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Full text of "Riverita"

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Pesetas. 



• 4 

4 

>ino.— New- 

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Lgs Heurts 
Jta tomo. — 

3 

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Hannover, 

3,50 

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ROPIEDAD DEL AUTOR 



«1/ 



ernández, Libertad, x6 dup.^ 



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F.J;V -w:- T'. ^ i -- V ~ 




A primer noticia que Miguel tuvo del ma- 
trimonio de su padre se la dio el tío Ber- 
nardo, persona de extremada respetabili- 
dad y carácter. Tomóle de la mano gravemente mo- 
mentos antes de comer, y le llevó á su escritorio, una 
pieza de aspecto sombrío, llena de cachivaches anti- 
guos, grandes armarios de libros y cuadros al óleo que 
el tiempo había oscurecido hasta no percibirse siquiera 
las figuras. Las sillas eran de roble viejo, las cortinas de 
terciopelo viejo también, la alfombra más vieja todavía^ 
la mesa de escribir un verdadero prodigio de vejez. 
Miguel sólo dos veces en su vida había visto este apo- 
sento sagrado y augusto para la familia. Una vez se lo 
había enseñado su primo Enrique desde la puerta, al- 
zando discretamente la cortina y mirando con temor 
hacia atrás para no ser sorprendido en flagrante profa- 
nación. Otra vez había sido residenciado por, su tío en 
aquel recinto en compañía del mismo Enrique, por ha.- 
ber ambos maltratado de palabra y de obra á la coci- 



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2 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

tiera de la casa bajo el pretexto infundado d© que no 
eran suficientes dos naranjas para merendar. No es fá- 
cil imaginar, pues, el respeto que esta pieza le merecía 
á Miguel, aunque su temperamento no fuese demasia- 
damente respetuoso, según constaba de modo incontes- 
table en la escuela y en otros diversos parajes de la 
villa. 

D. Bernardo dejó á su sobrino arrima<do á la mesa 
de escribir y comenzó á pasear silenciosamente y con 
las manos atrás. Sopló con fuerza tres ó cuatro veces, 
desgarró otras tantas, y dijo al fin parándose un ins- 
tante: 

— Miguel, tú tienes uso de razón, ¿no es cierto? 

Miguel le miró, abriendo mucho los ojos, sin" con- 
testar. 

— ¿Has cumplido los siete años.í^ — manifestó su tío 
poniendo el concepto más al alcance del niño. 

— Tengo ocho. 

— Tanto mejor... En efecto, tu padre se casó diez 
años después que yo... hace nueve próximamente... 
Muy niño eres aún para entender ciertas cosas. |Muy 
niño! ¡Muy niño! 

Y D. Bernardo contempló con expresión de lástima 
á su sobrino, qué apenas podía posar, estirándose mu- 
cho, la barba sobre la mesa, y meditó breves momen- 
tos. Después continuó paseando. 

— Sin embargo, pienso, Miguel, que harás un esfuer- 
zo para entenderme... ¿Verdad que lo harás?... No es 
menester que penetres por completo el sentido de 
mis palabras, porque en edad tan tierna no es posi- 
ble. Basta con que te hagas cargo de lo que voy á de- 
cirte... de lo que tengo encargo de decirte — añadió rec- 
tificando. — Has tenido la desgracia de perder á tu ma- 
dre cuando naciste; de no haberla conocido. Era una 



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RIVERITA 3. 

verdadera dama, noble, distinguida, de modales muy 
finos y que se hacía respetar de todos. En este concep- 
to, nuestra familia nada tuvo que oponer al matrimo- 
nio de Fernando, por más que tu madre no fuese rica, 
que no lo era en verdad. La distinción, los modales, las 
relaciones compensan muy bien la falta de fortuna. 
Mercedes estaba relacionada con la mejor sociedad de 
Madrid y sabía hacer los honores de un salón como la 
primera. Desgraciadamente para tu padre, falleció al 
año de estar unidos, cuando el tapicero no había ter- 
minado aún de arreglar los dos salones que habían 
destinado para recibir, cuando aún no se habían repar- 
tido todas las papeletas de enlace. Si algo pudo mitigar 
el dolor de Femando, fué el testimonio de respeto que 
en aquella ocasión se apresuró á darle la espuma de 
la sociedad madrileña. Más de doscientos coches par- 
ticulares siguieron el entierro de la pobre Mercedes; 
S. M. mandó el coche de respeto, con los lacayos 
enlutados: después se recogieron á la puerta más de 
seiscientas tarjetas de pésame, y á los funerales que 
por el eterno descanso de su alma se celebraron en San 
Isidro acudió un sinnúmero de personas de calidad. 
Yo presidí el duelo de familia, el segundo cabo el de 
militares y monseñor Giner el de sacerdotes. Sobre este 
punto no hay más que decir. Todo fué conforme á los 
usos establecidos y á lo que exigía el decoro de nues- 
tra familia. 

D. Bernardo se detuvo para echar una mirada á Mi- 
guel, quien al compás que escuchaba á su tío, ó no lo 
escuchaba (que esto nunca pudo averiguarlo D. Ber- 
nardo), daba infinitas vueltas entre los dedos á un vaso 
griego de barro que sei^vía de prensapapeles. Quitóselo 
de la mano suavemente, colocólo en su sitio y tornó á 
recoger con el paseo elhilo de su interrumpido discurso. 



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4 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— El dolor que tu padre experimentó fué grande, y 
supo guardar, como quien es, todo el tiempo de su 
viudez el respeto que debía a la memoria de una dama 
tan principal como tu madre. Por espacio de dos años, 
no solamente gastó luto él, sino que lo hizo llevar á 
toda la servidumbre, al coche y á los caballos. No pisó 
los salones hasta bien transcurrido el año ni recibió en 
los suyos más que á los amigos de entera confianza» 
De este modo se adquiere el respeto y la consideración 
de la gente. Pero como las cosas no pueden ni deben 
llevarse al extremo, pasados dos ó tres años, tu padre 
entró nuevamente en la vida de la sociedad distinguida, 
donde por su nombre, por su grado en el ejército y 
por su fortuna tiene derecho á brillar entre los prime- 
ros. Entonces empezó á tocar los verdaderos inconve- 
nientes de sil estado. En una casa de la importancia de 
la de Fernando una señora es absolutamente indispen- 
sable. Tú no puedes comprender esto, porque eres muy 
niño, Miguel, ¡muy niñol... 

D. Bernardo consideró de nuevo á su sobrino con 
profunda compasión. 

— La presencia de una señora, de una dama, comu- 
nica, á la casa cierto brillo que ni el nombre ni el dinero 
por sí solos pueden alcanzar. Tu pobre papá se ha vis- 
to privado hace ocho años de dar bailes, comidas, ni un 
te siquiera... ¿Quién había de hacer los honores?... Y vues- 
tra casa es una de las mejores de Madrid, está decorada 
con mucho gusto, aunque un tanto abandonada de al- 
gún tiempo á estamparte. Es lástima y grande que no 
haya podido aprovecharse hasta ahora el espacioso y 
elegante salón que tenéis. Además, por lo que he podi- 
do observar y han observado también algunas personas 
de la familia y de fuera, en casa de Fernando reina cier- 
to desconcierto inevitable. Por buena que sea una ama 



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RIVERITA 5 

de llaves, por fieles que sean los criados, no es posible 
que atiendan como corresponde á todos los pormeno- 
res... Tu misma educación, Miguel, anda bastante des- 
cuidada al decir de la gente. Me han dicho que juras en 
casa como un carretero... 

Estas últimas palabras las dijo D. Bernardo con más 
alta entonación y parándose frente á su sobrino. Este 
sonrió avergonzado; pero al ver que el tío fruncía las 
cejas, quedóse otra vez serio. 

— [Claro está! un padre por más que se esfuerce no 
puede conseguir inculcar á sus hijos ciertas reglas de 
urbanidad, so pena de no perderlos de vista un solo ins- 
tante. Esto sólo puede hacerlo una señora, una madre... 
Así que desde largo tiempo vengo aconsejando á mi 
hermano, y conmigo toda la familia, y no sólo la fami- 
lia, sino cuantos amigos se interesan por él, que de nue- 
vo tome estado, organice su casa sobre el pie que le 
corresponde y salve el decoro de la familia... Al fin, 
cediendo á inis reiteradas súplicas, y repito que no so- 
lamente á las mías, sino á las de todos sus parientes y 
amigos, tu papá ha pensado en dar á su casa una seño- 
ra y á ti una mamá... Pero entiéndelo bien, Miguel, sólo 
por las razones antes apuhtadas, no por otra alguna, tu 
padre ha consentido en tomar estado .. ¿Te haces bien 
el cargo?... 

Miguel le miraba y le remiraba con los ojos muy 
abiertos, sin moverse. Sentía deseos atroces de irse á 
jugar con su primo Enrique. 

— Ahora bien; lo mismo tu padre que yo, que toda 
la familia, esperamos que con la presencia de tu nueva 
mamá se opere en tu conducta un cambio favorable; 
que dejes esos modales, propios de gentuza, no de ca- 
balleros; que no pases el día metido en la cocina, escu- 
chando las sandeces de los criados; que no te arrastres 



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>tidos; 

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RIVERITA 7 

porción todavía cierta manera extraordinaria de hin- 
char los carrillos y soplar el aire lenta y suavemente^ 
que infundía en el interlocutor respeto y veneración. 
Había desempeñado algunos cargos de importancia en 
la administración pública, y había estado á pique una 
vez de ser nombrado senador ministerial. Éste era el 
sueño de sa vida. Tenía bienes de fortuna, y gozaba 
mucíha consideración entre sus deudos y amigos. Para 
coronar, no obstante, el ediñcio de su respetabilidad, 
que piedra sobre piedra había ido levantando con tra- 
bajo durante muchos años, faltaba aquel remate; pero 
lo alcanzaría, no había quien lo dudase. La familia lo 
esperaba con afán. Los amigos lo daban como seguro 
en un plazo más ó menos breve. 



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guardaba Enrique á su pri- 
[ cual, así que le vio levan - 
s, y dando las castañetas 
en el aire antes de acercar- 

á la cochera hasta la hora 



desprecio. Enrique vaciló, 
r con sigilo la puerta y es- 
írvicio. 

o que guardaba en aquella 
3n los perros ratoneros que 
,s damas. Después se com- 
feo hasta donde un hombre 
, por lo común el cabello 
I, las narices llenas de mo- 
vestido roto y cuajado de 



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RIVERITA 9 

lamparones. Sólo cuando á D.* Martina, su madre, 
le venía en mientes sacarlo á paseo ó llevarlo á misa ó 
de visita á alguna casa se le podía ver. Para esto era 
necesario que aquella señora le condujese al piso se- 
gundo y se encerrase con él en un cuarto que pudie- 
ra llamarse de las abluciones. Al cabo de media hora, 
después de haber sufrido una razonable cantidad de 
repelones, estirones de orejas y bofetadas, que doña 
Martina creía indispensable asociar siempre á su ta- 
rea, salía el buen Enrique lloroso y suspirando, pero 
más limpio que una patena. Y hasta otra. En la casa, 
donde imperaba la pulcritud, se le miraba de mal ojo 
y era á menudo víctima por su aversión á aquella pre- 
ciosa cualidad, no sólo de las correcciones paternas, 
sino de las crueles é impensadas arremetidas de su 
hermana mayor Eulalia, joven de diez y seis abriles no 
muy floridos, casta, limpia, hacendosa, diligente, llena, 
en fin, de virtudes domésticas, el mimo de sus papas y 
el blanco del odio de Enrique y del primo Miguel. 

— Oyes, Miguel — le dijo Enrique en voz baja, mien- 
tras descendían cautelosamente por la escalera del pa- 
tio; — ¿para qué te quería papá? 

— Para decirme que mi papá va á casarse — respon- 
dió Miguel alaando los hombros con indiferencia. 
— ¿Con quién? 
— Con una señora. 

— ¿Entonces vas á tener mamá pronto? 
Miguel no juzgó ne^sario contestar. 
— ¿Estás contento? 
— ¿Á mí qué me importa? 

— ¿No tienes miedo que haya?... (Enrique hizo seña 
expresiva de vapuleo.) 

Miguel le miró un poco turbado. 
— ¿Por qué? 



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ALACIO VALDÉS 

ímpre más que los papas — 

¡nrique. 

ites y al fin dijo: 

ría á ella papá. 

r. 

y entraron en la cochera, 
para contado y menos para 
travesuras, todas en mani- 
gridad y aseo de los trajes. 
ora entraron en la cuadra, 
llenaron los pesebres de paja, 
y no satisfechos aún, toman- 
r, se pusieron á sacarles el 
nismos encima). Cuando se 

comer, estaban ambos que 
que Enrique, quien como ya 
iclinación bien determinada 

1 momento pensativo mirán- 
). 

luy puercos, Miguel? 

:a, mirándose y mirando á su 

así, me da mamá una toca- 

bía de ir el asunto, se con- 
o el polvo. 

' de Eulalia, al piso segundo. 
Yo con estas manos no voy 

Enrique en aquella sazón no 

cautela ^que habían bajado 

echó Enrique una ojeada al 

iterándose de que estaba allí 



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RIVERITA 1 1 

Eulalia, subieron ya sin temor alguno al piso segundo 
y se posesionaron del cuarto de aquella señorita. Lo 
primero que hicieron' fué echar el pasador á la puerta á 
fin de que no los sorprendiesen. Después comenzaron á 
usar y á abusar de los copiosos medios de aseo que allí 
existían. Sumergieron ambos las manos en la jofaina, 
que trasvertía de agua clarísima. Apoderáronse de una 
magnífica pastilla de jabón de almendras, y en pocos 
minutos, á fuerza de sobarse con ella, la redujeron casi 
una tercera parte. Tomaron las esponjas, las empaparon- 
en el agua del jarro y se las pasaron repetidas veces 
por el rostro y la cabeza. No contentos con esto, lleva- 
ron sus manos sacrilegas al tarro de la pomada, al fras- 
co del aceite y á los pomos de las esencias, adobándose 
y perfumándose con todo ello sin duelo alguno. No sa- 
tisfechos aún, osaron coger la misma borla de los pol- 
vos de arroz que servía á la pulcrísima sultana para 
ocultar ciertas rosetas importunas que la erisipela había 
hecho nacer en su rostro, y se embadurnaron con ella 
en medio de groseras carcajadas. Después llevaron to- 
davía su audacia á usar de un frasco de colorete, pin- 
tándose los labios, las narices y hasta las orejas, como 
cerdos inmundos que eran; después tornaron á lavarse 
con la esponja y á secarse con las inmaculadas toallas 
colgadas de entrambos lados del tocador- Finalmente, 
se lavaron los dientes y las muelas esmeradísimamente 
con los cepillos que para este efecto allí estaban, fro- 
tándolos primero en una cajita de polvos dentífricos. 
Este magnífico y escrupuloso lavatorio del aparato den- 
tal, coronó, en opinión de ambos, la obra de aseo que 
con tan buen éxito habían emprendido, y se decidieron 
á bajar al comedor. Pero antes de salir, se les ocurrió 
casualmente que tenían los pantalones cubiertos de pol- 
vo y porquería. Vuelta á echar mano de la esponja, por- 



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12 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

que no hallaron cepillos, y á frotarse con ella hasta ta- . 
par las manchas. Las botas se hallaban también, y aún 
más que los pantalones, en estado de merecer, y Miguel 
acudió solícito con la esponja á limpiarlas; pero Enri- 
que, no encontrando el medio bastante adecuado, entró 
en la alcoba de su hermana y se las limpió muy bien 
con la colcha de la cama. jEa! ya están arreglados aquel 
par de pája;ros. Se miran en la luna del armario y de- 
jan escapar un suspiro de satisfacción. Sin embargo, 
Miguel medita un momento, y dice: 

— ¡Mira, tú, que si Eulalia viniera ahora!... 
— Ya no sube hasta la hora de dormir... ¿No ves que 
vamos á comer en este momento.?^ Y si viene, ¿qué, re- 
contra? El día que me vuelva á pegar, le doy en las na- 
rices con esta badila (aquí Enrique sacó una de bronce 
que tenía escondida ad koc en el forro de la chaqueta). 
jEUa no tiene por qué pegarme, contra! ¿Es mi madre 
por si acaso? ¡Ah, recontra; pega porque sabe dar coba 
á papá! Cuando está mamá delante, ya se guarda ella 
de tocarme el pelo de la ropa. ¡Y que lo diga! ¡Menudo 
coscorrón se ha mamado ayer!... Ya me dijo mamá: «No 
seas tonto, Enrique; el día que te pegue tu hermana, 
tírale á la cabeza con lo que tengas á mano». Aquí está 
la badila; ¡que venga, que venga! ¡Vaya, hombre, que 
ya no se puede sufrir! ¡todo el día pega que te pegarás, 
como si yo fuese un mulo de artillería!... 
, — ¡Pero chico, si le das con la badila la matas! 
— ¡Que la mate, recontra! ¿Para qué sirve en el mun-^ 
do esa puerca? ¡Siempre metiéndose donde no la lla- 
man! ¡Husmeándolo todo! ¡Metiendo las narizotas en 
las cosas de sus hermanos!... ¡Ya no la aguanto más, 
recontra! 

A pesar de las disposiciones belicosas de Enrique res- 
pecto á su hermana, quedóse un instante suspenso y 



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RIVERITA 1 3 

pálido escuchando pasos en el corredor, lo cual probó 
á su primo Miguel que aún no le había abandonado 
enteramente el instinto de conservación. Los pasos se 
alejaron al fin sin dar el resultado desastroso que fué 
de temer, y Enrique con voz más sosegada dijo: 

— Me parece que ya es hora de comer. Vamos abajo 
antes que nos llamen. 

En efecto, cuando los dos primos llegaron al piso 
principal, la familia estaba ya en el comedor, que era 
una pieza espaciosa, amueblada también á la antigua. 
En el centro una gran mesa de roble tallado cubierta 
con el mantel y atestada de platos, copas, fruteras y 
dulceras. Á juzgar por el número de cubiertos, había 
convidados. Sobre la mesa ardía una lámpara de bron- 
ce colgada del techo. Los aparadores casi tocaban en 
él y eran también de roble tallado; las sillas de roble 
igualmente; todo de roble. Esta madera dura, maciza y 
adusta, parecía el símbolo de aquella respetable fa- 
milia. 

Sentado ya á la mesa leyendo un periódico, estaba 
el dueño de la casa, D. Bernardo Rivera, con la frente 
espantosamente fruncida, no porque estuviese disgus- 
tado, sino porque tal era su costumbre siempre que leía 
algo. Guardaba frente á los periódicos y los libros la 
actitud prevenida y hostil del que no quiere ser juguete 
de sofismas ó frases relumbrantes. D.* Martina, su es- 
posa, daba vueltas por la estancia, atenta á que nada 
faltase ni sobrase en la mesa y en los aparadores. Era 
mujer de unos cuarenta años, de regular estatura, me- 
tida en carnes, que no habría sido fea á los veinte, de 
fisonomía abierta y simpática, pero ordinaria; el talle y 
la figura más ordinarios aún, porque el vientre le había 
crecido en los últimos años mucho más de la cuenta y 
no había corsé que lo sujetase; la voz aguda y desen- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 

ademanes bruscos y el mirar dulce y hala- 
stía traje de terciopelo de color castaño, 
ella época era el sumo lujo entre las seño- 
lad; mas advertíase que aquel terciopelo no 
bien pegado á sus carnes como era de espe- 
1 aspecto imponente y el concertado gusto y 
[ue reinaban en la casa. Consistía esto (va- 
rio en secreto al lector, porque en secreto y 
.0 decían los amigos de la familia cuando to- 
asunto), en que D.* Martina había sido plan- 

sus juveniles años, planchadora de la casa 
30, ó por mejor decir, de los padres de su 
mo D. Bernardo Rivera había descendido tan 
Martina' había subido tan alto, no era fácil 

en aquel tiempo. Años atrás no habría tal 
para los que apreciaban, en su justo valor, 
macizas y sonrosadas de la buena señora. Se 
, este propósito mil anécdotas más ó menos 
lue todas redundaban en elogio de ella^ Doña 
bía sido, en sus tiempos floridos, una fortale- 
:nable. El fuerte de Figueras y la ciudadela 
L, eran castillitos de naipes al lado suyo. Sus 
5 de resistencia la habían llevado al término 
3 hoy la vemos. Verdaderos ó falsos estos 
1ÍCÍ030S, el resultado es que D. Bernardo se 
asado, y fué necesario que su esposa salvase 
e la enorme distancia que mediaba entre su 
j la grandeza y autoridad que habían acom- 
Sr. de Rivera desde sus más tiernos años. ¿La 
fecto esta señora? En concepto de D. Bernar- 
>ta era la espina más dolorosa de su vida, la 
irgaba las muchas satisfacciones que la so- 
labía proporcionado. Sin embargo, hay que 
1 que ella había hecho todo lo que estaba de 



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RIVERITA 1 5 

SU parte. Si no lo había conseguido, acháquese á todo 
menos á falta de buena voluntad. Y todavía creemos 
que andaba su esposo algo exagerado en este punto. . 
Porque D.* Martina supo muy bien, al cabo de pocos 
años, recibir á los amigos de su esposo con dignidad, 
ya que no con distinción, y supo también preparar una 
mesa con elegancia y pasear en carretela por la Caste- 
llana sin ir rígida é incómoda en el asiento. Aprendió 
igualmente á no dormirse en el Teatro Real y á saludar 
á sus amigas desde lejos abriendo y cerrando repetidas 
veces la mano; ofrecía la casa bastante bien, aunque 
siempre con las mismas frases; se enteraba de las últi- 
mas modas y se las aplicaba; se echaba polvos de arroz 
y se pintaba las cejas cuando iba á algún sarao. Por 
último, aunque con marcado acento español, había lle- 
gado á hablar medianamente el francés. 

A pesar de todo esto, el Sr. de Rivera no estaba satis- 
fecho. No quQ lo manifestase neciamente al primero que 
llegase, pues la circunspección era una de sus cualida- 
des predominantes; pero lo dejaba traslucir á sus ínti- 
mos amigos. Hallaba D. Bernardo que su cara esposa 
reñía demasiado con los criados y á gritos; que sus 
frases de cortesía eran siempre las mismas y pronun- 
ciadas en retahila como una lección; que daba confian- 
za á cualquier amiga y la iniciaba sin reparo en los 
asuntos domésticos; que no observaba, en fin, con las 
personas que frecuentaban la casa, aquella dignidad y 
reserva, aquel sosiego imponente propios de una per- 
fecta señora. Este capítulo de cargos que el Sr. de Ri- 
vera tenía guardado contra su esposa, había ocasiona- 
do serios disgustos matrimoniales. 

Sentada en una butaca trabajando con aguja de mar- 
fil en una colcha de estambre estaba Eulalia, cuya fiso- 
nomía semejaba notablemente á la de su papá. Era 



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1 6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

también larga de cara, aguileña, de cejas pobladas y 
labios colgantes que expresaban un profundo desprecio 
•á todo lo que abarcaban sus ojos. Como él, tenia frun- 
cida la frente casi siempre, lo cual daba á su rostro 
una expresión hostil, no muy común por fortuna en 
las doncellas de sus años. Porque Eulalia estaba en la 
edad del amor, de las ilusiones, de la ternura, del ru- 
bor y la inocencia, por más que ninguna de estas cosas 
se advirtiesen en ella. 

Cuando los dos primitos pisaron el comedor, levantó 
la cabeza y les clavó una intensa mirada escrutadora, 
que ellos por tácito acuerdo fingier;3n no advertir. Mas 
contra lo que esperaban, en vez de convertirla de nue- 
vo á la labor, siguió cada vez más fija y más escruta- 
dora sobre ellos, hasta el punto de turbarlos. Para evi- 
tar su fascinadora: influencia se acercaron á los seño- 
res que allí había, los cuales les saludaron con pal- 
maditas en el rostro. D.* Martina, después de dar á^ 
Miguel un beso sonoro en la frente, les preguntó que 
dónde habían estado. Respondió Miguel en voz alta, para 
que lo oyese Eulalia, que se habían pasado la tarde en 
el cuarto de Enrique y Carlos jugando con el mapa de 
rompe-cabezas. Al oir esto Carlos, que tenía un año 
más que Enrique, se puso hecho un energúmeno, di- 
ciendo que si le enredaban otra vez con sus mapas, 
iba á hacer una en las narices de su hermano y su pri- 
mo que fuese sonada; pero aquél le tranquilizó ense- 
guida, manifestándole por lo bajo que no habían an- 
dado con su rompe-cabezas, sino con los frascos de 
Eulalia. No sólo se sosegó, sino que tuvo una verda- 
dera satisfacción, porque para odiar á Eulalia esta- 
ban todos de acuerdo en la casa, menos su padre y su 
madre. 

Carlitos era el hijo más gu,apo que tenían los seño- 



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RIVERITA 17 

res de Rivera, y el más aplicado también. Cara redon- 
da y sonrosada, facciones correctas, ojos negros y ex- 
presivos y poblados de largas pestañas. Todos sus es- 
tudios en la escuela fueron coronados por éxito li- 
sonjero. Diplomas con orla de colores, libros, meda- 
llas de metal azogado; hasta una corona de laurel con 
cintas de seda que hizo llorar y moquear copiosamen- 
te á D.* Martina, cuando de las manos del maestro la 
vio bajar solemnemente á la cabeza de su hijo. Pero 
su estudio favorito había sido siempre la Geografía, 
sobre todo la astronómica. Los globos terráqueos y las 
esferas armilares que había hecho comprar á su padre, 
nó pueden fácilmente contarse. Mas á pesar de ser un 
hombre de ciencia, estos artefactos duraban poco tiem- 
po íntegros en 3us manos. Consistía en que Carlitos no 
se limitaba á estudiar la lección como cualquier chico 
vulgar. La alteza de su pensamiento le arrastraba á 
escudriñar los secretos topográficos de nuestro pla- 
neta. Para ello ideaba grandes vías de comunicación 
que tenía cuidado de señalar con tinta sobre el globo, 
atravesando las montañas más altas y salvando mares 
y lagos por medio de asombrosos puentes que ningún 
ingeniero del mundo se hubiera atrevido siquiera á 
imaginar. Muchas veces, sin embargo, la tinta se corría 
sobre la piel de que estaba revestido y quedaba el glo- 
bo hecho un asco, y vuelta á comprar otro su papá, 
para que el fuego de la pasión geográfica no se extin- 
guiese en el niño. Pues tocante á las esferas, pasaba lo 
propio. Carlitos no consideraba los espacios celestes con 
el asombro del hombre ignorante ni respetaba debida- 
mente las leyes inmutables que determinan las revolu- 
ciones de los astros. Familiarizado con todos sus mo- 
vimientos de rotación y traslación,' formaba cuando se 
le antojaba nuevos sistemas planetarios, convirtiendo 



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lLDÉS 

)i y gracia, en estre- 
dor á todos los pla- 
tinaba nuevo? y ca- 
nj unción astros que 

en tal postura. De 
le cuando más em- 
5, hacía el aparato 
is más importantes, 
is, y la bóveda ce- 
>, como si fuese Ue- 
omo Garlitos mani- 
Gran Arquitecto del 
iodo alguno cóntra- 

otra esfera en que 
nicas. 

ir á su hermano. No 
1, después de alzar 
io á miradas, se re- 
crearse disimulada- 
n disimulo también 
ibos, y cercioAndo- 
ico muy marcado, 
le la estancia. Enri- 
ados; mas sacando 
Vicente, el primero 
ra, y se pusieron á 
3 reloj que reciente- 

Garlos; esto es, tre- 
por la estatura, y 

ad. Era un mucha- 
de carnes y angu- ' 

rguida y ademanes 

*ío era tan aplicado 



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RIVERITA 1 9 

ni tenía las felices disposiciorles de su hermano para las 
ciencias y las artes; mas en cambio poseía una elegan- 
cia y una distinción de modales, que tenía completa- 
mente subyugado á D. Bernardo. Hablaba muy poco; 
no jugaba nunca. Sus placeres consistían en salir de 
paseo con su papá y otros señores mayores, y que así 
le viesen sus amigos y compañeros de Instituto. Pre- 
ocupábale la indumentaria muy más de la cuenta, al de- 
cir de su mamá, que le miraba por esto con alguna oje- 
riza. No había sastre que le hiciese bien la ropa, ni 
planchadora que le diese gusto. Con tal motivo, siempre 
que estrenaba un traje ó unas botas ó se ponía camisa 
limpia, armaba una gritería que se oía en toda la casa. 
Verdad que éstos eran los únicos momentos en que 
daba cuenta de sí y mostraba algún arranque, porque 
todo lo demás de este mundo parecía tenerle sin cuida- 
do. Pero de todos modos, era un posma que molestaba 
mucho; y lo que decía D.* Martina con muchísima ra- 
zón: — Si este niño es tan impertinente ahora para la 
ropa, ¡qué hará cuando tenga veinte años! En efecto; 
cuando tuvo veinte años, no había quien lo aguantase. 
Hay que decir que D. Bernardo no participaba de la 
ojeriza de su esposa hacia Vicente; antes consideraba 
aquella pulcritud como una preciosa cualidad, que le 
recordaba las que le adornaban á él en su infancia. Re- 
galábale á menudo, unas veces con un bastón, otras 
con un alñler de corbata, otras con alguna sortija de 
poco precio, y el día que cumplió los trece años le com- 
pró reloj de plata con cadena de doublé. Este regalo ha- 
bía puesto frenéticos lo mismo á Enrique que al Gran 
Arquitecto, los cuales venían ya muy agriados por las 
preferencias injustiñcadas de su señor padre. Así que 
tan pronto como tuvieron noticia déla injuria que se les 
hacía, armaron un formidable pronunciamiento, que, 

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"20 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

por fortuna, hubo de sofocarse pronto, gracias á una 
ballena larga y bastantemente gruesa cjue D.* Martina 
poseía para los casos difíciles. Después de todo, don 
Bernardo tenía razón en no entregar á sus hijos me- 
Tiores ningún objeto delicado, porque hubiera d^irado 
poco en sus manos. En las del mayor duraba todo eter- 
nidades. Cuando para disimular mejor el miedo se fue- 
ron aquellos á jugar con su cadena, no pudo reprimir 
la indignación y les advirtió con un manotazo de que 
aquello era de «mírame y no me toques», y para evitar 
más conflictos, se levantó de la silla y se puso á dar 
vueltas por la estancia, sin perder un átomo de su ingé- 
nita gravedad. 

Además de Miguel, que comía todos los domingos 
«n casa de su tío, había otros dos señores convidados, 
los cuales conversaban en un rincón. Á juzgar por la 
confianza que. D. Bernardo y su señora hacían de ellos, 
dejándolos solos, debían de ser amigos íntimos de la 
casa. El uno era un gigante, sin pecar de exagerados al 
decirlo. En todo Madrid no se hallarían seguramente dos 
hombres que le aventajasen en estatura. Llamábase 
D. Pablo Bembo, pero nadie le conocía sino por el co- 
ronel Bembo, porque lo era, hacía ya bastantes años, 
de caballería. Las facciones de su rostro abultadas, ta- 
lladas en colosal, como la figura; la voz tan áspera y 
gruesa que daba miedo. Por fortuna hablaba poco. 
Gastaba patillas, entrecanas ya, unidas al bigote á la 
moda de algunos años atrás. Las manos y los pies. eran 
cosa de ver. No había hallado hormas para los zapatos 
•en ninguna parte; por lo que siempre que viajaba lle- 
vaba en el baúl unas que había mandado hacerse á la 
medida. Pasaba por horpbre rico, á quien el sueldo no 
importaba nada, y estaba casi siempre de reemplazo 
para vivir en la corte á su gusto. Sus modales torpes y 



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RIVERITA 2 1 

bruscos como los de un elefante, la palabra estropajo- 
sa, la inteligencia tarda y oscura al parecer. Sin em- 
bargo, después de tratarle se comprendía que era más 
socarrón que lerdo. Rara vez miraba de frente á la per- 
sona con quien hablase. 

El otro era un caballero de mediana estatura y edad» 
delgado, pálido, ojos hermosos, de mirar suave y hu- 
milde, cara rasurada enteramente, á semejanza de los 
clérigos y comediantes; frente espaciosa, aumentada 
por una calva brillante, y modales tímidos. Se llamaba 
D. Facundo Hojeda y era el amigo íntimo y el adlátere 
eterno del Sr. de Rivera. No se concebía á D. Bernardo 
paseando por el Retiro ó el Prado sin llevar á su iz- 
quierda á D. Facundo. Éste le daba siempre la derecha 
ó le dejaba la acera según los casos, reconociendo la 
inmensa superioridad de aquél. Tal superioridad se ha- 
bía mostrado ya desde la infancia, cuando ambos asis- 
tían á la escuela. No que D. Bernardo fuese un discí- 
pulo más aventajado, pues aunque los dos gozaran 
opinión de aplicados, todavía Hojeda le sacaba alguna 
ventaja en estudiar con ahinco las leciones y escribir 
las cuentas con limpieza; pero D. Bernardo, toda su 
vida había tenido un nosequé de alto y superior, que 
infundía respeto. Esta superioridad se fué señalando 
cada vez más con el trascurso del tiempo. Los caminos 
que los dos amigos tomaron contribuyeron poderosa- 
mente á ello. Mientras D. Bernardo, por virtud de la ri- 
queza heredada de sus padres, comenzó desde muy 
joven á figurar en la sociedad madrileña y á ser un fac- 
tor indispensable en los salones y teatros, Hojeda veía- 
se necesitado á seguir la modesta carrera de farmacéu- 
tico y á abrir botica, una vez terminada, en la calle de 
Fuencarral. Aunque su amistad, merced á estas cir- 
cunstancias, parecía bastante dispuesta á entibiarse por 



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;23 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

lo que tocaba á la parte de D. Bernardo, los esfuerzos 
de Hojeda no lo consintieron. Todos los momentos que 
la farmacia le dejaba libre, aprovechábalos para correr 
á casa de su amigo y prestarle cualquier servicio que 
estuviese á su alcance. Era tan buenoy. tan cariñosote, 
tan respetuoso, que á pesar de la distancia que los se- 
paraba y que el boticario se complacía en reconocer,' 
D. Bernardo condescendió magnánimemente á tratarle, 
á dejar que le acompañase en el paseo y hasta á dar 
alguna que otra vez una vuelta por la botica y jugar 
allí un tresillo. No es posible figurarse la profunda gra- 
titud que el bueno de Hojeda guardaba á su amigo por 
estas mercedes. Había permanecido célibe, y gracias á 
sus economías, consiguió formar en algunos años un 
capitalito, cuyas rentas debían ir acumulándose á él, 
porque lo mismo gastaba hoy que el día en que abrió 
al público su farmacia. No podían ser más sencillas sus 
costumbres. Habitaba un cuartito bajo detrás de la tien- 
da en compañía del mancebo y una cocinera vieja que 
arreglaba sus fugaces refacciones. Dos ó tres veces por 
semana comía en casa de Rivera, y una ^que otra se 
autorizaba el lujo de entrar en un restaurant y engu- 
llirse un cubierto de diez reales. Nunca iba al teatro, 
pero tenía dos pasiones decididas, los toros y los ser- 
mones, las cuales procuraba ocultar porque entendía 
que la primera era una flaqueza, y dejar ver la segunda 
acusaba vanidad ó jactancia. De nada huía D. Facundo 
como de esto último. Jamás le había oído nadie vana- 
gloriarse de cosa alguna ni hablar siquiera de sus asun- 
tos, con tal que de la conversación resultase él en buen 
lugar por cualquier concepto. Su reserva era prover- 
bial en casa de Rivera y en las demás que frecuentaba, 
que no eran muchas. Esta cualidad, en vez de respeto, 
inspiraba risa á sus amigos, los cuales se complacían 



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RIVERITA 23 

en mortificarle haciéndole preguntas referentes á su 
vida y negocios, y hasta le espiaban los pasos para de- 
cir después en plena tertulia lo que había hecho, dónde 
había entrado, con quién le habían visto hablar, etc. Lo 
que esto molestaba á Hojeda no es decible. Al princi- 
pio se turbaba y le venían los colores á la cara. Más 
adelante, cuando advirtió que era broma, se negaba á 
responder al impertinente, limitándose á alzar los hom- 
bros en señal de resignación ó á mascullar alguna fra- 
se de disgusto. Por lo demás, su candor rayaba en lo 
inverosímil. Cualquier disparate, por grande que fuese, 
con tal que se lo dijesen en serio, lo creía. No le entra- 
ba en la cabeza que una persona de años y de carácter 
se atreviese á decir delante de gente una patraña por 
sólo el placer de embromar á un amigo. Sin embargo, 
tanto abusaron de las mentiras con él, que andando el 
tiempo llegó á no creer siquiera las verdades, ó por me- 
jor decir, éstas eran las que se le atravesaban con más 
frecuencia. 



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PgW I » ^ nP MLi^-»s. '•. 






III 



omer — dijo D.* Martina, 
mismo instante un criado apa- 
la humeante sopera entre las 

) para ofrecer el asiento al co- 
íonociendo las costumbres de 
ie aceptarlo. Si el anfitrión hu- 
^uizá no le sentase tan bien la 
) á su derecha. Sentáronse Vi- 
1 las sillas que D.* Martina 
xas Hojeda aguardaba en pie 
)locados para acomodarse. 

*— preguntó su madre. 
Le la había visto hacía un ins- 
ínrique y Miguel se miraron y 
; pero estaban un poco pá- 

artina al criado, — suba usted 

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RIVERITA 25 

al cuarto de la señorita y dígale que ya estamos á la 
mesa. 

No hubo necesidad. En aquel momento apareció Eu- 
lalia, toda sofocada, con los ojos llorosos y una jofaina 
entre las manos. 

— ^Qué es eso? — preguntó D.* Martina con sorpresa. 

— ¡Mamá, no sabes lo que han hecho en mi cuarto 
esos chicos! — profirió Eulalia con trabajo y dispuesta 
á sollozar. — ¡Todo lo han revuelto y estropeado!... ¡Los 
polvos de los dientes llenos de agua!... ¡Los frascos de 
esencia abiertos y menos de mediados!... ¡El jabón he- 
cho una pringue!... ¡Los cepillos de dientes por el sue- 
lo!... ¡La esponja llena de porquería!... ¡La colcha de mi 
cama manchada de betún! Y la toalla ¡mira cómo la 
han dejado!... 

Y exhibió á los circunstantes con una mano la toalla, 
donde estaban señalados como carbón los dedazos as- 
querosos de su primo y hermano, y con la otra, la jo- 
faina, conteniendo un licor negro y espeso, que al mo- 
verse la dejaba teñida. 

— Pero ¿quién ha heclio eso? — preguntó D.* Martina. 
— Enrique y Miguel. 

— ¡Se habrá visto niño más cerdo! — exclamó, dando 
la vuelta á la mesa para acercarse al primero. 

Y luego que se hubo acercado le arrimó un par de 
bofetadas que se oyeron en la cocina y sobre éste otro 
par y otro después, y así sucesivamente hasta que don 
Bernardo exclamó en voz alta é imperiosa: 

— ¡Mujer! 

D.* Martina suspendió la corrección y volvió los 
ojos á su esposo con sorpresa. 

— Observa — dijo éste bajando la yoz y señalando al 
coronel — que hay personas delante... 

— Dispénseme usted, coronel — manifestó la señora, 



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26 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



-ro no lo puedo remediar... 
,s me quita la vida! 
s gritos, que no diré en la 
dad debieran oirse perfec- 

i silla, y en el colmo del 
m patadas horrendas en el 

3... en diez!... ¡Por esa co- 
ja!... ¡por esa aduladora! 
niño! — dijo D. Bernardo, 
3, lo cual, en verdad, pa- 

mó D.* Martina, procuran- 

1 á Miguel, que' hizo más 

i furor. 

v^ió á exclamar ÍD.* Marti- 

paz! 

:iéndole la voz por el oído, 

:ato, que Miguel no es hijo 
i como á ti... Pero eres tú 
;asa... Debieras dar ejem- 
sino á ti esas cosas, maja- 
í revolver esta casa y todas 
ie te enseña el profesor en 
? 

)razo, y cada una de estas 
la fuerte sacudida. Cuando 
le dejó llorando en el rin- 
ia, que se había subido de 
rarse del número y de la 
dos. 



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RIVERITA 27 

Mientras tanto, D. Bernardo, de malísimo talante, no 
tanto por la travesura de su hijo como por las incorrec- 
ciones de su esposa, sirvió la sopa á todos los comen- 
sales, llenando también el plato de aquélla y el de su 
hija ausente. Al llegar al de Enrique dijo en tono pe- 
rentorio: 

— Niño, ven á sentarte á la mesa. 

Pero Enrique se hizo el sueco y siguió gimiendo y 
pataleando á ratos. 

— ¡Niño!- gritó D. Bernardo con voz estentórea. — 
¡Ven ahora mismo á sentarte á la mesa! 

El muchacho levantó la cabeza atemorizado y mi- 
rando á su padre que tenía los ojos clavados en él con 
terrible expresión de cólera, comenzó á caminar á re- 
gañadientes y como arrastrado hacia la mesa. Y acaso 
hubiera llegado á ella sin novedad si en aquel momen- 
to no viese aparecer por la puerta á la causante de los 
bofetones, á Eulalia, que entraba en el comedor segui- 
da de su mamá. Verla y sentirse poseído de insano fu- 
ror fué todo uno. 

— ¡Indecente! ¡por ti me han pegado! ¡Ya me las paga- 
rás todas juntas, recontral... ¡Te he de romper esas nari- 
zotas de trompeta! ¡Cobera!... ¡Fea!... ¡Feota!... ¡Chula!... 

Al oirse insultar de este modo, Eulalia no pudo con- 
tenerse y se arrojó como una fiera sobre su hermano, 
dándole tal estirón de pelos, que el berrido de Enrique, 
al sentirlo, hizo levantarse asustados á los presentes. 
D.^ Martina, que á pesar de sus travesuras tenía pa- 
sión decidida por aquél y que ya estaba medio arrepen- 
tida de haberle castigado, se indignó muchísimo. 

— ¡Oyes, mentecata! ¿quién eres tú para pegar á tu 
hermano? ¿No estamos aquí tu padre y yo para Qsoi 
¡Aguarda, aguarda un poco, que yo te bajaré los hu- 
millos!... 



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28 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

Y se dirigió á su hija con la mano levantada. Esta , 
circunspecta joven lo hubiera pasado mal a no ponerse 
en salvo corriendo en torno de la mesa. D.* Martina 
no pudo atraparla. Al mismo tiempo, lo mismo Hojeda 
que el coronel, procuraron poner paz. 

D. Bernar4o estaba tan irritado con las tosquedades 
de su esposa, que no pudo decir ni hacer nada. Si- 
guió sentado con los ojos clavados en el plato mien- 
tras un enjambre de pensamientos sombríos y melan- 
cólicos relacionados con su desigual matrimonio, le bu- 
llía en la cabeza. 

Finalmente, fuéronse calmando poco á poco los áni- 
mos que estabanr irritados. D.* Martina dejó de per- 
seguir á su hija y se sentó á la mesa, aunque murmu- 
rando amenazas. Aquélla también se sentó mirando re- 
celosa á su madre. D. Bernardo, haciendo un prodigioso 
esfuerzo de diplomacia para sobreponerse á su justo 
desabrimiento, entabló conversación con el coronel. El 
único que pagó los vidrios rotos fué el mísero Enrique. 
La autoridad del padre y de la madre, de común acuer- 
do, decidieron que se quedara sin comer, ¡por insolen- 
té! Mas, como sucede siempre que en España se casti- 
ga á un criminal, no faltaron influencias en seguida para 
que la sentencia se casara. Los ruegos de Hojeda y el 
coronel lograron al fin que la pena se redujera sola- 
mente á la privación del postre. Y el buen Enrique (á 
quien hay que agradecer por lo menos el que en medio 
de su cólera rabiosa no sacase la badila homicida que 
tenía en el forro de la chaqueta) vino á sentarse á la 
mesa con las mejillas coloradas de los cachetes, los ojos 
y las narices húmedas y los pelos caídos por la frente. 
Estaba tan horroroso, que su primo Miguel, compade- 
ciéndole muy de veras, sintió unos deseos atroces de 
reir; los cuales, como es natural^ trató de contener por 



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RIVERITA 29 

cuantos medios estuvieron á su alcance, mordiéndose 
los labios, mirando hacia otro sitio, etc., etc. Pero quiso 
su mala suerte que Enrique vino á entender, por la 
contracción del rostro sin duda, las ganas que le, reto- 
zaban por el cuerpo, y con tal motivo empezó á lan- 
zarle unas miradas feroces, envenenadas. Entonces Mi- 
guel ya no fué dueño de sí, y de improviso, en un mo- 
mento de silencio, soltó el trapo de la risa, y con él á 
chorretazos por boca y narices la cucharada de sopa 
que acababa de tragar. Todos los rostros se volvieron 
con asombro. 

— ¿De- qué te ríes, Miguel? — le preguntó su tía. 

^-¡De mí, recontra, de mí! — gritó Enrique deses- 
perado. 

— ¡Vamos, silencio! — le dijo D.* Martina encarán- 
dose severamente con él.— ¿Tienes ganas de llevarlas 
otra vez? Miguel no se ríe de ti... ¿Por qué se ha de 
reir, tontuelo?... 

— Porque sí... yo bien lo sé... ¡Porque es un hipó- 
crita!... 

— ¡Silencio, te digo... y á comer! 

Miguel se había puesto muy serio, comprendiendo 
que había cometido una grosería, y que se la disimula- 
ban por ser convidado. Durante un rato largo pudo 
conseguir reprimirse, haciendo para ello titánicos es- 
fuerzos. Enrique tenía fijos en él sus ojazos saltones 
cargados de ira, adivinando perfectamente lo que le an- 
daba por dentro. Si levantaba la vista y veía aquel ros- 
tro mocoso, más feo aún por la cólera, estaba perdido. 
Por eso no la movía un instante del plato, devorando 
el cocido que su tía le había servido, sin mascar los 
bocados. Llegó un instante, sin embargo, en que por 
casualidad ó por atracción magnética se encontraron 
sus ojos. Y ya no pudo más. Otro flujo de risa: los 



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30 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

garbanzos esparcidos por la mesa: los rostros de los 
comensales vueltos de nuevo hacia él. Pero esta vez 
había más severidad que asombro pintada en ellos, ma-^ 
yormente en el de su tío. 

— ^Qué es eso, Miguel? — le dijo con aparente cal- 
faia. — ^Por qué estamos tan risueños? 

Miguel se puso muy colorado y no contestó. 

— ^Te ríes acaso porque han castigado á tu primo 
por faltas que los dos habéis cometido?... No está bien 
eso, Miguel, no está bien eso... Debieras ser un poco 
más generoso... Si á ti no te han pegado, no es porque 
no lo merecieses^ bien lo sabes, sino porque tu tía no 
tiene autoridad para hacerlo. Pero afortunadamente 
para todos y para ti también — añadió mirando al coro- 
nel con sonrisa maliciosa, — no faltará dentro de poco 
tiempo quien la tenga y ponga las cosas en orden, que 
buena falta está haciendo. Entonces, amiguito, quizá 
le toque á Enrique reírse de ti, aunque tampoco haría 
bien... La buena educación y la moral cristiana prohi- 
ben reírse de los males del prójimo... 

Miguel, que se había ido poniendo cada vez más 
colorado, al llegar á este punto rompió á llorar y se 
echó de bruces sobre la mesa. D. Bernardo sonrió sa- 
tisfecho del triunfo obtenido por su oratoria. D.* Mar- 
tina acudió inmediatamente á consolar al niño. 

— Vamos, Miguelito, no llores, tonto... Si tu tío te 
quiere mucho... No tomes á mal lo que te dice... Si él... 
Tú eres un buen chico, ya lo sé y lo saben todos... 
Eres incapaz de reírte de Enrique porque le hayan pe- 
gado... ¿Verdad que no te ríes de eso? 

Miguel se abstuvo de hablar porque no quería men- 
tir ni tampoco llamar feo á su primo. Siguió todavía 
algunos momentos con las narices metidas por el man- 
tel como en son de protesta contra las reticencias mal- 



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RIVERITA 3 1 

intencionadas de su tío. Al fin, vencido de los ruegos y 
los halagos de la tía, levantó la cabeza. Aquélla se 
apresuró á secarle las lágrima^ y los mocos con su 
propio pañuelo. Tomó otra vez el tenedor y siguió 
comiendo. 

La conversación giró en seguida, por iniciativa del 
mismo D^ Bernardo, sobre la necesidad absoluta que 
tenía su hermana de llevar á casa una señora, opinión 
que ya le oímos emitir no hace mucho tiempo. 

— Si mi hermano se empeña en permanecer viudo, 
mucho más valdría que se deshiciese de los muebles y 
se fuese á vivir á una fonda... 

Hay que advertir que D. Bernardo consideraba lo de 
vivir en fonda punto menos que una deshonra. Por no 
pisar estos establecimientos vulgares, donde las perso- 
nas se confunden ridiculamente en torno de la mesa 
redonda, procuraba tener siempre en las poblaciones 
que visitaba una casa de respeto (así la llamaba) donde 
no hubierg. más huéspedes que él. De este modo se 
comprenderá fácilmente la inflexión desdeñosa que dio 
á la palabra fonda cuando pasó por sus labios. 

— No sé si usted habrá observado, D. Pablo — siguió 
dirigiéndose al coronel (á Hojeda rara vez le concedía 
este honor), — qué desbarajuste hay en casa de Fernan- 
do... Rara vez se encuentra una cosa en su sitio; el pol- 
vo anda esparcido por los muebles; los criados por don- 
de les parece. A mí me ha pasado más de una vez ir á 
ella y no haber uno para quitarme el abrigo. jSi le di- 
jese á usted, coronel, que en cierta ocasión mi hermano 
fué á mudarse de camisa, y no pudo, porque no había 
ninguna planchada! 

— ¡Hum! — gruñó el gigante en señal de admiración, 
pero sin apartar los sentidos del roast-beef que tenía 
delante. 



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) PALACIO VALDÉS 

amó D.* Martina, como siem- 
íste suceso inaudito. Ya sabe- 
. plancha. 

ted cómo Come su hijo!... ¡sol- 
ida en el plato! 
do otra vez hasta las orejas, 
déjale ya! — manifestó su espo- 
3S al coronel:— Aprenda usted, 
•es hacen más falta en las ca- 
le figura. 

ludo— murmuró el gigante sin 
). 

ed, picaronazo, ¿por qué no si- 
mi cuñado? 
to aún preparado. 
L parcajada estrepitosa, burda, 
inte las cejas á D. Bernardo, 
nunca, si Dios no pone en ello 
onga pronto! 

íro le ha de tocar á D. Facun- 
con voz cavernosa, 
beza turbado. Pobas cosas le 
verse aludido en este asunto de 
rrón del coronel lo hacía siem- 
idad. 

lego á usted... El matrimonio... 
isted, amigo Bembo!... Hojeda 
de veinte veces le he querido 
o calabazas á la novia, 
klartinita — se apresuró á decir 
dado calabazas á nadie... Estas 
Martinita... 

—prosiguió la señora — por no 
)lterón egoísta. ¿Quién le quita 



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RIVERITA 33 

á él de dar su paseíto por la mañana en el Retiro, su 
sermoncito por la: tarde en las Calatravas ó en la En- 
camación, sus toros ó novillos los domingos, etc., etc.? 

— Sepamos lo que está comprendido en esas etcéte- 
ras, D. Facundo — manifestó el coronel. 

Hojeda le miró coh ira, y no contestó. 

— Pero usted es otra cosa, coronel; usted es un hom- 
bre de mundo, menos arregladito que Hojeda, y puede 
hacer feliz á cualquier muchacha. 

— Ya lo oye usted, D. Facundo — dijo el coronel. — 
Los hombres arregladitos no pueden hacer felices á las 
muchachas. 

— No, hombre, no; no. quiero decir eso — manifestó 
D.* Martina riendo. 

Pero en aquel instante entraron en el comedor dos 
nuevos tertulios y se suspendió la conversación. Nin- 
guno de los dos llegaría á veinticinco años. Estrecharon 
la mano con gran confianza á los señores y besaron á los 
niños, lo cual demostraba su amistad con la familia 
de Rivera. El uno era'delgado, pálido, ojos pequeños, 
bastante feo todo él, aunque vestido con gran pulcritud 
y elegancia: se llamaba Juan Romillo, hijo de un rico - 
camisero de la calle del Príncipe. Su padre le había des- 
tinado al foro, en el cual no había hecho grandes ade- 
lantos: en cambio desde muy niño había despuntado 
en el arte de vestirse y en el conocimiento pleno, abso- 
luto, de cuantas noticias verdaderas ó falsas corrían 
por la villa. En las «asas donde él entraba no se leían 
los diarios noticieros, porque eran inútiles: á esto se re- 
ducía su ciencia y sus partes. El otro era un guapo 
chico, rubio, sonrosado, de barba rala é incipiente, ojos 
azules y húmedos, los labios siempre plegados con son- 
risa tierna y humilde, los ademanes respetuosos sin ser 
^encogidos. Había nacido en Cuba de una familia opu- 

3 



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34 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

lenta, que después se arruinó en el juego de Bolsa al 
establecerse en España. Era abogado también, como su 
amigo V condiscípulo Romillo, pero mucho más estu- 
pra necesario, pues Romillo tenía 
rtuna considerable, mientras él 
riese con su trabajo. Figuraba 
uri3prudencia como orador de 
ündado en compañía de otros 
nolición de la esclavitud, y otra 
) y matrículas de mar. En estos 
manitario mostraba Valle (Ar- 
lombre) una actividad y un in- 
•mo prodigiosos. El número de 
como se decía en los periódicos,, 
' su iniciativa se habían promo- 
El de artículos y folletos que 
de sus ideas generosas, tampoco 
xactitud. En estos folletos solía 
á modo de sello, un pésimo gra- 
negrito de rodillas y aherrojado 
adas al cielo. En los banquetes 
negrito, pero de carne y hueso, 
festines humanitarios rara vez 
Tse, diciendo en voz alta y so- 

, que ahí afuera hay un hombre 
írnisá con nosotros. ^Tenéis in- 
. víctima d^ la injustisia sosial 

ntre ahora mismo! — gritaba la 
o hombre, presa de entusiasma 

la puerta y sacaba de la mano 
ejaba abrazar de todos los co- 



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RIVERITA 3 5 

mensales entre vítores y aplauso^. Y después se embo- 
rrachaba como cualquier blanco, y aun mejor algunas 
veces. Este personaje oportuno, que llegaba siempre 
por casualidad al final de los banquetes abolicionistas, 
andando el tiempo llegó á ser conocido en Madrid. La 
gente solía decir cu^^ndo pasaba por la calle: «Ahí va 
el negrito de Valle» . 

Las ideas políticas de éste, aunque muy democráti- 
cas, estaban templadas por aquella eterna y dulce y 
amable sonrisa de que hemos hecho mención. Esta 
sonrisa era el mejor salvoconducto para entrar y ser 
bien acogido en todos los salones de la corte. Gracias á 
ella, D. Bernardo Rivera, que no tenía pizca de demó- 
crata ni abolicionista, se dignaba otorgarle su amistad 
protectora: — «Es un muchacho excelente — solía de- 
cir, — salvo sus ideas...; pero ya las irá modificando con 
el tiempo». Con aquella sonrisa, beneficiada con acier- 
to, se podía hacer gran carrera. 

Los dos pollos (como D.* Martina los llamaba) fue- 
ron saludados con efusión por los presentes. D. Ber- 
nardo les entregó generosamente su mano, aunque sin 
perder un punto la gravedad que tan bien le sentaba. 
Al instante se entabló una conversación animadísima 
acerca de los asuntos que entonces embargaban la 
atención de la corte. Uno de ellos era la llegada recien- 
te del célebre tenor Mario. Romillo lo esclareció de un 
modo notabilísimo. Entre otros datos importantes, hizo 
saber que Mario había dado orden á Lhardy , el paste- 
lero de la Carrera de San Jerónimo, de que no vendiese 
más botellas de champagne^ pues probablemente nece- 
sitaría él las existencias que hubiese. 

— ¡Ave María purísima! Pero ¿se las va á beber to- 
das? — exclamó candidamente Hojeda. 

— Sí señor — repuso gravemente Romillo.— Se bebe 



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36 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

una docena de botellas todos los días. 
3d caso, hombre! — exclamó D.* Mar- 

Romillo siempre tiene ganas de bro- 
n entre él -y sus amigachos. 
>stres. Romillo y Valle fueron invi- 

y se sentaron á la mesa. Después 
¡rsó la plática sobre los fusilamien- 
gentos que se habían sublevado. Ro- 
í este punto pormenores no menos 
ie los reos no había quedado muerto 
itó pidiendo misericordia. El confe- 
Dnerse entre él y los cañones de los 
leral que mandaba las tropas acu- 
spada lleno de cólera, le dijo: 
, su puesto, ó le fusilo á usted en el 

-exclamó Valle, poniendo los ojos en 
)s después blandamente sobre Eu- 

o D. Bernardo, — es muy triste todo 
ita necesidad. ¿Dónde iríamos á pa- 
se con mano fuerte la rebelión? 
le de otro modo, señó; la pena de 
Dscrita de los códigos. 
. las declamaciones, amigo Valle. La 
)e subsistir mientras haya crimina- 
1. Usted es muy joven, querido, y 
rosas, pero irreflexivas, propias de 
o usted haya vivido más, verá que 
'>e con el corazón, sino con la inte- 

que usté dise... pero yo no lo pue- 
lusan horró todas las penas corpor 



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RIVERITA 37 

Al pronunciar estas palabras sus labios estaban con- 
traídos por una sonrisa de inefable dulzura, mientras 
sus ojos seguían mirando á la primogénita de Rivera. 

D. Bernardo todavía se dignó contradecir otras cuan- 
tas veces al joven abolicionista, favor que éste supo 
apreciar en lo que valía, procurando dar á sus argu- 
mentos un sesgo sentimental que no molestase poco 
ni mucho al respetable prohombre. Dejábase acorralar 
algunas veces, otras se escapaba por medio de un sofis- 
ma evidente, otras se confesaba vencido, aunque per- 
sistiendo en sus creencias. 

— Sus rasohe son poderosa, no tienen vuelta de hoja,, 
lo comprendo perfectamente; pero no puedo juzga á la 
humanidad tan mal; sigo creyendo que lo medio suave 
son preferible. 

La discusión de esta suerte era sabrosa para D. Ber- 
nardo, y nada perdía con ello el joven cubano. Doña 
Martina le contemplaba con admiración y simpatía, 
participando de sus opiniones caritativas. Eulalia le es- 
cuchaba sin disgusto, que era lo mejor que podía es- 
perarse de esta severa doncella. 

Al fin Romillo llamó la atención de todos, sacanda 
del bolsillo del gabán un lindo artefacto, que según 
dijo lé acababan de enviar de París. Era un estereosco- 
pio de nuevo sistema. De otro bolsillo sacó una colec- 
ción de vistas, iluminadas unas, otras sin luz, repre- 
sentando los paisajes y monumentos más notables del 
universo. En torno de él se agruparon inmediatamente 
todos, exceptuando el jefe de la familia, á quien no po- 
dían interesar tales bagatelas, y Romillo fué colocando 
las vistas y mostrándoselas, explicando previamente lo 
que significaban. 

— Alrededores de Ñapóles... Ahí tienen ustedes el 
Vesubio á un lado... El golfo debajo... 



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:iO VALDÉS 



Ó D. Facundo, que des- 
tes, era el que con más 
tales. — Hombre, qué ga- 
e por Italia. 



ara quién quiere usted ese 
es mejor que se divierta 
-dijo D.* Martina, 
de lo que usted piensa, 

a. 

Drprendente! — exclamó el 
)dido construirse esa torre 
que pasa por el centro de 
i base —manifestó Carli- 
Dquito de física en el co- 

sn — repuso el coronel mi- 
de gusto. Pero Enrique, 
) con aquella prueba de 
su hermano, y le dijo al 

la cuharada.í^ ¡Farol de 

>nía mucho puntillo y no 
,s tan manifiestas, le alum- 
i soberana morrada en las 
conocía adonde llegaban 
lano, sin proferir una que- 
1 león, y le hubiera des- 
uy oportunamente en la 



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RIVKRITA 39 

— Envía esos niños á la cama — ordenó D. Ber- 
nardo. 

— Ahora, ahora; en cuando lleven á Miguel á su 
casa — repuso la señora. — Estoy esperando que el cria- 
do concluya de comer. 

— El puerto de la Habana — dijo Romillo poniendo el 
estereoscopio delante al coronel. 

— Su país de usted— dijo Eulalia á Valle, con un 
amago de sonrisa. 

— ^Tiene usted deseos de ver su tierra? — preguntó 
D.* Martina. 

— íY cómo no, señora! — respondió el cubano ponien- 
do otra vez los ojos en blanco y con afluencia admira- 
ble. — ^¿No he de tener deseo de ver á mi paí, lo sitio 
donde se han deslisado lo año de mi infansiaf ¿No he 
de tener grabado en mi corasón aquello paraje tan de- 
lisioso, aquella naturalesa espléndida? ¿No he de apetesé 
encontrarme otra ves en medio de aquella selva vírge- 
ne, bajo un sielo siempre asul, y bebé el agua del coco 
y come la pina y el plátano y la guayaba? 

Hablaba de carrera y sin detenerse cual si le hubie- 
sen dado cuerda. 

Cuando terminó el panegírico, volvió á poner los ojos 
en su sitio, y el rostro perdió repentinamente su expre- 
sión animada, como si el mecanismo interior se hubiese 
parado. 

— Paisaje de las orillas del Nilo — manifestó Romiílo. 

— De aquí salieron las siete vacas gordas y las siete 
flacas que vio José en sueños, ¿no es verdad? — preguntó 
D.* Martina mientras miraba con atención por los cris- 
tales. 

— Justamente — contestó Hojeda, — las que simboliza- 
ban los años de abundancia y de miseria. ¿No anda por 
ahí el palacio de Faraón, Martin ita? 



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40 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— No señor, no le veo; lo que sí hay son unos ani- 
males muy feos, así como serpientes grandes... 

— Á ver, mamá, déjame ver... — dijo Garlitos con mu- 
cho afán. 

Su mamá le puso el estereoscopio delante. 

— Son cocodrilos-^manifestó enseguida el niño con 
suñciencia. — Pertenecen á la clase de \os.reptiies, orden 
de los saurios, familia de los crocodílidos, 

— ¡Mucho, mucho, chico! — manifestó el coronel con 
la misma soma. 

— Todos los animales se dividen en cinco tipos... 

— ¿Nada más? 

— No señor, nada más: vertebrados, articulados, mo- 
luscos, radiados y heteremorfos.,. Lo que hay es que des- 
pués se subdividen en clases, órdenes, familias, géneros 
y especies... Los vertebrados se dividen en cinco clases: 
mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces-, los mamíferos 
en catorce órdenes: bimanos, cuadrumanos, quirópteros^ 
insectívoros, fieras, pinnipedos. . . 

— Vamos, niño, basta — dijo á esta sazón D. Bernar- 
do, que comenzaba á ver lo ridículo de todo aquello. 

— Roedores, desdentados, proboscídeos , paquider- 
mos,,, 

— ¡Basta te digo, niño! 

— Solípedos, rumiantes, sirenios y cetáceos, 

— ¡Si no te callas, Garlitos, voy allá y te arranco las 
orejas! ¡Guidado con lo cargante que se pone este chi- 
quillo algunas veces! 

— ¡Anda, bien empleado te está, por farol! — le dijo 
por lo bajo Enrique. 

— Déjele usted, amigo Rivera, déjele usted explayar- 
se. ¿Usted no sabe que la ciencia á veces produce indi- 
gestiones? — manifestó el coronel. 

Garlitos cerró la boca muy mohíno. 



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RIVERITA 41 

— El templo de Santa Sofía en Constantinopla. Vea 
usted, coronel — dijo Romillo. 

— ¡Hombre, muy hermoso!... No sabía yo que en 
Constantinopla hubiese un templo semejante. jQué co- 
lumnas tan preciosas! ¡qué columnas!... 

— Vea usted, D. Facundo, vea usted — dijo Romillo 
quitándoselo al coronel y poniéndoselo delante al boti- 
cario. 

Al mismo tiempo apretó un resorte que el aparato 
tenía, y trocó la vista del templo por la de una figura 
obscena. Sólo para esta broma había comprado y traí- 
dp el estereoscopio. 

Hojeda apartó instantáneamente los ojos horroriza- 
do, y encarándose con el coronel le preguntó con re- 
tintín: 

— ¿Y le gusta á usted esto, coronel?... ¡No están ma- 
las columnas! 

El coronel le miró sorprendido. 

— A ver, á ver... — dijeron todos. 

Romillo volvió á colocar- la vista primitiva, que fué 
muy celebrada. Entonces D. Facundo, viéndole sonreír, 
cayó en lá broma y comenzó á dirigirle miradas ira- 
cundas; y hasta se acercó á él disimuladamente para 
decirle por lo bajo con voz irritada: 

— ¡Parece mentira que un joven bien educado traiga 
aquí esas porquerías! 

— ¿Qué tiene usted, D. Facundo? — preguntó Juanito 
en voz alta. 

El boticario, desconcertado con la audacia de aquel 
mequetrefe, respondió lleno de confusión: 

— Nada, nada; le preguntaba á usted si aún faltaban 
muchas vistas... porque deseo retirarme temprano esta 
noche. 

— Si no te molesta mucho, Facundo — dijo D. Ber- 



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con 

que 

ipo,, 
imo 
en 
ses, 
te y 

lena 

ante 
riza 

5Ste- 
)mo 
jido 
•aba 
chí- 

era 
uie- 
for- 
cep- 
icio- 
í no 
tina, 
lela 
Lesa, 

ale- 
abo, 

so- 

) ha 

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RIVERllA 43 

de serles grata, dada la amistad que me profesan y el 
cariño y el interés con que han compartido hasta ahora 
lo mismo nuestros pesares que nuestras alegrías. 

Todos alzaron la cabeza con sorpresa. 

—Pero antes de dársela les ruego que me aguarden 
algunos instantes. Trataré de ser breve, para que la 
curiosidad no les pique mucho tiempo. 

