivera para usar de la casa 
del doctOT Pérez Castellano para otra cosa que no fuera 
una biblioteca pública ? Evidentemente, no. 

Pero se llegó á más, todavía. 

El señor Mendoza, siendo Tesorero del Ejército, había 
suplido al Estado, para necesidades de carácter urgente, 
hasta la suma de 14,000 pesos; y como en aquellas épocas 
difíciles no pudiem serle reembolsado tal adelanto, « pro- 
puse», dice el señor Mendoza, «á S. E. el señor Presidente 
recibir en pago de esa cantidad, el edificio viejo en que se 



1 Decreto sobre el restablecimiento de la biblioteca páblica. Fecha 
citada— Colección Rodríguez, tomo I, página 112. 

2 Actas de la Asamblea Constituyente, tomo III, páginas 439 y 
siguientes. 

3 Isidoro £ De María: «El Correo del Uruguay», página 96. 

4 £1 Correo estaba anteriormente en el Fuerte de Grobierno. ídem, 
página 97. 



Í)E LA UNIVERSIDAD 291 

halla la A^dministracióa de Correos, que es propiedad del 
Estado, y se me ofreció», ^ cuyo ofrecimiento hizo valer 
Mendoza ante el Vicepresidente don Joaquín Suárez por 
escrito de 4 de enero de 1842, encontrándose en campaña 
el Presidente general Rivera. Oído éste sobre el particular 
no opone inconveniente al pedido de Mendoza, ' visto lo 
cual el Vicepresidente Suárez, después de expresar que el 
general Rivera había dispuesto la enajenación que no llegó 
á realizarse por su pronta salida á campaña, y «no pudiendo 
el Gobierno revocar aquella resolucióny^, firmó la escri- 
tura de venta el 18 de abril de 1842. ^ 

Parece, que don Joaquín Suárez opinaba que el Estado 
no podía enajenar la casa de Pérez Castellano, destinada 
expresamente á ser ocupada por una biblioteca pública, lo 
que no importaba l^ar al Estado su propiedad; y no hay 
duda que estaba en lo cierto Suárez al pensar así. 

¡Cumplióse así la tan bien inspirada disposición testa- 
mentaria de Pérez Castellano ! 

Queda descifrado el enigma que preocupó á De-María y 
Vedia. 

n 

La^ obras del doctor Pérez Castellano; las «Observaciones 
sobro Agricultura» y sus trabajos inéditos 

En los primeros días de junio de 1818, se encontraba 
el buen hortelano en su chacra tratando de abstraerse en 
Las aObsorvaelones sus labores predilectas, para olvidar 
sobre Agricultura», el dolor que experimentaba en pre- 
sencia de los males que sufría la campaña durante aquella 
época de guerra, cuando llegó á su poder un oficio del Go- 
bierno Económico de la Provincia, oficio patriótico que 



1 Protocolo de Gobierno— Año 1842— Tomo 57 bis, número 32, pá- 
gina 144 vta. EL Superior Gobierno á José de Mendoza— Venta de 
casa. Escribano Juan Pedro González.— En el archivo de la Escri- 
banía de Gobierno y Hacienda. 



292 REVISTA hist<5rica 

hace gran honor á su firmante el doctor Bruno Méndez, 
Vicepresidente del dicho Gobierno, que tenía su sede en 
Guadalupe. 

El Gobierno Económico, había sabido que el presbítero 
algunas veces escribía <^ apuntaciones sueltas^> sobre agri- 
cultura, y le pedía que se las mandase como estaban ó las 
pusiese en orden, á fin de publicarlas para enseñanza de 
los agricultores del país. ^ Bien merece un aplauso el em- 
peño del Gobierno de Guadalupe, que en medio de aque- 
llos momentos de grandes tribulaciones, tenía puesta su 
vista en el futuro, con el noble empeño de trabajar á favor 
de la enseñanza del agricultor, pensando que era necesario 
preparar, aíín en tiempo de guerra, hombres de trabajo pa- 
ra la paz, hombres que viviesen de la tierra, se vinculasen 
fuertemente á ella, y sólo de ella esperasen su felicidad y 
la de los suyos. 

El pedido no pudo menos de ser grato al doctor Pérez 
Castellano, y así lo hizo saber al Gobierno, pues venía á 
favorecer sus continuos anhelos de vulgarizar los conoci- 
mientos agrícolas y luchar contra la rutina; y se puso á la 
obra á mediados del mes de julio, recibiendo antes de con- 
cluirse este mes un nuevo oficio del Gobierno de Guada- 
lupe pidiendo lo que ya tuviese escrito y que le mandase 
todos los meses lo que le fuese posible. 

En la contestación al segundo oficio, expresa' el autor 
cómo iba haciendo su trabajo, dato interesante que permite 
afirmar que los primitivos borradores de las «Observacio- 
nes sobre Agricultura» se conservan aún hoy, después de 
victoriosa lucha contra el tiempo y la polilla. 

«Como me faltaba papel en qué escribir», dice en su 
contestación, *me acordé de un libro de marquilla en que 
tenía otras apuntaciones curiosas, ya propias, ya copiadas, 
y en las hojas blancas de ese libro, estoy escribiendo mis 
rústicas observaciones, y llevo ya en borrador 14 hojas, 
sin haber salido aun del principio». 



1 Ms. Pérez Castellano.— Volumen Fernández y Medina. Prólo- 
go á las «Obseryaciones». 



bE LA UNIVERSIDAD 293 

Pues bien: ese «libro de marquilla» con «i apuntaciones 
curiosas» propias y ajenas, todo escrito de su puño y letra, 
se encuentra hoy en poder de don Nicolás Borra t; he podi- 
do ligeramente estudiarlo, y me ocuparé de él más adelante. 

También ha llegado hasta nosotros otro volumen, igual- 
mente manuscrito de Pérez Castellano, que pertenece hoy 
al distinguido escritor don Benjamín Fernández y Medina, 
en donde está una copia bastante ampliada del borrador 
referido, hecha evidentemente teniendo presente la prime- 
ra. También me ocuparé de este volumen. 

El doctor Pérez Castellano concluyó su trabajo en el 
año 1814, ^ y recién vino á publicarse 34 años después en 
el Cerrito de la Victoria por la Imprenta del Ejército, de 
orden del general Oribe, <íixo sólo por la utilidad que de 
ello (la impresión del manuscrito) pueden reportar los la- 
bradores, hortelanos, quinteros, etc., sino como un testimo- 
nio de respeto á la memoria de aquel ciudadano (el doctor 
Pérez Castellano) natural de esta República, á quien él 
consagró eata y otras pruebas de su anhelo en fomentar su 
ilustración y adelantos materiales». 

En el año 1848, pues, vinieron á realizarse los elogia- 
dos propósitos del Gobierno Económico de la Provincia, de 
1813, y al publicarse las «Observaciones», se rindió un 
justo homenaje al virtuoso ciudadano y se prestó un ser- 
vicio al país dando á conocer el tratado de la referencia. 

Pérez Castellano, no era propiamente un naturalista, ni 
un botánico, era simplemente un hombre inteligente dota- 
do de grandes facultades de observación y movido por un 
vivo entusiasmo por la naturaleza, cuyos secretos se propo- 
nía descubrir en el campo del reino vegetal, sin inás cono- 
cimientos que los que pudo adquirir por el estudio directo 
de los fenómenos naturales. 

Pero, si bien no fué un naturalista, acopió observaciones 
perfectamente exactas, muy valiosas para el estudio cientí- 



1 «Observaciones», página 15. 



294 REVISTA HISTÓRICA 

fico de nuestra flora, y dio consejos prácticos á los hortela- 
nos del Miguelete, para quienes escribió sus «^Observacio- 
nes sobre Agriculturas, trabajo meritorio en alto grado y 
que después de casi un siglo, es de utilidad evidente para 
nuestros agricultores. Dicha obra hoy muy rara, forma un 
volumen de 294 páginas con un índice alfabético de 16. 

El trabajo empieza por tratar ^^Del cerco; y para que 
se vea la sencillez y claridad del estilo, el método y la ex- 
posición razonada del autor, transcribo el primer párrafo: 

«1.* Cerco necesario. — Empiezo por el cerco, porque el 
cerco es por donde empiezan ó deben empezar, todos los 
que intentan ejercitarse en la agricultura, ó sembrando 
granos, ó plantando arboledas, ó poniendo hortalizas, 6 reu- 
niendo en una misma huerta (que es lo más común y lo 
más útil) todos estos renglones. Pues sin cercar la tierra 
se expone el labrador á ver destruido en pocas horas el tra- 
bajo de mucho tiempo. ¡Qué zozobra no es la del 
labrador que, después del penoso afán del día, se acuesta 
pensando que pueden en aquella noche destruirle los sem- 
brados de que espera la subsistencia de todo el año! ¡qué 
aflicción y que desaliento no es el suyo cuando se levanta 
y los ve destruidos! Pues esta zozobra y desaliento es el 
que se evita, haciendo de antemano un buen cerco que le 
resguarde sus sembrados y arboledas. » 

Luego, pasa á ocuparse de los árboles frutales, su ma- 
nera de plantarlos, los cuidados que cada uno requiere, las 
diversas especies que conoce de cada uno, sus ventajas é in- 
convenientes, cómo y quién los introdujo, y de dónde y 
cuándo, la manera de podar, de injertar; sigue con la uva, 
los árboles silvestres, los granos, las hortalizas, las flores, 
sobre todo lo cual da minuciosas explicaciones, siempre 
con una claridad seductora; y concluye tratando de los ani- 
males que requiere una chacra, para su cultivo, aquellos 
cuya cría es útil, y la manera de hacer un corral. 

Pero, la publicación del Cerrito, no es completa; le falta 
el Prólogo donde explica que escribió la obra á pedido del 
Gobierno Económico de la Provincia; un largo capítulo 



DE LA UNIVERSIDAD 295 

muy interesante y práctico titulado «Habitación y depen- 
dencias de una casa de campo», otras atinadas considera- 
ciones sobre la necesidad de proteger la agricultura, y los 
medios indirectos de hacerlo; y finalmente el suplemento, 
agregado á las «Observaciones», despufe de recibir los lü 
tomos del «Curso Completo de Agricultura» escrito en 
francés por una sociedad de agrónomos, ordenado por el 
abate Rozier y traducido al castellano por Juan Alvarez 
Guerra, en cuyo suplemento se trata de las aceitunas, la 
vid, el vinagre, sidra, etc. Todo esto se encuentra en el ma- 
nuscrito de propiedad del señor Fernández y Medina, 
quien tiene proyectado hacer la segunda edición de las 
«Observaciones» completando la primera principalmente 
con lo que dejo citado. La edición del Cerrito tiene 520 
parágrafos numerados; el «Caxon de Sastre», y el volumen 
Fernández y Medina cuentan 736. 

Lo que tiene de admirable la obra de Pérez Castellano, 
es que ella es el fruto exclusivo de su espíritu de observa- 
ción; él dice que todo lo que ha dado por cierto en su tra- 
bajo, es porque así ha resultado después de sus experien- 
cias, ' y que ha carecido completamente de libros áobre 
agricultura, «á no ser que puedan llamarse tales las Geór- 
gicas de Virgilio»; ^ iba escribiendo, y ensayando al mismo 
tiempo, dejando á veces líneas en blanco para llenarlas 
despu^ de ver el resultado de nuevas experiencias que 
seguía con el mayor cuidada Para escribir el suplemento, 
sin embargo, tuvo á la vista la citada obra de Rozier, que 
le fué facilitada por don Dámaso Antonio Larrañaga. ^ 

Fuera de lo que á lot? cultivos directamente se refiere, 
contienen las <- Observaciones» una serie valiosa de indi- 
caciones de la mayor utilidad para los chacareros, relativa 
á la manera de proporcionarse alimento sano y agradable, 
al modo de hacer ellos mismos algunos de los artículos 



1 Prólogo. 

2 «Observaciones», § 294. 

3 Prólogo, 



296 REVISTA HISTÓRICA 

más útiles, indicaciones para conservar la salud y hasta re- 
medios fáciles para curar enfermedades, todos conocimien- 
tos apreciables para los que viven fuera de poblado, lejos 
de los centros de recursos, que contribuyen á mejorar las 
condiciones de la vida en campaña. 

A esta índole de conocimientos, que no son propiamente 
sobre agricultura, pertenecen: la manera de adobar las acei- 
tunas, de hacer orejones y pasas de higo, variadas clases de 
dulces, refrescos, conservar las frutas, preparar diversos 
vegetales para la mesa, hacer jabón, velas, vino, vinagre, 
aceite, remedios, etc. todo lo cual trata siempre teniendo en 
vista su utilidad para sus vecinos del Miguelete, para quie- 
nes escribía. 

Se encuentran también párrafos destinados á la propa- 
ganda á favor de las labores agrícolas, algunos de ellos des- 
tinados á interesar, en estas tareas, á la mujer, como el que 
transcribo á continuación: 

<^ Injertos de escudo más aseados. — Los injertos de es- 
cudo, sobre ser los más generales, porque más se acomodan 
á toda clase de árboles, tienen la ventaja de que para ellos 
no se necesita barro, como lo necesitan los de cuña, que no se 
hacen á la flor de la tierra ó un poco más abajo. Tampoco 
obligan por la disposición de las ramas en que se injertan, 
á posturas violentas que fatigan, y por esta razón, pueden 
hacerlo hasta las mujeres más delicadas. Yo tengo una pri- 
ma hermana, que era D.* Inés Duran, ^ que lenía compla- 
cencia en hacer en su chacra de estos injertos, no por nece- 
sidad, pues fué una señora que no tuvo hijos, y se hallaba 



1 Vale la pena aprovechar la oportunidad para recordar que doña 
Inés Duran, casada con don Miguel Ignacio de la Quadra, era una 
dama benemérita y progresista. Donó á Fray Manuel Ubeda, una 
extensión de legua y media de campo, para que la repartiese entre 
los que quisiesen poblarse. La población se hizo y es hoy la capital 
del Departamento de Flores. La escritura original de 14 de abril de 
1804 se encuentra en el protocolo de la Escribanía Pública. Escriba- 
po Castillo. Archivo del Juzgado L. de lo Qvil de 1.» Turqo. 



DE LA ÜNIVEBSroAD 297 

llena de bienes de fortuna, sino por satisfacer al genio ha- 
cendoso y gubernativo de que estaba dotada; y los hacía 
siempre con buen suceso, porque las mujeres son más á 
propósito que los hombres para hacer de esos injertos, por 
tener los dedos más finos y delgados, que son los mejores 
para manejar los escudetes y ramitas delgadas deque se 
sacan, y las en que se ponen. 

• «8i hubiera muchas mujeres que á su ejemplo hicieran 
lo mismo, estoy persuadido que serviría su aplicación de 
mucho fomento á la agricultura, porque las mujeres por el 
natural atractivo que tienen para los hombres, fijan mucho 
la atención general á favor de todo aquello á que se incli- 
nan, y la fíjarían mucho más á favor de un ejercicio tan 
importante como es el de la agricultura, cuya necesidad to- 
dos conocen, y en que solo se hecha de menos el amparo y 
protección que debe tener». 

Como con toda razón dice el doctor Pena, admirador de 
Pérez Castellano, «se engañaría quien tomase el libro (las 
«Observaciones») como mero manual del cultivador mon- 
tevideano. Contiene referencias á cosas muy interesantes 
que no se relacionan con los cultivos, ni poco ni mucho, 
si bien están comprendidas pn los dominios de la historia 
civil y de la historia natural». * 

Efectivamente, critica con fundamento la despropor- 
ción entre el frente y el fondo de las chacras, verdaderos 
canutos de 40ü varas de frente por una legua de fondo, 
repartidas á los primitivos pobladores de Montevideo; - ex- 
pone que el virrey Vertiz, que oyó sus críticas y las halló 
justas, al repartir las tierras de Guadalupe, dispuso que las 
chacras fuesen de 200 varas de frente por 500 de fondo; ^ 
da las medidas de la primitiva Iglesia Matriz; * condena á 



1 Carta del doctor Carlos María de Pena ai profesor Arechavaleta, 
publicada en los «Anales del Museo Nacional»^ tomo I, año 1894, 
Montevideo. 

2 «Observaciones», § 25. 

3 ídem, § 27 y 28. 
4Xdem, §3U. 



298 ftEVISTA HÍSTÓRICA 

cierto» funcionarios, y elogia á otros; señala como odioso 
un acto de favoritismo; elogia una acción justa, se indigna 
contra un abuso y aplaude una acción generosa, ofreciendo 
al historiador, detalles que si bien aisladamente pueden 
parecer insignificantes, sirven para completar un cuadro de 
la época, para describir cómo se vivía, cómo se pensaba, á' 
qué se aspiraba en un momento dado. 

La meteorología, puede encontrar datos dignos de estu- 
dio, por ejemplo: donde Pérez Castellano dice que no llovió 
en el Miguelete, desde agosto de 1813 «hasta hoy 4 de 
enero de 1814 en que Dios por su misericordia mandó una 
lluvia copiosa»; ^ donde habla de la seca de 1812, «tenaz 
y larga», «que duró catorce meses» '^ ó del temporal de 
lluvias y vientos del 8. E que sobrevino en los días 17, 
18 y 19 de octubre de 1776 ' que debió ser formidable, 
cuando lo recordaba á los treinta y siete años; donde se re- 
fiere á los fríos y á las humedades, etc., etc. 

Pero, para quien más informes hay, es para el que quiera 
estudiar la variación de las especies vegetales en el lapso 
de tiempo de un siglo ó más, á fin de sacar conclusiones 
útiles para el porvenir ó explicaciones de fenómenos aún no 
comprendidos. En las «Observaciones» hallará quien á 
tales y tan útiles estudios se dedique, cuándo fueron intro- 
ducidas las primeras semillas de gran variedad de árboles 
frutales y otras especies vegetales, en qué condiciones cre- 
cían, dónde fueron primitivamente plantadas, cómo se 
cuidaron, cuánto producían, y otros muchos detalles.* 



1 «Observaciones», § 30. 

2 ídem, §§ 394 y 395. 

3 ídem, § 296. 

4 Introducción de diversas especies de árboles frutales: manzano, 
palmero, página 22; peral bergamota 42; peral buen cristiano, 47; pera 
manteca 6 del coronel, 48; pera D. Guindo 6 de Cuadra, 48; durazno 
espaftolets, 50; priscos blancos y amarillos, 51; durazno tinto, 54; 
priscos de San José, 54; peloncillo de la Virgen, 55; duraznillo de la 
Virgen, 55; duraznos abollados, 56; damascos, 79; guindas, 83; higo 
coll de Dama, 90; naranjos chinos, 100, etc., etc. 



DE LA UNIVERSIDAD 299 

Y aunque á esos mismos estudios no interese, en dicha 
obra señala á la gratitud nacional los nombres de los chaca- 
reros, como Melchor de Viana, Ensebio Vidal, Miguel Ig- 
nacio de la Cuadra, Bruno MuHoz, José Raimundo Guerra, 
Francisco Otero y otros, que introdujeron especies vegeta- 
les útiles. Nadie aventajaba, sin embargo, al presbítero 
en diligencia para proveerse de nuevas especies, muchas 
de las cuales fué el primero en plantar y constituyen hoy 
una riqueza de no escaso valor. 

Pérez Castellano nos ofrece, pues, los datos de la intro- 
ducción al país de muchos árboles y plantas; pero si bien 
su trabajo se refiere solo hasta el año 1814, inspiró el 
amor por la agricultura á otro compatriota, don Juan Manuel 
de Vedia, su pariente, en cuya casa el libro de «Mi tío el 
padrea, como en familia se le llamaba, era guardado como 
cosa preciosa. Juan Manuel de Vedia, con la ayuda de 
varios meritorios apasionados de la flora, como don Bernar- 
do T. Pereira, los hermanos Margat y Domingo Basso, 
después de paciente tarea completó la obra y ll^ó á deter- 
minar cuáles fueron los árboles frutales importados después 
delaño 1814. ' 

Pero, . . . sería largo seguir escudriñando en las «Obser- 
vaciones», donde se esbozan también descripciones de fe- 
nómenos técnicamente interesantes que preocuparon al 
buen presbítero, que hubieron de dejarlo perplejo, porque 
como él mismo lo dice, le faltaba la preparación científica 
para volar alto, si bien le sobraba saber para ser el mejor 
amigo que hasta hoy hayan tenido nuestros chacareros, pues 
nadie les ha hablado con el lenguaje fraternal que él usó, 
siendo muchas veces hasta ingenuo. 

Es una lectura sana la de las «Observaciones»; lleva al 
espíritu hacia el amor á la madre naturaleza que á todos 
abre sus brazos; sin pensarlo, el lector se siente encariñado 
con la vida del campo, á todos propicia, y la encantadora 



1 «Juan Manuel de Vedia: «In memoríam» página 26.— Buenos 
Airep, 1906. 



300 REVISTA HISTÓRICA 

sencillez del estilo, hace que todo parezca fácil é induce 
á ensayar algo de lo que el autor expresa, para ver si como 
premio á la labor, se experimentan las gratas sensaciones 
de placer que se traslucen en el afanoso hortelano del Mi- 
guelete, en el Columela montevideano. 

El día que se trate de quitar mérito sobresaliente á las 
«Observaciones», pocas palabras bastarán para su defensa; 
bastará decin Hasta entonces, ningún hijo de Montevideo, 
en ninguna de las ramas del saber humano, había hecho 
una obra que representase un esfuerzo intelectual como el 
de Pérez Castellano; él fué el fundador en el país, del méto- 
do experimental, que en el campo de la ciencia no reconoce 
obstáculos; él fué un altruista; él hizo una obra de verda- 
dero patriota, desde que estaba convencido de que el des- 
arrollo de la agricultura era para su país una garantía de 
progreso, de trabajo y de paz. 

Dos valiosos manuscritos del doctor Pérez Castellano, re- 
pito, se conservan hasta hoy; uno, el >.Caxon de Sastre», que 

„. _ _ pertenece á don Nicolás Borra t, v^ el 

El «Gaxon de Sastre» yV. ^j -d- ^ t? ^j" 

„ ^ ' Otro a don üeniamín rernandez y 
el volumen Fernán- T^r ^^ i i ^ 

dez y Medina Medina, de los que paso á ocuparme. 

El « Caxon de Sastre » es un 
volumen de tapas de cartón forrado de pergamino, que con- 
tiene 287 gruesas hojas de papel de 84 por 24 centíme- 
tros, casi todas sus hojas escritas de puño y letra del pres- 
bítero, según he constatado por la comparación de los mu- 
chos documentos que con su firma he tenido oportunidad 
de estudiar. Se conserva en bastante buen estado, son pocas 
las partes cuya lectura se hace difícil por el estado de la 
tinta. 

A título de prefacio se lee la siguiente explicación. 

«Razón del título que se da a este trabajo: 

« Caxon de Sastre », entre otras significaciones, tiene, 
según nuestros Diccionarios, la de un libro, en que se reco- 



t)E LA UNIVERSIDAD 301 

gen especies sueltas, desordenadas é inconexas unas con 
otras: y siendo este libro destinado á recoger algunos pape- 
les sueltos que tengo, y que tuviere en adelante, todos in- 
conexos y desordenados, no hai lugar para condecorarlo 
con otro nombre que el que le corresponde en nuestro 
idioma. » 

Después se encuentra un importantísimo material histó- 
rico compuesto por los trabajos de que voy á hacer una 
ligera relación, algunos de los cuales requerirían un detenido 
estudio que no he podido llevar á cabo en forma completa 
aún, para establecer si son obras de Pérez Castellano ó si 
isólo han sido copiadas por éste y los motivos que dieron 
lugar á que tratase tan diversos temas. 

Considero, como ya lo he expuesto, que el « Caxon 
de Sastre » es el « libro de marquilla * á que se refería en 
su contestación al oficio del doctor Bruno Méndez, cuando 
éste, á nombre del Gobierno Económico de la Provincia, 
le pedía que ordenase sus apuntes sobre agricultura para 
hacerlos públicos; que es el mismo en ^1 que, dice, tenía 
« otras apuntaciones curiosas, ya propias, ya copiadas», por 
lo que se hace necesario el estudio á que acabo de refe- 
rirme para establecer en forma completa cuáles son las 
apuntaciones propias y cuáles las ajenas. 

Paso á hacer la relación del contenido del « Caxon de 
Sastre»: 

«^ Informe sobre el origen de los borricos en Mon- 
tevideo, DADO EN 1797». (Página 1). 

EJstablece que cuando vinieron en 1726 las primeras 
familias canarias, no trajeron jumentos, ni los había en 
Montevideo: que quien primero los trajo fué fray José 
Cordovez, religioso franciscano ; que como había mucha 
abundancia de caballos, que valían muy poco, se les da- 
ba muy mal trato; que en cambio los borricos eran muy 
bien cuidados y alimentados, lo que dio lugar á que el 
abate Perneti, que vino con la expedición de Bougainville, 



ÍÍ02 REVISTA HISTÓRICA 

dijese que este país era « el paraíso de los borricos y el in- 
fierno de los caballos »; describe cómo eran los borricoí?, 
trata sobre costumbres de varios animales, habla del ga- 
nado vacuno, de las vacas mochas, etc., etc. 

Atribuyo este trabajo á Pérez Castellano, entre otros 
motivos, porque, cuando habla de las vacas mochas, lo hace 
en forma igual á la que emplea en sus « Observaciones » ^ 

« Informe sobre el estado actual de las fuentes 
de montevideo, y sobre el modo de conservarlas, dado 
EN 1789». (Página 8). 

Establece que treinta ó cuarenta años atrás las fuentes 
de Montevideo daban agua más abundante, más ^ delgada » 
y de mejor calidad, lo que provocaba elogios de parte de 
la gente que venía de Buenos Aires, pero que en la fecha 
del informe, el agua era escasa y mala; explica las causas 
de este perjuicio que sufría la población y propone medios 
para mejorar las fuentes y la calidad del agua. 

'^ Informe sobre el modo de conducir bl agua i la 
CIUDAD, DADO EN 1798 >. (Página 12) 

Es un proyecto muy minucioso para traer el agua des- 
tinada al consumo de la población, desde el arroyo del 
«Buseo», cuya agua era «copiosa» y «delgada^. Se propo- 
ne elevar el agua del arroyo hasta 16 varas sobre su nivel, 
lo que se conseguiría con tres norias y varios estanques. 
Desde el más alto de éstos, se construiría un canal cubierto, 
de 15,000 varas de largo, que llegaría hasta un depósito á 
hacerse en esta ciudad. Hay un presupuesto completo, in- 
dicaciones sobre los materiales á emplearse, etc. Con este 
mismo tema tiene relaciÓD el 

«Informe dado por el Cabildo de Montevideo sobre 

la SOLICITUD DE ESTANCAR EL AGUA TRES PARTICULARES EN 

1794*. (Página 23). 

<c Informe sobre las poblaciones en la frontera de 
ESTA JURISDICCIÓN, DADO EN 1789 ». (Página 28). 



bE LA üKTVERSIDAD 30^ 

EJstablece la necesidad de fundar pueblos en la frontera 
para seguridad de Montevideo, pues estos pueblos harían 
frente al enemigo; señala las localidades más convenientes, 
hace una muy interesante, é históricamente valiosa, des- 
cripción de la campaña, de sus grandes propietarios, de la 
soledad de los campos, condena la concesión de grandes 
extensiones de tierra; cita el caso de Fernando Martínez 
que obtuvo 250 leguas cuadradas á tres pesos de compo- 
sición por legua. ¡ Era una moderada composición ! 

« Informe de los alcaldes de MoNTEvroEO A la Au- 
diencia SOBRE queja de LOS PANADEROS, DADO EN 1795». 

(Página 35). 

« Informe sobre un cementerio de extramuros, dado 
POR EL CURA de MONTEVIDEO ». (Página 63). 

« Informe dado por la junta de médicos y cirujanos 

SOBRE las causas QUE OCASIONABAN LA EPIDEMIA QUE SE 

experimentó en Montevideo en 1803». (Página 12 i). 

Las relaciones entre el Cabildo y los panaderos y la 
necesidad de un cementerio extramuros, fueron dos asuntos 
del más grande interés para Montevideo, dieron motivo 
para ir «hasta los mismos pies del Rey», y tema para ca- 
bildo abierto. De esto tratan los dos primeros informes, y 
el tercero se refiere á una epidemia de «escarlatina angi- 
nosa», de la cual se estudian las cansas, bien ilustrativas 
algunas para pintar el estado de Montevideo en ese enton- 
ces, y se concluye aconsejando que no se permita enterrar 
en las iglesias, que se haga un cementerio extramuros, que 
no se consientan barracas de cueros dentro de la ciudad, 
que se prohiba la venta de carne de animales cansados, 
que los buques negreros se sometan á cuarentena, etc., etc. 

« CAJEtTA ESCRFTA EN EL AÑO 1 787 DIRIGIDA A ItALIA ». 

(Página 42). 

Elsta carta carta es un documento de inestimable valor 
para la historia. Ofrece una descripción completa de Mon- 



í)04 REVISTA HIST(5rICA 

tevideo, su edificación, Matriz vieja, casa del Cabildo, fíes- 
tas, empedrado de las calles, vestidodelos vecinos, casas de 
recreo, instrucción, agricultura, cantidad de trigo cosechado, 
frutas, flores, ganadería, cría de muías, cabras, vacunos, 
cantidad de animales sacrificados para el abasto de la po- 
blación, exportación de cueros, pesca, clase de peces, sala- 
deros, buques de la real armada de estación en el puerto, 
autoridades de la ciudad y su jurisdicción, milicias, correo 
con Buenos Aires, curatos, el cura Ortiz, muerte en 1787 
de la ultima persona que quedaba de los primitivos pobla- 
dores cabeza de familia, etc. 

Fué dirigida á su maestro de latinidad don Benito Riva 
que se había retirado de Montevideo veinticinco años atrás, 
y que estaba en Italia, desde donde manifestó deseos de saber 
cuáles habían sido los adelantos de Montevideo desde que 
lo había dejado. Pérez Castellano satisface, el pedido de su 
maestro dirigiéndole la carta relacionada, escrita con inge- 
nuo orgullo por la prosperidad de la ciudad y bienestar de 
sus vecinos. 

«Diccionario de algunas palabras de la lengua 
AUCA^. (Pág. 128). 

Se encuentran i 20 palabras de la lengua auca cuidado- 
samente escritas en cuanto á su sonido, acompañadas con 
su significado castellano. Un indiecito de 16 años dio el 
significado. Hay una relación sobre las costumbres de los 
pampas y datos que hacen honor al marqués de Loreto. 

«Tres piezas poéticas en francés y cartas adjun- 
tas». (Pág. 129). 

José Raimundo Guerra, íntimo amigo de Pérez Caste- 
llano, tenía en su casa ún cuadro representando á Cristo 
dando la vista á un ciego de nacimiento. Esta imagen ins- 
piró una composición poética al Padre Perdriel, religioso 
franciscano, la cual, en francés, dirigió á José Raimundo 
Guerra, quien á su vez contesta á Perdriel. Están las dos. 



bE LA UNIV£B$tí)Al) 30o 

composiciones en fraacés, á las que sigue una teicera en 
que Pérez Castellano elogia al fiel perro que en el cuadro 
aparecía guiando al ei^o. 

La composición de Pérez Castellano es de 97 vcj-sos, y, 
fielmente copiada, empieza así: 

«Cervantes prononza, je ne sais dans quel lieuz 
Que la metromani etait un mal contagíeux 
Que etait oomme un gale par la demangeaison 
De fair vers sans propos, sans temps et sans sai son. 
Avec les quels les hommes se grattent de bon gré 
Oh quel mot gracieuz, si certaínt, et si vraitl! 
Dont je prouve moi méme en mot la veri té; 
Puis je me sens galoux et que suís empesté. 
Mais ce n'est pour ma faute; vons pouvez Timputer 
A celui que en est cause: et laissez moi gratter. 
Tandis, et faire des vers pour le soulagement 
De ma peau irritée de leur picozement. 
Je vais dons vous parler du chien de ton image*. 



«Reflexiones sobre el comercio de España con sos 

COLONIAS DE AMÉRICA EN TIEMPO DE GUERRA, POR UN ES- 
PAÑOL EN FlLADELFIA». (Pág. 74). 

€ Copla de una carta de Voltaire i su correspon- 
sal DE Madrid». (Fág. 128). 

«Vista fiscal al Consejo sobre el baile de masca- 
ras». (Pág. 146). 

El primero es un trabajo sumamente interesante. Este y 
los otros dos son, como se ve, de «las apuntaciones ajenas». 

«Observaciones hechas al Consejo de Indias por 
LOS beneficiados de Montevideo en respuesta al in- 
forme que sobre sus novenos dio el contador general, 
Y FUBRON A España en 1803». (Pág. 1 16). 

«Memoriai!. del Rey N. S. contra las recovas que 

«. H. DB LA V.— 20 



306 REVISTA ñlSTÓRICl 

PRETENDIERON ESTABLECER EN LA PlAZA DE MONTEVIDEO 
EN 1804^. (Pág. 133). 

« Instancia a la Audiencia sobre lo mismo » . (Pág. 1 38). 
« Segunda instancia a la Audiencia sobre lo mis- 
mo». (Pág. 142). 

Aunque sobre esto hay algo publicado, el conocimien- 
to de los documentos ínt^ros tiene su valor en cuanto 
prueba el ardor con que tomaba el vecindario de Monte- 
video, toda cuestión que podía ser considerada como un 
agravio al pueblo ó un atropello á sus derechos. 

« Memoria de los acontecimientos de la guerra ac- 
tual DE 1806 EN EL Río DE LA PlATA>. (Pág. 150). 

Este es otro trabajo que contiene importante material 
histórico, escrito en cierta parte en forma de diario. 

Ofrece la explicación de algunos sucesos históricos de 
grande interés. En su tema, no hay nada de lo publicado 
que pueda comparársele en valor como contribución al 
estudio de los sucesos ocurridos en Montevideo durante 
las invasiones inglesas. Tengo la copia de este documento 
y me propongo publicarlo con algunas notas. 

« Observaciones que he hecho en orden á la agri- 
cultura EN los muchos años QUE LA EXERCITO EN MI 
chacra DEL MlGUELETE>. (Pág. 201). 

Como he dicho, este es el borrador de las «Observa- 
ciones sobre Agricultura» de que me he ocupado ya. 

Con este trabajo, concluye el «Caxon de Sastre», que 
como se ve es un manuscrito de indiscutible mérito y 
cuya publicación íntegra, acompañada de algunos comen- 
tarios ó notas, sería un verdadero servicio prestado á la 
historia nacional. Abrigo la esperanza de que la publica- 
ción completa se hará, pues á su actual poseedor le será 
agradable contribuir al conocimiento de la historia de su 
país y á dar lustre á la memoria de su ilustre compa- 
triota. 



bÉ LA UNIVERSIDAD 30? 

Este es un volumen de menor formato que el «^Caxon 

de Sastre:», compuesto por hojas de 0.29 por 0.20 eentí- 

v^i . ^ p ' ^ metros, encuadernado con tapas de 
Voluuieu Fernaadez y .• r i .o. 

j^ ^|. cartón forradas con pergamino. Su 

material, aparte de lo referente á las 
«Observaciones sobre Agricultura», en lo que es, como 
dejo dicho, aun más completo que la publicación del Ce- 
rrito y debe servir para la segunda edición, no tiene tanto 
valor histórico como el del «Caxon de Sastre >. Hasta la 
página 47 se encuentran documentos sobre cuestiones de 
límites entre España y Portugal, ya publicados en la «Bi- 
blioteca de El Comercio del Plata y^, después vienen las 
«Observaciones sobre Agricultura» con su prólogo, su- 
plemento é índices, sigue con la «Correspondencia en 
el pueblo de Minas-1813», en que se contiene la intere- 
sante crónica del Congreso de Maciel á que varias veces 
me he referido, y concluye con la ocupación de la Plaza de 
Montevideo por el general Artigas. 

Daniel García Acevedo. 



Plaza de la Constitución 



Buscando materiales para uaa página histórica de mayor 
importancia que la que va á leerse, hemos dado, sin pensarlo 
ni quererlo, con un manuscrito que viene á confirmar una 
vez más el axioma de Renán, en el que se asegura que la 
autoridad de todas las crónicas debe rechazarse ante la de 
una inscripción, de una medalla, de una charle, de una car- 
ta auténticas. 

Cronistas é historiadores, recopiladores y bibliófilos acep- 
tan, como si se tratara de algo que debe hallarse incorpora- 
do ya á la galería de los hechos indiscutibles, el que la 
principal de nuestras plazas —si no por su hermosura al 
menos por su antigüedad y por el simbolismo que encierran 
varios edificios de sus alrededores —lleva el nombre que 
hoy ostenta por haberee jurado en ella la Constitución de 
esta República. 

Muchos hechos en apariencia nimios tienen, á veces, en 
la historia una trascendencia capital, que á primera vrsta no 
se llega á discernir y que, sin embargo, ahondando más en 
los sucesos y compenetrándose de sus orígenes, resultan en- 
grandecidos por haber sido fuente de episodios impor- 
tantísimos y de principalísimos acontecimientos. Mas, 
aunque el documento inédito, con el cual distraeremos un 
tanto la atención del lector, no revista tal carácter por lo 
que de él pueda sacarse en limpio, bueno es hacerlo públi- 
co, sin mayores comentarios, suponiendo que lo que á él le 
falta se podrá subsanar con un poco de atención y criterio 
aún cuando es notorio que el historiador de las sociedades 



DE LA UNIVERSIDAD 309 

no debe dejar pasar hecho alguno sin dar su explicación 
correspondiente, cuidando siempre de no llenar, como lo 
advertía el historiógrafo dé la Revolución inglesa y de Gui- 
llermo in,los vacíos que halle con aditamentos de su propia 
cosecha. 

Lástima grande que el espacio falte tanto y que no haya 
tiempo siquiera para buscar, por todos los medios posibles, 
pruebas fehacientes que amplíen, en algo al menos, el laco- 
nismo que nos vemos precisados á utilizar en las presentes 
líneas. 

Pero, antes de retardar la publicación de un documento 
de mérito como el que se leerá en seguida, preferimos pre- 
sentarlo descarnado y todo, pues de esa manera viene á 
desvirtuar una muy generalizada creencia sobre el origen del 
nombre de nuestra Plaza de la Constitución, dos veces cé- 
lebre, como lo hemos hecho constar en otro escrito nuestro, 
por la consumación de hechos semejantes, y denominada 
así no por haberse jurado en ella el 18 de julio de 1830 
nuestra carta fundamental sino por haberse jurado la cons- 
titución española de 1812 según real orden del mismo año 

Puede leerse ahora el documento de la referencia textual- 
mente reproducido del original: 

(Recibido en Montevideo). 

« Tengo el gusto de remitir á V. E. el adjunto decreto 
que se nos ha repartido á los Diputados á las Cortes, rela- 
tivo á que la Plaza principal de todos los pueblos en que se 
halla publicado la Constitución sea denominada en adelante 
Plaza de la Constitución, expresándose así en una lápida 
erigida en la misma al indicado objeto, debiéndome persua- 
dir que aún cuando se comunique en este buque otra Real 
orden deberá producir todo su efecto por correr en papeles 
públicos. » 

D.» g.^« á V. S. m» a». 

Cádiz, 26 de agosto de 1812. 

Baf} B. Zufriategui. 



310 REVISTA HISTÓRICA 

No puede caber la menor duda de que dada la posición 
y pequenez de la ciudad de Montevideo en los comienzos 
del pasado siglo, y dados los lugares que ocupan hoy las 
plazas de la Independencia, Cagancha y Zabala, por no ci-* 
tar más, la susodicha plaza principcU no pudo ser otra que 
la actual de la Constitución, vulgo de la Matriz. 

Como acaba de verse, poco ó nada original existe en el 
trabajo precedente, y más ha sido labor de copista que de 
afícioLado á escribir sobre temas históricos, la que hemos 
hecho. 

Sin embargo, aunque modestísimo, hemos creído aportar 
nuestro contingente á la obra patriótica y de esfuerzo que 
piensan realizar los redactores de la Revista Histórica. 

Por eso, y sólo por eso, nos atrevemos á poner nuestra 
firma al pie de estos cortos renglones. 

Hugo D. Barbagelata. 



1 



Bibliografía 



Historia Constitacional de Teneznela, por Josc 
Oil Fortonl 



El distinguido escritor señor José Gil Fortoul, Presi- 
dente de la delegación venezolana en la conferencia de la 
Haya, y encargado de negocios de su país en Alemania, ha 
tenido la amabilidad de obsequiarnos con un ejemplar de 
su notable obra titulada ^Historia Co,tistitucional de Ve- 
nezuela». 

La obra está dedicada: «Al general Cipriano Castro,Res- 
taurador de Venezuela, Presidente de la República 2». 

Explicando el concepto de la histora que le ha servido 
de guía, dice Gil Fortoul en el prefacio del tomo primero: 
«Aún los entendimientos más sagaces se han dejado fascir 
nar por la tragedia de las revoluciones y discordias civiles, 
en la que abundan acciones heroicas, enredos intrincados 
y pavorosas catástrofes, y ello hasta desdeñar las otras 
manifestaciones de la existencia nacional. El más ilustre 
de los historiadores patrios, ilustre por la belleza clásica de 
su estilo, no vaciló en estampar esta máxima: « los traba- 
« jos de la paz no dan materia á la historia; cesa el interés 
« que ésta inspira cuando no puede referir grandes críme- 
« nes, sangrientas batallas ó calamitosos sucesos ^, (i) No. 



^(1) Baralt.— Resumen de la Historia de Venezuela, tomo III, 
pag. 131— Edición de 1887. 



312 REVISTA HISTÉRICA 

Yo buscaré inspiración en otras fuentes y caminaré por 
otra senda. Me fijaré más en las obras de la inteligen- 
cia y en los trabajos de la paz. En medio de los innu- 
merables combates hubo siempre hombres que pensasen, 
escribiesen, hablasen y legislasen, y una parte del pueblo 
cultivó los campos, abrió caminos, trasportó y exportó pro- 
ductos, conservó, en suma, los elementos constitutivos de 
la patria». 

Más adelante hace conocer el autor, con las siguientes 
palabras, el plan de su obra: «El título de esta obra indi- 
ca ya que no se trata de escribir una historia completa. 
Propóuese su autor un fin especial, y diferente del que 
han pers^uido hasta ahora los historiadores nacionales. 
Dará lugar muy amplio al examen de las leyes fundamen- 
tales, porque resumen en cada período, ora el sistema con 
que una raza conquistadora domina y pretende civilizar 
á otra raza relativamente i/iferior, como sucedió en los 
tiempos de la Colonia, ó bien, como en las distintas épocas 
de la República, ora el concepto gubernativo de la oligar- 
quía reinante, en ocasiones la aspiración popular, ora la 
voluntad soberana de los caudillos autocráticos; de suerte 
que, aún violadas con frecuencia y aún no practicadas en 
su integridad, tienen siempre esas leyes una importancia 
capital, supuesto que reflejan el verdadero estado de un 
pueblo ó el criterio de quienes lo dirigen, mucho más 
cuando ^e consideran conjuntamente el estado social y la 
forma de su constitución, cual si fuesen un organismo en 
perpetuo movimiento y desarrollo». 

El tomo que acaba de publicar Gil Fortoul está divi- 
dido en tres liBros: el primero trata de La Colonia, el 
segundo de La Indepevidencia y el tercero de La Gran 
Colombia. El estudio de La Colonia comprende los si- 
guientes capítulos: Capítulo I: Los conquistadores; Capítu- 
lo II: Los indios; Capítulo III: Negros, pardos y blancos; 
Capítulo IV: Organización del gobierno; Capítulo V: Ré- 
gimen económico; Capítulo VI: Evolución intelectual, y 
Capítulo VII: Los precursores de la independencia, 



DE LA UNIVERSIDAD 313 

El libro II comprende los siguientes capítulos: Capítu- 
lo I: Revolución de 1810; Capítulo II: Independencia 
absoluta; Capítulo III: Constitución federal de 1811; Ca- 
pítulo IV: Constituciones provinciales de Mérida, Trujillo 
y Caracas; Capítulo V: Desastre de 1812; Capítulo VI: 
La juventud de Bolívar; Capítulo VII: La guerra á muer- 
te; Capítulo Vni: Expediciones y disidencias; Capítulo IX: 
De Angostura á Bogotá, y Capítulo X: De Boyacá á Ca- 
rabobo. 

El libro III comprende los siguientes capítulos: Capítu- 
lo I: Constitución y leyes de 1821; Capítulo II: Bolívar 
y el ejército de Colombia; Capítulo III: Las leyes y los 
hombres; Capítulo IV: Relaciones Exl^iríores; Capítulo V: 
Venezuela en la Unión Colombiana; Capítulo VI: Dicta- 
dura y anarquía; Capítulo Vil: ¿Monarquía ó República?; 
Capítulo VIII: Federación ó separación, y Capítulo IX: 
Disolución de Colombia. 

Trae además la obra un apéndice que contiene el estu- 
dio de estas interesantes cuestiones: El nombre de Amé- 
rica y el de Venezuela; Proyectos Constitucionales 
de Miranda; Acta de Independencia y el Poder Mo- 
ral propuesto por Bolívar en Angostura. 

Como se ve por los títulos que hemos transcripto, el li- 
bro que acaba de publicar Gil Fortoul no puede ser más 
interesante. 

Su estilo es claro y preciso y su argumentación lógica y 
de una convicción irresistible. Además la cantidad de datos 
que trae el libro hacen de él una obra necesaria para el 
estudio de la historia de un período de la vida de Améri- 
ca, lleno de fulgores y de sombras como esos que han ca- 
racterizado siempre en los horizontes de la humanidad el 
surgimiento de nuevos pueblos y nacionalidades. 

Los juicios históricos de Gil Fortoul tienen el vuelo de 
las altas deducciones sociológicas. 

Para demostrar este aserto recordaremos que después 
de citar elocuentemente el autor, en el primer capítulo de 
su obra, las causas de la decadencia española en los siglos 



314 REVISTA HISTÓRICA 

XVn y XVni, dice cod razón que España dio á América 
lo único que podía darle: primero, conquistadores; luego le- 
yes que resultaron ineficaces por la ignorancia, aberracio- 
nes y fatalidad de los tiempos, y por último gobernantes, 
corrompidos los unos y apegados los más, é procedimien- 
tos rutinarios. En el último capítulo de su obra, describe 
Gil Fortoul los postreros días del libertador Bolívar en San- 
ta Marta. Llena el alma de la amargura que hacen brotar 
las grandes injusticias, el triste ocaso de aquel Sol de la 
gloria, que iluminó con sus radiantes resplandores los cam- 
pos de batalla de medio continente. Sus últimas pala- 
bras formulando votos por la felicidad de la patria y mani- 
festando que bajaría tranquilo al sepulcro, si su muerta 
contribuyera á que cesaran loa partidos y á que se consoli- 
dase la unión, resuenan en la posteridad como la mejor 
apoteosis del Libertador. 

Gil Fortoul formula su juicio sobre Bolívar diciendo 
que fué un genio sí, pero como todos los genios, alma 
compuesta de impulsos nobles y egoístas, apóstol y con- 
quistador, libertador y autócrata. 

Estamos de completo acuerdo con este juicio. 

Termina el autor el prefacio de su libro manifestando 
que si al final de su larga tarea, no fuese capaz de com- 
prender todo el pasado de su patria en una síntesis lumino- 
sa, acaso habría siquiera presentado una guía impardal 
para el más exacto estudio de la evolución venezolana. 

La lectura del libro que acaba de publicar Gil Fortoul, 
demuestra acabadamente que la obra que ha emprendido, 
será mucho más que una guía imparcial para el estudio de 
los anales de Venezuela: será la síntesis admirable de la 
evolución de aquel pueblo heroico, á quien para vivir por 
siempre en la historia, le bastaría con la sola gloria de ha- 
ber sidq la cuna del Libei-tador. 

José Salgado. 



DE LA UNIVERSIDAD 315 

El libro del pequeño etndadano se intitula el volu- 
men excelente y útil — histórico- político-económico — da- 
do á luz por el doctor Eduardo Acevedo, que durante mu- 
chos años honró al país en la Universidad desempeñando 
la Rectoría, ó haciéndose escuchar por los estudiantes. Pro- 
fesor y profesional, ha reflejado en este nuevo esfuerzo in- 
telectual, el espíritu distinguido que le alienta y que es 
prenda hereditaria. El libro es una contribución, técnica y 
cívica, en doscientas páginas vigorosamente escritas, al 
progreso político y social que espera la patria. En toda su 
contextura se ve la forma didáctica que corresponde á su fin. 

El doctor Acevedo ha vencido las tres dificultades se- 
rias que existen en estos libros de enseñanza, que señala el 
genial doctor López en sn «Compendio de Historia Ar- 
gentina* adaptado á los colegios de su país: que sean bre- 
ves, sustancia Imente completos ó abundantes, y que estén 
escritos con la debida animación para que mantengan el in- 
terés y un fuerte enlace entre suceso y suceso. 

Merece este libro un detenido estudio crítico en vez del 
juicio sintético que ahora podemos dedicarle. Eistá com- 
puesto de cuatro partes : historia de la República, Consti- 
tución y leyes electorales, economía política, derecho usual. 
De la lectura de ellas queda mucha enseñanza. 

Los capítulos de la primera parte difunden información 
sobre los aborígenes de esta tierra, con cuadros abundan- 
tes en matices; instruyen en el sistema político y adminis- 
trativo sustentado por la codicia de la metrópoli; dan no- 
ticias bien orientadas de las benéficas invasiones inglesas y 
nociones claras del estado social del Río de la Plata an- 
tes^ de la' revolución de 1810. La cooperación de la Pro- 
vincia Oriental á la gran revolución americana, la resis- 
tencia valerosa de sus originarios contra la invasión por- 
tuguesa y la campaña triunfal de 182,o, están expuestas 
hasta con hechos menudos. 

No estamos de acuerdo con algunos detalles, tal vez por- 
que miramos las cosas del pasado de diversos puntos de 
vista, y podemos apuntar alguna omisión sensible; pero 



31 fi REVISTA HISTÓRICA 

estas di^dencias no alteran el concepto que el libro nos 
merece. 

La interpretación de la G)nstitución está trazada con 
tanta precisión, que es un buen aporte á la escuela que ha 
de dar fórmulas á los ciudadanos del porvenir, de los que 
muchos llegarán á tener en sus manos la dirección moral 
del pueblo. 

Libros como éste preparan para caminar la vida; infil- 
tran en las clases deberes cuyo cumplimiento contribuirá á 
destruir las causas hondas, sociales y políticas que siente la 
Nación. Con instinto práctico, sin que nada falte, el libro 
da el conocimiento de las distintas industrias que en nues- 
tro campo, con aptitudes, desarrollan la prosperidad ge- 
neral. 

Los capítulos dedicados á los principios de economía po- 
lítica, á los que rigen el trabajo, el capital, la moneda y á 
los agentes naturales, están escritos de manera útil al co- 
l^ial y ala masa, así como los capítulos consagrados á los 
medios financieros adaptados para la República, se apartan 
del común. 

El libro revela á la par de las levantadas aspiraciones 
del ilustrado autor, su versación en las ciencias políticas y 
sociales, y singularmente en las condiciones económicas del 
país. Los anhelosos dé producción ilustrada lo han reci- 
bido con placer. 

* 

En los talleres de < El Siglo Ilustrado» se trabaja otro 
volumen del mismo distinguido ciudadano. Este libro 
contendrá el acervo científico, literario y político del 
sapiente autor del Código de Comercio Argentino y se- 
sudo redactor de «La Constitución» (1853), doctor Elduar- 
do Acevedo, que tuvo resonancia en el Río de la Plata 
(1844-1863). Resalta la utilidad que puede reportarse 
de libros como este; harán pronunciar de uno al otro 
límite de la República los apellidos de loB- hombres 



bE LA UNIVERSIDAD $1? 

que estuvieron á la cabeza del progreso del país, ó que 
se conozca nuestro pasado literario y científico tan bri- 
llante como el de la sección 8ud- Americana más adelan- 
tada- Vélez Sarsfield, Tejedor, José María Moreno, argen- 
tinos; Varas, Tocornal, los Montt^ chilenos; Octaviano, Te- 
xeira de Freitas, Tobias Barreto, brasileños, por ejemplo, 
no fueron más sabios jurisconsultos que Acevedo, Narvajas, 
Rodríguez Caballero, Requena, Velazco, Alejandro Maga- 
riños Cervantes, Pedro Bustamante, G. Pérez Gomar. 

La lectura retrospectiva de la prensa oriental infunde 
orgullo cívico. Mucho se aprovecha de «La Constitución» 
(1858), 4:El Níicionab (1836-1846), «El Orden» ^1853), 
<E1 Pueblo» (1860), «El Siglo» (1863 y siguientes), 
redactados por Eduardo Acevedo, Andrés Lamas, Juan 
Carlos Gómez, Mateo Magariños Cervantes y José 
Pedro Ramírez. EJste grupo sabía exprimir el jugo de 
las cosas principales y habría recibido aplausos en las ba- 
tallas homéricas libradas por el periodismo político contra 
Carlos X y Luis Felipe. 

La mayor parte de las cuestiones que hoy aparecen 
nuevas á nuestro país, fueron afrontadas en la prensa de 
muchos años atrás, con la erudición que permitía hablar 
de todo y en la forma fecundizadora con que se podía de- 
safiar las comparaciones con los que han honrado la pren- 
sa europea. A ellos debemos actos de reparación y de justi- 
cia. Muestras de respeto y gratitud serían las publicaciones 
oficiales de sus obras que, por otra parte, serían propicias. 
Eistaraos con García Meroú: « Hoy que la prosperidad nos 
sonríe y la fortuna gozosa llama á nuestras puertas, es más 
necesario que nunca hacer que el nombre de nuestras glorias 
no se pierda en el tumulto de las transacciones de una in- 
mensa factoría. » 

El doctor Acevedo tenía, según hemos leído, una suma 
de energía proporcionada á las dificultades; pero como á 
otros ilustres, le faltó, tal vez, la flexibilidad de carácter que 
allana el camino. Algunos de los primeros de aquella ge- 
neración intensa amaban más los fueros de la independencia 



318 REVISTA HISTÓRICA 

que los placeres del éxito, y de ahí que no se resignaban á 
buscar rodeos dentro de sus respectivas agrupaciones políti- 
cas para ll^r al fín. 

Vidente el doctor Acevedo de la grandeza del país, es- 
cribió en una memoria ministerial (1861): « estos países 
están tan maravillosamente dotados, que no es indispensa- 
ble para ellos tener buenos gobiernos. Aún con los malos, 
prosperan siempre que haya tranquilidad y que no se pon- 
gan obstáculos á la prosperidad, ya que no se les den faci- 
lidades.:» 

Del volumen que se imprime se podrá extraer mucha 
enseñanza. Acaso el doctor Eduardo Acevedo, hijo del civi- 
lista cuya labor intelectual abarca este volumen, prepara 
nuevos libros. Bien venidos sean. 

* 

Puede el señor Orestes Araújo lisonjearse por haber 
ofrecido al país el segundo tomo de Historia compendia- 
da de la civilización nrngnaya. Esta entr^a, verda- 
dera reviviscencia, es tan ilustrativa y amena como laque la 
precedió, y está igualmente adornada con retratos y repro- 
ducciones en esmerados fotograbados. Difícil es enterar ni 
sumariamente de los extremos que abraza el pensamiento 
del autor, por ser muy extenso y variado el material históri- 
co que ha entrado en las setecientas páginas. 

En los dos tomos de Historia compendiada de la ci- 
vilización uruguaya se ha procurado pon claridad de en- 
tendimiento y elevado propósito, la restauración de los más 
remotos tiempos del país, — las costumbres y la creencias de 
sus primeros habitantes, su demografía, los hábitos y los 
medios de huj sucesiones sociales, la evolución de las ideas, 
las facciones de las épocas, el progreso material. 

El meritorio educacionista y constante pr^onero del pa- 
sado oriental, cuya colaboración en la Revista Histórica 
DE LA UNiVEEtSíDAD se manifiesta en este número con M 
edificio y el menaje de los primitivos Cabildos, ha im- 



DÉ La universidad 319 

preso ia obra á toda costa. Las producciones del señor 
Araújo muestran preparación poco común en ios asuntos 
á que dedica sus distinguidas facultades intelectivas que, 
por cierto, han hecho familiar su nombre en la República. 

Estimulado por los elogios que mereció el primer tomo 
de la Historia del Correo del Uragnay^el bien dotado 
y laborioso don Isidoro E. De-María ha publicado, como 
quien cumple un deber, el segundo que comprende de 1866 
á 1877. Son trescientas páginas de material serio sobre la 
repartición administrativa en que tuvo ingerencia personal. 
Todo el camino andado en esos años por la complicada ins- 
titución ha sido descripto pacientemente y con escrupulosi- 
dad y acierto. Don Isidoro E. De- María está preparado para 
la labor intelectual como todos los hijos del inolvidable 
autor de <^ Montevideo Antiguo», que pasó la vida entre la 
enseñanza y el estudio de la tradición. 

Conocíamos sobre el correo voluminosos conjuntos de 
guarismos á fuer de memorias oficiales y una elegante mo- 
nografía del idóneo Ramón de Santiago, cuyo fallecimien- 
to debió cubrir de duelo á los amantes de la literatura, in- 
corporada al Álbum de la República para la exposición 
continental de Buenos Aires de 1882. 

En el s^undo tomo de la Historia del Correo, como en 
el pr¡mero,ha evidenciado su autor aptitudes para investigar 
y exponer hasta no dejar lugar á discrepancias. Es cabal la 
información del conflicto diplomático suscitado por el Mi- 
nistro Julio Herrera y Obes en 1872, por abusos que con- 
sistían en que la correspondencia, desde 1853, se despachaba 
directamente y sin franqueo por el Consulado Inglés. En 
la solución de este conflicto, favorable al país, intervinieron 
el Ministro Loord Grandville y el doctor Pérez Gomar á 
la sazón agente diplomático en Inglaterra (1873). 

No es aventurado suponer que para obreros como don 
Isidoro E. De-María y don Orestes Araújo, receptivos y 
sagaces, escribió el fecundo Pablo Groussac: «abajo del gru- 
po privil^ado de los pensadores originales, que sintetizan 
los hechos particulares en grandes leyes filosóficas, pintan 



^áO REVISTA BISTÓbICÁ 

el cuadro de una evolución social ó imprimen dirección á 
un arte ó una ciencia, debemos conservar aprecio y agrade- 
cimiento por los infatigables investigadores de datos y do- 
cumentos, que consagran su vida al establecimiento minu- 
cioso de la verdad, preparando así con su labor, la obra de 
Jos primeros». 

L. C. 



Advertencias 



La falta de espacio nos ha impedido publicar documen- 
tos históricos de interés. Serán insertados en los números 
siguientea 



Si los directores de Revistas nacionales ó extranjeras 
quieren establecer el canje, se servirán comunicarlo á la 
Administración. 



I 



'* 



REVISTA HIST(5RICA DE LA UNIVERSIDAD 



AÑO I. ABRIL DE 1908. K» 2 



REVISTA HISTÓRICA 



DE LA 



UNIVERSIDAD 



Periódico trimestral publicado por la Universidad 



r>iRiB:ccior>r': 

Carlos María de Pena, Manuel Herrero y Eiplnosa, Juan Zo« 
rllla de San Martin, José Enrique Rodó, Francisco J. Ros, Lo- 
renzo Barbagelata, Daniel García Acevedo, Carlos Oneto y 
Vlana, Orestes Araújo, José Pedro Várela, José Salg^ado. 

