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Full text of "Rinconete y Cortadillo : novela"

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RINCÜNETE Y CORTADILLO 



y/ 



mmm \ cortadillo 



NOVELA DE 



Miguel de Cervantes Saavedra 

EDICIÓN CRÍTICA 

POR 

FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN 

CORRESPONDIENTE DE LAS ACADEMIAS EsPARoLA Y DE LA HISTORIA 

VICEDIRECTOR DE LA SEVILLANA DE BUENAS LETRAS 

É HIJO ADOPTIVO DE LA CIUDAD DE SEVILLA. 



OBRA HONRADA CON EL PREMIO, 

EN CERTAMEN PÚBLICO EXTRAORDINARIO, POR VOTACIÓN UNÁNIME 

DE 

LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA 

É IMPRESA Á SUS EXPENSAS 






SEVILLA 

Tipografía de Francisco de P. Díaz, Plaza de Alfonso XIII, 6 

1905 



ES PROPIEDA D 



AL 
EXCMO. AYUNTAMIENTO 

DE LA MUY NOBLE, MUY LEAL Y MUY HEROICA 

CIUDAD DE SEVILLA 

DEDICA ESTA OBRA 
EN SEÑAL DE AGRADECIMIENTO CORDIALÍSIMO 

FRANCISCO RODRÍGUEZ MARÍN 



DISCURSO PRELIMINAR 



Rodriguiílo español, aquel apicarado mancebo que, según 
la famosa estatua de Campidoglio y su explicación tradicional, 
había llegado á Italia á pie y descalzo y divertía la trasno- 
chada hambre sacándose, al sol, las espinas de la última jor- 
nada, era ya tan otro al mediar el siglo XVI, que, sin duda, 
lo desconociera el mejor fisonomista del mundo. No sólo ha- 
bía logrado calzarse y vestirse galanamente y andar caballero, 
ahora á la brida, ahora á la jineta: haciendo de las suyas acá 
y allá, esto quiero, esto también, vióse dueño de una gran 
parte del orbe. Vivo, ágil y muy tracista, como hijo de su 
tierra, sobrio, recio y de corazón esforzado, como descen- 
diente de aquel otro Rodrigo, el de Vivar, y teniendo sus 
bríos por fueros y su voluntad por premáticas, no se contentó 
con limpiar á España de moros: antes bien, entrándose por 
otras naciones de Europa y por las cálidas regiones del norte 
de África, luchó en todas partes y contó por sus victorias el 
número de sus batallas; y, buscando más espacioso campo 
para sus portentosas proezas, escuchó á Colón, acompañóle, 
aún más intrépido que él mismo, por mares nunca hasta en- 

2 



- 10 - 
tonces surcados, y efectuó el descubrimiento de las Indias: 
«la mayor cosa después de la criación del mundo, sacando la 
encarnación y muerte del que lo crió» (l). 

Y todavía, bien entrada la segunda mitad de la dicha 
centuria, como si el gigantesco árbol de nuestros laureles hu- 
biese reservado para los tiempos de Felipe II algunos renue- 
vos de las espléndidas glorias conquistadas en vida de Isabel I 
y de Carlos V, Rodriguillo español, ya asombro del mundo, 
sofocó la rebelión de los moriscos de la Alpujarra, venció al 
Turco en Lepanto y ganó á Portugal dos años después de 
muerto en Alcázarquivir el más intrépido y, á la par, el más 
iluso de los reyes. No pecó, pues, de demasiadamente hiper- 
bólico, aunque pecara de algo tardío, el sabio humanista jere- 
zano Francisco Pacheco, al discurrir, muerto el grave fun- 
dador del Escorial, para uno de los arcos del famoso túmulo 
hispalense cuya grandeza espantó á Cervantes, aquella histo- 
ria de Hércules, en que éste, entrando por el Océano con sus 
dos columnas, la una al hombro y sobarcada la otra, pregun- 
taba: Quo limite sistamr «¿Adonde pararé?», mientras que en 
un recuadro veíanse las mismas columnas, ahora enhiestas, y 
un mundo y un refulgente sol entre ambas, con este rótulo en 
que se respondía á la pregunta del hijo de Júpiter: Ultra anni 
solisque vias: «Fuera del término del año y del curso del 
sol» (2). 

Aquella opulencia, aquel apogeo á que había llegado Es- 
paña, en ninguna ciudad de toda ella se extremó ni lució tan 
to como en Sevilla, que, sobre ser muy prosperada por su 
suelo y por el de su extensísima jurisdicción, comprensiva de 
sesenta y dos pueblos, de todos los cuales cobraba pingües 



(i) López de Gomara, Primera y segunda parte de la Historia general 
de las Indias.,,. (Zaragoza, Agustín Millán, 1552); dedicatoria al emperador 
Carlos V. 

(2) Francisco Jerónimo Collado, Descripción del túmulo y relación de 
las exequias que hizo la ciudad de Sevilla en la mtterte dtl rey don Felipe 
segundo (Sevilla, Geofrin, 1869), pág, 127. Publicación de la Sociedad de Bi- 
blióñlos Andaluces. 



— 11 - 

rentas para sus propios (3), habíase engrandecido sobremane- 
ra, como emporio único del comercio de Europa con las ubé- 
rrimas Indias Occidentales. Maravillas increíbles, fantásticas 
exageraciones de cuentos del Oriente semejan las bien com- 
probadas noticias de las riquezas que se traían del Nuevo 
Mundo. «Cosa es de admiración y no vista en otro puerto al- 
guno—escribía un historiador local— las carretas de á cuatro 
bueyes que en tiempo de flota acarrean la suma riqueza de 
oro y plata en barras, desde Guadalquivir hasta la Real Casa 
de la Contratación de las Indias» (4). «En 22 de Marzo de mil 
quinientos noventa y cinco años— consigna un escritor de efe- 
mérides — llegaron al muelle del río de Sevilla las naos de la 
plata de las Indias, y la comenzaron á descargar, y metieron 
en la Casa de la Contratación trescientas treinta y dos carre- 
tas de plata, oro y perlas de gran valor. En 8 de Mayo de 
1595 años sacaron de la capitana ciento tres carretadas de 
plata y oro, y en 23 de Mayo del dicho trujeron por tierra, 
de Portugal, quinientas ochenta y tres cargas de plata y oro y 
perlas, que sacaron de la almiranta, que dio sobre Lisboa, y 
por los temporales trujeron la plata por tierra, que fué muy 
de ver; que en seis días no cesaron de pasar cargas de la dicha 
almiranta por la puente de Triana, y este año hubo el mayor 
tesoro que jamás los nacidos han visto, en la Contratación, 
porque allegaron plata de tres flotas, y estuvo detenida por 
el rey más de cuatro meses, y no cabía en las salas, porque 
fuera, en el patio, hubo muchas barras y cajones» (c;). 



(3) De estos pueblos, cuyos nombres puede ver el curioso en la Historia 
del Exento, Ayuntamiento de la ciudad de Sevilla, escrita por D. Joaquín 
Guichot y Parody, t. II, pág. 143, pertenecían seis á la campiña de Utrera, 
veintisiete al partido del Aljarafe, siete á la sierra de Constantina y los veinti- 
dós restantes á la sierra de Aroche. 

(4) Alonso de Morgado, Historia de Sevilla en la qual se contienen svs 
antigüedades, grandezas.... (Sevilla, Andrea Pescioni y Juan de León, 1587)» 
pág. 166 de la reimpresión que hizo la sociedad del Archivo Hispalense (Se- 
villa, Ariza, 1887). 

(5) Francisco Ariño, Sucesos de Sevilla de isg2 d 1604, ilustrados por 
D. Antonio M.a /^<7¿// (Sevilla, Tarascó, 1873), págs. 22 y 23. Publicación de 
la Sociedad de Bibliófilos Andaluces. 



- 12- 

Al olor, y, sobre todo, al sabor de estas cuantiosísimas 
riquezas, gran parte de las cuales quedaba en Sevilla, vivían 
en la magnífica ciudad del Guadalquivir, quiénes como veci- 
nos, gozando las franquicias y exenciones de tales, quiénes 
como residentes, y quiénes como meros estantes ó transeún- 
tes, no sólo millares y millares de personas de toda Espafla, 
sino también una muchedumbre crecidísima de extranjeros, 
en especial, de italianos, flamencos y franceses, cada cual en 
busca de su avío y en solicitud de su medra; cada cual discu- 
rriendo medios é inventando artes, artimañas ó artificios para 
apropiarse, industriosa y más ó menos limpiamente, alguna 
mielecilla de las óptimas colmenas indianas, consolándose 
así de no haber sido ellos ni sus naciones los que tuvieron la 
dicha de descubrir y conquistar el Nuevo Mundo. Mas para 
todos había en aquella sazón dichosa, y así lo dio á entender 
Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache (6): hallábase en 
Sevilla f un olor de ciudad, un otro no sé qué, otras grandezas 
[que en la Corte]..., porque había grandísima suma de rique- 
zas, y muy en menos estimadas, pues corría la plata en el 
trato de la gente como el cobre por otras partes, y con poca 
estimación la dispensaban francamente.» «A quien Dios quiso 
bien, en Sevilla le dio de comer,» decíase, y €|Ancha es Se- 
villa!» exclamaban, modificando la antigua exhortación de los 
reconquistadores, cuantos dejaban sus casas por mejorarse y 
se iban á vivir á la sombra de la esbelta torre de la Giralda. 

A tan ^Ito grado de opulencia correspondía todo lo ex- 
terior de la vida hispalense: levantábanse ó reconstruíanse, 
sin reparar en el costo, magníficos edificios civiles, como la 
Audiencia, la Aduana, la Albóndiga, la Casa de la Moneda y 
las Cárceles; donde hasta entonces una fétida laguna, hubo 
desde el año 1574 una hermosa y amplia alameda con fuentes 
copiosas: la que hoy llaman Alameda Vieja ó de Hércules; 
la piedad de los particulares y de las corporaciones seguía 

(6) Parte II, libro m, cap. VI. 



— 13 - 

coadyuvando á la edificación de iglesias y monasterios; enla- 
drillábanse y empedrábanse muchas calles, levantándolas de 
piso en donde era menester y dándoles buenas pendientes 
para evitar que se estancara el agua de las lluvias, y las casas 
se labraban con vistas á lo exterior, costumbre que había em- 
pezado á generalizarse hacia el año de 1 540 (7), y que parece 
que ya no tenía excepciones en 1586: «Todos los vecinos de 
Sevilla — escribía Alonso de Morgado (8) — labran ya las casas 
á la calle, lo cual da mucho lustre á la ciudad. Porque en 
tiempos pasados todo el edificar era dentro del cuerpo de las 
casas, sin curar de lo exterior, según que hallaron á Sevilla 
en tiempo de moros. Mas ya en este hazen entretenimiento de 
autoridad tanto ventanaje con rejas y gelosías de mil maneras, 
que salen á la calle, por las infinitas damas nobles y castas 
que las honran y autorizan con su graciosa presencia.» 

Entretanto, florecían, lo mismo que el comercio, cien 
linajes de industrias, tales de perfeccionadas, y tan artísticas 
aquellas que más bien podían relacionarse con la belleza y 



(7) Al principio del Diálogo de los Médicos Pero Mejia hace decir á dos 
de sus interlocutores: « — Vamos y tomemos por essa otra calle, porque esta 
está muy embara9ada con la labor de este mercader. — Bien dezis, mas ¡qué 
buena delantera ha hecho á su casa! Cierto en grande manera se ha esto 
emendado en seuilla, porque todos labran ya á la calle, y de diez años á esta 
parte se han hecho más ventanas y rexas á ella que en los treynta de antes....» 
(Coloquios o Diálogos nueuamente copuestos por el Magnifico Cauallero Pero 
Mexia Vezino de Seuilla en los guales se disputan y trata varias y diuersas 
cosas de mucha erudición y doctrina.... (Sevilla, Dominico de Robertis, 1547), 
f." V v.'° .— Por lo que tales interlocutores siguen hablando se viene en cono- 
cimiento de que no habia enmienda en lo de edificar bajo, «porque muy pocos 
hazen más de vn alto, y assi quedan todavía las casas humildes y de poca auto- 
ridad....»; mas otro dice que ha sido aviso y discreción el no edificar alto, por 
ser conveniente que las casas sean abiertas y no muy altas, para que en verano 
les entre el aire fresco, y para que siendo, como es, muy grande la humedad 
de Sevilla, «las calles y casas no dexen de ser visitadas del sol y se hagan 
sombrías.» ¡Quién dijera al autor de la famosa Silva de varia lección que 
habia de llegar tiempo, el de ahora, en que, para leer ó escribir enmedio del 
día en muchas habitaciones sevillanas, fuera menester valerse de luz artificial! 
Y esto, ¡en la tierra clásica de la luz! ¡Qué honra para los arquitectos y para 
los propietarios edificadores de tales antros! ¡Qué bien haría la ley que los 
mandase demoler incontinenti, en nombre de la higiene y del sentido común! 

(8) Historia de Sevilla^ antes citada, pág. 143. 



- 14- 
eon el buen gusto, que causaban asombro al resto de ÉspaAa 
y admiración y envidia á las ciudades más industriales de 
otras naciones (9). Y para abastecer á población tan grande, 
de tanto señorío y principalidad y de tantas otras gentes di- 
versísimas, traíase á los mercados públicos lo mejor que ha- 
bía dentro y fuera de la comarca, y tan abundantemente, que, 
al decir del vulgo, ocho ríos caudales entraban en Sevilla, 
€ conviene á saber: de agua, vino, aceite, leche, miel, azúcar, 
y los otros dos de oro y plata, por los millones que de las 
provincias del Pirú y de la Nueva España le entran todos los 
años» (10). 

Tan privilegiada y excelente por su cielo como por su 
suelo aquella alegre tierra de promisión, de la cual con ver- 
dad se dijo que t quien no vio á Sevilla, no vio maravilla», 
en ella casi todo el año es abril, y tales son y eran sus alre- 
dedores, que se hacía aún más agradable y delicioso el pasear 
un rato y espaciar la vista, verbigracia, por el amplísimo prado 
de Tablada (i i) que contemplar cualesquiera de las innume- 
rables bellezas artísticas que atesoraba la ciudad, por ejemplo, 
las preciosas esculturas que para su casa hispalense, llamada 
de Pilatos, había enviado desde Roma D. Perafán de Ribera, 
primer duque de Alcalá de los Gazules. Pues ¿qué decir del 
pago de Gelves y San Juan de Alfarache, tel más deleitoso 
de aquella comarca, por la fertilidad y disposición de la tierra, 
y vecindad cercana que le hace el río Guadalquivir famoso, 
regando y calificando con sus aguas todas aquellas huertas y 
florestas, que con razón, si en la tierra se puede dar conocido 



(9) El lector curioso que desee larga noticia de esta materia puede ver U 
muy erudita introducción que escribió D. José Gestoso y Pérez para su Ensayo 
de un Diccionario de los artífices que florecieron en Sevilla desde el si- 
glo XI 11 al VXIII inclusive (Sevilla, 1899-1900). 

(10) Morgado, obra citada, pág. 165. 

(11) Pedro Mejía hace decir á uno de los interlocutores de su Diálogo de 
la Tierra (apud Coloquios ó Diálogos antes citados, f." CXLI v.'<» ): tEn ver- 
dad, hermoso prado es este de Tablada, seBor Antonino; no sé si en la otra 
parte de la tierra, donde el otro día nos mostrastes que también auia hombres, 
los ay tales como él.» 



- 15- 

pafaíso, se debe á este sitio el nombre dél?...> (lá). Qué de 
las barquillas que, haciendo contraste con los navios de alto 
bordo, vagaban, balanceándose, cubiertas de toldos de verdes 
ramos, bajo los cuales charloteaban alegremente mozos y 
mozas, ó cantaban al son de acordados instrumentos? Y ¿qué 
del monasterio de cartujos de Santa María de las Cuevas, cerca 
del pintoresco barrio de Triana, con su espaciosa huerta, po- 
blada, en parte, de limoneros, cuyo azahar llenaba el ambiente 
de fragancia suavísima? Y, en resolución, por no proceder en 
infinito, ¿qué decir que no sea pálido y mezquino junto á la 
realidad, del propio Guadalquivir, de suyo manso y sosegado, 
aunque á las veces tan turbulento é impetuoso, que, en frase 
del insigne Arguijo, el gran cincelador de sonetos, 

«Levanta igual al mar la altiva frente?» 

A la verdad, quien desde la esbelta torre de la Giralda mira 
hacia el río por el sitio del puente y de la del Oro, si ha leído 
alguna vez la comedia El Diablo está en Cantillana, del famo- 
so ecijano Luís Vélez, no puede menos de recordar aquellos 
versos de la jornada primera, en que, después de encarecer la 
nobleza y la bizarría de Sevilla, alábala por otras excelencias 
y dice: 

Tan populosa, que, haciendo 
Montes de soberbias casas, 
Impedir quiso que el Betis 
Tributase al mar de España; 
Y él, rompiendo por enmedio, 
Parece que agora aparta 
De la una parte á Sevilla, 
De la otra parte á Triana, 
Cuyos edificios bellos 
Se presentan la batalla, 
Y, á no estar en medio el rio. 
Pienso que escaramuzaran. 

Y dentro de la ciudad... Pero no escriba yo lo que está 
escrito mejor que yo lo escribiría. Hé aquí, lector, cómo esbo- 



(12) Mateo Alemán, Guzmán de Alfar ache^ parte I, libro I, cap. II, 



- 16 - 
zó un cierto amigo mío la pintura de Sevilla en el último tcr^ 
cío del siglo XVI (13). Después de mencionar taquelias calles 
de oficiales, en donde nada faltaba de cuanto la estrecha ne- 
cesidad ha menester, la holgada medianía pide como útil y 
el derrochador lujo apetece como superfluo», dijo: tAllí, con 
su fuente, su convento, su Audiencia y sus covachuelas escri- 
baniles, la famosa plaza de San Francisco; allí la Alcaiccría 
de los Paños, con sus tiendas atiborradas de ellos, y de sedas, 
brocados, plata, oro, perlas y piedras preciosas; cerca, la calle 
de Genova, poblada de calceteros, juboneros y libreros; no 
lejos, la de Castro, donde relumbraban, heridos por el esplen- 
dente sol, las agudas lanzas, las espadas finas y mil otros 
utensilios de hierro y acero, cosas de que había en Sevilla no- 
tabilísimos artífices; en las Gradas de la Iglesia Mayor, junto 
á la admirable Basílica portento de las artes, vistosas almo- 
nedas, boneterías y zapaterías; en la calle de Francos, «cuan- 
»tos regalos hay, de vidros, brinquiños, adobos de diversos 
«olores, mercería y todo el ornato que las mujeres inventa- 
ron»; en la de la Sierpe, todo junto: carpinteros, herreros, ar- 
meros, doradores y gran número de molinos de yeso... (14). 
Y más allá, el suntuoso Alcázar moruno, bajo cuyas primoro- 
sas arcadas la imaginación columbra cien majestuosas som- 
bras tradicionales; y á otro lado, el laberíntico barrio de la 
Judería, con sus calles torcidas y estrechas, llenas de legen- 
darios recuerdos; y acullá, la renombrada calle del Candilejo 
y el marmóreo busto del más popular monarca de Castilla, 



(13) Rodríguez Marín, Luis Barahona <¿í Soto^ estudio biográfico, bi- 
bliográfico y critico (Madrid, 1903), págs. 104-105 (*). 

(14) «Juan de Mal-lara, Recibimiento qve hizo la muy noble y muy leal 
Ciudad de Seuilla á la C. R. M. del Rey D. Philipe N. S.... Con vna des- 
cripción de la Ciudad y su tierra (Sevilla, Alonso Escribano, 1570). — De esta 
obra costeó la Sociedad de Biblióñlos Andaluces una nueva edición, copia 
fotolitográñca de la antigua.» 

{*) A primera vista, el lector extrañará que en tal cual pasaje aluda i. mi como i tercera 
persona, mencione como extraños mis propios libros y trate de Sevilla como si yo escribiese 
fuera y aun lejos de esta ciudad. No podía hacerlo de otra suerte: la convocatoria del certa- 
men á que mandé y en que fué premiada esta obrita exigía el anónimo, y quise no pecar por 
carta de menos en lo de guardaiio. 



- 17 - 

pregonando justicias, que no crueldades, pese á la fama del 
bastardo fratricida y á la servil adulación de sus historiógra- 
fos; y á lo lejos, frente al populoso barrio de Triana, la gallar- 
da Torre del Oro, inapreciable joya arquitectónica del arte 
mauritano; y el caudaloso Guadalquivir, poblado de barcos 
de cien naciones; y aquel renombrado Arenal, almacén abas- 
tadísimo de cuanto bueno Dios crió en el mundo, y por el 
cual, años más tarde, había de decir el Fénix de los ingenios 
españoles: 

Precíese de su edificio 
Zaragoza eternamente, 
Segovia de su gran puente, 
Toledo de su artificio; 

Barcelona del tesoro, 
Valencia de la hermosura, 
La corte de su ventura 

Y de sus almenas Toro; 
Burgos, de la antigua espada 

Del Cid, por tantos escrita; 
Córdoba, de su Mezquita, 

Y de su Alhambra Granada; 
De sus sepulcros León, 

Ávila del fuerte suelo, 
Madrid de su hermoso cielo, 
Salud y buena opinión; 



_Y de su hermoso Arenal 
Sólo se precie Sevilla: 
Que es olava maravilla 
Y una plaza universal! (15). 

jOh, qué ciudad aquélla! ¡Cuánta vida, qué animación, qué 
ir y venir de gentes, qué diversidad de ropajes, qué con- 
fusión de lenguas, parecida á la de Babel; qué trajinar de los 
carros, conduciendo riquezas; qué continuo tráfago en la Casa 
de la Contratación de Indias; qué puerto tan bullicioso; qué 
alegres y pintorescas márgenes las del Guadalquivir; qué her- 
mosas mujeres por las calles y en las ventanas; qué deleitoso 
ambiente; qué espléndido sol; qué alegre cielo....!» 

El adelantamiento intelectual, si no corría parejas en Se- 
villa con este otro que á la ligera he bosquejado, andábale, 



(15) «Lope de Vega, comedia de El Arenal de Sevilla», 



- 18- 

por lo menos, muy á los alcances. Atenas española llamaban 
generalmente á la gran ciudad del Guadalquivir, y á fe que 
era apropiado, á más de honroso, tal sobrenombre. Abona- 
ban por él los copiosos y bien sazonados frutos que producían 
campos tan fértiles como el Colegio y Estudio de Santa Ma- 
ría de Jesús y el Colegio de Santo Tomás, fundados, respecti- 
vamente, en los primeros lustros del siglo XVI, por maese 
Rodrigo Fernández de Santaella (16) y fray Diego Deza, 
arzobispo de Sevilla (17). La Compañía de Jesús, ya entrada 
la segunda mitad del dicho siglo, estableció escuela de Huma- 
nidades, cuyos alumnos pasaban de novecientos aun antes del 
año 1579, en que se trasladaron al nuevo colegio de San Her- 
menegildo (18). Y para el estudio de la Gramática, llamada 
con razón janua omnium scientiarum, porque sin ella no ha- 
bía entrar en ninguna otra suerte de disciplina, y todas se fa- 
cilitaban con ella, preparaban á los niños, enseñándoles, entre 
otras cosas, á leer, escribir y contar, maestros tan diligentes 
y cuidadosos como el clérigo Juan Rodríguez, capellán de la 
Santa Iglesia (19), y Francisco Lucas, á quien, según Torio 
de la Riva (20), se debe mirar ccomo el reformador de la 



(16) Véase Hazañas y la Rúa, Maeie Rodrigo Ferndndet de Santaella, 
fundador de la Universidad dt Sevilla (Sevilla, 1900), curioso folleto escrito 
para solemnizar la inauguración de la hermosa estatua del fundador, modelada 
por el notable escultor hispalense D. Joaquín Bilbao. 

(17) Véase D. Diego Ignacio de Góngora, Historia del Colegio Mayor 
de Santo Tomás de Sevilla, Sevilla, Rasco, 1890. 

(18) Rodríguez Marín, Discurso acerca de que Cervantes estudió en Se- 
villa (1564-1565), Sevilla, 1901, págs. 21-26. 

(19) Por escritura de 21 de julio de 1554, Lope de DueBas, maestro de 
enseBar mozos á leer y escribir, se obligó á favor de Juan Rodríguez, clérigo, 
capellán de la Santa Iglesia de Sevilla, asimismo maestro de enseñar mozos, en 
la collación de la Magdalena, «de vos seruir e Residir con vos en vuestra 
escuela que teneys.... e a leer e escreuir e contar e corregir a los mo^os que en 
ella oviere e dar materias e castigar e en todo lo demás que fuere menester.... 
por tiempo de dos años.» Rodríguez habla de darle de comer, y seis mara- 
vedís cada día, y casa y cama, sano ó enfermo, y además dos ducados cada 
semana, pagaderos en fin de cada un mes, y al cabo de los dos aHos, «la dicha 
escuela e casa en que biuieremos, con todos los dichos moijos» (Archivo general 
de protocolos de Sevilla, oficio 21, Hernán Pérez, libro 3.° de 1554). 

(20) Arte de escribir..., Madrid, Ibarra, 1798, pág. 60. 



- 19 - 

letra bastarda española, y muy superior en ella á cuantos le 
siguieron, publicando sus obras en los siglos XVI y XVII.» 
Trasladado Lucas á la corte, en donde hizo estampar su no- 
table Arte de escrevir (21), quedó sucediéndole en Sevilla su 
colega Juan Sarabia, que no le fué en zaga en el enseñar bue- 
na forma de letra de aquella clase, á juzgar por una plana que 
poseo, escrita á 8 de marzo de 1576, «de la mano de Juan fe- 
lipe, discípulo del señor Juan Sarabia, maestro en la muy no- 
ble y muy leal ciudad de seuilla, en cal de la Muela» (22). Y 
entendiéndose, en general, cuan importante fuese encaminar 
y doctrinar bien á la niñez, tanto la Ciudad como los particu- 
lares bien inclinados se cuidaban de ello; así, al par que en 
cabildo de 26 de septiembre de 1594 se acordaba que don 
Andrés de Monsalve, alcalde mayor, averiguase «con qué arte 
se enseña la gramática en Seuilla y por qué no se lee la de 
Antonio [la de Nebrija], pues por mandado de su majestad se 



(21) Ya, de seguro, estaba en Madrid en 1570, pues allí fechó este año 
muchas de sus muestras de escritura. En el prólogo de su Arte de escrevir 
(Madrid, Alonso Gómez, 1577) se refiere á un tratadillo que había hecho im- 
primir «los días pasados». De su mencionado libro se hicieron otras ediciones: 
la de 1580, corregida y enmendada por su autor, y la de 1608, «con otros tra- 
tados sobre la letra grifa, romanilla, y redonda de libros de coro, también lla- 
mada pancilla.» 

(22) Hoy de O'Donnell. La materia de esta plana está en prosa: es una 
múltiple repetición de las siguientes expresiones: O uista de marauillosa vir- 
tud. O uista callada mas grandemente significatiua. bien entendió Pedro el 
lenguaje y las bozes de aquella uista pues las del gallo no bastaron.^ Pero, 
de ordinario, las materias se daban en verso. En verso está aquella que dio su 
maestro á Gonzalo Fernández de Oviedo cuando aprendía á escribir {Las 
Quincuagenas de la Nobleza de España, pág. 90): 

«En esta vida burlada 
El buen saber es la llaue 
Y aquel que se salua sabe; 
Quel otro no sabe nada.» 

En verso está también una plana de otro discípulo de Sarabia: es un soneto 
á Jesús, compuesto con más fervor que habilidad. Y en verso, asimismo, una de 
las muestras que hay en el citado libro de Lucas (f.° 29 de la edición de 1608): 

«Tú, que me miras ámí 
Tan triste mortal y feo, 
Mira, pecador de ti, 
Que qual tú te ves me vi; 
Verte has como me veo.> 



-20- 

lee y enseña la gramática por el arte de Antonio en Granada 
y en todas las partes del rey no» (23), un humilde librero his- 
palense, Baltasar de los Reyes, queriendo dar á los niños 
pobres, por amor de Dios, un abecé hecho de su mano, «por 
causa— decía — que no ban a la escuela porque bale una car- 
tilla dies marabedís i las biudas pobres no tienen dies mará- 
bedís para dar á una cartilla,» suplicaba á la Ciudad que le 
otorgase la licencia necesaria para la impresión (24). 

Pues ¿qué diré que no sea pálido reflejo de la realidad 
acerca del floreciente estado á que llegó en Sevilla el nobilí- 
simo arte de Guttenberg, en consonancia con aquel admirable 
adelanto en toda suerte de estudios, así literarios como cientí- 
ficos? Apenas había collación en que no se escuchara el isó- 
crono jadear de las prensas, multiplicando afanosamente el 
pan para los entendimientos. A la esquina de las Siete Revuel- 
tas, Andrea Pescioni y Juan de León, en compañía (25), es- 
tampaban en 158$ la Cronología y reportorio de la razón de 
los tiempos, del Ldo. Rodrigo Zamorano; en 1586 una nueva 
edición de los Veinte discursos sobre el Credo, del cartujano 
D. Esteban de Salazar, y en 1587 la Historia de Stiñlla de 
Alonso Morgado y la Hispalensium pharmacopoliorum reco- 
gnilio del Dr. Simón de Tovar; y, disuelta la compañía en el 
dicho año de 1587, no, á lo que creo, por muerte de Pescio- 
ni (26), Juan de León, en la misma casa, continuó imprimiendo 
muchos libros, entre los cuales sólo he de citar las Constitu- 
ciones sinodales copiladas por el cardenal arzobispo D. Ro- 
drigo de Castro (i 587 y 1 591), el Coro febeo de romances kisto- 



(23) Actas capitulares de Sevilla. 

(24) Archivo municipal de Sevilla, sñoá6xi 3.', tomo II, n.° 25. — AU' 
tógrafo. 

{25) Pescioni había tenido su imprenta en la calle de Crénova, en donde 

en 1583 estampó el Vocabulario toscano y castellano de Crístóbal de las 
Casas. 

(26) En los Índices del Archivo de protocolos de Sevilla (aBos de 1594, 
1595 y 1598, oficios 16 y 19) hallo contratando á un Andrea Pescioni que 
quizás sea el mismo impresor, ya alejado de los chibaletes. 



— 21 - 

ríales de Juan de la Cueva (1587) y la Primera parte c¿e sus 
Comedias y Tragedias (1588), el Compendio del arte de nave- 
gar de Zamorano (i 588 y 1 591), la traducción del Directorium 
curatorum de Fr. Pedro Mártir Coma (1589), la Historia Na- 
tural y Moral de las Indias del P. José de Acosta (1590), la 
traducción que de Las Fábulas de Esopoy otroshhoel extreme- 
ño Joaquín Romero de Cepeda (1590), El Pastor de Iberia de 
Bernardo de la Vega, gentilhombre andaluz (1591), tan za- 
randeado por Cervantes, y, en fin, la tercera edición española 
de la Coránica de los notables cavalleros Tablante de Ricamon- 
te y Jo/re (1599); junto á las casas de D. Pedro Pineda, Alon- 
so de la Barrera, el sucesor de Sebastián Trujillo, imprimía la 
cuarta edición sevillana de La Coránica del Cid{\ 587), la V^ida 
y muerte de Thomás Moro, traducida por el divino Herrera 
(1592), y el renombrado Libro de la Gineta, compuesto por 
Pedro Fernández de Andrada (1599); junto á San Antón, en 
la calle de las Armas, Fernando Díaz estampaba en 1588 la 
Nobleza del Andaluzía, del benemérito Gonzalo Argote de 
Molina; Francisco Pérez, junto al convento de monjas de la 
Encarnación, imprimía, ya trabajos médicos del Dr. Juan de 
Carmena sobre la fiebre punticular ó tabardillo (1590), ya el 
Arte separatoria de Diego de Santiago (i 590), ó ya el tratado 
jurídico sobre la fuerza y el miedo que invalidan el consenti- 
miento para contratar (1600). Y, entretanto, Rodrigo de Ca- 
brera, en la casa que había sido hospital del Rosario, junto á 
la Magdalena, reimprimía el Reportorio de la razón de los 
tiempos, del sobredicho Zamorano (1594), y sacaba de molde 
el interesante libro sobre la ballestilla, del Dr. Simón de To- 
var (1595); Fernando de Lara, en la calle de la Sierpe, estam- 
paba una vez más la deleitosa Tragicomedia de Calisto y 
Melibea; Juan Rene, instalados en el colegio de San Herme- 
negildo los utensilios que había transportado de Granada ó 
de Málaga, componía el tomo primero de los Commentario- 
rum in Job libri XIII (1598); y, para acabar y no hacer in- 
terminable esta enfadosa lista, de las prensas de Clemente 



— 22 - 

Hidalgo, en la calle de la Plata, salían el Libro de la Imitación 
de Cristo Nuestro Señor, del P. Francisco Arias (1599), y la 
Primera parte de Cien oraciones fiínebres, del franciscano 
Fr. Luís de Rebolledo (1600) (27). 

Pero advierto que voy deteniéndome demasiado. Ligeroe 
apuntes, y no más, deben ser los que en el presente estudio 
pergeñe yo acerca de la admirable cultura sevillana en su 
mejor tiempo; pues, sobre que de ello han tratado muchos 
autores, en multitud de libros y harto extensamente, ni yo 
sabría hacerlo bien, escaso de conocimientos como estoy, ni 
éste es, á fe mía, el lugar más á propósito para efectuarlo, 
urgiendo al lector, como le urge, que yo acabe de describir 
el escenario hispalense y ponga en él á la donosa canalla pi- 
caresca, con cuya magistral pintura, por nadie superada ni aun 
igualada, deleitó Cervantes al mundo todo en algunas de sus 
Noticias ejemplares. Atento, pues, á decir poco sobre el esta- 
do de florecimiento intelectual de Sevilla en las últimas déca- 
das del siglo bueno de los Austrias, y á que eso poco no sea 
de lo más sabido por las personas estudiosas, sino, en su 
mayor parte, de lo que hasta ahora estuvo oculto y como 
sepultado en las riquísimas y casi inexplotadas minas de los 
archivos, no tardaremos demasiado el lector y yo en llegar 
adonde asunto más alegre nos espera. 

No de todas las disciplinas había cátedras en el estudio 
de Santa María de Jesús: faltaba, entre otras, una de Matemáti- 
cas, ciencia muy útil, y aun muy necesaria, para el buen ejer- 
cicio de algunas profesiones, y especialmente de la militar. El 
famoso arquitecto Juan de Herrera había fundado en Madrid 
una academia para difundir ese linaje de conocimientos, y en 
ella había leído el célebre Juan Bautista Labarta {28). Sevilla 



(27) Para hilvanar este párrafo me he servido preferentemente de La 
Imprenta en Sevilla, estudio de D. Joaquín HazaBas y la Rúa (Sevilla, 1892), 
y de la Tipografía Hispalense de D. Francisco Escudero y Perosso, obra 
premiada en 1864, aunque impresa treinta años después. 

(28) Menéndez y Pelayo, La Ciencia Española, t. I, págs. 106-107. 



— 23 — 

no tardó mucho en establecer enseñanza tan interesante: hacia 
el año de 1587 el veinticuatro Juan Antonio del Alcázar, por 
acuerdo de la Ciudad, rogó á los padres de la Compañía de 
Jesús «que leyesen una lición de matemáticas, y desde enton- 
ces las leyó un buen maestro muchos días; pero por estar á 
su cargo las fábricas que la Compañía hace en diferentes lu- 
gares — habla el dicho veinticuatro — ha hecho ausencia desta 
ciudad, y también se ha dejado de leer por falta de general 
acomodado para ello» {29). 

No fueron de remedio difícil estos inconvenientes. Desde 
que, á los pocos años del descubrimiento del Nuevo Mundo, 
se fundó la Casa de la Contratación de Indias, había en ella, 
entre otros oficiales, dos comógrafos y un catedrático que ex- 
plicaba diariamente á los alumnos de pilotaje la parte de As- 
trología y Cosmografía tocante á la navegación. Pensó la 
Ciudad en uno de aquellos cosmógrafos, en el Ldo. Rodrigo 
Zamorano, hombre de grandes y sólidos conocimientos, tra- 
ductor de Euclides y autor de varias obras muy celebradas; 
pero, á solicitud del bachiller Pedro Hernández de Miranda, 
que apetecía tal puesto, sacóse á oposición la cátedra en 
1 590 (30). Obtúvola Zamorano y la leyó hasta el año de 1 594» 
aunque no, á la verdad, sin dejar algo que apetecer, por sus 
frecuentes y forzosas ausencias y por sus ocupaciones de cos- 
mógrafo (31). La renunció, al fin (32), y en nueva y reñida 



(29) Actas capitulares de Sevilla, cabildo de 26 de febrero de 1590. 

(30) Ibid., cabildo de 27 de marzo de 1590. 

(31) En cabildo de 24 de septiembre del dicho año pidió licencia por un 
mes, para salir de Sevilla. Aún no había regresado de Madrid en 9 de no- 
viembre, en el cual dia se le prorrogó la licencia por dos meses más. Reco- 
mendaba su petición, por carta á la Ciudad, el Sr. Hernando de Vega, presi- 
dente del Consejo de Indias. Ya en 1594 (cabildo de 9 de febrero), Juan Sán- 
chez Zumeta, el poeta amigo de Fernando de Herrera, pidió «que se provea 
como el licenciado <;amorano lea las matemáticas con cuydado y que esta pla9a 
se vaque y se pongan editos para ella», mientras que Andrés Núñez Zarzuela, 
mayordomo de los jurados, recordando que los padres de la Compañía habían 
ofrecido leer aquella cátedra «y traer los mas eminentes onbres que se pudiesen 
hallar, porque los tienen ellos en su congregación», propuso que cesara el sala- 
rio de Zamorano y se aceptara el ofrecimiento de los dichos padres, ó, en otro 
caso, se pusiesen edictos. 

(32) En cabildo de 26 de septiembre de 1594 se propuso al Ldo. Miran- 



- 24 - 

oposición ganóla, por abril de 1595, el Ldo. Diego Pérez de 
Mesa, rondeño, profesor competentísimo que había leído las 
Matemáticas en Alcalá, y autor de varias obras sobre esta 
ciencia y otras sus afines (33). Pérez de Mesa abrió asimismo 
academia de disciplina militar (34); pero cuando la Ciudad es- 
taba más satisfecha de sus buenos servicios y había logrado 
que el Rey le ampliara por ocho años la facultad obtenida 
para costear la dicha cátedra (35), ausentóse improvisamente 
de Sevilla, quizá huyendo de sus acreedores (36), sin que to- 



da, por desistimiento de Zamorano, mientras se proveia la cátedra en propí»* 
dad; y en 26 de octubre siguiente se acordó poner los edicto* para de alii á fia 
de enero de 1595. 

(33) Se proveyó la cátedra, por votos secretos, después de unos eamenidoi 
ejercicios, en la persona que á la Ciudad pareció más benemérita (Cabildo de 
28 de abril de 1595). — De la vida del rondefio Pérez de Meu no ic sabe 
mucho. Dicese que estudió en Sevilla; mas el no haber hallado en el archivo 
de la antigua universidad matricula ni acto suyo y el constarme por su Astro- 
logia judiciaria, cuyo original autógrafo poseo, que la escribió estando en Sa- 
lamanca, en donde fechó la dedicatoria á 14 de noviembre de 1579, me hace 
conjeturar que junto al Tormes, y no junto al Betis, practicara sus estudios 
universitarios. Á los dos años de leer las matemáticas en U cátedra de la 
ciudad, pidió licencia á su cabildo «para escreuir las grandezas de seuilla, sin 
salario», y de conformidad se acordó que D. Juan Maldonado, en nombre de 
la Ciudad, le manifestase «que le agradece el buen deseo que muestra y que 
diga á don juan maldonado de qué Recaudos y Rela(^iones se quiere valer para 
lo que quiere hacer....» (Actas capitulares, cabildo de a? de agosto de 1597, 
escríbanla 2.*).— Como catedrático, le pagaba la Ciudad 100.000 maravedís de 
salario en cada año, y 50.000 más para que abonase la renta de la casa en que 
habitaba y tenia la academia, todo conforme á la facultad concedida por el rey 
(Archivo municipal de Sevilla, libros de propios, asientos de 30 de agosto 
de 1597). 

(34) De ello dio cuenta á la Ciudad en cabildo de 4 de marzo de 1597, 
por medio de un escrito publicado por D. Francisco Rodríguez Marín en la 
Noticia biográfica del sexto marques de Tarifa, que precede á la reimpresión 
de la Fábula ele Mirra costeada por el Sr. Marqués de Jerez de los Caballe- 
ros (Sevilla, Rasco, 1903). 

(35) Cabildo de 3 de marzo de 1598, escribania i.' 

(36) En cabildo de 26 de noviembre de 1599 se leyó una petición de 
D.' Angela de Luzón, mujer del Ldo. Diego Pérez de Mesa, y Miguel de 
Carvajal, cesionario del mismo, para que se les pagara e I salario que á aquél 
se debía. Y en el cabildo de 6 de enero de 1600, se leyó otra petición de doHa 
Angela sobre que «por questá en tiempo de Repetir su dote se le pague lo que 
al dicho su marido se le deuia de leer las matemáticas» (Actas capitulares, 
escríbanla i.'). Parece por esto que habían venido á concurso de acreedores 
los bienes de Pérez de Mesa, y que su mujer, por su dote, figuraba como 
acreedora del mismo. 



— 25 — 

davía un año más tarde se tuviese noticia de su paradero, por 
lo cual en 1600 se proveyó su plaza en el Ldo. Antonio Mo- 
reno Vilches, varón de muchas letras, cosmógrafo y catedráti- 
co en la Casa de la Contratación (37). 

Aunque sin auxilio directo de la Ciudad, también se 
cultivó en Sevilla muy esmeradamente, en los últimos lustros 
de la centuria décimasexta, el estudio de la Botánica. Años 
antes, el médico Francisco Franco, catedrático de la universi- 
dad hispalense, había solicitado del cabildo, en su Libro de las 
enfermedades contagiosas (1569), que, á imitación del jardín 
botánico que Felipe 11 mandó hacer en Aranjuez á instancia 
del Dr. Laguna, se preparase otro en Sevilla para tener las 
plantas medicinales. No se logró por entonces este buen pro- 
pósito; mas «lo que Francisco Franco no había conseguido lo 
hizo algunos años después Simón Tovar por sí solo, cultivan- 
do en un jardín propio las plantas medicinales y muchas otras 
de las más notables entre las exóticas» (38) El célebre médi- 
co y farmacólogo Nicolás de Monardes, muerto en 1588, había 
logrado reunir en su museo de Historia Natural muchas piezas 
botánicas interesantes, pero secas las más; Tovar consiguió 
tenerlas vivas, y, por tanto, reproducirlas y vulgarizar su co- 
nocimiento inmediato y sus aplicaciones médicas. 

Desde luego tuvo el Dr. Tovar colegas y discípulos con 
quienes compartir su científica recreación, y entre los prime- 
ros debe mencionarse en lugar preferente al sapientísimo en 
todas materias Benito Arias Montano, que, residiendo lo 
más del tiempo^ ya entrada la década última del siglo XVI, 



(37) En 27 de noviembre de 1600 Moreno Vilches solicitó que se le 
nombrara para la cátedra, en atención á haberse marchado sin licencia, habia 
más de un año, Pérez de Mesa, sin saberse su paradero (Archivo Municipal 
de Sevilla, sección 4.*, libro 10, n." 109). — Por la mencionada Noticia biográ- 
fica de Rodríguez Marín consta que Pérez de Mesa por los años de 1629 resi- 
día en Roma, de donde le hizo salir el tercer Duque de Alcalá, para que en 
Ñapóles fuese maestro de su hijo D. Fernando Enríquez de Ribera, sexto 
marqués de Tarifa. 

(38) Colmeiro (D. Miguel), Bosquejo histórico y estadístico del Jardín 
Botánico de Madrid (Madrid, 1875), páginas 3 y 4. 



— 26 - 
en su hermosa alquería llamada Campo de Flores, cerca de la 
ciudad, al sitio que denominaban Charco Redondo (39), apli- 
cábase más y más á los estudios botánicos, en que ya él se 
era, veinte años había, harto perito, como quien preparaba 
para la imprenta su admirable libro intitulado Natura Histo- 
ria, que terminó á fines de 1 593, aunque no salió á luz sino 
postumo, en 1601 (40). Clusio, con quien se carteaban así 
Tovar como el egregio filólogo, y el Ldo. Rodrigo Zamorano, 
y después el Dr. Juan de Castañeda (41), visitó alguna vez el 
jardín botánico hispalense, el cual, muerto su dueño á princi 
pios del año 1597, se mandó conservar de orden de I'c- 
lipe II (42). 

Pero, si no á los estudios botánicos y farmacológicos, 
Sevilla, en beneficio de su vecindario, protegía de tal suerte 
á los buenos cirujanos y médicos, que saberse de alguno fa- 



(39) Algunas de las cartas de Añas Montano, entre las pocas que han 
llegado hasta nosotros, están fechadas, como una que dirigió i Closio en I59<>, 
ex secessu nostro Campo de Flores propé Hispalim. 

(40) Antuerpia, Ex Officina Plantiniatta, apuJ loannem Moretum. En 
la página 241 dejó consignado un amistoso recuerdo para los doctores Tovar 
y Sánchez de Oropesa. 

(41) Pueden verse tales cartas en el folleto de D. Ignacio de Asso, intitu* 
lado Cl. Hispaniensium atque exterorum epístola... (Zaragoza, 1 793)- L** 
catorce de Castañeda (1600- 1604) son interesantísimas, pues por ellas se viene 
en conocimiento de pormenores muy curiosos: «el Ldo. Zamorano— escribe 
Castañeda en 20 de octubre de 1600 — como examinador de maestres de la 
carrera de Indias, cada maestre que va tiene á dicha traerle alguna cosa naeva 
ó extraordinaria, y asi, tiene las paredes de los portales de su casa todas llenas 
de estas conchas, peces y animales muy de ver.> En la de 24 de abril de 1601: 
«El Ldo. Zamorano se entretiene en sacar aceite de romero y zumo de oro- 
zuz»... En la última, de 1604, habla de una huerta propia, que se encontraba 
cubierta de agua por una avenida que había convertido en mar el campo y todo 
Tablada. De este Castañeda sólo averiguó Asso que era médico del hospital 
de la nación flamenca. 

(42) «Lei una carta que parece que el licenciado Alfaro médico de su 
magestad [el Dr. Andrés Zamudio de Alfaro, protomédico general] escriue á su 
señoría del conde [el Conde de Puflonrostro] en que le dice como su magestad 
se sirue de que se conserven las yervas de la güerta del dotor tovar» (Actas 
capitulares de Sevilla, escñha.ma i.', cabildo de 9 de mayo de 1597). — La 
amistad de Tovar y Arias Montano fué muy estrecha; tanto, que aquél dio 
poder á éste para que por él testase, como lo efectuó á 31 de julio de 1596, y 
le encomendó y comunicó otras cosas «para el descargo de su conciencia y paz 
y quietud de su hazienda y herederos». 



— 27 - 

moso en la curación de tal ó cual clase de dolencias y tomarlo 
á su servicio, ofreciéndole buen salario para que residiera en 
la población, dado que fuese forastero, era todo uno. Así, en 
1593, el alcalde mayor D. Andrés de Monsalve, que con otros 
tenía de la ciudad el encargo de « procurar en algunas uni- 
versidades y otras partes alguno ó algunos surjanos,» mani- 
festaba en cabildo, obteniendo el buen acuerdo consiguiente, 
que había llegado á Sevilla el Ldo. Arévalo, cirujano de 
grande opinión, y el cual, «haziéndole la ciudad merged de 
darle alguna ayuda de costa para traer su casa, holgará de 
traerla y quedarse aquí» (43); así el Dr. Matías de Ayala, 
como algebrista y cirujano de la ciudad, percibía en I597 
ciento cincuenta ducados de salario (que en 1601 se elevó á 
doscientos), por razón de su oficio y porque curase gratuita- 
mente á los pobres (44); y Marco Antonio Parga, por curar 
de quebraduras, cobraba en 1602 veinticuatro ducados al 
año (45); y Felipe de Tovar, cirujano de la orina, cien mil 
maravedís por asistir y curar á los no pudientes (46); y no 
sé cuánto, pero un salario pingüe, el Dr. Bartolomé Hidalgo 
de Agüero, famosísimo cirujano, inventor del método de la 
vía seca ó particular, y por cuya muerte, acaecida en 5 de 
enero de 1 597, se miraban mucho en lo de reñir los bravos 
de Sevilla, que antes, al acometerse, solían exclamar: «¡A 
Dios me encomiendo y al doctor Hidalgo de Agüero!» (47), 



(43) Actas capitulares de Sevilla, cabildo de 6 de marzo de 1593. 

(44) Archivo Municipal, Libros de propios; asientos, entre otros, de 12 
de junio de 1597 y 26 de diciembre de iCoo, 

(45) Ibid., 21 de agosto de 1602. 

(46) Actas capitulares, cabildos de 4 de noviembre de 1592, y 15 de 
marzo y 9 de junio de 1597. — Libros de propios, 25 de septiembre de 1600. 

(47) Es referencia del Ldo. Jiménez Guillen, natural de Marchena y 
yerno del Dr. Hidalgo, hecha en la obra postuma de éste intitulada Tesoro de 
la verdadera Cirujia y via particular contra la comiin (Sevilla, 1604). — La 
fama de la nmnificencia de Sevilla y la general noticia de que su cabildo cui- 
daba de la salud de sus vecinos haciendo buen partido á médicos y cirujanos, 
atraía sobre la ciudad á la echacorvería de media España: en 1589, y sólo 
citaré algunos ejemplos, debidos en gran parte á mi amigo D. Luís Jiménez 
Placer, entendido y diligente empleado en el Archivo Municipal de Sevilla, 



- 28 — 

Tampoco fué Sevilla de las ciudades que más tardiamcn 
te se dieron cuenta de cuan útiles para el progreso de los 
estudios médicos son los anatómicos, cuya enseñanza práctica 
se había iniciado en nuestra nación, desde el siglo XIV, en el 
monasterio de Guadalupe; mas, de todas suertes, la primera 
cátedra de anatomía que se estableció en España (tercera en 
Europa, pues antes las hubo en Montpeller y Bolonia) fué la 
que en el reinado de Carlos V leyó en Valladolid el Dr. Ro- 
dríguez de Guevara, á cuya petición se había fundado (48). 
Concretándome á Sevilla, ya Pedro Mejía, por los años de 
1546, en que escribió sus Coloquios ó Diálogos, abogaba en 
el de los Médicos por que se hiciese «anothomía en algunos 
cuerpos difuntos», para notar y considerar «la color, la ñgura, 
el tamaño, la borden, la dureza ó blandura» de todos los ór- 
ganos internos, bien que, á los pocos renglones, otro inter- 
locutor se muestra contrario á la práctica de la anatomía, por 
creerla de poco efecto, «aliende de que lo tengo— añade - por 
género de crueldad» (49). Por los años de 1592 la Ciudad 
sacó á oposición una plaza de cirujano, y, puestos los edictos, 
acudió desde Málaga para optar á ella el Dr. I'onscca de So- 
tomayor. No teniendo contrincantes, pidió que se le recibiera 
y se le asignara salario, en vista de lo cual acordó el cabildo 
que el dicho doctor pidiera al asistente cun cuerpo de los ajus- 
ticiados para hazer la anotomía,» y, hecha, los diputados diesen 
parecer á la Ciudad (50). Pero como el asistente se negara á 
dar el permiso que se pedía, probablemente por estimar tal 

maese Francisco Díaz, no el doctor alcalaíno de este nombre, sino un cirujano 
y maestro de curar quebrados, sacar piedras y batir caUratas, pidió salario 
para quedarse en la ciudad; en 1592, D.» María de Grado, rondefla, «que dicen 
que cura con gracia particular» (¡si que seria graciosa!), aspira á obtener la pro- 
tección del cabildo; en 1593, Pedro Antonio, italiano, pide licencia para curar 
con yerbas; en 1607, Diego Hernández Girón, cristiano nuevo, pide que se le 
permita curar de la ciática; en 161 2, Juan de Herbio, que se dice francés, 
solicita licencia para curar con la piedra filosofal... 

(48) Hernández Morejón, Historia bibliográfica de la Medicina Espa- 
ñola (Madrid, 1843), t- I. págs. 25 y siguientes. 

(49) Obra citada, folios 20, 2 1 y 28. 

(50) Actas capitulares, cabildo de 1 1 de noviembre de 1 592. 



-20-- 

concesión de la competencia eclesiástica, y el cardenal arzo- 
bispo D. Rodrigo de Castro no consintiera que en ningún hos- 
pital entregasen al doctor un cuerpo muerto, el pretendiente 
insistió en lo del salario, manifestando que estaba presto á 
hacer todo lo que se le pidiera y mandara para prueba de su 
persona (51). A pesar de estas dificultades, y aun por virtud 
de ellas mismas, estaba dado un buen paso á favor de los es- 
tudios anatómicos, pues ya se siguió pensando en la conve- 
niencia de establecerlos. Así, por agosto de 1599 D. Juan 
Bermúdez, teniente de asistente, propuso á la Ciudad que se 
creara una cátedra de Anatomía (52), y en julio del siguiente 
año, en que hizo estragos la peste, se acordó que se practica- 
ra la notomia en los cuerpos muertos, á fin de reconocer qué 
medio se apUcaría para atajar el contagio (53), si bien, por el 
temor de mayores males, se suspendió á los pocos días la 
ejecución de tal acuerdo (54). 

Nada diré de la protección de que gozaban en Sevilla sus 
pintores, sus escultores, sus arquitectos: en medio de tantas 
riquezas, que así por el cabildo de la Ciudad como por las 
religiones y cofradías y por los particulares se gastaban, con 
verdadero derroche, en construir edificios y decorarlos con 
lujo y magnificencia, en Sevilla hallaban constante ocupación, 
respeto social y buen medro cuantos artistas de valer acudían 
á ella. Sólo en el túmulo que se hizo en la Iglesia Catedral 
para las honras de Felipe II tuvieron tarea como pintores 
Alonso Vázquez, Francisco Pacheco, Vasco Pereira y Juan 
de Salcedo; como escultores, el portentoso Juan Martínez 
Montañés y Gaspar Núñez Delgado; y como arquitectos, Juan 
de Oviedo, Juan Martínez, Diego López y Martín Infante (55). 



(51) Archivo Municipal de Sevilla, sección 3.*, tomo li, núm. 76. Esta 
petición del Dr. Fonseca ha sido publicada por D. Francisco Rodriguez 
Marín en su estudio acerca de Luis Barahona de Soto, pág. 365, nota. 

(52) Actas capitulares, escribanía 2.*, cabildo de 9 de agosto de 1599- 

(53) Ibid., cabildo de 3 de julio de 1600, escribanía 2.^ 

(54) Ibid., cabildo de 7 de julio de 1600, escribanía 2.* 

(55) Collado, Descripción del Túmulo,.., pág. 194-195. 



-50- 
Aun siendo tanto lo destruido de entonces acá, y tantísimo 
lo malbaratado por la codicia de unos, la ignorancia de otros 
y la criminal indolencia de todos, poblados están todavía los 
templos hispalenses de joyas de aquellos insignes artistas y 
de muchos más que florecieron al atardecer y al declinar 
aquel gran siglo, tales, entre los escultores, como Miguel 
Adán, Gaspar del Águila, Jerónimo Fernández, Crisóstomo 
Antúnez, Juan Bautista Vázquez y Andrés de Ocampo, y 
como Juan Chacón, Roelas, los Herreras, Gaspar Ragis, Ber- 
nabé Velázquez y Antonio Mohedano, entre los pintores, bien 
que algunos de estos artistas, como el lucenensc Mohedano, 
manejaron así los pinceles como las gubias. 

En suma: nadie, por lo común, acudía á la munificencia 
del Cabildo, que no obtuviese su amparo, su auxilio, su ayuda 
de costa. Amantes los regidores de la grandeza y el renombre 
de Sevilla y de su universal fama de ostentosa y espléndida, la 
conservaban y fomentaban con un rumbo rayano en dilapida- 
ción, mal que pesara á los jurados, pcrp>etuos fiscales y re- 
prensores de los gastos excesivos. ¿Honra á Sevilla Jeróni- 
mo de Carranza con sus lecciones prácticas de excelente 
esgrimidor y ccon lo provechoso de la doctrina que predica,» 
que no era otra que la expuesta más tarde en su libro De la 
filosofía de las armas y de su destreza (56), y quiere volver á 
vivir en Sanlúcar, á la sombra del Duque de Medina Sidonia? 
Pues hágasele buen partido para que no se ausente (57). ¿Ofre 
ce á la Ciudad el Dr, Hidalgo de Agüero su Tesoro de la ver- 
dadera Cirujíar Pues vaya una diputación del cabildo tá darle 
las gracias deste servigio que le ha hecho, diciéndole lo 
mucho en que lo ha estimado y la satisfagion que ha tenido 
y tiene siempre de su proceder», pídase á S. M. licencia para 
que el libro se imprima y publique, y salga Sevilla á todos los 
gastos (58). ¿Ofrécele Sebastián María Crespo una obra inti- 



(56) Sanlúcar de Barrameda, en casa del autor, 1582. 

(57) Actas capitulares, cabildo de 27 de abril de 1576. 

(58) Jbid., cabildo de 5 de noviembre de 1593. — La petición de Hidalgo 



-ti- 
tulada Reparaciones filosofales sobre las distilacionesr fueá 
nómbrense diputados que la vean y den su parecer; que, como 
lo merezca la tal obra, no ha de quedar su autor sin la pro- 
tección que impetra (59). ¿Dirige á Sevilla Pedro Fernández 
de Andrada su interesante Libro de la Gineta de España, re- 
fundición del que antes había intitulado De la naturaleza del 
cavallo (60), y pide que se imprima? Pues incontinenti se 
acuerda que D. Melchor Maldonado dé su parecer sobre la 
utilidad del libro «y lo que será bien que la ciudad ayude para 
la impresión» (61). Por último, para ahorrar de ejemplos, ¿soli- 
cita Juan de la Cueva que se le costee la de su poema intitu- 
lado Conquista de la Bética? Pues el cabildo, conforme con el 
parecer del veinticuatro D. Juan de Arguijo, acuerda que la 
dicha obra se imprima á expensas de la Ciudad (62). 



de Agüero está en el propio Archivo Municipal, sección 3.^, tomo 1 1, núme- 
ro 77: después de decir que habia treinta años que servia á Sevilla, ofrece el 
libro á la ciudad «con gran desseo de que aun después de mi vida le quede 
á V. S. quien le sirua por mi, para que en ningún tiempo pueda volver á las 
tinieblas en que la ignorancia de la cirugía bieja tenía á esta ciudad.» La li- 
cencia real se obtuvo por diez años, á favor de Sevilla (Toledo, 13 de julio de 
1596). Con todo, cuando murió el autor, aún no se había impreso el libro; y, 
aunque el infausto acaecimiento aceleró, por lo pronto, las diligencias para 
efectuarlo, no salió á luz hasta el año de 1604. Y aun los diputados de este 
negocio, como ya habia fallecido el célebre doctor y nada podía esperarse de 
él, propusieron que, habiendo de costar 1.200 ducados la impresión de mil 
cuerpos del libro, se ayudara á la familia sólo con 600 ducados, < y podrá 
poner lo que falta su muger y hijos, pues el probecho de esta impresión les a 
de ir á ellos». Con este parecer se conformó el cabildo (5 de junio de 1598), y 
así se explica la tardanza de la publicación: la viuda, D,^ Juana de Nurueña, á 
quien quedaron cuatro hijos, todos menores de edad, excepto la hija mayor, 
D.* Ponciana, mujer del Dr. Francisco Jiménez Guillen, no era nada rica, á 
juzgar por las escrituras que conozco referentes á ella y á la herencia de su 
marido.— Por un testamento que el Dr. Hidalgo, estando gravemente enfer- 
mo, habia otorgado á 12 de septiembre de 1572 (Archivo de protocolos de 
Sevilla, oficio i.°, Diego de la Barrera, libro 3.° del dicho año, f.° 131), cons- 
ta que se llamaba su madre Marina García la Toruna y que su mujer era hija 
del jurado Martín de Nurueña. 

(59) Actas capitulares, cabildo de 29 de agosto de 1594. 

(60) Sevilla, Fernando Diaz, 1580. 

(61) Actas capitulares, escribanía I.^ cabildo de 15 de septiembre de 

1597- 

(62) Véase Rodríguez Marín, El Loaysa de *El Celoso Extremeño*, 
página 354, nota. 



- 32 - 
Así florecían y brillaban esplendorosamente las ciencias, 
las letras y las artes en la metrópoli andaluza, en donde, á 
mayor abundamiento, las protegían, con hechos, y no con 
palabras hueras, proceres tan cultos como poderosos. Ciudad 
muy opulenta y no menos generosa, madre amante para sus 
hijos, y aun para los ajenos que se le ahijaban, Sevilla tenía 
siempre las pródigas manos prestas á derramar liberalmente 
sus tesoros, y así vivía rica y pobre á un tiempo, pues su di- 
nero pasaba por las arcas capitulares como las aguas por el 
cauce de un río caudal: sin detenerse. Y aun pedazos de su 
propio suelo dio más de una vez, por amor de Dios: alguna 
de ellas, á un mendicante opulentísimo; á quien debajo del 
sayal tosco de fraile franciscano descalzo tenía el sabrosísimo 
ál del elegante escribir y del profundo saber, especialmente 
como psicólogo y moralista. Aludo á Fr. Juan de los Angeles, 
á quien el venerado maestro Menéndez y Pelayo diputa por 
cuno de los más suaves y regalados prosistas castellanos; 
cuya oración es río de leche y mielt (63). Por pocos se sabía 
hasta ahora que este admirable escritor místico hubiese per- 
manecido algún tiempo en Sevilla, y nada, sin embargo, es 
más cierto. En Sevilla estuvo, á lo menos, una buena parte 
de los años 1589, 90 y 91 (64); él, en concepto de comisario 
del ministro provincial de la de San José, vio los sitios en 
que pudiese edificarse el convento de San Diego, y prefirió á 



(63) Historia de las ideas estéticas en España, t. II, págs. 138-143. 

(64) En «Sant Diego de Sevilla, 20 de lullio 1589,» firmó la dedicalori* 
de sus Trivmphos del amor de Dios (Medina del Campo, Francisco del Canto, 
M.D.XC, pero en el colofón, 1589). El lugar y la fecha de esta dedicatoria no 
pugnan sino aparentemente con lo que diré en la nota que sigue: los religiosos 
descalzos de San Francisco, de la provincia de San Joseph, babian asentado en 
Sevilla por los años de 1583, si bien pasaron los primeros een una heredad de 
Baltasar Brun, al pago de Cantalobos, y después en un hospital intitulado de 
San Gil, junto á la puerta de la Macarena» (Ortiz de ZúBiga, Anales de Sevilla, 
tomo IV, pág 1 1 i). A este Baltasar Brun de Silveyra, hombre rico y piadoso, 
debió muchas mercedes el Dr. Benito Arias Montano, quien, en justo recono- 
cimiento por ellas, año y medio antes de su muerte, á 7 de diciembre de 1596, 
le otorgó escritura de donación de muchos de los «ornamentos y retablos y 
cosas e adere90s» que tenia en el oratorio de su heredamiento de Campo de 
Flores (al sitio en que hoy se halla establecido el naanicomio de Miraflores, 



- 33 - 

todos una haza de la Ciudad, «que está — decía en su petición — 
á la puerta de Jerez, hacia San Telmo», de la cual pidió tres 
ó cuatro aranzadas, que Sevilla donó muy gustosamente, ofre- 
ciendo y pagando asimismo tres mil ducados para ayudar á 
la edificación del dicho monasterio (65). Probable, pues, pa- 
rece que en la ciudad del Guadalquivir, escuchando tal cual 
vez el concertado son de las campanas de su Basílica, aspi- 
rando el azahar de los naranjos y limoneros que dentro y 
fuera de la población embalsamaban el ambiente, y bajo 
aquel cielo purísimo, que, siendo no más ni menos azul que 
en todas partes, por dichosa excepción sobrepuja en alegre y 
risueña luz al de cualquiera otra comarca, escribiera Fr. Juan 
de los Angeles, con aquella «maravillosa dulzura tan angélica 
como su nombre», muchas páginas de sus Diálogos de la Con- 
quista del espiritual y secreto reyno de Dios, hermosísima obra 
publicada en 1595 {^6). 

fundado por la Diputación provincial). He aquí algunas de las cosas que donó 
el sabio hebraísta: 

«Una ymagen de la mad'elena, grande, dorada y estofada, rrica pie^a. 

Una ymagen de santa m." la mayor, pintada al olio. 

Un cristo de madera con cruz negra en questá puesto, de buen artifiíio. 

Una fuente de estaño, ricamente vaziada, de figuras. 

Un misal de ynpresion de plantiao. 

Un breviario rrico de ynpresion de plantino. 
» 

(65) De la petición, que se conserva original en el Archivo Municipal de 
Sevilla, legajos de autógrafos, se dio cuenta en el cabildo de 23 de septiembre 
de 1589, nombrándose, en e! del 25, diputados que la viesen y viesen además 
el sitio indicado por Fr. Juan de los Angeles. En 13 de octubre siguiente se 
accedió á lo pedido. El acuerdo referente á los 3.000 ducados, pagaderos en 
tres años, se tomó en cabildo de 19 de febrero de 1590. Tanto durante la edi- 
ficación como después hubo larga historia, y mucho pleito, por haberse separa- 
do de la provincia de San José de los Descalzos de San Francisco otra llama- 
da de San Gabriel, adjudicándose el convento de San Diego á esta última, á lo 
cual, como patrón, se opuso el cabildo de la Ciudad. Con tal motivo, en el acta 
del cabildo de 19 de marzo de 1591, se hace nueva mención de Fr. Juan de 
los Ángeles, como aún residente en Sevilla. — Claro es que no debe confundirse 
á este Fr. Juan de los Angeles con otro del mismo nombre, dominico, lector 
de prima del convento de San Pablo de Sevilla, y uno de los aprobantes (15 de 
octubre de 1606) del libro sobre la Vida y muerte de Fr. Pablo de Santa 
María (Sevilla, Francisco Pérez, 1607). 

(66) Madrid, Viuda de P. Madrigal.— En el diálogo VII, § XIV, dice al 
autor su discípulo: «Predicando un día á una missa nueva en Sevilla, dixiste 
sobre aquellas palabras de Cristo....» 



-54- 

Ni aun esta honra faltó en aquel tiempo á la insigne Se- 
villa, según Mateo Alemán, t patria común, dehesa franca, 
ñudo ciego, campo abierto, globo sin fin, madre de huérfanos 
y capa de pecadores, donde todo es necesidad y ninguno la 
tiene» [óy); y, según el discretísimo representante Rojas Vi- 
Uandrando (68), asiento y resumen de das riquezas de Tiro, 
la fertilidad de Arabia, las alabanzas de Grecia, las minas de 
Europa, los triunfos de Tebas, la abundancia de Kgipto, la 
opulencia de Escancia y las riquezas de la China. V, en efecto, 
— añadió andalucísimamente— si los siete milagros del mundo 
se encierran en España, el mundo todo se encierra dentro de 
Sevilla.» 



(67) Guzmdn de Al/arache, parte I, libro I, cap. II. 

(68) El Viaje entretenido, libro I. 



II 



Para que el mundo entero se encerrase y como compen- 
diase en Sevilla, necesario era que en esta hermosa ciudad, 
asiento de tantas excelencias y exquisiteces, hubiesen hallado 
á la par campo abierto y franco todos los vicios, las concu- 
piscencias todas. Y, en efecto, eso había sucedido; porque, 
como escribió el doctísimo jesuíta Juan de Mariana, «entre los 
grandes y muchos bienes que la paz continuada por muchos 
años acarrea á las provincias y reinos.... nascen y se mezclan 
algunos males, como la neguilla y malas yerbas en los sem- 
brados abundosos y frescos* (i). Basta la neguilla del ocio, 
que es tan legítimo hijo de la riqueza como el orgullo, para 
dar al través, en sólo medio siglo, con la sociedad más bien 
constituida y más dichosa; porque el ocio buscará solaz y es- 
parcimiento en la agradable compañía de todos los vicios; y 
éstos, y especialmente la dorada y destructora polilla del lujo, 
debajo de sus mil formas, consumirán tanto caudal, que, ó so- 
brevendrá pronto la ruina, ó el ir reponiendo lo derretido y 
aniquilado quedará á cargo de la desordenada codicia de lo 
ajeno. Y, hecho común el mal, «tenga, tenga, y venga de don- 
de venga» será el lema y el afán de casi todos, y quedará de 



(i) Tratado contra los juegos públicos, cap. XII. 



-36- 

cristianismo una cascara y vana apariencia, y se verá menos> 
preciada la virtud, si fuere pobre, como lo es de ordinario, y 
se ostentará soberbio y entronizado el vicio, porque toda vi- 
leza y aun todo crimen habrán de parecer no sólo dignos de 
perdón, como los yerros por amare, sino hasta merecedores 
de enhorabuenas y aplausos, con tal que por ellos se haya 
conseguido la opulencia. 

La prosperidad material que en la segunda mitad del siglo 
XVI gozaban la corte y algunas ciudades españolas (pues el 
resto de la nación vivía en la estrechez, cuando no en la mi • 
seria) fueron causa de una grandísima relajación de las cos- 
tumbres públicas y privadas. En esto, como en otras cosas, 
Sevilla se adelantó á muchas poblaciones, porque siendo ya 
muy rica antes del descubrimiento del Nuevo Mundo, fuélo 
inmensamente más luego que comenzó á inundarla, p>or su 
ancho y famoso río, aquel otro caudaloso río de plata, oro y 
perlas de que venían henchidos los galeones de las flotas de 
Indias. Vea el lector por qué, apenas mediada aquella centu- 
ria, el hispalense Gutierre de Cetina pintaba á su ciudad natal, 
con colores vivísimos, como centro de corrupción y fraude. 
Escribía á su amigo Baltasar de León (2): 

Ya que la pluma vuestra me convida 
A que de la ciudad la vida os cuente 
(Si se puede llamar con razón vida), 

Iré en suma tocando solamente 
Lo general que en público se muestra, 
Pues lo demás decir no se consiente. 

Aqui, señor, el ciego al que ve adiestra; 
Mandan los que aun no son para mandados, 
Todo por ceguedad, por culpa nuestra. 

Los que gobiernan son los gobernados, 
Y si no de soborno de interese, 
De amigos, de parientes, de privados. 

Si, como en Roma, aquí lícito fuese 
Pasquín, tal vive mal que viviría 
Mejor cuando su historia en plaza viese. 



(2) HazaBasy la Rúa, C>¿rrtíífdG'M//>rrí ífí C<r//Vfa (Sevilla. 1 8qc) t IL 
págs. 127-131. ' '"' ^ 



- 37 - 

Aquí la emulación, la tiranía, 
La envidia y la pasión hace y deshace 
Cuanto ordena la falsa hipocresía. 

Aquí el público bien se satisface 
Sólo con platicar y proponerse; 
Mas el particular es el que aplace. 

Aquí la adulación suele meterse (3) 
En el Sancta sanctorum y la triste 
Verdad menospreciarse y esconderse. 

Aquí no calza nadie como viste: 
No conforman los dichos con los hechos; 
La disimulación es la que asiste. 

¿Qué diré, pues, señor, de los cohechos, 
Los robos y maldades de escribanos, 
Sns hurtos, sus diabólicos provechos? 

Como del cuerpo nacen los gusanos 
Que el mismo cuerpo triste van comiendo 
Se comen á Sevilla sevillanos. 

Aquí se gana crédito mintiendo; 
Gánase la amistad lisonjeando, 
Y viénese á perder verdad diciendo. 

Aquí se hacen ricos trampeando 
De un cambio en otro cambio, y, sin dinero, 
Grandes riquezas van acumulando. 

Andan, señor, aquí los extranjeros 
Hechos de nuestra sangre sanguijuelas, 
Mudando en cambio el nombre de logreros. 

Aquí (digo verdad, no son novelas) 
Veréis por caballeros confirmados 
Hombres que vimos ser mozos de espuelas. 

Aquí los ricos son los estimados; 
Los nobles, los que son más poderosos; 
Los pobres, los pecheros maltratados. 

Sabios Uámanse aquí los cautelosos; 
La fraude se bautiza por prudencia; 
Los que traidores son llaman mañosos. 

Aquí un letrado hace sin licencia 
Diez interpretaciones diferentes 
De una sola lección: ¡ved qué conciencia! 

Aquí la behetría, ni d parientes, 
Ni á consanguinidad ni á deudo mira: 
Venus todos los llena indiferentes. 

Ya siento que me vó encendiendo en ira: 
Mejor será callar, puesto que el caso 
Á escribir más satírico me tira. 



(3) Las palabras que debía haber en lugar de las subrayadas faltaban, por 
el mal estado de conservación, del códice en que se halla esta epístola; y, según 
nota del señor Hazañas, probó á suplirlas su amigo D. Francisco Rodríguez 
Marín. 



- 38 - 

Es de conjeturar que casi todos los males que con severa 
pluma enumeraba Cetina hubiesen tenido en el lujo su prin- 
cipal origen. Ya eran pasados para España, y en especial para 
Sevilla, aquellos tiempos en que el rey Enrique IV, al invitar 
al Conde de Niebla para unas fiestas que se habían de hacer 
en la corte, le encargaba cque llevase su jubón de puntas y 
collar», notable gala entonces, aunque tales collar y puntas no 
eran sino «unas muestras angostas de terciopelo ó brocado 
en el cuello y bocamangas de un jubón, y lo demás era de 
lienzo ó de mitán » (4); y ya, á vivir todavía el bonísimo fray 
Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada y con- 
fesor de la Reina Católica, no habría podido limitarse á re- 
probar, entre otras demasías en el vestir, tíos excesos en las 
holandas e finas bretañas e otros liengos costosos» (5); pues 
en aquella poco lejana sazón «andaban vestidas las gentes tan 
llanamente, que no traía un señor de diez cuentos de renta lo 
que agora [en 1553] trae un escudero de quinientos ducados 
de hacienda» (6). 

Así, mientras que en casi toda España, por los años de 
1558, en que empezó á reinar Felipe II, «no permitía la abun- 
dancia tasa, ni la moderación en los trajes término por le- 
yes...., y las hijas asistían á la continua labor de sus ajuares 
para su dote..., y vestían las mujeres ropas y basquinas de 
paño frisado y grana, y, si de terciopelo, servían en el matri- 
monio de abuela, hija y nieta....» (7), en Sevilla, lustros antes 
de aquella fecha, recién pasado el primer tercio del siglo, los 
hombres se vestían de paños de á dos y tres ducados la vara, 



(4) Entremés de los Mirones, apud Varias obras inéditas de Cervantes 
(Madrid, 1874), publicadas por D. Adolfo de Castro, pág. 55. 

(5) Solazoso y provechoso tractado contra la demasia de vestir y de cal' 
zar y de comer y de beber, cap. XIV; en la Breve z muy provechosa doctrina 
de lo que debe saber todo Cristiano, con otros Tratados muy provechosos.... 

(6) Antonio de Torquemada, Los Coloquios satíricos, con un Coloquio 
pastoril... (Mondoñedo, Augustin de Paz, 1553), f." 102. 

(7) Cabrera de Córdoba, Historia de Felipe II, edición de 1876, t. I, 
págs. 49-50. 



- 39 - 

y usaban en los jubones, sayos, calzas y zapatos, carmesí, ter- 
ciopelo, raso de tafetán, chamelotes, fustelas y estameñas, 
seda sobre sedas, y había calzas que costaban cuarenta y cin- 
cuenta ducados; y las sevillanas más ricas usaban trajes de 
mantos de paños finos largos, y de raso, y de tafetán, y de 
sarga, y traían sayas á la francesa, ó serranas, ó flamencas, ó 
portuguesas, como solían ser las tocas y cofias, y, en fin, sa- 
yas de carmesí, y terciopelo, y raso, y tafetán, y estameña, y 
de paños de todos colores, con muy ricas tiras de seda (8). Cin- 
cuenta años después escribía Morgado, en su Historia de Se- 
villa (9): «Los ciudadanos visten comúnmente rajas, cariseas, 
gorgorán, filete, lanillas, buratos y terciopelados. Ninguna 
mujer de Sevilla cubre manto de paño: todo es buratos de se- 
da, tafetán, marañas, soplillo, y, por lo menos, añascóte. Usan 
mucho en el vestido la seda, telas, bordados, colchados, re- 
camados y telillas; las que menos, jarguetas de todos colores. 
El uso de sombrerillos las agracia mucho, y el galano toquejo, 
puntas y almidonados. Usan el vestido muy redondo, précian- 
se de andar muy derechas y menudo el paso, y assí, las haze 
el buen donayre y gallardía conocidas por todo el Reyno, en 
especial por la gracia con que se loganean, y se atapan los 
rostros con los mantos, y miran de un ojo. Y en especial se 
precian de muy olorosas y dé toda pulicía, y galanterías de 
oro y perlas.» Así un poeta anónimo de aquel tiempo aconse- 
jaba á cierta joven: 

Sé sivillana en limpieza, 
Cortesana en el vestir, 
Toledana en el hablar, 
Irlandesa en el pedir (10). 

Y así Lope de Vega, por boca de uno de los interlocutores de 



(8) Luis de Peraza, Historia de la Imperial ciudad de Sevilla^ década 
II, libro II, cap. VIII. Ms. existente en la Biblioteca Capitular y Colombina, 
A4, 442,11. 

(9) Pág. 142 de la reimpresión moderna. 

(10) Biblioteca Nacional, Ms. 3.890, f.» 24, romance que empieza: 

Niña, si de tu hermosura... 



- 40 — 

La Dorotea (ii), encareciendo la facilidad con que quien iba 
á Sevilla se olvidaba allí del resto del mundo: cSí, en verdad; 
Sevilla es para eso: eso dizen de la hermosura de sus damas, 
y aquellas bocas desenfadadas, donde tan lindos dientes bri- 
llan, que, como de las Indias traen perlas á Kspafta, pueden 
ellas enviar perlas á las Indias. [Pues el río es bobo, para no 
ser el del olvido!» 

Dice un añejo refrán (que no olerá bien a algunos, porque 
huele á antigua cocina española, y no á menú de lo de hoy) 
que fel tocino hace la olla, el hombre la plaza, y la mujer la 
casa»; pero como de la casa son el hombre y la olla, es visto 
que viene á hacerlo todo la mujer. Empecemos, pues, por ella 
este ligero esbozo de la relajación de las costumbres sevillanas 
en los últimos lustros del siglo XVI, y quede asentado de aho- 
ra para en adelante que cuanto yo diga en esta parte de mi 
estudio no reza con las excepciones, que dejo á salvo, sino 
con la regla general, y que, como el lector irá echando de 
ver, Sevilla, en punto á corrupción de todas clases, se halló 
entonces en el propio estado, poco más ó menos, que otros 
grandes centros de población, si bien excediera á todos en el 
desbarajuste y mal gobierno de la ciudad. 

El labrar las casas á la calle con «tanto ventanaje de re- 
jas y gelosías» ciertamente que haría grande entretenimiento 
de autoridad, como escribió Morgado, por las infinitas damas 
que las honraban con su graciosa presencia; pero así dejaron 
de estar, como debían ellas y los azores, con las espaldas 
hacia el sol, contra lo que enseñaba un antiguo refrán antife- 
minista, y de esto se siguieron tres males gravísimos, convie- 
ne á saber: las mujeres dejaron de ocupar en las labores pro- 
pias de sus casas todo el tiempo que gastaban en honrar con 
su graciosa presencia el ventanaje; para ostentarse tan á me- 
nudo ante los extraños hubieron menester más atavío y más 



(II) La Dorotea, acción en prosa... (Madrid, Imprenta del Reyno, 1632), 
acto II, esc. 2.^. 



— 41 — 

costosas, galas que para estar entre sus maridos, hermanos y 
deudos; y con las frecuentes ocasiones sobrevinieron peligros 
que sin ellas no habría habido que temer; pues de sola la 
chispa de un mirar suele originarse grande incendio, sobre 
todo, cuando la aviva el soplo de una palabra provocativa, de 
esas que, dichas una vez, el diablo se encarga de repetir diez 
veces. «¿Dónde están aquellos dorados tiempos? — preguntaba 
el hispalense Francisco de Luque Fajardo, beneficiado de 
Pilas, muy á principios del siglo XVII (12).— ¿Dónde la lla- 
neza, encerramiento y virtudes de las mujeres, cuando no era 
gallardía como ahora hazer ventana con desenvoltura? ¿Adon- 
de está el encogimiento honestíssimo que tenían las donzellas, 
arrinconadas hasta el día de su desposorio, cuando apenas 
tenían noticia dellas los más cercanos deudos? Ahora, empe- 
ro, todo es burlería, el manto al hombro, frecuencia de visi- 
tas; no hay recato, ni se guarda el decoro á las mayores; 
apenas ha salido de infancia la donzella, cuando haze docena 
entre casadas; ya las niñas dan principio á las conversacio- 
nes...» (13). Y las casadas, por andar libres como las mozas y 
por conservar algunos añetes más el barnicillo de la efímera 



(12) Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos... (Madrid, 1603, 
f." 189 V.to) 

(13) Más cabal, por lo mismo que más desenfadadamente que Luque Fa- 
jardo, lo había escrito en 1578, estando en la ciudad del Betis, el rondeño Vi- 
cente Espinel (Sátira contra las damas de Sevilla, publicada en la Revista 
de Archivos, Bibliotecas y Museos, pág. 413 del tomo de 1904): 

¡Oh siglo de oro donde era señora 
La sencillez del trato y la nobleza 

Y de hidalgos pechos poseedora! 
Andaba la mujer con gran llaneza, 

Fuera de los regalos y deleites, 
Sin mirar por el garbo ó gentileza. 
Pulla le parecía traer afeites, 

Y agora no se trata en otra cosa 
Sino en zetrinos, mudas y en azeytes. 

Su mayor risa y cura más gustosa 
Era tratar de Pedro de Urdemalas 
Una conseja larga y enfadosa. 

No se les levantaban más las alas 
De un tiznado jugar de papasales. 
Sin temor de ensuciar también las galas. 

Juntábanse en los coros virginales 
y con algún psalteño ó pando adufe 
A un son bailaban bailes desiguales. 



- 42 - 
hermosura, negábanse á dar el pecho á sus hijos, como ad- 
vertía el carmelita sevillano Fr. Juan de las Rucias (14): «Ya 
se tiene por punto de honra no criar las madres á los hijos 
que paren, sino darlos á otras que los críen, cosa que los 
animales no hazen, como la experiencia enseña.» 

¿Y en lo que toca al lujo? •Ya, — escribía Fr. Juan de la 
Cerda en su Lt'dro intitulado Vida política de todos los estados 
de mtigeres (15)— ya no le agrada tanto lo galano y hermoso 
como lo preciado y costoso. Y ha de venir la tela de Flandes, 
y el ámbar, de cabo del mundo, que bañe el guante y la cuera. 
Y aun el calzado ha de ser oloroso y vistoso, porque en él 
tiene de reluzir el oro también como en el tocado. El manteo 
ha de ser más bordado que la basquina. Todo nuevo, todo 
hecho de ayer, para vestirlo hoy y arrojarlo tnaAana. El gas- 
to de los hombres suele ser en cosas de provecho, en pose- 
siones y preseas; mas el de las mujeres, todo en ayre, porque 
no vale ni luze: en guantes y en volantes; en pebetes y cago- 
letas; en azabaches, vidrios y musarañas. Y algunas vezes no 
gasta tanto en libros un letrado como alguna dama en enru- 
biar sus cabellos.» Y más adelante: «.,.. en una mujer atavia- 
da se ve un mundo: mirando los chapines, se verá á Valencia; 



No le lufría lo que agón sufre: 
Que anduviese la crencha y la melena 
Oliendo á un sucio olor de piedrazufre. 

No había entonces doña Berenjena, 
Doña Fáfula Ordz ni doña Paula, 
Sino Francisca, Paula, Minga, Elena. 

No eran, en naciendo, tordo en jaula, 
Ni gastaban los años de puericia 
En las historias de Amadis de Caula. 

Mucha simplicidad, poca malicia 
Había en aquel tiempo en las mujeres; 
Del ajeno interés poca cudicia. 

Pasábase del mundo los placeres 
La doncellica convertida en mielga, 
Sin gastar una blanca de alfileres. 

Y en la noche que agora más se güelga, 
Le dezía la triste á su marido; 
•Desposado, <quc » 



No copiaré la inocentona pregunta: el lector se la figurará, por poco malicioso 
que sea, ya que el consonante la está pidiendo. 

(14) Hermosura corporal de la Madre de Dios (Sevilla, Diego Pérer., 
162 i), f.o 134 v.'" 

{15) Alcalá de Henares, Juan Gradan, 1599, f.* 471 v."» 



- 43 - 

en el oro de la faldilla y basquinas, á Milán; en la seda, á 
Florencia; en el agnus y las demás reliquias, á Roma; en las 
buxerías y brinquiños de vidrio, se verá á Venecia; en las 
perlas y corales, á las Indias Occidentales; en los suaves olo- 
res, á las Orientales; en los liengos, á Flandes y á Inglaterra; 
de suerte que es un mapa del mundo, donde se ven reunidas 
las mayores partes déU (i6). 

De afeites no se diga: opúsculo y no párrafo podría es- 
cribirse sobre los que usaban las mujeres en el tiempo á que 
me refiero; básteme, pues, con citar otras palabras de Fr. Juan 
de las Ruelas, también copiadas de su agradable libro intitu- 
lado Hermosura corporal de la Madre de Dios, que, aunque 
impreso en 162 1, fué escrito, según dice su autor en el prólo- 
go, desde el año 1598 al 1608: «Dexa esta dotrina declarado 
cuan poca hermosura se halla en el día de hoy, principalmente 
entre mujeres, en quien si se ve un cuerpo alto, ayuda una 
buena parte la altura del chapín; si en su rostro hay un color 
rosado, házese con su artificio, traga é industria de sus ungüen- 
tos y carmines. Si sale dellas resplandor, creo que lo debe de 
causar el alcanfor y solimán. Si el cabello es dorado, dalo tal 



(16) Folio 478. — Es parecida, y muy curiosa, la enumeración que no pocos 
años después hizo Rojas Zorrilla en su comedia Peligrar en los remedios, jor- 
nada I. He aqui lo que llevaba encima una mujer: 

Bofetón. Todo lo que es necesario 

Para vivir trac con ella: 
Pabellón para el verano, 

Y para el invierno, esteras; 
Sábanas en las enaguas, 

Y para colchones, felpa; 
Para cubrir, guardainfante, 
Y, por si está de pendencia, 
Trae en la cabeza espada 

Y en la cotilla defensa; 
Para hacer caza mayor. 
Redes por valona y vueltas; 
Jaula para pajaritos; 

Para gallinas, pollera; 
Para dar coz, ponleví; 
En el zapato, una prensa; 
Los guantes para pedir; 
Espejo es su cara mesma; 
En las bandas y listones. 
Manillas, sortijas, trenzas, 
Colonias, cintas y vidrios, 
Trae bien cumplida una tienda. 



- 44 - 

el enrubio y rasuras que se dan. Si los dientes blancos, gracias 
á quien inventó los polvillos. Si, finalmente, tienen sus miem- 
bros bien proporcionados, buena parte se debe á quien les 
corta de vestir, por donde se han subido tanto en nuestro 
tiempo las hechuras como en aftos estériles y de carestía el 
pan» (17). 

Pero lo peor de esta demasía en el vestir, en el acicalar- 
se y afeitarse, era que todo ello tenía por motivo más la lasci- 
via que la mera vanidad; por donde las honras que no pere- 
cían, á lo menos peligraban, que era como una víspera del 
perecer. Así el chispeante agustino Fr. Juan Farfán, ingeniosí- 
simo en sus chistes, que llegaron á ser proverbiales en Sevilla, 
dijo en un sermón, según referencia del insigne poeta don 
Juan de Arguijo: • Turbata est in sermones ejus. Era tal la 
honestidad de la Virgen, que no podía dar fe de los rostros 
que tenían los varones; pero estas señoras de nuestros tiem- 
pos, fe, esperanza y caridad» (18). A tal libidinosa predispo- 
sición debía de contribuir no poco la grande frecuencia con 
que las mujeres sevillanas acudían á los baños públicos: «Mu- 
jer conozco yo en Sevilla —hacía decir Rojas Villandrando á 
uno de los interlocutores de El Viaje entretenido— c^^ todos 
los sábados por la mañana ha de ir al baño, aunque se hunda 
de agua el cielo.» Y respóndele picarescamente otro interlo- 
cutor: «Por ésa se dijo: la que del baño viene, bien sabe lo 
que quiere» (19). Y amén de esto y de ser por todo extremo 
supersticiosas y andar provistas, ellas y sus niños, de amuletos 



(17) Folio 44 v.'o 

(18) Cuentos recogidos por D. Juan de Arguijo: Paz y Meüa, Sales 
españolas, t. II, pág. 141 (Biblioteca de Escritores Castellanos). 

(19) Libro I.— He aquí lo que de esta materia dice Morgado (Historia 
de Sevilla, pág. 142 de la edición moderna: «Usan mucho los bafios, como 
quiera que ay en Sevilla dos casas dellos, ios unos en la collación de San Ile- 
fonso, junto á su iglesia, y los otros en la collación de San Juan de la Palma, 
que han permanecido en esta ciudad desde el tiempo de Moros.... No pueden 
entrar los hombres en estos baños entre día, por ser tiempo diputado solamen- 
te para las mujeres... A las grandes salas donde se bañan salen sus caños, que 
corren de agua caliente, y también fría. Con la qual y cierto ungüento que se 



- 45 - 

tales como manos de tejones, higas de azabache, cuentas de 
leche y cuernecillos, bien de coral ó bien de peonia (20), ha- 
bíanse hecho interesadas y codiciosas, hasta en materia de 
amor, en la cual siempre la liberalidad estuvo en todo su 
punto. Como años después, Quevedo, sin faltar á la verdad, 
habría podido escribir en 1600: 

Gastó el viejo Amor en viras, 
Mas no en virillas de plata; 
Brincos se daban saltando, 
Y hoy se compran y se pagan (21). 

Hasta al juego solían entregarse las sevillanas por aquel en- 
tonces: «No supo Moya tanta Arismética cuanta ellas saben 
en el naype», decía Luque Fajardo (22), é indicábalo asimis- 
mo el padre Ruelas: «...porque precian más el baile deshones- 
to, la respuesta á punto, la guitarra en las manos, con canta- 
res lascivos en la boca y los naypes en la faltiquera, que el 
estar recogidas, calladas y entretenidas en exercicios vir- 
tuosos» (23). 

Á este andar iba todo en Sevilla: para mantener aquel 
lujo y aquel ocio, y añadirles competente número de criados, 



les da refrescan y limpian sus cuerpos, sin que se extrañe en Sevilla el yrse á 
bañar unas y otras damas, quando no quieran yr disimuladas, por ser este uso 
en ella tan de tiempo inmemorial.» 

(20) Del inventario de los bienes que quedaron por muerte de Salvador 
Gómez, platero, collación de Santa Maria, entresaco las partidas siguientes 
(Archivo de protocolos de Sevilla, of." 11, Gaspar Romano, libro i." de 1572, 
f.' 1.084): 

«Vn engasto de mano de tejón de plata. 

Veynte y quatro pares de higas engastonadas de plata en dos papeles, 
y mas otros quince pares de higuitas de azabache engastonadas de plata. 
Vn hilito de higas pequeñas de azabache por engastonar que abrá como 
quatro dozenas. 

diez y ocho coralitos pequeños engastonados en plata. 

cinco piedras de leche engastonadas en plata. 

y más seys manos de tejón engastonadas en plata y más dos peonías. 

y más quatro peonías engastonadas en plata.» 

(21) El Parnaso Español, Musa VI, romance que empieza: 

Los médicos con que miras... 

(22) Obra citada, f." 188 v.'°- 

(23) Obra citada, f.° 26, 



— 46 — 
y vivir ios hombres disipadamente, y, lo que aún era peor, 
sostener la competencia y lucha con otras familias también 
ostentosas, y no ser menos que ellas, todo era poco. Había 
que ser rico á todo trance, y el fin importaba; no los medios. 
iTratan solamente de augmentar sus haciendas y de sus par- 
ticulares intereses, para que no falte con que servir á la gula 
ni al vientre, cuyos esclavos se han hecho de tal manera 
—observaba el padre Mariana (24)— que no dejan pasar punto 
ni hora sin ocuparse en deleites y torpezas.» «Crece la autori- 
dad con el dinero, y la fama de pobre hasta en los reyes men- 
gua la reputación», escribía Setanti entrado el siglo XVII (25). 
A revivir el regocijado arcipreste que compuso el Libro de 
Buen amor, habría repetido aquel su apotegma: 

«Por dinero fase 

Omen quanto piase» (26), 

Ó aquellos otros (27): 

Do son machos dineros es macha bendición. 

Por todo el mundo anda su sarna e su tinna; 
Do el dinero juega, alli el ojo guinna... 

Por esto afirmaba Alemán, conocedor expertísimo de la vida: 
«Cuando fueres alquimia, eso que reluciere de ti será vene- 
rado. Ya no se juzgan almas, ni más de aquello que ven los 
ojos. Ninguno se pone á considerar lo que sabes, sino lo que 
tienes; no tu virtud, sino tu bolsa; y de tu bolsa no lo que 
tiene, sino lo que gastas» (28). Preciso era, pues, gastar 
mucho; y para gastarlo, tenerlo; y para tenerlo...., cualquier 
cosa, á cierra ojos. Allí estaban los tableros de juegos de 
naipes, en donde se podía probar fortuna cada día y cada 



(24) Tratado contra los juegos públicos, cap. XXVI. 

(25) Centellas de varios conceptos, á continuación de los Aphorismos 
sacados de la historia de Publio Cornelio Tácito por el Dr, Benedicto Arias 
Montano... (Barcelona, Sebastián Matevat, 1614). 

(26) Copla 1.016. 

(27) Coplas 464 y siguientes. 

(28) Guzmán de Alfarache, parte 11, libro II, cap. VTI. 



- 47 - 

hora, aunque, ya adeudados y empeñados, fuese fuerza jugar 
las cabalgaduras, la plata de las mesas, y aun las mismas ar- 
mas, que al cabo al cabo para nada servían no teniendo cerca 
á más infieles que á sí propio (29). Allí estaban aquellas jóve- 
nes feas á quienes sentenciaban sus padres, «á costa de sus 
haziendas, en los cincuenta ó sesenta mil ducados, para que 
las quieran por mujeres; que las que carecen deste bien [del 
de la hermosura] es necesario dorarlas, como pildoras, para 
que se puedan passar» (30). Y, á turbio correr, ancho campo 
había en Sevilla para los abiertos de genio y no cerrados de 
conciencia, y ¿quién puso puertas al campo? ¡A la arrebatiña, 
como pelones en bautizo, había de andar un hombre, si me- 
nester fuera, para enriquecerse! Pues ¡buen caldo hace una hi- 
dalguía! ¡Buen manjar blanco una acrisolada honradez! ¡To- 
do, menos ser pobres! 

Ni había que pensar, sino para llorarlas por perdidas, en 
las graves y varoniles costumbres de otros tiempos. A todo 
andar los hombres iban dejando de parecer tales. Aludiendo 
á año no más remoto que el de 1571, en que se dio la gloriosa 
batalla de Lepanto, decía el gran Lope, por boca de uno de 
los personajes de La Dorotea, escrita aún no cuatro lustros 
después: «Entonces sí que se buscaban las espadas de filos 
negros para robustas manos, y nó moldes vergonzosos para 
cabellos viles» (31). Y después, muy á los comienzos del siglo 
XVII, tratando de los «hombres afeminados, gente delicada, 
que no saben sufrir por Dios un papirote», escribía Fr. Juan 
de los Ángeles, con santa y hermosa libertad: «Destos está el 
mundo lleno; todos los más del son muñecos, mujeriles, fla- 
cos, sin virtud y sin ser de hombres: ya se afeitan y se pulen 
como mujeres, y se hazen traer en sillas, y se miran y com- 



(29) Fr. Pedro de Cobarrubias, Remedio de Jugadores... Nueuamente 
añadido y enmendado... (Salamanca, Juan de Junta, M.DXLIII), f." LV. 

(30) Fr. Juan de las Ruelas, Hermosura corporal de la Madre de Dios^ 
f." 3 v.'" . 

(31) Acto II, escena 4." 



- 48 - 

< 
ponen al espejo, y presto se pondrán almirantes, y arandelas, 

y copetes, y ruecas en las cintas, porque ya les cansan las 
espadas, y el tratarles de cosas de caballerías y armas son 
para ellos pueblos en Francia» {32). 

Perdido el tiento á la virtud, andaba todo tal, que más 
valiera que corriese, para que pasara pronto. Porque siendo 
oro lo que oro vale, no solamente por los dineros faltaban los 
degenerados hombres á sus deberes y á los que les imponían 
sus cargos y oficios, sino también por présenles de joyas, de 
vestidos, y aun de cosas de comer; y por encargos ó ruegos 
de personas que otro día pudieran hacer el copete á quien 
hoy les hiciera la barba; y por súplicas y exigencias de Ve- 
nus, allanada á trocar favores con Astrea, ó con el diablo 
mismo. cLos dos polos que mueven este orbe son dones y do- 
fias», escribía el Ldo. Porras déla Cámara, en 1601, al carde- 
nal D. Fernando Niño de Guevara, enterándole de lo que era 
Sevilla, para cuya sede arzobispal estaba elegido. «¡Qué de 
facinorosos se quitan de la horca, qué de maldades se encu- 
bren, qué de cosas se alcanzan, y qué de hombres se huma- 
nan por mujeres hermosas!» exclamaba con gentil desenfado 
el sobredicho padre Ruelas (33). Sin gozar de fuero eclesiás- 
tico, aún más francamente se expresaba el insigne sevillano 
autor de Guzmán de Alf atache (34): «En causas criminales, 
donde la calle de la justicia es ancha y larga, puede con mu- 



(32) Lucha espiritual y amorosa entre Dios y el alma (Valencia, Patri* 
cío Mey, 1602), dedicatoria. 

(33) Ruelas, obra citada, f° 10 v.'°. 

(34) Parte II, libro II, cap. I [I.— Y aBade, poco más abajo: tConocí á 
un juez á quien habiéndole pagado un mercader muy bien una sentencia, con 
ánimo de asombrar con ella su parte contraria para que, temeroso, acetase un 
concierto, y diciéndoie un su particular amigo que lo supo que cómo tan con- 
tra tan evidente justicia sentenciaba, respondió que no importaba, pues habla 
superiores que le desagraviarían; que no quería perder lo que le daban de 
presente. Derreñeguen de un fallo destos á carga cerrada, que más verdadera- 
mente se puede llamar fallo de presente indicativo, pues engaña y no juzga.» 
Y parece que no advirtió Mateo Alemán que había jugado no sólo del voca- 
blo /a//o, sino de la frase entera, pues t\ fallo á que acababa de referirse fué 
de presente (de regalo), indicativo de la sinvergonzoneria del juez. 



- 49 - 

cha facilidad ir el juez por donde quisiere, ya por la una ó 
por la otra hacera, ó echar por medio. Puede francamente 
alargar el brazo y dar la mano, y aun de manera que se le 
quede lo que pusiéredes en ella; y el que no quisiere perecer, 
dcyselo por consejo: que al juez, dorarle los libros; y al escri- 
bano, hacerle la pluma de plata, y echaos á dormir, que no es 
necesario procurador ni letrado.» «Ninguna administración 
de justicia; rara verdad; poca vergüenza y temor de Dios; 
menos confianza; ninguno alcanza su derecho sino comprán- 
dolo», advertía con donairoso laconismo el Ldo. Porras en su 
aludida carta, que en 1900 publicó la Revista de Archivos, 
Bibliotecas y Museos, t Todos tratan como se venda la justicia 
— escribía Luque Fajardo (35); —no hay ley que valga, fuero 
que se cumpla, premática que se guarde, ni hay favor como 
un real de á ocho, doblón ó escudo: real, que sujeta enemigos; 
escudo, que defiende; y doblón, que dobla la justicia.» Pero 
ningún testimonio más abonado que el de aquella peregrina 
mujer, tan sabia como virtuosa, tan humilde como evangélica- 
mente alegre, á quien hoy veneramos en los altares bajo el 
nombre de Santa Teresa de Jesús: después de residir en Sevi- 
lla cerca de un año, y, por tanto, de conocer bien la población, 
escribía, en 29 de abril de 1576, á la madre María Bautista, 
priora del convento de ValladoHd: «Las injusticias que se guar- 
dan en esta tierra es cosa extraña; la poca verdad; los doble- 
ces. Yo le digo que con razón tiene la fama que tiene* (36). Y 
entre los jueces que usaban las leyes de encaje, y los que se 



{35) Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos, f." 291 v.'" . 

(36) Cartas de Santa Teresa de Jesús, edición publicada en la Biblioteca 
de Rivadeneyra, t. LV, carta LXXII. D. Vicente de la Fuente, después de 
advertir que la cláusula que he copiado en el texto fué omitida en todas las edi- 
ciones anteriores, y que aun los correctores mismos, que la habían copiado, la 
borraron luego, é igualmente la nota en que procuraban atenuarla, intenta tam- 
bién la atenuación, achacando los males que deploraba Santa Teresa á «la 
injusticia y desgobierno de aquella época, pues eran tantas las exenciones, 
fueros privilegiados y jurisdicciones privativas, que había en Sevilla, según se 
dice, ¡cuarenta tribunales!». Y añade que «este absurdo monstruoso hacia im- 
pohible la administración de justicia en aquella población», para acabar dicien- 



-50- 

dejaban dorar los libros, y los que tenían por empresa y norte 
A más líos más ganancia, mereciendo llamarse por ello Don 
Juan de Liarte, como aquel juez tpersiguidor ó pesquisidor» 
que de mano maestra pinta Enríquez Gómez en la Vida de 
don Gregorio Guadaña (37), ¿qué justicia había de haber en 
Sevilla? Ni ¿qué cosa buena sino algún guisado suculento po- 
día esperarse de los señores de la plaza de San I'Vancisco, 
quiero decir, de los oidores, alcaldes, relatores y escribanos de 
la Audiencia, ángeles de guarda de los jiferos de la puerta de 
la Carne, tgranjeados con lomos y lenguas de vaca»? (38). 

Cuando el prior juega á los naipes, fácil es imaginar qué 
harán los frailes. En todas las malas gentes había hallado 
señales de salvación cierto predicador á quien se refiere 
Mateo Alemán, y en sólo el escribano perdía la cuenta: no le 
hallaba enmienda más hoy que ayer, este año que los treinta 
pasados. «Ni sé— añadía — cómo se confiesan, ni quién los 
absuelve, porque informan y escriben lo que se les antoja, y 
por dos ducados, ó por complacer al amigo, y aun á la amiga 
(que negocian mucho los mantos), quitan las vidas, las honras 
y las haciendas, dando puerta á infinito número xle peca- 
dos» (39). Y de los alguaciles y la canalla corchetil cuanto se 
diga malo no será ni asomo de la verdad. Con todo, á ella 
se acercó mucho el autor de Guzmán de Alfarache, en la 
siguiente pintura (40): «...compró aquella vara para comer, ó 



do: «Cúlpese, pues, de las injusticias y demás que lamenta Santa Teresa, no á 
los sevillanos, conocidos siempre por su piedad y generosidad, sino á loi 
errores y desgobierno de aquellos tiempos.» 

(37) Cap, III. D. Juan de Liarte, según la donosa novelita, confesaba 
que la muerte de un caballero había costado más de cuarenta; que, habiéndose 
¡do á Indias los matadores, él, como juez de la causa, prendió en la Cárcel 
Real á cuantos eran amigos de ellos; y que habiéndose todos escapado, con el 
alcaide mismo, y no faltando malas lenguas que publicaran haber sido el pri- 
mer movedor de esta danza D. Juan de Liarte, éste los sacó á la vergüenza 
pública, y algunos fueron á galeras, «para escarmiento de muchos que hablan 
de la justicia como si dominaran sobre ella.» 

(38) Cervantes, Coloquio de los perros Cipión y Bergama. 

(39) Guzmán de Alfarache, parte I, libro I, cap. I. 

(40) Ibid., parte II, libro II, cap. lU. 



- 51 — 

la trae de alquiler, como muía, y para comer ha de hurtar; y 
á voz de «alguacil soy, traigo la vara del Rey», ni teme al 
rey ni guarda ley; pues, contra rey, contra Dios y ley, te 
hará cien demasías de obras y palabras, poniéndote á pique 
de poderte acomular una resistencia... Pondráte luego en 
poder de sus corchetes: mira qué gentecilla tan de bien... 
Quien dice corchetes, no hay vicio, bellaquería ni maldad que 
no diga: no tienen alma; son retratos de los mismos ministros 
del infierno.» Los tales alguaciles, que solían pertenecer al 
claustro y gremio de la rufianesca, industriábanse apelando á 
cien artimañas, así para tener bien asentado su renombre de 
valientes, fingiendo riñas con los matasietes en los lugares 
más públicos, como para buscarse honradamente una ayuda 
de costa, preparando, de acuerdo con sus mancebas, la red 
para cazar bretones y dejarlos pez con pez, cual bota escu- 
rrida. V como auxiliares de alguaciles, escribanos y pleiteantes 
de mala fe, que había plaga y diluvio de ellos, mención 
merecen los testigos falsos, que por seis maravedís juraban 
seis mil falsedades y quitaban seiscientas mil honras; testigos 
omnividentes, omniaudientes y omniscientes, que, según afir- 
ma el propio Alemán, acudían á los consistorios y plazas de 
negocios, y á los mismos oficios de escribanos, á ofrecerse á 
quien los había menester, «de la manera que los trabajadores 
y jornaleros acuden á las plazas deputadas para de allí ser 
conducidos al trabajo» (41). 



(41) Idí'd.. parte 11, libro II, cap. VII. — Alemán, después de afSadir que 
había testigos falsos, como pasteles, conforme los buscasen, de á cuatro, de á 
ocho, de á medio real, y para casos graves también los había hechizos, tcomo 
para banquetes y bodas, de á dos y de á cuatro reales, que depondrán á prue- 
ba de mosquete, de ochenta años de conocimiento», cuenta, para mostrarlo, el 
siguiente caso curiosísimo: «Como lo hizo en cierta probanza de un señor un 
vasallo suyo, labrador de corto entendimiento, el cual, habiéndole dicho que 
dijese tener ochenta años, no entendió bien, y juró tener ochocientos. Y aun- 
que, admirado el escribano de semejante disparate, le advirtió que mirase bien 
lo que decía, le respondió: «Mira vos cómo escribís, y dejad á cada uno tener 
»los años que quisiere, sin espulgarme la vida.» Después, haciéndose relación 
deste testigo, cuando llegaron á la edad, parecióles error del escribano, y qui- 
siéronle por ello castigar; mas él se disculpó diciendo que cumplió en su oñcio 



-62 - 

Otro de los graves males que dañaban á Sevilla en el 
tiempo á que se refiere este mi desmedrado estudio era la 
regatonería, entendiéndose por tal, no sólo, como ahora, la 
venta al por menor de los géneros que se han comprado por 
junto, sino, principalmente, el acaparamiento de los artículos 
de primera necesidad y la confabulación de los acaparadores 
para encarecer excesivamente su precio. Este linaje de la- 
drones (dejo á un lado eufemismos hipócritas) se pasaban el 
año entero haciendo su agosto y comiendo á dos carrillos; que 
para comer así robaban á dos manos: con la una al infeliz 
traedor de tales artículos, pues, á las buenas ó á las malas, se 
los hacían vender á cuan bajo precio querían; y con la otra á 
los consumidores, á quienes cobraban el doble y aun el triple 
del costo, muy por encima de la tasa, ya que á la postura 
sólo se despachaba el rehús de lo comestible. Hasta de las 
cosas que se vendían en las Gradas llegó á hacerse regatone- 
ría, pues las atravesaban (que así decían al acaparar) los rega- 
tones, pregoneros y alcabaleros que había allí, «para vender- 
las á excesivos precios, usando de muchos fraudes y posturas 
falsasf (42j. Cuento de no acabar habría de hacérseme la enu- 
meración de los curiosos casos de regatonería que tengo ex- 
tractados de las actas capitulares de la Ciudad; y así, como 
muestras, sólo citaré un par de ellos. En 1 594 Beatriz de Ca- 



en escribir lo que dijo el testigo, que, aunque le advirtió dello, se volvió á 
ratificar, diciendo tener aquella edad; que así lo pusiese. Hicieron los jueces 
parecer el testigo personalmente, y, preguntándole que por qué faabia jurado 
ser de ochocientos años, respondió: «Porque asi conviene á servicio de Dio» y 
del conde mi señor.» - Esto, empero, más que á otra cosa, debíase á bonachón 
hábito de servidumbre: el conde su señor ante todo. En el Archivo general de 
protocolos de Sevilla (oficio i.% libro I." de 1599, f.» 979) be visto el testa- 
mento de Luisa, mulata, libre, criada de D. Francisco de Guzmán, marqués del 
Algaba, documento escrito de letra de otro criado, y empieza así: »Sepan quan- 
tos esta carta bieren como yo luisa de gusman hago mi testamento; el alma 
encomiendo a dios y el querpo a la tierra, con lisensia del marqués mi sefior 
que dios guarde muchos años.» ¡Cuidado, que pedir la venia una moribunda 
para encomendar su alma á Dios...! ¡Quieren parecerse á aquéllos ios criadoc 
que se estilan hoy...! 

(42) Actas capitulares de Sevilla, cabildo de 6 de junio de 1597. 



- 53 - 

ceres, pescadera, metía todos los viernes en las redes donde 
vendía el pescado á diez ó doce personas, hombres y mujeres, 
haciéndolos pasar por despenseros de monasterios, oidores, 
alcaldes y regidores, y á este título, fingiendo despacharles 
mucha cantidad de pescado del mejor, toda ella se revendía 
luego á precio muy superior al de la postura (43). Los despen- 
seros de los monasterios tomaban el pescado por cargas, di- 
ciendo ser para aquellos y revendíanlo después entre sus pa- 
rroquianos; acordó el cabildo que se hablara á los priores y 
guardianes para que corrigiesen el abuso (44); pero no se lo- 
gró la enmienda (45). 

Hombres aún peores que éstos había deparado á Sevilla 
la general corrupción de las costumbres, y hasta metídolos en 
el regimiento de la Ciudad. Y era que, como dijo Setanti, ha- 
bían llegado los tiempos á tan grande rotura, que los hom- 
bres, por sólo una onza de interés particular, solían echar á 
perder cien arrobas de beneficio público (46). Nada, por des- 
dicha, más cierto. Algunos pastores no sólo se ponían de 
parte de los lobos, contra las ovejas, sino que lobeaban ellos 
mismos. En cabildo de 20 de mayo de 1 598 hacía notar don 
Juan Ponce de León, alcalde mayor de la ciudad, que, «siendo 
como es esta provincia de las más abundantes y fértiles del 
mundo», siempre el trigo y la cebada valían á excesivos 
precios, lo cual debíase á la mucha regatonería que había en 
estas especies, porque, como era público y notorio, muchas 
personas, antes de la cosecha, compraban y atravesaban «todo 
el trigo con que esta ciudad se suele bastecer, y así, haziendo 
estanco del, vienen á forgar á la ciudad que haga asientos con 
ellos á egesivos pregios»; y, para averiguar lo que en esto 
pasaba y castigar á los culpables, pidió que el Cabildo nom- 



(43) Ibid., cabildo de 26 de octubre de 1594. 

(44) Ibid., cabildo de 19 de octubre de 1592. 

(45) Ibid , cabildo de 20 de abril de 1594. 

(46) Centellas de varios conceptos, n.° 368. 



- 54 - 

brase un juez de comisión (47). Un mes después, en 26 de 
junio, el jurado Francisco García Laredo hacía presente que, 
siendo, como era, muy buena la cosecha de pan, no entraba 
trigo ni cebada de ella en la Albóndiga, «porque los semille- 
ros y mesoneros y regatones han comprado y van comprando 
adelantado..., de tal manera, que dentro de muy pocos días 
habrán comprado todo el pan de quince leguas al rededor, 
de que se sigue que el pueblo habrá de comer el pan que se 
traxere de más lexos, que no podrá ser barato ni al precio á 
que lo comiera si no hubiera regatones...» ¡Pues del Cabildo 
eran los que, este año, como otros anteriores, atravesaban, 
por medio de interpósitas personas, el trigo de la comar- 
ca! (48). Decíalo Mateo Alemán, en la parte primera de su 
Guzmán de Alfarache, al tratar de por qué en Sevilla, aun 
en los años prósperos, se pasaba trabajosamente: c Ninguno 
compra regimiento con otra intención que para granjeria, ya 
sea pública ó secreta; pocos arrojan tantos millares de ducados 
para hacer bien á los pobres, sino á sí mismos» (49). Y algo 
después: «Sevilla, por/^j ó por nefas, considerada su abun- 
dancia de frutos y la carestía dellos, padece esterilidad, y 
aquel año hubo más, por algunos desórdenes ocultos y 
codicias de los que habían de procurar el remedio, que sólo 
atendían á su mejor fortuna... Abrasaban la tierra los que 
debieran dejarse abrasar por ella» (50). Y Porras de la Cama- 



(47) Actas capitulares, cabildo de 20 de mayo de 1598, escribanía i.' 

(48) Púsose esto en claro, y que algunos caballeros del cabildo habían 
escrito á Madrid, «diziendo que ay en él personas que conpran trigo para 
revender», en el acta de 4 de septiembre de 1598; pero no quiénes fuesen los 
que tal hacían. 

(49) Parte I, libro I, cap. IV. Y pone á continuación este cuentecillo: 
«Asi pasó con un regidor, que viéndole un viejo de su pueblo exceder de su 
obligación, le dijo: «¿Cómo, Fulano N.? Eso no es lo que jurastes cuando en 
«ayuntamiento os recibieron, que habiades de volver por los menudos.» Él re*- 
pondió diciendo: «¿Ya no veis como lo cumplo, pues vengo por ellos cada 
«sábado á la carnicería? Mi dinero me cuestan.» Y eran de los carneros.» 

(50) Y todavía en la parte II, libro II, cap, VII, Mateo Alemán volvió 
á apretar la mano á los regidores que se sustentaban con el oficio, «que no 
tiene renta». Pero tenía renteros, y mil gajes ó desgajes má.s. Y añade: «Di 



— 55 — 

ra, con noble ingenuidad, manifestaba al electo arzobispo de 
Sevilla: «...ya la mercancía y el trato se ha convertido en robo 
y en regatonería, estancando todos los géneros, desde el oro 
y seda hasta las legumbres, para revenderlas excesivamente 
cuando, por haberlas ellos atravesado, está falta la plaga. Y lo 
peor es que son deste trato los que habían de remediarlo, 
porque es tal el humano interés, que todo lo atropella.» 

No era más sólido el edificio social de Sevilla por lo to- 
cante á la seguridad de los que transitaban por los términos 
de su extensa jurisdicción. La Santa Hermandad, una de las 
tres santas que, con el honrado Concejo de la Mesta, traían 
al reino agobiado^ al decir del refrán, tal andaba, que no po- 
día andar peor. Los alcaldes de ella tenían abandonados sus 
oficios, á un extremo, que el cabildo de la Ciudad vióse al- 
guna vez precisado á acordar que se les requiriese para que 
los usaran, con apercibimiento de proveerlos en otras per- 
sonas (51); había grandes desórdenes y excesos en la cárcel 
de la dicha Hermandad, y estaba con tan poca guarda y cus- 
todia, que se escapaban los presos que querían, «cómo estos 
días (en 1598) se ha visto dos vezes por experiencia» (52); y 
en cuanto á los cuadrilleros, «ladrones en cuadrilla», como los 
llamó cuerdamente D. Quijote, con decir que los más de los 
venteros lo eran (cuadrilleros y ladrones) se dice todo (53). 
Vea el lector qué buen retrato les hizo Mateo Alemán, de cu- 
yo testimonio no puede buenamente prescindirse tratándose 



también, pues no lo dijiste, que si á los tales, después de ahorcados les hicie- 
sen las causas, dirían contra ellos aquellos mismos que andan á su lado, y agora 
con el miedo comen y callan. Di sin rebozo que por comer ellos de balde ó 
barato, carga sobre los pobres aquello, y se les vende lo peor y más caro.» 

(51) Actas capitulares de Sevilla, cabildo de i.° de diciembre de 1599, 
escribanía i.' 

(52) Ihid., cabildo de 14 de octubre de 1598, escribanía I.* 

(53) «La palabra del ventero es una sentencia definitiva: no hay á quien 
suplicar sino á la bolsa, y no aprovechan bravatas; que son los más cuadrilleros, 
y, por su mal antojo siguen á un hombre callando hasta poblado, y allí le pro- 
barán que quiso poner fuego á la venta y les dio de palos, ó le forzó la mujer 
ó hija, sólo por hacer mal y vengarse» (Mateo Alemán, Guztnán de Alf ara- 
che, parte I, libro II, cap. I). 



- 56 - 

de bosquejar el estado social de Sevilla á fines del siglo XVI: 
«Los santos cuadrilleros, en general, es toda gente nefanda y 
desalmada, y muchos por muy poco jurarán contra ti lo que 
no heciste ni ellos vieron, más del dinero que por testificar 
falso llevaron, si ya no fué jarro de vino el que les dieron. Son, 
en resolución, de casta de porquerones, corchetes ó bcllegui- 
nes, y, por el consiguiente, ladrones pasantes, ó punto menos, 
y los que roban á bola vista en la república» (54) Tanto y de 
tal manera abusaban de su oficio, que en algún pueblo de se- 
ñorío se les llegó á vedar el salir al campo sin mandamiento 
ú orden especial de sus alcaldes ó de la justicia ordinaria (55). 
Así vagaban por doquier, á todas sus anchas, muchedumbre 
de los otros ladrones (56), ganando, con todo, los caminantes 
en no habérselas sino con ellos; pues, á topar con la cuadrilla 
de la Santa, fuera aún peor lo roto que lo descosido (57). Y 
así, á pesar de la Hermandad toda, en las sierras de Jerez 
anduvieron campando por su respeto Pedro Machuca y sus 



(54) Ibid, parte I, libro I, cap. Vil. 

(55) «Tratóse en este cabildo que por qaanto entá visto que muchos qua- 
drilleros vsan el oñcio de quadrilleros en ^ande número qae dizen pasar de 
seis y siete y van al campo munchas bezes sin orden de lot alcaldes de la her- 
mandad y aun se entremeten en denunciaciones y otras cosas que no tocan ¿ 
su oficio, de que rresulta notable djtflo y perjuizio, y para rremediarlo se acordó 
en este cabildo que se pregone públicamente que los dichos quadrilleros 00 
salgan al campo sin mandamiento e orden especial de los dichos alcaldes de la 
hermandad, ó de la justicia ordinaria quando fuere menester, ni vsen de oficio 
de guardas del campo, so pena de dos mil marauedis para la cámara del duque 
mi señor e de veinte dias de prisión» ("Actas capitulares de Osuna, cabildo 
de 12 de marzo de 1590). 

(56) En cabildo de 16 de junio de 1597 (escribanía 2.*) se leyó un acuer- 
do del cabildo de los jurados «para que los alcaldes de la hermandad desta 
ciudad y su tierra tengan mucha cuenta con visitar los caminos por la muche- 
dumbre que ay de ladrones.» Se acordó de conformidad que se diera manda- 
miento para que cada semana visitasen los caminos de su término, y enviaran 
testimonio de como lo hablan efectuado (Actas capitulares de Sevilla). 

(57) Si, porque, sobre robados, podian parecer malhechores á los cuadri- 
lleros, y aun soltar en sus manos lo que los salteadores se hubiesen dejado 
atrás, como pasó á Guzmán de Alfararhe y á un harriero que le acompañaba; 
que, ya aporreados muy bravamente, y deshecha la equivocación (no la tunda) 
al leer despacio la requisitoria que llevaban los de la cuadrilla, quitaron al 
harriero «unos pocos de cuartos, para la vista del pleito y remojar la palabra en 
la primera venta» (Parte I, libro I, cap. VII). 



— 57 - 

trescientos salteadores, hasta que en 1590, «cansados ya del 
daño que hazían en toda aquella comarca de Arcos, Puerto 
de Santa María y los demás lugares», pidieron á Felipe II el 
perdón, por carta dirigida á Gonzalo Argote de Molina, pro- 
vincial de la dicha Hermandad, obteniéndolo y notificándose- 
les tan aparatosamente, en sus mismas cuevas, que más pare- 
ció capitulación que indulto el salir libres é indemnes, y aun 
con mucho agasajo, aquella horda de foragidos (58). 

Para todos, cuál más, cuál menos, el deber no era otra 
cosa que un sinónimo de no pagar, ó, cuando menos, de no 
haber pagado. Nadie cumplía con su obligación. Era la ciudad 
merienda de negros, con ser blancos los que se la merendaban. 
Cada uno hacía de su oficio no sólo mangas y capirotes, como 
dicen, sino jubones y ferreruelos, ropillas y ropazas. Ser hon- 
rado y ser necio venían á ser una cosa misma. Avergonzábanse 
no de robar, sino de robar poco. ¿Parecen al lector demasiado 
vivos estos colores..? Pues siga leyendo, y los tendrá por apa- 
gados y desvaídos. Pocos años antes de 1590 había en Sevilla 
cinco bancos: el de Espinosa, el de Juan Iñiguez, el de Domin- 
go de Lizarraras, el de Pedro Juan Leardo y el de Jerónimo y 
Juan de Herber, tíos carnales del notable poeta D. Francisco 
de Medrano; «todos los hubo en un tiempo y cada uno dellos 
parescía que estaban muy acreditados y que con siguridad se 
ponían los dineros en sus bancos, y las fiangas que cada uno 
dellos hazían las tenían por muy bastantes, y todos quebra- 
ron...» (59). Al decir de Porras de la Cámara, en 1601 hacían 
seis años que no se ahorcaba á ningún ladrón, «habiendo en- 
jambres de ellos como de abejas, y alguno, de doce millones; 
y otro, de ochenta cuentos; y se han alzado en Sevilla en este 
año y el pasado veintiséis hombres con las haziendas ajenas, 
que ya lo tienen por cierta ganancia de cincuenta por ciento, 



Í58) Francisco Pacheco, Libro de descripción de verdaderos retratos de 
ilustres y memorables varones, dado á luz por el Sr. Asensio y Toledo; bio- 
grafía del veinticuatro Gonzalo Argote de Molina. 

(59) Actas capitulares de Sevilla, cabildo de 23 de mayo de 1590. 



- .58 — 
si no se quedan con todo, como lo hacen cuasi todos, y se pa- 
sean libres dentro de seis meses.» Á los almojarifes, recauda- 
dores y tesoreros del Almojarifazgo Mayor y de Indias y pa- 
gadores de los corridos de los juros impuestos sobre él, solía 
llamárseles almas de jarifes: tales eran (6o). Distraían en sus 
negocios propios los dineros con que debían pagar los tales 
corridos á las gentes no poderosas, por lo cual públicamente 
se decía «que no tiene hazienda el que la tiene sobre los di- 
chos almojarifazgos.» En cambio, á los principales tenedores 
de juros se les pagaban las rentas, claro que no por su bella 
cara, mucho antes de vencer los tercios, y así, por octubre de 
1598 se habían pagado adelantados «más de ochenta mili du- 
cados», de la mayor parte de los cuales no estaba tomada ra- 
zón en los libros, sino solamente rubricadas del caballero ad- 
ministrador las cartas de pago (ói). 

Entretanto, los capitanes de la tierra, hable por mi el 
veinticuatro D. Juan Ponce de León, «tiranizan á la gente 
pobre y los molestan y hacen que vayan á trabajar á sus ha- 
ziendas de balde, y comen los pastos, y toman otras licencias, 
en perjuicio del común» (62); y los alcaldes de la tierra, por 
no ser menos, habíanla tomado tan bien, que la tenían por 
suya, en perjuicio de las rentas de los propios (63). Los fieles 
ejecutores, que solían ser infíeles á sus mujeres, pues «con la 
pena que llevaban de la plaza daban gloria á sus mance- 
bas» (64), también solían serlo á sus varas y á su obligación, 
pues disimulaban con los regatones, que siempre los tenían 
más untados que brujas (65). Contra el veedor y conocedor 



(60) <A les almojarifes de la ciudad llamaba un discreto almas de xari- 
fes* (Luque Fajardo, Fiel desengaño contra la ociosidad y los jtugos, í." 228). 

(61) Actas capitulares, cabildo de 2 de octubre de 1598, escribanía i.' 

(62) Ibid., cabildo de 18 de julio de 1597, escribanía l.' 
{63) Ibid., cabildo de 21 de febrero de 1590. 

(64) Rojas Villandrando, El Viaje entretenido, libro I. 

(65) En cabildo de 14 de junio de 1593, Rodrigo Suirez, mayordomo 
del de los jurados, quéjase de que los fieles ejecutores no procedían contra un 
regatón de pescado que puso mano á una daga contra el jurado Juan de Perea. 
Tales disimulaciones de los fieles eran frecuentísimas. 



- 59 - 

de Tablada en 1 590 se seguía causa, en donde estaban ave- 
riguados muchos cohechos que llevaba á los ganaderos [66)', 
pretendía su oficio un Simón Vázquez que ya lo había usado, 
tan mal, que procediendo contra él el Conde de Orgaz, asis- 
tente, se ausentó por miedo del castigo, sin dar cuenta de las 
reses que tenía á su cargo; pero, á pesar de esto y de mani- 
festar en cabildo uno de los jurados que el Vázquez, «al tiem- 
po que entró por conosgedor de Tablada no tenía bienes 
ningunos y quando fué removido del oficio salió con mucha 
hacienda, siendo el salario muy moderado, y con muchas 
vacas e yeguas quede presente tiene, y que está informado 
de que no es hombre fiel ni de buenas costumbres», no obs- 
tante todo ello ¡fué nombrado Vázquez, y tuvo á su favor el 
voto mismo del asistente! {6y). 

Aunque, como vemos, había muy poca justicia en la 
metrópoli andaluza, eran, en cambio, tantos á administrarla, 
venderla, alquilarla, exprimirla, trocarla á favores y escarne- 
cerla, que había siempre por plazas y calles y, sobre todo, en 
tabernas y bodegones, gran muchedumbre de alguaciles autén- 
ticos, y, aun algunos otros fingidos, claro que para dar cima 
á empresas non sancias (68). Y, aun no excediendo de las dos 
decenas los alguaciles que llamaban de los veinte, y andando 
á caballo con sus varas por toda la ciudad, era, con todo, faci- 
lísimo pasar por uno de tantos sin serlo, porque, como decía 
en un cabildo el jurado Carlos de Lezana (69), «muchos al- 
guaziles de los veynte traen las varas arrendadas con escritu- 
ras que hazen simuladas y contraescrituras», y algunos de ellos 
usaban la alguacilía sin estar recibidos. Amén de que, como 



(66) Cabildo de 29 de marzo de 1590. 

(67) Cabildo de 14 de abril de 1590. 

(68) En cabildo de 26 de octubre de 1598 (escribania i.') «acordóse de 
conformidad que Pedro de Escobar Melgarejo, procurador mayor, se querelle 
ante el señor teniente luego de todos los que traen vara de justicia en esta ciu- 
dad y sus arrabales de triana sin tener facultad para ello, por no aver hecho 
demostración della ante la justicia ordinaria ó cabeza del partido.» 

(69) Cabildo de 30 de marzo de 1599. 



- 60 - 

Sevilla era una Babilonia, en donde tenia negocios toda Ks- 
paña y aun todo el mundo, acudían á la ciudad con manda- 
mientos, requisitorias, exhortos ó suplicatorios una infinidad 
de alguaciles y comisarios con vara alta de justicia, por donde 
se hadan aún más grandes el desorden y la confusión. No 
exageró, pues, Lope de Vega, cuando en el tercer acto de El 
Arenal de Sevilla hizo salir á Florelo con vara de alguacil, di- 
ciendo, para justificar el ningún riesgo que habla en ostentarla: 

Hoy la compré, y ha.sU aqoí 
Con poco miedo he venido; 

Por que hay tantas en SctíIU, 
De guardas, de comisiones, 
Que á distintas ocasiones 
Suelen venir de Castilla, 

Que un afio puedo traella 
Sin que se sepa quién soy. 

Otros, mientras, se fingían guardas, por sacar penas y sacar de 
penas el estómago (70); y, en fin , hubo fiel sellador de pesas 
y medidas, que, para que cuantos vendían aceite al por menor 
le llevaran sus medidas á requerir, y diez ó doce reales de 
sus torcidos derechos, en lugar de los doce maravedís que 
antes se cobraban, hizo correr la voz de que aquéllas estaban 
grandes y había necesidad de arreglarlas á los padrones 
originarios de la Ciudad, que bonitamente había hecho per- 
didizos, con lo cual todos se apresuraron á llevarle las tales 
medidas, á fin de que les limara las aserraduras por donde 
rebosa el líquido, y así, á trueque de obtener su indigna 
ganancia, puso á los aceiteros en condiciones de estafar á 
toda Sevilla (71). 

A tan increíble extremo llegaron el abandono y desba- 
rajuste públicos en la gran ciudad hética, que los malhecho- 



(70) fAcordóse que Rodrigo del Castillo en nombre de U Ciudad se que- 
relle contra los que se llaman guardas sin serlo, que agora últimamente se han 
preso» (Cabildo de 3 de noviembre de 1593). 

• (70 Cabildo de 17 de octubre de 1597, escribanía 2.". Llamábase el 
infiel sellador que tal hizo Francisco Bautista Ventín. 



- 61 - 

res, recién anochecido, capeaban en el Arenal (72); moros 
más ó menos auténticos, pues muchos de ellos habían sido 
bautizados, á los tres días de nacer, en la iglesia parroquial 
de Triana, daban gatazo al más listo (lo que dicen cambiazo 
hoy), vendiéndole inútiles trapos por medias calzas (73); 
reducidos á dos todos los hospitales en 1587 (74), los mendi- 
gos viejos, lisiados é impedidos no tenían donde acogerse, ni 
quien mirara por ellos, y se morían por las calles, mal tan 
grave como afrentoso para urbe tan opulenta (75); mientras 
que, por no haber dinero para pagar lo gastado una semana 
en obras urgentísimas de las murallas y el río, el asistente, 
de su peculio, tenía que prestar nueve mil reales, se entrega- 
ban á Fr, Mateo de Salerno, franciscano de los Santos Luga- 
res de Jerusalén, quinientos ducados, á cuyo pago se había 
obligado Sevilla graciosamente {yG). Y en cuanto á policía 



(72) Lope de Vega, El Arenal de Sevilla, acto I, esc. XVIII. — Pocos 
años después escribía Quevedo (El Parnaso Español, Musa V, Carta de Es- 
carramdn á la Me'ndez): 

Remolón fué hecho cuenta 
De la sarta de la mar, 
Porque desabrigó á cuatro 
De noche en el Arenal. 

(73) El Arenal de Sevilla, acto I, escena VIII. 

(74) Los del Espíritu Santo y Amor de Dios (V. Ortiz de Zúfliga,\4wa- 
les de Sevilla, año de 1 587, y Matute, Noticias relativas d la historia de Se- 
villa que no constan en sus Anales (Sevilla, Rasco, 1886), pág. 78. 

(75) En cabildo de i.° de agosto de 1594 Andrés Núñez Zarzuela, ma- 
yordomo de los jurados, dijo: «que la redu^ion de los ospitales desta ciudad se 
hizo á dos en los quales tan solamente se reciben enfermos de callenturas, he* 
ridas y llagas, y de los que se reduxeron á estos muchos estañan ynstituydos 
para recojer y tener en ellos en vnos mugeres muy viejas y se les daua carbón y 
otras menuden9ias con que se sustentauan y los vezinos y circunvezinos les 
embiaban socorro y mantenimientos, y en otros se recojian pobres mendigos 
viejos lisiados e ynpididos para poder andar por las calles, y por no tener 
donde acojerse, y en las casillas donde se recojen quien los cure y mire por 
ellos, se mueren por las calles y resultan otros muchos ynconvenientes contra 

caridad » y suplica, en fin, que en cada collación se ponga una casa de 

recogimiento. Este grave mal, á que no dio lugar la autoridad civil, que bien se 
opuso á la reducción de hospitales, sino el arzobispo D. Rodrigo de Castro, 
(que, por terco, ostentoso y nada caritativo, se hizo aborrecible á toda Sevilla), 
este mal, digo, subsistía en 1599, y aun se había agravado con motivo de la 
peste (Cabildo de i.° de abril del dicho año, escribanía i.*). 

(76) Cabildo de 10 de diciembre de 1597, escribanía l,* 



— 62 - 

urbana, haciendo caso omiso de los mil muladares formados 
de murallas afuera y junto á las puertas mismas de la ciudad, 
en 5 de marzo de 1591 había dos meses que no se limpiaban 
las calles ÍJ7)\ en 3 de agosto de 1592, porque era pasado 
más de un mes desde que se cumplieron los arrendamientos 
de la limpieza, estaba el lugar muy sucio y lleno de vesti- 
glos (78); en 1 597, porque la limpieza se hacía á costa de los 
propios, y no de los vecinos, como en los aflos de 1 593 y 
siguientes, todos echaban lo basura y el estiércol en las calles, 
cde que ha resultado estar la ciudad tan llena de ynmundi- 
ciasi (79); en 1 598 el Ldo. Collazos de Aguilar, teniente de 
asistente, decía en Cabildo «que es caso vergonzoso ver la 
ciudad quan perdida está con ynmundicia y montones de 
basura que hay por todas las plagas y calles, que propiamen- 
te están hechas muladares... > (80). Esto, á fines del gran 
siglo XVI: ¡y en tiempo de los Reyes Católicos se barrían las 
calles cada quince días! (81). Y si es de los rincones y parajes 
solitarios no se diga cómo estaban; baste recordar que desde 
el año 1 599 se acudió al socorrido expediente de pintar ó 
poner cruces en las paredes de tales sitios, cosa que en dos ó 
tres años se hizo tan general, que no quedó rinconada de 
templo ni de calleja sin aquellas pinturas (82). 



(77) Rodrigo Suárez, diputado de la limpieza, dijo: «que á la ciudad le 
consta como el lugar está muy sucio más que jamas lo ha estado, por aver dos 
meses que no se limpia y por aver sido el ynvierno de tantas aguas, y ser 
agora entrada de verano [llamaban verano á la primavera, y á lo que hoy de* 
cimos verano, estioj, se puede temer justamente alguna enfermedad.» 

(78) Se acordó que se limpiara, sin levantar mano. 

(79) Cabildo de 2 de mayo de 159T, escribanía 2.' 

(80) Cabildo de 5 de marzo de 1598, escribanía i.* 

(81) «Otrosí, que en el tiempo del enxuto, que barran las calles, cada uno 
sus pertenencias, cada quince dias una vez, et eche el estiércol fuera de la 

villa » (Ordenjinza XXIV de las antiguas del Concejo de Sevilla: véase Gui- 

chot, Historia del Exento. Ayuntamiento de la ciudad de Sevilla, t. I, 
pág. 246). 

(82) He aquí una ligera nota de algunos de esos acuerdos: 3 de septiem* 
bre 1599: que se ponga de cruces por ambos lados la calle que va por las 
espaldas de las casas de D. Andrés de Monsalve á la calle de las Armas.— 21 
enero i6oo: que se pinten unas cruces á las espaldas del sagrario de San 
Vicente. — 25 agosto 1600: petición de que se pinten cruces en las paredes de 



- 63 - 

Para colmo de tanto desorden y desgobierno, los suje- 
tos que ejercían una jurisdicción, cualquiera que ella fuese, 
odiaban á los que ejercían cada una de las cien restantes que 
embrollaban la ciudad. Cada cual engreído con su vara, te- 
níase por más digno y encopetado que ningún otro, y 
diputábala por cedro del Líbano, en tanto que las varas de 
los demás antojábansele ridiculas cañahejas. Ya era el arzo- 
bispo D. Rodrigo de Castro quien excomulgaba á los del 
cabildo de la Ciudad por hacer unas fiestas en tiempo de 
jubileo (83); ya era la Inquisición quien, por quita allá ese 
paño, hacía lo propio con el regente de la Real Audiencia (84); 
tal ó cual vez el alcalde del crimen Jusepe de Medrano, in- 
vadía las atribuciones del asistente y del maestre de campo 
de Sevilla, y rondaba en ella por las noches, desarmando á 
los soldados que topaba, á los cuales ponía en la cárcel, «de 
manera que ya todos dizen que no quieren ser soldados, 
pues no les guardan sus preeminencias» (85). Muy especial- 



San Juan de la Palma. — 22 septiembre 1600: que se pinte de cruces el rede- 
dor de la iglesia de San Bartolomé. — 25 septiembre 1600: Ide^n la pared de 
San Román. — 9 octubre i6oo.- ídem la de Santa Marina. — 17 enero 1601: 
ídem la calle que va de San Juan de la Palma á San Andrés, y en la calle del 
Imperial, los muros de San Leandro. — Del Imperial, por haber vivivo en ella 
el célebre poeta micer Francisco Imperial y sus descendientes. Aún llamábasele 
del Imperial, á la italiana, y no de Imperial, ó Imperial, como ahora. 

(83) En 1592. Véase Ariño, Sucesos de Sevilla de I5g2 d 1604, páginas 
I.' y siguientes, 

(84) En 25 de noviembre de 1598, al efectuarse el primer intento de 
celebrar las honras por Felipe II. Sabidísimo es que, entrando en la Iglesia 
Catedral el Tribunal de la Inquisición cuando se cantaba el Evangelio, al pun- 
to hizo requerir al regente de la Audiencia para que quitase el paño negro de 
su banco, y como no lo hiciera, fué excomulgado y se suspendieron las honras 
hasta fin de diciembre. D. Francisco de Borja Palomo, docto historiógrafo de 
las riadas de Sevilla, acerca de las cuales escribió y publicó un curiosísimo 
libro, extractó muy bien este complicado asunto de las honras en el prólogo 
que escribió en 1869 para la monografía de Francisco Jerónimo Collado titu- 
lada Descripción del Túmulo y relación de las exequias que hizo la ciudad de 
Sevilla en la muerte del rey don Felipe segundo. Y posteriormente, en 1873, 
D. Antonio María Fabié extractó, para los apéndices del curioso libro de 
Ariño, tanto las actas del Cabildo de la ciudad referentes á las honras de 
Felipe II como los autos que sobre el mismo asunto formó la Audiencia, y los 
que se siguieron ante el Consejo. 

(85) Actas capitulares, cabildo de 14 de marzo de 1598, escribanía í.*-Por 



— 64 — 

mente, aborrecíanse la Real Audiencia y el cabildo de la 
Ciudad, y esto provenía, en gran parte, de que aquélla, á cu- 
yos señores daban de comer de balde y lo mejor regatones y 
jiferos, sus protegidos, llevaba á mal que este otro tuviese 
jurisdicción para hacer las causas contra ellos y para mandar, 
aliquando, que les dieran lindos jubones de azotes y les 
sacaran no feas multas. Andando siempre, como dicen, á 
pícame, Pedro, que picarte quiero, unas pajillas, una friolera, 
cualquier nonada, venía improvisamente á avivar el inveterado 
fuego de su malquerencia (86). 

En estas contiendas pueriles y en procurar cada cual por 
su provecho, sin curarse del procomún, pasábase el tiempo 
todo. Y así como, «estando las galeras cristianas trompeteando 
en los puertos y muy de reposo coziendo la haba, gastando y 



esta acta sabemos cuántas compafiías se habian levantado basta entonces 
de las veinticuatro que se acordó levantar; decia Pedro de Escobar Melgarejo, 
como alguacil mayor: *Y que aunque en la ciudad hay diez e oueve compafiías, 
el señor conde de puñon Rostro tiene la gente dellas tan bien disciplinada y 
todo tan bien dispuesto y viven tan compuestos y con tanta quietad, que 
parece no aver milicia en esta ciudad.» 

