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RUECAS DE MARFIL 



OBRAS 

DE CONCHA ESPINA 



La niña de luzmela (novela). Segunda edición. 
Despertar para morir (novela). Segunda edición. 
Agua de nieve (novela). Segunda edición. 
La esfinge maragata (novela). Segunda edición. 

Obra premiada por la Real Academia Española. 
La rosa de los vientos (novela). Segunda edición. 
Al amor de las estrellas (xVlujeres del Quijote). 
Ruecas de marfil (novela ) . Segunda edición 

aumentada. 
El jayón (drama en tres actos). 



CONCHA ESPINA 



RUECAS 
DE MARFIL 

(NOVELAS) 

\'? 5'? Ib. 

(SEGUNDA EDICIÓN AüMENTAMT"" '^ " 



MADRID 
EDinrORIAL- RUEVO 

Calle del Arenal, 6. 
1919 



ES PROPIEDAD 



Imprenta Hefénica.— Pasaje de la Alhambra, 3.— Madrid. 



RUECAS DE MARFIL 



Nodrizas de nuestros sueños, hilanderas de 
nuestras vidas, melancólicas hadas que acom- 
pañáis nuestros pasos desde la cuna al sepul- 
cro: dadme las ruecas de marfil con qué sabéis 
transfigurar las cosas vulgares^ los destinos 
crueles, los dolores mudos, en gloriosas urdim- 
bres, en doradas hebras de ilusión y de luz. 

Discípula vuestra soy: por las rutas som- 
brías de este valle de lágrimas, absorta en mi 
noble vocación de poeta, voy recogiendo en el 
camino todo aquello que la realidad me ofrece, 



CONCHA ESPINA 



para guardarlo con ternura en mi corazón y 
tejerlo, después, en mis fantasías. 

Nada desprecio por trivial y menudo que 
sea. En una gota de agua se cifra todo el 
universo. Abejas hacen la miel; con barro se 
fabrica el búcaro. Tosca y ruin es, casi siem- 
pre, la realidad, como el copo de lino, como el 
vellón de lana, como el capullo de seda sin 
hilar; pero esa materia ruda se convierte en 
estambres luminosos, en delicados fililíes, cuan- 
do la imaginación y el arte, que son las hadas 
benéficas de los hombres, la toman, la retuer- 
cen y devanan en sus ruecas invisibles de 
marfil. 

Con más rústico instrumento hilé en este 
libro unas pobres vidas de mujer, humildes y 
atormentadas vidas, cuyo obscuro y resignado 
dolor tuvo en mi corazón ecos muy hondos, 
¡Luisa, Ángeles, Irene, Marcela, Talín, bellas 



RUECAS DE MARFIL 



y desvení liradas criaturas que un día pasasteis 
Junto a mi llorando y sonriendo, bajo la pesa- 
dumbre del destino! ¡Pobres vidas fugaces, 
rosas al viento, naves en el mar! 

Acaso, lector, preferirías que te contase his- 
torias más felices, invenciones alegres, soleados 
romances de un dichoso país, donde las flores 
no se marchitan nunca. Mas ya dije que cuen- 
to vidas de mujer... 

¿Qué culpa tengo yo si la realidades amar- 
ga, si hasta la imaginación, lo mismo que el 
sentimiento, suelen padecer melancolía? 

Pero si estas novelucas te parecen demasia- 
do tristes, si te conmueven hasta hacerte sufrir, 
piensa, al cerrar el libro, que no son ciertas, 
que fueron soñadas. ¿No dicen (y dicen bien) 
que la vida es sueño? ¿No son tristes todos los 
sueños al despertar? 

Las cosas del mundo, para quien tiene pie- 



8 CONCHA ESPINA 

dad, son harto melancólicas. La vida, para 
quien sabe de dolor, es algo a la vez hermoso 
y duro, pálido y sugereníe, como el marfil de 
las ruecas con que las hadas tejen nuestros 
sueños, hilan nuestras vidas y urden, al cabo, 
nuestras mortajas. 



NAVES EN EL MAR 



EL FIORDO ANDINO 



Habíamos llegado al Estrecho de Maga- 
llanes, y tl-Orcana se atrevía, lento, sobre 
las aguas misteriosas... 

Al penetrar entre el cabo de las Vírgenes 
y la punta del Espíritu Santo, las tierras son 
candidas, verdes, sin árboles ni rocas; y 
contrastando con esta mansedumbre, el mar 
inquieto, movido, oculta bajo la ondulante 
marea el agudo puñal del arrecife. Luego el 
paisaje se ensoberbece: medran las monta- 
ñas hasta las nubes y ruedan hasta el mar 



12 CONCHA ESPINA 

peñas y cerros formando canales y lagos. Aquí 
el agua es calmosa, estática, profunda: surgen 
de ella negros cantiles, adustos y violentos, 
escarpados montes con la toca de nieve y la 
falda selvosa; islas y valles de original belleza; 
archipiélagos; istmos; penínsulas, que dilatan 
la vertiente occidental de los Andes en un fior- 
do gigantesco y magnífico, para cortar la pun- 
ta del continente sudamericano. Las praderas 
y los glaciares, el granito y el musgo, la nieve 
y la flor, el roble y el tremedal, cuanto hay en 
la Naturaleza más diverso y contrario, más dis- 
tante y enemigo, se une con terrible hermosu- 
ra en esta maravilla del mundo que Magalla- 
nes descubrió para España un día pretérito y 
glorioso. 

Pasión de la raza y amor de la tierra me po- 
seyeron en la ruta escabrosa y admirable, don- 
de el misterio y el peligro navegaban a nues- 
tro lado. Yo sabía que en la dulcedumbre de 
la corriente y el encanto de los hocinos ace- 



RUECAS DE MARFIL . 13 

chaban el escollo y el temporal, siempre ocul- 
tos en aquella intrincada estrechez, y pensaba, 
con asombro entrañable, con altísimo orgullo, 
en los exploradores hispanos, los primogéni- 
tos de la Humanidad en el antiguo Mar de las 
Tinieblas, que lucharon a veces hasta «noven- 
ta dias> en las desconocidas angosturas del Es- 
trecho, con leves naos inseguras, audaces las 
velas latinas, el aparejo de cruz y la cruz en el 
trinquete... 

Yo también iba de exploraciones por el 
gran fiordo andino: niña y triste, a miles de 
leguas de mi patria, el mar, el cielo y el monte 
me producían una desgarradora impresión de 
soledad. Por primera vez adiestraba mi vida 
para la lucha torva y callada frente al destino, 
y la fecunda semilla del sufrimiento henchía 
dolorosamente la pobre tierra virgen de mi 
corazón. 

Quiso un designio providencial que dur- 
miesen los temporales en las hoces y nos si 



14 CONCHA ESPINA 

guiera desde Europa el viento amoroso de la 
bonanza. 

Y después de cien millas de apacible nave- 
gación por el Estrecho, entre mansa ribera, 
cuando ya los montes se levantaban y el gla- 
ciar y el cantil aparecían, un largo anochecer 
decembrino nos llevó al refugio de una ense- 
nada, donde era menester pasar la noche. Ha- 
llamos buen tenedero bajo el agua transparen- 
te y muda, tan cerca de la margen vecina, que 
el capitán del buque, adornado de una corte- 
sía británica muy complacíante, nos permitió 
desembarcar a unos cuantos pasajeros cu- 
riosos. 

Ya se abría en el cielo la divina rosa de un 
pálido plenilunio, cuando volvimos de núes- 
ira visita a la solitaria tierra patagona. Había- 
mos hurtado a su secreto raras piedras, tími- 
das flores y peludas arañas de color de rosa, 
inofensivas y cobardes: todos seres humildes, 
llenos de alma. 



RUECAS DE MARFIL 15 

La quietud de la marea parecía el cristal de 
unos ojos muertos donde soñara el paisaje mi- 
lagroso bajo el hechizo del silencio y de la 
luna. Un inefable resplandor austral exaltaba 
en el cielo el vaivén luminoso de los astros, y 
en la sublime escritura de las constelaciones la 
Cruz del Sur decía su leyenda polar, clavada 
como señuelo en el profundo corazón de la 
noche... 



11 



PRESENTIMIENTO 



Yo tenía a bordo una protegida, linda joven 
montañesa que me estaba recomendada desde 
Santander, y que en estado de próxima ma- 
ternidad iba a Chile para reunirse con su es- 
poso, residente en Concepción. 

Todos los días visitaba yo a Luisa en su 
departamento de tercera y la obsequiaba mu- 
chas veces con golosinas que en los barcos 
no llegan más que de limosna hasta los pa- 
sajeros pobres. 

Mi paisana era una dulce y graciosa mujer 



18 CONCHA ESPINA 

de belleza tranquila un poco triste, de esas 
criaturas melancólicas que a menudo sonríen 
y a menudo miran al cielo; tenía dorados los 
ojos y el pelo rubio; moreno el color; la boca 
expresiva; cántabra la tristeza del semblante. 

Solíamos hablar juntas de nuestra familia 
y de nuestro país, apoyadas en la borda, con- 
templando la estela hirviente del buque y la 
fuga imaginaria de los horizontes; el paisana- 
je y la juventud nos unieron desde la costa 
nativa con lazo cordial, lleno de mutua com- 
pasión. 

Se expresaba la moza con la peculiar finu- 
ra de las campesinas montañesas, por lo co- 
mún inteligentes y un poco ilustradas. Pron- 
to me contó su historia, breve y apacible^ 
alterada únicamente por las aventuras de la 
emigración; hija de labradores acomodados^ 
se casó con el único novio, un artista humil- 
de, tan buen mozo como trabajador, que se- 
ducido por halagadoras promesas de bienes- 



RUECAS DE MARFIL 19 

tar había emigrado unos meses antes, y ya la 
llamaba impaciente, en la certeza de una vida 
feliz, para esperar juntos al hijo que iba a 
nacer. Acaso todas las inspiraciones del amor 
no hubieran decidido a Luisa a emprender 
sola y delicada aquel viaje penoso. Pero la 
casualidad favoreció oportunamente los pla- 
nes del marido, deparando a la joven una 
buena compañera de expedición, de su misma 
vecindad, una mujer que ya conocía las pe- 
nalidades del barco y que volvía a reunirse 
con sus hijos, residentes, también, en la Re- 
pública de Chile. Y Luisa salió de casa de sus 
padres confiada a los cuidados de Inés, ma- 
ñosa viajera que había mirado por la joven 
con desvelo cariñoso. 

Duro era el camino para la moza. Las mo- 
lestias de su estado, aumentadas con el tras- 
torno de la travesía, la hicieron sufrir mucho, 
por más que Inés de cerca, y yo un poco más 
de lejos, la ayudamos a sobrellevar las horas. 



20 CONCHA ESPINA 

Algún alivio tuvo en las aguas tranquilas del 
Estrecho, y cuando el buque dejó el seno 
aplacerado junto a la cordillera, cobijo de 
nuestra primera noche andina, fui a buscar a 
mi paisana, deseando que gozase conmigo, 
como el día anterior, la novedad majestuosa 
del paraje. 

A media marcha, previsores contra el peli- 
gro de una varadura, nos habíamos puesto a 
navegar con el repunte de la marea. Avanza- 
ba la mañana con sigilo, detrás de un largo 
amanecer, lleno el paisaje de una luz glacial. 
Hasta bien entrado el día se deshojó en el 
agua, palpitante, el fulgor de las estrellas; 
después el cielo se cubrió de nubes claras y 
luminosas, trasfloradas por el sol, mientras el 
frío se dejaba sentir con viva intensidad. 

Cuando atravesé el puentecillo entre am- 
bas cámaras para visitar a Luisa, la hallé 
sobre cubierta, mirando fascinada la apari- 
ción de unas islas primorosas sobre las cua- 



RUECAS DE MARFIL 21 

les la fatalidad había sembrado multitud de 
cruces, protectoras, al parecer, de otras tantas 
sepulturas. 

Quedamos suspensas delante del original 
cementerio, que se nos aparecía como fantás- 
tica evocación de una tragedia en que el 
dolor y la piedad hubiesen querido florecer. 
Nuestros ojos no sabían apartarse de aquellas 
tumbas rodeadas de flores silvestres, cuya va- 
riedad hermosa hacía pensar en un prodi- 
gioso cultivo de encantamiento. Muchas cru- 
ces tenían inscripciones, monogramas o le- 
yendas en diferentes idiomas y trazados con 
distintos colores; varias tendían sus brazos 
piadosos sobre el rústico rastel en forma de 
lecho. En una leímos Carmen; en otra, María: 
dos bellos nombres de españolas. 

Ya la visión alucinante se alejaba cuando 
Luisa se estrechó contra mí, trémula, con el 
dulce rostro demudado por un espanto loco. 
No supe qué deciria, porque su emoción ex- 



22 CONCHA ESPINA 

tremada me dejó confusa, y quise distraerla 
sin poder lograrlo; el plantel de cruces había 
desaparecido y aún la moza temblaba presa 
de fatídico terror. 



III 



LAS AVES NUEVAS 



Estábamos a la altura de Cabo Negro. La 
pizarra y el -escarpe subían con ímpetu bravio 
desde el mar hasta las cumbres, casi celestes, 
de la cordillera. Sobre los bizarros bosques 
y los tremedales húmedos pasaba el viento 
silencioso, como si llevase las alas entumeci- 
das. Las nubes, ligeras, traspasadas de clari- 
dad, seguían rodando en un cielo apacible, y 
el frío, hecho nieve en las cimas orgullosas^ 
caía de lo alto con la luz. 

Atravesábamos ya el territorio de coloniza- 



24 CONCHA ESPINA 

ción que en esta parte del Estrecho esparce 
con timidez granjas, haciendas y pastorías 
entre ambos lados de la costa, bajo el auxilio 
de la capital. Punta Arenas, en cuyo puerta 
debíamos dormir aquella noche. 

Crucé otra vez el barco para buscar a Lui- 
sa, y la encontré más serena que en las pri- 
meras horas de la mañana. Sin duda la vecin- 
dad de los colonos fueguinos y patagones era 
menos triste que la del archipiélago conver- 
tido en osario. Atendía la moza a las noveda- 
des del camino y se maravillaba de ellas con 
mucho interés, aunque en su rostro quedase 
atenuada la sonrisa habitual. 

Habían aparecido las aves nuevas para nos- 
otras. Los albatros, blancos y enormes, con 
las alas rápidas, negras, finas y agudas, el 
pico de alfanje, dorado y voraz, los ojos si- 
niestros, el grito aullador: perseguían en ban- 
do la estela del navio, poniendo en las aguas 
translúcidas la rauda sombra de su vuelo gen- 



RUECAS DE MARFIL 25 

til. Los aptenodites, mansos, hambrientos, pá- 
jaros niños, según los exploradores hispa- 
nos les llamaban por su torpeza y candidez, 
acudían a millares al ras de las olas, en hu- 
milde actitud. Y por fin, el cóndor, el buitre 
colosal de los Andes, llegaba complaciente 
hasta el pie de la escarpa inaccesible donde 
tenía su nido. Era el macho, señero, curioso 
y avizor, que nos miraba desde la orilla con 
los ojos pintados de carmín, hispido el plu- 
maje negro y azul. Tenía el pico torvo, la ca- 
beza gris; al cuello un soberbio collar de al- 
bísimas plumas. Estuvo un rato inmóvil en la 
ribera, después tendió las alas con breves sa- 
cudidas, abiertas las rémiges obscuras en un 
ancho abanico, y, de pronto, subió en una se- 
renísima espiral, tensa y firme, sin un estre- 
mecimiento, más allá de la región de las 
nubes, hacia el glorioso camino de las es- 
trellas... 
Poco más tarde una piragua con indios de 



26 CONCHA ESPINA 

la marina se acercó al buque pidiendo limos- 
na. Voces agrias, como graznidos de aves ago- 
reras, subieron a gemir desde la navecilla 
donde aquellos seres humanos, fornidos y 
desnudos, salvajes y míseros, acechaban el 
paso de la civilización. 

Eran los hombres ignotos hasta que Espa- 
ña quiso, los habitantes del Mar de las Tinie* 
blaSf de la Tierra del Fuego, del Nuevo Mun- 
do: la pobre niñez de la Humanidad, criatu- 
ras nuevas en los ciclos redentores de la vida, 
almas infantiles, sin historia ni purificación.. 
Dióles el Orcana un despojo de las cocinas, 
como a los pájaros niños ^ y se alejaron, feli- 
ces, los pedigüeños, tendidas en los hombros 
las pieles de guanaco, adornada la estrecha 
frente con plumas de ñandú... 

A Occidente el paisaje se arrecia cada vez 
más: grandes masas de granito, obscuras sel- 
vas de robles, hondas marismas, cumbres in- 
gentes: fluyen los esteros en las hoces, se aga- 



RUECAS DE MARFIL 27 

chan las nubes en el cielo, y una lluvia fina y 
polvorosa comienza a caer. 

La prematura noche no se sabe si baja de 
las cimas o sube de la mar. Envueltos en el 
agua turbia y en la luz gris, arribamos a Pun- 
ta Arenas, donde el grao pone sobre la man- 
sedumbre de las olas una siniestra franja de 
arenal. Se ha roto la cortina de las nubes y 
tiene la luna un aciago fulgor... 



IV 



COSTA INCLEMENTE 



Al amanecer dejamos el fondeadero de 
Punta Arenas, con rumbo a Occidente, y una 
larga península, rodeada de cerros bajos, nos 
obliga a dar la vuelta por el puerto del Ham- 
bre, en la Tierra del Fuego, rozando la an- 
churosa bahía Inútil. 

Ahora el temeroso camino está empapado 
en una de esas trágicas soledades que hacen 
sentir la eternidad. El viento ha levantado las 
alas bajo el celaje oscuro, y el mar se inquie- 
ta amenazador. 



30 CONCHA ESPINA 

Para calmar los temores de algunos pasa- 
jeros dícese a bordo que nuestro buque, bien 
armado de recio blindaje, curtido en aventu- 
ras marineras, se defenderá con valentía con- 
tra los escollos y el temporal. 

Me conmueve la inquietud de Luisa, que se 
refugia a mi lado, callada y triste, inmóvil la 
mirada sobre el estremecimiento de las olas. 
Acerca de su salud responde hoy con mucha 
timidez, y como el semblante demudado la 
delata, consigo que me confiese el nuevo mal- 
estar que le aqueja desde anoche. 

Acude Inés a decirme señalando a la moza: 

— Está mala y no quiere acostarse. 

Ella me mira con angustia, como si yo pu- 
diera remediarla, y nos quedamos indecisas 
las tres, hablando con Ibs ojos un mudo len- 
guaje compungido. 

Pero ya la reciedumbre del viento nos im- 
pide continuar sobre cubierta; crece el furor 
de la marejada y el frío polar cuaja en nieve 



RUECAS DE MARFIL 31 

unas gotas de lluvia escapadas del nublado. 

Es preciso que Luisa baje a su camarote y 
se cuide bien todo el día; sus manos arden y 
un temblor febril la sacude. Convertida en su 
protectora no la dejo sin prever cuanto pueda 
necesitar. Hay un inocente orgullo en la satis- 
facción con que atiendo a mi paisana, yo, más 
niña que ella, y tan insignificante persona 
fuera de este barco y lejos de esta ocasión. El 
actuar de Providencia me engríe con heroicos 
impulsos; quisiera en este momento salvar a 
Luisa de un grave peligro: que sobreviniese 
un naufragio y dar en él mi vida por la suya... 
Mi vida ¡vale tan poco...! 

Voy pensando en raras penas inconsolables^ 
mientras cruzo con precauciones el navio, ya 
crujiente bajo el azote de la borrasca. Los 
marineros trincan a bordo cuanto el mar 
puede barrer, aseguran las escotillas y las ven- 
tanas, trajinan y se apresuran cuidadosos fren- 
te al enemigo. Esta faena, la súbita retirada 



32 CONCHA ESPINA 

de los pasajeros y el aire azorado de algunos 
que tropiezo en los pasillos, anuncian que, 
por fin, nos alcanza una de esas tempestades 
crueles en el Estrecho, ocultas con felonía en 
la soberana majestad de escobios y canales 
andinos. 

Tengo el camarote sobre cubierta. Me en- 
cierro en él a solas; me subo al sofá para acer- 
carme al vidrio redondo y firme de mi venta- 
na, y con un vago sentimiento de curiosidad 
y de emoción, miro y escucho, sin miedo, 
como quien asiste a un espectáculo descono- 
cido y sorprendente, en el que nada arriesga. 

Todavía costeamos la península donde 
Sarmiento de Gamboa quiso ofrecer a Espa- 
ña la ciudad del rey don Felipe, no lejos de 
la del Nombre de Jesús; tierra inhospitalaria 
que vio morir a sus fundadores, y en la cual, 
desde aquellos días hazañosos, ningún es- 
fuerzo humano prevalece. No distingo la 
costa aunque sé que la tengo delante: aguas 



RUECAS DE MARFIL 33 

y brumas tienden un cendal espeso en mi ho- 
rizonte. ^ 

Suben ya por la borda los salivazos de la 
marejada y una luz siniestra araña las nubes. 
Todo el barco se estremece jadeante, en pug- 
na con la tormenta. El primer oficial da sus 
órdenes en el puente, guarecido al socaire de 
sotavento, y la marinería azoca los cabos y 
ligaduras, va y viene, trepa y corre, vibrante 
como el buque. 

Bajo de mi observatorio porque los golpes 
de mar, continuos y crecientes, me obligan a 
más fácil postura. Sin conseguirla, aguardo 
que pasen las malas horas, mecida por tremen- 
dos balances, asordada por rumores furiosos. 

Nadie acude a la llamada del almuerzo y 
nos le sirven trabajosamente en los camarotes. 
Pienso en Luisa con inquietud, tratando de ir 
a verla; pero la disciplina del barco no me 
permite salir ahora de la cámara. Después de 
muchas dificultades logro mandar a Inés un 



34 CONCHA ESPINA 

recado preguntando por la enferma, y la con- 
testación no viene. 

Se me hace el tiempo interminable; la tem- 
pestad me parece una pesadilla que no se aca- 
ba nunca. El desplome de la ola y la locura 
del viento nos envuelven en amargo fragor, 
bajo el cual gime el Orcana estremecido en 
todo su palpitante volumen, desde la roda y la 
quilla hasta la jarcia muerta. Entre los torni- 
llos vigorosos, crujen maderas y hierros con 
extrañas voces, juntas en una sola expresión 
de rebeldía: es el grito de la vida inerte, el 
alma insondable de las cosas mudas, que tam- 
bién sabe de resistencias y de cóleras... 

Va cayendo la noche. El frío y la soledad 
me producen una dolorosa impresión de tinie- 
blas y hielo. Y de pronto me levanto angustia- 
da: vienen a decirme que en plena tempestad 
Luisa ha dado a luz un hijo prematuro; que el 
niño parece de vida y la madre se está mu- 
riendo. 



LA CUNA TRÁGICA 



Al través de muchos inconvenientes llego a 
la pobre enfermería del sollado apenas amai- 
na un poco el temporal. 

Un penetrante olor de fiebre y de miseria 
me recibe antes de que yo descubra el rostro 
de Luisa, que desangrada, moribunda, quiere 
sonreir, y con un gesto henchido de fervorosa 
expresión me señala su nene, un montoncillo 
de carne tibia, dormido a los pies del camas- 
tro con envidiable sosiego. 

—¡Que le cuiden, por Dios, hasta que le 
recoja su padre... ya ve usted cómo estoy!... 



36 CONCHA ESPINA 

Trato de endulzar la tremenda amargura de 
aquella voz y me apresuro a prometer cuanto 
Luisa pide. Le llamea en la mirada una ale- 
gría fugaz mientras respondo; luego, me toma 
las manos y, lentamente, con palabra premio- 
sa, dice que desde la víspera lleva el presenti- 
miento de su muerte encima del corazón. 
Este discurso opaco y anheloso, brota con 
mansedumbre, y desgrana dulces frases con- 
fx)rmes a la partida suprema; pero vuelve a 
temblar, lleno de infinito dolor, cuando la 
mujer habla del esposo y el niño y cuando 
ruega con desesperada súplica: 

—¡No me tiren al mar!... 

Inés me refiere, entonces, que toda la tarde 
sufre la moza un terrible delirio. Morir no es 
para ella tanto como sentirse hundida en las 
olas de este mar pavoroso que zarandea los 
barcos, los sorbe, y los escupe a flor de agua, 
convertidos en tumbas, para escarmiento de 
los navegantes. 



RUECAS DE MARFIL 37 

Exaltada por la calentura, la enferma nos 
mira ansiosa y torna a repetir: 

— ¡Que no me tiren al mar! 

Nos esforzamos por tranquilizarla cuando 
la puerta da paso a un padre dominico que 
viaja con nosotras desde Europa. 

Llamado por Inés acude el P. Fanjul arros- 
trando como yo las dificultades del trayecto, 
y gracias a la tregua de la borrasca. Mientras 
se acerca a Luisa nos replegamos hacia el pa- 
sillo y hacemos, desconsoladas, un penoso re- 
cuento de las tristes escenas que han de suce- 
derse a la desaparición de nuestra amiga. Ha- 
blamos sin soltar el bandaraje que corre junto 
a la pared, incHnándonos la una hacia la otra 
en cada fuerte cabeceo del buque. 

Nos atribula pensar en el marido que en la 
costa vecina está esperando lleno de ilusiones, 
y en los ancianos padres montañeses, yertos 
de frío sin el sol de esta existencia que se 
extingue. 



38 CONCHA ESPINA 

El aire, enrarecido y pestilente, sopla con 
lúgubre silbido en el siniestro corredor. Den- 
tro del camarote la voz serena y conquerido- 
ra del P, Fanjul se levanta como una brisa 
de paz sobre el trágico vocerío de los ele- 
mentos... 

El dominico manifiesta su propósito de no 
separarse de la moribunda. Se informa, com- 
pasivo, de aquella pobre vida malograda y 
nos dice algo de la suya propia, errante y mi- 
sionera, siempre en acecho del humano infor- 
tunio. 

Tiene el Padre un rostro atormentado y 
fino como los santos del Greco, la voz persua- 
siva y honda, la figura cenceña y elevada. Se 
sienta con humildad junto a nosotras en el 
suelo, donde hemos colocado ahora el mise- 
rable colchón de Luisa, buscando algún alivio 
a los terrores de la infeliz. Piensa que los 
bruscos vaivenes la empujan a la mar, y se 
agarra con manos trémulas a cuanto imagina 



RUECAS DE MARFIL 39 

que la puede sostener. Ya no sosiega; su des- 
varío crece con la agonía y se enhesta amar- 
gado, por instantes, con la terrible obsesión. 
El médico, que a instancias nuestras la vuel- 
ve a ver, confirma con laconismo su diagnós- 
tico mortal. 

Sentimos que la tormenta, amansada un 
punto, se recrudece, y el P. Fanjul sabe que 
el viento rola otra vez hacia el lado temible 
en estas latitudes, el Brazo Tortuoso del Es- 
trecho. Así el Orcanüf mecido con nuevo 
furor, salta, ruge y <se duerme», casi domi- 
nado por el oleaje. 

A Inés le preocupa mucho el repunte bajo 
de la marea. ¿Cuándo será? Dice que a esa 
hora mueren los enfermos en la marina y se 
asoma el arrecife a mirarse, espectral, en el 
lívido espejo de las aguas. 

De repente, un maretazo formidable nos 
derrumba en el mismo suelo donde estamos. 
Se oyen crujir los miembros rotos del navio 



40 CONCHA ESPINA 

como si el mar arrancase pedazos de la obra 
muerta: sin duda nos ha cogido una bárbara 
ola de través. 

El niño se despierta llorando, y el misione- 
ro se incorpora, solícito, a bendecir la cabeza 
de Luisa que rueda inerte en la almohada... 



VI 



INSOMNIO 



En largas horas no hubiéramos podido, 
aun queriendo, abandonar a la muerta ni 
calmar el hambre de su hijo. 

El temporal, monstruoso, nos apresó junto 
al cadáver, en la fétida hondura del sollado, 
hasta cerca de la madrugada, y todos los hu- 
manos quejidos tuvieron encima de nosotros 
un eco y una indecible expresión. Gemía el 
pequeñuelo, y su vocecilla, feble y aguda, ro- 
daba entre los huracanes como una gota de 
agua en un torrente. Con estallidos impetuo- 



42 CONCHA ESPINA 

SOS se debatía, forzudo el barco; bramaba la 
nube, vociferaban las olas, y el P. Fanjul, 
Inés y yo enhebrábamos el hilo de nuestras 
plegarias en los fatales rumores de la tra- 
gedia. 

Por la alta ventanuca, cuando el balance no 
la hundía en el mar, veíamos cómo los relám- 
pagos raían la sombra y cómo hervían las es- 
pumas en la mareta rugiente. 

Y aparte las visiones definidas y los deter- 
minados sonidos, nos estremecían a cada mo- 
mento unos soplos mudos y fuyentes como 
ráfagas misteriosas de frío y de pavor, y unos 
lampos de luz en las pupilas de la muerta, en 
los flavos ojos inmóviles y abiertos, que pare- 
cían asomarse a lo infinito cuajados de in- 
quietud... 

Ya casi vencida la tormenta tiene el recién 
nacido donde aplacar su sed de vivir. Y por 
acuerdo de los pocos españoles que viajamos 
en el Orcana tendrá Luisa un pobre ataúd 



RUECAS DE MARFIL 43 

donde esconder su hermoso cuerpo a las pri- 
meras caricias del mar; ya que nos faltan aún 
tres días para llegar a Talcahuano, primer 
puerto de la costa chilena, y no es posible 
conservar hasta entonces el cadáver a bordo. 

Incapaz de dormir, estoy en el alcázar desde 
el amanecer, buscando aire y perspectivas 
como un desquite a la espantosa esclavitud 
de anoche. Todavía lloran el viento y el mar 
tn trémulas quejumbres que acompañan a 
mis pensamientos atónitos. Siento el cansan- 
cio y la tristeza con pesadez confusa que me 
inmoviliza envuelta en el abrigo, absorta en 
los mirajes, lleno de lágrimas el corazón. Y 
necesito hacer un esfuerzo para enterarme de 
los destrozos causados al Orcana por la tem- 
pestad. Han desaparecido la toldilla y el por- 
talón; faltan pedazos de la arboladura, tojinos 
y escalas, dos brazolas, un serení. 

Vuelvo a sentarme, después de averiguar 
estas noticias con escaso interés, y veo ensi- 



44 CONCHA ESPINA 

mismada, cómo huye la tierra patagona, soli- 
taria y bravia, toda florecida de expresivos 
nombres hispanos; desde su costa atlántica 
hasta la salida del fiordo americano en el Pa- 
cifico, el maternal lenguaje español la riega 
de membranzas plenas de un significado he- 
roico y ferviente: islas Tristes, punta de las 
Niñas, ensenada del Engaño, bahía de los 
Desvelos, cabo Dañoso, golfo de las Penas... 

Y ya en la ruta abierta al viejo mundo por 
Magallanes, desde la bahía Posesión hasta el 
cabo Deseado, siguen las palabras evocadoras 
y rotundas, bendiciendo el señorío y la forta- 
leza de España. 

Ni las altaneras cimas que parecen cosa del 
cielo, ni las restingas y los veriles dejan de 
hablarnos en elocuente romance, y así el es- 
tuario que más se interna adueñándose de 
la costa se dice el Seno de la Última Espe- 
ranza... 

No tardaremos en remontar la isla de la 



RUECAS DE MARFIL 45 

Desolación para salir al Pacífico por el cabo 
de los Pilares, al filo de la media noche, en 
a hora terrible de sepultar a Luisa bajo las 
aguas. 



VII 



LA FATAL CAÍDA 



En el cielo, enjoyado y curvo, tiemblan de 
frío las estrellas; el mar palpita henchido y 
amoroso, con un arrullo claro, y el Orcana^ 
libre de los ambages del Estrecho, navega en 
bonanza, con mucha gallardía. 

Son las doce; no ha salido la luna. Avanza 
hasta la borda el silencioso estol de la muerte, 
nunca más humilde y patético: cuatro marinos 
que llevan el ataúd, un fraile que le bendice 
y media docena de curiosos, entre los cuales 
dos mujeres sollozan. 



48 CONCHA ESPINA 

Un tablón, tendido hasta la lumbre del 
agua, sirve a la caja fúnebre de escalera; un 
responso, rezado con ardiente premura, la va 
siguiendo en la fatal caída. Cuando se hunde, 
nos parece que el mar abate un punto su re- 
suello con la respiración suspensa; es que «el 
sagido> tiene ahora una solemne expresión 
de ternura, un saludo lleno de acogimiento y 
de reposo. En seguida vuelven a rodar las olas 
y a desmelenarse las espumas con la infinita 
castidad del agua corriente y apacible: ¡ya la 
estela del buque se ha borrado en el sitio 
donde cayó el cuerpo de Luisa! 

