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p 9
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SUCESOS SANGRIENTOS DE PUEBLA
IGNACIO HERRERÍAS
UNIVERSITY OF NORTH CAROLINA
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UNIVERSITY OF
NORTH CAROLINA
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Í8 DE NOVIEMBRE DE ?9?0
9B890gS IPBSaSDClOOGa.
A mi padre y á mis hermanos, con todo
cariño, dedico este pequeño relato de un día
trágico.
IGNACIO HERRERÍAS.
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Mi impresión y mi opinión
Acabo de leer un puñado de cuartillas mecanografiadas que me entre
gó Ignacio Herrerías, diciéndome: '"Aquí tiene usted el original de «Los
sangrientos sucesos de Pueba,» que voy á lanzar á la publicidad; usted lo
sabe, fui testigo presencial de ellos, y por eso consagré toda mi voluntad
al relato que hago en estas páginas, para las cuales solicito de usted un
prólogo."
Leí, volví á leer y releí el interesante relato, llano y sencillo como de
repórter, pero intenso, intensísimo, como de Herrerías, joven de tempe-
ramento nervioso, de imaginación exaltada y de poderosas energías inte-
lectuales.
Efectivamente, mi compañero de labores fué testigo presencial de los
sangrientos sucesos historiados en este libro; reporteaba para uno de los
diarios metropolitanos, é incidentalmentese hallaba en la capital angelo-
politana por asuntos profesionales, cuando ocurrió la tragedia.
No olvido todavía la violencia del sacudimiento nervioso que en mí
produjo la lectura de las correspondencias telegráficas que Herrerías en-
vió á su periódico. Vibrantes eran los relatos, y recuerdo que produjeron
impresión profundísima en el ánimo del público.
Así tenía que ser, porque las correspondencias tenían mayor interés
que cualquiera de las otras publicadas en esa época; como que fueron es-
critas en el mismo escenario de los acontecimientos; las cuartillas que en-
viaba el repórter á la oficina telegráfica, transmitiendo la información,
llevaban salpicaduras de sangre humana fresca, la délas víctimas del
drama.
La reconstrucción del sangriento drama, hecha por Herrerías para el
libro en cuyo frontis irán estas líneas de impresión, tiene mayor interés,
seguramente, que las correspondencias escritas por él á raiz de los sucesos.
Es una serie de cuadros de vida intensa, en cada uno de los cuales vi-
bra un haz de nervios del autor. En fondo obscuro, casi negro, donde el
astro de la paz ha sido eclipsado por la sombra de Caín, se destacaron ro-
jas manchas de sangre, la de los hermanos, la de los hijos de la misma pa-
tria, que se asesinan los unos á los otros; y como figura de primer tér-
mino aparece la sombría de Aquiles Serdán, el indómito neurasténico,
cuyo valor temerario hubiera sido digno de causa más razonable.
Cerca de Aquiles se destaca, en este libro, una figura vigorosa de mu-
jer, la hermana del rebelde, rebelde también ella como él, y varonil como
las espartanas, pero de extraviado criterio. Carmen Serdán habría sido
seguramente, en otro medio y en distintas circunstancias, una Josefa Or-
tíz de Domínguez ó una Leona Vicario.
El libro de mi compañero de labores reporteriles debe ser leído, para
poder sentirlo, para vivir con él la vida de su relato rojo. Es un libro de
intensidad nerviosa y no podría transmitirse al lector en las líneas de
un breve prólogo, la impresión que produce la lectura de estas páginas en-
sangrentadas, en las que Caín agita su robusto brazo, cuya crispada mano
oprime el arma fratricida
— Vuelve esta página, lector, y que el relato sacuda tus nervios con
sus escenas de tragedia Sheakesperiana.
El libro de Herrerías viene á ser el prólogo documentado déla his-
toria trágica que en el futuro se escriba, acerca de la guerra civil que tie-
ne por escenario las abruptas montañas del Norte.
MEDARDO FERNANDEZ
México, Febrero de 1911.
—4-
I "ip ill «lfi»«iflii!'ii|fi»iii||||iiiiiii|)(|iiiiiiiipiiiiiipi ip IfiinilIfiiMiiiHpiii rinpiiiiiipiiiiiiipiMtiiipiMiiiipiiiiiiipiiiiiiipii' uiipiiiui|piiiui|piiMi|||||ii<iii|||||iinni|||p
La Semilla.
Allá, por los meses de Mayo ó Junio del año pasado, se supo en Pue-
bla, con toda anticipación, que el leader antireeleccionista D. Francisco
I. Madero visitaría la angélica ciudad, predicando su doctrina; y fué mu-
cho, porqué no decirlo, el entusiasmo que tal anuncio despertó, especial-
mente entre el pueblo.
El Estado tiene numerosas fábricas, y por lo tanto, crecido nú-
mero de obreros; y fué entre ellos donde la noticia causó más efecto.
Conocer á Madero, verlo de cerca, ser elogiados por él, escuchar su pala-
bra, eran, para aquellos modestos é incansables trabajadores, algo raro,
algo como una dicha de que solo disfrutarían los elegidos, y ellos
lo eran.
«Sufragio libre,» «Democracia,» «No reelección» eran frases ó pala-
bras que apenas empezaban á comprender, y Madero iba á explicárselas,
i Además, «hablaría contra el gobierno,» era un hombre «de muchos calzo-
nes; «tenía valor para enfrentarse con Don Porrino».
Aquiles Serdán, afiliado ya al partido Antirreeleccionista, no descan-
saba un momento en su propaganda, convidando á cuanto amigo tenía,
invitando á los obreros en grupos, circulando profusamente avisos de ma-
no y ejemplares de periódicos de su partido, en los cuales se participaba
la graba nueva de la visita de Madero.
Y Puebla habia sido cuna de la reelección, puesto que se fundaron
nada menos que seiscientos Clubs, en todos sus distritos, para postular á
los Señores Díaz y Corral para la Presidencia y Vice-presidencia, res-
pectivamente.
El General D. Mucio Martínez, es seguro, no pensó en los resul-
tados de la propaganda maderista, no abrigó temores; se confió en su ma-
no férrea, en su energía y en su fuerza para reprimir cualquier mitote,
y quiso, por otra parte, dejar á los maderistas ejercitar un derecho que
—5—
la Constitución les otorgaba. Por eso Madero y los suyos no fueron mo-
lestados.
De la estación de ferrocarril, situada en las goteras de la ciudad, al
Hotel del Jardín, que se halla en el centro, cerca de la Catedral, atravesó
Madero, seguido de los principales antireeleccionistas, por entre una
compacta multitud que, ebria de entusiasmo, le aplaudía sin cesar, le
vitoreaba como á un héroe.
Grupo de Don Frar\c¡sco I, Madero y sus correligionarios
poblanos. — A la derecha de Madero, Aquiles Serdárj.
El Jefe Político D. Joaquín Pita, hombre culto y de recto criterio,
aleccionó perfectamente á la policía para que, en caso dado, obrara con
toda calma, con toda mesura; y él personalmente, desoyendo los consejos
y amenazas para que no fuera, pues «iban á matarlo,» ocurrió á la esta-
ción y siguió el cortejo hasta el hotel donde se hospedó Madero.
Arremolinóse la multitud frente al hotel, hubo gritos, imprecaciones,
quejas, ayes de dolor; no faltaron lesionados: todo por acercarse más á
los muros del edificio.
Madero apareció en uno de los balcones y habló, habló largo y tendi-
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do, con energía, con valor, sin miedo. Los aplausos le interrumpieron
varias veces. El pueblo comenzó á comprender.
Fué el de Madero, en aquél entonces, un paseo triunfal por la ciudad
de Puebla, y debe haber marchado muy satisfecho de su obra.
La simiente estaba echada en el surco. Había que regarla, que cui-
darla para que fructificara.
Para eso estaba Serdán.
Desde entonces, desapareció la tranquilidad en Puebla. Así, ya se
sabía que el Gobierno trataba de imponer á sus candidatos, y que estos
nada nuevo harían en provecho del pueblo.
En cambio, Madero presentaba un programa sugestivo, interesante,
lleno de buenas ideas, de nobles promesas: habría justicia completa; la
Constitución no sería reformada por ningún concepto; los jornales á los
obreros aumentarían ,
— ¡No reelección! ¡Sufragio libre! — se escuchaba.
— Debemos elegir á Madero!
—¿Le has oído bablar? — se preguntaba en voz baja.
— Si; estuvo valiente! ¿Qué dirá Don Mucio?
—Lo que es con este si no se mete — agregaba un tercero.
En un pueblecito llamado San Felipe, cuatro mujeres, cuchillo en
mano, obligaron á una pareja de enamorados á tomar un vaso de pulque
y á gritar ¡viva Madero!
Calmados sus ímpetus, el enamorado, de cierta manera, las inte-
rrogó:.
— Y ¿quién es Madero?
— ¿Madero? Pues Madero, ja, ja, ja contestó una de las
ebrias echándose á reir.
Naturalmente, no sabían quién era Madero. Sólo habían oído vito-
rearlo. **
— Tu ¿qué eres — interrogaba uno, como diciendo: «qué nacionalidad
tienes»— y respondíanle, quedo:
— ¿Yo? maderista.
Siempre es grato hablar contra el Gobierno aunque nada nos haya
hecho, por eso se acogía con entusiasmo cuanto se escuchaba en ese sen-
tido.
Entre los estudiantes, hubo una crisis notable. Los más aplicados
dejaron á un lado los libros paja entregarse á la lectura de artículos con-
tra la reelección y sobre la democracia. Hubo reuniones en las cuales se
pronunciaron discursos valientísimos. Jóvenes de quince años que gus-
—7—
tosos se hubieran lanzado á la pelea en aquellos momentos de entu-
siasmo. /
La juventud que piensa no podía permanecer callada ante el desper-
tar de un pueblo!
Fué necesario, según supe, que muchos de ellos, pensionados por el
Gobierno, fueran expulsados.
Esta medida aumentó la indignación de muchos exaltados, pero fué
elogiada por otros.
Yo, relato loque llegó á mis oídos ó lo que vi. No me inclino ni á
uno ni a otro lado.
—8
'nfimiiiifliiiiiiipiiiiiiip; nü^iumnipimiiíjinimniipii üiprnnipraiuyuínmpn 'Hip'iifinraTipwnipi iiflinniifi ijjiiimiTp 'iilip" | if|iiiiiifP"il|!lP ;i *fíi ,!
I
Cáteos Preliminares,
Un hombre de pelo y bigote entrecano, de color moreno, facciones
recias, mirada dará, penetrante; con ancho sombrero de charro, de color
negro; chaqueta y pantalón ajustados, pistola en el cinto y ademán re-
suelto, se detiene en la puerta de la casa que en la calle de Santa Clara
tiene el conocido maderista Aquiles Serdán y se vuelve rápidamente pa-
ra hablar con cuatro hombres que le siguen.
Uno de ellos es oficial de endarmes; otro lleva el uniforme de gen-
darme, y dos de paisanos. Estos son policías secretos.
El hombre vestido de charro es el Coronel D. Miguel Cabrera, jefe de
la policía de Puebla, muy conocido en México por haber tomado parte en
el linchamiento de Arnulfo Arroyo, siendo segundo jefe de las comisio-
nes de Seguridad.
Odiado generalmente en Puebla, pasa, sin embargo, lleno de orgullo,
por entre las multitudes. No teme á una puñalada artera ni á una bala
disparada por hábil tirador; está acostumbrado á tratar con criminales,
á aprehenderlos, atormentarlos, según se murmura; y sabe que entre el
pueblo difícilmente habrá uno que sea tan cobarde de matarlo por la
espalda.
Frente á frente ¡Ah! El que se atreva á atacarlo frente á
frente, morirá!
Habla con sus hombres, repito, y todos cinco penetran á la casa, ce-
rrando cuidadosamente el zaguán como para que nd vaya á acercarse y
ver aJgo un indiscreto.
Una vecina curiosa, que demuestra estar enterada de lo que se trata,
dice á otra, en la puerta de una dulcería cercana:
— Vienen á catear la casa de' Don Aquiles.
— Pero ¿está él ahí?
— Dicen que fué á hablar con Madero para lo del gobierno, pero que
ya regresó.
' — ¡Pobrecito! Ahora lo van á «apresar.» Yo á la que siento es á la
■mujer y á los niños. ¡Figúrese usted lo que sufrirán con estas cosas!
En efecto, la policía iba á la casa de Serdán para practicar un ca-
teo y para buscarlo.
Ya entonces se sabía que algo misterioso preparaba; que era él quien
hacía circular entre las clases obreras algunas hojas impresas que no eran
ciertamente para tranquilizar alas autoridades; y ademas, se tenía noticia
de que había ido á conferenciar con Madero y á recibir órdenes para con-
tinuar, con tezón, la propaganda antireeleccionista.
Estaba acusado, también, y la policía necesitaba echarle el guante,
aprehenderlo, cortarle las alas, en una palabra, ya que su obra se conside-
raba como perturbadora de la tranquilidad pública.
Pascual Mendoza, el jefe de los gremios obreros de Puebla, protestaba
que estos no se ocupaban en política, que no había peligro de que leyeran
Casa de Serdá"q,
las proclamas de Serdán, y á decir verdad, más tarde se comprobó que los
obreros tienen más cariño por el taller y por el hogar, al lado de sus fa-
milias, con el amor de sus madres y de sus hijos, que simpatía por la
revolución.
Aquella vez, á la que me vengo refiriendo, la policía no escontró na-
da en la casa de Aquiles Serdán, excepción hecha de algunos documentos
sobre los antireeleccionistas y una oposición tenaz y brava, de par-
—10-
te de la esposa de Aquiles, para permitir que los policías entraran en sus
habitaciones.
Hubo un momento en que la señora, de pie frente á la puerta de su
recámara, con los brazos abiertos, pálida de ira, gritó á Cabrera señalan-
do su pieza:
— ¡Aquí está Aquiles; entre Usted si se atreve!
Y se asegura que Cabrera, aparentando sonreír, no hizo caso de tal
indicación y salió de la casa, seguido de sus subalternos.
¿Serdán estaba allí, armado, resuelto á matar ó morir antes que de-
jarse aprehender?
Nadie lo sabe, pero mucha gente asegura que sí.
En otra ocasión, Cabrera, acompañado del Mayor de la Gendarmería
Fregoso, que más tarde iba á desempeñar un papel importante en la tra-
gedia de Puebla, y de otros policías, cateó cuidadosamente la casa de Ser-
dán sin hallar nada, y furioso por el chasco, cuando llegó cerca de la
esposa de Aquiles le dio brutal empellón, profiriendo una frase dura.
Y se cuenta que en ese mismo cateo, Fregoso, al salir, después del
incidente que acabo de relatar, vio á un hijito de Serdán y lo levantó en
brazos, haciéndole muchas caricias. Dícese que Serdán, oculto, había
presenciado las dos escenas, y que guardó profundo rencor para Cabrera,
agradecimiento eterno para Fregoso.
Mas adelante se verá el resultado de estos dos sentimientos, cuando
trate de la muerte de Cabrera.
Yo no puedo asegurar, ni nadie lo haría, que el Mayor Fregoso haya
acariciado al hijo de Serdán con una idea preconcebida, como se ha dicho
después; pero más le valiera al referido jefe esto que no la versión circu-
lada en voz baja y esbozada en diversos periódicos, de que su salvación
fué debida á complicidad con los autores de la asonada.
La conducta del Mayor Fregoso, hasta ahora, está en tela de juicio:
y es extraño que no haya tratado de vindicarse, como es extraño que ha-
ciéndose sospechoso hasta á los altos empleados del gobierno, no se haya
procedido contra él; no se abra un proceso que lo exhiba: ó limpio de
toda culpa ó responsable de un delito ó de una cobardía.
A pesar de los cáteos tan frecuentes; no obstante que las miradas
de la policía estaban fijas en su casa de Santa Clara, Serdán hizo de ella
el centro desperaciones, el arsenal del cuerpo revolucionario, el depósito
de dinamita que lo mismo.podía servir para adueñarse de Puebla por el
pánico, demoliendo edificios y segando vidas, que volando, en pedazos, á
su madre, su hermana, á su esposa y á sus hijos.
Estos últimos, victimas inocentes de las ideas del jefe de la familia,
debían de escapar con vida para llorar su desgracia.
—11—
'iipi""iipi'"iiifin' mpimnpimnjjpnnipil 'iiifliiiiiiiípiíiiiiipiniiiflpiii infiyp iip» 'liipiraüfiiniiiniiiiimípiíi 'Hfimiiifi qpinuipi. 'iiiTpnrij|flnmiiiptniipti
Por qué fui testigo.
Es un repórter quien escribe este libro y, según dijo la prensa, fué
testigo presencial de los acontecimientos que relata. Debe pues, el lector,
saber porqué el repórter se hallaba en Puebla cuando estalló la revuelta,
pues no es creíble que adivinara, con anticipación, lo que iba á
ocurrir.
Testigo fué del drama y, modestia aparte, desempeñó un papel im-
portante. Es él quien habla al lector en todas las páginas de este pequeño
libro.
Hallábame en el Balneario «El Eiego,» de Tehuacán, un mes hacía,
buscando alivio á una anemia cerebral que estuvo á punto de costarme la
vida, pero de la que sané en aquel hermoso sitio, cuando llegó á curarse,
de una enfermedad parecida, el señor Vice-presidente de la Eepública D.
Ramón Corral, tan discutido, sin conocerlo; tan malquisto en aquel en-
tonces, sin saber quien era, porque estoy seguro, pocas, muy pocas perso-
nas saben cuales son los méritos y cuales los defectos del referido hom-
bre público.
Estando allí el señor Corral, no debe extrañarse que se supiera mucho
de lo notable que ocurría en la Eepública, toda vez que, aparte de la co-
rrespondencia y los mensajes, llegaban á visitarlo, con frecuencia, perso-
najes de la administración; hombres de reconocido valer y cuyas asevera-
ciones estaban por encima de toda duda.
