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Full text of "Sueños y realidades. Obras completas de la señora doña Juana Manuela Gorriti"

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LESTER B.STRUTHERS/1910 






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Sodios y realidades 
Obras ceopletas 
de la 
SeBora Dolía Juana ftaimela Gorrltl 
publicadas bajo la diraeclon 
de 
Ylcexrbe G. Q^esada 



Buenos Aires 
Siprenta de Hayo de C.CasaTalle (Editor) -Moreno ^kl 

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INTRODUCCIÓN. 



Hablamos pensado preceder la présenle edición con 
^gunas noticias biográficas de la señora de Gorriti y de 
sus obras; pero queremos ceder la palabra á nuestro que- 
rido amigo el señor Torres Caicedo, que ha publicado la 
siguiente biografia de la ilustre argentina — ^En el próximo 
tomo hareiBos conocer el juicio de la prensa sobre esta 
edición. (1) 



ÍUANA MÁNDELA GORRITI. 

Uno de los mas célebres jefes de la escuela de la 
fantasía en !a novela ( no decimos de la novela fantás-- 
tica ) el ingenioso Stahl ha dicho: 

«Hay árboles cuyas hojas tiemblan y se estremecen 
al acercarse una mujer. 

«Hay flores que se inclinan bajo la planta femenina, 
como si quisieran de este modo enviarles con mas se» 
guridad sus mas ricos perfumes. 

«La misma tempestad ama á esa clase de muje- 
res, y ios vientos enfurecidos se aplacan á su vos. 

(1) Elretntto dtbeooloome al principio del voIúium- 



1 

f 



II . 

«Las constantes ternuras del céfiro son para esas 
mujeres; y si algo acaricia con amor, es, sin duda, 
los rizos perfumados que rodean sus bellas facciones.» 

Si Stahl hubiera visto á la señora Gorrili y s\ 
hubiera leido sus obras, habría esclamado: He ahí una 
de la$ mujeres de que hablo I 

Belleza de cuerpo, nobleza de sentimientos, ele- 
vación de idpas, bondad de corazón, prendas del alma, 
gracia en el decir y talento para contar; eso, mas que 
eso — las decepciones y las lágrimas, forman,la auréola 
que brilla sobre la inspirada frente de esta literata 
americana. 

No pulsa la lira, pero tiene inmensos tesoros de 
poesía en el alma. No ha cultivado el arte del ritmo 
y de la ritma; pero en su sencilla y sentimental prosa 
nos revela las armonías de su corazón; armoniasuple- 
giacos, si se quiere. 

Que la hermosa escritora ha sufrido, no hay 
quien lo ignore en las orillas del Plata ni en las ribe- 
ras del Pacífico. Pero ella misma nos lo dice en uno 
de sus mas helios escritos. La autora de la poética y 
enternecedora biograGa de Güemes se espresa así, al 
empezar esa obra: 

«|Áhl yo también, sombra viviente entre esas 
varias sombras, yo también voy allí con el recuerdo 
á reconstruir mi vida despedazada por tantos dolores, 
y extraer del delicioso oasis de la infancia algunos ra- 
yos de luz, algunas flores para esmaltar y perfumar mi 
camino. ¡ Ah ! | cuantas veces, huyendo del desolado ^ 

presente, he tenido necesidad de refugiarme, como á v| 

mi único asilo, en las sombras del pasado, y evocar las !*'^ 

nobles acciones de los muertos para olvidarlas infamias 



ni. 

de los vivos; asirme- á la memoría de las virtudes de 
aquellos, para olvidar que la Providencia ha permitido 
los crímenes de estos; colocar en la misma balanza la 
deslealtad, la perfidia, la cobardia y la impiedad con 
que los unos han escandalizado y contristado mi juven- 
tud, y la lealtad, la fé, el heroismo y la piedad concjue 
los otros ungieron mi infancia — para poder decir — Dios 
es justo!» 

( Cuanto dolor y cuanta amargursr no revelan esas 
lineas trazados -con lan valiente pluma, y esas ideas es- 
presadas con tan triste y noble lenguaje I 

Si, como se ha dicho, todo dolor tiene su culto, tri- 
butemos el nuestro al inmenso dolor que ha desgarrado 
aquel corazón, y no descorramos, profanos, el velo que 
encubre los secretos de aquella alma tan noble. . . . 

La señora doña Juana Manuela de Gorrili nació en 
la provincia de Salta, república Argentina, rn junio de 
1819. Su padre fué un hombro de letras, abogada), 
administrador y guerrero. Fué intimo amigo y com- 
pañero de Güemes; y esto solo baria su elojio. Como 
aquel, sino murió bajo las balas délos traidores, fué in- 
molado por el puñal de la ingratitud y de la calumnia. 
Por servir a su patria fué perseguido y murió lejos de 
su hogar llevando hasta el último dia de su vida el 
traje del proscrito. 

La joven dama de quien venimos ocupándonos, 
tuvo que emigrar ron su padre cuando apenas contaba 
doce años de eJid. La familia proscrita se asiló en 
Bolivia. 

En aquella república existia un hombre de triste 
celebridad en América, á quien se conoce bajo el nom^ 
bre de Isidoro Belzú. Y fué áese hombrea quien tocó 



IV. 

la alta dicha (ie ser el esposo de tan cumplida mii|er. 
Cierto escritor^ al hablar de madaiba de Girardió ba 
dicho: 

«Su único defecto te sü esposa. i)' Esta fitasto es injos^ 
ta al referirse á un hombre tan eminente ( y adviértase 
que más de una vez hemos combatido las ideas del re«- 
aactordeia JPrme]como U. deGirardin; — pero aquella 
^rase parece espresamente preparada cuando se habla de 
la señora de Gorriti y de Belzú. 

Echemos en olvido los episodios de la vida de kr 
ilustre argentina^) pues no nos creemos autorizados para 
describirlos. 

En 1845, los literatos de Lima, como todos los d0 
la América latina, leian con encanto una novela de alto 
mérito, titulada la Quena. Su autora era la señom de 
Gorriti. La prensa colmó de merecidas alabanzas ¿tan 
notable escritora. Luego dio ¿ luz el Guante negro. En 
el Iris, periódico literario de Lima, publicó algunos frag^ 
mentosdel diario que lleva por titulo Álbum de tm pere- 
grino, y otra novela la Hija del Masorquero. 

Én 185á, las columnas del Liberal se engalanaroa 
con una obra de mucho interés, redactada por la experta 
pluma de la literata argentina: ese libro tenia el titulo do 
un drama en el A driático; y á este siguieron otros no menoa 
importantes: el Lecho nupcial. La Duquesa. 

La Reviaa de Lima tuvo la fortuna de contar entre 
sus colaboradores, desde 1$60, á la señora de Gorritii 
quien ha publicado en esas pajinas el Ramilleíe de la vela-^ 
iá, el Lucero del manantial, Gubi-^Amaya — Memorias de un 
bandido, Si haces mal no esperes bien, el Ángel caido. 

En la Éévista del Paraná áe 1861, hemos leidola 
bellísima biografiá de Güemes, que hasta cierto punto 



recuerda aigUQOs de los «scritos de PeMefam, sifiííibe por 
esto pierda nada de su originalidad* €reénios que tatn* 
bien fué en esaRevidta dondesepabUcólanoTeladoUin 
hriHante escritora^ k Do^mm cb Alba, 

£e nos ha asegurado ^ue la sedora de Goriiti se pre- 
para á fniblicar dos mie?as obrase el Pozo del Yokú j la 
¿\ovia del muerto. 

Sin galanteria, sin ceder' á la simpatía nataral que 
nos incitan los literatos amerícaRas, cualquiera quesea 
labandera politica que sigan, declaramos que hemos leido 
con deleite todas las obras de la fecunda escritora de Salts, 
que desde 1815 puebla oonsus armonías las encantado- 
ras orillas ded Rimac« 

La señora doña luana Manuela Gorriti no pertenece 
como Jorge Sand á una escuda filosófica, ni como este 
tiene los refinaauenlos del arto y del estilo; pero en cam- 
bio posee el sentimiento de lo bello y de lo bueno que 
distinguió á la autora de Margarita ó loi dos amore$, la 
malograda Sofía Gay» Madama de Girardin. Sin la cor- 
rección de lenguaje de Fernán Caballero, tiene como e^ 
afamada escritora española, el amor á la Terdad, á la 
sencillez» y sin ser realista describe fielmente la natura- 
leza, animándola con los tintes de lo ideal. La escritora 
no olvida á la mujer; la literata recuerda siempre q^ue es 
cristiana; y por eso sus novelas y sus crónicas son recreati- 
vas, morales, y pueden sin recelo ponerse en manos de 
las virjenes y entrar por la puerta principal en el tiogar 
de la familia que mas dada sea á !a prácfiea de la virtud. 

Lejos está la literata argentina de poseer las fa- 
cultades de la autora de Indianay Kaientíiuv perolqos 
está I9 escritora francesa de poseer la noble swcilk\w y el 
espíritu motalizador de la autora del ¿iieeroieijmman- 



VI. 

tial. Aquella se presta mucho á la discusión, y con- 
mueve todas las pasiones; esta arrulla dulcemente el al- 
ma y hace pasar las horas en grata paz. La literata 
francesa ha perdido su sexo, como dice M. de Lamartine, 
en las luchas filosóficas y políticas. La literata argentina 
se ha mostrado mujer por el corazón y por el lenguaje, 
por la si iicillez y la moralidad. 

La novela, después de la forma dramática, ha dicho 
Planche, es la forma mas popular del pensamiento; pero 
si puede sanar muchas heridas, puede también abrir 
otras que son incurables. Esto lo ha comprendido por 
intuición la señora de Gorriti, y por ello trata de armo- 
nizar la pun»za de la forma con la elevación de lossen- 
timientos. En muchas de las novelas de la literata ar- 
gentina hay ausencia de episodios, los caracteres están ape- 
nas delineados, las descripciones dejan que desear; pero 
en cambio hay rapidez en h\ acción, altura en los pensa- 
mientos, digniíiad en la espresion, moralidad en el fin 
que se propone: y si las descripciones son corlas, las que 
presenta son exactas y revelan loque hoy se llama el sen- 
timiento estético y el color local. 



El Lucero del Manantial, episodio de la dictadura de 
don Juan Manuel Rosas, es una deliciosa producción, que 
en estrechas dimensiones contiene todos los elementos 
de una novela, y qne recuerda las leyendas y baladas de 
la severa y melancólica Escocia. 

«En los últimos confines del Sur, cerca déla frontera 
que separa á los salvajes de las poblaciones cristianas, se 
hallaba un fuerte medio arruinado, que lo guardaba un 
destacamento de las fuerzas veteranas de la república. 
El comandante tenia una hija que era un ángel. 



vil . 

«María cva la flor raas bella jue acarició la brisa 
tibia de la pampa. 

«Alta y esbelta como el j unco azul de los arroyos, se- 
mejábale también en su elegante flexibilidad. Sombreaba 
su nermosa frente una espléndida cabellera que se estén- 
dia en negras espirales hasta la orla de su vestido. Sus ojos 
en frecuente contemplación del cielo, habian robado á 
las estrellassu mágico fulgor; y su voz, dulcey melancó- 
lica como el postrer sonido del arpa, tenia inflexiones de 
entrañables ternuras, que conmovian el corazón como una 
caricia, y cuando en el silencio de la noche se elevaba can- 
tando las alabanzas del Señor, los pastores de los vecinos 
campos se prosternaban creyendo escuchar las voz de al- 
gún ángel estraviado en el espacio. 

«El viajero que alo lejos la divisaba pasar, envuelta 
en su blanco velo de vírjen, ala luz del crepúsculo, bajo 
las sombras de loa sá uces, esclamaba : 

« — jEsuna hadal 

<(Pero los habitantes del Pago respondían: 

« — Es la hija del comandante, el Lucero del ManatUial 

•■ 

«El adusto velv^rano compañero de Artigas, desarru- 
gaba-solo el ceno de su frente surcado de cicatrices para 
sonreirá su hija. 

«Para aquellos hombres hostigados por frecuentes in- 
vasiones y cuyos rostros tostados por el sol de la Pampa es- 
presaban las inquietudes de una perpetua alarma, era 
Maria una blanca estrella que alegraba su vida derraman- 
do sobre ellos su luz consoladora. » 

«Pero ella, que era la alegría de los otros — ¿porqué 
estaba triste ? ¿quA sombra habia empañado el cristal pu- 
rísimo de su alma? 

«La hora del dolor habia sonado paní ella, y Maria 
pensaba. . . . pensaba de amor.» 

La joven tuvo un sueño de amor que al mismo tiempo 
le produjo honda pena y la llenó de terror. 

En medio d3 charcos de sangre y sobre montones do 



VIH. 

cadáveres, la joven vio que alzaba arrogante la frente un 
joven bello con la belleza del arcángel maldito; iba blan- 
diendo un puftal; se acerca á María, y la víijen, apesar 
del temor que le inspiraba, se sentía arrastrack hácta 
éL Su corazón le decía: *— Ámalo. 

Al despertar llena de sobresalto, pasó la mano por su 
blanca frente, y repitió consolada: | Era un sueño ! y como 
el alba habia rayado, la intrépida amazona fuéen busca 
de su favorito alazán. Saltó gallardamente sobre el lus- 
troso lomo del noble animal, y desapareció en medio de 
los vastos horizontes de la Pampa. £1 corcel, sintiendo 
su lijera carga y reconociendo el <( camino de su agreste 
patrio, sacudió su larga crin, mordió el freno, y burlando 
la débil mano que le regia, partió veloz como una flecha, 
saltando zanjas y bebiendo el espacio.» 

El bruto atravesó el linde aue separaba el campo 
cristiano del inmenso territorio ae los salvajes. María, ^ 
pálida de espanto se creyó perdida, cuando sintió que el 
alazán se abatía sobren mismo, embolado por una mano 
invisible. 

La jóv«n se desmayó, y al volver en sí se halló en los 
brazos de un hombre que la observaba con encanto. La 
vírjen contemplóá esfe bombín; era un apuesto y gallar- 
do mancebo; pero I «ay | era el fantasma de su sangrien- 
to ensueño I» 

El joven (y esto bs de suponerse por el relato de la 
autora) condujo á Maria cerca del fuerte, pues en la noche 
si^uionte, y en das que se sucedieron, la vemos «con la 
mirada flja, medio desnuda y 4DCulta tras las vetustas oji- 
vas, espetando á un hombre que llegando cautelosamente 
al pié del ombú, a5l&<ie á sus ramas, escalaba la ventana 
y caia en sus brazos. » 

Maria lo llenaba de caricias y le hacia mil protestas 
de amor, aun cuandotio le ocultaba el temor que le ins- 
piraba. Ese hombre se llamaba Manuel. Él le hablaba 
con pasión, y las bovas se dedizaban para los dos aman- 
tes entre cancia» y promesas. 



IX. . 

Pero usa noefae He^ó, terrible para Moria, en que 
no vio al hombre que había dispuesto de su corazón j de 

su honra Por él mismo estalló la j^uerraciTil, «y 

el fragor del cañón homicida ahogó las risas y los gemi- 
dos.» 

La joven se sintió madre. Antes de que se hiciera 
p^lico su deshonor, resolvió darse la muerte. Tero 
cerca de ella velaba un hombre de corazón bien puesto, 
de sentimientos generosos, v que aun cuando conocía el 
secreto déla joven, la amaba con delirio:— «Te amo. le 
dijo, y mi amor ha ^penetrado el secreto de tu dolor. 
¿Quieres conGarte á mi? seré tu esposo, tu amigo, y . . • . 
elpadredetu hijo.)^ 

Muchos años corrieron tranquilos para tan dulce pa- 
reja, y la noUeza del esposo hania hecho casi olvidar la 
terrinle escena á la engañada y digna mujer. 

Enrique, fruto del vedado amor primero, era repu- 
tado como hijo de liberto, el salvador de la seducida Ifa^ 
ria. Diez y seis años habían transcurrido cuando un dia 
de verano, una silla de posta atravesó las calles de Bue- 
nos Aires y penetró en el patio de una casa sita en uno de 
los mas hermosos barrios. Una bella mujer bajó del car* 
ruaje para enoontrarse en los brazos de un hombre de dis- 
tinguido jpcMrld. Este era A^lberto, y la dama era su espo - 
sa^-era fiforia. 

La primera pregunta de la madre fuó: i y mi hijo ? 
£1 padre le contestó que en aquel dia sellaba con luci- 
miento su carrera escolar. Pero también en aquel dia 
debln Alberto concurrir á las sesiones de la Cámara de 
Representantes, de la cual era presidente. Tratábase de 
una cuestión mny greve: Rosas pedia que se le conce- 
dieran poderes dictatoriales y Alberto aun cuando su ami- 
go y confidente, se preparaba á combatir tal proposición. 
Era su deber, y siempre habia segiñdo los dictados de su 
condénela. 

Mientras que el padre salia el hijo entraba. Pasa- 
dos los primeros momentos de efusión entre María y En- 



X. 

rique, este se dirijió á la aunara c<>n el íin de «aplaudir 
& su padre con la voz y con el alma.» 

La proposición de Rosas es presentada á los repre- 
sentantes del pueblo. Dominados todos por el terror que 
ya habia empezado á reinar, solo dos se atrevieron á con- 
trariar la voluntad del que ya era dictador de h^Hího: esos 
dos ciudadanos fueron el obispo de la Metrópoli y Al- 
berto. 

Cuatro hombres enmascarados penetraron en el ins- 
tante en el recinto de la cámara, y dirijiéndose á la silla 
del presidente, clavaron un puñal en el corazón de Al- 
berto 

Enriaue entraba en este momento, y solo pudo 
arrancar el arma homicida del pecho del hombre que re- 

{)u taba como padre, y jurar al cielo que vengaría tan in- 
áme asesinato. 

Aldia siguiente, en Buenos Aires imperaba la san- 
grienta dictadura del salvaje délas Pampas. Corria el 
rumor do que un joven habia atentado contra la vida del 
tirano, y que habiéndosele aprehendido, se le habia juz- 
gado sumariamente, y condenádosele á muerte. 

En efecto/al frente del palacio del dictador^se'eleva- 
ba un banquillo, y alli se habia llevado á un hermoso jo- 
ven . Ya los soldados teniun inclinados los fusiles y estaban 
prontos á hacer fuego, cuando aparece una mujer pálida 
y desgreñada, y ruega al oficial que aguarde algunos 
instunlüs, pues váá implorar la c/cmencía del dictador. 

Esa mujer era María. El que ihan á fusilar era En- 
rique. El hijo prohibe á la madre aue se degrade hasta 
fl punto de pedir gracia al asesino ae Alberto. Pero la 
madre solo oye la voz del corazón, y parte sin tardanza 
hacia el palacio dul tirano. Se abro paso y llega hasta el 

Í;abimíle en que soliallahala hiena conocida bajo el nom- 
)n* de llosas; pero al ver las¡faccionesdoese hombre, Ma- 
ría siente que la voz se le detiene en la garganta, y cae 
('()nio|)elriiicada. 

Pocos itistuMt.'s después se ojó una detonación, y 



Haría solo pudo esclamar: —<i\ Manuel ! j Manuel I ¿ que 
has hecho de tu hijo?» 

Una noche los indios vieron que una mujer vagaba 
por entre las ruinas del fuerte del Pago, destruido por los 
salvajes que habian asesinado al anciano comandante. 

Esa mujer pálida, desgranada, vestida de luto y lle- 
vando la muerte en el alma y el corazón, era Mariael 
Lucero del Manantial, 



El Guante Negro es un episodio de la sangrienta lira- 
nia de Rosas. Ramirez era un valiente militar; un cora- 
zón leal, un coronel de la República Argentina; que no 
viendo los crímenes de Rosas, solo pensaba en la causa fe- 
deral y en la amistad que habia juradoal dictador. 

Wenceslao era hijo del coronol Ramirez: valiente co- 
mo su padre, hermoso é intelijeijte, acababa de recibir 
una herida en un tremendo combate cuerpo á cuerpo. Su 
corazón se hallaba dividido entre dos amores; amaba á 
Manuela Rosas por ambición y vanidad; amaba á Isabel,, 
hija de un cumplido patriota, una de las victimas de la 
mas- horca. Pero el amor por esta bella y encantadora 
vírjen, era el real y verdadero. 

En una tarde de verano, Manuela Rosas se presentó 
en casa de Wenceslao, acompañada de un lacayo que 
vestía una rica librea. La hija del dictador iba allí con- 
ducida por tres motivos poderosos: Wenceslao seguía las 
banderas de su pariré; Wenceslao había espucslo su vida 
por defender la honra de la joven, Wenceslao era el sue- 
ño do su covaiton. 

Cuando Manuela Rosarse aproximó al lecho del he- 
rido, este la saludó con gratitud y cun amor; ella, si le 
manifestó sus sentimientos, fué mas con las miradas que 
con las palabras . Pero el joven, galante y ambicioso, se 
apoderó para besársela, de una de las manos de la peli- 
grosa hurí, y le descalzó el guante de seda negra que la 
encubría. 



tu. 

P^t)lo9Íastantes corrían, y preciso fiíéque-la hija 
del dictador se alejase, pues la esperaban e^ PaleriBo, 
residencio del tirano. 

Cuanda apenas habia salido aquella del aposento 
de Wenceslao, penetró por una puerta secreta otra joven; 
pura, intelij^ntey fiel: era Isabel que venia á curar las 
heridas del enfermo. 

Al verla Wenceslao, dio rienda suelta á sus Verdadie- 
ros senlimientos. La ambición cedia el puesto alamor. 

Los dos jóvenes departian agradablmente; é Isabel 
le daba cuenta de los funestos presentimientos que la ase- 
diaban, cuando el reloj del salón anunció que era media 
noche. 

Isabel debia partir, pero antesera preciso curar á su 
enfermo. 

Manuela Rosas habia dejado «1 fatal guante nogro, y 
en la parte interior, sobre la cinta que cubre el resorte se 
leía el nombre de su dueña. Wenceslao habia colocado 
esta prenda sobre su corazón. 

Isabel descubre aqael objeto, lee el nombre.de su ri- 
val odiada por ella con doble motivo, y lanza un grito^ 
Luego declara al joven que todo queda roto entre ellos* 
A tiempo descubría aquel misterio para recordar el jura,- 
mentó que habia hecho á su padre asesinado, juramento 
que ella quebrantaba al amar á un sorvidoc del tirano. 

Pero Wenceslao siente entonces todo el amor que \fr> 
fesaba á Isabel; le pide perdón y le jura aceptar el sacrifi- 
cio que le imponga, que cualquiera será leve á trueque4e 
reconquistar su corazón. 

— I Y bien ! dijo Isabel; ] si me amas, pruébamelo 
partiendo para el campo de los unitarios I 

Y desapareció al instante. 

El sacrificio pareció inmenso, inaceptable á los ojos 
de Wenceslao, y en su dolor, en la alternativa de perder á 
su amada ó pasar por traidor, pensó en la muerte; llevó 
la mano al pacho y se arrancó el vendaje que oiibria la 
herida. 



XIII . 



Moribundo estaba y la sangre de su herida corría á 
torrentes, cuando llegó ese ángel de consuelo que se Hama 
madre, y á fuerza de solícitos cuidados pudo reanimar al 
hijo querido, cuya primer palabra fué j Isabel ! 

Algunos días habían transcurrido y Wenceslao se ha- 
llaba casi del todo curado, cuando la madre sorprendió 
que su esposo se había llenado de furor al leer una carta 
q uo le acababan de llevar. El coronel Ramírez pronun- 
ció el nombre de su hijo, y saliendo con dirección hacia el 
jardín, habló con uno de sus mas fieles servidores, á quien 
dio orden para que cavase un hoyo de siete pies de longi- 
tud y seis de profundidad. 

La madre, previendo una parle de la terrible yerdad 
corrió al gabinete del coronel, halló la carta fatal y la le- 
yó: era una carta que Wenceslao había escrito á Isabel y 
que había sido interceptada por los agentes de Rosas. 
En ese caf ta el joven prometía ¿ su amada abandonar su 
Ixmdera para recobrar su amor: le anunciaba que pasaría 
al campo de los unitarios. A esta carta acompañaba el 
funesto guante negro de Manuela Rosas, y el joven su- 
plicaba á Isabel que lo hiciera llegar á su dueña. 

Cuando la madre, dominada por el terror, puesto 
que conocía el terrible secreto de su esposo, se halló en 
presencia de este, le habló como habla en tales lances una 
madre: apeló á las lacrimas — manifestó al implacable 
militar toda la crueldad de su pensamiento, pues se resis- 
tía á creer que pusiera en práctica tan criminal proyecto. 
Al fin se pudo convencer de que era inalterable la reso- 
lución del padre, quien estravíado por un falso senti- 
miento de honor y de lealtad, ^ue solo hubiera lejitimado 
una noble causa, estaba decidido á asesinar al hijo que 
consideraba como traidor. 

Entonces la madre tomó el puñal que el coronel 
había colocado sobre una mesa, y lanzándose sobre él le 
dijo. 

ü — ¡Pues muere tú! muere, por ;ue yo quiero que mi 
hijo TÍ va. 



i 



i 



XIV. 

«Y la mujer hundióle! puñal en el pecho de su es- 
poso. 

«En ese instante entraba Wenceslao. 

«—¡Madre mia! ¿qué hacéis? esclamó Wenceslao 
precipitándose sobre el cuerpo del corono! que habia cai- 
do muerto sin exhalar un suspiro. 

«La madre se volvió hacia ól con la impasibilidad de 
la desesperación. 

«— ¡Mi esposo hBbia jurado matar á un traidor, dijo 
4'.lla; ese traidor era mi hijo, y yo he matado á mi esposo 
por salvar á mi hijo!» 

Wenceslao olvidó á Isabel al presenciar tan horrible 
escena, y al dia siguiente, ala cabeza de su regimiento, 
fué á unirse con et ejército del famoso Oribe, ese digno 
compañero de Rosas. 

En Quebracho Heiradohuhoéi poco tiempo una san- 
grienta batalla entre las tropas del tirano y las huestes de 
los patriotas, que muy inferiores en número y ocupando 
desventajosas posiciones, aceptaron la lid pdr no abando- 
nar á la emigración que les seguia, y que no habria po- 
dido soportar una marcha forzada. 

Cuando al fin se cansaron de malar heridos, de ase- 
sinar ancianos y mujeres, los soldados de Rosas y Oribe se 
retiraron á su campamento. Era alta noche, y una joven, 
con el cabello suelto al viento, la mirada estraviada, el pai- 
so vacilante, llegó al sitio (h la carnicería. Era Isabel, 
que guiada por el instinto d'. !) amante, descubrió, entro 
centenares de cadáveres de miigos y enemigos, el del 
dueño de su Corazón— el de Wenceslao k quien no habia 
podido olvidar: el joven tenia en el pecho una herida, es - 
ta era de forma circular y bordes negros, y la herida esta- 
ba cubierta con el fatídico guante negro. Isabel cayó en 
tierra exclamando con hondísima amargura: 

«¡ He ahí la mano de Manuela Rosas, que leba des- 
pedazado el pecho por robarme su corazón I» 

Los cuadros} defesla novela, verdadera Nouvelle, se- 
gún la clasificación literaria de los francesas, que la dis- 



XV. 

tinguen del Román, están adminiWemenle trazados, hay 
movimiento dramático, caracteres bien delineados, acción 
sostenida y rápida. 

La autora del Guante Negro, lo repetimos, hadado 

{)ruebas relevantes de que puede abordar con buen éxito 
a novela de grandes dimensiones y el drama en todas 
sus formas. En el Guante negro entran en juego el amor, 
los celos, la ambición, la sublime abnegación de la ma- 
dre, el fanatismo de un falso punto de honor, -el patrio- 
tismo y la venganza: el'^mentos masque suficientes, no 
diremos para un cuadro de novela, sino para una novela 
en debida forma. 

Por no estendernos ¡demasiado renunciamosa pre- 
sentar un análisis de otras piezas notables de la literata 
a rgen ti na . El q ue desee estasiarse á la vez con los {atrae- 
livüs de la novela, con la cnseñauza do la historia, con 
las profundas sensaciones déla tragedia, con los sublimes 
transportes del poema, lea : 

Gúemes, recuerdos de la infancia. 

La novela, en sus diversas formas, cuenta ya en Amé- 
rica con ilustres represen tan Is: la s 'ñora de Avellaneda 
nos ha presentado, entre otras, á Espatolino, — Daniel, y 
con la señora de Garcia. el Médico de San Luis. 

Orozco, Guerra de ti tinta anos, — Lastarria, la Mano 
del muerto, — Fidel López, la Novia del Hereje, — Jqs& Már- 
mol, la Amalia, —Bartolomé Mitre, Soledad ; y luego vie- 
nen con sus multiplicadas producciones, M. A Matta, y 
con sus crónicas^Barros Arana, Palma, Quesada, etc. etc. 

Poro leed sobre todo los hermosos escritos de la sim- 
pática é inspirada escritora del Plata. 

Vanífc'ii date lilia plenes. 

J. M. Torres Caicedo. 

Jíí63. 



LA QUENA. 



1. 

LA CITA. 



Las doce de la noche acababan de sonar en el re- 
loj de la catedral de Lima. Sus calles estaban lóbregas y 
desiertas como las avenidas de un cementerio; sus cdsas> 
tap llenas de luz y de vida en las primeras horas déla 
noche, tenian entonces un aspecto sombrío y siniestro; y 
la bella ciudad dormia sepultada en profundo silencio» 
interrumpido solo á largos intervalos por los sonidos me- 
lancólicos de la vihuela de algún amante, ó por el lejano 
murmullo del mar que la brisa de la noche traia mezcla- 
do con el perfume de los naranjos que forman embalsa- 
mados bosques al otro lado de las murallas. 

Un hombre embozado en una ancha capa apareció ¿ 
lo lejos entre las tinieblas. Adelantóse rápidamente, 
mirando con precaucionen tomo suyo, y deteniéndose 



6 SUEÑOS Y REALIDADES. 

delante de una de las rejas doradas de un palacio, paseó 
suavemente sus dedos por la celosía de alambre- 
La celosía se entreabrió. 

— ¿Hernán? — dijo una voz dulce y armoniosa como 
las cuerdas de una lira. Y al mismo tiempo apareció el 
bellísimo rostro de una joven engastado en negros y lar- 
gos rizos sembrados de jazmines y aromas. 

— I Rosa r amada mia, no temas, soy yo — respondió 
con apasionado acento el embozado, estrechando contra 
su pechóla mano blanca y fina que lajóven le alargaba. 
— I Oh 1 1 cuánto has tardado esta noche !— dijo ella 
suspirando — Yo contábalos segundos por los latidos de 
mi corazón; pero eran estos tan precipitados que me pa- 
rece haber vivido siglos desde las once. 

Y abriendo enteramente le celosía, se puso de rodi- 
llas en el antepecho de la ventana para mirar de mas cer- 
ca á su amante, cruzando por fuera de la reja dos brazos 
torneados y blancos como el alabastro, con esa mezcla de 
infantil confianza y de gracia voluptuosa peculiar solo á 
nuestras vírgenes americanas, á quienes la influencia de 
nuestro ardiente sol, sin quitarles nada de la inocencia 
adorable de la niñez, les dá con todos sus refinamientos, 
las seducciones de la mujer. 

Aquel á quien ella llamaba Hernán, contemplaba 
en un éxtasis doloroso el rostro encantador que casi toca- 
ba al suyo. 

— j Rosa I I adorada mia ! — la dijo — nunca te vi tan 
hermosa como en este momento; nunca tus ojos han res- 



LA QUENA. 7 

plandecido con tan divino fuego, ni tu dulce voz ha tenido 
jamás sonidos tan mágicos para mi corazón. 

— Y sin embargo vas á alejarte de mi, á abandonar- 
me á las persecuciones insoportables de ese odioso Ra- 
mirez, que escudado con la aprobación de mi padre, de 
quien es amigo y colega, me considera insolentemente 
como su propiedad futura, sin contar para nada con mi 
voluntad. Pero yo les haré conocer la energía de esa vo- 
luntad conque no cuentan; y si tu me abandonas en la 
lucha terrible que voy á sostener, mi valor no me aban- 
donará al menos. Guarda, pues, ese fatal secreto que 
rehusas confiará tu amante, y que, puesto que te prohibe 
el pedir á mi padre el corazón que su hija te ha dado, 
será quizá algún vínculo que te liga á otra .... 

La voz de la bella joven que habia tomado el acento 
firme de un adolescente, descendió á estas palabras, á un 
diapasón dulcísimo, perdiéndose en un largo sollozo. 

— I Rosa I ángel mió I no aumentes con tus lágrimas 
la horrible amargura que inunda mi corazón. | Ay ! yo 
dihtaba el momento de destrozar el tuyo con el peso de 
mi secreto, pero pues ha llegado la hora .... ¡ sea I ... . 

¿Quieres saber quien es este Hernán á quien co- 
nociste en aquella corrida de toros sentado al lado del 
virey ? Este Hernán de Camporeal educado con los hijos 
délos grandes de España, es el descendiente de esa raza 
proscripta que vosotros, sobre todo tu padre, miráis con 
tanto desprecio, después de haberla destronado y de ha- 
beros engrandecido con sus riijuezas; el que te ama á ti. 



8 SIESOS Y REALIDADES. 

hija del orgulloso oidor Osorio, el que prefieres al pode- 
roso y magnifico oidor Ramirez, es el hijo de una india; 
es un desventurado que nada posee en el mundo aunque 
su pié huella quizá los tesoros que sus padres confiaron á 
las entrañas de la tierra para sustraerlos ala sanguinaria 
codicia de sus tiranos. 

Hernán se interrumpió, fijando en su amada una 
mirada penetrante, como si quisiera leer en el fondo de su. 
alma. Pero ella habia cruzado las manos sobre su pecho 
y lo contemplaba extasiada. 

— I Qué escucho ! — exclamó — | Hernán el elegido de 
mi corazón, es un hijo de los incas! Oh I yo lo habia 
presentido! ¿De dónde venia esa emooicn profunda 
queaun antes de conocerle senliayoal solo nombre de 
Manco Capac ó deAtahualpa? Se hubiera dicho que 
entre mi corazón y el sepulcro olvidado de esos héroes, 
mediaba una fibra palpitante, por la cual el calor ju- 
venil de mi sangre comunicaba con sus heladas cenizas. 
Entonces yo atribuia ese sentimiento estraño á las vehe- 
mentes simpatías de la juventud, aun por seres desa- 
parecidos después de siglos; pero era el presentimiento 
de tni amor. Mas dime, Hernán, aunque mi padre mire 
con desprecio el linaje 'de tu madre, ¿ en qué perjudica 
esto á nuestro amor, pues que el noble conde de Campo- 
real la hizo española dándole su nombre ? 

Lo altiva frente de Hernán palideció á estas pala- 
bras. 

— Oh 1 santa madre mia ! esclamó elevando al cielo 






LA QLENA. 9 

una mirada de araor infinito — ese nombre que te rehusa- 
ron, por noble que sea, todavía no era digno de ti: él 
no podia aumentar el brillo déla aureola de virtudes, de 
honor y de heroismo que rodeaba tu frente. No I Rosa, 
mi madre no llevó nunca ese nombre: una atroz injus- 
ticia le privó de él. Oh I si eso hubiera sido lo único 
que le robó. . . . Escucha su historia, amada mia, cuyo 
corazón es el único digno de comprenderla, tú á quiín 
ella me ha enviado del cielo para reemplazarla en la 
tierra. 



II. 

LA MADRE. 



Mi mas lejano recuerdo me representa un dia muy 
pequeño, sentado á los pies de mi madre, que era una 
joven alta,.de maravillosa hermosura, con largos y ras- 
gados ojos negros. . . 

— I Como los tuyos ! murmuró Rosa con acento que 
revelaba una inmensa pasión, y pasando sus lindos de- 
dos por las largas pestañas de Hernán. 

— Con una boca — continuó este — pequeña y de la- 
bios encarnados, por los que sin cesar erraba una dulce 
y melancólica sonrisa, dejando ver dos iguales filas de 
dientes de un blanco de nieve azulado. Su hermosa 
frente, de la que descendian cuatro trenzas de cabellos, 
tan largos que descansaban en el suelo, estaba adornada 
de una banda de púrpura, única insignia, con que la ve- 



LA Ol-ENA. 11 

neracion fanática del pueblo distingue á las hijas de los 
antiguos reyes del Perú , 

Nos hallábamos en el Cuzco, en una casita cuyos 
muros habian pertenecido á construcciones anteriores á la 
conquista. El sol brillaba en un cielo sin nubes, y uno 
de sus rayos, pasando por una ventana, venia á morir á 
nuestros pies. 

Mi madre hilaba con aire triste y meditabundo, in- 
terrumpiéndose solo para bajar su mano sobre mi frente 
y acariciarme. Yo jugaba recostado en su rodilla, ya 
con su rueca cuyo curso detenia, ya con los átomos del 
sol que perseguía procurando encerrarlos en mi mano. 

— ¡Marial hija mia! ¿estás ahí? — preguntó una voz 
cascada desde la puerta. 

— Entrad, cacique — respondió mi madre levantán- 
dose para recibir á un anciano indio, de cabellos blancos 
y rostro venerable — venid, mi buen padre adoptivo. Mi 
corazón está hoy muy triste. El anciano miró á mi ma- 
dre con dolorosa ternura. 

Si, muy triste — repitió ella, contestando á esa mira- 
da. Funestos presagios me anuncian una desgracia. 
¿Cuál? ¡ lo ignoro ! Anoche mismo un sueño estraño y 
angustioso me ha llenado de terror. | Oh vos, á quien 
Dios revela su misterioso sentido, escuchad, y decidme lo 
que debo temer I 

Me hallaba con nii hijo sobre mis rodillas en un jar- 
din delicioso, tan bello, que en comparación suya nues- 
tras fértiles quebradas son áridos desiertos. . Me rodea- 



12 SUEÑOS Y REALIDADES. 

ban árboles de toda especie, cargados de hermosos frutos; 
innumerables, variadas y bellísimas flores me embriaga- 
ban con su penetrante aroma; y sin embargo de que todo 
allí respiraba alegria yo estaba triste, y una dblorosa in- 
quietud me hacia estrechar á mi hijo contra mi corazón. 

De repente vi delante de mí un hombre de formas 
colosales, un gigante vestido de verdes juncos, y cuyas 
facciones, \ cosa estraña I tenían la movilidad delaimá- 
jen que vemos reflejarse en el agua agitada. 

— ¡ El mar ! murmuró el indio. 

. — El espanto que me causó aquella aparición produjo 
en mí un efecto inaudito. Mis miembros se entorpecie- 
ron, mi lengua, como clavada, al paladar, no pudo arti- 
cular un solo grito, y de todo mi ser material, mis ojos 
solos quedaron con vida, mis ojos que vieron al gigante 
aprovechándose de mi postración, tomará mi hijo por el 
cuello, arrancarle de mis brazos á pesar de sus gritos, y 
alejarse con él hacia una llanura sin límites, donde desa- 
pareció. 
. — ¡ El mar I — repitió el cacique. 

— El dolor que desgarró mi corazón me despertó. Mi 
cuerpo agitado de horribles convulsiones, estaba cubierto 
de un sudor helado; mis' sienes latían como si fueran á 
romperse; pero abriendo mis ojos vi á mi hijo dormido 
en mis brazos, abrácelo estrechamente, y todos mis ter- 
rores se disiparon, reemplazándolos un gozo inmenso, . 
imposible de ser comprendido sino por una madre que 
haya perdido á su hijo. 



LA QUENA 13 

Y tomándome en sus brazos me llenó de besos y de 
lágrimas. 

El anciano después de haber quedado largo ralo pen- 
sativo, preguntó con inquietud á mi madre: 

— ¿ Dónde está él ahora ? 

— Fué — respondió ella— á desempeñar en Buonos 
Aires una de las misiones con que vinoá América, y han 
pasado dos años sin que yo tenga noticias suyas. } Ay ! pa- 
dre mió, ¿ es de mi amado Fernando, de mi bello conde 
de Gamporeal, de quien me hablan mis funestos sueños y 
esos mil incidentes de mal agüero que se multiplican en 
tomo mió? 

— ¿Con que amas mucho á ese español? — preguntó 
el indio con amargura. 

— I Si le amo I — respondió mi madre tíon acento 
apasionado. — Hi corazón, mi alma, todo mi ser le perte- 
nece; y para aumentar su felicidad habria querido que 
Dios doblara cada una de sus facultades. 

El indio fijó en mi madre una mirada de tierna y 

dolorosa compasión, murmurando tristemente | Ella 

también, como sus abuelos, debia caer en los lazos que 
esa raza impía tiende á nuestros sencillos y afectuosos co- 
razones I 

En vano seria, desventurada hija del Cuzco, que yo te 
descubriese el sombrío porvenir que leo en este momento 
sobre tu frente y la de tu hijo, porque nadie puede huir 
de su destino, y ademas la voz del amor, dulce y sonora, 
cubriría la voz trémula, aunque inspirada, del anciano. 



14 SUEÑOS Y REALIDADES, 

Pero es necesario interponer tu conciencia entre nuestro 
secreto y la debilidad apasionada de un corazón de mu- 
jer. 

El cacique se levantó, y dirigiéndose á mi madre con 
ademan magestuoso y voz solemne — nieta de Atahualpa, 
esclamó: — ¿juras sobre la cabeza de tu hijo, y por la san- 
gre de tu abuelo, que ni el amor, ni el odio, ni las caricias, 
ni las torturas podrán forzar tu labio.á descubrir á nues- 
tros tiranos el secreto que tu padre te legó en su lecho de 
muerte? 

— I Lo juro I — respondió ella con acento firme, pa- 
sando una mano sobre mi cabeza y estendiendo la otra ha- 
cia el sol — I Oh I padre mió, aquella que sentada sobre 
los inmensos tesoros de nuestros antepasados, ha tiritado 
de frió y languidecido de hambre y de fatiga para que la 
pequeña partícula de oro que debia fortalecerla no fuera 
al poder de los que nos han desheredado, no necesitado 
juramentos para callar. 

La severa magestad del cacique desapareció de sus 
ojos; lágrimas paternales rodaron en ellos. 

— ¡Lo sé, hija mia!— respondió — pero la voz del 
amor es mas poderosa que el hambre, el frió y la fatiga. 
¡ He cumplido mi deber ! Y fijando en el vacio una mi- 
rada profunda que parecia penetrar la inmensidad del 
porvenir esclamó: 

I Vendrá un dia en que la ciencia de los hombres 
descubra esos tesoros; pero entonces ellos seráu libres é 
iguales, y los harán servir á la dicha de la humanidad. 