Alzo los ojos con un movimiento aflictivo 
de piedad, y en lo sumo del espacio azul me 
subyuga la brasa lueñe de un lucero... Imagi- 
noque el alma de la pobre viajera se abre 
junto a Dios como una rosa encendida en 
luces estelares; quiero creer que quizá res- 
plandece en la hoguera de cada astro el calor 
remoto de una vida que pasó por la tierra al 



RUECAS DE MARFIL 49 

lado nuestro. Y frente aí enigma sagrado, 
lleno de temblores inefables, me ájbismo, an- 
siosa, en la contemplación del cielo y del mar, 
hondos como la muerte... 

El último jirón de la Patagonia se ha esfu- 
mado en la noche a la altura del cabo Pilar, y 
las trescientas millas del Estrecho, que Maga- 
llanes llamó de Todos los Santos^ quedan en 
la memoria como una ensoñación fantástica. 
Aquí está el mar libre, el nuevo océano, 
ancho y evocador, donde nuestros explorado- 
res sólo hallaron, en sus primeras aventuras, 
las desiertas islas Desventuradas. 

Y la profunda huella de El Descubrimiento 
persiste desde Europa en los mares y en las 
riberas, desdoblando horizontes, abriendo ru- 
tas, fecundizando caminos virginales. 

El sentimiento vehemente de la admiración 
me vuelve a sacudir rostro a las soberbias 
lontananzas del Pacífico; vuelvo a enorgulle- 
cerme de la sangre hispana de mi corazón, la 



50 CONCHA ESPINA 

misma que empujó en la sombra las fronteras 
del universo, y después de saludar a las cria- 
turas desconocidas en un idioma venerable, 
lleno de esperanza y de luz, bautizó en el 
nombre de Dios los valles y las aguas, las 
cumbres y las constelaciones, los seres y las 
cosas, con un santo derroche de venas mater- 
nales. 

¡Así, un mundo entero, allende las antiguas 
Tinieblas, está alumbrado con voces españo- 
las, parido por las entrañas de Castilla en un 
alarde inmortal de bravura y amor!... 



VIII 



«RAYO DEL CIELO> 



El españolito nacido en trance cruel bajo el 
pabellón britano cumple a maravilla sus pri- 
meros deberes de criatura, aferrándose lleno 
de brío a la existencia. En su regazo le guar- 
da Inés con admirable solicitud, y le celan allí 
las devociones y lástimas que con el dolor y 
el amor florecen, a menudo, en la Humanidad. 

El nene ya conoce el sabor de los besos y el 
halago de las canciones. Le han mecido las 
pasajeras al son de coplas distintas, en idiomas 
varios, con añoranzas maternales; pues donde 
hay una mujer que siente y un niño que llora. 



52 CONCHA ESPINA 

nunca falta la caricia y la canción, acendradas 
en un ensueño de madre... Parece que al bar- 
co le empujan en el Pacífico dulces brisas de 
bondad y que todas convergen hacia el des- 
graciado pequeñuelo. Pero los que hemos vi- 
gilado más de cerca el latido de esta vida me- 
nuda, abandonada en capullo por la madre 
infeliz, padecemos ya el quebranto de una 
nueva emoción, quiza la más terrible en el 
drama inolvidable. 

Se ha roto nuestro confín de cielo y mar, y 
la costa rojiza de Chile sale a recibirnos en un 
pálido horizonte. Nadie frente a estas orillas, 
torvas y mudas, puede imaginar que en el co- 
razón de este país hay un divino valle de 
Aconcagua, orgullo de la América. Volcánica 
y estéril, descolorida y friste, avanza sobre el 
mar la tierra que tocaremos al anochecer en la 
bahía de Talcahuano, Rayo del Cielo, según el 
lenguaje indio. 

Un poderoso cacique de la Conquista dio 



RUECAS DE MARFIL 53 

nombre a la población levantada junto a unos 
fuertes que los españoles emplazaron cara a 
las olas, como si las quisieran amedrentar y 
poner linde. Y en lucha con las marejadas, 
con los araucanos y con los terremotos, al tra- 
vés de los siglos, Talcahuano sirve de base a 
una gran ciudad, La Concepción del Nuevo 
Extremo, fundada por Valdivia. De allí vendrá 
al puerto, esperando al Orcana, el padre de 
este niño que duerme y sonríe; vendrá dili- 
gente y feliz, sin temer que su amor haya nau- 
fragado en un pobre ataúd, ¡la última nave, 
siempre hundida en el eterno mar!... 

Navegamos costaneros y veloces bajo un 
cielo tranquilo y gris, turbias las aguas, sin 
espumas ni rizos, muda en sus ondas la huella 
del barco. 

Tiene el paisaje un tono de profunda quie- 
tud, una tristeza recóndita, colmada de ex- 
pectación y de misterio. 

A veces imagino que todo el horizonte es- 



54 CONCHA ESPINA 

cucha, otras que aguarda. Y siento que el an- 
gustioso grito de Luisa, huyendo del doble 
naufragio, resuena con suprema ansiedad en 
el desnudo silencio de los confines.^ 

Aquí está la bahía de Talcahuano, ancha y 
honda, defendida por cerros mansos y rojos, 
abrigada al Oeste por la península de las 
Tumbas. 

Los botes que nos esperan atracan al costa- 
do del buque y llega el aciago instante de re- 
cibir al marido de Luisa. Hemos confiado esta 
difícil misión al P. Fanjul, y abrazo al niño 
huérfano mientras Inés escudriña las embar- 
caciones cercanas y dispone el humilde baga- 
je de la ausente. 

Nuestra pesadumbre se colma cuando, su- 
biendo en dos saltos la escala, recién tendida, 
un joven se precipita en la cubierta, registrán- 
dola afanoso, con mirada radiante. 

Sale Inés a su encuentro y exclama turba- 
dísima: 



RUECAS DE MARFIL 55 

— ¡Salvador!...— Luego se vuelve hacia 
nosotros, murmurando:— Este es... 

Y adelántase el dominico, exacto como la 
fatalidad, a deshacer la impaciente alegría del 
mozo. 

Ya éste observa a su paisana con amagos 
de inquietud; tal vez el nombre amado bulle 
en una pregunta sobre los labios juveniles, 
cuando el fraile aborda la temible revela- 
ción. 

A las primeras palabras del religioso, Sal- 
vador vuelve la vista en torno suyo como in- 
quiriendo y adivinando. Una sorpresa alar- 
mante le extravía: no entiende lo que le dicen, 
no acaba de comprender. 

Le pone el P. Fanjul una mano en el hom- 
bro con cariño, y le lleva suavemente hacia la 
borda, alejándole del grupo de pasajeros que 
comentan el lance entre curiosos y dolidos. 
Allí, en voz queda, habla el Padre, primero 
con dificultad, inclinándose expresivo hacia 



56 CONCHA ESPINA 

el muchacho en cada frase indecisa, luego res- 
pondiendo con resolución a las ardientes pre- 
guntas de él, y, por último, se expresa viva- 
mente, asiendo las manos del desconocido^ 
sirviéndole, al fin, de sostén en los brazos 
acogedores. 

De pronto Salvador levanta la cabeza y pa- 
sea por la superficie del mar los asombrados 
ojos: una sensación de espanto le sacude y un 
sollozo, que parece un rugido, se le escapa del 
pecho. Todas las miradas están fijas en el mu- 
chacho, fuerte y arrogante, de noble y abierta 
fisonomía, en la cual el dolor va dejando la 
novedad cruel de sus matices. 

A una señal del dominico, Inés, llorosa^ 
avanza con el nene, y Salvador endulza el ros- 
tro para recibirle; le coge en sus brazos recios 
y convulsos; le cubre la cara con un solo beso^ 
ancho y tenaz. Luego no sabe qué hacer con 
él; se queda mirando a todas partes indeciso 



HUECAS DK MARFIL 57 

y atónito, con una sombría expresión de per- 
plejidad. 

Pero aun tiene que darle Inés otro sagrado 
presente, una trenza de pelo rubio, sérica y 
fina, que de nuevo hace rugir a Salvador. Ago- 
biado por la dulce carga que le abruma, pare- 
ce que ha echado raíces sobre la cubierta, y 
es menester que le hablemos con mucha pie- 
dad para que responda, para que intente bal- 
bucir algunas frases rudas de gratitud, en alto 
grado expresivas por el duelo agudo de la 
voz y el desconsolado ademán de la des- 
pedida. 

Sin acabar de oirnos, ni terminar su trému- 
lo discurso, echa, de repente, a correr hacia el 
portalón y gana el bote que antes le conduje- 
ra a bordo colmado de esperanzas. Lleva el 
niño abrazado con torpeza cuidadosa, y la 
trenza de Luisa junta con él, en un mismo en- 
voltorio blando y caliente... Le vemos alejarse 
hundido en su liviana embarcación, caldo en 



58 CONCHA ESPINA 

desolada actitud; la nave toca la orilla y bajo 
la sombra fría de la noche el padre y el hijo 
se confunden con el siniestro polvo de Tal- 
cahuano, Rayo del Cielo.,, 



LA RONDA DE LOS GALANES 



El denso grupo formado en el atrio, a la par 
de la cancela, se fué aclarando por el camino 
adelante, y la blancura del sendero quedó bo- 
rrada entre las míeses, teñida por vistosos co- 
lores al sol benigno de la mañana. Era que el 
vecindario del Encinar volvía de la misa 
mayor. 

Bajo los arcos del portal unos hombres 
mozos coloquian, aún, con recatadas voces, y 
en el fondo de la fachada se abre la puerta del 
templo recortando en la piedra rubia de su 
fábrica un óvalo lleno de la obscuridad inte- 



62 COKCHA ESPINA 

rior, nubado por el humo leve del incienso y 
saturado por aromas de jardín. 

Los jóvenes del pórtico esperan, sin duda, 
que aparezca en aquel marco misterioso algu- 
na devota rezagada, porque disimulan mal la 
impaciencia con que vuelven los ojos hacia el 
hueco sombrío. 

Cruzando entonces, de puntillas, las losas 
parroquiales, una mujer se asoma al dintel 
penumbroso, iluminándole con la radiante luz 
de su hermosura. Detiénese un momento para 
hacer, piadosa, la señal de la cruz sobre la 
frente, y sale, muy gentil, a buscar la cancela. 
Dos manos solicitas se la abren, de par en par, 
y Ángeles Ortega pasa delante de los cuatro 
mozos, sonriendo y dando los buenos días 
con seráfica voz. 

Sin previa consulta, como si un tácito 
acuerdo uniese la voluntad de aquellos hom- 
bres, emprenden, al punto, la marcha detrás 
de la hermosa. 



RUECAS DE MARFIL 63 

Desde la iglesia hasta el poblado se hunde 
el camino en la vega, entre campos feraces y 
tierras de labrantío recién sembradas de maíz. 
Limitan el paisaje los montes que se embra- 
vecen escalando las nubes pálidas de un cielo 
dulce, un poco entristecido, y sobre el alisal, 
a medio vestir por el verde lozano de las hojas 
nuevas, se mece, como una copla fugitiva, el 
rumor sollozante de las arroyadas. 
' Ha desceñido Ángeles de su cabeza precio- 
sa, el velo de la mantilla, y anda con lento 
paso de meditación, gozándose en que el aire 
y la luz la envuelvan y acaricien. Sobre el 
negro vestido, la cara y las manos ponen el 
contraste de una blancura inmaculada, y está 
llena de encanto la belleza de esta mujer en 
cuyos apacibles ojos obscuros parece que se 
han caído unas gotas de la pena del cielo. 

Se retrasan, previsores, los mozos que la 
siguen, como si todo el camino debieran 
darle escolta de respeto y protección, y así, 



64 CONCHA ESPINA 

despacio por la ondulante vereda, en silencio 
contemplativo o truncando con languidez fra- 
ses menudas, le hacen guardia de honor hasta 
la puerta de su casa- 
Es una extraña amistad la de estos cuatro 
mozos cuyo linaje señala en el pueblo cuatro 
distintos peldaños de la escala social, y todas 
las preeminencias favorecen entre ellos a 
Julián de Alcázar, heredero único de la más 
encumbrada familia del valle. 

Noble y rico, mimado y feliz, Julián ha lle- 
gado a la cumbre de la vida sin otro amor de 
mujer que aquél, dulcísimo y secreto, guar- 
dado para Ángeles con timideces y fervores 
indecibles. 

Aquella niña de hermosura triste y deli- 
ciosa, fuese apoderando con invencible so- 
beranía del corazón de Alcázar, un corazón 
que había salido ileso de las aventuras juve- 
niles y que, recio y sano, estaba allí, temeroso 
como un novicio, delante de unos ojos que 



RUECAS DE MARFIL 65 

el cielo del Norte había tocado con su pena. 
Complacíase Julián en recordar su vida fá- 
cil y dichosa, llena de halagos; sus años de 
colegial con vacaciones en la playa y ocios 
montaraces en el pueblo, después el triunfo 
que le acompañó en su brillante carrera has- 
ta hacerse abogado, y, por fin, las galantes pá- 
ginas de sus fugaces amoríos, sin huellas ni 
raíces. Y toda la amable historia de su exis- 
tencia la ponía, con humildad y gozo, delante 
de un nombre: [Ángeles! La vio crecer y em- 
bellecerse, oculta como un tesoro en la aspe- 
reza silvestre del Encinar; la quiso cuando era 
tan pequeña que no podía saltar los arroyos 
sin que él la diese las manos; cuando para 
mirarle le alzaba la cabecita rizosa, sacudien- 
do en el aire la endrina melena; cuando iba a 
pedirle, con mimo infantil, los altos capullos 
que cimeaban los rosales... La quiso enton- 
ces con rara ternura, con predilección singu- 
lar que era ya el germen de un potente cariño. 

5 



66 CONCHA ESPINA 

Y cuando la niña floreció en mujer y aque- 
lla ternura floreció en amor, Julián, fugitivo de 
la corte, se escondió en su torre norteña, su- 
miso y entregado sin rebeldías a la pasión 
que señoreaba su alma. 



II 



Una amistad nunca rota ni lastimada, unía 
de largos años a la familia de Alcázar con la 
de Ortega, .y Ángeles y Julián se habían trata- 
tado siempre con libertad de hermanos. 

Cuando el mozo tuvo henchido su corazón 
de afanes por la niña, dejó que se le asoma- 
sen a los ojos para que su amada los leyese, y 
anduvo muy activo en visitarla, muy hábil 
para encontrarse con ella en las encrucijadas 
de la mies y en las lindes del jardín. 

Ya por aquel tiempo la madre de la joven 
finaba en consunción dolorosa bajo los tiernos 



68 CONCHA ESPINA 

cuidados de su hija, y Julián acompañaba a la 
paciente llevando todos los días para la enfer- 
mera un silencioso mensaje de cariño oculto 
en esa clave amorosa que todas las mujeres 
descifran con sabia precisión. 

Pero en vano el galán espiaba, paciente, la 
sonrisa o la mirada de inteligencia con Ánge- 
les le probase que exaudía sus peticiones. En 
vano esperó la muda inteligencia de aquellos 
ojos, bellos y dulces, antes de lanzarse a la so- 
lemne declaración; la muchacha no parecía 
haber leído en la rendida actitud de Alcázar 
ninguna rima de aquel poema sentimental. 

Fué entonces cuando el mozo se acordó 
con miedo de que su figura no era gallarda ni 
su cara hermosa. Julián era feo y había crecido 
muy poco... Sintió esta desgracia con acerbo 
dolor, por primera vez en su vida, y juzgán- 
dose desdeñado se dejó dominar por un acia- 
go pesimismo, por una timidez extraña y ago- 
rera. Callado, pesaroso, replegado sobre su 



RUECAS DE MARFIL 69 

pasión, vio como pasaban los dias inútiles 
para su pesadumbre mientras contaba Ánge- 
les, con desconsuelo, las horas de su madre, 
que declinaba lentamente, en resignada ago- 
nía, y llegaba de Cuba Don Felipe Ortega 
para asistir a la muerte de su esposa, muchos 
años martirizada por la inconsciencia y el 
desamor. 

Era aquel un hombre veleidoso, tierra livia- 
na y estéril donde no arraigaban los senti- 
mientos ni fructificaban los buenos propósi- 
tos. Se había casado con una señorita rica y 
bella que no detuvo mucho tiempo en sus 
brazos al tornadizo señor. Pretextos de nego- 
cios le alejaron de su hogar apenas transcurri- 
do el breve plazo de una efímera luna de miel, 
y de uno en otro engaño, humillante para la 
abandonada compañera, acabó por establecer- 
se en Cuba, entretenido en capricho tráfico 
mercantil y en licenciosas diversiones. 

Padeció la mujer con altivo silencio aque- 



70 CONCHA ESPINA 

lia imperdonable deserción, y los íntimos pe- 
sares dañaron pronto el cuerpo delicado de la 
señora, que, aquejada de incurable dolencia, 
desalentada y vencida, fué a esconderse en su 
casa solariega del Encinar, consagrándose a 
la educación de su hija con ardor enfermizo y 
doloroso. Allí espigó la belleza de Ángeles 
entre lágrimas y suspiros; su gracia infantil 
adquirió una mansa expresión de melancolía, 
y sus divinos ojos, llenos de luz, tuvieron, 
siempre, ligeras inflexiones tristes hacia los 
cielos... 

Cuando el descarriado esposo hubo pasado 
unos pocos días en su casa silenciosa del En- 
cinar, donde la enferma gemía y la niña sus- 
piraba, manifestó, con cruel hastío, su prisa 
por volver a ocuparse en Cuba de los nego- 
cios. Con egoísmo implacable, malhumorado 
y aburrido, parecía protestar de que la mori- 
bunda prolongase su agonía, y ella aterraba 
la frente llena de miedo por el porvenir de 



RUECAS DE MARFIL 71 

Ángeles, agarrándose con desesperada ansie- 
dad a cada hora doliente de su vida. Ya en el 
instante supremo, con el impotente afán de 
proteger a su hija, y el espanto loco de aban- 
donarla indefensa en poder de su padre, le 
tendió las manos, heladas por la muerte, bal- 
buceando: 

— ¡Desgraciada... desgraciada! 

Y al expirar dejó aquellas palabras lamen- 
tables flotando como trágica profecía sobre la 
inocente cabeza de la joven. 



i 



III 



Lloraba Ángeles adolecida sobre la tumba 
reciente de su madre, cuando llegó al Encinar, 
causando general sorpresa, un mozo de mu- 
cho rumbo, jinete en magnífico potro jereza- 
no, luciendo una arrogante figura y unos ojos 
azules que fulgían dominadores. Se llamaba 
Adolfo Serrano y era hijo de un socio de Or- 
tega, para quien llevaba una visita. Fué reci- 
bido con muchas demostraciones de aprecio, 
y detenido con reserva y solemnidad. Al cabo 
de la entrevista, llamó a su hija Don Felipe y 
la presentó al forastero con orgullo. 



74 CONCHA ESPINA 

Aquella misma tarde, Ángeles y Adolfo, in- 
clinados en el ancho alféizar de una ventana, 
coloquiaban mirándose en adorable secreto 
de enamorados, y Don Felipe Ortega sonreía 
complacido por el éxito de una combinación 
de antemano premeditada, que le permitía re- 
gresar a Cuba en un plazo corto, libre de la 
tutela de la niña y aparentando la satisfacción 
de haber cumplido los sagrados deberes pa- 
ternales. 

Padeció la muchacha como una fascinación 
aquel amor inesperado, sintiendo en las mira- 
das de Adolfo un enardecimiento de conquis- 
ta que la subyugaba, y en su voz caliente un 
imperio extraño que la hacía temblar y con- 
fundirse en inexplicables emociones de amor 
y de temor. 

Una ansiedad nueva se levantó en su pecho; 
secáronse sus lágrimas como a impulso de 
enérgico mandato, y pareció distraerse, curio- 



RUEGAS DE MARFIL 75 



sa, hacia la tierra, la nostalgia del cielo, es 
condida en sus ojos. 



4: 
* * 



Durante los días de impacientes dudas que 
pasó Alcázar en su torre, enamorado y afligi- 
do, trató de endurecer su existencia hasta po- 
der avenirse con las costumbres que en el En- 
cinar usaban los mozos, parados a la sombra 
de raras tradiciones, rudas y primitivas. 

Hallaba el señorito un singular placer en 
bajar hasta la vida humilde de aquellos hom- 
bres y hacerla suya, buscando con avaricia los 
latidos firmes y bruscos del corazón del pue- 
blo. Sediento de emociones nuevas, en una 
febril inquietud espiritual, tocaba con sensua- 
les deleites las diversiones en que la mocedad 
varonil de la aldea ponía el alma, brava y sen- 
cilla. Y poco a poco, primero en una noche 
de bullicio, luego en una deshoja trasnocha- 
da, después en una hoguera salvaje, el noble 



76 CONCHA ESPINA 

heredero de Alcázar llegó a fraternizar entre 
los mozos del poblado hasta entonar con 
maestría el clásico ijajú en las rondas de los 
galanes, y empuñar con fiereza el palo contra 
los rondadores forasteros. Agazapado a la vera 
de una tapia en bando aguerrido, con bufan- 
da de flecos y rústica boina, Julián de Alcázar 
sentía un tónico refrigerio en el atormentado 
corazón, como si una brisa montaraz le reani- 
mase con viril empuje de libre naturaleza. 
Hizose entonces muy popular en la comarca, 
donde se supo que el señorito de la torre, 
diestro cazador y hábil montero, tenía firmes 
los puños y sereno el ánimo. 

A la vez que temor y respeto se le tuvo ca- 
riño, y él acertó a ser mozo aldeano con hi- 
dalga llaneza señoril, sin usar de la suprema- 
cía que le pudieran conceder en la aldea su 
fortuna y su valimiento. No disputó jamás la 
novia a un enamorado ni dejó de ser nunca 
generoso: quiso únicamente distraer sus pe- 



RUECAS DE MARFIL 77 

sares y saciar su curiosidad de sensaciones. 

Codiciando todos los mozos la intimidad 
con el señorito, tres de ellos se le habían apro- 
ximado con particular adhesión y formaban 
con él <una piña> constante en las cacerías y 
en las rondas como en los tranquilos paseos 
de los días de fiesta. 

Así juntos, pacíficos y acordes, habían se- 
guido los pasos de Ángeles Ortega después 
de la misa mayor en una pálida mañana del 
mes de Marzo. Y cuando la joven hubo fran- 
queado los umbrales de su hogar, se queda- 
ron los cuatro mozos frente a la casa, bajo los 
nogales de la bolera, detenidos por miste- 
riosa atracción, tal vez por mortificante in- 
quietud. 

Era Julián de Alcázar el que menos disimu- 
laba su impaciencia en el incógnito afán, y, 
por último, rompió el secreto de aquella zo- 
zobra para decir, señalando hacia la casa: 

—¿Sabéis a qué hora <viene>? 



78 CONCHA ESPINA 

Lecio, el más tosco de la pandilla, respon- 
dió con mucha seguridad: 

— «Viene> a la caída de la tarde. 

— Pues aquí estaremos cuando « llegue > — 
repuso con firmeza el señorito. 

—Aquí estaremos— dijo Fidel Salcedo, un 
poco temblorosa la voz. 

Lecio mascullaba: 

— ¡Claro que sí! 

Y el más joven de todos, uno a quien lla- 
maban el Estudiante, aprobó con la cabeza 
muy ensimismado. 

Después de una pausa añadió colérico Ju- 
lián: 

— |Lo que es <ése> no se la lleva! 

—¡Qué se la ha de llevar, hombre! — pro- 
metió Lecio apretando los puños. 

Y con acento de reproche murmuró Fidel: 
— ¡Si yo fuese Julián de Alcázar!... 

— ¿Qué harías?— preguntó huraño el alu- 
dido. 



RUECAS DE MARFIL • 79 

—¡Me la llevaría yo! 

El señorito de la torre, con despecho y 
enojo, contestó: 

—Eso se dice fácilmente... 

Los tres hombres le miraron confusos y en 
los ojos zarcos de el Estudiante brilló un ar- 
diente destello de alegría. 

Por temor a que la curiosidad hiciese indis- 
cretos a sus camaradas, cambió Julián el curso 
de la conversación, anunciando: 

—Para entretener latarde, subiremos al bos- 
que con las escopetas hasta la puesta del sol. 

Asintieron los otros, y, citándose en la 
torre de Alcázar, se alejaron por distintas 
veredas. 

Iba el Estudiante con tácito andar volviendo 
los ojos hacia los balcones de Ángeles, y su 
corazón de niño repetía con pesarosa compla- 
cencia: 

—¡Aunque yo fuese Julián de Alcázar, tam- 
poco habría esperanza para mí!... 



IV 



Ceñuda, abandonada a los brazos ambicio- 
sos de la hiedra, coronada de helécho y jara- 
mago, la torre de Alcázar señoreaba la selva 
en bizarra composición con el agreste país. 
Al pasar la brisa entre los árboles centenarios 
y sobre el edificio adusto, se tornaba quejosa 
y llorante, remedando en ocasiones acentos 
de amenaza y desolación. 

En aquel indómito ambiente de montaña 
iba adquiriendo el alma de Julián apariencias 
de hurañía y bravura. El íntimo contacto con 
la rústica soledad endurecía su existencia, y 
aquella misma tarde su corazón, mortificado, 

6 



82 CONCHA ESPINA 

vagaba por veredas y cumbres, anheloso de 
calmar el acelerado latido sobre el regazo sa- 
ludable de la tierra virgen, en las gloriosas 
libertades de la serranía. 

Tumbado en el musgo fonje de la selva, 
bajo la enramada floreciente, esperaba Julián 
a sus compañeros. 

El primero en llegar fué el Estudiante, un 
muchacho de aspecto infantil, rubio y flaco, 
raquítico brote de la dura mocedad aldeana. 
Hijo de un soldado ascendido a oficial y de 
una señora pobre, un poco hidalga, un poco 
altiva, César Garrido era una rara mezcla de 
señor y plebeyo, y le llamaban el Estudiante^ 
porque, a duras penas, con abnegados esfuer- 
zos de su madre, viuda, estaba haciendo des- 
de el rincón del Encinar la carrera de Leyes. 
Vestido con pobreza vergonzante, bajo su 
apariencia delicada y tímida había gérmenes 
de heroísmo romántico y arranques belicosos 
de guerrero. 



RUECAS DE MARFIL 83 

Sentía Julián de Alcázar un afecto creciente 
hacia aquel muchachito que se ruborizaba 
como una doncella, que hacía versos anóni- 
mos, y entonaba en las rondas, con voz insi- 
nuante, las bellas coplas de su musa campe- 
sina. 

También el Estudiante se había aficionado 
mucho al trato ameno del señorito de la torre. 
Y tal vez los dos mozos supieron aquel día 
cómo la mutua inclinación de sus voluntades 
se apoyaba en la comunidad de un dolor 
oculto y desesperado. 

Detrás de César subía hacia la torre Fidel 
Salcedo, con la escopeta al hombro, caído 
sobre la frente el sombrero cordobés. Recién 
llegado de Andalucía, después de algunos 
años de ausencia, era Fidel un jándalo de 
alto copete sin dejar de ser un rústico norte- 
ño. Alegre y bravucón, dadivoso y galante, 
rentista y labrantín, y buen mozo por añadi- 
dura, le miraban bien en la comarca las niñas 



84 CONCHA ESPINA 

casaderas más recomendables. Y pensando él, 
seriamente, en buscar una esposa que coro- 
nara su dicha, estremecíase ante la tentación 
de una sola imagen: ¡Ángeles Ortega!... Pero 
había meditado, receloso, en la obscuridad 
de su origen y en la rudeza de su educación, 
y suspiraba muchas veces en secreto aquella 
frase expresiva que por la mañana se le esca- 
pó de los labios: «—¡Si yo fuese Julián de Al- 
cázar!... > 



Los cazadores hoy no tienen prisa: tirados 
con pereza en el mantillo suave del bosque, 
esperan a Lecio, que llega poco después, a 
paso veloz, terciando con arrogancia la esco- 
peta. 

— Te habrás entretenido con la novia— le 
dicen. 

Y con aire de ufanía responde: 

—Una miaja de palique a la salida del Ro- 
sario..., y luego aquí en cuatro brincos. 

—¿Y qué te cuenta Isabel <del asunto»?— 
insinúa Alcázar. 



86 CONCHA b:sptna 

— Pues lo de siempre: que Don Felipe está 
muy contento con la boda; que también lo está 
la señorita... y que también lo está el novio... 
En fin: ¡que «estamos todos:^ muy contentos! 

- ¡Ya se verá lo que dura esa alegría!—- 
augura, bronca, la voz de Fidel, con acento 
andaluz. 

El Estudiante le está preguntando a una 
margarita silvestre: 

—¿Mucho?,.. ¿Poco?.,. ¿Nada?... 

Ya deshecha la florecilla adivinadora, tira 
el mozo, con desdén, el tallo escueto, y se 
queda mirando cómo una pareja de maripo- 
sas blancas glorifica en la dulzura de la brisa 
su breve existencia de un día de sol. Piensa 
que para amar y gozar en divina alianza, con 
libre triunfo, un solo día vale por una vida 
entera. 

Las mariposas enamoradas se pierden en 
errantes giros y los muchachos se han puesto 
de pie. 



RUEGAS DE MARFIL 87 

Dando cara a la torre, erguida en el fondo 
de la selva, lanza Julián al aire un silbido, y 
casi en seguida se abre una puerta en el muro 
espeso de la fachada y dos perros saltan jubi- 
losos hacia los cazadores: son setters de raza 
pura, negro el uno, rojo el otro. 

Se interna el grupo dentro del bosque, en 
animada charla, asegurando que el novio de 
Ángeles Ortega no volverá más al Encinar. 

— La de esta noche será la última visita- 
profetiza Fidel, muy jaque. 

Hosca y amarga recomienda la voz de 
Julián: 

—Ni piedras ni tiros: ¡a palo seco!... 

Lecio repite la frase subrayada con un jura- 
mento que rueda por el monte con bárbaro 
son; y el Estudiante apaga en sus candidos 
ojos un relámpago sombrío para mirar a las 
mariposas blancas que otra vez le salen al 
paso: mecidas entre los cañones hostiles de 
las escopetas, ponen en el aire una nota de 



88 CONCHA ESPINA 

poesía y candor... También Alcázar las mira, 
conmovido, y le parecen dos capullos flotan- 
tes de simbólico azahar, mientras que a César 
le parecían dos lágrimas, puras, de mujer. 

Bajo el parpadeo de aquellas alas mila- 
grosas, Fidel y Lecio profieren con alarde 
brutal: 
— Si «el tío> nos hace frente, le acaldamos. 
— Y si huye es para no volver por aquí en 
jamás de los jamases... 

Era César Garrido un cazador platónico 
que no llevaba nunca escopeta. Él conocía 
muy bien el sitio donde cantaban las codor- 
nices, donde los corzos y los rebecos tenían 
sus guaridas, y había ido muchas veces a la 
caza del oso y del jabalí bajo la precaución 
de un revólver que guardaba en el bolsillo. 
Le enardecía el latir de los perros y el fogo- 
nazo de las armas, pero no se sabía que jamás 
hubiese disparado un solo tiro, y empalidecía, 
trémulo, cuando un ave herida agonizaba con 



RUECAS DE MAKFIL 89 

el vuelo roto y las plumas sangrientas. Esta 
pasiva actuación en las cacerías le valió algu- 
nas burlas, algunas alusiones mortificantes 
acerca de su <sensibilidad>; bromas que escu- 
chaba con sonrisa impasible, en silencio quizá 
desdeñoso; pero desde que guapeaba en el 
bando del señorito de la torre, nadie volvió a 
poner en duda su valentía. 

Aquella tarde sólo una vez hicieron mues- 
tra los perros, en el descampado del bosque, 
y la codorniz levantada se defendió peonando 
entre las argomas floridas, hasta que, al fin, 
voló para caer alicortada por un certero dis- 
paro de Julián. La portó el setter negro, muy 
alegre, y Ledo la colgó, por las patas, del ga- 
tillo de su escopeta. 

Fidel, belicoso, un poco aburrido, se entre- 
tuvo en tirar a los gorriones sin encañonarlos 
ni por casualidad; bajó el retumbo de las de- 
tonaciones hasta el poblado, con rumor de 
pelea y exterminio, mientras las horas trans- 



90 CONCHA ESPINA 

currían lentas para los cazadores en la paz 
augusta de la montaña. 

Y al ponerse el sol en un horizonte berme- 
jo, detrás de la arbolada serranía, Alcázar y 
los suyos descendieron al Encinar, desazona- 
dos y ansiosos, en traza de ronda. 

Pero Adolfo Serrano llegó con suerte al 
pueblo aquella tarde. Aparecióse en el camino 
llevando el caballo de la brida, arrogante al 
lado de su novia, y detrás de la airosa pareja 
Don Felipe, muy complaciente, entretenía su 
paseo con la lectura de un periódico. 

Los de la ronda les vieron pasar con inútil 
furor: Ángeles Ortega era una égida poderosa 
para el galán conquistador de los ojos azules. 