Por eso, cuando el Gobernador de Puebla General D. Mucio Martínez
llegó á «El Riego,» sin previo aviso, como cualquier hijo de vecino, en
tren ordinario, me enteré de que algo grave ocurría, máxime cuando ya en
México había sido descubierto el plan revolucionario que encabezaba Co-
sió Eovelo, hoy preso en la Penitenciaría del Distrito Federal.
Era el 17 de Noviembre, víspera del sangriento drama.
El señor Frank Mont, uno de los propietarios de «El Eiego,» condu-
jo al General Martínez hasta el chalet en que se hospedaba el Vice-presi-
dente y los dejó conferenciando, participándome la nueva, pues sabía
cuanto me interesaba la cuestión política.
—12-
A eso de las doce del día salió el Ganeral Martínez y se detuvo á sa-
ludarme en la calzada que conduce al hotel, donde le presentó á mi cole-
ga el periodista y Lie. Don Gregorio Ponce de León, que había ido á visi-
tarme en esos días.
Todos tres hablamos de asuntos indiferentes, pero más tarde, cuando
quedamos solos, el Señor Gobernador me dispensó la confianza de hablar-
me sobre algo de lo que preparaba para el día veinte, asegurándome que
no tenía temores de que ocurriera un disturbio en Puebla, pero que, sin
embajgo, regresaba violentamente para tomar precauciones, ya que hasta
el centro habían llegado las noticias de que iba á estallar la revolución en
Puebla
Yo decidí acompañarlo. Mi curiosidad, desde ese momento, fué gran-
de. Ver una revolución, estar entre bilas, morir quizás Me seducía.
Hablamos con calor:
— No hay cabezas— me decía— no tienen quien los dirija y por lo tan-
to, ningún temor debemos abrigar.
— Pero, ¿y los obreros? ¿no cree usted que los obreros sean un elemen-
to formidable, en caso dado?
— Pudieran ser, pero no se mezclan en estos escándalos.
— ¿No cree usted que laboren en la mayor reserva?
— No, no lo creo.
— ¿Y en los Distritos? ¿No habrá gente armada y dispuesta á le-
vantarse?
— En ninguna parte. Acabo de recorrer personalmente una gran ex-
tensión de la sierra y todo está en calma. No se levanta una sola voz en
contra de las autoridades.
— Pues entonces ¿porqué vá usted á tomar precauciones?
— Porque se ha dado aviso deque vá á registrarse una revuelta y
siempre es bueno prevenirse.
— ¿Y tiene usted elementos para ello, general?
—Pocos, pero los tengo. El Batallón Zaragoza, algunos rurales, un
regimiento. Y tengo, además, á los zacapoaxtlas, agregó con orgullo. Es-
tos cuidarán la Penitenciaria para que el Zaragoza no esté mermado.
— Luego tiene nsted confianza en la tropa del Batallón Zaragoza?
— ¿Porqué no?
—Como son reclutados entre gente mala, son forzados
— Amigo, agregó sonriente: antes, cuando había verdaderas revolu-
ciones «echábamos leva de pelados» les poníamos el chaco y por la tarde,
ya de soldados, salían ellos á «echar leva» y tenían orgullo mientras más
contingente lograban.
—13—
— ¿Quien es el mas caracterizado de los maderistas en Puebla? pre-
gunté.
—Ninguno; el más peligroso es Aquiles Serdán, que parece ha
regresado.
-¿Es muy valiente?
— Es un desequilibrado — me respondió.
Sobre el mismo tema seguímos conversando en su gabinete de Pull-
man, hasta llegar á Puebla, no sin que antes me dijera en tono sen-
tencioso:
— Y voy á dar orden de que se proceda con energía. Estos asuntos
El autor h\ablar]do cor) el Gobernador
el día de los sucesos.
hay que reprimirlos con m#no de hierro porque dejarlos impunes sería la
ruina completa de la República.
En la Estación esperaban al General su hijo D. Carlos Martínez Pere-
grina, el jefe Político D. Joaquín Pita y el Coronel Cabrera.
Los dos últimos, después de saludarlo, me abrazaron efusivamente,
Dues me habían visto marchar á «El Riego» en condiciones pésimas de sa-
lud y nocreyeron volver á>erme. Además, me vieron llegar con el Ejecu-
tivo departiendo con toda confianza, y esto es de tomarse en cuenta.
—14—
El Gobernador, su hijo y e) señor Piba, subieron á un carruaje de
aquel y yo al del Coronel Cabrera con este y con el Ayudante del
Político Jacobo Galina.
- .Conque tiene usted revuelta, Coronel? empecé á preguntar.
Así se dice, veremos.
—Y ¿está usted dispuesto á morir?— interrogué en son de broma.
— Siempre estoy listo. Cumpliré con mi deber— dijo más serio.
—Los periódicos lo maltratan por algunos cáteos que ha practicado
Ud. á últimas fechas. Dicen que es usted arbitrario.
—¡Inexactitudes! «El Pais» me calumnia. Es natural...... allí está
su negocio si me alabaran no gustaría á la gente mala
yo cumplo con mi deber — concluyó.
El carruaje se detuvo frente á la casa del General Martínez, cuando
ya este caballero, su hijo y el jefe Político habían entrado, y el Coronel
Cabrera penetró, ordenando al ayudante Galina «que me platicara mien-
tras salía.»
Galina es mi amigo y para nada necesitaba la recomendación. Comen-
zó á platicarme largo y tendido, pero no sobre la revolución, que tanto me
interesaba, sino sobre amores. El tema, sin embargo, era de los de mi gus-
to, y la charla fué animada por espacio de media hora.
Pita y Cabrera salieron y todos tres subimos al carruaje del segundo,
quien ordenó al cochero:
— ¡Al Palacio Penal!
Sin reservas hablaron delante de mí, enterándome entonces de que
iban á recoger una orden. del. Juez para catear, esa misma noche ó la
mañana siguiente, la casa de Aquiles Serdán.
Eran las ocho y media de la noche cuando llegamos al ediücio donde
se encuentran los juzgados. El jefe Político y Cabrera entraron para bus-
car al Juez, regresando minutos después sin haber logrado su objeto. El
funcionario á quien necesitaban, había salido.
— Regresaré más tarde — dijo Cabrera al señor Pita.
— Sí, la cosa no tiene remedio. Mientras, mande Ud. vigilar la casa.
— Así lo haré.
Despidióse el Jefe, y Cabrera y yo subimos nuevamente al carruaje, en-
caminándose á la Comisaría, donde Cabrera tenía su despacho.
Por el camino, me dijo que tenía escritas las memorias de su vida y
como manifestara yo deseos de publicarlas, repuso:
—Se las daré á Ud. , pero tiene que ponerlas en limpio— Son curiosas
Veintitantos años de policía
—¿Cuándo voy por ellas, Coronel?
—15—
— Cuando usted guste. Mañana mismo, si usted quiere.
"Mañana mismo" ¡doce horas después Cabrera estaba muerto!
¿Qué fué de sus memorias? ¿Las conserva la viuda? ¡Quién sabe! Lo
cierto es que serían interesantes
Llegamos al cuartel y Cabrera, ya en su pieza, en confianza, me comu-
nicó su plan para el día siguiente:
"Iré al amanecer, ya con la orden: catearé la casa de Serdán, donde no
creo encontrar nada, y á eso de las ocho de la mañana, le mandaré á Ud,
mi coche para que se paseé. Son buenos caballos y en cuanto al cochero . . .
ha matado á más de dos por defenderme Es un buen muchacho".
Me ofreció una copa de cognac, diciendo que le simpatizaba yo por ha-
berlo tratado bien en la prensa y por ser «parejo.»
— Ustedes, los periodistas, son buenos como amigos, pero de ene-
migos
— Lo mismo que ustedes los de la policía, Coronel— agregué. Recuerdo
que Villavicencio, siendo Comisario en México, me amenazó por un párrafo
que le puse, y yo, muy tranquilo, le dije: — "No temo nada; ni soy ladrón,
ni borracho, ni escandaloso. Le costará á Ud. trabajo fastidiarme". Y Vi-
llavicencio se hizo mi amigo. Los periodistas tenemos ciertas prerrogati-
vas, coronel.
A eso de las once de la noche me despedí, encaminándome á un res-
taurant para tomar algún alimento, y poc© después me recogía, tranqui-
lamente, en un sencillo pero elegante cuarto del Hotel Pasaje.
Soñé que estaba en "El Riego".
-16-
i'6S&^V/3S2^^^V^^
Entre sombras
Un señor Arrioja ó Rojas, empresario de espectáculos, de casas para
juegos y de otros negocios en que se versan fuertes sumas, ocupaba una de
las viviendas altas de la casa habitada por Aquiles Serdán en la calle de
Santa Clara, y la otra estaba alquilada á un español, apellidado Pérez,
comerciante en abarrotes, quien tenía además, otra obscura vivienda de
la parte baja, frente á la de Serdán, cuyas piezas, lóbregas y húmedas,
atestaba de mercancías.
Arrioja ó Rojas era y es, según tengo entendido, amigo del gobierno
de Puebla, y debe haber sido él quien participó á la policía cierros deta-
lles que la pusieron sobre aviso de que algo siniestro se preparaba.
Era natural.
El aludido, por sí ó por su familia ó servidumbre, debe haberse ente-
rado de que á la casa de Serdán llegaban bultos conteniendo armas y car-
tuchos; paquetes que se recibían con muchas precauciones y con el más
absoluto sigilo: dinamita ó proclamas revolucionarias. Calló por mucho
tiempo, también debe ser cierto, pero, temeroso de que se le complicara
en la combinación y temeroso también de que su familia sufriera algún
perjuicio, se decidió á hablar — esto se me dijo— y habló, aunque no tan á
tiempo como se hubiera deseado.
Alguien de su familia, creyó ver discurrir por los corredores á Serdán
«ó á su espíritu,» cuando todos lo creían en San Antonio Texas. Alguien su-
po que la esposa de Serdán se ocupaba en conseguir veinte pesos para
comprarlos de camotes y remitirlos al esposo, leader de Madero, á efecto
de que aquel, realizándolos en los Estados Unidos, se hiciera de fondos para
regresar.
El que esto escribe tuvo en sus manos una carta en Ja cual Serdán,
desde Texas, pedía á su esposa los camotes, diciéndole que estaba sin di-
nero y que el Jefe revolucionario no le daba con que salir de apuros. Y esa
carta, que pudiera mostrarse en caso dado, quedó en poder del repórter Ha-
rold Brandon del «Mexican Herald,» á quien puede interrogarse sobre el
particular.
—17—
Arrioja sabía más, seguramente, pero no quiso comprometerse y sólo
dio el hilo para que la policía lo siguiera; y lo hizo no por espíritu de ven-
ganza, sino por librarse de la complicación á que necesariamente estaba
expuesto si guardaba silencio más tiempo,
Si la voz de alarma ladá unos cuantos días antes, la revolución aborta
quizá'sin derramarse una sola gota de sangre.
Desgraciadamente, calló.
Pérez, español á quien había interesado la cuestión política; que se
había enterado de la visita de Madero á Puebla; que sabía cuáles eran las
ideas de su vecino Serdán, puesto que éste no hacía un secreto de sus doc-
trinas y muy al contrario, á orgullo tenía propalarlas, no pudo menos que
La rqultitud corj t erri p I ar( do la casa Serdárj.
enterarse, á tiempo, de algo de lo que preparaba el jefe del maderismo en
Puebla; pero no pudo imaginar, porque para eso se requiere cierta inteli-
gencia maliciosa, que allí, bajo sus plantas, sobre la madera en que des-
cansaban su esposa y sus hijos, expuestos á morir, había grandes cantida-
des de pólvora y dinamita, millares de cartuchos, centenares de armas
¡la revolución!
1 Ah, si lo hubiera sabido !
-18—
¡Pérez no olvidará, mientras le quede un resto de vida, las horas
crueles que pasó más tarde!
El dice que notó ciertos movimientos sospechosos en la casa de Serdán
la víspera de la refriega; asegura que pudo ver cómo entraban, sigilosa-
mente, individuos de fea catadura á quienes antes no había visto. Agrega
que notó ruidos extraños, como de cajas que se abren, metales que se
golpean, pistolas que se amartillan
Confiera que sospechó que Serdán había regresado de su viaje y que
algo siniestro se preparaba, pero no dio aviso á la policía niá nadie. Ocul-
tó sus temores y sólo tomó la providencia de salir de la casa con su espo-
sa, sus criados y sus hijos, yendo á pasar la noche en la de una familia
amiga, tal vez en un hotel, en donde pudiera conciliar el sueño tranquilo
de otros días.
:._ Y Rojas, sin ponerse de acuerdo, hizo lo mismo, saliendo con su fami-
lia para dormir en otra parte, porque ya imaginaba, quizás sabía que algo
grave, muy grave y muy triste, iba á ocurrir en aquella casa.
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19
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El despertar
A eso de las siete de la mañana del diez y ocho de noviembre, es de-
cir, al día siguiente de mi llegada á Puebla, salí del hotel, con objeto de
hacer algunas compras, pero como á esas horas las casas comerciales aún
no abrían sus puertas, pens-ando que hacer del tiempo, me encaminé á un
restaurant, donde, con bastante trabajo, logré tomar un frugal desayu-
no. Y digo con trabajo, porque la verdad, á esa hora, no tenía el menor
apetito.
Pocos minutos antes de las ocho, salí del restaurant, encaminándome
á una camisería de Mercaderes, que abrían en ese momento, á la cual pe-
netré para comprar algunas corbatas. Pensaba regresar al hotel cuando
al salir á la puerta de la camisería vi venir un grupo de gente, con los
rostros lívidos, en precipitada carrera, dando voces, procurando encontrar
un sitio en donde esconderse.
—¡Hay guerra! ¡hay revolución! gritaban al pasar frente á mí.
Los dueños y dependientes de las casas comerciales que habían abier-
to ya, se apresuraban á cerrar nuevamente. En los balcones y ventanas
aparecían rostros asustados, se escuchaban ruidos de puertas que se gol.
peaban al cerrarse, de vidrios que se rompen. Tres disparos consecutivos
me indicaron el sitio donde comenzaba la refriega y corrí hacíala calle de
Sa-ta Clara, por la de Mercaderes, desierta ya. A lo lejos, en la esquina,
distinguí dos gendarmes pistola en mano, y tras de mí un oficial de la po-
licía y dos ambulantes llevando dos camillas.
Mientras corría escuché nuevas detonaciones de arma de fuego; y sin
reparar en el peligro, con la sola idea de presenciar el comienzo de una re-
friega que no sabía cómo iba á acabar; pensando en que, por pertenecer á
EL DIARIO estaba obligado á proporcionarle una fiel información de lo
que ocurriera, avancé resuelto hasta llegar cerca del templo de Santa Cla-
ra. A pocos pasos de mí, al frente, estaban los dos gendarmes en actitud
de hacer fuego.
Me detuve. Comprendí que á la vuelta, hacia la puerta del templo,
—20—
estaba el peligro; que no debía avanzar ni doblar dicha esquina mientras
no supiera de qué se trataba. Pasaron algunos segundos, cuando de pron-
to escuché esta frase que me llenó de espanto: ¡Una bomba! — Al mismo
tiempo vi humear en el crucero de las calles de Santa Tereray Santa Cla-
ra un pequeño globo de metal. Me agazapé contra el muro de la iglesia y
quedé sordo al producirse la explosión que levantó una humareda blanca,
algo muy parecido á un geiser.
¡Hay guerra! ¡ Hay revolución ! — Gritaban.
Todo pasó rápidamente, tan rápidamente que no pude ni siquiera re-
troceder al escuchar la voz de alarma.
Me repuse pronto y busqué el efecto de la bomba. Yo sabía que estas
máquinas infernales derriban muros, hunden edificios, siegan muchas vi-
das; y creí que todo iba á caer; pero sólo un gendarme estaba á pocos pasos
de mí, con el cráneo horriblemente destrozado, de cara al muro de la igle-
sia. Y me pareció que se movía ó se movió efectivamente aquel cuerpo
mutilado, aquel despojo humano, rojo de sangre, para no levantarse más!
Eché á correr, dando vuelta á la manzana hasta llegar á la esquina
de la calle del Espejo, precisamente junto á la casa del señor Pita, en don-
de, resguardándose con el muro, estaban varios gendarmes y el referido
—21—
señor, armado de un rifle Winchester. A su lado estaba el ayudante Ja-
cobo Galina, que más tarde debía batirse como un bravo.
Me asomé para ver lo que ocurría eu la calle de Santa Clara y vi, á la
puerta de la casa de Aquiles Serdán, dos cadáveres. Eran el de Cabrera y
el de un policía secreto, según se vio más tarde.
El tiroteo continuaba, partiendo los disparos de los balcones y de las
azoteas de la casa de Serdán, dirigiéndose hacia la esquina del Espejo,
donde algunos gendarmes y un grupo de rurales se disponían á emprender
el primer ataque.
Una bala rebotó cerca de mí, arrancando un trozo de pared, y hube de
apartarme, acercándome al Jefe Político, quien me informó que los ma-
deristas eran quienes se habían hecho fuertes en la casa de Serdán.
Me despedí de allí para encaminarme á la oficina de Telégrafos, que
está en una calle próxima, á la que llegué tropezándome con muchas per-
sonas de todas clases sociales, que huían en diversas direcciones.
Dentro de la oficina todo era confusión. Hay empleadas allí cinco ó
seis señoritas y casi todas lloraban, agrupadas frente á las ventanillas del
despacho. Los empleados, todos jóvenes, estaban pálidos, procurando
tranquilizarlas.