(86) Por los años de 1587 y siguientes se hicieron obras en el edi6do 
de la Audiencia, para las cuales la Ciudad dio cuatro mil ducados. Desde qoe 
tal palacio se ediñcó tenía en la fachada, además de las armas imperiales, las 
de Sevilla; pero, con todo, el regente hizo quitar estas últimas. Hubo por ello 
contienda; Sevilla ganó una real provisión (28 de enero de 1591), por la cual 
se mandó al dicho regente que hiciese poner las armas de la ciudad, «que 
estauan puestas en las paredes de la plaza desa audiencia, en las partes y 
según y de la manera que estaban al tiempo que se quitaron», añadiéndose la 
coletilla «y no fagades ende al.» Hizo ál el regente: acudió á cuantos recursos 
había para no cumplir lo mandado, tanto, que fué menester á Sevilla soste- 
ner la contienda hasta ganarla ejecutoriamente, y asi, en el cabildo de 25 de 
mayo de 1607, se acordó que se pusieran en la Audiencia escudos de armas 
de la ciudad. Por consecuencia de Ul enemiga, los señores (como por antono- 
masia se hacían llamar los de la Audiencia) no perdían ocasión para entreme- 
terse en cuanto era de las atribuciones de la Ciudad, bien por ellos mismos 
como tribunal, ó bien por sus criados, á quienes aquellos hombres de ley y de 
justicia alentaban á cometer cien desafueros. En cabildo de 20 de mayo de 
1594 el jurado Carlos de Lezana dio cuenta de cque los alguaziles de la 
audiencia no pueden rondar, y la ciudad muchas vezes ha tratado desto, y que 
agora no solo rondan y quitan espadas con grande ynsolencia, mas visitan 
casas de mugeres y de juego y andan con escribanos muchas vezes y hazen 
causas sin que sea ynfragante y prenden» (Archivo Municipal de Sevilla, 
Actas capitulares, y libro en pergamino rotulado Varios papeles perterucien- 
tes al Cabildo de la Ciudad, en f.°, ms,, f,*' 359). 



— 65 - 

consumiendo los días y las noches en banquetes y en jugar 
dados y naipes, » los corsarios argelinos, á su placer, paseaban 
«por todas las mares de Levante y Poniente, sin ningún te- 
mor, y como libres y absolutos señores dellas, y aun, como 
quien anda á caza de liebres por pasatiempo, aquí tomaban 
una nave cargada de oro y plata que venía de las Indias, y 
allí otra que venía de Flandes» {8j), así también las frecuen- 
tes demasías de las armadas inglesas contra las costas españo- 
las, y singularmente contra las andaluzas, tenía muy sin zo- 
zobra á los sevillanos, por lo cual, cuando en el estío de 
1 596 los soldados del Conde de Essex tomaron y saquearon á 
Cádiz, al saberse en Sevilla la alarmante nueva, y acudir- 
se á aprestar las armas, «no se halló arcabuz, ni mecha, ni 
pólvora, ni espadas, ni armas ningunas, aunque las pesaran á 
oro, si no fueron cuatrocientos arcabuces que la ciudad tenía 
en la Albóndiga, llenos de moho, que no eran de prove- 
cho» (88). El asistente, Conde de Priego, mandó al socorro de 
Cádiz una compañía de caballería y tres de infantes. D. Pedro 
Ponce de León, que mandaba una de éstas, escribió á aquél 
en llegando á las Cabezas de San Juan: «V. S. paresce que 
se sirve de que pierda mi reputación al mandarme venir sin 
armas y munición, de manera que mi venida servirá de es- 
carnio...» (89). Y cuando se acordó formar un batallón de 
veinticuatro compañías que defendiese á la ciudad, y llegó 
para adiestrarlas el capitán Marco Antonio Becerra, jugóse á 
los soldados muy sevillanamente; que no hallo mejor manera 
de decir cómo se jugó (90). 

Un hombre, un solo hombre hubo en aquellos años capaz 
de arreglar á Sevilla en todos sentidos: D. Francisco Arias de 



(87) Fr. Diego de Haedo, Topographia e Historia de Argel, Valladolid, 
1612, iP 116. 

(88) Véase Ariño, obra citada, pág. 34. 

(89) Véase Rodríguez Marín, El Loaysa de *El Celoso Extremeño*, 
pág. 126, nota. 

(90) Cervantes se burló con gran donosura, como él sabia hacerlo, de toda 
aquella titereria militar, y del capitán Becerra, y de la valiente entrada del 



— 66 - 

Bobadüla, conde de Puñonrostro. Tomó posesión de la asis- 
tencia el día 24 de marzo de 1597; qué cualidades tenía y que 
hizo, escrito está, para espejo de celosos gobernantes y de 
hombres de bien (91); qué habría hecho, á permanecer tiempo 
largo en la ciudad del Guadalquivir, colígese de las muestras. 
De él hubiera podido decirse lo que dijo Andrés Hernáldez de 
los Reyes Católicos cuando en 1477 pusieron su tribunal en el 
alcázar de Sevilla: que fueron sus justicias ttan concertadas, 
tan temidas, tan ejecutivas, tan espantosas á los malos, á los 
ladrones, á los rufianes, á los malvivientes, que, por puro te- 
mor, muchos se fueron á Portugal, e otros á tierra de moros y 
allende pasaban» (92). Así Cervantes en La Ilustre Fregona, 
hacía decir á un mozo de muías sevillano: « — Sábete, aniii^o 



Duque de Medina en Cádiz, en un punzante •oneto, que no por Mr harto 
conocido deja de tener aqui apropiado lugar: 

Vimos en julio otra Semana .Santa, 
Atestada de ciertas cofradías 
Que los soldados llaman compañías, 
De quien el vulgo, y no el Inglés, se eapanta. 

Hubo de plumas muchedumbre tanta. 
Que en menos de catorce ó quince días 
Volaron sus pigmeos y Oolias 
V cayó su edificio por la planta. 

Bramó el Becerro y púsolos en sarta; 
Tronó la tierra, escureci(>se el cielo. 
Amenazando una total ruina. 

V, al cabo, en Cádiz, con mesura harta. 
Ido ya el Conde, sin ningún recelo, 
Triunfando entró el gran Duque de Medina. 

(91) Ariño, en sus mencionados anales, lo elogió á cada paso al citar sus 
notables hechos, y copió muchas composiciones poéticas que corrían por toda 
Sevilla en su alabanza. Y el docto paremiólogo D. José M.* Sbarbi llega á 
imaginar que el Conde, «espafiol rancio, varón esforzado, caballero á carta 
cabal, modelo cumplido de honradez, defensor acérrimo de la justicia..., hubo 
de servir de modelo á Cervantes, en lo respectivo á la parte sana y seria, para 
bosquejar la gran figura de su invicto Héroe manchego» (In tilo tempere y 
otras frioleras, bosquejo cervántico ó patatiempo quijotesco por todos cuatro 
costados, Madrid, 1903). 

(92) Historia de los Reyes Católicos, cap. XXIX. Del estado en que se 
encontraba Sevilla años antes, reinando Enrique IV, decía el cronista Alonso 
de Falencia: «Principalmente en Sevilla una corrupción desenfrenada iba des- 
trayendo la república; el que allí se enviaba por corregidor pronto merecía 
corrección y castigo, y al mismo tenor las autoridades de la ciudad, creciendo 
en soberbia, fomentaban la tiranía» {Crónica de Enrique IV, traducción de 
D. Antonio Paz y Melia, Madrid, 1904, t. I, pág. 380.— Colección de Escri- 
tores Castellanos). 



-6^- 

que tiene un Bercebú en el cuerpo este Conde de Pufionrostro, 
que nos mete los dedos de su puño en el alma: barrida está 
Sevilla y diez leguas á la redonda de jácaros; no para ladrón 
en sus contornos; todos le temen como al fuego, aunque ya 
se suena que dejará presto el cargo de asistente, porque no 
tiene condición para verse á cada paso en dimes ni diretes 
con los señores de la Audiencia.» 

El sapientísimo y virtuosísimo Arias Montano, desde su 
quinta de Campo de Flores, escribió á Felipe II, que le amaba 
y le veneraba, suplicándole que mandara al Conde no aflojase 
del buen orden con que había comenzado á gobernar y reme- 
diar los desafueros y robos públicos que en Sevilla se co- 
metían, «ó, por mejor decir, se sustentaban, con nombre de jus- 
ticia, y con entrar algunos leones á la parte del interés de una 
infinidad de lobos y raposas y otras salvajinas que cazaban, y 
pescaban por mar» (93). Los señores de la Audiencia no gus- 
taron de la justicia del Conde, que estaba hecha á prueba de 
sobornos; á cuantos abusaban y robaban, grandes y chicos, es 
decir, á las tres quintas partes de la población hispalense, no 
pareció bien tanta legalidad, pues, al cabo— dirían — no he- 
mos venido á redimir el mundo, sino á comérnoslo; y el insig- 
ne Conde, viendo que los más miraban con malos ojos sus 
nobles esfuerzos y que muchos de los robados no merecían 
protección, porque á su vez eran ladrones, no tuvo empeño en 
permanecer en Sevilla, ciudad de la cual escribía poco des- 
pués el racionero Francisco de Porras de la Cámara (94): 
«....entra cada año la nata y medula de las entrañas del cerro 
del Potosí; todos hacen su negocio, y si son pobres, proveen 
su necesidad, y si ricos, hartan su insaciable cobdicia, y está 
Sevilla menos sigura y más sospechosa que Sierra Morena, y 
tan miserable y destrogada como Jerusalem en la captividad 



(93) Esta carta, inédita hasta ha poco tiempo, fué publicada por Rodrí- 
guez Marín en El Loaysa de *El Celoso Extremeño», pág. 147, nota. 

(94) En la consabida carta al cardenal Niño de Guevara, electo arzobispo 
de Sevilla. 



- 68 - 

del Egipto, que lamenta Isaías diciendo: n-Ite angelí lu-loces ad 
gentem convulsam et dilaceraíam...* Así, pues, al expirar la 
centuria décimasexta habría podido ponerse de nuevo en la 
puerta del Osario aquel tan expresivo rótulo que tuvo puesto, 
antes de la reconquista, el taimado moro que abusivamente 
cobraba el pasaje del al macabra (95): 

cESTA ES LA CIUDAD 
DE LA CONFUSIÓN Y EL MAL GOBIERNO. t 



(95) Ortiz de Zútliga, Anales eclesiásticos y seculares de Sevilla, t. I, 
Pág- 32- 



III 



Para albergar gente perdida de toda la grande variedad 
de especies que constituían la picaresca en los postreros lus- 
tros del siglo XVI no había en España ninguna ciudad tan á 
propósito como Sevilla. Su opulencia daba para todos, aun 
para los más ruines; su desgobierno y su desorden eran el 
más eficaz salvoconducto para todo linaje de traviesos y de- 
lincuentes; y el ser tan grande y populosa, y tan concurrida 
de gente de cien naciones, ofrecía anchísimo campo á pesca- 
dores y mariscadores en seco, y protectora seguridad, si no 
rodaran bien las cosas, de perderse en un momento y cuantas 
veces fuera menester, como tragado por la tierra, con sólo es- 
currir y mudar el bulto de un barrio á otro. Máre magnunt 
llamaba á Sevilla, mediado aquel siglo, el setabense Francis- 
co Franco, médico del Rey de Portugal y catedrático del es- 
tudio de Santa María de Jesús (i); Nínive y Babilonia llamá- 
bala cincuenta años después el anónimo autor del Entremés 
de los Mirones (2), y por Babilonia castellana y Cairo español 
teníala algo más tarde el ecijano Luís Vélez de Guevara, en 



(i) Palomo, Historia critica de las riadas ó grandes avenidas del Gua- 
dalquivir en Sevilla, t. I, pág. 115. 

(2) «Sevilla es una Nínive, es otra Babilonia: de lo que rueda por esas 
calles, si hay quien lo note, cada hora puede hacerse una corónica.» 



— 70 - 
una de sus comedias (3). Pero ¿á qué decir más? Babilonia se 
llamaba la gran ciudad del Guadalquivir en el hampesco len- 
guaje de la germanía (4). 

Empero, sobre las enumeradas, alguna otra cualidad ó 
cosicosa tenía Sevilla que era especial y privativa de su sucio, 
ó de su cielo, ó de su ambiente, ó de todos ellos á la vez, y 
que coadyuvaba muy mucho á constituirla en núcleo y me- 
trópoli de toda la gente maleante y apicarada de la nación. A 
los diablos atribuía Santa Teresa de Jesús, con gentil sencillez 
cristiana, esta rara cualidad á que me refiero: tNo sé— escri- 
bió en su Libro de las Fundaciones (5) — si la misma clima de 
la tierra, que he oído siempre decir los demonios tienen más 
mano allí para tentar, que se la debe de dar Dios, y en esto 
me apretaron á mí, que nunca me vi más pusilánime y cobar- 
de en mi vida que allí me hallé: yo, cierto, á mí mesma no 
me conocía». D. Diego Hurtado de Mendoza había dado una 
más llana explicación, al tratar del mal comportamiento de 
los soldados voluntarios que fueron de Sevilla á pelear contra 
los moriscos rebeldes de la Alpujarra, echando de ver que en 
la dicha ciudad se juntaban tres suertes de personas: los natu- 
rales, discretos y animosos, que vivían de sus rentas ó de su 



(3) En la titulada Más pesa el rey que la sangre, jornada I, escena I: 

Este Cmyo ttpañol, esta 
BabiloHia caitellana, 
Este ejército de almenas, 
EUte escándalo de casas.. 

y Lope de Vega, en La Dorotea, acto II, esc. 2.', en donde Celia, al preguntar- 
le Dorotea: — «¿Qué hará mi bien ahora?*, le responde, aludiendo á Sevilla: 
— «Estará en aquella gran ciudad. Babilonia de Espafia.» 

(4) Entre cien ejemplos que podria citar, he aquí dos, tomados de los 
Romances de germanía publicados por Juan Hidalgo: 

Hicieron ambos alón 

V á Babilonia se acogen. 



En la ancha BahiUmia 
Acabó su cruz y entróse. 



Quevedo, en la VII de sus jácaras (Musa V) 
(5) Capitulo XXV. 



Llegamos á Bahilonia 
Un miércoles por la tarde. 



— 71 - 

trabajo; los extranjeros, ocupados en sus negocios; «más los 
hombres forasteros que de otras partes se juntan al nombre 
de las armadas, al concurso de las riquezas, gente ociosa, co- 
rrillera, pendenciera, tahura; hacen de las mujeres públicas 
ganancia particular; movida por el humo de las viandas...» (6). 
Con todo, algo había genuínamente sevillano, ó, mejor, anda- 
luz, de lo que advirtiera la Doctora Mística; algo que, como 
ella indicó, estaba y está en «la misma clima de la tierra»: era 
y es su espléndido sol, y su hermosa y riente luz, y aquella 
aromada primavera de casi ocho meses; y aquel calor del Se- 
negal én los tres del estío; todo ello enervante, adormecedor 
predisponente á la ociosidad; tanto, que hicieron alguna mella 
en el firmísimo carácter de la autora de Las Moradas, ocasio- 
nándole una pusilanimidad que en parte ninguna había tenido. 
Mas ¡también singular cosa! con esa propensión al ocio 
coexistían, en los hombres de todas las clases sociales, una 
altivez y un como orgullo, provenientes en mucha parte de 
ser hijos de la magnífica ciudad, y aun de sólo residir en ella, 
que solían traducirse, cuando no en actos de ostensible valor, 
en contiendas verbales llenas de interjecciones, pésetes, men- 
tíses é hiperbólicas amenazas, en que ponía lo menos el pro- 
pósito de hacer daño á nadie y ponían lo más la exuberancia 
de fantasía y la facundia retórica que da pródigamente á sus 
naturales aquella noble y privilegiada tierra. Como ciudad, 
como persona jurídica, Sevilla los aleccionaba con sus ejem- 
plos de dignidad y altivez, quizás exageradas en alguna oca- 
sión, pero siempre plausibles. Por el verano de 1 540, verbigra- 
cia, dos corsarios argelinos entraron y saquearon á Gibraltar; 
sabido esto en Sevilla, acordóse sin tardanza sacar el pen- 
dón de la Ciudad, para que con él y con la gente que se juntó 



(6) Guerra de Granada, libro IV. Cabrera de Córdoba hurtó estas últi- 
mas frases al ilustre historiador y poeta granadino, aplicándolas á distinto 
propósito: á la segunda expedición que se hizo á las Azores, á la cual fué mu- 
cha gente sevillana. Fornerón cayó en la cuenta de este hurto (Historia de 
Felipe Ily traducida por D. Cecilio Navarro, Barcelona, 1884, pág. 341, nota). 



- 72 - 

marchase allá D. Rodrigo de Saavedra, tel cual, aunque pres- 
tamente llegó nueva de haberse retirado los cosarios con la 
presa, con todo, salió á Tablada con el pendón y la gente que 
se le había juntado; y refiere una curiosa relación — va hablan- 
do el analista Ortiz de Zúftiga— que, llegando á salir por la 
puerta de Carmona el pendón, no cabiendo por ella enhiesto, 
que permanecía en su antigua forma, por no baxarlo, lo des- 
colgaron por cima de la muralla, y que lo mismo hizo al en- 
trar: ceremonia notable y digna de memoria — añade — por lo 
que indica el respeto de nuestros antiguos á este estimado 
pendón (7). Otro ejemplo, de los aftos á que se refiere este 
pobre discurso. En cabildo de 20 de mayo de 1 598 se dio 
cuenta de una carta de la ciudad de Gibraltar á la de Sevilla, 
en la cual, de fijo por inocente inadvertencia de algún tagaro- 
te calpense, se la trataba de merced. ¡Tú, que tal hiciste! Hu- 
bo veinticuatro que puso el grito en el ciclo, y se acordó que 
la carta «se rompiese sin hacer caso della, mediante convenir 
así á la grandeza y autoridad de la ciudad, por ser gibraltar 
un lugarejo corto y de gente tan ignorante y bruta, que se 
podía creer con propiedad ignoraría el modo de hablar á sus 
superiores, y porque no se desvaneciese si la ciudad reparara 
en su necedad, y que así se le avisase á sus almojarifes para 
que así lo tuviesen entendido.» Verdad es que Gibraltar, lu- 
garejo y todo, no se avino bien con la desdeñosa respuesta, 
y pleiteó hasta ganar provisión para que Sevilla le diese tes- 
timonio del acuerdo precopiado, (8) y tales primores forenses 
costaron muy buenos escudos á la gran ciudad del Guadal- 
quivir; pero quedó en su punto no sólo aquel puntillo, sino 
aquella braveza que Cervantes encomió siete meses después 
en el más popular de los sonetos españoles. 

Quien lo hereda no lo hurta, y como de herencia tenían 



(7) Ortiz de ZúBiga, Anales ecUsidsticos y seculares de Sevilla, t. III, 
pág. 382. • 

(8) Actas capitulares de Sevilla. Pueden verse, entre otras, las de 8 de 
julio de 1598 y 23 de febrero de 1602. 



— 73 — 

los sevillanos aquel decoro y aquella noble arrogancia. «To- 
dos, hasta los niños — escribía el bachiller Luís de Peraza, 
cabalmente hacia el año referido (9)— presumen de hombres, 
y andan con sus espadicas á los lados, y aun se las pegan á 
las veces con el diablo.» Y Vicente Espinel, que es el prota- 
gonista de su novela intitulada Relaciones de la vida del escu- 
dero Marcos de Obregón, dice en ella, refiriéndose al año 
de 1578, en que vivió muy á lo picaro en la ciudad de la Gi- 
ralda: «Quédeme en Sevilla por algún tiempo, donde, entre 
muchas cosas que me sucedieron, fué una dar en la valentía; 
que había entonces, y aun creo que ahora hay, una especie de 
gentes qae ni parecen cristianos, ni moros, ni gentiles, sino 
su religión es adorar en la diosa Valentía, porque les parece \a>> 
que estando en esta cofradía los tendrán y respetarán por va- 
lientes, no cuanto á serlo, sino cuanto á parecerlo» (10). 
El que era sevillano no había de mostrar punto de cobardía 
ni aun estando para ir al patíbulo (i i); y como esto del valor 
era cosa en que pecaban todos los más hijos de aquella ciu- 
dad (12), y aun los pobres mendigos, en siendo de ella, cam- 
paban de valientes (13), con harta razón la llamaban los poe- 
tas de los jácaros la Chipre de la valentía (14). En especial, 
los ternes de la collación de San Román, en esto de los híga- 
dos, no reconocían semejantes, á no ser los del barrio de la 



(9) Historia de la Imperial ciudad de Sevilla. Ms. 

(10) Relaciones de la Vida del escudero Marcos de Obregón, relación II, 
descanso II. 

(11) Cristóbal de Chaves, Relación de la Cárcel de Sevilla, en Gallardo, 
Ensayo para una Biblioteca Española, t. I, columna 1.347. 

(12) Castillo Solórzano, La Garduña de Sevilla (Valencia, 1634), 
cap. III. 

(13) Luis Vélez de Guevara, El Diablo Cojtielo, tranco IX. 

(14) En uno de los romances publicados por Juan Hidalgo: 

Un hombre que ser solía 
Tenido hace algunos meses 
Por uno de los que llaman 
De la Hería y pendón verde, 

Vino huyendo de Sevilla, 
Que es Chipre de los valientes, 
Por no sé qué niñerías. 
Robos, capeos y muertes. 



— 74 - 

Heria ó Feria. He aquí por qué en El Rufián dichoso^ Anto- 
nia, para encarecer la guapeza de Lugo, dice: 

¿Hay más que ver que le dan 
Parías los más arrogantes, 
De la Hería los matantes, 
Los bravos de San Román? (15). 

Y ya que acabo de nombrarlos, comenzaré f)or los jácaros 
ó jaques la enumeración de las diversas variedades de la pica- 
resca. Así como así, formaban, si no la clase más numerosa de 
ella, la más digna de estudio, y la más dañina, al propio tiem- 
po. Veamos algo de lo que de esta mala gente escribió pocos 
años há, el autor de El Loaysa de *El Celoso extremeño* : 
«Como resto de las antiguas costumbres caballerescas, vulga- 
rizadas y ensalzadas en novelones y romances, quedó viva en 
el populacho la admiración de todo acto de valor, más pro- 
funda cuanto más desaforado fuese. A procurar y obtener esa 
admiración dedicáronse muchos hombres, echándose á vivir 
sobre su fama de valientes y sobre el miedo que á estos tales 
tienen las gentes pacíficas. Padre universal de los vicios es el 
ocio, y los desalmados que hacían ancha profesión de su bra- 
veza cayeron en todos ellos, de donde el fraude, la prostitución 
y el crimen fueron obligados camaradas de la valentía. Vi- 
viendo con un pie fuera de la ley (cuando no con ambos), aun- 
que haciéndose tolerar, ya por la dádiva, ya por el miedo, de 
los ministros subalternos de la justicia, hombres de la propia 
laya, todos, bien mirado, fueron unos (16); y, como á los prin- 
cipios no hubo el saludable rigor necesario para extinguir la 



(15) Jornada I. Y en la tercera, Fr. Antonio, ponderando el antiguo valor 
del mismo jaque, dice: 

Que, por Dios, y mí me goce, 
Que le VI reñir con doce 
De Heria y de San Román. 

(16) «En Viernes 5 de abríl [1596] ahorcaron á vn corchete porque le 
lleuauan preso á vn amigo suyo y hizo resistencia á la justicia, y escapó su 
amigo, y le prendieron al dicho corchete y le sentenciaron [á] ahorcar por una 
muerte que le acomunaron» (Efemérides sevillanas del año 1596. Ms. en folio, 
letra de aquel tiempo. Biblioteca del Sr. Duque de T'Serclaes). 



— 75 — 

mala semilla de los valientes de oficio, echó raíces y exten- 
dióse como la grama, haciéndose punto menos que dueña de 
las ciudades populosas, especialmente de Sevilla. Tarde acu- 
dió á poner remedio el celo, por lo común tibio, de cabildos, 
corregidores ó asistentes, alcaldes y audiencias, pues el mal se 
había propagado en tales términos, que cárceles, azotes, gale- 
ras, y aun la horca misma y el descuartizamiento, más bien 
eran leña con que el incendio se fomentaba que agua que lo 
apagase. Germanes^ jaques ó jácaros, rufos ó rujianes y pica- 
ros se llamaron, teniéndolo á mucha honra, los que profesa- 
ban en aquella cuasi orden militar de la valentía burdelesca y 
perdularia, y germanía, jacarandina ó jacarandana, rufianes- 
ca y picaresca se llamó indistintamente el espantable gremio. 
Como raza que vive enmedio de otra, rigióse por sus especia- 
les costumbres; tuvo su principal feudo y señorío en la casa 
llana, cuyas abyectas mujeres, lo mismo que otras repartidas 
por toda la ciudad, toleraban y aun solicitaban el trato de 
aquellos malandrines (17), cediéndoles, á cambio de alguna 
caricia y de muchos golpes, una buena parte de sus viles ga- 
nancias; y para que los extraños no entendiesen sus trapazas 



(17) «Los propiamente llamados rufianes, los que á costa de las marcas 
vivían, eran casi siempre cobardes: toda la fortaleza se les iba por la boca, 
perdonando vidas, echando pésetes y reniegos y amagando con destruir este 
mundo y el otro. Lope de Vega, que en su comedia El Rufián Cas trucho (de 
seguro, escrita sobre sucesos que él mismo presenciara) pintó de mano maestra 
á un desalmado de este jaez, expuso en tres versos el concepto que tales galli- 
nas le merecían: 

¿Cuándo has visto tú rufián 
Que no parezca Roldan 

Y sea después lebrón? 

El siguiente rasgo (jornada I) bien puede valer por un retrato de su prota- 
gonista: 

Castrucho. «Qué es Cid adonde yo estoy? 
Que el Hércules mismo soy 

Y el gigante de David. 

(Espántese.) 
¡Guarda, pese á tal! ¿Quién es 
Este que viene hacia aquí? 
Escodar. El sargento es, pese á mí. 
Castrucho. ¿Apretaremos los pies? 
Escobar. Siendo tií tan gran gigante, 

¿Quieres que huyamos de un hombre? 
Castrucho. Pues ¿he de afrentar mi nombre 
Menos que con otro Atlante?» 



-76- 

y bellaquerías, los germanes urdieron cierta jerga ó parla (el 
lenguaje de germanía que Juan Hidalgo inventarió en 1609), 
amén de otras varias jerigonzas... Gente para un barrido y 
para un fregado, la picaresca, así fundaba contra la propiedad 
una sociedad que bien podía llamarse «Monipodio, Maniferro 
y C.*f, comprometiendo en la arriesgada empresa, á modo de 
fianzas, nabatos y gorjas, como perpetuaba el nombre del va- 
liente que moría en la Ene de palo (18), narrando sus fazañas 
en muchedumbre de romances, que, pegados á un son alegre 
y á un bailecillo deshonesto, pronto se llevaban de calle al 
vulgacho, tanto en las fiestas de candil como en los corrales 
de comedias, inflamando con los lascivos meneos aun á las 
personas más heladas por la nieve de la vejez. Así la institu- 
ción de aquellos bribones se difundía y prosperaba, que era 
un asombro. 

»La germanía sevillana tuvo por elementos componen- 
tes, en cuanto á lo rufianesco, coimas y rufos, padres y cota- 
rreras, traineles y pagotes; y en cuanto á lo ladronesco (de que 
Salillas forma acertadamente otro grupo) (19), murcios y bir- 
ladores, en general; pero con más especies, subespecies y fa- 
milias que caben en una esmerada clasificación zoológica; por 
término jurisdiccional tenía á Sevilla entera, con sus plazas y 
calles, con su concurrido Arenal, sus Atarazanas, puertas y 
suburbios, y sus extensos campos; por domicilio, las tabernas 
y los bodegones, los casucos de la mancebía (20), todas las 
altanas ó iglesias en los casos de apuro, y, á no poder más, 
los trenas ó banastos^ y los bancos de las gurupas; por co- 
rreos, cada perdido que llegaba á esta Babilonia, ó de ella se 



(18) cAsí llamaban á la horca. Qaevedo, jácara II: 



Murió en la Ene árpalo 
Con buen ánimo un gañán, 
Y el jinete de gaznates 
Lo hizo con él muy mal.» 



(19) *El Lenguaje, págs. 83 y siguientes.» 

(20) «Veinte de ellos poseía la Ciudad, la cual por los años de 1 604 los 
tenia dados en renta, por dos vidas, al verdugo Francisco Vélez. Muchos otros 
pertenecían al Cabildo Catedral (!).» 



-11 - 

iba, en particular los que, remando en las galeras del Rey, 
atracaban en los muelles del Guadalquivir ó buscaban las 
aguas de Sanlúcar; y por auxiliares y bienhechores, dígalo 
Cervantes, por boca de Monipodio: «el procurador que nos 
•defiende, el guro que nos avisa, el verdugo que nos tiene 
«lástima, el que cuando alguno de nosotros va huyendo por 
»la calle y detrás le van dando voces: — ¡Al ladrón, al ladrón, 
» deténganle, deténganle!, se pone en medio y se opone al 
» raudal de los que le siguen, diciendo: — Déjenle al cuitado, 
>que harta malaventura lleva; allá se lo haya; castigúele su 
»pecado» (21). También la germanía contaba héroes y már- 
tires entre sus adeptos: héroes, los que habían sucumbido á 
mano airada, haciendo frente á otros bravos ó á los servido- 
res de la justicia; y mártires , los que, después de podrirse en 
el horno sin cantar en el ansia, aguantaban sin chistar ni ha- 
cer un mohín, por las acostumbradas (22), las caricias de la 
penca, ó acababan en finibusterre á manos y aun á piernas del 
boche, subiendo á desposarse con la viuda, con el mismo ta- 
lante risueño que si fuesen á la Barqueta ó al Alamillo, entre 
marcas y rufos, á despabilar una gentil cazolada de beren- 
jenas» (23). 

Conformes, de toda conformidad, salvo en lo de entender 
como úvíónwcio^ germania ó jacarandina, y picaresca. No: la 
picaresca es más amplia, y de ella forma parte la germania; 
ésta es especie, y género la otra. La antigua picaresca era la 
vida birlonga, en todas sus múltiples manifestaciones, en vom- 



(21) «Cervantes, Rinconete y Cortadillo.* 

(22) «Suple calles. Un ejemplo por muchos: 

Y poco faltó, por Dios, 
Para ser en Portugal 
Caballeros á lo asnal. 
Pues que supimos los dos 

Que el Duque mandado había 
Que ^or las acostumbradas 
Nos diesen las pespuntadas 
Orden de caballería.' 

(23) Rodríguez Marín, El Loaysa de i-El Celoso Extremeño*, pági- 
nas 139-141. 



- 78 - 
chas de las cuales se pasaban no pocos trabajos. Las princi- 
pales variedades de la picardía están indicadas por Cervantes 
en la vida del Pedro de Urdemalas que da título á una de sus 
comedias: fué hijo de la piedra, niño de la doctrina, grumete 
de la carrera de Indias, esportillero en la metrópoli andaluza, 
mandil ó mozo de rufián, mochilero, playero, vendedor de 
aguardiente y naranjada en Córdoba, suplicacionero ó barqui- 
llero, como decimos hoy, mozo de un ciego rezador de ora- 
ciones, mozo de muías, mozo de un tahúr fullero, mozo de 
labrador, y aún, después, farsante. Con todo eso, faltaron á 
Pedro de Urdemalas, entre otros grados, el de pinche ó picaro 
de cocina, y el de ganapán ó palanquín; y no digo el de traji- 
nador en las almadrabas de Zahara, por entender que en lo 
de «gentilhombre de playa» quedó incluido; pues de otra suer- 
te habría que estimar que le faltaba el grado de maestro, ya 
que en las tales almadrabas, según Cervantes, era el finibus- 
terre de la picaresca (24). 

Muy de ligero, como quien corcuse, por no permitirme 
otra cosa ni la prisa con que he de acabar este trabajo ni la 
extensión que debe tener, iré enumerando, siempre con vistas 
á Sevilla, las principales variedades de la picaresca, y así el 
lector formará juicio, siquiera aproximado, de cuántas clases 
de perdidos se andaban á la briba en la revuelta Babilonia de 
España. Comenzaré por el rateruelo, bajo y vil oficio de mozo 
de la esportilla (25), de picaro por antonomasia, al cual se 



(24) Cervantes, La Ilustre Fregona. — Pueden verse, además de la extrac- 
tada en el texto, La vida del picaro, compuesta por gallardo estilo en tercia 
rima, publicada por Bonilla y San Martin (Revue Hispanique, t. IX, pági- 
nas 295 y siguientes); otra que se describe en el Romance de la vida y muerte 
de Maladros (Hidalgo, Romances de germania), y un breve elogio de la vida 
picaresca en la continuación de Lazarillo de Tormes por H. Luna, cap. VIII. 

(25) Cervantes, Pedro de Urdemalas, jomada I: 

...y á Sevilla me volví 
Donde al rateruelo oficio 
Me acomodé, bajo y vil, 
De mozo de la esportilla, 
Que el tiempo lo pidió ansí, 
En el cual, sin ser yo cura, 
Muy muchos diezmos cogí, 
Haciendo salva á mil cosas... 



- 7^ - 

dedicaban, vamos al decir, los estudiantes gramáticos qué 
habían de cursar la carrera hampona. Al olorcillo de las mil 
cosas de comer que entraban en sus espuertas, y al saborcillo 
de pellizcarlas y tomarles el diezmo, no menos que de los 
frutos la Iglesia de Dios, todo sin perder ni un instante la 
santa independencia que les permitía á toda hora buscar la 
flor del berro por la ciudad y sus alrededores, acudían cual 
moscas á miel á aquella vida agradable y regalada infinidad 
de muchachos, no sólo de la comarca hispalense, sino tam- 
bién de lejanas tierras. «Entonces — dice Guzmán de Alfara- 
che refiriéndose á la temporada en que fué mozo de la espor- 
tilla (26)— éramos pocos y andábamos de vagar; ahora son 
muchos y todos tienen en que ocuparse, y no hay estado más 
dilatado que el de los picaros, porque todos dan en serlo y se 
precian dello.» 

Este aprendizaje, esta suerte de bachillerato en las malas 
artes de la picaresca, hacía á dos vías ó facultades: la holga- 
zana y la trabajadora, ó, por mejor decir, la que pedía y la 
que tomaba ó agarraba, bien que, por rezar el refrán que en 
el tomar no hay engaño, á terciarse buenamente, hurtaban 
todos. A la honrada clase de los ociosos ó pedidores pertene- 
cían los mendigos falsamente lisiados, aquellas buenas piezas 
de leva por quienes dijo Cervantes que «á la sombra de la 
manquedad fingida y de la llaga falsa andan los brazos ladro- 
nes y la salud borracha» (27). Y era de ver como, levantando 
el estómago con su aspecto, levantaban á la par la voz, para 
levantar la blanca, el maravedí y el cuarto, á cuya caza iban, 
con mucho del «¡Mira mis tristes años, y amancíllate de este 
pecadorl», y del «¡Ten misericordia deste pecador afligido y 
llagado, impedido de sus miembros..!» (28), y, sobre todo, del 



(26) Parte I, libro II, cap. VII. 

(27) El Ingenioso Hidalgo^ parte II, cap. LI. 

(28) Tomo estos retazos de fórmulas para pedir, de Mateo Alemán, Guz- 
man de Alfaracke, parte I, libro III, caps. III y IV. En el cap. II están unas 
curiosisimas Ordenanzas mendicativas. 



«¡Me veo y me deseo!», que traía á la memoria al mitológico 
Narciso, enamorado de sí, mirándose en los cristales de la 
fuente; y todo ello con voz tan lastimera y lúgubre, que pare- 
cía salir de lo hondo de una sepultura, ó de entre las llamas 
del Purgatorio. Pues ¿y cuando eran dos lacerados los que, 
como mancuerna, cogían por su cuenta una calle y otra, alter- 
nando á gritos el petitorio, el uno en tiple y el otro en fa- 
bordón, descalzos de pie y pierna, levantados casi á medio 
muslo los remendadísimos calzones, y cada cual con su palo 
talludo, que propiamente parecía que se andaban á pescar ra- 
nas en algún hondo charco? 

No por falta de lumbres dejaban que nadie les echase el 
pie delante los ciegos de la vista corporal, que, de ordinario, 
tenían tan ruin la interior como la exterior (29). Ocupábanse 
en rezar oraciones á los que se lo mandaban; buscaban trabajo 
á las puertas de los templos, ó en las gradas de la Iglesia Ma- 
yor, y, por lo común, cuando el lazarillo les decía que el que 
dio la limosna se iba alejando, allí quedaba el rezo ó la can- 
ción (30). Verdad es que, aunque estuviera presente el pagano^ 
el gentil ciego solía engullir parte de las oraciones, rezando 
para dentro, como quien sorbe, ó, lo que aún era peor, echa- 
ba sisa en ellas, comiéndose la mitad (31). A sus solas unos 
con otros, gastaban lindo humor, como grandísimos bellacos 
y socarrones que eran (32), y hablaban jerigonza; y á sus solas 



(29) Dicelo uno de los interloculores del Entremés de los Mirones, de 
autor sevillano ó residente en Sevilla, y cuya acción pasa en la misma ciudad. 

(30) «También él abreviaba el rezar y la mitad de la oración no acababa, 
porque me tenia mandado que en yéndose el que la mandaba rezar, le tirase 
por cabo del capuz* (Lazarillo de Tormes, tratado I). 

(31) Cervantes, El Rufián dichoso, jornada I: 

Lugo. Tomad aqueste real, y diez y siete 

OracioDcs decid, una tras otra, 

Por las almas que están en Purgatorio. 
Ciego. ¡Qué me place, señor! y haré mis fuerzai 

Por decirlas devota y claramente. 
Lugo. No me las engulláis, ni me echéis sisa 

En ellas. 
Ciego, No señor, ni por semejas. 

(32) En el propio Entremés de los Mirones cuenta el segundo de ellos lo 
que oyó á unos ciegos junto á la iglesia de Santa Catalina, y á fe que todo es 



- 81 - 

y á sus acompañadas diputaban el devoto oficio por profesión 
honrosa y difícil de deprender, como que habían de tener 
oraciones para la mitad de los santos que hay en el Cielo. 
Ciento y tantas sabía de coro el ciego á quien sirvió Lazarillo 
de Tormes, y entre ellas habíalas «para mujeres que no pa- 
rían, para las que estaban de parto, para las que eran mal 
casadas, que sus maridos las quisiesen bien; echaba pronósti- 
cos á las preñadas, si traían hijo ó hija. Pues en caso de me- 
dicina. Galeno no supo la mitad que él para muelas, desma- 
yos, males de madre» (33). Tan por oficio hecho y derecho 
teníase ya á fines del siglo XV el echar oraciones, que había 



donosísimo. La causa de la ceguera de uno fué arreglada en verso, mucho des- 
pués, por D. Francisco de Leyva, para su comedia Cueva y castillo de Amor: 
Hé aqui el cuentecillo: 

Tres ciegos, de compañía 
En conversación honrada, 
Cada uno de su cegada 
El achaque refería. 

Dijo uno: «Uu aire me dio 
Estando cavando un día.» 
Dijo otro: «De una sangría 
Un barbero me cegó.» 

Dijo el último: «Yo soy 
Ciego por vanos placeres; 
Pues, por andar con mujeres 
Desenfrenado, así estoy.» 

Y el del barbero, disgusto 
Mostrando aqui desigual, 
Dijo: «¡Eso sí, pese á tal. 
Que es cegar de lindo gusto! » 

(33) Tratado I. — Y el fingido ciego que saca Cervantes en la jornada II 
de Pedro de ürdemalas, dice, á propósito de oraciones: 

Sé la del Anima sola, 

Y sé la de San Pancracio, 
Que nadie cual ésta viola; 
La de San Quirce y Acacio, 

Y la de Olalla española, 

Y otras mil 
Adonde el verso sotil 

Y el bien decir se acrisola. 
Las de los auxiliadores 

Sé también, aunque son treinta, 

Y otras de tales primores. 
Que causo envidia y afrenta 
A todos los rezadores; 
Porque soy. 

Adonde quiera que estoy, 
El mejor de los mejores. 
Sé la de los sabañones, 
La de curar la tericia 

Y resolver lamparones; 
La de templar la codicia 



-62- 
para ello aprendizaje, concertado hasta por escritura públi- 
ca (34). 

Aunque los tales rezadores tenían sus poetas c que les fin- 
gen milagros y van á la parte de la ganancial (35), al gremio 
de los cuales perteneció, según su propio dicho, el regocijadí- 
simo Juan Ruiz, arcipreste de Hita (36), las más veces los 
ciegos mismos, por no partir la capa con nadie, se componían 
sus oraciones, ¡y así salían ellas! Véanse algunos ejemplos, 
auténticos ó hechizos, pero, de cualquier manera, dignos de 
que el lector los conozca, ó los recuerde, si es que los conocía, 
y de que, para copiarlos, me detenga algunos momentos: así 
llevará alguna sal mi pobre relato. Sea la primera muestra una 
oracioncita á San Pedro, que D. Juan Ruiz de Alarcón puso 
en boca de un fingido ciego en el acto último de su comedia 
La industria y la suerte^ cuya acción pasa en Sevilla. ICn Sevi- 
lla, como es sabido, residió el insigne dramaturgo algunos de 
los primeros años del siglo XVII, y, juzgando por la traza, si la 



En avaro* coraxoDe*. 
Sé, en efeto, 
Una que sana el aprieto 
De las internas pasionet, 
Y otras de curiosidad. 
Tantas *¿, que yo me admiro 
De su virtud y bondad. 

(34) El Sr. Gestoso, eximio arqueólogo sevillano, me comunicó una curio- 
sa escritura encontrada por él en el Archivo de Protocolos de Sevilla, y extrac- 
tóla á continuación: A 14 de septiembre de 1495, Leonor Rodríguez, mujer 
de Juan Sobrino, ollero de Triana, puso «a lope su fijo, ijiego, mo<;o de bedad de 
doze años..., con juan de Villalobos, 9Íego..., desde oy dia fasta quatro años 
primeros, para que en este dicho tiempo el dicho su fijo le sirua en el dicho su 
oficio de rezar e le acompañe en todas las otras cosas que le dixere e mandare 
fazer en el dicho oficio, que al dicho mo<;o sean honestas et posibles de 
fazer...» El maestro había de dar al aprendiz de comer, beber, vestir, casa y 
lecho, ensenándole, además, á rezar y decir oraciones bien y cumplidamente — 
(Oficio 4.°, Francisco Sigura). 

(35) «—que también hay poetas que se acomodan con gitanos y les venden 
sus obras, como los hay para ciegos, que les fingen milagros y van á la parte 
de la ganancia.» (Cervantes, La Gitanilla). Al Don Pablos de Quevedo 
(libro II, cap. IX), cuando se hizo representante y poeta y abrió tienda de 
coplas, tciegos le sustentaban á pura oración.» 

(36) Libro de Buen amor, copla i . 



Cantares fís algunos de los que digen ciegos 
Et para escolares que andan nocherniegos. 



- 83 - 

tal oración no fuere del sayalero Miguel Cid, «poeta santo, digo 
famoso», que ponía espanto al coro de las Musas, al decir de 
Cervantes (37), á lo menos, el escritor mejicano supo imitar 
muy bien su disparatada manera. Dice la oración: 

Pedro, pescador sagrado, 
De Jesús la luz os guia; 
Que el hábito habéis tomado 
En su santa compañia, 

Y aun vais oliendo á pescado. 
Pedro, á mi me maravilla 

Ver que limpio no salgáis; 
Mas lleváis limpia y sencilla 
Alma á Dios, y no buscáis 
Para el vestido escobilla. 

¿Vos sois el fuerte vasallo 
Que á Dios seguir imagina? 
Mas no queráis afrentallo: 
Id, Pedro, para gallina; 
Que os hace llorar un gallo. 

Decid: ¿no os bastó negar 
Al Señor más verdadero. 
Sin jurar y blasfemar? 
Elias fué carretero, 

Y Jio le vimos jurar (38). 

Y sea la muestra segunda aquella otra oración que Cervan- 



(37) Cervantes, Viaje del Parnaso, cap. II. 

Este que sigue es un poeta santo, 
Digo, famoso: Miguel Cid se llama, 
Que al coro de las Musas pone espanto. 

(38) Para que el lector pueda por si comparar estas coplas de ciego con 
las de Miguel Cid, lea las siguientes, inéditas, que escribió al Santisimo Sacra- 
mento, en una fiesta «que se hizo del Corpus Christi en la Feria, y pasó la 
procession por su puerta, que es en el Caño Quebrado, donde se teje el sayal.» 
Para mejor inteligencia de las tales copias se advierte que «Pantoja es un hom- 
bre que tiene cuidado de pesar el pan de la Feria, y el que es falto es perdido», 
y que Miguel Cid «tenia á San Gregorio celebrando missa á su puerta en un 
paso.» Y ahora vayan las coplas: 

De la Feria habéis salido. 
Dios, y á la Feria os tornáis. 
Porque las almas feriáis 
Que vos habéis redemido. 

¿Cómo estando en feria franca, 
Gran mercader celestial. 
Vuestro tesoro y caudal 
No es más de una sola blanca? 

Hoy salimos de lazeria. 
Alegraos, hijos de Adán, 
Con este divino pan 
Que nos traen hoy de la Feria. 



-64- 

tes pone en boca de un ciego en su comedia de Pedro de Vr- 
demalas (39): 

Ánimas bien fortunadas 
Que en el Purgatorio estáis, 
De Dios seáis consoladas, 

Y en breve tiempo salgáis 
De esas penas derramadas; 

Y como un trueno 

Baje á vos el Ángel bueno 

Y os lleve á ser coronadas. 

A la cual oración el protagonista, fingiéndose ciego, responde 
con estotra, que tampoco es maleja: 

Ánimas que de esta casa 
Partisteis al Purgatorio, 
Ya en sillón, ya en silla rasa, 
Del divino consistorio 
Os venga al vuestro sin tasa; 



Es pan donde Dios se aloja 
Cuando baja de lo alto; 
No es pan que se halla falto, 
Como el que pesa Pantoja. 

Venís hecho, Sefior, voa 
En este convite fianco 
Todo hecho un manjar blanco 
De las pechugas de Dios. 

Hoy bien todo se concierta 
Con mi favor; todo calle; 
Pues Dios pasa hoy por mi calle 

Y tengo el Papa á la puerta. 
Arroyo que habéis manado 

De allá de la eterna fuente, 
¿Cómo hoy vuestra corriente 
Pasa por Caño Quebrado? 

Un caño nos quebró Adán 
Por do la gracia corrió; 
Mas Dios el caño soldó 
Con un bocado de pan. 

Corre el arroyo sagrado 
Hoy por el caño del suelo 

Y hoy toda la corte y cielo 
Está en el Caño Quebrado. 

Y te estuviera más bien, 
Real profeta David, 
La de la puerta de Cid 
Que no el agua de Bethlén. 

Hoy quiere Cristo pasar 
Por do se texe el sayíü. 
Por ser la tela real 
Que se vistió al encarnar. 

Nuestro sayal rauy de veras 
Os lo daremos, Señor, 
Porque vos sois proveedor 
Mayor que el de las galeras. 



(Folio 354 del precioso códice que Gallardo describe bajo el n." 1.048 de su 
Ensayo..., y que hoy para en la biblioteca del Sr. Duque de T'Serclaes). 
(39) Jornada II. 



— 85 — 

Y en un vuelo 

El Ángel os lleve al Cielo, 

Para ver lo que allá pasa. 

Junto á los ciegos rezadores, y también como cofrades de 
la amplísima hermandad bribiática, pueden y deben figurar los 
que, más ó menos á las claras y, por lo común, vestidos de 
verde, pedían «limosna para el culto de este santo templo», 
como aquel que lo decía á voces á la puerta de una iglesia, y 
llevaba, al par que la bacinica ó platillo en la mano derecha, 
la izquierda puesta sobre el estómago. Andaban por las calles 
con sendas demandas infinidad de holgazanes, los más de ellos 
sin licencia ninguna, pidiendo, cuál para San Zoilo, abogado 
contra los males de ríñones, cuál para San Roque, abogado 
de la peste (como solían decir), y cuáles y cuáles otros para 
media corte celestial. Alguno de ellos, como el que sale en el 
entremés de La Guarda cuidadosa, llevaba tan mal aprendido 
todo lo que no fuera comerse y beberse la limosna, que pedía 
«para la lámpara del aceite de señora Santa Lucía», y no para 
el aceite de su lámpara. Entre todos los tales demanderos ó 
demandadores, había uno que percibía salario de la ciudad, 
«por remembrar de noche el rezar por las ánimas de Purgato- 
rio». Este tal, que en 1583 era Hernán López (40), y en 1597 
Alonso García, cobraba 3.000 maravedís cada año; pero en 
noviembre del últimamente citado se le aumentó hasta doce 
reales al mes (41); tenía obligación de repartirse por todo el 
lugar desde el Ángelus hasta dos horas después, rezando á 
voces por las benditas ánimas, tocando entre cada dos parter- 
nostres una campanilla y recibiendo la limosna que tenían á 
bien darle (42). Claro es que de estos animeros, entre los 



(40) En 8 de marzo de 1583 pide N. Morales el salario que se le daba á 
Hernán López «por remembrar de noche el rezar por las ánimas de purgatorio» 
(Actas capitulares de Sevilla). 

(41) Archivo Municipal de Sevilla, Libros de propios, 12 de febrero 
de 1597» y acta del cabildo de 9 de noviembre del mismo año (escribania i.*). 

(42) He aqui dos noticias posteriores al siglo XVI: en 1609 el encomen- 
dar las ánimas de noche estaba á cargo del hermano Pedro de la Cruz (Libros 
de propios, 28 de febrero del dicho año). El toque de las ánimas comenzó, á 



— 86 — 
cuales hubo de hallar Cervantes el original de aquel soldadote 
Buytrago, á quien llamaría así por ser hombre para tragarse 
un buey (43), podía bien decirse lo que, años después, Queve- 
do hizo decir á la Perala, desde Sevilla, en carta á su bravo 
Lampuga (44): 

Para las ánimas pide 
Zaramagullón el largo: 
Muy animado le veo 
De meriendas y de sayo. 

No han de quedárseme en el tintero aquellos ermitaflos 
viciosos que se retiraban al yermo para mejor holgarse, ya 
acompañados de la prójima que allá se llevaban, ó ya tomando 
por ermitaña á la primera que les deparase su buena ó mala es- 
trella. Largo abolorio tenían en nuestra nación tales santeros, 
picaros de tomo y lomo, que hacen recordar á aquel Garci 
Ferrandes de Gerena, poeta del tiempo de D. Juan I y don 
Enrique III, casado con una mora, retraído luego con ella en 
una ermita junto á Gerena, pueblecito cercano á Sevilla, ido 
después á Málaga y de allí á Granada, en donde renegó de la 
Fe de Cristo y se enredó con una hermana de su mujer, vol- 
viendo al cabo á Castilla arrepentido de sus culpas y como si 
jamás hubiera roto un plato (45). Que ¿cómo un redomado 
tuno se prestaba á alejarse de sus compañas de siempre? 
Sobre que en el apartado paraje de su ermita acaso acaso ser- 
vía mejor que en otro lugar cualquiera á sus intereses y los 
de sus compinches los lagartos ó ladrones del campo, ni gloria 
faltaba en la soledad á un jubilado de aquéllos, con sus galli- 
nitas negras para hacer el caldo blanco (46), y su Magdalena, 



solicitud de D. Mateo Vázquez de Leca, canónigo y arcediano de Carmona, el 
Domingo de Ramos 28 de marzo de 1627 (Matute, Noticias relativas á la 
historia de Sevilla, pág. 107). 

(43) El Gallardo Español, jornada I. 

(44) El Parnaso Español, Musa V, jácara III. 

(45) Cancionero de Baena, n.°' 555-566 y nota correspondiente. 

(46) «¿Tiene, por ventura, gallinas el tal ermitaño? preguntó Sancho. 
Pocos ermitaños están sin ellas, respondió D. Quijote, porque no son los que 
ahora se usan como aquellos de los desiertos de Egipto...; pero no por esto 



— 87 - 

frescota y risueña siempre; que no llorosa como la que llegó 
arrepentida á los pies de Cristo. Véase en el siguiente soneto 
á uno de aquellos ermitaños nada penitentes. Cervantes pin- 
xit (47): 

X UN ERMITAÑO 

Maestro era de esgrima Campuzano, 
De espada y daga diestro á maravilla; 
Rebanaba narices en Castilla 

Y siempre le quedaba el brazo sano. 
Quiso pasarse á Indias un verano, 

y riñó con Montalvo el de Sevilla: 
Cojo quedó de un pie de la rencilla, 
Tuerto de un ojo, manco de una mano. 

Vínose á recoger á aquesta ermita. 
Con su palo en la mano, y su rosario, 

Y su ballesta de matar pardales. 

Y, con su Madalena, que le quita 
Mil canas, está hecho un San Hilario. 
¡Ved cómo nacen bienes de los males! 

Y si ya no entre esta casta de ermitaños Cespedosas (48), 
cerca de ellos, por lo tocante á la hipocresía y al amor á la 
holganza, ha de ponerse á los falsos romeros que con las con- 
chas y rosario, calabaza y esclavina, cruzaban la nación catan- 
do vinos, fhaciendo muchos tuertos, recuestando muchas viu- 



dejan de ser todos buenos; á lo menos, yo por buenos los juzgo; y cuando todo 
corra turbio, menos mal hace el hipócrita que se finge bueno que el público 
pecador» (El Ingenioso Hidalgo, parte II, cap. XXIV). 

(47) Fué hallado este soneto en el Ms. de Arrieta en donde asimismo 
estaban el dedicado á la entrada del Duque de Medina en Cádiz cuando eva- 
cuaron esta plaza los ingleses, y el referente d un valentón metido á pordio- 
sero. Los tres son, á no dudar, de Cervantes: Mr. Fitzmaurice-Kelly, á quien 
deben singular agradecimiento las letras españolas y que no es nada ancho de 
manga en punto á dar por bien ahijadas á Cervantes muchas de las obras que 
se le atribuyen, dice: En quatre ans (1605-1608) il ne produisit que trois 
sonnets: á un ermite, au cotnte de Saldaña, et á un rodomont devenu men- 
diant. Le dernier est parfois attribué a Quevedo. (Litte'rature Espagnole, 
traducción de Henri-D. Davray, París, 1904, pág. 242.) 

(48) Quevedo, El Parnaso Español, Musa V, jácara II: 

Cespedosa es ermitaño 
Una legua de Alcalá; 
Buen diciplinante ha sido; 
Buen penitente será, 



das, deshaciendo algunas doncellas» (49) y poniendo á buen 
recaudo lo que sus dueños no habían acertado á poner (50). 

Otra de las cien variedades de que se componía la pi- 
caresca constituíanla los vendedores callejeros de cosillas de 
poca monta. Daba grima, como la da hoy, el ver á un hastia- 
lote gastando un día y otro en pasear las calles para pregonar 
á grito pelado una friolera, una bicoca, una miserable chuche- 
ría de muchachuelos, que hacer un real sencillo de ella era 
cosa de tres bemoles, y de tres horas por bemol. Muy acerta- 
damente acordó el cabildo de la Ciudad en 1 594 que se hi- 
ciera ordenanza en razón á ser muchos los hombres «que an- 
dan ocupados vendiendo mantenimientos por las calles, y que 
esto lo podrían hazer mujeres, y ellos ocuparse en cosas que 
fuesen más del servicio de Dios Nuestro Señor y bien desta 
república» (51). 

Si no picaras, talmente picaras, había muchas personas, 
y clases sociales enteras, apicaradas; quiero decir: con algo y 
aun algos en sus modales y en su proceder, que denotaba sim- 
patía y aproximación á la picaresca. Tales, por ejemplo, los 
estudiantes sopistas ó brodistas, paupérrimos, pero alegres, 
eso sí, sobre todo, al apurar su ración de frangollo; los mo- 
zos de muías, que tenían, al decir del licenciado Vidriera, «su 
punta de rufianes, su punta de cacos y su es no es de truha* 



(49^ Atribuyo ¿por qaé nó? á los peregrinos fingidos los mismos milagros 
que tenia á su cargo el ventero Juan Palomeque el Zurdo (Don Quijote, 
parte I, cap. III). 

(50) Por una pragmática de 13 de junio de 1590 se prohibió á los natu- 
rales de España usar el traje de romeros y peregrinos para ir en romería. No 
obstante esto, y como pasaba con todas las pragmáticas, no se obedeció, ó se 
obedeció menos que á medias, lo mandado. 

(51) Actas capitulares de Sevilla, cabildo de 5 de abril de 1 594.— Para 
acordar lo dicho en el texto se tuvo en cuenta que no habían de quitarse los 
hombres que llevaban en bestias los mantenimientos que vendían. Tampoco 
esto se obedeció, á juzgar por un acuerdo del cabildo de jurados, de 19 de ene- 
ro de 1602: «Acordóse de conformidad que los señores mayordomos... ordenen 
vn capitulo para la ciudad haciéndole saber como abiéndose mandado que por 
las calles ni en comedias se pudiesen vender por hombres cosas de comer ni 
agua...», esto no se cumplía, y era menester reiterar más severamente la pro- 
hibición. 



- 89 - 

nes»; y á los cómicos ó recitantes y á los poetas remendones 
que éstos solían llevar consigo, ¿qué sacramento les faltaba 
para tenerles en posesión de casi picaros ó hacia picaros, á dos 
dedos, y no más, de la picardía neta y perfeta?.. Y ni á esos 
dos dedos, sino enteramente dentro de ella estaban aquellos 
otros á quienes el mismo Cervantes se refirió en las siguientes 
frases del sabrosísimo Coloquio de Cipión y Berganza: <Esto 
del ganar de comer holgando tiene muchos aficionados y go- 
losos: por esto hay tantos titereros en España, tantos que 
muestran retablos, tantos que venden alfileres y coplas, que 
todo su caudal, aunque le vendiesen todo, no llega á poderse 
sustentar un día; y, con esto, los unos y los otros no salen de 
los bodegones y tabernas en todo el año, por do me doy á 
entender que de otra parte que de la de sus oficios sale la 
corriente de sus borracheras. > 

Olvidóseme tratar en su sitio de los palanquines ó gana- 
panes, calcatrifes en la parla de germanía; mas á fe que no es 
muy de sentir la omisión, que subsano ahora diciendo que no 
eran sino unos mozos de la esportilla, más granados y talludos 
que éstos, y, por tanto, picaros corrientes y molientes á todo 
ruedo, como buenas piedras de atahona. 

Por el otro camino que há poco indiqué, por el de la pi- 
caresca trabajadora, desde el bachillerato en malas artes que 
se conferían á sí propios los muchachos de la esportilla luego 
que estaban duchos en los estudios elementales de los pica- 
ros, pasábase á los germanescos, asi teóricos como prácticos, 
bien asentando la matrícula en la ancha facultad ladronesca y 
en cualquiera de sus secciones ó subespecies de nmrcios, bir- 
ladores y floreros (robadores, hurtadores y fulleros), ó bien, si 
el medio hombre iba para valiente, aplicándose á la facultad 
rufianesca. Pero antes de tratar con algún espacio de estas 
otras variedades de la picardía, no holgará decir que hasta 
cierto punto, y hasta un tantico más allá de él, todas las suer- 
tes de picaros de que atrás hice referencia solían ser, como 
dije de los ermitaños falsos, auxiliares de los ladrones, con 

7 



- 90 - 
quienes vivían en fraternal concomitancia. Así, entre aquellos 
picaros á quienes ligeramente llamé ociosos, buscaban y tenían 
los muraos sus abispones y ondeadores, que atisbaban en dón- 
de se podría trabajar, y por dónde se hallaría más fácil y se- 
gura entrada; ?,\xs polinches, que los abonaban ó fiaban como 
hombres de bien, para que entrasen por criados en buenas 
casas; sus polidores, que vendían lo hurtado ó robado, y sus 
arrendadores, que lo compraban á ínfimo precio. 

Á lo ladronesco se daba principio de bailico ó chirle- 
rin (52), dedicándose, bien á hormiguear, ó bien al fácil ejer- 
cicio de la cicatería ó cicaraza feria, ó del bajamano: mas, ya 
tomada la tierra y visto á qué se prestaban mejor las faculta- 
des del novicio, este se dedicaba á una especialidad de las 
muchas de que se componía la profesión. Si no era harto fino 
para negociar en poblado, hacíase lagarto, en cualquiera de 
sus clases de lobatón, gruñidor^ almiforero ó salterio; si era 
harto listo, trasterminaba acá y allá, haciéndose comendador 
de bola; si le tiraba la afición hacia la soldadesca, volvíase go- 
landrero; y, en fin, quedándose en la ciudad, en donde, más 
todavía que en el campo, salía el sol para todo el mundo, 
profesaba de alcatifero ó de filatero, ó en las más recoletas 
órdenes de los lechuzas ó ladrones nocturnos, trabajando de 
guzpatareros, juaneros, picadores, ó de lo que encartara, 
cuando nó usando de sus flores por aquellos tablajes del dia- 
blo; que el toque y la gala estaban en eso: en hacerse y ser 
águila en todas las mil maniobras del complicado oficio y 
gozar fama de doctor in utroque, yendo á cualquiera de ellos 
de piloto^ ó de aliviador, ó de lo que fuera menester, incluso 
de cazador de altanería, como volata ó ventoso. Y en donde, 
como en Sevilla pasaba, nadie tenía buen gobierno sino la 
canalla germanesca, en sus dos grandes ramas, la rufianesca 



(52) Las voces de germanía que uso en el texto están tomadas del voca- 
bulario que publicó Juan Hidalgo, todo ó casi todo incluido en las últimas edi- 
ciones del Diccionario de la Academia: por eso no hago nota especial para 
cada uno de taks vocablos, 



- 91 - 

y la birlesca^ todos aquellos perdidos, ayuntados en infame, 
pero muy singular y curiosa cofradía, respetaban sus estatu- 
tos, eran amadores de la justicia que se usaba entre ellos, y 
obedecían sin hacerse violencia ninguna á su cherinol, mayor 
ó padre, llevando á su aduana ó atarazana, sin descantillar 
ni un maravedí, el fruto de sus afanes, y trabajando en pro 
de la comunidad cuanto se les mandaba, para tomar de la obra 
hecha solamente lo que por sus reglamentos les correspon- 
día. Y por lo tocante á la rufianesca, también llamada inato- 
nesca, porque su principal ejercicio era la valentía, entrábase 
en ella de lo que llamaron mandil los jaques viejos, y después 
decían trainel, piltro ó revuelta, es decir, criado de rufián, pa- 
sando luego por el estado de rufezno ó pagote, y acabando 
por ser jaque, y por tener y disfrutar todos los privilegios 
exenciones y franquezas de tal, así en la cherinola, ó junta de 
ladrones y rufianes, como en la manfla, ó mancebía, de cuyas 
huéspedas trataré de aquí á poco. 

Ahora, para recapitular lo referente á aquella horda de 
perdidos que á todo su talante campaban en Sevilla en las úl- 
timas décadas de siglo XVI, no hallo cosa más llana que dar 
otro asalto (esto se me pegó de andar entre tan mala gente) 
á El Loaysa de Rodríguez Marín, de quien sé que no ha de 
llevarme á mal tales atrevimientos. Escribe y copio (53): «An- 
cha fué Castilla para los héroes que la reconquistaron del poder 
sarraceno; pero aún más ancha era la ciudad del Guadalquivir 
para la caterva de hombres maleantes y perdidos, la cual te- 
nía sobradamente y á toda hora donde ganar la indulgencia 
plenaria que Lucifer otorga cada luna á los que bien practican 
los pecados capitales. Obvia es la demostración. Para la So- 
berbia, allí se estaban los matones, ellos mismos, echando á 
cada triquete bravatas y roncas, reniegos, porvidas y votos, 
y pregonándose por amos y señores del mundo entero. Para 
la Avaricia, buenas que ni pintadas eran las tablas del juego, 



1/ 



(53) El Loaysa de lEl Celoso exiremefio», pág. 151. 



- 92 - 

armadijos, redes y liga, todo en una pieza, con que en el Are- 
nal, y en los figones, y, como quien dice, al volver de cada 
esquina, á favor de naipes compuestos y dados falsos, cazá- 
banse reales y escudos, que no chamarices ni cogujadas {54). 
Para la Lujuria, además de las pobres mujeres á quien Alon- 
so [Álvarez de Soria] invocaba en una de sus composiciones 
más subidas de color, llamándolas 

Ninfas de las tasqueras 
Del Compás, Resolana y San Bernardo (55), 

que eran canalla de la canalla y hez de la hez, hambrientas 
siempre, bien vestidas nunca, laceradas del alma y del cuerpo, 
y puestas á ganancia por sus viles lagartoSy i mano estaban 
para los días en que repicaban gordo las marcas godeñas, 
andaluzas jóvenes y hermosas, tan llenas de gracias como de 
vicios, que el mismo año de 1600, para cumpUr la pragmática 
sobre el lujo, habían de registrar, como prendas y alhajas pro- 
pias, quién los cuerpos de tafetán azul, negro ó leonado, con 
trencilla de plata, quién la saya de raja con tres franjones de 
oro, y quién las pomas, gargantillas y surtixas del mismo 
metal, ya lisas, ya con esmaltes, ó ya avaloradas con piedras 
preciosas (56). De la Envidia nada se hable: que escuchar un 
guapo de aquéllos que veinte leguas á la redonda había otro 
guapo á quien por más valiente que él estimaba el vulgo no- 
velero, é ir á desafiarlo, asentándole ó trayéndose para acá 
dos chirlos, era todo uno. Ni se diga nada de la Pereza de 
quienes, estando siempre ó dentro de la cárcel ó á sus puer- 



(54) «En las efemérides sevillanas de aquella época sale á cada paso la 
noticia de homicidios originados por el juego: «En miércoles 6 de mar(;o 
»de 96.. , mataron a otro hombre junto al Rio. dezian que hera jugador de 
»bentaja».,.— «En martes 19 de mar90 de 96 mataron a un hombre por el jue- 
»go, frontero de la puerta del estudio de sant miguel.* 

(55) «Biblioteca Nacional, Ms. 3.890, f."» 131-133.» 

(36) Rodríguez Marín pone aquí por nota el extracto de una curiosa acta 
encontrada por él en el Archivo de protocolos de Sevilla, y comprensiva de los 
nombres de las rameras. ¡Con ellas figuran dos criados de la justicia! ¡Buena 
había de andar señora que tenia Un decentes criados! 



-93 - 

tas, entre sobresaltos, riñas y muertes, pasaban tantos y tart 
rudos trabajos por no trabajar en cualquier honesto oficio. 
Por lo que toca á la Ira, tan furiosa gente eran los bravos de 
Sevilla á fines del siglo XVI, que á mosca que encima se les 
parase ó á diez palmos les zumbara, respondían, bien con la 
daga de ganchos, que llevaba media Vizcaya en ellos, bien 
con los temibles pistoletes, ó ya con la de Juanes (57), si es 
que había hombre para hombre; porque, á turbio correr, si el 
hombre entraba en la trena é iba el hombre á apalear sardinas, 
quedando á deber algo, cosas eran de hombres, y en hombre 
nuevo no hay trampa vieja; y, al cabo, más largo es el tiempo 
que la fortuna, y el hombre volvería de las gurapas, que en 
hombres todo cabe, y aún habría hombre para rato... ¡y no 
más!: que tan hombres y tan retehombres como todo esto eran 
los jaques de Sevilla, y con este desdeñoso y no más solían 
echar la llave al párrafo, así en sus coloquios como en sus 
cartas (58). Para la Gi^la, cuajada estaba la ciudad de templos 
en donde los picaros tributaban culto á Baco y á Ceres, sin 
los cuales Venus friget, al decir del africano Terencio, que era 
sujeto que lo entendía.» 

Como el Jiamenquismo hay veinte años y el torerismo 
entonces y ahora, la picaresca, en los remotos tiempos á que se 
refiere mi estudio contagió á toda Andalucía, en términos, 
que todo se apicaró. En Sevilla, especialmente, era picaro, ó 
apicarado cuando menos, hasta el aire que se respiraba. En 
161 2 un Gaspar Serrato, vecino de Sanlúcar de Barrameda, 
remataba su libro acerca de los milagros de la Virgen de la 
Caridad, volviendo á lo divino, nada menos que á la pasión 
de Cristo^ el popularísimo romance jácaro: 

Ya eslá metido en la trena 
El valiente Escarramán... (59); 



(57) Con la espada. Hubo muchos Juanes espaderos toledanos, y aun uno 
sevillano. Véase la larga nota de Rodríguez Marín. 

(58) Hay otra nota del mismo autor, explicatoria de este bordoncillo. 

(59) Véase Gallardo, Ensayo de tina Biblioteca...^ t. IV, columna 585. 



-94 - 
cuatro años después Fr. Bartolomé de Cárdenas acudía á cier- 
ta justa poética religiosa con un esiramhótico soneto escarra- 
mando, en que se figura que aquel rufián es defensor de la pía 
creencia en la Purísima Concepción de la Virgen María y está 
dispuesto á hacer pepitoria del primer tomista que salga á la 
palestra (6o); el Dr. Juan de Salinas, alguna vez más regoci- 
jado de lo que por su hábito conviniera, exclamaba: 

Bien haya una gaitarrilla 
Y seis versos de un romance 
Á lo picaro cantado»; 
Que para mi no hay más Flandes (6i); 

y nada menos que en la solemnísima procesión del Corpus 
Christi había sacado la ciudad de Sevilla en 1593 el endemo- 
niado y lascivísimo baile de la zarabanda. No habían, pues, 
engañado al docto historiador Mariana, cuando escribió en el 
capítulo XII de su Tratado contra los juegos públicos: t Sabe- 
mos por cierto haberse danzado este baile en una de las más 
ilustres ciudades de España, en la misma procesión y fiesta 
del Santísimo Sacramento del Cuerpo de Cristo nuestro Se- 
ñor, dando á su Majestad humo á narices con lo que piensan 
honralle.» Pero ¿qué mayor señal de que lo picaresco había 
inficionado á toda Sevilla que lo que. dice á continuación Ma- 
riana? tPoco es esto: después sabemos que en la mesma ciu- 
dad, en diversos monasterios de monjas y en la mesma festi- 
vidad, se hizo no sólo este son y baile, sino los meneos tan 
torpes, que fué menester se cubriesen los ojos las personas 
honestas que allí estaban» (62). 



(60) Luque Fajardo, Relación de las fieitas que la cofradía de sacerdó' 
tes de San Pedro ad Vincula celebró en su parroquial Iglesia de Sevilla d 
la Purissima Concepción de la Virgen Marin nuestra Señora... Sevilla, Ro- 
dríguez Gamarra, 1616. — Puede verse el soneto aludido en Gallardo, Ensa- 
yo..., t. IV, col. 1.356. Donde dice de orcha d archa debe leerse de ortha d 
orcha (por oreja), 

(61) Poesías de. ., publicadas por la Sociedad de Bibliófílos Andaluces, 
t. I, pág. 38. 

(62) Rodríguez Marin (El Loaysa.. , pág, 260), después de copiar este 
pasaje de Mariana, escribió: tTengo para mí que hubo de ser Sevilla la ciudad 



— 9o - 

Si al contagio de lo picaresco no obstaron votos solem- 
nes, ni probada religiosidad, ni penitencias y cilicios, ni aun 
las recias puertas de la clausura, ¿cómo había de librarse de 
su pernicioso influjo la lozana, alegre y suelta mocedad, natu- 
ralmente más propensa al vicio que á la virtud? Así, y dejando 
aparte á aquella £-é'?ííe de barrio que tan al vivo pintó Cervan- 
tes en el borrador de El Celoso extremeño (63), gente atildada 
y pulcra tanto como baldía, holgazana y murmuradora, com- 
puesta de lo que en tal ó cual collación de Sevilla llamaban 
mantones^ socarrones y virotes^ dejándola aparte, digo, pues, 
por lo que averiguado tengo, mejor que á apicararse y echar 
por el camino de la valentía tiraba á cosa menos varonil y más 
conforme con la prolija y algaliada bonitura de que hacía gala 
y ostentación (64), diré algo de la nobleza apicarada de aquel 
entonces; que ¡ésta sí que iba, tras los mismos diablos, adonde 
fuera menester hombrearse con la flor y nata de los matantes, 
sin dársele un caracol de comprometer el lustre de sus apelli- 
dos en la mala compañía de la canalla rufianesca! 

Ya advirtió el Sr. Menéndez y Pelayo, en la segunda de 



en que tales cosas acaecieron», y lo mismo se inclinó á creer después D. Simón 
de la Rosa, muy erudito autor de la concienzuda é interesante investigación 
histórica intitulada Los Seises de la Catedral de Sevilla (Sevilla, Díaz, 1904), 
pág. 172. De lo del tal baile en los monasterios no he averiguado cosa alguna; 
pero si lo que basta y sobra para afirmar que fué Sevilla la ciudad en cuya 
fiesta del Corpus se bailó la zarabanda. He aquí, extractados del libro de pro- 
pios en que están los asientos del año 1593, los tres referentes á este asunto. 

En I." de junio: 11.220 maravedís «que se libraron a andres gon9alez, 
(japatero, por la mitad de los sesenta ducados en Reales en que con él se 
concertaron los diputados de la dicha fiesta por el sacar la danza yntitulada 
la zarabanda para este dicho año.» La otra mitad se había de pagar en dos 
veces: «hecho el ensaye la vna, y la otra, acabada la dicha fiesta.» 

En 14 de junio: A Andrés González, 5.610 maravedís, tercera cuarta parte 
de lo que había de dársele cuando se hiciera el ensaye de la zarabanda. (La 
fiesta del Corpus cayó aquel año en el día 17 de junio). 

En 30 de junio: Á Andrés González, 5.610 maravedís, á cumplimiento de 
los 60 ducados de la zarabanda, «por auer cumplido conforme á su concierto.» 

(63) Véase en El Loaysa de «El Celoso Extremeño*, págs. 45 y 46. 

(64Í Véase el siguiente pasaje de la Sátira de Spinel contra las damas 
de Sevilla, escrita, á no dudar, en 1578, hallada en un ms. de Italia por el 
laborioso hispanista Eugenio Melé y publicada con todos sus yerros por don 



-96 - 

sus hermosas conferencias sobre Calderón y su Uatro (65), 
que algunas veces se borraba la distinción moral entre el ca- 
ballero y el picaro, de lo cual ofrecía claro ejemplo D. Diego 
Duque de Estrada, de quien es difícil determinar «si era un 
caballero furibundo, matón y duelista, ó una especie de Guz- 
mán de Alfarache, ó de Buscón don Pablos, porque, según 
las circunstancias, se nos presenta con uno ú otro carácter.» 
Y añadió, aludiendo á la centuria décimaséptima: cNo hay 
nada que deslinde las clases en este siglo.» Ni en el anterior. 
El comendador Alonso de Bracamonte, en el primer cuarto 
del siglo XVI, andaba, ////j miniisve, como cien años después 
anduvo D. Diego Duque de Estrada. cYa me maravillaba 
— decíale en carta de 8 de febrero de 1 522 D. Antonio de Gue- 
vara, su deudo (66)— cómo tardaba vuestra carta, y aun cómo 
no hacíades alguna travesura; porque de diez años á esta par- 



Adolfo Bonilla y San Maitin, en la Revista it Archivos, Bibliotecas y Museos. 
Daré yo algo restituido lo que copio: 

¡Oh! CaiO horrendo, mísero y terrible 
(j ver la juventud del suelo vándalo 
Kuvuelta en sodomía incorregible; 

£1 melifluo mozuelo oliendo ¿ sándalo, 
Con blanduras del rostro y alzacuello, 
Moviendo al cielo á ira, al mundo á esciodalo; 

Engarrotado el triste y tieso cuello, 
Oliéndole el pescuezo oliendo á esparto fsic^. 
Señal que presto acabará con ello. 

No se me da del más pintado un cuarto; 
Que, de enfadado, tengo de decillo, 
Porque me tiene ya cansado y harto. 

(Tengo yo de sufrir al mozalbillo, 
Oliendo á puto á tiro de ballesta, 
Aquel orden putesco de vanillo? 

La lechuguilla muy mirlada, y puesta 
Al cogote la gorra ó caperuza; 
Sobre la frente la encrespada cresta; 

KI polvillo en el guante de gamuza, 
Y el compasado echar de pies y pierna, 
Manjar provocativo al moro Muza; 

Aquella afectación suave y tierna 
I5e blando azúcar..., con que á Petrarca 
Piensa que en discreción rinde y gobierna; 

Kl curioso gregüesco y saltambarca, 
La capa de bayeta oliendo á algalia. 
El almizque y pastillas en el arca; 

Todo el negocio va por lo de Italia: 
¡Volved, oh juventud bárbara y ciega, 
A aquél antiguo ser de la Vandalia! 

(65) Biblioteca de Escritores Castellanos, t. XXI, pág. 66. 

(66) Epístolas familiares, parte segunda, epístola III. 



- 97 - 

te siempre os veo andar guardando cimenterios y dar y tomar 
con cirujanos. En Medina del Campo os vi huido en la Anti- 
gua; en Toledo os vi en Santa María la Blanca; en Madrid os 
vi en Nuestra Señora de Atocha, y agora me dicen que estáis 
en el monasterio del Carmen: de manera que el visitar y resi- 
dir en las iglesias no es por la devoción que tenéis, sino por 
las travesuras que hacéis.» Pues si es D. Fernando de Toledo, 
el tío, por Vicente Espinel sabemos que le llamaban el Picaro, 
á causa de sus travesuras, y que él, lejos de abochornarse ó 
enojarse al oirlo decir, gustaba de ello {^^\ 

No podían faltar en Sevilla, Atenas de la picaresca, mo- 
zos^nobks y arrojados, pendencieros, mujeriegos, jugadores y 
amigos de toda huelga y diversión, que alternasen y se con- 
fundiesen con los picaros, corriendo y haciendo correr graves 
riesgos, de que alguna vez que otra resultaban heridas y aun 
tal cual muerte. Por los años de 1592, entre los muchos man- 
cebos nobles y ricos que en Sevilla se andaban á esa torpe 
vida de desórdenes y escándalo, hacía de caporal, aun no ha- 
biendo cumplido los diez y ocho años, D. Pedro Téllez Girón, 
marqués de Peñafiel, primogénito de D. Juan, el segundo 
duque de Osuna, á quien sucedió y heredó en 1594 (68). Libre 
de sujeción el bizarro mozo, pues el Duque se había confesa- 
do incapaz de refrenarlo, de genio vivísimo, de muy lozano 
ingenio, valiente hasta más allá del arrojo, y muy amigo de 
bromas y francachelas, hizo cosas que, como dicen, no están 
en el mapa; tanto, que vino á formarse de él, en sus mismos 
días, mito y leyenda, que recogió años después de su muerte 
D. Cristóbal de Monroy y Silva, en su comedia intitulada Las 
Mocedades del Duque de Osuna. 

Aunque con brevedad, relataré dos picarescas travesuras, 



(67) Vida del escudero Marcos de Ohregóji, relación I, descanso I. 

(68) D. Pedro había nacido, no en Valladolid ni en i579» como mala* 
mente se ha venido diciendo, sino en Osuna, á 17 de diciembre de 1574. Su 
partida de bautismo está publicada en la página 5 del tomoXLIVdela 
Colección de documentos ine'ditos fara la historia de Esparta. 



por mí averiguadas, de aquel empecatado mozo, que, tiempo 
andando, había de dar á España muchos días de gloria y de 
ser el único que refrescase sus antiguos laureles (69). Quería 
agasajar á una D.^ Mariana de Velasco, pájara de cuenta que 
vivía en Sevilla en la collación de San Lorenzo, acompañada 
de D.* Ana, su madre, ó lo que fuese; hallábase el noble 
mozo sin dinero, y, yendo á Osuna, hizo concurrir á la escri- 
banía de Diego Gutiérrez, en 5 de agosto de 1 592, á Luís de 
Soto, Gabriel de Cisneros, Ruy Díaz Roldan y Agustín Ortiz, 
mayordomos de su padre, respectivamente, en Osuna, Morón, 
Puebla de Cazalla y Arahal; y, bajo promesa de obligarse á 
ellos otorgándoles una escritura de las que se llamaban de á 
paz y á salvo, les indujo á que se obligaran, en sendas escri- 
turas, á pagar á la D.'* Mariana, para fin de febrero de 1 593, 
cada uno mil ducados de oro, declarando debérselos por ha- 
berlos recibido prestados de ella. A continuación extendió el 
escribano la otra escritura de resguardo que había de firmar 
el Marqués, y en ella se declaraba la verdad del caso: que no 
había habido tales préstamos, y que aquellas obligaciones se 
otorgaron «por mi orden e mandado e porque así fué mi vo- 
luntad las hiziesen para le dar el dicho dinero á la dicha doña 
Mariana de Velasco, por averie yo hecho merced dello por las 
causas que á ello me movieron.» h'irmaron sus documentos 



(69) El mismo D. Pedro Téllez Girón lo decia franca y bizarramente 
desde Pusiiipo á su grande amigo D. Andrés Velázquez, por julio de 1616, 
recientes todavía las gestiones del Conde de Leroos para que el virreinato de 
Ñapóles se diese al Conde de Castro. «Aquí las intentó -escribia en intere- 
sante carta inédita— sino que no pudo salir con ellas, indignas de un hidalgo. 
Confieso á Vm. que temi á la Vieja y al amor que el señor Duque de Lerma 
tiene á su bija, y tuve resolución si sallan con esta ympresa yrme al mismo 
punto á Alemania ó á otra parte, la que me pareciera, para que el mundo 
conociese si otros reyes hallaban aún en vasallos suyos quien pasarme ade- 
lante; pues ¿qué he hecho sino dar reputación á los estandartes de mi Rey en 
tiempo que en todos sus estados la han estado perdiendo, y trezientos mili 
escudos de renta más en el Reyno de Sicilia, quando han estado vendiéndole 
en Ñapóles más de ciento y veinte mili de su patrimonio, y en Lombardia alo- 
jando el exército, que había de estallo en tierras de enemigos, en los propios 
naturales?...» 



- 09 - 

respectivos los cuatro mayordomos; pero ya casi enteramente 
extendida la escritura de resguardo para ellos, el Marqués 
hubo de negarse á firmarla, probablemente alegando que su 
palabra era como de rey y valía más que cien escrituras. Y no 
hay que dudar que, cuando heredó, sacaría «á paz y á salvo á 
los mayordomos; más, por lo pronto, fué una solemne //rar- 
día la estratagema, y nuestros hombres, llegado el plazo, tu- 
vieron que pagar bien á aquella especie de D.^ Esperanza de 
Torralba Meneses y Pacheco (70) los cuatro mil ducados de 
oro que tan mal le debían (71). 

Menos cómico fué el otro hecho: yendo el Marqués de 
Peñafiel, un día del mismo año 1592, acompañado de algu- 
nos mozos nobles, pero que, como él, se asomaban á la rufia- 
nesca, tales como D. Francisco Cerón, hijo de Martín Gutié- 
rrez Cerón, D. Alonso de Guzmán Melgarejo, D. Diego Ponce 
de León, D. Lorenzo de Ribera, D. Pedro de Casaus y Bel- 
trán de Galarza, y estando junto á las Atarazanas, acaso en 
un bodego áQ los que por allí había, trabaron cuestión con 
otras personas, entre las cuales estaba Edgar Corinse, herma- 
no de Guillermo Corinse, mercader flamenco que tenía tienda 
en la collación de Santa María. No he podido averiguar de 
qué se originó la pendencia; acaso había enaguas de por me- 
dio; quizás se trabaron de palabras por una bicoca, 

Sobre si bebe poquito, 
Ó sobre si sobrebebe (72); 

ello es la verdad que, echando mano á las j'oyosaSy hubo recia 
trifulca y quedó muerto el hermano del mercader. Por este 
desdichado acaecimiento hízose causa, en la cual, á petición 
de parte, entendía como juez de comisión el alcalde Castillo; 
pero á todo pusieron término feliz la codicia del tal mercader 



(70) La sobritia de La Tía Fingida, por si el lector no ha caido eti la 
cuenta. 

(71) Las escrituras á que me refiero están en el Archivo de protocolos de 
Osuna, registro de Diego Gutiérrez, libro de 1592, f.os 750 y siguiente». 

(72) Qaevedo, El Parnaste^ Español, Musa V, jácara X. 



— 100 - 

y la largueza de los matadores, pues aunque aquel en 20 de 
julio de 1593 otorgó la escritura de perdón, ^principalmente 
por amor de Dios nuestro Seflor e porque el perdone el áni- 
ma del dicho mi hermano», no fué de despreciar lo accesorio^ 
que consistió en tres mil ducados de oro, pagaderos en fin de 
diciembre de aquel año (73). 

Larga se me va haciendo y se le hará en su día al pa- 
cientísimo lector, esta parte de mi trabajo; así, dedicare el 
menor espacio posible á dar una sucinta idea de los lugares 
sevillanos que la germanesca frecuentaba con predilección. 
Fuera de la ciudad, tales lugares eran, entre otros, y amén de 
todo el pie de las murallas, la ribera derecha del río hasta 
San Juan de Alfarache; todo el campo de Tablada, al cual 
solían irse á reñir (74); la venta de la Negra, que no sé dónde 
estuviese (75); el Alamillo, huerta cercana á la Fuente del Ar- 



(73) Archivo áe protocolos de Sevilla, oñdo 21, Juan Bernal de Here* 
dia, libro 5.° de 1593, f.°* 497 y 5°' v.to _ En un cuaderno manuscrito, 
en 4.°, letra del amanuense del Conde del Águila, é intitulado l'arios sucesos y 
castigos hechos en distintos tiempos tn la ciudad de Sevilla (Biblioteca del 
Sr. Duque de T'Serdaes), hay noticia del tin que tuvo, en 1 594, uno de los 
enmaradas y protegidos del Marqués de PeBafiel: «El mismo alcalde [el licen- 
ciado Pídro de Velarde] tuvo otra comisión contra D, Lope Ponce de León, 
á pedimento del marido de una mujer que él trataba; condenóle á muerte de 
horca, y estando al pie de ella confesó de su voluntad como quatro aHos antes, 
que fué el de 1590, en el paseo de San Jerónimo, en su dia 29 de septiembre, 
había muerto á D.Jorge de Portugal, que estando á caballo hablando por el 
estribo de un coche con una señora, llegó el D. Lope al otro estribo á 
hablarla; ofendióse de este atrevimiento D. Joige y le dixo: t ;Cómo estando 
»yo aquí os atrevéis á esto?» y al revolver el caballo para apearse, el D. Lope 
le dio una estocada por los pechos, que no pudo apretar la mano: con que pagó 
en este suplicio de muerte todos sus delitos, que fueron muchos, cometidos 
con las alas de los marqueses de Peñafiel y de Zahara, de quien se amparaba.» 

(74) En el Romance de la descripción de la vida airada, que ñgura entre 
los Romances de germania, aludiendo al Corral de los Olmos: 

Muchos de los fuñadores 
Triscadores de palabra, 
Aquí fingen las pendencias. 
Para reñir en Tailada. 

(75) Ibid., Romance del cumplimiento del testamento de Maladros: 

En oyendo esto los rufos, 
Con gran bramo lo celebran, 
V dice Entrucho y Magazo: 
«Celebremos esta fiesta 
Con tajada y godo pío 
En la venta de la Negra,* 



— 101 — 

zobispo {;^6), y la venta de la Barqueta, en la orilla derecha 
del Guadalquivir, adonde iban, ya á dirimir sus cuestiones con 
los baldeos {yy), ó ya á tener sus comilonas; pues este sitio 
ofrecía la ventaja de estar cerca de las Cuevas, iglesia y mo- 
nasterio de los Cartujos, en donde, á venir mal dado el naipe 
y buscarles la gurullada, podían acogerse en un santiamén, 
como conejos chuceados que sienten el carlear de los pe- 
rros (78). Y dentro de los muros de la ciudad la germanesca 
hispalense tenía abiertas muchas más casas que los pobres de 
hoy; sí, porque según la copla popular, 

Cuatro casas tiene abiertas 
El que no tiene dinero: 
La cárcel, el hospital, 
La iglesia y el cementerio; 

y ellos, además de estas cuatro casas, tenían abiertas las de 
juego, las de la gula ó bodegones, y las de la manfla ó man- 
cebía, sin contar con otras muchas que solían abrir, aunque 
al solo efecto de llevarse lo que estuviese mal colocado. 

De las coimas, mándracJios, palomares ó leoneras, que así 



(76) En el Alamillo aguardan para merendar unas mujeres de la casa 
llana á Lugo, el protagonista de El Rufián dichoso, jornada I, 

(77) Romance del cuwplimtento del testamento de Maladros: 

Que por chispas de un mandil 
Que les portó una revuelta 
íje habían desafiado 
A reñir en la Barqueta, 
Con baldeos y rodanchos, 
Los navios sin cubierta. 

(78) Ibidcm: 

Payana responde y dice: 
«Mejor será en la Barqueta, 
Que hay rozo demasiado, 

Y es amigo Juan de Reina; 

Y si hubiere bramo al guro, 
Tenemos cerca las Cuevas.» 

La acción de este romance es anterior al año de 1595, en el cual, por una re- 
sistencia que el bravo Gonzalo Xeniz hizo al asistente. Conde de Priego, que 
fué á buscarle, noticioso de que allí estaba comiendo con otros rufianes y con 
algunas marcas, mandó derribar la venta «y al ventero — que sería el Juan de 
Reina á quien se refiere el romance — le dieron docientos de renta por las 
calles» (Ariño, Sucesos de Sevilla). 



- 102 - 

solían llamarse las casas de juego á fines del siglo XVI, dio, 
poco há, ligeras, pero muy curiosas noticias, cierto escritor 
sevillano, en un artículo intitulado Las Flores de Rimonete, 
que salió á luz en Los Lunes de *El Imparcial* Í79). Sír- 
vanles de ampliación estas otras: Mateo Alemán, por boca 
de su Guzmán de Alfarache, dividía á los jugadores como 
se solía hacer con los estudiantes gramáticos, en tres grupos; 
menores, medianos y mayores. Para los menores estaban la 
taba, el palmo y el hoyuelo; para los medianos, el quince y 
y la treinta y una, quínolas y primera; y saliendo de estos es- 
tudios y pasando á mayores, volvíanse los naipes boca arriba, 
€con topa y hago» (80), que era uno de los juegos del parar, 
padre legítimo de nuestro actual juego del monte. Por eso, re- 
legados á las mesillas que despectivamente llamaban tablas 
del tocino los juegos poco sangrientos, tres, dos y as, polla, 
ganapierde ó maribulla y otros tales, todos los buenos tahú- 
res sentábanse á la mesa de majoribus; que, como advertía 
Luque F'ajardo (81), <el parar, con los demás juegos de suer- 
tes, se llevan las cátedras, con votos excesivos, como que 
hazen más á su propósito en materia de fullería, en cuya 
comparación los demás son tenidos en posesión de juegos 
flemáticos, cansados y desabridos, ajenos de la salsa que en- 
tretiene sus picaros estómagos... El parar tienen por fiesta, 
juego de cañas y de toros, y así, cuando entra nuevo tahúr, 
para pedir lugar en la mesa pregunta si hay ventana vazía.» 
De fullerías ó flores ¿qué diré?: eran innumerables las trampas 
que se hacían en la baraja y con la baraja, como asimismo lo 
eran las que por la baraja solían hacerse. Los dueños de los 
tablajes, para fomentar la concurrencia de jugadores, c hazen 
—decía el sevillano Navarrete y Ribera (82) — lo que los bar- 



vuelto. 



(79) Rodríguez Marín, número correspondiente al 4 de febrero de 1905. 

(80) Parte I, libro II, cap. III. 

(81) Fiel desengaño contra la ociosidad y los juegos,..^ í° 130. 

(82) La Casa del Ivego (Madrid, Gregorio Rodríguez, 1644), f." 49 



- 103 - 

queros del pasaje de Sevilla á Triana, que para fletar su barco 
y dar á entender que se parten luego, ponen en su barco un 
par de mujeres, propias ó ajenas, á cuya añagaza acude la 
gente, tanto á parlar como á pasar á Triana, y es esta dili- 
gencia de mucho provecho al barquero.» Y hombres había 
—afirmábalo el racionero Porras en su notable carta al car- 
denal D. Fernando Niño de Guevara— que, con dos mesas 
quebradas y seis sillas viejas, les valía cada año la coima cua- 
tro mil ducados. 

Como era cosa muy corriente que los clérigos, los frailes 
y los ermitaños manejasen dinero, ya propio, ya de los conven- 
tos, ó bien de las limosnas que les daban, y no harto raro 
que la codicia los aficionase al endiablado libro de Vilhán 
— llamado asimismo de Maese Lucas y de Juan Bolay — tam- 
poco era para asombrarse el ver gentes de su hábito buscando 
solaz en las casas de juego, de donde los fulleros, los ciertos ó 
dobles, que decían, se disfrazaban alguna vez de eclesiásticos 
y eremitas para mejor engañar á los blajtcos ó sencillos (83). 
Lo ordinario era espillar ó jugar cada uno en su traje, y sacar 
de los bueyes ó naipes todo cuanto en buenas manos y con 
buena vista pudieran dar de sí; que, á descornarse \2,flor, con 
hacer viñas y Juan danzante é irse á quitar las pulgas á un 
garito de otro barrio, que era como pasarse á Turquía, queda- 
ba el hombre como las propias rosas (84). 

De las casas de gula ó bodegones de Sevilla, «en la cual 



(83) Tal aquel ermitaño de la Vida del Buscón^ de Quevedo, libro I, 
cap. X; y tal el mismo D. Pablos, que para jugar se finge fraile benito, en el 
cap. VII del libro 11. Los que auténticamente vestían hábito eclesiástico solían, 
como digo en el texto, ser aficionados á tirarle á Jorge de la oreja, y aun á 
tener casa de ello. En 9 de enero de 1559 dijo en capítulo el racionero Alonso 
Rodríguez que á su noticia había venido por cosa pública que el racionero 
Luís de Armijo «tiene y ha tenido tablero público de juegos de naypes y dados 
donde entran á jugar muchos jóvenes legos y de mal vivir y otros fulleros, y 
allí juegan mucha cantidad de dineros y se hablan cosas deshonestas» {^Archi' 
vo de la Santa Iglesia Catedral de Sevilla, Actas del Cabildo eclesiástico). 

(84) Véase el siguiente monólogo del gracioso de Ganar amigos, come- 



- 104 - 

había tantos y tan buenos» (85), era el más renombrado entre 
la jacarandina el del Corral de los Olmos, t establecido en el 
casi solar de unas casas sitas en la plaza del Arzobispo (86), 



dia de D. Juan Ruiz de Alarcón y cuya acción pasa en Sevilla (acto II, esce- 
na VI): 

¡Válgate Dím, coofutión 

Y embeleco de Sevilla! 

Un hombre coooico yo 
Que es tahúr, y desde el dia 
Que i un desdichado inocente 
Kd el gariio emprestilla, 
5>e va al de otro Imnio, que es 
Como pasarse á 'I'urquia: 
Cursa en (1 hasta pegarle 
A otro blanco con laniisma, 

Y va visitando así 

Por sus turóos las ermitas; 

Y eo acabando la rueda 

Se vuelve á la más antigua, 
Donde, como los tahurea 
Se trasiegan cada dia, 
O no va ya su acreedor, 
O <-| hace del que se olvida, 
O tiene conchas la deuda. 
Del tiempo largo prescripta. 

A la grande facilidad con que podia hacerse perdidizo cualquier fullero ayu- 
daba muy mucho el ser crecidísimo el número de leoneras. Más de trescientas 
había en la ciudad, según el racionero Porras de la Cámara. Y, á proporción, 
no menos se jugaba en los pueblos que en Sevilla En Osuna, cuya poblxdón 
pasaba apenas de 3.000 vecinos, gastábanse 4l aüo quinientas docenas de fia- 
rajas. Asi se indica en una escritura de 20 de abril de tS9Q, otorgada por 
Alonso Gil Reduán, vecino de la mencionada villa, á favor de Juan Bautista 
Méndez, administrador de la estampa real de los naipes en la dicha ciudad. 
(Archivo de protocolos de Sevilla, oficio I.*, Diego de la Biirtra Farfán, 
libro I." de 1599, f.' 1.139). 

(85) Cervantes, Rinconele y Cortadillo. 

(86) «Hoy se llama plazi del Cardenal Lluch. Rodrigo Caro, en sus 
Antigvedades y Principado de la ilvsírissima civiad de Sevilla. ^ Chorogra- 
phia de sv Convento ivridico, ó antigua Chamilleria (Sevilla, Andrés Grande, 

1634), dice, á los folios 61 y 62: tjunto con el convento de san Francisco está 
el cabildo de la ciudad, el qual primero estuvo antiguamente en la pla<,a del 
Arzobispo en unas casas que oy sirven de bodegón... En este mismo Cabildo 
antiguo se juntavan también los Capitulares de la santa Iglesia, teniendo la 
ciudad la parte superior y los Canónigos la parte inferior de este angosto y 
pequeño edificio; que tanta hermandad y concordia ha ávido siempre entre 
estos dos Cabildos.»— Antes, al folio 53, dice tratando del Templo de la 
Santa Iglesia: «Fuera del Templo mayor... tiene esta Santa Iglesia dos claus- 
tros grandes: al uno llaman comunmente Corral de los Naranjos, porque los 
ay en él de muchos siglos atrás, con algunas palmas y cipresses: al otro llaman 
el Corral de los Olmos, porque en él también los avia, y este cae á lo largo de 
la puerta oriental del Templo, y el de los Naranjos á la parte del Norte, y es 
lo que resta de la mezquita mayor de los moros.» 



— 105 — 

y en donde la Ciudad había celebrado sus cabildos hasta que 
^" 1533» y^ adelantadas las obras de las Casas Capitulares, el 
Concejo se pasó á éstas (87). Nunca Roma fué más corte pon- 
tificia que el Corral de los Olmos sede y emporio de la gua- 
peza y del vicio de los germanes. Así el temerón Maladros dis- 
ponía en su testamento que allí lo enterraran (88); así el jaque 
Reguilete salió del afamado Corral para habérselas, en la plaza 
de San Francisco, con un toro, que le sacó el alma del cuer- 
po (89); y así Rodrigo, gracioso de una comedia del ecijano 
Luís Vélez de Guevara, se había dado un filo dé valentía en 
el Corral de los Olmos....» (90). También solían ir los germa- 



(87) «Guichot, Historia del Excmo, Ayuntamiento de Sevilla, t. II 
(1897), pág. 30.» 

(88) «En el romance del Testamento de Maladros: 

Quiero y es mí voluntad 
Que muca la fría tierra 
En el Corral de los Olmos, 
Do se junta la braveza. 



[Es] Techo en la enfermería 
De Sevilla, en esta trena, 
A veintisiete de mayo 
De quinientos y setenta.» 



(89) «Cervantes, El Rufián dichoso, jornada I: 

Del gran Corral de los Olmos, 
Do está la jacarandina, 
Sale Reguilete el jaque, 
Vestido á las maravillas...» 

(90) *El Diablo está en Cantillana, jornada I, en donde, por uno de los 
mil deliciosos anacronismos de que están llenas las comedias de los siglos XVI 
y XVII, aun pasando la acción en los tiempos de D. Pedro I de Castilla, pre- 
gunta Perafán y responde Rodrigo: 

— jCcSmo dejas á Sevilla.' 

— Como siempre, buena y brava; 

Díme un filo en el Corral 

De los Olmos, y una mandria 

Tuvo no se qué conmigo. 

Sobre si pasa ó no pasa; 

Llevó una mojada á cuenta, 

Siguióme la giirnllada. 

No pude tomar iglesia 

Ni embajador, y en las ancas 

De la muía de un doctor 

Me escapó con linda gracia.» 

Por el Discurso de la Comunidad de Sevilla, que publicó la Sociedad de Bi- 
bliófilos Andaluces, consta que en 1521 (y asi seguiría probablemente) la 
puerta del Corral de los Olmos daba frente á la calle de la Borceguineria, hoy 
de Mateos Gago. 

8 



— 106 — 

nes á otro bodega establecido muy cerca del dicho corral: en 
el Hospital del Rey (91). En tales casas de la gula, según una 
representación que el cabildo de los jurados, á 27 de agosto 
de 1603, dirigió á la Ciudad, se daba <de comer y de cenar á 
todas horas á hombres y mujeres, y si lo pagan bien, también 
se les da cama, lo cual es en gran deservicio de Dios. Tam- 
bién en ellas se hacen conciertos entre rufianes, bellacos y 
malandrines, de que resultan muertes, robos y toda clase de 
infracciones de la ley y de ofensas á las buenas costumbres, 
en cuanto que en ellas los hijos de familia encuentran ocasión 
de grandes distray mientes t (92). 

De la mancebía hispalense, del famoso Compás de Sevi- 
lla, en donde ¡como tontos! hubieran querido hallarse, mejor 
que chapuzados entre las revueltas olas, aquellos malos poe- 
tas que Cervantes hizo naufragar en su Viaje del Parnaso (93), 
han escrito D. Manuel Pizarro y Gómez (94), D. Narciso 
Campillo (95) y D. José M.* Asensio (96) sendas monografías 
muy interesantes, sí, pero que dejan harto que desear, porque 



(91) El antiquísimo Hospital Real de Nuestra Seflora del Pilar de Sevi- 
lla, que estaba ten el mismo lado del Hospital de Santa Marta, pasando algu- 
nas casas, y antes de llegar á la puerta del Alcázar> (Notas de Espinosa y 
Cárcel á los Anales de Ortiz de Zúñiga, t. II, pág. 58). — Desde el aDo de 
1587, en que se redujeron á dos los hospitales de Sevilla, éste quedó sin su 
antigua aplicación, y fué destinado para casa de la gula por alguien que lo 
tomarla en arrendamiento. 

(92) «Guichot, obra citada, t. II, pág. 156.» 

(93) Capitulo V: 

Y CD medio de tan grandes embaruos, 
La vista ponen en la amada orilla, 
Deseosos de darla mil abrazos. 

Y sé yo bien que la fatal cuadrilla, 
Antes que allí, holgara de hallarse 
Ea el Compás famoso de Sevilla. 

(94) Bases para la organización del servicio sanitario municipal de Se- 
villa: memoria escrita y presentada al Excmo. Ayuntamiento Hispalense 
por... (Sevilla, Impr. de La Andalucía, 1861). 

(95) La Revista de Andalucía, t. XII, págs. 96-I06, y La Ilustración 
Española y Americana, n." XXII de 1870, pág. 341. 

(96) El Compás de Sevilla, 1880. 32 págs. en 8.': opúsculo que, como 
muchos otros de su autor, ha sido reimpreso en el libro intitulado Cervantes 
y sus obras: artículos por D.Jose'M."- Asensio, Barcelona, 1902. 



— 107 - 

ó sus autores se contentaron con pocas noticias, ó no tuvieron 
la suerte de hallarlas en mayor abundancia. Yo la he tenido» 
y Dios delante, no tardaré mucho en preparar un estudio 
sobre aquel renombrado templo del vicio; pero ¿qué decir 
ahora, en el poquísimo espacio y el menos tiempo de que 
dispongo? Es, indudablemente, más difícil escribir cuando 
hay sobrada materia que cuando la hay algo escasa. Así, 
pues, limitaréme, por hoy, á extractar algún párrafo del opús- 
culo del Sr. Asensio, y á añadir algo de mis apuntes. 

«Estuvo situada la mancebía de Sevilla— dice el docto 
editor é ilustrador del famoso Libro de retratos de Pacheco — 
en un punto que entonces era extremo de la ciudad, adosada 
al muro antiguo que corría desde la puerta vieja de Triana á 
la del Arenal, y separada de la ciudad por una tapia que 
tenía una sola puerta, en el sitio que se llamó luego arquillo 
de Atocha (97). El espacio que se extendía delante de la 
puerta de la casa pública era llamado el Compás, nombre que 
ha conservado hasta hace muy pocos años (98). Tenía, ade- 
más, un postigo en la muralla para comunicar al campo, pero 
se ignora su situación.... (99). Dentro del recinto cercado en 
que moraban las mujeres.... había muchas casillas miserables, 
propiedad ¡cosa rara! de iglesias, de conventos, de capellanías, 
de hospitales, y de sujetos particulares. Eran algunas también 
fabricadas por la Corporación Municipal....» En la parla de los 
germanes tenía muchos nombres la casa llana: llamábase in- 



(97) Sí, pero esto, después de 1576; en cabildo de ii de julio de este 
dicho año los jurados pidieron que se limpiara la mancebía y que se cerraran 
todos sus postigos, de manera que no quedase abierta más que una puerta 
(Actas capitulares de Sevilla). 

(98) De seguro padeció equivocación en esto el Sr. Asensio: el Compás 
de la Laguna aún conserva su antiguo nombre. No así la calle de la Laguna, en 
parte de la cual estaban las boticas ó casucas de la mancebía, pues hoy se llama 
de Castelar. 

& (99) En 6 de julio de 1583 se libraron 1.632 maravedís á Blas de la 

Bk Cruz, carpintero, «á cuyo cargo fué el hazer unas puertas en la casa pública de 
^K.Ias mugeres y una reja para la puerta de la dicha casa que sale al campo, por 
^^■ciertas demasías que hizo en estos trabajos.» (Archivo Municipal de Sevilla, 
^^B libros de Propios). 

E 



— loe — 

distintamente berreadcrOy cambio, cerco, campo de pinos, cortijo, 
dehesa, guanta, manfla, manflota, mesón de las ofensas, mon- 
te, montaña, pifla y vulgo. Llamábanla también lo guisado. Al 
postigo que daba acceso á los casucos desde el Compás llama- 
ban el golpe, como llaman á algunas puertas de las cárceles, 
porque se cierran al portazo (á lo cual decían, y dicen aún, 
echar el golpe), y no se pueden abrir sino con la llave. En el 
golpe estaba sentado, haciendo de portero, un muchachote á 
quien llamaban guardadamas, guardacoimas ó guardapos- 
tigo (lOO). 

De no tener menos nombres que la mancebía podían 
ufanarse las mujeres que habitaban en ella, pues las llamaban 
concejiles, coimas, gayas, germanas, isas, marcas, marquidas, 
marquisas, marañas, pelotas, pencurias y tributos, A su infa- 
me ganancia decían caire, cairo ó cairón; y reclamos ó mandi- 
landines á los chulamos ó muchachillos que solían servirlas 
en clase de criados ó mandaderos. Semejantes hembras, en lo 
antiguo, en cumplimiento de una ordenanza de D. Alfonso XI 
(1337), llevaron tocas azafranadas para distinguirse de las mu- 
jeres de bien (loi); pero como éstas, andando el tiempo, gus- 
taran de usar las tales tocas, desapareciendo así, por tan raro 
motivo, la diferencia que había establecido el legislador, en 
otras Ordenanzas de Sevilla, hechas por D. Juan II en 141 1 y 



(100) En dos romances de la colección publicada por Juan Hidalgo: 

Al mandil llama irainel, 
Por que lleva y trae recados; 
Dice al mozo guardadamai, 
Que en el golpe está tentado. 

Es natural de Segovia, 
En bajos vicios criado; 
Hijo de un guardapostigo 
Y nieto de un envesado. 

(loi) «XXXVI. Otrosí: mandamos et tenemos por bien que las barra- 
ganas de los clérigos nin de los legos, nin otras mugeres algunas mal enfama- 
das, que non traygan faldas rastrando de manto, nin de pellote, nin sayas, nin 
cendales, nin otros adobos ningunos: et si los traxiere, que pierda los paños et 
que gelos tome el alguazil.» (Guichot, Historia del Ayuntamiento de Sevilla, 
t. I, pág. 218). 



- 10^- 

confirmadas en 1 502 por los Reyes Católicos, se preceptuó 
«que todas las mugeres mundanas trayan un prendedero de 
oropel en la cabega engima de las tocas, en manera que pa- 
rezca, porque sean conoscidas; et si alguna fuere fallada sin 
traher esta señal, que le den las penas que pone la ley del 
ordenamiento del rey don Alfonso» (102). Todavía las buenas 
mujeres (prurito y tenacidad muy dignos de estudio) volvieron 
á imitar á las malas, usando el tal prendedero, y entonces 
éstas, que, por el contrario, se empeñaban en diferenciarse de 
aquéllas, pues pareciendo mujeres honradas no las buscaban 
ni requerían, empezaron á usar mantos negros doblados, ó 
medios mantos (las mantillas de ahora), sin que para hacerlas 
volver á las tocas azafranadas bastaran las nuevas ordenanzas 
del año 1571(103), ni un nuevo acuerdo capitular de 1589(104). 
Así, las nuevas ordenanzas de la mancebía recopiladas en 
mayo de 1 621, al preceptuar que las mujeres de la vida peno- 



^ 



I 



(102) Como esto de que las mujeres honradas imitaron á las perdidas 
usando su propio distintivo parecería durillo de creer por la sola palabra de 
quien lo dijese, no holgará copiar las de la ordenanza en que se dijo: «Otrosí, 
por quanto en el Ordenamiento del Rey don Alfonso se contiene que las muge- 
res mundanas trayan sendas tocas a9afranadas en las caberas, et segund el uso 
de agora munchas mugeres buenas casadas e onrradas e onestas usan traher tocas 
azafranadas, por lo qual dichas mugeres mundarias han dexado la señal porque 
de antes eran conoscidas, e non se esmeran bien entre las otras, Por ende, pro- 
veyendo en esto ordeno e mando que de aqui adelante todas las mugeres mun- 
darias...» y sigue lo del texto (Archivo municipal de Sevilla^ sección i.», car- 
peta 15, n.° 3). 

(103) Real provisión de 7 de marzo del dicho año, reformatoria de la 
antigua legislación, y cuya ordenanza XI dice así: «Iten porque por ordenan- 
zas desta 9Íbdad y leyes destos Reynos está mandado y prohibido que las 
mugeres publicas de la mancebía trayan ahitos diferentes y señalados por 
donde sean conocidas y diferenciadas de las buenas mugeres mandamos que de 
aqui adelante ninguna de las dichas mugeres de la dicha mancebía no puedan 
traer ni trayan mantos ni sombreros ni guantes ni pantuflos como algunas 
suelen calzar y solamente trayan cubiertas mantillas amarillas cortas sobre la 
saya que trayeren y no otra cobertura alguna..,» (Archivo municipal de Sevi- 
lla, Varios antiguos, Mancebía^ núm. 339). 

(104) En cabildo de 7 de julio de 1589, el veinticuatro Diego Caballero 
de Cabrera dijo «que por ordenanzas desta ciudad está proybido que las muge- 
res públicas anden señaladas de manera que no traygan mantos, sino vnas 
mantillas amarillas, lo qual de presente no se guarda, y de no hazerse se si- 
guen muchos y grandes ynconvenientes que por ser notorios no lo refiere; que 
suplica á la ciudad mande que se guarde y cumpla la dicha ordenanza, pues la 



- lio - 

sa llevasen tales medios mantos negros, no hicieron sino Con- 
firmar y hacer obligatorio lo que ya ellas de por sí venían 
haciendo desde antes de 1570 (105). '^X padre, también llama- 
do tapador, cambiador ó coime, repartía las boticas ó casucos 
entre las mujeres, de ordinario, para cada cual una, y habían 
de pagarla diariamente: real y medio de alquiler, aunque por 
las ordenanzas no debía subir de un real (106). Las marcas 



tiene jurada, y que las dichas mugeres anden sin raanlos y con naantillas, de 
manera que sean conoscidas; lo qual se podrá proyvir con mandar á los padres 
de las que están en la man<^ebia y pedir á las justicias para las que andan fuera 
lo bagan cumplir...> Asi se acordó. (Actas capitulares de Sevilla). 

(105) Según la ordenanza XIV, cuando las mujeres públicas anduvieran 
fuera de la mancebía, babian de traer «sus mantos negros doblados, con que 
se cubran, salvo cuando fueren á r^sa ó á la iglesia llevándolas el alguacil de 
la casa pública», porque entonces habían de llevar sus mantos tendidos, «como 
las buenas mugeres.» {Archivo Municipal de Sevilla, sección 4.", tomo XXII, 
núm. 14.) — Desde entonces y porque usaron los mantos doblados, ó partidos 
por la mitad, llámase á esa clase de mujeres damas de medio manto. K. tal uso 
se referia la Perala en su carta á Lampuga (Quevedo, El Parnaso Español 
Musa V, jácara III): 

Avisa de lo que fuere, 
Para que en todo mi barrio 
Conozcan lo que me debes; 
Que aún no he desdoblado el manto. 

De Quevedo es también cierto lindo romance, interesantísimo para el estudio 
de la prostitución, y que vio la luz en la Musa V de El Parnaso Español, 
(Madrid, 1648). Se intitula Sentimiento de un jaque por ver cerrada la man- 
cebía, y probablemente seria escrito en 1623, año en que las prohibió Feli- 
pe IV (ley VII, tit. XXVI, libro XII de la Novísima Recopilación). En tal 
romance. Añasco 

Viendo cenada la manña, 
Con telaraña el postigo, 
El patio lleno de yerba..., 

apunta algunas reflexiones que, bajo lo festivo y donoso de la forma, encierran 
profundas verdades de grande importancia social, para acabar diciendo al 
abandonado mesón de las ofensas: 

Pecados de par en par 
Ya se acabaron contigo, 
Y, no siendo menos, son 
Más caros y más prolijos. 
Aquí fué Troya del diablo; 
Aquí Cartago de esbirros; 
Aquí cayó en un barranco 
El género femenino. 

(106) Ordenanza VIII de las contenidas en la Real Provisión, antes cita- 
da, de 7 de marzo de 157 1: «ítem ordenamos y mandamos que los tales 
padres no puedan lleuar ni lleuen por alquiler de botica y cama y silla y candil 
y estera y alraoada y otras qualesquier cosas que les suelen dar y alquilar para 



- lli - 

godeñas 6 principales ganaban hasta cuatro ó cinco ducados 
al día, y ostentaban muy buenas ropas (107); en cambio, las 
rabizas, ó por naturalmente feas, ó por nada mozas, pero sí 
ajadas y llenas de lacras, era mucho que ganasen, ni dentro 
ni fuera de la casa llana, sesenta cuartos (108); mas de lo poco 
y de lo mucho hacían paz y guerra los rufianes que por ma- 



cxecutar su mal oficio mas que a Razón de vn Real por cada vn dia, con que 
la cama sea de dos colchones y tenga su sauana, manta y almoada, so la pena 
arriba dicha.» ¡Esto, y lo demás es tontería, esto era archipaternal administra- 
ción de la res publica: cuidar de que las mujeres del pecado y los hombres sus 
copecadores no hallasen duro ni desabrigado el lecho! 

(107) Uno de los romances de germanía, publicado por Juan Hidalgo, 
el que empieza: Ya los boticarios suenan, da mucha luz en este punto. He 
aquí un fragmento en que habla á su rufo una coima vieja: 

La casa de aquesta tierra 
No es para buenas mujeres, 
Ni puede en ella vivir 
La que de serlo se precie. 

Dejan por una fregona 
Que ayer iba por aceite 
Una mujer que ha veinte años 
Que cursa aquestos trinquetes. 

Pedíle al padre la casa 
Que está enfrente de la Méndez, 

Y diósela á la Quevedo, 
Por ser mi enemiga, adrede, 

Y á mí me dio por vecina 
Una muchacha reciente. 
Que, por ser bella y muchacha, 
Sólo su molino muele. 

Ayer ganó seis ducados 

Y á mí me prestó un corchete, 
Para pagar la posada. 

Real y medio en tres veces. 

(108) Con cincuenta cuartos volvían contentas ante sus lagartos aquella 
hez de mujeres á quienes se dirigió el sevillano Alonso Álvarez de Soria en 
la sátira que empieza: 

Ninfas que en las tasqueras 
Del Compás, Resolana y San Bernardo 
Sobre humildes esteras 
Tendéis el pobre y traqueado fardo..., 

y que andaban tras su torpísimo negociar en los cantos ó cantillos, y en los lu- , 
gares mencionados, y en los que llamaban la Chamiza y la Madera. En cambio, 
Ib Pericona, el oíslo de Trampagos el del entremés de El Rufián viudo, te- 
niendo cincuenta y seis años, y la cabeza cana, aunque teñida de rubio, y 
habiendo tomado sudores once veces, y siendo, á puras fuentes, un Aranjuez, 
y teniendo el aliento dañado, y estando desdentada y desmolada, aunque re- 
pobladas de lo fino y de lo falso las encías, ganaba los dineros que era un 
asombro: 

Sentarse á prima noche, y á las horas 
Que se echa el golpe hallarse con sesenta 
Numos en cuartos, por ventura, jes barro? 



- 112 - 

letas las habían metido en el cerco, y los que ellas, siempre 
amigas de valentía y zumbido, se agenciaban (109). 

El oficio de padre de la mancebía, ó padre de las muje- 
res, como más comúnmente se le llamaba, era muy codiciado. 
En el Compás de Sevilla solía haber más de uno, pues cada 
dueño de algunas boticas tenía derecho á nombrar el padre ó 
la madre que quisiera, y no siempre se ponían de acuerdo los 
propietarios para designar á un solo sujeto. A fines del aí^o 
1 571, Marco Ocaña, alguacil de la justicia, como señor y 
propietario de once de aquellas casucas, nombró por madre, 
para ellas, á Mari Sánchez de Marquina, «mujer vieja y anti- 
gua en el dicho oficio, que tiene dentro de la mancebía su 
casa y habitación t, y que cabalmente era la suegra de Rafael 
Rodríguez, /a^rí- de las mujeres (iio). Hecho el nombra- 
miento, y aprobado por la Ciudad, el nuevo padre ó madre 
juraba en manos del escribano del cabildo guardar las orde- 
nanzas, y se le daba el título de su honrado oficio, del cual 
estaban muy ufanos y orgullosos los que lo servían. He aquí 
por qué, llevando preso al padre Carrascosa, en El Rufián di- 
choso, él protesta contra la violencia que se le hace, tan aira- 
damente, que se le sube la rima al tejado á la par que el humo 
á las narices: 

Soy de los Carrascosas de Antequera, 

Y tengo oficio honrado en la república, 

Y báseme de tratar de otra manera. 
Solíanme hablar á mi por súplica, 

Y es mal hecho y mal caso que se atreva . 

A hacerme un alguacil afrenta ///6//'<:a (lll). 



(109) En la jornada I de El Rufián dichoso, dice Antonia, la iaa enamo* 
rada de Lugo, después de compararlo en lo valiente con García de Paredes: 

Y por eíto este mocito 
Trae a todas tas del trato 
Muertas: por ser tan bravato; 
Que en lo demás es bendito. 

(1 10) Archivo Municipal de Sevilla, Varios antiguos, Mancebía, n.° 339, 
(i I i) Jornada I.— Los dueños de las boticas de la mancebia solían tener 

á los padres en tan buen predicamento como estos se tenían á sí mismos: En 
24 de octubre de 1584, se daba cuenta á la Ciudad de una petición que co- 
qtenzaba asi: «El licen9Íado francisco diaz como dueño que soy de vna casa de 



-- 113 - 

Contra lo que por las ordenanzas se mandaba, \o5 padres so- 
lían alquilar ropa á las mujeres, y recibirlas empeñadas, y 
prestar dinero sobre sus cuerpos, harto usurariamente, y sobre 
todo linaje de prendas (112). De padres, pues, no tenían sino 
el nombre: eran tiranos y verdugos de las desdichadas muje- 
res que caían en aquel antro (113). Con razón, pues, la Ace- 
bedo, isa á quien se refieren unas muy gentiles Quintillas de 
la Heria que insertaré íntegramente en otro lugar, 

repicando en la silla 

La acostumbrada varilla 
Que train en las manos todas, 
Con demostraciones godas 
Cantó aquesta siguidilla: 
«¡Ay, que en malas galeritas ande 
Quien me dio á conocer la casa y el padre.» 

En las últimas décadas del siglo XVI muchas personas 
piadosas procuraban, con plausible intento, sacar á algunas 
de aquellas desventuradas de la mala vida en que yacían, y 
especialmente en la cuaresma se logró —á la verdad, con poco 
fruto — que las llevaran á escuchar sermones encaminados á su 
conversión (114), cuando no iban á pr edicar les en el mismo 



^ 



padre y de otras beinte y tantas boticas que todo es en la mancebía de esta 
(^iudad digo, que yo nombro por padre de las mugeres publicas que en las 
dichas mis cassas viven y están a alonso de ojuelos, el qual es cassado y hom- 
bre de bien y buen xpiano...» {Archivo Municipal, Varios antiguos, artículo 
citado). Y aun los tales padres^ por tan morigerados solían tenerse, que se mos- 
.íraban escandalizados del pecaminoso vivir de sus hijas: así en 1620, Juan 
Ruiz Galera, padre de la casa pública de Sevilla, comenzaba de la manera si- 
guiente una petición á la Ciudad: «digo que muchas mugeres de las que asisten 
en la dicha cassa á sus torpes ganancias — » (Ibidetn). 

(112) Dice Trampagos en El Rufián viudo: 

Este capuz arruga, Vademécum, 

Y (lile al padre que sobre él te preste 

Vna docena de reales. 

(113) Véase Mariana, Tratado contra los Juegos públicos, cap. XIX. 

(114) Trampagos, en el mencionado entremés cervantino: 

Quince cuaresmas, si en la cuenta acierto, 
Pasaron por la pobre desde el día 
Que fué mi cara agradecida prenda. 
En los cuales, sin duda susurraron 
A sus oídos treinta y más sermones, 
Y en todos ellos, por respeto mío, 
Estuvo firme... 



- Il4- 

Compás, cosa que dio lugar á frecuentes escándalos por parte 
de los rufianes, que, viendo peligrar su pan y su vino, pues no 
eran otros que los que con su cuerpo ganaban aquellas infe- 
lices, escalaban la manflota^ entrando por unos portiches ó 
guzpátaros de la cerca, y ponían en grave aprieto á los reden- 
tores. Los domingos y fiestas de guardar llevábalas el algua- 
cil de la casa llana á que oyeran misa, para lo cual había ins- 
tituido una capellanía María de San Jerónimo (115). 

De las iglesias (antanas ó altanas) como lugares de 
asilo para los delincuentes, y de las cárceles (trenas ó banas- 
tos)^ largo podría escribir; mas, pecando ya de harto extensa 
esta parte de mi discurso, dejólo, no sin prometer al lector 
que de la Cárcel Real de Sevilla en donde más de una vez 
estuvo preso el Príncipe de los Ingenios Españoles, recapitu- 
laré en otro lugar lo más interesante de lo que se ha escrito, 
y aun agregaré algunas curiosas noticias, por mí exhumadas, 
y flamantes de puro viejas. 



(115) En cabildo de 4 de diciembre de 1592 leyóse una petición de 
Pedro Ruiz, clérigo, en solicitud de que la Ciudad le provea «cierta capellanía 
que instituyó María de San Jerónimo para decir misa á las mujeres públicas.* 
Fué nombrado Pedro de Valenzuela, á 16 del propio mes (Aftas capitulares 
de Sevilla). 



IV 



Llego á un campo en el cual, contra todo mi buen deseo, 
apenas si ha quedado para mí alguna que otra espiga. Hoces 
ajenas cortaron la mies, y, aunque, por pecar de madrugado- 
ras, segaron con la seca la no bien madura de algunos corni- 
jales, es tan pobre el ricial que en ellos ha retoñado hasta hoy, 
que habría de presentarme al lector con las manos casi vacías, 
si para evitarlo no acudiese á la liberalidad de los que me 
antecedieron. Por suerte, cuento con ella, y de toda su cose- 
cha dispongo. 

Mientras el Ldo. Juan de Cervantes, legista, acaso acaso 
cordobés, ejercía en Osuna, con el bachiller Alonso de Villa- 
nueva y el licenciado Bustamante, el honroso oficio de juez 
de la Audiencia del Conde de Ureña y gobernador de sus 
tierras y estado de Andalucía, es decir, por los años de 1545 
y 1546 (i), y mientras, dejado ó perdido aquel honroso car- 
go, cosa que no he logrado esclarecer, trasladaba su domicilio, 
probablemente á Córdoba, en donde residía, de seguro, por 
octubre de 1555 (2), su hijo Rodrigo de Cervantes, médico 



(i) Véase Rodríguez Marín, Cervantes y la Universidad de Osuna, en 
el Homenaje á Menéndez y Pelayo, t. II, pág. 809. 

(2) Cervantes estudió en Sevilla (1564- 1 565): Discurso leído por don 
Francisco Rodríguez Marín, Presidente del Ateneo y Sociedad de Excursio- 
nes, en la solemne inauguración del Curso de igoo á igoi (Sevilla, 1901). 



- 116 - 

cirujano práctico y sin grado académico (3), vecino de Alcalá 
de Henares, procreaba en su matrimonio con D.* Leonor de 
Cortinas á Miguel de Cervantes Saavedra, hoy llamado por 
todo el mundo Principe de los Ingenies Españoles {4). Mala- 
venturas de Rodrigo, en gran parte debidas á su sordera, si 
ya entonces la padecía, por ser tal que le dificultaba mucho 
la comunicación de las gentes (5), hiciéronle salir de Alcalá 
para buscar en más ricas y populosas ciudades el pan de su 
numerosa familia; quizá, después de pasar algún tiempo en 
Valladolid, se iría á Córdoba, viviendo allí hasta pasado el 
dicho año de 1555, bajo la protección del sexagenario exgo- 
bernador del estado de Osuna; ó quizá, muerto éste poco des- 
pués, residiría algún tiempo aún en la ciudad de les califas; 
todo esto es, por hoy, meramente conjetural. Pero no lo es 
asimismo, sino cosa bien averiguada, por investigaciones 
que se practicaron en Sevilla há poco tiempo, tque Rodrigo 
de Cervantes, acompañado de su mujer y sus hijos, mudó su 
residencia á la capital de Andalucía hacia el año de 1 562, y 
de seguro antes de 1564», pues en éste se le encuentra no sólo 
llamándose vecino de Sevilla (que tal particularidad, por co- 
mún transgresión de los preceptos legales, no acreditaba una 
residencia muy anterior), sino ya propietario, ó subarrenda- 
dor por lo menos, de unas casas en que moraba Mateo de 



(3) Médico furuj'ano se le llama en las dos escrituras copiadas al fin del 
mencionado discurso; pero asi solia llamarse á los meramente cirujanos, lo- 
mando esta palabra sólo como adjetivo. Ó Rodrigo de Cervantes no fué médi- 
co, sino, como sospecho, (urujano tan sólo, ó por muy buen médico le habría 
tenido el inmortal novelista, pues dijo en El Licenciado Vidriera, después de 
recordar un texto biblico: «Esto dice el Eclesiástico de la medicina y de los 
buenos médicos, y de los malos se podria decir todo al revés, porque no hay 
gente más dañosa á la república que ellos.» Y en el Quijote, parte II, capitu- 
lo XLVII, hizo decir á Sancho cuando gobernaba la Ínsula y el Dr. Pedro 
Recio de Agüero le desgobernaba el estómago: «...quíteseme luego de delante; 
si no, voto al sol que tome un garrote, y que á garrotazos, comenzando por él, 
no me ha de quedar médico en toda la Ínsula, á lo menos, de aquellos que 
yo entienda que son ignorantes; que á los médicos sabios, prudentes y discre- 
tos los pondré sobre mi cabeza y los honraré como á personas divinas...» 

(4) Como es sabidísimo, fué bautizado á 9 de octubre de 1547. 

(5) Pérez Pastor, Documentos cervantinos inéditos^ t I. 



- 117 - 

Urueña (6). Que este Rodrigo de Cervantes era el padre de 
nuestro pasmoso novelista, y no un su homónimo, pruébanlo 
la igualdad de su firma con otras indubitadas y la circuns- 
tancia de haber otorgado un poder á su mujer D." Leonor de 
Cortinas para cobrar lo que en Sevilla y otras partes le de- 
biesen (7); y es de advertir que al otorgar esta escritura, y 
otra del mismo día, como testigo de conocimiento de Rodri- 
go concurrió su hermano Andrés de Cervantes, á quien como 
tal hermano conocíamos por alguno de los documentos cer- 
vantínos que ha publicado el benemérito D, Cristóbal Pérez 
Pastor (8). 

Con Rodrigo, á no dudar, vivieron en Sevilla su mujer y 
sus hijos: si tal escritura de poder no lo evidencia del todo, 
patentízalo, en cambio, un documento otorgado 2,6 ^t^ marzo 
de 1565 por D,^ Andrea de Cervantes, la mayor de las hijas 
de aquél, y pruébalo igualmente la circunstancia de que para 
ganar vecindad en Sevilla era necesario tener casa abierta y 
poblada, requisito con cuya falta no se solía gastar el disimu- 
lo que con el tiempo legal de residencia (9). Y, probado como 
está que el celebérrimo exbatihoja hispalense Lope de Rueda 
se encontraba en Sevilla al mediar el año de 1564 (10), y que 
habitaba, por más cierto, en la collación de San Miguel, como 
Rodrigo de Cervantes, y siendo bien sabido que no tenía otros 



(6) Rodríguez Marín, Discurso citado. 

(7) A 30 de octubre de 1564. Discurso citado. 

(8) Documentos cervantinos, t. I. 

(9) El tiempo legal de residencia para ganar vecindad eran siete años. En 
16 de julio de 1597, á petición de D. Juan Ponce de León, veinticuatro, y por 
cuanto habia habido en los años anteriores mucha largueza en el conceder las 
vecindades «por negociación ó por probanzas falsas», se acordó que se suplica- 
ra á S. M. que diese comisión á uno de los tenientes de asistente para rever 
todas las vecindades de diez años atrás, y que mandase confirmar la antigua 
ordenanza que disponía que para ser uno uecino de Sevilla hubiese de vivir 
diez años continuos en ella, y declaraba que el modo de probar la asistencia de 
diez años había de ser pareciendo en el principio de ellos ante uno de los 
jueces ordinarios y tomando por testimonio como venía á vivir á esta ciudad 
con ánimo de ser vecino en ella. (Actas capitulares de Sevilla, escribanía i .'). 

(10) Rodríguez Marín, Discurso citado. 



- 118 - 

medios de subsistencia que sus representaciones teatrales, por 
lo cual podía holgar poco (i i), fácil es entender que no andu- 
vo descaminado el docto bibliógrafo D. Nicolás Antonio al 
opinar que fué en Sevilla donde Miguel de Cervantes, siendo 
muchacho — como dice en el prólogo de sus Comedias y en- 
tremeses (12) — vio representar á Lope de Rueda (13). Toda- 
vía más probable parecerá esto á quien fije la atención en 
los siguientes pormenores: Cervantes y su familia aún perma- 
necían en la capital andaluza á 6 de marzo de 1565, día en 
que D.* Andrea solicitó que se le nombrase un curador ad 
litem para salir como tercera opositora á cierto pleito que 
contra su padre sostenía Francisco de Chaves; Lope de Rue- 
da, en 2 1 del propio mes y año, es decir, quince días después, 
al otorgar en Córdoba su testamento, declaró deberle el clé- 
rigo Juan de Figueroa, vecino de Sevilla, cincuenta y nueve 
ducados, resto de noventa y seis, «de doce días de represen- 
tación que representé en una casa una farsa, á ocho ducados 
cada día....» (14): «obvio es, dice Rodríguez Marín, que tal 
deuda sería reciente, cuando estaba en pie; que no andaba tan 



(11) ídem, ibidem. 

(12) Escribía Cervantes: «Los dias pasados me hallé en una conversación 
de amigos, donde se trató de comedias... Tratóse también de quién fué el pri- 
mero que en España las sacó de mantillas, y las puso en toldo y vistió de gala 
y apariencia. Yo, como el más viejo que allí estaba, dije que me acordaba de 
haber visto representar á Lope de Rueda, varón insigne en la representación 
y en el entendimiento. Fué natural de Sevilla, y de oficio batihoja, que quiere 
decir de los que hacen panes de oro. Fué admirable en la poesía pastoril, y en 
este modo, ni entonces, ni después acá, ninguno le ha llevado ventaja; y aun- 
que, por ser muchacho yo entonces, no podía hacer juicio firme de la bondad 
de sus versos, por algunos que me quedaron en la memoria, vistos agora en la 
edad madura que tengo, hallo ser verdad lo que he dicho.» 

(13) «MiCHAEL DE Cervantes Saavedra, HispaUnsis natu aut origi- 
ne, quorum ptimum confirmare is videtur dum sibi puero Hispali visum 
fuisse Lupum de Rueda, comoediarum scriptorem et auctorem ínter nos 
antiquissimum, in prologo suarum Comoediarum scribit... (Bibliotheca His- 
pana Nova, tomo II). 

(14) Halló el testamento de Lope de Rueda el diligente erudito cordobés 
D, Rafael Ramírez de Arellano, y lo dio á luz en el número I de la Revista 
Española de Literatura, Historia y Arte, que fundó y dirigió en 1901 el 
docto escritor D. Emilio Cotarelo y Mori. 



— 119 - 

holgado de fortuna el buen exbatihoja, que pudiera esperar 
mucho tiempo por lo que le debiesen, teniendo empeñado en 
Toledo, como por el testamento consta, casi todo su humilde 
ajuar >; y si era reciente la dicha deuda, agrego yo, es innega- 
ble que Lope de Rueda había representado en Sevilla en los 
últimos meses de 1564 ó en los primeros de 1565; esto es: 
cuando Cervantes vivía en aquella ciudad (15). 

Y preguntábase el mencionado investigador hispalense: 
«Cervantes, en esos años de su juventud, ¿estuvo aquí ocioso 
y desocupado, ó estudiando la gramática y las letras huma- 
nas, de cuyo bien aprovechado cultivo hay sazonadas mues- 
tras en cuantos escritos salieron de su habilísima pluma?» Y 
respondía: «Es indudable lo segundo: quien en 1568, frisando 
con los veintiún años, y como caro y amado discípulo de Juan 
López de Hoyos, lucía en Madrid, en cierto libro publicado 
por éste (16), composiciones poéticas muy estimables, no era, 
no, estudiante novicio, sino humanista docto, que había con- 
sagrado al estudio muchas vigilias. Y si tres años antes vivía 
en esta ciudad, claro es que en ella hubo de echar los sólidos 
cimientos de su cultura literaria» (17). Mas ¿en qué estudio? 
Y observa: «Es tan vehemente el elogio que Cervantes hizo, 



(15) El Sr. Cotarelo, al dar cuenta en su citada Revista (1.° de abril 
de 1 90 i) del mencionado Discurso de Rodríguez Marín, apuntó la idea de que 
bien pudo Cervantes ver representar á Lope de Rueda en Madrid á fines del 
año de 1561, pues consta que allí estuvo el célebre farsante, por lo menos 
desde 24 de septiembre á i.° de noviembre. Pero no consta, á la par, que 
Cervantes estuviese por aquel tiempo en Madrid. El Sr. León Máinez, en su 
amplísimo libro intitulado Cervantes y su e'poca, pág. 127, inclínase á creer 
que donde le vio representar fué en Córdoba. Mas no se tiene noticia de las 
estancias de Cervantes en aquella ciudad, aunque sean muy presumibles, ni 
de ninguna de Lope de Rueda anterior á aquella en que acabó su vida (1565). 
Además, no se ha de perder de vista que de ordinario Cervantes empleaba la 
palabra muchacho en siguificación de adolescente (pasaje, entre otros, de Tomás 
y Juan Haldudo, en la primera parte del Quijote, y comienzo de la novela 
Rinconete y Cortadillo), y no de niño. 

(16) Historia y Relación verdadera de la enfermedad felicísimo tran- 
sito y sumptuosas exequias fúnebres de la Serenísima Reina de España 
Doña Isabel de Valois... (Madrid, Fierres Cosin, 1569), 

(17) Discurso citado. 



— 120 — 

en una de sus Novelas ejemplares, del estudio que la Compa- 
ñía de Jesús tenía establecido en Sevilla, y tan calurosa la 
alabanza de aquellos padres, que trasciende á amor y agrade- 
cimiento de discípulo.... Contando Berganza (en el Coloquio 
de los Perros) cómo fué recibido en la casa de un rico merca- 
der sevillano, padre de dos niños que cursaban gramática en 
las aulas de la Compañía de Jesús, y cómo un día en que se 
dejaron olvidado el vade tnecum, él, Berganza, lo llevó al di- 
cho estudio y entrególo al mayor de entrambos jóvenes, que- 
dándose «sentado en cuclillas á la puerta del aula, mirando de 
»hito en hito al maestro que en la cátedra leía,» añade: «No 
>sé qué tiene la virtud, que, con alcanzárseme á mí tan poco 
»ó nada della, luego recebí gusto de ver el amor, el término, 
>la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y 
f maestros enseñaban á aquellos niños, enderezando las ticr- 
>nas varas de su juventud, porque no torciesen ni tomasen 
tmal siniestro en el camino de la virtud, que juntamente con 
»las letras les mostraban; consideraba cómo les reñían con 
isuavidad, los castigaban con misericordia, los animaban con 
> ejemplos, los incitaban con premios y los sobrellevaban con 
»cordura, y, finalmente, cómo les pintaban la fealdad y horror 
»de los vicios, y les dibujaban la hermosura de la virtudes, 
»para que, aborrecidos ellos y amadas ellas, consiguiesen el 
»fin para que fueron criados. > ¿No creéis, cual lo creo yo, 
que en estas afectuosas palabras se trasluce una afición más 
propia de discípulo que de persona indiferente, siquiera mira- 
se con buenos ojos el saber y las virtudes de aquellos padres? 
A mi juicio, rebasa los límites de la conjetura la creencia de 
que Cervantes frecuentó las aulas de la Compañía. t 

Hispalense fué, pues, por el alma y por la educación el 
gran Cervantes. En Sevilla, á la edad en que indeleblemente 
se graban los sucesos en la memoria y los afectos en el cora- 
zón, comenzaron á formarse en aquel entendimiento privilegia- 
dísimo los primeros gérmenes ó núcleos de sus admirables 
obras; allí aprendió, escuchando la rica habla de la gente vul- 



— 121 - 

gar, los vocablos más expresivos y eficaces, los giros más 
geniales de nuestra raza, las imágenes pintorescas y los gallar- 
dos modismos, de que tiene Andalucía, en inagotables filones, 
cien Potosíes, y especialmente, las cómicas y garridas hipér- 
boles, de que los andaluces, más por naturaleza que por do- 
naire, eran, y son, y serán hasta el fin del mundo, tan pródigos 
como cicateros y ahorradores de letras y sílabas al hablar (i 8); 
allí, y en aquel tiempo, hubo de conocer con humilde tien- 
decilla de naipes en la calle de la Sierpe, cerca de las casas 
en que respectivamente vivían el ínclito Dr. Monardes (19) y 
el Dr. Cristóbal de Cuadra, notable cirujano, maestro de Bar- 
tolomé Hidalgo de Agüero, á aquel maese Fierre, francés, 
giboso, á quien había de aludir, tiempo andando, en una de 
sus comedias, añadiéndole el apellido Papín, recordatorio del 
Nicolás Papín á quien solía atribuirse la invención del funesto 
libro de las cuarenta hojas (20); y allí, recién llegada de Nueva 



(18) Para muestras de las hipérboles de Cervantes citaré tres, entresaca- 
das al acaso de sus libros, y el lector vea si son ó no archiandaluzas: En la 
parte II del Quijote, cap. XIII, Sancho, puesta á la boca la bota de vino de 
Tomé Cecial, «estuvo mirando las estrellas un cuarto de hora». ¡Que es beber, 
y es dar vino la bota! En el capitulo V del libro I de Persiles y Sigismunda el 
bárbaro español dice á sus nuevos huéspedes: «Reiteré plegarias, añadí prome- 
sas, aumenté las aguas del mar con las que derramaba de mis ojos;» y como 
esto parece dicho en significado de aumentarlas visiblemente, la hipérbole es, 
á la verdad, hiperbólica entre las de su casta, como aquella de la coplilla 
popular: 

Antiguamente eran durses 
Las agüitas de la mar; 
Pero escupió mi morena 
Y se go7-bieron salas. 

Y en Rinconete y Cortadillo, al corcho que, según había dicho Cervantes, 
♦podría caber sosegadamente y sin apremio hasta una azumbre,* lo llama des- 
pués «corcho de colmena», esto es, vaso de corcho tan grande como los que 
se destinan para las abejas. 

(19) En 1554 el célebre Dr. Niculoso de Monardes compró unas casas de 
Garci Pérez de Morales, «en la collación de san saluador a el cabo de en cal 
de la sierpe, en que mora Juan Rodríguez serezo,» y en ellas vivió casi todo el 
resto de su vida. 

(20) El Rufián dichoso^ jornada I: 

— En la cárcel; {Oo entrevan? 

— c'En la cárcel: 
Pues ;"por qué la llevaron? 

— Por amiga 



— 122 - 
España la noticia de la ejemplarísima muerte del dominico 
sevillano Fr. Cristóbal de la Cruz (septiembre de 1 563), oyó 
referir, ya con matices y exageraciones de leyenda, las mil 
rufianescas travesuras que, de mozo, llamándose Cristóbal de 
Lugo, había hecho en la ciudad, de donde nuestro Cervantes 
comenzó á formar propósito de sacar algún día al teatro tanta 



De aquel PUrrtt Fa/in, ti d* l»t ntíipft. 
—i Aqutl francit gibcto.' 

—Afuut mitm*, 
QMt en la cal d« U SUr/t tient tienda. 