VI 



Chasqueados los rondadores, acordaron 
averiguar la hora en que Serrano salía del 
pueblo, y Lecio aseguró que él volvería con la 
noticia en un periquete. 

Dio una vuelta en torno a la casa de su no- 
via y silbó un aire convenido. 

En una ventanita baja apareció al momento 
el garrido busto de Isabel. 

— Temprano andáis de ronda -dijo placen- 
tera la joven. 

—Más ha madrugado el doncel de la tu se- 
ñorita, que ya está en el nidal. 



92 CONCHA ESPINA 

—Sí; ahora vino: ella fué a encontrarle con 
el señor dando un paseo. 

—Y, ¿hasta qué hora cortejan? 

—Hasta las nueve o poco más. 

— ¡Parece mentira que la señorita Ángeles 
dé cara a un forastero! 

—¡Si en el pueblo no hay quien la pretenda! 

—¿Qué no hay?... ¡Pues no digo nada!... 
Ahí está, el primero, el señorito de la torre, 
muerto por sus pedazos. 

— ¿Don Julián?... Nunca le vi cortejarla. 

— Porque ella no habrá querido; pero yo sé 
que se perece por la niña. 

—¿Te lo ha dicho él? 

—Esas cosas no se dicen cuando están a las 
claras... Don Julián es mozo noDle, campe- 
chano, valiente si los hay, rico y nacido en 
buena cuna... ¡Hubiera hecho guapa boda con 
la señorita!... 

— Pero no es aparente <de personal» como 
Don Adolfo Serrano... 



RUECAS DE MARFIL. 93 

—¿Defiendes a ese tío?— preguntó el mu- 
chacho receloso. 

— ¿Yo defenderle?... A mí lo mismo me da 
un galán que otro para la señorita... ¡con tal 
que ella sea feliz! 

— Pues a mí no me da lo mismo — senten- 
ció Lecio iracundo—, que los hombres del 
Encinar no estamos hechos a que nos lleven 
las novias así como así..^ 

—Pero ésta ¿con quién estaba comprometi- 
da?... ¡Chico, no parece sino...! 

— Es la novia de todos ¿sabes?... Ella podía 
escoger entre lo mejor del valle... Sin ir más 
lejos, aparte Don Julián, ahí está Fidel Salcedo 
con buena estampa y muchos <miles>. 

—Fidel no es un señor... talmente— dijo 
con desdeño la muchacha. 

— Eso te lo parece a tí... Y, mira, ahí está, 
también, César Garrido, sabidor como un 
ciudadano, hombre de estudios y de buenos 
principios... 



94 CONCHA ESPINA 

— ¿De manera que todos la quieren?— pre- 
guntó asombrada Isabel. 

Y el novio con calor repuso. 

— Pues claro, mujer, que todos la que- 
remos. 

Entre alarmada y risueña, exclamó la 
moza: 

— ;Tú también? 

—¿Yo?— pronunció el muchacho confuso. 
Se echó la boina a un lado de un manotazo 
torpe, y se rascó la cabeza con saña. Como no 
respondiese al fin, Isabel insistió: 

— Si; ¿tú la quieres también?... ¡Contesta 
Lecio!...-— y se puso muy seria. 

Cediendo a una invencible tentación: 
—Sí, la quiero... ¿qué he de hacer?— dijo 
el galán. 
Ella, indignada, le increpó: 
—¿Y me lo vienes a contar, bruto? 
Pero él quiso satisfacerla. 

— Oye, Sabel, y entiende las cosas como 



RUECAS DE MARFIL . 95 

son: no te amontones muchacha... Yo la quie- 
ro como se quiere a la luna y al lucero del 
alba y a la Virgen del Carmen, ¿estás?... A ti 
te quiero de otro modo... 

Incrédula y encelada, trató la novia de ave- 
riguar. 

— ¿Te casarias con ella? 

— ¡Mujer!—clamó Lecio-pii siquiera lo 
mientes! 

Al mozón se le entró, de pronto, un gran 
susto en el pecho, y agarróse mareado a la 
verja de la ventana. 

Alarmada le preguntó Isabel: 

— ¿Qué te pasa, muchacho? 

—Nada, hija— respondió vacilante — , que 
todo se me anda alrededor... que te veo 
doble... 

— ¡Lecio!... Pero, ¿qué dices?... ¿Estás en tus 
cabales?... 

—No lo sé, rapaza... Vaya, hasta luego: me 
están esperando. 



96 CONCHA ESPINA 

Y alejóse dando tumbos como un beodo, 
repitiendo: 

— ¡Que si me casaría con ella!... ¡Me valga 
Dios!... 



vil 



Al llegar donde sus compañeros le aguar- 
daban, Ledo dijo cauteloso, algo alterada la 
voz: 

— Que a eso de las nueve <volará el pá- 
jaro...» 

Impaciente rezongó Alcázar: 

—¡Hasta las nueve!... ¡No tenemos mala 
espera! 

Fidel comentariaba con protesta rencorosa: 

— ¡Buen atracón se da el muy zángano! 

Y los cuatro se agazaparon en la penumbra 
de la bolera, ya caída la noche y nublado el 



98 CONCHA ESPINA 

cielo, charlando con sigilo, en conversación 
desganada y floja. 

Apenas vibraron en la torre parroquial las 
nueve campanadas prevenidas, la propia Isa- 
bel sacó de la cuadra el caballo del forastero 
y le dejó a la puerta de la casa con la brida 
sujeta en una argolla del muro, esperando al 
señorito junto al cabalgador. 

Los de la ronda se apercibieron fatales a la 
temeraria aventura, requiriendo con brío los 
palos, y entonces Lecio, que demostraba una 
voraz impaciencia, detuvo a Julián por un 
brazo, a cierta distancia de los otros, para de- 
cirle ronco y feroz: 

—Usted no querrá a la señorita tanto como 
para perderse por ella... pero si le hace a usted 
falta un hombre para matar a ese ladrón... 
¡aquí está Lecio!— y se dio en el pecho un te- 
rrible puñetazo. 

— ¿Para matarle?— interrogó Julián como 
un autómata. 



RUECAS DE MARFIL 99 

Y ya se abría con chirrido lastimero la 
puerta de la casa. 

En el umbral se presentó Isabel, alzando un 
farolito de cristales rojos que puso en la calle 
rústica una sangrienta luz, muy decorativa y 
fantástica. 

La infatigable orquesta de los sapos dejaba 
en el aire una estela melancólica de funeral 
campanilleo, y de la vecina pradera llegaba la 
canción aguda de los grillos apagándose en 
un quejido triste como si la noche se desfalle- 
ciese con un fino estertor de agonía. 

Quedó Serrano un instante envuelto en la 
roja luz, acechando la obscuridad de la calle 
con visible indecisión. Montó luego, y ya iba 
a recoger las bridas de manos de la mucha- 
cha, cuando ésta gritó, fuera de sí: 

— ¡Espere... no salga, Don Adolfo! 

Su voz tembló con angustia sobre los palos 
de la ronda, erguidos como lanzas a dos 
pasos del jinete: 



100 CONCHA ESPINA 

— ¿Quién va? — preguntó colérico Se- 
rrano. 

— Y, ¿quién eres tú?-— rugió Lecio saltando 
fuera de la sombra con el palo en el aire. 

Amedrentado y furioso hizo el caballero re- 
troceder al potro hasta dentro del portal, vo- 
ciferando: 

—¡Cobardes... son cuatro contra mí! 

Con súbita inspiración, firme y serena, dijo 
la voz de César Garrido: 

—Pelearemos uno a uno. 

Apoderándose gozoso de aquella decisión, 
extraña a las bárbaras leyes de la ronda. 
Alcázar se apresuró a insistir: 

—Si; uno a uno. 

Y detuvo el brazo de Lecio, pronto a la 
brutal acometida, 'mientras Fidel, mudo y 
pávido, enhestaba el garrote como una bayo- 
neta, en la actitud de un soldado que hace el 
ejercicio. 

Había bajado Don Felipe a reñir con los 



RUECAS DE MARFIL 101 

mozos y desahogaba su indignación en frases 
vehementes: 

—¡Esto es un escándalo!... ¡Esto es una ver- 
güenza!... 

Pero tercos, amenazadores, César y Julián 
repetían: 

—¡Uno a uno!... 

Entonces se abrió la ventana de Ángeles. 

Sobre los teatrales resplandores del farol 
cayó un haz de luz clara y alegre que des- 
concertó un momento la indómita guapeza de 
los muchachos. Detrás de la luz lanzóse a la 
calle el raudal de una dulcísima voz, un poco 
inmutada, que decía: 

— ¡Julián!... ¡César!... Dejad el paso libre... 
¿no queréis? 

Si quisieron. 

Fué cosa de un segundo: sin discusión, sin 
resistencia, retrocedieron fuera de la serena 
claridad, caída de lo alto, y se quedaron 
mudos, inmóviles, sometidos a la mfaravilla 



102 CONCHA ESPINA 

de la suplicante palabra que bajó a buscarlo 
envuelta en resplandores. 

Partió el caballero hundiéndole al potro las 
espuelas con rabia, murmurando otra vez: 

— ¡Cobardes!... ¡Cuatro contra uno!... 

Don Felipe, entrando en la casa detrás de la 
asustada Isabel, cerró con un portazo violen- 
to, mientras que Ángeles siguió asomada al 
marco de la apacible luz, y su voz cristalina, 
volvió a decir, con acento de tímida plegaria: 

—Siempre <le> dejaréis paso, ¿verdad? 

Nada respondieron los mozos, acogidos al 
amparo encubridor de la obscuridad, y las 
suaves palabras de la niña vibraron en la pe- 
numbra de la bolera mecidas por un poco de 
viento que cantaba en los nogales enverdeci- 
dos, bajo un cielo nublado. 

Quedó la ventana largo tiempo encendida 
como un faro piadoso, única estrella de la 
entoldada noche primaveral, y ya muy tarde, 
cuando hasta los más desvelados rondadores 



RUECAS DE MARFIL 103 

dormían en el pueblo, una voz, sentida y afi- 
nada como la de César Garrido, primorosea- 
ba una copla que a la estrella benigna le decía: 

Ventanita, si te rondo 
no es por tus merecimientos; 
es por una hermosa niña 
que está de puertas adentro... 



VIII 



Todas las tardes, a primera hora, Don Feli- 
pe y su hija esperaban a Serrano en agrada- 
ble paseo campesino para volver a su casa con 
el cortejante. Charlaban los novios hasta el 
anochecer, y emprendía el galán la retirada 
antes de que la luz cayese, previsor contra al- 
guna acometida de los mozos bravios. 

Pero eran inútiles estos cuidados, porque la 
ronda que capitaneaba el señorito de la torre 
había conseguido de todas las demás la pro- 
mesa de que nadie hostigara al forastero en 
la conquista de aquella mujer, dulce y hermo- 



106 CONCHA ESPINA 

sa, orgullo del valle, en quien se miraba como 
en un espejo la mocedad varonil y por quien 
en secreto suspiraban muchos rudos cora- 
zones. 

Tenía un encanto indefinible la hermosura 
sentimental de Ángeles Ortega, un raro don 
de amor y simpatía que blandamente domi- 
naba en las almas todas, y que en el pecho 
de los galanes aldeanos se había convertido 
en extraño culto, mezcla de hechizo pasional 
y de mística devoción. 

Siendo Angeles la única señorita de la aldea, 
se distinguía entre las jóvenes de sus años 
por la donosura del porte, la delicadeza del 
traje y el interesante aislamiento de su vida, si 
ya por sus gracias personales no hubiera so- 
bresalido por encima de las demás. Todo en 
torno suyo era nuevo, deslumbrador y atra- 
yente para los mozos que de chiquitína la pa- 
searon en la áspera carreta, le alcanzaron 
nidos y rosas, y la tutearon con familiaridad. 



RUECAS DE MARFIL 107 

Ahora la saludaban con afable respeto, mez- 
clado de turbación, y aunque delante de su 
hermosura humillasen la mirada, el destello 
ideal de aquellos ojos sombríos dejaba res- 
plandecencias ardientes en las rústicas imagi- 
naciones. 

Con inconsciente sed de belleza guardaban 
anhelos codiciosos hacia la perla del Encinar 
muchos hombres que tenían novia y pensaban 
casarse, o que amaban con material impulso 
a otras mujeres de su misma condición. Así 
en aquel fogoso plantel de montañeses nació 
una tácita rebeldía contra la posibilidad de 
que a la más hermosa flor de la aldea se la 
llevase un forastero, con sus manos lavadas. 
Y todos se unieron para considerarla como 
una de tantas jóvenes a quien los extraños no 
podían cortejar sin previa camorra y larga 
porfía contundente con los donceles del valle, 
al uso del país. 

Esta despótica ley se hubiera cumplido en 



108 CONCHA ESPINA 

Adolfo Serrano sin el prodigio de la dulce voz 
que bajó de la ventana luminosa para detener 
a la ronda de Julián. 

Por gracia de tal portento los vergajos, 
amenazadores contra el novio intruso, caye- 
ron rendidos con mansedumbre, como beli- 
cosas flámulas arriadas por la derrota. Y ya 
no se alzaron más al paso triunfante de aquel 
amor. 



IX 



Mayo florece cuando se fija el día de la 
boda. 

Tiene Don Felipe mucha prisa por terminar 
este negocio, y Angeles se presta a consumar- 
le con una docilidad enfermiza y blanda, en 
que hay mucho de alucinación y de impoten- 
cia. Ningún amparo la escuda; está sola entre 
su padre, desamorado y egoísta, y el preten- 
diente ambicioso de la rica dote, tal vez un 
poco encaprichado por la gentileza de la 
novia. 

Ya nunca Julián de Alcázar visita a los de 



lio CONCHA ESPINA 

Ortega, ni tampoco el Estudiante^ compañero 
antaño de los juegos de la niña, va con su tí- 
mida presencia a testimoniarle la ferviente ad- 
hesión de otras veces. 

Se lamenta la joven de este retraimiento. 
«¿Por qué no vendrán?»— suspira—. Y se 
angustia ante la nube de soledad que se va es- 
parciendo, densa y creciente, en torno suyo. 
Sólo Isabel, la criadita cariñosa y servicial, 
la relaciona con los acontecimientos de la 
aldea. 

Ya prepara la novia su inmaculado vestido, 
en vísperas del gran día, cuando Isabel, que 
revolotea junto a las galas con seducción de 
encantamiento, le dice en tono confidencial: 

—¿Qué pensarán «todos esos> cuando la 
vean tan preciosa, •y que se la lleva un ex- 
traño? 

—¿Quiénes?... ¿Los mozos?... Ninguno de 
ellos se había de casar conmigo. 

— Los labradores no... pero hay otros. 



RUECAS DE MARFIL 111 

— No me ha pretendido nadie. 

—Pues dicen por ahí que todos la quieren. 

—Será porque aquella noche salieron con- 
tra Adolfo... Yo no creí que conmigo rezaría 
la brutal costumbre de las rondas... 

— Era la del señorito Julián. 

—Por eso mismo me extrañó tanto... Ju- 
lián siempre fué muy amigo nuestro... 

Ángeles se quedó pensativa; su mirada, 
sombría como una floresta, parecía tornar de 
muy lejos al través de los años infantiles. 
Daba un suspiro cuando Isabel continuó: 

— Dice Lecio que el señor de la torre se 
muere por usted. 

—Pues Lecio está equivocado— murmura 
Ángeles, no muy sorprendida, algo confusa. 

—Y dice — añade la moza — que también 
el Estudiante la quiere a usted mucho... 

— ¿César?... Yo le quiero también... ¡Me 
hacía tantas coronas de flores cuando éramos 
chiquillos!... Y me hacía cantares... 



112 CONCHA ESPINA 

Otra vez se quedó ensimismada. La inci- 
tante memoria de cariños lejanos fué, sin 
duda, a refugiarse, triste, en la sombra de sus 
ojos, porque dos lágrimas pugnaban en ellos 
cuando añadió, lamentable: 

—¡Tampoco César viene ya a esta casa!... 
¡Parece que todos huyen de mí!... 

—Porque la quisieran cortejar a usted y es- 
tán sentidos. 

—Yo no he notado que me pretendan para 
novia. 

—Pues Don Julián siempre la buscaba muy 
rendido, y el Estudiante, ¿no oye cómo le 
canta coplas? 

—Usanzas de rondadores... 

—No, señorita, que las canta con segunda... 
Y el ricachón de Salcedo igual está prenda- 
do de usted. 

—¡Ave María! -exclamó Angeles, risueña 
de pronto — . Ahora que me caso con un foras- 
tero va a resultar que tenía aquí los preten- 



RUECAS DE MARFIL 113 

dientes a escoger. ¿Esa es otra noticia de 
Lecio? 

— Del mismo... Y no sabe la señorita lo 
más gracioso...; que él también, el muy zo- 
quete, está, como los otros, penando por 
usted. 

— ¿Lecio?... ¿tu novio?... — Se puso Ángeles 
muy seria para decir:— ¿Te chanceas, Isabel? 

Pero Isabel no se chanceaba: se le había 
empaflecido la voz, tenía las mejillas rojas y 
el aire turbado. Después de un silencio difí- 
cil, añadió, tratando de serenarse: 

—Me lo contó él mismo la noche que die- 
ron el alto a Don Adolfo. 

—Esas son bromas suyas. 

— Bromas no eran: para contármelo se 
puso descolorido y hasta le dio un mareo... 

Ángeles se aturde con las noticias de tan 
sorprendente amor, y muy curiosa, pregunta: 

—Pero, ¿no sois novios?... ¿no os vais a 
casar? 



114 CONCHA ESPINA 

— Eso no quita... Él dice que a usted la 
quiere «de otra manera>... Serán modos 
finos de querer que aprende con los señores... 
¡como todos son unos en la misma ronda!... 

Mirando la señorita con afecto a la com- 
pungida moza, le dice: 

— ¿Y tú has creído esas tonterías, Isabel? 

Baja ella los ojos y explica difícilmente: 

— Todo lo he creído... conozco que es de 
veras... pero lo mismo cortejamos: él no lo 
puede remediar... Como la señorita tiene ese 
ángel, todos la quieren aunque sea a escondi- 
das... Usted no se ofenderá... ¡Si Lecio supiera 
que yo se lo he dicho!... ¡No se lo cuente a 
nadie, por la Virgen! 

— Descuida, mujer; esas cosas que habla 
tu novio, de él y de los demás, son imagina- 
ciones suyas... pero no diré nada... ¿a quién?... 
Yo no tengo a quien contar secretos. 

Y se atristó por tercera vez el semblante 
precioso de la señorita. Viéndola cavilosa y 



RUECAS DE MARFIL 115 

muda se retira Isabel con prudencia mientras 
la novia vuelve a quedarse junto al vestido 
blanco, vaporoso y sutil, como nube del páli- 
do cielo montañés. Mirándole con indefinible 
sentimiento de inquietud, cierra los ojos para 
meditar en las confidencias de Isabel y va 
aposentando en su espíritu la creencia de que, 
en efecto, Julián de Alcázar la ha querido un 
poco. Recuerda la asiduidad lejana de sus 
visitas, la encendida expresión de sus pala- 
bras, la pausa elocuente de sus silencios y su 
alejamiento inexplicable apenas Adolfo apare- 
ció en la aldea. 

No se detiene la soñadora a pensar en Sal- 
cedo, el jaquetón ricacho, pero guarda un 
pensamiento melancólico y acariciador para 
César Garrido, el romántico trovista que can- 
ta con segunda al pie de una ventana, años 
hace, en el sagrado misterio de la noche... 

El cariño recóndito de César es para Ánge- 
les un adorable perfume de la infancia, el 



116 CONCHA ESPINA 

amable secreto de un « escucho > que hace 
sonreír, tal vez la vibración sentimental que 
en el alma produce una copla errante, dicien- 
do amores a la luz de la luna, una copla que 
suspira cuando la ronda pasa... ¡Pero Julián!... 
¿Por qué no se ha fijado en que él la quería?... 
Es bueno y valiente, es el amo del pueblo, el 
señor de la altiva torre y de la brava selva, 
tiene franca la mirada, noble el corazón... 

Y se estremece la joven aturdida de que 
la fealdad arisca de Julián le parezca ahora 
mucho más grata que la gentil apostura de su 
prometido. 

Para sacudir esta idea alarmante se acuerda 
de Lecio, mareado y descolorido en los deli- 
quios de una fina locura de amor. Y abre los 
ojos, sonriente, sobre la nube alba de su traje 
de novia. 



X 



Diríase que un viento huracanado con- 
mueve a bs mozos del Encinar a medida que 
se acerca el día del casamiento. La sorda irri- 
tación que se acentúa entre ellos toma forma 
y proporciones singulares en la ronda de 
Alcázar, que ha asumido, con extraño tesón, la 
responsabilidad de consentir aquel despojo 
de que Adolfo Serrano <les hace a todos víc- 
timas >. 

Anda Julián enredado en una aventura de 
calleja con cierta mozona malviviente, siendo 
ésta la primera vez que el señorito de la torre 



118 CONCHA ESPINA 

hace pública ostentación de semejantes galan- 
teos. Lleva en la cara el pobre hombre una 
expresión de tedio y amargura que va trocán- 
dose en tormentosa nube de fiereza; como si 
en él creciese, cada día, el salvaje placer de 
sumirse en aquella torva brumazón de barba- 
rie, para así desmandar sus pasiones y olvidar, 
con tesón despreciativo, sus nativas costum- 
bres de caballero. 

Fidel se las echa de guapo como nunca, 
vocifera en las noches de ronda hasta enron- 
quecerse, y alarma a los vecinos con incesante 
tiroteo en persecución de aves felices, que 
jamás hiere. Hasta en los nogales de la bolera, 
ya vestidos de ropaje ufano, trata de hacer 
puntería sobre los canoros malvises: clama la 
escopeta amenazante envolviendo la nogale- 
ra en humos y fulgores, pero los malvises 
se vengan siempre del susto recibido, cau- 
sándole al implacable cazador una terrible 
envidia al volar, ilesos, a la huerta frondosa 



RUECAS DE MARFIL . 119 

de Ángeles, en busca de asilo hospitalario. 

Más disimulado y prudente, desahoga el 
Estudiante su mal humor haciendo versos, 
unos versos mansos y tristes que no parecen 
haber nacido bajo la tempestad de unas pupi- 
las claras, enfurecidas con relámpagos au- 
daces. 

Entretanto Lecio manifiesta a su novia el 
más voraz deseo de casorio. Zumba su querella 
con pesadez de mosca en torno a la ventana 
florida de Isabel, y pregunta, ansioso, en cada 
palique: 

— Pero, di. Sabe), ¿cuándo nos casamos? 

—Cuando mi madre coja la cosecha — repi- 
te siempre la joven. 

— ¡Falta mucho tiempoí... 

Ella un día, maliciosa, le dice: 

— ¿Por qué ahora, estás tan impaciente? 

—¿Por qué... Por qué?... ¿No ves, criatura, 
que ya todo el mundo se casa? 

—¿Todo el mundo? — repite la muchacha 



120 CONCHA ESPINA 

con sorna—. ¡Pues yo no veo que se case 
nadie más que la señorita!... 

Corrido y enojado el hombre, murmura: 

— Bueno... ¿nos casamos o no? 

Y promete, apacible, la voz de Isabel: 

—Cuando mi madre coja la cosecha... 



i 



XI 



Llegó la hora esperada con tan distintos 
afanes. 

Toda la mocedad aguarda a los novios en 
el portal de la parroquia: ellas para cantarle 
a la señorita unos picayos con letra alusiva, 
rimada por César Garrido; ellos para confun- 
dir con miradas iracundas a quien les arrebata 
la diosa del valle, la mujer venerada con sa- 
grado culto. 

Ha nacido la mañana blanca y triste, con 
cara de llanto, y cuando la comitiva nupcial 
se dirige al templo, enfilada por la veredita 



122 CONCHA ESPINA 

estrecha de la mies, arrecia la brisa dura que 
desde el alba rueda por los caminos como 
una loca, deshojando flores y columpiando 
ramajes. 

Se convierte luego en amenazador el soplo 
matinal que enmaraña las nubes y entolda el 
paisaje. Y, por fin, el cielo montañés llora unas 
lágrimas cálidas y lentas sobre el cortejo de la 
boda. 

Lleva Ángeles en el brazo, gallardamente, la 
cola espléndida del vestido, y se apoya en su 
padre sonriendo, disimulando con heroica 
dulzura las inquietudes y recelos de su alma. 
La siguen Adolfo y los convidados, y la ro- 
dean los vecinos con viva solicitud, mientras 
se celebra el casamiento en el atrio parro- 
quial, al uso del país. 

Nunca han visto los aldeanos una novia 
toda blanca, toda envuelta en encajes y flores: 

—¡Parece de nieve!— dice seducida una 
voz. 



RUECAS DE MARFIL 123 

— ¡Parece de azúcar!— clama un goloso. 

Y el acento roto de una anciana, suspira: 

—¡Parece de nube!... 

Entran los desposados en el templo para 
asistir a la misa de velaciones, y la ronda de 
Alcázar forma siempre junto a ellos entre las 
avanzadas del público; primero en el pórtico, 
después cerca del altar. 

Tienen los cuatro mozos un raro aspecto de 
emoción que parece comunicarse a la concu- 
rrencia y llenar el templo de palpitante in- 
terés... 

Todo Mayo sonríe en el altar convertido en 
jardín, mientras arrecia la lluvia, ruedan monte 
abajo los truenos, y a la amarilla luz de los 
relámpagos muchos fieles hacen, medrosos, la 
señal de la cruz. 

Apenas terminada la ceremonia, cuando los 
primeros devotos salen al portal, ha pasado la 
nube dejando el cielo otra vez pálido y triste, 
sin que de la fugaz tormenta queden señales 



124 CONCHA ESPINA 

más que en el campo henchido de perfumes 
bajo la intensa caricia de la lluvia. 

Viendo correr el agua en el sendero, todos 
se preocupan de los zapatitos de seda de la se- 
ñorita, y Don Felipe y Adolfo conferencian, 
impacientes, sobre la manera de evitar que 
Ángeles se moje los pies dentro del blanco es- 
tuche que los aprisiona. 

Entonces Alcázar entra en el templo y sale 
al punto llevando al hombro las andas de la 
Virgen. Encarándose con Ortega se las ofrece 
y en voz alta le explica: 

— Se las regaló mi madre a la Patrona y yo 
sé que Ella me las presta... El señor cura me 
da permiso para que Ángeles las ocupe: 
¿quiere usted que la llevemos? 

Sin que Don Felipe, sorprendido, tuviera 
tiempo de reflexionar ni responder la concu- 
rrencia, agrupada alrededor, grita con entu- 
siasmo: 

—¡Que la lleven!... ¡que la lleven!... 



RUECAS DE MARFIL . 125 

Julián le pregunta a la novia, algo desfalle- 
cido el acento: 

—¿Quieres venir? 

Alborozada en medio de aquella férvida 
expresión de cariño, Ángeles responde, con 
infantil antojo: 

— Iré... 

Ya una mano solícita ha colocado en las 
andas un taburete y la joven va a sentarse, 
riendo, un poco trémula, cuando un ademán 
y una mirada de su esposo la dejan indecisa. 
Pero el nutrido coro de voces varoniles afir- 
ma, con sorda expresión colérica: 

— ¡«Queremos:^ que la lleven! 

Y Ortega contrariado, molesto, toma el 
brazo de Adolfo para decirle en voz baja: 

—Hay que dejarlos... 

Sentada Ángeles, por fin, las mozas le arre- 
glan el vestido y el velo, con primor devoto y 
humilde, y Alcázar y los suyos levantan con 
dulzura el improvisado trono de la novia y 



126 CONCHA ESPINA 

bajan al camino con aquel suave peso entre 
las manos. 

Van delante César y Julián, y los cuatro 
sienten el aturdimiento estremecedor del 
triunfo, la exaltación de una ventura efímera, 
que va a pasar, ruidosa y altanera, como la 
rápida nube que antes mojó el sendero. 

Un grito potente, con inflexiones juveniles 
de guapeza y bravura, resuena detrás del gru- 
po original, lleno de rústica galantería: 

—¡Viva la novia!... ¡Vivan los rondadores!... 

V cada vez que huye deja prendido en el 
paisaje un eco. 



i 



XII 



Era como un sueño aquella apoteosis enci- 
ma de la odorante mies, entre setos floridos 
y halagadores cantares. 

Ángeles quería no llegar nunca a su casa, 
seguir así un camino largo y dulce hasta el 
cielo calmoso y pálido que la servía de dosel. 
Suspiró enardecida por aquel delirio, y Julián 
volvióse a mirarla con tal expresión codiciosa 
y ardiente que la joven enrojeció bajo sus 
azahares. Sus manos temblaron como alas de 
paloma, estremecidas en la falda crujiente del 
vestido, y su imaginación tendió el vuelo ha- 



128 CONCHA ESPINA 

cia otra quimera que no finaba en el cielo me- 
lancólico, sino en una torre maciza y señorial, 
en la selva de Alcázar. 

Iban todos callados. Orillaban un zarzal en 
flor, y César, con galanía de poeta, arrancó al 
pasar una mata olorosa, que colocó a los pies 
de la niña. El tronco punzador había herido 
con leve arañazo al Estudiante, y un hilo rojo 
quedó tendido entre los dedos de aquella 
mano fina que parecía de mujer. 

—¿Te has lastimado? — le preguntó Ángeles 
solícita. 

Y él, con audacia increíble en su tímida 
persona, respondió mirándola a los ojos: 

—Me he lastimado mucho... ¿no ves? 

Sonriendo le mostraba la mano blanca y 
tersa con el tenue surco de coral. 

—Un hombre no se lastima nunca— tronó 
el vozarrón de Salcedo—; y el jándalo, arro- 
gante, presentó un puño de madreselvas con- 
quistadas entre espinas que había punzado su 



RUECAS DE MARFIL 129 

plebeya manaza. Ya se arriesgaba Julián para 
ofrecer otro don a la novia; ya Lecio sacudía 
los matorrales con demente regocijo, cobran- 
do ramilletes preciosos, y en un momento 
quedaron las andas cubiertas de flores. 

Trépido el zarzal bajo las acometidas de los 
mozos, desde la linde del camino sacudía so- 
bre la virgen desposada, gotas brillantes de 
Ja reciente lluvia, y voladores pétalos de los 
febles capullos. Un bando de miruellos, sor- 
prendido por semejante alboroto, rompió el 
secreto de su escondite en la maleza y voló 
encima del grupo, desgranando una escala 
melodiosa de trinos, a porfía con la tonada de 
los picayos que tremolaba en el aire sus dejos 
largos y tristes de música norteña. 

Para aquella hora de aventura y de magia 
tuvo la belleza de Angeles una fantástica apa- 
rición ideal y gloriosa. En su carne, hecha 
flor blanca y pura, el espíritu inocente se 
asomaba a los apacibles luceros de los ojos y 



130 CONCHA ESPINA 

a la divina sonrisa de los labios: y fué toda 
gracia y luz, brisa y perfume, alma del paisa- 
je, visión de los cielos... Salió del éxtasis pro- 
digioso al tocar los umbrales de su casa. Po- 
saron en el zaguán las andas con blandura, y 
cuando bajó al suelo la niña, sintió que su 
planta débil se hundía en la incógnita ruta de 
una vida nueva y cerrada. Tendió la mano 
con gratitud hacia sus amigos, diciéndoles: 

— Quedaros. 

Pero Julián se apresuró a responder con la 
amarga voz de aquel último tiempo: 

—Muchas gracias. 

Y salió, seguido de los otros, antes de que 
llegase la comitiva. Iba ciego, con los puños 
crispados y el paso veloz. 

Desde la puerta, con insólita audacia, el Es- 
tudiante vuelto hacia la novia, besó la palma 
de su mano herida y sopló el beso, envián- 
dosele. 

Ella, sin enojo, sonrió al doncel y le devol- 



RUECAS DE MARFIL 131 

vio en el aire un capullo del azahar prendido 
en su pecho. 

Ya llegaban Don Felipe y Adolfo con los 
invitados. Detrás venía el pueblo que rodeó 
la casa, y en la bolera resonó estruendoso 
otro bizarro grito: 

—¡Viva la novia!... ¡vivan los rondadores! 

Bajo la emoción de aquel instante en los 
ojos sombríos de Angeles Ortega cayó una 
cortina de llanto que ya nunca se alzó para 
dejarla ver una ilusión ni una esperanza... 



4 



i 



XHI 



Pasó un ano. 

Se sabía en el Encinar que Angeles era 
muy infeliz, que lloraba sin consuelo el aban- 
dono y el maltrato de un marido brutal. 

Ortega había regresado a Cuba a raíz del 
casamiento, y la infortunada joven residía en 
un pueblo cercano, enferma y sin más cariño 
que el de Isabel. 