Y salió del comedor. 

— ¿De qué se trata, D.* Martina? — preguntaron á una 
voz todos. » 

— Señores, no lo sé tampoco — repuso ésta, dejando 
adivinar en sus ojos gozosos que lo sabía perfecta- 
mente. 

— Vamos, Martinita, dígalo usted. 

— |No lo sé, Hojeda, no lo sé!... 

— Señores, aguardemos, ya que D.* Martina no quie- 
re decirlo — manifestó Romillo.— D. Bernardo no puede 
tardar mucho. 

Tardó, sin embargo, más de lo que contaban. Un 
buen cuarto de hora lo menos. Al ñn se oyó en el pasi- 
sillo algo como repiqueteo de armas y espuelas. Y apa- 
reció en la puerta el Sr. de Rivera vestido de máscara. 

Gran asombro en todos los circunstantes. 

— Pero ¿qué es eso, D. Bernardo? 

— Señores — dijo éste solemnemente, — el capítulo de 
caballeros de la orden de San Juan de Jerusalem me 
ha hecho la honra de recibirme en su seno. Aquí me 
tienen ustedes de gran uniforme... 

— Muy lindo. Rivera, muy lindo... está usted admi- 
rablemente — dijo el coronel, sin poder comprenderse 
bien, por la entonación, si hablaba seria ó irónicamen- 
te. Lo más cierto debía ser lo último, porque D. Ber- 
nardo estaba hecho un verdadero adefesio. El uniforme 
era de color rojQ subido. Parecía una langosta cocida. 



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^ALDÉS 

s notable, la multitud 
Ivían remedaban bas- 
nimalucho. Un espa- 
itura. El tricornio es- 

-dijo Valle. 

pero no me atrevía á 

Bernardo se estaba 
sorpresa á sus ami- 
Juanito Romillo, á 

ar cualquier noticia. 

* — preguntó D.* Mar- 

3 — manifestó el coro- 
Rivera, dé usted la 
)r todas partes... 
3n redondo, haciendo 
puelas. En aquel ins- 
ilar en la estíincia, al 
ajada reprimida. Era 
aber trabajado como 
poniéndose colorado 
ido al fin, con gran 
ana mirada capaz de 
le miraron también 
ie dijo nada, sin em- 
logado, bajó la cabe- 
. D. Bernardo se re- 
idor hubo momentos 
para templar el mal 
, se apresuró á enta- 
en de San Juan, ha- 
s calurosos elogios, 
aba realmente enoja- 



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r 

\ . 

RIVERITA. 45 

da, al cabo de pocos minutos llamó al ayo de los niños 
para que subiera á acostarlos y ordenó al lacayo que 
condujese á Miguel á su casa. 

El chico se despidió, todavía confuso, de la tertulia, 
y dejó la casa de su tío, situada en la calle del Prado, 
y se fué, paso entre paso, con el lacayo hasta la suya, 
que estaba en la del Arenal. 



^ 



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elos 
iran- 
lorir 
;l(de 
•enta 
ardo 
con 
nan- 
luel, 

iMi- 
omo 
edi- 
l1 se 
da- 
Fer- 
á la 
erto, 
1, en 



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r 
\ 

RIVERIT)^ 47 

realidad, más que para que todo el mundo se subiese á 
ellos. Y el más encaramado de todos era Miguel, á 
quien su padre no sabía negar nada, que hacía cuanto 
se le antojaba, fuese tuerto ó derecho, y que con su 
mala educación daba pie á que se dijese lo que su tía 
había dicho aquella tarde. 

Cuando llegó á casa y fué á dar las buenas noches á 
su papá, encontró á éste sentado en una butaca de su 
gabinete; fumando y envuelto en la sombra que proyec- 
taba la pantalla del quinqué. 

— Buenas noches, papá. 

— Buenas noches, hijo mío. 

Miguel se acercó para darle un beso. El brigadier le 
retuvo entre sus rodillas acariciándole los cabellos. 

— ¿Cómo lo has pasado en casa de tu tío? 

— Bien. 

— ¿Te has divertido mucho? 

— Bastante. 

— ¿Supongo que no habréis hecho ninguna travesura 
que enojase á la tía Martina? 

— No, papá — respondió el chico sin vacilar. Y le 
contó todo lo que había hecho aquella tarde, omitiendo 
lo que bien le pareció. 

— Bien, así me gusta. Ahora tendrás ya deseos de 
irte á la cama, ¿verdad?... Vaya, pues á la cama, hijo 
mío, á la cama... No quiero retenerte más... A la cama^ 
á la cama... 

Sin embargo, seguía reteniéndole entre las rodillas. 
Al fin Miguel, forzándolas un poco, logró salir de ellas, 
y se dirigió á la puerta. Cuando ya estaba cerca, vol- 
vió á llamarle su padre. 

— Oyes, Miguel... ¿No te ha hablado tu tío Bernar- 
do?... — preguntóle con voz algo alterada. 

Miguel se detuvo y no contestó. 



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48 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

O de cierto asunto? 



chico, también cortado. 
10?... Cuenta... 

colocarse los dedos de la mano iz- 
ros y no dijo palabra, 
lueibas á tener pronto una ma- 
idier cada vez más turbado, 
rdamente el niño, 
á ti de eso, Miguel?... 
or parte de éste. 

, tonto, ven aquí — le dijo con voz 
e de nuevo entre sus rodillas, co- 
ifán. 

le á ti no te disgusta tener una 
o todos tus amigos la tienen me- 
•mo la quieres... pero nunca más 
)?... Y cuando vayas al colegio ya 
Dmpañeros: — Tengo una mamá, 
mismo á tus primos Enrique y 
n ella á paseo en coche para que 
Le es muy buena, te ha de querer 
ás ningún disgusto, ¿verdad? Ya 
to... Y tú la conocerás muy pron- 
^nocerla ahora mismo? 
por donde se podía adivinar el 
ento á que el brigadier había Ue- 
í una cartera y de la cartera un 
puso delante de los ojos á su hijo. 

rápida mirada por complacer á 
beza en señal añrmativa. 
)rigadier en voz baja y tembloro- 

posando levemente los labios so- 

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RIVERITA\ 49 

bre el retrato. Su papá le pagó este acto de galantería 
con un sinnúmero de caricias y le fué á despedir hasta 
la puerta muy conmovido. 

Al día siguiente el brigadier anunció á su hijo que 
se marchaba en busca de la mamá. Tardaría en vol- 
ver cuatro ó cinco días. Recomendóle con mucho enca- 
recimiento la formalidad durante su ausencia, el respeto 
al ama de llaves, la mesura con los criados, la puntual 
asistencia al colegio, el estudio, etc., etc. 

— Aquí llega tu tío Manolo — dijo viendo entrar á su 
hermano, — á quien te dejo recomendado. Él se encar- 
gará de dar una vuelta por aquí todos los días y ente- 
rarse de cómo sigues y qué tal te portas... 

El tío Manolo, que acababa de entrar, era, con mu- 
cho, el mejor mozo de los tres hermanos. A pesar de 
sus cuarenta y cinco años, conservaba una frescura de 
cutis y una gallardía de talle que ni en sus mocedades 
habían ellos disfrutado. Era un hombre verdaderamente 
notable por su figura: alto como sus hermanos, pero 
mejor proporcionado, de facciones correctas y varoni- 
les; cabello negro y naturalmente rizado, donde ape- 
nas se advertía aún. tal cual hebra de plata; patillas ne- 
gras también, largas, sedosas; el cuello blanco y re- 
dondo como el de una mujer, el pie menudo y las ma- 
nos finas y aristocráticas. En honra y gloria de esta 
figura, para regalarla y darla el debido esplendor, había 
sacrificado D. Manuel Rivera todo su tiempo y casi todo 
su capital. D. Bernardo hablaba de él con poco respeto 
y le trataba con cierto despego. El mismo brigadier, 
aun queriéndole bien, no se mostraba muy impresiona- 
do por aquella famosísima estampa, y solía reprenderle 
suavemente algunas cosas que llamaba puerilidades. En 
cambio, su sobrino Miguel le adoraba. Ya de niño an- 
siaba volar á él desde los brazos de la nodriza. El tufo 



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■>0 PALACIO VALDÉS 

staba, el roce de aquellas sedo- 
y sobre todo, la franca alegría 
n seducido siempre y aún le te- 
byugado. 

¡mando — dijo gravemente el reai 
iiguel cumpla con sus deberes y 
. formal... Ni tú ni Bernardo — 
su hermano en tono confiden- 
5 chicos. Bernardo con su rigor 
tu debilidad, no servís para el 
un gran padre... Á los chicos es 
familiaridad, darles expansión, 
,.. Y cuando llega el momento de 
ícha un terno redondo y se les 
más remedio que hacer esto!..^ 
tiace! 

[ oir aquel discurso,) y dijo: 
ú te encargas de dar algunas 
vigilar que todo marche bien... 
ímpo para sacar á Miguel á pa- 

rde cuidado, te digo. 
¡r partió aquella noche para Se- 
il cuidado de los criados y bajo 
Este al día siguiente vino á en- 
)asado la noche, y tuvo la ama- 
ista el colegio. Al dejarlo á la 
r á buscarle y llevarle á almor- 
pero en vez de llevarle á la fon- 
ió irse á almorzar al restaurant 
íbieron alegremente como dps 
en práctica su tema pedagógico 
postres tenía las mejillas bastan- 
por los codos. 



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RIVERITA 5 1 

— ¿Sabes, Miguel?... Ahora, por la tarde te perdono 
el colegio. Una tarde más ó menos importa poco. Va- 
mos á dar un paseíto en coche, que es muy higiénico 
después de almorzar bien... Porque hemos almorzado 
bien; ¿no es verdad, Miguel? Es lástima que no te en- 
cuentres en edad de fumar... te daría un cigarro... Pero 
ya llegarás á allá..* 

Al levantarse del asiento, Miguel se tambaleó un 
poco, lo cual hizo reir á su tío . Como éste ya no tenía 
coche, se fueron á casa del brigadier, y mandó engan- 
char el tílbury^ y subiéndose á él y poniendo al sobrino 
á su lado, empuñó con muy gentil disposición las rien- 
das, y enderezó los pasos del caballo hacia la Casa de 
Campo. El tío Manolo era uno de los primeros mayo- 
rales de España. Daba lástima que aquellas extraordi- 
narias facultades hubiesen quedado tan pronto oscure- 
cidas por falta de materia donde aplicarlas. Miguel iba 
en sus glorias, admirado de ver al tío aflojar y recoger 
las riendas y fustigar al caballo, con tanto arte, para 
ponerle al trote corto ó largo, y hacerle revolver en 
poco espacio. 

— ¿Qué tal, Miguel? — le preguntó muy complacido 
de aquella admiración. — ¿Quién lo entiende mejor, Pe- 
dro el cochero ó yo? 

— ¡Tú! — respondió el chico con entusiasmo. 

— Pues aún no has visto nada... Guiar con un caba- 
llo lo hace cualquiera. Mañana pondremos los dos, el 
Centauro y el Veloz, á la tendee^ y verás cómo me las 
sé arreglar. 

Desde la Casa de Campo vinieron á dar una vuelte- 
cita al Prado. El tío Manolo fué mostrando á Miguel 
los trenes más lujosos y nombrándole sus dueños. Tam- 
bién le mostró las bellezas de la corte. 

— ¡Guapa mujer esa que acabo de saludar! ¿eh? Es 



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52 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

hija de Bustamante el banquero... Ligerita..., ligerital... 

Allá va la Condesa de Fuenteseca... no me ha visto... 
laré... ¡Cuidado que se conserva 
5, Lucía, á los pies de usted — 
íro, á una joven rubia que venía 
inoras. — Esa chica que acabo 
Y muy amiga de la que va á ser 
itica! ¡muy espiritual!... No tie- 
Si va en coche, es porque la 
De eso hay mucho en Madrid, 
este caballo le han estropeado 
5se Pedro!... No sé cómo tu pa- 
por él... Yo le había recomenda- 
abía sido muchos años de Vi- 
hecho caso, y ha preferido ese 

ida atrás, porque estaba seguro 
)a á contar todo á Pedro. 

ahí viene la Albini. 

á la última moda, agitando el 
L blonda y obesa cantante, que 
1 carretela, le contestó con una 

ibsoluta del Teatro Real... ¡Una 

i arisca... Si te parece vamos á 

L veas bien... 

lizo revolver al caballo y se 

ie la Albini, y en toda la tarde 

uando oscureció se fueron á 

y después á casa. 

ubo colegio tampoco por la 

le como habían convenido á la 

molo sus aptitudes prodigiosas 

embelesado y orgulloso de ver 



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RIVERITA 53 

que la gente los miraba mucho. Aquella manera de en- 
ganchar los caballos era todavía rara y un poco peli- 
grosa 4io contando con jacas amaestradas. Por la no- 
che el tío le llevó al Teatro Real á un palco que tenían 
abonado entre varios amigos, le presentó á todos ellos 
y fué muy besuqueado y obsequiado de confites. El tío 
desapareció del palco durante un acto, y Miguel supo 
por los amigos que debía de estar en el cuarto de la 
Albini. En efecto, al cabo de una hora vino muy son- 
riente y satisfecho y sufrió con alegría la vaya que 
sus amigos le dieron por haber dejado al sobrino aban- 
donado. Al otro día después de paseo le llevó á casa 
de unos amigos, donde se ensayaban hacía ya tiempo 
dos actos de ópera que debían cantarse y representarse 
en el currípleaños de la señora. Esta era una gran mú- 
sica y tocaba el piano admirablemente. De voz andaba 
tal cual. Su hija la tenía penetrante y bastante des- 
agradable, pero sabía cantar. El Sr. de Trujillo, esposo 
y papá respectivamente de las mencionadas damas, in- 
tendente de ejército, ni tenía voz ni sabía cantar, pero 
cantaba. Había otra porción de tertulios que con las 
mismas disposiciones para el arte musical que el inten- 
dente, se habían prestado á tomar parte en la función. 
Entre todos ellos descollaba, como la robusta encina 
en bosque de madroños, el tío Manolo. Miguel pudo 
convencerse en seguida de que era el gallo de la quinta- 
na. Rivera para aquí, Rivera para allí, Rivera esto, Rive- 
ra lo otro: en todas partes hacía falta y para todo se le 
consultaba. jCómo no, si sabía casi tanta música como 
la intendenta y poseía una voz aceptable de tenorl Así 
qué de hecho él era el director de la fiesta, por más que 
aquélla lo fuese de derecho. 

Se iba á cantar un acto de la Lucia^ de Donizetti, y 
otro de Caradino^ de Rossini. Los ensayos hacía ya más 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 

;es que habían comenzado. Todo el invierno 
io el tío Manolo preguntando á la intendenta: 
ifre} A me risponde^, y contestándole aqué- 
temblona <í^Siih* A pesar de eso no salía 
porque las partes secundarias no lo toma- 
misma afición y calor que las primeras. Los 
nbos sexos, particularmente, estaban remata- 
:ual por su lado. En vano la intendenta ponía 
i las señoritas que la secundaban y les diri- 
en cuando alguna pulla amarga. En vano el 
, eon más paciencia y amabilidad, hacía repe- 
veces los pasajes difíciles. Nada; las señoritas 
que componían la reunión, tomaban aquellos 
mo pretexto para verse todas las noches y 
aditos y ternezas. Y cuando por indicación 
;e colocaban los varones frente á la hembras 
idos del piano, había un fuego graneado de 
señas que^ ardía Troya. La intendenta estaba 
diablos. 

la tertulia pareció mostrar interés fué al ha- 
3S trajes. Comenzaron con calor los prepara- 
lumentaria. Las coristas encargarori vestidos 
á París y se retrataron con ellos. Los caballe- 
n fatigaron á los sastres con menudencias 
tes. Todo esto era motivo de indignación 
mdenta. «De trapos muy bien — solía decir 
;ura, — pero de música están ustedes tan des- 
10 su madre los parió.» El tío Manolo lo to- 
mas filosofía, sobre todo en lo que tocaba á 
is. La intendenta no estaba lejos de sospechar 
m él andaba metido en alguna de aquellas in- 
rosas que se urdían descaradamente en su 

ron en éste algunas reformas necesarias para 

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RIVERITA 5 5 

el caso, esto es, se construyó en uno de los extremos un 
bonito escenario. El tío Manolo, á quien se le alcanza- 
ba también algo de pintura, bosquejó dos decoraciones 
bastante regulares. La de la ópera de Rossini represen- 
taba las inmediaciones de un castillo feudal, donde ha- 
bitaba aquel señor que aborrecía las mujeres. Á la puer- 
ta había un gran letrero que decía: II feroce Coradino odia 
il sexo feminino. La de la obra de Donizetti represen- 
taba el salón de un palacio.' En el fondo había una pla- 
taforma para que se viese bien al tenor cuando entrase 
á pedir cuentas de la perrada que su novia le estaba 
haciendo y causara su aparición más efecto. El escena- 
rio tenía una puerta al foro que daba al gabinete de la 
casa. Por la puerta de escape de la -alcoba habían de sa- 
lir los artistas á vestirse en las habitaciones que se les 
había destinado. 

Todo esto vio Miguel con asombro y deleite. Su tío 
le llevó varios días al ensayo y le iba explicando minu- 
ciosamente lo que cada objeto del diminuto teatro sig- 
nificaba y para lo que servía. Los futuros intérpretes de 
Rossini y Donizetti le agasajaban mucho. Pero una 
cosa no podía sufrir con paciencia, y era que todos al 
besarle ó darle afectuosas palmaditas en el rostro le 
mostrasen compasión. — ¿Dónde tienes á papá? — En Se- 
villa, respondía él. — ¿Y qué fué á hacer á Sevilla? le 
preguntaban sonriendo. Miguel se encogía de hombros. 
— ¿No fué á buscarte una mamá? Él se callaba. Enton- 
ces le daban un beso y volviéndose á los demás excla- 
maban por lo bajo: — ¡Pobrecito! Estas exclamaciones 
le inquietaban un poco; mas al instante se disipaba la 
mala impresión. Aquellos días su tío le traía sumamen- 
te divertido. Al colegio por la tarde ya no había vuel- 
to. Después de almorzar en casa ó fuera, al paseo, al 
casino, donde veía á tío Manolo jugar una partida de 



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56 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

los toros y pgr la noche 
L de llaves le decía sacu- 
o: — ¡Buena vida te estás 
é pararán estas misas! — 
í ocho días que se había 
mo. En casa del tío Her- 
ios pies. Sin duda la an- 
iedo que aquél inspiraba 
:ipal de este alejamiento. 
Enrique á convidarle á 
fué muy recriminado de 
id. 

) de Anita; así llamaban 
esar de hallarse ya cerca 
solverse de gorda. Desde 
íana tío Manolo anduvo 
> pudo el sobrino echarle 
\ á decirle que á las siete 
ntes que fuesen sonadas 
el bocado en la boca le 
quieto y preocupado an- 
iba menos la intendenta, 
e se desluciesen por cul- 
is y acatadas facultades 
invitaciones le daba mu- 
L ninguna se habían con- 
que cabían en el salón, 
ite hubo algunos disgus- 
obligadas á quedarse de 
mas se marcharon muy 
• la fiesta. ¡Buenos irían 
lue no ocupase silla, tío 
lario. No le pesó de ello, 
el trajín de los artistas. 



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RIVERITA 57 

las voces, las risas le llenaban de gozo. Cuando comen- 
zaron á llegar de los cuartos perfectamente disfrazados 
todos aquellos señores y señoras, tardó en reconocer- 
los. Al pasar por delante de él le preguntaban acari- 
ciándole la cara: —¿Me conoces, * Miguelito? — Y él, des- 
pués de mirarlos con atención, decía: — Sí, Fulano — y 
esto le causaba vivo placer. Pero el que le dejó confu- 
so, absorto y entusiasmado fué tío Manolo vestido de 
señor feudal. Llevaba botas de ante amarillo que le lle- 
gaban hasta los muslos y el cuerpo ceñido con loriga 
que brillaba como un espejo. El casco era enorme y 
asombroso por la cantidad de águilas, grifos y drago- 
nes y otros animales emblemá,ticos que le adornaban. 
La barba le llegaba casi hasta la cintura, y hasta el me- 
dio de la espalda los cabellos. Finalmente, en esto, como 
en todo lo demás, se reconocía el gusto y la esplendi- 
dez de Rivera. 

Su aparición causó mágico efecto en el auditorio y 
fué saludado con una salva de aplausos. También á la 
intendenta se la aplaudió al salir. El acto de Coradino 
fué un triunfo para ambos. Tío Manolo dijo su aria de 
salida admirablemente, según dos ó tres dilettanti sie- 
temesinos que allí se encontraban, y eso que era difícil 
de vocalizar; precisamente el fuerte de Rivera. No tenía 
gran voz, pero vocalizaba perfectamente. Donde la in- 
tendenta le llevó mucha ventaja fué en la mímica. Ani- 
ta era una consumada actriz, mientras el tío Manolo se 
movía poco y con trabajo en la escena. El acto de Lu- 
cía comenzó igualmente muy bien. Los coros, contra 
lo que se esperaba, estuvieron bastante acertados. Ri- 
vera dij'o sus primeras frases de indignación con buen 
éxito. El concertante tampoco salió mal. Mas al termi- 
narse el acto, cuando el célebre ¡Ah maledetto! del te- 
nor, el tío Manolo tuvo la desgracia de soltar un gallo. 



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58 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



iotas altas muy claras y las te- 
:or¡o se levantó un leve mur- 
i estrepitoso aplauso en testimo- 
n. Rivera, sin embargo, se des- 
; y cantó lo que quedaba rema- 
nió la intendenta apretó de firme, 
lación. J^l echar los brazos al 
enerle, estuvo inimitable. Cuan- 
nolo, desesperado, saltándosele 
puños contra el suelo, excla- 

• qué no te abres y me tragas? 
iba el espectáculo desde los bas- 
•ofundamente al ver el dolor de 

casera. Al día siguiente tío Ma- 
tarle, estaba muy triste y aver- 
lor para sacarle á paseo. El bri- 
nunciar su salida. Sin embargo, 
ardaría en llegar. Para acabar 
lor, el tío Manolo recibió una 
Dlegio noticiándole que Miguel 
1 sus estudios hacía ya algunos 
i muy fuerte desazón entre tío 

erillo, lo que me dice el direc- 
í cólera. — ¿Es esta manera de 
padre cuando venga y lo sepa? 
ue te diviertas?... 
►lo no era la lógica. Porque pro- 
1 chico no es procurar que estu- 
) Miguel, pero no quiso contes- 
ácter arrebatado. Además, no le 
:on él. 



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RIVERITA 59 . 

— jChiquillo! ¡Tontucio! ¡Ponerme á mí en berlina de 
esta manera!... ¡Vaya un modo decente de correspon- 
der á mis condescendencias!... Nada, si con estos chi- 
cos es mejor ser malo que bueno... ya me voy conven- 
ciendo de eso... ¡El palo, el palo... eso es lo único que 
respetan!... ¿Á que no harías esto con tu tío Bernardo si 
él se hubiese encargado de ti?... ¡Hombre, me parece 
que si fueses hijo mío te rompía el trasero á azotes en 
este momento! 

Miguel aguantó el chubasco con la cabeza baja y sin 
chistar. Y ya que se hubo bien desahogado tío Manolo 
se marchó dando un gran portazo. 
. Pero al otro día vino tan risueño como si tal cosa, 
salieron juntos á paseo y por la noche te llevó al cuar- 
to de la Albini. Todavía disfrutó el hijo del brigadier 
otros cuatro ó cinco días de vida regalona, porque su 
tío no volvió á acordarse de mandarle estudiar más que 
del santo de su nombre. Al cabo llegó carta de Sevilla 
anunciando la salida del brigadier y su nueva esposa, 
y las cosas tomaron repentinamente un aspecto más 
serio. Por convenio expreso' entre ambos, Miguel había 
de ir por la mañana á buscar á su tío con la carretela, 
y desde el hotel irían á esperar á los viajeros. 

Cuando subió al hotel, á eso de las siete, tío Ma- 
nolo comenzaba á aderezarse, en cuya grave y prolija 
ocupación no gustaba de que nadie le turbase. Sin 
embargo, Miguel logró entrar en el cuarto y se sentó 
respetuosamente en una silla á esperar que se diese por 
terminada. El negocio no era tan fácil y expedito como 
á primera vista parecía. El Sr. de Rivera había sido 
siempre extremadamente escrupuloso en el lavado, 
planchado y demás artes decorativas. Gustaba asimis- 
mo de que todas las prendas que usaba le viniesen 
como anillo al dedo. Cualquier discrepancia en esta 



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6o ARMANDO PALACIO VALDÉS 

materia conseguía alterarle la bilis. Cuando Miguel 
entró estaba vivamente satisfecho porque los pantalo- 
ní^Q niift ft«trftnflhfl Ip habían salido muy bien* Dio tres 

taconeando ppr el gabinete , y 

espejo, dijo: 

te gustan estos pantalones? 

casi nada,^ero respondió afirma- 

stó Rivera con voz conmovida — 

• me ha sacado Utrilla hasta aho- 

iy rico... inglés legítimo... Lócalo^ 

)... 

ellizquito al paño y dijo que sí^ 

güito! 

brino le miraba sin comprender» 

>tado doce duros como doce so- 
quieres? cuando las cosas salen 
¡mpleado el dinero... Lo triste es 
al... jLa verdad, se ha portado el 
no hay otro pantalón en Madrid 
e ha venido de este dibujo... 
10 que rebosaba de alegría, mo- 
espejo y dando pataditas en el 
so á silbar La donna e movile y 
jscar la camisa que ya tenía pre- 

Pero la camisa no logró satis - 
6n. La pechera hacía bomba y el 
icotado. Después de mirarse gra- 
ichas veces y de procurar arre- 
hacia abajo, el tío Manolo soltó 

mirada feroz á Miguel. En se- 
ifrenarse, sin poder conseguir- 



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RIVERITA 6 1 

lo, exclamó por lo bajo y sonriendo forzadamente: 

— jÁ que no me visto hoy, Miguelito! 

Pero éste, en vez de contestar á la sonrisa con otra, 
permaneció muy serio y asustado adivinando la tem- 
pestad que hervía debajo de tales palabras. En efecto, 
Rivera no tardó en murmurar una blasfemia espantosa. 
Estaba muy pálido y se le había formado un círculo 
oscuro en torno de los ojos. 

—Oyes, Miguelito, ¿quieres hacerme el favor de sa- 
lirte á la sala? — dijo á su sobrino en un tono almiba- 
rado, pero muy sospechoso. 

Miguel se apresuró á escapar del gabinete. No tardó 
en oir fuertes trastazos, acompañados de vivas inter- 
jecciones, paseos, y un resuello lúgubre de malísimo 
agüero. Al fin todo quedó en silencio, y curioso de sa- 
ber en qué consistía, miró por la rendija de la puerta, 
y vio á su tío sentado en una butaca, en mangas de 
camisa, hundida la cabeza en el pecho, el pelo caído 
por la frente en la más triste y desesperada actitud que 
nadie pudiera imaginarse. Después de permanecer al- 
gunos minutos en tal estado, vecino de la locura, vio 
que se levantaba, y con cristiana resignación sacaba 
del armario la tercer camisa, y después de meterle los 
botones, se la ponía dando un profundo suspiro. Al 
cabo de un cuarto de hora, concluida su tarea, salió 
del gabinete serio, tranquilo, un poco pálido, como su- 
cede siempre después de las grandes crisis. Al encon- 
trarse sus ojos con los de Miguel, sonrió avergonzado. 
A éste le acometieron aquellas malditas ganas de reír 
que tanto daño le causaron, y no faltó mucho para 
echarlo todo á perder. Por fortuna consiguió refre- 
narlas. 

Encamináronse lo más pronto posible al parador de 
la silla de posta, que no tardó en llegar. Abrió la por- 



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02 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

tezuela tío Manolo, y se apresuró á dar la mano á su 
cuñrfda, que saltó en tierra con mucha compostura y 
elegancia. El brigadier, después de abrazar á su hijo,. 

ná, quien le dio un beso en 
en él. Era una mujer her- 
es, el rostro blanco y ovala- 
3jos, pestaña larga, cabello 
3recha de espaldas y cogida 
;a en sus movimientos y un 
ntendió que no había visto 
expresó su rendimiento mi- 
on los ojos. Terminados los 
je en casos tales suelen re- 
n los cuatro en la carretela, 
lo á la derecha, y el briga- 
tío Manolo se acomodaron 
I buen efecto que en su hijo 
lue le traía, el brigadier iba 
iiarto locuaz; mucho más de 
o Manolo, por cierto instinto 
í abandonaba, hacía esfuer- 
chistoso delante de su cu- 
anterías. — «Ángela, ¿te mo- 
ertas? — la decía llamándola 
a ya. — ^-Quieres que cerre- 
Llevas los pies fríos.í* Dame 
[lacia atrás, que irás más có- 
contestaba á estos homena- 
xentas de displicencia, 
el brigadier, — ¿no te parece 
ato? 
zoso, contestó que sí con la 

. mi favor, ¿verdad? — le pre- 

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RIVERITA 63 

guntó la nueva brigadiera con gracioso acento an- 
daluz. 

Miguel, avergonzado, no se atrevió á contestar. 

— ¡Ya lo creo que vota! — respondió por él su padre. 
— Y está dispuesto á hacer todo lo que esté de su parte 
por que le quieras mucho. ¿No es verdad que serás 
siempre obediente á tu mamá y no la darás ningún dis- 
gusto? 

El muchacho afirmó otra vez con la cabeza. 

— Vaya, dala un beso ahora. 

Miguel fué muy gustoso á besarla en la mejilla; pero 
en aquel instante la dan^a sacó la cabeza por la Ven- 
tanilla para ver los edificios de la Puerta del Sol, mien- 
tras le tendía su mano enguantada. El niño, obedecien- 
do á un signo de su padre, la tomó entre las suyas y 
la besó. 

Al llegar á casa volvió el tío Manolo á ayudarla á 
saltar del coche y ofrecerla caballerosamente su brazo 
para subir la escalera. El brigadier y su hijo marcha- 
ban detrás. 






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V 



L hermosa señora que entusiasmó á 
Leí, era hija de una familia sevilla- 
an necesitada de bienes de fortuna 
5 y blasones. Había tenido innume- 
ilgunos novios y casi ningún pre- 
res en esta edad prosaica rara vez 

amor. Y locura era casarse con 
poseyendo mucho dinero y buenos 
•orque esta joven esclarecida, edu- 

de su estirpe, tenía de ella tan alto 
la estaba igualmente de su belleza, 
pejo y gentileza, que ningún pala- 
mte suntuoso, ningún trono sufl- 
contener y soportar tal suma de 
ada en los teatros y paseos de Se- 
ré un murmullo de admiración en 
ros se apresuraban á preguntar á 
ín es esa joven? — ¿Le gusta á us- 
•esponder chuscamente, — pues ten- 



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RIVERITA 65 

ga usted cuidado, porque es de «mírame y no me to- 
ques». — Y era cierto. La noble doncella pasó bastantes 
años (hasta alcanzar casi los treinta), sin que nadie se 
atrevi¿se más que á mirarla. Era una soberbia figura 
decorativa, el mejor ornamento quizá, exceptuado la 
Giralda, de la ciudad que baña Guadalquivir famoso; 
pero como aquélla, ni los ingleses siquiera osaban lle- 
vársela. 

Y así se hubiera estado la pobre hasta desmoronarse 
á no haber arribado, en comisión del servicio, el briga- 
dier Rivera Ángela había llegado en materia de novios 
á un escepticismo desconsolador. Tanto la habían re- 
quebrado con la vista y con la lengua sin ulteriores 
consecuencias, que concluyó por imaginar que el amor 
era un frivolo entretenimiento para no aburrirse en las 
tertulias, y el marido (el suyo, por supuesto) un ser hi- • 
potético, una incógnita imposible de despejar. Así, cuan- 
do el brigadier, rendido á tanta hermosura, se resolvió 
á pedir su mano, entrególa apresuradamente como si 
fuera un peso que la molestase. Y no reparó en la dife- 
rencia de edad, ni en la figura quijotesca del preten- 
diente, ni en la viudez, ni en el hijo que estaba allá por 
Madrid. Todo era nada comparado con el magno pro- 
blema que se resolvía: casarse y vivir con boato en la 
corte. Sevilla entera se alegró; dio un suspiro de des- 
canso, exclamando: jAl fin la hemos casado! 

Aquí dan comienzo las desdiphas del héroe de nues- 
tra historia. Tan pronto como la noble doncella anda- 
luza pisó los umbrales de ^a casa de Rivera, tomó las 
llaves de los armarios y se encargó de su dirección, 
tuvo á bien arrojarle el guante. No se detuvo en melin- 
dres hipócritas, ni preparó el terreno, ni dejó trascurrir 
siquiera el tiempo de cortesía, como hacen la mayor 
parte de las madrastras. Desde el primer momento re- 



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66 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

veló que Miguel no la agradaba y le declaró la guerra. 
Por lo menos tuvo el mérito de la franqueza. Aquél 
tardó bastante tiempo en recoger el guante. La impre- 
sión que su nueva mamá le había producido era dema- 
siado grata para que se borrase fácilmente. Pensó que 
'del cielo por su casa. Pronto se hu- 
liración en amor, si la gentil seño- 
) su mano protectora. Pero no fué 
iiera rechazó indignamente la fija 
1 que Miguel tenía como muda 
tantemente sobre ella. En vez de 
tirse lisonjeada, comenzó á excla- 
i presencia de los criados: «¿Por 
este niño?» Miguel no comprendió 
su madrastra le daba calabazas, 
ntil no podía darse cuenta de que 
aborreciese á quien no le había 
•, y persistió candidamente en su 
á la postre no tuvo más remedio 
3 declaraba la guerra, ¡guerra bien 
bien desigual! Sintió las espinas de 
lida, y quedó confuso y apenado, 
o muy nervioso el suyo. No cabía 
ó amaba ó aborrecía. Por eso, pa- 
buscar la razón de tal antipatía, 
lor en odio. Y á los pocos días la 
quiso, pudo observar que los ojos 
iban ninguna clase de adoración. 
)n esto la mala voluntad de aqué- 
con todos sus horrores, sin tre- 
Miguel salía de paseo con el la- 
mtes de la andaluza siempre des- 
n su traje alguna mancha, algún 
)r una sirviente piadosa: — «¡Jesú, 



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RIVERITA 6J 

qué niño ma susio y ma revoltoso! ¿Qué dirá la gente 
que le vea? Dirá que yo le^ abandono y le dejo andar 
hecho un pordiosero. ¡Es una vergüensa!» Si se quedaba 
en casa y jugaba con los criados, la señora se ponía 
furiosa, le dolía la cabeza, hablaba de la bajeza de sen- 
timientos que el muchacho revelaba, allanándose á es- 
tar siempre entre la servidumbre, é increpaba dura- 
mente al brigadier porque no sabía educar á su hijo. 
Si, por complacer á su padre, tomaba la resolución de 
estarse quieto y s^ntadito en una silla toda la tarde, 
esto era lo que no podía ver el pasmo de Sevilla'. 
— «¡Jesú, qué niño tan posma! ¡Siempre en las mismitas 
faldas de una, mirándolo todo, observándolo todo!... 
¡Ay, qué fatiga!» 

Ni era fácil, como se ve, que le diese gusto en nada. 
El brigadier padecía mucho con esta injustificada aver- 
sión y procuraba mitigarla, sin resultado alguno. Ne- 
cesitábase la pasión loca que su mujer le había inspi- 
rado y su carácter pacífico, para que algunas veces no 
hubiese un escándalo en casa. Los parientes, en cuanto 
se hicieron cargo de lo que pasaba, mostraron mucho 
disgusto. El más indignado fué tío Manolo: — «¡El día 
que vea á esa petenera tratar mal á mi sobrino — había 
dicho en cierta casa, — como no se tape las orejas con 
cera va á escuchar cosas muy lindas!» Y pasó como 
había previsto. La brigadiera, que no se recataba de 
nadie para hacer lo que se le antojaba, reprendió agria- 
mente á Miguel en presencia suya, y entre otros insul- 
tos cometió la ligereza de llamarle mala casta, Oir esto 
y volverse loco tío, Manolo, fué todo uno. Por milagro 
no acabó allí mismo con su cuñada. Así y todo la 
agarró fuertemente por el brazo, y soltando tres ó cua- 
tro ternos seguidos, le escupió más que le dijo: «Oyes 
tú, grandísimo pendón; su casta es mejor que la tuya 



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ALDÉS 

> de ti si no te hubie- 
li hermanó? ¿Así pa- 
ándole á él y á todos 
3 el porvenir de tu 
hay Dios!... Estabais 
que las arañas, ¿y 
¡Si le digo á usted, 
.. |Vaya un hermano 
/las que babieca!...» 
ítante del susto, se 
cuatro insultos fero- 
10 desmayarse. Tío 
o las puertas y sol- 
la escalera á su her- 
ijo: «iParece mentira 
tuneado la cursilona 
poner los pies en tu 

el atónito brigadier, 
r desapareció, 
ie poco tiempo iidis- 
su marido, y lo que 
Tatase con ellos. En 
: la casa bastantes 
migos de la familia 
íftoritas. Entre estas 
üé Lucía Población, 
i de Rivera saludó en 
compañía. Los por- 
io á su sobrino eran 

enida á una pensión 
sido su padre regen - 
Relacionada y aun 



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RIVERITA 69 

emparentada por su madre con varias familias aristo- 
cráticas de Sevilla y Madrid, disfrutó, aunque sin po- 
seerlo, del bienestar y esplendor que el dinero pro- 
cura. Desde que había quedado huérfana de padre> 
sus ricos parientes habían tenido la amabilidad de invi- 
tarla á comer con frecuencia y llevarla al teatro y al 
paseo. Á los diez y siete años perdió también á su ma- 
dre Y fué recogida por los Marqueses de Cisneros, sus 
parientes más próximos establecidos en Madrid. Como 
Lucía era una joven hermosa, discreta y bien educada, 
y como por otra parte contaba con diez ó doce mil rea- 
les de orfandad, fué carga muy liviana para aquellos 
señores, que sólo tenían dos hijos y gozaban buena 
renta. Había sido en Sevilla muy íntima de la familia 
Guevara, y en particular de Angelita, por más que ésta 
la aventajase en edad siete ú ocho años lo menos. En- 
friadas un poco las relaciones por la separación, volvie- 
ron á calentarse tan pronto como se encontraron en 
Madrid. Al poco tiempo de llegar Angela, su amiga ape- 
nas salía de casa sino para dormir. Ni al paseo, ni al 
teatro, ni á misa siquiera dejaban de salir juntas. 

Era Lucía una rubia de las dichas vulgarmente va- 
porosas. Ojos azules y claros y un poco húmedos, ter- 
sa y blanca la frente, los cabellos como madejas de oró, 
las cejas perfiladas en arco, algo aguileña, el talle fino y 
esbelto, el rostro alegre y muy apacible. Formaba su 
hermosura dichoso contraste con la de la brigadiera. 
Quizás fuera éste el fundamento más sólido de su amis- 
tad. También se diferenciaban notablemente en el hu- 
mor. Ángela era desdeñosa, irascible, absolutamente 
incapaz de enternecerse, amiga de los placeres de la 
mesa sobre todos los demás. Lucía era romántica, llo- 
rona, con ribetes de literata, amiga de contar los sueños 
y los presentimientos, muy habladora, astuta y zaho- 



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70 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

rí para explicar los misterios y laberintos del corazón. 
Apenas comía. De tal diversidad de cuerpo y espíritu 

entre ellas existía. Ángela manda- 

á condición de escucharla, lo cual 
I. Ejercía sobre ella un cierto pro- 
ducía en sus adentros compadecía á 
m ignorante de los inefables delei- 
l amor, y en este mutuo aprecio y 
)0S genios acordados y tranquilos, 
nida la antipatía de su amiga por 
5 vencerla suavemente; pues no ha- 
rá ello. Recordaba Miguel después 
>elleza de esta señora no le había 
ia de su madrastra; mas el cariño 

carácter afable y expansivo, con- 
e, por seducirle. Un día, recién ca- 
laban las dos amigas mientras él 

Debía de referirse la conversación 
í ambas le miraban á menudo, la 
iros y desdeñosos, Lucía con dul- 

lito — le dijo ésta de pronto. Miguel 
:o. La amable señorita le hizo unas 
3 poca sustancia, y cogiéndole des- 
mirándole fijamente, dijo como si 
onversación empezada: 
este chico, Ángela! 
i. Miguel, que tenía ya más pene- 
figuraban, comprendió que había 
)re el tapete y agradeció toda su 
íllana esta buena opinión. 
. mamá, cuya antipatía fué siempre 
5Ó por haber roto con la pelota un 
e le habían regalado en su boda. 



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RIVERTTA 7 1 

Dejólo encerrado en el cuarto ropero con orden á los 
criados de que bajo ningún pretexto le diesen de me- 
rendar, y se fué de visita con su marido. Llegó al poco 
rato la señorita de Población, y enterándose de que no 
había nadie en casa más que Miguel, y éste sumido en 
oscura mazmorra, tuvo á bien sacarle de ella, á pesar 
de las advertencias de las doncellas, que temían á su 
señora más que al mismo demonio. Llevólo al come- 
dor, hizo que le diesen de merendar y le acarició y aga- 
sajó cortesísimamente. De este y otros favores fué Mi- 
guel deudor á esta dama durante su permanencia en. la 
casa paterna, y siempre se los tuvo muy en cuenta. 

A la brigadiera se le había metido en la cabeza casar 
á su amiga, y casarla ventajosamente. Como Miguel 
era muy niño y no se recataban de él, pudo oir varias 
conversaciones acerca de este punto y hasta percibió 
alguna vez el nombre del novio que su mamá propo- 
nía. Á todos los encontraba la amable señorita poco 
adecuados. Juraba y perjuraba que sólo se casaría 
. cuando hallase eí marido que ha^DÍa visto en sueños ó 
al menos el que más se le pareciese. Á esto contestaba 
la brigadiera que no fuese tonta, que todo era música 
celestial y que lo importante era casarse con un hom- 
bre capaz de mantenerla en la categoría y con el bien- 
estar que había disfrutado siempre. Digamos que la va- 
porosa rubia no echó en saco roto los consejos de su 
buena amiga y aun que supo aprovecharlos. Pero esto 
se verá más adelante. 

Al año de casarse el brigadier clióle su esposa, como 
fruto de bendición, una hermosa niña que se bautizó 
con el nombre de Julia. Fué refuerzo de desgracia para 
el pobre Miguel, aunque de modo inocente. Como as- 
tro de primera magnitud, oscureció á los demás seres 
racionales é irracionales de la casa, y pasó á ser el 



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72 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

centro de todas las miradas y atenciones, y el tema 
•s. En los días que siguieron á 
. vivió completamente ignorado, 
e placía, gozando una calma di- 
duró poco. Las negras pupilas 
•daron en caer de nuevo sobre 
as pupilas se agitaba ahora un 
a y mezquino como acorde con 
a. Aquel chicuelo que tenía de- 
hermosa y adorada hija de una 
) menos. Este pensaniiento, siem- 
nte en el cerebro no muy sólido 
á exasperarla á tal punto, que 
pronto, de monarquía absoluta, 
en feroz é insufrible despotismo, 
ie tenía á mucha honra no ha- 
las contra las instituciones vi- 
de sublevarse con toda la guar- 
ir Miguel y tres ó cuatro criados 
)ga quiebra siempre por lo más 
padeció más en este lance que 
de frecuentes combates, embos- 
hasta batallas campales en que 
bas de ser consumada estraté- 
3r cierto á su marido, que no 
iano general de división, á los 
servidores se les dio la abso- 
)ién se la dieron. Veamos de qué 

LOS, poco más ó menos. Era una 
le reía hasta desternillarse cuan- 
3to al suelo, y decía ya papá y 
con propiedad. Al mismo tiem- 
y excepcionales disposiciones 



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RIVERITA 73 

para la música clásica. Cuando su padre entonaba con 
vozarrón de sochantre el aria de bajo de Lucrezzia 
Borgia ó la serenata de Fausto^ \8l niña se enternecía^ 
empezaba á hacer pucheritos, y concluiría por llorar 
frenéticamente, si antes no diese la brigadiera la voz 
preventiva de: «¿Quieres callarte, Femando?» 

No es posible negar, sin embargo, que Julita profe- 
saba algunas ideas equivocadas acerca del régimen 
gramatical y del valor de las palabras. Por ejemplo, 
¿qué razón podía tener para llamar á la carne chicha y 
á la niñera Ti'tó, nombrándose Felisa? Comprendemos 
perfectamente que para pedir queso dijese qtm quis. 
Aquí, por lo menos, existe la raíz del verdadero voca- 
blo. Sus opiniones acerca de los instintos y carácter de 
los animales domésticos eran igualmente absurdas. Al 
paso que exageraba hasta lo indecible el poder y la fie- 
reza de las gallinas, huyendo de ellas con gritos de te- 
rror, guardaba simpatía viva y profunda hacia los ga- 
tos, la cual no pudo extinguirse con los frecuentes ara- 
ñazos que estas ingratas criaturas infligían sobre sus 
tiernas manecitas. Así que tropezaba con uno perdía 
nuestra Julia la chabeta, y gritando con la dulzura de 
un ruiseñor «ipapá, manto! ipapá, mamo!» se iba ha- 
cia él y le cogía por el rabo. En la misma categoría 
que los gatos, ó acaso un poco más alto, colocaba Ju- 
lita á su hermano Miguel, á quien llamaba MichéL Era 
un cariño ciego el qtie le tenía. Lo mismo era verle, 
que sus bracitos se agitaban de alegría, lanzaban chis- 
pas de gozo los ojos, y pedía con toda la fuerza de sus 
pulmones que trajesen á Michél, ó le diesen á ella la 
muerte. Así que le tenía cerca, le tiraba por los cabe- 
llos hasta hacerle llorar, en señal de admiración, ó bien 
llenaba su rostro de baba. Miguel, más galante que los 
gatos, no sólo se dejaba tirar de los pelos con la pa- 



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74 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

ciencia de un mártir, pero hasta buscaba con afán las 
ocasiones del martirio. Con una generosidad de que 
hay muy pocos-ejemplos en la historia, no solamente 
hermanita sus feroces caricias, sino 
» tratos y desabrimientos que por cau- 
obligado á padecer. Porque la briga- 
frir con paciencia esta simpatía. . Se 
hija cuando pedía que le trajesen á 
•a, y mucho más cuando éste, motu 
i á darla un beso. Teníale formalmente 
.ría en brazos, jugar con ella, y en ge- 
landó no se lo mandasen. Pero nues- 
ando las iras de la brigadiera unas 
rlando su vigilancia, pasaba largos ra- 
3ndo payasadas para verla reir, ó aca- 
nente. 

e hallaba Julita muy arrellanada en 
)lando fijamente el cielo raso. La niñe- 
3 sola por irse á retozar á la cocina, 
una gravedad desusada. Los ojos in- 
s; los labios plegados en señal de re- 
s descansando tranquilamente sobre el 
irecía indicar que estaba embebida en 
n fantástica. De vez en cuando levan- 
nano y chasqueaba la lengua, lo cual 
elancolía profunda á su meditación, 
i en voz baja y ronca: «¡upa, upa!» 
3l torbellino de sus tristísimas ideas, 
3 sin duda por llorar y gritar desespe- 
entornar un poco la vista hacia la 
e visto en ella admirablemente peinado 
hermano Miguel. 

'hél! — dijo saliendo de su estupor do- 
índo hacia él los bracitos desnudos. 



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RIVERITA 75 

Miguel se dirigió á ella mirando á todas partes como 
un la4rón que teme ser sorprendido. Al instante queda- 
ron los dos confundidos en un estrecho abrazo. Del cual 
abrazo resultó Miguel completamente despeinado, con 
la cara llena de baba y sin corbata. Julita la blandía en 
señal de triunfo. 

El muchacho, que había sufrido con harta impacien- 
cia que le asease la doncella, permitió ahora muy com- 
placiente que su hermana le desasease, y acercando á 
ella los labios, le preguntó bajito: 

— Di, ¿me quieres, mona.? 

La niña volvió á tirarle de los pelos y á sobarle la 
cara en fe de eterno cariño. 

— ¿Á quién quieres más, á mí ó á Tita? 

— Michél, Michél— dijo Julita trayéndole hacia sí y 
dándole un furioso puñetazo en la nuca. Y no contenta 
con esta clara manifestación, prosiguió con énfasis: 

— Tita feya... Michél apo. 

Miguel enajenado besó apasionadamente los brazos 
de su hermanita. Después le preguntó: 

— ¿Quieres que te coma? 

Habiendo asentido Julita con una docena de inclina- 
ciones de cabeza, el chico comenzó á figurar que la co- 
mía los brazos, la cara, el pecho, las piernas, en fin, 
toda su diminuta persona. La niña se deshacía de gozo 
al verse devorada de tan gentil manera. 

— ¿Te como más.? 

Claro está. Julita deseaba que la comiese hasta no 
dejar rast^ro de ella. El tigre, así que hubo terminado, 
descansó algunos instantes sobre la misma almohada 
de su víctima. Esta todavía se arrancaba la carne del 
pecho á puñados para ofrecérsela. 

— Oyes, Julita, ¿cómo hace el gato? 
— ¡Mau, mau! 



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^^ ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— |Ca! no es así, verás tú cómo hace. 

Y poniéndose en cuatro patas, comenzó á dar vuel- 
tas por la estancia, lanzando tales y tan verdaderos 
maullidos, que Julita quedó suspensa y extática, creyen- 
do tener delante de sí y en realidad un individuo de la 
raza felina. Como no era cosa de dejar pasar tan opor- 
tuna ocasión de dar á conocer sus benévolos sentimien- 
tos hacia esta familia, dijo con profunda convicción: 

— ^Mamo, apo. 

Miguel vino triunfante á ella, y la dio un beso. 

— ¿Quieres agua, monina? — le preguntó de repente. 

No sabemos qué clase de motivos habrían impulsa- 
do á Miguel á ofrecer tan espontáneamente agua á su 
hermana. Sean los que quieran, lo cierto es que ésta, 
como no podía negarle nada, aceptó el ofrecimiento. 
Mas al servírsela el bueao de Miguel, dejó caer sobre 
la cuna el vaso lleno. La niña estuvo tres veces para 
llorar y otras tantas para reir. Al fin se decidió por lo 
último, hallando muy gracioso, aunque demasiada- 
mente húmedo, el chiste de su hermanito. Para recom- 
pensar su tolerancia, éste tomó á hacer el gato con 
más voluntad aún y maestría. Después imitó al perro y 
al burro menos que medianamente. Al fin, queriendo 
terminar de un modo digno y brillante sus trabajos 
zoológicos, propuso hacer la gallina. Todas las antipa- 
tías, terrores y resentimientos de Julita se despertaron 
al escuchar este nombre malhadado. 

— ¡No... ina no... ina feya! 

Pero Miguel, arrastrado del deseo de lucir su habili- 
dad en este nuevo ejercicio, no quiso atender á la ne- 
gativa y se puso á cacarear de lo lindo- en todos los to- 
nos agudos y graves. La niña, agitada, convulsa, con 
los ojos espantados, gritaba cada vez con más fuerza: 

— ¡No... ina no!... ¡feya, feya! 



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RIVERITA ^^ 

Fué necesario terminar. El artista quedóse un tanto 
mohino viendo despreciados sus esfuerzos. 

— ^Upa, upa— dijo la niña al cabo de un rato de si- 
lencio, tendiendo á Miguel los brazos. 

— No, no te levanto, que riñe mamá. 

— ¡Valiente cosa me importa á mí que riña mamá! — 
dijo la niña; esto es, debió decirlo. En realidad no hizo 
más que repetir con un gesto que no daba lugar á ré- 
plica: 

— ¡Upa, upa! 

Miguel se sometió. Cuando la tomó en brazos halló- 
se con que estaba hecha una sopa. ¡El maldito vaso! 
Al pensar en su madrastra se le puso la carne de galli- 
na. Fuese porque tal pensamiento le privara repentina- 
mente de las fuerzas, ó porque nunca las hubiera teni- 
do muy hercúleas, es lo cierto que al sacarla de la cuna, 
sin saber cómo la niña se le deslizó de los brazos y cayó 
dando un fuerte porrazo con la barba en la barandilla. 

¡Oh Dios clemente! ¿qué pasó allí? La sangre de Juli- 
ta corrió en abundancia. Los gritos se oyeron en me- 
dia legua á la redonda. Acudió la servidumbre, y el 
portero, y los vecinos, y los guardias municipales de la 
caJle, y el médico de la casa de socorro, y la guardia 
del Principal, fuerza de artillería y carabineros, y lo 
que es aún más espantable que todo esto... acudió la 
brigadiera. 

En la misma noche el consejo de guerra, presidido 
por aquélla, condenó al reo nombrado Miguel Rivera á 
seis años de presidio con retención, que debían pur- 
garse en un edificio grande, feo y sucio, sito en la calle 
del Desengaño, donde se leía con caracteres borrosos 
este rótulo: Colegio de i^ y 2.* enseñanza bajo la ad- 
vocación de Nuestra Señora de la Merced, 



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VI 



era aquel caserón por dentro 
• fuerg^. La enseñanza y el ali- 
e se daba correspondían muy 
fundador y director del esta- 
ironel de artillería, andaluz y 
ívara. Por eso Miguel había ido 
s. El tal coronel, llamado don 
cuerpo por un asunto de honor 

quedado bien parado. Tuvo al- 
> oficial de ingenieros, nombrá- 
ando llegó la ocasión de forma- 
o D. Jaime se achicó y dio toda 
Los artilleros se ofendieron mu- 
dejaron de saludarle, y el coro- 
Ldo á pedir la absoluta. Por su- 
)s no sabían palabra de todo 
mada, de la braveza y esfuerzo 
superior á toda hipérbole. No 
n no le tuviese por más áspero 



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RIVERITA 79 

y belicoso que Roldan y más denodado que Oliveros de 
Castilla, y quien no le temblase. El propio coronel ha- 
bía fomentado esta opinión refiriendo á sus discípulos, 
en los momentos en que el Álgebra les dejaba algún res- 
piro, un sin* número de hazañas portentosas y aventu- 
ras sangrientas llevadas á término por su mano, ó en 
cuya ejecución, por lo menos, había tenido parte muy 
lucida. Además, cuando se incomodaba, y era muy á 
menudo, acostumbraba á desafiar al muchacho delin- 
cuente, y no sólo á él, sino también á toda la cátedra y 
al colegio entero, lo mismo que hizo el Cid con el pue- 
blo de Zamora. — «¡Hombre, tendría gracia que uztedes 
ze burlasen de mil... Nada, zeñores, el que quiera reirze 
'' que lo diga francamente. Los hombres han de zer hombres 
siempíe. [Que lo diga y le daré una piztola para que nos 
peguemoun tiro! ¡Y zi viene el papá, zelo pego al papá, 
canaztó! ¡Y zi viene el hermano, ze lo pego al hermani- 
to! ¡Y zi viene el abuelito, al abuelitol <;Eztamo?» Los 
chicos quedaban petrificados de terror. 

Había otro profesor para la Geografía y las Historias 
de mediana edad, hombre tímido y pusilánime hasta el 
exceso, que ganaba el sustento suyo y el de su madre 
y hermanas con grandísimo esfuerzo, corriendo todo el 
día de un colegio á otro, dando además lección particu- 
lar en algunas casas y cantando de tiple en las funcio- 
nes religiosas. Llamábase D. Leandro. Era de estatura 
baja y bajo también de color, con grandes ojos negros 
y dulces que pedían jnisericordia. Andaba siempre ves- 
tido de negro y cuidadosamente rasurado, como conve- 
nía á su estado semisacerdotal. Poco le faltaba para 
gastar corona. Daba Jecciones de música á los alumnos 
que la pagasen, y era en lo que más se placía. Todo su 
amor y pasiones se cifraban en el arte. No tenía gran- 
des facultades para él, bien lo sabía y no se avergónza- 



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8o ' ARMANDO PALACIO VALDÉS 

ba de confesarlo; pero lo amaba platónicamente, y ado- 
' ' -'-'•'* "* ándolo. Hablarle á él de los 

de los pequeños, era verle 
i indio en presencia de sius 
un poquito, muy poquito; 
3 le mirasen fijamente se ru- 
Lalidad hablaba con una mu- 
ín el suelo. 

1, Lógica y Ética era el re- 
.rlatán sin pizca de sustancia, 
•a, y colérico cuando se creía 
3 treinta años de edad y ha- 
oposiciones á cátedras sin 
L vez había obtenido un se- 
is momentos en que estaba 
laba de otra cosa; oposicio- 
Conocía los nombres de to- 
>aña, de instituto y de facul- 
ngresado en el profesorado 
según él), llevaba la cuenta 
^ vacantes y aun de las -que 
em á turno de oposición ó á 
e se habían nombrado desde 
' calculaba los que podían 
y mejor aún los que le con- 
A pesar de sus ínfulas, era 
igalar tabaco, alfileres de cor- 
i por los alumnos. Llamába- 
e apodaban Pppsicología re- 
3 él acostumbraba á hacer. 
h Historia natural, Sr. Marro- 
licano de barricada, que ha- 
xiliar en el Instituto de San 
is y religiosas. En toda Es- 



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RIVERITA 8 1 

paña no había hombre más heterodoxo que él. No creía 
ni en la madre que le parió. D, Jaime, que no era into- 
lerante, y la prueba es que lo sostenía en su colegio, 
le había prohibido, no obstante, que hiciese alarde de 
sus ideas, contrarias á toda religión positiva, delante de 
sus discípulos. — «Amigo Marroquín, no zea uzté balza- 
mina en zu vía; too eztamo enteraos de que eso de Dios 
y los santo son armas al hombro; pero si los papá y laz 
mamá quieren que zuz hijos lo crean, ¿qué lez va uzté 
á hace? Ojo, pues, con el pico, <;eztamo? No vaya á atu- 
fárseme D. Juan (D. Juan era el cura), y tengamos un 
lío.» — Por instinto de conservación, que tarde ó nunca 
abandona ni aun á los enemigos de Dios, procuraba 
Marroquín refrenarse: pero con mucho trabajo lo con- 
seguía. Halló un medio ingenioso de manifestar su ren- 
cor al Ser Supremo sin comprometerse, y fué la prete- 
rición. Ni por casualidad se le escapaba el nombre de 
Dios. En reemplazo suyo decía siempre la Naturaleza, 
y cuando algún chico lo nombraba, solía rectificarle 
suave y disimuladamente, diciendo:— «Eso es, las fuer- 
zas de la naturaleza, perfectamente.» — Era hombre de 
complexión recia, hirsuto como un jabalí (así le llama- 
ban en el colegio), le salían los pelos hasta por debajo 
de los ojos, firmes y erizados como púas; los de la cabeza 
andaban siempre revueltos y aborrascados por la impo- 
sibilidad absoluta de domeñarlos, y los gastaba lar- 
gos para que mejor se observase. Pues no diremos nada 
de las cerdas que le salían por las manos y las muñe- 
cas, que podían competir muy bien con las de los cepi- 
llos más ásperos. Cuando Marroquín escribía, uno de 
los trabajos mayores era pelear con aquel vello de la mu- 
ñeca, que le borraba á lo mejor los renglones. No tenía 
otro reraedio que metérselos á cada momento debajo 
del puño de la camisa; pero á veces se impacientaba 

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82 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

terriblemente. ¡Estos pelos indecentes! Y se arrancaba 
con rabia un puñado de ellos. «Tantos pelos tiene en el 

decía de él el capellán del co- 
D estamos conformes con este 
pobre diablo, no exento de las 
an á los humanos, tales como 
ula, pero no en más alto gra- 
s. Sin embargo, erraba mucho 
j hombre acrisolado, rompien- 
icípulos tarjetas de recomen- . 
ifectado desdén al hijo de al- 
idad estaba muy lejos de ser- 
►s inconcusos. 

I de éste era el capellán don 
:ual de los alumnos, maestro 
ídrático de latinidad y retórica 

notable desde varios puntos 
cuparemos con alguna deten- 
iremos ahora que era hombre 

rubio, pálido, de pocas car- 
ie mediana estatura y gran- 
5 del director, la persona más 
ormía dentro de él, y aun se 
rticipación en las ganancias, 
ajes principales, había algu- 

maestro de primeras letras, ' 

dos criados, una cocinera, 
la planchadora, 
colegio no era un modelo de 
ctor se cuidaba poco de él. 
)reja á Jorge en el casino, y 
idudable era que las cosas 
que más de cuatro ^, veces fal- 
agar al almacenista, y que á 



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RIVERITA 83 

los profesores se les adeudaban casi siempre tres ó cua- 
tro meses de sueldo. A pesar de esto, D. Jaime tenía 
suerte: no se le marchaba un chico. El colegio siempre 
lleno. Tal vez contribuyese á ello su mismo desorden, 
que tenía algo de patriarcal. Aquella amable indiscipli- 
na era muy del gusto de los niños. Aunque la comida 
era de inferior calidad, no estaba tasada ni había gran 
rigor en las horas. Si un chico tenía hambre, bajaba á 
la cocina, pedía pan y queso, y sin inconveniente al- 
guno, se lo daban, y si ía cocinera, de natural francota 
y bonachona, estaba de humor, hasta le freía un hue- 
vo ó una magra. Cuando D. Jaime «estaba en fondos», 
los gaudeanms se sucedían en el colegio; variedad de 
postres, vino de Jerez y hasta se improvisaba una que 
otra merendeta en el campo. D. Jaime era muy aficio- 
nado á pintar paisajes, muy malos, eso sí, pero que no 
por eso dejaban de ser celebrados por discípulos y profe- 
sores. En cambio, si se daban bizcas y el bolsillo se 
desmayaba, adiós confites y la mantequilla del chocola- 
te y las copitas á las once. Nadie comía más que lo es- 
trictamente indispensable para no fenecer de hambre. 
Además, aquellos días no había quien dirigiese la palabra 
á D. Jaime, ni aun le mirase á la cara. Los castigos eran 
más frecuentes. El palo andaba listo y la sopa perezosa. 
Hay que confesarlo, porque es la pura verdad, los úni- 
cos progresos literarios y científicos del colegio de la 
Merced se hacían en estos días de crisis monetaria. 

La llegada de Miguel no causó efecto alguno, ni en 
profesores, ni en discípulos. Un niño más, y bien atra- 
sadito por cierto. Sin embargo, no tardó en llamar 
la atención de unos y de otros por su condición inquieta 
y ruidosa. En cuanto tomó confianza, y le bastaron pocos 
días, mostróse tan travieso, tan turbulento, que los maes- 
tros comenzaron á murmurar y á tenerle sobre ojo, y los 

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RIVERITA N 85 

Otro entretenimiento para que no lo pasase tan mal. 
No por virtud de los castigos y reprensiones, sino 
por otra causa muy distmta, la conducta de Miguel re- 
formóse algún tanto durante una temporada de varios 
meses, á los dos años próximamente de hallarse en el 
colegio. Fué el amor quien operó este cambio, si mere- 
ce tal nombre la afición prematura que le prendió por 
la planchadora del colegio. Había establecido ésta en 
su cuarto de trabajo, situado en la guardilla, una tertu- 
lia donde acudían algunos niños en las horas de recreo. 
Contábales historias maravillosas mientras repasaba la 
ropa blanca ó la aplanchaba. Desde un día que subió 
casualmente aficionóse tanto á ellas, que comenzó á 
acudir asiduamente para escucharlas. Sentado á los 
pies de la narradora, con la cabeza apoyada en sus ro- 
dillas, pasaba admirablemente las horas, embebecido y 
suspenso. Por delante de sus ojos desfilaron las aven- 
turas estupendas de Los doce pares de Francia ^ la his- 
toria de Aladino ó la lámpara maravillosa, la de Flores 
y Blanca Flor, «su descendencia, amores y peligros 
que pasaron por ¿er Flores moro y Blanca Flor cristia- 
na», la de Fierres de Provenza y la hermosa Magalóna, 
la de El esforzado Clamades y la hermosa Clermonda, ó 
sea El caballo de madera, y otras muchas interesantísi- 
mas , donde la virtud sale triunfante y el vicio corrido. 
Sabida de todos es la particular inclinación que tienen 
las planchadoras á ver á los buenos ricos y felices y á 
los malos abatidos y miserables. Miguel participó muy 
pronto de estas ideas. Y aunque la bella narradora 
agotó prontamente el repertorio de sus fábulas, cada 
día las escuchaba con más atención y deleite. Fuerza 
es confesar, como ya indicamos, que algo, bastante y 
aun mucho influía en su atención el placer que empe- 
zaba á sentir contemplando la vigorosa y agraciada 



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5^6 APMAvnn PAT.Arin vAT.nií"5í 



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RIVERITA 87 

guelito, que te lo digo yo; ninguna señora sabe lo que 
es conciencia. Tienen el corazón más duro que una 
piedra. Si es caso, vale más una pobre de la calle que 
todas esas señoras con su colorete y su ringo rango... 
No llevan nada que no sea postizo: el pelo, el color, los 
dientes... y otras cosas que no quiero decirte porque 
eres todavía pequeño... Pocas gracias que sean bonitas 
de ese modo... ¡Anda, anda!... ¡pues si las pobres nos 
pusiéramos todos esos perendengues!... Pero más vale 
lo natural, ¿-no es verdad, Miguelito? ¿Llevo yo polvos 
de arroz? ¿llevo colorete? ¿eh?... Toca, toca lo que quie- 
ras... frota bien (Miguel frotaba Con mano temblorosa). 
Y á pesar de eso, no cambio mis colores por los de 
ninguna de esas señoritas tísicas que van al Prado en 
carretela...» 