Escribí tres mensajes pagados y con carácter de urgentes, costándome
trabajo que los recibieran, pues sólo una de las señoritas, la más joven,
conservaba alguna calma. Uno de dichos mensajes era para EL DIARIO
y se recibió aquí por la tarde.
Las señoritas se disculparon diciendo que lloraban porque tenían lás-
tima de sus compañeros, los empleados que trabajaban en una caseta, en
el cerro, por estar rotos algunos cables, cosa que sucede con mucha fre-
cuencia en Puebla, con grave perjuicio del público que hace uso del Telé-
grafo y le resulta más rápido el correo.
De la oficina principal ala caseta debía llevar los telegramas un mensa"
jero, en bicicleta, pero ninguno se atrevía á salir, temiendo ser asesinado
en el camino. Le aconsejé al número 8, si mal no recuerdo, que se quitara
el chaquetín y la cachucha, para no ser conocido, y así lo hizo, saliendo,
pálido como un cadáver, á cumplir con su deber.
Salí, á la carrera, de la oficina del Telégrafo para regresar ala esquina
de la calle del Espejo, deteniéndome frente á la casa del señor Pita, en
donde había ocurrido, minutos antes, una escena que no quiero dejar
pasar:
La víspera de los acontecimientos, en la conversación que tuviera con
el Jefe Político, me dijo éste que su familia se hallaba en México, excep-
ción hecha de su hija mayor, señora casada y madre de un hermoso niño
á quien acaricié, antes, en muchas ocasiones.
—22—
Pues bien: cuando, después del esfcallidode la bomba me di cuenta; de
que algo muy grave sucedía y más graves sucesos iban á desarrollarse, re-
cordé la conversación tenida con Piba y pensé que su hija y el bijito de
ella estaban solos en la casa del Espejo, sin auxilio, puesto que el señor
Pita tenía que atender al ataque de los revoltosos, y quise salvarlos á to-
da costa.
Mi auxilio, por fortuna, llegaba tarde. Un carruaje de sitio estaba en
Quedé sordo al producirse la explosión.
la puerta y pocos instantes después pareció la señora, con el rostro des-
compuesto por el espanto, llevando en brazos al niño, que sonreía con
la sonrisa de los ángeles. Detrás, envuelto en un abrigo, cubierta la cabe-
za con una cachucha, á medio vestir, salió Carlos, uno de los hijos del Je-
fe Político que había arribado de México á la una de la mañana, ignoran-
do cuanto se preparaba.
Me reconoció al subir al coche y me gritó, temblando de emoción y —
en tono suplicante: •
—¡Por favor, cuida á papá!
—23—
¡Cuida á papá! ...Sí, tenía que cuidarlo; debía de cuidarlo. El hijo
marchaba en compañía de su hermana escapando de la muerte, y se resig-
naba á esperar, de un momento á otro, la noticia de que su padre había
recibido uno, ó dos ó veinte tiros.
Cabe decir aquí, para que no se hagan suposiciones erróneas, que yo
era y soy amigo de Don Joaquín Pita y de su familia; que no ignoro cuan-
tas enemistades se ha conquistado en el puesto que desempeña hace más
de veinte años, pero que, lleno de defectos, malquisto de muchos, yo soy
su amigo. Juzgúese como mejor parezca esta sinceridad mía, pero téngase
en cuenta que todo lo que asiento en este libro es imparcial, verídico,
comprobado.
Si Pita se hubiera portado como un cobarde, lo asentaría con igual
franqueza que asiento su buen comportamiento. No fué un héroe, pero
expuso su vida en el cumplimiento del deber,
"¡Cuida á papá!
En mitad de la calle, en el crucero, entre el templo de San Cristóbal
y su casa, expuesto al fuego de fusilería de los amotinados, presentándose
como único blanco, estaba Don Joaquín Pita, teniendo detrás al ayudan-
te Jacobo Galina, que ya empuñaba un rifle Winchester.
Yo soy su amigo, repito, y su hijo me lo acababa de rogar, y su hija
con una mirada, me lo pidió también. Pude morir con él, pero no lo pen-
sé, no tuve miedo.
Llegué hasta donde se hallaba, y torrándolo por un brazo traté de re-
tirarlo, de acercarlo al muro, de protegerlo y de protegerme contra las ba-
las de los maderistas que seguían haciendo fuego.
— ¡Don Joaquín, se está usted suicidando! — le decía — retirémonos, es
inútil morir así, sin defensa, sin objeto. ¿Por qué no pide usted tropa?
—¡Ya la he pedido, pero no viene! — me respondió. Y seguía allí, ex-
poniéndose y exponiéndome; callado, sorprendido, atónito. Aquello, segu-
ramente le causó una fuerte impresión, una sopresa sin límites.
El ayudante Galina, muy pálido, no perdía de vista la casa de Serdán
desde donde se nos enviaban tiros que iban á perderse á lo largo de la ave-
nida ó se incrustaban en la pared cercana, arrancando pedazos de cascote.
Mi ruego fué inútil, perdiéndose mis palabras al confundirse con el es-
tallido de las balas. Yo me sorprendía de que un proyectil no nos derriba-
ra. Debían ser malos tiradores.
Mucha gente vio el grupo que formábamos los tres, en el centro de la
calle, durante tres ó cuatro minutos, quizá di- z, y no habrá faltado quien
supusiera que estábamos en un lecho dd flores
-24—
\juxju*yjjr Ky^JxyKyxy^j^yxyxyfjPxy^y \ju'iljkj%J'UU
Y mientras tanto
He dichoant.es que puse tres telegramas con carácter de urgentes, sien-
do uno de ellos para "El Imparcial," otro para "El Diario" y el tercero
para mi hermano Fortunato, previniéndole que, aunque el motín acababa
de estallar, yo no corría peligro. Era esto una tranquilidad para mi padre
y mis demás hermanos, á quienes podía llegar más tarde alguna noticia
exagerada.
Naturalmente que tal mensaje de nada sirvió, cuando menos en ese
sentido, pues la alarma que experimentó mi familia fué en aumento, y so-
lo se convencieron de que estaba sano y salvo cuando al día siguiente, por
la noche, me abrazaron á mi ar ibo á México.
Mi citado hermano Fortunato recibió el mensaje á eso de las diez y
media de la mañana, siendo el primero en México que supo la noticia del
motín, pues nadie, absoluta neute nadie se enteró sino hasta más tarde.
Su sorpresa fué grande y corrió en busca de nuestro padre, que se ha-
llaba en Palacio, para mostrárselo, cumpliendo. con mi encargo.
Al salir de aabun-
cia, fueron almacenadas en Puebla, precisamente en un sitio cercano al
Batallón Zaragoza, y el cuidado del General Martínez fué proteger aquel
sitio, comprendiendo que, si los revoltosos llegaban á tomarlo, la pobla-
ción quedaría á merced de los motineros.
La Penitenciaría, además, está contigua, y como en los planes de los
sediciosos entraba el principal de poner en libertad á los presos, y en
abrir cárceles, era necesario cuidar aquello, según me lo manifestara la
víspera en el tren, cuando hacía referencia á los valientes zacapoaxtlas.
-34-
Así, pues, el punto más peligroso y digno de guardarse era aquel, ya
que, además de todas estas consideraciones, por aquel rumbo está la en-
trada á la población y era el camino que podían seguir los obreros de las
principales fábricas, en el caso de que se decidieran á tomar parte en la
revuelta.
El General Martínez mandó armar unos cuantos hombres y permane-
ció en la puerta del cuartel, retirándose de tiempo en tiempo para co-
municar sus órdenes, bien por teléfono ó verbales, á los individuos que
tenía cerca y que se encargaban de transmitirlas.
Aquel punto era la llave de la ciudad; lo sabían los cabecillas, debían
de saberlo, pero, por fortuna, no les fué dable acercarse. Y de hacerlo,
cara hubieran pagado su osadía: una lluvia de metralla los hubiera agota-
do antes de llegar.
El General Martínez, á mi juicio, se expuso más de lo debido.
Sin embargo, en voz baja se le ha criticado diciendo que tuvo miedo.
—35-
'npmnilIFTniíP'nf^
Cómo murió Cabrera
La muerte del Coronel Cabrera fué el principio del drama, el origen
tal vez.
Creyóse al principio que Serdán exasperado al ver que se presentaba
en su casa la policía y que iba á sorprenderlo; á encontrar armas y muni-
ciones, á perderlo, en una palabra, decidió jugar el todo por el todo, y
disparó sobre Cabrera con ánimo de empezar el combate. -La desespera-
ción dictó su sentencia de muerte.
Se cree, también, y esto es más probable, es seguro, que Serdán, por
no sé que causas, decidió anticipar la fecha del motín, y que previno á
sus hombres, reuniéndoles por la noche en su casa para comenzar al día
siguiente la obra destructora.
Se murmura que Fregoso dio aviso de que la policía sospechaba algo
y que iba á practicarse el cateo, pero nadie se ha atrevido á lanzar una
acusación pública en contra del referido jefe. Yo me hago eco de la opi-
nión y pido se abra un proceso para que el Mayor Fregoso se sincere.
Al anuncio de que este libro iba á aparecer, han llegado á mi mesa
de trabajo anónimos en que se denuncia al citado Fregoso como cómplice
de los maderistas. lío lo creo, pero pienso que el aludido será el prime-
ro en aplaudir mi idea, sometiéndose á las averiguaciones, de la justicia.
*■
■* *
Cabrera desobedeció las órdenes del General Martínez, porque éste
recomendó que practicara el cateo en cierta forma, ad virtiéndole que ha-
bía gente armada dentro de la casa, y el Coronel se presentó con unos
cuantos hombres, desprevenido, confiado, recordando que otras veces ha-
bía entrado á aquella casa como á país conquistado. Debió entrar á me-
dia noche ó de madrugada; entrar por las azoteas, sigilosamente, y no á
la luz del día, por la puerta, frente á frente y sin armas.
Quiso hacerlo todo á su antojo, según su leal saber y entender, con la
práctica de veintitantos años de policía, y halló la muerte.
¿Cómo?
--36—
A la mañana siguiente del día trágico, acompañado de diversos cole-
gas míos, entre ellos José V. Soriano.de "El Imparcial," el fotógrafo
Agustín Casasola, tan hábil para esta clase de trabajos, Harold Brandon,
de "TheMexican Herald;" de los corresponsales de periódicos metropoli-
tanos, como Miguel Márquez Huerta, Eduardo Gómez Haro, J. Encarna-
ción Gascón y Rodrigo Gamio, todos los cuales habían trabajado la víspe-
El Mayor Fregosq.
ra sin descanso, ( nos encaminamos al cuartel de policía, con el objeto muy
principal de cerciorarnos de la muerte de Aquiles, que se nos había co-
municado casi al amanecer, pero que, á decir verdad, no creíamos. Ade-
más, abrigábamos la esperanza de recoger nuevos y preciosos datos para
nuestras informaciones, entre ellos la lista completa de muertos y heri-
dos que nos había sido imposible obtener á raíz de la contienda.
Más adelante, en su oportunidad, hablaré sobre el aspecto que pre-
sentaba el referido cuartel, sobre las escenas que ailí se desarrollaron, los
tremendos choques nerviosos que volví á experimentar, y, por ahora, só-
lo contaré la parte que se refiere á la muerte del Coronel Cabrera, puesto
que de tal asunto ha de tratar este capítulo.
-37-
— Allí viene Fregoso— dijo alguien.
— Pues vamos á entrevistarlo— agregó Soriano.
—Yo no quiero; me repugna hablar con ese hombre, sin saber por qué
— dijo un tercero.
—Piles yo hablaré— interrumpí resuelto— y, avanzando, seguido de
mis compañeros, á los que arrastraba la curiosidad reporteril, llegué has-
ta donde estaba Fregoso.
Vestía traje de charro y se abrigaba con una manta de lana, muy
bonita por cierto. Aparentaba sufrir grandemente, pero á todos nos pa-
reció que sus quejas y su aspecto eran aparentes, que no sentía ningún
dolor físico, pero que así le convenía mostrarse.
Al acercarnos, se detuvo, sorprendido, y empezó á jadear.
—Señor Fregoso, — comencé— somos periodistas y venimos para rogar-
le nos diga cómo murió el Coronel Cabrera. ¿Quiera usted contárnoslo?
— ¡Ay! sí voy á decirles., pasen á mi cuarto ¡ay!
Soriano, al observarlo, me hizo un guiño, como diciendo: este hombre
está representando una comedia.
Justo es decir que ya en esos momentos, teníamos pésima impresión
de Fregoso, porque se decía en todas partes que había escapado con vida
gracias á combinaciones y malas artes.
Una vez instalados en la pieza que servía y sirve al mayor Fregoso de
despacho, en el Cuartel de Policía, tomó asiento, siempre quejándose, y co-
mo si experimentara un dolor físico inaguantable, comenzó á hablar.
Soriano y los otros campaneros cambiaban miradas de inteligencia.
]So sé porqué era tanta la mala voluntad que demostraban al mayor, por
más que, según he dicho antes, se sospechaba ya de su conducta en el ata-
que á la casa de Serdán.
Fregoso empezó así:
" — El Coronel me llamó, la víspera, para comunicarme que se trataba
de practicar un cateo en la casa de Aquiles, en donde se habían visto en-
trar hombres sospechosos sin que salieran, lo que hacía presumir que algo
serio preparaba aquel.
'•Yo no tenía más remedio que obedecer las órdenes del Coronel, pero
como me dispensaba su confianza, le aconsejé que el cateo lo hiciéramos
en la madrugada, por sorpresa y con un buen número de policías, para
no exponernos inultimente. El pareció contrariarse, y me dijo, visible-
mente molesto:
— No sea usted pretestoso— textual — si lo que tiene usted es miedo, no va-
ya que yo iré solo porque tk no necesito de vegigas para nadar."
— Coronel, no es eso: reflexione Ud. que Serdán y sus amigos son gen-
te decidida, que están armados seguramente
—38—
—No será la primera vez que nos entendemos con gente mala. Iremos
á las siete de la mañana— concluyó.
"Muy de mañana me presenté al Coronel, quién tenía ya listos al em-
pleado Vicente Murrieta, que murió á su lado, otros dos policías de la re-
servada, que lograron escapar y fueron los mismos que avisaron al señor
Gobernador lo que ocurría, un oficial y cuatro gendarmes."
"Todos emprendimos la marcha á pié, llegando á la puerta de la casa
Cómo TTiu.no Cabrera.
de Serdán, en la calle de Santa Clara, muy poco concurrida á la sazón. El
Coronel dispuso que los gendarmes, asi como el oficial, permanecieran en
la puerta, vigilando cualquier movimiento, y que los restantes penetra-
ran, pero no inmediatamente, sino momentos después de hacerlo noso-
tros, seguramente para no alarmar álos habitantes de la casa."
"El, yo y el comisionado Murrieta entramos, resueltamente, deteniéndo-
nos en el cubo del zaguán para recibir las últimas instrucciones. El Coro-
nel se adelantó y antes de dar vuelta á la izquierda, donde estaban las ha-
bitaciones de Serdán, se volvió á mí para decirme:"
— ;,Cual es la pieza de entrada?
—39—
"Yo me había apartado, quedando un poco atrás, observando que to-
das las puertas estaban cuidadosamente cerradas, aunque no las maderas,
y me disponía á contestar á la pregunta del Coronel cuando sonó una des-
carga y el jefe, extendiendo los brazos, cayó cuan largo era para no levan-
tarse más.''
'Sorprendido, aterrado, eché á correr para el interior de la casa en
vez de buscar la salida, pero apenas había avanzado unos diez pasos cuan-
do sentí uu terrible golpe en la cabeza y otro y otros muchos; y perdí el
conocimiento, no sin escuchar, como entre sueños, esta frase de Aquiles
Serdán.
—¡A. ese no lo maten, que es amigo!
Después, nada.
Si, después algo: después ha negado Fregoso haber oído á Serdán, por
más que las autoridades, el Gobernador inclusive, supieron que el cabecilla
estaba allí, combatiendo, no porque nadie de los sitiadores lo viera en la
pelea, que no se le vio, sino por lo que el mayor Fregoso contó cuando fué
sacado de la casa.
Está comprobado que Serdán y los suyos, prevenidos de que la policía
iba á catear la casa y dar con las armas, municiones y con ellos, decidie-
ron adelantar el motín, Ajado para el día veinte, y se reunieron diez ó
doce de los más resueltos, ocupando la noche en preparar el plan para el
día siguiente, teniendo la plena seguridad de que el pueblo, en cuanto es-
cuchara el primer tiro ó la primera bomba, se les reuniría, armándose,
para derrocar al actual orden de cosas por medio del terror.
Y Cabrera, contra el que desde hacía mucho tiempo se había pronun-
ciado sentencia de muerte, fué el primero en presentar el pecho á los re-
voltosos que, ocultos tras las vidrieras, en la obscuridad de las habitacio-
nes, asecharon el momento oportuno para derribarlo con el cuerpo perfo-
rado por tres balas que dispararon los de mejor puntería.
Fregoso, cosa rara, yendo al lado de Cabrera, no resultó ni siquiera
herido y desapareció en el interior de la casa, en tanto que los policías de
la reservada, el oficial y los gendarmes, huían, disparando al aire sus ar-
mas, para pedir auxilio.
¿Qué pasó entonces?
Pasó que los maderistas, con Serdán á la cabeza, salieron de su escon-
dite, y en el paroxismo de la ira, recordando sin duda las crueldades que se
atribuían con ó sin razón á Cabrera; pensando tal vez que hacían un acto
de justicia suprema, la emprendieron con el cadáver á puntapiés, y arras-
trándolo, lo sacaron á la calle, tirándolo en la acera como un fardo inútil.
Poco después hacían lo mismo con el cuerpo de Murrieta, joven policía
' —40—
recién entrado al Cuerpo, y que quedó boca arriba, con los brazos en cruz,
una pierna en semiflexión, el cráneo destrozado y los ojos muy abiertos. .