Ya Lecio se cansaba de esperar y enviaba 
a la moza recados apremiantes, pero ella res- 
pondía que la señora no podía vivir mucho, 
y que le era imposible dejarla en aquel estado 
de soledad y dolor. 



134 CONCHA ESPINA 

Entretanto, la ronda de Alcázar seguía cons- 
tituida en alianza firme, con treguas de repo- 
so, porque Julián había vuelto a Madrid algu- 
nas temporadas arrancado por su familia de 
la existencia esquiva y dura con que llegó a 
naturalizarse, y que amenazaba absorberle en 
eclipse total. 

No estaba el señorito más alegre ni era más 
feliz que el año anterior; pero en sus penas 
había ya dulzores y blanduras tomadas para 
remedio de sus males, en la vida regalada y 
muelle que supo recobrar. Cuando iba al pue- 
blecillo norteño, cazaba en el monte, erraba 
en la selva y largos días holgaba pensativo y 
suspirante; pero no urdía torpes aventuras por 
las callejas ni se vestía en traza de gañán ni 
llevaba en el rostro aquella huraña expresión 
alarmante y fiera. 

Lo noche que salía con sus compañeros, la 
ronda cantaba y ornamentaba de flores las 
ventanas de las niñas; la ronda bebía cerveza 



RUECAS DE MARFIL 135 

y disparaba tiros al aire, sin buscar camorra a 
los novios forasteros. Esta medida, pacifica y 
generosa, no encontraba oposición en los 
amigos, porque el Estudiante vivía enfrascado 
en la transcendental composición de un libro 
de versos, dedicados A una ingrata; iba de- 
jando en él jirones de su romántica pasión y 
sólo de tarde en tarde fulgían en los ojos zar- 
cos algunos destellos de tempestad. Tenía 
Salcedo cen tratos> una novia hacendada, 
fresca y rolliza que le traía desvelado y ren- 
dido. Y Lecio andaba mustio y pesaroso con 
la ausencia de Isabel y la espera de la boda. 



I 



XIV 



Triunfaba la primavera con otro Mayo es- 
pléndido, cuando en la aldea se supo que 
Ángeles había conseguido de su esposo la 
merced de ir a morirse al Encinar. Un aca- 
bamiento rápido la inclinaba hacia la tierra, 
y deseaba caer sobre las flores del bendito 
huerto donde dormía, esperándola, aquella 
pobre criatura sacrificada como ella, aquella 
madre triste que en la suprema despedida 
acarició una frente juvenil con palabras de 
fatalidad. 

Y hubo en el vecindario un general movi- 



138 CONCHA ESPINA 

miento de simpatía y compasión hacia la en- 
ferma infeliz, que a los bruscos vaivenes de 
un carruaje, llegó por difícil camino hasta la 
puerta de su casa. 

La casualidad o el intento llevaron a Ju- 
lián de Alcázar en aquellos mismos días a 
su torre, y sabiendo que Ángeles padecía, 
sola y expirante, con generoso impulso de 
piedad, fué a visitarla. ¡Ya no era la diosa del 
Encinar!: un solo año inclemente bastó para 
marchitar la exquisita frescura de su belleza. 
Enlanguidecida, mustia, sólo parecían vivir 
en su semblante los ojos, con tristeza des- 
garradora, y las mejillas, señaladas con rose- 
tas febriles. 

¡Qué lástima le dio a Julián! 

Su pasión, que* ardía alimentada por el 
oculto embeleso de una seductora imagen, 
quedóse, espiritualizada al punto, en excelsa 
ternura, tan santa y pía, que la doliente hu- 
biera podido refugiarse en los brazos de aquel 



RUECAS DE MARFIL 139 

hombre y dormir o morir en ellos como en los 
de una madre. 

Al ver a su amigo, un sentimiento de co- 
quetería se sobrepuso al dolor, un instante, 
en el corazón de la mujer. Quiso ella sonreír, 
y sólo consiguió tender en sus labios de lirio 
una mueca desesperada. Apenas habló; bal- 
buciente y cobarde, oprimida por un espanto 
sin horizontes, parecía que el hilo tenue de 
sus frases iba a romperse en un raudal de lá- 
grimas acerbas. 

Alcázar sentía caer en su corazón aquel 
mudo llanto y subírsele a los ojos en mare- 
jada asoladora. Y todo el sensualismo de su 
amor se derretía en piedad, a la sombría luz 
de una mirada donde el miedo a la muerte era 
el único reflejo de la vida. 

Al despedirse, Ángeles cruzó las manos en 
ademán de súplica, y él, conteniendo su emo- 
ción con palabras de esperanza, le prometió 
volver. 



140 CONCHA ESPINA 

También César Garrido fué a visitar a la 
enferma, seguro de llevarle un consuelo y 
ansioso de verterle sobre la infinita desolación 
de aquella mujer. Sentía férvidos impulsos de 
arrodillarse a sus plantas, de besar sus manos, 
de cantarla, de mecerla y decirle sus román- 
ticos pensamientos en un delirante discurso, 
antes que la muerte la apresara... La quería 
siempre y más que nunca porque era el suyo 
un amor de ilusión y de ensueño, raro y di- 
vino, que le estremecía toda el alma con un 
soplo de inmortalidad. Supieron distraerla sus 
frases opacas y ardientes, y logró hacerla son- 
reír, ya cayendo la eterna sombra en las azo- 
radas pupilas. 

— Hazme coronas y versos como cuando 
éramos chiquillos— suspiró con antojo la in- 
feliz. 

Él la ofreció cantares y flores, y salió de la 
novelesca entrevista con cara de muerto y alu- 
cinaciones de loco. 



XV 



Nació el mes de San Juan lleno de alegría, 
indultante de belleza, y fué creciendo, y llegó 
entre flores la víspera del santo. 

Lloraba amargamente Isabel cerca del si- 
llón de triste memoria donde Ángeles se con- 
sumía recogiendo una herencia fatal, de penas 
y de abandono. 

Le había dicho a Lecio la moza: 

— No me pongas ramo... no vengas a ron- 
darme ni mucho menos a cantar... La señorita 
se está muriendo... 

Muy dolorido, prometió el novio una pru- 
dente conducta en la clásica noche, y con sí- 



142 CONCHA ESPINA 

giloso respeto se alzó de puntillas en el muro 
de la bolera para atisbar la estancia penum- 
brosa donde Ángeles fenecía. Entrevio en la 
sombra una endrina cabeza desmayada sobre 
los almohadones del sillón, y el conmovedor 
perfil de una cara de cera. El gallardo busto 
de Isabel se inclinaba con anhelante cariño 
sobre aquella vencida juventud, sobre aquella 
aniquilada hermosura. Y toda la satisfacción 
del egoísmo irradió en los ojos asombrados 
de Lecio, viendo a la flor viva, que era suya, 
lozanear triunfante encima de la mustia flor 
que le había fascinado con delirios de irrea- 
lizables ambiciones. 

Bajóse con cautela de su observatorio, y se 
alejó a lento paso, cuidando de no hacer rui- 
do en torno a la casa dorada de sol, envuelta 
en el alborozo insolente de la tarde. 

Desde los balcones entornados se escapaba 
un cuchicheo leve, son de rezo o letanía de 
lamentaciones, y desde la ondulante nogalera 



RUECAS DE MARFIL 143 

volaban los malvises en parejas gozosas, hacia 
la llanura libre de los cielos... 

Libre al azul infinito, voló el alma de Án- 
geles cuando la tarde caía en una intensa de- 
clinación de cárdenos fulgores. 

Todo el pueblo había escuchado con silen- 
cio profundo el raudo volar de aquel espíritu, 
gentil como el cuerpo que le encarceló: pa- 
recía que al tender las alas hubiese dejado 
una blanca y vivida estela en el sereno celaje. 
Y estela fué aquella ilusión que en la memo- 
ria popular quedó grabada como perenne 
surco de ternura y recuerdo. 

El vecindario, compungido, se unía en el 
dolor de la temprana muerte, y censuraba, 
con rencorosa indignación, al infame esposo 
de la señorita, avisado por la mañana del es- 
tado agónico de la enferma. 

Entretanto la fidelidad conmovedora de 
Isabel se prodigaba en delicadas atenciones 
alrededor de la difunta. 



144 CONCHA ESPINA 

Después de peinarle los abundantes cabe- 
llos sobre las sienes de mármol, le puso el 
traje niveo de la boda y encendió en torno 
suyo lámparas y cirios. 

La belleza mayestática de la muerte había 
borrado en la cara de Ángeles la mueca amar- 
ga del dolor, trocándola en una plácida ex- 
presión descansada y serena: dormía la vida 
su inquebrantable sueño en los entreabiertos 
ojos parados a la sombra de las pestañas ri- 
zosas, y en el profundo livor de las ojeras las 
últimas lágrimas habían dejado una divina se- 
ñal de mansedumbre... 

Toda la tarde, bajo el calor solar cuajado 
en la campiña, unas manos pálidas y bellas, 
que parecían de mujer, estuvieron cortando 
flores en los huertos aldeanos y tejiendo co- 
ronas con demente frenesí, para colocarlas 
sobre el cuerpo ya duro y frío de Ángeles Or- 
tega. Con aquel postrer don había dejado 
César encima del cadáver un sollozo, áspero 



RUECAS DE MARFIL 145 

como un rugido, y un borrascoso relámpago 
de su mirada azul. 

Cuando el Estudiante salió de la trágica vi- 
sita, le estaba esperando Julián, y juntos con- 
ferenciaron en grave reserva. Tenia el señori- 
to el aire solemne y turbios los ojos que largo 
tiempo contemplaran a la yacente criatura, 
entre blandones y rosas. 

Un poco más tarde corría por el pueblo la 
noticia de que la ronda de Alcázar se aposta- 
ba en la bolera con amenazadora catadura. 



10 



I 



XVI 



Dulce y sosegada nace la noche cuando 
llega al Encinar aquel potro jerezano de in- 
grato recuerdo, y. la ronda esperándole, ceñu- 
da como el tribunal que juzga a un delincuen- 
te, recibe a Adolfo Serrano, que disimula sus 
temores lleno de arrogancia desdeñosa. 

Fué el mismo Alcázar el que dijo: — ¡Alto! — 
con acento augural que subió a los balcones 
vecinos y resonó, grave, .en el cuarto de la 
I muerta. 

\ — ¿Qué quiere usted?— grita el forastero, 
I temblorosa la voz y blanca la cara. 



148 CONCHA ESPINA 

Se le acerca Julián hasta echarle el aliento 
encima, y le responde, en traza bruta de mozo 
rondador: 

—Que te marches ahora mismo porque ya 
no hay quien te defienda y tenemos mucha 
gana de matarte. 

Indeciso, asustado, hace el intruso volver 
grupas a su potro, y profiere, como otra vez 
en aquel mismo lugar: 

—¡Cobardes... cobardes...! 

Varios palos caen feroces en las ancas lus- 
trosas, y ondulantes como látigos, alcanzan al 
jinete. 

Hace ademán Adolfo de sacar su revólver, 
y al punto cuatro manos, dueñas de armas se- 
mejantes, le apuntan, inclementes, bajo una 
tenaz lluvia de improperios: 

—¡Ladrón! 

—¡Asesino! 

—¡Sinvergüenza! 

—¡Matador de mujeres!... 



RUECAS DE MARFIL 149 

Serrano huye. Vuelan los palos a su espal- 
da y algunas piedras le persiguen en la des- 
atinada carrera. 

Ya va a perderse en un recodo del sende- 
ro, cuando el silbo de una bala y el estam- 
pido de un disparo le aturden con más vivo 
terror. 

Inclinado en la silla con un movimiento 
brusco, ruge y maldice, abrazándose al cuello 
del animal, que se desboca en galope de es- 
panto. 

Detrás de ellos queda en la ruta blanca un 
rastro de sangre caliente, y en la bolera, una 
mano fina, que parece de mujer, empuña un 
revólver humeante. 

La mirada azul de César Garrido tiene un 
bárbaro reflejo de venganza... 

* >ic * 

Bella noche fué aquella de San Juan, noche 
silenciosa en el poblado donde otras veces en 



150 CONCHA ESPINA 

iguales horas se derramaba la alegría de la 
mocedad. 

Las novias se quedaron sin ramo y sin 
serenata; la plaza, sin baile y sin hoguera; 
los rondadores, sin palique. Y en la pureza 
virginal de la brisa no tremolaron las pican- 
tes coplas, ni el ijujú montañés resonó, in- 
trépido y agudo, en los agrios jirones de la 
sierra. 

Ángeles dormía acunada por el duelo del 
Encinar, mimada en su florido lecho por la 
tristeza robusta de incultos corazones, en los 
cuales la compasión fructificaba con todos los 
densos aromas de la vida desnuda y fuerte, 
del dolor íntegro y primicial, lleno de impul- 
sos y de instintos humanos. 

El disparo certero de el Estudiante atrajo a 
los mozos con sed de ruido y de camorra, 
cuando vieron pasar, en disparatada fuga, el 
caballo de Adolfo. Estaban ya los caminos 
confusos por la sombra de la noche, y delante 



RUECAS DE MARFIL 151 

de la visión fugitiva todos hicieron acerbos 
comentarios y se rieron con saña. 

Entraron, después, bajo los nogales, muy 
despacio, mudos y recogidos como en la 
iglesia, y uno a uno se fueron subiendo a la 
pared de la bolera para mirar al interior del 
cuarto mortuorio. En el lecho se destacaba, 
impreciso, cubierto de galas, el rígido perfil 
del cuerpo helado; la mística cera de los ci- 
rios lloraba sobre la alfombra sus lágrimas 
ardientes, y de las coronas, suspendidas en 
torno, caían con lentitud algunos pétalos de 
flor. 

Agrupáronse los mozos estremecidos junto 
a la casa, hablando quedo; sus cigarros bri- 
llaban a porfía con las luciérnagas de la lin- 
de; temblaba la sombra con suavidad de 
idilio, y en el fondo de la bolera la ronda 
de Alcázar, enmudecida, atraía el interés ge- 
neral. 

Estaba muy pálido Fidel, y mirando al Es- 



152 CONCHA ESPINA 

iudianie con profunda admiración, pensaba, 
receloso, en las posibles consecuencias de 
aquella hazaña. En vísperas de boda, bien 
hallado con su dinero y su tranquilidad, le 
angustiaba la idea de verse, acaso, envuelto 
en una acusación de muerte, él, que jamás 
logró encañonar a un solo pajarillo con su es- 
copeta escandalosa... 

Había sentido Julián aquella tarde el espas- 
mo bestial de la venganza, con escalofrío de- 
leitoso, dócil su naturaleza a las sensaciones 
de la ruda hostilidad que tantas veces le do- 
minó. Lejos el impulso cruel, no le aterraba 
su responsabilidad en la aventura, que arros- 
traría con el poderoso dominio de la torre de 
Alcázar y asumiría con nobleza protectora. 
Y dejó de pensar en el fugitivo jinete para 
consagrarse al recuerdo de la muerta, lleno 
de lástima y amor. Le harían un entierro pre- 
cioso al día siguiente, al caer la tarde, pidién- 
dole otra vez al señor cura las andas de la 



RUECAS DE MARFIL 153 

Virgen, donde la niña desposada anduvo 
antaño aquel mismo camino en brazos de la 
ronda... 

Lo mismo que antaño arrancarían para ella, 
al pasar, las flores silvestres de los setos, en la 
blanda ruta de la mies... Cada fúnebre posa 
tañería con un dolor nuevo, nunca igual sen- 
tido ni llorado, que dejaría en el Encinar una 
caricia de las lágrimas siempre viva y suspi- 
rante como la mansa corriente de un arroyo... 
Julián imagina, traspasado de emoción, el ge- 
mido de la cancela al derramarse en el atrio 
parroquial detrás del cuerpo de Angeles, ya 
en la vereda del cementerio: imagina el sordo 
rumor de la tierra, cálida y polvorosa, cayen- 
do implacable sobre el florido ataúd... Un en- 
ternecimiento sutil posee al joven; una com- 
pasiva pena que le duele como por una her- 
mana chiquitina o por una novia lejana, a la 
cual en la adolescencia hubiese dulcemente 
adorado... 



XVII 



^ Crece la noche; la tardía luna, brillando 
apenas en el cielo, baja a la nogalera, y como 
si apartase con invisibles manos las trémulas 
hojas, se asoma al cuarto de Angeles y la besa 
en la frente. 

El hueco de la triste ventana abre en el 
muro señorial un cuadro de fatídica luz, luz de 
catafalco, lívida y temblona; algunas mujeres 
rezan, dormitando en un rincón. 

Ya corre, liviana, la brisa del amanecer, 
rizando los árboles, cuando Lecio, que atisba 
la reja de su novia, ve un instante a la mucha- 



156 CONCHA ESPINA 

cha detrás de los vidrios. Empuja la puerta y 
despacio, llama: 

— ¿Sabel? 

Quiere responder ella, rompe en sollozos, 
y el vozarrón de Lecio se suaviza todo lo po- 
sible para suplicar: 

—¡Sabel!... ¡Sabeluca!... No llores, mujer, 
que aquí estoy yo... . 

El acento condolido de la muchacha se une 
a las palabras afanosas del mozo, dejando en 
el aire un jirón de vida sana y fuerte, esperan- 
zada y fecunda, allí, a lo largo del camino, 
donde brotan, húmedas todavía, las sangrien- 
tas flores del odio. 

Y como ya palidece la luz funeral del cuar- 
to de Angeles, delante de la auiora, por de- 
bajo de aquella ventana que parpadea con 
tímido resplandor, como un astrom oribundo, 
desfila por última vez, brava y humilde, la 
ronda de los galanes... 



EL JAYÓN 



ROSA DE ZARZA. — EL «JAYÓN>. — EL DARDO 
DE UNA SOSPECHA.— AMANECER... 

Entreabrió Marcela un poco la ventana, y, 
sin vestirse, apoyándose en el lecho recién 
abandonado, se puso a mirar con obstinación 
a los dos nenes que dormían arropados en 
una escanilla, la humilde cuna montañesa. 
Eran en todo semejantes: robustos, encarna- 
dos, con las cabecitas muy juntas, parecían na- 
cidos a la vez, como esos capullos de las rosas 
fuertes que se abren en dos botones rojos y 
ufanos, bajo un mismo rayo de sol. 

Fuerte rosa de bizarra hermosura, la ma- 



160 CONCHA ESPINA 

drugadora mujer que contempla a los niños 
no trasciende a cultivo selecto de jardín: es 
joven y arrogante, pálida y tranquila, con el 
encanto agreste y puro de una rosa de zarza. 
Su belleza, medio desnuda, se estremece al 
influjo de una sorda inquietud, y, sin embar- 
go, el rostro, impasible y hermético, no delata 
la obscura turbación. 

Con los profundos ojos clavados en la cuna, 
Marcela revive, una vez más, sus incertidum- 
bres, a partir de la reciente noche en que, 
dormida con el nene en los brazos, la despertó 
la voz de su marido. 

—¿No oyes? 

—No... ¿Qué sucede? 

—Escucha... 

—Es un niño c{ue llora a la puerta. 

—¿Un niño que Hora?... ¡Si parece un re- 
cental que plañe! 

—Pues es un nene pequeñín como el 
nuestro. 



RUEGAS DE MARFIL 161 

—¿Un jayón, entonces? 

—Sin duda. 

—Y ¿qué hacemos? 

—Abrir y recogerle hasta la mañana. 

Andrés se levantó, muy presuroso, y la 
moza vio al instante, cómo la obscuridad del 
campo dormido se asomaba al portón abierto 
frente a la alcoba matrimonial. 

Luego el llanto de la abandonada criatura 
resonó, más apremiante y sensible, dentro del 
dormitorio. 

Incorporada y absorta, Marcela recibió 
aquel hallazgo lamentable, y le acercó a la luz. 

—¡Un niño!— murmuró, cuando entre la 
ropa, escasa y pobre, aparecieron las carneci- 
tas nuevas y rosadas. Y fijándose más en el 
semblante, sereno de pronto, encendido y bo- 
balicón, añadió confusa: 

— ¡Si es igual que nuestro Serafín!... ¡Pare- 
cen gemelos! 

—Todos los rapaces de esta edad se pare- 

n 



162 CONCHA ESPINA 

cen— repuso Andrés, con una voz tan desusa- 
da y trémula, que la esposa levantó hacia él 
los ojos llenos de sueño y maravilla, y se que- 
dó mirándole de hito en hito. 

Pero el mozo bajó los suyos grandes y 
tristes, volvió la cara, como buscando alguna 
cosa, y torpemente fué diciendo: 

—Me acostaré en ese otro cuarto para que 
te arregles mejor con cestos huéspedes»; aquí 
te voy a estorbar... 

Quería sonreír y mostraba una prisa tan in- 
quieta por marcharse, que la mujer le detuvo 
pasmada. 

—No entiendo lo que dices; se conoce que 
estoy medio dormida... 

Manifestóse Andrés más impaciente al re- 
petir: 

—Que te dejaré mi sitio libre para tu co- 
modidad. 

— ¿Y qué hago con el crío? 

—Tú quisiste que le abriese la puerta... 



RUECAS DE MARFIL 163 

—¡Claro! No íbamos a dejarle morir sin un 
socorro. 

— Pues ahora «eso> es cosa tuya. 

—¿Cosa mía?... Yo le cobijaré esta noche, y 
al amanecer tú darás parte en el Ayuntamiento 
para que le lleven a la Inclusa. 

—¿Después de haberle metido en casa? 

— ¡Ah!; y este amparo, en trance de muerte, 
¿nos obliga a criarle? 

—Tú verás... 

—¿Cómo que yo veré? ¿Te has vuelto loco? 

Con el piadoso instinto de las madres, 
Marcela había colocado, distraidamente, al 
niño forastero junto al suyo, y el pobre chi- 
quitín se adormecía al dulce calor de la cari- 
dad, mientras la moza, ya bien espabilada, 
sentía el dardo de una sospecha en el corazón 
y musitaba con acerbo propósito: 

— ¡Que le críe la bribona que le echó al 
mundo! 

— ¿Bribona? — interrogó el marido, huraño. 



164 CONCHA ESPINA 

volviéndose desde la puerta—. ¿Qué sabes tú? 

Iba a salir cuando le retuvo otra vez el 
acento alarmado de la joven: 

— ¡Andrés, Andrés; ven acá: no huyas! Tú 
estabas despierto esperando al jayón; tú tienes 
preparadas las respuestas a lo que yo te digo 
sorprendida; tú quieres que guardemos con 
nosotros a este niño, y disculpas a su madre, 
que bien puede ser... 

—¿Quién ibas a decir? 

—Esa... ¡Irene! 

Pálido como un difunto, violento de pron- 
to, avanzó el marido hacia la cama, y Mar- 
cela, después de mirarle fijamente en los ojos 
amenazadores, toda estremecida se echó a 
llorar. 

I Cuando él pudo separar las manos de la 
joven y descubrirle el rostro, ya se mostraba 
sumiso y afable aunque le temblaba mucho 
la voz. 

—No llores, mujer. No sabes lo que dices 



RUECAS DE MARFIL . 165 

ni lo que piensas — murmuró, acariciándole el 
sedoso cabello sobre la frente. 

Ella, confiándose con mayor abandono a la 
repentina zozobra, repuso: 

— Si lo sé: pienso y digo la verdad. Este 
niño es de Irene... Hace tiempo que no sale 
de casa y todo el mundo asegura que su ma- 
dre la esconde...: no puede ser de otra en el 
pueblo. 

—Y aunque así fuese; una moza honrada 
no es extraño que quiera ocultar un desliz. 

—¿Un desliz?... Eso nada me importaría. 

— Pues, ¿qué te importa? 

Hubo un silencio largo y difícil. Andrés, 
sentado en el borde de la cama, parecía haber 
recobrado la serenidad, y al cabo Marcela ex- 
presó con gran timidez: 

— Tú la querías antes de casarnos... ¡Quizá 
la quieras aún!... No se le han conocido *des- 
de entonces» amoríos ni rondador... 

— Y todo eso, ¿qué? 



166 CONCHA ESPINA 

— El niño se parece a ti. 
— ¡Marcela! 

— Es igual que el nuestro... ¡Mírale! 
Intentó descubrir al intruso, pero el marido 

extendió la mano sobre él con un movimiento 
de alarma. 

— [Déjale; se va a despertar!— pronunció 
con angustia, otra vez perdido el aplomo. Y 
luego de callar un instante bajo la mirada in- 
quisitiva y llorosa de su mujer, hizo un es- 
fuerzo para decir: 

—Oye, Marcela... No te negaré que quise 
a Irene; pero te quise a ti más y la dejé por 
ti... Nada tengo que ver con su vida ni con 
su honra, y nada sabía esta noche del jayón. 
Cuando le sentí a la puerta pensé que balita- 
ba un corderín, ¡ya Ves!... Tú dijiste: «Es un 
niño que llora», ¿te acuerdas? 

—Sí hombre, como que eso acaba de pasar, 
¿no he de acordarme?— replicó la muchacha 
con despecho ante aquellas razones pueriles. 



RUECAS DE MARFIL , 167 

Pero él, evitando otras de más fuste, con 
mucha lagotería, siguió hablando. 

— Bastante hemos aguardado al primer 
hijo, si ahora tenemos dos, recogiendo a este 
infeliz, bien los podemos criar. 

—¿Y por qué? ¡dime!— exclamó la moza 
casi airada, secos ya los ojos y resplande- 
cientes en la media obscuridad del aposento. 

Andrés contestó, siempre evasivo: 

— Porque tenemos harta cosecha y lucios 
ganados; porque tú eres caritativa como una 
santa... 

Quería Marcela interrumpirle, y él, puesto 
ya de pie con definitiva resolución, agotadas 
las últimas palabras que se le ocurrían, le dio 
un abrazo y le susurró al oído: 

—¡Porque así te querré más y seremos más 
felices! 

Ya salía de la alcoba dejando a su mujer 
pálida y muda cuando se volvió a ella para 
añadir: 



168 CONCHA ESPINA 

—¡Y no me hables nunca de Irene!... 

Después de unas horas de insomnio y es- 
tupor, vio Marcela clarear las primeras luces 
del amanecer y oyó, como de costumbre, sa- 
lir a su marido con el ganado por la cambera 
arriba, camino del ánsar. 

En la torre de la parroquia sonaron unas 
campanadas tranquilas, y al blando tañer res- 
pondieron en los corrales la fanfarria de los 
gallos y el repique de las abarcas; en los ni- 
dos, el revuelo de las plumas; en el aire, los 
rumores de la fronda; la vida tornaba, áspera 
y fuerte, a posarse en la aldea, como si en la 
escanilla de Serafín no durmiese con él un 
niño extraño, y Marcela no velase aquel mis- 
terio transida de inquietud... 



II 



EL ALTAR, LA FUENTE Y LA LUNA. — LA SOMBRA 
DE UNA MUJER. — LA SEÑAL DE LA CRUZ. 



No ha pasado todavía un mes y ya el sue- 
ño del intruso en aquella cuna tiene los ca- 
racteres de una cosa normal. Ya en el pueblo 
no se habla del último jayón, el niño ha- 
llado en la reciente noche a la puerta hospi- 
talaria de Andrés. Aunque recayeron sobre 
Irene las sospechas de aquel abandono, al- 
guien dijo que la moza estaba sirviendo en 
Santander, libre de calumnias, y que al nene 
«le habían corrido> hasta Rianzar, desde un 
pueblo cercano. Ello fué que los chismes y los 



170 CONCHA ESPINA 

rumores quedaron rezagados en el fondo de 
las conciencias, sometidos bajo la reservada 
actitud del matrimonio bienhechor. Tampoco 
era nuevo el caso de recoger a una criatura 
desvalida en aquellos hogares montañeses, y 
reconocido Andrés como el más acomodado 
labrantín de los contornos, se explicaba me- 
jor el hallazgo en los umbrales de su casa, 
donde, por añadidura, había una mujer fuerte 
y animosa que aguardó con ansiedad el fruto 
de sus amores durante cinco años, peregrina 
de los altares milagrosos y de las fuentes que 
proporcionan el don de la fecundidad... Sin 
duda, la madre del jayón había encontrado 
alguna vez a Marcela delante de la Virgen de 
la Esperanza, en súplica ferviente, con un ci- 
rio en la mano y lína pena en los ojos; acaso 
la sorprendió una noche cabe la fontanuca 
del argomal, bebiendo ansiosa, bajo el pleni- 
lunio, el agua llena de la apetecida virtud... 
La moza devana conjeturas y suposiciones 



I 



HUECAS DE MARFIL 171 

queriendo convencerse de que el amparo al 
nene desconocido es para ella un providen- 
cial tributo de agradecimiento a Dios, un in- 
terés que paga a la inmensa ventura de ser 
madre. Se muestra a ratos optimista y sonríe 
al intruso con bondad, casi con gratitud; ha 
llegado a posarle los labios en la frente y 
por supuesto, le cuida como al suyo, cumpli- 
dora leal de un deber que tácitamente aceptó 
y que ya no discute, porque, cuando mira al 
niño como ahora, estremecida y turbada, 
piensa: <Aunque sea hijo de Andrés, me con- 
viene guardarle para que la afición que le 
tome no vaya lejos de mí; para que la otra no 
<le tire:> y me viva obligado.» 

La otra es una mujer de quien siempre 
Marcela tuvo celos, aunque no se lo confesa- 
ra a sí misma y no hubiese motivo para tanto. 

Ni hermosa ni liviana, Irene es hembra 
poco temible como rival, y, sin embargo, sus 
ojos grandes, verdes y húmedos, tienen una 



172 CONCHA ESPINA 

rara hondura de aguas misteriosas que pro- 
duce inquietud y sugestión. 

Cuando Marcela ha visto a su hombre dis- 
traído y perezoso, con la mirada ausente y el 
suspiro en la boca, ha deseado más que nun- 
ca la llegada de un hijo, y ha pensado con 
inexplicable augurio en las hondas pupilas de 
Irene, llenas de encanto y de secreto... Ella 
fué la primera novia de Andrés, y desde que 
él la dejó para casarse con una forastera, allí 
al lado vive retraída y solitaria; marchitándo- 
se sin amor, con los profundos ojos abiertos 
sobre cada reciente hogar... Si Andrés !a 
nombra, le parece a Marcela que revive en los 
labios del mozo una ternura ungida de remor- 
dimientos; si la habla, imagina que todo él 
se hunde, enamorado, en el abismo de los 
ojos verdes; pero ni la habla ni la nombra 
a menudo, y hasta se podría suponer que 
la huye. 
No obstante, la celosa recuerda una vez 



RUECAS DE MARFIL 173 

más en esta mañanita de Abril, algunas pér- 
fidas insinuaciones de los vecinos, supone 
que Irene está en su casa escondida, y con- 
templa al jayón impuesto en el hogar por 
Andrés. 

— ¡Es suyo, es suyo, es «de ellos»!— mur- 
mura, con el rostro impasible y el alma zozo- 
brante. 

Permanece desnuda y absorta junto a la es- 
canilla hasta que siente frío y la hiere en la 
cara un rayo de sol. Ya es hora de vestirse y 
trabajar. Antes de hacerlo, tiende, serena, la 
mano hacia los pequeñuelos dormidos, y les 
signa en el aire con una cruz. 



i 



I 



III 



VOCES DE LA TIERRA.— HISTORIA DE UN AMOR. 

EL MAL DEL PAÍS. — LA PÁLIDA VENTURA.— 

NUEVA ESPERANZA 



La luz vernal se duerme en el paisaje con 
amorosa dulzura. Por el bravio espinazo del 
monte baja a la aldea un hálito caliente, satu- 
rado de perfumes libres; flota en la brisa el 
rumor de las alas y el calor de los nidos; están 
frondosos los bosques, reverdecidas las pra- 
deras y los huertos en flor. 

A lo largo del angosto valle recibe la tierra 
en su moreno vientre la rubia semilla del 
maíz, y corre el Saja espumoso, crecido con 



176 CONCHA ESPINA 

la nieve de los puertos, cantando el vasallaje 
de las fuentes que se le entregan enamoradas, 
al nacer: toda la Naturaleza en celo palpita, 
escucha y aguarda, trémula de pasión. 

Marcela también padece la divina ansiedad 
de las horas primaverales y vive en un atisbo 
celoso, ignorando lo que aguarda, escuchan- 
do impaciente los rumores del campo, los 
pulsos de la tierra, las ráfagas del viento. 
Mientras su marido trabaja en la mies, ella 
cose en el abierto portal, vigilando la cuna, 
suspirando con frecuencia. Su pensamiento, 
que desfallece sometido a la embriaguez del 
día, busca al amado y quiere penetrarle, saber 
lo que piensa y discurre, averiguar por qué 
lleva la frente siempre tajada con una honda 
arruga. 

Andrés ha sido el primer amor de Marcela; 
el único. Bravia como el monte, ardiente como 
el sol, quiso al mozo con vehemencia ruda y 
fiel, desde que le miró a los ojos tristes y pen- 



RUECAS DE MARFIL 177 

sativos, le vio sonreír con melancolía silen- 
ciosa y le escuchó la voz ferviente/ impregna- 
da en oculta pesadumbre. 