El hijo del brigadier asentía incondicionalmente á 
estas atrevidas proposiciones. Quizá las llevase en su 
pensamiento más allá que la misma interesada. La ver- 
dad es que la admiración de Petrarca por Laura y la 
de Dante por Beatriz eran nada en comparación con la 
apasionada y vehemente que nuestro chico profesaba 
á la planchadora. La admiraba sin comprender que la 
naturaleza pudiese formar otro ser que rivalizase con 
ella. Todo lo encontraba hechicero, desde sus cabellos^ 
un tantico revueltos, hasta sus pies, nada breves y 
nada bien calzados. Petra, que al principio no había 
reparado, concluyó por ñjarse en aquel niño que tan 
asiduamente la visitaba, y vencida de su constancia ó 
por ventura halagada por la adoración que en él veía> 
le demostró algún afecto. Un día que estaban solos^ 
como Miguel la mirase desde su taburete hasta comér- 
sela con los ojos, le dijo con sonrisa burlona y placen- 
tera á la par: 

— ¿Por qué me miras tanto, Miguelito?... ¿Te gusto? 



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\ 

88 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

La vergüenza v la confusión se aooderaron del chi- 

orar 
una 
inos 
Dará 



a él. 
e en 
cor- 
ines 
Lira- 
)du- 
a de 
una 
Lja- 

bien 
ído- 
ido- 
) in- 
•nía, 
, fué 
L, se 
ígo- 
car- 
abo# 
isti- 
eces 
y lo 
e s© 

ron- 
guel 
ucta 



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RIVERITA 89 

para todos los actos de la vida, haciéndole estudiar á su 
lado el tiempo que juzgaba necesario y prohibiéndole 
los juegos cuando lo creía oportuno. Porque perdió dos 
panudos en pocos días, tomó la resolución de cosérse- 
le al bolsillo. Tenía que darle cuenta del empleo de to- 
dos los momentos: — «^Qué has hecho después de salir 
de clase? ^Con quién estabas hablando en el patio.? ¡Cui- 
dado que vuelvas otra vez á subirte al pasamano de la 
escalera! No andes más con Pepito; no me gusta ese 
chico. Ya me han dicho que ayer no has sabido la lec- 
ción. ¿Qué haces el tiempo que estás en la sala de es- 
tudio? Por de contado, enredar. jSi te tuviese siempre 
á mi lado, andarías un poco más derechol» — Llegó á 
reprenderle duramente las faltas como si tuviese sobre 
él autoridad. Miguel temblaba cuando subía al cuarto 
de la guardilla con el pantalón roto, lo mismo que cuan- 
do iba á ver á su madrastra. Mas en cambio de estos 
apuros tenía compensaciones. La planchadora se mos- 
traba amable y generosa á ratos. Algunas veces le le- 
vantaba entre sus robustos brazos y le tiraba al aire 
volviendo á recogerle; le daba vivos y sonoros besos; 
le llamaba pichoncito, rico mío, querido, y le estrecha- 
ba con tal fuerza contra su seno, que andaba cerca de 
asfixiarle. Era nuestro héroe ya muy hombre, y toda- 
vía al recordar estos abrazos experimentaba una dulzu- 
ra inexplicable. 

Desgraciadamente, como sucede casi siempre, Petra 
se desvaneció con el poder. En vez de mantener su do- 
minio en los límites discretos y convenientes, empu- 
jólo presto hasta los últimos extremos, convirtiéndolo 
en un despotismo escandaloso y repugnante. Miguel 
pasó al cabo de algunos meses á ser su paje de cola: 
«Miguel, tráeme las tenazas.— Miguel, echa carbón en 
la hornilla. — Miguel, corre á pedir á la cocinera agu- 



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^ 90 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

ias. — Miguel, abre esa ventana». El hijo del brigadier 

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RIVERITA 91 

ra le da el sentimiento al niño! ¡Quieres callarte, ton- 
tucio! ¿Te figuras que estoy yo aquí para templar gai- 
tas? ¡Bueno, bueno, ya empieza el lloriqueo!» Con estas 
y otras tales expresiones abi;;ía la llave de las lágri- 
mas que su mano trataba de secar. Mas no pararon 
todavía aquí las cosas. Un día trasladando Miguel una 
cesta con ropa aplanchada de un sitio á otro, la dejó 
caer al suelo y se manchó una buena parte. Petra, 
hasta entonces, en sus más fuertes enojos no había 
hecho más que cogerle por el brazo y sacudirle. Ahora 
le dio una soberbia bofetada que le encendió el rostro. 
En vez de ponerlo en conocimiento del director, ó por 
lo menos marcharse y no subir más al cuarto, como 
aconsejaba su dignidad, contentóse con llorar perdida- 
mente. ¡Y bien perdido quedó desde entonces! Petra, 
para resarcirle, le hizo caricias muy exquisitas, con lo 
cual dio por bien empleado el bofetón y se dispuso á 
recibir todos los qué en adelante aquélla fuera servida 
darle. Como así acaeció en efecto. Las reprensiones co- 
menzaron á ir casi siempre con acompañamiento. Se- 
gura ya de que se aceptaban los golpes, no los escaseó; 
mas por una contradicción, bien explicable por cierto» 
desde que comenzó á dárselos, le mostró al mismo tiem- 
po mayor afecto. Tan suyo le consideraba, tan pobre y 
miserable le veía á sus pies, y tanto le sorprendió su 
paciencia, que no es mucho si después de una buena 
granizada de mojicones, le otorgase algunas pruebas 
de afecto. El muchacho se creía bien indemnizado re- 
cibiéndolas. Lejos de apagarse el fuego de su pecho, 
creció y se sobresaltó hasta lo sumo. Era una pasión 
encarnizada, furiosa, bestial, como sólo existen en esa 
edad en que los sentidos amanecen. Los hombres pue- 
den hablar cuanto gusten de sus pasiones, los poetas y 
novelistas exaltar la violencia de las de sus héroes como 



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RIVERITA ' 95 

como terribles y vengativas. Caía de rodillas á sus pies 
pidiendo perdón, y se los abrazaba y besaba temblando- 
de terror y voluptuosidad. La diosa, vencida de tanta 
humildad, solía tenderle una mano y levantarle hacién- 
dolé jurar que no volvería más á quebrantar sus pre- 
ceptos. 

Finalmente, también llegó á aburrirse la regia plan- 
chadora de ejercer un mando tan despótico; que la mu- 
jer, como dicen los que filosofan acerca de ella en las 
mesas de los cafés, es más feliz dejándose dominar que 
dominando. El pobre Miguel la cansó y apestó de tal 
manera, que vino á cobrarle verdadero aborrecimiento. 
Apenas se pasaba día sin ^ue no le arrojase de junto 
á sí con algún insulto que iba á clavársele en el cora- 
zón. En no pocas ocasiones le cerró la puerta ó le tuvo 
aguardando horas enteras para dejarle entrar. Coinci- 
dió este desvío con frecuentar el cuarto de la guardilla 
un nuevo muchacho de los años de Miguel, pero gordo 
y crecido, y tan rubio y blanco como una inglesa. El 
reciente tertuliano rindió pleito homenaje á la plancha- 
dora, y comenzó á visitarla con asiduidad. ¡Ah misera- 
ble Miguel! En un instante perdió hasta las pocas mi- 
gajas de favor que le quedaban. El chico gordo quedó 
alzado sobre el pavés á los pocos días y proclamado 
favorito exclusivo, dueño absoluto del cuarto de la 
plancha y sus alrededores. No obstante, Miguel insistió 
en acudir á él por las tardes, sin obedecer las órdenes 
de Petra, que formalmente se lo había prohibido. Un 
día entró nuestro niño muy descuidado. La traición le 
acechaba. De entre las faldas de la planchadora salió 
repentinamente el nuevo favorito y cayó sobre él con 
el ímpetu y rabia de una fiera; arrojóle al suelo y co- 
menzó á golpearle con tal furia, que en pocos minutos 
no le dejó sitio en el rostro sin su correspondiente se- 



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94 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

nal. Mientras duraba el vapuleo, Petra lo contemplaba 
riendo, ique á tal grado de fiereza llevó su despego! Mo- 

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VII 




, QUEL chico gordo, rubio y tan espigado que 
aporreó al hijo del brigadier, tenía un 
nombre sonoro y aristocrático, Pedro 
Mendoza y Pimentel. Era en el fondo un muchacho ex- 
celente, tranquilo, amable, inofensivo. Si había come- 
tido aquella vileza fué solamente por instigación de la 
planchadora. A los pocos días, arrepentido sin duda, 
procuró hacer las paces con Miguel. Este, que no era 
rencoroso, le perdonó fácilmente y le aceptó por ami- 
go. En poco tiempo^ llegaron á ser íntimos. No poco 
contribuyó á estrechar esta amistad por parte de nues- 
tro héroe la ojeriza injustificada que el cura había to- 
mado á Mendoza, y que le hacía padecer bastante. 
Mendoza era en la clase de D. Juan el blanco de todos 
sus donaires y el hazme reir de los chicos. Llamábale 
alternativamente brut andar ó parisiense. El primer mote, 
como la palabra misma indica, porque le tenía por el 
mayor majadero que comía pan; el segundo, porque 
era muy pulcro, aficionado á vestir á la moda y á lle- 



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RIVERITA 97 

formando algarabía holgábase D. Juan y se divertía la 
clase. 

Este capellán era hombre bastante original. Miguel 
tuvo ocasión de conocerle muy bien, porque le mostró 
predilección desde el principio, aunque no dejaba por 
eso de castigarle duramente y á menudo. En los últi- 
mos años de la segunda enseñanza llegó á ser su favo- 
rito y hasta le trajo á dormir á su mismo cuarto. Le 
hizo algunas confidencias, y gustaba de charlar con 
él, ó, más propiamente, murmurar del personal del co- 
legio, lo mismo del masculino que del femenino^ Tenía 
un amor propio exagerado. Presumía de todo lo que un 
hombre puede presumir, hasta de guapo, pero muy sin- 
gularmente de f jrzudo, aunque no lo era gran cosa. 
Nada había que le placiese tanto como enseñar los 
músculos del brazo y los tendones y ponerlos contraí- 
dos y tiesos. Los demás eran hombres afeminados por 
los vicios. Sólo conservándose puro como él, no be- 
biendo más que agua, no tomando café y huyendo de 
loiSporcuzas (las mujeres), se podía llegará tal robustez, 
energía, ánimo y hermosura. 

No obstante el cariño que Miguel tenía á su amigo 
Mendoza, no dejaba de jugarle algunas malas pasadas. 
Había notado que el capellán era muy aficionado á las 
palabras terminadas en amen, emen, imen, omen y 
umen, y que experimentaba cierto deleite pronuncián- 
dolas. A cada momento decía examen, ó resumen, ó 
dictamen, y á veces traía poco á propósito algunas ra- 
ras, y que no eran muy castellanas, como el velamen 
de los barcos, el cacumen, etc. Pues bien; preguntándo- 
le un día á Mendoza cierto punto que no traía el libro, 
Miguel, que estaba á su lado, le dijo rápidamente al 
oído: «Di que no la trae el textumen». El infeliz, que 
estaba atortolado, lo repitió sin fijarse, y... laquí fué ellal 



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98 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

D. Juan, pensando que uno y otro se burlaban de él, 
les dio á entrambos una corrida de mojicones, que por 
poco les arde el pelo. Miguel lloraba y reía á un mismo 

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RIVERITA 99 

bledo por el antiguo objeto de sus ansias. Este burlaba 
las órdenes perentorias del director, llevando á Mendoza 
á su cuarto, si bien con secreto. Y digo que era ella y 
no éste quien las burlaba, porque el muchacho nunca 
hubiera osado hacerlo si no fuese porque ella le obli- 
gaba. Al fin tanto miedo tuvo'de que el terrible coronel 
lo supiese, que con precoz sentido determinó separarse 
de aquel devaneo que no le convenía y no subir más al 
cuarto de la planchadora. Miguel le dio por ello la en- 
horabuena. Petra le persiguió todavía algún tiempo; 
pero el nuevo Teseo se hizo el sordo y la dejó abando- 
nada. No lo estuvo mucho tiempo, sin embargo, porque 
el demagogo Marroquín comenzó á romper con desusa- 
da frecuencia los botones de la levita y el pantalón, y 
con la misma frecuencia á subir á su morada buscando 
remedio para tales desperfectos. Y era lo extraño que 
aunque Petra era expedita y tenía la mano larga para 
el trabajo, nunca tardó menos de media hora en pegar 
un botón á Marroquín ó en coserle el más insignifican- 
te siete. 

Estos retrasos injustificados comenzaron á notarse 
en el colegio. Los chicos se pusieron en observación y 
al instante se propalaron entre ellos mil especies, ab- 
surdas unas, verosímiles otras, pero todas graciosas. 
Uno decía que había visto á Marroquín por el agujero 
de la llave, de rodillas delante de Petra y besándola 
una mano lo mismo que un caballero andante.. Otro le 
había visto pellizcarla un muslo al pasar por su lado. 
Otro le había oído decir, estando los dos asomados á 
un balcón: — «Petra, te amo». Otro, más serio que los 
demás y más digno de crédito, aseguraba que su cria- 
do había visto un domingo á Marroquín en un meren- 
dero de las Ventas del Espíritu Santo, mano á mano 
cbn la planchadora. Estas noticias volaban por' el có- 



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RIVERITA lOI 

fía, Aritmética, Física é Historia natural, que en segui- 
da la hizo leer la Historia de los Papas y la Inquisición 
y algunos folletos materialistas, y que después de ha- 
berla separado convenientemente de toda religión posi- 
tiva, la hizo su esposa «ante el altar de la propia con- 
ciencia». Pero cuando sucedió esto ya había salido Mi- 
guel del colegio. 

El carácter del hijo del brigadier nunca pudo modi- 
ficarse, ni por las buenas ni por las malas. Últimamen- 
te ya se había renunciado á corregirle y se le castigaba 
únicamente cuando las travesuras subían de punto. 
Todos reconocían que tenía mucha disposición y que 
si se aplicase sería el número uno del colegio. Desgra- 
ciadamente, durante el curso estudiaba poco, y sólo al 
llegar el último mes apretaba de firme; pero le bastaba 
para sacar en el Instituto tan buenas notas como el 
primero. Tampoco era buen guardador de los deberes 
religiosos. El cura le tenía encerrado muchas veces por 
hincarse sólo con una rodilla en misa ó pellizcar á los 
compañeros. Durante el rosario se entretenía en comer 
castañas y meter las cortezas en los bolsillos de los 
otros, ó en prolongar la ese del ora pro nobis más de 
la 'cuenta, ó en cualquier otra irreverencia que solía 
costarle cara. Cada seis meses confesaba todo el cole- 
gio con su director espiritual, quien los preparaba pre- 
viamente en el estudio de la doctrina cristiana y con un 
examen de conciencia colectivo. Se hacía en el salón 
mayor del establecimiento, á fin de que cupieran todos 
los alumnos. Las ventanas se entornaban para que en 
la estancia hubiese una luz discreta y misteriosa que 
convidase al éxtasis y la meditación. Cada cual estaba 
sentado en una silla formando círculo en tomo del ca- 
pellán, el cual iba leyendo por un libro los diversos 
pecados que en la vida pueden cometerse y explican - 



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I02 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

dolos en seguida con prolijidad, invitándoles después 

'aginaba si- 
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RIVERITA 103 

formados por las calles de Madrid, y salían á menudo 
por el Salón del Prado hacia Atocha ó por la puerta de 
Toledo hacia San Isidro. Los transeúntes se detenían 
un instante para ver pasar aquella comitiva donde abun- 
daban los rostros delicados de cutis nacarado, un tanto 
pálidos por la clausura y los malos alimentos del cole- 
gio. Cruzaban poblando el aire de un murmullo suave, 
como un enjambre de abejas, más atentos á la conver- 
sación que llevaban entablada que á la perspectiva de 
las calles y á las bellezas del campo. Delante iban los 
más pequeños, y detrás los mayores. El capellán, el 
inspector y los demás profesores cerraban la marcha. 
Cuando llegaban á un paraje solitario y apartado, se 
hacía alto y se rompían filas. Durante una hora entre- 
gábanse todos á los juegos peculiares de la infancia, el 
salto, la pelota, la peonza, etc. Á veces, los profesores 
alternaban con ellos en estos juegos y llegaban á inte- 
resarse y á herirse en el amor propio. El capellán, prin- 
cipalmente, ya sabemos que se jactaba de sobresalir en 
toaa clase de ejercicios corporales, y creía poseer las 
fuerzas de Sansón. Así que le pinchaban un poco, se 
despojaba de los manteos y la sotana y se ponía á dar 
brincos como un zagal, cogía á los bueyes de las ca- 
rretas por los cuernos, sacudía los árboles, enseñaba 
los brazos, levantaba los chicos á pulso y ejecutaba 
otras prodigiosas hazañas que recordaban las celebra- 
das de Orlando furioso. 

Si el director los acompañaba, que no era siempre, 
^había sesión de pintura. Un chico le llevaba la caja, y 
en cuanto se hallaban frente á un objeto digno de ser 
pintado (y el coronel no era escrupuloso en la elección 
de asunto), sentábase en una tijerita formada con el 
mismo bastón y comenzaba el degüello del arte de Vin- 
ci y Rafael. D. Leandro, por su parte, sacando del bol- 



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I04 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



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RIVERITA 105 

bo de quince años, le servía admirablemente para el 
caso. Á veces el capellán, pensando que hablaba con un 
hombre ya formado, se deslizaba un: poco en ciertas 
materias escabrosas. Observó Miguel que á pesar de su 
odio al sexo femenino, D. Juan gustaba mucho de esta 
conversación y venía á ella con frecuencia. Por las no- 
ches, después que se acostaban y apagaban la luz, era 
cuando se departía largamente acerca de este y otros 
asuntos. Decíale el cura muchas veces, que había acep- 
tado aquella plaza en el colegio por no ir de párroco á 
un pueblo, y eso que le habían ofrecido curatos muy 
lucrativos. — «Pero en un pueblo está uno muy expues- 
to. No tendría más remedio que tomar ama de gobierno, 
y eso siempre es comprometido... ¡Cuántos han caído y 
se han roto las narices!... El que ama el peligro, perece- 
rá en él, dice el apóstol... Figúrate, Miguel, que meto 
de ama á Petra ú otra así por ei estilo, y que una no- 
che la gran porcuza, con mala intención, viene á mi 
cuarto á llamar. — ¿Quién está ahí? — Señor cura, tengo 
miedo. — ¿Á qué tienes miedo, gran yegua? — Señor cura, 
tengo miedo á los truenos... ¿Y qué hace un hombre en 
este caso, barajóles? Lo más probable es que uno abra 
la puerta, y entonces ¡adiós con la colorada!... El hom- 
bre más santo mete la cara en el barro y queda perdi- 
do para siempre jamás, amén.» Observaba Miguel que 
cuando el capellán describía tales escenas, nunca deja- 
ba de traer como elemento de ellas á Petra, si bien en 
calidad de término de comparación. Esto le hizo presu- 
mir que todo aquel desprecio que hacia ella afectaba era 
pura música, y que la gentil planchadora obraba sobre 
su corazón la misma mágica influencia que sobre otros 
muchos del colegio. Y entonces penetró también la ra- 
zón del odio profundo que Marroquín le inspiraba de al- 
gún tiempo á aquella parte, y hasta de la antipatía hacia 



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RIVERITA 107 

que las hubieron visto con detención sin dejar una, don 
Juan le echó un largo sermón acerca de la necesidad de 
mantenecse puro, para ser vigoroso física é intelectual- 
mente, tomándolo nada más que desde el punto de vista 
utilitario. — «Aquí me tienes á mí, que derribo de una 
mocada á un hombre fornido. ¿Por qué? Porque en cuan- 
to amanece me levanto de la cama, y... ¡al agua, patos! 
Sin temor de ninguna clase me echo el jarro lleno sobre 
el cuerpo... Por la noche me acuesto en cuanto 'puedo... 
A la comida, agua pura... Los alimentos sanos, nutriti- 
vos... Y en cuanto á esas porcuzas que acaban con los 
hombres, siempre procuré tenerlas lejos... 5> 

A pesar de esta higiene y régimen espartano, el cura 
tuvo la desgracia de enfermar. Comenzó á ponerse tris- 
te y amarillo, que daba pena verlo. Comer, comía bien, 
pero no le aprovechaba. El médico del colegio, que 
vino á visitarlo, le dijo que tenía: una afección hepática, 
una ictericia, y que era de todo punto necesario que se 
distrajese, pasease largo, y mejor que á pie, á caballo. 
Pero D. Juan no era jinete, por más que sobresaliese en 
otros ejercicios gimnásticos, y no quería verse expues- 
to á ser derribado. Sin embargo, como el médico insis- 
tía en los paseos á caballo, se determinó á alquilar un 
jamelgo para dar una vuelta por las afueras, de madru- 
gada. Miguel alquiló otro para acompañarle, y así que 
Dios amanecía, salíanse ambos por la puerta de Tole- 
do ó San Vicente, y se espaciaban por aquellos campos 
media legua ó una, según el tiempo y la ocasión. El 
cura llevaba en el bolsillo una onza de chocolate y ha- 
bía aconsejado á Miguel que llevase otra. En el primer 
merendero ó taberna que tropezaban, las tomaban di- 
sueltas en agua, y proseguían su marcha. A Miguel le 
gustaba mucho trotar, pero el cura se oponía, porque 
según él «se batían demasiado los hipocondrios». En 



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RIVERITA 109 

ría demostrar alguna vez que estas fuerzas que el cielo 
le había concedido podían utilizarse y dejar bien senta- 
da en el colegio su fama de valiente y esforzado. Ha- 
bía en el establecimiento un criado gallego, mozo de 
veinticinco años á lo sumo, alto, grueso, fornido, del 
cual se contaba entre los chicos que había levantado 
dos hombres con los dientes y otras proezas. Con éste 
determinó de habérselas nuestro capellán.. Un día des- 
cubrió que el gallego se había puesto sus botas para ir 
á paseo. No quiso mejor ocasión, y ardiendo en cólera, 
le dijo á Miguel: — «¿Sabes que el bribón de Manuel se 
puso ayer mis botas para irse á tunantear por las ta- 
bernas?... ¡Pero no se ha de reir de mí ese jayanote in- 
decente!... Ahora vas á ver, barajóles». Y le llamó des- 
de su cuarto. Acudió Manuel: el cura cerró la puerta y 
comenzó á recriminarle durísimamente. Manuel, bajan- 
do la cabeza, se disculpó torpemente. Mas el cura, en 
vez de suavizarse con esta actitud humilde, siguió al- 
zando el gallo cada ve z más, y concluyó por pasar á 
vías de hecho, dándole una tremenda bofetada, que re- 
sonó en toda la casa. El pobre Manuel, avezado á 
llevar palizas de cabos y sargentos cuando estaba en el 
servicio y penetrado desde niño del profundo respeto 
que se debe á los sacerdotes, no se movió y aguardó, 
escondiendo la cara, la granizada de mojicones y pu- 
ñadas que el capellán le descargó. No bastaron á des- 
armarle ni la humildad evangélica del gallego (que por 
cierto á levantar la mano le hubiera deshecho) , ni las 
súplicas de Miguel que presenciaba conmovido aquel 
escándalo. Hasta que se cansó estuvo aporreando al 
infeliz criado, dejándole con varios chichones en la cara 
y las narices ensangrentadas. Esta conducta indignó á 
Miguel en alto grado, y lo que acabó de desprestigiar 
al cura fué que, en vez de avergonzarse de haber pe- 



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lio ARMANDO PALACIO VALDlfiS 

gado á un hombre que no se defendía, aún se jactaba 

de ello el muy ruin. — «¿Has visto, barajóles, has visto 

qué mocada tan gorda le asesté la primera? ¿Qué bien 
' .> . . • . .' p^j. 

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RIVERITA III 

Marroquín, quien indignado de aquel acto brutal, ó por 
ventura cediendo á la aversión que le inspiraban todos 
los clérigos, acudió velozmente en auxilio de su com- 
pañero, y sujetando á su vez al cura por la espalda, le 
apretó tanto la cintura, que aquél se vio obligado, no 
solamente á dejar en paz á D. Leandro, sino á pedir 
con voz quejumbrosa misericordia. Dejóle al cabo de 
un rato Marroquín, pero tan estropeado y maltrecho, 
que en vez. de reírse de la broma, comenzó á toser y á 
quejarse. La verdad es que estaba muy pálido: — «¡Ba- 
rajóles! esto pasa de broma, Sr. Marroquín. — ^-Pues no 
estaba usted haciendo lo mismo con D. Leandro?— Pero 
yo no le apretaba con todas mis fuerzas como usted 
ha hecho conmigo». 

Los chicos se rieron del percance, hallando el castigo 
de Marroquín muy en su lugar. En cambio, el cura se 
puso cada vez más hosco, y comenzó á pasearse solo 
tosiendo y escupiendo á menudo y llevando la mano al 
bajo vientre. Cuando llegó la hora de la cena, no probó 
bocado. Los alumnos se hacían guiños y reprimían á 
duras penas la risa. Al tiempo de acostarse, Miguel se 
vio obligado por más de media hora á oirle vomitar 
injurias contra su mortal enemigo. Al ñn concluyó di- 
ciendo: — «Por las buenas, Miguel, ya sabes que no hay 
hombre mejor que yo... ¡Pero por las malas, soy una 
fiera! Marroquín me las ha de pagar. Se figura, barajó- 
les, que porque soy clérigo no he de pedirle satisfac- 
ción... Se equivoca... Yo lo mismo visto los hábitos del 
sacerdpte, que empuño la espada, del militar. Mañana 
hablaremos.» 

Durmióse, por último, en estas disposiciones belico- 
sas, mientras Miguel sonreía entre sábanas, pensando 
que todo quedaría en agua de cerrajas. No fué así, sin 
embargo: Al día siguiente el cura continuaba taciturno 



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112 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

y encrespado, medit94ido feroces venganzas. El apretón 
del día anterior hacía rebasar la copa, v sentía la nece- 

tras 
icti- 
ho- 
no- 
los 
luín 
tr á 
lan- 
pa- 
cho, 
>aal 
sor- 
lada 
ió á 
nte- 
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rro- 
ca- 
Des- 
Ma- 
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3.Á 

Ce. 
uer- 
per- 
rría. 
lesa 
ana, 
r. Y 
re- 
1 se 



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RIVERITA 113 

limitó á quitarse el gorro y la levita. Todo se volvía 
ojos Miguel tratando de ver dónde estaban las espadas 
á que el capellán había aludido la noche anterior; pero 
no parecían por ninguna parte. Y con gran sorpresa y 
desengaño, pues estaba creído de que iba á presenciar 
una extraña y terrible aventura, vio que los campeones 
se ponían á darse de morradas como mozos de cuerda. 
El cura, que estaba espantosamente lívido, dijo con 
voz ronca: — «Podemos empezar», — y al instante arre- 
metió con Marroquín, dándole una granizada de puñe- 
tazos que, por precipitados y descompuestos, no con- 
siguieron aturdir al hirsuto profesor, el cual echando 
dos pasos atrás, y alzando la mano, asestó al capellán, 
en medio de la cara, tan tremenda bofetada, que medio 
le volcó, y si no hubiera sido por la mesa, en que tro- 
pezó, le hubiera volcado por entero. Y sin aguardar á 
que el clérigo se repusiese, le alumbró una nueva, por 
el otro lado, de tal manera que le puso derecho. El 
cura entonces se trabó con él, cuerpo á cuerpo, procu- 
rando con todas sus fuerzas arrojarle al suelo; pero 
Marroquín, sujetándole á su vez por el cuello y me- 
tiéndole la cabeza debajo del brazo, principió á darle 
con el otro tan fieros golpes en las narices, que el cura 
gritó con voz sofocada: — «jSocorro; que me matan!» — 
Miguel le dejó gritar un poco más, pues no le pesaba 
de aquel merecido vapuleo. Sólo cuando vio que Ma- 
rroquín persistía incansable en solfearle, bajó á escape 
la escalera llamando al inspector: — «D. Ruperto, creo 
que D. Juan y el Sr. Marroquín se están pegando allá 
arriba en la guardilla». — Subió el inspector á saltos y 
halló al cura en un estado que daba lástima verlo; 
echando sangre por las narices y los dientes. No quiso, 
sin embargo, que se diese parte al director, ni se dijese 
nada en el colegio. Entre D. Ruperto y Miguel llevá- 

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114 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

ronle á su cuarto, le pusieron algunos paños de árnica, 
y le dejaron acostado. Al día siguiente se quedó en la 
cama, porque tenía la nariz muy hinchada y un ojo 
también. Miguel fué á hacerle compañía y procuró con- 
solarle del mejor modo que pudo con alguna piadosa 
lisonja. Lo que más alivió la pesadumbre del vencido 
atleta fué oírle decir: — «Usted está malo, señor cura, 
pero Marroquín tampoco anda muy bueno... Tiene la 
cara como un pan... Además, dicen que va á quedar 
resentido del pecho». 



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VIH 



!í los dos primeros años vino el asistente 
de su padre á sacarle todos los domingos 
del colegio y llevarle á casa. El corazón 
le palpitaba de alegría cuando el inspector le avisaba 
para que se vistiese el uniforme y'se preparase á salir. En 
casa, sin embargo, no le aguardaban grandes recreos. 
Comer con su padre, besar á su hermanita, retozar con 
los criados en la cocina y salir á paseo en coche. Y á 
cambio de estos gustos, contemplar todo el día el ros- 
tro de su madrastra, que cada vez le parecía más abo- 
rrecible, y sufrir sus reprensiones y desdenes. Pero el 
pobre chico apetecía con ansia el amor y los cuidados 
de la familia. Ante la bárbara indiferencia del colegio, el 
cariño y la consideración que le mostraban los criados 
de su casa éranle sabrosos. 

Fácil es de suponer que la antipatía de la brigadiera 
no cedió nada durante este tiempo; antes se fué recru- 
deciendo gradualmente, por más que no tuviese tantas 
ocasiones como antes de hacerla visible. Otro tanto 



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Il6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

acaeció con Miguel. En su naturaleza impresionable 
fué echando raíces de tal suerte, aue anenas oodía mi- 

la 
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r. 



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RIVERITA 117 

ciones singulares con Petra. Los domingos en que á 
la planchadora no le tocaba salir, pasaba la mayor par- 
te del tiemipo en su grata compañía. Lo único que sin- 
tió positivamente fué el verse privado de acariciar á su 
hermana, de la cual continuaba siendo el gato predi- 
lecto. En cuanto á su padre, empezó á visitar con más 
frecuencia que antes el colegio de la Merced. Dos ó tres 
veces por semana le llamaban á la hora de recreo para 
decirle que su papá le aguardaba en el salón. Al oirlo, 
volaba hacia allá con el corazón henchido de alegría. El 
brigadier le recibía con los brazos abiertos y le apretaba 
contra el pecho preguntándole después con sonrisa dul- 
ce y triste: — «¿Cómo te va, hijo mío?» — Se enteraba 
minuciosamente de sus estudios, de sus recreos, de sus 
faltas, de sus premios, de cuanto le ocurría, en suma. 
No se cansaba de recomendarle la formalidad y la 
aplicación. Casi nunca se marchaba sin dejarle algún 
regalo ó dinero, que no pocas veces pasaba íntegro á 
las manos de la gentil planchadora, dueño absoluto de 
sus acciones y pensamientos. 

Miguel empezó á notar que el abrazo que su padre 
le daba al verle era cada vez más prolongado, y la 
sonrisa con que le saludaba cada día más dulce y más 
triste. El corazón le dijo que era muy desgraciado, y 
á medida que lo era aumentaba el cariño que le profe- 
saba. El brigadier Rivera, que ostentaba en su pecho 
los días de besamanos, la cruz laureada de San Fer- 
nando, gemía en una esclavitud insoportable. La red 
en que la soberbia andaluza le tenía aprisionado era ya 
tan tupida, que el triste no podía sacar un dedo fuera 
sin riesgo de provocar algún conflicto. ¡Quién sabe los 
esfuerzos y la habilidad que desplegaba, los peligros que 
corría para lograr el ver tan á menudo á su hijo! Apaga- 
do el fuego de la pasión amorosa que le había arrastra- 



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Il8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



>s vejámenes 
noria la pura 
y el recuerdo 
r del hijo que 
LS dulces me- 
ellos pesaba, 
Al fin era su 
eros amores, 
3 podía tras- 
no tenía va- 
olegial. Ade- 
mo y melin- 
i y originaba 
ie padre, que 
podía menos 
la desgracia 
su tremenda 
la sin dar un 
lizado. 
el brigadier 
lijo en el sa- 
enemigo co- 
>ansiones del 
ado. Teníale 
úe fijamente 
os para Mi- 
por los ca- 
las mejillas 
gunas veces 
^, sin saber 
caballo des- 
chico desea- 
do y jadean- 
zarse por el 



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RIVERITA 119 

rostro de su padre una lágrima abultada que se desha- 
cía al llegar al bigote. Después de lo cual, el bravo bri- 
gadier apretaba á su hijo contra el pecho hasta desco- 
yuntarlo, murmurándole al oído palabras amorosas. 
Algunas veces solía decirle: — «Tú no sabes, hijo mío, 
lo que te quiere tu padre; ya lo sabrás, ya lo sabrás... 
¡y á alguno le pesará!» añadía en tono triunfal. Miguel 
no sabía lo que estas palabras significaban; pero veía 
sonreír á su padre, y esto le ensanchaba el corazón. 

Un día vino aquél á noticiarle con tristeza que había 
pedido el cuartel para Sevilla. Miguel comprendió inme- 
diatamente que quien lo había pedido era su madrastra. 
El brigadier le abrazó llorando y se despidió repitiéndo- 
le al oído las mismas incomprensibles palabras: «¡Ya sa- 
brás, ya sabrás lo que te quiere tu padre!» La andaluza 
no quiso decirle adiós, ni Miguel se humilló á solicitar- 
lo. Desde Sevilla su padre le escribía muy á menudo. 
Cada cinco ó seis meses venía á hacerle una visita; pero 
jamás intentó llevarle á pasar las vacaciones en su casa. 
El pobre colegial, al llegar el mes de junio, veía partir- 
se á todos sus compañeros alegres como las golondri- 
nas. Durante algunos días lloraba á solas en su cuar- 
to. Mas pronto se consolaba; que en su edad las penas 
no abren surco profundo en el corazón, y aceptaba la 
vida monótona y holgazana del colegio con gusto. 

Su respetable tío D. Bernardo Rivera venía á visitar- 
le de vez en cuando. Si él no podía hacerlo á causa 
de sus graves ocupaciones, comisionaba al bueno de 
Hojeda, para que fuese en su nombre. Miguel prefería 
estas visitas por representación. D. Facundo era^ un 
hombre corriente que le enteraba de todo lo que ocu- 
rría por el mundo (el mundo de D. Facundo), le traía 
siempre .alguna golosina y se dejaba interrogar con la 
paciencia de un santo. Por él supo que su prima Eula- 



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120 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



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RIVERITA 1 21 

SU padre de Sevilla, y tuvieron una larga conferencia 
para tratar de la elección de carrera. El brigadier se 
inclinaba á la d3 ingeniero; pero Miguel quiso ser abo- 
gado, y aquél no se atrevió á contraríale. Ofrecióse des- 
pués la cuestión de alojamiento. En el colegio ya no 
podía permanecer. El brigadier pensó en la casa de su 
hermano Bernardo; pero habiéndole tocado el asunto 
con delicadeza, halló una acogida tan fría, quizá por 
la fama que Miguel tenía adquirida de travieso, que 
le dejó muy ofendido, y jurando no volver á pedirle 
jamás un favor. En Manuel no pensó, porque cono- 
cía demasiado su género de vida, incompatible con 
los cuidados y la vigilancia que exige un muchacho 
de diez y siete años. Al fin no tuvo más remedio que 
dejarlo acomodado en una casa de huéspedes, modes-, 
ta, pero decente, de la calle de Jacometrezo. Antes de 
marchar le pronunció un sentido discurso acerca de la 
necesidad de ser formal y estudioso, «siquiera porque 
aquélla no me saque loco echándome todo el día á la 
cara tus travesuras.» 

Con esta etapa dio comienzo para nuestro mancebo 
un modo de vida totalmente distinto del que hasta en- 
tonces había tenido. El goce inefable de la independen- 
cia le embargó por algunos mes^. Entraba y salía de 
casa cien veces al día, sin necesidad alguna, sólo para 
convencerse de que era libre, dueño de sus acciones. 
Tiraba de la campanilla y se hacía traer vasos de agua 
sin tener sed. Compró una pptaca y algunas libras de 
tabaco picado, y para aprender á hacer cigarros, se 
ensayó, por consejo de un teniente de artillería que se 
alojaba en la misma casa, haciéndolos con arenilla de 
la salbadera. Corría por las calles deteniéndose largo 
rato delante de los escaparates, y gastaba el dinero al- 
quilando por horas berlinas de punto. Entraba en los 



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122 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

cafés y pedía copas de ron ó cognac, sólo por enjua- 
garse la boca, pues no podía atravesar los licores. Se 

L 



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RIVERITA 123 

que sin expresión, no tenía nada de repulsivo. Era fres- 
co, sonrosado, rebosando de salud y cercado por una 
patilla rubia y precoz que le sentaba admirablemente. 
Lo único que afeaba aquella figura hermosa é impo- 
nente, era cierta desproporción entre la cabeza y el 
tronco. Era un poco cabezudo. Miguel se había quedado 
pequeñito y menudo. Poseía en cambio una fisonomía 
expresiva y simpática, modales sueltos y un modo de 
hablar tan agraciado, que cautivaba á cuantos le trata- 
ban. Su temperamento inquieto se había modificado, ó 
por mejor decir, había tomado otro sesgo, manifestán- 
dose ahora en su conversación, siempre viva y salpi- 
cada de frases oportunas. Para intimar con cualquier 
persona, le bastaba media hora. 

Pocos meses después de abierto el curso, se encon- 
traron Miguel y Mendoza en la calle. Aunque seguían 
siendo muy amigos, estaban algo alejados en el tra- 
to, á consecuencia de la vida tan distinta que hacían . 
Mientras Mendoza asistía con puntualidad á las cáte- 
dras y pasaba muchas horas en casa, el hijo del briga- 
dier rodaba en compañía del teniente y sus nuevos 
amigos por los cafés, teatros y otros sitios menos san- 
tos todavía de la corte. Se saludaron con efusión y se 
contaron su vida. Mendoza aconsejó á su amigo que 
fuese por la Universidad, porque era muy fácil perder 
curso. Los profesores tenían fama de severos. Las 
asignaturas eran largas y difíciles, y acostumbraban á 
apretar más á los que no asistían á clase. Miguel se 
encogió de hombros, rióse un poco de la gravedad con 
que Mendoza le decía todas aquellas cosas y prometió 
ir á la Universidad y empezar á estudiar de firme. Des- 
pués Brutandór le habló con rubor de ciertos apuros 
económicos que á la sazón padecía. 

— En este momento — le dijo — iba pensando en ti y 



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124 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

trataba de ir á visitarte, por si pudieras sacarme de 
este pilanco... Debo á la patrona cerca de dos meses... 

en 



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de 

si- 
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RIVERITA 125 

— El patrón de la calle del Pez... Me quitó el baúl 
con la ropa, me arrancó la levita que llevaba puesta, 
el sombrero, la corbata,., y después de darme unas 
cuantas bofetadas, me echó á la calle á las diez de la 
noche... 

Dijo esto con la misma calma que si hablase de otro. 
Miguel le miró estupefacto. 

— ¿Y tú qué has hecho? 

—Venir aquí. 

— Ya lo veo, ¿pero antes no has devuelto ninguna de 
las bofetadas que te han dado? 

— Ninguna. 

— ¿Y para qué quieres entonces esas manazas que 
Dios te ha concedido? 

— Si le hubiera pegado, me llevarían á la cárcel. 

Miguel volvió á mirarle de hito en hito, y quitándo- 
se el sombrero con afectado respeto, le dijo: 

— jOh, varón prudentísimo, yo te saludo! Aunque no 
esté bien averiguado todavía si es mejor llevar bofeta- 
das que ir á la cárcel, no puedo menos de admirar tu 
profunda sabiduría... ¿Y por qué ha osado poner las 
manos en tu rostro virginal y aligerarte tanto de 
ropa? 

Mendoza un poco amoscado contestó; 

— Porque le debía mes y medio de pupilaje. 
. — ¡Problema! — exclamó Miguel. — Si por adeudarle 
mes y medio de pupilaje el patrón te ha dado quince 
bofetadas... ¿Fueron más ó menos?... 

Mendoza, más amoscado y fruncido, no quiso con- 
testar. 

— Pongamos quince... Si hubieses llegado á deberle 
año y medio, ¿cuántas bofetadas te hubiera dado? 

— Me parece que el lance no es para reírse. 

— Si no me río: es que soy muy aficionado, como 



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120 ARMANDO PALAaO VALDÉS 

sabes, á las matemáticas. Pero vamos á otra cosa. ¿Y 

la casa cuando no 
o duros? 

)lver yo. Consiste en 
gastas todo el diñe- 
, corbatas, etc., etc. 
lerte muy guapote... 
10 no sea la deehse- 
os... Hasta ahora no 
que á la planchado- 

) más irritado, que 
5 su derrota. 

calle tan perfilado? 
» Pues para tanflo- 

sacrifiques á tu fa- 
expongas como hoy 

in impacientarse. La 
Lte. Llegándose á la 
e los cabellos, co- 
lín poco, y no ron- 
go. iQué honor para 
) has de ser modes- 
; por ahí! 

Brutandór se quedó 
5ste pagaba un duro 

acomodándose los 
o pesetas cada uno. 
n, quedó convenido 
diez reales y Miguel 

aquél no mejorase 



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RIVERITA 127 

de fortuna. Mas aunque así se convino, lo que acaeció 
fué que la mayor parte de los meses se vio necesitado 
el hijo del brigadier á pagar íntegra ó casi íntegra la 
cuenta de ambos. Mendoza continuó perfilándose, como 
decía Miguel, á más y niejor. Cuando éste, encoleri- 
zado después de pagar la cuenta desahogaba con él su 
bilis, ponía una cara tan compungida é inclinaba la 
frente con tanta humildad, que la ira de su amigo disi- 
pábase como por encanto y concluía por reírse y resar- 
cirse del dinero que soltaba con algunos sarcasmos que 
también resbalaban sobre la piel de Brutandór, sin lo- 
grar hacerle cambiar de conducta. 

Los dos últimos meses Miguel asistió puntualmente 
á las clases, y se dio tal atracón de estudiar, que obtu- 
vo en los exámenes la nota de sobresaliente en una 
asignatura, y la de notable en otras dos. Mendoza, á 
pesar de su constante aplicación y de sus voluminosos 
cuadernos de apuntes, no consiguió más que la de 
bueno en las tres asignaturas. Por más que esto le de- 
jase un poco despechado, no lo manifestó. Estaba acos- 
tumbrado ya á ver á Miguel meterse en la cabeza los 
libros rápidamente. Por otra parte, el hijo del brigadier 
tenía la delicadeza de no comentar el asunto de las 
notas y darle poca importancia. 

En el curso siguiente Miguel dejó la compañía del 
teniente y sus disipados amigos y se aplicó de todas 
veras al estudio. Pronto adquirió fama en la Universi- 
dad de buen estudiante, y más particularmente de mu- 
chacho despejado é ingenioso. Comenzó á llamársele 
entre los compañeros Riverita á causa de su figura 
exigua y también por su carácter alegre y decidor. El 
suyo y el de Mendoza formaban contraste notable. 
Quizá en esto consistiera aquella mutua simpatía que 
á entrambos los tenía sujetos. Mientras Miguel tenía á 



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128 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

tocias horas suelta la llave de la charla, á Mendoza ha- 



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RIVERIIA. 129 

— Para daripe sombra. 

En efecto, Mendoza era tan alto y tan gordo, que la 
figurilla de Rivera se resguardaba perfectamente detrás 
de él. 

— En resumidas cuentas, lo mismo me da caminar 
contigo por aquí que con un árbol frondoso. Eres tan 
fresco y tan sombrío como cualquiera del Retiro. 

Y cuando algún amigo los tropezaba y les decía: 
— Siempre juntitos, ¿eh? — Miguel contestaba guiñando 
el ojo: — El que á buen árbol se arrima, buena sombra 
le cobija. y 

Perico ponía mala cara y mascullaba algunas pala- 
bras de disgusto. 

Siguió aplicándose el hijo del brigadier al estudia 
del derecho, si bien con cierta desigualdad. En algunas 
asignaturas apretaba de firme y llamaba poderosa- 
mente la atención del profesor y los compañeros. 
Otras las abandonaba casi por completo. Su padre le 
seguía visitando una qiie otra vez y se mostraba en 
extremo complacido de su conducta y aplicación. No 
tanto de su economía. Fuese por motivo del gasto su- 
plementario que Mendoza le ocasionaba ó por su pro- 
pia prodigalidad, ó por ambas cosas á la vez, lo cierto 
es que gastaba bastante más de lo que debiera. Cuando 
el brigadier se lo advertía suavemente, quedaba algu- 
nas horas triste y pesaroso, formaba propósitos de en- 
mienda; pero á los pocos días olvidábase enteramente 
de olios y seguía dando acometidas crueles al bolsillo 
paterno. Pasaba las vacaciones en Madrid, ó á todo 
más se iba algunos días al Escorial en compañía de 
una familia conocida. El brigadier, cuando llegaba el 
verano, le invitaba á irse con ellos á un pueblecito de 
la costa donde solían pasar los meses de calor. Pero 
Miguel observaba tal vacilación y frialdad en este con- 

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I30 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

vite, que comprendía perfectamente que no debía acep- 
tarlo. Su presencia en la casa era ocasionada á muchos 
disgustos, y de ningún modo quería que su buen pa- 
rausa. 

irrera se hizo presentar 
de entonces fué asiduo 
tuliano de sus pasillos, 
las las hotas que las cla- 
)a en el clásico estableci- 
en aquella época de las 
nente pedía un libro y se 
30C0 tiempo se tragó un 
menes, versando casi to- 
;ra el terror del bibliote- 
lente en ejercicio, enca- 
la vez en posesión del li- 
3bo corría á sentarse al 
3a tostar las pantorillas, 
por los mares ignotos de 
3l sol en su carrera, que 
as butacas de terciopelo 
1 mes de octubre empe- 
sillos á rebosar de cam- 
noche y día se ejercíta- 
lo sin detrimento de los 
pacíficos. Al mismo tíem- 
3 > se explicaban las ma- 
la vida: los orígenes de 
del código Gregoriano; 
o, etc., etc. En la sesión 
n arduos é interesantes 
se leían versos tan ar- 
les. 
>esión, Miguel sintió que 



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RIVERITA 131 

le tocaban en el hombro. Era Valle, el marido de su 
prima Eulalia, uno de los oradores más importantes á 
la sazón, no sólo del Ateneo, sino también del Congre- 
so. Los años habían arrancado á su rostro aquel tinte 
afeminado y poético de que hemos hecho mención y se 
lo habían dado más varonil, trasformándolo en un 
hombre hermoso y distinguido. Gastaba largos bigo- 
tes, donde brillaba ya tal cual hebra de plata. Vestía 
con refinada elegancia y continuaba sonriendo con dul- 
zura á cuanto le decían. Por lo demás, hacía ya tiempo 
que era moderado, y de^ los más intransigentes. Había 
sido gobernador en varias provincias y diputado en dos 
legislaturas. Desde algunos años antes, los niños á cuya 
protección había dedicado tantos desvelos yacían aban- 
donados á sus propias fuerzas, lo mismo que los ne- 
gritos. De aquella fervorosa manifestación de entusias- 
mo deiTjocrático y tierna sensibilidad, sólo quedaban en 
las librerías de viejo algunos residuos acusadores. En 
varias de ellas solía verse todavía algún folleto abolicio- 
nista de Valle con su correspondiente negrito aherroja- 
do en la cubierta, las manos levantadas al cielo en de- 
manda de justicia. Ningún transeúnte le hacía caso, y 
era m^s que probable que así se estuviese de rodillas 
hasta que fuese á parar más tarde ó más temprano al 
montón del papel inútil. El mismo Valle, al cruzar por 
delante de él, solía apartar los ojos con desprecio, no 
exalto de rencor. El negrito auténtico, esto es, el de 
carne y hueso que asistía á los banquetes abolicionis • 
tas, hacía ya tiempo que había desaparecido de Madrid 
sin que nadie supiese dónde había ido á parar. Tal vez 
cansado y ahito de las comidas sentimentales, se hu- 
biera marchado al África á reponer el estómago con los 
platos más nutritivos de la oocina antropófaga. 

—Oyes, Miguel, ^tienes noticia de tu familia.?^— le 



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■W'P-'W'VHT'''» 



132 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

dijo con amable entonación, pero rápidamente, como si 
le llamasen en otra parte y tuviese poco tiempo que 
perder. 

— No señor; hace una porción de días que no tengo 
carta de papá. Hoy le he escrito otra vez... 

— Pues sé que está un poco enfermo. 

Á Miguel le dio un brinco el corazón. 

— ^Ha habido carta? 
-Sí, ha habido carta. 

— ^'Y cómo no me han escrito á mí.í^ 

— No lo sé. Lo que hay de cierto es que tu padre no 
está bueno. Es un hombre, aunque no viejo, muy gas- 
tado por los achaques, y debéis estar prevenidos para 
cualquier suceso desagradable. 

Nuestro estudiante se sintió profundamente conmo- 
vido. Guardó silencio un instante y no queriendo pre- 
guntar más porque adivinaba vagamente que algo te- 
rrible le querían comunicar, dijo únicamente: 

— Bien, mañana por la mañana tomaré el tren 
mixto. 

— Es inútil— repuso Valle, después de vacilar un 
poco. — Puesto que has de saberlo, más vale que sea 
cuanto antes... Tu padre ya ha fallecido... Vaya, resig- 
nación... y queda con Dios. Te ha mejorado en terció 
y quinto. Adiós. 

De este modo dulce y consolador recibió Miguel la 
noticia de la muerte de su padre; Quedóse algunos 
minutos clavado al suelo llenó de estupor. Por último, 
haciendo un esfuerzo, se dirigió con paso vacilante á 
un departamento solitario y se dejó caer eñ un diván^ 
Metió la cabeza entre las manos y sollozó largo rato, 
sin que nadie viniese á acompañarle. Sólo el conserje, 
al dar una vuelta de inspección por la sala, hallándole 
de aquella suerte, le preguntó con solicitud: 



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RIVERITA 133 

— iQué es eso, D. Miguel? <¡Llora usted? 

Cuando supo la causa se sentó á su lado y le prodi- 
gó los consuelos que pudo. En el pasillo se discutía 
con gritos horrísonos la cuestión del Syllabus. 



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ipo que, en efecto, su 
ido en tercio y quin- 
á su favor, teniendo 
el capital del briga- 
L de siete mil duros, 
ín el frenesí de la co- 
rnees se explicó per- 
del brigadier cuando 
Merced le decía: «¡Ya 
.. ya lo sabrás!» El 
prosperar. La sober- 
esistir, aunque guar- 
liguel, sino á la me- 
L vengado cumplida- 

) le dejaba era su tío 

I un poco, porque ja- 

él. El temperamento 

ú sobrino se compa- 



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RIVERITA 135 

decían muy mal con la gravedad y el sosiego y el per- 
fecto equilibrio intelectual y moral del tío. D. Bernardo 
le trataba con afectado desdén, no concediendo impor- 
tancia alguna á sus triunfos universitarios. Parecía de- 
cirle con el gesto, ya que no con la palabra: «Á pesar 
de esas notas y esos estudios filosóficos, nunca serás 
un hombre respetable.» Sin embargo, en este desdén 
mezclábase un poquito de miedo, el miedo que profe- 
san generalmente los hombres sin ingenio á los que lo 
tienen. Estaba siempre en guardia, temiendo que Mi- 
guel le hiriese con alguna de sus salidas habituales. 
Para evitarlo se mostraba con él más serio y más re- 
servado que con los demás. 

Por otra parte, se habían pasado ya bastantes días 
desde el fallecimiento del brigadier, y el tío Bernardo 
sólo había ido á hacerle una visita. En ella no le ha- 
bló de intereses, ni se dio por entendido del cargo que 
la voluntad del finado le imponía. Miguel sospechó que 
no tenía ganas de ser su tutor. Lejos de disgustarle esta 
sospecha, le causó verdadera alegría y se propuso ve- 
rificarla pronto, y aun poner todos los medios por con- 
vertirla en realidad. Una mañana salió de^su casa en 
dirección á la de su tío, dispuesto á tener con él una 
conferencia y resolver de una vez el problema de la ges- 
tión de sus intereses. D. Bernardo seguía viviendo en la 
casa de la calle del Prado, de su propiedad. El criado, 
en vez de dejarle pasar buenamente, por tratarse de un 
pariente tan cercano de los señores, le introdujo, como 
siempre, ceremoniosamente en el salón, y le mandó es- 
perar. — «Empieza la comedia» — dijo Miguel para sí 
sonriendo. Y sin hacer caso del ruego del lacayo, luego 
que éste se fué, salió del salón, y subiendo la escalera 
interior, se fué derecho al cuarto de su primo Enrique. 
Era la única persona con quien simpatizaba en la casa^ 



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136 ARMANDO PALAaO VALDÉS 

si se exceptúa también su tía Martina, á quien siempre 
había profesado sincero cariño. Enrique se había pre- 
parado para tres ó cuatro carreras especiales, y en nin- 
guna había logrado ingresar. Por ultimo^ y para tener 
siquiera alguna, se decidió á entrar en la Academia de 
Infantería. Á la hora presente era alférez de este cuer- 
po, de reemplazo, sin vestir jamás el uniforme que le 
parecía ridículo, viviendo en la corte como un señorito 
rico, gozando de todos los placeres y singularmente de 
los toros, que era su afición predilecta, casi una manía. 
Los papas habían pasado muchos disgustos por su 
causa. Era la única nota que desafinaba en el concierto 
casero. Cada vez que le traían á D. Bernardo la noticia 
de una nueva calaverada, de un nuevo suspenso, se 
ponía á las puertas de la muerte, dejaba de comer, de 
hablar, de fumar, y se pasaba dos ó tres días dando pa- 
seos por el corredor y lanzando de vez en cuando unos 
ayes sofocados, que traspasaban el corazón de su fiel 
esposa D.^ Martina. — «Distráete, hombre; no pienses 
más en ello. Vas á enfermar, y primero eres tú que él... 
, Además, no todos los chicos han de ser modelos como 
Garlitos y ^Vicente...» D. Bernardo no hacía caso de 
estas justas observaciones, y sólo salía de su volunta- 
rio ostracismo cuando algún grave quehacer venía di- 
chosamente á embargar su atención. Por lo demás. En • 
rique continuaba siendo el favorito de su madre, la 
cual, aunque no lo confesaba ni á ella misma siquiera, 
porque lo consideraba como una injusticia de marca, no 
podía menos de sentirse atraída hacia aquel hijo que 
representaba en la casa, en aquella casa severa y re- 
glamentada como un convento, la alegría, la esponta- 
neidad, la bondad franca y campechana. Allá á la pos- 
tre también D. Bernardo, sus hijos y su yerno com- 
prendieron que hasta desde el punto de vista estético 



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RIVERITA l^J 

hacía falta en la familia quien representase la indisci- 
plina, algo que formase contraste y rompiese la mono- 
tonía de aquella vida correcta. En secreto, cuando es- 
taban en familia, murmuraban todos de él, le ponían 
como un trapo, según la expresión vulgar, y esto no 
dejaba de ser también un placer, ó por lo menos, un 
pie socorrido de conversación. De vez en cuando don 
Bernardo le llevaba á su cuarto y le pronunciaba un 
largo discurso para llamarle al orden y recordarle sus 
deberes naturales y sociales, la dignidad del caballero, 
el decoro de la familia, etc., etc. Pero si había alguna 
persona de fuera, al hablar de Enrique todos sonreían 
alegremente, como diciendo: «No nos pregunten ustedes 
por ese calavera, ese aturdido. ^Quién pone puertas al 
campo?» La tolerancia que mostraban les hacía simpá- 
ticos, y al mismo tiempo prestaba más realce á su con- 
ducta intachable. 

Garlitos había terminado la carrera de ingeniero de 
caminos y se disponía á emprender la de ciencas. Fué 
constantemente el número uno de su clase, y había es* 
critó ya algunos artículos sobre mineralogía en una 
revista científica. Continuaba siendo el sabio de la fa- 
milia, con beneplácito de todos. Vicente había pasado 
algunos años en Inglaterra, estudiando no se sabia qué, 
probablemente los usos y costumbres de la Gran Bre- 
taña, hacia los cuales se sintió desde un principio tan 
inclinado, que toda su vida vistió, comió, durmió, y 
hasta tosió á la inglesa. Trajo además de allá, entre 
otra infinidad de manías, la de las antigüedades, la cual 
fué muy del agrado de su padre, y contribuyó no poco 
en adelante al esplendor y respetabilidad siempre cre- 
ciente de la familia. Gompró en Inglaterra un número 
considerable de trastos viejos, platos, tapices,, y adornó 
la casa con ellos. Además, con permiso de su padre. 



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138 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

todos los veranos daba una vueltecita por las provin- 
cias y regresaba abundantemente provisto de objetos 
antiguos. La casa de esta suerte llegó pronto á parecer 
un museo arqueológico. Era cada vez más sombría y 
más triste. Vicente consiguió también ejercer poderosa 
influencia en ella, particularmente en lo que tocaba al 
orden y la etiqueta. Los criados considerábanle como 
su jefe inmediato, y hacia él volvían los ojos siempre 
que iba á hacerse algo que no fuese la rutina de todos 
los días. Doña Martina á cada instante le preguntaba: — 
Vicente, ¿dónde colocamos á RomíUo? Vicente, ¿debe 
templarse el Burdeos? ¿Dónde ponemos la estatua que 
han traído hoy.í^ ¿Á qué hora se sirve en Londres ese licor 
que hemos recibido? — El mismo D. Bernardo, apesar 
dé su no discutida infalibilidad, no se desdeñaba algu- 
na vez de consultarle en asuntos de ceremonia; v. gr.: 
si había de visitar á D. Fulano ó dejarle simplemente 
una tarjeta; si debía aceptar la invitación á comer de 
D. Mengano, etc., etc. Valle vivía también en la casa y 
tenía ya dos niñas de tres y dos años respectivamente. 
Se había adaptado tan admirablemente al modo de ser 
de aquella familia, que parecía nacido y criado con 
todos ellos. La misma pulcritud en el vestir, la misma 
afectada cortesía, el mismo cuidado extremoso en no 
decir ni hacer nada de particular, la misma gravedad y 
énfasis para expresar las cosas más triviales. Aún. en 
esto les sacaba ventaja. El antiguo abolicionista no po- 
día preguntar á un amigo la hora ó lo que pensaba del 
tiempo, sin llamarle aparte con cierto aparato de miste- 
rio. Los que le veían, siempre juzgaban que estaba tra- 
tando algún asunto muy serio y escabroso. Á pesar de 
esta adaptación, no había perdido importancia alguna 
ni dentro ni fuera de la casa. Al contrario, el matrimonio 
se la había dado grande, y había contribuido no poco 



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RIVERITA 139 

á que saliese elegido diputado y á que gozase de respe- 
to y consideración universales. Por otra parte, en el ho- 
gar tenía su puesto señalado, su esfera de acción, y de 
esta suerte no podía haber choques ni rivalidades. Era 
el hombre público, el estadista; como Garlitos era el sa- 
bio; Vicente, el maestro de ceremonias; Enrique, el ca- 
lavera, y D. Bernardo, el varón respetable y respetado 
que esparcía su sombra protectora sobre todos. Eulalia 
continuaba siendo la misma grave y árida persona que 
cuando hemos tenido el honor de conocerla, un poco 
más grave y un poco más árida. El labio inferior le col- 
gaba con expresión más señalada aún de desprecio ha- 
cia todas las cosas terrestres. De este general desprecio 
^ se salvaba, no obstante, su marido, su padre y herma- 
nos, exceptuando Enrique, y todos los usos y costum- 
bres de la buena sociedad, de las- cuales era, como su 
señor padre, fiel guardadora. La misma doña Martina, 
á pesar de su gran corazón y su espontaneidad, y de 
aquel temperamento franco y campechano que Dios la 
diera, no había tenido más remedio que sucumbir y do- 
blegarse á la férrea etiqueta de la familia, haciéndose 
más seria, más comedida, y perdiendo con ello mucho 
del atractivo que su carácter tenía para el sobrino Mi- 
guel. 

Cuando éste penetró en el cuarto de Enrique, le halló 
afeitándose frente á un espejo, tan preocupado y atento 
á su tarea, que no íe vio ni oyó los pasos. 

— Hola, Enriquillo, ¿cómo va? 

Étirique volvió asustado la cabeza. 

— Ah, ¿eres tú Miguelito? Siéntate, hombre, me alegro 
mucho de verte aquí. 

Miguel, en vez de obedecer. Se puso á dar vueltas 
por el cuarto, observando con semblante risueño cuan- 
to en él había. Estaba lleno de atributos taurómacos. 



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I40 ARMANDO PALACIO VALDtó 

Sobre la puerta una cabeza, disecada de toro. Á los la- 
dos unas moñas lujosas, con los colores marchitos ya ' 
por el tiempo. Por las paredes algunos cromos, repre- 
sentando las distintas suertes del toreo; una espada y 
una muleta formando trofeo. 

Miguel se detuvo frente á un par de banderillas si- 
métricamente colocadas debajo de la espada y la mu- 
leta. 

— La última vez que he estado aquí no tenías estas 
banderillas. 

— Me las ha regalado, no hace más que ocho días, 
Marmita... ya sabes... Marmita— dijo, volviendo el ros- 
tro que rebosaba de orgullo y satisfacción. 

— Sí, sí... ya sé... Marmita... cualquier bruto, vamos... 

Enrique se quedó repentinamente serio y triste. 

— Hombre, Marmita es un amigo... Además, hoy no 
hay quien ponga banderillas como él en ninguna plaza 
de España... ^'Le has visto el domingo? 

— No fui á los toros. 

— Pues chico te digo que en mi vida he visto colgar- 
las al quiebro á¿ aquel modo... ¡Como si no se hubiera 
movido, chico... lo mismo! La plaza se vino abajo... 
jEra cosa de comérselo!... En el quinto toro puso otras 
al relance, cuando menos se pensaba, que dejó pasma- 
do á todo el mundo... Sobre el mismo morrillo las dos.. 
¡Ni pintadas, chico!... La plaza se vino abajo... 

— ^'Pero no estaba en el suelo ya? 

— ^iCómo? 

— Sí, hombre, acabas de decirme que se vino abajo 
en el primier par. 

— ¡Bueno, bueno!... tú siempre de guasita. 

Y dando la vuelta prosiguió afeitándose. 

— Pues hacía ya tiempo — dijo Miguel, después de 
dar otras cuantas vueltas por la habitación — que echa- 



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RIVERITA 141 

ba de menos aquí unas banderillas. Me extrañaba que 
teniendo tantas cosas de toros, no hubiera por lo me- 
nos un par. 

— ^Querrás creer, chico — repuso Enrique, dejándose 
engañar como muchas veces por el tono serio que co- 
municaba Miguel á sus palabras, — que no se me había 
ocurrido?..* Cuando Marmita me las envió, tuve un 
verdadero alegrón... 

— Sí, sí, comprendo que habrá sido una de las más 
puras satisfacciones de tu vida. 

Enrique volvió á mirarle serio y amoscado, y conti- 
nuó afeitándose» Ya no era su fisonomía enteramente 
la de un perro ratbnero como de niño. Había mejorado 
un poco; no mucho. La mejoría principalmente consis- 
tía en que andaba más limpio, sin mocos en las nari- 
ces, ni repegones en las mejillas. Aquel pelo indóhiito 
había conseguido, á fuerza de pomadas y cosméticos, 
domeñarlo, y lo llevaba aplastado sobre las sienes 
como los chulos. Gastaba la barba cerrada, pero en 
aquel momento la estaba modificando, dejándose unas 
patillas de picador muy cucas. Así que hubo acabado 
esta operación, se volvió hacia Miguel *un poco aver- 
gonzado. Mas como éste le dijese que estaba muy bien 
y que había ganado bastante con aquel cambio, se puso 
en seguida de humor excelente, abrazó á su primo cor- 
dialmente, le dio un puñado de tabacos habanos, y co- 
menzó á charlar de cosas alegres. 

—-¡Lástima, Miguelillo, que no tengas afición á los 
torosl — le dijo cortando repentinamente el hilo de la 
conversación y mirándole fijamente con ojos compasi- 
vos. —¡Si vieras qué buenos ratos se pasan! 

— Si suprimiesen la suerte dé las picas, iría con gus- 
to — dijo Miguel con deseo de complacer á su primo, 
soltando una bocanada de humo. 



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142 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— ¡No digas eso, Miguel, por Dios! ¿Tú no sabes que 
sin picas no puede haber toros? 

— ¿Pues? 

— Porque irían enteritos á la muerte y quedaría todos 
los días algún diestro sobre lá plaza. 

— Debían defender los caballos, al menos, para que 
no anduvieran las tripas rodando por el suelo. 

^-¡Ese es otro error! — exclamó Enrique, á quien la 
discusión interesaba extremadamente.— Los caballos 
no pueden defenderse, porque si el toro no hallase don- 
de cebarse y tirase siempre los derrotes al aire, conclui- 
ría por huirse, como es natural, y no se podría lidiar en 
las otras suertes. Los que no sois aficionados, siempre 
empleáis los mismos argumentos, ¡los caballos!... ¡las 
tripas!... Si atendieseis á la lidia, no repararíais en esas 
menudencias... Pero ¡claro está! no sabéis lo que está 
pasando, no os ocupáis de estudiar el toro, os aburrís, 
y vais á niirar allá al otro extremo de lia plaza á ver si 
á algún caballo se le ha salido el mondongo... Y en úl- 
timo resultado, ¿qué? ¡No parece más que no habéis vis- 
to nunca las tripas de un animalí ¿No os coméis todos 
los días el choñzo en el cocido? 

Miguel, que fumaba tranquilamente en una butaca 
sin atender á lo que su primo decía, preguntó en tono 
distraído: 

— ¿Pero no habría algún medio de sustituir esa suer- 
te de picas? 

— ¡Ninguno! —gritó Enrique. — ¡Absolutamente nin- 
guno. 

— Bien, hombre, bien; no te enfurezcas. 