I3ireooión internn: 
Luis Carvc 



MONTKVIDEO 

Imprenta •El Siglo Ilustrado», de Marino y Caballero 

23 — CAf.T.K 18 DE JITLIO — 28 

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El Uruguay independiente 



Los dócil meatos históricos y los mismos ucoatecimien- 
tos políticos y militares á que se refieren, compruebau 
acabadamente este hecho: los hijos de la Banda Oriental 
del Uruguay aspiraron siempre, desde la revolución contra 
el coloniaje, á formar un país independiente. Parece inútil 
detenerse á justificar esta afirmación, ante los hechos que 
la abonan. Los mismos negociadores de 1828, generales 
Guido y Balcarce, inculcaron frecuentemente en el conven- 
cimiento que abrigaban á ese respecto. Según esas manifes- 
taciones, desde Artigas hasta aquella fecha, los orientales 
no buscaron ni anhelaron realmente otra solución que la 
que se arbitró por medio de la convención celebrada entre 
el gobierno de la República de las Provincias Unidas del 
Río de la Plata y el emperador del Brasil; esto es, la 
independencia. 

El Uruguay celebra en el 25 de agosto de 1825 el ani- 
versario de la independencia nacional. Ella fué declarada, 
en efecto, ese día, por la Asamblea de la Florida, después 
de los triunfos adquiridos por sus armas en la campaña 
iniciada por aquellos treinta y tres patriotas que se em- 
barcaron cland^stinameate en Buenos Aires y descendie- 
ron en las playas de la Agraciada, el 19 de abril, jurando 
allí triunfar ó sucumbir en la demanda. 

Importa sacar á luz, una vez más, el texto de aquel me- 
morable documento: «La Sala de Representantes de la 
Provincia Oriental del Río de la Plata, en uso de la sobera- 
nía ordinaria y extraordinaria que legalmente inviste, para 



322 REVISTA HÍSTí^RICA 

constituir Ja existencia política de los pueblos que la com- 
ponen, satisfaciendo el constante, universal y decidido voto 
de sus repiesentantes, etc., declara írritos, nulos, disueltos 
y de ningún valor para siempre, todos los actos de incor- 
poración, reconocimiento, aclamaciones y juramentos arran- 
cados por los poderes del Portugal y el Brasil . . . desde el 
año de 1817 hasta el presente de 1825. Reasumiendo la 
Provincia Oriental la plenitud de los derechos, libertades 
y prerrogativas inherentes á los demás pueblos de la tierra, 
se declara de hecho y de derecho libre é independiente del 
rey de Portugal, del emperador del Brasil, y de cualquiera 
otro del Universo, y con amplio y pleno poder para darse 
las formas que en uso y ejercicio de su soberanía estime 
convenientes». 

Hecha esa declaración, la misma Sala de Representan- 
tes, por acto separado, invocando y aplicando la soberanía 
ordinaria y extraordinaria de que se creía investida, decla- 
ró que su voto general, constante, solemne y decidido, era 
y debía ser por la unión con las demás provincias argenti- 
nas á que siempre perteneció por los vínculos más sagrados. 
En su virtud, quedaba la Provincia Oriental del Río de la 
Plata, unida á las demás de este nombre en el territorio de 
Sud América, por ser la libre y espontánea voluntad de 
los pueblos que la componen, manifestada en testimonios 
irrefragables y esfuerzos heroicos desde el primer período de 
la regeneración política de las Provincias. 

Cuando un pueblo ha conquistado su independencia y la 
ha proclamado ante el mundo, ese hecho, expresión de su 
voluntad soberana, podrá quedar por más ó menos tiempo 
en suspenso, en razón de las transacciones á que lo obligaran 
los sucesos; pero, cuando tras esas vicisitudes, se vuelve en 
definitiva hacia su primera declaración, y fija sus destinos 
de acuerdo con ella, es natural que haga retrogradar á aquel 
punto de partida la fecha inicial de su independencia ó el 
principio de su existencia política. 

No puede decirse que por el hecho de haberse ligado á 
los argentinos, en 1825, los uruguayos hubiesen renunciado 



EL URUGUAY INDEt^ElíDÍENTE 32B 

á SU independencia. La asociación de los «stados suscita 
numerosas é importantes cuestiones. Ellos pueden unirse 
de diferentes maneras, sea por una liga personal 6 real, 
bajo el mismo soberano, sea por incorporación ó por pacto 
íederal; pueden constituir una federación ó un estado com- 
puesto. Sus condiciones internacionales, serán muy dife- 
rentes en esas diversas hipótesis. La historia ofrece ejem- 
plos de uniones y confederaciones de pueblos, que han 
salvado individualmente, expresa ó implícitamente, su 
soberanía exterior. 

Para determinar si los estados que se unen conservan ó 
no su soberanía individual y las relaciones internacionales á 
ella inherentes, es necesario examinar las condiciones gene- 
rales que sirven de base á la unión contraída. Si se hubiese 
creado definitivamente un nuevo poder central nacional, 
un estado nuevo, del cual hubiese sido sólo un elemento 
constitutivo^ el Uruguay hubiera perdido su soberanía 
individual exterior. 

La unión personal de estados diferentes bajo un mismo 
soberano, no implica la extinción de la soberanía individual 
de los estados que lo han formado, siempre que esos esta- 
dos hayan realizado la unión bajo la base de una igualdad 
completa de derechos. En las mismas condiciones la unión 
real arrastra consecuencias idénticas. ^ 

Es oportuno recordar un antecedente que fija, á este 
respecto, las tendencias y aspiraciones de los uruguayos. Ya 
que no pudiesen ser enteramente independien tes, y sobera- 
nos, sólo querían hacer á la unión concesiones qiM.:jdejasen 
á salvo su más completa autonomía. Queremos referimos 
á las Iu$ítíritq<»Qnes que dio Artigas delante de Montevideo, 
el li) de^atirilíde 1813, á los representantes del pueblo 
oriental en la Asamblea Constituyente reunida en Buenos 
Aires. Ellos debían abogar por que las colonias fuesen 
desligadas de toda obligación de fidelidad á la corona de 



i En la obra ae Calvo, Droit International (§ 45), pueden verse 
ejemplos y refrrencins interesantes á este respecto. 



324 REVISTA HISTÓRICA 

España y se declarase su independencia absoluta. Se les 
prohibía admitir otro sistema que el de la Confederación. 
La Provincia Oriental debía retener su soberanía, libertad 
é independencia, y todo poder, jurisdicción y derecho 
que no fuese delegado expresamente á las Provincias 
Unidas. Se daría su constitución territorial y tendría 
derecho á soncionar la general (artículos 1.^ 2.^ 11 y 16 
de dichas Instrucciones), 

Importa tomar nota del juicio del gobierno americano 
ante el cual gestionaba, en 1818, el agente de las Provin- 
cias Unidas; el reconocimiento de su independencia. El 
Ministro de Estado, John Quincy Adams, le decía: — «Usted 
ha pedido el reconocimiento del gobierno de Buenos Aires 
como supremo sobre las Provincias del Plata, ?y¿¿6n<rcw que 
Montevideo, la Banda Oriental y el Paraguay no sola- 
mente están poseídos por otros, sino bajo gobiernos que des- 
conocen toda dependencia de Buenos Aires, no menos que 
de España». ^ Llegaba desde entonces, hasta el gabinete 
de Washington, el eco de las aspiraciones que dividían á 
los pueblos del virreinato. 

La declaración por la cual se incorporaba el Uruguay á 
las Provincias Unidas del Río de la Plata, no importaba 
fatalmente el sacrificio de su soberanía, ni ésta era incom- 
patible con la influencia exterior á que pudiera quedar su- 
bordinado. Habría que tener siempre en cuenta la natura- 
leza del pacto, el grado de influencia ejercida por el superior, 
y la obediencia rendida por el inferior. Estos principios, 
abouado^or los publicistiis que tienen autoridad en la 
materia^ s^iafirman en el examen particular de los aéónte- 
cimíentosfde que era teatro el Río de la Plata. 

El'gobWno á que se incorporaba la Provincia Oriental, 
distaba mucho de tener un carácter definido,' y mucho más 
aún de su consolidación. No era un gobierno unitario: sis- 
tema que fué repudiado siempre por las Provincias. Tam- 



^ A. Palomequis: «Orígenes de la Diplomacia Argentina», tomo I, 
páff. 211. 



EL URUGUAY INDEPENDIENNE 325 

poco era federal, á semejanza de la Suiza, ó de los Estados 
Unidos de América, que, ante el exti'anjero, representan 
una entidad ó unidad absoluta. No era siquiera una confe- 
deración, sistema que deja á los estados cierta independen- 
cia y los atributos esenciales de la soberanía. Las Provin- 
cias Unidas estaban por constituirse: su forma de gobierno 
era precisamente el gran problema, la incógnita del fu- 
turo. ^ 

Las Provincias Unidas, apenas salidas del coloniaje, no 
representaban sino una amalgama de pueblos ó de poderes 



^ £s oportuno recordar que en el proyecto de .Constitución some- 
tido á la Asamblea Constituyente del Uruguay, se autorizaba al Pre- 
sidente de la República para iniciar y concluir, entre otros tratados, 
el de federación. Esa cláusula suscitó fundadas observaciones. El 
doctor EUauri, miembro caracterizado de la Asamblea, abonándola, 
dijo que podían sobrevenir circunstancias en que conviniera á' la Re- 
pública, por acto de espontánea voluntad, ligarse en esa forma á 
cualquier estado y encontrar su felicidad dentro de la federación. La 
proposición de Ellauri, como se comprende, no podía aparecer tan 
desprendida de los antecedentes á que estaba subordinada la Cons- 
titución. Es probable que tuviese en cuenta el hecho de haber sido 
rechazada!^ por los negociadores argentinos, en 1828, las cláusulas 
que limitaban las facultades de la provincia de Montevideo para 
darse nuevas formas de gobierno, entre las cuales figuraba su incor- 
poración á otro estado, por sumisión ó federación. Los negociadores 
argentinos creían también que el Uruguay era dueño de unirse á los 
argentinos, después de cinco años, si tal era su voluntad. Sin em- 
bargo, don Santiago Vázquez observó que esa cláusula estaba en 
oposición con los deberes de la Asamblea y con la situación general. 
Creía él también que después de haberse declarado que el país «es y 
será siempre libre é independiente»^ era contradictorio abrir el camino 
á un sistema diferente. Si la federación, por otra parte, pudiera lle- 
gar á ser algún día una solución posible, el pueblo se encargaría de 
allanar los obstáculos, reformando sus instituciones. La Asamblea su- 
primió el peligroso vocablo. El tratado complementario de la conven- 
ción preliminar de paz, vino á demostrar, treinta años después, que 
la República Oriental no podría confederarse con el Brasil ó la Con- 
federación Argentina sin aniquilar las garantías esenciales que esas 
naciones habían buscado en la creación de un estado intermedio, 
que les asegurase una frontera pacifica, amiga y neutra. 



326 REVISTA HISTÓRICA 

agrupados por las necesidades de una defensa coman. La 
misma Provincia Oriental no estuvo siquiera representada 
en la asamblea que se reunió en Tucuman en 18l(), y de- 
claró á las Provincias Unidas independientes de la Elspaña. 
Su adhesión se prestó por acta especial ese mismo afío. 
Los ensayos constitucionales, por otra parte, fueron cons- 
tantemente desgraciados, y sublevaron á veces el senti- 
miento autonómico de los pueblos, ó fracasaron al nacer. 
El mismo Congreso de 1825 declaró, al rectificar el pacto 
federal, que las Provincias Unidas debían regiree interior- 
mente por sus propias instituciones^ mientras se promul- 
gaba la Constitucióü y se reorganizaba el Estado. Quiere 
decir que, cuando la Banda Oriental se incorporó á las 
Provincias Unidas, éstas no tenían constitución, ni forma 
definitiva de gobierno. El Uruguay conservaba su propias 
instituciones, y se regía por ellas. 

Si una Ck)nstitución vino después, la de 1826, sabido es 
que, por sus tendencias unitarias, chocó con el sentimiento 
de las Provincias, precipitando nuevamente la disolución. 
Todavía en la misma Asamblea Constituyente de 18o3, un 
orador conspicuo opinó que sólo por una impropiedad de 
lenguaje había podido llamarse «unidas» alas Provincias, y 
hablarse de federación ó de repúbh'ca, siendo así que sólo 
habían existido «catorce pueblos, aislados, disconformes en 
todo, menos en hacerse la guerra sin misericordia y suici- 
darse sin repugnancia*. ^ 

Sea que tengamos en cuenta los principios abstractos ó 
las reglas universales de derecho; sea que tomemos sólo en 
consideración los antecedentes propios del sistema á que se 
incorporaba el Estado del Uruguay, y las consecuencias de 
ese acto; en cualquier caso, es permitido afirmar que, por el 
hecho de la segunda declaración de la Florida, ese Estado 
no enajenó su independencia ó su individualidad propia. Si 
un peligro lo amenazó, en ese sentido, tuvo él su origen en 
un pacto oprobioso á que nunca prestó su adhesión : pacto 

^ P¡8curso clel diputado por Santa Fe, doa Juan frapcis^ l^egui. 



EL URUGUAY INDEPENDIENTE 327 

repudiado felizmente ante la protesta viril del pueblo de 
Buenos Aires. 

Fuera de eso, habiendo sido impotente el gobierno de 
las Provincias Unidas para hacer prevalecer la segunda 
declaración de la Florida, el resultado final de la contienda 
dejaba en pie el primer voto de la asamblea uruguaya, se- 
gún lo reconocieron los tratados. 

De todo esto se desprende que la independencia uru- 
guaya es, no la obra vana de la diplomacia; no la crea- 
ción artificial y efímera de los gobiernos contratantes de 
1828, como algunos lo han pretendido, sino el resultado 
de una aspiración perseverante, de esfuerzos y sacrificios 
continuados, de tradiciones y de esperanzas patrióticas que 
han persistido á través de tres cuartos de siglo, en medio 
de las más crueles vicisitudes. 

Apresurémonos á decir que la independencia impone 
graves deberes, cuyo abandono arrastra á veces una 
sanción cruel. No puede desconocerse el buen espíritu que 
dictaba aquella cláusula de las instrucciones dadas á los 
negociadores de la paz, en 1828, indicando la conveniencia 
de someter al Uruguay á un ensayo de vida independiente. 
<:Si se demostrase su incapacidad para el gobierno propio; 
si envuelto en la guerra civil y en la anarquía, viniese á 
ser un peligro para los Estados limítrofes, cesaría de ser 
ii^dependiente; tendría qup. incorporarse á uno ú otro de 
los estados vecinos». — Esta cláusula, como una advertencia 
severa, debió recordarse siempre por los uruguayos, á la 
par de otras máximas saludables. Un pueblo que no con- 
centra y aplica todas sus voluntades y esfuerzos á la reali- 
zación de un ideal común, y que divide, dispersa y destruye 
sus fuerzas en luchas intestinas, será siempre débil, y 
correrá el peligro de ser víctima de la injusticia y de la 
fuerza. 

Nunca inspirarán suficiente respeto en el exterior los 
pueblos desgarrados por esas disensiones, impotentes para 
asegurar en su propio seno los beneficios de la paz y la 
civilización. 

Agustín de Vedia. 



I/a obra auténtica de Bernal Dia^ del Castillo 



Recorriendo ha poco en la ciudad de México un catálo- 
go de libros sobre historia americana, hubo de picar mi 
curiosidad el siguiente anuncio bibliográfico: 

« Historia verdadera de la conquista de la Nueva Es- 
« paña, por Bernal Díaz del Castillo, uno de sus conquis- 
« tadores. Única edición hecha s^un el Códice Autógrafo. 
« La publica Genaro Garcia. 

« Aunque traducida esta obra á todos los idiomas y no 
* obstante que se han hecho de ella más de veinte edicio- 
« nes, (agotadas hoy todas) no era conocida tal cual la es- 
« cribió el autor, porque la primera edición impresa en 
« 1632, sobre la cual están calcadas todas las ediciones 
« posteriores, quedó completamente adulterada por el odi- 
« tor, quien suprimió fohos enteros del original, interpoló 
« otros, falsificó los hechos, varió los nombres de personas 
« y lugares y modificó el estilo, movido ya por cí^piritu ro- 
<< ligioso, ó de falso patriotismo, ya por sus simpatías })or- 
<- sonales y pésimo gusto literario. 

^ Ahora bien; el señor Presidente de Guatemala *ol)se- 
« quió al señor Garcia una copia exacta y completa del au- 
« tógrafo, que se conserva allá, la cual ha scírvido para la 
« edición que anunciamos. 

« A pesar de que es conocida ya ventajosamente de todo 
« el mundo literario la Historia verdadera escrita por Ber- 
« nal Diaz del Castillo, queremos recordar aquí que Don 
<^ José Fernando Ramírez la llama «la joya más preciosa 
« déla Historia Mexicana»; Robertson ha dicho de ella 



LA OBRA AUTÉNTICA DE B. DÍAZ DEL CASTILLO 32Ó 

« que es «uno de los libros más curiosos que se pueden 
« leer en cualquier idioma»; Ingram Lockart, «cque com- 
« pite con cualquier obra de los tiempos modernos, sin ex- 
« ceptuar Don Quijote;» y el general Mitre la ha llamado 
« «producción única en la literatura universal, que eclipsa á 
« todas las crónicas históricas escritas antes ó después so- 
« bre el mismo asunto.» Hasta aquí la noticia bibliográ- 
fica. 

Destarando por mi parte el hiperbólico elogio de Loc- 
kart que acusa ignorancia del genio de Cervantes, y acep- 
tando únicamente el del general Mitre como juicioso y 
exacto, procuré dar una nueva lectura de Bernal en el ejem- 
plar auténtico, ya que el njío, dejado en Montevideo, des- 
pués de una primera y algo remota lectura, entraba en la 
lista de las ediciones adulteradas que se han venido calcan- 
do sobre la primera del fraile mercedario, Alonso Remón, 
como que es mi edición la contenida en el segundo tomo 
de los «Historiadores Primitivos de Indias^ en la «^Bi- 
blioteca de Autores Españoles» de Ribadeneira. 

La edición del sabio escritor don Genaro García, hecha 
según el Códice Autógrafo que existe en Guatemala, es 
esmerada y elegante, en dos volúmenes, con introducción 
erudita, biografía de Bernal Díaz del Castillo y dos apén- 
dices, el uno con un cuadro genealógico de la familia del 
mismo Bernal, y el otro con una tabla de variantes á dos 
columnas, para demostrar los graves cambios é interpola- 
ciones en que con toda mala fe incidió el primer editor 
Fi*ay Alonso Remóu, « Predicador y corouista general del 
^ Orden de nuestra señora de la Merced y Redempcion de 
« capdvos:^. 

El nuevo editor Genaro García por su parte, eu honor 
de la fidelidad del texto lo conserva tal cual fué escrito [X)r 
quien no tenía seguridad en el empleo de las letras, em- 
pleando sin criterio las mayúsculas ó minúsculas indistin- 
tamente. 

Efernal con modestia dice: «perdónenme sus mercedes 
« que no lose mejor dezirj>; pero no obstante esto, el editor 



,^.^0 REVISTA HISTÓRICA 

encuentra que, «su frasees todavia hoy fluida, interesante 

* y expresiva, á pesar del inmoderado uso de las oonjun- 
« ciones copulativas, de su pobreza de imágenes casi abso- 
« luta, sus palabras de ortografía variable, anticuadas é 
4L incorrectas, su puntuación semiarbitraria, sus concordan- 
« cias indebidas, sus extrañas contracciones y sus abrevia- 
« turas imprevistas. El tono dominante de su estilo está 
« determinado por una precisión concisa asociada graciosa- 

* mente á la mas perfecta naturalidad». 

Como pecados de Bernal apunta el señor García que 
« con la mira s^uraraente de desvanecer la inculpación de 
« crueldad que desde entonces se lanzó á los conquistado- 
« res, suele callar 6 atenuar algunos de sus mas inicuos 
« atentados, como la matanza de Cholula, y falsear otros 
« radicalmente». 

Existen en la actualidad en Guatemala los descendientei 
de Bernal; alguno he tenido ocasión de conocer y tratar, 
y á todos ellos debe ser agradable que de su ascendiente 
y tronco de la familia reconozca el señor García las 
condiciones morales que lo adornaban y exhibe en estos 
términos: «Bernal obedece, por lo común, á un doble es- 
« píritu de verdad y de justicia; no encubre que los caste- 

< llanos vinieron acá incitados por la ambición del oro, ni 

< el carácter vandálico de sus correrías, ni el tnito inhuma- 
re no que daban á los indios ya sometidos; no oculta la 
« avanzada cultura de la Gran Tenochtitlan, que en tal 
<^ cual punto juzga superior á la de España, ni el patrio- 
« tismo heroico y resistencia sin igual de los mexica; tam- 
« poco tiene empacho para censurar á Cortés ni para ad - 
« mirar al mismo tiempo á Cuauhtémve. 

« Bernal, pues, se adelantó mucho á su época. » 
Una ligera revista de la obra del bravo aventurero, dará 
idea más ó menos aproximada de su fisonomía moral y del 
alcance de su libro, para evidenciar las atrocidades innece- 
sarias de la conquista y juzgar de la benevolencia con que 
pueda ser tratada, al cabo de cuatrocientos años, la turba de 
desaforados que con Hernán Cortés á la cabecea dio cuepta 
del imperio de Moctezuma, 



LX OBRA AUTÉNTICA DE B. DÍAZ DEL CASTILLO 331 

Berual empieza su libro con uno á modo de prefncio, en 
que si bien desconfía de sus fuerzas, pues dice que «fuera 
^ menester otra Elocuencia y rretorica mejor que no la 
< mia», promete sin embargo que lo que vio lo escribirá 
« con el avúda de dios muy llanamente, sin torcer ni á una 
« parte ni á otra ». 

EiSto decía Bernal á los ochenta y cuatro años pasados 
de edad, que no le liaban livianos, porque según su irre- 
cusable testimonio en este punto, ya había perdido «la vis- 
^ ta y El oyr», lo cual haría sospechar de su obra si en esas 
condiciones físicas la hubiese comenzado á escribir tan 
tarde; pero resulta que la empezó á los setenta años, cuan- 
do aún no estaba tan descalabrado y maltrecho y fué solo 
el breve prefacio de lo que se ocupara en época en que la 
vista y el oído le faltaban. 

No atribuía él á calaveradas juveniles el lamentable es- 
tado en que á su vejez se encontraba, luego que dice de 
sus primeros años: «siempre fúí adelante y no me quedé 
« regagado. En los much(>8 vicios que avia en la ysla de 
« Cuba según mas claro verdn En esta rrelacion desde el 
« año de quinientos y catorze que vine de Castilla y co- 
« menee á melitar en lo de tierra firme y á descubrir lo de 
« yucatan y nueba españa. > 

Y así como del arr(^lo de su conducta blasona no deja 
tampoco en el tintero ocasión de recordar sus hazañas y 
hechos personales dignos de mención, empezando por sa- 
near sus antecedentes railitnres en estos términos: «soy el 
« mas antiguo descubridor y conquistador que á ávido ni 
« ay en la nueba españn i)uesto que muchos soldados pasa- 
« ron dos veces á descubrir la una con joan de grijalva, ya 
« por mi memorado y otra con el vallerosohernando cortes, 
« mas no todas tres veces arreo, porq si vino al principio 
« con fran?*" hernandez de cardona, no vino la s^unda con 
« grijalva, ni la tercera con el esforzado cortes, y Dios ha 
« sido servido de me guardar de muchos peligros de 
« muerte. » 

\ así como poqe ?u claro (][ue for(nó parte de \w do^ 



332 REVISTA HISTÓRICA 

expediciones que precedieron la de Cortés, y que á éste 
también acompañó en la tercera, de igual modo se muestra 
celoso de su superioridad sobre los historiógrafos que fue- 
ron sus antecesores en relatar los sucesos de que él se 
ocupa como testigo presencial. 

La emprende con Gomara y con Illescas, á quienes 
acusa de escribir falsedades, y del primero llega á más, 
pues dice: « parece q El gomara fué aficionado á hablar 
« tan loablemente del baleroso cortés, y tenemos por cierto 
« que le untaran las manos, pues que á su hijo el marqz 
« que agora es, le Eligió su coronica, teniendo á nro rrey y 
« señor que con dr° se le avia de Elegir y Encomendar y 
« avian de mandar borrar ks señores del rreal consejo de 
« yndias, los borrones q en sus libros van escriptos. » 

Pero no es esta adulación del historiador Gomam lo que 
más indigna á Bernal, para quien « la verdad es cosa ben- 
« dita y sagrada y q todo lo q contra Ello dixeren va mal- 
« dito. » Es el falseamiento de los hechos, lo que lo desa- 
zona en los pretensos cronistas y le hace perder la pa- 
ciencia, y exclamar: <v si todo lo que escriben de otras yyto- 
« rias va como la de la nueba españa, yra todo herrado, y 
« lo bueno es que Enyal^an á unos capitanes y abaxan á 
« otros y los que no se hallaron en las conquistas dizen 
'. que fueron en Ellas, y también dizen muchas cosas y de 
« tal calidad y por ser tantas y En todo no aciertan no lo 
« declararé, pues otra cosa peor dizen, q cortes mandó se- 
« cretamente barrenar los nauios, no es ansí, porq por cón- 
« sejo de todos los más soldados y mió mandó dar con 
« Ellos al travez, á ojos vistos, para que nos ayudasen la 
« gente de la mar q En ellos esta van á velar y á guerrear y 
« En todo escriven muy vicioso y para que yó meto tanto 
« la pluma en contar cada cosa por sí, q es gastar papel y 
« tinta, yo mal lo digo, puesto que no Ueue buen estilo. ^ 

Es posible que la crítica juzgue que el párrafo preceden- 
te si no el más importante del hbro de Bernal, tiene por lo 
menos la virtud de destruir una leyenda, restableciendo la 
verdad de un hecho adulterado por los primeros histo- 



La obra AÜTÉNTrCA DE B. DÍAZ DEL CASTILLO ÉSÚ 

piadores de la coaquista, para poaer á Cortés por los cuer- 
nos de la Luna como varóti insigne que tiene en su haber 
de soldado una de las resoluciones más heroicas que se re- 
gistran en la vida de los grandes hombres. 

Las naves de Cortés destruidas, han tentado la musa 
épica de muchos poetas que como Moratín vieron en Her- 
nán Cortés un personaje de Homero; y á la literatura del 
vulgo ha llegado la frase «quemar las naves > para sinteti- 
zar todo movimiento de voluntad imperioso y trascendente. 

¡Y todo sin embargo es pura leyenda! La quema de las 
naves no revistió carácter ninguno de heroicidad; fué una 
simple medida de administración militar, y ni siquiera tu- 
vo origen en una inspiración personal de Hernán Cortés! 

Todo queda reducido á que, de no destruir las naves, se 
hubieran inutilizado los marineros que quedasen cuidán- 
dolas, y el destacamento destinado á defenderlas de un 
ataque de los indígenas. Abastecerhis era además difícil en 
un país sublevado que habría perseguido á los que bajasen 
á tierra en procura de vituallas y otros menesteres. 

Era lógico, pues, que el ejército diese á Cortés el con- 
sejo de quemar las naves para con sus tripulantes aumentar 
el personal del elemento de fuerza; y era natural' que Cor- 
tés aceptase una advertencia tan puesta en razón. 

Bernal en su estilo sobrio de soldado, destruye una le- 
yenda de siglos y á través de sus palabras la verdad res- 
plandece como un astro cuyo brillo nadie puede desconocer. 

La razón línica de barrenar las naves, práctica y pro- 
saica sin ribetes de heroísmo, ni perspectivas de gloria 
postuma, fué que «nos ayudasen la gente de la marque En' 
<í Ellas estaban á velar y á guerrear,» segúil' dice Bernal; 
quedando la inspiración de Cortés en el hecho reducida á 
aceptar un parecer de su gente: «por consejo de todos los 
« ^s soldados y mió mandó dar con ellas, al travez, á 
« ojos vistos. » 

La leyenda, pues, hija de la imaginación de Gomara, 
magnificada por el entusiasmo hispano de Solís en su más 
que parcial «Historia de la Conquista», aceptada sin dís- 



334 REVISTA iíistiIrtca 

cernímiento por los escritores de época posterior, popula- 
rizada por la poesía, y recibida cod agrado por los qus s^ 
enamoran de una frase, acábase de ver a cuan poco idcíin- 
za en la verídica y sencilla narración de un soldado que 
hacia consistir su mayor lote de gloria en haber servido á 
ias órdenes de Hernán Cortés, no pudiendo por consi- 
guiente suponerse que tuviera la más mínima idea de 
obscurecer h vida del jefe que respetaba y quería, á quien 
agotando todos los recursos de su erudición histórica, com- 
para con Alejandro, César, Pompeyo, Escipión, Aníbal y 
Gonzalo de Górdoba, en estas ingenuas palabras: «fué en 
« tanta Estima El nombre de solamente cortfe, ansi en 
« todas yndias, como en España, como fué nombrado el 
« nombre de Alejandro En macedonia y entre los rroma- 
« nos Julio cesar Y pompeyro y expion y entre los carta- 
« gineses anibal y en nra castilla ágon^alo hernandez El 
« gran capitán.» 

Llano es que este paralelo de Cortés con esos grandes 
hombres, especialmente con Alejandro, César y Aníbal, es 
simplemente grotesco y disparatado; pero revelador de una 
admiración por el aventurero extremeño, indicativa dé que 
cuando de él diga Bernal algo que lo deshonre, puede to- 
marse por verdad á carta cabal. 

Y desde luego debe adelantarse que en lo que menos 
penslEtban Velázquez, gobernador de Cuba y empresario de 
la conquista de la Nueva España, y Cortés el brazo que 
habría de llevarla á cabo, era en civilizar ni en agregar un 
florón más á la corona de Castilla: era saciar su sed de 
oro lo único que ambos iban buscando, dentro del proyec- 
to que dísfrazatSMn con un propósito levantado. 

Se hacía el n^ocio entre Grijalba, Velázquez y Gq^Iséb; 
porque en seguida de la expedición del primero á México 
é impuesto el s^undo de que «heran las tierras ricas, or- 
< denó de enbiar una buena armada, muy mayor que las 
c de antes y para Ello tenia ya á punto diez nauios en el 
€ puerto de Santiago de Cuba.* 

Para el mando de estas naves buscaba Velázquez un je- 



LA OBRA AUTÉNTICA DE B. DÍAZ DEL CASTILLO 335 

fe que le fuese leal en el reparto de las ganancias que se 
prometía de la empresa; Grijalba,que era también socio, no 
le agradaba del todo; de un tal Porcallo que algunos ami- 
gos le propusieron temía «que se le algaria con la armada 
« por que era atreuido.» De otros muchos desconfió, hasta 
que al fin «dos grandes primados del diego Velazquez, que 
« se dezian andrés del duero secretario del mesmo governa- 
« dor E un amador de lares contador de su rag hizieron 
« secretamente compañia con vn hidalgo que se dezia her- 
« nando cortez natural de raedellin que tenia Yndios de 
« encomienda.» 

A esta protección, pues, debió Cortés en parte el mando 
de la Armada; pero principalmente lo debió al contrato 
de partición de utilidades que hizo con Velazquez, y que 
Bernal explica en estos términos: «y fué desta manera que 
€ concertasen estos priuados del di^o Velazquez, que le 
« hiziezen dar al hernando cortes la capitanía general de 
« toda la armada y que partirían Entre todos tres la ga- 
« nancia del oro y plata y joyas de la parte que le cupie- 
« se á cortés, porque secretamente El di^o Velazquez en- 
« biaba á rrescatar y no á poblar según después parescio 
« por las instrucciones que dello dio.» 

Pronto algunos envidiosos de la suerte de Cortés, le pu- 
sieron á Velazquez la pulga en la oreja cuando el flamante 
capitán de la flota hacía sus preparativos de viaje; y suce- 
dió que un día yendo Velazquez á misa vio delante de él 
« vn truhán que se dezia cíTvautes. El loco haziendo ges- 
« tos y chocarrerías y dezia á la galp, á la gala de mi amo 
« di^o, ó diego ó diego, que capitaneabas Elejido, que es de 
« medellin destremad ura, capitán de gran ventura, mas te- 
« mo diego no se te alce con el armada porque todos le 
« juzgan por muy varón En sus cosas y dezia otras locuras 
« que todas yban ynclinadas á malicia, y porque lo yua 
« diziendo de aquella manera le dio de pesco§a90s El an- 
^ dres del duero que yua allí junto al diego Velazqz y le 
« dijo calla borracho loco, no seas mas vellaco, que bien 
« entendido tenemos que Esas malicias so color de gracias 
c uo salen de ti.» 



í^áfi REVISTA HISTÓRICA 

Temeroso Cortés de que las atinadas observaciones del 
loco y de otros que no eran locos, ejerciesen influencia en 
el ánimo de Velázquez, aceleró su partida por la cuenta 
que en ella le iba, pues segfin dice Bernal «en aquella Sa- 
« zon estaua muy adeudado y pobre, puesto que tenia 
* buenos yndios de Encomienda y sacaba oro de sus m¡- 
« ñas, mas todo lo gastaua en su persona y En atavios 
« de su mujer que hera rrecien casado y En algunos foras- 
« teros guespedes que se le allegaban.» 

Partió, pues. Cortés; pero al llegar á la villa de la Trini- 
dad se encontró con que Velázquez, cayendo en cuenta del 
error que había cometido al designarlo jefe de la expedición, 
le había revocado el nombramiento. 

Habría de cumplir la orden de aprehender á Cortés y re- 
mitirlo á Santiago de Cuba, el alcalde mayor Francisco 
Verdugo; pero este magistrado se encontró con que la obra 
de apoderarse de Cortés era superior á sus fuerzas y con 
pretender llevarla a cabo exponía á la población á gravísi- 
mos peligros. 

Así era en' efecto, porque Cortés, según cuenta Beriml, 
« estaba muy pujante y que sería meter cisaña en la uilla 
« ó q por ventura los soldados les darían saco mano y la 
« rrobariau y harian otros peores desconciertos, y ansí se 
« quedó sin hazer bullicio.» 

La razón por la cual Verdugo ^^no podía hacer bulli- 
cio,» debió demostrar á Velázquez que pocas cuentas habría 
de darle del negocio social, el jefe que ante la orden de su 
destitución amenazaba 4 una población española con el ro- 
bo y el saqueo por la soldadesca, y aun v< peores desconcier- 
tos». 

lia verdad es que Cortés y Velázquez se equivalían. 

No cejó el último sin embargo en su propósito de evitar 
el viaje de Cortés así que comprendió que iba á ser mise- 
rablemente engañado por el codicioso aventurero; de modo 
que viéndolo escapársele de Trinidad, dio órdenes análogas 
á la primera para que fuese Cortés preso así que libase á 
la Habana; pero allí se repitió la misma comedia, con la 



LA OBRA AUTÉNTICA DE B. DÍAZ DEL CASTILLO 337 

ünica diferencia de que al alcalde Francisco Verdugo lo 
sustituyó en el papel de autoridad incapacitada de cum- 
plir órdenes contra la prepotencia de Cortes, un cuitado 
que tenía por nombre Pedro Barba. 

C!ort& ahora estaba más prevenido que en la primera 
intentona de prenderlo, por los siguientes datos que da 
Bemal: «fuédesta manera q vn fraile de la md que se da- 
í< va por servidor de Velazquez, questava En su compañía 
« del mesmo governador, escrevia A otro fraile de su ór- 
« den que se dezia fray bartolomé de olmedo, que y va Con 
« nosotros y En aquella carta del fraile le avisaban A 
« cortes sus dos compañeros andrés del duero y el conta- 
<x dor de lo que pasaba.^ 

Consecuencia de este lío de frailes fué «que escrevió el 
« teniente pedro barba Al diego velazquez que no osó 
« prender á Cortes porquestava muy pujante de soldados, 
« E que ovo temor no metiesen A saco mano la villa y la 
« robasen y Embarcase todos los vecinos y se los llevase 
« consigo.» 

Este reiterado temor del robo y del saqueo proveniente 
de los soldados de Cortés, prueba la clase de gentuza y de 
criminales á que pertenecerían en su mayor parte, como de- 
muestra al mismo tiempo la condescendencia y complici- 
dad del jefe que toleraba tales amenazas, que á indisciplina 
precisamente no podrían atribuirse, dada la mano férrea 
con que Cortés reprimía cruelmente cualquier falta de sus 
soldados de aquellas que en sus miras no entrase la con- 
veniencia de autorizar. 

Los soldados, pues, eran dignos del jefe que estimulaba 
como la cosa más sencilla del mundo el crimen del saqueo 
á una ciudad, por disidencias entre él y un tercero, y hacía 
sin embargo azotar á unos marineros por robo de un pe- 
dazo de tocino; «y tomando juramento á los marineros se 
« perjuraron y En la pesquisa parescio El hurto de los qua- 
«c les tocinos Estavan repartidos en los siete marineros E á 
« cuatro dellos los mandó luego agotar que no Aprove- 
« charon ru^os de ningún capitán. ;> 

R. H. DS LA U.— 22. 



í)38 REVISTA HIST(^RrCA 

Después de esto relata Bernal algunas batallas que en 
Cozumél y otros puntos tuvieron lugar, siendo la más reñi- 
da una en Tabasco con pérdida de dos muertos y algunos 
heridos por parte de los españoles y ochocientas bajas de 
los indios, debido sin duda á la inferioridad de sus armas, 
pero especialmente á la más eficaz de las ayudas de após- 
toles y santos, como que en este punto hace Bernal buenas 
migas con el historiador López de Gomara á quien antes 
puso como chupa de dómine, aceptándole ahora que dos 
guerreros que en la refriega se portiU'on bien, «eran los 
< santos Apóstoles señor Santiago ó señor san pedro, digo 
« que todas nras obras y Vitorias son por mano de nro se- 
« ñor Jesuxpo y q En aquella batalla avia para cada vno 
« de nosotros tantos yndios, que á puñados de tierra nos 
« cegaran, salvo que la gran misericordia de uro señor En 
« todo nos ayudaba y pudiera ser que los que dice el go- 
« mora fueron los gloriosos Apóstoles señor santiago é se- 
« ñor san pedro E yo como pecador no fuese diño de lo 
«ver.» 

De supersticioso da prueba Bernal creyendo en la posi- 
bilidad de tener á los nombrados apóstoles por compañeros 
de armas en su hazaña de acuchillar indios de honda y 
flecha; de mentiroso no se acredita, y antes de ese tilde se 
salva, con la modesta frase de que él como pecador « no 
fuese diño de lo ver ». 

La intervención de los apóstoles al fin y al cabo no fué 

e 1 todo mala, porque la victoria de los españoles obligó á 

•los indios á la paz, y la hicieron en forma que halagó la 

codicia y otras buenas condiciones que adornaban á Cortés 

y sus secuaces. 

De Tabasco vinieron emisarios y « truxeron vn presente 
* de oro que fueron quatro diademas y vnas lagartijas, y 
« dos coma perrillos y oregeras y cinco Añades y dos fi- 
« guras de cara de yndios y dos suelas de oro Cómo de 
« sus Cotaras y otras cosillas de poco valor que ya no me 
« Acuerdo q tanto balya y truxeran mantas de las que 
^ ellos hazian. » 



LA OBRA AUTÉNTICA DE B. DÍAZ DEL CASTILLO 339 

Pero más valioso y trascendental que todo este regalo, 
fué la noticia que obtuvo Cortés del lugar en que había 
oro y joyas, pues preguntando á los emisarios, « de q parte 
« lo trayan y aquellas joyezuelas, rrespondíeron que hazia 
« donde se pone el sol, y dezian Culua y México. > 

No fué solamente con esta agradable noticia, y con los 
presentes de oro y joyas traídas, que halagaron los pobres 
indios á Cortés, luego que mientras no se lanzaba él con 
su horda contra la infeliz capital del imperio mexicano, te- 
nía á su disposición, otro regalo valioso de distinto género, 
pues según Bernal nada era lo que habían traído «en com- 
« paraciou de veynte mujeres, y entre Ellas vna muy Ex- 
« célente mujer q se dixo doña marina que ansi se llamó 
« después de buelta cristiana. » 

No podía Cortés con sus sentimientos religiosos tolerar 
que aquellas indias fuesen á cometer algdn pecado antes 
de bautizadas, aunque poco importase que lo cometiesen 
despu^, sin duda porque algán fraile de tales pecados las 
absolvería acto contiguo de confesar y comulgar; y así fué 
que « luego se bavtiyaron y se puso por nombre doña ma- 
« riña aquella Yndia y señora que allí nos dieron y verda- 
« deramente Era gran cacica E hija de grandes caciques y 
« señora de vasallos. » 

Ahora bien; como las veinte mujeres ya estaban bauti- 
zadas, desapareció el escrúpulo que tuvo antes Cortés de 
entregarlas desde luego como esclavas á la lujuria de sus 
oficiales; y comenzó entonces el reparto de «las primeras 
<í cristianas que ovo en la nueba España y cortes las rre- 
« partió á cada capitán la suya, y á esta doña marina, co- 
« mo era de buen parescer y Entremetida y desembueltti 
« la dio á alonso hernandez puerto carrero que ya E dho 
'* otra vez q, Era muy buen cavallero. * 

Pero es el caso que ora fuese porque las oficiosidades y 
desenvolturas de doña Marina, no cuadrasen bien al carác- 
ter del agraciado para que se interesase en retenerla, ora 
porque Cortés hubiese puesto ya los ojos en ella arrepenti- 
do de no habérsela adjudicado desde el primer momento, 



340 írevibta hístóríca 

el caso es que Hernández Puerto Carrero partió un buen 
día para Castilla, y como medio de consolarse la amante de 
la ausencia del ingrato que la abandonaba, cuenta Bernal 
que c estubo la doña marina Con cortes, E ovo allí vn hijo 
« q se dixo don martin cortes. » 

El jefe de los conquistadores sin embargo no fué egoísta 
en cuanto á la posesión de joya tan apreciable como doña 
Marina, luego que no obstante ser muy útil como intérpre- 
te y « A esta cavsa la traya siempre cortes Consigo y En 
« aquella sazón y viaje se casó con ella vn hidalgo que se 
« dezia juan xaramillo en vn pueblo que se dezia orinaba, > 

Sucedió sin embargo que los parientes que la habían 
abandonado en la infancia y despojado de sus derechos, le 
hicieron toda clase de ofrecimientos cuando vieron el favor 
de que gozaba; pero ella respondió « que dios la avia hecho 
« mucha md En quitarla de adorar ydolos agora y ser 
« xpiana, y tener vn hijo de su amo y señor cortes y ser 
« casada con vn ca vallero, Como era su marido joan xara- 
« millo que aunque la hizieran cacica de todas quantas 
« provincias avia En la nueba espafia no lo seria que en 
« más tenia servir á su marido é A cortes. » 

Esta dualidad de servicios á que doña Marina se dedi- 
caba, á la vez que á su marido á su amo al mismo tiempo, 
prueba que Cortés en cuanto á sentimientos de delicadeza 
en asuntos privados, no era hombre de grandes ascrópulos, 
y su conducta sobre el particular corría parejas con su ava- 
ricia y crueldad y otras condiciones por el estilo de que 
estaba maravillosamente dotado. 

Se le acerca ya el momento de ponerse en contacto con 
el oro de México, que era lo que buscaba con avidez, y tie- 
ne en su presencia á los enviados que de regreso llevarán á 
Moctezuma interesantes retratos, porque «el tendile traya 
«, Consigo grandes pintores que los ay tales en mexico y 
« mandó pintar al natural la cara y rrostro E cuerpo y 
« faysioncH de cortes y de todos los capitanes y soldados 
« y marinos y belas y cavallos y á doña marina E aguilar 
« y hasta dos lebreles E tiros y pelotas y todo el Exercito 
« que trayamos y lo llevó á su señor. » 



LA OBRA AUTÉNTICA DE B. DÍAZ DEL CASTILLO 341 

En medio de este ambiente tan artístico de pintores y 
retratos, no perdió Cortés el rumbo del oro que buscaba, 
y por corta providencia, como sucediera que á uno de los 
emisarios le llamara la atención un soldado con un casco 
dorado, «luego se lo dieron y les dixo cortes que porq 
« queria saber si El oro desta tierra es como lo que sacan 
« en la nra de los rrios que le Enbien aquel caxco lleno de 
« granos de oro. » 

Como se verá, el casco volvió conteniendo todo lo que 
Cortés ansiaba; pero con tantas cosas más vinieron los nue- 
vos emisarios de Moctezuma, que á no ser gran indicio de 
minas de oro, el tal casco debió quedar relegado al desdén 
del conquistador, como quiera que entre lo recién llegado 
se veía « vna rrueda de hechura de sol de oro muy fino, 
« q seria tamaño Como vna rrueda de carreta, con muchas 
« maneras de pinturas, gran obra de mirar que v<ilia á la 
« que después dixeron que la avian pesado, sobre diez mil 
« pesos, y otra mayor rrueda de plata figurada la luna y 
« con muchos resplandores y otras figuras en Ella, y esta 
« era de gran peso, que valia mucho y truxo el caxco lleno 
« de oro en granos chicos como se sacan de las mina? que 
« valia tres mil pesos. Aquel oro del caxco tuvimos En 
« mas por saber cierto que avia buenas minas, que si tru- 
« xeran veynte mil pesos mas traxo veynte añades de oro 
« muy prima labor y muy al natural. E unos como perros 
« de los que Entrellos tienen y muchas pie§a8 de oro de 
« tigres y leones y monos, y diez collares, hechos de vna 
« hechura muy prima. E otros pinjantes y doze flechas, y 
« VD arco con su cuerda, y todo Esto que he dicho, de oro 
« muy fino y de obra vaziadiza, y luego mandó traer pena- 
« chos de oro y de rricas plumas verdes, E otras de plata 
« y aventadores de lo mismo, pues benados de oro, sacados 
«: de vaziadizo, é fueron tantas cosas que como á ya tantos 
«c años que pasó no me acuerdo de todo, y luego mandó 
« traer allí sobre treynta cargas de rropa de algodón tan 
« prima y de muchos géneros de labores que por ser tan- 
« tas no quiero En ello meter mas la pluma porq no lo sa- 
« bré escrebir,» 



342 REVISTA HISTÓRICA 

Para continuar despertando la codicia insaciable de los 
aventureros que se echaban sobre México, no podía Mocte- 
zuma hacer nada mejor que remitir los presentes de que 
habla Bernal. 

En cuanto á Cortés, á fin de asegurar el brillante por- 
venir que entreveía, se hizo confirmar por sus soldados 
como capitán general y justicia mayor, distribuyendo des- 
pués él títulos y empleos para contentar á sus parciales; 
pero como también tenía Diego Velázquez amigos todavía 
entre los conquistadores del suelo mexicano, sucedió que 
tales amigoí», « estaban tan enojados y rrabiosos que Co- 
« men§aron A armar vandos é chirinolas y avn palabras 
« muy mal dichas contra cortes é Contra los que le eleji- 
* mos.» Felizmente con poner presos á unos cuantos todo 
se apaciguó por el momento, especialmente « con dádi- 
« vas del oro q aviamos ávido que quebranta peñas; » De- 
biendo este expediente del oro ser muy eficaz entre aque- 
llos aventureros, porque en seguida repite Bernal que aún 
de los conspiradores que estaban con cadenas, hizo Cortés 
buenos amigos y « todo con el oro que lo amansa. ^ 

Siguieron los conquistadores su marcha triunfante y 
hasta entonces fácil sin que sucesos de importancia se 
noten como no sean las hipocíresías y maldades de Cortés, 
y se halle de nuevo el lector con aquel Puerto Carrero, 
siempre de estrella feliz, luego que contando ya en su ha- 
ber la temporada de doña Marina, antes de su vuelta a 
España, se le encuentra otra vez sacando la mejor parteen 
una segunda distribución de mujeres quv hiciera Cortés 
después de ser obsequiado en Zempoahí con ocho de ellas 
« todas hijas de caciques y bien ataviadas á yu vsanza y 
« cada vna dellas vn collar de oro al cuello y En las orejas 
<^ jarsillos de oro, y venian Acompañadas de otras yndias 
« para se servir dellas. » 

Antes del reparto, como era natural, las hizo Cortés 
bautizar, de acuerdo con sus invariables principios religio- 
sos, y en seguida de aceptar la que le tocaba, se dedicó á 
distribuir las demás. <c A la hija de Cuexco que era vp 



LA OBRA AÜTÉÍÍTICA DE B. DÍAZ DEL CASTILLO 343 

« gran cacique le puso nombre doña francisca. Esta Era 
« muy hermosa para ser yndia y la dio cortes á alonso her- 
« nandez puerto carrero; las otras seis ya no se rae Acuer- 
« da el nombre de todas mas se que cortes las rrepartió 
« Entre soldados. » 

Por este tiempo algunos descontentos concertaron huirse 
para volver á la isla de Cuba; unos porque Cortés no les 
dio licencia después de habérsela prometido. « Hizo cortes 
« como que les quería dar la licencia mas á la postre se la 
« rrevocó y se quedaron burlados y aun avergonzados » dice 
Bernal; « otros porq no les dio parte del oro que Enbiamos 
« á castilla. » 

Pero resulto que el conato de fuga fué delatado por uno 
que se arrepintió de su resolución y en el secreto del plan 
puso á Cortés, que en seguida de inutilizar el buque en que 
habrían de embarcarse, « mandó Ahorcará Pedro Escude- 
« ro, E á Juan cermeño y cortar los pies al piloto gongalo 
« de vnbria y a90tar á los marineros penates á cada dozien- 
« tos a90tesy el padre juan diaz si no fuera de misa también 
« le castigaran mas metióle harto temor. » 

Lágrimas de cocodrilo vertía Cortés al firmar e?ta sen- 
tencia horrible, por delitos de no gran importancia, de que 
era por otra parte él el causante con la rapiña á sus su- 
bordinados y los engaños de que los hacía víctimas. « Dixo 
« con grandes sospiros y sentimientos, ó quien no supiera 
« escrebir, por no firmar muertes de hombres.» 

Hipocresía insoportable en tan odioso desalmado; porque 
si bien cabe la pena capital para maiítener la disciplina, 
¿qué consideración lo obligaba á tal refinamiento de cruel- 
dad como el de mandar cortar los pies al piloto Gonzalo 
de Umbría? 

Si lo consideraba criminal, ¿por qué no ordenó que lo 
ahorcasen al par de los demás reos de muerte, ahorrándole 
el bárbaro tormento de la mutilación que le impuso? 

Otras atrocidades de Cortés que á su tiempo se verán y 
lo colocan en el rango de los seres más perversos que 
á la humanidad espantan, pondrán de relieve la farsa de 



344 REVISTA HISTÓRICA 

SUS suspiros al vérsele partir satisfecho j contento para 
Zempoala « ansi como se ovo esecutado la sentencia ». 

A esta altura de su narración Bernal recuerda otra se- 
gunda quema de naves, y por la misma razón de la prime- 
ra é igual consejo de sus soldados á Cortés: « de platica en 
c. platica le aconsejamos los que Eramos sus amigos, y otros 
« ovo contrarios que no dejase nauio ninguno En el puer- 
« to, sino que luego diese al travéz con todos y no que- 
« dasen Embarazos porque Entretanto questavamos En la 
« tierra Adentro no se al9asen otras personas como las pa- 
« sadas y demás desto que tendríamos mucha Ayuda de los 
« maestres y pilotos y marineros que serian Al pie de cien 
« personas. » 

Como se ve, en esta segunda quema de naves, las razo- 
nes para llevarla á cabo fueron fundamentalmente las mis- 
mas de la primera vez, con la razón adicional tan sólo de 
que «no se algasen otras personas como las pasadas», 
lo que prueba que entre loe perdularios de la conquista, 
ni aún castigos tan humanos y suaves como cortarles los 
pies, eran suficientes para retraerlos de la deserción. 

Siguiendo la marcha hacia México hubo refriega con 
los tlaxcaltecas que fueron posteriormente fieles aliados de 
Cortés, en razón de querellas que de tiempo atrás tenían 
con los mexicanos; pero de poca importancia es esto, como 
no se recuerde un descubrimiento terapéutico para curar 
heridas, luego que dice Bernal: « dormimos cabe vn arro- 
* yo> y con el vnto de vn yndio gordo de los que allí nia- 
« tamos, que se abrió, se curaron los heridos, queazeyte no 
« lo avia ». Este medio curativo á la altura de la situación 
y de los que lo empleaban, no fué de utilidad únicamente 
esa vez, luego que dada la eficacia de sus resultados se 
impuso como excelente sistema, que sin duda determinaba 
serio peligro para todo «yndio gordo» con especialidad en 
las proximidades de un hospital de sangre; pero remedio 
indispensable al fin ante la falta del <vazeyte» que Bernal 
echaba de menos, y que habiendo tantos indios á mano no 
había para qué pensar en sustituirlo por «vnto» de ningúu 



LA OBRA AUTÉNTICA DE B. DÍAZ DEL CASTILLO 345 

animal, máxime cuando era e^e unto de tan buena clase 
que curaba hasta las bestias, pues valga la palabra de Ber- 
nal < con el vnto del yudio q ya E dho otras veces, se 
« curaron nuestros soldados, que fueron quipse, y murió 
« uno dellos de las heridas y también se curaron quatro 
« cavallos questavan heridos. » 

Después de sangrientos combates con los tlaxcaltecas, 
se as^uró con ellos la paz y una alianza contra el empe- 
rador Moctezuma y los mexicanos, selladas ambas conven- 
ciones por los principales caciques, quienes para que las 
estipulaciones «fueran perfetas avian dado sus hijas», las 
que una vez dentro del gremio cristiano, fueron como de 
costumbre repartidas por Cortés entre sus oficiales. 

En camino para México pasa Cortés por Cholula y en 
esta infeliz ciudad hace la más horrible de las matanzas, á 
pretexto de una sublevación próxima á estallar, y que una 
vieja denunció á Marina, confirmando la especie dos papas 
como llamaban los indios á sus sacerdotes. 

Jamás se supo que fuese eso entera verdad, y no intriga 
de los tlaxcaltecas aliados de Cortés y enemigos de los 
cholultecas; pero el hecho es que de la más inicua de las 
carnicerías fué Cholula teatro, durando dos días el saqueo 
de la ciudad y la matanza de gentes indefensas que no 
oponían resistencia; y cuando la hecatombe terminó yacían 
en el suelo ensangrentado más de seis mil cadáveres. 

El historiador Verdiá, cuenta así parte de la horrible 
escena: 

« Congregados se hallaban multitud de moradores, los 
« más nobles y muchos caciques de la población en el atrio 
« de un teocalli, que enteramente llenaban, cuando ala se- 
« naide un tiro de arcabuz, se precipitaron sobre ellos todos 
« los conquistadores, haciendo uso de su artillería, de suer- 
te te que aquella inerme muchedumbre recibió la muerte 
« por todas partes sin poder oponer la más ligera resisten- 
« cia. Muchos en su ansiedad escalaban las paredes, pero 
« con más facilidad servían de blanco á los arcabuceros; 
« otros se precipitaban sobre las puertas tan solo para rec¡- 



346 REVISTA HISTÓRICA 

« bir la muerte á los redoblados tajos de las espadas que 
« en aquella multitud casi desnuda hacían espantosa car- 
« nicería. » 

En este crimen Bernal flaquea; lo atenüa, lo niega casi, 
pretende reducirlo á insignificantes proporciones, cuando 
su magnitud es notoria. Y esto me induce á creer que la 
imparcialidad y sinceridad que muchos críticos le recono- 
cen, acaso se halle en que cuando algunas iniquidades 
revela, de una época en que casi todo era inicuo, antes bien 
lo hace impulsado por una cierta inconsciencia de la gra- 
vedad de lo que dice, que por puro amor de la verdad. 

Admirador y prot^ido de Cortés; por éste recomenda- 
do varias veces á la Corte, no puede exigírsele aquella ecua- 
nimidad que no era de su tiempo ni de su situación per- 
sonal. Su rudeza de soldndo, oficio que no es el que más 
inclina á la bondad y á la clemencia, le hace descubrir 
hechos que dan idea del alma negra de Cortés, pero que en 
concepto de Bernal no tienen el alcance que les da el lector 
horrorizado en los días que corren, á la luz de otro cri- 
terio, y al amparo de altos sentimientos <le conmiseración 
y de nobleza, imposibles de hallar en un aventurero de los 
que en busca de oro se lanzaron al nuevo mundo, sin te- 
mores en el alma á no dudarlo, pero sin escrúpulos en 
la conciencia. 

Ya se aproxima el fin de Moctezuma y de su imperio; 
ya le atribuyen el intento de una gran felonía, « Como 
« el gran monteyíima > — dice Bernal, — «ovo tomado otra 
« bez Consejo con sus vichilobos, E papas y capitanes y 
« todos le aconsejaron que nos dexe Entrar En su cibdad 
« E que allí nos mataria á su salud.» 

Esto podría ser cierto: no era una conjetura arriscada; 
pero es de observar que en materia de felonías y malas ar- 
tes poco tenía Moctezuma que envidiarle á Cortés. 

A Bernal que no desmiente su época ni su raza, poco 
le preocupa ese proyecto cuando con su superioridad inte- 
lectual lo ha adivinado. 

Vanidoso bajo su ruda corteza de soldado, y acaso no 



LA OBRA AUTÉNTICA DE B. DÍAZ DEL CASTILLO 347 

de muchas aptitudes militares cuando á pesar de la pro- 
tección de Cortfe poco adelanta en la carrera de las armas, 
su petulancia le hace sin embargo exclamar respecto de los 
propósitos que se siuponen en el emperador mexicano: «so- 
« mos hombres que no se nos Encubre traycion que contra 
« nosotros se tr?te, que no la sepamos. » 

Esta adivinación de lo que existía ó esta presunción 
ficticia de lo que Moctezuma no dijo, que para el caso am- 
bas cosas son iguales, costará torrentes de sangre porque 
será la verdad ó la conjetura, como en Cholula, pretexto de 
crueldades. 

Moctezuma por su parte persuadido de que nada te- 
nía que ganar con la presencia de Cortés en México, man- 
dóle emisarios que le significasen esto: « que le dará mu- 
« cho oro y plata y chalchihuis. En tributo pam vro Em- 
« perador, y para vos y los demás teyles que traeys, y que 
« no vengas á mexico, é agora nuevamente te pide pormd 
« que no pases de aquí adelante, sino que te buelbas por 

* donde veniste,ql te promete, déte enbiaral puerto mucha 
<it cantidad de oro y plata y rricas piedras para Ese vro 
« rrey, y para tí te dará quatro cargas de oro y para cada 
« vnode tus hermanos vna carga. » 

A este ofrecimiento agregaban los mensajeros que de no 
aceptarlo eni grande el riesgo que corrían los invasores. 

Cortés agradeció los presentes que Moctezuma le man- 
daba, pero manifestó que persistía en su idea de entrar 
á la ciudad de México, cada vez más persuadido por su- 
puesto, del negocio que en ella podría hacer. 

Y más se avivó su codicia viendo, cuando Moctezu- 
ma se allanó á que entrase, la brillante recepción que 
le hizo y el lujo con que lo deslumhrara. '^ Se apeó el 
« gran montegumade las andas, y trayanle de brayo, aque- 
je líos grandes caciques debajo de vn palio muy rriquisimo, 
« á maravilla, y la color de plumas verdes Con grandes lavo- 
« rea de oro, con mucha argentería y perlas, y piedras chal- 
« chivis que colgavan de vnas como bordaduras que ovo 

♦ mucho que mirar en ello, y el gran monte§uma veñin 



348 REVISTA HISTÓRICA 

« muy rricamente ataviado, según su usan§a y traya cal- 
« 9ado8 vnos como cotaras, q ausi se dize lo que se calyan, 
« las suelas de oro, y muy preciada pedrería por encima 
« En ellas. 1^ 

Entre Cortés que llevaba á doña Marina junto á sí como 
intérprete, y Moctezuma, la entrevista oficial fué efusiva, 
llegando á tal extremo la obsecuencia y extraordinario 
desprendimiento del conquistador, que echó al cuello del 
monarca mejicano «vn collar que traya muy á mano de 
« vnas piedras de vidrio». 