LA QUENA. 15 

El reinado de las preocupaciones y del despotismo habrá 
pasado, y el genio solo dominará el mundo, ya erija por 
solio la frente de un europeo, ya la de un indio. Entre 
tanto, hija mia, cúmplase en ti lo que Dios ha dispuesto, 
dijo — ^y llevándose á sus ojos su mano seca y arrugada para 
enj ugar una lágrima que corria por su mejilla venerable, 
se alejó con paso lento. 

Mi madre quedó largo tiempo inmóvil, con la frente 
apoyada en mi cabeza. 

Un ruido de pasos precipitados la di&traj6 de la pro- 
funda meditación en que la dejaron las palabras del ancia- 
no. Un caballero alto y apuesto, de rostro hermoso é im- 
ponente, entró haciendo resonar sus espuelas en el umbral 
de nuestra pu^ta. 

— I Camporeal !— esclamó mi madre, corriendo con- 
migo en los brazos, á arrojarse en los del estranjero. 

— I María I — respondió él estrechándonos á ambos 
contra su pecho adornado de cruces — ¿ Es este mi hijo? 

— j Nuestro hijo I — dijo ella con acento tímido. 

— j Oh ! j qué bello es mi hijo ! —continuó él, sin ad- 
vertir al parecer la rectificación de la pobre madre; y to- 
mándome en sus brazos, á pesar de mi e^uiva resistencia 
me dijo con gran volubilidad : 

— ^Hernán, querido mió, serás un arrogante gentil 
hombre de cámara algún dia. [ Las reinas te disputarán 
á sus damas I Entre tanto, es necesario que vengas con- 
ipigo á Lima. 

—i A Lima I — esclamó mi madre» que á las prime- 



16 SUEÑOS Y REALIDADES. 

ras palabras del Conde habia sentido helarse el gozo en su 
corazón y se habia alejado con los ojos bajos y la frente 
inclinada: — [ Ah, Fernando ! no era eso lo que me ha- 
bias prometido I ¿ Un caballero español falta asi á su 
palabra ? 

— Mana, — respondió el conde,— las promesas que 
se hacen á una mujer, sobre todo á la madre de nuestro 
hijo, no son como las que median entre los hombres: se 
hallan en la linea de aquellas que nos hacemos á nosotros 
mismos, están sujetas á circunstancias imprevistas; y si 
me amas, y amáis á vuestro hijo, debéis' comprender que 
ni él ni yo podemos encerrar nuestro destino en el circu- 
lo estrecho de un país perdido entre desiertos, solo porque 
un dia os hice una necia promesa . Por lo demás, — aña- 
dió en tono resuelto, — mi hijo, y vos si queréis, partiréis 
mañana conmigo. | Adiós I 

Mi madre no exhaló su dolor en quejas y esclama- 
ciones: como todas las almas tiernas, le reconcentró todo 
en su corazón. Cerró su casa, hizo en la puerta una cruz 
en señal de despedida, y conmigo en los brazos, fué á pa- 
sar el dia entero sobre las alturas que dominan la ciudad, 
repitiendo entre lágrimas silenciosas estas palabras que 
el cacique habia dicho en la mañana: ¡ el amor es mas 
fuerte que todo ! Y como la hija de Jephte miraba des- 



i 



de la cima de los montes la patria que iba á dejar, y la 1 

lloraba. 

Partimos. 



EL RAPTO, 



Al llegar á Lima, el pesar, la fatiga, y quizá tristes 
prosentimlBntos, que se alzaban en el corazón de mi 
madre, le causaron una violenta enfermedad. Una fie* 
bre ardiente se apoderó de ella, un delirio terrible et- 
trayió su razón creciendo hasta el frenesí cuando mo 
alejaban un momento de su lado. Su sueño del Cuzco 
te le representaba incensantemente causándole espanto-^ 
sos terrores. Cotonees me estrechaba contra su pecho 
httsta ahogarme, dando furiosos gritos, á los que sucedia 
una postración mortal. 

Una noche quehabia caidoen ese entorpecimiento 
ItíÁtffíCO, del que solo sus ojos no participaban, velando 
abiertos y atentos como dos centinelas, yo estaba acosta* 
í^á$vla4oy posaba mis manos frenas sobre su frente 
«tnMiente. £1 silencio que reinaba en torno nuestro y 
la inmovilidad de mi actibiMÜ, comenzaban á adormecer- 



48 SU£^OS Y REALIDADES. 

me, cuando vi abrirse la puerta y entrar un hombre 
alto, envuelto en una larga capa negra, y con el som- 
brero caído sobre su frente. 

, A su vista, los grandes ojos de mi madre se dilata- 
ron mas todavía; sus miembros inertes se estremecieron 
con una violenta convulsión; sus labios se agitaron en 
un esfuerzo de suprema angustia, y su lengua rompiendo 
las ligaduras de acero que la sugetaban articuló con un 
acento que nunca olvidaré: 

1 1 £1 gigante ! I 

Yo di un agudo grito, abrazándome estrechamente 
de su cuello, pero acercándose el embozado, puso una 
mano sobre mi boca, y separando con la otra los brazos 
tiesos é inanimados que rodeaban mi cuerpo, me arrebató 
como á un pobre pajarillo á quien roban de su nido; y 
envolviéndome en los pliegues de su capa, se alejó 
conmigo. 

Después de inútiles esfuerzos para desprenderme 
de las manos que me retenian, la rabia, el dolor y el 
miedo me hicieron perder el conocimiento. 

Cuando volví en mí me hálleselo, en un cuarto es- 
trecho y bajo, acostado en un lecho de forma estrafia. 
Un movimiento lento y uniforme hacia oscilar todos los 
objetos que me rodeaban; un ruido sordo, semqante 
á la caída lejana de un torrente, era lo único que ínter- 
rumpia el profundo silencio que reinaba en aquella 
especie de sepulcro, en cuya bóveda agonizaba un farol 
ante la luz del día que comenzaba á venir. 



LA QUENA. 10 

Mi primer pensamiento fué para el miedo; el segun« 
da para mi madre. Y llamándola con voz lamentable» 
salté trabajosamente del lecho; corri por todos lados 
buscando una puerta que nohabia, vi una escalera en 
el estremo del cuarto y la subi precipitadamente. 

I Qué espectáculo para mi, pobre niño, cuyos pies 
no habian traspasado el radio que abrazaba la mirada 
de mi madre I 

La tierra de los vivientes habia desaparecido con 
sus montanas j sus prados, sus árboles y sus poblaciones. 
Una inmensa llanura azul se estendia ante mis ojos ató- 
nitos, perdiéndose entre las densas nieblas del cielo. 

I Oh ! nunca olvidaré la horrible pena que despedazó 
mi corazón en ese momento. El alma del niño siente 
mas hondamente el dolor que la del hombre, porque 
carece de la razón, esa ruda consoladora, que no pudiendo 
arrancar el dolor, lo hiela en nuestro corazón. 

Volví mis miradas del horizonte á los objetos que 
me rodeaban. 

El conde de Camporeal, mi padre, estaba delante 
de mi. Á mis gritos desesperados contestaba él con 
caricias, pintándomela dicha de que iba á gozaren E^ 
paña, hacia la cual navegábamos. Pero | oh I si el alma 
del conde era susceptible de remordimientos, por grande 
que fuera el crimen que cometió arrebatando á un hijo 
de los brazos moribundos de su madre, mayor fué toda* 
via su castigo 1 A cada nombre tierno que me daba, res- 
pondia ya con el de mi madre, y me deshacía en llanto^ 



20 SUEÑOS Y REALIDADES. 

Después del llanto vino un pesar sombrío y silencioso, 
acompañado de un sentimiento de repulsión hacia mi 
padre, que no han podido vencer después ni los años 
ili la razón. 

Desembarcamos en Cádiz, y al llegar á Madrid mi 
padre me colocó en un colegio. Alli pasé tres años tan 
tristes, tan pálidos que nunca quiero recordarlos, pu»s 
me hacen el efecto de una pesadilla. Mi vida esteríor 
lióse componia de juegos y de alegrías como la de los 
otros niños: la habia consagrado toda al estudio, en el 
que hacia progresos asombrosos; progresos que no escita- 
ban la envidia de mis compañeros, como sucede ordi- 
naríamente, porque no viendo en mi ni gozo ni orgullo 
por mis triunfos, me los perdonaban. Pero yo me senlia 
tan indiferente á su benevolencia, como lo habria sido 
á su hostilidad. Un solo sentimiento velaba én mi co- 
razón bajo la forma de un dolor: | el recuerdo de mi 
madre I Desde que el sueño cerraba mis ojos volviaá 
ver la horrible escena que nos separó, y sentia crecer á 
pesar mió, ese sentimiento de miedo rencoroso que mi 
padre habia hecho nacer en mi. Asi cuando él venia á 
verme, ó yo iba á su palacio, el momento mas agradable 
para mi era el de la despedida. Él lo conocia: | cuan- 
tas nubes de pesar y de despecho vi pasar sobre su fren- 
te I Y sin embargo, pensando en el dolor de mi madre; 
representándomela sola, abandonada y llamando en vano 
á su hijo, sentia una satisfacción amarga y punzante del 
que yo le causaba áél. 



LA QÜEXA. 31 

Undiaque sentado en el jardín procuraba sonreír 
l&los juegos de mis compañeros que saltaban en torno 
mió, vi venir por las sombrías calles de árboles una muir 
jer de estatura esbelta, y el rostro cubierto con un largo 
velo. Parecía agitada de una conmoción profunda, y 
«wpié veloz como el.de una sombra, no parecía tocar la 
tierra. Al llegar al sitio en que nos hallábamos paseó 
^obre nosotros una mirada rápida, y arrojando háeia 
atrás su velo, corrió á arrodillarse delante de mí, abra- 
zándome estrecbamehíe, y esclamando en la dulce y ca- 
riñosa lengua de mí madre: 

— ¡Hijo mío! ¡hijo miol he hallado á mi hijol 
I Era ella I | era mi madre, que, abandonada, sola 
y moribunda en Lima, había hallado bastante fortaleza en 
su amor maternal para triunfar del abandono, del aisla- 
miento y de la muerte, y atravesando distancias iñ.^ 
mensurables, y peligros infinitos para venir á ver á su 
hijo, estaba en aquel momento delante de mi de rodillas, 
llorando y riendo á la vez, abrazándome convulsivamenta 
y apartándome de sus brazos para contemplarme, repir 
tiendo siempre con una voz llena de lágrimas: 

— I Hijo mió ! hijo mío I | he recobrado á mi hijol 
Cuando calmados los primeros trasportes de mi gozo, 
pude contemplar á mi madre, me asombraron los estragos 
que el dolor habia hecho en ella. De aquella belleza 
maravillosa que encantaba á cuantos la miraban, y que 
hacia que se la llamase Mama Oello, solo habían quedado 
sus largos y negros cabellos, y sus ojos que hundiéndose 



22 SUEÑOS Y REALIDADES. 

en sus órbitas habíanse vuelto mas grandes, embelle- 
ciéndose con ese tinte sombrío que deja para siempre el 
dolor. 

Pero yo era muy niño para adivinar nada de funesto 
en el demudado rostro de mi madre, y enteramente en- 
tregado á la dicha de verla, de acariciarla, de escuchar 
el sonido de su voz y de recojer cada una de sus dulces 
palabras, no advertia que cada dia traía mas palidez en 
su frente y languidez á sus ojos; que su voz se apagaba 
como si se alejara hacia otro mundo, y que sus palabras 
cada vez mas tristes, adquirían esa solemnidad del últi- 
mo adiós de un moribundo. 

Un día vino al colegio, y después de haber hablado 
largo rato á solas con el rector, me llevó aparte. 

—Hernán, amado hijo mío— me dijo — hoy cum- 
ples diez años; y cuando se ha sufrido como nosotros, en 
esta edad comienza á madurar la razón. Ademas, — con- 
tinuó con voz conmovida, — ^yo no tengo tiempo para es- 
perar á que la tuya se fortalezca, y es necesario que me 
apresure á depositar en tu pecho el secreto que mi padre 
legó al mío, asi como raí abuelo se lo habia legado á él. 
Escucha atentamente lo que voy á decirte, querido mió, 
y graba en tu memoria cada una de sus palabras. 



IV. 
LA CIUDAD SUBTERRÁNEA 



•Velaba yo á mi padre moribundo en nuestra casa del 
Cuzco. Era de noche. Profundo silencio reinaba en 
nuestra pobre morada; ningún sacerdote habia querido 
abandonar las delicias del sueño para traer una palabra 
de consuelo á aquel que iba á dejar la tierra. Yo sola 
oraba llorando de rodillas á la cabecera del lecho de 
muerte, y á mis gemidos solo respondía el silbido del 
viento de la noche que -gemía también entre la paja de 
nuestro techo. 

De repente, el rostro áe mi padre, ya desencajado 
é inmóvil pareció reanimarse por un supremo esfuerzo de 
voluntad; sus ojos brillaron con ese último resplandor de 
la vida que se apaga, y fijando en mi una mirada profun- 
da — Hija mía— esclamó— siento que el frío de la muerte 
.invade mí cuerpo; y es necesario antes que llegue á mi 



24 SUEÑOS Y RCALIDADES. 

corazón que te revele un secreto conocido solo á los des- 
cendientes de los incas, y transmitido del padre al hijo en 
esta hora suprema. Yo habria querido depositarlo en 
un pecho fuerte, capaz de resistir su inmenso peso; pero 
Dios que te me ha dado por única heredera, te prestará, 
hija mia, la fortaleza necesaria para guardarlo. Escu- 
cha. 

Cuando los opresores de nuestra desgraciada patria 
la invadieron, trayendo ante si el hierro y el fuego, sus 
sencillos hijos creyeron aplacar su furor poniendo á sus 
pies montes del funesto metal que codiciaban; pero muy 
luego conocieron que la feroz avaricia de aquellos hom- 
bres crecia con los tesoros que conquistaban, como crece 
bl hambre del tigre con el número de presos que devora. 
Entonces los habitanlos del interior, no habiendo sido 
sorprendidos como los de las costas, ocultaron todo el 
croque poseían, sirviéndoles para ello los inmensos sub- 
torránteos c^ue la prudencia de nuestros* padres, abrió bajo 
cada una de nue|lras poblaciones. ¿ Yes, hija mia, que 
nuestra ciudades grande? Pues de igual dimensiones 
la ciudad subterránea que está á sus pi es. ¿ Ves cuantos 
millares de habitantes, se agitan en las calles y plazas déla 
üton ? pues mayores el número de estatuas de oro que 
están gaard&das en las tenebrosas galerías de la otra. Álli 
i'elpóMn tesoros tan inmensos que si los alumbt-ara el sol, su 
briDbl^lo seria bastante para alumbrar el mundo. Este 
ttoto ilecéptáculo de riquezas tenia cien puertas, cuyas lla- 
ves y secreto pfl*>ian ciento de los mas cercanos descendien- 



LA QUENA. 2f 

tes de nuestros reyes. Cada uno al morir los legaba á su hijo 
primogénito; y cuando el muerto no tenia sucesión, la llave 
wa arrojada al lago que se halla en el centro delsubter- 
réneo, y la puerta cerrada, f Ay I de las cien llaves, no- 
venta y ocho yacen en el fondo de las aguas; y dentro de 
pocos instantes, las dos que restan se hallarán, una en 
las manos trémulas de un anciano, la otra en las débiles 
de una nina. Hija mia, — continuó, con una voz que 
se apagaba por instantes — tú has visto que he vivido ea 
la miseria y las privaciones, encargando nuestra suib- 
siMencia al trabajo de mis manos,' al sudor de mi frente, 
sin que ni aun tus sufrimientos ni los de tu pobre madre» 
me hayan inspirado jamás siquiera el pensamiento.de 
extraer un solo grano de ese oro destinado á restablecer 
el trono de nuestros padres, y la antigua gloria de nues- 
tra patria. Imítame pues, amada María. En nombre 
deesa patría te pido que trabajes tú, también; que seas 
róbria y fuerte, y que cuando seas madre enseñes á tus 
hijos esas dos tan grandes, y para nosotros tan necesarias 
virtudes. 

Entonces, su mano desfallecida desprendió de su 
cueDo un cordón del que pendia una llave de forma es^ 
traña. 

— Hija mia — me dijo — escóndela en tu pecho y el se- 
creto en el fondo de tu corazón. Confia solo en aquel que 

te muestre la otra Y ahora, pobre huérfana, acerca tu 

frente para que la bese y te bendiga. 

To me arrojé llorando sobre la mano, ya fría de mi 



26 SUEÑOS Y REALIDADES. 

padre, mientras él estendia la otra sobre mi cabeza para 
^ bendecirme. 

Cuando alcé los ojos, espantada del largo silencio 
que se habia hecho en torno mió, el rostro de mi padrees* 
taba inmóvil y su mirada fíj a en el vacio, hablase vuelto 
turbia y vidriosa. Mentras yo besaba su mano, él habia 
espirado. 

Al otro lado del lecho estaba de rodillas y orando un 
anciano cacique amigo s lyo, venerado entre los indios co- 
mo un profeta cuyos oráculos eran infalibles. 

Hija mia— me dijo — acercándose á mí — ¿ reconoces 
este objeto ? Y descubriendo su pecho me mostró una 
llave en todo semejante á la que mi padre me habia dado. 
Yo se la presenté en silencio. — Está bien, hija mia, — dijo 
él. — Ahora es necesario hacera tu padre los últimos debe- 
res llevando sus restos al lado de tu madre. 

— I Ay I respondí llorando — ^yo ignoro donde fué se- 
pultada mi pobre madre. lamas quiso decírmelo mi pa« 
dre por mas que yo deseaba ir á orar sobre su tumba, 

— Luego lo sabrás — replicó él. 

y cerrando piadosamente los ojos á su amigo, sentóse 
á mi lado para velar su cadáver. 

En la noche siguiente al sonar la última campanada 
de media noche, el cacique se levantó con ademan solem- 
ne*, cerró todas las puertas eslerioresiy acercándose al ca- 
dáver que yacía espuesto sobre su lecho, alzólo en sus 
brazos con todos los lienzos en que estaba acostado, que- 
dando desnudo el lecho de tierra endurecida, en cuyo 



LA QUENA. 27 

centro me mandó hacer una escavacion hasta descubrir 
una pequeña puerta que me ordenó abrir con mi llave. 
Obedecí» y apenas dio esta una vuelta en la cerradura, 
la puerta se abrió hacia afuera descubriendo un profundo 
subterráneo, en cuyas sombras iba á perderse una larga 
escalera de piedra. 

£1 anciano apagó los cirios que habían ardido ante 
el cadáver, menos uno que me mandó descender al sub- 
terráneo, siguiéndome él con su lúgubre carga. 

Mi trémulo pié habia contado cincuenta escalones, 
cuando un espectáculo estraño vino á herir mis ojos. 
La luz de mi hachón en vez de perderse entre aquellas 
tinieblas, parecia reflejar en objetos que la centuplicaban. 
Yolvime llena de miedo hacia mi compañero, pero él me 
hizo seña de continuar mi camino. Mientras mas des- 
cendía, mas vivos se hacían los resplandores que nos 
enviaba el fondo del subterráneo. 

Toqué en fin la centésima piedra de la escalera. 
Entonces una visión maravillosa me deslumhró obli- 
gándome á apoyarme en el hombro del cacique. 

Mis pies descansaban sobre masas enormes de oro 
que cubrían el suelo y las paredes de una inmensa ga- 
lería prolongada en circuios interminables. Álli estaba 
amontonado el oro labrado en estatuas, aliares, ídolos, 
Tasos, frutos, flores, y el oro en su ser primitivo en anchas 
pepas y enormes trozos. 

To me habia detenido y contemplaba absorta el 
cuadro mágico que tenia á la vista; pero el anciano im- 



28 SUEÑOS Y B£AUDADES 

pasible aote aquellas maravillas, marchó Itevindome 
delante. Caminamos algún tiempo por aquella vía mir 
pía ndeciente; y luego volviendo sobre la izquierda entra* 
mos en una vasta cueva. Alli vino á mezclarse di tarror 
ámá admiración. A lo largo de aquella cueva ^sien* 
díanse dos hileras de nichos de oro, y prolongándose 
hasta el fondo, concluían al pie de un ancho tropo del 
«lismo metal. El trono y casi lodos los niqhqs e9tah«<L 
ocupados por cadáveres que parecian haber vivido Ifi 
ykpera, adornados los unos de brillantes vasUdurjas, cu- 
bieirtos los otros con los harapos d? nuestra acluaJ miseria» 
El cacique se acM'có á uno de los nichos vacíos y colocó en 
él á mi padre; y sin permitir que me arrodillase para b0- 
sarsus pies, me llevó de la mano hasta }aúllimagf«dA 
del trono. 

•«-^Descendiente de Manco-Capac— me dijo— saluda 
á tu abuelo. 

Los ecos del subterránrx> repiliaron mil vec^s las 
palabras del anciano, cual si las voces de todos aquéllos 
me intimaran esa orden. Prosternéme temblando y ve^ 
labio tooó el pié del ilustre muerto. Entonce al cacique 
me presentó á todos nuestros antiguos reyes quepeumdfs 
alli, dormían el sueño eterno, desde el hijodel sol, iia$ia<«íl 
desventurado Átahjiialpa, cuyos sagrados restos recogidos 
secretamente por los ifidios, y depositados en el septtleroi^ 
sus padres, terminaban aquella larga linea dcgrandeea^ 
aniquiladas. DdSrpuesdelos monarcas, yeiatnse ¿ sus des- 
cendientes; formando un triste contraste sus miserables 



LA QUENA. 29 

andrajos con los resplandecientes sarcófagos en que yacían. 

Al volver sobre nuestros pasos, en el nicho cercano al 
que ocupaba mi padre, reconocí el cadáver de mi madre, 
tan poco desfigurado por los largos años de sepulcro, 
como el dia en que, niña aun, la vi espirar en mis brazos. 
Su vista renovó en mí el dolor de aquella doble pérdida; 
pero el anciano secó mis lágrimas con una severa mirada. 
Hija mía, — me dijo— tú y yo somos ahora los únicos 
guardianes de las reliquias de nuestros reyes y de sus in- 
mensos tesoros. Para cumplir nuestra misión necesita- 
mos valor; y tú comienzas, haciendo á sus augustas som- 
bras, testigos de tu debilidad. Las lágrimas no son para 
seres cuyo destino es escepcional como el tuyo. Las últi- 
mas palabras de aquellos que lloras te han recomendado 
la fortaleza. Obedéceles pues, y sé fuerte contra d dolor 
para serio después contra la miseria y la persecución. . 

En seguida tomó mi brazo y me llevó fuera del sub- 
terráneo cubriéndole con la misma capa de tierra. 



LA MALDICIÓN Y LA PROMESA. 



Cuando, ocho años después, te vi arrebatar de mis 
brazos en aquella noche funesta, el exceso de mi dolor 
produjo una crisis que me salvó. 

Entonces tuve miedo de entregarme á la desespera- 
ción que me habría conducido á la muerte, privándote de 
la vigilancia del amor maternal, ese genio de alas de fue- 
go, tan poderoso que vuela de un polo á otro para llevar 
un socorro, ó una carícia, sin que puedan detenerlo ni los 
mares, ni los desiertos. Quise vivir para volver á verte, 
y pensé estremeciéndome de gozo y terror, que tenía un 
medio seguro, aunque terrible, de conseguirlo, i desobe- 
decer la última voluntad de mi padre ! 

Yolvime á pié y sola por aquel mismo camino que 
pocos dias antes me habia visto traerte en mis brazos. 
Oh ! cuanto sufrí 1 Cada piedra, cada accidente del ter- 
reno despertaba en mi corazón recuerdos que lo desgarra- 



LA QUENA , 31 

ban. Bajo de esta roca me habla detenido para qre re*- 
posáras; sobre esa piedra me habia sentado para dormirte; 
en aquella fuente apagué tu sed. ¡ Oh I cuantas veces 
abrumada con tan dolorosas memorias pensé en la muer- 
te, que dá fin á todo I | cuántas veces, pasando al borde 
de los precipicios, mi cuerpo se inclinó y mi pié se estén- 
dio sobre el vacio ! Pero tu imájen se me aparecía siem- 
pre como un ángel de guarda para salvarme: tu imájen 
llenaba mi corazoQ, ocupaba mi alma, absorvia mi pen- 
samiento, y me httcia insensible á todo lo que no eras tú. 
El amor maternal es una antorcha mágica cuya llama 
eclipsa para la madre todas las luces de la creación, para 
brillar ella sola en su horizonte. 

Al llegar al Cuzco fui á encerrarme en mi casa aban- 
donada; y rechazando el pánico terror que me asaltaba, 
levanté la gran capa de tierra que cubría la puerta del 
subterráneo y la abrí. Una ráfaga de aire húmedo y frió, 
vino á azotar mi rostro, y me hizo retroceder espantada, 
pareciéndorae que la mano helada de aquel cuya voluntad 
iba á desafiarme rechazaba, amenazándome con su mal- 
dición . Conocí que se debilitaba la fuerza que me habia 
conducido alli, y, como siempre, llamé en mi auxilio tu 
memoria, hijo mío: te me representé como en esa terrible 
noche, llorando, con los brazos tendidos hacia mi, lia - 
mandóme en vano, y mis temores y remordimientos se 
desvanecieron. Descendí con pié seguro la húmeda es- 
calera, y corriendo á la galeria sepulcral, fuíá proster* 
narme ante las cenizas de mis padres. | Oh tú que me le- 



3á . SCENOS Y REALIDADES. 

gaste la guarda de estos tesoros! — esclamé tu sabes 
cuan religiosamente he obedecido tus últimas voluntades; 
tu sabes que he vivido pobre y oscura cubriendo de hara- 
pos mi juventud y belleza, cuando el amor me pedia que 
me elevara por medio del brillo de las riquezas á la altura 
del objeto que lo hizo nacer en mi corazón. La huérfa- 
na ha sufrido paciojitemente el aislamiento y la miseria; 
la amante ha sobrellevado en silencio su humillación; pe- 
ro | oh I ¡ padre mió, la madre no puede resignarse á per- 
der su hijo, y yo quiero recobrar el mió ! | Tened piedad 
déla pobre madre I permitid que lleve conmigo un poco 
de ese oro que vence lo imposible, que debe restituirme 
mi hijo, y que será para estos inmensos tesoros, lo que 
una gota de agua es para el ocóano. Pero si no os apiadáis 
de mi dolor, si sois inexorable, | padre I ¡ caiga vuestra 
maldición sobre mi, pues no puedo obedeceros I 

Los ecos repitieron en todos los ómbitos del subter^ 
raneo: ¡ Maldición ! | maldición I Mas yo escuché im- 
pasible aquellas voces siniestras, álceme con resolución, 
tbméei oro necesario á mis designios, y saliendo del sub- 
terráneo y de la ciudad sin tomar ningún descanso, co- 
mencé la larga peregrinación ({iie me ha conducido cerca 
de tí. Pero la maldición palernal me ha seguido; pesa 
sobre mi cabeza, y como el fuego del cielo, consume mi 
Mistencia. 

—Hernán, amado hijo mió, | prométeme que mi 
crimen no será estéril; prométeme redimirlo con el bien 
-que tú harás á nuestra nación ! 



La .quena. 33 

r 

— j Hablad J j mandad, madre mia I— esclamé re- 
gando con lágrimas los pies de mi madre. 

— ^Escucha, hijo mió, — dijo ella haciéndome sentar 
scd)re sus rodillas. . . . Las profecías de nuestro pais nos 
pfometen un libertador que habiendo vivido largo tiem- 
po i^ntre nuestros enemigos, y aprendido de ellos la cien- 
cia de las conquistas, romperá las cadenas de nuestra pa^ 
tria, y la dará mayor gloría y felicidad. 

Prométeme que tu serás ese libertador, y que para 
redimir á nuestros hermanos no emplearás el odio que 
pida la sangre de sus amos, sino la ilustración que los ha- 
ga sus iguales, la ilustración, el mas sublime y seguro me- 
dio de libertar los pueblos. 

Vé, hijo mió, pues nada te liga ya á este suelo; por- 
que tu padre, temiendo sin duda que la pobre india que 
confió en su fé hiciera valer los derechos de su hijo, se ha 
apresurado á dar su mano á otra, cuyos hijos serán due- 
ños de tu nombre y de tus titules. 

Estas últimas palabras de mi madre pasaron casi des- 
apercibidas para mi, pues las primeras habian desperta- 
do en mi corazón una fibra que hasta entonces no habia 
palpitado. Apoderóse de mi un estra&o entusiasmo; una 
radiante visión atravesó mi mente. Parecióme ver al 
hombre de las profecías rodeado de una aureola resplan- 
deciente, blandiendo con una mano una espada de fuego 
y arrojando con la otra en el abismo los signos de la escla- 
vitud. Y con el corazón lleno de ardiente fé, hice á mi 
madre el juramento que me pedia. 



34 SUEÑOS Y REALIDADES. 

Ella me abrazó muchas veces llorando: v habiendo 
desprendido de su pecho el cordón con la llave hei edita- 
ria, lo colocó en el mió diciéndome: | Gracias 1 hijo mió, 
gracias. Cuando regreses á la patria, no vuelvas solo: 
lleva contigo lo (jue reste de tu madro: no la dejes en la 
tierra estratajera. Si el sol del destierro no tiene calor 
para los vivos, ¿ cómo podría calentar las tumbas?. . . 

Vinieron á interrumpirla. Era ya de noche é iban 
acerrarlas puertas. 

Mi madre oyó este anuncio con profundo dolor. Es- 
trechóme largo tiempo entre sus brazos murmurando en 
voz baja palabras estrañas: su última plegaria quizá; y 
alzando sus manos sobre mi cabeza, ¡ Padre ! — esclamó 
con voz apagada — | Padre que estás en los cielos, á ti lo 
coBÍio I 

Y desapareció. 

I No volví á verla mas I Babia venido en la agonía 
á darme su último adiós I. . . . 

Diez años he consagrado á la ciencia para cumplir su 
última voluntad; y á los veinte de mi edad venia con el 
corazón vacio de todo otro sentimiento que la memoria de 
mi madre, á cumplir la doble misión que me habia dado; 
sepultar sus restos bajo el cielo de la patria, y libertará 
mis hermanos sacándolos del abismo de ignorancia en que 
por un odioso cálculo, los hunden cada dia mas sus tira- 
nos. Pero mi madre me amaba mucho para hacerme es- 
perar largo tiempo el premio de mi obediencia, y te me ha 
enviado á tí, ánjel del cielo, para encantar la vida de su 



LA QUENA. 3S^ 

hijo, y que cuando este haya cúknptido 9U6 designios y 
cubiértose de gloria ante su pueblo y la España> seas tú su 
recompensa. 

Un silbido prolongado interrumpió á Hernán. 

— I Dios mió I — esclamó Rosa--^ Francisca mi es- 
clava favorita, la depositaría de nuestro seci^eto que me 
anuncia que mi padre se ha levantado ya. ] La hora de 
la separación ha llegado 1 pero antes de alejarte, Hernán 
mió, perdónala injusticia con que he juzgado tu nc^le co- 
razón I I Oh I si Dios quiere que vuelva á verte y que sea 
tuya, como tu lo esperas, ¡ cuántos lesearos de amor halla- 
rás en mi corazón para indemnizar al luyo de su pasado 
aislamiento I Yo seré tu amiga, tu hermana, tu madre, 
tu amante, tu esclava. Pero i ay I no sé que sombrío 
presentimiento vela para mi el porvenir con un sudario, 
al través del cual sol o entreveo las sombras de la muerte; 
no sé que voz siniestra se alza en mi al ma gritando: « ¡ Es 
necesario que uno de vosotros dos caiga ! Elije U | Oh ! 
sea yo, sea yo la que muera I yo, pobre flor de un día, 
cuya existencia es inútil en la tierra, y vive tú, para reali- 
zar tus sublimes designios. ... y también para llorarme. 
I Oh ! si como tu madre pudiera dormir mi último sue^ 
ño cerca de ti 1 1 Hernán I dime que si mis presentimien - 
tos no me engañan, llevarás el despojo de la que amaste á 
cualquiera sitio que habites; júrame idenlüiearme con tu 
existencia, aunque la muerte haya arrebatado mi alma, y 
no sepultarme en esa tierra tan húmeda y fría, donde no 
me podrá llegar tu mirada ! 



36 SUEÑOS Y REáLlOADES. 

Hernán pasó áu$ brazos al través de la reja y atrajo 
bada úé su amada. 

— ¡ Rosa mia !— la dijo— el dolor te estravia. Cesa 
de atormentar tií corazón y de despedazar el mió con tan 
lúgubres pensamientos. Mira tu rostro radiante de ju- 
yentud y belleza; mira tus ojos tan llenos de encanto y de 
yida; siente tu pecho como palpita de savia y de amor, y 
dimesi es posible que la muerte se acerque á ti ! ¡ Ah I 
déjame mas bien embriagarme, en este corto instante que 
me queda para contemplarte, con la dulce idea de volver 
pronto ilustre, poderoso, y digno en fin de ti, para obtener 
del oi^uUo el corazón que tu amor me ha dado. lia vo- 
luntad del hombre es todo poderosa, y mientras tú me 
ames, ella realizará todo lo que yo la ordene. Y ahora, 
amada mia, ¿no concederás á tu prometido el primer fa- 
vor déla esposa, para que saboree esa dicha en la amar- 
gura de la ausencia ? 

Los labios rojos y voluptuosos de la virjen se posaron 
al través déla reja sobre la boca ardcMrosa y anhelante del 
joven, y un largo y ardiente beso abrasó con su fuego la 
atmósfera que circundaba á los desamantes. 

Al mismo tiempo el siUndo se repitió mas fuerte y 
prolongado. 

Un momento después la calle se hallaba enteramente 
solitaria, y sóbrela ventana cerrada solo se oian losgor- 
geos de las palomas de Santa Rosa, que saludaban los pri- 
meros destellos de la aurora. 



VI. 
LA ESCLAVA 



Seis meses después de la escena que acabamos de 
describir, en una n^he semejante á la primera, un hom- 
bre también embozado, se detuvo delante déla misma re- 
ja . Como el otro, paseó también sus dedos sobre la celo- 
sía; pero cuando esta se abrió á aquel llamamiento» en yez 
del blanco, suave y adorable rostro de Rosa, la amante y 
bellísima novia de aquel afortunado Hernán de Campo- 
real, se vieron brillar, rodeados de tinieblas, los ojos ar- 
dientes y los dientes blancos de una negra. 

Como la blanca aparición de otro tiempo, esta tam- 
bién, inclinándose sobre la ventana preguntó á media 
voz: 

— Señor de Ramírez ¿estáis ahí? 

—Sí, Francisca. He venido 4 cumplir mi promesa, 



38 SVEiÑOS Y REALIDADES. 

pues tu estralajema ha tenido un res iltado superior á mis 
esperanzas. 

— ¿Qué decís, mi amo? 

— ^La falta de las cartas que has interceptado, tenia 
lleno de dolorosa inquietud el corazón del amante de Ro- 
sa: me escribe el espía que tengo cerca de él; pero la que 
le has escrito contándole la historia de infidelidad que tan 
astutamente forjaste, ha cambiado esa inquietud en una 
desesperación tan terrible para él como saludable para mi. 

— ^¿ Se ha dado la muerte ? 

— Se ha hecho sacerdqte. 

— ^¿ Sacerdote ? Yo esperaba otro desenlace,— pensó 
la negra, pero tanto dá. Yo lo estaró ya aquí cuando 
ellos se las avendrán entre sí. Ademas, ese joven Cam- 
poreaV rio me inspiraba el odio que los otros blancos. 
Gomó á mi; algún grande dolor roía su corazón. Luego 
dirigiéndose al embozado: En fin, mi amo —le dijo— he 
hecho no solo todo cuanto me habéis mandado, sino todo 
lo que mi celo por vuestro servicio me ha inspirado; y ya 
conoceréis por lo costoso de ihis sacrificios, si este celo es 
grande. Figuraos si ha sido necesaria una ilimitada adhe- 
sión por vos, para resolverme á llevar al corazón de mi 
bella y buena ama el dolor mas terrible que puede sentir 
el alma humana: la muerte del objeto amado. ( Oh I si 
al referirle esa lúgubre impostura la hubierais visto como 
yo?. ... 

— ¡ Basta I Fráneiisca | basta I No me bables de su 
amor á ése 'hofnbre, porque me haces un mal horrible, y 



LA. QUENA. 39 

se lo barias á ella misma; pues sabes que, gracias á tu as- 
tucia, ha cedido al fin ¿la voluntad de su padre; va á ser 
mi esposa, y yo temería recordar con demasiada frecuen- "" 
cia que, si un ardid me ha dado su mano, su corazón es 
de otro quizá para siempre I | Oh I no quiero pensar en es- 
to, porque haría sufrir mucho á esa mujer. Hablemos 
mas bien de ti, Francisca. Héaqui una muestra de mi 
agradecimiento, continuó desembozándose y presentando 
á la negra un inmenso bolsillo. Con este oro podrás re« 
cobrar tu libertad y ser feliz donde quieras. | idios I 
Y se alejó rápidamente. 

La negra cerró la celosía, y estrechando convulsiva- 
mente contra su pecho el saco de oro, atravesó veloz los 
espaciosos salones, cruzó el patío, subió oorríendo la es- 
calera en espiral del mirador que coronaba el palacio, 
en cuyo último piso tenia su cuarto, y con lo9 ojos dilata- 
dos y el pecho palpitante fué á caer de rodillas delante de 
una lamparilla que ardia en un ríncon, desatando con 
niano trémula la cuerda que liaba su tesoro. | Diez L . . 

I veinte I. . . . | cincuenta ! ciento I. . . doscientasl 

doscientas onzas de oro I 

Sus ojos se cerraron como deslumhrados por el res* 
plandor del oro, ó de alguna halagüeña visión. 

Luego estendió la mano sobre el dorado montón, y 

volvió á contar: | diez I. . . . ¡ veinte! treinta f 

¡ Hé ahí tu libertad Zife ó Francisca, oomo te llaman los 
blanco», desde que, haciéndote arrodillaren medio de tus 
doscientos compañeros encadenados, su sacerdote arrojó 



40 SUEÑOS Y REALIDADES. 

sobre tu frente ese nombre estraño que nada dice á tus 
recuerdos, quitándote el de Zifa, primera voz que tus hi- 
jos balbucearon en tus brazos I 

Levantóse precipitadamente, se abalanzó á una ven- 
tana, la abrió con violencia, y tendiendo sus brazos hacia 
un punto del inmenso horizonte que desde allí se descu- 
bría: I África I esclamó ¡ hermosa patria mia, que guar- 
dasen tu seno de fuego los dos únicos objetos de mi amor! 
voy á ser libre, y pronto podré besar tu amada ribera I 
j Áibar I j Leila 1 ¡ hijos adorados I mis hermosos peque- 
ñitos gemelos ! ¿ quién me hubiese dicho, cuando para ir 
á la fuente fatal de donde me arrebataron, os acosté dor- 
midos en vuestra cuna de mimbres á la sombra de los pal- 
meros de nuestra cabana, que tantas veces he visto en sue- 
ños: quien me hubiese dicho que pasarian cinco años sin 
veros ? Peto n uestra buena Fetiche se ha compadecido al 
fin de mi desesperación; va á restituiros vuestra madre, y 
dentro de poco tiempo, llevando como antes uno de voso- 
tros en cada uno de mis brazos, iré á cantar nuestra feli- 
cidad á los ecos del desierto, que la repetirán en las cava*- 
nas, regocijando el corazón de los leones, menos feroces 
que los blancos, que respondían á los gemidos desespera- 
dos de la madre con injurias y golpes, ahogando en su bo- 
ca, por medio de la mordaza, aun el consuelo de pronun- 
ciar tu^tros nombres I 

Y los ojos déla negra» llenos de una espresionlnefa- 
ble^e amor maternal, centellearon á estas palabras con 
un fuego sombrío; sus albos dientes se entrechocaron; 



LA QUENA. 41 

hincháronse los músculos de su cuello; y con la mano es- 
tendida, semejante á un genio maléfico cirniéndose sobre 
aquel palacio y amenazándolo: | Blancos I exclamó | vo- 
sotros no tuvisteis piedad de mi; yo no la tengo de voso- 
tros ! vosotros me arrebatasteis mi felicidad, yola he res- 
catado vendiendo la vuestra. Por una madre restituida 
á sus hijos, dos amantes han sido hundidos en una inmen- 
sa desesperación, un padre, una esposa y un marido serán 

deshonrados. ... y ¿quién sabe?, ... ¡Me salvo y 

me vengo I | Salvarse y vengarse á la vez ¡ cuanta dicha I 
I Libertad I | Venganza ! yo os saludo. | Patria mia I 
I hijos mios I I hasta bien pronto I 

Resonó en el aire un beso de f uego,y cerrándose brus- 
camente la ventana, el palacio^quedó sepultado en pro- 
fundas tinieblas. 



\ í 



EL ie»;resm. 



£di aaa mwinnii ififegig Ae Eaero, El sol reinando 
>vK. .'U la ^&2tM ie^áifr^ t «ikmadií>. enriaba sus rayos 
p^r^miioalar^ !iL'br; !ü kenaosa Lima, que destacan* 
ii):i^ ^T^^b^idiiiimtif íkI iif&w6O0Kb que la cerca, pare- 
mia ntntr v^jispiifictiit si SQL raüaole padre y sonreirle con 

Ka ji» ^ lilis uiüjsiíis oiQOtanas que forman semi- 
ctnMiu » tuttiu sityov se bobli dk'temdo á contemplarla 

í::iiL uü s;íOH>Xoiie jv^t^» t belkv pero en cuya frente 
ikoubia :^;^liml^^»lM ^ iK^íor $u tu^ulure huella. Con los 
t^M^'s cruiSdJ^'^ st>bc^ et peclK\ fijaba en la mágica ciudad 
wa tttíMdtai vfuif e;$^c^;$)iba á U tet tristexa» y resignación. 