— ¿Te figuras que los toros son una cosa de ayer 
mañana?... Todo lo que se refiere á los toros está muy 
pensado... ¡muy calculado!... Los que no entienden una 
palabra, ven correr al toro detrás de los toreros, y nada 



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I RIVERITA 143 

*más. Pero los rque han estudiado algo, saben la razón 
de todos los níovimientos que se ejecutan en la plaza... 

— Pues entóínces — dijo Miguel seria y pausadamen- 
te, soltando otra bocanada de humo, — te anuncio que 
cuando sea ministro de la Gobernación tendré el honor 
de suprimir las corridas de toros. 

Enrique le echó una mirada torva. 

— I Ya se librará ningún ministro de la Gobernación 
de suprimir los toros! 

• — ¿Y dónde está tu padre ahora? — dijo Miguel levan- 
tándose. 

La fisonomía de Enfique volvió á adquirir repentina* 
mente su habitual expresión de bondad é inocencia. 

— Me parece que no ha salido eáta mañana. ¿Quieres 
verle? 

— Sí, tengo que hablar con él. 

— -Vamos allá. 

Y poniéndose apresuradamente una chaqueta, sin 
haberse metido aún el chaleco, condujo á su primo por 
los corredores hasta cerca del cuarto de su padre. Allí 
vaciló un poco, porque seguía profesando á aquella 
habitación el mismo respeto que cuando niño. 

— Raimundo — dijo, viendo á un criado pasar, — entra 
en el cuarto de papá y pregúntale si puede recibir al 
seílorito Miguel, que desea hablarle. 

El criado tardó un rato en salir con la respuesta afir- 
mativa. Miguel entró solo. 

Estaba el tío Bernardo sentado en su poltrona, le- 
yendo los periódicos con la misma expresión de hosti- 
lidad con que siempre había acogido todas las ideas 
exprejsadas por escrito. Había envejecido bastante. La 
cídva, ya dilatada, se la cubría un gorro de terciopelo 
morado: Más flaco y más pálido. El bigote canoso ha- 
bía quedado reducido, merced al lento pero continuado. 



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144 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

trabajo de la navaja, por entrambos lados, á una mo- 
tita debajo de la nariz. , • 

gue usted? 

—respondió D. Bernardo 

:o. 

reguntó, siempre con la 
ono ligero que hirió vi- 

í un poco picado. 

ar la vista hacia él ma- 

ajarla y dijo en voz baja 

L con atormentarte. Hay 
3 Dios. 

. Resignarse y someterse 
Le no sienten con inten- 

decirme que yo no he 

dre. 

la sentido mucho, por- 

de hermanos y de caba- 

imites siempre. 

e pronto le lloro mucho, 

enarse las lágrimas en- 
> propias de las mujeres 
jo entereza para sopor- 
es ya los primeros días, 

1 dolor, y precisa darse 
r pensar en lo porvenir. 

á tratar con usted la 



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'"•:^^m^JE^.W?'?rc- 



RIVERITA 145 

Casi todas las conversaciones entre tío y sobrino des- 
de hacía algún tiempo, tomaban este tono un si es no 
es picante. Miguel era díscolo, y cada día iba formando 
una idea más pobre de las dotes intelectuales del tío 
Bernardo. Este, si no despreciaba á su sobrino en el 
fondo, aborrecía su carácter y le tenía miedo. Ambos 
se hallaban perfectamente convencidos de esta antipatía 
y procuraban demostráVsela con más ó menos disimulo. 
La conversación que sobre intereses entablaron no fué 
larga. Desde los primeros momentos comprendió Mi- 
guel que su tío no deseaba hacerse cargo de la curadu- 
ría. Grandemente satisfecho, aunque ocultándolo lo 
jnejor que pudo, le facilitó el camino para zafarse de ella. 

— Sí, tío, sí; comprendo perfectamente que las graves 
ocupaciones que usted tiene en su vida pública y pri- 
vada no le permitirán dedicarse al arreglo de mis nego- 
cios con la atención que usted quisiera... Yo lo siento 
muchísimo... pero más vale que desde el principio ha- 
blemos claro... 

— Por mi parte estoy dispuesto á cumplir en un todo 
la voluntad del finado; bien lo sabes... Pero temo que á 
pesar de sacrificar otros quehaceres... 

— Nada, no hablemos más de eso. Como en el testa- 
mento se señala, en defecto de usted, á tío Manolo, que 
él se encargue, ya que está desocupado. 

.D. Bernardo sonrió irónicamente al escuchar el nom- 
bre de su hermano. 

— Sí; él bien puede encargarse. Los quehaceres no le 
matan. 

Con la solución dada al asunto, ambos se habían 
puesto de buen humor. La plática fué en adelante más 
expansiva y afable. D. Bernardo invitó á su sobrino á 
almorzar, y éste aceptó sin que se lo rogase. 

Cuando bajaron al comedor, estaba ya reunida la 

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146 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

familia. Como era costumbre, todos aguardaban en pie 
al jefe de ella, quien después de saludarles grave y cor- 

:6 á sentarse con un ade- 
il, que Miguel no pudo me- 
ue él sonrió. Los demás, 
personaje político, acepta- 
persuadidos de que practi- 
go y ganaban en prestigio 
gerando un poco el desdén 
:ía para sí: — «¡Pero, señor, 
3!» Durante el almuerzo se 
uticos y domésticos, pero 

sin que bajo ningún pre- 
mos á otros. Después que 

D. Bernardo solía resu- 
ecto, lo hacía Valle, como 

Casi siempre coincidían 
:osas. Cuando así no era, 
os unos á los otros para 
por estar conformes. Alzar 
eraba allí como la mani- 
il gusto: sólo en las ta- 
Á veces había también sus 

Carlitos y Valle se auto- 
dos sonreían con benevo- 
í y discretamente; nunca 
adas. En casi todos los 
Ltaban, manifestábase cla- 
yor parte de las cosas y 
privilegiada familia, y el 
dos profesaban de su in- 

superioridad era el dog- 
as veces parte en la con- 

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RIVERITA 147 

versación. No se consideraba á la altura de sus herma- 
nos, conocía su genio sulfúrico y temía desafinar. Des- 
de que se sentaron á la mesa, la transformación que 
acababa de operar en su rostro había llamado la aten- 
ción de todos, hasta de su padre, que no se dignaba 
reparar sino en muy contadas cosas. Habíale dirigido 
durante el almuerzo cuatro ó cinco miradas largas y 
escrutadoras, y él, por no soportarlas, bajaba la vista 
y se hacía el distraído. Estaba avergonzado. Hubiera 
dado cualquier cosa por ponerse de nuevo los pelos 
que se había quitado. Nadie se atrevió, sin embargo, á 
hablarle de ellos. Cuando concluyeron de almorzar se 
procedió á hacer el café sobre la misma mesa, tarea en 
que de antiguo se placía la familia de Rivera, y á la 
cual concedía extremada importancia. En esta ocasión 
la importancia era mucho más grande, porque se trata- 
ba de ensayar una nueva maquinilla que Garlitos había 
encargado á París. Todos se prepararon con ansiedad 
á ver funcionar el aparato. Garlitos se había encargado 
de armarlo. Desgraciadamente, á pesar de su recono- 
cido talento mecánico, no había logrado encajar algu- 
nas piezas en su verdadero sitio. El café salió tan re- 
vuelto y malo, que fué imposible atravesarlo. Entonces 
se produjo en la familia de Rivera un movimiento de 
sorpresa dolorosa; pero nadie osó dirigir cargo alguno 
al causante de la desgracia. Sólo por medio de rodeos 
y perífrasis. Valle declaró que el café pudiera estar más 
claro aiin, lo cual no sabía si debiera achacarse á la 
calidad del mismo café, á la deficiencia del apa- 
rato ó á alguna ligera imperfección en la manera de 
armarlo. D. Bernardo tosió dos ó tres veces, lo cual 
indicaba siempre que iba á decir algo, y era la señal 
preventiva para que todo el mundo se callase. En efec- 
to, guardaron silencio. 



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148 ARMANDO PALAaO VALDÉS 

— Para que sepamos cuál es la causa de lo que ha 
ocurrido, y si Arturo ha acertado en alguna de las di- 
versas indicaciones que acaba de hacer, precisa, ante 
todo, que se lave el aparato, se le desarme y lo volva- 
mos á armar con detenimiento... Á ver, Raimundo, llé- 
vate esa máquina, que se lave bien, y después de se- 
carla, la traes. 

Hízolo en efecto el muchacho como se le pedía. Mas 
á pesar de la cautela y del espacio que Carlitds se tomó 
para armar la máquina, y á despecho de los graves y 
sensatos consejos que su padre le iba dando, y que él 
respetuosamente seguía, cuando de nuevo se hizo el 
café, salió tan malo como la vez anterior. Fué necesa- 
rio apelar á la antigua maquinilla. La familia tomó el 
café pensativa y silenciosa. Miguel se puso á jugar con 
sus sobrinitas, las niñas de Eulalia. D. Bernardo se le- 
vantó al fin de la mesa, encendiendo un cigarro haba- 
no. Aunque su continente era frío y grave, como siem- 
pre, adivinábase que no estaba de buen humor. El ne- 
gocio del café le había excitado un poco la bilis. Antes 
4e salir se volvió hacia Enrique, que aún continuaba 
sentado, y le dijo severamente: 

— ¿Por qué te has dejado esas ridiculas patillas de 
torero? 

— Me estorbaba la barba — respondió el alférez humil- 
demente, un poco ruborizado. 

— Y porque la barba te estorbase, ¿había razón para 
poner la cara como lá de un chulo ó un chispero?... 
¿No sabes que eres hijo de una familia respetable, y 
que debes imitar á las personas decentes, lo mismo in- 
terior que exteriormente?... Á ver si te quitas inmedia- 
tarñente esos adornos... |No quiero chulos ó picadores 
en mi casal... Tiempo hace que me estás disgustando 
con tus groser^^s inclinaciones... Ya sé que tienes por 



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' RIVERITA 149 

amigos á unos cuantos toreros ó granujas de la calle, 
olvidando lo que debes á tu familia y lo que debes á ti 
mismo... que no tienes otros placeres, que ver encerrar 
y apartar los toros... Me hiere profundamente tener un 
hijo tan insensato... ,}De dónde has sacado esas aficio- 
nes?... ¿No ves á tus hermanos, de quien nadie tuvo que 
decir jamás una palabra?... 

Hizo aquí una pausa larga el irritado señor de Rive- 
ra, y dijo después en tono perentorio, saliendo del co- 
medor: 

— iQue no te vuelva á ver esas patillas! 

Enrique recibió la reprensión de malísimo talante, 
con los codos apoyados en la mesa y la cabeza metida 
entre las manos en señal de protesta. Cuando su pa- 
dre volvió las espaldas y estaba un poco lejos, dejó re- 
pentinamente aquella postura, y agitando frente á él los 
puños con frenesí, exclamó con voz sofocada á fin de 
que no le oyese: 

— jEn mi cara mando yo! 

Todos guardaron silencio, incluso doña Martina, 
ante la cólera del alférez. Sólo Eulalia se atrevió á de- 
cir solemnemente: 

— Eso, Enrique, está mal hecho: papá tiene razón... 

No pudo concluir. Su hermano se le echó encima 
convertido en basilisco. 

— ¡Ya me extrañaba á mí que tú no metieses la cu- 
charada! ¿Quién te pide á tí consejo, ni qué se me da á 
mí que tú lo encuentres malo ó bueno?... |Es decir, que 
mamá se calla, y que esta tontuela imentecatal se ha 
de meter siempre en mis cosas!... Yo hago lo que me 
parece; ¿sabes?... Me dejo las patillas ó me las quito; 
¿sabes?... Y tú te callas; ¿sabes?... 

Nadie protestó. El mismo Valle, que era á quien co- 
rrespondía poner correctivo á aquellas palabras, se las 



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1 5o ARMANDO PALACIO VALDÉS 

4.^««A 171 ^y^^^^r, ^.-.A^ ^^^,;^ r^u^^r^Q cuanto quiso. 

estuvieron solos en 
a dulzura lo que te 
•te á tu hermanad 
il de desprecio. 



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X 



L hotel de Puerto Rico, donde tío Manolo 
se alojaba, no era, en realidad, más que 
una mediana casa de huéspedes. Nada de 
cuanto caracteriza á los hoteles se encontraba en él. Ni 
movimiento de criados, ni entrada y salida de viajeros 
y equipajes, ni ruido de ninguna clase. Lo único en que 
remedaba un poco la manera de ser de aquellos esta- 
bífecimientos, era en los números pintados (con tinta de 
escribir) sobre la puerta de los cuartos y en los impre- 
sos con la cuenta que á fin de mes repartía una criada 
entre los huéspedes. Por lo demás, éstos eran fijos y no 
pasaban mucho de una docena. Entre ellos, el más an- 
tiguo un Marqués diplomático retirado del servicio ha- 
cía veinte años, seco, avellanado, fruncido, sin pizca de 
dientes y enteramente sordo (soltero). Otro de los que 
llevaban más tiempo en la casa, era un mayor del Con- 
sejo de Estado, buen mozo, muy dado al aseo y á los 
perfumes, gastrónomo, abonado perpetuo á la ópera, 
animal dañino entre el bello sexo, disimulando sus cua-^ 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 

neo años con arte diabólico (soltero). Un ex- 
carlista aniquilado por el reuma, viviendo de 
5, pasando los días húmedos en la cama, los 
ú café de la esquina, jugando al dominó, en- 
3n días, gran narrador de cuentos verdes, si- 
tn todos los demás asuntos, hombre dulce y 
separado de su mujer). Un oficial de marina, 
rible discutidor de cuantos problemas ó cues- 
suscitasen, por especiales y técnicos que fue- 
lo sabía, todo lo analizaba, los asuntos reli- 
mo los financieros, lo perteneciente al orden 
) que tocaba al espiritual. Con todo eso, ha- 
:o de barcos. Asistía invariablemente á los 
le los dramas, y emitía su opinión á^ gritos en 
)s de los teatros, y después, en la mesa de la 
Itero). Este oficial constituía el tormento y la 
i de un médico anciano que ya no ejercía, y 
ién se hospedaba en el hotel; hombre ilustrado 
oso, que jamás aventuraba una opinión sin 
leditado con gran espacio. Vivía allí disfrutan- 
capital que había juntado en su larga carrera 
a.1, procurándose, con escrúpulos de monja, 
[oces higiénicos, cuantos, cuidados y regalos 
ventar una imaginación experta y dedicada 
mente á tan grata tarea. Los razonamientos, 
jor decir, la charla insustancial del oficial de 
e ponía fuera de sí, le alteraba la bilis. Era su 
iz en esta vida. 

), hombre de Dios! ¿Sabe usted por ventura 
a? 

lí qué me importa la obstetricia! Lo que le sé 
lecir, es que una mujer puede concebir de un 
r que está probado, 
no ha de estar probado semejante disparate! 



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RIVÉRITA 1 53 

— Dispénseme usted, D. Agustín, dispénseme usted; 
no es un disparate, ni mucho menos. Hay un médico 
alemán llamado Grotte... 

— No conozco semejante médico. 

— Usted no lo conocerá; pero el que usted no lo co- 
nozca, no prueba nada... Digo, que Grotte, que es el 
médico de más reputación que existe en Alemania, y 
que ha escrito infinidad de libros, afirma terminante- 
mente que una mujer puede concebir de un mono, y 
hasta de un perro... 

— ¡Jesús, qué barbaridad! ¡No estará mal mono sabio 
ese señor Grotte! 

— ¡Dispénseme usted, D. Agustín; dispénseme Usted! 
Grotte goza de reputación europea, es miembro hono- 
rario de la Academia de Ciencias de Berlín y de la de 
París, director de uno de los hospitales más importan- 
tes, médico del Emperador... 

A D. Agustín le retozaban las ganas de decir: «¡Todo 
eso es una patraña, y usted un mentecato sin pizca de 
sentido común!» Pero se contenía por educación, y cor- 
taba las discusiones diciendo en tono sarcástico preña- 
do de cólera: 

' — Bueno, hombre, bueno; tiene usted razón... usted 
lo sabe todo... Conoce usted la fisiología, la anatomía, 
la obstetricia... Para eso es usted marino... Yo no sé una 
palabra de esas cosas... para eso soy médico... Nada, 
nada, tiene usted razón... dejemos eso. 

Estas retenciones de bilis le producían á D. Agustín 
algunos disturbios en el estómago. Estuvo tentado al- 
gunas veces á dejar la casa, pero le dolía en el alma 
abandonar un gabinete muy gentil al mediodía, qué él 
había amueblado con particular esmero. Nuestro don 
Manuel Rivera, por sus prendas personales, por sus re- 
laciones con la alta sociedad madrileña y por los años 



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154 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

que llevaba en la casa, representaba también papel 



uras secundarias, que 
) de la mesa redonda, 
lión y aceptaban resig- 
áis que hemos enume- 
)nda á su talante, dic- 
dueño las horas de las 
lovaban á menudo, po- 

existencia de este pri- 
írvir siempre por aque- 

situaba, lo que hacía 
iuda, ajamonada, que 
í la razón al oficial ' de 

5ra sabido que habría 
do, gritos desaforados. 

y el pinche, cuando 
laban disimuladamen- 
oco asustados. Mas al 

1 palabras que no com- 
^0 á la cocina. Pero el 
a de casa. Entonces la 
Da sumida en un letar- 
lido de los platos y el 
Consejo de Estado era 
L, y lo hacía llamando 
lía abstraído, y dándo- 
iplomático había pres- 
Uamado Laguna, que 
) es natural, no había 

:usado mayor, 
ranquilamente. 



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RIVERITA 155 

— D. Lorenzoooo — tornaba á gritar. 

— ¿Cómo? — decía aquél levantando la cabeza y po- 
niendo la mano por detrás de la oreja. 

— Que hoy he visto á Lagunaaa. 

— ¡Hum! — gruñía el viejo bajando de nuevo la cabe- 
za y dándose ya por enterado de la broma. 

— Me ha dicho que es usted una persona muy sim- 
páticaaa. 

— <¡Sí, eh? — refunfuñaba D. Lorenzo sin levantar la 
vista. 

— Muchooo... y que probablemente vendrá un día de 
estos á hacerle á usted una vísitaaa. 

Esta noticia producía siempre risa entre los comen- 
sales, que estaban perfectamente enterados de todo. La 
broma se prolongaba al través de la comida con gran- 
des intervalos de silencio. Al día siguiente, si el marino 
no llegaba á sazonarla con alguna discusión científica 
ó literaria, se repetía la vaya con leves variantes. Los 
comensales encontraban muy donoso al mayor, y cuan- 
do se descuidaba en embromar al Marqués, le guiña- » 
ban el ojo excitándole á hacerlo. La charla del marino 
los mareaba y aburría un poco; pero siempre se encon- 
traban dispuestos á confesar su talento y sus conoci- 
mientos poco comunes. 

Desde la última vez que le vimos, D. Manuel Rivera 
'había envejecido bastante en realidad, en apariencia 
hiuy poco. El vientre le había crecido, las patas de 
gallo se habían acentuado, el cabello y la barba estaban 
poblados de canas. Mas como acudía, casi tan pronto 
como su compañero el mayor del Consejo, al reparo de 
estos mandobles del tiempo, amortiguaba su fuerza y 
la herida apenas se mostraba. Hacía algunos años que 
usaba constantemente justillo de gamuza (en verano de 
hilo), que recogía y aprensaba el abdomen. Jamás se , 



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156 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

lavaba sin frotarse después con una llamada cagua de 
Circasia para refrescar y embellecer el cutis». Todos los 
meses daba una vuelta por casa del dentista para lim- 
piar la dentadura y orificar los muchos agujeritos que 
iban pareciendo en ella. En cuanto á las canas, ahí 
estaba su fuerte; las tinturas que usaba, traídas por él 
todos los años de París, eran la envidia del mayor por 
lo finas y exquisitas. Sin embargo, por las mañanas 
antes que el barbero llegase, cuando tío Manolo envuel- 
to en su bata le esperaba sentado en la butaca leyendo 
los periódicos, tenía todo el aspecto de una /ruina vene- 
rable. Aun después de salir fresco y rozagante del cuar- 
to, un ojo experto y curioso podía notar en ocasiones, 
en que andaba la tintura descuidada, ciertas vislumbres 
de plata en la raíz de la patilla. Esto en cuanto á lo cor- 
poral. Por lo que toca al espíritu, nuestro D. Manuel no 
necesitaba componer ni aliñar absolutamente nada. 
Teníalo tan fresco, tan vivo y juvenil como á los vein- 
te años. Y eso que por efecto de sus constantes prodi- 
galidades, padecía con frecuencia serios disgustos en el 
orden económico. Hacía ya bastante tiempo que tenía 
vendidas ó empeñadas las fincas que sus padres le 
dejaron. Esto no le impedía vivir holgadamente y re- 
crearse con el mismo sosiego que si estuviese recién 
heredado. Nunca había retrocedido ni pensaba retroce- 
der ante los gastos indispensables á un hombre que 
frecuenta la buena sociedad, que es galán y divertido. 
Cómo proveía á ellos nadie lo sabía,; ni el mismo Mi- 
guel, que después de la muerte dé su padre se fué á 
vivir con él en el Hotel de Puerto Rico. Tenía noticia 
por sus primos y por algunos amigos del mal estado 
de la hacienda de su tío; pero se asombraba de que éste 
nada le dijese ni hallase en sus actos algo que acusase 
la ruina de que se hablaba. 



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RIVERITA 157 

Como el pez en el agua se encontró nuestro mance- 
bo en el hotel de su tío. Aunque muy joven para ello, 
formó inmediatamente parte del primer estamento ó di- 
rectorio,^ en atención quizá á los méritos de aquél, en 
parte también á los suyos propios; pues m^y pronto se 
mostró en la mesa como muchacho de entendimiento^ 
alegre y despejado. El médico D. Agustín halló en él 
poderoso auxiliar contra las afirmaciones disparatadas 
del oficial de marina. Desde que se vio secundado, se 
las tuvo tiesas en tod^s las discusiones, y no quiso re- 
troceder ni humillarse ante ninguna cita de autor exó- 
tico. Perdió terreno el oficial de día en día, y comenzó 
á decirse entre los comensales que formaban el público, 
que tenía una ciencia superficial y que el sobrinito de 
D. Manuel le ponía muchas veces las peras á cuarto. 
Hasta la viuda ajamonada que le daba siempre la razón 
comenzó á quitársela y apoyar con vivas cabezadas lo 
que Miguel manifestaba. Pero esto, según se supo des- 
pués, fué porque la viuda le propuso un cambio de ha- 
bitaciones, fundándose en que el oficial paraba muy 
poco en casa y le bastaba un cuarto más pequeño. No 
tuvo aquél la galantería de aceptar el trueque, y se 
captó para siempre su antipatía. ■ 

Pocos días después de vivir juntos, dijo D. Manuel á 
su sobrino: 

— ¿Sabes quién tiene muchos deseos de verte?... Aque- 
lla señora del intendente Trujillo, á cuya casa te llevé 
yo una noche cuando eras chico... ¿No te acuerdas que 
cantó unos dúos de ópera conmigo?... Ha quedado viu- 
da la pobre hace ya dos años... Es una buena señora^ 
muy amable y obsequiosa... 

— ¿Y aquella hija que tenía y también cantaba?... 

— Se murió antes que su padre... Anita se ha queda- 
do completamente sola. Cuando sucedió tu desgracia 



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158^ ARMANDO PALACIO VALDÉS 

me preguntó con mucho interés por tí, y me hizo pro- 
meterle que te llevaría alguna noche por su casa... No 
es tertulia formal. Nos reunimos solamente tres ó cua- 
tro amigos, de modo que puedes venir sin inconve- 






D, Miguel con su tío á casa 
bió con mucho agasajo, 
.migos de que había ha- 
in llegando uno después 
•ados en días. Uno era co- 

de matemáticas en la 
gobernador de provincia, 
enta ejercía una soberanía 
3 esta diminuta tertulia. 

cualquier servicio, con- 
írvaciones que la hacían, 
inte indiferente á las aten- 
tada instante la prodiga- 
el tío Manolo. Sin embar- 

1 se humanizaba á ratos, 
advirtiendo el lujo que 

;ió Miguel de que los ter- 
, su tío, apetecían la mano 
identa. Frisaba ésta en los 
1 conservada, y apoyada 
que regular fortuna, pa- 
) como una diosa. Bien 
a de su influencia fasci- 
uizá se juzgase digna de 
il. Lo cierto es que trata- 
:ensible despego. ¡Qué es- 
s por aventajar á los otros 
a! ¡Cuántos cartuchos de 
ón y olvidados inmedia- 



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RIVERITA 159 

tamente sobre la mesa! ¡Cuánto requiebro, cttánta ga- 
lantería perdidos en el aire! El gesto habitual de la in- 
tendenta era de disgusto. Cuando la preguntaban por 
su salud, siempre respondía: regular. Los tertulios to- 
caban con mucha habilidad este registro, porque era 
el único al cual solía responder. Al hablar de sus debi- 
lidades y sus nervios, era cuando Anita se mostraba co- 
municativa. Á veces la tertulia se pasaba horas enteras 
tratando de gastralgias y dispepsias ó de otras enferme- 
dades del aparato digestivo. Tenía además la intenden- 
ta otro defecto que, á pesar de su acreditada paciencia, 
solía indignar á los pretendientes. Se dormía á menudo 
en la butaca y los tenía toda la noche hablando entre 
sí y en voz baja. Noches perdidas para el bloqueo de la 
plaza, que causaban profundo desaliento en los tertu- 
lios. Pues aún no era esto lo peor. Lo peor era que 
Anita, que tenía un temperamento linfático exhausto 
de sangre, gustaba de mantener viva y cargada ince- 
santemente, hasta en los días templados, la chimenea 
de su gabinete. Merced á esto y al cuidado con que se 
cerraban todas las puertas y rendijas, aquella habita- 
ción era un horno. En ocasiones la atmósfera se ponía 
casi irrespirable. El coronel y el catedrático, que eran 
obesos y sanguíneos, sudaban gotas de tinta y estaban 
expuestos á una congestión; pero el ex-gobernador y 
tío Manolo, lejos de compadecerles, se complacían muy 
mucho en aquel tormento. Hasta se hubieran alegra- 
do quizá de un amago de apoplegía que les impidiese 
salir de casa por las noches. 

Anita recibió á Miguel, como ya hemos dicho, con 
inusitada afabilidad. Aquella novedad, aquella frescura 
despertó ^n ella, acostumbrada á los semblantes graves 
y ajados que diariamente la rodeaban, ideas risueñas, la 
alegría de la juventud. Los tertulios disfrutaron del buen 



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1 6o ARMANDO PALAQO VALDÉS 

humor de la intendenta aquella noche. En vez de dor- 
mitar tristemente en la butaca ó de describir con voz 
apagada los fenómenos nerviosos del día, se mostró en 

, Hablóse de los teatros, de 
alantes de lá corte, se rió, se 
3 ingeniosos por todos. Ani- 
piano después de varios mé- 
0, y cantar una romanza, 
perarse y formando extraño 
) Manolo empezó á ponerse, 
ido, serio y taciturno. Ape- 
reguntaban, cual si se ha- 
L triste preocupación . Miguel 
)in saber á qué atribuir aque- 
[ue hubiese tenido disgusto 
*vó que su tío miraba con 
la levita y se las arreglaba 
) le conocía muy bien hacía 
idió que había motivo grave 
itino cambio de humor. El 
iba bien; hacía un fuellecito 
ba la cabeza. D. Manuel ál 
10 había podido apreciar bien 
dado cuenta vaga de que 
:ó cerca de un armario de 
í modo evidente. Como es 
a y dolorosa impresión que 
omar parte en la alegre plá- 
). En un principio limitóse á 
ndo lo mejor que pudo su 
üé exacerbando poco á poco. 
., y cuando creía que no le 
r vivos y fuertes tirones á las 
excitarse más y más. El en- 



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RIVERITA l6l 

diablado cuello, aunque quedaba en su sitio después de 
cada tirón, no tardaba dos minutos en bajarse y ahue- 
carse de nuevo. La desesperación se iba apoderando 
velozmente del gallardo caballero. Hasta se le descom- 
puso un poco el semblante. Por último, sintiéndose en- 
teramente incapaz de permanecer por más tiempo » en 
aquella angustiosa situación, se levantó de pronto y dijo 
con voz alterada, que se le había olvidado dar cierto 
recado á un amigo, que le dispensasen un momento, 
que no tardaría en volver. Viéronle marchar todos con 
sorpresa á causa de su manifiesta turbación. En la 
risa que se dibujó en la cara del ex-gobernador, quiso 
adivinar Miguel que había atribuido la salida á algún 
malestar del cuerpo. No tardó siquiera media hora en 
entrar. Traía puesta otra levita. El rostro se le había 
serenado por completo y se mostró en seguida tal cual 
era; jovial, divertido, siguiendo durante toda la noche 
de un humor excelente. 

Cuando á las doce, poco más ó menos, se deshizo la 
tertulia y salieron, cogió del brazo á Miguel y le pre- 
guntó alegremente: 

— ¿Qué te parece de Anita? 

— Es una señora muy amable. 

— Bien conservada, ¿eh? 

— Sí; para su edad... 

— jiCómo para ^u edad? No vayas á figurarte que es 
una vieja... Después, muy distinguida, ¿verdad? \ 

Y bajando la voz y acercando la boca al oído del 
sobrino añadió: 

— ¡Ciento cincuenta mil duros en casas, y acciones 
del Banco!... ¿He dicho algo, Miguel? 

No necesitó éste tirarle mucho de la lengua para 
averiguar sus planes. Acometido de súbito deseo de 
expansión, D: Manuel le abrió enteramente el pecho. 

II 

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1 62 ' ARMANDO PALACIO VALDÉS 

Hacía tiempo que «le estaba poniendo los puntos» á 
Anita. El deseo de formar una familia, que nunca sin- 
tiera en su vida, había concluido por enseñorearse de 
^„ ^1 — ^r\,,A «^^ — ^¿g j.^j.g^^ ^qYi^ Miguel? Al llegar á 

aemos. Es ley providencial.» — 
►nvenía una chiquilla. Necesitaba 

una mujer formal. — «Fuera de 
uieras. Yo no soy un santo, y aun 
) diré que alguna vez no saque 

de la manta... Pero el hogar... el 
1 sagrada.» Analizó después el 
1 poco seco en ocasiones y hasta 
>ndo cariñoso y expansivo como 
y sensata, muy seria en todas sus 
•n inmejorable. Cuando llegó al 
retendían disputarle su mano, el 
lador y el catedrático, se dibujó 
la en sus labios. Habló de ellos 
. — «Unos pobres mamarrachos, 
e pizca de mundo ni sabe lo que 

visto jamás en tales trotes: así 
liar enseñan la oreja á cada ins- 
Luy lista, bien lo nota y se ríe de 
e de una vez es porque á todas 
más sensatas, les gusta tener una 
. aunque sean tontos, ¿sabes?... 
ndo... ¿Has reparado los pantalo- 
catedrático?... lo mismo que unas 
is mirábamos y apenas podíamos 
re señor!... El coronel no es feo, 
var con gusto nada... ni las pa- 

proyectos y murmurando de esta 
a puerta de casa. Después de gri- 



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RIVERITA 163 

tarle un rato, vino el sereno á abrirles y les acompañó 
con el farol hasta el piso principal. Allí el criado, me- 
dio dormido aún, les entregó á cada uno la llave de su 
cuarto y se despidieron hasta el día siguiente. 

El tío Manolo, sereno, majestuoso, semejante á un 
dios, se fué á descansar, meditando como Ulises la 
muerte de los pretendientes. 



V 



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lel encargó la gestión de 
al tío Manolo (y lo hizo 
spués de haber pasado lo 
volvió éste á sentir en su 
jae le arrastraba á rendir 
á juzgaba incompatible el 
los deberes que impone el 
sacrificar en provecho de 
►les con que la familia le 
>curó honradamente des- 
able asiduidad á los goces 
á la zaga en esto Miguel, 
mbos comenzaron á darse 
3 alegremente de los siete 
gadier había dejado. Tea- 
última hora, partidas de 
Tior y de crápula, de todo 
toria en los cuatro años 



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RIVEJIITA 165 

que siguieron á la muerte de su padre. Su inclinación 
al estudio sufrió notable menoscabo durante este tiem- 
po. Sin embargo, terminó la carrera con regular luci- 
miento. Una vez en posesión del título de abogado, no 
volvió á abrir un libro de derecho. Los momentos que 
el placer le dejaba libre s consagrábalos á la lectura de 
obras amenas, lo cual era también un placer. , 

Al llegar á la mayor edad le vino la idea de pedir 
cuentas á su tío. Había observado en los últimos tiem- 
pos ciertas dificultades tocantes al numerario, que le 
hicieron entrar en sospechas. Las cuales tuvo el senti- 
miento de ver convertidas en certidumbres. Su tío y él 
se habían gastado en los cuatro años, no sólo la renta 
anual de siete mil duros, sino el capital correspondiente 
á cincuenta mil reales que estaba colocado en acciones 
del Banco y papel del Estado. No le quedaban más que 
tres fincas urbanas. 

Al saberlo tuvo un fuerte altercado con su tío, le re- 
criminó con dureza su negligencia y le dirigió algunas 
palabras ásperas. El pobre D. Manuel apenas supo de- 
fenderse: quedóse cortado y confundido, murmurando 
torpemente algunas disculpas. Cuando á Miguel se le 
calmaron un poco los nervios y se encontró solo en su 
cuarto, sintió grandes remordimientos. Había obrado 
con poca generosidad. Después de todo, la misma culpa 
había tenido él que su tío en el despilfarro. Al recordar 
el semblante avergonzado y triste de aquél, sentía tanta 
lástima y un pesar tan profundo de haberle sin razón 
ofendido, que no pudo dormir en toda la noche. 

La renta que le quedó era bastante para vivir con 
desahogo y aun con relativo lujo, en Madrid. Se hizo 
cargo de la administración de las casas y puso orden 
en sus gastos, procurando, no obstante, que á su tío 
no le faltasen ciertos goces sin los cuales el caballero 



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1 66 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

no comprendía la existencia. Y siguieron viviendo ale- 
gres y satisfechos en la mejor armonía. 

La amistad de Miguel con su antiguo compañero de 
colegio y hospedaje, Mendoza, se había enfriado un 

)S, más bien por efecto de 
biese mediado entre ellos 
"uando se encontraban en 
e hablaban cariñosamente 
no tenía cosa urgente que 
i, en días de apuros Men- 
e su amigo y pedirle unos 
transcurrían á veces me- 

la carrera, Mendoza, que 
je aplicaba con más ahin-^ 
posición á unas plazas de 
sejo de Estado. Antes de 
con Miguel, quien le ani^ 
Dvechar todas sus relacio- 
seaba. Miguel frecuentaba 
de varios personajes poli- 
Iones como en la Univer- 
^erica, y era generalmente 
ica, aunque exigua, y su 
I Mendoza al fin su ejercí- 
as que mediano. De suer- 
nejor, desconfiaba mucho 
raía cabizbajo y desalen- 
legó el segundo ejercicio, 
rado, durante veinticuatro 
un tema elegido entre tres 
íciones que dos compañe- 
Lna idea salvadora. Pidió 
yo talento fiaba mucho» 



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RIVERITA 

que se la escribiese. Hubo necesidad para 
se de un ardid. Á la hora en que se encei 
vera por allá, se enteró del tema elegido y 
terse en la biblioteca del Ateneo, donde er 
consultando libros y esforzando el ingenie 
largo y erudito discurso. El problema era 
las manos de Mendoza. Para conseguirlo 
á las altas horas de la noche el edificio de 
Dio un silbido penetrante, como un enamo 
sase á su novia. Al poco rato se abrió cor 
ventana del piso alto y se vio un hilo de 
el aire. Miguel amarró apresuradamente ( 
y el hilo comenzó á subir ^arrastrándolo c 
A la mañana siguiente fué lleno de zoí 
senciar el ejerciólo de su amigo. Este, q\ 
piado la disertación en buena letra, la le] 
entonación y no poco aparato. Los jue( 
sorprendidos de tanta erudición y agradal 
quien no sospechaban que existiese. Cua 
momento, sin embargo, de contestar á la 
decayó bástante. No sabía más que referí] 
curso; luchaba en vano por encontrar algí 
gumento en defensa de la tesis. Á pesar d( 
mediano ejercicio de preguntas, el tribunal 
los conocimientos nada comunes que hab 
do, le aprobó los ejercicios. Entonces fué 
guel puso en juego todas sus amistades 
que el ministro le concediese una de las p] 
yor del Consejo, su compañero de hotel, r 
los que menos trabajaron en el asunto, 
después de muchas idas y venidas, empe 
bras, Mendoza fué nombrado oficial del 
consultivo con doce mil reales de sueldo, 
era muy pingüe, tenía el empleo la ventaj 



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1 68 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

amovible, y en la capital, y muy á propósito para trabar ^ 
amistad con los proceres de la política y la administra- 
ción, bajo cuya égida es como únicamente se puede 
u^ — ^^-.4. t:- — ^^^ gj j^jjQ ^g| cimjano estaba, 

) que es igual, tenía asegurado su 
6se el triunfo por los dos amigos 
brindis fervorosos en ella y se 
a. 

3S de este suceso, sobrevino otro 
jue dio origen á cambios impor- 
los dicho que había entrado con 
id, que se le tenía por hombre 
gozaba de todos los privilegios 
genio suelen conceder en la capi- 
10 él despertar el buen humor en 
)n donaire de las mil frivolidades 
canto de la buena sociedad. — «Mi 
ipremo para extasiar á las tertu- 
ronía, — es el teatro Real.> Porque 
., 1^ conversación amena por ex- 
a la de la ópera, y aquél era teni- 
iscreto y agradable quiea propor- 
les datos más fidedignos acerca 
ios tenores y barítonos, 
cierto día, habiendo fallecido un 
Tiantenía alguna relación, se vistió 
el pésame á la familia. La habita- 
iba medio á oscuras, como es de ri- 
)r lo que fué necesario que ella le 
aber adonde dirigirse. Después que 
le expresó cuánto sentía, etc., etc., 
)se los ojos para ver algo, percibió 
á sentarse en ella. Los circunstan- 
io y se mantenían en actitud rígida 



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^r^ 



RIVERITA 169 

y dolorosa adecuada á las circunstancias. Nuestro jo- 
ven procuró también adoptar una postura reflexiva me- 
tiendo las manos entre las rodillas y bajando la cabeza. 
Esto no le impedía levantar los ojos que, acostum- 
brados ya á la oscuridad, consiguieron al cabo distin- 
guir las personas y los objetos. No muy lejos observó 
que una cabecita de mujer estaba vuelta hacia él, y que 
unos ojos negros le contemplaban sin pestañear. La ca- 
beza era hermosa y delicada como la de una madona; 
ios ojos vivos y alegres. Sintióse el joven particular- 
mente cautivado por ag[uella mirada, donde adivinaba 
cierta misteriosa simpatía. No sólo su amor propio se 
sintió halagado por las insistentes miradas de la joven, 
sino que experimentó un sentimiento de atracción, que 
le arrastraba hacia ella. Contentóse, al principio, con 
decir para sí: — ¡Qué niña tan bonita! — Después avanzó 
un poco más y dijo: — ¡Vaya una chica simpática; tiene 
cara de buena! — Por último no pudo menos de pensar: 
— Yo he visto esta fisonomía ya en otra parte. Y empe- 
zó á dar vertiginosas vueltas en la imaginación para 
averiguar dónde y cómo la había visto. Pero por más 
que hizo no pudo averiguarlo. Recorría en un instante, 
con el pensamiento, todas las casas conocidas, todos 
los parajes por donde había andado, y no logró encon- 
trar marco para aquella cabeza. Si no la he conocido 
en el mundo, la he conocido en sueños, se dijo. Yo he 
. visto muchísimas veces esta cara y estos ojos. Y en 
efecto, poco á poco el semblante de la joven con sus 
rasgos delicados, con su expresión franca y risueña, se 
le representó como un sueño amable que había tenido 
en distintas épocas de la vida. Trasladóse á los días de 
placer, recordó los momentos en que su fantasía le hizo 
^itrever los campos floridos de la dicha; días y momen- 
tos fugaces para él como para todos, pero que dejan la 

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;í 



170 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

• 

huella de Dios en el espíritu y le preservan de la co- 
rrupción. Los ojos de aquella joven le pusieron en con- 
tacto con todos los objetos bellos que había visto en su 
amientos honrados que habían 
con todas las lágrimas dulces 
ióse de la fe pura y sencilla con 
ante la imagen de la Virgen y 
)a tener alas para lanzarse por 
ígar hasta su trono de estrellas 
alabanzas de su hermosura in- 
ís en que su padre le había dado 
madre. Recordó las dulzuras 
de niño la música que acom- 
s, y la embriaguez que le pro- 
3nso, se le representaron los jue- 
riño vehemente apasionado que 
>u hermanita Julia... 
lelco el corazón. Había hallado 
. cabeza semejaba extraordina 
mana, no sólo juzgando por el 
sino por el retrato que de ella 
Ire. Clavó en la joven los ojos 
riendo averiguar un algo vago 
le en el pensamiento, exploró 
^os de su fisonomía, examinó 
ístido. — ¡Si fuese realmente mi 
do cabe en lo posible. Esta fa- 
'udieron venir de Sevilla á. pasar 
sabe! —Y seguía mirándola fijá- 
is emoción. La joven tampoco 
a, llena de interés. El corazón 
iamente. Se le apoderó un gran 
mudar de postura veinte veces 
3 sofocado, y se desabrochó la 



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RIVERITA 171 

levita. Era necesario salir de aquella terrible duda; sa- 
ber si todo era pura ilusión, ó si efectivamente se en- 
contraba cerca de la hermana de su alma. ¿Á quién pre- 
guntarlo? La señora de la casa estaba lejos; no era opor- 
tuno levantarse y dirigirse á ella. Además, todo el mun- 
do se enteraría. Paseó la vista en torno, y no halló «nin- 
gún amigo. Entonces se decidió á pregí 
ñora que estaba más cerca, fuese quien 
cuanto pudo hacia ella, se inclinó hací 
cuando iba á articular la primera palabí 
tinamente sin voz, pálido y extático. La 
taba á su lado no era otra que su madr 
diera Ángela en carne y hueso, mucho 
el cabello gris, pero todavía bella y an 
cunstancia de estar tocando con ella y 
la sala, habían hecho que no la viese 
La brigadiera debió conocerle en cuantc 
así que Miguel hizo ademán de dirigirle 
vio la cabeza á otro lado en señal evide 
mor y desdén; El rencor que siempre le ] 
taba más encendido ahora por el testan- 
Miguel permaneció inmóvil largo rato 
un mar de pensamientos tristes. Cuando 
su hermana (porque era ella, ya no le ( 
estaba contemplando con mayor ternura 
de simpatía, más aún, de cariño sincero 
se estableció entre ellos. Los ojos eran loí 
trasmitirla. Habló la sangre, hablaron le 
fables recuerdos de la niñez, habló la me 
del bondadoso brigadier Rivera. En po 
ambos se levantasen y se abrazasen ant^ 
cía. Mas en Miguel pudieron los miran 
nos; en Julia el temor de su madre. Y ai 
cieron en sus asientos. 



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172 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

La brigadiera se sofocaba. Estaba inquieta, nerviosa. 
Hacía rechinar la silla al moverse. Por último, no pu- 
diendo va contenerse, se levantó oara salir. Todos la 

íonfusión mientras 
;e acercó disimula- 
cómo, sin mirarse 
j se dieron un apre- 
:perimentó nuestro 
é tan feliz cómo en 
5 algunas lágrimas 
I. Julia, por su par- 
enas podía articu- 
despedirse. Cuando 
►entinamente le in- 
No vio, ni oyó nada 
5Ín vergüenza algu- 
llorar como un niño 



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...,^flL. 



^pwRwsrspv'^i^ 




XII 




; vERiGüó que su madrastra había venido 
á vivir á Madrid para cobrar más pun- 
tualmente la viudedad, y que habitaba 
un cuarto tercero en la calle del Barco. Esto le hizo 
sospechar que la hacienda de su pobre hermana había 
sufrido fuerte menoscabo, si es que no había volado en- 
teramente. Tan luego como supo el domicilio de ellas 
se constituyó en asiduo paseante de la calle y comenzó 
á espiar los balcones de la casa con el celo y la insis 
tencia del más rendido galán. Pero los balcones per- 
manecían herméticamente cerrados como los de un 
convento. Por más que hizo nunca logró ver á Julia. 
Apeló entonces á los medios que suelen emplear los te- 
norios callejeros. Sobornó á la portera y pudo cercio- 
rarse de que su madrastra habitaba allí en efecto hacía 
tres meses; pero su hermana había ido á pasar una 
temporada al campo con unos amigos por no encon- 
trarse bien de salud. Renunció por entonces á pasear la 



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174 * ARMANDO PALAaO VALDÉS 

calle aguardando su regreso. Y al cabo de algún tiempo 

sucedió lo que vamos á ver. 

Cierta tarde de verano hallábase Miguel sentado en 
Prado con el cigarro en la boca 
amenté de la amenidad del sitio y 
3 no podía ser más agradable en 
o salón arenoso comenzaba á po- 
lo él salían después de comer á 
>tro joven, con mirada indiferente 
e de él grupos de señoras unas 
solitarios, niños con sus ayos ó 
n de su espíritu no era hacía ya 
*e como antes. El encuentro con 
perturbado bastante, inclinándo- 
senos y tristes. Los cuatro años 
habían hecho olvidarse de entrar 
su historia, meditar sobre lo pre- 
l1 tropezar con aquellos restos de 
L súbitamente en su alma mil re- 
alegres de la infancia, presenti- 
e tuvieron por algún tiempo me- 
)ues, enfrascado en tristes cavila- 
imente le acaecía siempre que es- 
rtó á ver á lo lejos dos señoras, 
la memoria en seguida á su ma- 
>egún fueron acercándose, pudo 
3 eran otras. Le dio un salto el 
nstante entre marcharse antes que 
" en su sitio. Optó al fin por esto 
mto le divisaron, porque había po- 
. La brigadíera arrugó la frente en 
lo y pasó sin dirigirle una mirada, 
n mostrar que reparaba en él; mas 
ñó la cabeza, y á espaldas de su 



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RIVERITA 175 

madre le envió una sonrisa y le hizo una serie de mue- 
cas y saludos afectuosísimos, aunque repHmirinQ. npc- 
pués con rápido y gracioso ademán acere 
pecho, arrancó un clavel que llevaba y lo 
Miguel corrió al instante á recogerlo. Al 
unos pasos' precipitados detrás y vio frent 
tarse á un cadete de Estado Mayor, flaco 
como una espina, quien le dirigió una m 
colérica y hasta tuvo conatos de abocarle 
de vacilar un instante siguió caminando 
viendo amenudo la cabeza para mirarle d 
con expresión nada pacífica. Miguel, sin 
cambió todavía de lejos una sonrisa con i 
llevó el clavel á los labios. 

Cierto, no dejaba de ser interesante la 
ambos hermanos, ^obligados para manife 
riño á esconderse como dos amantes con 
emplear toda la astucia y disimulo que é; 
guel sabía apreciarla y la gustaba, y hasl 
interesaba en ella, por más que la deplon 
minables lamentaciones cuando se hallaba 
Comenzaron á escribirse por medio de* la ] 
cían señas desde el balcón y la calle reí 
citábanse para las casas conocidas, y bui 
lancia de la terrible brigadiera. se dab£ 
sionados en los corredores. ¡Cuántas vec 
tas se hizo mención de aquel dia infaust 
guel dejó caer á su hermanita sobre el bo 
¡Cuántas hablaban de la particular afici 
tenía á despeinarle! Miguel le escribía: «J 
caronaza, tus manos entre mis cabellos } 
len los tirones que me dabas. Media hora 
tardaba tu doncella Rosalía en ponerme 1í 
la de un querubín; y tú ni un segundo si 



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1/6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

jármela como una selva enmarañada! ^jConservas fideli- 
dad á los gatp s? Si la raza felina no te ha hecho apurar 
la copa del desengaño, te proporcionaré cuando quieras 
un variado concierto. Aún mayo con bastante afina- 
ción.» Julia le contestaba: «Si piensas que se me ha 
quitado la manía de despeinarte, te equivocas. Cuando 
te veo en los salones tan perfumado y elegante, hecljo 
un dije de reloj, ¡no sabes lo que daría por achucharte, 
por chafarte la camisa, por meter las manos entre esos 
pelos tan rizaditos y engomados ¡simploncillol y poner- 
los tiesos como una escoba! Eres tonto de remate. Como 
sabes que eres guapo no hay quien te sufra...» 

Al fin Miguel halló el medio de reconciliarse con su 
madrastra. El cariño cada día más grande á su herma- 
nita le hizo pensar que la había despojado de una parte 
considerable de fortuna. Su padre no había obrado con 
toda justicia al mejorarle. Las mujeres necesitan siem- 
pre un dote proporcionado á su educación, porque no 
pueden vivir de su carrera como los hombres. «Des- 
pués de todo, se decía, aunque mi padre me quisiera 
. mucho, no hay duda qu^ al redactar el testamento ha 
obedecido en cierto modo al deseo de venganza. ¿Y 
qué culpa tiene mi pobre hermana del carácter .altivo y 
dominante de su madre». Por otra parte, le dolía verla 
en un cuarto tercero viviendo con relativa estrechez 
mientras él gozaba de todos los atractivos del lujo. 
Estas imaginaciones fueron labrando en su cerebro una 
decisión que al cabo formuló por escrito en carta á su 
madrastra. Escribióle sin decir nada á Julia suplicándo- 
le le concediese una entrevista «para tratar de asuntos 
que á ella y á su hija interesaban mucho.» La carta, 
aunque seria, era afectuosa y, dejaba traslucir intentos 
generosos y deseos vivps de reconciliación. La briga- 
diera le contestó muy atenta citándole para el día si- 



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RIVERITA 177 

guíente á las tres de la tarde en su casa. Aquella noche 
apenas pudo dormir nuestro joven bajo la obsesión de 
mil pensamientos afanosos y cambios súbitos de temor 
y de alegría. Los nervios se le desbocaban fácilmente y 
no era poderoso á sujetarlos. 

Después de almorzar, ó de haber intentado hacerlo, 
porque apenas pudo pasar bocado, después de haberse 
vestido con pulcritud, después de haber estado algunos 
minutos en el café tomando maquinalmente una copa 
de chartreiisse^ se encaminó con paso vivo á la calle del 
Barco, imaginando lo que había de decir á su madras- 
tra y gozando con la grata perspectiva de la reconci- 
liación. Al llegar á la esquina de la calle de la Puebla 
procuró refrenar el paso y tranquilizarse. Mas al doblar 
la del Barco alcanzó á ver á lo lejos aquel cadete des- 
galichado que tan ferozmente le había querido inte- 
rrumpir cuando recogió en el paseo e\ clavel de su her- 
mana. Ya le había tropezado otras muchas veces en 
la misma calle con los ojos puestos en el balcón de 
Julia. 

El cadete, al verle pasear la misma calle y al parecer 
con los mismos intentos, te arrojaba miradas provoca- 
tivas, centellantes, cargadas del tradicional desprecio 
que el elemento militar ha sentido siempre hacia el ci- 
vil tratándose de empresas amorosas. Pero Miguel, con 
la imprevisión temeraria de la juventud, hacía caso 
omiso de este desprecio. Solía contestar á aquellas 
miradas con una sonrisa dulce y un si es no es burlona 
que iba amontonando la cólera en el pecho del feroz 
cadete. La tempestad rugía ya sobre la cabeza de nues- 
tro joven, y él seguía tan sosegado como si estuviese 
bajo un cielo azul y sereno. Como caminaban en senti- 
do contrario no tardaron en acercarse y pasar uno al 
lado del otro^ repitiéndose la misma tprva mirada por 



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178 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

parte del militar y la idéntica sonrisa por la del paisano. 
Miguel cruzó á la acera de enfrente para entrar en casa 
de la brigadiera; mas antes de efectuarlo oyó una voz 
cavernosa á su espalda: 

— Cabayero; oiga usted. 

Volvióse y se encontró frente á frente del cadete. 

— ¿Qué se le ofrecía á usted? — le preguntó son- 
riendo. 

El cadete vaciló un instante, puso sus ojos sanguina- 
rios en el suelo y profirió con voz bronca de adolescen- 
te que está en la muda: 

— Cabayero, quisiera saber si usted está «en relacio- 
nes» con esa chica del número quince... 

— ¿Del número quince? — dijo Miguel, más risueño 
aún. 

— Sí señor, cuarto tercero. ' 

— Pues en efecto,^ estoy en muy buenas relaciones; 
sí señor. 

Hubo unos segundos de silencio. El hijo de Marte, á 
pesar de su innata ferocidad, quedóse un poco turbado. 
Al fin rompió á trompicones diciendo: 

— Pero bien... esas relaciones... Yo hace tiempo que 
la hago el oso... Quisiera saber si es usted novio... 

— ¡Ah! Eso es otra cosa. Para que yo sea novio de 
ella hay una pequeña dificultad. Y es que soy su her- 
mano. 

El cadete levantó los ojos, donde se pintaba el asom- 
bro, la alegría, la duda y algunas otras emociones se- 
cundarias que sería prolijo enumerar. 

— ¿Pero de veras es usted?... 

— De padre nada más; no se asuste usted. 
1^ Al cadete no le hizo rfecto esta rectificación. Siguió 

expresando con los ojos los mismos sentimientos, con 
idéntica viveza. Después, acometido súbito de una idea, 



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RIVERITA 179 

la de que aquel paisano «se estaba quedando con él», 
se puso otra vez fruncido y enfoscado y volvió á sacar 
la voz de las profundidades de su pecho. 

— Cabayero, yo no consiento que nadie se guasee 
conmigo. 

— Hace usted perfectamente. Aplaudo esa decisión. 

— Es que... yo no creo que usted sea hermano de esa 
señorita... ^ 

— También está usted en su derecho. Si le repugna 
creerlo, nada, nada, por mí no se violente usted. 

- Es que yo... 

— Siento en el alma no traer la fe de bautismo en el 
bolsillo; pero si usted no tiene cosa más urgente que 
hacer, puede pasarse por la sacristía de la iglesia de 
San Ginés y allí le enseñarán el libro parroquial donde 
consta mi nacimiento y el de mi hermana... Si usted 
desea una tarjeta para el sacristán se la daré... ¿No la 
quiere usted?... Bien, pues usted me dispensará, caba- 
llero; me aguardan en este momento... Miguel Rivera, 
para servir á usted... 

Y giró sobre los talones y se metió pugnando por no 
reií* ®n el portal de la casa de su madrastra. Una vez 
dentro de él, quedóse repentinamente serio al pensar 
que antes de tres minutos iba á encontrarse frente á 
ésta. Era un momento solemne. Subió lentamente la 
escalera, creciendo su emoción á cada peldaño que iba 
salvando. Cuando llegó arriba estaba tan conmovido 
que no se atrevió á que le viesen en aquel estado. Des- 
cansó algunos momentos procurando serenarse, y des- 
pués que lo hubo conseguido á medias, cogió el llama- 
dor con mano temblorosa, tirando de él suavemente. 
Esperó un rato sin que nadie viniese. Cuando ya iba á 
tirar segunda vez, oyóse una voz adentro que decía 
con tono imperioso: 



Í^S^k?^ ■ Digitized'^y GO( 



S^PSÍl 



ÍÍDO PALAaO VALDÉS 

oí 

I corazón. Era la voz de su rpa- 

e abrió el ventanillo y le pregun- 

ted? 

i de Rivera?... 

criada abriendo la puerta. 
Miguel estaba, sin saber por qué, 
I, 
:ia? 

inga usted la bondad de aguardar 

joven se quedó solo, oyó unos 
3S, y divisó en la esquina del co- 
>mó la cabeza nada más para ver 
Al encontrarse con su hermano, 
rpo y se quedó pasmada, extática, 
on marcada expresión de susto, 
prender á Miguel que la brigadie- 
) de la carta ni de la cita. Después 
acia él manifestando siempre la 
lada de terror, sin hacer caso de 
lora de su hermano. Cuando éste 
también algunos pasos, y co- 
a, la dio un par de sonoros besos 
ees el susto de Julia llegó á su 
a extraordinaria violencia de los 
m, se puso terriblemente pálida y 
labios, diciendo con voz de fal- 

1, por Dios... que está ahí mamál 
en aquel instante por el otro ex- 



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RIVERITA 1 8 1 

, — Puede usted pasar cuando guste, señorito. 

Miguel hizo una mueca risueña á su hermana, le dijo 
adiós con la mano y se dirigió con paso firme á la sala, 
precedido de la criada, quien al llegar á la puerta levan- 
tó la cortina y le dejó el paso. 

La brigadiera Ángela, que estaba sentada en una bu- 
taca, se levantó al ver á Miguel, pero no avanzó á su 
encuentro. Tenía la misma figura gallarda y arrogante, 
mas el rostro estaba notablemente ajado. Dibujábase en 
torno de sus ojos un círculo grande azulado, y surca- 
ban su frente dos profundas arrugas, señales que acre- 
ditaban la violencia y soberbia de su genio. Los negros 
y sedosos cabellos que Miguel admiraba en otro tiempo, 
blanqueaban ya por tantos sitios, que eran más grises 
que negros. Vestía una bata de seda, también ajada, 
y ajados estaban también los rhuebles de -Ja sala, y 
ajadas las cortinas y la alfombra. Todo lo advirtió el 
hijo del brigadier de una sola pero intensa mirada, y 
no sin pena, recordando el antiglio esplendor de su ' 
casa. 

— ¡Oh, mamá! ¿Cómo sigue usted? — dijo avanzando 
con efusión hacia ella. 

— Bien, ly tú, Miguel? — respondió tendiéndole una 
mano. 

Miguel, que iba decidido á abrazarla, se detuvo ante 
aquella actitud y se contentó' con tomarle la mano y 
apretarla contra su pecho. Y reteniéndola aún entre las 
suyas, exclamó: 

— ¡Cuánto tiempo!... 

— ¡Mucho, sí! Trae una silla y siéntate. 

Pero Miguel, sin hacer caso, siguió en pie, y volvió á 
exclamar, arrasados los ojos de lágrimas: 

— ¡Pobre papá! 

La mano de la brigadiera tembló un poco dentro de 

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1 82 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

las suyas; pero soltándose en seguida, le señaló de nue- 
vo una silla. 

— Siéntate, Miguel, siéntate. 

Obedeció, colocándose al lado de la butaca de su ma- 
drastra, y metiendo las manos entre las rodillas y la 
barba en el pecho, guardó silencio. Algunas lágrimas 
le resbalaron lenta y calladamente por las mejillas, 

— .iHace mucho tiempo que has concluido la carrera, 
Miguel? — le preguntó en tono natural la brigadiera al 
cabo de un rato. 

— Hace dos años nada más — repuso secándose los 
ojos con el pañuelo. 

— ¿Y qué te haces ahora? 

Esta pregunta seca y hecha en tono más seco aún, 
cortó la tierna emoción que embargaba á nuestro joven 
en aquel momento y le dejó un poco embarazado. 

— Poca cosa... Me divierto lo más que puedo. 

— Sí, sí, ya lo he sabido, que eres un joven á la 
moda. 

— Las modas duran poco. Pasaré gomo han pasado 
las trabillas y las corbatas de suela... 

La conversación iba á tomar un sesgo demasiado 
frivolo, y Miguel lo cambió preguntando con interés: 

— ¿Y ustedes qué tal se encuentran en Madrid, 
mamá? ^ 

— Á mí me sienta bien este clima... Á Julia no tanto. 

— ¡Pobrecilla!... acostumbrada al calor de Sevilla, el 
frío de este pueblo no le hará provecho seguramente. 

—Yo también estaba acostumbrada al calor cuando 
vine hace años, y sin embargo no me ha hecho daño... 
Depende de las naturalezas... 

— ¿Pero Julia se ha puesto mala aquí? — preguntó 
Miguel, aunque ya lo sabía. 

— Ha tenido un catarrillo pertinaz, pero la he man- 



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1^. , . 



RIVERITA 183 

dado á Mejorada unos días con mi prima Rafaela, y se 
ha puesto buena. 

— Es una chica muy graciosa... ¡Caramba cómo se 
ha desarrollado, y qué monísima se ha puesto! 

-^Tus flores no tienen gran valor en este caso — dijo 
la brigadiera sonriendo nada más que con el borde de 
los labios. 

— ¿Por qué? ¿Porque soy su hermano?... No crea us- 
ted que influye tanto en mi juicio esa circunstancia. La 
juzgo desapasionadamente, como un extraño... como 
un joven á la moda — añadió devolviendo irónicamente 
á su madrastra el calificativo que le había dado. Y por 
si esto pudiera ofenderla, dijo después: 

— Usted, mamá, debe escuchar con gusto que Julia 
es guapa, porque además de ser su hija, se le parece 
notablemente. 

—Tampoco admito esa flor encubierta... ¡Te has 
vuelto muy galante, Miguel! — repuso la brigadiera dig- 
nándose sonreír afablemente. 

Más había de galantería que de verdad en lo que 
aquél acababa de decir. Aunque la brigadiera había 
sido bella, acaso más que su hija, ésta no se le parecía 
sino en la forma de la frente, estrecha y delicada, y en 
la boca. Los ojos de Julia eran más chicos que los de 
su madre, pero más vivos, y de un mirar suave y ha- 
lagüeño, que nunca los de ésta habían tenido. La nariz 
no era tampoco aguileña, sino recta y fina. En la figu- 
ra aventajaba .mucho la madre á la hija, y en el color 
también, para los que prefieren las blancas á las more- 
nas. Julita era una muchacha más bien baja que alta, 
pero muy bien proporcionada. Tenía el talle esbelto y 
airoso como pocos. Todos sus ademanes eran vivos y 
resueltos y estaban impregnados, si vale la palabra, 
de una gracia singular. El color tostado en demasía» 



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184 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

acercándose mucho al de las gitanas, con las cuales 
guardaba más de este punto de semejanza. Los cabe- 
llos idénticos á los de su madre cuando tenía su edad, 
negros, sutiles y lustrosos, y cayéndole en rizos sobre 
la frente. No era la hermana de Miguel un dechado de 
belleza, ó lo que es igual, no poseía la pureza y correc- 
ción de líneas generadoras de la armonía (la cual es 
más aparente que real algunas veces); pero en cambio 
llevaba en sus ojos, en su garbo, en su sonrisa, el bri- 
llo y la sal de Andalucía. 

Miguel no sabía cómo dar á la conversación un giro 
elevado y noble, acomodado á los sentimientos que agi- 
taban su alma. Hubiera querido hablar de su padre, de 
su bondadosísimo padre, á quien tanto había amado. 
De buena gana hubiera recordado también los porme- 
nores de su infancia, por más que en ella la brigadiera 
no desempeñase papel muy grato. Dispuesto estaba 
á olvidar todas las heridas, todos los desdenes y acor- 
darse únicamente de los cortos momentos de dicha que 
había disfrutado, hasta los castigos de su madrastra 
adquirían, con la velada luz de los años, y al través de 
la súbita ternura que se había apoderado de él, un as- 
pecto maternal que borraba su injusticia. Por su gusto 
se reiría, trayéndolos á cuento como hacen algunas ve- 
ces los hijos cariñosos después que llegan á hombres. 
Pero la actitud reservada, aunque atenta y afable de la 
brigadiera, le imponía respeto y le cortaba los vuelos 
para desahogar el pecho. Por otra parte, deseaba tam- 
bién entrar en la cuestión de intereses y no se atrevía, 
temiendo ofender su orgullo. Después de hablar algunos 
minutos todavía eñ el mismo tono indiferente, más pro- 
pio de una visita de amigo que de una entrevista tan 
grave y solemne como debía ser aquélla, procuró en- 
cauzar la conversación hacía lo que quería, hablando 



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RIVERITA 

mucho de sí mismo, de sus tristezas y d( 
venir. 

— No son todo flores en la vida, mamá. ' A 
encuentre en una posición desahogada y pue 
tar de los placeres que ofrece la corte á los j 
soy tan feliz como el mundo supondrá seg 
Tengo muchísimos momentos de murria, d 
acordándome de que vivo solo, que me falta 
la familia, el cual no puede reemplazarse c 
Mi tío Manolo, ya sabe usted cómo es... n: 
muy cariñoso... pero... ocupado exclusivam 
vertirse... Y el hombre no vive sólo con el re 
teatros, de los cafés y de los bailes. Cuaní 
poco de corazón, se apetece otra cosa... 

— ¿Por qué no te casas? — dijo labrigadien 
te y sin levantar la cabeza. 

— El casarse no es un acto tan libre com< 
primera vista... Se casa uno cuando llega la 
porción de circunstancias se han juntado 
Casarse porque sí, por una determinación de 
tad, sin haberse enamorado antes de una m 
juzgarla digna de llamarla esposa, me ha pan 
pre insensato. Además, en Madrid, en las 
que yo frecuento, se encuentran muchas jó\ 
tas, elegantes, que tocan el piano admira 
cantan á veces como las tiples que se ckzc 
Real, y á veces pintan acuarelas y paisajes ¿ 
masiado verdes y escriben cartas á los novic 
tante ortografía... Pero buenas esposas y buei 
de familia, ¿cree usted que se encuentran coi 
cilidad? 

— ¡Bah! 

— No lo crea usted, mamá... En fin, á mí 
llegado aún la hora... Y mientras llega, lo e 



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1 86 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

do mal. Me sobra gran parte de la renta que tengo, y si 
no hago mal uso, no sé qué hacer de ella... 

Miguel guardó silencio un instante, y después de va- 
cilar, dijo tímidamente: 

— Si usted me lo permitiera, la partiría de buena gana 
con mi hermana... 

— Bien- dijo la brigadiera con voz un poco temblo- 
rosa. 

—¿Y consentiría usted que me viniese á vivir^ con 
ustedes? 

— iPoT qué no? 

— ¡Oh, mamá! — exclamó Miguel enternecido; — me 
hace usted feliz con esa respuesta. jTengo unos deseos 
tan vivos de vivir con ustedes!... — Y apoderándose 
al mismo tiempo de una mano de la brigadiera, la besó 
con efusión repetidas veces, mientras dos lágrimas le 
resbalaban por las mejillas. 