Cabrera estaba pegado al muro, con un brazo horriblemente torcido,
el saco destrozado y vuelto hacia arriba, dejando ver el cinturón y la cana-
na con algonos tiros; la cara roja de sangre fué cubriéndose, poco á poco,
con los trozos de cal y la tierra que de los muros arrancaban las balas de
los sitiadores
Ya en la calle los cadáveres, los maderistas cerraron la puerta del za-
guán^ sin ser molestados por nadie, pues repito, la policía escapó, se pre-
pararon á la defensa, no huyendo por que no lo creyeron prudente, pues
tiempo de sobra hubo para ello.
A haberlo deseado, Serdán y los suyos se ponen en cobro, con la mayor
frescura, pues el ataque de la casa no comenzó sino media hora después. es
decir, muy cerca de las ocho de la mañana.
Se ha dicho que Cabrera fué «fusilado» desde los corredores altos de
la casa, pero es inexacto, puesto que arriba solo se encontraba el español
Pérez, con su familia, y están de acuerdo en manifestar que la descarga
partió de la casa de Serdán, en la planta baja.
De cualquier modo, Cabrera no debe haber sufrido lo más mínimo con
las heridas, porque dos de ellas fueron calificadas por los médicos que le
hicieron la autopsia como de aquellas que necesaria é inmediatamente
causan la muerte.
Así, debe haber caído sin experimentar el más lijero dolor, como heri-
do por un rayo, sin escuchar siquiera el ruido de los disparos.
¿Que lo golpearon, que le dieron puntapiés? Maltratar un cadáver e-
quivale á maltratar una piedra, un hierro, algo inaminado, algo que no
siente ni sentirá.
Moralmente, fué este acto cruel castigo para el Coronel Cabrera y un
ejemplo que no olvidarán muchos policías.
Era tal el odio de los poblanos á Cabrera, que á raíz de su muerte cir-
cularon profusamente unas hojas anónimas con el relato que en seguida
copio, á título de curiosidad, las cuales tuvieron un éxito loco, especial-
mente entre la gente del pueblo.
—41-
Hoy á las «ene y media a. m.
Muríé en al saaa 4a tacitas las diablas al eobarde aseslm
vil inquisidor Jafa da las seplaaas,
Miguel Gabrera
Sus víctimas, al Comercio y al Puabla en general, al parti-
ciparle taa agradable noticia, lo invitan á celebrar la pérdida
de tan pasada carga y al natalicio en los profundísimos infier-
nos del alma de tan mal hombre.
Puebla, Noviembre 18 de de 1910,
Las maldiciones las recibe el alma de este condenado en las calderas del
infierno.
-^42—
De TTltratTJLtri'ba
De la más candente hoguera
los diablos, con mucho afán,
felicitan á Serdán
porque les mató á Cabrera.
Fué su vida muy rastrera
y del pueblo no fué apoyo;
por eso bala certera
mató al linchador de Arroyo.
Llegó al infierno Cabrera
de bombín y de levita
y le dijo una hechicera:
¿"porqué no tragiste á Pita"?
ir
-43-
La esquela y los versos fueron atribuidos á un señor Blurnenkron,pero
lo cierto es que á ciencia cierta no se ha podido averiguar quién es el au-
tor. Este supo explotar muy bien el sentimiento del pueblo, y no obstan-
te que ofendía á un muerto, que debe ser siempre respetado, la gente reía
al leerlos y se pagaban buenos precios por las capias en máquina ó ma-
nuscritas. Yo conservo una, escrita con letra antigua, que bien pudiera
ser uno de los originales.
Naturalmente, hubo después muchos poetastros imitadores, que hi-
cieron versos más ó menos malos, pero sin alcanzar el éxito de los arriba
citados.
—44-
Comienza el ataque
Cuando regresé de la Oficina de Telégrafos á la esquina de la calle del
Espejo, pude ver las calles absolutamente desiertas, excepción hecha de
la mencionada, hacia el sitio donde habíamos estado discutiendo el Jefe
Político Pita y yo, pues allí se hallaba reunido un grupo de hombres y
muchachos, al rededor de veinte, los cuales trataban de c uriosear lo que
pasaba en la casa de Serdáu, resguardándose con el muro de la esquina.
En una de las casas de dicha callé, tras de las vidrieras, y exponiéndo-
se á recibir un tiro, pero impulsadas seguramente por la curiosidad, mal
grave y crónico que padecen todas las mujeres y muchos hombres, al-
cancé á distinguir á unas guapas señoritas, amigas mías, y en otro balcón
más cercano aún, otras, guapísimas, que me miraban con ojos asustados
con grandes deseos de preguntarme ¿qué pasa?
Una horrible detonación que hizo estremecer las calles cercanas se es-
cuchó, y después otra, haciendo que los curiosos, sin saber de que se tra-
taba, emprendieron la fuga, dejando el sitio despejado. Las detonaciones
eran producidas por el estallido de las bombas de dinamita que Serdán y
los suyos arrojaban desde las azoteas, con el objeto, seguramente, de lia
mar al pueblo en su ayuda.
Cabe decir aquí que las bombas estaban mal hechas y sin proyectiles
dentro, de manera que, no encontrando la dinamita más resistencia que
la perilla de latón en que estaba encerrada, hacía explosión sin producir
más que un ruido fuerte, como si se disparara un cañonazo. El gendarme
que antes había muerto á mi lado al estallar la primera máquina infer-
nal, debe haber recibido el casco de ella en el cráneo.
La calle donde está la casa de Serdán es bastante larga, y el edificio
queda más cerca de la esquina de Santa Teresa que de la del Espejo, don-
de yo me había colocado, no porque hubiera menos peligro, sino por estar
cerca < el Jefe Político, que necesariamente iba á dar las órdenes para co-
menzar el asedio y que estaría más al tanto de lo que el Gobernador man-
dara, puesto que á él iban dirigidas las indicaciones.
-45—
Varios gendarmes, escondiendo el bulto lo mejor que podían y sin a-
pnntar á tadie, estoy seguro, disparaban sus armas, al vacío, amedrentan-
do más á las multitudes que buían despavoridas, no solo temiendo el fue-
go de los revoltosos sino los proyectiles perdidos de los gendarmes, gente
ignorante que, antes de ese día no pudo ni siquiera conocer el manejo de
las armas.
Serdán y los suyos hacían disparos, de cuando en cuando, y yo, que
me asomé un poquito, sirviéndome la esquina de parapeto, pude ver en
Carme-n Serdán,, desde la altura, co-qvidaba al pueblo
á la rebelión.
esos momentos como aparecía una mujer en el balcón principal de la ca-
sa, y dirigiéndose á los curiosos que estaban cerca de Santa Teresa, los
arengó, agitando en la diestra unrifle.
Confieso que tal acto de arrojo de parte de una mujer que más tarde
supe era Carmen Serdán, ;me llenó de entusiasmo, de admiración, y de
tristeza, pensando cuan ímproba le resultaría su heroicidad.
-46-
El pueblo permaneció mudo, quieto, impasible. No hubo un solo im-
pulso para correr en auxilio de aquella mujer que ofrecía armas y parque
y que pedía socorro.
¿Fué por falta de simpatía de la causa maderista? ¿Fué por cabardía?
¡Quién puede saberlo! Yo sólo sé que la multitud, tan fácil de arrastrar
en otras circunstancias, quedó inamovible.
¡Carmen Serdán debe haberse avergonzado de pedir auxilio á quienes
no podían ó no querían prestárselo!
Estaba aún en el balcón, destacándose con figura magnífica; el pelo
en desorden, panda la tez, los ojos hundidos, el ademán nervioso, cuando
sonaron varios tiros disparados por los gendarmes siempre al vacío.
Ella no quiso escuchar las detonaciones ni le importaba la vida en esos
momentos. Siguió gritando, gesticulando, hasta que una mano seguida
de un brazo robusto la sujetó por la ropa y la hizo penetrar á las habita-
ciones, cerrándose nuevamente el balcón.
¡Que pequeño me sentí en ese momento y cómo deben haberse senti-
do muchos de la policía que contemplaron aquella temeridad de parte de
unafmujer!
Quizá el mismo Aquiles se sintió insignificante y cobarde ante el he-
cho estupendo que narro!
Yo, en quién nadie podía fijarse en aquellos momentos para hacerme
blanco de un disparo, me ocultaba tras el muro temiendo morir; y á pocos
pasos, presentando el pecho á muchas armas, desafiando al mundo, una
mujer raquítica y enlutada; fanática por una causa que muchos condena-
ban, dando un raro ejemplo de valor!
Para obsolverme á mí mismo de los temores que sufría, un proyectil,
disparado desde la casa de Serdán, arrancó la argamasa del edificio en don-
de antes he dicho que se asomaban unas amigas mías, en la esquina, y
yo me retiré violentamente temiendo que siguieran apuntando y corrigie-
ran la dirección de las balas. El ayudante Calina se acercó al Jefe Políti-
co para decirle, señalando al extremo de la calle en donde está el templo
de San Cristóbal:
—Allí vienen los rurales!
En efecto, pié á tierra, á paso veloz, con las carabinas listas, venía un
grupo como de veinte rurales, con sus trajes de charro, casi sonrientes,
como si se tratara de un desfile militar y no de una batalla. Caminaban
unos detras de los otros, pegados al muro, mientras el jefe de ellos, con
una pistola en la mano, iba por mitad de la calle.
Junto á la puerta del templo se detuvieron, á la voz de ¡alto! que die-
ra el jefe, y este atravesó la calle, reuniéndose con el señor Pita, á quién
se cuadró militarmente esperando órdenes.
—47—
El General Valle acababa de llegar, con tres ó cuatro personas
supuse eran militares empleados en las oficinas de la Zona, todos en trajes
de paisano, muy serios, como si fueran á un entierro. Y el General Valle,
Jefe de la Zona, ni siquiera se acercó á Pita para preguntarle que ocu-
rría, ni para ponerse de acuerdo. Ignoraba cuanto podía interesarle pero
no quiso indagar, se concretó á enfrentarse con los rurales y les gritó:
— ¡Viva el supremo Gobierno! ¡Adelante, muchachos!
Y así dice el Mayor Fregóse- que quedó.
Ya Pita había dado las órdenes al jefe de los rurales, y este llamó con
el puño de la pistola á la puerta del templo, que había- permanecido cerra-
da, pero en el interior de la cual estaban los sacerdotes franceses, listos
para franquear la entrada á la tropa en cuanto se les pidiera.
— ¡De frente, marchen! ordenó el oficial, y los soldados penetraron á
la iglesia cubiertos y armados, presentando un aspecto tan raro, llevando
á la cabeza al sacerdote, de sotana, que les indicaba el camino para ascen-
der á la torre, que se me antojó una cosa como de comedia, por más que
fuera muy natural.
— ¡Alto, gritó el señor Pita cuando hubieron entrado las dos terceras
partes de los rurales— los que quedan fuera, vengan conmigo!
—48-
Y este segundo grupo atravesó la calléala carrera, escuchándose en ese
momento una descarga que les hacían desde la casa de Serdán. Ninguno
fué alcanzado por las balas y todos penetraron á la casa de Pita, para po-
sesionarse de las azoteas y atacar desde allí á los sediciosos.
Yo quedé indeciso en mitad de la calle, teniendo á mis espaldas un
grupo de curiosos que no se atrevían á asomar las narices. Ala puerta de
la casa de Serdán seguían tirados los dos cadáveres, y en el extremo, en
Santa Teresa, hacia la izquierda, podían distinguirse dos ó tres kepis de
gendarmes y una que otra cabeza de algunos curiosos resueltos.
La batalla iba á librarse por las alturas y yo, iba á quedarme sin ver
los detalles, cuando tanto interés despertaban en mí
Como rayo atravesé la calle, subí la escalinata del templo, cuyas puer-
tas se habían vuelto á cerrar y llamó fuertemente, con la palma de lama-
no, desesperadamente, como si de aquello dependiera mi reputación, mi
vida.
La puerta se abrió, y un grupo de rurales que había quedado como re-
tén, se adelantó, con las carabinas preparadas, preguntándome uno de
ellos con voz airada:
—¡Qué quiere!
— Entrar, subir á la torre— respondí violentamente.
— ¿Y quién es usted?
— ¿Yo? dije en son de pregunta para urdir alguna mentira queme
franqueara las puertas — pues soy el Juez de Distrito!
Aquella audacia, de la que me reí después bonitamente, fué el "sésa-
mo ábrete". La tropa me dejó el paso libre y yo, sin conocer la topogra-
fía del templo, me interné, buscando la subida á la torre, que me indicó
un rapavelas con cara de imbécil.
Y por ahi vá, escaleras arriba, tropezando en la obscuridad, jadeante,
medio temeroso, pero decidido, "el juez de distrito" gophir, sujetándose
el bombín que, por estar á la moda apenas se ajustaba á la cabeza, y que
caía á cada movimiento brusco.
Al llegar á las bóvedas del templo, me encontré con los rurales, y co-
mo el oficial me viera recelosamente, creí oportuno tranquilizarlo y le
dije:
— Dice el séfíor Pita que ya mandó pedir cartuchos.
— Está bien — me respondió con indiferencia — y volvió la espalda.
Lo que es á este, si le llego á decir que soy el Juez de Distrito, me man-
da fusilar sin trámites. Así era de mal .encarado.
Sin embargo, no me molestó para nada y se ocupó en dictar las órde-
nes para que comenzara el tiroteo sobre la casa de Aquiles, cuyos corre-
—49-
dores altos distinguíamos perfectamense, no observando ninguna persona
en ellos, ningún sedicioso que hiciera frente.
Al otro lado de la calle, en la azotea de la casa del Jefe Político, esta-
ban ya los otros rurales, colocados en fila, apuntando para la casa de Ser-
dán, haciendo fuego. Y distinguí entre ellos á mi antiguo colega el perio-
dista ¿ic. Jesús Z. Moreno, que incidentalmente se hallaba en Puebla,
atisbando los detalles detrás de una prominencia de muro.
— ¡Fu6go' — gritó el oficial de los rurales disparando su pistola con di-
rección á la casa donde se hacían fuertes Serdán y los suyos.
Y una descarga desigual atronó el espacio con sonido tan metálico
como cuando se golpea un poste de hierro, pero como si se golpearan á un
mismo tiempo centenares de postes.
El otro grupo de rurales comenzó á disparar, á discreción, mientras
los;sitiados hacían fuego de cuando en cuando, pero sin que nosotros su-
piéramos en qué dirección.
Yo me asomé un poco más para ver loque pasaba en el otro extremo
de la calle, y fué entonces cuando vi avanzar, hacia la casa, dos secciones
del Batallón Zaragoza, una de cada acera y en el centro, con la espada de-
senvainada, un oficial que se destacaba perfectamente y que marchaba
impávido, señalando á la tropa el camino recto donde iban á encontrar al
enemigo.
Por primera vez, excepción hecha del gendarme que murió junto á mí
á consecuencia de la explosión de la bomba, vi caer á un soldado herido
frente á la casa de los sitiados, en la puerta del templo de Santa Clara.
Nadie le hizo caso; la tropa continuó avanzando sin disparar, mientras el
herido se arrastraba trabajosamente, llegando á la esquina sin soltar el
fusil.
Casi al mismo tiempo, observé que la altura del templo de Santa Cla-
ra era ocupada por soldados del Primer Eegimiento de Caballería, quie-
nes, ocultándoselo más que podían, tomaban sus posiciones, en tanto que
los jóvenes oficiales, con mucho valor, daban órdenes que yo no podia es-
cuchar.
Aquella tropa, según se vio más tarde, fue expuesta inultimente, co-
rrió peligro de ser destrozada, puesto que se colocó precisamente como
blanco de los rebeldes, frente á frente, al descubierto casi.
Fué así, sin objeto, como murió el joven subteniente Gustavo Bravo
recién salido de la escuela de Aspirantes á las filas: cazado, esta es la pala-
bra, pues cuando menos se esperaba recibió un tiro que lo dejó sin vida.
Fué un sacrificio inútil y así pudieron sacrificarse muchos otros.
Los del Batallón Zaragoza, detras de los cuales venían los Coroneles
—50—
Dn. Gaudencio de la Llave, á caballo, y Dn. Mauro Huerta, se detu-
vieron, y poco después comenzaban el fuego, que fué generalizándose has-
ta tener aquello el aspecto de una batalla en toda forma.
Yo calculé que se disparaban lo menos cinco mil cartuchos por hora,
y más tarde pude convencerme de que mi cálculo no era tan desacertado,
basándome en el parte que rindieron los diferentes jefes, en los que fija-
ban el número de parque gastado en la refriega.
El tiroteo se escuchaba como si estallaran millares de cohetes en una
de nuestras fiestas nacionales. Así debe haberles parecido á los que desde
lejos prestaban atención; pero lo que es á los que estábamos cerca, mi-
rando aquello y esperando ver cosas terribles, nos producía, á mí al menos
me produjo, una fuerte impresión, un choque nervioso que se traducía no
en temblores ni en palideces, ni en vacilaciones ni en miedo: solamente
en fuerte dolor de piernas, como el que se experimienta cuando camina
uno mucho á pió.
-51—
ninriiuiil|fii»iil¡¡flimilipi!i .n^;Tii|>¡iíTTrTiiTp'!^
Un vaBiente que cae
He dicho ya que mi principal punto de observación fué, al principio
del ataque de la casa, las alturas del templo de San Cristóbal, y por lo
tanto mentiría si dijera que los sucesos desarrollados en el otro extremo
de la calle pasaron ante mis ojos. Vi algo desde lejos, es cierto, pero tan
poco, que más tarde hube de subir á la bóveda del templo de San-
ta Clara para formarme una idea exacta de lo que había pasado y estaba
pasando.