Tanta generosidad no pudo menos que ser agradecida; 
de modo que el vidrio dio los más espléndidos resultados 
en una especie de trueque en que no fué Cortés el perdidoso 
como que «en el aposento y sala á donde avia de pasar 
« que le tenia muy rricamente aderezado, según su usan9a 
* y tenia aparejado vn muy rrico Collar de oro, de he- 
« chura de Camarones, obra muy maravillosa y el mismo 
« raonte§uma se la echó al cuello á nro capitán cortes, que 
«. tuvieron bien que mirar sus capitanes del gran fabor que 
<í le dio». 

No era el collar, sin embargo, lo que más pudiera entu- 
siasmar á Cortés, sino saber el lugar en que iba á dur des- 
canso á su cuerpo. «Nos llevaron aposentar á vnas grandes 
« casas, donde avia Aposentos para todos nosotros» — dice 
« Bernal — « que avian sido de su padre del gran monte- 
« 5uma, que se decia axayaca, á donde en aquella sazón 
« tenia el monteguma sus grandes adoratorios de ydolos, é 
« tenia vna rrecamara muy secreta de pie§as y joyas de 
« oro; que hera como tesoro de lo que avia heredado de 
« su padre axayaca. » 

En vista de tanto lujo y de riquezas en que, sin duda, 
se consideraba ya partícipe, es muy lógico y puesto en ra- 
zón que después de saborear Bernal «vna comida muy 
« suntuosa que nos tenian aparejada», recuerde la fecha 
de la « venturosa E atrevida Entrada En la gran cibdad de 
<^ tenustitan mexico», no olvidando como buen cristiano de 
« dar gracias á nro señor Jesuxpo por todo», 



LA OBRA AUTÉNTICA DE R DÍAZ DEL CASTILLO 349 

Siguieron las visitas recíprocas de Cortés y Moctezuma 
y los obsequios del último á los oficiales y soldados espa- 
ñoles; pero antes de pasar adelante considera Bernal con- 
veniente dar idea de la persona, costumbres y manera de 
vida del emperador, en los términos siguientes: «Era el gran 
« monte9uma de edad de hasta quarenta años y de buena 
« estatura é bien proporcionado, Ecenseño, E pocas carnes, 
« y la color ni muy moreno, sino propia color, E matiz de 
« yndio, y traya los cabellos no muy largos, sino quanto 
« le cubrían las orejas, E pocas barbas prietas, y bien 
« puestas E rralas, y el rrostro algo largo E alegre E los 
<í ojos de buena manera, E mostraba su persona en el 
« mirar, por vncabo amor, E cuando era menester, grave- 
« dad, Era muy polido E limpio, bañavase cada dia vna 
« vez á la tarde». 

No es este el retrato de un personaje antipático y á fe 
que está bien trazado. 

Bus hábitos reales en cuanto á la familia, no es de creerse 
que espantasen á nadie, y mucho menos á los autócratas 
turcos. « Tenía muchas mujeres por amigas, hijas de seño- 
« res, puesto que tenía dos grandes cacicas por sus l^ti- 
« mas mujeres.» 

La cocina no era del todo mala y es probable que ni 
Heliogábalo ni ningún intemperante hubiese padecido de 
debilidad por sentarse á la mesa de Moctezuma, siempre 
que pasasen las cosas como Bernal las refiere: « en el comer 
« le tenian sus cozineros sobre treynta maneras de guisa- 
« dos. Cotidianamente le guisaban gallinas, gallos de pa- 
« pada, faysanes, perdizes de la tierra, codornizes, patos 
« mansos é bravos, benado, puerco de la trra, pajaritos de 
« caña é palomas y liebres, y conexos y muchas maneras 
« de aves E cosas que se crian en estas tierras, que son 
« tantas que no las acabaré de nombrar tan presto; y 
« trayanle fruta de toda cuanta avia en la tierra». 

Desliza Bernal aquí la especie repugnante de que « por 
« pasatiempo oy dezir que le solyan guisar carnes de mu- 
« chachos de poca hedad »; pero no insiste en el hecho ni 



íinO kEVíSTA HISTÓRICA 

lo da sino como simple rumor, cuya verdad no pudo él 
comprobar personalmente. 

En cuanto á bebidas, la que usaba no era como para 
hacerle perder el equilibrio. «Yo vi quetrayan» — dice Ber- 
nal — 4:sobre cinquenta jarros grandes hechos de buen ca- 
« cao Con su espuma, y de aquello bevia y las mujeres le 
« servían albever con gran acato.» 

Resulta también que era Moctezuma higienista, y que 
sabedor de que la digestión se hace mejor cuando el ánimo 
ha estado placentero en las comidas, «algunas vezesal tiera- 
« de comer estavan vnos yndios corcobados, muy feos 
« porque eran chicos de cuerpos E quebrados por medio 
« los cuerpos que Entre ellos eran chocarreros, é otros 
« yndios que devieran ser truhanes, que le dezian gracias, 
« E otros que le cantaban y baylavan.» 

Para completar estos detalles no olvida el historiador 
de ponderar la excelente administración de la casa «con 
« mayordomos E tesoreros E despensas y bolelleria.» 

Como apéndice de la materia comestible, se le van á 
Bernal los ojos por « vnas tortillas amasadas con huevos y 
« otras cosas sustanciosas, que trayan dos mujeres muy 
« agraciadas». No le produce sin embargo la contempla- 
ción de este plato, el olvido de « otra manera de pan que 
« son como bollos largos hechos y amasados con otra ma- 
f< ñera de cosas sustanciales y pan pachol que en esta tie- 
« rra ansi se dize.» 

Para completar el cuadro final de tan suculenta fiesta 
gastronómica, presenta Bernal á Moctezuma como el más 
encopetado precursor de todos los que hoy se envenenan 
discretamente con nicotina, y dice así: « también le ponian 
« en la mesa tres cañutos, muy pintados y dorados y den- 
« trotenian liquidanbar, rrebuelto coux vnas yerbas que se 
« dize tabaco. E cuando acavavade comer después que le 
« hablan baylado y cantado, y al9ado la mesa tomava el 
« humo de vno de aquellos cañutos y muy poco y con ello 
« se adormía.» 

En medio de estas cenas de Lúculo, hiere la at^'ución 



LA OBRA AUTÉNTICA OE B. DIAZ DEL CASTILIX) 35 I 

de Bernal la competencia de los artífices mejicanos. «Pase- 
« raosadelante -dice— y hablemos délos grandes oficiales 
« que tenia de cada oficio que entre ellos se vsabau comen- 
« ceñios por lapidarios y plateros de oro y plata, y todo 
« vaziadizo, que en ntra españa los grandes plateros tienen 
« que mirar en Ello, y destos tenian tantos y tan primos 
« En un pueblo que se dize escapugalco vna legua de 
« mexico pues labrar piedras finas y chalchivis que son 
« como esmeraldas, otros muchos grandes maestros vamos 
« adelante á los grandes oficiales de asentar de pluma y 
« pintores y entalladores». 

Lo transcripto forma parte de un capítulo en que á vuelo 
de pájaro describe Bernal los adelantos de una civilización, 
que, en algunos detalles él considera superior á la que se 
venía á implantar á hierro y fuego, con la superstición del 
fraile y la espada del aventurero. 

Enumera los trabajos primorosos de las mujeres de to- 
das las clases sociales. Habla de «los oficiales de canteros 
« é albañires, carpinteros que todos entendian.* 

« No olvidemos — añade -«las huertas de flores y arbo- 
le les olorosos, y de los muchos géneros que dellos tenia 
« y el concierto y paisaderos y de sus albercas, E estan- 
< ques de agua duce, como biene el agua por vn cabo 
« E ba por otro, E de los baños que dentro tenia.» 

Pero es en una excursión que Bernal hace con Cortés al 
cual acompañaba entre los soldados que lo escoltaban, que, 
quedó asombrado según así lo cuenta: « desque llegamos 
«. á la gran plaga que se diei el tatetulco. Como no avia- 
« mos visto tal cosa quedamos admirados de la multitud 
« de gente y mercaderías que en ella avia y del gran 
« concierto y rregimiento que en todo tenian:». 

Había en realidad para admirarse en aquella época, de 
tanto adelanto fabril é industrial. Manchaba sin embargo 
el amplio y rico mercado, un puesto de «yndios esclavos y 
« esclavas »; pero la civilización europea de aquellos tiem- 
pos y aun posteriores, como es. notorio, poco tenía que 
echar en cara á ese bárbaro tráfico, luego que el mismo 



352 REVISTA HISTÓRICA 

Bernal dice: « que trayan tantos dellos á vender aqlla gmn 
« pla^a, como traen los portugueses los negros de Guinea .>' 

Aquí se le queda á Bernal en el tintero que los españo- 
les también esclavizaron á los indios con inaudita crueldad, 
rebajándolos al nivel de las bestias, y marcándolos á 
fuego en la mejilla, según se verá más adelante. 

Sigue su narración y encuentra trabajos de < calicanto» 
y halla «piedras grandes» de «losas blancas y muy lisas.» 

Y en materia de tejidos vio « géneros de hilo torcido y 
« cuantos géneros de mercaderías ay en toda la nueba es- 
<^ paña » y así sigue describiendo toda clase de objetos de 
agricultura, de industria y arte que en aquel punto se ha- 
llaban, y eran reveladoras de un pueblo que había alcan- 
zado un alto grado de cultura, no obstante la barbarie de 
la esclavitud y de los sacrificios humanos, que bien se pu- 
dieron abolir, porque abolirse debían ambas iniquidades, 
sin necesidad de concluir con una civilización ya cimentada 
sobre bases sólidas. 

Después admira Bernal el sistema para dotar á México 
« del agua dulce que venia de chapultepec de que se pro- 
« veya la cibdad y en [aquellas tres cal5adas los puentes 
« que tenian hechos de trecho á trecho, por donde Entrava 
* y salia el agua de la laguna, de vna parte á otra. » 

No era nada de esto, sin embargo, lo que más interesaba 
la codicia de los conquistadories, que por el momento era 
excitada por el « Cu del tatetulco que hera el mayor templo 
« de todo mexico », estando el tamaño en relación con las 
riquezas que c(^nt«nía, de las cuales un ídolo no más ha- 
ría feliz á cualquier mortal, siempre y cuando fuese como 
una especie de Marte que describe así Bernal: « el primero 
« questava á man derecha dezian que hera el de vichilobos 
c vn dios de la guerra, y tenia la cara y rrostro muy an- 
« cho, y los ojos disformes, E espantables. En todo el cuer- 
« po tanta de la pedrería E oro y perlas, y ceñido al cuerpo 
« vnas á manera de grandes culebras, hechas de oro E pe- 
« dreria. * 

Pero esto era nada comparado con el descubrimiento que 



LA OBRA AITTÉNTICA DE B. DÍAZ DEL CASTILLO B5;í 

un carpintero hiciera de una puerta secreta, buscando lugar 
conveniente para un altar que Cortés y un fraile de la mer- 
ced consideraban de suma urgencia en una capilla que ha- 
bían improvisado. 

« Se abrió la puerta » — dice Bernal — « y desque fué abier- 
« ta y cortes con ciertos capitanes Entraron primero dentro 
« y vieron tanto número de joyas de oro E enplanchas y te- 
« juelos muchos y piedras de chichivis y otras muy gran- 
« des rriquezas quedaron Enbevados y no supieron que 
« dezir de tanta mqueza y luego lo supimos entre todos 
« los demás capitanes y soldados y lo Entramos á ver muy 
« secretamente y desque yo lo vi digo que me admiré. >^ 

A cualquiera le hubiera pasado loquea Bernal; pero na- 
die se habría admirado más que el propio Moctezuma de 
saber lo que á su respecto se tramaba, que la admiración 
de Bernal por los tesoros no habría de ser mayor que la 
de Moctezuma por lo que estaba próximo á acaecerle. 

Y aquí cae de su pedestal la energía que sus apologis- 
tas atribuyen á Cortés en el acto vandálico de aprisionar á 
Moctezuma traidoramente, pues resulta que la idea fué de 
sus capitanes y soldados y que á ella suscribió cediendo al 
consejo de tan prudentes subordinados. 

« Apartaron a cortes En la yglesia quatro de nros capi- 
« tañes y juntamente doze soldados de quien el se fiava y 
« yo era vno dellos ». Detalla Bernal los razonamientos 
en que entraron á propósito de este consejo y continúa: 
« todo esto le deziamos que lu^o sin más dilación pren- 
« diésemos al monte§uma, si queríamos asegurar nuestras 
« vidas y que no se aguardase para otro día. » 

El proyecto era tentador para un individuo de las en- 
trañas de Cortés; mas á pesar de sus buenas inclinaciones 
y respeto por la personalidad humana, de que tantas prue- 
bas dio en el curso de su vida, vaciló en esta emergencia, 
no seguramente por la calidad felona del atentado que se 
le proponía, sino por otras razones que Bernal sintetiza 
así: « no creays cavalleros que duermo, ni estoy sin el mis- 
« mo cuidado que bien me lo abreys sentido, más que po- 

B. H. DB LA U.— 28. 



á54 REVISTA mST^RICA 

«: der tenemos nosotros para hazertan grande atrevimiento, 
« prender A tan Gran señor en sus mesmos palacios, te- 
« niendo sus gentes de guarda y de guerra ». 

México, octubre de 1907. 

Lüís MeliXn Lafinür. 

{QmHmuará). 



Apuntaciones biográficas 



J. o. Palomeqae. 

Don José G. Palomeque, Secretario de la Universi- 
dad EL 18 DE JüLTO DE 1849, quo la historia consagrará 

procer, nació en Montevideo 
el 19 de marzo de 1808. 
Fueron sus padres don Jo- 
sé Palomeque y la señora 
Petrona Larosa. Adquirió su 
primera educación en las es- 
cuelas de Montevideo, tras- 
ladándose más tarde, por 
inclinación y talento, á Bue- 
nos Aires, para cursar ramos 
superiores. En la Universi- 
dad de la capital argentina 
rindió exámenes definitivos 
( 1837 ). Desde temprana 
edad se contrajo con mente 
clara á servir la civiliza- 
ción en puestos oficiales, no 
obstante que su vida transcurría en el ambiente caldeado de 
los sacudimientos de nuestra historia. Como la instrucción 




I Han desfilado por las páginas de la Revista los tres ministros 
ilustres que crearon la Universidad, los personajes que la organizaron 
y pusieron en camino y los jóvenes que» matriculados en 184.9, contri- 
buyeron á la festividad con que se celebró su inauguración, ocupando 
más tarde altas posiciones. En los números siguientes aparecerán Ins 
tradiciones de los que han descollado en el país en la política, en las 
ciencias y en la literatura. Estos datos representan un esfuerzo en 
obsequio de la crítica biográfica y de la historía patria, que se traza- 
rán más tarde. 



ií5t) REVISTA HÍSTORTCA 

nacional era su tentadora, buscó engarce con los hombres de 
viso, de responsabilidad y de influencia que dedicaban sus 
dotes, cjn buen concepto del patriotismo, á la revolución 
de las ideas. Cerca de don Santiago Vázquez no excusó 
sus afanes personales en las labores provechosas del ser- 
vicio público; con don Andrés Lamas, en el curso angus- 
tioso de la defensa de Montevideo, allanó obstáculos, y 
fué cerineo que ayudó á don Manuel Herrera y Obes des- 
de la oficialía primera del Ministerio de Gobierno y Re- 
laciones Exteriores á la creación del Instituto de Instruc- 
ción Pública y de la Universidad de Montevideo. En la 
administración de don Bernardo P. Berro, fué agente de 
progresos ocupando las jefaturas de Cerro Largo (1860) y 
Canelones (1803), y en la provisional de don Atanasio C. 
Aguirre desempeñando la jefatura de Salto (1864). En los 
puestos de mando, renitente á las desobediencias, defendía 
los fueros y preeminencia de la autoridad superior con la 
lógica de su punto de vista. Estuvo con los vencidos en 
India Muerta (marzo de 1845). En enero de 1851 cola- 
boró con los señores Pedro Bustamante, Conrado Rucker, 
Mateo Magariños Cervantes y Marcelino Mezquita, en «El 
Porvenir», atendiendo en primer término á lo suscitado 
sobre las ramas de la instrucción, de que debía ser uno de 
los órganos la Universidad á que se dedicó sinincertidum- 
bres como Secretario (1849 á 1860). En este cargo suscri- 
bió la fundación de la institución y propendió á su organi- 
zación y adelanto trabajando durante once años por aproxi- 
marla al lleno de su misión. En la prensa realzaba su 
saber con elevación de estilo y se manifestaba respetuoso 
de las opiniones ajenas al tratar las cuestiones políticas y 
sociales. Con exuberancia de voluntad concurría en la Z>e- 
fensa á las pruebas universitarias, á las del Colegio Mili- 
tar, fundado por el general Manuel Correa y sostenido por 
los jefes de la plaza, y á las de los establecimientos consa- 
gnidos á la instrucción primaria como el que dirigía don 
Antonio Lamas. Entonces podía decir como el publicista 
chileno LaHtarria en paridad de situación: « prefiero como 



APUNTACIONES BIOGRÍFICAS 357 

más conveniente dedicarme al estudio y á la educación de 
la juventud, porque en este campo me es más lícito saciar 
mi ambición de ser útil á mi país». Había en el doctor 
José G. Palomeque muchas de las cualidades que ensal- 
zaban la generación que derramó luz después de la inde- 
pendencia y cuya posteridad ha comenzado á darle repu- 
tación de gloria clásica ... No hay reparación para estas 
pérdidas, dijo el primer diario argentino lamentando la 
muerte de un ciudadano prominente, porque el tiempo no 
vuelve atrás y no se renovará la época de la elaboración 
que produjo tales hombres. En el período efervescente de 
1857 dirigió y redactó «La Opinión Pública», que preconi- 
zó la fusión de los partidos históricos. Fué representante 
y Presidente de la Cámara (1857-1860). Después del 
triunfo de la revolución encabezada por el general Flores 
(1865), vivió en Buenos Aires engolfado en el comercio. 
Un extinto cuya tutela moral sentiremos siempre, nos 
decía con su ingenuidad habitual: los que hayan conocido 
al coronel Palomeque y observen al hijo, hallarán entre 
uno y otro muchos ¿.lúntoe de contacto. El coronel Pa- 
lomeque era padre del doctor Alberto Palomeque, investi- 
gador, literato, periodista, orador parlamentario, luchador 
infatigable que, viviendo desprendido del egoísmo que mata 
la moralidad humana, ha ofrecido á todas las ideas gene- 
rosas é intentos civilizadores del país el concurso de sus 
raras é inagotables facultades. No nos es permitido hacer 
biografías de vivos. En 1872 tuvo el doctor José G. 
Palomeque una participación tan acentuada en los 
convenios que devolvieron la paz á la República, que el 
doctor Herrera y Obes, Ministro de Relaciones Exteriores, 
imprimió en su interesante libro « El acuerdo de 10 de 
Febrero »: « En mayo el doctor José G. Palomeque me 
escribió de Buenos Aires extremadamente contristado con 
la continuación de la guerra y ofreciéndome sus servicios 
y cooperación para ponerle término », agregando el eminen- 
te estadista que « el doctor Palomeque con sus esfuerzos y 
sacrificios había tenido la mayor y eficaz intervención en 



358 



REVISTA HISTÓRICA 



la negociación que concluyó el 6 de abril de 1872. » Se 
dijo entonces que las fatigas de la jornada patriótica ha- 
bían desgastado irreparablemente su organismo sensible y 
abierto su tumba. El doctor José G. Palomeque falleció 
el 1." de junio de 1872. 

Francisco S. Antaña. 



Don Francisco Solano Antuña nació en Montevideo en 
1798. En la defensa de la plaza contra las tropas inglesas 

(1807) á que asistió, con- 
tando, como se ve, 14 años 
de edad, no le fu^ propicio 
el Hado de la guerra, pues 
un balazo le fracturó una 
pierna. En las postrimerías 
de la dominación española 
desempeñó diversos cargos 
administrativos que deman- 
daban inteligencia y aplica- 
ción — Oficial de Cuentas 
(1814) y de Hacienda 
(1815). Desempeñó la Se- 
cretaría del Cabildo de Mon- 
tevideo y en esta calidad 
firmó el convenio de nue- 
vas líneas divisorias con el 
Barón de la Laguna (1819). Sus naturales inclinaciones 
enardecidas, á la independencia de la tierra natal, 
le hicieron participar de los azares de la revolución de 
1825 sin rehuir una hora los sacrificios comunes. Fué 
redactor de «El Eco Oriental» que se publicaba en Ca- 
nelones (1827). Ocupando la Secretaría del gobernador 
delegado de la provincia (1820) redactó comunicacio- 
nes que á ^ste dieron celebridad. Después de haber 
firmado el manijiedo de la Asamblea General Cons- 
tituyente oHental á los pueblos que representaba, de 




APUNTACIONES BIOGRÁFICAS 359 

30 de junio de 1830, tomó parte en la organización 
de la República, desempeñando empleos que despertaban 
muchas ambiciones. Fué Oficial Mayor del Ministerio de 
Hacienda (1829-1833) donde demostró ser entendido en 
el mecanismo administrativo y grangeóse reputación- de 
hombre de consejo. Estudioso, se contrajo con preferencia 
á la ciencia del derecho. Se graduó en la Universidad 
de Buenos Aires (1834). Fiscal del Estado (1836-1838). 
Adicto á la situación del Cerrito, formó en los Tribunales 
constituidos por Oribe (1846-1851). Celebrada la paz de 
1851 fué elegido miembro del Tribunal de Justicia (1852). 
El departamento de San José le honró con su representa- 
ción en el Senado, y esta Cámara con su presidencia (1852). 
Fué Ministro de Gobierno del Gobernador provisorio de 
Montevideo, don Luis Lamas, sin que abandonara, en 
aquellos días (agosto 1855) en que se vivió tocando á arre- 
bato, la circunspección que le preservó, como á su col^ 
doctor M. Herrera y Obes, de asentir á las exagera- 
ciones. 1 La instrucción popular y la superior oficial por 
empezar fueron objetos principales de la solicitud del doctor 
Antuña; consagróse á encarecer con fe en el porvenir las 
ventajas de las iniciativas en favor de la instrucción cada 
vez que éstas nacían. Si la savia no desbordaba en él, no 
anduvo en tinieblas; tuvo medio de actuar con dones que no 
se adquieren de improviso, como miembro de cualquier 
sociedad culta en laboriosa lucha. Dejó, entre otro8 manus- 
critos, un diario del Cerrito (1843-1851) que debe estar en 
poder de la familia. Falleció el 5 de octubre de 1858. 



1 NarraremoB en el próximo número, las emergencias sin valla de 
aquel agosto climatérico, para cooperar á la sanción de la historia. 
De un lado fracciones representativas conglomeradas que se antici- 
paban á situaciones sociales y á acontecimientos de preparación cos- 
tosa para resolver por fórmula única é inexorable todos los proble- 
mas del país, y del otro lado un presidente y caudillo que mantenía 
el valor y Ja probidad, 



360 



REVISTA HISTÓRICA 



F. A. de Flg^aeroa. 



Don Francisco Acuña de Figueroa nació el 20 de sep- 
tiembre de 1790, siendo su padre uno de los españoles ins- 
truidos que desemj^eñaron 
diversos cargos en el Río 
de la Plata en la época 
colonial. Figueroa recibió 
la educación de los hijos 
de las mejores familias, 
elevándose, por sus felices 
disposiciones, desde los es- 
tudios elementales hasta 
las escuelas superiores que 
preparaban para labrar el 
camino de la vida. Ya 
apto, fué enviado en 1804 
á estudiar en el Real Co- 
legio de San Carlos, de 
Buenos Aires, en el que re 
distinguió principalmente 
por sus composiciones poéticas en latín. La segunda 
invasión de los ingleses á aquella ciudad (1807) le obli- 
gó á abandonar el estudio, regresando al lado de sus 
padres, pero muy habilitado para ser el maestro de 
sí mismo. En junio de 1814, al abrir Montevideo 
sus puertas al ejército libertador argentino, emigró 
para Río de Janeiro espontáneamente, cediendo á ideas 
monárquicas adquiridas en el hogar, permaneciendo allí 
hasta 1818. Su dominio del francés, italiano y latín, le dio 
armas para dirigir la enseñanza de estos idiomas en Mon- 
tevideo y en el Brasil. Fué Bibliotecario nacional, Tesorero 
general, miembro de la Asamblea de Notables, del Conse- 
jo de Instrucción Pública y Censor de teatros. Enumerar 
minuciosamente las producciones literarias, llenas de tin- 
tes característicos, de este entendimiento creador, sería sa- 




APUNTACIONES BIOGRÁFICAS 361 

lir de los limites trazados á estas semblanzas, y temerario 
emitir juicio sobre su valor, porque habría que agitar 
muchas cuestiones literarias interesantísimas. «Propia- 
mente, dice don Francisco Bauza en el juicio que se 
halla en sus estudios literarios, Figueroa no perteneció 
á una escuela determinada, pues si bien clásico por sus es- 
tudios, aparece ecléctico en el curso de su vida, tomando 
asunto para la inspiración doquiera que pudo encontrarlo. 
Realista en las toraidas, romántico en algunas de sus com- 
posiciones amatorias, vació en forma clásica sus poesías 
religiosas y muchas d^ las festivas y satíricas». A Figueroa 
lo distinguió el aprit que consiste en el arte de decirlo todo 
con buen humor y sin la menor grosería, si descartamos al- 
gunos puntos negros de las toraidas ó algunas impropieda- 
des de las composiciones de circunstancias, dispersas en 
diarios y revistas. El Himno Nacional, en que culminó 
(1832), es su página inmortal, pues, escrito con entusiasmo, 
cumple admirablemente la necesidad. El «Diario Históri- 
co», razonado, en verso y en varias clases de metro, del Si- 
tio Grande de Montevideo (1812, 13 y 14), trabajado en el 
teatro de los sucesos y que segón escribió, eran los preludios 
de una lira joven é inexperta; el tomo de poesías reli- 
giosas, heroicas y festivas, con el título «Mosaico poético»; 
las «Cartas poéticas ->, versificación sobre temas forzados; el 
«Alfabeto de los niños», en que cada letra lleva una estro- 
fa alusiva á las glorias nacionales; las v: Toraidas», narra- 
ciones versificadas de las corridas de toros, y las diversas 
traducciones del francés, italiano y catalán, son fuentes á 
que puede ocurrirse para estudiar la organización poética 
de Figueroa. Perfeccionada su capacidad natural por la ac- 
tividad intelectual y por la necesidad de la expansión que se 
revela en todas las edades del hombre, hizo de Horacio su 
poeta favorito, traduciendo con indisputable mérito, bajo el 
seudónimo de «8ic Fragueiro Fonseco», las odas más cele- 
bradas del lírico amigo de Mecenas. Las dos octavas que 
improvisó sobre el cadáver del general Rivera (18 de enero 
de 1854) son preciosas. En la defensa de Montevideo 



362 REVISTA HISTÓRICA 

(1843 á 51), estuvo en íntima comunicación con los argen- 
tinos ilustrados en la literatura, mereciendo testimonios 
de distinción, cuando tío el lauro por las óptimas produc- 
ciones de su ingenio- Don Juan María Gutiérrez que ha 
derramado verdadera luz sobre los méritos literarios de los 
poetas sudamericanos, escribió entonces: «que si se hundiese 
Montevideo, el Cerro y Figueroa serían los dos rastros 
que asegurasen á las generaciones futuras su existencia». 
Nunca dejó Figueroa de mostrarse poeta; sus versos, que 
han resonado con aplauso en toda la América, no se des- 
virtuarán á pesar de las mutaciones que el tiempo intro- 
duzca en el gusto literario. El escritor neogranadino Torres 
Caisero, tan idóneo en el examen como imparcial para esti- 
mar las producciones en verso, en sus ensayos biográficos, 
se expresa así: «Figueroa es uno de los buenos modelos 
de la literatura hispano-americana, y sus obras no sólo 
desafían la crítica de los jueces más inflexibles y compe- 
tentes, sino que pueden ponerse en parangón con las obras 
más acabadas de los literatos, aun de los que pertenecieron 
al siglo de oro de la literatura españolan?; y Marmier, en sus 
cartas sobre la América, publicadas en París (1851) 
compara á Figueroa con el poeta francés del siglo xvi, 
Marot, que brilló á la sombra de Francisco I y Margarita 
de Valois. Falleció el 6 de octubre de 1862. 



F. Ferrelra j Artlf^aa. 

Don Fermín Ferreira y Artigas nació en Montevideo el 
26 de diciembre de 1831. Eran sus padres el doctor Fer- 
mín Ferreira y la señora Rosalía Artigas. Después de 
haber recibido la educación primaria que por entonces 
ofrecían los mejores colegios de la capital, ingresó en 
la Universidad (1849) recitando en la fiesta de su inau- 
guración la poesía incorporada á la narración que puede 
leerse en «M Comercio del Platas. Huelga decir que 
mereció en su paso por las aulas hasta terminar sus es- 



APUNTACIONES BIOGRÍFICAS 



363 




tudios profesionales (1854) las más altas distinciones. En 

la ceremonia con que la 
^^í*;^-'^ -*.-»- sociedad de Montevideo 
recordó el cabo de año 
del ilustre Florencio Vá- 
rela (20 de marzo de 
1 849) Ferreira y Artigas, 
en edad en que la mayo- 
ría de los hombres no ha 
empezado á vivir, recitó 
junto á Mármol, Eíche- 
verría, Pacheco y Obes, 
Figueroa, Cañé, Cantilo, 
unos versos en los que 
simboliza su dolor y pone 
los relieves de la filiadón 
de sus estudios, que la crí- 
tica encomió por el arte y 
la sinceridad. Este esfuerzo inicial del vate tiene la intensi- 
dad de las primeras impresiones y está á la altura del 
asunto; empieza: 

Ya dobla la campana funeraria 
Por el varón ¡lustre que expiró, 
Y en su tumba querida mi plegaria 
Quiero elevar por su memoria yo! 

Las letras y la política absorbieron su vida. Publicó 
muchas poesías líricas, se ensayó en la novela con «Inés de 
Lara», y por su drama en verso sencillo «Donde la» dan 
las toman^, obtuvo aplausos en el teatro. En «La Mari- 
posa» (1851), «El Eco de la Juventud Oriental» (1855), 
«El Mosquito» (1855) y «El Eco Uruguayo» (1856), pe- 
riódicos literarios que redactó con los Fajardo, Pérez Go- 
mar, Ildefonso García Lagos, Ramón de Santiago, J. A. 
Tavolara, Francisco X. de Acha, y otros de sus coetáneos, 
pueden estudiarse sus facultades en todos los géneros lite- 
rarios. Sus versos, que pueden ponerse en manos de cole- 
gialas son sugestivos, porque en ellos flota el mundo inte- 



364 REVISTA HISTÓRICA 

rior de su alma, y vehementes por la impetuosidad del es- 
tilo. El sentimiento y el entusiasmo salvará á algunas de 
sus poesías del reproche que se les pudiera hacer por ado- 
lecer de incorrecciones. Jjas buenas obras, escribió Juan 
Carlos Gómez á Estanislao del Campo, son siempre hijas 
de los bellos sentimientos, porque las mejores y más gran- 
des ideas nacen en el corazón llevando consigo la emoción 
de que nacieron. La modalidad literaria de Ferreira y Ar- 
tigas y sus ideales morales se diseñan bien en «Inmortali- 
dad», á que pertenece el siguiente fragmento que hace sen- 
tir y pensan 

El que su vida terrenal no sella 
Con actos que ennoblezcan su memoria, 
El que no deja íreLs de sí una huella 
De valor, de virtud, talento y gloria. 
Desaparece de la humana vida 
Cual la hoja que arrastra la cascada; • 
Y su losa, entre tantas confundida. 
Del viajero no alcanza una mirada. 

En «El Siglo:^ (1863) y ^La Época» (1865) de que fué 
redactor perinanente, se pueden apreciar sus dotes de pe- 
riodista. Su característica era la polémica del día eneestilo 
llano. No escribió sino para decir lo que pensaba. D spués 
de José Pedro Ramírez, cuyos grandes éxitos han dejado 
recuerdos á la posteridad, ningún orador oriental ha ejerci- 
do más fascinación en los conteraporóneos, ni ha sentido ma- 
yor sensación del triunfo popular al desplegar la improvisa- 
ción en las manifestaciones colectivas. Quizá para compren- 
der bien á este orador nativo sea necesario poder evocar el 
recuerdo de aquellas noches en que Montevideo era sorpren- 
dida con los partes de los primeros triunfos militares de la 
triple alianza contra la tiranía del Paraguay. La juventud, 
en una corriente de entusiasmo, seguía á Ferreira y Arti- 
gas hasta que rayaba el alba, cargando una silla de que se 
servía el tribuno, diez y veinte veces, para electrizar á cielo 
descubierto y sin aparatosidad. Son de valía sus discursos 
parlamentarios (1868-72). En la Cámara de Representan- 



APUNTACIONES BIOGR.ÍFICAS 



365 



tes fué campeón sin decaer un instante ni sufrir vacilacio- 
nes, de lo que le dictaba su probidad y su talento. Tiempo 
es de que volvamos la vista á los que brillaron en nuestro 
propio suelo y glorifiquemos sus nombres. Falleció en la 
ciudad natal el 10 de agosto de 1872. 



J. A. Várela. 



Don Jacobo A. Várela nació en Montevideo el 4 de 
febrero de 1841 con los prestigios de una prosapia que 

había ilustrado la historia 
del Río de la Plata. Fue- 
ron sus padres don Jacobo 
D. Várela, hermano del pu- 
blicista Florencio Várela, 
y la señora Benita Berro, 
hermana del estadista y 
magistrado Bernardo P. 
Berro, caído en uno de los 
turbiones funestos delpaíí^, 
y del tierno poeta fallecido 
en la edad de los sueños, 
Adolfo Berro. Don Jaco- 
bo A. Várela recibió la 
cultura que correspond í a 
al rango de su hogar, es- 
tudiando letras y ciencias exactas hasta merecer el título 
de agrimensor. Las tareas del comercio, á que se dedicó 
bajo los auspicios de su padre, no lo apartaron de la lite- 
ratura para la que sentía aficiones, pero lo indujeron á 
abstraerse del ejercicio de la agrimensura. En 1872, in- 
gresó en el partido radical cuyo programa lírico escribió 
el inolvidable Carlos María Ramírez, colaborando en 
«La Bandera Radical» y en «La Paz» que fundado por 
su hermano José Pedro Várela, aconsejaba la reconcilia- 
ción de los partidos tradicionales que estaban á la greña. 
Formó parte de la Comisión que debió redactar el Código 




S66 REVISTA HISTÓBIGA 

Penal en la admiuistmción EUaurí, y por exclusiva cuenta 
trazó un proyecto de penitenciaría muy encomiado. Hizo 
acto de adhesión al movimiento de 1875. Fallecido José 
Pedro Várela (1879) ocupó la Inspección Nacional de 
Instrucción Pública, dejando en esta posición huellas de 
laudables jornadas; con la lucidez de sus principios, sus 
ideas y sus cualidades didácticas, resolvió cuestiones é in- 
trodujo reformas sustanciales en el sistema y en el método 
que el predecesor le había l^ado, sin conmover el edificio. 
La sustitución del hombre por la mujer en el personal 
docente, y el establecimiento de la Escuela Normal de 
señoritas, son pruebas de sus aptitudes para estudiar y 
afrontar la labor que se le encomendó. En 1882, repre- 
sentando á la República con otros ciudadanos de elevado 
talento, en el Congreso Pedagógico de la Exposición Con- 
tinental de Buenos Aires, supo conducirse tan conforme á 
las exigencias de la difícil misión, que obtuvo halagüeñas 
adhesiones personales y elogios de la prensa seria bonae- 
rense. «La Patria Argentina» dijo: «Várela ha venido á 
destacar su personalidad como la de un educacionista de 
sólida ilustración y competencia, de vastas miras y de es- 
píritu observador y activo, destinado á dejar un surco 
profundo en la República del Uruguay y á repi-esentarla 
con brillo en las naciones extranjeras». En aquella agru- 
pación de hombres de indiscutible preparación, probó tener 
en la punta de los dedos la ciencia educacional, y ser capaz 
de exhibirnos aproximados al nivel de los pueblos que sir- 
ven de modelo en las cuestiones de enseñanza. Un conflicto 
(1882) obligó á Várela á dejar la investidura de Inspector 
Nacional que volvió á obtener en 1883 para conservar hasta 
1889 en que se le encargó del Ministerio de Hacienda. En 
esta Secretaría de Estado contribuyó con su probidad y su 
bagaje á las obras de administración y progreso puestas sobre 
el pavés. En 1897 fué Ministro de Fomento y candidato de 
transacción á la presidencia de la República presentado con 
otros ciudadanos de prestigio por el partido disidente en 
armas, que no era el suyo. En la historia del puerto de 



APUNTACIONES BIOGrXfICAS 367 

Montevideo merecerá páginas que perdurarán, porque re- 
solvió con habilidad y convicción muchas de las cuestiones 
técnicas y prácticas de la obra. Falleció el 22 de marzo de 
1900 representando en el Senado al Departamento de 
Minas. 

G. Péreae Ckimar. 

Don Gr^orio Pérez Gomar nació en Montevideo en 
1834. Era su padre el bravo y abundo coronel de la in- 
dependencia, Gr^orio Pé- 
rez. Ocupó en edad tem- 
prana una posición lucida 
por la rectitud de carác- 
ter y la actividad mental. 
Recogió el fruto de la en- 
señanza destinada á los 
niños, y pasó por las aulas 
univereitarias sonando co- 
mo una rica promesa has- 
ta coronar su carrera 
(1854). En los periódicos 
de letras que aparecieron 
en Montevideo de J851 á 
" ^ 1800, demostró cualida- 

des nada comunes, de pro- 
sista científico, literario y político. -Con Ferreira y Artigas 
redactó en 1851 «La Mariposa v que mereció la colabora- 
ción del gentil hombre del Plata, Juan Carlos Gómez, y del 
insigne poeta que cantó bellamente á Montevideo, Luis L. 
Domínguez. Este y otros periódicos literarios en que Pérez 
Gomar colaboró, tuvieron la virtud de despertar el espíritu 
de emulación en la juventud ilustrada. En su mocedad 
aplicó dosis de talento á la enseñanza de materias didácti- 
cas, morales, de filosofía social y del derecho público, con 
una eficacia de que dieron pruebas el libro «Idea de la 
perfección humana» (1856) en que están condensadas 




368 REVISTA HISTÓRICA 

muchas materias, y los volúmenes de «Derecho de Gentes» 
(1864) que encierran la instrucción de la ciencia que ha 
crecido en importancia para las repúblicas americanas. 
Esta obra que no fué dedicada con pedantesca pretensión 
á eruditos, sino ofrecida como pauta á estudiantes, está 
escrita con la severidad y firmeza de método y forma que 
requería. Con el compendio — libro de 150 páginas— sus- 
tancial y limado, respecto de los viajes y descubrimientos 
de Colón y Vespucio, redactado en Florencia y editado en 
Buenos Aires (¡880) aumentó la literatura histórica. Es- 
tando embanderado en uno de los partidos históricos sin 
extasiarse en su tradición, se afilió al núcleo que, nervioso 
y sobreexcitado, agitóse por un programa un tanto violento, 
sufriendo algunas peripecias (1855). De 18Ü¿íque se ausen- 
tó, á 1872 que regresó para aceptar la misión difícil ante 
el Gobierno de Italia, de negociar un acuerdo sobre la 
deuda de la República por perjuicios de guerra - firmó 
el convenio de septiembre de 1873 — vi vio en Buenos Aires 
del peculio que le producía su profesión y del estipendio 
asignado al maestro de derecho comercial, en cuya cátedra 
dictó las interesantes lecciones que se publicaron (1807). 
En 1875 repitió la expatriación, de la que retornó en 1881, 
sin traer al país teorizaciones, repugnancias y resistencias 
tradicionales. Aceptó la lepresentación diplomática de 
la República en Buenos Aires que le brindó el Gobier- 
no del doctor Vidal (1881). Ocupó puestos judiciales 
en la administración de Berro (1860) y en la de Santos 
(1885); la cátedra de derecho internacional (1863-1805) 
y el Ministerio de Relaciones Exteriores (1873-1875). Pu- 
blicista, profesor, funcionario, periodista, resaltó siempre 
en alto relieve por el saber que atesoró en la asidua jorna- 
da. Falleció el 11 de octubre de 1885. 



APUNTACIONES BIOGRjÍFICAS 



369 



F. Arauelio. 

Don Francisco Araucho nació en Montevideo algunos años 
antes de la conclusión del siglo XVIII. No podría ponerse en 

problema la escrupulosa aus- 
teridad de este varón, ni los 
beneficios que derramó, ni 
su grande ambición por la 
felicidad de la patria que de- 
jó hace cuarenta y cinco años. 
Empezó su carrera cívica 
alistándose anheloso en las 




divisiones de Artigas luego 
de producirse el alzamiento 
de 1811, captándose algo 
más que la confianza del je- 
fe de los insurgentes que lo 
prefirió para secretario. Se 
halló en los sitios de Monte- 
video (octubre de 1 812 — ju- 
nio de 1814) y fué secretario del Cabildo ocupada la ciudad 
por los independientes, de cuyo puesto lo destituyó Lecor. 
Emigró á Buenos Aires,y en esta capital, levantado á la altura 
délas circunstancias, coadyuvó á los preludios vitales de la 
revolución de 1825 que, producida, lo contó en sus filas. No 
tuvo día sin tarea. De la secretaría del gobierno instalado 
en Canelones (14 de junio de 1826) pasó al lado del gober- 
nador delegado don Joaquín Suárez (5 de julio de 1826), 
recibiéndose más tarde del Ministerio fiscal (27 de diciembre 
de 1828). En 1830 fué Oficial Mayor del Ministerio de 
Gobierno, en el mismo año Juez del Crimen, y desde 1836 
á 1856 formó parte del Tribunal de Justicia. Miembro de la 
Asamblea de Notables (1846) y del plantel augusto de la 
inteligencia en la República, el «Instituto de Instrucción 
Pííblica» (1849) y senador (1851).Letocóensu calidad de 
presidente del Tribunal de Justicia pronunciar sentido dis- 

B. K. DS LA. U.^24. 



á70 



REVISTA HISTÓRÍCA 



curso en el acto de inhumarse los restos del general Rive- 
ra (18 de enero de 1851). Dedicó los ocios que le permi- 
tieron los afanes políticos y las tareas administrativas, al 
estudio de las letras, produciendo algunas poesías de 
gusto sano y con calor de estilo que se tomaron en cuenta. 
En 1814. publicó la oda '^Al heroico empeño del Pueblo 
OrientaK. Aprovechando la inauguración de la Biblioteca 
(1816) y el aniversario de mayo en el mismo año, dio á 
luz otras dos canciones. Estas obras en verso que acertiva- 
mente se le conocen no carecen, — adherimos al juicio de 
un erudito escritor oriental, —del relieve necesario para 
distinguirse, atendida la época y el medio social eu que 
fueron compuestas. Don Francisco Araucho, jubilado, fa- 
lleció el 28 de febrero de 18G:í. 



J. ni. Besnes Iris^oyen. 

Don Juan Manuel Besnes Irigoyeu nació en la provin- 
cia española Guipúzcoa en 1792 y llegó á Montevideo en 
^^^t^^m^^^^ - 1808. Estuvo al servicio del 

^ \^S^^^¿^ gobernador T^lío. Impelido 

por fuerzas generosas fué 
asiduo en la labor humani- 
taria en medio á la escasez. 
La escuela lo conquistó al 
extremo de que ninguno le 
anduvo en zaga. En su cole- 
gio de 1818 hicieran los pri- 
meros estudios la mayor par- 
te de las señoras que, con 
rango social, han simboliza- 
do en nuestro pasado ins- 
trucción y virtud, — «la edu- 
cación primaria como que es 
la primera que se recibe, 
amolda el espíritu según las ideas personales del maestro», 
dice el publicista peruano Zegarra, — y en la «Escuela Ñor- 




AÍ»üNTACIONES BIOGRXfICAS 37 1 

mal» que dirigió (1830) recibieron el primer cultivo de la 
mente muchos hombres que brillaron en el país en la tribuna 
política y en la cátedra de la ciencia. Fué director de la es- 
cuela de huérfanos creada y amparada por la «Hermandad 
de Caridad» (1826). Cooperó en la dominación portuguesa 
(1821) á la fundación de la «Sociedad Lancasteriana» de 
que hacen mención los anales de la patria, que tuvo el 
propósito de sostener escuelas que abrazaban el cuadro de 
las siguientes materias: lectura, escritura, doctrina cristiana, 
gramática, aritmética, y geografía, empeñándose con el be- 
nefactor Larrañaga en vencer las dificultades con que tro- 
pezaban las escuelas y en introducir en la enseñanza refor- 
mas sustanciales para darle solidez. Presidente de la Direc- 
ción Topográfica, desempeñó la secretaría de la Comisión 
que por resolución l^islativa recibió en el Durazno el 
juramento constitucional al Presidente general Rivera 
(Chucarro, Sagra y Píriz, Chain, 1839). Le cupo el honor 
de ser uno de los fundadores del «^Instituto de Instrucción 
Pública» y de la «Comisión de Instrucción Nacional <^. Po- 
seía el arte de la caligrafía que se creó él solo con el genio 
maravilloso con que había sido dotado. Trazó un plano del 
Eío de la Plata tan interesante que el emperador del Bra- 
sil lo hizo grabar en Estados Unidos, otorgándole, como 
premio, la «Orden de Cristo», y los retratos á pluma de 
los Presidentes Rivera y Oribe. Prestó concuño eficaz á 
la histórica «Sociedad de Caridad y de Beneficencia» de 
la República. Resonó en Europa en el siglo XIX libando 
á ser perito laureado por el jurado de la exposición de Lon- 
dres (1851) en mérito de los cuadros hechos á pluma, que 
expuso en ella y que fueron adquiridos pai'a los museos de 
Madrid y París. 

Luis Carve. 



El conflicto de Poderes en la sanción del 
Presupuesto 



< Estadio lilstórlco-con«ititiicional ) 



Este trabajo carece de originalidad y ea eso consiste su 
único mérito. Es la exposición imparciai de las opiniones 
de unos cuantos maestros de la ciencia política, sobre un 
asunto que alcanza en estos momentos la más alta oportu- 
nidad. 

Viejas anotaciones que he hecho, y que ahora ordeno y 
traslado, sin obscurecerlas ni enervarlas, sin apasionar- 
me con pasión alguna p3lítica, sin propósitos tendenciosos, 
y con el fin exclusivo, de que el lector se forme un concep- 
to claro de las cosas. 

TEICDENCIA X LA UNIDAD DE ACCIÓN EN EC GOBIERNO 

Im política interna de varios grandes pueblos de Europa 
y América ha puesto esta cuestión, y la más general de 
las relaciones jerárquicas de los dos Poderes políticos del 
Elstado, bien puede decirse, que á la orden del día. Y por 
eso, los más renombrados publicistas se han ocupado de ella 
con verdadera prolijidad. La cuestión política, inspirada tal 
vez en circunstancias del momento, más ó menos trascen- 
dentales, se ha convertido en cuestión serena de doctrina, en 
enseñanza acad émica. 

En la política ha prevalecido el pro y el contra, pero tales 
soluciones poco tienen de aleccionadoras. La política suele 



CONFLICTO DE PODERES 373 

inspirarse en propósitos que no siempre se confunden con 
la verdad y la justicia. Pero lo que nos interesa decir, 
es que se han dividido también los pareceres de los publi- 
cistas, y no de los publicistas reaccionarios, sino de los que 
se inspiran en los más puros y avanzados ideales de la ci- 
vilización democrática de nuestros tiempos. 

La cuestión no es, pues, una cuestión de fuerza, de pre- 
potencia; es una cuestión de filosofía política, que con- 
viene ventilar y resolver en la esfera de las ideas, á fin de 
incorporarla como una conquista, al conjunto de los medios 
y los recursos con que pueden servirse los grandes intereses 
de los pueblos. 

Aún entre los publicist^is liberales, y en las prácticas 
de los pueblos libres, se descubre una nueva tendencia 
política respecto de la manera de conducir los n^ocios 
públicos. Esa tendencia viene acentuándose cada vez 
más, y hasta parecería que prevaleciendo en toda la línea. 
Hablo del descrédito en que se encuentra la autoridad de 
los Parlamentos, de todos los cuerpos deliberantes, en lo que 
se refiere á las funciones que tienen una relación directa 
con la Administración publica, y á la autoridad creciente 
que cada día adquiere el poder del jefe de la Administración. 

No es mi objeto averiguar cuál sea la razón del hecho, 
ni el grado en que pueda justificarse; me basta con enun- 
ciarlo, y agregar que en general los pueblos lo miran con 
simpatía. Y si alguno pusiera en duda estas aseveraciones 
me bastaría llamar su atención sobre lo que pasa, aún en la, 
tradicional Inglaterra, aún en la libre república americana. 

En Inglaterra, el Parlamento que todo lo puede, menos 
cambiar el sexo de los seres humanos, no puede, sin embargo, 
tomar la iniciativa del menor gasto ni del menor impuesto. 
En Inglaterra, vieja cuna de las libertades comunales, se 
agita la idea de centralizar los municipios ó, por lo menos, 
de darles una dirección única, dependiente del Poder Cen- 
tral. Y en EJstados Unidos, es universal la grita contra 
los excesos del Congreso en materia de administración, y 
especialmente de administración financiera. Y los Consejos 



374 REVISTA HISTÓRICA 

Municipales de las grandes ciudades, á juzgar por todo lo 
que se les inculp», son un objeto de abominación. 

Ayer prevalecían las Asambleas L^slativas, únicas sal- 
vaguardias de los derechos individuales y las libertades 
políticas. Hoy, que esos derechos y esas libertades están 
sólidamente garantidos, prevalece la autoridad de los Go- 
biernos, pues se quiere la acción rápida que provee á tantas 
necesidades como aguijonean á las sociedades contemporá- 
neas, y la responsabilidad bien definida que se reputa, con 
razón, como el único medio de impeiiir los gastos excesivos 
del Estado. 

Toda corporación tiene que organizarse bajo una unidad 
de dirección, para poder obrar. 

La Cámara de setecientos miembros de Inglaterra, sólo 
obra con eficacia porque la mueve el Gabinete, que al pro- 
pio tiempo que es su representación ejecutiva, es el impulso 
y el guía de sus deliberaciones, Y si la Cámara de Diputa- 
dos de Estados Unidos no se dispersa y anarquiza, y se 
hace de todo punto inadecuada para sus tareas, es gracias 
á la concentración que en su seno se opera, mediante la 
constitución de Comisiones permanentes, constituidas libre- 
mente por el Presidente, y en las cuales puede decirse que 
del^a sus más importantes facultades. Otras veces son los 
partidos los que condensan la acción legislativa, y la unifi- 
can, y los miembros de la. Cámara obedecen siempre á la 
consigna de sus leaders. En todas partes, se advierte esa ne- 
cesidad de unificación, esa tendencia á hacer prevalecer una 
ó pocas voluntades sobre el conjunto discordante de los in- 
dividuos y los círculos. 

SOLUCIÓN AUTORITAR[A DE LA ESCUELA ALEMANA 

La cuestión planteada puede resolverse de dos maneras, 
según el concepto que se tenga de ese derecho ó facultad 
privativa del Cuerpo Legislativo de discutir los impuestos 
y votar los gastos, ó sea de sancionar el presupuesto. 

J. J. Blunstehli expresa las dos razones fundamentales 



CONFIJCTO DE PODERES 375 

que militan en pro y en contra. Cuando la Cámara, dice, 
puede ejercer el poder de permitir ó negar sin ninguna cla- 
se de respetos, los impuestos, posee tambiéu el poder de 
subordinar á su jurisd'cción todos los restantes poderes del 
listado, y perturbar de esta suerte, la totalidad de la Cons- 
titución. De ahí, que toda desaprobación acerca de esta 
materia, sea en general, bajo este punto, un abuso y una in- 
justicia. Pero, por otra parte, el derecho constitucional del 
consentimiento legislativo de los impuestos, sólo tiene signi- 
ficado cuando hay la posibilidad de que se haga lo contra- 
rio, esto es, de que se rehusen, sin lo cual la intervención 
que á la Cámara respecta, frente á frente de la Adminis- 
tración, sería de todo punto ineficaz. Y desentendiéndose de 
las soluciones transaccionales propuestas por algunos publi- 
cistas, entre las cuales es la de más relieve la de establecer 
en el presupuesto dos partes, una inmovible y otra movible, 
de las cuales sólo la última podría ser rechazada por el 
Cuerpo Legislativo, concluye así: «^ Creemos que la solu- 
ción más simple de esta cuestión está en el estudio interno 
del derecho de aprobar el presupuesto. En efecto, este des- 
tino, no consiste más que en el cuidado de la economía del 
Estado, sin que sirva de palanca para la potencia política de 
las Cámaras. Segíin esto, la Cámara tiene completa liber- 
tad para aprobar ó rebajar los impuestos, no por motivos 
extraños, sino por motivos de economía pública. Esto no 
obstante, no debemos vituperar á la Cámara que se mos- 
trase avara más bien que condescendiente con un gobierno 
impopular, aunque con esta actitud planteara una exigen- 
da que le constriñera indirectamente á presentar su di- 
misión. y> 1 

Como se ve, el publicista alemán niega fundamentalmen- 
te á la Cámara el derecho de convertir sus facultades finan- 
cieras en arma política, aunque, al fin, vacile algo en su 
negativa, y disminuya su radicalismo. Y á la verdad que 



1 J. J. BluDstchli: Derecho Publico U^niversal^ tomo U, pág. 120. 



376 REVISTA HISTÓRICA 

ha sido llevado á esa semieontradicción por la lógica mis- 
ma de las ideas. Adn cuando esas facultades se ejerzan sólo 
y exclusivamente por motivos económicos, ¿ cómo descono- 
cer que en ellos influya, y á las veces muy oportuna y ra- 
zonablemente, el motivo político ? ¿ No salvaguardaría el 
interés económico del país y no lo salvaguardaría bien, una 
Asamblea que se negase á votar créditos para obras públi- 
cas, para gastos militares, para la protección de las indus- 
trias, en favor de un gobierno inepto ó poco discreto por 
lo menos ? Por lo demás, la apreciación de los motivos 
de esta actitud, sólo á la Asamblea en buena doctrina 
podría corresponder. ¿ Qué quedaría de la facultad legisla- 
tiva, si se estableciera sobre ella la supervigilancia del Po- 
der Ejecutivo ? 

Veamos otro escritor, inspirado como Blunstchli en la 
escuela alemana; aunque no sea alemán, sino italiano, ex- 
presarse de la misma manera. Me refiero á J. S. Nitti. 

« El rechazo del presupuesto es un hecho muy grave y 
de tremendas consecuencias. Rechazar el presupuesto, rehu- 
sar los impuestos y negar los gastos, equivale á hacer im- 
posible el funcionamiento del Estado. El rechazo del presu- 
puesto puede ser un arma de combate en épocas de ardientes 
luchas políticas; pero en un país bien organizado y en si- 
tuaciones normales, este procedimiento s^uramente no será 
empleado. Es un arma que se herrumbra en el arsenal de 
las leyes constitucionales, como dice con frasft pintoresca 
Erskine Mai. 

«El derecho de rehusar el presupuesto está en contradic- 
ción con el organismo del Estado moderno; y no es otra 
cosa que un medio revolucionario que, como la guerra, 
puede explicarse y justificarse en casos extremos, sin ser 
nunca, sin embargo, verdaderamente útil. Es decretar, no 
la caída de un gobierno, sino el desorden y la anarquía». Y 
termina así textualmente: «Si se puede en buena lógica 
admitir que el derecho de rechazar el presupuesto existe, 
no es menos verdad que la práctica constitucional lo ha 



CONFLICTO DE PODERES 377 

colocado pura y exclusivamente en la condición de un de- 
recho virtual.» ^ 

Bluntschli, como Nitti, como todos los escritores incli- 
nados á negar al Poder Legislativo este medio podero- 
so de presión 6 coacción política, se guardan, no obstante, 
de discutir el asunto del punto de vista del estricto dere- 
cho, y de los puros principios. 

E^s cierto que es grave ese derecho, y sus consecuencias 
peligrosísimas, pero no por e^o ha de negarse. Grave es 
también la acusación contra el jefe del Estado, y su desti- 
tución puede originar trastornos incalculables; pero eso no 
obstante, ¿quién se atrevería á juzgarla un derecho pura- 
mente virtual, indigno de ser empleado en el juego de las 
instituciones? Grave y más grave aún es negarle al Poder 
Ejecutivo los medios pecuniarios para emprender una gue- 
rra ó proseguirla después de comenzada, pero ¿sería por 
eso ilegítimo que lo hiciera así el Cuerpo Legislativo? 

No es ese, pues, un derecho virtual, sino real y posi- 
tivo. Y tan lo es, que en muchos países hasta se ha llegado 
á limitar y reglamentar. En Inglaterra, lo que se llama 
<? fondo consolidado», en donde están incluidos los gastos que 
se refieren á la existencia permanente del Estado, deuda 
pública, lista civil, sueldos de la alta magistratura y de los 
diplomáticos, representa la parte estática del Presupuesto, 
y no puede ser rehusada, y ni siquiera discutida. Y en 
Alemania, según las prácticas y aún la doctrina, los gastos 
militares no pueden ser rehusados por el Parlamento, sino 
de siete en siete años. 

Como se sabe, Bismarck desde el año 1862 hasta el 
1866 sostuvo contra el Parlamento prusiano, el derecho 
de votar el presupuesto de guerra; y habiendo ocurrido en 
1866 la guerra con el Austria, la batalla de Sadowa de- 
mostró el mérito de sus reformas militares llevadas á cabo 
contra el J^arla mentó. Es interesante conocer los arguraen- 



\ tf . 8. Nitti: Principes de Science des Finances, pág. 



378 REVISTA HISTÓRICA 

tos por los cuales Bismarck y el gobierno prusiano, nega- 
ron á la Cámara de Diputados la prerrogativa de raodifícar 
6 rehusar el presupuesto. 

Uno de esos argumentos se refería al espíritu de la 
Constitución, el otro á su letra. Si el Parlamento, decía 
el canciller alemán, puede modificar á su arbitrio el 
presupuesto, 6 afln rehusarlo, no se podría negar que 
podría disputar su supremacía á la Corona. Pero como lo 
nota P. Leroy Beaulieu, este argumento no tiene valor 
en el r^men representativo, porque lo cierto es que en este 
raimen un gobierno no puede ni debe marchar en lucha 
contra las Cámaras. 

El otro argumento era más sutil pero no menos falso, 
como vamos á verlo. El Presupuesto es una ley, y como 
tal, necesita el concurso de los dos Poderes políticos. Si 
uno solo lo rehusa, no es justo que prevalezca su volun- 
tad, y el conflicto debe resolverse en el mejor de los casos, 
por una transacción. Pero esta doctrina supone, como lo 
quería Nécker un siglo antes, en el presupuesto una parte 
estática, fija, votada una vez por todas, y una parte diná- 
mica, variable anualmente, y que no comprendiera sino las 
enmiendas propuestas. En esta doctrina, sí, toda vez que 
una Cámara 6 las dos rehusaran el presupuesto, quedaría 
en vigencia el anterior. Pero ella pugna tanto con el dere- 
cho público como con el derecho administrativo. 