^— m4 ,C^ ttiio *— dijvx detando al cielo sus grandes 
> *t<;$!r^ ojc^^^-s tx^t^^^ :s«»a^ (k« haber permitido que 
4' >vNw ^ xw e^>s^ $ilkx!^ Iií$li|90s de mis dias felices, mi 



I 



LA QUENA. 43 

corazón haya permanecido fuerte, á pesar de la amargura 
de mis recuerdos I El amante engañado por su prome- 
tida, el corazón traicionado por un corazón que creyó tan 
puro y tan amante, recordó vuestro sublime llamamiento: 
«Venid á mi vosotros los que sufrís,que yo os consolaré» — 
corrió á refugiarle en vuestro seno, y vos habéis cumplido 
vuestra promesa, lo habéis consolado y fortalecido. | Aca- 
bad vuestra obra. Dios misericordioso! cerrad mi alma á 

todo lo que no seáis vos, y | perdonad. Diosmio, esta 

súplica, en memoria de una vida entera de dolor, dig- 
naos aproximar el término de mi camino, tan penoso, 
aunque corto; llamadme pronto á vuestro cielo, donde 
mi pobre madre me espera, hace tanto tiempo á los pies 
de la vuestra I 

É inclinando la frente en señal de sumisión á la vo- 
luritad de Dios, descendió con lentitud la rápida pendien- 
te de la montañai. 



VIII. 
SACRILEGIO 



Los fíeles acudían solícitos un domingo, en las 
primeras horas de la mañana, al sonido de las campanas 
que anunciaban la misa. El templo de Santo Domingo 
se hallaba ocupado por una inmensa concurrencia . Allí 
se veian reunidas las mas nobles y bellas señoras de Lima, 
vestidas todas de esa saya tan envidiada de las mujeres 
del resto de la tierra; medio cubierto el rostro con el 
misterioso y seductor manto, al través de cuyos pliegues, 
como estrellas entre nubes, brillaban esos ojos que no tie- 
nen rivales en el mundo, y que deben conmover delicio - 
sámente el corazón de Dios cuando se elevan hacia él en la 
oración. Cerca de la primera grada del altar se hallaba 
de rodillas una mujer joven y de una belleza tan estraor- 
dinaria, que ninguna de las hermosuras que se hallaban 
en el templo podia comparársela. Pero su color de un 
blanco de ópalo era pálido como el de una muerta; sus 



hX QUENA. iS 

rasgados y bellisimos ojos negros se alzaban al cielo con 
una espresion de dolor profundo y sin esperanza; su bo- 
ca adorablemente linda/parecia conservar la huella] de 
los sollozos que la habian contraído; y hasta su vestido 
de rigoroso luto anunciaba uno de esos dolores inmensos, 
incurables, que se apoderan de nuestra existencia, es- 
trechándola con su garra de hierro, y que no bastándoles 
el despedazar nuestro presente, estienden su ponzoñoso 
soplo, desde los mas lejanos recuerdos de lo pasado, hasta 
la eternidad de nuestro porvenir. 

Aquella mujer parecia absorta en ima muda plega- 
ria; y al verla con las manos juntas sobre su pecho, sus 
sus ojos fijos en el cielo y rodeados de un circulo azulado, 
se la habría creido la estatua de Maria al pié de la cruz. 

De repente sus labios se agitaron murmurando un 
nombre. 

— I Hernán I — dijo suspirando — si hallas tan bello 
el cielo que no quieras dejarlo un momento para venir á 
ver á la que amabas, muéstrateme al menos en sueños: 
müreteyosonreirmeen ese mundo fantástico é impalpa- 
ble, el único en que ahora puedo verte. Y entre tanto, 
amado mió, uneá la mia tu plegaría, pideá Dios que 
abrevie mi destierro en este mundo, tan triste y lóbrego 
desde que tú no lo habitas. | Oh I si siquiera pudiera 
consagrarme toda entera á mi dolor, llorar, exhalar gri- 
tos desgarrantes, dar paso á los sollozos de que está lleno 
mi corazón I Pero no 1 después de anonadarme el golpe 
horrible con que me hirió tu muerte, fué necesario que 



It) SUEÑOS Y RCALIDADES 

Yohiese á la nda para dar mi mano á otro, cuyo ojo vigi- 
lante espía mis lágrimas, cuenta mis suspiros, y después 
de hacerse dueño de mi ser material, pretende escalar el 
saatuario de mis recuerdos, donde se ha refugiado con tu 
imájen mi alma que es toda tuya ! 

Mientras ella oraba llorando; mientras sus ojos bus- 
caban entre las nubes de incienso que se elevaban al cielo 
la sombra del habitante de otro mundo, cuyo recuerdo 
llenaba su corazón, un sacerdote joven, alto y pálido, re- 
vestido de los sagrados ornamentos,habia ocupadoel altar. 

Su esterior manifestaba un profundo y religioso re- 
cojimiento, que contrastaba con el aire distraído y desj^l- 
farrado con que algunos frailes del convento celebraban 
al mismo tiempo el santo sacrificio. 

Después de haber recitado con piadoso acento las pa- 
labras del rey profeta, volvióse hacia el auditorio para 
dirigirle el fraternal saludo del apóstol 

Un doble grito resonó en las bóvedas del templo, 
ahogándolo los sonidos del órgano y los sagrados cánticos. 

— 1 1 Vive II — esclamó la mujer enlutada cayendo 
desmayada en los brazos de las esclavas que la rodeaban. 

— ¡ 1 1 Me ama 1 1 ! — dijo el sacerdote, apoyándose pá- 
lido y trémulo sobre el ara. 

Y al acabarse el divino misterio, aquel que había co- 
menzado á celebrarlo con un corazón puro y lleno de pie- 
dad, llevaba consigo la conciencia de haberse hecho reo 
de la idolatría del pueblo; 1 1 1 porque el sacerdote habia 
olvidado las sacrosantas palabras de la consagración! I ! . . 



IX. 
LA REDOMA, 



En la noche de ese dia, baj€» los cimientos de una 
casa antigua, perdida entre las huertas del Cercado, dos 
honfibres hablaban misteriosamente en un elaboratorio 
subterráneo. El uno era un Tiejo de aspecto repugnante, 
y cuyo ojo de buitre, nariz encorvada, y delgados labios 
revelábanla degenerada raza de Jacob. Embozábase el 
otro en una ancha capa, y cubría su rostro un antifaz. 

La roja llama de un hornillo químico iluminaba la 
escena con su reflejo fantástico, y rodeaba de una aureola 
siniestra el grupo que se había formado por aquellos 
hombres. Quien los hubiese visto á esa hora en el fondo 
de aquella n^a cueva, al sombrío resjdandor de las lla- 
mas, los habría creído dos demonios concertando la per- 
dición de una alma. 

— Con que ¿dices que este licor dá la frialdad, la 
rigidez y la inmovilidad de la muerte? decía el encu- 



48 SUEÑOS Y REALIDADES. 

bierto, mirando al trasluz una redomita de cristal llena 
de un líquido color de rubí. 

— Sí, noble señor — respondió el viejo. Es un po- 
deroso narcótico estraido de las mágicas plantas del yer- 
men, y del que bastan tres gotas para producir el efecto 
que decís. 

— ^¿ Sin ninguna de las condiciones necesarias á la 
conservación de la vida ? 

— ^Este licor maravilloso las contiene todas . 

— ^Pesa bien tus palabras, maldito judio: pues por 
Dios vivo, que si me engañas, la hoja de mi daga sabrá 
alcanzarte al través de tus infames hechizos. 

— Os juro por el Dios de Ábraham, noble señor, que 
.cuanto he dicho es la mas pura verdad. Bajo la fria apa- 
riencia de la muerte ese divino elixir consérvala vida 
en todo su vigor, en cualquier sitio que se relegue á aquel 
que se someta á su influencia .... ya sea, añadió 
el viejo, fijando en el antifaz del encubierto una mi- 
rada de profunda malicia, ya sea que un marido celoso, 
armado de un derecho deslealmente adquirido, pretenda 
guardará su esposa en la tumba, ya hacerla morir para 
su patria y su antiguo amor, y devolverla á la vida bajo 
el ardiente cielo délas Filipinas . 

Apenas pronunciadas estas palabras, el viejo se sin- 
tió asido por el cuello, y sobre su pecho vio brillar un 
puñal. 

—j Miserable I gritó el embozado ¿ cómo lo sabes? 
Dilo, porque vas á morir. 



LA QUENA. 49 

— I Eh I noble señor, manchariais vuestras mano» 
con la sangre de un judio? Si os conozco, ¿quéim- 
poria ei que sepáis ó no los medios que emplee para ello? 
Ademas, ¿ no soy astrólogo? Pues bien, he hedió yue^- 
tro horóscopo; y en vez de ser mi asesino, vais á ser tres 
veces mi deudor. En primer lugar por el trabajo que m^ 
he tomfido en consultar vuestro destino á las estrellas; 
después por ese fragmento del poder de Dios que encierra 
69ta redoma; y finalmente por el sello de Salomón, con- 
cluyó el israelita, llevando el dedo ¿ sus labios. 

El del antifaz, rechazó al viejo con un brutfil empe- 
llón, arrojóle un bolsillo de oro, guardó la redoma, reca- 
tóse aun mas bajo su embozo, y subiendo las espirales d? 
una escalera de caracol, atravesó un huerto, y saltando 
una tapia tomó la calle y se alejó con presurosos pasos. 

Media hora después se detenia delante de un postigo 
secreto que daJi^a entrada por la espalda, á una casa de 
magnifica apariencia. Abriólo con una llave que traia 
coo^go, cerrólo tras si, y encendió luz. Hallábaise en 
una cámara tapizada de seda y cubierta de costosos 
adornos. 

£1 embozado arrojó su capa y se quitó el antifaz. Era 
un gentil y a puesto caballero; pero sus facciones durapie^- 
te pronunciadas, y el ceñudo entr^ejoqueanublabjasu 
semblante, revelaban un carácter impetuoso y una vio- 
lenta emoción . Acercóse aun bufete, dejó sobre él la bu- 
gia que habia encendido, y sacando de su pechóla redo- 
ma del viejo habitante del subterráneo, contemplóla larj^ 



*>0 SIENOS V «EAtlDADES. 

espacio con sombría ospresion. Después, fuese hacia una 
puerta, levantóla tapicería que la ocultaba, y entró en 
una suntuosa alcoba suavemente alumbrada por una lám- 
para dealabastro. En el centro de aquella alcoba, alzá- 
base un lecho dorado y cubierto con cortinas de terciope- 
lo color de grana, en cuyo oscuro fondo, bella y pálida 
como un fantástico ensueño, dormitaba una mujer, re- 
clinada la cabeza sobre uno de sus brazos, y el pecho ve- 
lado con sus negros cabellos. Tristes imájenes cruzaban, 
sin duda su adormida mente; porque de vez en cuando, 
un estremecimiento convulsivo recjrria su cuerpo, su 
labio entreabierto murmuraba un gnmido, y en sus largas 
pestañas brillaba una lágrima. 

Ál pié del lecho, y sentada en un sillón, velaba, ó 
mas bien dormía profundamente una esclava negra. Cer- 
ca de ella, al alcance de su mano babia un velador con 
varias preparaciones medicinales, y una copa de oro con - 
teniendo una bebida. 

El nocturno visitador se acercó al lecho con caute- 
loso paso, contempló un momento el bello rostro de la 
mujer dormida, y yendo hacia el velador, vertió en la 
copa de oro tres golas del rojo licor de la redoma. En se- 
guida y después de asegurarse nuevamente del sueño de 
la dama y de la esclava, se alejó con la misma precaución 
que habia venido desapareciendo tras la tapicería. 

La mañana siguiente, la ciudad de Lima estaba 
consternada por un lamentable incidente. Una de las 
mas bellas y distinguidas señoras de la corte del virey, la 



LA QUENA. 51 

esposa del oidor Ramírez, gobernador electo de las islas 
Filipinas, habia muertoen la flor de su juventud y belle- 
za. Su esposo inconsolable, vestido de rigoroso luto, ar- 
rastró el duelo en sus funerales y llevó su amor hasta 
donde se detienen todos los amores: descendió el mismo 
el cadáver de su mujer bajóla bóveda déla catedral, y 
la sepultó en una suntuosa tumba cuya llave se llevó en 
su pecho. 



LOS DOS ENCUBIERTOS. 



Concluidas las plegarias de la noche y apagados los 
«al cirios del tabernáculo, el sacristán de la Catedral, solo 
entre las sombras del vasto templo, ocupábase en cerrar 
las puertas. Sus tardos pasos habían ya recorrido la tri- 
ple nave, y detenídose finalmente en el pórtico que se abre 
sobre el atrio de la plaza. Corría el cerrojo del último 
postigo, cuando una mano fría, cayendo sobre la suya, 
paralizó su acción, dejándolo inmóvil de terror. 

— I Jesús ! Alma bendita, ¿qué me quieres?— escla- 
mó espantado el sacristán; porque á la oscilante luz de la 
lejana lámpara habia] visto alzarse ante^élun fantasma 
envuelto en un largo manto negro. 

— ¡ Silencio !— dijo entre el lúgubre embozo con una 
voz imperiosa y breve. Y la misma helada mano arfastró 
al aterrado guardián del templo bástala bóveda sepulcral. 



LA QUENA. 53 

ÁUi se detuvo el fantasma y volviéndose al sacristán lo 
señaló la puerta. Y entre los parasismos de su miedo el 
pobre bedel oyó decir con un acento del otro mundo: 
Abre I Abrió pues, la fúnebre puerta, y el fantasma des- 
cendió á la mansión de los muertos. — Un vampiro ! — es- 
clamó el sacristán, y huyó poseido de un profundo hor- 
ror. Pero al traspasar el umbral del templo, la poca 
fuerza que le restaba lo abandonó enteramente; y cayen- 
do sobre sus rodillas quedóse allí yerto, anonadado, y con 
el solo sentimiento de un inmenso miedo, que turbando 
progresivamente su cerebro, le representaba una larga 
procesión de espectros que pasaban y repasaban ante sus 
ojos, fijando en él torvas miradas. Entre aquellas fantás- 
ticas visiones dibujóse de repente una mas distinta y mas 
horrible. El sacristán con los cabellos erizados lo vio 
avanzar al través de las sombrías arcadas, y pasando á su 
lado desaparecer tras las columnas del pórtico. Era el 
vampiro. Cubríalo siempre su ancho manto negro, y 
llevaba en sus brazos una forma blanca envuelta en lar- 
gos velos que flotaban como nocturnas nieblas en tornó 
del fantasma. A su vista, el sacristán cayó con el rostro 
en tierra; un sudor helado bañó su cuerpo y ya nada vio, 
nada oyó, sino de allí á largo tiempo las doce campana- 
das de media noche, que sonaban sobre su cabeza. En 
el mismo momento una mano, y esta vez muy humana y 
recia, cogiéndolo por el brazo lo sacudió rudamente, y lo 
puso en pié; y un hombre embozado, y, á pesar de la san- 
tidad del lugar, con el sombrero calado hasta los ojos. 



S4 SUEÑOS y REALIDADES. 

poniendo en su mano un bolsillo y sobre su pecho un pu* 
nal, le dijo con una voz mas siniestra que la del fantas- 
ma: — Elige. 

— '¿Qué mandáis señor? — contestó el pobre hombre, 
estrechando la mas pesada de aquellas dos proposiciones. 

— Silencio y obediencia — repuso el embozado, im- 
peliéndolo ante si. Y se encaminó también hacia el pan* 
teon subterráneo. Llegados al umbral del lúgubre sitio — 
Escucha — dijo pl incógnito — todas las noches á esta hora, 
me esperarás aquí; y si eres puntual y discreto, recibirás 
cada vez tanto oro como te he dado esta noche. Pero si 
me faltas, ó que tu labio deje escapar una sola palabra... 
Ya me entiendes. Abre ahora. 

Y el embozado sacó debajo su capa una linterna sor- 
da, y como el otro« descendió también al lóbrego asilo de 
la muerte. 

El sacristán, en quien las mundanas palabras del 
desconocido desvanecieron toda aprensión supersticiosa, 
comenzaba á recobrarse completamente, cuando oyó una 
horrible imprecación; y á poco vio aparecer al embozado, 
que arrojándose á él — | Miserable ! — esclamó balbucien- 
te de furor — habla ¿quién ha entrado aqui ? 

— ¡ Piedad I señor, gritó el sacristán aterrado ante la 
hoja del puñal que aquel hombre habia alzado sobre su 
pecho. 

— I Silencio ! ¿ quién ha entrado aquí ? 

— jAyl no es culpa mia, señor. Nada podemos 
contra los espíritus. Una sombra ha visitado los sepul- 



LX QUE.NA 53 

cros, y ha desparecido entre una multitud de espectros 
que poblaron el templo. 

— ¡ Reconozco tu mano, infame judío I — murmuró 
el embozado, estrellando contra el suelo una redoma lle- 
na de un licor rojo— pero yo sabré encontrarte. Y tú, su 
cómplice, tú que dejas robar los muertos de sus sepul- 
cros, he aquí el premio de tu crimen. — Dijo, y hundió 
tres veces su puñal en el seno del desventurado sacristán. 

Al siguiente dia el inf-liz fué encontrado exánime y 
envuelto en su propia sangre al pie del altar. 

Poco después de este Irójico suceso, el futuro gober- 
nador de Filipinas, se embarcaba para la India seguido 
de una fastuosa comitiva, en una galera española que ha- 
cia el viaje expreso de real orden. 

La viajera embarcación se dio á la vela y decapare* 
ció con las últimas luces del dia. Pero algunos pesca- 
dores que, tendidas las redes, velaban recorriendo la en- 
senada del Chorrillo, vieron que la galera, abrigándose 
tras las rocas de San Lorenzo, echó al agua un bote, en el 
que se embarcó un hombre solo, y bogó hacia tierra. 



XI. 
ÉL ROMANCE. 



En uno de los fragosos senderos que se elevan ser- 
peando sobre las nevadas alturas del lUahuaman, vaga- 
ba en las últimas horas de un dia de primavera, un hom- 
bre al parecer incierto de su camino. Su paso, ora lento 
y vacilante, ora veloz y seguro, revelaba el combale de una 
voluntad enérgica contra la fatiga del cuerpo. Vestia la 
oscura tánica del peregrino, cubria s^j cabeza un capu- 
chón, y recataba su rostro bajo la negra tela de un anti- 
faz. 

Libado á la cima de la montaña se detuvo y paseó 
por el ameno valle de Urubamba, tendido ¿ sus pies, una 
profunda y ávida mirada. 

— ^Hélo allí, — esclamó con acento de concentrado 
furor, tendiendo la mano hacia un punto del encantado 
.panorama quese perdia en lontananza— bé allí ese pala- 



LA QUENA. 87 

eio edificado sobre ruinas gealilicas, de qae hablaba el 

hoiióscopo Para algo habia de servir tu diabólica 

eknásL, iafernal judio. Prometióme la dicha, y en 
efecto, ta á dármela» . . . pero la dicha de un alma de- 
sesperada: la venganzal Si, venganza 1 cumplida, terrible 
y sin misericordia. 

Y, con ademan resuelto, el viajero prosiguió su in- 
terrumpida marcha, desapareciendo luego entre los hon- 
dos barrancos que forman el descenso de la montaña. 

Las últimas escarchas del invierno acababan de fun- 
dirse altibio soplo déla primavera. En lugar suyo, los 
lirios y las perfumadas azucenas blanqueaban ya al bor- 
de arenoso de los arroyos; el junco y la viola se sonreían 
entre la yerba á la sombra de los sauces; y en las^nuofti- 
dades de los peñascos, la flor del aire y el alhelí abHan sus 
silvestres pétalos á la brisa de la noche. Los floridos 
huertos exhalaban el acre perfume de sus setoftos; y el 
blando susurro de sus frondas, mezclándose á los cantos 
del tordo, del ruiseñor y de la tuya, anadia un encanto 
mas á la misteriosa magia de la postrera hora de la tarde. 

En una de las caprichosas revueltas del valle, al cabo 
de una avenida de sauces y entre un bosque de seibas, 
cuyas flores color de escarlata contrastan con el verde 
oscuro de sus hojas, sobré una plataforma de antiguas 
ruinas, rodeado de sombra y de^misterio, alzábase un pa- 
lacio de árabe arquitectura. Rodeábanlo deliciosos jar« 
diñes; y los aromas del azahar y del jazmin, de la rosa y 
del chirimoyo, embalsamábanla atmósfera de sus salo- 



•r?.**Vil R£.%L»U)C-- 



Fr«aft fiHivs kilasnbaa el oído con el dulce 
x» ¿e siK^ «riijces, satanndo con uoa aura hú- 
^kk j perí iJiLjüii <ei ,i¿í3 ta d- la noche. Bajo la verde 
biS^^iit 'Je sa paieiLxi «ie arraya n*rs y madre-selvas, re- 
elinttJa 3obrí almic I Í3ÜÍS ifc br>MJo, y las manos cru- 
2aiias(i<:bce!«k> •rj'íriis If la hirpade marfil, hallábase 
una Biiy^. ht^ra t^jotj t. rayo de luna que la envolvía. 
Coca ie I-j^ ea U scm bn estiha sentado un hombre. 
Eraei p»e^Ii]o de De-zrD antifu. A su lado había una 
■Ksa carg^di de fraí^ y de viaos. 

— Reposid. 5duiL> per«fiiiD— decía la dama con ce- 
leste sQnit» — reposad^ y ^u>iad los frutos de nueslros 

W^ft s P^fffO hacedme la merced de descubriros, 

paca cooleffipiar vuestro rostro venerable. 

—Deploro profundamente el no poder obedeceros, 
keraosa dama — respondió con humilde y recalada vor. 
et pewgriao; pero, semejante aun sello de maldición, 
ttevoeumi frv^nte una mancha que he jurado ocultar, 
kjr>te bofwrU. Entre Linto, mi alimento es amargo, y 
no «le es dado acercirme i vuestro banquete hospila- 

— 4];:ianlad pues, vuestro sagrado voto; pero al me- 
iK^ wienlfas descansáis, escuchad mi canto. 

Sus bkiMXks dv.\iix> preludiaron una melodía suaví- 
siaM.yltH^x ^mavoi an^lica se elevó en el silencio de 
UnkvKe chutando en la dulce lengua de los Incas— 

^Kntrt>l^ riberas del bullicioso Rímac, y las azules 
v>4idj^iW oc \*iH\ e>ti¿Mides- un encantado valle, donde 






» 



LA QUENA. 89 

la primavera dormita perpetuamente en un lecho de flores. 

«Cúbrelo un cielo siempre azul; dánle sombra el 
naranjo y la vid, el plátano y la palmera; y el suelo que lo 
sustenta es un poderoso imán que atrae desde los estremos 
del mundo las miradas y los corazones. 

«Todo a^Ui sonrie; la vida es un sueño delicioso, del 
que no querriais despertar, ni aun para entrar al cielo. 
Si ! porque allí como en el cielo, habitan la belleza y el 
amor. 

«Allí descienden á reposarse y renovar sus guirnal- 
das los ángeles que viajan en el espacio; allí también el 
querube maldecido viene á encantar un momento la in- 
mensidad de su dolor supremo. 

«Y por eso las hijas de ese valle bienaventurado tie- 
nen la divina mirada de los ángeles y la seducción irre* 
sistible de Luzbel. 

«No las miréis, vosotros los que no queráis entregar- 
les vuestra alma; porque ella se escaparía de vuestro 
pecho, para ir á arrojarse en la llama de sus ojos. 

«La muger reina allí con un poder absoluto; posee (4 
imperio de los elemen tos, y es la reina de la creación . 

«Y sin embargo, allí donde todo S3 inclina ante 
ellas, donde mandan como soberanas, y donde la felici- 
dad es la atmósfera de su existencia, una m uger gemía é 
invocaba la muerte. 

«Era joven y bella; la sangre de los conquistadores 
corría por sus venas, y el poder y la opulencia mecieron 
su dorada cuna. 



• -* t 




LA QUENA. 61 

nidad ? O mas bien . . . . ¡ horror I aquella fría y silen- 
ciosa lobreguez ¿ era la nada ? ; la nada en que iba á des- 
vanecerse esa alma I 

«Pero el eco de¡ aquel pecho inmófil se despierta, y 

remeda una voz melodiosa grave y triste; voz conocida y 

amada en otro tiempo, en otro mundo, quii:á en el cielo. 

«El acento querido resuena cada vez mas dulce,. 

cada vez mas próximo. 

«En la profundidad del tenebroso horizonte, dibú- 
janse los contornos de una figura aérea y luminosa. No es 
el sem])lante ceñudo del ángel de la muerte, no: es el ros- 
tro bello, suave y melancólico de uno de esos espíritus de 
amor que vagan recQJiendo en su seno las lágrimas de la 
tierra. 

«La celeste aparición se acerca; su mano aparta el 
blanco sudario de la muerte, y su labio se posa sobre la 
frente helada del cadáver, que al divino contacto se estre- 
mece. 

«El fuego de la vida, oculto en el fondo del corazón, 
se esparce y recorre sus venas en ardientes oleadas; sus 
pálidos labios se enrojecen; su pecho se ajita en voluptuo- 
sos suspiros, y sus párpados se entreabren, derramando 
en torno una fulgurosa mirada. 

«¿Dónde se halla? ¿en el cielo? Nol el cielo no tiene 

en sus tesoros la deliciosa embriaguez que arroba su alma. 

«Bajo las doradas bóvedas de un encantado palacio 

perdidoentrf^el follaje de una selva de verjeles, Chaska- 

Naui la estr€.*chaba entre sus brazos . ...» 



6^ 



SUEÑOS Y REALIDADES. 



— Si, — gritó el peregrino, alzándose de repente, y 
cambiando su humilde acento con el acento airado del 
terrible viajero del Illahuaman: ¡sil — bajo esas misterio- 
sas cúpulas, á la sombra de esos callados verjeles se entre- 
gaba ella á las delicias de un amor culpable, sin presentir 
la presencia de aquel que habia encadenado su cuerpo, 
quelahabia escondido en la tumba; y que con un puñal 
en la maño y la venganza por guia, deslizóse con la astu- 
cia silenciosa déla culebra éntrelos mures que la guar- 
daban, y alzándose de repente ante ella. — Heme aqui — 
la dijo— Tá has dado á otro tu alma, pero tu vida es mia, 
y vengo á tomarla. 

El peregrino habia arrojado su antifaz, y estaba alli 
de pié, implacable, terrible. La dama palideció ante 
aquella siniestra aparición; pero luego alzando al cielo 
sus hermosos ojos, rasgó los velos de su seno, y dijo con la 
€spresion sublime de los que ceden á la fatalidad. 

— Hé aquí mi corazón, herid. 

Brilló en la sombra la hoja de un puñal y se hundió 
tres veces en aquel desnudo pecho. Y el blanco rayo de 
la luna que alumbraba á la bella moradora del encantado 
palacio, alumbró ahora solo un cadáver ensangrentado . . 



LA QUENA. 

El Tiento de la tempestad había descendido. Su so« 
pío destructor desembocando por las estrechas gargantas 
de una elevada cordillera, y barriendo la seca yerba que 
hallaba á su paso, había ido entre torbellinos de granizo, 
á estrellarse mugiendo furiosamente contra los muros de 
un pueblo de indios que se estendia al pié de las monta- 
ñas. Torrentes de agua y de nieve habian anegado sus 
estrechas calles; y el estallido del trueno, repetido á loin* 
finito por los ecos de aquellas cumbres, habia llevado el 
espanto bajo de sus pacíficos techos. Mas la tempestad 
habia pasado. Una noche lóbrega cubria las montañas^ 
el pueblo y la llanura; y la doble oscuridad que nivelaba 
todos los objetos solo era interrumpida á largos intervalos 
por la luz amarillenta y fugaz de los lejanos relámpagos. 
La naturaleza entera parecia dormitar después de la ter- 



64 Sl'EÑüS Y REALIDADES 

rible crisis que la habia agitado; y todo lo que tenia vida 
sufríala reacción del miedo: reposaba. 

Ningún ruido esterior revelaba la vida en aquel ne- 
gro hacinamiento de edificios, y sin embargo en lo alto de 
uno de ellos se veía la luz brillando como un faro en aquel 
océano de tinieblas. 

De repente una melodía estraña, dulce, desgarrante 
y aterradora á la vez, se elevó de aquel sitio, atravesó los 
aires, llenó los ámbitos del valle, y fué 4 despertar los ecos 
de las montañas. 

Era una música sublime, cuyos mágicos acentos, ora 
tiernos y apasionados como el adiós de un amante que se 
aleja, ora melancólicos y dolientes como los suspiros de la 
ausieoeia, ora sombríos y lúgubres como la voz del de pro- 
fanáis, cerneaban, uno á uno, todos los gemidos que el 
amioróel dolor pueden arrancar al corazón humano. Era 
una voz ? ¿ era un instrumento ? Ángel ó demonio, ¿ quién 
era el autor de esa melodía ? 

Era un hombre que sentado á los pies de una muger 
en^uQ gabinete enlutado y alumbrado por una gran lám- 
para de plata, tañía un instrumento de forma estraña. 

Aq^iel hombre vestido de negro, como todos los ob*- 
j^tos que lo rodeaban, era de estatura alta y llena de dis* 
tificion, de facciookes bellas, aunque cubiertas de una pa « 
lidez sepulcral. Sus grandes ojos negros de largas pesta- 
ñas teinian el brillo de la juventud, aunque precoces pero 
profundas arrugan la hubieran hecho desaparecer de su 
frente. 



P^ LA QUENA. OS 

r- ■ 

La mujer á cuyos pies se hallaba, envuelta en una 
túnica blanca, y recostada en un ancho diván, tenia me- 
dio cubierto el rostro con las ondas de su cabellera negra, 
que descendiendo á lo largo de los pliegues de su ropa lle- 
gaba hasta el suelo. Una| de sus manos descansaba en su 
rodilla, y la otra, sostenía su cabeza reclinada sobre los 
cogines del diván. • 

Nada mas plácidamente bello que el grupo que for- 
maban, la mujer vestida de blanco como la virjen que 
sube al lecho nupcial y el hombre que puesto á sus pies y 
alzando hacia ella sus tan hermosos y apasionados ojos, pa- 
recía dirigirla todas las notas de aquella celeste armonía. 
Pero si algún ser viviente hubiera podido penetrar en ese 
sitio y mirar de cerca aquel grupo, habria sentidoerizarse 
los cabellos sobre su cabeza y hubiera huido espantado; 
porque la larga cabellera de aquella mujer tenia una ari- 
dez metálica; sus manos .de forma tan bella, estaban se- 
cas; aquella alba túnica era un sudario; el rostro que el 
joven contemplaba, habia recibido hacia largo tiempo el 
horrible sello de la muerte, y el instrumento mismo cuya 
voz tenia una tan divina melodía, era un despojo de la 
tumba, era el fémur de aquel esqueleto. 



CONCLUSIÓN. 

£1 tiempo que incesantemente estiende su guadaña 
sobre la creación para destruirla y renovarla, y mas que 
todo, el terror supersticioso, hicieron de aquel pueblo un 
desierto. El viajero distingue apenas el sitio que ocupó 
en la árida llanura, por algunas ruinas ennegrecidas por 
las lluvias y los helados vientos de la cordillera. Pero ni 
los años, ni los omnipotentes rayos del Vaticano han po- 
dido borrar la memoria del amor infortunado y del eslra- 
ño duelo del cura Camporeal, cuyos gemidos repite eter- 
namente durante el silencio de las noches, en lo hondo de 
nuestros valles y en las plazas de nuestras ciudades la voz 
del instrumento que él consagró á su dolor, y al que los 
hijos del Perú dieron el nombre de Quena, palabras que en 
la quechua antigua significa: pena de amor. 

Si en la felicidad escucháis la voz d^ ese instrumento 
sentiréis esa dulce melancolía tan necesaria para templar 
lo que aquella tiene de demasiado deslumbrante y fatigo- 
sa para nuestra alma. Pero, oh vosotros, los que lleváis 



SUeSoS y REALIDADeS» 67 

en el corazón un grande dolor, ¡ guardaos de escucharla I 
porque para vosotros tendría un poder terrible, que como 
un espejo mágico os hará ver de nuevo todo lo lúgubre de 
vuestro pasado; develará á vuestros ojos la pálida imájen 
del siniestro porvenir, y el dolor se agrandará en vuestro 
pecho hasta romperlo. 



^ 



EL GUANTE NEGRO. 



I. 

LA PRENDA DE AMISTAD. 



Era una de esas deliciosas noches del pais arj entino. 
La luna bañaba con sus blancos rayos las encantadas ri- 
beras del Plata y hacia brillar entre la sombría verdura 
de los huertos y alamedas de las mil bellísimas quintas, 
y los palacios de campo que circundan Buenos Aires. 
Aunque labora no era avanzada, todo estaba silencioso 
y desierto en derredor dfi la gran ciudad, y solo se oía el 
murmullo de las ondas del vecino rio, y el silbido del 
viento entre las hojas de los sauces. 

De repente vino á mezclarse á estos rumores de la 
naturaleza una voz humana, una divina voz de mujer, 
que elevándose suave y cautelosa del fondo de una de esas 
espesas avenidas de árboles, comonzó a cantar con inde- 
cible melodía aquella adorable música de Julieta y Ro- 
meo — 

Seipvr ftf che ancor rivedo ? 



72 süeWosy realidades. ' ^'K^ 

' El canto fué interrumpido por el ruido de un carrua- 
je que se acercaba. 

Una elegante berlina se detuvo al pié de la escalinata 
de una quinta. Un cazador vestido de lujosa librea 
abrió la portezuela y presentó la mano á una bella joven 
de talle esbelto y flexible, de mirada rápida é imperiosa, 
que saltando del estribo, lijera como un pájaro, subió las 
gradas de la escalinata, y entró en el vestíbulo. 

A su vista, el portero que velaba en la primera an- 
tesala, se inclinó profundamente. 

— Amigo mió, le dijo ella, paseando en derredor su 
inquieta mirada: ¿ duerme su joven amo de usted ? 

— Mi amo está herido, señora, y 

— Lo sé, lo sé, y por eso estoy aqui. Condúzcame 
usted á su cuarto. 

El portero hizo una reverencia, y guió á la joven por 
una galería abierta sobre un jardín interior, y detenién- 
dose delante de una puerta, iba á abrirla para anunciar á 
la dama, pero ésta le apartó sonriendo, abrió ella misma 
la puerta, atravesó corriendo un elegante salón, y entró en 
un dormitorio alumbrado por una lámpara de gas, y en 
cuyo fondo, entre dos manoplas de armas había un lecho 
en donde estaba acostado un joven de bella y simpática 
Csonomía. Su frente alta y espaciosa llevaba el sello de 
la altivez y de la intelijencia, en sus grandes ojos negros 
sombreados por largas pestañas, había relámpagos que 
revelaban el choque de pasiones fuertes y encontradas. 
Sus brillantes cabellos caían en abultados bucles sobre su 



EL GUANTE NEGKO. 73 



é 



cuello, y un bigote negro y sedoso capaz de matar de envi- 
dia á todos los leones del mundo, se retorcía graciosamen- 
te sobre una boca que habria hecho palpitar, á una mujer 
de miedo ó de amor. 

La joven corrió hacia él, y apartándose con una mano 
el velo de su linda cara, — ^Wenceslao 1 le dijo, presentán- 
dole la otra — ¿ No es cierto que he tardado mucho ? 

— 1 Que veo I Manuelita I | vos aquí I 

— ^¿ He habéis llamado ingrata ? | Oh I es que aun- 
que moria de impaciencia y de deseo de venir á veros, no 
podia sustraerme un momento á las miradas de mi padre, 
y de esa inicua turba de pretendientes y aduladores que 
me rodean. 

— ^¡Llamaros ingrata I | yo I | oh ! no, Manuelita I 
Yo sé que habéis pensado en mi, y vuestros mas lijeros 
recuerdos son tan preciosos para mi corazón, que no cree- 
ría poder pagarlos, ni aun dando por vos mi sangre y mi 

alma Pero permitid que me convenza que no es un 

sueño la dicha de veros aqui, á esta hora, asi, inclinada 
sobre mi lecho. 

T quitando él mismo el guante de tul negro bordado 
de arabescos, que cubría la linda manó de la joven, im- 
prímió en ella \m beso que debió ser muy apasionado, 
porque Manuelita retiró vivamente su mano, sus ojos se 
bajaron al suelo, y una nube de rubor cubrió su alta 
frente. 

— I Lj^njero I — dijo ella, haciendo un esfuerzo para 
serenarse y sonreír ^¿ que hay de mas natural que el que 



74 SUECOS Y RBáUDADES. 

yo me encuentre aqui, á esta hora, asi inclinada sobro 
vuestro lecho ? Un mal caballero atacó mi honor, creyen- 
do desacreditar asi la administración de mi padre; como 
si la deshonra arrojada sobre la frente de una joven, 
pudiera eclipsar el brillo de la estrella de Rosas el fuerte; 
vos tomasteis la defensa de vuestra amiga de infancia, 
desarmasteis á vuestro contrario y le obligasteis á desmen- 
tirse des4e Montevideo; pero quedasteis herido, y es de 
mi deber no solo el venir á veros, sino el ser vuestra en - . 
fermera. \ Qué dulces habrian sido para mi corazón los 
cuidados que os prodigara I pero me encadenan lejos de 
vos, la necesidad que mi padre tiene dé mí, y el terror de 
^e mundo que se ha apoderado de mi vida, para destro- 
zarla, como sino fuera aun bastante triste y contrariada 1 
Oh ! Wenceslao I j porqué no estamos aun con mi madre 
y la vuestra bajo las frescas sombras de Lujan I 

Y la hija del Dictador elevó sus ojos al cielo pa- 
ra hacer quizá retroceder sus lágrimas, reclinando tris- 
temente su linda cabeza sobre una de las columnas del 
lecho. 

Wenceslao se incorporó sobre su almohada, y estre- 
chando la mano de la joven sobre su pecho herido: | Ma- 
nuelita,'hermosa flor nacida entre zarzas 1— esclamó; — ^la 
sociedad que os posee no es digna de vos; no pudiendo 
comprenderos, os calumnia, pero si un hombre leal, de- 
cidido y enérjico puede algo contra la desgracia de vivir 
en un mundo que no os comprende, mandad, mi vida es 
vuestra; este corazón que palpita bajo vuestra mano está 



EL GUANTfi NEGRO. 75 

lleno de adbesion por vos. Confíaos á él, dadle su parte 
de vuestras penas. 

Manuelita estrechó la mano del joven sonriendo me- 
lancólicamente. 

— ¡ Ay I amigo mió, le dijo— el destino tan envidiado 
de Manuela Rosas, k ha condenado ala soledad y aisla- 
miento del corazón, alejando de ella uno á uno á todos sus 
amigos. Aquellos que no han emigrado se hallan en el 
ejército de Lavalle, ese implacable enemigo de mi padre; 
y aunque JO sé que ellos guardan una tierna memoria de 
mi amistad, el deber me ordena arrojar de mi corazón el 
recuerdo de la suya. Vos mismo, Wenceslao, el último y 
mas querido de todos, muy poco tiempo estaréis cerca de 
mi; pronto dejareis de ser edecán: he visto en el bufete de 
mi padre vuesiro despacho de segundo jefe del rejimiento 
que manda el coronel Ramírez, vuestro padre, y la orden 
para que marche d Norte aquel rejimiento. 

— ^¿Que decís? alejarme de vos! ausentarme 

de Buenos*¿ires; oh I esclamó Wenceslao revelando en su 
acento un dolor misterioso. 

La joven lo]comprendió, levantóse vivamente, y cu- 
briendo*su|rostro]con el velo— Adiós, Wenceslao, le dijo, 
estendiendojlamano sobre la cubierta d e la cama, para 
buscar el guante¡que aquel habíale quitado. Son las on- 
ce y me queda poco tiempo para llegar á Palermo antes 

que cierren las puertas Pero ¿qué he hecho de 

mi guante ? 

— To lo tengo, dijo Wenceslao, descubriendo su pe* 



76 SUEÑOS Y REALIDADES. 

eho y mostrando el guante sobre el corazón . Maiiuelita, 
deseo conservarlo eternamente en memoria de esta noche. 
¿Como queréis que lo guarde? ¿como una conquista ó 
como una prenda 7 

— Gomo prenda de amistad, respondió ella, alzando 
con graciosa coquetería la extremidad de su velo, y en- 
viando un beso á Wencieslao desde la puerta. 

— Me ama ! dijo él cuando la puerta se hubo cerrado 
detrás de Manuelita-^me ama y yopodia ser su esposo, y 
realizar de este modo la dicha y prosperidad que sueño 
para mi patria hace tanto tiempo, si un amor fatal no hu- 
biese venido á oscurecer con un soplo tempestuoso el bri- 
llante horizonte de ambición y de gloría que se abria para 
mi. I Isabel I } Isabel I por qué te conocí 1 por qué tu 
mirada y tü voz penetraron tan hondamente en mi cora- 
zón! 

En aquel momento la voz que cantó en la alameda 
se hizo oir otra vez. 

— I Es su voz 1^ ¡]es ella 1— osclamó Wenceslao, in- 
corporándose y oprimiendo el resorte de una puerta secre- 
ta que estaba á la cabecera de la cama. 



II. 

EL GUANTE NEGRO 



La puerta se abrió, dejando ver la campiña alumbra- 
da por los rayos de la luna, y dando paso á una fígura 
blanca, vaporosa y aérea como las Willis de las baladas 
alemanas. Era una joven envuelta en un largo peinador 
blanco, y con la cabeza cubierta con un velo de gasa. ' La 
estatura era algo elevada; su larga y suelta cabellera, bri- 
llante y negra'como el azabfche, descendia en sombrías 
ondas hasta tocar el suelo; sus rasgados ojos negros de 
anchas pupilas, tenian esa larga y profunda mirada 
que se atribuye] á «quellos que leen en el porvenir. 

Al verla, el recuerdo de Hanuelita y con él las 
ideas de gloria y ambición, huyeron de la imajinacion 
de Wenceslao. 

— I Isabel ! mi ánjel hermoso, mi hada benéfica I 
esclamó — Ya estás aquí 1 Oh 1 que mi madre perdone la 
ingratitud de su hijo; pero ¡ cuanto bendigo su ausencia. 



78 SUEÑOS Y REALIDADES . 

que te obliga á venir como mi ánjel guardián, entre las 
sombras y el silencio de la noche á curar con tus manos 
mi herida, é inundar mi corazón de delicias con la májia 
de tu mirada, de tu voz y de tu sonrisa I .... . Pero . . • . 
I tu estás pálida I . . . trémula I | no tienes ni una caricia, 
ni una palabra de amor para el que te adora | Isabel ! 
¿que pesar oscurece tu frente, amada mia? 