— ¡Vamos, que no me negará usted que tengo un co- 
razón muy sensible! — dijo riéndose de su propia emo- 
ción, como tenía por costumbre. 

A la brigadiera no le p arepió. bien esta salida y .se 
quedó seria. Ni era fácil que penetrase jamás el verda- 
dero carácter de Miguel y lo que aquellos arranques 
significaban. No obstante, se mostró después todo lo 
amable y expansiva que le consentía su naturaleza, lo 
cual pudiera muy bien achacarse, sin ser mal pensado, 
á la promesa que Miguel acababa de hacer respecto á 
su fortuna, por más que ella en la apariencia no le hu- 
biese concedido importancia. Mas el hijo del brigadier 
era tan dichoso con aquella reconciliación y con la 
la perspectiva de vivir en la misma casa de su herma- 
na, que prefirió creer que también su madrastra se en- 
ternecía y se gozaba en tenerle nuevamehte por hijo. 

Cuando más embebido se hallaba en la conversa- 



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RIVERITA 

ción, sintió que unas manos chiquititas le 
cabeza por detrás, y se la despeinaban ce 
Julia que había entrado de puntillas sin se 

— ¡Al fin has caído en mis manos! ¡Ab 
queros! 

—¡Y tú en las mías! ¡Arriba las niñas i 
dijo Miguel sujetándola para darla un bese 

— <iDe dónde sacas tú, fatigoso, que soy ( 
repuso Julita con marcado acento andalu 
dose más de la mitad de las letras. — Yo soy 
gata, y porque soy gata, te araño y te ai 
ricitos tan cucos de donde cuelgas los con 

— ¿Hay alguno colgado? — preguntó Mig 
dejándose sobar pacientemente. 

-Vamos, basta, Julia — dijo la brigadie 
también. 

— ¡Oh, no! — respondió aquélla, siguier 
ardor en su tarea. — ¿Tú te has figurado ( 
echar impunemente flores á una chica que 
meses siquiera que ha llegado de Sevilla? ¡ 
Virgen del Amparo, qué flores tan cursis! 
desarrollado! ¡Que soy muy mona!... An( 
figuras que sólo en Madrid se desarrolla la 

— ¿Y cómo sabes tú que te ha estado 
res? — le preguntó su madre, clavándola 
terrible. 

Julia se puso encarnada hasta las orejas 

— Lo he oído por casualidad al cruzar pe 

— ¿Casualidad, eh?— dijo la brigadiera 
sarcástica. — Pierde cuidado, que ya me < 
de que no se repitan esas casualidades. 

Julia se turbó ante la amenaza de su mai 
un momento pensativa y triste. Pero en cu 
bajó la cabeza para continuar su labor, hi; 



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1 88 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

gracioso y alzó los hombros en señal de indiferencia. 
Colocada en pie al lado de su hermano, siguió acari- 
ciándole los cabellos y la barba. Miguel se había que- 
dado también repentinamente serio. A) cabo de un mo- 
mento, Julia, metiéndole la boca por el oído, le dijo 
muy quedo: 

— Mira, vamos á sentarnos al sofá y podremos hablar 
lo que queramos... Lo haremos con disimulo; aguarda 
un poco. 

Y después de acercarse al balcón y echar una ojeada 
á la calle, dijo en voz alta: 

— Miguel, tú no has visto los retratos que nos hemos 
hecho últimamente mamá y yo, ¿verdad? 

— Como no hubiera ido á casa del fotógrafo, es di- 
fícil... 

— Voy á enseñártelos ahora mismo. Verás también 
los de nuestros parientes de Sevilla... Tengo unas pri- 
mas muy guapas. Á ver si te conviene alguna. 

Y salió corriendo de la sala. 

— ¡Qué chiquilla tan viva! — exclamó Miguel volvién- 
dose á su madrastra. 

— Sí, muy viva y muy insufrible— repuso ésta con 
mal humor. 

— Es la edad — dijo Miguel, á quien parecía imposi- 
ble que la brigadiera no hallase graciosa y amable á 
su hija. 

— Nada de eso: ya ha cumplido diez y seis años y 
cada día está peor. 

Julia entró con un álbum en la mano. 

— Ven aquí, al sofá, Miguel, y ten ánimo para ver 
nuestra colección de fieras. 

— Enséñame primero tu retrato y el de mamá para 
que me infundan valor. 

— Aquí los tienes — dijo sentándose al lado de su 



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RIVERITA 

hermano. — Mira á mamá iqué bien ( 
tona como siempre — añadió guiñando 
tando con el gesto á su madre, que 
espaldas á ellos. — ¿No te apetece dar 
mos, dáselo- 
Miguel acercó, riendo, los labios 
quería desagraviar á su mamá. Éstí 
cabeza, y en un tono entre alegre 
clamó: 

— ¡Ah, aduladora! Ya sabes que 
dulce.^ 

Julita hizo otra mueca, se rió, y pr 
traordinaria viveza su retrato á Migí 

— Eh, ¿qué tal? 

— Admirablemente. 

— ¿No es verdad que con esta mar 
tos rizos por la frente y estos ojillo 
capaz de dar el opio á cualquiera? 

— Sí, á cualquier cadete — repuso í 
bajo. 

Julita quedó un segundo suspensa 
vez encarnada. Pero reponiéndose en 
pellizco, diciendo: 

— ¡Ah granuja! ¿Qué correo de gat 
á dar la noticia? 

— ¡Y yo que soñaba para ti lo me 
nel! — siguió en voz baja y reprimien 

— ¡Ya llegaremos allá! 

— iDiabloI es menester que se pro 
veces lo menos; y te lo pueden escal 

— ¡Pobrecillo de mi alma! — exclaír 
la cara triste. 

— Pero ¿le quieres de veras? 

— Un poquito. 



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190 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— Pues él también te quiere á ti. Al entrar en esta 
casa hace un momento Me vino á preguntar con sem- 
blante fosco si yo te galanteaba. 

— ¡Qué tonto! — exclamó la niña roja de placer. — ¿Y 
tú qué le haS dicho? 

— Que no podía aunque quisiera, porque era tu her- 
mano. 

— ¿Y él qué ha dicho? 

—¿De veras es usted hermano de esa joven? 

— Y tú, ¿qué has dicho entonces? 

— Y tan de veras, aunque de padre nada más. 

— Y él, ¿qué dijo á eso? 

— ¡Chica, no me acuerdo! — manifestó Miguel soltan- 
do á reir. — ¡Qué graciosa estás con eso de qué has di- 
cho y qué dijo! 

Julia estaba tan interesada y pendiente del relato de 
su hermano, que no se había dado cuenta de aquellas 
repeticiones. Quedóse un poco cortada; pero concluyó 
en seguida por reirse de sí misma. 

—Mira el retrato de tío Joaquín — dijo en voz alta. — 
Vivíamos en Sevilla muy cerquita de su casa. Es fiscal 
de la Audiencia y tiene las tres hijas que vas á ver... 
ésta es la primera, Sofía. 

— ¡Uf qué fea!... Dispénseme ustedes, no he podido 
remediar este grito... 

— Di lo que gustes — manifestó la brigadiera,— Hace 
ya tiempo que estamos todos en ello. 

— Mira la tercera, Gertrudis. 

— Pues ésta es más fea aún. 

— Aquí está la segunda, Lola. 

— ¡Demonio, ésta es verdaderamente horrible! 

Julia se echó á reir diciendo: 

— En Sevilla las llaman «las tres circunstancias agra- 
vantes». Á la primera Premeditación, á la tercera Ale- 

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RIVERITA 191 

vosía, y á la segunda Ensañamiento, por orden de 
fealdad. 

— Tiene gracia... Cualquier día me voy á Sevilla por 
una de ellas. ¿Y son ésas las primas de que me ha- 
blabas? 

— No, hombre, no: éstas son tías... primas segun- 
das de mamá... Por supuesto, te lo digo en reserva, 
porque si ellas supieran que yo ando propalando este 
secreto, serían capaces de asesinarme. ¿No es verdad, 
mamá.í^ 

— Pues que quieran ó no — respondió la brigadie- 
ra, — son tus tías, y la menor pasa ya de los treinta. 

— Oyes, Julia — dijo Miguel hablando otra vez en voz 
baja. — iSe te ha declarado ya ese,,,? 

— El otro día me puso una carta en la mano; pero yo 
la dejé caer. ^ 

— ¿Pues? 

— Es un tío lila, ¿sabes? ^ 

— ¿Pero no acabas de decirme que le quieres? 

— ¡Qué sé yo si le quiero! — dijo alzando los hombros 
con displicencia. 

— Pues eres la más interesada en el asunto. 

—Desde un día en que le vi de paisano con unos 
pantalones muy cortos, se me ha quitado bastante la 
ilusión. 

— No te apures por eso, chica; es que está creciendo 
aún... Debes alegrarte. 

Siguió la conversación todavía un buen rato. Miguel 
prometió traer al día siguiente su equipaje. Julia, brin- 
cando de alegría, le enseñó el gabinete donde iba á 
dormir en tanto que no se buscase una casa más capaz, 
como acababa de convenirse entre ellos. Al fin se des- 
pidió lleno de gozo, prometiendo venir á buscarlas de 
noche para llevarlas al teatro. 



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192 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

Al poner el pie en la calle, cortó repentinamente el 
hilo de sus risueños pensamientos el ver apostado en 
la acera de enfrente, y en actitud de espera, á lo que 
podía sospecharse, al cadete enamorado de su herma- 
na. — «Vaya, me parece que voy á tener que andar á 
pescozones con este majadero» — se dijo. — Pero muy 
contra lo que presumía en aquel momento, el cadete 
salvó rápidamente la distancia de una acera á otra y 
arremetió con él con los brazos abiertos, la cara son- 
riente y rebosando de júbilo. 

— Déjeme usted que le abrace, D. Miguel — y lo hizo 
sin aguardar el permiso. —Acabo de saber, por la por- 
tera, que es usted, en efecto, hermano «de esa chica», 
y me pesa muchísimo de haber tenido con usted esa 
cuestión... 

— ¿Qué cuestión? 

— La que tuvimos antes de entrar usted... jCaramba, 
si yo lo hubiera sabido!... jCómo había de atreverme! 
Por Dios, me dispense usted. 

Á Marte, al decir esto, se le había suavizado nota- 
blemente la expresión del semblante. La voz tampoco 
era tan profunda. 

— No tengo por qué dispensar á usted — contestó Mi- 
guel, zafándose de sus brazos y mirándole entre risue- 
ño y admirado. \ 

— ¡Y yo que pensaba que era usted mi rival! Le es- 
tuve á usted esperando más de dos horas. No quería 
marcharme á casa sin darle una satisfacción... He per- 
dido la academia por ello. 

— Lo siento mucho y se lo agradezco; pero no había 
necesidad. 

— Ahora voy á pedir á usted un favor — dijo vacilan- 
do un poco. 

— Usted dirá. 



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RIVERITA ^ 193 

— Que venga usted conmigo á beber una botella de 
cerveza al Suizo. 

— No me gusta la cerveza. 

— Quien dice cerveza, dice cognac, marrasquino, 
chartreuse... en fin, lo que usted guste. 

— No tengo inconveniente en ello. Lo que sentiré es 
que, por mi causa^ pierda usted alguna otra clase. 
— No señor, ya las he perdido todas. 
— Pues vamos allá. 

Y se emparejaron caminando en dirección al café 
Suizo. El cadete le dejó respetuosamente la acera. 
— Mozo, una copa... <iDe qué, D. Miguel? 
— De agua. 

— ¿Cómo de agua? — dijo sorprendido y un tanto 
amostazado. 
— Es lo único que me apetece en este momento. 
— ¿Pero?... 

— ¿No quería usted antes darme una satisfacción? 
— Sí señor. 

— Pues déme usted ahora la de dejarme beber agua, 
puesto que tengo sed. 

— Bueno; si usted se empeña... 
Y dirigiéndose al mozo con voz ronca de mando: 
— Con azucarillo y gotas, ¿entiendes? Á mí una copa 
de ron. Tráete además los cigarros, para que escojamos. 
Se habían sentado uno frente á otro. El cadete, siem- 
pre galante, había obligado á Miguel á sentarse en el 
diván, mientras él se había acomodado en una silla. 
Examinábale aquél atentamente sin quitarle ojo, mos- 
trando en el semblante tal gravedad, que á leguas se 
adivinaba que era forzada. Realmente el cadete era un 
ser curioso en su aspecto físico. Por su delgadez pare- 
cía montado en alambres. Tan rubio, que casi daba en 
albino. El cuello largo como el de las girafas, y con una 

13 



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194 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

nuez... Miguel no había visto jamás nuez tan desmesu- 
rada. De todo el individuo era lo que preferentemente 
llamaba su atención. 

Vino el mozo con el servicio y los cigarros. Utrilla, 
que así se llamaba el cadete, se empeñaba en que Mi- 
guel escogiese uno. 

— No puede ser, querido. Esas brevas son demasia- 
do fuertes para mí; yo gasto unos cigarros más flojos... 
Aquí tiene uste^... si usted gusta... 

— Muchas gracias. Yo necesito que pique un poco el 
tabaco. Lo flojo no me sabe á nada... 

— jMilagro será — pensó Miguel — que tú te tragues 
esa copaza y esa breva! 

— Pues como le iba diciendo, Sr. Rivera — manifestó 
Utrilla, comenzando á pegar feroces chupetones al ci- 
garro, — no sabe usted lo que á mí me alarmó verle pa- 
sear la calle de su hermanita. En seguida se me subió 
el tufo á las narices... Los militares sorbos así... Y dije 
para mí, entonces: Hay que cortar esto por lo sano y 
jugar el todo por el todo: ó tú ó yo. ^'A qué vienen esas 
rivalidades en que los dos se están odiando, y sin em- 
bargo, se aguantan un día y otro sin decirse una pa- 
labra? Eso lo puede hacer muy bien un paisano, pero 
un militar... creo yo... Usted bien me comprende. Así 
que ¡zasl en cuanto vi la cosa seria, me fui derecha al 
bulto y me aboqué con usted... 

— Y si yo no hubiera sido hermano de Julia y la ga- 
lantease, c'*qué hubiera usted hecho? 

— Pues nada... hubiéramos ido al terreno. 

— ¿Á qué terreno? 

— Al del honor. Nosotros los militares estamos más 
comprometidos que ustedes los paisanos cuando llegan 
estos casos. Á nosotros el uniforme nos obliga á no 
transigir... 



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RIVERITA íg$ 

— Con que una muchacha ¡prefiera 

— No señor, no es eso. Entre nos 
leyes... Lo que en otro cualquiera no ( 
por caso, en uno de nosotros lo es... 1 
píritude cuerpo... Si los compañeroj 
no ha quedado encima en cualquier 
de saludar y le obligan á salirse del c 
es que la milicia es una cosa muy se 
puede jugar con ella. 

— Mucho — afirmó Miguel gravem» 
aire una bocanada de humo. — ^Y cxn 
que es usted militar, Sr. Utrilla? 

— En la academia — respondió el c 
vacilar un poco y toser — no llevo má 
pero me he estado preparando antes 
comandante del cuerpo... Y en realidí 
entra en la academia preparatoria, ; 
como militar. 

— Mucho — volvió á afirmar Migue 
beza. 

— Dentro de quince días nos exam 
semestre. Si salgo bien, me faltarán ci 
nada más para salir á teniente del cu( 
to, si no pierdo algún semestre. Hace 
modo que lo más probable es que no 
Además, estos quince días pienso e 
álgebra. Soy un hombre muy especia 
fuera su hermanita, algo mejor andar 
dibujo estoy bastante bien... Claro, c( 
me ha hecho dibujar desde los diez a; 
tampoco ando mal. Al único que ten^ 
del álgebra... ¡Es un tío más marraj( 
uno al encerado á exponer un teorem 
equivoca, porque es muy fácil equivc 



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196 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

que se lo advierte? |Nada! El muy perro se queda serio 
como un poste, y usted no sabe que se ha equivocado 
hasta el fin, después de una hora... 

Miguel le escuchaba distraído, pensando en su 
hermana y en su madrastra, echando ¡cálculos alegres 
sobre la vida feliz que iba á hacer en su compañía, re- 
cordando con placer los pormenores de la entrevista 
que con ellas acababa de tener. 

Cuando el cadete hizo una pausa, le preguntó por 
hablar algo: 

— ¿Y usted es natural de Madrid? 

—Sí, señor; he nacido aquí, y aquí me he criado... 
Mi padre tiene una fábrica de bujías esteáricas en las 
afueras, cerca de los Cuatro Caminos... Acaso usted la 
haya visto... ¿No?... Pues si usted va por allí algún día 
de paseo, no tiene usted más que preguntar por mí, y 
le dejarán pasar á verla. Ó mejor será que el día que 
usted quiera ir allá, me avise, y le acompañaré, con tal 
que sea después de los exámenes. Mi padre es viudo, y 
tiene tres hijos. El último de ellos soy yo. Mi hermano 
primero es el que corre ahora con la fábrica. Mi her- 
mana Eugenia está casada con un agente de Bolsa... Á 
mí también quería meterme mi padre en estos líos, 
pero yo soy un hombre muy especial. Basta que me 
ordenen una cosa, para hacer la contraria. Á mí siem- 
pre me gustó mucho la vida del militar; hoy aquí, ma- 
ñana allí, unas veces con mucho dinero, otras veces 
sin una peseta. . 

— ¿De modo, que á usted le gustaría viajar, conocer 
países? 

— Sí, señor, muchísimo. Yo soy un hombre muy es- 
pecial en eso. 

— ¿Y qué necesidad tiene usted de hacerse militar 
para ello? ¿No se puede viajar de paisano? 



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RIVERITA , 197 

— Claro; habiendo dinero... Pero á mí me gusta via- 
jar de cierto modo; estando en un pueblo quince días, 
en otro un mes... Y luego que siendo uno militar, en 
todas partes se le recibe con los brazos abiertos... Las 
chicas se mueren por el uniforme... ¡Es una tontería, . 
por supuesto! — añadió sonriendo y dejando bien tras- 
lucir que no la tenía por tal, sino por una prueb^ gran* 
de de sabiduría. — Mire usted, á mí no me gusta el uni- 
forme; soy un hombre muy especial. Los primeros 
días, me lo ponía con entusiasmo; pero ahora ya me 
apesta... Además, como uno tiene que saludar á todos 
los oficiales, ¡y hay tantos en Madrid!... 

El cadete siguió todavía bastante rato hablando de 
sí mismo con voz de bajo profundo, contándole cien 
mil cosas que no le importaban nada y aflrrtiando á 
cada instante que era un hombre muy especial. Miguel 
no podía adivinar en qué consistía esta especialidad, 
como no fuese en la nuez, que, en efecto, cada vez le 
parecía más especial. Observó también que estaba un 
poco más pálido que al principio, lo cual le movió á 
preguntarle por dos veces si se sentía mal; pero el ca- 
dete afirmó rotundamente que se encontraba admira- 
blemente. No obstante, allá á lo último, se puso en pie, 
confesando que la atmósfera del café estaba algo pesa- 
da y que sería bueno dar una vueltecita entre calles, á 
lo cual accedió muy gustoso su compañero. 

Llamaron al mozo, y ambos trataron de pagar; pero 
éste, sea porque juzgase á Miguel con más edad y ca- 
rácter para el caso ó por otra causa que no es fácil 
adivinar, rechazó el dinero que el cadete le ponía en la 
mano y tomó la moneda que aquél le ofrecía. ¡Aquí 
fué Troya! El cadete se indignó con esta acción, de un 
modo indecible, se puso aún más pálido de lo que es- 
taba, echó tres ó cuatro temos redondos con la voz 

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i 



198 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

más cavernosa que halló entre sus registros, y amena- 
zó con estrangular al mozo acto continuo. Esfuerzos 
inauditos costó á Miguel sosegarle, y solamente lo con- 
de que vendría otro día á tomar 
le él la pagase. Á pesar de esto sa- 
' sombrío. Aquello de que Miguel 
> él quien le invitara, parecíale el 
)n. Todavía cuando iba en direc- 
ndo por entre las mesas, se vol- 
ara lanzar una mirada de desafío 
a sirviendo á otros parroquianos 

, Utrilla se mostró mucho menos 
precisado, para sostener la con- 
reguntas á las cuales contestaba 
incisión. Al poco rato se detuvo 
lifestó que no se sentía nada bien, 
í á un portal y echar los hígados 
Lino, 
á usted daño el cigarro? — le pre- 

No comprendo lo que pudo ser... 

dieron estaría malo. 

:igarro... Usted escupía mucho... 

:oy acostumbrado. 

.nte pálido y desfallecido, Miguel 

)unto, le hizo subir á él y le con- 

la en la calle del Sacramento. El 

mal estado, quería, descoyuntarse 



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XIII 



[GUEL no fué tan feliz co 
ginado viviendo con su i 
que Julita le proporción 
gría infantil y candido donaire gratísin 
estaban amargamente compensados éste 
estar que le producía el carácter rígido, 
brigadiera. Este carácter no tenía ocasic 
tarse con él, porque evitaba escrupulosa! 
tivo de choque ó disgusto; pero se most 
violencia y á cada hora del día con su 
podía hacer la pobre niña nada, fuese ti 
que mereciese su aprobación. Era un oi 
te de la mañana á la noche, primero un 
otra, á menudo cosas contrarias, lo qu( 
gustos, conflictos y escenas ruidosas. Ju 
dos todos los minutos del día. Cinco h 
dos de bordado, dos de estudio, etc. F 
mundo podía infringirse este régimen de 
ñor infracción costaba muchas lágrimas 



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200 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

ciencia, ó arrastrada de su genio vivo y desenfadado, 
contestaba alguna cosa que oliese de cien leguas á falta 
de respeto, ya podía prepararse. La brigadiera se erguía 
como una fiera, la llenaba de insultos, y olvidándose á 
menudo de lo que debía á su propia dignidad, y á pesar 
de los años de Julita, la pellizcaba cruelmente, la abo- 
feteaba y la tiraba de los cabellos: — «¡Á su madre no 
se contesta jamás; se obedece y se calla, aunque no 
tenga razón!» — Eran las palabras que siempre salían 
de su boca en casos tales. La brigadiera tenía de la pa- 
tria potestad la misma idea que los romanos. No había 
límites para ella. Cuando se efectuaba alguna de estas 
escenas, y por desgracia eran demasiado frecuentes, 
siempre concluían del mismo modp. Julita se iba á llo- 
rar la reprensión, los pellizcos ó las bofetadas á su 
cuarto. Su madre no volvía á hablar con ella, ni á diri- 
girle siquiera una mirada. Para que hubiese reconcilia- 
ción, era necesario que Julia fuese á ponerse de rodillas 
delante de ella, y cruzadas las manos en el pecho, como 
estaba acostumbrada desde niña, la pidiese perdón. Sólo 
así lograba entrar en su gracia. 

Poco tiempo después de haberse trasladado Miguel, 
fué testigo de una de las más repugnantes escenas de 
este género. Cuando terminó con el piano una mañana, 
Julita se fué al comedor, y motu proprio^ por su extre- 
mada inclinación al aseo, sacó toda la vajilla de los ar- 
marios y se puso á limpiarla esmeradamente y á colo- 
carla de nuevo en su sitio. Empleó en la tarea mucho 
más tiempo de lo que había imaginado. Cuando tomó 
al gabinete donde su madre se hallaba, ésta le preguntó 
con la aspereza acostumbrada si había cosido un vesti- 
do que se le había rota*el día anterior. 

— Todavía no— respondió Julita tranquilamente. 

— <iY qué te has hecho toda la mañana? ¡holgazanal 



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RIVERITA 20 1 

¡más que holgazana! — exclamó la brigadiera con ira. 

Julia, que estaba muy ufana de su labor y que pen- 
saba dar una sorpresa agradable á su madre, le dijo 
riendo: 

-¿Mamá, tiene usted vergüenza para llamarme hol- 
gazana? 

Nunca lo hubiera dicho. La brigadiera, sin oir más, 
se lanzó sobre ella, la cogió por un brazo y la sacudió 
tan fuertemente, que la chica perdió el equilibrio y cayó 
al suelo, dando con la cabeza sobre un pie del piano. 
Lanzó un grito y se llevó la mano á la cabeza, de don- 
de corría un hilo de sangre. La brigadiera, terriblemen- 
te asustada, pálida como una muerta, se arrodilló cer- 
ca de su hija, la incorporó, y empezó á besarla frenéti- 
camente, mientras Miguel iba corriendo á su cuarto en 
busca del frasco del árnica. Pusiéronla inmediatamente 
una compresa, sujetándola con una venda, y gracias á 
esto la herida quedó pronto cerrada. Julia no tardó en 
serenarse. Su madre también se calmó poco á poco. 
Pero todavía mientras la quitaba la sangre de la cara 
con un paño mojado, no podía menos de dar suelta á 
su genio exclamando: 

— ¿Lo ves? Esto te ha sucedido por desvergonzada. 

La brigadiera, aunque parezca extraño después de lo 
que acabamos de decir, amaba á su hija. Pero la ama- 
ba á su manera, mortificándola sin cesar para plegarla 
de un modo incondicional á su voluntad. La voluntad 
era la facultad dominante, característica de su espíritu. 
Todas las demás, el entendimiento, la sensibilidad, la 
memoria, estaban avasalladas por ella, hasta poder du- 
darse algunas veces de si existían. Ante el capricho 
más insigniñcante, la ternura y hasta el amor mater- 
nal huían á esconderse; pero sería injusto afirmar que 
estaba desprovista de ellos. La prueba es que en el mo- 



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202 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

mentó en que su hija se ponía enferma, no se apartaba 
de ella un instante, ni de día ni de noche. Verdad es 
que, aun en tal estado, su voluntad no dejaba de se- 
guir activa, haciéndole tragar las medicinas con terri- 
ble exactitud, no consintiéndole sacar un brazo fuera, 
ni dar tantas vueltas, etc., etc. Esto era irremediable. 
Además, para vestir á Julia con elegancia, para propor- 
cionarle una educación brillante, no le dolía gastar todo 
su caudal, ni aun sacrificar sus propias comodidades. 
Mientras estuvo en Sevilla pudo competir en vesti- 
dos y sombreros con las hijas de las familias más aris- 
tocráticas. Á esto se debía, por supuesto, la gran mer- 
ma que sobrevino en la hacienda que el brigadier la 
había dejado. 

No obstante el régimen severo en que su madre la 
tenía aprisionada y el feroz despotismo que sobre ella 
ejercía, Julia no era tan desgraciada como pudiera pre- 
sumirse. La naturaleza la había dotado de un carácter 
alegre, bondadoso y algo tornadizo. Este carácter la 
salvaba de una desdicha cierta. Las impresiones en ella 
duraban poco y se sucedían con pasmosa rapidez. Pa- 
saba con increíble facilidad del llanto á la risa, y de la 
risa al llanto. Era incapaz de meditar sobre las injurias 
que la hacían, ni menos de guardar por pilas el más 
leve rencor. Además, como estuvo toda su vida bajo el 
poder y la vigilancia de su madre, no pensaba que hu- 
biera más vida. Estaba tan acostumbrada á sus filípi- 
cas que, cuando no eran extraordinarias, las escuchaba 
como un ruido enfadoso, y se autorizaba una que otra 
vez, si el temporal no era muy recio, ciertas salidas gra- 
ciosas, aunque atrevidas. 

— Mamá, me ha dicho una persona bien enterada que 
en el purgatorio acaban de suprimir los pianos. Hasta 
allí se van mejorando las costumbres. — Mamá, ¿será 



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RIVERITA 203 

faltarte al respeto decirte que hoy te has echado mu-, 
chos polvos de arroz?^ — Mamá, si yo tu"^'""''" ''*"" ^^***" 
por lo menos un día á la semana, la 
cuanto quisiera. 

Estos donaires, cuando subían de pu 
tarle bastante caros. 

Miguel, á quien todo aquello cogía de 
adoraba á su hermana, no podía sufri 
Cada vez que le tocaba ser testigo de i 
cenas, padecía horriblemente. Le costabí 
esperados el reprimir sus ímpetus y no 
gadiera alguna áspera advertencia. Pe 
que con esto no adelantaba nada; al coi 
las cosas en peor estado, y se callaba t 
apelaba con timidez á los ruegos para 
rrasca. Más de una vez pensó en irse 
fonda; pero al instante su conciencia se 
no era egoísmo? ¿Qué adelantaba su he 
él no estuviese en casa? Por el contraríe 
tamente que Julita se consolaba mucho 
ca, no sólo porque templaba algunas v 
su madre, sino también, y esto era lo 
ella, porque desahogaba con él su pecho 
maba, porque pasaba charlando delicios£ 
ratos en su compañía, porque se placía 
cuarto, porque la llevaba con frecuencia 
curaba, en suma, por todos los medios 
su alcance, hacerle más dulce la exisi 
parte, tampoco Miguel era de natural mé 
ya sabemos. Julia y él se entendían e 
para bromear, reir, bailar y hasta brin< 
Y como la alegría es contagiosa, algui 
pocas, también la brigadiera participaba 
reía á sus juegos; Miguel solía aprove( 



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204 ARMANDO PALAQO VALDÉS 

disposición y osaba retozar con la fiera. Cogiéndola sú- 
bito de la cintura la empujaba con alguna violencia y 
la hacía correr, á su pesar, por la sala ó el corredor 
hasta fatigarla, sin hacer caso de sus protestas. 

— iEstáte quieto, Miguel! ¡Basta, Miguel! ¡Mira que 
me fatigo! 

La brigadiera, enfadada á medias, no podía menos 
de reírse. Miguel comprendía bien cuándo convenía 
soltarla. 

— ¡Eres un loco incorregible!... ¡Eres más chiquillo 
aún que tu hermana! 

— Vamo^, cállese usted, señora, ó volvemos á dar 
otros seis galopes. 

— No, no; me marcho, porque eres muy capaz de 
hacerlo — decía riendo. 

E^tas sonrisas tenían para nuestros jóvenes el incal- 
culable valor que tiene para los habitantes de Londres 
un rayo de sol en medio del invierno. 

Miguel entregaba á su madrastra puntualmente la 
mitad de su renta. No se limitaba á esto su liberalidad. 
Á menudo las hacía valiosos regalos, las llevaba al 
teatro y las obsequiaba de mil modos distintos. La casa 
se había montado sobre un pie más alto. Vivían en un 
cuarto desahogado de la calle Mayor. En vez de la co- 
cinera y la doncella que antes tenían, había otros dos 
sirvientes más, una doncella para Julia y un criado 
para Miguel. La brigadiera aceptaba, sin embargo, la 
generosidad de su hijastro sin mostrar pizca de agrade- 
cimiento. Al contrario, parecía que tomando su dinero 
ó sus regalos le otorgaba un gran favor, le daba una 
prueba de confianza, y que él era quien estaba obligado 
por ello á guardarle eterna gratitud. 

Algún tiempo después de viyir de aquel modo, tuvo 
nuestro joven otro encuentro, fecundo también en gra- 



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RIVERITA 205 

ves consecuencias. Aconteció que un día de Carnaval 
se disfrazó de máscara, y en compañía de otros dos 
amigos, se bajó al Prado. Vestía traje de chula, y osten- 
taba, para mayor regocijo de los mirones, un seno exu- 
berante, embutido de algodón. 

El salón rebosaba de gente. Pocas máscaras, no tíbs- 
tante. Las que había, desfilaban entre los carruajes dan- 
do saltos para no ser atropelladas, y se montaban en la 
trasera de ellos, en el estribo, y á veces se sentaban al 
lado de los dueños para embromarlos. El grupo donde 
iba Miguel se quedó algunos minutos inmóvil presen- 
ciando el desfile é inquiriendo con. la vista si entre las 
graves damas y caballeros que venían arrellanados en 
los landaux ó mylords había algunos de sus conocidos 
á quien poder dirigirse. Uno de los compañeros atisbo 
al diputado Vidal que guiaba un tilbury^ y escapó á 
colocarse á su lado, lanzando chillidos horrísonos. «¡Pe- 
rico! {Perico! Padre de la patria, aguárdame.» El otro 
tuvo la felicidad de ver á su novia en carretela y fué á 
colocarse de pie en el estribo. Quedó Miguel solamente 
en espera de algún amigo; pero no acababa de pasar. 
Conocía bastante de vista y de oí das, á la mayor parte 
de las personas que ocupaban los aristocráticos ttenes 
que cruzaban lentamente guardando fila, pe^-o no tra- 
taba á ninguna. El barón de Aguilar con su señora, la 
marquesa viuda de Istúriz con su hija, después los se- 
ñores de Pérez-Blanco, en seguida el embajador inglés, 
luego la señora de Manzanillo con sus tres hijas, unas 
señoras que no conocía, un consejero de Estado próxi- 
mo á ser ministro, el banquero Mendiburu con su se- 
ñora y hermana, la generala Bembo... Á ésta sí la co- 
nocía. Era Lucía Población, aquella rubia tan espiri- 
tual, amiga de su madrastra, que había casado mien- 
tras él estuvo en el colegio con el coronel Bembo, 



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206 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

ascendido hacía poco á general. D. Pablo estaba en Fi- 
lipinas en un cargo importante. Decíase que había ido 
allá á reponer su fortuna, quebrantada por las prodiga- 
lidades de su esposa. Vivía ésta en Madrid con sus tres 
hijos, gastando un arreo que confirmaba tal juicio. 
Además, en los últimos tiempos había dado bastante 
que decir con algunas historias galantes, lo que por 
otra parte la había elevado á la categoría de «mujer á 
la moda». Miguel no había hablado con ella desde niño; 
y esto porque sabía que estaba hacía muchos años re - 
ñida tíon su familia. La había encontrado varias veces 
en los salones de la corte; pero como Lucía afectaba no 
conocerle, él tampoco se había decidido á saludarla. Sin 
embargo, no tenía contra ella queja alguna. En la rup- 
tura de relaciones con su madrastra, estaba convencido 
de que la culpa era de ésta. 

Viendo que no cruzaba ningún amigo, Miguel se de- 
cidió á pasar un rato con la generala. 

— Lucía, Lucía, hermosa Lucía, déjame contemplarte 
un instante de cerca... 

Y saltó sobre el estribo de la victoria en que iba la 
dama y se sentó á sus pies. 

— He aguardado más de una hora para verte pasar 
y poder ofrecerte mi caja de dulces... Toma. 

— Gracias, máscara — dijo la dama con sonrisa de 
complacencia, abriendo al mismo tiempo la cajita de 
Miguel y sacando de ella una almendra con sus dedos 
enguantados. ^ 

— ¡Qué envidia sentirán ahora los que me vean! 

— ¿Por qué? 

— Porque voy sentado á los pies de la reina de la 
hermosura, la estrella Sirio de los salones de Madrid. 

El joven exageraba. No obstante, Lucía era una de 
las bellezas que citaban los periódicos en sus revistas 



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Pilii^ 



RIVERITA 207 

de salones y teatros. Los años no la habían hecho des- 
aparecer: por el contrario, al redondear y abultar sus 
formas, habían dado á su figura una majestad que an- 
tes no tenía. Conservaba el rostro terso y nacarado. 
Sus cabellos dorados no contenían aún ninguna hebra 
de plata: sus ojos límpidos, azules, tenían una expre- 
sión vaga de melancolía é inocencia que contrastaba - 
singularmente con lo que de ella se decía, y que la co- 
municaba cierto misterioso atractivo. Vestía con ex- 
traordinaria elegancia. 

Al aspirar la tufarada de incienso que Miguel le echó 
de improviso, una sonrisa placentera contrajo sus 
labios. 

— ¡Oh! máscara, eres muy galante, muy galante... 

— No es galantería; es pura verdad. Todo el mundo 
te admira en Madrid. 

—Vamos, acepto eso como broma de Carnaval; pero 
te la agradezco, porque es delicada. 

— Agradéceselo á Dios, que te ha hecho así... Aun- 
que alguna parte también debió tomar el diablo cuan- 
do te ha formado, porque has hecho muchos desgra- 
ciados... 

Y siguió un buen rato manejando el incensario. La 

generala sonreía siempre y se iba interesando cada vez 

más por la máscara. Cuando estuvo ya bastante pre^ 

, parada, el joven dio otro giro á la conversación, ende- 

rezái5^ola por ciertos caminos peligrosos. 

— ¡Ay, Lucía, tú no sabes cuánto me has hecho pe- 
car de pensamientol 

— ¿Y por qué? — repuso la dama. En sus ojos brilló 
una chispa de malicia. 

— Porque... porque... ¡bah! ¿Quieres que te lo diga? 

— Sí, dímelo. 

— No me atrevo. Te vas á enfadar conmigo. 



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208 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— No me enfadaré; dímelo. 

— Sí te enfadarás; y yo quiero seguir siendo tu ami- 
go... digo, tu amiga... 

— ¡Cuando te digo que no me enfadaré!... Vamos, me 
comprometo á ello formalmente; habla. 

— ¡Ay, Lucía! ¿Me lo juras? 

— Te lo juro. 

El joven se levantó, acercó su cabeza á la de la 
dama, y rozando con los labios su oído, dejó caer en 
él unas cuaqtas palabritas, que la hicieron prorrumpir 
en carcajadas. Miguel no esperaba tan buena acogida, 
y quedó un poco cortado. Inmediatamente se repuso, y 
comprendiendo que la generala estaba curada de espan- 
tos, se enfrascó en una conversación libre y desver- 
gonzada. 

La generala, á cada nuevo equívoco ó reticencia, 
mostraba mayor alegría, se desternillaba de risa y daba 
pie con sus ingeniosas y picarescas respuestas á que el 
joven se engolfase cada vez más adentro. Ya no pen^ó 
más en cambiar de sitio. Se encontraba admirablemen- 
te á los pies de Lucía. 

La generala quería averiguar quién era la máscara 
que tantas y tantas buenas cosas sabía. 

— Soy tu lavandera, ¿no me has conocido? — respon- 
día el joven. 

— iOh, mi lavandera no es tan picara como tú! 

— La careta me hace ser picara. Sin careta soy muy 
inocente. 

— Vamos, máscara, díme quién eres; has conseguido 
interesarme... Si me lo dices, prometo guardarte, el se- 
creto. 

El joven se obstinaba en sostener que era la lavan- 
dera. Ambos se reían de aquel disparate. La noche iba 
cayendo. Los carruajes ya dejaban el Prado, y la mu- 



I. 



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RIVERITA 209 

chedumbre que se apiñaba en el salón se había enrare- 
cido bastante. 

La generala desplegó el abrigo y se lo metió con la 
ayuda de Miguel; pero no acababa de dar al cochero 
la orden de retirarse. La máscara había picado su cu- 
riosidad de mujer caprichosa, y buscaba una aventura 
con el deseo irritado de quien va á despedirse de ellas 
para siempre. Por último, Miguel se declaró. Era un 
joven enamorado tiempo hacía, y que devoraba en se- 
creto su amor sin esperanza, y sus celos. Nunca había 
tenido ocasión de acercarse á ella. Aunque la hubiera 
tenido, tal vez no la aprovechara, porque temía ser des- 
preciado. Con la máscara puesta, ya era otra cosa. No 
estaba embarazado poV el miedo. Se sentía con fuerzas 
bastantes para decirle en voz alta: 

— Te adoro, Lucía, te adoro... te adoro... te adoro... 

Y el joven repetía casi á gritos su frase, llamando la 
atención de las personas que pasaban cerca. 

La generala reía, á carcajadas. Hallaba cada vez 
más divertida á su máscara. Aparentando juzgarlo todo 
pura broma, dudaba en el fondo que no fuese verdad y 
sentía dulcemente acariciada su vanidad. 

— ¿Eres tan feo qué no te atreves á decirme que me 
adoras, sin careta? 

— Lo soy bastante; pero sobre todo soy un ser in- 
significante, indigno de que fijes en él tus hermosos 
ojos. 

— Por lo pronto, máscara, tienes una cualidad bas- 
tante rara en el día: la modestia. Ya no eres, pues, tan 
insignificante. 

— Cuando no hay mérito, la modestia no es ^virtud. 

— Déjame comprobar yo misma si es verdad lo que 
dices. Alza un poquito la máscara. 

— De ninguna manera. No quiero que te rías de mí. 

14 

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2IO ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— Aunque fueses feo, siempre quedarías como hom- 
bre agradable é ingenioso. 

— Muchas gracias... pero no trago el anzuelo. 

— Díme entonces tu nombre. 

— ¿Para qué?... no me conoces... Me llamo Juan Fer- 
nández. 

— Eso no es verdad. 

Ambos quedaron silenciosos unos instantes. La ge- 
nerala estaba un poco despechada de la obstinación de 
Miguel. Quería advertir en ella cierta indiferencia dis- 
frazada con el velo del temor. La conversación la había 
animado también. 

— Hace ya demasiado fresco y voy á retirarme — dijo 
en tono más grave; y después de una pausa, añadió 
con afectada desenvoltura: — ¿Conque te resignas á ser 
mi adorador en secreto? 

—Sí. 

— No te envidio el papel. Debe de ser poco divertido. 

— iOh, es tristísimo! Pero lo prefiero al de amante 
desdeñado. 

— Si no te conozco, ¿ cómo puedo darte esperanzas? 

— Pues bien; ¿quieres conocerme? 

— Ya te he dicho que sí. 

— Mañana corresponde á tu turno en la ópera. ¿No 
es cierto?... El joven que veas con una camelia blanca 
en la solapa del frac, ese soy yo. Pero es condición 
precisa que tú lleves dos camelias también en la mano, 
una blanca y otra encarnada. Si te gusto, deja caer la 
encarnada y quédate con la blanca; si no, haz lo con- 
trario. 

— Convenido. 

—Hasta mañana, pues. Adiós, adiós hermosa Lu- 
cía... Voy á pedir al cielo que seque esta noche todas 
las camelias encarnadas. 



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XIV 



ucHO vaciló Miguel antes de resolverse á 
entrar, con la camelia blanca, en la 
sala del Teatro Real. ¿Qué diría la ge- 
nerala Bembo al ver á un muchacho á quien tuvo más 
de una vez sentado en su regazo, ofrecerse como aman- 
te? ¿Se indignaría? ¿Soltaría la carcajada? ¿Lograría des- 
pertar con su admiración y fidelidad alguna ternura en 
el pecho de la hermosa Lucía? Tales eran las dudas 
que le atormentaban mientras iba y venía di^X foyer á la 
puerta de la sala, sin atreverse á poner el píe en ella. 
Levantaba cautelosamente la cortina para echar los ge- 
melos á la generala, que estaba en un palco platea más 
hermosa que nunca, relampagueando como escaparate 
de joyería. Tornaba d\ foyer. Daba tres ó cuatro paseí- 
tos; se tiraba por el bigote hasta arrancárselo. Volvía á 
la puerta de la sala, se arreglaba el cuello de la cami- 
sa, ecjiaba una mirada á la solapa del frac, donde ar- 
tísticamente estaba colocada la camelia, y otra á la 
mano de la generala donde brillaban una blanca y otra 



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212 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

encamada, pero no acababa de decidirse. Lucía tam- 
bién estaba impaciente. Lo observaba nuestro joven con 
placer. Varias veces la había sorprendido echando una 
rápida é intensa mirada por todo el ámbito de las buta- 
cas, y había querido adivinar en sus labios cierta expre- 
sión de desencanto ó disgusto. 

Al fin hizo un esfuerzo supremo y se coló rápida- 
mente en medio de la sala. Una vez allí, se encontró se- 
reno, y poniendo con osadía los ojos en el palco de la 
generala, esperó. Al tropezarse con él la mirada de ésta, 
llevóse la mano al sombrero y la hizo un saludo 
exagerado, fantástico, de los que tanto gustaban los 
mancebillos elegantes de aquella época. La generala 
respondió con afabilidad y dirigió la vista á otro sitio. 
Mas al volverla de nuevo hacia Miguel, al ver la came- 
lia blanca en su frac y al observar su mirada fija, pene- 
trante y un si es no es risueña, recibió tal sorpresa, que 
no pudo contestar á lo que en aquel momento le pre- 
guntaba un viejo militar que tenía á su lado. El hijo 
del brigadier notó el estremecimiento de sus manos y^ 
vio claramente que una ola de rubor había subido á 
sus mejillas, por más que hubiera vuelto rápidamente 
la cabeza hacia la puerta del palco. — «Ya eres mía», 
pensó con la fatuidad propia de los jóvenes que aspiran 
á sentar plaza de seductores. 

La generala tardó mucho en mirarle de nuevo; pero 
esto le importaba á él muy poco. Sabía que el golpe 
estaba dado y que había sido certero. Esperaba con- 
fiadamente el resultado. En efecto, después de largo 
rato, durante el cual la generala afectó sostener con- 
versación animadísima con el militar, volvió la cabe- 
za hacia la sala y paseó por ella la mirada sin dete- 
nerla en Miguel. Á la otra vez, ya la detuvo un poco; á 
la otra, un poco más; á la otra, ya fué derecha á él. 



iks^.- 



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RIVERITA 213 

Establecióse entonces un tiroteo de miradas, que no 
cesó en toda la noche. La expresión de sorpresa y de 
vergüenza no acababa de desaparecer por completo del 
rostro de Lucía; pero esto le prestaba aún más atracti- 
vo. La camelia encarnada tampoco se deslizaba de sus 
manos. Miguel, cada vez más dueño de sí mismo, se 
atrevió á hacerle seña de que la arrojase. La generala 
bajó los ojos sonriendo, pero no hizo caso. Acaeció, no 
obstante, lo que era de esperar. Allá al final del cuarto 
acto, cuando el tenor avanza hasta las candilejas para 
expresar con algún do de pecho la emoción que le em- 
barga, y las señoras se levantan de sus asientos deján- 
dose poner los abrigos por sus maridos, amantes ó ad- 
miradores, la roja camelia cayó al suelo. La generala, 
con el abrigo ya puesto, se precipitó fuera del palco, 
sin duda para ocultar su confusión. Una sonrisa de 
triunfo contrajo los labios de Miguel, quien salió tam- 
bién velozmente fuera de la sala y se apostó en el ves- 
tíbulo esperando á Lucía. Al pasar ésta, rozando con 
él, aunque sin mirarle, deslizó en su mano una carta 
que tenía preparada. En ella se confesaba perdidamente 
enamorado: «una pasión de niño que el tiempo no ha- 
bía hecho más que trasformar y fortalecer». La ama- 
ba, valiéndose de la expresión de Víctor Hugo, como 
un gusano ama á una estrella. La impresión que su be- 
lleza, su angelical bondad y la dulzura de su carácter, 
habían hecho en su corazón de niño, no había podido 
borrarse: «Era su primer sueño de amor». Para decir 
esto, en resumen, había empleado dos pliegos de letra 
menuda. Al día siguiente recibió la contestación en su 
casa. La carta de la generala era digna y cariñosa; pero 
estaba escrita en un tono protector, que no le sentó 
bien á nuestro joven. Le recordaba su infancia, le ponía 
de manifiesto lo extravagante de aquel amor, «que no 

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214 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

era, como él aseguraba, una pasión firme y verdadera, 
sino un capricho de niño»: le indicaba el ridículo que 
sobre ella caería si cediese á ese capricho y el mundo lo 
averiguase. Por último, le aconsejaba que desistiese de 
su intento y procurase olvidarla. 

Pero Miguel estaba realmente interesado en la aven- 
tura, aunque no tanto como decía en su carta. Esta 
contestación no hizo más que excitarle. Detrás de.aquel 
«olvida ese capricho y quiéreme como una segunda 
madre, pues lo soy tuya por la edad y por el cariño que 
desde niño te profeso», adivinaba que la generala de- 
seaba que insistiese, y que entendía y alcanzaba mejor 
aún que él lo interesante de aquella aventura. Si no, ¿por 
qué había dejado caer la camelia encarnada? — Replicó, 
pues, empleando una retórica más fogosa aún, descri- 
biendo su amor y sus sufrimientos, procurando conmo- 
verla por todos los medios imaginables. Cruzáronse 
después algunas otras cartas. Miguel pedía una entre- 
vista para desahogar siquiera su corazón, «aunque des- 
pués le despreciase». Lucía se negaba á darla, conside- 
rándola inútil y aun perjudicial para ambos. Insistió el 
joven cada vez con más afán. La generala cedió al cabo 
«por compasión, porque temía que hiciese una locura», 
citándole para el día siguiente. Miguel debía pasear á 
pie y por la tarde hacia la Casa de Campo, y tropezar 
casualmente con el carruaje de Lucía. Ésta mandaría 
parar y entablarían conversación, hasta que á la postre 
le invitaría á subir y dar con ella un paseo. 

Así se realizó punto por punto. Miguel acudió á la 
cita lleno de emoción, tanto más, cuanto que Lucía ha- 
bía sabido darla un atractivo especial con aquel mis- 
terio. Si le hubiera recibido lisa y llanamente en su 
casa, no sentiría la mitad del deleite. 

— Adiós, Miguelito... Pare usted, Juan... ¿Cómo tan 



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RIVERITA 215 

solOj por aquí, querido? ¿Te dedicas é 
tas soledades? 

— Phs... huyendo de la noria de la 
usted, generala? ¿Le gusta á usted 
Sofía? 

— Por haber filosofado en casa es f 
aquí — dijo riendo. — Me duele un poco 
mía marearme en la Castellana... Perc 
una vuelta conmigo. Después te dejai 

Todo fué dicho en voz alta para que 
chero y el lacayo. Sin embargo, cuan 
sumisión, inclinándose con el sombre 
abrió la portezuela, brillaban sus ojos c 
presión. Al subir al pescante dio un pe 
vo á su compañero, y ambos rieron 
osar decirse lo que pensaban, por te 
chados. 

Al verse solo y, mano á mano con 
rruaje, Miguel perdió la serenidad. No i 
to más que continuar la conversaciói 
blando de su afición al campo y del p 
en pasear largo todos los días. Pero la 
las visitas, la moda... Estaba cortado, 
bía por dónde empezar. La generala, a 
confusión y vergüenza, le observaba, 
metiéndole á un atento examen, del 
no salió mal librado. Miguel, aunque n 
poseía una figura delicada y un rostí 
presivo. 

Al fin se vio ella precisada á tomar 

— Vamos, ya has conseguido lo qu 
pedías, ¿Estás contento? 

—¡Oh, sí! 

— Yo no. Cualquier indiscreción en 



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2l6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

cias, me perdería, me pondría en ridículo. Ya me voy 
haciendo vieja. 

Miguel protestó. No pasaba por la vejez. Se atrevió 
á decir, aunque mirando al paisaje por la ventanilla, 
que no había en Madrid niña que pudiera competir con 
ella en hermosura y elegancia. 

Lucía no quiso aceptar la lisonja. No se hacía ilusio- 
nes. Á los treinta y cinco años (se quitaba cuatro) una 
mujer es vieja; ¡pero muy vieja! 

— Y lo más triste de todo — añadió dejando escapar 
un suspiro — es que, recorriendo con la memoria los 
años de mi vida, me convenzo de que nunca he sido 
joven. 

— ¿Cómo?... 

— No, no he sido joven, porque jamás he gozado de 
las puras alegrías de la juventud, de los éxtasis apa- 
sionados del primer amor, de las dulces zozobras que 
trae consigo, de los placeres ideales... Siempre contra- 
riada en mis sentimientos, en las afecciones de mi cora- 
zón... El mundo, los parientes, las circunstancias, me 
obligaron á casarme muy joven con un hombre á quien 
no quería. Echaron un cántaro de agua sobre el ftiega 
de mi espíritu, y lo apagaron... Yo hubiera sido algo 
bueno, algo santo, algo puro, y me transformaron en 
un ser vulgar, insigniñcante. Sentía arrebatos heroicos 
en mi corazón, impulsos sublimes... Todo murió al su- 
bir al altar con un hombre que me era repulsivo... Los 
demás hombres no hicieron nada por redimirme... Al 
contrario; contribuyeron á encenagarme más y más en 
la prosa de la vida. Todos cuantos se han acercado á 
mí con la lisonja en los labios, doblando la rodilla para 
adorarme, no traían otro objeto que el de satisfacer su 
vanidad, ó puramente un deseo brutal. Ninguno ha ve- 
nido á entristecerse con mis tristezas, á alegrarse con 



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RIVERITA 217 



mis alegrías, a confundir su alma 
el verdadero amor, el amor puro 
alma elevada sueña siempre... Tú 
quien yo debiera ser sagrada, al é 
Prado, lo has hecho con ese tono, 
dad que tantas veces ha traspasac 
aceptado, porque me he ido acosl 
que de todas maneras, es muy du 

La geaerala, al pronunciar eí 
baja y reprimida, se había ido ani 
Sus mejillas se habían coloreac 
ellas rodaban, al concluir, dos g 
guel se sintió conmovido. 

— ¡Mucho siento haberla oft 
usted\ 

— No: tienes razón para trata 
vándose el pañuelo á los ojos. — \ 
presentarme ante ti como una sa 
brá enterado perfectamente de q 
muchas locuras en la vida... escaí 
sociedad... Pero créeme, Miguel, 
mo porque me han empujado... ] 
do en el fondo de mi alma algung 
tocado nadie. 

Riverita se quedó algunos insl 
lencioso. Cruzaron por su espíri 
cas que tienen siempre los joven 
levantando la cabeza y como hab 

-^¡Quién sabe! ¡Cuántas vec 
juzgando por la máscara que 11 
vida! 

— La mía ha sido siempre in 
exaltación la" generala, clavando 
dos y brillantes. — Se me juzga fi 



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2l8 ARMANDO PALAPIO VALDÉS 

corrompida; se multiplican mis amantes, se citan mis 
extravagancias y se me arrojan al rostro infinidad de 
flaquezas... Quizá tengan razón. Todo cuanto malo 
hice en mi vida, procuré que fuese pronto sabido del 
público. En vez de ocultar las faltas con artificio, pro- 
curé arrojarlas á la murmuración. <iY esto sabes tú 
por qué lo hacía?... ¡Pues en el fondo era para Vengar- 
me del escaso placer que me causaban! 

Estas últimas palabras fueron dichas con inusitada 
violencia. Miguel, que estaba bajo el hechizo de su 
figura distinguida, su elegancia y la suavidad volup- 
tuosa de su mirada, se dejó arrastrar por ellas. Lo que 
la generala decía estaba de acuerdo con el espírituque 
domina en la literatura moderna, según el cual en la 
mujer, á más de la virginidad material, existe una 
como virginidad moral independiente de la primera. A 
menudo la que más amantes tiene es la que mejor 
guarda esta virginidad. En medio de la corrupción y 
los placeres, el corazón puede permanecer incólume y 
sano y llegar á redimirse y sentir, cuando encuentra 
otro semejante, el encanto de los amores inocentes. Y 
como en aquel momento estos artículos halagaban su 
amor propio, no tuvo inconveniente en concederles 
franca y cordial acogida. Ambos se entretuvieron lar- 
go rato con ellos. Lucía se confesó derramando lágri- 
mas. Relató sus angustias, sus sueños, las amarguras 
que en medio del placer sentía, el aborrecimiento, me- 
jor dicho, el desprecio que la grosería de los hombres 
le inspiraba, el ansia de subir á otra región más eleva- 
da, de penetrar en una atmósfera pura y diáfana don- 
de pudiese respirar con libertad . Miguel, lleno de ínti- 
mo regocijo, la consoló, excusó sus faltas y expuso 
también sus ideas particulares acerca del amor. 

El carruaje marchaba por la solitaria carretera, sin 



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RIVERITA 

ruido, acusando su linaje aristocrático, 
extendía por ambos lados áspero y trist 
que bordaban el camino, desnudos por 
paso á los ojos y por entre aquéllos se 
za del sol moribundo. La elasticidad 
producía en Miguel cierta vaga soñoleí 
sí completamente y con una hermosa n 
cuchaba atenta, hablaba como si fuen 
vaciando el cargamento de ideas más ó i 
de paradojas fantásticas, de conceptos 
tenía en la cabeza. Los exhibía con arre 
ciendo su vanidad, deseando tanto ser 
amado. 

Insensiblemente fueron concretando 
candólas al momento presente. La gen 
vio con entusiasmo un programa de i 
los encantos de una vida iluminada t 
amor. 

— ¡Oh, si yo tropezase con el hombre 
con un espíritu noble, hermano del mío 
buscado toda la vida... Nunca hallé mí 
frivolidad, corrupción. Algunas vecas ^ 
dos con el precioso manto de la galán 
tono... pero en el fondo, ¡siempre, sie 
grosería! 

Miguel, con un silencio discreto, pn 
atención hacia sí. Después se mostró t 
partidario del amor ideal, de la vida s( 
mo, se ofreció con labio balbuciente, er 
emoción, como el ejemplar ó archetipo ^ 
soñado. Esta posó en él una larga y p 
que le turbó aún más, exhaló después i 
piro y guardó silencio. Al cabo de al 
tcrtnó de nuevo la palabra con voz temí 



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220 ARMANDO PALAaO VALDÉS 

— Mentiría, Miguel, si te dijese que no me inspira 
vivo interés y gratitud esa adhesión que desde niño me 
has demostrado... y que ahora se manifiesta de un 
modo bien distinto — añadió sonriendo. — ^Mentiría--- 
añadió con animación y brío — si no te confesase que 
me seduce muchísimo la idea de tenerte en mi poder, 
de ser para ti madre y amante á un mismo tiempo... 
iOh, qué situación tan original! Aquel niño que yo tuve 
sobre mi regazo, á quien tengo lavado y peinado mu- 
chas veces, á quien tengo librado de bastantes casti- 
gos, ¡convertirse ahora en amante y en dueño! ¡Esto es 
algo cfUe se sale de lo vulgar, algo nuevo y extraño!.». 
Pero ¡ay, Miguel! estos sueños hermosos no pueden 
realizarse... Son quimeras que no pueden halagar sino 
á una imaginación loca como la mía. Tú no ves aquí 
sino una mujer que te agrada más ó menos y á quien 
deseas rendir á todo trance... 

Miguel hizo protestas fogosas. Se presentó, de buena 
fe, como un ser excepcional también, como un herido 
de la gran batalla de la vida, el corazón goteando san- 
gre y desengaños. Relató igualmente un sin número de 
sueños, pasiones y genialidades, ponderó sus amar- 
guras, las noches de insomnio, las vagas inquie- 
tudes. 

Ambos eran felices presentándose mutuamente como 
almas incomprensibles ó por lo menos no comprendi- 
das del vulgo. No se cansaban de exhibir con deleite 
toda una muchedumbre de ideas y sentimientos imagi- 
narios. 

Por fin la generala se convenció de que Miguel era 
el hombre que buscaba, el ideal dé sus ensueños. Le 
miraba con ternura, le hacía repetir con afán sus en- 
marañeíásiS psicologías, se enteraba de los últimos por- 
menores de su vida esjJ^irítual. No cesaba de dolerse 



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RIVERITA 221 

de no ser más joven para realizar por entero el sueño 
de amor que toda la vida le había perseguido. 

— ¡Cuánto daría por tener algui 
ser libre de volar contigo á algún h 
de este ruido infernal, de esta etem 
toda la miseria que nos rodea! Ur 
del mar, bañada á todas horas por 
lio que cuidar, un pedazo de par 
boca y salud para correr y saltar p 
lo bastante para ser felices! 

Entraron en pleno idilio. Lucía t 
cia el cuadro de la felicidad pastori 
cilla, frugal, inocente, del campo, 1 
ras de la familia. Se representó á 
, casa y viniendo rendido de fatiga 
púsculo para descansar en sus bra: 
ó bordando á su lado; otras veces 
juntos, ó á dar un paseo á caball 
silvestres por el campo... 

— jOh! — dijo Miguel un poco e> 
mos ser felices! 

— iSi eso fuera verdad!... Pero r 
para ti más que una madre... 

Miguel no quiso de modo algún 
nidad. 

— ¡Nada de madre!... no, no... ¡Yo 
te... tu amante! — y repetía la frase 
mación, un poco trastornado ya. 

— Bien, serás lo que quieras; hijo 
te antoje. Pero júrame que es puro i 
nada de vergonzoso en esa pasión 
nada para profanar este lazo que 1 
dos almas para siempre. 

El hijo del brigadier juró. Su í 



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222 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

ardiente adoración. Confesaba que al principio no ha- 
bía pensado más que en el amor vulgar; pero ahora, 
al sondar los inefables misterios que encerraba el alma 
de la generala, al comprender que su corazón estaba 
virgen y puro, al adivinar en ella un ser superior, to- 
dos sus groseros pensamientos se habían apartado 
como lava impura. Sólo quedaba el oro sin mezcla de 
una pasión grande y elevada. 

Y ambos disertaron mucho rato, acerca de la natu- 
raleza de su amor, y se extasiaron en recíproca admi- 
ración de sus almas. No; ellos no pertenecían á la so- 
ciedad en que vivían, eran de otra pasta, estaban cria- 
dos para los grandes sentimientos, para la vida del co- 
razón. 

— Tú eres poeta; tienes un espíritu superior. Tú no 
puedes amar realmente sino á una mujer que te com- 
prenda. 

Miguel reconocía que era verdad. Confesaba que 
hasta entonces no había amado. Era huérfano de pa- 
dres y de amor, y ofrecía algunas de sus extravagan- 
cias morbosas á la generala, como rasgos de una na- 
turaleza superior. Lisonjeado en su amor propio, em- 
briagado por las miradas de la hermosa, en aquel mo- 
mento creía cuanto afirmaba, juzgándose un ser extra- 
ño y digno de admiración. 



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XV 




I las nueve en pun 
calle de Fuencar 
Infantas, Miguel 
que debía cruzar en un coche de 
convenido. 

El coche se detuvo. ¡Con qi 
abrió nuestro joven la portezueU 
tó al lado de Lucía! El cochero e 
do que no se las daban, preguntó 
tanilla y con voz áspera: 

— ¿Adonde? 

Ambos se miraron indecisos, 
por fin decir: 

— Atocha, 145. 

Era la mayor distancia que hí 

Las calles estaban cuajadas d 
los faroles y las de ios escaparai 
ras y los rostros de los transeun 
mirar los objetos exhibidos. La ^ 



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224 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

hora á gozar, de las dulzuras de la civilización, %ue 
trasforma la noche en día, el silencio en ruido, la sole- 
dad en confusión y algazara. 

Al entrar en la berlina, había apretado con efusión la 
mano enguantada de la generala y la había conservado 
en su poder. Esta le acogió cariñosa, pero un poco 
triste y circunspecta. Hablaron en los primeros mo- 
mentos con embarazo de los pormenores de la cita, el 
tiempo que había esperado Miguel, lo que había causa- 
do el retraso de la generala, etc., etc. Lucía aprovechó, 
no obstante, el motivo para recomendarle de nuevo mu- 
cha discreción. Miguel juró y perjuró que su silencio 
igualaría al de las tumbas. Poco á poco fué desapare- 
ciendo la .reserva natural de los primeros instantes: 
entraron en íntimo y grato coloquio. Miguel volvjó á 
describir las fases de su ampr, presentándplo más arca- 
no y enmarañado que nunca. La reflexión le había su- 
ministrado un sin fin de pensamientos delicados, vagas 
lucubraciones, dulces psicologías y frases espirituales, 
que fué vertiendo como flores de su ingenio en el re- 
gazo de la bella. Ésta las recibió con extremado gozo, 
estimulando con su admiración y con tal cual concep- 
to atrevido, pues era mujer de viva imaginación, el 
talento y la fantasía de nuestro joven. El coche rodaba 
con áspero traqueteo por las calles, sin caminar por eso 
con gran celeridad. La decoración de las tiendas y es- 
caparates iluminados, el gentío que discurría por las 
aceras, los coches que sin cesar cruzaban de un lado 
y de otro, pasaban totalmente inadvertidos para los 
amantes, que saltaban sobre los cansados muelles del 
simón, env animada plática, devorándose con los ojos. 

Miguel planteó al fin el problema que bullía en su 
cabeza: el de ir á charlar un rato en casa de Lucía. 

La generala soltó bruscamente la mano que le tenía 



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RIVERITA 225 

cogida, y echó atrás la cabeza, con manifiestas señales de 
hallarse gravemente ofendida. Nuestro joven se asustó 
un poco y pidió perdón con labio balbuciente. No porque 
creyese que había cometido ninguna profanación; pero 
temía que aquélla, poseída de su 
mosa, inmaculada», lo echase tod( 

Guardó silencio obstinado la 
firme é imponente de una deidad 
humilló, se llamó bestia, se decía 
de un alma tan elevada. 

— ¡Oh, nunca creyera de ti!...- 
Y un torrente de lágrimas se despi 

— ¡Perdóname! 

— ¡Nol 

—¡Sí! 

—¡No! 

— ¡Fué un momento de extravíol 

AI fin las súplicas vencieron 
quedó absuelto. 

Pero el carruaje se aproximaba 
carrera, y Miguel no sabía qué pai 

Después de otro intervalo de sil 
curó concentrar todas las fuerzas c 
el ataque. 

— ¡Tú no me quieres! — dijo en 
adoptando á su vez la actitud de t 

— Bien sabes que no es verdad; 
quiero, que te adoro con toda mi ¿ 

— jOh, si me quisieras, me daría 
voca de tu amor! 

— ¡Oh, Miguell ¡Siento desde aye 
de en mi corazón!... ¡Parece con 
arrancado la última creencia, el 
consolador! 



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226 ARMANbo PALACIO VALDÉS 

— Pues yo te digo que desde ayer te adoro aún con 
más entusiasmo... que no ha menguado el amor y la 
admiración que me inspiras... Pero quiero que tengas 
plena confianza en mí, como yo la tengo en ti. 

Después de muchas protestas de cariño por una y 
otra parte, Miguel volvió solapadamente, dando gran- 
des rodeos, á su tema. No, él no quería rebajar la dig- 
nidad de su dueño, él no quería manchar el amor que 
se tenían. Por eso buscaba un sitio que mereciera alber- 
garlo algunos momentos: la misma casa de la generala. 

Resistió ésta, aunque sin enfado ya. Era inadmisible 
por el riesgo que se corría. Se enterarían los criados, ó 
el portero, ó los vecinos... 

— No, no se enterarán. Tomaremos precauciones; tú 
subes primero, después me abres la puerta... 

— Pero los criados lo oyen todo. La puerta está cerca 
déla cocina. Además^ hay un chico encargado de abrir... 