He tenido la fortuna de hallarlo, en un padrón de la moneda forera hecho en 
1572, y por este documento hasta se puede determinar muy aproximadamente 
el sitio de la calle de la Sierpe en que vendJa el libro de Vilbán: 
♦Calle de la sierpe entrada por el barrio del duque 

«odres perex tendero v^ 

•lonso de «revalo »vj 

ysabel su criada xvj 

pero martin zapatero »»j 

hernan lopex vapatero xvj 

dominKo hemandez librero. . . xvj 
maria su moza xvj 

slmoD muDOZ candelero xvj 

xpoual Roldan frutero xvj 

andres de llanos xvj 

aloDso Kuiz xvj 

vn mozo su aprendiz xvj 

Juan escudero xvj 

mase pieRe xvj 

hernan gon^alez viguelero. . . . xvj 

Juan Ramos zapatero xvj 

cabeva de baca obrero xvj 

geronimo obrero xvj 

el dotor monardes xvj 

aloDso su mozo xvj 

el dotor quadra xvj • 

Siguen nueve casas más (en junto, veintitrés), y comienza la «calleja del a<;o- 
feifo», con once casas, y continúa: «buelta a la calle de la sierpe.» Aquellas vein- 
titrés casas eran, sin duda, de las dos haceras de la dicha calle, entrando por 
lo que hoy llamamos la Campana hasta la calle del Azofaifo, que con esc nom- 
bre subsiste. En ese corto trecho tuvo su tienda maese Fierre, que es, á no 
dudar, el Fierres Faptn citado por Cervantes, 



— 123 — 

disipación y tanta virtud, como lo efectuó al cabo, en su CO' 
media intitulada El Rufián dichoso (21). '/ 

A sus maestros, entre sus camaradas, oía tal cual vez 
nombrar y elogiar á los más notables poetas que había en 
Sevilla por aquel entonces, y él, que desde los años primeros 
de su adolescencia amaba fervorosamente la noble arte de la 
poesía, reverenciábalos, poniendo sobre su cabeza, como bu- 
las del Papa, cuantas composiciones poéticas podía haber á 
las manos, ya del suave y delicado Cetina, ya del numeroso y 
opulento Herrera, ora del docto humanista Francisco Pacheco, 
todavía estudiante, tan grave en lo serio como cáustico en 
las burlas, ora del Ldo. Dueñas, á quien llamaron el divino, 
y que merece ser más conocido de lo que es, ó bien, finalmen- 
te, del delicioso Baltasar del Alcázar, estupendo artífice de 
redondillas é insigne derrochador de aticísimas sales. De 
estos lozanos ingenios alabó Cervantes, casi veinte años des- 
pués, á los que aún vivían, y, á la par, al maestro Francisco 
de Medina, Baltasar de Escobar, Juan Sáez de Zumeta, Fer- 
nando de Cangas, Juan de la Cueva y Cristóbal Mosquera de 
Figueroa, con algunos de los cuales, muchachos como él por 
los años de 1564 y 1565, es de presumir que entonces traba- 
ra conocimiento y amistad, y comunicara, en solicitud de pa- 
recer y consejo, sus primeros borradores literarios. 

Bien por falta de recursos para seguir viviendo en Sevi- 
lla, ó, más probablemente, á causa del fallecimiento de Elvira 
de Cortinas, madre de D.^ Leonor, Rodrigo de Cervantes y 
su familia trasladaron su residencia á Madrid, antes de expirar 
el año de 1566 (22). Los varios sucesos de la azarosa vida de 
Miguel de Cervantes desde el últimamente indicado hasta 
que volvió á vivir en Andalucía son interesantísimos; pero no 
hace al caso exponerlos en el presente estudio. Así, no tra- 



(21) Puede verse una noticia biográfica de Fr. Cristóbal en Matute y Ga- 
viria, Hijos de Sevilla señalados en santidad, letras, armas, artes ó dignidad, 
Sevilla, 1886, t. I, pág. 151. 

(22) Pérez Pastor, Documentos cervantinos, t, II, números I y II. 



- 124 - 

taré ni de la prosecución de los suyos en la cátedra de Juan 
López de Hoyos (1568 69), ni de su viaje á Roma y estancia 
allí, en concepto de camarero del cardenal Acquaviva (i 569 70), 
ni de su época de soldado y de las gloriosas heridas que ganó 
en la que él, con orgullo legítimo, llamaba tía más alta oca- 
sión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan 
ver los venideros» (157072) (23), ni de su asistencia en la 
toma de la Goleta y en otros actos militares (1573-75), ni de 
su dura cautividad en Argel, en donde hermosísimamente de- 
mostró la singular fortaleza de su alma (1575-80), ni, en fin, 
de su rescate y regreso á España, de sus otros servicios mili- 
tares, de su casamiento con D.* Catalina de Palacios Salazar 
y Vozmediano, y de la impresión y publicación de la Prime- 
ra parte de la Calatea (1580-85), que, como «primicias de su 
ingenio», había escrito antes del aflo 1575, aunque á última 
hora retocase mucho y añadiese no poco, entre otras cosas, 
el Canto de Calíope (24). 

Falto de otro oficio en que librar su subsistencia, Cer- 
vantes había acudido á ocuparse en la gestión de asuntos y 
negocios ajenos, y, como le encomendaran una para Sevilla, 
á la amada ciudad del Betis volvió en los últimos días de no- 
viembre de 1585, permaneciendo pocos en ella (25); pero pro- 
metiéndose regresar para tiempo largo, tan pronto como se 
le deparase alguna buena ocasión, aunque su mujer, más bien 
hallada con su casa y sus parientes de Esquivias, se resolviera á 
no dejarla. Porque es la verdad, y rompo en este punto, como 
romperé en otros, con los disimulos vanos y ridículos que de 
ordinario se tienen al tratar de Cervantes, y que tales son, que 
no parece sino que, en lugar de ensalzarlo como escritor, se 



(23) Prólogo de la segunda parte de El Ingenioso Hidalgo, 

(24) La frase citada en el texto y alguna expresión del prólogo, tal como 
aquella de que, huyendo de ciertos inconvenientes, «no he publicado antes de 
ahora este libro, ni tampoco quise tenerle para mi solo más tiempo guardado», 
prueban sobradamente mi aserto. 

(25) Pérez Pastor, Documentos cervantinos, t. I, n.' 26, y t. II, números 
XXVIIyXXVlII. ' 



- Í25- 

pretende recomendarlo para que lo beatifiquen y lo canonicen, 
es la verdad, digo, que el insuperable ingenio no se llevaba 
nada bien con D/ Catalina, siquiera formalmente no diesen 
nunca por rota la recia coyunda matrimonial, y que esa frial- 
dad de trato, debida en gran parte á parecerse poquísimo las 
sendas Minervas de entrambos cónyuges, hubo de hacerse 
nieve luego que la adusta hidalga de Esquivias llegó á sa- 
ber que su marido tenía bastarda sucesión (26). 

Al cabo, y no sólo por satisfacer su antiguo deseo, sino 
apremiado al tiempo mismo por la necesidad, á fines del año 
de 1586 ó á principios del siguiente, Miguel de Cervantes, 
resolviéndose á volver á Sevilla, «que es amparo de pobres y 
refugio de desechados, que en su grandeza no sólo caben los 
pequeños, pero no se echan de ver los grandes» (27), abando- 
nó á Madrid, exclamando para sus adentros como hizo excla- 
mar al licenciado Vidriera, al partirse á región lejana: «¡Oh 
corte, que alargas las esperanzas de los atrevidos pretendientes 
y acortas las de los virtuosos encogidos; sustentas abundante- 
mente á los truhanes desvergonzados, y matas de hambre á 
los discretos vergonzosos!» O como él escribió en 1614: 

«Adiós, dije á la humilde choza mía, 
Adiós, Madrid, adiós, tu Prado y fuentes, 
Que manan néctar, llueven ambrosia; 

Adiós, conversaciones suficientes 
Á entretener un pecho cuidadoso, 
Y á dos mil desvalidos pretendientes; 

Adiós, sitio agradable y mentiroso 
Do fueron dos gigantes abrasados 
Con el rayo de Júpiter fogoso... 



Adiós, hambre sotil de algún hidalgo; 
Que, por no verme ante tus puertas muerto, 
Hoy de mi patria y de mi mismo salgo» (28). 

Y emprendió su caminata, entrando, al cabo, por la puerta 



(26) Su hija Isabel de Saavedra, habida en Ana Franca ó Ana de Rojas, 
de la cual hay muy curiosas noticias en la citada obra de Pérez Pastor. 

(27) Coloquio de los perros Cipión y Berganza. 

(28) Viaje del Parnaso^ cap. I. 



- 126 -- 
de Macarena, en la rica y hermosa ciudad reina y emperatriz 
de las Andalucías. 

Es cosa añeja y muy corriente el imaginar que Cervan- 
tes fué en Sevilla atendido, protegido y obsequiado por la 
flor y nata de los varones de más alto saber, y, muy en espe- 
cial, de los que amaban los ejercicios poéticos. Ya lo fanta- 
seó D. Martín Fernández de Navarrete (29), y, después de él, 
muchos otros cervantófilos más bien avenidos con sus hueras 
imaginaciones, fraguadas sin trabajo alguno, antes cerrando 
perezosamente los ojos para no ver, que con despestañarse 
un día y otro, y media vida, leyendo papeles viejos y buscan- 
do verdades recónditas en los archivos (30). He aquí lo que 
acerca de este punto harto interesante logró poner en claro 
el citado autor de El Loaysa de tEl Celoso extremeño» (31).' 
«Equivocáronse de todo en todo — decía — mal guiados de su 
buena intención, los ilustres cervantistas que, por lo justa- 
mente que ahora se estima y se venera la memoria del autor 
del Quijote, dan por cierto que de igual manera hubieron de 
estimarlo y venerarlo los escritores hispalense de fines del 
siglo XVI, en cuyas juntas y academias imaginan que debió 
de asistir, de todos querido y agasajado. No acaeció tal cosa, 
y ya en otra ocasión lo dije, remedando, lo menos mal que 
pude, el escribir de aquellos tiempos: tNo he hallado que le 
> fiaran en sus menesteres ni en sus cónpredas de paños de 
iraxa de a beynte rreales cada vna vara para se vestir e abri- 
»gar los crudos ynbiernos alcagares ni arguijos herreras ni 
• marqueses de tarifa pachecos ni gumetas antes vn thomas 



(29) Vida de Cervantes, pág. 92 de la edición de 1819. 

(30) D. Adolfo de Castro, que era muy trabajador, pero que, á la par, 
solía ver muchas visiones en todo lo relativo á Cervantes, imaginó que hubo 
de conocer y tratar al Duque de Béjar en Sevilla, en cuyas afueras tenía una 
casa de placer llamada Bellaflor. «La residencia del Duque de Béjar— dice — 
bien antes de heredar los estados, bien posteriormente, en esta casa de placer 
y el trato con Cervantes y otros hombres de letras pudo sugerir á éste el pen- 
samiento de pedirle su protección para publicar el Quijote» ( Varias obras in- 
éditas de Cervantes... Madrid, 1874, P^gs- 213 y 214). 

{31) Prólogo, págs. 10-18. 



- 127 - 

^gutierres e otros subjectos no nada escriptores, pero que de- 
»bieron de estimarlo más que a las niñas de sus ojos» (32). Ni 
en once escrituras otorgadas por Cervantes que halló en los 
legajos del oficio numero veinticuatro de esta ciudad mi doc- 
to y querido amigo D. José M.^ Asensio y Toledo, ni en diez 
halladas por mí, de un año á esta parte, en el Archivo gene'- 
ral de protocolos (33), se rastrea cosa que indique amistad de 
los poetas y los proceres sevillanos con el portentoso novelis- 
ta: salía por él cualquiera, y no el pródigo Arguijo; cualquiera 
lo sacó en fiado de la cárcel más bien que el opulento Duque 
de Alcalá; pues sobre que el refrán, breve evangelio, reza que 
el harto del ayuno no tiene cuidado ninguno, y regla es ésta 
que apenas admite excepciones, Cervantes, por los años de 
1587 á 1605, distaba mucho, á pesar déla publicación áQ La 
Calatea, de haber alcanzado la notoriedad que después le 
granjearon otros libros, especialmente su incomparable nove* 
la de El Ingenioso Hidalgo. Ni aun de nombre era muy cono-i 
cido en Sevilla á los diez años de su llegada á esta ciudad; 
desde el de 1 592 vivía en ella Francisco Arifio, el analista,' 
que supo desde luego todos los apellidos del asistente Ave- 
llaneda, y, lo que aún es más, el orden en que los usaba, y^ 
en cambio, no sabía seis años después el nombre de Cervan^ 
tes, y, tomando demasiado á la letra el célebre soneto Al tú- 
mulo de Felipe II, aquél que su autor, en 1614, estimaba 
exageradamente 

«Por bonra principal de sus escritos» (34), 

decía: «En martes 29 de diciembre del dicho año [1598] vino. 



(32) «Una escritura de hogaño al estilo de las del si§-lo XVI, pergeñada' 
por mí y publicada en El Noticiero Sevillano del dia 2 de octubre de 1899, 
para dar las gracias al limo. Sr. D. Adolfo Rodríguez de Palacios, notario á 
cuyo cargo está el Archivo general de protocolos de Sevilla, por la bondad con- 
que me permite buscar en él noticias de nuestros antiguos escritores.» 

(33) Al cabo llegaron á ser doce, que ha publicado el Sr. Pérez Pastor en 
el tomo II de Documentos cervantinos, y además las tres de 1564-65 que 
dieron pie para el Discurso sobre que Cervantes estudió en Sevilla. 

(34) Viaje del Parnaso, cap. IV. 



- 1^- 

>de su majestad se hiciesen las honras..., y este día, estando 
i,yo en la Santa Iglesia, entró un poeta fanfarrón y dijo una 
*otava sobre la grandeza del túniolot (35). Bien que la Minerva 
de Ariño era tal de iliterata y ruda, que llamó octava el sone- 
to, y eso, teniéndolo á la vista, pues lo copio, aunque nial, á 
continuación de las citadas frases. 

>Con todo, ¿cuál de los poetas sevillanos de las dos últi- 
mas décadas del siglo XVI tuvo en alguna de sus composi- 
ciones ni una palabra de elogio para el que ahora llamamos 
Principe de los ingenios españoles, que ya á muchos de aqué- 
llos había ensalzado en La Calatea, dos años antes de venir 
á Sevilla? Que se sepa, ninguno. Y cuenta que en tales enco- 
mios habíasele volcado el tintero á Cervantes, pues con ser 
buenos y muchos los merecimientos del Parnaso hispalense 
de aquel entonces, él los puso muy por encima de las nubes, 
como hombre generoso á quien nunca amargó el paladar del 
alma el acíbar de la envidia. Así, del canónigo Francisco Pa- 
checo había hecho decir á Calíope {36) que con él, desde muy 
mozo, tenían las Musas grande amistad y que su ingenio y 
sus escritos le habían granjeado el más alto título de honor; 
de Fernando de Herrera, que á su saber debían humillarse los 
ríos de elocuencia de Cicerón y Demóstenes, y, en fin, cosas 
parecidas de Baltasar del Alcázar, Cristóbal Mosquera de Fi- 
gueroa, Juan Sáez de Zumeta, Juan de la Cueva, Fernando de 
Cangas, y otros. Quien tanto había prodigado las alabanzas, 
¿cómo de ninguno de los sujetos favorecidos fué agasajado con 
análogas apologías? Y ¿cómo, á pesar de las prolijas investi- 
gaciones modernas, no se ha descubierto vestigio alguno de 
la buena acogida que hicieran á Cervantes los ingenios hispa- 
lenses alabados tan sin cicatería en La Calatea...? 

»Para no echar á mala parte tal silencio ha de creerse 
que los poetas de Sevilla no se percataron de la llegada de 



(35) Ariño, Sucesos de Sevilla, pág. I05, 

(36) La Calatea, libro VI. 



- Í29 - 

Cervantes ni de sus frecuentes y largas estancias en esta ciu- 
dad, populosísima entonces. A esa ignorancia, si es que la 
hubo, debieron de contribuir, por un sí, la vida que en 1587 
y después de este año hacían los mencionados poetas, muer- 
tos algunos de ellos poco después, y, por otro, la que el futu- 
ro autor del Quijote se veía constreñido á hacer, mucho por 
exigencias de la estrechez de sus recursos, y aún más por las 
de su carácter altivo, y aun por su propia índole de artista, 
todavía hoy no bien estudiada. 

»Los poetas hispalenses á quien Cervantes había loado 
en su Calatea no eran nada jóvenes cuando éste, aún no cum- 
plidos los ocho lustros primeros de su edad, trasladó su resi- 
dencia á Sevilla, y andaban, cuál más, cuál menos, alejados 
del trato de las Musas, que, hembras al fin, son y fueron 
siempre amables y dadivosas con la gente nueva y lozana, 
pero esquivas con la vejez, la cual tampoco suele buscar su 
compañía, ni menos requerirlas con bizarros derretimientos, 
de que nunca las canas salieron por buenas fiadoras. Francisco 
Pacheco (1535- f i599)» excelente humanista, canónigo de la 
Santa Iglesia hispalense y capellán mayor de la Real Capilla, 
pasaba de los diez lustros, y hartas tareas le imponían estos 
cargos, y, más que ellos, el de administrador del hospital de 
San Hermenegildo, vulgarmente llamado del Cardenal (37), 
para divertirse en aquellos solaces poéticos de antaño, á los 
cuales debía su claro renombre. Cuando más, componía algu- 
nos himnos é inscripciones latinas, y eso, á ruego de altas 
personas á quienes no podía negar tal favor (38). Fernando 
de Herrera (1534- f 1597), por la amargura de un amor tanto 
más desdichado cuanto más dichoso había sido alguna vez, 



(37) «Éralo ya en 2 de enero de 1588, pues en tal día, con este carácter, 
otorgaba ante Juan Pérez Galindo escritura de quitación de cierto tributo (Ar- 
chivo de protocolos de Sevilla).i> 

(38) «En 1899 compiló y tradujo estas composiciones D. Ángel Galán y 
Domínguez en un opúsculo intitulado Himnos de la Sacra Musa Hispalense 
— Inscripciones en la Catedral de Sevilla.* 



- 13Ó - 
vivía, como años antes había escrito á su amigo Harahoná 
de Soto, 

Desesperado, y nunca arrepentido. 

Demás de esto, la ruidosa diatriba á que dieron ocasión 
sus célebres Anotaciones á Garcilaso, y de la cual, justo es 
reconocerlo, salió mejor parado Preíe Jacopin que el divino 
Herrera, á quien no llamaba la gloria por el escabroso cami- 
no de los donaires y las burlas, le agrió el carácter hasta el 
punto de tenérsele en opinión de hombre «áspero y mal 
acondicionado» (39). Al decir de Rodrigo Caro, tnaturalmente 
era grave y severo, y esto mismo trasladó á sus versos. Co- 
municaba con pocos, siempre retirado, ó en su estudio, ó con 
algún amigo de quien él se fiaba y con quien e.xplicaba sus 
cuidados» (40). Por los años de 1587 ocupábase con asiduidad 
en componer la Historia de las más notables cosas que han 
sucedido en el mundo, libro que en 1 590 mostró acabado y 
escrito en limpio á algunos amigos suyos, y que, por desgra- 
cia, no ha llegado hasta nosotros (41). Mientras tanto, Fran* 
cisco de Medina (1544- f 161 5) compartía su tiempo entre la 
cátedra que leía en el Colegio de San Miguel y la educación 
y enseñanza del joven Marqués de Tarifa, quien al lado de 
maestro tan docto, ya años antes del de 1587 regalaba en 
sabrosos frutos las que hasta entonces habían sido lozanas 
ílores de su ingenio. Muerto el Marqués en 1 590, el maestro 
Medina se retiró «en lo más apartado de los arrabales de esta 
tciudad, á vida quieta, donde dispuso un riquísimo museo de 
•rara librería y cosas nunca vistas, de la antigüedad y de 
• nuestros tiempos> (42), y, pocos años después, accediendo á 



(39) *Lthro de descripción de verdaderos Retratos de Ilustres y Alentó- 
rabíes varones^ por Francisco Pacheco: edición fototipica hecha por el seHor 
Asensio y Toledo, afortunado inventor y poseedor del original.* 

(40) ^Claros varones en Letras, Naturales desta ciudad de Sevilla, 
(Ms. en folio, Biblioteca Capitular y Colombina, B* , 449, 27, f.* 42).» 

(41) Pacheco, Libro de retratos antes citado. 

(42) Identy ibidem. 



-- 131 -^ 

las cariñosas instancias de D. Rodrigo de Castro, cardenal 
arzobispo de Sevilla, entró á servirle como secretario, aban- 
donando tan completamente el ejercicio de las letras, á lo me- 
nos, el de la poesía, que quemó sus versos originales (43). No 
menos atareado en cosas ajenas al trato de las Mnemosinas 
andaba el Marcial hispalense, el regocijadísimo Baltasar del 
Alcázar (1530- f 1606), que ya casi sexagenario, enfermo de 
gota y de mal de piedra, y después de haber servido cerca de 
cuatro lustros á los segundos duques de Alcalá en los oficios 
de alcaide y alcalde mayor de la villa de los Molares (44), 
servía al desatalentado mozo D. Jorge de Portugal, conde de 
Gelves, hijo del poeta D, Alvaro, en el difícil empleo de ad- 
ministrador de su estado y hacienda (45). Cierto es que Alcá- 
zar no abandonó del todo hasta poco antes de su muerte el 
cultivo de la poesía, pues algunas de sus composiciones indi- 
can haber sido escritas en 1600 (46); pero es cierto asimismo 
que, desde años antes, sólo comunicaba esa afición con su 
grande amigo Francisco Pacheco, el pintor famoso. Cristóbal 



(43) «En su juventud escribió la canción y el prólogo á la Anotaciones 
de Garcilaso, de Fernando de Herrera, en que hay tantos diamantes como 
dicciones, y otras cosillas menudas de poesías, que quemó cuando entró á ser 
secretario, por parecerle que el oficio le obligaba á renunciar las cosas apacibles 
y darse tono á las graves (Juan de Robles, Primera parte del Culto Sevilla- 
no, publicada por la Sociedad de Bibliófilos Andaluces, Sevilla, 1883, pág. 32). 

{44) Pacheco, obra citada. 

(45) «Ya lo era en 1585, á raiz de la muerte de D, Alvaro, como se echa 
de ver por una escritura otorgada ante Gaspar de León á 23 de octubre del 
dicho año, en la cual D." Isabel de Portugal, monja profesa en el monasterio 
de Madre de Dios, de esta ciudad, declaró haber recibido «del señor baltasar 
»del a!9azar como administrador ques del estado del 111"'° conde de gelbes,» 
ochenta y seis mil y tantos maravedís, en virtud de un mandamiento del licen- 
ciado Diego de Valdivia, alcalde del crimen, y que no es otro que el que dio 
á Cervantes la comisión para Ecija. D.* Isabel era hija natural de D. Alvaro y 
litigaba por sus alimentos con su hermano D. Jorge. Y en 14 de julio de 1587 
Diego Fortes, en nombre de la expresada monja, daba carta de pago ante el 
dicho escribano á Baltasar del Alcázar por 30 648 maravedís, «los quales me 
»da e paga en virtud de una libranza de don jorge de portugal» (Archivo de 
protocolos de Sevilla).* 

(46) cSabido que Alcázar había nacido en 1530, véase la confirmación de 
mi dicho en una desenfadada composición suya, inédita, que se halla al folio 34 
vuelto de un precioso manuscrito en 4.°, de gallarda letra del siglo XVII, inti- 



- 1^- 

Mosquera de Figueroa y Fernando de Cangas, en 1587, esta- 
ban ausentes de Sevilla, éste en Madrid (47), y aquél en su 
corregimiento de Ecija, si ya entonces no había sido promo- 
vido á la alcaldía mayor del adelantamiento de Burgos {48). 
Y aunque, á juzgar por la publicación del Coro febeo de ro- 
mances historiales y de la Primera parte de las comedias y 
tragedias de Juan de la Cueva (49), este apreciabilisimo 



tulado Obras poétieas de Baltafar tUl Alcafar Ilustre Sevillano. Recogidas 
por Don Diego Luis de Arroyo y Figueroa, Natural de Sevilla. En Sevilla. 
Año de ¿1660? (Biblioteca del Sr. Marqués de Jerez de los Caballeros), He 
aqui la mencionada poesia: 

De uoa eafennedad *ecr«ta 
Tengo, ilelisa, un aotojo 
Bien bellaco «iempre al ojo, 
Que con las lunas me aprieta. 

Repara, pue*, esto« dafioa; 
Que no es bien que un atrevido 
iJeseo, de ayer nacido, 
Pueda más que setenta aAos. 

Oye, Belisa, bien veo 
Que en setenta y diecisiete 
Ño hay proporción, ni promete 
Conformidad mi deseo. 

Mas esto no te dé pena: 
Veintisiete hay en scfenta; 
No apliques más ¿ tu cuenta; 
Podrí ser que salga buena. 

Cuando veintisiete saques 
Quedarán cuarenta y tres: 
iiuenos serán para Inés, 
Que nunca mira en achaque*. 

Pues, sin buscar invenciones 
Para dispertar el gusto. 
Cuanto le dan toma al justo: 
Cebada, paja y granzones. 
^ Mas veo, Belisa mía, 

Por no haber quien por mi rece, 
Que tú te estás en tus trece; 
Yo, en mi antojo que solía, 

V, pues no estamos los dos 
]>e un acuerdo, ya lo estoy 
Con Inés. — Inés, ya voy. 
— Helisa, quédate á Dios.» 

(47) «Asi consta por la declaración que prestó hacia el aAo de 1588 en 
cierta información copiada en el Memorial del pleyto que sobre el Condado de 
Baylen, tratan el Duque de Arcos y el Conde Don Pedro Ponce de León, 
que hoy lo possee, y Doña Catalina Ponce de León.... (Granada, Martín Fer- 
nández Zambrano, M.DC.XVII. En folio). — Refiérese tal declaración á haber 
presenciado Cangas que D. Juan Ponce de León, el hereje, i*)Co antes de subir 
al cadalso, en el auto de Fe celebrado en Sevilla el domingo 24 de septiembre 
de 1559, dio grandes señales de contrición y penitencia y fué absuelto por uno 
de los inquisidores.» 

(48) Pacheco, obra citada. 

(49) Impresos en Sevilla, en 1587 y 1588 respectivamente. 



— 133 — 

escritor sé hallaba en Sevilla por aquel tiempo, é igualmente 
Juan Sáez de Zumeta, que aún en 1594 tenía buen humor 
para burlarse despiadadamente, en ciertos Escholios, de un 
pobre majadero á quien llamaban el maestro Cano (50), cosa 
ajena á la voluntad de estos autores debió de impedirles aga- 
sajar á Cervantes, si no es que lo efectuaron y de ello no ha 
quedado memoria, ó que, en realidad de verdad, ignoraron 
que el insigne autor de La Calatea honraba con su visita á 
la reina del Guadalquivir. Lo propio digo del ya menciona- 
do don Fernando Enríquez de Ribera, marqués de Tarifa 
(1565- f 1590), del maestro Diego Girón (f 1590) y de Gon- 
zalo Argote de Molina, que en 1588 había regresado de su 
viaje á la isla de Lanzarote, después de una ausencia de tres 
años, y otro tanto de D. Juan de Arguijo y de los demás ex- 
celentes poetas que engrandecían el renombre de la Atenas 
española en los postreros lustros de nuestro siglo de oro, 

»A robustecer la última de las conjeturas apuntadas, de 
suyo verosímil, contribuyen la idea que del carácter de Cer- 
vantes dan sus mismas obras y la reflexión acerca de las hu- 
mildes tareas en que se ocupó el nobilísimo ingenio complu- 
tense durante su larga residencia en Andalucía. Altivo y 
pundonoroso como era, no sólo no debió de buscar la amistad 
de los proceres de las letras sevillanas, sino que aposta, pro- 
bablemente, evitaría su trato. ¿Para qué lo había de solicitar? 
¿Para que imaginasen que pensaba en pedirles, tarde ó tem- 
prano, cierto linaje de favores? ¿Para que entretanto que lle- 
gaba ese día— y no había de llegar nunca — le tratasen con la 
cautela propia de quien teme? Y luego, ¿cómo aquellos hom- 
bres graves y bien acomodados habían de brindar con su 



(50) <i.Escholios contra Juan Baptista Pérez, que por ser muy viejo le 
llamaban el Maestro Cano. Autor, Juan Saez Zumeta. Están al fin de un 
interesante códice en 8,° intitulado Sonetos varios Recogidos aquí de dijeren- 
tes Autores assi de mantiscriptos como de algunos impressos. Por Donjoseph 
Maldonado Dauila y Saavedra vezino de Sevilla, año de 1646, Todo es de 
puño de Maldonado (Biblioteca del Dr. D. Javier Lasso de la Vega y 
Cortezo).» 



- 134 - 

amistad sincera á un advenedizo que, dejando atrás su familia, 
llegaba á orillas del Betis en busca de comisiones para em- 
bargos y sacas de víveres, menguados empleos en que soKan 
librar su negra pitanza cien pájaros de cuenta, desahuciados 
de la fortuna, náufragos en el mar del mundo, que no llevaban 
capa en el hombro? Y, por ventura, ¿teníala él cada invierno? 
Cuando, tiempo andando, le dijese Apolo: 

Mas si quieres salir de tu querella 
Alegre, y no confuso, y consolado, 
Dobla tu capa y siéntate sobre ella, 

¿no tendría que responderle: «Bien parece, señor, que no se 
>advierte que no tengo capa?» (51). Lo mejor de los dados es 
no jugarlos.» 

Una de las personas de su afecto á quienes vio Cervan- 
tes en 1585, durante su breve estancia en Sevilla, fué Tomás 
Gutiérrez, listísimo farandulero al cual había conocido y tra- 
tado en Madrid pocos años antes, cuando el autor de La Ca- 
latea compuso hasta veinte ó treinta comedias, «que todas 
ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos, 
ni de otra cosa arrojadiza» (52). Este Tomás, aunque sin de- 
jar enteramente la farsa, tanto, que aquel propio año había 
sacado en la fiesta del Corpus un carro de representación con 
La venida del Antecristo (53), iba apartándose del ajetreado 
vivir de los recitantes y buscando abrigado y tranquilo puerto 
en una posada de la calle de Bayona, establecida en las casas 
de D. Pedro de las Roelas, y con cuyas utilidades, por lo 
bueno del sitio y por lo agradable del trato, podía hacer fren- 
te á sus atenciones, y aun ahorrar lindos escudos de oro. 
Hablaron largamente los dos antiguos amigos, sirvióle Tomás 
de testigo de conocimiento para con el escribano público (54), 



(51) Viaje del Parnaso, cap. IV. 

(52) Prólogo de sus Comedias y entremeses. 

(53) Sánchez-Arjona, Noticias referentes á los anales del Teatro en Se- 
villa, desde Lope de Rueda hasta Jines del siglo A" F// (Sevilla, Rasco, 1898), 
pág. 74. 

(54) Pérez Pastor, Documentos cervantinos, t. II, pág. 95, 



- 135 - 

y, después de aconsejar á Miguel de Cervantes, que sí lo 
haría, que probase á mudar de ventura acudiendo á buscarla 
en aquella gran ciudad, donde había tanto mundo y tantas 
riquezas, ofrecióle hospedaje en su casa de posadas, con la 
cuenta y razón naturales: eso sí, pero prometiéndole no olvi- 
dar que, ante todas cosas, eran muy honrados amigos. Así, 
pues, en el mesón de la calle de Bayona se alojó Cervantes 
luego que regresó á Sevilla hacia el comienzo del año 1587» 
y allí permaneció, siempre que sus tareas no le tuvieron 
ausente de la ciudad, casi hasta mediado el año 1589. Allí, 
conversando con multitud de personas de diversísimos pue- 
blos y clases, reanudaba lo observación y el estudio de tipos 
y escenas con que, andando el tiempo, había de deleitar y 
admirar á todo el mundo, y allí, tal cual vez, desde la puerta 
de la posada, veía escurrirse, con los calcorros envesados, 
para que engañase la huella, á los rufianes delincuentes que, 
á la callandilla, dejaban por un ratejo su asilo de la Iglesia 
Mayor y del Corral de Los Naranjos, y, atravesando por las 
Gradas, entrábanse por la calle de Bayona en busca de la 
mancebía (55). 

Era Tomás Gutiérrez hombre de grande influencia en 
la ciudad, á lo cual contribuía no poco el hospedarse en su 
mesón, mientras hallaban casa, muchas de las personas prin- 
cipales que llegaban á Sevilla para desempeñar cargos im- 
portantes (56), y así, puede que él recomendara á su amigo, 



(55) Romance de la descripción de la vida airada, en los Romances de 
germania: 

Con toda esta munición 
El jaque deja el altana, 
Martilla por el corrincho 
Y atraviesa por las Gradas; 
Cuela por cal de Bayona, 
Va la vuelta de la guanta, 
La cual columbrando, dice 
Al mandil que le guiaba... 

(56) En un trabajo especial acerca de Tomás Gutiérrez tendré buena oca- 
sión de tratar de este punto; mas, por lo pronto, vea el lector cómo se aludia 
á la posada del exfarandulero en un pliego de aquel entonces, cuya copia debo 
á la buena amistad del ilustrado capuchino Fr. José María de Elizondo (Trato 



- 136 - 
al efecto de que el Ldo. Diego de Valdivia, alcalde de la 
Audiencia de los Grados (57), le confiara alguna comisión, 
como se la dio, para sacar trigo y cebada con destino al abas- 



de las posadas de Seuilla, y lo que en ellas ftassa, con vna carta a vna mon- 
ja, y repuesta (sic) della, enjugúete. Compuesto por quien paso por todo lo 
vna y lo otro para que sirua de consejo al que lo quisiere tomar (Sevilla, 
Francisco Pérez, 1596); 

, Sabris, an\igo dichoso, 
A quiea de Dioi vida larga, 
Si á Sevilla en algún tiempo 
Fueres á tomar posada. 

Como por esta te aviso 
De lo que en ellas oy paaM; 
Que soy testigo de vista 

V es de revista esta carta. 

Lo primero, si llegares 
[A] aquella buena posada 
Que está en calle de Bayona, 
Donde los Príncipes paran, 

Te darán lindo aposento 
En alto, y cama colgada 
Adornada de tapices, 

Y el verano sala baja 
Colgada de tafetanes 

V damascos, y de plata 
£1 seruicio de la mesa. 
Que es salero, jarro y taca. 

(Uto coa dos candeleros 
Te darán sin que aya falta; 
Ten cuenta, por no hazella. 
En llegandd á la posada, 

Sabñ lo que as d,e pagar 

Y lo que el mes v semana 
Dia v noche tu aposento 
Cuesta, y lo que del se paga. 

No lo tomes á merced; 
Házmela á mi si no iguala; 
Quel concierto en todo es bueno, 
Que es de gente concertada. 

(57) Valdivia era natural de Porcuna (diócesis de Jaén). Se había bachi- 
llerado en Cánones en Valladolid, y, siendo ya Alcalde del Crimen en la Au- 
diencia de Sevilla (Audientiie Regia Ilispalensis in criminalibus judex), se 
licenció en la dicha facultad en la Universidad de Maese Rodrigo, á 11 de 
abril de 1584, y se doctoró cuatro días después (Archivo universitario de Se- 
villa, libro 6.° de grados mayores y menores de todas facultades, 1582-1590, 
f.o* 36 y 39). — Un sujeto de calidad y partes, cuyo nombre no consta, infor- 
mando secretamente á Felipe II de las de algunos togados (Madrid, 20 de 
mayo de 1593), escribia del alcaide Valdivia: «AI licen.'*'" Baldibia, si es el que 
es Alcalde de la audiencia de Sevilla conozco muy bien porque le uisité quando 
fui á uisitar el audiencia y se le hicieron muy ruynes cargos por que fue sus- 
pendido por dos aHos y condenado en ciertas penas pecuniarias. Debe de ser 
hombre de sesenta años al parecer. No le tengo por muy letrado ni por hom- 
bre de brío para alcalde (Autógrafo, Biblioteca Nacional, Ms. Ce, 46, hoy 
9.405, f." 260 v.'° ). En otro informe, también sin firma, y sin fecha además, 



— 137 - 

tecimiento de la grande armada que en mal hora se llamó la 
Invencible^ bien que pudo recomendarlo Antonio de Guevara, 
á quien parece que antes había servido; mas sea de ello lo 
que quiera, es la verdad que tanto en Écija como en Espejo y 
Castro del Río estuvo Cervantes cumpliendo la misión que 
llevaba, con tal solicitud y tan ceñido á las severas instruccio- 
nes del alcalde Valdivia, que, para no apartase de ellas un 
punto, embargó en Écija una cantidad de trigo de propiedad 
eclesiástica, por lo cual, ó más bien por no haber llevado di- 
neros con que pagar su importe, fué excomulgado, y aún lo 
estaba por febrero de 1588, en cuyo día 24 dio poder para 
que se pidiese y gestionase su absolución (58). Y tan conten- 
to hubo de quedar el dicho Ldo. Valdivia del proceder de Cer- 
vantes, y tales informes tenía ó llegó á tener de él Antonio 
de Guevara, á cuyo cargo estuvo, ya de hecho, la provisión 
general de las armadas y galeras, que en 22 de enero de 1 588, 
aun sin tener prestada fianza, lo comisionó para que sacase 
en Écija 4.000 arrobas de aceite (59), y, meses después, pres- 
tada aquélla (60), le otorgó el nombramiento de comisario, 
confiándole todavía en el mismo año otras tareas delicadas, 
como la de sacar de Marchena 2.000 arrobas del propio lí- 
quido (61). 

No se tiene hoy clara noticia de cómo se efectuaba por 
los comisarios y sus auxiliares la saca de bastimentos para 
las flotas: las investigaciones de los cervantistas no han 



dícese de Valdivia: «Es mediana su suficiencia en todo, es hombre honrrado, 
no fue collegial ni siguió escuelas. Su acrecentamiento podría ser á plaza de 
Alcalde de Granada, y allí descubriría su talento.» (Ibid,^ i." 286) (*). 

(58) Asensío, Nuevos documentos para ilustrar la vida de Miguel de 
Cervantes Saavedra.... (Sevilla, Geofrín, 1864, pág. i, y Pérez Pastor, Docu- 
mentos cervantinos, t. II. n.°^ XXX y XXXI. 

(59) Documentos cervantinos, t. II, n.° XXXIII. 

(60) En 12 de junio de aquel año. 

(61) Documentos cervantinos, t. II, n." XXXIX, 



(Irfifií;;',. _ 

(*) Del alcalde Diego de Valdivia, y de una violenta saca de trigo que hizo en Osuna 
por sí y por medio de sus oficiales (quizás Cervantes entre ellos), traté en un ligero estudio in- 
titulado Cerz'antes en Andalucía y publicado en mayo último. 



— 138 - 
echado nunca por ese camino, con ser de indudable utilidad 
el explorarlo para darse cuenta de qué consideración social 
hubo de obtener Cervantes mientras anduvo por cien ciuda- 
des y villas andaluzas, con vara alta de justicia, como tal 
comisario. Veamos algo de esto. Determinado lo que cada 
pueblo había de aprontar en trigo, cebada, etcétera, el pro- 
veedor, por carta, hacíalo saber á los concejos, previniéndoles 
que tuviesen hecho el repartimiento y almacenadas las espe- 
cies para tal ó cual fecha, en que iría á recogerlas un comisa- 
rio; pero como la exacción hacía aborrecibles á los que la 
efectuaban, las autoridades locales limitábanse, por lo común, 
á formar la lista de los vecinos que habían de contribuir con 
sus granos ó sus caldos, y á fijar la cantidad que tuviese 
que entregar cada uno. Llegaba el comisario y había dimes 
y diretes por el parcial incumplimiento de lo que había exi- 
gido el proveedor; pero, al fin, allanábase, no siempre de mal 
grado, á proceder él mismo á la saca con su ayudante y al- 
guacilillo y con el escribano que se les cedía para ese efecto. 
Y empezaba Cristo á padecer. Los vecinos no querían dejarse 
despojar de sus granos, lo uno, porque ó los necesitaban para 
comer, ó deseaban venderlos cuando en el mercado corriese 
precio mejor, y lo otro, porque el comisario casi nunca pagaba 
de presente lo que recogía, limitándose á dar certificación de 
ello, para que con tal resguardo cobrara, alguna vez á tiempo 
nada corto, el desposeído. Llegada la hora de sacar el grano, 
dábase un término breve para entregarlo en la cilla ó alfolí, 
y, pasado que era, comenzaba todo género de violencias y 
vejaciones: el descerrajar puertas, y el golpear y poner presos 
á los que siquiera verbalmente se resistían, el dejar alguaciles 
de guarda mientras iban y venían los alhameles, y el hacer 
grandes costas á los infelices apremiados, todo, entre el llan- 
to de las mujeres, y el gritar de los chiquillos y el agolparse 
la muchedumbre, echando maldiciones, á más de media voz, 
á los que hacían tan negras judiadas; y, entretanto, dábanse 
á todos los demonios los cuitados que así veían atropellar 



- 139 — 

sus miserables viviendas, especialmente cuando las registra- 
ban, revolvían y echaban á rodar, en busca de un trigo y una 
cebada que, en realidad de verdad, no les había dado la mez- 
quina hazuela. Y esto, si el bendito comisario y sus satélites 
eran cualquier cosa menos ladrones, y no sacaban más de lo 
repartido, ni revendían con ventaja lo sacado; que de todo 
ello solía tener la viña, y mil casos hubo en que lo certificado 
y lo recogido vinieron muy disconformes, promoviéndose á 
causa de ello grandes alborotos del popular, con bravos moji- 
cones y muy gentiles apedreos, amén de procesos ruidosos 
en donde, si los comisarios no caían, por no estar sujetos 
á la jurisdicción ordinaria y protegerlos mucho la propia, 
caían, en cambio, los escribanos y corchetes que en tales ladro- 
nicios tomaban parte. 

Con esto que he relatado muy á la ligera y que va dicho 
sobre sólida base documental (62), bastará para que el lector 
induzca cuan menguada consideración tendrían en la sociedad 
de fines del siglo XVI, por alta que llevasen su vara de justi- 
cia, los comisarios que nombraban los proveedores de las ga- 
leras. Teníaseles por lo que ahora, con muy adecuado mote, 
llama lechuzos la gente vulgar; temíaseles como á la landre, 
y era esto tan notorio, que aun en reales cédulas solía decirse 
llanamente hasta qué punto y con cuantísima razón estaban 
considerados como una calamidad pública los tales comisa- 
rios. En efecto, en una real cédula dada en San Lorenzo á 7 . 
de julio de 1 593 decía Felipe II al Duque de Osuna que ya 
era sabedor de lo que se venía ideando y queriendo poner en 
práctica, «por excusar los daños y estorsiones que los comi- 
sarios y alguaciles de los proveedores de mis galeras hazen 
de ordinario á los vasallos y labradores de esa Andaluzía 
sobre la saca del trigo, cebada y otros bastimentos que 



(62) Principalmente, las Actas capitulares de Osuna (*). 



(*) En mi trabajillo intitulado Cervantes en Andalucía hice relación de cierta curiosa 
coutieoda originada por los abusos de algunos comisarios. 



- 140 - 

son menester para la provisión de las dichas galeras, sin que 
se hayan podido remediar, por muchas diligencias y cas- 
tigos exemplares que se han hecho...» (63). Pero ¿á qué más 
que la propia confesión de Cervantes, que es suya, suyísima, 
aunque la hiciera por boca de aquel arbitrista desaforado á 
quien se refiere Berganza en el Coloquio de los Perros? Eli 
dinero equivalente á un día de ayuno general en cada mes, 
para desempeñar el tesoro de S. M., c podríase coger por 
parroquias, sin costa de comisarios, que destruyen la repúbli- 
ca. > Adviertan ahora los cervantófilos optimistas cuan fuera 
de quicio está el imaginar que á Cervantes, uno de tales co- 
misarios, se lo rifarían, vamos al decir, en la gran ciudad del 
Betis, colmándolo de atenciones y obsequios, títulos, canóni- 
gos y veinticuatros, tales como el Marqués de Tarifa, el li- 
cenciado Francisco Pacheco y D. Juan de Arguijo. 

En 26 de junio de 1589 otorgó Cervantes una escritura 
que demuestra patentemente que hasta entonces se había hos- 
pedado en la casa de posadas de Tomás Gutiérrez y que de- 
bía á éste favores de verdadero amigo. Por tal documento (64), 
el futuro autor del Quijote, llamándose t criado del Rey nues- 
tro señor y vecino de Esquivias», dio por libre y quito al To- 
más de 2.160 reales que Alonso de Lerma se había obligado 
á pagar á éste, pero que, en realidad, los debía á Cervantes (65), 
é igualmente «de todos los dineros y otras cosas que me ha- 
béis sido deudor», y manifestó que Gutiérrez, aunque tenía por 
cobrar los dichos reales, los había dado y pagado al otorgante 



(63) Archivo de protocolos de Osuna, oficio de Diego Gutiérrez, libro de 
1 594, f.» 528. 

(64) Asensio, Nuevos documentos..., n.° III. 

(65) «... doy por libre e quito á vos el dicho Tomas Gutiérrez en razón 
de dos mil y ciento y sesenta reales que Alonso de Lerma, vecino desta ciu- 
dad, se obligó de os pagar por escritura que pasó ante Juan de Veiasco, escri- 
bano público de Sevilla, la qual dicha escritura por cierto efeto se hizo a vues- 
tro nombre y realmente á mi me era deudor el dicho Alonso de Lerma de los 
dichos dos mil ciento y sesenta reales...» ;Qué cierto efeto podía haber sido 
aquél sino el tener Cervantes algunas deudas y temer que, estando á su favor 
la obligación de Lerma, le embargasen aquel crédito? 



~ 141 - 

por hacerle buena obra. A su vez, el bondadoso posadero 
dio por libre y quito á Cervantes de cuanto hasta allí le había 
debido por cédulas, escrituras, etcétera, «j de la posada que 
os he dado.Tt ¿Qué motivaba una escritura como ésta, que pa- 
rece Uquidación final entre dos personas, como si la una ó. la 
otra pensara en ausentarse por largo tiempo? Pues lo que pa- 
saba era que en el propio día 26 de junio de 1589, y en el 
oficio de otro escribano, Cervantes, llamándose «residente en 
la collación de la Magdalena,» salía por fiador de Jerónima de 
Alarcón, vecina de la collación misma, por la renta de una 
casa sita en ella, y tomada en subarriendo desde el primer día 
del dicho mes {^6). Visto es, por tanto, que Cervantes se había 
ido á vivir á la casa de Jerónima, porque, en cualquier sentido 
esto le tuviese mejor cuenta que seguir hospedándose en el 
mesón de Tomás Gutiérrez, con quien quedó, ello no obs- 
tante, en tan amistosas relaciones como demuestra el generoso 
pago aludido, de unos dineros que no le adeudaba, y alguna 
que otra fianza que, tiempo andando, había de hacer á favor 
de nuestro inmortal novelista. 

Nada contento Miguel de Cervantes con su enfadosísimo 
empleo de comisario de Antonio de Guevara, estaba á la 
mira de cualquier otro cargo en que pudiera mejorarse, y por 
mayo de 1590, alegando los grandes méritos que había con- 
traído en el servicio de S. M., pidió un oficio en las Indias, de 
tres ó cuatro que estaban vacantes; pero el Consejo de ellas 
decretó oraculosamente: «Busque por acá en que se le haga 
merced», y el infelicísimo comisario, renunciando á buscar 
por acá lo que le decían, por no gustar el acíbar de un nuevo 
desengaño, continuó ajetreado, ya de pueblo en pueblo, en 
sus sacas de víveres, ya en la metrópoli de Andalucía, reci- 
biendo instrucciones para otros viajes. Y entretanto, no pu- 
diendo mandar dineros á su mujer ni á su hermana D." Mag- 



(66) Documentos cervantinos, t. II, n.° XLVIII. De Jerónima de Alar- 
cón no se dice si era soltera, casada ó viuda. 



-^ 142 - 

dalena, que residían en Madrid, mandábales poderes amplios 
para cobrar, para vender, para cuanto quisiesen ó necesitasen. 
Tal andaba de recursos el egregio escritor, que por los tristes 
diez ducados que montó el precio de cinco varas y media de 
raja de me7xla, tomadas para vestirse en el invierno de 1 590 á 
1 59 1, hubo de otorgar escritura de obligación, fiándole Tomás 
Gutiérrez, á favor de Miguel de Caviedes y Compañía {67), 
Reemplazado Antonio de Guevara por Pedro de Isunza, 
antes de mediar el año de 1591, en la proveeduría general 
de las galeras, Cervantes, al cambiar de mayor ó caporal, 
empeoró de salario: ya no le pagaron á razón de doce reales 
por cada día que se ocupaba en la saca de bastimentos, sino 
á razón de diez (68). Es, por tanto, muy de extrañar que, 
sin otro fundamento que el haber dicho Isunza en una de sus 
cartas, y esto al defenderse de ciertos cargos, que aquél y 
otros tres sus colegas eran t hombres honrados y de mucha 
confianza» (69), D. Julián Apraiz, llamando á Isunza tgrande 
amigo de Cervantesi, se haya ufanado, principalmente por 
esa cualidad que le vino en ganas atribuirle, tde haber tenido 
la fortuna de exhumarlo de la tumba del olvido, colocándolo 
de hoy más— así lo dice — ante la lumbre de la Historia» (70). 
Bien que, pocas páginas después, reconoce que los 4.4CX) rea- 
les con que Isunza pagó los servicios de Cervantes «no nos 
dan la clave, de ninguna manera, de la devoción y afecto ex- 
traordinarios del pobre escritor castellano al acaudalado ban- 
quero vascongado (71). Queden — añade el dicho autor, que. 



(67) Ibid., n.» LVIII. 

(68) Que siendo proveedor Guevara cobraba 1 2 reales consta por varios 
documentos, entre otros, dos publicados por Pérez Pastor, Documentos cervan- 
tinos, t. ir, n.™ L y LX); y que Isunza le pagaba sólo 10 pruébase por otras 

escrituras, entre ellas, una publicada por Asensio, Nuevos documentos 

n.o X). 

(69) En su carta al Rey, fecha en el Puerto de SanU María á 7 de 
enero de 1592. 

(70) Cervantes vascófilo, quinta edición, Vitoria, 1899, pág. 134, 

(71) Apraiz induce esta devoción y este extraordinario afecto del hecho 
de haber pedido Cervantes que Isunza no fuese molestado por razón de la 



- 143 - 

como el herrero de Arganda, él se lo fuella, y él se lo macha, 
y él se lo lleva á vender á la plaza,— queden, pues, en el 
silencio y en el olvido los servicios que éste [Isunza] pudo 
prestar al primero [á Cervantes] y bástenos saber que uno de 
los pocos amigos verdaderos con que contó el desdichado 
Adán de los poetas lo fué (sic) nuestro Pedro de Isunza» (72). 
Yo, que, por mi mala suerte, nunca tuve la de colocar 
ante la lumbre de la Historia á ninguno de los protectores de 
Cervantes, me daré por contento, como aquel que más no 
puede, con arrimar al rescoldo de ella á Nicolás Benito, el 
humilde vecino del Puerto de Santa María que, como ayudan- 
te del Príncipe de los Ingenios, le acompañó en no pocas de 
sus andanzas, y en los primeros meses del año 1 592 fué por 
su mandado á Teba, de cuyas tercias, que estaban á cargo de 
su arrendador Salvador de Toro, sacó más de i.ooo fanegas 
de trigo y más de 500 de cebada. ¡Nicolás Benito sí que era 
amigo de Cervantes! A lo menos, éste lo fué tanto de él, que 
en alguna ocasión le prestó dineros, con tenerlos bien esca- 
sos (73). Fuese ó no el ayudante Nicolás Benito un sujeto del 
mismo nombre, natural de Caudete (diócesis de Orihuela), que 
en 1576 probó en la universidad de Alcalá de Henares haber 



r 



saca de granos efectuada en Teba, porque él, y no Isunza (á quien llamaba 
♦tan fiel criado de S. M,»), había de dar las cuentas de su inversión y paradero, 
á lo cual se ofrecía y estaba pronto. ¿Qué hay en todo esto de extraordinario, 
de extremado siquiera? ¿Qué menos podía hacer el comisario que por si, ó por 
medio de su ayudante, había sacado aquellas especies, que darse por autor de 
ello y ofrecerse á responder de sus actos? Ni ¿qué grande alabanza era decir un 
inferior que su superior era muy fiel criado del Rey? 

{72) Apraiz, Ibid , pág. 142, y lo propio, con las mismas palabras, en su 
otro libro intitulado Zoí /ím«2oí de Vitoria (Bilbao, 1897), pág. 112. — No 
caeré yo, como un cierto amigo mío, en la mala tentación de sospechar que si 
el Sr. Apraiz, en vez de hallar documentos de Isunza, los hubiese hallado de 
Guevara, habría hecho á éste, como hace á aquél, amicisimo de Cervantes; 
pero si indicaré mi conjetura de que el peregrino ingenio no habló arriba de 
seis veces con Guevara ni con Isunza, señorones que no eran tan accesibles á 
sus dependientes como le place imaginar al Sr. Apraiz. Con otros sí hablaba á 
menudo: con los oficiales mayores de aquellos proveedores; con quienes, en 
realidad de verdad, lo hacían todo: con Francisco Benito de Mena, primero, y 
con Diego de Ruy Sáenz, después. 

(73) Véase Asensio, Ntievos documentos..-^ n.° V. 



- 144 - 

oído un curso de Teología (74), es cosa por mí averiguada 
que, avecindado en la sobredicha «ciudad y gran puerto», 
casó allí con María Gabriela, en quien hubo hasta diez 
hijos, el primero de los cuales fué bautizado ¿28 ¿c junio 
de 1588 (75). Dos tenía ya por la primavera de 1590 (76), y 
como las tareíllas en que se ocupaba, entre otras la consi- 
guiente al subarriendo de la alcabala de la cantarería, más le 
diesen de ayunar que de comer, y, por otra parte, fuese hom- 
bre listo, pintiparado para dicho y para hecho, pidió y obtuvo 
un acomodo en la proveeduría, traspasó el tal subarriendo {jj), 
pudo, á cabo de algunos meses, salir de ayudante, y, con un 
tan buen maestro como el que le deparó su buena suerte, 
llegó á ser comisario, como quien dice, en un santiamén (78). 
Buscando, mientras, un ya conocido campo á su activi- 
dad y creyendo, como lo volvió á creer más tarde, «que aún 



(74) Archivo universitario cU Alcalá i^oj en el Archito Histórico Na- 
cional), Pruebas de cursos de 1573 A 1579, f/ 273 v.'". 

(75) Archivo parroquial del Puerto de Santa A/aria, libro 1 3 de Bau- 
tismos, f.*^ 197. 

(76) Bautizado el segundo, Joan, á 28 de janio de 15S9 {i.^ 281). htA 
partidas bautismales de los restantes, están: en el mismo libro 13, f.^ 382; en 
el 14, f." O2 y 161; en el 15, f.°' 63, 188 y 244; en el 16, f.*' 169; y en el 

17, f.°25. 

(77) Por escritura de 15 de abril de 1590, traspasó en Juan Camacbo «las 
partes que tengo de la renta de teja, ladrillo e todo el ramo que se bi(;iere en 
los hornos desta viliat, por el precio en que lo tenia arrendado de Gonzalo 
Rodríguez Calero (Archivo de protecolos del Puerto de Santa Alaria, oficio 
de Alonso Pérez, f.^ 297 del libro del dicho aBo). 

(78) Sin duda para servirse de él en los viajes k que le obligaban las co- 
misiones, compró á 23 de junio de 1593, en precio de diez y ocho ducados, 
«un caballo quartago de color castaño, ensillado y enfrenado (Archivo de pro- 
tocolos del Puerto de Santa Alaria, Alonso Pérez, í^ 785 del libro del 
dichoaño).— Ya en prensa este libro, he encontrado, muy sin pretenderlo, 
otras noticias de Nicolás Benito. Siendo vecino de la Habana en 1619, el 
gobernador y los oñciales reales de aquella ciudad lo nombraron por tenedor 
de los bastimentos, municiones y pertrechos que fueron allá de EspaDa en la 
nao San Antonio de Padua, para provisión, apresto y despacho de cuatro 
galeones que allí construía el capitán Alonso Ferrera «en el ínter que llegaua 
al puerto de la dicha hauana la rreal armada de la guardia de las Indias, en 
cuya conserua an de yr a españa.^ Benito se ocupó en aquel empleo 76 días, 
con dos ducados de sueldo cada uno. {Archivo general de Indias.^ Casa de la 
Contratación, 35, 6, «'/g^. 



— 145 — 

duraban los siglos donde corrían sus alabanzas» (79), bien que 
pocos años habían pasado desde que se aplaudieron sus 
comedias, Cervantes, en 5 de septiembre de 1592, concertó 
con el autor Rodrigo Osorio que había de componer para él 
seis, á cincuenta ducados, á condición de no cobrar, «si ha- 
biendo representado cada comedia, pareciere que no es una 
de las mejores que se han representado en España» (80); mas 
esta vez, cual otras muchas, Cervantes echó la cuenta sin la 
huéspeda: diez y seis días después dictaba contra él sentencia 
condenatoria el juez de comisarios, por haber enajenado sin 
permiso trescientas fanegas de trigo del pósito de Écija, 
sentencia que le fué notificada estando ya preso por tal asunto 
en la villa de Castro del Río, de cuya cárcel salió en fiado (81). 
¡Buena tranquilidad de espíritu tendría Cervantes para planear 
y escribir las tales comedias! Aunque preso en una cárcel, y 
nó disfrutando las delicias de ninguna Capua, engendró años 
después á su Ingenioso Hidalgo, para prender y cautivar en 
sus inagotables bellezas á cuantos cayesen en la deleitosa ten- 
tación de leerlo y releerlo. 

En 1594, adoptada otra forma para la saca de los basti- 
mentos con que habían de proveerse las flotas (82), Cervantes 
habría quedado sin empleo, como tantos otros comisarios, á 
no obtener una real comisión para cobrar, en el reino de Gra- 



(79) Cervantes, prólogo de sus Comedias y entremeses. 

(80) Asensio, Nuevos documentos .., nP IX. 

(81) Fitzmáurice-Kelly en su Lttte'rattire Espagnole, pág. 233 de la 
antes citada traducción francesa hecha por Henry-D. Davray dice: «0« ignore 
le re'sultat de ce traite' [del concierto de Cervantes con Osorio], sans doute 
parce que le j'our méme oú ilfut signe' (ig septembre isgt), Cervantes fut, 
á Castro del Rio, condamné ¿i la prison pour avoir, sans autorisation, pro- 
cede á des ven tes de ble'.* 

(82) Consistía en repartir «entre algunos señores, ciudades y villas de 
Andaluzia que cayesen más cerca del puerto donde de ordinario residen las 
dichas galeras, la cantidad de trigo que hubiesen menester», haciendo consig- 
nación de ella «para que recogiéndola cada año al tiempo de las cosechas, se 
tuviese segura la provisión de pan para ellas sin que fuese menester que salie- 
sen á ello los dichos comisarios y alguaciles....» Esto, que se había acordado 
en 1583, no había llegado á efecto por ciertos inconvenientes; pero llegó en 
1594 (Cédula de Felipe II, dirigida al Duque de Osuna, antes citada). 



- 146 - 

nada, de lo procedido de alcabalas y tercias, más de dos 
millones y medio de maravedís. Prestó la fianza por él don 
Francisco Suárez Gaseo, y obligóse también á las resultas de 
aquella gestión D.* Catalina de Palacios, que en esto no quiso 
dejar de auxiliar á su marido, y por agosto del dicho año se 
mandó á éste ir, con vara alta de justicia, al cobro de aquellos 
atrasos, tarea no más agradable ni más honrosa, en el con- 
cepto público, que la de comisario de los proveedores de 
armadas. Terminada á los pocos meses aquella comisión, desde 
el año de 1 595 quedó Cervantes en Sevilla, cual decirse suele, 
sin oficio ni beneficio, y viviendo, en su consecuencia, pobre y 
estrechamente, no se sabe á punto fijo de qué linaje de recur- 
sos. Para hallarlos, muchas puertas había de ver cerradas 
quien cerca de cuatro lustros después escribió (83): 

Tuve, tengo y tendré los pennmientos, 
Merced al Cielo, que á tal bien me iocHoa, 
De toda adulación libres y exentos. 

Nunca pongo los pies por do rannina 
La mentira, la fraude y el engaño, 
De la santa virtud total ruina. 

En aquella larga y triste época de su vida debió de sugerirle 
su amargura muchos de los pensamientos que sembró en Sus 
obras, éstos verbigracia: cAl desdichado las desdichas le bus- 
can y le hallan, aunque se esconda en los ültimos rincones de 
la tierra» (84). «¡Venturoso aquel á quien el Cielo dio un pe- 
dazo de pan, sin que le quede obligación de agradecerlo á 
otro que al mismo Cielo!» (85). íA saber cómo y con qué trazas 
trendría que procurárselo aquel opulento de la gloria y de la 
inmortalidad...! Quizá, después de buscar en vano algiin señor 
á quien servir, porque á diferencia del Señor del Cielo, los 
de la tierra t para recebir un criado, primero le espulgan el 
linaje, examinan la habilidad, le marcan la apostura, y aun 



(83) Viaje del Parnaso, cap. IV. 

(84) Coloquio de los perros Cipión y Bergama. 

(85) El Ingenioso Hidalgo^ parte II, cap. LVIII. 



- 147 - 

quieren saber los vestidos que tiene» (86) — y Cervantes, si 
por el linaje y la habilidad no tenía pero, tenía más de uno 
en cuanto á la apostura, manco como era, y en cuanto á los 
vestidos, tan traídos como llevados, que usaría — después, digo, 
de buscar infructuosamente algún acomodo, fácil es que, mien- 
tras por haber glosado en 1595, cierta mala redondilla en ala- 
banza de San Jacinto y mandado su composición á un certamen 
de Zaragoza, obtenía el premio, consistente ¡qué cruel sarcas- 
mo! en tres cucharas de plata (^7^^ estuviese yendo cada 
tarde al monasterio de San Jerónimo á disfrutar los tiernos 
mendrugos y la ración de frangollo con que la caridad de 
aquellos monjes brindaba á los infelices necesitados, entre 
ellos, á los poetas que tenían las musas vergonzantes, como 
aquel á quien se refiere Berganza en el Coloquio de los Perros. 
Y ¿quién sabe si, como en Málaga aconteció á Rojas Villan- 
drando, no se remediaría Cervantes en Sevilla obteniendo 
cada día de algún fraile «un puchero de vaca y una libra de 
pan, porque le escribiese algunos sermones? > (88). Ó puede 
que, habiendo poetas para ciegos, <que les fingen milagros y 
van á la parte de la ganancia», hasta á ese registro acudiera 
Cervantes en alguna ocasión; porque, como él dijo años des- 
pués en La Gitanilla, «de todo hay en el mundo, y esto de la 
hambre \esto escribió, y no esó\ tal vez hace arrojar los in- 
genios á cosas que no están en el mapa.» Meditando en tales 
desdichas del autor del Quijote, advirtió pocos años há, des- 
pués de enumerarlas, un su admirador fervoroso: «¡Cuánto 
necio, mientras, nadaría en la abundancia en esta ciudad en 
donde el admirable escritor, para salir de sus más apremian- 
tes ahogos, tenía que valerse de tales trazas!» (89). 



(86) Coloquio de los Perros. 

(87) Relación de las justas celebradas en el convenio dé padres predica' 
dores de Zaragoza, en la canonización de San Jacinto, por Jerónimo Martel 
(Zaragoza, 1597). 

(88) El Viaje entretenido, libro I. 

(89) El Loaysa de *El Celoso extremeño,^ pág ái. 



— 148 - 

Empero más grandes sinsabores veníanle por el camino, 
y le llegaron presto. La quiebra del mercader sevillano Simón 
Freiré de Lima, había dado al través con 7.400 reales que 
de lo recaudado en Vclez Málaga y su partido le había 
entregado Miguel de Cervantes para que él, á su vez, los en- 
tregase en Madrid; y aunque, fK)r haber dado noticia de tal 
hecho á sus superiores, se mandó á un juez de los Grados de 
Sevilla que exigiese en el concurso de los acreedores de 
Freiré la entrega de aquel dinero, la falta que de él tuvo 
Cervantes infundió alguna desconfianza, que se hizo mayor 
por haber pasado los años de 1595 y 1596 y una gran parte 
del 1 597 sin que aquél se hubiese presentado á fenecer sus 
cuentas y á pagar lo que le resultase en descubierto. Requi- 
rióse al fiador Suárez Gaseo para que las diese, alegó éste 
que no podía efectuarlo sin estar presente Cervantes, y en- 
tonces, por una real provisión de 6 de septiembre de i 597, 
se mandó al Ldo. Vallejo, uno de los jueces de la Audiencia 
de los Grados de Sevilla, que requiriera á Cervantes para que 
prestase fianzas de 2.557.029 maravedís, á la seguridad de 
que dentro de veinte días se presentaría en la corte á dar la 
cuenta con pago; y no prestándolas, dice la provisión, «le 
prendereis y enviareis preso y á buen recaudo á la cárcel real 
desta mi corte, á su costa, adonde se entregará al alcaide 
della». Cervantes no pudo hallar tan crecidas fianzas, y pren- 
diósele en la cárcel real de Sevilla (90); manifestó desde ella 
serle imposible prestarlas estando fiíéra de su casa, por lo 
cual y «porque la cantidad que debía era muy poca> suplicó 
que se le redujesen á lo que parecía deber, soltándole de la 
cárcel para acudir á la corte y fenecer la dicha cuenta; y á 
esta súplica se accedió, visto que su descubierto sólo mon- 
taba dos mil seiscientos cuarenta y un reales, mandándose por 
otra real provisión de i.° de diciembre del propio afto que, 



(90) Véase D. Martín Fernándei de Navarrcte, Vida de Cervantes^ 
pig. 438 de la edición de 1819. 



— 149 — 

dando Cervantes fianzas legas, llanas y abonadas de ir á la 
corte á dar su cuenta con pago dentro del término de treinta 
días, bajo apercibimiento de que no haciéndolo, sus fiadores 
pagarían de contado «los dichos 79.804 maravedís que pare- 
ce debe, le soltéis de la dicha cárcel y prisión donde está, 
para que pueda hacer lo susodicho». Hasta ahora no se han 
hallado ni la escritura de fianza á que acabo de referirme (que 
fácil es que no pasara ante escribano público, sino ante algu- 
no de la Real Audiencia), ni otra de las que llamaban de 
obligación de cárcel segura, que, probablemente, se otorgaría 
á poco de ser reducido á prisión el manco sano y famoso todo; 
mas para cuando se halle, si se halla, alguna de tales obliga- 
ciones, desde ahora adelanto mi conjetura: el fiador debió de 
ser el generoso excomediante y posadero Tomás Gutiérrez, 
paño de las lágrimas del infeliz hidalgo; el único sujeto qui- 
zás que en la vasta ciudad del Guadalquivir conoció y 
aquilató en toda su inmensa valía los altísimos méritos del 
escritor insigne, aunque entre ellos no figurase el de la exce- 
siva puntualidad; porque es lo cierto que no pareció en Ma- 
drid á rendir la empecatada cuenta. ¿Para qué, hasta que 
tuviese con que pagar su descubierto? 

A 15 de septiembre de 1598, «estando avecindado en la 
collación de San Isidro (ahora de San Isidoro), compraba á 
Jerónimo Luís de Molina once varas de raja cabellada, fián- 
dolo el Ldo. Francisco del Águila por el pago de los 220 
reales que montaba el precio (91); y en 4 de noviembre del 
mismo año, saliendo por su fiador Jerónimo de Venegas, 
procurador en la real audiencia de la Casa de Contratación de 
Indias, compró á Pedro de Rivas, bizcochero, dos quintales 
de bizcocho ordinario (lo que ahora llamamos galleta), á seis 
ducados cada quintal (92). El objeto de tan rara negociación, 



(qi) «Archivo de protocolos de Sevilla, escribanía de Rodrigo Fer- 
nández.» 

(92) iílbid., escribanía de Gabriel Salmerón.» 



— ISO- 
llevada á cabo en una escribanía del barrio de Triana (ofi- 
cio 23), bien se columbra: uno de los días en que el inmortal 
Cervantes, sin tener que llevar á la boca, divertíase vagando 
por el populoso Arenal de Sevilla, topó con el patrón de un 
barco. Se conocían, trabaron plática y, sabido que el tal 
patrón quería zarpar pronto y que aún no había comprado el 
bizcocho que necesitaba para sí y sus cuatro ó seis marineros, 
ocurriósele una idea luminosa: le propuso la venta de esta 
especie en precio más bajo del que corría, y aceptada la 
ventajosa proposición, Cervantes, que contaba con el auxilio, 
quizás no desinteresado, de Venegas, compró al fiado los dos 
quintales de bizcocho, revendiéndolos y cobrándolos incon- 
tinenti, y remediándose, por de pronto, con los dineros pa- 
gados por el maestre» (93). Con todo, no siempre eran tan 
extremados sus apuros; muestra de ello que en 10 de febrero 
de 1 599 recibió de D. Juan de Cervantes, probablemente deu- 
do suyo, noventa ducados que le había dado en préstamo (94). 
Acaso acaso Cervantes por aquel tiempo se ocupaba en auxi- 
liar en trabajos de escritorio á Agustín de Cetina, antiguo 
pagador de los proveedores de las armadas, y en cuyo exf)c- 
diente sobre que se le tuviese por vecino de Sevilla declaró 
á 2 de mayo de 1600, llamándose t vecino desta ciudad, en 
la collación de San Nicolás» (95). 

De hecho pensado no he dicho hasta aquí palabra acer- 
ca de lo que escribiera Cervantes en los trece años postreros 
del siglo XVI, exceptuando la glosa en alabanza de San Ja- 
cinto, cuyo recuerdo vino al caso por lo muy singular que 
resulta el pretender y ganar en una justa poética tres cucha- 
ras de plata quien se habría dado por contento con tener 
siempre qué comer á sus horas, aunque hubiese de hacerlo 



(93) El Loaysa de *El Celoso Extremeño», págs. 20-21. 

(94) Documentos cervantinos, t. II, n.*' LXXII. 

(95) Archivo Municipal de Sevilla, Autógrafos.— El Sr. Asemtio publi- 
có la dicha declaración en un articulo intitulado Documento para ilustrar la 
biografía de Cervantes, reimpreso en su reciente libro Cervantes y sus 
pbras, págs. 4^1 y siguientes, 



^___. _ 151 ^ 

con cuchara de palo. En todo aquel tiempo no parece que las 
Musas se mostraron con Cervantes más generosas que los 
hombres; pero, pues desde su mocedad había dado «en ser 
poeta, como si fuese oficio — él mismo lo decía— con quien 
no estuviera vinculada la necesidad del mundo» (96), en 
algunas composiciones ejercitó su estro: en 1588 ó poco an- 
tes escribió un soneto laudatorio para un libro del Dr. Fran- 
cisco Díaz (97), á quien quizás la familia de Cervantes debiese 
algunos antiguos favores (98); en el mismo año compuso dos 
canciones sobre la pérdida de la armada Invencible, descu- 
biertas y publicadas ha pocos años por Serrano y Sanz (99); 
en 1 596, ó años atrás, otro soneto, en alabanza del Marqués 
de Santa Cruz (100), fijamente en 1596 el cáustico soneto A 
la entrada del Duque de Medina Sidonia en Cádiz, después 
de haber saqueado y evacuado aquella ciudad las tropas in- 
glesas (lOi); en 1 597, otro, que él estimaba por de los buenos 



(96) Entremés de El Juez de los Divorcios. 

(97) Tratado nvevameníe impresso de todas las enfermedades de los 
Ríñones, Vexiga, y Carnosidades de la Verga, y Vrina.... (Madrid, Francis- 
co Sánchez, 1588). El privilegio es de 11 de abril de 1587. 

(98) Por las portadas de sus libros consta que este médico era doctor y 
maestro por la universidad de Alcalá. En ella estudiaba, en efecto, al mediar el 
siglo XVI, y, llamándose ya licenciado (lo seria en Artes), firmó, á 16 de 
mayo de 155 1, la prueba de un curso in sahíberrima medicincB facúltate de 
Pedro Diez, natural del Toboso (Archivo universitario de Alcalá, hoy en el 
Archivo Histórico Nacional, Pruebas de cursos de 1540 á 1555, f.° Soo)- 
Probablemente, en aquella sazón haría conocimiento y trato con el humilde 
zurujano Rodrigo de Cervantes, ¡y á saber si de la protección que entonces le 
dispensara no provendría el escribir Miguel su soneto, treinta y seis aflos más 
tarde!... 

(99) En el Homenaje d Menéndez y Pelayo, tomo I. 

(100) Comentario en breve compendio de Disciplina militar, en que se 
escribe la jornada de las islas de los azores... por el Ldo. Cristóbal Mosquera 
de Figueroa. Aunque la impresión es de 1596 (Madrid, Luís Sánchez), téngase 
en cuenta que las aprobaciones son de 1591 y 1592. 

(10 i) Encontró este soneto en un códice de la Biblioteca Real D. Juan 
Antonio Pellicer y lo sacó á luz en su Ensayo de una Biblioteca de Traduc- 
tores españoles (Madrid, 1778), reimprimiéndolo en su Vida de Cervantes. Si 
por esta composición (que también reprodujo Rodríguez Marín, en la página 
1 28 de El Loaysa de *El Celoso extremeño*) pudiera dirigirse algún cargo á 
Cervantes, calificándolo de mordaz, no parece sino que, muchos años después, 
en el Persiles (libro I, cap. XVI), buscó él su defensa en aquellas palabras 
del maldiciente Clodio; «Si todos log sepoyes se ocupasen en ^ace;: buen^g 



_ lop - 

que había hecho en su vida, A la muerte de Femando de 
Herrera, ocurrida aquel año (102); y á fines de 1598, su cele- 
bérrimo soneto Al Túmido de Felipe II en Sevilla, compues- 
to en burla, no del túmulo mismo, sino de los valentones 
sevillanos (103), y del cual todavía se puede dar una lección 



obras, no habría quien se ocupase en decir mal dellos; pero ¿por qué ba de 
esperar el que obra mal que digan bien del?» 

(102) Este soneto fué publicado en su Vida dé Cervantes por D. Martin 
Fernández de Navarrete (pág. 447 de la edición de 1819). 

(103) Apartóme en esto de lo que expuso D. Mariano Pardo de Figneroa 
en su Carta bibliográfica del Dr. E. W. Tlubusscm á D. FranciSiO de B. l'a- 
lomo sobre la Descripción del túmulo y exequias del rey D. J'elipr II, que 
ha publicado la Sociedad de Bibliófilos Andaluces (Sevilla, Izquierdo, 1869, 
13 págs. en 8.°). Para el Dr. Tbebussem, Cervantes no elogió de buena fe 
«la maquina insigne, la belleza de aquel monumento de lienzo, pasta, pape- 
lón, y madera, con dorados, colorines, luces y garambainas*. Y pregunta al doc- 
to prologuista del librito de Collado: r¿Podia haber espanto pra Cervantes 
en \3l grandeza y relumbrón teatral del túmulo de Felipe II?... Yo creo, scfior 
don Francisco, que Cervantes, y V., y todos los que tengan sentimientos deli- 
cados, guardan su entusiasmo para las gallardas columnas, para las esbeltas 
bóvedas, para las admirables labores de esa Catedral, émula, si no superior, á 
las de Strasbourg y de Colonia. Los soldados y los valentones se embobarán 
ante el almazarrón y la hojarasca, y V. reservar! su aplauso para la oscuridad 
de las piedras y para la elegancia del dovelaje....* ¡Y llama almazarrón y hoja- 
rasca á las pinturas y á las esculturas de tos mejores artistas de aquel tiempo! 
¡Para embobar á soldados y valentones modeló Martínez Montaflés, el insupe* 
rado Martínez Montaflés, aquellas majestuosas figuras de Sevilla, la Lealtad, 
la Oración, la Paz, la Verdad, y otras, hasta diez y nueve!... ¡Almazarrón y 
hojarasca merecen llamarse las pinturas de Vasco Pereira y Francisco Pacheco, 
entre las cuales figuraban, admirablemente representadas, «en dos historias dis- 
tintas», la batalla y la victoria naval de Lepanto...! ¡Cervantes burlándose de 
pinturas que celebraban aquella ocasión, según él, la más alta que vieron los 
siglos...! Si alguna vez dormitó Homero, con ser quien era, ¿qué mucho que 
alguna vez haya dormitado el Dr. Thebussem? De lo que Cervnntes se burló 
donosisimamente fué de los valentones y escupejumos sevillanos, retratados á 
las maravillas en el último terceto y en el estrambote de la celebérrima compo- 
sición. A Cervantes, valiente tan de veras, como demostró en Lepanto y en 
Argel, no podían menos de hacer mucha gracia las baladronadas, los ñeros, los 
desplantes de este hombre, y de aquel hombre, y del hombre de más allá, y 
de tanto hombre como hombreaba en Sevilla, amagando con hacer y acontecer 
y con comerse los niños crudos. Contra esta ridicula fanfarria fué el soneto 
cervantino. Un soldado, Cervantes mismo, que siempre se honró vistiendo 
como soldado, dice del túmulo al salir de la Catedral lo que le hace exclamar su 
admiración y duélese de que no dure un siglo aquel efímero portento de las 
artes, aquella máquina insigne á que todas ellas llevaron sus nobles primores. 
Oyendo tan calurosas alabanzas un valentón al uso, asiente, pero como si disin- 
tiera; pues, desmintiendo desde entonces (¡buen madrugador!) á quien pensara 
en decir lo contrario, encárase, fosca la vista, con el imaginado sujeto, cual si le 



- 153 — 

inédita, muy estimable, sobre las cuatro que juntó el dili- 
gente y discretísimo historiógrafo de las Riadas de Sevilla^ 
D. Francisco de Borja Palomo (104). Todavía dedicó Cervantes 



tuviese delante, y, calando el chapeo para hacer más airoso y bravo el ademán, 
requiere la espada, esto es, empúñala y aun saca hasta dos ó tres dedos de la 
hoja, y, mirando de través con gesto avinagrado, vase, como quien desdeñosa- 
mente acaba de perdonar la vida á media docena de gigantes que se lo han 
rogado con lágrimas y de hinojos. Esto es lo que á mi ver, y salvo meliort, 
signiñca el popularisimo soneto de Cervantes (*). 

(104) En el prólogo que puso á la Descripción del Tiímulo y relación 
de las exequias que hizo la ciudad de Sevilla en la muerte del rey Don Feli- 
pe Segundo, por el licenciado Francisco Jerónimo Collado (Sevilla, Geofrín, 
1869). Tales cuatro lecciones son: i.' La que nos ha conservado Francisco Ari- 
ño en los Sucesos de Sevilla desde I5g2 á 1604 (Sevilla, Tarascó, 1873), y por 
los cuales sabemos que en 29 de diciembre de 1598, estando él en la Santa 
Iglesia, Cervantes (á quien no nombra por su apellido, sino por un poeta fan- 
farrón) dijo su otava (que asi la llama Ariño) «sobre la grandeza del túmolo.» 
2.' La que publicó Salva en su Gramática, edición de París, 1835, según cier- 
to códice que había poseído, y en el cual, parece, estaba de letra de Cervantes. 
3.* La publicada por Alfay en la antología intitulada Poesías varias de gran- 
des ingenios españoles (Zaragoza, Juan de Ibar, 1654). Y 4.' La que en 1852 
publicó D. José Velasco Dueñas, tomándola de un códice de la Biblioteca de 
S. M , en el folleto que acompañó al facsímile que hizo de la partida de bau- 
tismo de Cervantes. En un cartapacio sevillano de varias letras (siglo XVII) 
que perteneció al mismo Sr. Palomo, como otros muchos papeles curiosos que 
rae han franqueado mis queridos amigos D. Luis y D. Antonio, sus hijos, ha- 
llé entre noventa y tres sonetos de diversos autores, rara vez nombrados, esta 
otra lección del soneto que tenía Cervantes «por honra principal de sus escri- 
tos.» Modernizaré la ortografía y subrayaré tan sólo aquéllo en que el texto se 
aparta de las cuatro antedichas lecciones: 

«;Voto á Dios, que me espanta esta braveza 

Y que diera un doblón por descrebilla! 
Porque <á quién no suspende y maravilla 
Esta máquina insigne, esta grandeza! 

• Por Jesucristo vivo, cada pieza 
Vale más que un millón, y que es mancilla 
Que esto no dure un siglo, ¡oh gran Sevilla, 
Roma triunfante en ánimo y riqueza! 

«Apostaré que el ánima del muerto. 
Por gozar de este sitio, hoy ha dejado 
La gloria, donde habita eternamente.» 

Esto oyó un valentón y dijo: «Es cierto 
Lo que dice iuasé, mi so soldado, 

Y quien dijere lo contrario, miente.» 
Y luego encontinente 

Caló el chapeo, requirió la espada, 
Miró al soslayo, fuese, y no hubo nada. 



(*) Sobre este asunto y aprovechándome de lo dicho en esta nota y en la siguiente, 
escribí algunos meses há un artículo que intitulé Unajoyita de Cervantes, y que vio la lur, á 
la par, en Sevilla y en Barcelona, en El Noticiero Sevillano y El Noticiero Universal, mime- 
ros del día 8 de mayo. 

II 



- 154 - 

otro soneto y unas coplas reales á la memoria de aquel dis- 
cutido rey (105). Pensar que á tan poco se redujera la labor 
literaria cervantina en tantos años, en los seis últimos de los 
cuales aquél estuvo, á su pesar, muy ocioso, paréceme des-. 
acertado. Algo y aun mucho más hubo de escribir entonces, 
así de lo que se ha perdido como de lo que conocemos; á 
aquel tiempo se remonta, indudablemente, la composición de 



(105) Obra decollado antes citada, págs. 21; y 318. Los Sres. lUrtzen- 
busch, Asensio y Pardo de Figueroa creyeron de Cervantes el soneto, aunque 
en la obra de Collado no tiene el nombre del autor, y asimismo lo cree el seHor 
Fitzmaurice-Kelly. Como quiera que ninguna de entrambas composiciones está 
incluida en las colecciones de pocsias sueltas de Cervantes y el librito de Co- 
liado escasea mucho, 00 holgará el copiar aqui tales piececitas. Dice la 
primera: 

Va que te ha llegado el día, 
Gran Rey, de tus alabanzas, 
De la humilde mu5a iiiia 
Escucha entre las que alcannu 
l,ai llorosas que te envía; 
Que, puesto que ya camloaa 
Pisando las perlas finas 
En las aulas soberanas, 
Tal vez palabras humanas 
Oyen orejas divinas. 
, (Por dónde comenzara 
A exagerar tus blasones, 
Después que te llamarú 
Padre de las Religiones 

V defensor de la Fe? 

Sin duda habré de llamarte 
2 Nuevo y pacífico Marte, 

Pues en sosiego venciste 
Lo más de cuanto quisiste 

V es mucha la menor parte. 
Tembló el cita en el Oriente, 

El bárbaro al Mediodía, 
El luterano al Poniente, 

V en la tierra siempre fría 
Temió la indómita gente. 
Arauco vio tus banderas 
Vencedoras, y las fieras 

( )ndas del sangriento Egeo 
Te dieron, como en trofeo. 
Las otomanas banderas. 

Las virtudes en su punto 
Kn tu pecho se hallaron, 

V el poder y el saber junto, 

V jamás no te dejaron. 
Aun casi el cuerpo difunto. 

V lo que más tu valor 
Sube al extremo mayor 

Es que fuiste, cual se advierte, 
Bueno en vida, bueno en muerte, 

V bueno en tu sucesor. 
Esta memoria nos dejas 

Que es la que el bueno cudicia; 
Que, amigables y sin quejas, 
Misericordia y justicia 



- 155 - 

algunas de sus Novelas ejemplares y, cuando menos, el pri- 
mer borrón de su comedia El Rufián dichoso y del entremés 
áe. El Rufián viudo, que claro se ve ser obras escritas, ó es- 
bozadas siquiera, en contacto muy inmediato con los mode- 
los vivos, los cuales son auténticos á todas luces, es decir: de 
la picaresca genuínamente sevillana. 

, Por lósanos de 1598 y siguientes debió de haber en 
Sevilla una como academia literaria, además de la del pintor 



Corrieron en ti parejas. 
Como la llana humildad 
Al par de la majestad, 
Tan sin discrepar un tilde, 
Que fuiste el rey más humilde 
Y de mayor gravedad. 

Quedar las arcas vacías 
Donde se encerraba el oro 
Que dicen que recogías 
Nos muestra que tu tesoro 
En el Cielo lo escondías. 
Desde ahora en los serenos 
Elíseos campos amenos 
Para siempre gozarás, 
Sin poder desear más 
Ni contentarte con menos. 

El soneto que sigue á estas coplas reales en el librito de Collado es este 
otro. — Puntúo los tercetos como el Sr. Palomo: 

Ocupa breve término de tierra 
La majestad del gran Filipo Hispano; 
Ayer poco era el mundo al sobrehumano 
Poder que hoy tan poco espacio encierra. 

Vivió, buscando paz, contino en guerra; 
Mtjrió para vivir; tuvo en su mano . 

El freno del vicioso luterano, 

Y al común enemigo el brío atierra. 

Fué en las naciones confusión y espanto. 
Desde el primero clima hasta el postrero, 

Y al fin dejó de ser: felice y santo. 

Su fama, el alma, el cuerpo, el celo, el nombre, 
Al mundo, al cielo, al suelo, á su heredero. 

En la copia más moderna de las que vio el Sr. Palomo decia una nota: 
«Falta el último verso en el libro de donde éste se copió.» El Sr. Asensio, en 
carta dirigida á D. Mariano Pardo de Figueroa y publicada en el Museo Uni- 
versal de 22 de junio de 1868, dijo: «A primera vista, parece que falta un 
verso del ú^timo terceto; pero estudiando mejor, encontramos el cqnsonante, 
nombre, que no se relaciona con los del terceto que se conserva, y viendo des- 
pués el concepto de esos dos versos postreros, parece que debieron ser estrant' 
lote y que el copiante saltó un terceto entero, dejando manco y truncado el 
soneto». No pasó tal cosa, á mi entender, ni hubo jamás el soñado estrambote, 
ni menos falta del todo terceto alguno. Lo que falta es el verso segundo del 
primer terceto, y asi quedan ambos rimados como de ordinario los rimaba Cer- 
vantes: cde, cde. 



— 156 — 

Pacheco y de la del veinticuatro Arguijo, compuesta de in- 
genios más maleantes que los que en entrambas asistían. 
Como academia dije, por no llamarla ni academia redonda- 
mente, ni corrillo poético: por la pinta, era menos que lo uno 
y más que lo otro. Sus afiliados, que quizá se juntaban por 
las tardes de la primavera y por las noches del estío bajo la 
inmensa bóveda azul, y entre los cuales paréceme que se con- 
tarían, amén del buen viejo Pamones, cuyos deben de ser al- 
gunos sonetos un es no es disparatados, con los consonantes 
esdrújulos (io6), Juan de Ochoa (107), Juan López del Va- 



(106) Por ejemplo, el siguiente, inédito, i la Marquesa de Denia, cuando, 
durante su estancia en Sevilla (1599). d>6 u» «"«y g'n'»^ Santiago en 10.000 
escudos de oro, ó, por decirlo más claro para hoy, acordó la Ciudad obse- 
quiarla con esa enorme cantidad de dinero: 

Vil escuadrón mordaz, chusma i>o^ica, 
Desnuda de virtudes, de hambre pálida, 
Raza inútil, ni frígida ni cálida, 
Mengua de la gentil provincia b^ica, 

<Qué altivez vana, qué pasión frenética, 
[Qué odio necio te empuja, turba eacuáHdit,] (*) 
A murmurar de la privanza válida, 
Contra toda opinión, con firma de ética? 
•; Callad, oid, tened, parad: no es licito 

Profanar la soleoe fiesta pública 
Con tanta mnfa y sátira diabólica. 

Empéñese el Cabildo; ande solicito; 
Pagúelo el pueblo; caiga la República, 
V no esté la de Denia melancólica. 

De este poeta Pamones, de quien se sabia harto poco, dio algunas noticias Ro- 
dríguez Marín, en las págs. 332-333 de su estudio acerca de Luis Barahona de 
Soto. 

(107) El celebrado por Cervantes en primer lugar (qoe es cosa bien sig- 
niñcativa) en su Viaje del Parnaso: 

Miré la lista y vi que era el primero 
El licenciado Juan de Ochoa, amigo 
Por poeta y cristiano verdadero. 

Según D. Aureliano Fernández-Guerra, este poeta es, y yo asi lo creo, el Juan 
de Ochoa Ibáfiez que asistió con otros en la ñesta de San Juan de Alfaracbe 
{1606). No debe confundírsele con Juan de Ochoa de la Salde, autor de la Ca- 
rolea. Como autor dramático lo elogian Rojas Villandrando, en su Viaje entre- 
tenido, y Fabio Franchi en su Ragguaglio di Parnasso. Pues se conocen muy 
contadas composiciones de Juan de Ochoa, copiaré un soneto que escribió en 
1598, cuando se prohibieron en toda España las representaciones teatrales; por 



(*) En el mencionado cartapacio que perteneció al Sr. Palomo falta este verso, quiero 
decir, el que había en su lugar, porque éste lo he hilvanado yo, poniéndome, así, á colaborar 
gon Pamones al través de trescientos seis años. 



lie (i 08), Alonso Álvarez de Soria (109) y Luís Vélez de 
Guevara (no), pasaban el rato, ora charlando alegremente 
de omni re scibili, ora leyendo cada cual lo que de antemano 
se le había encargado que compusiera, ó ya, en fin, celebran- 



él se echará de ver cuan suelta y bizarramente escribía (Colección de sonetos 
del antes citado códice del Sr. Palomo, n.° 43): 

JUAN DE OCHOA, CUANDO QUITARON 
LAS COMEDIAS EN SEVILLA 



Poetas graduados en sonetos, 
Los que coméis las puntas de los guantes 
Buscando por la calle consonantes 

V á sólo el consonante estáis sujetos; 

Los que, por parecer hombres discretos, 
Habláis latín delante de ignorantes, 

Y de un librillo alivio de viandantes (*) 
Hurtáis los dichos y sacáis conectes, 

Si, como puede, Dios no lo remedia, 
Presto veremos todos aquel día 
En que representéis vuestra tragedia. 

Indicios hay bastantes, y, á fe mía, 
Que, pues ayer quitaron la comedia, 
Mañana han de quitaros la poesía. 

(108) De Juan López del Valle, también mencionado por Cervantes en el 
Viaje del Parnaso, no supo D. Cayetano A. de la Barrera, ilustrador de esta 
obra, sino que llamándose contador escribió un soneto laudatorio para las Flo- 
res de poetas ilustres colegidas por Pedro Espinosa (Valladolid, 1605). Ló- 
pez del Valle habla casado en Sevilla con D." María de Caviedes, hija de Mi- 
guel de Caviedes, rico mercader de paños, precisamente el que fió unas varas 
de raja á Cervantes en noviembre de 1590 (Pérez Pastor, Documentos cervan- 
tinos, t. II, n.° LVIII). Por marzo de 1601 habla formado compañía con su 
suegro. Probablemente, muerto Caviedes poco tiempo después, López del Va- 
lle dejaría su tráfico para entrar de contador, quizás en la casa del Duque de 
Béjar, que tenia mucha hacienda en Sevilla, De López del Valle pudo citar 
Barrera algunos otros escritos, verbigracia: un soneto laudatorio en la ConquiS' 
ta de la Betica, de Juan de la Cueva (Sevilla, Francisco Pérez, 1603); un elo- 
gio en el San Antonio de Padua, de Mateo Alemán (Sevilla, Clemente Hidalgo, 
1604); otro soneto encomiástico en el libro Divina poesía y varios conceptos d 
las fiestas principales del Año..., por el licenciado Juan de Luque (Lisboa, Juan 
de Lira, 1608); y otro, en fin, en la obra de Alonso Díaz intitulada Historia 
de Nvestra Señora de Agvas Santas (Sevilla, Matías Clavijo, 1611). Además, 
en la Biblioteca Nacional de París hay un discurso suyo, escrito siendo secre- 
tario del Marqués de Priego (Morel-Falio, Manuscritos españoles..., pág. 242). 

(109) Nada he de decir de Alonso Alvarez de Soria, cuya biografía ocupa 
toda la segunda parte de El Loaysa de tEl Celoso extremeño*. 

(i 10) Luego que Luís Vélez de Guevara (Vélez de Santander se llamaba 
entonces) se graduó de bachiller en artes en la universidad de Osuna, á 3 de 
julio de 1596, trasladóse á Sevilla, en donde sirvió como paje al cardenal 



(*) Parece aludir al Sobremesa y Alivio de Caminantes, de Juan d« TímonedA. 



- 158 - 

do ustas poéticas, de ordinario, festivas y aun satíricas, acer- 
ca de los sucesos recientes que más se prestaban á tales des- 
enfados, tal cual vez harto justicieros. Si á alguna junta ó 
asociación de poetas concurrió Cervantes mientras estuvo en 
Sevilla, hubo de ser á ésta, y no como supuso el Sr. Asensio, 
á la del pintor Francisco Pacheco, harto aristocrática, que di- 
ríamos hoy, para dar lugar al que se llamó á sí mismo, por 
boca de Mercurio, Adán de los poetas (i 1 1). Para que el docto 
cervantista hispalense cayera en la cuenta, habrfale bastado 
con fijar la atención en que, teniéndose Pacheco por muy 
vate, Cervantes no lo nombró para nada en el Viaje del 
Parnaso, cosa que, de seguro, no habría acaecido á deberle las 
atenciones y el retrato que imaginaba el Sr. Asensio. Véase 
cómo de Jáuregui no hizo caso omiso. 

De la mencionada academia, que me aventuraré á llamar 
de Ochoa, por darle algún nombre que la distinga de las de- 
más, hubo de salir en 1 599 aquella nube de sonetos sobre la 
llegada á Sevilla de la Marquesa de Denia, mujer del privado 
de Felipe III, y sobre las prodigalidades con que, á costa de 
la Ciudad, la aduló y regaló servilmente con diez mil escudos 
el Cabildo, y hasta bien pudiera ser de Cervantes alguna de 
tales obritas (112); de la propia academia, en tales y cuales 



arzobispo D. Rodrigo de Castro, á quien acompañó en la célebre jomada que 
hizo á Valencia para asistir en las bodas de Felipe III. V'éiez de Guevara es- 
cribió un opúsculo boy desconocido sobre tales bodas, segán indicación de don 
Nicolás Antonio. £1 ilustre autor de El Diablo Cojuelo debió de permanecer 
en Sevilla hasta el año de 1600, en que falleció el dicho prelado. 

(i II) El Sr. Asensio (Pruebas que demuestran la autenticidad del rí' 
trato verdadero de Miguel de Cervantes Saavedra...., al fin de los Nuevos 
documentos...., Sevilla, Geofrin, 1864) deleitábase en fantasear en el taller d« 
Pacheco, por el otoño de 1592, una escena tan inverosímil como interesante. 
Baltasar del Alcázar, sentado en un sillón, recita sus alegres redondillas acerca de 
la bella Inés, el jamón y las berenjenas, ante un auditorio de que forman parte 
los famosos predicadores Fr. Fernando de Santiago, y Fr. Pedro de Valderra- 
ma, el notable pintor Pablo de Céspedes, Rodrigo Caro y Fernando de He- 
rrera el divino. Pacheco, entretanto, sentado junto á una ventana, traza el 
perfil de up hombre: de Cervantes, que narra sus proezas de Argel.»;^ ¡Ben tro- 
vato! 

(112) Véase El Loaysa de %.El Celoso extremeño*, pág. 23, y especial- 



- 150 - 

fiestas religiosas, ciertos otros sonetos á la Virgen María y á 
la Santa Cruz (113), y de la misma alegre tropa de soneteado- 
res, cuando Lope de Vega á fines del año 1600, ó á principios 
del siguiente, pasó en Sevilla una larga temporada, salieron 
asimismo algunas mordacidades que maldita la gracia que hu- 
bieron de hacer al desenfadado amante de Camila Lucinda; 
Conocíase hasta ahora uno solo de estos sonetos, que encontró 
en cierto códice el mencionado Sr. Asensio y publicó don 
Cayetano A. de la Barrera en \d, Nueva dio^-raféa áeLop^ {i 14); 
mas de aquella estancia del gran dramaturgo en Sevilla he 
encontrado yo otro soneto no menos interesante que el ante- 
dicho. Helo aquí (115): 

Después que viste Amor jubón de raso, .. . 

Valón de gorgolán y terciopelo 
Ha caido de arriba el dios de Délo 

Y el Interés se c... en el Parnaso. ' » 
Boscán, Petrarca, Ariosto, Arcila, el Taso, 

Comen por artificio de Janelo, ' 

Y empeña en un bodego el herreruelo ' 
Por dos postas.de vaca Garcilaso. 



mente, en la misma, la nota 37. A los siete sonetos que sacó á luz el Br. Fran- 
cisco de Osuna en sus Comentarios en verso escritos en isgg para ttn libro 
en prosa que se había de publicar en i8g6 pueden añadirse otros tres que en- 
cuentro en el citado códice de la librería del Sr. Palomo, el uno, el que poco há 
inserté en una nota, al tratar del buen Paraones; otro, que por malo y soso no 
merece salir á luz, y el último, este que ahora copio, cuyo autor, como buen 
andaluz, no distinguía entre zetas y eses: 

Salió el dorado sol con más presteza 
Que la que suele, el campo matizando, 
Con su alegre semblante muestra dando 
Del aparato que Sevilla empieza. 

Apercíbese Marte en esta empresa, . 

Sus bélicos furores pertrechando, 

I, as bellas calles Flora aderezando, r 

y alegre el vulgo espera á la Marquesa. 

Despachó sus Mercurios por la posta 
El Senado consulto de Sevilla, 
Con largos parabienes acordados. 

Y al recebirla se hizo tanta costa 
Como si fuera otava maravilla; 
Y todo vino á ser cuatro criados; 

Dos lacayos prestados; •> 

Un coche, y una dueña en su estribera; - 

Dos doncellas en paño; una litera. 

(113) /¿/í/., sonetos 12-15 y 77-78. 

(114) Está reproducido en El Loaysa de iEl Celoso exlremeflú*, pág. 162. 

(115) Códice de Palomo, soneto n." 30. 



- 160- 

Pegaso lleva haldas al molino 
Y aquellas nueve hipócritas, ó Musas, 
Han fundado un burdel en Lombardla. 

Si no buscas ¡oh Lope! otro canaino. 
De ser mozo de golpe no te excusas (i l6), 
Pues está desta suerte la poesía. 

Los más modernos historiadores de la vida de Cervantes, 
los que han podido tener á la vista cuanto sobre ella se ha 
escrito y averiguado, sobre todo, de treinta años acá, están 
conformes en que debe darse por cierto, aunque de ello no 
haya hasta hoy harta prueba, que el peregrino ingenio volvió 
á ser encarcelado el año de 1601, ó, más probablemente, el 
de 1602. Así opinan, entre otros, el notable hispanista inglés 
Mr. Fitzmaurice-Kelly (117), el laboriosísimo cervantófilo don 
Ramón León Máinez (118) y el Sr. Cortejón, nuevo comen- 
tador del Quijote (119), fundándose en que, habiendo puesto 
en libertad á Cervantes, en 1 597, el Ldo. Gaspar de Vallejo, 
y haciéndose referencia en un informe de los contadores (Va- 
lladolid, 24 de enero de 1603) á que al Sr. Bernabé de Pe- 
droso, proveedor general de la armada, se le había mandado 
que ele soltase de la cárcel en que estaba en Sevilla», con tal 
que prestase fianza de ir á dar dentro de cierto término la 
cuenta del alcance que se le había comprobado en 1 601, es 
evidente que volvió á estar preso en la dicha ciudad, en 1601 
ó 1602. 

Al acabar la parte anterior del presente discurso prometí 



(116) Llamaban m020j <¿r ^0//^ á los poetas populares que se buscaban 
la vida en los corros y juntas de la gente alegre, improvisando coplejas sobre 
todo pie que les daban. A tales ingenios ineducados aludía el racionero Porras 
de la Cámara al ñn de su donosa y verídica relación de la abundancia de poe- 
tas que habia en Sevilla cuando Francisco Pacheco, el tio, se trasladó de Jerez 
de la Frontera, su patria, á la ciudad del Guadalquivir: «...sin los ciegos y 
privados de la vista corporal, que cantan en las plazas las obras nuevas, mila- 
gros de la Madre Virgen, subcesos nunca vistos, ni los que echan de repente 
en los bodegones y tabernas* (Gallardo, El Criticón, Madrid, I. Sancha, 1835, 
n.' I.*, págs 22 y 23). 

(117) Litte'rature Espagnole, traducción francesa ya citada, pág, 234. 

(118) Cervantes y su época (Jerez, 1 901-1 903), pág. 334. 

(119) La Coartada, ó demostración de que tEl Quijote» no se engendró 
en la cárcel de Argamadlla de Alba (Barcelona, 1903). 



~ 16i - 

que en ésta recapitularía lo más interesante de cuanto acerca 
de la Cárcel Real de Sevilla se ha escrito, y que aun agregaría 
algunas noticias, Jlamaníes de puro viejas. Perdóneme el lec- 
tor; me dejé engañar por mi buen deseo: no dispongo de 
tiempo para detenerme en tan curioso trabajo, y por fuerza he 
de limitarme á encarecer la conveniencia de que saboree, si 
place á su curiosidad, la Relación de la Cárcel de Sevilla, de 
Cristóbal de Chaves, y su continuación, de autor anóni- 
mo (120), así como los pormenores que el autor de El Loaysa 
de <íEl Celoso extreuieño^ dio de aquella sucursal del infierno, 
extractándolos de un muy estimable manuscrito del padre 
Pedro de León, jesuíta, carcelero, de la casa profesa de Se- 
villa (121). 

A semejanza de aquellas paparruchas con que, ahora 
hace cabalmente un siglo, un tal Marañón, de Alcázar de San 
Juan, quiso enmarañar la biografía de Cervantes, inventando 
burdos cuentos que pretendía hacer pasar por tradición ve- 
tusta, entre otros, que el egregio novelista, cuando tenía en 
fárfara la idea del Quijote, se paseaba solo en la plaza de la 
Fuente, «como suspenso, y, después de soltar grandes car- 
cajadas, se metía en una de las escribanías y hacía anota- 
ciones» (122), malcopiando esto, digo, no faltó sevillano que 
prohijase á Sevilla la burda escena de paso de cortijo, y fué 
lo peor que candorosamente se hicieron eco de tales embus- 
terías eruditos de muy sólida y bien probada cultura, como 
el Sr. Asensio. t Tradición antigua había en esta ciudad — es* 
cribió en uno de sus artículos cervantinos — de que en los 
primeros años del siglo XVII tenía Cervantes por costumbre 
pasear por bajo de los portales de la plaza de San Francisco 
en actitud meditabunda, y que de tiempo en tiempo se dete- 
nía dando grandes risotadas». ¡Bah! Para sacar adelante espe- 



(120) ^/«<f Gallardo, Ensayo..., t. I, cois. 1.341 y siguientes. 

(121) El Loaysa de <íEl Celoso extremeño», págs. 173 y siguientes. 

(122) Vida de Cervantes, por D. Martin Fernández de Navarrete, pági- 
nas 449 y 450 de la edición citada. 



cié tan clara como el haberse comenzado á escribir el Quijote 
en Sevilla no había necesidad de acudir á cuentos de camino. 
Ni tampoco la hay de dar por bien comprobada (lo esté ó no, 
que por hoy no sé á qué carta quedarme) la especie de que 
antes de 1603 el pasmoso ingenio hubo de dar á leer en 
Sevilla á Agustín de Rojas Villandrando algunos capítulos de 
su obra maestra, pues Rojas, en El Viaje entretenido, impreso 
en la segunda mitad del dicho año, tcoincide algunas veces 
con el Quijote en ciertos pensamientos y en el modo de ex- 
presarlos» (123). Para mi propósito basta con el siguiente cla- 
rísimo razonamiento: si el libro inmortal, segün su autor dijo 
expresamente, tse engendró en una cárcel, donde toda inco- 
modidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su 
habitación, ¿qué cárcel hubo de ser aquélla, sino la Cárcel 
Real de la gran ciudad andaluza, con su patio de treinta pasos 
en cuadro, con sus tres puertas, llamadas de oro, de plata y 
de cobre, con aquella infinidad de ranchos, denominados 
Traidor, de los Bravos, de la Tragedia, Pestilencia, Miserable, 
Casa de Meca, Lima sorda, y por otros cien nombres, y con 
aquella muchedumbre copiosísima de reclusos, que de ordina- 

(123) £1 autor, ó uno de los autores de esta especie, que me parece plau- 
sible, fué D. Manuel CaHete. La vertió en el curioso estudio que del mencio- 
nado representante y de su famoso libro escribió para una de las ediciones 
modernas de éste. «Ignoro — dice— si Agustín de Rojas cultivó en Sevilla ó en 
otra parte la amistad del Principe de los Ingenios de Espafia; pero presumo 
que ambos debieron conocerse y estimarse. Lo que tengo por seguro es que, ó 
Cervantes leía El Viaje entretenido al escribir su maravilloso Quijote, ó hizo 
conocer á nuestro farsante algunos capítulos de esta obra inmortal antes que 
saliera á luz por los años de 1605, pues el libro de Rojas, impreso á ñnes de 
1603, coincide algunas veces con el Quijote en ciertos pensamientos y en el 
tnodo de expresarlos. Lo segundo me parece más probable, atendidas la 
mocedad del cómico y la sabia experiencia del ilustre Mañeo de Lepanto.» 
Ningún trabajo babria costado al Sr. Cañete indicar los pasajes de entrambas 
obras en que notaba esas analogías á que se refirió, y asi ahorrara trabajo á los 
curiosos y dudas á los incrédulos. Yo he leído seis ú ocho veces, en otros tan- 
tos años, El Viaje entretenido, que á maravilla suele entretener mis viajes; 
pero siempre he ido buscando cosas distintas de esas analogías, y no me he 
percatado de ninguna que me haga pensar en imitaciones del Quijote. Leeré 
aún otra vez, cuando pueda, con ese solo intento, el curiosísimo libro de Rojas. 
Pero mucho me temo que esos parecidos no sean sino cosa corriente en escri- 
tores de un mismo tiempo. 



- 163 -^ 

xio pasaban de mil ochocientos? (124). ¿Qué marañas ni qué 
Marañones bastarán á oscurecer cosa tan clara como la luz 
del medio día? Pues ¿había de ser una covacha de la casa de 
Medrano, en la Argamasilla, la cárcel ruidosa á que se refirió 
Cervantes? Y si éste estuvo solo, como dicen, en aquel chiri- 
bitil, ¿cómo hacía en él su habitación todo triste ruido, cuando 
no podía haber otro que el harto leve que causara algún 
ratoncillo juguetón? 

En la Cárcel Real de Sevilla, y no en otra, se engendró, 
pues, el más deleitoso y admirable de los libros profanos; 
pero no en los meses últimos del año de 1597, durante la 
primera prisión de Cervantes en ella, sino, más probablemente, 
al comienzo del siglo XVII, en 1601 ó 1602. Y allí, á sus 
solas, en medio de tan grande bullicio, en donde como el 
ciego de su comedia Pedro de Urdemalas (125), podría ex- 
clamar melancólicamente: 

Nada veo, 
Sino lo que no deseo, 
Que es lo que ve un desdichado, 

daba mil vueltas en su pensamiento á su tristísima situación 
y á las causas que á ella le habían traído, ora meditando en 
que «esta que llaman por ahí Fortuna es una mujer borracha 
y antojadiza, y, sobre todo, ciega, y así, no ve lo que hace, ni 
sabe á quién derriba ni á quién ensalza» (126), ora aplicando 
á sí propio aquella sentencia de Salustio según la cual cada 
uno es artífice de su ventura (127), máxima que, con la tena- 
cidad propia de un remordimiento, repitió Cervantes en el 



(124) Cristóbal de Chaves, Relación de la Cárcel de Sevilla, primera 
parte. 

(125) Jornada II. 

(126) El Ingenioso Hidalgo, parte II, cap. LXVI. — Casi con las mismas 
palabras volvió á decirlo qh Persiles y Sigismundo, libro III, cap. IV; «...esta 
que llaman Fortuna, de quien yo he oido hablar algunas veces, de la cual se 
dice que quita y da los bienes, cuando, como y á quien quiere, sin duda algu» 
na debe de ser ciega y antojadiza, pues á nuestro parecer levanta los que ha- 
bían de estar por el suelo y derriba los que están sobre los montes de la luna.» 

(127) Oratto I. 



- \eÁ - 

Quijote {\2^\ Qn el Viaje del Parnaso (129) y en el Per- 
siles (130). Pero á todo sabía sobreponerse con, heroica ente- 
reza, aquel fuerte y valeroso ánimo hecho á prueba de 
adversidades, y en trance ninguno perdió el dulce bien de la 
esperanza: cEl alma- dijo casi al fin de su azarosa vida — ha 
de estar el un pie en los labios y el otro en los dientes, si es 
que hablo con propiedad, y no ha de dejar de esperar su 
remedio, porque sería agraviar á Dios, que no puede ser agra- 
viado, poniendo tasa y coto á sus infinitas misericordias» (131). 
Algunas semanas ó pocos meses después de haber salido 
Miguel de Cervantes de la nueva prisión en que le había pues- 
to su extremada pobreza, es decir, antes de finar el año de 
1602, y no en los primeros meses de 1603, como conjeturó el 
autor de la gran biografía de Lope (132), regresó este insigne 
dramaturgo á la hermosa ciudad del Guadalquivir, en donde 
habían quedado esperándolo, desde 1601, Camila Lucinda (la 
comedianta Micaela de Lujan) y Angelilla y Mariana, frutos 
de aquella ilegítima unión (133). Amigos debían de ser Lope 



(128) «...lo qae suele decirte, que cada uno es arüñce de su ventura» 
(Parte II, cap. LXVI). 

(129) Capitulo IV. Dice Apolo á Cervantes: 

Vienen las malas suerte* atrasadas, 

V toman tan de lejos la corriente, 
Que son temidas, pero no excusadas. 

, £1 bien les viene á algunos de repente; 
A otros, poco á poco y sin pensallo; 

Y el mal no guarda estilo diferente. 

El bien que está adquirido, conservallo 
Con maña, diligencia y con cordura 
Es no menor virtud que el granjeallo. 

Tú mismo te has forjado tu ventura, 
y yo te he visto alguna vet co$t ella; 
Pero en el imprudente poco dura. 

(130) «Nosotros mismos nos fabricamos nuestra ventura...» (Libro II, 
cap. XIII). Alguna vez, en el mismo Persiles, quiso combatir esa tenaz idea: 
en el cap. I del libro IV hace decir á Periandro: «Mira, seRora, como no es po- 
sible que ninguno fabrique su fortuna, puesto que dicen que cada uno es el 
artífice della desde el principio hasta el cabo.» 

(131) Persiles y Sigismunda, libro I, cap. IX. 

(132) D. Cayetano A. de la Barrera, Nueva biografía, publicada por la 
Real Academia Espafiola como tomo I de las Obras de Lope de Vega (Ma- 
drid, 1890, pág. 103). 

(133) Barrera se había inclinado á creer (obra citada, págs. 97 y 98) que 
Camila Lucinda fuese una D.' María de Lujan, y Hartzenbusch sostuvo que 



— 165 — 

y Cervantes, cuando menos, desde el año de 1586 ü 87 (134); 
para la Dragontea, impresa por primera vez en 1 598, habíale 
dado éste un soneto muy encomiástico, alusivo no sólo á la di- 
cha obra, sino además á otras tres aún en aquella sazón no im- 
presas: La Hermosura de Angélica, la Arcadia y el Isidro (135); 
en 1600 hubieron de verse y de reanudar su trato en Sevi- 
lla... ¿Fué entonces cuando sucedió algo que entibiara y 
hasta diera al traste con aquella buena amistad? ¿Fué, por el 
contrario, ahora, en 1602? ¿Atribuyó Lope á Cervantes, fun- 
dada ó infundadamente, alguno de los sonetos con que en 
entrambas ocasiones le molestaron, como porfiados cínifes, los 



bajo tal seudónimo se encubrió D.' Catalina Zamudio; mas recientemente el 
tan sagaz como docto erudito D. Cristóbal Pérez Pastor, bailando y publican- 
do la partida de bautismo de Lope Félix, el hijo del Fénix de los Ingenios, 
ha puesto en claro que Camila Lucinda fué la comedianta Micaela de Lujan, 
de cuyo nombre es anagrama casi perfecto aquel otro (Tomillo y Pérez Pastor, 
Proceso de Lope de Vega por libelos contra unos cómicos (Madrid, 1 90 1, 
págs. 262 y siguientes). Á Mariana y Angelilla se refirió Lope en algunas de 
sus poesias, entre ellas, al fin de una epístola al contador Gaspar de Barrio- 
nuevo, copiada en parte por Barrera (págs. 96 y 97): 

Mariana y Angelilla mil mañanas 
Se acuerdan de Hametillo, que á la tienda 
Las llevaba por chochos y avellanas. 

Y termina, poniendo la contera con lo que hoy en frase vulgar jlaiti arlamos un 
sablazo: 

Y Lucinda os suplica no se venda 
Sin que primero la aviséis del precio; 
Quedaos con Dios, Gaspar, y no os ofenda 
Este discurso tan prolijo y necio. 

¿Necio? Antes discretísimo. La adrede mal encubierta petición del esclavillo 
Hamete es muy donosa, y prueba, como casi todas las cartas que Lope dirigió 
al Duque de Sessa, que el fecundo escritor era tan largo de genio como de in- 
genio. ¡Qué desenfadado pedir! ¡Qué buen hombre para palacio! ¡Cuánto hu- 
biera medrado Cervantes, á parecérsele en desahogo! 

(134) En el citado proceso contra Lope de Vega, Amaro Benitez declaró, 
entre otras cosas (3 enero de 1588) que luego que á él y á D. Luis de Vargas 
Manrique les leyó un tal D. Andrés «un romance á modo de sátira que decía 
mal de Elena Osorio» y de otras personas, el dicho D. Luis dijo: «Este roman- 
ce es del estilo de quatro o cinco que solos lo podrán hacer: que podrá ser de 
Liñán, y no está aquí, y de Cervantes, y no está aqui; pues mío no es, puede 
ser de Vivar ó de Lope de Vega.» Esto se presta á conjeturar que todos los 
nombrados hacían camarada en Madrid, y aun solían ocupar nada santamente 
sus ocios, ejercitando la literatura satírica. 

('3$j Véase Barrera, obra citada, págs. 72 y 73. 



— 166 — 

traviesos poetas de la Academia que vengo llamando de 
Ochoa? Por ventura, ¿ocasionó el rompimiento del antiguo 
vínculo afectuoso alguna censura cervantina que desplaciese á 
Lope de Vega, especialmente si la abultaron y desnaturalrza> 
ron, al pasar de boca en boca, los chismecillos que siempre 
fueron algo más de media vida para poetas y faranduleros? 
¿Ó acaso provino la enemistad de alguna negativa, más ó 
menos rotunda, por parte de Lope, á favorecer de tal ó cual 
manera al infortunado Cervantes?... Preguntas son estas á las 
cuales nada en concreto se puede responder, á lo menos, por 
hoy. Sí es muy sabido que dos años después, mientras que la 
primera parte de El Ingenioso Hidalgo andaba en manos de 
sus aprobantes, precedida de un prólogo y de unas decimas de 
Urganda cuajados de malévolas alusiones á Lope de Vega, 
éste, á 14 de agosto de 1604, escribía desde Toledo á un su 
amigo aquellas tan copiadas y recopiadas frases: «De poetas 
no digo: buen siglo es éste; muchos están en cierne para el 
año que viene; pero ninguno hay tan malo como Cervantes, 
ni tan necio que alabe á Don Quijote.» Y poco después: iNo 
más, por no imitar á Garcilaso en aquella figura correctioms, 
cuando dijo: 

«Á sátira me voy mi paso i paso», 

cosa para mí más odiosa que mis librillos á Almendárez y 
mis comedias á Cervantes» (136). 

Por si pudieren contribuir, solos ó en combinación con 
algunos otros elementos que se vengan á la mano cuando me- 
nos se piense, á esclarecer más este punto de por qué se tor- 
naron acérrimos enemigos Cervantes y Lope de Vega, vea el 
lector dos sonetos inéditos, interesantísimos, con que los ma- 
leantes ingenios hispalenses recibieron á Lope á su nueva 
llegada á Sevilla (137): 



(•36) Id., Ibi'd., págs. 1 2 1- 1 22. 

(137) N."* 64 y 65 de los sonetos contenidos en el ckado cartapacio de 
los herederos del Sr. Palomo. 



— 167 - 

A LOPE DE VEGA 
CUANDO VINO DE CASTILLA EL AÑO DE l602 

— ¿Quién es este pastor que de Castilla 
Al sacro Betis muda sus ovejas, 
Esparciendo á los aires tristes quejas, 
En busca de su ausente pastorcilla? 

¿Quién ha venido en busca de la orilla 
Del Belis, que otra vez de sus orejas 
Apartó con la mano las guedejas 
Para escuchar los cisnes de Sevilla? 

¿Quién es aqueste que, con tardo paso, 
Ei coro de las Musas trae inquieto 

Y á las incultas selvas nuestras llega? 

— Si del Tibre deciende, será el Tasso; 
Sanázaro, si baja del Tebeto; 

Y si de Manzanares viene, es Vega. 

Vengas, Lope, con bien. Vega apacible. 
— ¿Quién es Vega? — Un sujeto con llaneza. 
— Qué es llaneza? — Lo opuesto de aspereza. 
— ¿Quién hace los opuestos? — Lo invencible. 

— ¿Quién ha hecho invencibles? — Lo imposible. 

— ¿Quién ha visto imposibles? — La pobreza. 
— ¿Qué es pobreza? — Retrato de vileza; 
Menos que nada y más que lo insufrible. 

— El nada ¿qué es? — Será lo que no es algo. 

— ¿Qué es algo? — Sólo Dios, por maravilla. 

— ¿No es nada este soneto? — No, ni aun llega. 

— ¿En efeto, que hay nada? — Y en Sevilla. 

— ¿Seréis el nada vos? — Punto más valgo. 
— El nada ¿quién es, pues? — Lope de Vega. 

Quizás alguno de estos sonetos se debiese á la pluma del 
autor de Rinconete y Cortadillo: la alusión que en el segundo 
se hace á una extremada pobreza que ha visto imposibles da 
que sospechar, pues parece referirse á uno que, por ser harto 
pobre y estar en apurado trance, vio cosa que hasta allí no 
había ni imaginado: que le retiraba su amistad Lope de Vega; 
y ¿qué antiguo amigo de este ingenio se hallaba en tal caso, 
en Sevilla y en 1602, sino el tan infortunado como portentoso 
escritor complutense? 

Sea de esto lo que quiera, sábese bien que la estancia 
de Cervantes en Sevilla no se prolongó hasta más allá de 



- 168 - 

enero de 1603, pues consta que el día 8 de febrero de aquel 
año ya estaba en Valladolid, nueva corte de España. Al 
ausentarse de la metrópoli de Andalucía no iba solo: acom- 
pañábale, además de sus tristes reflexiones y de su profundo 
desdén hacia muchas cosas y muchas personas que el vano 
mundo tenía por respetables, el manuscrito, terminado ó por 
terminar, de la primera parte de El Ingenioso Hidalgo Don 
Quijote de la Mancha, 



V 



«En un aforro de la maleta» en que Cervantes, al ausen- 
tarse de Sevilla y de la región andaluza, llevaba el manuscrito 
de la parte primera de su Don Quijote, iba, con otras obras 
de la propia Minerva, pendoleadas de idéntica mano, una que, 
si chica por el volumen, era grande por el mérito: la primo- 
rosa novelita intitulada Rinconete y Cortadillo, joyel de tal 
valía, que, á no haber compuesto su perínclito autor aquel li- 
bro incomparable por el cual, á una voz, las naciones cultas 
lo proclaman Príncipe de los ingenios españoles y Rey de los 
novelistas de todo el mundo, con escribir esta gallarda obrita 
habríale bastado para que se le diputara por singular y loza- 
nísimo entendimiento. Pero ¿dónde y cuándo hubo de com- 
ponerla, visto que ya la mencionaba en el capítulo XLVII de 
El Ingenioso Hidalgo? (i). Comenzaré mis por ahora últimas 
disquisiciones dando las debidas respuestas á esta doble pre- 
gunta y ojalá parezcan satisfactorias á los contados lectores 
que al llegar aquí tengan todavía alguna paciencia y alguna 
atención que prestar. 



(i) Ya leída la novela de El Curioso impertinente, y habiendo entregado 
el ventero al cura unos papeles, encontrados, como aquélla, en el aforro de una 
maleta olvidada allí por su dueño, el cura «abriéndolos luego, vio que al prin- 
cipio del escrito decía: Novela de Rinconete y Cortadillo.,,* 



- 170 — 

Por lo que toca á dónde escribiera Cervantes su Rinco- 
nete y Cortadillo, renglones atrás lo dije. Lo primero que salta 
á la vista, porque está á los tres ó cuatro de la gentil novela 
ejemplar, es que en el borrador, ó sea en la lección más anti- 
gua de las dos que de ella disfrutamos, comienza así el texto: 
<En la venta del Molinillo, que está en los campos de Al- 
cudia, viniendo de Castilla para la Andalucía...*, mientras 
que en la lección definitiva, sacada á la luz pública en 1613, 
empieza de este otro modo: cEn la venta del Molinillo, que 
está puesta en los fines de los famosos campos de Alcudia, 
como vamos de Castilla á la Andaluzia...* ¿Será, como pare- 
ce, y como dijo D. Isidoro Bosarte cuando dio á la estampa 
la dicha lección más añeja, que «el manuscrito da á entender 
que se escribía en Andalucíat, y el impreso, «que se escribe 
en Madrid, ó en algún pueblo de Castilla?» (2). Conforme es- 
tuvo años después con esta observación el bibliotecario don 
Juan Antonio Pellicer (3); pero de un siglo acá, muchos dares 
y tomares ha habido sobre cómo hayan de entenderse en las 
obras de Cervantes los verbos ir, vemr, traer y llevar, y es- 
pecialmente el segundo de ellos; pues en tanto que algunos 
cervantistas, Pellicer, Asensio y Fernández-Guerra, verbigra- 



(2) Gabinete de lectura española^ ó Colección de muchos papeles curiosos 
de Escritores antiguos y modernos de la Nación (Madrid, Viuda de Ibarra, 
Hijos y Compañía, y después, D. Antonio Fernández), n.° IV, pág. XVI. 

(3) En su Vida de Cervantes, págs. 1 42 y 143 de la edición de San- 
cha, MDCCC. Al responder á las razones con que se intentaba probar que 
Cervantes, enmendando, corrigiendo y limando, para publicarlas, sus novelas 
Rinconete y Cortadillo y El Celoso extremeño, las echó á perder respecto de 
como estaban en el manuscrito original y primitivo (en el de Porras de la Cá- 
mara), copia y comenta, por lo que hace á este punto de dónde se escribió el 
Rinconete: — El BORRADOR: «Viniendo de Castilla para Andalucia.>Lo impreso: 
«Como vamos de Castilla á la Andalucia.» El editor (Bosarte): «El manuscrito 
da á entender que se escribía en Andalucía; la impresa da á entender que se 
escribía en Madrid, ó en algún pueblo de Castilla.» Respuesta: Así es. El 
editor aboga y litiga aquí por nuestra causa impensadamente; pues de esta di- 
ferencia se colige con toda claridad que Cervantes es autor del borrador sevi- 
llano y del impreso madrileño; porque estando en Andalucía escribió la novela 
en Sevilla, y estando en Castilla la corrigió y mejoró en Madrid, donde la 
publicó.» 



- 171 - 

cia, los entendieron como por todos se entienden en el habla 
de hoy é indujeron, por tales verbos y en tal ó cuál caso, que 
Cervantes estaba acá ó allá cuando escribió este ó aquel pasa- 
je, esta ó aquella obra, algunos otros escritores, como Gallar- 
do, Hartzenbusch, y más recientemente Icaza, tienen ese sis- 
tema por «tan falso como sencillo — en frase de este último — 
pues Cervantes empleaba á menudo el verbo venir en la 
acepción de ir, como usaba el verbo traer en casos en que 
hoy se diría llevar>'> (4). El tan culto como ingenioso escritor 
sevillano D. Felipe Pérez y González, en su curiosísimo libro 
intitulado El Diablo Cojuelo: flotas y comentarios á un <s.Co- 
mentarlos y á unas i-Notas^ (5), ha puesto en su fil la balan- 
za, demostrando, como ya había empezado á hacer el señor 
Asensio en su respuesta á D. Juan E. Hartzenbusch (6), que 
el sistema que en este punto había seguido Pellicer dista mu- 
cho de ser tan desatinado como se supone (7). Con todo eso, 
yo renuncio á probar por ese camino, pues otros hallaré me- 
jores, que Cervantes escribió en la gran ciudad del Guadal- 
quivir su donosa obrita picaresca. Echemos por otro lado. 

Refiere en su Arte de la Pintura Francisco Pacheco, el 
maestro del pasmoso y sin par Velázquez (8), que Leonardo 
de Vinci (é igualmente su discípulo Rafael de Urbino), «pri- 



(4) Francisco A, de Icaza, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, sus 
críticos, sus modelos literarios, sus modelos vivos y su influencia en el arte 
(Madrid, 1901), pág. 67. 

(5) Madrid, 1903, págs. 153-156. 

(6) Obras desconocidas de Cervantes: carta á D. Aureliano Fernández- 
Guerra escrita en mayo de 1867 y recientemente reimpresa en la colección de 
arliculos del Sr. Asensio intitulada Cervantes y sus oiraí (Barcelona, MCMII), 
págs. 19 y siguientes. 

(7) No he estudiado ni medio á fondo este punto; declarólo paladinamen- 
te, así como que entre los ejemplos que tengo á la vista paréceme que hay de 
todo. Pero aun así, es muy significativo que Cervantes en sus dos textos expre- 
sara una misma idea, empleando respectivamente los verbos venir é ir, que á 
las claras convienen, aquél, con su estancia en Sevilla en los últimos años 
del siglo XVI y en los dos primeros del XVIf, y éste, con su definitiva resi- 
dencia en Castilla en los años posteriores y al dar á la estampa sus Novelas 
ejemplares. 

(8) Pág. 165 de la edición primera (Sevilla, 1649). 



- 172 - 

mero que se pusiese á inventar cualquier historia investigaba 
todos los efetos propios y naturales de cualquier figura, con- 
forme á su Idea. Y hazía luego diversos rasguños; después se 
iba donde sabía que se juntaban personas de la suerte que 
las había de pintar, y observaba el modo de sus semblantes 
y vestidos y movimiento del cuerpo, y, hallando cosa que le 
agradase conforme á su intento, lo debuxaba en el Hbrete que 
siempre llevaba consigo..., y desta manera acababa sus obras 
maravillosamente.» No hizo otra cosa Cervantes, «andando 
de pueblo en venta y de venta en pueblo por las Andalucías, 
residiendo en Sevilla cuando le era menester y conversando 
aquí y allá y en todas partes con mesoneros, trajineros, frai- 
les, soldados, mozas andariegas, estudiantes, regidores, escri- 
banos, cuadrilleros, echacuervos, alguaciles, y ¿por que no 
decirlo? con la flor de la canalla hampesca y con la nata de la 
temeraria al par que temerosa jacarandina. Apuradamente el 
se perecía por estudiar de cerca, sobre el modelo vivo, aque- 
llos sujetos, aquellas costumbres, aquellos lugares, tan intere- 
ifj^ santes, tan curiosas, tan pintorescos, y aquella lozana habla 
1 popular, llena de verdores y matices, como selva en abril, con 

mil garridezas y lumbres, en forma de espontáneos y no apren- 
didos tropos. ¡Oh, y qué primorosos escritos habrían de ser 
aquellos en donde tantas galas luciesen y en donde tales 
personas, costumbres y sitios se pintasen! ¡Qué á maravilla 
darían materia para esas obras algunos sucesos diestramente 
tomados de la realidad, que es inventora más hábil y más fe- 
cunda que cuantos ingenios hubo, hay y pueda haber sobre la 
haz de la tierra! 

9 Encariñado con este pensamiento, Cervantes hizo, como 
dicen, de la necesidad virtud, y divirtió sus penas y endulzó 
sus sinsabores frecuentando más y más el trato de las gentes 
del pueblo, estudiándolas por de dentro y por de fuera y gra- 
bando en su feliz memoria todas las ideas que le sugería aquel 
estudio, hasta que llegase la sazón de darlas á luz, fundidas y 
depuradas en el crisol de su poderoso entendimiento y mol- 



- 173 - 

deadas portentosamente en la turquesa de su admirable fanta- 
sía. ¿Cómo Cervantes pudo estudiar la enrevesada habla y los 
peregrinos usos, abusos y pragmáticas de la germanía, sino 
platicando á menudo con temerones y jaques, ya que hasta 
el año de 1609 no sacó á luz Juan Hidalgo sus célebres ro- 
mances (9) ni el curioso vocabulario que está al cabo de 
ellos? ¿Dónde aprendió cuanto había que saber para escribir 
novelas tales como Rinconete y Cortadillo, El Celoso extre- 
meño y el Coloquio de Cipión y Berganza, todas de asunto 
sevillano, sino paseando alguna que otra vez por aquel «pe- 
»queño patio ladrillado» de Triana, junto al molino de la pól- 
vora, con el mismísimo diablo, digo, con el mismísimo Moni- 
podio, «encubridor de ladrones y pala de rufianes», y tratando 
con aquel mozo de barrio, gentil virote, á quien, no sin miste- 
rio, llamó Loaysa, y conociendo muy de cerca, por sus estu- 
tupendos milagros, á Nicolás el Romo y al alguacil su amigo, \ 
más amigo todavía de la famosa Colindres...?» (10). ^ 

Cervantes mismo lo decía en su Don Quijote (n): «Las 
historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables 
cuanto se llegan á la verdad ó la semejanza delia, y las ver- 
daderas tanto son mejores cuanto son más verdaderas.» No 
cabe, pues, dudar, y menos todavía cuando se haya leído mi 
conato de estudio de la sociedad picaresca sevillana, todo él 
basado en testimonios fehacientes, que el incomparable nove- 
lador alcaláíno copió de la realidad en el líbrete de su memo- 
ria, como en el suyo de papel Leonardo de Vinci, los tipos y 
escenas que necesitaba para sus cuadros. Así, los que después 
viniesen á deleitarse en su contemplación habrían de decir, 
necesariamente, como el docto cervantista Sr. Asensio: «Todo 
pasa ante nuestra vista con tal viveza y animación retratado, 
que ocupa el lugar de la verdad misma. Más aprendemos de 



(9) Porque voy copiando no rectifico en el texto semejante especie: los 
tales romances no son de Juan Hidalgo, como de aquí á poco veremos. 

(10) Rodríguez Marín, El Loaysa de %El Celoso extremeño», págs. 1 8- 1 9. 

(11) Parte II, cap. LXII. 



- 174 - 

la vida íntima de los ciudadanos de Sevilla con la lectura de 

una novela de Cervantes que con la de todo el libro de los 

preciosos Anales de Ortiz de Zúñiga» (12). Y así, publicadas 

que fueron las Novelas ejemplares, ¿que mucho que, hasta por 

escritores tan cultos como Tirso de Molina, se entendiese que 

las más versaban sobre hechos realmente acaecidos? No de 

otra manera se ha de explicar aquel pasaje de su comedia Ei 

Castigo del penseque (13): 

— ¿Hay sucesos semejantes? 
— Cuando los llegue á saber 
Madrid, los ha de poner 
En sus Novelas Cervantes. 

Tan exacto parecido con la realidad no se logra, empero, 
aun habiéndola visto y observado cuidadosamente, cuando á 
la hora de pintar ó de escribir se está lejos de los modelos 
vivos y del lugar en que el artista los supone esparcidos ó 
agrupados. Lejos, ya sea por el tiempo, ya por la distancia, 
y, sobre todo, por ambas cosas á la vez, sin remedio correrá 
por la obra del pintor ó del escritor un como soplo frío, que 
al entendido, al perito práctico, dirá de luego á luego y muy 
á las claras que, al ejecutar, la memoria intentó en balde, aun- 
que auxiliada por el socorrido apunte añejo, suplir por la ca- 
liente visión directa, á la cual nada puede sustituir sin gran 
desventaja. Ahora bien, la lectura de Rinconete y Cortadillo 
basta á convencer de que este acabadísimo cuadro de género 
está trazado y pintado en Sevilla, cuya esplendorosa luz lo 
baña, cuyo cálido ambiente lo orea, cuya menuda y olorosa 
albahaca lo perfuma. Las figuras todas, tan variadas, tan do- 
nairosas, tan privativas, por así decirlo, de lo picaresco sevi- 
llano, no han perdido ni un ápice de su natural color, de su 
genuína gracia, de su gentil parola germanesca, de su propio 
y gallardamente expresivo realce. 



(12) El Compás de Sevilla, en el citado libro Cervantes y sus oirás, 
pág. 48. 

(13) Acto I, escena X. 



- 175 - 

Pero, á mayor abundamiento, por otros registros se pue* 
de columbrar que Cervantes escribió en Sevilla su Rinconete, 
si damos por averiguado, como creo que lo está, que allí com- ^ 
puso una buena parte de la primera del Quijote, cuando no 
toda ella. Entremos en esta disquisición, que á fe mía es pun- 
to curioso. Acostumbraba Cervantes, como cuantos escriben 
á un mismo tiempo dos obras, llevando al cerebro, que, al fin, 
es un campo, lo que para muchas tierras se recomienda por 
muy útil, la rotación de cultivos, acostumbraba, digo, verter 
en la una y en la otra algunas de las ideas y expresiones con 
que más se encariñaba cada semana y aun cada día; que sabi- 
do es que en este particular, quién más, quién menos, todos, 
para nuestro decir y para nuestro pensar, nos ponemos de mo- 
da, semanal y hasta diariamente, tales y cuales frases ó pensa- 
mientos, recientes ó de reminiscencia, que caen en la sima del 
olvido al transcurrir el día ó la semana; pero que, entretanto, 
dominan sobre nuestro entendimiento, y hasta lo auxilian 
como bordoncillos, sin que seamos poderosos á despedirlos ó 
desecharlos. Ya vimos en la parte anterior del presente dis- 
curso (14) que Cervantes, casi con idénticas palabras, emitió 
un mismo original pensamiento acerca de la Fortuna en el ca- 
pítulo LXVI de los setenta y cuatro de que consta la parte 
segunda del Quijote, y en el libro III, capítulo IV, del Persiles. 
Escritos los ocho restantes de aquélla, es decir, el último día 
de octubre de 161 5, al dedicarla su autor al bondadoso Conde 
de Lemos, manifestó que daría fin al Persiles dentro de cua- 
tro meses; y faltándole para terminarlo, desde el dicho capítu- 
lo, diecisiete del libro III y los catorce del cuarto y último, se 
viene á caer en la cuenta de que casi simultáneamente consig- 
nó el mencionado pensamiento en entrambas obras. Pues bien, 
otro tanto sucedió, acá y allá, con la primera parte del Don 
Quijote y Rinconete y Cortadillo; por donde paréceme harto 



(14) En el pasaje del texto á que corresponde la nota 126, y en ésta 
misma. 



- 176- 

probable que esta novelita se escribiera, á ratos, al propio 
tiempo que Cervantes componía los veinticinco ó veintiocho 
primeros capítulos de El Ingenioso Hidalgo y, por consiguien- 
te, en Sevilla, en 1601 ó 1602; desde luego, antes de los años 
1603 y 1604, que, como fecha probable, indica para el Rimo- 
nete Mr, Fitzmaurice-Kelly, en la notable introducción escrita, 
pocos años há, para la traducción inglesa de las Novelas ejem- 
plares hecha por el ya hoy fallecido Mr. Norman MacCoU (15). 

En efecto, si con buena atención se leen la preciosa no- 
velita y esos capítulos del Quijote, se advertirá más de una 
vez lo propio que acabo de advertir en cuanto á la segunda 
parte de la gran novela y el Persiles: á trechos se hallan en 
ambos algunos pensamientos y modos de decir de la tempo- 
ral predilección de Cervantes, correspondiéndose en cada tex- 
to, que es mucho para casualidad, por el orden mismo en que 
los usó en el otro. Repare en ello el curioso lector — el curio- 
so digo, pues sólo para él voy escribiendo las notas— y ad- 
vierta de paso que, como era natural, al practicar esta especie 
de cotejo me he servido del borrador ó lección primitiva del 
Rinconeíe, y no de la muy variada que once ó doce años des- 
pués salió de los entonces humildes y hoy famosísimos mol- 
des de Juan de la Cuesta (16). 

Pero todavía hallo otro testimonio más terminante de mi 



(15) Exemplary Novéis, tn T7u complete Works 0/ Miguel de Cervan- 
tes Saavedra, Glasgow, 1902. 

(16) Léese en él capitulo 11 del Quijote: *...uq9í mafiana, antes del día, 
que era uno de los calurosos del mes de julio...*, y en la primera página del 
Rinccnete publicado por Bosarte: c., «« día de los calurosos del verano del 
año 1569...»— En el capítulo IV de El Ingenioso Hidalgo: €...que yo juro de 
pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun sahumados* Y en el 
Rinconete, pág. 15: «...y podrá ser que aquel que la llevó [la bolsa] se arre- 
pienta y se la vuelva á vuesa merced sahumada.* En el capitulo XXIII del 
Quijote: €...y digo que mientes y mentirás todas las veces que lo pensares ó 
lo dijeres.> En Rinconete, pág. 15: «Cualquiera que se pensare reir... digo que 
miente, y que mentirá todas las veces que lo pensare.* Estas concordancias son 
vehemente indicio de que Cervantes escribía en un mismo periodo de tiempo 
entrambas obras; y, á estar yo despacio, que no puede estarlo quien escribe" 
estos renglones á 12 de marzo de 1905 y á muchas leguas de Madrid, en libro 
cuyo original completo ha de dormir pasado mañana 15 en la casa de la Acá- 



- Ül - 

aserto, si, dejando á un lado inconsistentes aunque generosas 
imaginaciones de algún doctísimo escritor cuya fantasía apos- 
tábase á correr á las parejas con su vasta cultura, estimamos 
que no hay bastante prueba para afirmar que sea de Cervan- 
tes la Carta á D. Diego de Astudillo Carrillo, en que se le da 
cuenta de la fiesta de San Juati de AlfaracJie el día de Saní 
Laureano, la cual carta fué escrita en 1606 (17), ni para dar 
por cierto que el autor del Quijote volviese á residir en An- 
dalucía, siquiera por tiempo escaso, después del año de 1602. 
Refiéreme á la circunstancia de constar, como consta, que así 
la novela de Rinconete y Cortadillo como la de El Celoso ex- 
tremeño y la intitulada La Tía fingida, sea ó no de Cervantes 
(que cada día me lo parece menos), fueron copiadas, con 
otras cosas igualmente de amena lectura, por el Ldo. Fran- 
cisco de Porras de la Cámara, racionero de la Iglesia Catedral 
hispalense, para que con todo ello se deleitase su amigo y 
protector el cardenal D, Fernando Niño de Guevara, que re- 



demia Española, á tener algún vagar, digo, yo estudiaría también la coinciden- 
cia de suponerse en agosto la acción del Rinconete en el texto primero {*) y 
llevar data del 22 de agosto la cédula de los pollinos, que está en el cap. XXV 
del Quijote, sabido como es que Cervantes, cuando ponía una fecha en sus 
obras, echaba mano á ¡a del día en que estaba escribiendo. Verbigracia: en la 
cédula de esposo del entremés de La Guarda cuidadosa, 6 de mayo de 161 1; 
en la carta de Sancho á su mujer, cap. XXXVI de la parte II del Quijote, 20 
de julio de 16 14; en la Adjunta al Parnaso, la carta de Apolo, 22 de aquel 
propio mes y año; y en la carta del Duque á Sancho (cap. XLVII, también de 
la segunda parte), 16 de agosto, por donde se echa de ver que desde el 20 de 
julio hasta este día, un mes escaso, escribió Cervantes no menos de once capí- 
tulos. Tampoco es de olvidar que, por caso raro, de que hasta hoy nadie ha 
dado explicación satisfactoria, en la edición del Quijote hecha, según afirman, 
á vista de Cervantes, en 1 608, la cédula de los pollinos tiene fecha de veinte y 
siete de agosto, en lugar de veinte y do?, no pareciéndose nada en su escritura 
dos á siete, por donde no puede, sin violencia, achacarse á errata el cambio. 

(17) Publicada primero en la revista intitulada La Concordia, y después, 
como apéndice, en el t. I del Ensayo de una Biblioteca Española de libros 
raros y curiosos, formado con los apuntamientos de Gallardo, por los señores 
Zarco del Valle y Sancho Rayón. 



(*) Pág. 63 de la impresión de Bosarte. Dice un asiento del llhfo mayor, y tínico, de la 
comunidad de ladrones: «ítem: Se debe hacer un espanto al barbero valiente de la Cruz de la 
Parra. El precio es veinte ducados, EL término es todo este presente mes de agosto.» 