-r-Nada ha cambiado en tomo mió, respondió ella 
arrodillándose al pié del lecho, y obligando á Wenceslao 
á recostarse en su almohada; nadaba cambiado, — el sol 
ha sido brillante; las flores me han enviado sus mas sua- 
ves perfumes; los pajarillos me han hecho oir las melo- 
días que han callado en mi arpa desde que tu suf^; las 
hermosas estrellas de nuestro cielo me sonríen como siem- 
pre; tú á quien amo cdn idolatría estás ahi, cerca de mi, 
y yo leo en tus ojos tu amor; y sin embargo ha habido en 
ese sol, en esos perfumes, en esas melodías, en la noche, 
en las estrellas y en tus ojos, algo de lúgubre que pesa co- 
mo plomo por sobre mi cora^^n I 

Escucha, Wenceslao. Cuando mi madre me llevaba 
en su seno, me oyó llorar una noche que velaba, pensan- 
do en el ser que iba dar á luz. Una creencia de nuestro 
país, supersticiosa si quieres, enseña que cuando un niño 
llora en el vientre de su madre, si ésta guarda el secreto, 
el niño poseerá el don de adivinación. Mi madre calló 
creyendo darme la dicha; | pobre madre I ella ignoraba 
que funesto presente legaba al destino de su hija I En- 
cadenada como todo lo que existe á ese orden eterno lia - 



EL GUANTE NEGRO. 79 

mado fatalidad, siento llegar la desgracia, sin poder evi* 
tarla; conozco su aproximación en el aire, en la luz, en 
las sombras; pero ignoro de donde viene, y el momento 
en que me herirá. Cuando mi padre cayó bajo los gol- 
pes de la Mas-horca, esa asociación de caribes, ya habia 
yo visto en sueños toda aquella escena. Cada uno de los 
infortunios de mi vida se ha revelado anticipadamente ¿ 
mi corazón. Hoy, durante todo el dia me han persegui- 
do las mas espantosas alucinaciones; mi espíritu ha visto 
espectáculos horribles en los que el asesinato ejercía sus 
sangrientas funciones; he oido la voz de los celos, esa fu- 
nesta enfermedad de mi alma, gritarme con acento lúgu- 
bre: I perfidia ! | traición ! Ahora mismo, Wenceslao, al 
entrar en tu cuarto he sentido cerca de mi una sombra, 
un espíritu enemigo que me cerraba el paso, y que como 
la mano de una rival me rechazaba lejos de tí; y era tanto 
lo que sufría mi corazón, que al acercarme á tu lecho, al 
hallarte solo esperando la presencia y los cuidados de tu 
Isabel, he bendecido tus heridas que te entregan esclusi- 
vamente á mi amor, y he deseado que se prolonguen tus 
sufrimientos por toda una eternidad. 

— Amada mia, respuso Wenceslao, besando con ar- 
dor las manos de la joven, hay palabras que solo deben 
escucharse de rodillas; tales son las que acabas de pro- 
nunciar, i Qué he hecho yo para merecer el amor de un 
ser tan hermoso y sublime como tú? Y cuando poseo 
esta dicha que me envidiarán los ánjelesdel cielo, ¿habia 
de pagarla con la perfidia, en vez de una eterna adora- 



80 SUEÑOS T REALIDADES. 

cion ? I Oh t I Isabel mia I destierra esos insensatos te- 
mores^como una injuria hecha á ti misma y á tu amor. 

Hablando asi Wenceslao era sincero, pues como he- 
mosjdicho, sus ideas de ambición se habían desvanecido 
ala presencia de Isabel. La joven se sonrió ¿on ternu- 
ra, moviendo tristemente la cabeza. 

En ese momento el reloj del salón dio las doce. 

— I Dios mió ! dijo Isabel, es media noche, y yo no 
he pensado aun en curar tu herida. 

Un terrible recuerdo brilló como un relámpago en la 
memoria de Wenceslao, que llevó vivamente las manos 
al pecho. 

Era tarde ! Isabel lo habia descubierto para levantar 
el aposito de la herida. 

Un profundo silencio reinó entonces en el cuarto. 
Wenceslao inmóvil de confusión y terror, miraba á Isabel 
que pálida como una muerta tenía entre sus manos un 
guante negro que examinaba con mirada fija y devorante. 

De repente sus grandes ojos se abrieron desmesura- 
damente; de su pecho se exhaló ua grito ahogado, sus 
brazos se deslizaron inertes ^á lo largo de su cuerpo, sus 
pies vacilaron, y cayendo sobre sus rodillas, ocultó su 
frente en el suelo. 

Enja parte interior del guante, sobre la cinta que 
contiene el resorte, Isabel habia leído el nombre de 
Manuela Rosas. 

— i Isabel I amada mía, dígnate escucharme un mo- 
mento ! no me condenes sin oírme I esclamó Wenceslao, 



Eh GUANTE NEGRO. 8i 

tendiendo los brazos para levantarla. Ella le rechazó en 
silencio, Yolviendoá su primera actitud. 

Lai^o rato quedó asi inmóvil» silenciosa ó insensible 
á las súplicas de Wenceslao. 

Después alzó su frente; pasó por ella la mano, como 
para avivar un recuerdo, y poniéndose en pié: 

— I Oh ! padre mió 1 exclamó, cruzando los brazos y 
elevando al cielo su profunda mirada, este golpe que 
hiere mi corazón, es el castigo de la hija oilpable que 
infiel á su juramento, dejaba vagar olvidada vuestra ' 
sangrienta sombra, cambiando impiamente vuestra ven- 
ganza con el amor de un federal. 

¡ Ah I ha sido necesario que él me arroje de su echa- 
zón, para que vuelvan al mió el recuerdo de vuestra fu- 
nesta muerte y el sentimiento de mi deber. Pero aun no 
es tarde, padre mió. £1 juramento que os hice bajo las 
negras bóvedas de vuestro calabozo, no habrá sido hecho 
en vano: yo renuevo aqui el voto de consagrar la sombría 
existencia que me espera á vuestra venganza, y al triunfo 
de esa causa,' cuyo testimonio sellasteis con el martirio 1 

Y volviéndose hada su amante, que la escuchaba 
consternado — | Adiós, Wenceslao I le dijo. Esta es la 
última vez que pronuncio vuestro nombre, ese nombre 
que mi labio se complana en repetir sin cesar por que 
resonaba en mi corazón, como una dalicjlosa. música. 
Adiós para siempre I Amad en paz ¿ e^ Manuela Rosas 
cuyo gaje de amor lleváis sobre el corazón;, y cuando 
penséis en Isabel, recordadla sin remordimientos, pues 



8S SVfilSOS Y REALIDADES 

vuestra perfidia la ha conducido al camino del deber, 
al mismo tiempo que á tos al de los honores y la dicha. 

41 escuchar este terrible sarcasmo, Wenceslao que 
permanecía agobiado bajo el peso de una irremisible 
iprueba, alzó con orgullo su pálida frente, y estendien- 
do la mano con un gesto de autoridad, dijo á la jó- 
ten, que daba ya un paso hacia la puerta: | Isabel 1 en 
nombre de tu padre, escúchame una palabra, una solal 

Isabel volvió hacia él su pálido rostro. 

— ^Todoseha acabado entre nosotros, dijo ella con 
voz triste pero firme. Un abismo nos separa; en uno 
de sus bordes estáis vos con Manuela Rosas, en el otro 
Isabel y la sombra de su padre. 

— I Oh 1 1 Isabel f ¿ rehusas escucharme 7 Dígnate en- 
tonces decir tu misma, amada mia, qué podré hacer para 
convencerte de que ninguna otra imájen se ha acerca- 
do jamás al santuario que tienes en mi corazón ? [ Habla I 
Si es necesario descender al infierno para rescatar tu 
amor, alli bajaré. 

Un profundó sollozo elevó el pecho de Isabel, que 
vacilante y trémula bajó los ojos para que Wenceslao no 
leyera en ellos su amor. 

De repente su mirada cayó sobre el guante negro que 
estaba en el suelo. Un estremecimiento convulsivo re- 
corrió su cuerpo, en sus negros ojos brilló un rayo de 
tremenda cólera, y uno de esos malos pensamientos hijos 
de los celos, que convierten al ánjel en demonio^ surjió 
en su mente y mordió su corazón. 



EL OVANTE NEGRO. cRI 

— Que muera para mi amor, murmuró, con tal que 
98 aleje para siempre de ella I 

T fijando en Wenceslao una mirada fascinadora: 
— ^Hay un sitio, le dijo, desde donde podriais per- 
suadirme que lo que he TÍsto esta noche ha sido solo un 
sueño, uno de esos malos sueños que bajan á torturar el 
corazón, pero ese sitio está .... entre las filas del ejército 
unitario I 

Y desapareció entre las sombras que se estendianal 
otro lado de la puerta. 

Wenceslao quedó un momento anonadado bajo el 
peso de aquellas terribles palabras. Los ojos se cerra- 
ron, su corazón cesó de latir, un sudor frió bañó sus sie- 
nes. Luego una desesperación inmensa invadió su co- 
razón, sacudiéndolo con su terrible fuerza. 

— La he perdido para siempre I esclamó hiriendo su 
frente; no me attia ya, pues quiere mi deshonra I quiere 
que abandone la causa que desde la niñez ha defendido 
mi espada, la causa de mi ilustre, bienhechor. ... la de 
la compañera de mi infancia I j quiere que me haga un 
traidor, en fin ! Oh I Isabel I . . . jamás . . jamás. . . Pero 
I qué haré en adelante de esta existencia vacia y silencio-^ 
sa, que no iluminará ya tu amor ? ¿como atravesaré esas 
horas, esos dias que encantaba tu presencia? por que 
perderte á ti no es solo perder el corazón de una mujer: 
¡ es perder el aire, la luz, el cielo Oh I es mejor morir I 

Y llevando á su pecho una mano homicida, arrancó 
el vendaje de su herida, y la desgarró. 



84 SUEÑOS Y REALIDADES. 

La sangre corriendo á borbotones sobre el lecho, 
adormeció poco á poco la desesperación que devastaba el 
alma de Wenceslao, Una ni^a azul se estendió ante 
sus ojos, unruinor confuso invadió sus oidos, que cesa- 
ron de percibir los, ruidos esteriores; el frió de la láberte 
comenzó á helar sus miembros, y en su corazón se difun- 
dió ese sentimiento de paz que debe hallarse al otro lado 
de la tumba, y que se pinta en el semblante de loscadá- 
. veres. 



III. 

UNA MADRE 



De repente una voz dulce y suave vinoá interrum- 
pir el silencio de su agonia. 

— ^Ob, Diosmio I esclamó entre sollozos, tú me has 
traido para sal vario] I ¡Wenceslao I 

— ^Isabel I murmuró la voz exánime del moribundo. 

Al lado de aquel sangriento lecho se hallaba de ro- 
dillas una mujer de estatura elevada, de rostro dulce y 
bello, á pesar de la gran palidez que lo cubria. Se cono- 
cía que'aquella alma habia sentido mucho, y que la ho- 
guera que ardia en su pecho habia consumido su vida. 

Reclinada la cabeza de Wenceslao sobre su pecho, le 
rodeaba con sus brazos y se esforzaba en restañar la san- 
gre que se escapaba déla herida, regando con sus lágri- 
mas la frente del joven y llamándole en voz baja y 
cariñosa. 



86 SUEÑOS Y REALIDADES. 

— ^iy I dijo, cuando oyó en sus labios el nombre de 
Isabel 4 no me reconoce, el ama á otra, no importa I 
I bendito sea el nombre que le vuelve ala vida! Dios 
mió, I restituídmelo I y aunque me posponga á todas sus 
otras afecciones, pues yo sé que aunque él ocupa toda 
mi alma, no soy yo quien debe ocupar la suya. 

¿Quien era esa mujer, que amaba tanto, pero cuya 
santa abnegación era superior á los celos, ese poderoso 
demonio que ha hecho su inñerno en el corazón humano 7 

Era una madre. 



IV. 



LA CARTA 



Algunos di^ después, aquella misma mujer se pa- 
seaba sola, ó mas bien vagaba como una sombra bajo los 
elevados árboles del jardin déla quinta. Su frente es« 
taba aun mas pálida, y en sus miradas se pintaba una 
sombria inquietud. 

— Dios mió I decia — ^¿cuál será el orijen de ese pe- 
sar profundo, de esa espantosa cólera que se ha apodera- 
do de mi esposo, desde que un espía del gobierno le 
entregó aquella carta. Ha murmurado el nombre de 
Wenceslao, acompañándolo de horribles imprecaciones. 
Ay I qué desgracia amenaza todavia á mi idolatrado hijo ? 
Yirjen Santísima I continuó besando un relicario que 
contenia la imájende María y los cabellos de Wenceslao, 
tú que padeciste tanto en esta tierra de lágrimas, | ten 



N 



88 süeSos y realidades. 

piedad de los sufrimientos de una madre en memoria de 
tus propios sufrimientos ! proteje á mi hijo ! Si hay 
algún peligro bajo sus pies, sálvalo, como lo has hecho 
otra vez I hazlo á él feliz, y dadme á mi toda su parte de 
los males de la vida . , , , 

Pero es imposible quedaren esta terrible incerli- 
dumbre que me hace padecer un siglo en cada instante. 
Esa carta debe estar ahí , ^ . . en su bufete .... El no 

está allí , ... se ha encerrado en el salón Si yo fuera 

á buscar esa carta! ] Si iré! |0h Ramirezl ¡perdón I 
no soy una esposa indiscreta que vá á escudriñar los se- 
cretos de su marido: soy una madre que vela sobre el 
destino de su hija 

Y atravesando las largas calles de árboles, cubiertas 
ya con las sombras déla noche, abrió una ventana baja, y 
mirando cautelosamente hacia dentro: 

— I Nadie I murmuró, | nadie 1 y entró en un cuarto 
ocupado por estantes de libros, panoplias de armas, y un 
bufete cargado de papeles, sobre el que se elevaba en un 
rico marco el retrato del general Belgrano. 

La mirada de la madre reconoció entre mil cartas, 
aquella que deseaba y temia leer, tomóla con mano tré- 
mula y mirando la letra del sobre-escrito j Dios mió I 
dijo abriéndola, es de mi Wenceslao, es de mi hijo. 

Un guante negro se deslizó de entre los pliegues de la 
carta, y cayó á los pies de la madre de Wenceslao que dio 
un grito. 

— ¡Óhl ¿porqué me ha causado tanto terror este 



^ 



EL GUANTE NEGRO. 89 

objeto? Se dina que es la mano de \d muerte que viene á 
posarse sobre mi corazón ! 

Tendió una mirada en torno suyo y leyó: 

«Isabel. 

«El hombre á quien has puerto en la horrible alter- 
nativa de hacerse un traidor ó de vivir sin ti, ese hombre 
fuerte, á quien sus compañeros llaman el león de los com- 
bates, ha sucumbido miserablemente en la lucha del 
amor con el deber. | Oh vergüenza I Honor, deber, 
amistad, gratitud, todos los sentimientos nobles del cora- 
zón han callado ante la idea de perderte para siempre, de 
renunciar á la dicha de contemplar tu rostro, de arder 
bajo el fuego de tu mirada, de sentir el contacto de tu ma- 
no, de escuchar el sonido de tu voz. 

«Tu amante para quien el honor era la vida, llevará 
pronto sobre su frente el sello de la deserción, ese bautis- 
mo de oprobio» que la muerte misma no podrá borrar. 
El ejército de Lavalle se halla á dos jornadas de aquí, y el 
sol de mañana me verá en sus filas, volviendo* mi espada 
envilecida contra la causa que tenia mis simpatías, con- 
tra mi protectar, y contra mi mismo padre. 

«En esta carta hallarás ese guante, origen de tantos 
dolores. Envíalo á Manuela Rosas, y hazla decir que el 
amigo de su infancia, el hombre en cuyo corazón habia 
ellal>uscadoun asilo contra la calumnia, no es ya digno 
de poseer ese don de la amistad, porque se ha hecho un 
traidor. 

«I Isabel I i tú lo has querido I | Asi sea I» 



90 SUESoS y REALIDADES. 

La pobre madre no pudo leer las últimas palabras 
de esta carta. Un temblor convulsivo sacudió sus miem- 
bros; el hielo del espanto invadió su corazón; la carta se 
escapó de sus manos, sus rodillas se doblaron, y cayó en 
tierra como una masa inerte. Al volver en si de su lai^o 
desmayo, su oido entorpecido todavía percibió dos voces 
que hablaban cerca de ella. La debilidad que embarga- 
ba sus miembros la impedia moverse,y permaneció ocul- 
ta bajo los largos pliegues de la carpeta. 

— I Bracho I decia el coronel Ramirez á su criado fa- 
vorito, llamado asi por haber nacido en el ardiente desier* 
to de este nombre, aunque tengo en ti una confianza ilimi- 
tada, necesito que hagas un juramento. 

Bracho saludó militarmente y respondió: 

—¡Mandad, mi coronel I vuestro antiguo soldado 
está pronto á obedeceros. 

£1 coronel se acercó á él, y estrechando fuertemente 
su mano, puso la otra sobre su propio corazón, y le dijo 
con voz solemne: 

•—I Bracho I júrame por nuestros dias de fatigas y de 
gloria, y por los inmaculados laureles que^urante trein- 
ta años hemos recojido juntos sobre los campos de batalla, 
que guardarás un silencio sepulcral sobre todo lo que vá á 
pasar aqui. 

£1 rostro bronceado y grave de Bracho se volvió, mas 
grave todavia; su mano respondió á la presión del coro- 
nel, y colocándole igualmente la otra sobre su pecho, res- 
pondió con voz firme. 



EL GUANTE NEGRO. 91 

— I Yo lo juro I 

— Biacho, continuó el coronel» señalando un azadón 
y una pala que estaban en el suelo, toma esos instrumen- 
tos que te he mandado traer, y abre en ese ángulo del 
cuarto un hoyo de siete pies de lonjitud y seis de profun- 
didad. 

Bracho, con esa sangre fria, unas veces admirable y 
otras espantosa que caracteriza á los hijos de aquel suelo, 
desclavó una de las extremidades del tapiz y obedeció á su 
señor. Durante largo rato solo se oyó la respiración opri- 
mida del coronel y los acompasados golpes del azadón de 
Bracho. 

Un horrible presentimiento atravesó el alma de la 
madre que contuvo su aliento y escuchó. 

Cuando el hoyo estuvo hecho, Bracho apoyándose en 
el azadón Se volvió hacia su jefe. 

El coronel se acercó á la negra boca del hoyo, y mi- 
dió con la vista^su profundidad. 

— I Bracho]! dijo) con imtf voz lúgubre que llevó un 
frió mortal al corazón de la madre, dentro de pocas horas 
ese abismo se cerrará sobre un cadáver I | Escucha I pro- 
siguió; hoy, en este mismo sitio, tendrán lugar el juicio y 
el castigo de un gran crimen, desconocido entre los solda- 
dos arjentinos, y que todavía no ha manchado nuestros 
anales militares:^ | la traición I 

Vé ahora á la ciudad, busca en el cuartel de mi reji- 
mientoásu]segundojefe, y dale de mi parte la orden de 
v^iir inmediatamente á encontrarme aquí, recomendán- 



92 sueRos y realidades. 

dolé el mayor secreto sobre el lugar dondeJ se /dirije. 
Bracho hizo un movimiento involuntario dedoloro- 
sa sorpresa, al escuchar aquella orden. Vaciló y miró á 
su amo, como si quisiera hablarle; pero una severa mira- 
da de este le hizo obedecer en silencio. 



V. 



AMOR DE MADRE. 



— I Desertor I esclamó el coronel, cuando quedó solo, 
I desertor I | Un soldado arjentino, un Ramírez desertor I 
iSombra de Belgrano I continuó él con dolor, dirijiéndose 
al retrato de aquel héroe, sombra augusta de Belgrano — 
¿ no os estremecéis de indignación al oir aliar con la in- 
famia el nombre de vuestro amigo, repetido con honor en 
el detal de cien batallas ? ¿ no jemis de dolor, al ver des- 
honradas las cicatrices de vuestro antiguo compañero? 
Deshonradas nó, gracias al cielo, el crimen no ha sido 
consumado todavia; y esa tumba, y este puñal lo sepulta- 
rán para siempre con el culpable. 

Al ruido metálico que produjo el ancho puñal del 
coronel, al caer sobre la mesa, se estremecieron las entra- 
ñas de la pobre madre, que hasta entonces procuraba 
persuadirse de que todo aquello era un sueño. Su corazón 



04 SUEÑOS T REALIDADES. 

sintió el frió del acero destiaado al corazón de su hijo, y 
exhalando un grito desgarrador, alzóse de repente pálida 
como un espectro, á los ojos de su marido, que retrocedió 
espantado esclamando: 

— ¡ Margarita I ¿qué has venido á buscar aqui f 

— ] Ramírez I gritó ella, con acento lamentable |por 
piedad ! dime que estoy loca, y que son efecto de mi de- 
lirio las palabras atroces que te he oido pronunciar I 
Ramírez I Ramírez 1 en nombre del cielo, di que esa 
tumba, ese puñal, esa espantosa sentencia, son solo las 
alucinaciones de una horrible pesadilla que ajita mi 
mente ¡ di que no es cierto que tu quieras hacerte el ase- 
sino de mi hijo, de nuestro hijo 1 

— ^Tu hijo I nuestro hijo ! esclamó el coronel en una 
esplosion de dolor y de indignación. Ya no le tienes, 
desventurada mujer; el que fué nuestro hijo es un traidor, 
que subyugado por una pasión abandonaba el estandarte 
sagrado de la patria. Los momentos de su existencia 
están ya contados, y solo pertenece á mi justicia. Mar- 
garita 1 vé á orar por él, y olvida para siempre el nombre 
de tu hijo. 

— Oh I esclamó la madre con acento profundo y 
desgarrador, que ore por él como por un difunto 1 1 que 
olvide el nombre de hijo, ese dulcísimo nombre, que hace 
veinte años es el objeto mi existencia ! quien lo ha dicho ? 

¿quien? Oh,' nadie I nadie | gracias al cielo, 

estoy loca 1 estoy loca I 

Y la infeliz recorría el cuarto retorciendo sus brazos. 



EL GUANTE NEGRO. 05 

y comprimiendo con ambas manos la frente, como para 
hacer estallar la locura qae invocaba. 

La tremenda voz del honor ofendido que habia so- 
focado la del amor paternal en el alma del coronel, en- 
mudeció ante aquella desesperación de madre. Ramirez 
sintió despedazarse el corazón y vacilar su terrible reso- 
lución. Tendió los brazos á su mujer y la dijo tristemente: 

— Margarita | pobre madre I | véná llorar en el seno 
de tu esposo, de tu amigo I yo también tengo necesidad de 
derramar lágrimas ! 

Pero de repente sus ojos encontraron la mirada de 
Belgrano, que destacándose fija y penetrante del fondo 
sombrío del cuadro, parecia echarle en cara su debilidad. 

La vergüenza cubrió entonces de púrpura el rostro 
desencajado y lívido del coronel. Sus ojos despidieron 
llamas; y una ancha cicatriz recuerdo desús glorias, di- 
bujándose pálida sobre el rubor de su frente, le coronó 
como una aureola siniestra. 

— NoTesclamó, rechazando á su mujer, y yendo á 
colocarse ante el retrato de su antiguo jefe, aquel á quien 
visteis á vuestro =^lado[arrastraf con serenidad la muerte 
entre la metralla de los combates, no desmentirá su valor 
ante el cumplimiento de su deber, por terrible que este 
sea. Si este ¿corazón se revela, continuó golpeando su 
pecho, yole romperé; pero el honor se habrá salvado, por- 
que eFculpable'perecerá 1 

—Oh I gritó la madre, lanzándose hacia su marido 
y apretanto convulsivamente su brazo, ; era verdad 7 i mis 



96 SUEfiOS Y REALIDADES. 

oidos me engañaban ? Ramírez I Ramírez I ¿es cierto que 
ese horrible pensamiento que mi labio rehusa espresar, 
ha hallado lugar en tu alma ?ah \ continuó, cayendo á los 
pies del coronel y abrazando sus rodillas, si necesitas 
sangre — hé. aquí la mía I Toma ese puñal, abre iinaá 
una todas mis venas, martirízame, arráncame él corazón, 
sepúltame viva en esa ignorada tumba, pero ] ten piedad 
de mi hijo ! respeta su vida, esa preciosa vida que recien 
comienza á florecer. Oh { Ramírez 1 si has olvidado que 
eres padre, acuérdate que eres hombre, compadécete de 
su juventud, de su belleza, de su porvenir, ese hermoso 
horizonte de promesas y esperanzas que tu quieres robar- 
Vdi. ELcidmen no ha sido sentido aun: todavía hay lugar 
para el arrepentimiento. ¿Con qué derecho, quieres ser 
mas severo que Dios, que siempre dá tiempo al culpa- 
ble para reconocer su falta ? 

La hora de debilidad había pasado para el coronel. 
Sus labios pálidos y severos sonrieron amarga y desde- 
ñosamente. 

— [ £1 arrepentimiento I esclamó ¿ puede redimir un 
crimen que deshonra, aunque éste solo haya existido en 
el pensamiento? (Margarita ! tu sabes que iiól tu, que 
novia todavía, decíais á tu esposo, cuando Án guardias 
se hallaba en capilla bajo su palabra de honor — | Rami^ 
rez I muere, pero no te deshonres faltando á la palabra ! 
I Nada puede borrar las manchas del honor ! 

— ^Ah ! respondió ella llorando, era e^K)sa. ahora soy 
madre ! Oh ! tu á quien una mujer llevó en su seno y 



EL GUANTE NB6H0. 9? 

alimentó con su sangre, en memoria suya ten piedad de la 
madre que te pide de rodillas la vida de su hijo. 

Los pasos de algunos caballos resonaron en el patio 
de la quinta. 

£1 coronel, tomando entonces violentamente ¿ su 
esposa en sus brazos, procuró UeT^rla fuera del cuarto: 
pero ella se asió de -uno de los pies del bufete/y los de- 
dos finos y transparentes de aquella mujer, se convir- 
tieron en otros tantos resortes de acero en que se estre- 
lló la fuerza del coronela 

— ¡No I no me arrancarán de aqui, deeia ellacob 
voz ahogada, quiero librar á mi hijo de la muerte, y á ti 
de un horrendo crimen I quiero interponer mi pecho en- 
tre el tuyo y los golpes de un asesino I 

— ¡ Margarita I esclamó con voz solemne | quieres 
ver morir á tu hijo \ ] Sea lio verás morir, porque juro 
que nada puede salvarlo 1 

Á estas palabras los ojos de la madre centellaron 
como los de una leona herida, sus lágrimas se secaron 
de fepente, y poniéndose en pié^ pálida y terrible 
como la imájen de la fatalidad: | Kamirez I grité acer-** 
oáfidosei su marido— | es cierto que uada puede salvar 
á mi hijo del horrible destino que le reservas I 

--Nada I respondió con firmeza el coronel. 

—Nada ! replicó ella,i con aceito estreno ¡nada, ni 
mis ru^os, ni mis lágrimas, ni la memoria de los dias fe- 
lices que nos ha dado en los veinte años de su existencia ! 

—Nada I repitió él con voz lúgubre. Soy un juez. 



98 SUEÑOS Y BBÁLIDADfiS. 

he condenadoi ua criimnal, y yo mismo ejecu(tré la 
sentencia.^ 

— ^Pues muere tul gritó la madre, muere t¿, porque 
yo quiero que mi hijo nya, auuque sea sobre las ruinas 
del muudo. 

T arrebatando el puñal que estaba sobre la mesa, lo 
sepultó eü el corazón de su esposo. « 

Al mismo tiempo se abrió la puerta, y un grito do- 
loroso y aterrador resonó en el cuarto. 

— Madre mia ! [ qué hacéis ! esclamó Wenceslao, 
precipitándose sobre el cuerpo del coronel, que habia 
caido muerto sin exhalar un suspiro. 

La madre se volvió hacia él con la impasibilidad 
de la desesperación. 

-^Mi esposo habia jurado matar un trajidor, dijo 
ella, ese traidor era mi hijo, y yo he matado á mi es* 
poso para salvar á mi hijo I 

Al día siguiente, á la cabeza de su rejimiento Wen- 
ceslao pálido, sombrío, y llevando en el corazón un tri- 
ple duelo» marchaba á reunirse con el ejército del jene- 
ral Oribe. 

El deber habia interpuesto entre él y la felicidad 
un voto terrible. Sobre el cadáver ensangrentado de 
su padre, y en las manos de su madre moribunda, ha- 
bia jurado.olvidar para siempre á Isabel. 



V 



YI. 



QUEBRACHO HERRADO. 



La noche del 28 de noñembre había estendido su 
sombra sobre el campo de ese nombre. 

El sol de aquel día había visto el triunfo de Oribe, 
y la derrota del ejército unitario, que compuesto de 
guerreros tan jenerosos como valientes, aceptó la bata- 
lla con fuerzas inferiores y en un terreno desventajoso, 
antes que desamparar con una marcha forzada, la emi- 
gración que le seguía. Pero la suerte recompensó mal 
el denuedo y la sublime abnegación de aquellos héroes, 
y coronó con el laurel de la victoria las sienes de sus 
enemigos, que quedaron dueños del campo. 

Entonces se vio una escena espantosa, en que el 
pillaje, el asesinato y la violencia saciaron su horrible 
sed, en esa inmensa emigración compuesta de venera- 
bles ancianos, de hermosas virjenesy dé niños inocentes. 



SUEfiOS T REALIDADES. 



100 



Has á aquella hora, el tumulto de las armas, los 
gritos de los combatientes y losjemidgajdl%Í8'nie^^ 
habían c^adQ*.--ia<a«nr^aníe?^ la brisa de la noche 
Sparclaen el fúnebre campo el delicioso perfume de los 
vecinos bosques de aroma; la dulce luz de las estrellas 
reflejando sobre el rostro de los cadáveres, daba á su 
actitud la apariencia de un dulce sueño: nada en fin, 
revelaba alli un campo de batalla, si no era elprofundQ 
silencio que peinaba por todas partes, silencio solo in- 
terrumpido por el prolongado y lamentable canto del 
cayuyu, que oculto entre el negro ramaje de los algarro- 
bos, parecia llorar el destino de aquellos héroes. ' 



VIL 



LA PREDICCIÓN 



De repente el eco lejano do una voz dulce y triste, 
hizo callar la lúgubre melodía de]i^ insecto. 14a voz se 
aproximaba entonando el último canto de Julieta: 

Oh I sforfunafo atendimi 

aíctami Uudare qfcor 

JUpti forma blwifa, de forina vaporosa y v^, se 
4ít>VJú ^re las ünifid^Ias. fX centinela avallado del 
^écQítp vencedor, que viv^iq^eabaá algunos centonare^ 
de pf^Off* viéndola acercarse ^ santiguó y cerró los ojps* 
ar^w4o que era el aln^a de uno de fiquellos muertos, 

l4.soiAbra blanca eaiar(i en el n^nto del campo ^e 
batalla. ¡Er^ ^na mfij^r jóf ep y be)la, apesar de la 
es(B9Wie^nuaci(ui da sus formas. 

:£k>^ pu larga túnica blanca .^€«»pan^;cc|in ad- 
mirable profusión una cabellera negral .qi|e .Ajitatda por 



402 sueSos r realidabes. 

el viento de la noche, tenia la apariencia de un ancho 
telo de luto. La mirada de sus grandes ojos n^ros en 
vaga y estraña, cual si una sombra se interpusiera entre 
ella y los objetos esteriores; sus labios murmuraban al- 
ternativamente el canto de la Julieta, las plegarias de 
los difuntos y el nombre de Wenceslao, deteniéndose de- 
lante de los muertos. 

¡Lexical dijo, inclinándose sobre un cadáver y 
apartando suavemente los sedosos cabellos castaños, que 
ocultaban un rostro joven cuya belleza habia respetado 
la muerte. Lezica I pobre niño que al ver la luz encon- 
traste en tomo tuyo el lujo y la riqueza, ¡ quién habría 
dicho á tu madre, cuando te mecia en cuna de oro y seda, 
que dormirías tu último sueño sobre el árido suelo de un 
desierto! y cuando besaba tus bellos ojos azules, cuan le- 
jos estaria de imajinar que habian de ser de los buitres I 

Várela ! esclamó contemplando el rostro yerto é in- 
móvil de un hombre tendido á corta distancia, y an^do 
en su sangre, noble vastago de esa familia de cisnes que 
ha encantado con sus melodía» las riberas dd Pkta. | La 
muerte ha puesto su n^ro sello entre los laurdes de vues- 
tras frentes; porque I hé ahi que mientras el chacal lame 
tu sangre jenerosa, mientras él tigre devora tu oMazm 
donde ardieron sublimes inspiraciones, d puñal del ase- 
sino se prepara en la sombra para sofocar ccm un solo 
golpe el canto del poeta y A grito de la libertad del patrio- 
tal Ay!ayl y comenzando denuevosuf&oebreeanto, 
prosiguió su camino. 



EL OVANTE NEGRO. 403 

£1 terreao por donde se dirijió estaba sembrada de 
cen tenares de cadáveres, y regado con arroyos de sangre, 
que mojaban los pies y el blanco ropaje de aquella fan«- 
tástica peregrina. Se habría dicho que la espada del án- 
jel esterminador habia pasado por alli, ó que la mano 
humana que habia segado la vida de tantos hombres^ 
habriá tenido que ejecutar una grande venganza ó redi*- 
mir una gran falta. 

A lo lejos, y al cabo de aquella via sangrienta, rodea- 
do de cadáveres, de fusiles descalcados, de lanzas y espa- 
das rotas, yacia el cuerpo de un guerrero» cuyo noble y 
hermoso rostro conservaba aun después de la muerte una 
espresion de amenaza. Aunque todo indicaba que era 
él quien habia hecho aquel estrago en las filas de sus ene? 
migos, el acero de estos no habia osado acercársele; pues 
aquel cuerpo esbelto y elegantemente vestido estaba ileso, 
una sola bala le habia muerto, atravesándole el corazón. 
Su mano estrechaba aun laguarnicüm de su espada, y el 
viento de la noche hacia ondear sobre su pecho osa ter- 
rible divisa roja, que contenia el retrato de Rosas, y la 
sentencia de muerte délos unitarios. 

La ertraña viajera se acercaba, paseando su mirada 
sóbrelos rostros sangrientos y mutilados de los muertos» 
y llamándolos con voz lAgnbre: 

— Mons I Torres! Bustilloa I 

—Wenceslao I Wenceshio I gritó en un trasporte de. 
goio insensato, cayendo de rodillas, y abrazando el cadá- 
ver del bello guerrero. Heme aquí, amado mió 1 llefp tar-: 



104 SUSfiOS Y RBALIDADBS. 

de: ffefo JEB que t& tmbiás dejado tu lecho p^f uoftado de las 
orillas del Plata, para yeáir á recostarte en este suelo le- 
jano, abrasado por el sol y mojado con la sangre* 

To oi tu roe que lAe llamaba, y las tinieblas que de 
repente habían envuelto mi iatelijencia se disiparon, ta 
mirada de mi alma te mostró recostado en un lecho nup-* 
cial, tendiéndome los brazos y gritándome: Isabel I ama- 
da mía, esposa mia, vén I Y yo rompí fuertes cadenas 
que sujetaban mis pies, y caminé largo tiempo guiada por 
k voz que me llamaba siempre: — ^Isabel I Isabel 1 y heme 
aqui que llego cubierta con el blanco oendal de la despo- 
sada para anirmé á ti en un abrazo I en un abrazo eter^ 

no I Pero Oh I Dios I. ... su pecho está Mo é in« 

móvil, sus labios pálidos y yertos, su mirada fija y velada 
por una sombra siniestra. . . . | j Ah 1 1 es ese funesto ta- 
lismán, ese funesto guante negro cuya vista introduce el 
dolor en el corazón, y cuyo contacto trastornó mi ser. 

Y reclinando sobre sus rodillas aquella cabeza ina- 
nimada, descubrió 'con manó presurosa el pecho del ca^ 
déver. 

— Oh 1 gritó, señalando una heHda profunda, defor-* 
ma circular y bordes negros. | B¿ahi lámano de Mánue* 
la Rosas, que le ha destrozado el pecho para robarhíe ta ^ 
corazón I Hela allí que se acmsa 'para dilatármelo to- 
davía, para arrojar otra vez entre él !)r yo, como un desafío 
á nuMfüOihor, ese guante negro qiie nos separó. | Atrás! 
gritó alzánAose, y estendiendo suk brazos sobre el cadáver, 
f iftirás I mujer fatal para los qué té aman I | tu blahioo ve-^ 



KL e^AIfTE l^BGRO. IOS 

lo de virjeo esiá salpicado de^Dgre | sobre tu cabeza esti 
suspendida unanube de lágrimas I Aléjate I continuó 
adektttáddose, eomo.para c^rar el paso á el fantasma 
que le presentaba su imcgiMcion, no le toques I pwque 
d puñal de la Mas**borea caerá sc^re él. • . . Ab I no, esU 
sombra de mi padre que yaga jimiendo entre los deq[K]¿08 
helados de sus compañieros I Padre tnio ) no es este el úl^ 
timó golpe que la mado de hierro del destino descargará 
sobre los defensores de la libertad 1 ¿ Vés esos arroyos de 
sangre que corren por teto oaimpo ? Asi correrá por iar^* 
go tiempo en toda la ostensión de nuestro hermoso suelo. 
Pero la tierra no puede absorverla I ¿ Vés como se eleva 
al cielo, para hacer descender después, cual roció bené- 
fico, la clemenoia de Dios? Mira allá, á lo lejos, en los 

limites del horizonte ¿No vés un bizarro guerrero que 

se deslaca de las filas del ejército federal ? El mundo 
asombrado le contempla también, porque es el héroe que 
levantará sobre sus hermafiOB encadenados el estandarte 
de la libertad; arrojará á la tirania de su trono ensan- 
grentado, y restituirá á la patria su antiguo esplendor y 
gloria. 

Vuelve adormir en la almohada de paz el sueño de 
la muerte, mientras mi esposo me estrecha entre sus bra- 
zos en nuestro lecho de bodas. 

Y el silencio reinó otra vez en el campo; el pampero 
mezcló los perfumes de los aromas con las emanaciones 
mefíticas de la sangre; los algarrobos dejaron caer sus flo- 
res sobre el rostro desfigurado de los cadáveres, y el e(^u* 



106 SUEÑOS Y REALIDADES 

j/oTolyióá comenzar su triste canto 



Es fama que todas las veces que el tirano de BaenoB 
Aires iba ¿ dcícretar alguna de esas sangrientas acendo- 
nes, alguna de esas horribles camicerias que la desola- 
ron, se aparecía en las altas horas de la noche una mujor 
de aspecto estraño» que cubierta de un largo sudario, y 
con los cabellos esparcidos al capricho de los vientos, daba 
vuelta tres veces en derredor de la ciudad, cantando con 
V02 lúgubre las sombrías notas del €De pnfimiii.ii^ 



•H«H«« 



I ? 



GÜBI AMATA. 



HISTORIA DK UN SALTEADOR. 



I. 



UNA OJEADA A LA PATKIA. 



£raütiá tarde ardiente de octubre. El cielo esta-* 
ba oscurecido hacia el Este por densas y tempestaosaB 
bubiss, ibceSAütemente surcadas por el rayo, y abrasado 
en el ocaso por los fuegos úd sol poniente. La electri- 
cidad altaba las bo^ de tos árboles, que se estremecían 
produciendo un rumor sordo, semejante al lejano mur« 
lá^lo del úití. El «i»e em oftlidoy sofocante. La ci- 
garra oculta en las sinuosidades de los troncos bacía oir 
su diillxdo monót(mo; bandadas de pajeros de todos ta** 
maños y matices, rozando con sn ala vetoz las copas de 
los árboles, buiandcla tempestad que se acercaba con 
lúgubre magestád. 

I Cómo espresar lo que pasaba en mi alma, mientras 
solay ápié atravesaban bosque que en otro tiempo me 
vio pasar entre aquella brillanfte familia que arretntada 



i 10 SUEÑOS T Bl 

del suelo natal por laborrasca de un infortunio inauu^w^ 
devorada en su flor por la muerte, quedaba ya solo redu- 
cida á cinco débiles vastagos, arrojados á inmensas dis- 
tancias los unos de los otros I 

Todas las ideas que pueden atormentar la mente y 
destrozar el corazón, pesaban sobre mi. Caminaba om 
la cabeza inclinada sobre el pecho, y absorta en los mas 
dolorosos pensamientos, cuando alzando los ojos, vi cla- 
rear los árboles y conocí que llegaba al limite del bosque, 
y á la pradera que en forma de anfiteatro rodea la colina 
en cuya pendiente ^. eleva nuestra antigua morada. 

Detúvome sobreoojida. Mi corazón dio saltos es- 
pantosos en mi pecho, y tuve miedo de mi soledad en ese 
momento supremo, como si fuesen á abrirse ante mi las 
puertas de la eternidad. 

Después, bajóla influencia de una fascinación se- 
mejante á la que abie nuestros ojos cernidos al aspecto de 
un objeto doloroso, atravesé corriendo los últimos grupos 
de árboles. . .. • ' 

Mis ojos se fijaron con una mirada ptofiinda de in- 
decible gozo, de indecible dolor, en aquel encantado pa- 
norama, que presente incesantemente á mi memoria^ se 
desarrollaba en ese momento ante mi. 

En ese mi pequeño universo de otro tiempo, yo sola 
habia cambiado: todo estaba como en eldia^como 
en el instante en* que lo dejé. Las colinas que costean 
la pradera por el norte, se estendian siempre verdes, 
siempre floridas, pobladas de áir))oles y risueñas, co- 



GCBl AMAYA. lU 

mo en el tiempo que alegre y confiada en el destino las 
recorría yo saltando. Hacia el sur, el río seguía impa- 
siUey sonorosu límpido curso en el mismo lecho de are- 
na y pintadas piedrecíllas. Enfrente de mí, sóbrela 
roca solitaria, alzábanse las minas del castillo jesuítico, 
cuya venerable torre^ intacta aún y ennegrecida por los 
últimos rayos del sol, sedibuj^bo ea el tempestuoso horí- 
zonte; y mas abajo, en fin, en el suafedocli?e de una co- 
linfr, la- linda casa que edificó mi padre, y que también 
albergó mi infancia, se mostró á mis ojos, blanca y res« 
plandéciente i»moen otro tiempo, cuando volviendo del 
baño me detenia á contemplarla con la distraída mirada 
del dichoso. 