No había razón para que fuese aquel hom- 
bre taciturno. Tenía a los veintiocho años 
algo de hacienda propia, excelente salud, bue- 
na figura y avisada inteligencia. Las mozas se 
perecían por él, los vecinos le concedían en 
todo una envidiable superioridad y gozaba 
justo renombre de valiente y honrado. 

Pero era un descontento de la vida, un es- 
píritu ansioso,. tocado del mal del país, herido 
por la bruma de Septentrión. A pesar de su 
escasa cultura, sentía desmesuradas aficiones 
por libros y periódicos, y hasta se dijo que, a 
hurtadillas, escribía romances. Toda la poesía 
triste y honda del campo montañés se le ha- 
bía metido en el corazón, y le envolvía los 
deseos en una niebla de llanto sin lágrimas: 
así las altas inquietudes sentimentales descen- 
dían sobre aquel ánima silvestre como un tor- 

il2 



178 CONCHA ESPINA 

mentó obscuro, nunca roto por el divino ha- 
llazgo de lo sobrenatural. 

Cuando Andrés conoció a Marcela en una 
romería comarcana, quedóse deslumbrado 
como si por primera vez le bañase, rútilo y 
potente, el sol. 

Era otoño. Comenzaban a morirse las ra- 
mas en el bosque y a tenderse las nubes som- 
brías por el cielo. Ya remansaba el crepúscu- 
lo en el campo de la fiesta y aun sobre la se- 
roja descolorida bailaba incansable la mo- 
cedad. 

Del bullicioso grupo se apartó una mucha- 
cha que cruzó la romería para ir a sentarse en 
el tronco seco de un nogal, acaso con la úni- 
ca intención de que la viese Andrés. 

Al pasar junto al joven le soslayó una mira- 
da y una sonrisa, diciendo muy gentilmente: 

—Buenas tardes. 

— Santas y buenas— repuso el galán, atur- 
dido por la hermosa aparición que, en la 



RUECAS DE MARFIL 179 

blancura del traje y de la cara, parecía reco- 
ger del espacio toda la luz. Y siguió atónito 
los pasos de la moza, se sentó al lado suyo, 
olvidó a Irene con quien se iba a casar... 

Tenía Marcela aventajada la estatura, ga- 
llardo el busto, clara la tez. Llevaba luto en 
los cabellos y los ojos; en los labios carmín; 
en la risa y el alma, juventud. Su hechizo 
irradiaba una fuerza tan llena de vida y de 
gozo, que Andrés, amando a la joven, tuvo 
por cierta la felicidad y vislumbró la serena 
alegría de los espíritus apacibles, de los cora- 
zones abiertos y puros. 

Sin dificultades llegó la boda, y desde la 
aldea montaraz, colgada como un nido en el 
bravo alcor, fuese la esposa con su dicha al 
valle, allí donde, muy cerca, la olvidada Irene 
escondía su humillación como un delito. 

Andrés parecía curado de sus antiguos ma- 
les y un aura de ilusión le alzaba la frente, le 
convertía en comunicativo y risueño. Sólo al 



180 CONCHA ESPINA 

hallar a su primera novia, o cuando le habla- 
ban de ella, volvían las melancólicas nubes a 
circundarle, como si la pobre abandonada 
fuese todavía un lazo que le atase a las medi- 
taciones tristes. 

Pasaron los meses y comenzó a palidecer la 
luz de la ventura nueva. El matrimonio se 
impacientaba esperando un hijo, y aquella 
privación constituía para la esposa un grave 
quebranto porque la relacionaba con el duelo 
de los ojos de Andrés, la bruma ausente que 
de nuevo envolvía al amado poco a poco. En- 
tonces peregrinó Marcela, devota y creyente, 
a los pies de la Virgen de la Esperanza, y fué 
a beber, supersticiosa y simple, en la fontanu- 
ca del argomal bajo^ la plena luna. Al cabo 
el deseo tuvo realidad: el agua saludable y la 
religiosa oración florecieron juntas en una 
misma candida fe, y Marcela, enajenada de 
gozo, sintió que un amor nuevo y sublime 
emergía, igual que una fragancia, de su carne 



RUECAS DE MARFIL. 181 

joven, como si en su corazón se abrieran las 
hojas de un capullo. Pero no se aclaraban las 
nubes en la frente de Andrés y la esposa, con 
la aguda perspicacia de los enamorados, ad- 
vertía los esfuerzos de su marido para com- 
partir las ilusiones de ella y recibir al hijo 
como una bendición. Entre alternativas de zo- 
zobra y ventura, la imagen tímida de Irene 
rondó a Marcela como una sombra pálida y 
tenaz; oyó alusiones mortificantes respecto al 
único amor de la muchacha, la vio desapare- 
cer del pueblo, oculta o ausente, y sintió cer- 
ca de sí, más lejana que nunca, la sombría 
presencia de Andrés. Al fin el hijo la colmó 
de goceS; tan inefables y sutiles, que olvidó 
todas las incertidumbres hasta la noche del 
misterioso hallazgo, hasta que tuvo que alber- 
gar 2i\ jayón en la cuna de Serafín... 

Tanto se asemejan los dos nenes, que sólo 
la madre distingue al suyo del pobre desco- 
nocido, a quien han puesto por nombre Jesús. 



182 CONCHA ESPINA 

Por SU parte Andrés procura no compararlos, 
apenas los acaricia tímidamente, y repite a 
menudo, con terca obstinación, que en esta 
edad todos los niños son iguales. 

Como ya apremia el trabajo de la sembra- 
dura y aun no están majados en algunas tie- 
rras los cavones, el mozo se detiene poco en 
su casa. Vive campo afuera casi todo el día, se 
acuesta rendido y madruga mucho, pero en 
el breve trato con su mujer muéstrase cariño- 
so con una cordialidad llena de matices raros, 
de tímidos aspectos en que Marcela cree des- 
cubrir los resquemores de la culpa y los aro- 
mas de la gratitud. Le parece a ella que su 
marido la mira de otro modo, la reconoce más 
virtudes y la estima con mayor reverencia. 
Y aunque esta nove'dad significaría la tácita 
confesión de cuanto la esposa teme, pudiera 
ser, al mismo tiempo, señal de la gran ventu- 
ra, renacer de la pasión juvenil que a los dos 
les hizo tan felices. Generosa y enamorada, 



RUECAS DE MARFIL 183 

ella se apresura a perdonar y sufrir, para me- 
recer, y no arriesga una sola palabra impru- 
dente, ni un gesto, ni un reproche que nublen 
aquella perseguida ilusión. 



IV 



EL ESTIGMA. — LA SENTENCIA DEL INOCENTE^ 
¡NADIE LO sabrá! 

Xosiendo y soñando, en esta hermosa ma- 
ñana de Abril, oye Marcela que llora un niño, 
el suyo sin duda, que es de los dos el que 
llora más. Corre a buscarle y piensa con or- 
gullo que le tendrá despierto en los brazos 
cuando al mediodía regrese Andrés. Pero el 
chiquillo, después de mamar gime aún, con 
tal desasosiego, que la madre le desnuda para 
consolarle, volviéndole a vestir la ropita fres- 
ca, olorosa a flores y a sol. 

Ya le mece, libre de los pañales, en el re- 
gazo, y se engríe con su robustez. 



186 CONCHA ESPINA 

—Es más fuerte que <el otro >— murmura, 
contemplándole a plena luz, bajo el aire tibio 
y dulce del meridiano. 

De súbito, los dedos ágiles y acariciadores 
se detienen con inquietud sobre el pecho 
ancho y saliente del niño, allí, encima del co- 
razón, y se agitan después envolviendo el tallo 
dorsal de la criatura. Algo extraño y mons- 
truoso le parece a Marcela descubrir donde 
creyó hallar fortaleza y reciedumbre. 

Acude presurosa a desnudar al otro nene, 
y, encima de la cama, los coteja, los mide, los 
junta en una exploración llena de perplejida- 
des y terrores: así la sorprende Andrés que no 
repara en el mudo trastorno de la madre ni 
se aproxima demasiado a los chiquitines. 

Largo día de zozobras crueles, y negra 
noche de insomnio, inspiran a la muchacha 
una resolución pronta y enérgica. Quiere salir 
de la duda insoportable, saber si su hijo es 
contrahecho o si ella delira de pasión y ternu- 



RUECAS DE MARFIL 187 

ra maternal. Envolviendo tales incertidum- 
bres, cierto obscuro propósito entenebrece el 
alma de Marcela y la obliga ciegamente al 
disimulo. 

Cuando llega eí médico, llamado como por 
casualidad, la joven descubre a Serafín, y pro- 
nuncia, con acento en que tiembla muy oculto 
el terror: 

— Mire; está muy hermoso, ancho y grueso, 
pbro llora mucho, parece que se queja... y, 
como usted pasaba por ahí, me dije: pues que 
haga el favor de verle don Mauricio. 

Don Mauricio, con las gafas sostenidas en 
la punta de la nariz, se inclina sobre el nene 
mirándole despacio, le registra con los sabios 
dedos el pecho y las espaldas, y mueve al fin 
la cabeza en un signo lamentable. 

Marcela le devora con los ojos. 

Antes de dar su parecer el médico pre- 
gunta: 

—Este niño, ¿es el tuyo? 



188 CONCHA ESPINA 

Y rápida, con acento sombrío, pero firme, 
responde la moza: 

— Este es el jayón. 

—Ya me lo figuraba. Porque tú y Andrés 
sois robustos y normales y este pobre es ra- 
quítico: tiene una curvadura angulosa en la | 
columna vertebral, lo que llamamos vulgar- 
mente giba. 

Con la voz empañada y brusca insiste la 
madre: 

—¿De modo que es jorobado? 

—Eso mismo. 

— ¿Y no lleva remedio? 

El doctor se encoge de hombros. 

— Ninguno — dice — . Le pondríamos un 
aparato, le mortificaríamos, y el chico no se 
enderezaría. Su lesión es innata, producida 
acaso por herencia, acaso por un golpe que 
sufrió la madre, por una presión nociva du- 
rante el embarazo clandestino... ¡Vete a saber! 

Como nada repone la moza mientras en- 



RUECAS DS MARFIL. 189 

vuelve a la criatura, don Mauricio sigue ha- 
blando de escoliosis osíeopáíica y otras enfer- 
medades relacionadas con la de Serafín, el 
niño desgraciado que desde ahora se llamará 
Jesús. 

Diríase que el inocente escucha la inexo- 
rable sentencia de su desdicha; de tal manera 
gime hasta que la madre, muda y febril, des- 
abrocha el corpino y le ofrece el seno, blanco 
y duro, generoso. 

El buen doctor, algo mocero, a pesar de sus 
años, y hombre sentimental, se admira tanto 
de la hermosura de la joven como de su im- 
pulso caritativo, y alude: 

— ¡Ah!, pero ¿le crias tú? 

Ella, turbada en este instante por primera 
vez, murmura: 

—Un poco... 

— Ha caído el rapaz en buenas manos: más 
vale así. Vaya, hija, ¡que sigas tan guapetona 
y de tan noble condición! 



190 CONCHA ESPINA 

Marcela despide a don Mauricio muy ama- 
ble, y la blancura de los dientes, al querer 
sonreir, le enfría la púrpura de los labios con 
una extraña claridad. 

Cuando se queda sola acuesta al nene que 
se ha dormido y sale al portal huyendo frené- 
tica de la cuna. Lleva en el alma un duelo in- 
decible y en la conciencia una nube cruel. 
No: nadie sabrá nunca que su hijo, el soñado, 
el conseguido a fuerza de oraciones y lágri- 
mas, el fruto de un amor impetuoso, de un 
seno firme y joven, es una criatura miserable, 
un ser enteco y ruin: ¡nadie lo sabrá! Allí está 
el jayón para sustituirle y el orgullo de la 
madre para envolver eñ silencio sacrativo 
aquel trueque fatal. 

Marcela, inmóvil, helada bajo la lumbre 
fulgurante del sol, clava sus morenos ojos en 
la tierra donde ha puesto una mancha fugitiva 
el vuelo manso de una paloma. Al otro lado 
del corral se remece el huerto con blandura... 



LA RUEDA DEL TIEMPO.— FRATERNIDAD. — LA 

CONCIENCIA Y EL CORAZÓN. — LOS OJOS VERDES. 

VIDAS INFELICES 



Han pasado muchos días, lentos y monóto- 
nos, sobre la aldea montaraz. Serafín y Jesús 
tienen ya once años y forman un rudo contras- 
te de lozanía y endeblez. El que pasa por hijo 
de Marcela es un chicazo alegre y rubio, con 
la cara redonda como la luna y los ojos verdes 
como las olas, unos ojos que el padre mira 
siempre con singular fascinación. El otro es 
un ser enfermizo y contrahecho, una pobre 
criatura de mirada quieta y sonrisa tarda. 



192 CONCHA ESPINA 

Entre los dos media, con las afinidades del 
común hogar, el lazo firme de un cariño devo- 
to que es en Jesús admiración y vasallaje y en 
Serafín misericordia y amparo. Delante de él 
ningún rapaz se burla del niño giboso, ningu- 
no le molesta ni le persigue: hermanos se 
llaman y por hermanos les tienen en el pue- 
blo, donde ya nadie duda la procedencia de 
Jesús. La misma Irene acostumbra a besarle 
cuando le encuentra solo, y a mirarle siempre 
con un ansia muy triste, con una compasión 
muydolorosa. 

Ya la antigua novia de Andrés perdió ios 
últimos encantos de la enamorada juventud. 
Sola en el mundo desde que murió su madre, 
pugna en la vida sin apoyo ni afecto que la 
sostenga y conforte. Trabaja y sufre entregada 
al destino con una obscura conformidad acaso 
encruelecida por la desesperación. Bárbaros 
empujones de su lucha solitaria la han puesto 
algunas veces delante de Marcela, en solicitud 



RUECAS DE MARFIL 193 

de un jornal, de un préstamo, de un pequeño 
favor. Y la esposa de Andrés la ha recibido 
afable y complaciente, transida por una an- 
gustia semejante a los remordimientos. 

Tampoco Marcela parece la misma de an- 
taño. Aunque en su posición de labradora 
acomodada no ha conocido los rigores de la 
necesidad, vive cavilosa y suspirante, con la 
mirada siempre fugitiva, escuchando imagina- 
rias voces al través de las horas mudas. De su 
fuerte belleza le queda todavía una arrogan- 
cia en el porte y un hechizo en el semblante, 
pero sólo como un recuerdo que alumbra la 
ruina de aquella briosa mocedad. Desde que 
suplantó los niños con repentina y firme deci- 
sión, en impune secreto, en vano busca su 
conciencia los vestigios de una esperanza, el 
corazón, incapaz de mentir, la avisa de su de- 
lito a cada instante. Al peso de su culpa ve la 
vida llena de sombras y siente los castigos 
caer a su alrededor bajo la pupila negra del 

1^ 



1Q4 CONCHA ESPINA 

misterio. Andrés quiere a Jesús mucho más 
que a Serafín, le quiere con una piedad vio- 
lenta, irresistible, en la cual piensa la celosa 
que descubre redivivo el amor hacia Irene, ya 
que el padre ama en la criatura triste al hijo 
de aquella mujer, mientras que al heredero le 
luce con orgullo pueril porque es bizarro y 
saludable, pero le mima y educa sin meterle 
en el alma, con un desvelo frío. Es verdad que 
a menudo se estremece mirándole; le acerca 
a sí, rápido y brusco, le aprisiona en los 
brazos, y se hunde, aturdido, en el abismo in- 
saciable de los ojos verdes: ¡los ojos de «la 
otra!> 

—¿Qué busca en esa mirada?— se pregunta 
Marcela con locaincertidumbre. Y para mayor 
tortura, su rival le inspira más lástima que 
celos. No es a ella a quien Andrés persigue a 
tientas, en los ojos del hijo sano y en la des- 
dicha del hijo doliente: es al amor fugitivo, al 
imposible, al enigma. La intuición se lo dice a 



RUECAS DE MARFIL 195 

la enamorada en forma obscura pero cierta, 
y sufre ahora por el cruel abandono de Irene 
con el doble estímulo del arrepentimiento y 
la compasión. Andrés y Serafín debieran ser 
para la desvalida amor y gozo. Marcela se 
siente culpable de habérselos arrebatado y 
padece con el atroz pensamiento de ser una 
ladrona: el hombre que ella tiene por suyo 
estaba destinado a Irene, y el niflo que la 
llama madre nació de las entrañas de aquella 
misma infeliz, a la cual no le queda ni el le- 
jano consuelo.de haber alumbrado una criatu- 
ra bella y dichosa: porque mira en Jesús la 
prueba de su deshonor, el castigo de una hora 
de embriaguez. 

Y el nene cativo, el inocente condenado a 
no tener nombre ni madre, oye que le llaman 
jayón, sabe que vive de la caridad, y sufre en 
humilde silencio, mientras la que le dio a la 
luz del mundo calla y sufre también, con más 
angustia todavía, y esconde como pecados 



196 CONCHA ESPINA 

vergonzosos los impulsos y los gritos de la 
sangre. 

Mil veces Marcela siente la tentación de 
romper el secreto y confesar su culpa cuando 
el niño gime atormentado por el doble infor- 
tunio. Mil veces la culpable arrastra como un 
grillete su delito ante los ojos tétricos de 
Jesús y la mirada atónita de Andrés. En la 
conciencia turbia de la esposa, riñen ardiente 
y ferocísima batalla los celos, el orgullo, la 
vanidad de la hembra, pugnando siempre por 
sofocar el puro y callado instinto de la madre. 
Comprende la triste, con un espantoso desga- 
rramiento del corazón, que si mantuvo el do- 
minio de su hogar egoísta, si logró reducir al 
hombre amado y alzar la bandera de un co- 
barde y engañoso triunfo, todo ello fué a 
costa de su propio hijo. Llena de amargura y 
de horror, de envidias y despechos indeci- 
bles, de pesadumbres roedoras, quiere com- 
pensarle a fuerzas de caricias y llantos, con 



RUECAS DE MARFIL 197 

una ternura desvelada y enferma que la con- 
sume poco a poco. De tal suerte le cuida y le 
llora, como pidiéndole perdón, tanto le en- 
vuelve y le regala entre solicitudes y fervores, 
que el marido la contempla con asombro más 
reverente y dulce cada día, más empapado en 
amorosa gratitud. 

A los ojos de Andrés la abnegación • de 
Marcela crece hasta fundirse con la santidad. 
Creyendo, como todos, que ella conoce el ori- 
gen del intruso, ve sin embargo cómo a los 
dos niños los confunde en una misma gracia 
maternal, aun más fina, más honda y vehe- 
mente junto al desgraciado. Y no sabe el 
padre cómo bendecir el tributo de amor que 
recibe, de esta manera tácita y peregrina: 
rendido, confuso, rodea a su mujer de tiernos 
homenajes que la entristecen cada vez más, 
porque no acierta a conformarse con tan gra- 
tuita admiración. 



198 CONCHA ESPINA 

Así en el drama sordo de estas vidas infeli- 
ces sólo triunfa el supuesto Serafín, engañado 
por la suerte, mecido por una dicha men- 
tirosa... 



VI 



LAS FLORES DE LA NIEVE.— DICEN LOS PASTO- 
RES...— A LA LUZ DE UN RELÁMPAGO 



El cielo decembrino, bajo y turbio, se ente- 
nebrece con ráfagas siniestras. Gime el bos- 
que, desnudo por el huracán, baja de la mon- 
taña un helado soplo, y en la vacía soledad del 
espacio vuelan copos de nieve, palpitantes 
como mariposas. 

Tendido en el tajo de la hoz el pueblo de 
Rianzar yace medroso, y en lo profundo del 
estrecho valle muge el río por la honda va- 
guada, desatado en espumas grises, ensan- 
chando la ronca orilla por fragas y juncales 



200 CONCHA ESPINA 

borrando los azutes del ánsar y los saetines 
del molino. 

Al mediodía se hacen más espesas las flores 
de la nevada, rimbomba el trueno y el aire ad- 
quiere un gemido áspero y terrible. 

Marcela aguarda el regreso de Andrés y de 
los niños. De víspera subieron al «invernal* 
de Bustarredondo por el gusto de dormir en 
la mullida cabana, beber la leche espumosa, 
recontar los ganados y gozar de los bravios 
paisajes. Quedaron en volver a la mañana 
siguiente y Marcela atisba los senderos, llena 
de incertidumbre, pensando si el temporal les 
habría sorprendido ya en la ruta borrosa del 
monte. 

Medra la tarde, cunde la nieve, se rasan las 
veredas, y todos los confines cobran una mis- 
ma blancura de sudario. 

Unos pastores que bajaron al anochecer^ 
huyendo trabajosamente de la nevasca, di- 
cen cómo al pasar por soto de la Cruz creye- 



RUECAS DE MARFIL 201 

ron oir unos gritos que pedían socorro. No lo 
pudieron comprobar y se inclinan a suponer 
que las voces lamentables fueron una ilusión: 
el <invernal>, medio arruinado en aquel sitio, 
gemía, sin duda, al acabar de hundirse bajo 
los atambores de la tormenta. 

Pero la esposa de Andrés acoge este rumor 
con invencible espanto. Va y viene por el pue- 
blo presa de angustia desesperada, y no sosie- 
ga aunque los vecinos de más fuste le dicen 
que el soto de la Cruz no está en la ruta de 
Bustarredondo-, y que si Andrés se hubiese 
expuesto con los rapaces en el monte no per- 
dería el rumbo por tan lejano camino. 

Marcela nada escucha. Torna a su casa opri- 
mida por aciago presentimiento, y se duele de 
él sola, en una soledad insoportable, bajo los 
frémitos de la ventisca y la claridad helada de 
la noche. No quiere encender luz, imaginan- 
do, cavilosa, que rostro al campo yerto, está 
más cerca de los ausentes, y abre de par en 



202 CONCHA ESPINA 

par la ventana sobre el valle alumbrado por 
una ceniza luminosa, embebido en la nieve. 
Siguen sonando las nubes con rugido pavoro- 
so; la indómita curva de la sierra se yergue 
amortajada en el paisaje, y abajo, en la honda 
línea de la hoz, tiene la frescura del agua cla- 
mores turbios y agoreros. 

De pronto ve Marcela pasar una sombra por 
la linde blanca del camino, una sombra muda 
que ella conoce mucho, y sale a recibirla con 
el irrefrenable deseo de apoyar el desploma- 
do corazón en otro que sufra igual martirio. 

Entra Irene en el abierto portal, y con tapa- 
da voz pregunta: 

— ¿Han vuelto? 

-¡No!... 

La trágica lumbre de un relámpago ilumi- 
na a las dos madres y las acerca en instintivo 
impulso de terror. Se tienden las manos mi- 
rándose con ahinco a los ojos, y se sientan ca- 
lladas, a esperar. 



1 



» 



RUECAS DE MARFIL 203 

En la torre de la parroquia plañe una cam- 
pana gemebunda; cae más menudo y fino el 
polvo de la nieve; se desgarra una pálida 
nube y dos estrellas se miran en el cielo, tem- 
blorosas... 



I 



VII 



RÁFAGAS DE TEMPESTAD. — LA SELVA MUDA. 
EL CANTAR DEL AGUA. — LA HUÍDA.— EL GRITO 

CELTA. 

De amanecida, rota apenas la mañana, An- 
drés vio la espesura de las nubes y sintió el 
frío precursor de la nieve. Un silencio desnu- 
do bajaba del medroso celaje y un hálito de 
hielo corría por las llecas y el mantillo, como 
si tiritase el monte. 

Ya el pastor dispersaba el rebaño, y la le- 
che fresca rezumaba en las zapitas, acerca de 
la borona rubia, cuando Andrés despertó a 
los niños ponderándoles la necesidad de vol- 



206 CONCHA ESPINA 

ver al pueblo sin que reventase el nublado. 

Hizo Serafín los honores del sabroso des- 
ayuno mientras Jesús lo probaba con esfuerza 
y el padre creía descubrir señales dolorosas 
en el trasojado rostro del enfermito. Tenía el 
pobre maceradas las ojeras, ardientes las ma- 
nos, caídos los miembros, apagada como nun- 
ca la expresión de las pupilas. Buscándole a 
él refrigerios y tónicos, por consejo de Don 
Mauricio, subían a menudo al «invernal», pero 
aquel día no les acompañaba la suerte, a juz- 
gar por el cariz del tiempo y el talante de 
la criatura. Para que no se cansara mucho, to- 
maron el camino lentamente, escuchando las 
voces de la soledad, mirando al cielo con in- 
quietud. 

Muda estaba la' selva como si no hubiese 
aire para un rumor; quietos los zarzales y las 
argomas, todo silente el horizonte gris. 

Cuando ya llevaba Jesús jadeante el cora- 
zón, galoparon las nubes sobre el viento y 



RUECAS DE MARFIL 207 

una lluvia sesga y helada comenzó a caer. 
Llegaban entonces el álveo del río más cauda- 
loso del país, donde el niño Saja nace y sollo- 
za como un chortal, ablandando con su fres- 
cura la aspereza montes. Y quedaron envuel- 
tos en los sones del agua, empapados en la fría 
canción, mecidos por la tormenta que, al cre- 
cer, convertía la lluvia en nieve y el viento en 
huracán. 

Una repentina virazón de los aires empujó 
las nubes hacia el Norte con ímpetu furioso, 
congelando los cierzos, tapando las veredas^ 
dificultando el camino, en tal forma, que 
Andrés tuvo que cargar a Jesús en los hom- 
bros y tirar de Serafín, animándole con rue- 
gos y promesas. 

Decidieron volverse a la cabana, más pró- 
xima que el valle, y tornaron otra vez monte 
arriba, en recia lucha con el temporal, ateri- 
dos, alcanzados por la torva angustia del 
miedo. 



208 CONCHA ESPINA 

Una hora tremenda llevaban de huida cuan- 
do comenzaron a sentirse perdidos, no viendo, 
aún en torno suyo, las señales del amigo te- 
chado: ni la cambera firme entre los setos, ni 
la braña sativa, ni el ramblizo siempre susu« 
rrante, ni los pobos cercanos al pastoril 
hogar. 

Aunque la nieve confundía lindazos y con- 
fines, hubiesen conocido bajo la cruel blan- 
cura el huello de las parcelas propias, y hu- 
biesen oído, al través de la borrasca, las es- 
quilas del ganado. Pero no; la ruta, difícil y 
agreste, padecía el azote de los elementos sin 
decir nada a la memoria de los caminantes: ¡ni 
un signo amistoso en derredor, ni un toque 
suave de aljaraz! 

Todo era esquivo y nuevo en la calzada se- 
rraniega a cuyos bordes el eriazo mostraba un 
bravio semblante: se adivinaban los abietes 
hostiles, la guájara rebelde, la espesura mazo- 
rral sin tresna alguna de cultivo. Un bosque 



RUECAS DE MARFIL 209 

de salvajes enebros erguía las yertas ramas con 
pavura como si levantase los brazos hacia 
Dios: la nube, cada vez más negra y más baja, 
se abría en lampos de fuego y horrísonos 
clamores. 

Agobiado por los niños, uno a cuestas, otro 
de la mano, quiere Andrés huir de aquellos 
trágicos lugares, buscar un asabiadero con la 
esperanza de que, por lo repentino y brusco, 
tuviese el temporal poca duración. Seguro ya 
de haberse extraviado, rendido con el peso de 
Jesús, avizora ansioso el horizonte y tranqui- 
liza apenas a los zagales, llenos de terror. 

Ya Serafín se queja a gritos de no poder an- 
dar. Cayendo a cada paso, lloroso y geme- 
bundo, interrumpe la fatigosa marcha del pa- 
dre, y tiene aquella fuga una expresión incle- 
mente de fatalidad, un siniestro perfil humano 
sobre la candidez terrible del camino. 

No saben cuánto tiempo luchan y desfalle- 
cen sin rumbo ni reposo, cuando en una tre- 

14 



210 CONCHA ESPINA 

gua de la ventisca descubren el cobijo de una 
cabana, y al tocar sus ansiados umbrales re- 
conocen el «invernad del soto de la Cruz, 
abandonado por ruinoso y abierto a las tor- 
mentas, pero aun asi providente y bienhechor 
para los tristes errabundos. 

Yacen allí más que descansan, transidos, 
inertes, sin conciencia de la vida, hasta que 
Andrés logra recobrar los bríos y darse cuen- 
ta de su responsabilidad. Entonces mira con 
espanto a Jesús que parece un difunto; le toca 
y está ardiendo, le mueve y está dormido, con 
un sueño soporoso y letal. 

La más desesperada compasión entenebre- 
ce al hombre delante de aquel ser que le debe 
una existencia tan ruin, una infancia meneste- 
rosa y comalida, sembrada de pesares, llena 
de humillaciones y amarguras. Piensa que, al 
cabo, el hijo se le muere allí, a las inclemencias 
del cielo, sin que nadie le cuide ni le ampare, 
abandonado a la más dura suerte. Y reflexio- 



RUECAS DE MARFIL 211 

na en lo inútiles que han sido aquella lástima 
y aquel remordimiento que en una noche 
inolvidable abrieron al jayón la puerta de un 
hogar... 

No sabe cómo servir al niño, da vueltas 
igual que un loco, por la achacosa cabana, 
buscando en cada ostugo la vislumbre de una 
ayuda que está muy lejos de parecer. Si el 
vendaval empujó por allí algún sobrante de 
la escamonda, los gajos secos del espino cer- 
val o del residuo del rozo, la nieve y el agua 
lo han mojado colándose por las hendiduras, 
boquetes y algeroces. Y el mezquino acervo 
que Andrés reúne con avaricia, tratando de 
encenderle para secar la ropa y mitigar el frío, 
se resiste entre ásperas quejumbres y bocana- 
das de humo. 

Serafín duerme cansado de llorar. Jesús se 
lamenta sin abrir los ojos, con silbidos en el 
pecho deforme y temblores en las manos in- 
quietas. Cruje el endeble techado; gime el 



212 CONCHA ESPINA 

viento, cada vez más rendido; nace la noche 
en el fondo de la hoz. 

La nieve ha dejado de caer en torvas y ro- 
dar en aludes; se desmenuza ahora en copos 
muy tenues, con atalaje de hada, y sus vedi- 
jas sutiles se confunden en la pálida tiniebla, 
bajo la agonía de la luz. 

De pronto unas voces lejanas llegan a los 
oídos vigilantes de Andrés. Se yergue el des- 
graciado con toda la atención despierta y sa- 
cudida, y vuelve a oir, remoto, un son de re- 
linchada, el ijüjú celta que perdura entre los 
mozos cántabros. Quizá pastores o serrojaneSf 
que huyen a la llanura, cantan para espantar 
el miedo, con alarde infantil. 

Andrés, brusco.y esperanzado, responde al 
bárbaro cantar con angustiosos gritos, y quie- 
re correr hacia las voces peregrinas, pero los 
zagales, espabilados de repente, no le dejan 
salir. Un terror inmenso les aturde ante la 
nueva actitud de fuga que el padre inicia, aho- 



RUECAS DE MARJi'lL 213 

ra que ellos, tundidos, no se pueden mover y 
que la sombra ciega al monte envuelto en pá- 
nico blancor. 

Claman los muchachos frenéticos: 

—¡Padre, padre! ¡No te vayas, no nos dejes! 

Se le abrazan a las rodillas mientras Andrés 
pide socorro fuera de sí, y ninguna humana 
voz acude al vehemente reclamo, ningún au- 
xilio llega al través de la soledad: ¡tal vez los 
sones errantes fueron una ilusión! 

El viento gira hacia el Sur convertido en 
un noto de repentina blandura, y al dormirse 
en el éter deja oír la querella del Saja, honda 
como un llanto inconsolable, y rasga las nubes 
en un jirón azul: dos estrellas se asoman al 
cielO; pensativas, para mirar la nieve acostada 
en la noche. 



f 



VIII 



EL RESPLANDOR DE LA TRAGEDIA. — CAMINO 
DEL CIELO.— EL BESO DEL SOL. 



Palidece una madrugada turbia sobre la cla- 
ridad deslumbradora del paisaje. El día, que 
empezó a morir en los hondones, resucita en 
las cumbres, invadiendo los contornos de la 
sierra cuando aún es Rianzar valle de som- 
bras. 

Andrés no sabe si ha dormido: reina en sus 
actos el desorden de un sueño, y mira a su al- 
rededor con aire de sonámbulo, mientras se 
le esconden los pensamientos en lo más obs- 
curo de la conciencia. 



216 CONCHA ESPINA 

Pronto revive su corazón con profunda con- 
goja, sumido bajo la recia pesadumbre: este 
día que nace no trae con su luz más que la 
evidencia del drama, el resplandor de la tra- 
gedia. 