Ha dicho Leroy Beaulieu: <■ Del punto de vista del de- 
recho político no está bien que el Parlamento, representante 
del país, se desprenda de todo medio de acción sobre el go- 
bierno; y del punto de vista administrativo, es de todo pun- 
to falso que esté en la naturaleza de los impuestos y los 
gastos del Estado moderno, que sean idénticos de un año, 
para otro. El presupuesto no puede, no debe ser sino anual, 
y el voto de las Cámaras es absolutamente necesario afto 
á año para darle nacimiento.» 1 



^ P. Leroy Beaulieu: Traite de la Science (¡íes Finances, tomo II, 
pág. 17. 



C50NFLIGT0 DE PODERES 379 

Y tan es esto incontestable, que el propio Bismarek 
no dejó subsistente su doctrina para el porvenir. En la so- 
lemne sesión de apertura del período l^slativo de 1 866, 
por intermedio del rey Guillermo reconoció la ilegalidad 
cometida y prometió no cometerla más. Y en esta actitud, 
mejor que en las más bellas palabras, se encuentra la prue- 
ba del poder de las Cámaras, delante del cual se inclina un 
gobierno victorioso, y victorioso precisamente gracias á su 
desobedecimiento. 

LA Cuestión eií frangía é Inglaterra 

Veamos ahora algunas opiniones francamente liberales 
sobre esta cuestión. 

Dice R Stourm: «El derecho presupuestario pertenece, 
sin contestación posible, á los representantes del país. Esa 
conquista, buscada desde hace siglos, es ya definitiva. En 
su más grande latitud y de una manera exclusiva, la apro- 
bación del presupuesto emana del Parlamento, el cual 
puede no sólo votarlo, sino abstenerse de votarlo, á fin de 
someter á su política general al Poder Ejecutivo. Este por 
su parte no debe menospreciar esa supremacía, ni luchar 
contra ella. Le corresponde, por el contrario, inclinarse á 
tiempo para evitar las terribles consecuencias del rechazo 
del presupuesto.^ ^ Esto dice Stourm después de citar 
algunas palabras de Juan B. Say, en las cuales el viejo 
maestro de Eíconomía Política, se extraña que haya 
persona alguna desinteresada que mire como un extremo 
peligroso el ejercicio de ese derecho, y considera semejan- 
te manera de ver, como una debilidad protectora de la di- 
sipación, de la corrupción y la pérdida de los gobiernos. 

Dice G. De Greef: «El derecho de votar el impuesto 
implica el de rechazarlo, y este derecho se ha afirmado 
históricíimente, como la más efectiva garantía de la sobe- 



t R. Stourm: he Budget, pág. 393, 



380 REVISTA HISTÓRICA 

ranía nacional. En Inglaterra, en Francia, en Bélgica, es 
indiscutible. No es lo mismo en Alemania y en Austria, 
donde ha sido contestado, especialmente por M. P. Laband 
en su «Derecho Público del Iraperio de Alemania». Pero, 
a6n en el estrecho punto de vista de la estricta interpreta- 
ción de la Constitución, la teoría de M. Laband, no ha te- 
nido aceptación alguna, pues ella es la puerta abierta al 
absolutismo.» Y concluye: «El dei'echo de no votar el pre- 
supuesto, es el similar del derecho de huelga. Es al Poder 
Ejecutivo, á quien corresponde someterse, y si así lo hace, 
ni las crisis serán largas, ni los servicios públicos queda- 
rán interrumpidos.» 1 

En Francia, en 1877, la cuestión que estudiamos fué 
el objeto de los más apasionados debates. La Cámara 
deseaba imponer su política al Poder Ejecutivo, y casi 
ya, á la terminación del presupuesto vigente, aplazaba 
la consideración del del próximo afío. Jules Ferry ex- 
presando la opinión del Parlamento, decía que la Asam- 
blea no dejaría de mano ese recurso que constituye el 
último de los pueblos libres, y no daría ni un céntimo 
sino á un gobierno que le inspirara confianza. Todos veían 
con inquietud acercarse el afío 1878, y Gambetta exclama- 
ba, que pronto se sabría si era la Nación ó era un hombre 
quien mandaba. 

El Gobierno, en presencia de esta oposición, después de 
haber estudiado en vano los textos para descubrir un me- 
dio legal de franquear sin presupuesto el año, y recono- 
ciendo que á partir del 1."* de año, á falta de un voto le- 
gislativo, ningún receptor consentiría en percibir el impues- 
to, y ningún pagador dejaría salir un céntimo de su caja, 
decidió someterse. 

En Inglaterra ha prevalecido á este respecto la misma 
tendencia que en Francia, y eso desde tiempos remotos. 



1 G. De Greef: UEconomie Publique et la Science des Finances^ 
pág.487. 



ÍX)líBliíCTO DE PODERES 381 

Ni UDO solo de los grandes publicistas ingleses dejan de 
considerar que el poder financiero del Parlamento, es la 
más fuerte defensa de su libertad. 

Para no citar hechos históricos lejanos, sólo recordare- 
mos uno, clásico, ocurrido á fines del siglo xvm, en los días 
de la consolidación definitiva del raimen representativo 
de que disfruta actualmente el pueblo ingl&. 

Era primer ministro William Pitt El rey Jorge III te- 
nía en él toda su confianza, pero en cambio las Cámaras le 
profesaban la mayoi* aversión, y guiadas por Fox se ser- 
vían de todos los medios para derrocarlo, aun mismo del 
rechazo del presupuesto. Pero Pitt, hombre de una ex- 
traordinaria actividad, obtuvo el impuesto del Land-tax, 
y gracias á esto y al fondo consolidado, que, como se sabe, 
es una parte invariable del Presupuesto británico, redu- 
ciendo los servicios y maniobrando hábilmente, pudo soste- 
nerse dm'ante algunos meses, hasta que le fué posible reunir 
una mayoría parlamentaria. No sólo la oposición sino el 
Gobierno reconocieron este poder parlamentario. Lo predicó 
Fox en sus ardientes arengas, y Pitt lo acató en su política, 
y si triunfó de él, fué respetándolo. 

Es cierto que desde entonces no se ha vuelto á usar, 
pero no por eso puede decirse que no exista. Y en todo 
caso lo usan, y con frecuencia, las colonias británicas. Hace 
pocos años el parlamento de Melbourne, en Australia, re- 
chazó todo el Presupuesto, y fué respetado. 

LA CUESTIÓN EX ESTADOS UNIDOS 

Antes de cerrar esta breve revista de hechos y de opi- 
niones, no dejaremos de referirnos á Estados Unidos, sea 
por la importancia de su legislación, sea en mérito del ré- 
gimen de organización de los Poderes públicos que es allí, 
como en nuestro país, el presidencial. 

En la gran República norteamericana, el Congreso ejerce 
también con miras políticas su poder financiero, pero en 
el ejercicio de ese poder procede de una manera especial. 



385i REVISTA HISTÉRICA 

Cada vez que ha querido influir sobre el Poder Ejecutivo, 
no hu rechazarlo integrahuenteel presupuesto, y ni siquiera 
los créditos y las autorizaciones que el Poder Ejecutivo le 
ha demandado, como lo habría hecho en análogas circuns- 
tancias la Cámara de los Comunes: se ha limitado á incor- 
porar, á prender, á los bilh económicos lo que allí se llama 
un «rider». 

Desde hace muchos años la Cámara ha contraído el há- 
bito de insertaren las leyes que vota, relativas á^los ser- 
vicios públicos, disposiciones concernientes á asuntos ente- 
ramente diferentes, que no ha podido hacer pasar de una 
manera directa en la vía ordinaria. 

En 1867 y en 1879 el Congreso usó ampliamente esta 
táctica contra los Presidentes Johnson y Hayes, y casi 
siempre les obligó á ceder y aun á abstenerse de vetar esas 
disposiciones que llamaremos subrepticias, apremiados por 
la necesidad de obtener sin demora los créditos ó las auto- 
rizaciones contenidas en las demás. 

Cierto.es que en Estados Unidos más que en otro país 
cualquiera se ha deseado fortificar al Poder Ejecutivo y 
sustraerlo á la influencia del Congreso. Pero ¿se ha conse- 
guido este objeto? Veamos lo que dice á este respecto un 
publicista que lo conoce bien. Dice Brj ce, que es el publi- 
cista á que nos referimos: <^ Cuando las dos ramas del Po- 
der Legislativo están de acuerdo y domina en ellas una ma- 
yoría contraria al Presidente, el Presidente queda de todo 
punto impotente; y el equilibrio de los Poderes queda de- 
finitivamente roto. Esto sucede en Estados Unidos como en 
todos los países representativos. Y es bueno que las cosas 
pasen así, porque la opinión de las Cámaras índica casi 
siempre un vasto y profundo movimiento de opinión que 
es necesario respetar». 1 

Mal que les pese á los partidarios escolásticos de la di- 
visión de los Poderes, y de su independencia absoluta, el 



J Bryce: La République Américainey tomo I, página 323. 



CONPrjOTO DE PODERES 383 

|)oder de legislar es el poder por excelencia. Y los conflic- 
tos en que se halle con los otros Poderes, sólo pueden ser 
resiieltos, si se quiere resolverlos orgánicamente, por el 
pueblo el día de las nuevas elecciones. 

No importa esto decir que le sea lícito al Poder Legisla- 
tivo atentar violentamente contra los otros Poderes, y ni 
siquiera envolverles en una red de leyes y de estatutos, se- 
mejante á la que Hephoestus en la «Odisea^ arroja sobre 
los amantes, no. Debe el Cuerpo Legislativo respetar la 
autoridad de los otros Poderes, que, como la suya, emana de 
la Constitución; pero lo que queremos significar es que de 
sus errores y aun de sus faltas, no existe en último término 
ísanción alguna constitucional ó legal; y agregar, que no se 
concebiría que la hubiera, sino al precio de males infinita- 
mente mayores que los que ella pudiera disminuir ó reme- 
diar. 

SUPREMACÍA DEL PODER LEGISLATIVO ASf EN EL PARLA- 
MENTARISMO COMO EN EL RÉGIMEN PRESIDENCIAL 

Dice Bluntschli, cuya palabra como se ha visto, no es 
sospechosa de parlamentarismo, que la potestad del l^isla- 
dor, á pesar de no ser absoluta, es la m;ís sublime entre to- 
das las del Estado, y que es muy difícil imponer por me- 
dio de instituciones políticas, líraires al ejercicio de la misma. 
Así que, cuando el legislador no se mantiene dentro de su 
esfera, é infringe los preceptos sociales impuestos por los 
grandes deberes del Estado, por la justicia y por la pros- 
peridad universal, no es fácil dar con el verdadero camino, 
valiéndose para ello de medios suministrados por el dere- 
cho. Y es, efectivamente, así. Sin embargo, hay algunas 
importantes limitaciones de las arbitrariedades legislativas. 

Supóngase que una ley no ha sido hecha según los pro- 
cedimientos constitucionales, por ejemplo, que no ha sido 
votada en Cámara, ó con arreglo al quorum necesario, ó no 
ha sido sancionada por el Poder Ejecutivo ó adolece de 
cualesquiera otro vicio de forma. Es obvio que su validez 



á84 REVISTA HISTÉRICA 

puede ser discutida y n^ada por los restantes Poderes del 
Estado. 

Supóngase que él vicio en lugar de ser formal, es sus- 
tancial; que el contenido de la ley es inconstitucional, por 
ejemplo, por usurpar las funciones de los demás Poderes 
del Estado ó atentar contra el derecho de las pei'sonas. Pues 
también en ese caso, algunas de las legislaciones políticas 
más avanzadas, como la de los Estados Unidos, ofrecen el 
remedio. En ese caso los Tribunales pueden impedir, si- 
quiera sea, en cada caso particular, la ejecución de la ley. 

Poro cuando las Cámaras no desconocen las formas del 
procedimiento ni violan la letra de la Constitución, cuando 
obran dentro de sus facultades, entonces su autoridad no 
puede ser apreciada por ningún Poder extraño. Y si de 
esto resulta algún mal, ese mal no tiene remedio dentro de 
la legalidad. 

No será buena del todo esta solución, pero os la mejor. 
Y lo es, porque fuera de ella no hay otra, que conferir al 
Poder Ejecutivo el derecho de juzgar los actos legislativos 
con toda la amplitud discrecional de un dictador. 

Se trata de el^ir entre dos males, y en razonable optar 
por el mal menor. Y es indudables que es menos grave so- 
portar la mala conducta de una L^slatura, que al fin y 
al cabo no sale de la órbita de sus atribuciones propias, 
que autorizar las usurpaciones de poder del Ejecutivo con- 
vertido en omnipotente factor de acción. 

Pero hay mucho más á este respecto. Hasta aquí hemos 
supuesto que sean absolutamente iguales los dos Poderes. 
Pero ¿es esto verdad? No lo es, no obstante la vieja y clási- 
ca doctrina de la división absoluta de los Poderes públicos. 

En el ordenamiento del gobierno hay siempre un último 
grado infranqueable; puede haber siempre una injusticia, 
un abuso, un mal último im|X)sible de reparar. Y ese Po- 
der político de última instancia reside naturalmente en 
el Cuerpo Legislativo, que es quien hace la ley, ó sea la su- 
prema norma de la existencia del Estado, y tiene el privilegio 
de acusar y destituir á los demás Poderes; y ese mal que 



CONFLICTO DE PODERES 385 

TÍO tiene sanción es el que alguna vez pudieran cometer las 
Oámaras, á las que la ley salvaguarda con la más absoluta 
impunidad l^L 

Todo conflicto de Poderes, no puede ser resuelto sino en fa- 
vor de las Cámaras, si es que quiere resolverse dentro de las 
-instituciones. Y hago esta salvedad porque es claro que 
puede resolverse por el pueblo directamente de una manera 
•extralegal ó revolucionaria. Si un Parlamento, despreciando 
sus relaciones con la Nación cayera en la arbitrariedad y 
en la abominación, entonces el exceso de sus abusos sus- 
citaría la extraordinaria resistencia de cualquier pueblo li- 
bre, y es evidente q"ue su omnipotencia despótica se con- 
vertiría en nna ficción imposible. Sobre todos los derechos 
de la autoridad está, como dice Blackstone, el derecho ii>- 
nato del pueblo. Pero no es de esto de lo que se trata, sino de 
la cuestión legal. Dentro de este terreno cuando surja el 
predominio del Poder Legislativo, hay que acatarlo. 
• Y á este respecto ninguna diferencia puede establecerse 
entre el régimen presidencial y el parlamentario, ó sea en- 
tre aquel sistema en que el Poder Ejecutivo tiene una es- 
fera propia de acción, como en los Estados Unidos, como 
^n la Repíiblica Argentina, como entre nosotros, ó donde 
forma con el nombre de Gabinete ó Ministerio, una Comi- 
sión legislativa encargada de las tareas de la política y de la 
-Administración. Eís obvio que en este último régimen, la de- 
pendencia del Poder Ejecutivo respecto de la Asamblea es 
mayor y más directa, y los conflictos pueden resolverse 
por medios menos trascendentales y ruidosos que el de pa- 
ralizar el funcionamiento de los servicios públicos. Pero no 
es menos cierto, que en el raimen presidencial, esa dé- 
pendencia resulta de la lógica de las cosas, y ya que no hay 
medios directos para asegurarla, existe siempre un número 
<;onsiderable de medios indirectos entre los cuales es el más 
grave de todos, la obstrucción en la sanción de las leyes, 
necesarias á los intereses permanentes del Estado. 

El Oobierno ó no tiene razón de ser, ó existe por la vo- 
luntad del pueblo, y debe inspirarse en esa voluntad cons- 

B. H. DX LA U.— 25. 



386 HEVISTA HISTÓRICA 

tantemente. Y como el Cuerpo Legislativo es el represen*- 
tante del pueblo en la función más alta del Gobierno, ó sea> 
en la facultad de decretar la ley, el Cuerpo Legislativo es la- 
autoridad predominante en el seno de la sociedad política». 

En un principio el pueblo gobernaba directamente, y 
reunía en su mano todos los Poderes del Estado. Era l^is- 
lador, administrador y juez. 

En la plaza pública de Atenas se resolvían todos los in- 
tereses públicos. Más tarde se hizo imposible este gobierno- 
directamente popular, y fué designada una Corporación que- 
lo representara en todas sus tareas. De ahí la existencia dé- 
los Parlamentos. Y más tarde todavía, en el último grado- 
de la evolución política, el Parlamento se fué subdividiendo* 
y descomponiendo en distintas autoridades, y dando asi 
nacimiento á los tres Poderes políticos en que hoy se en- 
carna el ejercicio de la autoridad» Rastros claros de esa; 
evolución ofrece el parlamentarismo; y aun el r^men pre* 
. sidencial, no podrá nunca, en ningún país democrático, des- 
entenderse de ese origen esencial. 

Bajo cualquier forma de gobierno representativo, deben» 
ser las Cámaras el poder prevalente. En el r^men par- 
lamentario, porque si ellas no lo fuesen^ debería serlo el 
poder irresponsable del Jefe del Estado, lo que es contra*- 
rio á la democracia. Y en el r^men presidencial, porque», 
igualadas todas las cosas, es siempre una Cámara, más re- 
presentativa de la opinión pública, que es el verdadero so- 
berano, que lo es la autoridad unipersonal del Presidente 
de la Repúblicp. Contra, ellas no cabe,. pues, otra apelación 
que ante el pueblo, el cual, el día de las elecciones, zanjará 
el conflicto como le agrade. Cualquiera otra solución, por" 
benéfica que pueda reputarse del punto de vista de los in^ 
tereses materiales, ^s eo sustancia^ viciosa é il^ítima. 

LA OBJECI(5n de ' QUE EL PODER EJ¿CÜTÍVO DEBE ,A TODO- 
TRANCE GUARDAR EL ORDEN Pl^BLlCO 

Ha llegado el momjento de salir A* encuentro de una 
consideración que suelen hacer los pai'tidarips del fiutorir- 



CONFLICTO DE PODERES 387 

tarismo presidencial. El Poder Ejecutivo, dicen, tiene el 
deber de guardar el orden, y, en consecuencia, faltaría á su 
deber si no tomase todas las medidas, aun las más extra- 
ordinarias, para garantirlo é impedir que se perturbase, y 
entre esas medidas no puede dejar de estar, atender las 
exigencias de la deuda y los servicios públicos, aun en de- 
fecto de la autorización legislativa y contra ella misma. 

Pero esa consideración es un sofisma. El Poder Ejecu- 
tivo debe sí, guardar el orden, pero en la forma y con los 
medios que la ley le señale. De no, su autoridad no ten- 
dría límites, y su despotismo sería la ánica realidad vi- 
viente. Es cierto también que en circunstancias extraordi- 
narias puede tomar medidas extraordinarias, pero esas 
medidas en tanto pueden quedar subsistentes, en cuanto 
reciban la consagración legislativa. El estado de sitio ó se 
convierte en una ley, ó no es sino un acto de dictadura. 
Por todas partes hacia donde volvamos los ojos, nos encon- 
tramos con la autoridad suprema de las Cámaras, contra las 
cuales hasta es absurdo invocar la legalidad. 

Por otra parte, guardar el orden público no es tarea ex- 
clusiva del Poder Ejecutivo; y no vacilo en afirmar que en 
8u más alta acepción y en su esfera más trascendental, es 
tarea esencialmente legislativa. 

Al Poder Ejecutivo es á quien privativamente incum- 
be mantener la pública tranquilidad y el funcionamiento re- 
gular de la Administración, pero lo repito, con los medios 
y los recursos que el Parlamento le conceda; de lo que se 
dasprendeque aun en esa tarea se encuentra subordinado al 
Poder Legislativo, que es el que, en definitiva, desde una más 
elevada esfera, cuida de esos vitales intereses de la sociedad. 

Cuando el Cuerpo Legislativo, puet*, no trepida en en- 
tregar á la nación á las grandes conmociones que origina- 
ría una suspensión total de los servicios públicos, no usurpa 
funciones ejecutivas ni lesiona intereses eii que el otro Poder 
se halle más interesado que él, ni deja de ser afectado por 
las consecuencias del hecho, de una manera menos pro- 
funda, por todo lo cual su criterio y su acción son los que 
deben prevalecer en último término. 



•J88 REVISTA HISTÓRICA 



HAY QUE PRESTIGIAR AL PODER LEGISLATIVO 

En conclusión diré, que el Poder Legislativo tiene en sus 
manos esa terrible arma del veto del Presupuesto. Pero es 
claro que no debe esgrimirla sino en excepcionalisimas cir- 
cunstancias. Es un remedio heroico, como es un remedio 
heroico, por ejemplo, el juicio político, que como dice Bryce, 
no debe emplearse por pequeños motivos, «de méme qu'on 
ne se sert pas de marteaux-pilons pour casser des noix». Eb 
el arma de los grandes días de lucha. 

Los que ahora se asustan y escandalizan de semejante 
poder, debían recordar que ha sido merced á él que todos 
los pueblos civilizados de Europa han conquistado sus li- 
bertades políticas. Pero los amigos de las instituciones li- 
bres debemos pensar también, ¡cuánta autoridad y cuánto 
patriotismo no necesita un Parlamento para que el arma 
terrible no se rompíi en sus manos y las destroce! 

En los días actuales asistimos á una verdadera crisis 
universal, ya no sólo del parlamentarismo, sino del raimen 
representativo en general. 

Las ambiciones de las fracciones y de los círculos, lo 
desacredita en Europa, y el servilismo lo doblega y lo em- 
pequeñece en Sud América. La anarquía y la sumisión in- 
condicional, son los dos excesos en que ha caído. Ni si- 
quiera el Parlamento de la gran República norteamericana 
ha podido mantener en alto su autoridad moral. No me 
atrevo á decir que la venalidad y el tripotaje lo deshonren 
como muchos lo afirman; pero sí diré que su afán de mal- 
gastar los dineros públicos le ha enajenado todas las sim- 
patías. Baste decir, para dar idea de su derroche, que las 
pensiones que ha votado en ocho ádiez años en favor de los 
veteranos de la guerra de secesión, han subido á cerca de 
200:000,000 de dollars, ó sea á casi la tercera parte del 
Presupuesto de la Nación. 

Los pueblos se han acostumbrado á ver en los Parla- 
mentos mayorías en block, siempre á las órdenes del Go- 



CONFLICTO DE PODERES 389 

bierno, 6 círculos anárquicos capaces de todo, ó sindicatos 
famélicos de traficantes oficiales. Y de ahí la tendencia á 
negar al Poder Legislativo sus más eficaces y preciosas fa- 
cultades, y á cimentar el autoritarismo del Poder Ejecu- 
tivo, y á darle á éste la razón en todos los conflictos. 

El Presiden te Figueroa Alcorta acaba de poner en vi- 
gencia por su sola autoridad el Presupuesto de la Nación 
argentina, y ios plácemes que recibe parecen demostrar 
que vela por grandes intereses públicos. Así será. 

Cuando un gobernante sale de la legalidad mentirosa 
para entrar en el derecho, no se le puede negar la bienve- 
nida. Pero obrar así, sólo por el prurito de conservar incó- 
lume la autoridad en una lucha con el Parlamento, no sería 
justificable. Esta actitud podrá elevar en algunos puntos las 
cotizaciones de la deuda pública, pero está destinada á de- 
primir la conciencia cívica de la opinión que la apoya. En esta 
época en que están en boga, los Gobiernos fuertes y los des- 
potismos ¡lustrados, conviene exaltar una vez más la actitud 
del Presidente Montt, que ante la amenaza del Parlamento 
de rechazar el Presupuesto, contestó: «Está bien : vuestra 
será la responsabilidad: abriré las cárceles, licenciaré la 
fuerza pública, entregaré la sociedad á la anarquía que 
votáis». 

OBJETO PrXcTICO DE ESTE DERECHO PARLAMENTARIO 

No faltan quienes desconocen la utilidad práctica del 
poder parlamentario de que hemos venido hablando, ya 
sea en razón de las perturbaciones á que puede dar origen, 
ya en razón de que las Cámaras tienen en sus manos otro 
poder, el poder de destitución, que es mucho más decisivo 
y menos incontestable. Pero los que esto piensan no tienen 
razón. 

En primer término es evidente que ese poder puede 
recorrer muchos grados y adaptarse fácilmente á la grave- 
dad de las circunstancias. Puede ir desde la disminución de 
un gasto hasta la supresión de todos, desde la negativa á 



390 REVISTA HISTÓRICA 

establecer un nuevo impuesto, hasta la liberación de la to- 
talidad. La conmoción que cause podrá ser, pues, mayor ó 
menor, y en algunos casos sólo sensible para el Gobierno 
y no para la sociedad. La otra consideración no es más 
difícil de contestar. 

La destitución, es cierto, es un remedio más directo, pero 
no siempre de rigurosa aplicación. Sólo corresponde en los 
casos de graves delitos, y, sin embargo, ¡cuánto mal no pue- 
de hacer un gobernante sin comprometerse la menor cosa 
ante el Código Penal! Además, la destitución exige dos ter- 
cios de votos en el Senado, y esta mayoría muy difícil- 
mente llegaría á reunirse. 

Y no se crea que esto es pura teoría y abstracción. No, 
estos son hechos, es historia. Al Presidente Jonhson no se 
te pudo destituir, porque no se le pudo convencer de nin- 
gún hecho calificado de delito. Mientras tanto, se le pudo 
combatir con éxito por medio de esta facultad l^islativa. 

El arma es buena, es de buen temple, pero hay que sa- 
ber manejarla. No basta tener la facultad, es menester sa- 
ber ejercitarla y no emplearla para satisfacer caprichos ó 
vengar agravios pueriles, sino para servir la buena causa 
en los días difíciles. Es en este concepto que la hemos 
reivindicado, y la consideramos en las múltiples formas 
que puede tomar, como el paladión de la libertad de los 
pueblos. 

Montevideo, febrero de 1908. 

José Espalter. 



Apuntes para la historia de la República 
O. del Uruguaj^ desde 1825 á 1830 ' 



Previa explieaclón 



Los acontecimientos ulteriores del año 1824 se enlazan 
•con estos apuntes que arrancan, como del epígrafe se des- 
ataca, de 1825. 

El país estaba entr^ado á un sueño tranquilo y profundo. 
Ningún porvenir político asomaba en el lejano horizonte. 
A la primera invasión de Portugal efectuada en 18 lü, ha- 
í)ía s^uido la del nuevo Imperio del Brasil, al mando 
-siempre del teniente general don Carlos Federico Lecor^ 
JBarón de la Laguna. Las armas de este Imperio avanzaban 
impelidas por el viento de la prosperidad, con el auxilio 
•que les prestaban el valor y política, despicados por el 
general don Manuel Márquez, que cultivaba su crédito en 
los pueblos cisplatínos, merced á ciertas combinaciones de 
alta trascendencia política con el general Lecor, y que no 
pasaba desapercibida de los pensadores que observaban 
su estrat^a. Pero quizo el destino que el brioso general 
Márquez sucumbiera en este año, precursor de días mejo- 



^ Estos apuntes dignos de que se lean, no son inéditos, pero sí des- 
•conocidos. La biografía de su respetable autor, actor en la cruzada^ 
ia trazaremos en uno de los próximos ndmeros.— DiRfiCCCÓK interna» 



392 REVISTA HISTÓRICA 

res, — muerte súbita que colocó al conquistador en un serio 
conflicto ante la falta de jefes capaces de sustituir en cam- 
paña al malogrado general, en el desempeño de sus difíci- 
les é importantes funciones. 

El general Lecor se hallo, pues, con las manos ligadas 
para realizar sus proyectos de completa y pasiva domina- 
ción sobre el Estado. Creyó salvar el conflicto con la elec- 
ción de general en jefe en campaña en el brigadier don 
Fructuoso Rivera, que desde el año 1821 había abrazado 
el servicio del Imperio, cediendo una imposición de la suer- 
te, en ausencia absoluta delgeneral don José Artigas, des- 
de el anterior. Revistióle, pues, de todas sus facultades y 
puso á sus órdenes todas las divisiones de los distintos 
acantonamientos del Estado, que subían próximamente de 
tres á cuatro mil bayonetas, sin contar los Talaberas de la 
capital, que llegaban á igual número. 

El general Rivera, aceptó con orgullo esa distinción, co- 
mo el único capaz de desempeñar tales funciones, y marchó- 
ai Durazno, donde de antemano se hallaba su Regimiento 
de Dragones orientales, al que se le habían agrado algu- 
nos jefes y oficiales imperiales, como en previsión de su 
conducta. Celebróse un banquete en aquella guarnición, en 
el que el general Rivera cometió algún imprudente desliz,. 
y avisado el general Lecor, le llamó á la capital, donde lle- 
gado aquél, logró desvanecer la desconfianza, regresando en- 
seguida al Durazno. 1 

Se levantaban entretanto ciertas presunciones de inva- 
sión de parte de los jefes y oficiales que habían emi- 
grado á Buenos Aires por no someterse al yugo brasi- 



i En el archivo del doctor Andrés Lamas, existen dos cartas ori- 
ginales de Lavalleja á Rivera que justifican completamente las sospe 
chas de Lecor. Seg^ún estas cartas, al terminar 1824, el segundo 
exhortaba al primero, á la revolución. También de la forma en que, se- 
gún narra el señor Anaya más adelante, tuvo lugar el acercairjento- 
de Rivera y Lavalleja, se infiere la connivencia de uno y otro antes- 
del 19 de abril.— Dirección interna. 



APUNTES PARA LA HISTORIA 393 

leño, y el general Lecor redoblaba su vigilancia, dando ins- 
trucciones á su general en jefe para tomar las precauciones 
necesarias, de acuerdo con las cuales el brigadier Rivera 
levantó su campamento del Durazno, y marcho á situarse 
á las márgenes del Río Negro, de donde destacó sus par- 
tidas hacia las costas del Plata, al mando del coronel don 
Julián Laguna que servía también al Imperio, y que fué el 
primero en descubrir los síntomas de la realidad, sin tiem- 
po ya para participarlo al general Rivera. 

AÑO DE 1825 

I Diez y nueve de Abril ! ¡ Muda pero sublime epopeya I 
¡símbolo de gloria y de sacrificios para la libertad orienta 11 
En la alborada de este día aparecieron en nuestras playas 
treinta y tres orientales cuya insignia era Libertad ó Muer^ 
te, al mando del comandante don Juan Antonio Lavalleja^ 
arribados en débiles botes que zarparon de la rada de Bue- 
nos Aires con las mayores precauciones para no ser dete- 
nidos. Al desembarcar, el jefe tuvo la sublime serenidad 
de ordenar á Jos conductores su inmediato regreso; ¡nuevo 
Cortés prendiendo fuego á sus naves ! Quedáronse, pu^, á la 
aventura en un país dominado por más de seis mil bayo- 
netas imperiales que ocupaban sus principales puntos. Se 
encontraron sin auxilio de caballos, pues el comandante 
Gómez prevenido para proveer de ellos, estaba ausente; una 
casualidad pudo facilitarlos y se pusieron en marcha hacia 
el centro provocando resistencias. El primero que en opo- 
sición se presentó fué el coronel Laguna; pidióle una entre- 
vista el comandante Lavalleja, y concedida por •aquél, le in- 
timó rendición, pero el coronel repuso, que las armas del 
Imperio no se rendían. El comandante livalleja le replicó 
entonces que se incorporase á su partida para batir», y 
aceptando aquél el deslío, se dispusieron ambos al comba- 
te, pero la fuerza al mando del coronel Laguna, se pasó á 
los libertadores, y aquél se puso en retirada pers^uido 
sin éxito. 



394 REVISTA HISTÓRICA 

Los librea contiuuaron de cerca entonces su raarcha, bus- 
cando al general en jefe del Imperio, don Fructuoso Rivera, 
quien sintiéndola aproximación de fuerzas en circunstancias 
•en que esperaba auxilio de las que mandaba el coronel don 
Bonifacio Isay (a) «Calderón», mandó á su ayudante de 
campo don Leonardo Olivera, con su ordenanza en ob- 
servación. Olivera mando á éste se acercara á aquella fuer- 
za, y al hacerlo se halló el ordenanza con Lavalleja, bajo 
cuyas órdenes había servido en otro tiempo, é instrui- 
do especialmente por &te, hizo entender al ayudante Oli- 
vera que era la división de Calderón la que se aproximaba, 
y Olivera informó en ese sentido al general en jefe, quien 
se dirigió solo, sin más armas que su espada á cumplimen- 
tar á su coronel y amigo Calderón, hallándose en su lugar, 
cara á cara con el jefe de los Libertadores! ¡Qué soberana 
sorpresa ! Rodeado por ellos, fué hecho prisionero, pero 
protestando que era un verdadero patriota y que aceptaba 
de buena fe la causa de los libres, el comandante Lavalleja 
aceptó su cooperación y formó desde ya parte de aquella for- 
midable empresa. 

Entonces el general Rivera mandó á su ayudante á sor- 
prender con astucia los varios cantones imperiales, apode- 
rándose de las armas, é intimándoles prisión en nombre de 
Ja patria, lo que ejecutó con habilidad y con las inspiracio- 
nes de un verdadero patriota, logrando su objeto sobre ca- 
si todos, y exceptuándose únicamente aquellos que, más 
4)revisores, marcharon hacia la provincia de Misiones. 

Siguiendo su marcha el ejército libertador y reforzándo- 
se continuamente, vino á acampar en Santa Lucía Chico y 
Barra del Pintado, á una legua al sud del pueblo de la 
Florida. Tomándose de allí disposiciones, destináronse fuer- 
zas sobre la Colonia, á la que se puso sitio, á las órdenes 
de un jefe brasileño que con otros compatriotas se presta- 
ron, teniendo por 2."* jefe al comandante Lapido. Igualmen- 
te se asedió la plaza de Montevideo bajo el mando del co- 
ronel don Manuel Oribe, uno de los de la gloriosa empresa, 
secundado por el comandante don Manuel Soria, destacan- 



APUNTES PARA LA HISTORIA 395 

dose también sobre Maldonado, por vía de precaucióo, al 
ayudante don Leonardo Olivera, ya investido de coronel. 

El comandante Lavalleja, se aproximó al Canelón 
y allí convocó individuos de confianza para instruirles 
de sus aspiraciones y de sus proyectos, que tenía por 
punto de mira la libertad é independencia de la patria. 
Al hacerlo, agregó que sus recursos consistían en los 
brazos orientales, sin esperar extraños auxilios y terminó 
reclamando la cooperación de los habitantes del Estado 
para triunfar de la dominación imperial que lo vejaba! No 
faltó quien informara de todo esto al general Lecor, en 
cuya consecuencia se tramó una conspiración contra la vida 
de Lavalleja, Rivera, Oribe y demás jefes principales de 
aquella cruzada, proyecto que se puso en práctica pero que 
fracasó por haberse hecho sentir, siendo reducidos á pri- 
sión los que habían arrostrado tan horrendo plan. Encau- 
sados y sentenciados, fueron generosamente indultados por 
el mismo Lavalleja. 

¡Magnánimo ejemplo de abnegación que debía tener 
imitadores! 

La pluma del historiador se para; el corazón del hombre 
reclama su expansión, y lleno de entusiasmo y henchido 
de conmoción, admira enternecido el cuadro del heroísmo y 
del valor realzado por las más nobles aspiraciones de la 
humanidad! Continuamos. 

El pronunciamiento espontáneo de todo el país en pro 
de la libertad y de la independencia patria, siguió su mar- 
cha progresista, y una división al mando del comandante 
don Ignacio Oribe aseguró la línea fronteriza del Brasil. En 
estas circunstancias, el jefe de la empresa tuvo la elevada 
inspiración de crear un gobierno provisorio, compuesto de 
respetables ciudadanos, el que instalado en el pueblo de la 
Florida, primera base de la libertad, correspondió á su alta 
misión, y de acuerdo con el comandante Lavalleja, convocó 
-á todos los pueblos del Estado Oriental para elegir dipu- 
tados á la primera Legislatura Nacional — lo que se llevó 
á efecto con entera legalidad. 



390 REVISTA HISTÓRICA 

El ciudadano Carlos Anaya fué nombrado en esta fecha 
comisario general de rentas del Estado, tesorero general 
y encargado de los intereses de campos embargados á los 
brasileños que habían fugado á Montevido, desempeñando 
también accidentalmente las funciones de fiscal ante el 
Gobierno. 

Rendimos un homenaje á la justicia recomendando á la 
gratitud al ciudadano don Pedro Trápani que tanta parte 
tuvo en la gloriosa empresa de los Treinta y Tres Aquiles^ 
tanto en su iniciativa como en el desprendimiento y abne- 
gación con que coadyuvó á su completa realización, em- 
pleando para ello su fortuna y el crédito con que le favore- 
cía su posición distinguida. ¡Gloria á su nombre! ¡Venera- 
ción á sus cenizas! 

Cuando el Gobierno de la Capital se apercibió del arribo 
de los libertadores, en la probabilidad de que el general en 
jefe en campaña don Fructuoso Rivera se hubiese unido es- 
pontáneamente al comandante La valleja, todas las guarnicio- 
nes del Imperio que ocupaban los pueblos orientales habían 
desalojado sorprendidas sus posiciones, replegándose á 
la capital cisplatina, por vía de seguridad. Esto engen- 
dró desconfianza sobre la lealtad del general Lecor, atri- 
buyéndosele connivencia en la defección del general Rivera. 
Los jefes superiores crearon en la plaza una comisión mili- 
tar que asociaron al consejo del capitán general, rebajando 
su autoridad militar y política, reduciéndole á una actitud 
pasiva y degradante y originándole una serie de conflictos 
que le colocaron en una situación precaria y le causaron 
una grave enfermedad. 

Un decreto del comandante Lavalleja previno que sería 
fusilado todo el que cometiera un robo cuya importancia 
subiera de cuatro mil reales, sin más proceso ni antecedente 
que la identidad del delito. Esta medida revelaba una in- 
tegridad que acreditó en todo tiempo, al servicio de la 
patria, desde que, 2."* jefe del Cuerpo de Dragones, al mando 
del brigadier Rivera, emigró á Buenos Aire (año 22) por 
no jurar atacamiento al nuevo Imperio de don Pedro I^ 



APUNTES PARA LA HISTORIA 397 

juramento exigido por el general Lecor. Grabo este recuerdo 
para señalar á la posteridad con el dedo de la justicia el 
patriotismo del libertador de su suelo! ^ 

Los pueblos no se hicieron esperar en las urnas elec- 
torales, y el 25 de agosto, instalada en la Florida la 
primera L^islatura del Estado, abría sus sesiones con 
aplauso de todos los libres. Notorios son sus trabajos y 
los importantes servicios que rindió á la patria. 

Con la voz sonoi'a y vibrante de la libertad, cerniéndose 
sobre los pueblos ávidos de aspirar sus brisas, declaráronse 
nulos é írritos todos aquellos actos que la seducción y la 
fuerza habían arrancado á sus habitantes, para obligar la 
incorporación al odiado sistema de sus invasores, con men- 
gua de los inalienables derechos de su patria tiranizada; 
declaróse al Estado libre é independiente de hecho y de 
derecho del poder de Portugal como del Brasil, con opción 
de adoptar las formas convenientes á su juicio; concitóse á 
todos los pueblos á textar todas y cualesquiera actas á que 
las seducción les hubiese ligado, bajo las mismas formali- 
dades que habían precedido á su obligación; declaróse 
igualmente ser espontánea voluntad de los pueblos la in- 
corporación al Gobierno Argentino, «pasándose en conse- 
cuencia una comunicación que se insertará en el curso de 
estas memorias; declaróse libres á los que hasta el presente 
habían nacido esclavos, y proscribióse la introducción de 
^clavos en la patria de los libertadores; sancionáronse 
otras leyes y reglamentos, inspiraciones de la libertad y de 
la justicia hermanadas, que honran é ilustran los fastos de 
la historia; premiáronse, en fin, el heroísmo y excelsas vir- 
tudes del que arrostró el primero los peligros de la más 
gloriosa de las empresas, que llevada á término feliz hizo 



^ En el acta labrada en el arroyo de la Virgen el 17 de octubre de 
1822 se aclama al Emperador Pedro I, y se jura guardar, mantener 
y defender la Constitución política del Imperio También la suscri- 
ben don Juan Antonio Lavalleja, 2.° jefe del Regimiento, y su her- 
mano don Manuel Lavalleja.—DiRECciÓN interna. 



398 REVISTA HISTÓRÍCA 

flamear sobre los baluartes de la República oprimida la 
enseña de la libertad. 

Eq efecto, votóse unánimemente al comandante don JuaD 
A.Lavalleja el grado de brigadier, declarándosele al mismo 
tiempo gobernador y capitán general, con todos los privi- 
legios de su clase. Asimismo, reconociéndose al brigadier 
Rivera en la clase que había obtenido del Imperio, se le 
revistió con los airgos de 2.** jefe del ejército patrio y jefe 
del Estado Mayor, nombrándose una Comisión del mismo 
seno de la representación para recibir del brigadier Lava- 
lleja el juramento de ley á su llegada de la Colonin, donde 
ee hallaba en comisión militar, — mandándose interinamen- 
te al ejército como jefe de Estado Mayor al comandante 
don Pablo Zufriat^ui, uno de los Treinta y Tres. A su 
arribo de la Florida el capitán general prestó" juramento en 
manos de la comisión, que lo solemnizó con todas las for- 
malidades de estilo, recibiendo las felicitaciones de todos los 
ciudadanos, de todas las autoridades establecidas y aún de 
los miembros del Gobierno Provisorio, que continuó en sus 
altas funciones por algún tiempo, durante el cual el gober- 
nador Lavalleja se ocupó de atenciones militares que recla- 
maban su presencia. Un hecho amenazante ocupó á las autori- 
dades y al ejército, en la ausencia del general Lavalleja de la 
Colonia. Una fuerza respetable del Imperio, situada en el 
pueblo de Mercedes, debía desprender una división hostil 
sobre el ejército oriental, acaudillada por el general Rentos 
Manuel, que ya se disponía. La situación de nuestro ejér- 
cito era débil, porque sus fuerzas*, se hallaban diseminada» 
en varios puntos que las reclamaban. Así, cuando caían las 
primeras sombras de la noche, tenía el ejército que empren- 
der su marcha, buscando el abrigo de campos quebrados, 
y regresar á la primera luz de la mañana, visto que no se 
sentía novedad. Lo mismo hacían el gobierno provisorio y 
todos sus empleados, buscando los parajes más inaccesibles 
á una sorpresa, de modo que la tesorería con sus caudales, 
vagaba inciertamente todas las noches, confiados á una ga- 
lera, sin más custodia que los pocos que la acompañaban 
en el riesgo, á merced de una sorpresa. 



APUNTES PARA LA HISTORIA 399 

Pasados muchos días, verificó su incursión el generad 
Bentos, pero como otra y mayor era la hostilidad de sus 
planes, cerca del general Lecor, pasó de largo, librándonos- 
del conflicto. Al cabo de días regresó el capitán general, á la 
Florida, donde tuvo lugar su recepción oficial y entró en. 
posesión del mando. 

Los proyectos de Bentos Manuel se realizaron, impo- 
niendo su aceptación al general Lecor, cuya posición erar 
sumamente precaria como más arriba se dice, pues su opi- 
nión particular era no atacarnos, diciendo: Déllelos que 
ellos se han de des facer. A fe que hablaba como un pro- 
fundo político, porque hubiera sido ese el resultado si na- 
nos hubiese proporcionado una victoria, como la del 8a- 
randí, según se referirá. 

El 24 de septiembre se hallaba el brigadier Rivera fren- 
te á las fuerzas imperiales, en Mercedes. Este hombre, no- 
table por su audacia y su valor, concibió el pensamiento de- 
atacar aquel baluarte enemigo, dejando una parte de sus- 
fuerzas al coronel Latorre, que le había sustituido en ú 
regimiento de dragones por disposición del general La- 
valleja, y marchando él con lá mayor parte al Rincón de 
las Gallinas, á cuya inmediación y á la margen derecha del- 
Río Negro se hallaban las tiendas del ejército imperial con» 
sus guarniciones; previniendo al coronel Latorre que lla- 
mase la atención de Mercedes, amagando hostilmente, . 
mientras él desempeñaba su misión por la parte del Rincón?- 
de las Gallinas. El éxito coronó la empresa, y sorprendidos 
todos los cantones, fueron despojados de armamento y de- 
un buen botín, quedando muchos sin vida, sin que las prin- 
cipales fuerzas de Mercedes hiciesen un solo movimiento, . 
sorprendidas con aquel acontecimiento inesperado. Pero so- 
brevino un conflicto al general Rivera. Cuando verificaba 
su salida, se halló con un obstáculo que no había podido 
prever. Era el coronel Jardim, con seiscientos hombres, 
que regresando de una comisión, aparecía en la boca del 
Rincón que iba á darie salida. Ni uno ni otro jefe estaban 
al cíibo de aquella empresa, pero el peligro de los patriotas- 



402 REVISTA HISTi^RrOA 

Uruguay, donde se estableció al mando del general Ro- 
dríguez, operación que el ejército patrio interpretó en su 
favor, pero cuyo objeto, como supo más tarde, era estar á la 
expectativa de los sucesos, y si las fuerzas nacionales eran 
batidas, quedando sin otra retirada que el Uruguay, des- 
armarlas y as^urarlas, remitiéndolas á disposición del Go- 
bierno argentino, antes que llegasen á anarquizar la vecina 
provincia de Entre Ríos. No fué, por fortuna, así, pues qne 
su triunfo fué completo en el Sarandí! 

Carlos Anaya. 

( Continuará ). 



^ 



Contríbueíón al estudio de la historia de la Universidad 



Nuestro primer Reglamento de Estadios Secandarios 
y Superiores 



Con laudable acierto la Dirección de la Revista ha te- 
nido el pensamiento de ofrecer á sus lectores la historia 
de nuestra Universidad, la vieja institución á la que nos 
ligan estrechamente nuestra gratitud de ayer y nuestros 
cariños de hoy, nuestro reconocimiento de estudiantes y 
nuestro afecto de profesores, y que ha subsistido tan pura 
y tan noble al través de las borrascas políticas, ofreciendo á 
los labios sedientos de la juventud el néctar delicado del 
saber y á sus almas ardorosas el fulgor inmortal de la jus- 
ticia y el sostén poderoso del ejemplo. 

Es para contribuir á aquella magna obra que publicamos 
hoy nuestro primer Reglamento de Estudios Secundarios y 
Superiores, plausible ensayo de organización universitaria 
que refleja las ideas y sentimientos de los hombres supe- 
riores de otras épocas, sobre una materia, tan trascendental 
é interesante. 

Como se recordará, la ley sobre estudios superiores de 
1833 tuvo su origen en un proyecto de ley relativo á los 
estudios públicos y universales, presentado al Senado, en 
marzo de 1832, por nuestro sabio compatriota Larrañaga. 

La ley de 1833, sancionada duranteel gobierno del general 
Rivera, como lo recordó oportunamente el distinguido pu- 



404 REVISTA HISTÓRICA 

blicista doctor Alberto Palomeque, en el número anterior 
de la Revista, después de establecer que habría un precep- 
tor de Latinidad, una cátedra de Filosofía, una de Jurispru- 
dencia, dos de Medicina, dos de Ciencias Sagradas, una de 
Matemáticas y una de Economía Política, dispuso que las 
materias de enseñanza, duración délos cursos y formas pro- 
visionales para el arralo interior de las clases, sería mate- 
ria de un proyecto de Reglamento que presentaría el gobier- 
no á la sanción de las Cámaras. Estableció también la ley 
de 18 >3 que el Presidente de la República quedaba auto- 
rizado para proveer las cátedras con -personas de idoneidad 
y probidad acreditada, debiendo erigir la Universidad, lue- 
go que el mayor número de las cátedras indicadas se hallase 
en ejercicio. 

El gobierno del general Oribe nombró una Comisión 
compuesta por los señores Pedro Sometiera, Florentino Cas- 
tellanos y Cristóbal Echeverriarza, para preparar el Regla- 
mento de Estudios á que se refería la ley de 1838. 

En cumplimiento de su misión, esa Comisión presentó al 
Ministro de Gobierno, doctor don Francisco Llambí, el si- 
guiente proyecto de Reglamento, que es el primero que es- 
tuvo en vigencia en la República sobre organización de 
la enseñanza universitaria: 

«Excmo. señor: 

La Comisión nombrada para formar el Reglamento de 
estudios tiene el honor de elevar á V. E. sus trabajos en 
dos secciones. La una compi*ende la organización de las 
aulas, y la otra su régimen y policía. 

Las plazns de Secretario, Bedel general y Portero, las 
ha creído indispensables'la Comisión para hacer práctico el 
Reglamento; pero por obsequio ala economía de sueldos, ha 
cargado al empleo de Secretario las obligaciones del Bedel 
general. - 

La Comisión quedará satisfecha si ha logrado llenar los 
objetos del Gobierno. 



HISTORIA DE LA UNIVERSIDAD 405 

Dios guarde á V. E. muchos añoe. 

Montevideo, febrero 17 de 18B6. 

Pedro Somellera — Florentino Casfe- 
llanos — Cristóbal Echevemarza. 

Excmo. señor Ministro de Gobierno, doctor don Francis- 
co Llambí.» 



«ORGANIZACIÓN DE LA ENSEÑANZA 

1.** La enseñanza científica del Estado comprenderá, 
por ahora, los estudios preparatorios de Filosofía y Matemá- 
ticas puras, y las Facultades mayores de Teología y Juris- 
prudencia. 

2.** Supuesta la adquisición del idioma latino, y la co- 
rrespondiente aprobación, serán admitidos los jóvenes á 
cursar los estudios preparatorios, comenzando por el de 
Filosofía. 

3.° El estudio de la Filosofía abrazará la Lógica, Meta- 
física, Física general y Retórica; su enseñanza se hará en dos 
años, siendo la duración de las lecciones diarias de dos 
horas. 

4.° El curso de Matemáticas que seguirán los que con- 
cluyan la Filosofía, comprenderá la Aritmética, Algebra, 
Geometría, Trigonometría rectilínea y esférica, y la Geome- 
tría práctica. 

5."" La enseñanza de las materias de que habla el artí- 
culo anterior, se hará en los mismos términos que la de la 
Filosofía, con la diferencia de que en el segundo año, habrá 
una hora más de lección diaria, la que será invertida en 
ejercicios prácticos de los conocimientos matemáticos apli- 
cados al levantamiento de planos con el uso de los instru- 
mentos necesarios. 

6." Los estudiantes qiie hubiesen llenado los cursos de 
estudios preparatorios podrán entrar á cursar las Faculta- 
des mayores de Teología ó Jurisprudencia. 



406 REVISTA HISTÓRICA 

7.* El estudio en la Facultad mayor de Teología se hará 
en tres años y comprenderá la Teología puramente dogmá- 
tica y la moral, señalándose para su enseñanza dos horas 
diarias de lección. 

8.° La Facultad de Jurisprudencia comprenderá el Dere- 
cho Civil, y su estudio se hará también en tres años, dán- 
dose de lección diaria una hora. 

9.* En todas las aulas de que se ha hablado en los ar- 
tículos anteriores, se darán las lecciones por obras impre- 
sas. 

10. Se adoptará por texto de la enseñanza los autores 
que se detallan, en el orden siguiente: 

FILOSOFÍA 



Lógica, por Condillac. 
Metafísica, ídem. 
Física general, por Biot 
Retórica, por Capinani. 

MATEMÁTICAS 

Aritmética, por Avelino Díaz. 
Algebra, por ídem. 
Geometría elemental, por Lacroix. 
Trigonometría rectilínea, por Le Gendre. 
ídem esférica, por Lacroix. 
Geometría práctica, por Bails. 

TEOLOGÍA 

Teología dogmática, por Gmeinir. 
M#ral práctica, por Echarri. 

JURISPRUDENCIA 

"Derecho Civil, por Alvarez. 
Listituciones de derecho. 



HISTORIA DE LA UNIVERSIDAD 407 

1 1. Los maestros podrán separaree de las doctrinas del 
texto, siempre que lo crean conveniente á la ilustración de 
sus alumnos. 

12. El año escolar se contará desde el 1."* de marzo, en 
que deben abrirse las aulae, hasta el I."" de diciembre, en 
que empezarán los exámenes. 

13. Todos los alumnos que hayan de ganar curso debe- 
rán ser examinados en las materias dictadas de su aula. 

14. Para ser admitido á examen deberá presentar cada 
estudiante un certificado del Secretario, saciido de las listas 
de faltas que pasan los Becieles, para acreditar con él ha- 
ber completado el curso. 

15. No serán admitidos á examen los que hubiesen fal- 
tado en el año escolar treinta veces sin tener motivo y se- 
senta con el. 

lü. Los exámenes empezarán el 1.** de diciembre, co- 
menzándose por la Facultad mayor de Ciencias Sagradas, á 
la que seguirá la de Jurisprudencia, y después las de estu- 
dios preparatorios, por su orden. 

17. Loe exámenes serán presididos por el respectivo 
Inspector, por el Catedrático de la Facultad y tres profe- 
sores más que nombrará el Ministro de Gobierno, llevando 
el primero el orden. 

18. Los exámenes serán públicos: asistirán de necesidad 
á ellos todos los alumnos del respectivo curso y serán suje- 
tos al programa que debe dar el catedrático. 

19. La duración del examen de cada alumno será de 
media hora en las Facultades mayores, y de veinte minutos 
en los estudios preparatorios. 

20. Concluido cada examen, los examinadores se pro- 
nunciarán sobre su mérito, y del resultado de su acuerdo 
por la mayoría, sentará el Secretario acta que hará saber 
al examinado. 

2L Finalizados los exámenes, entrarán en vacaciones 
los estudiantes hasta el I."" de marzo, en que volverán á 
abrirse las aulas. 

22. Ningún estudiante podrá incorporarse á un aula en 



408 REVISTA HISTÓRICA 

que ha de ganar curso sin acreditar primero, con el boleto 
de matrícula del Secretario, que lo hace en la escala que 
establece este Reglamento. 

2a. Son, sin embargo, admisibles á la matrícula respec- 
tiva los que presenten certificados dados por Universidad, 
6 estudios públicos, de haber sido aprobados en la escuela 
anterior á la en que han de matricularse, ó los que de otro 
modo lo justifiquen. 

24. Todos los estudiantes que han concluido hoy en 
ésta el curso de Filosofía, y hayan de incorporarse al aula 
de Jurisprudencia, serán obligados á cursar los dos años 
de Matemáticas que se establecen. 

25. Para que tenga efecto la disposición del artículo 
antecedente, los catedráticos de Jurisprudencia y Matemáti- 
cas se pondrán de acuerdo sobre la hora de sus lecciones; 
y de la que asignen, darán aviso á los respectivos Inspec- 
tores. 

26. Todo individuo que sin ganar curso quiera asistir á 
oir las lecciones en las aulas que se establecen, podrá ser 
admitido por el catedrático en clase de supernumerario, 
dando de ello aviso al Inspector respectivo. 

REGLAMENTO DE POLICÍA Y ORDEN DE LAS CÁTEDRAS 

I.'' Las cátedras de estudios están bajo la protección é 
inspección del Excmo. Gobierno del Estado. 

2.'' Serán sus inmediatos inspectores: de la de Filosofía, 
el Juez Letrado en lo Civil; de la de Matemáticas, el Jefe 
de la Comisión Topográfica; de la de Jurisprudencia, el 
Presidente del Superior Tribunal de Justicia, y de la de 
Teología, el Vicario Apostólico. 

3.** Los Inspectores velarán sobre el exacto cumplimiento 
de las obligaciones de los catedráticos y alumnos; visitfirán 
al menos una vez al mes las aulas; elevarán, con el respec- 
tivo informe, al Excmo. Gobierno las representaciones de 
los profesores, y propondrán á la autoridad las reformas 
que consideren útiles en obsequio del adelanto de los estu- 



mSTORIA DE LA UNIVERSIDAD 409 

diantes; pueden peaar á los alumnos, y para el caso de ex- 
pulsión, de acuerdo, con el catedrático, deben dar cuenta al 
Ministerio de Gobierno. 

4.*" Los catedráticos son los jefes inmediatos de sus dis- 
cípulos y pueden penarlos por las faltas que cometan den- 
tro del aula, y en los intermedios de entrada y salida. 

5."* Cuando no puedan los catedráticos asistir al aula, 
deberán pasar aviso al Secretario, quien ordenará á los es- 
tudiantes que se retiren; siendo la inasistencia de más de 
dos días, el Secretario dará aviso al Inspector. 

6."* Habrá un Secretario que desempeñará las funciones 
de tal y las de Bedel general: tendrá á su cargo todos los 
papeles, libros é instrumentos |)ertenecientes al estableci- 
miento, y autorizará todos los documentos relativos á los 
estudios. 

7.° El despacho de la Secretaría durará diariamente por 
tres horas al menos. 

8."* El Secretario cuidará del orden entre los estudiantes, 
reprendiéndolos si cometieren algún exceso. 

9.*' Pasará al Inspector respectivo parte por escrito de 
las ocurrencias notables de su departamento; cuidará que 
el portero deje todas las aulas prontas y listas para recibir 
los alumnos. 

10. Cada catedrático nombrará de entre los estudiantes 
un Bedel. Debe tener éste asiento inmediato á la derecha 
del maestro, y cuidará del orden de sus condiscípulos; lle- 
vará nota délas faltas, que pa.^ará mensualmente al Secre- 
tario con el vistobueno del catedrático; advertirá á la Se- 
cretaría de las cosas que faltasen para el servicio y decencia 
del aula. 

11. La compostura en los modales, la moderación y el 
silencio, son las tres cosas que deben exigirse á los estu- 
diantes desde que pisan las aulas; deben guardar respeto y 
obediencia á sus superiores; darles todas las explicaciones 
de la razón de sus faltas, y presentarles motivos de reco- 
mendación por su aplicación y buena conducta. 

12. Habrá un portero encargado de la limpieza de la 



410 REVISTA HISTÓRICA 

casa de estudios, conservación y arreglo de los muebles de 
todas las aulas; es responsable de las faltas que se noten 
en ello, y estará á las órdenes del Secretario para dar la 
señal de entrada y salida á las aulas, que tendrá abiertas á 
las horas establecidas». 

Tal fué nuestro primer Reglamento de Estudios Secun- 
darios y Superiores que aprobó el Gobierno por decreto de 
22 de febrero de 1836, ordenando al mismo tiempo que 
se diese á la prensa y se expidiese el decreto relativo al 
nombramiento de los catedráticos que debían dirigir las 
aulas para las que había sido preparado. 

Por decreto del 24 de febrero fueron nombrados cate- 
dráticos: de Teología moral y dogmática, el presbítero don 
José Benito Lamas; de Derecho Civil, el doctor don Pedro 
Somellera; de Filosofía, el doctor don Alejo Villegas, y de 
Matemáticas don Joaquín Pedralbes. 