- 178 - 

sidió en Sevilla como arzobispo de aquella metrópoli desde 
el día 13 de diciembre de 1601 (18) hasta su muerte, acaecida 



(18) Al cardenal D. Rodrigo de Castro, memorable, no ciertamente por 
sus virtudes, sino por su carácter pésimo, su grande egoísmo, su vana ostenta- 
ción y su falta de amor á los pobres, sucedió en el arzobispado de Sevilla el 
cardenal D. Fernando Niño de Guevara, como sucede la alegre luz del dia á 
las negras sombras de la noche. Aquel prelado, cuando el miedo á la peste que 
habla en Sevilla le tenía en Ecija, pospuesto el cumplimiento de su deber, ni 
aun con su limosna acudía á los desvalidos; antes, como la Ciudad le pidiese 
algún auxilio para hacer frente i la calamidad, respondióle desde allí en carta 
de 17 de julio de 1599, excusándose de dar nada, «porque como es tan grande 
[la estrecbeza del aílo] y las rentas decimales se van cobrando tan mal por el 
impedimiento de la peste, no sé si pertenecerá tanta cantidad á mi dignidad, 
que baste á la prouision de mi casa y i los salarios y limosnas ordinarias*... 
(Archivo Municipal de Srvilla, sección 3.*, t. 3.*, n.* 24). Muerto en Sevilla 
á 20 de septiembre de 1600, la Ciudad se excusó, é hizo bien, de asistir en su 
entierro (cabildo del propio dia); y, elegido para reemplazarlo NiHo de Gueva- 
ra, «varón integérrimo en las costumbres— habla el analista Ortiz de Zúfliga — 
celoso de la verdad y del bien público, libre de su parecer, acertado y de 
gran experiencia y comprehensión en negocios, á más del fondo de sus letras», 
el mismo día (18 de junio de 1601) en que el Arcediano de Sevilla D. Andrés 
de Alcalá, tomo posesión, en su nombre, de la sede metropolitana, ofreció á la 
Ciudad, por medio del mismo su apoderado, que para este efecto entró en el 
cabildo, 2 000 ducados mensuales para ayuda de los gastos que se hacían con 
motivo de la peste (Actas capitulares de Srvilla). ¡Lo que iba de Pedro á 
Pedro...! 

Entre los papeles manuscritos de la biblioteca del difunto D. Francisco de 
Boija Palomo he encontrado una curiosa relación en verso, de letra de aquel 
entonces, A la muerte de D. Rodrigo de Castro, Arzobispo de Sevilla, y en- 
trada del limo. Sr. D. Fernando Niño de Guevara, su sucesor en el Ariobis- 
pado, y no resisto al deseo de extractar algo. Empieza: 

Rompe los líquidos air** 
El K>o trágico y funesto 
De lai parleras campanas, 
Postas del impireo cielo... 

El poeta anónimo alude chuscamente á los miedos de Castro: 

Murió el Cardenal, en fin; 
Que, como vido que el pueblo 
Se iba picando de peste, 
Púsose en salvo con tielnpo. 

El nuevo arzobispo, magnánimo como Alejandro el Grande: 

Digo que por muerte su/a 
Se eligió arzobispo nuevo, 
Y fué don Fernando Niño 
De Guevara, cuyo pecho 
Vence en liberal y Uanco 
Al Macedonio soberbio. 



- 179 - 

á 8 de enero de 1609 (19). Y ¿cuándo hubieron de llegar á las 
manos de Porras los borradores de esas novelas de Cervan- 
tes, sino cuando en aquella ciudad vivía su autor, el único que 



Su liberalidad, tal como se dice en el acta capitular que extracté arriba: 



Su viaje á Sevilla: 



Después de ser arzobispo 
De nuestro bélico asiento 
Puso sobre las estrellas 
Las borlas de su capelo; 
Supo que estaba Sevilla 
Puesta en grandísimo estrecho, 
Muy afligida de peste, 
Mal sin piedad ni remedio, 
Y, movido á compasión 
De su humilde rebañuelo, 
Para curar en su aprisco 
Contagio tan estupendo. 
Mandó dar dos mil ducados 
De sus rentas y derechos, 
Y aqueso, todos los meses, 
Mientras durase el mal fiero. 



Se partió nuestro Arzobispo 
A cumplir su ministerio 
De Valladolid, la corte 
Del gran Philipo tercero. 
Lunes cinco de noviembre, 
Día del papa San Cleto, 
Año de seyscientos y uno 
Del sagrado Naciiiiiento. 
Trayle el amor del rebaño. 
Con aguas, nieves y truenos., 



Y SU entrada en la ciudad: 

Jueves treze de diciembre, 
Cuando el aurora en las sierras... 

Repícanse las campanas, 
Que en cualquier solene fiesta 
Son las primeras que hablan. 
Por lo que tienen de hembras. ,, 

{19) Archivo parroquial del Sagrario, libro zP de Entierros, f.*' 72.— 
No he visto su testamento, pero si unos memoriales suyos ratificados poco 
antes de su muerte y protocolados como codicilo (Archivo de protocolos de 
Sevilla, oiP 15, Juan de Agreda, libro i.*^ de 1609, f.*' 57). Se había manda- 
do enterrar en el altar mayor del templo de la casa profesa de la Compañía de 
Jesús, cuyo protector era, y á la cual ó, mejor dicho, al Colegio de San Herme- 
negildo, legó 4.000 ducados de renta anua. Por otra de sus memorias dispuso 
que á todos sus criados eclesiásticos de quienes sus albaceas juzgasen no tener 
más de 200 ducados de renta eclesiástica se diesen de por vida las mismas 
raciones y salarios que gozaban en la casa del Cardenal. Y lo mismo se había 
de hacer con su antiguo mayordomo Juan Félix de Orozco, y otros tambiéq 
seglares. 



- ISÓ- 

de ellos pudo disponer á su antojo? cA la amistad de Porras 
de la Cámara con Cervantes— dice un escritor contemporá- 
neo (20)— se debió, sin duda, que aquél, atento á procurar 
solaz á su prelado y habiendo leído, con la complacencia que 
es de presumir, las tres mer.cionadas novelas, pidiese á su 
autor los borradores para trasladarlos en su Compilación de 
curiosidades españolas (21), no, seguramente, sin revelarle el 
objeto que se proponía. De él tuvo noticia Cervantes, según 
se infiere por unas palabras que puso hacia el fin de La Es- 
pañola inglesa, escrita para el cardenal Niño de Guevara, cosa 
que echó de ver en 1864 mi docto amigo el Sr. Asensio y 
Toledo» (22). 

Si algún descontentadizo preguntare por dónde el sin 
par ingenio complutense hubo de trabar esa amistad ó ese 
conocimiento con el Ldo. Porras de la Cámara, para que no 
quede sin respuesta, aunque la mía, esta vez, no tenga su 
base en lo del todo averiguado, sino en lo meramente proba- 
ble ó posible, se le podrá decir: que por los aflos de 1588 á 
1 590 vivía en la collación de San Salvador un clérigo presbí- 
tero llamado Bernardino de Cervantes (23); que un Juan de 
Cervantes tenía en 1 599 refacción de la blanca de carne entre 
el prior y canónigos, curas y capellanes de la dicha iglesia (24); 



(20) Rodríguez Marfn, El Loaysa Je *El Celoso extremffio*, pág. 25. 

(21) El lector que quisiere conocer con pormenores toda la interesante 
historia de esta Compilación puede leer el sabroso articulo que D. Julián 
Apraiz intituló Curiosidades cervantinas, y que vio la luz en el Homenaje d 
Menéndez y Pelayo en el año vigésimo de su profesorado (Madrid, 1899), 
t. I, pág. 223. 

(22) Articulo intitulado Sobre *La Española inglesa*, en los Nuevos do' 
aumentos para ilustrar la vida de Miguel de Cervantes..., pág. 59. 

(23) En 1588 se obligó con el bordador Pedro Díaz por razón de ciertas 
vestiduras eclesiásticas (Archivo de protocolos de Sevilla, oficio I.», libro 2.* 
del dicho año, f.° 474); y en los primeros meses de 1590 daba una carta de 
pago á Diego de Zufre, cabalmente el tenedor de bastimentos de las galeras, 
con quien tuvo dares y tomares el infortunado comisario de Antonio de Gue- 
vara (oficio 24, libro I." de 1590, f.* 806). Todavía lo hallo contratando 
en 1592, en el mencionado oficio i." (libro i.*, f.* 636). 

(24) Archivo Municipal de Sevilla, Libros de Propios, asiento de 1 1 de 
agosto de 1600. 



- 181 - 

que un Leonel de Cervantes percibíala, en el propio año y los 
siguientes, entre los clérigos y capellanes de la parroquia de 
Omnium Sanctorum (25), y, en fin, que un Baltasar de Cer- 
vantes tuvo derecho á la tal refacción, á lo menos, desde 1597 
á 1606, como beneficiado de la iglesia parroquial de San Isi- 
dro (26), en cuya collación vivía en 1598 y 1599 nuestro 
Miguel de Cervantes (27). Y el autor del Quijote, ¿no había 
de ser deudo, más ó menos propincuo, de alguno de los clé- 
rigos mencionados? Y siéndolo, ¿no había de tener con él si- 
quiera el poco roce necesario para que supiese que se ocupaba 
en escribir obras de entretenimiento? Y sabiéndolo, y siendo 
algo amigo, como lo sería, del popular Porras de la Cámara, 
amantísimo de las bellas letras, escritor docto y ameno (28) 
y tan allegado al arzobispo Niño de Guevara, ¿no parece 



(25) Ibid., asiento, entre otros, de i." de diciembre de 1603. — Este doctor 
Leonel de Cervantes Carvajal continuó en Sevilla hasta el año de 1606, en 
que, obtenida la maestrescolía de la Iglesia metropolitana del Nuevo Reino de 
Granada, pasó á América. Tenia entonces treinta y seis años (Archivo general 
de Indias, Casa de la Contratación, Licencias de pasajeros, 43, 6, '**/(;). 

(26) Archivo Municipal de Sevilla, Libros de Propios, asientos de 22 de 
mayo de 1597, 17 de agosto de 1601, 18 de febrero de 1605 y 1 1 de mayo 
de 1606. — Baltasar de Cervantes había cursado sus estudios en la universidad 
de Sevilla, su patria: graduado de bachiller en Artes y Filosofía á 24 de octu- 
bre de 1583, continuó estudiando esta facultad, y desde 1589 cursó la de 
Cánones, en la cual se bachilleró á 2 de octubre de 1592 (Archivo universi' 
tario de Sevilla, Grados de bachiller en todas facultades, libro 3.°, ÍS> 42; Ma- 
triculas, libro 4.°, f."* 119 V.'", 127, 135 y 277 v.'» , y Grados mayores y me- 
nores de todas facultades, libro 4.°, f.° 219 v.'" ). 

(27) Pérez Pastor, Documentos cervantinos, t. II, n.*^^ LXX-LXXII. 

(28) En la Compilación de curiosidades españolas que hizo para Niño 
de Guevara, figuraba una relación en prosa y verso de un viaje que había he- 
cho á Portugal por los años de 1592, y «en la cual— dice el Sr. Apraiz — la 
exactitud se hallaba muy bien avenida con la amenidad, y la verdad con la di- 
versión.» Además, escribió una Relación de las alteraciones que hubo en la 
ciudad de Sevilla en el año de 1521, recopiladas por el maestro Perea y redu- 
cidas á mejor estilo por el licenciado Francisco de Porras de la Cámara. Año 
de 1601 (Matute y Gaviria, Hijos de Sevilla señalados en santidad, letras, 
armas, artes ó dignidad, t. I, pág. 288), y la Relación de cierta Jiesta á imi- 
tación de vna ñaua I en la conquista de vn castillo que las nasiones francesa 
y flamenca hizieron en el Rio de Seuilla ante sus muros... en lunes 4 de 
Jullio de 1605, En el felicissimo nascimiento del Principe nro S.or Don phe- 

lippe Domingo Víctores de austria... (Alenda, Relaciones de Solemnidades y 
Fiestas públicas de España, t. I, Madrid, 1903, n.*^ 490). 



— 182 — 

natural que alguna vez se hiciese conversación en la cual, 
aposta ó por acaso, se hablara de Miguel de Cervantes y de 
sus novelas, naciendo de aquí el proporcionarlas al discreto 
licenciado y el estimarlas éste por harto dignas de la atención 
del Cardenal, y acabando por entablar con el ínclito novelista 
el trato y conocimiento que se vislumbran en uno de los últi- 
mos párrafos de La Espafwla inglesar (29). En resolución, 
estas conjeturas, ¿no parecerán siquiera bien encaminadas á 
las personas imparciales, ya que no á los cervantistas de pro- 
fesión, á los que en sólo su cervantismo cimentan su estado 
civil literario, pues á éstos, con excepciones contadísimas, les 
parece disparatado é inverosímil todo lo que ellos no acerta- 
ron á discurrir, ó no se impusieron el penoso trabajo de ave- 
riguar? 

Por lo que toca al tiempo á que Cervantes quiso referir 
la acción del Rinconete, poco podré añadir á lo que sobre este 
punto manifestó cuatro años há el autor de El I^aysa de tEl 
Celoso extremeño» (30). Dijo: tKn el manuscrito misceláneo 
de Porras de la Cámara la novela Rinconete y Cortadillo tenía 



(29) Aquellos que dicen: «Todas estas razones [las de Ricaredo, cuando 
apareció en la iglesia de Santa Paula, de Sevilla] oyeron los circunstantes y el 
asistente y vicario y provisor del Arzobispo, y quisieron que luego se les dijese 
qué historia era aquélla... Lo mismo hicieron los dos señores eclesiásticos, y 
rogaron á Isabela pusiese toda aquella historia por escrito, para que la leyese 
su señor el Arzobispo, y ella lo prometiót. «Uno de estos eclesiásticos es, sin 
duda, el licenciado Porras de la Cámara», afirmaba D. Luís Fernández-Guerra 
en su estudio intitulado D.Juan Ruit de A ¡arcan y Mendoza (Madrid, 187 1 ), 
pág. 48. El autor de El Loaysa de *El Celoso extremeño* advertía (págs. 235 
y 236) que, «sobre que estas señales no tienen traza de inventadas, hay otras 
por donde, sin pecar de muy crédulo, puede inferirse ser verídico en cnanto al 
fondo el asunto de La Española inglesa*. Y recordaba el pormenor de haber 
alquilado los padres de Isabela una casa principal enfrente de Santa Paula «por 
ocasión que estaba monja en aquel santo monasterio una sobrina suya, única y 
extremada en la voz... y que para conocella [Ricaredo] no había menester más 
de preguntar por la monja que tenía la mejor voz...», y aquella reiteración de 
«se piensa que aún hoy vive en las casas que alquilaron frontero de Santa 
Paula, que después las compraron de un hidalgo húrgales que se llamaba Her- 
nando de Cifuentes...>, señales todas de la certeza de los hechos, pues, ¿á qué, 
si no, podía conducir el relato de estos pormenores? 

(30) Págs. 226-233. 



- 183 — 

el epígrafe siguiente, que copió Bosarte al darla á luz en el 
cuaderno IV de su Gabinete de lectura española: <í Novela de 
•» Rinconete y Cortadillo, famosos ladrones que hubo en Sevilla, 
y>la qual pasó asi en el año de /5<5p.» Y este año, y no otro dis- 
tinto, se vuelve á citar al principio de aquel texto: «...un día 
»de los calurosos del verano del año 1569...» Por la repetición 
parece que no hubo error en la cita; con todo, húbolo, á no 
dudar, y no ya de Bosarte, pero del mismo beneficiado Porras, 
de cuya mano estaba copiada esta novela. El año que fijó 
Cervantes no pudo ser sino el de 1589, y la forma que el 
autor, ó alguno de los que copiaron su obrita, diese al guaris- 
mo 8, no muy difícil de confundir con el 6, con sólo acortar 
uno de los trazos de la mitad superior de aquél, hubo de mo- 
tivar el yerro. Digo en redondo que tal año no pudo ser sino el 
de 158^, lo uno, porque la acción de Rinconete y Cortadillo, 
juzgando por todas las pintas, sucede al propio tiempo que lo 
del alguacil y los seis famosos rufos del Coloquio de Cipión y 
Berganza, y sabido es que esto pasaba el dicho año, único en 
que D. Juan Sarmiento de Valladares fué asistente de Sevilla; 
y lo otro, porque por referencia digna de crédito consta que 
en esta aludida época había en la metrópoli andaluza «cofra- 
»día de ladrones, con su prior y cónsules, como mercaderest, 
cosa que, sin robustas pruebas (y ni endebles las hay) no se ha 
de admitir que acaeciese asimismo veinte años atrás; amén de 
que no habiendo residido Cervantes en esta ciudad por los 
años de 1569, y sí cuatro lustros míís tarde, mejor ha de pre- 
sumirse que para bosquejar la vida de la hampa hubo de tener 
en cuenta lo que indudablemente observó y estudió á vista 
de ojos, que no lo que por meras y siempre defectuosas y des- 
vanecidas referencias llegase mucho después á sus oídos. 

»Más prolija explicación han menester mis afirmaciones, 
y voy á darlas; que no duelen prendas á quien se tiene por 
buen pagador. En el Coloquio de Cipión y Berganza cuen- 
ta éste que, representada en mitad de la calle por su amo el 
alguacil la bien urdida farsa de su valentía, pasóse en dar 



— 184 - 

vueltas á la ciudad, para dejarse ver, lo que del día quedaba, 
«y la noche — añade luego— nos halló en Triana, en una calle 
«junto al molino de la pólvora; y habiendo mi amo avizorado 
»(como en la jácara se dice) si alguien le veía, se entró en una 
icasa, y yo tras él, y hallamos en un patio á todos los jayanes 
ide la pendencia...., y uno, que debía de ser el huésped, tenía 
«un gran jarro de vino en la una mano, y en la otra una copa 
•grande de taberna.... Finalmente, vine á entender.... que el 
» dueño de la casa, á quien llamaban Monipodio, era encubri- 
»dor de ladrones y pala de rufianes...» Ahora bien, este Mo- 
nipodio, asistente, por decirlo así, de los sevillanos de rapiña 
cuando lo era de la ciudad el Ldo. Sarmiento de Valladares, 
es el Monipodio mismo y mismísimo ante quien, apenas lle- 
gados á la ciudad del Betis, se registraron como cofrades Die- 
go Cortado y Pedro del Rincón, mozos entrambos muy más 
que bachilleres en artes (en malas artes, digo), reconociéndolo, 
como los demás de aquel claustro y gremio, por su padre, su 
maestro y su amparo, previas las formalidades, pruebas y ce- 
remonias que eran uso y costumbre en la archihonrada co- 
fradía. 

»Y en lo tocante á haber existido en Sevilla, por los 
años de 1589, sociedad como la presidida por Monipodio, ya, 
hacia el año de 1 592, lo dijo D. Luís Zapata, el autor del 
Cario Famoso^ en su sabrosa Miscelánea (3 1), por estas frases, 
que muchas veces han transcrito los biógrafos de nuestro in- 
mortal novelista (32): «En Sevilla dicen que hay cofradía de 
» ladrones, con su prior y cónsules, como mercaderes; hay de- 
spositario entre ellos, en cuya casa se recogen los hurtos, y 
>arca de tres llaves, donde se echa lo que se hurta y lo que 
>se vende, y sacan de allí para el gasto y para cohechar los 
• que pueden para su remedio, cuando se ven en aprieto. Son 



(31) Publicada en el Memorial Histórico Español, t. XI, Madrid, 1859. 
{32) El primero entre ellos, D. Juan Antonio Pellicer, en su Vida de C(r' 
vantes. 



- 185 - 

jmuy recatados en regibir, que sean hombres esforgados y 
«ligeros, cristianos viejos; no acogen sino á criados de hom- 
»bres poderosos y favoregidos en la ciudad, ministros de justi- 
»cia, y lo primero que juran es esto: que aunque los hagan 
«cuartos pasarán su trabajo, mas no descubrirán los compa- 
X ñeros; y ansí, cuando entre gente honrada falta algo que 
í dicen que el diablo lo llevó, levántanselo al diablo, que no lo 
» llevó, sino alguno déstos; y de haber la cofradía es cierto, y 
í durará mucho más que la Señoría de Venecia, porque aun- 
>que la justicia entresaca algunos desdichados, nunca ha lle- 
jgado al cabo de la hebra» (33). Pero ¿á qué esforzarme en 
demostrar con textos ajenos lo que con los propios de Cer-r 
vantes puede patentizarse de sobra? Averiguado que en 1589 
acaeció, ó el autor supone acaecida, la riña de aquel miles 
gloriosus de alguacil y la cena en casa de Monipodio, cosas 
ambas á dos que en el Coloquio de los Perros cuenta Berganza, 
y sabido que en Rincotiete y Cortadillo el tal Monipodio, tipo 
á todas luces copiado del natural, «parecía de edad de cua- 
» renta y cinco á cuarenta y seis años», á referirse al de 1 569 la 
acción de esta novela (34), habría que admitir que el tuautem 
de la canalla hampona éralo todavía al frisar con los sesenta 
y seis, edad más á propósito para estar jubilado, ó, á lo sumo, 
para oficiar de abispón, que no para proseguir desempeñando 
el cargo de mayoral y faraute ladronil de Babilonia, cuyo di- 
fícil y arriesgado ejercicio, al par que mucha ciencia y larga 
experiencia, requería grande vigor intelectual y lozanos bríos 
corporales, así para hacer cara á los de fuera en cualquier 
lance apretado que se ofreciese como para conservar entre los 
de dentro la fuerza moral que tanto ha menester el que man- 



(33) Aquí, por nota, puso Rodríguez Marín, ladeadas en dos columnas, 
muchas referencias de Zapata y muchas indicaciones de Riticonete y Cortadillo: 
las que bastan y sobran para probar lo que se proponia. 

(34) Ha tenido mala suerte la clara indicación que del año hizo Cervan- 
tes: Porras de la Cámara lo equivocó, escribiendo ¡Soy; Ticknor lo volvió á 
equivocar, escribiendo 1563: á lo menos, así se lee en la traducción de Gayan- 
gos y Vedia, t. II, pág. 221. 

13 



- 186 — 

da, mayormente si los que han de prestar obediencia son 
turba rahez de bellacos y malandrines. Visto es, pues, que en 
\ 1589, y no veinte años atrás, sucede la acción de la novela 
Rinconete y Cortadillo, y visto también que tipos, costumbres 
lugares, sucesos, y, en una palabra, todo lo que hay en ella 
está tomado de la realidad directamente, tratando con aque 
líos bribones, por observador tan perspicaz y tan rico de en 
tendimiento y de fantasía como Miguel de Cervantes Saa 
vedra. » 

La conjetura que en los párrafos transcritos expuso el 
autor de El Loaysa ha parecido muy digna de tomarse en con- 
sideración al notable hispanista Sr. Fitzmaurice-Kelly (35), aun 
siendo, como es, y dígolo en elogio de su buena conciencia, 
harto descontentadizo en toda materia literaria ó histórico-lite- 
raria; pero todavía, á saberlas, el citado escritor andaluz pudo 
añadir dos interesantes noticias sevillanas referentes al tal 
año de 1589, y que demuestran cómo andaba entonces la se- 
guridad pública. El Ldo. Sarmiento de Valladares, asistente 
de Sevilla en aquel tiempo, era hombre de muy desmedido 
amor propio; y, haciéndose creer á sí mismo que tenía á la 
población como una balsa de aceite, todo, sin embargo, an- 
daba tal, que no podía andar peor. En cabildo de 5 de mayo 
el jurado Diego Ferrer dijo, y era cierto, que capeaban en 
muchas calles de la ciudad ty en casas particulares, así cris- 
tianos viejos como moriscos»; pero el asistente, oída esta de- 
nuncia, tomóla por ofensiva para su autoridad, como denun- 
ciadora de su poco celo, y, poniéndose, sin quererlo, de parte 
de los capeadores, mandó que Ferrer diera información ante 
él de lo que había dicho, «y declare las casas y calles y per- 
sonas á quien se ha capeado, y de cuánto tiempo acá, con 
apercibimiento de proceder contra él» (36). Por otra parte, el 



(35) En su introducción á la citada versión inglesa de las Novelas ejem- 
plares, págs. XXI-XXXIII. 

(36) Archivo Municipal de Sevilla, Actas capitulares.— Que este mal no 
se había corregido aún al año siguiente sabérnoslo por Bartolomé de Góngora, 



— 187 - 

alguacil de los vagamundos, de quien decía Monipodio «que 
es amigo y nos hace mil placeres al año», y «más disimula 
este buen alguacil en un día, que nosotros le podemos ni so- 
lemos dar en ciento», era en 1589 Juan de Embarrada, sólo 
bueno, según he columbrado, para embarrar y manchar toda 
noción, diseño ó sombra de justicia. Pidió su salario á la 
Ciudad á fines del propio año de 1589 (37), y el celoso jurado 
Diego Ferrer se opuso terminantemente á que se le diera, 
porque á sus antecesores Matute y Madrid no se les pagó 
nunca, pues con el oficio habían ganado de comer, «demás 
de queste alguagil que pide este salario hace ofigio de algua- 
gil de la justigia j cada día trae gran suma de presos porque 
le valgan dinero...^ De suerte que Embarrada echaba en pri- 
sión á los hombres de bien, porque le valieran dinero, y en- 
tendíase á las mil maravillas con los rufianes y ladrones. 

Así de este buena púa de alguacil como de los demás di- 
versos tipos de la interesantísima germanesca sevillana, si difi'- 



quien, al f." 55 de su libro inédito intitulado El Corregidor sagaz, que extrac- 
tó Gallardo (Ensayo..., t. IV, col. 1.191) decía: «Estando yo en Sevilla por los 
años de 1590, á los doce de mi edad, siendo asistente D. Francisco de Carva- 
jal, del hábito de Calatrava y señor de Torrejón de Velasco, andaban de noche 
por la ciudad una docena de capeadores...» En efecto, por el año que cita, Car- 
vajal habia reemplazado en la asistencia á Valladares. Pero no en todo su libro 
parece decir verdad Góngora, ó no la dijo en todos sus recaudos para pasar á 
la Nueva España, con los cuales, buscando otras cosas, he tropezado poco há 
(Archivo general de Indias, Licencias de pasajeros, 43, 6, *^^Vii> "-^ 62). Por 
varias indicaciones de su libro se viene en conocimiento de que Góngora era 
ecijano y había nacido en 1578. Según el mencionado expediente, era natural 
de Sevilla y había nacido en 1570. Bien que lo de fingir la patria pudo obede- 
cer al deseo de ahorrar trámites. Su mujer, que fué á Indias con él, se llamaba 
María de Treseño. Despacháronse, como Mateo Alemán, en 1607; pero la 
flota no salió hasta la primavera de 1608. Góngora navegó, como él lo dice, 
en compañía del autor del Guzmán de Alfarache: en la nao de que iba por 
maestre Tomé García. El insigne dramaturgo Ruiz de Alarcón pasó á la Nueva 
España en la misma flota, sí, pero en nao distinta: en la de que era maestre 
Diego Garcés: no pudo, por tanto, ir «oyendo y tratando de cerca, en la intimi- 
dad de un bajel... al insigne sevillano Mateo Alemán», contra lo que gallarda- 
mente fantaseó D. Luis Fernández-Guerra en su deliciosa biografía del lucido 
ingenio mejicano. 

(37) Archivo Municipal de Sevilla, Actas capitulares, cabildo de 29 de 
diciembre de 1589. 



- 188 - 

ciles de estudiar, todavía más difíciles de representar al vivo, 
haciéndoles vestir sus trajes, y pensar á su modo, y hablar en 
su jerga, y lucir sus ademanes, sus gestos, sus metáforas y en- 
carecimientos propios, y celebrar sus peregrinos conciliábulos 
para tratar de la pro común de la taifa, común daño, á la vez, 
de aquella sociedad mal regida, hizo el portentoso escritor en 
su breve novela de Rinconete y Cortadillo una serie de gentiles 
cuadritos de género, llenos de jugosa gracia, ricos de vida, 
y lozanos de color, sin perjuicio de \dijusttsa, como represen- 
taciones fieles de una vasta aglomeración de gente perdida, 
sin otra ley que su desaforado antojo, sin otro poder que 
su audacia y su astucia, y sin otro caudal ni otras preseas 
que lo ajeno; pero no estudiada al través del prisma psicoló- 
gico, que vuelve tristona toda luz, ni por la lente de la ética, 
que suele hacer ver negras como el carbón aun cosas que 
muchos hombres honrados diputan por meramente grises, sino 
contemplada á luz y ánimo abiertos, á vista franca, con ojos 
de artista y con espíritu benévolo, regocijado y humanísimo. 
San Francisco de Asís, el incomparable santo del amor y de 
la terneza, llamaba hermanos y amaba como hermanos hasta 
á los animales dañinos; Cervantes, por limado y suavizado en 
el asperón de la desgracia, y por naturalmente bueno y na- 
turalmente fino de percepción, sabía también hallar en toda 
\ criatura algo por donde considerarla como estimable y digna 
de cariño. No de otra suerte las abejas sacan rica miel de las 
florecillas más humildes. Esto, que yo no logro expresar tan 
bien como lo hallo en mi pensamiento, fué sabiamente discu- 
rrido y con pasmoso acierto explicado, en frases redondas y 
concretas, por mi insuperable maestro D. Marcelino Menéndez 
y Pelayo, cujus non siim dignus corrigiam calceamenti solvere. 
En su notabilísimo Discurso acerca de Cervantes y el t Quijo- 
te*, leído en la Universidad Central el día 8 de mayo de este 
año de 1905, después de observar, con su admirable tino de 
siempre, que la novela picaresca es independiente de Cervan- 
tes, el cual <no la imita nunca, ni siquiera en Rinconete y Cor- 



- m - 

tadillo^ que es un cuadro de género, tomado directamente del 
natural, no una idealización de la astucia famélica como Laza- 
rillo de Tormes, ni una profunda psicología de la vida extra- 
social como Guzmán de Alfarache», añadió estas hermosas 
expresiones, que, á la hora de imprimir, intercalo en mi texto, 
porque me parecería irrespetuoso relegarlas al lugar de las no- 
tas: «Corre por las páginas de Rinconete una intensa alegría, 
un regocijo luminoso, una especie de indulgencia estética que 
depura todo lo que hay de feo y de criminal en el modelo, y, 
sin mengua de la moral, lo convierte en espectáculo divertido 
y chistoso. Y así como es diverso el modo de contemplar la 
vida de la hampa, que Cervantes mira con ojos de altísimo 
poeta y los demás autores con ojos penetrantes de satírico ó 
moralista, así es divergentísimo el estilo, tan bizarro y desen- 
fadado en Rinconete, tan secamente preciso, tan aceradamente 
sobrio en el Lazarillo, tan crudo y desgarrado, tan hondamen- 
te amargo en el tétrico y pesimista Mateo Alemán, uno de 
los escritores más originales y vigorosos de nuestra lengua, 
pero tan diverso de Cervantes en fondo y forma, que no pare- 
ce contemporáneo suyo, ni prójimo siquiera.» 

Por esto Cervantes fué, mucho más que Alemán, un fervo- 
roso enamorado de Andalucía: toda ella, con sus donairosos 
tipos, con sus escenas animadas, con sus pintorescos lugares, 
con sus interesantes cuentecillos y tradiciones, alienta y palpita 
con gran pujanza en las obras del autor de El Ingenioso Hidal- 
go. Y así como en Rinconete y Cortadillo nada falta de la Sevilla 
holgazana, maleante y germanesca, ^qué recuerdos de la mis- 
ma gran ciudad, «lugar tan acomodado á hallar aventuras, 
que en cada esquina se ofrecen más que en otro alguno» (38), 
no andan diseminados en las páginas del Coloquio de Cipión 
y Bergánza, de El Celoso extremeño y de La Española ingle- 
sa, y en las escenas de sus obras teatrales El Rufián dichoso 
y El Rufián viudo? Pues en el Quijote ¿no se mienta á Sevilla 



(38) El Ingenioso Hidalgo, parte I, cap. XIV. 



— Í90 — 

ttiuy frecuentemente? De dónde sino de su barrio de la Feria 
ó de Omnium Sanctorum eran dos de aquellos calafates que 
mantearon al buen Sancho? (39) ¿De dónde el puftalero Ra- 
món de Hoces, recordado por el mismo (40), y el loco que 
hinchaba los perros (41), y el gorrero Triguillos, á quien la 
postiza madre de Preciosa dio la broma más hidráulica de 
que hay memoria en todo el mundo? (42). La famosa Giralda 
más de una vez se columbra, gallarda y esbelta, en las pági- 
nas del libro sin par (43). Y del celebérrimo Compás, de la 
renombrada mancebía hispalense, no se diga: era uno de los 
lugares más señalados del mapa de la picaresca y Cervantes 
lo menciona en el Quijote (44), en el Viaje del Parnaso y en 
algunas de sus obras cómicas. 

No hay menos recuerdos de Córdoba en la incomparable 
novela cervantina: á la nada buena obra de mantear á Sancho 
coadyuvan dos agujeros del Potro (45); cordobeses son, á no 



(39) El Ingenioso Hidalgo, parte I, cap. XVII. 

(40) /¿/rf, parte II, cap. XXIII. 

(41) Ibid., parte II, prólogo. 

(42) La Gitanilla. — Este Triguillos, sevillano, debió de alguacilear á ca- 
ballo antes de andarse á hacer gorras. A lo menos, Triguillos, como éste, se 
llamaba un alguacilillo, ó cosa asi, á quien conoció Vicente Espinel cuando 
pasó una larga temporada en la metrópoli andaluza (1578), y á quien aludió 
en su Sátira contra las damas de Sevilla, citada ya en algunas notas del pre- 
sente estudio: 

Para mi humor es cosa milagrosa 
Yer á Triguillos puesto á la giaeta, 
A quien la brida nunca fue enfadosa. 

Un Luis de Triguillos, probablemente el mismo á quien aludieron Cervantes y 
Espinel, porque este apellido era harto raro, otorgaba escrituras en aquella 
ciudad por los años de 1598 (Archivo de protocolos de Sevilla, oí." 16, 
libro 2.° del dicho año, folios 309, 410 y 1.086). No he leido estas escrituras. 

(43) El Ingenioso Hidalgo, parte II, caps. XVI y XXII. 

(44) Ibid., parte I, cap. III. 

(45) Ya á principios del siglo XVI tenía fama el barrio del Potro por la 
mala gente que en él vivía. Asi D Juan de Padilla, el Cartujano, hacia decir á 
un baratero (Los Doce triunfos de los doce Apostóles, Sevilla, Tuan Vare- 
la, 1521, triunfo II): '' 

Y este que viene conjunto á mi lado 
Es cordobés de natura mestizo, 
El cual en el Potro de Córdoba hizo 
Tales reñegos, que fué desterrado, 
Con un jubón á su cuerpo hechizo. 



— 191 - 

dudar, aquellos finos amantes Luscinda y Cárdenlo; en más 
de un pasaje se encarece la justa fama de los caballos de 
aquella tierra (46); del odioso caño de Vecinguerra se hace 
memoria en otro lugar (47); cordobés era el loco que desper- 
taba con un canto (no musical ni de tierna hogaza) á los pe- 
rros vagabundos (48), fuese ó no este loco el Luís López á 
quien Cervantes mentó en el prólogo de sus Comedias y en- 
tremeses, ya que parece ser distinto de aquel Olivera que otros 
escritos mencionan (49). Y así de toda Andalucía: en Osuna 
se desembarcó la princesa Micomicona (50), que, como el lec- 
tor sabe, no era otra que Dorotea: la seducida en su propia 
casa por el menor de los dos hijos de un duque que tomaba 
su título de un lugar de esta región: de Osuna; graduados por 
Osuna eran el antes aludido loco de Sevilla y el Dr. Pedro 
Recio de Tirteafuera (51), y á Estepa y Osuna se refiere el 
famoso todo en Las dos Doncellas (52), cuya acción principia 
en un mesón de Castilblanco. 

¿Otros sitios y lugares andaluces? Tópalos el lector á 
cada triquitraque; chispa menos que á la vuelta de cada hoja: 
acá se menciona como el finibusterre de la picaresca la alma- 
draba de Zahara (53), y allá, la deleitosa é inolvidable playa 
de Sanlúcar (54); en tal lugar del Quijote^ la renombrada sima 



Esto es, después de darle un buen jubón de azotes, como llamaban á la tanda 
y tunda dada por mano del boche. 

(46) El Ingenioso Hidalgo, parte I, caps. XV" y XXIV. 

(47) Ibid, parte II, cap. XXII. 

(48) Ibid., parte II, prólogo. 

(49) Véase Gallardo, Ensayo..., t. I, n." 598. — En un curioso inventario 
de los bienes de Felipe II hay noticia del famoso loco cuyo cadáver fué ente- 
rrado, según Cervantes, entre los dos coros de la Iglesia Mayor de Córdoba: 
«Otro Retrato en tabla, de Pincel, de Luis López, loco, que tiene de alto...» 
(Espinosa y Quesada, ó sean D. Manuel R. Zarco del Valle y el Conde de las 
Navas, Cosas de España, Sevilla, Rasco, 1891, pág. 98). 

(50) El Ingenioso Hidalgo, parte I, cap. XXX. 

(51) Ibid., parte IL cap. XLVII. 

(52) Véase El Loaysa de lEl Celoso Extremeño», págs. 237 y 238. 

(53) La Ilustre Fregona. 

(54) El Ingenioso Hidalgo, parte I, cap. IIL 



- 1^2 - 

de Cabra (55), y la Rondilla de Granada en tal otro (56); en un 
capítulo, los Bancos de Flandes (57), que, á mi juicio, son 
diferentes de los que hasta aquí entendieron los comentadores, 
(y será bueno aguardar á ver qué dice de ellos, comentando, 
el Sr. Cortejen), y en otro capítulo, los Percheles de Málaga y 
las islas de Riarán, otras universidades picarescas (58); allí, el 
puerto de la Herradura, á ocho leguas de Vélez Málaga (59), 
y acullí, la cuesta de la Zambra, en el camino de Málaga á 
Antequera, (60), también mencionada por el rondeño Espi- 
nel (61). ¿Cosas tocantes á la bucólica? Enseguida vicnense á 
la memoria, y doy al diablo las citas, los bodegones sevillanos 
y malagueños, y los garbanzos de Martos, y el jamón de 
Rute, y las perdices de Morón, y las blancas hogazas de Gan- 
dul, y los molletes y mantequillas de la gran ciudad del Betis, 
y los vinos de Cazalla, Alanís y Guadalcanal... Y si vamos á 
sucesos, personas y objetos memorables, fuera de los que 
antes nombré, por un lado colúmbrase pintorescamente la 
fiesta de Nuestra Set^ora de la Cabeza, en Andújar (62); por 
otro, entre las sombras de la noche, la temerosa aventura del 
cuerpo muerto (63), que alude, como es sabido, á la furtiva 
traslación desde Ubeda á Segovia de los restos de San Juan de 
la Cruz; por allí mismo, cómicamente, echando, al pintar, por 
los cerros de Ubeda (64), el celebérrimo pintor Orbaneja, que 
en Ubeda solía estar (65); y de Antequera, el alcaide Rodrigo 
de Narváez {66), doña Molinera ^"j) y Carrascosa, padre de 

(55) El Ingenioso Hidalgo, parte I, cap. XIV. 

(56) Ibid , parte I, cap. III. 

(57) Ibid., parte II, cap. XXI. 

(58) Ibid., parte I, cap III. 

(59) /bid., parte II, cap. XXXI. 

(60) El Licenciado Vidriera. 

(61) Relaciones de la vida del escudero Marcos dt Obregón, relación I, 
descanso XVII. 

{62) Per siles y Sigismundo, libro III, cap. VI. 

(63) El Ingenioso Hidalgo, parte I, cap. XIX. 

{64) Ibid., parte II, cap. XXXIII. 

{65) Ibid., parte II, cap. LXXI. 

(66) Ibid., parte I, cap. V. 

(67) Ibid., parte I, cap. III. 



- I9á - 

las mujeres del Compás (68); y en Montilla, la Cañizares y la 
Montiela, aprovechadas discípulos de aquella retehechicera y 
archibruja á quien llamaron la Camacha (69)... Y ¿dónde de- 
jaremos á los del pueblo de la Reloja (70), del cual no logra- 
ron averiguar pizca Clemencín ni otros comentadores de El 
Ingenioso Hidalgo? Pues sépase, ya que no el nombre del tal 
pueblo (que será bueno callarlo, por no agraviar), que es anda- 
luz, y que le pusieron el dicho mote porque, habiendo pedido 
el cura un reloj para la torre de la iglesia, el cabildo del lugar 
tuvo por bien que se encargara á Sevilla; pero no reloj, ahí 
como quiera, sino ^reloja, y prcñaita^, para vender luego los 
relojillos que pariese, y proporcionar esa entrada al arca del 
concejo, c^ 

Pero volvamos, que ya es más que justo, á la bellísima 
novela de Rinconete y Cortadillo y á la merecida alabanza de 
la admirable habilidad con que su autor, en sólo una veintena 
de hojas (71), pintó, como de su mano, aquella caterva de 
bribones de la cual era cherinol y padre el nunca bastante- 
mente loado Monipodio, á quien, sin pecar de injustos, se 
puede enaltecer con la primera frase que Orlando Furioso 
dedicó á D. Quijote en los preliminares de El Ingenioso Hi- 
dalgo: 

«Si no eres par, tampoco le has tenido.» 

Encareciendo el sabio maestro D. Marcelino Menéndez 
y Pelayo lo mucho que de supersticiones populares sabía y 
puso en sus obras aquel soberano ingenio peninsular autor 
de la Rubena, dice (72): «Es tal lo concreto y preciso de los 
detalles, que hace sospechar en Gil Vicente procedimientos 



(68) El Rufián dichoso, jornada I. 

(69) Coloquio de Cipión y Bergama. 

(70) El Ingenioso Hidalgo, parte II, cap. XXVII. 

(71) Veintiuna tiene en la edición principe (Madrid, Juan de la Cues- 
ta, 16 1 3): desde el folio 66 al 86 inclusive. 

(72) Antología de poetas líricos castellanos desde la formación del idio- 
ma hasta nuestros días, prólogo del t. VII, pág. CXVI. 



- 194 - 

análogos á los que en nuestros días empleó Jorge Borrow 
para hacerse dueño de la lengua de los gitanos y tan consu- 
mado en la noticia de sus costumbres. No se llega á saber 
tanto sin mucha familiaridad con el objeto conocido.» Pues 
eso propio, mutatis inutandis, puede decirse del autor de Rin- 
coñete y Cortadillo, como indiqué pocas páginas atrás. En sus 
largas estancias en la gran ciudad andaluza, de la cual hizo 
decir á uno de los interlocutores de su comedia El Rufián 
dichoso (73), 

Que es tierra do la semilla 
Holgazana se levanta 
Sobre cualquiera otra planta 
Que por virtud maravilla, 

Cervantes anduvo, no hay que dudarlo, junto á aquellos perdi- 
dos, y trató con ellos, y estudió muy de cerca su habla, sus 
modales, sus costumbres, sus estatutos y preináticas, todo lo 
birlesco y lo rufianesco, en fin, hasta pertrecharse á su gusto, 
ó documentarse (como ahora dicen), con cuanto había menester 
para escribir su tan deliciosa obrita, enteramente tomada del 
natural, de la realidad contemplada á vista de ojos, y no al 
través de lecturas y referencias. De ahí la asombrosa propie- 
dad de la bizarra novela, hasta en sus más mínimos porme- 
nores; de ahí su perfecta concordancia con cuanto se averi- 
gua y se sabe de la vida sevillana de aquel tiempo. Y para 
saberlo y averiguarlo no había de contentarme con cuatro 
libros que andan en manos de todos y contienen hasta seis 
docenas de noticias hispalenses útiles, sino con emprender y 
efectuar un penoso trabajo de investigación y reconstitución 
histórica, que, contra lo que alguien podrá imaginar, no huel- 
ga en el presente estudio, y que llevé á cabo (con mejor de- 
nuedo que aptitud) en las tres partes primeras de esta mi 
deshilvanada disertación, como tínico medio eficaz y seguro 
de comprobar á conciencia si Cervantes inventó ó copió en 

(73) Jornada I. 



— 195 — 

su Rinconete, y de aquilatar, en este último caso, el mérito 
del artista, por el mayor ó menor parecido que hubiese entre 
la pintura y el original. 

Y de cierto el inmortal novelador logró enteramente su 
propósito. Muy hábil, como siempre, estuvo en la de los per- 
sonajes, figuras curiosísimas, entresacadas de toda la pintores- 
ca variedad que ofrecía el extenso campo de la vida hampona 
y perdularia. Toda aquella vida palpita, bullidora y pujante, 
en las páginas del Rinconete. ¿Muchachos tan simpáticos y 
graciosos como listos de alma y de cuerpo, y en quienes se 
daban amistosamente las manos, al acabar de verse juntos y 
muy poco antes de separarse para siempre jamás, el candor 
y la malicia? Allí están Ganchuelo, Tagarete, Silbatillo, y, en 
especial, Cortado y Rincón, los dos gentilísimos héroes de 
la linda novela. ¿Gente del bronce y de pelo en pecho, buena 
para decir y hacer, hombrialzada, cejifruncida, ojifosca, em- 
pinada de bigotes, hueca de voz y azumbrada de palabra, con 
media Vizcaya en la \Jtvcy\AQ joyo'sa y en el tremendo pistole- 
te? Allí, para eso, tales que ni pintados, Maniferro, Chiquiz- 
naque y el cruel Repolido, todos flor y nata de la matonería 
andante y piante. ¿Damas de medio manto, tan vistosas como 
el diablo había menester, untados de mejunjes los rostros y 
enjalbegados con albayalde los pechos, por blasón y por quinta 
esencia de la burdelesca hermosura? Pues allí, para escoger, 
como entre peras, la Cariharta, la Escalanta y la Ganancio- 
sa, bien que esta última se aventajase á las demás en limpieza 
y ganancia, al decir del padre Monipodio, de donde su ex- 
presivo mote. ¿Partes de por medio y comparsas? Amén de 
los harrieros y viandantes que asoman junto á la venta del 
Molinillo, y de otras contadas personas de la sociedad ancha, 
como el sacristán que deja la bolsilla entre las uñas de Cor- 
tado y el equívoco galancete pagador de chirlos, toda una ca- 
bal representación de la germanesca arrufada y garbeadora: 
mozos de la esportilla, estudiantazos brodistas vacilantes entre 
gorra y garra, graves y sesudos abispones antojados ó anto- 



josos de nariz y antojadizos de condición, alguaciles y cor- 
chetería menuda, que todo, bien mirado, era de la espuma 
de lo birlesco, y, en fin, fulleros vagamundos, pintiparados 
para hacer ver estrellas á mediodía, en un volver de baraja, á 
treinta ciegos a nativitate. Y ¿qué decir de la Pipota, vieja 
borracha, beata ladrona, nieta, á no dudar, de Celestina, ni 
qué del incomparable cherinol Monipodio, único y solo en 
toda la redondez del mundo, como el portentoso fénix de la 
fábula? No toquen dedos humanos á esas dos magistralísimas 
figuras; no ose mi pluma, ni en reseña de apologista, trazar 
una tilde que las desluzca y profane: creaciones de ese mérito 
deben contemplarse como los judíos contemplan los vetustos 
códices bíblicos: en silencio y cruzadas las manos sobre la es- 
palda. Jamás fueron tan cuasi sinónimos escribir y pintar como 
cuando el gran Cervantes compuso el Rinconete: Velázquez 
mismo, llevando á diez ó doce de sus lienzos aquellas figuras 
y aquellas escenas, no habría hecho nada tan natural, ni tan 
gracioso y regocijado, ni tan pintoresco, ni, para decirlo de 
una vez, tan admirable por todos estilos. 

Pues si en los nombres y apodos reparamos, nada dejan 
que desear los que á los personajes ó personillas del Rinconete 
puso el gran Cervantes, maestrísimo, como en todo, en el 
bautizar de sus criaturas novelescas. Aparte algunos que esco- 
gió entre los usuales de aquella gente, como la Escalanta, 
apellido con terminación femenina y que solía abundar en el 
mesón del diablo (74), los demás, cuáles inventados y cuáles 
recogidos, son oportunos y significantes como ellos solos. Así 
Lobillo, por lo rapaz (75); Ganchuelo, que agarra como gan- 



(74) Cervantes dio este mismo apellido á una de las mujeres que figuran 
en su Entremés del Rufián viudo. También se llama asi una marquida de quien 
se hace mérito en el Romance de la descripción de la vida airada (Roman- 
ces de germania, pág. 49 de la edición de 1799;: 

Montea me hizo este agravio, 
Por su colma la Escalanta. 

(75) Otro Lobillo sacó Cervantes en la jornada primera de El Rufián 
dichoso. 



— 197 — 

cho, ó Ganchoso, que engancha (76); Silbato^ por ser chico, 
estar muy á mano y servir para avisar ó llamar; Chiquizna- 
que, dicho quizás de chiqíiichaque, jayán aserrador de made- 
ros, más bien que de aquel otro vocablo despectivo ñiquiña- 
que, sujeto despreciado de todos {j"])'^ Maniferro^ por alusión 
á que tenía una mano postiza, en lugar de otra que le cortó el 
bederre; Cariharta, por tener, ó harto rostro, ó cara de alboro- 
zada y satisfecha; Repolido, por lo nimiamente pulcro y acicala- 
do (78), y Tagarete, arroyo nada limpio que entra y se pierde 
en el ancho Guadalquivir, y cuyo nombre era muy apropósito 
para un humilde muchachuelo que, acabado de soltar el cas- 
carón, entra y se pierde, asimismo, en el mar de la germanía, 
en donde desembocaban, con sus aguas revueltas é impetuo- ¡y^ 
sas, ríos tan caudales como los Repolidos, Chiquiznaques y 
Maniferros. Y la vieja halduda y rezadora que se compadecía 
tanto y cuánto de aquellos pobrecitos ladrones, que, ijadeando 
y corriendo agua de sus rostros cuando trajeron en volandas, 
atestada de ropa, la canasta de colar, «parecían unos angéli- 
cos», la brava catadora de vinos que, tomando de manos de 
la Escalanta, lleno del trasañejo de Guadalcanal, aquel grande 
corcho en que cabía entera un azumbre, y soplándole la espu- 
ma, por huir de pompas y vanidades, dice piadosamente que 
«Dios dará fuerzas para todo» y, ya resignada, trasiega del 
corcho al estómago, «de un tirón y sin tomar aliento», los 
cuatro cuartillos, ¿cómo podía llamarse sino lá Pipota? Ni 
¿cómo, más bien que Monipodio, por ingeniosa metonimia, el 
«encubridor de ladrones y pala de rufianes» que habitaba en 
la casa trianera en donde tantos monipodios se fraguaban bajo 



(76) Quevedo nombra á dos Ganchosos en la Musa V de El Parnaso 
Español: uno de Ciempozuelos (jácara XIII) y el otro de Carraona (baile IX). 
Otro Ganchoso hay en la jornada I de El Rufián dichoso, antes citado. 

(77) Chiqtiiznaqtie se llama asimismo uno de los interlocutores de El 
Rufián viudo. 

(78) La Repolida nombra Cervantes á una marca de lasque bailan en 
la escena final de El Rufián viudo. 



- 198 - 
su férula, con su beneplácito y por su consejo peritísimo? (79). 
Pero si feliz estuvo Cervantes en el retrato y denomina- 
ción de los interlocutores del Rinconete, á fe que no lo estuvo 
menos en la pintura de los lugares en que la acción pasa, y en 
la de los hechiceros cuadros, todo realidad viva y palpitante, 
que á intervalos cortos van sucediéndose, y que dejan en el 
alma del lector— del espectador, para más bien decirlo— un 
paladar tan agradable y tan duradero, que no hay traer á la me- 
moria el recuerdo de aquella maleante, pero muy vistosa briba, 
así hayan pasado años y lustros desde que se la contempló en 
las cervantinas páginas, sin que una sonrisa placentera haga 
contraer los labios, como cuando nos solazábamos con aquella 
deleitosa lectura. El portal que se hacía delante de la venta 
del Molinillo, con los dos traviesos muchachos sentados frente 
á frente y comenzando por llamarse de gentilhombres y ca- 
balleros; la escena subsiguiente con el harriero que les hizo 
tercio jugando á la veintiuna; la plaza de San Salvador, de 
Sevilla, con sus vendedores y sus esportilleros, y, á las vuel- 
tas, el soldado galán y ganancioso que quiere hacer banquete 
á las amigas de su señora y el estudiante sacristanesco que 
puso á mal recaudo la vieja bolsilla; la descripción de la casa 
de Monipodio, cuyo patio no lo daría á conocer con más 
exactitud la mejor placa fotográfica... Mas ¿á qué proseguir 
mi desmañada enumeración, si mis lectores conocen de sobra 
la sin par novelita, y habrán de releerla, á mayor abunda- 
miento, luego que yo termine este insulso escrito preliminar? 
¿Añadiría yo, cuitado, ni siquiera una centésima de quilate al 
singular mérito de la alhaja cervantina, por mucho que me 
esforzara en su encomio?... Daré, pues, cabo á este particular 
dedicando algunos renglones á una sola escena del Rinconete, 
y comparándola, por mejor patentizar que la donairosa obre- 



(79) De monipolio, forma anticuada de monopolio (Covarrubias, Tesoro 
de la Lengua castellana, ó española), se dijo monipodio, que es, según la Aca- 
demia, «convenio de personas que se asocian y confabulan para fines ilicitos», 
y también, por extensión, junta, conciliábulo ó conventículo de esas personas. 



— 199 - 

cita fué compuesta á toda ley, con unas interesantes Quinti- 
llas de la Heria, estimable labor sevillana muy de los fines 
del siglo XVI ó muy de los principios del siguiente, y fidedigno 
testimonio de las costumbres germanescas de aquel tiempo. 

Cuando, previo el alarmante aviso del centinela Tagarete, 
la Cariharta, «descabellada, y la cara llena de tolondrones», 
penetra en el patio de Monipodio, y, vuelta en sí de un des- 
mayo, clama, llena de ira, ante el honrado concurso, contra 
aquel «ladrón desuellacaras, cobarde bajamanero y picaro len- 
droso» del Repolido, que, por dame acá esos reales, la había 
cruelmente azotado y acardenalado entre unos olivares detrás 
de la Huerta del Rey, Monipodio, con la gravedad propia de 
su alta jurisdicción, promete que «no ha de entrar por aquellas 
puertas el cobarde envesado si primero no hace una manifiesta 
penitencia del cometido delito». A lo cual, ya cambiado el 
viento, la Cariharta responde; «¡Ay! no diga vuesa merced, 
señor Monipodio, mal de aquel maldito; que, con cuan malo 
es, le quiero más que á las telas de mi corazón,.., y en verdad 
que estoy por ir á buscarle.» Y, poco después, cuando, ya 
allí el Repolido, ella se encierra en la sala de los broqueles, 
prorrumpiendo en nuevas injurias, y, estando ^^2x2. firmarse la 
paz, por los buenos oficios de Monipodio y las otras hembras, 
una risilla maliciosa de Maniferro y Chiquiznaque vuelve á 
sacar de su quicio al azotador de la Cariharta, ésta sale de es- 
tampía al patio, diciendo: «Ténganle no se vaya, que hará de 
las suyas: ¿no ven que va enojado, y es un Judas Macarelo en 
esto de la valentía? Vuelve acá, valentón del mundo y de mis 
ojos.» Y acaba aquéllo en una ruidosa fiesta, en la cual la Ca- 
riharta «no quiso pasar su gusto en silencio, porque, tomando 
otro chapín, se metió en danza y acompañó á las demás, 
diciendo: 

«Detente, enojado, no me azotes más; 
Que, si bien lo miras, á tus carnes das.» 

Pues bien, así mismo, en realidad de verdad, procedían las hem- 
bras de la vida penosa, no, ciertamente, porque la mujer, de 



- 200 — 

suyo, sea «animal que gusta del castigo», como, en frase brutal 
y generalizando, acostumbraba decir el vulgo (8o), sino por- 
que las de aquella calaña prendábanse sobremanera de todo 
rumbo y valentía, y á tal extremo, que hasta quien les era 
indiferente tornaba asequibles, á puros golpes, sus fogosas y 
desinteresadas ternezas: ¡procedimiento peregrino para cauti- 
var corazones! De esto persuaden las Quintillas á que aludí, 
que ahora dejarán de ser inéditas, y que, como el romance de 
la muerte de Alonso Álvarez de Soria (8i), tienen toda la 
traza de relato de sucesos realmente acaecidos. Y, de pasada, 
el lector compruebe, al saborear esta linda composición, la 
exactitud de otros pormenores, así de Cervantes en su Rinco- 
nete y Cortadillo, como de este mal aprendiz de historiógrafo 
en muchos lugares del presente discurso preliminar. He aquí 
las Quintillas de la Heria (82): 

De la Azevedo y Rancbal, 
Gente del trato germano, 
En canto godo y antaño (83) 
£1 yugo matrimonial 
Cantaré alegre y afano. 



(80) En La Dorotea de Lope de Vega, acto I, escena V, escribe la prota» 
gonista á Fernando: «...porque aunque dicen que la mujer es animal que gusta 
del castigo, no todas son tan seguras que no derriben al dueño y se le vayan 
donde no las alcance.» 

(81) Publicado por primera y creo que única vez en El Loaysa de *El 
Celoso extremeño*, págs. 1 98-200. 

(82) Biblioteca Nacional, Ms. 3.890, f.* 43 v,»". Este apreciable manus- 
crito, rotulado Poesías varias, contiene mucbas hispalenses y entre ellas la 
contienda en sonetos que sostuvieron en la Cárcel Real de Sevilla D. Cristóbal 
Flores Aiderete y Alonso Alvarez de Soria, el romance á la muerte de éste, i 
que acabo de referirme, y la obscena sátira del mismo, que principia: 

Ninfas que en las tasquerat..., 

inserta por D. Adolfo Bonilla y San Martín en sus Anales de la Literatura 
Española (Madrid, 1904); pero ya en 1901 dada á la estampa por Rodríguez 
Marín, con notas, (cien ejemplares) para regalar á algunos de los amigos á 
quienes envió El Loaysa. 

(83) Estas y otras palabras de germania requieren explicación, mayor- 
mente las que no se hallan ni aun en los vocabularios especiales. Al fin de este 
libro pergeñaré alguna cosa que pueda pasar por glosario de las voces germa- 
nescas contenidas en él. 



-^ 201 - 

Fué Ranchal entre los birlos 
De continuo respetado, 
De las marcas cudiciado, 
Oficial en donar chirlos, 
De antubiar examinado; 

De cuerpo fuerte y membrudo 

Y de semblante enojoso, 
Arriscado y capotudo. 

Diestro en la negra (84) y brioso 
Todo cuanto serlo pudo. 

Nació en Córdoba la llana. 
De un ventor (85) y una gitana; 
Creció el chulo y dio en valiente, 
Entre germanesca gente 
Del Altozano, en Triana. 

Pasó plaza de mandil 
Desde quince á diez y siete; 
Fué en el dos bastos sutil (86), 
Oficial de ganivete 

Y acomodar un perfil. 
Subió á ser rufo de un bote 

Porque le favorecieron 
Lobaina, Artacho y Zambrote, 
Demás de que al chulo vieron 
Que le apuntaba el bigote. 

Éste, pues, vio á la Azevedo, 
En la silla de su estado (87), 
Cantar con gentil denuedo, 
Un dia que había llegado, 
Palpitando (88), de Toledo. 

Y, repicando en la silla 
La acostumbrada varilla 
Que train en las manos todas (89), 



(84) En la espada negra ó de esgrima. 

(85) Ventores ó sabuesos solían llamar, y está claro por qué, á los cor- 
chetes, porquerones, ó tropa menuda de la justicia. 

(86) Llamaban dos bastos al hurto que se hace metiendo dos dedos en el 
bolsillo: lo que el compañero de Rinconete llamaba mete dos y saca cinco. 

(87) La misma expresión se lee en el romance De Toledo sale el jaque, 
incluido en los Romances de germanía que publicó Juan Hidalgo (pág. 25 de 
la edición de Sancha): 

Y en apuntando la sorna, 
Dio consigo en lo guisado; 
Vido estar á su marquisa 
En la silla de su estado. 

Entrar dice, y no estar; pero téngolo por errata. 

(88) Palpitando, en significación de ijadear i> jadear. 

(89) No sabía yo pizca de tan curioso pormenor hasta que me tropecé en 
la Biblioteca Nacional con estas bizarras quintillas. Eso de cantar dando en la 

i4 



— 202 — 

Con demoDstraciones godas 
Cantó aqaesta sigaidilla (90): 

«¡Ay, que en malas galeritas ande 
Quien me dio á conocer la casa y el padre!* 

El godeño regodeo 
Con que la iza cantaba 
De la varilla al meneo, 
Al birlo le acrecentaba 
El afición y el deseo. 

Llegó á ella por un lado, 
El capelo encasquetado, 
Y, con ceñudo capote, 
Aderezando el bigote (91), 
De aquesta suerte ha garlado: 

«Marca, si quieres que estéo 
Nuestras voluntades dos 
Juntas, conmigo te ven; 
Que por el agua de Dios 
Que me has parecido bien. 

>Si te parece, mi suerte, 
Que para el godeño vicio 
Soy hombre brioso y fuerte. 
Mi nombre es Ranchal; mi oñdo 
Es oficial de la muerte.» 

Atenta la marca oyó 
Lo que el rufo le ha garlado 



silla con la vara perdura aún en los cantaores /¡amencos, sobre todo, cuando 
cantan siguiriy as gitanas y otros cantes j'ondos, si bien, más que repicar con 
ella, marcan lentamente lo que llaman los gorpes y las caías (caídas). 

(90) Siguidilla, como aún nuestro vulgo siguiriya, por seguidilla. Véase 
acerca de esto una nota en El Loaysa de *El Celoso extremeño», págs. 280-281. 
Las marcas, por lo común, cuando no tenSan otra cosa que hacer, entreteníanse 
en cantar. Olla de grillos parecería la manfla, siendo tan pequefios y estando 
tan apiñados sus casucos. Véase un pasaje de la Descripción de la vida airada 
(Romances de germania, pág. 53): 

Viola que estaba garlando 
Muy triste, y que no cantaba, 
Cual otras vects hacia 
V todas ejercitaban. 

(91) Asi pintan casi siempre á los jácaros. En uno de los Romanees de 
germania^ pág, 81: 

Cuando las columbró el jaque, 
Levantando los bigotes, 
La gavia toda calada. 
La cerra asida al estoque, 
Garló: «¡Oh marca belitrcra... 



Y en otro romance: 



El jaque tomó su gavia, 
Poniéndola á medio lado; 
Púsose en orden el bosque, 
Retorciéndose el mostacho.. 



— 203 — 

Y como su intento vio (92), 
Con semblante socarrado 
Desta suerte le cantó: 

♦Galiziar quiere el brone (93) 
Y dice la chulama: 
«Si la cica no clama, 
»No será esta chone. 

»Si no ven mis manos 
«Quinas plateadas, 
»Cobas estimadas 
»Ó pillados granos, 
»Aunque más pregone 
»Que me quiere y ama, 
»Si la cica no clama, 
»No será esta chone.» 

Sintió el chulo la canción, 
Y, para volverla el trueco, 
Aunque la tenia afición. 
Dio á la marca un bofetón, 
Que se oyó en el golpe el eco (94). 

Y, viéndose ansí agraviada, 
Alzó la marquiza (95) el garlo, 

Y á su voz desentonada 
Acudió un chulo á vengarlo (96), 
Ya puesta en carnes (97) la espada. 

Afirmóse con Rancha!; 
Pero Ranchal, presto y listo. 
Arrojándole el puñal (98), 



(92) Cotno, en significación de asi que ó luego que, poco usado en !a ac- 
tualidad. También se decía así como y luego como. 

(93) Brone, y chone tres versos después, por hombre y noche; palabras, 
no de germania, sino de jerigonza; de una de las jerigonzas que usaba la gente 
maleante, y asi demias, greno, chepo, tapio, que suelen hallarse en los vocabu- 
larios, por medias, negro, pecho y plato. Mucha parte del caló ó habla de los 
gitanos no es sino mera jerigonza. Véase El Loaysa..., págs. 165-166. — Vein- 
te años há, todavía se comunicaban en una de esas jerigonzas, familiarmente y 
por donaire, algunos estudiantes de la costa gaditana. Llamaban á su parla, no 
sé por qué, la guasle (sic) del tresas (la lengua del sastre). 

(94) En el golpe: en el postigo del Compás ó mancebía. Recuérdese lo 
que del golpe queda dicho en la pág. 108. 

(95) Así, con zeta, está en el Ms., y así lo dejo. Véase, al fin, el glosario. 

(96) A vengar el bofetón. El decirlo no huelga, porque después de él han 
salido al texto varios nombres masculinos. 

(97) En carnes, como en cueros: desnuda. 

(98) A esta traidora destreza, que todavía se conserva entre algunos con- 
tadísimos guapos con el nombre de tirar la navaja, se refería Maladros en su 
testamento (Romances de germania, pág. 134): 

ítem, á Mizo el chulillo, 
Porque está en edad más tierna, 



— 204 — 

Le invíó á cenar con Cristo (99) 
En un hora aun no cabal. 

Viendo la revolución, 
Un chulo el paso apresura, 
Dio viento, y, en conclusión, 
Acudió luego la gura 

Y puso el jaque en prisión. 
Hizosele luego el cargo, 

Y danle para descargo 
Tres días á más andar, 

Y condémnanle á ahorcar 

A la cuarta, sin descargo (ico). 

Mas la Azevedo, que ha oído 
La sentencia rigurosa, 
A los alcaldes se ha ido, 
Y, convertida y llorosa. 
Se les pidió por marido. 

Otorgan lo que pedia, 
Dando al rufo libertad, 
Que en la capilla yazía 
Solo con la cofadria (loi) 
De la Santa Caridad. 

Suena el rumbo p>or la trena 
Como (102) libró el Soberano 
A Rancbal de la cadena 

Y acude todo cristiano 
A darle la norabuena. 



Lo pongan con mase Juan, 
Que le enseñe la destreza, 

Y aqudlas nuevas heridas 
Que los confesores vedan, 
Imitando, como es justo, 
A los antiguos en ellas: 

A mase Pedro, en la punta, 
V á Guirola, en la presteza; 
Y, saliendo diestro en armas, 
No ha menester mis herencia. 

(99) Modismo de uso frecuente en aquel tiempo, y que no hallo en el 
Diccionario de la Academia. En un soneto del sevillano Baltasar de Escobar, 
publicado por Mr. Foulché-Delbosc (Revtu Ilispanique, aBo VI, pág. 398), 
y atribuido á Baltasar del Alcázar en algún ms. de los que hoy paran en Nue- 
va York, en la biblioteca del docto hispanófilo Sr. Huntington: 

Soldados, iqué teméis? <qué estáis dudando? 
Cuantos aquí muríerdes peleando 
Vais á cenar con Dios del primer salto. 

(ico) Esto es: sin que hubiese articulado prueba para aminorar ó atenuar 
siquiera los cargos que le hacían. 

(loi) Cofadria^ por cofradía, y cofadre por cofrade; que, como dicho 
áfratre, son tan buenas formas como las usadas hoy: conservábase la segun- 
da r y no la primera, y ahora pasa al revés. 

(102) Como, en la misma acepción á que se reñere la nota 92. 



— 205 — 

Y en la Cámara del hierro (103) 
El chulo y la marca goda 
Hicieron alegre encierro, 
Celebrándose la boda, 

Con mosto y más mosto, en cerro. 

Y tras estar hecho un cuero, 
Carrascales fué el primero 
Que, tomando las sonajas, 
Les cantó, haciéndose rajas, 
Esta siguida al pandero: 

«Por librarse de muerte se casó Ranchal; 
Mas yo pienso que ha sido condenarse más» (104). 

Una de las cosas que más llaman la atención en la amena 
obrita objeto del presente estudio es la singular soltura con 
que Cervantes manejaba los vocablos germanescos, cosa que, 
por no andar de molde todavía en aquel tiempo ningún libro 
que de ello tratara, no pudo conseguir, claro es, sin tener ver- 
sación con algunos jácaros, ó con quien, sin serlo, fuese aficio- 
nado á esta rara disciplina. Y claro también que los términos 
jergales que pone en boca de los personajes del Rinconete son 
de la más moderna de las parlas de gemianía; porque es de 



(103) «...Debajo de estos entresuelos está la gran cámara de hierro, tan 
nombrada é insigne, así por los moradores como por el sitio y disposición 
della; en esta cámara están los bravos y hay tres ranchos: el primero es de ma- 
tantes, adonde echan mil porvidas, y todo su trato es de cuestiones, y no de 
metafísica ni de moral, sino contra todas buenas costumbres: de heridas y re- 
sistencias; del otro que hirió con estoque y rodela; del que hizo mil buenas 
suertes, alabándose cada uno de lo que no ha hecho; el segundo rancho es de 
delitos; el tercero, de malas lenguas, adonde no hay honra engiesta» (El P. Pe- 
dro de León, cap. XIX de la Segunda parte del Compendio de las cosas to- 
cantes al ministerio de las Cárceles. Ms. — Biblioteca del Sr. Duque de T'Ser- 
claes). El P. León fué padre carcelero en Sevilla muchos años: desde el 
de 1578 hasta el de 1616. 

(104) El estudio de esta composición, por lo tocante al suceso que en ella 
se relata, requiere un tiempo de que yo ahora no dispongo. No sé quién fuera 
su autor; solamente colijo. que habla leído, ya impresos ó antes de salir de 
molde, los Romances de ger manía. Entre éstos, el de la vida y muerte de Ma- 
ladros comienza: 

Cante mi germana lira 
Un canto godo y altano... 

y las Quintillas de la Heria empiezan así, como el lector ha visto: 

De la Azevedo y Ranchal, 
Gente del trato germano, 
En canto godo y antaiio... 



/ 

/ 



advertir que en la segunda mitad del siglo XVI hubo, conse- 
cutivamente, dos diversas, y que la más vieja de entrambas 
iba ya de capa caída en 1580, á causa de haberse vulgarizado 
mucho; así decía el anónimo autor de uno de los romances que 
Juan Hidalgo dio á la estampa: 

Habla nueva germania, 
Porque no sea descornado; 
Que la otra era muy vieja 
Y la entrevan los villanos (105). 

La jerga que la reemplazó, en cuanto á la mayor parte de 
su caudal, que nada tiene de abundante, se formó de voces 
castellanas, pero usadas tropológlcamente (io6), y de otras 
antiguas que, por lo común, no perduraban en los léxicos 
vivos (107); aunque, conviviendo con este vocabulario, tal vez 
para remedio de los que no lo sabían, ó quizás para hacer 



(105) Romances de germania, pág. 21 déla edidóo de Sancha, por don- 
de cito, á falta de la de 1609. 

(106) Verbigracia: águila, ladrón astuto; alado, ido; alba, «abana; ale- 
gría, taberna; concha, rodela.... Pero más sobradamente lo echará de ver el 
lector en un trozo del romance á que acabo de referirme en el texto: 

Cascaras lUma á las media*; 
Al zaragüel, arrojada; 
Llame ¿ los zapatos duras; 
Que las piedras van pisando. 

A la capa llama nube; 
Dice al sombrero tejado; 
Res/eto llama á la espada; 
Que por ella es respetado. 

Al puñal ataca dor. 
Que es nombre muy acertado; 
Al broquel le llama muro. 
Porque le hace reparo. 

Al rufián llama esta/a, 
Porque es á estafar usado; 
A la marquisa, tributo, 
Porque acude con el cairo. 



Llama á la toca vergüenta, 
V al escofión, enrejado; 
A la basquina, redonda; 
Que siempre va campeando. 

Al manto llama ligero. 
Que el aire lo va volando; 
A los botines, dichosos: 
Que ven lo que va tapado... 



(107) Ejemplos: alertarse, apercibirse; almifora, muía; antuviar, dar de 
repente un golpe; criojero, carnicero; envesar, azotar, etc. 



— 207 - 

más obscura y enrevesada la conversación, usábanse varias 
suertes de jerigonza. 

Mas ¿dónde tuvo Cervantes ese trato con la taifa rufia- 
nesca, ó con quien le enterara de su extraño lenguaje? A mi 
ver, en la Cárcel Real de Sevilla, en donde, sobre haber en 
todo tiempo un sinnúmero de aquellos perdidos, asistía con 
asiduidad Cristóbal de Chaves, no licenciado ni abogado, como 
hasta ahora, por error, se ha venido diciendo (io8), sino c pro- 
curador del número desta ciudad», como él se llamaba en sus 
pedimentos y escrituras. Chaves, por cuya interesantísima 
Relación de lo que pasa en la Cárcel de Sevilla, compuesta 
hacia el año de 1599, y de seguro después del de 1596 (109), 
se echa de ver lo admirablemente que conocía aquella abomi- 
nable morada donde — en frase hoy del mundo entero sabida — 
toda incomodidad tenía su asiento y todo triste ruido hacía 



(108) Hizo cundir esta equivocada especie el meritísimo D. Aureliano 
Fernández-Guerra, cuando sacó á luz por primera vez la Relación de la Cárcel 
de Sevilla. (Véase en el Ensayo... de Gallardo, t. I, cois. 1.3 41 y siguientes). 
Hubieron de engañarlo aquellas palabras de la parte primera: *...que yo mismo 
defendí á Juan Ozero, que fué acusado porque hacía moneda falsa...», enten- 
diendo por lo de defender que era abogado quien lo decía, y sin caer en la 
cuenta de que asimismo se llamaba defensa á la gestión del procurador que 
solicitaba por la parte. 

{109) Por el epígrafe de la tercera parte de ella, de autor desconocido y 
atribuida á Cervantes sin ningún sólido fundamento, sábese que Cristóbal de 
Chaves fué el autor de las dos primeras. En lo tocante al tiempo en que las 
escribiese, el Sr. Fernán4ez-Guerra sólo indicó que después de 1585, «puesto 
que menciona la cofradía de la Visitación de Nuestra Señora, instituida en la 
cárcel real precisamente aquel año.» Yo, aquí, junto á la cantera, he podido 
brujulear algo más. En la segunda parte menciona unos aposentos criminales, 
que hizo «el licenciado Pedro de Velardo, alcalde de la justicia que fue' átsiA 
ciudad»; pues bien, el Ldo. Peredo Velarde (que así se llamaba) desempeñaba 
ya aquel cargo en Sevilla en 1593, y todavía á fines de 1596, año en el cual 
tomó unas residencias, poniéndose, por su mandado, cierta suma de dineros en 
los libros del depositario general de la Ciudad en cuenta de penas de cámara, 
y quitándose de la de depósitos (Archivo Municipal, libro de Caja de 1593 
á 1596, í.° 234 a). En abril de 1597 entendió como juez de comisión en el 
por cien estilos notable proceso que se siguió contra D. Alonso Téllez Girón, 
iiijo natural del IV conde de Ureña (y no del primer duque de Osuna, contra 
lo que modernamente se inclina á creer el Sr. Fernández de Bethencourt); pero 
ya entonces era oidor de Granada, electo por lo menos. La Relación de Cha- 
ves, pues, tomada en cuenta su alusión á Peredo Velarde, fué escrita después 
de 1596. 



-206- 

su habitación, y á la cual Santa Teresa de Jesús, cuando vi- 
vió en la ciudad del Betis, comparaba con un infierno (no), 
Chaves, digo, era mucho más escritor de lo que hasta aquí se 
ha pensado. Ya, pocos años hay, D. José Sánchez-Arjona, en 
sus curiosos y útilísimos Anales del Teatro en Sevilla (i 1 1), 
hallando que por el libro de caja del Cabildo parecía haberse 
pagado en 1598 «20 ducados á Cristóbal de Chaves, procura- 
dor desta dicha giudad, que fueron por gratificación de un 
entremés que hizo para un carro de los de la fiesta del Corpus, 
en que se representó las grandezas desta giudad» (112), indi- 



(lio) Carta de 29 de abril de 1576, á la madre María Bautista, priora 
de Valladolid (Biblioteca de Rivadeneyra, t. LV, pág, 62 a): «Ahora estA re- 
traído por nosotras [D. Lorenzo de Cepeda, hermano de la Santa]; y fué gran 
ventura no le llevar á la cárcel, qtu es aqui como un infierno^ y todo sin nin- 
guna justicia; que nos piden lo que no debemos, y á ¿I por fiador.* 

(111) Noticias referentes á los anales del Teatro en Sevilla, desde Lope 
de Rueda hasta fines del siglo A" F// (Sevilla, Rasco, 1898), pág. 98. 

(112) En que se representó, dice el asiento, y no en que se representa- 
ron, como leyó el Sr. Sánchez- Arjona; y es interesante advertir esta diferencia, 
como que por ella se viene en conocimiento de que el entremés se intitulaba 
Las Grandezas de Sevilla. En mi deseo de hallar sobre este punto cuantos 
pormenores pudiese, be repasado con detenimiento las actas capitulares y los 
libros de propios, y he aqui, reducido á pocos renglones, lo que averigüé: En 
el cabildo de 13 de octubre de 1597 (escribanía l.*), el famos3 autor Nicolás 
de los Ríos dio una petición para que la Ciudad concertara con él la fiesta del 
Corpus de 1598, ó le diese licencia para irse de Sevilla cuando quisiese. Encar- 
gósele que sacara dos carros de representación, y otros tantos sacó Alonso 
Velázquez, cobrando por ello cada cual 700 ducados. Los autos que representó 
Velázquez se intitulaban Los Arcabuces y Jonds. Los de Nicolás de los Rios, 
Sansón y Las Naves, por los cuales ganó la joya eif que consistía el premio. 
Pero, indudablemente, en sus carros se representaron algunas otras obras: Sán- 
chez-Arjona, atribuye en este año á Ríos la representación de El Ánfora, que 
yo no encuentro, y omite la de Sansón, que se menciona en asiento de 22 de 
junio. Y por lo que hace á haberse representado, precisamente por la compa- 
ñía de Ríos, el entremés de Cristóbal de Chaves, be tenido la buena fortuna 
de hallar una prueba concluyente, en el acta del cabildo de 29 de mayo 
de_i^598: de ocho días después de la fiesta del Corpus: «Ley la petición de 
Xpoual de Cbaues en que pide la giudad le haga merced de pagarle alguna 
cosa por la compostura de los entremeses que hi^o para la fiesta del Corpus 
xpí que Representó Rios. — Todos: que con la fee deste acuerdo se le den e 
paguen veinte ducados...» Bien que esta referencia induce en nueva confusión, 
porque Chaves alude á los entremeses que compuso, y no á un entremés solo, 
siendo, á lo que parece, uno solo suyo el representado. Quizás escribió dos, y 
entre ellos, en el ensaye que hacían ante el cabildo, escogería uno la Ciudad; 
y acaso el no representado fuese el de La Cárcel de Sevilla. 



- 20^ - 

nábase á creer que este mismo sujeto, ya averiguadamente 
autor de entremeses, al par que de la famosa relación carcela- 
ria, lo hubiese sido, además, del de La Cárcel de Sevilla, dado 
á luz por vez primera en 1617, en la Séptima parte de las Co- 
medias de Lope de Vega (113), y atribuido á Cervantes, ó 
sospechado como suyo, por Gallardo, los hermanos Fernán- 
dez Guerra y otros eruditos. 

Crist óbal de Chav es, de quien no tuvieron noticia los 
sevillanos Rodrigo Caro, D. Nicolás Antonio, Arafia de Var- 
flora (Fr. Fernando de Valderrama) ni D. Justino Matute y 
Gaviria, ni ninguno, en fin, de nuestros biógrafos y bibliógra- 
fos, había nacido hacia la mitad del siglo XVI. Vivo de inge- 
jiipjLdfi-CarácteL. apicarado, flor en que daba una gran parte 
de la mocedad hispalense de aquel tiempo, dedicó muchos de 
los alegres ocios de su edad lozana, si no enteramente á vivir 
en la pésima compañía de marcas y jaques, por lo menos, á 
frecuentar su trato; y de tal modo les bebió los alientos y estu- 
dió sus malas costumbres y aprendió el habla rufianesca, que 
pronto pudo dar diez y falta á toda la gavilla, en cuanto al 
cabal conocimiento de la vida airada, aun en sus más mínimos 
pormenores y más obscuras reconditeces. Yo imagino que Cha- 
ves, al frisar con los cuatro lustros, sería tagarote ú oficialilio de 
algún escribano ó procurador; pero, así ó de otra manera, lo 
que no admite duda es que, ya maestro en todas las artes y 
taimas de la jacarandina, y teniendo admirable soltura y sin- 
gular gracejo para escribir romances, hízose, á dos por tres y 
por sí y ante sí, coronista de aquella gente hampona, é histo- 
rió con mucho donaire y exquisita fidelidad — así tal la tuvie- 
sen los historiadores de los grandes sucesos —aquella muy 
mala, pero muy pintoresca vida. 



(113) Barcelona, Sebastián de Cormellas. — D. Cayetano A. de la Barrera, 
al reseñar este libro en su Catálogo bibliográfico y biográfico del Teatro an- 
tiguo español, desde sus orígenes hasta mediados del siglo XVIII, insinuó su 
sospecha de que fuese de Cervantes el dicho entremés. Hizo más con el de Los 
Habladores: lo atribuyó á Cervantes, sin ofrecérsele chispa de duda. 



Tuvo Chaves la plausible habilidad de recoger en sus 
composiciones las escenas más vistosas y características de 
aquella gentualla; supo trazar valientemente una figura de un 
solo rasgo y describir á lo vivo una brava trifulca de rufianes 
y corchetes en solos doce ó diez y seis versos; acertó á poblar 
sus sabrosos romances de toda la inmensa y abigarrada varie- 
dad de aquel mundo canallesco; pero, sobre todas cosas, en 
lo que no tuvo quien le compitiera, ni en vida ni después de 
su tiempo, fué en la cabal posesión y destrísimo uso del voca- 
bulario de germanía. ¡No conoció el insigne maestro Arias 
Montano la lengua santa de Moisés, David y Salomón como 
el maestro Cristóbal de Chaves la también muy filosófica y 
llena de tropos de los Escarramanes, Perotudos y Cantarotesl 
Todo su escenario está en Sevilla: hacen su morada los man- 
flotescos en el Corral de los Olmos, y en él se manda enterrar 
el rufián Maladros; en el Corral de los Naranjos, á la sombra 
de la majestuosa torre de la Giralda, buscan y hallan su asilo 
contra \^gura; vanse á reñir, con sus baldeos j^ sus rodanchas^ 
á Tablada ó á la Barqueta; tienen sus francachelas y comilo- 
nas, cuándo en el Compás mismo, al cual los acogidos en la 
gran Altana pásanse de solapo, atravesando por las Gradas 
y colándose «por cal de Bayona>, y cuándo en el deshabitado 
Hospital del Rey, ó en la venta de la Barqueta, á un paso del 
monasterio de los Cartujos. Y, por lo que voy rastreando, 
sevillanas son las personas que actúan en sus romances, pero 
no ahí como se quiera, sino reales y efectivas, y aun, á 
las veces, hasta sin el acostumbrado disfraz de los nombres 
supositicios: el alguacil que prende al temerón Maladros (114) 



(114) Romance cU la vida y muerte de Maladros, en los Romancea de 
germanía, pág, 99: 

A los bramos y alboroto 
Que daban por apartallos, 
Llegó el teniente Espinosa 
V Marco Caña ásii lado... 



...á Maladros columbró, 
Que venia calcoteando, 



- 2li - 

y que, después, acompañado del verdugo Ganzúa, lo saca de 
la cárcel para llevarlo á ahorcar, es Marco Ocaña (i 15); el mis- 
mo alguacil Marco Ocaña á quien ya conocen mis lectores 
como dueño, en 1571, de once boticas ó casucos de la mance- 
bía (116), y el mismo en cuya casa, sita en el Dormitorio de 
San Pablo, moraba, á mediados de 1 588, el Ldo. Juan de Nava 
Cabeza de Vaca, fiador de Cervantes en el negocio de su co- 
misaría (i 17); el sobredicho Ganzúa (118) es el propio verdugo 
que á fines del siglo, y no sin pesar (como se recuerda siempre 
el buen tiempo pasado), recordaba Chaves en la parte segunda 
de su Reladóft de lo que pasa en la Cárcel de Sevilla (119); 
allí supónese que otorgó Maladros su testamento, 

[Que es] fecho en la enfermería 
De Sevilla, en esta trena, 
Á veintisiete de mayo 
De quinientos y setenta (120), 

día, quizás, en que Chaves escribió estos versos, y año en que 



Huyendo de Marco Caña, 
Para entrarse en el Sagrario. 

Llámale Marco Caña, y no Ocaña, por lo que diré en una de las notas al 
Rtnconete y Cortadillo. — No me he puesto á averiguar si, en realidad, hubo 
algún teniente de asistente apellidado Espinosa. 

(115) En el mismo romance, pág. 112 del citado libro: 

Entra el guro Marco Caña, 
De Ganzúa acompañado; 
Entran en la enfermería, 
Do está el jaque apiolado. 

(116) Pág. 112 del presente libro. 

(117) D. Martin Fernández de Navarrete, Vida de Cervantes, T^kg. /^it^ 
de la edición de 18 19, 

(118) En el propio romance: 

Pídele perdón Ganzúa, 
Cual es uso en este paso; 
Consuélalo cuanto puede, 
Y, con él de Dios garlando, 
Ayudado de oraciones. 
Lo echó de la escala abajo. 

{119) «Yo rae acuerdo cuando era buen tiempo que había autos de la 
Audiencia en que mandaban que el verdugo no entrase en la cárcel sin ser lla- 
mado de la Justicia, pena de ducientos azotes; y porque lo quebrantó Ganztia 
y llevó una corona, se los dieron. Agora es como mercaduría de cal de 
Francos...» 

(120) Romances de gcr manía, T^kg. 134. 



realmente Marco Ocaña era alguacil de la justicia; y no allí, 
en la cárcel, sino en libertad y á todas sus anchas, campando 
todavía por sus respetos, aunque lleno de alifafes, cojo y tan 
cargado de espaldas y de diciembres como de merecimientos 
jacarandinos. 

El mayoral Palomares, 
Jubilado en la braveza (i2l), 

predecesor, en el archimandritazgo ladronesco, de the gigantic 
figure of Monipodio^ como lo llama el doctor De Haan (122). 
y tPero este literato, ó lo que sea, — imagino que oigo decir 
al lector — está confundiendo lastimosamente á su Cristóbal 
de Chaves con Juan Hidalgo, el que dio á la estampa en Bar- 
celona, por los años de 1609, \o% Romances de germania.D 
No, por cierto— respóndole; — no los confundo: antes los dis- 
tingo y separo muy bien, por lo mismo que de entrambos su- 
jetos allegué noticias ignoradas de todos los eruditos, como 
sacadas por mí, á la verdad, no sin algún penosillo trabajo, de 
riquísimas y casi inexploradas canteras de papel viejo. Para 
que todos veamos claro en este particular, que, porque toca 
muy de cerca á la famosa jácara hispalense, no es nada ajeno 
al asunto de mi libro, empecemos por conocer bien el título 
y las materias del publicado en Barcelona. Intitúlase: Roman- 
ces de gennania de varios avtores con su Hocabulario al cabo 
por la orden del a, b, c, para declaración de sus términos y len- 
gua. Compuesto por luán Hidalgo (123). Y contiene: i." Un 
prologuito Al curioso lector, en que disculpa y aun justifica el 
dar al vulgo «esos germánicos romances, hechos más para 
pasar tiempo que para ofender el oído del virtuoso >, encare- 



(121) Ibid., pág. 116. 

(122) El final del Romance del cumplimiento del testamento de Mala- 
dros, en donde de mano maestra se pinta á Palomares, es de una realidad tan 
viva, que para sus obras la quisieran los extranjeros que ¡con lo que ba 
llovido en el mundo! presumen de andar inventando recetas realistas para 
escribir. 

(123) Copio el titulo del Catálogo de Salva, pues no tengo á mano ejem- 
plar alguno de la primera edición. 



_ 213 — 

ciendo la utilidad de dar á conocer esa extraña lengua, «por 
el daño que de no saberse resulta..., especialmente á los jueces 
y ministros de justicia, á cuyo cargo está limpiar las repúbli- 
cas de esta perniciosa gente.» 2.° El romance de Perotudo, «el 
primero que se compuso en esta lengua», y otros cuatro ade- 
más, que, como aquél, no tienen indicación de quiénes fueran 
sus autores. 3.° Los seis romances especialmente sevillanos, 
con esta advertencia al principio: «Estos seis romances son de 
un autor, y el que recopiló el Vocabulario de la germanía.» 
4." Y, por último, tras otro romance, asimismo de autor anó- 
nimo, el Vocabulario ofrecido en la portada. Aunque podría 
pensarse que el dicho epígrafe se refiere á un romance inser- 
to en el propio libro y que empieza: 

En Toledo, en el altana, 
Un lobo mayor se ha entrado..., 

pues en él se enumeran, con sucinta explicación, hasta cuatro 
docenas y media de vocablos de la nueva germanía, inclinóme 
á creer que se alude al Vocabulario puesto al cabo del libro y 
que contiene cerca de mil trescientas voces (124). Y que el 
Vo cabulario f qu e á todas luces está recogido en Sevilla, fué 
labor de _Qiayes, no ofrece duda: es el mismo y mismísimo de 
que él hizo mérito al final de su Relación: «Parecióme poner 
aquí un breve discurso de algunos vocablos desta gente, por- 
que todos no será posible, que son infinitos: aunque de todos 
por curiosidad tengo vocabulario escrito de mi mano; y porque, 
habiendo visto hasta aquí, un personaje que puede me mandó 
le diese un tanto, no hubo lugar de escribillo; darélo muy bre- 
ve con las añadiduras, como lo mesmo ofrezco que no será 
de menos gusto que lo escrito» (125). 



(124) Si no he contado mal, 1.265. — -^ •"' v^""» '^ palabra sobrentendida 
en la expresión y el que recopiló es el nombre autor, que la precede inmedia- 
tamente; mientras que romances se dijo algo más lejos. Además, el recopilar es 
cosa para hecha por el autor y no por un romance. De todas maneras, nada se 
habría perdido con redactar sin anfíbologia esos dos renglones. 

(125) Copiando el docto D. Aureliano estas palabras, exclamaba triste- 



■V 



- 214 - 

Son, pues, de un mismo ingenio ios seis consabidos ro- 
mances de germanía, el entremés de La Cárcel de Sevilla y 
la Relación tantas veces mencionada. Ahora se explicará bien 
mi amigo el autor de El Loaysa de ^El Celoso extremeños la 
ya no recóndita razón de aquella instintiva suspicacia con que 
advertía que la coima de Maladros en el romance, y la de 
Paisano en el entremés, y la de otro condenado á horca en la 
Relación^ donadas ó legadas las tres por sus cuyos in articulo 
mortis, tuviesen un mismo nombre: la Beltrana; particulari- 
dad que le hacía decir, tan receloso como quien pasa muía 
por odrería: «Para casualidad me parece mucho» (126). Y aho- 
ra se caerá en la cuenta de por qué Paisano y Barragán figu- 
ran en la Relación y en el entremés, y de cómo en éste y en 
aquélla suelen hallarse unos mismos lances, y aun los propios 
pensamientos, expresados con idénticas palabras {127). La 
terquedad con que solían encastillarse los presos en no res- 
ponder sino f Iglesia» á cuanto se les preguntaba encuéntrase 
expresada tan parejamente en la Relación y en el romance de 
Maladros, que no habrá quien tenga tales encarecimientos por 
obra de dos minervas distintas (128). Y, en fin, la viva pin- 



mente en una nota: «¡Qué lástinaa que no haya este vocabulario llegado á nos- 
otros!» ¡Qué ajeno estaba — exclamo yo á mi vez — de que cuando de tal pérdi- 
da se dolia tenia al lado, para entender y comentar los esctitos de Chaves, el 
mismo vocabulario que daba por perdido! 

(126) El Loaysa..., pág. i88, nota 75. 

(127) En la Relación, primera parte: «...y cuando saliere, si lloraren las 
presas, no les vuelva el rostro, ni sea predicador en el sitio desta desgracia, 
pues es hijo de Sevilla, y no ba de mostrar punto de cobardía.» En el entre- 
més: «Y si al bajar lloraren las personas [las presas debe de decir], no las 
vuelva el rostro ni sea predicador en el sitio desta desgracia; que es hijo de 
vecino de Sevilla, y no ba de mostrar punto de cobardía.» 

(128) En la Relación^ primera parte: «Si se prende á uno por muerte y 
pasó una legua del cementerio, y á la entrada le preguntan su nombre, no lo 
sacará el papa desta palabra: «Iglesia.» Dicenle los porteros, cuando se baptizó 
¿qué nombre le pusieron? Responde: «Iglesia.»— «;De dónde es?'» — «Iglesia.» 
Y lo mesmo cuando lo sacan en presencia del juez para que conteste: que 
piensa que en esto está su libertad...»— En el romance de Maladros: 

El Teniente [yj Marco Caña 
Con la presa de Maladros, 
Cercado de tomajones, 



- 215 - 

tura de los preparativos del morir en Basilea — que así lla- 
maban á la horca, cuando no la viuda, la balanza, ó la ene de 
palo (129) — es tan una y de tal modo va á un andar en estas 
dos obras y en el entremés equivocadamente atribuido á Cer- 
vantes, que no puede ser cosa de dos plumas, y aún menos de 
tres (130). 

¿Qué medió, entonces, para que tales seis composiciones 
germanescas, y otras que también huelen al azahar sevillano, 
y el Vocabulario de gemianía^ saliesen á luz formando un li- 
brito que pregonaba estar compuesto por Juan Hidalgo, si ya 
no es que, sobrando un punto en la portada, sólo se quiso in- 
dicar que á Hidalgo se debía el curioso léxico jacarandino? 
¿Existió en realidad, supuesto ó no supuesto su nombre, ese 
Jua n Hidal go, de quien el gran bibliógrafo hispalense D. Ni- 
colás Antonio hubo de resignarse á decir Nescio quis, y del 
cual nadie ha sabido pizca hasta ahora? (131). Procuremos 
desvanecer todas esas tinieblas. 



Dan con él en el banasto. 
y encerrándose con él, 
De rufo le hacen cargo 

Y mándanle que declare 
Lo que debe en este trato. 

Maladros responde: — « Iglesia » , 
Sin responder otro garlo. 
Hácenle requerimientos 
El Teniente con nuestramo, 
Que cante cómo se llama: 
— «Salud -responde— me llamo.» 

Mandan llamar al bederre, 

Y á torneo condenado, 
Tornando hácenle preguntas 
De su vida y de su estado; 
Concluía: «Soy altana, 

Y á mí me llaman altano.» 

De aquí el modismo, aún hoy corriente, llamarse andana, por altana ó antana. 

(129) Rodríguez Marín en su Loaysa, pág. 140, escribió esa ene con 
letra mayúscula, é hizo mal: precisamente se llamaba ene de palo á la horca 
por parecerse á una ene minúscula: n. 

(130) No copiaré los respectivos pasajes, porque no sería cosa de pocos 
renglones; pero indicaré al lector que puede verlos, por lo que toca á Mala- 
dros, en los Romances de ger manía, págs. 111-113 de la edición de San- 
cha (1779); por lo que hace á la Relación, en el t. I del Ensayo... de Gallardo, 
cois. 1.346 y 1.362; y por lo que respecta al entremés, en el mismo tomo, 
cois. 1.379 y siguientes. 

(131) «Autor de nombre supuesto ó desconocido», le llamó Clemencin en 
sus comentarios al Quijote (tomo II de la primera edición, pág. 194). Ticknor 



l^ 



^ 



— 216 - 

Cristóbal de Chaves, que ya actuaba como procurador 
de número en 1592 (132), y seguía ejerciendo su oficio en 
1598 (133), medró tan poco en él, aun viviendo soltero, y aca- 
so acaso por eso mismo, que, para defenderse de la hambre, 
hizo lo que solían hacer sus protegidos los ternes para no 
caer en las garras de los giiros: tomó iglesia. Va, antes de de- 
jar su procura civil gestionaba tales cuales veces algunos ne- 
gocios del Cabildo eclesiástico (134); luego, allegándose á él 
más cada día, se ordenó de clérigo presbítero, puede que á 
favor de cualesquier estudios cursados en su mocedad, y fué 
nombrado solicitador del Deán y Cabildo de la Santa Iglesia. 
Poco tiempo disfrutó este empleo, pues enfermó gravemente 
en el estío de 1601, otorgando su testamento á 23 de julio 
del mismo año, por la cual disposición se echa de ver que el 
infeliz solicitador vivía sobre sus empeñadas preseas y solía 
comer sobre tarja (135). Aún vivió, muy achacoso sin duda, 



advirtió que esta indicación «puede ser infundada, y no ser un seudónimo el 
nombre de Hidalgo»; mas para basar su prudente advertencia se descaminó 
muy luego, trayendo á cuenta á Juan Hidalgo Repetidor, autor toledano, que 
á lo que parece, floreció mucho después de impresos los Romances de ger- 
manta* (Historia de la Literatura Española, traducción de Gayangos y 
Vedia, t. HI, pág. 265, nota). 

(132) En 6 de mayo de IS93, llamándose «procurador del número desta 
ciudad», prestó fíanza á Alvaro López, alcaide de la Cárcel Real, por Damián 
Xuárez, preso en ella á virtud de unas deudas, para quitarle «las prisiones en 
que lo tenéis, y dexallo andar por la dicha cárcel libremente sin ellas.» Prome- 
tió, como era de rúbrica, que «no se irá ni ausentará en sus pies ni en ajenos 
ni en otra manera alguna» (Archivo de protocolos de Sevilla, of." 24, libro 2." 
de 1592, f.° 301). Ante el cabildo de la Ciudad solía parecer con pedimentos 
muy frecuentemente (Actas capitulares de Sevilla, cabildo, entre otros, de 2 
de julio de 1593). 

(133) En 29 de septiembre, como á procurador de la Real Audiencia, le 
confirió poder Maria de Mendieta para cobrar de Diego Núflez Pérez, albacea 
del doctor Arias Montano, los corridos de cierto tributo. (Archivo de protoco- 
los de Sevilla, of.o 3.0, libro 3.° de 1598, f." 262). 

(134) Por ejemplo, en el de la Ciudad, á 24 de julio de 1598, se dio 
cuenta de una petición suya en nombre del Deán y Cabildo, sobre llevar en 
carretas dos pinos á Bormujos (Actas capitulares de Sevilla). 

(135) En su testamento llámase «clérigo presbítero, solicitador del deán 
y cabildo de la Santa Iglesia desta ciudad». Vivía en la collación de San Salva- 
dor. Se mandó enterrar en esta dicha iglesia, en la sepultura de su sobrina 
Mayor Vázquez. Declaró algunas deudas, así en su pro como en su contra, las 



— 217 — 

ocho meses más, al cabo de los cuales y poco después de otor- 
gar un codicilo en 28 de marzo de 1602 (136), falleció el do- 
nairoso cronista de la jácara babilónica. 

Con mira de remediar algo sus apuros, preparada para la 
imprenta tenía y dejó el buen Chaves, haciendo compaña á su 
Vocabulario^ la colección de los romances germanescos, que 
serían probablemente las añadiduras que ofreció en la Rela- 
ción de la Cárcel, y agregando á los suyos, para lograr más 
rica amenidad y más abultada apariencia de libro, algunos 
otros romances de ajeno caletre. Hasta el breve prólogo indica 
de cuya péñola es obra: que aquello de que si al autor le fuera 
permitido alargarse en razones, «yo— dice — las diera tan efi- 
caces, que al más justo, al más sabio y al más poderoso le 
obligaran á favorecer mi parte. ..^, es habla, á todo ver, de 
la ampulosa jerga forense de todos los tiempos, bastante me- 
nos divertida que la rufianesca. Y nadie sino un curial habría 
reseñado el proceso de Maladros con los pormenores de carác- 
ter técnico que hay en los versos siguientes: 

Dijo que se ratifique 
De todo lo que ha garlado. 
Maladros canta de nuevo, 
Toma la fe el escribano, 

Y el Teniente, allí en presencia, 
Desta suerte ha sentenciado, 
Oída su petición, 

Hecho el cargo sin descargo: 
Que de la trena lo saquen, 
Cual es uso, sobre un cuatro, 
Con asiento de sayal, 

Y al hopo soga de esparto, 

Y sea puesto en balanza. 
Do vasido sea dejado. 
Apeló por él su alivio 

A los guros de los Grados; 



más de estas últimas de cortas cantidades tomadas á préstamo y dejando alhaji- 
lias en prenda. Instituyó por su heredera á su sobrina Catalina González. Aun- 
que estaba enfermo cuando testó, firma, y con letra clara y hermosa (Archivo 
de protocolos de Sevilla, oficio 19, Gaspar de León, libro 5." de 1601, 
f.° 365). 

(!36) Ante el mismo escribano, libro 2.' de 1602, f." i.ioi. Sólo se re- 
fiere á las deudas cobradas y pagadas desde que otorgó el testamento. 

»5 



— 218 - 

Van d hacer relación, 

Y confirman, sin embargo. 

Devuelto el pleito al Teniente 

Para que sea ejecutado, 

Notifican la sentencia 

Al birlo y jaque Maladros... 

Empero, como pasa tantas veces en este mal mundo, no 
segó quien había sembrado: 

Sic vos non vobis melUfcatis apes. 

Desde antes de la penúltima década del siglo XVI estaba es- 
tablecido en Sevilla, como mercader, un toledanillo natural de 
Sonseca y que se nombraba Juan Hidalgo. Era hombre listo 
en las artes, artimañas y arterías que conducen á la riqueza, y 
(entrando con todas, como la romana del diablo, si aiin por los 
aftos de 1593 y 1594 no osaba á salirse de su sota, caballo y 
rey, quiero decir, del humilde y tasado negocio de su despa- 
cho de papel, cañones y tinta de escribir (137). pronto, merca- 
deando á diestro y siniestro, pareciendo á toda buena pupila 
más bien de Sonsaca que de Sonseca y entendiéndose á las 
maravillas con unos compinches residentes en el Nuevo Mun- 
do, subió como la espuma: tanto, que al casarse á fines de 
1597 ó principios de 1598 con D.* Luisa de Muñatones, tenía 
en las Indias casi todo su caudal, que ya montaba líquidamen- 
te 7.400 ducados (138). Y aún esto fue pura bicoca y nadería 
para lo que agenció en los aftos subsiguientes: por encareci- 
miento, baste decir que en \P de abril de 1604 daba poder 
á Diego de Torres Berrío, comerciante toledano, á efecto de 
que comprase para él c hasta en cantidad de 20.000 ducados 



(137) «Ley ]a petición de juan hidalgo en que dize que para el despacho 
de los almoxarífazgos de los años de noventa y tres y noventa y quatro dio 
todo el Recavdo de papel y tinta que monta veynte y ocho mili y tantos 
mrs. e no se le an pagado...* (Archivo Municipal de Sevilla, Actas capitula- 
res, cabildo de 26 de febriero de 1600, escribanía 2.*). 

(138) En 26 de diciembre de 1599 Juan Hidalgo, por cuanto al casar 
«puede haber dos años, poco más ó menos», con D.' Luisa de Muñatones, tenia 
toda su hacienda en las Indias, y por no saber cuánta fuese no hizo inventario 
de ella, hácelo ahora que sabe la que entonces poseía: 7400 ducados liquides 
(Archivo de protocolos de Sevilla, olP 19, Gaspar de León, libro l.", f.° 12). 



- 219 - 

en texidos de seda y medias de seda de colores» (139). Pues 
bien, este mercader que, así solo como asentando compañía 
con el jurado Andrés Díaz de Toledo, planteaba y llevaba 
á cabo grandes y harto pingües negocios (140), y que en 
16 1 2 pedía y ganaba vecindad en Sevilla (141), como hubiese 
adquirido el manuscrito del difunto Chaves, quizás dando por 
él á su heredera y sobrina cuatro ó seis ducados, ó unas varas 
de estameña ó añascóte (142), y entendiese que el sacar á la 
luz pública aquellos garridos romances y el vocabulario jergal 
podría traer en pos de sí alguna ganancia, entró en deseo de 
poner de molde el libro, y, hasta sintiendo un poquillo de amor 
á la inmortalidad y no siendo harto angosto de conciencia, 
estampó su nombre en la portada. Y á fe que en hacerlo así 
anduvo cuerdo, pues éste ha llegado hasta nosotros envuelto 
en la jerga de los rufianes: no en la que él traía entre manos y 
bajo su sospechosa vara de medir. Con solos sus dineros no 
habría comprado á la posteridad más que el olvido. La razón 
por que hizo imprimir el Ubrito en Barcelona, y no en Sevilla, 
es por demás obvia: en Sevilla, donde algunos curiosos cono- 
cían las composiciones y el Vocabulario de Chaves, se hubie- 
ra hecho muy público y escandaloso el gatuperio, mayormen- 
te, cuando no diputaban á Juan Hidalgo por nada poeta ni 
afecto á la germanía; no así imprimiéndose lejos la obrita y 
cuidando éste, como dueño de la edición, de que no fueran 



(139) Archivo de protocolos., (¡i." 24, Luis de Porras, libro \P á.t 1604, 
f.° 1.094 v.'°. 

(140) Por un testamento que otorgó á 20 de febrero de 1605 consta lo de 
esta compañía, asi como el lugar de su naturaleza, en donde mandó decir qui- 
nientas misas, y fundar una capellanía. Instituyó por heredera á su hija doña 
Mariana, de edad de seis años (Archivo de protocolos de Sevilla, of." 1 9, Gas- 
par de León, libro 2.° de 1605, i." 869). 

(141) Actas capitulares de íít'íV/a, escribanía 2.', cabildos de 17 y 29 
de octubre y 24 de diciembre de 16 12. Se le tuvo por vecino. 

(142) Hasta el ser aledañas las collaciones en que respectivamente vivían 
facilitaba el que se conocieran y se entendieran. La sobrina de Chaves quedó 
viviendo en la collación de San Salvador; Hidalgo tenía su domicilio en la in- 
mediata de San Isidro. 



- 220 — 

ejemplares, ó fueran harto pocos, á la noble ciudad del Gua- 
dalquivir. 

Muy larga ha sido esta digresión, pero aún más forzosa; 
porque, como Cervantes usó con grande frecuencia en su Rin- 
coñete y Cortadillo los vocablos de la germanía sevillana, pre- 
ciso era tratar con algún espacio del origen y los progresos de 
su estudio, máxime habiendo en ello campos que deslindar y 
supercherías que descubrir, y siendo por entonces el más 
entendido en la jácara un probable amigo del excelso escritor 
complutense, con quien debió de comunicar, así en la famosa 
Cárcel Real de Sevilla, cuando Cervantes moró en ella todo el 
otoño de 1 597, como después, á pleno aire y luz abierta. Qui- 
zás visitaron juntos el Corral de los Olmos, el de los Naranjos, 
el campo de San Diego, la Venta de la Negra (143), el mismo 
Compás de la Laguna, todo con el laudable propósito de estu- 
diar los documentos humanos que en estos lugares abundaban: 
gente jacarandina entonces, y gente jacarandosa ahora que tan 
de buenas manos la contemplamos retratada en las produccio- 
nes de Cristóbal de Chaves y en las novelas cervantinas; en 
aquéllas, algo rudamente y sin mira poética, como reproduce 
las imágenes la cámara fotográfica; en éstas, con arte exqui- 
sito y con habilidad suma, como obra de pinceles manejados 
por destrísimos dedos y guiados por la poderosa mirada aqui- 
Hna del gran precursor y gran maestro de Velázquez: ya que, 
en lo de ser vivos trasuntos de la propia realidad, á la vez que 
admirables creaciones artísticas, allá se van, como figuras 
hermanas, Monipodio y Menipo; Rincón y Cortado, y las Me- 



(143) Otro de los lugares en donde solían tener sus francachelas los matan- 
tes de Sevilla. En el Romance del cumplimiento del testamento de Maladros: 



Y dice Estrucho y Magazo: 
«Celebremos esta fiesta 
Con tajada y godo pío 
En la Venta de la Negra.» 



Esta venta aún subsiste con ese nombre. Está en la margen derecha del Guadal- 
quivir, enfrente de la Isla Mayor, y cerca de la puentecilla que da paso á ella. 



- 2^1 - 

ninas; Maniferro y sus camaradas, y los Borrachos; la Ganan- 
ciosa y sus amigas, y las Hilanderas. 

Por dichosa casualidad — ya lo indiqué en otra ocasión — 
de Rinconete y Cortadillo, como de El Celoso extremeño, hay 
dos textos diferentes: el primitivo, que se ha conservado gra- 
cias al Ldo. Porras de la Cámara, primero, y después á don 
Isidoro Bosarte, que lo sacó á la luz pública en 1788, en el nú- 
mero IV de su Gabinete de lectura española, y el texto defini- 
tivo, arreglado sobre el primero por su autor, para publicarlo 
en 16 1 3, en su inapreciable colección de Novelas ejemplares. 
Bosarte, aunque no era sujeto de muy fina perspicacia ni de 
muy sólida cultura, se percató bien de la grande importancia 
que tendría para los literatos el poder examinar dos textos 
diferentes de una misma obra cervantina. «Se trata — escribió 
en el prólogo que puso á la dicha novela (144)— de Miguel 
Cervantes, autor ya clásico en nuestra lengua, á quien se le 
observa por sílabas y aun por letras, según vemos en las va- 
riantes del Quixote de las últimas ediciones; de Miguel Cer- 
vantes, de quien se ha deseado saber la patria por unos lite- 
ratos tan señalados como D. Tomás Tamayo de Vargas, don 
Nicolás Antonio, D. Blas Nasarre... Y, en fin, de aquel Cervan- 
tes que ha sabido agradar igualmente á los nacionales que á 
los extranjeros: dote rarísima que apenas hallaríamos en mu- 
chos de nuestros escritores, ¿Qué deleite no hubieran tenido 
estos literatos, y otros que no escriben, contentándose con la 
sola lectura, si hubiera caído en sus manos un borrador de 
Cervantes de algunos capítulos del Quixote, ó de cualquiera 
de las Novelas exemplares? Juzguemos por el que tienen los 
artistas y aficionados á las artes en semejante caso. Al ver un 
gran cuadro original historiado, ¡cuánto se desearía ver los 
estudios y diseños originales de aquella obra! Si llegan, por 
casualidad, á conseguirlos, ¡cuánta atención ponen los artistas 
en estos diseños y rasguños, que el vulgo mira casi con des- 



(144) Gabinete de lectura española, n.° IV, pág. IV. 



-222- 

precio, por no comprenderlos! Allí es el ver á los inteligentes 
observar los pasos del entendimiento del artista cuando criaba 
su obra. Atienden al modo que tuvo de romper, á los partidos 
que tomó, á las figuras que escogió, á las que reprobó, á lo 
que en las que puso corrigió ó alteró, y las cosas de que se 
arrepintió. Esto, ciertamente, gusta más que ver luego el cua- 
dro solemnemente aprobado, concluido, repintado, y colocado 
en la pared. Pues este gusto, que es común á literatos y artis- 
tas..., y que á propósito de las obras de Miguel Cervantes más 
era para soñado que para esperado, es el que efectivamente y 
en realidad les damos y entramos por las puertas á nuestros 
literatos con la edición de las novelas de Rinconeíe y del Ex- 
tremeño, según se leen en los manuscritos de Sevilla.» 

Tenía Bosarte mucha razón en todo esto: ¡así en cien 
otras cosas! De mí sé decir que en tratándose de examinar es- 
critos autógrafos, preferí siempre los borradores á las copias 
definitivas. En éstas no puede estudiarse, y en aquéllos sí, el 
muy interesante proceso intelectual del autor. Examinando, 
analizando, disecando, si vale decirlo de esta manera, unos 
borradores llenos de tachaduras, no suplidas á veces, y en el 
lugar de las cuales, á las veces también, se vertieron, al cabo, 
otros pensamientos; reparando en las enmiendas de palabra y 
de frase, piedra de toque de la perspicacia del que escribe, y 
en las adiciones, soldados rezagados, pero valientes, del bata- 
llón de la dialéctica, ó del de la retórica, más ricamente vesti- 
dos y menos bien armados, y fijando, además, la atención en 
las supresiones, casi siempre hijas de la cautelosa prudencia, 
se convive, talmente se convive, con el que enmendó, añadió 
y borró; más todavía que convivir: se le ve pensar. Y como 
el primer texto del Rinconeíe, puesto junto al definitivo, no es 
sino un borrador del Príncipe de nuestros ingenios, con en- 
miendas, supresiones y adiciones de su propia mano, hácese 
interesantísima la tarea de ladear párrafo á párrafo y renglón 
á renglón ambos textos, para que al estudioso no se le pase 
por alto ninguna de las mil diferencias que entre ellos se no- 



- 223 - 

tan, ya indicadas, en lo de más bulto, por Bosarte, aunque de 
ordinario con observaciones infelicísimas, de que trataré en 
mis notas á la inimitable novela. 

Quede para el discreto lector todo el grato solaz de ad- 
vertir por sí propio tales discrepancias y de estudiar á qué hu- 
bo de deberse cada una; y á mí, que ya estoy fatigadísimo de 
escribir sin tregua horas y horas, básteme, por lo que hace á 
este punto, con notar que, como en la también muy linda obri- 
ta de £¿ Celoso extremeño, Cervantes, al arreglar para la es- 
tampa el Rinconete, quitó ó enmendó con gran cuidado cuanto 
pudiera estimarse que desdecía del título de ejemplares que 
pensaba dar á sus Novelas. Así, un pasaje fuertecillo del borra- 
dor, aquel en que la Cariharta hablaba de un bretón y de un 
perulero, está muy moderado en la lección definitiva (145). 
Por lo común, con las reformas ganó el texto de la novelita', 
si bien, como suele acontecer en materia de enmiendas, sufrió 
algún menoscabo en no pocos lugares la hermosa espontanei- 
dad del primer intento. 

Mas no por esto que acabo de decir se imagine que Cer- 
vantes, que era algo indolente en lo relativo á limar sus 
obras, dejase de serlo en esta ocasión. No, y tanto en el len- 
guaje como én algunos pormenores de la fábula pueden se- 
ñalársele frecuentes descuidos. Vea el lector unas muestras. La 
Gananciosa, consolando á su amiga la Cariharta, le augura 
que pronto la buscará arrepentido su amante, y, en otro caso, 
le escribirán un papel en coplas, y Monipodio se ofrece á ser 
el secretario para cuando sea preciso; mas luego viene á ave- 



(145) La referencia que tenía que hacer la Cariharta al trabajo y afán con 
que habia ganado los veinticuatro reales que envió al Repolido era escabro- 
silla; pero Cervantes, por su singular ingenio, supo salir de ella sin daño de 
barras: como sacó á Sancho y á D. Quijote del mal paso de los batanes; y 
como en El Ingenioso Hidalgo, parte I, cap. XXII, hizo decir á Sancho algo 
que dicho á cartas vistas no sería de buen pasar; pero que hábilmente di- 
cho pasó bien, y aun la perspicacia de Clemencín no entendió la frase (El 
Quijote de Clemencín, t. II de la primera edición, pág. 207 y última nota de 
ella). Confio en que la entenderá el Sr. Cortejón, nuevo y brioso comentador 
del Quijote. 



V 



riguarse que no sabe leer, pues por él tiene que hacerlo Rin- 
conete, ni escribir, pues tuvo que mandar al mismo que pu- 
siera su nombre y el de Cortadillo en la lista de los cofrades. 
En otro lugar, al preguntar Monipodio por la bolsilla de ám- 
bar que con su contenido había dado al traste en la plaza de 
San Salvador y decir que con él no había levas, «tornó á ju- 
rar > la guía, y no había jurado antes; y poco después: «Tornó 
de nuevo á jurar el mozo y maldecirse... t, y, á lo que se ve, 
era la primera vez que se maldecía (146). Pero hay que tener 
cuenta con que alguna particularidad que parece descuido no 
lo es, sino esíquisito donaire y como sabroso dejillo de la pro- 
pia canela; esto, por ejemplo: la Pipota, luego que entra en la 
casa de Monipodio, se va á la sala y, después de arrodillarse 
ante la imagen de Nuestra Sei\ora y de besar el suelo, se le- 
vanta y echa su limosna en la esportilla; pasado un ratejo, 
pide á la Escalanta y á la Gananciosa un cuarto para comprar 
las candelicas de su devoción, porque se le había olvidado en 
casa la escarcela. Esto, á buen seguro, no es descuido de Cer- 
vantes, sino marrullería que supone en la vieja borracha: men 
tía en lo del olvido, para cumplir á costa ajena sus empecata- 
das y supersticiosas devociones. 

En cuanto á veniales descuidos en el lenguaje, el autor 
de Rinconete y Cortadillo es el Cervantes del Quijote: Cervan- 
tes — decía Gallardo (147)— como todos los hombres de ima- 
ginación muy viva, no tenía paciencia para retocar; pintaba al 
fresco.» Pero, así y todo, ¡qué encanto de prosa! Esos mismos 
lunares parecen sembrados adrede, acá y allá, para que mejor 



(146) Otro reparíllo que, como los que apunto en el texto, es peccata mi- 
nuta. Al extrañarse Monipodio de que no se le haya mostrado la bolsica de 
ámbar que escamoteó Cortado en la plaza de San Salvador, respóndele Gan- 
cbuelo: «Verdad es que hoy faltó esa bolsa; pero yo no la he tomado, ni puedo 
imaginar quién la tomase.» ¿Cómo no se le había ocurrido que Cortado, ladron- 
éete extravagante, digo, no ingresado en la archihonrada cofradía, pudiese ser 
el que habla anochecido la bolsa? Y si se le ocurrió, ¿cómo en el largo camino 
hasta la casa de Monipodio no le preguntó acerca de ello? 

(147) El Criticón, Madrid, I. Sancha, 1835, n.o i.» 



— 225 - 

resalten las bellezas. Cervantes no se pagaba cosa mayor de 
escribir pulcra y atildadamente. Hacía bien, y, si no, paréce- 
melo. Los malos escritores, y aun, de entre ellos, los que por 
no escribir á tontas y á locas. 

No damos á luz papé- 
Para entretener doñeé-, 

como no tenemos cosa buena y de enjundia que poner en 
nuestras desmedradas obras, por fuerza hemos de cuidar un 
poquito de escribir con pasadera corrección, si más no pudié- 
remos. Cervantes no se andaba con esos repulgos y melindres. 
Águila non capit muscas. Escribía naturalmente bien; el arte 
y la elegancia le eran familiares y como congénitas; conocía 
mucho léxico: muchas voces y, lo que vale aún más que ellas, 
grande variedad de giros, comparaciones, modismos y refra- 
nes, sacados directamente, con tino pasmoso, del inexhausto 
venero popular, y, en resolución, todo lo hallaba á mano, en 
su bonísima memoria, al escribir, y veníasele á la pluma de 
entre todo ello lo más adecuado, significativo y eufónico para 
dar forma á sus pensamientos, que con llamarlos suyos, no 
cabe más extremado encarecer. Con todo eso, no debo, á ley 
de honrado, hacer caso omiso de una algo reiterada distrac- 
ción cervantina, consistente en olvidar, á las veces, que hablan 
sus personajes, y hablar él por ellos, de lo cual resultan im- 
propiedades ostensibles. En el borrador que copió el licen- 
ciado Porras de la Cámara, cuando Rinconete, al darle un bo- 
fetón Chiquiznaque, se va sobre él auxiliado de Cortadillo, 
díceles Monipodio: «...os habéis ahorrado seis meses de novi- 
ciado; porque con el ánimo que habéis mostrado, os diputo, 
señalo y consagro á entrambos para que podáis comunicar...» 
En el texto definitivo, cuando los dos mozos manifiestan que 
les va muy bien de ánimo para sufrir sin chistar media do- 
cena de ansias, díceles Monipodio: «Alto, no es menester 
más: digo que sola esa razón me convence, me obliga, me per- 
suade y tne fuerza á que desde luego asentéis por cofrades 
mayores...» Las expresiones que he subrayado no eran, á 



- 226 - 

la verdad, para dichas por Monipodio, que, según lo pinta 
Cervantes, «representaba el más rústico y disforme bárbaro 
del mundo.» Quien decía estupendo^ naufragio^ popa, adversa- 
rio y soledad, por estipendio, sufragio, pompa, aniversario y 
solemnidad, no podía buenamente decir aquellas otras cosas, ó, 
á lo menos, corríase el peligro de que algún traductor suspicaz 
tuviese aquellos pasajes por apócrifos, porque Monipodio en 
ellos, como Sancho Panza en cierto capítulo del Quijote, c ha- 
bla con otro estilo del que se podía prometer de su corto inge- 
nio, y dice cosas tan sutiles, que no tiene por posible que él las 
supiese» (148). 



(148) Parte II, capítulo V. — Al nimiamente amigo de la corrección no 
puede faltar tarea larga en las obras de Cervantes, en especial, si busca ejem- 
plos de palabras repelidas á trechos muy cortos y de versos involuntarios, que 
cuando no pasan de dos pueden disimularse, pero no tanto siendo tres ó más. 
Clemencin, que tenia algo y aun algos de dómine, halló bien que hacer, en 
materia de incorrecciones, cuando comentó El Ingenioso Hidalgo. En el AV/i- 
coñete no habría dejado pasar sin destempladas notas pasajes como éstos: 
«...puesto que en el seno se \t parecía un gran bulto, que, á lo que después 
pareció, era... (f." 66 v.'" de la edición principe); «...unos naipes de figura 
ovada, porque de ejercitarlos se les hablan gastado las puntas, y porque dura- 
sen más, se las cercenaron...» (Ibid.); Y «con sólo eso que hacen, dicen esos 
señores, dijo Cortadillo, que su vida es santa y buena?» (f.* 72 v.'" ); «Mas 
apenas habían comenzado á dar asalto á las naranjas, cuando les dio á todos 
gran sobresalto los golpes que dieron á la puerta...» (f.* 78 v.'°). 

Más pica en historia lo de los versos que yo digo esporádicos. Todos los 
escritores, cuál más, cuál menos, tienen de esto en sus obras, y Cervantes no 
muy poco. En su estilo elevado y en el artificiosamente poético de La Galaica, 
suelen encontrarse, no enteramente juntos, pero á distancias muy cortas, algu- 
nos versos endecasílabos, tan robustos y cadenciosos, que apenas se pueden leer 
sin declamarlos. Sirva de ejemplo este pasaje del libro II (Biblioteca de Kiva» 
deneyra, t. I, pág. 27 b): «A la luz de las furiosas llamas se vieron relucir los 
bárbaros alfanjes, y parecerse las blancas tocas de la turca gente, que encen- 
dida, con segures ó hachas de duro acero, las puertas de las casas derribaban, 
y, entrando en ellas, de cristianos despojos salían cargados. Cuál llevaba la fati- 
gada madre, y cuál el pequeHuelo hijo, que con cansados y débiles gemidos, 
la madre por el hijo, y el hijo por la madre preguntaba.* En casos como el 
que acabo de citar diriase que los versos están entremezclados de industria; 
pero no cuando en cláusulas de estilo llano se hallan tres y hasta cuatro y cinco 
versos, comúnmente octosílabos. En La Gitanilla, verbigracia: «...y de tal ma- 
nera escribió el famoso licenciado Pozo, 

que en sus versos durará 
la fama de la Preciosa 
mientras los siglos duraren.» 



- 22^ - 

De las Novelas ejemplares, como es sabido, se hizo la pri- 
mera edición en Madrid, por Juan de la Cuesta, en el afto de 
1613, y la segunda, del siguiente, aunque por la portada y el 



En Las Dos doncellas: «¡Qué de palabras y razones la añadía, que la hacían 
cierta y de mucho efecto! " 

¡Cuántas veces no creyó ^ 

que se le habla perdido, 

y cuántas imaginó 

que sin ella Marco Antonio 

no dejara de cumplir 

su promesa, sin acordarse...» — Rinconete y Cortadillo no habfa de ser una ex- 
cepción y también en esta novela suele tropezar el curioso con tal cual hilerilla 
de versos involuntarios. Un ejemplo, hasta con asonantes (f.° 80 de la primera 
edición): «...y que, con todo esto, eran hombres de mucha verdad..., temerosos 
de Dios y de sus conciencias, 

que cada día oían misa 
con extraña devoción; 
y hay dellos tan comedidos, 
especialmente estos dos 
que de aquí se van agora, 

que se contentan con mucho menos de lo que por nuestros aranceles les toca.» 
Y un poco después (f.° 82 v.'° , y por errata, 74): «...que no paró en más de 
volver la centinela á decir que el alcalde 

se había pasado de largo, 
sin dar muestra ni resabio 
de mala sospecha alguna. 
Y estando diciendo esto...» 

Alguna vez son hexasilabos los versos de esas tiradillas (f 84 v.'° ): c — Asi 
es la verdad, dijo Rinconete; que todo eso está aquí escrito; y aun 

más abajo dice: 
«Clavazón de cuernos.» 
— Tampoco se lea, 
dijo Monipodio, 
la casa, ni adonde; 

que basta que se haga el agravio...» En el borrador del Rinconete hay también 
algo de esto (pág. 7 de Bosarte), y es lo peor que los endiablados versillos 
piden, á gritos, música: «...ni pende relicario de cabo de tocas ni de hilo de 
perlas, aunque lo estén mirando 

con ojos de lince, 
que á unas tisericas 
que conmigo traigo 
puedan resistir.» 

Esto de los versos involuntarios haylo en muchos autores, en los más de 
ellos: en cada casa cuecen habas... Folleto de algunas docenas de páginas, y no 



- ^- 

colofón muestra ser de la imprenta misma, tiénese hoy por 
furtiva, y generalmente se atribuye á Antonio Álvarez, impre- 
sor de Lisboa (149). Pero aun siendo así, hácese notar que 



una simple nota, tendria yo que hacer si nne propusiera juntar un buen manojo 
de esas amapolas que se nacen entre la mies de los escritos, y ciertamente que 
be hallado cosas curiosísimas. Citaré, por todos, hasta tres ejemplos ejtraflos á 
Cervantes: uno, de su tiempo, hasta con asonancia romancesca (y cata aquí un 
endecasílabo mío); otro del padre Gradan, y el otro, reciente, calentilo, acabado 
de coger á la hora de ir á la imprenta estos renglones. Lope de Vega, en La 
Doroteoy acto III, escena IV: «Vayase á su casa, caballero el del rebozo; que 

no he de salir de la mía 
hasta que el sol me lo mande 
y la gente me detienda. 
— ¿Qué me decís. Ludo vico? 
— Lo que me pasó con ella.» 

Baltasar Gracián, en El Criticón^ !.• parte, cnsí XII: «Donde acababa el palio 
comenzaba un Chipre tan verde, que pudiera darlo el más buen gusto; si bien 
todas sus plantas eran 

más lozanas que frutiferas, 
todo flor, y nada fruto. 
Coronábase de flores 
vistosamente odoríferas, 

parando todo en espirar humos fragantes.* Y, en fín, D. Vicente Blasco Iba- 
ñez, en la pág. 154 de su novela intitulada La Horda (Valencia, 1905): «...pero 
tengo los libros, que son mi familia, y pago un cuarto de ocho daros 

para que estén 

bien alojados. 

No tengo sillas, 

no tengo cama, 

no enciendo luz, 

duermo en el suelo 

sobre un jergón; 

pero las obras 
están en sus estantes... 

(149) Ya, por los años de 1872, Salva, en su útilísimo Catálogo (núme- 
ro 1.744, sospechó que esta edición de 1614 no fuese de Madrid ni de Juan 
de la Cuesta, sino de Lisboa y de AntonioA Ivarez. Á los buenos fundamentos 
en que apoyó su sospecha agregó, pocos años há, otro no menos atendible 
D. Leopoldo Riu?, al tratar de esta edición en su Bibliografía critica de las 
obras de Miguel de Cervantes Saavedra (Barcelona, 1 895), t. I, pág. 1 14. Yo 
he confrontado despacio el escudo que llevan los ejemplares de la dicha edición 
con el indubitado de Cuesta y añrmo que Rius se quedó corto cuando inter- 
caló, al transcribir la portada: «Copia exacta, pero basta, del escudo Post teñe- 
bras que hay en la primera edición.» No es copia exacta. Antes de emplearse 
el taco de ese escudo en la edición príncipe de la primera parte de El Inge- 
nioso Hidalgo había llevado algunos golpes que maltrataron los adornos extre- 



— 229 - 

esa edición fraudulenta ofrece respecto de la príncipe, y de 
otras dos ediciones que con entera fidelidad la copian, hechas 
en 1 6 14, en Pamplona y Bruselas respectivamente, no sólo 
variantes de grande importancia, sino, lo que es más todavía, 
frases añadidas con mucho acierto. Y no se piense, ni por so- 
ñación, que algunas de las supresiones, adiciones y enmiendas 
se debiesen á haberse corregido en el nuevo texto cualesquier 
yerros de la edición original; no, pues aunque hay en ella, á 
la vuelta de la hoja segunda, Fee de erratas, más es fe de no 
haberlas hallado: «Vi las doze Nouelas compuestas por Miguel 
de Ceruantes, y en ellas no ay cosa digna que notar, que no 
corresponda con su original. Dada en Madrid á siete de agos- 
to de 161 3.— El licenciado Murcia de la Llana.» 

Ya en 1901, por lo que toca á una de las Novelas ejem- 
plares, á la que era objeto de su estudio, el autor de El Loay- 
sa de '(■El Celoso extremeño*, para probar que en el texto de 
la edición fraudulenta de 1614 «se advierten multitud de en- 
miendas, por agregación, por supresión y por trueque, tales, 
que sólo á la Minerva y á la mano del autor pudieron ser de- 
bidas», confrontó no pocos pasajes, paréceme que saliendo 
airoso con su intento (150). Con análogo éxito ha emprendi- 
do y llevado á cabo igual tarea, en cuanto al Coloquio de Ci- 



mas de los ángulos inferiores, especialmente el de la derecha. Asi se echa de 
ver en las dos primeras ediciones del Quijote de Cuesta, y en la primera de las 
Novelas ejemplares, como asimismo en las de la segunda parte del Quijote 
(1615) y Los trabaj'os de Persiles y Sigismundo {1617). Pues bien, el escudo 
de la edición de 1 614 de que venimos hablando no tiene maltratados esos ador- 
nos, evidentísima prueba de ser falso. Adema?, y esto acabará de persuadir de 
ello, el escudo en cuestión, sobre ser, como dijo Rius, copia basta del auténti- 
tico, difiere de él en algunos pormenores, tales como el número y distribución 
de las hojas en los ramülos de la parte superior. 
(150) Págs. 293-295 (*). 



(*) Bien conozco que cito con harta frecuencia mis trabajos y bien adivino que no han 
de faltar lectores que me lo afeen. A estos tales diré desde ahora, curándome en salud, qué 
siento muy de veras que esos trabajos sean míos y no suyos; porque siendo ajenos no me vería 
en la necesidad de citarlos como propios. Si de algunas de estas cosas que se refieren á Cervan- 
tes he escrito y publicado yo tanto, á lo menos, como el que más, <citaré al moro Muza, que no 
conoció al autor del Quijote ^ ó á Mauleón, poeta tonto, natural de Peralta, que, auuquc lo 
conoció y trató, no acertó á escribir sino sus rimadas mentecateces.' 



- 230 — 

pión y Berganza, cierto joven y muy discreto amigo mío, que 
pronto sacará á luz un sabroso estudio de esta admirable 
obrita, y á cuya bizarra franqueza he debido amplia noticia 
del resultado que obtuvo de su cotejo, y licencia, además, 
para aprovecharme de él á todo mi sabor (151). Abundando 



(151) Haciendo moderado uso de la bondadosa licencia que me otorga mi 
aludido amigo D. Agustín G. de Amezúa, y después de advertir que en esta 
novelita del Coloquio, como en todas las ejemplares, la edición fraudulenta 
de 16 1 4 abunda en erratas más todavía que la principe, y eso que ésta, pese á 
la fee del licenciado Murcia de la Llana, tiene no pocas, entresacaré de la 
larga lista de variantes basta una docena, que como muchas otras, son enmien- 
das atinadas, f)or trueque, por adidón ó por supresión, y sólo al f>rof>io Cer- 
vantes pueden deberse; que nadie sino él podia esmerarse tanto, no ya en fijar, 
sino en mejorar, por medio de agregaciones oportunisimaa, d teito de 16 13. 

ADICIONES 

1618 i'il t 

Quedé atónito y confiuo, esperando la (^euc aioniio y confuso <// /<ij/a/<i¿r«« 

noche, por ver en lo que paraba aquel mute- á4 Ut vitj'm, esperaBdo la noche, p<>r ver cn 

río ó prodigio de haberme hablado la vitjm; lo que paraba aqud gtisterio o prodigio de 

y como... (f.o 360). haberme hablado de aquella auerte; y como... 

(f.» 913 vto.). 

... y tenidos en poco de aquello* qne aás lot ... y tenidos en poco de aqillot mitmot que 

estimaban... (f.» 366 vto.). más loa estimaban... ( f.* mS vto.). 

... y con los frutos de nuestras heredades, que ... y con loa fniloa de nuestras /rt/tof here- 

nos revenden, se hacen rico*. No tienen... dades, que aoa ravcnden, se hacen ricos, át- 

(f.» 368 vto.). jáuátmot á mMttrot ^obrti. No tienen... (fo- 
lio S3t). 

... su ciencia no «s otra que la de robamos. ... su ciencia no es otra que la de robamos, y 

De los doce... (f.* 368 vto.}. étUt fécilmenU U dtfrritden. De los doce... 

(f* »30 
... y entrarme en la ciudad á buscar ventura, ... y entrarme en la ciudad á buscar ventura, 
qué la halla él que se muda. Al entrar... (fo- que la halla el que se muda, ^rticularmen' 
lio 370). tt mí fs de mala á mejer tttado. Al entrar... 

\S* 333 vto.). 
...no hay mayor ni mejor bolsa que la cari- ... no hay mayor ni mejor bolsa que la cari- 
dad, cuyas liberales manos jamás catán po- dad, cuyas liberales mano* jamás están p<^ 
brés. Y asi... if.» 370 vto.). bres ni ntitiitadat. Y asi... (í.« 333 vto.). 

... y denle la ración que á los demás, y acari- ... y denle la ración que á los deniás, y acaí 1 
ciale, porque tome cariño al hato y se quede ciale todo cuanto pudiere 1, porque tome cari- 
en él. (f." 243 vto.). fto al hato y se queda de hoy por delante en 

él (f.o 308). 

SUPRESIONES 

... valia el caballo tanto y medio mát de lo ... valía el caballo tanto y medio de lo que 

que dieron por el. (f.o 357). dieron por él (f.» 330). 

... y alg;unos se mueren que me dan á mí la ... y algunos se mueren que me dan á mí la 

vida con lo que me mandan... (f <> 263 vto.). vida con lo que mandan... (f.> 335). 

TRUEQUES 

•..porque no es regalo, sino tormento, el be- ... porque no es regalo, sino tormento, el be- 
sar ni dejar besarse de una vieja (f." 260). íSlI ta dejar se besar Ac una vieja (f.* 222 vto.). 
... sus costumbres, sus ejercicios, su trabajo, ... sus costumbres, sus ejercicios, sus traba- 
su ociosidad... (f." 271). jos, su ociosidad... (f." 233). 
... cansóme aquel ejercicio, no por ser traba- ... cansóme aquel ejercicio, no por ser traba- 
jo, sino... (f.o 371). jóse, sino... (f.o 233 vto.). 



- 231 — 

tales enmiendas en las dos novelas mencionadas, no habían 
de faltar en las demás de la colección (152), ni, por tanto, en 
Rinconete y Cortadillo. Metámonos por el texto adelante, y 
entresaquemos algunos de los ejemplos que más bien patenti- 
zan el haber sido obra del mismo autor, y no de algún librero 
osado, muchas de las variantes que ofrece la edición fraudulen- 
ta de 16 14. Muy poco nos queda que andar para llegar al an- 
siado término de este enojoso discurso. Sobrellévame, lector 
amable, otro ratillo todavía, y no te descompadres conmigo 
ahora á la postre, ya que fuiste tan bueno, que no dejaste mi 
camarada en un tan largo camino. 

Cuando, publicada por enero de 1605 la primera edición 
de El Ingenioso Hidalgo, el librero Francisco de Robles, al ver 
que reimprimían el libro en Lisboa, pidió y obtuvo privile- 
gio para Portugal y Aragón, con el cual, en los mismos talle- 
res de Cuesta, hizo estampar su edición segunda, hubo de 
entregar para las cajas, un ejemplar de la primera, pero reto- 
cado por el mismo Cervantes. Así, verbigracia, donde se leía 
<s.No fuyan ni teman» leyóse, más á lo arcaico, <s.Non fuyan 7iin 
teman» (153); donde decía antes «islas de Reayan% se enmen- 
dó «islas de Riaran^^ (i54)> y po^* «prevenciones referidas* 
púsose «prevenciones recebidas,-» (155), como demandaba el 
buen sentido. Y nadie imagine que tales correcciones pudie- 
ran ser de otra mano que de la de Cervantes, porque ¿quién 
había de hacerlas sino el mismo que con su fuero de autor hi- 
zo yangiieses á los harrieros gallegos del capítulo XV, y el 
mismo que, por sus escrúpulos de escritor cristiano, trocó en 
camándula ó diez de agallas, en el capítulo XXVI, aquel otro 
diez de ñudos dados en una tira de las faldas de la camisa, y 
el mismo, en fin, que en el capítulo XXX, con el natural de- 



(152) Rius entresacó unas muestras de estas variantes; uno ó dos ejemplos 
de cada una de las novelas (Bibliografía citada, t. I, págs. i Í3-1 14). 

(153) Folio 6 de ambas ediciones. 

(154) Folio 8 v.'" de ambas ediciones. 

(155) Folio 9 de ambas ediciones. 



— 232 — 

seo de remediar sus distracciones y de perfeccionar su obra, 
hace, á deshora, cruzar por la escena á Ginesillo de Pasamon- 
te, al solo efecto de que abandone el hurtado rucio entre los 
amorosos brazos de Sancho Panza? Pues de igual manera, á 
nadie sino al propio Miguel de Cervantes pueden atribuirse 
las enmiendas del Rinconete, tan atinadas como el lector echa- 
rá de ver al examinar conmigo unos ejemplos: 

1613 1614 

«Y en qaatro meses que estuue en 

aquella ciudad nunca fuy cogido entre nanea fuy cogido entre piernas.,, (fo- 
puertas... (f.° 68). lio 6o). 

La enmienda es, á todas luces, cervantina. Cervantes, que, en- 
contrando á la mano una expresión muy común, habíala em- 
pleado en su borrador del Rinconete al hacer decir á Corta- 
do (156): «...y, bendito sea Dios, jamás he sido cogido entre 
puertas...*, conservó este dicho al refundir su texto para darlo 
á la estampa; pero después, cayendo en la cuenta de que, por 
tratarse de un muchacho, era más propio decir, también con 
frase vulgar, cogido entre piernas, pues á los niños para azo- 
tarlos se les suele sujetar así, y no se les coge entre dos puer- 
tas como á los perros y á los gatos (157), alteró y mejoró su 
texto. 

«.. mas tomadla vos. Rincón... (f.° 70). «mas tomalda vos. Rincón . > (f.^ 62). 

También es patentemente cervantina esta enmienda. Donde 



(156) Pág. 7 de la edición de Bosarte. 

(157) Véanse algunos ejemplos del empleo de la frase coger entre puer- 
tas: «Los jueces nunca pierden el respeto á los templos, porque les sucede lo 
que á los perros que andan buscando la vida: que si muchas veces comen, algu- 
na los vienen á coger entre puertas» (Espinel, Vida del escudero Marcos de 
Obregón, relación II, descanso V). — De un soneto anónimo é inédito de hacia 
principios del siglo XVII, y cuyos cuartetos son demasiado picantes: 

Adiós, talludas ásperas doncellas, 
Un necio os busque, os sirva y os halague; 
Que todos dicen que lo hurtado es bueno. 

Adiós; que voy á las casadas bellas, 
Donde entre puertas, como perro, pag^a 
A puros palos, el bocado ajeno. 



— 233 — 

quiera que en la edición príncipe del Quijote estamparon sin 
metátesis estos imperativos plurales de segunda persona, con 
sufijo de la tercera, restableció Cervantes el metaplasmo en la 
segunda edición de Cuesta. Así, «.pagadle luego», tdesatadlo 
luego» (f.o 12), aechadle al corral» (f.'^ 19), y * llevadle á casa 
y leedleí» (f.o 21), fueron después pagalde, desataldo, echalde^ 
llevalde y leelde. 

Sí, respondió él, para seruir á Dios, y Sí, respondió él, para seruir á Dios, y 
á las buenas gentes, sXinc^t...(^iP TI). d buenas ^¿m/íí, aunque... (folio 63 

vuelto). 

Aquí, suprimiendo el artículo, arregló la expresión al modo 
más común de decir. En esa frase hecha, que era de religiosi- 
dad y de buena crianza cuando no salía de labios como los de 
Ganchudo, ladrón para servir á Dios, el que la empleaba no 
se ofrecía por servidor de las buejias gentes, ó sea de todas las 
buenas gentes; sino de buenas gentes. Y así lo dijo Mateo Ale- 
mán por boca de su Guzmán de Alfarache: «...con esto salí á 
ver mundo, peregrinando por él, encomendándome á Dios y 
buenas gentes, en quien hice confianza» (158). 