Cada árbol, cada hoja, cada recodo del camino des- 
pertaba en mi alma un mundo de dolorosos recuerdos. 
De este algarrobo que ahora derrama sus flores sobre mi 
cabeza, había yo arrebatado un nido de pequeños pajarí- 
llos; y después que hube Horado toda la noche, pensando 
en el dolor de la madre, me había levantado al amanecer 



Aquel llano interminable á la vista conduce á Ortega. 
Alli Íbamos con frecuencia; y en esa verde esplanada ha- 
cíamos correr, caracolear y dar saltos á nuestros caballos 
alrededor del coche de nuestra madre, de cuyo fondo la 
oíamos dar grítos de miedo á cada nueva locura, exhor- 
tándonos inútilmente á tener juicio, é invitándonos á mis 
hermanas y á mi á encerrarnos en la insoportable monoto- 
nía de su carruaje. { Pobre madre I ella no presentia eur 



112 sueSos t hcaudades. 

tonces los Terdaderos peligros que ¿ lo lejos amenazaban 
ya á sus hijos; no percibía aán la negra nube d^ dolores y 
de lágrimas suspensa sobre esas risueñas cabezas. | Cuan 
misericordioso sois, Dios mió, velándonos el porvenir i 
Asi, ella gozó largas dias de dicha tranquila scbre las flo* 
res que ocultaban el abismo que nos ha devorado* 

La tempestad entre tanto había comenzado A desear* 
gar con violencia, envolviendo en su lúgubre velo la3<oliv 
ñas 7 el llano. 

Pero ni las anchas gotas de agua que azotaban mi 
frente, ni la voz poderosa del huracán, ai el terrible ees- 
tampido del trueno, nada era i^astaiite áariancar mi alma 
á su dolorosa contemplación. De pié é inmóvil, coatOf 
niendo con una mano los latidos de mi cora&on, y apoyán- 
dome con la otra en el antiguo tronco, me habia traspor-* 
tadoen espíritu á los pasados tiempos, cuyas escenas, co-» 
mo reflqadas por un espejo mágico, se presentaban unaá 
una á mi mente contristada. ?< >lvia á ver á mi padre ce 
medio de sus numerosos hijoá en esa hermosa galería, 
donde agrupados en tomo suyo y ocultos entre los pliegues 
de su capá mirábamos con curiosidad mezclada de terror 
los torrentes de agua y las columnas de fuego con que las 
tempestades desgajaban los árboles del bosque. Volvía á 
oir los gritos de alegría con que saludábamos el primer só* 
pío de viento, el primer rayo de^^l que barría las nubes y 
bacía brillar las gotas de agua pendiente, como los dia- 
mantes de una diadema, de las verdes hojas de los árbo- 
les. Miraba las carreras y saltos'con que cada uno de no* 



GUBI AHAYA. 113 

sotros se apresuraba á acudir al jardín y álos prados, pa* 
ra ver cuantas flpres se habían abierto, y si los pajaritos 
necesitaban de nuestra intervención para reformar sus ni- 
dos destruidos por q1 agua, y cuantos zorros. había mata* 
do el rayo. 

¡ Ah I ¿dónde estaba la brillante juventud que habi- 
taba ese Edem I I ladeo I j Pedro I {Celestina! (Severa 1 
I Julián I I Antonina I Teresa ! que h^bia sido .de vosotros ? 

Y á cada uno de estos nombres, un eco lúgubre res- 
pondía en el fondo de mí corazón: pregúntalo á la tum- 
ba. 

De todos Qsos seres llanos de vida, .cuyos corazones 
palpitaban de juventud y de esperanzas á las puertas de 
un inmenso y halagüeño porvenir, yo sola habia vuelto 
con el mío desolado á llorar, como el profeta, de las la- 
mentjBuúones sobre las ruinas de lo plisado; y estranjera 
en la ca;^ paterna que contemplaba, no me quedaba de 
la herencia 4e mis pa(lrps, ni una piedra en que reposar 
mí cabera. Todo habia sido cambiado por el amargo p^n 
de la tierra estranjera. 

Una voz ¿spera y una yigprosa mano que se posó en 
mi hombro, me volvieron á jmí misma. Un hombre de 
cincuenta ajaos,, alto y fuerte, de te¿ morena y encendida, 
de cabellos, grises^ ojos negros y espesas y crecidas cejas, 
se hallaba á mi lado. 

— Caballero, me dijo, ei^ajqiado por mi vestido — 
gustáis de mojaros, ó queréis hacerme \m insulto 7 

—I Yo, señor !—jesppndi asustada .con aquel ade- 

8 



114 SUEÑOS Y REALIDADES* 

man de salvaje familiaridad, y sintiendo palpitar mi co- 
razón de mujer bajo las pistolas con que heroicamente 
habia adornado mi cinto. 

— SI, replicó él, porque á dos cuadras de mi casados 
refugiáis bajo un árbol, como si estuvierais en los desier- 
tos de la Arabia. 

Estas palabras y el acento de aquel hombre me reve- 
laron un español. Era el actual propietario del pais. 

Aquella invitación tan sencilla como benévola, pro- 
pia del carácter franco y generoso de los hijos de España, 
produjo en mi una dolorosa impresión. Mi casa, habia 
dicho él. señalando aquella donde se meció mi cuna. 
Creí verme de nuevo desheredada, y me pareció que los 
muros de esa morada me rechazaban diciéndome: Es- 
tranjera, vete I do te conocemos. 

A mi entrada en la casa, voces suaves y hospitalarias 
desterraron mis tristes pensamientos. Las señoras de la 
familia salieron á mi encuentro, y me saludaron dándome 
la bienvenida con tan amable sencillez; ocupáronse en 
aliviar mi cansancio con tan tierna solicitud, con tan 
franca cordialidad, que por un momento dudé si el pasa- 
do era un sueño, y si esa familia era la mia. 

Ah I solo el proscrito, el enfermo, el huérfano y el 
peregrino, pueden apreciar lo que hay de noble, generoso 
y tierno en el alma de mis bellas compatriotas. El po- 
deroso las encuentra soberbiase indomables, porque, co- 
mo el verjel cerrado del Sagrado Libro', ellas guardan los 
tesoros de su corazón para el desvalido. 



GUBIAMAYA 115 

Hijas del Plata, ángeles guardianes de ese Edén sem- 
brado de tumbas, y entregado por tanto tiempo á matan- 
zas espantosas, nada hay comparable á vuestra evangélica 
caridad, á vuestra sublime abnegación. Vosotras olvi- 
dáis vuestros infortunios para consolar á los que sufren; 
madres y esposas desoladas, sofocáis los sollozos de vues- 
tro propio duelo para dirijir suaves palabras de esperan- 
za al prisionero; y aún proscritas y sin hogar, vais sobre 
los campos de batalla á arrebatar de entre las garras de los 
buitres al moribundo, cuyas heridas vendáis con los velos 
de vuestro casto seno. Dios os bendiga, y os lo tenga en 
cuenta para la redención de nuestra patria desventura- 
da. (1) 

Eteríto en 185Q. 



n. 



His'huéspedéi^ después dd haber proyisto ¿ todo lo 
qué yo^Mftia nécesitdr, me dbjartíta sola en el departamen- 
to destinado á los estranjeros. Todo estaba alli como an- 
tes: adornaban sus* paredes algunos cuadros de mi her- 
mana, entre los que encontré una obra maestra (Íe%i lá- 
piz, un ángel custodio con el cual yo que no conocía ni 
una linea en dibujo pretendí igualar el diestro pincel de 
esta. 

Contemplando aquella imájen, admiré el poder de 
la voluntad, que guiando solo mi mano ignorante, había 
dado á la figura dé ese numen protector de nuestro lóbre- 
go camino, los contornos aéreos de una belleza misteriosa 
y triste^ y una espresion inefable de melancólica ternura 
con que parecía sonreír é la pobre peregrina. 

Áh I I qué diferencia de aquel tiempo al presente I 
qué diferencia entre la niña de cabellos rubios y mejillas 
iBonrosadas, que charlando turbulentamente hizo ese cua- 
dro y la viajera pálida, fatigada y enferma que ahora lo 
miraba silenciosa I 



^l AIUYA. 147 

Mifjntraamis ojos.y ipji ]^;|¡isamiento vajgalxui de ob- 
jeto ^ ol)jeU]\ y de n^uerdo en ^uerdo, la temj^tad 
había pt^do y braqiaba ^ lo lejos sob.re las agrestes cprdi- 



A^qrquéxnf; á Ict yeatau^u <I^e se abría sql:|re la cam* 
pifta, y y\ llQ^flff la noche, y alzí^rse la luna detras la cor- 
dílleirq d^el Colorado. 

Todo efa serenidad y silencio en torno de la casa; y 
solóse oía el lejano mugido délas vacas y el ligero ruido 
del agua qup 4^tilal)a gotaá gota de los tejado^. Una 
bpsa húmeda y cargada de aromas mecía con dulce mur- 
mullo los gran4es ¿rl)oles c^jxb crecían cerca de la ventana, 
y sqsmóyiles sombras parecían jugar pon los rayos de la 
luna entre las tinieb]e^ 4^1 cuarto. 

Los criados, que entraron con luces, rompieron el 
encanto de aquella escena. 

Cuando quedé otra vez /sola, salí cerrando cautelo- 
samente la puerta de la habitación hospitalaria; deslicé- 
me alo largo de la galería, descendí la escalinata, y tomé 
con paso rápido el sendero sombreado de algarrobos que 
conduce al manantial y á las ruipas. 

Mientras caminaba, como si hubiera en mi dos per* 
9ona$ diferentes, la una, hija agreste de aquell^ s^vas, 
la ptjra, yiajera que de lejanos países había venido ¿ con- 
templarlas, me referia á mí misma la historia de todos esos 
sitios, que conocía, desde üa caverna del tigre hasta el 
^U^gyie déla jB^acela, d^e^l árbol gigantesco bástala 
x^eni^da grama. |He allí— me decía, 



118 SUECOS Y REALIDADES. 

de que todo aquello no era un sueño— he allí los nopales, 
donde esconden sus crías esas víboras que con sus silbidos 
remedan pérfidamente el canto de un pájaro para morder 
con seguridad la mano incauta, que deseando apoderarse 
del ave, se deslice en la cavidad de los troncos. Hé aqui 
las cuevas délos zorros; mas allá está el barranco de los 
chacales. En la copa de ese nogal me refugié una vez 
huyendo de un enorme loro que imprudente llamé con 
un pañuelo rojo, y que me sitió la mitad de un dia, pe- 
gado al tronco, cavando el suelo y mugiendo con rabia . . 
Y ese gemido lastimero que se eleva de lo mas profundo 
de los bosques ? Ah ! Es el canto del pacui, ave noctur- 
na tan uraña que nadie la vio jamás y solo es conocida por 
su canto, y por la fantástica leyenda que de ella se re- 
fiere. 

Dos pastores de los bosques, Pascual y María, se 
amaron; y desde ese momento, siempre juntos, apacenta- 
ron deliciosamente sus rebaños y su amor en los floridos 
prados y las intrincadas selvas; y no hubo en toda la co- 
marca seres tan felices como ellos. 

Pero Pascual era coloso, y le hacia sombra aún la de 
un alcornoque. 

Un dia, al acercarse á su amada, que descansaba á 
orilla de una fuente, creyó oír el ruido de una persona 
que huia. 

Quizá era un siervo que bajó á qpagar su sed. Mas 
Pascual tornóse sombrío y taciturno, y miró á su querida 
con una mirada estrañamente profunda, cual si quisiera 



(¡TIBIAMAYA. 119 

alcanzar al fondo de SU alma. ¿Qué leyó en ella? Los 
ojos de un amante son muy certeros ! * 

Pascual llevó á María al centro de un apartado bos- 
que, y la hizo ver en la cima de un árbol de prodigiosa 
elevación, una flor colosal como él y maravillosamente 
bella. Sus anchos pétalos tenian todos los colores del 
prisma, y el sol hacia brillar como estrellas las gotas de 
roció que la noche habia depositado en su ancho cáliz. 

Maria adoraba las flores; y dando un grito de admi- 
ración se abalanzó al árbol y lo escaló. Al tocar la cima 
cogió con ávida mano el codiciado tesoro. Pero la her- 
mosa flor, desprendiéndose sin esfuerzo de una liana que 
lasQgetaba, se deshizo entre los dedos de. la joven, con- 
virtiéndose en mil florecillas reunidas por una mano 
engañosa. 

María creyó que su amante habia querido divertirse 
con su decepción, ó probar su agilidad, y envió á Pas- 
cual una mirada y una sonrisa. Pero esta sonrisa se heló 
en sus labios, y su mirada atónita se fijó con espanto 
en el árbol que la sostenía, de cuyo elevadisimo tronco 
habian desaparecido todas las ramas que la ayudaron á 
subir, presentando una superficie lisa y -aterradora. 
Llamó á Pascual, y solo le respondieron los ecos, repi- 
tiendo ese nombre como una satánica burla. 

La desdichada lloró toda la noche, pronunciando 
entre sollozos el nombre de su amante. Pero cuando los 
primeros rayos de la aurora vinieron á iluminar los 
bosques, encontraron el árbol desierto. Maria habia* 



í¿0 8UEfi0S Y REA^ADES. 

desaparecido. Desde entoíioes, al tender la noctie su 
triste manto^ se oye siempre la voz dolieiitedela jóveñ 
que cania un nombre. 

— I Jésus Icaria í va á pasar el puente !— esclamó 
una voz al mismo tiéinpo que yo ponía el pié en el madero 
que servía para atravesar el níanantial: miré hacia abajo 
y vi á una negra vieja que llenaba su cántaro, j que 
dejándolo en la orilla del agua, subia donde yo me ha- 
llaba. Acérceseme con esa solicitud benévola, casi ma- 
ternal que las ancianas de su raza tienen por la juventud, 
y poniendo su mano en mi hombro, me dijo, mirando 
con recelo en torno suyo: 

— Si tiene V. intención de ir á las ruinas, desista V. 
de ello, en nombre del cielo t 

— ^¿Porqué, pues? 

—I Cómo I ¿nolosábeV? 

— |YbnóI 

— I Ño sabe V. qué Él — é hizo una cruz en su boca 
— que%l róndalas niinásdel castillo todas laé noches? 

— ^Y i quién es Él? 

la negra hizo un gesto de espanto, y acercándose 
masa mí— Un un brujo I— dijo con acento de ter- 
ror. Ah I caballero, si estima Y. en algo su vida, no 
vaya V. allá. 

Y santiguándose medrosamente, la negra alzó su 
cántaro y se marchó. 



m. 



El terror de la pobre negra meliüo saamt. La 
historia de sU brujo, era, sin duda, uiiá de \é» mil espan- 
tosas consejas que con respecto al castillo saben las gentes 
de la comarca, y que yo, cuando lo habitaba con mi fa- 
milia, antes que el soplo deVastadot de la guerra civil lo 
convirtiera en ruinas, habia oido referir alas viejas, en 
las noches de luna, bajo los árboles de las vecinas cabanas. 

Aquel castillo era una construcción jesuítica, una 
de esas fortalezas que, disfrazadaÉ con el humilde nom- 
bre de Reducciones, levantóla Orden de Loyolaenlos 
últimos tiempos de Su reinado. Después de su espulsion, 
el castillo con las riquezas que encerraba y la ancha ex- 
tensión de terreno á él anexa, fueron tonSscados; y mien* 
tras sus dueños, como barridos por los cuflttro vientos, 
los situados llevaban á España el ore que ellos habían 
amontonado en esos baluartes de su poder en América. 

Sin embaí^, un anciano contemporáneo de aquellos 
acontecimientos, qtte hdsia pertenecido, de niño, á la 
servidumbre de los Jéstiitds, y que vivia aun, p^ado 



122 SUEÑOS Y REALIDADES. 

como una antigua mata de yedra á los muros del castillo, 
cuando ola hablar de la confiscación, movía la cabera 
sonriendo con socarronería; y mezclando los delirios de 
la decrepitud á alguna realidad que recordaba, formaba 
de todo esto una estraña historia que referia á los niños y 
á los criados. 

Los jesuitas de aquella congregación — decia él — al- 
gunas horas antes de su espulsion, habian sido avisados. 
Entonces celebraron un consejo secreto, como todos los 
actos de la vida de esos hijos del misterio. Al salir del 
consejo cerraron todas las puertas del segundo recinto, 
habitado solo por ellos; y cuando las abrieron, y los cria- 
dos entraron para servir la cena, encontraron el patio 
inundado de vino, y la bodega que contenia grandes cu- 
bas de este licor, completamente vacia. 

Nadie supo nunca lo que hicieron de aquellas cubas; 
pero, anadia el viejo, con su misteriosa sonrisa, nadie 
tampoco^ escepto los padres sabian hacia donde están si- 
tuados los subterráneos del castillo. 

Y al llegar aquí, dando rienda suelta á su chochez, 
comenzaba á divagar absurdamente, y decia: 

— Asi, mientras los nuevos poseedores del castillo 
duermen tranquilos bajo la llave de sus píuertas cerradas, 
los padres, sus legítimos dueños — porque todo aquello 
que ha vendido la Patria es robado — los padres, sus le- 
gítimos dueños, vienen de dos en dos como antes; atra- 
viesan el cementerio tan silenciosamente, que ni aun con 
la orla de sus largas sotanas, tocan siquiera la margaritas 



GÜBI AMA YA. 123 

y pasionarias que lo cubren; dan en la grande puerta 
tres golpes simbólicos; y á esta señal, él Reverendo Gene- 
ral déla Orden, que duerme hace dos siglos bajo su epi- 
tafio en el presbiterio, levanta lentamente la hoja de 
mármol que lo oculta, ó mas bien la hace girar sobre 
algún gozne del otro mundo, y va á abrir, con ademan 
solemne, la puerta de la iglesia á los vivos, que, precedi - 
dos por él, descienden uno tras otro al sepulcro donde 
permanecen hasta el amanecer. Pero antes que el luce*- 
ro palidezca en el horizonte, vuelven, siempre de dos en 
dos; y el muerto, después de cerrarla puerta, se vuelve á 
su tumba. 

Cada vez que el viejo, acurrucado en la cocina, y 
estendiendo sus trémulas manos sobre el fuego contaba 
esta historia, el entusiasmo de la codicia se apoderaba de 
los criados, y ala mañana siguiente, en todos los rinco* 
nesdel castillo resonaban fuertes golpes de pisón aplica- 
dos al suelo y á las paredes en busca de la puerta que de- 
bia conducirá los subterráneos, es decir, alas deseadas 
cubas, y al oro que las llenaba. 

Mi padre puso fin á estcis investigaciones, prohibién- 
dolas severamente. 

Amaba el castillo no solo por sus tradiciones, sino 
por la pintoresca situación que ocupaba, en la cima de 
una elevada peña, dominando el mas delicioso paisaje 
que han contemplado mis ojos. Asi, sin hacer en él nin- 
guna innovación, lo cuidaba esmeradamente; y al com- 
prar al Estado esta hermosa posesión, esperaba reposar allí 



124 fiUEfioa T BEUIDADES. 

délas fatiga^de la guarra de la mdependencia. Perolldjos 
no lo quiso asi. El castillo yacía alli en ruinas; la tierras 
pertenecian á un estraño, y el yiejo yeterano 1^0 yíó aipa- 
necer para él un solo dia de reposo, liasta aquel en que 
descendió á descansar eteniao(i^nte ^ el sepulcro bajo \m 
cieloestranjero. 

Meditando asi, liabia subido sin apercibirme de ello 
la rápida pcndiei^te de la roca, y me hallé de repente á la 
puerta del oexkenierio. 

Alli reposaban seres que yo habia amado y llorado. 
El rayo arjcntado de la luna alumbraba SHs tupibas 
tranquilas y blancas como lechos de verano. 

Aqui duerme Urbana, aquella niña á quien su pa- 
dre en la agcmia me confió, á mi, que ni&a como ella, la 
aoogi en mi cuna, do donde roló al cielo. Alli está Ma- 
nuel, el b^mow víño de mi hermana, que mi^rió de pe- 
sar« porque su nodri^ Ip abaqdopó. Mas allá es^ el 
s^ulcro de Enrice, la bella y despiadada coqu^, á 
quim Dios, en un dia, volvió todos los tormentos con que 
ella se habia complacido en torturará otros durante su 
vida. Si, porque llegó un momwto en que el amor que 
ella habia parodiado para engañará tantos, se déspoto 
en su corazón, y entonces ya no i\ié coqueta: volvióse tí*- 
mida y desconfió del poder de su belleza. Y á fé que tenia 
raxoQ; porque aquel á quien ella amó, y que la adoraba 
cuando uncido á su yugo ^mia entre la^tuí^ de sus ri- 
vales, k rechazó con desprecio desde el momento que fué 
digna de ser amada. 



6UB1 AMAYA, i25 

Aquel hombre era bueno, compasivo y generoso; 
mas por una*estraña inconsecuencia, se complacía en 
despedazar sin piedad el corazón que io amaba, buscando 
para herirlo SUS übtas mas sensibles con la infernal des 
treza de un verdugo. Pero aquel pobre corazón, infati^ 
gable en su amor fatal, se apegaba cada vez mas al ser que 
loiecfa&zaba. A cada nueva decepción, á cada nueva heu 
rida, retrocedía gimiendo; *pefo luego lo olvidaba todo, 
besaba sonriendo la mano que lofaetía y volvía á seguir 
su camino dedobr. 

. Ydera entonces una niña; y cuando á favor de k 
negligente confiaiúsaque inspira esa edad pude sondear 
las tinieblas eñ que se hundió aquella alma, y contemplé 
con la medrosa admiración de la infancia las tempestades 
que la devastaron, esa^ terribles y para mi incomprensi- 
bles escenas, esos trances del amor que se obstina en vivir 
en un corazón donde quieren matarlo, tendía en derredor 
una mirada inquieta, preguntándome que podía causar 
tan espantosos estragos en la existencia de esa joven, her- 
mosa, rica, amada y mimada de todos. 

Después, cuando los años y el dolor trajeron las bor- 
rascas á mi cielo, y cambiaron en gemidos los alegres can- 
tos déla infancia, la imájen de esa mujer apareció en mi 
memoria. Vila como tantas veces la había contemplado, 
pálida, trémula, "palpitante, con sus negros cabellos 
esparcidos sobre sus hombros; y en la amarga sonrisa que 
contraía sus labios, parecía decirme: Heme aquí ya 
tranquila I la almohada en que reposo no tiene insomnios 



126 SUEÑOS Y REALIDADES. 

ni pesadillas. Pero tú, que conoces ahora el secreto de 
mi dolor, di, ¿ no es cierto que es horrible el decir: soy jo- 
ven, soy bella, tengo una alma llena de poesía, puedo dar 
y recibir torrentes de amor y de felicidad; y sin embar- 
go, la desesperación habita en mi seno, y yo la siento 
devorar mi corazón ? 

En otro tiempo, cuando venia á visitar estas tumbas, 
lloraba mucho; habría querido que mis sollozos desper- 
taran á Urbana, á Manuel y á Enríca; pero ahora envidié 
su inmovilidad y su eterno silencio; y aun con el jKxler 
de volverlos á la vida, les habria dicho: i dormid en. paz I 
Dejé el cementerio, y atravesando la iglesia, cuya bó- 
veda se habia desplomado, me interné en aquella inmen- 
sa masa de ruinas. 



IV. 



Profundo silencio reinaba en contorno mió, silencio 
solo interrumpido por el lejano gemido del coyuyo y el 
susurro del viento de la noche entre las mutiladas arca- 
das, y la crecida yerba del cementerio. La luna de lo 
alto del cielo enviaba su luz pálida é incierta, como la 
mirada de un moribundo, sobre aquella escena de deso- 
lación, dándole prestigios tan fantásticos, que exaltada 
mi imaginación, comencé á dudar si yo misma no era 
una sombra que dejando un momento el lecho de la 
tumba, venia favorecida por las tinieblas á visitar el sitio 
de su cuna. Pero los latidos de mi corazón me volvieron 
luego á mi misma, haciéndome sentir que aun pertenecia 
toda á esta tierra de lágrimas, en la que cada hora trae 
consigo un dolor, y cadc^ objeto que contemplamos el 
recuerdo de una felicidad desvanecida.- 

Me acerqué á la torre, que blanca y magestuosa, se 
alzaba entre el grupo de edificios abatidos; y sentándome 
á la sombra, aquella arUigtia amiga que había quedado sola 
mmedio de las ruinas, lloré como Chactas sobre la destrui- 
da y solitaria morada de mis padres. 



128 8UER0S t iieaudades. 

Cuánto tiempo permanecí alli inmóvil, y con el pen- 
samiento abismado en lo pasado, lo ignoro. 

Los pasos de un caballo disiparon bruscamente mi 
plrofundo letargo. 

Un ginete de estatura atlética se habia detenido de- 
. lante de mi. 

Aquel hombre estaba envuelto, á manera de manto» 
en un gran poncho, cuyos anchos y fantásticos pli^ues 
descendian hasta sus pies, calzados deenormes espuelas. 

Ocultaba sus facciones una inmensa barba gris que 
descansaba en-su ,pecho. Un sombrero exageradamente 
pequeño dqába enteramente descubierta su lai^ y riza- 
4si cillera. Su mano izquierda llevaba con distracción 
la brida dasufogoso caballo, y la derecha se apoyaba en 
-el mango de un lacgopuñal. 

.^ncualquiera otro momento, al ver á tal hora y en- 
tregas rain» aquella somBria£gura, muda éinmóvU tan 
cerca d^mi,. habría tenido ^un jaiiedo horrible; pero las 
fuertas.emociones que. entonces agitaban mi alma, me 
hacian inaccesible á;todo.temor. 

Miféle.^jamente,é iba.á,iNnegunlarle qué buscaba 
I en^i^el lugar á esa hoca .avanzada de la noche, cuando 
de aquella masa predigiosa.de barbas salió una voz fuerte 
j cawiiicM,arrebatáiidome la pr^unta. 

«-^Sfoy unviajero-^ sespodi— y visito estas ruinas. 

«-^Tnoxtthandichaque estas tuinas son durante la 
«locheml pij^j^edad 1 1 noM. kan hablado» aeoor foraste- 
ro, de Miguel el DtMnadwT 



Aloireste nombre, mi mmio ahogó üfngñto que iba 
á exhalarse de mi pecho. Miguel el Domíador I Tenia 
delante de mi, sin que mi corazón lo hubiese reconecido, 
sin que el suyo lo presintiera, al amigo de mí infancia ; 
á un hombre que habia consagrado su rida-y su alma á 
mis hermanos y á mí, con un afecto inmenso!, Infatigable, 
cual no se encuentra en la raza humana. La memoria 
de aquel ñel servidor jamás se habia separado de nuestro 
corazón, y en nuestras pláticas del destierró, el nombré 
de Miguel era repetido incesantemetíte. Récdrdábámosle 
como un ser tutelar, cuya misteriosa y protectora adhe- 
sión echábamos de menos con amargura. 

'Lágrimas de alegría y de dolor ahogaban mi voz; 
pero él, atribuyendo mi silencio á un ataque de miedo, 
procuró tranquilizarme tendiéndome su mano y un ci- 
garro, signo de alianza entre aquellos hombres sencillos 
y leales. 

— ^Amiguito — me dijo con acento triste — tranquili- 
zaos. Miguel vale mas que su fama; gusto de hallar soli- 
tarios estos sitios durante la noche para evocar fantasmas, 
como dicen allá abajo— añadió desdeñosa*mente,y mos- 
trando sus blanquísimos dientes. | Cierto !— prosiguió 
— ^fantasmas queridos á mi corazón vienen á visitarme 
en estos muros destruidos, y me sonrien tristemente, 
recordándome dias que están ya lejos, muy lejos. Mas, 
pues os halláis aquí, quedad; pues, | cosaestraña ! Mi- 
guel, que durante ^juince años ha anegado su corazón 
para impedir el llanto á. sus ojos, y cuyos labios no han 

9 



• 130 gustos Y n£AUDAD£S 

dejado escapar un j ay ! siente en este momento una in- 
mensa nece^iiiad de quejarse. 

T desmontándose del caballo vino á sentarse á mi 
lado en un trozo de col umna. 

Largo rato permaneció silencioso, con el codo apo- 
yado en la rodilla y la mano perdida entre su barba. 

To también callaba. Mis miradas vagaban de la 
imponente figura de mi amigo, al espectáculo solemne 
que la naturaleza presentaba en aquella hora. La brisa 
de la noche traia á mis oidos el sordo murmullo del río 
como un eco lejano del tiempo, pasado, de aquel tiempo 
en que ese Miguel que estaba á mi lado sin reconocerme, 
venia por la noche á ver á sus niños, y después de haber- 
nos abrazado y repartídonos las flores, la miel y los pája- 
ros que nos traia, decia algunas veces para hacernos de- 
sistir de nuestro empeño en detenerlo: 

«Es necesario que parta; de lo contrario, se ahogaria 
mi caballo. ¿No ois que el ruido del rio ha disminuido ? 
Es porque está de avenida. La luna va á ocultarse, y no 
podria hallar el vado.» 

Los mismos objetos que entonces, se alzaban en torno 
nuestro. Nos rodeaban las uiismas colinas» mirábamos 
elevarse en el horizonte las luismas montañas: sobre 
naestras cabezas centellaban con igual fulgor los astros 
de la noche; la misma brisa tibia y perfumada acariciaba 
nuestra frente, trayendo á nuestro oido los lejanos rumo- 
res de los bosques. La escena era la misma, p rolos 
actores eran solo dos ahora; y al representar el desenlace 




GUPI AMATA. 131 

del lúgubre drama, el hombre fuerte y el risueño niño 
llegaban ya encorvados, el uno bajo el peso de los años, el 
otro bajo la garra del dolor. 



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V. 



Miguel, como todos sus compatriotas, al hacer cual- 
quiera narración, comenzó la suya con una pregunta, 

— Señor — me dijo — si, separado del trato humano 
poruña vida criminal, rechazado y maldecido de todos, 
encontráis un hombre que, arrancándoos al estado mise- 
rable en que yacíais, os rehabilitara con su estimación, 
os consolara con su amistad, asilándoos bajo su propio 
techo, y confiándoosla guarda de sus hijos; y cuando os 
hubiereis acostumbrado á esa existencia de paz, de hon- 
radez y de dicha, os arrebataran de repente ese amigo, 
esa familia, ese asilo, dejándoos solo y aislado como antes, 
¿qué haríais 7 

— Lloraría mucho, y echaría siempre de menos á ese 
amigoy mi perdida ventura; pero me resignaría á la vo- 
luntad de Dios, que es dueño de nuestra felicidad y de su 
duración. 

— Habéis hablado como una mujer, señor — dijo 



Miguel, midiéndlom^ iij^iuiia mvfci^^f^fleí^ .^^^,. 
signarse, teniendo aquí— y señ^lfi.s)» p)?ph,(>— Jl^ 
«quí un corazón qu^ pide yengapza, ,y dps hc9?(^ fuertes 
que pueden ejeK5]at?ffk!. l^fi,lia resiga 
de los cobardes. Dios dice — ^Ayúdate y te ayudaré. Te- 
ned presente esto, que os servirá de mucho en el por- 
venir. 

En cuanto á mi, yo no me resigné. Mi amigo estaba 
muerto, sus hijos espatriados, yo perseguido; pero mi 
ánimo no desmayó* Busqué á su enemigo, logré acer- 
carme á él, y algunas horas después, una inmensa multi- 
tud reunida en torno de un cadáver, contemplaba con es- 
panto la profunda brecha que la bala de mi fusil habia he- 
cho en su corazón. 

— I Lo asesinasteis 1 

— Lo maté lealmente, señor, Miguel no ha asesinado 
á nadie, gracias á aquel que duerme en la tumba, y que 

convirtió en Miguel el honrado á « al infame Gubi 

Amaya. 

— I Gubi Amaya I — esclamó yo, evocando con terror 
un formidable recuerdo, y pareciéndome que la figura de 
Miguel crecia y tomaba á mi vista proporciones horri- 
bles. 

— Sí: — replicó él, con triste y solemne acento — ^yo fui 
ese bandido de terrible memoria: este hombre que ha 
mecido la cuna de los niños, y velado su dulce sueño era 
en otro tiempo el terror de las comarcas y la pesadilla de 
ajusticia. — ^¿ Veis ese cementerio? — prosiguió él tendim- 



repQ9t>-4li puñal ha 



la fronda parte de la 



*iiIZL. 



VI. 
HISTORIA DE UN SALTEADOR. 

Miguel recorrió con una mirada sombría el inmenso 
horizonte, como buscando alli algún doloroso recuerdo de 
su pasado. Después» sonriendo con una espresion tan 
amarga y terrible que me dio miedo, acercóse mosá mi y 
continuó: 

Vosotros, los que hacéis las leyes, señor forastero, los 
que habéis formulado la pena que condena el crimen á la 
muerte, no habéis, antes de sancionarla, pensado en las 
causas que pueden llevar al hombrea ese fatal estremo. 
Cuando el fiscal os refiere la historia de un delincuente, 
presente y encadenado ante vuestros tribunales, y que de 
alli lo enviáis al matadero, os contentáis con decir: nació 
malvado. 

I Ah I por dicha de la humanidad, y para gloria de 
Dios que la formó, eso oo os cierto. El bien y d mal 



13G sueFIos y realidades. 

existen en nosotros, y desde la infancia los tenemos de- 
lante cual dos caminos igualmente desconocidos. Noso- 
tros no elegimos: el destino decide, y trae circunstancias 
felices ó fatales que nos arrojan en el uno ó en el otro. 'He 
aquí un ejemplo. 

Veis en el flanco de aquella cordillera esa montaña 
cortada verticalmente desde su cima, y cuyo inmenso 
despeñadero blanquea á la luz de la luna como las cúpulas 
de una ciudad fantástica? A su pié, y en medio de una 
deliciosa cañada sombreada de verjeles,, alzábase en otro 
tiempo una cabana solitaria, y visitada solo por la paz y 
la virtud. Habitábanla unaancianay un joven* 

La anciana habia empleado su vida entera en amar 
¿^Diosjásuhijo. 

' El Joven amó exclusivamente á sü madre, hasta el 
<dih que esta lo dejó para volver al cielo. 
, I El joven quedó solo, y este fuési? primer pesar. Mas 
los pesares de la juventud son como las nubes de la tarde: 
dóralois el sol de la esperanza, dándoles pi'estigios rñájicós 
.(^ue nos hacen amar el dolor. 

El joven, sih^cesarde llorará su madre, pedia con 
todo él anhelo de un alma ardiente, un ser á quien amar; 
y un día encontró un hombre amenazado de muerte. Ar- 
rojóse ante el peligro que amagaba á ese hombre, y lo 
salvói 

Tuvo ya pues un amigo. 

Perof luego» sintiendo qué eñ su corazón habia un 
* sasiluario vacio, tendió.en torno suyo una mirada, bus- 



Q\mi AMATA. 



isr 



cando el ídolo que debía llenarlo! y sus^i^op se eiiM^ontra- 
róncenlos deunamiijer, - ^ 

j Natalia 1-^esclamó Miguel, con acento apasionado, 
I Natalia I continuó, con voz sombria— | Natalia I —repí^ 
tió, en un largo sdlozo que despedazó su pecho — ¡ Ah I 
¿ porqué apareciste á mis ojos tan^ hermosa y pura, si ha^ 
}Áa^ de caer del etéi^ pedestal donde yo te adoraba, ál 
cieña de las mujeres vulgare»? por qué me hiciste so« 
joar una perfección que no se hallaba &a la tierra ?^Miguel 
apoyó ja frente en su mano, y sé hundió en dotoiiosa ibü- 
ditadon,.. i • 

•—I ih I I ah ! -MÜje yo, procurando átradr ¿ü átfen* 
cipn, y dar á aquella hüstoria un colorida menos fógubít^, 
pues sin. saber por qué ^tenia miedo— |ah I— erais vos el 
habitante de la cabana y el amante de Natalia ?-^l:^ 
respc»idió — ese hijo sumiso y tierno, ese amanta qtíe ido- 
latró en la bdleza material la belleza que viene 'del alma; 
era yo¿ | Ah I — continuó él fijando una mírádften* mi 
rostro, y engañado por mi disfraz— vos sois todavía tóuy 
niño para comprenda la vehemencia del primer amor 
en una alma fuerte, ardiente y pura. 

. Natalia pertenecía á una famíMa ilusli^; Su padre 
era un hombre poderoso, cuyo orgullo habría encontrado 
criminal la mirada que un plebeyo osara alzar sobre la 
frente de su hija; y sin embaído, yola amé; y aunque to- 
do parecía separarnos, el amor que ardía en mi corazón 
era inmenso, y debía comunicarse al suyo. Ella me 
amó. ... 



i 38 subNos t realidades. 

Meam6? | ik I mía dada que ha consumido mi al- 
ma como el fuego del infierno, hé. repetido lai^ó tiempo 
esta demanda insensata á todas las fuerzas de la crea* 
clon. He amó? 

I Si I necesito creerlo, porque esa certeza es el único 
rayo que ilumina mi alma ea la lobreguez de sus recuer- 
dos. Si, me amaba entonces. ¿Por qué descendía de 
su. dorado palacio para ir á buscarme en el fondo de los 
bosques, desafiando los temores de la noche j de la sole- 
dad? ¿qué decían esas largas y profundas miradas que 
ella deteiiia sobre mi frente, en mis ojos, en mis labios, 
reclinada li^cabesiaen mi seno, y su pecho sobre mis ro- 
dillas? qué esas castas pero ardientes caricias, cuyo re« 
cuerdo hace estremecer mi corazón, aun ahora, bajo el 
hielo de los anos? 

Si, me amaba; Jy en la embriaguez de ese amor, lo 
olvidé todo, el mundo, la memoria de mi madre, y .... á 
Dios mismo. Ella era mi ^univ^so, mi cielo, mi Dios. 
Cuan brillantes eran^misdias, iluminados por su recuer- 
do 1 cuan hermosas las noches, que la traian á mis bra- 
zos I 

Hablando asi, la voz^de Miguel vibraba armoniosa y 
joven; la huella denlos años desapareció de su frente, que 
soalzó orgullosa y radiante, cual si reflejara todavía el sol 
de esos días de amor que evocaba. 

Y yo, inclinada ante él contemplaba con admira- 
ción a ]uel hombre con afectos^tan profundos, y dotado 
sin embargo de tan heroica serenidad. Habria deseado 



GUBI AMATA. 439 

que fuese un estraño, para sondear con la f ria mirada del 
filósofo los pavorosos abismos de esa alma. 

De repente el semblante de Miguel se oscureció; un 
fulgor sombrío iluminó su mirada, sus labios so contra* 
jeroncon una risa sarcástica, y remedándose á si mismo, 
se puso á repetir con amarga burla sus propias palabras. 

-"■Ella era mi universo, mi cielo, mi Dios 1 1 Aii 1 
|ah 1 1 ah ! 

Y el eco de aquella risa resonó lúgubre y siniestro 
entre las ruinas. T él contin uó : 

—Una noche que mi corazón ajitado por una estraña 
inquietud, la llamaba con mas ansia que nunca, Natalia 
no vino. La luna, asomando sobre la cima de los árboles 
en la mitad de su carrera, me encontró solo todavia. 

I Ha muerto ! — me dije—; qué sino la mu^te la re- 
tendría lejos de mi? No ha venido á buscarme en el de- 
lirio déla fiebre, entre los torbellinos del huracán, y los 
relámpagos de las tempestades? | Natalia ha muerto I 

T agitado de invencible terror, lánceme hacia la sun- 
tuosa morada que ella habitaba. 

El palacio estaba iluminado; y yocrei ver en cada 
una de esas luces, lúgubres cirios queardian en torno de 
su ataúd. 

Ofuscado por aquella estraña alucinación, atravesé, 
corriendo como un loco las praderas, salvé con pié lijero 
los altos setos, y bañadas las sienes de un sudor helado, 
conlavislaestraviadayherizadoslos cabellos, llegué al 
pié de una de las ventanas que derranmban torrentes de 



140 sveRos y realidades. 

luz en las tinieblas del campo. Alcémo por entre lasdo* 
radas rejas, y dejé caer en el interior mi* ansiosa mirada. 

¡ Ah I ¡ ah ! I ah I — y su risa erasárcástica/figada y 
fria como una espada de dos íilos.—i Ah J ¡ ab I | ahí 
Aqücflla mujer q;ue iba á buscarme, desafiando el hurar 
can y los lampos fragorosos délas tormentas; aquella mu-^ 
jer que pasaba las noches recostada en mi seno/ embria- 
gándome con sus caricias; la que yo creia muelrta, estaba 
allí, bella, fresca, risueña, coronada de rosas, en medio 
de un brillante circulo. A su ladoí se encontraba un hom^ 
bre áaquienella daba la mano, jurando amarlo siempre. 
Delante de ellos un sacerdote bendecía ese juramentó. 

Miguel se interrumpió; fijó en mi unakrga mirada» 
y me dijo con su tenebrosa sonrisa: 

No me {M-eguntais quien era ese hofaobre 1 * Eíb aquel 
que hie llamaba su amigo, aquel á qiiien yo habia saira*» 
do lamida. i 

Al escuchar la historia de esa espantosa^ traición; ie> 
cuerdos dolorosos se alzaron en mi alma paliútantes y 
desgarradores. 

Yo también habia despertado uíi dia á la luz de una 
terrible realidad; las manos heladas por la muerte que 
calenté en mi seno habian despedazado mi corazón; y en 
ese momento senil sus heridas abrirse otra vez y verter 
sangre. 

Miguel notó mi emoción. 

— I Pobre niño I— dijo-^] llora I ¿S^ de compa- 
sión por ese corazón traicionado, ó de terror por el castigo 



GUBI AMAYA* 141 

de los culpables? Traaquilizaos, su crioien quedó im- 
pune, j Oh I no confiéis jaíñás vuestra venganza á la có- 
lera, por que no la cumplirá . En el momento que la reja 
de hierro se torció y deshizo entre mis crispadas manos» 
en el momento que acariciando la h^ja de mi puñal, me 
lanzaba á devolver herida por herida, muerte por muerte, 
una ola de sangre inundó mi pecho> ahogó en mi gargan- 
ta un gritode rabia> cegó mis ojos, y me derribó sin sen-* 
lido. 