La apertura de las cátedras tuvo lugar el domingo 6 de 
marzo de 1836, pronunciando en ese acto el Ministro de 
Gobierno, doctor Llambí, el siguiente discurso: 

«Señores: 

<vSi en los multiplicados sucesos que á nuestra obra pre- 
senta la dilatada carrera de la vida de los pueblos, nos pro- 
ponemos investigar cuánto la felicidad del hombre y la 
sólida grandeza de las naciones deben á los progresos que 
el espíritu humano ha hecho en épocas diferentes, no p<)- 
dremos desconocer que la educación y las ciencias han sido 
los medios por donde elevándose unas sobre el nivel de las 
otras, fueron naturalmente conducidas al engrandecimiento 
que les dio la superioridad de sus luces. Así encontramos 
en la vida de esos mismos pueblos las vicisitudes que ex- 
perimentaron, las desgracias y sufrimientos por que ha pa- 
sado el género humano, según los grados de ignorancia ó 
civilización en que se encontraron. Nosotros, nacidos feliz- 
mente en una era venturosa en que el deseo del saber se 



HISTORIA DE LA UNIVERSIDAD 411 

ha generalizado y facilitado por multiplicados escritos, po- 
demos lisonjearnos de encontrar superados muchos de los 
obstáculos que ellos sintieron, y aun de ver establecidos 
vehementes estímulos para que los talentos de nuestra ju- 
ventud se desarrollen con toda aquella extensión que algún 
día les hará aparecer como el ornamento de su patria, y 
como firmes apoyos de su ilustración sucesiva. Esta lison- 
jera esperanza, la marcha del siglo y del entendimiento hu- 
mano, excitan con razón en nosotros el interás que demos- 
tramos al reunimos hoy en este lugar, para echar los 
primeros fundamentos de las ciencias que tan eficazmente 
contribuirán á la felicidad y futuro bienestar de nuestros 
conciudadanos; si no podemos elevarlas ala perfección que 
deseamos, debemos, sin embargo, manifestarnos contentos 
y satisfechos porque las establecemos en cuanto requiere 
y permite nuestro presente estado. Ellas se perfeccionarán 
sin duda á medida que nuestra sociedad fuere prosperando. 
Los conocimientos humanos limitados é imperfectos en su 
origen no debieron sus adelantos sino al estudio, al tra- 
bajo progresivo y al tiempo, cuya acción no nos es dado 
suplir. Mucho debemos esperar de éste y del vehemente 
deseo de saber que fermenta y se comunica rápidamente á 
nuestra juventud. Ilustrados Preceptores: la Autoridad no 
puede daros una mayor prueba de la confianza que mere- 
céis, que entregándoos desde este momento el más precioso 
depósito que puede dejar en vuestras manos. De vuestra 
prudencia y saber van á recibir las primeras impresiones 
que se desenvolverán con los años y fructificarán en el 
curso de su vida; espera, pues, con confianza que no os 
empeñaréis menos en su ilustración, que en conducirles por 
la senda de la moralidad y la virtud. El noble deseo de 
aparecer que notamos en nuestros jóvenes, nos asegura 
que ellos se prestarán dóciles á vuestros preceptos; procu- 
i*arán por su aplicación y talentos corresponder á los cui- 
dados y tareas que les dediquéis; demostrarán hacia vosotros 
la gratitud á que sois acreedores; arraigarán finalmente en 
sus corazones las simpatías que producen las relaciones de 



41S REVISTA HISTÓRICA 

un discípulo con su maestro. De vuestro celo y empeño 
esperamos todos, que ellos corresponderán algíin día al 
gran objeto que la Nación se propone, facilitándoles los 
medios de instruirse y hacerse dignos hijos de la Repú- 
blica Oriental. Las aulas creadas por la ley quedan 
abiertas». 

Hacía bien el Ministro Llambí en tener fe en la germi- 
nación de las semillas que arrojaban al surco del pensa- 
miento nacional, los hombres superiores y bien inspirados 
de aquella generación batalladora. Con el correr de los 
años la Univei-sidad había de llegar á ser lo que es hoy: el 
robusto organismo que hace honor á la Repüblica y que 
esparce á todos los vientos del espíritu los efluvios de la 
más hermosa floración de sentimientos y de ideas. 

José Salgado. 



Don Nicolás de Herrera y la misión 

de 1806 




Don Nicolás (le Herrera, cuyo nombre despunta en los 
fastos de la revolución de América, había nacido en Mon- 
tevideo el 10 de septiembre de 1775 y cursado los estudios 

de la niñez en la misma, los 
secundarios en Chuquisaca 
y los profesionales en Espa- 
ña. Falleció, siendo sena- 
dor, en febrero de 188o. 
Sus padres fueron don 
Miguel de Herrera,'natural, 
vecino pudiente y cabil- 
dante de Montevideo quien 
. ' á su vez, descendía de uno 
I de los primeros pobladores, 
don Cristóbal Cayetano 
de Herrera,' canario, que 
llegó á Montevideo en 
1728, según lo certifica el 
[ ^^.^_ . 4 Cabildo en 25 de marzo 

de 1791, y la señora Cata- 
lina Giménez, también de Montevideo. 

No hay en la historia del Río de la Plata un personaje 
de radio intelectual más amplio, ni que esté más ligado á 
todos los hechos trascendentales de la argentina y oriental. 
Su inteligencia era robusta; la vastedad de su ciencia poli- 






414 REVISTA hist<5rica 

tica ilustraba el nombre del país, y su actuación, tan pro- 
longada como laboriosa. Está entre los que, ricos de luces 
y de experiencia, se han de repartir la admiración de las 
generaciones, no obstante haberse sometido una docena de 
veces, con audacia viril, al impulso de las circunstancias 
amargas. 

Para estudiar suficientemente esta personalidad de en- 
cumbrado relieve, un tanto sistemática, sería necesario en • 
golfarse en varias cuestiones históricas de gravedad indis- 
cutible movidas en la alta zona política, y no es la oportu- 
nidad de abordarlas, ni pertenece á nuestro propósito. Los 
pueblos del Río de la Plata le deben una biografía. Pue- 
den indagarse algunas de sus ideas en los primeros núme- 
ros de la Gaceta 1 que vio la luz en Montevideo (1810), 
redactada en primer término por Fray Cirilo de la Ala- 
meda y Brea, doctor en Teología, que más tarde repre- 
sentó importante papel en la Corte de España; y en los 
cinco números de la Gaceta de un Pueblo del Rio de 
la Plata que publicó con don Santiago Vázquez y los 
generales Alvear y Carreras (1818). 

En todos los instantes extremos del Río de la Plata, 
acomodó sus pasos á la senda por la cual caminaba. Di- 
rigió las gestiones frustráneas para llevar á Artigas á la 
unión después de Guayabos, ó inducirlo á la indepen- 
dencia de la Banda Oriental— esto lo pondrá en claro 
el doctor Barbagelata — ; tramitó personalmente la tenta- 
tiva ruda y arriesgada para incorporar el Paraguay en las 
Provincias Unidas (1 813), y fué de los corifeos déla Asam- 
blea Constituyente instalada en Buenos Aires en 1813, re- 
dactando, como hombre de buen consejo en las dificulta- 
des y conocedor del derecho público vigente, el proyecto 
efímero de Constitución con Agrelo, Valentín Gómez, Viey- 
tes y Manuel J. García. 2-3 Derrocado por el motín de abril 
de 1815 el general Alvear, de cuyo Director era Ministro, 



1 El prospecto en «Artigas», por Pregeiro. 

2 Fosadas: «Memorias». 

8 Fregeiro: La Biblioteca. 



DE HERRERA Y LA MISIÓN DE 1806 415 

sufrió una prisión vlolentH en forma exagerada, y pos- 
teriormente el destierro junto con Alvear, Mouteagudo, 
Posadas, Larrea, etc., decretado por tribunales especiales 
que descargaron el furor de la pasión política sobre el par- 
tido vencido. ^ El, y Rivadavia, preponderaron en el 
Triunvirato de 1811, encargado de dirigir la marcha de la 
revolución en medio de sacudimientos vicisitudinarios. 2 
Los días que antecedieron inmediatamente á la revo- 
lución del 19 de abril, lo sorprendieron representando 
á la Cisplatina en el congreso brasileño. Recabó, ejer- 
ciendo la representación de la patria, de conformidad 
á lo estipulado en el artículo 7." del tratado de paz, 
la aprobación de hi Constitución (1830). Se discuten 
muchas de las páginas de su vida política. El respe- 
table tribunal de la historia, expresa Rivera Indarte en el 
juicio sobre el Director Posadas (1883) falla muchas veces 
con injusticia porque le faltan datos y actos contemporá- 
neos de las personas cuyas acciones se investigan. 

Don Nicolás de Herrera, precipitado por causas externas 
en días en que los partidos y los individuos empezaban á des- 
orientiirse para fortificar la conciencia revolucionaria próxi- 
ma á desfallecer, meditó la forma monárquica con Rivadavia, 
Belgrano, Sarratea, Gdrcía, Pueyrredón, Castelli y muchos 
otros pensadores con títulos á la gratitud de la posteridad, 
y con el Congreso de Tucumán; se empeñó con Posadas, Al- 
vear y García en el gobierno fuerte y tentó con ellos poner 
3 estos países bajo los auspicios del gobierno libre de 
Inglaterra; y discurriendo los medios de mejorar la condi- 
ción social y económica de la tierra natal, comprometió su 

^ Mitre: «Historia de Bel(ii:rano». 

- Todas las tnedidad que revelaban un sistema deliberado de con- 
centración y de propaganda liberal, eran inspiradas por Rivadavia 
y formuladas por la pluma magistral de don Nicolás de Herrera que 
desempefiaba á la par de aquel las funciones de Secretario del 
Triunvirato. Mitre: «Historia de Belgrano». 

3 Vicente Fidel López: «Historia de la República Argentina»; 
Mitre: «Historia de Belgrano» . 



416 REVISTA HrSTÓRICA 

nombre en la invasión y dominación portuguesa que contó, 
vencida la pundonorosa resistencia de Artigas, con la ad- 
hesión de los conspicuos, militares y civiles, y tuvo por pro- 
sélitos á todos los que buscaban resortes de seguridad y 
reposC'. Hay una página en la historia de la prensa de la 
República que produce una impresión de tristeza por los 
mismos que la escribieron. Las personas de más arraigo, 
de más talento y de más influencia en 1832, perturbada la 
razón, promovieron y alimentaron un misérrimo espectá- 
culo más que por discrepancias políticas, por añejas anti- 
patías privadas. Uno de los personajes que recibió mayor 
lote en aquel cambio de atrocidades literarias y gruesas in- 
jurias, entre «Matraca», «Diablada» y «Domador», fué 
don Nicolás de Herrera, á quien su temperamento resis- 
tente á los arrebatos no le evitó caer en el vituperio con 
el mismo ardor de sus contrincantes. A su regreso de la 
reconquista de Buenos Aires (1806) recibió la doble y ar- 
dua misión que llenó con celo, del Cabildo y del comercio, 
de informar en Madrid, al Rey, de la contribución de Monr 
tevideo á la acción de 12 de agosto que, indubitablemen- 
te, torció los grandes destinos del Río de la Plata ^ — y so- 
licitarla independencia de esta gobernación, que surgía co- 
mo una necesidad ineludible en la administración de los 
intereses locales, del Virreinato de Buenos Aires, cuya pre- 
sión económica y comercial se había vuelto anómala y gra- 
vosa á los intereses de la Muy fiel y reconquistadora 
2 y que en el otro lado del Plata se quería evitar 



1 Sin la oportunidad y los resultados de la Reconquista de 1806 y 
sin la maravilla de la Defensa de 1807, quizá los destinos de estos 
países se habrían cambiado fundamentalmente. Lamas: «Escudo de 
Monte video '. 

2 «Atendiendo á las circunstancias que concurren en el Cabildo 
y Ayuntamiento de la ciudad de San Felipe y Santiago de Montevi- 
deo, y á la constancia y amor que ha acreditado á mi real servicio, en 
la reconquista de Buenos Aires, he venido por mi real decreto de 12 
del presente me^ de abril, (1807) en concederle el título de Muy Fiel 
y Reconquistadora; facultad para que use de la distinción de Mase- 



DE HERRERA Y LA MISlÓS DE 1806 417 

á todo trance. Puede decirse con verdad, que su unión á Bue- 
nos Aires le era más bien una carga que un beneficio. 1 Su 
dominio de las ciencias políticas y de las cuestiones econó- 
micas, su título de abogado, su dialéctica jurídica, su fi- 
gura atractiva por la pulcritud, y las simpatías que había 
anteriormente cultivado en la metrópoli, hacían de don Ni- 
colás de Herrera el hombre adecuado á los fines de la misión. 
El^ido miembro del Congreso de Bayona (1808) 
durante el conflicto desastrado de Carlos IV, Fernan- 
do y Napoleón — enredado drama vejatorio, de pillerías 
y bajezas — atrajo sobre sí la censura de los que en la 
tierra natal diferían en opinión, presentando los más 
suspicaces, ante el Cabildo, un petitorio detonante que 
motivó de su respetable esposa, 2 irritada por el agui- 
jón del libelo, una gestión desatendida por los hombres de 
índole hostil del Cabildo, á pesar del prestigio triple de 
su sexo, de su rango y de la grandeza de la víctima. 3 



ro9; y que al Escudo de sus Armas pueda añadir las banderas ingle- 
sas abaiilas que apresó en dicha Reconquista, con una corona de 
olivo sobre el Cerro, atravesada con otra de mis Reales Armas, Palma 
y Espada.» 

^ Biuzá «Hi.'ítoria de la Dominación Española». 

'^ La señora Consolación Obes, adornada de un 8Ín$2;ular don para 
el trato de tiente?, era hija de don Miguel Obes, de Cádiz, cadete del 
Regimiento de Sevilla, Oficial 1.» déla Tesorería de la Real Armada 
de Buenos Aires U805), casado con doña Plácida Alvarez y Márquez, 
•personas nobles, de distinción, notoriamente honradas, libres de toda 
víala raza, y en posesión de la estimación y conceptos públicos que se 
han granjeado por sus notorios buenos procederes*, ^Q^^dn reza la in- 
formación que don Miguel produjo en Montevideo (1805) al inscribir 
el casamiento de su hija Cipriana con Barnardo Bonavín, capitán de 
Fragata de S- M., de estación en Montevideo. 

3 «Doña Consolación Obes, mujer legítima de don Nicolás Herrera, 
abogado de los Reales Consejos por esta M, F. y M. N. R. 
ciudad do Montevideo, cerca de 8. M. el Rey Nuestro Señor me pre- 
sento á V. SS. con el mejor respeto y en la forma conveniente digo: 
Que don Pedro Berro Alca, de 2.« Voto ha presentado á el M. I. C. 
un pliego ó sea oficio de acusaciones contra el indicado mi esposo, so- 
licitando por el mérito de ellas que sea separado de su comisión, según 

K. H. DE LA U.— 27. 



418 REVISTA HISTÓRICA 

De esa misión á la metrópoli, de que podía ufanarse,, 
instruye el Manifiesto que revelamos al público sin alte- 
ración de ninguna especie, á continuación de estas apunta- 



así se ha verificado por una traslación de los poderes que él obtenía 
á el ilustrísiroo señor doctor N. Andreu, Dignísimo Obispo de Epi- 
fanía. 

«Este suceso que ha llamado la atención del público y es el asunto 
de la crítica del día, tan lejos de serme doloroso» pueden creer V. SS; 
que es un principio de felicidad pata mi desgraciada familia, que lu- 
chando con la orfandad y la ingratitud de este M. I. C. ha tenido- 
mucho que agradecer á la paciencia en la prolongada separación de^ 
mi epposo. 

«Yo y un hijo» (el doctor Manuel Herrera y Obes) «que parece haber 
nacido solo para llorar las desdichas de su padre, nos hemos visto* 
obligados casi á mendigar para sostenernos con el decoro correspon- 
diente al rango en que la suerte nos ha colocado- Hemos sufrido todos- 
' los sobresaltos de la pasada invasión sin más consuelo que el de- 
nuestros deudos; hemos peregrinado por la campaña y atravesado dos- 
veces el río hasta Buenos Aires, todo á presencia de esta noble cor- 
poración para quien éramos un objeto muy indiferente si no despre- 
ciable. 

«Mi honrado esposo entretanto, privado no sólo de auxilios pecunia- 
rios, sino también de documentos para entablar las pretensiones del 
pueblo, precisado á mantener el decoro de su honorable representa- 
ción en medio de una Ck>rte, aislado y reducido á sí mismo, se ha vis-^ 
to á punto de desesperar y abandonarlo todo; pero su entusiasmo pa- 
triótico le ha sostenido hasta el fatal momento de la actual revolución, 
cuyos Hucosos ha presenciado, tomando no pequefía parte en sus re- 
sultara. 

«Él fué conducido por violencia á Bayona de Francia, de aquí re- 
gresado á Madrid, de Madri(i expulsado por el temor de caer prisio- 
nero en manos del Rey intruso; en fin, ha corrido una gran< parte de 
la Península, exponiendo en cada paso su vida y dando en cada mo- 
mento á la Patria testimonios indelebles do cuan merecida tiene la* 
confianza de sus convecinos. Su salud así se halla postrada y su si- 
tuación, es más lastimosa de cada día. 

«Este cuadro, pues, trazado por la imparcialidad empieza á desapare- 
cer desde el momento en que V. SS. relevándole de su misión le 
ponen en actitud de restituirse al seno de su casa. . ., véase si puede 
haber un motivo más digno de mi satisfacción y aplausos. Puedo ase- 
gurar que yo no lo hallo, y en seguida que lejos de sentir la acertad» 



DE HERRERA Y LA MISIÓN DE 1806 4 1 9 

cienes. 1 Está lleno de minuciosos pormenores, hilvanado» 
con flexible facilidad de pluma, hasta de los embarazos y 
azares crecientes por momentos que embreñaron al ilustre 

1 Lo hemos obtenido del ilustrado miembro do la Dirección y co- 
Jaborador de la Revista, doctor Daniel García Acevedo. * 

determinación de V. SS., me siento movida de gratitud hacia su& 
autores, quienes, por lo mismo, deben contar con todo mi reconoci- 
miento. 

«Pero lo doloroso es el motivo que se ha tenido presente para el re- 
levo ó el que pasa por tal en el concepto del Pueblo Se cree que e» 
un libelo en el que se dan razones para juzgar de indiferente á mi es- 
poso, para suponerle coligado con los rivales de Montevideo, para 
creerle descuidado en los objetos de su comisión, en una palabra,, 
para llamarle delincuente!... ¡delincuente! Señores, V. 8S. se per- 
suadirán que don Nicolás Herrera tiene mucho orgullo para cometer 
delitos. Es agradecido, ha recibido favores de su Patria y es imposible 
que haya querido pagarle de un modo tan inicuo. La ingratitud está 
reservada para las almas bajas, para los hombres de pocos principios^ 
no para los que gozan de un predicamento envidiable, para los que 
tienen una carrera lucida y honrosa, en una palabra, para aquellos 
que lo abandonan todo cuando se trata de manifestarse buenos ciuda- 
danos. Estos tales son los depositarios de la virtud y en sus almas no 
entra el pestilente aliento de la corrupción. 

«V- SS. opinando de otro modo han hecho la mayor injuria á mi 
esposo, y yo no cumpliría como debo, si no procurara su desagravio 
de un modo correspondiente á la publicidad del desaire. 

«El Pliego de la acusación ha de dárseme en vista para pedir su 
prueba y hacer la defensa correspondiente; su autor debe afianzar de 
calumnia y responder delante de un tribunal recto á mis reconven- 
ciones, debe sostener lo que ha dicho si es hombre de honor y no 
mancharse con la bajeza de una retractación. Yo le desafío para ello 
en la más bastante forma, anunciándole desde ahora que no es lo 
mismo desfogar pasiones bajas en secreto, que manchar judicialmen- 
te la reputación de un hombre honrado; bien entendido que estas di- 
ligencias sólo tienen por objeto preparar mi querella para introducirla 
donde corresponde y no someterla al juicio del M. I C. cuyas faculta- 
des son m'ngunas para el efecto. 

*Por tanto: á V. S. suplico, que habiéndome por presentado á nom- 
bre de mi esposo en fuerza de la representación que me da la ley en 
el caso, y si no del poder que acompaño con juramento, se dignen 
mandar que se me dé copia legalizada del indicado pliego, quedando- 



420 REVISTA HISTÓRICA 

Diputado. Es un documento inédito que arroja luz sobre 
una de las jornadas interesantes del ex Ministro gravitante 
de los Directores Posadas y Alvear (1814-1815) que no 
cejó un día de las concepciones que lo distanciaban de las 
teorías que pudieran llevarlo lejos de lo humano. La forma 
colorida y vigorosa está ingeniosamente sostenida. Es 
digno de conservarse por los aficionados á estudios nacio- 
nales retrospectivos, y no ha menester de aditamentos ó 
comentarios. Lo precedemos para la mejor inferencia, del 
instrumento que acreditaba en el doctor Herrera la calidad 
de Diputado y de su exposición al Rey. 

Luis Carve. 



En la ciudad y puerto de Montevideo, á veinte y tres 
dias del mes de Agosto del año de mil ochocientos y seis: 
El Sr. Dn. Francisco Antonio Maciel, actual Juez Dipu- 
tado de Comercio en esta plaza, ante mí el infrascripto 
Escribano de su Magestad,que certifico de su conocimiento 
y á presencia de los testigos al final nombrados, dijo su 
merced: Que en fecha diez y seis del corriente se celebró 



me yo, (bajo lu debida venia) con otra igual de este pedimento. Es 
justicia.— Z>oc¿or Lucas José Obcs.— Consolación Obes. 



Sala Capitular, MotUcvideo 15 de mayo de L&()9. 

Archívese este escrito para los usos que deban hacerse de él á su 
debido tiempo, devuélvase á ésta parte el poder que ha presentado 
de su marido, quedando testimonio agregado á su escrito y conteste* 
fiele que el seííor Alcalde de 1.° Voto á nombre de este Cuerpo, que 
ve muy extraña la solicitud y las razones con que se expresa, supo- 
niendo especies á que sólo da pávulo la ligereza contra el concepto 
que de sí merece este Cuerpo y el de su consorte. 

Pasaial José Parodí—José Manuel de 
Or leda— Juan Antonio Busteillos — 
Manuel V. Gutünez— Manuel de 
Ortega^Juan Domingo de las Ca- 
9Teras— Bernardo Suárex. 



DE HERRERA Y LA MISIÓN DE 180G 421 

Junta general del cuerpo de Comercio de dicha plaza, que 
presidió su merced por razón de su judicatura, y á la cual 
concurrí yo el escribano actuario, en cuya acta se acordó 
uniformemente que el Licenciado don Nicolás de Herrera, 
vecino de esta ciudad, pasase personalmente á elevar ante 
la católica Real persona de nuestro Monarca Augusto en 
calidad de Diputado representante de dicho cuerpo aquellas 
pretensiones y solicitudes que se le comunicaren por el Sr. 
otorgante, y á diligenciar la dispensación de aquellas mer- 
cedes y privilegios con que tuviese á bien el mismo sobe- 
rano agraciar á dicho cuerpo en consecuencia do las prue- 
bas de lealtad y vasallaje que acaba de dar en medio de 
las críticas circunstancias en que nos hemos hallado cons- 
tituidos de la pérdida de la capital de este Virreynato, y á 
virtud de los esfuerzos que ha hecho en cuanto Wa dependi- 
do de sus facultades para que se hiciese efectiva la expedi- 
ción marítima y terrestre que se envió de este puerto con 
destino á reconquistar dicha capital, loque produjo el éxito 
más favorable, pues no sólo se consiguió este extremo sino 
que también quedó prisionero de nuestras armas el mayor 
número que formaba el ejército enemigo, y que se había 
apoderado de dicha capital el día veinte y siete de juuio 
anterior: En esta virtud, habiéndose sancionado en dicha 
junta que á mayor abundamiento sería concluyente que el 
Sr. otorgante confiriese sus amplios poderes en nombre de 
todo el cuerpo al referido Dn. Nicolás de Herrera para la 
mayor autenticidad de su comisión, poniendo en ejecución 
lo resuelto en dicha acta (de la cual se entrega en esta fe- 
cha al sobredicho representante Herrera para legitimar me- 
jor su personería un testimonio fidedigno autorizado por 
mí) otorga su merced por el presente instrumento publico 
que confiere el más bastante poder que por derecho se re- 
quiera al enunciado Dn. Nicolás de Herrera para que á 
nombre de todo el cuerpo insinuado y en representación 
de sus acciones y derechos promueva y entable ante su 
Majestad, (Dios le prospere) Señores de sus reales Consejos 
y demás tribunales que convenga, todas las pretensiones y 



422 REVISTA HISTÓRICA 

solicitudes que el 8r. poderdante le comuaieare por medio 
de sus iustrucciones y cartas misivas, practicando judicial 
y extra judicialmente cuaiítas gestiones considere oportu- 
nas á su éxito favorable, é impetrando de la real benefi- 
cencia del mismo soberano la dispensación de las demás 
gracias y privilegios con que fuere de su augusta voluntad 
distinguir al mencionado cuerpo que visiblemente ha sido 
exaltado en la defensa de estos vastos países sujetos á la 
dominación de tan benigno Monarca. Que para todo ello, 
lo incidente y anexo le confiere absoluto poder sin limita- 
ción alguna, con libre y franca administración, libertad de 
ííubstituirlo y relevación de costas, obligando por últim») al 
«uerpo (jue representa á que habrá por firme y subsistente 
cuanto en uso de este poder se hiciere y obrare. En cuyo 
testimonio así lo otorga y firma siendo testigos Dn. Ventu- 
ra Vázquez y Dn. Bartolomé Hidalgo, vecinos, de que doy 
fé en este papel comiín por no usarse del sellado. — Fran- 
cisco Antonio Maciel, — Ante mí: Pedro Feliciano Sainz 
de Cavia, Escribano de 8u Majestad. 

Pasó antn mí, y queda su matriz en esta oficina á mi 
cargo á que me remito. En fe de ello, y de pedimento. Al 
otorgante lo signo y firmo por diipp. su otorgamiento. — 
Pedro Feliciano Sainz de Cavia, Escribano de S. M. 



Señor: 

El cuerpo de comerciantes y hacendados de la muy fiel 
ciudad de Montevideo, por medio de su apoderado general, 
á los R. P. de V. M., dice: que sus deseos del bien común 
del comercio recíproco de la metrópoli con aquella preciosa 
Colonia le determinaron á implorar de la clemencia de 
V. M. el establecimiento de un Consulado en Montevideo, 
independiente de la capital. La localidad de aquel pueblo, la 
circunstancia de íinico puerto del Río de la Platíi, la con- 
currencia de las embarcaciones mercantes nacionales y ex- 
tranjeras que arriban á aquellos dominios, su población, la 
riqueza de sus campos de la parte septentrional, y el estado 



DE HERRERA Y L4 MISIÓN DE 1800 423 

floreciente de su comercio é ¡nduslria, todo parece que exi- 
gía la creación de un tribunal mercantil, que velando sobre 
la prosperidad de los ramos de su instituto, pusiese aquella 
provincia en el más alto punto de engrandecimiento. Pero 
viendo que V. M. no asentía á sus ideas, creyó el cuerpo 
representante que el proyecto envolvía algún inconveniente 
político que no penetraba su celo. 

Pasaban los años y una cadena de tristes y repetidas ex- 
periencias recordaba la necesidad de aquel establecimiento. 
Una opresión sin límites no podía ser indiferente á una 
población respetable. El Consulado de Buenos Aires, por un 
espíritu de rivalidad mal entendida, se opuso á la formación 
<ie varias obras de pública utilidad, prescriptas en la orde- 
nanza de su erección y recomendadas repetidamente por 
V. M. en posteriores resoluciones. 

Se sucedían los naufragios por la falta de seguridad en 
la navegación del Río de la Plata. Los clamores del comer- 
ciante repentinamente precipitado al abismo de la miseria, 
el aspecto horrible de los cadáveres que aportaban á las 
riberas del río, el llanto en la orfandad de tantas familias, 
excitaron el grito de las almas sensibles. El gobierno y to- 
<las las autoridades señalaron al Consulado de Buenos Ai- 
res los funestos resultados de su indolencia; pero este tri- 
bunal, ciegamente adicto á su sistema de opresión, desatiende 
toda instancia, y á pretexto de falta do fondos en los mo- 
mentos mismos en que de propia autoridad construía á la 
faz de todo el virreinato de un mueble tan inútil como 
€OstOí?o, resiste abiertamente el cumplimiento de vuestras 
soberanas dispo^ciones. 

Entretanto el comercio de Montevideo por un efecto 
<Je su propia virtud tomi un incremento considerable, se 
íiumenta su población y crece su crédito mercantil en el 
-concepto de la Europa, y los comerciantes y hacendados 
de aquella plaza, de simples comisionistas pasan, por medio 
-desús relaciones, á la esfera de principales consignatarios 
de las expediciones nacionales y extranjeras. El comercio 
•de ensayo y directo al África abrió nuevos canales á la ri- 



424 REVISTA HISTÓRICA 

queza del país. Los n)ercaderes se hacen comerciantes, los 
comerciantes navieros, y fabricantes los que en otro tiempo 
sólo cuidaban del aumento de la pastoría. 

Estos progresos, muy lejos de llamar la atención del 
Consulado para proveer á las obras públicas que ejecuta- 
ban por momentos tan felices circunstancias, contribuyeron 
solamente para ocuparse todo de la idea de sofocar el incre- 
mento rápido que tomaba aquella ciudad de Montevideo. Con 
una arbitrariedad de que no hay ejemplo, impone contribu- 
ciones al cuerpo de comercio do dicha plaza, le impide tratar 
de sus intereses y mejoras, le constituye un Juez Letrado 
contra las terminantes disposiciones de la ordenanza, y le 
despoja, en fin, hasta de la libertad de hacer sus recursos it 
V. M. Los documentos nümeros 1, 2 y 3, son la prueba más 
completa de la opresión del Consulado, de sus consecuen- 
cias, de la necesidad de proveer á la seguridad de la nave- 
gación del Río de la Plata, del estado del comercio 6 indus- 
tria de Montevideo, y del increíble aumento de que es ca- 
paz si V. M. se digna remover los obstáculos que le detienen 
en la mitad de su carrera. 

A. medida que el Consulado redoblaba sus esfuerzos pa- 
ra humillar á Montevideo, apuraba el cuerpo representante 
todas sus meditaciones para encontrar los medios de sus- 
traerse á una opresión que chocaba directamente con sus 
más preciosos intereses: pero como el mal procedía del abu- 
so de la autoridad constituida, sólo V. M. podía aplicar el 
competente remedio. 

A este efecto dio el cuerpo representante todas sus fa- 
cultades al apoderado, para que instruyendo fundamental- 
mente solicítasela elección del nuevo Consulado ^ toda vez 
que hubiesen cesado los inconvenientes que la estorbaron 
en los años pasados. 



I Estos eran tribunnles de comercio, nombrados periódicamente 
por elección de los comerciantes. Aciemás de sus atribuciones judi- 
ciales, tenían la de proponer al Rey Las medidas convenientes para el 
fomento de la agricultura y del comercio- Disponían de fondos pro- 
pios para ser aplicados á caminos, aduanas y escuelas. 



DE HERRERA Y LA MISIÓN DE 1806 425 

Nada omitió de su parte para llenar los encargos de su 
comisión. El hizo ver desde los primeros momentos de su 
llegada á la corte en multiplicadas representaciones los 
grandes perjuicios que resultaban á la causa del comercio 
nacional del arbitrario proceder del consulado de Buenos 
Aires, la necesidad de cortar tales abusos por medio de un 
tribunal de comercio independiente de la capital: las venta- 
jas que debía necesariamente reportar el estado de esta pro- 
videncia, y la aptitud en que se hallaba Montevideo por su 
población, situación, estado de su comercio é industria, ri- 
queza, relaciones, y crecido número de sus comerciantes y 
hacendados. Pero conoció á los primeros pasos que el esta- 
blecimiento indicado no era conforme á los principios de 
economía política que se proponía seguir el gobierno en or- 
den á las Américas. 

Entonces con arreglo á sus instrucciones dio el apode- 
rado nueva dirección á la solicitud, esperando del tiempo 
la resolución favorable que revestían las circunstancias. 
Presentó recurso dirigido á que V. M. se dignase decretar: 
Primero: que el derecho de avería 1 que paga el comercio 
de Montevideo se retenga por aquel gobierno y juzgada 
mercantil, y se emplee con las intervenciones necesarias en 
la formación de las obras públicas á que están destinados, 
y que han sido desatendidas por el Consulado de Buenos 
Aires; Segundo: que al gobierno de Montevideo se le facul- 
te para conocer en apelación de las sentencias que en ne- 
gocios de comercio pronuncia la diputación de aquella 
plaza. 

Se fundó la justicia y utilidad de este recurso en razo- 
nes urgentes y eficaces. No dudaba el cuerpo representante 
ver cumplidas sus bien fundadas esperanzas; pero la ocu- 



1 Ln avería consistía en un impuesto destinado á cubrir los gas- 
tos de los navios de la Armada que acompañaban las flotas cargadas 
de mercaderías, para su defensa contra los corsarios, en los viajes de 
venida y de regreso. Fué creado, segán el cronista Herrera, en el 
año 1521. 



42 f 5 REVISTA HISTÓRICA 

pación de Madrid por los ejércitos del tirano entorpeció 
<lesgraciadamente un negocio que estaba ya á punto de de- 
cretarse. 

El cuerpo de comerciantes en unión con el Ayuntamiento 
de Montevideo, reproducen todos sus encargos sobre este 
imporbinte asunto, y el apoderado cree un deber de su co- 
misión recopilar los fuertes fundamentos en que estriba 
esta solicitud, reiterando las instancias de sus comitentes 
para que V. M. se digne acordarles esta gracia si es de 
vuestro soberano beneplácito. 

La retención é inversión del derecho de avería en los 
objetos de utilidad pública á la navegación del Río de la 
Plata, que es el primer punto de la solicitud, parece confor- 
me á los principios de justicia. Un administrador que des- 
atiende los encargos de su comisión comete un delito que 
está en razón de la dignidad del comitente y de la grave- 
dad de los resultados. Este es el caso en que se halla el 
Consulado de Buenos Aires. El fué establecido por V. M. 
con las sabias miras de activar el comercio é industria del 
territorio de su jurisdicción. La ordenanza de su instituto 
le prescribe individualmente las obras á que debía contraer 
todos sus cuidados, y lejos de obedecer, desatiende también 
las posteriores soberanas resoluciones que ie recuerdan su 
deber. ¿Y qué menor pena puede aplicarse en justicia á 
esta omisión, que separarlo del encargo ? ¿ Y si el comercio 
de Montevideo ha sufrido todo el peso de las ruinosas con- 
secuencias de esta conducta? ¿No tendrá un derecho evi- 
dente á reclamar la separación para evitarse mayores ma- 
les, y á pedir un nuevo administrador que lejos de oprimir- 
lo, vele sobre sus intereses ? 

Por otra parte, Señor, el comercio de Montevideo en la 
exacción del derecho de avería ha contribuido al Consulado 
de Buenos Aires con más de cien mil pesos sin que haya re- 
portado el menor beneficio después de tantos años que han 
corrido desde su establecimiento. Si la retribución que de- 
bía esperar de justicia no tuviera otro fin que el bien par- 
ticular de Montevideo, pudiera soportarse tanta ingratitud; 



DE HERRERA Y LA MISlÓX DE 1806 427 

pero cuando de los beneficios que se hagan al puerto de 
Montevideo y seguridad de la navegación del Río de la 
Plata tienen un interés conocido, el erario de V. M., el co- 
mercio nacional, el de las provincias interiores del virrei- 
nato, y más que todos í^I comercio mismo de la capital, 
.¿ cómo podrá mirarse sin escándalo un egoísmo tan cal- 
culado? El interés universal, los gritos de las familias arrui- 
nadas con un naufragio que hubiera evitado un farol en la 
Isla de Flores, la sangre de tantos infelices, víctimas de la 
indiferencia del Consulado, todo pide de justicia la reten- 
ción de los fondos del derecho de avería y su pronta 
aplicación á los indicados objetos por otra autoridad que 
sea más celosa del bien general, menos opresiva, y más 
obediente á vuestros decretos soberanos. 

No es monos fundado el segundo extremo de la solici- 
tud. Sin entrar en la demostración de que á ejemplo de lo 
acordado con respecto al virreinato de Santa Fe de Bogo- 
tá, sería más íitil que el Consulado de Buenos Aires resi- 
diese en Montevideo y la diputación de comercio en la ca- 
pital; nadie puede negar que Montevideo es el único puerto 
del Río de hi Plata, el punto de arribo de casi todas las 
ex[)ediciones mercantes, el lugar en que ordinariamente se 
cumplen los registros y se habilitan los cargamentos de 
retorno, y el centro de todas las negociaciones del comercio 
interior y exterior de aquellas provincias. Estas circuns- 
tancias que no se verificaron en pueblo alguno de aquel 
virreinato, constituyen a aquella plaza en una situación to- 
talmente diferente, y como no exigen un diferente sistema 
en el orden judiciario de las causas mercantiles para que 
así tengan su efecto las intenciones santas de la ley. 

A consecuencia de estas circunstancias, Montevideo es la 
precisa residencia de todos los maestres, capitanes, pilotos 
y sobrecargos, y el lugar en que tienen su origen casi to- 
das las controversias sobre los contratos que afianzan la 
circulación del comercio general. Así es que regularmente 
tiene la diputación de Montevideo más asuntos que el Con- 
sulado en que ocupar su jurisdicción y como de mayor 



428 REVISTA HISTÓRICA 

gravedad, son pocas las sentencias de que no se interpo- 
ne apelación para ante el juzgado de alzadas. 

En el sistema actual los comerciantes de Montevideo 
se ven en la dura alternación de exponer sus fortunas á la 
indolencia de un apoderado, ó de abandonar su giro para 
transferirse á Buenos Aires á promover sus acciones. Los 
hacendados desamparan sus ganados y labores muchas ve- 
ces á la distancia de más de cien leguas de la capital. Los 
capitanes y sobrecargos dejan á la ventura sus eínbarca- 
ciones. Todos son gravados con los gastos de testimonios 
de las causas que motivan su abandono; y todos subscri- 
ben á los riesgos de estar detenidos muchas semanas des- 
pués de la conclusión de sus negocios por falta de marea y 
viento en la rada de Buenos Aires. De aquí resultan las 
demoras en la salida de las expediciones, apresamientos, 
naufragios, y la ruina de muchas casas que en un estado 
floreciente contribuirían á la opulencia del reino. De aquí 
resultan los robos de ganados, la pérdida de las mieses, el 
atraso de las fábricas y mil otros perjuicios incalculables, 
que hubiera prevenido la cuidadosa presencia del propieta- 
rio. De todo resulta, finalmente, la disminución del caudal 
de los particulares, cuya suma es lo que forma la riqueza 
de las grandes naciones. 

Establecida en el gobierno de Montevideo la residencia 
del juzgado de alzadas para resolver en apelación los asun- 
tos de que conoce la diputación de aquella plaza, quedan 
para siempre removidos muchos de los obstáculos que se 
oponen á la prosperidad de aquellas colonias. 

Ningíin inconveniente parece que se opone á esta varia- 
ción en el sistema judiciario de los negocios mercantiles, 
pues el Consulado (que no tiene la menor intervención en 
las apelaciones) queda en la plenitud de su autoridad eco • 
nómicay gubernativa, y toda la mudanza se reduce, á que^ 
el conocimiento que en alzadas corresponde á un oidor de 
la Audiencia de Buenos Aires se someta al gobernador de 
Montevideo bajo los mismos principios, y con el fin santo 
de evitar un perjuicio evidente á los intereses generales. 



DE HERRERA Y lA MISIÓN DE 180(5 429 

Los iodividaos délos cuerpos representantes, penetrados 
de que la justicia y el bien comíin de los pueblos son hoy 
la base fundamental de las operaciones del gobierno, espe- 
ran con confianza una resolución pronta y favorable, á cu- 
yo fin redoblan sus instancias, interponen el mérito de sus 
sacrificios, v recuerdan la decidida intención de V. M. en 
su favor, que expresa la real orden de 30 de Abril último, 
comunicada á todos los Ministros para el más breve des- 
pacho de las solicitudes de Montevideo. En esta virtud, — 

A V. M. suplican se digüe proteger esta instancia, que 
forma el objeto de las esperanzas de un pueblo fiel que 
con entusiasmo desea nuevas ocasiones de sacrificarlo todo 
por vuestro real servicio. 



Manifiesto que hace don Nicolás de Herrera X la 
CIUDAD, Ayuntamiento, Cuerpo de Comerciantes y 
Hacendados y a todo el vecindario de Montevi- 
deo sobre los sucesor y resultados de la dipu- 
tación que dicha ciudad tuvo la generosidad de 
confiarle cerca de la Corte de sus Soberanos. 

A mediados del año de 1806 apareció una escuadra in- 
glesa en el Río de la Plata amenazando las costas por todos 
los puntos. Montevideo tomaba para la defensa todas las 
medidas compatibles con las circunstancias, bien fatales en 
aquella época por el abandono del gobierno respecto de 
aquellas preciosas provincias. 

A fines de Junio hacen los enemigos un desembarco 
sobre la costil del sur del Río de la Plata, invaden y ocupan 
la capital. Montevideo, sin comunicación con el resto del 
continente, se prepara a resistir el ataque que por momen- 
tos le amenaza, y el valor, lealtad y heroico patriotismo de 
su vecindario suplieron á la falta de fondos, de armas, de 
tropas y de todo lo necesario para una vigorosa resisten- 
cia. Atendidas ya las urgencias de la plaza, medita, em- 
prende y realiza la reconquista de Buenos x\ires, aseguran- 



4H0 REVISTA HISTÓRICA 

(lo con este inestimable servicio el dominio de la América 
del Sur, cuya pérdida era casi inevitable. 

Lleno de entusiasmo el pueblo con el esplendor de tan- 
ta glorii, determina hacer una diputación al Rey para 
conducir los pliegos de tan plausible noticia, instruir de la 
situación política de aquellos países, pedir socorro de tro- 
pas y armas para rechazar nuevas invasiones que proba- 
blemente debían esperarse, y promover ciertas solicitudes 
de honor y utilidad pública á aquellos países. 

Se convocó el Ayuntamiento para deliberar sobre la 
elección de diputados; examinado el negocio, tuvo este ilus- 
tre cuerpo la generosidad de elegirme para desempeño de 
tan alta comisión, asociado ádon Manuel Pérez Balbas, que 
ejercía entonces el empleo de Alcídde Ordinario de 2.* 
voto. 

Me hallaba con mi familia en la casa de campo de don 
Manuel J. Sainzde Cavia, cuando el expresado señor Balbas 
me hizo entender de oficio la elección que se había hecho 
de mi persona para pasar á la Corte de diputado de la 
ciudad. Aunque este nombramiento me hacía el más alto 
honor, y excitaba todos los sentimientos de mi gratitud al 
ilustre Ayuntamiento, hube de mauifesfcir alguna repugnan- 
cia atendiendo al estado decadente de la salud de mi mujer, 
(cuyo restablecimiento causaba mi permanencia en la 
expresada quinta) á la necesidad de abandonar el ejerc ció 
de la abogacía, único vínculo de la subsistencia de mi fami- 
lia, á los riesgos y trabajos de tan dilatiída navegación en 
tiempo de guerra con la Gran Bretaña, y al dolor que de- 
bía producirme el abandono y separación de mi casa en 
unos tiempos calamitosos, y en circunstancias en que los 
enemigos amenazaban al país con nuevas fuerzas. 

Hubo de comprenderse mi irresolución, pues al día si- 
guiente pasó á verme el doctor don Juan Bautista Aguiar, 
Alcalde de 1."* voto, y el principal autor del proyecto acor- 
dado, y apurando toda elocuencia, allanando dificultades, 
ofreciendo que mi familia sería cuidadosamente atendida 
por la misma ciudad, que se pondrían en España crecidas 



DE HERRERA Y LA MISIÓN DE 1806 431 

sumas de diuero para nuestra subsisteucia con el decoro 
debido y vencer algunos embarazos que pudieran oponerse 
al logro de las solicitudes del cuerpo, obligó mi condescen- 
dencia, y desde aquel día acepté tan honorífica comisión 
en obsequio á mi amada patria. 

Divulgada lu noticia, determina el cuerpo de comercian- 
tes enviar un sujeto que lo representiise dignamente cerca 
del Rey y elevase á su soberana contemplación toda la 
influencia de sus extraordinarios servicios sobre el glorioso 
suceso de la reconquista de Buenos Aires para que se 
dignase S. M. dispensarle la gracia de ciertos estableci- 
mientos muy necesarios á la prosperidad del país con 
independencia del Consulado de la capital. Se hizo una 
junta extraordinaria de los principales individuos del cuer- 
po, y tuve también el honor de ser elegido privativamen- 
te para el desempeño de este importante y honorífico en- 
cargo. 

Se extendieron los diplomas, por uno y otro cuerpo, y 
se me entregaron his instrucciones con algunas libranzas y 
cartas de recomendación. El Ayuntamiento se ciñó á las 
solicitudes que contenía un memorial firmado por el doctor 
Aguiar con fecha 24 de Agosto de 180G,y el comercio me 
franqueó todas sus facultíides para determinar sin limita- 
ción. 

Preparadas las cosas, se encontró por más acertado em- 
prender el viaje por tierra para evitar los riesgos de ser 
apresados por la escuadra enemiga que ocupaba el Río de 
la Plata, y salí do Montevideo en compañía de mi socio 
don Manuel Pérez Ralbas el día cinco de Septiembre del 
mismo año. 

Después de 19 días de un viaje penoso por países casi 
desiertos, en lo más riguroso del invierno, llegamos al Río 
Grande de San Pedro. Nos presentamos al Gobernador y 
Comandante General de aquella provincia portuguesa, el 
brigadier don Manuel de Sonsa Márquez. Fué necesa- 
rio manifestar á este jefe el objeto de nuestra comisión y 
suplicarle nos despachase sus pasaportes para pasar á 



432 REVISTA HISTÓRICA 

Bahía eu clase de negociantes de negros, pues que en otra 
forma, sobre exponer nuestra seguridad, podía comprome- 
terse aquel jefe con su Gobierno por el resentimiento que 
manifestaría de esta conducta el gabinete Inglés, si el asun- 
to llegaba á descubrirse por algfin acontecimiento. Trató 
de eximirse aquel Gobernador á pretexto de corresponder 
privativamente al Capitán General de Porto Alegre la 
facultad de dar pasaportes á los extranjeros, pero nos 
ofreció que influiría á fin de que se despacharen sin de- 
mora. Con este objeto hizo un expreso á nuestm costa di- 
rigido al indicado jefe. 

Entretanto traté de ganar la benevolencia del Gober- 
nador, y de nuestras conversaciones pude inferir que los 
ingleses esperaban por momentos un refuerzo considerable 
en el Río de la Plata para emprender de nuevo la recon- 
quista de nuestras colonias, y que algunos buques de esta 
nueva expedición acababan de llegar á nuestras costas. 
Sin detenerme le supliqué me permitiera hacer un expreso 
al Comandante de Santa Teresa, el Capitán de infantería 
don Rafael Guerra y Mondragón, porque interesaba soli- 
citar de nuestro Gobierno varios papeles relativos á la co- 
misión. Prestó su condescendencia, y dirigida al expresado 
Comandante un pliego que debía remitir al Gobernador 
de Montevideo sin pérdida de tiempo en que avisábamos á 
este jefe de la próxima invasión que intentaban de nuevo 
los enemigos sobre aquellas costas, como sucedió en efecto 
en 28 de Octubre, en que la plaza de Montevideo rechazó 
gloriosamente el ataque de la escuadra inglesa mandada 
por Sir Home Pophan. 

Viendo que los pasaportes no llegaban, sin embargo de 
haber pasado el tiempo necesario para el regreso del expi'e- 
80, manifesté al Gobernador Márquez los perjuicios de la 
demora, y en su vista nos propuso si queríamos embarcar- 
nos sin licencia, pues no podrá facilitar los pasaportes sin 
comprometer su persona. Nosotros, llenos del entusiasmo 
que nos hizo arrostrar tantos peligros, aceptamos el parti- 
do, con la debida cautela nos fuimos á bordo de un ber- 



DE HERRERA Y LA MISIÓN DE 1806 433 



gaatÍQ portugués del tráfico costanero, en que no había un 
rincón para descansar. Nos dirigimos á la Bahía de todos 
Santos, y en treinta y tres días que duró la navegación, 
hubimos de perecer de hambre y de miseria. Metidos en un 
estrecho cajón sobre cubierta, sin desnudarnos, y colocados 
de costado en posición inversa, pasamos el señor Balbas y 
yo, las fatigas de esta penosa nav^ación en que creí per- 
der á este apreciable compañero, cuya edad no le permitía, 
sobrellevar el peso de tantos trabajos. 

Tilegaraos por fin al puerto de la Bahía, en donde se re- 
novaron todas nuestras fatigas. Como extranjeros, y sin 
pasaportes, fué necesario que el capitán nos ocultase á la 
vigilancia de la policía de aquel país. Nos encerró en un rin- 
cón del castillo de la proa en que no había el aire necesario 
para respirar. A pesar de habernos despojado hasta de la ca- 
misa, era tan grande el calor, que sudábamos extraordinaria- 
mente. Doce horas de tamaña fatiga alteró nuestra consti- 
tución. 8e siguió la calentura y fué necesario subir á la 
cubierta, para respirar un aire fresco y no perecer. Los 
dependientes de la policía usaron de sus acostumbradas 
amenazas, pero se tranquilizaron á esfuerzos de una buena 
gratificación. 

Trémulos y semejantes á los hombres que han peleado 
con una larga enfermedad, saltamos en tierra, nos presen- 
tamos al seííor Antonio Luis Ferreyra, de aquel comercio, 
con recomendación de don Felipe Contusi, y debimos á la 
generosidad de este apreciable portugués nuestro total res- 
tablecimiento. Se nos trató con la más cuidadosa atención 
durante el tiempo que estuvimos en su casa, hasta que se 
preparó todo para dar la vela hacia Lisboa en el navio 
«Adriano > de aquel comercio. El día antes de nuestra 
partida sufrimos la incomodidad de saber que este comer- 
ciante no se hallaba ya en ánimo de darnos los diez mil 
pesos fuertes que debía poner á nuestra disposición de or- 
den del señor Contusi y eu que afianzábamos nuestras espe- 
ranzas de subsistir en Europa. Como se supo en aquel 
j)uert-o que había pasado una división inglesa con 5,000 

K. U. DK LA U.— 'iS. 



434 REVISTA HISTÓRÍCA 

hombres de desembarco para tomar á Montevideo, temien- 
do aquel comerciante un trastorno político en las provin- 
cias del Río de la Plata, rehusó girar en nuestro favor las- 
libranzas de pesos 10,000, como había prometido hacerlo- 
á nuestra llegada. Pero al fin convencido de nuestra apu- 
rada situación libró sobre Lisboa pesos 2,000 que sufrieron 
la perdida de pesos 150 por el estado actual del cambio. 

Aunque estas circunstancias nos autorizaban evidente- 
mente para desistir de la comisión, nuestro honor nos es- 
timuló á llevarla á su fin. Con esta cantidad, con pesos 5,000- 
en libranza?, y las cartas de recomendación de don- 
Mateo Magariños para los señores Soliberes y Viola, nos^ 
embarcamos, y llegamos á Lisboa á los sesenta y cuatro- 
días de penosa navegación. Sin detenernos más del tiempo 
preciso, pasamos á Madrid, y á los diez días de viaje lle- 
gamos á aquella capital, pero como la corte residía á la' 
sazón en Aranjuez, fué penoso pasar al sitio en posta á 
las 1 2 de la noche del mismo día de la entrada en Madrid.. 
Presentárnoslos pliegos al almirante en persona haciéndole 
una relación sucinta de los servicios y glorias de Monte- 
video. Se mostró con agrado, y desde entonces asisti- 
mos continuamente á su corte. Besamos la mano á SS.. 
M.M. y A.A, do quienes recibimos las más singulares 
demostraciones de aprecio en favor de sus amados vasa- 
llos del Río de la Plata. 

Al día siguiente de la entrega de los pliegos, nos dijo el 
almirante, en su corte, lo satisfecho que estaba el Rey de 
los grandes servicios de Montevideo; que era su real áni- 
mo derramar l:i beneficencia, sobre todos los que se habían- 
distinguido en aquella importante acción, y que en prueba 
de sus sentimientos había conferido el grado de Maris- 
cal de Campo al Gobernador de Montevideo el Brigadier- 
don S. Ruiz Huidobro, como lo pedía la ciudad en su me- 
morial del 24 de Agosto. 

Pasaban los días, visitábamos las secretarías, pero no 
salía el despacho de las gracias que anhelábamos. Juzgué- 
yo que esta demora provendría tal vez. de üi fcilUí de cono- 



DE HERRERA Y LA MÍSlÓX DE 1806 4;Í5 

cimiento individual de los servicios de Montevideo en ra- 
zón de no haber llegado los pliegos del Gobernador en 
que venían los detalles. Para allanar este inconveniente 
trabajé una nota de los servicios en general del vecindario^ 
comercio y todas las clases del pueblo, y la presenté en la 
corte al almirante, único conducto por donde se dirigían 
al Rey todos los recursos. 

Esta fué la primera vez en que conocí el despotismo de 
aquel privado. Vuelto á raí con aire destemplado me trató 
de importuno, y me dijo que Montevideo tendría armas y 
maceres, pero no intendencia, ni consulado, ni otras cosas 
antipolíticas que solicitaba en el memorial de 24 de Agos- 
to. Traté de disculparme con la necesidad de mi comisión, 
pero el bochorno que sufrí me produjo por mucho tiempo 
las más amargas sensaciones. 

No por esto desistí de mis instancias. Pasé memorias y 
notas á todos los Ministerios con la relación de los servi- 
cios y de la demostración de la utilidad de los estableci- 
mientos que solicitaba el Ayuntamiento en dicho memo- 
rial. Ello es que con tantas importunaciones pudo conse- 
guirse el real decreto de 12 de Abril de 1807, en que se 
declaró á la ciudad el renombre de muy fiel reconquista- 
dora, la agregación de nuevos timbres á sus armas y el 
uso de maceros. Tres gracias de primera estimación para 
un pueblo que solo respira los sentimientos del honor y 
de la gloria. Los establecimientos de intendencia, con la 
respectiva fundición, y de un consulado independiente de 
la capital formaban entonces el más alto objeto de todas 
nuestras solicitudes. El primero de estos establecimientos 
mereció la aprobación del Ministro del despacho universal 
de hacienda, pero el segundo era tenido por contrario á los 
intereses de la causa pdblica. Sin embargo, pasé las res- 
pectivas notas, demostrando su utilidad de un modo con- 
cluyente á mi parecer. 

En estíis circunstancias, un sujeto de relaciones con el 
Ministro Soler, (don Joaquín María Ferrer) me propuso 
el arbitrio de lograr aquellos establecimientos, y también 



43fi REVISTA HISTÓRICA 

mi colocación, (laudo por vía de subsidio para la guerra 
50,000 pesos fuertes. Reflexioné sobre el asunto, y me 
decidí por la negativa teniendo en consideración: 1.° la fal- 
ta de fondos; 2.'' la falta de expresas órdenes para tan cre- 
cido desembolso; 3."* que aún cuando por el uso de las car- 
tas hubiera podido aprontar aquella suma, constituía á la 
ciudad y comercio en un crédito de cerca de doscientos mil 
duros que ascendía con los premios r^ulares por la 
pérdida de los vales, que no habrían podido cubrir en mu- 
cho tiempo, sin gravísimo perjuicio; 4.'' que siendo tan 
grande el mérito de la ciudad, no era prudente adoptar en 
los primeros meses de nuestra llegada, un arbitrio que por 
gravoso, debía ser el último de todos; 5."* que por la mis- 
ma razón quedaría yo sujeto á la responsión de un cargo 
incontestable, mucho más cuando procedía sin expresa or- 
den de mis inátituyentes; 0.*" que sabiendo que los ingleses 
intentaban nuevas invasiones contra aquellos países, era 
imprudente causar un gasto tan enorme, por conseguir unas 
gracias que serían infructuosas en el caso de ser conquis- 
tada la plaza, como sucedió en efecto; 1!" que aunque los 
asuntos no presentaban el mejor aspecto, podía el tiempo 
variar las circunstancias, y fijar la aíención del Gobierno 
sobre las justas reclamaciones de un pueblo benemérito, 
como así se ha verificado. Estas consideraciones tuve pre- 
sentes para no aceptíir semejante arbitrio, y mi negativa 
es la mejor prueba de que lejos de postergar los intereses 
de la ciudad á mi particular colocación, como parece se ha 
querido persuadir, deseché esta favorable coyuntura de 
ser Oidor de Buenos Aires por corresponder fielmente á la 
generosa confianza de mis conciudadanos. 

Se dio, pues, el debido curso á la solicitud, y pasó á 
extracto el memorial y las notas exhibidas por mí. Fuimos 
presentados al caballero oficial que corría con la mesa del 
Perú, por el General don José de Bustamante y Guerra, á 
quien debe la ciudad particulares servicios y distinguida 
estimación. Le suplicamos nos concediera algunas audien- 
cias pai'a instruirle de todos los fundamentos, y habiendo 



DE HERRERA Y LA MÍSIÓX DE 1801) 437 

condescendido con la -justificación que acostumbra, pasé 
á su casa en compañía de mi socio don Manuel Balbas y 
del agente don Gaspar de Soliveras. Más de tres horas 
duró la primera sesión. En ella con el mapa de la parte 
septentrional del Río de la Plata á la vista (que me fran- 
queó en el acto de mi salida el coronel don Francisco Ja- 
vier de Viana) y con el compás en la mano hice las de- 
mostraciones de la necesidad del establecimiento de inten- 
dencia con la jurisdicción indicada en el memorial de 24 
de Agosto del modo que alcanzaban mis cortos talen- 
tos, y tuve la felicidad de que este oficial se hubiese 
persuadido en términos que en su sentir debía la ju- 
risdicción abrazar todo el territorio de la parte septen- 
trional, sin ceñirla á los cortos límites que se indicaban. Se 
penetró asimismo de los grandes servicios de Montevideo, 
y de la opresión que sufna su comercio por la rivalidad del 
Consulado de Buenos Aires. 

Despachó su extracto, y nuestras súplicas repetidas al 
Ministerio y al oficial mayor habían puesto el asunto en 
estado de resolución, con solo el dictamen de la Contaduría 
General, y dispensando el dilatadísimo trámite de la con- 
sulta al Consejo. 

Esperaba yo por momentos un día de completa satisfac- 
ción, cuando recibe el Gobierno por la vía de Francia la 
infausta noticia de la ocupación de la plaza de Montevideo 
por las armas británicas. Desde entonces se suspendió el 
despacho de todas las solicitudes pendientes hasta mejor 
oportunidad. Me ocupé, sin embargo, en ponerá cubierto el 
honor de la ciudad, y nuestras representaciones al Rey lo- 
graron la declaración honorífica que se hizo de orden del 
almirante por la secretaría del estado mayor, de que Su 
Majestad y la nación entera estaban íntimamente conven- 
cidos, de que el fiel vecindario de Montevideo, y su vale- 
rosa guarnición, habían desempeñado heroicamente sus de- 
beres, teniendo al fin que ceder á una fuerza tan superior. 
Esto mismo nos dijo el almirante de palabra á presencia 
de toda su corte, añadiendo que la pérdida de Montevideo 



438 BBVI8TA HISTÓRICA 

había sido inevitable, pues que jamás había sido atacado 
ningún punto de nuestras colonias por fuerzas tan conside- 
rables. 

S^uirnos constantemente la corte, y siu perjuicio agi- 
tábamos en el consejo la substanciación de las solicitudes 
relativac5 á la venta de los propios de la ciudad, y al abono 
por estos mismos fondos de los gastos causados en nuestra 
comisión, y demás que hubiese hecho el Ayuntamiento con 
motivo de la defensa del territorio, cuyas solicitudes se 
habían pasado por el Ministerio de Gracia y Justicia, á la 
consulta de aquel supremo tribunal. 

Nos hallábamos entonces sin tener la menor noticia de 
nuestros países. Empezaban á escasear los fondos, y nos 
amenazaba de próximo la miseria. No había alguna espe- 
ranza de socorro, porque aunque á nuestra llegada, y en 
vista de la recomendación de don Mateo Magariños, nos 
ofreció don Francisco Viola de Cádiz hasta la cantidad 
de quince mil pesos, (que no admitimos ni en un maravedí 
por no Cimsar á mis instituyentes el enorme gravamen de 
un ciento y sesenta por ciento de premio) con la variación 
de las circunstancias políticas del Río de la Plata, ocupado 
Montevideo por una fuerza formidable, era imposible hallar 
fondos por excesivo que fuera el sacrificio. 