Así pues, para continuar mi relato hube de apelar á las entrevistas
con personas que me pudieran informar fielmente, siendo una de ellas el
Coronel Mauro Huerta, Jefe del Batallón Zaragoza, quién se dignó pro-
porcionarme los detalles que en seguida transcribo.
El, modestamente, cayó la participación que con toda valentía tomó
en la refriega, pero yu he de hacerle justicia, mal que le cause enojo.
Cuando me presenté en la sala de banderas del Batallón, en el Paseo
Bravo, fui recibido amablemente por el Coronel, quié>, enterado del ob-
jeto de mi visita, con la mayor naturalidad y de un modo tan ordenado
que me sorprendió, porque en mi carrera reporteril á pocas personas he
entrevistado que contestaran tan sencilla y categóricamente, habló.
Oficialmente, no sabía nada de la revuelta que se decía iba á estallar
el día veinte, pero por las hablillas en diversas reuniones llegó á sus oídos
que algo se tramaba en contra del Gobierno. Sin embargo, no tomó en
consideración los rumorea, creyendo que se trataba de una ele tantas bra-
vatas como se inventaban para sorprender á los incautos.
Por eso, no dejó de sorprenderle que se presentara el Gobernador en
el cuartel y le diera orden de mandar salir la tropa y de ir él, ala cabeza,
para reprimir el mitote que acababa de empezar.
Inmediatamente mandó vestirá los únicos cincuenta hombres que en
ese momento había en el Cuartel; los dotó de sesenta cartuchos por cabe-
za, ensilló su caballo y salió al frente de ellos, á paso veloz, sin saber á
punto fijo en que lugar ocurría el desorden.
-52-
Por el camino se encontró á uno de Jos hijos del Mayor Fregoso, á
quién le preguntó si sabía algo, pero aquel respondió que sólo había oído
decir que en la calle de Santa Clara estaban disparando mucho. Ignora-
ba que ya en esos momentos su padre estaba prisionero ó muerto.
La fuerza entró por la calle de la Carnicería, para evitar los tiros de
frente, y al llegar á Ja esquina se encontró con el Coronel Llave, quien se
le reunió, haciendo mover su caballo para colocarse al lado de Huerta.
En el momento en que desembocaban á la calle de Santa Clara, Huer-
ta ordenó á su tropa:
El Coronel Mauro Huerta después de la refriega.
— ¡Cargúense á la izquierda! con el objeto de no presentarse como blan-
co á los sediciosos, pero el Coronel Llave siguió del lado derecho, desa-
fiando el peligro.
De pronto el caballo de dicho militar cayó, herido, y el jinete, aban-
donándolo, se armó de una carabina, yendo á reunirse con el resto de la
fuerza.
Huerta también se apeó del caballo, cogiendo un remington de un sol-
dado y se puso á la cabeza, ordenando á los suyos que llamaran á los
zaguanes cercanos para guarecerse del fuego que les dirijían, pero inútil-
mente, porque ninguna puerta se abrió' Entonces retrocedieron hasta el
-53-
Hotel Barcelona, cuya puerta estaba entreabierta, pero con una gruesa
cadena en el interior.
Varios soldados forcejeaban, trabando de romperla, cuando desde lo
alto de una casa del Estanco de Mujeres, donde hay un restaurant,. les hi-
cieron fuego, cayendo varios soldados heridos.
El Coronel Huerta mandó dar media vuelta apuntando á la casa des-
de donde tan á masalva les habían tirado, y mandó hacer fuego, sin distin-
guir alma viviente.
La puerta del Hotel se abrió y entraron los soldados y los dos Coro-
neles así como el subteniente Ojeda, que se portó como un héroe; y pues-
tos en línea de tiradores, atacaron.
Entonces comenzaron á verse actos de valentía de parte de los solda-
dos, pues muchos de ellos, desobedeciendo las órdenes, se adelantaban
demasiado, poniéndose casi al habla con los amotinados, quienes, bien
ocultos tras de los muros, hacían nutridas descargas.
Un soldado, Ángel Montano, que ahora ya ascendió á cabo por su
buen comportamiento en aquella ocasión, llegó casi á lo increíble, pre-
sentándose como único blanco al disparar su arma contra los sitiados.
Apenas había comenzado el ataque, cuando¡jel Teniente Coronel Leco-
na, que también se manejó como un bravo, se acercó á participarle que el
Coronel Llave estaba herido, con el vientre perforado por uñábala, y que
no quería dejarse curar alegando que no lo haría hasta que los rebeldes
se hubieran rendido.
En efecto, el Coronel Llave se presentó pocos minutos después, todo
ensangrentado, pero sonriendo, como si nada le hubiera sucedido y tam-
bién como si aquello fuera para él una diversión, se acercó hasta la línea
de los soldados y siguió haciendo fuego, dando algunas órdenes que inme-
diatamente eran cumplidas.
Llevaba el Coronel Llave una blusade dril, que estaba tinta en san-
gre, al nivel de la cintura, presentando además dos ó tres orificios de pro-
yectiles que no le llegaron al cuerpo. Más tarde se vio una cosa rara: un
proyectil, dirigido al pecho, perforó la blusa, el chaleco, rompió el estu-
che de ¡os leotes que el militar llevaba en el bolsillo, cerca del corazón, y
allí quedó, sin tocar la piel y sin romper los cristales de los lentes.
Hubo un momento en que un sargento lo vio vacilante, y con rapidez
lo sostuvo, en los instantes en que se desmayaba, agotado por la pérdida
de sangre. Entonces lo bajaron á uno de los cuartos del hotel, en donde
el propietario le vendó la herida lo mejor que pudo. Recobró el conoci-
miento, pidió un traguito de coñac,y subió de nuevo á la azotea, para con-
tinuar la lucha.
—54—
Hombres de ese temple son dignos de loa!
El Coronel Huerta, comprendiendo que desde el sitio en que se halla-
ban sus hombres no harían nada práctico, mandó hacer alto ai fuego y
después que bajaran, para dirijirse á las bóvedas del templo de Santa Cla-
ra, pero buscando un sitio mejor que erque habían escogido los federales,
pues repito, estos estaban á merced de los sitiados.
Teniente Coronel Lecona.
Atravesaron la bocacalle á paso veloz, viendo como el oficial de gen-
darmes Porfirio Pérez, que más tarde debía de dar muerte á Aquiles Ser-
dán, se echaba la carabina á la cara y disparaba sobre el estudiante Mar-
tínez, que salía huyendo de la casa sitiada, dejándolo tendido en el
sitio.
Entraron por la casa de un señor Fourlong, pero no había escalera
para subir á la azotea, de modo que salieron para penetrar á otro edificio,
ganando un caracol que conducía á las alturas. Allí, encontraron el cadá-
ver de uno de los sediciosos, y como el paso era tan estrecho, pasó la tro-
pa sobre el cuerpo.
Uno de los soldados resbaló al poner un pié en falso y cayó de cara
al muerto, ensangrentándose el rostro.
—55-
Ya en la parte alta, había rurales y gendarmes de la montada, y to-
dos abrieron el fuego, tan cerca de los maderistas que podían cambiarse
denuestos, injurias que resultaban más tremendas en aquellos instantes.
Casi se luchaba cuerpo á cuerpo, y fué entonces cuando los sitiadores
admiraron actos de arrojo de los sitiados.
Cuándo comprendió que los revoltosos estaban debilitados, bajó con
*u tropa á la calle y de frente atacó la puerta de la casa, acercándose has-
ta quedar pegado al zaguán.
Vio los dos cadáveres y acercándose más aún, reconoció el del Coronel
Cabrera, pues dijo volviéndose á uno de sus oficiales:
—¡Es el Coronel Cabrera!
Al escucharlo hablar, alguien que estaba por el interior hizo fuego
contra Huerta, quién se retiró violentamente hacia un lado. En esos mo-
mentos comenzó un tiroteo terrible, quizá el más formidable de la maña-
na trágica.
Caían pedazos de hierro de los balcones, se despedazaban vidrios, se
destruían muros
En el interior, como á la media hora, cesó por completo el fuego.
-5(5- -
'TjrycyxjxjKJxyxyxjxjxjxj^xj^j^y^yxjKyxyvjKyTyy^xj
Las grandezas de la desesperación,
Aquiles Serdán, hostilizado por la policía que estaba enterada de sus
siniestras maquinaciones; comprometido con Madero para hacer que Pue-
bla entera se levantara en armas contra el Gobierno; poseedor del secreto
para comenzar la revuelta; de las armas y de las municiones, no pudo re-
signarse ante la idea de que sus planes habían sido descubiertos, de que
iba á fracasar todo lo proyectado, de que iba á caer en las garras de la po-
licía, y en el colmo de la desesperación, decidió matar.
¿Pudo obrar con calma? Pedidle calma— ha dicho un orador — al rayo
que cae, al huracán que azota, al torrente que se despeña, pero no la re-
claméis de aquel alucinado!
¡Calma! Y los planes? ¡Calma ! Y la libertad, y la gloria, y la
popularidad y el mando!
Aquiles iba á ser, seguramente, el Gobernador de Puebla; así lo había
indicado Madero en diversas ocasiones. Y Madero no era un embaucador.
¿Decidió morir?
No, que seguramente no lo pensaba. Creyó salvarse; ver reunido á su
alrededor al pueblo, verlo armado, verlo atacar y vencer y adueñarse del
mando, y él, el leader, la cabeza del movimiento en el Estado, surgir co-
mo figura soberbia y sentarse en el estrado principal del Palacio, repre-
sentando al Ejecutivo!
Desde la víspera estaba en el secreto de lo qué la policía le preparaba,
y acordó, en consejo de familia, reunir en su Casa á los más decididos de
sus correligionarios para hacerse fuertes, para adelantar el motín, para
empezar, como de hecho empezó, la revuelta que tanto iba á ensangren-
tar el suelo de la república.
Cuando los inquilinos de las viviendas altas se dieron cuenta de que
entraban á la casa de Serdán individuos de fea catadura, recatándose pa-
—57-
ra no ser vistos; pasando las puertas como sombras para no volver á salir,
estaban en lo cierto suponiendo que algo muy grave iba á ocurrir en aque-
lla casa.
Dieron las diez de la noche y la puerta se cerró, como todas las demás
de Puebla, mientras en el interior de aquella trágica vivienda quedaban
reunidos quince ó veinte hombres y tres mujeres; la madre, la hermana y
la esposa de Aquiles. Estaba también el hermano, Máximo, que demostró
ser un valiente y que dejó la vida en el combate,
Y todos aquellos conspiradores deben haber pasado la noche en vela,
discutiendo los planes, formando proyectos, revisando armas y municio-
En ese momento empezó terrible tiroteo.
nes, preparando, sin duda, á toda prisa, las bombas de dinamita que al
día siguiente debían sembrar, como sembraron, el pánico en la población.
Por algo dijo Pérez que había escuchado ruido como de cajas que se
abren, metales que se golpean, pistolas que se amartillan como que
aquellos ruidos eran reales y verdaderos; como que se descerrajaban cajas
y se probaban armas y se arrancaban perillas á los catres!
Y las mujeres ¿cómo pudieron las mujeres presenciar con tranquilidad
y con calma aquellos siniestros preparativos?
Qué, ¿la madre de los Serdán, no obstante ser de raza de bravos, no
sintió sobreponerse el amor maternal para impedir que sus hijos toma-
-58-
ran parte principal en una empresa que de seguro iba á costarles la vida?
Quien sabe
Quizá los consejos no sirvieron de nada en aquella ocasión memorable
para ella. . . . Tal vez ella misma, la venerable anciana, los alentó con en-
tusiasmo, arrojándolos al abismo, precipitándolos al asesinato y á la
muerte!
Lo cierto es que aquella noche debe haber sido interesante en el inte-
rior de la casa de Aquiles.
Cuando ellas, las mujeres que escaparon con vida quieran hablar y re-
latar la verdad de lo acontecido, se hará un libro interesante con seguri-
dad, ya que á mí no me fué dable acercarme á ellas é interrogarlas como
hubieran sido, como fueron mis vehementes deseos.
El gallo, centinela avanzado de la aurora, dejó oír su alegre clarinada.
Amaneció.
Y la policía, la anunciada y esperada policía, no llegaba.
¿Ya entonces se había acordado asesinar al Coronel Cabrera y á los
que le acompañaban?
¿Ya se había dispuesto que al Mayor Fregoso no se le hiciera mal al-
guno, sino por el contrario, maniatarlo para que resaltara su inocencia?
Repito que sólo las tres mujeres han sobrevivido á aquel tremendo
drama, y ellas serán las únicas que bagan surgir la verdad de lo aconteci-
do la víspera y el día de los acontecimientos en el interior de la casa
cuando quieran hablar.
A las seis y media de la mañana, cuando ya la luz del sol brillaba en
todo su esplendor, se escucharon golpes en la puerta del zaguán, y todos
los conspiradores deben haberse preparado para comenzar el ataque ó la
defensa.
Una de las mujeres se encargó de abrir, sin recelo, nerviosamente,
como que iba á comenzar el drama y ella lo sabía.
La puerta chirrió sobre sus goznes y la entrada quedó franca, hacién-
dose la mujer á un lado para dejar pasar á los que venían.
En la obscuridad de las piezas, asechando, los hombres deben haber
preparado sus armas esperando, con el oído atento, la señal para hacer el
primer disparo.
¡Fué una desilusión!
Los que llegaban no eran de la policía, sino el señor Pérez, su espo-
sa, sus hijitos y su criado. Los mismos que la víspera habían salido á dor-
mir en otra parte, temerosos de que durante la noche ocurriera algo desa-
gradable.
Y venían enteramente tranquilos, confiados en que, durante el día
nada malo les esperaba.
—59—
Pasaron todos mirando recelosamente hacia la vivienda de Serdán y
ganaron la escalera, penetrando á su casa, en la parte alta, donde iban á
pasar las horas más angustiosas y terribles de su vida.
Hubo otro intermedio que debe haber parecido interminable á los ma-
deristas, pues se prolongó hasta las siete de la mañana, minutos más, mi-
nutos, menos, hora en que se dejaron oír fuertes llamadas á la puerta.
¡Estos sí eran!
La esposa de Aquiles Serdá-q.
La misma mujer abrió, apareciendo Cabrera, Fregoso y el policía Mu-
rrieta.
Suena la descarga y Cabrera y el policía caen y Fregoso desaparece,
comenzando en el interior de aquella casa la tragedia más espantosa que
registra Puebla en sus últimos tiempos.
¡Fuera esos muertos; ¡A la calle! ¡Alerta todos, que vá á comenzar la
lucba! Y á puntapiés ó arrastrándolos como si fueran perros, quizá para
facilitar la labor, llegan con los cadáveres hasta la puerta del zaguán, de-
jando marcadas en el patio, sobre las baldosas, las huellas de sangre, y lo-
gran tirarlos en la acera.
—60-
Algunos transeúntes curiosos, ven la maniobra y escapan aterrados,
temiendo ser víctimas de aquellos hombres, ávidos de exterminio.
Una señora, propietaria de dulcería cercana, se apercibió de lo que
pasaba, al contemplar los cadáveres después de haber oído las detonacio-
nes, y cierra violentamente el establecimiento, quedando en él durante
toda la mañana, presa de indecible angustia, hasta que la casa cae en po-
der de los federales.
Hubo de intervenir el cálculo; lo que indicaba el sentido comiín.
Seguramente vendrían fuerzas; la policía, la tropa, y todos los del Go-
bierno procurarían atacar la puerta de la casa.
— ¡Aquí, en el patio, para cuidar el zaguán, fulano, mengano, peren-
gano!
¡Otros, violentamente á las azoteas, provistos de bombas de dinamita
para arrojarlas inmediatamente á fin de llamar la atención del pueblo!
¡Vengan ustedes á la sala, para disparar desde el interior, tras de las
cortinas, á los que tengan la osadía de. llegar hasta el frente!
Las mujeres corrían de uno á otro lado acomodando armas, alistando
las para entregarlas á los que llegaran en su auxilio.
¡Pom bom bom !
La calle entera se extremeció al estallido de la primera bomba, arro-
jada por hercúleo brazo desde las azoteas al crucero de Santa Teresa y
Santa Clara.
Era la primera máquina infernal, la misma que arrancaba la vida á
un infeliz gendarme, muerto á mis pies.
Hubo un intervalo de c >nsideración.
Era que organizaban las fuerzas del Zaragoza y los Eurales para co-
menzar el ataque.
Los del interior de la c;isa se sorprendían de no ver llegar á nadie,
cuando uno de los que arriba estaban dio la voz de alarma avisando que
las tropas coronaban las alturas de los templos de San Cristóbal, de San-
ta Clara y las azoteas de las casas cercanas,
— ¡Arriba todos! ¡No, todos no! ¡Queden algunos en la planta baja pa-
ra cuidar la puerta! ¡Pasen otros á las fincas contiguas para disparar sin
ser vistos y para tener preparada la fuga!
—¡Yo arriba! gritó Carmen Ser¡ián agitando en ladiestraun rifle; y se
precipitó por las escaleras, llegando hasta los balcones y después á la azo-
tea, desde donde se la vio hacer nutrido fuego.
Ya en esos momentos los soldado, del Primer Regimiento ocupaban
el templo de Santa Clara, frente á la casa, y hacían fuego á discreción.
Uno de los revoltosos cayó muerto junto á Carmen, y esta, como si trata-
— 6L—
ra de vengar aquella muerte, se echó el arma á la cara y apuntó al tenien-
te Kiva Palacio, del Batallón de Zapadores que había ido á Puebla custo-
diando treinta mil cartuchos y que, por ser militar, se vio precisado á em-
puñar las armas y tomar parte en el combate.
Eiva Palacio, lo ha confesado más tarde, sintió una fuerte impresión
al contemplar la valentía de aquella mujer que estuvo á punto de arran-
carle la vida.