Ha querido el padre dar calor con su cuer- 
po a los hijos, y los guarda a su lado inmóvi- 
les, mudos. Jesús descubre, ardiente, el ascua 
de los ojos, lo único que parece vivir en él; 
Serafín tiene los párpados caídos, y abierta la 
boca en una respiración cansada. Inclinándo- 
se a contemplarlos siente el hombre deseos 
de llorar y morir, y oye sin asombro cómo 
cruje el cobertizo al peso de la nieve: ¡sin 
duda va a hundirse! Entonces, desde el trépi- 
do umbral otea Ips parajes helados con las 
sendas perdidas y padece la vaga sensación 
de asomarse al mundo del silencio, en contac- 
to con la eternidad. 

Quisiera romper con la mirada los horizon- 
tes, salir, con la vista siquiera, de aquella lin- 



RUECAS DE MARFIL 217 

de Cándida y perenne que no concluye nunca. 

El viento arrecia y la cabana vuelve a cru- 
jir: parece que las nubes van a rasgarse bajo 
un punto remoto de viva claridad. Otro brus- 
co remezón de la techumbre obliga a Andrés 
a sacar los niños, de un salto, fuera del peli- 
gro, no sabe para qué. Los deja allí sobre la 
alfombra helada, y espera absorto que se hun- 
4a el < invernal». 

El desplome, el frió y la luz sacuden a los 
zagales con terrible aguijón. Se levantan como 
autómatas, sin brío ni conciencia, y Jesús se 
vuelve a caer. 

Serafín llora deshambrido, asustado, maltre- 
cho, y el padre coge al caído en sus brazos y 
dice al otro con un gesto obscuro: 

—¡Anda! 

Toma una dirección cualquiera, monte aba- 
jo, fiándose al instinto, pero el rapaz no le 
sigue. 

—¡No puedo... no puedo! —murmura— 



218 CONCHA ESPINA 

También yo estoy cansado y siempre llevas a 
Jesús: ¡a mí no me quieres! 

El desconsolado plañido llega certero al co- 
razón de Andrés, y le acusa de predilecciones 
invencibles. Tal vez Jesús no sufre tanto como 
él teme, ya no arde ni se queja, ya no le silba 
el pecho: será menester que ande un poco. Le 
posa con dulzura y repite: 

— ¡Anda! 

Carga con Serafín, que aún gimotea. 

—¡No me quieres... no me quieres! 

Y Jesús da unos pasos, vacilantes, detrás de 
ellos. Después vuelve a rodar con un sordo 
retumbo, sin decir una palabra. 

Acude el padre, aterrado, y al postrarse jun- 
to a la criatura conoce que está allí la muerte, 
la reina de todos los espantos. 

—¡Jesús!... ¡Jesusín! — clama rota de pena 
la voz. 

Y el niño, con la cara vuelta al cielo, entor- 
nados los ojos, lanza una risa aguda y deli- 



RUECAS DE MARFIL 219 

rante que rebota en la nieve y se aleja sin ex- 
tinguirse. Al dejar de reir, el alma le resplan- 
dece un instante en las pupilas, triste y pura 
como un cirio, y se apaga de pronto, hume- 
deciendo el cristal de la mirada muerta. 

Andrés, con el pensamiento inmóvil al lado 
del abismo, se inclina a besar la boca exáni- 
me de Jesús, y sobre ella se detiene, como si 
quisiera recoger un murmullo, un sollozo, la 
última volición de aquel espíritu mártir y so- 
litario que habitó un cuerpo tan infeliz. Pero 
el hielo de la boca marchita hiere con filo tan 
penetrante, que el hombre se levanta, crispa- 
do, y echa a correr con el hijo que le queda... 

Ceñido por la mortaja infinita de la nieve, 
el cuerpo difunto duerme con solemnidad en 
el monte, nunca tan santo como ahora que 
guarda los despojos de un niño. 

El viento al crecer, raudo y caliente, provo- 
ca el deshielo y ensalza los rumores de arro- 
yos y hontanares: parece que las aguas lloran 



220 CONCHA BSPINA 

una pena indecible. El sol ha roto aquel pun- 
to claro de las nubes, y, sin miedo al frío de 
la muerte, se asoma a besar la carne yerta de 
Jesús. 



i 



IX 



HORAS DE ANGUSTIA, — LAZO DE DOLOR. 
LA VOZ DE LA SANGRE. 



Cuando Andrés llega a su casa, medio en- 
loquecido, ya las vecinas le han arrebatado a 
Serafín para alimentarle y vestirle antes de 
que su madre le vea derrotado y hambriento, 
con el terror hundido en los ojos y la angus- 
tia pintada en el semblante... 

Todo el pueblo se agita al conocer la trage- 
dia del soto de la Cruz. Las mujeres lloran: 
— ¡Pobrecito jayón, pobre inocente, señalado 
como una víctima desde la cuna!... El párroco 
dice que el zagal supo elegir el único camino 



222 CONCHA ESPINA 

libre y hermoso: ¡el camino del cielo! Y se 
apresuran los hombres cerca de Andrés para 
ofrecerle compañía y auxilio. Todos quieren 
subir a la montaña para rescatar el cadáver; 
todos se compadecen del amigo que fué siem- 
pre generoso con los demás, valiente y útil en 
la lucha común por la vida. Nadie ignora, 
tampoco, que el buen camarada pierde un 
hijo en el niño jayóíif y las frases de condo- 
lencia adquieren rumores de secreto, matices 
de aventura pasional que rondan a Marcela, 
sordamente, antes de que arribe su esposo. 

No le aguarda sola; allí está Irene, que no 
se ha movido del banco donde por la noche 
se encogió, muda y trémula, agobiada de un 
dolor humilde, sin palabras ni suspiros, llena 
de vergüenza y timidez. Una zozobra obscura, 
más fuerte que su orgullo, la empujó hacia el 
hogar siempre envidiado, y allí se queda, es- 
clava de la inquietud, quizá temiendo que la 
echen; quizá sin fuerzas para huir. 



RÜKCAS DK MARFIL . 223 

A Marcela no se le ha ocurrido evitar la 
compañía de aquella mujer: al contrario, la 
necesita y la estimula. Toda la noche trató a 
Irene como a una compañera de infortunio, 
la invitó a calentarse y rezar; se estrechó con- 
tra ella en el mismo banco, y tuvo tentaciones 
de abrazarla y pedirla perdón. 

Alumbradas desde fuera por la claridad de 
la nieve, contaron las horas en vigilia cons- 
tante, y cuando el alba inició las primeras lu- 
ces, sintieron en torno suyo una turbia sensa- 
ción de opacidad, una vaga certeza de vivir... 
Ecos del drama que las reúne en misterioso 
lazo, posan ya junto a las dos madres. Algu- 
nos vecinos que preceden, solícitos, a Andrés, 
para tranquilizar a la esposa, no saben cómo 
hablar delante de Irene, y ellas, notando la 
turbación de los semblantes, padecen creci- 
das todas sus incertidumbres y nada quie- 
ren oir. 

Es aquel un minuto horrible de ansiedad, 



224 CONCHA ESPINA 

hasta que el hombre, tan dolorosamente espe- 
rado, entra y se mira, atónito, entre las dos 
mujeres. 

— ¿Y los niños?... ¿Dónde están los ni- 
ños?— le preguntan desaladas, olvidando que 
huían de saber. 

Él paga a Marcela en tal instante su larga 
deuda de gratitud, respondiendo con heroica 
generosidad: 

— He salvado el tuyo. 

—¿Al mío?- Nadie adivina el pánico de 
esta voz que repite: — ¿Al mío? 

Ronco y aciago el acento, Andrés confirma: 

—¡A Serafín! 

Y no comprende por qué Marcela da un 
grito desesperado y hondo, como la pobre 
madre át\ jayón... 



X 



EL DÍA DEL PERDÓN.— LOS PEREGRINOS,— EN- 
TRE DOS ORILLAS. — ALMAS QUE SE BUSCAN.— 
REVELACIONES.— SOLA EN EL MUNDO. — SUEÑO 
DE ETERNIDAD. 



La primavera vuelve, celosa, pujante, con 
todo el ciego impulso de la vida, y alumbra 
unas bellas horas apacibles, unas horas que a 
media tarde se pueblan de rumores de cam- 
panas, y ven llegar, por los hondos caminos 
de la vega, grupos de gente grave y silenciosa. 

Muchos de estos viajeros, los que vienen 
del lado ponentino, se detienen a la orilla del 
Saja, junto a un plantel de alisas y el tramo de 

15 



226 CONCHA ESPINA 

un puente roto. Entonces una barca, plana y 
tosca, que se mece sobre el murmullo glorio- 
so de las aguas, llega con el empuje del bar- 
quero al lado de los caminantes. Y el ancho 
brazo del rio, cadoso y transparente, se deja 
cruzar una y otra vez por la nave servicial y 
deja que en su espejo se miren, entre medro- 
sos y complacidos, los romeros que forman la 
mística expedición. 

En medio de la breve llanura, una iglesia, 
blanca y pobre, va recibiendo a todos los pe- 
regrinos hasta donde le es posible albergarlos, 
y los menos diligentes en acudir a las voces 
de la torrecilla humilde se agrupan a la entra- 
da, abierta de par en par, frente al pulpito 
vestido de viejo brocatel. 

La voz llena y clara del predicador se des- 
borda del templo, y rueda, sonora, por los 
campos en reposo. Dice el carmelita unas pa- 
labras sencillas y emocionantes; cosas buenas 
y dulces a propósito de la debilidad de las 



RUECAS DE MARFIL 227 

mujeres; de la inocencia de los niños; del ol- 
vido de las injurias; de la misericordia; de la 
caridad. ¡Es <el día del perdón>! 

En las tardes pasadas ha desarrollado el mi- 
sionero todos los temas piadosos que deben 
traer como consecuencia este sublime final: 
¡el perdón! ¡Hay que perdonar las envidias, 
los agravios, las traiciones!... 
, Muchos fieles se miran con afán a los ojos 
como si quisieran verse el alma; otros bajan 
la frente, otros suspiran con angustia. Y en el 
atrio, sobre uña viga del tejaroz, dos golon- 
drinas recién llegadas de lueñes tierras, colo- 
quian misterios de su nido, sin desconfianzas 
ni temores. Su manso arrullo besa en el aire 
las palabras del apóstol: ¡Paz y amor! Un há- 
lito vernal las empuja por el campo, hasta el 
río donde la corriente solloza y la barca se 
mece, como un símbolo, entre las orillas, bajo 
el tembloroso andarivel... 

* * * 



228 CONCHA B8PINÁ 

Sola va quedando la iglesia blanca en el 
fondo de la llanura. 

La tarde se duerme con placidez, echada 
sobre las flores de la campiña, y los devotos 
se extienden por la vega en demanda de sus 
pueblecillos. 

Con la última volada de las aves y los últi- 
mos fulgores de la luz, parece que flotan en 
el viento misteriosas endechas de amor y de 
paz, como un himno entonado al «día del 
perdón». 

Dentro del piadoso recinto dos corazones, 
maduros por las penas, velan y sufren; dos 
mujeres rezan y lloran. No están juntas, pero 
se vigilan, y cuando Irene se levanta la sigue 
Marcela de la mano de Serafín. 

Casi a un tiempo llegan al portal, se santi- 
guan de cara al templo solitario, donde laten 
unas luces pálidas, y se miran, dolientes, bajo 
la penumbra del anochecer, cobijadas por un 
cielo sin nubes, florecido de estrellas. 



RUECAS DK MARFIL 229 

— Irene, ¿me perdonas? — dice una voz 
opaca. 

— ¿De qué? — responde la infeliz que sien- 
te en la misma boca el raudo golpe de su co- 
razón. 

—De que te robé la felicidad... el hombre 
que tú querías... el hijo que tú alumbraste... 

—¿El hombre?... Él se marchó... ¿El hijo?... 
Yo te le di... ¡Más tienes que perdonarme tú! 

— ¡No; que no sabes lo que hice!... El niño... 
te le cambié — balbuce Marcela. Vibran las 
frases en sus labios como una llama, y empuja 
a Serafín confesando: 

—Pero estoy arrepentida. Te le devuelvo; 
aqui le tienes: toma... Este es Jesús, el jayón... 
¡no llores más por él! 

Un grito que se clava en el aire como un 
puñal, recibe a la criatura, mientras los pen- 
samientos de la madre se dibujan absortos 
sobre una obscuridad infinita. Torpe, ávida, 
prorrumpe: 



230 CONCHA ESPINA 

—¡Mi hijo!... ¡Es mi hijo!... ¿No me en- 
gañas? 

Quiere abrazarle, y el zagal se resiste con el 
temor de verse entre dos locas. 

— No te engaño —asegura Marcela, y su voz 
parece que recorre un espacio sombrío antes 
de hacerse oir— . Este niño es «el vuestro>, el 
saludable y dulce, el de los ojos verdes, que 
embrujan como los tuyos .. ¡Hjate!... Cuando 
Andrés le mira es igual que si te mirase a ti... 
Tómale: te le doy y me quedo sola en el mun- 
do como estabas tú... 

— Yo no pienso en Andrés— murmura Irene 
con un doloroso balbuceo de ideas, tendien- 
do siempre hacia Jesús las codiciosas manos. 

— La que se lleva el hijo, se lleva el hom- 
bre—ruge Marcela, mirando ante si con ojos 
sin mirada, y echando al niño en brazos de 
«la otra>— . Y añade: 

— Quiero morir en paz: yo haré esta confe- 
sión donde sea menester, daré todas las prue- 



RUECAS DE MARFIL 231 

bas necesarias, expiaré mi delito según la jus- 
ticia del mundo... jDios, bastante me ha casti- 
gado!... 

—¡Madre!— llora el rapaz, buscándola. 

—¡Esa es tu madre! — responde, brusca y 
firme, tornándole al regazo de Irene. 

Y allí de cerca, vida contra vida, el niño en- 
tre los agitados corazones, vuelve a decir a su 
rival: —¿Me perdonas? 

—Con toda mi alma... ¿Y tú a mí? 

Un fulgor obscuro luce en los ojos agare- 
nos mientrasMarcela pronuncia: 

— ¡También!... Hoy es el dia del perdón... 

De repente abraza al muchacho que la mira 
ansioso, y echa a correr fuera del portal. La 
sigue un acento infantil y desgarrador: 

— ¡Madre!... ¡Madre!... 

Pero ella desaparece muda y ligera, como 
una sombra atormentada. Un ancho camino 
de argomal la conduce a la margen del río 
que susurra bajo el leve cejo de la niebla. 



232 CONCHA ESPINA 

La mujer, cansada, acorta el paso y se refu- 
gia en la soledad con un amargo deleite de 
hurañía y abandono. Se considera ya sola en 
el mundo, purificada y redimida por el flage- 
lo de la expiación, digna de unirse al hijo 
mártir en una gloria que no se acabe nunca. 

En la cumbre del soto de la Cruz una foga- 
ta pastoril arde, al parecer, junto a las estre- 
llas, y en el cielo enjoyado, se recorta el per- 
fil virginal de la montaña. 

Aún palpita el crepúsculo como un gran 
corazón agonizante caído en el remanso de la 
noche; sobre el movible cristal del río tiem- 
bla y huye la plata de la luna,.. 



TALÍN 



EL PÁJARO Y LA NIÑA 



Hay en Cantabria un pájaro montes, chi- 
quito y verdoso, liviano y artista, un canario 
silvestre que anida en los argomales, vive en 
la soledad y canta en lo más espeso del bos- 
que y de la mies. Como no tiene nombre co- 
nocido, le distinguen con el remedo de su 
aguda canción, llamándole Talín. 

Una niña, tan agreste como el tal pajarillo, 
tan cantarina y bella como él, vivía, hace po- 
eos años, en Cintul, un pueblo de aquella co- 
marca, de los más empinados en los alcores, 



236 CONCHA ESPINA 

camino de la hoz, frente al Escudo de Cabuér- 
niga. La niña era pobre y no tenía madre: sin 
embargo, parecía muy feliz. Su padre, un buen 
labrador, la cuidaba con singular desvelo y en- 
tre las vecinas del barrio, afables y piadosas 
por lo común, había una, la más trabajadora, 
lista y servicial, que demostraba a la huérfana 
especialísimo interés. El peinado, el vestido, 
la merienda y el postre de la niña, corrían 
siempre de cuenta de Clotilde, y servirla, 
asearla, prever sus caprichos y sus travesuras, 
era para la moza como una obligación. La 
chiquilla se dejaba mimar, abusando todo lo 
posible del encanto que ejercía sobre aquella 
mujer, del cariño del padre, de la compasión 
de la maestra, de la solicitud del cura, de 
cuantas devociones, en fin, supo conquistar 
con su gracia y su picardía, nada cortas ni 
vulgares. Sin ser una hermosura ni un mode- 
lo de docilidad, conocía el dulce hechizo de 
hacerse querer. Alegre, inquieta, reidora, apa- 



RUECAS DE MARFIL 237 

reda como envuelta en una ráfaga de candor, 
y tan infatigables eran sus aptitudes para co- 
rrer y cantar, que olvidando su nombre, die- 
ron en llamarla Talín, lo mismo que ai aveci- 
lla montes. 

Cierto que a la ñifla para semejarse a los 
pájaros no le faltaban más que las alas; tenía, 
como ellos, la frescura del aire donde habitan 
y la serenidad del sol a quien adoran; llevaba 
en los ojos un brillo dorado y caliente, lleno 
de luz, y parecía conocer los caminos trazados 
por la bruma y el viento: de tal manera tras- 
ponía el monte por los más inaccesibles luga- 
res, y en frecuentes escapatorias, sin miedo a 
los castigos ni a las alimañas, ligera y menu- 
da, igual que el canario silvestre. 

Ya contaba diez años Talín y hacía tres que 
Clotilde le servía de madre, sacrificada por 
aquel cariño con verdadera abnegación. Has- 
ta que las gentes, poco habituadas, también 
en las alturas de Ciníul, a procederes dema- 



238 CONCHA ESPINA 

siado finos, acabaron por decir que la moza, 
soltera y madura, fraguaba su casamiento con 
Ambrosio, el padre de la niña. 

No parecía muy asequible el galán, un cua- 
rentón de carácter independiente y retraído, 
atento sólo a su trabajo y al celo de la nena; 
hombre tan avaricioso de palabras que hasta 
para agradecer los favores se diría que conta- 
ba las sílabas. Pero en las obras era muy dis- 
creto y cumplidor: gozó fama de excelente es- 
poso, y sus virtudes paternales servían de 
ejemplo y alabanza en el lugar. Estaba bien 
conservado todavía. Alto, fuerte, moreno y 
adusto, mostraba una repentina dulzura al 
sonreír a su hija, una dulzura que le hacía 
sonrojarse, y que Clotilde había sorprendido 
con turbado corazón, imaginando que Am- 
brosio podía ser muy bueno sin descubrir 
nunca en los labios una vislumbre de alegría 
ni en la voz una gota de miel. Cuando le ha- 
lló una tarde con Talin en los brazos, absor- 



RUECAS DE MARFIL 23Q 

to en besarla y divertirla, quedóse tan confu- 
sa como él, que huyó sin volver la cabe- 
za, murmurando algunas frases impacientes, 
mientras la niña explicaba maliciosa: 

—Le da vergüenza que le vean dar besos... 

Desde entonces Clotilde sintió delante de 
aquel hombre una obscura ansiedad que se 
fué convirtiendo en rara timidez. Ella, tan 
despreocupada y resuelta para acudir junto a 
su protegida a cualquier hora, sin reparo nin- 
guno, comenzó a evitar los encuentros con 
Ambrosio y a poner en sus visitas una mesu- 
ra llena de precauciones y melindres, cabal- 
mente cuando los vecinos decían que procura- 
ba su boda con el viudo, seduciendo a la nena. 

La cual, por aquel tiempo, corría a más y 
mejor aprovechando las tardes benignas del 
otoño, todavía colmadas de flores y de aro- 
mas. Eran las últimas delicias del año, y las 
más codiciadas por eso, aquellas de esconder- 
se entre los maíces crecidos y maduros, ba- 



240 CONCHA ESPINA 

ñarse en el remanso azul del ánsar, despedir 
en el campe sirueño a las golondrinas que hu- 
yen a invernar bajo las alas del sol, y subir al 
monte para aprender romances de los pasto- 
res antes de que bajen con sus ganados a la 
derrota de la mies. 

Y en el disfrute de estos arriesgados place- 
res demostraba Talín una admirable experien- 
cia. No había chiquillo de su edad, en Cintul, 
que la ganase a descubrir atajos en las cum- 
bres, vados en el río y escondites en el bos- 
que. Igual saltaba la careaba de un huerto, 
que subía al gromo de los árboles. Volaban 
sus cabellos gozosamente en las alocadas ca- 
rreras, y volaban sus pies sobre el camino, 
siempre dispuestos a las aventuras peligrosas y 
a los parajes lejanos. Nunca se caía ni se lasti- 
maba: volvía de sus excursiones con el vestido 
roto y la cara sucia, llorando, a veces, para 
que no la riñeran, y prometiendo no escapar- 
se más. 



RD£CAS DE MARFIL 241 

Pero la misma gracia y prontitud que de- 
mostraba para desobedecer y hacerse luego 
perdonar, le servía de estímulo en la escuela 
para leer y escribir como ningún otro arrapie- 
zo y tramar un bordado y un encaje con re- 
lativo primor. Nadie como Talín para ofrecer 
en la parroquia las flores a la Virgen, muy pe- 
ripuesta la chiquilla de vestido blanco y ban- 
da azul, con un velo pomposo sobre la frente 
y los bracitos por el aire, acompañando con 
un movimiento ritual el recitado de los versos 
alusivos. 

Todo lo cual quiere decir que esta niña no 
era un marimacho ni mucho menos, sino una 
criatura ágil y traviesa, inteligente y audaz. 
Debemos añadir que tenía un carácter gene- 
roso, muy propenso a los éxtasis y a las me- 
ditaciones, muy dado a soñar y compadecer, 
y tan propicio a las cosas peregrinas y senti- 
mentales, que lo mismo le inducía a vagar en 
la sierra, por los riscos más duros, como las 



242 CONCHA ESPINA 

aves hurañas, que a salir delante de la Custo- 
dia en las procesiones, llena de beatitud, ceñi- 
da de tules, con alas de plumas, emulando a 
los ángeles, los pajarillos de Dios... 



II 



EL TORO GILVO 



Trasmontaban los pastores, ya próximo el 
verano en busca de los altos puertos, errantes 
como las tribus primitivas que fincaron la ca- 
bana y el redil a la paz de los dólmenes y 
menhires, en atisbo de la civilización. 

Ibanse todavía musitando romances del 
tiempo medioeval, originados sabe Dios en la 
cuna de qué bárbara cosmología, calentados 
en el ascua misteriosa del Cristianismo, y en- 
trañados en España por la vena del «camino 
francés» que inflamaron los peregrinos ex- 



244 CONCHA ESPINA 

tranjeros al son del Ultreya, el cantar salmó- 
dico de Santiago el Mayor. 

Fiel remanso de las viejas corrientes de la 
vida, aún repiten los montes de Cantabria el 
eco de los más olvidados mitos, y con el re. 
moto sabor de las primeras canciones del 
mundo, van posando, también, de uno en 
otro repliegue de sus cumbres, una viva mem- 
branza del arte prehistórico: son cayados y 
abarcas, zapitas y colodras, que reproducen 
de un modo inexplicable los dibujos graba- 
dos en las astas de reno y en los arcanos mu- 
ros de Altamira: son atavismos sigilosos de 
la caverna: sagrativas ráfagas de lo pasado; 
mudos soplos de una humanidad infantil que 
traslumbra en los pastores montañeses con 
perfumes del antiguo candor. 

Y Talín, la niña andariega de Cintul, sien- 
te un loco deseo de despedir a los nómadas 
igual que a las golondrinas, con una alta mi- 
rada llena de admiración para todo lo que 



RUECAS DS MARFIL 245 

huye y tramonta más allá de los horizontes, ai 
otro lado de las cimas y las nieblas. 

Aguijada por su antojo, ha pensado la chi- 
quilla escaparse al invernal donde los rebaños 
se reúnen para la partida. 

Después de comer, cuando el padre marcha 
con el carro a buscar leña camino del soto, la 
nena se escabulle recatándose de Clotilde que 
la vigila desde su casa, huerto con huerto, los 
corrales en un mismo lindazo, y por las calle- 
jas silenciosas, entre espinos y saúcos en flor, 
busca el regazo de la sierra cuya soledad tie- 
ne a tales horas un espléndido manto de luz. 

Alborea Junio muy gentil, con todos los 
alardes de un precoz estío. El sol, encendido 
y desnudo, se recuesta sobre el campo nuevo, 
y las plantas, abrumadas de flores, aroman el 
ambiente bajo el sosiego torvo de la siesta. 

Camina Talín a toda velocidad con aire fu- 
gitivo. Su paso menudo y frágil, que parece 
un vuelo, apenas turba el augusto reposo de 



246 CONCHA ESPINA 

la hora. Va pensando en un serroján, tan chi- 
quito como ella, que ya veranea con el ga- 
nado en la punta de los Cabriles, al otro lado 
de la montaña, y conoce todas las canales de 
los puertos vecinos, donde viven el oso y el 
jabalí, el milano y el azor. Va pensando, tam- 
bién, un poco vagamente, que ha corrido la 
escuela y la reñirán mucho; quizá la castiguen 
a estarse de rodillas durante el recreo a la si- 
guiente mañana; pero eso no le importa si 
consigue antes de que se marchen los pasto- 
res aprender todo el romance que el serroján 
le está enseñando: es una sarta de versos ino- 
centes, donde se cuentan las aventuras de las 
cabanas emigrantes y se difunden los méritos 
de cada puesto, la historia salvaje de cada ris- 
co montes. 

Lleva la niña la mirada siempre horizontal, 
plena de ensueños: el alma mecida igual que 
en una cuna; los labios sonrientes a una ilu- 
sión sin formas y sin nombre. Sube a un cas- 



RÜSCAS DE MARFIL 247 

tro, fuera de la sombra que la conducía entre 
nogales y matas de juncia, y repite, ensoñan- 
do a media voz: 

«Válgame la Soberana, 
válgame la Magdalena, 
' que perdí la mejor vaca 
que tenía en Villanueva...» 

Con el mismo rumbo que sigue TaUn aso- 
ma desde lejos la cabana de Cos, hacia Bus- 
tarredondo, para reunirse allí con los demás. 

Solicitada por el soniquete de los aljaraces 
vuelve la niña la cabeza, cuando un toro gil- 
vo, muy joven y retozón, corre en amenaza- 
dora actitud al reclamo del vestidito rojo que 
acaba de aparecer. El vestido huye como una 
llama conducida por el viento; grita, desafora- 
damente el pastor, renegando del rebelde ani- 
mal, y la pobre nena, nunca, por milagro, 
comprometida en un peligro semejante, quie- 
re subir la pared tosca y alta que limita el sen- 
dero y promete un refugio. Empujada por el 



248 



CONCHA ESPINA 



instinto, logra encaramarse en la espinosa lin- 
de y ve que al otro lado se hunde, en pliegue 
brusco, el verdacho sombrío de un renoval. 

El toro llega jadeante, la niña salta con los 
ojos cerrados, y queda inmóvil sobre la esca- 
monda, suelto el pelito rubio en torno a la 
blancura de la cara. 

Un instante después acude el pastor cerca de 
Talin^ contristado y perplejo, mientras muge 
el animal blandamente, contemplando con 
mansedumbre, desde la altura de la cerca, la 
voladora mancha de vestido rojo, caída en 
incomprensible quietud. 

Una alevilla suave pone su candida nitidez 
sobre la frente de la nena, se oye cercano el 
tenue vagido de un arroyo, y canta entre los 
renuevos una cigarra loca de sol... 



III 



LA MADRE 



Buen conocedor de los ambages de la sie- 
rra, el pastor llegó a Cintul en un periquete, 
con la niña lisiada entre los brazos. Era ami- 
go de Ambrosio y conocía bien las travesuras 
de la pequeña, su vida y sus costumbres; así 
que, sin vacilar, llamó a la puerta de Clotilde 
gritando: 

— ¡Eh, muchacha! Aquí traigo a Talin con 
una patuca rota. 

Y era verdad. 

El pajarillo perniquebrado se rebullía gi- 
miente dentro del vestido rojo. 



250 CONCHA ESPINA 

Aparecióse Clotilde en el umbral, con cara 
de susto, y se quedó mirando de hito en hito 
al hombre y a la niña, demandantes y humil- 
des a plena luz, bajo la masa ardiente del 
cielo. 

La moza no dio gritos ni se entretuvo en 
inútiles preguntas. Abrió su cama y acostó 
con sumo cuidado a la nena, que al menor 
movimiento se quejaba de agudísimos dolo- 
res en la rodilla. No tenía más daño que aquél: 
una mancha grande y obscura y un principio 
de inflamación. 

— Llamaré al médico— dijo Clotilde a su 
madre y a su hermana que allí detenían al 
pastor con mil comentarios sobre el percance. 

— No le toca venir hasta pasado mañana— 
le respondieron. 

—Pero yo haré que venga. 

La escucharon con absoluta incredulidad y 
su madre repuso: 

—Hoy hará la visita en los pueblos del 



ftüECAS DE MARÍIL . Z5i 

Concejón, y ni él ni su caballo están para más 
trotes. 

—Sólo en trance de muerte vendría— aña- 
dió la hermana. 

Se miraron absortos, añorantes de un mé- 
dico y un caballo más propicios, y el pastor, 
que ya se despedía, le propuso a Clotilde: 

—Yo lo que tú llamaba a la saludadora. 

— ¡Es una bruja!— respondió la muchacha 
con desdeño. 

— ¡Qué ha de ser! 

— ¡Claro que nol — adujo la madre en son 
de protesta—. Curaciones como las suyas no 
las hace el mismo Don Julián. 

—Y para las caídas y los golpes tiene ma- 
nos de santa. Hace poco me curó a mí un ve- 
llo despeñado, en un santiamén. 

Clotilde se encogió de hombros mientras 
la otra joven decía: 

—¿Pero comparas a un cristiano con un 
animal? 



252 CONCHA ESPINA 

— Para el caso es lo mismo— aseguró el 
buen hombre, acabando de despedirse, esco- 
tero y veloz, en busca de la cabana que había 
confiado a los serrojanes... 

Quedó prendido en el silencio el llanto de 
la niña, más quejosa cada vez, más postrada 
y febril, y pasaron la tarde inquietas las tres 
mujeres alrededor de la cama, hasta que llegó 
Ambrosio con la testa greñuda, nublado el 
semblante y amarga la voz, preguntando por 
su hija y nombrando entre dientes a la salu- 
dadora. 

Clotilde fué a buscarla y volvió al poco rato 
con una mujer que no era vieja ni sórdida 
como las clásicas brujas; al contrario, mostra- 
ba un porte agradable y majestuoso, muy ¡n- 
fluido por la alta categoría de su providencial 
ministerio. Como no había oficiado nunca en 
aquella casa, se creyó en el deber de ad- 
vertir: 

—Soy la séptima hija de honrado matrimo* 



RUECAS DE MARFIL 253 

nio, y por eso tengo en la lengua una cruz con 
privilegio para curar. 

Nadie trató de comprobarlo, y la mujer, 
con solemnes ademanes, descubrió a la enfer- 
ma, la examinó cuidadosamente, y no hallán- 
dole otro daño que el de la rodilla, puso allí 
su atención con mucha mezcla de signos, ora- 
ciones, saliva y alentadas. A mayor abunda- 
miento aplicó un vendaje encima del golpe y 
dijo: 

— cEsto» sanará si tenéis confianza en mi 
virtud... y si quiere Dios. 

Puesta así a buen recaudo su responsabili- 
dad, se fué sin admitir unas monedas que 
Ambrosio le ofrecía. 

La nena siguió gimiendo. Le creció la ca- 
lentura y empezó a delirar. Pretendía huir del 
toro gilvo en una carrera incesante, angustio- 
sa, y había que sujetarla para que en realidad 
no huyera. Transida y ardiente, recitaba co- 
plas, romances y lecciones; luego se adorme- 



254 CONCHA ESPINA 

cía en un breve sopor y despertaba otra vez, 
medrosa, trascordada, para repetir: —¡Ma- 
dre!... ¡Madre!...— tendiéndole los brazos a 
Clotilde. 

—¡Aquí estoy!... ¿Qué quieres? Aquí estoy 
contigo — respondía la moza, impregnada la 
voz de un vaho sentimental. 

Y la dulcísima palabra se volvía a encender 
en los ansiosos labios de Talín como un cirio 
en la sombra del recuerdo:— ¡Madre!... ¡Ma- 
dre!... 

Pasaron toda la noche Clotilde y Ambrosio 
al lado de la niña. Él, taciturno y aprensivo, 
no se atrevía a tocar a la pequeña, pero sus 
tímidas frases y sus gestos bruscos tenían un 
hondo significado de ternura en la intimidad 
del aposento, mientras la mujer, alerta y si- 
lenciosa, refrescaba las sienes de la niña, le 
hacía beber el agua de las flores cordiales, y 
le colgaba al cuello un escapulario milagroso. 