Durante este tiempo sobrevinieron varias ocurrencias: 
unas que afligieron mi espíritu sobremanera, y otras que 
me inspiraban una grande desconfianza del buen éxito de 
las solicitudes, adn cuando saliera favorable el dictamen de 
las autoridades intermediarias. 

Los fondos nos escaseaban por momentos. Era necesario 
tratarse con decoro, asistir casi diariamente á la corte de 
SS. MM. y principalmente á la de don Manuel Godoy, 
concurrirá los besamanos, visitará los ministros, y las de- 
más ceremonias establecidas por el estilo, mortificantes por 
sí mismas. Todo esto exigía crecidos gastos. Esperába- 
mos que la ciudad nos socorriera haciéndose cai^o de nues- 
tra situación, pero desgraciadamente no recibíamos ni aán 
noticias de nuestro país. Fué al fín necesario hacer uso de 



DE HERRERA Y LA MISrÓN DE 1806 439 

la generosa recomendación que en obsequio á la ciudad 
y comercio, nos franqueó don Mateo Magaríños. A nuestra 
llegada presentamos su carta á un don Gaspar de Silveres, 
«que se titula agente de Indias en Madrid. En su vista nos 
«dijo que dispusiéramos de todos los fondos del señor Maga- 
riños, y más de cuánto necesitásemos^ aunque fuese hasta la 
-cantidad de cien mil pesos, pues que esta era la orden que 
se le comunicaba: que por tanto excusábamos ocupar á otro 
-alguno y mucho menos aceptar el dinero que nos ofrecía 
Viola. Descansamos sobre estas expresiones cortesanas, y 
•cuando llegó el momento de resiHzarlas conocimos el enga- 
llo. Solí veres se n^ó á todo auxilio, y apenas pudimos 
•cons^uir nos diese quinientos duros de los fondos de don 
Mateo Magaríños. Para conducta tan inicua no tuvo otro 
impulso que ^u mala fe. Todos los americanos del Sur que 
«e hallaban á la sazón en la corte, fueron sabedores de este 
TÍ1 procedimiento. 

Recurrimos entonces al Agente de Indias don Manuel 
•de Echevarría, y aunque este honrado sujeto nos ofreció 
todo auxilio, la variación política, de las cosas varío tam- 
Jbién sus determinaciones, y al fin conseguimos (y no fué 
poco) que nos franquease unos quinientos pesos que tenía 
•en su poder pertenecientes á este ilustre Cabildo. iS'os sos- 
tuvimos con la economía posible, pues no había esperanza 
-de recursos en una época en que todo el mundo sólo trata- 
ba de conservar sus fondos para existir en medio de las 
turbulencias que amenazaban á la nación. Pero una corta 
cantidad no podía durar mucho tiempo. Conservaba yo al- 
,gunos fondos del cuerpo de comerciantes de esta ciudad, y 
no tuve embarazo de suplir á la diputación de Montevideo 
24,000 reales de vellón con la calidad de reintegro. Para 
-esta conducta tuve presente la apurada situación de los di- 
putados, y la confianza de que siendo el comercio uno de 
ios cuerpos constituyentes de esta ciudad, no dejaría de 
aprobar los socorros que se franqueasen á los representan- 
íes del pueblo ocupadós^^le promover su felicidad. 

Desmayaban ya nuestras esperanzas de ser socorrídos 



440 REVISTA HISTÓRICA 

de este ilustre Ayuntamiento, viendo que al cabo de lanto 
tiempo no llegaba ni libranza, ni oficio, ni noticia alguna, 
sin embai-go de la proporción, que franqueaba la vía de 
Portugal, y aón la de Londres despu^ de la pérdida de 
Montevideo. Nosotros que escribíamos en las ocasiones que 
se presentaban, y que teníamos entendido, que aún cuando 
sufriesen extravío nuestras cartas, no podía esconderse en: 
este Cabildo nuestra mezquina situación, hubiéramos era- 
prendido desde luego nuestro regreso, si la prohibición ab- 
soluta de la salida de todo buque de nuestros puertos, y la 
imposibilidad de realizarlo ya por Lisboa á causa de las 
mudanzas políticas de aquel .reino,- no hubieniu sido obs- 
táculos insuperables. 

Nuestro disgusto crecía á medida de la indolencia con 
que el Gobierno miraba los asuntos de Montevideo des- 
pués de perdida la plaza. Ninguna diligencia se omitió á fin 
de promover las resoluciones. Diferentes veces hablamos al 
rey, y á la reina, sobre este particular, multiplicamos nues- 
tros memoriales al almirante, repetimos nuestras visitas á 
los ministros. De todos recibíamos buenas esperanzas, todos 
conocían y confesaban el brillante mérito de Montevideo, 
pero las resoluciones no salían. 

Era este un misterio al parecer impenetrable, hasta que 
una casualidad me condujo al desengaño. Asistíamos dia- 
riamente á la Secretaría del Estado Mayor á ver si se ex- 
pedía algán decreto. El general Samper, que era uno de los 
jefes, movidos sin duda de la inutilidad de nuestra eficacia^ 
ó acaso para libmrse de nuestras visitas, nos dijo un día 
que aunque en su concepto no tenía el rey con qué recom- 
pensar los servicios de los habitantes del Río de la Plata, 
y era muy justo adherir á nuestras solicitudes; pero que 
tuviéramos entendido que el almirante había mandado que 
todos los recursos de la ciudnd de Montevideo se empa- 
quetasen, y se suspendiese su curso hasta nueva orden, en 
cuyo concepto excusábamos incomodarnos por entonces. 

Hicimos nuevas súplicas al almirante, pero este hombre 
pérfido hasta en su conducta privada, nos decía que estaba 



DE HERBERA Y LA MISIÓN DE 180G 441 

ya todo despachado, y que podíamos disponer nuestro re- 
greso. En vista de esta contestación ocurríamos á las secre- 
tarías de estado, y viendo que nada había resuelto, cono- 
cí que este privado aborrecía en su corazón las acciones 
del Río- de la Plata. Me confirmó en esta idea el desprecio 
con que miraba al diputado de Buenos Aires: el empeño 
con que trataba de hacernos salir de la corte, para verse li- 
bre de nuestras reclamaciones, quedando todos los asuntos 
en abandono. Aún había más. Este hombre inicuo había 
premiado á todos los que fueron con pliegos de los jefes 
militares del Río de la Plata; pero se opuso con todas sus 
fuerzas á que se diese ni una simple distinción á los dipu- 
tados de Buenos Aires y Montevideo. El, trataba de ven- 
garse, ó desairar á aquellos pueblos en las personas de sus 
representantes, ya que los respetos nacionales no le per- 
mitían hacer con ellos un atentado. 

Mientras la suspensión de los negocios de la comisión, 
instruimos el señor Balbas y yo, algunas solicitudes relati- 
vas á nuestra colocación individual, que era uno de los ob- 
jetos contenidos en el memorial de 24 de Agosto de 1806, 
que dirigió á 8. M. este ilustre Ayuntamiento; y aunque la be- 
nevolencia del rey se manifestaba en nuestro favor, el odio 
con que miraba el almirante á los diputados del Río de la 
Plata hacía ineficaces nuestras diligencias. Los ministros 
que como secretarios, y miserables esclavos del privado, 
sólo eran el órgano de sus decretos, seguían el sistema de 
oposición á nuestra instancia. Un día en que hice presente 
al ministro Caballero, los perjuicios enormes que había ex- 
perimentado con motivo de la comisión, el abandono de mi 
familia, los riesgos y trabajos del viaje, el mérito de nues- 
tra expedición conduciendo pliegos importantes al Gobier- 
no, y finalmente la liberalidad con que el Rey había pre- 
miado á todos los que sin carácter público habían llegado 
con pliegos de aquella provincia, me contostó con mucha 
frescura que era cierto el mérito alegado, pero que su re- 
compensa no correspondía al rey sino á los cuerpos que re- 
presentaba, á quienes servía, y en cuyo obsequio había 
aceptado mi comisión. 



442 REVISTA HISTÓRICA 

Convinimos desde entonces que toda diligencia relativa 
-4 nuestras personas era absolutamente inútil y muy ex- 
puesto el resultado de las solicitudes del Ayuntamiento y 
comercio. Godoy estaba interesado en desairar del modo 
posible á Buenos Aires y Montevideo, y la satisfacción de 
sus bajos sentimientos no podía verificarse por entonces 
sino en las personas de sus diputados. ¡Desgraciados pue- 
blos si la Providencia no hubiese arrebatado el cetro de sus 
manos crueles! Este pérfido favorito era uno de los princi- 
pales interesados en la pérdida de las provincias del Río de 
la Plata, y su orgullo, que no pudo sufrir el trastorno de 
sus inicuos proyectos, causado por el valor y lealtad de los 
habitantes de esta preciosa parte de la monarquía espa- 
ñola, le produjo un odio mortal contra sus representantes. 

Nada es comparable á nuestra situación en aquella des- 
graciada época: sin dinero para subsistir, sin noticias de 
nuestros países, sin esperanza de próximo socorro, empaque- 
tadas las solicitudes de Montevideo (á excepción de las 
^ue se substanciaban á nuestra instancia en e! Consejo 
Supremo de las Indias para evacuar la consulta), desaten- 
didos nuestro mérito, servicios y quebrantos personales; en 
la necesidad de continuar las mismas humillaciones y tra- 
tos establecidos en obsequio de nuestros opresores, y sobre 
todo esto, sin poder regresar á socorrer á nuestras familias, 
que suponíamos en un estado lamentable. Esta era nuestra 
situación desgraciada cuando felizmente llegó de oficio la 
noticia de nuestras gloriosas victorias conseguidas sobre 
los ejércitos británicos por el valor, lealtad y heroico pa- 
triotismo de los habitantes del Río de la Plata. 

Inmediatamente redoblé toda mi actividad en los Mi- 
nisterios y en el Consejo Supremo de las Indias, á cuya 
consulta se pasaron también los expedientes de Intenden- 
<íia y Consulado. Como el Ayuntamiento no había enviado 
los documentos y suficientes justificativos de la necesidad 
y utilidad de los establecimientos y demás solicitudes,. y 
los fundamentos de mis repetidas notas se apoyaban en 
liechos de que no había constancia, trataba el Consejo de 



DE HERRERA Y LA BIISIÓN DE 1806 443 

informar á S. M. que para proceder con acierto se consul- 
tare antecedentes al Virrey, Consulado, Cabildo y Audien- 
cia de Buenos Aires. Yo, que pude á fuerza de arbitrios 
llegar á penetmr esta idea, y que estaba intimamente per- 
suadido de que con este trámite se entorpecían para siem- 
pre las resoluciones, hice recurso al Consejo haciendo ver 
que la brevedad de nuestra salida no permitió alistar los 
justificativos necesarios, y que atendiendo á la urgencia de 
los n^ocios y á las dificultades que presentaba la guerra 
para ocurrir por los respectivos documentos, se sirviese el 
Consejo suplir su defecto con los informes que sobre el 
particular podían expedir los señores don Benito de la Mata 
Linares, don José de Bustamante y Guerra y don Anto- 
nio Olrtger Felió, como que poseían altos conocimientos de 
la situación política y local de aquellos países. Condescen- 
dió el Tribunal. Los informes se dieron con toda impar- 
eialidad, y en su vista la Contaduría General de Indias y 
el Ministerio Fiscal fueron de dictamen que se crease la 
Intendencia, que se permitiese la venta de los propios con 
ciertas condiciones indispensables, que se abonase de los 
fondos de propios el gasto de la diputación y que en orden 
iil Consulado se suspendiese toda determinación hasta te- 
ner todos los informes precisos, pero que sin embargo de- 
bía retenerse el producto del derecho de avería para inver- 
tirlo en los usos prevenidos por ordenanza. 

Pero todo esto no nos inspiraba confianza porque don 
Manuel Godoy, que cada día manifestaba su encono más y 
más, probablemente hubiera despreciado el dictamen de 
€8tos respetables Tribunales cuando los asuntos salieren á 
la resolución. Este hombre inicuo nos miraba con un cefto 
amenazante, y llegó al extremo de insinuarnos nuestro re- 
greso, que era lo mismo que ordenarlo irrevocablemente. 
Yo que me veía sin colocación, en la necesidad de mar- 
char, así por la falta de fondos como por evitarme un golpe 
del tirano, y que por otra parte calculaba las turbulencias 
que amenazaban al Río de la Plata con el arribo al Brasil 
de la corte de Lisboa, enemiga entonces de la de España y 



444 REVISTA HíSTÓRrCA 

aliada de la Inglaterra, traté de buscar un asilo en cualquier 
parte del mundo donde as^urar la subsistencia de mi pobre 
familia. Pedí la Administración General de Rentas deGua- 
naguato, en Nueva España, que em el único empleo de al- 
guna consideración que se hallaba vacante, sin detenerme 
en la distancia ni en el abandono de mi carrera literaria. 
8e me confirió este empleo, que al fin era un alivio en mis 
desgraciadas circunstancias, haciendo que el Ministro se 
penetrase de mis méritos, servicios y enormes quebrantos 
por medio de las eficaces recomendaciones de mis amigos 
los señores Mateo Magariños, don Manuel de Cavia, don 
Manuel Diago, don Juan Domingo de las Carreras y don 
Manuel de Ortega. 

Se halhiban ya los expedientes en la Secretaría del Con- 
sejo para despachar las consultas, cuando sobrevinieron los 
ruidosos asuntos de la causa del Príncipe de Asturias, 
(hoy nuestro amado soberano Fernando VII) su prisión, 
los movimientos de los ejércitos franceses, y áltimamente 
la conmoción popular de Aranjuez, que entorpecieron de 
nuevo el curso de los expedientes, á pesar de mi actividad 
infatigable. 

Restablecida algún tanto la tranquilidad en Madrid, vino 
desde Aranjuez el joven monarca en medio de los vivas y 
aclamaciones del pueblo. En el corto espacio de su residen- 
cia en aquella capital, repetí mis gestiones ante los nuevos 
Ministros, que penetrados de las injusticias de don Manuel 
Godoy con respecto á Montevideo, prometieron todo su in- 
flujo, al logro de unas resoluciones favorables. Pero estas 
ligeras esperanzas desaparecieron con las funestas ocurren- 
cias que se sucedían. El Rey, seducido por el pérfido Na- 
poleón, abandonó la capital, y fué inicuamente preso por el 
tirano. Desde entonces volvió á suspenderse el curso de los 
negocios particulares en las secretarías y Consejo, cuyos 
tribunales se ocupal)an de los grandes sucesos de la 
Nación. 

No es fácil indicar aquí todo lo que escribí y trabajé 
por mi pueblo desde el arribo á la corte, hasta esta época 



DE HERRERA Y LA MISIÓN DE ] 806 445 

ilesgraciada. Como la comisión de la ciudad en lo formal 
recaía sobre mí solo, yo solo me excedí á mí mismo en so- 
portar tantas fatigas estimulado de mi honor y del deseo 
de adquirirme la estimación y afecto de mis conciudada- 
no?. Mi eficacia fué notoria, á cuantos me trataron de cer- 
ca, pero muy especialmente á mi socio don Manuel Pérez 
Balbas. El dirá algún día el cúmulo de mis tareas y la 
aprobación y aprecio que merecieron mis escritos en todos 
los ministerios, sin excluir la secretaría del almirante. Si 
hasta entonces no tuvo la comisión el mejor resultado, fué 
tan solamente por un efecto de las circunstancias desgra- 
ciadas que rodeaban al trono, y de la tiranía y de3potismo 
<iue esparcían el llanto por toda la Nación. 

Aunque parece que todas las circunstancias expuestas, y 
especialmente la falta de auxilios del Ayuntamiento des- 
pués de tantos meses que habían pasado desde nuestra sa- 
lida, me atemorizaban para emprender mi viaje á mi desti- 
no (en que contaba con tres mil pesos de sueldo, casa, auto- 
ridad y decoro) quise, sin embargo, hacer un nuevo sacri- 
ficio á los intereses de mi pueblo confiado en las buenas 
esperanzas que nos daban en las secretarías de ser recom- 
pensado el mérito de Montevideo, atendidas his intencio- 
nes justas y benéficas con que subía al trono el señor don 
Fernando VII, y creyendo que no podían ttirdur los soco- 
rros de nuestro pueblo. 

Esperábamos el regreso del rey, porque nadie podía 
imaginarse toda la extensión de la perfidia de Bonaparte, 
hasta que las violentas renuncias de Bayona, la comisión 
dada á Murat, para gobernar el reino como lugarteniente 
de don Carlos IV, la determinación de Napoleón de celebrar 
cortes en Bayona, las inicuas proposiciones que hizo á la 
Junta gubernativa del reino, y al Consejo Supremo de Cas- 
tilla, la conducción á Francia de toda la familia real, el su- 
ceso escandaloso del 2 de Mayo y todas las demás ocurren- 
cias, que son bien notorias á la Nación, corrieron el velo á 
las pérfidas intenciones del opresor de la Europa. Ya en- 
tonces fué necesario conocer que la comisión estaba concluí- 



446 REVISTA HISTÓRICA 

da, pues debía suponerse ¡nátil toda gestión, y en este con- 
cepto determinamos pasar á Cádiz el señor Balbas y yo^ 
para partir á nuestros destinos. No es fácil dar una idea 
del sentimiento que afligía á dicho ini compañero al ver el 
poco fruto de todos nuestros trabajos y fatigas, sufridos con 
constancia y resolución. 

Ya tenía yo mi equipaje, licencia real y todo listo para 
marchar á Cádiz en compañía del Oidor don Juan Jo^é de 
Sonsa á partir de gastos como así lo habíamos pactado (y 
consta al intendente don Manuel Pacheco, al señor Balbas, 
á don León de Altolaguirre, á don Mariano Benobales, y 
en fin á cuantos me trataban) cuando vino á trastornar mi 
proyecto un accidente inesperado. El gobierno de Murat 
excusó á don León de Altolaguirre de la comisión de ir al 
Congreso de Bayona pnra que estaba nombrado en calidad 
de diputado de las provincias del Río de la Plata, y sin te- 
ner yo la menor noticia me substituye en eu lugar. Na 
hubo diligencia alguna que yo omitiese para lograr que se 
me exonerase de este odioso encargo. Yo elevé varias re- 
presentaciones haciendo ver que ni tenía poderes de la pro- 
vincia, ni dinero para costearme (en cuyo concepto se me 
franqueó la licencia para pasar á América mucho antes del 
nombramiento) ni conocimientos para desempeñar la comi- 
sión, cuyo objeto se anunció no ser otro que manifestíír los 
medios conducentes á la prosperidad de los respectivos 
países. Pero todo fué despreciado. Se me contestó que era 
necesario estar en Bayona para el 15 de Junio, y que si 
no tenía fondos los buscase sobre cualquiera premio, en la 
seguridad que todos los ayuntamientos de todas las ciuda- 
des y villas de las provincias representadas debían abonar 
los gastos de esta comisión. 

Todos los que conozcan el despotismo militar del Go- 
bierno francés verán que en estas circunstancias era inevi- 
table obedecer. La nación entonces no había levantado aiín 
el grito de la independencia contra el opresor. Todas las 
provincias, y especialmente los puntos y caminos que con- 
ducen á Madrid estaban inundados de las falanges enemi- 



DE HERRERA Y LA MISIÓN DE 1806 44? 

gas. No había, pues, por dónHe escapar, ni un lugar de segu- 
ridad, ni aón cuando le hubiera, podía prometerse subsistir 
en el un hombre sin mí!^ conocimientos ni relaciones en 
Eíspaña que las que tiene un extranjero. Me dispuse á par- 
tir para Bayona, no teniendo otros fondos, que una corta 
cantidad de dinero perteneciente á este comercio. Eché mano- 
de ella para ocurrir á los gastos indispensables, salí de Ma- 
drid quedando allí mi compañero el señor Balbas hasta mi 
regreso. 

Llegué al fin á Francia, y como todos saben, mi asisten- 
cia al Congreso no pasó de un acto puramente material 
envuelto en la misma violencia de su origen. Omito las 
particularidades ocurridas en aquel lugar detestable por con- 
siderarlas ajenas del asunto de este Manifiesto. 

Regresé á Madrid por entre mil riesgos de perecer, pues 
entonces estaba ya en todo su vigor la gloriosa revolució» 
ospjiñola. A los pocos días sucedió la batíiUa de Baylén en 
que fueron rendidas las águilas francesas. El intruso rey, y 
su ('jércit<\ huyó precipitadamente hasta las márgenes del 
Ebro. Todos ios cómplices de la traición acompañaron al 
tirano, pero lo.s iiombres de bien permanecimos en Madrid 
fiadas en el testimonio de nuestra inocencia, y en la segu- 
ridad (le que la capital que había presenciado la violencia 
de nuestro viaje i\ Huyírní], no permitiría que padeciesen 
nuestras personas y buena opinión. Con efecto: el Consejo 
Su|)renio (jue liabí.i tomado el mando de Madrid dictó va- 
rios decretos para disipjir algunos rumores populares que 
se levantaban contra los diputados de Bayona, y todo el 
mundo vino á convencerse de que un juramento arrancado 
por la fuerza en un reino extranjero y en la presencia del 
tirano de la nación, no debía pvTJndic;ir de modo alguno á 
la opinión de unos es|)in:)l(}.s (jiie tantas pruebas habían 
dado de su lealtad y patriotismo. 

La E'^i>aíia (]ne suspiraba por una autoridad suprema 
universal, que dirigióse sabiamente el entusiasmo santo de 
sus hijos^ establecía la Foberanía de una Junta suprema 
centhd, que con tanto acierto desempeña hoy las funciones 
del Gob'erno nacional. 



448 REVISTA HISTÓRICA 

Sin perder tiempo pasamos el señor Balbas y yo al real 
sitio de Aranjuez en donde residía la Junta, Nos pra«*enta- 
mos al señor presidente conde de Florida Blanca, y después 
de cumplimentarle le hablamos sobre servicios de Monte- 
video, y postergación de sus solicitudes; porque como ya 
se ha dicho no se omitía diligencia alguna que pudiese 
conducir al objeto de nuestra comisión. Inmediatamente le 
presentamos el reconocimiento que como diputados de Mon- 
tevideo hacíamos por aquella ciudad (y como únicos de 
América á nombre de todos aquellos preciosos dominios) 
de la soberanía de la Junta Central, como lo hacían todas 
las autoridades y corporaciones del reino. Este acto que 
creemos había sido de la aprobación de las Américas, fué 
muy del aprecio de S. M. 

Con el agrado y seguridades que recibimos del señor 
presidente de que serían atendidos el mérito y servicios de 
los habitantes del Río de la Plata, determinamos permane- 
cer algunos meses más en la corte para hacer el último es- 
fuerzo en favor de nuestro pueblo, creyendo que libre ya la 
comunicación de los mares, no nos retardaría por más tiem- 
po el Ayuntamiento sus socorros. En efecto, nos facultó para 
girar libremente hasta la cantidad de seis mil pesos; pero 
sobre que este recurso era inverificable porque nadie quería 
desprenderse de un cuarto especialmente con respecto al 
Río de la Plata, aún cuando lo hubiera sido, ofrecía una 
pérdida en los premios de más de 125 por ciento en que 
jamás hubiéramos consentido. Así que determinamos hacer 
uso de unos fondos de don Manuel Vicente Gutiérrez que 
existían en poder del señor Balbas, esperando las primeras 
oportunidades, para librar en su favor el principal y pre- 
mios correspondientes. 

Era esta la época en que todos los ciudadanos patriotas 
presentaban al nuevo Gobierno las ideas que creían útiles 
á la felicidad de Ir. monarquía de que se ocupaba la Juntíi 
muy seriamente. Con este motivo escribí algunos pensa- 
mientos que me parecieron convenientes relativamente á la 
América meridional, y como individuo de aquel continente 



DE HERRERA Y LA MISIÓN DE 1806 44^ 

los presenté á la consideración de 8. M., también firmados 
por los señores don Manuel Rodrigo, y don León de Alto- 
laguirre, valiéndonos al efecto de la mediación del Excmo. 
señor Conde del Montijo, siempre adicto á todo lo que po- 
día influir en bien de la nación. 

Como la prosperidad de Montevideo ero uno de los 
objetos de todas mis operaciones, traté de persuadir en to- 
dos mis papeles, y especialmente en la memoria de 8 de 
Septiembre de 1808,1a justicia y utilidad de recompensar 
á los pueblos del Río de la Plata sus grandes servicios, y 
atender al alivio y fomento de las provincias de la Améri- 
ca del Sur acompañando proyectos de gracias y fundando 
las ventajas que debían reportarse de su concesión. 

El Gobierno que sólo deseaba conocer su fundamento y 
beneficencia, tuvo la bondad de fijar su atención soberana 
sobre mis exposicionas, y desde entonces empezaron sus 
favorables resoluciones, no solamente en favor de los pue- 
blos del Río de la Plata, sino también de todo el continen- 
te meridional. 

Entonces fué cuando el Gobierno, en medio de las graví- 
simas y multiplicadas atenciones que le rodeaban, concedió 
al comercio de Montevideo la gracia y remisión del derecho 
del círculo que debía pagar sobre los efectos de las ne- 
gociaciones hechas con los ingleses durante su existencia 
en aquella plaza, mandando devolver inmediatamente á 
los interesados los derechos que con este motivo hubiese 
exigido aquel Virrey, y ordenando que esta gracia fuese 
extensiva á Buenos Aires, Colonia del Sacramento, Mal- 
donado y demás pueblos que ocuparon los enemigos. To- 
dos los que me trataron saben que trabajé para facilitar el 
expediente de este asunto que con preferencia me estaba 
encargado por el cuerpo de comercio de Montevideo, y yo 
me lisonjeo de haber salido airoso en una solicitud cuya 
grande importancia no se escondía á la penetración del Go- 
bierno. 

Se substanciaban ya las otras solicitudes pendientes 
y graeias propuestas por mí, para subirlas á la resolu- 

B. B. DK LA U.— 29. 



4é0 REVISTA HISTXÍRICÁ 

ción, cuando el ejército francés capitaneado j>or Napo- 
león en persona, rompe la línea del nuestro en Tudela, 
avanza prícipitadamente, y casi sin ser sentido, sitia, ataca, 
y ocupa á Madrid, á pesar de los esfuerzos del pueblo. 

Hacía dos días que me hallaba yo en aquella capita 
con el objeto de recoger el duplicado de la real orden de la 
indicada gracia, promover la remisión del principal en pri- 
mera vía, y agitar á la secretaría del Consejo el despacho de 
las consultas pendientes en que había informado favo- 
rablemente la Contaduría General de Indias y el minis- 
terio fiscal. Con este motivo quedé prisionero y sin po- 
der salir, hasta que las circunstancias presentaren la 
ocasión. 

Una de las primeras diligencias del gobierno francés 
fué sorprender la secretaría del despacho univereal, exami- 
nar é inventariar cuantas resoluciones había expedido la 
Junta Suprema, é impedir la extracción de aquellos docu- 
mentos bajo la pena de muerte, de cuya comisión estuvo 
encargado el conde de Cabarrüs, Ministro de Hacienda 
del rey Josa Inmediatamente que Madrid recobró algún 
tanto el sosiego pasé á la secretaría de Hacienda con el fin 
de exigir del oficial don José Romero, el duplicado de la 
Real Orden de la remisión de los derechos, pero era tarde, 
porque evacuado ya el inventario de Cabarríis, no podía 
accederse á mi solicitud sin comprometerse aquel oficial. 

Con motivo del examen de los documentos de las se- 
cretarías se encontraron todas las gestiones que había he- 
cho yo, y otros diputados de Bayona, ya con respecto al 
reconocimiento de la soberanía del nuevo Gobierno, ya en 
orden á la notoria violencia de nuestro viaje y demás su- 
cesos del Congreso de Bayona. Bonaparte, que había trata- 
do de persuadir, aunque en vano, á las potencias de Euro- 
pa, déla supuesta legalidad de su conducta para con la Es- 
paña, se llenó de furor al ver los manifiestos y papeles 
encontrados en las secretarías, y la energía con que muchos 
de aquellos diputados de Bayona sostenían la causa santa 
del Estado, unos con la espada y otros con la pluma y sus 



DE HERtlERA Y LA MISK^N DEJ 1806 45 1 

consejos, trató de vengarse, y al efecto fulminó la pena de 
muerte contra todos los diputados de Bayona que hubie- 
sen reconocido la soberanía de la junta de insurgentes (así 
llamaba al Gobierno Nacional) mandando que en donde 
quiera que se les bailare fuesen entrados á una comisión 
militar y fupiladc'S dentro de 24 horas. Los excelentísi- 
mos señores marqués de Santa Cruz y Cartel Franco 
fueron las primeras víctimas de este tirano decreto. 
Arrestados en Madrid se les condena á ser fusilados co- 
mo traidores á su rey José; pero Napoleón, queriendo 
hacerse el clemente, les conmutó la pena por un acto de 
su imperial misericordia, condenándolos á la de perpetuo 
encierro en una de las fortalezas de Francia y quedando 
todos sus bienes confiscados. 

Desde entonces me consideré perdido, pues no siendo 
fácil escapar á la vigilancia de la policía francesa, siepdo 
muy difícil huir de Madrid y no teniendo grandes mayo- 
razgos cuya confiscación neutralizase algún tanto el fu- 
ror del tirano, todo esto me anunciaba una próxima y 
desgraciada muerte, como hubiera sucedido si la Divina 
Providencia no velara sobre los derechos de la inocencia. 
Escondido y sin ver la luz pasé algunos días, hasta que 
conseguido un pasaporte francés á costa de dinero por la 
eficacia de mis amigos, salí de Madrid en clase de criado 
de un proveedor de víveres de la Villa del Campo. Como 
apenas pude llevar una muda de ropa, abandoné todo mi 
equipaje, papeles, libros y documentos á la confianza de un 
vecino de aquella capital con encargo de remitirlo todo á 
Cádiz, lu^o que estuviese libre la comunicación. 

Corrimos lo más fragoso de la España huyendo de los 
enemigos, y casi por entre breñas llegamos á Sevilla, don- 
de se hallaba la Junta después de la invasión de la capi- 
tal, á los veintiún días de viaje, en lo más riguroso del in- 
vierno, y por entre pueblos que irritados con tantas des- 
gracias sólo respiraban el furor contra todos los transeún- 
tes. Los trabajos de esta jornada sólo puede conocerlos el 
que los ha padecido. 



452 REVISTA HISTÓRICA 

Mi socio, don Manuel Pérez Balbas, no tuvo por conve- 
niente exponerse á tan visibles riesgos, y quedó en Madrid 
en donde existe hasta la presente. Para subsistir se reservó 
el resto de la cantidad perteneciente al señor Gutiérrez, de 
que habíamos empezado á hacer uso como dije arriba. Yo 
salí á la aventura y en la esperanza de que en Cádiz halla- 
ría algún dinero á premio moderado, en cuyo caso haría 
uso de las órdenes del Ayuntamiento y comercio de Mon- 
tevideo, librando contra dichos cuerpos por las cantidades 
que tomase en aquella plaza. Entretanto me suplía lo ne- 
cesario don León de Altolaguirre con la calidad de reinte- 
gro cuando él dispusiere. 

Luego que llegué á Sevilla me presenté como estaba á 
los ministros, y pasé después á ver á don José Raimundo 
Guerra, que supe había llegado á la corte en calidad de di- 
putado del Gobierno, ciudad y Junta de Montevideo. Me 
recibió este ¿ujeto con las mayores demostraciones de ca- 
riño; me enseñó las instrucciones en que se le sujetaba de 
algfin modo á obrar con mi acuerdo, y me dijo que del po- 
co dinero que había traído podía disponer con igual dere- 
cho. Al mismo tiempo me entregó el oficio del Cabildo de 
Montevideo en que me continuaba su-í poderes. Se trató, 
pues, de arreglar los memoriales que debían presentarse al 
Rey, pues hasta entonces nada se había hecho por la de- 
tención del abogado encargado de firmarlos. Ya que estaba 
arreglado lo principal, manifesté al señor Guerra que sería 
bueno que él solo firmase las representaciones, creyendo 
yo que de este modo se daba más valor al asunto de las 
contestaciones de Montevideo con el Virrey de Buenos 
Aires, viendo el Gobierno que venía un diputado para este 
solo asunto; pero como me hubiese insinuado que el pue- 
blo no llevaría á bien que yo no firmase, me presté á ello 
inmediatamente. 

Mientras despachaba estos asuntos trabajaba al mismo 
tiempo en promover en todas las demás secretarías los otros 
que se hallaban pendientes, y como casi todos los antece- 
dentes quedaron en Madrid, fué necesario fundar los re- 



DE HERRERA Y LA MÍSlÓX DE 1806 453 

cursos de nuevo en repetidas notas presentadas á los mi- 
nisterios. 

Entonces fué cuando se declaró á las Américas la fa- 
cultad de nombrar diputados vocales de la Junta Supre- 
ma que representasen los derechos de sus respectivas pro- 
vincias, como constituyentes de la monarquía española, 
cuya declaración propuse á la sabia consideración de S. M. 
en la memoria de 30 de septiembre. Acaso se hallaba esta 
idea en las deliberaciones justas del Gobierno, pero como 
quiera que sea, nadie puede disputarme la gloria de haber 
sido el primer español americano que propuso y promovió 
con toda eficacia un asunto cuya importancia paní las pro- 
vincias de América es incalculable por la influencia que 
tendrá siempre sobre la felicidad de todos sus pueblos. 

También fué en este tiempo cuando conseguí que el 
Gobierno refrendase la gracia de la excepción del derecho 
de círculo sobre los efectos comprados á los ingleses en el 
Río de la Plata. Para dar una idea de mi eficacia en este 
particular, basta decir que se acordó favorablemente, no 
habiendo en Sevilla ni documento ni una sola letra por 
donde constase la concesión de una gracia tan especial, 
pues todos los antecedentes quedaron en Madrid. 

Fué también en ese tiempo cuando el Gobierno, en vista 
de mis solicitudes, se dignó conceder una baja considerable 
del precio de los azogues ^ que se distribuyen á la Amé- 
rica del Sur. Esta gracia, en que el erario recibe un perjui- 
cio anual de 800,000 pesos, es de la principal importancia 
para este continente por el aumento de riqueza que debe 
proporcionarle, como conoce el menos instruido en los 
principios de la economía política. 

Sin perjuicio de estas gestiones hacía cuanto estuvo de 
mi parte para preparar los ánimos á una resolucióu favo- 



1 La Corona tenía entre mnchos ranioa <le entnula el que le 
proporcionaba el eventual del estanco ó monopolio del tabaco, naipes, 
sai, azogue, ^tc. 



454 REVISTA HISTÓRICA 

rabie en orden á las contestaciones del Cabildo y Junta de 
Montevideo con el Virrey don Santiago Liniers, pero como 
el n^ocio era de tanta gravedad, yo no pude penetrar que 
se difería su resolución hasta tener informes más circuns- 
tanciados de la Capital. 

Como las circunstancias habían variado enteramente con 
respecto á las provincias del Río de la Plata, y veía yo 
que no podía emprender mi viaje á Nueva España sin su- 
jetar á mi pobre familia á la necesidad de abandonar para 
siempre su patrio suelo, y emprender un dilatadísimo y pe- 
noso viaje en que acaso hubiera perecido, determiné renun- 
ciar mi empleo de Administrador General de Rentas de la 
provincia de Goanaguote, resuelto á volver á mi país y 
consultar la subsistencia de mis hijos cultivando la tierra 
que jamás es ingrata á quien la sacrifica sus sudores, hice 
mi renuncia, fué admitida, y quedé sin empleo. Pero la Su- 
prema Junta por un efecto de generosidad me confirió suce- 
sivamente el empleo de contador general de Azoguez, y 
Ministro general único de Real Hacienda de la provincia de 
Guancavelica, distinguiéndome con la confianza de tan ira- 
portantes comisiones. 

A la sazón me hallaba aún desnudo, y en los mismos 
términos en que salí de Madrid, de manera que á veces 
tenía vergüenza de presentarme sin la decencia correspon- 
diente, y aún creía comprometer en cierto modo el decoro 
de la ciudad que representaba. Por otra parte, tenía muy 
justos reparos para no ocupar por más dinero á don León 
de Altolaguirre, y en estas circunstancias veo á mi socio el 
señor Guerra, y le suplico me diese de los fondos del Ca- 
bildo mil y doscientos pesos por igual partida, que había 
yo suplido en Madria á los diputados de dicha ciudad en 
calidad de apoderado del cuerpo de comerciantes, y con 
los fondos de su pertenencia. No podía ser más justa esta 
solicitud, pero el señor Guerra, sin consideración á sus 
instrucciones, á mi situación apurada y á los respetos de 
la ciudad, se negó á socorrerme á pretexto de ignorar el 
tiempo que estaría en España, y la suerte que correría y 



DE HERRERA Y LA MISIÓN DE 1800 455 

que así podía adoptar el arbitrio de buscar dinero á cualquie- 
ra premio, pues que él no se desprendería délos fondos del 
Cabildo hasta que verificase su regreso. 

Me fué tan sensible esta contestación cuanto menos la 
esperaba. Sin pérdida de instantes pasé á Cádiz con el ob- 
jeto de buscar fondos para socorrerme, y determinado á mar- 
char á Montevideo, y abandonarlo todo, pues que la suer- 
te me era tan contraria. Llego á Cádiz: hago cuantas dili- 
gencias pueden imaginarse, pero todas en vano. Nadie que- 
ría desprenderse de su dinero, y mucho menos para reinte- 
grarse sobre el Río de la Plata, cuyas circunstancias eran 
bien críticas en la idea dé aquel comercio. El que más, 
ofrecía vales cuya pérdida excedía la suma de II 10 por 
ciento. No cabía en mis sentimientos obligar á los cuerpos, 
mis instituyentes, á un gravamen tfm enorme. Escribí esto al 
señor Guerra, suplicándole me franquearse siquiera 500 pe- 
sos, pero no recibí contestación sin duda por no haber re- 
cibido mi carta, como me dijo después. Determiné esperar 
algunos días, y faltándome lo preciso para vivir, vi á un co- 
merciante á quien merecía atenciones, le manifesté mi si- 
tuación y le propuse me supliera los fondos que necesitaba 
en calidad de reintegro en caso que no llegaran algunas 
libranzas, ó que el señor Guerra determinase marchar, y 
me hiciese de fondos, pero que faltando estos dos casos li- 
braría contra la ciudad por los principales y los premios 
reculados por la pérdidí de los vales/>. Admitido el conve- 
nio, tomé lo preciso para pagar á don León de Altolagui- 
rre y subsistir algunos días á ver el semblante que presen- 
taban las cosas. 

Desde Cádiz enviaba á los ministerios recursos y notas 
sobre las solicitudes pendientes, conservaba mis correspon- 
dencias con los amigos que me protegían, hacía valer la 
lealtad y patriotismo de Montevideo comprometido en 
cierto modo con los infinitos papeles que condujo la goleta 
cLiniers», y en fin, trabajaba por mi pueblo con la misma 
eficacia que lo hacía en Sevilla. 

En estas circunstancias se aparece en Cádiz el señor 



456 REVISTA HISTÓRICA 

Guerra con el designio de regresar á Montevideo. Le vuel- 
vo á instar para que me socorriese, pero me contestó que 
no contase con cosa alguna hasta su partida. 

Había libado el día antes con pliegos del Gobierno y 
Cabildo el capitán de infantería don José Piris. Se alojó 
en mi casa. Le ofrecí acompañarlo á Sevilla si el señor 
Guerra (que tenía los fondos) se excusase á verificarlo. Pero 
como se prestase sin dificultad, quedé yo en Cádiz en el 
mismo estado, pero haciendo, sin ruido, cuanto podía por 
el honor de mi pueblo. 

El contenido de dichos piídos dispuso nuevamente el 
ánimo del Gobierno en favor de Montevideo, y entonces se 
expidieron aquellas declaraciones tan honoríficas para 
Montevideo y su fidelísimo vecindario, en que creo, si no 
me engaño, haber influido en alguna parte, especialmente 
en la concesión de la banda y títulos cuyas gracias pedidas 
por mí en el proyecto de premios que acompañé á la me- 
moria de 30 de Septiembre se dirigían á perpetuar en las 
edades venideras las virtudes y heroísmos de la fiel Monte- 
video. 

A los pocos días regresan de Sevilla á Cádiz los señores 
Piris y Guerra, con ánimo de embarcarse á la primem 
ocasión. Yo manifesté al segundo mis intenciones de hacer 
lo mismo dentro de pocos días. Pero como me dijese que 
sería conveniente quedase yo por algunos meses, hasta la 
conclusión de los recursos pendientes, que podía fácilmente 
promover por medio del influjo de mis relaciones, y que 
sería esto muy satisfactorio á mi pueblo, condescendí sin 
dificultad para que se completase el sacrificio en el con- 
cepto de que el señor Guerra me daría los fondos exis- 
tentes. 

Resuelto yo á quedarme, mi primera diligencia fué reno- 
var mis instancias al Gobierno por medio del Ministerio Ge- 
neral, sin detenerme la nota de importuno que me adquiría 
con una eficacia que pecaba de excesiva. Pero el Gobierno 
lleno de bondad y clemencia tuvo á bien oir mis súplicas, 
determinando se circulase orden á todos los Ministros para 



DE HERRERA Y LA MISIÓN DE 1806 457 

el más pronto despacho de las solicitudes de Montevideo, 
como así se hizo entender en la Real Orden de 30 de 
Abril último, que original remití al Ayuntamiento para su 
satisfacción por medio del referido señor Guerra, quien en 
el instante anterior á su salida me entregó, como lo había 
prometido, 3,020 pesos de los fondos del Cabildo. 

A los tres días partí para Sevilla, después de haber pa- 
gado los créditos que había contraído en Cádiz para sub- 
sistir y medio equiparme. Llegué á la corte, y empecé á 
gestionar personalmente en todos los Ministerios sobre los 
asuntos pendientes. Mi eficacia fué notoria á cuantos me 
trataban, y particularmente á varios sujetos que acababan 
de U^r de Monte^ndeo, unos en comisión y otros con el 
objeto de servir á la patria, á quienes auxilié en cuanto se 
les ofreció para el desempeño de sus encargos y logro de 
sus ideas. 

Como entonces no había en la corte otro diputado de 
Montevideo, fué necesario que todo lo desempeñase yo, así 
en lo formal y material de esta comisión como relativamente 
al cargo de los asuntos del comercio de dicha ciudad que 
también eran de mi privativo resorte. 

No descansé en el término de tres meses hasta que vi 
concluidos los negocios más felizmente de lo que nadie po- 
día prometerse. Paní la ciudad, sobre las anteriores gracias, 
conseguí que se le mandase alonar de los bienes de Tem- 
poralidades la cantidad de 10,000 pesos á que se suponía 
contra dichos fondos. La falta de competentes documentos 
justificativos de los fundamentos de su reclamación, y sobre 
todo la inobservancia del orden establecido para semejan- 
tes instancias en que debe conocerse gradualmente por 
los tribunales respectivos, hacían inasequible esta solicitud 
en unas circunstancias en que el Erario necesitaba de todos 
sus recursos para atender á objetos de la primera impor- 
tancia. Pero al fin, á fuerza de trabajo y de instaricias. salió 
el decreto favorable para el abono indicado. 

Conseguí también que los gastos que hizo el Ayunta- 
miento en armas y maceros, sin consultar las autoridades 



458 REVISTA HISTÓRICA 

superiores de la eapital, se mandasen abonar de los fondos 
de propios de la ciudad, como lo pedía su diputado á nom- 
bre del Ayuntamiento. 

Asimismo cons^uí que S. M. se dignase aprobar, aun- 
que sin exemplar, la conducta del Gobierno y Junta de 
Montevideo en orden de haber permitido la entrada de 
algunas expediciones extranjeras, y venta de sus cargamen- 
tos, sin embargo de ser contra las leyes de Indias y en per- 
juicio de los intereses de la metrópoli. 

También conseguí que S. M. se dignase dar al Cabildo 
de Montevideo las más expresivas gracias por sus donati- 
vos y que se comunicase así de real orden por el Minis- 
terio de Estado y del despacho universal de Hacienda. 

Del mismo modo hubiera conseguido resoluciones favo- 
rables sobre el abono de los gastos de diputaciones á S. M., 
de los fondos de propios y arbitrios, la abolición del dere- 
cho de ramo de guerra, la correspondiente asignación á las 
viudas y huérfanos de los valientes que perecieron por la 
patria en las últimas acciones del Río de la Plata, y el 
premio para los militares y vecinos que se distinguieron 
en el sitio y defensa de la plaza de Montevideo, pero como 
estas solicitudes se fundaban en motivos y hechos de que 
no había debida constancia, no fué posible su despacho de- 
finitivo, pero conseguí que se mandase informar al señor 
Virrey sobre todas ellas, á fin de resolver en consecuencia 
lo más conforme á la voluntad del Gobierno, siempre dis- 
puesta á premiar á los pueblos y vasallos beneméritos del 
Río de la Plata. 

Para el comercio de Montevideo cons^uí en dicho tiem- 
po, sobre la ya acordada gracia de la excepción del derecho 
de círculo, las dos muy importantes de la independencia 
de comercio de Montevideo en lo contencioso y de la re- 
tención é inversión de la mitad del producto del derecho 
de avería con absoluta exclusión de las autoridades de 
Buenos Aires. El valor de estas gracias es incalculable por 
el influjo que ofrece sobre la prosperidad del pueblo y ri- 
queza de sus habitantes. 



DE HERREKA Y LA MISlÓfT DE 1806 459 

Mientras yo me entr^aba con la eficacia posible á llenar 
todas las ideas de mi pueblo, advertía con dolor que el 
Ayuntamiento dirigía varios recursos á S. M. directamente 
sin contar con el diputado que debía ser el órgano de sus 
exposiciones; entonces recibí, también en Sevilla, un oficio 
del Cabildo del año de 1807, su fecha G de Marzo, dirigido 
al señor Balbas y á mí por la vía de Portugal, en cuyo 
reino sin duda padeció tan enorme detención. En él se nos 
revocaban los poderes del modo más extraño y menos de- 
coroso al mismo cuerpo que lo dirigía. Esta conducta hu- 
biera bastado seguramente á comprometer mi opinión si el 
Gobierno no hubiese estado tan convencido de mi notorio 
proceder. Otro más delicado acaso, habría tomado un par- 
tido violento, pero yo seguía constante en el sistema de 
dedicarme sin cesar á la felicidad de mi pueblo. 

Trabajaba con empeño en el despacho del establecimien- 
to de intendencia con la competente jurisdicción que se ha- 
llaba ya acordado, cuando llegó el ilustrísimo señor obispo 
de Epifanía en calidad de único diputado del Gobierno, 
ciudad y Junta de Montevideo. Estaba yo ignorante de 
esta ocurrencia, hasta que me enseñaron en las secretarías 
sus recursos. Inmediatamente pasé á informarme del se- 
ñor obispo, y como no le hubiese hallado en casa le dejé 
una carta á que me contestó con la mayor atención, inclu- 
yéndome el oficio del Cabildo de Montevideo de 28 de 
Abril último, en que se me hacía entender la revocación 
de nuestros poderes, decretada por aquel ilustre Ayunta- 
miento, con respecto á mí y á los señores Guerra y Balbas. 

Al paso que me lisonjeaba la circunstancia de tener un 
sucesor tan digno y tan notoriamente celoso de la verda- 
dera felicidad de Montevideo, y de todas las provincias de 
la América del Sur, no dejó de afectarme la secatura del 
oficio del Cabildo (pues ni siquiera se nos dan las gracias) 
y la consideración de que este accidente, al paso que con- 
trastaba mi sistema de trabajar incesantemente hasta el 
fin, produciría á mi ver el retardo de la resolución de inten- 
deqcia. 



460 REVISTA HISTÓRICA 

Mi digno sucesor, viendo que casi todo estaba ya con- 
cluido por mí, hizo por vía de suplemento á mis recur- 
sos, algunas juiciosas reflexiones, y al poco tiempo de 
su llegada abandonó la corte para regresar á estos des- 
tinos. Yo rtie anticipé algunos días para aprovechar la 
primera ocasión, después de habilitarme de lo muy ne- 
cesario, pues acababa de saber que todo mi equipaje 
había sido aprehendido en Madrid por la policía francesa, 
y confiscado por el Gobierno del Rey José, del mismo 
modo que había sucedido en casi todos los bienes de los 
patriotas españoles que habían fugado de aquella capital 
para evitar la esclavitud de un yugo tirano y extranjero. 

Pero antes de partir á Sevilla quise dar á mi pueblo la' 
última prueba de mi adhesión á su felicidad. Pasé á las 
secretarías á instruir de mi relevo en la comisión á virtud 
del oficio de 28 de Abril y de mi pronto regreso á Mon- 
tevideo. Entonces conocí que un acto de ingratitud irrita 
al hombre más indiferente. Pero yo traté de disculpar el 
hecho, suplicando por última vez se atendiese á Montevi- 
deo como así se prometió. 

Desde entonces dejé de ser el diputado de Montevideo, 
y dejé de serlo por un acto de revocación del Cabildo que 
comprometía en cierto modo mi honor. Yo creo que no 
era digno de este notorio desaire, pero también le hago al 
Cabildo de Montevideo la justicia de creer que en este lan- 
ce no ha tenido otro concurso que prestar ciegamente oídos 
á la maledicencia de algún alma vil que se alimenta de 
la detracción, como las almas nobles de la generosidad. 
Entretanto el cuerpo de comercio, constante en sus reso- 
luciones, no hizo la menor novedad. Sus poderes existieron 
siempre á mi consignación y yo tuve el placer de agitar y 
conseguir, después de mi separación de diputado, la im- 
portante gracia relativa á la retención é inversión de la 
mitad del producto de avería cometida privativamente al 
diputado de comercio, al Gobernador y al Comandante de 
Marina. 

Llegué á Cádiz, completé un pequeño y muy preciso 



DE HERRERA Y L\ MISÍcSn DE 1806 461 

equipaje, y s¡q demora me he restituido á esta ciudad para 
satisfacer al Cabildo, al pueblo y á mis propios senti- 
mientos. 

El abandono de mi pobre familia en unas circunstancias 
calamitosas, y en que amenazaba por todas partes, la des- 
gracia de una guerra sangrienta con un enemigo valiente y 
poderoso. El abandono del ejercicio de la abogacía cuyo 
producto de más de 4,000 pesos anuales era el solo apoyo 
de mi subsistencia, las incomodidades, los peligros y los 
grandes trabajos inseparables de tantos viajes por mar y 
tierra, y por países extranjeros (que han apurado hasta lo 
sumo, mi constitución muy débil ya por naturaleza), las 
aflicciones de espíritu, ocasionadas por la persecución de 
Godoy, y posteriormente ix)r la tiranía de los Bonaparte. La 
pérdida de mi equipaje, de mis papeles, libros, documentos 
de crédito que era todo mi caudal, y la necesidad de ven- 
der mis cortos bienes, mis esclavos, y hasta las alhajas de 
mi mujer para pagar algunos créditos contraídos por mí, 
en medio de las urgentes circunstancias que me rodearon. 
Estos son, ilustres ciudadanos y compatriotas, los sacrifi- 
cios y quebrantos á que suscribí para aceptar y desempe- 
ñar la comisión que iba á mejorar la suerte de nuestra pa- 
tria. Yo creo que nadie pudo hacer más en su obsequio; 
porque no habiendo en la tierra otros bienes más aprecia- 
bles que la familia, las comodidades, el sosiego y la salud, 
tampoco puede haber mayores sacrificios. 

Mis servicios no han sido menores que mis sacrificios. 
Yo he trabajado tres años continuos sin perder fatiga, ar- 
bitrio ó diligencia que en algún modo pudiese concurrir á 
los fines de las solicitudes de la ciudad de Montevideo y 
su comercio. Yo he sido en todo este tiempo el director, el 
abogado, el secretario, y el agente de todos los negocios y 
solicitudes de ambos cuerpos, sin perjuicio de las obligacio- 
nes y estilos que desempeñaba como diputado. Para esto 
ha sido necesario vivir en un continuo movimiento de los 
sitios á Madrid, y de Madrid á los sitios; ha sido necesario, 
en aquella época especialmente, sufrir el mal humor de los 



462 REVISTA HISTÓBICA 

jefes por cuyas manos pasaban las solicitudes; ha sido ne- 
cesario llevar antesalas, adular á los porteros y criados, 
prestar adoración á los superiores, mirar con semblante ri- 
sueño una notoria injusticia ó desaire, y finalmente ha sido 
necesario degradarse del carácter y de los sentimientos de 
hombre, para revestirse de las cualidades odiosas de un cor- 
tesano. Jamás sufre tanto el espíritu de un hombre honrado 
y libre, que cuando una combinación fatal de circunstancias, 
le constituye en la necesidad de chocar con sus principios. 

Los resultados de mis comisiones han sido los más fe- 
lices. Se ha conseguido casi todo cuanto solicitaron ambas 
corporaciones, y lo que es más, se han hecho conocer en el 
Gobierno. Yo tengo antecedentes positivos para asegurar 
que la misma ciudad de Montevideo en persona que se 
hubiera pasado á la corte, no habría logrado en muchos 
años, ó tal vez nunca, lo que yo he conseguido á fuerza de 
trabajo y firmeza. Yo estaría muy distante de esta afirma- 
tiva si no tuviera motivos de esperar que el tiempo confir- 
mará la verdad de mi proposición. Aquí es necesario lla- 
mar la atención sobre el distinguido mérito de mi socio el 
señor Balbas. El ha sido partícipe de casi todos mis que- 
brantos, y un compañero inseparable en todos mis servi- 
cios antes de mi fuga en Madrid. El, ha vencido tantos tra- 
bajos en medio de una edad avanzada. El, para su mayor 
desgracia, sufre hoy el peso de la tiranía francesa. El, en fin, 
es digno de la más grata memoria de este pueblo. 

Cuando los resultados han sido tan felicep, yo me habría 
excusado la pena de hacer este Manifiesto, si la conducta 
del Ayuntamiento y algunos avisos que he tenido de mi 
pueblo, no me dejaran asegurado de que mi buena opinión 
se hallaba vacilante en el concepto público. Elste accidente 
tan fatal para un hombre que sólo aspira á obtener el apre- 
cio de sus conciudadanos, me ha puesto en la necesidad de 
hacer la historia de mi conducta en las comisiones de mi 
encai'go, para reivindicar la buena opinión que he mereci- 
do en todos tiempos á mis compatriotas, fijar el crédito que 
me he adquirido con mis jefes supremos, y satisfacer á lo 



DE HERRERA Y LA MÍSkSn DE 180(5 463 

que me debo á mí mismo, como hijo de la muy fíel ciudad 
de Montevideo, como uno de sus vecinos distinguidos, y 
como un ministro del Rey. 

EJgte es, señores, el solo fin que me propongo en este 
Manifiesto. Si yo consigo vuestra estimación, ya tengo en- 
tonces recompensa superior á mis quebrantos y servicios. 
Yo me la prometo de la generosidad y grandeza de vues- 
tros sentimientos; pero si alguno hay que dude de la ver- 
dad de mis exposiciones, que manifieste en público los 
fundamentos de su duda, que yo protesto satisfacerle jus- 
tificativamente y sin hacer mérito de las declaraciones del 
Rey sobre mi eficacia y desempeño. 

Montevideo, Enero 27 de 18L0. 

Nicolás de Henderá. 



La Guerra Grande y el medio social de la 
Defensa 



I 



Los diarios de Montevideo del 10 de diciembre de 
1842, anunciaron á los habitíintes de la ciudad, la desas- 
trosa batalla de Arroyo Grande, donde después de cruenta 
y encarnizada lucha, el ejército constitucional del gene- 
ral Fructuoso Rivera fué derrotado completamente por las 
tropas rosistas, mandadas por el general Manuel Oribe. 

Un chasque, probablemente un disperso en los prime- 
ros encuentros de aquella jornada, presumiendo toda la mag- 
nitud del desastre, bien montado, saldría de la refriega y 
huyendo de sus pers^uidores, pasaría á nado el caudaloso 
Uruguay como lo harían más tarde, muchos de los vencidos 
para escapar de la saña del vencedor, y salvando en horas 
las distancias, atravesaría los campos de la patria desiertos 
y desolados — desde que la guerra había llevado á todos sus 
hijos, — hasta detener su caballo, recién cuando vislumbrara 
los techos blancos, las altas cóspides de la ciudad del Pla- 
ta, circundada entonces como ahora, de tierras cultivadas, de 
alares quintas diseminadas aquí y allá en medio de una 
naturaleza lozana y hermosa, como puede serlo en un día 
de plena primavera. 

¿Que la noticia infausta conmovió los ánimos y causó 
estupor en Montevideo? Casi nos atreveríamos á decir que 



LA GUERRA GRANDE 465 

lodo lo crítico de aquella situación, fué conocido, cuando el 
gobierno de Joaquín Suárez comenzó á adoptar las prime- 
ras medidas de la defensa de la ciudad; recién cuando 
se llamó á la guardia nacional, se crearon los primeros 
cuerpos de línea, y se utilizaron los viejos cañones colo- 
niales que servían de postes en las veredas, montándo- 
los de nuevo en las empalizadas que se construían, fué 
-que el pueblo se dio plena cuenta de toda la magnitud del 
^lesastre de Arroyo Grande, el cual dejaba á la Repú- 
blica, según la célebre frase de Juan Agustín Wright: ¿a- 
iida en el exterior^ sin ejércitos ni soldados^ sin mate- 
rial de guen*a, sin dinero, sin rentas y sin crédito. ^ 

Fué entonces — cuando la prensa daba cuenta que el 
-ejército invasor había franqueado el Uruguay, y se ponía 
«n camino para rendir la ciudad, última etapa de aquella 
<íarrera de triunfos que había empezado en Quebracho He- 
rrado y concluía en Arroyo Grande — que sus habitan- 
tes — llevados quizás por ese instinto de la conservación 
social, ya que las noticias de los excesos de los vencedo- 
res sobre los vencidos, hacían aparecer á aquéllos como 
jseres ávidos de luchas sangrientas y de horribles vengan- 
xas — se prepararon para la defensa, por cuanto implicaba 
para ellos, la defensa de sus vidas, la de sus hogares y de 
sus intereses. 

Encarada la situación en esos términos, ya no se volvería 
-ati-ás. El gobierno de Joaquín Suárez encontraría el apoyo 
que necesitaba, se hallarían armas y soldados; y hasta se 



^ Por la Imprenta de «El Nacional» se publicó en 1845 un inte- 
resante volumen bajo el título de «Apuntes históricos de la Defen!>a 
<le Montevideo». Aunque el libro apareció anónimo, su autor fué Juan 
Agustín Wright, personalidad descollante del grupo de argentinos, 
<iue huyendo de la tiranía de Rozas, se asilaron en Montevideo. La 
«dición qut) se hizo de esta obra que no abraza sino el primer aflo de 
la Guerra Oraude, fué reducidísima: el ejemplar que poseemos y ni 
que hacemos referencia, perteneció á la biblioteca del general Mcl- 
-chor Pacheco y Obes. 

B. H. DK LA U.— 90. 



466 REVISTA HSTÓklCA 

crearían jefes, brotados, sí se quiere, dé esa misma sociedad^ 
como surgen las cabezas dirigentes cuando es el mismo me- 
dio quien las produce. 