Carmen disparó; repito, pero sin haeer blanco en el teniente. Este
pudo matarla, acabar con ella, pero sintió un desfallecimiento, tuvo ad.
miración, lástima de segar aquella vida que por otra parte era la vida de
una mujer, y bajó la carabina, mientras Carmen continuaba disparando
como si ningún peligro le amenazara.
Los soldados del Zaragoza se habían aproximado, por las azoteas y el
combate era encarnizado por una y otra parte. El ruido de las detonacio-
nes, el olor de la pólvora, los gritos de los heridos y las escenas sangrien-
tas, tenían locos á los combatientes; querían exterminarse, acabar de una
vez — pero aquello se hacía interminable.
Y el pueblo, en el que tanto confiara, no acudía al llamamiento. De
nada servían las bombas de dinamita, estallando con frecuencia. Todo lo
contrario, el pueblo parecía divertirse con las sinestras detonaciones.
Un estudiante, que se sintió acobardado, loco por el terror, salió hu-
yendo de la casa, por otra de la calle de Mesones, y allí fué tendido de un
tiro que le disparó el oficial de gendarmes.
En el mismo patio de la casa de Serdán quedó boca arriba, con la ca-
beza desbaratada por una bala, otro joven, estudiante también, que ves-
tía correctamente. Sus facciones eran finas, rubio el pelo, pequeñas las
manos, pero ennegrecidas por la pólvora.
Máximo Serdán, valiente hasta la temeridad, corría de una á otra
parte cuidando á su madre y á sus hermanas, disparando, apuntando con
toda calma, haciendo numerosas bajas entre la tropa, pues vio caer á más
de diez, heridos ó muertos, después de hacerles fuego.
Los jefes y la tropa, así como la policía, vieron muy bien combatir á
Máximo, á Carmen y hasta á la madre de ambos, pero nadie pudo distin.
guir á Aquiles, nadie lo vio en la pelea y por eso no había seguridad de
que se encontrara entre los amotinados.
Yo bien sé que la opinión pública ensalsa á Aquiles como á un héroe;
que lo califica de valiente entre los valientes, pero si esa aureola fué ad-
quirida injustamente, debe quitársele.
Carmen y Máximo sí, fueron temerarios, heroicos, admirables, pero
no Aquiles.
—62—
Y como si no bastara el hecho de asegurar que nadie lo vio durante el
combate que se prolongó por espacio de más de tres horas, hubo un hecho
que patentiza hasta la evidencia, cual fué el comportamiento de Aquiles,
haciendo contraste con el de sus hermanos:
Máximo, herido ya, desangrándose terriblemente, seguía disparando
contra la tropa, se exhibía en los sitios de mayor peligro, vendía cara su
vida. Y fué así, combatiendo, cuando llegó á una casa de Mesones, encon-
trándose cara á cara con el Mayor Gustavo Maas, que de paisano, pero ar-
mado de una carabina, estaba combatiendo.
• Ambos se reconocieron y Máximo, todo revolcado, todo lleno de san-
gre, con el rostro descompuesto por la ira, apuntó al Mayor, que aun no
tenía tiempo para esquivar la descarga.
Máximo, sin embargo, no llegó á disparar; soltó de pronto el rifle,
extendió los brazos y cayó, atravesado el cráneo por una bala que disparó,
desde la azotea, un corneta del Batallón Zaragaza.
Muerte de Máxirqo Serdán
—83—
El corneta vio que su jefe iba morir á manos del revolucionario, y con
certera puntería lo quitó de enmedio.
Así murió Máximo Serdán.
Aquiles, en cambio, estuvo oculto durante el combate y se escondió
después;, dejando á su madre, á su hermana y á su esposa á merced de la
tropa.
¡Nada le importó que pudieran ser muertas, despedazadas, escarneci-
das! ¡Se salvaba él!
¿Esto hace un valiente?
Siga la pública opinión, si guiere, ensalsándolo, pero yo, como histo-
riador íiel de lo acontecido, cumplo con mi deber.
Máximo y Carmen merecen los elogios que se tributan á Aquile s .
Ellos sí fueron heroicos.
Se ha dicho que Aquiles, detrás de un tinaco, estuvo haciendo fuego,
pero está comprobado que el allí oculto, fué otro de los maderistas, muer-
to poco después en el mismo sitio.
El Ge-qeral Valle er) la casa de Serdán
En la azotea quedaban cuatro ó cinco muertos, otros en el patio, dos
ó tres en la escalera.
La casa estaba casi sin defensa, iba á caer en poder de los federales y
era preciso entregar la vid».
¡A esconderse!
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Sí, á esconderse; pero á esconderse los hombresl
¡Las mujeres se negaron á ocultarse!
Pero, después de proporcionarles refugio detrás de los muebles ó entre
las cortinas se encargaron de hacer que Aquiles desapareciera bajo tierra
Ellas, las tres heroínas, una de las cuales, Carmen, tenía un balazo
en el cuerpo, se decidieron á esperar la entrada de los soldados, sin temor
de ser muertas; frías, impasibles.
Las tres enlutadas, pálidas, pero serenas, tomaron asiento en la pieza
contigua á aquella en la que se ocultaba^ Aquiles, y esperaron.
Después el ruido de la puerta que cedía. .... dos ó tres detonacio-
en el interior de las piezas pasos precipitados que se acercan
y un grupo de soldados en actitud de hacer fuego, apareciendo ante ellas.
— ¡Alto al fuego¡— dice una .voz — y las tres mujeres reconocen al Jefe
Político Pita que levanta los brazos para protegerlas.
Ellas siguen impasibles.
— Están armadas — dice el General Valle — que ha entrado con varios
oficiales: habrá que registrarlas.
Carmen, llena de enojo, se descubre y deja ver su cuerpo, atravesado
por una bala.
Con toda clase de consideraciones son sacadas de allí; después de mu-
chos ruegos y amenazas, porque no querían abandonar el sitio.
¡Cómo que allí se ocultaba Serdán!
Ya en la calle, mientras esperaban un coche de sitio para ser transla-
dadas á la Cárcel, la madre de los Serdán dijo al oficial que la custodiaba:
— ¡Yo creí que esto iba á estar peor.!
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Sepultado vivo.
Un desaliento inmenso se apoderó de todos los ocupantes de la casa
cuando se dieron cuenta de la llegada de refuerzos. El parque se agotaba
por momentos y con los hombres ocurría otro tanto; resistir por más tiem-
po era literalmente imposible, pero iqué importaba! En la salvación no
había que pensar: seguramente cuando la turba de tropas lograra pene-
trar en la casa, acribillaría á balazos á todos los supervivientes; así, pues,
no había que izar la blanca bandera de la paz, no quedaba más remedio
que morir, y al hacerlo, vender caras las vidas! Las mujeres corrían de un
lado á otro impartiendo socorros á los heridos, ánimo á los desalentados
y valor á los que comenzaban á sentirse invadidos del temor á la muerte.
Serenas, con serenidad terrible y grandiosa á la vez, se aproximaban á los
balcones, apuntaban con los rifles y quedaban en espectativa hasta ver el
efecto del tiro, sin darse cuenta siquiera de que la culata laceraba las
carnes delicadas de sus hombros con el retroceso; y las de sus dedos, qua
muchas veces quedaron prensados por el martillo.
Otras veces las balas enemigas las alcanzaban, pero tampoco entonces
se daban cuenta de lo ocurrido. Y Cuando todos los defensores del sexo
masculino hubieron caído, cuando sólo quedaba Serdán, no pensaron ya
en defenderse sino en defender al esposo, al hijo, al hermano. Después, se
ha sabido que él no opuso gran resistencia. Si alguna vez fué valiente, to-
do su valor desapareció como el humo de los disparos, vencido por el ins-
tinto sobrehumano de conservación.
Algunas duelas del piso de una de las recámaras habían sido levanta-
das con cuidado minucioso á efecto de no dejar huellas, y quedaba el espa-
cio estrictamente necesario para que un hombre, de la estatura de Serdán-
pudiese ocultarse. Solamente que no había que pensar en estar cómodo: ni
á los lados, ni hacia arriba quedaba espacio para hacer el más leve movi-
miento.
Se acomodólo mejor posible en el estrecho refugio, sin tiempo para
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dar el beso postrero á aquellas tres mujeres heroicas que no pensaban en
sí mismas por pensar en él. No tuvo una palabra de agradecimiento, una
sonrisa de despedida, nada. El miedo había vencido en él á todos los de-
más humanos sentimientos!
Le cubrieron con cuidado nimio, exquisito; tanto que ni siquiera el
más leve indicio había que pudiera indicar la presencia del escondite.
Después pasaron á la estancia contigua y esperaron. Los soldados, notan-
El Jefe Político Tria"qd ó hacer alto al fuego
do que el fuego había cesado por completo, decidieron penetrar á la casa;
más no lo hicieron sino después da una leve vacilación. En efecto, ¿aquella
calma aparente no ocultaba alguna emboscada? Pero la excitación les im-
pulsó y se lanzaron al asalto con el deseo inaudito de acabar cuanto an-
tes. Ninguna resistencia se ofreció ásu paso.
Entre tanto Serdán permanecía en su escondite poseído de horror in-
descriptible. Escuchó á la tropa penetrar á la casa después de hacer añi-
cos las maderas del zaguán; subir atropelladamente las escaleras, abrir
violentamente las puertas de las piezas contiguas y llegar hasta la que le
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servía de refugio. Los pasos de la tropa resonaban lúgubremente en sus
oídos y aun sabiendo que su escondite estaba perfectamente disimulado
no dudó ni un solo Instante de que sería descubierto. Todos sus miem-
bros temblaban chocando contra las paredes de su cárcel y el castañeteo
de sus dientes se le antojaba bastante fuerte para llamar la atención de
los invasores. Contrajo por medio de brutal esfuerzo los músculos de los
maxilares y logró cerrar la boca, de>un modo tan violento, que las encías y
la articulaculación de las quijadas le dolían; pero aquello no bastó: él
sentía todavía un ruido tremendo dentro de su guarida. ¿Qué era ello,
Dios santo! Ah! los latidos del corazón que le golpeaban en el pecho con
inaudita violencia, hasta hacerle daño. ¡Maldito corazón! ¡Si pudiese
arrancárselo y estrujarlo para hacerle callar! ¡El muy tonto! Pero ¿ á qué
asustarse? ¿Podía acaso ase ruido llamar la atención de las tropas? Claro
que no, ellas hacían demasiado ruido con sus pesquisas para no ahogar
cualquiera otro. Ese pensamiento le tranquilizó un tanto y aguzó los oí-
dos procurando darse cuenta de lo que la tropa hacía. El tabique de ma-
dera que le separaba del mundo exterior debilitaba los sonidos que llega-
ban hasta él atenuados, pero perfectamente perceptibles. Una voz esten-
tórea y temblorosa daba órdenes con frases cortadas:
— Aquí tampoco hay nadie, á la otra pieza. ¡Pronto! Los fusiles pre-
darados! Y los gruesos zapatones hacían retemblar el pavimento, la casa
entera. Les oyó pasar á la pieza contigua, en la que estaban su madre, su
esposa y su hermana. Los latidos de su corazón se paralizaron y un sudor
frío brotóle de las raíces de sus cabellos. Toda su vitalidad se reconcen-
tró en sus oídos que adquirieron una perspicacia extraordinaria, al grado
de escuchar todos los ruidos con la misma claridad que si el tabique de
madera y la distancia no existieran. A cada instante esperaba oír las
detonaciones de las armas de fuego segando las vidas, las vidas de¡¡ todo
cuanto de querido existía en el mundo para él. Oyó el grito de triunfo de
los soldados al descubrir á las tres mujeres; esperaba oir también el de
las armas al ser amartiladas, pero recordó que lo habían sido antes. Y
por parte de las mujeres ni un grito, ni una exclamación, nada
— Ahora las están apuntando, van á disparar ¡Oh, Dios Santo! Y algo
más grande que el instinto de conservación le impelía á levantar la tapa
de su escondite y precipitarse á la estancia contigui para defender las
caras existencias de su familia! Casi llegó á hacerlo; iba á salir, lamen-
tando solamente llegar tarde; una voz que ordenaba á los soldados hacer
alto le detuvo. ¿De quién sería esa voz? Una sensación de tranquilidad
infinita recorrió todo su cuerpo; volvió á tomar su incómoda postura y
continuó escuchando. La misma voz que las salvara de la muerte ordena-
ba á una de las señoras que se descubriera para demostrar que no estaba
armada, amenazando con mandarla registrar por los soldados. Después de
un lapso de tiempo que le pareció inmenso, ella cedió, espetando con voz
clara las siguientes frases:
— ¡No estoy armada no; lo que pasa es que estoy herida; pero aunque
soy mujer no me quejo, porque tengo más valor que ustedes que son
hombres!
Oyó un grito de horror de los soldados, que se les escapó de seguro al
ver la herida que mostraba su hermana! ¡Con cuánto gusto la estrecha-
ría entre sus brazos y besaría su frente consolándola! ¡Pobrecilla! Des-
La casa quedó convertida er\ basurero
pues, la voz de mando resonó nuevamente ordenando que se llevasen á las
mujeres.
Los preparativos para la marcha fueron breves y en seguida los pa-
sos de los soldados se escucharon nuevamente por encima de su cabeza.
La comitiva se detuvo otra vez, y las mujeres fueron interrogadas.
¿Donde está él? pronto, ó de lo contrario Sintió que las apuntaban
con las armas y temió ser denunciado! Pero no las conocía: como si se hu-
biesen puesto de acuerdo respondieron auna voz:
— No sabemos, tal vez se escapó.
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i — Bien, ya le encontraremos; por de pronto lléveselas, sargento, y mu-
cho cuidado con ellas!
Los pasos se alejaron, pero en breve los soldados penetraron nueva-
mente en la estancia. Le buscaban con un empeño que no le dejó ningu-
na esperanza de escapar. Las culatas de los fusiles golpeaban las paredes,
el piso, todo, buscando el escondite. Muchas veces oyó sobre su cabeza el
ronco golpear de las culatas; y otras tantas creyó ser descubierto. Apretó
convulsivamente su arma y se preparó á matar, á matar á muchos, á
todos si era posible. ¡Todo antes que morir! Pero no, la suerte le fué fa-
vorable todavía. Se alejaron después de dejar algunos hombres como cen-
tinelas. Otra esperanza perdida; si le hubiesen dejado solo tal vez habría
logrado salir, ganar las azoteas y ¿quien sabe? acaso escapar, pero con
esos figurones allí todo estaba perdido. Sin embargo, no había que deses-
perar: tal vez se marcharan convencidos de que él no estaba, y enton"
ees
El tiempo pasaba con lentitud aterradora. Hasta entonces, mientras
las impresiones fuertes duraron, Serdán no vivió sino para ellas, hacien"
do caso omiso de todas las sensaciones puramente físicas, pero después,
ya más tranquilo su ánimo, comenzó áexperimentar una sensación de as-
fixia que se hacía más intensa á cada momento. Los oídos le zumbaban y
tenía la boca seca, como si en muchos días no hubiese probado una gota
de agua.
Un fenómeno de autosugestión obró en él, centuplicando sus sufri-
mientos: creyó que la sed, el cansancio y la asfixia le agobiaban en mucho
mayor escala de lo que en realidad era. Muchas veces se vio tentado de
levantar las duelas que le cubrían para acabar de una vez, pero siempre
el instinto de animalidad venció. ¡No, el no debía morir, no podía morir,
era demasiado joven: la vida le brindaba sus mejores galas; no y mil ve-
ces no! ¿Era acaso que no pdría encontrar el medio de salvarse, engañan-
do á sus guardianes, burlando su vigilancia, de cualquier modo, pero el
caso era salvar la existencia que nunca se le antojó tan bella? ¿Como era
posible, Dios santo, que las balas atravesaran su carne, que destrozaran su
sistema y le arrancaran la vida? ¿Qué cosa es pues la vida que tan fácil-
mente puede perderse? ¿Porqué haberse inmiscuido en asuntos políticos?
¿iSo era acaso la mayor de las tonteras exponer su vida y la de su familia
por un hombre que quizá una vez logrado su objeto no satisfaceríasus lo-
cas ambiciones? ¿Pero cómo no le ocurrió eso antes? ¿Porqué se dejó lle-
var de siís infantiles ambiciones? Pero era tontera pensar en eso, si la co-
sa no tenía remedio: el caso era escapar, de cualquier manera, ácualquier
costa, pero escapar, aunque le tuvieran encerrado veinte años en la pri-
-70—
sión más sombría; en el Castillo de San Juan de Ulúa que visitó alguna
vez y á cuyo solo recuerdo se extremecía. Todo antes que la muerte.
Y el tiempo pasaba, pasaba siempre lento y monótono; y el aire cada
vez más enrarecido, se hacía irrespirable. ¡Qué angustia tan horrible!
Sentía deseos de arrancarse á pedazos el cuello de la camisa que le opri-
mía como si fuera un estrecho collar de hierro, de agitar los brazos loca-
mente, de correr por campos y montes aspirando con delicia el aire puro
y embalsamado de la noche. Porque debía ser ya de noche, Después tuvo
vahídos cada vez más largos, é invadióle un estado de semisomnolencia
durante el cual sólo su imaginación permanecía despierta trabajando con
actividad inusitada: se acordó de su infancia. Surgieron en su mente re-
cuerdos que ni aun soñaba que pudieran existir dentro de su cabeza; to-
dos ellos claros, rápidos, como una fantasmagoría; la campaña política
¡maldita campaña! y por último los detalles déla batalla en que tan di-
recta participación había tenido. Y nuevamente comenzaron las lamen-
taciones, ¿porqué no haberse dejado aprehender? aquella seríala hora
en que esperaría ser juzgado, condenado tal vez pero ¡cuanto tiempo por
delante! mientras que ahora ¡oh! ahora tal vez la muerte estaba encerra-
da con él en el mismo escondrijo!