A la mañana siguiente no estaba la enferma 



RUECAS DE MARFIL 255 

tranquila ni libre de dolores, pero había de- 
crecido mucho la fiebre, y de la aguda crisis 
cerebral sólo le quedaba la flaqueza de llamar 
a Clotilde madre, con un empeño mimoso y 
dulce. 

Cuando la quisieron disuadir de su equi- 
vocación, la interesada dijo: 

—Que me llame como quiera; no la dis- 
gustéis... 

Por la noche el padre se fué a su casa y se 
acostó, vestido y desvelado, frente a la cama 
vacía de Talín. Pasó el sueño volando por sus 
ojos, levantóse al amanecer, y ya el canto de 
los pájaros, que es la música del cielo, hacía 
la ronda de los horizontes en cálida sinfonía 
primaveral. 

Salió Ambrosio al huerto y escuchó asom- 
brado el nuevo lenguaje que hablaba la Na- 
turaleza en torno suyo. Hasta los nervios de 
las hojas parecían estremecerse: era aquél, sin 
duda, el tiempo de la vida, el renacer de la 



256 CONCHA ESPINA 

tierra animada por el perpetuo ritmo vital; el 
resurgir de todos los amores y las esperan- 
zas... ¡Por eso Talín había encontrado una 
madre! 

Y el hombre, solo y conmovido, no sabien- 
do qué hacer, se puso a partir leña en el co- 
rral, con inesperado furor... 



IV 



EL SOL 



A los tres días de ocurrir la aventura visitó 
Don Julián a la niña por empeño de Clotilde, 
desaparecido el vendaje de la saludadora, la 
cual se limitó a decir: 

— No tenéis fe y la criatura no sanará... 

El médico halló rota la articulación y trató 
de soldarla con la inmovilidad; pero aumen- 
taron los dolores, continuó la enferma postra- 
da y febril y al cabo de un mes diagnosticaba 
el doctor una artritis de carácter tuberculoso, 
enfermedad larga y de un resultado obscuro. 

17 



258 CONCHA ESPINA 

Habló de los antecedentes de la niña, cuya 
madre había muerto de una fiebre héctica, y 
quiso indicar que la propensión hereditaria 
de Talín se hubiese manifestado, antes o des- 
pués, con cualquier motivo. Recomendó a la 
paciente baños de sol, mucha quietud, aire 
puro y alimentos saludables. 

Durante muchos días el caballo cansino de 
Don Julián se detuvo en la única ventana de 
Clotilde, donde la niña enferma se asomaba 
al campo y al aire serraniego, bajo la incan- 
sable solicitud de su protectora. Desde el ca- 
mino, sin apearse, le hacía el médico la visita; 
se marchaba meditabundo, en una actitud pa- 
recida a la estampa de Don Quijote sobre Ro- 
cinante, y seguía la nena tendida en su banco 
entre almohadas, mirando al cielo y urdiendo 
historias en la tela invisible del espacio. 

Floja y remisa para todo esfuerzo material, 
padecía Talín una aguda exacerbación de im- 
paciencias espirituales, impropias de sus años. 



RUECAS DE MARFIL 259 

Y acostada, rostro a lo azul, en el silencio 
campesino, dábase a hilvanar ilusiones con 
verdadero frenesí. 

Ya no sentía en la rodilla el lacinante dolor 
que tanto la hizo padecer: sólo algunas pun- 
zadas en los movimientos bruscos, algunos 
latidos que la obligaban a forzosa quietud. 
A medio vestir, con los finos cabellos peina- 
dos en dos trenzas acabadas en un hopo ru- 
bio y lene, permanecía inmóvil desde el alba 
a la estrella, abiertos los ojos con extraordi- 
nario afán a-cuanto fluía penígero y sutil en 
la gracia del viento. Pájaros, abejas y maripo- 
sas, subyugaban como nunca a la niña con suS 
giros y voces, la risa del éter: hasta las teru- 
velas y las aludas le perecían desde su postra- 
ción unas criaturas maravillosas: pensamien- 
tos divinos echados a volar. 

A Clotilde le daba mucha lástima ver cómo 
la enferma seguía el rumbo de insectos y de 
aves, perdiéndolos de vista en los remotos 



260 OOKCHA KSPINA 

caminos de la altura; imaginaba que también 
la niña quería huir volando hacia Dios, como 
un ángel suyo, cansado de la tierra. Ambrosio 
pensaba lo mismo, con infinito desconsuelo, 
y los dos tejían una pobre corona de solicitu- 
des en torno al pequeño ser, doliente y hu- 
milde, igual que un pajarillo alicortado. 

Pero la vida era dura en el terruño. Había 
que trabajar de la mañana a la noche sin tre- 
gua, sin reposo, por encima del dolor y del 
presentimiento, y Talín se quedaba sola junto 
a la ventana desde el amanecer, aunque la 
piedad y el amor velasen por ella. 

La madre de Clotilde, que desgranaba maíz 
en el desván, tenía cuidado con parecido es- 
mero de lo más importante de la casa, fuera 
del establo y el corral: la lumbre, la olla y la 
niña. A menudo bajaba del caliente sotrabe 
para añadir garojos al fogón, sazonar el coci- 
do y poner los ojos, observadores, en la en- 
ferma. Algunas veces la veía adormentada y 



RUECAS DE MARFIL 261 

sudorosa, con los párpados caídos y el alien- 
to feble. Entonces hacía sobre ella la señal de 
la cruz mojando en agua bendita, en calidad 
de hisopo, una rama de laurel, y recobrándo- 
se Talín, se miraban las dos, mudas y candi- 
das, en las atónitas pupilas. Si la pequeña no 
quería refrescar los labios ni cambiar de pos- 
tura, volvía la anciana a deslizarse, pasito, 
fuera de la habitación. 

Al mediodía regresaban del campo los tra- 
bajadores para comer: Clotilde, siempre ade- 
lantada y presurosa; Ambrosio detrás, cada 
día más desvelado y tímido. 

Andaban a la hierba por aquel tiempo. So- 
lía volver la moza a su casa con un fonje co- 
lono en la cabeza, y el vecino con el guada- 
ñil al hombro y la colodra a la cintura; ella 
subía de un tirón la empinada escalera del 
pajar y él rodeaba los huertos asúrcanos para 
asomarse a la ventana donde Talín yacía 
como en un nido, esperando la salud. 



226 CONCHA ESPINA 

Cuando Ambrosio había cambiado las pri- 
meras frases con su hija, ya bajaba Clotilde, 
un poco jadeante, con hilos pálidos de hierba 
entre el cabello obscuro, las mejillas ardien- 
tes, los ojos inquiridores. No tenia más belle- 
za que la de su frescura de campesina y el 
encanto de esa bondad callada que se vierte 
en el silencio, como los arroyos que sin de- 
jarse oir apagan la sed del caminante. 

Junto a la niña, el hombre y la mujer ha- 
blaban unos minutos, sin mirarse apenas: él 
ponía sus jornales c^si enteros en el regazo, 
infantil, y trataba de expresar a la vecina su 
gratitud, sintiendo que se le empapaba el co- 
razón de una ternura misteriosa; ella, hablan- 
do y sonriendo, un poco azorada y cobarde, 
servía a la enferma názulas y miel, pan tosta- 
do y agua pura del monte. Ya no volvían a 
reunirse hasta la hora del crepúsculo, cuando 
brillaba en el cielo la estrella vespertina, «el 
chacal de la luna>, expiado siempre con 



RUECAS DE MARFIL 263 

asombro por las claras pupilas de Talín. 

Asi pasaron los dias florentísimos del valle, 
bien maduro el aroma de los huertos, rumo- 
rosos los dorados maíces en la mies, fastuosa 
la belleza del bosque y la montaña. 

Hicieron los pastores el retorno y se llena- 
ron los caminos con el canto de los esquilas 
al anochecer. El serroján, amigo de Talín, 
acudió al reclamo de la niña para decirle co- 
plas y romances agrestes. 

Ya la enferma no se adormecía, torpe y 
madorosa, en consunción letal. Sobre la bru- 
ñida tez, los grandes ojos de color turquí se 
abrían pensativos y audaces como en plena 
salud; la gracia de la sonrisa y de la voz co- 
braba con la dulzura antigua un nuevo en- 
canto, una tristeza inefable llena de misterio; 
el canario silvestre volvía a cantar, y a menudo 
deshacía en los dulces labios, como un trino, 
las estrofas aldeanas: 



264 CONCHA ESPINA 

No le quiero 
molinero 
porque le llaman 
el maquilandero. 
Yo le quiero 
labrador, 

que coja los bueyes 
y se vaya a arar 
y a la media noche 
me venga a rondar; 
que suba aquella montaña 
y corte una rama 
del verde laurel, 
y a la mi ventana 
la venga a poner. 

Guardaba Talín en la memoria un sartal 
de cantares, y se los iba diciendo con ingenua 
exaltación a la brisa y a los pájaros, a las ho- 
jas rubias que empezaron a caer, al lucero de 
la tarde, que desde muy temprano comenzó a 
brillar. 

Mientras despertaban las canciones de la 
nena, dormidas en las horas de dolor, iba el 
otoño deshojando las frondas, gemía larga y 
triste la quejumbre del viento, y era menes- 
ter sustituir la ventana de Clotilde, abierta a 



RUECAS DK MARFIL 265 

naciente, por una puesta al Mediodía en casa 
de Ambrosio. 

En esta última encontró Don Julián una ma- 
ñana a la niña y a la moza, juntas y felices; 
una cantando, otra cosiendo, las dos con tra- 
zas de ser dueñas y señoras de aquel hogar. 

Cuando el médico observó a la enferma 
desde la calle, según costumbre, le dijo a 
Clotilde, entre afable y cariñoso: 

—¿Conque al fin os echaron la bendición?... 
Me alegro, hija, me alegro. 

Ella respondió sencillamente: 

—Yo tenía que cuidar a esta criatura, ¡y 
como en mi ventana hace ya frío!... 

—Eres buena. Dios te lo premie... y que 
que nunca te falte el sol. 

—Amén— susurró Clotilde, mirando a su 
hija con transporte—. Y le pareció que el ca- 
ballo rosillo de Don Julián, llevándose al jine- 
te macilento, caminaba aquel día con cierta 
soltura y prontitud. 



i 






V 



EL MAR 



Cinco años después era Talin una obrerita 
ciudadana muy soñadora, un poco triste, que 
sobrazaba dos muletas y cosía ropa blanca de 
lujo para un gran comercio santanderino. Su 
larga enfermedad en Cintul dio por resultado 
que el tumor de la rodilla, al resolverse, de- 
jaba en posición viciosa la articulación, inuti- 
lizando la pierna. Y los padres de la niña, de- 
solados ante la invalidez, pusieron su última 
esperanza en los médicos de la ciudad. Una 
heroica resolución, más fuerte en Clotilde 



268 CONCHA ESPINA 

que en Ambrosio, más decidida y obstinada, 
les empujó fuera del terruño por caminos lle- 
nos de dificultades que p?.recían invencibles. 
Todo lo pudieron la caridad y la ternura 
acendradas en un recio corazón de mujer. 

Y una tarde, larga y calmosa de primavera, 
el matrimonio y la niña salieron de Cintul, 
embargados a un tiempo de pesadumbre y de 
ilusiones. Los padres se despedían con angus- 
tia de todo lo amado y conocido; Talín deja- 
ba atrás, con inconsciente melancolía, su in- 
fancia plena de libertad y de inquietud, con 
inocente cortejo de cantigas, pastores y ro- 
mances: ¡su infancia pura, transida, al cabo, 
por el dolor! 

Cuando los viajeros perdieron de vista la 
aldea cobijada en el enfaldo del monte, aún 
hallaron amigos los senderos y los valles. Y 
ya al anochecer, junto al ferrocarril, todavía la 
cumbre del Escudo se perfiló en el cielo como 
una mole de tinieblas, diciéndoles adiós. 



RUECAS DE MARFIL 269 

La niña no había ido nunca en el tren, y de- 
jóse llevar maravillada, imbuida por ambicio- 
nes indecibles, imaginando que volaba tan 
ligera como las aves, más segura que ellas en 
los brazos de hierro del camino. 

Aumentaba esta ilusión la sombra naciente 
en los hondones, que trepaba por los colla- 
dos hacia la serranía, amortajando a la tierra. 
Ya sólo quedaba sobre el paisaje una franja 
de claridad: se iban agazapando los pueblos 
dormidos en la ruta y galopaban los bosques 
y las mieses como espectros a los lados del 
convoy. A Talin^ asomada a la ventanilla con 
muda impaciencia, le dio en el rostro un aire 
salado y fresco, y poco después, de la entraña 
misteriosa de la noche surgía el Cantábrico. 
La tremenda llanura, al recoger de lo alto del 
cielo toda la luz, brillaba resplandeciente 
como una sonrisa: allí, junto al coloso, estaba 
la nueva existencia, el progreso, la ciudad, 
¡tal vez la salud!... 



270 CONCHA ESPINA ' 

Pero las últimas palabras de la medicina no 
remediaron a la pobre Talín. Y acabadas las 
peregrinaciones a través de sanatorios y con- 
sultas, la niña se sostuvo entre dos muletas y 
volvió a andar, casi a correr. 

Ambrosio trabajaba en una fundición y Clo- 
tilde en un taller de planchado. Habitaban una 
buhardilla en casa principal, cerca del puerto, 
albergue que les fué concedido mediante sus 
excelentes informes y el apoyo de una buena 
familia a quien Clotilde había servido en su 
primera mocedad. 

Como los médicos insistían en que la invá- 
lida no podría vivir sin aire sano y mucho sol, 
aquel alto refugio al mediodía, junto al mar, 
constituyó para ellos un beneficio inaprecia- 
ble. Allí la niña halló otra ventana llena de 
luz, abierta al ancho horizonte de la bahía, el 
encanto desconocido, que fué para la campe- 
sina un nuevo amor. 

Al principio de su vida ciudadana, Talin 



RUECAS DE MARFIL 271 

pasó las tardes afinando sus conocimientos en 
el bordado y la costura. Con excepcionales 
disposiciones y la aplicación de sus quince 
años reflexivos, pronto estuvo dispuesta para 
merecer un jornal. Entonces comenzó a salir 
muy poco de su casa. Iba los días de fiesta a 
la parroquia y en contadas ocasiones a las 
playas y los muelles, para acercarse todo lo 
posible al mar. Al cabo de muchas tentativas 
logró embarcarse una vez con otras compañe- 
ras del obrador. Fué al Astillero en un vapor- 
cito muy empavesado y alegre, cruzando la 
bahía entre grandes buques, balandros genti- 
les y botes diminutos, alejándose hacia donde 
los montes forman a las aguas marinas una 
cuna, casi siempre serena. La breve navega- 
ción no pudo ser más apacible y segura, y la 
gozó Talín como rara maravilla, con embele- 
so profundo: correr sobre las olas a la par del 
viento y las nubes le pareció el placer por ex- 



272 CONCHA ESPINA 

celencia, el disfrute que merecía todos los ries- 
gos y todas las audacias. 

Pero al volver al muelle, poseída de la nue- 
va embriaguez, halló a su madre esperándola, 
tan angustiada y triste, que prometió no em- 
barcarse ya nunca más sin su permiso. 

Y no era fácil obtenerle. Clotilde y Ambro- 
sio, pero ella siempre con más vehemencia en 
los sentimientos, recelaban del mar; le temían 
como a un monstruo desconocido y le mira- 
ban con admiración llena de supersticiones: 
sus mudanzas, sus acentos, su vida potente y 
misteriosa, cuanto para la niña significaba 
atractivo y seducción en la movible llanura 
venía a ser para los padres señal de amenazas 
y de espanto. 

Talín no volvió a embarcarse. Era ya inca- 
paz de faltar a su palabra, se iba haciendo una 
mujercita dulce y seria, y guardaba con reca- 
to en su corazón el fermento de sus inquietu- 
des. Por otra parte, el destino le ponía una ca- 



RUECAS DE MARFIL 273 

dena en los pies: la muerte le perdonaba a 
cambio de la libertad. Sentíase la muchacha 
cautiva entre los bastones que con vigilancia 
implacable se erguían al lado suyo. Empezaba 
a presumir de bonita y de mujer, y le dolía 
cada vez más la humillación de verse compa- 
decida a cada instante, burlada en muchas 
ocasiones. Lástima o crueldad, siempre un 
acento amargo se levantaba al repique brusco 
de las muletas: nunca Talín iba por la calle 
tranquila y alegre como las demás criaturas. 
Se hizo un poco huraña: no quería salir, y su 
madre le traía y le llevaba la labor; dejó de 
tener amigas y acabó por estar sola de la ma- 
ñana a la noche, lo mismo que en Cintul. 
Aunque a esta ventana remota no llegaban 
saludos ni visitas como a las de la aldea, te- 
nía la joven a su lado un gran amigo, un de- 
leite, una pasión: el mar. Se pasaba la vida 
frente a él, pendiente de su ritmo y de sus 
cóleras, de su hermosura y de su voz. 

18 



274 CONCHA ESPINA 

Admirándole al compás de la aguja, cumplió 
diez y siete años Talín. Era una moza de be- 
lleza enfermiza, muy inteligente, muy sensible, 
de carácter reconcentrado y ávida imagina- 
ción: hablaba poco, soñaba mucho, y sabía 
como nadie sonreir. 

Llegó a hacer tales primores con los enca- 
jes y las vainicas en las holandas y el nansouk, 
que trabajando por cuenta propia se emanci- 
pó del taller, y ya muchas señoras trepaban 
al empinado albergue de la artista en busca 
de la gracia de sus manos, buenas aliadas del 
amor... 



VI 



EL AMOR 



Llaman a la puerta con un golpecito discre- 
to, y la bordadora, sin levantar los ojos de su 
labor, dice: 

— Adelante. 

Entra una joven de porte distinguido, son- 
riente, destocada. La inválida se quiere levan- 
tar y la desconocida la detiene con amable so- 
licitud. 

—No se apure, por Dios.— Luego explica: 
Vivo en el principal y he subido para en- 
cargarle unas labores. 



276 CONCHA ESPINA 

— Muchas gracias. 

— Me han dicho que hace usted preciosi- 
dades. 

— No tanto... 

Se sienta la señorita en la silla que la ofre- 
cen, mira a la obrera con mucha curiosidad y 
pasea luego la mirada por toda la habitación, 
una salita minúscula, resplandeciente de pul- 
critud, aderezada con cierto interesante cariz; 
hay en la mesa del centro un canastillo con 
blondas y otro con flores; en las paredes foto- 
grafías de paisajes; en una papelera libros y 
dibujos; sobre la ventana un arambel borda- 
do en tul y una jaula con un malvís. 

La dueña de aquel nido se considera rica, 
tiene algunos ahorros y dos solos caprichos, 
que no la erripeñan: leer y mirar al mar. Ha 
hecho del trabajo un arte que adereza y pule 
con orgullo y devoción, y esconde el fracaso 
de su juventud entre cosas bellas y pensamien- 
tos limpios, con celosa dignidad, sin que na- 



RUECAS DE MARFIL 277 

die le haya enseñado a padecer ni a sentir. El 
valor con que sofrena las ansiedades y cubre 
las amarguras, pone un exquisito gusto en su 
sonrisa, y en sus ojos azules un claro brillo de 
corindón oriental. Tiene descolorida la tez, 
grande y fresca la boca, copioso el cabello ru- 
bio, ancha la frente, delicadas las manos, fino 
el talle. Viste de percal azul: las muletas a los 
lados le hacen guardia de honor. 

—¿Cómo se llama usted? — pregunta de re- 
pente la señorita del principal. 

— Talín, para servirla. 

—¡Talinf.r. ¡Qué nombre tan raro y tan bo- 
nito!— responde, sin ocultar el asombro por 
cuanto ve y escucha. 

—Es el nombre de un pájaro, allá arriba, 
donde yo nací. 

—¿Es usted montañesa? —vuelve a pregun- 
tar la curiosa. 

—¡Ya lo creo! — dice, con cierto empaque, 
la niña de Cintul. 



278 CONCHA ESPINA 

Y la vecina, deseando corresponder a tan- 
tas averiguaciones, cuenta de corrido muy 
alegre: 

— Pues yo me llamo Julia; soy madrileña. 
Mi padre tiene un destino aquí hace pocos 
meses, y nos hemos instalado en un piso de 
esta casa. Unas amigas me hablaron de usted, 
de su habilidad y buen gusto, y como estoy 
haciendo el equipo^ ¿sabe?, pues dije: Voy a 
subir para que me enseñe modelos y ver si 
no me cobra muy caro... 

— ¡Ah! ¿Se casa usted?— interrumpió la 
bordadora con nostalgia. 

— Sí; con un chico también madrileño, 
bastante buena proporción, guapo él, de una 
gran familia, abogado... 

La charla de Julia, gozosa y ligera por de- 
más, quedóse truncada de súbito por un alto 
rumor; era como si un inmenso abejorro hen- 
diese la dulce brisa de aquella mañana suave. 

—¡Un aeroplano! — dijeron las dos mucha- 



RUECAS DE MARFIL 279 

chas a la vez. Y se asomaron a mirar al cielo 
sobre cuyo diáfano tapiz se dibujaba el apa- 
rato milagroso como un ave colosal. 

—Yo tengo un hermano aviador— mur- 
muró Julia con repentina tristeza. 

—¿Y está en Santander? 

— No: pero llegará un día de estos; viene de 
París. Allí le han dado el título de piloto y 
ha hecho ya muchas pruebas arriesgadas. 
Es muy valiente, muy sereno... ¡más buen 
mozo!... Y buenísimo además. ¡Lástima de 
hombre! 

—¿Por qué?j 

—Porque se romperá la crisma sin tardar 
mucho... Mis padres no le dejaban de ningún 
modo seguir esa profesión, pero, ¡tuvo un 
empeño tan firme!... ¡Ya se conoce que es 
aragonés! 

-¿Sí? 

— Nació en Zaragoza, estando allí emplea- 
do papá. 



280 CONCHA ESPINA 

—¿Y cómo se llama? 

—Rafael: es tipo muy interesante. 

—Se parecerá a su hermana —dice Talin^ 
seducida y halagadora. 

Julia sonríe con gratitud y responde: 

— Nada de eso: él es fuerte, robusto, muy 
grandón, y yo, ya ve usted qué menudita y 
frágil. 

Se yergue, sin duda para desmentir un 
poco su modesto parecer, y en el vano de la 
ventana, henchido de luz, queda el perfil de 
una mujercita pelinegra, insinuante, graciosa. 

— No me parezco nada a mi hermano- 
asegura la joven. Y añade: — Le voy a subir a 
usted algún retrato suyo. 

Luego, cambiando de sitio y de expresión, 
con suma volubilidad, trata de sus encargos, 
revuelve los encajes y los patrones, ajusta pre- 
cios, regatea y consigue cuanto se le antoja. 
Talín ha sido conquistada por la señorita del 
principal... 



RUECAS DE MARFIL 281 

Pocos días después el equipo de Julia ha 
traspuesto las escaleras, confiado, con plenos 
poderes, a la inválida; pero la novia no cesa 
de subir y bajar con recaditos y consultas, 
muestras y cintas. Ya sabe de memoria la vida 
y milagros de Talín^ los motivos de su dolen- 
cia, sus gustos y costumbres. 

—Aquí tiene usted novelas de Julio Ver- 
ne — dice, registrando los rincones de la 
sala. 

—Sí; casi toda la colección. 

—¿Es su .autor favorito? 

—Apenas conozco autores. Ese me gusta 
mucho. 

— Yo le daré a conocer algunos modernos. 

Y la refitolera deja los libros por un lado 
para revolver otra cosa. 

Quiere aprender calados y puntos, y ase- 
gura que no tiene tiempo. 

Clotilde, que suele encontrarla allí, se asom- 
bra y exclama: 



282 CONCHA ESPINA 

—¡Jesús!... ¡Si parece hecha con rabos de 
lagartijas! 

—Pero tiene buen corazón — arguye con 
dulzura Talín, 

Y ella no sabe que en sus palabras bon- 
dadosas se esconde una fuerte simpatía ha- 
cia Rafael, aquel mozo lleno de atractivos 
que sube por los aires a escuchar la música 
de los astros y sorprender los secretos de 
la vida alada. La incitante devoción yace 
muda y sin forma en la conciencia de la jo- 
ven, mientras los claros ojos se obscurecen 
con una sombra fugaz. 

Llega Julia, muy alborotada, una tarde de 
aquellas, enseñando la anunciada fotografía. 

—Aquí está Rafael: mírele. Acabamos de 
recibir su retrato, hecho después del último 
vuelo sobre Pau. ¿Es guapo?... ¿Le gusta?... 

La costurera clava sus pupilas ansiosas en 
un rostro franco y varonil, un rostro alegre y 
dulce a la vez, lleno con el fulgor de la pro- 



RUECAS DE MARFIL 283 

pia mirada. El gallardo busto de Rafael apa- 
rece bajo los élitros enormes de la monstruosa 
libélula, y el aviador sonríe a Talín^ mirán- 
dola, mirándola de un modo extraño y lumi- 
noso, inolvidable. Ella sacude con dificultad 
el dominio de aquellos ojos ausentes, y res- 
ponde, traspasada de inquietud: 

—¡Me gusta!... 

Así, en un vuelo ideal, llegó el Amor en for- 
ma de aeroplano a la humilde ventana de Ta- 
Un: era el Cupido moderno por excelencia, 
con los ojos libres en la ruta de la inmensidad; 
las alas dobles y potentes, señoras de las más 
altas nubes; por flecha, un tren de aterrizaje, 
y en el pecho, enamorado de las aventuras, 
el estruendoso latido de un motor. 



VII 



EL DOLOR 



Desde que Julia introdujo a su hermano 
en la salita de la inválida, no ha transcurrido 
más de un mes. 

Fué una tarde abrileña y moribunda cuando 
el mozo se rindió, influido por las vehementes 
ponderaciones. 

— Te aseguro que es una muchacha origi- 
nal, muy lista, muy mona; tiene una voz que 
penetra en la carne, una voz como no he 
oído ninguna... Está deseando conocerte: 
sube. 



286 CONCHA ESPINA 

Y la novia le presentó en la buhardilla con 
pretexto de enseñarle el equipo. 

No suponía el aviador que su hermana 
hubiese logrado tan feliz descubrimiento. En 
aquel marco de gracia y honradez, vigilada 
por las crueles muletas, le pareció un arcán- 
gel herido la niña de Cintul. 

Ella le trataba con embelesadora turbación; 
habiéndole parecía que sus labios tuviesen 
un nuevo perfume de bondad y temblaba en 
sus ojos la luz como una llama en el viento. 

Llega Rafael cansado de fuertes emociones: 
la guerra, la aviación, la vida como nunca 
inquietante de París, le han producido una 
laxitud que le inclina a las cosas apacibles y 
dulces con verdadera sed. En el claro refugio 
de Talíti halla un remanso de paz donde la 
belleza y el martirio se ofrecen al divino goce 
del sentimiento en el rostro de la humana 
flor. Y allí se queda todas las horas que pue- 
de, seducido por la niña con lástimas y ter- 



RUECAS DE MARFIL 287 

nuras sutiles, que ella traduce al mudo len- 
guaje de sus ilusiones. 

Clotilde se alarma un poco de la asiduidad 
del señorito: ni los recados que de su herma- 
na lleva y trae, ni el invento frecuente de los 
dibujos, le autorizan para acompañar tanto a 
la costurera. Aunque la madre no viene a casa 
más que a comer y a dormir, conoce en el 
semblante de su hija, abierto y revelador, las 
visitas del caballero. Todos los indicios se lo 
aseguran: la muchacha abandona la lumbre y 
otros domésticos cuidados; cose menos; se 
compone más; está inapetente; necesita otra 
vez dormitivos como en el período agudo de 
sus males. Después de algunas vacilaciones 
Clotilde se encara con ella y en un tono inu- 
sitado por lo brusco, le pregunta: 

— ¿Se puede saber a qué viene aquí el se- 
ñorito del principal? 

— ¡Ay madre, a nada malo; por Dios, déja- 
le venir! 



288 CONCHA ESPINA 

— ¿Tanto te importa? 

La niña responde, entre lágrimas: 

—¡No sé... no sé!... 

Y la madre, trastornada por aquel dolor, 
suaviza el acento para continuar: 

— Tienes diez y ocho años... Todo lo que 
tú haces me parece bien... pero ese joven no 
se ha de casar contigo... 

— ¡No, imposible... imposible!— murmura 
la enamorada. De repente añade: —Yo no me 
curaré nunca, ¿verdad? Ya no tengo remedio: 
me quedaré así, deforme, toda la vida. 

—La esperanza es lo último que se pierde... 
Otras cosas más difíciles se han visto... Dios 
puede hacer un milagro... 

—¡No tengo remedio!— balbucía la moza 
con desolación mientras Clotilde, evocando a 
la saludadora, présaga en Cintul, se acusaba, 
llena de amargura: 

—¡Yo no tuve fe! 

Y un inmenso pesar se desarrolla en el 



RUECAS DE MARFIL 289 

alma sencilla y fuerte de esta criatura que ha 
sido madre por el espíritu, en sublime con- 
cepción de piedades y amores. Permanece 
atónita ante el nuevo quebranto de su hija, 
incurable como la enfermedad que sufre, 
obscuro y desconocido para la mujer, que le 
siente gemir en sus propias entrañas y no le 
comprende. Ella no supo amar sino en forma 
de compasión y sacrificio, con dádivas y re- 
nunciamientos, sin una dulce ilusión para sí 
misma. Ella ha tenido la sola esperanza de 
ejercitar el bien en torno suyo, y se consume 
de pena junto a la irremediable desventura 
del más querido ser. Todos sus esfuerzos, 
todas sus abnegaciones, no salvan a Talín del 
doble yugo del dolor... 

Ya Clotilde no le hace a su hija adverten- 
cias ni preguntas; la trata como a la cosa más 
frágil y sensible del mundo; teme que de un 
día a otro se le muera igual que un pájaro, 
se le marchite lo mismo que una flor. Anda a 

19 



290 CONCHA ESPINA 

SU lado sin hacer ruido, como en la alcoba de 
un enfermo; la observa a hurtadillas con pun- 
zante ansiedad, y al hablarle contiene apenas 
los temblores de la voz. 

Ambrosio percibe de un modo vago la 
misteriosa pesadumbre de las dos mujeres y 
siente el alma llena de perplejidad. Siempre 
añorante de su vida de labrador, abierta al 
señorío de los campos, libre y ancha en su 
misma esclavitud, se va resignando a la dis- 
ciplina estrecha del taller, y transige, hasta 
cierto punto, con las costumbres urbanas; 
pero estos días vuelve de sus tareas un poco 
más tiznado que otras veces, más sombrío, 
menos conforme. 

Por su parte Rafael comienza a tener repa- 
ros cerca de Talín. No es un seductor de ofi- 
cio ni lleva un mal propósito a la salita blan- 
ca de la bordadora, y se conmueve al sentir 
dilatarse en su alma los pensamientos de la 
joven con inefable expansión. Buen conoce- 



RUECAS DE MARFIL 2Q1 

dor de mujeres, descubre en aquella, sin difi- 
cultad, la creciente pasión, con todas sus fases, 
distintas como las mudanzas de la luna. Y se 
duele de contribuir al mayor suplicio de la 
niña enferma, cuando gozaría en rescatarla de 
la adversidad. La está mirando él también, 
como una existencia quebradiza y expiran- 
te, que en un momento se puede deshacer 
lo mismo que la espuma, volar como un 
aroma. 

Sin embargo, cuando sube a verla, se en- 
gríe al persuadirse de que es una criatura sin- 
gular aquella que le ama. Encuentra siempre 
un nuevo encanto en sus ojos espléndidos y 
graves, donde la luz pone a cada hora un di- 
verso matiz, y en su voz empañada y caliente, 
sobre la cual los sentimientos, al amoldarse a 
la palabra, rozan los sonidos con musicales 
vibraciones. 

Todo en la niña de Cintul parece diáfano, 



292 CONCHA ESPINA 

transparente, infantil; no obstante, el hombre 
que hunde en ella, sediento, la mirada, sabe 
que hay un arcano, un enigma bajo el amor 
y el dolor de toda mujer... 



I 



VIII 



EL AIRE 



Hay en Santander un gran aviador, famoso 
en España, y muchos días Talín le ve pasar en 
su aeroplano, seguro por el alto celaje como 
por un camino real. 

Se queda absorta la muchacha contemplan- 
do aquel punto remoto, que, abrasado de luz, 
parece un ave roja, una flámula viva y es 
alado bajel desde el cual un hombre señorea 
las nubes por senderos de palomas, hasta 
mirar de cerca al sol como las águilas. 



294 CONCHA ESPINA 

Más despiertas que nunca sus ambiciones, 
Talín quisiera volar también, subir hacia 
Dios huyendo de sus pesares, quebrantando 
las cadenas de su pobre vida. 