José María Paz, hacía poco tiempo que había llegado á 
la ciudad. Si su nombre y sn fama eomo táctico, como mi- 
litar de escuela, era conocido, por sus hazañas, rematados- 
en el espléndido triunfo de Caaguazfi obtenido un afto an- 
tes, no es menos cierto que su entrada en Montevideo en- 
noviembre de 1842, había sido poco menos que la de un» 
fugitivo, el cual abandonado hasta de los^ suyos, busca re- 
fugio y amparo de sus derrotas- Pero era Paz, el gue- 
rrero de la Independencia, el héroe de Venta y Media y 
de Ituzaingó, y el pueblo unido por m\ mismo sentimiento, 
olvidando rencores y pasiones políticas, desfila en mani- 
festación callejera por frente á su casa particular para- 
pedirle á él, que ponga su espada al servicio de la De- 
fensa. 1 

Faltaba, sin embargo, algo más. Fructuoso Rivera, ha ve- 
nido á Montevideo disputándole palmo á palmo el suelo de 
la patria á los vencedores, y después de recorrer las fortifi- 
caciones, de darse cuenta plena del estado de la ciudad, ha 
visto que era necesario un hombre superior á Paz, que sL 
éste debía ser el ejecutor, que hubiese alguien que fuese el 
nervio, que hiciese y mandase. 

Surge, entonces, la personalidad de Melchor Pacheco y 
Obes. ¿Quién era Pacheco? Un joven que contaba apenas- 
treinta y tres años, rubio, delgado, de mediana estatura, de- 
ojos claros y mirada penetrante. Sus servicios militares,, 
tan sólo databan de algunos años. '^ Su hecho más culmi- 



1 Sarmiento: «Recuerdos sobre la actuación del general José Ma- 
ría Paz en Montevideo». «Memorias postumas del general Paz», toma 
IV, página 104, primera edición. 

2 Melchor Pacheco y Obes ingresó á las filas á los diez y siete- 
años de edad, en 182G en la división del general Julián Laguna.-^- 
Véase el archivo de Laguna. Tomo I. (B. N.) 



LA GUERRA GRANDE 407 

liante había sido el levantamiento del departamento de So- 
riano á raíz de la invasión á la República del ejercito de 
Oribe. 

Para delinear su figura antes de su nombra miente de 
Ministro de la Guerra de la Defensa, sería menester enca- 
rarla en su faz principal: su intelectualidad. Un soñador, 
un romántico, pleno de ideales que había cantado con Adol- 
fo Berro, en admirables versos, á la paz de la AmériciJ, á 
la ruina de los tiranos y al triunfo de la libertad. Un escri- 
tor y un periodista que desde las columnas del «Talismán :o 
en 1840, con Rivera Indarte y Juan María Gutiérrez, ha- 
bía marcado los rumbos de la moderna literatura, siguiendo 
la senda trazada por el autor de <^Los Consuelos», el famo- 
so Echevarría. Un estudioso, un orador, el mismo que años 
después, en París, como Ministro de la Repáblica, en un 
discureo memorable, cautivara arrastrando al pueblo fran- 
cés que lo llevaría en medio de vítores á su patria, la Re- 
pública Oriental. 1 Pues bien, ese hombre, cuyo carácter 
principal parecería que fuesen las letras, era militar y tenía 
el grado de coronel, y él sería el Ministro de la Guerra de 
la Defensa. 

Su nombramiento para ese puesto, coincide con el de 
Santiago Vázquez para la cartera de Gobierno. 

No era por cierto, Santiago Vázquez una personalidad 
creada por las circunstancias, pero si las condiciones aza- 
rosíis de una situación producen las entidades dirigentes, 
también exigen el esfuerzo de los mejores, y en ese caso 
Santiago Vázquez iba al ministerio con toda la aureola de 
su prestigio, de sus grandes servicios al país, de su energía y 
de su valor moral, demostrado tantas veces y principalmen- 



^ Hemos sostenido antea (le ahora que la patria de Pacheco y 
Obes fué la República Oriental. Véase á este respecto los artículos 
que publicamos en «El Siglo» de mayo de 1904, con motivo de la apa- 
rición del libro del sefíor Setembrino E. Pereda: «Los extranjeros en la 
Guerra Grande.» 



4Ü8 REVISTA HISTÓRK.A 

te en 1832 como único autor de la contrarrevolución de 
agosto que restableció el orden constitucional en Monte- 
video. 

Un nombre más, y tendremos caracterizada la Defensa. 
Con Pacheco y Obes y Santiago Vázquez en el ministerio, 
con Paz, al frente de las fuerzas, la piaza estaba asegurada, 
pero faltaba un jefe de la ciudad, una autoridad civil, que 
fuese militar y política. Aparece entonces la figura de don 
Andrfe Lamas, como Jefe Político. Acaso su nombre 
no había sonado aún bajo el aspecto del célebre diplomá- 
tico, del escritor, del estadista é historiador, como lo co- 
nocieron las generaciones siguientes. Audrás Lamas en 
1843, era uno de tantos jóvenes de aquella falange de in- 
telectuales de esa época célebre para la literatura del Río 
de la Plata. Como j>eriüd¡sta en 183G, redactor de «El Na- 
cional», había emigrado al Brasil, después que su impren- 
ta fuese clausurada por orden del gobierno de Oribe, ante 
los anuncios de la revolución riverista de aquel año. Sol- 
dado ciudadano, asistió como secretario del general Rivera 
á la batalla del Palmar, y el manifiesto memorable de 
1888, en que el vencedor dejaba al fallo de la historia 
los motivos de su campaña triunfadora, fué obra de su bri- 
llante pluma. Después, su vida se concentra por completo 
á las letras y /i la política. En la é\x)CR á que nos re- 
ferimos, había figurado ya al lado de Miguel Cañé, co- 
mo fundadores de <^EÍ Iniciador», diario en que colabo- 
raron Florencio Várela, Juan Bautista Alberdi y todo el ele- 
mento más saneado de aquella edad, rica como ninguna, 
de las letras nacionales; l escritor erudito, verdadero esti- 



1 «El In¡c¡nf1or>s fundndo por los doctores Andrés Lamas y^ Mi- 
guel Cañé (1838), ecilalan en el period¡s!no uruguayo una época espe- 
cinlisimn. Hnsta entonces la prensa nacional como *El Universal» de 
Antonio Díaz y tantos otros, eran diarios esencialmento políticos, li- 
mitando sus artículos á la crítica do los actos del (gobierno, publi- 
cación de decretos y noticias oficiales. «El Iniciador»', como su nom- 
bre lo indica, introdujo en el periodismo l.is crónicas de teatro, las no- 



LA GUERRA GRANDE 4Ü9 

lista, se había revelado en un admirable estudio sobre el 
clasieisuioy romanticismo en América, publicado como in- 
troducción de las poesías de Adolfo Berro. 

La acción conjunta pues, de esos cuatro hombres, Pa- 
checo y Obes y Paz, Santiago Vázquez y Andrés Lamas, 
harían inexpugnable la ciudad. — Por encima de ellos, to- 
d ivía h ibía una personalidad m.ís: Joaquín Suárez. 

¿Qué causas y que motivos debieron influir para que 
su autoridad en el gobierno fuera respetada y obedecida 
por todos? La moderna sociología enseña que en las gran- 
des crisis, en los momentos más álgidos de la vida de un 
pueblo, la masa se concentra alrededor del mejor, del más 
dotado por la naturaleza, de aquel que ofrece más garan- 
tías ante el peligro común. Y bien, ¿acaso Joaquín Suárez 
era un jefe de partido, un jefe militar que hubiese acaudi- 
llado multitudes para conducirlas á la victoria? Nunca ha- 
bía sido soldado en la verdadera acepción de la palabra; si 
su iniciación en la vida páblica fué combatiendo por la li- 
bertad en Las Piedras, al lado del gran Artigas, su actua- 
ción larga é importantísima se desarrolla después en una 
forma distinta, lejos del ruido de las armas y de los cam- 
pos de batalla. Fué ministro, fué legislador diversas veces, 
y como presidente de la Asamblea, llegó á desempeñar las 
funciones ejecutivas durante el período del Sitio. — Sin em- 
bargo, sus gestiones ya ministeriales ó parlamentarias ja- 
más caracterizaron su acción principalmente por esos as- 
pectos. 

Con todo, Joaquín Suárez es la personalización de la 
Defensa, es la encarnación de todos los esfuerzos reunidos 
para la resistencia de la ciudad en su prolongado asedio. 

¿Sus méritos entonces? Joaquín Suárez, era y fué du- 



tas sociales, publicando versos y cuontos literarios. Sus redactores, co- 
mo lo decimos, fueron Andrés Lamas y Miguel Cañé, colaborando 
además Florencio y Juan Cruz Várela, Juan Bautista Alberdi, Fé- 
lix Frías, Carlos Tejedor, Bartolomé Mitre, Juan María Gutiérrez, 
Esteban Echevarría, Miguel Irigoyen, Rafael Corvaldn, etc. 



470 REVISTA HISTÓRÍCA 

rante toda su vida un hombre de una austeridad y de una 
pureza de espíritu en realidad intachable. Colocado al fren- 
te del gobierno, por una circunstancia accidental, su nom- 
bre es toda una bandera de principios, y su permanencia en 
el poder es la demostración más palpable y más clarovi- 
dente de los propósitos que abrigan todos los que han to- 
mado las armas, en defensa de las instituciones. Por eso 
la prensa de Buenos Aires y del Cerrito al colmar de 
críticas, de burlas crueles, ó de apodos ridículos á los que 
no compartían con sus ideas, se detuvo siempre ante la fi- 
gura venerable de Joaquín Suárez. Es que era por todo 
y sobre todo el prototipo del desinterés y de la rectitud del 
ciudadano. Rico, acaudalado, heredero de una inmensa 
fortuna, las luchas por la iudependencia, los gobiernos 
constitucionales en sus momentos más críticos encontraron 
constantemente al hombre dispuesto á cualquier sacrificio 
sin solicitar jamás la más mínima compensación. La Gue- 
rra Grande concluyó con la totalidad de sus bienes. Mu- 
chos años después, ya viejo y en las postrimerías de su 
existencia, retirado en su antigua quinta, donde las genera- 
ciones futuras levantarían un monumento á su gloria, vi- 
vía modestamente de una pensión que le pasaba el Estado. 

¡He aquí la Defensa! El ejército de Oribe podía avanzar 
y llegar hasta el Cerrito iniciando el asedio. La situación 
de la plaza estaba asegurada; encampana quedaría Fruc- 
tuoso Rivera. Es el mismo de todas las épocas, de todos 
los momentos de nuestra historia; es el vencido de hoy, el 
vencedor de mafiana, el guerrillero audaz y valiente, es el 
derrotado de Arroyo Grande que con los restos de su fa- 
moso ejército, ha conseguido en pocos días reunir los dis- 
persos formando una división de cuatro mil hembras, con 
los cuales ha imposibilitado el movimiento de avance de 
los soldados enemigos. 

No es este el lugar aparente para diseñar los múltiples 
aspectos de su personalidad compleja. Jefe militar, muchas 
veces condujo sus tropas á la victoria y sus triunfos fue- 
ron siempre los más gloriosos. Caudillo, su prestigio fué 



•LA GUERRA GRANDE 471 

anmenso en toflos los instantes de su larga actuación, y su 
«ombre fué repetido por el pueblo aún en las horas supre- 
mas, cuando el dolor y las angustias embargaban los espí- 
ritus ante la realidad del desastre que arrastra y aniquila. 
En la Guerra Grande, la estrella que guiara sus éxitos 
•parece oscurecerse, y su última gran campaña termina en 
áa desgraciada acción de India Muerta. Aún asimismo 
*al es su fama, la fe ciega que se tiene en él, que derrota- 
ndo, proscripto después que sus soldados se desbandaron y 
-vieran su ruina completa, su nombre es pronunciado de 
boca en boca por todos los habitantes, como el del único 
•que podrá «alvar en un momento dado á la República. 
-Sus hechos de gloria perduran al través de los desastres y 
flus condiciones de militar y de guerrillero son tan conoci- 
»das, que han traspuesto la frontera de la patria. Así Sar- 
miento, desde Chile, en 1845, todavía decía... «todo el 
ypoder de Rozas hoy, con sus numerosos ejércitos que cu- 
jbren toda la canapafia del Uruguay, puede desaparecer des- 
.truído á pedazos por una sorpresa hoy, por una fuerza cor- 
ítada mañana, por una victoria que él sabrá convertir en su 
provecho...» 1 



II 



Era el 14 de febrero de 1843. Las noticias del ejército 
invasor lo daban á pocas leguas de Montevideo. Aquella 
misma noche, en la mañana siguiente quizás, acamparía á 
«US puertas para iniciar en seguida, en la primera alborada, 
el gran asalto sobre las fortificaciones de la plaza, la gran 
lucha que tendría por teatn. las calles de la histórica cin- 
glad. 

Aquel día, ya al caer la tarde, los habitantes fueron sor- 
prendidos por un movimiento inusitado. Por la calle de 



^ Sarmiento: «Obras complétela», tomo VII, página 4^. 



472 REVISTA HISTÓRICA 

San Carlos, 1 en medio de aclamaciones entusiastas mar- 
chaban hacia afuera todos los cuerpos de la guarnición. A 
su frente é iniciando la columna iba el general Paz, acom- 
pañado de Rufino Bauza, jefe de la I^egión de Guardias Na- 
cionales, de Tomás Iriarte, director de la línea de fortifi- 
caciones, y de Manuel Correa, jefe de Estado Mayor. 

Imponente espectáculo debía ofrecer el pasaje de aque- 
llos veteranos de las guerras de independencia, de lo& 
Andes ó de Ituzaingó, que después de haber peleado por la 
libertad del continente, de nuevo tomaban sus armas en 
defensa de las instituciones que ellos mismos contribuye- 
ran á cimentar. Iban en revista militar, vestidos de toda* 
gala, guiando los batallones de la Defensa; su paso bajó- 
los arcos triunfales de la Cindadela en medio de un pue- 
blo numeroso que desde los balcones y azoteas de las ca- 
sas vecinas saludaba y vitoreaba á aquel ejército improvi*- 
sado, debió de ser de un efecto, en realidad emocionante;: 
allí se veían en las mismas filas jóvenes soldados que por 
primera vez vestían el uniforme militar, confundidos con^ 
viejos guerreros de tez bronceada por el humo y la pólvora- 
de cien combates y en cuyos pechos brillaban las insigr 
nias del Perú ó del Brasil. 2 

Un acto solemne era el que iba á verificarse: la entregai 
de banderas nacionales á cada uno de aquellos cuerpos- 
Tendidos en línea desde la puerta exterior del Mercadb^ 
por la calle Nueva (hoy 18 de Julio) hasta la antigua ba- 
rraca de Esteves, 3 á las 5 1/2 déla tarde los clarines- 
anunciaron la llegada del Ministro de la Guerra, Melchor- 
Pacheco y Obes, acompañado de altas autoridades civiles^ 
y militares, dándose comienzo á la tocante ceremonia. Las- 
fuerzas fueron pasando en orden de su formación. El co^- 



1 Hoy Sarandí. 

2 Recuerdos de la Defensa de Montevideo. Apuntes inéditos del^ 
coronel Mendoza. 

3 18 de Julio esquina Daymán. 



LA QUERRÁ GRANDE 473 

mandante Lorenzo Batlle al frente del número 1 de Guar- 
dias Nacionales fué el primero en recibir la enseña de ma- 
nos del ministro, quien vestido de gran uniforme, al proce- 
der á la entreg.i, pronunció con la elocuencia que le era ca-^ 
racterística las siguientes palabras: «el deposito de los colo- 
res de la Nación hecho al primer batallón de Guardias 
Nacionales, les impone el deber de alzarlo victorioso el día 
de la pelea. Han empañado su lustre reveses, pero casi 
siempre han flotado sobre los pabellones enemigos; que el 
batallón 1/ de Guardias Nacionales corresponda á la espe- 
ranza de la Repíiblicci. Señor Comandante: en nombre det 
Gobierno os entrego esta bandera». 

Fueron así pasando uno á uno todos los cuerpos. Cuando 
se presentó la Legión Argentina, el ministro Pacheco se 
adelantó al encuentro de su jefe el coronel José María Al- 
bariños, y en el acto de entregar el estandarte dijo lo si- 
guiente: «¡Porción escogida del pueblo argentino! He aquí 
el pabellón hijo de aquel vuestro con que marchamos de 
victoria en victoria hasta la cumbre de la inmortalidad. El 
opresor de vuestra Patria, viene á pedirnos cuenta del asilo 
que 08 hemos dado: á vosotros, las cabezas que no habéis 
querido inclinar bajo su yugo. Tomad la bandera oriental 
y mostrad al mundo que sois dignos de ese asilo y de nues- 
tra amistad, y que el Pueblo Oriental no pelea contra la li- 
bertad argentina cuyos colores están estampados tambié» 
en la nuestra! a^, á lo cupI Albariños, tomando la bandera 
que se le entregaba, contestó: «Doce años de asilo nos im- 
ponen sagi-adas obligaciones para con nuestros hermanos 
los orientales: combatiremos con su bandera contra el opre- 
sor que nos amaga, y si está decretado que él la arrastre 
en el fango, ese fango será formado con la sangre que de- 
rramen los argentinos defendiéndola.» 1 

Era ya entrada la noche cuando los batallones volvie- 



1 Véase «El Nacional» del 15 de febrero de 1843.— Tomamos esto» 
dalos de la crónica publicada por su redactor José Rivera Indarte. 



474 REVISTA HISTÓRICA 

ron á sus cuarteles. Un notable escritor testigo presen- 
cial de aquel acto lo describe en la siguiente forma: La 
<listribución de las banderas fué magnífica é imponente. 
El cielo toldado de nubes y agitado por la tormenta escon- 
día la luz del Sol, y á la de los relámpagos reflejaban sus co- 
lores las banderas nacionales y brillaban los fusiles de los 
batallones. El trueno llenaba los intervalos que dejaban las 
palabras elocuentes del Ministro de la Guerra y los aplau- 
sos de los soldados y del pueblo. En ciertas alocuciones se 
cubrieron de lágrimas los ojos de Pacheco y Obes: y la 
tempestad que avanzaba era como la imagen de nuestra 
situación actual, que como ella es precursora de hermosos 
días de calma y de ventura, ^ 

La distribución de banderas á todos los cuerpos de la 
ciudad verificada en la forma que lo hemos narrado, no te- 
laía en realidad otro objeto que retemplar los ánimos y 
fortalecer los espíritus de los soldados. 

El ejército invasor se aproximaba; ya no era cuestión 
de días sino de horas; sus avanzadas estaban á pocas le- 
guas, y esa noche ó al día siguiente estaría en el Cerrito. 
El 15, amaneció, no obstante, sin que aún las tropas ene- 
migas se dejaran ver; en balde desde los miradores más al- 
tos, desde los edificios de extramuros, centenares de per- 
sonas dirigían sus anteojos en procura de novedades, nada 
absolutamente en toda la línea del horizonte, pudo distin- 
guirse. La tarde parecía que iba á pasar tranquila. Las úl- 
timas disposiciones de la defensa de Montevideo, se ha- 
bían tomado. 

Fué recién al ocultarse el sol que los telégrafos 2 (apos- 
tados fuera de las fortificaciones) advirtieron la presencia 
de los primeros soldados enemigos, cundiendo la noticia 



1 Agualín Wri|;ht: «Apuntes históricos para la Defensa^, op. cit. 
^ Llamáronse telégrafos en tiempo de la Defensa los escuchas 
má? avanzados. Su cometido era dar la voz de alarma de los movi- 
' mientos del ejército de Oribe. 



LA GUERRA GRANDE 475 

•enseguida. ¡Por fin estaban allí! ¡Por fin había llegado Ma- 
nuel Oribe, el vencedor de La valle, de Lamadrid, el victo- 
rioso de Arroyo Grande, al frente de su ejército, compuesto 
•de más de 14,000 homb/es perfectamente armados y mu- 
nicionados, con más de treinta piezas de artillería! Pero la 
noche cerró, sin que en el espacio sonara ni una sola arma 
de fuego. 

Era aquella una noche clara y hermosa de Verano; los 
•centinelas apostados á lo largo de las fortificaciones repe- 
tíanse las voces de alerta, en tanto que los jefes de los 
cuerpos de servicio recorrían sus líneas dando las últimas 
órdenes, adoptando las áltimas medidas. En la ciudad, en 
medio del sobresalto, del temor, reinaba esa serenidad de 
ánimos que da la decisión, el conocimiento pleno que lle- 
gada la hora del peligro todos sabrían cumplir con su de- 
ber; en los cuarteles cada soldado estaba con el arma al 
brazo, cada oficial estaba en su puesto, en tanto que los ha- 
bitantes de Montevideo casi sin excepción, en las calles, 
acantonados en las casas, permanecían prontos para la pri- 
mer señal de alarma. Es que esos instantes eran los deci- 
sivos; Oribe había llegado ya al Cerrito y esa noche sería la 
indicada para que su ejército, amparado en las sombras 
iniciase el sangriento asalto tomando por sorpresa á la ciu- 
dad... De pronto, en medio del más profundo silencio, 
suena un clarín de los puestos más avanzados, y ese toque 
se repite en todos los cuerpos de la línea como un llamado 
de generala; cunde la alarma, y en la plaza las campanas 
de la Iglesia Mayor y del Convento de San Francisco 
repican tocando á rebato : ¡el enemigo avanza! ¡Momentos 
supremos de crueles angustias, deincertidumbre y de gran- 
des esperanzas! 

Viéronse por las calles, dice una crónica de la época, ^ 
correr los batallones que estaban en la reserva, para cu- 
brir las trincheras; vecinos de todas clases y condiciones 



L «El Nacional* del 16 de febrero de 1843. 



476 REVISTA HISTÓRICA 

sociales, á quienes la Guardia Nacional no les comprendía^ 
tomar sus armas precipitadamente incorporándose á las 
fuerzas militares; escenas tocantes y cuadros Conmovedo- 
res de padres y de hijos que abandonaban sus hogares 
para concurrir á la defensa de la ciudad; nadie se excluía 
del servicio: todos, impulsados por los mismos sentimien- 
tos, arrastrados por las mismas ideas, querían compartir 
idéntica suerte ante el peligro común. Allí, cubriendo las 
trincheras, en las baterías de la plaza, reunidos en pocos 
instantes, mezclados los unos con los otros se encontraban, 
soldados, obreros, miembros de las clases más humildes,, 
con escritores, poetas é individuos altamente colocados. 

Así, Juan Pablo López, el mismo de Arroyo Grande, 
que gravemente enfermo venía á Montevideo á restablecer 
su salud, ha sentido los clarines de alarma y abandonado 
el lecho, desprendiéndose de sus insignias de general, forma 
en la línea de defensa, armado de una tercerola, como sol- 
dado raso. Isidoro Suárez y Prudencio Torres, ^ viejos co- 
roneles Je las guerras de independencia, héroes de Junín y 
Ayacucho, han sentido vibrar sus fibras guerreras y aun 
cuando los dos hace ya tiempo que se han retirado de la 
actividad, marchan también á prestar su contingente de 
prestigio y de valor tantas veces demostrado. No son sólo- 
ellos; los extranjeros, los eximidos de la ley marcial, profeso- 
res, periodistas, iban cada uno con sus armas á disputar el 
campo al invasor. Así, Cándido Juanicó, joven acaudalado, 
concurrió esa noche como otros muchos á ocupar su puesto 
en las líneas, enrolándose desde entonces en las filas del 



1 Prudencio Torres se inició en la carrera de las armas ea ét 
ejército de San Martín, encontrándose en casi todas las batallas de- 
las campañas de Chile y Pera. Actuó en la fl^uerra del Brasil en 
Ituza¡ng:ó, formando después en las tropas de Lavalle y Lamadrid 
en la lucha contra Rosas. Como coronel se incorporó en las filas de 
la Defensa, muriendo valientemente de un balazo en la frente en una 
guerrilla mantenida con los sitiadores el 16 de julio de 1843. Véase 
cEl Nacional» do esa fecha. 



LA GUERRA GRANDE 477 

-ejército de la Defensa. 1 Todos sienten latir al unísono 
sus corazones, y empujados por la convicción de que es ne- 
cesario salvar á la ciudad, cada uno cumple con su deber. 
Por eso nadie ha dejado de ir. Por eso José Rondeau, el 
vencedor del Cerrito, proscripto de Rosas, quebrantada su 
«alud por los años, casi en el lecho de la muerte, exclama: 
¡Ah! 8Í pudiese montar á caballo^ Oribe no estarla allí. . . 
yo conozco mucho esos campos! 2 

Las horas de la noche pasan en vano, sin sentirse ni si- 
quiera el estampido de un tiro; el alba despunta, y las pri- 
meras luces del día,á medida que disipan las sombras, van 
^ando el colorido á la escena. De un lado están las baterías 
<le la plaza, sus fortificaciones, cubiertas de soldados, te- 
niendo adelante los escuadrones de extramuros de Fran- 
cisco Tajes y de Marcelino Sosa; más atrás se distinguen 
en filas compactas, destacándose sobre el negro murallón 
de la Ciudadela, tendidas sobre la calle iiueva del centro 
todas las fuerzas de Montevideo; á su frente han permane- 
cido esperando al enemigo Melclior Pacheco y Obes y José 
María Paz. Ya las claridades de la mañana vau alum- 
brando sucesivamente los campos cultivados y las quintas 
de los alrededores; en la cúspide del Cerrito, confusamente, 
parecen verse guardias y cañones enemigos... Un instante 
-después, una salva de veintiún cañonazos anuncia á la ciu- 
dad el sol del 1 6 de febrero de 1843. 

¡Comenzaba el sitio! 

Pablo Blanco Acevedo. 

{ContiniLará). 



i Cándido Juanieó permaneció en el ejército de la Defensa, hasta 
<jue el gobierno de Jo.iqtiín Suárez. en 1844, lo nombró Juez de 1.» 
instancia en lo criminal. 

2 Introducción del doctor Andrés Lamas á la autobiog:rafía del 
general Rondeau, publicada en Montevideo en 1847. 



Naturalistas en el Uruguay 



A los navegantes que sucedieron á Colón en el descubri- 
miento de nuevos mundos, siguieron poco después, expedi- 
cionarios con distintos y nuls nobles fines que los que guia- 
ron á aquellos conquistadores. Y así debió acontecer en el 
natural desenvolvimiento de la civilización. El primero que 
abrió este nuevo período histórico, ó sea, el de las expedi- 
ciones científicas, fué si mal no recordamos el inglés Koock, 
natural de Hawai. Su primer viaje, de fines del siglo XVIII, 
fué narrado por Hawteswort despertando grande y uni- 
versal entusiasmo por la energía desplegada por el atrevido 
navegante como también por la variedad de cosas nuevas 
descubiertas, é interesantes apuntes geográficos recogidos,, 
que dieron lugar á la modificación de la cartografía del l*a- 
cífico, una de las regiones que mejor estudió. AKoock si- 
guieron los Boussingault, Freycinet, Malaspina, Humbold, 
Martius, St.-Hilaire, etc., etc., en busca de objetos de es- 
tudio. 

El período comprendido desde el fin del siglo XVIII, 
es decir, desde Koock hasta mediados del siglo XIX, com- 
prende las más importantes expediciones de naturalistas 
que visitaron el Uruguay. 

La breve reseña histórica que de éstos damos aquí, no 
tiene otro objeto que el de facilitar á los botánicos del por- 
venir, investigaciones bibliográficas, largas y penosas siem- 
pre, por encontrarse diseminadas en muchos tratado.3 y 
escritas en distintos idiomas. 

Agregamos á estos datos noticias de los Museos que- 
conservan las colecciones hechas por esos viajeros. 



NATURALISTAS EN EL URUGUAY 479 

En ellas se encuentran los tipos de las especies nue- 
vas descriptas, y allí es necesario aqudir en casos de du- 
da, en estudios de clasificación. 

J. A HECHA V ALETA. 

Andeesson, Nils Johan (1821-1880). 

Andersson Nils Johan, nació en Gardserura (Smaland, 
Suecia) el 21 de febrero del año 1821. Estudió en la Uni- 
versidad de Upsala, en laque fué graduado en Ciencias Na- 
turales, con el título de doctor en Filosofía el año 1840. 

Como naturalista botánico hizo parte de la expedición 
sueca en el navio Eugenia (1851-53). Por el año 1855 
fué director y demostrador en la sección botánica del Mu- 
seo de Historia Natural de Estokolmo, y en 1879 profe- 
sor en el Bergiano. 

El 27 de marzo de 1880, á la edad de 59 años, falleció 
en Estokolmo. 

Itinerario: £o 1851-53 recorrió la provincia de Rfo Janeiro (1851), 
Montevideo, Buenos Aireít, Estrecho de Magallanes, [alas Galápa» 
gop, Sandwich, Australia (e. gr. Sydney) y Cabo de Buena Espe- 
ranza. 

Las plantas que colee -ionó se conservan en la sección botánica 
del Museo de Estokolmo. 

Dio á luz las obras siguientes: De plantis aique vegetatione Lap- 
ponue (1844-46).-Cyperace^ et GraminEíE Scandinavice {Í8á9b2), 
-^De vtgelaliom insularnm Galápagos {ISoi-biy-^Enumeralio plan- 
taruminlnsulis Galapagensibus hucusque observaiionum {186\)."Mo' 
nogropkia Andropogonearum (1856). — Sauces Lapponice (1845). — 
Saltees horealiamericanm {i8bS).—Monographia salicum, pars I, (1867). 
— SalicincB in DC, Prodr. (1868 j. 

Bibmoqrafía: Xo((e a el. G. O. A. Malme: henevole mecum eom- 
municaice.—O. Uiilworm Botan. CeniralbL I (1880) p. 192.— V. B. 
WvrrnocK: Iconotheca botan. (1903) p. 23 lab. 11 {effigies).—FRiTz: 
Thes. II. ed., p. 6.— Jacks: Ouide, pe. 63, 123, 143, 331, 382, 336, 
337, 338, 358, 468; Caí. Se. Prap. I, p. 65-66; VI, p. 565; VII, p. 34. 



480 REVISTA HISTÓEICA 



Ball, Juan (1818-1889). 

Juan Ball nació en Dublín el 2Ü de agosto de 1818 y 
falleció en Ijondres el SI de octubre de 1839. 

Estudió Geología, y Botánica principalmente, en la Uni- 
versidad de Cambridge, bajo los auspicios del ilustre J. H. 
Kenslow, y más tarde Jurisprudencia. Después de haber 
■desempeñado varios cai-gos, entre los cuales el de senador 
en 1858, se dedicó á estudios botánicos, geológicos y geo- 
gráficos, que le ocuparon casi toda su vida. 

Itinerario: En su juventud visitó las montañas de la Europa cen- 
iral y nuFtral, los Alpes sobre todo. En 1871, 8ir Joseph Hooker j 
A. G. Miiwlo ccmifiionarou parn explorar Ir rej^ión de McrruecoF, 
y en 1882 visitó la América austral. Por el mes de ¡ulio (21-24) de 
1882 esiuvo en Montevidro, recorrió parle del Río Uruguay hasta 
Payeandú y ba]ó á Buenos Aires del 28 al 30 del citado mep. 

Las plantas coleccionadas por este naturalista se conservan en el 
herbario del jardín de Kew y sus duplicata en el Museo de Berlín 
^ex herbario Hieronymus). 

Publicó Ins obras siguientes: Guía Afpina (1860-65).— Cbnírtfru- 
ción al conocimiento de la flora del Norte patagónico (1884). — Contri- 
bución al conocimiento de la flora pet ua7io-andina {IQSo). 

Bibliografía: John Ball: Notes ofa naturalist xn South America, 
London (1887).— J. Bayley Balfour: JohnBall in Ánn. of Dot,, III 
{1889-90) p. 450 451, cum índice operum.— J. Britteu et 6. S. 
Bouloer: Biograph. Index (1893) p. 10. — Sir Joseph D. Hooker: 
Mr. John Ball, F. R. 8., in Proc. Royal Qeogr. Socióty^ vol. Xíl 
(1890) p. 9910G, et in Proc, of the Royal Society London, vol. 
XLVII(1890) p. V-IX.— W. T. Thiselton Dyer: John Ball, F. 
R. b., in Britten, Journ. of Bolany, vol. XXVII (1889) p. 365-370.— 
V. B. Wittrock: Iconotheca botan. (1903) p. 89. — Leopoldina Fase. 
XXVI (1890) p. 170.— Pritz: Thes. II. ed. p. 13; Jack: Ouidé, p. 
229, 851; Cat. Se. Pap. I, p. 170; Vil, p. 78; IX. p. 109. 

Itinerario: 1882. Barbados (30 de mars <), Haití (J.tcmel, 2 do 
abril); Jamaica (Kingston, 3 de abril, Gordontown); Panamá ((/clón, 
6 de abril); Nueva Granada (Buenaventura, 8 de abril); Ecuador 
(Tiuijaco, 9 Je abril, Guayaquil, II de abril); Perú (Payta, 12 de abril; 



NATURALISTAS EN Et URUGUAY 481 

Callao, 15 de abril; Lima, 20 de abril), San Juan de Matucana, Puen- 
te Infíernilioy Ghicla; regreso á Lima, Caudívelia (Callao, 29 de abril), 
Chile (Arica, 2 de mayo), Pisagua, Huanillos, Caldera, Coquimbo, 
Valparaíso (9 de mayo), Santiago (12 de mayo). Cerro San Cristóbal, 
Cauquenes, Apoquinto, Santa Rosa de los Andes, Resguardo en el 
valle de Aconcagua; regreso á Valparaíso (26-29 de mayo), Lota, 
Kdéo, Puerto Bueno, Saudy Point, Punta Arenas (10 de junio), Uru- 
guay (Montevideo, 21-24 de junio), Río Uruguay, Paysandú; Argen- 
tina (Buenos Aires, 28-30 de junio); Brasil, Santos, San Pablo (6 de 
julio), vía férrea en Río de Janeiro, Botafogo, Petrópolis (9-20 de ju- 
lio); [tamaretí, Tijuca (22-24 de julio). Las plantas recogidas por este 
botánico se conservan en el herbario de Kew y duplicados en el de 
Berlín. 

BüNBURG, Sir Charles James Fox (1809-1886). 

Nacido en Mesina (Sicilia) el año 1809, falleció el día 
19 de junio de 1886. 

Se educó en el Colegio de Cambridge. Estudió Botánica 
primeramente y después exploró la República Argentina 
y el Brasil (años 1833-34); en seguida atravesó el Cabo de 
Buena Esperanza con Jorge Napier y pasó al África aus- 
tral en excursión botánica. Más tarde dedicóse preferente- 
mente á la Geología y Paleofitología. 

Itinerario: Vi.-^itó el Brasil el año 1833: Río Janeiro, Corcovado, 
Minas Geraetjy etc., y la República Argentina en 1834, deteniéndose 
en Buenos Aires un solo mes. 

Bibliografía: Botanical exaiirsion in Soulh África (1842-1844); Re- 
viarks on ceriain plañís of Brasil Wiih descripíions of some Which 
appear io the neiglaubouring districts (1855); Remarles on ihe holany 
of Madeira and Tenerife (1857); Botanical fragments on the vegetation 
o f South- America and o f the Cape of Qood Hope (1883); prccterea 
varice not(» atque dissertat iones de plantis fossilíbus. 

Casaretto Juan (1812-1879). 

Nacido en Genova en 1812. Falleció en Chiavari, villa 
de su residencia, en 1879. 

S. H. DK LA U.~31. 



482 ItEVlSTA HISTÓRICA 

Hizo SUS estudios en el Colegio de los Padres Escola- 
pios, en Careare, en el que recibió el título de doctor en 
Ciencias médicas, que no quiso practicar, dedicándose á la 
botánica, de su preferencia, bajo los buenos auspicios del 
ilustre D. Viviani. En compañía del célebre geólogo De 
Verecie, recorrió, en busca de plantas, la península táurica, 
Rusia meridional. Después residió por largo tiempo en Lon- 
dres y París sucesivamente. En 1838 se embarcó en la nave 
Regina^ al mando del Príncipe Eugenio di Carignano, lle- 
gando al Brasil, de cuyo territorio exploró una buena parte 
en busca de plantas. 

Itinerario: Río Janeiro, Corcovado, Gavia, Tijucn, Santa Catali- 
na, Lagonde Rodrigo de Freitas, Copa Cabana, Qarijabn, Piratininga, 
Praia Grande, Serra dos Orgaos, Bahía, San Pablo, Pernambuco, pa- 
sando luego al Uruguay, Montevideo, 183ÍÍ-40. 

De regreso á su patria publicó varios r raba jos: Novarum stirpium 
Brasiliensium decades, Qenuae 1842-45. Miembro de Sociedades 
económicas, se dedicó á estudios arqueológicoa hasta su fallecimiento 
en Chiavari, como queda dicho al principio. 

Bibliografía: P. A. Saccardo: La Botánica in Italia (1895). p. 
46 et 223, II (1901), p. 29.— Hook: Lond. Journ,, VI (1847), p. 481- 
482 {extr. in Bol. Zeitung, VI, 1848, p. 801-802). —Pritz: Thes, lleó, 
p. 57; Cat. Se. Pap. I. p. 809, VII p. 345. 

Chamisso, Adalberto de, como se llamaba é\ mismo, 
siendo su nombre completo Carlos Luis Adelaide de Cha- 
misso de Boncourt, poeta alemán, nacido en Francia en el 
castillo de Boncourt (Champaña) el 27 de enero de 1781, 
fallecido en Berlín el 21 de agosto de 1838. 

Emigrado en 1790 á Berlín, recibió su primera instruc- 
ción en una escuela francesa de la ciudad nombrada, sien- 
do, al mismo tiempo, admitido entre los pajes de la reina 
de Prusia. En 1798 fué abanderado en un regimiento de 
infantería, y luego, en 1801, oficial del mismo. 

Sus primeros ensayos literarios los escribió en francés. 
Retirado del servicio militar, por no combatir contra Fran- 
cia, recibió su baja definitiva del ejército en 1803. 



ÍÍATÜRALISTAS EÑ ÉL URUGUAY 483 

Sus primeros versos en alemán datan de este mismo 
año, ocupado á la sazón en el tema de Fausto que también 
él pretendía tratar después de Goethje, tema que pronto aban- 
donó, dejando de este ensayo una escena en la colección de 
sus obras. 

Pasaremos por alto los sucesos de su vida, publicaciones 
literarias, etc., etc., entre las cuales recordamos, por la ce- 
lebridad que llegó á adquirir con el tiempo, la novela hu- 
morística Peter Schlemihl^ hasta que fué agregado como 
naturalista á la expedición organizada bajo los auspicios 
del canciller ruso Romanzoff. Destinada á explorar los 
mares del Norte, acabó por ser un verdadero viaje alrede- 
dor del mundo, en el Eurik, al mando de Otto Kotzebue 
(hijo del célebre dramaturgo del mismo nombre), de cuyos 
tratos poco atentos debió quejarse. 

Los estudios y observaciones hechos se publicaron en 
forma incorrecta en la relación general del viaje, y hasta le 
n^aron los medios de verificar las correcciones necesarias. 

A su regreso lo nombraron conservador de las coleccio- 
nes botánicas del museo de Berlín, más tarde Director de 
los Herbarios Reales y, finalmente, miembro de la Acade- 
mia de Ciencias. 

Chamisso nació poeta, de manera que como naturalista 
cuenta poco; á pesar de todo, se le deban algunas observa- 
ciones interesantes que se encuentran en«u ya citada rela- 
ción de la fragata Rurik, 

Como literato publicó una colección de poesías en 1831, 
de la que se hicieron tres ediciones seguidas durante su 
vida. Una de sus últimas obras fué una traducción en ver- 
so de canciones de Beranger asociado con Gaudy (Beran- 
ger Lieder, Auswahl in freier Bearbeitung von Cha- 
misso und Gaudy (Leipzig, 1838). Sus obras completas 
constan de seis volúmenes, correspondiendo el IV á su 
vuelta al mundo, y es el que mayor interés tiene del pun- 
to de vista de la historia natural. 

Los demás comprenden sonetos, poesías, escenas dramá- 
ticas, novelas, etc. Como poeta parece que le faltó el instru- 



484 REVISTA HISTí^RICA 

mentó, es decir, una lengua fluida que manase naturalmen- 
te. Olvidado del francés en gran parte, no supo jamás el 
alemán en forma de idioma materno, de modo que se sin- 
tió sin base, y esto le aconteció no sólo en lo tocante á la 
poesía, sino en todas las demás relaciones con el intelecto. 
Aunque amaba sinceramente á su patria alemana, recorda- 
ba siempre á la Francia con verdadero cariño, á pesar de 
ser una víctima de la Revolución. Ligado con la escuela de 
los románticos de aquella época, se sintió atraído hacia los 
clásicos de Weimar y tomó á Goethe como modelo. 

El espíritu de sus poesías no revelan un hombre feliz; 
la tristeza y cierta ironía constituyen realmente el fondo de 
ellas. 

Bibliografía: Auclbert von Ckamisso: Reise um die WeÜ mit 
der Romanzo ffischen EndeC'Kungsexpedition in den Jcüiren 1815- IS 
auf der Brigg liurik^ GpL Otto von Kotzebue, 2 vol. 1836, cum 
effigie.^^3. J. Ampére: Chamisso en Revue des deux mondes IV ser 
voL XXII iíbáO) p. 649-671.--H. Kurz: Cbamifso Werke, vol. I, 
p. 5-1 1.— Laséque, Mus. Delesserl (1845) p. 371-372.— Mah ley in 
Allg, Deutsche Biogr,, vol. IV (1876), p. 97-102.— D. F. L. v. 
ScHLECHTEííDAL-. Dem Andenken an Adelbert von Chamisso ais Bo- 
ianisker in Linnae, vol. XIII (1839), p. 93-106, traducido al inglés 
con el tílulo de A iiihute lo ihe memory of Adelbert von Chamisso in 
Hook. Lond, Journ. Bol., vol. II (1843), p. 483-491.— ígn. Urban. 
Qeschichle des Konigl. Bolanischen Oarlens und des KonigL Herb^- 
riums xu Berlín in Jahrbuch des Kgl. botan. Oarlens upid botan. 
Mvseums zu Berlín^ vo\. I (1881), p. IQi-lOi.^Notce biograpktcíe 
varice in historiis literaturce OermanicoR ei in lexicis universalibus. — 
Pritz: Thes. II eJ., p. 60; Cat, Se. Pap. I, i». 869-870. 

Itinerario: 1815.— Se embarcó en el puerlo de Copenhague (17 
de septiembre), Teneri fe, Río Janeiro, Santa Catalina (12-27 diciem- 
bre), Desterro, San Miguel. 

1816. — Chile, Salas y Gómez, Oiterinsel, islas Romanzoff, Spiri- 
doff, Rurik, Dean, Krusenstern, Penrhyn, Radack, Kamtschatka,¡Bla 
ban Lorenzo, Kotzebue Sund, Península Tgchuktschen, Unalaschka 
California é islas Sandwich. 

1817. — Islas Radack, Unalaschka, San Pablo. San Jorge, San 
Lorenzo, línalaschka, islas Sandwich, Radack, Cuajan y Manila. 



NATURALISTAS EX EL URUGUAY 485 

1818. — Luzón, Cabo de Buena Esperanza, Londres y 8an Petera- 
burgo ((Septiembre 3). 

Las plantas recogidas se conservan en el herbario de )a Academia 
Petropolitana y en el Museo Botánico de Berlín. 

CoMMERSON, Fiiiberto, botánico francés, nacido en Chá- 
tillon-les-Dombes (Ain), en noviembre 18 de 1727, falle- 
ció en la Isla de Francia el 13 de marzo de 1773. Hizo 
sus estudios en la Facultad de Montpellier y por ese mismo 
tiempo describió los peces del Mediterráneo, en cuyo tra- 
bajo fué aconsejado por Lineo. En 1755 recibió el grado 
de doctor en Medicina, fijando su residencia en la villa de 
su nacimiento, la que más tarde abandonó por París (1764), 
á instancias de Lalande y fué elegido poco después, como 
naturalista en la célebre expedición alrededor del mundo, 
comandada por Bougainville. Visitó el Brasil, Buenos Ai- 
res, Magallanes, Tahití, desde cuyo puerto en vio al Mercurio 
de Francia (oct. 1769) una relación del viaje. Llegó á las 
Islas de la Sonda. Isla de Francia, en donde se separó de 
sus compañeros. Aquí permaneció cuatro años verificando 
muchas excursiones con Sonnerat, y visitando por dos ve- 
ces á Madagascar. 

Sus manuscritos y el herbario se guardan en el Museo 
de París. A Lineo le había remitido unas 1,500 especies de 
plantas, y un manuscrito á Berlín. La Academia de Cien- 
cias lo nombró, ocho días después de su fallecimiento, miem- 
bro de la corporación. El elogio de Commerson fué escrito 
por Lalande {Journ. de Physique, 1775) y leído por Cap 
al entrar á la Escuela de Farmacia en 1860. (París 1861, 
en 8.^). 

Bibliografía: P. A. Cap: Philibert Comfnerson, Naturaliste Vaya- 
geiiTy París 1860, 40 p. ^n. v.) et ParU 1861, 199 p.— Didot: Nouv. 
Biogr. génér. vol. XI (1855) p. 345-347.— GiüEke: Linn. Praelet. 
(1792) p. XXIX-XXXVL— L)E la Landf: Eloge de M. Commer- 
son in Rozier: Observations sur la physiquBy sur Vhisioive naiurelle 
el sur les arts par l'Abbé Rozier, vol. V. (1775) p. 89-120 et Notes 
sur Vüoge de M. Commeráon, ihidem vol VIII (1776) p. 357-863.— 



486 REVISTA HISTÓKICA 

Lab¿ou£: Mu9. Delessert (1845) p. 55*56. — Franz Moeweb: Phili- 
bert CommerBon, der Naturforscher der Expedition Bougainvíües m 
PoTONEÉ naiurwissensch. Woehensehr, voL XVIII (1903) p. 340-342, 
349-355, 389-392, 400-403 {eum literatura).— F, B. de Montbssus: 
Martyrologe et Biographte de Commerson (Eztrait des BuÜeiins de la 
Société des Sciences naturelles de Saóne et Loire, Chaions-sur-Saóne 
1889) (n. V.)— S. P. Oliver ¡n Qardm, Chronicle III ser, vol. XII 
1892) p. 89-90, 125 126, 207-208.— Ign. ürban Syrnb. antilL vol. 
ÍII (1902, p. 82-33.— r^ Edinhurgh Beview d. 364 (IV. 1893) p. 321- 
353.— Pritz: Tkes. 11. ed. p. 67.— -Arechavaleta: Flora Uruguaya, 
vol. II. p. XXXVI. (1906). Ign. ürban: Flor, Bras, 

Itinerario.— 1767-69: Río Janeiro, Montevideo, Buenos Aires, Es- 
trecho Magallanes, If^las Tahití, Nueva Irlanda, Java. — 1770*73: 
Madagascar, Reunión (Burbón), Mauricio. 

Las colecciones hechas por este viajero naturalista se guardan en 
el museo botánico de París, y varios duplieata en Montpellier, Herb- 
Delessert (Ginebra), Berlín, Leiden. Dibujos y manuscritos en la 
biblioteca de París. 

Dar WIN, Carlos Roberto, ilustre naturalista inglés, na- 
cido en Shrewsbury el 12 de febrero de 1809, falleció en 
Down el 19 de abril de 1882. Era hijo s^undo de Ro- 
berto Darwin, médico, y nieto de Erasmo Darwin, médico 
y poeta. Carlos empezó á estudiar en la escuela de Shrews- 
bury y en la autobiografía que redactó para sus hijos, se 
expresa así sobre este trance de su vida: «Me consideraban 
entonces, dice, como un joven muy vulgar, de inteligencia 
inferior á la mediana. Para mortificarme, (mortificación muy 
penosa por cierto) me dijo un día mi padre: no os ocupáis 
sino de caza, de perros, y acabaréis por ser la vergüenza 
de la familia y la vuestra propia». Sm embargo, se entrete- 
nía en experimentos químicos en compañía de su hermano 
Erasmo, valiéndole esto una reprimenda del maestro de es- 
cuela, porque á su juicio perdía el tiempo en cosas inútiles. 
Enviado en 1825 á Edimburgo para estudiar Medicina, de- 
bió abandonar esa carrera por carecer de gusto y por el horror 
que le causaban las visitas diarias al Hospital. En una de 
ella^ abandonó la sala emocionado hondamente ante los su- 



NATURALISTAS KN EL URUGUAY 487 

frimientos de un niño que operaban. Esto acontecía antes 




del empleo del cloroformo. Tampoco sintió inclinación al- 
guna por la Geología. En presencia de estos hechos lo retiró 



488 REVISTA HISTÓRICA 

á 

SU padre de la universidad de Edimburgo. Viendo que no 
conseguiría su deseo de hacerlo médico, pensó dedicarlo al 
sacerdocio, para lo cual lo envió á estudiar humanidades en 
la misma ciudad de Cambridge. Trabajó poco, malgastando 
el tiempo en banquetes, partidas de caza, juegos, etc. «^De- 
bía de tener vergüenza del empleo de este tiempo, dice, 
pero ¡teníamos humor tan alegre! Llegó á ser miembro 
principal del Club des Goui^mets, cuyo programa era pro- 
bar platos no conocidos aún. En esa época Darwin colec- 
cionaba insectos. Es de notar que casi todos los naturalis- 
tas, ó una gran parte al menos, de los que adquirieron gran 
renombre, empezaron por la entomología. Por este tiempo 
se relacionó con el botánico Henslow, quien le propuso, en 
1831, acompañar en calidad de naturalista al capitán Fitz- 
Roy sin remuneración, á la Tierra del Fuego en la expedi- 
ción que se organizaba en esa época. Su padre, después de 
reflexionar, acabó por acordarle la autorización necesaria á 
instancias de su tío Wedgwood. 

El Beagle, destinado á este viaje, apenas desplazaba 242 
toneladas y estaba clasificado en la categoría de los llama- 
dos ataúdesy debido al peligro de naufragar al menor mal 
tiempo por sus pésimas condiciones marineras. 

Se hizo á la mar en diciembre de 1831 y retornó á fi- 
nes del año 1836. 

«El viaje del Beagle, dice Darwin, fué el acontecimiento 
más importante de toda mi vida, el que determinó mi ca- 
rrera entera; dependió de dos circunstancias nimias, insig- 
nificantes, como lo fueron la oferta de mi tío de llevarme 
en coche á Shrewsbury, á treinta millas de distancia, y á la 
forma de mi nariz.» Fitz-Roy, en efecto, discípulo de La- 
vater, creía poder juzgar del carácter de un hombre, por los 
rasgos de su fisonomía, y se imaginó al ver á Darwin, que 
un hombre con semejante nariz no debía poseer la sufi- 
ciente energía para un viaje tan largo. «Pienso ahora, dice 
Darwin, que en presencia de mi conducta adquirió el con- 
vencimiento de que mi nariz le indujo á error.» 

El viaje fué penc»so para Darwin. Estrechamente insta- 



NATURALISTAS EN EL URUGUAY 489 

lado, sensible al mareo, se vio atacado por una enfermedad 
en Valparaíso, que le obligó á guardar cama seis semanas, 
la misma que le hizo sufrir toda su vida. 

Atraído liacia el estudio y observación de la naturaleza, 
fué olvidando poco á poco todas sus anteriores inclinacio- 
nes y acabó por entregar al criado su escopeta de caza por- 
que lo distraía demasiado en sus nuevos trabajos, en los 
que llegó á descubrir que el placer de observar y de razo- 
nar era mucho más vivo que los ejercicios del sport. En 
su estadía en la bahía del Buen Suceso, Tierra del Fuego, 
«pensé, dice, que no podía emplear mejor mi vida que agre- 
gando alguna cosa á las ciencias naturales, y lo he cumplido 
hasta donde lo permitieron mis facultades.» 

Su dedicación á estas ciencias fué constante y de una 
eficacia asombrosa. En los años que recorrió la América 
austral consiguió interesantes y valiosas colecciones que 
constituyeron los materiales de notables obras futuras. 

A su regreso en 1836, se estableció en Londres con el pro- 
pósito de ordenar y clasificar sus notas. Obtuvo cinco mil li- 
bras esterlinas del Gobierno para imprimir su libro Viaje de 
un naturalista, cuya primera edición vio la luz bajo el nom- 
bre de Zoología del viaje del <s^Beagle>, Londres, 1870- 
1875. Es una obra redactada con el concurso de Owen y 
de otros naturalistas, obra leída únicamente por los espe- 
cialistas; no así la segunda edición que se publicó separa- 
damente con el título indicado más arriba y que obtuvo 
un cierto renombre. 

Hacia esta época, Darwin se relacionó con Lyell, que 
acababa de publicar su hoy célebre obra Principies of 
Geology, y aceptó las funciones de secretario de la Socie- 
dad Geológica (1838-1841). En 1839 contrajo matrimo- 
nio con Ema Wedgwood, prima suya, y se instaló en Lon- 
dres, ciudad que debió abandonar poco tiempo después á 
causa de .-u mal estado de salud. Adquirió en Down una 
propiedad, en la que pasó el resto de su vida en el silencio 
de la campaña. 

En la biografía escrita por su hijo Francis se encuentran 



490 REVISTA HISTÓRICA 

curiosos relatos sobre el género de existencia adoptado por 
su padre. Se levantaba temprano, y después de una corta 
excursión por los alrededores, leía su correspondencia y 
luego trabajaba el resto de la mañana. Después del medio 
día, visitaba sus invernáculos y campos de experiencias ob- 
servando todo, flores, pájaros, etc. A su vuelta, tomado su 
desayuno, leía el diario y contestaba todas cuantas cartas 
recibía, sin excepción. Hacia las tres de la tarde se exten- 
día en el diván, fumaba cigarrillos y escuchaba la lectura 
de novelas por las que siempre tuvo gran inclinación. 
«Bendigo, decía, á los novelistas; me gustan todas las no- 
velas, y más si terminan bien; es necesario que una novela 
contenga un persona je digno de estimación, y si es una linda 
mujer, todavía mejor». 

Así corrió su vida tranquila en Down, sin más preocupa- 
ciones que las que le proporcionaba el mal estado de su 
salud y falta de sueño. 

Con incansable paciencia continuó sus observaciones dia- 
rias. A esta labor no interrumpida es que debemos una de 
las obras más considerables que naturalista alguno haya 
producido, á pesar de la desconfianza extremada por sus 
propias ideas, y á pesar üimbién de escrúpulos excesivos 
de delicadeza. 

Era, como él mismo lo confiesa, de simplicidad natural 
ingenua, espíritu lento; su movimiento primo fué el de la 
admiración. 

No tiene destreza para disecar, y admira, por eso mismo, 
la habilidad de su amigo Huxley, cuya vivacidad formaba 
contraste con la lentitud que á él le caracterizaba. Juzgaba 
con benevolencia los trabajos ajenos y tenía horror por los 
elogios que solían manifestarle. 

Lo que principalmente nos interesa de este ilustre natu- 
ralista son los hechos relacionados con su permanencia en 
el país que tantas y tan importantes observaciones le pro- 
porcionó. 

Con sumo placer nos detendríamos en este punto de la 
permanencia de Darwin en Maldonado y Montevideo, si 



NATURALISTAS EN EL URUGUAY 491 

no temiésemos ultrapasar los límites de esta reseña; por 
otra parte, no haríamos más que repetir lo que él mismo 
relata sobre muchas de nuestras costumbres y cosas en la 
obra ya nombrada (Voy age d^un iiaiur aliste, etc.). En ella 
nos hace conocer la buena opinión que se formó del carác- 
ter del gaucho, y emplea frases severas para juzgar al hom- 
bre de la ciudad, al montevideano. 

En la playa de Maldonado descubre los efectos del rayo, 
habla del tucu-tucu, del cual llevó ejemplares vivos, del 
ciervo, del carpincho, de aves, etc., etc. 

Se detiene á pensar en la falta de selvas que observa á 
su alrededor, y quiere explicar las causas del fenómeno que 
tanto llama su atención. 

No dudamos que sobre este particular hubiera opinado 
de otra manera si alcanza á ver las arboledas que prospe- 
ran hoy en este suelo, lo que no acontecería, á ser cierta 
la existencia de los factores perniciosos que menciona. 
Existieron, sí, en remotas épocas y han dejado rastros in- 
delebles en la vegetación indígena, pero debieron modifí- 
earse fundamentalmente desde que, como lo decimos, exis- 
ten actualmente esencias arbóreas en plena prosperidad 
bajo nuestro clima. 

Aunque se dedicó preferentemente á la zoología, Darwin 
ocupa un puesto espectable en botánica por obras que es- 
cribió, ricas en novedades sobre plantas. 

Con las notas recogidas en islas del Pacífico redactó su 
libro Arrecifes de coral, desarrollando la ingeniosa teoría 
que fué aceptada al principio por los geólogos, hoy olvida- 
da en parte. Siguió á esta el estudio sobre los Om^pedos, 
la aridez de cuyo asunto le fatigó sobremanera. 

Por esta época, su espíritu se entretenía en ideas que 
debió desenvolver en su inmortal obra Origen de las es- 
pecies. No bajan de veinte los años que empleó en ella. En 
la biografía referida es interesante seguir la lenta elabom- 
ción que lo condujo al término de la forma definitiva. Le- 
yendo su diario íntimo, notas, cartas, etc., se da uno perfecta 
cuenta de ello. 



492 REVISTA HISTÓRICA 

«En la América del Sur, dice, tres fenómenos me im- 
presionaron vivamente: en primer lugar la manera cómo 
especies muy vecinas se suceden y reemplazan á medida 
que se va de Norte á Sur; en s^undo lugar, el parentesco 
próximo de especies que habitan las islas del litoral y las 
que son propias al continente; y finalmente, las estrechas 
relaciones que enlazan los mamíferos desdentados y roedo- 
res contemporáneos con las especies extinguidas de las 
mismas familias. Jamás olvidaré la sorpresa que me ocasio- 
naron los despojos del gigantesco tatú fósil, idénticos al tatú 
actual. Reflexionando en esto, me pareció verosímil que 
las especies vecinas podían derivar de un mismo tronco, 
pero en muchos años no llegué á comprender de qué ma- 
nera cada forma se encontraba tan perfectamente adap- 
tada á las condiciones particulares de su existencia. Fué 
entonces que emprendí el estudio sistemático de animales 
y plantas dom^ticas, y vi netamente que la influencia mo- 
dificadora más importante reside en la selección de las ra- 
zas, que el hombre utiliza para la reproducción de indivi- 
duos seleccionados con tal fin. Para llegar á tener una idea 
justa sobre la lucha por la vida, mis estudios sobre los ani- 
males y sus costumbres me valieron mucho, así como mis 
trabajos de Geología me hicieron pensar en la enormidad 
de los siglos transcurridos. 

«Las obras de Malthus, que U^ué áleer casualmente, me 
sugirieron la selección natural». 

En las notas redactadas en 1837-183S se siguen paso 
á paso los progresos en las ideas de Darwin. En 1842-44 
condensó en varias memorias esas ideas y en el testamento 
que redactó en esa época recomienda á su señora que, des- 
pués de fallecer, las publique bajo los cuidados de personas 
competentes: Lyell, Hooker, Henslow ó Forbes. Su corres- 
pondencia con Hooker ^véase la Biografía por su hijo 
Francis), contiene numerosos datos sobre la distribución 
geográfica de animales y vegetales, causas que pueden ex- 
plicar la presencia de especies diferentes en regiones aisla- 
das por el mar, y la lucha de las plantas entre sí. Es sabido 



ÍÍATÜRALÍSTAS EX EL URUGUAY 493 

cómo Lyell lo persuadió para que desenvolviera en una 
obra esas ideas (1844), apoyándolas en los hechos recogi- 
dos durante tantos años. Puesto á la obra y viendo cuan 
poco adelanbiba, no tenía sosiego y solía exclamar : soy el 
más miserable y empantanado de los hombres, el más es- 
túpido del Reino Unido y tengo ganas de derramar lágri- 
mas por mi presunción y ceguera. 