Cuando volví en mi, la visión fatal habia desapare- 
cido. Era ya de dia; los tintes rosados de la aurora 
coloreaban el cielo; una brisa fresca y perfumada mecia 
los tallos de las flores; y las comizas del muro. El pa- 
lacio estaba silencioso, y á lo lejos, en el camino real,, una 
briUantó. comitiva marchaba rápidamento, oíiváándoal 
aire gozosas aclamaciones. 

Álceme furioso, y pálido,, trémulo, con* los puños 
apretados, eché acorrer tras el alegre convoy. . 

i Qué quena yo ! Lo: ignoro. Estaba loco y corría, 
siempre gritando con voz ronca y ahogada pop una rabia 
insensata-^] Katalia I ] Natalia 1 

Muy pronto alcancé el carruaje, y deblizándome 
entre el bumeroso acompañankiento, abalanzóme á la por- 
tezuela y quise abrirla^ £1 esposo de Natalia se inter- 
puso entonces entre ella y yo; y cogiendo de su cinto una 
pistola la descaigo en mi pecho. 

El golpe fué cB^lero, yyo caiexáiiimeen medio del 
camino. 



I Í2 8UBN0S Y REALIDADES. 

Nada senti ya, sino una ardiente aleada que bañó 
mi cuerpo, y pAializó los latidos de mi corazón. 

Ignoro cuanto tiempo permanecí allí, tendido en 
tierra, anegado en mi propia sangre, entre la vida y la 
muerte. Al través de la doble sombra que oscurecia mis 
ojos y mi mente, yeia las aves de rapiña cerniéndose so- 
bre mi cabeza, en vertiginosos circuios, y mi oido entor- 
pecido, percibia, sin embargo, los siniestros graznidos 
con que celebraban mi agonía. 

Llegó la noche y su frescura me reanimó: sobre mis 
labios secos por la fiebre, habíanse detenido algunas 
gotas de roció que aspiré con ansia, devorado de sed. 

Álceme trabajosamente en el lago de sangre en que 
yacia, y arrastrándome sobre las rodillas, con una mano 
apoyada en tierra y la otra en mi herida, llegué hasta el 
pié de un árbol, al borde del camino, donde cal de nuevo, 
falto de fuerzas para ir adelante. 

Allí, la memoria, que me habia abandonado, vino 
de repente á asaltarme con su espantoso séquito de re- 
cuerdos. Quise refugiarme en el fondo de mi corazón, 
y solo hallé en él un montón de ruinas. Amor, fé, espe- 
ranza, [ todo destruido I y un mar de dolor entrechocaba 
sus amargas olas en las tinieblas de mi alma. T entre- 
gado á los trasportes de una rabia impotente, lloré; y mis 
lágrimas eran gotas de fuego que quemaban mis meji- 
llas, y mis gemidos rugidos espantosos á que respondieron 
los tigres desde el fondo de las florestas. Y rasgando con 
las uñas la herida que bandeaba mi pecho, arrojé mi 



6UBI AHAYA. 143 

sangre ala faz del cielo con hombles imprecaciones, y 
abismado en aquel estraño paraxi^smo, pasé .horas tan 
largas como los siglos amontonados en la eternidad de los 
reprobos. 

De repente, un ruido sordo, insólito, aterrador, es- 
talló en las entrañas déla tierra, llenólos ámbitos del 
espacio del Oriente á Occidente, y acalló todas las voces 
de la creación. La tierra se estremeció con horribles 
sacudimientos; los árboles azotaron el suelo con sus altas 
copas; el aire se impregnó de mefíticos vapores; los abis* 
mosse abrieron, y de su seno se escaparon raudales de 
agua hirviente y torbellinos de llama; y la montaña di* 
vidiéndose desde la altura de su cima hasta la profundi- 
dad de su base, cayó deshecha como una muralla, cu- 
briéndolo todo con su inmensa mole. 

Lasaves del cielo, ahuyentadas de sus nidos, revo- 
loteaban con vuelo incierto en el espacio; y las bestias 
feroces, escapándose de bajo los desmoronados peñascos 
desús cavernas, ahuUaban, mezcladas confusamente en 
la llanura. 

Y de toda esa multitud de seres que elevaban sus 
voces pidiendo misericordia, solo aquel que poco antes 
yacia allí, poseido de rabioso dolor, se alzó tranquilo, 
sereno; y llevando en el labio una sonrisa impia, guió sus 
pasos hacia los lugares testigos de su pasada ventura .... 
Pero al llegar ala cañada, encontré solo un vasto mon- 
ten de peñascos. La cabana y el palacio, sus prados y 
sus jardines, todo habia desaparecido. 



i44 SUEfiOS Y HBáUOADES. 

A esa vista» un. regooijo iofemal estredieció mi oo- 
razoD« £1 trastorno deU natiurakia habia borrado en 
la tierra la huella del pasado: yo quise que el crimen la 
borrara también de mi alma. 

. Con los brazos cruzados sobre mi pecho ensangren- 
tadoi abraza con una mirada la Vasta ruina, y reí con 
carcajadas lúgubres que repitieron, cual voces de la éter- 
aideid, los ¿eos del inmwso despeñadero. 
. ^ Y sentado sobre los escombros de la montaña, como 
Ltisibeleqsu caida, llamé al mal, y me puseá soñaren 

Mientms estaba alli inmóvil y entregado á horren- 
dos pensamientos, una tropa de hombres dé salvaje as- 
pecto, montados en lijeros caballos, estrañamente vesti* 
dos, y aun mas estrañamente armados, inv>adieron aquel 
pataje^ y se arrojaron sobre las ruinas como una bandada 
de aves de rapiña, procurando con insensatos esfuerzos 
levantar los amontonados despojos del cataclismo. 

Hallábame tan absorto en mis pensamientos que 
tardé mucho tiempo en comprender la intención de aque- 
llos hombres; pero cuando crei adivinarla, cuando vi que 
querían desenterrar para robarlo, el palacio cuyas aplas- 
tadas bóvedas picaba yo con üm rencoroso placer, fuime 
al^nouentro dé aquel que parecia el jefe de aquella ban- 
da, y cnusé con él mi puñal. 

Era un hombre de aventajada estatura, de atezado 
color y miembros hercúleos, que al ver mi actitud ame- 
nazante se puso á contemplarme con irónica risa. Pero 



GUBl AUAYA. 143 

muy luego conoció que el joven de quien se burlaba estaba 
animado por una fuerza infernal, cuando en medio al 
circulo formado por las sinientras figuras de sus compa- 
ñeros, comenzamos una lucha espantosa. Su sarcástica 
risa se convirtió entonces en rugidos de rabia, ahogados 
pronto en el estertor déla agonia. Mi puñal habia atra* 
iFesado su pecho, y yacia á mis pies. 

A la vista de^u jefe muerto, los bandidos se incli- 
naron antemiposeidos de temerosa admiración. 

— i Quién era este hombre ? — pregunté. 

— Nuestro capitán. 

— ¿Cómo se llamaba ? 

-^6ubi Amaya, el terror de Tucuman. Habíanos 
tráido para asaltar las haciendas de la vecina frontera. 

I Gubi Amaya I Al nombre de este bandido célebre en 
aquella época, la luz de un diabólico pensamiento alum- 
bró mi mente. 

El bien me ha abandonado— me dije— y ha aquí el 
mal que viene á mi; consagrémonos á su culto; encarné- 
monos en él, y de hoy mas seamos inseparables. 

Y volviéndome á la desalmada tropa, 

— ¿Queréis ver reemplazado á vuestro jefe ?•— pre- 
gunté. 

— Si— exclamaron unánimes — con tal que lo sea 
por ti. 

— ^Y bien— grité, tendiendo hácik ellos el brazo ar- 
mado del sangriento puñal — en nombre del poder des- 
tructor que acaba de asolar la tierra, juro engrandecer el 

10 



146 SLSKOft T REALIDADES. 

nombre de Gubi Amaya y dejar muy atrás sus mas espan*^ 
tosas hazañas. Aun mas: para sellar este juramento, 
quiero un bautismo solemne que me dé este nombre. — 

Los bandidos exhalaron un ahullido de gozo que re- 
pitió el eco formidable de la montaña; y sobre el cadáver 
de su jefe, cogiendo la sangre que brotaba á torrentes de 
su herida, la derramaron sobre mi frents, y me bautiza- 
ron en nombre déla Tiolencia, del robo y del homicidio. 

Desde ese dia, y durante dos años llevé una vida de 
horrores y de exterminio. Jamás perdoné; y aquellos 
que tuvieron la desgracia de encontrarse en mi camino, 
nunca pudieron referirlo. Celoso de mi venganza, no 
combatía con mi banda sino cuando era asaltado: cuan- 
do yo era el agresor mi brazo solo bastaba; y mis compa- 
ñeros sabian que en estos encuentros debían ellos redu- 
cirse á simples testigos. Muchos perecieron á mis manos 
por haber infringido esta consigna. 

Asi, si hubo ferocidad en la guerra que juré k la 
humanidad, jamás hubo cobardía. • . . 

I Una Tez, sin embargo I . . . . 

Y la voz del bandido tornóse trémula y la sombra del 
remordimiento oscureció su frente. 

— >Una vez I Era un dia de primavera, uno de 

esos dias en que «1 alma se abre á la dicha ó al dolor con 
pasmosa avidez. Yo estaba solo. Acostado á los pies de 
mi caballo bajo un grupo de sauces á la vera de un sen^ 
dero solitario, pensaba en los dias de mi pasada existen- 
cia. Las cálidas emanaciones de los prados traian al co- 



6VBI AMAYA. 



147' 



razón en ondas de perfumes el recuerdo de su extinguida 
ventura. Una imájen amada y aborrecida, la imájen de 
la dicha, vagaba en torno mió, ora mezclándose al su- 
surro del viento, al gorgeo de las aves, al estremecimiento 
de las hojas, ora sonriendo en cada una de las flores que 
se mecian al blando soplo de la brisa; mientras mi cuer- 
po yacia inmóvil, en mi alma ardía un mundo de tumul- 
tuosas sensaciones. En el aire, en la tierra, entre el folla- 
je de las frondas habia murmu líos, palpitaciones, suspi- 
ros misteriosos; la dulce savia que circulaba en la natu- 
raleza discurrió por mis venas; un profundo enterneci- 
miento invadió mi corazón por vez primera después de 
mucho tiempo: pensé en mi infancia, en mi madre, en 
Dios; tuve horror de mi vida presente, deploré los días 
perdidos en el culto del mal, y el alma encenagada en el 
crimen sintió de repente sed de amor. 

De súbito oi una voz dulce y melodiosa que cantaba 
alo lejos una tierna endecha; y á poco, al fin del sendero, 
apareció una joven vestida de blanco y cubierta con un 
velo que el viento rizaba en torno suyo como una azulada 
niebla. Caminaba lentamente con los brazos caidos y los 
ojos fijos en el cielo. Parecia absorta en algún dulce 
pensamiento, y todo su ser respiraba ternura, abandono, 
pasión. 

Al verla, mi corazón se estremeció cual solia estre- 
mecerse en otro tiempo, cuando la felicidad lo habitaba. 
Bondad divinai — exclamé--me envías en esta mu- 
jer un ángel de redención ? 



3b JE 












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mrm¡m wmfsr, y 



GUBI AMA YA. 149 

abrí su p3cho y la arranqué el corazón, y lo arrojé palpi- 
tante á un buitre que asentado cerca de allí esperaba una 
presa, llenando después el sangriento vacio con todo el oro 
que llevaba conmigo. ... 

Y la voz de aquel hombre, vacilante y trémula al co- 
menzar la narración del espantoso episodio, se precipita- 
ba ahora como un torrente, y vibraba con una melodía 
terrible. 

Tres veces engañado por el bien —continuó él, cuan- 
do su exaltación se hubo calmado— juré no creerlo, y me 
hundi de nuevo, pero mas profundamente que nunca en 
el crimen: asolé las comarcas, incendié las poblaciones, é 
hice intransitables los caminos. 

Las gentes de la justicia me perseguian con activi- 
dad; pero yo me burlaba de ellos y ayudado de la pasmo- 
sa velocidad de nuestros caballos robados á las mejores 
crias de las vecinas provincias, desaparecía cuando me 
creían ya en sus manos, ó ibaá mostrarme instantánea • 
mente á largas distancias acompañado de mi temible ban- 
do y llevando conmigo la muerte y el estraf^o. 

Asi, no tardó mucho en mezclarse la superstición al 
espanto que inspiraba mi nombre. Creyóseme un ser 
sobrenatural enviado por el infierno; y en las vdadas de 
las cabanas hablábase de Gubi Amaya en voz baja y con 
profundo terror. 

Un dia hallábame apostado sobre un camino en loa 
bosques de la Ciénega. Era el nueve de Nonéftbre — 
añadió él, alzando la frente coa uo adeoMín MtemAep y 



150 sueRos t realidades. 

enviando al cielo una mirada vaga queparecia perderse 
en los recuerdos de aquel lejano dia. 

El sol iba á ponerse, mi banda me esperaba á Ires 
leguas de distancia, y ya me disponia á retirarme, cuando 
sen ti el ruido que hacia entre las ramas el peso de gente 
que se acercaba; y á poco vi aparecer un hombre montado 
en un caballo magnífico que codicié desde luego, y me 
propuse conquistar en el momento. 

Salté al medio del camino y grité con fuerza: Alto I — 

A esta voz, el ginete, que caminaba distraido levantó 
la cabeza, y nuestras miradas se cruzaron. 

~Tá eres Gubi Amaya — exclamó él — al fin te en- 
cuentro, malvado. — 

T se arrojó sobre mi, no con la cólera del agresor que 
ataca sino con la serenidad enérgica del juez que senten- 
cia. 

Habia en el semblante y en la voz de aquel hombre, 
joven aun, algo tan imponente y majestuoso que, ¡ cosa 
estraña ! yo el salteador desalmado, que habia matado al 
miedo y hecho pacto con el arrojo, sentíme la única vez 
de mi vida, helado de temor, y eché á huir por el bosque 
con toda la velocidad de mi caballo. 

£1 meseguia de cerca; pero menos habituado que yo 
á la carrera entre las intrincadas asperezas de las selvas, 
llevaba gran desventaja, á pesar de la flexible lij^eza de 
su corcel. 

Habíamos llegado asi á un corto escampado en me- 
dio del basque, donde mi perseguidor haciendo dar un 



QUBI AMAYA. 151 

poderoso bote á SU caballo, creyó seguro el alcanzarme. 

Yo previ su intento; y sentando de pronto el micwbice 
un cuarto de conversión á la derecha, é iba ya á inter- 
narme de nuevo en el bosque, cuando mi enemigo llevan- 
do de repente la mano al bolsillo de su gabán, cogió un 
puñado de onzas y me lo arrojó á la cabeza con prodigiosa 
fuerza, gritándome con su voz sonora y aterrante: / Infa- 
mel quetias oro ? Pues tomaoro I . . . 

Esas palabras mas aun que el horroroso golpe que 
abrió mi sien, me hicieron caer exánime en tierra, porque 
eran las mismas que yo habit pronunciado al ejecutar la 
sola acción cobarde que marcaba los crímenes de mi vi- 
da; palabras que ahora llBgaban á mi oido fatídicas y so- 
lemnes, cual si las pronunciara lamistica trompeta del 
juicio. 

Al través del sincope que embargó mis facultades 
sentia yo la trerñenda mano que me habia derribado, con- 
vertida en instrumento de salud pasar suave y caritativa 
sobre mis miembros magullados, restañando la sangre 
que brotaba de mi herida con la destreza de un facultati- 
vo y la solicitud de un hermano. 

. Pero luego hizose mi letargo tan profundo que ya 
nada senti, sino uü movimiento brusco y continuo que 
sacudía mi cuerpo, y el dolor que este movimiento causa* 
ba en mi herida. 

Guando volví en mi estaba acostado sobre una cama 
en un cuarto débilmente alumbrado poruña lámpara, á 
cuya luz un hombro leia con la frente apoyada en su ma- 



152 SUEÑOS Y REALIDADES. 

no. Dábame la espalda; sin embargo lo reconocí: era él. 

A un suspiro que se escapó de mi pecho, aquel hom- 
bre se volvió y viéndome despierto, se levantó, cogió una 
taza que tenia á su lado, y acercándose á mi hizome beber 
una poción refrigerante. Consultó en s^uida mi pulso» 
y arreglando las almohadas y la posición de mi cabeza» 
volvió á continuar su vela y su lectura. 

Qué diré á V? Asi continuó cuidando de mi du- 
rante los siete dias que tardó en cerrar mi herida. Al 
octavo habiéndome ayudado á vestir hizome sentar en un 
sillón; sentóse él á mi lado, y fijando en mi una mirada 
grave y triste, 

— Te sientes, me dijo — con fuerza bastante para es- 
cucharme y responderme ? 

No la tenia, porque aquel hombre egercia sobfe -mí 
una estraña fascinación; y desde que cal en poder suyo 
estaba temiendo ese momento. Sin embargo, mi orgullo 
se rebelaba contra esa misteriosa influencia: quise vencer- 
la: y apartando mis ojos déla severa mirada que me con* 
templaba: 

— Es inútil — respondí — gastar el tiempo en pala- 
bras: nada tienes que saber de mí: mis hechos están escri- 
tos por todas parles, y te los dirán las casas incendiadas» 
los talados campos, y las numerosas cruces que se alzan al 
borde de los caminos. Maté, robé, destruí; me hallo á la 
merced de tu voluntad. Y bien, qué te resta hacer ? Cla- 
ro está 1 enviarme al patíbulo. 

— ^Sí:— repuso él— mataste, robaste, destruíste, é hi- 



GUBI AMAYA. 153 

ciste del estrago la huella de tus pasos, cual un tigre car- 
nicero; pero yo sé que hay en el fondo de tu alma una 
Tozque en vano has querido ahogar, desdichado; una voz 
que habla mas alto que tu sed de sangre y tu ansia de oro. 
Atrévete á negar que la oyes á todas horas: en el silencio 
de la noche, entre el tumulto del pillaje y en los gemidos 
de tus victimas. 

— Si: — interrumpí yo con vehemencia — hay una 
voz que clama sin cesaren mi alma; que se mezcla al sil- 
bido del viento nocturno, y tfl tumulto del pillaje y álos 
gemidos de mis victimas; vos de una herida profunda y 
sangrienta, abierta por la mano humana ¿ Sabes lo que 
me dice? — ¡ Venganza I venganza I 

I Ahí te has constituido mi juez y quieres inter- 
rogarme? Pues escucha, y á tu vez osa decir que no ha- 
brías hecho otro tanto en lugar mió 1 — Y yo que^un mo- 
mento antes rehusaba responderle, arrastrado por el ir- 
resistible ascendiente de aquel hombre, le revelé el drama 
entero de mi vida. 

Escuchóme grave y silencioso; y en seguida me ha- 
bló asi: 

— Casi al mismo tiempo que tú comencé yo á abrir 
mis ojos á la vida y el corazón á la esperanza. Tu sona- 
bas la dicha en el amor, yo en la ciencia. Amábala con 
pasión, y niñoaún, consagróle todos los momentos de mi 
existencia. Hijo de un'ríco negociante, la fortuna de mi 
padre me franqueó las puertas de las universidades, don- 
de bd>i á plena copa las delicias del saber humano; el 



154 SUEfiOS Y REALIDADES. 

cielo y la tierra me abrieron el tesoro de sus misterios, y 
yo comenzaba á saborear esa existencia de fruición infini- 
ta que hace de la vida del sabio un éxtasis eterno. | Quién 
sabe hasta donde me hubiera elevado en la luminosa 
región donde mi alma se cernia entre los astros I • • . 

Undia sinembargo fué necesario arrancar la mente 
á esa beatifica visión para volver al fango de la vida vul-*> 
gar. 

Mi padre, envuelto en la fraudulenta quiebra de un 
socio, vio desaparecer en un dia su inmensa fortuna, y 
murió de pesar. Su numerosa familia, victima délos 
acreedores, fué arrojada á la calle y sus bienes puestos en 
pública subasta. 

A esta fatal nueva, desvaneciéronse mis dorados en- 
sueños: la voz severa del deber me ordenó renunciar ¿ 
ellos para correr al socorro de los mios. 

Pedi, y obtuve un plazo para redimir el honor de mi 
padre y el bienestar de mi famiUa,abandoné las investiga- 
ciones del geólogo y el telescopio del astrónomo para em- 
puñar la azada del agricultor; confinóme en un desierto, 
labré la tierra, fertilicé los campos, recibi inmensas in- 
vernadas, crié numerosos ganados, y en dos años pagué 
todas las deudas que grababan la memoria de mi padre, 
y restablecí el esplendor de mi familia. 

La revolución americana vino á ofrecerme un nuevo 
campo en la carrera del bien. Unido á la falanje de los 
libres salvé mil veces de su venganza á nuestros antiguos 
opresores; y otras tantas después de haberles servido de es- 



GUBI AMATA ISS 

cudo, hube de perecer victima de su perfidia . . . 

Un dia~fué esto en los tiempos de la revolución, 
cuando Liniers, con un cuerpo de tropas marchaba sobre 
las provincias del sur, un hombre cubierto de polvo y pá- 
lido de fatiga y de terror entró de repente en mi casa y vi- 
no á caer á mis pies. 

I Salvadme 1 — exclamó — El virey con todos los su- 
yos ha ^ido hecho prisionero en su marcha, y se halla en 
poder de los insurjentes que no lo perdonarán. Yo soy 
el tesorero de la expedición: logré fugar á favor de las ti- 
nieblas, pero me siguen de cerca» y muy luego llegarán 
aqui para reclamarme. Poseo una inmensa fortuna que 
tengo depositada en Potosí. Este documento lo acredita, 
tomadlo, haceos dueño de ella, y libradme del patíbulo 
que me espera. 

Apenas tuve tiempo de rechazar el papel en que 
aquel hombre meofrecia su fortuna, cuando la casa fué 
cercada por un destacamento, cuyo jefe me pidió la en- 
trega del prisionero. Di en lugar suyo una xarta en la 
que ofrecia por él mi garantía á la Junta Gubernativa de 
Buenos Aires. 

Aquella misma noche, dándole un pasaporte y un 
guia seguro lo hice huir al Perú. 

Vé en paz con tu fortuna usurpada — ^le dije al des- 
pedirle-r-y acuérdate que quien te ha dado hoy la vida es 
el hijo de aquel á quien tú se la quitaste con tu infame 
banca-rota. 

Aquel hombre era el asesino de mi padre: la fortuna 



156 SUECOS Y REALIDADES. 

que me ofrecía por precio de su vil existencia era la for- 
tuna que le babia robado. 

He aquí una ante otra, tu vida y lamia: caminos 
antipodas, sembrados, el uno de monumentos, el otro de 
ruinas. Mira cuanto has destruido tú y cuanto yo he ree- 
dificado I La honra de mi padre, la opulencia y la dicha 
de los mios, y hasta la felicidad y el bienestar de la fami- 
lia de ese hombre que habia hundido á mi padre en el se- 
pulcro. 

Dios ha premiado mis obras, y me ha dado una espo- 
sa digna de mi. Daráme hijos y seré completamente fe- 
liz. 

En cuanto á ti, conjuróte en nombre de lo único 
bueno que ha quedado en tu alma: la lealtad, que me di- 
gas si es posible que el arrepentimiento entre en tu alma. 
Sino, hoy te daré la libertad porque eres mi huésped; pe- 
ro mañana iré á buscarte bástalas entrañas de la tierra 
para entregarte al brazo de la justicia. 

Dios es testigo de que no fué el temor sino el arrepen- 
timiento, que las palabras de aquel hombre hicieron na- 
cer en jjOii corazón, lo que me hizo caer á sus pies, y excla- 
mar golpeando mi pecho: 

I Pequé ! perdón ! misericordia I 
^ Imposible seria pintar la espresion de santa alegria 
con que brilló en ese momento el noble semblante de ese 
hombre. Alzóme con bondad, me abrazó llamándome 
su hermano y me ofreció su amistad. 

— I Ah ! — dije yo entonces como Coin— lu me has 




GUBl AHAYA. 157 

perdonado en nombre de Dios; pero los oíros?. . . .Me mira- 
rán con horror ! 

-rNadie sabrá quien eres — respondió él — tu secreto 
quedará entre Dios y yo. Gubi Ámaya ha muerto, y tu 
eres Miguel. Todo lo he previsto; ó si nó mira. . . . 

Abrió la puerta y me hizo ver el lugar en que nos 
hallábamos. 

Era Gualiama, puesto desierto donde estábamos so- 
los él y yo. 

A estas palabras recordé con espanto que aquella 
terrible historia referida á un estranjero era para mi un 
secreto que sorprendia traidoramfnte á favor de un dis- 
fraz, secreto que mi padre habia guardado y llevado con- 
sigo ala tumba. 

Parecióme que iba á oir su voz alzarse de entre las 
ruinas para acusarme de impiedad. 

Tuve miedo y abrazando las rodillas de Miguel es- 
clamé. 

— ¡ Perdón ! 

— ¿Quién eres ?— dijo. 

— i No me conoces ya, Miguel ? 

— jKÓI — respondió él estrañamente conmovido con 
el eco de mi voz, y fijando en mi una ansiosa mirada. 

— Has olvidado al mas rubio de los niños que tanto 
amabas? 

— ¡ Mi nina Emma !— esclamó con un gemido pro* 
fundo. Y arrojándose á mí, alzóme en sus robustos bra- 
zos á la altura de su rostro para contemplar el mío. 



158 susFios r realidades. 



— Mi niña Emma 1— repitió dejándome en tierra. 
Y reclinando el rostro sobre mi cabeza, lloró amar- 



Despues, tomándome por los hombros me alejó para 
mirarme. 

— Si — dijo— eres mi niña ! Mas porque se han tor- 
nado negros tus rubios cabellos? por qué se ha vuelto 
triste tu risueño semblante ? 

Hablando así, se sobresaltó de repente, -y mirando 
en tornó: 

— ¿ Y los otros ? — dijo mas que con la voz, con la es- 
presion de su mirada. — Donde están tus hermanos ? 

Yo incliné la cabeza y guardé silencio. 

Debió comprenderme; porque alejándose de mi fué 
á apoyarse en una columna desmoronada cubriéndose la 
cabeza con los largos pliegues de su poncho. 

j Lloraba 1 

En el silencio de la noche llegaban á mi oido de vez 
en cuando murmullos lúgubres: eran sus sollozos. | Áh I 
él no sabia que de esos niños á quienes amó tanto, los mas 
felices eran los que yacían en paz / . . . . 

El caballo de Miguel pareció inquietarse por la pro- 
longada ausencia de su dueño y lo llamó con fuertes re- 
linchos. 

A la voz de este amigo, Miguel alzó lentamente la ca- 
beza; y viniendo hacia mi: 

— Mi compañero se impacienta — me dijo — y quie- 
re volver á la Banda. 



6UBÍ AXAYA, 199 

Este no es el Lobuno — añadió suspirando — pero es 
bueno, fuerte y corredor cual ninguno. Mira esa estam-: 
pa sino I 

. Y me mostraba alo lejos su magnifico y bien enjae- 
zado corcel de color cebruno oscuro, larga crin y finísimo 
jarrete. La luna hacia brillar anchas medallas de plata 
en su freno y su pretal. 

— Sin embargo, yo echo de menos al otro, á mi Lo- 
buno ! £1 pobre tuvo menos resistencia que yo. Cuando 
Tió que por la noche en yez de vadear el rio para venir á 
Sala lo llevaba á batir á los federales, y que á las alegres 
voces de los niños sucedieron los disparos del fusil y los 
roncos gritos de aquellos diablos, no pudo ir mas lejos: 
murió de pena. 

Este viene también todas las noches; pero no hay 
quien lo acaricie; y solo oye el grito del buho que llora en 
lo alto déla torre. 

Y mirando al cielo. 

. — ^Ya es tarde — dijo, cual solia decir en otro tiempo. 
Las (res Marioi y el Crucero se van á ocultar, y no habrás 
olvidado que es hora de retirarse. 

Vémonos á nuestra casa. 

Que dulces fueron á mi corazón esas dos últimas pa- 
labras I Hacia tanto tiempo que no las habia oído decir I 
hacia tanto tiempo que yo no tenia casa, y que el hogar 
paterno se habia convertido en un montón de ceni- 
zasl 

De súbito, en lo alto de un montón de escombros, las 



160 sueSos y realidades. 

fantásticas siluetas de dos ginetes se dibujaron negras so- 
dre el azul profundo del cielo. 

Aquellos aéreos paseantes dirigieron en derredor una 
mirada inquieta, y creyéndose solos echáronse á tierra y 
se arrojaron sobre el caballo de Miguel que relinchó con 
angustia agitándose entre las trabas de su manea. 

Verlos, enroscar su poncho en torno á la mano dere- 
cha, blandir el puñal con la izquierda y cargar sobre 
ellos, fué la acción de un momento para Miguel, que se 
eclipsó completamente, apareciendo en lugar suyo el ter- 
rible Gubi Amaya en toda su sombría grandeza. 

Los ladrones, que se hablan preparado á sostener su 
encuentro, cuando vieron enderezarse aquella hercúlrá 
figura, y sus airados ojos brillar en la sombra como car- 
bunclos, retrocedieron aterrorizados; y saltando en sus 
caballos con pasmosa agilidad, huyeron gritando: 

— I El brujo! el brujo! 

Miguel, arrancándole la manea, saltó á su yez sobre 
gu veloz Sebrunoy searrojó tras ellos con la rapidez del 
pensamiento; y los tres ginetes desaparecieron en las som- 
bras como un misterioso torbellino, dejándome inmóvil 
de sorpresa y terror. 

Cuando volví de mi estupor, la luna comenzaba á 
palidecer á los primeros rayos del alba. Hallábame sola, 
sentada en el trozo de columna donde Miguel me había 
referido su tenebrosa historia; el roció de la noche mojaba 
mis cabellos, y en torno mió no habia ni la mas ligera 
huella de las estrauas escenas que pasaron á mis ojos. 



6UB1 AMAYA, 161 

Habríalas creído un desvarío de la mente si la imponente 
figura de Miguel, destacándose en poderoso relieve, no 
viniese á imprimir en ellas el sello de la realidad.^ 



H 







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QUBl AMATA. 169 

muelle embriaguez. Bandadas de charatas amtabao 
respondiéndose bajo la espresa fronda; y en torno de lo» 
inmensos corrales que se estendian á espaldas de la casa 
mugían centenares de vacas en busca de sus crias encer* 
radas en los chiqueros de la quesería. Á lo lejos los cam* 
peros corriendo éntrelos bosques eu pos del ganado ento- 
naban con su magnífica voz las endechas que ellos impro- 
visan con ardiente inspiración. £1 ligero t^nblor con 
que hacen vibrar la nota es uno de los encantos de aque- 
llas patéticas melodías. 

De vuelta á la casa, encontré en ella nuevos hués*- 
pedes. Un viejo militar acompañado de su hija y á quien 
esperaban desde la víspera habia llegado en la^oche. 
Era un coronel, antiguo compañero de San Martin, uno 
de los pocos valientes que volvieron de esa inmortal cru^ 
zada que hizo libres á Chile y al Perú. 

Su hija era un ángel de belleza. Llamábase Azuce^ 
na. Blanca, blonda y cencaña tenia en sus celestes ojos, 
asi como en toda su persona, algo aéreo, sobrenatural, que 
oprimió mi corazón al contemplarla, cual un triste pre^ 
sentimiento. | Ah 1 no me engañaba. Azucena se encon- 
traba atacada de esa enfermedad inexorable que se ceba 
con preferencia en la juventud y la belleza; que camioa 
lenta como la lava de los volcanes, pero que alcanza y 
devora con inflexible seguridad. 

Nacida en las orillas del Plata, Azucena pidió en vano 
á sus perfumadas brisas alivio á su dolencia. Los médi* 
eos la habían ordenado respirar los aires del Norte; y su 



i 64 SUEÑOS Y REALIDADES. 

padre que oyó hablar del magnifico clima de M.... la 
trajo alli alentado por la esperanza á que se aferraba 
su alma. Cuanto habría dado el pobre padre por trans- 
mitir al pecho de su hija los torrentes de yida que respi- 
raba el suyo ancho y fuerte. 

En cuanto á ella, risueña y contenta solo pensaba en 
divertirse. Desde que me vio se vino á mi sonriendo con 
malicia; y cuando mis huespedes me presentaron con mi 
nombre masculino, echó sus brazosen torno de mi cuello 
y me besó diciéndome — Dios te guarde, Emma. . . nuel — 
Desde ese momento fuimos inseparables. La llevaba so- 
bre mis hombros á pasear bajo los mioolares; mi mano or- 
deñaba el vaso de leche que le llevaba á la cama, y en la 
mesa no comia sino aquello que yo le cortaba. Pero | ay I 
mis cuidados y los de su padre iban á estrellarse impoten- 
tes á los pies de ese terrible ángel de alas negras que se 
llama Tisis I 

Durante el dia Rosalba se encontraba bien: el cálido 
viento Sur que reina en nuestros llanos mientras el sol es- 
tá sobre el horizonte, vigorizaba su pecho. Pero desde 
que llegaba la noche, desde que los vapores de la montaña 
descendían á las praderas y que el roclo comenzaba á li- 
quidarse entre los gramadales, la pobre niña sentía venir 
el [fatal ahogo que la atormentaba, y corría de un lado á 
otro, angustiado el semblante y las sienes latentes, en 
busca del aire que faltaba á sus pulmones aniquilados 
por la inexorable enfermedad. 

El coronel pasaba las noches paseándola en sus bra- 



GUBl AMAYA i 65 

zos á lo largo de la galería y solo asi podía ella respirar 
coQ libertad. Reclinada la cabeza en el seno de su padre 
Rosalba dormía largas horas, abandonándole el peso de 
su cuerpo con ese confiado egoísmo que tanto amamos en 
nuestros hijos. 

To acompañaba siempre al coronel en aquellas vela- 
das. Sentada en un taburete al estremo de la galería, 
escuchábalo referir las aventuras de su larga vida, épicas ^ 
leyendas que en el prestigioso lenguaje del veterano pare- 
cían pinceladas de fuego en el fondo tenebroso de la no- 
che. Aquel anciano alto, seco, imponente, llevando en 
sus brazos á una niña blanca, vaporosa, frájil, cuyos lar- 
gos cabellos blondos se mezclaban con los suyos canos y 
lo enlazaban como la yedra al añoso tronco, aquella voz 
que yéndose hablaba á lo lejos de hombres y de sucesos ya 
olvidados, sumergían mi mente en un estraño desvario: 
parecíame ver el fantasma del pasado elevando en sos 
brazos la sombra del porvenir. 

Un dia que Rosalba sufría mas que nunca, vínome 
al pensamiento aconsejar al coronel que la llevara á las 
aguas termales del Rosario. 

Mi idea habría parecido absurda á quien ignorase 
las propiedades maravillosas de esas aguas célebres en 
nuestro país. Son una panacea universal que cura todo, 
desde la lepra hasta la ñebre, la apoplegia, la hidropesía^ 
la gota y las enfermedades pulmonares. 

Solo el atraso que una larga guerra civil mantiene 
entre nosotros, puede esplicar la poca atención que se dá 



160 SUEÍS06 Y REALIDADES. . 

á la necesidad de caminos y posadas en ese importante 
lugar, verdadero santuario de la salud. 

Numerosas caravanas van allí de todos los puntos de 
la república á probar la eficacia de las aguas. Allí el laza* 
riño, el cataléptico, el paralítico, ven desvanecerse su hor- 
rible mal; y enfermos deshauciados por la ciencia y traí- 
dos moribundos en camillas desde largas distancias, reco- 
bran la vida y la salud en aquella agua milagrosa. 

Brota en raudal hirviente entre las sinuosidades de 
un peñasco al pie del cerro de Fuente de Piala; derrámase 
efi un cauce rápido cortado por anchos pozos destinados 
al baño, y corre entre las selvas ennegreciendo las piedras 
y los árboles, y señalando su paso con una larga cinta de 
vapores que disminuyen en densidad á medida que las 
aguas se enfrían bajo la húmeda sombra de los bosques, 
basta perderse en el rio'de Orcones. 

£1 coronel acogió mi receta con una esclamacion de 
gozo, y Rosalba se arrojó en mis brazos, sin que la arre- 
drara mi blusa de garzón. 

•^Quizá! — esclamó; y la mirada radiante que acom- 
pañó esta palabra encerraba fé y esperanza. 

Hicimos de prísa nuestros preparativos. 

El coronel ensilló los caballos; yo y la criada de Ro- 
salba cargamos en un carro todo lo que esta llamaba su 
i^lo; alfombras, cojines, perfumeros; en fin, un equipa- 
je de princesa oriental; y aquel mismo dia á la caída de la 
larde nos despedimos de nuestros buenos huéspedes y 
parihnos llevándonos á las dos niñas de la casa, frescas y 



GUB1 AMAYA. 167 

turbulentas muchachas que oorriáa áempre á vaogaar- 
día haciendo resonar los bosques <ion alegres risas, jrai^Fas- 
trando en su trisca infantil á la pálida enferma, que pa- 
recía una romántica ilusión entre aquellas dos robUBtüs 
realidades. 

Eran las seis. £1 sol se habia puesto, y la luna co- 
menzaba á blanquear sóbrela £k)rida grama de los cam- 
pos. Uabiamos vadeado el rio y marchábamos costean- 
do la playa por un sendero pedregoso que mataba de im- 
paciencia á las niñas precisadas á sujetar sus cabalgaduras 
al insopOTtable raiven del pasollano 

Nuestro guia, viejo redomado, verdadero hijo del 
polcar, de piel bronceada y ojo de buitre, marchaba de- 
lante en su potro gateado, ¡mto visto de enormes espuelas y 
sonoros guardamontes, cuyo ruido espantaba al ganado 
que pacia entorno. Antiguo habitaáie del pa§9 sabia 
de memoria la historia deaqudlos sitios, quéréferiá ch 
su pintoresco lenguaje mejor que M mas aventajado cro- 
nista, poniendo muchas veces por testigo á su caballo'de 
la exactitud de su aserto. 

Jeiior, pasemos pronto este tuscid; es un paraje fe- 
mado: deslinda las tierras de dos bermanos ya finados; her- 
manos que se querian mucho pero que eraBcaudáHos de 
partidos enemigos: el uno unitario, eí otro federal. ¥¡iya 
ujté á ver eso jeñor I Asi cuando se juntaban á sdás je 

abrazaban y lloraban digo, lloraba el uno; qüeicl otro 

era muy hombre y se tragaba las lágrimas, fiara al ^4e 
encontraban ala cabeza de sus partidas, Dios noagoÉréel 



1 



IM fiUfifiOS 1 REALIDADES. 

9^ trenzaban hasta dejar la tierra coloreando. Allioito hay 
todavía un montón de huesos donde penan. La otra no- 
che no mas jeñor, se enderezó de ahí un pantatma que me 
dejó tiritando. Mi gateao puede decir si no dio una ten- 
dida de media legua qile me hizo perder la manea j tres 
chapas del pretal. 

— Cuidado» amigo Contreras— le dijo Rosalba rien- 
do— que si no derribó á usted aquella tendida lo derribe 
esa bola. 

— I Naá I La niña no creé en pantasmas I Gomo la 
pusiera en Esteco por una noche de cuarto menguante pa- 
ra que viera salir de esos escombros tan horribles aparen- 
dos que se le cuajara el alma. 

— I Esteco I y dónde es eso ? — preguntó Rosalba ha- 
ciéndome una seña. 

— 'Állicito, niña, en la cabecera de aquel cerro al otro 
lado del rio. ¿No ha oido usted hablar de esa ciudad 
de gentes tan soberbias que solo querian vistir de oro y 
plata y tan crueles que asaban á sus esclavos ? Puesalli 
estaba; y de aquí habriamos oido el ruido de sus jaranas 
que diz que duraban meses; porque esa gente no tenia 
necesidad de trabajar: en lo alto del cerro tenian minas 
de oro en barra que cortaban á cincel. Pero, jeñor, n 
Dios cahsieníenoes para siempre; y una noche como qwen 
no hace la cosa, la tierra se los tragó. 

Ni uno solo volvió á aparacer jamás; pero sí sus va- 
jillas de oro y collares de diamantes, que las avenidas ar- 
rastran al fondo de los barrancos. Yo he hallado muchas 



GUBI AMAYA. i 69 

reces anillos de piedras verdes y platos que brillaban co- 
mo el sol; pero nunca quise recogerlos, y los arrojé alo 
lejos para que no tentasen á un cristiano esas prendas 
malditas de Dios. Cierto, jeñorl Áhi esta mi gateao que 
estuYO presente, y no me dejará mentir. 

T Contreras acentuaba gravemente su apelación, 
seguro de que el pobre gateado no habia de decir--esta 
bocaesmia. 

Entretanto la noche adelantaba. El viento habia 
caído y solo de vez en cuando una4)risa tibia y cargada 
del aroma embriagante del heliotropo venia á morir en 
los jarales déla playa. 

Yo iba al lado de Rosalba que hacia rato guardaba 
profundo silencio. Olla suspirar muchas veces, y aspi- 
rar con ansia el aire cálido de la noche. Parecia opri- 
mida, inquieta, y se volvia con frecuencia para mirar 
á su padre que se habia detenido á encender su mechero 
para nuestras compañeras que fumaban. De súbito, 
apartando bruscamente mi mano que se apoyaba en el 
cuello de su caballo, Rosalba alzó la brida, y haciéndolo 
saltar sobre las altas yerbas lo echó adelante y se alejó en 
una carrera desesperada. 

Seguila de cerca, apesar de la gran desventaja 
que me daba la velocidad prodigiosa de su cabalga- 
dura. 

Después de haber corrido una hora por los oscuros 
senderos de un sevilar , Rosalba se detuvo al fin en el 
fondo de una cañada cubierta de sombra y de salvajes 



170 SUEf«OS Y REALIDADES. 

perfumes. Estaba en estremo pálida, y sin embargo 
sonreía. 

— Confiesa al menos, Eomianuel— me dijo, dando 
una carcajada que vibró como el canto de una ate en la 
atmósfera sonora de la noche— confiesa que por esta yez 
te asustaste. Perdón! Tú no sabias que euando el ahogo 
Tiene, mi mejor remedio es la carrera. Si: huyo de mi 
feroz enemigo y lo dejo á larga distancia, dijo, volviendo 
el rostro con una mueca burlona cual si desafiara en 
efecto la sana de un adversario. 