...y su guia les mandó esperar en un ...y su guia les mandó esperar en un 
pequeño patio ladrillado... (f.° 73). pequeñuelo patio ladrillado... f.° 64). 

Frecuentemente usaba Cervantes estos diminutivos en uelo: 
«...y á poco trecho que caminaban por entre dos montañue- 



D. Guillen de Castro, en la jornada I de su comedia El Narciso en su opinión: 

Tadeo. ...Y dos caballos frisones, 
Con su cochero borracho, 
Desafiaron los vientos, 

Y por una puente abajo 
Dieron con todo al través 

Y un pon talero mataron, 
A lanzadas, como moro, 

Y entre puertas, como gato. 

Aún duran en el habla vulgar de Andalucía dos expresiones derivadas de las 
que han dado lugar á esta nota: dar unas entrepuertas y dar unas entre- 
piernas: la primera se dice de los perros callejeros, porque suele cogérseles en- 
tre dos puertas, y golpearlos así, para que no vuelvan á colarse en la casa aje- 
na; la segunda expresión signiñca azotaina, por lo que arriba indiqué. 
(158) Guzmdn de Alfarache, parte I, libro I, cap. II. 

16 



- 234 — 

las...* (159); «vio que por cima de una vwntañuela que delan- 
te de los ojos se le ofrecía...» (160). Mas por si al lector pare- 
ciere que Cervantes ya hubo de entender harto achicado un 
patio con llamarle /¿'^«¿•«¿;, sin echar mano al diminutivo— bien 
que muy pequeño lo había llamado en el borrador — observe 
ahora, en el siguiente pasaje del Persiles, que de medio á me- 
dio se equivocaba: cÉsta, señores, que aquí veis pintada, es la 
ciudad de Argel..., puerto universal de cosarios y amparo y 
refugio de ladrones, que deste pequeñuelo puerto que aquí va 
pintado salen con sus bajeles á inquietar el mundo» (161). 

...había de leer una lición de posición ...habia de leer una lición de posición 
acerca de las cosas concernientes á su cerca de las cosas concernientes a sa 
arte(f.°86). arte (f.» 75 v.'"). 

Sin que Cervantes, tal cual vez, dejara de escribir acerca, pre- 
fería la otra forma, cerca^ en el mismo sentido causal. De ello 
seríame fácil traer muchos ejemplos. En otro lugar del Rimo- 
nete mismo, y aun en la edición príncipe de las Novelas 
(f.* 71), está dicho como en el pasaje copiado enmendó Cervan- 
tes. Véase: ...<le comenzó á decir tantos disparates.... cerca del 
hurto y hallazgo de su bolsa..., que el pobre sacristán estaba 
embelesado escuchándole....» 

Pero todavía más que en ejemplos como los citados se 
nota la mano de Cervantes en algunas adiciones que redon- 
dean y completan el pensamiento, ó lo hacen más claro y vigo- 
roso, ó dan énfasis á la expresión, ó añaden algún pormenor, 
alguna particularidad que se echaba ó podía echarse menos; 
pues, sobre que tales adiciones son siempre acertadísimas, 
¿quién sino el autor mismo había de poner tan exquisito cui- 
dado en mejorar su texto? Para echarlo á perder sí era bueno 
cualquiera; para mejorarlo, nadie más que él. Sólo el ferviente 
amor de padre emplea esa delicada solicitud. Pues vea el lec- 



(159) El Ingenioso Hidalgo, parte I, cap. XIX. 

(160) Ibid., cap. XXni. 

(161) Persiles y Sigismundo, libro III, cap. X. 



- 235 - 

tor, con poca ó ninguna glosa mía, unas muestras de las adi- 
ciones á que aludo: 

...seguro de comer á la hora que qui- 

siese, pues á todas lo hallaba en el en el más 

más mínimo bodegón de la ciudad minimo bodegón de la ciudad, en la 
(f.° 69 V.'"). cual había tantos y tan buenos (fo- 

lio 61). 

...ni les descontentó el oficio, por pare- 

cerles que venía como de molde para 

poder usar el suyo con cubierta y se- 

guridad, por la comodidad que ofrecía por la comodidad que ofrecía 

de entrar en todas las casas; y luego... de entrar en todas las casas, llevando 

(íP 69 v.'° ). los cargos y cosas que le mandasen; 

y luego... (f.'' 61). 

...no le arriendo la ganancia; día de 

juicio hay, donde todo saldrá en la co- donde todo saldrá, como dicen, en la 
lada, y entonces,., (f.*' 70 v.'"). colada, y entonces... (f. 62 v.'° ). 

...y otras cosas que ellos tuvieron por 

merced señaladísima, y lo demás con ...y lo demás con palabras muy come- 
palabras muy comedidas, las agrade- didas y corteses, las agradecieron y 
cieron mucho (f.° 76). tuvieron en mucho (f.^ 66 v.'"). 

Nadie se alborote, dijo Monipodio; Nadie se alborote ni inquiete, dijo á 
que es amigo... (íP 76). esta sazón Monipodio; que es amigo... 

(f.0 66v.'»). 

A propósito de este último ejemplo, note conmigo el lector 
que Cervantes, hasta en los casos en que no por sí, sino por 
medio de los personajes de sus novelas usaba algún modismo 
vulgar, añadía como suele decirse, y, más de ordinario, como 
dic£7i. Léese, verbigracia, en el Quijote (162): «...que es tiempo 
de la siega, y de entender en la hacienda, dejándonos de an- 
dar de ceca en meca, como dicen.-» Y en otro lugar (163): «...y 
lo que yo creo es que [Merlín] no fué hijo del diablo, sino que 
supo, como dicen, un punto más que el diablo.» Olvidósele á 
Cervantes en el lugar que copié del Rinconete este tal inciso, 
pero remedió su olvido muy luego. 

¿Pregunta ahora el curioso cómo, siendo furtiva la edi- 
ción que se quiso atribuir al impresor Cuesta, pudo corregirla 

(162) Parte I, cap. XVIII. 

{163) Parte II, cap. XXIII. .; 



— 236 - 

y mejorarla el propio autor...? Aparte de que para aquello que 
está á la vista no hay explicación más concluyente, bien que 
ni menos dialéctica, que exclamar: €¡Pues ahí verá usted!», 
como exclamaba en casos tales uno de nuestros mejores esta- 
distas contemporáneos, ya se ocurre que facilísimo hubo de 
ser á cualquier amigo de Cervantes, con tal ó cual pretexto, 
hacerle corregir sus novelas sobre un ejemplar de la edición 
príncipe, y recogerlo después: mucho más fácil que ponerme á 
probarlo ahora. Y esto sin alargarse á pensar temerariamente 
que el ínclito novelista, á quien el librero Francisco de Robles 
había entregado por las Novelas mil seiscientos reales y vein- 
ticuatro ejemplares de este libro, como total precio de la venta 
del privilegio para Castilla y Aragón y del derecho á obtener- 
lo para Portugal (164), entrase en apetito de ganar los cien 
años de perdón de la amplia bula refranesca, tratando á solapo 
con un librero de Lisboa ó del infierno mismo. Mas no sería 
de honrados el sospechar semejante pecaminosa acción en el 
nobilísimo ingenio que aquel propio aflo de 1614 afirmaba 
con hidalga franqueza: 

NoDca pongo los pies por do camina 
La mentira, la fraude y el engaOo, 
De la santa virtud total ruina (165). 

Reparando, no precisamente en todas estas cosas que 
algo á la larga he dicho, pero sí en algunas de ellas, aunque 
para indicarlas no contase con demasiado espacio en su Biblio- 
grafía critica de las obras de Cervantes, preguntábase y 
respondíase Rius al tratar de la mencionada edición furtiva de 



(164) Escritura otorgada en Madrid, á 9 de septiembre de 16 13 (Pérez 
Pastor, Documentos cervantinos, t. I, núm. 47. 

(165) Viaje del Parnaso, cap. IV. — Cervantes, y ya el Sr. Pérez Pastor 
cayó en esta cuenta, se sacó las espinas que le habían clavado sus libreros, 
haciendo decir en su Persiles y Sigismunda al que deseaba publicar la Flor 
de aforismos peregrinos :*No daré el privilegio de este mi libro á ningún librero 
de Madrid, si no me da por él dos mil ducados; que allí no hay ninguno que 
no quiera los privilegios de balde, ó, á lo menos, por tan poco precio, que no 
le luzga al autor del libro...» 



— 237 - 

las Novelas ejemplares (i66): «Pero ¿quién hizo las variantes 
y puso las frases añadidas? Sea quien fuere, hemos de reco- 
nocer que alguna de las primeras es bastante acertada y 
que varias de las segundas no descomponen el sentido ni des- 
dicen del estilo de la obra. Además, se corrigieron en ésta, 
que llamaremos segunda edición de las Novelas, algunas de 
las faltas de puntuación de la primera, y, en general, puede 
decirse que la aventaja en punto á la correción. Por ello, 
pues, para sacar un buen texto, preciso es tenerlas ambas 
presentes.» Eso ha hecho el autor de este trabajo, procuran- 
do, con su tal cual conocimiento de toda la vasta labor de 
Cervantes, fijar el texto del Rinconete lo mejor que ha podido. 
No he copiado fielmente, servilmente, el texto de edición 
ninguna y no faltará quien por ello me censure. Del autor de 
El Loaysa de tEl Celoso extremeños decía, va para un año, 
el Sr. Bonilla y San Martín, uno de sus críticos: «Es lástima 
que, puesto que dedicaba un libro á tratar de la novela, no 
haya reproducido la ortografía de los textos que transcribe, 
reproducción indispensable para que la edición presente resul- 
tara perfecta» (167). Pero es el caso que ni el criticado ni yo 
anhelamos esas perfecciones, que distan mucho de serlo. Tra- 
tárase de manuscritos originales del autor, y eso sería otro 
cantar, y pareceríame chico todo encarecimiento de la fideU- 
dad con que deben transcribirse; mas ¿respeto á las mil gro- 
seras erratas, no del autor mismo, sino de cada ignorante has- 
tialote que se arrimó á las cajas de la imprenta cuando se 
componían los moldes de tal ó cual edición?... No soy litera- 
to de ésos, ni Dios lo permita (168). No por viejos han de 



(166) Tomo I, pág. 114. 

(167) Anales de la Literatura Española, Madrid, 1904, pág. 225. 

(168) Para regalar á los lectores con bocados como abaricta, haj'o, coetes, 
hizquierda, voca, vobos, óbttca, valbucientes, ábitos, hancas y hacechar, como 
lo hizo el Sr. Bonilla reproduciendo la edición principe de El Diablo Cajuela^ 
siempre hay tiempo, ó, dicho mejor, no debe haberlo nunca. Ya no es poco 
hacer morder el ajo á uno; pero hacerle morder el hajo es crueldad doblada, 
porque pica aún más la hache que el ajo mismo. 



- 238 — 

subirse á venerables los desatinos. Y cuenta que, así como es 
muy socorrido el escribir con letra mala y casi ininteligible, 
porque, acudiendo á esa industria, no se echan de ver sino 
borrosamente y como al lubrican las faltas ortográficas, así 
también (y dígolo en general, y no por el Sr. Bonilla, de cuya 
sólida cultura literaria salen por buenos fiadores sus libros), 
profesando en la orden erudita descalza, que proclama la san- 
tidad del disparate vetusto, fray Níspero se ahorra zapatos, 
quiero decir, vigilias. Es mucho más fácil copiar un texto que 
entenderlo, depurarlo y fijarlo. Hasta Pero Grullo conocía y 
pregonaba esta verdad. 

Para fijar el de Rinconete y Cortadillo he tenido en cuen- 
ta, muy especialmente, la edición príncipe de las Novelas y la 
furtiva de 1614 (169). Todas las demás (excepción hecha del 
interesantísimo texto que publicó Bosarte, y que yo daré, tam- 
bién depurado, junto al otro) eran para mi propósito balumba 
inútil: las que se hicieron en Pamplona y Bruselas en 161 4, 
porque siguen puntualmente á la primera; las dos de 161 5 
(de Pamplona y Milán), porque se ajustan á las que la siguie- 
ron; las otras todas, porque no pueden ofrecer novedad alguna 
que á Cervantes se deba; sin descartar de ese todas la más anti- 
gua edición de Sevilla (Francisco de Lira, 1627), que ofrece mu- 
chas variantes (170), ni la edicioncita particular del Rinconete, 
asimismo sevillana, de Joseph Antonio de Hermosilla, más 
moderna de lo que imaginó Rius (171), y de texto gárrula- 
mente estirado y desleído, quizás por el mismo impresor, y 



(169) No contento con las notas que tomé en tres cotejos consecuti- 
vos sobre dos ejemplares de una edición corriente, acabé por hacerme con 
copia fotográfica de ambos textos. 

(170) Véase Rius, Bibliografía critica cU las obras de Cervantes^ t. I, 
n.o 234. 

(171) Ibid., n.o 242: Novela Famosa, \ y Entretenida, \ Rinconete, \ y 
Cortadillo, | en Sevilla; En la Imprenta Castellana y Latina \ de Joseph 
Antonio de Hermosilla. — "En 4.°, 36 págs. á dos columnas.— A falta de afio, 
Rius indicó que «es impresión al parecer del siglo XVII.» No: este Hermosilla 
imprimía en 1 730-1 738; pero no seis y más lustros antes (Hazañas, La Im- 
prenta en Sevilla, pág. 51). 



con el único propósito, á lo que se columbra, de que le diese 
el número de páginas que quería (172). Entre las ediciones 
modernas logró mucha fama la dirigida por D. Cayetano Ro- 
sell, que ocupa los tomos Vil y VIII de las Obras completas 
de Cervantes, impresas por Rivadeneyra (1863-64), A la ver- 
dad, tal edición es más buena para vista que para leída con 
algún detenimiento. Así y todo, ya que me tomé el trabajo 
de cotejar su texto del Rinconete con los de 161 3 y 16 14, 
apuntaré luego sus variantes (173). 



(172) No sé cómo, habiendo copiado algunas de sus desmañadas y sosas 
adiciones, no se percató de esto Rius, quien, en vista de las numerosísimas va- 
riantes, «que por la mayor parte consisten en añadiduras», pensaba que tal edi- 
ción «se hizo por uno de los varios M. S. de esta novela que sin nombre de 
autor andarían entonces descarriados por Sevilla.» — Á esta edición sevillana 
sigue, según el mencionado bibliófilo, otra edicioncita especial del Rinconete, 
dirigida por D. V. Castelló y hecha en Madrid en 1846; «pero con tantas va- 
riantes — añade — tomadas unas de las ediciones conocidas, é introducidas otras 
nuevamente, que íorman una lección distinta de todas las demás. No puede 
recomendarse, pues, como texto genuino.» Rius, bueno es no ocultarlo, padeció 
en todo esto muy notable equivocación. He examinado con detenimiento un 
ejemplar de la edición de 1846, y visto que sigue á la edición príncipe ó á 
alguna de las que la copiaron (sin más variantes que la supresión de tal ó cual 
palabra ó frasecilla corta), hasta que Rincón acaba de preguntar á Cortado 
cuánto renta la capellanía; pero ¡cosa, en verdad, rara! desde que el sacristán 
le responde con una iracunda salida de tono, abandona este impreso la lección 
de 1613 y copia, hasta el fin, la del borrador que publicó Bosarte, tan puntual 
y aun servilmente, que transcribe hasta sus más groseras erratas, como aquella 
^t para el trueco, en lugar de piar el turco. — Hay otra edicioncita sevillana 
del Rinconete, además de la de Hermosilla que cité en el texto: de ella tengo 
ejemplar; pero tan bien traspapelado, que no doy con él. Si mal no recuerdo, 
es del tercer cuarto del siglo XIX, y publicación de un periódico local: quizás 
quizás de La Andalucía (*). 

(173) Rosell no logró ver ejemplar alguno de la primera edición de las 
Novelas hasta después de impresa la suya, y así, se limitó á sacar y añadir las 
variantes. Mas no fué esto lo peor. Lo peor fué que Rosell carecía de la prepa- 
ración especial necesaria para salir airosamente con su empresa. Véalo por sí 
mismo el lector en dos ó tres ejemplos. En La Ilustre fregona (t. VIH, pági- 



(*) En mayo del comente año salió á luz en Sevilla una nueva edición de esta gallarda 
novelita: Rinconete y Cortadillo. Novela ejemplar de Miguel de Cervantes Saavedra. Reim- 
primela la Real Academia Sevillana de Buenas Letras como homenaje al Principe de^ los 
Ingenios Españoles en el tercer centenario de la publicación del Quijote (Sevilla, Francisco 
de P. Díaz, 1905». En 8.", 65 págs. y una hoja del colofón.— De este librito, que avaloran cua- 
tro muy lindos dibujos de García Ramos, se tiraron dos mil ejemplares, no venales, y además 
treinta y ocho, en 4.», sobre papel de hilo. El texto, preparado por mí, difiere de todos los pu- 
blicados hasta hoy, y aun no poco del que ahora sale á luz, ya en aquella sazón enviado á 
Madrid para el concurso abierto por la Real Academia Española. 



- 240 — 

Según observó atinadamente el docto hispanista holan- 
dés Mr. Fonger De Haan, profesor en la universidad de Balti- 
more, hasta ahora «sólo aquellos que tienen depurado gusto 
de letras saben estimar las Novelas ejemplares^ (174), cuyo 
mérito ha estado y todavía permanece obscurecido junto á los 
deslumbrantes resplandores de El Ingenioso Hidalgo don Qui- 
jote de la Mancha. Así, los críticos y eruditos se fueron, dicho 
en frase vulgar, con el golpe de la gente, y dedicaron toda su 
atención á esta incomparable novela, en términos, que, mien- 
tras que para ella hubo comentadores á escoger (y á desechar, 
por tanto), para todas las demás obras de Cervantes faltaron, 
casi de todo punto, aun escritores de buena voluntad que las 
ilustrasen siquiera con notas breves. El famoso D. Barto- 
lomé José Gallardo había querido anotar las Novelas ejem- 
plares (175); mas, por desgracia, y á consecuencia de los con- 
tinuos azares de su vida, tal propósito, como tantos otros 
suyos, quedóse en agraz. Túvolo idéntico D. Agustín García 



na 36), Barrabás, el mozo de mutas, dice, y lo advierte Rosell: €...eslas [trovas] 
que ha cantado este músico de ninguna manera las entrevo.* Rosell no entrevó 
el entrevar, y puso tías entiendo.* — Advierte más adelante (pág. 60) que en 
las primeras ediciones la moza gallega dice que, según manifiesta su ama, la 
ilustre fregona trae un silencio pegado á las carnes, y, sin embargo, enmienda: 
•silicio», con lo cual comete dos torpezas: alterar á sabiendas el texto, pues dice 
en la nota «que en boca de aquella gallega zafia la expresión [silencio] es tan 
propia como chistosa», y escribirlo mal, pues ha de escribirse con ce, cilicio, y 
no con ese, quizás entendiéndolo originado de sílice (!!) — En el Coloquio de los 
Perros (pág. 2IO del mismo t. VIII), viendo y advirtiendo que la edición de 
1614 (y lo mismo la primera) dice: «la insolencia, ladronicio y deshonestidad de 
los negros...», enmienda por si y ante sí: latrocinio. Si esto no fué meterse á 
colaborador de Cervantes, no hay cosa más parecida. 

(174) An Outline of the history of the Novela picaresca in Spain (ha 
Haya, Martinus Nijhoff, 1903), pág. 24. 

(175) El Criticón {1835), n.° i.o, pág. 34: «...saqué una copia en limpio 
del cuadro goyesco de La Tía fingida, con plan ulterior que tenía de publicar 
las demás Novelas ejemplares del Principe de nuestros noveladores, ilustradas 
con notas, ya que se me habia frustrado una edición del Quijote con iguales 
ilustraciones.> Y más adelante (pág. 41): «Los dibujos para la estampa de las 
Novelas de Cervantes se me daban ya hechos, y con todo el primor é inteli- 
gencia que yo pudiera desear. Habíalos dejado concluidos de su mano el esme- 
rado D. Luís Paret, por encargo de la casa de Sancha... Estas estampas son, 
á juicio de peritos, su obra maestra, y lo mejor que en esta linea se ha hecho 
en España... No pudo la casa de Sancha llevar adelante la [empresa] de las 



- 241 - 

de Arrieta, el primer editor de La Tía fingida, y lo llevó á 
cabo en 1^26 (176); pero con menguada fortuna, aunque así 
no lo vea el Dr. Apraiz (177). De cincuenta notas que puso al 
Rinconete, la mitad se reducen á explicar voces de la jácara, 
con la bastante ayuda del Vocabulario que ya podemos lla- 
mar de Chaves, y en la otra mitad tiene cosas tan fuera de 
camino como decir que galima es voz de la germanía; que 
sahumada, en lo de volver la bolsa á su dueño, significa mejo- 
rada, y que óeder ¡os quiries es «beber hasta más no poder, 
hasta morir.» jBien se habrán entendido los pasajes difíciles y 
alumbrado los lugares obscuros con el auxilio de un guía 
como Arrieta! Véase, en otro ejemplo, que útil linterna la 
suya. Preguntado Rinconete por Monipodio acerca de lo que 
sabía, para darle el oficio y ejercicio conforme á su inclinación 
y habilidad, «yo, respondió, sé un poquito de floreo de Vilhán: 
entiéndeseme el retén; tengo buena vista para el humillo; jue- 
go bien de la sola, de las cuatro y de las ocho; no se me va 
por pies el raspadillo, verrugueta y el colmillo; entróme por la 
boca de lobo como por mi casa, y atreveríame á hacer un 
tercio de chanza mejor que un tercio de Ñapóles, y á dar un 
astillazo al más pintado mejor que dos reales prestados.» 



Novelas, y el último de los Sanchas... me hizo expresión galante de los dibu- 
jos de Paret para las Novelas de Cervantes. Pero ¡dolor de mí! todo lo he 
perdido: dibujos de Paret, papeles míos, MS. antiguo de La Tía fingida,.., 
nada, nada me ha quedado sino la memoria lastimosa de todo...» — Corriendo 
el tiempo, las planchas de cobre de estas doce admirables láminas vinieron á 
parar en poder del Sr. Marqués de Jerez de los Caballeros, quien hizo sacar al- 
gunas excelentes pruebas en la Calcografía Nacional. Yo poseo sendos ejem- 
plares de esas estampas. Con grande gusto veríamos los aficionados ilustrar con 
ellas una buena edición crítica de las Novelas ejemplares: la que con tantísi- 
ma razón echaba menos el profesor De Haan en su artículo intitulado Picaros 
y ganapanes (Homenaje á Mene'ndez y Pelayo, t. II, pág. 157, nota). 

(176) Obras escogidas de Miguel de Cervantes. Nueva edición clásica, 
arreglada, corregida é ilustrada con notas históricas, gramaticales y críticas, 
por D. Agustín García de Arrieta. París, 1826. Son diez tomos en ló.*', de 
los rúales ocupan tres las Novelas: VII, VIII y IX. 

(177) En el Apéndice I de su Estudio histórico-crítico sobre las Novelas 
ejemplares de Cervantes (Vitoria, 1901) dice que «las notas de Arrieta en 
toda su meritoria colección son muy curiosas y han sido muy explotadas.» No 
lo serán por mí, á buen seguro. 



Pues digo que sabía Rinconete, muchacho y todo, bastante 
más que el anotador Arrieta: porque éste, ignorando qué era 
y en qué consistía cada una de esas flores del amenísimo 
jardín de Vilhán, salió del mal paso con la siguiente nota: 
«Toda esta cáfila de nombres que aquí se menciona es no- 
menclatura de los varios ardides, trampas, tretas y fullerías 
de la gente apicardada, relativas al baile, al juego y á sus 
modos y ardides de robar (178), y casi de ellos solos entendida, 
pues de ellos no hace mención el diccionario de la gemianía.» 
Pero entendíala bien Cervantes, y al cabo al cabo no ha de 
quedarse sin explicación «toda esa cáfila de nombres»; que 
yo, á Dios las gracias, he tenido algún más vagar que Arrieta 
é indagado lo que significan. 

Para ilustrar la primorosa novela cervantina he escrito un 
comento, más bien que unas simples notas; y si no estoy ufa- 
no de cómo he dado cima á la ardua tarea que emprendí, es- 
toylo, en cambio, de la buena voluntad con que lo intenté, y 
vayase lo uno por lo otro. Bien se me alcanza desde ahora 
que á mi trabajo, si llega á imprimirse, podrán faltarle críticos, 
porque tengan cosas más interesantes en que emplear su aten- 
ción; pero, humilde y todo, no le han de faltar detractores. 
Y toda la detracción —anunciólo no por buen cirujano, sino 
por bien acuchillado — tirará á probar estas dos cosas: que 
mi censurante sabe mucho más que yo en punto á novelas 
cervantinas y á todo linaje de letras, y que para estudio gra- 
nado y archibueno del Rinconete, el que él habría escrito, á 
cogerle de humor y á no tener asuntos más serios en que 
pensar. Los caminos para llegar á estas preasentadas conclu- 
siones sí que serán diversos: quién, poseedor de cualquier no- 
ticieja que yo no supe, ó no quise decir, la izará ruidosa y 



(178) ¡Es cosa chistosisima! La frase de Rinconete tno se me va por pies 
el raspadillo, verrugueta y el colmillo> la entendió Arrieta alusiva, por lo de no 
irse por pies, á achaque de bailes... Y á robos nocturnos creyó que se referia 
aquello de «entróme por la boca de lobo como por mi casa». ¡Sí que son muy 
curiosas, como indica el doctor Apraiz, las notas de García de Arrieta! 



— 243 - 

triunfalmente, dando por hecho que él se sabía de coro todas 
las noticias que contiene mi libro, y ésa más, y que, así, me 
gana por una; quién, hojeándolo y aparentando ojear, dirá 
desdeñoso: «¡Qué pesadez! ¡Estas menudencias acá las apren- 
dimos siendo muchachos!»; y quién, afectando despreciar toda 
erudición (bien que para cervantofilear un rato y pegar cuatro 
voces cuando la ocasión se empareje basta y sobra con traer 
á cuento á Amádis de Gaula y Pérsiles y Segismunda)^ grita- 
rá que huelga todo lo que no sea cervantismo pííro, sin mezcla 
del algodón que los pobretes que no van para genios buscan 
y suelen hallar entre el polvo de los archivos... A estos criti- 
quizantes digo — aunque, por adelantada, sea viciosa la paga — 
que Dios les conserve la noticia inédita, el saber congénito y 
la elocuencia indómita; que no escribí para ellos, pues no han 
menester libro alguno; y, en resolución, que á los valentones 
y matasietes literarios ahí les quedan once novelas ejemplares 
por comentar, y aun casi por entender, y ¡en ellas sí que 
pueden hincar y remachar, para mil y un años, el clavo de 
oro de su sabiduría! 

I.'' de febrero- 1 4 de marzo de 1905. 



RINCONETE Y CORTADILLO 



BORRADOR 



TEXTO DEFINITIVO 



Novela de Rinconete y Cortadillo, Novela de Rinconete y Cortadillo 



famosos ladrones 

que hubo en Sevilla, la cual pasó asi 

en el año de isSg a 

En la venta del Molinillo, 
que está en los campos de Al- 
cudia, viniendo de Castilla pa- 
ra la Andalucía, ya en la en- 
trada de Sierra Morena, un 
día de los calurosos del vera- 
no del año 1589 "" se halla- 
ron dos muchachos zagalejos, 
el uno de edad de quince años 
Y el otro de diez y siete, ambos 
de buena habilidad y talle; pe- 
ro muy rotos, descosidos y mal- 
tratados: capa no cubría sus 
hombros; los calzones eran de 
lienzo, y las medias calzas de 
carne; bien es verdad que lo 
enmendaban los zapatos, pues 
los del uno eran unos rotos al- 
pargates, Y los del otro eran 



En la venta del Molinillo ' , 
que está puesta ^ en los fines de 
los famosos campos de Alcudia^, 
como vamos de Castilla á la An- 
dalucía, un día de los calurosos 
del verano se hallaron en ella 
acaso dos muchachos de hasta 
edad de catorce á quince años: 
el uno ni el otro no pasaban * de 
diez y siete* ^; ambos de bue- 
na gracia, pero muy descosidos, 
rotos y maltratados: capa, no la 
tenían ^', los calzones eran de 
lienzo y las medias de carne '. 
Bien es verdad que lo enmenda- 
ban los zapatos, porque los del 
uno eran alpargates, tan traídos 
como llevados **, y los del otro, 
picados ^ y sin suelas, de manera 



a) Impreso de Besarte, i¿6q. 

b) tsbg. 



a) de hasta edad de catorce á quince 
años el uno, y el otro do pasaba de diez y 
siete. R. 



picados Y sin suelas; traía uno 
una montera verde de caza- 
dor ó cuadrillero de la Her- 
mandad, Y el otro un sombrero 
sin toquilla, bajo de copa p 
largo de falda. Á las espaldas 
y ceñida por el pecho, traía el 
uno una camisa de color de 
gamuza, metida toda en la una 
manga; y el otro venia escueto 
y sin alforjas, puesto que en 
el seno se le parecía un gran 
bulto, que después pareció ser 
un cuello almidonado de estos 
que llaman valones; pero tan 
deshilado de roto, que todo era 
hilachas, y envueltos en él unos 
naipes de figura ovada, por- 
que de traídos, se les habían 
gastado las puntas. Estaban 
los muchachos quemados del 
sol, los ojos sumidos, los ca- 
bellos crecidos, las uñas cai- 
reladas y las manos no muy 
limpias; el uno tenía media es- 
pada puesta en un puño de pa- 
lo, y el otro an cuchillo jifero 
de cachas amarillas. 

Saliéronse los dos á sestear 
en un portal con su ramada. 



- 246 — 

que más le servían de cormas 
que de zapatos. Traía el uno 
montera verde <» '"; el otro, un 
sombrero sin toquilla ", bajo de 
copa y ancho de falda '*. A la es- 
palda y ceñida por los pechos, 
traía el uno ' una camisa de co- 
lor de camuza, encerada ' ", y 
recogida toda en una manga '*; el 
otro venía escueto y sin alfor- 
jas, puesto que en el seno "^ se le 
parecía un gran bulto, que, á 
lo que después pareció, era un 
cuello de los que llaman valo- 
nes ''•", almidonado con grasa, 
y tan deshilado de roto, que to- 
do parecía hilachas ". Venían en 
él envueltos y guardados unos 
naipes de figura ovada, porque 
de ejercitarlos se les habían gas- 
tado las puntas, y porque dura- 
sen más se las cercenaron y los 
dejaron de aquel talle. Estaban 
los dos quemados del sol, las 
uñas caireladas " y las manos 
no muy limpias. El uno tenía una 
media espada", y el otro un cu- 
chillo de cachas amarillas, que 
los suelen llamar vaqueros *". 

Saliéronse ' los dos á ses- 
tear en un portal ó cobertizo que 



aj montera verde de casathr. i. 

6J traía uno. K. 

cj encerrada, i y R. 

dj valonas. R. 

ej vaqueros: laliendose. i. 



— 247 — 

que delante la venta se hace. 
Sentóse uno contra el otro * y 
el que parecía mayor comenzó 
la siguiente plática: 

— ¿De qué tierra es vuecé ^'^, 
señor gentilhombre, y para dó 
bueno camina? 

—Mi tierra, señor caballe- 
ro, no la sé, ñipara dó camino. 



—Pues en verdad, dijo el 
mayor, que no parece vuecé •> 
del cielo, y que éste no es lugar 
para hacer asiento en él; que 
de fuerza ^ ha de pasar ade- 
lante. 

—Así es verdad, respondió 
el menor; pero yo he dicho ver- 
dad en lo que he dicho, porque 
mi tierra no es mía, pues no 
tengo en ella más de un padre 
que no me tiene por hijo, y una 
madrasta ^ que me trata como 
á entenado; y el camino que 
llevo es á la gruesa ventura •', 
y allí le daría fin donde hallase 
quien me mantuviese. 

— Y ¿sabe vuecé ^ algún ofi- 
cio?, le dijo el grande. 
Respondió el menor: 



delante de la venta se hace y, 
sentándose frontero el uno del 
otro, el que parecía de más edad 
dijo al más pequeño: 

— ¿De qué tierra es vuesa 
merced «, señor gentilhombre, 
y para adonde '^^ bueno camina? 

—Mi tierra, señor caballero, 
respondió el preguntado, no la 
sé, ni para dónde camino tam- 
poco. 

—Pues en verdad, dijo el ma- 
yor, que no parece vuesa merced 
del cielo, y que éste no es lugar 
para hacer su asiento en él; que 
por fuerza se ha de pasar ade- 
lante. 

— Así es, repondió el media- 
no'^-; pero yo he dicho verdad 
en lo que he dicho, porque mi 
tierra no es mía, pues no tengo 
en ella más de un padre que no 
me tiene por hijo y una madras- 
ta ^ que me trata como alna- 
do -^. El camino que llevo es á la 
ventura '^'s y allí le daría fin 
donde hallase quien me diese lo 
necesario para pasar esta mise- 
rable vida. 

—Y ¿sabe vuesa merced al- 
gún oficio?, preguntó el grande. 

Y el menor respondió: 



a) vuesé. 

b) vuesé. 

c) vuesé. 



a) V. m. I y a (y así siempre). 

b) madrastra, i y R. 



—No sé otro sino que co- 
rro a como una liebre, y salto 
como un gamo, y corto de ti- 
sera muy delicadamente. 

— Todo eso es^ muy útil y 
provechoso, porque habrá sa- 
cristán que le dé toda la ofren- 
da de Todos Santos porque le 
corte florones para el monu- 
mentó. 

—No es mi corte de esa 
suerte, replicó el menor, .sino 
que mi padre es sastre y calce- 
tero y me enseñó á cortar an- 
tiparas, que son medias cal- 
zas, y cortólas de suerte, que 
me podrían examinar de maes- 
tro; sino que la mala mia me 
tiene arrinconado. 



— 248 - 

—No sé otro sino que corro 
como una liebre, y salto como un 
gamo, y corto de tijera muy deli- 
cadamente. 

—Todo eso es muy bueno, 
útil y provechoso, dijo el grande, 
porque habrá sacristán que le dé 
á vuesa merced la ofrenda de 
Todos Santos •* porque para el 
Jueves Santo le corte florones 
de papel para el monumento. 

— No es mi corte desa mane- 
ra, respondió el menor; sino que 
mi padre, por la misericordia del 
Cielo, es sastre y calcetero y 
me enseñó á cortar antiparas, 
que, como vuesa merced bien 
sabe, son medias calzas con 
avampiés, que por su proprio • 
nombre se suelen llamar polai- 



nas, y cortólas tan bien, que en 
verdad que me podría examinar de maestro; sino que la corta suer- 
te me tiene arrinconado. 



—Todo eso acontece por los 
buenos, dijo el grande, y siem- 
pre oí decir que las buenas ha- 
bilidades son las más^ per- 
didas; pero aún edad tiene 
vuesa merced'' para enmendar 
su ventura. Mas si no me enga- 
ño y mi ojo no me miente, otras 
gracias debe tener vuesa mer- 



— Todo eso y más aconta 
por los buenos *, respondió el 
grande, y siempre he oído decir 
que las buenas habilidades son 
las más perdidas •'; pero aun 
edad tiene vuesa merced para 
enmendar su ventura. Mas si yo 
no me engaño y el ojo no me 
miente **, otras gracias tiene 



a) Respondió el menor, sino que corro. 

b) Todo es. 

c) son más. 



aj propio. X y R. 



249 — 



cecl más secretas, que no las 
quiere manifestar. 

—Si tengo; pero no son pa- 
ra en público, como vuesa mer- 
ced dice. 



—Pues yo le certifico, res- 
pondió el mayor, que soy uno 
de los más secretos mozos que 
tiene la edad presente; y para 
obligarle que descubra su pe- 
cho conmigo, le quiero primero 
descubrir el mío; porque voy 
adivinando que no sin misterio 
nos juntó hoy aquí nuestra 
fortuna, y que habemos de ser 
desde este día verdaderos ami- 
gos hasta a el último de la 
vida. Yo, señor hidalgo, soy 
natural de la Fuenfrida, lugar 
bien conocido y famoso por los 
muchos pasajeros que por él 
pasan; mi nombre, Pedro Rin- 
cón; mi padre es persona de 
cualidad, porque es ministro 
de la Santa Cruzada: quiero 
decir que es bulero, como los 
llama el vulgo (aunque oíros 
los llaman echacuervos) '. Al- 
gunos días le acompañé en el 
oficio, y aprendílo de suerte, que 
no daba ventaja en echar las 



vuesa merced secretas y no las 
quiere manifestar. 

—Sí tengo, respondió el pe- 
queño; pero no son para en pú- 
blico, como vuesa merced ha 
muy bien apuntado. 

Á lo cual replicó el grande: 
—Pues yo le sé decir que soy 
uno de los más secretos mozos 
que en grande parte se pueden « 
hallar; y para obligar á vuesa 
merced que descubra su pecho 
y descanse conmigo, le quiero 
obligar con descubrirle el mío 
primero; porque imagino que no 
sin misterio nos ha juntado aquí 
la suerte '"', y pienso que habe- 
mos de ser, déste hasta el último 
día de nuestra vida, verdaderos 
amigos. Yo, señor hidalgo, soy 
natural de la Fuentefrida ^, lu- 
gar conocido y famoso por los 
ilustres pasajeros "^ que por él 
de contino pasan; mi nombre es 
Pedro del Rincón; mi padrees 
persona de calidad, porque es 
ministro de la Santa Cruzada: 
quiero decir que es bulero, ó 
buldero, como los llama el vul- 
go"'. Algunos días le acompañé 
en el oficio, y le aprendí de ma- 
nera, que no daría ventaja en 
echar las bulas al que más pre- 



a) fasta. 



a) que en gran parte se puedan, i. 
bj Fuenfrida. i y R. 

17 < 



250 — 



bulas al mejor predicador del 
mundo; pero habiéndome un 
día aficionado más al dinero 
de las bulas que á las mismas 
bulas, me abracé con un talego 
}' di conmigo en Madrid, don- 
de, con la comodidad que allí 
se ofrece de ordinario, en po- 
cos días le saqué las entrañas 
Y lo dejé con más dobleces que 
pañuelo de desposado. Vino el 
tesorero tras mi, prendiéron- 
me, tuve poco favor f no se me 
guardó justicia. Vieron aque- 
llos señores mi poca edad, ar- 
bitrando que más fué mucha- 
chería que delito; azotáronme 
al aldabilla dentro de la cár- 
cel }' desterráronme por cua- 
tro años. Salgo á cumplir mi 
destierro, tan desacomodado 
como vuesa merced me ve, por- 
que con la priesa que me da- 
ban no pude buscar cabalga- 
dura; tomé de mis alhajas ¡as 
que pude, y entre ellas estos 
naipes (y sacó los que tenia en 
el seno, envueltos en el cuello), 
con los cuales he ganado mi 
vida por los mesones y ventas 
que hay de Madrid aquí, ju- 
gando á la veintiuna; porque, 
aunquevuesa mercedlos ve tan 



sumiese en ello; pero habiéndo- 
me un día aficionado más al 
dinero de las bulas que á las 
mismas bulas, me abracé con un 
talejío y di conmigo y con él en 
Madrid, donde, con las comodi- 
dades que allí de ordinario se 
ofrecen, en pocos días saqué las 
entrañas al talego y le dejé con 
más dobleces que pañizuelo de 
desposado. Vino el que tenía á 
cargo el dinero tras mí; pren- 
diéronme; tuve poco favor; aun- 
que, viendo aquellos señores mi 
poca edad, se contentaron con 
que me arrinmsen al aldabilla '-' 
y me mosqueasen las espaldas 
por un rato '•^\ y con que saliese 
desterrado por cuatro años de la 
corte. Tuve paciencia, encogí los 
hombros, sufrí la tanda y mos- 
queo y salí á cumplir mi destie- 
rro con tanta priesa, que no tuve 
lugar de buscar cabalgaduras. 
Tomé de mis alhajas las que pu- 
de y las que me parecieron más 
necesarias, y entre ellas saqué 
estos naipes (y á este tiempo 
descubrió los que se han dicho, 
que " en el cuello traía), con 
los cuales he ganado mi vida por 
los mesones y ventas que hay 
desde Madrid aquí, jugando á la 



aj los que se ha dicho que. R. 



- 251 

astrosos y maltratados, tienen 
una maravillosa virtud con 
quien los entiende, y es que no 
alzará vez, que no quede un as 
debajo; porque vea vuesa mer- 
ced, si es jugador de este jue- 
joo, con cuánta ventaja va el 
que es mano, si le han de dar 
un as á la primera carta que 
pida, el cual puede hacer un 
punto y once, y si es envida- 
da a, el dinero se queda en 
casa. Fuera de esto, aprendí 
de un mozo de cocina, en casa 
del Embajador de Saboya , cier- 
tas tretas de quínolas y parar, 
en viéndolas, que así como vue- 
sa merced se puede examinar 
en el corte de sus antiparas, 
así puedo yo ser, y seré, maes- 
tro en la ciencia de la fullería, 
con lo cual voy seguro de no 
morir de hambre, y de hallar 
padre y madre dondequiera b 
que llegue; porque dondequie- 
ra c que sea, aunque sea en un 
cortijo, se halla quien desee 
pasar tiempo jugando; y pode- 
mos hacer de esto la experien- 
cia luego, armando vuesa mer- 
ced y yo la red, y veamos si 



veintiuna; y aunque vuesa mer- 
ced los vee « tan astrosos y mal- 
tratados, usan de una maravillo- 
sa virtud con quien los entiende: 
que no alzará, que no quede un 
as debajo; y si vuesa merced es 
versado en este juego, verá cuán- 
ta ventaja lleva el que sabe que 
tiene cierto un as á la primera 
carta, que le puede servir de un 
punto y de once; que con esta 
ventaja, siendo la veintiuna en- 
vidada ''', el dinero se queda en 
casa. Fuera desto, aprendí de 
un cocinero de un cierto emba- 
jador ' ciertas tretas de quino- 
las y del parar, á quien tam- 
bién llaman el andaboba'^^S 
que así como vuesa merced se 
puede examinar en el corte de 
sus antiparas, así puedo yo ser 
maestro en la ciencia vilhanes- 
ca <■ •''. Con esto voy seguro 
de no morir de hambre, porque 
aunque llegue á un cortijo, hay 
quien quiera pasar tiempo ju- 
gando un rato; y desto hemos 
de hacer luego la experiencia 
los dos: armemos la red y vea- 
mos si cae algún pájaro destos 
harrieros/^" que aquí hay; quie- 



a) y seis einbidada. 

b) donde quúra. 

c) donde quiera. 



n) los ve. R. 

b) einbidada. i, 2 y R. 

c ) de un embajador. R. 

d) el andábala. 2 y R. 

e) viUanesca. 2 y R. 
/) arrieros. R. 



252 — 



cae en ella algún pajaróte de 
estos harneros. Digo que ju- 
guemos á la veintiuna los dos, 
como si fuese de veras; que si 
alguno llegare á ser tercio, él 
será el primero que deje la pe- 
cunia. 

—Sea en buena hora, dijo 
el otro, Y en merced tengo muf 
grande la que me ha hecho en 
darme cuenta de su vida, y 
asi, será razón no encubrirle 
YO la mi a, aunque seré más 
breve en decirla. El negocio es 
que yo no pude sufrir á mi ma- 
drasta, ni la vida estrecha de 
mi aldea, que es la de Mollori- 
do, lugar entre Medina del 
Campo y Salamanca \ recá- 
mara de su obispo; del corte de 
¡as tiseras en las medias sal- 
té con mi buen ingenio en cor- 
tar bolsas y cordones, que no 
hay faldriquera tan retraída y 
guardada á que no visiten mis 
dedos, que son más agudos 
que navajas, ni pende relicario 
de cabo de tocas ni de hilo de 
perlas, aunque lo estén miran- 
do con ojos de lince ", que á 
unas ti serie as que conmigo 



redecir, que jujjuemos « los dos 
á la veintiuna, como si fuese de 
veras; que si alfíuno quisiere ser 
tercero, él será el primero que 
deje la pecunia. 



—Sea en buen hora *, dijn 
el otro, y en merced muy j^rand 
tengo la que vuesa merced mc- 
ha hecho en darme cuenta de su 
vida, con que me ha obligado á 
que yo no le encubra la mía, que, 
diciéndola más breve, es ésta. 
Yo nací en el piadoso luíjar 
puesto entre Salamanca y Me- 
dina del Campo '"; mi padre es 
sastre; enseftóme su oficio, y de 
corte de tisera **, con mi buen 
ingenio, salté á cortar bolsas. 
Enfadóme la vida estrecha del 
aldea y el desamorado trato de 
mi madrasta '*; dejé mi pueblo, 
vine á Toledo á ejercitar mi ofi- 
cio, y en él he hecho maravi- 
llas; porque no pende relicario 
de toca, ni hay faldriquera tan 
escondida, que mis dedos no vi- 
siten ni mis tiseras no corten, 
aunque le estén guardando con 
los ojos ' de Argos. Y en cua- 



a) de linces. 



a) ^t. jugaremos, i. 

b) en buenhora. i y a. 

c) en el Pedroso, lugar. R. 
tt) madrastra, i y K. 

e) con ojos. i. 



- 253 
traigo puedan resistir. Hasta 
ahor atengo hechas hartas har- 
tas experiencias •', p, bendito 
sea Dios, jamás fie sido cogido 
entre puertas, ni ha tenido el 
verdugo que ver conmigo en 
ninguna cosa; bien es verdad 
que me corrió la Justicia habrá 
ocho días en Toledo, y me hi- 
cieron salir de la ciudad más 
que de paso, y por este respec- 
to no tuve lugar de acomodar- 
me de cabalgadura ó carro, ó 
de algún coche de retorno. 



tro meses que estuve en aquella 
ciudad nunca fui cogido entre 
piernas « ", ni sobresaltado ni 
corrido de corchetes, ni soplado 
de ningún cañuto '"'. Bien es ver- 
dad que habrá ocho días que una 
espía doble dio noticia de mi 
habilidad al corregidor, el cual, 
aficionado á mis buenas partes, 
quisiera verme; mas yo, que por 
ser humilde, no quiero tratar 
con personas tan graves, procu- 
ré de no verme con él "', y así, 
salí de la ciudad con tanta prie- 



sa, que no tuve lugar de acomo- 
darme de cabalgaduras ni blancas, ni de algún coche de retorno, 
ó, por lo menos, de un carro. 



—Eso se borre, dijo Rincón; 
y pues ya nos conocemos, no 
hay para qué esas grande- 
zas a ni altiveces; confese- 
mos llanamente que no tenía- 
mos blanca, ni aun zapatos 
para caminar á pié. 

—Sea así, respondió Corta- 
do, que así dijo el menor se 
llamaba; ■^, pues nuestra amis- 
tad, como vuesa merced ha di- 
cho, ha de ser perpetua, co- 
mencémosla con santas y loa- 
bles ceremonias. 

Y levantándose Cortado, 
abrazó estrechamente á Rin- 



— Eso se borre, dijo Rincón; 
y pues ya nos conocemos, no 
hay para qué aquesas grandezas 
ni altiveces; confesemos llana- 
mente que no teníamos ''' blan- 
ca, ni aun zapatos. 

— Sea así, respondió Diego 
Cortado (que así dijo el menor 
que se llamaba); y, pues nuestra 
amistad, como vuesa merced, 
señor Rincón, ha dicho, ha de 
ser perpetua, comencémosla con 
santas y loables ceremonias. 

Y levantándose Diego Corta- 
do, abrazó á Rincón, y Rincón á 



a) para que sean grandezas 



a) eatic puertas, i y R. 
ó) tenemos. 2 y R. 



con, y Rincóná Corlado. Hecho 
esto, comenzaron á jugar la 
veintiuna con los dichos nai- 
pes, limpios de polvo y paja, 
mas no de grasa y malicia, y 
á pocas manos alzaba Corta- 
do por el as tan bien ó mejor 
que Rincón su maestro. 

Salió en esto un harriero á 
dar agua á sus mulos, y vio 
jugar á los muchachos, y en 
volviendo del arroyo salió á 
ver despacio el juego, y pidió- 
les que quería terciar; acogié- 
ronlo de buena gana y en me- 
nos de media hora le ganaron 
doce reales, de lo cual corrido 



— 254 — 

él, tierna y estrechamente, y 
lue${o se pusieron los dos á ju^ar 
á la veintiuna con los ya referi- 
dos naipes, limpios de polvo y 
de paja, mas no de jjrasa y ma- 
licia, y á pocas manos alzaba 
tan bien « por el as Cortado 
como Rincón su maestro. 

Salió en esto un harriero á re- 
frescarse al portal " y pidió que 
quería hacer tercio; a^oííiéronle 
de buena gana, y en menos de 
media hora le ganaron doce rea- 
les y veinte y dos maravedís -*, 
que fué darle doce lanzadas y 
veinte y dos mil pesadumbres; y 
creyendo el harnero que por ser 



el harriero, se los quiso quitar, muchachos no se lo defende;^ 



creyendo que, por ser tan mu- 
chachos, no se lo defenderían; 
mas ellos, poniendo mano el 
uno á su media espada y el 
otro ú su cuchillo, daban bien 
que hacer al harriero, que sin 
duda lo pasara mal, si no salie- 
ran los compañeros «. 

Yá este punto pasaron cier- 
tos caminantes, que iban á co- 
mer y sestear á la venta del 
Alcalde, y, viendo la pendencia 
de los dos muchachos con el 



rían ^\ quiso quitarles '^ el di- 
nero; mas ellos, poniendo el 
uno mano á su media espada y 
el otro al de las cachas amari- 
llas ", le dieron tanto que hacer, 
que, á no salir sus compañeros» 
sin duda lo pasara harto mal < 

Á esta sazón pasaron aca- 
so ' por el camino una tropa 
de caminantes á caballo, que 
iban á sestear á la venta del Al- 
calde, que está media legua más 



a) daban bien que hacer al harriero, si 
no salieran los compañeros. 



a) también, i y a. 
1)) maravedites. K. 
f) quitalUt. I. 

d) lo pasara mal. i. 

e) a cato, i y 3. 



harriero, Jos apaciguaron y 
dijeron á los muchachos se vi- 
niesen con ellos si caminaban 
hacia Sevilla. 



—Allá vamos, respondieron, 
V serviremos á vuesas merce- 
des a en cuanto nos mandaren. 

Y sin más detenerse, se fue- 
ron adelante y caminaron con 
ellos, dejando á los harrieros 
agraviados y enojados, y á la 
ventera admirada y atónita de 
la buena crianza de los pica- 
ros, que les '' había estado 
oyendo su plática sin que ellos 
advirtiesen en ello; mas cuan- 
do dijo que les había oído decir 
que los naipes que traían eran 
falsos, se pelaba el harriero 
las barbas, y quería ir á la 
otra venta á cobrar su hacien- 
da, porque se tenia por afren- 
tado que '" dos muchachos se 
Ja hubiesen ganado con flores; 
mas los compañeros le detuvie- 
ron y aconsejaron ^ que no 
fuese, siquiera por no mostrar 
su inhabilidad. 



255 — 

' adelante '', los cuales, viendo la 
pendencia del harriero con los 
dos muchachos, los apaciguaron 
y les dijeron que si acaso « 
iban á Sevilla, que se viniesen 
con ellos '''. 

— Allá vamos, dijo Rincón, y 
serviremos á vuesas mercedes 
en todo cuanto nos mandaren. 

Y sin más detenerse, salta- 
ron delante de las muías y se 
fueron con ellos, dejando al ha- 
rriero agraviado y enojado, y á 
la ventera admirada de la buena 
crianza de los picaros, que les 
había estado oyendo su plática 
sin que ellos advirtiesen en ello; 
y cuando dijo al harriero que les 
había oído decir que los naipes 
que traían eran falsos, se pelaba 
las barbas y quisiera <* ir á la 
venta tras ellos á cobrar su ha- 
cienda, porque decía que era 
grandísima afrenta y caso de 
menos valer que dos muchachos 
hubiesen engañado á un hom- 
brazo tan grande como él; sus 
compañeros le detuvieron y 
aconsejaron que no fuese, si- 
quiera por no publicar su inha- 



bilidad y simpleza. En fin, tales razones le dijeron, que, aunque 
no le consolaron, le obligaron á quedarse. 



a) vinds. 

b) que los. 

c) lo detuvieron y aconsejaron. 



a) a caso, i y 2. 

b) quería. R. 



Rincón y Cortado se dieron 
tales mañas y mostraron tal 
agrado en servir á los cami- 
nantes que los llevaban, que 
era gente rica v principal, que 
lo más de las jornadas los 
llevaban á las ancas de sus 
muías; v aunque se les ofre- 
cían buenas ocasiones y pues- 
tos de poder tentar las bolsas 
de sus medios amos, no qui- 
sieron, por no perder la oca- 
sión y comodidad tan buena de 
su viaje, que para Sevilla lle- 
vaban; mas, con todo eso, al 
entrar de la ciudad, que fué á 
la oración, y por la puerta de 
la Aduana, á causa del regis- 
tro de cosas que traían de que 
pagar almojarifazgo, no se 
pudo contener Cortado de cor- 
tar una maleta que á las ancas 
traia un francés de la cama- 
rada, y con el de cachas ama- 
rillas le dio una tan larga y 
profunda herida, que se le pa- 
recían las entrañas, y sublí- 
mente sacó de ella todo lo que 
había, que fueron dos camisas 
buenas y un reloj de sol, un 
estadal de cera " f un librito 
de memoria, joyas que, cuando 



256 — 

En esto, Cortado y Rincón 
se dieron tan buena maña en 
servir á los caminantes, que lo 
más del camino los llevaban á 
las ancas; y aunque se les ofre- 
dan algunas ocasiones de tentar 
las valijas* '" de sus medios 
amos •*, no las admitieron *", por 
no perder la ocasión tan buena 
del viaje de Sevilla, donde ello 
tenían grande deseo de vcrs( 
Con todo esto, á la entrada (!> 
la ciudad, que fué á la oración y 
por la puerta de la Aduana ", á 
causa del registro y almojarifaz- 
go que se paga, no se pudo con- 
tener Cortado de no cortar la 
valija * 6 maleta que á las an- 
cas traía un francés de la cama- 
rada, y así, con el de sus ca- 
chas '•', le dio tan larga y pro- 
funda herida, que se parecían 
patentemente las entrañas, y 
suti Úñente le sacó dos camisas 
buenas, un reloj de sol y un li- 
brillo ' de memoria '", cosas 
que cuando las vieron no les die- 
ron mucho gusto. Y pensando -^ 
que, pues el francés llevaba á 
las ancas aquella maleta, no la 
había de haber ocupado con tan 
poco peso como era el que te- 



a) halijas. i, a y R. 

b) balija. i, a y R. 
f) libro. R. 

d) Y pensaron, x. 



- 257 



las vieron, no les dieron mucho 
gusto; mas, con todo, las ven- 
dieron '- otro día en el baratillo 
por diez y seis reales; y, despi- 
diéndose de los caballeros, se 
dieron á pasear la ciudad. 



nían aquellas preseas, quisie- 
ran « volver á darle otro tiento; 
pero no lo hicieron,, imaginando 
que ya lo habrían echado menos, 
y puesto en recaudo lo que que- 
daba. Habíanse despedido, antes 



que el salto hiciesen '*\ de los que 
hasta allí los habían sustentado, y otro día vendieron las camisas 
en el malbaratillo ^ que se hace fuera de la puerta del Arenal ^'S 
y dellas hicieron veinte reales. 



Cuya grandeza los admiró 
juntamente con la suntuosidad 
de la Iglesia Mayor y el gran 
concurso de gente que acude 
al río; porque era en tiempo de 
cargazón de flota y había en 
él ocho galeras, cuya vista tam- 
bién los embobó ^, y aun los 
hizo suspirar con el temor que 
les habían cobrado, cuando el 
recelo de su honesta vida les 
hacía barruntar que algún 
tiempo las habían de tener por 
casas de por vida, á mejor li- 
brar '■''; echaron de ver, hacia 
la Sardina y puente 'S en los 
muchos muchachos de su edad 
y suficiencia ^ que andaban á 
la esportilla, é, informándose 
de uno de ellos qué oficio era 
aquél, y si era de dificultad y 
trabajo, y de algún provecho y 



a) ocho galeras; también los embobó. 

b) c suficiencia. 



Hecho esto, se fueron á verla 
ciudad, y admiróles la grandeza 
y sumptuosidad ^ de su mayor 
Iglesia; el gran concurso de gen- 
te del río, porque era en tiempo 
de cargazón de flota y había en 
él seis galeras, cuya vista les hi- 
zo suspirar, yaun temer eldíaque 
sus culpas les habían de traer á 
morar en ellas depor vida; echa- 
ron de ver los muchos mucha- 
chos dej^a esportilla que por allí 
andaban; informáronse de uno 
dellos qué oficio era aquél, y si 
era de mucho trabajo, y de qué 
ganancia. Un muchacho asturia- 
no •'^•, que fué á quien hicieron «^ 
la pregunta, respondió que el 
oficio era descansado y de que 
no se pagaba alcabala, y que al- 
gunos días salía con cinco y con 
seis reales de ganancia, con que 



a) y quisieran, i y 2. 

b) mal baratillo. 2. 

c) suntuosidad. R. 

d) le hicieron, i. 



17 b 



- 258 - 
ganancia, un muchacho galle- comía y bebía y triunfaba como 



go, que era de quien se infor- 
maban, les dijo que el oficio 
era descansado y libre, del 
cual no se pagaba alcabala 
alguna, y que había día que 
salían con cinco ó seis reales 
de ganancia, y, por lo menos 



cuerpo de rey, libre de buscar 
amo á quien dar fianzas, y segu- 
ro de comer á la hora que quisie- 
se, pues á todas lo hallaba en el 
más mínimo bodegón de toda la 
ciudad "', en la cual había tantos 
y tan buLMios «. 



menos, eran cuatro, con que 

comía, bebía y triunfaba como cuerpo de rey, sin que tuviese 

amo á quien obedescer y esperar á comer cuando tenía gana. 

No les paresció mal la reía- No les pareció mal á los dos 

ción del galleguillo, antes les amigos la relación del asturiani- 



paresció oficio tan á propósito 
para el suyo, por la comodidad 
que se les ofrecía de entrar en 
todas las casas de la ciudad, 
que luego determinaron com- 
prar los instrumentos necesa- 
rios para poner tienda, pues 
no habían menester otro exa- 
men; y preguntando al gallego 
qué habían de comprar, les di- 
jo que sendos costales y cada 
uno tres espuertas de palma, 
dos grandes y una pequeña, en 
las cuales se repartía la carne, 
pescado y fructa '^, y el costal, 
para llevar el pan. Dijeron que 
los guiase donde se vendía lo 
que decía, y así lo hizo; y del 



lio, ni les descontentó el oficio, 
por parecerles que venía como 
de molde para poder usar el su- 
yo con cubierta y seguridad, por 
la comodidad que ofrecía de en- 
trar en todas las casas ''■, lle- 
vando los cargos y cosas que le 
mandasen; y luego determinaron 
de comprar los instrumentos ne- 
cesarios para usarle ', pues lo 
podían usar sin examen. Y pre- 
guntándole al asturiano qué ha- 
bían de comprar, les respon- 
dió d que sendos costales pe- 
queños, limpios ó nuevos, y cada 
uno tres espuertas de palma, dos 
grandes y una pequeña, en las 
cuales se repartía la carne, pes- 



a) ciudad, i (y falta el resto). 
t) las casas, x y R (y falta el resto hasta 
mandaten). 

c) usalle. I. 

d) /f respondió, s. 



— 259 - 
dinero del reloj y del libro de cado y fruta, y en el costal, 



memoria y estadal, con las ca- 
misas del francés, compraron 
todo el aderezo y herramienta 
para el nuevo oficio, y dentro 
de una hora pudieran a estar 
graduados en él, según les 
asentaban bien los costales y 
espuertas. Avisóles también el 
gallego de los puestos donde 
habían de acudir, que fueron: 
porla mañana, á la Garnecería 
y plaza de Sant Salvador, con 
la calle de la Caza ^^ en los 
días de carne; y en los de pes- 
cado, á la Pescadería, río y 



el pan; y él les guió donde lo 
vendían, y ellos, del dinero de 
la galima del francés ", lo com- 
praron todo, y dentro de dos ho- 
ras pudieran estar graduados en 
el nuevo oficio, según les ensa- 
yaban las esportillas y asenta- 
ban los costales. Avisóles su 
adalid de los puestos donde ha- 
bían de acudir: por las mañanas, 
á la Carnicería -'^ y á la plaza de 
San Salvador '■"; los días de pes- 
cado, á la Pescadería "" y á la 
Costanilla"'; todas las tardes, al 
río; los jueves, á la Feria « ''^ 



Costanilla; y por las tardes, al 

río. Aduana y Altozano", ó por toda la ciudad, á sus aventu- 
ras, y los jueves, á la Feria. 



Tomada esta lición, otro día 
de mañana se plantaron en la 
plaza de Sant Salvador, don- 
de apenas hubieron llegado 
cuando los rodearon otros 
mancebos del oficio, que, por 
ser flamantes los costales y es- 
puertas, vieron ser nuevos en 
la plaza, haciéndoles mil pre- 
guntas, á todas las cuales res- 
pondían con grande mesura y 
disimulo. En esto, llegaron un 
clérigo y un soldado, y, por ver 
limpias las espuertas de los 



Toda esta lición tomaron 
bien de memoria, y otro día bien 
de mañana se plantaron en la 
plaza de San Salvador, y apenas 
hubieron llegado cuando los ro- 
dearon otros mozos del oficio, 
que, por lo flamante de los cos- 
tales y espuertas, vieron ser 
nuevos en la plaza; hiciéronles 
mil preguntas, y á todas respon- 
dían con discreción y mesura. 
En esto, llegaron un medio estu- 
diante y un soldado y, convida- 
dos de la limpieza de las espuer- 



ft) pudieron. 



a) feria, i, a y R. 



dos compañeros, aunque había 
allí otros muchos, el clérigo 
llamó á Cortado y el soldado 
á Rincón. 

—En nombre de Dios, dije- 
ron ambos. 

El soldado cargó muy bien 
á Rincón, porque la noche an- 
tes había ganado, y hacía ban- 
quete á unas amigas de la 
suya. 



- 260 - 

tas de los dos novatos, el que 
parecía estudiante llamó á Cor- 
tado y el soldado á Rincón. 



—En nombre sea de Dios, 
dijeron ambos. 

—Para bien se comience el 
oficio, dijo Rincón; que vuesa 
merced me estrena, señor mío. 

k lo cual respondió el sol- 
dado: 



—La estrena no será mala, porque estoy de ganancia, y soy 
enamorado, y tengo de hacer hoy banquete á unas amigas de mi 
señora. 

—Pues cargue vuesa merced á su gusto; que ánimo tengo y 
fuerzas para llevarme toda esta plaza, y aun si fuere menester que 
ayude á guisallo «, lo haré de muy buena voluntad. 

Contentóse de la gracia del Contentóse el soldado de la 

mozo y di) ole que si quería buena gracia del mozo y di jóle 



servir, que él lo sacaría de 
aquel mal oficio; á lo cual res- 
pondió Rincón que aquel día 
era el primero que lo profesa- 
ba., y quería saber, primero 
que lo de/ase, si era tan malo 
como decía; mas que si no le 
contentase, de buena gana 
asentaría por su criado. Dióle 
el soldado dos cuartos; vol- 
vióse á la plaza con mucha di- 
ligencia, porque ésta les había 
encomendado el gallego que 



que si quería servir, que él le sa- 
caría de aquel abatido oficio; á 
lo cual respondió Rincón que por 
ser aquel día el primero ^ que 
le usaba, no le quería dejar tan 
presto, hasta ver, á lo menos, lo 
que tenía de malo y bueno <; y 
cuando no le contentase, él daba 
su palabra de servirle á él antes 
que á un canónigo. 

Rióse el soldado, cargóle muy 
bien, mostróle la casa de su da- 
ma para que la supiese de allí 



a) irisarlo, t. 

6) por ser aquel e/ d/a primero. 2 y R. 

c) de malo ó bueoo. 3 y R. 



- 261 — 



tuviesen, si querían ganar al- 
go. También les advirtió que 
cuando llevasen pescado me- 
nudo, como albures, mojarras 
ó sardinas, ó otro cualquiera 
menudo, ó cosa que no fuese 
contada, que podían tomar pa- 
ra el gasto de aquel día, como 
asimesmo de las añadiduras 
de la carne "*. 



adelante y él no tuviese necesi- 
dad, cuando otra vez le envíase, 
de acompañarle. Rincón prome- 
tió fidelidad y buen trato; dióle 
el soldado tres cuartos, y en un 
vuelo volvió á la plaza, por no 
perder coyuntura; porque tam- 
bién desta diligencia les advirtió 
el asturiano, y de que cuando 
llevasen pescado menudo, con- 



viene á saber, albures, ó sardi- 
nas, ó acedías, bien podían tomar algunas y hacerles la salva '", si- 
quiera para el gasto de aquel día; pero que esto había de ser con 
toda sagacidad y advertimiento, porque no se perdiese el crédito, 
que era lo que más importaba en aquel ejercicio. 

Mas, por presto que llegó. Por presto que volvió Rin- 

ya estaba Cortado en el puesto, con, ya halló en el mismo puesto 



el cual se llegó á Rincón y le 
preguntó que cómo le había ido 
en su faena. Rincón abrió la 
mano y mostróle los dos cuar- 
tos; Cortado metió la suya en 
el seno y sacó una bolsilla de 
cuero de ámbar, algo hincha- 
da, y dijo: 

—Con esta me pagó su reve- 
rencia, y con dos cuartos más; 
tomadla vos, por lo que puede 
suceder. 

Y no tardó mucho cuando 
acudió el clérigo todo turbado, 



á Cortado. Llegóse Cortado á 
Rincón y preguntóle que cómo 
le había ido. Rincón abrió la ma- 
no y mostróle los tres cuartos. 
Cortado entró la suya en el seno 
y sacó una bolsilla, que mostra- 
ba haber sido de ámbar en los 
pasados tiempos "; venía algo 
hinchada, y dijo: 

—Con esta me pagó su reve- 
rencia del estudiante, y con do9 
cuartos; mas ^^ tomalda'í' vos, 
Rincón, por lo que puede suce- 
der. 

Y habiéndosela ya dado se- 
cretamente, veis aquí do vuelve 



I 



a) y con dos cuartos más. R. 
6) tomadla, i y R. 



- 262 - 

1' viendo al mozo, le dijo si el estudiante trasudando y tur- 



acaso había visto una bolsa de 
tales y tales señas, con quince 
escudos en oro y dos reales de 
á dos y tantos cuartos, que le 
faltaba, ó mirase si la habían 
tomado mientras con él anda- 
ba comprando; á lo cual man- 
sisimamente « v sin alterarse 
respondió Cortado: 



bado de muerte, y viendo á Cor- 
tado , le dijo si acaso <* había 
visto una bolsa de tales y tales 
señas, que, con quince escudos 
de oro en oro y con tres reales 
de á dos y tantos maravedís en 
cuartos y en ochavos "\ le falta- 
ba, y que le dijese si la había to- 
mado en el entretanto que con él 



había andado comprando. Á lo 
cual, con extraño disimulo, sin alterarse ni mudarse en nada, res- 
pondió Cortado: 



—Lo que yo sabré decir de 
esa bolsa es que no debe de es- 
tar ^ perdida, si acaso no la 
puso vuesa merced en mal re- 
caudo. 

—Esa es ella,pesiami ^, re- 
plicó el clérigo: que la debí de 
poner en mal recaudo, pues me 
la hurtaron. 

—Lo mismo digo yo, dijo Cor- 
tado; pero d para todo hay re- 
medio sino es para la muerte; 
el que vuesa merced podrá to- 
mar es, lo primero y principal, 
tener paciencia; que de menos 
nos hizo Dios, y un día viene 
tras de otro, y donde ¡as dan 
¡as toman, y podrá ser que el 
que la llevó se arrepienta y se 



—Lo que yo sabré decir desa 
bolsa es que no debe de estar 
perdida, si ya no es que vuesn 
merced la puso á mal recaudo. 

—Eso es ello, pecador de mí, 
respondió el estudiante: que la 
debí de poner á mal recaudo, 
pues me la hurtaron. 

—Lo mismo digo yo, dijo 
Cortado; pero para todo hay re- 
medio, sino es para la muerte 
y el que vuesa merced podrá to- 
mar es, lo primero y principal, 
tener paciencia; que de menos 
nos hizo Dios, y un día viene 
tras otro día, y donde las dan 
las toman "^, y podría ser que, 
con el tiempo, el que llevó la 



a) tnansisaiHéníf. 

b) no debe estar. 

c) pezia mi. 

d) qut. 



a) s\ a caso, i y 2. 



- 263 — 

la vuelva á vuesa merced sahu- 
mada V cuanto más que cartas 
de excomunión hay, y paulinas, 
y buena diligencia, que es ma- 
dre de la buena ventura; aun- 
que, á la verdad, no quisiera 
yo ser el llevador de la bolsa, 
porque, siendo vuesa merced 
sacerdote, pareceríame haber 
cometido sacrilegio é incesto. 



bolsa se viniese á arrepentir y 
se la volviese á vuesa merced 
sahumada. p-«^^vvw.a_-<í 

—El sahumerio le perdona- 
ríamos •*, respondió el estu- 
diante. 

Y Cortado prosiguió di- 
ciendo: 

— Cuanto más que cartas de 
descomunión « hay, paulinas ''' "'-^ 



y buena diligencia, que es madre 
de la buena ventura'"; aunque, á la verdad, no quisiera yo ser el 
llevador de tal bolsa <^, porque, si es que vuesa merced tiene al- 
guna orden sacra, parecermeía ^ á mí que había cometido algún 
grande incesto ó sacrilegio''. 



— Y ¡cómo si ha cometido 
sacrilegio el que la llevó! , dijo el 
clérigo; que, supuesto que yo 
no soy sacerdote, sino sacris- 
tán, el dinero era del tercio de 
una capellanía, que me dio á 
cobrar un capellán de mi igle- 
sia, y es dinero sagrado. 



—Con su pan se lo coma b, 
dijo Rincón; no le arriendo la 
ganancia: día de juicio hay, 
donde todo ha de salir á luz, 
sin quedar nada encubierto, y 
entonces sabremos quién fué 



— Y ¡cómo que ha cometido 
sacrilegio!, dijo á esto el adolo- 
rido estudiante; que puesto ca- 
so que yo « no soy sacerdote, 
sino sacristán de unas monjas, 
el dinero de la bolsa era del ter- 
cio de una capellanía", que me 
dio á cobrar un sacerdote amigo 
mío, y es dinero sagrado y ben- 
dito. 

—Con su pan se lo coma, di- 
jo Rincón á este punto; no le 
arrien do la ganancia; día de jui- 
cio hay '", donde todo saldrá, co- 
mo dicen, en la colada/, y en- 
tonces se verá quién fué Calle- 



a) sahumadas. 

b) se lo coman. 



a) escotiiumon. 2. 
¿>) hay paulinas. R. 

c) de la bolsa. 2 y R. 

d) parecermehia. R. 

í?) que puesto que yo. i. 
f) todo saldrá ea la colada, i. 



el atrevido y desalmado que se 
atrevió á tomar el tercio de 
esta capellanía. Y ¿cuánto ren- 
ta en cada un año?, me diga, 
señor padre, por su vida. 

—Renta la mala puta que 
me parió, respondió el sacris- 
tán. ¡Bonito estoy yo para dar 
cuenta de lo que renta la cape- 
llanía! Decidme si sabéis algo; 
si no, quedaos con Dios; que 
la voy á hacer pregonar. 

—No me parece mal reme- 
dio ése, dijo Cortado; pero 
advierta vuesa merced que no 
se olviden las señas y cuanti- 
dad del dinero que llevaba 
dentro, porque si se yerra en 
un solo maravedí no paresce- 
rá en días de Dios. 

—No hay que temer de eso, 
dijo el sacristán; que las tengo 
más en la memoria que el tocar 
las campanas. 

Sacó en esto de la faldri- 
quera un pañizuelo randado, 
con el que se limpió el rostro, 
que corría del más sudor que 
destila una alquitara, con la 



— 264 — 

jas '*, y el atrevido que se atrevió 
á tomar, hurtar y menoscabar el 
tercio de la capellanía. Y ¿cuán- 
to renta cada año?, dígame, se- 
ñor sacristán, por su vida <*. 

—Renta la puta que me pa- 
rió '^. Y ¡estoy yo agora para de 
cir lo que renta!, respondió el 
sacristán con algún tanto de de- 
masiada cólera. Decidme, her- 
mano, si sabéis algo; si no, que- 
dad con Dios; que yo la quiero 
hacer pregonar. 

—No me parece mal remí 
dio ^ ése, dijo Cortado; pero 
advierta vuesa merced no se le 
olviden las señas de la bolsa, ni 
la cantidad puntualmente del di- 
nero que va en ella s que si 
yerra en un ardite no parecerá 
en días del mundo * y esto le 
doy por hado ". 

—No hay que temer deso, 
respondió el sacristán; que lo 
tengo más en la memoria que el 
tocar de las campanas: no me 
erraré en un átomo. 

Sacó en esto de la faldrique- 
ra un pañuelo randado para lim- 
piarse el sudor, que llovía de su 
rostro como de alquitara, y ape- 
nas le «^ hubo visto Cortado 



á) por su vida? i , 2 y R. 
6) mal medie. R. 
c) en ello. 2. 
<Ó lo- 3- 



265 — 



pena de la negra bolsa ' '; y 
apenas le hubo visto Cortado 
cuando le marcó por suyo; y 
habiéndose ido el clérigo, le 
siguió y alcanzó en las Gra- 
das, y, llamándolo, lo retiró á 
una parte, donde le dijo tantos 
disparates y bernardinas, que 
llaman, cerca del hurto de la 
bolsa, dándole esperanzas de 
hallarla, sin concluir razón 
alguna, que el pobre sacristán 
estaba embelesado escuchán- 
dolo y haciéndole replicar la 
razón dos veces y tres, no en- 
tendiéndole ninguna, porque el 
bellaco- de Cortado ninguna 
concluía; antes le estaba mi- 
rando á la cara atentamente, 
no quitando los ojos de sus 
ojos, y el sacristán lo miraba 
de la misma suerte, colgado 
de sus palabras; y, en tanto, 
con la mano izquierda subtilí- 
simamente le sacó el pañizuelo 
y, concluida su obra, se despi- 
dió del, diciéndole que á la 
tarde lo viniese á buscar en el 
mismo puesto, porque él traía 
entre ojos un muchacho de su 
mismo oficio, que le páresela 
ser un poco ladrón, y que po- 



cuando le marco por suyo ^, y 
habiéndose ido el sacristán, Cor- 
tado le siguió y le alcanzó en las 
Gradas «'", donde le llamó y le 
retiró á una parte, yallí lecomen- 
zó á decir tantos disparates, al 
modo de lo que llaman bernardi- 
nas *, cerca del hurto y hallazgo 
de su bolsa, dándole buenas es- 
peranzas, sin concluir jamás ra- 
zón que comenzase, que el pobre 
sacristán estaba embelesado es- 
cuchándole; y como no acababa 
de entender lo que le decía, ha- 
cía que le replicase i> la razón 
dos y tres veces. Estábale mi- 
rando Cortado á la cara atenta- 
mente, y no quitaba los ojos de 
sus ojos; el sacristán le miraba 
de la misma manera, estando col- 
gado de sus palabras. Este tan 
grande embelesamiento dio lu- 
gar á Cortado que concluyese su 
obra, y sutilmente le sacó el pa- 
ñuelo de la faldriquera, y des- 
pidiéndose del, le dijo que á la 
tarde procurase de verle en aquel 
mismo lugar, porque él traía en- 
tre ojos que un muchacho de su 
mismo oficio y de su mismo ta- 
maño, que era algo ladroncillo, 
le había tomado la bolsa, y que 



a) gradas, i, 2 y R. 

b) remitiese. R. 



18 



266 - 



dría ser que se la hubiese to- 
mado. 

Consolado con esto el sa- 
cristán, se despidió del, y Cor- 
tado se vino donde estaba Rin- 
cón, que todo lo había visto 
algo apartado del; y un poco 
más abajo estaba un mozo de 
la esportilla, algo sage " y ma- 
trero, y que había visto cuanto 
había pasado, y vio como Cor- 
tado dio el pañizuelo á Rincón; 
y, llegándose á ellos, les dijo 
así: 

—Díganme, señores gala- 
nes, ¿vuesas mercedes son de 
mala entrada, ó no? 

—No entendemos esa ra- 
zón, señor galán, respondió 
Rincón. 

—¿Que no entrevan, seño- 
res múrelos? ^, replicó el otro. 

—Ni somos de Teba ^ ni de 
Murcia, dijo Cortado; si otra 
cosa quiere, dígalo; si no, va- 
yase con Dios. 

—No está malo el disimulo, 
dijo el mozo; pero yo se lo da- 
ré á beber con una cuchara: 
quiero decir, señores, que si 



él se obligaba á sabello «, den- 
tro de pocos ó de muchos días. 

Con esto se consoló algo el 
sacristán y se despidió de Cor- 
tado, el cual se vino donde esta- 
ba Rincón, que todo lo había vis- 
to un poco apartado dé!; y más 
abajo estaba otro mozo de la es- 
portilla, que vio todo lo que ha- 
bía pasado y como ^ Cortado "' 
daba el pañuelo á Rincón; y lle- 
gándose á ellos, les dijo: 



—Díganme, señores galanes, 
¿voacedes son de mala entrada, 
6 no? "«. 

—No entendemos esa razón, 
señor galán, respondió Rincón. 

— ¿Que no entrevan' *", se- 
ñores murcios? •", respondió el 
otro. 

—No somos «^ de Teba ni de 
Murcia **, dijo Cortado; si otra 
cosa quiere, dígala; si no, vayase 
con Dios. 

—¿No lo entienden? dijo el 
mozo; pues yo se lo daré á en- 
tender y á beber con una cucha- 
ra de plata ""': quiero decir, se- 



a) sarje. 

b) Que no entrevan, señores Murcios. 

c) Tebas. 



d) saitrU). i y R. 

bj y cómo. R. 

cj ¡Qué! «no entrevan. R. 

dj AV somos. X. 



267 - 



son vuesás mercedes ladrones; 
mas no separa qué les pregun- 
to esto, que ya sé que lo son. 
Mas díganme: ¿cómo no han 
ido vuesas mercedes á regis- 
trarse á la aduana del señor 
Monipodio? 

—¿Págase en esta tierra al- 
mojarifazgo de ladrones, se- 
ñor galán? dijo Rincón. 

—Si no se paga, replicó el 
mozo, á lo menos, regístranse 
ante el señor Monipodio, que es 
su padre, su amparo, su abri- 
go, su defensor, su abogado, 
su tutor y su curador ad litem; 
Y así, les aconsejo que se ven- 
gan conmigo á darle la obe- 
diencia; donde no, no se atre- 
van á hurtar de aquí adelante 
sin su licencia, que les costará 
caro. 

— Yo pensé, dijo Cortado, 
que el hurtar era oficio libre 
de derechos y alcabala, y aun 
creo que por su franqueza lo 
aprendí, y si se paga, es por 
junto, dando por fiadores á la 
garganta ó espaldas; pero, 
pues así es, y en cada tierra 
hay su uso, guardemos nos- 
otros el de ésta, y así, podrá 
vuesa merced guiarnos donde 
está ese caballero que dice; 
que creo he oído decir que es 



ñores, si son vuesas mercedes 
ladrones. Mas no sé para qué 
les pregunto esto, pues sé ya 
que lo son; mas díganme: ¿cómo 
no han ido á la aduana del señor 
Monipodio? 

—¿Págase en esta tierra al- 
mojarifazgo de ladrones, señor 
galán? dijo Rincón. 

—Si no se paga, respondió el 
mozo, á lo menos, regístranse 
ante el señor Monipodio, que es 
su padre, su maestro y su ampa- 
ro; y así, les aconsejo que ven- 
gan conmigo á darle la obedien- 
cia, ó, si no, no se atrevan á hur- 
tar sin su señal, que les costará 
caro. 



—Yo pensé, dijo Cortado, 
que el hurtar era oficio libre, 
horro de pecho y alcabala, y que 
si se paga es por junto, dando 
por fiadores á la garganta y á las 
espaldas; pero, pues así es y en 
cada tierra hay su uso, guarde- 
mos nosotros el désta, que, por 
ser la más principal del mundo, 
será el más acertado de todo él; 
y así, puede vuesa merced guiar- 
nos donde está ese caballero que 
dice; que ya yo tengo barruntos, 



- 268 - 



hombre principal y suficiente 
para el cargo. 

— Y ¡cómo si es suficiente y 
principal! dijo el mozo; y tanto, 
que va para cuatro años gae 
tomó el oficio, y en iodos ellos 
no han padecido sino cuatro 
en el finibus terrac, y obra de 
veinte y ocho envesados «, y se- 
tenta y dos en gurapas *>. 

~ En verdad, señor, dijo 
Rincón, que no entendemos 
esos nombres. 

—Comencemos á andar; 
que yo se los iré declarando 
con otros algunos que les con- 
viene saber, como el pan de la 
boca. 



sejíún lo que he oído decir, que 
es muy calificado y generoso y 
demás « hábil en el oficio. 

—Y ¡cómo que es calificado, 
hábil y suficiente! respondió el 
mozo: eslo tanto, que en cuatro 
años que há que tiene el car^ 
de ser nuestro ' mayor y pa- 
dre "', no han padecido sino cua- 
tro en el finibuS-Jerriv ' '*^ y 
obra de treinta envesados ''**", y 
de sesenta y dos en gurapas "". 
—En verdad, señor, dijo Rin- 
cón, que así entendemos esos 
nombres como volar. 

—Comencemos á andar; que 
yo los iré declarando por el ca- 
mino, respondió el mozo, con 
otros algunos, que así les con- 
viene saberlos como el pan de la 
boca »'. 
—Sea enhorabuena, respondieron los dos amigos, y así en- 
caminaron donde el tercero los llevaba, el cual les dijo que el 
morir en finibus terrae era morir en la horca, y envesados <" que- 
ría decir azotados, y condenados á gurapas era echados en ga- 
leras. 



Y asi, les fué declarando 
otros nombres que entre ellos 
llaman germanescos ó de la ger- 
manía, y en el discurso de su 
plática, que no fué poco, por- 



Y así, les fué diciendo y de- 
clarando otros nombres de los 
que ellos llaman germanescos ó 
de la ger manía en el discurso 
de su plática, que no fué corta. 



a) etiibezados. 
v>) de gurapas. 
c) embeiados . 



a) y ademát. i y R. 

b) de ser el nuestro, a. — de nuestro. R. 

c) fijiibusterrcr. \.— finibusterre. "K. 

d) entbesados . i, a y R. 



269 - 



que el camino era lar^o, dijo 
Rincón á su guía: 

—Dígame vuesa merced, 
señor mío, ¿es por ventura vue- 
sa merced ladrón? 

—Para servir á Dios y á 
vuesa merced, respondió el mo- 
zo, aunque no de los muy cur- 
sados, porque todavía estoy en 
el año del noviciado. 

Á lo cual respondió Cortado: 

—Cosa nueva es para mí 
que haya ladrones para servir 
á Dios. 

Á lo cual respondió el mozo: 

—Señores, yo no me meto en 
teologías a; lo que sé decir es 
que cada uno en su oficio pue- 
de alabar á Dios, y más con la 
buena y santa orden que tiene 
dada el señor Monipodio á to- 
dos sus ahijados. 

—Sin dubda debe ser tan 
buena y santa b como decís, 
pues hace que los ladrones sir- 
van á Dios, dijo Rincón. 

- Es tan santa c y tan bue- 
na, replicó el mozo, que no sé 
yo si se puede mejorar en nues- 
tra arte. 

I devoción d. Él tiene orde- 
nado primeramente que de lo 



porque el camino era largo ^; en 
el cual dijo Rincón á su guía: 

—¿Es vuesa merced, por ven- 
tura, ladrón? 

—Sí, respondió él, para ser- 
vir á Dios y á buenas gentes " "^, 
aunque no de los muy cursados; 
que todavía estoy en el año del 
noviciado. 

A lo cual respondió Cortado: 
— Cosa nueva es para mí que 
haya ladrones en el mundo para 
servir á Dios y á la buena gente. 
Á lo cual respondió el mozo: 
—Señor, yo no me meto en 
tologfas ^ '■"'; lo que sé es que 
cada uno en su oficio puede ala- 
bar á Dios, y más con la orden 
que tiene dada Monipodio á to- 
dos sus ahijados. 

—Sin duda, dijo Rincón, de- 
be de ser buena y santa, pues 
hace que los ladrones sirvan á 
Dios. 

—Es tan santa y buena, re- 
plicó el mozo, que no sé yo si se 
podrá mejorar en nuestro arte. 
Él tiene ordenado que de lo que 
hurtáremos demos alguna cosa ó 
limosna para el aceite de la lám- 



a) Teologías. 

b) sancia. 

c) sanc/it. 

d) /.* Devoción. 



aj y i. las bueoas gentes, i. y á At iuetta 
gente. R. 

ój Tologias. I y 1.— teologías . R. 



-270- 

que hurtáremos demos alguna para de una ¡maulen muy devota 



cosa para aceite de la lámpara 
de una imagen que está en 
cierta iglesia de esta ciudad, 
muy devota, y en verdad que 
hemos visto grandes milagros 
por esta buena obra; porque 
los días pasados dieron dos 
ansias á un cuatrero ", que ha- 
bía murciado dos roznos, y, 
con ser flaco y cuartanero, así 
las sufrió como si fuera nada; 
y el no cantar se atribuyó á su 
buena devoción, porque sus 
fuerzas no eran bastantes pa- 
ra sufrir la primera estrena, 
y porque vuesas mercedes no 
me lo pregunten, sabrán que 
cuatrero ^ es ladrón de bestias, 
y ansias es el tormento, y roz- 
nos, asnos ó mulos, hablando 
con perdón. 

II. Tenemos más: que reza- 
mos nuestro rosario repartido 
en toda la semana por sus ter- 
cias partes ■^^. 

///. Y muchos de nosotros 
no hurtamos en sábado, por 
honra de Nuestra Señora. 

IV. Ni tenemos conversa- 
ción con mujer que tenga nom- 
bre de María en días de viernes. 



que está en esta ciudad, y en 
verdad que hemos visto grandes 
cosas por esta buena obra; por- 
que los días pasados dieron tres 
ansias á un cuatrero que había 
murciado dos roznos, y, con estar 
flaco y cuartanario, así las su- 
frió «sin cantar "' como si fue- 
ran nada; y esto atribuímos los 
del arte á su buena devoción, 
porque sus fuerzas no eran bas- 
tantes para sufrir el primer des- 
concierto del verdugo. Y porque 
sé que me han de preguntar al- 
gunos vocablos de los que he di- 
cho, quiero curarme en salud y 
decírselo antes que me lo pre- 
gunten <*. Sepan voacedes que 
cuatrero es ladrón de bestias; 
an.9/aesel tormento; roznos, los 
asnos, hablando con perdón; pri- 
mer desconcierto es las pri meras 
vueltas de cordel que da el ver- 
dugo. Tenemos más: que reza- 
mos nuestro rosario repartido 
en toda la semana, y muchos <^ 
de nosotros no hurtamos el día 
del viernes, ni tenemos conver- 
sación con mujer que se llame 
María el día del sábado. 



a) quartero. 

b) guariere. 



a) los sufrió. R. 

b) que lo pregunten. 2. 
^) y algunos. R. 



271 — 



—No me parece mal todo 
eso, dijo Cortado; pero díga- 
me: ¿hócese otra penitencia 
ó restitución de lo que se hur- 
ta más de la dicha? 

—Eso no, dijo el mozo, por- 
que restituir lo que se hurta es 
imposible, por las muchas par- 
tes en que se divide, llevando 
cada uno de los ministros y 
contrayentes ^ la suya, por 
lo cual el primer hurtador no 
puede restituir nada; cuanto 
más que no hay quien nos man- 
de que lo restituyamos, lo uno, 
porque nunca nos confesamos; 
y lo otro, porque, aunque sa- 
quen cartas de excomunión y 
paulinas, nunca llegan á nues- 
tra noticia, porque nunca ja- 
más vamos á misa á las igle- 
sias, sino es á jubileos, por la 
ganancia y provecho que el 
concurso déla gentenoso frece. 

--Y ¿con todo eso dicen esos 
señores cofrades que su vida 
es santa ^ y buena? le dijo Cor- 
tado. 

—Pues ¿qué tiene?, replicó 
el mozo. ¿No es peor ser here- 
je ó renegado, ó matador de 
su padre, ó ser solomico? 



—De perlas me parece todo 
eso, dijo Cortado; pero dígame 
vuesa merced: ¿hácese otra res- 
titución 6 otra penitencia más de 
la dicha? 

—En eso de restituir no hay 
que hablar, respondió el mozo, 
porque es cosa imposible, por 
las muchas partes en que se di- 
vide lo hurtado, llevando cada 
uno de los ministros y contra- 
yentes ■'" la suya, y así, el primer 
hurtador no puede restituir na- 
da; cuanto más que no hay quien 
nos mande hacer esta diligencia, 
á causa que nunca nos confesa- 
mos, y si sacan cartas de exco- 
munión ", jamás llegan á nues- 
tra noticia, porque jamás vamos 
á la iglesia al tiempo que se leen, 
sino es los días de jubileo, por 
la ganancia que nos ofrece el 
concurso de la mucha gente. 

—Y ¿con sólo eso que hacen, 
dicen esos señores, dijo Corta- 
do ''', que su vida es santa y 
buena? 

—Pues ¿qué tiene de malo? S 
replicó el mozo. ¿No es peor ser 
hereje ó renegado, ó matar á su 
padre y madre, ó ser solomico? 



a) ministros contrayentes. 

b) sancta. 



asi) 



a) descomunión. R. 

b) Cortadillo, i y 2 (Aún no se llamaba 

cj de mala.' R. 



272 



—Sodomito querrá decir 
vuesa merced, dijo Rincón. 

—Eso quiero decir. 

— Todo eso es malo, dijo 
Cortado; pero lo otro tampoco 
es muy bueno; pero, pues ya 
nuestra suerte ha querido que 
entremos en esta lista, alargue 
el paso vuesa merced; que ya 
muero por verme con el señor 
Monipodio. 

—Presto se cumplirá ese 
deseo, porque desde esta es- 
quina se de.scubre su casa; 
vuesas mercedes se queden á 
la puerta, que yo entraré á ver 
si está desocupado, porque és- 
tas son las horas cuando él 
suele dar audiencia *' á los que 
ayer negociaron. 

—Sea en buen hora, dijo 
Rincón. 

Y adelantándose un poco el 
mozo, entró en una casa no 
de muy buena, sino de muy ma- 
la apariencia, y quedándose 
los dos esperando, salió al 
punto, y llamólos donde y 
cuando en nombre de Dios en- 
traron. 



— Sodomitu, querrá decir vue- 
sa merced "', respondió Rincón. 

— Esodijío, dijo el mozo. 

—Todo es malo, replicó Cor- 
tado; pero, pues nuestra suerte 
ha querido que entremos en esta 
cofradía, vuesa merced alargue 
el paso; que muero por verme 
con el señor Monipodio, de quien 
tantas virtudes se cuentan. 

—Presto se les cumplirá su 
deseo, dijo el mozo; que ya des- 
de aquí se descubre su casa. 
Vuesas mercedes se queden á la 
puerta, que yo entraré á ver si 
está desocupado, porque éstas 
son las horas cuando él sueU 
dar audiencia. 

—En buena sea, dijo Rincón. 

Y adelantándose un poco el 
mozo, entró en una casa no de 
muy buena ", sino de muy ma- 
la apariencia, y los dos se que- 
daron esperando á la puerta. Él 
salió luego y los llamó, y ellos 
entraron y su guía les mandó es- 
perar en un pequeñuelo ^ patio 
ladrillado, que, de puro limpio <= 
y aljimifrado ^, parecía que ver- 



il^ no muy buena, x a y R. — 
ij pequeño- i y R. 
c) y de puro limpio, i y a. 
dj aljoji/ado. R. 



- 273 



Casa de Monipodio 

l'AURE DE LADRONES EN SkVILLA 

Halláronse iodos tres, lue- 
go que entraron por la puerta 
(le enmedio, en un muy peque- 
ño patio ladrillado, limpísimo, 
porque estaba aljofifado, como 
dicen en Sevilla; á un lado del 
cual, estaba un banco de tres 

pies, Y al otro, un cántaro desbocado, con un jarrillo encima, 
y al otro rincón, una estera de enea ^, y en el medio, un tiesto ó 
maceta de albahaca de olor. 



tía cariiiín de lo más fino '•"'. Al 
un lado estaba un banco de tres 
pies, y al otro un cántaro desbo- 
cado, con un jarrillo encima, no 
menos falto que el cántaro; á 
otra parte estaba una estera de 
enea, y en el medio, un tiesto, 
que en Sevilla llaman maceta, de 
albahaca "'. 



Miraban los dos compañe- 
ros las alhajas de la casa, y 
en el entretanto que bajaba su 
dueño entróse Rincón en una 
saleta baja de dos que tenia el 
patio Y vio en ella dos espadas 
de esgrima, y, colgados, dos 
broqueles de corcho; un arca 
grande sin cubierta ni cerra- 
dura y otras tres ó cuatro es- 
teras de enea ^ tendidas por el 
suelo. Miró por todas las pare- 
des y vio que frontero de la 
puerta estaba pegada en la 
pared con pan mascado '^- una 
imagen de Nuestra Señora, de 
estas de mala estampa de pa- 
pel, con una lámpara de vidrio 
delante, ardiendo, y una es- 
portilla de palma colgada de 



a) de ti en. 
h) de iirn. 



Miraban los mozos atenta- 
mente las alhajas de la casa "^, 
en tanto que bajaba el señor Mo- 
nipodio, y, viendo que tardaba, 
se atrevió Rincón á entrar en 
una sala baja de dos pequeñas 
que en el patio estaban y vio en 
ella dos espadas de esgrima '"' y 
dos broqueles de corcho, pen- 
dientes de cuatro clavos, y una 
arca grande sin tapa ni cosa que 
la cubriese y otras tres esteras 
de enea tendidas por el suelo. 
En la pared frontera estaba pe- 
gada á la pared una imagen de 
Nuestra Señora, destas de mala 
estampa '"", y más abajo pendía 
una esportilla de palma, y enca- 
jada en la pared una almofía 
blanca, por do coligió Rincón 



i8 i 



- 274 — 

un clavo, un poco más abajo de que la esportilla servía de cepo 



la imagen. Parecióle á Rincón 
(como era " la verdad) que de- 
bía servir de cepo donde se 
echaba la limosna del aceite. 

Estando en esto, entraron en 
la dicha casa dos mozos de 
hasta veinte años cada uno, 
vestidos de estudiantes y muy 
bien aderezados; de alli á po- 
co entraron •» otros dos de la 
esportilla y un viejo; y, sin ha- 
blar palabra, se comenzaron 
todos á pasear por el patio. No 
tardó muncho " cuando entra- 
ron dos viejos vestidos de ba- 
yeta, con muncha gravedad, 
cada uno con sendos rosarios 
en la mano '^', y sus anteojos, 
que los hacían más graves. 
Luego entró una vieja gorda, 
chata, tetuda <= y barbuda y, sin 
decir nada á nadie, se fué á la 
sala, y puesta de rodillas con 
grandísima devoción, se puso 
á rezar ante la imagen, y lue- 
go echó en la esportilla su li- 
mosna. En resolución, antes 
que bajase Monipodio estaban 
en el patio más de catorce per- 
sonas de diferentes sujetos y 
trajes, esperándolo. Llegaron 



para limosna, y la almofía de te- 
ner agua bendita, y así era la 
verdad. 

Estando en esto, entraron en 
la casa dos mozos de hasta vein- 
te años cada uno, vestidos de es- 
tudiantes, y de allí á poco, dos 
de la esportilla y un ciego; y, sin 
hablar palabra ninguno ", se co- 
menzaron á pasear por el pa- 
tio. No tardó mucho cuando en- 
traron dos viejos de bayeta "", 
con antojos, que tos hacían gra- 
ves y dignos de ser respeta- 
dos '', con sendos rosarios de 
sonadoras cuentas '"* en las ma- 
nos; tras ellos entró una vieja 
halduda, y sin decir nada se fué 
á la sala, y habiendo lomado 
agua bendita, con grandísima 
devoción se puso de rodillas an- 
te la imagen, y á cabo -^ de una 
buena pieza '""', habiendo primero 
besado tres veces el suelo, y 
levantado «^ los brazos y los 
ojos al cielo otras tantas, se le- 
vantó y echó su limosna en la 
esportilla, y se salió con los de- 
más al patio. En resolución, en 
poco espacio se juntaron en el 



a; como es. 

b) de allí entraron. 

c) tetuta. 



a) ninguna. R. 

b) respectados, i y 2. 

c) al cabo. R. 

d) levantados. 1 y 2. 



— 275 — 

luego, cuasi de los postreros, 
dos bravos y bizarros mance- 
bos, de bigotes a largos y engo- 
mados, sombreros de falda 
grande, cuellos á la valona, me- 
dias de color, ligas de gran ba- 
lumba con rapacejos de plata, 
espadas de más de marca, y sus 
broqueles en la cinta, vueltos á 
las espaldas, con sendos pisto- 
letes cada uno, puestos en lu- 
gar de dagas; los cuales, así 
como entraron, pusieron los 
ojos en Rincón y Cortado, ex- 
trañándolos, y luego se llega- 
ron á ellos, preguntándoles si 
eran de la liga. Rincón dijo: 

—Sí, y muy servidores de 
vuesas mercedes. 



Bajó en este punto Monipo- 
dio, el cual era un hombre de 
hasta cuarenta años, alto de 
cuerpo, barbiespeso ^, hundi- 
dos los ojos y cejijunto. Venía 
en camisa, con unos zaragüe- 
lles anchos, muy blancos, y 
deshilados con pita, que llega- 
ban hasta los tobillos <^, sin 
cuello en la camisa y cubierto 
con una gran capa de bayeta, 
y un sombrero de viudo "^ ', }' ce- 



patio hasta catorce personas de 
diferentes trajes y oficios. Lle- 
garon también, de los postreros, 
dos bravos y bizarros mozos, de 
bigotes largos, sombreros de 
grande falda, cuellos á la valona, 
medias de color, ligas de gran 
balumbaJg", espadas de más de 
marca **", sendos pistoletes cada 
uno en lugar de dagas, y sus 
broqueles pendientes de la pre- 
tina; los cuales, así como entra- 
ron, pusieron los ojos de tra- 
vés « en Rincón y Cortado, á 
modo de que los extrañaban y 
no conocían, y, llegándose á 
ellos, les preguntaron si eran de 
la cofradía. Rincón respondió 
que sí, y muy servidores de sus 
mercedes. 

Llegóse en esto la sazón y 
punto en que bajó el señor Mo- 
nipodio, tan esperado como bien 
visto de toda aquella virtuosa 
compañía. Parecía de edad de 
cuarenta y cinco á cuarenta y 
seis años, alto de cuerpo, more- 
no de rostro, cejijunto''', barbine- 
gro y muy espeso, los ojos hun- 
didos. Venía en camisa y por la 
abertura de delante descubría 
un bosque: tanto era el vello que 



a) bizarros mancebos, bigotes, 

b) barbispeso. 

c) tubiUcs. 



a) a/ través. R. 

b) cezijunto. i y 2. 



— 276 - 



ñida una espada muy ancha. 
Era muy moreno de rostro, y 
por la abertura de ¡a camisa 
se le descubría en el pecho un 
bosque: tanta era la espesura 
del vello que tenía en él; las 
manos eran cortas, carnudas 
y pelosas; los dedos, anchos; 
chatas las uñas y algo torci- 
das hacia dentro; las piernas 
no se le par escían «, pero los 
pies eran disformes de gran- 
des, anchos y juanetudos; en 
efecto, representaba un rústico 
y disforme bárbaro. Bajó con 
él la guia de los dos modernos 
cofrades y, llegándose á ellos, 
los tomó por las manos y los 
presentó ante Monipodio, di- 
ciéndole: 



tenía en el pecho. Traía cubier- 
ta una capa de bayeta '"* casi 
hasta los pies, en los cuales traía 
unos zapatos enchancletados; 
cubríanle las piernas unos zara- 
güelles de lienzo, anchos, y lar- 
gos hasta los tobillos; el som- 
brero era de los de la hampa ", 
campanudo de copa y tendido de 
falda. Atravesábale un tahalí por 
espalda y pechos, á do colgaba 
una espada ancha y corta, á mo- 
do de las del perrillo ""; las 
manos eran cortas y pelosas, y 
los dedos, gordos i', y las uñas, 
hembras y remachadas ""; las 
piernas no se le parecían, pero 
los pies eran descomunales de 
anchos y juanetudos «■. En efe- 
to '', él representaba el más rús- 



tico y disforme bárbaro del mun- 
do. Bajó con él la guía de los dos y, trabándoles de las manos, los 
presentó ante Monipodio, diciéndole: 

—Estos son los mancebos —Estos son los dos buenos 

que á vuesa merced he dicho, mancebos que á vuesa merced 

dije, mi sor 'Monipodio '"; vue- 
sa merced log desamine y verá como son dignos / de entrar en nues- 
tra congregación: 

—Eso haré yo de muy buena gana, respondió Monipodio. 

Olvidáb áseme de decir que Olvidábaseme de decir '"que 



a) chatas... y algo torcidas acia dentro 
las piernas, no se le parescían. 



aj atnpa. 2 y R. 

¿rj cortas, pelosas, y los dedos, i.; cor- 
tas, pero lesas, y le* dedos. 2.; cortas y pe- 
losas, los dedos. R. 

t) juanetados. 9. 

d) En efecto, i y R. 

e) señor. 2 y R. 

/J cómo son dignos. R. 



277 - 



asi como bajó Monipodio, to- 
dos ¡e hicieron brava cortesía 
Y muy bajas reverencias, ex- 
cepto ios dos bravos que esta- 
ban fiablando en puridad -"' á 
un rincón del patio, ios cuales 
de través y al desgaire le qui- 
taron los sombreros. Paseába- 
se Monipodio con munclia gra- 
vedad Y á cada vuelta que daba 
hacia su pregunta á los dos 
novicios; primero les dijo: 

—¿De qué tierra son, gala- 
nes? 

Respondió Rincón: 
—Castellanos. 
—El lugar pregunto, y si 
son ambos de una misma pa- 
tria. 

—De diferente somos, res- 
pondió Cortado, y nuestros lu- 
gares son de tan poca cuenta, 
que si no es de importancia, no 
hay para qué decirlo. 

-Y es cosa muy acertada, 
replicó Monipodio, porque si la 
suerte corriere no como debe, 
no quede asentado debajo de 
signo de escribano: «Fulano, 
vecino de tal parte é hijo de 
fulano y de fulana », lo ahor- 
caron, lo azotaron, le cortaron 
las orejas tal año y tal mes y 



así como Monipodio bajó, al 
punto todos los que aguardán- 
dole estaban le hicieron una pro- 
funda y larga reverencia, excep- 
to los dos bravos, que, á medio 
mogate « "\ como entre ellos se 
dice, le quitaron los capelos "', 
y luego volvieron á su paseo por 
una parte del patio, y por la otra 
se paseaba Monipodio, el cual 
preguntó á los nuevos el ejerci- 
cio, la parria y padres. 

A lo cual Rincón respondió: 



—El ejercicio ya está dicho, 
pues venimos ante vuesa mer- 
ced; la patria no me parece de 
mucha importancia decilla ^, ni 
los padres tampoco "'', pues no 
se ha de hacer información para 
recebir algún hábito honroso "". 

Á lo cual respondió Monipo- 
dio: 

—Vos, hijo mío, estáis en lo 
cierto, y es cosa muy acertada 
encubrir eso que decís, porque 
si la suerte no corriere como 
debe, no es bien que quede asen- 
tado debajo de signo de escriba- 
no, ni en el libro de las entra- 
das: «Fulano, hijo de fulano, 
vecino de tal parte, tal día le 



a) y At^ fulano. 



a) magate. i y a. 
6J decirla, a y R. 



- 278 - 
tai diaí>, como sentencia üe In- ahorcaron 
quisición. Y así, Ixijos míos, ni 
nombre de padre ni de patria 
no liav para qué lo digáis, y el 
propio aun se debe mudar. 
¿Cómo se llaman? 



ó -le azotaron», ó 
otra cosa semejante, que, por lo 
menos, suena mal á los buenos 
oídos; y así, torno á decir que es 
provechoso documento callar la 
patria '", encubrir los padres y 



mudar los proprios " nombres, 
aunque para entre nosotros no ha de haber nada encubierto, y sólo 
ahora quiero saber los nombres de los dos. 

— Yo, Rincón. Yo, Corlado, Rincón dijo el suyo y Corta- 

respondieron los dos. do también. 



—Pues de aquí adelante, 
vos os llamad Rinconete, y vos 
os llamaréis Cortadillo, que 
son nombres que tienen de to- 
do, y hacen buena consonancia 
con los que se usan en nuestra 
arte. 

—Bien, por mi vida, dijo 
uno de los bravos. 

—Pero díganme, dijo Moni- 
podio: ¿hay padres? 

—En mi lugar, por ser tan 
pequeño, respondió Rincón, no 
hay monasterio alguno, y asi 
no hay en él padres, sino es el 
cura. 

—No digo esos padres, res- 
pondió Monipodio, sino los que 
os engendraron; y esto no lo 
pregunto sin misterio, porque 
tenemos de costumbre en nues- 
tras ordenanzas f»^ de hacer 



—Pues de aquí adelante, res- 
pondió Monipodio, quiero y es 
mi voluntad que vos, Rincón, os 
llaméis Rinconete, y vos. Cor- 
tado, Cortadillo, que son nom- 
bres que asientan como de mol- 
de á vuestra edad y á nuestras 
ordenanzas, debajo de las cuales 
cae tener necesidad de saber el 
nombre de los padres de nues- 
tros cofrades, porque tenemos 
de costumbre de hacer decir ca- 
da año ciertas misas por las áni- 
mas de nuestros difuntos y bien- 
hechores, sacando el estupen- 
do "" para la limosna de quien 
las dice de alguna parte de lo 
que se garbea, y estas tales mi- 
sas así dichas como pagadas 
dicen que aprovechan ''' á las ta- 
les ánimas por vía de naufra- 
gio; y caen debajo, de nuestros 



a) mis ordenanzas. 



aj propios. I y R. 
b) que aprovecha, t. 



— 279 — 
bien por las ánimas de mies- bienhechores "" el procurador 



tros difuntos y bienhechores: 
por Via de naufragio se dicen 
algunas misas, sacando el es- 
tupendio de lo que se garbea; 
Y los bienhechores son el pro- 
curador que nos defiende y sa- 
ca con victoria; el corchete ó 
engarrafador que nos avisa 
cuando la justicia nos procu- 
ra; el ayudante, que es el que 
cuando ^ uno de nosotros va 
huyendo de ella, y le van dan- 
do caza, diciendo á voces «al 
ladróny>, se pone por medio y 
detiene á los que nos siguen, 
diciendo: «Dejadle al misera- 
ble, que harta malaventura t» se 
lleva. » Son también bienhecho- 
res las socorridas, que no nos 
desamparan en las cárceles ni 
en las galeras; y con todos es- 
tos lo son nuestros padres y 
madres, que nos echaron al 
mundo; por todos los cuales 
hacemos decir cada año su 
adversario en cierto hospital 
de esta ciudad, con la mayor 
devoción y pompa que pode- 
mos. 



que nos defiende, el ^ro que 
nos avisa "", el verdugo que nos 
tiene lástima, el que cuando al- 
guno de nosotros" va huyen- 
do por la calle y detrás le van 
dando voces: «Al ladrón, al la- 
drón; deténganle, deténganle», 
se pone ^ enmedio, y se opone 
al raudal de los que le siguen, 
diciendo: «Déjenle al cuitado, 
que harta malaventura <= lleva ''^'; 
allá se lo haya; castigúele su 
pecado^ '■". Son también bienhe- 
choras nuestras las socorridas 
que de su sudor nos socorren ''^, 
así (i en la trena como en las 
guras ^'"'•, y también lo son nues- 
tros padres y madres, que nos 
echan al mundo, y el escribano, 
que, si anda 4e buena ^-', no hay 
delito que sea culpa, ni culpa á 
quien *^ se dé mucha pena; y por 
todos estos que he dicho hace 
nuestra hermandad cada año su 

adversario ', con la mayor po- 
pa y soledad / que podemos. 



a) que es cuando. 

b) mala ventura. 



a) cuando de nosotros, i. 

b) uno se pone, i y 2. 

c) mala ventura. 1,2 y R. 

d) ansí. I. 

c) aniversario. R. 
/J solenidad. i. 



280 — 



~ Por cierto, dijo Rincone- 
te, que es obra digna de la in- 
vención del allisimo y profun- 
dísimo entendimiento que 
hemos oído decir que vuesa 
merced tiene. Padres tenemos 
por ahora, y por nosotros no 
es necesario hacer gasto algu- 
no; andando el tiempo podrá 
ser llegue á nuestra noticia 
que son muertos, j' entonces la 
daremos » á vuesa merced, pa- 
ra que se les haga ese naufra- 
gio ó tormenta que dice. 



—Por cierto, dijo Rinconete 
(ya confirmadoconestenombre), 
que es ohru i\\<¿\m del altísimo y 
profundísimo injjenio que hemos 
oído decir que vuesa merced, se- 
ñor Monipodio, tiene. Pero nues- 
tros padres aún jíozan de la vida; 
si en ella les alcanzáremos, dare- 
mos lueíjo noticia á esta felicísi- 
ma yubojíada - confraternidad'^, 
para que por sus almas se les ha- 
ga ese naufraí^io ó tormenta, rt 
ese adversario que vuesa merced 
dice '■", con la solenidad y pom- 



pa acostumbrada, si ya no es que 
se hace mejor con popa y soledad, como también apuntó vuesa 
merced en sus razones. 



—Haráse sin falta, respon- 
dió Monipodio, ó no quedará 
de mi pedazo. Vén acá. Gan- 
choso (que asi se llamaba su 
guía): ¿están puestas las pos- 
tas por esas encrucijadas? 

—Sí, dijo: tres centinelas 
están avizorando, y no hay que 
tener miedo que nos cojan de 
sobresalto. 

— Volviendo á nuestro pro- 
pósito, díganme por su vida: 
¿á qué suerte de habilidad se 
acomodan más, ó qué manera 



—Así se hará, ó no quedará 

de mí pedazo, replicó Monipodio. 

Y llamando á la guía, le dijo: 

—Vén acá, Ganchudo: ¿están 

puestas las postas? 

—Sí, dijo la guía, que Gan- 
chuelo era su nombre: tres cen- 
tinelas quedan avizorando y no 
hay que temer que nos cojan de 
sobresalto. 

—Volviendo, pues, á nuestro 
propósito, dijo Monipodio, que- 
rría saber, hijos, lo que sabéis, 
para daros el oficio y ejercicio 



a) le daremos. 



itj abonada. K. 



- 281 — 
de ejercicio quieren tomar, y 
qué ocupación saben de más 
provecho? que después yo les 
diré lo que más les conviene. 

— Yo, dijo Rinconete, sé un 
poquito de floreo del Vil han a, 

—¿Qué flores, dijo Monipo- 
dio, sabéis en el naipe? 

—Sé un poco del retén y ten- 
go buena vista para el humillo 
y el lápiz ^, y no se me despa- 
recen las cuatro ni las ocho, 
respondió Rinconete. 



conforme á vuestra inclinación y 
habilidad. 



—Yo, respondió Rinconete, 
sé un poquito de floreo de Vil- 
hán «; entiéndesemeel retén; 
tengo buena vista para el humi- 
llo; juego bien de la sola, de las 
cuatro y de las ocho; no se me 
va por pies el raspadillo, verru- 
gueta*^ y el colmillo; entróme por 
la boca de lobo como por mi ca- 
sa, y atreveríame á hacer un ter- 
cio de chanza mejor que un tercio de Ñapóles, y á dar un astillazo 
al más pintado mejor que dos reales prestados *'^. 

—Principios son, dijo Moni- —Principios son, dijo Moni- 

podio; mas todas ésas son fio- podio; pero todas ésas son flo- 



rea viejas, que ya no hay sa- 
cristán que no las sepa; pero 
andará el tiempo y veremos las 
manos que tenéis; que no fal- 
tará en qué ocuparlas. ¿ Y vos, 
Cortadillo, qué sabéis? 



res de cantueso viejas '**, y tan 
usadas, que no hay principiante 
que no las sepa, y sólo sirven 
para alguno que sea tan blanco, 
que se deje matar de media noche 
abajo *^; pero andará el tiempo, 



y vernos hemos <^ '■"; que asen- 
tando sobre ese fundamento media docena de liciones, yo espero 
en Dios que habéis de salir oficial famoso, y aun quizá maestro. 

—Todo será '^ para servir á vuesa merced y á los señores cofra- 
des, respondió Rinconete. 

—Y vos. Cortadillo, ¿qué sabéis? preguntó Monipodio. 

— Yo, señor, respondió Cor- — Yo, respondió Cortadillo, 

tado, sé la treta que dicen c me- sé la treta que dicen mete dos y 



a) bilhan. 

b) del lápiz. 

c) sé laque dicen. 



a) vilhan. i; viUan. 2 y R. 

b) ierru¿ueta, 1 , 2 y R. 
cj vernoshemos. 1 y 2. 
d) Todo se hará. R. 



19 



— 282 - 
te dos }' saca cinco, y sé dar 
tiento á una faldriquera al mis- 
mo diablo. 

—Bueno, vive Cristo, dijo 
Monipodio. Y en esto del áni- 
mo, ¿cómo les va á entrambos? 

—¿Qué es lo del ánimo? res- 
pondió Rinconete. 



saca cinco "' y sé dar tiento á 
una faldriquera con mucha pun- 
tualidad y destreza. 

—¿Sabéis más? dijo Monipo- 
dio. 

—No, por mis grandes peca- 
dos, respondió Cortadillo. 

—No os aflijáis, hijo, replicó 



Monipodio; que á puerto y á es- 
cuela habéis llegado donde ni os anegaréis, ni dejaréis de salir tnuy 
bien aprovechado en todo aquello que más os conviniere. Y en esto 
del ánimo, ¿cómo os va, hijos? 

—¿Cómo nos ha de ir, respondió Rinconete, sino muy bien? 
Ánimo tenemos para acometer « cualquier <* empresa de las que to- 
caren á nuestro arte y ejercicio. 



—Lo del ánimo, replicó Mo- 
nipodio, si se hallan con dis- 
posición p fuerzas para si fue- 
se necesario .sufrir media do- 
cena de ansias, y de acometer 
de noche á una fantasma. 



— Ya sabemos qué son an- 
sias, dijo Cortadillo, y, poco 
más ó menos, qué es acometer 
fantasmas de noche: es querer 
decir si tendremos ánimo para 
quitar alguna capa, ó embestir 
alguna casa. 



—Está bien, replicó Monipo- 
dio; pero querría yo que también 
le tuviésedes para sufrir, si fue- 
se menester, media docena de 
ansias, si la suerte os llegase á 
estado deso, sin desplegar ^ los 
labios y sin decir «esta boca es 
mía». 

—Ya sabemos aquí, dijo Cor- 
tadillo, señor Monipodio, qué 
quiere decir ansias, y para todo 
tenemos ánimo; porque no so- 
mos tan ignorantes que no se 
nos alcance que lo que dice la 
lengua paga la gorja'*; y harta 
merced le hace el Cielo al hom- 
bre atrevido, por no darle otro título, que le deja en su lengua su 



aj para cometer. 2. 

l>) cualquiera. 1. 

c) de ansias, sin desplegar, i y R. 



- ^3 



vida ó su muerte. ¡Como si tuviese 

—Rebueno, vive el cielo, dijo 
Monipodio. 

Y haciendo del ojo á uno de 
los bravos, se llegó uno de 
ellos á Rinconete p, cogiéndolo 
descuidado, le dio un gran bo- 
fetón enmedio del rostro; y no 
lo hubo bien dado cuando, 
echando mano al de cachas, y 
Cortadillo á su espada, me- 
dia ^, ó terciado, arremetieron 
al bravo con tal denuedo, que 
si el otro no se metiera de por 
medio, lo mataran; lo cual hi- 
cieron con tal presteza y áni- 
mo, mostrando tanta cólera y 
orgullo, que todos quedaron 
admirados. Ni todos bastaban 
á detenellos y apacigúanos, ni 
bastaran otros tantos, si Moni- 
podio no les dijera: 

—Teneos, hijo Rinconete, 
que con ese bofetón quedáis 
armado caballero, y os habéis 
ahorrado seis meses de novi- 
ciado; porque con el ánimo 
que habéis mostrado, os dipu- 
to, señalo y consagro á en- 
trambos para que podáis co- 
municar desde luego con los 



" más letras un no que un sí! *^' 
—Alto; no es menester más, 
dijo á esta sazón Monipodio: di- 
go que sola esa razón me con- 
vence, me obliga, me persuade 
y me fuerza á que desde luego 
asentéis por cofrades mayores, 
y que se os sobrelleve el año de 
noviciado ^. 

—Yo soy dése parecer, dijo 
uno de los bravos. 

Y á una voz lo confirmaron 
todos los presentes, que toda la 
plática habían estado escuchan- 
do, y pidieron á Monipodio que 
desde luego les concedí esey per- 
mitiese gozar de las inmunida- 
des de su cofradía, porque su 
presencia agradable y su buena 
plática lo merecía **' todo. Él res- 
pondió que por dalles ^ conten- 
to á todos, desde aquel punto 
se las concedía, advirtiéndo- 1^4^ 
les '^ que las estimasen en mu- 
cho, porque eran no pagar media 
nata "^ del primer hurto que hi- 
ciesen; no hacer oficios menores 
en todo aquel año, conviene á 
saber: no llevar recaudo de nin- 
gún hermano mayor á la cárcel 
ni á la casa "^, de parte de sus 



e) á su espada media. 



nj su muerte, como si tuviese, i, a y R. 

6J rfí/ noviciado, i. 

cj darles. 2 yR. 

dj y advirtiéndoles, i y 2. 



— 284 — 



contribuyentes; piar el turco pu- 
ro "'; hacer banquete cuando, 
como y adonde " quisieren, sin 
pedir Ucencia á su mayoral; en- 
trar á la parte desde luego con 
lo que entrujasen "" los herma- 
nos mayores, como uno dellos, 
y otras cosas que ellos tuvieron 
por merced señaladísima, y las 
demás *, con palabras muy co- 
medidas y corteses las agrade- 
cieron y tuvieron en mucho f. 



matasietes y asesinos de nues- 
tra cofradía, que es e¡ primero 
previlegio, y entrar en ¡o gui- 
sado *' con todo género de ar- 
mas; Y tener vaca en la de/te- 
sa ^^ y á los tres meses usar 
de la ganancia *^, y á los seis 
meses no pagar media nata ", 
sino sólo la tercera parte de 
los f rucios; y sentaros á ¡a 
mesa redonda, y desde luego 
piar el turco ^ in puribus; pre- 
vilegios y gracias no concedi- 
dos <^ sino á hombres de pelo en pecho, valerosos y desansia- 
dos, corrientes y molientes por todos los sobresaltos y vaivenes 
de nuestro oficio; porque veáis, hijos, cuánto os ha valido el 
ánimo que habéis mostrado en esta ocasión, acometiendo al 
señor Chiquiznaque, que es de los más valerosos y esforzados 
de nuestra orden. 

—Como eso sea, yo me allano, respondió Rinconete; pero 
si fuera por otra guisa, aunque mozo y sin barbas, yo se las 
quitara al mismo Satanás pelo á pelo, en mi venganza y satis- 
facción. 

— Vive el Dador ^, que eres milagroso, dijo el bravo Chiquiz- 
naque; daca, mocito, la mano y tenme de aquí adelante por tu 
favorecedor; que lo haré, vive Roque ^°, con muchas veras. 

Y dándole la mano, lo abrazó, haciendo lo mismo todos los 
de la junta á los nuevos cofrades. 

Estando en esto, entró un Estando en esto, entró un 

muchacho corriendo y desalen- muchacho corriendo y desalen- 
tado, diciendo: tado, ydijo: 

—Señor, el alguacil de los —El alguacil de los vagabun- 



a) medianata. 

b) para el trueco. 

c) concedidas, 

d) dador. 



a) como, cuando y adonde. 2, 
bj lo demás, i y 2. 

c) muy comedidas las agradecieran mu- 
cho. I. 



285 — 



vagabundos » viene encamina- 
do á esta casa; pero no trae 
consigo gurullada ^ de corche- 
tes, como suele. 

— Nadie se alborote, dijo 
Monipodio; que él es mi amigo 
y nunca viene por nuestro da- 
ño. Sosiégúense, que yo le sal- 
dré á hablar. 

Todos se sosegaron, que 
estaban algo alborotados, y 
Monipodio salió á la puerta, 
donde ya estaba el alguacil, 
con quien estuvo hablando un 
rato; y luego entró Monipodio 
y dijo: 

—¿Á quién le cupo hoy la 
plaza de Sant Salvador? 

—Á mi, dijo el de la guía. 

—Pues ¿cómo no se me ha 
manifestado una bolsilla de 
ámbar que esta mañana se le 
tomó en aquel paraje á un sa- 
cristán, con quince escudos de 
oro y dos reales de á dos, y... 
cuartos en menudos? 

— Verdad es que hoy faltó 
esa bolsa en ese lugar; pero 
yo no la tomé, ni puedo imagi- 
nar quién la tomó. 

— No hay levas para conmi- 
go, replicó Monipodio: la bolsa 



dos " viene encaminado á esta 
casa; pero no trae consigo guru- 
llada ■'''. cv. x^cv: £-> 

—Nadie se alborote ni inquie- 
te, dijo á esta sazón Monipo- 
dio ^\ que es amigo y nunca viene 
por nuestro daño. Sosiégúense, 
que yo le saldré á hablar. 

Todos se sosegaron, que ya 
estaban algo sobresaltados, y 
Monipodio salió á la puerta, don- 
de halló al alguacil, con el cual 
estuvo hablando un rato, y lue- 
go volvió á entrar Monipodio, y 
preguntó: 

— ¿Á quién le cupo hoy la 
plaza de San Salvador? 

— Á mí, dijo el de la guía. 

— Pues ¿cómo, dijo Monipo- 
dio, no se me ha manifestado una 
bolsilla de ámbar que esta ma- 
ñana en aquel mismo paraje '" 
dio al traste, con quince escudos 
de oro y dos reales de á dos y. 
no sé cuántos cuartos? 

—Verdad es, dijo la guía, que 
hoy faltó esa bolsa; pero yo no 
la he tomado, ni puedo imaginar 
quién la tomase. 

—No hay levas conmigo '*^ 
replicó Monipodio: la bolsa ha 



a) vabundos. 

b) gruUada. 



a) vagamundos. R. 

b) Nadie se alborote, dijo Monipodio, i. 

c) en aquel paraje, i. 



-^- 



ha de parecer, porque lo pide 
el alguacil de los vagabundos, 
que es amigo y nos hace mil 
placeres al año. 

Tornó á jurar el mozo que 
no sabia de la dicha bolsa, y 
comenzóse á encolerizar ■ Mo- 
nipodio de suerte, que le salia 
fuego por los ojos, diciendo: 

—Nadie se burle con que- 
brantar ningún statuto de 
nuestra orden, que le costará 
la vida: manifiéstese el hurto; 
Y si se hace la cubierta por no 
pagar los derechos, yo le daré 
enteramente lo que le toca, y 
pondré lo demás de mi casa, 
porque en todas maneras ha 
de ser contento el alguacil. 

Comenzóse á maldecir el 
mozo, Y á encolerizarse *> de 
nuevo Monipodio, y á escanda- 
lizarse todos los de la junta, 
pareciéndoles mal que cosa al- 
guna se encubriesen, siendo 
tan contra sus statutos y leyes. 



Viendo Rinconete tanta di- 
sensión Y alboroto, parescióle 
que sería bien sosegalle y dar 



de parecer, porque la pide el 
alguacil, que es amigo y nos ha- 
ce mil placeres al año '*^. 

Tornó á jurar el mozo que no 
sabía della. Comenzóse á enco- 
lerizar Monipodio de manera, 
que parecía que fuego vivo lan- 
zaba por los ojos, diciendo: 

—Nadie se burle con que- 
brantar la más mínima cosa de 
nuestra orden, que le costará la 
vida: manifiéstese la cica '"; y si 
se encubre por no pagar los de- 
rechos, yo le daré enteramente 
lo que le toca, y pondré lo demás 
de mi casa, porque en todas ma- 
neras ha de ir contento ei algua- 
cil. 

Tornó de nuevo á jurar el 
mozo y á maldecirse «, diciendo 
que él no había tomado tal bolsa 
ni vístola de sus ojos; todo lo 
cual fué poner más fuego á la 
cólera de Monipodio y dar oca- 
sión á que toda la junta se albo- 
rotase, viendo que se rompían 
sus estatutos y buenas ordenan- 
zas. 

Viendo Rinconete, pues, tan- 
ta disensión y alboroto, pareció- 
le que sería bien sosegalle '• y 



a) encolorizgr. 

b) tncolorisarte. 



a) y maldecirse, a. 

b) sosegarle. 2 y R. 



287 - 



contento á su mayor, y, acon- 
sejándose con Cortadillo, sacó 
la bolsa del sacristán y dijo: 



—Cese toda quistión; que 
ésta es la bolsa sin faltarle 
nada de todo aquello que el 
alguacil dice: mi compañero 
Cortadillo le dio alcance, con 
un pañizuelo por añadidura. 

Y luego Cortadillo sacó el 
pañizuelo y lo puso de mani- 
fiesto. La alegría fué general, 
como había sido el pesar. Vien- 
do la bolsa y el pañizuelo Mo- 
nipodio, dijo: 

—Con el pañizuelo se puede 
quedar el buen Cortadillo; la 
bolsa llevará, el alguacil, y 
quédese á mi cuenta la satis- 
facción de esta liberalidad, 
pues por no estar aún asenta- 
do en mi lista Cortadillo, no 
estaba obligado á esta mani- 
festación, y por recompensa 
confirmo de nuevo los previle- 
gios dados y añado que en los 
dos meses ios haré trabajar 
de mayor contía^^. 



dar contento á su mayor, que re- 
ventaba de rabia, y aconsejándo- 
se con su amigo Cortadillo, con 
parecer de entrambos sacó la 
bolsa del sacristán y dijo: 

—Cese toda cuestión, mis se- 
ñores; que ésta es la bolsa, sin 
faltarle nada de lo que el algua- 
cil manifiesta; que hoy mi cama- 
rada Cortadillo le dio alcance, 
con un pañuelo que al mismo 
dueño se le quitó por añadidura. 

Luego sacó Cortadillo el pa- 
ñizuelo y lo puso " de manifies- 
to, viendo lo cual Monipodio, 
dijo: 



—Cortadillo el Bueno (que 
con este título y renombre se ha 
de quedar ^ de aquí adelante) se 
quede con el pañuelo, y á m¡ 
cuenta se quede <^ la satisfacción 
deste servicio; y la bolsa se ha 
de llevar el alguacil; que es de 
un sacristán pariente suyo, y 
conviene que se cumpla aquel re- 
frán que dice: «No es mucho que 
á quien te da la gallina entera tú 
le des ''una pierna della» '■•*. Más 
disimula este buen alguacil en 



un día que nosotros le podemos ni solemos dar en ciento. 



aj le puso. R. 

bj y renombre ha de quedar, i y R. 

cj se queda. R. 

d) tü des. i; tü le des tú. 2; le des tú. R. 



— 288 - 

Todos se lo agradescieron, De común consenti mi ento 

diciendo que tenía mucha ra- aprobaron todos la hidalguía de 
zón Y Que el novicio era mere- los dos modernos y la sentencia 
cedor de aquella gracia, con- y parecer "' de su mayoral, el 
cedida á pocos. cual salió á dar la bolsa al algua- 

cil, y Cortadillo se quedó confir- 
mado con el renombre de Bueno, bien como si fuera D. Alonso 
Pérez de Guznián el Bueno, que arrojó el cuchillo por los muros 
de Tarifa para degollar á su único hijo "". 

Salió Monipodio á dar la Al volver que volvió Moni- 

bolsa al alguacil, y al volverse, podio « "", entraron con él dos 
entraron con el dos mozas de mozas, afeitados los rostros "••, 
buen parecer, trabajadoras '*, llenos de color los labios y de 
aunque muy afeitadas y llenos albayaldc los pechos, cubiertas "^1 
de color los labios, y en su deS' con medios mantos de anasco- 



enfado y talle luego conoscie- 
ron Rinconete y Cortadillo que 
eran de la casallana,como era 
la verdad; y asi como vieron á 
los bravos Chiquinazque y su 
compañero se fueron ú ellos 
con los brazos abiertos; el 
cual compañero se llamaba 
Mani ferro, el cu al, por haberle 
cortado por justicia la mano, 
se servia de una de hierro, de 
donde se derivaba su nombre. 
Ellos las abrazaron con gran 
regocijo y las preguntaron si 
traían algo con que remojar 
la canal maestra. 

—Pues ¿había de faltar? 



te '•■'*, llenas de desenfado y des- 
vergüenza: señales claras por 
donde, en viéndolas Rinconete y 
Cortadillo, conocieron que eran 
de la casa llana '", y no se enga- 
ñaron en nada; y así como en- 
traron se fueron con los brazos 
abiertos, la una á Chiquinazque 
y la otra á Maniferro, que éstos 
eran los nombres de los dos bra- 
vos, y el de Maniferro era por- 
que traía una mano de hierro en 
lugar de otra que le habían cor- 
tado por justicia. Ellos las abra- 
zaron con grande regocijo, y les 
preguntaron si traían algo con 
que mojar la canal maestra. 
—Pues ¿había de faltar, dies- 

aj Al volver, que volvió Monipodio, i, 
2 y R. 



— 289 - 
respondió la una, que se lla- 
maba la Gananciosa. No tar- 
dará que no venga Silb afilio 
con la coladera atestada ^^. 



I Y así fué verdad, porque 
luego entró un muchacho con 
una canasta pequeña de colar, 
cubierta con media sábana. 

Alegráronse todos con la 
entrada de Silbato, y luego 
mandó Monipodio sacar una 
estera de enea^ y ten del I a en 
medio del patio, y ordenó que 
todos se sentasen á la redon- 
da, porque en cortando la có- 
lera se tratase de lo que más 
conviniese. Cuando dijo la vie- 
ja que rezó á la imagen ^''; 



—Hijo Monipodio, yo no es- 
toy para fiestas, porque tengo 
un vaguido de cabeza, tres días 
há, que me trae loca de ella; 
y más, que tengo de ir antes 
que sea medio día á cumplir 
con mis devociones y poner mis 
candelillas á Nuestra Señora 
de las Aguas y al Sancto Cru- 
cifijo de Sant Agustín, que no 
lo dejaré de hacer aunque tro- 



tro mío?"'*, respondió la una, que 
se llamaba la Gananciosa. No 
tardará mucho á venir Silbatillo, 
tu trainel '", con la canasta de 
colar atestada de lo que Dios ha 
sido servido. 

Y así fué verdad, porque al 
instante entró un muchacho con 
una canasta de colar cubierta 
con una sábana. 

Alegráronse todos con la en- 
trada de Silbato, y al momento 
mandó sacar Monipodio una de 
las esteras de enea que estaban 
en el aposento, y tenderla en 
medio del patio. Y ordenó asi- 
mismo que todos se sentasen á 
la redonda, porque en cortando 
la cólera ''"^ se trataría de lo que 
más conviniese. A esto dijo la 
vieja que había rezado á la ima- 
gen: 

—Hijo Monipodio, yo no es- 
toy para fiestas, porque tengo 
un vaguido de cabeza, dos días 
há, que me trae loca; y más, que 
antes que sea medio día tengo 
de ir á cumplir mis devociones y 
poner mis candelicas á Nuestra 
Señora de las Aguas '^* y al San- 
to Crucifijo de Santo Agustín '"•"', 
que no lo dejaría de hacer si ne- 
vase y ventiscase. A lo que he 



a^ de nea. 



19* 



nase y ventease. A lo que venia 
es á deciros que anoche lleva- 
ron á mi casa los dos herma- 
nos nuestros el Renegado y el 
Cientopies, una canasta de co- 
lar atestada de ropa blanca, y 
en Dios p en mi consciencia que 
venía con su cernada y todo, 
que los pobretes no tuvieron lu- 
gar de vacialla;por señas, que 
venían sudando la gota tan 
gorda con el peso, que era la 
mayor compasión del mundo. 
Dijéronme que iban en segui- 
miento de un labrador que ha- 
bía pesado unos carneros •'^, y 
querían ver si le podían dar un 
tiento en un zurrón de reales 
que llevaba. No contaron la 
ropa, fiados en la entereza y 
rectitud de mi consciencia; y 
así Dios cumpla mis buenos 
deseos y nos libre á todos de 
poder de justicia, que no he 
tocado á la canasta, y que se 
está entera como su madre la 
parió. 

—Está bien, señora madre, 
dijo Monipodio; estése así la 
canasta; que yo iré á boca de 
sorna y haré cala y cata de lo 
que tiene ^^', y daré á cada uno 



- 290 - 

venido es que anoche el Renega- 
do y Centopiés llevaron á mi ca- 
sa una canasta de colar '••", algo 
mayor que la presente, llena de 
ropa blanca, y en Dios y en mi 
ánima que venía con su cernada 
y todo, que los pobretes no de- 
bieron de tener lugar /le quita- 
lia «», y venían sudando la gota 
tan gorda, que era una compa- 
sión verlos entrar ijadeando-^ '•• 
y corriendo agua de sus ros- 
tros "*, que parecían unos angé- 
licos. Dijéronme que iban en 
seguimiento de un ganadero que 
había pesado ciertos carneros en 
la carnicería, por ver si le podían 
dar un tiento en un grandísimo 
gato de reales^*" que llevaba. No 
desembanastaron ni contaron la 
ropa, fiados en la entereza de 
mi conciencia; y así me cumpla 
Dios mis buenos deseos y nos li- 
bre á todos de poder de justicia, 
que no he tocado á la canasta <^, 
y que se está tan entera como 
cuando nació**. 

—Todo se le cree, señora ma- 
dre, respondió Monipodio, y es- 
tése así la canasta; que yo iré 
allá á boca de sorna *"' y haré 
cala y cata de todo lo que ti ene '^^ 



aj de quitarUi. 2 y R. 

b) hijadeantlo. i y 2. 

c) tocado la canasta. K. 
dj de lo que tiene. 1 y R. 



- 291 ^ 
lo que le tocare, bien y fielmen- y daré á cada uno lo que le tocá- 



íe, como íen^o de costumbre. 

—Sea como vos mandardes, 
hijo, respondió la vieja; y por- 
que se me hace tarde, dadme 
un traguillo para consolar este 
estómago, que tan desmayado 
anda de contino. 

— Y ¡qué tallo beberéis, ma- 
dre!, dijo la Esc al anta, que así 
se llamaba su compañera de 
la Gananciosa 3'. 

Y descubriendo la canasta, 
páreselo un medio cuero de 
hasta dos arrobas, cuasi lleno, 
y un corcho que podía caber un 
azumbre; y llenándoselo, se lo 
pusieron en sus manos peca- 
doras á la devota vieja, la 
cual, soplando una poquilla de 
espuma, dijo: 



—Muncho echaste, hija mía; 
pero Dios dará fuerzas para 
todo. 

Y poniéndoselo á la boca, 
de un tirón, sin tomar resue- 
llo, lo trasegó al estómago. 
Cuando acabó dijo: 

—De Cazalla es, y aun tiene 



re, bien y fielmente, como tengo 
de costumbre. 

—Sea, como vos lo ordenáre- 
des, hijo, respondió la vieja; y 
porque se me hace tarde, dadme 
un traguillo, si tenéis, para con- 
solar este estómago, que tan des- 
mayado anda de contino «. 

—Y ¡qué tal lo beberéis, ma- 
dre mía!, dijo á esta sazón la Es- 
calanta, que así se llamaba la 
compañera de la Gananciosa. 

Y descubriendo la canasta, 
se manifestó una bota, á modo 
de cuero, con hasta dos arrobas 
de vino, y un corcho que podría 
caber ^"^ sosegadamente y sin 
apremio hasta una azumbre; y 
llenándole ¿ la Escalanta, se le 
puso en las manos á la devotísi- 
ma vieja, la cual, tomándole con 
ambas manos y habiéndole so- 
plado un poco de espuma, dijo: 

—Mucho echaste, hija Esca- 
lanta; pero Dios dará fuerzas 
para todo. 

Y aplicándosele á los labios, 
de un tirón y sin tomar ^ aliento 
lo trasegó del corcho al estóma- 
go **" y acabó diciendo: 

— DeGuadalcanal es "*, y aun 



mas). 



aj este estomago, a y R; (y íalta lo de- 

■)■ 

b) llevándole. R. 
cj tirón, sin tomar, t , 



~2^ - 

Sus polvillos de yeso • el seño- tiene un es no es de yeso el se* 



rito. Dios le consuele, hija, que 
así me has consolado; sino que 
temo que me ha de hacer 
mal b, por no haberme desayu- 
nado. 

—No hará, madre, replicó 
Monipodio, porque es bueno y 
trasañejo, á lo queparesce. 

—Asi espero yo en la Vir- 
gen, hijos míos, dijo la vieja. 
Mirad, niñas, si tenéis algún 
cuarto para comprar las can- 
delicas de mi devoción; que en 
verdad que se me olvidó la es- 
carcela en casa, con la priesa 
que tuve de venir á dar las 
buenas nuevas de la canasta. 

—Sí tengo, señora Pipota, 
que así se llamaba la vieja, di- 
jo una de las mozas; tome; vea 
ahí c dos cuartos *, uno para 
sus candelas, y otro para que 
compre otras dos y se las pon- 
ga ú Sant Miguel y al señor 
Sant Blas, que son mis aboga- 
dos; quisiera que pusiera otra 
á la señora Sancta Lucía, abo- 
gada de los ojos; no tengo tro- 
cado sino es un real sencillo; 
mas otro día le daré aun para 
dos candelas. 



florico. Dios te consuele, hija, 
que así me has consolado; sino 
que temo que me ha de hacer 
mal, porque no me he desayu- 
nado. 

—No hará, madre, respondió 
Monipodio, porque es trasañe- 
jo-*". 

—Así lo espero yo en aquella 
bendita Virgen ^ respondió la 
vieja, y añadió: Mirad, niñas, si 
tenéis acaso ' algún cuarto para 
comprar las candelicas de mi de- 
voción; porque, con la priesa y 
gana que tenía de venir á traer 
las nuevas de la canasta, se me 
olvidó en casa la escarcela. >/^■<-^ 

—Yo sí tengo, señora Pipota, 
(que éste era el nombre de la 
buena vieja), respondió laQanan- 
ciosa; tome: ahí le doy dos cuar- 
tos; del uno le ruego que compre 
una para mí y se la ponga al se- 
ñor San Miguel; y si puede com- 
prar dos, ponga la otra al señor 
San Blas, que son mis aboga- 
dos *" . Quisiera que pusiera otra 
á la señora Santa Lucía, que, por 
lo de los ojos, también la tengo '^ 
devoción; pero no tengo troca- 
do; mas otro día habrá donde se 
cumpla con todos. 



a) ácj'iesso. 

b) que ha de hacer mal. 

c) vea\ú. 



a) trasanejo, i y 3. 

b) en la Virgen, i. 

c) a caso, i y a. 

d) le tengo, i. 



- 2^3 - 
■ Trueca, hija, dijo la vieja; —Muy bien harás, hija; y mi- 

ra no seas miserable: que es de 
mucha importancia llevar la per- 
sona las candelas delante de sí "" 
antes que se muera, y no aguar- 
dar á que las pongan los herede- 
ros ó albaceas. 

—Bien dice la madre Pipota, 
dijo la Escalanta. 

Y, echando mano á la bolsa, 
le dio otro cuarto y le encargó 
que pusiese otras dos candelicas 
á los santos que á ella le pare- 
ciese *» que eran de los más 
aprovechados y agradecidos. 

Con esto, se fué la Pipota, 
diciéndoles: 

—Holgaos, hijos, ahora que 
tenéis tiempo; que vendrá la ve- 
jez y lloraréis en ella los ratos 
que perdistes ^ en la mocedad, 
como yo los lloro "^, y encomen- 
dedme á Dios en vuestras ora- 
ciones; que yo voy á hacer lo 
mismo por mí y por vosotros, porque Él nos libre y conserve en 
nuestro trato peligroso sin sobresaltos de justicia. 

Ida la vieja, se sentaron ío- Y con esto se fué. Ida la vie- 

dos al rededor de la estera con ja, se sentaron todos alrededor 



no seas miserable: que bueno 
es llevar las personas las can- 
delas delante de si antes que 
se mueran, y no aguardar que 
se las pongan sus herederos y 
albaceas. 