Advierte ahora que su nido tiene la trágica 
hechura de un ataúd; la sala se yergue sobre 
el tejado para que el muerto recline con hol- 
gura la cabeza, y el resto de las habitaciones 
se agacha con el cadáver hasta los pies. Ya 
no consigue borrar la tremenda obsesión, y 
se ahoga en la estrechez del aposento que ha 
sido para ella generoso refugio. Ceñida a la 
ventana, bajo las meditaciones más absurdas, 
vive con la aguja en la mano y la mirada por 
el aire, trasoñando quimeras, recordando su 
niñez libre y audaz, s'us escapatorias al monte 
y al río, a la copa de los árboles, a la espina 
de las cumbres: le parece que ha sido pájaro 
o mariposa en una existencia anterior, y con- 
funde su infancia con otra vida que tuvo, no 
sabe cuándo. 



RUECAS DE MARFIL 295 

La boda de Julia se aplaza hasta el otoño, y 
la señorita ya no sube con tanta frecuencia 
a vigilar los primores de Talín^ que duermen, 
abandonados casi en absoluto. 

El que sube es Rafael, siempre con discul- 
pas que justifiquen sus visitas, como si las 
considerase impropias. Un periódico, una 
revista, un libro para que la enferma se dis- 
traiga, le sirven de pretexto cada vez que 
lucha entre huir y aproximarse a la niña do- 
liente, y acaba por ceder a la más suave ten- 
tación. 

A menudo encuentra a su amiga en la 
postura habitual junto a la ventana, y nota 
que sus ojos vuelven del cielo cada día más 
tristes. Entonces quiere darle ánimos y resis- 
tencia, abrirle horizontes de esperanza, pers- 
pectivas de ilusión y de salud. La persuade, 
pensamiento a pensamiento, con habilidad y 
cariño, como a una criatura inocente; hasta 
que la sonrisa incrédula de Talín se enciende 



296 CONCHA ESPINA 

en larvas de pasión y retrocede el mozo con 
recelo, procurando llevar por otro camino, 
más noble para él, aquellas confidencias que 
le encantan y le mortifican. 

Para lograrlo suele irse por las nubes en 
torno a sus aventuras de aeronauta y enu- 
mera, también, las cosas finas y elegantes, 
sutiles como para juguetes, que componen 
un aparato volador: alambres de acero, vigas 
huecas, lo mismo que el tubo de un instru- 
mento musical; maderas caladas, cuerdas de 
piano, tela, celuloide, pintura, barniz... 

—¿Nada más?— interroga maravillada la 
costurera. 

— Sí; mucho más: nuestro pájaro de acero 
tiene costillas, alas, cola, pulso, corazón... 

—¿Como los de carne? 

—Lo mismo. Y con mucha más fuerza, 
mucho más poder. 

—¡Quisiera volar!— dice, con antojo vehe- 
mente y antiguo, la pobre inválida. 



RUECAS DE MARFIL 297 

Y el aviador, que la tutea como a una niña, 
promete: 

— Cuando yo suba te llevaré conmigo. 

—¿Va a subirusted?...¿Aqui?...¿Es deveras? 

—Un día de estos. Vuestro campeón san- 
tanderino me presta su aparato. 

— Pero ¿de verdad iré yo? 

— ¡Vaya!... y si tú quieres no volveremos. 

— ¡Ah... no volver! 

—¿Te gustaría? 

—¡Muchísimo!... El aire me encanta. 

—Es el esposo de la Luna, el padre del 
Rocío, el dios del Bien... |Y como tú eres 
también una diosa!... 

—¡De la Tristeza! — interrumpe la niña con 
un mohín. 

—¿No sabes que entre el Aire y la Noche 
engendraron todos los seres? 

—Nada sabía. 

—Hasta dicen que el alma es aire. 

—¡Jesús! 



298 CONCHA ESPINA 

—Pero, escucha: ¿dónde aterrizaremos? — 
pregunta insinuante el aviador. Y se acerca a 
la muchacha que le oye con una sonrisa llena 
de aturdimiento: 

— ¡Por qué no vamos a pasar la vida en las 
nubes! 

— ¡Si pudiera ser!— exclama ella con angus- 
tia. Se deja acariciar una mano, luego la retira 
algo medrosa, muy conmovida, y para escon- 
der sus emociones, habla trémula: 

— Diga usted, ¿es cierto que volando sobre 
el mar se ven en el fondo de las aguas cosas 
muy bonitas? 

Rafael siente en aquel instante una honda 
compasión por la indefensa criatura; una lás- 
tima dulce y fraternal por aquella voz, empa- 
pada en matices, que tiembla como las alas 
de un verso; por aquellos ojos claros y puros, 
donde el amor no sabe guarecerse. Se queda 
mirando a Talín con una serenidad comuni- 
cativa y mansa, y responde: 



RUECAS DE MARFIL 299 

—Si; volando sobre los mares se descubren 
muchos de sus misterios. Las algas, con los 
tallos fijos a las rocas, forman verdaderos bos- 
ques submarinos que se distinguen muy bien 
desde la altura. Eso, aquí mismo, en el Cantá- 
brico. En otras aguas hay, además, flores rarísi- 
mas y luminosas; lirios y estrellas de mar que 
alumbran; plantas que son a un tiempo rosas 
y animales; peces con lentes o faros rojos y 
amarillos. Los corales, con sus desprendi- 
mientos de caliza producen playas de coral; 
otras veces el légano es blanco junto a los 
sangrientos arrecifes. Y las avenidas fluviales 
arrojan al mar islas enteras que se hunden en 
las fosas del abismo, y hay zonas cubiertas 
por algas de púrpura y carmín, hay fondos de 
arena verde y rosa; de fango rubio y azul; de 
arcilla gris... 

— jEl mari... ¡qué hermosura!— interrumpe 
la muchacha con transporte. Se vuelve a mi- 
rarle dormido en la bahía, celando el secreto 



300 CONCHA ESPINA 

de SUS tesoros bajo una candida apariencia de 
cristal. 

—¿También te enamora? — murmura algo 
celoso el aviador. 

—También. 

—¿Tanto como el aire? 

—El aire es más mío. 

— ¡Tuyo!...— suspira el mozo. Y se despide 
con una prisa brusca, mientras se desangra el 
sol en el horizonte marino, y sobre el alero 
del tejado se baña una paloma en el último 1 

fulgor de la tarde. 



IX 



LA SOMBRA 



Guarda Talín en el más regalado seno de 
su memoria la promesa de Rafael, y a pesar 
de todos los disimulos, Clotilde vislumbra 
el rayo de sol que atraviesa la frente de su hija 
desde la guarida de los pensamientos y se aso- 
ma a los ojos en un rehilo de esperanza. 

— ¿Qué espera?— se pregunta la mujer llena 
de inquietud. Vigila en silencio, y con su claro 
instinto de piedad, siente cómo la joyen va 
dejando el alma adormecida en una ilusión 
vacilante, y cómo aquella ilusión se extingue 



302 CONCHA ESPINA 

de repente, y se nublan los ojos y los sueños 
de la enamorada, en la más negra obscuridad. 

Supone Clotilde, por seguros indicios, que 
el aviador se ocupa ya muy poco de Talín^ y 
ve llegar a Julia acelerada con una noticia. 

—¿No sabe? — le dice a la costurera—. Ra- 
fael va dirigir mañana un aeroplano. 

—¿Mañana? 

—Sí; ¿se lo había dicho él? 

— No le veo hace ya muchos días. 

La voz y el semblante de la moza se demu- 
dan al responder, pero Julia está muy ocupa- 
da en contemplar un hermoso camisón que 
viste el maniquí. 

—Me gusta mucho— afirma— ; como este 
quiero media docena— luego continúa: — ¡Ah!; 
pues no le extrañe que mi hermano no suba 
por aquí. Está en el aeródromo la mayor par- 
te del tiempo, en plena fiebre de aviación y 
no habla más que de virajes, motores y cosas 
por el estilo. 



RUECAS DE MARFIL . 303 

—¿Le dio algún recado para mí?— trata de 
averiguar la niña triste, asiéndose al último 
jirón de su fe. 

— Ninguno— responde la señorita, y sigue 
diciendo: —Mamá ha pedido un coche para 
que mañana vayamos al campo de aviación, 
que está por lo visto, en un lugar precioso 
llamado las Albricias. ¿Usted suele ir? 

—Nunca — balbuce un opaco acento que 
sólo a Clotilde impresiona. 

—Pues yo aún temo que mamá no se deci- 
da. Rafael se empeña siempre en que le vea- 
mos volar, y ella se resiste, con un miedo 
atroz. Ahora parece que ha consentido... Con- 
que ya sabe: como este camisón quiero seis. 
Es un modelo muy elegante; aunque me gus- 
taría el escote un poco más alto... Ya hablare- 
mos, ¿eh? 

Y con la misma prisa que trajo se marcha 
la señorita del principal, dejando en el pasillo 
y la escalera el menudo repique de sus tacones. 



304 CONCHA ESPINA 

Clotilde prepara la mesa para comer, sin 
atreverse a hablar, temiendo que sus palabras 
lastimen el sombrío retraimiento de la mu- 
chacha. Y Ambrosio, que llega a las doce, 
pregunta con afán a su hija: 

— Qué, ¿estás peor? 

Ella mueve la cabeza negando, cada vez 
más pálida y silenciosa, y los padres se abru- 
man ante el misterioso mal que vuelve sobre 
Talín con una clandestina premeditación, sin 
saber por dónde, cuando ya no le esperaban. 
Comen a disgusto, observando que la enfer- 
ma hace esfuerzos inútiles por no sazonar el 
alimento con sus lágrimas. 

— ¡Está hética!— se dicen, lo mismo que en 
Cintul. La miran como una sombra que se 
desvanece, y el padre huye rebelándose con- 
tra el dolor de la infeliz, que él solo quisiera 
padecer. 

Es domingo, y las mujeres se quedan jun- 
tas y solas al pie de la ventana por donde en- 



I 



RUECAS DE MARFIL 305 

tran la descolorida luz de un cielo turbio, y una 
brisa que tiene, hoy más que nunca, el amar- 
go salitre de la mar. Talín siente en los labios 
aquella penetrante acidez que no sabe si acu- 
de de su propio corazón. Abre un libro sobre 
las rodillas, y en él pone los ojos húmedos de 
pena, sin volver las hojas ni saber lo que 
dicen. 

La madre cruza las manos encima de su 
delantal, inclina la frente, y piensa en lo lejos 
que está de aquel espíritu que a su lado sufre 
y que se le escapa, fugitivo siempre, cada día 
más distante y remoto. Acaso jamás le tuvo 
cerca, ni cuando en la casita montes buscó el 
alma de la niña con halagos y desvelos, hasta 
ofrecerse por esclava, sin reservas ni condi- 
ciones. 

Clotilde lamenta, de pronto, en esta hora, 
el fracaso de su esterilidad; duda si para me- 
recer el excelso nombre de madre basta un 
amor hondo y fuerte como el suyo, o sería ne- 

20 



306 CONCHA ESPINA 

cesado haber concebido la carne doliente de 
7fl///2, haber moldeado en las entrañas el co- 
razón de la criatura mortal. No comprende 
por qué la niña, que le tendió los brazos en 
sus dolores físicos, llamándola madre, le hurta 
lo más sagrado del sentimiento: el espiritual 
dolor... Quisiera consolarla, medir su pena, 
saber el camino de su inquietud. Cuanto hay 
en ella misma de ignorado, simpatiza con el 
misterio y se asoma a buscarle en los ojos 
azules de Talín, Pero conoce que una sombra 
invencible le celará siempre aquel abisma 
nublado por unas lágrimas que no acaban de 
caer. Y retrocede pensando en la madre muer- 
ta, en la pobre tísica que nadie nombra, que 
duerme olvidada en el campo silencioso de 
Cintul. 

— ¡Hace frío!— murmura la joven, de re- 
pente estremecida. Una ráfaga de aire, aguda 
como un puñal, les sacude, mientras Clotilde 
cierrra la ventana: el mudo soplo deja sobre 



RUECAS DE MARFIL 307 

^ las frentes pensativas una agorera alucinación. 

Galopaban las nubes y comienza a llover, 
I calladamente, con humilde suavidad. 

Se escapa el día por todos los caminos bajo 
la mansa huella de la lluvia, y en la salita se 
rozan el murmullo de una oración y las alas 
de un suspiro, hasta que la noche se apaga 
oscura en los cristales. 

Entonces las dos mujeres atribuladas, creen 
percibir un aciago rumor, frío como un chor- 
tal, abierto con infinita pesadumbre en el pá- 
i lido corazón de la sombra... 



I 



EL TRAMONTO 



Nace la mañana tardía, con espeso embozo 
de nieblas, y Talín la mira crecer bajo la su- 
prema inquietud del que aguarda el mayor 
goce de su vida con la certeza de que es im- 
posible que llegue. 

Los padres se han ido a trabajar a la hora 
de costumbre, y la muchacha tiene delante 
su labor y clava con tenacidad los ojos en el 
espacio donde rueda turbia la luz, 

— ¡Volar, y volar con «él»!— se está dicien 
do. Por ver realizada esta promesa inolvida- 



310 CONCHA ESPINA 

ble, moriría gozosa imaginando que dejaba 
un rastro luminoso en las arenas del tiempo... 

Los vellones de la niebla remontan las altu- 
ras y abren en las nubes surcos de más viva 
claridad; se templan los hálitos del viento y la 
mañana se embellece envuelta en su misma 
palidez. 

El ala fresca de una mariposa roza en la 
ventana la mejilla de Talín^ y al solo contacto 
de este beso puro, siente la joven desbordar- 
se toda su tristeza y su pasión. Sobre el agua 
movible de los ojos azules pasan las emocio- 
nes fulgurantes, enloquecidas, empujadas unas 
encima de las otras por la trémula mano del 
recuerdo, y la memoria es un ancho camino 
por donde se deslizan las imágenes de aque- 
lia breve existencia, desde los días de libertad 
y de salud hasta las horas obscuras de la in- 
validez. 

Esta vida que alboreó llena de ambiciones 
y de cantares, se resume ahora en un ansioso 



RUECAS DE MARFIL 311 

atisbo del espacio y de la luz, bajo el yugo de 
las muletas; siempre encendido el pensamien- 
to a la raita del sol, y siempre la realidad 
cautiva al borde de una ventana que sirve de 
cárcel y tortura. Si alguien viene a prometer 
k recompensa de un minuto de felicidad, ha 
mentido aquella voz, y la promesa traidora se 
convierte en un suplicio intolerable, en un 
nuevo y terrible desengaño. 

De pronto suena el repique de un paso leve 
y conocido, y entra Julia, como de costumbre, 
apresurada y risueña. 

— ¿Quiere usted venir conmigo a las Albri- 
cias? Mamá a última hora no se atreve y no 
tengo quien me acompañe. 

—¿Y Rafael?— murmura atónita la inválida. 

—Está en el campo de aviación. Volará a 
eso de las once y son más de las diez. El co- 
che nos está esperando. ¿Se anima usted? 

—¿Sin permiso de mis padres? 

Cuando lleguen a casa estaremos nosotras 



312 CONCHA ESPINA 

de vuelta y se alegrarán de que usted haya 
dado un paseo. 

—¡Voy! — decide Talín^y se apoya en los 
bastones para buscar un vestido. 

—Este encarnado— elige la señorita descol- 
gando en la reducida percha de la alcoba un 
trajecillo rojo. 

La obrerita se le viste con precipitación, y 
a pesar de su aturdimiento recuerda al toro 
gilvo que una tarde en el monte se enamoró 
ciegamente de un vestido colorado. 

Esta salida del hogar tiene hoy también, 
como aquel día funesto, un aire clandestino, 
el travieso cariz de una escapatoria. 

—¡Será la última!— piensa la joven con un 
suspiro que se extiende por la sala como una 
despedida. 

Desde la puerta vuelve los ojos Talín a este 
nido que hace tiempo le parece un sepulcro; 
le recorre todo con mirada indefinible, y 
bajo el peso de una emoción singular, traza 



RUBCAS DE MARFIL 313 

con mucha reverencia la señal de la cruz... 

El campo de las Albricias está cerca de la 
ciudad, tendido en la llanura con anchos ho- 
rizontes de huertas y jardines. 

Cuando llegan a él las dos muchachas, un 
grupo de curiosos rodea el aeroplano que 
hiera del hangar se dispone a subir. Es un 
magnífico <Moranne Saulnier> y tiene en el 
fuselaje el nombre como una embarcación: se 
llama San Ignacio III. Parece un monstruoso 
gavilán; bajo la nervadura de las alas el cuer- 
po trepida, impaciente por huir, mientras los 
mecánicos le celan con exquisitas precaucio- 
nes. Entre ellos surge el aviador ya vestido 
para el viaje, bromeando con risueño desdén. 
De pronto vuelve la cabeza atraído por una 
mancha roja que oscila entre dos bastones, y 
se sorprende al reconocer a Talín. 

—La he invitado a que me acompañe 
porque a mamá le entró miedo — explica 
Julia. 



314 CONCHA ESPINA 

—¡Usted <no se acordó»! — insinúa con 
amargo reproche la costurera. 

—Sí, «me acordé >— afirma Rafael — ; pero 
huía la responsabilidad de mi convite... Huía 
de muchas cosas — añade con acento un poco 
estremecido. 

— ¡No es verdad!— prorrumpe obstinada la 
joven. 

—¿No?... ¿Quieres probarlo? ¿Quieres su- 
bir? 

—¡Quiero!— contesta, cálida y vibrante la 
voz, y arrastra el paso tullido hacia la nave, 
con febril ansiedad. 

Rafael manda que acerquen la escalera y la 
muchacha pugna en los peldaños cuando el 
mismo aviador los sube en un instante y des- 
de arriba transportaba la viajera hasta su sitio, 
con bastones y todo. Ella sonríe fascinada y 
la gente aplaude al darse cuenta del suceso. 

—¿Pero, es de veras?— clama Julia con re- 
pentina zozobra — . ¿La vas a llevar, Rafael? 



RUECAS DE MARFIL 315 

— La llevo— asegura— . Se quita el abrigo 
y le ciñe al cuerpo glácil de la bordadora. 

—No me hace falta — dice la joven, que luce 
arreboladas las mejillas y los ojos ardientes. 

—Arriba tendrás frío. 

El aviador ocupa su puesto y concluyen las 
maniobras de la partida, mientras Julia refiere 
a su alrededor, con mucho interés, la historia 
triste y pura de Talín. 

Alguien ofrece a la viajera una mantilla, un 
velo para envolver el peinado y cubrir el ros- 
tro contra el azote del aire a gran velocidad. 

—No lo necesito; voy muy bien— respon- 
de— . Y mirando con orgullo al cielo que se 
desarrolla sobre su frente. —¡Qué lástima que 
no haga solí— murmura. 

— Buscaremos un boquete en las nubes 
para llegar a lo azul — dice el piloto. 

—¿Eso es posible? 

— jYa lo creo! 

—¡Dios mío!— balbuce en éxtasis la pobre 



316 CONCHA ESPINA 

inválida, que está en camino de quebrarle al 
cielo su pálido cristal. 

De pronto el San Ignacio resbala sobre la 
pista y se yergue en el viento que zumba. 

— ¡Adiós, adiós! — gritan, pegadas a la tie- 
rra, unas voces envidiosas. 

—¡Ahora sí que soy un Talín — pronuncia, 
enajenada de gozo, la niña de Cintul— . Sien- 
te que, al cabo, agita las alas temblorosas y 
resplandecientes que siempre tuvo en el cora- 
zón, y poseída por la inefable ráfaga de liber- 
tad, arroja de la nave las muletas, que al caer 
se clavan en el campo, hincadas hacia la altu- 
ra como dos interrogaciones. 



XI 



LA LUZ 



La tierra huye, tendida y anchurosa, borda- 
da de surcos y de huertos con apagados tonos 
de tapiz. 

El aeroplano gira sobre la ciudad, y árbo- 
les, torres y edificios le apuntan en momentá- 
nea persecución, al hundirse bajo el solemne 
vuelo. 
h Se dibuja un punto, el seno turgente de los 

montes; después todo el paisaje se humi- 
lla, aplastado como un mapa, sin relieves ni 
contornos. 



318 OOKCHA KSPINA 

El viento ruge: hendido por las alas verti- 
ginosas del aparato, se queja a voces del in- 
truso que le corta y le vence, y que grita, a 
su vez, con acento poderoso. 

En lo profundo del horizonte, el mar, dor- 
mido, calla el inmortal secreto de su existen- 
cia, y sobre él se remonta el avión, refleján- 
dose en el quieto espinazo de las aguas. Al 
mirarle, esfumado entre la bruma, diríase que 
un bergantín con las velas tendidas había 
echado a volar. 

El cabello rubio de Talín flota destrenzado 
como los airones de la neblina, y la mucha- 
cha, ebria de felicidad, se asoma a ver si bajo 
las aguas traslúcidas descubre la belleza del 
Cantábrico algún bo$que de flores marineras, 
alguna playa de color de rosa. Nada distingue, 
porque el aviador, que ha hecho un precioso 
«picado» sobre la bahía, deja de pronto que 
la nave sa encabrite, como brioso corcel, y la 
manda sobre las nubes que en patrullas galo- 



RUECAS DE MARFIL 31 Q 

pan hacia lo sumo del cielo: queda el aparato 
mecido en un halo tembloroso de claridad; se 
rompe en seguida todo el velo del celaje y 
aparece lo azul, inflamado de sol. 

La viajera, en pleno tramonto, arrebatada 
a las humanas ligaduras en aquel glorioso 
viaje, siente la vaga estupefacción de vivir, el 
infinito roce de la eternidad. Rechaza el abri- 
go que la envuelve, y se pone de pie, apoyán- 
dose con temerario impulso en el borde de la 
nave. Sin saber lo que dice, grita, con los ojos 
ciegos de llantos y de resplandores: 

—¡Te quiero, Rafael, te quiero! 

Su voz, transida de inquietudes, se deslíe 
en el aire que la sorbe y la empapa con in- 
mensa dulzura. 

El piloto, a la vanguardia del aeroplano, va 
sumido en las múltiples atenciones de su cien- 
cia llena de arte y de riesgo, emuladora de la 
divina virtud. Lleva detrás de sí a la pasajera; 
entre ambos, el cristal del parabrisas, y ni la 



320 CONCHA ESPINA 

ve ni la oye, muy lejos de suponer que en 
aquel instante la enamorada se dobla en el 
vacío, al peso de su corazón. 

El San Ignacio pierde bajo el envés de las 
alas el surco de un vestido rojo que tiembla 
como una lágrima de sangre, como una gota 
de sol, y con los brazos abiertos en una entre- 
ga brusca, Talín se hunde en el mar, hasta el 
mismo légamo azul... 

Vuelve el avión del cielo con firme sereni- 
dad; descubre las colinas y los bosques, el ca- 
serío y los jardines, la alfombra entera de San- 
tander, aún descolorida por el nublado, y 
aterriza en un vuelo insuperable, entre los 
aplausos del público y las muletas de la invá- 
lida, semejantes a una interrogación. 

Trae el viento el aroma húmedo de la lluvia 
primaveral: en la linde remota de la pista, un 
álamo esbelto y fino, inclinándose a un lado y 
a otro, parece un dedo que niega. 

Sin detenerse, el San Ignacio entra en el 



RUECAS DE MARFIL 321 

hangar como un ave que retorna al nido. 

Allí Rafael quiere felicitar con orgullo a su 
compañera. Se levanta, sonríe, da la vuelta 
con las manos tendidas y queda atónito delan- 
te de un lugar vacío: ¡No vuelve Talín del via- 
je que emprendió!... ¡El canario montes ha 
volado con misterioso rumbo, más allá de las 
cimas que remontan los pastores; al otro lado 
de las nieblas y los luceros! 

Ya la gente se arremolina en torno a la má- 
quina triunfante, y el estupor se divulga ante 
la incertidumbre de que se haya quedado en 
el cielo la niña de Cintul... 

Acaban de rasgarse las nubes, y en la sole- 
dad majestuosa del espacio se levanta, como 
en supremo altar de inmolaciones, la divina 
patena del sol. 



21 



índice 



Páginas. 



Ruecas de marfil 5 

Naves en el mar 9 

I.— El fiordo andino 11 

Il.—Presentimiento 17 

III. —Las aves nuevas 23 

IV.— Costa inclemente 29 

V.— La cuna trágica 35 

VI. —Insomnio 41 

VIL— La fatal caída. 47 

VIII. —«Rayo del cielo». . 51 

La ronda de los galanes 59 

El Jayón 157 

I.— Rosa de zarza.— El «Jayón».— El 
dardo de una sospecha.— Ama- 
necer... . / 159 

II.— El altar, la fuente y la luna.— La 
sombra de u^ia mujer.— La señal 

de la cruz. , 169 

IIL— Voces de la tierra.— Historia de un 
amor.— El mal del país.— La pá- 
lida ventura.- Nueva esperanza. 175 
IV.— El estigma.— La sentencia del ino- 
cente— jNadie lo sabrá I « . 185 

V.— La rueda del tiempo. — Fraterni- 



ÍNDICE . 323 

páginas. 

dad.— La conciencia y el cora- 
zón.— Los ojos verdes.— Vidas 

infelices . . , 191 

VL— Las flores de la nieve.— Dicen los 
pastores...— A la luz de un re- 
lámpago 199 

VIL— Ráfagas de tempestad.— La selva 
muda." El cantar del agua.— La 

huida.— El grito celta.. - 205 

VIII. —El resplandor de la tragedia.— Ca- 
mino del cielo. El beso del sol. 215 
IX.— Horas de angustia.— Lazo de do- 
lor.— La voz de la sangre 221 

X.— El día del perdón.— Los peregri- 
.nos.— Entre dos orillas.— Almas 
que se buscan.— Revelaciones.— 
Sola en el mundo. — Sueño de 

eternidad 225 

Talin , 233 

I.— El pájaro y la niña 235 

II.— El toro gilvo 243 

III. —La madre , 249 

IV.-El sol .\ .... 257 

V.-El mar 267 

VI.-El amor 275 

VII.-El dolor 285 

VIIL-Elaire 293 

IX.— La sombra 301 

X.-El tramonto 309 

XL-Laluz 317 



EDITORIñL PUEYO.-Madrid. 



EXTRACTO DEL CATÁLOGO 



Antón del Olmet (Luis) y García Garraffa (Arturo).— ios 

Grandes Españoles: Galdós, 2 pesetas. 

— Echegaray, 2 pesetas. 

— Maura, 4 pesetas. 

— Canalejas, 4 pesetas. 

— Moret, 4 pesetas. 

— Menéndez y Pelayo, 4 pesetas. 

-— Alfonso XIII, dos tomos, 8 pesetas. 

Aponte (Adolfo).— Paisajes de almas, poesías, 3,50 ptas. 

— Canciones remotas, 3 pesetas. 

Arguello (Santiago).— De tierra... cálida, poesías, 3 ptas. 
Bazln (Rene).— Donaciana, novela, 3 pesetas. 
Benavente (Jacinto).— La gata de Angora, comedia en 
cuatro actos, 2 pesetas. 

— Los intereses creados y La ciudad alegre y confiada. 

Un tomo, encuadernado en tela, 2 pesetas. 
Buendía Manzano (Rogelio).— El poema de mis sueños, 
poesías, 3 pesetas. 

— Del bien y del mal, poesías, 3 pesetas. 

— Nácares, poesías, 2 pesetas. 

Bueno (Manuel).— Almas y paisajes, cuentos, 2,50 pesetas. 

Cadenas (José Juan).— La corte del Kaiser. Un año en 
Alemania, 3 pesetas. 

Castro (Cristóbal de).— El amor que pasa, poesías, 3 ptas. 

Cyro Bayo.— Con Dorregaray. Una corrida por el Maes- 
trazgo, 3 pesetas. 

— Los Marañónos (leyenda áurea del Nuevo Mundo), 3 

pesetas. 

— El peregrino entretenido, viaje romancesco, 3 ptas. 

— Orfeo en el infierno, novela, B,50 pesetas. 

— Los Césares de la Patagonia (leyenda áurea del Nue- 

vo Mundo), 3 pesetas. 
Darío (Rubén).— Obras escogidas* Tomo I. Estudio pre- 
liminar, por Andrés González Blanco, 3,50 pesetas. 

— Tomo IL Prosa, 3,50 pesetas. 

— Tomo III. Poesía, 3,50 pesetas. 

— Poema del Otoño y otros poemas, 3,50 pesetas. 



Darío (Rubén).— Viaje a Nicaragua, 4 pesetas. 
Oteyza (Luis de).— Brumas, poesías, 2 pesetas. 

— Baladas, poesías, 2 pesetas. 

— En tal día... (1.* serie), 3,50 pesetas. 

— En tal día... (2.* serie), 4 pesetas. 

— Galería de obras famosas, 3,50 pesetas. 

— Las mujeres de la literatura, 3,50 pesetas. 

— Frases históricas, 3,50 pesetas. 

— Animales célebres, 3,50 pesetas. 

Pérez (Dionisio).— España ante la guerra, 2,50 pesetas. 
Pérez Lugín (Alejandro).~La Casa de la Troya (novela 

premiada por la Real Academia Española), 10.* 

edición, 4 pesetas. 

— La amiga del Rey. Las tiples. Romanones. La vicaría, 

3 50 pesetas. 
Pérez de Ayala (Ramón).— La paz del sendero, poesías, 

3 pesetas. 
Poé (Edgard).— Poemas, 1,50 pesetas. 
Pujol (Joan).— La guerra. (Cuentos y narraciones), 3 ptas. 
Répide (Pedro de).— La Corte de las Españas, 3 pesetas. 

— Costumbres y devociones madrileñas, 2 pesetas. 
Roso de Luna (Dr. Mario).— Conferencias teosóflcas en 

América del Sur, 2 tomos, 8 pesetas. 

— Hacia el Gnosis, ciencia y teosofía, 3 pesetas. 

— En el umbral del misterio, 3 pesetas. 

— Evolution solair y series astro-chimiques, ouvrage 

ornee avec beaucoup des figures, 4 pesetas. 

— La ciencia hierática de los Mayas, contribución al es- 

tudio de los códices anáhuac, 2 pesetas. 

— La Humanidad y los Césares, 3 pesetas, 

— El tesoro de los lagos de Somiedo, 8 pesetas. 
Villaespesa (Francisco).— Viaje sentimental, poesías, 3 

pesetas. 

— La copa del rey de Thúle, poesías, 3 pesetas. 

— Saudades, poesías, 3 pesetas. 

— Andalucía, poesías, 3,50 pesetas. 

— El Alcázar de las perlas, drama en cinco actos y en 

verso, 3,50 pesetas. 

— Ajimeces de ensueño, poesías, 3 pesetas. 

— El halconero, drama en tres actos y en verso, 3,50 

pesetas. 
Zamacois (Eduardo).— Teatro galante, 3,50 pesetas. 

— Río abajo, prosas, 3 pesetas. 

— La ola de plomo (episodios de la guerra europea, 

1914-1915), 3,50 pesetas. 

— Sus mejores páginas, 2 pesetas. 



UOll IHTEimiilIJIl DE CmS-SOQILES 

(Filosofía, Política, Economía y Sociología.) 

YíazzL— Lucha de sexos, ün volumen, en 8.^, de 392 pá- 
ginas, 4 pesetas. 

Scheicher.— La Iglesia y la cuestión social. Un volumen, 
en 8.^, de 283 páginas, 3 pesetas. 

Zerboglio.— El Socialismo y las objeciones más comunes; 
un volumen, en 8.° de 201 páginas, 2 pesetas. 

Zalim.— La evolución y el dogma; un volumen, en 8.<>, de 
436 páginas, 5 pesetas. 

Y. Gay, Catedrático de Economía Política. -Constitución 
y vida del pueblo español (Estudio sobre la etno- 
grafía y psicología de las razas de la España con- 
temporánea.), ilustrada con grabados; un volumen, 
en 8.®, de 362 páginas, 5 pesetas. 

G. Andiep.— Manifiesto comunista; un volumen, en 8.<», de 
185 páginas, 2 pesetas. 

G. Bernaldo de Quirós.— Criminología de los delitos de 
sangre en España; un volumen, en S.^, de 124 pági- 
nas, con 9 láminas, 2 pesetas. 



Biblioteca de las Maravillas. 



Mario Roso de Luna. —Tomo L— Por la Asturias tenebro- 
sa.— El Tesoro de los Lagos de Somiedo (Narración 
ocultista.) 

— Tomo II. -De gentes del otro mundo. 

— Tomo ni.--Wagner, mitólogo y ocultista.— El drama 
lírico de Wagner y los misterios de la antigüedad. 

PRECIO DE CADA TOMO: 8 pesetas. 



POR LAS GRUTAS Y SELVAS DEL INDOSTÁN, por H. P. Bla- 
vatslíy. Traducción, prólogo y notas de Mario Roso 
de Luna, 8 pesetas. 



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