Miguel insistía apretando el ingenio para combatir 
los temores de la generala. Esta amontonaba las difi- 
cultades, dejando, no obstante, entrever más ó menos 
lejano, el triunfo del joven. 

Paró el carruaje. Se encontraban frente al número 
designado. Miguel vaciló un instante sin saber qué 
hacer. Al fin salió del coche y entró en la casa para 
disimular. 

Preguntó allí por una persona que vivía en otro nú- 
mero de la misma calle, y al cabo de un momento, vol- 
vió á salir. 

Al entrar en el coche, interrogó con ojos suplicantes 
á la generala, la cual se dignó hacer un signo afirma- 
tivo. Entonces dijo rápidamente al cochero: 

— Huertas, 30... De prisa. 

Y se enderezaron á todo el cóirer del jamelgo hacia 
la casa de la generala. Miguel le dio las gracias con 



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RIVERITA 

acento conmovido, besándole las mai 
ees. Pero Lucía guardó silencio: se 
cabeza inclinada en actitud melancóli( 
jando que el joven exhalara con labic 
alegría que rebosaba de su alma. Al f 
pudo notar que algunas lágrimas ba 
por sus mejillas, y experimentó dolor 

— ^Por qué lloras? — preguntó, acen 
de la dama. 

Lucía no contestó. 

— ¿Por qué lloras? — volvió á decii 
¿Te he ofendido? ¿Acaso ya no me qu 

— ¡Oh no; no es eso!... Lloro, Migu 
amor... lloro sobre la última ilusión 
haberte conocido... Siento haber dej 
corazón ya dormido, y forjarme, por 
ciertas quimeras deliciosas que se des 
el humo... ¡Por qué he de ocultártelo! 
declaraste tu pasipn, tuve la debilidac 
y soñé, inmediatamente, con un amo 
el amor que ennoblece el espíritu y 
ideas elevadas y á las acciones gener 
á los años de colegiala, cuando el 
ante mi vista como un hermoso fe 
diáfano, cuando no acertaba á ver en 
lindas... todo risueño... todo hermoso 
en la juventud. Una nueva aurora pa 
no fué más que un relámpago que m 
verjeles del cielo. Y al instante qued( 
en la oscuridad... 

Miguel comprendió que era necesa 
do con la generala, aunque fuese po 
Bajó la cabeza y quedó pensativo y 
levantándola, exclamó: 



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228 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— iQue no te quiero! iQue no te adoro! ¿Quién es el 
que puede dejar de admirarte así que te vea y te escu- 
che? No, Lucía, no. Las faltas que cometamos y las 
manchas que caigan sobre nuestro amor, se deberán 
exclusivamente á mí. Tú estás conmigo ahora por la 
bondad de tu carácter... porque me quieres... y porque 
me compadeces. 

Al pronunciar estas palabras el hijo del brigadier 
creía sentir lo que decía, y estaba realmente conmovido. 

—Gracias, Miguel; eres generoso conmigo. Pero tu 
generosidad no me excusa... Tengo tanta culpa como tú. 

Las lágrimas seguían cayendo en abundancia de los 
ojos de la generala. Miguel procuraba convencerla de 
su inocencia, con mil lisonjas apasionadas. El interés 
de la escena le embargaba. La noche había avanzado 
un poco, y las calles que recorrían no eran de las más 
transitadas. 

Llegaron á la de las Huertas. Lucía se apeó delante 
de su casa y entró. Miguel siguió en el carruaje y lo 
despidió en la primer esquina. Allí aguardó á que la ge- 
nerala entreabriese el balcón de su gabinete para entrar 
también. 

Lucía habitaba el piso segundo (derecha é izquierda) 
de una magnífica casa recién edificada. Tenía un nú- 
mero considerable de criados, aya inglesa para la niña 
primera, cochero, lacayo, dos troncos de caballos, uno 
de ellos de valor, etc., etc. Mucha prisa necesitaba dar- 
se el general Bembo á recoger lo que por tantos aguje- 
roa se le escapaba á su media naranja. 

Miguel, vista la señal, subió á la casa con paso firme 
y decidido para que el portero no le detuviese. Lucía 
le esperaba en lo alto de la escalera. 

— Entra sin hacer ruido — le dijo apagando la Voz 
cuanto podía; — así... sobre la punta de los pies... 



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^ RIVERITA 229 

Cuando estuvieron en su gabinete, una estancia lu- 
josamente decorada, las paredes de raso azul, los mue- 
bles forrados de la misma tela, se dejó caer en un diván 
reteniendo la mano de Miguel que t 

— ctNo sabes?... He despachado al 
con un encargo, y á mi doncella co 
nos pueden oir... ¡Mucho cuidado! 

El joven se sentó á su lado, y qui 

— ¡Ya estamos solos y tranquilo: 
grande! 

La generala le apartó suavemente 
beza sobre el pecho.^ 

— ^No estás contenta á mi lado, 
mientras le acariciaba con ternura i 

—No. 

— ¿Por qué? 

— Porque te tengo miedo: porque 
otra loca — añadió con amargura. 

— El amor, ¡qué es más que una 
exclamó sentenciosamente Miguel. 

— Por lo mismo que es sublime, n 
darla... Seamos fuertes con nosotros i 
remónos detrás de nuestras ideas el( 
monos de las groserías de la pasión. 

— ¡Qué alma tan grande tienes!... 
sa, Lucía... ¡Te amo! ¡te amo!... ¡te a 

— Ámame, sí; pero ámame con ur 
de ti y de mí... No me humilles, por 
hasta el suelo, ya que tu amor me 
elevado... Te lo anuncio, Miguel... n 
preciarme... 

Y al proferir tales palabras, caíai 
lágrimas de sus ojos. Miguel proteste 
sición. Sostuvo el idealismo de su ai 



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230 ^ ARMANDO PALACIO VALDÉS 

El gabinete era un nido tibio y hermoso, lleno de 
perfumes penetrantes. Contiguo á él, separada por co- 
lumnas doradas de madera y por una cortina de da- 
masco azul, estaba la alcoba. Por entre los pliegues de 
la cortina se veía un gran lecho matrimonial de palo 
santo, y cerca dé él otro pequeñito de niño. La estan- 
cia, esclarecida débilmente por una lámpara veladora 
de bomba esmerilada que pendía del techo. 

— Calla — dijo la generala suspendiendo el aliento é 
inclinando la cabeza hacia la alcoba, — creo que des- 
pierta mi Chuchu. 

En efecto, el más pequeño de sus hijos, que dormía 
en la alcoba, había dado un leve gemido, al cual siguió 
otro más fuerte. Lucía corrió á allá para que no 'se al- 
borotase. 

— Calla, Chuchu, calla, que aquí estoy yo. 

El niño no hizo caso. 

— Si no callas, el hombre de las narices grandes ven- 
drá á buscarte y te llevará. 

— ¡Quero ía! — clamó el niño. ía era la doncella, que 
se llamaba María. 

— No, monín, no; duerme. 

— ¡Quero ía!! 

— No grites... mira que va á venir el hombre feo. 

— ¡Quero ía! 

— ¡No grites, chiquillo!... Pronto vendrá María... Ma- 
ñana te mando á dormir con las niñas. 

— ¡Quero ía! 

¡Mira, si no te callas, te doy azotes!... Vamos, duér- 
mete. Si te duermes, te compraré un caballo para que 
vayas al Retiro montado como tu amiguito Julián... y 
después te llevo al Circo á ver los clown^.,. ^No te acuer- 
das de los saltos que dan? ¡Qué saltos tan grandes so- 
bre el caballo! ^eh?... Y la niña rubia que se sube al tra- 



dki-. 



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RIVERITA , 231 

pecio, ¡qué bonita! ¿eh?... Y después vamos á casa de 
Julianito, y comerás dulces... y otro día iremos á Le- 
ganés á ver á la tía Adelaida para que te regale el pa- 
jarito de cristal que canta dándole cuerda... y lo traere- 
mos para casa, <; verdad?... ¿No te gusta? 

El niño, que había suspendido el llanto para escuchar 
á su madre, cuando ésta terminó el repertorio de pro- 
mesas, volvió á gritar: 

— iQtieto ía! 

No fué posible por ningún medio hacerle desistir de , 
su empeño. 

La generala estaba furiosa. 

— ^iPero qué edad tiene^ el niño? — preguntó en voz 
baja Miguel, que se había aproximado silenciosamente 
á la alcoba. 

— Tres años. 

— Pues sácalo de la cama. No hay ningún cuidado. 
Á ver si se entretiene con cualquier cosa. 

Lucía lo envolvió en un chai y lo sacó al gabinete. 
Era rubio y hermoso como un angelito, con grandes 
ojos azules. No se manifestó sorprendido al ver á Mi- 
guel. Suspendió el llanto y le miró, sí, con insistencia, 
pero sin preguntar nada á su madre. Miguel quedó un 
poco cortado ante aquel examen, y le pesó de haber 
aconsejado á la generala su traslado. Después procuró 
captarse su amistad. Tomólo de los brazos de aquélla, y 
lo sentó sobre sus rodillas; le acarició suavemente sus ca- 
bellos ensortijados y le dio un beso sonoro en la mejilla. 

— ¿Me quieres? — le preguntó con voz melosa. 

El niño le miró fijamente con ojos serenos y graves. 
Después pronunció secamente: 

— iNo! 

Miguel se turbó, y quedó desde entonces mal impre- 
sionado. 



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'# 



XVI 



i 



^ 



AJÓ la escalera lentamente, de mal humor, 
con el alma triste y fatigada. Sentía e! 
descontento de sí mismo que acompaña 
siempre á los placeres ilícitos. ¡Qué ajeno estaría el po- 
bre D. Pablo Bembo á que el niño que levantaba en 
alto con sus descomunales manos «para ver á Dios» 
había de ser con el tiempo quien escamececiera su 
nombre! Este pensamiento le causaba desazón profun- 
da. En vano se decía, para apagar el grito de la con- 
ciencia, que la generala ya lo había deshonrado más de 
una vez; que si él no, otro sería; que el pecado á fuer- 
za de repetirse había pasado á ser venial en la sociedad 
elevada; que lejos de rebajarle á los ojos de ella, sería 
una gracia más entre las muchas que le concedían. De 
todos modos, le decía una voz interior, la falta de la 
generala no puede excusar la tuya. Si todos se echasen 
la misma cuenta, el mundo no sería más que un hato 
de picaros. Además, él estaba en peor caso que los 
otros porque tenía con la generala cierto parentesco es- 



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RIVERITA 233 

piritual formado por la diferencia de edad y por las re- 
laciones especiales que habían mediado entre ellos. El 
general, por otra parte, había sido el amigo y el com- 
pañero de su padre, y nadie estaba tan obligado como 
el hijo del brigadier Rivera á respetar su honor y sus 
canas. 

Eran los once y media de la noche. La gente aún 
discurría por las calles, sobre todo por las céntricas, 
donde algunos teatros comenzaban á^vomitar por sus 
puertas centenares de espectadores. Tan embebecido 
iba en sus pensamientos, los cuales le mortificaban 
más de lo que nunca imaginara, que al pasar por 
la calle del Príncipe no vio dos bultos echados en la 
acera hasta que tropezó con ellos. Eran dos niños, el 
menor de los cuales dormía ó descansaba con la cabe- 
za apoyada en las rodillas del mayor. El frío era inten- 
so. Miguel observó á la luz del farol la extremada pa- 
lidez de ambos, sobre todo del más pequeño. 

— Oyes, chico, ¿cómo tienes aquí á este niño medio 
helado? ¿Por qué no os vais á casa? — dijo encarándose 
con el mayor. 

Este, que tendría seis ó siete años de edad, levantó 
hacia él sus ojos grandes y hermosos, en torno de los 
cuales se dibujaba un círculo azulado, y balbució al- 
gunas palabras que no pudo entender. 

—¿Qué dices, querido? — manifestó Miguel en tono 
afectuoso y bajando la cabeza para oirle mejor. 

— No tenemos más que tres reales — murmuró sin 
aliento el niño. 

— ¿Y qué importa eso? .^ 

— Tenemos que llevar cinco. 

— jAh! — exclamó comprendiendo lo que aquello 
significaba. — Y si no los lleváis os pegan, ¿verdad? 

El chico bajó los ojos y la cabeza en señal afirmativa 



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JirHínMfiff I 



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234 , ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— ^Tenéis padres? 

— Madre. 

— ¿Y es la que os manda á las calles á estas horas? 

— Sí, señor. 

— ¡Excelente persona! — dijo'por lo bajo; y sacando 
unas pesetas del bolsillo: 

— Toma; marchaos ahora mismo á casa. 

El niño fué á levantarse, pero no pudo. Su hermani- 
to se lo estorbaba. 

— Lev^anta, Rafaelito. ^ 

El chiquitín no se movía. 

— ¡Levanta, Rafaelito! 

Miguel lo cogió entre los brazos y lo puso en pie; 
pero al ver que no se tenía, exclamó en alta voz: 

— ¡Este niño está yerto! ¡Qué atrocidad! 

Y comenzó á sacudirlo y á frotarlo. 

Algunos transeúntes se habían parado y formaron 
en tomo de nuestro joven y de ios niños un grupo que 
fué engrosando por momentos. Algunos quisieron 
ayudarle en la tarea. Otros comenzaron á interrogar al 
mayor. Miguel les explicó lo que sabía, y causó gran 
indignación. No se oían más que estas exclamaciones: 
«¡Pobrecillos! ¡Qué vergüenza de madre! ¡La autori- 
dad debía de intervenir en estas cosas!» etc. 

Al ñn se había conseguido que el niño se tuviese en 
pie; pero estaba cadavérico, haciendo rodar sus ojillos 
de un lado á otro sin darse cuenta de dónde se halla- 
ba. Tendría unos cuatro ó cinco años. A Miguel se le 
ocurrió de pronto que á más de frío tendrían hambre 
aquellas desgraciadas criaturas, y tomando á cada una 
de la mano, rompió con ellas, por entre la mucha gen- 
te que se había aglomerado, con intención de llevarlas á 
algún sitio donde reparasen el estómago. Cuando ya se 
alejaba del grupo, oyó á una joven del pueblo exclamar: 



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r ^.=*lPl«^i^«<'^-^>'í=' • 



RIVERITA 235 

— ¡Y luego dirán que no hay cari 
Mira, chica, mira á aquel señorito cóm< 
líobres niños... 

El hijo del brigadier sintió un dulce 
al escuchar aquellas palabras: y sigui» 
los dos niños. Pero en la esquina de le 
sintió unos pasos precipitados que se 
y oyó que le decían: 

— Caballero, déjeme usted llevar un 

La voz era conocida. Volvióse y rec( 
mía del boticario Hojeda, el fiel amigc 
nardo, el varón humilde y bondadoso c 
le había ido á visitar cuando era colegi 

— ¡D. Facundo! 

— ¡Miguelito!... Me alegro mucho qu 
do... ¡Dios te lo pagará!... Dame acá 

— ¿De dónde venía usted á estas hor 

— De casa de tu tío... como siemp 
descuidado un poco más. Cuando llegu 
gente ya tú venías con los muchachos 
nocí. Me enteré de lo que era y quise t 
parte en la buena obra. 

— ¿Dónde quiere usted que vayamo 
llevarlos á un restaurant, 

— ;Si te parece — dijo tímidamente D 
traremos en el café del Prado que es ( 
Conozco al dueño. 

— Adelante; vamos al café del Prado 

Cuando llegaron á él, Hojeda propí 
por el portal, donde había una puertee 
caba con la cocina. Así evitaban la e5 
ron, pues, en la cocina, donde los pin 
y algunos mozos que allí estaban los < 
sorpresa. Hojeda ordenó que al instant 



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I vv;¿ífe!?« 



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236 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

de chuletas. El cocinero, al saber de lo que se trataba, 
se puso á prepararlas con gran prisa: los pinches tam- 
bién desplegaron toda su actividad. Pronto se reunieron 
en aquel sitio otros cuantos mozos formando círculo en 
tomo de los dos muchachos, que con el calorcillo del 
fogón y de las luces comenzaron á revivir. Miguel se 
quedó absorto contemplando los andrajos de que iban 
vestidos. Acudió también el amo, á quien Hojeda man- 
dó avisar. Todos hacían preguntas sobre preguntas á 
los pobres chicos, que apenas articulaban más que mo- 
nosílabos. 

— Dejadlos ahora — dijo el amo, — ya hablarán cuan- 
do tengan el estómago lleno. 

— Vaya, rumia, aquí tenéis con qué llenar el fuelle — 
dijo el cocinero en gallego cerrado, presentándoles las 
chuletas, cada una en su plato, y colocando los platos so- 
bre una silla. Los niños se arrojaron á ellas como lobos. 
Al verlos desgarrarlas con los dientes y soplar al mis- 
mo tiempo para no quemarse, Miguel sintió los ojos 
húmedos. Uno de los pinches colocó sendas rebanadas 
de pan al lado de los platos. 

— Á ver — dijo Miguel, — que traigan dos copas de 
Jerez. 

Mientras los chicos comían, enteramente abstraídos 
de lo que les rodeaba, el dueño del café, Hojeda, Mi- 
guel y los demás que asistían á esta escena los con- 
templaban con ojos que brillaban de alegría. Todos los 
rostros expresaban un deleite casi sensual. Cuando hu- 
bieron dado buen ñn al pan y á las chuletas y se hu- 
bieron bebido el Jerez, los niños se animaron repenti- 
namente, sobre todo el pequeño, qup era el más aterido. 
Sus mejillas recobraron el suave color de la infancia, 
y comenzaron á examinar con atención los objetos, y. 
las personas. 



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RIVERITA 237 

— ¿Habéis despachado ya? — preguntó Hojeda... — 
Pues vamos con la música á otra pi 

— ¿Cuánto es esto? — dijo Miguel 
do la mano al bolsillo. 

El dueño del café, que había oí 
apresuró ,á decirle, sujetándole el bi 

— Caballero, yo no cobro las lim( 

Miguel no insistió. 

— Dios se lo pagará á usted, D. I 
jeda apretándole efusivamente la m; 

Y salieron á la calle llevando por 
los cuales iban brincando como cer 

— ¡Eh chis chis! — gritó el botica 
¿En qué calle vivís? 

— En la calle del Tribulete — resp 

— ¿Qué número? 

Los chicos se miraron uno á 01 
quedaron silenciosos. 

— ¿No lo sabéis? Está bien. ¿Pero 

— ¡Ah, sí señor! 

— Bueno: ahí en la esquina tomai 
le parece á usted, D. Facundo? — ma 

— Como quieras, Miguelito. 

Tomaron un simón en la plaza d^ 
orden al cochero de que parase en 1; 
del Tribulete. Los chicos, que se ha 
bigotera de la berlina, iban tan sorp 
que costó gran trabajo hacerles resp 
guntas. Mientras D. Facundo interrc 
extremada habilidad para enterarse 
necesitaba saber, Miguel hablaba co 

— ¿No os habrán dado hoy de cer 

— No — dijo el niño moviendo la c 
á otro. 



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238 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— ^Y habéis comido por la mañana? 

—Sí. 

— ¿Y qué habéis comido? 

— Lentejas y pan. 

— ¿No habéis comido nada desde entonces? 

— Un poco de pan que me dio Pepe. 

— ¿Quién es Pepe? 

Silencio y asombro del niño. 

— ¿Es algún amigo tuyo? 
-Es el chico de la vecina. 

— ¡Ah! ¿Y quién te ha dado ese chaquetón que te 
llega á los pies? 

— El tío Remigio. 

--¿Quién es el tío Remigio? 

Nuevo y mayor asombro del niño, que le mira con 
ojos extáticos. 

— ¿Es algún hermano ó pariente de tu madre? 

— Es albañil. , 

— jAh, es albañill — Y comprendiendo que no sacaría 
más en limpio, Miguel tomó otro rumbo. 

— ¿Y ganáis todos los días los cinco reales? 

— Algunos días no. 

- ¿Y qué os sucede cuando no los ganáis? 

El niño vaciló un instante, y después hizo con su 
manecita un ademán de vapuleo muy expresivo. 

Miguel conmovido guardó silencio. 

En la esquina de la calle del Tribulete despidieron el 
coche. Los chicos sin vacilar fueron derechos á la puer- 
ta de una casa vieja y sucia. El mayor se volvió de 
espaldas y dio con los tacones de sus zapatos rotos al- 
gunos golpes. Al poco rato abrió una vieja, que dejó 
escapar al verlos un gruñido nada pacíñco; pero su 
.mal humor se convirtió en sorpresa al observar que 
Hojéda y Miguel atravesaban el portal y seguían á los 



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RIVERITA 239 

muchachos. Éstos subían decididos la escalera v como 
hormigas que entran en su guar-"- ^"^ — ' '"~ — 
fósforo, porque la vieja portera se 
luz. Subieron hasta la guardilla. ] 
ron delante de una puertecita. 

— Aquí es — dijo el mayor. 

Hojeda llamó con los nudillos d 
die contestó. 

— No habrá venido todavía mi 
mismo chico. 

— ¿Y qué os hacéis cuando lleg 
madre? 

— Nos sentamos en la escalera. 

En esto se abrió una puertecita 
ra y apareció un hombre en traj 
lamparilla de petróleo en la mano 
ñores les dio las buenas noches ; 
deseaban. Hojeda le explicó el ca 
El obrero les invitó á pasar á su 1 
dentro, les manifestó en confianzí 
mujer sabían la desgracia de aqi 
que habían querido intervenir par 
útilmente. La madre era una muj* 
sastre, amancebada tiempo hacía 
había tenijio aquellos niños con 
querido, que esto no lo sabían. Dic 
menores, que indignaron extrema 

Pero aquella mala mujer no a( 
necesario despedirse del obrero y 
la escalera, con una buena limos 
les dio. Cuando ya bajaban, apar 
Hojeda entró con ella en la vivie 
y desabrigado desván, sin otros i 
silla y dos ó tres taburetes. En \ 



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240 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

miserable fogón apagado; en otra, un montón de tra- 
pos, restos, al parecer, de antiguo colchón, donde dor- 
mía toda la familia. 

Miguel quedó asombrado del tacto y la habilidad 
que D. Facundo desplegó para noticiar á aquella mu- 
jer lo que habían hecho y para arrancarla todos los 
datos que necesitaba saber; de dónde era, con quién 
había estado casada, dónde trabajaba, etc. La mujer, 
que al principio los acogiera con marcada hostilidad, 
ante la mirada dulce y serena y las palabras sinceras 
de Hojeda, se fué poco á poco suavizando. Al fin, cuan- 
do éste le recordó con tono afectuoso los deberes que 
tenía para con sus hijos, aquellas infelices criaturas, 
sin otro amparo en el mundo que ella, rompió á sollo- 
zar. El boticario la consoló, prometiéndola volver al 
día siguiente y hacer por los niños todo cuanto pudie- 
ra. Lo que más le sorprendió á Miguel fué que en nin- 
guna de sus frases hizo D. Facundo la más leve alu- 
sión á los malos tratos que daba á los hijos ni á ja 
conducta licenciosa que observaba. 

Cuando al fin salieron á la calle, le dijo: 

— ¿Y qué piensa usted hacer mañana, D. Facundo, 
con todos esos datos que ha tomado? 

— Procuraré comprobarlos. Tengo muchos conoci- 
mientos entre los pobres de Madrid. Después trataré de 
sacar para ella la ración de San Vicente de Paul y man- 
dar al chico primero á un colegio. 

— ¿Por cuenta de usted? 

— Es muy barato. No vayas á creer que se trata de 
una gran cantidad. Entre unos cuantos amigos, hemos 
fundado un colegio para niños 'desamparados y nos 
sale por muy poco cada plaza. 

— ¡Pobres criaturas! ¡Dejarlos así abandonados á la 
intemperie, expuestos á quedarse muertos en medio xie 



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RIVERITA 241 

la calle, y todavía si no traen el dinero justo pegarles!... 
Esa mujer es una infame que no merece que usted se 
ocupe de ella. 

D. Facundo dio un suspiro y dijo pon^^^^^^^^'^ ^^ momr. 
sobre el hombro: 

— ¡Ay, Miguelito, sobre estas cosas ; 
das, hay mucho que hablar! Yo no di 
mal lo que hace esa mujer; pero llamar 
tan justo como á primera vista parece. 
ber pasado muchos años contemplando 
cuadros semejantes al que acabamos c 
de haberme familiarizado con los torme 
los pobres, con sus ideas, y hasta con s 
concluido por hallar muchos más desgi 
fames. En el mismo caso presente, cierl 
ro que salta á la vista, es la maldad de 
no te detengas en la superficie. Vé más 
mina, investiga y hallarás seguramente 
culpable. Primero tienes que considerar 
trería no gana más que siete reales. Co¡ 
pueden comer -siquiera pan seco tres p^ 
drid. Después debes tener en cuenta 
sola, sin amparo, está expuesta siempre 
garras de cualquier tunante que la en¿ 
las ideas que esa gente tiene de la ei 
niños, no son como las tuyas y las r 
han visto ni entendido nada bueno. El 
chicos es una de tantas costumbres feaí 
como tienen... 

—¡De todos modos, D. Facundo!... 

— Sí, sí, te concedo qu6 esa mujer 
bien examinadas y bien pesadas todas 
cias, no es tan perversa, de seguro, ce 
ginas. 



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242 ARMANDO PALAaO VALDÉS 

Miguel guardó silencio y se puso á meditar sobre las 
palabras de Hojeda, mientras caminaban emparejados 
hacia el centro de la villa. Después de larga pausa, le- 
vantó la cabeza y dijo: 

— ¿Sabe usted, D. Facundo, que no sospechaba que 
usted se dedicase tan particularmente á hacer obras de 
caridad? 

El trozo de cara que la enorme bufanda del botica- 
rio dejaba al descubierto, se coloreó fuertemente. 

— ¿Yo?... ¡Ca hombre! no... iqué tontería!... De ningún 
modo... no lo creas... — comenzó á balbucir torpemente 
como un hombre cogido infraganti de algún delito. 

— Lo que está á la vista no se puede negar — manifes- 
tó Miguel sonriendo. 

Hojeda se mantuvo silencioso algunos instantes. Des- 

^ pues, parándose de pronto y cogiendo á nuestro joven 

por el brazo con mucho aparato de misterio, y esfor- ' 

zándose por dar á su voz y á sus ojos la mayor expre-^ 

sión posible de severidad, le dijo: ' 

— ¿Sabes, Miguelito, por qué hago yo todas estas 
cosas? 

— ¿Por qué? 

El boticario le estuvo mirando algunos segundos con 
extraordinaria dureza. Después exclamó: 

— jPor egoísmo! 

Y soltándole el brazo, dio rápidamente unos cuantos 
pasos dejándole atrás. 

— ¿Cómo? ¿cómo?— repuso Miguel todo asombrado. 

El boticario sin volverse, pero haciendo un ademán 
expresivo con el brazo, volvió á exclamar con más 
fuerza: 

— ¡Por puro egoísmo! 

— ¿Cómo es eso, D. Facundo? — preguntó avanzando 
.hasta colocarse á su lado. 



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RIVERTTA 243 

— Te lo explicaré en seguida— ^'"^^"""^ u-:..^^ ^^ 
tono confidencial, parándose otra ve; 
dolé por la manga del gabán, — Ye 
como tú sabes. No soy aficionado 
comprendo que aunque me haga 
nunca pasaré de cierto límite. Tamp 
juegos, pues el billar lo tomo solar 
dio de hacer ejercicio. Los teatros 1 
Entre los espectáculos públicos únicí 

— Los toros, ya sé. 

— Es mi único vicio... pero no loi 
la primavera y una vez por semana 
corridas extraordinarias. La botica i 
gún tiempo, porque tengo al frente ( 
muchacho que acaba de hacerse 
cual se la pienso dejar cuando me 1 
á los sermonea y no me entretengo 
nos pobrecillos, ¿qué quieres que ha 
comprendes que me moriría de abur 

— Sin embargo, los actos en sí no 
rito. 

— ¡Ninguno, hombre, ninguno! — i 
— Mira: te lo explicaré mejor. Yo, ci 
de un pobre y me entero de su vida 
aconsejo; cuando doy vueltas por ] 
alguna colocación, estoy entretenid 
cualquier señorito en los bailes de M 
renda de que mientras él llega á < 
hastiado, ojeroso y mustio, yo me a 
las doce, y si he hallado empleo par 
duermo más contento que el Rey de 
he hallado, me levanto por la mañai 
revolver todo Madrid... Díme tú ahc 
mejor la vida, él ó yo? ¿Quién es aqu 



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244 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

á ponerte otro ejemplo. Acabas de pasar una hora con- 
migo desde que nos hemos encontrado en la calle del 
Príncipe. Quierp que me digas con sinceridad si en esta 
hora te has aburrido... 

— No sólo no me he aburrido, sino que he pasada 
uno de los ratos más felices de mi vida... 

— ¿Lo ves? ¿Qué mérito tiene entonces lo que hemos 
necho? Lejos de juzgarnos dignos de admiración, so- 
mos dignos de envidia por lo que hemos disfrutado..* 

— Concedo, D. Facundo, que en este caso particu- 
lar, acaso tenga usted razón; pero consagrar la vida en- 
tera como usted á hacer obras de caridad, es digno de 
alabanza y recompensa. 

— ¡Recompensa! ¡recompensa! — exclamó con fuega 
el boticario. — Pues qué, ¿te juzgarás acaso resarcida 
del dinero que has dado por una butaca en el teatro 
después de haber pasado la noche bostezando, y no te 
considerarás pagado del que regalaste á esos niños, 
gozando una hora de felicidad? 

— Bien, pero usted es otra cosa. Yo lo acabo de ha- 
cer por casualidad, mientras que usted lo tiene por cos- 
tumbre. 

— ¡Mejor que mejor! Yo gozo todos los días tanto ó 
más de lo que tú has gozado hoy... 

Siguió desenvolviendo con brío su tesis nuestro far- 
macéutico, mientras caminaban hacia la Puerta del SoK 
Miguel había concluido por guardar silencio, escuchan- 
do con placer y curiosidad aquellas peregrinas teorías. 
Al llegar á la esquina de la calle de la Montera, Hojeda 
volvió en sí de pronto y dijo en el tono afectuoso y hu- 
milde que le caracterizaba: 

— ¡Buena matraca te he dado, Miguelitol Perdona á 
este viejo chocho y vete con Dios á descansar, que aquí 
nos separamos. 



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RIVERITA 24S 

Miguel se despidió de él ap^""'"'' 
mano. Cuando se hubo aparta( 
dijo volviendo á llamarle: 

— Conste, D. Facundo, qu< 
usted, y que es usted una gran 

— ¡Un gran egoísta! — gritó e 



i 



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XVII 



á k UÉ te 

^ P, do 1 



pasa hoy? ¡Parece que estás triste! 
decía la generala cierta noche, toman- 
las manos de su amante entre las 
suyas. 

— Pues no tengo nada (al menos, que yo sepa) — re- 
puso en tono humorístico él. 

— Sí tal; hay en tu fisonomía cierta expresión melan- 
cólica. Por más que trates de ocultarla con aparente 
alegría, no lo consigues. En tus ojos hay menos brillo 
que otras veces; tienes la mirada vaga y perdida... 
— No; lo que tengo, es la mirada de perdido. 
— Ríete lo que quieras. Tengo un corazón que no se 
engaña. Tú estás triste, y me lo ocultas. 

— Si tienes mucho empeño en ello, lo estaré; pero 
sólo por galantería. Por lo demás, nunca he estado más 
alegre. 

— Pero la tuya es una alegría marchita... No tiene 
frescura... no sale del corazón... Es una máscara. Yo 
quisiera, Miguel mío, saber todo lo que acontece en tu 



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i^rTíS^K^^^T' .' 



RIVERITA 

espíritu, todo lo que piensas, todo 
me basta saber los pensamientos 
grandes. Deseo conocer también los 
escudriñar los últimos rincones, los 
Quiero que no pase por tu cabeza ui 
tan débil como el soplo de un nifí 
mi rlbticia... Quiero conocer todas 
experimentas, aun aquellas que ape: 
mover tu corazón... Quiero entrar d 
quiero formar una sola persona con 
Los grandes ojos azules de la ge 
con amorosa inquietud en su amar 
palabras. 

Miguel despertó de la indiferencia 

— Todo eso eres, cielo mío... Tod 

—contestó, apretándole con efusión 

— ¡Si fuese cierto!... Pero no... 1 

cada día más tibio... Á medida que 

el tuyo se apaga... 

¡No lo creas, Lucía! — exclame 
su exclamación mayor fuego del qu( 
pondido si no se hubiera tomado un 
¡Te adoro... te adoro con pasión lo 
el único pensamiento dulce que an 
Pídeme la vida, y me verás darla co 
— ¡No quiero tu vida, chiquillo! — r 
la sonriendo y dándole palmaditas ei 
tu amor; pero un amor verdadero, gi 
no sabes las locuras que yo sueño, I 
vanto en el aire! Muchas veces me í 
me adoras con todo tu corazón, con 
de tu alma, y que yo soy para ti lo c 
el Dante y Laura para el Petrarca, u 
te preserva de todo p'jnsamiento inn< 



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548 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

mi amor se va engrandeciendo tu espíritu, despierta tu 
genio, el genio que tienes en el fondo del alma... , Por- 
que yo estoy segura de que lo tienes... 

— En efecto, tengo un genio muy malo. Á veces no 
hay quien me resista. 

— No, no; es otra clase de genio — dijo la dama rien- 
do. — Mas aunque esto no fuese una quimera, aunque 
tú alcanzases algún día la celebridad, soy muy tonta 
en forjarme ilusiones... Tú estás comenzando la vida 
casi, casi... El porvenir se presenta risueño. Cuando 
llegues adonde yo creo que tienes derecho á llegar, ¿qué 
seré para ti?... Una vieja que ha cometido la insensa- 
tez de amarte. Una pobre mujer enamorada ridicula- 
mente... 

— ¡Alto, querida! Te anuncio que ya estoy enterneci- 
do. No sigas adelante, si no quieres verme hacer pu- 
Cheritos... Hablemos de otra cosa — añadió reclinándose 
perezosamente en el sofá y estirando las piernas con 
demasiada confianza, — hablemos de Pérez Almagro. 

Pérez Almagro era el último amante que la generala 
había tenido, y que no dejaba de inspirar cierta inquie- 
tud, ya que no celos, á nuestro joven. 

— ¡Oh, qué cruel eres! ¡No perdonas medio de hacer- 
me sufrir! 

Miguel iba á replicar; pero en aquel instante un leve 
rumor lejano se dejó oir en el pasillo. Lucía se puso en 
pie con súbito y pronto movimiento; el rostro pálido, 
el oído atento, la mirada extática*. Escuchó un mo- 
mento. 

— ¡Alguien viene!... Es la doncella... ¡De prisa, de 
prisa! ¡Escóndete! 

— ¿Dónde?— preguntó aturdido. 

La dama paseó una mirada intensa y ansiosa por la 
habitación. 



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RIVERITA 249 

— Aquí — dijo corriendo á un arn 
pared y abriendo el compartimento 

Miguel se metió allá de cabeza, 
la llave. En aquel momento entrab 

^¿Qué hay, Carmen? — pregunt 
dirigiéndose al espejo para arreglar 

— Señorita, vengo á darle cuentí 
entregó por la mañana. 

— |Ah! sí... el billete... ¿De cuánt 

— De diez duros. 

— Bien ¿qué ha comprado usted 

— Los botones para el vestido d( 
do seis pesetas. 

— ¿Qué más? 

— La sombrilla do. miss Ana, qu 
la han querido dar menos de tres c 

— Bien; son cuatro duros y una 

—La corbata para Chuchu... tre: 

— iSe la ha puesto ya? 

— Na, señorita; mañana cuand 
muy bonita; "á María le ha gustado 
chico quería ponérsela cuando s 
cío... ¡Poco trabajo que me coste 
beza! 

— jPobre Chuchu! 

— Cuando vio que no conseguía 
se puso á hacerme caricias... ¡Anda 
ponme la corbata... te he de dar ui 
mesa... — Yo le decía: — ¿El que te 
que me toque á mí... 

— ¡Oh, qué malo! 

— jNo sabe usted, señorita, las 
para sacármela! 

— ¡Pobre Chuchu! ¿Por qué no s 



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2 So ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— Porque en casa no habría quien se la quitase des- 
pués. 

— ¿Le ha encargado usted los guantes? 

— Sí, señorita 

— ¿En casa de Clement? 

—Sí, señorita: quedaron en mandarlos el sábado. 

— ¿Los ha pagado? 

— Sí, señorita: tres pesetas. 

Miguel se asfixiaba en el armario. Estaba de rodillas, 
el cuerpo doblado, la cabeza apoyada en uno de los 
rincones. Así que entró, empezó á sentir el malestar de 
la postura. No podía alzar la cabeza ni enderezar poco 
ni mucho el cuerpo; las piefrnas encogidas también de 
tal manera, que le causaban calambres. Pero á los po- 
cos segundos, notó ó creyó notar que le faltaba aire 
para la respiración, y se estremeció de congoja. Hizo 
frecuentes y largas inspiraciones para probar, y obser- 
vó que cada vez hallaba más dificultad. Trató de con- 
tener el aliento para economizar aire, pero esto no hizo 
sino fatigarle más. Entonces quiso dar la vuelta y apli- 
car la boca á una rendija á ver si conseguía recoger 
más oxígeno. No le fué posible. La idea de morir as- 
fixiado cruzó por su cerebro. Un sudor frío y copiosa 
le bañó todo el cuerpo. La congoja se apoderó de él. 
En pocos segundos pensó millares de cosas aterrado- 
ras. Vio la muerte cara á cara. El miedo le dejó yerto, 
desmayado; estuvo á punto de perder el sentido. Mas 
de pronto, el instinto de la vida despertó, se reveló con 
ímpetu en su organismo y le sugirió pensamientos de 
salvación: 

—«¡No, lo que es yo no me ahogo aquí como un ra- 
tón por esa...! Voy á dar una patada á la puerta y ha- 
cer saltar la cerradura.» — Esta idea le confortó un ins- 
tante y dio tiempo á que penetrase en su mente otro 



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XVIIl 



H, eh, Miguelito! ¿adonde tan decidido? 
— Al Retiro. 

— Para los pies, chavó, y entra á to- 
mar una cañita conmigo y estos señores. 

Miguel se detuvo y sonrió al ver á su primo Enrique 
sentado á una mesa del café Imperial al l^do de la vén- 
tana y rodeado de varios toreros. Como no tenía prisa, 
aceptó el convite y se acercó á ellos saludándoles 
con un: 

— Á la paz de Dios, caballeros. 

— Buenas tardes, amigo — le contestaron. 

Y se sentó en el hueco que galantemente le dejaron 
y se bebió de un trago la caña que Enrique le puso de- 
lante. 

— Te presento á mi amigo José Calzada, célebre ma- 
tador de toros que ya conocerás con el nombre de el 
Cigarrero^ aunque hace muchos años que no mata en 
la plaza de Madrid... Su hermano Baldomcro, el Serra- 
nüoy banderillero de fama... Sebastián Campos... 



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I 

RIVERITA 253 

Enrique se detuvo vacilante antes de pronunciar el 
alias. 

— Diga ozté Merluza^ D. Enriquito: Merluza zoy, 
Merluza he zío y Merluza me he de morí el día menos 
penzao. 

— Pues bien, mi amigo Merluza, el banc 
barbián de la plaza de Málaga... Mis amig 
López y D. Luis María Pastor, aficionados 

Todos saludaron á nuestro joven, muy ci 
sobre todo los toreros, que son los que m 
van, en el trato, la gravedad serena y afa 
del pueblo español, tan distante del orgu 
como de la extremada urbanidad de los fra 

El Cigarrero era un hombre ya entrado 
el cabello casi blanco, pequeño, fornido, soj 
años con mucha gallardía* Miguel había oí( 
ees citar su nombre entre los astros del 
como gloria pasada; tanto, que lo juzgaba 
cía tiempo. El hermano era un muchacho 
co ó ventiséis años, buen mozo, de ros 
aunque algo afeminado. Merluza un jayán 
mente feo. Los dos aficionados, jovencitos 
ños, escuálidos, y vestidos á la última mo 

La conversación no se interrumpió por ] 
nuestro joven, quien se puso á escuchar c 
riosidad. Se hablaba de toros; no hay para 
Se discutía la mayor ó menor severidad ( 
de las plazas de Madrid y de Sevilla. Uno ^ 
citos sostenía que en Madrid se juzgaba c( 
ridad y competencia. 

— Pues zarvo su parece, D. Luizito— 
za, — y zarvo el de too los presente, á nr 
vamo... que en Zeviya hay afición... y ez 
yo, onde hay afición lo hay too. 



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254 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— Sebastián, yo no te niego que haya afición en Se- 
villa, pero no es para comparar con la que hay en Ma- 
drid. Además, aquí se estudia el toreo por principios, 
lo que no se estudia allí... Aquí el pueblo es más ilus- 
trado... 

- Ya zé, ya zé, D. Luizito. No me diga ozté na. 
Onde no hay prencipios no pué haber na... jPero mire 
ozté que en Zeviya hay mucha afición!... ¡¡Mucha afi- 
ción!! 

— En Madrid hay que tener mucho de aquí, querido 
(apuntando á un ojo). Si te descuidas un poco, ya tie- 
nes la bronca encima... y algo más en ocasiones. 

— ¡Caye ozté, zeñorito, zi en Zeviya po una mijita 
le tiran á uno la Biblia! 

Enrique aprovechó el calor de la disputa para comu- 
nicar á su primo por lo bajo algunos datos importan- 
tes acerca de la vida del Cigarrero. 

— Ahí donde lo ves, Miguel, hace veinte años era el 
torero que se tiraba más por derecho en España. En 
Sevilla ha recibido muchas veces. 

— ¿Á quién? 

— ¡Al toro, hombre! 

— ¡Ah! 

— Pero, claro, con los años se ha ido haciendo un 
poco tumbón... ¡Pero como inteligente!... lo que es 
como inteligente, ni Cayetano ni San Cayetano le po- 
nen el pie delante. 

Terminada la disputa, comenzó á hablarse de los to- 
reros en boga. Los pollastres aficionados, y Enrique 
también, creyeron halagar al Cigarrero rebajando el 
mérito de ellos. Asombróle á Miguel el ahinco y la sin- 
ceridad con que aquél comenzó noblemente á defea- 
derlos, aunque sin levantar la voz y sin perder un pun- 
to de la gravedad que le caracterizaba. 



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RIVERITA 255 

— Mié usté, D. Luisito, er que más y er qu 
tiene sus quebrantos, y ar mehó escribano se 
borrón. Si Cay taño se huye, é que está mu 
El probesico ya se va pa Viyavieha como 3 
diga usté que sí, D. Luisito... cuando le sale u 
verdá, jCaytano tá superiól 

- — Vamos, con Cayetano todavía transijo- 
yique. — Aunque desconfiado, le he visto mucl 
torear con arte y en corto y meterse como E 
da... Al que no puedo resistir es al Gordo. |I 
le he visto medio aplomado, ni pinchar más q 
de banderillasl 

— Tampoco creo eso que usté dise. Ar Gorc 
lo que á toos nosotros. Si er toro acude bien, 
si no tiene gana, tá malo. Y aluego ¿qué se i 
la muleta? Con eya en la mano, hay muy poco: 
gan tan güeña sombra... Lo que tiene er Goi 
sabe demasiao er terreno que pisa... y cuand( 
mucho... vamo... ya me entiende usté, D. Enr 

•^Ozté perdone, zeñó José — dijo á esta sa 
luza. — Me paece á mí que aquí D. Enriqu 
bien... Er Gordo poniendo banderiyas, ¡la coroi 
ría Zantízimal pero matando, ¡la perra zin \ 
de zu mare! 

El Cigarrero se puso muy serio y repuso ei 

— Á ti no te toca esí na de eso, Sebastián. 1 
señores pueen habla lo que gusten, pero tú, 
puée... ¿Tamo? 

Merluza, acortado, rectificó como pudo sui 
palabras. 

Era la primera vez que Miguel oía decir b 
corro de las personas del mismo arte ó pro fe 
los presentes. Y no poco quedó admirado de 
sen los toreros, gente por lo regular inculta y 



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256 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

quienes dieran ejemplo de nobleza y compañerismo á 
los que cultivan otras artes más elevadas. 

Tampoco admitió el Cigarrero las lisonjas que le 
prodigaron, lo mismo Enrique que sus amiguitos. Sin 
echarse por tierra con fingida modestia, supo colocarse 
en su verdadero sitio, esto es, por' debajo de los es^ 
padas que entonces llevaban la atención del público, 
sin traer á cuento sus glorias pasadas ó los tiempos en 
que gozaba de más renombre. 

— Ya soy vieho. Ya no pueo competí con los mucha- 
chos... Pero mase farta la guita, porque mi casa siem- 
pre se ha paesío un hospisio... y hago lo que pueo... y 
á vese un poquiyo meno de lo que pueo... Si Caytano 
aprieta en su toro, yo aprieto en er mío; si afloha, yo 
afloho.... Si me sale un torito vivito y voluntario, le to- 
reo por lo arto y le doy lo que pide er anima. Si me sale 
blando y sin vergüensa le doy un goyetaso ¡y á viví!..^ 
A mí me podrá haser peaso un toro, ¡pero en la vía un 
roío buey! 

Pasó un rato agradable Miguel, oyéndoles disertar en 
estilo pintoresco sobre tauromaquia, que para ellos era 
el compendio de todas las ciencias y el ñn supremo de 
la vida humana. Al cabo se despidió afectuosamente, 
no sin haber sido antes convidado á una novillada de 
aficionados que Enrique y sus amigos estaban organi- 
zando á beneficio de unos náufragos que se habían 
perdido en el Adriático. Esta novillada había de efec- 
tuarse el próximo domingo en la plaza de los Campos. 
Elíseos. Sería presidida por la señora del Ministro de 
Marina, dirigida por el Cigarrero. Nadie podría asistir 
á ella sin entregar un duro á la puerta, salvo los ami- 
gos invitados por los lidiadores. 

Dos ó tres días antes del señalado, pasó Miguel por 
casa de su tío Bernardo. Al entrar en el cuarto de En- 



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RIVERITA 2^5 7 

rique, oyó gran ruido, como si trasteasen con los 
muebles. Quedó altamente sorprendido al ver á su pri- 
mo con sendas, banderillas en las manos delante de una 
silla, levantándose sobre la punta de los pies en actitud 
de clavárselas. Aunque algo avergonzado á causa de la 
risa que á Miguel le acometió, no tardó en reponerse y 
manifestarle cómo se estaba ensayando en los cambios, 
salidas y cuarteos, pues era uno de los banderilleros 
que el domfngo debían trabajar en los Campos. 

— Pero esa silla me parece que se debe aplomar algo 
eñ la suerte de palos— dijo Miguel. 

— Chico, no tengo otra cosa. Quise ensayar con el 
perrito de mi hermana, y mira lo que me ha hecho... 

Y levantando un poco los pantalones, le enseñó las 
huellas de los dientes del animalito en la carne. 

Estaba muy animado, pero confesaba que tenía los 
nervios excitados y que dormía mal por la noche. ¡Eso 
de presentarse delante de un público tan lucido! Pero de 
todos modos, él conocía muy bien la teoría de las ban- 
derillas. No le faltaba más que un poco de práctica. 

—Mira; para ponerlas al cuarteo, se coloca uno así... 
con los pies juntitos... Se cita al animal... Hay que es- 
perar que arranque, ¿entiendes? y marchar decidido á 
cortarle el terreno... Si el toro no baja la cabeza para 
tirar el derrote... nada... ¡Hay que andarse en esto con 
mucho ojo! 

— ¿Y tienes esperanza de ponerlas bien el domingo? 

— Si el torete me sale bravo y arrancando bien, pien- 
so estar hasta guapo... 

— No te lo aconsejo, te van á desconocer. 

— Si sale blando ó huido, tiraré á cumplir nada más... 
á salir del paso. Todo depende de la suerte, como tú 
comprenderás. Eso le pasa á Cayetano, al Cigarrero y 
á todo el mundo. 



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258 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

Llegada la tarde del domingo, se fué Miguel á los 
Campos y entró en la plaza, que ya estaba más que 
mediada de gente, casi toda de categoría. Los lidiado- 
res pertenecían en su mayor parte á la aristocracia. 
Había en los palcos una muchedumbre de niñas boni- 
tas, ostentando la blanca mantilla de encaje y la peine- 
ta. Los tendidos de madera estaban poblados de caba- 
lleros elegantemente vestidos. Miguel fué á colocarse 
entre barreras al lado de el Cigarrero que dirigía la li- 
dia, sin tomar parte en ella, 

Dada la señal por la presidenta, que era una señora 
guapetona, muy mmbosa y muy dadivosa, aparecieron 
en el redondel las tres cuadrillas al son de una marcha 
española tocada por la banda de, un batallón. Cada cua- 
drilla se componía del espada, tres banderilleros y los 
correspondientes monos sabios. Estaban suprimidas las 
picas. Los alguaciles, que eran dos marqueses, mar- 
chaban delante montando briosos caballos y hacienda 
piernas con ellos. Gran tempestad de aplausos al verlos 
aparecer. Los muchachos se presentaban vestidos de 
chulos con ricas capas sobre los hombros, imitando 
perfectamente en el modo de andar el aire y el conto- 
neo peculiar de los toreros. Saludaron á la presidenta y 
arrojaron con garbo las capas de gala á los amigos, 
cambiándolas por las de brega. De todos los tendidos se 
oían voces saludando á los lidiadores. Éstos cambiaban 
gritos y saludos con los espectadores, y sostenían con- 
versación con ellos en alta voz. 

Hasta aquí todo marchaba perfectamente. El marque- 
sito alguacil recogió la llave que la presidenta le arro- 
jó, y fué haciendo corvetas á entregársela al encargado 
de abrir el toril, cargo que, por cierto, se habían dispu- 
tado un vizconde y el hijo del presidente del Tribunal 
Supremo. Sonó el clarín y saltó al redondel un torete 



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1 



RIVERITA 259 

negro, con bragas, de bonita lámina. El primer senti- 
miento que los lidiadores experimentaron al echarle la 
vista encima, fué de traición ó engaño manifiesto. To- 
dos ellos le habían visto varias veces, primero en el 
encierro y después en el corral; pero nunca les pareció 
ni la mitad de grande que entonces. Así que, sospe- 
chando que pérfidamente se lo habían trocado en el 
chiquero, cambiaron repentinamente el color fresco y 
sonrosado de sus mejillas por un blanqo mate nada 
vistoso. Y por un movimiento simultáneo, que probaba 
la unidad de sus convicciones, se pegaron todos á la 
barrera y colocaron el pie en el estribo, preparados á 
cualquier evento. El novillo se disparó contra uno de 
ellos. Todos, como un solo hombre, saltaron la barre- 
ra. El novillo, viendo el campo libre, se paseó por él á 
su talante, en medio de la gritería y algazara de la gen- 
te. Un buen rato se estuvieron los lidiadores entre ba- 
rreras, celebrando consulta. Al fin, estimulados por los 
amigos de los tendidos, que no cesaban de perseguirles 
con gritos y pullas, y por el poquillo de vergüenza que 
todavía les quedaba después de la salida del toro, se de- 
cidieron á entrar de nuevo en el redondel. Pero fué con 
toda calma, montando sobre la barrera como si estuvie- 
sen impedidos de las piernas, y bajándose después po- 
quito á poco. Parecía que iban á entrar en un baño de 
agua fría. Uno de ellos tuvo la audacia de separarse 
como cinco ó seis pasos del tablero, y llamar la aten- 
ción del novillo con el capote. Una mirada severa del 
toro bastó para hacerle brincar la barrera sin poner el 
pie en el estribo. 

La corrida fué rica en incidentes. Caídas, choques, 
atropellos, saltos mayores que el de Alvarado, de todo 
hubo, hasta cogidas, lo cual, en verdad que parecía 
imposible. Apenas tiraban el trapo, se echaban á correr 



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26o ARMANDO PALACIO VALDÉS 

Henos de pánico, dándose con los talones en las nal- 
gas, y precipitándose de cabeza por encima de las 
tablas, sin que el toro se hubiese movido de su sitio. 
Los banderilleros clavaban los palos en el aire mu- 
chas veces; otras en alguna región ignorada del ani- 
mal. Los espadas igualmente pinchaban donde podían, 
sin aproximarse jamás, ni por casualidad, al sitio ver- 
dadero. En vano saltó el Cigarrero más de veinte ve- 
ces al redondel á poner orden; en vano les arreglaba 
los novillos y se los cuadraba, de suerte que no había 
más que dejarse caer. De todos modos la confusión, el 
ruido y las atrocidades de todo género no cesaron en 
toda la tarde. 

Enrique, que vestía una chaquetilla elegantísima de 
terciopelo color granate, en los comienzos de la lidia 
dio, como, sus compañeros, ejemplo de prudencia y 
circunspección. Rodeó, sí, infinitas veces la plaza, pero 
fué, casi siempre, por detrás de la barrera. Cuando lo 
hizo por delante, era tan cerquita de ella, que á cierta 
distancia parecía por detrás. Llegado el momento críti- 
co de poner las banderillas, que fué en el segundo no- 
villo, las cogió, y aunque muy pálido, marchó resuel- 
tamente hacia él. Se puso con los palos en cruz, y al- 
zándose sobre la punta de los pies, comenzó á mugir 
terriblemente para llamar la atención del animal. Y en 
efecto, así que éste le vio en aquella actitud fanfarrona 
vino rápidamente á embestirle. Mas, con gran asombro 
y vergüenza de sus amigos, en vez de clavarle las ban- 
derillas las soltó de las manos, y la emprendió á todo 
correr hacia la barrera. No pudo saltarla. Antes que lo 
hiciese, el toro le había cogido por la parte posterior, y 
le había tirado al alto. Todos acudieron y sofocaron al 
becerro con los capotes. Pero Enrique, levantándose 
furioso contra él, é indignado contra sí mismo por 



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RIVERITA 261 

aquella vergonzosa huida, comenzó á gritar como un 
energúmeno: — ¡Dejádmelo, dejádmelo! — Y arrancando 
unas banderillas al primero que er * ' ^ ' • 
frenético hacia el toro, y se las el 
sufriendo por ello una nueva cogid 
ninguna de las dos tuvo serias con 
talones rotos y algunas contusiom 
desternillados de risa, le aplaudían 
tiraron cigarros. 

Quedó muy ufano de este triun 
candóse al sitio donde estaban M 
le preguntó á éste: 

— ^Eh? ¿Qué le ha parecido á us 
-No ha tao mal — respondió el 



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XIX 



iGUEL no había dejado de ser nunca uno 
de los socios más asiduos del Ateneo. 
Aunque no tomaba parte en las discu- 
siones sobre los pueblos semíticos, se había hecho notar 
bastante en los círculos privados que se formaban por 
las noches en el vasto corredor del establecimiento. Se 
le tenia por un amable y despejado compañero. Trabó 
Amistad con otros jóvenes moluscos de los que más 
bullían, y éstos no tardaron en comunicarle la fiebre 
de cargos honoríficos que á ellos les devoraba. La am- 
bición ardía en los pechos de los exploradores de la 
raza semítica. Apetecíanse y buscábanse con noble 
emulación los cargos de secretarios de las secciones. 
¡Era tan brillante el levantarse en el comienzo de las 
sesiones á leer el acta de la anterior! Las intrigas tene- 
brosas menudeaban; las traiciones eran cosa corriente. 
Había dos bandos principales: el de los viejos y el de 
los jóvenes. Los primeros eran más en número, y ven- 
cían siempre que no se les cogía descuidados; los se- 



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RIVERITA 263 

gundos, más activos, tramaban asechanzas para derro- 
tar á los candidatos contrarios, unas veces presentando 
á los suyos, en unión de alguna persona ilustre y res- 
petable, otras veces aprovechando las no( 
frío en que los viejos no se atrevían á sa 
otras dividiendo con astucia á los enemigos 
medios eran lícitos. , 

Tanto como á Miguel le aburrían los dis 
ros y ampulosos que se pronunciaban en 
sesiones, tanto le agradaban á su antiguo a 
discípulo Mendoza y Pimentel. Muy rara v( 
en la biblioteca con un libro abierto. En c 
milagro perdía una sesión lo mismo de la 
ciencias exactas, que de la de morales y 
literatura. Admiraba profundamente á cas 
oradores, cuanto más campanudos mejor, 3 
ba con Miguel cuando éste hacía burla de e 
poco se había ido modificando la opinión q 
nía formada desde la infancia. Después de 1 
los oráculos del Ateneo, comprendía que Mi 
chico listo, «pero bastante ligero». Ya no le 
ro, porque había ascendido á diez y seis n 
sueldo, los cuales empleaba casi todos en ve 
mínima parte ^n comer; pero su amistad coi 
alterable. Se hizo presentar por Riverita en 
tullas .políticas donde nuestro joven tenía a 
ellas la del general conde de Ríos, uno. de 1 
sazón del partido liberal. Ésta fué la que n 
y donde echó raíces. El general era homl 
vivo y enérgico, hablador sempiterno, narra( 
tos verdes, con mucha afición á la políti 
ninguna al arte militar. Al principio no le c 
cia- Mendoza. Su carácter grave y silencióse 
tedio: —¿Sabe usted^ Riverita, que ese ami 



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264 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

es lo mismo que un roble? — le dijo pocos días después 
de habérselo presentado. Cómo se arregló Mendoza 
para llegar á ser al cabo de algunos meses uno de los 
íntimos de la casa y acompañantes preferidos por el 
general, fué cosa que nadie supo. Y sin embargo, era 
muy sencillo de explicar. Mendoza sufrió una tempora- 
da la frialdad del conde y el desdén de la condesa con 
gran filosofía, y siguió asistiendo constantemente á la 
tertulia. No tomaba parte muchas veces en la conver- 
sación, porque tenía la desgracia de que no se le ocu- 
rría jamás una frase oportuna ó chistosa. Cuando lo 
hacía, era únicamente paraxnanifestar su aprobación 
absoluta é incondicional á las palabras del. conde, ó 
para interrumpir con un ¡ohl ó con un jahl que expre- 
saban su admiración y simpatía. 

Un día el general descubrió con sorpresa, al hablar 
del sistema colonial inglés, que Mendoza pensaba exac- 
tamente igual que él sobre esta cuestión. Verdad que 
el mismo general había emitido su opinión, hacía al- 
gunos días delante de aquél; pero ya no se acordaba. 
— Este chico — se dijo — es más de lo que parece. Otro día 
descubrió la condesa, que jugaba peor que ella al tre- 
sillo, y que era un compañero á quien de vez en cuan- 
do se le podía dar codillo. Desde entonces le miró con 
simpatía y le invitaba con frecuencia á hacer el cuarto. 
Si alguna vez se le ocurría ganar, la condesa le hacía 
pagar cara la victoria, dirigiéndole una granizada de 
bromas que cualquier tomaría por insolencias. Pero 
Mendoza sonreía tan candorosamente y daba pruebas 
tan patentes de que sólo la suerte había ocasionado la 
derrota de la dama, que ésta concluía por reírse tam- 
bién. En poco tiempo conquistó la simpatía y hasta el 
afecto de los esposos. Habiéndose ofrecido al general 
para ayudarle á escribir cartas en ocasión en que éste 



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RIVERITA 265 

se hallaba muy apurado, cumplió con tal exactitud, 
que á pesar de que las epístolas eran un poco pedes- 
tres y enrevesadas, aquél aprovechó sus servicios algu- 
gunas otras veces, y hasta recabó del jefe de la oficina 
que le dejase libre algunas horas á fin d( 
tanto. Con esto casi puede decirse que fu 
ees el secretario particular del conde, } 
considerado por las personas que frecuei 
No tardó en hacerse indispensable á la i 
mañanas, antes de ir á la oficina, daba 
la casa. El general le encargaba alguno: 
sitas que no podía hacer personalmen 
ningún criado. La condesa, menos escn 
marido, le hacía muchas veces desempe 
mildes, como comprar juguetes para le 
algunas cuentas al joyero, etc. Por la 
acompañar al conde á paseo, casi siem 
no era aquél amigo de usar el coche. 

Al paso que Mendoza intimaba con es 
se hacía de sus familiares, Miguel seguí 
más que uno de tantos como visitaban 1 
podía asegurarse que en los últimos ti( 
¡aciones con la generala Bembo habíai 
enfriamiento en todas las demás. Lucí 
casi todo su tiempo. Por otra parte, le d( 
vez más las tertulias políticas, donde los 
y examinan todas las cuestiones por el 
entendimiento del dueño de la casa siqui 
pasión que le agita en cada momento > 
pre como un eco las palabras del jefe. Ai 
veces despertaba la Hsa y la alegría en 1 
sus frases picantes y observaciones opc 
con respecto á él cierta prevención desf 
á no dudarlo, del temor. Todos le sonreíi 



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266 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

do estaba presente no reinaba la misma confianza que 
. cuando ausente. Nada hay que moleste tanto á los 
hombres vulgares como el ingenio, y en la tertulia del 
general formaban aquéllos mayoría. Miguel notaba va- 
ga mente esta hostilidad. Comprendía que no estaba en 
su centro, y por eso iba pocas veces. 

Grande fué su sorpresa cuando una noche al entrar 
en el salón de sesiones del Ateneo, vio á su amigo 
Brutandór en el uso de la palabra. Peroraba Mendoza 
desde uno de los bancos de la izquierda, donde acos- 
tumbraban á sentarse los jóvenes demócratas, y lo ha- 
cía con tanto desembarazo, con tan briosa entona- 
ción como si en toda la vida hubiera hecho otra cosa. 
— jAve María! — dijo Miguel para sí-^este Brutandór no 
conoce la vergüenza. —Y se sentó en una silla para es- 
cucharle. Pero como esperaba tan poco de él, quedó 
agradablemente sorprendido al ver que iba saliendo del 
paso. Se discutía la cuestión social. Mendoza repitió 
todos los lugares comunes que se encuentran en los 
manuales de Economía política, manoteando muchísi- 
mo, dando cortos paseos por delante de la silla y pro- 
nunciando las palabras con un cierto recalcamiento 
sonoro, de suerte que no se perdía una sílaba. Las con- 
diciones externas, la voz, la figura, le favorecían en 
extremo. En su discurso citó infinitas veces los nom- 
bres de Cobden y la Liga de Mánchester, sobre los cua- 
les se detenía con particular cariño, tanto que Miguel 
en una temporada no le llamó más que ^el coaligado 
de Mánchester». Algunos de los socios salieron del sa- 
lón antes de concluir. La mayoría, no obstante, se que- 
dó escuchándole con atención. Al terminar le dieron 
algunos aplausos de cortesía. Miguel, que estaba pa- 
sando un mal rato por el temor de que se pusiera cr 
ridículo, respiró. 

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RIVERITA 267 

— Querido Mánchester, has estado bastante bien— le 
dijo abrazándole. Y lo creía de buena fe ~" 
garse que Mendoza había progresado nr 
el curso de las discusiones menudeó d 
discursos, que á Miguel llegó á hacérs 
tanta vulgaridad y tan campanudament 
de entrar á escucharle. 

A fuerza de mucho hablar, Mendozí 
con cierta facilidad, y adquirió pront 
los modales de los oradores más célebr 
imitaba (en la parte externa, por de coi 
losamente. Subía y bajaba la voz y la é 
un consumado artista; llevaba las man< 
pecho; las agitaba en el aire y doblaba e 
que estuviese diciendo cualquier cosa nj 
te, sólo porque Castelar y Moreno Niet< 
los pasajes patéticos. Terminaba muchfi 
ríodos con las palabras c tribunal de la h 
yes indeclinables del progreso» ó la «e 
los pueblos», abriendo mucho la e de pi 
moda entonces. Aunque algunos intelij 
escuchándole, no dejó de ser considera 
mo joven instruido y «de esperanzas»". 

Una tarde, Brutandór llamó aparte 
vándole á uno de los rincones del Atei 
fundar entre los dos un periódico. Par 
con una persona que facilitaba el diner 
tección del general conde de Ríos,, que í 
dor. Halagóle la idea á nuestro joven v 
modo de despertar su actividad dormid 
la mente de porción de ideas que allá le 
de los sucesos políticos y de los person 
intervenían. Aceptó, pues, con júbilo. ; 
encargado de dar los pasos necesarios \ 



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268 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

torización, alquilar cuarto, buscar imprenta, etc. En 
mjados estos asuntos, y fué re- 
.** de Abril, aparecería el primer 
denota, «diario liberal de la ma- 






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i^tt:a«^' '^ " 




XX 



ESPUÉs de la aventurs 
guel quiso persuad 
_ _ que comprase el silc 

á fin de no pasar en adelante un suí 
se opuso resueltamente á ello. No ] 
la llave de su honor á un criado, 
de traiciones, anónimos dirigidos al 
terceptadas y otros cuentos terrorífl 
de preocupar á Miguel por algunos 
mismo tiempo se asombraba de que 
eos los devaneos de la dama, hubie: 
tidos para su marido. Lo que había 
esto, y así lo entendió pronto, era q 
Lucía necesitaba del aliciente del s 
El ansia, la zozobra, los terrores s 
prolongadas, los momentos suprem< 
esfuerzos de ingenio para buscar n 
de osadía, el drama, en fin, del am 
todo su aparato de misterio y disim 



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270 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

manera. Lo que no fuese temblar, colocar señales en los 
balcones, esconder á su amante y estar siempre á dos 
dedos de ser descubierta, lo hallaba monótono y fasti- 
dioso. ¡Cuántas veces, estando en su gabinete á las 
altas horas de la noche, se estremecía al escuchar el 
rumor de un carruaje! Levantaba vivamente la cabeza, 
apretaba con las manos crispadas el brazo de su aman- 
te y escuchaba ansiosamente. ¿No podía venir en él su 
marido y sorprenderlos? ¡Qué miedo! ¡Qué angustial 
Sólo cuando el coche seguía de largo por delante de la 
casa haciendo vibrar los cristales, se calmaba su con- 
goja y volvía á la vida. 

Una nueva aventura muy desagradable, semejante á 
la del armario, vino á concluir con la paciencia de Mi- 
guel y á darle ánimos para exigir seriamente de la ge- 
nerala que pusiera á su doncella al corriente de lo que 
pasaba. 