—Bien dice la señora Pipo- 
ta, dijo la otra. 

y echando mano á la bolsa, 
le dio otro cuarto y le encargó 
que le pusiese otras dos cande- 
las á los santos que le parecie- 
se á ella que eran más agra- 
descidos. 

Con lo cual se fué Pipota, 
diciéndoles: 

—Quedaos á Dios, Hijos, y 
encomendadme en vuestras 
oraciones; que yo voy á hacer 
lo mismo por todos, para que 
nos conserve sin sobresalto en 
estepeligroso oficio. 



granderegocijo, y la Ganancio- 
sa tendió la sábana por mante- 
les sobre ella, y lo primero que 
sacó de la canasta fué un gran- 



de la estera, y la Gananciosa 
tendió la sábana por manteles, y 
lo primero que sacó de la cesta 
fué un grande haz <: de rábanos 



«y le pareciesen, i y a, 
ij perdisteis. R. 
cj gran haz. R. 



- 294 - 



de haz de rábanos y luef^o una 
cazuela llena de coles, y taja- 
das de bacallao frito; luego 
sacó medio queso de Fl andes, 
con una olla de aceitunas gor- 
dales,}' un plato de camarones, 
con seis pimientos, y doce li- 
mas verdes, y hasta dos doce- 
nas de cangrejos, y cuatro ho- 
gazas de Gandul, blancas y 
tiernas; todo lo cual se puso 
de manifiesto. Serían los cir- 
cunstantes hasta catorce, y 
ninguno de ellos dejó de sacar 
su cuchillo de cachas amari- 
llas, sino fué Cortadillo, que no 
tenia sino su media espada; y 
también lo sacaron los dos vie- 
jos de bayeta. Al mozo de la 
guia tocó el scanciar con el 
corcho de colmena. Mas ape- 
nas habían comenzado, cuan- 
do dieron crueles golpes ú la 
puerta^^,que estaba bien atran- 
cada. Alborotáronse todos; 
mandóles Monipodio que se so- 
segasen, y levantándose, entró 
en la sala y descolgó un bro- 



y hasta dos docenas de naranjas 
y limones, y luego una cazuela 
grande llena de tajadas de baca- 
llao frito. Manifestó luego me- 
dio queso de Flandes, y una olla 
de famosas aceitunas, y un plato 
de camarones, y gran cantidad 
de cangrejos, con su llamativo 
de alcaparrones '"', ahogados en 
pimientos'^, y tres hogazas blan- 
quísimas de Gandul '". Serían 
los del almuerzo hasta catorce, 
y ninguno dellos dejó de sacar 
su cuchillo de cachas amarillas, 
sino fué Rinconete, que sacó su 
media espada. Á los dos viejos 
de bayeta y á la guía tocó el es- 
canciar con el corcho de colme- 
na "^ Mas apenas habían comen- 
zado á dar asalto á las naranjas, 
cuando les dio á todos gran so- 
bresalto los golpes "^ que dieron 
á la puerta. Mandóles Monipo- 
dio que se sosegasen y, entran- 
do en la sala baja y descolgando 
un broquel, puesto mano á la es- 
pada, llegó á la puerta, y con 
voz hueca y espantosa preguntó; 



quel, y puesta la mano en su espada, salió á la puerta á ver 
quién llamaba, y con voz hueca y espantosa dijo: 

—¿Quién llama ahí? —¿Quién llama? 

Á lo cual respondieron de Respondieron de fuera: 

fuera: 

—Yo soy, que no soy nadie, —Yo soy, que no es nadie, se- 

señor Monipodio. flor Monipodio: Tagarete soy "*, 



— 295 — 

—Digo, ¿quién sois? 

- El Tagarete soy; el centi- 
nela, respondió el de fuera, 
que vengo á decir que viene 
aquí Juliana la Cariharta, toda 
desgreñada y llorosa, que pa- 
rece haberle sucedido algún gran desastre, ó viene á darnos 
algunas malas nuevas. 



centinela desta mañana, y vengo 
á decir que viene aquí Juliana la 
Cariharta, toda desgreñada y llo- 
rosa, que parece haberle sucedi- 
do algún desastre. 



En esto llegó la dicha, sollo- 
zando; y, sintiéndola Monipo- 
dio, abrió la puerta y mandó á 
Tagarete que se volviese á su 
posta, y que de allí adelante, 
cuando algo hubiese, avisase 
con mepos sob resalto , porque 
había zozobrado la herman- 
dad. 

Abrió, pues, la puerta y en- 
tró Juliana Cariharta, que era 
una moza como las demás, del 
común oficio; venia desgreña- 
da, mesada, llorosa, y la cara 
llena de cardenales; y, así co- 
mo entró en el patio se tendió 
en él desmayada y hiriendo de 
pies y manos '"/ que debía de 
ser enferma de corazón. Acu- 
diéronle luego las dos amigas 
y, desabrochándola el pecho, 
la hallaron denegrida; echá- 
ronle agua en el rostro y apre- 
tándole el dedo del corazón ^', 
volvió en sí, diciendo á voces: 

—Justicia de Dios y del Rey 
venga sobre aquel sentencia- 



En esto, llegó la que decía, 
sollozando, y, sintiéndola Moni- 
podio, abrió la puerta y mandó 
á Tagarete que se volviese á su 
posta, y que de allí adelante avi- 
sase lo que viese con menos es- 
truendo y ruido '^"'. Él dijo que 
así lo haría. 

Entró la Cariharta, que era 
una moza del jaez de las otras y 
del mismo oficio; venía descabe- 
llada, y la cara llena de tolondro- 
jTesi_y así como entró en el patio 
se cayó en el suelo desmayada. 
Acudieron á socorrerla la Ga- 
nanciosa y la Escalanta, y, des- 
abrochándola el pecho, la halla- 
ron toda denegrida y como ma- 
gullada. Echáronle agua en el 
rostro, y ella volvió en sí, dicien- 
do á voces: 



—La justicia de Dios y del 
Rey venga sobre aquel ladrón de- 



296 



do, sobre aquel ladrón desue- 
llacaras a, sobre aquel virgen 
por la espada, valiente por el 
pico, ladrón b a/ amanero, pi- 
caro landroso, lacayo vil, que 
lo he librado más veces de la 
horca que pelos tiene en las 
barbas. ¡Desdichada de mí, 
que he perdido mi mocedad y 
la flor de mi vida, por sustentar 
un tan gran bellaco como éste! 
—Sosiégate, Juliana, dijo 
Monipodio; que aqui estoy yo, 
que te haré justicia. Cuéntanos 
tu agravio; que más tardarás 
en decille que en ser vengada. 
Dime si lo has habido con tu 
respeto ^*; que si quieres ven- 
ganza del, no has menester 
más que boqueallo. 

—¡Qué respeto, respondió 
Cariharta; qué respeto...!^ 
Que respetada me vea yo en los 
infiernos, si más lo fuere. ¿Con 
aquel desalmado había de co- 
mer más pan á manteles <=, ni 
yacer en beco *' con hombre 
que tal me ha puesto? <• Comi- 
da me vea yo de malas adivas 



suellacaras '»""\ sobre aquel co- 
barde bajamanero ''■■, sobre aquel • 
picaro lendroso, que le he quita- 
do más veces de la horca que 
tiene pelos en las barbas. ¡Des- 
dichada de mí! Mirad <* por quién 
he perdido y gastado mi moce- 
dad y la flor de mis años, sino 
por un bellaco desalmado, faci- 
noroso é incorregible. 

—Sosiégate, Cariharta, dijo 
á esta sazón Monipodio; que 
aquí estoy yo, que te haré justi- 
cia. Cuéntanos tu agravio; que 
más estarás tú en contarle que 
yo en hacerte vengada. Dime si 
has habido algo con tu respe- 
to f '^; que si así es y quieres 
venganza, no has menester más 
que boquear. 

—¡Qué respeto! <' respondió 
Juliana. Respetada * me vea yo 
en los infiernos, si más lo fuere 
de aquel león con las ovejas /y 
cordero con los hombres. ¿Con 
aquél había yo de comer más pan 
á manteles ni yacer en uno? '■", 
Primero me vea yo comida de 
adivas estas carnes '**, que me 



a) ladrón, desuella caras. 

b) Que respeto, respondió Cariharta, que 
respeto. 

c) en manteles. 

d) ( Toda la pregunta admirada, y ho 
interrogada.) 



a) desuella caras, i y 2. 

b) Desdichada de mí, mirad, i, a y K. 

c) respecto, i. 

d) respecto? i. 

e) respectada, i. 

/) león con ovejas. 2. 



- 297 - 

ó harpías ^, si tal comiere ni ha parado de la manera que aho- 
tal yaciere. Mirad, señores, ra veréis. 
cuál me ha parado aquel ladrón del Repulido; aquel que me 
debe más á mi que á la madre que lo parió. 

Y diciendo esto, se descu- Y alzándose « al instante las 

brió hasta los muslos, que te- faldas hasta la rodilla, y aun un 



nía llenos de cardenales y azo- 
tes, que era compasión mi- 
ralla. 

— Y ¿por qué pensáis, seño- 
res, que me paró ^ tal? Porque 
estando jugando, me envió á 
pedir treinta reales con Cule- 
brilla, su trainel, y no le envié 
más de veintidós, que la noche 
antes había ganado con el ma- 
yor y más insufrible trabajo 
del mundo, porque vino á mí 
la Correosa, que todos cono- 
céis, y me puso galana á las 
mili maravillas, y me llevó á 
dormir con un bretón ^'^ que he- 
día á vino y brea á tiro de ar- 
cabuz, que lo que yo padecí 
con él aquella noche en dis- 
cuento de mis pecados vaya; y 
no há dos días que con los mis- 
mos vestidos me llevó á una 
casa de posadas á dormir con 
un perulero que vino de Indias, 
haciéndole creer que era una 



a) (ó harpas.) 

b) que paró. 



poco más, las descubrió llenas 
de cardenales. 

— Desta manera, prosiguió, 
me ha parado aquel ingrato del 
Repolido, debiéndome más que 
á la madre que le parió. Y ¿por 
qué pensáis que lo ha hecho? 
¡Montas ^ que le di yo ocasión 
para ello! c «'. No, por cierto: no 
lo hizo más sino porque, estando 
jugando y perdiendo, me envió 
á pedir con Cabrillas, su trainel , 
treinta reales, y no le envié más 
de veinticuatro, que el trabajo y 
afán con que yo los había gana- 
do ruego yo á los cielos que 
vaya en descuento de mis peca- 
dos **"; y en pago desta cortesía 
y buena obra, creyendo él que 
yo le sisaba algo de la cuenta 
que él allá en su imaginación ha- 
bía hecho de lo que yo podía te- 
ner, esta mañana me sacó al 
campo, detrás de la Huerta'' del 



a) Y alzando. 2. 

bj que lo ha hecho, montas, i y s. 
c) que le di yo ocasión para ello.- i , 
3 y R. 

dj güerta. i; huerta. 2 y R. 

ao « 



- 298 - 
moza recogida y encerrada, y Rey 



me dio seis reales de á ocho, 
acabados de sacar de la pieza, 
que aún no tenían bien enjuto 
el cuño, que parece que ahora 
los veo ' ', Y luego se los puse en 
las manos descomulgadas de 
aquel maligno, que há ocho 
años que no se confiesa; y esta 



, y allí, entre unos oliva- 
res, me desnudó, y con la preti- 
na «, sin excusar ni recogerlos 
hierros "*, que en malos grillos 
y hierros le vea yo, me dio tan- 
tos azotes, que me dej(5 por 
muerta; de la cual verdadera his- 
toria son buenos testigos estos 
cardenales que miráis. 



mañana, en pago de tan bue- 
nas obras, me sacó al campo detrás de la Huerta del Rey. 
donde, entre unos olivares, me desnudó y me ha puesto tal cual 
me veis. 



Tornó á alzar la voz, y á 
pedir justicia de Dios de nue- 
vo. Volviéronla á rociar, por- 
que se desmayó segunda vez, 
y, vuelta en sí con grandes an- 
sias y suspiros, la Gananciosa 
tomó la mano en consolalla, 
diciendo que ella diera una de 
sus mejores sayas que tenía 
por que le hubiera sucedido lo 
mismo. 

—Porque quiero que sepas, 
hermana Cariharta, si no lo 
sabes, que no se quiere bien 
sino lo que se castiga; y que 
cuando estos bellacones nos 
dan, entonces nos adoran. Si 
no, di me la verdad, por tu vida: 
después que le hubo dado y 
castigado, ¿no te hizo mili ca- 
ricias? 



Aquí tornó á levantar las vo- 
ces, aquí volvió á pedir justicia, 
y aquí se la prometió de nuevo 
Monipodio y todos los bravos 
que allí estaban. La Gananciosa 
tomó la mano á consolalla, di- 
ciéndole que ella diera de muy 
buena gana una de las mejores 
preseas que tenía por que le hu- 
biera pasado otro tanto con su 
querido. 

—Porque quiero, dijo, que 
sepas, hermana Cariharta, si no 
no lo sabes, que á lo que se 
quiere bien se castiga; y cuando 
estos bellacones nos dan, y azo- 
tan, y acocean, entonces nos ado- 
ran. Si no, confiésame una ver- 
dad, por tu vida: después que te 
hubo Repolido castigado y bru- 
mado, ¿no te hizo alguna caricia? 



aj petrijia. i, 2 y R. 



— 29^ - 
—¿Cómo mili? cíen mili », 
respondió Cariharta; y diera 
él un dedo de la mano por que 
me fuera con él á su posada; 
y á fee que cuasi le vi saltar 
las lágrimas de sus ojos y ago- 
ra caigo en la cuenta que de- 
bía ser de pena de haberme 
dado. 

—Puédeslo tener por cierto 
como el morir, dijo la Ganan- 
ciosa, y tú verás si antes que 
de aquí nos partamos no viene 
en tu busca, y te pide perdón 
de todo lo pasado, y se rinde 
á tus pies como un cordero 
manso. 



— No ha de entrar por esas 
puertas ¡vive el Dador! ^ el be- 
llaco envesado <= si primero no 
hace una manifiesta penitencia 
del pecado cometido. ¿Las ma- 
nos había él de ser osado á 
poner en las carnes de Cari- 
harta, que puede competir en 
limpieza y provecho con la Ga- 
nanciosa, que está delante, que 
no lo puedo más encarecer? d 



—¿Cómo una? respondió la 
llorosa; cien mil me hizo, y die- 
ra él un dedo de la mano "' por 
que me fuera con él á su posa- 
da *""; y aun me parece que casi 
se le saltaron las lágrimas de los 
ojos después de haberme molido. 



—No hay dudar en eso, repli- 
có la Gananciosa; y lloraría de 
pena «de ver cuál te había pues- 
to; que estos ^ tales hombres y 
en tales casos, no han cometido 
la culpa cuando les viene el arre- 
pentimiento; y tú verás, herma- 
na, si no viene á buscarte antes 
que de aquí nos vamos ^**', y á pe- 
dirte perdón de todo lo pasado, 
rindiéndosete como un cordero. 

—En verdad, respondió Mo- 
nipodio, que no ha de entrar por 
estas puertas el cobarde envesa- 
do 'si primero no hace una ma- 
nifiesta penitencia del cometido 
delito. ¿Las manos había él de 
ser osado ponerlas **** en el ros- 
tro de la Cariharta, ni en sus 
carnes, siendo persona que pue- 
de competir en limpieza y ganan- 
cia '^ con la misma Gananciosa 



a) Como mili; cien mili. 

b) el dador. 

c) embezado. 

d) (Toda la pregunta entre admirado- 
n es.) 



a) lloraría ^/de pena. K. 

b) que en estos, i y 2. 

c) einbesado. 1, 2 y R. 
dj ganda. 1, 



-3Ó0- 
/Vive otra vez, y revive, el Da- que está delante 



dor », gue me lo ha de pagar el 
apenas salido de la cascara 
de trainel! replicó Monipodio. 

—¡Ay, señor Monipodio! di- 
Jo á esto la Cariharta; no diga 
vuesa merced mal de aquel 
maldito; que, con todo eso, lo 
quiero más que á las telas de 
mi corazón, y diera por verle 
entrar por aquella puerta dos 
anillos que tengo, y daré dos 
reales á Silbato >> porque vaya 
á buscarlo; que me han vuelto 
el alma al cuerpo las razones 
que me ha dicho mi amiga la 
Gananciosa. 

—Digo que no le envíes «= á 
buscar, dijo la Gananciosa, 
porque no se extienda y ensan- 
che; déjale, que tú verás como 
él viene á buscarte á ti, y arre- 
pentido, como he dicho, antes 
de muncho; si no, yo haré que 
le escribas un papel que le 
amargue. 

—Eso sí, dijo Cariharta; 
que tengo mili cosas que de- 
cirle, 

— Yo seré el secretario enan- 



que no lo 
puedo más encarecer? * 



— ¡Ay! dijo á esta sazón la 
Juliana; no diga vuesa merced, 
señor Monipodio, mal de aquel 
maldito; que, con cuan malo es, 
le quiero más que á las telas 
de mi corazón, y hanme vuelto 
el alma al cuerpo las razones 
que en su abono me ha dicho ^ 
mi amijja la Gananciosa, y en 
verdad que estoy por ir á bus- 
carle. 



—Eso no harás tú por mi con- 
sejo, replicó la Gananciosa, por- 
que se extenderá y ensanchará, 
y hará tretas en ti como en cuer- 
po muerto "". Sosiégate, herma- 
na; que antes de mucho le verás 
venir tan arrepentido como he 
dicho, y si no viniere, escribiré- 
mosle un papel en coplas que le 
amargue. 

—Eso sí, dijo la Cariharta; 
que tengo mil cosas que escri- 
birle. 

— Yo seré el secretario cuan- 



a) el dador. 

b) Silvaio. 

c) embieis. 



a) delante? R (y queda sio interrogación 
el lesto). 

b) encarecer, i y 2 (sin interrogar toda 
la frase). 

cj que en su abono ha dicho. R. 



301 



do fuere menester, dijo Moni- 
podio; y por agora acabemos 
lo que teníamos comenzado; 
que después se dará corte á 
todo. 



do sea menester, dijo Monipo- 
dio; y aunque no soy nada poeta, 
todavía «, si eLhümbre se arre- 
manga "", se atreverá á hacer 
dos millares de coplas en daca 
las pajas; y cuando no salieren 



como deben, yo tengo un barbero amigo, gran poeta, que nos hin- 
chirá las medidas á todas horas; y en la de agora acabemos lo que 
teníamos comenzado del almuerzo; que después todo se andará. 



Y luego comenzaron su 
almuerzo, k á pocas idas p ve- 
nidas dieron fondo con todo 
cuanto trajo en la cesta la Ga- 
nanciosa, Y dejaron el cuero 
en cueros^ diciéndose á cada 
paso mili requiebros á su usan- 
za, con ciertos vocablos que 
movieran á risa á las piedras. 
Los viejos de la bayeta bebie- 
ron sine fine, y en acabando se 
levantaron, pidiendo licencia á 
Monipodio para ir á dar una 
vuelta por la ciudad; la cual se 
les concedió luego, encargán- 
doles viniesen á dar noticia de 
todo en lo que sintiesen podría 
venir provecho á la comunidad. 
Así como se hubieron ido pre- 
guntó Rinconete, pidiendo pri- 
mero perdón y licencia para 



Fué contenta la Juliana de 
obedecer "' á su mayor; y así, 
todos volvieron á su gaudea- 
mus, y en poco espacio vieron 
el fondo á la canasta ^ y las he- 
ces al cuero f; los viejos be- 
bieron sine fine "", los mozos, 
adiiiúa '^ '■", las señoras, los qui- 
nes *'*■'. Los viejos pidieron licen- 
cia para irse; diósela luego Mo- 
nipodio, encargándoles viniesen 
á dar noticia con toda puntuali- 
dad de todo aquello que viesen 
ser útil y conveniente á la comu- 
nidad y al resguardo y acrecen- 
tamiento de aquella cofradía. 
Respondieron ^ que ellos se lo 
tenían/ bien en cuidado' ^ y fué- 
ronse. Rinconete, que de suyo 
era por extremo curioso s-, pi- 
diendo primero perdón y licen- 



aj toda via. i y a. 
éj de la canasta, i. 

c) del cuero, t. 

d) ad vnia. i y 2. 

e) á la comunidad. Respondieron, r. 

f) que ellos lo tenían. 2 y R. 

g) era curioso, i. 



302 - 



ello, que le dijesen de qué ser- 
vían dos personas lan autori- 
zadas á la comunidad, que 
decían «». Á lo cual respondió 
Monipodio que aquéllos, en su 
germanía, se llamaban abispo- 
nes, Y que servían de andar 
toda la ciudad mirando en 
qué casa se podía dar tiento 
de noche, y en seguir los que 
sacaban dinero de la Contra- 
tación ó de la de la Moneda, 
Y ver dónde los llevaban y d 
qué recaudo los ponían; en 
tantear las paredes de las di- 
chas casas, y ver dónde te- 
nían más flaqueza y delgadez, 
para hacer allí los guzpáta- 
ros ó agujeros ^ para facilitar 
la entrada y asalto de lo mal 
puesto. En efecto, dijo que era 
la gente de más provecho é im- 
portancia que había en su her- 
mandad y que de todo cuanto 
por su aviso é industria se 
hurtaba llevaban el cuarto, co- 
mo su Majestad de los tesoros 
y minas que se descubrían 
el quinto; y, que, con todo eso, 
eran hombres muy honrados y 
de muy buena vida y fama, te- 
merosos de Dios y de sus cons- 



cia, preguntó á Monipodio que 
de qué servían en la cofradía dos 
personajes tan canos, tan graves 
y apersonados. Á lo cual respon- 
dió Monipodio que aquéllos, en 
su germanía y manera de hablar, 
se llamaban abispones, y que 
servían de andar de día por toda 
la ciudad abispando '"' en qué 
casas " se podía dar tiento de no- 
che, y en seguir los que sacaban 
dinero de la Contratación i' "", ó 
Casa de la Moneda "*, para ver 
dónde lo llevaban, y aun dónde 
lo ponían; y en sabiéndolo, tan- 
teaban la groseza del muro de la 
tal casa y diseñaban el lugar más 
conveniente para hacer los guz* 
petaros < "', que son agujeros, 
para facilitar la entrada. En re- 
solución, dijo que era la gente 
de más ó de tanto provecho que 
había en su hermandad, y que de 
todo aquello que por su indus- 
tria se hurtaba llevaban el quin- 
to, como su Majestad de los te- 
soros; y que, con todo esto, eran 
hombres de mucha verdad, y 
muy honrados, y de buena vida 
y fama, temerosos de Dios y de 
sus conciencias, que cada día 
oían misa con extraña devoción; j 



a) ala comunidad que decían. 

b) y agujeros. 



aj cata. R. 

6J contratación, i y 2. 

cj guzpataros. i, 2 y R. 



303 — 



ciencias, porque cada día oían 
su misa con muncha devoción, 
y que había hombre de ellos 
que oía dos y tres misas sin sa- 
lir de la iglesia, aunque era 
verdad que primero que entra- 
se en ella había dado dos vuel- 
tas á la ciudad, y cuatrovist as 
á la Casa de la Contratación, 
y tres á la de la Moneda, y 
otras tantas á la Aduana, por 



y hay dellos tan comedidos, es- 
pecialmente estos dos que de 
aquí se van agora " -"*, que se 
contentan con mucho menos de 
lo que por nuestros aranceles les 
toca. Otros dos que hay son pa- 
lati^uines, los cuales, como por 
momentos mudan casas, saben 
las entradas y salidas de todas 
las de la ciudad, y cuáles pueden 
ser de provecho y cuáles no. 



cumplir con su o/icio; y en ver- 
dad que son tan comedidos, que munchas veces se contentan 
con menos de lo que les viene de derechos. De estos tenemos 
seis en nuestra compañía; sino que los dos son palanquines, 
los cuales nos dan grandísimo provecho, porque, como cada 
día a mudan de una casa á otra las alhajas, y saben dónde y 
cómo las ponen, soplan con grande facilidad y certeza. 

—Todo me parece bien, y —Todo me parece de perlas, 

todo es menester, dijo Rinco- dijo Rinconete, y querría ser de 



nete, y ruego á Nuestro Se- 
ñor que me traiga á tiempo que 
pueda yo servir en algo á tan 
sánela comunidad. 

—Siempre favorece su Di- 
vina Majestad los buenos de- 
seos, replicó Monipodio. 

y estando en esta plática, 
llamaron á la puerta, y salió 
Monipodio á ver quién era y, 
preguntándolo , respondieron 
de afuera: 

—Abra voacé, señor padre, 
que Repulido soy. 



a) porque cada día. 



algún provecho á tan famosa co- 
fradía. 



—Siempre favorece el Cielo 
á los buenos deseos, dijo Moni- 
podio. 

Estando en esta plática, lla- 
maron á la puerta; salió Monipo- 
dio á ver quién era, y, preguntán- 
dolo, respondieron: 

—Abra voacé, sor Monipodio, 
que el Repolido soy. 

í»y aora. 2; akorm. R. 



— 304 — 



Oyó esta voz Cariharta, y 
alzando al cielo la suya, dijo: 

—No le abra, señor Moni- 
podio, á ese marinero de Tar- 
peya, á ese tigre de Ocaña. 

No dejó por eso de abrir la 
puerta Monipodio á Repulido, 
y luego como Cariharta sintió 
que entraba se levantó con 
gran furia y se fué á encerrar 
en la sala y desde dentro dijo 
á grandes voces: 

— Quítenmelo de delante, 
quítenmelo de delante, á ese 
gesto de por demás, á ese ojos 
de carro de Corpus Christi, á 
ese matador carnicero de los 

inocentes, verdugo de palomas duendas, sotalizador de ove- 
juelas mansas ^'\ 



Oyó esta voz Cariharta, y 
alzando al cielo la suya, dijo: 

—No le abra vuesa merced, 
señor Monipodio; no le abra á 
ese marinero de Tarpeya *", á 
ese tigre de Ocaña *". 

No dejó por esto Monipodio 
de abrir á Repolido; pero viendo 
la Cariharta que le abría, se le- 
vantó corriendo y se entró en la 
sala de los broqueles, y cerran- 
do tras sí la puerta, desde den- 
tro á grandes voces decía: 

—Quítenmele « de delante á 
ese gesto de por demás ¿ "•, á 
ese verdugo de inocentes, asom- 
brador de palomas duendas *"'. 



Maniferro y Chiquiznaque 
detenían ai Repulido, que en 
todas maneras quería entrar 
donde Cariharta estaba; pero 
como no lo dejaron, decía des- 
de afuera: 

—No haya más, enojada 
mía: voacé » se sosiegue, así se 
vea casada y en el tálamo ^'. 

—¿Casada yo, malino? re- 
plicó la Cariharta; y aun qui- 



Maniferro y Chiquiznaquete- 
nían á Repolido, que en todas 
maneras quería entrar donde la 
Cariharta estaba; pero como no 
le dejaban^ decía desde afuera: 

—No haya más, enojada mía: 
por tu vida que te sosiegues, 
así <: te veas casada. 

—¿Casada yo, malino? t^ ^' 
respondió la Cariharta; mira ' en 



vos). 



aj Quiienmtlo. R. 
li) pordemás. i y 2. 
c) ansí. i. 

dj malino, i y 3 (sin signos interrogati- 
)• 
e) mira- R. 



— 305 
sieras tú que lo fuera contigo; 
y antes lo fuera con una ano- 
tomía de muerte, ó con un ha- 
rriero, que nunca para en 
casa. 

—Acábese el enojo, boba a 
de mi alma, dijo el Repulido; 
que, vive Dios, si tanto me ha- 
ces, que se me vuelva á subir 
la mostaza al calvatrueno y 
que de nuevo lo eche todo á 
doce. Humíllese su reverencia, 
y humillémonos todos, y no de- 
mos de comer al diablo. 



qué tecla toca; ya quisieras tú 
que lo fuera contigo; y antes lo 
sería yo con una sotomia " de 
muerte -'^*' que contigo. 



—De comer le daría yo, y 
aun de cenar, si él te llevase, 
saco de embustes, dijo Cari- 
harta. 

—No haya más, señora 
Trinquete, respondió Repulido; 
temple su ira y haga lo que di- 
go, si no quiere que ponga por 
obra lo que prometo. 

Á lo cual dijo Monipodio: 

—En mi presencia no han 
dehacersedemasías; por amor 
mío saldrá la Cariharta y todo 
se hará muy bien; que las ri- 
ñas entre quien bien se quie- 
ren b son causa de mayor gus- 
to cuando se hacen las amista- yor gusto cuando se hacen las 



— Ea, boba, replicó Repolido, 
acabemos ya, que es tarde, y 
mire no se ensanche por verme 
hablar tan manso y venir tan ren- 
dido; porque, vive el Dador ^ -"\ 
si se me sube ^ la cólera al cam- 
panario, que sea peor la recaída 
que la caída. Humíllese, y humi- 
llémonos todos, y no demos de 
comer al diablo. 

—Y aun de cenar le daría yo, 
dijo la Cariharta, porque te lle- 
vase donde nunca más mis ojos 
te viesen. 

—¿No os digo yo? dijo Repo- 
lido. Por Dios, que voy oliendo, 
señora Trinquete '^j que lo tengo 
de echar todo á doce, aunque 
nunca se venda ■^'"*. 

Á esto dijo Monipodio: 

—En mi presencia no ha de 
haber demasías; la Cariharta 
saldrá, no por amenazas, sino 
por amor mío, y todo se hará 
bien; que las riñas entre los que 
bien se quieren son causa de ma- 



a) íaóa. 

b) se quiere. 



a) notomia. R. 

b) dador, i, 2 y R. 

c) si me sube. 2 y R. 

d) trinquete, i y R. 



20 b 



— 306 - 



des. Juliana Cariharta, niña, 
amiga mía, sal acá fuera; que 
yo haré que Repulido te pida 
perdón hincado de rodillas. 

—Como eso él haga, dijo la 
Escalanta, todas seremos en 
su favor. 

—Si va por vía de rendi- 
miento, dijo Repulido, no me 
rendirá un ejército; si es por 
vía que Juliana gusta, no digo 
yo solamente hincarme de ru- 
dillas, pero hincarme he en su 
servicio un clavo en la frente. 



Riéronse á esto Chiquizna- 
que y Mani ferro, de lo cual se 
enojó Repulido en tanta mane- 
ra, creyendo hacían burla de 
él, que, puesta mano á su espa- 
da, sin sacarla de la vaina, 
dijo: 

—Cualquiera que se riere, 
ó se pensare reír, de lo que Ca- 
riharta contra mi ha dicho, ó 
yo dijere, ó he dicho, digo que 
miente, y que mentirá todas las 
veces que lo pensare. 

Miráronse Chiquiznaque y 



paces. ¡Ah, Juliana! ¡Ah, niña! 
¡Ah, Cariharta mía! sal acá fue- 
ra, por mi amor; que yo haré que 
el Repolido te pida perdón de ro- 
dillas. 

—Como él eso haga, dijo la 
Escalante, todas seremos en su 
favor y en rogar á la Juliana sal- 
ga acá fuera. 

—Si esto ha de ir por vía de 
rendimiento que güela á menos- 
cabo de la persona, dijo el Re- 
polido, no me rendiré á un ejér- 
cito formado de esguízaros; mas 
si es por vía de que la Cariharta 
gusta dello, no digo yo hincarme 
de rodillas, pero un clavo me hin- 
caré por la frente en su servicio. 

Riyéronse desto Chiquizna- 
que y Maniferro, de lo cual se 
enojó tanto el Repolido, pensan- 
do que hacían burla del, que dijo 
con muestras de infinita cólera: 



—Cualquiera que se riere, ó 
se pensare reir, de lo que la Ca- 
riharta contra mí ", ó yo contra 
ella, hemos dicho ó dijéremos, 
digo que miente y mentirá todas 
las veces que se riere ó lo pen- 
sare "", como ya he dicho. 

Miráronse Chiquiznaque y 



aj ó contra mí. i y 2. 



- 307 



Mani ferro de tan mal talante, 
que juzgó Monipodio todo pa- 
raría en mal si no lo remedia- 
ba; y, poniéndose en medio, 
dijo: 

—Caballeros, no pase más 
adelante; cesen palabras ma- 
yores, pues las que se han di- 
cho no llegan á la cintura, y na- 
die las tome por sí, y baste. 

—Seguros estamos, dijo 
Chiquiznaque, que no se dije- 
ron, dirán, ni han dicho seme- 
jantes monitorios ^ por nos- 
otros;que, si se imaginaba que 
se decían, en manos estaba el 
pandero que lo sabrían b bien 
tañer. 

—Aquí no hay ningún pan- 
dero, replicó Mani ferro; y si lo 
hubiera, se tocara c de suerte, 
que se tañeran bien los casca- 
beles. 

Á lo cual respondió Repu- 
lido: 

—Va he dicho que el que 
se huelga miente, y basta; y 
quien otra cosa dijere sígame; 
que, con un palmo de espada 
menos, hará el hombre que sea 
lo dicho dicho. 



Maniferro de tan mal garbo y 
talle, que advirtió Monipodio 
que pararía en un gran mal si no 
lo remediaba; y así, poniéndose 
luego en medio dellos, dijo: 

—No pase « más adelante, ca- 
balleros; cesen aquí palabras 
mayores, y desháganse entre los 
dientes; y, pues las que se han 
dicho no llegan á la cintura, na- 
die las tome por sí. 

—Bien seguros estamos, res- 
pondió Chiquiznaque, que no se 
dijeron ni dirán semejantes mo- 
nitorios por nosotros; que, si se 
hubiera imaginado que se decían, 
en manos estaba el pandero que , 
lo supieran ^ bien tañer '^''. ' 

—También tenemos acá pan-i: 
dero, sor Chiquiznaque <^, repli- 
có el Repolido, y también, si 
fuere menester, sabremos tocar 
los cascabeles; y ya he dicho que ; 
el que se huelga, miente; y quien 
otra cosa pensare, sígame; que, 
yo con «^ un palmo de espada me- 
nos, hará el hombre que sea lo 
dicho dicho. 



a) monitortes. 

b) lo sabría, 

c) se tocará. 



a) No pasen. R. 
6J lo supiera, i y a. 

c) seor Chiquiznaque. R. 

d) que con un. i y R. 



- 308 - 



y, diciendo esto, se iba á 
salir por ¡a puerta. Estábalo 
acechando Cariharta y, vién- 
dolo que se iba enojado, salió: 

— Ténganlo, ténganlo, no se 
vaya, que hará de las suyas. 
¿No ven que va enojado, y que 
es un Judas Macarelo en va- 
lentías? Vuelve acá, valentón 
del mundo y de mis ojos. 

Y arremetiendo con él, lo 
asió fuertemente de la capa, y 
acudió Monipodio y túvolo. 
Ghiquiznaque y Mani ferro no 
sabían » si enojarse ó no, y es- 
tábanse quedos, á ver lo que 
Repulido hacía; el cual, vién- 
dose rogar de Cariharta y el 
padre, volvió diciendo: 

— Nunca los amigos de los 
amigos han de dar enojo á los 
amigos, ni hacer burla de los 
amigos, y más cuando ven que 
se enojan los amigos. 

—No hay aquí amigo, res- 
pondió Maniferro, que quiera 
enojar á otro amigo; y, pues 
todos somos amigos, dense las 
manos los amigos, y todos vue- 
sarcedes b han hablado como 
buenos amigos. 

a) »/ sabían. 

b) vuesaceties. 



Y, diciendo esto, se iba á 
salir por la puerta afuera. Está- 
balo escuchando la Cariharta y, 
cuando sintió que se iba enoja- 
do, salió diciendo: 

—Ténganle no se vaya «, que 
hará de las suyas. ¿No veen ^ que 
va enojado, y es un Judas Maca- 
relo en esto de la valentía? *" 
Vuelve acá^ valentón del mundo 
y de mis ojos. 

Y cerrando con él, le asió 
fuertemente de la capa, y acu- 
diendo también Monipodio, le 
detuvieron. Ghiquiznaque y Ma- 
niferro no sabían si enojarse ó 
si no, y estuviéronse quedos es- 
perando lo que Repolido haría; 
el cual, viéndose royar de la Ca- 
riharta y de Monipodio, volvió 
diciendo: 

—Nunca los amigos han de 
dar enojo á los amigos, ni hacer 
burla de los amigos, y más cuan- 
do veen ^ que se enojan los ami- 
gos. 

—No hay aquí amigo, respon- 
dió Maniferro, que quiera enojar 
ni hacer burla de otro amigo; y, 
pues todos somos amigos, dense 
las manos los amigos. 
Á esto dijo Monipodio: 
—Todos voacedes han habla- 



a) Ténganle, no se vaya. 2 y R. 
¿J ven. R. 
cj ven. R. 



do como buenos amigos, y como tales amigos se den las manos de 
amigos ^'^. 



V, dándose las manos los 
tres, Repulido abrazó á Cari- 
harta, y al punto la Escalanta, 
quitándose un chapín, lo tomó 
en las manos y comenzó á ta- 
ñer en él como en un adufe, 
Y la Gananciosa tomó una es- 
coba de palma, nueva, con la 
cual comenzó á hacer un son, 
rascándola con las manos; y 
viendo esto Monipodio, quebró 
un plato y hizo dos tejoletas, 
y, puestas entre los dedos, lle- 
vaba el contrapunto al chapín 
y á la escoba. 

Estaban admirados Rinco- 
nete y Cortadillo de la nueva 
música y, conociendo su admi- 
ración Maní ferro, les dijo: 

—¿Admíranse de la nueva 
música? Bien hacen; que mayor 
melodía no la pudo causar Gor- 
feo, cuando sacó á Arauz del in- 
fierno. Pues escuchemos las le- 
trillas; que me parece que ha 
escombrado la Gananciosa '"*. 



Diéronselas luego, y la Esca- 
lanta, quitándose un chapítr**, 
comenzó á tañer en él como en 
un pandero ■^'''; la Gananciosa to- 
mó una escoba de palma, nueva, 
que allí se halló acaso ", y, ras- 
cándola, hizo un son, que, aun- 
que ronco y áspero ■^''', se con- 
certaba con el del chapín. Moni- 
podio rompió un plato y hizo dos 
tejoletas, que, puestas entre los 
dedos y repicadas con gran lige- 
reza ^'", llevaban -^el contrapun- 
to al chapín y á la escoba. -'" 

Espantáronse Rinconete y 
Cortadillo de la nueva invención 
de la escoba, porque hasta en- 
tonces nunca la habían visto. 
Conociólo Maniferro y díjoles: 

—¿Admíranse de la escoba? 
Pues bien hacen, pues música 
más presta y más sin pesadum- 
bre, ni más barata, no se ha in- 
ventado en el mundo; y en ver- 
dad que oí decir el otro día á un 
estudiante que ni el Negcüfeo 



que sacó á la Arauz del infier- 
no "^'8, ni el Marión que subió sobre el delfín '■"" y salió del mar 
como si viniera á caballo '• sobre una muía de alquiler, ni el otro 



aj a caso, i y a. 
6J Uevaba. i y a. 
cj caialUro. i. 



— 310 — 

gran músico que hizo una ciudad "" que tenía cien puertas y otros 
tantos postigos, nunca inventaron mejor género de música, tan 
fácil de deprender **', tan mañera de tocar, tan sin trastes, clavijas 
ni cuerdas, y tan sin necesidad de templarse; y aun voto á tal que 
dicen " que la inventó un galán desta ciudad, que se pica de ser un 
Héctor en la música '". 

—Eso creo yo muy bien, respondió Rinconete; pero escuchemos 
lo que quieren cantar nuestros músicos; que parece que la Ganan- 
ciosa ha escupido, señal de que quiere cantar. 

Aunque primero comenzó la Y así era la verdad, porque 

Escalonia, la cual, con sutil y Monipodio le había rogado que 
quebradiza voz, dijo: cantase ^ algunas seguidillas de 

las que se usaban; mas la que 
comenzó primero fué la Escalante y, con voz sutil y quebradiza "^, 
cantó lo siguiente: 



Por uH seviUaue rufo á I» vmlóu, 
Ttngo socarrado ' todo ti coranóu. 



Por un tevilUoo rufo á lo valón, 
Teogo locamdc todo el corazón. 



Siguióla luego la Ganancio- 
sa con un falsete en tercera ^'\' 



Siguió la Gananciosa can- 
tando: 



Por UH ntorítiico de color verdt, 
i Cuál es la fogosa que no se fierdtí 



Por UD morenico de color verde, 
¿Cuál es la fogosa que no se pierde: 



Y luego Monipodio, dándo- 
se gran priesa al meneo de sus 
tejoletas, dijo: 



Y luego Monipodio, dándose 
gran priesa al meneo de sus te- 
joletas, dijo: 



Riñen los amantes, hócese la paz: 
Si el enojo es grande, es el gusto más. 



Riñen dos amantes, hicese la paz; 
Si el enojo es grande, es el gusto más ^^. 



No quísola Cariharta pasar 
en silencio el que le causaban 
las nuevas amistades con su 



No quiso la Cariharta pasar 
su gusto en silencio, porque, to- 
mando otro chapín, se metió en 



a) socabado. 



a) que dice, a y R. 

b) que cantasen, a. 



- 311 — 

galán el Repulido, p, tomando danza y acompañó á las demás, 



otro chapín, se metió en el co- 
rro y acompañó á los de la 
música, diciendo en alta voz: 

Detente, enojado: no me azotes más; 
Que, si bien lo miras, á tus carnes das. 

—Cántese á lo llano, dijo 
Repulido, Y no se toque histo- 
ria, que no hay para qué. Lo 
pasado sea pasado, y tómese 
otra vereda. 

Talle llevaban de no acabar 
tan presto el comenzado cán- 
tico, si no llamaran á la puerta 
apriesa, muy apriesa. Salió 
Monipodio y dijole la centinela 
como al cabo de la calle que- 
daba el alcalde de la Justicia, 
y que venían delante del el Tor- 
dillo y el Cernícalo, corchetes. 
Oyéronlo de dentro y alborotá- 
ronse todos. Dejó las tejoletas 
Monipodio, calzóse su chapín 
la Esc al anta, arrojó la escoba 
la Gananciosa, enmudecióse la 
Cariharta, y púsose perpetuo 
silencio á la música, y todos, 
cuál por una parte, cuál por 
otra, se desaparecieron , su- 
biéndose á las azoteas y pa- 
sándose por ellas á otras ca- 



diciendo: 



Detente, enojado: no me azotes más; 
Que, si bien lo miras, á tus carnes das **. 

— Cántese á lo llano "", dijo 
á esta sazón Repolido, y no se 
toquen hestorias pasadas, que 
no hay para qué: lo pasado sea 
pasado, y tómese otra vereda, y 
basta -^. 

Talle llevaban de no acabar 
tan presto el comenzado cánti- 
co, si no sintieran que llamaban 
á la puerta apriesa, y con ella 
salió Monipodio á ver quién era, 
y la centinela le dijo como « al 
cabo de la calle había asomado 
el alcalde de la Justicia y que 
delante del venían el Tordillo y 
el Cernícalo, corchetes neutra- 
les. Oyéronlo los de dentro y 
alborotáronse todos de manera, 
que la Cariharta y la Escalanta 
se calzaron sus chapines al re- 
vés "*, dejó la escoba la Ganan- 
ciosa, Monipodio sus tejoletas, 
y quedó en turbado silencio toda 
la música; enmudeció Chiquizna- 
que, pasmóse el Repolido y sus- 
pendióse Maniferro, y todos, 



aj cómo. R. 



sas; que no espantó respuesta 
de arcabuz banda de simples 
palomas como la voz de la Jus- 
ticia á toda esta sancta con- 
gregación. Los novicios, pues, 
Rinconete y Cortadillo, no sa- 
bían qué hacerse: estuviéronse 
quedos, á ver en qué paraba 
aquella borrasca, que no paró 
en más que en volver la centi- 
nela á decir que el alcalde se 
había pasado de largo, sin dar 
otra muestra alguna. 



— 312 - 

cuál por una y cuál por otra par- 
te, desaparecieron, subiéndose 
á las azoteas y tejados, para es- 
caparse y pasar por ellos á otra 
calle. Nunca disparado "arcabuz 
á deshora, ni trueno repentino, 
espantó así á banda de descuida- 
das palomas **' como puso en al- 
boroto y espanto á toda aquella 
recogida compañía y buena gen- 
te la nueva de la venida del al- 
calde de la Justicia. Los dos no- 
vicios, Rinconete y Cortadillo, 



no sabían qué hacerse, y estu- 
viéronse quedos, esperando ver en qué paraba aquella repentina 
borrasca, que no paró en más de volver la centinela á decir que el 
alcalde se había pasado de largo, sin dar muestra ni resabio de 
mala sospecha alguna *". 



Y estando diciendo esto, lle- 
gó un caballero mozoá la puer- 
ta, vestido de barrio, y Monipo- 
dio ¡o metió consigo en el patio, 
Y mandó llamar á Chiquizna- 
que yá Repulido y á Mani ferro, 
y que los demás no bajasen; y 
como se estaban allí los novi- 
cios, oyeron la plática que pasó 
con el caballero, el cual dijo á 
Monipodio que por qué* se ha- 
bía hecho tan mal lo que le ha- 
bían encomendado^. Monipodio 
respondió que no sabía lo que 



Y estando diciendo esto á Mo- 
nipodio, llegó un caballero mozo 
á la puerta, vestido, como se sue- 
le decir, de barrio ■"'; Monipodio 
le entró consigo, y mandó llamar 
á Chiquiznaque, á Maniferro y 
al Repolido, y que de los demás 
no bajase alguno. Como se ha- 
bían quedado en el patio Rinco- 
nete ^ y Cortadillo, pudieron oir 
toda la plática que pasó Moni- 
podio con el caballero recién 
venido, el cual dijo á Monipodio 
que por qué se había hecho tan 



a) que c'por qué. 

b) encomendado? 



aj ha disparado, i y 2. 
bj no bajase alguno, como se habían 
quedado en el patio. Rinconete.... i. 



- 313 — 



se había hecho; pero que allí 
estaba el oficial á quien se le 
había encargado; que él daría 
cuenta de sí. Bajó en esto Chi- 
quiznaque p preguntóle Moni- 
podio si había cumplido con la 
obra que se le encomendó de la 
cuchillada de á catorce. 



—¿Cuál? dijo Chiquizna- 
que. ¿La de aquel mercader de 
la encrucijada? 

—Ésa es, respondió el ca- 
ballero. 

—Pues lo que pasa en eso 
es, dijo Chiquiznaque,que yo 
le aguardé anoche á la puerta 
de su casa, y él vino antes de 
la hora un poco, y llegúeme á 
él Y tantéele y marquéle el ros- 
tro con la vista, y vi que le te- 
nía tan pequeño, que era impo- 
sible cabelle en él cuchillada 
de á catorce puntos; y, hallán- 
dome imposibilitado de hacer 
¡o prometido y cumplir lo que 
llevaba en la destruid ó n que el 
señor Monipodio me dio... 

—Instrucción querrá decir 



mal lo que le había encomenda- 
do ". Monipodio respondió'' que 
aún no sabía lo que se había he- 
cho; pero que allí estaba el ofi- 
cial á cuyo cargo estaba su ne- 
gocio, y que él daría muy buena 
cuenta de sí. Bajó en esto Chi- 
quiznaque y preguntóle Monipo- 
dio si había cumplido con la obra 
que se le encomendó de la cuchi- 
llada de á catorce '*'. 

—¿Cuál? respondió Chiquiz- 
naque. ¿Es la de aquel mercader 
de la encrucijada? ' 

—Ésa es, dijo el caballero. 

—Pues lo que en eso pasa, 
respondió Chiquiznaque, es que 
yo le aguardé anoche á la puer- 
ta de su casa, y él vino antes de 
la oración; llegúeme cerca del, 
marquéle el rostro con la vis- 
ta ■"", y vi que le tenía tan peque- 
ño, que era imposible de toda 
imposibilidad caber en él cuchi- 
llada de catorce puntos; y, ha- 
llándome imposibilitado de po- 
der cumplir '^'^ lo prometido y 
de hacer lo que llevaba en mi 
destruición... 

—Instrucción querrá vuesa 



dio. I. 



aj encomendado? 9. 

tj encomendado Monipodio? Respon- 



cj Encrucijada: R. 



- 314 — 



vuesa merced, dijo el caba- 
llero. 

—Ésa debo de querer decir, 
dijo Chiquiznaque. Digo que, 
viendo la pequenez v estrechu- 
ra del rostro del mercader, y 
hallándome atajado, por no 
haber ido en balde, le di una 
cuchillada á un lacayo del di- 
cho mercader, que yo aseguro 
que si hubiera pregmática en 
las cuchilladas, que hubiera 
de ser penada por mayor de 
marca. 

—Más quisiera, dijo el ca- 
ballero, que se le diera una al 
amo de siete que al criado de 
catorce. En efecto, conmigo 
no se ha cumplido como era 
razón; pero no importa: poca 
mella me harán los treinta es- 
cudos que he dado. Beso las 
manos á vuesas mercedes. 

Y diciendo esto, se quitó el 
sombrero y volvió las espaldas 
para irse; pero Monipodio, tra- 
bándole del ferreruelo de cha- 
melote nevado que traía, dijo: 

— Voacé se detenga y cum- 
pla su palabra; que nosotros 
hemos cumplido nuestra obli- 



merced decir, dijo el caballero; 
que no destruición. 

—Eso quise decir, respondió 
Chiquiznaque. Digo que, viendo 
que en la estrecheza y poca can- 
tidad de aquel rostro no cabían 
los puntos propuestos, por que 
no fuese mi ¡da en balde, di la 
cuchillada á un lacayo suyo, que 
á buen seguro que la pueden po- 
ner por mayor de marca. 



—Más quisiera, dijo el caba- 
llero, que se le hubiera " dado al 
amo una de á siete que al criado 
la de á catorce *. En efeto, con- 
migo no se ha cumplido como 
era razón; pero no importa: po- 
ca mella me harán los treinta es- 
cudos «^^ *" que dejé en señal. Be- 
so á vuesas mercedes las ma- 
nos. 

Y diciendo esto, se quitó el 
sombrero y volvió las espaldas 
para irse; pero Monipodio le 
asió de la capa de mezcla que 
traía puesta ^", diciéndole: 

—Voacé se detenga y cumpla 
su palabra, pues nosotros he- 
mos cumplido la nuestra con mu- 



aj se la hubiera, i y 2. 
/>) la de catorce. R. 
cj ducados. 1 y R. 



— 315 — 
gación con miincha honra y cha honra y con mucha ventaja. 



mancha ventaja. Veinte duca- 
dos faltan, y no ha de salir de 
aquí voacé sin darlos, ó pren- 
das que los valgan. 

—Pues ¿á esto llaman vue- 
sas mercedes cumplimiento de 
palabra y obligación, dijo el 
caballero: dar la cuchillada 
al mozo, habiéndose de dar al 
amo? 

—¡Bien está en la cuenta 
voacé! replicó Monipodio. ¿No 
ha oído decir aquel refrán, que 
quien mal quiere á Bel Irán, 
mal quiere á su can? Beltrán 
es el mercader, á quien voacé 
quiere mal, y el lacayo es el 
can, y dándose al can, se da á 
Beltrán, y la deuda queda lí- 
quida y trae aparejada ejecu- 
ción: por eso no hay más que 
pagar luego, sin apercibimien- 
to de remate. 



Veinte ducados faltan, y no ha 
de salir de aquí voacé sin darlos, 
ó prendas que lo valgan. 

—Pues ¿esto a llama vuesa 
merced cumplimiento de pala- 
bra, respondió el caballero: dar 
la cuchillada al mozo, habiéndo- 
se de dar al amo? 

—¡Qué bien está en la cuen- 
ta el señor! dijo Chiquiznaque. 
Bien parece que no se acuerda 
de aquel refrán que dice: «Quien 
bien quiere á Beltrán, bien quie- 
re á su can.» 

—Pues ¿en qué modo puede 
venir aquí á propósito ese re- 
frán? replicó el caballero. 

—Pues ¿no es lo mismo, pro- 
siguió Chiquiznaque, decir: 
«Quien mal quiere á Beltrán, mal 
quiere á su can?» Y así, Beltrán 



es el mercader, voacé le quiere 
mal, su lacayo es su can, y dando al can se da á Beltrán, y la deuda 
queda líquida y trae aparejada ejecución: por eso no hay más sino 
pagar luego, sin apercebimiento de remate '^\ 

—Eso pido, dijo Chiquizna- —Eso juro yo bien, añadió 

que; porque en verdad que la Monipodio, y de la boca me qui- 



herida es tal, que la pueden ir 
á ver por maravilla. Voacé, se- 
ñor galán, no se meta en pun- 



taste, Chiquiznaque amigo, todo 
cuanto aquí has dicho; y así, 
voacé, señor galán, no se meta 



aj Puea <í esto. i. 



— 316 - 



Hilos con sus servidores, sino 
tome mi consejo }' pague luego 
lo trabajado; y si fuere servi- 
do que se le dé otra al amo, de 
la cuantidad de puntos que 
puede llevar su cara, que. á mi 
parecer, serán diez puntos, ha- 
ga cuenta que ya se la están 
curando. 

—Como eso sea así, de bue- 
na gana pagaré yo la una y la 
otra, dijo el caballero. 

—No dubde voacé más en 
eso que en ser cristiano. 

Á lo cual dijo Monipodio: 

—Chiquiznaque se la dará 
pintiparada, y de tal suerte, 
que parezca que allí se le na- 
ció. 

—Pues con esa seguridad y 
promesa, dijo el caballero, re- 
cíbase esta cadenilla en pren- 
das de los veinte ducados que 
quedan por pagar y de otros 
cuarenta que ofrezco por la 
segunda. 



en puntillos con sus servidores 
y amigos, sino tome mi consejo 
y pague luego lo trabajado, y si 
fuere servido que se le dé otra 
al amo, de la cantidad que pueda 
llevar su rostro, haga cuenta 
que "* ya se la están curando. 



—Como eso sea, respondió 
el galán, de muy entera voluntad 
y gana pagaré la una y la otra 
por entero. 

—No dude en esto, dijo Mo- 
nipodio, más que en ser cristia- 
no; que Chiquiznaque se la dará 
pintiparada " "", de manera que 
parezca que allí se le nació '. 



— Pues con esa seguridad y 
promesa, respondió el caballero, 
recíbase esta cadena en prendas 
de los veinte ducados atrasados 
y de cuarenta que ofrezco por la 
venidera cuchillada: pesa mil rea- 
les, y podría ser que se queda- 



se rematada, porque traigo entre 
ojos que serán menester otros cator'ce^üntos antes de mucho. 
Y diciendo esto, se quitó Quitóse en esto una cadena 

una cadenilla de menudos es- de vueltas menudas *" del cuello, 
labones de oro y se la entregó y diósela á Monipodio, que al 
á Monipodio, el cual la tomó color <^ y al peso bien vio que no 



a) pintada, a y R. 

ij que allí le nació. 2 y R. 

cj al colar. 1 y i\ aX tocar. R. 



- 317 



con mucha cortesía y comedi- 
miento, como hombre que era 
en extremo bien criado. Fuese 
el caballero y luego llamó Mo- 
nipodio á todos los ausentes 
por miedo de la Justicia; baja- 
ron todos, y, puesto en medio 
de ellos, sacó un libro de me- 
moria, que traía en la capilla de 
la capa y dióselo á Rinconeie 
que leyera, porque él no lo sa- 
bía. Abrióle Rinconete, y vido 
en la primera foja las partidas 
siguientes: 



Memoria ^'^ de las cuchilladas 

QUE 
SE HAN DE DAR ESTA SEMANA 

(^Primeramente, una cuchi- 
liada por el rostro al mercader 
de la encrucijada, de á cator- 
ce. Vale cincuenta ducados. 
Están recibidos treinta á bue- 
na cuenta; débense veinte. Eje- 
cutor, Chiquiznaque DL»'^'. 

—No creo hay otra herida 
en esta foja; pasad á otra. 



era de alquimia. Monipodio la 
recibió con mucho contento y 
cortesía, porque era en extremo 
bien criado; la ejecución quedó 
á cargo de Chiquiznaque, que 
sólo tomó término de aquella 
noche. Fuese muy satisfecho el 
caballero, y luego Monipodio 
llamó á todos los ausentes y 
azorados; bajaron todos, y, po- 
niéndose Monipodio en medio 
dellos, sacó un libro de memo- 
ria, que traía en la capilla de la 
capa, y dióselo á Rinconete que 
leyese, porque él no sabía leer. 
Abrióle Rinconete, y en la pri- 
mera hoja vio que decía: 

Memorial « de las cuchilladas 

QUE 
se han DE DAR ESTA SEMANA 

«La primera, al mercader de 
la encrucijada ^: vale cincuenta 
escudos; están recebidos treinta 
á buena cuenta. Secutor, Chi- 
quiznaque.» '-'"' 



—No creo que hay otra, hijo, 
dijo Monipodio. Pasa adelante, 

y mira <■' """- donde dice: «Memo- 
rial '^ de palos.» 



aj Memoria, i. 
¿J Encrucijada. R. 

c) Pasa adelante y mira, i, a y R. 

d) Memoria, i y 3. 



^m - 

Volvió la hoja Rinconete y Volvió la hoja Rinconete, y 

leyó en la contraria de la pa- vio que en otra estaba escrito: 
sada: 



Memoria de los palos 
que se hax db dar esta semana 

'.(.Primeramente ^ se le han de 
dar al bodegonero de la Alfal- 
fa doce palos de mayor cuan- 
tía, á ducado cada uno. Están 
dados á buena cuenta ocho du- 
cados; deben se cuatro. El tér- 
mino es seis dias. Ejecutor, 
Mani ferro CATA'//.» 

—Bien se podrá borrar ma- 
ñana esa partida, dijo Mani fe- 
rro, porque esta noche traeré 
finiquito de ella. 

—¿Hay más? dijo Monipo- 
dio. 

—Otra hay, respondió Rin- 
conete, que dice asi: 

«ítem: AI sastre que por 
mal nombre » llaman el Silgue- 
ro se le han de dar seis palos 
de mayor cuantía, á pedimento 
de la dama que dejó la gar- 
gantilla. Están concertados en 



Memorial « de palos 

Y más abajo decía: 

«Al bodegonero de la Alfal- 
fa"** doce palos de mayor cuantía, 
á escudo cada uno; están dudos 
á buena cuenta ocho; el término, 
seis días. Secutor, Maniferro.» 



—Bien podía ** borrarse esa 
partida, dijo Maniferro, porque 
esta noche traeré finiquito della. 

—¿Hay más, hijo? dijo Moni- 
podio. 

—Sí, otra, respondió Rinco- 
nete, que dice así: 

«Al sastre corcovado que ** 
por mal nombre se llama el Sil- 
guero, seis palos de mayor cuan- 
tía, á pedimiento de la dama que 
dejó la gargantijla. Secutor, el 
Desmochado.» 



cien reales, dentro del término 

de ocho días. Ejecutor, el Desmochado C.» 

—Maravillado estoy, dijo — Maravillado estoy^ dijo Mo- 

Monipodio, como esa partida nipodio, como todavía <^ está esa 
está todavía en ser. Sin ningu- partida en sér^'; sin duda algu- 



a) Al .'^astre, que por mal noír bre. 



aj Memoria, i y 2. 

tj corcovado, que. i, 2. y R. 

cj toda via. I y a. 



— 319 - 
na dubda que el Desmochado 
debe estar indispuesto, pues 
son pasados del término dos 
días a •'- p no se ha dado punta- 
da en esta obra. 

— Yo le topé ayer, dijo Ma- 
ni ferro, y me dijo que estaba 
malo el Sastre, por lo cual no 
habla cumplido con su obliga- 
ción y débito. 

-Eso debe ser sin dubda, 
porque tengo yo, dijo Monipo- 
dio, por tan buen oficial al 
Desmochado, que si no fuera 
por ese intervalo, ya hubiera 
dado al traste con el Sastre y 
con todo el oficio de ellos. 
¿Hay más en esa foja, mocito? 

Respondió Rinconete: 

—No, señor. 

—Pues pasad adelante. 



Hízolo así Rinconete y, pa- 
sando la foja, halló otra donde 
decía: 

Memoria de agravios co- 
munes. Conviene á saber: re- 

DOMAZOS, unciones DE MIERA, 
CLAVAZÓN DE SAMBENITOS b, 
COLG AMENTO DE CUERNOS, MA- 
TRACAS, LADRILLE JOS ■'^, ESPAN- 



na debe de estar mal dispues- 
to '^'^ el Desmochado, pues son 
dos días pasados del término y 
no ha dado puntada en esta obra. 

—Yo le topé ayer, dijo Maní- 
ferro, y me dijo que, por haber 
estado retirado por enfermo el 
Corcovado, no había cumplido 
con su débito. 

—Eso creo yo bien, dijo Mo- 
nipodio, porque tengo por tan 
buen oficial al Desmochado, que 
si no fuera portan justo impedi- 
mento, ya él hubiera dado ca- 
bo « ^' con mayores empresas. 
¿Hay más, mocito? 



—No, señor, respondió Rin- 
conete. 

—Pues pasad adelante, dijo 
Monipodio, y mirad donde dice: 
«Memorial de agravios comunes.» 

Pasó adelante Rinconete y 
en otra hoja halló escrito: 

Memorial de agravios co- 
munes, CONVIENE Á saber: re- 

DOMAZOS -"^ UNTOS DE MIERA."", 
CLATv'ArZÓN DE SAMBENITOS Y 
CUERNOS "■", MATRACAS, ESPAN- 
TOS, ALBOROTOS Y CUCHILLADAS 



a) diez días. 

b) Satit Benitos 



a) dado al cabo, i . 



— 320 — 



TOS, ALBOROTOS FINGIDOS, PU- 
BLICACIÓN DE LIBELOS Y DIVUL- 
GACIÓN DE SÁTIRAS. 

—¿Qué dice más aba/o? re- 
plicó Monipodio. 

—Dice, señor, leyó Rinco- 
nete, así: 



FINGIDAS**, PUBLICACIÓN DE NI- 



BELOS 



ETC.» 



—¿Qué dice más abajo? dijo 
Monipodio. 

—Dice, dijo Rinconete: «Un- 
to de miera en la casa...» 



v^Primer amenté, se debe dar una unción de miera en casa de. 



—No se lea la casa, que ya 
yo sé dónde es, dijo Monipo- 
dio, y tengo de ser el ejecutor, 
y están dados á buena cuenta 
cuatro ducados. El término es 
cinco días, y el principal son 
ocho ■. 

—Asi es la verdad, dijo Rin- 
conete; que todo eso está aquí 
escripto al pie de la letra, y 
más abajo dice así: 

<íltem: Se debe poner una 
colgadura de cuernos....» 

— Tampoco se lea á quién 
ni adonde; que basta que se le 
haga el agravio, sin decirlo en 
público, que es gran cargo de 
conciencia. Á lo menos, yo más 
querría colgar cient cuernos y 
clavar otros tantos sambeni- 
tos b, como se me pague bien, 
que decirlo una vez, aunque 
fuese á la madre que me parió. 
Proseguid con la señal y el 
ejecutor. 



—No se lea la casa, que ya 
yo sé dónde es, respondió Moni- 
podio, y yo soy el tuautem y ese- 
cutor de esa niñería, y están da- 
dos á buena cuenta cuatro escu- 
dos, y el principal es ocho. 

—Así es la verdad, dijo Rin- 
conete; que todo eso está aquí 
escrito; y aun más abajo dice: 
'Clavazón de cuernos.» 



—Tampoco se lea, dijo Moni- 
podio, la casa ni adonde; que 
basta que se les haga el agravio, 
sin que se diga en público, que 
es gran cargo de conciencia. Á 
lo menos «, más querría yo cla- 
var cien cuernos y otros tantos 
sambenitos, como se me pagase 
mi trabajo, que decillo sola una 
vez, aunque fuese á la madre que 
me parió. 



a) son ocho.... LXXXV'III. 

b) Sa-Benitos. 



a) alómenos, i y a. 



- 321 — 

— «Está concertada esta —El esecutor desto es, dijo 

partida en doscientos reales. Rincón ete, el Narigueta. 
Están dados doce ducados. El 
término es dentro de ocho días. El ejecutor, Narigueta — CC,> 

—Bien está: ya eso está he- —Ya está eso hecho y paga- 

rlo Y pagado, dijo Monipodio. do, dijo Monipodio; mirad si hay 



¿Hay otra cosa? Porque, si no 
me acuerdo mal, ha de haber 
ahí un espanto de veinte escu- 
dos. 

—Así es, dijo Rincón ete: 
«Item:se debehacerun espanto 
al barbero valiente de la Cruz 
de la Parra ■'^. El precio es 
veinte ducados. El término es 
todo estepresente mes de agos- 
to. El ejecutor , la Comuni- 
dad CCXX.^ 

—Cumpliráse al pie de la le- 
tra, sin que falte un punto, dijo 
Monipodio;}' confieso haber re- 
cibido la mitad de esa partida 
para en cuenta, y será una co- 
sa de las de más gracia » y pro- 
vecho que hayan caído en nues- 
tro almojarifadgo. Mostrad- 
me el libro de caja, mocito; 
que yo sé que no hay más, y sé 
también que anda muy flaco el 
oficio; pero tras estos tiempos 
vienen otros, y no se mueve la 
hoja en el árbol sin la volun- 
tad de Dios. Lo que resta ago- 



más; que, si mal no me acuerdo, 
ha de haber ahí un espanto de 
veinte escudos; está dada la mi- 
tad y el esecutor es la comuni- 
dad toda, y el término es todo el 
mes en que estamos, y cumplirá- 
se al pie de la letra, sin que falte 
una tilde, y será una de las me- 
jores cosas que hayan sucedido 
en esta ciudad de muchos tiem- 
pos á esta parte. Dadme el libro, 
mancebo; que yo sé que no hay 
más, y sé también que anda muy 
flaco el oficio; pero tras este 
tiempo vendrá otro, y habrá que 
hacer más de lo que quisiéremos; 
que no se mueve la hoja sin la 
voluntad de Dios ^''\ y no hemos 
de hacer nosotros que se vengue 
nadie por fuerza; cuanto más 
que cada uno en su causa suele 
ser valiente, y no quiere pagar 
las hechuras de la obra que él 
se puede hacer por sus manos. 

—Así es, dijo á esto el Repu- 
lido. Pero mire vuesa merced, 
señor Monipodio, lo que nos or- 



a) una cosa de más gracia. 



21 b 



— 322 - 



ra que hacer es qae todos se 
vayan á sus puestos hasta « el 
domingo, que nos juntemos en 
este mismo lugar, donde se re- 
partirá cuanto hubiere caido, 
sin agraviar á nadie. Rincone- 
te se acomodará de aquí al do- 
mingo desde la Torre del Oro, 
por defuera de las murallas, 
hasta el postigo del Carbón, 
señalándole por términos 
circunvecinos lo que dice por 
línea reta desde Sant Telmo 
hasta »> Sant Sebastián f Sant 
Bernaldo; el cual distrito os 
enseñará aquí Ganchoso, por- 
que es razón y justicia que na- 
die entre en pertenencia de na- 
die. Allí podréis usar de vues- 
tras /lores con gente que por 
allí anda jugando á todos jue- 
gos; que en verdad que me 
acuerdo yo haber repartido en 
esta posta á un muchacho, de 
Antequera natural, que era un 
águila en el oficio, porque no 
había día que no salía (limpios 
de alcabala) con más de veinte 
reales en menudos, atiende de 



dena y manda; que se va hacien- 
do tarde y va entrando el calor 
más que de paso. 

—Lo que se ha de hacer, res- 
pondió Monipodio, es que todos 
se vayan á sus puestos, y nadie 
se mude hasta el domingo, que 
nos juntaremos en este mismo lu- 
gar y se repartirá todo lo que 
hubiere caído, sin agraviar á na- 
die. Á Rinconete el Bueno y á 
Cortadillo se les da por distrito 
hasta el domingo desde la Torre 
del Oro "^j por defuera de la 
ciudad, hasta el postigo del Al- 
cázar ", donde se puede traba- 
jar á sentadillas con sus flores; 
que yo he visto á otros de menos 
habilidad que ellos salir cada día 
con más de veinte reales en me- 
nudos, amén de la plata, con una 
baraja sola, y ésa con cuatro nai- 
pes menos. Este distrito <> os en- 
señará Ganchoso, y aunque os 
extendáis hasta San Sebastián y 
San Telmo * '*, importa poco, 
puesto que es justicia mera mix- 
ta ^'' que nadie se entre en per- 
tenencia de nadie *". 



alguna plata que se le juntaba 

y algunas prendas. Cortadillo en este mismo tiempo ande en 

compañía de Ganchoso, que tiene el distrito de Sant Salvador 



a) /asta. 

b) fasta. 



a) districto. i. 
bj Santelmo. R. 



- 323 — 

Y Carnecerias; que á solos pañuelos, aunque otra cosa no haya, 
se puede ganar bien la vida. 

Besáronle las manos los 
dos por la merced que les ha- 
cía ^ Y, ofreciéndole hacer su 
oficio con toda fidelidad y dili- 
gencia, luego sacó Monipodio 
un papel de la capilla de la 
capa, doblado á lo largo, don- 
de estaba la lista de los her- 
manos, y mandó á Rinconete 
que escribiese allí su nombre y 
el de Cortadillo; mas porque 
no había tinta ni pluma en toda 
la casa, no surtió efecto. Man- 
dóse se llevase el papel al pri- 
mer boticario, y escribieron sus 
nombres en esta guisa: í<Rinco- 
nete y Cortadillo, cofrades; en- 
traron á serlo en 12 de agosto 
de este presente año. Son her- 
manos menores. Noviciado, 
tres meses. Rinconete, floreo; 



Besáronle la mano los dos 
por la merced que se les hacía, 
y ofreciéronse « á hacer su ofi- 
cio bien y fielmente, con toda ^ 
diligencia y recato. 

Sacó, en esto, Monipodio un 
papel doblado de la capilla de la 
capa, donde estaba la lista de los 
cofrades, y dijo á Rinconete que 
pusiese allí su nombre y el de 
Cortadillo; mas, porque no ha- 
bía tintero, le dio el papel para 
que lo llevase, y en el primer 
boticario los escribiese ^-''•\ po- 
niendo: «Rinconete y Cortadillo, 
cofrades; noviciado, ninguno; 
Rinconete, floreo; Cortadillo, 
bajón» ■^""; y el día <:, mes y año, 
callando padres y patria. 

Estando en esto, entró uno de 
los viejos abispones y dijo: 

Cortadillo, bajón.» 

Volvieron el papel á su padre y mayor ^ y, dándosele, volvió 

á venir uno de los dos viejos que se hallaron en el almuerzo, 

los cuales se llaman abispones, y dijo: 

— Vuelvo á decir á vuesa —Vengo á decir á vuesas 

merced como encontré ahora mercedes como agora agora *" 



en Gradas c á Lobillo el de Má- 
laga y me dijo que viene mejo- 
rado en su arte ^ de tal manera, 



topé^' en Gradas á Lobillo el de 
Málaga, y díceme que viene me- 
jorado en su arte de tal manera, 



a) por la que les hacía. 

b) padre mayor. 

c) gradas. 

d) en suerte. 



a) por la merced, y ofreciéronse, a y R. 

bj su oficio con toda, a y R. 

c) el día. a. 

elj cómo agora topé. R. 



-3:^4 



Que con naipe ¡indo y limpio y 
acabado de comprar de la es- 
tampa quitaría los dineros de 
delante al mismo diablo; sino 
que venia algo maltratadillo, 
y habla menester rehacerse 



que con naipe limpio quitará el 
dinero al mismo Satanás, y que 
por venir mal tratado no viene 
lueí^o á registrarse " y á dar la 
sólita obediencia *'*; pero que el 
domingo será aquí *^ sin falta. 



hasta ponerse en punto de po- 
der entrar ú jugar en casas principales, porque su nueva flor 
era tal, que á vista de todo el género humano se ejecutaba; y 
que otro día, estuviese como estuviese, vendría á dar la obe- 
diencia á la comunidad. 



—Siempre se me asentó á 
mí, dijo Monipodio, que este 
tobillo había de ser único en 
su arle, porque tiene las mejo- 
res Y más acomodadas manos 
para ello que se pueden de- 
sear. 



— Siempre se me asentó á 
mí, dijo Monipodio, que este Lo« 
billo había de ser único en su 
arte, porque tiene las mejores y 
más acomodadas manos para el lo 
que se pueden ^ desear; que pa- 
ra ser uno buen oficial en su ofi- 



cio tanto ha menester los buenos instrumentos con que le ejercita 
como el ingenio con que le aprende. 



— También topé, dijo el vie- 
jo, en una casa de posadas de 
la calle de Tinlores, al Cojuelo, 
en hábito de clérigo reverendo, 
que se había ido á posar allí 
aposta, diciendo ser forastero, 
porque sabe que en ella posan 
siempre huéspedes ricos, y que 
se juega muncho dinero. Dice 
también que el domingo no fal- 
tará de la junta, y dará cuenta 
de su persona. 



—También topé, dijo el vie- 
jo, en una casa de posadas en la 
calle de Tintores *''S al Judío f, 
en hábito de clérigo, que se ha 
ido á posar allí por tener noticia 
que dos peruleros viven en la 
misma casa, y querría ver si pu- 
diese trabar juego con ellos, 
aunque fuese de poca cantidad; 
que de allí podría venir á mucha. 
Dice también que el domingo no 
faltará de la junta, y dará cuenta 
de su persona. 



aj revistarse. 2. 

b) se puede. 2. 

c) al ludio. I y 2. 



5^5- 



—También ése es gran sa- 
cre, dijo Monipodio, y tiene 
grandísima labia, y sabe mun- 
clw de la uña, con gran cono- 
cimiento. Días há que no lo he 
visto, Y no hace bien; pues á fe 
que si no se enmienda, que yo 
le deshaga la corona; que el 
ladrón no tiene más órdenes 
que el Turco, ni sabe más la- 
tín que el Maluco. ¿Hay más de 
nuevo? 

—Sí hay, dijo el viejo: que 
ahora entraron por la puerta 
de Carmona cuatro casas mo- 
vedizas en cuatro carros bien 
cargados, y pararon en la pla- 
za del Marqués de Tarifa ■'■', 



—Ese Judío" también, dijo 
Monipodio, es gran sacre y tiene 
gran conocimiento. Días há que 
no le he visto, y no lo hace bien, 
pues á fe que si no se enmienda, 
que yo le deshaga la corona; que 
no tiene más órdenes el ladrón 
que las tiene ^ el Turco s ni sa- 
be más latín que mi madre. ¿Hay 
más de nuevo? 

—No, dijo el viejo, á lo me- 
nos '^, que yo sepa. 

—Pues sea en buen hora ', 
dijo Monipodio. Voacedes tomen 
esta miseria (y repartió entre to- 
dos hasta cuarenta reales), y el 
domingo no falte nadie, que no 
faltará nada de lo corrido. 



que no les dieron licencia para 

pasar adelante '•"; desde donde la andan llevando con palau' 
quines a y con dos carros largos á la casa que llaman la Pila 
del Tesorero "'; y sería bien que antes que todo aquel menaje 
se pusiese en su centro acudiese allí uno de los nuestros. 

—Pues ¿no andan allá los dos palanquines Harpón y Re- 
pollo, nuestros paniaguados? dijo Monipodio. 

- Sí andarán, dijo el viejo, porque ya yo les di el cañuto •'^. 

—Pues eso basta, dijo Monipodio; que si ellos vieren que es 
necesario socorro, ellos avisarán; y, pues por ahora no hay más 
que despachar, vean voacedes cuál tiene necesidad de alguna 
ayuda de costa; que yo se la daré á buena cuenta. 

Algunos le pidieron dineros y él repartió hasta veinte reales 
entre ellos. 



a) palanchines. 



a) ludio. I y a. 

b) que las que tieoe. R. 

c) el turco. R. 

d) alómenos, i. 

tj en butnhora; i y a. 



-326 - 
Juntáronse la Cariharíacon Todos le volvieron las ¿ra- 



Repulido, Y la Escalanta con 
Maniferro, y la Gananciosa 
con Chiqniznaque, concertan- 
do que aquella noche, después 
que hubiesen alzado de obra 
en la casa, se viesen en la de 
Pipóla, donde se harían las 
tornabodas por el contento de 
las paces. Monipodio dijo que 
no se podía hallar en el gaudea- 
mus ^, porque había de ir á con- 
cluir con la partida de la un- 
ción de la miera. Con lo cual 
se fueron todos, y Rinconete y 
Cortadillo abrazaron á Moni- 
podio, y él á ellos, estrecha- 
mente, y, echándoles su bendi- 
ción, los previno con los si- 
guientes consejos: 

Que no tuviesen jamás po- 
sada cierta. 

Que no durmiesen en una 
misma más que dos noches. 

Que no dijesen quiénes eran 
sus amigos y consejeros. 

Que guardasen el secreto 
de la comunidad, porque así 



cías; tornáronse á abrazar Repo- 
lido y la Cariharta, la Escalanta 
con Maniferro, y la Gananciosa 
con Chiquiznaque, concertando 
que aquella noche, después de 
haber alzado de obra en la ca- 
sa '"", se viesen en la de la Pipota, 
donde también dijo que iría Mo- 
nipodio, al registro de la canasta 
de colar, y que luego había de ir 
á cumplir y borrar la partida de 
la miera. Abrazó á Rinconete y á 
Cortadillo, y echándoles " su 
bendición, los despidió, encar- 
gándoles que no tuviesen jamás 
posada cierta ni de asiento, por- 
que así convenía ^ á la salud de 
todos. Acompañólos Ganchoso 
hasta enseñarles sus puestos, 
acordándoles que no faltasen el 
domingo, porque, á lo que creía 
y pensaba. Monipodio había de 
leer una lición de posición *"' 
cerca ' de las cosas concernien- 
tes á su arte. Con esto se fué, 
dejando á los dos compañeros 
admirados de lo que habían visto. 



convenía á la salud y conser- 
vación de todos, y, acompañándolos Ganchoso hasta ^ la plaza 
de Sant Salvador, los dejó, encargándoles que no fallasen el 
domingo de acudir á la lección y al repartimiento. 



a) gttudemus. 

b) /asta. 



a) echándolos. \ >j i. 

b) conviene, a. 
cj acerca, i. 



- 327 - 

Quedaron los dos compañeros admirados y atóm'tos de to 
que habían visto p oído. 



Era Rinconete, aunque mu- 
chacho, de buen entendimiento 
y natural. Como había andado 
con su padre á echar las bu- 
las, sabía algo del buen lengua- 
je y de propiedad de palabras, 
y dábale gran risa pensar en 
los vocablos que les había 
oído decir, asía Monipodio co- 
mo á los demás de la bendita 
compañía, y más cuando dijo, 
por decir per tnodum suffragii, 
por vía de naufragio, y que sa- 
caban el estupendio, por decir 
estipendio, de lo que se gar- 
beaba, con otras mili graciosas 
impertinencias de este modo; 
como cuando dijo Cariharta 
que era Repulido un marinero 
de Tarpeya, por í/ec/r Mira Ñero 
de Tarpeya, y un tigre de Oca- 
ña, por decir de Hircania; mas, 
sobre todo, lo que más le ad- 
miraba era la seguridad de 
consciencia en que vivían y la 
confianza de irse al Cielo, 
obrando tales obras, por guar- 
dar sus devociones, estando 



Era Rinconete, aunque mu- 
chacho, de muy buen entendi- 
miento, y tenía un buen natural; 
y, como había andado con su pa- 
dre en el ejercicio de las bulas, 
sabía algo de buen lenguaje, y 
dábale gran risa pensar en los 
vocablos que había oído á Moni- 
podio y á los demás de su com- 
pañía y bendita comunidad; y 
más cuando, por decir per mo- 
dum suffragii '^^''\ había dicho 
por « modo de naufragio; y que 
sacaban el estupendo, por de- 
cir estipendio, de lo que se gar- 
beaba; y cuando la Cariharta di- 
jo que era Repolido como un ma- 
rinero de Tarpeya y un tigre de 
Ocaña, por decir Hircania, con 
otras mil impertinencias á éstas 
y á otras peores semejantes ^. 
Especialmente le cayó en gracia 
cuando dijo que el trabajo que 
había pasado en ganar los vein- 
ticuatro reales lo recibiese el 
Cielo en descuento de sus peca- 
dos; y, sobre todo, le admiraba 
la seguridad que tenían y la con- 



aj per. \yi. .... 

b) impertinencias, i, ayR. (Aquí, sm du- 
da alguna, habían de entrar las siete palabras 
siguientes, aunque en las primeras ediciones 
están algunos renglones más abajo, después 
de pecados, y comenzando con mayúscula, 
ya se supone que sin hacer buen sentido el 
pasaje.— Rosell omitió esas palabras.) 



— 328 - 



llenos de hurtos, homicidios, 
infamias, agravios, etcétera, 
Y la otra vieja malina Pipóla, 
que dejaba la canasta de colar 
hurtada y encubierta, y se iba 
á poner las candelitas de cera 
al Crucifijo, con lo cual se pen- 
saba ir vestida y calzada al 
Cielo. Admirábase también de 
la obediencia que todos tenian 
á Monipodio, siendo un hombre 
tan rústico y desalmado. Sacá- 
balo de su juicio lo que en el li- 
bro de caja había leido, y los 
ejercicios en que todos se ocu- 
paban, y sobreexageraba ^" 
cuan poca ó ninguna justicia *"■*• 
había en aquella ciudad, pues 
cuasi públicamente vivía en ella 
y se conservaba gente de tan 
contrario trato á la naturaleza 
humana; y propuso en sí de 
aconsejar á su compañero no 
durase mucho en aquella vida 
tan perdida, peligrosa y diso- 
luta. Mas, con todo, llevado 
de su poca experiencia y años, 
y del vicio y ocio de la edad y 
tierra, quiso pasar más ade- 
lante, por ver si descubría en 
aquel trato otra cosa de más 
gusto de lo que imaginaba, y 



fianza de irse al Cielo, con no 
faltar á sus devociones, estando 
tan llenos de hurtos y de homi- 
cidios y de ofensas de Dios; y 
reíase de la otra buena viejade la 
Pipota, que dejaba la canasta de 
colar hurtada guardada en su ca- 
sa, y se iba á poner las candeli- 
llas de cera á las imagines ", y 
con ello pensaba irse al Cielo 
calzada y vestida. No menos le 
suspendía la obediencia y res- 
peto * que todos tenían á Moni- 
podio, siendo un hombre bárba- 
ro, rústico y desalmado. Consi- 
deraba lo que había leído en su 
libro de memoria, y los ejerci- 
cios en que todos se ocupaban; 
finalmente, exat^eraba cuan des- 
cuidada justicia había en aquella 
tan famosa ciudad de Sevilla, 
pues casi al descubierto vivía en 
ella gente tan perniciosa y tan 
contraria á la misma naturaleza; 
y propuso en sí de aconsejar á 
su compañero no durasen ^ mu- 
cho en aquella vida tan perdida 
y tan mala, tan inquieta y tan li- 
bre y disoluta. Pero, con todo 
esto, llevado de sus pocos años 
y de su poca experiencia, pasó 
con ella adelante algunos meses, 



aj imágenes- i y R. 
6J respecto, i. 
cj no durase- R. 



329 - 



asi, pasó en él los ir es meses 
del noviciado, en los cuales le 
pasaron cosas que piden más 
larga historia, y asi, se conta- 
rá en otra parte la vida, muer- 
te y milagros de ambos, con la 
de su maestro Monipodio, con 
otros sucesos de algunos de la 
infame junta y academia ^, que 
todas son cosas dignas de con- 



en los cuales le sucedieron cosas 
que piden más luenga escritura, 
y así, se deja para otra ocasión 
contar su vida y milagros, con 
los de su maestro Monipodio, y 
otros sucesos de aquellos de la 
infame academia, que todos se- 
rán de grande consideración, y 
que podrán servir de ejemplo y 
aviso á los que los leyeren ». 



sideración y que pueden servir 
\ de ejemplo y aviso á los que las leyeren para huir y abominar 
una vida tan detestable y que tanto se usa en una ciudad que 
habla de ser espejo de verdad y de justicia en todo el mundo, 
como lo es de grandeza. 



a) ¿ academia. 



a) ¡as leyeren, i y 2. 



22 



NOTAS 



Dando la debida preferencia al texto definitivo del Rinconele sobre el 
borrador que copió el Ldo. Porras de la Cámara y publicó D. Isidoro Ba- 
sarte, reservaré para el comento de aquél las notas comunes d entrambos. 

NOTAS AL BORRADOR 

1 Sentóse uno contra el otro... 

Contra, en la acepción de enfrente de, mirando á, 6 hacia (de 
facies), muy usadas en lo antiguo. Véanse algunos ejemplos. En el 
poema de los Loores de Nuestra Señora, copla 191: 

Non es nuestro dc9Ír quales son sus riquezas, 
Oro nin plata nada non son contra las sus altezas... 

En el Poema de Alfonso Onceno, copla 356: 

Contra Dios al<;ó las manos, 
Verdadero Criador, 
A Teba plouó de cristianos 
El buen rrey guerreador. 

Y en Amadís de Gaula, punto menos que á cada paso, aunque casi 
siempre significando hacia, tal como en este pasaje (libro I, cap. I): 
«Entonces, partiéndose della, se fué contra la cámara do el Rey 
Perlón posaba...» 

2 ¿De qué tierra es vuecé? 

Creo probable que Cervantes escribiría en este y otros lugares 
del Rinconele, no vuecé, ni vuesé, como parece que había copiado 
Porras de la Cámara é hizo estampar Bosarte, sino buasé, como se 



— 332 - 

lee en la antigua copia del soneto Al túmulo de Felipe II, que que- 
da transcrita en nota de la pág. 153. Buasé es más andaluz, más 
hispalense que vuecé: la pronunciación popular sevillana no conoce 
la í» ni la z y c* suave. 

3 ...que de fuerza ha de pasar adelante. 

No de por fuerza ó por fuerza, como decimos hoy, sino de 
fuerza, en contraposición á de grado. El Diccionario de la Aca- 
demia Española trae, como anticuado, este modo adverbial. 

4 ...y una madrasta.... 

Así, y no madrastra, dice el vulgo en Andalucía. 

5 ...y el camino que llevo es á la gruesa ventura.... 

Falta esta frase adverbial en el Diccionario de la Academia, 
aunque no sus análogas á la ventura y á la buena ventura, que 
significan, como ella, «sin determinado objeto ni designio; á lo que 
deparare la suerte.» El modo á la gruesa ventura aporta á la ex- 
presión, aún más que aquéllos, la idea de á todo riesgo, á salga lo 
que saliere; como se dice en Andalucía, á lo que caiga. Quizás lo 
que en nuestro derecho mercantil se llama contrato á la gruesa 
se diría en otro tiempo á la gruesa ventura: á lo menos, eso viene 
á significar. 

6 ...aún edad tiene vuesa merced... 

Aquí cambian de tratamiento los dos muchachos, que hasta aho- 
ra habían venido llamándose de vuecé ó voacé, contracción de vue- 
sarcé, que lo es de vuesa merced. Esta inconsecuencia hubo de 
deberse á descuido del mismo Cervantes, y no del editor Bosarte, 
ni del licenciado Porras de la Cámara, de cuya letra estaba copia- 
do el Rinconete en el cartapacio formado para el arzobispo de Se- 
villa; porque no es de suponer que, siendo, como eran, meros co- 
piantes, tropezasen en cosa tan llana. 

7 ...(aunque otros los llaman echacuervos). 

Por aquí se ve que Covarrubias (Tesoro de la Lengua Castella- 
na ó Española, artículo cuervo), se quedó corto cuando llamó echa- 
cuervos á los que «con embelecos y mentiras engañan los simples, 
por vender sus ungüentos, aceites, yerbas, piedras y otras cosas 
que traen, que dicen tener grandes virtudes naturales.» Es gracioso 
el hecho ó cuentecillo de donde Covarrubias derivaba esa denomi- 
nación. 



- 533 - 

8 ... Molió r ido, lugar entre Medin a del Campo p Salamanca . . . 

Esta aldea debe de haber desaparecido; á lo menos, el Dicciona- 
rio Geográfico de Madoz no la menciona, aunque sí el Reportorio 
de todos los caminos de España, que compuso Pero Juan Villuga, 
impreso por Pedro de Castro, en Medina del Campo, año de 1546, y 
que ha hecho reproducir en facsímile, recientemente, el docto hispa- 
nista norteamericano Mr. Archer M. Huntington. Mollorido estaba 
á seis leguas y media de Medina del Campo, á ocho de Salamanca y 
á tres del Pedroso, de donde, ó Cervantes al preparar el Rinconete 
para la estampa, ó, lo que más creo, alguno de los editores de sus 
Novelas, hizo natural á Cortado. 

9 ...tengo hechas hartas hartas experiencias... 
Superlativo por repetición, como solían hacerlo los hebreos y 

los árabes: decir hartas hartas es como decir muchísimas. Algu- 
nas páginas después, en la misma lección de Bosarte (pág. 258 del 
presente libro), verá el lector: «...y por lo menos menos, eran 
cuatro»: otra expresión superlativa, que diríamos hoy por lo me- 
nos, por lo menos, pero que antaño se construía con la sola repe- 
tición del adverbio. Y aún, para superlativar con más vehemencia, 
el vulgo solía triplicarlo. Así el ingenioso Lucas Fernández, en una 
Comedia publicada en los números postumos de El Criticón de 
Gallardo: 

Bras. Por mds más más que hagáis, 
Que no me llevéis vos fio 
Asmo pensáis. 

10 ,..porque se tenia por afrentado que dos muchachos... 
Por afrentado de que, diríamos hoy. 

11 ...un estadal de cera. . . 

Lo que en Sevilla llaman un mazo de cerillo. Se usa, más 
que para alumbrarse, para matar mosquitos. Llamábase estadal, 
como dice la Academia, porque, de ordinario, venía á tener de lar- 
go un estado de hombre, pues los hilos para el pábilo se medían, y 
suelen medirse aún, de pulgar á pulgar, extendidos los brazos. 

12 ...mas, con todo, las vendieron... 

Hay en este pasaje una tiradilla de versos involuntarios, como 
aquéllas otras que cité en la larga nota de la pág. 226. Y es lo 



- 334 - 

peor que, por mano del diablo, tienen hasta su consonancia en los 
lugares críticos: 

...y un librito de memoria, 
joyas que, cuando las vieron, 
no les dieron mucho gusto; 
mas, con todo, las vendieron... 

13 ...las habían de tener por casas de por vida, á mejor 
librar... 

Á bien librar sería más propio, porque para librar mejor po- 
dían ser condenados á galeras por algún tiempo, y no de por vida, 
ó ser absueltos en cuantos procesos se les hiciesen; que esto sí que 
sería librar mejor que de ninguna otra manera. 

14 ...hacía la Sardina y puente... 

La puente era la de barcas, que ponía en comunicación la 
ciudad con el barrio de Triana. La Sardina, sitio llamado así por- 
que en él se desembarcaba el pescado para lavarlo, era lo que el 
Barranco ahora, y en el propio lugar estaba. Por el lavar de la 
sardina cobraba el cabildo muy buena renta, según se echa de ver 
en sus antiguos libros de propios. 

15 ...pescado y f rucia... 

Fructa escribía Cervantes, á no dudar, y así, Porras de la Cá- 
mara y después Bosarte hicieron bien en conservar en esta palabra 
la c de la original latina. «Á no dudar» digo, porque en la carta que 
de su mano escribió poco antes de morir (en 26 de marzo de 1616) 
á su protector D. Bernardo de Sandoval y Rojas, cardenal arzobispo 
de Toledo (carta cuyo original honra la gran sala de actos de la 
Academia Española, puesto en un cuadro encima del sillón presi- 
dencial), léese, casi al cabo: «Dios nuestro Señor le conserue ege- 
cutor de tan santas obras para que goze del fructo dellas allá en su 
santa gloria...» 

16 ...la calle de la Caza... 

Según D. Félix González de León (Noticia histórica del origen 
de los nombres de las calles de Sevilla, Sevilla, 1839, pág. 228), 
la calle de la Caza, que antes se había llamado de la Gallinería, se 
componía de dos calles en ángulo: la de la Caza grande, que va 
de la calle Confiterías á la Alfalfa, y la de la Caza chica, más 
corta, que tuerce en la esquina de aquélla y va á la plaza de San 
Isidoro. Era esta calle una de las tres cosas que el rey tenía por 



-335 — 

ganar en Sevilla, según refirió Cervantes en el Coloquio de Gpión 
y Berganza; y decíanlo de ella porque, como en la Costanilla y el 
Matadero, en tal calle no se respetaban las posturas, ni se hacía 
maldito el caso de pregones ni de amenazas de multas y azotes. Y 
si por acaso las amenazas se cumplían, tal día hizo un año y ¡á ro- 
bar, que el tiempo es breve y la vida corta! Por que se vea algo de 
lo que en esto sucedía, extractaré lo que de la dicha calle se platicó 
por la Ciudad en algunos de sus cabildos. En el de 3 de septiembre 
de 1597, después de pedir D. Andrés de Monsalve que se hiciera 
ordenanza para que los que allí vendían no tuviesen la caza escon- 
dida, sino manifiesta, dijo el Ldo. Collazos de Aguilar, teniente de 
asistente, «que el dia de oy está la calle de la ca9a más perdida que 
de antes y que el desorden se extiende á que los flamencos y mer- 
caderes y casas de gula se llenan toda la buena ca^a, y la dañada y 
mala venden á la gente principal y páralos enfermos....* y se ha de 
procurar «que se guarden asi mismo las posturas, porque llenan á 
esesiuos preQios a las personas a quien las venden.» Así se acor- 
dó; pero ¡que si quieres!., aunque nueve días después, á petición 
de Pedro Caballero de lUescas, al aprobarse una rigorosa ordenan- 
za sobre el vender de la caza, se adicionó con que toda ella y las 
aves entrasen en la Ciudad por sólo alguna de cuatro puertas, la 
de Macarena, la de Carmona, la de Jerez y la de Triana, y que al en- 
trar las cargas de caza hubiesen de registrarse en un libro que tuvie- 
ra el estanteen cada puerta, «donde asiente el nombre de quien la 
mete y las cargas que mete y cuyas son... », y esto se pregonó luego 
«con trompetas en la calle de la ca^a y otras partes públicas», 
el mal no tuvo remedio, y en 1598, puestas las gallinas á cuatro rea- 
les, vendíanse á cinco y á seis (Cabildo de 10 de abril). Y cuando, 
cerca de las Pascuas ó de Carnestolendas, se alzaba la postura de 
la caza, comenzaba á hacer de las suyas la regatonería y una per- 
diz muerta, pongo por ejemplo, era más difícil de coger que viva y 
volando. Con todo, tan mal iba con las posturas (pues los vendedo- 
res tenían que robar para sí, y para los ejecutores, y para los án- 
geles custodios de la plaza de San Francisco, digo, para los seño- 
res de la Audiencia), que se tuvo por menor mal alzarlas por más 
largo tiempo. Veamos, que es curioso, lo que sobre esto decía en 
cabildo de 27 de enero de 1599 (escribanía 2.''*) un capitular que co- 
nocía bien la materia: «Don Juan maldonado es en que atento que 
le consta por auer sido fiel executor en los dos meses últimos del 
año pasado que todo el tiempo que vuo posturas en la ca^a asta que 
la ciudad las mandó aliar por las pasquas nunca se bendía en la 
calle de la ca^a cosa ninguna que fuese buena, sino el desecho y 



— 336 — 

Reus de las cargas á la postura, porque lo bueno y lo mas granado 
que trayan en ellas lo bendian en casas particulares á eccesiuos 
precios de suerte que lo muy malo bendian a la postura y lo muy 
bueno a tres beces mas de la postura y que ansi como la ciudad las 
al^ó toda la ca^a que los Recoberos trayan la ponían en sus casas 
de manifiesto y allí cada vno llegaua a conprar por lo menos que 
podía y por las calles andaban bendiendo mucha cantidad de 
ca9a..., y por esto es, en que teniendo consideración de que las 
posturas no son más de dar materia á los esecutores para que 
Roben la República^ que no se guarden posturas hasta quares- 
ma...» Y así se acordó, y los regatones, lo mismo que suele suce- 
der hoy, siguieron robando á honrado el último. 

17 ...al rio, Aduana y Altozano... 

Comente por mí el ínclito maestro Juan de Mal-lara: «La Puente 
está armada sobre barcos grandes, es de gruessos maderos y tablas, 
que vienen a parar al Alto<;ano de Triana, junto al Castillo adonde 
está el Sancto officio de la Inquisición» (Recebimiento qve hizo la 
mvy noble y muy leal Ciudad de Seuilla, a la C. R. M. del Rey 

D. Philipe. N. S Compuesto por Juan de Mal lara, Sevilla, 

Alonso Escribano, 1570, f.° 48). 

18 ...de las añadiduras de la carne. 

Realmente no se debían llamar añadiduras, porque no se aña- 
den á tal ó cual peso de carne, sino que se dan para completarlo, 
por ser difícil cortar á lo justo, en un solo pedazo, la que el parro- 
quiano ó mandadero piden. 

19 ...con la pena de la nef^ra bolsa... 

Negra, en la acepción de malhadada, funesta, infausta. Así 
Cervantes pudo llamar sin impropiedad negros requesones á 
aquellos de que Sancho, en mal hora, había llenado el yelmo de 
Mambrino: «con cinco calderos ó seis de agua... se lavó [D. Qui- 
jote] la cabeza y rostro, y todavía se quedó el agua de color de 
suero, merced á la golosina de Sancho y á la compra de sus negros 
requesones, que tan blanco pusieron á su amo (Parte II, cap. XVIII). 

20 ...repartido en toda la semana por sus tercias partes. 
Es decir: cada día cinco dieces de los quince de que en totalidad 

consta el rezo del rosario. 



- 357 - 

21 ...éstas son las horas cuando él suele dar audiencia... 
Hoy pasaría por mejor dicho las horas en que él que las horas 

cuando él; pero en tiempo de Cervantes tanto se decía de una ma- 
nera como de la otra. Según advierte D. Andrés Bello en su Gra- 
mática, lo más usual era y es contraponer dos adverbios ó dos 
complementos, ó un complemento á un adverbio: Allí íné donde... 
Á la hora de la adversidad es cuando... 

22 ...pegada en la pared con pan mascado... 

Raro es que Rincón, por listo que fuera, advirtiese, estando la 
estampa pegada en la pared, con qué estaba pegada. En la lección 
definitiva suprimió Cervantes este inútil pormenor. 

23 No tardó muncho... 

Así, en lugar de mucho, se escribía casi siempre en Sevilla du- 
rante los siglos XVI y XVII, así probablemente lo escribiría Porras 
de la Cámara, y así lo pronuncia todavía nuestro vulgo. Tal forma 
no data del primero de los siglos indicados, sino de tiempos muy 
anteriores: en un privilegio de D. Fernando IV, su fecha en Algeci- 
ras á 27 de septiembre era de 1347 (1309), léese: «...e por uos fazer 
muncho bien e muncha merced e parando mientes a la grand costa 
que uos el con9ejo...» (Archivo Municipal de Sevilla, Tumbo de 
privilegios, f.° 36, carp. 4.'"^, doc. 1.°). 

24 ...cada uno con sendos rosarios en la mano... 

Y, poco después, «co/7 sendos pistoletes cada uno.» En ambos 
pasajes sobrarían hoy las palabras cada uno, por entenderse im- 
plícitamente contenidas en el adjetivo sendos; pero antaño todos 
lo decían como Cervantes. Por ejemplo. Luís Barahona de Soto en 
sus Diálogos de la Montería, Madrid, 1890, pág. 176: «...y así [las 
ciervas y las gamas] paren cada sendos no más,» es decir, cada 
una un hijo, en cada parto. 

25 ...y un sombrero de viudo... 

«¿De velludo quizás?» me preguntaba yo hace algún tiempo. No 
de velludo; de viudo hubo de escribir Cervantes: en señal de luto 
se usaban sombreros de fieltro y sin toquilla. Y aun á los de mujer 
faltos de ciertos adornos se les llamaba sombreros de viuda: en el 
registro de la nao Nuestra Señora del Carmen, que en 1599 fué á 
la Nueva España en la flota de que era general Juan Gutiérrez de 
Garibay, he visto asentado (f.° 157): «y ten un sonbrero de viuda 



- 338 - 

aforrado en tafetán, que costó quinze Reales» (Archivo general de 
Indias, 18, 4, ^Vr.). 

26 . . .que estaban hablando en puridad. . . 
Puridad, en la acepción, ya hoy poco usada, de secreto. 

27 ...y entrar en ¡o guisado. 

Lo guisado llamaban en el habla rufianesca á la mancebía ó 
casa llana, por alusión, conforme á una acepción antijíua del voca- 
blo, á que las mujeres puestas á ganancia siempre estaban prestas 
para hacer la voluntad de sus rufianes. 

28 ...Y tener vaca en la dehesa... 

Tener vaca, ó yegua, en la dehesa llamaban los germanes, como 
ya indiqué en otro lugar, á tener mujer puesta á ganancia en la man- 
cebía. Así Vallejo, en uno de los donosos pasillos intercalados por 
Lope de Rueda en su comedia Eufemia, dice, de una supuesta ra- 
paza que habían traído unos forasteros, también de su invención: 
«Veamos de cuándo acá han tenido ellos atrevimiento de meter va- 
ca en la dehesa...» Y el mismo Cervantes hace decir á fray Anto- 
nio en la jornada II de El Rufián dichoso: 

Rufián corriente y moliente 
Fuera yo en Sevilla agora, 
Y tuviera en la dehesa 
Dos yeguas, y aun quizá tres, 
Diestras en el arte aviesa. 

Á lo propio solían llamar, en lenguaje más jaracandino, tener coima 
en el cerco: en el Romance del cumplimiento del testamento de 
Maladros, publicado por Juan Hidalgo en los Romances de ger- 
mania (1609), se condena á Lorenzo del Barco 

A que entrar no pueda en cambio, 
Ni coima en el cerco tenga. 
Ni jaque le dé cabida, 
Ni birlo le favorezca. 

29 ...usar de la ganancia... 

Es decir, disponer de lo que gana la iza, vaca ó coima. Lugo, el 
protagonista de El Rufián dichoso, disculpando sus travesuras 
como liviandades de mozo que no llegaban á ser maldades, cuida 
de advertir que no usaba de la ganancia: 

Ellas son: cortar la cara 
A un valentón arrogante; 
Una matraca picante, 



— 339 - 

Aguda, graciosa y rara; 

Calcorrear diez pasteles 
Ó cajas de diacitrón; 
Sustanciar una cuestión 
Entre dos jaques noveles; 

El tener en la dehesa 
Dos vacas, y á veces tres, 
Pero s¿n el interés 
Que en el trato se profesa... 

30 ...que lo haré, vive Roque, con muchas veras. 

Con ese mismo juramento da énfasis á sus expresiones Andrés, 
el pobre muchacho que servía á Juan Haldudo el rico (Don Quijo- 
te, parte I, cap. IV). Y así vota Sancho (parte II, cap. X) al ver mon- 
tar de un salto en su pollina á la supuesta Dulcinea: «Vive Roque, 
que es la señora nuestra ama más ligera que un alcotán.» 

31 ...los haré trabajar de mayor contía. 

Monipodio divide picarescamente los trabajos ladronescos en 
los mismos dos grandes grupos en que se dividían los pleitos ordi- 
narios: de mayor y de menor cuantía. 

32 ...dos mozas, de buen parecer, trabajadoras... 
Aunque en lenguaje de germanía llamábase trabajar á hurtar y 

trabajo á la galera y ala cárcel, Cervantes dice aquí trabajado- 
ras en el sentido de mujeres del arte; de hembras puestas á ganar 
por sus rufianes. ¡No hay más que ver sino que á una de ellas le 
llamaban la Gananciosa! 

33 No tardará que no venga Silba tillo con la coladera ates- 
tada. 

No tardará que no venga es manera de decir inusitada hoy; 
equivale á no pasará mucho tiempo sin que venga. Coladera es 
un adjetivo que se subió á sustantivo, como tantos otros; que las 
partes de la oración, cual las personas, suelen mudar de catego- 
ría: canasta coladera se llamó á la que por su forma y su tamaño 
se destinaba para colar la ropa; suplió tal cual vez el adjetivo por 
el sustantivo, y arrumbólo al cabo, quedándose en su lugar. 

34 Cuando dijo la vieja... 

Cuando, en el habla popular de Andalucía, solía y suele signifi- 
car en esto, ó estando en esto, y así, no debe causar extrañeza el 
verlo usado en tal acepción como palabra inicial de cláusula ó pá- 



-340- 

rrafo. Á mi ver, el mencionado adverbio, en esos casos, no es sino 
una forma elíptica de la frase adverbial Apenas había sucedido 
tal cosa, cuando..., 6 No bien...., cuando... 

35 ...de un labrador que había pesado unos carneros... 

Pesado, no sólo en la acepción ordinaria, sino en la de sacrifi- 
carlos en el matadero, y pesarlos después. Todavía conserva el vul- 
go andaluz esta acepción, que no se encuentra en el Tesoro de Co- 
varrubias ni en el Diccionario de la Academia Española, y que se 
estudiará más cabalmente en estos ejemplos de Alonso de Morcado 
(Historia de Sevilla, Sevilla, Andrea Pescioni, 1587, págs. IGO y 
172 de la reimpresión hecha en 1887 por la sociedad del Archivo 
Hispalense): «Todo ganadero ó merchante que pretende pesar 
algún ganado en estas carnecerias...» Y después: «Porque ninguno 
puede entrar & pesar su ganado, si no es haciendo alguna baxa con- 
tra lo que se va pesando. Y en haciendo qualquiera tal baxa cesa el 
precio y postura de aquellos ganaderos cuyos ganados á la sazón 
se iban pesando.^> 

36 ...y haré cala y cala de lo que tiene... 

Hacer cala y cata, según el Diccionario llamado comúnmente 
de autoridades, es «hacer averiguación ó reconocimiento de una 
cosa para saber con certeza su actual estado.» Era frase de uso 
muy corriente en tiempo de Cervantes, sobre todo, tratándose de 
armas. Por ejemplo, en cabildo de 29 de mayo de 1598 el jurado Ro- 
drigo Díaz Castaño propuso que se alistaran los moriscos que ha- 
bía en la ciudad, que trajesen una señal para ser conocidos y que se 
hiciera cala y cata de sus armas (Actas capitulares de Sevilla). 

37 ...que así se llamaba su compañera de la Gananciosa. 
Su... de usted, es modo de decir corriente y moliente, pero su... 

de la no está ajustado á los cánones de la gramática moderna. Cer- 
vantes tal cual vez lo escribía así: «...y aun estoy por decir que 
[Dulcinea] no llega á su zapato de la que esta delante [de Dorotea].» 
(Don Quijote, parte I, cap. XXX). «Yo apostaré que Ladislao, su 
esposo de Transila, tomara ahora estar en su patria...» (Persiles y 
Sigismunda, libro II, cap. V). 

38 . . .vea ahí dos cuartos... 

En la impresión de Bosarte, ve ahí; pero como está hablando 
una de las mozas y se dirige á la vieja, á quien no hablaban de tú 



- 341 — 

ni de vos, sino con tratamiento impersonal (tome, compre, ponga), 
es claro que Cervantes, aunque así lo escribiera, no quiso decir vé, 
ni como persona tú del imperativo de ver, ni como persona vos del 
mismo, suprimida la d cual se solía en miró, tené, decí, etcétera. 
He dicho aunque así lo escribiera, porque bien pudo omitir la a de 
vea habiendo de escribir ahí, que empieza con la misma letra. Por- 
que era costumbre, y Cervantes probablemente pagaría tributo á 
ella, suprimir, al escribir, como al pronunciar, una de las dos voca- 
les iguales é inmediatas, en especial siendo la a, cosa que están 
hartos de advertir quienes con frecuencia leen añejos manuscritos. 
En la Colección de Autos, Farsas y Coloquios del siglo XVI 
publicada con mucho esmero por el docto hispanista Mr. Leo Roua- 
net (ts. V-VIII de la Biblioteca Hispánica, abundan los ejemplos 
de lo que digo. Véanse algunos: 

Y plega fáj Dios que llevemos... (I, 409). 
Que si esta fdj partes ó entero... III, 441). 
Gracia fdJ Dios, [dj abril y mayo. (IV, 21). 



Y con la e: 



Y con la y. 



[He] estado de vos ausente (II, 8). 



Y vinagre [y] yel os dan (II, 400). 
Y con sílabas bilíteras: 

Y ansi padre, una áeda [da] (III, 187). 
Que os aveis [de] deshazer (III, 457). 

En cierto archivo de protocolos que he frecuentado mucho (*) he ha- 
llado supresiones análogas á las mencionadas, hasta en las firmas: 
un Juan Antonio Aguirrezábal refundía sus dos nombres escribien- 
do /«í/w Ionio; y un Cristóbal de Valderrama, que as[ se le nombra 
cien veces en el cuerpo de sus escrituras, firmaba Xpoval de Ra- 
ma, por no escribir dos veces val de Valde. Otros ejemplos. Á Mar- 
co Ocaña, alguacil de la justicia, llamábanle, como hemos visto 
(nota de la pág. 210), y firmaba él, Marco Caña (Archivo Municipal 
de Sevilla, Varios antiguos, Mancebía, n." 339). Y ¿de qué sino de 
una simplificación de éstas vino el disparate de escribir hidalgos 
de vengar quinientos sueldos, por de devengar, estampado en la 
edición príncipe del Quijote (cap. XXI) y corregido después, y su 



(*) En el de Sevilla, en donde por temporadas asisto desde el año 1897, gracias á la 
bondadosa condescendencia del digno archivero mi amigo Sr. Rodríguez de Palacios. 



— 342 — 

aún más disparatada explicación, que había dado, entre otros, el 
falso Maleo Lujan de Sayavedra (Segunda parte de (iuzmán de 
Alfarache, libro II, cap. XI)? Mucho me holijaría yo de que el doc- 
tor Apraiz, que se inclina á tener por buena la lección del vengar 
(Cervantes vascófilo, quinta edición, Vitoria, 1899, pág. 226), se im- 
pusiera la tarea de demostrar que lo es, en alguno de sus muy cu- 
riosos escritos. 

Á tener en cuenta D. Eugenio de Ochoa este fenómeno de que 
vengo tratando, no se leerían en su edición del Cancionero de Bae- 
na dislates como el que sigue (n.° 105): 

Sellor, cara d< mono. 
Viejo falso e contreecbo, 
Mal labrador de barvecho 
E non tal commo Ordofio... 

Porque habría escrito: 

Seflor, cara de [dejmoto... 

y así estuviera obvia la consonancia, que en aquel texto no parece. 
Dije que probablemente Cervantes elidiría tal cual vez al escri- 
bir, letras y aun sílabas, por no repetirlas, y algún vestigio de ello 
nos ha quedado, además del que motiva esta nota y del de los hidal- 
gos de vengar quinientos sueldos. En el capítulo XIII de la parte I 
del Quijote dice Vivaldo: «...pues no es justo ni acertado que se 
cumpla la voluntad de quien lo que orJena va fuera de todo razona- 
ble discurso.» Clemencín notó que en este pasaje falta la gramáti- 
ca, y que se remediaría con sólo añadir dos letras: la preposición 
en después de quien. ¡Como que así quiso Cervantes que se leyera, 
aunque no lo escribiera así! (♦) 

39 . . .cuando dieron crueles golpes á la puerta . . . 
Crueles, dicho aquí por fuertes ó recios, como si los golpes se 

dieran, no en la puerta, sino á alguna persona. 

40 . ..hiriendo de pies y manos. 

Herir de pie y de mano, ó de pies y manos, es, como dice el 
léxico de la Academia, «temblarle á uno estas partes, ó padecer 
convulsiones en ellas.» De Tomes dice el propio Cervantes en El 



( ) Aún hoy, tal cual vez, tropieza el lector curioso, en la prensa periódica, con algún 
ejemplo de las supresiones á que se refiere esta noU: en Ei Imparcial de 25 de julio de este 
año comenzaba asi un suelto intitulado La recogida de los mendigos: «Algunas autoridades 
municipales de Madrid, que por lo visto tienen ideas propias, no les ha parecido bien la plau- 
sible medida...» 



- 343 — 

Licenciado Vidriera: «Comió en tan mal punto Tomás el membri- 
llo, que al momento comenzó á herir de pie y de mano, como si tu- 
viera alferecía...» Y en el Quijote, parte segunda, cap. XIV, San- 
cho viendo al naricísimo escudero del Caballero del Bosque, «co- 
menzó á herir de pie y de mano, como niño con alferecía.» También 
se decía en tal sentido herir, á secas: «Yo la he hecho dar [la piedra 
bezaar] á niños que hieren, que tienen alferezía, y ales hecho a mu- 
chos manifestissimo prouecho.» (Monardes, Libro que trata de... 
la piedra Bezaar y la yerua Escuer^onera. Sevilla, Hernando 
üíaz, 1569). 

41 ...y apretándole el dedo del corazón . . . 

Llámase así, ó cordial, al tercer dedo, no de cualquiera de 
entrambas manos, sino precisamente de la izquierda, lado en que 
está ese órgano. El vulgo creyó y cree que entre tal dedo y el cora- 
zón hay una tan directa correspondencia, que, apretando el uno, se 
aquieta el mal del otro. 

42 ...si lo has habido con tu respeto...^ 

Está dicho en el sentido de haberlas, ó habérselas, con algu- 
no, que es como solía decirlo Cervantes. Verbigracia, en la parte 
segunda del Quijote, cap. LXX: «Mandóte, dijo Sancho, pobre don- 
cella, mandóte, digo, mala ventura, pues las has habido con un 
alma de esparto y con un corazón de encina; á fe que si las hubie- 
ras conmigo, que otro gallo te cantara.» 

43 ...ni yacer en beco... 

No hallo la palabra beco como voz de germanía, ni, menos, como 
voz castellana. ¿Deberá decir yacer en uno, como el texto definiti- 
vo? De presumir es que leyese en beco por en uno quien antes ha- 
bía leído para el trueco donde decía Porras de la Cámara (y á fé 
que escribía muy claramente y con muy hermosa letra), piar el tur- 
co. Con todo, no me atreví á alterar el pasaje. 

44 ...y me llevó á dormir con un bretón... 

Bretón, como vocablo de germanía, significa extranjero, y no 
precisamente natural de Bretaña. En el Coloquio délos Perros se 
habla más largamente que aquí de otro bretón á quien pescó la Co- 
líndres, y éste debía de ser italiano, pues reclamaba sus cincuenta 
escuti d'oro in oro. 



— 344 — 

45 ...seis reales de á ocho..., que parece que ahora los veo... 
En las Ordenanzas de la Mancebía de Sevilla reformadas en Hí21 

se salió al encuentro á este abuso y latrocinio: «Iten porque ay inu- 
geres en la dicha mancebía que tienen aposentos alquilados fuera 
della, donde van de noche a dormir con hombres finjjiendo ser mu- 
jeres de más calidad y enjíañándoles y llevándoles por ello mucho 
dinero..., se hordena y manda que en dando las oraciones antes que 
anochezca todas las dichas mujeres estén y se recojan en la dicha 
mancebía y en ella duerman, y estén toda la noche en ella sin salir 
á otra parte alguna, pena de quinientos maravedís...» (Archivo Mu- 
nicipal de Sevilla, sección 4.'' tomo 22, n.** 14). 

46 . . .sot atizador de orejuelas mansas. 

Rouanet, en el Glosario que puso al fin de la Colección de 
Autos, Farsas y Coloquios antes citada, entendió que sot al i zar 
equivalía á sutilizar; pero el único pasaje en que allí se emplea esta 
palabra, dista mucho de probar esa equivalencia. Dice Satán á 
Dios, en el Aucto de la Paciencia de Job, pidiéndole que no tenga 
de su mano á su valeroso escogido: 

Pues quita el poder y dame licencia 
Que con mis astucias yo pueda tentaile: 
Verás, si comienvo de sotalifatU, 
Si le provoco á perder la pa^len^ia, 
Aunque en guardalla mis firme se baile. 

En este lugar y en el de la lección primitiva del Rinconete más 
bien parece que sotalizar esté dicho en significado de punzar, 
mortificar, ó cosa así. Para la otra acción tenía nuestro vulgo dos 
verbos á cuál más apropiados: sotilizar y asotilar. 

47 ...así se vea casada y en el tálamo. 

No alude el Repolido al lecho nupcial, sino al tabladillo ó plata- 
forma en que los novios, en la fiesta de sus bodas, solían recibir 
los parabienes y las dádivas de los convidados. Así, era vulgar esta 
comparación, que recuerda Covarrubias: Mesurada como novia en 
tálamo. En muchos lugares de Andalucía subsiste la antigua cos- 
tumbre del tálamo y las dádivas, que, por metátesis, suelen llamar 
dabias, como si dijesen dávidas. 

48 ...que me parece que ha escombrado la Gananciosa. 
Escombrar, por limpiar la garganta, tosiendo y escupiendo, de 

lo que pudiera impedir que saliese clara la voz. Otras veces llama- 
ba á eso Cervantes mondar el pecho: «Mondó el pecho Lope escu- 



— 345 — 

piendo dos veces...» (La Ilustre Fregona). Y remondarse el pe- 
cho... (Don Quijote, parte II, cap. XLVI): «...y habiendo recorrido 
los trastes de la vihuela, y afinándola lo mejor que supo, escupió y 
remondóse el pecho, y luego, con una voz ronquilla...» Y otras ve- 
ces, quizás por no acordarse de tal verbo, díjolo de otra manera 
(Ibid., parte II, cap. XII): «Pero escucha; que, á lo que parece, tem- 
plando está un laúd ó vihuela, y según escupe y se desembaraza 
el pecho, debe prepararse para cantar algo.» 

49 ...con un falsete en tercera.... 

Hernández Morejón, Pi y Molist y Gabanes estudiaron el saber 
médico de Cervantes; D. Fermín Caballero, su pericia geográfica; 
su afición é inteligencia militar, D. Crispín X. de Sandoval; de 
Cervantes marino, jurisperito, filósofo, teólogo, revolucionario, 
desamortizador, administrador militar é inventor del álbum, han 
tratado respectivamente D. Cesáreo Fernández Duro, D. Antonio 
Martín Qamero, D. Federico de Castro^ D. José M.'"^ Sbarbi, don 
Francisco M. Tubino, D. Vicente de la Fuente, D. Jacinto Hermua 
y D. Nicolás Díaz de Benjumea, y de Cervantes, en fin, se ha veni- 
do á hacer indiscretamente un sábelo todo, sacando de sus quicios 
el amor y la veneración que debemos al autor de la más admirable 
de las novelas. D. Mariano de Soriano Fuertes, en su Calendario 
histórico-musical para el año de 1873, incluyó á Cervantes entre 
los músicos. No he visto tal Calendario; pero si su autor quiso 
probar la pericia musical de Cervantes, en no menudo aprieto ha- 
bría de ponerle quien le diera á estudiar y comentar las cinco pala- 
britas que han dado pie para esta nota. Cantó la Gananciosa con 
un falsete en tercera... ¿Con falsete,-^ era mujer? iEn tercera, 
con relación á qué otra voz, si nadie más cantaba, ni aun había otros 
instrumentos que los de percusión: la escoba, un chapín y las tejo- 
letas? ¡Aquí de Vargas el averiguador! 

50 Memoria de las cuchilladas... 

Memoria, por memorial ó lista. Usábase frecuentemente en el 
último tercio del siglo XVI; verbigracia: <íMemoria de las personas 
que an dado poder a el licenciado Antonio Romero...» (Archivo de 
protocolos de Osuna, Antonio García, 1581, f.° 518). Y aún se so- 
lía decir en 1632: «...y es tal el baturrillo de citas perpetuas, que 
se echa de ver por letor de moño que el autor no hizo sino trasladar 
la memoria de todos los libros que ha vendido su padre» (Quevedo, 
Perinola contra el Para todos de Pérez de Montalbán). 

«3 



— 346 - 

61 Ejecutor, Chiquiznaque... DL.9 

Va sacando en reales, y con numeración romana, como era cos- 
tumbre, el importe de los escudos ó ducados que menciona en cada 
asiento. 

62 ...pues son pasados del término dos días... 

En el impreso de Bosarte, y quizás también en el hoy perdido 
manuscrito de Porras de la Cámara, diez días; pero no he vacilado 
en sustituir ese número, poniendo dos, tal como Cervantes, en- 
mendando, ó sin enmendar, puso en la lección definitiva de su no- 
vela. Vea el lector el motivo que tuve para alterar el texto en ese 
pormenor. Poco antes de este lugar se ha fijado en seis días el 
término para apalear al bodegonero de la Alfalfa, partida de la cual 
Maniferro prometió llevar finiquito aquella noche; después figuran 
en el libro unos palos que se habían de dar al Silguero, en término 
de ocho días; y si iban pasados diez del término, esto es, además 
del término (pues no ¿e otro modo podría entenderse la expresión, 
porque esos diez no caben en los ocho del plazo), habían transcu- 
rrido diez y ocho desde que se asentó la partida; que, siendo pos- 
terior á la otra, pues está en el propio memorial y escrita á su con- 
tinuación, daba para la primera más de diez y ocho días de ante- 
rioridad, y, á la par, menos de los seis de su término, que no se dice 
que estuviese vencido. Leyendo dos donde dice diez todo es llano: 
están al cumplir los seis días de la partida primera y van pasados 
dos de los ocho de la segunda. 

63 ...ladrille/os... 

Probablemente llamarían así á los apedreos de casas á media 
noche; sino que, estando, como estaban, ladrilladas las más de las 
calles, trozos de ladrillos, y no piedras, habían de arrojar. 

54 ...al barbero valiente de la Cruz de la Parra. 

La calle de la Cruz de la Parra, que iba desde la calle del Cla- 
vel á la portería del convento de Mercenarios descalzos, collación 
de la Magdalena, llamóse así (González de León, Noticias históri- 
cas de los nombres de las calles de Sevilla, pág. 257) por una cruz 
de madera que había en una de sus paredes, debajo de un emparra- 
do. En los Padrones de pecheros de 1553 figura la calle de la 
Cruz de la Parra después de la del Baño de San Pablo y antes de 
la de Pedro de Torres (Archivo Municipal de Sevilla, Carpetas de 
privilegios, 125 y 126). 



- 347 - 

55 .\.en la plaza del Marqués de Tarifa... 

La que hoy se llama de Pilatos, por la casa de este nombre, que 
fué la solariega de los marqueses de Tarifa y duques de Alcalá de 
los Qazules. En los últimos años del siglo XVI Uimábase á la dicha 
plaza más comúnmente de la Marquesa de Tarifa: Á Alonso de 
Saavedra, empedrador, se le pagaron en 27 de noviembre de 1598 
ciertos maravedís «por 415 cargas de aguija (sic) para el enpedrado 
de la calle de sant elifonso que ba a la puerta de carmona [calle de 
Caballerizas hoy] y de la plaga de la marquesa de tarifay> (Ar- 
chivo Municipal de Sevilla, Libros de propios). 

56 ...cuatro casas movedizas en cuatro carros bien carga- 
dos, y... no les dieron licencia para pasar adelante... 

Bosarte, que, como el criado del cuento, se asomaba alguna vez 
á la alhacena y no á la ventana, entendió en el prologuillo que 
puso al borrador del Rinconete, que eran de mujeres estos cuatro 
carros. ¡Si pensarían robarlas Monipodio y sus cofrades, renovan- 
do la memoria del rapto de las sabinas! De muebles, que no de mu- 
jeres, venían llenos los cuatro carros, y por eso el viejo les llama 
casas movedizas; por eso llevaban su contenido con palanquines; 
por eso era menester acudir antes que todo aquel menaje se pu- 
siese en su centro. 

El no dar licencia para que los tales carros, así cargados, pasa- 
ran adelante es cosa que no se entendería bien sin alguna explica- 
ción. Hela aquí. En Sevilla, como ciudad de mucho tráfico y empla- 
zada en terreno llano, cargábanse los carros con grandísimo peso y 
hacían mucho daño en los empedrados y ladrillados de las calles, 
especialmente en estos últimos, por lo cual estaba mandado que, 
sin expresa licencia y tenidas en cuenta las circunstancias de cada 
caso en particular, no entrasen tan pesados carguíos en la pobla- 
ción. Así, en 26 de febrero de 1592, el mayordomo de la fábrica de 
la iglesia de San Salvador, tenía que pedir licencia á la Ciudad pa- 
ra que por la puerta de Triana y calles de la Magdalena y de Ce- 
rrajeros pasasen hasta la puerta de la dicha iglesia tres carretas de 
bueyes, que conducían parte de un monumento para Semana Santa, 
construido en Osuna, por ser fácil que se maltrataran las molduras 
y piezas al descargarlas y conducirlas en palanquines (Archivo Mu- 
nicipal de Sevilla, sección 3.^, tomo 11, n.° 40). Y todavía fué me- 
nester usar de más grande rigor: en cabildo de 13 de marzo de 1597, 
y á propuesta de Pedro Díaz de Herrera, se acordó que se hiciera 
ordenanza en que se prohibiese el haber carros alquilados «para 
poder con ellos traxinar mercadurías ni sacarlas del aduana ni 



— 348 - 

licuarlas al rrio a cargar ni mudar casas ni otras cosas, y que las 
personas que los tienen suyos propios no se puedan seruir dellos si 
no fuere en traer paja o llenar otras cosas de mantenimiento para 
sus casas y seruicio dellas, con que no sea accyte ni vino para la 
puerta ni calle del vino, por el gran daflo que hazcn a los ladrillados 
y enpedrados de las calles y cañerías, por las grandes cargas que 
les echan de que las casas rreciben gran detrimento...» (Actas ca- 
pitulares, escribanía 1."). 

57 ...á la casa que llaman ¡a Pila del Tesorero... 

Se llamó así del tesorero Luís de Medina, deudo propincuo de 
Nicolás Martínez de Medina, tesorero y contador mayor del rey 
D. Juan II y padre de Diego Martínez de Medina el poeta, de quien 
hay composiciones en el Cancionero de Baena. La mencionada ca- 
sa, en cuyo vestíbulo 6 junto á cuya puerta hubo de haber una pila, 
de la cual le dieron tal nombre, estaba a Sancta María de Gracia, 
donde tuvieron su imprenta Sebastián Trujillo, y después su viuda, 
como se lee en cierta Relación impresa en su casa en 1572, «junto 
á la pila del Thesorero Luys de Medina a Sancta María de Gra- 
cia» (Hazañas y la Ri\a, La /mprenía en Sevilla, pág. 114). Dos 
apuntes que tomé en el Archivo Municipal de Sevilla contribuirán 
á enterarnos del sitio en que estaba la casa objeto de esta nota. En 
marzo de 1574 se libraron á Juan Martín, arenero, 2.546 maravedís 
por 272 cargas de arena «que dio para enpedrar la calle de la pelle- 
xería fasta la pila del tesorero y cabo de la calle del dotor del hie- 
rro» (Libro de Caja de 1570 á 1574). En el cabildo de 27 de junio 
de 1597 se acordó, entre otras cosas, que D. Juan Maldonado «haga 
enpedrar y serrar (sic) los caños de la calle que va de la pila del 
tesorero al barrio del duque» {Actas capitulares). 

58 . . .porque ya yo les di el cañuto . . . 

Cañuto, en germanía, significa ordinariamente soplón, pero al- 
guna vez, por metaplasmo, soplo. Así sucede en este lugar. 

59 ...y sobreexagerad a... 

He aquí un verbo usado por Cervantes y que merece que se le 
haga sitio en las páginas de los futuros diccionarios de la Aca- 
demia. 

60 ...cuan poca ó ninguna Justicia... 

Cuan ninguna, aun escrito por Cervantes, no es de buen pasar. 
Con la idea de ninguno no son compatibles la de más ni la de 
menos. 



NOTAS AL TEXTO DEFINITIVO 



1 «En la venta del Molinillo...» 

Pero Juan Villuga, en su Reportorio de iodos los caminos de 
España (1546), menciona esta venta del Molinillo en el itinerario 
de León á Sevilla y en el de Toledo á Córdoba, el último de los 
cuales, en realidad, no es sino una parte del primero. La tal venta 
está á dos leguas de Tartanedo y á cuatro de Almodóvar del Cam- 
po. Otra venta llamada del Molinillo había en el camino de Toledo 
á Valladolid, junto á Guadarrama. Á aquélla y no á ésta se refirió 
Cervantes. 

2 «...que está puesta...» 

Á D. Isidoro Bosarte,. en su prólogo al borrador del Rinconete 
le pareció desatino «decir que una venta está puesta en tal parte.» 
Y cuenta que no cayó en la de que Cervantes reincide en ello poco 
después, cuando hace decir á Cortado: «Yo nací en el piadoso lu- 
gar puesto (ó en elPedroso, lugar puesto) entre Salamanca y Me- 
dina del Campo...» Poner está dicho en ambos casos por asentar, 
edificar, situar; por emplazar, en el sentido en que lo dicen los ar- 
queólogos: «Allí debió de estar emplazada Munda.» Con todo, no 
hallo en nuestros léxicos esta clara y castiza acepción de poner, 
aunque no fué Cervantes el único que la usara: «Yo, señor, respon- 
dí, soy de Ronda, ciudad puesta sobre muy altos riscos y peñas ta- 
jadas...» (Espinel, Relaciones de la vida del escudero Marcos de 
Obregón, relación I, descanso VIII). 

3 «...en los fines de los famosos campos de Alcudia...» 
También en esto de llamar famosos á los campos de Alcudia 

creyó Bosarte haber hallado buen pie para probar que la primitiva 
lección del Rinconete vale más que la publicada por Cervantes, y 
así, notó que tales campos no tienen fama. El bibliotecario Pellicer, 
que en su Vida de Cervantes (págs. 141-145 de la edición de San- 
cha, 1800) tiró á cortar el revesino á quien tal prueba se proponía, 
alegó en este punto que sobre la celebridad de los dichos campos 



— 350 — 

podía preguntarse «á los ganaderos ricos, que tanto ponderan los 
famosos pastos de aquella famosa dehesa.» Á la verdad, aunque por 
ellos no sacasen la cara los ganaderos ricos, así en los tiempos de 
Cervantes como en los de Bosarte y Pellicer, y en los de ahora, en 
el habla vulgar se llama /amo.vo no tan solo á lo que tiene fama, 
sino á lo que la merece por algún estilo. Y no ya á lo que la merece, 
sino también á lo que se nos antoja encarecer, y así decimos famo- 
so bofetón, famosa ocurrencia, famoso majadero, aunque el ma- 
jadero, la ocurrencia y el bofetón no tengan ni merezcan fama nin- 
guna. Sucede con ese adjetivo lo que con bravo, lindo, gentil y 
otros: que por encarecimiento se aplican á muchas cosas en acep- 
ciones bien distintas de lo que suenan. 

4 «...el uno ni el otro no pasaban...» 

Ahora diríamos: Ni el uno ni el otro pasaban..., 6 no pasaban 
el uno ni el otro; pero antaflo era corriente decirlo como Cervan- 
tes lo dice en este lugar, omitiendo en las expresiones doblemente 
negativas el ni 6 el no del primer extremo, y juntándolo al verbo, 
aun pospuesto: *...que el mosqueo de las espaldas ni el apalear el 
agua en las galeras, no lo estimamos en un cacao» (Cervantes, La 
Gitanilla). «Porque en Medina ni en Burgos no había quien se me 
comparase» (Francisco Delicado, La Lozana andaluza, mamotre- 
to Lili). «Quédese con el freno la muía; que ella ni yo no habernos 
de comer bocado» (Entremés del Poeta, en las Obras de Lope de 
Vega, edición de la Academia Española, t. II, pág. 197). Cervantes, 
sin embargo, solía no agregar ai verbo la negación omitida. Ejem- 
plo: «...con tanta pnesa, que la estera de enea sobre quien se había 
vuelto á echar ni la manta de anjeo con que se cubría fueron más 
de provecho» (Don Quijote, parte I, cap. XVII). Clemencín, por no 
haber caído en la cuenta de lo que es materia de esta nota, comentó 
así el pasaje últimamente citado: «Hace falta un ni, que aparente- 
mente omitió por descuido el impresor: que ni la estera ni la man- 
ta fueron más de provecho. 

5 «...el uno ni el otro no pasaban de diez y siete...» 

Así en la primera edición de las Novelas como en la furtiva de 
1614 se lee este lugar como lo dejo copiado en el texto: ...<se halla- 
ron en ella a caso dos muchachos de hasta edad de catorze á quinze 
años: el vno, ni el otro no passauan de diez y siete, ambos de bue- 
na gracia...» El sobredicho Bosarte, que no supo lo que leía, apun- 
tó como una de las diferencias que se notan entre el borrador del 
Rinconete y la lección dada á imprimir por Cervantes «embrollar 



- 351 - 

la edad de los muchachos. El manuscrito los hace al uno de edad de 
quince, y al otro de diez y siete años.» Y no parece sino que la em- 
brolladora observación de D. Isidoro se ha llevado de calle á algu- 
nos editores de las Nove/as, cuando Aribau, Rosell y otros han en- 
mendado así el pasaje: «...dos muchachos de hasta edad de catorce 
á quince años el uno, y el otro no pasaba de diez y siete.» Para mí, 
y no soy ningún lince, está claro el texto original: Cervantes dice, 
á su cálculo (pues fijamente no tenía por qué saberlo, como mero 
narrador y hombre que no vio las partidas bautismales de los mu- 
chachos), la edad que, por su aspecto, parecían tener; pero como 
pudiera haberse quedado corto, añade: «el uno ni el otro no pasa- 
ban de diez y siete años,» como quien dice: á lo sumo, ó cuando 
más, tenían diez y siete años. Es, pues elíptica la expresión y, por 
no entenderlo, cayeron en error Bosarte y los enmendadores del 
texto cervantino. 

6 «...capa, no la tenían...» 

Más ajustado á los cánones gramaticales hubiera sido escribir: 
no tenían capa; pero ¡cuánto no habría perdido la frase en gracio- 
so énfasis! D. Andrés Bello, en su Gramática, al tratar del acusati- 
vo y el dativo en los pronombres declinables, cita otra expresión 
cervantina análoga á la que comento («porque velas no las tenían»), 
considerándola como una «especie de pleonasmo, á veces verdadera 
redundancia, que se aviene mal con el estilo serio y elevado, y es 
otras natural y expresiva.» ¡Y á mí, que tales frases se me antojan 
más bien elípticas que pleonásticas!... Es como si dijera: <Por lo 
que hace á capa, no la tenían, ó, como aún dice nuestro vulgo: 
«Lo que es capa, no la tenían, ni por soñación.* Compruébese 
esto en otro ejemplo, ajeno á Cervantes: «...y de cuando en cuando 
empinaban un cántaro de agua, porque vino no se usaba en aquella 
compañía...» (El Dr. Jerónimo de Alcalá, El Donado hablador, 
parte II, cap. III). 

7 «...y las medias de carne.» 

Ya D. Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua 
castellana ó española, cuya primera edición salió á luz en 1606, de- 
cía que «medias, absolutamente, suele significar medias calzas.* 
En aquellos años empezaba á hacerse usual el sustantivar aquel ad- 
jetivo para emplearlo solo. Así, en el borrador de Rinconete y Cor- 
tadillo, copiado por Porras de la Cámara probablemente en 1602 
ó 1603, todavía se halla la expresión entera. 



— 352 - 

8 «...tan traídos como llevados...» 

Con llamar muy traídos á los alpargates habría bastado para 
dejar á entender que eran viejos y estaban harto usados; pero Cer- 
vantes quiso dar más gracia á la expresión, y jugó de aquel verbo, 
oponiéndole lo de ¡levados. Lo propio hizo en El Ingenioso Hidal- 
go (parte I, cap. II) cuando aludió á la Tolosa y á la Molinera: á 
«aquellas traídas y llevadas» que desarmaron á Don Quijote. 

9 «...y los del otro, picados y sin suelas...» 

Los zapatos picados, «labrados— dice Clemencín— con agujen* 
líos ó cortaduras sutiles», eran calzado lujoso, y así Cervantes al- 
guna vez los contrapone á las alpargatas: «...volvamos á andar por 
el suelo con pie llano, que si no le adornaren zapatos picados de 
cordobán, no le faltarán alpargatas toscas de cuerda» (Don Quijote, 
parte II, cap. Lili). Rinconete, que era el de los zapatos ó cormas, 
habíase acogido, sin saberlo, á los privilegios de la cofradía del 
Grillimón (mal francés), puestos en donosas coplas por el paremió- 
logo toledano Sebastián de Horozco, una de las cuales comienza 
así: 

ítem: que sin ser notados 
De locos, puedan traer 
Pantuflos acuchillados 
Y los zapatos picados. 
Fingiendo por gala ser. 

10 «Traía el uno montera verde...» 

En la edición príncipe, montera verde de cazador; pero como 
esto último redundaba, Cervantes lo omitió al revisar su texto. Los 
cazadores usaban la montera de ese color, y aun todo el traje, para 
no ahuyentar la caza desdiciendo muy notablemente del color del 
campo. 

11 «...sombrero sin toquilla...» 

La toquilla, comúnmente de gasa, era al sombrero lo que ahora 
la cinta: adorno que rodeaba la copa por junto á la falda ó ala. Así 
aquel correo de industria que magistralmente presenta Quevedo 
en la Vida del Buscón (libro II, cap. I) llevaba el sombrero «pren- 
didas las faldas por los dos lados», no por dar lugar á la vista: «an- 
tes por estorbarla..., porque no tiene toquilla, y así no lo echan de 
ver.» La toquilla solía quitarse, en señal de luto: en cabildo de 22 
de septiembre de 1598, al tratar la Ciudad de los lutos por la muerte 
de Felipe II, el veinticuatro D. Andrés de Monsalve propuso «que las 



- 353 — 

personas que pudieren traigan capas largas y caperuzas, y las que 
no, traigan sombreros de fieltro sin toquillas, so pena de diez días 
de cárcel» (Actas capitulares de Sevilla, escribanía 2.")- La toqui- 
lla de los sombreros era cosa barata: en el registro de la nao Nues- 
tra Señora de la Concepción que fué á la Nueva España en la flota 
general de 1600, registró Juan de Ocaña (cabalmente hijo del algua- 
cil Marco Ocaña, de quien he hablado en otros lugares) «cien varas 
de toquillas para sombreros á 85 mrs. vara» (Archivo general de 
Indias, Ida de naos, 18, 4 "/7). 

12 «...ancho de falda.» 

Como la voz falda implica algo de caída, díjose falda del som- 
brero á lo que llamamos ala, mientras tendió hacia abajo, y ala, 
cuando se empezó á usar algo doblada hacia arriba. Por eso en el 
borrador del Rinconete escribió propiamente Cervantes largo, y 
no ancho, de falda: porque ésta caía. 

13 «...encerada...» 

Encerada, es decir, aderezada con cera, y eso cabalmente le 
daba el color de camuza ó gamuza de que habla Cervantes. 

14 «...y recogida toda en una manga...» 

Esta frase, que García de Arrieta se guardó de anotar, no debe 
de haber sido bien entendida por los lectores de Cervantes, cuando 
no lo fué por los artistas que han representado á los dos famosos 
picaros en el portal de la venta del Molinillo. Pocos habrán caído 
en la cuenta de que la manga en que este muchacho traía guardada 
la camisa de color de gamuza no era ninguna de las de la camisa 
que tenía puesta, sino otra manga suelta y distinta, análoga á la que 
define la Academia por estas palabras: «especie de maleta manual, 
abierta por las cabeceras, que se cierran con cordones.» De tal cla- 
se era la manga á que se refiere Julio en La Dorotea de Lope 
(acto I, escena VI), cuando, preguntándole su amo qué había pues- 
to en su muía, responde: «Un vestido negro y alguna ropa blanca en 
una manga verde que me prestó Ludovico.» Claro es que la man- 
ga de Cortado no tendría esos requilorios de jaretas, cordones, 
etcétera, y sería una manga de camisa, monda y lironda, tal como 
aquellas á que se refiere el paje de La Gitanilla: «Dineros traigo, 
respondió el mozo: en estas mangas de camisa que traigo ceñidas 
por el cuerpo vienen cuatrocientos ducados de oro.» 



-3M- 

15 «...puesto que en el seno se le parecía...» 

No holgará advertir, para los pocos lectores que no lo sepan ó 
lo hayan olvidado, que en tiempo de Cervantes piiealo que no sig- 
nificaba como ahora pues que ó supuesto que, sino aunque. Lo 
propio sucedía con puesto caso que. 

16 «...un gran bulto, que... era un cuello de los que llaman 
valones...» 

Á lo menos, por el cuello no podía coger la ley á este mozo; ver- 
dad que él, aunque no hubiese sido en el mundo la premática de 
Felipe II (1586) por la cual se mandó que todos trajesen «valonas 
llanas y sin invención, puntas, cortados, deshilados, ni otro género 
de guarnición...», no habría traído marquesota ó cuello de lechu- 
guilla, porque entre las mil cosas que el mancebo no tenía contá- 
banse los lamparones y, por ende, el deseo de taparlos. Almidona- 
da siquiera con grasa la tal valona, como advierte Cervantes, 
explícase bien que le hiciese gran bulto en el seno, en donde la 
llevaba. Enterando un lacayo á su amo de lo que de él decía cierta 
dama, retrátalo así (Rojas Zorrilla, Sin Jionra no hay amistad, 
jorn. II): 

Que eres rubio vergonzoso, 

Que eres calvo sin modestia, 

Pues sin cabellera andas. 