Un ruido de pasos le sacó de su ensimismamiento: era el sargento que
venía á relevar la guardia y traer luces. La fina percepción de su oído
había desaparecido y por más esfuerzos que hizo no pudo darse cuenta de
la conversación de los soldados; sólo comprendió, adivinó más bien que
trataban de él, desesperando de no encontrarle. La nueva guardia se aco-
modó á sus anchas en un rincón de la estancia. Cuanto les envidiaba ¡Oh!
qué felicidad poder respirar sólo un instante un aire más puro, moverse
un poco, cambiar de postura, saborear un vaso de agua cristalina. Y más
que nunca le invadieron las torturas de la asflixia, de la sed, del hambre,
del cansancio, todas juntas, y por tanto más insoportables. El mismo se
admiraba de resistir tanto tiempo y del poder del instinto de conserva-
ción. Después, poco á poco, perdió la noción del peligro: vencía al fin la
animalidad. ¿Acaso ahí no perecería pronto por falta de aire? ¿No era
mejor jugar el todo por el todo? Después de todo ¿quién sabe si no le ma-
tasen? Diría que tenía muchos secretos importantes que dar á conocer,
daría amplios datos de la vasta conspiración que se tramaba centra el Go-
bierno y ¿quién sabe? Acaso le perdonarían la vida? Si, decididamente
era lo mejor, ¡vamos, arriba! Pero no bastaba con pensarlo, sus músculos
no le obedecían; y ya decidido á entregarse tardó varias horas en concen-
trar sus fuerzas para levantar las duelas que le cubrían. Su sangre ardía
— Nuevamente concentró toda su vitalidad en el oído, tratando de darse
—71—
cuenta de lo que los guardianes de la estancia hacían. Todo en vano, un
silencio de tumba reinaba como soberano absoluto, Trató de percibir la
respiración de los soldados dormidos levantando un poco el cuello por me-
dio de un esfuerzo inaudito. Nada; iba ya á volver ásu antigua posición,
desalentado, cuando percibió claramente un ronquido que se repitió des-
pués más distintamente. Eso acabó de decidirle. Las energías le volvieron
instantáneamente, y con precauciones infinitas levantó un poco, muy po-
co, las maderas, angustiado por el temor de producir algúu ruido que des-
pertara á sus guardianes. Invirtió mucho tiempo en esa tarea. El aire
cálido de la estancia inundó plenamente sus pulmones produciéndole una
sensación deliciosa que por mucho tiempo le hizo olvidar todo peligro y
toda prudencia. En su ansia de aspirar más de prisa aquel ambiente vivi-
ficador, levantó bruscamente las maderas, sin darse cuenta de que, al ha-
cerlo, producía un ruido que puso sobre sí á los soldados que permanecían
en un estado de semisomnolencia.
Su cabeza pálida, manchada de sangre y tierra, apareció horrible á la
difusa luz de la linterna que alumbraba aquel cuadro de desolación y de
muerte. Los guardianes le veían, algo desconcertados por la aparición, y
el pensó en aprovecharse de aquellos instantes de tregua para intentar y
convencerles de que debían respetar su vida. Temeroso empero de ser
agredido se apoderó de la pistola que fuera su compañera única de cauti
verio.
72—
wpiMilipiiiiipiiiiil|pi¡nipiMiipiiiiipmiiipiii iipiiiiiipimipiiiiiipiiiiiipiimipiii!i||}iiiiiii||iii!iip]iiiip ipiiiiipiniifpiiiinpiiiiiiii|piiMl||pimi|]pii
Tres horas de infierno.
Cuando el español Pérez llegó á la casa acompañado de su esposa, de
sus hijos y de su criado, en la mañana del día trágico, no imaginó que iba
á pasar las tres horas más amargas de sujvi'da, pues supuso que el peligro
había desaparecido al asomar el sol.
Cuan engañado estaba.
Unos cuantos minutos habían transcurrido desde que penetró á sus
habitaciones, cuando su esposa le hizo notar que alguien llamaba á la
puerta del zaguán con fuerza.
Con el oído atento, Pérez estuvo algunos minutos, teniendo al lado á
su esposa la cual, sin explicarse perfectamente el por qué, se puso muy
i excitada, tanto que Pérez se Creyó obligado á tranquilizarla dicióndole:
— No temas, nada sucederá
Una fuerte detonación cortó la frase, y Pérez, dominando sus nervios
«alió rápidamente á los corredores de la casa, para ver lo que ocurría en la
parte baja. Y pudo ver como Cabrera caía sin vida, lo mismo que el
Angente Murrieta, y cómo Serdán y los suyos, apareciendo en el patio co-
mo por arte de encanto, se precipitaban sobre los dos cadáveres y los
arrastraban despiadadamente, poseídos de frenética locura.
Pérez regresó violentamente á sus habitaciones, enterando á su espo-
sa de lo que acababa de ver, y ella le suplicó salieran de aquella casa, don-
do tan malos ratos estaban pasando.
Pero ya era tarde.
Temieron ser detenidos por Serdán y los suyos, quienes podían supo-
ner que salían para denunciarlos y causarles algún daño; no se decidieron á
dar un paso, y así, indecisos, permanecieron quien sabe cuanto tiempo,
hasta que sonó el estallido de la primera bomba y comenzó el tiroteo de
una y otra parte.
El español, atónito, no acertaba a tomar una determinación. Salir,
era imposible; permanecer allí era desesperante.
¿Qué hacer?
Una bala hizo pedazos el espejo de la recámara en la cual se encontra-
—73—
PÉREZ NO OLVIDARA JAMAS LAS HORAS CRUELES QUE PASO MAS TARDE.
ban, saltando los fragmentos del cristal muy cerca de le sesposos y desús
hijos, y hubieron de replegarse hacia un lado, temerosos de que otra bala
los hiriera.
Un segundo proyectil arrancó la argamasa de la pared, llevándose un
girón de papel tapiz, y luego otro y otro, por todos lados y en todas direc-
ciones.
Era una lluvia de balas, era nada menos que la muerte para él y para
su familia.
En ningún punto de la habitación estaban á cubierto, porque los que
atacaban la casa eran centenares y disparaban millares de cartuchos.
El español Pérez tuvo una idea: agrupó á su esposa, á sus hijos y al
criado en el umbral de una y otra recámara y así, formando un extrnño
conjunto, con los rostros descompuestos por el terror, por la angustia,
por la desesperación; no atreviéndose á dar un paso, ni á gritar, ni siquie-
ra á agacharse para atraer más á las criaturas que lloraban sin tregua y
sin darse cuenta de lo que pasaba; y así pasaron los primeros minutos.
EJ fuego continuaba cada vez más fuerte, y Pérez pudo distinguir,
enmedio del estallido de las bombas y los disparos de la fusilería, los gri-
tos de los maderistas, pidiendo parque, los ayes de algún herido ó la caí-
da de un combatiente á quien acababa de alcanzar certera bala.
Aquel matrimonio se estremecía á cada momento pensando que una
iba á arrancar la vida á ellos ó á alguno de sus hijos.
¿Cuándo acabaría aquello? ¿Escaparían con vida?
Indudablemente que nó.
Las tropas iban á entrar, puesto que eran numerosas, y nadie de los
que estaban dentro de la casa podría contar lo acontecido. No habría per-
dón para nadie, estaba seguro.
¡Y su esposa, y sus hijos, aquellas inocentes criaturas, -iban á perecer
por culpa de dos ó tres ambiciosos!
La tensión nervisa de la señora iba en aumento; se agitaba sin cesar,
no teniendo ya lágrimas que verter, porque había llorado mucho.
El esposo la sujetaba, la sostenía casi en peso, comprendiendo que
aquella naturaleza débil estaba á punto de sufrir una crisis. Llego á pen-
sar si su esposa perdería la razón. Nada difícil era.
El fuego iba aumentando y las balas llegaban á las habitaciones con
más frecuencia.
¡Ob, esto es más horrible que el infierno!
La señora se agitó más aúu y después sufrió un fuerte ataque de ner-
vios. El ya no podía casi sostenerla, y no había que pensar en recostarla
porque los de afuera, los del Gobierno, tiraban sin descanso.
—75—
Asomar la cabeza era morir.
¿Qué auxilio podría prestar á su esposa en aquel tremendo trance?
Los niños, que vieron á la madre desplomarse, agitándose convulsiva-
mente, rompieron á llorar con más fuerza; y se abrazaban al autor de sus
días como para que los protegiera!
Mucho tiempo debía haber transcurrido, pero sin embargo, el fuego
no cesaba; al contrario, se oían más distintas y más cercanas las detona-
ciones.
Efectos de les proyectiles e-q uq espejo
La señora, poco á poco, fué recobrando el conocimiento, j)ero tan pron-
to como se dio cuenta del sitio en que se hallaba y de las extrañas condi-
ciones en que había sufrido el desmayo; cuando volvió á palpar el peligro
que la rodeaba á ella, á su esposo y á sus pequeños, estalló en sollozos.
Seguramente habían pasado más de dos horas, cuando el fuego cesó
por breves instantes.
Pérez sintió la esperanza de escapar con vida. Supuso que aquello ha-
bía concluido; que el registro de la casa iba á hacerse en completa calma;
que se le respeaaría.
—Asómate— dijo al criado que durante todo el tiempo había perma-
necido en un estado de idiotez— asómate á ver si esto ha concluido.
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El criado obedeció, y estirando los músculos, entorpecidos por la pos-
tura forzada en que estuviera durante tanto tiempo, se adelantó hasta la
puerta.
No llegó.
Una descarga atronó el espacio y el infeliz aquel, inocente víctima de
las circunstancias, cayó con el pecho atravesado por dos balas.
Y cayó á los pies de sus amos, á la vista de los niños, que abrían des-
mesuradamente los ojos contemplando el cadáver.
En el patio h,abía varios Trjuertos.
De nuevo se reanudó el combate y se reanudó también la trágica es-
cena de aquella familia expuesta á morir.
Y allí; ante el cadáver del criado, acechados por quién sabe cuantos
soldados dispuestos á disparar, ya que no sabían quien fuera Pérez ni lo
que buscaba en aquel sitio, hubieron de permanecer tres largas horas,
hasta que la casa cayó en poder de las tropas.
Los soldados penetraron ordenadamente, con las armas preparadas pa-
ra repeler el ataque, en caso de que alguien estuviera dentro.
Tras de una puerta, apareció un hombre armado y dos ó tres soldados
dispararon sobre el, dejándolo muerto.
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En una caja de grandes dimensiones se había ocultado un herido, pe-
ro falleció por asfixia, seguramente, pues así lo hallaron al abrirla.
Subieron á las habitaciones de Pérez y lo respetaron cuando gritó que
era gente de paz.
El, su esposa y sus hijos fueron conducidos hasta la calle, con muchas
consideraciones.
Se revolvieron papeles, se descerrajaron muebles, puertas, cristales,
cuanto había, todo fué registrado.
Se trataba den encontrar á Aquiles, quien debía estar oculto en algún
subterráneo en compañía de muchos de sus correligionarios.
En menos de una hora, la casa quedó convertida en un basurero.
Yo penetré cuando aún los soldados discurrían por las piezas, por los
corredores y las azoteas, y pude ver la aprehensión de un individuo, de
origen guatemalteco, herido, cómplice de los sediciosos, quien se hallaba
oculto en una finca cercana.
Desde luego protestó su inocencia diciendo oue no conocía á Serdán,
pero se le hallaron encima documentos comprometedores.
Estuve en la pieza donde se ocultaba Serdán, y posé mis pies sobre la
tarima que lo cubría, ignorando, naturalmente, que el cabecilla prepara,
ba su fuga, mejor dicbo, que preparaba su muerte.
En las bodegas del español Pérez, había una gran cantidad de bultos
conteniendo bacalao seco; y todas, sin excepción fueron abiertas, creyén-
dose ocultaban armas ó municiones, quizá que allí estaba escondido Ser-
dán.
La casa y la manzana entera quedaron custodiadas por la fuerza del
Estado; la policía y el Batallón Zaragoza.
Serdán, debía permanecer quince horas oculto, antes de pagar con la
vida su rebelión.
'iipiiiiiipiimiipiiiiiiiipiiiiiiifli np piiiiipiiiiiifiiniiiD|iii.'iiif piimip np ifiiiiiiipi«<np»iiipii
Cómo murió Serdán
Un grupo de rurales quedó eu la azotea de la casa de Aquiles, exten-
diendo su vigilansia hasta tres ó cuatro fincas cercanas, pues por ellas
habían tratado de huir los sediciosos y había temores de que aun perma-
necieran ocultos, esperando la caída de la tarde para escapar.
Además, y esto fué muy interesante y se le dio grandísima importan-
cia, alguien escuchó ruidos subterráneos en las habitaciones de la casa
trágica; y pronto corrió la voz, por todo Puebla, de que un número consi-
derable de rebeldes estaban ocultos; que las galerías subterráneas mina-
ban la ciudad y que tenían gran cantidad de dinamita para volar manza-
nas enteras en el caso de ser descubiertos.
Un piquete del Batallón Zaragoza se instaló en el patio de la casa de
Serdán. mientras en las habitaciones se distribuían rurales, policías de la
montada y algunos oficiales de la de á pié, á todos los cuales se les dio or-
den de estar alertas, y de hacer fuego contra cualquiera que, armado, se
presentara en esa casa ó en las adyacentes.
Cuando se tuvo noticia de los misteriosos ruidos subterráneos, se dis-
puso que varios soldados, provistos de picos y palas, practicaran una ex-
cavación, y hubo la coincidencia de que se descubriera la entrada de una
cueva al pié de la escalera de una casa contigua, dande margen este deta-
lle á que se tomara por absolutamente cierta la versión de que estaban
ocultos centenares de rovolucionarios.
Cuando la excavación estuvo suficientemente honda, bajó uno de los
soldados, encontrando que se bifurcaba, y las autoridades, para no expo-
ner inultimente á la tropa, por una parte, y por otra tratando de abreviar
la maniobra, ordenaron se arrojaran á aquel subterráneo grandes cantidades
de agua, con el objeto de hacer que los revoltosos abandonarán el escon-
dite ó perecieran ahogados.
Una bomba comenzó á funcionar, arrojando agua, pero aquella cueva
no tuvo fin. Pudieron haber arrojado allí el diluvio universal, que ni con
esa cantidad de agua se llena.
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La recámara de Serdárj después de la refriega
Los maderistas, naturalmente, no salieron. ¡Como que no había na-
die!
Sin embargo, la versión sirvió para alejar de aquel rumbo á muchos
curiosos, pues temían volar de un momento á otro, y no en aeroplano.
A las seis de la tarde, recorrí las calles principales de Puebla, sinjíen-
contrar una sola persona.
Esto no es exageración y pueden desmentirme los habitantes de la an-
gélica si ocurrió lo contrario.
Solo vi abierto el restaurant «La Concordia,» cuyo propietario, de
origen catalán, estaba más preocupado por el mal negocio que por el peli-
gro que é.1 y su casa pudieran sufrir.
A las siete de la noche, la ciudad parecía encantada. Con su ilumi-
nación brillante, pero sin que se aventurara á salir uno solo de los habi-
tantes. Solo algún forastero atrevido ó ignorante paseaba su fastidio, ad-
mirándose como ante un animal raro cuando me encontraba.
En el interior de la casa de Serdán, la tropa había encendido fogatas,
y se cocinaba con pedazos de madera á falta de leña.
Los soldados, en grupo, hablaban quedo, teniendo las armas á la ma-
no, cubiertos sus cuerpos con los capotes de paño azul, sobre los que se
destacaban las cintas blancas que sostenían la bolsa del parque.
Porfirio Pérez, el oficial de gendarmes montados que había matado á
tres ó cuatro de los sediciosos, entre ellos á un estudiante, y que iba á dar
muerte más tarde á Aquiles, se instaló en la pieza donde éste se ocultó,
y durante las primeras horas de la noche se entretuvo conversando con
varios de sus compañeros y con el oficial Bedo, del Batallón Zaragoza.
Naturalmente, el tema de las conversaciones era el ataque y la defensa
de la casa que vigilaban.
Porfirio Pérez me relató la muerte de Serdán, días después, mucho
después de ocurridos los sucesos, y quiero cederle la palabra, no sin con-
tar antes cómo pude hacerle hablar.
El Teniente Bedo, del Zaragoza, quiso darse pisto haciéndose apare-
cer como el matador de Serdán, y aprovechando la coyuntura de haber si-
do entrevistado por algunos periodistas, al día siguiente de la tragedia
les contó que él había disparado sobre el cabecilla; y se dejó retratar por
cuanto fotógrafo le pidió permiso para ello.
No es de extrañarse, pues, que la prensa le atribuyera la muerte de
Aquiles, hecho que, por otra parte, no me parece muy honroso.
Yo supe, y así lo comuniqué á «El Diario» que un oficial Pérez era el
matador de Serdán, porque recordé que el propio Pérez me lo había dicho
ante el ensangrentado cadáver del cabecilla.prfecisamente cuando tomaron
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la fotografía que aparece en este libro, representando el cuerpo en el sue-
lo y muchos curiosos alrededor.
De todos modos, estaba en duda de cuál era la verdad, y decidí hacer
un viaje exprofeso á Puebla, con el fin de investigar los hechos y hacer
que el dibujante García Cabral tomara apuntes para las ilustracciones,
como de hecho los tomó perdiendo después el cuaderno en un baile
y resultando infructuoso el viaje, cuando menos por lo que á sus dibujos
se refería.
Fosa en la que estuvo oculto Aquiles Serdárj
García Cabral y yo nos encaminamos al Cuartel de Policía, rogando al
Jefe de dicho Cuerpo, persona muy amable, que nos permitiera hablar
con*Porfirio Pérez y tomarle un apunte del natural.