Desde la aventura del armario, Miguel, siempre que 
la doncella venía, se ocultaba en la alcoba debajo de 
la cama. Una noche, como de costumbre, Lucía le man- . 
dó que se fuese al escondite para arreglar con Carmen 
las cuentas del día. Le parecía esto un excelente medio 
para disimular y evitar sospechas. Tiró en seguida de la 
campanilla, y habiendo acudido al instante Carmen, se 
puso con todo sosiego á tomarle la cuenta. Era la hora 
de las confidencias domésticas. La doncella, al paso 
que explicaba el empleo del dinero, se entretenía á na- 
rrar los incidentes insignificantes del día, las nonadas 
de la casa. Hablaba largamente de las gracias de Chu- 
chu, de sus oportunas contestaciones, comprendien- 
do que era el flaco de la señora. Se quejaba de algunas 
groserías del jefe. Contaba con risita burlona que miss 
Ana había comprado una nueva caja de polvos de 
arroz. — ¡Bah! ¿para qué querrá esa buena mujer los 



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RIVERITA / 2/1 

polvos de arroz? ¡De todos modos ha de salir á la calle 
más fea que Picio! — Pasaba revista á la servidumbre y 
formulaba juicios y acusaciones. María no se llevaba 
bien con el lacayo. El cochero daba muy mala vida á 
su mujer; el miércoles la había pegado con la fusta 
hasta que se cansó. — ¡Qué hombres tan perversos hayl 
^•verdad, señorita? Para dar con uno así, más vale que- 
dar soltera toda la vida. 

La generala procuraba cortar secamente los asuntos 
y abreviar. Carmen acudió á la lisonja esta noche para 
prolongarla conversación. — ¡Qué hermosa estaba la 
señora con el vestido azul que se había puesto ayer 
tarde! La doncella de los Ramírez había oído al señori- 
to decírselo á su hermana. Todos los colores le venían 
' bien á la señora: ¡pero particularmente el azul!... ¡Ah, 

efazul le sentaba como á nadie! 

Lucía se enterneció un instante: preguntó con interés 
por los Ramírez. — ¿Es verdad que el señorito se mar- 
chaba á París uno de estos días? Un chico feo, pero 
simpático. Cierto día le había oído contar un sucedido 
con mucha gracia. Después habló de un vestido que 
proyectaba hacerse, en color claro con adornos de . ter- 
ciopelo carmesí;» una idea que se le había ocurrido á 
ella sin consultar á la modista. Estaba segura de que 
había de gustar mucho. Pero súbitamente volvió en sí 
y dijo con palabra rápida y seca: 

— Vamos, adelante... el pañuelo de la niña cuatro, 
I ¿no es eso? 

— Sí, señorita. 

— Son catorce.., ¿Ha comprado usted el jabón? 

— Nada más que una pastilla... no me acordaba si la 
señora me había mandado comprar dos ó una... 

— Le había mandado comprar dos; pero no importa... 
¿Dónde la ha puesto usted? 



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2/2 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— En la alcoba, sobre la mesa de noche. 

Al pronunciar estas palabras entró en la alcoba para 
buscar la pastilla. Cuando llegó cerca de la mesa dio 
un grito de terror. 

Miguel quedó yerto en el fondo de su escondite. La 
generala, con voz demudada, preguntó desde fuera: 

— ¿Qué es eso, Carmen? 

— ^iSeñorita... un sombrero de hombre sobre su cama! 

Hubo unos instantes de silencio, 'durante los cuales 
el corazón de Miguel daba saltos terribles. La generala 
se repuso muy pronto. 

— ¿Y por eso se asusta usted, tonta?... Revolviendo 
mi armario, he tropezado con ese sombrero del señor, 
que no sé cómo vino á dar á él... Me estorbaba y lo he 
sacado... Si usted lo quiere y puede sacar algo de él, 
lléveselo... No sirve para nada. 

— Muchísimas gracias, señorita — dijo la doncella, 
saliendo con el sombrero en la mano. — Tengo un her- 
mano á quien le servirá tal vez... 

No se habló más del asunto. La generala siguió to- 
mando la cuenta con calma, el semblante pálido, la voz 
un poquito alterada. 

Miguel se vio necesitado á salir aquella noche sih 
sombrero. Esperó un rato en el portal vecino y se 
metió en el primer coche de alquiler que acertó á 
cruzar. 

Al fin la generala cedió á los deseos, vehementemen- 
te expresados por su amante, y se confió .á la doncella. 
Desde entonces sus entrevistas fueron fáciles y tranqui- 
las. Carmen les evitaba con arte toda molestia, les su- 
ministraba completa seguridad y sosiego. Con este nue- 
vo orden de cosas se acomodaba muy bien nuestro 
héroe. Parecía que le habían quitado un gran peso 
de los hombros. En realidad compraba antes demasia- 



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-^1^ V «W^WI- 



RIVERITA 273 



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2/4 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

cartas se extraviasen darían mucho que pensar y reir 
al curioso que con ellas topara. 

Y en verdad que Lucía no las escaseaba. Nada le 
placía tanto como disolver el ardor de su corazón mar- 
chito en renglones interminables. Había leído muchas 
novelas y copiaba descaradamente los conceptos ama- 
torios de más bulto. Particularmente Jorge Sand, su no- 
velista predilecto, le suministraba un cargamento de 
pensamientos, unas veces delicados, otras extravagan- 
tes, con que sazonar sus inconmensurables epístolas. 
Su puntillo consistía en escribirlas muy espirituales, 
plagadas de signos de admiración y puntos suspensivos. 
No pocas veces, después de pasar con Miguel unas 
cuantas horas, le enviaba por la doncella cinco ó seis 
pliegos de letra menuda. 

La fantasía de la generala era todavía más fecunda 
en la inveijción de nuevos y peregrinos placeres. Cierta 
noche del mes de Marzo, en que por rareza cayó una 
fuerte nevada sobre Madrid, mirando descender lenta- 
mente los copos por la atmósfera, le vino en apetito el 
hacer una excursión al Retiro con Miguel. — ¡Qué her- 
moso debe de estar á estas horas! Veremos la nieve 
cuajarse en las calles de arena y formar alfombra. iQué 
placer hundir los pies en ella!... ¡Y los árboles! ¿Cómo 
estarán los árboles?... Á mí me encanta la nieve... ¿Te 
atreves á ir?... ¿Á que no? 

Claro que Miguel no se atrevía y que deploraba en el 
alma aquel raro capricho; pero se avergonzaba de con- 
fesarlo. Opuso resistencia, aunque débil. Manifestó algu- 
nas dudas acerca de si les consentirían la entrada. Ha- 
bló vagamente de pulmonías, fiebres catarrales, etc. La 
generala no le escuchaba: le parecía su proyecto tan 
original, que por nada dejaría de ponerlo en obra. Era 
de lo más romancesco que nunca se le hubiera ocurrí- 



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RIVERITA 275 

do. Miguel aceptó al fin, aunque de mala gana. No obs- 
tante, cuando salieron á la calle y vio que el cielo se 
iba despejando y que la luna asomaba 
teado por los bordes de una nube, no 
proferir una exclamación de entusiasm 

El Retiro estaba espléndido, arrebuja 
blanco. La amartelada pareja lo recorrí 
gozo, deteniéndose á menudo para c 
impresiones. Aquel paisaje, un poco te 
jenar de placer á la generala. Caminaba 
tasis, dejando escapar exclamaciones ( 
blando de las dulzuras de la muerte, d( 
ble y de las regiones donde el amor es ¡. 
ca se creyó tan superior, tan por encinr 
mún de la humanidad como entonces. ' 
ceramente á los seres vulgares que en 
estaban tranquilamente durmiendo y n( 
ellos del mágico efecto de la luna sobre 
nó los compadecía tanto, sobre todo d 
estornudado cuatro ó cinco veces seguí 

Al ver un rinconcito en que la nieve 
en más abundancia, circundado de alt< 
donde los árboles dejaban pasar por en 
delgados hilos de luz, la generala se de 
da y cautiva. Un pensamiento extrava^ 
su cabeza y una sonrisa entreabrió suí 
la mano de Miguel y lo condujo suave 
centro de aquel fantástico recinto, y se 
instante por el rayo de la luna. Mil pen 
ticos cruzaron entonces por la imaginac 
íQué desprecio y qué asco le inspiraba ei 
to el mundo frivolo que se veía obligada 
aquel blanco nido inmaculado se debía 
puras regiones de lo ideal, al país de 1 



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2/6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

vivir y comerciar con los seres privilegiados, donde la 

pasión impera sin absurdas trabas sociales. Sentíase 

trasfigurada en semi-diosa, sublimada por la pálida luz 

que la inundaba y el blanco tapiz que se extendía á sus 

la por el enjambre de altas y hermosas 

floteaban por su cabeza. La acometió un 

onada locura, y se colgó súbitamente al 

mante, cubriéndole de besos. Después, 

ro herido de amor, se dejó caer sobre la 

á Miguel á sentarse á su lado. Y comen - 

m voz enternecida el poema que más le 

ido nunca. Le Lac^ de Lamartine. Las 

las, juntas las sienes, la mirada húmeda 

ja en el disco de la luna, dejáronse arras - 

Icemente al mundo de las quimeras deli- 

)itieron con acento arrobador lo que mil 

n dicho^ya. El blanco manto de armiño 

Liella hasta que el sol vino á borrarla. 



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XX 



uLiTA soltó una 
yos ecos llega 
Miguel. «¿'De q 
se preguntó éste sonriendo 
mientras se aderezaba para sí 

— ¡Miguel! ¡Miguel! — gritó 
sillo. — Ven aquí, por Dios; ¡n 

Acudió solícito, y al asom 
vio á su primo Enrique en t 
corta, faja de seda, camisola 
por botones de oro, sombrero 
ceñido y bota de charol. El 
una vara en la mano, muy 
conducir pavos. 

Julita se arrimaba á la pai 
con las manos para no dest( 
de pie, cerca de la puerta, s( 
zado. Miguel siguió al insta 
mana. 



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2/8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— La cosa no merece tanta risa — concluyó por decir 
el pi'imo, amostazado. 
Pero ni Julia ni Miguel hicieron caso. Cuando se hu- 

n poco, vinieron hacia él y le exami- 

te. 

iiablo te ha dado la ocurrencia de po- 

nsto tu padre? 

3 á vestir á casa de un amigo. Tengo 

e, de fijo le da un síncope. ^Y á qué 

ido hoy de chulo? 

abes que se abre la temporada? 

j toros? <iMata el Cigarrero? 

después de quince años que no pisa 

i. Á eso venía, á ver si quieres ir con- 

) indeciso, — no soy muy aficionado 

el Cigarrero me ha sido simpático... 

1? 

contrabarrera de un amigo que está 

lo ya sabes que no puedes ponerte, 

barreras están abonadas; pero esta- 

Miguel! — exclamó Julita saltándole 
le á los toros. 
? 

Los toros me encantan, 
itó Enrique entusiasmado. —Tú eres 
aza. ¡Pisa ese sombrero, chiquita! 
Lelo. 

Livo con melindres. Tomó la galante- 
•a y se puso á taconear sobre el in- 
ro de tal suerte, que si Enrique no 
lo hace pedazos. 



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RIVERITA 279 

—Está visto que contigo no se puede ser galante — 
dijo de mal humor mientras lo limpiaba con la manga 
de la chaqueta. 
Miguel, previo el permiso de su madrastra, mandó al 



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28o ARMANDO PALACIO VALDÉS 

cielo. La acera de la derecha, donde estaba el despacho 
de billetes, veíase cuajada de gente, que discurría por 
ella en expectativa de que las localidades bajasen y se 
pusiesen al alcance de su bolsillo. Un sinnúmero de co- 
ches particulares y de berlinas de punto cubrían más 
abajo la ancha carretera, galopando en dirección á la 
plaza. Y al través de ellos, dejándolos atrás en seguida, 
corrían desbocados los ómnibus, mientras los que iban 
encima, sin miedo á estrellarse, embriagados por la ca- 
rrera vertiginosa, saludaban con gritos de alegría á los 
que iban dejando en pos de sí. Algunos picadores con 
sus chaquetas de brocado y sombreros inmensos galo- 
paban también sobre algún mal caballo, llevando á las 
ancas á un amigo, que le abrazaba cariñosamente para 
no caerse. Los peones bajaban por las aceras lenta- 
mente, en amable plática, formando apretados y nume- 
rosos grupos. 

Una carretela abierta, donde iban toreros, se acercó 
un instante al costado de la de Miguel y siguió adelan- 
te. Era la del Cigarrero , que contestó al saludo de En- 
rique y Miguel con la gravedad afable que le caracteri- 
zaba. El Serranito y Merluza, que iban con él, saluda- 
ron con más expansión. 

— Me brindarás un par, ^no es verdad, Baldomero? — 
gritó Enrique. 

— Á uté no , que e mu feo : á esa señorita tan remo- 
nísima que yeva uté á la vera — contestó el Serranito. 

Julita se echó á reir, ruborizada. 

En torno de la plaza, donde llegaron en seguida, se 
agitaba la multitud, pugnando por entrar. Los coches 
que allí se juntaban producían disturbios y motines, 
que los guardias no eran suficientes á reprimir. Des- 
pués de dejar á su madrastra y hermana en el palco, 
Miguel se retiró con ^u primo, pretextando que deseaba 



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RIVERITA 281 

ver de cerca matar el primer toro al Cigarrero, y que 

luego volvería. En realidad, era porque 

generala Bembo en un palco con la sen 
ro Mendiburu. Bajó al redondel, y desi 
cerse notar de ella, y la saludó ceremc 
el sombrero. 

La arena estaba llena de aficionado 
dumbre abigarrada, compuesta de estu 
chulos, señoritos y soldados, elegan 
desharrapados, fraternizando todos y c 
el mero hecho de hallarse allí, en el I 
como si dijéramos, participaban del a 
de los lidiadores. Los tendidos se iban 
mente, y desde aquí al redondel med 
gritos entre unos y otros, que convertía 
mercado. La voz de los vendedores d( 
entr^ todas las demás, y las naranjas, 
las demandaba, volaban rápidas y certe 
de aquéllos á las del comprador, por ei 
bezas. En los tendidos de sombra, los 
guiños charlaban en voz alta, levant 
para mirar á las damas de los palcos. E 
honrados menestrales se acomodaban 
resueltos á dejarse tostar toda la tarde, 
tre sí de tauromaquia, muy pagados d 
deros inteligentes en la plaza. El júbilo 
viosa que comunica la esperanza del pl 
todos los ojos. 

Al fin los alguaciles salieron á despe 
nados del redondel se fueron retiraní 
enteramente libre. Enrique y Miguel, qi 
en los patios interiores hablando un 1 
Cigarrero y su cuadrilla, también fuei 
respectivos asientos. El ruido había ( 



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282 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

tante. Gracias á esto se percibían los acordes de la cha- 
ranga de hospicianos, que hasta entonces no había lo- 
grado hacerse escuchar. Los espectadores sacabar^ los 
relojes y dirigían miradas significativas á la presiden- 
cia. En esto la charanga entonó con energía la marcha 
real. Todos lols rostros se volvieron al mirador regio 
donde apareció la reina Isabel. Algunos batieron pal- 
mas; otros dijeron «chis, chis», porque la atmósfera 
política estaba entonces encapotada con ciertos nuba- 
rrones que descargaron no mucho tiempo después. He- 
cha la señal, al cabo, las cuadrillas entraron en la are- 
na al son de la marcha de la zarzuela Pan y toros. Sa- 
lían, como de costumbre, formando tres filas: al frente 
de cada cual iba el respectivo espada. Al verlos estalló 
un prolongado aplauso. Cruzaron la plaza' graves, fir- 
mes, acompasados, escuchando la gritería que su apa- 
rición había levantado, con la mayor indiferencia. Bri- 
llaban sus ricos vestidos y capellares despidiendo vi- 
vos destellos que alegraban la vista. 

— iMiale, míale el viejo!... Ése es, el de la izquier- 
da... Míale qué cara tiene... ¡Le zumba el alma á ese 
tío!... En España no queda ya quien reciba toros más 
que él... 

Toda la atención de la plaza estaba concentrada so- 
bre el Cigarrero, á pesar de que mataban también el 
Gordo y Lagartijo, que comenzaba entonces á ser el 
niño mimado del público. Mas para el aficionado ma- 
drileño, el ver recibir un toro es una de esas ilusiones 
que jamás se realizan aunque vivan constantemente en 
el corazón. Aguantar lo hacen varios toreros; pero re- 
cibir, lo que se llama recibir de verdad, no lo han he- 
cho más que los héroes antiguos del toreo. 

Saludaron con ademán uniforme á la presidencia, y 
rompieron filas, tirando las capas de gala á los amigos 



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RIVERITA 283 

de los tendidos, que se encargaron de su custodia con 

más orgullo que si se tratara del A-'*'" ^^ ^-^ \u^^rr^ 

El presidente sacó el pañuelo; sonó 

la puerta del toril: apareció el prime: 

ra castaño, chorreao, listón, ñno y d 

largo y levantado de cuerna. Mostrós 

ble en las varas, aguantando seis pu 

dores de tanda. Perro al llegar á los 

defenderse. Sin embargo, el Serrani 

berbio par cuarteando con ñnura y 

prendió agradablemente al público. 

bían, como en Sevilla, que Baldomei 

daría mucho que hablar. Merluza s 

luego colgó un palo cuarteando tam 

rranito á coger los palos, y después c 

colgárselos al sesgo, se los puso q 

pieza y maestría. Hubo un delirio 

plaza. Su figura esbelta y la singula 

licadeza de sus facciones, cautivare 

mujeres le clavaban codiciosamente 

paseó triunfante en torno de la plazí 

riente el aplauso de los tendidos. 

Llegó su turno al Cigarrero. Avani 
cia la presidencia, se quitó la monte 
ronca unas cuantas palabrasque nac 
Después se fué derecho al toro, qu 
tendencias á hi^irse. Persiguióle infi 
gún tiempo en medio de la curiosida 
plaza. Por fin, gracias á los esfuerzc 
pudo trastearle, y lo hizo bastante c 
gunos pases buenos. El público apis 
metió muy felices. Mas en medio de 1 
sufrió una colada y perdió enteramen 
otros tres ó cuatro pases sin confianza 



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284 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

y de prisa y corriendo, sin estar bien cuadrado el ani- 
mal, lió el trapo bastante lejos y se tiró á paso de ban- 
derillas. La estocada resultó un bajonazo de lo más 
malo que nunca se hubiera visto. Es indescriptible la 
cólera que se apoderó de los espectadores. Si hubiera 
sido otro torero, hubiera pasado con una silba, grande 
ó pequeña; pero haber concebido la esperanza de ver á 
un antiguo maestro toreando por el sistema de Montes 
y venir á la plaza á presenciar aquella ignominia, esto 
ponía fuera de sí á los aficionados. ¡Qué gritería, cielo 
santo! ¡Qué injurias! ¡Qué lamentos! Parecía que á cada 
uno le acababan de robar el honor de su hija. 

— ¡Morral, ladrón, gran cochino! ¡Así te ahorquen 
por los pies! ¿Eres tú el que recibías los toros? ¡Á la 
cárcel con ese pillo! Señor presidente, ¿'para cuándo 
quiere usted la Guardia civil.^ 

Y en medio del alboroto, las naranjas, las botellas 
vacías y hasta algunas piedras, volaban á la plaza, y 
por milagro no herían al diestro. Éste avanzaba pálido, 
avergonzado, hacia la presidencia. Al llegar cerca del 
tendido donde estaban Enrique y Miguel, una naranja 
certera le dio en el rostro y le sacó sangre. Enrique, que 
ya estaba excitado y nervioso, no pudo reprimir la in- 
dignación, y levantándose gritó á los que estaban detrás: 

— ¿Quién ha sido ese valiente.í^ ¿Ese valiente sin ver- 
güenza? 

— ¡Fuera el chulo sietemesino! ¡Que baile!— contes- 
taron desde arriba. ^ 

— ¿Se dirige usted á mí? — dijo uno levantándose con 
arrogancia. 

—Me dirijo al que haya sido. 

— Pues nos veremos las caras al salir. 

— Se la veré á usted para escupírsela — contestó En- 
rique encolerizado. 



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RIVERIIA 285 

— ¡Fuera, fuera! iQue se siente ese babieca! — gritaron 
desde arriba. 

No tuvo más remedio que hacerlo. El ( 
reía limpiándose la sangre con el pañi 
sonrisa tan triste y tan humilde, que á 
apretó el corazón y estuvieron á punto 
las lágrimas. 

Sólo cuando apareció el segundo ton 
concluyó del todo la bronca. Por más qu( 
ta no poder más en los quites, el pobre 
consiguió captarse la benevolencia, ni si( 
don del público. Cuantos esfuerzos hacía 
potes echaba (y la justicia obliga á dec 
echaba con arte), servían de befa y de iri 
recido pueblo. El Gordo en su toro estu^ 
siempre, pasando de muleta con maestría 
bastante mal. Lagartijo toreó el suyo í 
con frescura, y se metió por derecho á ^ 
una buena estocada, pero saliendo tromp 
aplausos. 

Llegó el cuarto toro, que correspondía 

Cigarrero. Era un Veragua colorado li 

ojinegro, abierto de cuerna y de buena e 

• casi todos los del Duque; un bravo y hai 

Merluza le colgó un buen par al cuart 
to cogió después los p^los, y en cuanto 
vio/ en medio de la plaza, aplaudió. 

— ¡Ole tu mare, saleroso! 

Quiso ponerlas cuarteando también, 
una vez porque el toro no arrancó. Volv 
y volvió á pasarse por la misma razón, 
fué hacia el toro, y otra vez se pasó. E 
cierto movimiento de impaciencia en el p 
un silbido. Ésta fué la perdición del pobi 



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286 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

do SU amor propio, acometió ciego á la res y quiso 
clavarle las banderillas á todo trance. El toro, que no 
se había movido, le enganchó por debajo del brazo y lo 
echó al aire. Sonó un grito de horror en la plaza. Las 
cuadrillas enteras se arrojaron sobre el animal, tratando 
de llevárselo; pero inútilmente. Inútilmente el Cigarre- 
ro brincaba con heroísmo delante de los cuernos, me- 
tiéndole el trapo por los ojos; inútilmente Lagartijo y 
el Gordo le echaban taiñbién los capotes exponiéndose 
á morir. El toro, como si tuviese algún agravio del in- 
fortunado Baldomero, no atendía á nada, y lo recogió 
otra vez y otra ve:^ lo tiró al aire. Entonces el Ciga- 
rrero, por última inspiración, soltó la capa, se agarró 
fuertemente al rabo de la bestia y comenzó á colearla. 
Dio tantas vueltas, que al fin cayó mareado. El Gordo 
la llevó con la capa lejos. En esto el Serranito se había 
puesto en pie, sonrió forzadamente al público, como el 
gladiador que quiere morir con gracia, se llevó la mano 
al pecho y cayó de nuevo, soltando chorros de sangre 
por las heridas. Dos monos sabios lo recogieron y lo 
llevaron á la enfermería. Otros corrieron en seguida á 
tapar la sangre con arena. 

El presidente, que debía de estar conmovido y alte- 
rado como todos los espectadores, dio la señal de muer- 
te, sin considerar que al toro no se le habían puesto 
mas que un par de banderillas, y que era peligroso para 
el espada que fuese tan entero á la muerte. |Aquí fué 
ella! El público, que gusta de mostrar buen corazón 
después que han sucedido las desgracias, se levantó en 
masa, volviéndose iracundo contra el presidente, como 
si él fuese quien hubiera pegado las cornadas al Serra- 
nito. 

— ¡Bárbaro, bárbaro, asesino! 

Agitaban frenéticos los puños y los bastones frente 



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RIVERITA 287 

al palco presidencial, los ojos llameantes, los rostros 
demudados por la ira. Nadie respetaba ni se acordaba 
siquiera de la majestad que estaba á su lado. Se profe- 
rían los dicterios más soeces. Pero el ] ' " ' 
que estuviese arrepentido, y debía de e 
por la confusión que se reflejaba en si 
no podía revocar la orden. Su dignida< 
Entonces el público se volvió al Cigarreí 
cogido los trastos, y le gritó: 

— No lo mates, no lo mates! ¡Que 1 
sino! 

El Cigarrero encogió los hombros y 
en busca de la res. En aquel instante ur 
gaba corriendo le dijo algo al oído, y el 
terriblemente pálido. El público compn 
malas noticias del Serranito. Quitóse 
montera, se pasó la mano por la frente 
to, se la puso de nuevo y marchó hac 
gritos se apagaron instantáneam.ente. R 
lúgubre en la plaza. 

—¡Ha matado á su hermano! ¡ha mi 
mano! — se decían los espectadores al o 

Y todos sentían ansiedad inexplicabl 
profunda por el desgraciado Cigarrero, 
con lentitud, el paso vacilante, hacia € 
se detuvo hasta dejar caer el trapo sol 
cuernos. 

— ¡¡Ole!! — rugió la plaza. 

Volvió á reinar el silencio. 

El toro brincó como si hubiera sentid 
se revolvió al instante, furioso. El espad 
deí pecho, superior. 

— ¡¡Ole!! — rugió de nuevo la plaza. 

Y otra vez se hizo el silencio. 



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288 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

Siguieron á éste otros pases naturales y en redondo, 
dados tan en corto y con tal maestría, que el público 
quiso volverse loco. Los pies del matador apenas se 
movían ni salían de un círculo estrechísimo; pero este 
círculo parecía sagrado é infranqueable. Los cuernos 
del toro pasaban rozando la chaquetilla del anciano to- 
rero sin hacerle el más ligero daño. Al fln, la fiera, har- 
ta de tanto revolverse y acometer sin fruto, se detuvo 
jadeante. El toro y el torero se miraron. Lió éste el tra- 
po tranquilamente, se echó el estoque á la cara y citó 
con el pie para recibir. Acudió la bestia, furiosa, y se 
clavó ella misma la espada hasta la empuñadura. Hubo 
un grito reprimido de entusiasmo en la plaza. El toro 
se quedó un instante inmóvil frente al torero, lanzó un 
débil mugido y se dejó caer desplomado sobre los 
brazos. 

Nadie puede representarse lo que entonces pasó. Un 
delirio, un inmenso ataque de nervios; diez ó doce mil 
energúmenos gritando con toda la fuerza de sus pul- 
mones; una nube de cigarros, petacas y sombreros vo- 
lando por el aire y tapizando al instante de negro la 
blanca arena. Veinte años hacía que no se había visto 
en la plaza de Madrid la suerte de recibir de este modo 
consumada. 

El Cigarrero dirigió una mirada vaga á los tendidos; 
se pasó otra vez la mano por la frente, y dejando caer 
al suelo la muleta, echó á correr como un gamo sin 
atender á los gritos de entusiasmo, á los llamamientos 
que de todos lados le hacían. Brincó la barrera y des- 
apareció de la vista del público. 

Cuando llegó á la enfermería estaban ya allí Enrique 
y Miguel con el médico y algunos amigos. El cura aca- 
baba de confesar y se disponía á poner la unción al des- 
dichado Baldomero, que presentaba en el rostro las se- 



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RIVERITA 

nales indefectibles de la muerte. Al entrar 
volvió los ojos hacia él y sonrió con carii 

— ¿No habrá sío náa, eh? — le preguntó 
alterada y ronca, queriendo persuadirse d 
caso de muerte. 

— Poca cosa, Pepe... que me voy ar otr 

El cura avanzó en aquel instante con 
óleos. Todos los circunstantes doblaron ] 
nó silencio aterrador, que sólo interrumpí 
del clérigo y el estertor del moribundo. ( 
concluyó, Baldomero dirigió otra sonrisa 
y le tendió la mano diciendo con trabajo: 

— Mis chiquitines... ^ 

— Pierde cuidiao, Baldomero — repuso ( 
la voz anudada y llevándose la mano al c 
hijos serán lo míos. 

' En aquel instante se oyó un gran voce 
za. Era la plebe, que saludaba la entra< 
toro. 

El Cigarrero se dejó caer sollozando e 
de Miguel. 

— ¡Qué tristesa, D. Miguelito del arma 



v 



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xxn 



O pocas idas y venidas costó la apari- 
ción de La Independencia, «diario li- 
beral de la mañana». Nuestro ami- 
go Mendoza por poco pierde la razón á puro correr por 
las calles. Desde la imprenta al almacén de papel; de 
aquí á la redacción; de la redacción á casa de Ríos, y 
así todo el día y parte de la noche. La mayoría de los 
redactores fué nombrada por el conde. Algunos eran 
hijos de sus tertulianos asiduos, otros periodistas famé- 
licos á quienes debía algún suelto laudatorio. 

Por fin apareció el primer número. Grande fué la sor- 
presa de Miguel al leer debajo del título otro renglonci- 
to corto que decía: «Director: D. Pedro Mendoza y Pi- 
menteh. No pudo reprimir un sentimiento de indig- 
nación. 

— ^Pero este majadero, qué se habrá llegado á figu- 
rar? — murmuró estrujando el periódico. Y al poco rato, 
viendo entrar jadeante, corriéndole el sudor por la fren- 
te á Brutandór, se encaró con él diciéndole: 



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RIVERITA 291 

— Oyes, Perico, ¿te sientes con fuerzas para dirigirme 
en las arduas tareas del periodismo? 

Mendoza se puso colorado y comenzó á balbucir: 

— ¡Yo no he sido!... jDemasiado sé yol... E 
ha empeñado... Decía que era necesaria una 
No nos atrevimos á ponerte á ti por si no qu 
todos modos ya sabes... 

— Bueno, bueno; ya lo sé todo — repuso I 
acritud. — Pero estas cosas, querido Perico, se 
si no convienen. , 

Así quedó el asunto. En cuanto se le fu 
Miguel se rió de la gansada de su amigo y n 
pensar más en ella. No obstante, se la hizo 
algunas bromas. Era la menor venganza 
tomar. 

— Te participo, amado Mánchestery que si 
un fósforo, divulgo el secreto que hace añc 
guardado — decía sin levantar la cabeza de 
Has que estaba escribiendo. 

Mendoza le daba el fósforo gravemente 
evitando en cuanto le era posible las burlas de 

— ¿Qué secreto es ése? — le pieguntaban riei 
más redactores. 

— Hice juramento de no revelarlo. Acaso 
él mismo lo descubra. Tengan ustedes pacie 

Y, en efecto, al cabo de algunos meses, hs 
crito Miguel un artículo de polémica personal 
se autorizó el enmendarlo añadiéndole algí 
bras que produjeron un serio conflicto al pet 

— ¿Lo ven ustedes? — gritaba encolerizado 
de la redacción arrojando el sombrero contra 
|Hace tantos años que yo le guardo fielmente 
de que es un animal, y él mismo acaba d( 
ahora! 



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292 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— Ya lo sabíamos — apuntó un redactor sonriendo y 
mirando con recelo á la puerta. 

— ¡Ah! ¿Lo sabía usted? 

— Lo sabíamos todos —dijo otro mirando también á 
la puerta. — Todos menos el conde de Ríos. 

— Eso tiene una explicación muy sencilla: consiste 
en que el conde de Ríos es más animal que él. 

Los redactores se miraron consternados, y sin decir 
otra palabra, bajaron la cabeza y continuaron escri- 
biendo. 

— Oyes, Perico — le decía otra vez, — me parece que 
esa levita es muy corta. 

Los compañeros rieron porque estaba muy lejos de 
ser cierto. 

— Es bastante larga — respondió Mendoza un poco 
amostazado. 

— Para cualquier otro mortal no lo dudo, ipero para 
un director!... Observa, Perico, que tienes contraídos con 
el público ciertos compromisos ineludibles. 

La redacción se componía de una sala y gabinete en 
un cuarto entresuelo de la calle del Baño. En un prin- 
cipio todo era redacción; mas paulatinamente y á la 
sordina, Mendoza se fué quedando solo en el gabinete. 
Cierto día apareció sobre la puerta de éste un letrero 
que decía: Dirección. Perico se creyó en el caso de dar 
una explicación á su amigo. 

— No extrañes lo del letrero, Miguel. Ya comprende- 
rás que tú nada tienes que ver con eso... Pero los de- 
más... El general me dijo que debía haber un cuarto re- 
servado... Porque ya sabes... Vienen visitas... 

— Bien, hombre, bien; no te apures. Majagranzas... 

Mendoza, que no había leído el Quijote^ no entendió 
la cruel intención del mote y quedó muy satisfecho. 

El periódico estaba inspirado, ó como empezaba á de- 



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RIVERITA 293 

cirse entonces, era órgano del general conde de Ríos; 
pero éste no se dignaba pasar casi nunca por la redac- 
ción. Cuando de uvas á brevas lo hacía, nunca dejaba 
el conserje de entrar á anunciarlo á los redactores, quie- 
nes se apresuraban á sentarse y á quedarse «KcinrtnQ pn 
su tarea. El único que seguía como estaba, 
fumando, con las manos en los bolsillos, ( 
El general se descubría al entrar, y con afe 
bilidad, daba las buenas noches. 
— ¿Cómo siguen ustedes, señores? 
Al ver á Miguel en actitud un poco displi 
cía levemente las cejas; pero dominándose ( 
se apresuraba á saludarle. Miguel le estrecha 
sin ceremonia. Después solía pasar al ge 
Mendoza, quien le seguía, embargado por e 
respeto. Al poco rato se oía la voz cascada 
dictando alguna orden ó «echándole una 
como se decía en la redacción. 

— ¡Caramba, Mendoza, no me llamen ust( 
veces ilustre á Serrano! Ya me tienen usted( 
tración hasta el cogote. — Dígale usted al en< 
los teatros que es un adoquín; ayer da un p 
ma de Chamorro, que es correligionario, y 
cuantos días ponía por las nubes una pie( 
mala de un sobrino de González Brabo... ¡. 
me tenga cuidado con la Ferni: ya sabe ust 
cantado en mi casa. — Vamos á ver, Mendc 
consiente usted que ese Sr. Darwin diga en 
de. Variedades que el hombre desciende del m 
sa mientras contesta Mendoza, al cual no se 
ducido, eh? Pues que no traduzcan tales fc 
¡Buen mono estará ese traductor! 

El que se oía llamar de esta suerte, ó m 
adoquín, se hacía el desentendido y bajaba a 



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294 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

cabeza, fingiéndose enteramente embebecido en su tra- 
bajo. Pero alguno de ios compañeros tosía maliciosa- 
mente y los demás se echaban á reir. Á Mendoza en 
estos casos no se le oía el metal de la voz; por manera 
que desde la sala, parecía que el general hablaba solo. 
Pero esto, como ya hemos dicho, sucedía muy pocas 
veces. Ordinariamente el director iba á tomar órdenes á 
casa de aquél dos á tres veces cada día. El general mos- 
traba en la dirección tiel periódico la misma saludable 
energía que siempre le había caracterizado dentro de 
los cuarteles. Pero allí, como en éstos, su espíritu esen- 
cialmente analítico se detenía mucho más en los por- 
menores que en el conjunto. Un remiendo mal pegado, 
una correa mal puesta, sacaba de quicio y encendía la 
cólera en el pecho del héroe de Torrelodones (así le lla- 
maba La Independencia un día sí y otro no). Asimismo 
una noúcia. fiambre, un anuncio torcido llevaba á su 
noble espíritu una turbación extraña que no era pode- 
roso á reprimir. Mendoza tenía buen cuidado de no tur- 
barle á menudo. Los artículos, los sueltos no conse- 
guían excitar el interés del valeroso caudillo, y dejaba 
á la redacción bastante libertad en esta materia. En 
cambio, por nada en el mundo consentiría que se va- 
riase el título de una sección sin consultarle. Algurfas 
veces, por espontánea y libérrima inspiración, él mismo 
llegó á cambiarlos. Un día, después de venir de su casa 
recibió Mendoza un volante ordenándole, en términos 
que no daban lugar á torcidas interpretaciones, que la 
sección del periódico titulada Noticias generales llevase 
por nombre, de allí en adelante, el de Noticias univer- 
sales. Á pesar de la utilidad innegable de esta reforma, 
pues el adjetivo universal es, sin duda, más comprensi- 
vo que general, algún redactor se empeñaba en soste- 
ner que los suscritores, no sólo no la agradecerían, sino 



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RIVERITA 295 

que ni siquiera se harían cargo de ella. El único asunto 
vedado para los redactores era el sistema colonial in- 
glés, y todo lo que de él se derivase. El general se re- 
servaba enteramente esta materia, en la cual era indu- 
dablemente peritísimo; como que ^'^'-*'« +'^'>«-»'^ ^^^ "- 
ees en la India al ir á F'ilipinas. 5 
consonancia con la energía de si 
colonizar un país, se hacía indisf 
indígenas. Sin extirpación, impo 
Este fué el principio que sostuvo 
tículos escritos «con más bizarrí 
decir de un colega ministerial. P( 
empeñaba en que Mendoza fuese 
pero no pudo conseguirlo. 

Lo único que se leía con agrac 
que decirlo á riesgo de herir la s 
ta de algunos redactores, era la s 
ticos, que estaba á cargo de Mi 
allí se le llamaba. Sin embargo, < 
tamente más importancia a los a 
fondos estaban á cargo de ui;i an 
turno, viudo, con siete hijas que 
tían con los cincuenta duros me 
cían estos fondos á su padre. Iba 
mero y salía el último. Los artíc 
ra, de sensatez, de prudencia, di 
los asuntos sin entrar en ellos. ] 
esto más conforme con las regla: 
el apoderarse del asunto «des( 
Además, tenían la incalculable v 
zaban y terminaban constantemí 
con ligerísimas variantes. 

Hé aquí el modelo de su estik 

«Al estudiar concretamente ioi 



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296 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

mas que se relacionan con el fomento de los intereses 
generales, base de la prosperidad individual y colecti- 
va, no puede desconocerse, en manera alguna, lo mu- 
cho que en su resolución influye una acción sistemáti- 
ca y continua, en lo que toca á la administración pú- 
blica, tan poderosa para remover los múltiples obstácu- 
los qu/estorban la marcha próspera de un determinado 
país. No es que nosotros desconozcamos que en su es- 
fera respectiva se precisa el concurso inteligente de to- 
das aquellas otras entidades, capaces de descubrir las 
fuentes de riqueza, que son otros tantos factores del 
bienestar social, siempre que el trabajo empleado para 
obtener el fin propuesto, responda á las exigencias de 
una razón ilustrada por las lecciones de la prácti- 
ca, etc., etc.» 

Cuando vinieron á contar á Miguel que el general 
decía que los escritos de Ramos (así se llamaba el vie- 
jo de los fondos) tenían más peso que los suyos, ex- 
clamó: 

— ¡Claro, por eso no pueden digerirlos más ^ que los 
avestruces! 



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cr^^sr^p»-^'- .'v 




XXIII 



^v 



LEGÓ el mes de Julio 
se fué huyendo de] 
guel no la siguió i 
nía que llevar á su madrastra y 
pero convino con ella en ir á pas 
Pasajes, donde D. Pablo había 
otro tiempo de edificar una magí 
En este retiro suave y campestre 
imitar la deliciosa égloga de F 
poquito también, si posible fuera 
vaje de Chactas y Átala. 

Después que dejó instalada á \ 
Lucía estaba ya en Pasajes, se t 
en un vapor. Salió de Santande 
cielo diáfano, como pocas veces 
costa; la mar azul y rizada. Corr 
ligero, que ensanchaba el pecho ^ 
Has. Subió al puente con el caj 
verle tambalearse y cogerse fuerte 



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298 ARMANDO PALAaO VALDÉS 

y desde allí contempló el espectáculo sublime de le- 
vantarse el sol en el mar. Se levantó como siempre, 
magnífico, sereno, sin mostrar temor alguno á los tou- 
tistes, que le describen en sus cartas á los periódicos, 
ni menos á los poetas cursis, que le traen y le llevan y 
algunas veces hasta le mandan pararse para que escu- 
che sus simplezas. El capitán se paseaba con las ma- 
nos en los bolsillos, sin hacerle maldito el caso (al sol, 
no á Miguel), y cuando éste, sin poder contenerse, 
soltaba alguna exclamación de entusiasmo, se detenía 
y le preguntaba con amabilidad: 

— ¿Le gusta á usted el sol? 

— ¡Muchísimo! 

El marino sonreía con semblante compasivo, como 
diciendo: iQué sería el mundo, si los gustos fuesen 
iguales! Y en voz alta contestaba: 

— No está mal, no; no está mal el sol... 

Después de transigir de este modo con las flaquezas 
del prójimo, emprendía de nuevo su paseo. Y para dar 
señales más claras aún de su benevolencia, se detenía 
de nuevo sonriente. 

— Ahora por el verano es , gusto viajar, ¿verdad? No 
hace frío ninguno... Luego se va viendo toda la costa. 
La mar está como una seda... Cuando se levante el pi- 
loto, le pediremos que toque la guitarra... ¡Ya verá us- 
ted, ya verá qué bien la maneja! 

Pero en medio de su discurso se detenía, mirando á 
la proa, fruncía las cejas, se inclinaba sobre la baran- 
dilla, siempre con las manos en los bolsillos, y gritaba: 

— ¡Babor! 

— Babor— contestaba el timonel desde abajo, como 
un eco. 

Seguía el capitán un rato con las cejas fruncidas y 
mirando á la proa. Al cabo volvía á inclinarse y decía: 



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300 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

donde merendaban ó departían sosegadamente toman- 
Ar^ oi ft.^o^^ A K^iiaban y reían, según el humor y la 
se enteró por el práctico de que el pue- 
3o en dos parroquias; la parte de la de- 
San Pedro, la de la izquierda San 
astante más lejos, había un grupo de 
ís nuevamente edificado, conocido con 
lajes ancho, ó Ancho solamente, 
ló en medio de la bahía hasta el día 
estaba sorprendido y enamorado de 
cioso y melancólico que entre las som- 
3S tomaba apariencias aún más tristes 
L imaginación comenzó á hablarle un 
misterioso. Miraba á las casas donde 
jrcibía luz ninguna, y se preguntaba: 
an allí, lejos del ruido, encerrados por 
tural, serán más felices que los que 
itación estruendosa de la corte? jQuién 
ma pareja de jóvenes asomados á la 
terrado, y no pudo menos de envi- 
Madrid no se ama, de seguro, como 
)licitados por tantos deseos áMa vez^ 
10 puede recogerse y vivir en la con- 
del ser que se adora. En aquel mo- 
•daba para nada de Lucía. Su espíritu, 
[mero por la sublime presencia del 
por la dulce poesía de aquel lago, se 
dio de la vida torcida y artificiosa que 
, de sus placeres mentidos y pecami- 
con cariño al sentimiento de dicha 
[uel pueblecillo retirado y pintoresco 

í de su meditación el capitán, que le 
una copita de ginebra en la cámara. 



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RIVERITA 301 

Miguel le manifestó que deseaba saltar á tierra y bus- 
car alojamiento. 

— Pierda usted cuidado, ahora va á llegar Úrsula. 

— ¿Quién es Úrsula? 

— La batelera: ella le llevará i 
cara. 

Y, en efecto, al pocD rato se a 
vapor un bote, y dentro de él una 
los remos con singular maestría, 
ció de los esquifes que trasportar 
to á otro de la bahía está á cargo 

— Buenas tardes, D. Isidoro y 1 

— Ahí te entrego ese señorito, 
que haces con él. ' 

(Aquí el capitán dijo una gran 1 
posible repetir.) 

Úrsula sonrió sin escandalizars( 

- ¡Allá él, D. Isidoro, allá él! 

Saltó en el bote nuestro joven, j 
tamente á la orilla. Úrsula era un 
bremente trajeada y con unos c( 
rostro, que sorprendieron á Migu 
riguó que bebía mucho aguardien 
condujo á su pasajero por unas 
piedra hasta la calle. Era ésta ba 
cida. Como domingo, no dejaba d 
mación en ella. Los vecinos est 
puertas hablando, ó jugando en la 
Al sentir los pasos del forastero, 1< 
le examinaban con curiosidad; e] 
números también suspendía su cí 
mirarle. En las tabernas, que no e 
cha algazara. Era ya casi noche. I 
al través de aquella calle larga y 



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302 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

Única de la parroquia de San Pedro, hasta una plazo- 
leta en cuyo centro bailaba un grupo de muchachas. 
La batelera se detuvo delante de una casa vieja con 
escudo sobre la puerta, y se arrimó á la ventana de 
la tienda donde había estanquillo. Dijo algunas pala- 
bras en vascuence, y una mujer que había dentro se 
inclinó para ver á Miguel. 

— No hay inconveniente — respondió en castellano. — 
¿Viene por mucho tiempo ese caballero? 

— No sé decir á usted, señora — dijo aquél terciando. — 
Probablerriente todo el mes. 

— Le puedo ofrecer á usted la sala por ahora; pero si 
viene una familia, que espero dentro de algunos días, 
tendrá usted que trasladarse á la habitación de arriba, 
que es más chica. 

— No me importa. Teniendo un cuarto decente, me 
basta. 

La mujer con quien hablaba tendría unos cuarenta 
años de edad. Era alta, corpulenta, y aunque bastante 
descaecida, todavía conservaba en su rostro señales de 
una belleza superior. Vestía un traje modesto de meri- 
no negro, como la mayoría de las que pasan por seño- 
ras en los pueblos chicos. Levantóse al oir esto, salió al 
portal é invitó al joven á subir con ella. Miguel, antes 
de hacerlo, despidió á la batelera, encargándole que le 
mandasen el equipaje. La sala donde entró era espa- 
ciosa: los muebles, aunque no ricos, parecían de- 
centes. 

— Ésta es su habitación por ahora — dijo D.* Rosalía 
(que así se llamaba la huéspeda). — Ésta es la alcoba. 
¿Quiere usted que le traigan luz? 

— Hasta que venga el equipaje no la necesito. 

— Bien, pues dispénseme usted; tengo el estanquillo 
abandonado. 



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RIVERITA 503 

Y la matrona salió de la estancia deájndole solo. Des- 
pués que hubo dado algunas vueltas por ella y enterá- 
dose de su disposición á la escás? i^'^ -"- «hí ^«^^^^ — 
cendió un cigarro, salióse al corr 
ees sobre la baranda de hierro, 
piar, con ojos distraídos, el bail 
grupo de jóvenes bailaba cada \ 
mo y cantaba cada vez más alt( 
ellas eran frescas y robustas mái 
algunas merecían el nombre de t 
eran vivos, sueltos, graciosos. E 
bastantes mirones, hombres y n 
éstas observó que se destacó una 
sola debajo del corredor donde 
un instante, mas no pudiendo 
de nuevo los ojos hacia la daní 
percibió vagamente una voz deti 

— Oiga — decía la voz. Pero j 
dirigían á él, siguió en su cómoc 

— Oiga — repitió la voz un poc 

— ¿Eh, quién va? — dijo entone 

Entre las sombras de la sala 
la niña que estaba antes sentad 
Podría contar quince años de e 
percibir, tenía una carita redoní 
insigniñcante, y gastaba el cabel 

— Dice mi tía que si quiere u 
la chica, con voz temblorosa. 

— Si posible fuera... Tengo al 
ya deseaba hablar, añadió, soni 

— ¿No baila usted con las otra 
á usted muy sólita ahí debajo de 

— Nunca bailo — respondió tod 
si le imputasen alguna falta gra^ 



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304 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— ¿No sabe usted? 

— Sí, señor, sé, pero... 

— Vamos, no le gusta. 

— Antes me gustaba mucho; ahora, no tanto. 

Todo esto lo decía cada vez más acortada, sin dejar 
caer de los labios una sonrisa inocente y humilde, que 
agradó á Miguel. Era lo único que podía agradarle. El 
rostro, sin ser feo, nada tenía que pudiese llamar la 
atención; además, no lo veía claramente, á causa de la 
oscuridad en que la sala se hallaba. 

Cuando dijo las últimas palabras, la niña se reti- 
ró precipitadamente. Miguel la preguntó al desapa- 
recer: 

— ¿Cómo se llama usted? 

— ^Maximina— respondió sip volver la cabeza. 

Trajéronle poco después la cena. La criada era una 
vieja fea y avinagrada. Limitóse á encender una lám- 
para, poner la mesa, y sobre ella los manjares, sin pro- 
nunciar palabra. Pero al poco rato volvió D.* Rosalía á 
darle conversación, y sin qlie él la tirase de la lengua, 
soltóla tan bien aquella bendita señora, que antes de 
concluir de cenar ya sabía Miguel todo lo concerniente 
á su vida. 

D.* Rosalía estaba casada con un ex capitán de bar- 
co, retirado temprano del oñcio porque el reúma no le 
permitía navegar. Había hecho algunos cuartos, pocos. 
Con su rédito, con lo que daba el estanquillo y con lo 
que dejaban algunos huéspedes por el verano, vivían 
modestamente, pero sin trampas. Tenía seis hijos. El 
mayor, que contaba diez y nueve años, estaba emplea- 
do en un comercio de San Sebastián ; el segundo estu- 
diaba para piloto en Bilbao; el tercero, Adolfo, lo tenía 
en casa , un pedazo de madera que no servía más que 
para dar disgustos : venían después dos niñas de ocho 



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RIVERITA 305 

y diez años, y por último, un niño de cinco que era, 
según todas las señas, el ídolo d '^^ 

— ¿Y esa chica que ha venido 
ría cenar, quién es? 

— ¡Ah, Maximina! ¡pobrecilla! 
un hermano de Valentín, mi 
su madre. Su padre era el capití 
que usted habrá visto acaso. Ese 
años para Manila, embarrancó. ^ 
rar si el barco podía salir ó nc 
se encerró en él y se pegó un tii 

— ¡Qué atrocidad! 

— Era un hombre muy delica 
dieran echarle á él la culpa, per 
esa locura. El barco, en cuantt 
lió, porque según dice Valen tír 
El pobre Bonifacio fué el que 
del agua. Maximina, por supi 
tiro. Cree que su padre se muí 
medad. Como quedó sola sin 
otros la recogimos del colegio d( 
traído para casa. ¿Qué íbamos 1 
chos hijos; es un sacrificio el 
manteniéndola, vistiéndola y ca 
ha de hacer por Dios, ¿verdad, ] 
no señor, y sabe cuánto debe í 
que hacen por ella... Pero la ] 
Es callada, sufrida, no da nii 
ción... 

— ¿Qué edad tiene? 

— Quince años; va para diez 

— Pronto se casará entonces. 

— ¡Ay, Dios! — exclamó D.* Re 
tima. — Me parece que están ve 



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306 ARMANDO PALAQO VALDÉS 

las jóvenes hermosas si no tienen dinero, ¿cómo se ha 
de casar ella no siendo rica ni bonita? 

— Yo no la encuentro fea. 

— ¡Ay, Dios! ¡Pobrecilla! Ya comprende que no debe 
pensar en esas cosas. Últimamente se ha metido mu- 
cho por la iglesia. Confiesa y comulga todas las sema- 
nas, y oye misa siempre que puede. Yo la dejo mientras 
no falte á las obligaciones de casa, que como usted 
comprenderá , son lo primero. Hace poco escribió á su 
tío (porque de palabra no se atrevería) diciéndole que 
quería ser monja. Pero para ser monja, D. Miguel, se ne- 
cesita un dote, y nosotros no podemos dárselo. Valentín 
estaba empeñado en hacérselo de su bolsillo, pero yo me 
opongo. Cuando las cosas no se pueden, hay que resig- 
narse. Lo mismo se gana el cielo dentro que fuera del 
convento. iLa pobrecilla lo ha sentido mucho! 

Tanta compasión dio mala espina á Miguel. Cansa- 
do de escuchar á su huéspeda, se levantó, y con pre- 
texto de arreglar el equipaje, se fué hacia la alcoba. 
D.* Rosalía al cabo le dejó solo. 

Aquella noche no era fácil ver á la generala. Su casa 
se hallaba del otro lado de la bahía, y á tal hora costa- 
ría trabajo dar con ella. Por otra parte, Lucía deseaba 
que sus visitas fuesen siempre secretas. Era necesario 
saber en qué forma quería que las hiciera. Determinó, 
pues, aguardar hasta el día siguiente. 

Era muy temprano para irse á la cama. Cogió el 
sombrero y el bastón para dar una vuelta por el pue- 
blo. Al salir, aún continuaba el baile en la plazoleta. 
Maximina se hallaba otra vez sentada en la silla con- 
templándolo. 

-rBuenas noches, Maximina — dijo nuestro joven 
acercándose á ella. 

— ¡Ah! buenas noches. 



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308 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

Pero el baile se había deshecho. Algunas jóvenes se 
fueron para sus casas. Otras, y con ellas algunos ga- 
lanes^, vinieron á sentarse delante del estanquillo, para 
lo cual D.* Rosalía les consintió sacar más sillas y un 
banco largo. Miguel permaneció sentado junto á Maxi- 
mina. 

— Saque usted la guitarra, D.* Rosalía — dijo una de 
las muchachas. 

— ¿Va á cantar Juanito? 

Juanito era el piloto del vapor donde nuestro joven 
había llegado. Era andaluz y muy conocido en Pa- 
sajes. 

En cuanto vino la guitarra, comenzó á alegrar la 
tertulia con playeras, polos y sevillanas. Miguel, con 
gran sorpresa de las jóvenes hermosas que allí había, 
echándose hacia atrás en la silla, principió á hablar al 
oído á Maximina. ¿Qué le decía? Nada; tonterías: que lo 
estaba pasando muy agradablemente; que era una niña 
muy simpática; que se alegraba de haber venido á pa- 
rar á su casa, etc. Maximina, más sorprendida que con- 
fusa, escuchaba sonriendo aquella música tan nueva 
para ella (la de Miguel, no la del piloto). Nuestro joven 
pasaba el rato del mejor modo que podía, esperando la 
hora de irse á la cama. 

— ¿Por qué no se sienta usted al lado de Paulina? — 
le preguntó la niña. 

— ¿Quién es Paulina? 

— Aquella chica tan herniosa que está cerca de la 
puerta. 

Miguel se inclinó por verla. 

— No la veo bien. Parece bonita, en efecto — dijo re- 
costándose otra vez. — Pero usted también lo es... y muy 
simpática además. 

— jOh, por Dios! — exclamó la niña ruborizándose. 



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m 



RIVERITA 309 

— ¡Vaya si lo es! — replicó Miguel, posando su mano 
sobre la de ella y dándole un cariñoso apretón. 

La chica no se movió. Amt 
unos instantes. 

— ¿Vamos á jugar un poco á 
de las jóvenes así que Juanito 1 
pertorio. 

Comenzó el juego de prendas 
foro. Se lo fueron entregando 
ciertas palabras que había que ] 
Pagaba prenda aquel en cuyas 1 
apagase. Nuestro joven tomaba 
go. Cuando el fósforo llegó á 
do, lo dejó caer sin entregarse] 
prenda. 

— ¿Por qué no me lo ha dado 

— Porque no quería que ustec 

Se puso en berlina á los due 
les mandó decir tres veces sí i 
hizo contentar á los presentes, - 
tras duraban estas operaciones, 
de vez en cuando algunas pa 
Maximina. Con la osadía del coi 
apoderarse de una de sus manos 
suyas. Sorprendióse al observar 
raba. Era una mano de virgen, i 
no es grande, pero perfectamente 
cordar las de la generala, largas 
pre ardorosas. La apretó tímidan 
con más energía. Al cabo la acar 
dola suavemente por encima. M 
cer, sin soñar con retirarla, como 
natural. No manifestó siquiera 
quietud que antes. Tan sólo se 



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310 ARMANDO PALACIO VaLDÉS 

á hacer uso de ella en el juego. ¿Qué será esto? se pre- 
guntaba Miguel todo confuso. ¿Tendrá esta chica ya 
tanta malicia? ¿Será pura inocencia? Aunque su expe- 
riencia le insinuaba lo primero, una voz interior le de- 
cía lo contrario. Y atendiendo á ella, contentóse con 
acariciar tierna y noblemente aquella mano que con 
tal candidek le entregaban. La tertulia se deshizo al 
fin, y nuestro joven se fué perplejo y caviloso á la 
cama, proponiéndose observar atentamente á Maximina 
en los días siguientes. 



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xxn 



O primero que hi2 

la mañana fué es 

aquí desde ayer p 

he de arreglarme para verte.» ¡ 

busca de Úrsula la batelera. 

Así que dio con ella le pregui 

— ¿Conoces á la señora del g( 

— ¡Vaya! 

— Pues vas á llevarle esta cart 
da contestación y vente en seg 
espero. 

Cogió la batelera los remos, £ 
rró el bote y desapareció allá ei 
tras tornaba con la respuesta, i 
hacer una visita al capitán del \ 
peteneras. 

Poco tardó Úrsula en aparee 
con prisa. Salióle al encuentro \ 



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512 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

pie en tierra y recibió de sus manos un billete perfu- 
mado que había metido en el seno. 
Decía así el billete: 

«Querido mío: Una inquietud dulce y misteriosa que 
ayer noche experimentó mi corazón me anunciaba sin 
duda que estabas cerca de mí. No podemos vernos 
como antes, porque Carmen se ha quedado en Madrid 
y no tengo confianza en los criados. Precisa que tus 
cartas sean secretas. La chica que lleva ésta es ñel y 
reservada. Te puede traer en su bote á las diez de la 
noche: Al entrar en él debes encender un fósforo; cuan- 
do te halles en medio de la bahía otro, y otro por fin 
cuando saltes en tierra del lado de acá. Á cada uno de 
estos fósforos contestaré yo con la misma señal desde 
el mirador de casa. Nos reuniremos junto á la tapia del 
jardín. Prudencia y discreción. No faltes. 

Tuyo hasta la muerte, 

Alfredo.» 

Al leer la carta no pudo menos de sonreír, diciendo 
para sus adentros: — jCuándo se le concluirá á esta mu- 
jer la manía de las aventuras! — Concertóse después 
con la batelera para su expedición nocturna y se des- 
pidió de ella recomendándole mucho sigilo. 

Cuando entró de nuevo en la habitación encontró en 
ella á Maximina, que estaba acabando de arreglarla, y 
á su primo Adolfo, un muchacho de trece á catorce 
años con grandes cachetes, el cabello corto y erizado y 
unos ojos cargados de carne, ñeros y desvergonzados. 
Por algunas palabras que logró percibir desde el pasillo 
comprendió que había reyerta entre los dos primos y 
adivinó también la causa. Adolfo trataba de curiosear 
en el equipaje del huésped. Maximina se oponía á ello. 
Cuando nuestro joven entró, ambos quedaron sorpren- 



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RIVERITA 313 

didos: Maximina en medio de la sala con la escoba en 
la mano sonriéndole; Adolfo arrimado á una cómoda 
mirándole torvamente. 

— ¡Oh, qué trabajadora es Maximina! — exclamó Mi- 
guel acercándose á ella sin 1 
que le había sido antipatice 

Á la luz del día pudo api 
una morena más pálida qu( 
ña, la boca fresca, la cabezi 
deladas, el cabello castaño ; 
des ni pequeños, más baja 1 
nes y abultada de formas, r 
tos un gran vigor muscular 
mosa á esta muchacha con 
expresión humilde é inocen 
constante que contraía sus 
simpática. Llevaba un vesti 
pañuelo de color de rosa, qi 
te de la espalda. Al oir la e 
testó con otra: 

— [Mucho, sil 

— Ya lo creo. Tan temp 
arreglado el cuarto. 

— |Toma, porque se lo hj 
Adolfo desde un rincón, coi 
prima; pero ésta respondió 

— Es verdad, me lo ha n 
usted salió. 

— ¿Y tú haces tan prontit 
ella?— dijo Miguel encaránd 
serás ya un sabio; porque ti 
darán estudiar todos los díí 

Adolfo le echó una mira 
sin contestar. 



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3 14 ARMANDO PALA(JkO VALDÉS 

— He dado una vuelta por el pueblo — siguió el joven 
dirigiéndose á Maximina, — y después estuve en el va- 
por con Juanito. 

— El pueblo es feo — respondió aquélla.- Eso dicen 
todos los forasteros... 

— ¿Y usted no lo dice? 

— Á mí me es igual un pueblo que otro. 

— ¿No va usted de vez en cuando á San Sebas- 
tián? 

— Casi nunca. Mi tía me lleva cuando hay que traer 
algún encargo; pero ida por vuelta. Una vez me llevó 
mi padre (que en gloria esté) á Bilbao á pasar unos 
días... |Si supiera usted qué deseos tenía de volverme! 

— ¿Pues? 

— Estaba cansada de andar de un sitio para otro..- 
al teatro... al paseo... á los comercios... Me dolían mu- 
cho los pies. Decían que era porque no estaba acos- 
tumbrada. 

— Me ha dicho su tía que ha estado usted educándo- 
se en un colegio... 

— Sí, señor, dos años, en un convento de Vergara... 

— ¿Y le gustaba á usted estar allí? 

— Muchísimo. Nunca he sido tan feliz como entonces. 

— ¿De modo que de buena gana volvería usted con 
las monjas? 

— jOh, ya lo creo! 

— ^EUa quiere volver y hacerse monja... pero le faltan 
monises — dijo el animal de su primo terciando de nue- 
vo en la conversación. 

Aquella salida grosera indignó mucho á Miguel, quien 
dirigió al chicuelo una mirada de desprecio. Maximina 
se había puesto levemente encarnada. 

—No lo crea usted... Sí, desearía volver; pero no 
causando perjuicio á nadie. Comprendo que ahora. 



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RIVERITA 315 

mientras las niñas no sean mayores, mi tía me nece- 



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3l6 ARMANDO PALAOO VALDÉS 

— ¡Ya podían tus padres darte un poco mejor edu- 
cación! 

Cuando volvió hacia Maximina, la halló sollozando, 
tapándose la cara con las manos. 

— Vamos, Maximina, serénese usted... E^o ya pasó. 

Pero Adolfo, desde el pasillo, empezó á vociferar: 

— ¡Que salga, que salga esa hipócrita!... No me mar- 
cho de aquí hasta que le atice unas cxiantas piños, 

A las voces que daba y al ruido que acababan de 
hacer, subió D.* Rosalía preguntando enojada: 

— ¿Pero qué es esto? ¿Qué pasa aquí? 

— Nada, señora — contestó Miguel, — que ese mucha- 
cho quería abrir el vestido á Maximina para enseñar 
una soga que dice que trae. 

— No, madre — gritó Adolfo, — es que ella me pegó, 
porque la llamé beatona. 

— Tú te callas, tunante — le dijo la madre encoleriza- 
da, aplicándole al mismo tiempo una soberbia bofetada 
que le enrojeció la mejilla. 

Adolfo se puso á clamar al verdadero Dios. Enton- 
ces D.* Rosalía, arrepentida sin duda de hab^r lastima- 
do á su hijo, se revolvió furiosa contra Maximina. 

— ¡Buena hipocritilla estás tú también! Haces la co- 
media y lloriqueas, hasta que consigues que yo le 
pegue... 

Ante aquella injusticia, la pobre niña quedó como 
aturdida un instante. En su semblante descompuesto se 
adivinaban los esfuerzos que hacía para no romper á 
llorar á gritos. Dejó escapar un sollozo ahogado, se 
llevó la mano al corazón y salió corriendo de la es- 
tancia. 

— Vamos; á encerrarse á su cuarto, como siempre — 
dijo D.* Rosalía, sonriendo irónicamente. 

No obstante, como veía claro que Miguel no aproba- 



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RIVERITA 317 

ba SU conducta y su propia conciencia tampoco, se 

esforzó en demostrar que Ad( ' 

aturdido, pero de un fondo e: 

era muy susceptible, que no sa 

ma y tratar á su primo como lo 

último, allá se fué con él acarici 

varias cosas para que se calma* 

mente impresionado por aquellí 

Pasó el día vagando de un 
poco, escribió otro rato. Al fin 1 
que hubo cenado y sufrido med 
ma huéspeda, se dispuso á acu 
que le había dado la generala. I 
en busca de la escalera de piedi 
quedado en esperarle, no podíi 
amor que Lucía profesaba al mi 
puede que tenga razón, conclu 
fuese por estos granos de pimiei 
tras relaciones, la verdad es qi 
fastidiosas. Halló á Úrsula sent£ 
mitando. Al sentir sus pasos, se 

—¿Es usted, señorito? 

— Yo soy; ¿tienes ahí el bote? 

— Lo tengo amarrado donde 
sospechen. Voy á buscarlo en s< 

La batelera bajó á la orilla, y 
el agua hasta desaparecer entei 
vista de nuestro joven. Pocos n 
chapoteo de los remos y en perc 
Así que encalló, se apresuró á 1 
de que Úrsula lo pusiese otra v< 
la orilla, tuvo cuidado de sacar \ 
encendido hasta que se concluy 
surgió otra luz, allá á lo lejos S( 



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31 8 ARMANDO PALACIO VALDÉS ^ 

los árboles de la opuesta orilla. La batelera comenzó á 
manejar los remos procurando no hacer ruido. El pue- 
blo de Pasajes reposaba. En los buques surtos en la 
bahía habíanse apagado ya los fogones, y los tripu- 
lantes se entregaban descuidadamente al sueño. La 
noche estaba encapotada y apacible. Aunque avezado 
á las citas nocturnas y secretas, la de ahora, por lo 
original, consiguió interesar á nuestro joven. No poco 
contribuyó á ello también el no haber visto á su amante 
hacía ya cerca de un mes. Con la separación se había 
refrescado un poco el recuerdo de sus fortunas, que en 
los últimos tiempos habían perdido para él bastante atrac- 
tivo. Al llegar al medio de la ensenada, Úrsula le dijo: 

— Estamos á medio camino, señorito. 

Miguel se puso en pie, encendió otro fósforo y lo 
mantuvo vivo todo el tiempo que duró. 

— ^Sabe usted, señorito — le dijo Úrsula, — que si hay 
alguno por ahí en vela y nos observa no sé qué pensa- 
ra de nosotros? 

— Pensará que somos novios. ¿Y qué mal hay en eso? 

— Para usted ninguno. |Á mí buena me pondrían! 

En aquel instante surgió otra luz én tierra, pero no 
ya sobre los árboles, sino más baja. 

— ¡Mire usted, mire usted el fosíoritol — exclamó con 
acento malicioso. 

— Rema, rema. Á ver si llegamos pronto á la orilla — 
repuso Miguel. 