Con tu calva á la vergüenza; 

Que con tus dos pies se entienden 

Los medidores de leguas; 

Y que con esa tohalla 

Que traes por valona puesta 

La daga de guardamano, 

Coletón de vara y medía, 

El sombrerón, la toquilla, 

La banda y vueltas francesas. 

Nadie te digerirá, 

Porque eres todo crudezas... 

17 «...y tan deshilado de roto, que todo parecía hilachas.» 
Cervantes juega aquí de las dos acepciones de la palabra deshi- 
lado, según que sea nombre ó participio. En la primera" de ellas 
significa, según el léxico de la Academia, «cierta labor que se hace 
en las telas blancas de lienzo, sacando de ellas varios hilos y for- 
mando huecos ó calados, que se labran después con la aguja.» Con- 
tra estos deshilados iba la pragmática de Felipe II; que no contra 
los que eran malandanza hija de la vejez. 



- 355 - 

18 «...las uñas caireladas...» 

De cairel, que es, según Covarrubias, «un entretexido que se 
echa en las extremidades de las guarniciones, á modo de pasama- 
nillo...», pero tejido «en la mesma ropa, dividiendo el aguja lo que 
había de hazer la trama en la lanzadera», se dijo cairelado: obra 
que lleva caireles, y, «por semejanza— dice el Diccionario vulgar- 
mente llamado de autoridades— \o que imita y parece el adorno 
puesto en los extremos como cairel.» Y cita la frase del texto. Fá- 
cil es colegir que Cervantes, con lo de uñas caireladas, aludió á que 
por las de ambos muchachos no podía decirse, como encarecimiento 
de pequenez, «un negro de uña» (Don Quijote, parte I, cap. XX), 
ni «un negro de la uña» (Ibid., parte II, cap. LXX), largas y nada 
limpias como las tendrían. Agustín de Rojas Villandrando usó una 
muy parecida expresión en la más linda de las loas que contiene El 
Viaje entretenido (Madrid, Juan Flamenco, 1603): 

...Sino alguna mala vieja 
De más de setenta y nueve.... 
La frente con pabellón, 
Los ojos con caballetes. 
El rostro con espolones 
Y las manos con caireles. 

Y Quevedo, en sus Premáticas ^ aranceles generales: «...y más 
las [manos] de algunos, que las traen llenas de sarna ó lepra, y 
otros con uñas caireladas, que pone asco mirarlas...» 

19 «...una media espada...» 

Quiere decir un arma hecha de la mitad inferior de la hoja de 
una espada. Lo que agregó Cervantes en el borrador aclaraba más 
el concepto: «el uno tenía media espada puesta en un puño de 
palo...y> 

20 «...un cuchillo de cachas amarillas, que los suelen llamar 
vaqueros.» 

Vaqueros, ó jiferos, como escribió Cervantes en el borrador; 
es decir, de los que usaban los jiferos ó matarifes. En Sevilla se 
extendió tanto el uso de estos enormes cuchillos, llamados ordina- 
riamente de cachas amarillas, y aun de cachas, á secas, y cuyas 
heridas, por lo enormes, eran casi siempre mortales, que en cabildo 
de 22 de junio de 1607 propusieron los jurados que se pidiera prag- 
mática sobre ellos (Actas capitulares de Sevilla, escribanía 2.^). 



- 356 — 

21 «...y para adonde bueno camina?» 

En rigor, ó sobra la preposición para, ó Cervantes debió escri- 
bir dónde y no adonde, porque este adverbio indica el lugar ú 
que, y al propósito de indicarlo bastaba con la dicha preposición, 
diciendo para dónde. La a de adonde hace el oficio que el he di- 
rectivo en el idioma hebreo, y es pariente suya, aunque no tan pro- 
pincua como imaginaba el hebraísta Sr. García Blanco. En esto del 
debido uso de los adverbios donde, adonde, en donde, y de donde 
Cervantes no apuró nunca hasta el extremo: véase la larga nota 
que sobre este particular escribió Clemencín (págs. 458-461 del 
tomo VI de su primera edición del Quijote). 

22 «...respondió el mediano...» 

Siendo mediano «lo que está entre los dos extremos», como 
dice en su Tesoro Covarrubias, y no llegando á tres los interlocu- 
tores, al uno de los cuales acaba de designar Cervantes llamándole 
el mayor, parece claro que debiera llamar el menor, y no el me- 
diano, al otro, tal como le llamó en el borrador, en este mismo 
pasaje, y tal como lo nombra pocos renglones después en las edi- 
ciones de 1613 y 1614. 

23 «...que me trata como alnado.» 

Alnado, de alio y natus (nacido de otro) como dice en su Dic- 
cionario la Academia Española, ó de aunado, síncopa de antena- 
do (nacido antes), entenado, que decimos hoy. También se escri- 
bía adnado y, por metátesis, andado. 

24 «El camino que llevo es á la ventura...» 

Como há poco vimos, á la gruesa ventura dijo en el borrador 
Cervantes, y es modo adverbial qua pide lugar en el Diccionario 
de la Academia, como lo tienen á la buena ventura, forma que asi- 
mismo usó (Don Quijote, parte I, cap. XXII), y ú Dios y á ventura, 
que el inmortal escritor solía decir, como el vulgo, á Dios y á la 
ventura (Persiles y Sigismunda, libro III, cap. XI). También escri- 
bió alguna vez á la buen hora (edición príncipe de la parte I del 
Quijote, f .^ 1 1 V.'"), óá la buena hora, (como enmendó en la segun- 
da, del mismo año). He aquí el pasaje, que está al fin del capítulo 
III: «El ventero, por verle ya fuera de la venta, con no menos retó- 
ricas, aunque con más breves palabras, respondió á las suyas y sin 
pedirle la costa de la posada, le dejo ir á la buen hora.» Hartzen- 
busch, en las dos ediciones de la Argamasilla, enmendó el texto cer- 
vantino, haciendo estampar en buen hora, y aun me parece que se 



— 357 - 

le pasaron unas buenas ganas de calificar de galicismo la frase en- 
mendada, porque, en realidad, los franceses la dicen como Cervan- 
tes: á la bonne heiire. 

25 «...la ofrenda de Todos Santos.,..» 

En los siglos XVI y XVII casi todas las misas que se decían por 
los finados eran ofrendadas de pan f vino, y así cuidaban de ad- 
vertirlo los testadores al disponer sufragios por sus almas y las de 
sus deudos. Y como el día de los Difuntos, siguiente al de Todos 
Santos, se dicen gran número de misas de sufragio, era muy pingüe 
la ofrenda á que se refiere el texto. 

26 «Todo eso y más acontece por los buenos...» 

Este empleo de la preposición por^ en vez de á, es frecuentísi- 
mo en Andalucía, en donde dicen: «No sé lo que pasó por mí», en 
vez de «No sé lo que me pasó, ó sucedió.» Otras veces usaba Cer- 
vantes el por en lugar depara: «...una misma fortuna y una misma 
suerte ha corrido por los dos» (Don Quijote, parte II, cap. II). 

27 «...que las buenas habilidades son las más perdidas....» 
Como indica Cervantes, esta expresión era dicho vulgar; y aun 

él la puso en boca de uno de los rebuznadores de marras (Don Qui- 
jote, parte II, cap. XXV): «También diré yo ahora que hay raras 
¡labilidades perdidas en el mundo...» Y, más adelante (cap. LXII): 
«Osaré yo jurar, dijo Don Quijote, que no es vuesa merced conoci- 
do en el mundo, enemigo siempre de premiar los floridos ingenios 
ni los loables trabajos. ¡Qué de habilidades perdidas hay por ahí, 
qué de ingenios arrinconados, qué de virtudes menospreciadas!..» 

28 «...y el ojo no me miente...» 

Ojo está dicho aquí más bien que en la acepción material de vis- 
ta, en el sentido de penetración, perspicacia. Es lo que hoy, meta- 
fóricamente, llaman los andaluces, tener pupila, pestaña ó quin- 
qué. 

29 «...porque imagino que no sin misterio nos ha juntado aquí 
la suerte....» 

No sin misterio está empleado en significación de no por acaso, 
sino providencialmente y para algo útil ó importante. Así, con 
expresión parecida, en el Quijote, parte I, cap. XLV: «...no me pue- 
do persuadir que hombres de tan buen entendimiento como son ó 
parecen todos los que aquí están, se atrevan á decir y afirmar que 



— 358 - 

ésta no es bacía, ni aquélla albarda; mas como veo que lo afirman y 
lo dicen, me doy á entender que no carece de misterio el porfiar 
una cosa tan contraria de lo que nos muestra la misma verdad y la 
misma experiencia...» Asimismo el Dr. Jerónimo de Alcalá en El 
Donado hablador {2.^ parte, cap. V): «Yo que oí semejantes razo- 
nes, eché de ver que no era sin algún misterio la respuesta...» Bien 
que en estos ejemplos misterio no hace á providencial designio, 
sino á lo que solemos indicar con el sustantivo familiar intríngulis 
y con la frase, también familiarísima, haber gato encerrado. 

30 ...«soy natural de la Fuentefrida, lugar conocido y famoso 
por los ilustres pasajeros que por él de contino pasan...» 

Fonfrida, como le llamaba Villuga en su Reportorio (1540), 
Fuenfrida, como le llamó Cervantes en el borrador del Rinconetc 
(¿1602?), Fuentefrida, como enmendó en 1613 para la segunda edi- 
ción de sus Novelas ejemplares, ó Fuenfria, como ahora se llama, 
era un puerto, entre aldehuela y venta, á tres leguas de Segovia, 
conforme se iba á Toledo. Hasta que se abrió el puerto de Navace- 
rrada, fué paso obligado para ir los reyes y príncipes á los reales 
sitios de Valsaín y San Ildefonso, y á esto aludió Cervantes en lo 
de los ilustres pasajeros. 

31 «...que es bulero, ó buldero, como los llama el vulgo.» 
Llamaban buldero, según el Diccionario de autoridades, «al 

hombre que antiguamente publicaba y pregonaba por los lugares la 
Bula de la Santa Cruzada, que hoy publican y predican religiosos 
doctos y hombres píos y graves.» Díjose buldero de buida, pala- 
bra corrompida del latín bulla y usada no sólo por el vulgo indocto, 
como podría entenderse por la expresión de Cervantes, sino tam- 
bién por escritores cultos y graves, verbigracia, por Fr. Pedro de 
Cobarrubias en su libro Remedio de jugadores. ..y> (Salamanca, 
Juan de Junta, M.D.XL.III), f.° XXII: «...ni curan de ganar las esta- 
ciones, puesto que tengan buida, antes menosprecian los remedios 
de su salvación.» Quien quisiere saber qué casta de pájaros eran 
los bulderos, lea, ó vuelva á leer, el tratado V de La Vida de La- 
zarillo de Tormes. Como gente que se echaba ala vida birlonga, 
buscando la gandaya de villorrio en aldea con mil sacaliñas y tra- 
pazas, teníanlos en malísimo predicamento. Así, en la Égloga ó 
farsa del Nacimiento dejesu Christo, de Lucas Fernández, dice 
Gil al santero Macario: 

¿Andáis á torrezncar, 
ó quizá á gallofear, 



- 359 - 

Por aquestos despoblados? 
Sois echacuervo ó buldero 
De Cruzada? 

32 «...se contentaron con que me arrimasen al aldabilla...» 
Había en las cárceles reales una aldabilla á la cual amarraban 

para azotarlos á los delincuentes que, por mozos, no parecía bien 
sacar por las acostumbradas á que recibiesen en público la tanda 
y tunda. Así, el poeta que quiso meter paces entre Alonso Álvarez 
de Soria y D. Cristóbal Flores Alderete, hallándose presos los tres 
en la cárcel de Sevilla, decíales, para llamarlos despectivamente 
muchachos, que los había de azotar al aldabilla (Rodríguez Marín, 
El Loa^sa de «El Celoso extremeño», Sevilla, 1901, pág. 183). Á 
tal costumbre aludió Quevedo en El Parnaso Español, Musa V, 
jácara VII: 

Acuerdóme que en Madrid 
El libro de acuerdo entonces 
Me dio, por falta de edad, 
Sin el borrico, unos golpes. 

Y en la Historia de la vida del Buscón, libro I, cap. I: «Murió el 
angélico de unos azotes que le dieron en la cárcel.» 

33 «...y me mosqueasen las espaldas por un rato...» 

Á los azotes dados por mano no harto despiadada y más á pro- 
pósito para oxear las moscas que para levantar verdugones solía 
llamárseles de mosqueo. «Ha de ser también condición, decía San- 
cho (Don Quijote, parte II, cap. XXXV), que no he de estar obli- 
gado á sacarme sangre con la disciplina, y que si algunos azotes 
fueren de mosqueo, se me han de tomar en cuenta.» 

34 «...ciertas tretas de quínolas y del parar, á quien también 
llaman el andaboba...» 

De dos maneras se ha entendido este pasaje, y de ello fué causa 
el hacer el pronombre quien lo mismo á plural que á singular y así 
á femenino como á masculino. Los redactores del Diccionario que 
llaman de autoridades, entendiendo que el á quien se refería á las 
tretas, definieron el andaboba de esta suerte: «Trampa ó fullería 
que usan los fulleros al juego de quínolas y el parar.» Y citaron el 
pasaje que ha dado lugar á la presente nota. Tiempo andando, en 
otras ediciones del Diccionario académico, á lo menos, desde la 
décima en adelante, se ha entendido que el á quien se refiere al 
juego del parar, y no á las tretas, y que, por tanto, este juego y el 



— 360 — 

andaboba son una cosa misma. Creo que han acertado los moder- 
nos: el también de la expresión «rf quién también ¡laman el anda- 
boba» indica á las claras que se trata del parar, mencionado inme- 
diatamente antes. El pasaje no habría dado lugar á dudas si en él 
se usara el pronombre cual (más propio hoy que quien, tratándose 
de cosas), porque entonces diría: «rf las cuales (las tretas), ó al 
cual (el parar), también llaman el andaboba.» Mr. Norman Mac- 
Coll en la excelente traducción injílesa que hizo recientemente 
(Glasgow, 1902) de las Xovelas ejemplares para las The complete 
works of Miguel de Cervantes Saavedra, de que fué editor el 
muy notable hispanista Mr. J. Fitzmaurice-Kelly, no tradujo la pa- 
labra andaboba; pero, inducido á error por el artículo masculino, 
hizo estampar andabobo. 

Hasta aquí mi nota en el manuscrito que envié á la Academia 
Española el día 14 de marzo de este año; pero tres meses des- 
pués busqué y logré hallar en el Archivo Histórico Nacional, fo- 
lios 132-135 del segundo de los Libros llamados de (¡obicrno (her- 
mosa colección de 156 tomos manuscritos originales, que fué de la 
Sala de Alcaldes de Casa y Corte de S. M.), curiosas noticias que 
acabarán de esclarecer este punto del andaboba. Helas aquí en 
extracto. Por una pragmática del aflo K594 se había mandado bajo 
graves penas que no se jugase ningún juego deparar; y dudándose 
poco después si en tal pragmática estaba comprendido el juego de 
presa y pinta, «por no tener encuentros ni abares ni rreparos», por 
pregón que ordenaron los alcaldes de corte se declaró estar com- 
prendido, no obstante lo cual, y, como denunciadas algunas per- 
sonas no se les castigara, jugábase en 1597 públicamente el tal 
juego, «el qual es tan dañoso y perjudicial á la rrepublica como los 
dados y carteta, porque ay en él parar y rreparar y muchas malda- 
des y juegan veynte y treynta personas todos a vn tienpo y de vna 
buelta vno gana o pierde con todos.» Habida cuenta de esto, en 20 
de mayo del dicho año, Fernando Méndez Docampo, procurador 
general de la villa de Madrid, pidió á los mencionados alcaldes que 
el tal pregón aclaratorio y confirmatorio de la pragmática se guar- 
dase y ejecutase inviolablemente, é informando los alcaldes al Con- 
sejo, dijeron: 

«Los alcaldes dizen que por la prematica que en esta corte se 
publicó por mandado de V. alt.'"* se prohibió el juego de bueltos y 
carteta y se mandó que los que lo jugasen incurriesen en las penas 
puestas a los que juegan dados; y habiéndose visto que el juego de 
presa y pinta que llaman el parar era tan perjudicial y dañoso 



- 361 — 

como los demás, porque en él se para y rrepara y ay enquentros y 
trascartones y otros muchos daños, ordenaron un pregón...» 

Refiérense al antes aludido. Siguen haciendo historia, y dicen 
que «les pareze convendría que V. alt.''* declarase ser el dicho juego 
conprehendido en la dicha prematica y lo mismo el juego que llaman 
de sacanete, ques juego de parar....-» Y al cabo, los alcaldes, á 17 
de julio siguiente, hicieron echar este pregón, único texto legal en 
que he visto mencionado el andaboha: 

«Mandan los señores alcaldes de la casa y corte de su magestad 
que ninguna persona de qualquier estado, calidad y condición que 
sea no sea osado de jugar al juego del parar llano, ni presa y pin- 
ta, ni el juego del treinta por fuerga, ni el juego de las piniillas, ni 
el juego del sacanete, ni al juego que llaman andabobilla, ni los de- 
más juegos semejantes a estos, en poca ni en mucha cantidad, so la 
pena questá establecida contra los que juegan el juego de la carte- 
la y de los huellos, ques la pena de los que juegan á los dados...» 

35 «...así puedo yo ser maestro en la ciencia vilhanesca.» 
Casi todas las ediciones de las Novelas ejemplares, salvo la 

príncipe y las pocas que en esto la siguieron, estampan villanesca 
en vez de vilhanesca, así como, más adelante, floreo de villano, 
en lugar de floreo de Vilhán. De Vilhán, á quien tres siglos há se 
atribuía comúnmente la invención de los naipes, hay tantas cosillas 
escritas y desperdigadas en muchos libros y en la tradición oral, 
que haría bien el que tuviese la paciencia de buscarlas, arracimar- 
las y darlas á conocer á los curiosos. Mr. N. MacCoU, en su citada 
versión de las Novelas ejemplares, tradujo, en un lugar, mas- 
ter in boorish science, y en el otro, / know a little of fleecing the 
rustic at cards... 

36 «...veamos si cae algún pájaro destos harrieros...» 
Perdóneme la Academia Española si, contra lo que ella practi- 
ca, conservo en la palabra harriero la h con que lo escribía Cer- 
vantes y con que aparece en las primeras ediciones de las Novelas 
ejemplares. Con ella la estampó la Academia misma en el Dic- 
cionario de autoridades, así como harre y harrear, y, si bien dio 
cabida á arriero, sin h, fué sólo para remitir al artículo en que lo 
escribía con ella. Miles de veces he encontrado este vocablo en 
escrituras públicas de los siglos XV, XVI y XVII, y ni una vez lo 
he visto escrito sin h. Así también harria, y no arria: «¡Qué ami- 
guitos, Pan, Baco y Sileno, y la otra harria de mulos y muías...!» 
(D.^ Feliciana Enríquez de Guzmán, entreacto segundo de la se- 

«4 



— 362 - 

gunda parte de su Tragicomedia de los Jardines p campos sá- 
beos, Coimbra, lacome Carvallo, 1624). El vulgo andaluz conserva 
la aspiración inicial fuerte, una como /ota, en esas palabras: laque 
tenían en la voz árabe de que se oriíjinaron; la que tiene el vocablo 
harruquero, incluido en el dicho Diccionario de autoridades, que 
lo estimó por sinónimo de harriero y por andalucismo, siendo así 
que es diminutivo despectivo de harriuca ó harraca (harria pe- 
queña), y que se encuentra usado en el Libro de los Gatos, 
enxemplo XXVIIi: «...e Buena Verdad, que estaba encima de aquel 
árbol... dio voces á los harruqueros que iban...» Pero ¿á qué más 
insistir, sabido como es que en lo antiguo se dijo farre y farrear, 
y, por tanto, no puede haberse perdido la hache en que hubieron 
de convertirse tales efes? Véase el siguiente ejemplo del Archi- 
preste de Hita, Libro de Buen amor, copla 491 : 

Con vna flaca cuerda non alzarás grand tranca, 
Nin por vn io\o /arre non anda bestia manca. 

37 «Yo nací en el piadoso lugar puesto entre Salamanca y Me- 
dina del Campo...» 

Tanto en la edición príncipe como en la furtiva de 1614 se lee 
así este pasaje; pero en muchas de las posteriores, y en todas las 
modernas, de esta otra suerte: «Yo nací en el Pedroso, lugar puesto 
entre Salamanca y Medina del Campo.» Tentado estuve de adoptar 
como buena y atinada la enmienda, porque, á la verdad, entre Sala- 
manca y Medina del Campo hay una villa nombrada el Pedroso; 
pero, con todo esto, retrájome de tal idea, aún más que la confor- 
midad de los dos textos antedichos, el considerar que en el borrador 
se había llamado á Mollorido (lugar también sito entre las dos ciu- 
dades) recámara del obispo de Salamanca. Presumo, pues, que en 
Mollorido repartiría este prelado muchas limosnas, y que, siendo 
así^ bien podía nombrarlo Cervantes, como por antonomasia, «el 
piadoso lugar puesto entre Salamanca y Medina del Campo.» 
Otro lugar del obispado de Salamanca tenía fama de socorrido, 6 
socorredor; pero no está entre las dos dichas ciudades. Refié- 
rome á Tuta, de donde había este refrancillo: «¡Á Tuta, que es tie- 
rra de limosna!» Y así, D. Adolfo de Castro, al pergeñar, nada há- 
bilmente por cierto, la falsa Carta inédita de Mateo Alemán á 
Miguel de Cervantes, impresa á continuación de El Buscapié 
(Cádiz, 1848), no tuvo inconveniente en mentar ese dicho del vulgo. 

38 «...y de corte de tisera...» 

Nuestra antigua j: se pronunciaba en unos casos como/, en otros 



- 363 — 

como s, y en no pocos de cualquiera de ambas maneras. Juan de 
Valdés, en su excelente Diálogo de la Lengua, que compuso en 
1535-36, dice que hacía ^ la a* en los vocablos tomados del latín, 
escribiendo, por tanto, sastre, ensalmar, siringa, y no xastre, 
enxalmar, xiringa; mas si le parecían ser tomados del árabe, es- 
cribíalos con x^ claro es que pronunciando esta letra como / ó cosa 
así, en caxcabel, cáxcara: de donde quizás provenga esa rara as- 
piración con que los andaluces sustituyen á la 5 final de sílaba cuan- 
do la sílaba siguiente empieza por consonante, pronunciando, ver- 
bigracia, cajtaño, mojca; tiejto (castaño, mosca, tiesto), y á la r 
final de sílaba antes de / ó n: cajne, tiejno, pejla (carne, tierno, 
perla). El maestro Gonzalo Correas, en su Arte grande déla Len- 
gua Castellana, escrito en 1626 ó poco antes (aunque no sacado á 
la luz pública hasta que en 1903 el docto académico Sr. Conde de la 
Vinaza hizo una primorosa edición de ciento diez ejemplares, para 
obsequiar á sus amigos), muestra que la x «tiene fácil permutación 
con la ese, y así se dice Suárez, Simón, simio, osla, casco, en lu- 
gar de Xuarez, Ximón, ximio, oxta, caxco.y> En tixeras, lo mismo 
que en xilguero, sanguixuela, cornixa y otros vocablos, unos 
pronunciaron la x como / y otros como s, y aun hoy el vulgo anda- 
luz dice tisera ó tiseras, silguero y sanguisuela. 

39 «...nunca fui cogido entre piernas...» 

De esta expresión y de otra análoga, coger entre puertas, tra- 
té con algún espacio en la página 232. 

40 «...ni soplado de ningún cañuto.» 

Cañuto, metafóricamente, por soplón. Era de ordinario uso en 
tal significado: véanse dos pasajes de Quevedo (El Parnaso Espa- 
/ío/^ Musa V, jácara y y baile I): 

En casa de los pecados 
Contra mi gusto me alojan 
Los corchetes que me prenden, 
Los cañutos que me soplan. 

Alguacil que de ratones 
Pudo limpiar toda España; 
Cañuto disimulado 
Y ventecito con barbas. 

41 «...procuré de no verme con él...» 

Este de es aquel mismo á que se refería Juan de Valdés en su 
Diálogo de la Lengua: «una de que se pone demasiada y sin propó- 



— 364 — 

sito ninguno, diciendo: No os he escrito esperando de enviar; 
donde estaría mejor sin aquel de decir esperando enviar.» Cervan- 
tes, como casi todos los escritores de su tiempo, empleaba con 
mucha frecuencia ese de redundante, que en escritores de hoy no 
se sufriría, y aquí Sancho propone en su corazón de dejar á su 
amo (Don Quijote, parte I, cap. XVIII); y allí Maritornes promete 
de rezar un rosario (Ibid., cap. XXVII); y allá, en Persiies y Si- 
gismunda (libro I, cap. II), Arnaldo ha ordenado de vender á Tau- 
risa...; y acullá (La Gaíatea, libro I), Elicio jura á Galatea de no 
llevar su ganado adonde ella esté con el suyo. 

42 «...á refrescarse al portal...» 

Aquí hay otra endiablada tiramira de versos involuntarios, toda- 
vía de más monta que las que copié en la nota de ta pág. 226 y al 
comienzo de la 354: 

c...loa ya referidos naipes, 

limpios de polvo y de paja, 

mas no de grasa y malicia, 

y á pocas manos alzaba 

tan bien por el as cortado 

como Rincón su maestro. 

Salió en esto un harriero 

á refrescarse al portal...» 

Hecho adrede no habría resultado mejor. 

43 «...que por ser muchachos no se lo defenderían...» 
Defender, en su antigua acepción de vedar 6 impedir. 

44 «...y el otro al de las cachas amarillas...» 

Queda sobrentendido el sustantivo, como se sobrentiende en 
muchas frases usualísimas, tales como ¡a de Juanes (la espada), eí 
descuadernado (la baraja), la descarnada ó la chata (la muerte), 
ir con las de Caín (las intenciones) (*), etc. etc. Hay en estas fra- 
ses elípticas algo un es no es picaresco que no carece de elegancia, 
y de la gente apicarada hubo de aprender Cervantes la expresión 
que ha motivado esta nota, y que hallo en otras obras suyas: «...vio 
el chapín, imaginó la burla, sacó uno de cachas, y tiróme una pu- 
ñalada... (Coloquio de Cipión y Berganza). Y en el Entremés del 
Rufián viudo: 

Aqui fué Troya: aquí se hacen rajas: 
Los de las cachas amarillas salen; 
Aqui otra vez fué Troya. 

(•) Este es el modismo, y no ese otro disparatado que se lee coo frecuencia, ^sar la$ 
de Caín. Los que lo dicen oyeron Caines y no saben dónde. 



-365- 

45 «...á la venta del Alcalde, que está media legua más ade- 
lante...» 

En efecto, á media legua de la venta del Molinillo, en donde los 
muchachos ganaron la pecunia al harriero, pone Villuga estotra 
venta, en el itinerario de León á Sevilla. En el de Toledo á Córdo- 
ba llámala venta del Alcaide. 
« 

46 «...que si acaso iban á Sevilla, que se viniesen con ellos.» 
Juan de Valdés, en su mencionado Diálogo de la Lengua, miraba 

con malos ojos «un gue superfino que muchos ponen tan continua- 
mente, que me obligaría— dice— á quitar de algunas escrituras, de 
media docena de hojas, media de que superfluos.» No dio señal 
para conocer cuándo lo era y cuándo no: «la mesma escritura— aña- 
dió— si la miráis con cuidado, os lo demostrará.» Á primera vista 
podría sospecharse que Valdés aludió á aquel que expletivo de que 
tanto usaron y abusaron nuestros antiguos escritores, diciendo, 
verbigracia, como Cervantes: «Y le preguntó que quién era» (Don 
Quijote, parte I, cap. V); «...le tornó á preguntar Vivaldo que qué 
quería...» (Ibid., cap. XIII). Y Quevedo: «Preguntólas que qué era 
la merienda» (Vida del Buscón, libro II, cap. VII); «...diciendo en 
altas voces que qué bellaquería era dar su caballo...» dbidem). 
También podría creerse que Valdés se refirió á otro que, enfático, 
que asoma con frecuencia en expresiones admirativas: «¡Qué mal 
que se portó conmigo! ¡Qué bravamente que le salió al encuentro!» 
ó, por ventura, á aquel otro que en ciertas fórmulas de aseveración 
y suplicatorias ha quedado como señal de un verbo elidido. Verbi- 
gracia: «¡Por Cristo vivo, que no le abandonaré! ¡Por Dios, que no 
te vayas!», en donde antes del que se sobrentiende, en la primera, 
juro ó prometo, y en la segunda, te ruego ó te pido. Y aun otro que, 
al parecer ocioso, pero, en realidad, indicio de una elipsis, suele ha- 
llarse en ciertas expresiones condicionales, como en esta cervanti- 
na: «Hablara yo más bien criado si fuera que vos» (si fuera el mis- 
mo que vos sois). 

Pero como ninguno de estos que superfluos abunda ni abunda- 
ba tanto en tiempo de Juan de Valdés, que se pudieran quitar me- 
dia docena de ellos en media docena de hojas, tengo por indudable 
que se refería á este otro que repetido que sale en el texto y que 
fué muy usado por todos nuestros antiguos escritores, y por Cer- 
vantes con grandísima frecuencia, tal, que no sin asomo de razón 
le censura Fitzmaurice-Kelly (traducción francesa de su nuevo tra- 
tado de Literatura Española, 1904) por sus phrases surchargées 
de relatifs inútiles. Véanse algunos ejemplos: «Hase de entender 



— 366 — 

también que andando lo más del tiempo de su vida por las florestas 
y despoblados y sin cocinero, que su más ordinaria comida sería de 
viandas rústicas...» (Don Quijote, parte I, cap. X). «Á fe que si yo 
pudiera hablar tanto como solía, que quizá diera tales razones...» 
(Ibid., cap. XXI). «...y en Dios y en mi ánima que, como yo en mi 
niñez fui en mi tierra cabrerizo, que así como las vi [á las cabri- 
llas] me dio una gana de entretenerme con ellas...» (Itmd., parte II, 
cap. XLI). En casos como éstos, Clemencín solía escribir, comen- 
tando: «Sobra el segundo que para la buena gramática.» Si sobra, 
menester será confesar que les ha sobrado á todos cuantos escribie- 
ron en romance desde antes del siglo XIII hasta los tiempos de Cle- 
mencín. Digo más: si sobra, le sobra en su habla á nuestro vulgo, 
que todavía repite ese que (admirable persistencia de la tradición), 
como se repetía hay siete siglos. Veamos algunos ejemplos: 

«Et mandamos que de pan e de uino e de ganado e de todas las 
otras cosas, que dedes uuestro derecho a la e^lesia (Privi/egío dado 
á Sevilla por San Fernando, por el cual le concedió el fuero de 
Toledo. Sevilla, 15 de junio, era de 1289, ó sea año de 1251). 

«...el pepion que dauan por su cabera cada dia en la mia alffon- 
diga, que lo non den daqui adelant fuera ende que los moros Reque- 
ros que y venieren a seuilla que vayan a las mis alffondigas...» (Pri- 
vilegio dado por D. Alfonso X á Sevilla. En ella, á 6 de diciembre 
era de 1291, año de 1253). 

«Primeramente acordaron e tovieron por bien que todo bozero 
que tenga pleito, que jure primeramente que los pleitos no los pro- 
longará ni los manterná maliciosamente» (Ordenamiento hecho 
por la ciudad de Sevilla y confirmado por D. Sancho IV. Ponte- 
vedra, á 18 de agosto era de 1324, año de 1286). 

«Otrosí que al tiempo de sus bodas, que el novio, que dé un par 
de paños de seda á su muger...» (Ordenamiento primero que fizo 
el rey D. Alfonso en fecho del regimiento de la cibdad de Sevilla, 
era 1375, año 1337>. 

«Léise en el libro de los miraglos de la Virgen María que un juez 
de Roma que llamaban Stevan, que de buena voluntad tomaba dones 
e dineros é daba falsos juicios.» (Anónimo, El Libro de los enxem- 
plos, LVIII.) 

«Una vegada acaesció que dos compañeros, que fallaron una 
grand compaña de ximios, e dijo el uno al otro...» (Libro délos 
Gatos, XXVIII). 

«Si de tu lengua rallar confias, sé cierta que si al examen ueni- 
mos, que nada non te valdrá» (Alfonso Martínez de Toledo, El 
Corvacho, parte IV, cap. II). 



- 367 - 

«Pues á fe, dije yo, que si me hallara en disposición, que había 
de hacerlo, porque me da lástima ver entre estos riscos...» (Espi- 
nel, Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón, re- 
lación I, descanso XIII). 

«Por ésta, que es la cara de Dios, y por aquella luz que salió por 
la boca del ángel, que si vucedes quieren, que esta noche hemos de 
dar al corchete que siguió al pobre Tuerto» (Quevedo, Vida del 
Buscón, libro II, cap. X). 

«Á fe que estos ecos, que son de aquella lira, y que este tomo 
es de toma» (Baltasar Qracián, El Criticón, parte III, crisi X). 

Aún hoy el vulgo en una de sus coplas, y fácil habría de serme 
hallar otros ejemplos: 

Digale usté á ese mozo 

Que está en la esquina, 
Que si tiene tercianas, 
Que tome quina. 

D. Andrés Bello, el insigne gramático venezolano, después de 
observar que redunda este que, y de citar por vía de ejemplo un 
pasaje de Cervantes, añade: «Nada más común que este pleonasmo 
en nuestros clásicos; pero según el uso moderno es una incorrec- 
ción que debe evitarse.» Enhorabuena, y ya hoy lo evitan todos los 
escritores, así los malos como los buenos, y sólo emplea ese que 
nuestra gente vulgar; pero justo es advertir, si, como creo, nadie lo 
hizo hasta ahora, que, cuando no á la elegancia, contribuía á la cla- 
ridad la repetición del que, especialmente donde desde el primero 
hasta el verbo era la frase algo larga. ¿Qué otra cosa se hace cuan- 
do al comenzar un período sigue al sujeto de la primera oración un 
largo inciso, sino, acabado éste, repetir aquél, que ya se iba yen- 
do, ó se había ido, de la memoria? Para terminar esta harto extensa 
nota, recordaré que nuestros escritores del buen tiempo solían re- 
petir, lo mismo que el que antedicho, la conjunción condicional si: 
Véase este ejemplo, que hallo en la pág. 16 del Cancionero de Se- 
bastián de Horozco, publicado por la Sociedad de Bibliófilos An- 
daluces: 

Lucas, capado cantor. 
Decidme sin sobrecejo 
Si os ha nacido pendejo 
Á vos y á Montemayor; 
Y responded con primor, 
Pues la pregunta va clara, 
Si, no naciendo en la cara, 
Si nace en el salvonor. 



- 368 - 

Y este otro ejemplo de Cervantes (El Laberinto de Amor, jor- 
nada I): 

Tácito. Digo que si mi paso 

Tiendo por los barrancos deste llano, 
Si podrá hacer al caso. 

47 «...algunas ocasiones de tentar las valijas...» 

Tentar, en acepción de dar un tiento. No la tiene Covarrubias 
en su Tesoro, ni la Academia Española en su Diccionario. 

48 «...de sus medios amos...» 

Medios amos veo estampado en la edición príncipe, en la furti- 
va de 1614 y en el borrador que publicó Bosarte. Si, como parece, lo 
escribió Cervantes así, querría dar á entender, no lo que la expre- 
sión suena, sino que ninguno de los de aquella «tropa de caminan- 
tes» era amo por entero de los dos muchachos. No pasaba con ellos 
lo que con Alcuzcuz el de El Gran Principe de Fez, comedia de 
Calderón de la Barca, el cual morillo, jugados á las pintas sobre 
él, por su amo, los cien escudos que valía, y como, ganados cin- 
cuenta por el mismo se promoviese cuestión sobre si otro jugador 
le había ganado la mano, cada cual, como medio amo, tiraba de su 
medio moro. 

49 «y aunque se les ofrecían... no las admitieron.» 

Juega Cervantes del verbo ofrecerse en sus dos acepciones de 
ocurrir ó sobrevenir, y brindarse. 

50 «...por la puerta de la Aduana...» 

Era la llamada puerta, ó, más vulgarmente, postigo del Carbón, 
antes nombrado de los Azacanes, junto á las Atarazanas, en una 
parte de cuyo espacio, con entrada por la ciudad y salida al Arenal, 
se edificó una amplia y hermosa Aduana, terminada en 1587, en 
lugar de la antigua, que estaba situada enfrente del arquillo de San 
Miguel (Oftiz de Zufliga, Anales eclesiásticos y seculares déla 
muy noble y muy leal ciudad de Sevilla, año de 1587). 

51 «...y así, con el de sus cachas...» 

La expresión es incorrecta, y probablemente hay en ella errata. 
Cervantes escribiría con el suyo de cachas, ó, mejor, con el de 
las cachas. Con el de cachas amarillas había dicho en el bo- 
rrador. 



- 369 - 

52 «...y un librillo de memoria...» 

Llamaban así, porque eran auxilio y, á la par, descanso de la me- 
moria, á unos cuadernos para apuntes, del tamaño de un octavo ó 
dozavo de pliego. «Así es como tú dices, dijo D. Quijote, porque el 
librillo de memoria donde yo la escribí [la carta á Dulcinea] le ha- 
llé en mi poder á cabo de dos días de tu partida...» (El Ingenioso 
Hidalgo, parte I, cap. XXX). «...que en oyendo un vocablo exquisi- 
to, le escribe en un librillo de memoria. ..-i) (Lope de Vega, La Do- 
rotea, acto II, escena I). De estos librillos se enviaba mucho al 
Nuevo Mundo, según echo de ver en los registros de ida de naos 
(Archivo general de Indias): solían costar á seis ó siete reales la 
docena, y aun, tales de ellos, á cuatro. 

53 «...antes que el salto hiciesen...» 

Salto, en su antigua acepción de asalto, de donde saltear y 
salteador. Verbigracia: «...porque unos caciques á otros se daban 
sangrientas guazavaras, y hacían continuos saltos, robos y muer- 
tes...» (El P. Bernabé Cobo, Historia del Nuevo Mundo, publicada 
por los Bibliófilos Andaluces, Sevilla, Rasco, 1890-95, tomo III, pá- 
gina 114). 

54 «...en el malbaratillo que se hace fuera de la puerta del 
Arenal...» 

Por el lado del Guadalquivir, entre éste y la muralla de la ciu- 
dad, había una grandísima extensión de terreno, que inundaban las 
aguas del río en sus crecidas extraordinarias, y que se llamaba el 
Arenal, adonde se salía por una gran puerta, que de él tomaba nom- 
bre. En él, no lejos del Cerrillo (en donde, va para dos siglos, edifi- 
có la Maestranza de Caballería la plaza de toros), había unas casu- 
cas llamadas del Baratillo, por el que sus moradores hacían, cons- 
tantemente, de trastos viejos y, en especial, de ropas usadas, para 
lo cual tenían alcanzada licencia del cabildo de la ciudad. Al tal 
baratillo ó malbaratillo iban á parar, de ordinario, como fueron 
las camisas del francés de marras, muchas de las cosas de que no 
se podía ostentar mejor título, y los baratilleros no eran sino encu- 
bridores de los murcios. Así dice Guzmán de Alfarache, en la fa- 
mosa obra de Mateo Alemán (parte II, cap. VI), después de contar 
como él y sus compinches trasponían en los aires algunas coladas, 
con sus canastas mismas, no bien las veían en los trascorrales: «La 
ropa blanca tenía buena salida, por la buena comodidad que se 
ofrecía las noches en el baratillo.» En vano se pidió á la ciudad 
(cabildo de 20 de noviembre de 1592) que se pusiera remedio «para 



j 



— 370- 

que no se haga el baratillo ni se venda pan junto á la puerta del 
arenal»: el abuso no se llegó á corregir y todavía hoy, urbanizado 
aquel sitio, llaman del Baratillo al nuevo barrio. Una seguidilla 
sevillana (Rodríguez Marín, Cantos populares españoles, nú- 
mero 7.864): 

Biba la S«steria, 

Porque es mi barrio, 
La puerta de Triana, 
Caye San Pablo. 

Y ei estribiyo, 
Biba caye Galera 

Y er Baratiyo. 

55 «Un muchacho asturiano....» 

En el borrador del Rinconete este muchacho no era asturiano. 
sino gallego. ¿Á qué pudo deberse tal cambio? No lo sé; pero, re- 
cordando que también dejaron de ser gallegos los harrieros que en 
el capítulo XV de la primera edición de El Ingenioso Hidalgo mo- 
lieron á D. Quijote y á Sancho Panza, para convertirse en yan- 
güeses en la segunda edición, paréceme que hay en lo uno y en Id 
otro algún intríngulis, quizás quizás relacionado con lo de ser galle- 
ga, por los apellidos Cervantes, Saavedra, Soíomayor y Figue- 
roa, la ascendencia remota del egregio novelista. 

56 «...en el más mínimo bodegón de toda la ciudad...» 
Cervantes solía usar el adjetivo mínimo, como lo emplea en este 

caso, en la acepción metafórica de endeble, insignificante, ó ínfi- 
mo, que falta en el Diccionario de la Academia. Otro ejemplo: 
«...juro... de no salir ni pasar del juramento hecho y del mandamien- 
to de la más mínima y desechada destas señoras...» (El Celoso 
extremeño). Lo mismo en La Numancia, jornada I, escena I: 

De hoy más, con presta voluntad y leda, 
El más mínimo déstos cuida y piensa 
De ofrecer... 

57 «...y ellos, del dinero de la galima del francés...» 
Calima era algo más que «hurto de poca monta ó consideración», 

como dijo García de Arrieta anotando este lugar del Rinconete, y 
que «hurto frecuente y pequeño,» que dice aún el léxico de la Aca- 
demia Española: el mismo Cervantes lo da á entender en este pasa- 
je de El Trato de Argel, jornada II: 



- 371 — 

— ¿Al fin, Aydas, que en Cerdeña 
Habéis hecho la galima? 
— Si, y no, á fe, de poca estinaa, 
Según salió en la reseña. 

Fray Diego de Haedo, en su Topographia e historia de Argel (Va- 
lladolid, M.DCXIII), f.° 17, define la galima en estas palabras: 
«De la pressa que hazen, á que ellos [los corsarios argelinos] lla- 
man galima, los cautivos y mercaderías todas son del propio arráez 
señor del bajel, y juntamente de los que le ayudan á armarlo, y lo 
mismo es del dinero...» 

58 «...por las mañanas, á la Carnicería...» 

«Para en lo tocante á las carnes que se pesan en Sevilla, de va- 
ca, ternera, carnero, cabritos, puercos frescos y tocino añejo, ay 
nueve carnecerias, á sus puestos y lugares convenientes.... De las 
quales la mas principal y mayor es en la collación de San Isidro [hoy 
de San Isidoro], con quarenta y ocho tablas para en que pesar la 
carne, que ocupan sus quatro lientos a la redonda, atajada cada vna 
tabla con rexas, puertas y cerraduras de hierro; con dos puertas 
principales, y en medio vn espacioso patio de pilares de marmol ca- 
paz de toda la gente de pie y de cavallo a que el vso da licencia de 
tomar carne en ella. Veese en vn corredor que sojuzga toda la gran 
Carnecería, vn altar con su retablo bien adornado, con campana 
para hazer señal a missa, como quiera que se celebra en ella todos 
los domingos y fiestas de guardar....» (Alonso de Morgado, Histo- 
ria de Sevilla). Agustín de Rojas, en El Viaje entretenido, viene á 
decir lo propio: «...tiene [Sevilla] nueve carnicerías y un matadero, 
de donde se sustentan tanto número de perdidos, valentones y bra- 
vos como tiene esta ciudad.» La plaza de la Carnicería, que sirvió 
hasta el año de 1820, en que la venta de la carne y de los demás co- 
mestibles se trasladó á la nueva plaza de la Encarnación, estaba si- 
tuada «á la salida de la Alcaicería de la Loza» (D. Félix González de 
León, Noticia histórica del origen de los nombres de las calles 
de Sevilla, pág. 35). 

59 «...y á la plaza de San Salvador....» 

«Luego (escribía, bien entrado el segundo tercio del siglo XVI, 
el Br. Luís de Peraza) está la plaípa de san saluador, donde están 
los cordoneros y cereros o candeleros. En esta pia^a venden a su 
tiempo melones de diuersas simientes y continuamente ortaliza. 
Otra pla^a es la que dizen de abaxo donde están las panaderas de 
seuilla en su poio; están en otro frontero deste las panaderas que 



- 372 - 

traen las muy blancas y muy sabrosas Roscas de Vtrera y hoga(;as 
de alcalá y de gandul y marchenilla. Véndense en esta pla(;a todo 
eí año peros y camuesas cermeñas y peras, todas frutas secas, asi- 
mismo a su tiempo perezas comunes y guindas y muy gruessas (pe- 
rezas Reales, higos verdes y breuas, finalmente todo genero de fru- 
tas que suele dar apetito y sabor. Está pasada una calle la plaga de 
arrít7a donde se vende toda la ortaliza. 1 junto, la plaga de santo isi- 
dro donde venden el pescado marisco que no venden por peso. Junto 
está la plaga del alfalfa.» (Real z imperial sevillana descripiion, 
decada III, cap. Vil. Ms. original, que, después de haber perteneci- 
do á Gonzalo Argote de Molina, á la librería del tercer duque de Al- 
calá, en donde aún perduraba en 1666, y á la del convento de San 
Agustín de Sevilla, para hoy en la rica biblioteca del Excmo. Sr. Du- 
que de T'Serclaes). — Como se ve, en la primera mitad de aquel siglo 
se llamaba p/azfl de San Salvador á la que está á la espalda de la 
iglesia y ahora se dice plaza del Pan, y en ella vendían hortaliza y 
melones; y en la plaza de abajo, la que hoy llamamos del Salvador, 
las demás clases de frutas, así del tiempo como secas, y el pan de 
Sevilla y de fuera de la ciudad. La calle que iba de una á otra plaza 
es la llamada hoy de Alcuceros. De la plaza de San Isidro trataré 
en otra nota. 

Para que aquellos de mis lectores que conocen la Sevilla actual 
puedan formarse alguna idea de cuan diferente de hoy se hallaba 
aquel paraje, convendrá recordar, entre otras cosas, que el viejo 
templo de San Salvador, antigua mezquita, estuvo tan soterrado 
hasta que se derribó y comenzó á reedificar por los años de 1671 y 
siguientes, que por la calle de Culebras (hoy de Villegas) se baja- 
ba á él por una escalera de veintidós escalones, y que tenía mu- 
chos, aunque no tantos, en las dos puertas que había en la fachada 
principal, entrándose asimismo cuesta abajo por el patio de los 
Naranjos. Las dos vidrieras mayores que caían á la plaza— añade 
D. Antonio María de Espinosa en su continuación de los Anales de 
Sevilla de Ortiz de Ziiñiga (t. V, pág. 297)— no se elevaban tres 
varas de la superficie por lo exterior del templo, cuando por lo in- 
terior se necesitaban escaleras para alcanzar á ellas. 

En los últimos años del siglo XV, y aun durante muchos del si- 
guiente, una parte de la plaza del Salvador había sido cementerio de 
la iglesia, no obstante lo cual, allí, como se ha dicho, se vendieron 
el pan y las frutas. Así, en cabildo de 11 de marzo de 1589, leída una 
petición de Francisco Pollo y otros fruteros «que venden en el se- 
menterio de san saluador, en que dan noticia como vn canónigo 
visitador les a mandado que no vendan en la dicha plaga», se acordó 



- 373 — 

por la Ciudad «que diego cauallero de cabrera y luys de troya, jura- 
do, hablen sobre este negocio al visitador, y... tanbien al prior y 
canónigos de sant saluador y procuren conponer esto de manera 
que teniéndose en aquel lugar la desensia que conviene no se les 
ynpida el vender en la dicha pla^a como sienpre se a hecho...» 
(Actas capitulares de Sevilla). En cabildo celebrado. el 16 del pro- 
pio mes se leyó una petición del prior y canónigos de San Salva- 
dor, «que piden se mande que la pla9a del sementerio quede li- 
bre...» Á la cuenta, las cosas siguieron como estaban, pues cuatro 
meses después (cabildo de 10 de julio) Martín de Santofimia, nja- 
yordomo del cabildo de los jurados, manifestaba «que ya la ciudad 
sabe de quanto ynconveniente es que las fruteras y panaderas y 
freyderas y gente que vende queso estén tan juntos y mesclados en 
la pla^a de sant saluador desta ciudad, por ser como es tan peque- 
ña que no se puede pasar sin ella...», y suplicaba que esto se reme- 
diara y que estuviesen acomodados los panaderos «en el lugar don- 
de solían estar, mandándoles que no salgan del.» Así se acordó. 

Por González de León (Noticia histórica del origen de los 
nombres de las calles de Sevilla, pág. 122) sabemos que en lo an- 
tiguo había en medio de la dicha plaza dos cruces grandes, una de 
piedra y otra de hierro, sobre sus peanas de material, y una de las 
cuales, la de piedra, se conserva aún en un nicho en la esquina del 
templo, á la entrada de la calle de Villegas. Una, á lo menos, de es- 
tas cruces no se había erigido aún cuando Cervantes vivía en Sevilla; 
data del año 1608: en el cabildo de 13 de octubre de este año se le- 
yó una petición de los panaderos, en solicitud de que se les permi- 
tiera poner una cruz en el cementerio de San Salvador, entre dicha 
iglesia y la de la Paz (Actas capitulares, escribanía 2.^). Con todo, 
ya por los años de 1568 había habido una cruz en la dicha plaza, y 
el quitarla dio lugar á grave disensión entre la Ciudad y los curas 
del Salvador. Véase, en resumen, lo que pasó. En cabildo de 5 de 
noviembre de aquel año, Baltasar Suárez, como procurador mayor 
de la Ciudad, hizo saber «que en la plaga de sant saluador ques do 
está el ospital de las bubas se a puesto vna cruz de pocos dias acá 
la qual la gibdad a mandado que se quite e se ponga dentro del co- 
rral de los naranjos de la yglesia de san saluador e que no se a 
hecho hasta agora; que la gibdad provea sobre ello lo que convenga 
e que ansy mismo convendrá que se hable al señor prouisor para 
que les mande a los clérigos de la dicha yglesia que no pongan alli 
otra vez la dicha cruz e que los castigue por aver enterrado alli al- 
gunas personas sin ser sagrado e ser plaga Realenga.» Subióseles 
la pimienta á las narices á los señores regidores y hubo de ellos 



— 374 — 

quien pidió que seis oficiales de los que trabajaban en la cárcel 
(que se estaba reedificando entonces) quitaran desde luego la cruz 
y la pusieran en el corral de los Naranjos; pero el asistente propuso 
que se hablara al provisor para que mandara «quitar la cruz luej(o 
encontinente por el agravio que Recibe la justicia Real», y que, en 
otro caso, la Ciudad la quitaría, y así se acordó. De la iglesia y 
hospital de Nuestra Señora de la Paz, subsistentes hoy día, dio 
amplias noticias D. Francisco Collantes en el Archivo Hispalense, 
tomo I (1886), págs. 79 y sigs. —Las obras de reedificación del men- 
cionado templo no se terminaron hasta el año de 1712, y de ellas y 
de la reapertura de la iglesia hay muy curiosas noticias en dos 
raros opúsculos que he examinado en la biblioteca que fué del eru- 
dito historiógrafo hispalense D. Francisco de Borja Palomo. Intitú- 
lase el uno: Pintura armónica de la nueva erección del templo 
del Salvador... bosquexando también las Fiestas hechas en la 
Solemne Octava de su Dedicación. Delineada por vn ínflenlo Se- 
villano... Impresso en dicha Ciudadano de 1712.— \ el otro: 
^ El Fénix sevillano. Romance, en que se descrive (con jocose- 
rio estilo) la feliz renovación del templo del Salvador, con alv- 
sion a la del fénix..., por D. Possidoro Oricastreo, académico 
montano. Con licencia en Sevilla año de M I)(.C XU. 

60 «...á la Pescadería...» 

La Pescadería estuvo hasta fines del siglo XV en la plaza de 
San Francisco; los Reyes Católicos, por carta fecha en Barcelona 
á 24 de febrero de 1493, dieron licencia á la Ciudad para que toma- 
se y destinase á Pescadería una de las naves de las Atarazanas 
(Morgado, Historia de Sevilla, pág. 164 de la edición de 1887, y 
Anales de Ortiz de Zúñiga, año de 1564). Aún subsistía en aquel lu- 
gar en los últimos años del siglo XVI, no sin que se contrabandeara 
cuanto se podía. Por ello, en cabildo de 24 de julio de 1598, el ma- 
yordomo de los jurados hizo saber á la Ciudad «que algunas de las 
atara9anas de la ribera del rio tienen dos puertas, una á la ribera y 
otra á la ciudad, y algunas casas están junto á la muralla y á la pes- 
cadería, por cuya causa se pueden seguir muchos y muy grandes in- 
convenientes á la hacienda del almojarifazgo... (Actas capitulares 
de Sevilla). 

61 «...y á la Costanilla....» 

La Costanilla era una placeta en forma de cuesta (de donde to- 
mó el nombre), cercana á la iglesia de San Isidro, hoy llamada de 
San Isidoro, y que en 1572 tenía quince casas, según cierto padrón 



— 375 — 

de la moneda forera. Era ya mercado en el siglo XIV y en aquel 
tiempo solían ser gallegos los mozos de la esportilla. Juan Alfonso 
de Baena en una replicación contra el poeta hispalense Ferrán Ma- 
nuel de Lando (Cancionero de Baena, n.° 361), decíale: 

Ferrand Manuel, á los de Cadique 
O del A^uayca d'allá de Sevilla, 
O algunos gallegos de la Costanilla, 
Porniedes vos miedo con vuestro replique... 

Desde tiempos muy remotos, á las placeras de la Costanilla, mu- 
latas las más de ellas, no se les permitía vender pescado fresco, 
sino abadejo y mariscos; pero, bien entrada la segunda mitad del 
siglo XVI, empezó á tolerárseles, y aquel mercado que, según dicho 
que recogió Cervantes (Coloquio de Cipión y Berganza) era una 
de las tres cosas que el Rey tenía por ganar en Sevilla (la calle de 
la Caza, la Costanilla y el Matadero), se empeoró en términos, que 
el asistente creyó necesario prohibir toda venta que no fuese la que 
de antiguo se había permitido en aquel lugar. Sepamos algo de lo 
que allí acaecía. En cabildo de 1.° de julio de 1594 Juan de Santan- 
der y Francisco Sedaño, playeros y armadores de pescado, y Juan 
Infante, arrendador de él, pidieron que se revocara el pregón que 
prohibía la venta de pescado fresco en la Costanilla, y Andrés Nú- 
ñez Zarzuela, mayordomo de los jurados, dijo que lo proveído por 
el Condeno era en daño de la república ni de nadie, sino en benefi- 
cio común, «porque de venderse el pescado fresco en la costanilla 
resulta la manifiesta regatonería que allí ay, en tanto grado, que 
las casas están amaestradas y con cautela hechas para poderse es- 
conder los Regatones que alli ay y que las justicias no los puedan 
prender y por esta misma orden a los playeros les toman y escon- 
den los pescados y las mulatas y gente atreuida que alli Reside los 
maltratan de hecho y de palabra y quando los van a prender si se 
querellan los playeros, no los pueden aver.» Designóse una comisión 
que entendiese en este asunto, y al cabo la ciudad acordó que el 
pescado fresco que se vendía en la Costanilla se vendiese en la pla- 
za de la Alfalfa y en la puerta de la Carnicería; mas también esto 
ofreció sus inconvenientes, de que se trató en cabildo de 1.'^ de abril 
de 1597, volviendo á tolerarse la venta en la Costanilla, aunque no 
por largo tiempo, según se echa de ver por un acuerdo tomado en 
el cabildo de 5 de julio de 1600: «Acordóse de conformidad que por 
los grandes daños que hazen en esta República los pescaderos y 
pescaderas que asisten en la costanilla y el provecho que se vio por 
esperien9ia el tiempo que estuvieron fuera della, los señores fieles 



- 376 — 

executores hagan pregonar públicamente que ningún pescadero ni 
pescadera asista ni Remoxe en ella, so pena de cient a(;otes.» Y aun- 
que en 14 del dicho mes María Nabeles y otros de la Costanilla, 
«atento que son pobres y tienen hijos», pidieron licencia para sola- 
mente vender caballas y sardinas, se acordó unánimemente «que 
se guarde lo que la ciudad tiene pasado, y en lo que piden no ha 
lugar.» 

Luís Vélez de Guevara, que vivió en Sevilla los últimos años del 
siglo XVI, llamó Costanilla á un escudero en la comedia Más pesa 
el rey que la sangre (jornada 1), y le hizo explicar su nombre en los 
versos siguientes: 

Costanilla, Yo me llamo Costanilla, 
Escudero de la casa 
Del );ran don Alonso Pérez 
De Guzmán, honor de Espafia, 
Y este apellido tomé 
De haber nacido en la plana 
De la Costanilla mesma; 
Qoe mi madre, qae Dios baya, 
Una noche me parió 
A sombras de una mulata 
Que administraba abadejo 
Revestida de cuajada. 

Demasiadamente prolija se me ha hecho esta nota; pero ¿cómo 
terminarla sin insertar un lindo soneto inédito, anónimo, de aquel 
entonces, referente á la Costanilla y á sus pescaderos, y al más 
elemental é inocentón de sus latrocinios, consistente en remojar el 
pescado á cada momento, para pesar y vender á buen precio el agua? 
Helo aquí con su curioso epígrafe; lo recogió, con otros, D. José 
Maldonado Dávila y Saavedra, tío del analista Ortiz de Zúñiga: 

Los pescaderos hicieron una fiesta el dia de San Pedro 

en la Costanilla, que es lo más alto de Sevilla, donde está el santo en su barca 

pintado. Junto á una Cruz. Sucedió 

que en medio de la fiesta les llovió y se mojó y malbarató el gusta de 

ella; y al propósito: 

Trazóse en lo más alto de Sevilla 
Un altar bien compuesto y ajustado, 
En la disposición algo salado, 
Y, así, se remojó en la Costanilla. 

Á la Cruz y á San Pedro en la barquilla 
Ha sido este festejo señalado, 
Por donde el Santo, viendo su cuidado, 
La paga quiso al punto remitilla. 



— 377 - 

«Recebid, hijos, dice, aunque bastardos, 
Los alimentos para aqueste suelo. 
En el agua, que tanto os acredita. 

»Bien sé que en usar della no sois tardos. 
Con agua de mis ojos gané el Cielo; 
Mas si el agua lo da, también lo quita.» 

62 «...los jueves, á la Feria.» 

Alude, y dígolo con palabras del historiógrafo Alonso de Mor- 
gado, á «la feria harto notable de todas mercaderías, que se haze 
todos los jueves en la plaza y alrededor de la iglesia parrochial de 
Omnium Sancíorum.» Tal feria data del tiempo mismo de la recon- 
quista de la ciudad y ha dado nombre al sitio y al barrio en que se 
hace, como lo dio á aquellos motines de 1521 y 1652, que se llama- 
ron de la feria y pendón verde, cuya circunstanciada noticia reco- 
piló D. Felipe Pérez y González, há dos años, en su curiosísimo 
libro acerca de El Diablo Cojiielo y de su autor Vélez de Guevara. 

Era general, y no solamente sevillano, el ser días de mercado 
los jueves. Así el viejo romancillo popular cordobés, referente el 
trágico suceso de los Comendadores: 

Jueves era, jueves, 
Dta de mercado..., 

que recordaba Francisco Delicado en La Lozana andaluza, y del 
cual es reminiscencia aquel otro de Góngora: 

Jueves era, jueves; 
Despertóme al alba... 

Y así también Lucas Fernández, en su ya citada Comedia que salió 
á luz en el niimero 7° de El Criticón de Gallardo: 

Bras. Pues verás; mira, carilla, 
Que se me había olvidado, 
Qué te truxe del mercado 
Dijueves allá de villa. 

Dice dijueves, de día jueves, como disanto, de día santo. 

63 «...bien podían tomar algunas y hacerles la salva...» 

La acepción en que Cervantes dice hacer la salva, si bien pare- 
cida á la primera que da á este sustantivo el Diccionario de la Aca- 
demia, no es exactamente la misma.— Como ese picar los mozos de 
la esportilla en lo que acarreaban era cosa tan corriente y tan sa- 
bida, no se ha de sospechar que Cervantes para decir lo de la sal- 
va recordase aquellos versos de la Vida del ganapán, de anónimo 

35 



— 378 - 

autor del siglo XVI (Biblioteca Nacional, ms. 5.566), publicada por 
Mr. Foulché-Delbosc en la Revue Hispanique, año IX, págs. 291-292: 

Si se ofrece algún carguillo, 
Llévanle con gran tropel 
Y de la pitanza del 
Suelen echarse un polvillo. 

64 «...que mostraba haber sido de ámbar en los pasados tiem- 
pos...» 

Se decía coleto, guantes, bolsa, de ámbar, porque esta mate- 
ria olorosa solía usarse para adobar las pieles de que se hacían 
tales prendas. La bolsilla hurtada por Cortado, de tan traída y 
vieja, apenas si conservaba algún olor: por eso dice Cervantes 
«que mostraba haber sido de ámbar en los pasados tiempos.^) 

65 «...y tantos maravedís en cuartos y en ochavos...» 

El cuarto valía cuatro maravedís y el ochavo dos, como ha suce- 
dido hasta que se mandó recoger la moneda de cobre. Véase en 
una cuenta de plaza de la señora Gerarda (en La Dorotea de 
Lope de Vega, acto V, escena I) la inversión de un real (¿de á cua- 
tro?) y cuenta que la buena vieja hacía banquete á una su amiga, 
bien que entre las dos tenían tres dientes y ciento cuarenta y cinco 
años. Dice Gerarda al criado del gentil pagano D. Bela: «He aquí 
la olla: una libra de carnero, catorce maravedís; media de vaca, 
seis: son veinte; de tozino, un cuarto; otro de carbón; de perejil y 
cebollas, dos maravedís; y cuatro de aceitunas, es un real cabal.» 

66 «...pero para todo hay remedio, sino es para la muerte...» 
Es refrán que todavía se usa con frecuencia. Cervantes lo pone 

alguna vez en boca de Sancho Panza, y lo hace decir al negro 
aprendiz de músico de El Celoso extremeño. 

67 «...de menos nos hizo Dios, y un día viene tras otro día, y 
donde las dan la toman.» 

Son tres refranes, y dígolo, como muchas cosas de este comen- 
to, no para los lectores españoles, que lo saben como yo y mejor 
que yo, sino para los lectores extranjeros, si llega á tenerlos mi 
libro. 

68 «...y se la volviese á vuesa merced sahumada.— El sahume- 
rio le perdonaríamos...» 

Casi con las mismas palabras lo dicen Juan Haldudo el rico y 



- 379 - 

Don Quijote en la parte I de El Ingenioso Hidalgo, cap. IV: «...que 
yo juro... de pagaros, como tengo dicho, un real sobre otro, y aun 
sahumados.— Del sahumerio os hago gracia, dijo D. Quijote.» Cle- 
mencín manifiesta muy atinadamente que «sahumada quiere decir 
perfumada, en demostración de que se daba con alegría y buena vo- 
luntad.» En cambio, D. Agustín García de Arrieta, en las pocas y, 
á la verdad, muy endebles notas que puso al Rinconete, entendió 
que sahumada quería decir mejorada. 

69 «...cartas de descomunión hay, paulinas y buena diligen- 
cia...» 

Rosell, haciendo imprimir «cartas de descomunión hay paulinas», 
sin coma después del verbo, omitió la distinción que hay que liacer 
entre las unas y las otras. Las antiguas cartas de excomunión con- 
tra los que retenían lo hurtado y mal allegado de cualquier manera, 
dábanlas los obispos y sus tribunales. Así, en El Corvacho del Ar- 
cipreste de Talavera (edición de los Bibliófilos Españoles, Madrid, 
1901, pág. 119) dice la mujer parlanchína que alborotaba el mundo 
por la pérdida de su gallina rubia: «Perico, ve en un salto al vicario 
del Arzobispo, que te dé una carta de descomunión, que muera 
maldito e descomulgado el traidor malo que me la comió...» Las 
paulinas (de Paulo III) eran cosa más grave, como se echará de ver, 
por ejemplo, en el sello con que, á virtud de una que habían obteni- 
do, marcaba los libros de su biblioteca el convento de los Capuchi- 
nos de Madrid. Decía en el centro: Qui me tollit aut tenet,priva- 
tus & excomunicatus manel, dum Papa non absolvit. 

Solía usarse y aun abusarse tanto de las cartas de excomunión, 
y aun de las paulinas, que llegó á perdérseles el miedo. Cortado, á 
lo que se ve, no les tenía ninguno. En cabildo de 31 de julio de 1589 
se hizo relación de una paulina que había enviado de Madrid el vein- 
ticuatro D. Gonzalo de Saavedra, en razón de «los privilegios y re- 
caudos que estuviesen ocultados por qualesquier personas, tocantes 
á la ciudad», y no hallo que nadie devolviera ni uno; y, años des- 
pués, en cabildo de 26 de agosto de 1594, habiendo sufrido mucho 
perjuicio las rentas del almojarifazgo, D. Lorenzo de Ribera propu- 
so que se pidiera al nuncio de S. S. «una paulina ó paulinas que 
se publicasen en todo el distrito, contra todas las personas que por 
cualquier vía e modo le tengan ocultada ó hurtada esta hazienda», 
y no sé que esta paulina, cuando se obtuvo, diera más favorable re- 
sultado que la anterior. Á la cuenta, había muchos Cortados en Se- 
villa y su tierra, aun no perteneciendo á la honrada cofradía de Mo- 
nipodio, 



— 380 — 

70 «...y buena diligencia, que es madre de la buena ventura...» 
Es frase proverbial, incluida en el Diccionario de la Academia. 

71 «...que había cometido algún grande incesto ó sacrilegio.» 
Cortado, que jamás echó bulas, como su camarada, había oído 

incestos, como campanas, y no sabía dónde. 

72 «...el dinero de la bolsa era del tercio de una capellanía...» 
En Sevilla se acostumbraba pagar las rentas de las fincas y los 

réditos de los tributos />or los tercios, ó sea cada cuatro meses una 
tercera ijarte. Así lo he visto estipulado en centenares de escri- 
turas. 

73 «Con su pan se lo coma...; no le arriendo la ganancia; día 
de juicio hay...» 

Estas son frasecillas hechas y lugares comunes de la conversa- 
ción vulgar. Cervantes, como veremos en otra nota, solía usarlas, 
tanto escribiendo por su cuenta como hablando por la de alguno de 
sus personajes. El Dr. Carlos García, de nombre real ó supositi- 
cio, autor del curioso libro intitulado La desordenada codicia de 
los bienes ágenos (París, Adrián Tiffeflo, M DCXIX), reimpreso 
en 1877 por los editores de los Libros de antaño, y en 1886 (Sevi- 
lla, E. Rasco) por el Sr. Marqués de Jerez de los Caballeros, tiene 
en el cap. IV un pasaje que hace recordar el cervantino: «... á quien 
fué la causa de tanto mal no le arriendo la ganancia; con su pan 
se lo coma; no se irá á Roma por penitencia, que Dios hay en el 
mundo que todo lo ve y juzga.» 

74 «...y entonces se verá quién fué Callejas...» 

Véase Calle/a en el Diccionario de la Academia, en donde está 
bien explicada la expresión, todavía ahora muy corriente, Sépase, 
6 ya se verá, ó ya verán, quién es Calle/a, que dicho sea de paso, 
nada tiene que ver con la frase Todo se sabe, y lo de la callejue- 
la, contra lo que imaginó Mr. MacColl. Cervantes escribió siem- 
pre Calle/as, en lugar de Calle/a: «¿Es porque me ve sin armas? 
Pues espérese aquí, señor guarda cuidadosa, y verá quién es Ca- 
llejas (Entremés de La Guarda cuidadosa). Lo propio en la co- 
media Pedro de Urdemalas, jornada 1: 

Redondo. ¿Antes de ver el pleito hay ya sentencia? 
Alcal4<. Ahi se podrá ver quien es Callejas. 



- Sal - 

Y en El Gallardo Español, jornada II: 

Buytrago. ¡Voto á Cristóbal del Pino, 
Que si una vez me amohino, 
Que han de ver quién es Callejas. 

MacColl creyó que callejuela, en la frase refranesca citada, es nom- 
bre de un personaje proverbial, como Callejas y Villadiego. Y tam- 
poco lo es este último. 

75 «Renta la puta que me parió.» 

Esta expresión, fuertecilla para la honestidad que hoy se exige 
á las palabras, más que á las personas, ha sido sustituida, por eufe- 
mismo, en alguna edición moderna del Rinconete, haciendo decir al 
sacristán: «Renta el diablo que me lleve.» Y D. Vicente Colorado, 
en el arreglo que de Rinconete y Cortadillo hizo para el teatro, 
con el propio título, sorteó el escollo de la misma manera (acto I, 
escena VIII): 

Cortadillo. ...Y diga vuestra merced, 

Por su vida, caballero 

Sacristán, ¿qué es lo que renta, 

Sobre poco más ó menos, 

La capellanía al año? 
Sacristán. ¡Renta el mismísimo infierno 

Que me lleve! 

En la frase del sacristán cervantino, hay una reticencia, pues 
dice de su propia madre lo que, por la ira con que responde á la 
burlona pregunta de Rincón, se entiende que quiso decir de la ma- 
dre de éste. En otras dos ocasiones empleó Cervantes esa agria 
salida, que era muy del uso vulgar; pero sin la mencionada reticen- 
cia. En El Ingenioso Hidalgo, parte I, cap. XXXVII, dice D. Qui- 
jote á Sancho: «Dime, ladrón vagamundo, ¿no me acabaste de decir 
ahora que esta princesa se había vuelto en una doncella que se lla- 
maba Dorotea, y que la cabeza que entiendo que corté á un gigante 
era la puta que te parió, con otros disparates que me pusieron en 
la mayor confusión que jamás he estado..?» Y en el entremés de El 
Retablo de las maravillas, el furrier, cuando Juan Castrado y los 
otros le dicen: «De ex illis es, de ex illis es», respóndeles furioso: 
<íSoy de la mala puta que los parió; y por Dios vivo, que si echo 
mano á la espada, que los haga salir por las ventanas, que no por la 
puerta.» La propia ofensiva expresión se lee en un lugar de Vicente 
Espinel (Vida del escudero Marcos de Obregón, relación II, des- 
canso XV): «No se burle conmigo, dijo él mozo de muías; que le 
haré ver estrellas á medio día. —Pues ¿sois vos la Epifanía?, dijo 



- 382 - 

el muchacho.— Sof la puta que os parió.— "S aun por eso, dijo el 
muchacho salí tan grande bellaco.» Análoga á esta frase interjectiva 
es aquella otra que Lope de Rueda pone en boca de Cristina (Eufe- 
mia, acto IV), cuando Melchor le dice que le lave los pies: «—¿Que 
te lave yo? Lávete el mal fuego que te abrase.y En Italia se solía 
emplear en tales casos una formulilla análoga: «— £" che cosa 
era?— O Dio! Che cosa era? Era il malanno che Dio li di a, cosi 
come egli I' ha dato a me (Bernia, Dialogo contra i poeti). 

No se crea por esto, ni por haber permanecido algún tiempo Cer- 
vantes en aquella península, ni por haber sido Lope de Rueda hom- 
bre versado en la literatura italiana, de cuyo teatro arregló para el 
nuestro algunas obras, que esas tales invectivas fueran cosa impor- 
tada de allá: las tiene y las conserva aún hoy el vulgo indocto, que 
no lee al Berni, á Lope de Rueda ni á Cervantes. Siendo yo mu- 
chacho, corría muy á sus anchas por las calles de los pueblos an- 
daluces una tonadilla alegre y retozona, á la cual llamaban el 
rengue rengue, por su estribillo, en que parecían estar perdurando 
las pintorescas invectivas de que acabo de hacer mérito: Cantaban: 

Una vieja y un candil, 
La perdición de una casa: 

Que con el rengue rengue rengue^ 

Que con el rengue rengue ranga; 

Que con el tiro que le peguen. 

Que con el rayo que la parta. 
La \ieja por lo que gruHe, 
Y el candil por lo que mancha... 

Que con... 

76 «...no parecerá en días del mundo...» 

Es decir: mientras dure el mundo. Antójaseme un andalucismo 
esta expresión. El vulgo andaluz dice: En el mundo, por jamás, 
en ningún tiempo, en la vida; y ¿Cómo en el mundo? por ¿Cómo, 
mientras dure el mundo? negación rotunda y llena de énfasis y 
vigor. 

77 «...y esto le doy por hado.» 

Esta expresión, que García de Arrieta explica por «le anuncio, 
le pronostico», era el remate de la buenaventura que decían las gi- 
tanas, y todavía se suele o\r—le lo doy por fao—á las pocas que, 
sabiendo bien su oficio, se apartan de las tres ó cuatro formulillas, 
por lo común, rimadas, y más eruditas que populares, de que casi 
todas se sirven. 



-383- 

78 «...cuando le marcó por suyo...» 

Lo propio, con idénticas palabras, dice Cervantes de la Argue- 
llo, respecto de Carriazo, en La Ilustre fregona. Y en el Coloquio 
de los Perros: «...el cual [el caballo] visto por mi amo, le creció el 
ojo y le marcó por suyo...» Era muy frecuente decir marcar por, 
en significado de señalar por, ó tener en posesión de; verbigracia: 
«Como le vi tan barbón, le marqué por letrado» (Enríquez Gómez, 
Vida de don Gregorio Guadaña, cap. III). «Confesor que visitas 
hijas, desde aquí te mareo por padre de familias» (Pedro Espinosa, 
El Perro y la Calentura). 

79 «...y le alcanzó en las Gradas...» 

Eran y son las famosísimas Gradas, según afines del siglo XVI 
las describió Mateo Alemán, «un andén ó paseo hecho á la redon- 
da della [de la Iglesia Mayor ó Catedral] por la parte de afuera, tan 
alto como á los pechos, considerado desde lo llano de la calle, todo 
cercado de gruesos mármoles y fuertes cadenas» (Guzmán de Al- 
farache, parte I, libro I, cap. II). Durante todo el siglo XVI y casi 
todo el siguiente, las Gradas fueron el sitio más concurrido de Se- 
villa: tienda en donde se vendía y se compraba de todo lo que no 
eran cosas de comer; almoneda de cuanto la muerte y la pobreza 
hacían salir de las casas; mentidero de toda la ciudad; lugar en que 
los ciegos rezaban ó mascullaban sus oraciones; punto de cita para 
todo sevillano, y plaza de curiosidad para todo forastero. Muchos 
escritores mencionan con elogio las Gradas: Torres Naharro en su 
Propaladla (1517), en aquellos versos que empiezan: 



decía: 



Sálveos Dios, la gran Sevilla, 
Mar de todos los placeres..., 



Cuatro cosas, por hazafla 
De verdad, 

Que no las tiene ciudad 
Tenéis vos de que loaros 

Y con que poder preciaros 
En toda la Cristiandad: 
Un templo de majestad 
Sin segundo, 

Un Guadalquivir jocundo, 
Un gran campo de Tablada, 

Y unas Gradas, que una grada 
Vale más que algo del mundo. 



La autoridad eclesiástica, que nunca vio con buenos ojos que 
para cosas enteramente profanas se agolpase la muchedumbre en 



- 384 - 

aquel lugar, quitando la devoción y dificultando el paso á los fieles, 
no había podido, ni aun acudiendo á censuras y otros medios análo- 
gos, corregir el abuso. Para lograrlo se acordó en 1585 hacer una 
Lonja, é hízola, en efecto, la universidad de los mercaderes, frente 
á la puerta de San Cristóbal de la Catedral, comenzándose á ne- 
gociar en el nuevo edificio á 14 de agosto de 1598; mas, con todo 
ello, subsistió lo antiguo: no hubo manera de arrancar de las Gra- 
das á la muchedumbre que las invadía y ocupaba. Así, los prego- 
neros, obligados por la ciudad á no vender sino en la Lonja, hallá- 
banse en ella sin gente que pudiese comprarles lo que vendían, y 
solicitaban una y otra y cien veces que se les permitiera pasarse de 
la Lonja á las Gradas (Archivo Municipal de Sevilla, Actas capi- 
tulares, cabildos, entre otros, de 6 de septiembre de 1599 y 25 de 
agosto de 1602). 

80 «...tantos disparates, al modo de lo que llaman bernardi- 
nas...» 

Bernardinas, según nuestro lexicógrafo Covarrubias (Tesoro 
de la lengua castellana ó española) son «unas razones que ni atan 
ni desatan, y, no significando nada, pretende el que las dize, con su 
disimulación, engañar á los que le están oyendo. Pienso— añade— 
tuvo origen de algún mentecapto llamado Bernardino, que razo- 
nando dezía muchas cosas sin que una se atase con otra.» Esto, en 
realidad de verdad, eran las bernardinas; pero, por arte del dia- 
blo, en el Diccionario de autoridades se dijo que eran «lo mismo 
que valentonadas, bravatas y palabras jactanciosas, dichas con 
arrogancia y desenvoltura», citando como ejemplo, que es lo más 
peregrino, el pasaje del Rinconete, y otro de Lope en La Dorotea 
(acto IV, escena última), que así viene bien con las valentonadas 
como dos y dos son cinco. Y es lo peor que ese yerro, en que tam- 
bién cayó D. Agustín García de Arrieta, ha venido corriendo de 
diccionario en diccionario y de edición en edición hasta la hora de 
ahora. El lector curioso puede ver una muestra de bernardinas 
(asimismo las llamaban berlandinas) en el entremés de Los dos 
habladores, malamente atribuido á Cervantes; mas no quiero dejar 
de copiar algunas bernardinas de cierto suyas, para que se vea 
bien á las claras qué entendía él por eso. En la jornada I de El La- 
berinto de amor, Tácito y Andronio, estudiantes capigorristas, 
topan con el duque Anastasio, en hábito de labrador, y con Cornelio 
su criado, y, tomándolos por hombres rústicos, Tácito se dirige al 
Duque, con el propósito de pasar el rato á su costa, antes de lo cual 
ha dicho á su camarada: 



Por esta vez, probemos: 

Que, si el pacho consiente bernardinas, 

El tiempo entretendremos. 

Y sigue este diálogo: 

Tácito. Díganos, gentil hombre, 

Asi la diosa de la verecundia 
Reciproque su nombre 

Y el blanco pecho de tremante enjundia ' 
Soborne en confornino: 

¿Adonde va, si sabe, este camino? 
Anastasio. Mancebo, soy de lejos 

Y no sé responder á esa pregunta. 
Tácito. Dígame, ¿son reflejos 

Los marcurcios que asoman por la punta 

De aquel monte, compadre? 
Cornelio. Bellaco sois, por vida de mi madre. 

Bernardinas ahorma. 

Yo apostaré que el Duque no le entiende. 
Anastasio. Hablaisme de tal forma, 

Que no sé responderos. 
Tácito. Pues atiende 

Gam civo, y está atento. 
Cornelio. ¡Qué donaire, y qué gracioso acento! 
Tácito. Digo que si mi paso 

Tiendo por los barrancos deste llano, 

Si podrá hacer al caso. 
Anastasio. Digo que no os entiendo, amigo hermano. 
Tácito. Pues bien claro se aclara 

Que es clara, si no es turbia, el agua clara. 

Quiero decir que el tronto, 

Por do su curso lleva el horizonte, 

Está á caballo, y pronto 

Á propagar la cima de aquel monte... 

Con todo esto, no siempre eran disparates las bernardinas; pues 
también se llamaba así á los embustes, aunque no tuviesen nada de 
bravuconería ni fanfarria. Así Lope, en La Dorotea, acto IV, esce- 
na VIII (en el mismo pasaje citado en el dicho Diccionario), en don- 
de, al reconvenir á D. Fernando la quejosa Marfisa, porque él se 
excusa con una supuesta persecución de no haber ido á verla en 
una semana, dícele, refiriéndose á su criado Julio, que también le 
disculpa: «¿Comienza ya la sombra de tus maldades, el aforro de 
tus insolencias, el Mercurio de tus embajadas, la capa de tus trai- 
ciones, á echarnos bernardinas?y> 

Aunque poco ó nada en uso actualmente el nombre áe bernardi- 
nas, esta clase de burla subsiste. En Sevilla suelen llamarla siri- 
biquillos, creo que de cerviguillo. Á conseguir el efecto de enga- 



- 386 - 

fiar un rato á la víctima contribuye el hablar muy aprisa y á menos 
de media voz. 

81 «...que vio todo lo que había pasado y como Cortado daba 
el pañuelo...» 

En tiempo de Cervantes se usaba con frecuencia este como, en 
oficio de conjunción copulativa equivalente á que. Véanse tres ejem- 
plos cervantinos, por los trescientos que podrían citarse: «...y así 
le declaró como él era el mayor enemigo...» (La Galaica, libro 
IV. «...porque ya les había dicho como era loco» (Don Quijote, par- 
te I, cap. III). «Dijo asimismo que había tocado en la isla de los pes- 
cadores...; contó como supo de oídas que Policarpa era muerta...» 
(Persiles y Sigismundo, libro IV, cap. VIII). Y aún más claramente 
se advertirá lo que digo en este pasaje de la parte I de El Ingenio- 
so Hidalgo: «Tras esto, para mostraros hombre erudito en letras 
humanas y cosmógrafo, haced de modo como en vuestra historia se 
nombre el río Tajo.» Pero, poco versados en la antigua habla cas- 
tellana muchos de nuestros literatos, siempre que se topan con ese 
como lo tienen por adverbio de modo y lo acentúan. Eso hizo el 
Sr. Rosell (Obras completas de Cervantes, t. VII, pág. 157), con el 
como que ha dado pie para esta nota. V quiera Dios que en otras 
ediciones y extractos del Quijote de los que se preparan para el pró- 
ximo centenario no leamos, como casi siempre, en los epígrafes de 
los capítulos: «De cómo salieron con su intención el cura y el bar- 
bero...» «Que trata de cómo D. Quijote se despidió del Duque...» 
«De cómo D. Quijote y Sancho llegaron á su aldea...» «De cómo 
D. Quijote cayó malo....» Este como, en significación áeque, es de 
uso corriente en el habla andaluza. Véase en el comienzo de una 
fórmula supersticiosa para ligar, que recogí en Triana: 

Á los pies de tu cama 
Tienes dos mil ortigas; 
Tu cuerpo lleno de ascuas vivas; 
Á tu cabecera dos mil demonias preñas. 
Como son güeñas pa parir y pa criar... 

82 «...¿voacedes son de mala entrada, ó no?» 

«Las sociedades delincuentes tienen carácter marcadamente uti- 
litario y se forman, para valemos del lenguaje de Rinconete y Cor- 
tadillo, donde hay gentes de buena entrada, que llevan en su ace- 
cho las gentes de mala entrada» (Salillas, El Delincuente español: 
El Lenguaje, pág. 69). Ser de mala entrada llamaban, como lue- 
go explica el preguntante, á ser ladrón. 



- 387 - 

83 «¿Que no entrevan...» 

Entrevar, como dice el Diccionario de la Academia, es voz de 
germanía que significa entender, conocer. Usábase mucho, espe- 
cialmente en la frase entrevarle á uno la flor, que equivale á cono- 
cerle la fullería que hace con los naipes, ú otro cualquier engaño 
que usa. Así Mateo Alemán, en su Guzmán de Alfarache (Biblio- 
teca de Rivadeneyra^ tomo III, págs. 237 ¿> y 288 b). En algún otro 
pasaje se dice entreverar: «...y el que nueva flor entreverare, lo 
manifieste á la pobreza...» (pág. 242, a); pero fué, á no dudar, 
errata. 

84 «...señores murcios?...» 

Murcio, voz de germanía, significa ladrón, como murciar, hur- 
tar. Salillas (El Lenguaje, nota de las págs. 105-107), después de 
contradecir á Lombroso, que disparatadamente deriva esta palabra 
de Murcia, se inclina á creer que se dijo de mur, con la terminación 
despectiva ció (?). Murcio, digo yo con la Academia, debió de decir- 
se de murciélago, porque el ladrón sale, por lo común, de noche, 
como esta alimaña, y se abreviaría la palabra, suprimiéndole sus 
dos últimas sílabas, por la propensión que siempre tuvo la picares- 
ca á hablar con vocablos que no pasen de bisílabos: así en Madrid 
chulos y golfos dicen la preven, un guinda, la Corres, en lugar 
de la prevención, un guindilla, la Correspondencia. Para fundar 
mi opinión tengo en cuenta, además, que las palabras murciglero y 
murcigallero, que Cristóbal de Chaves incluyó en su Vocabulario 
de germanía, publicado por Juan Hidalgo, significando aquélla «e| 
que hurta á los que duermen», y ésta «el ladrón que deshace la ropa 
que otros ladrones hurtan, ó porque hurtan á prima noche», hubie- 
ron de derivarse de murciégalo, forma vulgar de murciélago, an- 
terior á ésta y más conforme con su etimología (mus, muris, y 
coecus). 

85 «No somos de Teba ni de Murcia...» 

Dícelo Cortado, como el lector, aun sin mi nota, lo echaría de 
ver, por el parecido fónico de entrevan con Teba, y de murcios 
con Murcia. Teba, de la provincia de Málaga, era pueblo bien co- 
nocido de Cervantes: de sus tercias reales, siendo comisario por el 
proveedor Pedro de Isunza, sacó en 1591, por medio de su ayudante 
Nicolás Benito, 1.137 fanegas de trigo y 510 de cebada, de que dio 
resguardo á Salvador de Toro, por escritura otorgada en Sevilla á 
5 de agosto de 1592 y encontrada y publicada por D. José María 



Asensio y To]edo (huevos documentos para ilustrar la vida de 
Miguel de Cervantes Saavedra..., Sevilla, 18G4, pág. 24). 

86 «...yo se lo daré á entender y á beber con una cuchara de 
plata...» 

Aún hoy se dice en Andalucía, por ponderación de las malas en- 
tendederas de algunos: «Es, ó fué, menester una cuchara para en- 
terarlo.» 

87 «...nuestro mayor y padre...» 

Mayor significaba «superior ó jefe de una comunidad ó cuerpo», 
como dice la Academia. Véanse otros ejemplos de Cervantes: 
«...una viuda hermosa, moza, libre y rica, y, sobre todo, desenfada- 
da, se enamoró de un mozo motilón, rollizo y de buen tomo; alcan- 
zólo á saber su mayor, y un día dijo á la buena viuda, por vía de 
fraternal reprensión...» (Don Quijote, parte I, cap. XXV). «...á lo 
que respondió el [cuadriilero] del mandamiento que á él no tocaba 
juzgar de lo locura de D. Quijote, sino hacer lo que por su mayor 
le era mandado...» (Ibid., cap. XLVI). Y en el Coloquio de los Pe- 
rros dice Berganza, aludiendo al buen cristiano Mahudes: «Vendo 
una noche mi mayor á pedir limosna en casa del coregidor desta 
ciudad...» 

88 «...sino cuatro en el finibus terree...» 

En germanía llamaban finibusterre é. la horca. En el romance de 
Perotudo (Romances de germanía): 

Otro du de maBana, 
Lo sacan del baoastóo, 
Con una ctuz en las cerras 
Y á su lado el confesor; 
Pénenlo tti /inibusterre. 
Cual la sentencia mandó. 

V en otro romance de la colección misma: 

Llama á las galeras penas. 
Do vive el hombre penando; 
Finibusterre á la horca: 
Que alli todo es acabado. 

En La Ilustre Fregona Cervantes llamó á las almadrabas de Za- 
hara «el finibusterre de la picaresca»; pero allí lo dijo en la acep- 
ción de summum, ó non plus ultra. 



— 389 - 

89 «...y obra de treinta envesados...» 

En todas ó en las más de las ediciones de las Novelas, sin excep- 
tuar aquélla que dirigió el Sr. Rosell (Obras completas de Cer- 
vantes, t. VII, pág. 58), se lee embesados: copiáronlo servilmente 
de las primeras ediciones, en que la ortografía deja mucho que de- 
sear, y no cayeron en la cuenta de que habían de entender y escri- 
bir envesados, de envesar, y éste, de envés, porque en el envés 
daban los azotes. Con saber (como dice Covarrubias en su Tesoro, 
artículo flor) que al revés del cordobán llamaban el envesado, así 
como á la haz el grano ó la flor, y con recordar aquella frase de 
Quevedo (Vida del Buscón, libro I, cap. XI): «¿Es el padre el que 
padeció el otro día, á quien se dieron ciertos empujones en el en- 
vés?», con ambas cosas ó con cualquiera de ellas habría bastado 
para escribir bien tal palabra. 

90 «...y de sesenta y dos en gurapas.» 

«Gurapas son galeras», respondió á D. Quijote uno de los ga- 
leotes á quienes dio suelta. Esta voz, según Eguílaz, «es genuína- 
mente arábiga, al menos, en cuanto á su forma, significando guráb 
en esta lengua, galea, en R. Martín; galera, navio, en fray Pedro 
de Alcalá... Ir á gurapcfs, pues, equivalía á ir condenados al remo, 
ó sea á bogar en galeras» (Notas etimológicas á «El Ingenioso 
Hidalgo don Quijote de la Mancha», en el Homenaje á Menén- 
dez y Pelayo, t. II, pág. 134). 

91 «...que así les conviene saberlos como el pan de la boca.» 
Era comparación vulgar, hoy poco ó nada en uso. En el Quijote 

del supuesto Fernández de Avellaneda, cap. XI: «...y más yo— dice 
Sancho— que yo he menester una [agujeta] como el pan de la bo- 
ca, para mis zaragüelles...» 

92 «...de su plática, que no fué corta, porque el camino era 
largo...» 

«En el Coloquio de Cipión y Berganza cuenta éste (recuerda el 
autor de El Loaysa de «El Celoso extremeño», Sevilla, 1901, pá- 
gina 228) que, representada en mitad de la calle por su amo la bien 
urdida farsa de su valentía, pasóse en dar vueltas á la ciudad, 
para dejarse ver, lo que del día quedaba, «y la noche- añade 
»luego— nos halló en Triana en una calle junto al molino de la 
»pólvora; y habiendo mi amo avizorado (como en la jácara se dice) 
»si alguien le veía, se entró en una casa, y yo tras él, y hallamos 
»en un patio á todos los jayanes de la pendencia..., y uno, que de- 



- 390- 

»bía de ser el huésped, tenía un gran jarro de vino en la una mano, 
»y en la otra una copa grande de taberna.... Finalmente, vine á en- 
»tender.... que el dueño de la casa, á quien llamaban Monipodio, 
»era encubridor de ladrones y pala de rufianes....» Ahora bien, 
este Monipodio, asistente, por decirlo así, de los sevillanos de rapi- 
ña cuando lo era de la ciudad el licenciado Sarmiento de Vallada- 
res, es el Monipodio mismo y mismísimo ante quien, apenas llega- 
dos á la ciudad del Betis, se registraron como cofrades Diego Cor- 
tado y Pedro del Rincón....» 

Y añade Rodríguez Marín, en una nota. «Tomando pie de la in- 
dicación de estar la casa de Monipodio «en Triana, en una calle 
»junto al molino de la pólvora», y de hallarse bien comprobado el 
año á que Cervantes se refería (1589), D. Adolfo de Castro, en su 
citado estudio (La Casa del tío Monipodio, dado á luz en el libro 
intitulado Varias obras inéditas de Cervantes... con nuevas ilus- 
traciones sobre la vida del autor y el tQmjotey>, Madrid, 1874, 
págs. 375-409), propúsose averiguar cuál fuese tal casa, y á fe que 
si no lo consiguió, anduvo cerca de lograrlo. Partiendo de la noticia 
que da Morgado de haberse volado, con estrago grandísimo, á 18 de 
mayo de 1579, el molino de la pólvora qne tenía en Triana, en el 
Puerto de Camaroneros, frente á la Torre del Oro, Remón el polvo- 
rista, y de que por ciertas Memorias eclesiásticas y seculares de 
Sevilla consta que el molino de la pólvora se mudó detrás del con- 
vento de Nuestra Señora de los Remedios, en el mismo Triana, vo- 
lándose^ también, á 14 de noviembre de 1613, D. Adolfo de Castro 
opinó que la casa de Monipodio debía de estar por la calle de la 
Cruz, llamada de Troya en 1873, que desemboca en la ribera, en- 
frente de la Torre del Oro, y aun presumió haber identificado la 
casa con la que en el dicho año estaba marcada con el número 4. 
Consultadas por mí, en sus dos ediciones, las láminas hispalenses 
de la hermosa obra de Jorge Braun intitulada Theatrum Vrhium 
prcecipiarum Mundi (1572 y 1618) y las reproducciones de ellas con 
que D. Francisco de Borja Palomo avaloró su interesante Historia 
critica de las riadas ó grandes avenidas del Guadalquivir en 
Sevilla, paréceme indudable que Cervantes hubo de aludir á la ca- 
lle que indica D. Adolfo de Castro, y que sigue llamándose de 
Troya, por ser la única que á fines del siglo XVI había junto al 
dicho convento y ser campo entonces toda la extensión que hay de- 
trás de él.» 

Para identificar bien el sitio adonde, por consecuencia del de- 
sastre acaecido en 1579, se mudaron los molinos de la pólvora, has- 
ta que ocurrió otra análoga desgracia en 1613, pueden consultarse 



- 391 - 

otros documentos y referencias. Morgado, en su Historia de Sevi- 
lla (pág. 179 de la edición del Archivo Hispalense), después de re- 
ferir aquella lastimosa desgracia de 1579, sólo dice: «Desta causa 
están los molinos de pólvora en el campo, por bajo de la misma Tria- 
na, en la ribera del Guadalquivir.» Ortiz de Zúñiga, en sus Anales 
de Sevilla, año de 1615, trata de la explosión ocurrida entonces, de 
«los almacenes y molinos de pólvora que allí [en Triana] tenía cerca 
de los Remedios Damián Pérez...» Pero más noticias útiles á nues- 
tro objeto podré entresacar de las que contienen dos curiosos im- 
presos que se conservan en el Archivo municipal de Sevilla, entre 
los papeles en folio procedentes del Conde del Águila, y que se in- 
titulan, el uno, ^ Memorial del pleyío, que la civdad de Sevilla 
trata, sobre qve no aya Molinos y Almazenes de la pólvora que 
se ha de refinar en el sitio de las Bandurrias, ni en otro ningu- 
no, que con sus incendios hagan daños en esta Ciudad y Arra- 
bales... Año 1621 (En f.°, 16 h.s sin 1. ni imp.); y el otro. Avisos 
mvy importantes para el bien comvn y particvlar de los vezinos 
de la civdad de Sevilla, donde... se da noticia de los Archiuos 
y legaxos, en que se hallarán los Originales, Traslados y Re- 
gistros que se han hecho del pleyto, y de las doze Prouisio- 
nes, y Cédulas de su Magestad, q" ponen remedio en los grandes 
daños que en vidas y casas de los dichos vezinos los incendios 
de la Poluora hazla", por labrarse y almacenarse cerca de la 
población.... Año (escudo de Sevilla: San Fernando y los dos ar- 
zobispos) 1626-{^x\ f.°, 40 págs., sin 1. ni i.). Extractaré muy li- 
geramente estos papeles: 

Alonso Matías y Damián Pérez, polvoristas, tenían sus almace- 
nes y molinos de pólvora en el sitio de las Bandurrias, detrás del 
convento de los Remedios, y muy cercanos los del uno á los del 
otro. Á 14 de noviembre de 1613 se incendiaron el almacén y los 
molinos de Damián Pérez, con grandes daños para la ciudad, cuyo 
cabildo trató con muchas veras de que tan graves males se evitaran 
para siempre. Sevilla logró que S. M. ordenase que se deshicieran 
los molinos de Alonso Matías, que habían quedado en pie, y se mu- 
daran todos al sitio llamado de las Fuentes, cerca del castillo de 
los Cuartos, á más de una legua de Sevilla. Matías apeló de esta 
resolución; pero, al cabo, el asistente. Conde de Salvatierra, mandó 
deshacer los tales molinos y se ejecutó así. Al pleito, que duró 13 
años, saHó, en igual sentido que la Ciudad, la Iglesia Metropolitana. 
En el monasterio de la Victoria «fué ocasión el dicho incendio de 
inclinar la iglesia á la parte del convento, de manera que fué menes- 
ter deshazerla y labrar toda vna pared de nueuo.» Y al convento de 



— 392 — 

los Remedios «le sembró la huerta de vigas ardiendo y la hermita 
y recibimiento della, donde los Religiosos suelen estar en santos 
exercicios.» 

Clemencín, después de tratar, en una de sus notas al Quijote 
(parte I, cap. III), del Compás de Sevilla, al cual llama barrio, y de 
recordar que allí estuvo antiguamente la mancebía, añade: «Á este 
barrio hubo de pertenecer la casa de Monipodio, que tan salada- 
mente describió Cervantes en la novela de Rinconeíe y Coríadi/lo.» 
No sé de dónde pudo sacar tan infundada especie. Ya hemos visto 
que estaba en Triana, y casi fijado su lugar en aquel populoso ba- 
rrio. Bien habían escogido el sitio, lo uno, para estar en fácil y po- 
co advertida comunicación con los cofrades que traían preseas gar- 
beadas de fuera parte; y lo otro, porque Triana era barrio poco 
visitado por las justicias de la ciudad y no las tenía propias, ni aun 
delegadas, con lo cual podía considerarse como lugar poco menos 
que inmune. En cuanto á lo primero, recuérdese aquella referencia 
de Alemán en su Guzmán de Alfarache (parte II, libro III, cap. VI): 
«Teníamos en los arrabales y en Triana casas conocidas adonde, 
sin entrar en la ciudad, hacíamos alto, y después, poco á poco, la- 
vado y enjuto, lo íbamos metiendo, ya por las puertas ó por cima 
de los muros, después de media noche, cuando la justicia estaba re- 
tirada.» Y en cuanto á lo segundo, véase un particular del cabildo 
de 3 de marzo de 1598, afto en que no hubo riada: «Dijo el Conde 
asistente [el celebérrimo de Puñonrostro] que ya a la ciudad le es 
notorio los delitos y muertes que estos días a ávido y an sub(;edido 
de la otra parte del Rio en triana y como por causa de no poder 
pasar las justicias desta civdad a la dicha triana en especial en los 
ynviernos quando de ordinario subceden avenidas...», y entendien- 
do que se debía mirar para que esos males se remediasen, propuso 
que se pidiera á S. M. facultad para que Sevilla tuviese y nombrase 
allí alcalde mayor. El cabildo acordó «que por entonces no se ha- 
blara en esto» (Actas capitulares de Sevilla, escribanía 1."). 

93 «...para servir á Dios y á buenas gentes...» 
Eso de ser ladrón y servir á Dios, todo en una pieza, es habili- 
dad muy de la ladronesca española, y en especial de la andaluza. 
Hurtar el puerco y dar los pies por Dios fué aquí cosa corriente to- 
da la vida del mundo; por rareza la guardia civil mata á un bandole- 
ro á quien no se le encuentren en el pecho medallas y escapularios, 
y oraciones he oído yo de las que, hay cincuenta años, rezaban 
devotísi mámente los salteadores para hacerse invisibles de la gente 
armada que solía perseguirlos. Pero en materia de ladrones con- 



- 393 — 

cienzudos y religiosos, tanto y más que este muchacho discípulo de 
Monipodio y que toda la honrada caterva de su hermandad, nadie 
como los bandidos de la Sierra de Cabrilla, que camparon por sus 
respetos precisamente cuando Cervantes era vecino de la ciudad 
del Betis. Véase una buena acción de ellos, contada por Luque Fa- 
jardo, beneficiado de Pilas, al f.° 291 de su curiosísimo libro intitu- 
lado F/e/ desengaño contra la ociosidad p los juegos... (Madrid, 
1603): «Los años passados salieron una suerte de salteadores que 
con hábito reformado despojaban toda cuanta gente podían auer a 
las manos, en esta forma: que haziendo cuenta con la bolsa, tassa- 
damente les quitauan la mitad de la moneda, y los enuiauan sin 
otro daño alguno. Aconteció en aquellos dias passar de camino un 
pobre labrador, y como no Ueuase mas de quinze reales, que eran 
expensas de su viaje, hecha la quenta cabían a siete y medio; no se 
hallaua a la sazón trueque de vn real: y el buen labrador (que diera 
aquella cantidad, y otra de más momento, por verse fuera de sus 
manos) rogáuales encarecidamente tomassen ocho reales, porque 
él se contentaua con siete.— «De ninguna manera (respondieron 
ellos); con lo que es nuestro nos haga Dios merced.» 

94 «...yo no me meto en tologías...» 

Casi todas las ediciones dicen teologías, contra lo que hubo de 
escribir Cervantes, tologías, que es como lo decía el vulgo, por 
cuya boca habla en este lugar. Tologías dijo por la de Sancho, en 
el Quijote, parte II, cap. XXI: «Bien predica quien bien vive, y yo 
no sé otras tologías.y> Y tólogo dice el mismo Sancho (Ibid., capí- 
tulo XXVII), y tólogo, asimismo, Trampagos, en el entremés de El 
Rufián viudo: 

Voácé ha garlado como un tólogo. 
Mi seSor Cbiquiznaque... 

MacColl ha traducido así el pasaje del texto: Sir, I do not meddle 
with theology. La Academia Española, en su Diccionario, explica 
bien la frase. 

95 «...dieron tres ansias á un cuatrero... y... así las sufrió sin 
cantar...» 

Cantar, en lenguaje de germanía, es confesar, en el tormento 
ó fuera de él; pero cantar en el ansia no es precisamente «-confe- 
sar en el tormentoy>, como dijo una de las guardas de los galeotes 
(El Ingenioso Hidalgo, parte I, cap. XXII), de donde, sin duda, lo 
ha tomado para su léxico la Academia, sino confesar en el tormento 

26 



— 394 — 

del agua. Este líquido, entre los germanes, se llamaba ansia, cuan- 
do no clariosa, y ansia, asimismo, según el Vocabulario sacado á 
luz por Juan Hidalgo, el horrible tormento llamado del agua, que 
consistía en extender sobre la cara del paciente un paño de lino, 
que le tapaba las narices, para que no pudiese respirar por ella, é 
ir destilando el agua en la boca por medio del pai^o y á chorro, para 
que lo arrastrase consigo hasta lo profundo de la garganta. Gonzá- 
lez de Montes, el reformisma de cuyo libro Artes de ¡a Inquisición 
Española tomo esta noticia (págs. 80 y 81 de la traducción de don 
Luís Usoz), añade: «Diríase aquí que el infeliz moribundo estaba 
en la agonía en que suelen hallarse los que van á exhalar el último 
aliento, á no ser porque á éstos nadie les quita el recurso de la res- 
piración, y aquél no tiene modo de respirar, impidiéndole el agua 
hazerlo por la boca, y por las narices el paño. Pero cuando se saca 
de lo último de la garganta el paño (lo cual se haze muchas vczes 
para que el atormentado responda á las preguntas) empapado en 
agua y sangre, diríase que con él se le arrancaban al infeliz las en- 
trañas...» Que este tormento se daba no sólo por orden de los in- 
quisidores, sino por la de las justicias que entendían en las causas 
seguidas en razón de hurtos, robos, etc., dícclo el tener nombre 
germanesco tal martirio. Y dícelo aún más claramente el tratarse 
del tal tormento en los Romances de germania del procurador 
Cristóbal de Chaves, en uno de los cuales, el de la vida t muerte 
de Maladros, se describe después del del torno ó garrote. Véase 
lo referente á entrambos: 

Al ponto el boche Ganzúa 
Desolló al jaque Maladros, 

Y sentólo en las parrilla?, 
Con cincha el árbol atando. 

Comenzóle á retorcer 
Los bramantes con los palos, 
Diciéndole á cada vuelta 
Que garle lo demandado. 

Él decia á todo cnones» 
Cuanto le era preguntado; 
Renueva el torneo tras esto, 

Y en las parrillas lo ha echado. 
Las pirámides le liga, 

Los bramantes apretando. 
Rodeándole la frente 
Con un torzal muy delgado 

Comienza la clariosa 
A remojarle los labios, 
Llevando tras si el cendal. 
Vaciando apriesa el pitaño. 



- 395 - 

El jaque, viendo tal ansia, 
Y que no paraba un rato, 
Pide que el bramante aflojen; 
Que quiere cantar de plano. 

Véase, á mayor abundamiento, este pasaje de Mateo Alemán (Guz- 
man de Alfarache, parte II, libro III, cap. VII): «Era muy gentil 
aserrador de cuesco de uva; siempre había de ser su taza de pro- 
fundís, que hiciese medio azumbre, y esto lo descompuso en el 
ansia; que, por haberse puesto á orza, cantó llanamente á las pri- 
meras vueltas.» 

96 «...llevando cada uno de los ministros y contrayentes...» 
Contrayentes, dicho por donaire al lado de ministros, como si 

de matrimonio y no de latrocinios se tratara. Á menos que este 
arriscado mozo entendiera ser contrayentes los que hacían el mi- 
lagro, y ministros los demás de la cofradía ladronesca. 

97 «...ó ser solomico?— Sodomita querrá decir vuesa mer- 
ced...» 

Más frecuente que decir sodomita, y mucho más, á lo que creo, 
que decir solomico, era decir sometico (contracción de sodométi- 
co, por sodomítico). Citaré, por muchos que podría, un ejemplo 
sacado de la tan hermosa cuanto desenfadada Sátira apologética 
en defensa del divino Dueñas, inédita aún y escrita en Sevilla, 
en 1569, por el jerezano Francisco Pacheco, canónigo después, uno 
de los fundadores de la famosa Escuela poética sevillana: 

¡Oh desastrado y triste siglo nuestro! 
¿Quién el oro trocó en tanta herrumbre, 
Su dicha en acídente tan siniestro? 

¿Quién dejó á buenas noches y sin lumbre 
Tu seso, que te precias de poético? 
¡Oh, cuánto te desdora esta costumbre! 

Haste vuelto gallardo, y tan sonetico. 
Que temo que no olvides tus romances 
Castellanos, y des en ser sometico. 

98 «...un pequeñuelo patio ladrillado, que... parecía que vertía 
carmín de lo más fino.» 

Aunque de tal inquilino cual Monipodio, el patio de su casa era 
sevillano legítimo. «Los patios de las casas, que en casi todas los ay 
(decía Mor gado en su tan citada Historia de Sevilla, pág. 141), tie- 
nen los suelos de ladrillos raspados. Y entre la gente más curiosa, 



- 396 — 

de azulejos, con sus pilares de mármol. Ponen gran cuidado en la- 
varios y tenerlos siempre muy limpios...» 

99 «...un tiesto, que en Sevilla llaman maceta, de albahaca.» 
Es la albahaca una planta modesta, que no lia menester mimos 

ni cuidados y se aviene gustosa á vivir entre los pobres. Ellos la 
aman, ahora como en los tiempos de Cervantes: en los patios de las 
casas humildes de Sevilla antes faltará por julio una alcarraza de 
agua fresca que media docena de macetas de albahaca menuda, que 
es la más olorosa. Así, en el Romance del cumplimiento del testa- 
mento de Maladros, cuando en la mancebía sevillana preparan 
sitio para tener una comilona rufos é izas, éstas 

Poneo sillenes y bancas, 
Limpian poyos, barren puertas, 
Traen macetas Je albahaca. 
Con que la percha refrescan. 

100 «...las alhajas de la casa...» 

Alhaja significa, entre otras cosas, adorno ó mueble, sea ó no 
precioso. En esta amplia acepción usa esa palabra el vulgo y la em- 
plea Cervantes en este lugar. El Diccionario de autoridades decía 
ser alhaja «nombre genérico que se da á qual(]uiera de las cosas 
que tienen alguna estimación y valor; pero má.> contraídamente á 
todo aquello que está destinado para el uso y adorno de una casa, ú 
de las personas: como son colgaduras, camas, escritorios, etc.» San- 
cho llamó alhajas hasta á los mantenimientos que llevaba en las al- 
forjas (Don Quijote, parte I, cap. XVIII): «Por ventura, el que ayer 
mantearon, ¿era otro que el hijo de mi padre? Y las alforjas que hoy 
me faltan con todas mis alhajas, ¿son de otro que del mismo?» 

101 «...dos espadas de esgrima...» 

«Llamamos espadas blancas— dice Covarrubias en su Tesoro- 
Xas azeradas con que nos defendemos y ofendemos, á diferencia de 
las de esgrima, que son de solo hierro, sin lustre, sin corte, y con 
botón en la punta.» Tirso de Molina, en La Venganza de Tamar, 
jornada II, escena VII: 

Juega con la espada negra 
En paz quien la guerra estima, 
Engañando con la esgrima 
Las armas con que se alegra. 



- 397 - 

102 «...una imagen de Nuestra Señora, destas de mala es- 
tampa...» 

Destas de, y no de las de. Esto nos hq quedado del latín: según 
el sabio filósofo Federico Diez, nuestro artículo data del siglo VI y 
hasta entonces se sirvieron del pronombre demostrativo (Véase 
Lanchetas, Gramática y vocabulario de las obras de Gonzalo de 
Barceo, pág. 925). Quevedo en uno de sus romances: 

Pues ¿quién sufrirá el lenguaje, 
La soberbia y los enredos 
De una mujer pretendida, 
De estas que se dan á peso? 

En otro: 

Una madre y una hija 
Mi muerte y sepulcro fueron... 
Son las dos como retratos 
De estos de traza y de ingenio, 
Que en un lado se ve un ángel, 
Y por el otro un sardesco. 

103 «...cuando entraron dos viejos de bayeta...» 

Se sobrentiende vestidos, como en aquella expresión de los Co- 
mentarios del Desengañado, ó sea Vida de D. Diego Duque de 
Estrada, escrita por él mismo, tomo XII del Memorial Histórico 
Español, pág. 186): «Añadí otra carroza y otros tres pajes de librea, 
y dos lacayos de paño fino leonado oscuro y guarnición cabe- 
teada...» 

104 «...con sendos rosarios de sonadoras cuentas...» 

En La Tía fingida hay una frase parecida á ésta: ...«llevaba un 
gran rosario al cuello, de cuentas sonadoras, tan grandes como las 
de Santinuflo...» (Sant Onuflo, ó Sant Onufrio: San Onofre). Que 
el rosario de cuentas gordas (para halagar la vista) y sonadoras 
(para recomendarse al oído) era cosa á que de ordinario acudían los 
que en engañar al mundo tenían su tínica ó su mejor heredad indí- 
calo también Quevedo en la Vida del Buscón, libro II, cap. III: 
«Traía todo ajuar de hipócrita: un rosario con unas cuentas friso- 
nas; al descuido hacía que se le viese por debajo la capa un trozo 
dedisciplina.» 

105 «...y á cabo de una buena pieza...» 

Pieza, por espacio de tiempo. Á poca pieza escribía Barahona 



— 398 - 

de Soto, tratando de la metamorfosis de Acteón, por de allí á 
poco, 6 á poco rato: 

Las orejas se extendieron, 
Las carnes se endurecieron, 
Y adornaron su cabeza 
Dos cuernos que, d poca pieza. 
Sus doce puntas tuvieron. 

También solía decirse á poca pieza de rato (n.° 531 del Cancione- 
ro musical de los siglos XV y XVI publicado por Barbieri): 

...fué i mirar k Ronda 
Como sola combada; 
A poca pieza de roto 
Un mensajero venia... 

106 «...ligas de gran balumba...» 

Quiere decir, más bien que «de gran bulto ó follaje en los extre- 
mos y lazadas», como escribió García de Arrieta, muy historiadas 
y vistosas; de mucho rumbo: como aquellas de tafetán amarillo y 
con rapacejos de plata, que, sobre unas medias de seda carmesí, os- 
tentaba el ganapán á quien vio cerca de la iglesia y convento de San 
Diego, en Sevilla, uno de los interlocutores del entremés de Los Mi- 
rones (Castro, Varias obras inéditas de Cervantes, págs. 53-54). 
Ó como aquellas otras de que se hace mérito en uno de los Roman- 
ces de germanía: 

Los alares eran verdes; 
Las demias, de tiritafla; 
Las ligas, verdes y rojas. 
Con rapacejos de plata. 

Liga se dijo del italiano ligagamba, aunque ya acá nos tenía- 
mos dos buenas palabras con que decirlo, sin pedir prestado: ceno- 
jil y atapierna. En escrituras sevillanas de 1590 á 1600 suelo hallar 
este liltimo nombre. Ligapiernas las llamó Cervantes en La Casa 
de los celos, jomada II. 

107 «...espadas de más de marca...» 

La marca de las espadas era cinco cuartas (Premática de 1564, 
ó sea ley IX, tit. VI, libro VI de la Nueva Recopilación): «Ordena- 
mos y mandamos que ninguna persona, de qualquier calidad y con- 
dición que sea, no sea osado de traer ni traya espadas, verdugos ni 
estoques de más de cinco quartas de vara de cuchilla en largo...» 

108 «Traía cubierta una capa de bayeta...» 

Esta expresión, que parecerá incorrecta á los que están poco fa- 



- 399 - 

miHarizados con nuestros escritores del buen tiempo, no es sino 
una manera de decir comunísima entonces. Así como cubrir suele 
significar tapar, echando algo encima, cubrirse, siguiendo el 
nombre de alguna prenda, equivalía á echársela encima ó vestír- 
sela. Cervantes lo usa con frecuencia en este sentido: «...y cu- 
briéndose su herreruelo, subió en su muía á mujeriegas...» (Don 
Quijote, parte I, cap. XXVII). «...cubrióse un herreruelo de buen 
paño pardo...» (Ibid., parte II, cap. XVIII). «Vuestra merced se cu- 
bra su manto...» (El Vizcaíno fingido). En Amadís de Gaula y en 
otros libros de caballerías hay mucho de esto, y allí pudo apren- 
derlo Cervantes. Todavía se usaba de esa manera el verbo cubrirse 
al comenzar el segundo tercio del siglo XVII: «...y enfurecida con 
los celos, cuando quiso bajar apriesa para cubrirse el manto y salir 
á hallarlos juntos...» (Castillo Solórzano, Aventuras del Bachiller 
Trapaza, Valencia, 1634, cap. XIII). 

109 «...una espada ancha y corta, á modo de las del perrillo...» 
Clemencín, al comentar aquel lugar del Quijote (parte II, capí- 
tulo XVII) en que Cervantes, encareciendo el valor de que dio 
muestra el héroe manchego, exclama: «Tú á pié, tú solo, tú intré- 
pido, tú magnánimo, con sola una espada, y no de las del perrillo 
cortadoras...», dice que las espadas del perrillo se llamaban y lla- 
man así porque tienen por marca un perro pequeño grabado en la 
hoja, y añade que son anchas y cortas y que las fabricó Julián del 
Rey, armero de Toledo, que también labró en Zaragoza. No dijo 
Cervantes que fuese del perrillo la espada que colgaba del tahalí 
de Monipodio, é hizo bien, porque, á lo que parece, tales armas 
eran, como suele decirse, bocado caro para estudiantes; y aun 
cuando en tal cual romance se indica que las usan los rufos, éstos 
no son sino jóvenes de la nobleza, á quienes una falsa literatura 
pintó á lo jácaro, después de pintarlos por mucho tiempo á lo mo- 
risco. Así, en el comienzo de aquel romance del licenciado Juan de 
Gamarra (Duran, Romancero general, t. XVI de la Biblioteca de 
Rivadeneyra, pág. 589): 

Ya se parten de la corte 
Los tres jaques de la hampa, 
Cuyos nombres no se escriben 
Por ser de noble prosapia. 

Llevan vestidos al uso, 
De guardamano las dagas, 
Las espadas f del perrillo. 
Las guarniciones, doradas... 



- 400 - 

110 «...y las uñas, hembras y remachadas...» 

Hembras está dicho por anchas y corlas, como todavía lo dice la 
gente vulgar; lo de remachadas lo explica bien la lección del bo- 
rrador del Rinconete, fijada por mí en este punto: algo lorcidas 
hacia dentro, quiere decir. 

111 «...mi sor Monipodio...» 

De señor hicieron los andaluces seor, y de esta contracción, 
otra: sor (que nada tiene que ver con el sor contracción de sóror), 
y aún de sor, una tercera: so, que hoy hace á singular y á plural, y 
que no era invariablemente despectiva, como ahora, que sólo se usa, 
lo mismo que el don irónico en lo antiguo, con palabras de afrenta 
(So ladrón, so tunante...), tan sin excepciones, que anteponer el so 
¿ un vocablo no injurioso es darle sentido de tal. Claro que este so 
es distinto del que proviene de la interjección xo, con que se aquie- 
ta ó hace parar á las caballerías. 

Facilísimo habría de serme el citar ejemplos antiguos de todas 
estas formas. Cervantes los tiene á granel en algunos de sus entre- 
meses; Quevedo, en sus escritos picarescos, á porrillo; Luís Vélez 
de Guevara á almozadas en algunos pasajes de tales ó cuales de sus 
comedias. Mas ¿á qué ese trabajo, cuando el profesor Mr. Fonger 
De Haan, en los n.»» 33 y 34 de la Revue Hispanique (pág. 241) ha 
tratado largamente de esta materia, enseñando ¡él, un holandés re- 
sidente en Baltimore! á un madrileño muy culto de dónde proviene 
el so de ¡So concejal!, exclamación con que insultó un cierto es- 
tudiante al regidor que presidía una novillada? ¿Á tan vergonzoso 
paraje vó llegando nuestra cultura, que madrileños muy cultos rue- 
guen á maestros norteamericanos que les expliquen las cosas más 
triviales y les den buscados los textos en que se funda la explica- 
ción...? ¡Quien te ve y te ha visto, madre España...! 

112 «Olvidábaseme de decir...» 

Un ejemplo más del de superfluo á que me referí en otra nota; 
pero escribo ésta para manifestar que la expresión olvidábaseme 
de decir anda tan repetida en las obras de Cervantes, que parece 
bordón ó muletilla del insuperable ingenio. Véanse algunos de los 
lugares en donde la emplea, y cuenta que se me habrán escapado 
no pocos: «Olvidábaseme de decir como la enamorada mesone- 
ra...» (La Gitanilla). «Olvidábaseme de decirte que esperes el 
Persiles...» (Prólogo de la parte II del Quijote). (.Olvidábaseme de 
decir como el tal maase Pedro...» (Don Quijote, parte II, capítulo 



- 401 - 

XXV). <f-Olvidaba de deciros como volví el collar á Sulpicia...» 
(Persiles y Sigismundo, libro II, cap. XV). 

113 «...que á medio mogate...» 

Mogate, de mogati árabe, significa, como dice Covarrubias, 
«cobertura ó baño que cubre alguna cosa, y así particularmente lla- 
mamos mogate el vidriado basto y grosero con que los alfahareros 
cubren el barro de los platos y escudillas; y porque algunas vezes 
no cubre más que sola la una haz, se llamó esta obra de medio mo- 
gate.i> Por metáfora se dijo hecho á medio mogate lo que se hacía 
con descuido, á medias ó imperfectamente, y á tal sentido hacen 
estos ejemplos: «Era el bellaco socarrón y mal hablado, y dijo... que 
no era barro casarse, y que él no se había de casar á medio moga- 
te. ..y> (Quevedo, Cuento de cuentos), «...y á esa cuenta, si por sus 
obras hemos de juzgar de la decantada filosofía de esos presumidos 
sabios, el título y distintivo que sus méritos les granjean en mate- 
rias filosóficas no debe ser otro que la borla á la birlonga de filosofi 
infarinati, que en Italia dicen: en buen romance, filosofillos de me- 
dio mogate (Gallardo, Cuatro palmetazos bien plantados por El 
dómine Lucas á los gazeteros de Bayona, Cádiz, 1830, pág. 20). 

114 «...le quitaron los capelos...» 

«■Capelo es lo mesmo que sombrero -dice Covarrubias— y en 
castellano le llamamos chapelo, y, más corruptamente el chapeo.y> 
Hoy, aunque por capelo siguiera entendiéndose sombrero, no di- 
ríamos le quitaron los capelos para indicar que le hicieron esa 
cortesía, sino se quitaron, ó se le quitaron los capelos. Bien que, 
aun en tiempo de Cervantes se solía decir de esta manera: «Al du- 
que de Alcalá ha condenado el alcalde que fué á conocer de los 
espaldarazos que hizo dar á los lacayos de D. Pedro Mejía, veinti- 
cuatro de Sevilla, porque no se le quitaban la gorra pasando cerca 
de él...» (Cabrera de Córdoba, Relaciones de las cosas sucedi- 
das en la corte de España desde 1599 hasta 1614, pág. 242). La 
expresión, tal como la usó Cervantes, es y era anfibológica, y, por 
serlo, jugó de ella Quevedo en la Vida del Buscón, libro II, capí- 
tulo II: «Á todos hacíamos cortesía: á los hombres quitábamos el 
sombrero, deseando hacer lo mismo á sus capas...» 

115 «...la patria no me parece de mucha importancia decilla, ni 
los padres tampoco...» 

También, de muchacho, se había negado á revelar su patria y los 



- 402 - 

tiombres de sus padres, aunque por más honesto motivo, Tomás 
Rodaja, el que andando el tiempo había de ser el ¡icenciado Vi- 
driera: «...ni el [nombre] della ni el de mis padres sabrá ninguno, 
hasta que yo pueda honrarlos á ellos y á ella.» 

116 «...pues no se ha de hacer información para recebir algún 
hábito honroso.» 

Son casi éstas mismas las palabras que dice D. Quijote (parte I, 
cap. XXV) acerca del abolengo de Aldonza Lorenzo: «...y lo del 
linaje importa poco; que no han de ir á hacer la información del 
para darle algún hábito...-» 

117 «...que es provechoso documento callar la patria...» 
Documento, en la antigua acepción de aviso, enseñanza 6 con- 
sejo, como originado de docere, enseñar. 

118 «...sacando el estupendo...» 

Comienzan con éste los frecuentes disparates que Cervantes 
pone en boca de Monipodio, para que por el habla, como por la fi- 
gura, sea «el más rústico y disforme bárbaro del mundo.» Ahora le 
hace decir estupendo, por estipendio; poco después, naufrago por 
sufragio; renglones más abajo, adversario, popa y soledad, por 
aniversario, pompa y solemnidad... De estos desatinos, como de 
los que después dice la Cariharta, no escribiré notas sino cuando 
alguna particularidad lo hiciere necesario ó útil. Después de todo, 
son las gracias de este linaje las más frías y menos delicadas á que 
Cervantes podía echar mano para sazonar sus obras. Llamar, ver- 
bigracia, á unos libros flemáticos por cismáticos, como hace el 
ventero en el cap. XXXII de la parte II de El ingenioso Hidalgo; 
decir Sapcho, entre mil otros disparates, fócil por dócil (parte II, 
cap. VII), y a perpenan rei de memoria por ad perpetuam rei me- 
moriam la huéspeda de la Colindres, en el Coloquio de los Pe- 
rros, y entender y«5//c/a con lujuria, en vez de summum jus sum- 
ma injuria, aq\ie\ alcaldillo del Persiles (Ubro III, cap. X), son chis- 
tes de baja ley, que parecerian impropios de ingenio tan peregrino 
como el de Cervantes, á no disculparlos y justificarlos la verosimi- 
litud y aun la conveniencia de que así se expresara aquella gentuza. 
Además, escribiendo para toda clase de gentes, el portentoso no- 
velista no podía dejar de verter algunas sales gordas, de esas que 
deleitan el basto paladar del vulgacho. 



- 4Ó3 - 

119 «...y caen debajo de nuestros bienhechores...» 

La expresión es eh'ptica; quiere decir: «caen debajo del número 
de nuestros bienhechores el procurador...», etc. En un pasaje del 
Coloquio de Cipión y Berganza dijo Cervantes algo parecido, sin 
omitir palabras: «por donde me doy á entender que este nuestro 
hablar cae debajo del número de aquellas cosas que llaman por- 
tentos...» Tampoco omitió nada en este lugar del Quijote (parte II, 
cap. XIII): «Digo, respondió Sancho, que confieso que conozco que 
no es deshonra llamar hijo de puta á nadie cuando cae debajo del 
entendimiento de alabarle.» Pero elípticamente, como Cervantes 
en el texto que ha originado esta nota, lo han dicho otros escritores 
de antaño, verbigracia, el maestro Juan de Ávila (Epistolario espi- 
ritual, en la Biblioteca de Rivadeneyra, t. XIII, pág. 357 a): «...y 
ellos, de necios, perdieron el [camino] que tenían..., cayeron en el 
malo, y de allí en el infierno, y dejaron aviso para que no sea uno 
ligero en mudar lugares debajo de mejor servir á Dios.» 

120 «...el guro que nos avisa...» 

Guro es voz germanesca que significa alguacil. 

121 «...que harta malaventura lleva...» 

Aunque en casi todas las ediciones de las Novelas ejemplares 
se lee harta malo ventura, y Cervantes hubo de escribirlo así, 
como escribía mal nacido y mal trecho, por malnacido y maltre- 
cho, paréceme indudable que querría decir harta malaventura, 
pues si de otra suerte fuera, habría escrito harto mala y no harta 
mala, sabido como es que los adverbios de cantidad que tienen ter- 
minaciones masculina y femenina se emplean en la primera con 
los adjetivos, de cualquier género que sean éstos, y ya en la prime- 
ra, ya en la segunda, con los sustantivos, según que son masculinos 
ó femeninos. Malaventura, pues, y no mala ventura, como dos 
palabras, creo que debe leerse en los siguientes pasajes: «Infiere, 
ó que estos dos mil médicos han de tener enfermos que curar, que 
sería harta plaga y mala ventura...» (Coloquio de Cipión y Ber- 
ganza). «¿...y cómo tienes atrevimiento de volver á España, donde, 
si te cogen y te conocen, tendrás harta mala ventura?» (Don 
Quijote, parte II, cap. LIV). «Déjale, Antonio, que harta mala 
ventura lleva...» (Persiles p Sigismundo, libro III, cap. XIX). 

122 «...allá se lo haya; castigúele su pecado.» 

De otras frasecillas hechas equivalentes á él allá, para sí 



- 404 - 

hace, traté en la nota 75, en donde apunté que Cervantes las usaba 
con frecuencia. Veámoslo: «Ni yo lo dijío ni lo pienso, respondió 
Sancho; allá se lo hayan; con su pan se lo coman: si fueron 
amancebados ó no, á Dios habrán dado la cuenta» (Don Quijote, 
parte I, cap. XXV). «Quisieras tú que le diera del asno, del mente- 
cato y del atrevido; pero no me pasa por el pensamiento: casti- 
gúele su pecado, con su pan se lo coma, y allá se lo hayay> 
(Ibid., parte II, prólogo). 

123 «...las socorridas que de su sudor nos socorren...» 
Socorridas, en la acepción de socorredoras, cosa genialísima 

de nuestra habla, que llama leido al que lee, divertido al que di- 
vierte, etc. 

124 «...así en la trena como en las guras...» 

La trena significa la cárcel, y guras está dicho por gurapas 6 
galeras, aunque, pues no recuerdo haberlo visto empleado en igual 
acepción en ninguna otra parte, me temo que sea errata de las dos 
primeras ediciones. Gura, como dice el Vocabulario de germania 
que publicó Juan Hidalgo, significa justicia, funcionarios grandes 
y chicos de ella, y bien distinguió entre guras y gurapas el mis- 
mo Cervantes, en el romance con que dio cabo á su entremés de 
El Rufián viudo: 

Ya salió de las gurapas 
El valieote Escarrainán, 
Para asombro de la gura, 
Y para bien de so mal. 

125 «...y el escribano, que, si anda de buena...» 

Andar, ó estar, de buena es frase elíptica en que se sobrentien- 
de voluntad ó intención. 

126 «...ni culpa á quien se dé mucha pena...» 

Como indiqué en la nota 34, hoy el pronombre quien sólo se usa 
refiriéndose á personas, y cual ha quedado para las cosas, aunque 
no tan sin excepción que no haya buenos escritores que sigan 
echando por el camino viejo. 

127 «,..á esta felicísima y abogada confraternidad...» 

No sé por qué algunos editores y revisores de las Novelas ejem- 
plares, Rosell entre ellos, han leído ó enmendado aquí abonada, 
en lugar de abogada, que se lee en las dos primeras ediciones. 



— 405 — 

Abogada significa en este lugar protectora 6 intercesora, pero 
abonada, ¿qué había de significar que viniera al caso? 

128 «...ese naufragio ó tormenta, ó ese adversario que vuesa 
merced dice...» 

En las Aventuras del bactiiller Trapaza, de Castillo Solórza- 
no, cap. X, hay un pasaje que parece reminiscencia de éste cervan- 
tino. Diciendo Trapaza al alcalde de Tocina que tenía delante de sí 
(en Pernía, supuesta Monja Alférez) el portento, el prodigio de 
nuestra España, pasmo de sus adversarios..., respóndele aquél: 
«Señor galán, yo soy muy amigo de que me hablen clarificadamen- 
te, porque no le he entendido cosa de cuantas me ha dicho áe pro- 
lijo, portamiento, ni aniversario: declárese, por su vida...» 

129 «...mejor que dos reales prestados.» 

Difici lilla de escribir sería la nota en que yo tratase de estas 
cosas, si no había de contentarme con decir, como García de Arrie- 
ta, que «esta cáfila de nombres es nomenclatura de los varios ardi- 
des, trampas, tretas y fullerías de la gente apicarada relativas al 
baile (?), al juego y á sus modos y ardides de robar» (!!!); mas, por 
la misericordia de Dios, éncuéntrome hecho el trabajo. Mi amigo 
D. Francisco Rodríguez Marín, en un artículo intitulado Las flores 
de Rinconete y publicado en Los Lunes de «El Imparciah (4 de 
febrero de este año de 1905), ha tratado de tan revesada materia. 
Con entrarme por su artículo como por viña sin guarda y entre- 
sacar lo que más venga al caso llenaré, á bien poca costa, mi come- 
tido. Copio: 

«Como de las habilidades de que se ufanaba Rinconete no ten- 
drán mucha noticia mis lectores, especialmente aquellos que no ha- 
yan malgastado su tiempo en averiguar en qué consistían, paréceme 
que no se me llevará á mal el intento de explicarlas, entre algunas 
otras, concordándolas con las que, á lo que presumo, sobreviven 
hoy; y digo «á lo que presumo», porque, la verdad en su lugar, yo 
nunca en mi vida jugué á los naipes, ni siquiera al tresillo, ni sé 
migaja de ellos sino de referencia y por mi antigua afición á los es- 
tudios de folk-lore. 

»Como hemos visto, Pedro del Rincón comienza diciendo que 
sabe un poquito de floreo de Vilhán. Esta es frase genérica, en la 
cual entran todas las especies que enumera en seguida; y es de no- 
tar que andan tan perdidos los memoriales acerca de lo de antaño, 
atentos como estamos á pensar en la casa ajena más que en la pro- 
pia, que casi todas las ediciones modernas de las Novelas ejempla- 



— 406 - 

res dicen malamente floreo de villano, como poco antes ciencia vi- 
llanesca, en lugar de vilhanesca, disparatando en estos como en 
muchísimos otros pasajes. Vilhán, por sí solo, como inventor de los 
naipes y sus juegos, según la añeja tradición, merece un artículo. 

»En dos clases ó grupos pueden dividirse las flores tahurescas 
de los naipes: las unas, anteriores al acto de jugar y consistentes 
en preparaciones de toda la baraja (huebra 6 boyuda), ó de algunos 
de sus bueyes (cartas), y las otras, menos abundantes en número, 
eran habilidades de prestidigitador y se ejecutaban, por tanto, en 
el momento mismo de jugar. De ambas clases había flores en el vis- 
toso jardinillo de Rinconete. Sin ser yo un Linneo, tentaré á des- 
cribirlas y explicarlas. 

»Enteifdíasele el retén al compañero de Cortadillo, y esta ma- 
niobra consistía, según el vocabulario germanesco de Juan Hidalgo 
(1609), en «tener el naipe cuando el fullero juega, que se suele decir 
salvar, y ellos dicen Salvatierra»; más claro: en quedarse el fulle- 
ro, al dar la baraja para alzar, con uno ó más naipes ya conocidos 
(un paquete, que dicen hoy), poniéndolo luego sobre el que caía en- 
cima. 

«Tengo, añadía Rinconete, buena vista para el humillo.y> Éste, 
como el lápiz y el hollín, y á diferencia de la pez (que era el pego 
de hoy), consistía en señalar sutilmente por el dorso tales ó cuales 
suertes de naipes, ó todos ellos, distinguiéndolos según los sitios 
en que estaban marcados. De entrambas flores, al par que de otras, 
hacía mención Vicente Espinel en su Sátira contra las dantas de 
Sevilla, escrita aquel año (1578) que pasó, muy á lo picaro, por 
cierto, en la opulenta ciudad de la Giralda: 

Recógense los dos á un tabernáculo 
A ejercitar el juego de ventaja; 
Que en esotro la edad les pone obstáculo. 

Allí viene flamante la baraja, 
Hecha con tal primor al raspadillo, 
Que á los que quieren, á dos manos cuaja. 

La ballestilla, el lápiz y el humillo, 
Sin oítzs flores cien que yo no entiendo, 
Que parte dellas les dejó Angulillo. 

«Juego bien de la sola, de las cuatro y de las ocho. Y aun de 
las doce jugaban bien los taquines (fulleros). Todo esto equivalía 
á lo que ahora llaman el salto, á apandillar ó juntar las suertes, ó 
algún encuentro (que hoy dicen ligar), llevándolo abajo ó arriba; á 
reservarse uno ó varios naipes mientras cortaban, poniéndolos lúe- 



— 407 - 

go, á dos por tres, donde era necesario para que salieran á la mesa, 
ó se quedaran de por vida en la baraja. Así decía el antiguo roman- 
ce de Perotudo: 

Diez huebras lleva de bueyes; 
Cada cual es con swjlor: 
Con la raspa y cortadillo. 
Tira, panda y ballestón. 
El ala de mosca lleva, 

Y también de cigarrón; 
También llevaba las ocho, 

Y las doce, por mejor. 

«No se me va por pies— seguía diciendo Rinconete— e/ ras/?aí//- 
llo, berrugiieta y el colmillo. Tres flores que consistían en señalar 
los naipes para distinguirlos al tacto, ya raspándolos sutilmente en 
determinados sitios, según las suertes, ya apretando sóbrela haz de 
tales ó cuales de ellos la cabeza de un alfiler, de modo que por el 
envés la señal semejaba una verruguilla, ó bien pulimentándolos ex- 
tremadamente aquí ó allá, operación que de ordinario se hacía con 
un colmillo de cerdo, de donde tomó el nombre esta flor. 

»Y proseguía Rinconete: «Entróme por la boca de lobo como 
por mi casa.» Veamos qué era esto. Llaman hoy hacer la vizcaína 
á lo que antaño decían hacer la teja, esto es: á dar alguna conve- 
xidad á la mitad inferior de la baraja, antes de cortar, lo cual, como 
dice Deber-Trud, da por resultado que el que corta lo hace irremi- 
siblemente por donde le conviene al que ha barajado. Pues bien, el 
sutil hueco que, superpuesto el paquete de la teja, quedaba entre 
ambos, llamábase boca de lobo. Para esta flor debían de estar pre- 
parados los naipes de Rinconete que, aunque «astrosos y maltrata- 
»dos, usan— decía él— una maravillosa virtud con quien los entiende, 
»que no alzará que no quede un as debajo.» ¡Claro! ¡Como que 
aposta, al dar la baraja para cortar, lo pondría debajo de la mitad 
superior y no alejada de ella! 

»Con tales estudios teórico-prácticos, Pedro del Rincón bien 
podía añadir, jugando picarescamente del vocablo, para que todo 
fuese cosa de juego, que se atrevería «á hacer un tercio de chanza 
mejor que un tercio de Ñapóles». Era cosa corriente en el arte ó 
artimaña de la fullería ponerse de acuerdo dos ó más para desvali- 
jar al blanco ó bueno, que ahora llaman primo. El jugador inocente 
solía ser conducido al degolladero, como hoy, por los engancha- 
dores (ganchos), ó dobles, que son, según donosa definición de 
Quevedo, los que acarrean sencillos. Y ya acarreados, si se tercia- 
ba el terciar para ayudarles á bien morir, hacíanlo, como el cita- 
do Perotudo: 



— 408 - 

Ondeador era muy cierto 

Y muy cierto guiñaron.., 

Y tambiéu sirve de terciot 
Si le viene U ocasión. 

Ó como el jácaro de otro romance: 

De un famoso cicatero^ 
Único y solo nacido... 
Maestro y tercio dt chama. 
Comadreja en todo nido. 

»Por tíltimo, Rinconete se atrevía «á dar un astillazo al más 
pintado, mejor que dos reales prestados.» Dar astillazo era «me- 
»ter solapadamente una carta entre las demás, para quitar las suer- 
»tes que derechamente venían á su contrario.» Tengo esta f^or por 
una de aquellas con que los sages dobles solían dar con la ley á 
los meros licenciados en la facultad de la fullería. 

«Principios y no más, como decía Monipodio, eran las habilida- 
des tahurescas de Rinconete: en los mismos ejemplos que he citado 
salen muchos otros nombres de la flora vilhanesca, y folleto ó 
líbrete, que no simple artículo, habría yo de escribir para tratar, 
brevemente siquiera, de los naipes de mayor y del lerdo; de las 
cartas picantes; del irse y del apandillar; del espejo de Clara- 
monte y de otros no menos ustorios; del dar luz; de los varios 
medios que se empleaban para juntar azares y apartar encuen- 
tros... ¡Un jardín de flores curiosas, que ni el de Antonio de Tor- 
quemada! 

»Á la verdad, Cervantes atribuyó á Rinconete casi todas las flo- 
res que él conocía: plus minusve, las mismas con que adornó á Pe- 
dro de Urdemalas en la comedia de este nombre: 

Luego fui mozo de muías, 

Y aun de un fullero lo fui, 
, , ^, ; , Que con ¡a boca de lobo 

Se tragaba á San Quintin. 
Gran jugador de las cuatro: 

Y con la sola le vi 

Dar tan mortales heridas, 
Que no se pueden decir. 

Verrugueta y ballestilla, 
El raspadillo y hollín 
Jugaba por excelencia, 

Y el maese Juan, hi de ruin. 
Gran sage del espejuelo, 

Y del retén tan sotil, 

Que no se le viera un lince 
Con los antojos del Cid. 



— 409 — 

130 «...todas ésas son flores de cantueso viejas...» 
Cervantes juega del vocablo flores, en su acepción principal y en 

la jacarandina de fullerías tahurescas, y llama á las de Rinconete 
flores de cantueso por su poca entidad y su insignificancia. Es mo- 
dismo que volvió á usar, por boca de Sancho, en la parte II del Qui- 
jote, cap. V: «...y aun todo esto fuera flores de cantueso si no tu- 
viéramos que entender con yangüeses y con moros encantados.» 

131 «...y sólo sirven para alguno que sea tan blanco, que se 
deje matar de media noche abajo...» 

Blanco, en germanía, equivale á inocente ó incauto, en oposi- 
ción á negro (greno en jerigonza), que significa taimado y astuto. 
«Al que es principiante y yerra, lo llaman blanco, que es lo mismo 
que decirle nescio; y al que dice bien le llaman negro, que es lo 
mismo que hábih (Cristóbal de Chaves, Relación de la Cárcel de 
Sevilla). En el Quijote, parte I, cap. XXXII, Cervantes hace decir al 
ventero: «...no piense vuesa merced darme papilla, porque, por Dios, 
que no soy nada blanco», diciendo lo cual hablaba como quien era: 
como pájaro que antes de anidar en la venta habría volado por no 
pocos de los parajes de que daba noticia aquel otro ventero que ar- 
mó caballero á D. Quijote. El Sr. Hartzenbusch, inconsiderada- 
mente, enmendó bobo por blanco en las ediciones de la Argamasi- 
Ila. Más difícil que entender bien esto sería darse exacta cuenta de 
lo que significa lo siguiente: «que sea tan blanco, que se deje ma- 
tar de media noche abajo», frase de la cual ya comienza á enterar- 
nos, porque á juegos se refiere, aquel otro pasaje del Quijote, par- 
te II, cap. XLIX: «...mejor es que se juegue en casas principales que 
no en la de algún oficial, donde cogen á un desdichado de media 
noche abajo y le desuellan vivo.» Á estos desolladores llamaban 
de la modorra, ó modorros, «porque aguardan á hacer sus robos ó 
fullerías de media noche abajo, quedándose en las casas de juego 
como acaso, aunque muy de acuerdo, para dar fondo á los picados: 
[á] aquellos que, habiendo perdido en el discurso de la noche, de- 
sean jugar con el mismo demonio que sea» (Luque Fajardo, Fiel 
desengaño contra la ociosidad y los juegos...). 

132 «...y vernos hemos...» 