Accedió gustoso ó sin gusto, pero accedió, y llamando á un gendarme
le dio esta orden:
— Vaya usted con los señores á donde está el oficial Porfirio Pérez, y
dígale que se ponga á su disposición para lo que le indiquen.
Llegamos al Cuartel de la Policía montada y fué llamado el oficial
Porfirio Pérez, á quien el gendarme que nos acompañaba expresó la orden
del señor Márquez, Jefe que substituyó á Cabrera en el mando de la fuer-
za de seguridad.
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Pérez es un individuo de baja estatura, de color moreno, facciones
recias, pómulos salientes y escaso bigote. Es originario de Oaxaca y sir-
vió algunos años como gendarme en el Distrito Federal, después en su Es-
tado y por último en Puebla, donde logró ascender á oficial.
Su aspecto, en general, es poco agradable, y más cuando se lleva, co-
mo la llevábamos nosotros, prevención en su contra.
— Señor Pérez,— dije yo— tratándolo con toda cortesía— estoy escri-
biendo un libro sobre el asunto de Serdán, y he querido tener con usted
una entrevista para que me platique cómo lo mató.
Azotea de la casa de Serdán donde cayeron
varios sediciosos muertos.
Así, sin ambajes le espeté la pregunta y él, con rapidez y visiblemen-
mente enojado, me respondió:
— Yo no sé quién es usted.
—Pues ya se lo be dicho: soy un periodista que necesita saber cómo
mató Ud. á Serdán, para escribir un libro.
—Yo no maté á nadie y además, solo las autoridades competen-
tes pueden tomarme declaración. Dígale usté al Jefe que en esto si no le
obedezco que solo ante un juez hablaré— concluyó resueltamente.
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—Pues el jefe, señor oficial, le ha ordenado á Ud. que se poDga á mi
disposición, y si Ud. no obedécele impodrá un castigo.
— Que me lo imponga.
— Cuando menos se dejará Ud. tomar un dibujo, un apunte desacara.
El señor — dije señalando á mi amigo Cabral, es un buen dibujante y vá á
retratarlo.
— Eso sí, pero lo que es hablar además yo no maté á Ser-
dán ¿quién se lo ha dicho á Ud? • ■
— Pues á Ud. lo bascarqos.
— Quién? Usted mismo, al día siguiente de los sucesos, ante el cadá-
ver, en el patio de la Comisaría, en donde, por cierto, fuimos retratados
¿Recuerda Ud. ahora?
— Yo no pude decir eso.
— Lo que pasa — agregué usando un plan queme hadado magníficos re-
sultados en muchas ocasiones — es que tiene Ud. miedo.
— ¿Yo miedo? ¿Yo miedo? ¿Y de quién? me interrunmpió visible-
mente ofendido.
— Pst, quién sabe de los maderistas
-Pues eso sí que nó. Yo he demostrado qne no tengo miedo. Yo lo
maté y cara á cara. Ya que es Ud. periodista y ahora que recuerdo que lo
vi en la Comisaría cuando aquello, voy á,dicirle.
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Yerá usted; ya estábamos dormitando, á eso de las dos de la madru-
gada, cuando oí ruido en la pieza de al lado y me puse en guardia, aun-
que sin pensar que se tratara de algún revoltoso.
Mis compañeros quedaron silencios y yo me levanté en el momento en
que se oían claramente sus pasos.
De pronto apareció Serdán, llevando en la mano una pistola. Iba co-
mo tomado, porque se ladiaba mucho, pero al verme, ya en el quicio de la
puerta, se detuvo, muy asustado.
El Te-qie-qte Bado, que disparó sobre
Serdán el segurado tiro
En cuanto lo vi de roto dije: este es de ellos — y le apunté con la cara-
bina. Entonces él, con voz muy triste me dijo avanzando:
— No me tiren, que soy Aquiles Serdán!
— Pos á Ud. lo buscamos! Y diciendo y haciendo, disparé sobre él, viendo
como caía sobre una silla, resbalando después sobre el piso. La bala le entró
por un ojo y le pasó la cabeza.
Ya sobre tirado, llegó ei oficial Bedo, del Zaragoza, y le apunto al pes-
cuezo, dándole un tiro más.
Luego bajaron todos los rurales y los compañeros que había en la par-
te alta y en la zotea, creyendo que habían aparecido más revolucionarios,
y yo di cuenta á mis jefes, entregando algunos papeles que llevaba Serdán
en las boleas.
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íle querido trasmitir á mis lectores, casi textual, la charla del oficial
Pérez, hombre rudo é ignorante.
— ¿Y no tuvo usted miedo cuando lo vio aparecerse? pregunté.
—¿Miedo? No, yo no tengo miedo; peor era que me hubiera matado
ámí.
—Pero siempre; después de haber visto tanto muerto; en la obscuri-
dad de la pieza, notar que se aparece una especie de fantasma debe
imponer ...
El cadáver de Serdán yacía, destrozado,
sobre el pavimento
— ¡Qué imponer ni qué imponer. Pior es que lo maten uno\
Poca gente se dio cuenta de la muerte de Serdán hasta el día siguien-
te por la mañana, caundo el cadáver, ya limpio de la sangre y de la tierra
quedó expuesto, sobre una una camilla, en las afueras de la Comisaría.
Entonces se organizó, de todos los barios de la ciudad, una verdadera
peregrinación hasta el sitio mencionado, quedando la calle, que es muy
amplia, materialmente llena de curiosos, al grado de que era imposible
dar un paso.
Nadie creía que Serdán hubiera muerto hasta que se convencieron an-
te el cuerpo inerte del revolucionario.
Estaba sin bigote, que se rasuró seguramente para disfrazarse, mien-
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tras estuvo perseguido, y su calva, agujereada por una bala, que dejó ho-
rrible orificio de salida, le daba aspecto más trágico.
Ya en e^os momentos, cuando aun no se conocían detalles, la gente in-
ventaba leyendas sobre el valor de Aquiles, sobre hechos heroicos, sobre
no sé cuantas cosas. La imaginación popular, volandera como la que más,
lo convirtió en ídolo, y un fotógrafo malo, pero vivo, se aprovechó de lay
El Zeragoza quedó vigilando la casa
placas que yo le mandara tomar para ilustrar las informaciones de «El
Diario,» hizo centenares de copias y vendió una regular cantidad.
Tuvo un imitador, que lanzó á la Venta postales y botones represen-
tando al Cura Hidalgo, á Madero y á Serdán, fraternalmente unidos.
De Máximo y de Carmen, los héroes verdaderos, casi nadie se acordó
—87—
7>iiiipimiílf|i7
Parte del Jefe Político
C. Gobernador del Estado:
Tengo la honra de poner en el superior conocimiento de usted, que en
acatamiento de la orden librada por el Juez tercero de lo Criminal para
practicar un cateo en la casa número 4 de la Portería de Santa Clara y
aprehender á Aquiles Serdán, por habérsele denunciado la existencia de
armas y proclamas incitando á la rebelión, se trasladó á ese lugar el Co-
ronel Jefe dtí la Policía, C. Miguel Cabrera, acompañado del Mayor Mo-
desto Fregoso y de los agentes Martín Aguirre, Blas López y Vicente
Murrieta.
Al penetrar al saguán fueron recibidos á balazos, resultando muertos
el citado Coronel Cabrera y el agente Murrieta. El Mayor Fregoso fué su-
jetado por varios individuos, quienes lo golpearon y maniataron, ence-
rrándole en uno de los cuartos de la casa de referencia. El agente Blas
López pudo escapar y dio parte á los policías más inmediatos, quienes al
presentarse en el lugar de los sucesos fueron recibidos con descargas, des-
de la azotea de la citada casa y con bombas de dinamita.
En el acto que se me dio parte, y una vez convencido de que, tanto
Serdán como sus acompañantes hacían resistencia á la policía, llamé por
teléfono al Jefe del Cuerpo de Rurales del Estado y pedí también fuerza
al- primer Regimiento. Poco después se presentaron los rurales y con éstos
ocúpelas bóvedas de la iglesia de San Cristóbal y la azotea de muchas
habitaciones de la calle del Espejo número 7, desde donde les comencé á
contestar el fuego que me hacían desde la azotea de Serdán.
Después de breves momentos se presentó un piquete de fuerza del
primer Regimiento y ordené que éste ocupara, penetrando por la calle de
las cruces, la torre de la iglesia de Santa Clara, en compañía de diez hom-
bres del cuerpo rural.
En los momentos en que ejecutaba este ataque recibí orden del C.
Gobernador para que con la fuerza antes mencionada y un piquete del
Batallón Zaragoza, al mando del Coronel Mauro Huerta, se avanzara por
las azoteas de las casas inmediatas y que se tomara á la viva fuérzala ca-
sa en cuestión. Las órdenes fueron cumplidas y después de una terrible
lucha, la casa fué tomada á viva fuerza, como ordenado estaba.
Debo mencionar el brillante comportamiento de las fuerzas, tanto fe-
derales como del Estado y de la policía, quienes cumplieron las ordenes
dadas por el señor Gobernador y trasmitidas por mí.
D. Joaquín Pita, Jefe Político de Puebla.
Tuvimos que lamentar la muerte de dos gendarmes, un subteniente
del primer Regimiento y un soldado del Batallón Zaragoza, figurando en-
tre los heridos el Coronel Gaudencio G. de la Llave, seis soldados del Ba-
tallón Zaragoza y trece gendarmes; de la parte contraria hubo veinte
muertos y varios heridos.
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Una vez tomada la casa, encontramos en ella una buena cantidad de
armas, bombas de dinamita y bastante parque. Como entre los muertos
no se encontrara el jefe de ellos, Aquiles Serdán, dispuse que se catearan
las casas inmediatas y establecí un servicio numeroso en el número 4, á.
ñn de vigilarla perfectamente, pues suponía que allí permanecía oculto el
ya citado Serdán.
El Oficial Vega, que tomó parte activa en el combate.
Como á las dos de la mañana el oficial Pérez, de la montaclalnotó al-
gún ruido y breves momentos después vio salir á un individuo de un sub-
terráneo, que con pistola en mano lo agredió. En la lucha que tuvo que
sostener logró matar á Serdán, cuyo cadáver fué identificado como de tai-
Para terminar, debo decir áesa superioridad, que, tanto el señor Ge-
neral don Luis G. Valle, Jefe de la Zona, como el Brigadier don Eduardo
Cauz, Jefe del Primer Regimiento, y el Mayor don Joaquín Mass, estuvie"
ron siempre en los lugares de mayor peligro dictando las medidas más efi-
caces para el mejor éxito de las operaciones.
Como un tributo de justicia hago especial mención de valiente com-
portamiento de los CC. Coroneles Gaudencio de la Llave, Mauro Huerta
-90—
y Primo Huerta,, del Teniente Coronel Lecunna, del Oficial de Policía Ja-
cobo Galina, del Oficial segundo Portirio Pérez y del paisano Ignacio
García.
Eeiteio á Ud: las seguridades de mi distinguida consideración.
JOAQUÍN PITA.
Ternplode San Cristóbal,
desde donde fué atacada la casa,
Batallón, Zaragoza.
-91—
^ü^^^^^s^s^m?i'^iis^^m^^iai^s!^^^^ms^s^^^s^s^s^m
Últimos telegramas,
He aquí el texto de los últimos telegramas remitidos de Puebla, á
raíz de los acontecimientos:
Del corresponsal de EL DIARIO.
PUEBLA, 19 de Noviembre. — Durante toda la noche anterior, mu-
chas patrullas de soldados pertenecientes á los cuerpos del Estado, el pri-
mer Regimiento, y la gendarmería de á pié y la montada, estuvieron re-
corriendo las calles de la ciudad, listas para contener cualquier desorden
que se registrara.
A las diez de la noche llegaron á la estación dos trenes militares en
los que venían el 17"? Batallón de infantería y un grupo de Zapadores, Es-
tos últimos escoltaban treinta mil cartuchos desbinados á las fuerzas del
Estado.
En la casa de Serdán, donde habían ocurrido los lamentables aconte-
cimientos de ayer, seguían ejerciendo una vigilancia tenaz los rurales y la
policía, porque se teme que se encontrara oculta en algún subterráneo
una partida de revoltosos.' Además, se tenía la seguridad de que Aquiles
Serdán, el principal responsable de los acontecimientos, se encontraba
allí y era forzoso capturarlo.
EL ORDEN ASEGURADO.
Del corresponsal especial de EL DIARIO.
PUEBLA, 19 de Noviembre. — No se tienen temores de que ocurran
aquí trastornos el día de mañana, porque las autoridades han tomado to-
da clase de precauciones para sofocar cnalquier movimiento que se inten-
te hacer.
La muerte de Aquiles Serdán impedirá el desarrollo de los proyectos
revolucionarios; sin embargo, se cree que habrá algunos disturbios en los
pueblos de San Felipe y San Gerónimo Los obreros de las fábricas conti-
núan tranquilos, dedicados á su trabajo.
—92—
PROVISIONES ENCONTRADAS.
Del corresponsal especial de EL DIARIO.
PUEBLA, 19 de Noviembre-— Inmediatamente después deque la po-
licía dio muerte al cabecilla Serdán, el cadáver de éste fué trasladado al
cuartel de la Policía, dándose cuenta de los hechos al señor Gobernador
del Estado y al Jefe Político. Los dos, e., los momentos de saber la noti-
cia, se encontraban recorriendo las calles al frente de algunas patrullas.
pero luego ocurrieron á identificar el cadáver.
Se dispuso que por la boca del subterráneo descubierto, se arrojara
agua en grandes cantidades para que los individuos que en el interior hu-
bieran buscado refugio salieran ó hallaran la muerte. Se acordó también
Coronel Gaudencio Llave, herido gravemente.
que la vigilancia en la casa del combate y en las adyacentes continuara.
A las primeras horas de la mañana de hoy se descubrieron en la casa
de Serdán otras bombas de dinamita y una gran cantidad de cartuchos.
La dinamita estaba húmeda. Había en el escondite provisiones para ali-
mentar un batallón completo durante varias semanas. Los comestibles
que en mayor abundancia se encontraban era bacalao, carne, quesos, con-
servas en lata y azúcar. Además, se recogieron de allí unos documentos
comprometedores, entre los que figuran varias proclamas al Ejército, que
están firmadas del puño y letra de Francisco I. Madero, tres de los docu-
-93—
mentos, eran nombramientos de Jefes Políticos y un vasto plan revolucio-
nario en el que se hacían explicaciones de cómo debían efectuarse los levan-
tamientos el día anunciado.
CUAL ERA EL PLAN.
El proyecto revolucionario á que se hace alusión, consistía en que
partiera un cuerpo de sublevados de la plazuela del Carmen y otro del
punto conocido con el nombre de barrio de Analco, debiendo los dos, en
su camino, asesinar á cuantas personas se encontraran, con el objeto de
producir pánico entre todos los habitantes de la ciudad.
Las dos partidas debían reunirse en la plaza denominada el Zócalo,
Sepelio dei Coronel Cabrera,
donde matarían á los policías'que estuvieran de vigilancia, á los soldados
y a ios jefes que encontraran. Luego se instalarían en el Palacio del Go-
bierno, incendiando en seguida las principales casas de comercio y;las de
los'particulares. El plan, en resumen, consistía en destruirlo todo.
-94-
Conclusión
El diez y nueve de noviembre, es decir, al día siguiente de los san-
grientos sucesos que he tratado de relatar, una compacta multitud se
agolpaba frente a la puerta del Cuartel de Policía, ávida de curiosear los
cadáveres de los que tan brava defensa habían hecho de la casa de Ser-
dán, y muy principalmente con el deseo de ver el cuerpo del cabecilla.
Cuando subí á los corredores para encaminarme á la pieza del mayor
Fregoso, dirigí una rápida ojeada al patio, y quedé atónito ante el cuadro
espantoso que representaba.
En el suelo, en fila, con un alineamiento macabro, yacían los cuerpos
de unos diez y ocho hombres, todos perforados por quien sabe cuantas ba-
las, iennegrecidos todos, desfigurados al grado de hacer imposible la iden-
tificación.
Todos ellos, con la muerte, eran iguales. No se diferenciaban ni los
vestidos, ni las facciones ni nada. Eran unos despojos casi sin forma
humana.
Y en un un rincón, en el suelo también, el cadáver de Aquiles, toda-
vía sucio de sangre y de tierra.
Bajé después, para hacer que un fotógrafo los retratara, y cuando uno
de los presos que curioseaban comprendió mis deseos, se agachó, metió
ambas manos bajo la cabeza calva de Serdán y la colocó sobre un ladrillo,
retirándose de allí con las manos cubiertas de sangre del muerto.
Tomamos la fotografía que aparece en este libro, y salí de aquel lu-
gar, triste, muy triste, como de un cementerio después de sepul tar á mis
hermanos
Todos los cadáveres, excepción hecha del de Serdán, según tengo en-
tendido, fueron sepultados en la fosa común del cementerio Municipal,
sin haberse logrado, por más esfuerzos que se hicieron, la identificación.
Desde aquel entonces, Puebla ha estado en constante alarma, pues
con frecuencia circulan versiones de que los revoltosos toman la ciudad,
de que habrá bombas de dinamita, y asesinatos, y saqueos.
Por fortuna, ningún mitote ha vuelto á registrarse.
—95—
| "fllIHUIIS"
EL
RE8TAURANT
k ACREDITADO DE MÉXICO, i
CANTUTA mejor Atendida
de l^.
METRÓPOLI.
ATTILIO BELLATO,
PROPIETARIO.
De este libro se imprimieron DIEZ MIL EJEMPLA
RES y se hará una segunda edición corregida y aumen-
tada.
Se vende en las librerías de toda la República y en
las Agencias de Publicaciones.
Fué editado por la «Compañía Editora de la Ilustra-
ción.» 3 ; .' Calle de San Juan de Letrán 38. México,
D. F.