— Qué bello paraje I— continuó ella paseando una 
mirada en torno— qué soledad I qué frescura! ¿Sientes 
esta suave corriente de aire que ensancha el pulmón? 
I Qué bien se respira aquí. Mira las ruinas de ese rancho. 
Cuan felices serian los que vivieron bajo su techo de ca- 
ñas, ala sombra de esos algarrobos que en la primavera 
derramarían sobre ellos sus nevadas flores I « . . . 

Pero ¿ qué tienes, Emmanuel ? pareces preocupado, 
sueñ€3, . . 4 qué sé yo I . . pero de seguro, tu alma está 



Sí, lejos estaba mi alma, lejos. Vagaba eo los es^ 
pacios del pasado; reconocía esa cañada, esos árboles, ese 
rancho. Allí había estado yo otra vez, en una noche de 
luna como aquella. 

Un día, mi hermano y yo, contrariados en easa, 
resolvimos solemnemente retiramos del mundo é ir en 
romería á Jerusalem para de allí pasar al desierto, y á 
semejanza de San Gerónimo y Santa Paula, hacemos 



r w 



6UBI AUAYA. 17 1 

ermitaños. Aunque santa Paula solo tenia ocho años y 
San Gerónimo seis, no tardaron una hora en ejecutar su 
proyecto. Unas buenas mujeres habían venido trayendo 
miel y patay para nuestra madre. Nosotros nos apo* 
deramos de sus caballos, y cabalgando con devoto reco- 
gimiento, partimos á trote largo y nos internamos en la 
selva. 

Todo fué á maravilla mientras el sol hilaba sus ale- 
gres rayos entre la fronda. Peroeldia comenzó á de- 
clinar y nosotros á conocer que Jerusalem estaba mas le- 
jos que lo que¡babiamo8 imaginado, y nuestros 'piadosos 
designios se convirtieron en miedo, y nuestra ascética so- 
briedad en una hambre que habría sido inmensa si no la 
tmbotara una sed devoradora. Llorábamos, y nos es- 
pantábamos unoá otro con gritos de terror. Y la noche 
adelantaba y nosotros nos internábamos mas y mácenla 
profunda selva. 

En uno de esos momontos¡en que el terror nos dejaba 
silenciosos, olmos á lo lejos] los ladridos de un perro. 
Comenzamos á alegrarnos y j dimos¡voces {adiendo socor- 
ro, cuando á poco, un espantoso rugido] hiio]estremecer 
el bosque dejándcmos mudos[^de horror. [No podíamos 
equivocarnos: era el ^tigre: solo de sus tremendas fauces 
podía salir ese bramido. Sin embargo, nuestros caballos 
marchaban [tranquilos, cual si no le hubieran oído. 

Nuestros lamentos comenzaron deinuevo, y el rujido 
se repitió mas terrible; pero [entonces percibimos uhq 
vozque gritaba á distancia. 



173 SUEÑOS Y REALIDADES. 

— ^Ántolinl Ántolinl muchacho! yálgame Diosl 
Te envío á llamar á esas criaturas y te diviertes asus- 
tándolas I Por aquí, niños, por aquí. 

T los árboles clarearon, y divisamos en el fondo de 
la cañada el techo pajizo de un rancho; y al lado del fue- 
go que ardia en el guarda- patio, una mujer vestida de 
blanco que nos hacia señas con el estremo de su rebozo 
azul. 

Vimos entonces venir á nuestro encuentro un rapa- 
zuelo de catorce á diez y seis años, verdadera estampa de 
bandido—ojo avizor, mirada impudente y sonrisa des* 



Saltó con la ajilidad de un gato á la grupa del caballo 
de mi hermano, cojió la brida, y guió hacia la casa, donde 
abrumados de cansancio caimos en los brazos de la mujer, 
que se acercó á desmontarnos. 

Nuestra huéspeda, viéndome con los labios secos y 
ia lengua pegada al paladar, entró un momento ala casa 
volviendo luego con dos anchas copas formadas con las 
cascaras del huevo de avestruz y llenas de aloja de algar- 
roba. Hizonos acostar al lado del fuego en dos bancos de 
madera, y en seguida ensillando ]un) caballo que pada 
maneado allí cerca, echó á la grupa á su hijo por miedo 
de que nos hiciera alguna mala{pasada, y tomó el camino 
que nosotros habiamos^traido. Iba á delatar en casa 
nuestra edificante cruzada y hacer que vinieran en busca 
de los asendereados]peregrinos . 

Mi madre la despidió cargada de regalos, y siempre 



GUBI AMATA. 173 

que hablaba de aquella mujer era con profundo recono- 
cimiento. 

.Cuatro años después, en 1831 » cuando la frontera 
del Sur se levantó en masa contra el gobierno constitucio* 
nal; cuando los sublerados, entregándose al mas feroz 
vandalaje, paseaban por todas partes el robo, la muerte y 
el incendio, y que mi padre, armado de la ley marcial que 
habia votado el poder lejislatiyo, fué enviado con fuerzas 
contra ellos, presentáronle un dia, después de una san- 
grienta refriega, á uno de los caudillos de la sublevación, 
que después de una resistencia desesperada habia sido 
hecho prisionero. Era este un famoso asesino que se 
habia señalado en aquel motin por el refinamiento de 
sus crueldades. Llevaba por nombre de guerra el Car-- 
neoulor — ^nombre que anadia una sombra mas alas que 
oscurecían su historia. Los crímenes de que era reo y 
la ley marcial, lo condenaban sin apelación; y mi padre, 
que á pesar de su severidad en el cumplimiento del de- 
ber, habia encontrado efugios para salvar á muchos de 
aquellos ilusos, nada pudo en favor de aquel hombre, 
por mas que le interesara su esirema juventud. Tuvo 
pu es que abandonarlo á la suerte funesta que le aguarda- 
ba en algunos momentos, y se retiró deplorando el fatal 
error que nos induce á cimentar con sangre el edificio 
social. 

De repente una mujer pálida y trémula, se precipitó 
en la tienda gritando ~ ¡Hijo mió I lÁntolinl T divi- 
sando á mi padre ibaá arrojarse en sus brazos, cuando 



■ ■■ ■<■> 












L*uui.»-.tf>* i.itfn 






I 






(¿UBI AMA YA. (75 

proyisioDes, y era esperada con suma impaciencia. 

Vérnosla venir en fin. Montaba un potro bayo, y 
corria como una endiablada, apartando con la mano las 
ramas de los árboles, llevándolas en pos suyo largo tre- 
cho, y soltándolas con locas carcajadas. Traía á la gru- 
pa un costal repleto que dejó caer en tierra antes de lle- 
gar al campamento, y deslizándose ella misma de la silla, 
corrió al encuentro de la colonia que salió en masa á re- 
cibirla con gritos de alegría. Abrazó á todos, mujeres y 
hombres; dijo á cada uno aquello que le habia encargado 
averiguar; dióles noticia de todo— del cura, de los vecinos 
del pu^lo, de las fiestas, del paso de las dilijencias 
por el camino real. Y volviéndose á las jóvenes, aña- 
dió, haciendo sigilosos ademanes— Ahí viene un ita^ 
liano bello e mesto come un trooatore; pero mudo, hijas 
mias como un topo. Lo alcancé en la bajada del rio; y 
aunque hice lo increíble porque hablara, solo pude saber 
deiél, que venia de Tucuman y viajaba por donde lo He-* 
vaba el paso de su caballo. 

Yo miraba á aquella mujer y no podía creer á mis 
ojos. Era María Montenegro, amiga y contemporánea de 
mi madre, y sin embargo, bella y joven todavía como 
cuando tenia veinte años. Y no obstante, María no ha- 
bia sido feliz: grandes degradas habían caido sobre ella 
y el porvenir se le mostraba señudo, pero era un alma va- 
lerosa que sabia sonreír al dolor, y este se habia desliza- 
do por su frente sin dejar huella alguna en su tersa fres*- 

CUPÉ. 



176 SUEÑOS Y REALIDADES. 

Cuánto deseaba yo abrazarla y decirla mi nombre; 
pero me era forzoso permanecer incógnita, y solo Azu- 
cena y su padre debian conocer su secreto I 

Otra sorpresa me esperaba todayia. — ^Miguel estaba 
allí. Babia alcanzado á los ladrones; se habia apodera- 
do de ellos y conducidolos al Rosario, donde los entregó 
al alcalde. Allí encontró á algunas señoras de la colonia 
de los baños. Estas le rogaron que las acompañara, y se 
hallaba allí hacia dias, muy á gusto de las jóvenes, á quie- 
nes custodiaba en sus correrías, y por la noche las servia 
de tenedor de las prendas en los juegos de la velada. Ese 
dia habia ido en busca de lechihuanas, y cuando re- 
gresó por la tarde, cargado como en otro tiempo, de miel 
y de flores, tuve el grandísimo contento de correrá él, 
y como de niña, saltarle al cuello y arrebatarle su dulce 
botin. 

Poco después, el taciturno italiano se presentó en 
nuestro campo. Saludó con grave cortesía y nos pidió 
licencia para pasar con nosotros la noche. Los hombres 
se apresuraron á ofrecerle sus tiendas; y las señoras, ena- 
moradas del aire de tristeza esparcido en su bello sem- 
blante, loacojieron con estrema amabilidad. 

Sin embargo, por mas que hicieron, no pudieron 
conseguir que nos acompañara ala espedicion que pro- 
yectamos para la mañana siguiente á Cerro-Colorado, y 
que emprendimos al amanecer, dejando á nuestro hués- 
ped solo en el campamento. 

Aquel dia fué verdaderamente delicioso. Vagamos 



GUBI AMAYA. 177 

durante todas sus horas par las estrechas gargantas de 
esa cordillera que el vulgo puebla de apariciones y en- 
cantamientos. Estís parajes tienen en efecto un aspecto 
salvaje, imponente y siniestro como las tribus nómadas 
que los habitan. Arboles de corpulencia y elevación 
gigantescas, de ramaje estraño en colores y formas, alzan 
aquí y. allí sus inmensas copas sacudidas eternamente 
por ardientes é impetuosos vientos, que agitando las año- 
sas lianas que los entrelazan les dan en la noche la apa- 
riencia de fantasmas que danzan ahnllando entre las 
tinieblas. Altas yerbas, casi todas venenosas aun al 
tacto, crecen con un lujo prodigioso de vegetación sobre 
la arena roja y abrasada de aquel suelo que en las noches 
de estio presenta fenómenos increíbles de electricidad. 
Las tempestades jamas abandonan esas montañas. El 
rayo estalla sin cesar en sus cimas; y al estruendo del 
trueno responden en lo hondo de los valles los rugidos 
del tigre y el silbido de la serpiente. El águila y el ga- 
vilán tienen su nido entre esas rocas; y se les vé á cada 
momento elevarse lanzando chillidos y surcar el aireen 
mágicos círculos llevando entre sus garras un lagarto ó 
una culebra de cascabel 

Sinembargo, nada hay tan risueño como el aspecto 
lejano de esos montes que vistos de cerca despiertan en 
el alma un invencible sentimiento de terror. Elévanse 
como una muralla azul de recta silueta que limita el 
horizonte. Adorna su base un verde cordón de bosques, 
y mas abajo el caudaloso Pasaje estiende su plateada 



|78 SUE5Í0S \ REALIDADES. 

cinta añadiendo sus cambiantes reflejóse las ricas tintas 
con que el alba colora esta admirable perspectiva. 

Cuando llegamos á nuestro campo, después de la 
prolongada escursion al Colorado, hacia largo tiempo que 
habia anochecido. La luna llena, alzándose detras las 
montañas que habíamos recorrido durante el dia, alum- 
braba las copas de los árboles; y sus rayos deslizándose 
oblicuamente entre el ramaje, se cruzaban como hilos 
luminosos en la oscuridad que reinaba en lo bajo de lasci- 
va . Habríase creido qua eran redes de plata tendidas por 
los genios para aprisionar á las auras. 

Con la brida de mi caballo en la mano, de pie é in- 
móvil, oontemplaba yo enteramente embebecido aquel 
mágico contraste, aquella escena compuesta dedos prin- 
cipios opuestos: la luz y las tinieblas. Poco á poco la 
fijeza de mi mirada comenzó á presentarme singulares 
fenómenos de óptica. Unas veces veía ajitarse en la es- 
pesura las alas diáfanas y el ropaje ondulante de una 
silñde; otras brillar como ascuas los ojos ardientes y las 
aceradas escamas de un dragón. Ora veia surgir entre 
los sinuosos troncos la horrible cabeza de un demonio, 
ora sonreír á lo lejos el rostro luminoso de un ángel. 

Con asombro mió, la última visión no se desvaneció. 
£1 ser celestial se acercaba, y á medida que sus aéreas 
formas se dibujaban mas perceptibles, la melancólica 
sonrisa que entreabría su labio se volvia mas dulce. Al 
llegar cerca de mi posó su mano en mi hombro y mos- 
trándome la selva, me dijo con voz suavísima: 



GUBl AMAYA. 179 

— ''Nel mezzo del cammino di nostra vita " 
Era Azucena. Habia dejado su amazona, y vestía 
una bata de muselina blanca, cuyos undosos pliegues 
ajitados en torno suyo por la brisa de la noche le daban 
un aire fantástico y sobrenatural que despertó en mi 
corazón ese lúgubre presentimiento producido ya á la 
primera vista de aquella hermosa niña. 

Pero ella no se apercibió de mi tristeza, y continuó 
con gesto de dolor graciosamente cómico: 

— Ay I de nosotros, que vivimos en el siglo de los ner- 
vios y de los vapores I tres veces | ay ! Las señoras, me- 
drosas como siempre, han mandado encender las hogue- 
ras, y mira como nuestra selva selvaggia no está 

ya oscura. 

En efecto, el bosque se iluminó de repente con la 
luz de las grandes fogatas que los criados mantenian toda 
la noche para alejar á los tigres. 

Azucena recordó nuestra soirée campestre, y ambas 
nos apresuramos á volver á las tiendas. 

Era ya tiempo. Bajo el nogal consagrado hallaba* 
se ya reunida la pequeña sociedad délos baños. Nadie 
faltaba, ni aun el taciturno y misterioso italiano que 
habia llegado la víspera. Sentado en unaraiz saliente 
del árbol y con la cabeza apoyada en su tronco, miraba 
las estrellas con aire meditabundo, y parecia entera- 
mente ajeno á todo lo que pasaba en tomo suyo. 

Después que se hubo cantado, bailado y hablado de 
política, llegó finalmente la hora de los cuentos. 



180 sueKos y reaudades. 

Miguel, según la costumbre establecida, dio su som- 
brero á la criada de Azucena para recoger las prendas. 

El incógnito instruido de lo (pie se exijia de él, dio 
un anillo que llevaba al dedo. 

. La Montenegro, al pasar cerca de mi, me dijo rápi- 
damente al oido: 

—El italiano se marcha mañana. Es necesario que 
pague su contingente de cuentos. . 

T yendo á Miguel que se habia vuelto de espaldas 
para extraer la prenda con imparcialidad, le dijo en voz 
baja d&ndole el sombrero: 

— Por Dios, mi viejo Miguel, encuentre Y. un grueso 
anillo que anda por ahi. 

Miguel guiñó sus ojos negros como solo saben hacerlo 
sus compatriotas, y revolviendo bulliciosamente las pren- 
das que contenia el sombrero, alzó la mano, en cuyo 
Índice brillaba el anillo del italiano. 

Todas las miradas se volvieron entonces hacia este; 
las señoras acercaíon sus asientos para escuchar mejor; 
y Azucena, dejando los almohadones que habia traido para 
ella su criada, vino á sentarse á mi lado sobre el poncho 
de Miguel. 

El estranjero conoció que toda escusa sería inopor- 
tuna; y sonriendo melancólicamente, saludó á la com- 
pañía con esa cortesía galante y esquisita que distingue 
á los italianos nobles. 

Después pareció reconcentrarse en sí mismo; dirijió 
una mirada al cielo moviendo tristemente la cabeza; y 



GUBI AMATA. I8i 

como si hubiese olvidado que tenia un circulo de oyen-- 
tes, cual un sonámbulo que bajo el poder magnético 
evoca algún recuerdo de su pasado, con una voz, ora 
triste como el jemido del viento, ora ronca y amenazante 
como el fragor del trueno, comenzó á hablar. 



UN DRAMA EN EL ADRIÁTICO. J 



I. 



Venecia, la bella esposa del Adriático, dijo, Venecia, 
esamájica reina tan poderosa en otro tiempo, ahora venci- 
da y encadenada olvidaba su esclavitud y cubriendo sus 
cadenas con perfumadas guirnaldas se entregaba á las 
frenéticas alegrías del Carnaval. Sus palacios ilumina- 
dos con magnificencia abrian sus doradas puertas á los 
numerosos convidados que invadian bulliciosamente las 
escalinatas de mármol. Surcaban sus misteriosos cana- 
les millares de góndolas llenas de máscaras que acudían 
á los bailes, á las citas de amor ó de vendetta, ó bien á for- 
mar conciertos en las lagunas. T de todo aquel vasto 
concierto de palacios, cafées, tabernas, azoteas, balcones, 
calles, plazas y canales se elevaba un solo é inmenso 
grito formado de todos los sonidos que puede exhalar un 



GUBl AMAYA, 183 

pecho humano. Gritos de alegría, esclamaciones de 
sorpresa, interjecciones de miedo, ahuUidos de rabia, 
suspiros y palabras de amor doblemente amorosas al es- 
presarse en la dulce y poética lengua del Tasso. Aqui, 
ensordecía el discordante estrépito de una cencerada; 
allá, encontraba el oido la deliciosa melodía de una se- 
renata; mas lejos cien alegres polichinelas agrupados en 
una góndola primorosamente empavesada pasaban can- 
tando y riendo bajo los sombríos arcos del Puente délos 
Suspiros. Sus Canciones y risas resonaban como una 
satánica ironia en aquellas lúgubres bóvedas que vieron 
pasar tantos semblantes pálidos y cuyos ecos repitieron 
tantos gemidos de agonía. Pero ahora, todo estaba ya 
olvidado. El terrible tribunal de los Diez, sus misteriosos 
juicios y sus numerosas víctimas, pasaron como la gloria 
de Venecia, y esta hechicera nereida satisfecha de mirarse 
Siempre bella en el límpido espejo de sus canales, olvidaba 
su esplendor pasado y su presente humillación y sonreían 
sus tiranos, les abría sus brazos y sus dorados palacios y 
cantaba y bailaba con ellos en vez de sus voluptuosas dan- 
zas nacionales, las danzas estrepitosas y bárbaras del 
Norte. 

Hablando asi la voz del italiano, tornóse trémula, y 
sus rasgados ojos negros centellearon de indignación. 

Mas no todos los hijos de Venecia, continuó, mira- 
ban con indiferencia las cadenas austríacas que aprisio- 
naban las garras del León de San Marcos. 

Aun quedaban á este algunos fuertes cachorros 



184 5UE5ÍOS Y REALIDADES. 

que vagando en torno siiyo entre las tinieblas, rujian sor- 
damente sangrientas amenazas. 

Y si el dáa de la venganza no habia aun llegado, si el 
cáliz de indignación no habia rebosado todavía, existían 
sin embargo, en cada uno de los palacios de Riallo, co- 
mo en cada una de las humildes chozas del Lido, en ca« 
da una de las aristocráticas góndolas de los patricios, co- 
mo ea cada una de las pobres barcas de pescadores, cora- 
zones que palpitaban de odio al solo nombre del Austria; 
y Yenecia como toda la Italia, estaba minada por nume- 
rosas asociaciones secretas que se ocupaban de un mismo 
objeto:-*la independencia de la patria. 



II. 



Los polichinelas que tan agradablemente hablan pa- 
sado el puente de terrible memoria^ recorrieron los cana- 
les tomando á su paso muchos máscaras cubiertos con 
el mismo disfraz, y se detuvieron finalmente bajo los bal- 
cones de un palacio antiguo y derruido. 

La alegre comparsa hizo oir un hurra prolongado, 
que repitieron los ecos del sombrío edificio. A. esta^señaj». 
una mano levantó la celosía del balcón, y un joven de 
rostro pálido y de largos bigotes negros, se inclinó sobre el 
canal. A su vista, el jefe de los polichinelas se puso en 
pié alzando el brazo, é hizo un signo misterioso. £1 
hurra resonó -como antes, y la góndola desapareció en las 
tinieblas. 

Seguíala de cerca otra góndola, cuyas máscaras ean« 
taban el Hernani y repetían en coro: 
Alkgri hmamo I 



186 SUEÑOS T REALIDADES 

El joven cerró el balcón y llamó. Presentóse un 
anciano. 

— Giovanni — le dijo — ^nuestro Oriente tendrá esta 
noche una sesión solemne á la que concurrirán todos sus 
miembros. Ejerce tus funciones de conserje: prepáralo 
todo. A las doce, veinte góndolas llegarán una á una de- 
lante de la puerta secreta y el subterráneo será invadido 
por quinientos polichinelas bajo cuyas grotescas másca- 
ras^ encontrarás los semblantes decididos y enérjicosde 
nuestros hermanos. 

El anciano y el joven, cojieron cada uno una lámpa- 
ra. El anciano atravesó una larga galeria cubierta de 
retratos, detúvose delante del último de estos y tocó un 
resorte oculto en el marco. El retrato giró sobre goznes 
invisibles, dejando descubierta una ancha escalera sub- 
terránea que el viejo descendió perdiéndose con su lám- 
para entre sus lóbregas espirales. 

El joven cruzó una larga linea de habitaciones cu- 
biertas de relieves y de frescos magníficos, y deteniéndo- 
se delante de una sala oscura y silenciosa, 

— Blanca ! dijo en voz baja — ^¿duermes, hermana 
mia ? 

— Velo como tú — respondió una voz dulce y triste. 

— Velas sola y en las tinieblas I — repuso el joven 
con acento de cariñosa reconvención entrando en el 
cuarto. 

La luz déla lámpara alumbró un gabinete sencilla- 
mente adornado y la bella figura de una joven que con los 



GÜBl AMAYA. 187 

brazos cruzados sobre el pecho parecía absorta en doloro- 
sa meditacioD. 

Los vaporosos pliegues de su larga túnica blanca que 
la cubría, le habrían dado un aire fantástico, si las profu- 
sas ondas de una maravillosa cabellera negra no revela- 
ran tesoros de juventud y vida. Si hay nombres que 
coinciden admirablemente con las cualidades individua- 
les de las personas que los llevan, el de Blanca, dado á esa 
joven» era uno de ellos, porque su tez, de un blanco día* 
fano y azulado, oscurecía la transparente gasa de su ro- 
paje. Pero á aquella blancura se mezclaba en ese mo- 
mento una estrema palidez, y en sus bollos ojos azules va- 
gaba una inquietud sombría que la cariñosa sonrisa con 
que se acercó á su hermano no fué bastante á ocultar. 



ni. 



— ^Velabassola y en las tinieblas, continuó él estre- 
chando entre las suyas las manos de la joven y fijando en 
sus ojos una mirada escrutadora — Blanca, hermana mia, 
¿qué es lo que pasa en tu alma hace algún tiempo? A tu 
alegría de niña ha sucedido de repente una profunda y 
dolorosa inquietud. Muchas veces te he encontrado aquí 
postrada en tierra, con el rostro entre las manos, sollo- 
zando amargamente y tan abismada en ese dolor desco- 
nocido que ni aun te apercibías de mi presencia y mis ca* 
rícias, mis lágrimas y mis ruegos te hallaban tan insensi- 
ble como ese mármol en que se apoyaba tu cabeza. Aho- 
ra, no lloras ya, pero tu mirada se ha vuelto sombría 
y con frecuencia te veo correr azorada y trémula á arro- 
jarte en mis brazos, como si algún enemigo invisible 
te amenazara. ¿Qué lúgubre secreto ocultas al corazón de 



GUBI AMAYA 189 

tu hermano, de tu amigo de la infancia? No te he ama- 
do lo bastante para que tengas confianza en mi ? ¿ Vaci- 
lé alguna vez para realizar uno solo de tus deseos? 

La frente de la joven palideció mas todavía y sus mi- 
radas espresaron inmenso dolor. 

— Querido Octavio! — esclamó abrazando ásu her- 
mano-^mi bueno y generoso protector ! Sí .... tá lo 
has sido todo para mi. Al amor de hermano has añadido 
la solicitud tutelar de un padre, los cuidados y la tierna 
abn^cion de una madre. Niño aun y en esa edad de 
egoísmo en que solo se vive para si, tu veniste á sentarte á 
la cabecera de mi cuna que la muerte dejó desamparada, 
y velaste el sueño de la huérfana . Joven , bello, y en la 
edad délas ilusiones de tu juventud, únicas flores de la 
vida, y con peligro de tu existencia, disfrazado y oculto 
consagras á tu hermana los años que sin ella habrías dado 
en un país estranjero á los placeres y á la gloría á que te 
llaman tu ilustre nombre y tu bríllante talento. 

— ^Pues bien, amada Blanca — ^la interrumpió él — sí 
tu alma conserva la memoria de esos días tan gratos para 
mí, de esos días en que nada echabas de menos á mi lado, 
en nombre de estos te pido que derrames tu dolor en el 
corazón de tu hermano, que le des su parte de tus lágri- 
mas, que no sufras por mas tiempo silenciosa y sola. 

Los ojos de Blanca fijos en su hermano con inefable 
espresion de ternura, se bajaron de repente. Un violen- 
to combate interior hizo ondular la gasa que cubria su 
seno. Vaciló, tembló, reclinó la cabeza en el pecho de su 



190 SUEÑOS Y REALIDADES. 

hermano y sus rodillas se doblaron como si fuera á pos- 
trarse á sus pies; mas luego haciendo un supremo esfuerzo 
alzó hacia él su rostro pálido pero risueño. 

— Si, amigo mió — ^le dijo — sufro; pero tu tierna so- 
licitud exajera mis pesares y equivoca su naturaleza. 
¿ No hay acaso en todo cuanto nos rodea motivos de dolor 
y de lágrimas? 

— ^h I Es verdad . . . respondió Octavio con amargo 
acento { Necio de mi que preguntaba la causa de tu pe- 
na I Yes nuestra patria esclava y á sus mejores hijos 
proscritos ó entre cadenas; viste morir en el cadalso ¿ 
nuestro padre y desaparecer sin duda bajo los plomos ho- 
micidasá nuestro amigo déla infancia el valiente Mario 
que te amaba tanto; ves á tu hermano, último vastago de 
una raza de héroes, perseguido, errante, forzado á ocul- 
tarse vergonzosamente á la sombra de los monumentos al- 
zados por la gloria de sus abuelos, mientras tu misma, he- 
redera de inmensos tesoros, llevando la vida miserable de 
una obrera, pagas con el sudor de tu frente el derecho de 
habitar bajo un nombre oscuro, el arruinado palacio de 
tus padres. Pero consuélate, hermana nda. Nuestra 
afrenta y tu dolor tendrán pronto un término. La hora 
de libertad va á sonar para la Italia. En el instante que 
te hablo, millares de corazones intrépidos, millares de bra- 
zos fuertes se ocupan en limar nuestras cadenas. Muy 
luego en toda la estension de nuestro pais, desde los Al- 
pes hasta el Etna, resonará un inmenso grito de triunfo, 
y entonces rodeada de las grandezas que te arrebataron en 



6UBI AMAYA. iOl 

la infancia, verás abrirse á tus miradas un horizonte de 
dicha desconocido aun á los sueños de tu existencia pre- 
sente. 



■Tunante ▼ 



de 



^?T 'TBffT*" i. mi*. B. 



a¡L. l%¿5r omteje noestra gkñosa 

3Laa7 jasmna hada estatiena 

'vo-is» .e^«m ramor? Es la voz de 

L »& bi^os éasfeaos, es un grito 

.<i onestia ^kUrna. Adiós, Blanca 



GUBI AHAYA. 193 

mia .... Tu que etes un ángel, oray espera . . . Adiós I 

— Octavio. . . ! — gritó Blanca con voz débil ten- 
diendo los brazos á su hermano. No me oye . . . ha 
desaparecido y con él toda esperanza de redimir mi cri- 
men. I Oh I — continuó ella cubriéndose el rostro con las 
manos en un acceso de delirio— he ahi ese grito acusador 
que se eleva en mi alma repitiendo la tremenda deman- 
da: |Cain I Gain ! ¿ que has hecho de tu hermano 1 

— Lo vendiste 1 — respondió una voz que hizo estre - 
mecer á Blanca — lo vendiste miserablemente, hermana 
mas criminal que el primer fratricida I Lo entregaste á 
manos de sus enemigos; por que, hija indigna de la Ita- 
lia, has cambiado tu patria como las rameras de Sion por 
el amor de los tiranos que la han esclavizado. 

— Mario I — esclamó ella corriendo hacia un hombre 
que con los brazos cruzados y la cabeza erguida la con- 
templaba con una mirada ^vera. 

— Si— replicó él rechazándola con desprecio — Mario, 
á quien el austríaco que amas hizo sepultar en los pozzos 
para que callara la única voz que podia delatarlo á la 
Santa asociación en que traidoramente se ha introducido 
profanando un nombre italiano .... Mario, enterrado 
en esas mazmorras donde el ser viviente que baja á ha- 
bitarlas encuentra un lecho formado de los huesos de 
sus predecesores .... Mario, que rasgando su-morta- 
]a, alzando la lápida de su tumba llega á tiempo para 
salvar á sus hermanos del cadalso que les preparaba el 
espía y para decirte á ti que has podido escuchar sin 

13 



I 



194 sleKos y beaudadgs. 

morir de vergüenza y remordimiento las nobles pala- 
bras de tu hermano: — Cómplice de un traidor, aquel 
á quien has sacriíic(.do tu nombre, tu patria, tu fa- 
milia y mi amor, te vende como tu nos has vendido. 
El infame que haciéndose llamar Marelli se afilió en 
nuestro Oriente, ese anstriaco á quien amas con el 
nombre de Estevan Landoberg, es el hijo de Radetzld, és 
el favorito de la reina de Hungria, uno de los esclavos 
que la orgullosa austriaca emplea en arrancar del cora- 
zon de nuestras mujeres los secretos de sus padres y de 
sus esposos. 

Blanca llevó la mano al corazón cual si hubiese 
sentido un gplpe. mortal. 

— Oh infamia ... I Oh vergüenza I — es- 
clamó. 

— Si ... I —replicó Mario con feroz sonrisa — ^ver- 
güenza é infamia que serán lavadas con sangre con 

la sangre del traidor que ha%echo de ti un instrumento 
para escalar ^l santuario donde preparábamos la libertad 
efe la patria. 

Blanca, pálida como un cadáver retrocedió algunos 
pasos, puso el pié en el umbral dek puerta y gritó con 
acento de resolución : 

— ^No I no lo matareis ! La vida de ese hombre me 
pertenece .... Su muerte basta á vuestra venganza; pero 
no á la mia y yo quiero que viva para que se acuerde 
eternamente de su perfidia y de mi amor .... penque 
Marelli, Landoberg ó Radetzld ... | yo le amo ... I 



QUBI AHAYA. 105 

Y cerrando tras si la macisa puerta desapareció como 
una sombra eu aquellas lóbr^as galerias. 

— Maldición sobre ti i— gritó Mario con un ahullido 
precipitándose á la puerta y haciendo esfuerzos por 
abrirla. 



Bajo los cimientos del solitario palacio, en un salón 
subterráneo de forma circular y alumbrado por una 
grande lámpara de bronce suspendida en lo alto de la 
bóveda, sentado en un sitial de púrpura y ceñido el 
pecho con la banda azul recamada de oro del maestro 
masón. Octavio presidia ifiía imponente asamblea. 
Veíanse allí reunidos jóvenes patricios representantes de 
los nombres mas ilustres de Venecia, viejos guerreros que 
habian encanecido buscando en todas las batallas de 
Europa la libertad de Italia, mensajeros de otras aso- 
ciaciones y proscritos en fin que deseando respirar el 
aire déla patria venianá pedirlo á las entrañas déla 
tierra. 

— Si, nobles hermanos, — decia Octavio con acento 
enérjicoé inspirado— confiemos la libertad de nuestro 
paisalsolo esfuerzo de nuestro brazo. Nuestra fé y la 



6DBI AMATA Í97 

• 

jusüeiadela causa nos darán el tiiimfo. Todaiater- 
Tención estranjera es vergonzosa .... rehusémosla pues» 
y,?osoiros, honorables emisarios, decida nuestros her- 
manos de Ñapóles y de Milán que esta es la última vez 
que nos reunimos para deliberar, que vamos á decir 
adiós á las tinieblas de estos antros, asilo por tanto tiem* 
po de nuestra existencia proscrita y que nuestra próxima 
asamblea será en la plaza de San Marcos, con las armas 
en la mano, á la luz de nuestro hermoso sol. | Viva la 
Italia! 

-^1 Viva t \ 1 — ^respondimon con frenético entusias-- 
mo las quinientas voces de los congregados. 

De repente una mujer vestida de blanco, pálida y 
desmelenada se precipitó en e) subterráneo y mirando 
en torno con espanto: 

— Estevan deLandoberg. . ! — esdamó-^-huid, que 
vuestra vida está en peligro I 

Á aquellas palabras alzóse un hombre y sacando 
del seno una pistola que llevaba oculta la descaigo. En 
el mismo instante abriéronse todas las entradas del sub- 
terráneo y el salón se llenó de soldados austría- 
cos. 

-—En nombre del emperador— gritó adelantándose 
hacia Octavio aquel que habia dado la señal— os intimo 
que os rindáis. Estáis desarmados y toda resistencia se- 
rá inútil. 

— I Italianos !— esclamó Octavio con magestuosa re- 
solución— ¿queréis languidecer oscura y lentamente en 



:iiHxr TOL ^¡oBtk^itnDdo d. 



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el 






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jiuis- 3ua ¡nt^Hi -gni X jtiaifc^ .JÉflipga ♦^y fgiidiente 

j^ ^ 'i>7y »t¿y nTntiiryfí» JM^JOñ W 1411*1 M fíISnl Sque- 



V 



f 



VI. 



En ese momeato un hombre jadeante y con los vesti- 
dos en desorden ponja el pié en la última grada de la es- 
calera que conducia al palacio. A vista de la horrible ca- 
tástrofe detúvose pálido coiáS ttn espectro y fijó largo tiem- 
po en el abismo una mirada indescribible. 
r — ^Dios lo ha querido I— esclamó — ^Todo lo que yo 

amaba en este mundo yace alli aniquilado. Italia I He- 
me ya tuyo enteramente. Ante esta inmensa tumba 
donde se han hundido mis esperanzas y todos los víncu- 
los que me unian ala vida, juro libtetarte ó morir .... 
• . • • • •*..••.••..•• 
T án embargo— continuó el desconocido con voz ser- 
da— ese hombre no ha cumplido su voto. La Italia ha 
vuelto á caer en la esclavitud y él vive todavia, porque la 
muerte lo ha rechazado en todas partes. Las balas des- 
tinadas á su cabeza, han caido sin fuerza á sus pies, el 



PIAdlENTOS 

DEL ÁLBUM DE UNA PEREGRINi 



Y después de haber marchado largo tiempo el 
cansancio me obligó asentarme al borde del fragoso ca- 
mino; 7 mi pensamiento, como atraidopor un imán irre- 
sistible, s& volvió hacia atrás, y evocó el tiempo pasado. 

Entonces una radiante visión apareció á mis ojos en 
los limites del horizonte. 

Vi resplandecer un sol brillante, y bañar con sus ti- 
bios rayos una ciudad blanca y hermosa, que asentada 
en una verde campiña, de aspectos variados y pintores 
eos, dibujaba sus aéreos edificios en un cielo de azul purí- 
simo como el de la Grecia. 

Las anchas y elegantes calles de aquella ciudad esta* 
han llenas de una alegre multitud que se precipitaba ha- 
cia la mas gvande y bella de sus plazas, donde se celebraba 
una brillante fiesta. En las puertas, en las torres y cú- 
pulas ondeaban ricos cortinajes; el suelo estaba sembrado 
de flores; hermosas damas cubiertas de encajes y pedrería 
decorábanlos balcones; numerosas cabalgatas de el^n- 



204 susRas t abalidades. 

tes gínetes pasaban y repasaban delante de ellas saludán- 
dolas y haciendo caracolear graciosamente sus corceles. 

Pero entre todos aquellos caballeros, uno solo selle- 
yaba tras si todas las dulces miradas que los otros codicia- 
ban. 

Era un joven alto y pálido, de cabellos negros, y de 
admirable apostura. 

Hontal)a con gracia y destreza indescribibles un 
arrogante potro sainó indomable para otra mano, pero 
dócil para la suya. 

« Aunque conocia que era el objeto esclusiyo de la 
atwcion de tantas hermosas mujeres, sus mjuradas ^an 
para una sola; para una jóyen alta y esbelta^ deojos aegieos 
y cabellos rubios, de rostro alternatiyamente •mniosada 
6 pálido, según la emoción dulce ó penosa que espeñ- 
mentaba. Estaba sencillamente yeslidá de falainoQ y ador* 
naba su pecho uri ramillete de femanácñltM que ella arro- 
jó furtiyaokente y sonriendo al jóren pálido>y queél be- 
ró y escondió, en su s^o. . . . 

liá.yision cambia. 

Un soberbio salón de baile deforma circular, abría 
w» puertas á una inmensa concurrencia. Ricas alfom- 
bras, colgjaduras de grana y oro y costosas pinturas se os- 
tentan por todas part^. Magniñcos Justros ardientes de 
perfumadas bujias derraman torrentes de lu2, que se 
centuplican en los diamantes y ra los ojos de las mt^fifettí 
que revolotean como un torbellino de flores. Entre esa 
multitud de bellezas se hallaba la rabia joven del baloo»^ 



EL ÁUHm Dft UNA PCBEGaUVA. S05 

Ahora sooreia también al pálido caballero, y bajaba 
los ojos con timidez á los besos que él la enviaba de le^ 
jos. 

La (orquesta bixo oir sus preludios melodiosos; el sa* 
l<mse pobló ele dichosas parejas, que con los brazos en-* 
trelazados esperaban el baile que iba á comenzar. 

El joven pálido corrió hacia la joven rubia; sus ma- 
nos se estrecharon, sus ojos expresaron una dulce alegría; 
y bien pronto, arrastrados el uno en los brazos del otro al 
mágico circulo de aquella danza, mirando msojos m $u$ 
ojosy j sintiendolatirjuntos sus corazones, se encontraron 
solos en ese inmenso caos de blancos sendales, de flotan-* 
te rizos, de perfumes y de armonia, y desaparecieron 
estrechados en un abrazo que para otros era de danza, 
pero que para ellos era de amor 

La visión cambió. 

Las estrellas centelleaban en el cielo, enviando á la 
silenciosa campiña su luz dulce y tímida como la mirada 
de una virjen; el aire tibio y perfumado estaba surcado 
por millares de ludémagas, que posándose en las negras 
copas de los árboles y entre las yerbas de la pradera, da- 
ban á la tierra la apariencia de un inmenso espejo que r^ 
fiejára el estrellado cielo. 

Allá, alo lejos, entre las sombrías avenidas de áitoIe» 
que mece lentamente la brisa de la noche, aparecen dos 
personas. La blanca y flotante túnica de una mujer y 
el negro vestido de un caballero se dibujan entre la masa 
de tinieblas de una glorieta. Se acercan. ... Es )a 



EL ÁLBUM DE UN^ PEEEGRlflA. 207 

velaba inmóvil su sueño» estaba también alli: pero ahora 
estaba sola I l^aseábase lentameo te A las orillas del ocea- ^ 
no, deteniéndose algunas veces para escuchar con triste 
atención el murmullo de las olas, como si esperase que le 
tranjera de otras playas la voz de un objeto querido. El co- 
lorido brillante de su rostro, la alegria de sus ojos, la son- 
risa de sus labios, la morvidez de sus formas, habian desa- 
parecido. Su frente tenia la palidez mate del mármol 
de una tumba; sus ojos rodeados de una auréola azul, ha- 
bian tomado un brillo sombrío y siniestro al hundirse en 
sus órbitas, y sus labios llevaban la huella de profundos 
sollozos. Habia perdido la belleza de la dicha; y si alguna 
le quedaba, era solo la del dolor. 

Sin embargo, la vida la sonreía á lo lejos, mostrándole 
sus goces; pero ella se alejaba triste y silenqposa, y si son- 
reía, era solo al recuerdo de esos dias de sol y de amor, y 
de esas noches que habia cubierto con su manto misterio- 
^sodeestrellaslas ardientes miradas, las tiernas palabras 
y los suspiros de un amor tanto mas inmenso, cuanto era 

puro y santo , \ 

Y yo cerré los ojos, y pedi á Dios que hiciera desapa- 
recer aquella visión, porque tuve miedo de leer los terri- 
bles misterios de dolor que debia encerrar el corazón de 
esa mujerl .\ 



■«•Wl " 



LA NOVIA DEL MUERTO. 



i HI IIÜBBIDO AII90 TICEITB 0. QDBIIBi. 



I- 



Én la deUciosa región qué te eátiendód^sde el con- 
fia boliviano basta la linea patagónica» hl éétitro de tiM 
coouurca donde se hallan reunidas todas las bellezas de 1& 
creación, sobre una llanura surcada de cristalinas Tuen- 
tes y perdida como el nido de una ave entre rosas f ja^nnt- 
nes, álzase una ciudad de aspecto oriental. Sus blancas 
cúpulas se dibujan con primor sobre el verde oscuro de 
los bosques de naranjos que la circundan, cautivando las 
miradas del viajero que la contempla á lo lejos. Sus cami- 
nos son avenidas de flores; su aire es tibio y fragante; sus 
dias una irradiación de oro y azul; sus noches serenas, es-« 
Irelladas, pobladas de música y de amorosos cantares. 
Quien una vez la haya habitado no la olvida jamás; y si un 
dia volviera á ella, aunque Dios hubiera quitado la luz á 
sus ojos, al aspirar su perfumada atmósfera exclamara*- 
iTuQumanl 



213 SUEÑOS Y REALIDADES. 

Predestinada á granees acontecimientos, su recinto 
ha sido el teatro de nuestras glorias y de nuestros infortu- 
nios. AHÍ el primer Congreso americano declaró nuestra 
independencia, y allí comenzamos á llamarnos libres. 
Álli por yez primera desgarramos el fundón del despotis- 
mo, y por vez primera el valor americano postró á sus pie» 
¿los leones de Castilla. Allí la hidra de la guerra civil 
produjo los mas horribles monstruos y los mas nobles hé- 
roes. AUi el caudillo del vandalaje, el sanguinario Tigre 
de lo\Llano8, seguido de sus salvajes jiordas descendió un 
dia de las agrestes cumbres de los Andes, y cayendo de 
súbito sobre el ejército nacional adormecido en las deli- 
cias de aquella nueva Capua, hizo de él una inmensa he- 
catombe. 