Por nos veremos (ver-hémos-nos).— Aunque ya poco, todavía 
en tiempo de Cervantes se estilaba decirlo así, sin incorporar el 
verbo auxiliar á la palabra formada del otro verbo y del pronom- 
bre. Otros ejemplos cervantinos: «Responderle hia yo» (Don Qui- 
jote, parte I, cap. XLVII). «...si me quisieren para discreta, aún lle- 



— 410 — 

varme hían...» (La Git anilla). «.Casarme he» (El Celoso extre- 
meño). 

133 «...sé la treta que dicen mete dos y saca cinco...» 

Tal treta, á la cual también llamaban el dos bastos, equivale, y 
así lo entiende D. Rafael Salillas, á la que ejecutan los que en la 
jerga picaresca de hoy llaman tomadores del dos, porque practican 
el escamoteo con solos dos dedos. Pero treta, contra lo que dice 
Salillas, suponiendo este vocablo una contracción de estratagema 
(El delincuente español: El lenguaje, pág. 116, nota), originóse, á 
mi juicio, no tampoco de trestor, sino de tractum, supino de Ira- 
here. En algunas comarcas (la provincia de Málaga, por ejemplo) 
se dice trecha (trecta) en lugar de treta, como en lo antiguo se 
dijo senecho, por senecio, y como hoy decimos, poniendo la ch en 
el lugar que ocuparon la c y la /, techo, dicho, ocho, lucha... Y 
todavía usamos las palabras retrecha, retrechería y retrechero, 
que de trecha vienen, antepuesta la partícula duplicativa. Y trecha, 
por treta, escribió Luís Barahona de Soto, en sus coplas reales in- 
tituladas Libertades del amor: 

Y el que quiere contentar, 
Que es oficio de amador, 
Pues su fin es agradar, 
Mil medios ha de buscar 
Para bacello mejor. 
Si llorar no le aprovecha, 
Basque de nuevo otra trecha 
Por donde se gane el juego: 
Por eso Amor tiene fuego, 
Red, cadena, lazo y flecha. 

134 «...que lo que dice la lengua paga la gorja...» 

El refrán no se diría así, probablemente, sino lo que dicela bo- 
ca... Á lo menos, en esa forma no lo he visto citado sino en este 
lugar de Cervantes; y cuenta que es refrán que se dijo y se dice de 
muchas maneras: Fabla la boca, lieva la coca; Pabla la boca por 
do lieva la coca; No fable la boca por do Heve la coca; Lo que 
dice la boca paga la coca. 

135 «...y harta merced le hace el Cielo al hombre atrevido..., 
que le deja en su lengua su vida ó su muerte. ¡Como si tuviese más 
letras un no que un sí!» 

Bien mirado, estas expresiones no son de Cervantes, sino de los 
delincuentes inconfesos de su época. Él las oiría muchas veces, es- 



- 411 — 

pecialmente cuando estuvo preso. Así, los galeotes con quienes 
topó el héroe manchego (Don Quijote, parte I, cap. XXII) escarne- 
cían y tenían en poco al cuatrero que había confesado su delito, 
«porque dicen ellos que iantas letras tiene un no como un si, y 
que harta ventura tiene un delincuente, que está en su lengua su 
vida ó su muerte, y no en la de los testigos y probanzas.» La frase 
del sí y del no perdura en el uso de la población carcelaria, y quie- 
re decir que no teniendo un no más letras que un sí, no cuesta más 
trabajo responder con aquél que con éste. Vea el lector cómo arre- 
gló en redondillas este pasaje D. Vicente Colorado, en su comedia 
Rinconete y Cortadillo, acto II, escena IV: 

Rinconete. ...que lo que dice la lengua 
Lo paga después el cuello; 

Y harta merced hizo Dios 
Al hombre, que á su medida 
Puso en su lengua su vida, 
Para que opte entre las dos; 

Y el que muere porque allí 
Dice lo que no conviene, 
Bien muerto está; que no tiene 
Más letras un no gue un sí. 

Esa misma frase es también argumento de la dialéctica popular 
amatoria (Rodríguez Marín, Cantos populares españoles, t. II, 
n.M.883): 

Tantas letras tiene el si 
Como letras tiene el no; 
Con el sí me das la vida 
Y la muerte con el no. 

Y aun eso de tener contadas las letras para saber que no importa 
más hacer una cosa que otra, entra en otras frasecillas populares, 
verbigracia: «Tantas letras tiene ítem dejo como ítem debo, que 
dicen los que gustan de pasar buena vida á costa de sus herederos, 
y, en especial, de sus acreedores. 

En las primeras ediciones de las Novelas ejemplares, y en 
cuantas he visto, la frase postrera del pasaje á que corresponde 
esta nota no está entre admiraciones, como exclamación, sino como 
complemento de la frase que antecede y separada de ella por una 
coma. Pero así el tal pasaje no hace buen sentido: para que lo hi- 
ciera, habría de decir: «...y harta merced hace el Cielo al hombre 
atrevido..., que le deja en su lengua su vida ó su muerte, pues no 
tiene más lelras un no que un sí.» 



-412 - 

136 «...porque su presencia agradable y su buena plática lo 
merecía todo.» 

Lo merecían, había de decir. De esta casta de solecismos, fre- 
cuentes en Cervantes, trataré con más espacio de aquí á poco. 
Véase la nota 173. 

137 «...no pagar media nata...» 

Claro es que Cervantes, relatando franquicias y preeminencias 
por Monipodio, quiere decir media annata, y aplica al oficio ladro- 
nesco el nombre del derecho ó tributo llamado así; pero el vulgo 
andaluz, al pronunciar, se había ido comiendo letras, una n porque 
bastaba con la otra, y la íí porque bastaba con la final de media, 
y en media nata quedó (aun al escribir, por una de las elisiones de 
que traté en la página 511), quizás no sin alguna puntica epigramá- 
tica. No fué ésta la única vez que Cervantes lo hizo estampar de 
tal manera, pues en la jornada I de La Entretenida dice Ocafla: 

¡Oh pajes, qae sois halcones 
De estas duendas fregoniles, 
De so salario alguaciles, 
De sns vivares hurones, 

Lleviisos la media nata 
De este común beneficio... 

El Dr. Juan de Salinas jugó de estos vocablos en ciertas décimas 
que, para que todo fuera salero andaluz, dirigió al donosísimo obis- 
po de Bona, D. Juan de la Sal (Poesías del Dr.Juan de Salinas, 
publicadas por la Sociedad de Bibliófilos Andaluces, Sevilla, 1868, 
t.I, pág.298): 

Cada cual un panecillo 
De gran migajón y fondo 
En su término redondo 
Halló, con horca y cuchillo; 
Y, en medio, en un platoncillo. 
Tanta de escudilla chata 
Con natas de buena data. 
Que quien les echaba mano 
Al compafiero cercano 
Pagaba su media nata, 

138 «...no llevar recaudo de ningün hermano mayor á la cár- 
cel ni á la casa...» 

Entiéndese, antonomásticamente, por la casa llana ó mancebía. 



- 413 - 

139 «...piar el turco puro...» 

Piar llamaban en la habla germanesca al beber, y pío al vino. 
Así, en el Romance de Peroludo (Romances de germanía): 

La coima y los chulamos 
Lo eran sin comparación: 
Muquían de golloría; 
Piaban de mogollón. 

Y en el Romance de Portillo el de Alcalá (Biblioteca de Rivade- 
neyra, t. XVI, pág. 587): 

Y ha menester esta gente 
Mascar un poco de pió. 

Pero lo más corriente era llamar turco al vino, en especial al vino 
puro (por no estar bautizado), y quizás de aquel nombre, como pre- 
sume Salillas, el llamar turca á la borrachera. Otros ejemplos, el 
segundo de los cuales se refiere á un odre: 

Calcotéalas el jaque; 
No quiere ser desflorado: 
Muque artife, pia turco 

Y gomarra del un lado. 

' Sangrado había á un difunto 
Del lado del corazón; 
Media Turquía le saca. 
Bailada por el pezón. 

140 «...con lo que entrujasen los hermanos mayores...» 
Entrujar significa guardar ó echar aceituna en la truja ó troje, 

como dice el Diccionario de la Academia; pero en el caso del texto 
se dijo figuradamente por aportar lo que se garbeaba al acervo ó 
gazofilacio de aquella virtuosa cofradía. 

141 «...pero no trae consigo gurullada.» 

Gurullada, voz de la germanía, significa corchetes y justicia, 
y, por tanto, ronda compuesta de ellos. 

142 «No hay levas conmigo...» 

Leva, también palabra germanesca, significa ardid, treta, tram- 
pa, flor, fullería. Por una de las Ordenanzas mendicativas que 
Mateo Alemán compuso donairosamente para su Guzmán de Alfa- 
rache (parte I, libro III, cap. II) se mandaba: «Que ninguno descorne 
levas, ni las divulgue, ni brame al que no fuere del arte, profeso en 
ella...» Casi como Cervantes lo escribió años después Quevedo, en 
su donosísimo Cuento de cuentos: «Dijo el pobrete:— Yo soy hom- 



— 414 - 

bre de pro, y conmigo no hay levas.* Y comentó D. Francisco de 
P. Seijas y Patino, echando por los cerros de Übeda, por los ban- 
cos de Flandes, ó por la vía de Tarifa, que son para el caso un solo 
descamino (Biblioteca de Rivadeneyra, t. XLVIII, páíí. 409 h): «Le- 
va, que viene de levar ó levantar, indica la salida de las embarca- 
ciones del puerto, porque levan ó levantan ancla; y de aquí el levan- 
tamiento ó enganche de tropa, y la recogida de vagos y gente de 
mal vivir hecha por los ministros de justicia.» 

143 «...el alguacil, que es amigo y nos hace mil placeres al año.» 
Nunca con más verdad que tratándose de los rufianes y los al- 
guaciles y corchetes de antaño pudo decirse: «Todos son lobos: los 
unos y los otros.» Así Quevedo, en la ingeniosísima Carta de Es- 
carramán á la Méndez (El Parnaso Español, Musa V), cuidó de 
que entre las memorias que le encarga, no faltasen las correspon- 
dientes á tal tropa: 

A Mama y á Taita el viejo, 
Que en la guarda vuestra estin, 
Y á toda la gurullada, 
Mis encomiendas darás. 

De la gentil confraternidad en que vivían las mujeres de la casa 
llana con los criados de la justicia es testimonio irrecusable la cu- 
riosa escritura ó acta de registro de alhajas que extractó Rodríguez 
Marín en una nota (pág. 152) de su estudio intitulado El Loaysa de 
«El Celoso extremeño.» La propensión alguacilesca y corchetesca 
á tales suertes de amistades databa de muy antiguo: ya D. Juan II, 
en una ordenanza hecha para Sevilla en 141 1 , mandaba: «Que ningún 
alguacil tenga ni acoja en su compañía rufianes ni malos hombres, ni 
hombre que tenga mujer piíblica en la mancebía...» (Guichot y Pa- 
rody, Historia del Excmo. Ayuntamiento de la... ciudad de Sevi- 
lla, SemUñ, 1896-1903, tomo I, pág. 374). 

144 «No es mucho que á quien te da la gallina entera, tú le 
des una pierna della.» 

Hoy es más corriente decirlo así: Á quien te da el capón, dale 
la pierna y el alón. 

145 «...De común consentimiento aprobaron todos la hidalguía 
de los dos modernos y la sentencia y parecer...» 

Estas últimas palabras son evidente reminiscencia de aquellos 



— 415 — 

Versos de la Residencia de Amor, de Gregorio Silvestre, referen- 
tes á Luís Barahona de Soto, amigo de Cervantes: 

Todos juntos aprobaron 
La sentencia y parescer 
De éste á quien mozo juzgaron; 
Mas en cordura y saber 
Los viejos no le alcanzaron. 

146 «...para degollar á su linico hijo.» 

Error de Cervantes, ó, lo que más creo, mera distracción suya, 
á la cual pudo dar pie el involuntario recuerdo del su único hijo del 
Credo. Al heroico defensor de Tarifa en 1293, que murió en 1309, 
en la batalla de Gaucín, sucedió D. Juan Alonso de Guzmán, su hi- 
jo segundo, muerto como había trágicamente el primogénito D. Pe- 
dro Alonso de Guzmán. D. Juan falleció en Jerez de la Frontera, 
dos años después que su padre, y sus restos descansan en un majes- 
tuoso sepulcro de mármol blanco, con estatua yacente, en la iglesia 
del antiguo monasterio de San Isidro del Campo, cerca de Santi- 
ponce y de las ruinas de Itálica. 

147 «Al volver que volvió Monipodio...» 

En tiempo de Cervantes era frecuente el uso de esta clase de 
locuciones, al parecer pleonásticas. Véanse algunos ejemplos: «Dijo 
también como su señor, en trayendo que le trújese buen despacho 
de la señora Dulcinea del Toboso...» (Don Quijote, parte I, capí- 
tulo XXVI). «...en hallando que halle la historia..., la dará luego á 
la estampa...» (Ibid., parte II, cap. IV). Y en toda la primera mitad 
del siglo XVI: así, en una de las- canciones de Navidad de un pre- 
cioso códice colombino, muy de los comienzos de la dicha centuria, 
intitulado Cantinelas vulgares puestas en música por varios es- 
pañoles: 

Á su Madre le daremos, 
En llegando que lleguemos, 
Una rueca que haremos 
Del spino que cortamos. 

Y así D. Juan de Padilla, el Cartujano, en Los doze triunfos de 
ios doze Apostóles (Sevilla, 1521), triunfo VII, cap. IV): 

Veniendo que vienen del alta Medina, 
El vado Leteo de presto pasado, 
Parece de frente pequeño collado 
AHÍ do Cartuja se muestra vecina... 

Y el obispo D. Antonio de Guevara: «^// acabando que acabé de 



~ 416 - 

bautizar veintisiete mil casas de moros...» (Epístolas familia- 
res, IV de la segunda parte). Siguió diciéndose así en todo el si- 
glo XVII; por ejemplo: «Téngase recato que no se usen jamás voca- 
blos apicarados. Uno dijo que acabando que acabó Noé de beber 
el vino..., quedó hecho equis, uñas arriba...» (Fr. Diego León y 
Moya, Aforismos y reglas para más bien ejercer el alto oficio 
de la predicación evangélica.,. Antequera, Manuel Botello, 1629). 
Estas locuciones de gerundio están hoy relegadas al habla de los 
campesinos (á lo menos, en Andalucía), quienes de cuando en cuan- 
do suplen aquella forma invariable por otras sinónimas de pretérito, 
presente ó futuro, diciendo, verbigracia: Cuando volvió que vol- 
vió.... Si voy que llego á ir..., Cuando amanezca que amanez- 
ca... (♦) Bello, en su Gramática, apuntó muy atinadamente que, 
aunque parece haber algo de redundante en estas construcciones, 
«el pleonasmo no es enteramente ocioso: en rayando el día par- 
tiremos significa inmediata sucesión de la partida al rayar; en ra- 
yando que raye el día asevera la inmediación.» 

148 «...dos mozas, afeitados los rostros...» 

Afeitados, es decir, acicalados con afeites. Lectores podría ha- 
ber, aun entre los graduados en universidades, que si yo no les ex- 
plicase cosa tan clara, entendiesen que las dos mozas acababan de 
ser rapadas de mano de algún barbero. 

149 «...cubiertas con medios mantos de añascóte...» 

En 1621 se reformaron las Ordenanzas de la Mancebía de Sevi- 
lla, compilando, con algunas innovaciones de última hora, lo que 
año tras año, durante muchos, sé había venido acordando por la 
Ciudad, en modificación de las ordenanzas viejas. Ampliando las in- 
dicaciones que hice en la pág. 110, he aquí la ordenanza referente á 
los medios mantos con que las mozas del texto iban cubiertas: 
«XIV. Iten por quanto... en las hordenan^as antiguas está mandado 
que las mugeres publicas se diferenfien en los trajes que truxeren 
de las buenas mugeres, se hordena y manda que de aqui adelante 
quando andubieren por la ciudad y fuera de la dicha cassa ayan de 
traer y traygan sus mantos negros doblados con que se cubran, y 
se manda y permite que quando fueren á missa ó á la yglesia lle- 



(•) No recuerdo copla popular ni sé refrán al^no que poder citar como muestra corrien- 
te hoy de tales modos de decir; pero suplan por ella estas dos expresiones de un trabajillo mío, 
lui Gavilana, que estos días saldrá á luz en mi librejo misceláneo intitulado Chilindrinas: 
• Pa ti, en ayegando que ayegue er caso, un mosito e mi fló...» (pág. 227), ^Cuando clahó gtte 
claóó en el aro der seaso las tiseras en figura e crus... (pág. 335]. 



- 417 - 

bandolas el dicho alguacil de la dicha cassa publica lleben sus man- 
tos tendidos como las buenas mugares...» (Archivo Municipal de 
Sevilla, Ordenanzas de la Mancebía reformadas en 1621, sec- 
ción 4.^, tomo 22, n.« 14). 

150 «...conocieron que eran de la casa llana...» 
Cervantes mismo, por boca de una ramera que figura en la jor- 
nada I de El Rufián dichoso nos va á explicar por qué se llamaba 
casa llana á la mancebía. Cuando llevan preso á Carrascosa, pa- 
dre de las mujeres del Compás, el inquisidor Tello de Sandoval y 
Antonia entablan el siguiente diálogo: 

Tello. ¿Qué padre es éste? Por dicha, 

¿Llevan algún fraile preso? 
Antonia. No, señor, no es nada de eso; 
Que éste es padre de desdicha, 
Puesto que en su oficio gana 
Más que dos padres y aun tres. 
Tello. Decidme de qué orden es. 
Antonia. De los de la casa llana. 
El alcaide (con perdón, 
Señor) de la mancebía, 
Á quien llaman padre hoy día 
Las de nuestra profesión. 

Su tenencia es casa llana. 
Porque se allanan en ella 
Cuantas viven dentro della.... 



151 «Pues ¿había de faltar, diestro mío?...» 

En los siglos XVI y siguiente llamábase diestros, por antonoma- 
sia, á los maestros de esgrima, y á ésta, arte de la destreza; aun- 
que de poco solía servir la tal arte con quien sabía aprovecharse 
del refrán que dice: «Á un diestro, un presto.» Como los rufianes 
presumían de valientes (bien que muchos de ellos fuesen lebrones), 
las rameras sus queridas, por lisonjearlos, solían llamarles dies- 
tros, como aquí á su cuyo la Gananciosa. 

152 «No tardará mucho á venir Silbatillo, tu trainel...» 
Según el vocabulario de germanía que sacó á luz Juan Hidalgo, 

trainel equivalía á criado de rufián, ó de mujer de la mancebía. 
Salillas (El Delincuente Español: El Lenguaje, pág. 88) recuerda 
que esta palabra, en tiempo del Arcipreste de Hita (Libro de Buen 
amor, coplas 898 y 1.595), significaba unas veces alcahueta, y 
otras, criado joven. 



-41Ó - 

163 «...porque en cortando la cólera...» 

Según el léxico de la Academia, corlar ¡a cólera es «tomar un 
refrigerio entre dos comidas»; y, siendo refrigerio, conforme al 
mismo Diccionario, «corto alimento que se toma para reparar las 
fuerzas», cortar la cólera viene á ser tomar refacción, ó un pisco- 
labis: algo de comer; algo que, como dicen, se pegue al riñon. Así 
puede entenderse por este pasaje de Rinconete y por otro de El In- 
genioso Hidalgo (parte I, cap. XXI), en que Cervantes, después de 
decir que D. Quijote y Sancho almorzaron de lo que el barbero de 
la bacía abandonó al huir y bebieron agua del arroyo de los bata- 
nes, añade: «y cortada la cólera, y aun la melancolía, subieron á 
caballo...» Esto no obstante, por unos versos de El Rufián dichoso 
(jorn. I) se cae en la cuenta de que asimismo llamaban cortar la có- 
lera á echar un trago: 

Lugo. De cólera venSa ciego 

Y enfadado. 
Lobillo. Y yo también. 

Vamoi d cortarla aqui 

Con un polvo de lo caro. 

Hoy se suele decir cortar la bilis. 

154 «...y poner mis candelicas á Nuestra Señora de las 
Aguas...» 

La imagen de Nuestra Señora de las Aguas se venera hoy, como 
á fines del siglo XVI y mucho antes, en la iglesia parroquial de San 
Salvador, y su advocación fué debida, según unos, «á ser eficacísi- 
ma intercesora para alcanzar de Dios el beneficio de la lluvia en 
épocas de sequía», y, según otros, á que el rey D. Fernando III, ga- 
nador de Sevilla, «como desease poseer una imagen de aquella Vir- 
gen que se le había aparecido en sueños durante el cerco de la du- 
dad y encargase á sus artífices que le hicieran imágenes de Nuestra 
Señora, para ver si alguno acertaba con la celestial fisonomía, al 
serle presentada esta escultura, exclamó: <.<Está entre aguas», dan- 
do á entender con ello que algo se parecía á la que había visto en 
sueños, pero que no era su fiel trasunto.» Describe prolijamente es- 
ta imagen del siglo XIII el ilustre arqueólogo D. José Gestoso y Pé- 
rez, en su notable obra intitulada Sevilla monumental y artística, 
(Sevilla, 1889-97), tomo III, pág. 352. 

155 «...y al Santo Crucifijo de Santo Agustín...» 
Llamábase de San Agustín este Crucifijo porque se le veneraba 

en una capilla de la iglesia de este nombre. Hoy se conserva en la 



- 4l9 - 

de San Roque, y es, como dice el Sr. Gestoso (Obra citada, tomo III, 
pág. 431), «una de las más curiosas é interesantes esculturas que 
quedan en esta ciudad al estilo románico del siglo XIV.» Como la 
efigie de Nuestra Señora de las Aguas, sacábase también en pro- 
cesiones de rogativa el Cristo de San Agustín en épocas de grande 
sequía; pero^ además, en cualesquier otros trances de necesidades 
ó aflicciones. He aquí un breve apunte de algunas noticias á esto 
referentes. En 25 de marzo de 1566 sacóse el Santo Cristo á la Cruz 
del Campo, en rogativa por la sequía; y, según el manuscrito en 
donde lo leo (Archivo Municipal de Sevilla, Papeles del Conde del 
Águila, Efemérides sevillanas), desde que salió empezó á llover, 
no cesando el agua en más de veinte días. En 1588 (25 de julio) fué 
llevada la dicha imagen en procesión á la Iglesia Catedral, en ro- 
gativa por el buen suceso de la armada Invencible (Matute, Noti- 
cias relativas á la historia de Sevilla que no constan en sus 
anales, Sevilla, 1886, pág. 83). En cabildo de 7 de abril de 1589 se 
acordó que ciertos capitulares que se designan «vayan al moneste- 
rio de sant agustin y pidan de parte de la ciudad al prior del dicho 
convento tenga por bien de que se saque el santo crusifijo y se lleue 
en procesión hasta la crus ^ la qual quiere acompañar la ciudad 
para suplicar a nuestro señor en ella nos haga merced de enbiar 
agua para el Remedio de los panes, de que ay gran necesidad, y 
para esto señalen el dia y la ora...» (Actas capitulares de Sevilla). 
En cabildo de 15 de enero de 1597 se acordó que para que cesasen 
las avenidas del Guadalquivir se llevara el Santo Cristo á la Iglesia 
Mayor, «y que se avise a D. Cristóbal M.^ (?), dueño de la capilla» 
(Ibidem). Dos días después, por haber cesado los temporales, se 
acuerda que la Ciudad vaya á dar gracias al Santísimo Cristo de 
San Agustín (Ibidem). En 17 de junio de 1599, acordóse que la men- 
cionada imagen se pusiera por ocho días en la capilla mayor de la 
Catedral, en acción de gracias por haber cesado la peste (Ibid.). 

Era, pues, la devota efigie imán de corazones y paño de lágrimas 
de Sevilla toda: á ella acudían todos con sus cuitas, necesidades y 
lacerias, buscando remedio ó alivio; y así como la Pipota, según la 
novela cervantina, no dejaría de ponerle sus candelicas «si nevase y 
ventiscase», así también aquel vizcaíno admirador del comediante 
Agustín de Rojas, malherido éste junto á las Gradas por unos la- 
drones, prometíale, en interés por su salud, «que le iba á decir cua- 
tro misas al Santo Crucifijo de San Agustín» (Rojas Villandrando, 
El Viaje entretenido, libro I). Pues, con todo esto (tal andaba Sevi- 
lla á fines del siglo XVI), no faltó quien robara al Santo Cristo la 
hermosa lámpara de plata que tenía, y en cabildo de 13 de diciembre 



-420- 

de 1506, á petición del veinticuatro D. Melchor Maldonado, se man- 
dó hacer otra á expensas de la Ciudad, con las armas de ella, é 
hízose enseguida, á juzgar por dos asientos de los libros de propios 
(15 de enero y 18 de agosto de 1507). De aquellos tiempos á éstos 
la devoción sevillana ha tomado otros rumbos: ¡San Expedito, ver- 
bigracia, tiene más rogadores que el viejo Crucifijo de San Agustín, 
con su rostro acardenalado y triste! ¡Vivimos en tiempos de alegría: 
las gentes no quieren ver tristezas ni lástimas, ni aun en el majes- 
tuoso semblante de Nuestro Divino Redentor! 

156 «...llevaron á mi casa una canasta de colar...» 

Cuando, como decía Monipodio, el oficio andaba muy flaco, á 
hurtar canastas de colar, como zorras á grillos, se andaban aque- 
llos amigos de lo ajeno; que al cabo, dirían, menos da una piedra. 
Decíalo así Guzmán de Alfarache (parte II, libro III, cap. VI): 
«...nunca faltaban por los trascorrales algunas coladas, que con 
las canastas mismas trasponíamos en los aires.» Y así, «por ena- 
morado», iba á galeras aquel galeote (El Ingenioso Hidalgo, par- 
te I, cap. XXII) que de tanto como quiso á una canasta de colar 
atestada de ropa blanca, la abrazó consigo tan fuertemente, que á 
no quitársela la justicia por fuerza, nunca la hubiera dejado de su 
voluntad. 

157 «...verlos entrar ¡jadeando...» 

Cervantes usaba indistintamente los verbos jadear é ijadear, 
bien que parecen ser uno mismo: «Ya en esto D. Quijote y Sancho, 
que la paliza de Rocinante )iabían visto, llegaban ijadeando...y> (El 
Ingenioso Hidalgo, parte I, cap. XV). «Sancho Panza, que ja- 
deando le iba á los alcances...» (Ibid., cap. LII). 

158 «...y corriendo agua de sus rostros...» 

Escribió Cervantes agua por sudor, acaso acaso más que por- 
que así alguna vez se dijese, por evitar una repetición, pues muy 
poco antes había escrito: «y venían sudando la gota tan gorda.» 

159 «...en un grandísimo gato de reales que llevaba.» 

La explicación de por qué se llamaban galos á las bolsas del di- 
nero dala el mismo Cervantes, al describir aquella danza hablada 
que fué parte de la gran fiesta con que se celebraron las bodas de 
Camacho (Don Quijote, parte II, cap. XX): «...el Interés sacó un 
bolsón, que le formaba el pellejo de un gran gato romano, que 



- 421 — 

parecía estar lleno de dineros...» Ya lo decía Covarrubias en su 
léxico: «Gatos [llaman] los bolsones de dinero, porque se hazen de 
sus pellejos, desollados enteros sin abrir.» 

160 «...y que se está tan entera como cuando nació.» 
Dícelo la Pipota como si, en vez de hablar de una canasta de 

ropa, encareciese, platicando con algún bretón, la doncellez de al- 
guna moza alquiladiza. En el borrador del Rinconete Cervantes 
había hecho decir á la buena vieja que la tal canasta se estaba en- 
tera «como su madre la parió.» Pero, á hablar de una mujer y no 
de una canasta, habríalo dicho nuestro autor con la irónica gracia 
con que solía; como en Don Quijote, parte I, cap. IX: «...doncella 
hubo en los pasados tiempos, que, al cabo de ochenta años, que en 
todos ellos no durmió un día debajo de tejado, se fué tan entera á 
la sepultura como la madre que la había parido.» Aún fué más fino 
ironista en El Celoso extremeño, cuando la reverdecida dueña, he- 
cha la boca un agua de pensar que iba á ver— por lo menos, á ver- 
de torno y de rejas adentro al garrido Loaysa, dícele como hembra 
recatada y recogida de todo punto: «Sabrá vuesa merced, señor 
mío, que en Dios y en mi conciencia, todas las que estamos dentro 
de las puertas de esta casa somos doncellas como las madres que 
nos parieron, excepto mi señora...» ¡Qué singular modo de decir 
que ésta, que era la sola casada, era, en realidad de verdad, la úni- 
ca doncella! 

161 «...que yo iré allá á boca de sorna...» 

Quiere decir á boca de noche: sorna es noche en germanía. A 
boca es modo adverbial que significa muy cerca, y así, á boca de 
noche; á boca de invierno. Consímilmente, abocar, por acercar ó 
arrimar, y abocarse, por aproximarse ó estar cercano. 

162 «...y un corcho que podría caber... hasta una azumbre...» 
Comentando D. Diego Clemencín las palabras «un jarro desbo- 
cado que cabe un buen porqué de vino» (Don Quijote, parte II, ca- 
pítulo XXV), recuerda que «el verbo castellano caber tiene dos 
acepciones opuestas: una, poder contener, que es más conforme á 
su origen latino, de capio; otra, poder ser contenido: en la prime- 
ra acepción es verbo activo; en la segunda es de estado.» En la pri- 
mera está empleado en el ejemplo del Quijote y en el pasaje del 
Rinconete. Como ahora no se usa el verbo caber en esa significa- 
ción, no holgará citar algún otro ejemplo: «Con medida lo bebo, 



— 422 — 

replicó el negro; aquí tengo un jarro que cabe una azumbre justa y 
cabal...» (El Celoso extremeño). Esta antigua acepción de caber 
se suple hoy con otros verbos: en Andalucía, con hacer; en otras 
partes, con coger. 

El corcho á que Cervantes se refiere en este lugar debía de ser 
lo que los campesinos de la provincia de Sevilla llaman un cucha- 
rro: la corteza que revestía un nudo de alcornoque, escudilla natu- 
ral que suele ser sobrado capaz para una azumbre {*). 

163 «...de un tirón y sin tomar aliento lo trasegó del corcho al 
estómago...» 

¡Con razón llamaban la Pipóla á esta memorable vieja; porque 
una azumbre de un tirón, ya es beber.... Bien que no lo hacían mal 
las gentes de aquel tiempo, á juzgar por las referencias que de ello 
nos quedan. La taza de aquel sujeto que en el ansia se puso á orza 
y á quien se refirió Mateo Alemán (y yo con él, notas atrás), había 
de ser siempre de profundis, que hiciese azumbre y media, y si 
esto se contaba por una vez y, según la buena práctica, con un higo 
se había de beber tres veces, á cada higo venían á corresponder 
casi cinco azumbres. Más de azumbre y media echaron en una aljo- 
faina al estudiante gorrón que se convidó á cenar en la Venta Nue- 
va con los representantes Ramírez y Nicolás de los Ríos (Rojas Vi- 
llandrando. El Viaje entretenido, libro II), «y, sin decir esta boca 
es mía, dejó a te suspiramus la taza, y acabó con decir: «¡Oh, qué 
^pequeña es la bota! No tengo yo harto para una comida en seis 
«botas como ésta!» Y Lazarillo de Tormes, en la continuación por 
H. de Luna de la novela de este título (cap. VIH), dice: «Á las más 
puertas que llegaba [viniendo de Toledo á Madrid] me decían si 
quería beber, porque no tenían pan que darme; jamás lo rehusé; y 
así, me sucedió algunas veces en ayunas haber envasado cuatro 
azumbres de vino, con que estaba más alegre que moza en víspera 
de fiesta.» En La Dorotea de Lope de Vega, la vieja Gerarda, de 
cuatro reales que había recibido destina hasta uno para comer con 
una amiga convidada, y los tres restantes para vino: «...pues tres 
reales de vino entre dos mujeres de bien es muy poca manifatura: 
no hay para dos sorbos...» Y le pregunta espantado Laurencio: 
«¿Tres reales de vino, valiendo á doce maravedís la azumbre?...» 
En otro lugar (acto II, escena IV), dice Gerarda: «Pues á fe que me 



(*) Para hacerme ver esta clase de vasijas (que yo no había visto jamás, porque en mi 
tierra no hay alcornocales) tuvo la bondad de enviarme dos cucharros de una de sus dehesas 
la inspirada poetisa D.* María B. Tixe de Ysern. Correspondo á su fineza con esta mención. 



- 423 — 

dieron á mí una tembladera de plata, que me ha hecho temblar hoy 
á la comida, porque hace tres cuartillos, aunque, si digo verdad, ya 
estaban hechos.» Y como Celia, demostrando haberla entendido, le 
dijese: «Serían seis, madre», responde la vieja mosquito: «Contigo 
me entierren, que sabes de cuentas.» Y en la escena X del acto úl- 
timo manifiesta que, almorzando con su amiga Marina, entre ambas 
dejaron pez con pez una botilla de tres azumbres. Verdad es que 
hay en todo esto de La Dorotea mucho de hipérbole, con que Lope 
de Vega quiso poner en predicamento de borrachona á Qerarda, 
que no era otra que la comedianta Jerónima de Burgos, según ha 
demostrado el infatigable erudito D. Cristóbal Pérez Pastor en su 
interesante libro Proceso de Lope de Vega por libelos contra 
unos cómicos (Madrid, 1901). De todos modos, bien podía pasarla 
Pipota por inventora de aquellos refranes que dicen: «No quiero 
tres, ni quiero treses; que un tordo bebe cien veces»; y «Un cuarti- 
llo presto es ido; una azumbre también se sume; el arroba es la que 
abonda.» Por nuestra famosa vieja, pues, podía decirse aquello de 
la Égloga ó farsa del Nacimiento dejesu Chrisío, de Lucas Fer- 
nández: 

Gil. Pichel, jarro ó cangilón 

Que ella toma, 
Con muy sancta devoción 
Le pega tal sospirón. 
Que no le deja carcoma. 

Para terminar, cierto es que los vinos que de ordinario bebían las 
gentes que acabo de mencionar eran de la hoja, ó poco más grana- 
dos; pero así y todo, á mucho vino no hay cabeza, y el vino nuevo, 
por no ser viejo, «no emborracha, pero agacha», como dicen festi- 
vamente en Andalucía. 

164 «De Guadalcanal es...» 

Tanto el vino de Guadalcanal como el de Cazalla de la Sierra 
(de donde la Pipota, en el borrador de Cervantes, dice ser el que 
bebe) eran en el siglo XVI de los más famosos que se criaban en 
las tierras de Andalucía. Elogia el vino de Guadalcanal el anónimo 
autor de unos villancicos muy graciosos que cita y copia Gallardo 
(Ensayo de una Biblioteca española.... 1. 1, col. 1230): 

Blanco de Guadalcanal 
Y haloques de Baeza 
Me confortan la cabeza, 
Con Yepes y Madrigal... 

«Pilotos de Guadalcanal y Coca» llamó Mateo Alemán á los am 



— 424 — 

gos de un cierto amo suyo (Guzmán de Mfarache, parte I, libro 
II, cap. V). Ya á fines del siglo XIV (año de 1381) Juan de Aviñón, 
en su Sevillana Medicina, que dio á luz en 1545 el célebre doc- 
tor Monardes y reimprimió en 1885 la Sociedad de Bibliófilos An- 
daluces, mencionaba los vinos de Cazalla, entre otros de pueblos 
pertenecientes á la jurisdicción de Sevilla, tales como Cumbres, 
Constantina, Manzanilla y Aznalcázar. El nigromante de la Come- 
dia de Sepúlveda, escrita, no en 1547, como se viene creyendo, sino 
en 1549 ó después (pues en ella se nombra á la Universidad de Osu- 
na, que se fundó este arto) y publicada por el muy docto y laborioso 
erudito D. Emilio Cotarelo, no se acordó de otro vino que el de 
Cazalla cuando supuso que en una candiota tenía presos, muy á su 
sabor, á ciertos franceses. Juan de Mal-lara, en su libro intitulado 
Recebimiento qve hizo la mvy noble y ntuy leal Ciudad de Sevilla 
a la C. Je. M. del Rey D. Philipe N. S. (Sevilla, Alonso Escribano, 
1570), reproducido en fotolitografía por los mencionados Bibliófi- 
los, dice: »Estauan apercebidos [en la quinta de Bellaflor] muchos 
vinos de Caballa, Cabe<;a la Vaca y Ribadauia, con el Clarete, y el 
de Ocaña.» La gente del bronce sevillana gustaba mucho de él, por 
lo que se colige de unas palabras de Marcos de Obregón (rela- 
ción II, descanso III): ...«y trajeron al otro, que para que quisiese 
ser amigo fué menester llevarlos á todos á la taberna de Pinto y 
gastar una hanega de lo de Cazalla.» Elogiaron también este vino 
Lope de Vega, en una epístola al contador Gaspar de Barrionuevo, 
y D. Femando de Guzmán Mejía, en su Vida y tiempo de Mari- 
castaña. Decía el primero: 

.. ¿Jamón présalo de espafiol marrano 
De la sierra famosa de Aracena, 
Adonde huyó del mundo Arias Montano, 

Vino aromatizado, que sin pena 
Beberse puede, siendo d^ Cazalla, 

Y que ningún cristiano le condena. 
Agua del Alameda en blanca talla 

Dejáis por el bizcocho de galera 

Y la zupia que embarca la canalla? 

Y decía el segundo: 

Y dadme, de las fuentes celestiales 
Que os concedió en Cazalla el padre Baco, 
Favor que me eche al rostro las señales. 

Pero lo ordinario es ver elogiados juntamente los vinos de un 
pueblo y otro: Gonzalo Fernández de Oviedo, en Las Quincuage- 
nas déla Nobleza de España, parte I, pág. 538, menciona entre 



- 425 - 

los vinos de Andalucía los de Guada/canal, Caza/la y Jerez de la 
Frontera; lo propio Cervantes en El Licenciado Vidriera y en la 
jornada III de La Entretenida, y, en resolución, que ya son dema- 
siadas citas, Juan de la Cueva, en su Epístola en alabanza del 
vino (Gallardo, Ensayo..., t. II, col. 647), ponderando el mérito de 
los vinos españoles, añade: 

Cádiz, Jerez, Guadalcanal, Cazalla, 
Comprueban lo que digo claramente, 

Y otras mil partes que mi musa calla. 

165 «...porque es trasañejo.» 

De tres ó más años, segiin el Diccionario de la Academia; pero 
en Andalucía suele distinguirse entre trasaniejo y tresaniejo, que 
aquí aniejo dicen. Nuestro vulgo llama de la hoja (de la pámpa- 
na) al vino que no tiene un año de hecho; aniejo ó de dos hojas, al 
que tiene más de un año y menos de dos; trasaniejo, al de dos 
años; tresaniejo, al de tres, y aun cuatroaniejo al de cuatro, y es 
palabra que pide sitio en el léxico de la Academia, y que lo merece, 
por ser buena y biensonante, por no haber otra alguna que signi- 
fique lo que ella, y por tener en su abono la autoridad muy respe- 
table de Baltasar del Alcázar, el famoso Marcial hispalense, que 
usó tal vocablo en el verso penúltimo del siguiente soneto, ahora 
por primera vez publicado: 

Siga el feroz armígero á su Marte 

Y el ingenioso á la parcial Minerva; 
• Siga el tocado de amorosa yerba 

De la diosa lasciva el estandarte. 

Á la casta Diana el que con arte 
Le corta el paso á la ligera cierva, 

Y el rústico á su Ceres, que conserva 
Con su fecundidad la humana parte. 

Sujetos varios, célebre canalla 
Que habéis hecho experiencia, yo lo fío, 
De todos los estados de la vida, 

Bebiendo estoy, sin tasa ni medida. 
Un cuatroaniejo fino de Cazalla: 
Decidme si hay estado igual al mió. 

166 «...que son mis abogados.» 

Amantes como eran, á prueba de golpes, las izas ó marquidas de 
los rufianes, tomaban por abogados á aquellos santos que, á su ver 
de ellas, más se les parecían, ó más podían hacer por los tales ter- 
nes: á San Miguel, por la valentía con que pisotea al diablo, y á San 
Blas, porque, como abogado contra los males de garganta, parecía 

a8 



— 426 — 

el más á propósito para evitar lo que llamaba Quevedo, con su gra- 
cejo de siempre, enfermedad de cordel. Todavía llama nuestro vul- 
go hacer un San Miguel á tirar á uno al suelo y patearlo; véanse 
en muestra de ello dos coplas populares (Rodríguez Marín, Cantos 
populares españoles, n.~ 7.630 y 7.751): 

Esta noche va á llover 
Sin haber nublo ninguno; 
Que be de hacer un San Miguel 
En las costillas de alguno. 

Me metieron en la edrse 
Por j'aser un San Migué: 
Y <uin que me echaron fuera 
Jise un San Bartolomé. 

¡Prueba de lo bien que corresponden á su nombre nuestras cárce- 
les correccionales! 

167 «...que es de mucha importancia llevar la persona las can- 
delas delante de sí...» 

Era expresión vulgar: «Heredó [el octavo duque de Medina Sido- 
nia] de su hermana la señora D." Francisca 4.000 ducados; erigió 
luego dos capellanías en la Caridad, diziendo: «Vaya la lumbre de- 
»lante; que si aguardo á la muerte, bien creo no han de hallar en 
»mi poder cuatro reales» (Pedro Espinosa, Elogio al retrato del 
Excmo. Sr. D. Manuel Alonso Pérez de Guzmán el Bueno..., Má- 
laga, Juan Rene, 1625). 

168 «...Holgaos hijos..., que vendrá la vejez y lloraréis en ella 
los ratos que perdistes en la mocedad, como yo los lloro...» 

Son estas palabras de la Pipota el siempre viejo y siempre nue- 
vo lugar común del sabidísimo epigrama de Ausonio: 

Collige virgo rosas..., 

que el insigne maestro Francisco de Medina (Obras de Garci Las- 
so... con Anotaciones de Fernando de Herrera, pág. 183) parafra- 
seó de esta suerte: 

Mientras oro, grana y nieve 
Ornan vuestro cuerpo tierno. 
Gozad este don tan breve, 
Antes que venga y se lleve 
Tales flores el invierno. 

De no ser cual habréis sido 
Entonces os doleréis, 



- 427 - 

ó, viendo el tiempo perdido, 
Lloraréis no haber tenido 
La voluntad que tendréis. 

Comentando estos versos, y otros análogos de su biografiado, 
Rodríguez Marín citó multitud de pasajes de oíros autores, en notas 
de las págs. 295-297 y 628-630 de su Estudio biográfico, bibliográ- 
fico Y crítico de Luis Barafiona de Soto (Madrid, 1903). 

169 «...con su llamativo de alcaparrones...» 

Á los manjares que llaman ó excitan la sed decían llamativos, 
palabra que Cervantes usó también en el Quijote, parte II, capítulo 
LXVI: «Si vuesa merced quiere un traguito, aunque caliente, puro, 
aquí llevo una calabaza llena de lo caro, con no sé cuántas rajitas 
de queso de Tronchón, que servirán de llamativo y despertador de 
la sed, si acaso está durmiendo.» Otras veces Cervantes, ó no dio 
con la palabra, ó quiso valerse de rodeos para expresar lo que ella 
indica; verbigracia: «Todos traían alforjas, y todas, segiin pareció, 
venían bien proveídas, á lo menos, de cosas incitativas y que llaman 
á la sed de dos leguas» (Ibid., cap. LIV). Y muy pocos renglones 
después: «Pusieron asimismo un manjar negro, que dicen que se 
llama cabial, y es hecho de huevos de pescados, gran despertador 
de la colambre.» Quevedo llama aviso ó avisillo al llamativo, por- 
que entra primero, como avisando que detrás llega el mosto: «...el 
porquero se llenó el puño de sal, diciendo: «Bueno es el avisillo 
»para beber», y se lo echó todo en la boca...» Esta acepción de avi- 
so no holgaría en el Diccionario de la Academia. 

170 «...de alcaparrones, ahogados en pimientos...» 
Ahogados, claro es que no en la acepción á& rehogados, que es 

la menos desapropiada de las que trae el Diccionario de la Acade- 
mia en el artículo ahogar. Al guardar los alcaparrones en vinagre, 
solía, y suele aún, echárseles encima algunos pimientos, no sólo 
para que aquellos tomaran su sabor, sino, principalmente, para 
impedir que, asomando á la superficie, se echaran á perder por su 
contacto con el aire. 

171 «...y tres hogazas blanquísimas de Gandul.» 

El erudito y muy ingenioso escritor sevillano D. Felipe Pérez y 
González, comentando en su curiosísimo libro sobre El Diablo Co- 
juelo (Madrid, 1903) una expresión de Luís Vélez de Guevara, re- 
ferente al <ípan que llaman de Gallegos, que es el mejor del mun- 
do», se alarga, en una interesante nota (págs. 149-153), á tratar del 



— 428 - 

pan que se vendía en Sevilla en el primer tercio del siglo XVII. Cla- 
ro es que en tal nota no faltan antiguas alusiones al pan de Gan- 
dul, empezando por el pasaje cervantino que comento, y que con 
remitir á ella al lector, ó extractarla sucintamente, podría yo dar 
por fraguada ésta mía. Con todo eso, algo nfíadiré, para que no me 
tengan por perezoso. 

«Venden en seuilla (decía antes de mediar el siglo XVI el bachi- 
ller Luís de Peraza en la Real <- imperial sevillana descriplion, di - 
cada III, cap. VIH) pan en muy gran abundancia en todas las placas 
arriba dichas, especialmente en la pla<;a y poios de san saluador, 
donde ai pan blanco de seuilla. Roscas de seuilla y hogazas, panes, 
tortas y bollos, Roscas sabrosissimas de Vtrera, hoga<;a8 de alcaiíi. 
hoga{'as de gandul y marchenilla.» Años después, y quizás por ha- 
ber ido en aumento la población hispalense, concurrían á abaste- 
cerla de pan muchos otros pueblos: «Sin las infinitas panaderas de 
Sevilla, la proveen de pan cozido ordinariamente Utrera, Dos Her- 
manas, Alcalá de Guadayra, Alcalá del Río, los Palacios, Gandul, 
Mairena, el Viso, Benajete, Coronil, los Molares, y otros muchos 
pueblos sus convezinos (Morgado, Historia de Sevilla, pág. 155 de 
la reimpresión moderna). Entre los muchos autores que elogian por 
excelente el pan de Gandul, cuéntase Lope de Vega, que hubo de 
gustar de él á principios del siglo XVII, en las dos ó tres tempora- 
das que fué huésped de la ciudad del Guadalquivir. En su auto La 
Isla del Sol, escrito en 1616 é inédito hasta que lo ha publicado la 
Academia Española (Obras de Lope de Ve/^a, t. lll, pág. 95), con- 
versando el Delincuente y la Murmuración, ésta descríbele el infier- 
no, en donde, entre otras mil cosas, 

Hay chacona de Castilla, 
De Guinea gtirujú, 
Y bravos Escarramanes 
Bailados á lo andaluz... 



Hay regalos diferentes; 
Sólo el pan no es de Gandul, 
Porque, en su lugar, se come 
Un mal cocido alcuzcuz. 



Y Tirso de Molina, en su comedia El rey D. Pedro en Madrid, 
acto II, esc. XXI: 

No á traerte viene 
Roscas di Gandul, 
Sino pan de perro, 
Que coció Adamuz. 



- 429 - 

Recordaba D. Felipe Pérez, con Cristóbal de Chaves, el autor 
de la Relación de la cárcel de Sevilla, aquel dicho vulgar, según 
el cual el preso que había comido las roscas de Utrera y se escapa- 
ba, había de volver á Sevilla. Bien confirmó esa experiencia, al par 
que la fama del excelente pan de Gandul, el galeote que cantaba 
(La Vida de la galera... por Matheo de Brivuela, Barcelona, 
M.DCIII, 4 f.'' en 4.°): 

Emperador sempiterno 
Mi pena remedíala 

Y sácame deste infierno. 
Porque coma del pan tierno 
De Gandul y de Alcalá. 

Es pan que abre ios alientos, 
Como las roscas de Utrera; 
Pan que no tiene aposentos. 
Ni chinches, ni paramentos. 
Como el bizcocho en galera. 

También hablaba con grande encomio de las roscas de Utrera Pedro 
Cieza de León (Guerras civiles del Perú: Guerra de Chupas, 
cap. XXII, en la Colección de Documentos inéditos para la His- 
toria de España, t. LXXVI, pág. 77): «...ellos mesmos, de unos ár- 
boles que en aquellos montes se criaban, que echaban de sí unas 
púas muy agudas, con ellas rallaban la yuca e hacían de ella pan, 
teniéndole por más sabroso que si fueran blancas roscas de Utrera.» 
Cervantes, en el pasaje del Rinconete que ha dado ocasión para 
esta nota y las dos anteriores, nos dejó el curioso menú (dígolo, 
para mayor claridad, en galiparla) de un almuerzo de la jacarandina 
hispalense; y, como para que pudiésemos ir ensanchando el conoci- 
miento de la cocina hampona, en el acto I de El Rufián dichoso, hi- 
zo, por boca del trainel Lagartija, la lista de una merienda sevillana 
de la propia caterva. La Salmerona y sus compañeras de burdel, 

Que es, cada cual por si, brava 
Gananciosa y buena bija, 

tenían preparada en el Alamillo una merienda tal, 

Que las más famosas cenas 
Ante ella cogen la rienda: 
Cazuelas de berenjenas 
Serán penúltima ofrenda. 
Hay el conejo empanado, 
Por mil partes traspasado 
Con saetas de tocino; 
Blanco el pan, aloque el vino, 

Y hay turrón alicantado. 



- 430- 

Cada cual para esto roba, 
Blancas, vistosas y nuevas. 
Una y otra rica coba; 
Dales limones las Cuevas, 

Y naranjas el Alcoba. 
Dariles en un instante 
El percador, arrogante 

Mas que le hay del Norte al Sor, 
£1 gordo y sabroso albur 

Y la anguila resbalante. 
El sábalo vivo vivo 

Colear en la caldera, 
ó saltar en fuego esquivo, 
Verás en mejor manera 
Que te lo pinto y describo. 
El pintado camarón, 
Con el partido limón 

Y bien molida pimienta, 
Verás como el gusto aumenta 

Y le Baca de barón. 

Á la verdad, hay en esta reseña mucho de retórico, que quita, en 
parte, su especialísimo olorcillo á aquellas viandas. Suum caique: 
en el describir tales chirrichofas germanescas nadie le echó delan- 
te el pie á Cristóbal de Chaves, el donairoso cronista y cantor de 
la jacarandina de Babilonia. Véase qué cena pintó en el Romance 
de la descripción de la vida airada, y si no puede llamársele con 
justicia el Leonardo de Vinci de aquellos maestros y discípulos: 

Luego vienen las pencurias 
Con la provisión cargadas 

Y en el Hospital del Rey 
Vienen [á] acabar su calca. 
Con mucho pie de gruflente, 
Mucho albaire y ensaladas, 
Mucho pemil de murceo, 
Gomarrones y gom arras. 
Traen formage de balantes, 
Blancos pesos de artifara. 
La picoa con crioja, 
Navarra con salsablanca. 
Revestido de quemantes 
Que su olor al pió llama, 

Y la plantosa y pitaflo, 
Que jamás no se ve manca. 
La murta colma los taplos 
Con picante que piaba; 
Los verdosos y sonantes 
Los tablantes ocupaban. 
Siéntanse á rezar sus laudes; 
Golpean en las colaynas; 



- 431 - 

Veréis cantar dulces versos, 
Menudear las bravatas, 
Con que matan los vasidos 

Y los vivos enterraban. 
Túrbanseles los vistosos; 
Las desosadas disparan. 
Columbran una lucerna: 
Ciento se les figuraba; 

£1 bramo va á las clareas; 
Toda flor se descornaba. 

Pero donde Chaves se excedió á sí mismo y se llevó la flor en- 
tre cuantos han descrito escenas de la cherinola, fué en el Roman- 
ce del cumplimiento del testamento de Maladros, al pintar el en- 
diablado ágape con que la taifa rufianesca celebró, con tajada y 
godo pío, las paces concertadas entre Garrancho y Perotudo. Pien- 
san celebrarlas en la Barqueta; pero, porque el padre Palomares, su 
cherinol, está cojo, celébranla en \a guanta. Yo copio, y el lector 
deleítese: 

Las marcas, con presto calco, 
Tomaron la delantera, 

Y al cambiador dan el punto 
Que Ja percha adorne apriesa. 
Ponen sillenes y bancas, 
Limpian poyos, barren puertas, 
Traen macetas de albabaca, 
Con que la percha refrescan. 
Acuden todas las marcas 

Y los que trapos les llevan 
A recibir los jayanes. 
Que ya por el cerco entran. 
Cuál con enroscado toldo 
Campeando de braveza. 
Cuál levantado el baldeo, 

Y cuál la gavia endereza; 
Cuál retorciendo el mostacho. 
Calcando el talón por fuerza. 
Obligando á su marquida 
Que en él los columbres tenga. 
De esta suerte, en cofradía, 
Pasaron la calle luenga 

Y llegaron do está el padre. 
Que por orden los asienta. 
Guardando la antigüedad, 
A cada uno en su leva; 

Y las marcas se asentaron 
En la calca, en una estera, 
En rodeo de la madre. 
Ordenando la merienda. 
Luego salió Magazuelo 



— 432 — 

Guarda coimas noveleras, 

Y su ayuda Capillejo, 
Desmirlado por caleta, 

Y agora de los del cambio 
El trainel de mayor cuenta. 
Cargados ambos á dos 

De los bancos y las mesas, 
Y, puestas, de los tablantes 
Quedaron todas cubiertas. 

Luego los murcios y jaques 
En torno dellas se asientan 
Dejándole & Palomares 

Y al padre la cabecera. 
Portaron luego el artife 
Zaramaguyón y Puebla, 
Envesados por cuatreros 

Y guifiones de revesa. 
Luego llegó Volatón 

Con dos platos en las cems 
De destoyado y codillos, 
Con mucha lima y pimienta. 
De uñas de vaca y mondongo 
Una grande almofía llena: 
Esta sirvió Malsemblante, 
Mandil de Inés de Rivera, 
Porque pretendía tener 
Una vaca en la dehesa. 
Gato Prieto y Serranillo, 
Horosquero y Ilogazuela, 
Llevaban alcaparrones 
Corlidos y berenjenas. 
Bastantes los piativos 
Á agotar una bodega. 
Comenzaron á muquir 

Y á echar al fondo limetas 
De turco de cal de Mata, 

De que están las mesas llenas. 
Rozan y garlan de godo, 

Y desgarran de la oseta; 
Arrojan de la chanzaina 

Y con el tiple bravean.... 



172 «...y á la guía tocó el escanciar con el corcho de col- 
mena.» 

¡No tanto como corcho de colmena: que el de marras, como antes 
se ha dicho, podría caber hasta una azumbre! Bien se echa de ver, 
y ya lo indiqué en otro lugar, que Cervantes se andaluza mucho en 
Sevilla: la tal hipérbole es una andaluzada como una loma. 



~ 433 — 

173 «...les dio á todos gran sobresalto los golpes...» 

Y poco más adelante: «...aquí volvió á pedir justicia, y aquí se ía 
prometió de nuevo Monipodio y todos ios bravos que allí estaban.» 
En Cervantes son algo frecuentes tales solecismos. Otros ejem- 
plos: «...y luego se le vino á la imaginación /ff.9 encruci/adas...» 
(Don Quijote, parte I, cap. IV). «...entraron en la ciudad, donde /« 
sucedió cosas que á cosas llegan» (Ibid., parte II, cap. VIH). 

174 «Tagarete soy...» 

El Tagarete «....es un arroyo grande, que haze fosso a Seuilla, 
desde la fuente que llaman de Calderón hasta el río, passando por 
debaxo de la puerta de Xerez (Mal-lara, Recebimiento... antes ci- 
tado, f.° 21). 

175 «...con menos estruendo y ruido.» 

No está bien hecha la gradación; había de decirlo al revés: con 
menos ruido y estruendo, porque estruendo es más que simple 
ruido. 

176 «...sobre aquel ladrón desuellacaras...» 
Desuellacaras es, según el léxico de la Academia, «persona 

desvergonzada, descarada, de mala vida y costumbres.» Tal senti- 
do conviene á esta palabra en los diversos lugares que Cervantes la 
emplea en el Quijote; pero ¿por qué se dijo y vulgarizó en esa 
acepción? ¿De qué provino el llamar así á los desvergonzados, de 
mala vida... etc.? ¿Se dijo acaso en sentido natural á los que hoy se 
suele llamar afeitamuertos?... 

177 «...aquel cobarde bajamanero...» 

Bajamanero significaba en la parla de los jácaros ladrón rate- 
ro, aprendicete, vamos al decir, que comienza á deletrear en la car- 
tilla ladronesca. Era, pues, entre los sacres, voz despectiva. Véase 
en un ejemplo del sevillano Mateo Alemán, doctor por la Sorbona 
picaresca, al par que la confirmación del antedicho significado, la 
intrincada nomenclatura de los especialistas en el benéfico arte de 
cargar con lo ajeno: «Ninguno entendió como yo la cicatería; fui 
muy gentil caleta, buzo, cuatrero, maleador y marcador, pala, 
poleo, escolta, estafa y zorro; ninguno de mi tamaño, ni mayor 
que yo seis años, en mi presencia dejó de reconocerse ba/amanero 
y bahari» (Guzmán de Alfarache, parte II, libro II, cap. IV). 



-434- 

178 «...si has habido algo con tu respeto...» 

Aunque en el vocabulario de germanía que publicó Juan Hidalgo 
respeto sólo está por espada, usábase también, como en el pasa- 
je de Cervantes, en el significado de cu^o, cuando este pronombre 
hace las veces de sustantivo. En el Romance de ¡a vida y muerte 
de Maladros dice á aquel jaque la marca á quien solicita: 

Más agravios te cantara. 
Cobarde, qae te han pasado; 
Mas bastan estos que he dicho 
Contra tu entono y tu garlo. 
Queriendo ser mi respeto^ 
áendo Tarragón mi amparo. 

Respeto también hacía á la amancebada, como se echa de ver en 
otro de aquellos romances: 

No hay jaque sin su contento, 
Ni marca sin su cubierta; 
Magazo tiene en sus brazoi 
Su respeto Madalena.... 

179 «¿...había yo de comer más pan á manteles, ni yacer en 
uno?» 

Reminiscencia de uno de los romances del Cid; de aquel en que 
D.* Jimena dice al Rey: 

Rey que non faze justicia 
Non debiera de reinare. 
Ni cabalgar en caballo. 
Ni con la Reina folgare. 
Ni comer pan d manteles 
Ni, menos, armas armare. 

No es inverosímil que recordase estos versos la Cariharta, porque 
tales romances viejos se cantaban por el vulgo todavía á fines del 
siglo XVI y principios del siguiente. 

Poco antes ha dicho la Cariharta: «¡Qué respeto! Respetada me 
vea yo en los infiernos, si más lo fuere de aquel león con las ove- 
jas...», y ciertamente debí poner llamada en ese lugar, que bien me- 
rece y aun ha menester nota; mas, pues de distraído no lo hice, 
aquí supliré aquella falta. Solía Cervantes, por boca de sus perso- 
najes, y en señal, cuándo de enojo, cuándo de encarecimiento ó 
aprobación, repetir, echando el concepto por otro lado, la palabra 
que había motivado la alabanza ó el vituperio. Así, por ejemplo: 
«Y, por fin y remate de todo, romperme mis cueros y derramarme 
mi vino; que derramada le vea yo su sangre» (Don Quijote, par- 



-435- 

te I, cap. XXXV). «...qué es lo que queréis, hombre honradoP— 
Honrados días viva vuesa merced...» (El Retablo de las maravi' 
lias). Y en el mismo Rinconeíe(pá¿. 298 de esta edición): «...y con 
la pretina, sin excusar ni recoger los hierros, que en malos grillos 
y hierros le vea yo, me dio tantos azotes...» En el habla vulgar 
andaluza había y hay mucho de esto, y de ella, por ventura, lo tomó 
Cervantes (*). 

180 «...me vea yo comida de adivas estas carnes...» 

Estas adivas, así como aquellas otras de que habla D. Quijote 
cuando dice (parte II, cap. LVIII): «...y justo castigo del Cielo es 
que á un caballero andante vencido le coman adivas y le piquen 
avispas...», son, no la enfermedad que los veterinarios llaman así, 
y que no hace al caso en tales pasajes, sino adives, chacales. 

181 «¡Montas que le di yo ocasión para ello!» 

No están conformes los léxicos en el significado de la interjec- 
ción familiar //7ío/7/a5.../ que alguna vez se \ee ¡monta...! El Diccio- 
nario de autoridades la tuvo por adverbio «que equivale á lo mismo 
que Ahí es deciry>, y después de agregar que «es voz rústica», citó 
una frase del Quijote (parte I, cap. XXI), que yo copiaré. García de 
Arrieta entendió que ¡montas/ significa Pues añádase á esto. La 
Academia, hoy en día, la tiene por equivalente á ¡Anda! El Dic- 
cionario Enciclopédico Hispano- Americano le conserva la sig- 
nificación que le dio el de autoridades, le añade la de ¡Ahí es na- 
da! y transcribe el pasaje cervantino que copió este léxico... Pro- 
bemos á ir concertando estas medidas, ó, por lo menos, á abrir para 
ello camino, arracimando unos cuantos lugares en que esté encla- 
vado ese montas. Todos serán de Cervantes, excepto el primero, 
que data de la primera mitad del siglo XVI y figura en la Farsa del 
Sacramento de Peralforja; en la cual, luego que la Iglesia, queján- 
dose de que 

Vino aquel Lutero malo 
Á negar la conñsión, 



(•) Como de expresiones semejantes á las citadas no pueden hallarse ejemplos en las coplas 
ni en los refranes, textos populares á que acudo con frecuencia para probar mis aseveracioocs, 
fuerza me es buscarlos por otra parte, y hallólos en mi ya citado monólogo intitulado L» G»- 
vilana. Helos aquí: <A costa e la sangre ajena. Sangra se bea eya, Dios me perdone...» «Po« 
ahí abajiyo boy po una purga pa er biejo rico e la esquina, que mala/«r^a le pique i e.» «I^ 
que gasta un mantón berdesiyo, que berdesilla tendrá eya el arma...» «...y asín se arrtmaU 
aquel arrastrao arboroque, que arremataos se bcan eyos, pa que no güerban á agiabiá ar 
Señó...» 



- 436 - 

añade: 

Por tanto, voyme quejando 

Con el salmo que decia, 

Que en latín iba cantando: 

Usqu€ guo?... qu'es ¿Hasta cuándo... , 

el bobo Peralforja, más bien hallado con la suya que con tales 
lologias, exclama, y dice luego á Teresa Jugón: 

¡Peralforja, bueno estás, 
Cargado de provisión! — 
Digo, Teresa Jugón, (Aparte d Teresa) 
¿No habernos menester mis 
Son (*) oir esta canción? 

¡Montas que dice: «Espera 
(Pues ve que cansados vamos), 
Asentaos y descansa!» 
¡Daca el alforja, comamos! 
Sola, sefiora, canta. (A la Iglesia) 

Y Teresa, boba tentada de la risa y dada á bailoteos, respóndele: 

Mas ¡montas que nos decía: 
«Daca, Teresa, bailemos», 
Ó «¿de qué te vestiremos?» 
ó algún cacho de alegría 
Con que todos nos holguemos! 

—2.° En el cap. XXI de la primera parte del Quijote, cuando el 
héroe manchego promete, en siendo rey, hacer conde á Sancho, y 
añade: «...porque en haciéndote conde, cátate ahí caballero, y digan 
lo que dijeren, que á buena fe que te han de llamar señoría, mal que 
les pese», Sancho responde: «Y ¡montas que no sabría yo autorizar 
el litado.' (dictado).— "5.^ En la misma primera parte, cap. XXV, el 
propio Sancho, hablando de la pedrada que dio Cárdenlo á D. Qui- 
jote, dice: «...si la buena suerte no ayudara á vuestra merced, y en- 
caminara el guijarro á la cabeza como le encaminó al pecho, ¡buenos 
quedaríamos, por haber vuelto por aquella m¡ señora, que Dios 
cohonda! Pues ¡montas que no se librara Cardenio por loco!» — 
4.*^ Más adelante, en el cap. XXX, cuando Dorotea, la princesa 
Micomicona, se ofrece por esposa á D. Quijote para luego que éste 
mate al gigante Pandafilando de la Fosca Vista, exclama Sancho: 
«¡Para el puto que no se casare en abriendo el gaznatico al señor 
Pandahilado! Pues ¡monta que es mala la Reina! Así se me vuelvan 
las pulgas de la cama.» -5.*^ En la parte II, cap. XXI, cuando Sancho 



(*) Son, á lo aldeano, por sinc. 



— 437 - 

Panza, en las bodas de Camacho, ve á la novia ricamente vetidas, 
dice: «¡Pardiez que según diviso, que las patenas que había de 
traer son ricos corales, y la palmilla verde de Cuenca es terciopelo 
de treinta pelos, y ¡montas que la guarnición es de tiras de lienzo 
blanco...! ¡Voto á mí, que es de raso!»— 6.*' En el entremés del 
Juez de los divorcios dice D.'^ Quiomar: «¿Qué hay que alegar 
contra lo que tengo dicho? Que no me dais de comer á mí, ni á 
vuestra criada, y ¡monta que son muchas, sino una, y aun ésa, siete- 
mesina, que no come por un grillo.— 7.° Y, en fin, en el entremés de 
El Vizcaíno fingido, cuando Quiñones, que ha bebido sólo dos 
veces, se hace el borracho, dice Brígida: «Ay, pecadora de mí! ¡Y 
como que se le turban los ojos y se trastraba la lengua! ¡Jesús, que 
ya va dando traspiés! Pues ¡monta que ha bebido mucho! La mayor 
lástima es ésta que he visto en mi vida...» Ahora sí es fácil fijarlos 
significados análogos que tiene esta empecatada interjección. En 
estos ejemplos, sin exceptuar ninguno, el ¡montas... está empleado 
en significación á& ¡Á fe...; ¡Vaya...; ¡Cuidado...; ¡Di^o...; pero 
es de advertir que en seis de los siete úsase en frases exclamativas 
con que, por ironía, se encarece lo contrario de lo que suena la letra, 
y tan sólo en el tercero se entiende á lo llano. En Andalucía, donde 
se habla más con el gesto que con las palabras, y, por tanto, más 
para los ojos que para los oídos, es obligado complemento de las 
expresiones irónicas un guiño ó un gracioso mohín de los labios. A 
veces las antecede ó las subsigue truhanescamente un chasquido de 
lengua, ó, como en la tierra de Jaén, un leve ronquido, cosa de que 
hacen donaire y burla los andaluces de las otras provincias. 

Rosell no entendió el significado de la interjección que es obje- 
to de esta nota: pruébalo el haber encerrado la frase entre signos 
interrogativos, por haberla visto terminada con uno de ellos (á falta 
de los admirativos) en las más antiguas ediciones. 

182 «...que el trabajo y afán con que yo los había ganado 
ruego yo á los cielos que vaya en descuento de mis pecados...» 

Lo propio viene á decir Trampagos de su difunta Pericona, he- 
cha á prueba de sermones cuaresmales, en el entremés de El Ru- 
fián viudo: 

¡Cuántas veces me dijo la pobreta, 
Saliendo de los trances rigurosos 
De gritos, y plegarias, y de ruegos, 
Sudando y trasudando: n-Plega al Cielo, 
Trampagos mío, que en descuento vaya 
De mis pecados lo que aquí yo paso 
Por ti, dulce bien mió.» 



— 438 — 

183 «...detrás de la Huerta del Rey...» 

Está á la salida de la ciudad, junto á los Caños de Carmona, y 
fué llamada Huerta del Rey por haberla donado D. Alonso el Sabio 
á Aben Maphot, rey moro de Niebla, cuando éste, después de un 
cerco de diez meses, se le rindió entregándole aquella plaza. Hasta 
entonces la dicha huerta habíase llamado de Ben Joar, por su pro- 
ximidad á la puerta de Carmona, conocida por aquel nombre, si ya 
no es que la puerta lo tomase de aquella hermosa finca. Vuelta su 
posesión á la Corona por muerte del Rey de Niebla, á nuestros re- 
yes siguió perteneciendo, quienes tal cual vez la dieron á algunos de 
sus vasallos, como á D. Ruy López Dávalos y D. Alvaro de Luna, 
siéndoles confiscada después. D. Juan II, á 19 de julio de 1454 (el 
día antes de su muerte), hizo merced de la mencionada Huerta á Juan 
de Monsalve, sevillano, su hijo bastardo, quien en 1493 la vendió á 
D.** Catalina de Ribera, empezando entonces á ser propiedad de los 
marqueses de Tarifa, luego duques de Alcalá. (Ortiz de Zúñiga, 
Anales de Sevilla, i. I, págs. 222 y 402, y II, 449-450). Andrea Na- 
vagiero, refiriéndose al año de 1526, en que estuvo en Sevilla, cele- 
braba mucho la Huerta del Rey, «que tiene un hermoso palacio con 
un gran estanque, y tantos naranjos, que de su fruto saca grandísi- 
ma renta» (Viajes por España de Jorge de Einghen.... traduci- 
dos, anotados y con una introducción por D. Antonio A/." Fabié; 
tomo I de la colección de Libros de Antaño, pág. 271). La mitad 
del agua de los Caños de Carmona pertenecía á esta Huerta, y «en 
la parte principal del estanque— según los documentos que, ya bien 
entrado el siglo XVII, allegó Ortíz de Zúñiga para sus Anales (Bi- 
blioteca Capitular Y Colombina, Ms. 122 de Varios en folio),— \ñ- 
bró el marqués de Tarifa un cenador alto y bajo, donde concurrían 
los caballeros y las señoras de la ciudad á festejar al marqués, y 
después á los duques, y, por no haberlo repasado, está casi arrui- 
nado.» D. Adolfo de Castro, tan ¡luso como cuantos por lo que hoy 
se admira á Cervantes miden el predicamento en que hubieran de 
tenerle los escritores de su época, transcribe en nota al Entremés 
(/e/05 iW/ronc5 este último apunte, y añade con candor de niño: 
«Evidentemente este sitio ameno fué más de una vez visitado por 
Fernando de Herrera, tan amigo de los marqueses de Tarifa, y por 
Miguel de Cervantes» (Varias obras inéditas de Cervantes, pá- 
gina 65, nota). 

184 «...y con la pretina, sin excusar ni recoger los hierros...» 
Era ésta una manera cruel de azotar. También con una pretina 

vapulaba Juan Haldudo el Rico al pobre muchacho Andrés (Don 



— 439 — 

Quijote, parte I, cap. IV); pero no se dice sí con las hebillas ó sólo 
con la correa. Con ellas amenazaba Lope en La ¡lustre fregona á 
la Arguello y la Gallega, cuando, con harto menos frío que lujuria, 
llamaban á media noche á la puerta de su aposento: «Idos de ahí 
luego; si no, por vida de..., hago juramento que si me levanto, que 
con los hierros de mi pretina os tengo de poner las posaderas como 
unas amapolas.» Más suaves azotes eran los que se daban con los 
cabos de las agujetas: así dice el maestro Juan de Ávila (Epistola- 
rio Espiritual, apud Biblioteca de Rivadeneyra, t. XIII, pág. 383): 
«Azotónos nuestro piadoso Padre con los cabos de las agujetas 
donde estábamos muy vivos, para que, experimentando un poco de 
su rigor, huigamos de experimentar su castigo, que nunca tiene fin.» 

185 «...cien mil me hizo, y diera él un dedo de la mano...» 

Es ponderación vulgar, que se dice hoy como en el tiempo de 
Cervantes. Una copla de las que llaman soleares en Andalucía (Ro- 
dríguez Marín, Cantos populares españoles, n.° 6.306): 

Por ber á mi madre diera 
Un deiyo de la mano: 
Er que más farta me hisiera. 

Y un lindísimo trovo de la misma colección (n.*' 4.398): 

De cinco dedos que tengo 
Diera uno, y quedan cuatro, 
Por no haberte conocido 
Ni haberte querido tanto. 

De los cuatro que me quedan 
Diera uno, y quedan tres. 
Por no haberte conocido 
Ni haberte querido bien. 

De los tres que me quedaban 
Diera uno, y quedan dos. 
Por no haberte conocido 
Ni haberte tenido amor. 

De los dos que me quedaban 
Diera uno, y queda otro. 
Por no haberte conocido 
Ni haberte visto ese rostro. 

¡Ay, el uno que me queda 
Lo diera de buena gana, 
Por no haberte conocido, 
Lucero de la maSana! 

186 «...porque me fuera con él á su posada...» 

Posada, en su antigua y genérica acepción de casa en donde se 



_ 440 — 

posa ó se vive: morada. Por no entender cosa tan sencilla, Rose- 
Ily, al leer que Cristóbal Colón había muerto en su posada de Va- 
lladolid, imaginó que su desventura le había llevado á acabar sus 
días en un mesón, entre echacuervos y trajinantes. Y aún el señor 
Menéndez y Pelayo, que patentizó ese tremendo disparate de 
Roselly, debió darle las gradas por el favor que nos hacía, pues 
con el mismo derecho y las mismísimas entendederas pudo creer 
que Colón murió en su posada, es decir, s\ex\áo posadero ó meso- 
nero en Valladolid. 

187 «...antes que de aquí nos vamos...» 

Vamos, en otros tiempos, no sólo fué primera persona de plural 
del presente de indicativo de ir, sino también igual persona del 
mismo número del presente de subjuntivo, que ahora decimos va- 
yamos, así como se decía vais, por vayáis; is, por vais, irnos, por 
vamos, ios por idos (imperativo), y vá por vé. 

188 «¿Las manos había él de ser osado ponerlas...» 

Falta la preposición a ó de: ser osado ú ponerlas, ó ser osado 
de ponerlas. Si dijese había él de osar no se echaría menos pre- 
posición ninguna, por más que no falta quien construya este verbo 
con á, como si fuera ser osado. 

189 «...y hará tretas en ti como en cuerpo muerto.» 

Se refiere á las tretas que con las espadas negras hacían los 
diestros ó*esgrimidores sobre maniquíes que para este efecto pre- 
paraban. Quevedo, en aquella acerada sátira que en la Vida del 
Buscón (libro I, capítulo VIII) dirigió contra D. Luís Pacheco de 
Narváez, hizo que éste y D. Pablos, á falta de espadas y asadores, 
tomasen dos cucharones. Y añade el Buscón: «No se ha visto cosa 
tan digna de risa en el mundo. Daba un salto y decía: «Con este 
«compás alcanzo más y gano los grados del perfil; ahora me apro- 
»vecho del movimiento remiso para matar el natural; ésta había de 
»ser cuchillada, y éste, tajo.» No llegaba á mí desde una legua, y, 
andaba al derredor con el cucharón; y, como yo no estaba quedo, 
parecían tretas contra olla que se sale estando al fuego.» 

190 «...todavía, si el hombre se arremanga...» 

Como los jácaros teníanse por muy hombres, solían hablar de 
sí mismos en tercera persona, llamándose el hombre. Rodríguez 
Marín, en su estudio sobre El Loaysa de «£l Celoso extremeño^), 



— 441 — 

págs. 135-154, hilvanó un parrafete alo jácaro, con mucho del hom- 
bre y de la hombrada. Lo copié en la pág. 93 del presente libro. 

191 «Fué contenta la Juliana de obedecer...» 

Ser contento de, por contentarse de ó conformarse con. Cer- 
vantes usaba esta locución con frecuencia: «...vo soy contento de 
esperar á que ría el alba...» (Don Quijote, parte I, cap. XX). «Ko 
soy contento de hacer lo que dices...» (Ibid.,cSi^.XL\X). «Soy 
más que contento desa condición...» (Ibid., parte II, cap. XIV). 
«Dijo al capitán que era contento de irse con él á Italia» (Ei Licen- 
ciado Vidriera). «Soy contento, respondió el español...» (Persi- 
les y Sigismundo, libro I, cap. VI). No ha faltado quien tenga por 
galicismos tales expresiones. Error: es que el idioma francés y el 
castellano, como hermanos que son, se parecen en muchos rasgos. 
Juan de Valdés, que era casticísimo escritor, empleaba ese giro muy 
á menudo: «Soy contento, y dígoos que en esto no tengo regla nin- 
guna que daros...» (Diálogo de la Lengua). ~«Uaz\o, por mi amor, 
si por dicha viniere.— Soy contento.» (Diálogo de Mercurio y 
Carón). 

192 «...los viejos bebieron sine fine...» 

La expresión sine fine no se cuenta entre las muchas latinas que 
se han hecho de uso vulgar, como sine qua non, ab ovo, ad majo- 
rem gloriam Dei, etc. Tampoco venía al caso en este lugar para 
disimular alguna aspereza de lenguaje. ¿Por qué, pues, la usó Cer- 
vantes? Probablemente, recordando algún texto de los que en sus 
mocedades había leído y traducido, así en Sevilla, en el Colegio de 
la Compañía de Jesús, como en Madrid, al lado de su maestro López 
de Hoyos, Y aun no es difícil columbrar de qué texto sea reminis- 
cencia el sine fine que ha dado pie para esta nota: de aquel epigrama 
de Marcial (LXXIX del libro V) alusivo á las bailarinas gaditanas: 

Nec de Gadibus tmprobis puellce 
Vibrabunt sine fine prurientes 
Lascivos docili tremare tumbos... 

En otra de sus obras, en el entremés de El Rufián viudo, en cu- 
yo final se celebra la reaparición del baile de Escarramán (nuevo 
Escarramán, que le llamaron, como para que, en nuestros días, 
no le confundiese con el viejo algún crítico), dice la Mostrenca, 
ponderando la grande celebridad que tenía tal baile: 

Han pasado á las Indias tus palmeos; 
En Roma se han sentido tus desgracias, 
Y hante dado botines sine numero. 

»9 



— 442 - 

193 «...los mozos, adunia...» 

Muy debatida ha sido y es todavía la filiación del adverbio adu- 
nia, aunque no así su significado de harto, en abundancia, en el 
cual todos están conformes. Según el Diccionario de autoridades, 
tal voz es arábiga y se halla «repetida en la Missa que pone tradu- 
cida en arábigo el P. Alcalá.» Para otros, D. Juan Antonio Pellicer 
entre ellos, es latina y se dijo de ad omnia. Casiri y Eguílaz abo- 
nan por lo primero; mas actualmente la Academia, separándose en 
esto del más antiguo de sus diccionarios, le atribuye la filiación 
que Pellicer. Cervantes usó este adverbio, á lo menos, otras dos 
veces: en el cap. L de la segunda parte del Quijote y en el entre- 
més de El Rufián viudo. 

194 «...las señoras, los quiries.» 

Á fe que me ha caído que hacer en esta nota mucho más que á 
D. Agustín García de Arrieta, porque él, con decir que beber los 
quiries significa «hasta más no poder, hasta morir», salió del mal 
paso. Mr. Norman MacCoII, como al llegar en su traducción ingle- 
sa de las Novelas ejemplares á esto de beber los quiries, enten- 
diese, no sin el eficaz auxilio del Sr. Fitzmaurice-Kelly, que, por- 
que en la misa se dice tres veces el Kirieleisón, Cervantes había 
querido indicar que las mozas bebieron tres veces, triplicadamente, 
tradujo la expresión con arreglo á este pensamiento («...Me ladies 
drank their three times three...»), á lo cual el Sr. Bonilla y San 
Martín, en su libro intitulado Anales de la Literatura Española 
(Madrid, 1904), pág. 247, reparó: «No se necesita una interpreta- 
ción tan sutil. El texto alude sin duda alguna al A'yrieleison, pero 
en el sentido de «canto de los entierros (!!!) y oficio de difuntos». 
Las damas, pues, hiciéronle al vino el oficio de difuntos, es decir, 
apuraron lo que quedaba después de que los viejos y los mozos hu- 
bieron bebido. Ellas fueron, en suma, las que dijeron la última pa- 
labra, viendo las heces del cuero.» Ahora, como anch'io son pitto- 
re, también á mí se me ocurre dar mis pinceladitas sobre eso de 
beber los quiries. Y así, digo: 

1 ." Que en el Diccionario de autoridades se consigna, artícu- 
lo Kiries, qne, «por alusión, significa la repetición, continuación ó 
abundancia de alguna cosa», citándose como único ejemplo este 
mismísimo pasaje del Rinconete, que tan á mal traer nos trae á 
Mr. MacCoU, al Sr. Bonilla y á mí. 

2.° Que esos quiries están á mano en porción de libros de bue- 
nos autores, y con ellos se demuestra que así como Cervantes dijo 



— 443 — 

beber los quiries, se decía llorar los quiries, dormir los quiries y 
jugar los quiries. 

3.^ Que llorar los quiries está dicho por Quevedo, nada me- 
nos que en su Cuento de Cuentos, cartilla en donde debemos apren- 
der á deletrear y silabear los que aspiramos á entender y declarar 
á nuestros escritores de los siglos XVI y XVII. Dice Quevedo: 
«Y aunque calló entonces, después lloraba los quiries, y propuso 
de hablarle papo á papo porque otra vez no se le subiese á las bar- 
bas.» Y todavía era ponderación usual este modismo en la segunda 
mitad del siglo XVII, como se echa de ver por unos versos de don 
Fernando de la Torre Farfán, insertos en el libro intitulado (tome 
resuello el lector) Templo panegírico, al certamen poético que 
celebró la Hermandad insigne del S.""> Sacramento, estrenando 
la grande fábrica del Sagrario nuevo de la Metrópoli Sevillana, 
con las fiestas en obseqvio del Breve concedido por la Santidad 
de N. Padre Alejandro VII al primer instante de Alaria Santissi- 
ma nvestra Señora concebida sin pecado original, qve ofrece 
por Bernabé Escalante D. Fernando déla Torre Farfan (Se- 
villa, Juan Gómez de Blas, 1663), f.° 57: 

Compitiendo con los Cielos 
Cuando las luces se alcuzan, 
Los diablos en los infiernos 
Hazen las llamas lechuzas. 

Que San Miguel es más bueno, 
Aun el Malo no lo duda, 
Que para llorar los kyries 
Le estorban las alleluyas. 

4.° Que dormir los quiries está dicho por Cosme, el criado de 
aquel Alejandro que figura en la comedia de Rojas Zorrilla intitula- 
da El más impropio verdugo por la más justa venganza. En efec- 
to, en la jornada I, después que Alejandro, con palabras nada amo- 
rosas, ha logrado ahuyentar de junto á su casa, porque hacían rui- 
do, á un herrador, á un maestro de escuela y á un pregonero, para 
que le dejen dormir, dice Cosme: 

Dormir los kiries espero, 
Pues te aclamo vencedor 
De una escuela, un herrador 
Y de todo un pregonero. 

5." Que jugar los quiries era dicho ordinario de los tahúres á 
principios del siglo XVII, así como jugar el sol antes que nazca, y 
jugar el sol en la pared. Dícelo Luque Fajardo al f ." 302 de su libro 
Fiel desengaño contra la ociosidad r los juegos... (Madrid, 1605). 



- 444 — 

6.** Que aunque el buen beneficiado hispalense no advirtiera 
que, según común opinión, se había dicho jugar los quines «por 
la mucha cantidad que ordinariamente se juega, como los kyries son 
muchos, y lo parecen más quando se cantan en una Missa solene...», 
los pasajes de Cervantes, Quevedo y Rojas Zorrilla bastarían para 
patentizar que beber, llorar, dormir y fugar ¡os quiries siíjnifica 
beber, llorar, dormir y jugar mucho, harto, 6 en demasía (*). 

. 7." Y, en fin, que Cervantes buscó y halló tres maneras de decir 
una misma cosa, echando mano á sine fine, adunia y los quiries. 

Ya para ir á la imprenta estos renglones, mi diligente y afectuo- 
so amigo D. Agustín G. de Amezúa mándame, trasladándolas para 
ello del Diccionario de la lengua castellana del Dr. Francisco del 
Rosal, médico cordobés (Biblioteca de la Academia de la Histo- 
ria, Ms. A, 26, 27), unas curiosas notas acerca áe beber los quiries. 
Rosal, que, siendo muchacho, se había graduado de bachiller en 
artes en la universidad de Osuna, á 14 de junio de 1553, tenía com- 
puesta su obra en 1601. He aquí muy en extracto las mencionadas 
notas: Declarando en el Alfabeto tercero el refrán «Á buen comer 
ó mal comer, tres veces beber». Rosal recuerda, con una cita de 
Planto, que «los antiguos aconsejaban beber cinco, beber tres, no 
beber cuatro veces», porque «tuvieron el número nones ó desigual 
por sagrado y bendito...» Y se remite al Alfabeto último, «en el 
número tres, donde se dicen muchas cosas á este propósito y se 
declara el adagio Beber los kiries. ..i> Y, cual lo prometió, en es- 
totro Alfabeto, después de sacar á plaza las clásicas reglas del be- 
ber, el Tribus aut novem de Horacio (por las Gracias y por las 
Musas), el ter bibe, vel toíies temos... de Ovidio, etc., añade: «Y 
como el mayor número que se bebía era nueve..., reduplicado por 
tres ternos, como lo manda Ovidio, de ai el castellano al gran bebe- 
dor dice que bebe los kiries, que es decir que bebe nueve veces, 
por ternos, como los kiries van ordenados.» Véase, en resolución, 
como el traductor inglés de las Novelas ejemplares no iba tan fue- 
ra de camino como alguien pudo imaginar. 



(*) Luque Fajardo da cuenta, además, de otra opinióo que corría en su tiempo acerca 
del origen de la ínsc jugar ¡os quiries: «Otros dizen que cierto sacristán auia dado en jugar, 
en cuyo exercicio gastaua lo más del tiempo: de donde perdió mucha reputación, en compañia 
del dinero. Dícese dél que, por mas abreviar, ordinariamente encargaba al organista que ta- 
ñesse los kyries; enfadado el tañedor de que se lo hubiese dicho tantas vezes, le respondió: 
«No puedo creer, hermano, sino que ka jugado los kyries, pues assi rehusa cantarlos.» Res- 
pondió el sacristán: «Y aun plega á Dios no pierda tras ellos la gloria» (f.» 302 vto). 

A la cuenta, así, ó de manera parecida, ha entendido la frase el amenísimo escritor perua- 
no D. Ricardo Palma, quien dice en Los pasquities del bachiller Pajalarga (Trndiciones pe- 
ruanas, t. II, pág. 230): «...Moraba en Trujillo un cleriguillo ó misacantano, hijo de Andalu- 
cía, gran farraguista, de índole traviesa, listo para cualquier gatada, jugador hasta perder los 
kirits de la letanía.. .> 



- 445 - 

1&5 «...que ellos se lo tenían bien en cuidado...» 
Comentando Clemencín la expresión adonde yo me sé (Don 
Quijote, parte I, cap. XLVI), escribió: «Es propiedad de nuestro 
idioma, especialmente en el estilo familiar (en que es rico sobre 
toda ponderación), reforzar el significado de los verbos con los 
pronombres personales. Esta adición como que reconcentra la ac- 
ción de los verbos, y la ciñe con más fuerza al que habla ó al de 
quien se habla. Pudiera haberse contentando el Barbero con decir 
adonde yo sé, y nada se hubiera echado menos. La añadidura del 
pronombre indica que la acción del verbo es íntima y exclusiva, 
como si dijera adonde yo sé y no sabe otro.y> Esto es enteramente 
aplicable á la locución objeto de estos renglones, la cual, sea dicho 
de pasada, es frecuente en la pluma de Cervantes: <i-En cuidado me 
lo tengoy>, dice D. Quijote al que le ruega que no deje de hallarse 
al entierro de Grisóstomo (El Ingenioso Hidalgo, parte 1, cap. XII). 
<f.Yo me tengo en cuidado el apartarme», dice Sancho cuando su 
amo va á dar cima á la peligrosa aventura del yelmo de Mambrino 
(Ibid., cap. XXI). 

196 «...por toda la ciudad abispando en qué casas...» 

Dudo que este abis'par (dicho por atalayar 6 mirar disimula- 
damente) sea el mismo avispar que significa avivar, y, como recí- 
proco, inquietarse ó desasosegarse. Como voz de la jácara nunca 
la vi escrita con v, ni abispón tampoco. En el Vocabulario de ger- 
manía de Cristóbal de Chaves, falta abispar; pero está abispedar^ 
que significa lo propio. 

197 «...y en seguir los que sacaban dinero de la Contrata- 
ción...» 

Á virtud de real cédula de 5 de junio de 1503, la Casa de la Con- 
tratación de Indias fué edificada en parte del terreno que ocupaba el 
Alcázar Viejo, junto á lo que hoy se llama Plaza de la Contratación. 
Decía en 1586 Alonso de Morgado (Historia de Sevilla, pág. 169 
de la reimpresión): «Si toda la suma riqueza que ha entrado en ella 
[en la tal Casa] después que ellas [las Indias] fueron descubiertas 
se aplicara para el empedrado de las calles de Sevilla, se vieran 
empedradas de ladrillos de plata y oro, perlas y pedrería, como lo 
están de ladrillos de barro.» 

198 ^ «...ó Casa de la Moneda...» 

La Casa de la Moneda, en lo antiguo, estuvo en donde hoy cae 
la puerta principal de la Casa Lonja; pero, comenzado á levantar 



- 446 - 

este edificio en 1583, en el terreno que ocupaban aquélla, el Hos- 
pital de las Tablas y la Herrería del Rey, dos años más tarde se 
empezó á fabricar la nueva Casa de la Moneda en las Atarazanas, 
donde había un corral de comedias (Matute, Noticias relativas á 
la historia de Sevilla, que no constan en sus anales, Sevilla, 
1896, pág. 77). 

199 ...los guzpátaros, que son agujeros...» 

Guzpátaro es voz de germanía, y como tal la incluyó Cristóbal 
de Chaves en su Vocabulario. Á los que hacían los guzpátaros 
(frecuentes, sobre todo, en las cárceles, para huirse los presos) 
llamaban consiguientemente s;u/.paiareros. 

200 «...dijo que era la gente de más ó de tanto provecho..., y 
que de todo aquello...., y que, con todo esto, eran hombres de mu- 
cha verdad...; y hay dellos tan comedidos, especialmente estos dos 
que de aquí se van agora...» 

Como se ve, estaba hablando el autor, relatando, y de pronto, 
sin preparación alguna, habla en su lugar Monipodio. En el Quijote 
hay ejemplos de esto (parte I, cap. XX): «...á lo que Sancho dijo que 
sí hiciera [contar un cuento], si le dejara el temor de lo que oía [el 
ruido de los batanes]; pero, con todo eso, yo me esforzaré...^ Y 
en La Ilustre fregona: «...tomó el dinero y consoló á Tomás di- 
ciéndole que él tenía personas en Toledo de tal calidad, que valían 
mucho con la justicia... y que una lavandera del monasterio de la 
tal monja tenía una hija...; la cual lavandera lavaba la ropa en 
casa, y como ésta pida á su hija, que sí pedirá, hable á la hermana 
del fraile, que hable á su hermano, que hable al confesor, y el confe- 
sor á la monja...» Alguna vez, por el contrario, va hablando un per- 
sonaje de la obra, y de repente quítale el autor la palabra y habla 
por él, en tercera persona, verbigracia, en El ingenioso Hidalgo, 
parte I, cap. XLIX: «Sí doy, respondió D. Quijote, que todo lo es- 
taba escuchando; cuanto más que el que está encantado, como yo, 
no tiene libertad para hacer de su persona lo que quisiere....; y si 
hubiere huido, le hará volver en volandas; y que pues esto era así, 
bien podían soltarle..,-» Estas repentinas mudanzas de persona, 
son, á juicio de Clemencín, «modo elegante, que, sin perjudicar á la 
claridad, varía la contextura de los diálogos, y los hace más rápidos 
y animados.» Con eso y con todo, hoy tales cambios pasarían por 
incorrecciones necesitadas de enmienda. 



-^447 - 

ÍÓ1 «...á ese marinero de Tarpeya...» 

Marinero de Tarpeya, corrompido así el primer verso del anti- 
guo romance que empieza: 

Mira Ñero, de Tarpeya, 
A Roma como se ardía; 
Gritos dan niños y viejos, 

Y él de nada se dolia. 

Tan popular se hizo este romance, que por él compartió Nerón con 
la Bella malmaridada la primacía y el archimandritazgo de lo ca- 
llejero, vulgar y ubicuo. Los que cantaban rompían casi siempre 
por Mira, Ñero, que muchos, como la Cariharta, más atentos al 
son que á la letra, dirían Marinero; y los escritores, no pudiendo 
cantarlo mientras escribían, traíanlo á colación á cada triquete, 
como si fuesen cojos ó ciegos, y fuese el tal romance su muleta ó 
bordoncillo. El Dr. Juan de Salinas, en el que intituló El Tostado, 
alusivo al particular percance del licenciado Fuenmayor, por lo cual 
empieza; 

En Fuenmayor, esa villa, 
Grandes alaridos dan.,., 

dice, hacia el comedio: 

Y vos, Ñero de Tarpeya^ 
Que tal estrago miráis, 
¿Veis arder el culiseo, 

Y no os movéis á piedad? 

En la comedia Valor, agravio y mujer, publicada por D. Manuel 
Serrano y Sanz en su hermosa obra Apuntes para una Biblioteca 
de escritores españoles (t. I, pág. 208), cuando Tomillo echa me- 
nos su bolso, dice, hablando con Ribete: 

Tomillo. ¡Ay, bolso del alma mía! 

Ribete. Hazle una prosopopeya. 

Tomillo. Mira Ñero, de Tarpeya, 
Á Roma como se ardia. 

D. Diego Duque de Estrada, en su curiosa autobiografía, intitulada 
Comentarios del Desengañado... (t. XII del Memorial Histórico 
Español, pág. 199), describiendo el incendio de unas naves, dice: 
«...pero con todos mis males, viendo volar el bajel, me puse ¿ 
cantar: 

Mira Ñero, de Tarpeya, 
A Roma como se ardía, 



_ 448 - 

que, contado después al general y al principe Filiberto, fué muy 
celebrado y reído.» D. Antonio de Mendoza, en un romance que 
copia el Sr. Menéndez y Pelayo (Obras de Lope de Vega, edición 
de la Academia Española, t. VI, pág. LX de las Observaciones pre- 
liminares): 

A)f;uno á quien bellos ojos 
Callado favor pidieron, 
Sin dolerse ni empeñarse, 
Todo lo miraba Ñero. 

Y, en fin, por no hacer aún mucho más larga esta nota, el inimita- 
ble Baltasar del Alcázar, en las donosísimas, pero harto desenfa- 
dadas coplas reales que hizo sobre el mal caso y peor casorio de 
D. Francisco Chacón (Poesías de..., edición de los Bibliófilos An- 
daluces, Sevilla, 1878, pág. 159): 

Mostribadesle á porfía 
La casa del alegría, 
Ques el secreto minero: 
Todo lo miraba Ñero, 
Y el de nada se dolía. 

202 «...á ese tigre de Ocaña.» 

En lugar de Hircania. De idéntica manera lo hizo decir Cer- 
vantes á Preciosa en la buenaventura de La Gitanilla: 

Eres paloma sin biel, 
Pero á veces eres brava 
Como leona de Oran, 
Ó como tigre de Ocaña. 

203 «...á ese gesto de por demás...» 

No sé á punto fijo lo que quiere decir esta expresión; pero incli- 
nóme á creer que significa gesto enojado y despreciativo, cara de 
pocos amigos, como suele decirse. Si mal no recuerdo, hay un su- 
jeto proverbial llamado Juan Pordemás, y he leído su nombre, u 
oídolo, más de una vez. De esto ya nos dirá lo que hubiere el señor 
D. Luís Montoto, en un muy curioso libro que prepara y que ha de 
intitular: 

Personajes, personas 
Y personillas 
Que corren por las tierras 
De ambas Castillas. 

204 «...asombrador de palomas duendas.» 

Llámase así á las palomas domésticas ó caseras, y está dicho, 



- 449 - 

por encarecimiento de su inocencia é indefensión, en el sentido 
figurado de persona de genio apacible y quieto. En esta misma 
acepción lo dijo Pedro Liñán de Riaza (Rimas..., Zaragoza, 1876, 
pág. 79), en un romance que erróneamente se ha venido atribuyen- 
do á Góngora: 

No quiero que á nuestras vidas, 
Que son dos palomas duendas. 
Las tienten esos pecados 
Que la voluntad inñernan. 

Algunas veces, por ironía, se llamaba palomas duendas á las mu- 
jeres de mala vida: «...nunca faltan á estas palomas duendas mila- 
nos que las persigan ni pájaros que las despedacen: ¡miserable 
trato desta mundana y simple gente!» (Persiles y Sigismundo, li- 
bro IV, cap. VII). 

205 «¿Casada yo, malino?» 

La palabra maligno, sin que dejara ni deje de significar, como 
dice el léxico de la Academia, «propenso á pensar ú obrar mal», se 
usaba y se sigue usando en Andalucía (pronunciado tal cual lo pro- 
nunciaba la Cariharta) como apostrofe cariñoso y de reprensión 
suave. Así lo empleó Cervantes en la frase del texto y en aquellos 
versos que, en la jornada I de El Rufián dichoso, dice el Inquisidor 
al apicarado Lugo: 

¿Armado en casa? Por suerte, 
¿Tienes en ella enemigos? 
Sí tendrás, cual son testigos 
Los ministros de la muerte 

Que penden de tu pretina, 
Y en ellos has confirmado 
Que el mozo descaminado, 
Como tú, hacia atrás camina. 

¡Bien iré á la Nueva España 
Cargado de ti, malino! 
¡Bien á hacer este camino 
Tu ingenio y virtud se amaña! 

Si, en lugar de libros, llevas 
Estas joyas que veo aqui, 
¡Por cierto que das de ti 
Grandes é ingeniosas pruebas! 

206 «...con una sotomía de muerte...» 

Sotomía, palabra corrupta, por notomía, y esta voz (de a/ia/o- 
mía), para no andar con las vaguedades y la perífrasis con que la 
definió Clemencín (pág. 224 del tomo V de su primera edición del 



- 450- 

(Quijote), es, como dice el Diccionario de la Academia, esqueleh. 
Con sólo tener esto en cuenta se entenderá bien, entre mil otros 
lugares de nuestros escritores del buen tiempo, aquello de Queve- 
do Á una mujer flaca: 

No os espantéis, sefiora notomia... 

207 «...porque, vive el Dador...» 

Entre los muchos votos y juramentos que se usaban en las cen- 
turias décimasexta y siguiente, éste es uno de los que menos se 
tropiezan en los libros de aquel tiempo. También lo emplea Sancho 
(parte I del Quijoie, cap. XXV): « Vive el Dador, que es moza de 
chapa...» Quevedo lo recuerda en El Parnaso Español, Musa V, 
baile I: 

« Vive el Dador» dicen todos, 
Desde que el mundo nació; 
Mas «el prometedor vive» 
No lo ba dicho humana voz. 

La expresión completa parece ser ¡Vive el Dador de los cielos! y 
así la usó Cervantes en la jornada I de La Entretenida: 

Quiñones. ¡ Vive el Dador de los cielos. 
Que es la fregona bonita: 
Ordena, manda, pon, quita; 
Ta, ta, también pide celob! 

Muy curioso estudio habría de ser el de los eufemismos y disimulos 
á que solían acudir las gentes de antaño para no profanar el nom- 
bre de Dios, dicho así, con sus mismas letras, en los juramentos y 
porvidas, y para no incurrir en las penas correspondientes. De una 
listilla que tengo á medio hacer, entresacaré hasta una docena de 
fórmulas de las más en uso á fines del siglo XVI. Por no decir /7or 
Dios (sobrentendida la ^oz juro), decían: pardiós,pardiez, pardie- 
go,pardiola, pardiobre; por no decir voló á Dios, acostumbraban 
decir voto no á Dios, voto á nadie, voto á briós, voto á rus, voto á 
Diez, voto á ños, y, con esto y además de esto, abundancia de otros 
perejiles, como por Sandoval, voto á San Junco, voto á sanes, 
pese á diez, juro á mí, voto al chápiro, etc., etc. 

Dije que con tales eufemismos proponíanse no caer en pena, y 
porque al alcance de todos está el conocimiento de lo legislado con- 
tra los maldicientes y blasfemos, traeré á cuento algo más peregri- 
no. Entre unos papeles viejos procedentes de Santiponce y que la 
casualidad puso en mis manos, hay un proceso tramitado en solas 
tres hojas y no más de cuatro días por la jurisdicción que ejercía allí 



- 451 - 

el priorato de S. Isidro del Campo, de monjes Jerónimos, contra 
Juan Or^ún, francés, «en razón de las palabras que dixo contra 
nuestro señor», según reza la carpeta. Helo aquí en extracto: 

En 24 de febrero de 1572, Francisco Guillen, sastre, vecino de 
Sevilla, declaró que, estando él y otros jugando á los naipes en el 
mesón del Campo, un hombre que estaba allí, llamado Juan Fran- 
cés, al hablar de cierta rencilla que tenía con su amo, sobre la guar- 
da de los bueyes, dijo: «por vida de Dios, y aviendo dicho esta pa- 
labra este testigo le dixo ¿que es Jo que aveis jurado? y respondió 
otra vez por vida de mi señor jhuxpo z reprehendiendo este testigo 
lo que avia dicho y que era razón que fuese castigado, el dicho juan 
francés dixo que lo acusasen que no se le daua nada y que todos 
eran vellacos y borrachos...» Recibidas sus declaraciones á otros 
dos testigos, tomóse la confesión al denunciado, que estaba preso 
en la cárcel, y llevaba siete años de residencia en España; y, des- 
pués de confesar su delito, dijo que había sido hombre de la mar, y 
guarda del monasterio de San Isidro hasta había un mes, y de en- 
tonces en adelante boyero con Juan de Campos; que tres años 
atrás estuvo en penitencia en la iglesia de la villa «porque dixo mal 
al señor» (al prior se refiere), «y pagó vna libra de ^era y que es- 
tuvo descal90 y destocado y vna candela en la mano toda vna misa.» 
Y renunciando el acusado á defenderse, se le condenó á que es- 
tuviera en penitencia al día siguiente domingo, en la misa mayor, 
destocado y descalzo, con una soga en la garganta y con una cande- 
la encendida en las manos, y además, en dos años de destierro, con 
apercibimiento de que si lo quebrantara habrían de dársele dos- 
cientos azotes por la villa, y cumplir los dos años en las galeras, en 
servicio de su majestad . 

De aquello á lo que hoy pasa en este punto hay la enorme dis- 
tancia que media siempre entre dos exageraciones. 

208 «...que lo tengo de echar todo á doce, aunque nunca se 
Venda.» 

Para enterarnos bien de cuál sea el sentido en que está dicha y 
se dice esta común frase metafórica, ya incluida como refrán en la 
colección del Marqués de Santillana, no habrá cosa como citar al- 
gunos ejemplos de buenos autores, empezando por los del mismo 
Cervantes. Apesadumbrado Sancho (Don Quijote, parte I, capítulo 
XXV) de ver que su amo quedaba haciendo sandeces en Sierra Mo- 
rena mientras él llevaba á Dulcinea la carta de el ferido de punta 
de ausencia, propónese sacar buena respuesta, aunque sea «á co- 
ces y á bofetones», y añade: «Porque ¿dónde se ha de sufrir que un 



— 452 - 

caballero andante tan famoso como vuestra merced se vuelva loco 
sin qué ni para qué por una...? No me lo haga decir la señora, porque, 
por Dios que despotrique y lo eche todo á doce, aunque nunca se 
venda. ¡Bonico soy yo para eso!» En el entremés de La Elección de 
¡os alcaldes de Daganzo salen como de pendencia dos regidores, 
el escribano y el bachiller Pezuña, y dicen aquéllos: 

Fanduro. Rellánense; que todo saldrá á cuajo, 

Sí es que lo quiere el Cielo benditísimo. 

Al^rroba. Mas echamos d doce y no se venda: 

Paz, que no será mucho que salgamos 
Bien del negocio, si lo quiere el Cielo. 

En la Comedia de Sepúlveda, publicada por D. Emilio Cotarelo 
(Madrid, 1901), cuando, al fin del acto III, el Nigromante y su mujer 
la Pérez departen creyendo ella que era con su marido con quien, 
aparentando ser otra, había pasado una agradable velada, é igno- 
rante él de que sus vestidos hubiesen servido á Parrado para hacer- 
le la más afrentosa burla, dícele la mencionada mujer, aludiendo á 
unos escudos que de Parrado había recibido en tal ocasión: 

«¿a Pérez:... ¿Ansí amancebadito, traidor? Y escuditos os llevó 
la dama: por eso os quieren ellas. 

Nigromante. ¿Estoy soñando, ó despierto? ¿Qué es esto? ¿Qué 
escudos ó qué diablos? No me hagáis dar voces. 

La Pérez. No me hagáis vos dar gritos, traidor; que apellidaré 
á Dios y á todo el mundo, que vean vuestras maldades y la razón 
que yo tengo. Y ¿para esto me truxistes á esta tierra? Pues man- 
dóos yo que para esta que Dios aquí me puso, que vos me lo pa- 
guéis. ¡Echaldo á doce!y> 

Que vedo, en su famoso Cuento de cuentos, también incluye es- 
ta frase, aunque no completa: «El licenciado, que vio la baraúnda, 
echólo á doce.» En idéntico sentido solía decirse echarlo á trece: 
así, por ejemplo, el anónimo autor del Aucto de guando Jacob fué 
huyendo á las tierras de Aran (Colección de Autos, Farsas y Co- 
loquios del siglo XVL publicada por Mr. Leo Rouanet, 1. 1, pág. 60): 

Bobo. No tengamos tetulillos, 

Muesama, que mos paraste 

Muy mal aquesos puntillos. 
Pastor. Dad al diablo caramillos; 

Ora, sus, echaldo d trete. 

Cervantes también lo dijo así alguna vez: requerido Sancho por 
D. Quijote, en mala sazón, para que se diese incontinenti algunos 
azotes por el desencanto de Dulcinea (parte II, cap. LXIX), respon- 
dió: «...bueno sería que tras pellizcos, mamonas y alfilerazos vi- 



- 453 — 

niesen ahora los azotes. .. Déjenme; si no, por Dios que !o arroje p 
lo eche todo á trece, aunque no se venda.» Echar/o lodo á doce, 
ó á trece, es, pues, por lo que se colige de estos ejemplos, meter 
el pleito á voces; echar el bodegón á rodar, y romper por todo, sin 
tener en cuenta las consecuencias quede ello puedan venir; que esa 
idea aporta el aunque no se venda. La expresión hubo de nacer en 
un mercado, y probablemente se debería á algún vendedor á quien, 
ahumándosele el pescado, vamos al decir, siquiera no fuese pesca- 
dero, se propuso vender su mercancía á más de la postura, echán- 
dolo todo á doce, aunque los fieles ejecutores no se lo dejaran 
vender, y encima le sacaran multa por el intento. 

Aquí acabaría yo esta larga nota, á no ser las frases proverbia- 
les como las cerezas: que en tirando de una, viénense ciento detrás. 
Echarlo todo á doce, ó á trece, y estarse en sus trece son cosas 
distintas: esta última expresión sólo denota pertinacia y terquedad, 
y así se entiende de algún que otro pasaje del Quijote: «En fin, al 
cabo de muchas demandas y respuestas, como la Infanta se estaba 
siempre en sus trece. ..y> (Parte II, cap. XXXIX). Cuando la ter- 
quedad era de dos ó más que pretendían ó sustentaban diferentes 
cosas, se oponía el nymero catorce al trece: así también Cervantes 
(Ibid., cap. LXIV): «...si aquí no hay otro remedio sino confesar ó 
morir, y el señor D. Quijote está en sus trece, y vuesa merced el 
de la Blanca Luna en sus catorce, á la mano de Dios y dense.» 
Quevedo jugó hábilmente del vocablo, ó mejor, de la frase, al prin- 
cipio de uno de sus romances (El Parnaso Español, Musa VI, ro- 
mance XIV): 

Una niña de lo caro, 
Que en pedir está en sus trece 
Y en vivir en sus catorce. 
Que unos busca y otros tiene... 

Mas ¿adonde voy? Esto de buscar los trece nos llevaría á tratar de 
otras frases del vulgo, tales como la docena del fraile, y para 
nota, ya basta, y aun huelga la mitad, sobre que no es la tal docena 
para explicada. 

209 «...digo que miente y mentirá todas las veces que se riere 
ó lo pensare...» 

Es mentís parecidísimo al final de aquel otro de D. Quijote (El 
Ingenioso Hidalgo, parte I, cap. XXIII): «...que si otra cosa dije- 
res, mentirás en ello; y desde ahora para entonces y desde enton- 
ces para ahora te desmiento, y digo que mientes y mentirás todas 



— 454 - 

las veces que lo pensares ó lo dijeres.» Esta suerte de mentises es- 
taban muy autorizados entre los jácaros, porque eran borrumbadas 
en que, á costa sólo de cuatro voces, acompañadas de un fruncimien- 
to del entrecejo y del poner mano á \a Joyosa, como para desenvai- 
narla, quedaba puesto el hombre como un Roldan. Pero lo que no 
puede menos de extrañar en el pasaje del texto es que el Repelido, 
sin que Chiquiznaque y Maniferro hubiesen hecho otra cosa que 
reírse, ni dicho palabra ninguna, monte en cólera y los desmienta 
por tan sólo la risa, y aun por la risa futura y meramente posible: 
«Cualquiera que se riere ó se pensare reir..., digo que miente...» 
Bien que en el Marcos de Obregón (relación II, descanso XXIV) 
dice un bellaconazo tahúr perdidoso: «¿De qué se ríen? ¿Soy yo 
algún cornudo? Mienten cuantos se ríen.» Esto se explica teniendo 
en cuenta que los mientes ó mentises no eran solamente repulsas 
contra quien había afirmado algo, sino también fórmulas de provo- 
cación para reñir; afrentas que sacaran de sus casillas al injuriado. 
Véase más claramente en unos versos que dice Bofetón á su amo, 
en la jornada III de la comedia Peligrar en los remedios, de Rojas 
Zorrilla, en donde tampoco el mientes se refiere á aseveración nin- 
guna de su adversario. Dice Bofetón: 

Leyóle el Marqués airado 
Con cara muy lacia y ñera 

Y conocióme que era 
De la Duquesa criado. 

y, colérico y cruel, 
Movido de su pasión. 
Me pregunto: «Bofetón, 
¿Quién os dio aqueste papel? 

— No sé; dije mi razón. 
— Pues ¿cómo le habéis traído? 
— Siempre papelero he sido, 
Señor, por mi devoción. 

— Hola, — dijo, y al instante 
Tomé dos pasos atrás, 

Y aun pienso que fueron más. 
Respondió un criado andante: 

— «Lacayuelo, con perdón.» — 

Y tomé con gran sosiego, 
Como las de Villadiego, 
Las de Villabofetón. 

— «Alcahuete, esperamé,^ — 
Dijo el lacayo nefando; 
Yo, que le estaba aguardando, 
Desta manera le hablé: 

— Miente el mal casamentero, 
(Mi enojo le respondió) 



— 455 — 

Que al bisabuelo casó 

Y bisabuela primero; 

Los que á su abuela engendraron, 

Y los que á su abuelo hicieron, 
Las niñas que los mecieron, 
Las amas que los criaron; 

Miente tu padre y tu madre; 
Miente todo lo que hiciste, 
Miente el día en que naciste, 
Tu compadre y tu comadre; 

El vientre que fué tu horno; 

Y á tus deudos y parientes 
Les echo quinientos mientes 
De linajes en contorno. — 

Él, que se halló desmentido, 
Como quien no dice nada. 
De una vaina colorada 
Sacó un estoque buido; 

Púseme, en fin, á esperar, 
Tiró una estocada fiera, 
Tomé la calle primera 

Y te he venido á buscar. 

210 «...en manos estaba el pandero que lo supieran bien ta- 
ñer.» 

Creo que no es proverbial toda esta expresión, que acaso acaso 
nadie habrá empleado sino Cervantes. La frase proverbial es: En 
buenas manos está el pandero, ó ¡En buenas manos está el pan- 
dero para que no suene!, como dicen irónicamente en Andalucía. 

211 «...y es un Judas Macarelo en esto de la valentía?» 
Macarelo, por Macabeo: uno de tantos disparates como suelen 

decir los personajes de esta novela. 

212 «...y como tales amigos, se den las manos de amigos.» 
Repare el lector como Cervantes en este lugar de su lindísima 

novela reforzó el elemento cómico al arreglarla y aun refundirla 
para los moldes de la imprenta: en el borrador, la dialéctica de los 
jácaros, muy dada á persuadir por medio de la repetición del con- 
cepto principal del discurso, había hecho que el Repolido y Mani- 
ferro diesen y cavasen en lo de haber de ser amigos los amigos 
para no enojar á los amigos; en el texto definitivo remata esta 
amistosa contradanza Monipodio, declarando gravemente, como 
padre y cherinol de la canalla hampona, que todos han hablado 
como buenos amigos, y mandando que, como tales amigos, se den 
las manos de amigos. Con más solemnidad no se concertaron pa- 
ces entre dos naciones poderosas y enemigas. 



- 456 — 

213 «...quitándose un chapín...» 

Decía del chapín Covarrubias (Tesoro de la lengua castella- 
na) que es «calzado de las mujeres, con tres ó cuatro corchos, y al- 
gunas hay que llevan trece por docena...», chusca alusión del bueno 
del lexicógrafo á la docena del fraile. Como, por lo común, las mu- 
jeres no andaban en chapines hasta que se casaban, de ahí vino el 
servicio ó contribución que se llamó chapín de la reina (con oca- 
sión de las bodas reales) y, en general, el regalar chapines, 6 para 
chapines, á las desposadas. Así, por ejemplo, en 1566 D." María de 
Guzmán, mujer de D. Juan Manuel de Olando (descendiente de Fc- 
rrán Manuel de Lando, el poeta hispalense), daba carta de pago á 
D. Manrique de Zúñiga, hijo de la difunta D." Teresa de Zúñiga, 
duquesa de Béjar, de 1.00 ducados de oro, «los quales son los que 
la dicha señora duquesa mandó y hizo merced dellos á la dicha se- 
ñora doña maria de guzman para chapines á su hija...^> (Archivo 
de protocolos de Sevilla, oficio 21, libro 1.° de 1566, f.° 959). Co- 
mo ve el lector, para chapines (lo mismo que para guantes, que 
aún se dice hoy) se daban cantidades de dinero harto crecidas, si 
hubiesen de gastarse en esa casta de calzado. No podía ir con tan 
enchapi nadas novias el severo refrán anti feminista: «la mujer ca- 
sada, la pierna quebrada, y en casa.» 

También solía concertarse como adehala, en algunos contratos, 
la entrega de uno ó más pares de chapines. Véase en extracto una 
escritura que encontré en el mencionado Archivo de protocolos 
(of.° 19, libro 1.** de 1546, f." 1.060), curiosa así por su asunto como 
por figurar en ella el piadoso D. Juan Téllez Girón, cuarto conde 
de Ureña y el célebre farmacólogo Monardes. Éste, á 11 de marzo 
del dicho año, otorga á favor de aquél «que por quanto en Lu9ian 
Centurión ginoves estante en esta dicha ciudad fueron rematadas 
las rentas de pan e mrs. e otras cosas que vuestra señoría tiene en 
sus villas del estado de andaluzia que son osuna e morón e el 
arahal e olvera e archidona e la puebla de caballa todas juntas por 
los quatro años venideros... en presólo cada vn año de quarenta 
mili e quinientos ducados de oro e mili ochocientas e ochenta fane- 
gas de trigo e seyscientas e noventa fanegas de cebada e quinze 
on^as de ámbar gris e seys on<;as de almisque e quatro on^as de 
algalia e dos dozenas de pares de guantes de cibdad Real e dos do- 
zenas de vidros de venegia e vna dozena de pares de chapines de 
valengia...y>; y porque Centurión estaba obligado á dar fianzas y 
había nombrado á Monardes por uno de sus fiadores, éste consti- 
tuye la fianza, aunque sin señalar bienes ningunos. El otorgante 
llámase el licenciado batista de monardes; pero no tengo pizca 



- 457 - 

de duda acerca de ser el mismo que años después se llamó Nicolás, 
ni, por tanto, de que es el propio Nicolás el autor del Diálogo lla- 
mado Farmacodilosis, impreso en 1536. Este punto es bueno para 
tratado despacio y en otro lugar. 

214 «í. .comenzó á tañer en él como en un pandero...» 

Claro es que la Escalanta tañería en el chapín dando en el cor- 
cho con los nudillos ó con las puntas de los dedos, pero no resba- 
lando la yema del pulgar, porque esto, que en la piel atirantada del 
pandero le hace sonar mucho, así como á sus sonajuelas, no podía 
producir ruido ninguno en la suela del chapín. 

215 «...y, rascándola, hizo un son que, aunque ronco y ás- 
pero...» 

Todavía nuestra gente del pueblo, cuando no tiene instrumento 
músico con que acompañar sus cantes, suele usar como tal una esco- 
ba de palma, bien como quien rasguea en la guitarra, ó bien, para 
acompañar las seguidillas, tocando alternativamente con la escoba 
en una rodilla y en la palma de la mano izquierda, puesta sobre ella 
á poca altura, con lo cual se dan bonísimo arte para contrahacer el 
cha carracachá cacha de las castañuelas ó palillos, ó ya, en fin, 
por el tiempo de la Navidad, haciendo pasar y repasar por el borde 
de una mesa el troncón de la escoba, que, revestido como está de 
una cuerda de palma torcida, imita algo el ruido de una zambomba. 
Á la música de la escoba se refirieron, entre otros autores, Gaspar 
Lucas Hidalgo, en el tercero de sus Diálogos de apacible entre- 
tenimienlo, y el antequerano Pedro Espinosa, en una linda compo- 
sición Á Nuestra Señora de Archidona, incluida en la Segunda 
parte de las Flores de Poetas ilustres de España, que ordenó 
Calderón á principios del siglo XVII (Sevilla, 1896). Hidalgo, des- 
cribiendo una danza de máscaras, después de decir que salieron dos 
viejas, vestidas como tales, cada cual con su letra, añade: «A éstas 
les iba haciendo el son una figura con una escoba de palma, y con 
esta letra: 

Bailad, viejas, á la escoba. 
Pues vuestra antigua hermosura 
La trocastes en basura.» 

Y Espinosa decía á la agraciadísima imagen de la Virgen de Gracia: 

¡Oh Virgen, Reina mia, 
Que de mi roca 
Me trajiste á tu casa 

30 



- 458 - 

A dignidad de escoba! 

Fiesta harán mis versos 
A tu memoria, 
Porque no estimo en tanto 
Triunfo y laurel de Roma. 

216 «...dos tejoletas que, puestas entre los dedos y repicadas 
con gran ligereza.. .» 

El uso de las tejoletas, como medio de producir un son anólogo 
al de las castañuelas ó crótalos, es antiquísimo: Rodrigo Caro 
(Días geniales ó lúdicros, Sevilla, 1884, pág. 201) recuerda que, 
segtín afirmación de Julio Polux, ya las tuvieron los griegos, quie- 
nes les llamaron phriginda. Mas no se tañían, como ahora y como 
6n tiempo de Cervantes, metiendo dos tejuelas una entre el índice 
y el dedo del corazón y la otra entre éste y el anular y agitando la 
mano rápidamente con movimiento de vaivén giratorio, para que 
choquen aquéllas alternativamente por uno y otro extremo; sino 
«interponiendo en los dedos de la mano izquierda tejuelas partidas, 
é hiriéndolas con la mano derecha á compás.» Los pastores á quie- 
nes se refería Berganza (Coloquio de los Perros) cantaban, «no al 
son de churumbelas, rabeles ó gaitas, sino al que hacía el dar un 
cayado con otro, ó al de algunas tejuelas puestas entre los dedos...» 
De las tejuelas, como instrumento de gente rústica y zafia, se acor- 
dó asimismo el poeta hispalense Juan de la Cueva, en una epístola 
que dirigió al pintor Francisco Pacheco (Gallardo, Ensayo..., to- 
mo II, col. 650): 

Desto parece recebir venganza 
Esta recua de Apolo sin Apolo, 
Que al morteruelo y ¡as tejuelas danza. 

El morteruelo, de que también trata Rodrigo Caro, aiin se usaba 
en Andalucía, entre los muchachos, con el nombre de morterete, al 
fin del segundo tercio del pasado siglo, y yo lo abandoné para no 
atajarme en el quis vel qui. La gente alegre nunca se apuró ni dejó 
sus cantos y sus bailes por falta de instrumentos miisicos: á falta 
aun de escoba, chapín y tejuelas, las castañetas dadas con los de- 
dos pulgar y de enmedio no pueden faltar sino á los mancos. Con 
la cadena de galeote y dando palmadas en los bancos de la galera 
hacían su música los germanes mandados á apalear sardinas (Que- 
vedo, El Parnaso Español, Musa V, jácara VII): 

Montilla, que, en primer banco 
Arrempuja el primer gonce 
Al escritorio de chusma, 



— 459 - 

Al vasar de los ladrones, 
Tocando con la cadena 
La jacarandina á coces 

Y punteando á palmadas 
Con los dedos en el roble, 

Imitando con la voz, 
Cuando se despega, al odre, 
Dijo con mucha tajada 

Y en un falsete de arrope.... 

217 «...llevaban el contrapunto al chapín y á la escoba. )^ 
Contra lo que sucedió con la frase del borrador de! Rinconete 

ique dio lugar á la nota 49 de las que al mismo corresponden, ésta 
otra, también tocante á cosa de música, es de facilísima explicación, 
como que basta con decir que tal contrapunto, pues se refiere á 
instrumentos de percusión, no era ni podía ser la «concordancia 
armoniosa de voces contrapuestas», única acepción que el DicciO' 
nario de la Academia da á tal vocablo, sino una concordancia mera- 
mente rítmica. 

218 «...ni el Negrofeo que sacó á la Arauz del infierno...» 
Negro feo y¡ Arauz; por Orfeo y Eurídice. 

219 «...ni el Marión que subió sobre el delfín...» 
El Marión, por Ario n. 

220 «...ni el otro gran músico que hizo una ciudad...» 
Alude á Anfión y á la ciudad de Tebas. 

221 «...tan fácil de deprender...» 
Deprender, anticuado hoy, aprender. 

" 222 «...que se pica de ser un Héctor en la música.» 

No sé de ningún Héctor famoso por excelente músico, y parece- 
me que Maniferro quiso decir: «tan gentil y consumado músico como 
Héctor (el héroe troyano hijo de Príamo) fué bravo soldado.» 

223 «...y, con voz sutil y quebradiza...» 

Quebradiza, en el sentido de «ágil para hacer quiebros en el 
canto», como dice el léxico de la Academia. 

224 «...si el enojo es grande, es el gusto más.» 

Como los dos versos de esta seguidilla (á diferencia de lo que 



- 460 — 

pasa con las tres restantes) no consuenan perfectamente (paz, 
más) sino pronunciando á la sevillana, sospecho que esta copleja 
sea de las populares del tiempo de Cervantes. Á menos que al in- 
mortal escritor, por sus largas estancias en Andalucía, se le pegara 
tanto nuestra mala pronunciación, que dejara de distinguir entre 
zetas y eses. 

225 «...que, si bien lo miras, á tus carnes das.» 
Jamás á los que cantaron y bailaron las seguidillas les preocupó 
maldita la cosa la historia de estas lindas canciones. Divierten, y 
basta; son incentivo del amor, y sobra. Así, las seguidillas del tex- 
to no parecerán tales á los que las cantan hoy; ni lo parecieron an- 
taño á mi querido amigo y casi discípulo el ingenioso Carrasquilla, 
(D. José Rodríguez La Orden), aun siendo este simpático trianero 
tan maestro en cosas populares. Hubiéralas visto escritas y enmen- 
dadas de esta manera: 

Por un sevillanito 
Rufo á lo valón 
Tengo iocarradito 
Todo el corazón, 

y serla otro cantar; otro por la traza de aquel popularísimo: 

En la torre mis alta 
De san Agustin 
Hay un pájaro, madre, 
Que canta en iatin. 

De la historia de las seguidillas se sabe poco más que nada, y de 
su principio, todavía menos. He aquí, en breve resumen, lo que he 
podido rastrear en mis lecturas. El origen de estas coplas no se 
pierde en la noche de los tiempos; pero data de hay más de cuatro 
siglos, si bien su nombre no sea tan remoto. Juan Álvarez Gato, 
poeta que floreció á la mitad del siglo XV, glosó en una de sus com- 
posiciones «el cantar que dizen: 

Quita allá, que no quiero, 
Falso enemigo, 
Quita allá, que no quiero 

Que huelgues conmigo.> 

¿Dice el lector que se le hace largo el verso líltimo? Los de otros 
ejemplos se le harán más cortos. En los albores de la centuria dé- 
cimasexta— indícalo el autor de El Loaysa de <íEl Celoso extre- 
meño»— corría como popular una cancioncilla satírica cuyo es este 
fragmento: 



— 461 — 

Venistes de la guerra 

Muy destrozado; 
Vendistes la borrica 

Por un cruzado; 
Comprastes un capuz 

Negro y frisado, 
Con que vos honrásedes 

Las navidades. 

Venistes de la guerra 

Muy fatigado; 
Dejástesme en mi tierra 

Sin un cornado: 
Cuernos os he criado 

Con aspas tales, 
Tan largos y tan grandes 

Como varales. 

¿Qué es esto sino seguidillas? Con todo, tal linaje de coplas, que, 
por lo comiín, se usaban sueltas como pie ó bordón de otros canta- 
res breves, no tuvieron individualidad propia hasta el último dece- 
nio del siglo XVI, en que comenzaron á propagarse con una musi- 
quilla tan ligera y alegre y un baile tan gentil, provocativo y afro- 
disíaco, que no había más que pedir. 

La seguidilla hubo de auxiliar á la chacona en la plausible ta- 
rea de destronar á la zarabanda, que había encendido la sangre á 
medio mundo, haciendo bailar al otro medio. Quién llamó á los nue- 
vos cantares coplas de la seguida, como Cervantes en El Celoso 
extremeño y fray Diego de León en sus Aforismos y reglas sobre 
el oficio de la predicación, y quién seguidillas, tal como hoy, entre 
otros, el mismo Cervantes en La Gitanilla, y en Rinconeíe, y en el 
Quijote, por boca de la condesa Trifaldi. 

Ya tomasen estos nombres, como dice el Diccionario de auto- 
ridades, «por el tañido á que se cantan, que es consecutivo y co- 
rriente», ó ya porque al principio siguiesen á cada una de otras 
coplas principales, es lo cierto que fueron la letra que se usaba para 
algunos bailes más ó menos apicarados, tales como Los Valientes, 
Santurde y El Caballero, el último de los cuales comenzaba con 
esta letra: 

De nocbe le mataron 
Al caballero, 
La gala de Medina, 

La flor de Olmedo. 

Y con el tono de las seguidillas se cantaba aquella linda canción 
que empieza: 



— 462 - 

Madre, la mi madre, 
Guardas roe ponéis..., 

cosa que se demuestra por un pasaje de Cervantes (jornada 5.'^ de 
La Entretenida), en que preceden á la citada canción estas pa- 
labras: 

— Alto, pues, vayan seguidas. 
— Si, amigo, porque bailemos. 

El primero que trató técnicamente de estas coplas fué el maestro 
Gonzalo Correas, catedrático de Salamanca, en un curioso libro 
escrito en 1626, que, va para dos años, sacó á luz, en primorosa edi- 
ción, mi ilustre amigo el señor Conde de lá Vinaza. Llámalas se- 
guidillas, las cree poesía muy antigua, nota que «desde el año 
de 1600 á esta parte han revivido, i han sido tan usadas, i se han 
hecho con tanta eleganzia i primor, qe eszeden a los epigramas y 
dísticos en zeñir en dos versillos (en dos las escriben muchos ♦) 
una muí graziosa i aguda sentenzia», y, en fin, distingue varias cla- 
ses de ellas, según las diferentes medidas que solían tener los 
versos primero y tercero, pues no era de rigor que, como ahora, 
fuesen heptasílabos. Hé aquí algunos de sus ejemplos: 

Toda va de verde 
La mi galera; 
Toda va de verde. 

De dentro afuera. 

Aires de mi tierra, 
Veni y llevadme; 
Que estoy en tierra ajena, 
No tengo á nadie. 

Y es cosa particular: algunas de las seguidillas que cita Correas 
perduran entre nuestros cantares de hoy. Ésta, verbigracia: 

Unos ojitos negros 
Me han cautivado: 
¡Quién dijera que negros 
Cautivan blancos! 

Á las seguidillas que tienen agudos los versos pares, como las dos 
primeras que cité, llamaban folias. Una muestra: 

En doblones me escriba 
Galán, su pasión; 
Que es letra más clara 
Y entiendo mejor. 



* Asi, como las de Cervantes, las dos seguidillas que van con las Quintillat de la Heria 
(págs. aoa y 205). 



— i463 — 

¡Todavía sigue pareciendo más clara esa letra á mujeres y hom- 
bres. Tampoco esto ha cambiado con el transcurso del tiempo. 

¿Cuándo se hizo constante el dar siete sílabas á los versos pri- 
mero y tercero? ¿Cuándo se agregó el estribillo, de que aún carecen 
muchas seguidillas populares? Á lo primero sólo responderé que 
.Lope de Vega en su Entremés de las comparaciones, escrito ya 
¡bien entrado el siglo XVII, llamaba seguidillas nuevas á estas dos, 
cuyos versos impares son heptasílabos: 

Como el vino sois, mozas 
De aquest? tiempo: 
' • Calentáis á los otros 

Y andáis en cueros, 

Al hipócrita imitan 
Los que aman viejas: 
Que se van al infierno 
Con penitencia. 

Por lo que hace al estribillo, creo que nacería (aunque no sé en 
'qué tiempo) de la costumbre de repetir, algo variado y sin el primer 
'verso, que se sobrentendía, el concepto de la copla. Sirva de mues- 
tra esta joyita de la poesía popular: 

Desde que te ausentaste, 
Sol de los soles, 
' Ni los pájaros cantan 

- Ni el rio corre. 

¡Ay, amor mío! 

Ni los pájaros cantan 
Ni corre el rio. 

¿Ausencia dije? Esees uno de los graves males del amor, cuyo 
gentil proceso suele terminar con el amargo pensamiento de esta 
copla: 

- Seguidillas son guindas, 

Guindas son flores; 
Palillos de retama 
Son mis amores. 

Cuando no termina con el de ésta: 

¿Cómo quieres que tenga 
Gusto y contento, 
Casaita de un año. 
Mi niño muerto? 

226 «Cántese á lo llano...» 

Á lo llano, por llanamente, y sin alusiones molestas. Falta esta 



- 464 — 

frase adverbial en el léxico de la Academia, que pone la casi igual 
á la llana. 

227 «...y tómese otra vereda, y basta.» 

Con este imperativo y basta, como con aquel otro y no más, 
solían echar la llave al párrafo los ternes de Sevilla. Indicado lo 
dejé en la pág. 93 del presente libro, y más despacio lo está en 
nota de la pág. 154 de El Loaysa de <iEl Celoso exiremeño». 

228 «...que la Cariharta y la Cscalanta se calzaron sus chapi- 
nes al revés...» 

Bosarte, en el prólogo que puso al borrador de Rinconete y 
Cortadillo, al hacer notar que en él, á la voz de que venía la justi- 
cia, la Escalanta se puso su chapín y la Cariharta enmudeció, aña- 
de: «Cervantes imprimió que la Cariharta y la Escalanta se calza- 
ron sus chapines al revés. Qué sea calzarse los chapines al revés 
no lo hemos podido todavía descifrar.» ¡Pues fácil era, y torpeza 
harta la de quien no supo lograrlo! La Escalanta tañía en el chapín 
que se quitó; la Cariharta, luego, se quitó uno de los suyos, tam- 
bién para hacer son; llaman á la puerta, y al salir Monipodio á ver 
quién era, cesa la música y la Escalanta y la Cariharta sueltan en 
el suelo los chapines en que antes tañían, y, como oyesen, lo mismo 
que los demás comensales, que por la calle había asomado el alcal- 
de de la justicia, alborotáronse todos, y las dichas mujeres se cal- 
zaron sus chapines al revés, es decir: la Escalanta, el de la Ca- 
riharta, y ésta el de aquélla; en una palabra: los trocaron. Así lo 
entendió D. Juan Antonio Pellicer y así deben de haberlo entendi- 
do todos los lectores del Rinconete, menos Bosarte, que, la verdad 
sea dicha, no tenía muy bien despabiladas las entendederas, aunque 
no falte quien opine otra cosa; que por eso se vende la carne de 
vaca: porque unos quieren pierna, y otros falda. 

229 «Nunca disparado arcabuz... espantó así á banda de des- 
cuidadas palomas.,.» 

Más prolijamente empleó Cervantes este símil en El Celoso ex- 
tremeño, para pintar el espanto con que huyeron aquellas endiabla- 
das mujeres, cuando la negra Guiomar les dijo que se había desper- 
tado el sinventura de Carrizales: «Quien ha visto banda de palo- 
mas estar comiendo en el campo sin miedo lo que ajenas manos 
sembraron, que al furioso estrépito de disparada escopeta se azora 
y levanta, y, olvidada del pasto, confusa y atónita cruza por los 



- 465 - 

aires, tal se imagine que quedó la banda y corro de las baila- 
doras...» 

230 «...sin dar muestra ni resabio de mala sospecha alguna.» 
Esta escena y su desenlace se parecen mucho á aquella otra del 

entremés de El Rufián viudo, que debió de escribirse cuando el 
Rinconete: 

Uno. ¡Juan Claros, la Justicia; la Justicia! 

El alguacil de la Justicia viene 

La calle abajo. 
J^an- ¡Cuerpo de mi padre, 

No paro más aquí! 
Trampagos. Ténganse todos; 

Ninguno se alborote; que es mi amigo 

El alguacil: no hay que tenerle miedo. 
Uno. (Volviendo d entrar:) 

No viene acá; la calle abajo cuela. 

231 «...vestido, como se suele decir, de barrio...» 

De la que en Sevilla se llamaba ^e/z/e de barrio trata Cervantes 
en El Celoso extremeño, pero más largamente en el borrador de 
esta novela, que publicó Bosarte y Rodríguez Marín reimprimió 
cuatro años há. 



232 «...con la obra que se le encomendó de la cuchillada de á 
catorce.» 

De á catorce puntos, como indica Chiquiznaque poco después. 
Ha de entendersepa/7/05 cirujanos, y así lo dice expresamente En- 
ríquez Gómez en la Vida de don Gregorio Guadaña, cap. X: :<...y, 
sacando la daga, le di un chirlo de cosa de diez puntos cirujanos, 
tan malos, que ninguno se los quitara por el tanto.» Era cosa co- 
rriente el indicar el tamaño de las heridas por el número de puntos 
de sutura que en ella había dado el cirujano, ó, había de dar luego 
que se hicieran; así dice D. Pablos de aquel soldado á quien se en- 
contró al salir de Madrid: «Quitóse el sombrero y mostróme el ros- 
tro: calzaba diez y seis puntos de cara; que tantos tenía en una 
cuchillada que le partía las narices» (Quevedo, Vida del Buscón, 
libro I, cap. X). Y usual cosa era también, entre los bravos, medir 
una cuchillada venidera ó futura por los puntos de otra pretérita, 
aunque presente por lo tocante á la cicatriz. En la propia donosísi- 
ma obrita de Quevedo, más gustosa cuanto más leída, dice el buen 
D. Pablos de aquel estudiantón apellidado antes Mata, y ahora, en 
Sevilla, por más rimbombe, Matorral: «Trataba en vidas, y era ten- 



^466 — 

defo de cuchilladas, y no le iba mal. Traía la muesfra dellas ensu 
cara, y por las que le habían dado concertaba íamafio y hondura de 
las que había de dar.» Y Teodora, la vieja Celestina de la comedia 
de Lope irftitulada £1 Rufián Castrucho, dice á la muchacha (acto I, 
;escena V): 

' Tú aguardaris, cuitada, 

Que, sobre desnudarte, llegue el día 

(Jue alguna cuchillada 

Medida por los puntos de la mia . 

Te cal(% en esa cara^ 

Por lo menos, Fortuna, medÍA varaJ 

233 «...marquéle el rostro con la vista...» 

Aquí está dicho marcar (como de marco), en la acepción de 
medir, aún no recogida en el léxico de la Academia. 

234 «...y, hallándome imposibilitado de poder cumplir...» 
Aunque en este caso podría presumirse que él pleonasmo impo- 

sibilitado de poder no era cosa de Cervantes, sino de Chiquizna- 
que (que no estaría bien que hablase más correctamente, como quien 
dos renglones después dice destruición por instrucción), es lo 
cierto que era modo ordinario de decir. Cervantes mismo,, en la car- 
ta que Camila, en la novela de El Curioso impertinente, escribió á 

, Anselmq, dice: (Don Quijote, parte I, cap. XXXIV): «Yp me hallo 
tan mal sin vos, y tan imposibilitada de no poder sufrir esta ausen- 
cia...» El probablemente supositicio Dr. Carlos García, en La 
Desordenada codicia de los bienes ajenos, cap, III: «Sería casi 
imposible poder dejar nuestro trato.» Y en una real provisión refe- 
rente, por cierto, á la prisión y soltura con fianza de Cervantes 
(Madrid, 1." de diciembre de 1597), y publicada por D. Martín Fer- 
nández de Navarrete, se lee: «...y que en virtud de la dicha mi car- 
ta le h^bíades preso y teníades en la cárcel real de esa dicha ciu- 
dad hasta tanto que diese fianzas de todos los dichos 2.557,029 
maravedís, los cuales estaba imposibilitado de poder dar, respecto 

.de estar fuera de su casa...» ¡A saber si cuando Cervantes escribía 
esas palabras en Rinconete y Cortadillo no estaría recordando ha- 
berlas leído en la mencionada provisión á él referente...! 

235 «...los treinta escudos...» 

Como indiqué al pie de la pág. 314, la edición príncipe dice en 
,este lugar ducados; pero léese escudos en el borrador. De ordina- 
rio, y bien se echa de ver poco más adelante en los memoriales de 



- 467 - 

cuchilladas, de palos, etc., Cervantes, al arreglar para la estampa 
su novelita, mencionó como escudos los ducados del borrador^ y 
todo salió á un campo. . i 

236 «...le asió de la capa de mezcla que traía puesta...» 
De mezcla, por de puño de mezcla, es decir, tejido de hilos de 
diferentes ¡colores, como aquellas cinco varas y media de raja de 
mezcla que Cervantes, á 8 de noviembre de 1590, compró al fiado, 
en Sevilla, á Miguel de Cabiedes y Compañía (Pérez Pastor,- ^o- 
cumentos cervantinos..., t. II, pág. 212). 

^ ■•'.» ; iS 

, 237 «...y la deuda queda líquida y trae aparejada ejectitíón: 
por eso no hay más sino pagar luego, sin apercebi miento de re- 
mate.» 

Cervantes, que, por ocuparse en negocios ajenos que requerían 
á menudo el otorgar escrituras públicas y el andar entre curiales, 
laprendió una multitud de frasecillas escribaniles, aquí y allá las 
pone en boca de los personajes de sus novelas. La expresión del tex- 
to, como puramente forense, no es á propósito para dicha por Chi- 
quiznaque, que, como hemos visto, decía destruición por instruc- 
ción. Aún más inverosímil é inadecuado fué hacer decir á Luscinda 
en la primera de sus cartas á Cardenio (Don Quijote, parte I, capí- 
tulo XXVII): «...y si quisiéredes sacarme desta deuda sin ejecu- 
tarme en la honra...-» 

238 «...haga cuenta que...» 

Haga cuenta que, por haga cuenta de que, y, un renglón antes, 
si fuere servido que, por si fuere servido de que. Hoy no se sufre 
en casos como éste el prescindir de la preposición; pero en tiempo 
de Cervantes era cosa usualísima, como todavía lo es para el vulgo. 
Véase en una copla popular (Rodríguez Marín, Cantos populares 
españoles, t. III, n.° 4.522): 

Adiós y olvida mi nombre: . . 

No te acuerdes más de mí, 
Bórrame de tu memoria 
Y hazte cuenta que morí. 

i239 «...se la dará pintiparada...» 

Aunque la edición furtiva de 1614, cuyo texto es casi siempre 
preferible al déla príncipe, dice en este Xn^ar pintada, y está bien, 
porque es lo que hoy diríamos que ni pintada, he seguido la lección 
de ésta porque, sobre venir conforme en este punto con la del bo- 



— 468 - 

rrador, tiene en su abono otros ejemplos cervantinos, verbigracia, 
el siguiente (Don Quijole, parte I, cap. XXI): «Rióme... de consi- 
derar la gran cabeza que tenía el pagano dueño deste almete, que 
no semeja sino una bacía de barbero pintiparada. y> 

240 «...una cadena de vueltas menudas...» 

Llamábase vueltas á los eslabones. Quiere, pues, decir lo pro- 
pio que había dicho en el borrador, aunque con otras palabras: 
«...se quitó una cadenilla de menudos eslabones de oro...» 

241 «Secutor, Chiquiznaque. 

Secutar,