Un toque de corneta se dejó oir en el silencio de la 
noche, claro, estridente, partiendo del Ancho. 

;— ¿Qué es eso? — preguntó el joven, asombrado. 

— No sé— respondió la batelera con no menos asombro. 

Otro toque contestó al primero desde la opuesta ori- 
lla. Oyéronse después voces de mando y ruido de pa- 
sos á la carrera. 



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RIVERITA 319 

— Boga, boga de prisa, á ver qué diablos significa 
ese trajín — dijo Miguel. 

Úrsula obedeció, y no tardaron mv^ :--.,i..^« ^^ 

llegar cerca de tierra. Pero al saltar ( 
ven, un grupo de seis ó siete soldada 
poniéndole las bocas de los fusiles se 

— Darse preso todo el mundo. 

^iguel quedó pasmado. 

— ¿Pero por qué?... 

— Á ver — dijo el sargento, sin esc 
vosotros que registre el bote, y vos 
por ahí entre los árboles y pilladme é 

— ¿De qué se trata, señores? — preg 
curando calmarse y calmar á los caí 
aquellos soldados eran carabineros). 

— Ya lo sabrá usted en la cárcel- 
gento. 

Lo supo antes, por fortuna. Los ce 
aquellas señales misteriosas hechas 
contestadas en tierra, se figuraron qu 
alijo de contrabando, y promovieron 
roto. Grandes esfuerzos hizo Miguel 
de que no había semejante cosa, q 
paseo por placer y nada más. Al cab 
de discusión, el sargento tuvo que re 
cia, pues no había motivo alguno qu 
sospechas. El joven madrileño le ma 
llegado el día anterior en el vapor C 
taba, y á cuyo capitán podían pregui 
lo que decía: que estaba hospedado ( 
lentín Vázquez, etc., etc. Después de 
sargento le permitió volverse á su ca 
panado de un carabinero que averi; 
mente alojaba en la posada que decí 



ÍH^-.. 



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XXV 



RRiTADO por aquella aventura peligrosa 
y ridicula, se presentó al día siguiente 
en casa de la generala, sin tomar pre- 
caución ninguna, y le manifestó que no quería oir ha- 
blar de citas misteriosas. Lucía, que la noche anterior 
ie había esperado en vano, se condolió extremadamen- 
te de su percance, aunque no pudo menos de reir al 
oírselo contar. Desde entonces se vieron todos los días 
á la hora que á Miguel le placía visitar el hotel de don 
Pablo Bembo. 

El tiempo que estas visitas le dejaban libre aprove- 
chábalo para hacer excursiones á San Sebastián, tra- 
bajar para el periódico ó salir á la pesca con su hués- 
ped. Este D. Valentín, antiguo capitán de El Rápido^ 
bergantín redondo que hacía la carrera de la Habana, 
era una persona bastante original. Tendría á lo sumo 
cincuenta años. Alto y enjuto y de complexión recia, 
si no fuese el reumatismo que á largas temporadas le 
atormentaba mucho. Gastaba el cabello largo y la bar- 



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RIVERITA 321 

ba, ya gris, en forma de cazo. En su vida había visto 
Miguel, ni pensaba ver, hombre más silencioso: estuvo 
una porción de días sin oirle el metal de la voz. Cuan- 
do le tropezaba en la calle ó en casa, el marino se lle- 
vaba la mano al sombrero y gruñía algo que debía ser 
«buenos días» ó «buenas tardes» juzgando por hipóte- 
sis. En la casa jamás se le oía pedir ni ordenar nada. 
Parecía una sombra cuando entraba ó salía ó se senta- 
ba á la mesa á comer. Con su mujer y con Maximina, 
más se entendía por gestos que por palabras. Como sus 
necesidades eran poco complicadas, no coscaba gran 
trabajo tenerle siempre satisfecho. Si el reúma no le te- 
nía postrado, salía, casi todos los días, á pescar en un 
bote de su propiedad. Horas y horas se pasaba el ex- 
capitán fondeado cerca de tierra, inmóvil,- con el apare- 
jo en la mano, dejándose tostar por el sol y azotar por 
el aire. Á fuerza de no mantener relaciones más que 
con los peces, se había identificado con su naturaleza 
fría, grave y silenciosa. Era un verdadero derviche del 
mar, cuya aspiración única parecía consistir en penetrar 
más y más en este elemento y fundirse y disolverse al 
cabo en él, como una piedra de sal. Por lo demás, en 
el pueblo era considerado como un buen vecino y ma- 
rino niuy inteligente. 

Este hombre, que cruzaba por el mundo en zapati- 
llas, fué el compañero constante de Miguel en sus ex- 
cursiones marítimas. Claro está que hablaban poco, 
casi nada; pero nuestro joven había creído comprender 
por gestos, por gruñidos, más que por palabras, que 
era simpático á D. Valentín, lo cual podía achacarse á 
la afición que mostraba á la pesca. Sobre todo desde 
cierto día en que enganchó (pura casualidad) una mag- 
nífica robaliza y consiguió meterla á bordo, el ex-capi- 
tán le guardó, aunque tácitas, altas consideraciones. 



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322 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

Además, había adivinado también que el ex capitán pro- 
fesaba un afecto vivísimo á su sobrina Maximina, bien 
pagado por parte de ésta. Ambos se comprendían ad- 
mirablemente, con sólo mirarse, y se tributaban todas 
las pruebas de cariño que podían. Y digo podían, por- 
que D.* Rosalía estaba al tanto de este cariño, y no 
manifestaba tendencias muy decididas á alentarlo. 

Por todo esto Miguel fué estrechando su amistad con 
él. Maximina cada día se mostraba á sus ojos más sim- 
pática é interesante. Las personas candorosas y since- 
ras tienen la ventaja de no repetirse. Así que, sin que 
ella pudiese sospecharlo, al mismo tiempo que le abría 
su alma para que hundiese la mirada en ella, iba cau- 
tivando la de su joven huésped, en términos que á éste 
llegaron á fastidiarle todos en la casa si no eran Maxi- 
mina y su tío. Hablaba con aquélla largos ratos apro- 
vechando los momentos en que venía á arreglar su 
sala. 

— ¿Está usted ocupado, D. Miguel? 
—Ahora voy á dejar la tarea. 

Y mientras salía del cuarto y Maximina se ponía á 
asearlo, charlaban alegremente. Miguel la embromaba 
con el convento. Ella se defendía negando que tuviese 
por entonces intención de encerrarse en él. Sin embar- 
go, al través de estas negativas se traslucía que acaso 
con el tiempo llegase á realizarlo. Un día poniéndose 
serio le dijo: 

— No soy partidario de los conventos. Las virtudes 
más hermosas de la religión cristiana, que son la cari- 
dad y el sacrificio por los demás, no pueden practicar- 
se sino en medio de la sociedad. ¿Para qué sirven todas 
las que una joven llega á adquirir si han de quedar en- 
cerradas entre cuatro paredes; si el mundo no se ha de 
aprovechar de ellas jamás? Las únicas monjas á quie- 



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RIVERITA 323 

nes respeto y admiro con todo mi corazón son las her- 
manas de la caridad. 

Maximina le miró sorprendida y no contestó. Todo 
el día estuvo un poco pensativa 

Solían reunirse diariamente á 
algunos jóvenes delante del esta 
tanto numero como los domin^ 
apacibles y calurosas, y la tertu! 
ees hasta las nueve y media ó h 
acostumbrando á asistir á ella, c 
generala para otras horas. Sentí 
de Maximina y se complacía en 
preguntasen si creía lo que la i 
casi imposible contestar. Lo úni 
es que no la requebraba por bui 
el rato. Es posible que á fuerza 
fuese encontrando hermosa. Peí 
convencida de lo contrario, que 
del joven con tanto más empeñe 
iba siendo su compañía. Una nc 
suplicante: 

— Por Dios, no me diga usted 

— ¿Por qué? 

— Porque se me figura que eí 
la de mí, y me cáuaa mucha peí 

— Aunque usted no lo fuese, 
con esto bastaría; pero ya que u 
maré simpática únicamente. 

— Tampoco. No me llame us 

Las demás muchachas que al 
edad que Maximina, les echaba 
y comenzaban á murmurar de 1 
el joven forastero se sentaba al 
juegos con que se mataba el tie 



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324 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

al airejibre, eran poco variados: esconder un objeta 
para que uno de ellos lo hallase, mientras los demás 
cantaban, unas veces suave y otras fuerte, según se 
alejaba ó aproximaba á él: adivinar quién era la perso- 
na cuyo retrato fuesen trazando de palabra los presen- 
tes: correr el. florón por la cuerda... Este juego del flo- 
rón era el que más agradaba á Miguel. De él conserva 
toda su vida recuerdo vivo y placentero. Consistía en 
introducir una sortija por una cuerda y agarrarse á 
ésta todos los tertulianos formando corro. Uno se que- 
daba en el medio, y los demás corrían la sortija disi- 
muladamente gritando: 

El florón está en la mano. 
Siga el florón. 
Siga el florón. 

El corifeo hacía una señal. El coro callaba y queda- 
ba inmóvil. Si adivinaba quién tenía la sortija, éste pa- 
saba al centro del corro, y aquél ocupaba su sitio; si 
no, volvía á seguir el florón su carrera. Nuestro joven 
gozaba con este juego, porque le trasladaba á la in- 
fancia; acaso también porque al agitar las manos sentía 
el contacto de las de Maximina. Muchas veces se reía 
pensando: iSi el conde de Ríos me viese jugando al 
florón! 

Al domingo siguiente se bailó, como el día en que él 
llegara. Había prometido á Maximina entrar en el corro 
si ella bailaba. La niña, confiando en esta promesa, se 
decidió á ello. Pero el huésped no quiso cumplir la pa- 
labra, y se quedó sentado delante del estanquillo como 
simple espectador. La pobre Maximina, defraudada, le 
miraba con ojos tristes, dejando adivinar que sin él es- 
taba allí aburrida. 

— Eh, Lolita — dijo el joven llamando á una de las 



^ 



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RIVERITA 325 

pequeñas de D.* Rosalía, — vé á decir á Maximina que 
en cuanto oscurezca un poco "^^c haiiar^ 

Maximina, al recibir la noti 
efecto, cuando las sombras d 
plazoleta, seguro ya de no lia 
tero se aventuró á tomar part( 
tro todo lo suelto y airoso qu 
cual tuvo que escuchar algún 
pero las llevó con paciencia, j 
no se fijaba en él nadie... nadi 
le decía en voz baja: — «Levar 
— «No salte usted tanto». Coi 
nos, que el joven iba siguiei 
niña estaba alegre, satisfecha, 
lar con más frecuencia que á 
ba colocarse á su lado para te 
que se complacía en apretar 
Después de bailar uno frente i 
la costumbre de abrazarse un 
guel, aprovechando uno de es 
la oscuridad, cogió la trenza c 
por la espalda con un lazo d 
llevó á los labios. 

— ¿Qué hace usted?— exclan 
pidamente. 

— Besar la trenza de su peí 

— ¿Y por qué hace usted 
presa. 

— Porque me gusta. 

Maximina bajó los ojos y g 

Poco después el hijo del bri 
mano; pero la niña la bajó coi 
le fué posible. 

Maximina, desde entonces 1 



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326 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

hizo, se manifestó un poco más circunspecta, aunque 
sin dejar de estar cariñosa con su amigo. Al concluirse 
y venir los jóvenes á su acostumbrada reunión, dijo 
•que le dolía un poco la cabeza, y en vez de permanecer 
en la tertulia, se retiró. Creyó Miguel, en vista de esto, 
haberla causado algún disgusto, y estaba con deseos 
de hablar con ella. Al día siguiente de madrugada la 
halló bordando en el estanquillo. Estaba un poco páli- 
da, y sus ojos, al levantarlos hacia Miguel, aunque 
sonrientes, expresaban una suave melancolía. 

— ^Cómo ha descansado usted, Maximina? — la pre- 
guntó. 

— No he podido dormir en toda la noche — respondió 
la niña. 

— ¿Pues? 

— No sé... daba vueltas y más vueltas... y nada. 

Miguel sonrió admirando aquella ingenuidad. 

En los días siguientes, á medida que buscaba las 
ocasiones de hablar con ella á solas, la niña las evita- 
ba cuidadosamente. Sin embargo, una vez que doña 
Rosalía se levantó dejándolos solos en el estanquillo, 
Miguel la cogió una mano y casi á viva fuerza se la 
besó. Maximina se puso encarnada y no supo más que 
decir: 

— [Oh, por Dios!... 

Otra vez la dijo al oído hallándose de tertulia: 

— Tengo que pedir á usted un favor, Maximina. 

— ¿Qué es? 

— Que me dé usted un rizo de su pelo. % 

La chica levantó los ojos con sorpresa. 

— ¿Me lo dará usted? — repitió mirándola atrevida- 
mente. 

Maximina bajó los ojos haciendo una señal añrma- 
tiva. 



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7 

RIVERITA 32 

Pero trascurrió un día y trascurrieron dos, y tres, y 
no daba señales de cumplir su promesa. Miguel le pre- 
guntaba por señas: ella sonreía sin contestar. Entonces 
el joven se hizo el enojado: evitó á su vez el encon- 



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328 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

calera para restituirse á la tertulia; pero al cruzar por 
delante de la puerta del estanquillo que estaba á oscu- 
ras, se le ocurrió meter la cabeza dentro y decir: 

— Maximina. 

— ¿Qué? — respondió una voz apagada. 

— jOh, picarilla! ¿está usted aquí? 

Y se introdujo en la tienda. 

— ^¿Dónde está usted? 

— Aquí. 

— Déme usted la mano. 

— ;Para qué, para besarla? No quiero ; es usted muy 
malo. 

Miguel soltó una carcajada, reprimiéndola para que 
no le oyesen fuera. 

— No, criatura; es para saber dónde está usted 
nada más. 

Se sentó al lado de ella en una silla baja. 

— ¿Por qué se ha escapado usted de la tertulia? 

— ¿Y usted por qué me anda buscando? 

— Para decirla á usted una cosa. 

— ^¿Qué es? 

— ...Que la voy queriendo á usted mucho — dijo con 
acento apasionado, tomándole una mano. 

La niña guardó silencio. 

— Y que usted también me va queriendo á mí un 
poco, ¿no es verdad? 

Tampoco contestó. 

— Vamos, dígame usted que sí... aunque sea men- 
tira. 

— Yo no digo mentiras — manifestó la niña con voz 
dulce. 

— ¿Entonces, no me quiere usted?... 

— Tampoco digo eso. 

Miguel entusiasmado la abrazó. 



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mer 



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XXVI 



iGUEL sacó el reloj para mirar la hora. 

— iOh qué reloj tan fastidioso! — ex- 
clamó la generala apoderándose de él y 
metiéndoselo de nuevo en el bolsillo sin permitir que lo 
abriese. — Antes, cuando estabas á mi lado, no hacías 
tanto uso de esa alhaja . De pocos días á esta parte no 
se te cae de la mano. ¿Qué prisa tienes? ¿No has venido 
á Pasajes por mí?... Además, observo que estás algo' 
distraído; que siempre cruza tu frente una arruga pro- 
funda, signo de graves meditaciones... Hasta te encuen- 
tro ayer y hoy un poco ojeroso... 

— ¡Vaya, que no traes mal belén con mi fisonomía! 
— dijo él sonriendo. Bajo esta sonrisa se traslucía la 
cólera. 

En efecto, la generala exploraba á todas horas el 
semblante de Miguel como el marino el del tiempo. 
Unas veces estaba pálido, otras fatigado, otras melan- 
cólico, otras excesivamente risueño. Nunca dejaba de 
tener alguna cosa que le llamase la atención. Esta eter- 

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RIVERITA 331 

na y escrupulosa inspección le había halagado al prin- 
cipio, después le aburrió un poco, y últimamente había 
llegado á irritarle. 

— ¡Y te enfadas por eso, ingra 
Si observo tu fisonomía, es que 
•Todo lo demás me parece indife 
libro donde leo mi felicidad ó mi 

Aunque ya no le causaban in 
táforas amorosas de la generala^ 

— No me enfado, Lucía... Si e 
en un semáforo y señalar todas 
perimento, ^-qué vamos á hacer.í^ 
que te agradezco. 

La generala creyó que debía 
tema. 

—No puedes figurarte. Migue 
te veo triste, lo que gozo cuando 
pieras!... Al través de tu sonrisa 
sueño, hermoso, pienso que el c 
el campo siempre verde y fronde 
son todos felices... ¡Oh, si lo sup 
que sonreirías siempre como al 
verdad?... ¡Algunas veces me 
mientos tan tristes! La imagir 
amor, da muchas vueltas... ¡Si \ 
digo. Esta idea me aniquila, me 
cielo se desplomase... Si tú te m 
pobre Lucía.í^ Morirse también de 
peor para ella... No quiero pensf 
que toda me acongojo. Ya no h 
en la tierra. Sólo tu recuerdo du] 
gún consuelo en ciertos momenl 
te murieses, guardaría tu imagei 
la hora de mi muerte, y aun mái 



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332 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

vivirías en espíritu conmigo; y todos los días, todos los 
días, sin faltar uno, iría á visitarte al cementerio y á de- 
jar sobre tu sepulcro un puñado de flores- 
La generala había empleado ya muchas veces este 
recurso, y siempre con el mismo éxito. Á Miguel no le 
caían en gracia estas ideas lúgubres y procuraba llevar 
la conversación hacia otro punto. Esta vez la cortó le- 
vantándose del diván donde ambos estaban sentados y 
cogiendo el sombrero. Para paliar un poco el mal efecto 
de este bnisco movimiento, se acercó sonriente á la 
dama y la acarició amorosamente la cara. 

— Tengo una carta para el periódico empezada... Ne- 
cesito terminarla antes que se vaya el correo. Adiós, 
amor mío... 

Aquel amor mió fué pronunciado de un modo dis- 
traído, rutinario, que hubiera mortificado á la generala, 
si no fuese frecuente en ella también al acariciar de pa- 
labra á su amante. 

— i Qué pronto! Apenas has estado conmigo dos 
horas^ 

— Mañana procuraré estar más tiempo... Hoy no 
puedo. 

Lucía se levantó también y le echó los brazos al cue- 
llo con el mimo de otras veces. Miguel soportó aquel 
abrazo y aun hizo esfuerzos por mostrarse entusias- 
mado. 

— Aguarda un poco — dijo la generala soltándose 
y tomando un ramillete que había sobre la chimenea. 
— Toma estas flores, ponías delante de ti cuando es- 
cribas, para que al levantar la cabeza te acuerdes de tu 
Lucía. 

Miguel cogió el ramo y lo besó maquinalmente, como 
lo tenía por costumbre siempre que la generala le daba 
algún objeto en recuerdo. Luego se despidió. 



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RIVERITA 333 

Al salir del chalet llevaba el corazón menos oprimi- 
do que Romeo al separarse de Julieta en aquella céle- 
bre noche que el lector conocerá seguramente; pero su 
paso era cuando menos tan ligero. Quería llegar á tiem- 
po á la novena de San Ramón Nonnato que se celebra- 
ba hacía días en la iglesia de San Pedro. Allí veía á 
Maximina, á la cual estaba ligado por simpatía irresis- 
tible. Y lo que más le entusiasmaba era que ésta había 
aceptado sus amores sin aquella reserva que el temor 
de ser engañadas obliga á manifestar á las muchachas, 
cuando un joven de condición superior se dirige á fes- 
tejarlas. Maximina fué su novia sin que tuviese necesi- 
dad de vencer escrúpulos y prevenciones que el cálculo 
ó la malicia introduce en el pensamiento de aquéllas. 
Le entregó su corazón con inocencia, como una cosa 
natural ó que no podría ser de otro modo. Lo único que 
la había hecho vacilar al principio fué la sorpresa de 
que se dirigiese á ella con preferencia á otras jóvenes 
qué pasaban en el pueblo por mucho más bonitas. Una 
vez convencida de que aquél tenía el mal gusto de en- 
contrarla bella ó al menos simpática, no consideró poco 
ni mucho la diferencia de fortuna ni se imaginó que 
todo aquello podría ser nada más que un puro y frivolo 
pasatiempo por parte del joven forastero. Abrió su es- 
píritu al amor con la inocencia que la flor abre su cáliz 
á los rayos del sol. Y aquella niña tímida, melancólica 
y reflexiva, en algunos días había experimentado nota- 
ble trasfiguración. La alegría que rebosaba de su alma 
comunicó á su rostro atractivos que antes no tenía, 
gracia á sus movimientos, sonoridad á su risa, brillo á 
su palabra. Este cambio no pudo pasar inadvertido á 
nadie, pero menos á Miguel. Observólo con placer, con 
el placer del artista que contempla la obra salida de sus 
manos. Fué un aliciente más para seguirla enamorando 



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334 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

sin calcular las fatales consecuencias que aquel deva- 
neo honesto podría traer consigo. 

Cuando se hubo alejado de casa de la generala, cer- 
ca ya de la orilla donde Úrsula le aguardaba con su 
esquife, echó una mirada al ramo que llevaba en la 
mano. Reflexionó que era grande y molesto para llevar 
á la iglesia, y diciendo: — ¡Adonde voy yo con esta car- 
ga de hierba! — lo arrojó al suelo, y siguió rápidamente 
su camino sin más pensar en él. La novena de San Ra- 
món atraía mucha gente á la iglesia de San Pedro. Era 
un templo grande, sucio y tenebroso hasta de día. Por 
la noche, con cuatro ó cinco lámparas de aceite colga- 
das aquí y allá á largas distancias, ofrecía un aspecto 
siniestro. Mas ahora el rosetón de luces que ardía en 
torno de la imagen alegraba un círculo muy ancho 
donde resaltaban las cabezas de las beatas que se colo- 
caban en primera fila. Miguel acostumbraba á introdu- 
cirse en la iglesia por la puerta de la sacristía, y desde 
ésta, sacando un poco la cabeza, veía toda la parte ilu- 
minada del templo. 

Maximina y su tía se acomodaban allá enfrente, cer- 
ca de un banco para sentarse en los intervalos de des- 
canso. La niña, penetrada de un vivo sentimiento reli- 
gioso, no osaba mirar hacia Miguel: creía profanar la 
majestad de la casa de Dios. No obstante, alguna que 
otra vez, de raro en raro, se autorizaba el levantar los 
ojos y clavarle una rápida y grave mirada, arrepintién- 
dose inmediatamente de haberlo hecho. Á nuestro joven 
le hacía gozar más aquella tímida y rapidísima mirada 
que las ardientes y prolongadas que otras mujeres más 
bellas y más vistosas le habían echado en el curso de 
su vida. 

Aunque á larga distancia, observó aquella tarde que 
el semblante de Maximina no era el mismo de otros 



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RIVERITA 335 

días. La melancolía, siempre esparcida sobre él, se ha- 
bía convertido en profunda tristeza. Sus miradas eran 
más frecuentes y más largas, y en torno de sus ojos 
un círculo levemente encarnado acusa' 
llanto vertido. ¿Qué le habrá pasado? ¡ 
inquietud. ¿La habrá reñido su tía? Y d 
cluyese pronto la novena á fin de entei 

Era noche cerrada cuando salieron 
joven forastero acostumbraba á esper 
y su sobrina en el pórtico, ofrecerles 
acompañarlas á casa en unión de otras 
le permitía emparejarse con su novia 
ella conversación aparte. Todo esto res 
miento idílico, de suave felicidad, que, 
á sus refinados amores cortesanos, 1 
deleite. Después de haberla dirigido ali 
insignificantes, á las cuales contestó la 
y apagada voz, un poco más apagada 
la preguntó bruscamente: 

— (¡Qué tienes?... Parece que estás tri¡ 
(la tuteaba en secreto desde hacía algu: 
se atrevía á hacerlo sino alguna que ( 
el joven se lo exigía con vehemencia). 

Maximina siguió caminando en siler 

— ¿Te ha reñido tu tía? 

—No. 

Volvió á guardar silencio. Al cabo 
acercando más el rostro, observó que 
lágrimas rodaban por sus mejillas. 

— ¿Estás llorando?... ¿Por qué? — pr 
zobra. 

— No lloro... no es nada — respondió 
hacia él sus ojos sonrientes, pero nubk 
grimas. 

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336 ARMANDO PALAaO VALDÉS 

— Lloras, sí, y quiero saber por qué. Me parece que 
tengo derecho para ello... si es que me quieres, como 
dices. 

Todavía le costó algún trabajo arrancarle su secreto. 
AI fin la niña desahogó el pecho oprimido y dijo con 
voz cortada por los sollozos: 

— Hoy han estado en casa Paulina y Segunda y me 
llevaron á la tienda de Joaquina antes de venir á la no- 
vena... y allí comenzaron á burlarse de mí... |Me dije- 
ron-unas cosas tan malas! 

— ^¿Qué te han dicho? 

— Que usted ^e estaba riendo de mí y sólo aparbn- 
taba quererme por divertirse un rato... Que cómo podía 
figurarme yo que un joven rico y alegante se había de 
casar conmigo... 

— ¿Todo eso te han dicho? — exclamó Miguel con 
sorda irritación. — ¿Nada más? 

— También me dijeron que usted tenía una novia... 
una señora que vive ahí en el camino de Francia, y 
que la iba usted á ver todos los días.,. ¡Parece que 
vinieron á. buscarme á propósito para darme esta puña- 
lada! 

— Pues no te han dicho más que la verdad. 

La niña le miró con ojos suplicantes. 

— Sólo que hay una pequeña dificultad para que esa 
señora, á quien visito muchos días, sea mi novia... y es 
que esa señora está casada. 

Miguel había penetrado perfectamente el alma de la 
niña. Por eso le presentó esto como una dificultad in- 
superable. En efecto, Maximina abrió más los ojos, 
manifestó gran sorpresa. Exigió que el joven se lo ju- 
rara, y una vez hecho el juramento, un rayo de ale- 
gría iluminó su semblante. 

— iPero qué malas son esas chicas! — exclamó cru- 



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RIVERITA 337 

zando las manos. — ^No tendrán miedo que Dios las 
castigue? 

Miguel se esforzó en persuadirla á que no creyese 
nada de cuanto la dijeran acerca de '' ' ' '~" '' 
testas sinceras de cariño y logró que 
casa se disipasen las nubes que ve 
llegar, despojóse Maximina inmediat 
tilla y se fué á la cocina, donde núes 
Era una hora ésta muy ocupada par 
de los chicos y del huésped exigía bí 
vos. La criada se encargaba únicam 
to de los manjares; D.* Rosalía de at 
lio. M-aximina encendió la lámpara d 
el mantel sobre la mesa. Miguel la s^ 
Ella levantaba de vez en cuando la 
una sonrisa para mostrarle la confiar 
palabras y lo feliz que la había hec 
vez puesta la mesa, volvieron á la o 

— Hay que limpiar esa vajilla — d 
tono agrio que siempre usaba. 

— ¿La ha fregado usted ya? 

— Si no la hubiera fregado, ^cómc 
piar? ¡Vaya una salida! 

— No se incomode. Rufa — dijo 
la niña. 

Y cogiendo un paño , se sentó cor 
platos. Miguel se sentó cerca de ella 

— Voy á contarles á ustedes un ( 
tomando otro paño y poniéndose i 
bien.— Viajando un amigo mío poi 
bastantes años, me contó que había 
che á un pueblo llamado Cerdópolis 
dentro de él, ya no le extrañó el ñor 
se veían más que cerdos por todas ] 



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33^ ARMANDO PALAaO VALDÉS 

tas, en las calles y hasta dentro de las casas. En fin, no 
se podía dar un paso sin tropezar con alguno de estos 
animaluchos. 

— iQué olor habría allí, madre mía! — exclamó Maxi- 
mina. 

— jAtroz! Me dijo que no se podía respirar. Pues su- 
cedió que fué á alojarse á casa de uno de los principa- 
les del pueblo; pero la mayor parte de las casas, aun 
las de los ricos, no tenían más habitaciones que la co- 
cina y los dormitorios. El dueño le presentó á sus hi- 
jas, unas chicas bastante feas, con los ojos torcidos y 
los pies muy chiquitos... En fin, ustedes ya habrán vis- 
to á algún chino. Parecían amables, y mi amigo quedó 
muy satisfecho del recibimiento que le hicieron. No 
quedó tan contento de la madre, esposa de nuestro 
chino. Era una vieja que estaba al lado del fogón pi- 
cando cebolla, así como está ahora Rufa. 

Maximina levantó los ojos hacia la cocinera y luego 
los volvió hacia Miguel con expresión entre candida y 
maliciosa, sospechando alguna broma. 

— Cuando mi amigo se dirigió á ella preguntándole 
cómo estaba de salud, no le contestó más que ¡hum! 
sin levantar la cabeza siquiera. Mi amigo miró con sor- 
presa al marido y á las hijas, como diciendo: ¿Qué le 
he hecho yo á esta señora para que me reciba de este 
modo? Pero lo mismo él que ellas, en vez de avergon- 
zarse, levantaron los ojos al cielo, con un gesto de re- 
signación que le sorprendió todavía más. Se pusieron á 
cenar, y mi amigo, durante la cena y después de ella, 
trató de captarse las simpatías, ó por lo menos la be- 
nevolencia de la señora, prodigándole muchas atencio- 
nes y dirigiéndole á menudo la palabra. Todo fué in- 
útil. La china contestaba con su gruñido acostumbra- 
do, ó á todo más, con algún monosílabo que revelaba 



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RIVERn 

su mal humor. El marido y 
con hacer aquel gesto de resi^ 
vez iba maravillando más al 
algún tiempo de sobremesa, re 
do por la mañana se levantó, 
lia muy triste y como conster 
guida con interés qué les pasí 

— ¡La pobre madre! — exclai 

— ¿Qué le ha pasado? ¿Está 

— Ahí la tiene usted. 

— ^¿Dónde?— dijo mirando á 
tro de china. 

-Ahí. 

— ¿Pero dónde? 

— Esa marrana que tiene u 

-^iCómol — exclamó mi am 
no se había vuelto loco. 

— Sí, señor: ya sabíamos ei 
na no podía pasar. Usted, se: 
lo que ocurre en este pueblo.. 

El chino le explicó entone 
había una enfermedad, por de 
se llamaba cerdof algia, y que 
ración del hombre en cerdo, 
dad de cerdos con que trope 
mer síntoma de esta enfermec 
este primer grado, los enferma 
los tísicos, y al efecto siempre 
se empleaban para volverle 
fiestas y regocijos, en las cua 
familia. Algunos salvaban, pe 
segundo período, llamado d( 
biaban muy poco. Todavía ei 
que otro^ Pero si desgraciada 



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340 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

nodo de los «gruñidos», entonces era c6sa perdida. Al 
cabo de -algún tiempo, venía la trasfiguración. Su 
señora hacía ya dos meses que estaba en el tercer 
grado. 

Mi amigo quedó pasmado y comprendió por qué 
cuando gruñía el ama de casa hacían todos gestos de 
resignación. 

Al terminar Miguel su cuento, Maximina hacía es- 
fuerzos sobrehumanos para contener las carcajadas 
que se le escapaban de la boca, viendo lo amoscada que 
se había puesto Rufa. 

En aquel momento entró D.* Rosalía con otra se- 
ñora de su misma traza. Miguel al verlas dejó apresu- 
radamente el paño y el plato que tenía entre las ma- 
nos, para que no le viesen ocupado en tarea tan poco 
varonil. Después de cambiar algunas palabras, Maxi- 
mina, sin darse cuenta de lo que hacía, le alargó dos 
platos diciendo: 

— Ya no nos quedan más qué siete. 

Pero el joven, avergonzado y de mal humor, se 
los rechazó. 

— Deje usted... Deje usted eso. 

La niña, ruborizada y confusa, exclamó con voz 
débil: 

— ¡Como hasta ahora me había ayudado!... ' 



I 



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XXVII 



: queridísima hermana : - 
guel á Julia— Me pregí 
permanezco tanto tiemp( 
blecillo, y supones, infundadamente, que 
yor parte en San Sebastián. Asimismo I 
reticencias que me desagradan, porque i 
en boca ni en pluma de una niña tan caí 
tú eres y deseo que sigas siendo. Te has 
todas tus hipótesis. Permanezco en Pasa 
comenzar á reírte) porque estoy enamor 
brina de mi patrona. Es una niña (sigue : 
pasa por bonita, ni es gallarda, ni tiene \ 
educación esmerada. Estoy enamorado i 
acQ^so del alma, aunque no lo aseguro. L 
afirmar es que no hay mujer (exceptuanc 
parezca tan linda, tan amable y tan bien 
ha cumplido aún los diez y seis años. \ 
buena y humilde esl Está tan convencida 
nificancia, que yo he hecho como Jesucr: 



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342 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

ser la última, la elevé á primera. Ha pasado dos años 
en un convento de Vergara, y cuando yo llegué, estaba 
empeñada en hacerse monja. Ahora ya se ñié á paseo 
el monjío. Esto no quiere decir que no fuese una buena 
religiosa. Maximina, que así se llama, en cualquier es- 
tado y situación de la vida sería buena, porque así la 
hizo Dios. Me paso los ratos como un tonto escuchán- 
dola, cuando narra su vidai de colegiala. Las nonadas 
y puerilidades de sus compañeras, que me cuenta con 
gran calor, me embelesan lo mismo que la novela más 
interesante. Conozco ya á todas las hermanas del cole- 
gio como si las hubiera parido. Hay una hermana San 
Onofre, de diez y ocho años, hermosa, instruida, pero 
de muy mal genio. En el convento todo el mundo la 
temía más que á la superiora. ¡Figúrate que á una niña, 
porque manifestó asco al vaso de otra, la hizo comer 
las sobras de todas las demás en un platol Hay otra 
llamada María del Socorro, de la misma edad que Maxi- 
mina, muy dulce, muy tímida. Cuando las niñas enre- 
daban en su clase, no teniendo ánimo para reñirlas ó 
castigarlas, se echaba á llorar. Pero los amores de mi 
niña eran la hermana San Sulpicio, una andaluza her- 
mosísima, llena de gracia y atractivo. Había cuatro 
chicas enamoradas de ella perdidamente; pero la que se 
llevó la palmea y llegó á ser su favorita al cabo de al- 
gún tiempo, fué Maximina. Sin embargo, la hermana, 
que era un poco coqueta al parecer, se complacía algu- 
nas veces en mortiñcarla mostrándole gran frialdad ó 
adoptando con ella un continente severo, hasta que 
viendo su cara contristada, se echaba á reir y le tiraba 
suavemente de una oreja, llamándola tonta. Un día 
vino orden de arriba para trasladar á esta hermana á 
otro convento, y se marchó secretamente sin despedir- 
se. ¿Quién se lo dice á Maximina? se preguntaron todas 



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RIVERITA 343 

las colegialas. Al fin una, más habladora y peor inten- 
cionada que las otn 
niña recibió un fuei 
de reprimirse, porq 
Ilozos delante de s\ 
sí misma le costó c 
mal y hubo que des 
para que no se aho, 

Oyendo el relato 
el mentecato de tu 
no tiene ganas de v 
rida hermana, que < 
labras de Maximina 
niales que nos da e 
blemente, estoy peí 
en decir que no ser 

Muchos recuerde 
Un abrazo que casi 

Tres días despué 
cía así: 

«Mi más querido 
te escribiría hoy, p 
desagradable; pero 
en el caíT,ón, quepa 
vamos á Madrid en 
coles ó jueves. Por 
ponerte en camino 
carte esa felicidad q 
Toda la vida has si 
do los tizonazos qu 
Esa pobre chica ser 
palabritas de miel. ] 



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344 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

víctimas, como Teresa, Paquita, etc., etc. jMe aver- 
güenzo de ser hermana tuya, gran tuno! 

Sabrás cómo tenemos noticia de que tío "Manolo se 
casa con la viuda de marras. Ya era tiempo. Lo mismo 
uno que otro necesitan ponerse dentadura nueva, por- 
que están algo duritos. Ahí te envío una carta, que por 
la letra me parece de él. Supongo que será dándote par- 
te de la boda. 

El cuerpo de Estado Mayor me manda darte recuer- 
dos. Mamá lo mismo. Yo no me contento sino con un 
fuerte mordisco en una oreja. Ya sabes que soy espe- 
cialista en ese ramo. Avisa cuándo sales. 

Julia.» 

Dentro de ésta venía otra carta de D. Manuel Rivera 
noticiándole su próximo matrimonio. El antiguo seduc- 
tor se manifestaba en ella contrito y con grandes de- 
seos de refirmarse en lo tocante á la moral y las cos- 
tumbres, y anunciaba en términos concretos que esta- 
ba íesuelto á someterse á las leyes generales que rigen 
los destinos de la humanidad y la encaminan á lo infi- 
nito. Hablaba de la necesidad imperiosa que siente el 
hombre de tener una compañera «que le ayude á so- 
portar el fardo de la vida», de los goces dulces é inefa- 
bles del hogar doméstico, de los mutuos sacrificios. Por 
último, llamaba al Ser Supremo en su auxilio y le ro- 
gaba se dignase bendecir «su pobre choza». 

Miguel, en vez de enternecerse como debía, se rió 
mucho leyéndola. Mas al instante quedó triste y cabiz- 
bajo al recordar que debía abandonar á Pasajes dentro 
de pocos días. La verdad era que lo ■ estaba pasando 
bien y que no le halagaba nada tornar de nuevo á la 
bulliciosa vida de la corte. Por otra parte, ¡qué sen- 
timiento tan vivo experimentaría la pobre Maximinal 

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RIVERITA 345 

En cuanto á la generala, hacía ya días que había for- 
mado propósito irrevocable de romper con ella, si bien 
esperaba verse lejos para llevarlo á cabo. Na le aco- 
rñodaba hacerlo en una entrevista por no escuchar sus 
quejas de codorniz romántica. 

En la expresión melancólica y reflexiva de su cara 
adivinó Maximina que algo triste le pasaba. Trató de 
mostrarse entonces más alegre y habladora que de or- 
dinario, á fin de disipar su mal humor. Adivinaba va- 
gamente que de rechazo iba á caer sobre ella; pero no 
lo consiguió. Miguel, contra su costumbre, respondía 
con gravedad á sus instancias. 

-^^Qué tienes? — le dijo al fin tímidamente. — ¿Estás 
enfadado conmigo? ^ 

— <iPor qué había de estarlo? — contestó sonriendo 
tristemente. — ¿Te remuerde por algo la conciencia? 

— Á mí no... pero... 

Miguel guardó silencio unos instantes. Los ojos es- 
crutadores de Maximina estaban posados con anhelo 
sobre él . 

— Tengo que darte una mala noticia — dijo al cabo 
dulcificando cuanto pudo la voz. 

La niña se puso extremadamente pálida, pero no 
despegó los labios. 

— Me ha escrito mi hermana para que vaya á reunir- 
me con mamá y con ella á Santander, y acompañarlas 
á Madrid. 

Maximina continuó silenciosa, doblando la cabeza 
sobre el pecho. Entonces le tocó á nuestro joven obser- 
varla con cierta inquietud. 

— No será la última vez que nos veamos, hermosa — 
dijo cariñosamente... — Lo mismo te seguiré queriendo 
en Madrid, y á la primera ocasión que se me presente, 
vendré á hacerte una visita. 



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34^ ARMANDO PALACIO VALDÉS 

La niña levantó los ojos hacia él esforzándose por 
sonreir. 

— Ahora que estoy próximo á separarme de ti — si- 
guió diciendo el joven, — es cuando veo cuánto has pe- 
netrado en mi corazón... Parece mentira que en tan 
poco tiempo te haya llegado á querer de un modo tan 
entrañable... ¿Te pasa á ti lo mismo? ¿Me seguirás que- 
riendo cuando dejes de verme? 

Maximina movió varias veces la cabeza en señal añr- 
mativa. Conmovido por aquel silencio, que revelaba me- 
ijor que ninguna frase lo que su alma sentía, el joven le 
tomó una mano y la llevó suavemente á los labios. Por 
primera vez desde que se conocieran, ella no hizo resis- 
tencia alguna. Cada vez más embargado por la emo- 
ción, Miguel dejó que su alma se desbordase; la expre- 
só con lenguaje vivo y apasionado cuánto la amaba y 
lo feliz que algún día sería uniéndose á ella; la prome- 
tió no olvidarla ni un solo instante, escribirla á menudo 
y venir á verla en cuanto le fuese posible. 

La niña se llevó la mano á la frente y dijo con voz 
alterada: 

— Se me está partiendo la cabeza de dolor... 

En aquel momento entró D.* Rosalía en el estan- 
quillo. 

— ¡Pobrecita! — exclamó Miguel. — Debe usted acos- 
tarse un poco á ver si se le pasa... 

— ¿Qué, te duele la cabeza? — preguntó la tía. — La 
canción de siempre... Anda, vé á recostarte hasta la hora 
de comer. Ya te llevaré el agua sedativa. 

Maximina subió á su cuarto y D.* Rosalía quedó di- 
sertando con Miguel, que apenas la escuchaba. Por la 
tarde la niña pudo bajar al estanquillo. Tenía el sem- 
blante un poco descompuesto. Cuando estuvieron solos, 
ella le dijo tímidamente: 



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"y- 



RIVERITA / 347 

— ¿Quieres una cosa que voy á darte? 

— ¡Ya lo creo! Cuanto tú me 
grado. 

Maximina sacó del bolsillo un 
diente de un cordón y se lo entreg 

— Este crucifijo me lo regaló 1 
cío el día de su santo. Lo traigo 
tres años sin quitarlo jamás... 

Miguel se lo arrebató con ale^ 

— Precisamente iba yo á pedir 
colgar al cuello. ¡Cuánto me ale 
cipado! Te prometo no separarn 
noche... Pero voy á suplicarte ur 
me lo cuelgues. 

Maximina vaciló un instante. . 
el crucifijo. Miguel bajó la ca 
colgado por la parte de fuera del 

— Ahora — dijo él con sonrisa i 
que lo ocultes debajo de la cami 

— No; eso hazlo tú; 

Los dos días que siguieron á i 
ron suaves y melancólicos. Los 
cho tiempo juntos, pero se hab 
hacía visibles esfuerzos por mo 
adivinando estos esfuerzos, sent 
pasión crecer. 

Tomó pasaje en un vapor que 
de. Maximina aquel día por U 
casi contenta. Sin embargo, est 
con él en la sala, cuando menc 
expresión de su fisonomía, ron 
mente. Miguel la acarició y la c( 
mejores que pudo. 

Después que arregló su equip 



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348 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

pueblo despidiéndose de los amigos que durante su es- 
tancia se había ganado. Próxima ya la hora de partirse 
y habiendo oído sonar el pito del vapor, volvió á casa 
con objeto de despedirse de Maximina. Por más que la 
buscó por todas partes no pudo hallarla. Nadie sabía 
dónde se había metido. D.* Rosalía opinó que se habría 
ido á la iglesia. No es decible lo que esto disgustó á 
Miguel, quien después de enviar el equipaje, se fué 
con el corazón oprimido hacia el muelle; pero antes se 
le ocurrió dar una vuelta por la iglesia. Como el tiem- 
po apuraba, corrió hasta sofocarse. No vio rastro de 
Maximina en todo el ámbito del templo. Salió cabizbajo 
y llegó al vapor, que estaba pitando terriblemente en 
espera suya. Cuando saltó á bordo, el capitán le dijo 
con malos modos que hacía quince minutos que aguar 
daban por él. No le causó ningún efecto la reprensión. 
Subió al puente. En el momento de arrancar el buque, 
percibió en el balcón corrido de la casa de D. Valentín 
la figura de la niña. Echó mano apresuradamente á los 
gemelos del capitán que colgaban de la baranda, y pudo 
ver á su novia llorosa con un pañuelo en la mano ha- 
ciéndole señas. Sacó el suyo del bolsillo y contestó lleno 
de emoción. La tarde estaba tranquila, el cielo nublado, 
las aguas de la pequeña bahía inmóviles y verdosas 
espejaban confusamente la columna de humo que el 
vapor dejaba en pos de sí. Algunas otras figuras huma- 
nas se asomaban á los balcones y terrados al oir los 
prolongados y furiosos ronquidos de la máquina. 

En tanto que el barco no salió por la boca estrecha 
de la bahía, Miguel no apartó los gemelos de los ojos, 
dirigiéndolos al balcón donde la triste Maximina que- 
daba. Cuando una peña se la ocultó, dejó caer las ma- 
nos con dolor. Después se limpió las mejillas, que esta- 
ban húmedas. 



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sus labi 



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350 ARMANDO PALAaO VALDES 

— ¿Sabes á quién se parece un poco?... Á Clarita 
Mazón... 

Clarita Mazón era una joven bastante linda. Sin em- 
bargo, Miguel no transigió con el parecido, y hasta se 
indignó. 

— ¡Pero qué enamorado estás, Miguel! — exclamó Ju- 
lita sonriendo maliciosamente. — Así me gusta... Ya era 
tiempo de que la veleta quedase fija un instante... ¿Sa- 
bes que si yo estuviese en la piel de esa niña las habías 
de pagar todas juntas? 

— Lo creo— repuso el joven riendo, 

— No te duermas sobre los laureles, pillo, porque en 
cuanto yó" pueda entenderme con ella, se lo he de acon- 
sejar. 

— No te hará caso. 

— ¡Quién sabel Le haré ver lo que tú eres con esa 
cara de angelito de retablo. 

Desde Santander, Miguel telegrafió á Pasajes, dando 
noticia de su llegada. Así que saltó del tren en Madrid, 
puso otro telegrama, y escribió aquel mismo día. La 
contestación de Maximina tardó seis en llegar. La impa- 
ciencia que nuestro joven manifestó en estos días hizo 
reir mucho á su hermana. Contra su costumbre, aguar- 
daba en casa al cartero, y hasta le espiaba detrás de los 
cristales del balcón y le iba á abrir él mismo la puerta. 

La carta, que al cabo recibió, venía en un sobre pe- 
queño, escrito con magnífica letra inglesa, la letra que 
se enseñaba en el convento de Vergara. Su contenido 
no era largo ni expresivo, pero respiraba modestia y 
candor. Llamábale en el comienzo «apreciable Miguel» 
y se despedía como «segura servidora», lo cual le hizo 
reir. En la réplica le dio bastante matraca con aquella 
«segura servidora», y la niña, en las cartas siguientes, 
modificó su despedida. El comienzo, ó sea el «aprecia- 

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♦' vimffnrryí-fí 't 



RIVERlTA 351 

ble», ya le costó más trabajo que lo cambiase; al fin, 
se aventuró á llamarle «querido Miguel». Todas las 
cartas se las leía éste á su hermana. Julia principió á 

sentir viva simpatía hacia aquel' -^ "'"^^ ^ ^^"^ 

aún que ella. Un día le dio una 
de misa, para que se la enviase 
al acusar el recibo, se manifes 
aquel regalo, que Julia no pudo 
nerla una posdata en la carta d 
cariñosas expresiones. La niña ( 
otra. Se cambiaron después los 
cabo de dos meses, ya se escrib 

Por este tiempo el hijo del I 
enteramente sus relaciones con 
pocos esfuerzos caligráficos le c 
to. Las quejas de la nueva Aria 
por el correo esparcidas en cinc 
menuda. Era necesario contestí 
se cansó y las guardó filosófica: 
trado ya el invierno, Ariadna v 
pasaron quince días sin que la I 
pregonase sus amores con el se 
da francesa. Á Miguel no le m 
ceso. 

Un día Julita le dijo á boca c 

— ¿Cuándo piensas casarte, R 

Se puso colorado, y respond 

— ¡Oh, el matrimonio!... Hay 
ma... Es un negocio muy grave 

Y cortó repentinamente la c 
de otra cosa. Julia se quedó tris 
esta pregunta, porque había obs 
no no menudeaba tanto las caí 
tes. Empezó á sospechar que s< 



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352 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

bló por la pobre Maximina. No se dio por vencida, sin 
embargo. Al cabo de pocos días le cogió en su cuarto, 
por la oreja, y le dijo medio en broma medio en veras: 
— No te suelto si no me dices ahora mismo si pien- 
sas ó no casarte. 

— Pero, chica, ¿á ti qué te va ni te viene en eso? — 
contestó el joven riendo. 

— Tengo interés por Maximina, porque es mi amiga. 
— ¡Si no la conoces! 

— No importa, la quiero ya como si la conociese. 
— ¿Tendrías gusto en ser hermana política de la sobri- 
na de una estanquera? — preguntó el joven con malicia. 

— ¡Ya lo creo! — repuso Julia poniéndose seria. — Si es 
buena y bien educada, ¿por qué no?... 

— No vayas á pensar que yo me detengo por eso — 
dijo Miguel, poniéndose también serio. — He meditado 
mucho en estos últimos meses acerca de tal asunto, y 
al fin no he podido menos de confesarme que no sirvo 
para casado. El que ha hecho hasta los veintisiete años 
la vida independiente que yo, es muy difícil que pueda 
acomodarse al orden, á la paz, á la serie de sacrificios 
que el matrimonio exige... Y, francamente, para ser un 
mal casado, ¿no vale más que permanezca soltero toda 
la vida?... Por otra parte, si me caso con esa chica, que 
no está acostumbrada al trato de gente ni ha entrado 
jamás en sociedad alguna, ya comprendes que debo re- 
nunciar en absoluto á mis relaciones y á las antiguas 
amistades de mi familia. Yo no quiero pisar un salón 
donde mi mujer no haga buen papel... Además, Maxi- 
mina es demasiado niña y demasiado inocente para do- 
minar á un hombre tan maleado como yo, y para regir 
una familia... 

Así continuó el hijo del brigadier rebuscando argu- 
mentos en su cerebro para ocultar los verdaderos mó- 



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viles de 
pasiones 
pertado r 
su mirad 
barle y o 
tos de s 
con dolo 
— iPot 
Ydesp 
— Pueí 
es un pee 
cuanto a: 
— Bien 
Hasta lu 
un beso ( 
Por mí 
tra histor 
guel tuv 
niña de 1 
semanas, 
recibido ( 
su novio, 
ducta ma 
bía reflex 
bre como 
éste se lo 
triste mU' 
consegui( 
de la cari 
Esta a 
dad de lo 
y unos oj 
damente 
más, hasl 



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354 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

día á Pasajes para pedir perdón á Maximina y hacerla 
su esposa, si desgraciadamente aquél no fuese un día 
crítico y terrible de su existencia. 

El periódico del conde de Ríos sostenía frecuentes 
polémicas con otro diario conservador titulado La Mo- 
narquía, Estas polémicas, un tanto ásperas, no habían 
rebasado hasta entonces los lindes de una cortesía más 
ó menos ambigua. Llegó un punto, no obstante, en que 
la discusión se fué agriando en términos que aparecie- 
ron en el diario moderado algunos insultos velados 
contra el inspirador y los redactores de La Independen- 
cia, Miguel se juzgó en el caso de escribir un artículo 
contestando á estas injurias, que fué un verdadero pro- 
digio de habilidad. Devolvíanse con creces todas aqué- 
llas al enemigo, pero de un modo tan fino y bien encu- 
bierto, que era imposible demandar reparación ante los 
tribunales y no era fácil tampoco hallar motivo para un 
duelo. El artículo se leyó en la redacción y fué caluro- 
samente aplaudido. Por desgracia, en esta ocasión fué 
cuando á Mendoza se le ocurrió descubrir enteramente 
aquel secreto que su amigo le tenía guardado hacía 
años. Al traerle las pruebas del artículo, se autorizó, 
sin consulcar á nadie, cambiar uno de/sus párrafos me- 
tiendo otro de cosecha propia. Por virtud de esta fu- 
nesta ocurrencia, lo que era una frase incisiva y bien 
meditada, se convirtió en grosero y feroz insulto. En 
cuanto Miguel, al leer el periódico por la mañana, se en- 
teró de la modificación, revolviósele la bilis, compren- 
diendo que no podía menos de producir fatales conse- 
cuencias. Fué á la redacción, y no encontrando á Men- 
doza, comenzó á decir en presencia de sus compañeros 
lo que ya hemos visto en otro capítulo. 

Todos sus cálculos quedaron confirmados. No se pa- 
saron muchas horas sin que dos caballeros, padrinos 



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RIVERlTi 



del director de La Monarquía 
La Independencia una satisface 
pálido y tembloroso, les contes 
del artículo, y les prometió qu 
siguiente saldría una rectifici 
pasara recado á Riverita, quie 
la redacción antes que de ella 
señores. Así que llegó, deshizo 
nido: contestó que era suyo el 
blicar ninguna rectificación y 
conde de Ríos y á un compañ 
pues se volvió á casa, y fué ci 
carta de Maximina. 

Los padrinos de los conter 
entero y emplearon toda la sí 
discutir las condiciones del des 
era el de la elección de armas 
dándose en que su apadrinado 
derecho á elegirlas, y lo sost 
realidad, hacía mucho hincapi 
era sabedor de que el periodisi 
gir el sable, no porque lo mai 
sino porque, dada su estatura 
var ventaja al adversario. Los 
dían con Igual tesón su derecl 
las diez de la noche aún no \ 
En una de sus entrevistas cor 
fin por tanta dilación, le ro^ 
condiciones quisieran poner le 

En virtud de esto, quedó c 
efectuase á sable con punta. ] 
nana; sitio, la quinta de Vista 

No fué á dormir á casa. Pas 
advirtiéndola que debía velar í 



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35^ ARMANDO PALACIO VALDÉS 

de que ni ella ni Julia estuviesen con cuidado. No salió 
del Casino, donde había estado toda la tarde esperando 
el resultado de la discusión de los padrinos. Hasta las 
dos de la madrugada jugó ai tresillo. Cuando la parti- 
da se disolvió, estuvo paseando largo rato por uno de 
los salones. Cansado al fin, se recostó en un diván, y 
no tardó muchos minutos en prenderle un sueño pesa- 
do y letárgico. La tensión en que sus nervios habían 
estado las últimas horas, había terminado por un ener- 
vamiento. Durmió media hora , y durante ella soñó mil 
disparates. Ahora se encontraba en un inmenso palacio 
deshabitado, donde cierta sombra que vio cruzar le 
causó un terror extraño que jamás había sentido; aho- 
ra se iba á batir dentro de una iglesia con un hombre 
que no conocía, y que resultaba ser D. Valentín, el tío 
de Maximina, el cual, sin saber cómo, se convertía en 
gato y se arrojaba sobre él, clavándole las uñas al cue- 
llo; después se vio en medio del mar, flotando como una 
boya, á merced de las olas, sin esperanza de que nadie 
viniese á socorrerle. 
— Señorito, señorito... 

— jEh! iqué hay? — dijo restregándose los ojos. 
— Vamos á apagar. 

— Bueno... ¿Sabe usted si está en la sala de juego el 
Sr. Merelo? 

— Me parece que sí, señor. 

Se ñié hacia allá y encontró á su amigo ganando 
bastante dinero. Al verle entrar, Merelo le dirigió una 
sonrisa alegre y expansiva. Bien claramente se entendía 
que en aquel instante no le importaba mucho que Mi- 
guel se fuese á matar. Todavía estuvo en ganancias un 
largo rato, hasta que viendo señales de que la suerte se 
torcía, levantóse como jugador experto y salió de la 
sala abrazado á su amigo. 



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RIVERITA 357 

— ¿Qué hora es, Miguelillo? 

— Las cinco menos cuarto. 

—¿Hay ánimo, verdad? — le preguntó abrazándole de 
nuevo con efusión. 

— ¡Sí, hombre, sí! Yo tengo ánir 
^ testó sonriendo. 

— ¿Quieres que vayamos á casa 
tomar chocolate? 

— Vamos. 

Mientras tomaban el desayuno, 1 
alegre y cariñoso, habló de mucha 
lucidez; pero especialmente de esg 
era la conversación que venía al < 
tendiéndolo así le dio una multiti 
minados todos á no dejarse pegar 
Monarquía] antes bien, á partirh 
primera ocasión. 

— Nada de fintas, ¿entiendes?... 
ser rápidos y decisivos... Déjale á 
quiera... Tú quieto, sereno, aploma 
testar nada más... Ya caerá en £ 
¡Pues no ha de caer! 

Miguel mojaba distraídamente el 
colate pensando Dios sabe en qué. 
salieron del establecimiento y en( 
hacia la calle de la Reina, donde vi 
Era noche cerrada todavía. Al llegí 
la puerta en espera ya de su dueñ 
un recado por el lacayo y no tardó 
vuelto en un gabán de pieles. El 
con los sables. Después de saluda 
subieron al carruaje, y éste comer 
calles silenciosas con áspero traque 

Cuando salieron por la puerta de 



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35^ ARMANDO PALACIO VALDÉS 

á rayar el día. Al llegar á Carabanchel ya estaba claro. 
Durante el trayecto, el general y Merelo no cesaron de 
hablar de política. La mañana despejada. Al apearse 
cerca de la regia posesión, hacía un frío intenso. Los 
árboles, desnudos, tenían su armazón cubierto de es- 
carcha. Por el carruaje que vieron á la puerta, com- 
prendieron que sus contrarios ya habían llegado, y en 
busca de ellos se dirigieron por los hermosos jardines 
del opulento banquero. Mucho antes de llegar al paraje 
designado, vieron sus figuras negras resaltando sobre 
el blanco tapiz de la *helada. Miguel, que hasta enton- 
ces había dado señales de hallarse inquieto y nervioso,, 
quedó repentinamente en calma. Desde entonces hasta 
el fin del lance manifestó una absoluta y extraña sere- 
nidad que dejó altamente complacidos á sus padrinos. 
Saludaron éstos á los contrarios y al médico, que debía 
servir para los dos contendientes según se había conve- 
nido. Miguel y el periodista moderado se hicieron de 
lejos una leve inclinación de cabeza. Escogióse el te- 
rreno, que fué un camino de arena mejor resguardado 
que los otros por dos altos setos de rosal: midiéronse 
los sables: despojáronse los adversarios de los gabanes 
y levitas, quedando con el chaleco, en gracia del frío 
que hacía: colocóseles en su sitio con el sable en la 
mano. Por último, el conde de Ríos, como la persona de 
más respeto que allí había, se colocó eti el medio, alar- 
gó los brazos tomando con los dedos las puntas de los 
dos sables y se apartó diciendo con fuerte entonación: 

— Señores, cumplan ustedes con su deber. 

El director de La Monarquía era un mocetón robus- 
to, de treinta y cuatro á treinta y seis años de edad,, 
cuya figura formaba triste contraste en aquella ocasión 
con la delicada y exigua de Rivera. Sin embargo, á los 
pocos momentos comprendió éste que no se las había 



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con un 

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Pero es 

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Miguel, 

batiendo 

tenía brí 

punta ui 

sentirse 

Aflojó e 

desorder 



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36o ARMANDO PALACIO VALDÉS 

frecuentes estocadas. Apenas tenía fuerzas para parar- 
las. Al cabo, el robusto periodista le separó el sable 
con el suyo á viva fuerza, y le hundió la punta en el 
pecho. 

Miguel cayó soltando un chorro abundante de san- 
gre. Todos se apresuraron á socorrerlo. El director de 
La Monarquía balbució algunas palabras manifestando 
su sentimiento, á las cuales el herido no pudo contes- 
tar. El médico le hizo la primera cura y acto continuo 
fué trasladado al coche, que lo llevó en compañía de 
aquél y sus padrinos á casa. 



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era grave, 
Julita h£ 
trascurso c 
bundo le h 
No hubo fi 
mentó ni n 
bien fué gi 
pera irritac 
el médico, 
se encontrc 
de la briga 
quién habí 
perante y ( 
pisó más h 
por medio 
AfortunÉ 



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362 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

co días ya se le permitía hablar, aunque no mucho. Ju- 
lia no se apartaba de su cabecera. La mamá era la en- 
cargada de recibir las numerosas visitas que llegaban; 
y por cierto que no se hartaba de contar á todo el mun- 
do los pormenores de la catástrofe. 

Una tarde Julia se hallaba como de costumbre co- 
siendo al lado de la cama del enfermo; el cual dormía. 

— Oyes, Julia — dijo de pronto despertándose. — 
¿Quieres hacerme un favor? 

—¿Cuál? 

— Léeme otra vez la carta de Maximina... El día 
aquel no estaba yo para enterarme de nada... 

Julia sonrió con semblante triunfal. En efecto, hacía 
días que observaba en su hermano cierta predisposición 
á la melancolía bastante ajena á su carácter. A menu- 
do se pasaba horas enteras con los ojos extáticos, in- 
móvil, dando señales de hallarse emboscado en una 
maraña de pensamientos tristes. Le molestaba la com- 
pañía de los amigos y aun llegaba á desagradarle que 
su hermana le^ leyese demasiado tiempo. — Miguel pien- 
sa en Maximina —se dijo aquélla al verle tan reflexivo. 
¿Qué misterio de amor se le escapará á una joven de 
diez y siete años? — Pues que pene un poco. Ya reso- 
llará. 

Y así fué, como lo pensó la niña. 

— Voy á buscarla — contesto saliendo apresurada- 
mente de la alcoba. 

No tardó en llegar con ella en la mano. Sentóse de 
nuevo y se puso á leerla con gran calma, observando 
de reojo al herido. 

Al concluir, éste tenía los ojos húmedos, y exclamó 
mirando al techo: 

— ¡Pobre niña! 

Julia guardó la carta en el pecho, cogió otra vez la 



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caboí 

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rido. 

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do esl 
medit 
sonris 
contir 

La 
cena, 
prime 

Poc 
habili< 



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364 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

No volvió á hablar á su hermano de Maximina; pero 
le dejaba largos ratos solo. Cuando estaba á su lado 
permanecía quieta y silenciosa, esperando con razón 
quie el pensamiento del herido llevaría á cabo su tarea, 
y mejor por sí solo que con auxilio de nadie, pe vez 
en cuando, dando lafgos rodeos, que la hacían feir, 
Miguel sacaba la conversación de Pasajes y de Maxi- 
mina, contándole por centésima vez los episodios de 
sus inocentes amores. Ella le escuchaba atenta, le ani- 
maba á seguir, pero guardándose de hacerle pregun- 
ta alguna acerca de sus designios. Esta táctica pa- 
recía excitar cada vez más la locuacidad, del enfermo; 
y aun se advertían en él ciertos deseos de comunicar 
alguna cosa de más trascendencia. Mas tales deseos 
veíanse contenidos por la reserva y el silencio de 
Julia. 

Una mañana, por fin, ésta vino á sentarse más tem- 
prano que de costumbre á su cabecera. Si Miguel se 
hubiera fijado en ella; tal vez habría advertido en sus 
ojillos inquietos y negros un brillo singular y en sus 
manos cierto temblor inusitado. Pero se hallaba tan 
embebido en sus pensamientos y habitual melancolía, 
que nada observó. 

— Díme, Miguel — preguntó la joven levantando re- 
sueltamente la cabeza, — ¿qué piensas haper cuando te 
levantes? 

— ¿Cuando me levante?... ¿Qué quieres decir?... — re- 
puso sorprendido. • 

— Sí; ¿qué piensas hacer de tu vida? 

— ¿Qué sé yo, chica?... Lo de siempre. 

Hubo un rato de silencio. Miguel esperaba que su 
hermana concretase más el pensamiento. Viendo que 
no lo hacía, se decidió á hablar. 

— La verdad es, Julia, que he meditado bastante en 

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RIVERITA 365 

estos días acerca de mi situación, y no la encuentro tan 
halagüeña como á primera vista parece. Tú y mamá 
constituís hoy mi única familia. Con los demás parien- 
tes no cuento para nada. Tú te casarás, como es natu- 
ral. Mamá... ya sabes cómo 
su lado no puede ser alegre, 
ciendo viejo (carcajada de J 
por fuera no me siento viejc 
siego, comodidades; la vida 
puedes figurarte la compa 
viejos que andan rodando S( 
pedes..., que se ponen enfer 
una hermana de la caridad., 
no pueden comunicar sus ir 
teras con un ser querido... c 
ven forzados á salir todas la 
los arroja del cuarto... |Es h 

— Bien; todo eso quiere ( 
manifestó Julia con sonrisa 

— No he dicho tal cosa- 
reponiéndose en seguida, e? 
dicho, ¿qué?... ¿Tiene algo c 

— Nada, hombre, nada, 
creído que debías casarte. 

— ¿Pero con quién? — pre^ 
gustioso. 

— Con la muchacha que 
quiere. 

— Ahí está la dificultad... 

— ¿Ni la de Pasajes tamp 

Miguel se turbó aún má 
lante. 

— jQué picara eresl Maxi 
dad es que sería una buena 



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^ 



366 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— ¿Pues por qué no te casas con ella? 

— ¿Crees tú...? — preguntó dirigiéndole una mirada tí- 
mida y anhelante. 

— I Vaya! Yo me alegraría muchísimo. Creo ' que es 
la única mujer que te conviene. 

— |Ay, Julital — exclamó con vehemencia incorpo- 
rándose un poco. — ¡Qué placer me has dadol Hace una 
porción de días que no pienso en otra cosa. 

—Lo sabía perfectamente... Pero hazme el favor de 
taparte, porque si te mueres no hay boda, y yo quiero 

comer dulces á toda costa. 

» 

Miguel la dirigió una sonrisa de reconocimiento. Hubo 
otra pausa. Se quedó pensativo y miró dos ó tres veces 
de soslayo á su hermana, como si no se atreviese á 
manifestarle lo que cruzaba por su mente. Al fin se 
aventuró á decir: 

— Todavía tengo que pedirte otro favor, Julita. 

— Ya sé cuál es: que escriba á Maximina, ¿verdad? 

— ¡Qué talento tan ptodigioso! No pareces hermana 
de un redactor de La Independencia,,, Escríbele, sí, 
porque yo. Dios sabe cuándo podré coger la pluma. 

— ¿Y qué le digo? 

— Lo que quieras. ' 

— Bien; le diré que la quieres mucho y que deseas 
casarte con ella á escape. 

— ¡Eso; y que es más guapa que la Virgen del 
Carmen! 

— Calla, bruto. Voy ahora mismo: no sea que te 
vuelvas atrás. 

Salió de la alcoba. No se pasaron dos minutos sin 
que se la oyese gritar desde la puerta: 

— Ya he escrito, Miguel. Ahí está la contestación. 

Alzó los ojos y vio á la misma Maximina, á quien 
Julia empujaba hacia la cama. Detrás vio asomar la 



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