Un hecho inesperado lo obligó á apresurarse Alfredo 
Rusell- Wallace, que durante largos años había estudiado las 
Islas de la Sonda, le envió una memoria acerca de la ten- 
dencia de las variedades á alejarse indefinidamente del 
tipo original^ teoría casi idéntica á la suya. Conocidos son 
los temores que detuvieron á Darwin en este trance, y los 
consejos que creyó deber pedir á Hooker y Lyell, en virtud 
de los cuales se resolvió finalmente á redactar un resumen 
de sus ideas y comunicarlas á la Sociedad Lineana al mismo 
tiempo que el trabnjo de Wallace, en julio de 1858. Pero 
en vez de redactarla en cuatro volúmenes cambió de idea 
é hizo un resumeu con el título de Origen de las especies, 
que vio la luz en 1859. La fama que en poco tiempo ad- 
quirió fué prodigiosa. La primera tirada de mil doscientos 
cincuenta ejemplares se vendió en el primer día y su edi- 
tor Murray dio seguidamente otra de tres mil que á su vez 
no tardó en agotarse. 

Es conocido el hecho de los sabios ingleses Huxley, 
Gray, Hooker, Lyell, etc., que se plegaron á las nuevas 
ideas. Otros, como Agassiz, naturalista suizo, Floureus, 
fisiologista francés, se pronunciaron en contra. Lo que ma- 
yormente contribuyó á la divulgación de las nuevas doc- 
trinas, que finalmente fundaron la gloria de Darwin, el más 
modesto de los pensadores modernos, fueron pasiones so- 
ciales y religiosas. No entraremos en detalles sobre esta 
parte; señalaremos sólo el entusiasmo del célebre natura- 
lista alemán Ernesto Haeckel, quien llegó á decir que la doc- 
trina de Darwin estaba tan bien ó mejor fundada que la de 
la gravitación universal; lo que al parecer de algunos es una 
exageración hija del entusiasmo. 



494 REVISTA HTSTÓRÍOA 

En el tiempo transcurrido desde el año 1859, 6 sea 
desde la aparición del Origen de las especieSySon bastantes 
las lagunas é imperfecciones señaladas en esa obra. No se 
puede afirmar todavía que el origen de las especies esté 
definitivamente resuelto. 

El neolamarckismo, escuela nueva á la que se han ple- 
gado numerosos naturalistas norteamericanos, ha llegado á 
abandonar la escuela darwiniana de la lucha por la vida y 
de la selección natural, para volver á las ideas de Lamarck 
acerca de la preponderancia del medio, y se proponen con- 
trolarlas cjn experiencias al efecto. 

De cualquier manera, la obra de Darwin alcanzó tal re- 
sonancia no sólo en los dominios biológicos, sino en todas 
las ramas de la ciencia y fué la causa de tal movimiento 
sin ejemplo en la historia del pensamiento humano. 

Sobre su paso por esta República muchos y variados son 
los hechos relatados en su obra Viaje de un naturalista; 
como lo dejamos expresado anteriormente, vale más acudir 
á esa fuente para tener una idea clara y completa, que no 
alcanzaríamos en un extracto, á trueque de entrar en de- 
talles y repeticiones que no tienen razón de ser. Aconse- 
jamos, pues, á quien desea conocer las opiniones sobre esta 
parte de la América austral, emitidas por Darwin, leer su 
libro que se encuentra hoy en todas las bibliotecas. 

Al Origen de las especies siguieron las Varia/^iones 
de los animales y de las plantas domésticas (1868). En 
1871 vio la luz la descendencia animal del hombre y la 
selección sexual, y sucesivamente: Fecundación de las 
orquídeas por los insectos (1867); Expresión de las emo- 
ciones en el hombre y en los animales (1872); Movi- 
mientos y hábitos de las plantas trepadoras (1875); Plan- 
tas carnívoras (1875); Efectos de la fecundación directa 
y de la fecundación cruzada en el reino vegetal {187 7); 
La facultad del movimiento de las plantas (1880); El 
papel de los gusanos de tierra (lombrices) en la forma- 
ción déla tierra vegetal {\.8Q1), Todas estas obras redun- 
daron en honor de Darwin y contribuyeron á fundar su 
reputación universal. 



NATURALISTAS EX EL URUGUAY 495 

Los honores siguieron después, y fueron á buscarlo en 
su tranquilo retiro. En 18(58 la Saciedad Real le discernía 
la más alta recompensa; la medalla Copley. En 1878 la 
Academia de Ciencias de París, á su vez, lo nombró miem- 
bro de la sección de botánica, y la de Berlín lo elegía en el 
mismo año, y al siguiente la de Turín le discernía un pre- 
mio de 12,000 francos. 

Darwin sucumbió á una afección cardíaca; sus restos, 
por resolución del Parlamento inglés, descansan en West- 
minster, cerca de los de Newton. 

Bibliografía: Frangís üauwin, Vte el correspondan^^ de Charles 
Darwiiíj traduction fran^aise par de Varigny, 1888, 2. vol. ¡d 8. 
EH4;a es la mejor fuente de información acerca de la vida de Darwin 
Contiene las cartas que escribió de«ide los diez y nueve aftos hasta 
su fallecimiento, relacionadas por el comentario de Francia. 8e en* 
cuentra también la autobiografía escrita por C'arlos Darwin para 
sus hijos con relatos personales de ellos, y, en particular, de Fran- 
cis Darwin. No sabemos cómo recomendar la lectura de estos inte- 
resantes tomos que no cansan en manera alguna y entretienen el 
espíritu agradablemente. 

Artículo biográñco de Krausb en memoria del TO."* aniversario 
de Darwin, en el «Koamos» de febrero de 1879: De Gandolle Al- 
fonso. Darwin consideré au poíní de vue des causes de son succés 
(mayo 1882), en Archives des Sciences de la Bíblioihéque üniverselle. 
Charles Darwin (Londres 1882), comprendiendo: Vida y carácter^ por 
Romanes; Introducción^ por Huxiey; Obras geológicas^ por Oéikie; 
Botánica^ por Thi^^elton Dyer; Zoología y Psicología, por Romanes. 

Itinerario: (1832 enero 16) Porto Praya — (abril 5) Río Janeiro— 
(julio) Montevideo, Maldonado — Río Polanco, Río Negro. (1833) Ba- 
hía Blanca — Buenos Aires (julio)— Buenos Aires, Hanta Fe, Patago- 
nía — Banda Oriental, Colonia del Sacramento (noviembre) Santa 
Cruz é Idlas Falkland (marzo 1834). Tierra del Fuego. Estrecho Ma- 
gallanes, (abril). Chile, Valparaíso (junio), Chiloe é Islas Chonos. 
Viaje á través de la cordillera — Chile Septentrional, Copiapó, Co- 
quimbo, Perú (julio). Iquique, Lima, Galápagos. (1835) Tahití, Naeva 
Zelandin, Australia (1836) Islas Keeinig, Mauricio, Santa Elena — 
Inglaterra al final del año 1836. 



4Í)6 REVISTA HÍSTíÍRÍCA 



Gaudichaud-Beaüpré Carlos (1789-1854). 

Gaudichaud-Beaupré Carlos, botáuico y farmacéutico 
francés, nacido en Angulema el 4 de septiembre de 1780, 
fallecido el 16 de enero de 1854. Entró en la farmacia de 
la marina y después hizo parte de la expedición circum- 
polar á las órdenes de Desaulses de Freycinet; visitó Te- 
nerife, Río Janeiro, el Cabo, la Reunión, islas de la Sonda, 
Carolinas, .etc., naufragando en las Malvinas. Vuelto á 
Francia en 1829, fué poco más tarde miembro correspon- 
diente de la Academia de Medicina y de la Academia de 
Ciencias. En 1830 se embarcó de imevo bajo las órdenes 
de Villeneuve-Bargemont; estuvo en Chile, Perú y Brasil 
en donde permaneció hasta el año 1833. En 1836 hizo 
otro viaje de circunnavegación en la Bonite, 

En 1835 obtuvo Gaudichaud el gran premio de fisiolo- 
gía experimental del Instituto, y en 1836 reemplazó á 
A. L. de Jussien en la sección de botánica. La fisiología Je 
debe grandes servicios á pesar de cuanto puede tener de 
dudosa su teoría de los Phyton (la hoja considerada como 
el individuo vegetal). Sus principales obras son Botanique 
du Voy age aut. du monde sur les corveites nL'Uranie)) 
et la üPhysicienne)) 1817-1820. (París 1826, in 4,", 
atlas in fol.). Botanique du Voy age sur la (kBonite». 
(París 1839-1846, in 8.^ avec atlas in fol.) Recherches 
genérales sur Vorganographie^ etc. (París 1841, in 
8, 18 pL); Recherches genérales sur la physiologie et 
Vorganogénie desvégétaux (París 1842-1847, in 4.''). 

Itinerario: I 1817-20. Fd la fragata «TUranie» al mando de L. 
De Freycinet salió de Tolón el 17 de septiembre, pasando por 6i- 
braltar y Tenerife, llegando á Río Janeiro el 6 de diciembre, en cuya 
ciudad permaneció dos meses. Siguió viaje y atravesó el Cabo de 
Buena Esperanza del 7 de marzo al 5 de abril de 1 818; Isla de la 
Reunión (Bourbón) y Mauricio (Isla de Francia), 5 de mayo-16 de ju- 
lio; [slas de la Sonda (Timor), Nueva Guinea, Islas Marianas, Sand- 
wich, tíamoa, Australia, Islas Malvinas (Falkland) en las que quedó 



ííATüRALIStAS EIÍ ÉL URUGUAY 497 

desde el 14 de febrero hasta el aflo 1820, á consecuencia del naufra- 
gio de la nave. Embarcado en la fragata «la Pbysicienne» continuó 
viaje á Montevideo, Kío Janeiro j regresó finalmente á Francia. 

II. 1831-33. En la fragata «PHerminie» visitó á Río Janeiro, 
Cbile y Perú. Desde 1832 basta mayo de 1833 visitó Santa Catalina, 
Ban Pablo, Río Janeiro, Bahía y Matto Orosso. Las plantas recogi- 
das en el Brasil figuran en el M useo Nacional de Río Janeiro, des- 
tinando á su patria una importante colección. 

Bibliografía: F. Didot: Charles Gaudichaud-Beaupré, in Nouv. 
Biogr. genérale vol. XIX (1857) p. 648-652.— Labéoue: Mus. Deless 
(1815) p. 78-83.— E. Pascallet: Notice biographique sur M. Gaudi- 
chaud-Beaupré, París, II ed. 1844 (n. v.).— iVoc. Linn, 8oc. vol. I[ 
(1854) p. 320-321.— L. R. Tulasne in Archiv, du Muséum Paria, 
vol. IV (1844) p. 66-66.— Pritz. Thes, II ed., p. 118; Jacks. Quide, 
p. 223, 224; CcU, Se, Pap. II, p. 781-782. 

Gay Claudio (1800-1873), naturalista y viajero fran- 
cés, nacido en Draguignan (Var) el 18 de marzo de 1800, 
fallecido en Flayosc (Var) el 29 de noviembre de 1873. 
Habiendo proyectado desde 1820 un viaje científico á 
Chile, para lo cual se preparó estudiando simultáneamente 
la botánica y la geología, verificó viajes preliminares en 
Grecia y Asia Menor. En 1832 emprendió la exploración 
proyectada, recorrió el territorio de Chile, las islas Juan 
Fernández y Chiloe, parte del Pero y los alrededores de 
Buenos Aires. Con las ricas colecciones que hizo y los im- 
portantes datos que recogió, obtuvo los elementos para su 
obra monumental Historia física y política de Chile, en 
la que colaboraron los señores Martínez, de Noriega, Ri- 
chard, Deswaux y otros. Consta esta obra impresa en Pa- 
rís en 1844-54, de 24 vol. en 8." y ?> atlas en 4.". 

Itinerario: 1828-32. Río Janeiro (septiembre 28), Montevideo, 
Baenoa Aires; Chile: Valparaíso (diciembre 28), Santiago y regiones 
vecinas (9 meses), prov. Calchagua, Andes, monte Talcaregua, Lago 
Taguatagua é Id la Juan Fernández. 

1834-42. Chile: Vulpüraíso, Santiago, prov. Valdivia, Chiloe, Co- 
quimbo, Aconcagua, Canquenes, Concepción; Perú: Lima (agosto 
18B9) Tingo, Cuzco, Valle Santa Ana, Río Urubamba, Arequita, 

R. H. DM LA U.— 82. 



498 



REVISTA HISTÓRICA 



Lima, Callao; Chile: Valparaíso (abril 1840), Copinpó Iluasco, San- 
tiago, llegando á 8U destino 6 punto de partida en julio del año 1842. 
Las plantas recogidas se encuentran en el museo de Historia Natu- 
ral de París y duplicata en el herb. Delessert en Ginebra; De Can- 
dolle, de Franqu^ville de París, y en el museo de Berlín. 




Bibliografía: D. Barros Arana: Don Claudio Gay y su obra. 
Estudio biográfíco y crítico en «Anales de la Universidad de Chile» 
vol. XLVIII (1875) (ex Johow: Estudios sobre la Flora de las islas 
de Juan Fernández p. 41).— J. Arechavaleta en Anal. Mus. nac. 
Mont. V (1902) p. XL.— Ferdinand Denis: Claude Gay eo F. Di- 
dot: Nouv, Biographie genérale, vol, XIX (1857) p. 753-756. — Lasé- 
güe: Mus, Delessert (1845). p. 250-255.— Pritz. Thes, II ed. p, 118; 
JACK8. Ouide p. 374; CaL Se. Pap. II p. 797, Vil p. 748. 

HooKER, Joseph Dalton (1817), natural délas Islas Bri- 
tánicas, nació el íiO de junio de 1817, hijo de William 
Hooker. Estudió medicina y en 1839-42 hizo parte de la 



NATURALISTAS EN EL URUGUAY 490 

expedición á las regioues antarticas á bordo del Erehus 
y el Terror; en 1 847 exploró el Himalaya y parte del Ti- 
bet, más tarde la Bengala oriental, volviendo á su patria en 
1851, con 6,000 plantas nuevas. En 1871 exploró el 
Atlas, en Marruecos, y en 1877 atravesó la América del 
Norte de uno á otro Océano. Sucedió á su padre en la di- 
rección del jardín de Kew, desde el año 1865 hasta 1885. 
Autor del Genera plantarum en colaboración con Bentham, 
1802-83, obra de gran mérito é importancia, escribió, 
aparte de otras muchas, la Flora antárctica en la cual se 
hallan algunas plantas recogidas en Montevideo, entre 
ellas la Aeaena eupatoria-A, Monlevidensis. 

Muchas plantas del Herbario de Gibert arriba mencio- 
nado fueron determinadas por este célebre botánico y por 
su padre William Hooker mientras dirigió el jardín Kew. 

Bibliografía: Testimoniáis in favour of Joseph Dallan Hooker, 
Edinburgh, 1845. — A. Gkay: Sir Joseph Dallan Hooker ¡n €Nature» 
voL XVI (1877) p. 537-589, cum ef/igie.—L, Wh-tmack; 8¡r Joseph 
Dalton Hookbr in Oarlenzeilung IIÍ (1884) p. 519 520, cum effigie. 
— V. B. Wittrock: Iconolheca botan. (1908) p. 94. — Popidar Science 
Monlhly 1860 p. 237-240, cum effigie.'-Men and Women ofthe time 
XIII od (1891) p. 464-465.— (?arífon. Chron., III ser., XXXVII 
(1905) effigies {ex pictura Hüberti HerkomerJ — Pritz. Tkes. II. ed. 
p. 148; Jackh: Ouide p. 56, 58, 119, 120, 140, 147, 222, 224, 237, 346, 
851, 354, 372, 384, 387, 888, 403, 413, 473, 485; Cal, Se. Pap. III p. 
419-422, VI p. 690, VII p. 1012, X p. 267-268, XII p. 346.— Ig- 
NATIU8 ürban: Flora brasiliensis fase. CXXX. 

KüNTZE, Garios Ernesto Otto( 1843).— Natural de Ale- 
mania, nació en Leipzig el 23 de junio de 1843. En los 
comienzos de su vida se ocupó en asuntos comerciales con 
buena suerte, y después, dedicóse á las ciencias naturales 
de su preferencia. Por los años 1874-76 visitó la India 
occidental, América, Japón, China. India oriental, regre- 
sando á su patria en 1876, en la que adquirió el grado de 
Doctor en filosofía (junio de 1878, Universidad de Frei- 
burgo). Arrastrado por su temperamento activo, emprendió 



500 REVISTA HISTÓRICA 

viaje hacia el Asia occidental, Rusia (1886) é Islas Cana- 
rias (1887-88); en 1891-92 la América central, en 1894 
África austral y orientíil. 

El año 1904 (octubre) se embarcó en viaje de explo- 
ración por Ceilán, Australia (Sydney), Tasmania, Nueva 
Zelandia, Samoa, Sandwich, América septentrional. 

Itinerario austro americano— 1891-92. Llegó á Montevideo 
el 7 de diciembre de 1891, República Argentina ñnes de este mismo 
mcsy afto hasta enero de 1902, visitando en dicho tiempo: Buenos 
Airrp, Rosario, Córdoba, Oeneral Paz, Dique San Roque, Villa Mer- 
cedep, Cerro Morro, Kío Diamantino, San Rafaol, pasando luego á 
Chile (enero-marzo de 1892): Santiago, Maule, Chilón, Ango), Ercilla, 
Rfo Quino, etc.; Solivia (marzo-septiembre): Ascotan, Ollagua, Co- 
chabamba y otros diversos puntos del territorio boliviano que reco- 
rrió hasta octubre, en cuyo mes llegó al Paraguay, visitando varias 
regiones y pasando en seguida á la Argén ti n a por segunda vez (ociu- 
bre): Jujuf, Salta, La Plata, Tandil, etc., y Onalmente á Montevideo, 
Sierra de Solís, Río Santa Lucía, en cuyos lugares herborizó. Dimos 
acabada cuenta en los Anales del Museo de las plantas que aquí en- 
contró. 

Las colecciones hechas por este viajero» las guarda en su residen- 
cia particular (San Remo, Italia) y varios duplícala en Kew y Museo 
de Berlín. 

Bibliografía: O. Kunize, lieviaio generuniy vol. I p, X-XJ^ voL 
III 2 p. 1-4 {itineraria) vol. I post. CLV, vol III 2 posL 201 el in 
Lexicón posl. p, XLVII {index operum). —Adolfo Miessler: Dr. O. 
Kuntze in Deulscfie Ríndschau für Oeographie und SlalisUk vol, XI 
(1889) p. 572-574, cum efftgie.-^ÍQs, ürban Symboke anliU. [II 
(1892) p. 70-71.— Pritz: Thes. II ed. p. 172: Jacks: Ouide p. 97, 
101, 128, 143; Caí, Se. Pap, vol. Vllt. p. 137. X p. 478, XÍI p. 419. 
Ion. Urban: FL Bras. Fase, 130 p. 36-37. 

Balparda Federico Eugenio. — De espíritu reposado, 
amante del trabajo, fué uno de los pocos que en el curso de 
su vida se detuvo á contemplar la belleza de la vegetación 
del suelo de su patria. 

Durante largos años fué nuestro compañero de excur- 
siones botánicas, consiguiendo formar un importante her- 



NATURALISTAS EX EL URUGUAY 501 

bario de hermosas muestras, perfectamente ordenadas y 
bien clasificadas. 

Esta colección figuró en la Exposición de Chile mere- 
ciendo ser premiada con una medalla. 




Ocupaciones de otra naturaleza y el temor de no poder 
atender debidamente el importante herbario formado con 
tanto cariño, le indujeron á donarlo á la Institución del 
Ateneo esperando con ello salvarlo de la polilla. Instalado 
en una pieza mal ventilada y húmeda, cuando la Directiva 
de esta Institución pensó en colocarlo en mejores condi- 
ciones lo encontró ya reducido á polvo, los insectos lo ha- 
bían destruido. 

El doctor Philippi, director del Museo de Santiago de 
Chile en carta que escribió á nuestro amigo felicitándolo 
por su valiosa colección, solicitó algunas especies de 1^ 



502 REVISTA HISTÓRICA 

flora de este país que le fueron remitidas sin pérdida de 
tiempo. Debidamente conservadas, son acaso los únicos 
ejemplares existentes del mencionado herbario. 

Federico Eugenio Balparda nació en Montevideo el 6 
de septiembre de 1839. Cursó las primeras letras en el 
colegio de los señores Cayetano Rivas y José María Cor- 
dero, pasando después al del señor Ray. 

Habiendo practicado el comercio durante tres años, en 
una casa introductora inglesa, acompañó más tarde á su pa- 
dre durante once, en un registro dirigido por él y sus her- 
manos. Fundó una granja en Joanic5 y otra en la Capilla 
de Doña Ana. Fué miembro fundador de la Asociación Ru- 
ral del Uruguay supliendo al gerente, señor don Lucio Ro- 
dríguez Diez, durante su larga enfermedad. Colaboró en la 
Revista de esa Asociación firmando sus artículos con las 
iniciales de su nombre F. E. B. Contribuyó en primera lí- 
nea á establecer una escuela rural en la estación Joanicó. 
Fué discípulo de griego y botánica de Gibert, quien le 
inculcó el gusto por el estudio de las plantas. 

Falleció el 22 de enero de 1889. 

Cantera Cornelio. 

Discípulo del profesor de francés y lenguas muertas Er- 
nesto Gibert, aprendió con él elementos de botánica, hada 
cuya amable ciencia sentía viva inclinación, á la que en 
mejores condiciones de existencia hubiera dedicado toda su 
actividad. 

Sin que le fueran indiferentes las plantas de otros cli- 
mas, tenía gran predilección por las indígenas, sobre todo 
las que por su belleza atraían poderosamente su atención, 
considerándolas ya del punto de vista de la jardinería como 
especies de adorno, ya del industrial por sus aplicaciones. 
En este último sentido dedicó preferente atención a las 
esencias arbóreas, esperando verlas un día en plazas y jar- 
dines públicos de la capital al lado de las exóticas que 
prosperan tan bien bajo este clima templado. 



NATURALISTAS EX EL URUGUAY 



503 



Difícilmente podríamos expresar las emociones agrada- 
bles que experimentaba en las frecuentes herborizaciones 
que juntos solíamos hacer por la campaña, cuando teníamos 
la suerte de tropezar con plantas vistosas y de elegantes 
formas. El afán por traerhis vivas y cultivarlas fué siempre 
notable en él. Después, su alegría aumentaba cuando á 




fuerza de esmerados cuidados conseguía que fructificasen» 
apresurándose entonces á enviar las semillas á Londres y á 
París, con el fin de difundir las mencionadas especies. Es 
de esta manera que consiguió que se aclimataran en Eu- 
ropa un buen número de plantas del Uruguay, aumentando 
la lista de las antes conocidas. Acaso, algán día, tengamos 
propicia oportunidad para describirlas y publicarlas en los 
«Anales del Museo Nacional». 

Cornelio Cantera nació en Tacuarembó el O de octubre 
de 1855. Estudió las primeras letras en la escuela á cargo 
de don Fermín Landa en Canelones hasta el año 1868, que 
vino á Montevideo á continuar sus estudios en el colegio 
de don C. Sierra. A la edad de quince años entró de me- 



504 REVISTA HISTÓRICA 

ritorio en la Junta Eíconómico- Administrativa, en la que 
alcanzó el puesto de Director de la oficina de Cementerios 
y Rodados que conservó hasta el año de su jubilación. 

En las horas que le dejaban libres las tareas de su car- 
go, se dedicó al estudio de la música, consiguiendo perfec - 
Clonarse en el violín, que tocaba con verdadero gusto. 

En la Junta Eíconómico-Administrativa bajo la Presi- 
dencia del doctor Pena, desempeñó el cargo de Secretario 
honorario de la Comisión Parques y Jardines. 

De carácter noble y bien equilibrado, patriota, amante 
del progreso, fué el iniciador de la fiesta del árbol que con 
tanto esplendor se realizó en esta capital el año 1900. Fué 
también el organizador de la fiesta de la Locomoción que 
tan benéficos resultados dio. 

En la «iRevue Horticole» de París, redactada por Mr. 
Ed. André, figuran muchas plantas nuevas del Uruguay, 
descubiertas por nuestro amigo y enviadas en distintas 
épocas. En estos últimos días ha llegado á nuestras manos 
el número 37 del «Botanical Magazine» (volumen IV, ene- 
ro de 1008) en el cual se encuentra una IridiA; Herberiia 
amatorum descripta por C. H. Wright y adornada con una 
hermosa estampa en color, dicha especie fué enviada por 
nuestro biografiado en 1901. 

Muchas otras plantas nuevas ó poco conocidas le debe 
el jardín Kew. Fué autor de varios trabajos publicados en 
diarios y revistas de esta capital. 

En plena actividad y vigor físico nos fué arrebatado por 
cruel y rápida dolencia el 25 de diciembre de 1903. 

GiBERT, Ernesto José, licenciado en ciencias y letras, 
emigró de Francia, su patria, á consecuencia del golpe de 
estado del 2 de diciembre (1852). Se dirigió al Pacífico, 
visitó la ciudad de Lima, en el Perú, pasó después á San- 
tiago de Chile, donde permaneció corto tiempo al cabo del 
cual se trasladó á esta capital. Desde aquí, acompañó al 
señor Christy, encargado de negocios de Inglaterra, en ex- 
pqrsión científica que hicieron al Paraguay, consiguiendo 



NATURALISTAS EN EL URUGUAY 



505 



reunir una valiosa colección de plantas, malograda desgra- 
ciadamente por haber naufragado el buque que la con- 
ducía á Londres. 

En el Paraná se encontró con Burmeister con quien re- 
corrió gran parte de la República Argentina en busca de 
objetos de historia natural. 




De vuelta en Montevideo se radicó definitivamente en- 
tre nosotros. 

Con una sólida instrucción literaria y científica, dedicado 
á la enseñanza, fué un profesor muy estimado de todos los 
que tuvieron la suerte de conocerle. No son pocos los que 
todavía lo recuerdan por sus condiciones intelectuales. Re- 
publicano decidido, el triunfo de los imperialistas en su pa- 
tria agrió profundamente su carácter. 

El tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones profesio- 
pales, lo dedicó á la historia natural. Fué en el año 1860 



506 REVISTA HISTÓRICA 

que tuvimos la suerte de conocerle ÍDiciáudonos en el es- 
tudio de la entomología, hacia la cual sentíamos viva incli- 
nación, sin descuidar por eso la zoología en general, acaba- 
mos finalmente por dedicarnos á la botánica. 

En los largos años que Gibert dedicó al estudio de la 
flora del Uruguay formó un importante herbario que des- 
pués de su fallecimiento por voluntad testamentaria suya 
vino á nuestro poder. En esta colección figuran dobles de 
todas las que envió al Jardín Kew en el que se conservan. 
Primeramente las dirigía al botánico W. Hooker y más 
tarde al hijo de éste, Dalton Hooker que le sucedió en la 
dirección de aquel establecimiento, uno de los más célebres. 

En 1873 dio á la estampa un catálogo bnjo el título de 
Enumeratio plantarum sponte nascientium agro montea 
vidensiSf primer trabajo de botánica publicado en la Re- 
pública. 

Es de sentir que no lo hubiere ilustrado con notas bi- 
bliográficas más extensas, noticias acerca del medio de vida, 
localidad, época de floración, eta, etc. 

Gibert Ernesto José, falleció en Montevideo el año 1886. 

( Continiiorá ). 



Documentos históricos 



Fundación de paeblos y reparto de tterra« fronterizas 



A la amable invitación de la dirección de La Revista 
Histórica para contribuir con algún contingente en aque- 
lla parte que ha sido siempre de mis aficiones, he querido 
coiTesponder con la publicación de varios documentos de 
los que he podido coleccionar. 

Los que hoy presento son de importancia; se refieren á 
fundación de pueblos y al reparto de tierras fronterizas. Son 
piezas matrices: la primera es un decreto auténtico del mar- 
qués de Aviles; la segunda (copia en debida forma testimo- 
niada) es otro decreto del marqués de Sobremonte. Los dos 
fueron traídos de Buenos Aires en 1835 por persona que 
tenía interés en estas cosas. 



Sólo una parte de lo ordenado en esos decretos se cum- 
plió. La exposición de los hechos que los motivan intere- 
sará siempre al historiador; son rasgos de nuestro estado 
económico, político y militar. Las instrucciones revelan los 
propósitos que se tenían en vista, y que más se recomen- 
daban á los jefes comisionados para fundar poblaciones. Se 
propendía á fomentar la agricultura y la ganadería y el co- 
mercio; á extirpar el contrabando; á reducir ó á perseguir 
vagos y contrabandistas y á defenderse contra las incursio- 
nes de los vecinos, tratando de privar que, aquellas aban- 



508 REVISTA HISTÓRICA 

donadas fronteras de 1805, cuya extensión iba, de hecho, 
mucho más allá de loque se supone, — retrocedieran adonde 
la imprevisión y la falta de ejecución de esos y otros de- 
cretos las dejó retroceder más tarde. 

Ramón A. Carafí. 



«M¡ ardiente amor al Rey y mis vivos deseos de llenar 
cumplidamente las obhgaciones del grave cargo que he de- 
bido á su piedad, promoviendo, conforme á sus soberanas 
intenciones, ia felicidad de sus amados vasallos y la prospe- 
ridad de los pueblos que ha puesto á mi cuidado, empeña- 
ron mi atención y desvelo, desde mi ingreso al mando de 
estas Provincias, á inquirir y examinar atentamente los 
medios mas adecuados para el adelantamiento de ellas se- 
gún las proporciones que ofrecen y disposición de sus ha- 
bitantes; y persuadido á que ningún objeto es de mayor in- 
terés para el acrecentamiento de esta Provincia de Buenos 
Aires, prodigiosamente abundante de dilatadas campañas, 
desiertas é incultas en la mayor parte, que el estableci- 
miento de poblaciones para reunir en sociedad y policía 
cristiana á las gentes que se hallan dispersas; para reducir 
á las naciones de indios infieles que vaguean por ellas, al co- 
nocimiento de nuestra sagrada Religión y á la obediencia 
de nuestro católico Monarca; para remediar y extinguir los 
frecuentes robos, homicidios, contrabandos, destrozos de 
ganados y otros graves delitos y desórdenes que impune- 
mente cometen los vagos, delincuentes y foragidos de todas 
clases y condiciones, que sin respeto á las Leyes ni á la Re- 
ligión infestan aquellos dilatados campos, con impondera- 
ble perjuicio de la tranquilidad y seguridad pública, y para 
atraer á la debida sujeción á esta clase de gentes tan aban- 
donadas haciéndolos útiles al Estado con beneficio de ellos 



DOCUMENTOS HISTÓRICOS 509 

mismos, dando á la agricultura con estos brazos, que pue- 
den hacerse laboriosos, todo el impulso y grande fomento 
que es capaz de recibir en todos sus ramos, y con particu- 
laridad en el de la cría de ganados de todas especies, por 
la grande fertilidad de tan extendidos y hasta el día en la 
mayor parte inútiles terrenos, me dediqué desde luego á to- 
mar las medidas más adaptables á conseguir tan vasto ob- 
jeto que dignamente ha ocupado la atención de mis celosos 
predecesores y la meditación de los más serios tribunales 
y reflexivos ministros, sin que hasta el día, á pesar del 
constante esmero de todos, haya podido aun darse una 
completa resolución sobre tan importante materia; y sin 
embargo de que conociendo su arduidad juzgo acertado 
dejar correr el expediente por su curso ordinario y regular, 
no obstante, impulsado ahora de la urgente necesidad que 
por el Cabildo y diputados de Yapeyú se me ha hecho 
presente, de contener las ii rupciones de los indios infieles 
charrúas y minuanes que han robado y muerto á varios 
españoles, é indios guaraníes establecidos en las inmedia- 
ciones del Río Uruguay; y de mi estrecha obligación de 
prot^er las vidas y haciendas de los vasallos del Rey: he 
resuelto por pronto remedio y sin perjuicio de las provi- 
dencias y disposiciones que se acuerden en el expediente 
general del arreglo de campos, se establezcan por ahora y 
por vía de ensayo algunos pueblos en las cabeceras de los 
arroyos Yarapey y Quarey, en el puerto de San Joseph á 
la costa del Uruguay, y hacia los Tres Arboles que son los 
parajes que después de un maduro examen y bien funda- 
dos informes he estimado más á propósito para contener 
las invasiones y correrías de los indios infieles y poner 
pronto remedio á los daños que ocasionan; y como para 
afianzar el logro de estos justos fines que tanto interesan 
á la dilatación de los dominios de S. M., al aumento de su 
Real Erario, al bien general del Estado, á la s^uridad y 
particular felicidad de estas Provincias, á la propagación y 
ensalzamiento de nuestra sagrada Religión y á la mayor 
honra y gloria de Dios, sea necesario nombrar personas de 



f>10 RÉVIRTA HÍSTÍ^RICÁ 

experimentada actividad, celo é inteligencia, que sitúen, 
arreglen y establezcan las poblaciones con las ventajas y 
arreglo que exigen el buen orden y policía y que disponen 
nuestras sabias leyes; concurriendo éstas y las demás que 
se requieren para tan imporUmte empresa en el capitán de 
blandengues don Jorge Pacheco, vengo en conferirle comi- 
sión en forma con toda la autoridad necesaria á su des- 
empeño, para el cual tengo por conveniente hacerle algunas 
prevenciones, que observará en lo adaptable, dejando lo 
demás á su prudencia y discernimiento: 

1.* Que cuide, con el esmero que corresponde á esta con- 
fianza, reconocer previamente cada uno de los terrenos de- 
signados para los pueblos, y escoger y demarcar los parajes 
más á projiósito y fértiles para establecerlos, procurando 
colocarlos en sitios altos, bien ventilados, de cielo claro y 
benigno, de buena y feliz constelación; de suelo firme, con 
aguas permanentes y solubles, abundancia de leñas y ma- 
deras y todas las demás proporciones y ventajas que pue- 
dan conciliarse. 

2.* Que al mismo tiempo tome el comisionado sus dis- 
posiciones para reunir y atraer á las gentes dispersas por 
todos aquellos campos y demás familias pobres que no 
tengan tierras propias, y dará principio á la población de 
las cabeceras del Yarapey y que será la primera como la 
más importante por su situación para contener las entradas 
de los indios charrúas, poniéndola bajo el particular patro- 
cinio de la Santísima Virgen María Nuestra Señora con 
el título de Belén, por cuyo nombre será distinguido el pue- 
blo en lo sucesivo. 

3.* Que á cada poblador señale y dé solar bastantemente 
capaz y espacioso para edificar casa, patios y corrales, pro- 
porcionando las cosas de modo que, cuando llegue á estado 
floreciente el pueblo, pueda adaptarse en la construcción de 
edificios cuanto prescriben las leyes del Título 6.** Libro 4.'' 
de nuestra Recopilación, y demás conducente á guai'dar si- 
metría y ornato, y á dar duración y firmeza á los edificios 
y con particularidad á los que se destinen para iglesia y 



DOCUMENTOS HTST<^RTCX)S 51 1 

objetos públicos, pues formándose la plaza en un espacioso 
cuadro y en el más aparente y mejor lugar, se guiarán con 
rectitud las líneas para las calles por toda la extensión de 
las cuadras que deban señalarse, dejándoles bastante lugar 
y anchura, de modo que puedan gozar de los vientos Nord- 
este, Sudeste y Sudeste-Noroeste; y para hacer más agrada- 
ble la vista y entradas del pueblo, estimulará á los vecinos 
á que los adornen y hermoseen con plantas de árboles úti- 
les así por sus frutos como por sus maderas á propósito 
para aperos de. labor, prefiriendo y mejorando en los repar- 
timientos, para estímulo, á los que se distingan y manifiesten 
más aplicación en est^i clase de plantíos. 

4.* Que delineado el pueblo y mientras se edifican las 
habitaciones, proceda el comisionado á deslindar y á amo- 
jonar el terreno que contemple necesario según lo permi- 
tan los linderos naturales inequivocables y más conocidos 
que se encuentren, el cual lo dividirá en quintas y chacras 
igualándolas todo lo posible con proporción á sus distan- 
cias; en exido en que pasten los animales de labor, servicio 
y abasto, y pnra montes de leña de que se surta con facili- 
dad el vecindario; y en estanzuelas para crías de ganado; y 
numerando todas las suertes según sus clases, las repartirá 
entre los vecinos, teniendo "siempre consideración con los 
más laboriosos y aplicados, no perdiendo de vista los pro- 
gresos que sucesivamente podrá tener la misma población, 
y haciendo entender á cada poblador que las suertes de te- 
rreno que se les reparten, son para que las utilicen ellos, 
sus hijos y sucesores perpetuamente con calidad de que las 
cultiven en el modo y forma que previenen las Leyes del 
Tít 12, Libro 4.** y bajo la pena de perdimiento que ellas 
imponen. 

5.* Que persuada á todos á que se apliquen con prefe- 
renría á la siembra, cultivo y beneficio del cáñamo, lino y 
algodón, y auxilie eficazmente á los que se dediquen á esta 
útilísima granjeria y al plantío de árboles que va recomen- 
dado, el cual será doblemente útil ejecutándose en los con- 
fines y linderos que dividen las suertes de tierras, pues 



í)12 REVISTA HISTÉRICA 

criáudose por este medio unos mojones duraderos se man- 
tendrán sin confundirse y se precaverán para en lo suce- 
sivo contiendas y disputas entre los vecinos. 

6." Que siendo r^ular, que consiguiente á la publica- 
ción que se hará de esta disposición en los partidos de la 
Colonia, Víboras, Espinillo, Santo Domingo Soriano y sus 
campañas, se presenten algunas familias pobres á estable- 
cerse en estas poblaciones, y que entre ellas ocurran algu- 
nas personas solteras, procure persuadirlos y amonestarlos 
á que se casen segón lo permitieren su edad y calidades. 

7." Que establecido el pueblo y acomodados sus veci- 
nos, forme un padrón general de ellos, en que se enumeren 
y se distingan todos uno por uno por sus propios nombres, 
naturaleza, estado y clases, demostrándose con claridad el 
solar y suertes de quinta, chacra y estanzuela que á cada 
uno haya cabido, y de este documento que original deberá 
custodiai-se en el Archivo del pueblo, remita un tanto á 
esta superioridad, y dé una razón de lo conducente á cada 
vecino, para que destinándose en ella las tierras que le per- 
tenecen con expresión de su situación y circunstancias y de 
las condiciones con que les son dadas, les sirva á cada uno 
interinamente de título de dominio, autorizándose este do- 
cumento por el comisionado ante tres testigos. 

8.* Que por vía de auxilio y para su fomento permita 
á los pobladores hagan recogidas, en tiempo oportuno, de 
ganados montaraces, que los sujeten á rodeo, y que con ellos 
pueblen sus estanzuelas, cuidando no se excedan á hacer 
faenas de corambre por sólo el interés de la piel que en todo 
tiempo les serán prohibidas. 

9." Que á cada poblador entregue dos hachas, una azada 
y un cavador, á cuyo fin se remitirán por ahora al comi- 
sionado 400 hachas, 200 azadas y 200 cavadores que se 
costearán del fondo del Real en cuero orejano que se halla 
depositado en la Tesorería de esta Real Aduana á cuyo 
Administrador se pasará orden encargándole la compra de 
estas herramientas de buena calidad á los precios más equi- 
tativos que pueda, y su remisión al Comandante del Arro- 



lyOCÜMENTOS HISTÓRICOS 513 

JO de ]a China .para que éste las dirija siu demora y por 
fla vía más inmediata á entregar al comisionado don Jorge 
Pacheco. 

10.'' Que concluido el pueblo, repartidas las tierras, edi- 
ficada la capilla con habitación proporcionada para el cura 
y demás que va prevenido, dé cuenta á esta superioridad 
•el comisionado exponiéndolo que estime conveniente para 
facilitar á los vecinos los auxilios espirituales necesarios; y 
«siga hacia las cabeceras del Quarey á establecer en los mis- 
mos términos otra población, en el paraje más propio, con 
la advocación y bajo el amparo de Señora Santa Ana^ y 
si por hallarse con bastante número de pobladores consi- 
derase conveniente aprovechar la estación propia para es- 
tablecerlos, podrá encargar al subalterno de su partida, que 
considere más dispuesto, que pase á delinear y á establecer 
el pueblo hacia los Tres Arboles con prevención de que lo 
■distinga con la denominación de San Gabriel^ invocando 
4a protección del glorioso arcángel á favor del pueblo de 
sus moradores; y al Teniente de Milicias don Ramón Siñas 
para que en la propia forma delinee y sitúe el que ha de 
-establecerse junto al puerto nombrado de San Josehp á las 
márgenes del río Uruguay, poniéndolo bajo el patrocinio 
de este glorioso Patriarca, dando á uno y otro subalterno 
las instrucciones con arreglo á la presente, del método, or- 
den y forma que han de guardar en aquellos estableci- 
mientos y los auxilios que estime precisos; manteniéndose 
con la principal fuerza de la tropa puesta á sus órdenes á 
cubrir y sostener las poblaciones del Yaparey y Quarey 
como las más avanzadas y expuestas á invasiones, dando 
desde ellas las disposiciones y providencias que convengan 
sobre las demás, como comisionado principal y como Co- 
mandante que se le declara ser de toda la parte de campaña 
que han de abrazar dichas poblaciones; y si para todas es- 
tas atenciones no fuere suficiente el número de tropa que 
tiene á sus órdenes, deberá hacerlo presente, proponiendo 
-el oficial de su Cuerpo que considere* más capaz para 
íiuxiliarle en la comisión. 

B. H. DK LA U.— 33. 



514 REVISTA HISTÓRICA 

11.' Que atienda al mismo tiempo á arralar en el modo- 
posible alguna tropa de Milicias para destinarla en los ob- 
jetos que puedan ocurrir del servicio del Rey y del pfiblioo- 
y en resguardo de sus propias familias y haciendas: que en 
cada pueblo nombre un Alcalde de la Hermandad para 
que le ayude á mantener la tranquilidad y buen orden^. 
eligiendo para ello á los sujetos en quien advierta más dis*^ 
posición y probidad, con sujeción é inmediata dependencia 
de la Comandancia, y que señale á cada pueblo el territo- 
rio á que haya de extenderse su jurisdicción por ahora. 

12.' Que obligue á los pobladores £, que marquen su& 
ganados para que no se confundan; á que se den mutua- 
mente apartes, y paren sus rodeos en los tiempos conve- 
nientes según la costumbre observada generalmente por lo» 
hacendados de esta Provincia; y que les dicte las reglas ti 
ordenanzas que estimen más propias para que se manten- 
gan en paz, unión y amor fraternal^ y se precavan enemis- 
tades y pleitos en lo sucesivo. 

1 3.' Que vele sobre la aplicación y conducta de estos 
nuevos colonos para que no se mezclen en comercios pro- 
hibidos ni auxilien á contrabandistas, á los cuales perse- 
guirá incesantemente por sí y por medio de las Milicias^ 
Alcaldes y Comisionados: que no permita que por aque- 
llas campañas transiten ni vagueen gentes extrañas y que 
no sean muy conocidas, sin los correspondientes pasaportes 
ó licencias; y que á ¡os que encontrare sospechosos ó sepa 
que son delincuentes los aprehenda y remita á disposición: 
de esta superioridad, con información sumaría de sus de- 
litos ó excesos; y que si hallare establecidos algunos por- 
tugueses en calidad de estancieros, labradores ó de otra» 
forma, y considerase que su permanencia en aquellos pa- 
tajes puede ser nociva, los haga internar y establecerse en 
el pueblo que más convenga con prohibición de comerciar 
con los de su nación, pena de cuatro años de presidio, y 
que si no se allanasen á este partido los compela á que- 
se retiren á los pueblos de su naturaleza. 

Y sacándose tres copias de esta resolución se remitiráa 



DOCUMENTOS HISTÓRICOS 515 

con las consiguientes órdenes, una al Capitán don Jorge 
Pacheco comisionado para su ejecución, otra al Teniente 
Gobernador de Yapeyú para que suministre á este comi- 
sionado algunas semillas para fomento de los nuevos colo- 
nos y le preste los demás auxilios que presidan de su ar- 
bitrio; y la tercera al Comandante de la Colonia á fin de 
que lá haga publicar en aquel partido y en las demás de- 
pendientes é inmediatos para que llegando á noticia de to- 
dos aquellos vecinos pobres, puedan ocurrir á establecerse 
con ventajas y utilidad á las nuevas poblaciones. - Buenos 
Aires, 2 de Enero de 1 800. 

El Marqués de Aviles, 
D. José Ramón De Baravilbaso.yy 



6 

«Don Rafael de Sobre-Monte Núñez, Castillo, Ángulo,. 
Bullón, Ramírez de Arellano, Marqués de Sobre-Monte, 
Brigadier de Infantería de los Reales Ejércitos, Virrey, Go- 
bernador y Capitán General de las Provincias del Río de 
la Plata y sus dependientes: Presidente de la Real Audien- 
cia Pretorial de Buenos Aires, Superintendente General^ 
Subdel^ado de Real Hacienda de las Reales Rentas de 
tabaco y naipes, y del ramo de azogues y minas y Real 
Renta de correos en este virrey nato, etc., etc, — 

Por cuanto substanciado el expediente formado á virtud 
de Reales Ordenes sobre arreglo de campos, venta y com- 
posición de tierras realengas, acordó la Junta Superior de 
Real Hacienda por resolución de veinte y ocho de junio del 
ano pasado me dignase comisionar y nombrar personas de 
aptitud, que en calidad de Jueces subdelegados de tierras, 
y bajo instrucción particular ceñida á leyes, faciliten los 
objetos de prosperidad individual y nacional propuestos en 
dicho arreglo. Que se despachen inmediatamente los corres- 
pondientes títulos de propiedad á todos cuantos hayan per- 



516 REVISTA HISTÓRICA 

feccionado sus respectivos contratos de compras de tieiTas 
en subasta con la oblación de sus importes en Cajas Rea- 
les. Que se dé curso, despachen y determinen inmediata- 
mente á la mayor brevedad todos los expedientes retarda- 
dos sobre denuncias de realengos. Y que no debiendo lle- 
var derechos á las partes los subdelegados antes expresa- 
dos, se les acuda con la ayuda de costas de 6 Y„ de lo que 
montaren las rentas y composiciones que hicieren. En este 
estado según lo prevenido en las anunciadas Realea 
Ordenes, pasé el citado expediente á voto consultivo del 
Real Acuerdo, y con su informe-dictamen he dispuesto por 
auto de 4 de abril próximo pasado, que por ahora y hasta 
la resolución de S. M., se observen las notas y declaracio- 
nes siguientes: 

1» 

Todos los terrenos situados á la distancia como de doce 
leguas de la frontera, y desde ellas se dividirán en suerte 
de estancia, cuya extensión no deberá excederse de una le- 
gua de frente y una y media de fondo, y divididos en esta 
forma se distribuirán y repartirán graciosamente y con ple- 
no dominio, sin otra pensión ni gravámenes que la de estar 
pronta con sus armas para su defensa; á familias pobres 
que cíirezcan de otras tierras, no pudiendo tener arbitrio á 
elegir respecto á que han de lindar unas tierras con otras, 
quedando señalado el termino de un año para que las amo- 
jonen y fabriquen en ellas sus casas. 

En el caso de que los lugares donde se haga el reparti- 
miento á la distancia de doce leguas que queda designada, 
hubiere algunas tierras poseídas con justo y legítimo título 
por algún hacendado de los que hay en la otra Banda con 
porciones de inmensa extensión, no por esto dejarán de in- 
cluirse en el rei)íirtimiento, pei-o adjudicándose á los pro- 



DOCUMENTOS HISTÓRICOS 517 

pietarios en otro lugar igual número de varas que el que se 
les quite ó satisfaciéndoles eu dinero su valor á justa ta- 
sación. 

Aunque posesionados los nuevos pobladores fronterizos 
de las tierras que se les repartan, han de quedar con su do- 
minio pleno y absoluto de ellas, no tendrán, sin embargo, 
facultad de venderlas, empeñarlas, hipotecarlas ni gravarlas 
en otra forma por el espacio de doce años; pero cumplido 
este término podrán libremente verificarlo con calidad de 
que las enajenaciones no se hagan en otro vecino colin- 
dante ni fronterizo, á fin de que en ningún tiempo tenga 
efecto la reunión ó incorporación de unas suertes con otras,, 
pues siempre han de conservarse divididas y separadas^ 
siendo de consiguiente nulas y de ningún valor las ventas 
que celebrasen en otra forma, para lo cual se expresará 
esta circunstancia en los títulos que á todos deberán des- 
pachárseles por este Superior Gobierno después de forma- 
do el plan del repartimiento. 

4.a 

A las familias ó personas que entraren á poblar los te- 
rrenos de que tratan las declaraciones precedentes, luego 
que se hallen establecidas con ranchos y corrales, se les con- 
cederá permiso de sujetar á rodeo y marcar las cabezas de 
ganado orejano que puedan mantenerse en ellos, cuyo nú- 
mero se regulará por personas inteligentes nombradas port- 
el comandante principal, adquiriendo por el mismo hecho 
su propiedad; pero le será absolutamente prohibido el hacer 
matanzas y faenas de cueros. 

5.a 

Para que las nuevas estancias de estos hacendados fron- 
terizos puedan ir en sucesivo aumento, y logren dedicarse 



518 REVISTA HISTÓRICA 

con menos gravamen al fomento de sus respectivas pobla- 
ciones, gozarán por el término de diez años de la exención 
de pagar Alcabalas y lisa por los cueros que sacaren de sus 
propios ganados, á efecto de que por este medio se evite su 
internación á los dominios de Portugal, lo cual será rigoro- 
samente prohibido, y con mayor severidad llevar á ellos 
ganados en pie, y así no sólo incurrirá el que quebrantase 
estas prohibiciones en la perdimienta de sus bienes con 
aplicación al Real Fisco, siuo también en la pena de presi- 
dio por el tiempo que este Superior Gobierno tenga á bien 
designar s^án las circunstancias. 

6.* 

Pebiendo entenderse el privilegio de libertad de dere- 
chos fínicamente á favor de los pobladores fronterizos y de 
ninguna forma para otros algunos, deberán usar aquéllos 
en las marcas que se les señale, tomándose de ellas razón 
y serán obligados á mantener errados sus ganados bajo Tas 
penas de perderlos, y además deberán llevar certificación 
del comandante más inmediato del número, propiedad y 
calidad de los cueros que conduzcan; y asimismo para que 
no se haga abusos de dichas marcas y no se señalen con 
ellas ganados de otras estancias, se llevará noticia exacta 
de los cueros que cada uno de estos pobladores introdujese, 
á fin de graduar en todo tiempo si el número es inferior 
ó iguala con el de los capitales, de que ya también habrá 
noticia por el ganado que en cada estancia puede mante- 
nerse según la extensión designada. 

En las cuchillas y parajes más apropiados de la línea de 
la frontera, dentro de las doce leguas en que deberán ha- 
cerse los repartimientos de estancias, se establecerán pobla- 
ciones formales con el posible arreglo á lo que disponen las 
leyes, Título V, Libro IV, procurando se sitúen unas de 



DOCUMENTOS HISTÓRICOS 519 

otras con la mayor aproximación posible, y que se colo- 
<)uen de modo que formen entre sí una cadena que evite el 
<;ontinuo contrabando con la3 posesiones portuguesas, que 
tan considerables perjuicios causa á la Nación, y que con 
este objeto se ocupen por ahora los más principales pun- 
cos de los campos que median desde la unión del arroyo 
Piray, en el Río Negro, hasta la confluencia del Río Santa 
María en el Ibicuy, como son el Albardón en que toma 
principio dicho arroyo Piray; la unión del arroyo conocido 
€on el nombre de Poncho Verde con el de Santa María, 
al paso real del Rosario; la unión de los ríos Ibicuy y 
Santa María, cuya ocupación además importa sobremanera 
para sujetar á los indios infieles charrúas y minuanes. Y 
por la parte septentrional del Río N^ro al Yaguarón has- 
ta la Laguna Merín, las puntas del Yaguarón y Río Negro 
á la falda del Albardón eu las márgenes del mismo río con 
inmediación á la Barra, ó unión de las dos primeras ramas 
que llaman el Quebracho, el paso del Minuano ó lugar 
nombrado el Mangrullo al centro del Yaguarón, y las in- 
mediaciones del puerto de Arredondo; reservando para más 
oportuna ocasión el establecimiento de otras poblaciones 
por el mismo orden en los pasos y puntos más principales 
de la banda meridional del Ibicuy hasta su confluencia en 
el Uruguay, y demás parajes más principales que conven- 
ga resguardar por iguales medios. 

8.a 

En la comprensión del distrito de cada una de las po- 
blaciones que se establezcan, se hará igual repartimiento 
de solares para casas, quintas y chacras, cuya extensión 
respectiva r^ulará el Comandante principal, cuidando de 
dejar los sitios aparentes para iglesias, plazas y casas de 
Ayuntamiento que deberán designarse en cada población 
para que se construyan oportunamente. Y como de nada 
serviría el repartimiento de solares si no edifican* en ellos 
fius casas los pobladores y estancieros fronterizos, se les 



520 REVISTA HISTÓRICA 

obligará á que lo verifiqueij en el preciso térmiuo de un? 
año, y en el de dos á los demás que pretendiesen avecin- 
darse en las nuevas poblaciones y no fuesen incluidos en el 
repartimiento de estancias. 

La tropa de Blandengues de aquella frontera tendrá de- 
recho preferente á ser incluida en estos repartimientos, y 
conviniendo proporcionar mayor número de familias que- 
compongan en las mismas villas un vecindario laborioso y 
activo, se publicará por bando indulto á favor de todos loá 
vagos y los que se denominan gauderios y changadores, 
en que también serán comprendidos los que se hubieren 
ejercitado en el contrabando con los portugueses, con tal 
que no hayan cometido otros delitos graves, como homici- 
dios, raptos de mujeres honestas y resistencia formal á las 
justicias, pues á éstos se les deberá perseguir h^ista que se 
logre su aprehensión y castigo; y con el mismo objeto se 
obligará á todas las.familias que hayan venido de España 
para la costa patagónica y no se hallen colocadas de remate, 
á que vayan á establecerse en las mismas poblaciones, á 
cuyo fin se les darán las tierras correspondientes en el mo- 
do que queda expresado, con más las herramientas y uten- 
silios que se les ofrecieren y contrataron, debiendo verifi- 
carlo en el preciso término de cuatro meses, bajo aperci- 
bimiento de que cumplido sin haberlo htcho quedarán pri- 
vadas de las asistencias que les suministra la Real Hacienda. 

lO.a 

Siendo indispensable que para el fomento de las pobla- 
ciones se destine algún fondo (]ue sufrague á los gastos 
que son consiguientes, se invertirá en este importante ob- 
jeto el producto de las ventas y composiciones de los te- 
rrenos realengos distantes de las fronteras, como también 
el valor de los ganados orejanos que resulten sobrante^ 



DOCUMENTOS HISTORÍCOS 521 

despiife de haberse aplicado á ios pobladores de la fron- 
tera el número de aibezas que puedan mantener en sus 
propias estancias, y para el efecto se venderán por cuenta 
de la Real Hacienda, cuando llegue este caso, á fin de que 
no quede ganado alguno sin dueño conocido, pero sin que/ 
estas ventas puedan ejecutarse á comerciantes ni faeneros 
de cueros, sino á personas que tengan estancias, por ser 
este el ónico medio de lograr su coriservación y aumento 
y que no se consuman los ganados, como sucedería en muy 
poco tiempo si se permitiese su matanza, 

ll.a 

Como para que tengan efecto las poblaciones dispuestas 
y por lo mucho que interesa el arreglo de campos, es preciso 
proceder á la venta de los terrenos que carezcan de dueño 
particular, se verificará lo brevemente á beneficio del Real 
Erario, y se admitirá igualmente á composición á los ac- 
tuales poseedores que no tengan legítimos títulos, para lo 
cual se dará la comisión necesaria, sin perjuicio de la que 
corresponde al señor Gobernador de Montevideo, al Co- 
mandante principal de la campaña y á los comandantes de 
Santo Domingo Soriano, Colonia, Maldonado y Santa Te- 
resa, á cada uno en sus respectivas jurisdicciones, quienes 
cuidarán que las venUis y composiciones no excedan de 
cuatro leguas de frente y doce de fondo sobre poco más ó 
menos, según las circunstancias de los terrenos, teniendo 
siempre consideración á proporcionar linderos naturales 
inequivocables que eviten en todo tiempo litigios entre los 
colindantes, cuidando siempre de que un mismo sujeto no 
pueda siempre rematarse ni componerse dos ó más terre- 
nos de dicha extensión, aunque estén divididos ó separa- 
dos, y que los avalúos se efectúen, no por leguas como an- 
teriormente se ha practicado con grave perjuicio de la Real 
Hacienda, ni por varas como propuso á S. M. don José 
Sagasti, sino por fanegadas de 644 varas de ancho y 288 
de largo, y con concepto también á la calidad del terreno 



522 REVISTA HISTÓRICA 

y abundamiento de sus aguadas y montes; teniéndose la 
precaución de reservar alguna pirte de éstos para el uso 
<;omán, como asimismo la de vender con calidad de censo 
alquilar que prescribe la ley del Reino, algunas suertes de 
tierras qae se hallen en parajes donde con el tiempo pue- 
-da ser conveniente formar poblaciones. 

12.« 

Aunque hasta ahora se ha procedido en las composicio- 
nes por ajustes no podrán verificarse en adelante por me- 
nos de la mitad del legítimo valor de los terrenos, dedu- 
ciéndolo de su mensura y avalúo en la forma que queda 
declarada. Y respecto á que hay nuevas personas que están 
en posesión de algunos de ellos sin justo ni legítimo título, 
deberán ocurrir en el término de un año contado desde la 
. publicación del Bando que al efecto preceda, á componerlo 
ante el respectivo Comandante, quien dará oportunamente 
cuenta, en el concepto de que no haciéndolo se admitirán 
y dará curso á las denuncias que están pendientes y se hi- 
cieren de nuevo, las cuales se remitirán á los citados Co- 
mandantes para que les sirvan de instrucción y puedan 
proceder con conocimiento de ellas á las diligencias que 
sean de su resorte. 

En estos expedientes no se cobrará derecho alguno 
por los mencionados Comandantes, pues solamente percibi- 
rán un 6 7o ^^ l^s ventas y composiciones que hicieren, 
sacándose del mismo fondo de esas dos porciones para 
pagar á los agrimensores, sin que el escribano de la Super- 
intendencia General y Junta Superior lleve tampoco otros 
derechos que los de la extensión del título, en que única- 
mente se insertará la diligencia de venta y decretos de apro- 
bación, y los del auto confirmatorio de dicha Junta con que 
terminará el expediente, pero con declaración que esto no 



DOCUMENTOS HISTÓRICOS 523 

debe entenderse con los pobladores fronterizos á quienes no 
ha de gravarse en la menor cantidad, pues hasta el costo 
del papel deberá sacarse de las ventas y composiciones. 

14.a 

El fomento de las poblaciones que se establezcan y el 
contener en ellas del modo posible la introducción de efec- 
tos de los dominios de Portugal, es el objeto más interesante 
que debe proponerse este Superior Gobierno en uso de sus 
altos encargos, y para este fin serán libres de alcabala y 
demás contribuciones por el término de diez años los que 
introdujeran en ellos los españoles con calidad de que los 
lleven guiad