Imájen del Edén, el Bien y el Mal aspirando ¿ po- 
seerla, sostienen alli perpetua lucha . ¿ Cual triunfará? 



II. 



Hacia tiempo que el horizonte político del Plata se os- 
curecía cada día mas. Los héroes de Ituzaingo, reunidos en 
torno al celeste pendón de la patria, oponian en vano los 
esfuerzos de su denuedo á las bárbaras falanjes que, invo- 
cando un principio desorganizador, escandalizaban al 
mundo con las atrocidades de una guerra fratricida. Las 
jornadas de la Tablada y Oncativo fueron seguidas de 
crueles reveses, y el general Paz, victima de una casualidad 
fatal á la causa del orden, habia caido embolado su caba- 
llo en manos de los enemigos y yacia cautivo en las cárce- 
les de Santa Fé. 

£1 ejército nacional que mandaba, y del que era el 
alma, privado de su jefe, emprendió una retirada impo- 
nente como la del Beresina y desastrosa como ella; 
los prodijiosdel valor del héroe que la mandaba (1) no 
pudieron impedir que fuera una derrota. 

(U La Madrid. 



SI 4 SUfií^OS Y REALIDADES. 

Llegado á Tucuman, el ejército se dio un nueyo 
jefe— el nobley yaliente Alvarado: noble y Yalienle si; 
pero desgraciado y de funesto agüero páralos ejércitos 
que han combatido á sus órdenes. 

Sin embargo, hábil, estratéjicoy profundamente 
versado en el arte de la guerra, al asunúr aquella tremenda 
responsabilidad, midió de una sola ojeada la situación; 
descubrió sus peligros, calculó sus ventajas. £1, que te- 
nia ]a fatal esperiencia de laa retiradas, pesó los resulta- 
dos de esta, y resolvió detenerla, fortificarsfe y esperar al 
enemigo en esa posición que en otro tiempo y en iguales 
citcunstancias haMa dado el triunfo al inmortal Belgrano. 

Fbrm6ouarteles; pasó revista á las tropas; r^onó su 
número; improvisó armamentos y pidió auxilios á las 
provincias vecinas; todo esto con la decisión instatánea y 
rápida qne distingue á los grandes capitanes. En aquella 
rucha formidable con el destino, Alvarado nada oMdó. 
No le faltó su géniot como siempre, fiíiltóle su estrella. 



III. 



La primavera tendía sus verdes guirnaldas sóbrela 
ciudad convertida en campamento. El acre perfume de 
losreto&os circulaba en la brisa; los cantos de la calan- 
dria y del ruiseñor se mezclaban á la voz délos clarines, 
y el^trépito fragoroso de las armas no wa bastante á 
ahogar los armoniosos susurros de aquella hermosa natu* 
raleza. 

La primavera de Tucuman!— es decir torrentes de 
luz y de perfumes; cielo azul orlado de nacarados celajes; 
vergeles poblados de flores; mujeres bellísimas cuyos 
ojos resplandecen como f ulgorosas estrellas, todo» en fin, 
lo que puede convidar al deleite y al olvido. Asi, los guer- 
reros del ejército unitario en ese alto de un dia, entregaron 
sualmaá todas lasilusiones de una eternidad deamor. 

Octubre habia dejado su último sol en los dorados 
pétalos de las retamas, sin que nadie viniese á inquietar 



210 ftUEfíOS Y REÍIL1DADE9. 

al ejército en aquella deliciosa etapa. Sin embargo, las 
gantes supersticiosas interrogaban ¿ las rojas lontananzas 
del ocaso, y moviendo la cabeza como el profeta, escla- 
maban— Sangre I sangre I 

Pero á esos siniestros augurios, las bandas del ejército 
respondían con festivas cuadrillas que las hijas de Tucu- 
man danzaban bajo las enramadas de jazmines, con esa 
alegría estraña que precede á las catástrofes. 



i 



^ 



IV. 



Un dia, tres de Noviembre al anochecer, dos mucha- 
chas risueñas turbulentamente recostadas en el alféizar 
de una ventana. 

— ^Emilia 1 — gritó de pronto una de ellas— ahí viene 
el hermoso Ravelo I jVen á prisa. 

Que hoy monta al moro veloz. 
El que deja atra^al¡viento. 

— ^He prometido no verlo, respondió una toz con la 
ondulación de un suspiro. 

— ^Y quien pudo exijir da ti esa costosa promesa ? 

—Mi tutor. 

— Bah I qué le importa á ese vejestorio que tu veas é 
Ravelo ? Está celoso quizá ? 

— ^Dice que es culpable esa complacencia en la vista 
de un hombre que no ha de amarme jamás. 



218 sobSoa t maubádes. 

—Qué sabrá él I Ya quisiera ver yo que me viniesen 
con tal prohibición 1 No» señor, nada menos que dejarme 
robar la dicha de contemplar esa apostura, y sobre todo, 

esos ojos negros de mirada soberana , Ah t Emilia, 

que bello es ! Escucha al menos los pasos de su caballo- 
añadió la traviesa» sonriendo con malicia y bajándola 
voz por quQ aquel de quien hablaba pasó en ese momento 
ante ellas. 

En efecto, el hombre que asi llamaba la atención de 
aquellas niñas era un jóvep bello en toda la envidiable 
acepción de esta palabra. 

Vestía el uniforme de coraceros y en su hombro 
derecho ondulaba la charretera de comandante. 

{¡m» |pd99 Ip* oftpiftle^i(Í9l 9<^*í> W#«ífi* »r un 
yf(^ ^ l|^r(»9a 4fg^§^fmm tt^Tífeft Wl*f A »i iMl^^ 
barba negra que descendía en oscuras ondj|§ ^f^ ^ \fiy 
liWit^ peJM? W 99m^r ^9^\^H un bjlfifi» l^lro de 
las pampas; y si algo ^o^ }^9^%i^ éi^Siff^ S&m^^ 
de su actitud §s^ la 4@9lrf^$08 (m^ feíB^ejaba- 

Horacio R^i^^i;%@l nías i^a^^ de los valientes 
m^ S^^ ^]^mm h m\^^ de \^ mm^im- fimtaba 
apenas veinte años; y sin embargo, f{ji$^ |ttt?9J^^W^ 
ese (ti9e«i« ví44l#«% M9 ¥B«»i9^#b€»lW^dQri<>so8. 

Sus compañeros, no pudiendo riva^i^* Qp él, se 
l^^^a peQíítHHtfej?ftf|í> 4 44lWíS?te. y flPVw^an sus 
triunfos con sincero entusiasifie.. y 

X()dAsl«9ií^vm}^.(|»Tw»m«p 9«l»toi»«OI9U)radas 
de él; y cuando )q mm j^aanr, QMiá^ A^lifliiAdAracegh 



LA NOVU DBL MUERTO. 219 

miento, ceñidos el casco y la bruñida coraza, en las pom- 
posas evoluciones de una revista; ora solo, al caer el dia, 
envuelto en una capilla azul, y oprimiendo d lomo de su 
jentil pampero, soñaban con todos los héroes desde Or- 
lando hasta Hurat, y le habrían dado su alma en cambio 
de una mirada. 

Pero él, que era el amoroso en sueño de tantas bellas, 
no distinguia á ninguna. Saludábalas con esquisita ga- 
lantería en el desfile de una parada; cabalgaba á su lado 
en las partidas de campo y danzaba con ellas en los salo- 
nes. Pero de repente, y cuando lo creían cautivo, se 
deslizaba de entre sus brazos, hulado los festivos saraos, 
y salt|in4o SQbrA su ^o^. «aJtwillo (e al9)ftV4 y dewpMecia. 



V. 



Distante un tiro de piedra de las últimas casas déla 
ciudad, al cabo de un sendero bordado de espinillos, y en 
los lindes del ceibal que se estiende hasta el pueblo de 
Monteros, divisase la blanca fachada de una quinta entre 
el oscuro follaje de las moreras. Precédela un jardín 
plantado de limoneros y tupidas lianas, á cuya sombra se 
pasean asidas del brazo una anciana y una joven. 

La una, encorvada y morosa, recojia yerbas en un 
paño de su manta; la otra, vestida de blancas gasas y co- 
ronada de trenzas negras, llevaba con visible impaciencia 
el tardo paso de la vieja. De vez en cuando alzaba la 
frente, aguzaba el oído, y sus ojos sondeaban con afán las 
profundidades de la noche. 

Aquella joven era la hija de Avendaño el montonero, 
aquella quinta la guarida donde cada noche el atrevido 
caudillo partía con sus guerrillas que dispersaba al ama- 



LA NOVIA DEL MUERTO. 221 

necerl y con las que procuraba hostilizar al ejército ro- 
bando sus abastos é interceptando sus comunicaciones 
con las fuerzas unitarias del norte. 

—Por mas querías, Vital — decia la vieja, siguiendo 
una conversación ya comenzada— por más que rías, yo te 
digo que hay en ti desde no ha mucho, algo que realza tu 

belleza: algo qué diré? algo como la 

irradiación de una inquieta esperanza que hace bríllar 
tus ojos y da á tu frente el resplandor de una aureola. 

— Es la primavera, tia mia— respondió la joven — la 
primavera que refleja sus claveles en los rostros de veinte 
años. 

—No, á fé mia 1 que el año pasado todos los dias de 
Dios tenias la misma cara — blanca, rosada, rísueña y 
tersa. Ahora no es lo mismo: en un solo minuto cam- 
bias diez veces de color, de fisonomía y de espresion. £1 
rumor del viento te conmueve, el sonido* de una cometa 

te pone pálida y he aqui que los pasos lejanos de 

un caballo te hacen estremecer; qué tiene, pues, esta 
muchacha, señor 7 Diríase que está enamorada» si hubiese 
en Tucuman algún hombre de quien pudiera enamorarse; 

pero nadie nadie sino esos malditos unitaríoscon 

unas barbas que espantan. 

—Horacio ! — murmuró la joven con acento apasio- 
nado. 

—Horacio?— Ah ! ah I vaya I alguna novela, uno de 
esos cuentarrones incendiarios que desvelan á las niñas 
y les avientan los cascos. Si, pues, de ahi vienen esas 



ff¡A SCKlfOS T BEAUDADES. 

dictadas dé inquietud y dé tíé^, de WistéEa y de ansie- 
dad dft iiúe te bidMfcbá ahora teísmo; de ahi talnMéta ú 
wc^rrarte ea tu coarto d«sdehis obfao delAYittclié, dlej&t- 
doíkiésolá,peirdida coíMuntf fiígája en este gran caserón. 
Ttodo (Kñr leer novebs. Ibe» yiOü ñetoM) tetaiettdo 

ahi ala manólos doce tomóadel i&oCtiáKahó 

Pieró VeankoB, Yital, dime al iñenos lo que Viene á iér tu 
&oktado, qtiéttoáendoüfilibM) j^Mhibido 

— ^Mi Bonvdó i poema snbiüne, hcirmíDSo nusterio 
qué e^ (x>ta2oú iab^íM c<hi dclficia. | Si t tñsteitei y ale- 
gri*» diéhay doior, todo Tienede él I 

Habfamdo asi, la Tozde Yital estaba tan impr^adh 
é6 delate, qué galváíiiió et el alma helada déla yieja 
tas ttitíertostecueldos. 

— 4ésus 1 qiie muchacha I-^esclam)iy^habla con ntaa 
embriaguez <j[üe estremece él corazón, se creria uño en los 
ttempbs de Betgtwnó, allá tüando habiá hombres digiíós 
deámo^* 

Myh t á háncfé de mi historia esun güérrettobe))0 
éomo tm etfsiMio y brato hasta la temeridad, tos hótti- 
bl«s lo iHlmitañ ctín ^envidia; las mujeres lo aman con 
paáon; foo de todas ellas uba sola ha cautivado su alma, 
y de ella son su corazón y su amot . Como Romeo y hi* 
liete, pertenecen á dos ráza^ enemiga»— Él es uü€olonna 
— dlaunaOrsini. 

— €s dedi^-^moiS algún unitario te amara á ti, 
hija deféd^Ales. 

—SI, péh) como el amor de Julieta y Romeo, el suyo 



batna salrodo el abisao «te tMlio ((ae los s^iafAba w. . . 

— |Áhl ahí cual si tú, aprtffeíohMdoto^^BeDcittt 
tie tu padr», borlandd mi VijiteuMiá .... 

—Si: mientras su anhelo ociaba ^las -tontaniEtB^ 
ns dDl poñrvJmií ún *dia dé reobnóitiaoíon qve uñiera sus 
deMfauiB oomb lo jestabeni sus almas; en tanto •que las dos 
faÉii^.lil^Bles ^ énviAbim méirtales Ketosdeloaitodé 
«us mfñatta», los pfliloitis i)e afelios «dtototíaos teián 
Mfir de eflatiáda noébedoi srartis fantá^ieos-, <|ueouBier- 
toB, «rtmotdéuÉ oegto ^taMS él oferodeunvelo blanéo, 
flé Imitaban, ehtrelaaámn «us manos y vngtlbon atí bajo 
lasvmriÉidsaibbMtfB baM» qnetdprimel-iByo del alba 
l«síBeparalKi> ^íAéaAosé aiÉBáiés «ntMiA OsMra mole dé 
los caÉtaios. 

si-Ni mto ni-méOés «faé lá'M«foria'«on <iúé Ktte yitie 
ayer Sebastian el campero. 

^Áh I . . V . . ¥i()tíi dl|d«ébé8tiatif 

^"Duo de {(US >a«bioé édebtos. ^Se bá üba^bbdo 
que la otra noche velando al gaáado lanBcó eh lá aguada 
delCé^l, «OiMtBS.doeeyl&'víáai'Tid pasar de re]pente 
delante de su escondite una estraña visión; un bomlñ^ 
aimado» «elidas la<Mirazh yla espada, HeVdndoadda ásu 
bHUio ima^nnijér ««Mldákie «m4)laBícé Mpí^é, «¡uyo^ Ittt- 
^ pliegues Sé Mnfofidiaa coü los plateadas teyOS de !a 
ImM. . '.•.'. . ViBkidéS del i^ttardi^te, niña, fio pai«S 
Méntéfrén é&o. iBseumehaoho ba dado e&yisita)- la 'pul- 
pería mas de lo regular, y esas aparícioneé «Sk MJás de \k 
bdltila. Bab léómoesljiíétu^ai^tfttiWft'TlÓ Mebmu- 



'3L* 

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-. r- •:■* 5- :r^>íL • OK m üiriuo» y coa él no 
. ^ .v,-r-*. .T .^i •^m.; nóJe rodillas entre 



LA NOVIA DEL MUERTO. 22fi 

una estatua de la Yirjisn ooloeada al lado de su leoho; y 
leyantffbdose en seguida, después que hubo besado en el 
rostro á la dirina Señora, cual si fuese una madre terres* 
tre, fué á una ventana quedaba al campo y .tendió una 
mirada en torno. 

La luna comenzaba á derramar dus rayos sobre la de- 
sierta eanipifia y las luciérnagas crueaban como estrellas 
brillantes bajo la espesa fronda de los huertos. 

En ese momento un hombre echaba pié á tierra entre 
un grupo de moreras, y anudó la brida de su caballo en 
un troncó. Quieto, inoro, dijo acariciando el cuello del 
hermoso animal, quieto y silentíioso por tu yida. Ah! 
cuando será el dia en que la lleve en mis bracos estrecha- 
da contra el corazón, corriendo contigo en las deliciosas 
etapas de la Pampa. Calló por que le pareció oir ruido 
entte el ramaje. Era un buho espantado que se llevó en 
el siniestro viento de su ala aquella esdlamaoion de espe- 
ranza. 

Ginetey caballo quedaron ocultos entre los árboles; 
mas los ojos que miran por amor saben penetrar las ti - 
nieblas. 

-^Ahi está I esclamó Vital. Y volviéndose hacia la 
Vifjen—Madrel esclamó, la hora de mi destino Jha llega- 
do; los acontecimientos se precipitan y me arrebatan para 
arrojarme en los brazos de mi amado. Es necesario que 
mtóana sea suya y que lo siga. Pero entre tanto, y 
por última vez, préstame tu sagrado velo, santo talismán 
(|ue rte. ha guardado hasta hoy santificando mi amor.^ 



226 sueAos t realidades. 

Cubrióse con el blanco cendal de Mana, y acercán- 
dose á la ventana quitó de la reja un barrote furtiVfcnen- 
te limado y ajustado con cera, y pasando por el ancho va- 
cio que dejaba dejóse deslizar al lado opuesto y desapa- 
reció entre las sombras. 

Eran las seis de la mañana y la alborada era bella. 
Una espléndida aurora de nácar y oro surcado de prismá- 
ticos rayos se alzaba al oriente, y el azul purísimo del cié- 
lo> el aliento embalsamado de la brisa, los cantos de las 
aves y el alegre tañido de las campanas, todo anunciaba 
dulces horas ese dia, cuatro de Noviembre, que iba á ser 
para Tucuman de lúgubre recuerdo. 

Los clarines tocaban la diana; en lo alto de las torres 
el esquilón llamaba á la misa de alba y las puertas 
abriéndose sucesivamente daban paso á una multitud de 
bellas madrugadoras que, el rostro suavemente encendido 
por el calor del lecho, los ojos cargados aún de languidez 
voluptuosa del sueño y los destrenzados cabellos medio 
ocultos entre la niebla fantástica de esos velos que las 
tucumanas saben llevar con tanta gracia, corrían á Santo 
Domingo para alcanzar la induljencia concedida á la misa 
que á esa horadecia un capuchino, verdadera notabilidad 
monástica, llegado hacia poco de Roma con amplias 
concesiones del Pontífice de quien era camarero hono* 
rario* 

O vosotros, los que os detenéis para mirar á las mu- 
jeres en las puertas del templo, que después de orar á 
Dios en eí santuario lo adoráis contemplando la belleza de 



LA NOVIA DEL MUEATO. 227 

SU obra; no busquéis alas hermosas cuando cargándose 
de perifollas y de arreboles se desfiguran, cuando siguien- 
do la estravagante forma dé la moda pierden la suya pro- 
pia :buscadlas en las primeras horas del dia, yentonces, 
como la naturaleza, os revelarán los misterios de su 
hermosura. 

La misa ^abia principiado en medio del silencioso 
recogimiento que inspira la oscuridad en las vetustas na- 
ves de los templos; pero luego, de lo alto de la bóveda, la 
luz rosada que precede á los primeros rayos del sol cpmen- 
zó á hacer palidecer los cirios que ardian en el altar, y las 
ojeadas de los jóvenes se derramaron eñ torno con^esa 
inquieta curiosidad délos veinte años que se alimenta 
con frivolidades. 

— Toma I — decia una al oido de su vecina — aquí 
estamos todas las bailarinas de anoche. Mucho te eché 
de menos: no tuve con quien bromear. - 

— ¿ Y el amor de tus amores ? 

— Ravelo 7 Estuvo una hora y se fué» Qué I si es un 
corazón de piedra. 

— I Hum I no tanto como quieres persuadírmelo. Lo 
he encontrado ahora mismo y quizá venia por ti. 

—Él ! Oh I cuánto diera porque dijeras verdad I 

— Por tu vidal ¿quienes aquella joven que se ha 
levantado del lado de aquella vieja tan fea y que en este 
momento desaparece tras de esa columna 7 

—No la conoces 7 No es estraño. Es la hija de un fe- 
deral y no asiste á nuestros bailes. ¿ No has oido hablar de 



• jtfipf j^ ¿jjB dei montonero Avendano ? 

g/ ella. ^ji^f ]a misa á la última epístola. Vi- 

^ ^ / ^ tíí, fué á reunirse detras de una colum - 

*** ^^homl>^ i^ ^^ aguardaba . Era Horacio Ravelo. 

^ ^.^ítoi/— la dijo este, tomando su mano — tú é 

I he escogido poroompaáera, nue am^ts ? 

^M9s que á mi alma ! — ^respondió la joven con 

> acento. Y ambos se arrodillaron. 
En ese momento el sacerdote se volvió hacia el pue- 
^ invocando al Altídmo, y cayó sobre ellos su bendi- 

— ^Bres mia ! — esclamó el esposo, estrechando con- 
tra sus labios la mano de su amada. 

— Eres mió 1 — respondió ella, fijando en sus ojos 
una mirada de amor. 

— Maldición! — balbuceó en ronco murmullo una 
voz sobre el sagrado libro del tabernáculo — es esa fatal 
belleza que mis ojos contemplaron á pesar mio; laimá- 
jenque ha derramado un fuego impuro en mis beatiíioos 
sueños; la Eva tentadora que sin saberlo ha venido á co- 
locarse entre mi alma y Dios I 

De súbito oyóse á lo lejos un rumor tumultuoso 
mezclado de lameintos, yá poco una inmensa multitud 
se precipitó en el templo gritando con terror— Los fede- 
rales ! -los federales I ' 9 

Vital se arrojó llorando en los brazos de su esposo, 
pero este la rechazó: el amante habia hecho lugar al sol- 



LA NOVIA DKL Mf»&RTO. 289 

dado. Besó la frente de su esposa y marmuró á su eiáon 

— Hasta la noche 1 

-^Ah l-^dijo ella con dolor— dónée estaré yo á k 
noche? 

— Aq«fí I — respondió él, cruzando los brazos sobro 
su pecho — muerto ó viro, aquí I Y empuñando la espa- 
da, apartó la vista de su esposa y se arrojó fuera del 
templo. 

En la llanura sembrada de bosques r^ue se estiende 
entre Tucumany el pu^lode Monteros, vejase ondular 
una linea color de púrpura surcada de relámpagos: eraii 
las lanzas y las blusas rojas del ejército de Quirogi. £1' 
tigre de los Llanos, salvando enormes distancias óon la 
rapidez del huracán, habia alcanzado la presa que el 
destino iba á entregarle. 

El ejército nacional formó sus huestes en el caó^pó 
de la Ciudadela y esperó con denuedo al enemigo. 

La historia ha Consignado en sangriebtab pajinas 
esa funesta jornada que segó á la mitad de una genei^acton 
arrojando á la otlra á los horrores del destierro. La Cul- 
pable insubordinación de uno de lo» primeft)» jefes (^l 
^ército, que mas tarde pagó con la vida las consecuen- 
cias de su culpable desobediencia, cambió la suerte de 
ese dia convirtiendo la victoria en derrota. General 
López I que el juicio de Dios te haya sido clemente, y li- 
bera la tierra que cubrió tu3 mutilados despojos I 

La batalla fué reñida y duró casi el dia entero. La 
infantería pereció toda peleando á pié firme. La caballe- 



30 SUEÑOS Y REALIDADES. 

rid huyó abandonando el campo de "batalla; pero sus jefes 
y oficiales, echando pié á tierra y mezclados en las filas, 
pelearon hasta morir. Doscientos de ellos, la flor del ejér- 
cito, cogidos moribundos sobre el campo de batalla, f ne- 
rón arrastrados á la plaza principal de la ciudad para ser 
pasados por las armas. En el último momento, uno de 
ellos, alzando con trabajo su mano desfallecida llamó á 
uno de los sacerdotes venidos para auxiliarlos. Habló 
con él en voz baja y puso en su mano un objeto. En los 
ojos del monje brilló un relámpago; perq bajando su ca- 
pucha estendióla mano sóbrela cabeza del moribundo, 
le dio la absolución. 

Un instante después sonó una descarga, y todo quedó 
concluido. Los cadáveres insepultos pdr orden del ven- 
cedor, debian quedar allí para escarmentar al pueblo. Y 
el Tigre, apoderadode la ciudad, tendió sobre ella su ter- 
rible garra. 

Los desdichados que tenían á los suyos en el ejército 
vencido ignoraban su suerte y encerradas en sus casas las 
madres, hermanas y esposas pasaron la noche en los 
tormentos déla incertidumbre. 



VIL 



Eola quinta del Ceibal, encerrada en su blanca al- 
coba de virjen, postrada de rodillas, pálida y trémula, la 
hija de Avendaño pedia su esposo á la Madre de Dios, 
. mientras su padre celebraba con los suyos en prolongado 
banquete el triunfo de su causa. 

Deyorandolas angustias de su alma, sofocando sus 
sollozos para interrogar al silencio de la noche, esperaba 
que algún ruido esterior viniese á alumbrar su corazón 
con una luz de esperanza. 

Sin embaí^, los dolores de aquel eterno dia habian 
agotado sus fuerzas; su cuerpo comenzaba á desfallecer, y 
estrañas alucinaciones invadían su cerebro. 

De repente sintió estremecerse todo su cuerpo. No 
podia dudar; alguien se acercaba. Hallábase en la os** 
curídad, pues para ocultar su vigilia habia apagado la 
luz; pero vio distintamente una sombra que vino á inter- 



232 SUEfiOS Y REALIDADES. 

ponerse entre la ventana y el débil resplandor de las 
estrellas. 

De alH apoco sintió arrancar el barrote limado de la 
reja, y un hombre se inf rodujo en el cuarto. 

— Horacio ! — quiso ella gritar, alzándose con' es- 
fuerzo del sitio en que yacia para arrojarse al encuentro 
de su esposo; pero unoslábiosardientes sellaron sus labios, 
dos fuertes brazos ciñeron su cuerpo en un impetuoso 
abrazo, y el silencio volvió 4 npiezclarse á la oscuridad en 
1& misteriosa alcoba 

La fresca brisa del alba agitando los destrenzados 
cabellos sobre la frente de Vital, la despertó. 

Hallábase sola: ningún indicio en torito suyo revé- 
taba la preiseneia de Ravelo. De aquella ardiente nocbe 
no le quedaba sino un reieuerdo helado y levri^co. ¿Hih 
bia velado. ? había* soñado ? j Estrado misterio I 

Al llevar la mano á la frente, Vital dio un grito> y 
una inmensa alegría inundó su alma. Habia encontrado 
en su dedo un anillo que ella dio á Ravelo en bs prime- 
ros^dias áe su amor. No habla delicado, no habia soñSk- 
do: aquel on cuyos brazos habia dormido largas horas de 
dicha, no era un fántfisnMt d^ la muerter era su esposo. 

La vieja tia vino á arrancar á la joven al avrobami«»« 
to que le absor^via. . 

~, Vital I Vital I— enUfó gritaiwlola buma señora; 
ven> hija mia, conmigo:, tu padi« te permite hacer imit 
obrada oariídad. ¿Sab^^dequese tratá?^ Dedursej^ltu^ 
ra á'loftdesdichadoB unitarfós que ayer lai^ fttsi'foroo^en 



LA NOVIA DEL MUERTO. 233 

la plaza. Quiroga consiente on que los entierren, á condi- 
ción deque sean sus madres y sus esposas quienes los 
conduzcan á la tumba. Alma de Penal ¡Pobrecitos! 
Todo mi odio se ha convertido en piedad. Vamos^ va- 
mos, hija, á ayudar al cumplimiento de este deber 
doloroso. 

Vital suspiró pensando en los desventurados que 
iba á veri y siguió á su tia dando gracias á Dios por ha- 
ber salvado á su esposo. 

La ciudad presentaba un espectáculo de desolación 
imposible de describir. Las calles estaban regadas de 
sangre. Tas casas abiertas y entregadcis al pillaje. Largas 
hileras de mujeres enlutadas se dirijian exhalando lamen- 
tos á la plaza donde se hallaban los ensangrentados cadá- 
veres de bs suyos. 

Vital y su compañera siguieron aquel lúgubre 
convoy. 

Llegadas al sitio fatal donde se habia hecho la hor- 
rible hecatombe, cada una de aquellas desgraciadas bus- 
có entre aquellos sangrientos restos á aquel que la muer- 
te le habia robado. 

De repente Vital exhaló un grito, y cayó sin sentido. 

Entre los cadáveres de los doscientos oficiales ftisf- 
lados la víspera habia reconocido á su esposo 



VIII. 

Desde ese dia, Vital se volvió un ser fantástico que 
se deslizaba entre los vivientes como un alma en pena. 
Nunca se detuvo en parte alguna: jamás el sueño vino á 
cerrar sus ojos; su labio enmudeció; y solo cuando al 
caer la tarde veia su propia sombra dibujarse en laicas 
siluetas sobre la seca yerba de los campos, interrumpía 
su perpetuo silencio esclamando con dulzura infinita: 
Haraciol 

Tíos años trascurrieron sin cambiar en nada su es- 
traña existencia. Los habitantes de los vecinos campas 
la encuentran todavía en las noches del estío, á la luz de 
la luna, bajo la fronda perfumada de los naranjos, vagar 
pálida pero serena tegiendo coronas de azahares que co- 
loca en seguida sobre su cabellera negra aun, pues el 
tiempo, cuya huella es tan profunda, ha pasado sin tocar 
ni con la estremidad de su ala esa frente blanca y tensa, 
después de treinta años de demencia. 



,LA NOVU DBL MUSaTO. 235 

Ah I quien^ sabe si ese misterio que los hombres 
llaman con tanto terror locura, no es muchas veces la 
Tision anticipada de la eterna felicidad I 



LA 

HIJA DEL MASHORQÜERO 

LEYENDA HISTÓRICA. 



Roque Alma-negra era el terror de Buenos Ayres. 
Verdugo por excelencia entre una asociación de verdugos 
llamada Mashorca y consagrado en cuerpo y alma al tre- 
mendo fundador de aquella terrible hermandad, contaba 
las horas por el número de sus crímenes, y su brazo per- 
petuamente armado del puñal, jamas se bajaba sino para 
herir. Su huella era un reguero de sangre, y habia huido 
de él hacia tanto tiempo la piedad, que su corazón no con- 
servaba de esta ningún recuerdo y los gemidos del huérfa- 
no, de la esposa y de la madre, lo encontraban tan insensi- 
ble, como la fria hoja de acero que hundia en el pecho de 
sus victimas. Cada semejanza con la humanidad habia 
desaparecido de la fisonomía de aquel hombre y su len- 
guaje, espresion fiel del nombre que sus delitos le habían 
dado, era una mezcla de ferocidad y de blasfemia que ha- 



340 SUEÑ05; Y REALIDADES. « 

cia palidecer de espanto á todos aquellos que tenían la des- 
gracia de acercársele. 

Sin embargo, entre aquel horrible vocabulario de 
crueldades y de impiedad, como una flor nacida en el cie- 
no, babia una palabra de bendición que Roque pronun- 
ciaba siempre. 

Clemencia — decia aquel hombre de sangre, cuando 
fatigado con los crímenes de la noche entraba á su casa al 
amanecer. Y á este nombre, que sonaba como un sarcas- 
mo en los labios del asesino, una voz tan dulce y melodio- 
sa que parecía venir de los celestes coros, respondía con 
ternura — ¡Padre! — y una figura de ángel, un& joven de 
dieziseis años, con grandes ojos azules y ceñida de una au- 
reola de rizos blondos salía al encuentro del masborquero 
y b abrazaba con dolorosa efusión. Era su hija. 

Roque la amaba como el tigre ama á sus cachorros, 
con un amor feroz. Por ella hubiera llevado el hierro y 
el fuego á los estremos del mundo; por ella hubiera verti- 
do su propia sangre; pero no le habría sacrificado n^una 
sola gota de su venganza, ni u no solo de sus instintos ho- 
micidas. 

Clemencia vivía sola en el maldecido hogar del mas- 
h(Nrquero. Su madre había muerto hacia mucho tiempo 
víctima de una dolencia desconocida. 

Clemencia la vio languidecer y extinguirse lentamente 
en una larga agonía^ sin que^sus^tíernos] cuidados pudie - 
ran volverla ala vida, ni sus ruegos y lágrimas arrancar 
de su corazón el fatal secreto que la llevaba ala tumba. 



LAHUA DBL MASHOROVKRO. 941 

Perocuando su madre murió» cuando la tío desaparean 
bajo la negra cubierta del ataúd» y que espantada del in- 
menso yació que se habia hecho en tomo suyo, fué á arro- 
jarse en los brazos de su padre» los yíó manchados en san* 
gre y la luz de una horrible revelación alumbró de repen- 
te el espíritu de Clemencia. Tendió una mirada al pasa- 
do» y trajo á la memoria escenas misteriosas entonces par- 
ra ella» y que ahora se le presentaban claras» distintas» 
horribles. Recordó las maldiciones dirigidiBis á Roque el 
Hashorquero» que tantas yeces habían herido sus oídos y 
que ella en su amor» en su yeneracion por su phdre» esta- 
ba tan distante de pensar que caían sobre él . Ella que 
hasta entonces había yiyido en un mundo de amor y de 
piedad hallóse un de repente en otro de crímenes y de 
horror. La yerdad toda entera se mostró á sus ojos» y coih- 
parando con su propio dolor el dolor que su madre había 
devorado en silencio» comprendió por qué habia prefe- 
rido á la yida la eternidad y al lecho conyugal la fría al- 
mohada del sepulcro. Pero en el dolor de Clemencia no 
se mezcló ningún sentimiento de amai^ra. El alma de 
aquella hermosa niña se parecía á su nombre: era toda 
dulzura y misericordia. Su fatal descubrimiento en na- 
da disminuyó la ternura que profesaba á su padre. Al 
contrario» Clemencia lo amó mas» porque lo amó con una 
compasión profunda; y« viéndolo marchar solo con sus 
crímenes en un sendero regado con sangre» llevando el 
odio bajo sus pies y la venganza sobre su cabeza» lejos de 

envidiar el reposo eterno de su madre» Qemencia deseó 

16 




343 svbKos y rraudadbs. 

Tivir para acompañar al desdichado como un ángel guar- 
dián en aquella via de iniquidad, y si no le era posible 
apartai'lo de ella« ofrecer al menos por él á Dios una ñda 
de dolor y de expiación. 

Clemencia rechazó con horror el lujo que la rodeaba, 
porque en él yíó el precio del crimen, y olvidando que era ^ 
jóvoUj olvidando que era bella, y que en el mimdo hay 
goces celesies para la juventud y la belleza, ocultó su es- 
belto talle y sus deliciosas formas bajó una larga túnica 
blanca, cubrió los sedozos rizos de su espléndida cabelle- 
ra con un tupido velo, acalló los latidos con que su cora- 
son la pedia amor, y se consagró toda entera al alivio de 
los desg^dados. Sobreponiéndose al profundo horrar 
de su alma, hojeó esas sangrientas listas ea que su padre 
consignaba el nombre de sus victimas, y guiada por estos 
fúnebres datos; corna á buscar para adoptarlos á los 
baér&nos y viudas que A puñal de aquel había dejado sin 
amparoen el mundTo. Empleó para socorrerlos los talen- 
tos adquiridos en lá esmerada educación qu e habia ceci- 
bido de su madre: dio lecciones de música y de pintura, 
y consagró sus horas á un constante trabajo. La pobre 
niña llena la mente de lúgubres pensamiratos y ooo el 
corazón destrozado de dolor, tocaba alegres polkas qoe sos 
£jM)ipulos danzaban alegres y felices; y en la paycmnaso- 
ledad de sus noches, ella, que habia dicho un eterno adioa 
i todas las dichas de la vida, se ocupaba en Ixmlar vapo- 
rosos ramilletes en el velo de una despdtoda ó en la trans- 
parentey coqueta falda de un vestidode baile, sin que le 



LA HUA DBL MASHORQUBRO. 243 

desanimaran las ideas dolorosas que esos accesorios de ima 
felicidad á que ella no podia ya aspirar, despertaban en su 
alma: y con el precio de esos trabajos tan llenos de tristes 
emociones, corria á derramar el consuelo y la paz en el ho-^ 
gar de aquellas á quienes habia sacrificado el hacha de 
su padre. Como una tierna madre acariciaba é instruia 
¿ los niños, velaba á los enfermos con la ardiente solicitud 
de una hermana de caridad y auxDiaba á los moribundos 
con una elocuencia llena de unción y piedad. 

Entereramente olvidada de si misma, Clemencia pa- 
recia vivir solo en la vida de los otros. T sin embargo el 
mundo la sonreia á lo lejos, le abria los brazos, y le mos- 
traba sus goces. Frecuentemente en sus piadosas corre- 
ñas, Clemencia oiatrasde si voces apasionadas qus es<- 
clamaban: 

Cuan belldL esl Dichoso, mil veces dichoso, aquel que 
merezca una mirada de esos ojosl 

Pero aquellas palabras de galanteria y amor en me-* 
dio del sepulcral silencio déla ciudad desolada, escanda- 
lizaban los oidos de Oemencia como cantos profanos en** 
trolas tumbas de un cementerio, y ocultando d rostro 
entre los pliegues de su velo, se apartaba con el owazon 
oprimido de tristeza y di^sto. 



11. 



Un dia al anochecer, Clemencia vio entrar en su casa 
y dirijijrse al cuarto de su padre algunos hombres de fiso- 
nomia patibularia,^ envueltos en largos ponchos bajo cu- 
yos pliegues se veian brillarlos mangos de sus puñales. 
Clemencia previo algo funesto en la presencia de aquellos 
hombres, y después de haber vacilado algunos instantes 
corrió á aplicar el oido á la cerradura de una puerta que 
se abría sobre la habitación de su padre. 

Roque, de pié cerca de una mesa tenia en la mano al- 
gunos papeles, y hablaba en voz alta á su auditorio. 

— Sí, amigos mios — decia— ¡guerra á muerte á los 
unitariosl [guerra á muerte á esos malvadosi ¿Vosotros 
creéis hacer mucho? Pues sabed que os engañáis. Leed 
sino la lista de nuestras ejecuciones de este mes y cotejad- 
la con las delaciones que hemos recibido hoy solamente. 
Leed y veréis que aun queda una inmensa obra al cuchillo 



LAHIIA DEL MASHOROUERO. 245 

de la masborca, cuando comparéis el número de los que 
lian caído con el de afelios que caerán. . . . |que cae- 
rán si, aunque se escondan bajo el manto de Maria I 

— ( Reina del cielo I — murmuró Clemencia juntan- 
do las manos con angustia y volviéndose bácia la imájen 
déla Yirjen, su única compañera en aquella morada soli- 
taria. — Si esa blasfemia ha llegado al pié de vuestro dim- 
no trono, no la escuchéis ¡ madre buena I desechadla con 
induljencia y alumbrad con una sonrisa de compasión al 
desdichado que camina en las tinieblas. 

Al pronunciar estas últimas palabras, Clemencia 
volvió á oir la voz de su padre que leía: 

~«Á las nueve de esta noche, un hombre embobado 
se detendrá al pié del oljelisco de la plaza déla Victoria, y 
dará tres silbidos. Ese hombre es Manuel de Puirredon, el 
incorrejible conspirador unitario, amigo de Laválle y emi- 
grado en Montevideo. La señal es dirijida á la hi|a de un 
federal que unida á él secretamente y convertida en su 
auxiliar mas poderoso, le entrega los secretos de su padre 
é instruido por esa señal del regreso del conspirador, irá á 
reunirsele para segundar sin duda el infame plan que le 
trae á Buenos-Aires, n^ 

— ¿ Lo oís, camaradas 7 ] T aun están nuestros puña- 
les en el cinto I — esclamó Roque con una ira feroz. 

— I Muera Manuel de Puirredon I —gritaron los ase* 
sinos desenvainando sus laicos puñales. 

Clemencia dirijió una mirada por la cerradura á la 
péndula que estaba enfrente de su padre, y se estremeció I 



k 



9M snfioA y rbaudadbs. 

La aguja marcaba las ocho y cincuenta y cinco. 

-^t Ginco minutos para salvar la yida á un hambre I 
I Cinco minutos para preservar á mi padre de un crimen 
nMl i Oh I Dios mió, alarga este corto espacio, y presta 
alas á isúÉ ipié». 

T enyolyiéndose en su lai^ velo blanco, salió de su 
eaiá corri^ido, no sin volver muchas veces la cabeza por 
temmr de que los asesinos se le adelantaran, inutilizando 
el deseo de salvar al desgraciado que sin saberlo se enca- 
minaba á la muerta, 

Ál llegar al ángulo que forma la calle de la Victoria 
cenia del Colegio, Clemencia divisó un bulto negro que 
cortando diagonalmente la plaza se dirijia al obelisco. 

— t Es él 1 murmuró con voz temblorosa, y corrién* 
do en pos suya alcanzóle en el momento que tocaba ya la 
verja de hiemo. 

Muchos paseantes viraban anaquel sitio halagados 
par la brisa de la noche, éimpedian á Clemencia hablar 
con d desoonoddo. 

Entonces ella se volvió hacia atrás; pasó cerca de él 
y tocóle lij^ramoíite la espalda haciéndole una impercep-» 
tibie seña de seguirle. 

El embozado se volvió con impetuosidad y acercán- 
dose á Qemencia^^i Emilia I Emilia mia 1-^-esclamó ci- 
ñendo apadiblemente el cuerpo de la joven con uno de sus 
brazos, sin que ella pudiera impedirte por temor de Ua-» 
nav sobre ellos la atraciim. 

OUigMaasi á callar» Clemwcia, al través de su veto 



LA HUA DEL MASHOlIQinERO. M7 

contempló al desconocido, cuyo rostro estaba iluminado 
en aquel momento por los rayos déla luna. Era un hom- 
bre jÓYen y bello como jamás Clemencia habia Yisto otro 
m aun en sus poéticos ensueños de diez y seis años. Era 
alto y esbelto. En todos sus n^oñmientos revelábase esa 
elegancia fácil, casi descuidada, que sdodaneluao del 
mundo y un nacimimto distinguido. La mirada ál^pres 
profunda y lánguida de sus hermosos ojos, tenia un poder 
irresistible de atracción que aliándose á la májica arme- 
nia de su voz, hacia de aquel hombre uno de esos seres 
que una vez vistos no pueden olvidarse jamás» y que de* 
jan en nuestra vida ima huella inüxnrrable de felicidad ó 
de dolor. 

T el desconocido, bajo el poder de su engaño» iepe« 
tia al ddo de Clemencia: 

— EmiUa, heme aqui, amada mia, no como un 
conspirador, á envolverte de nuevo en la ruina de mis 
quimkicas esperwzas^ sino como esposo apaskmado/á 
arrebatarte de los brazos de tu padre, y llevarte, en ka 
mios, lejos, muy lejos, al fondo de los deaertos, á algún 
paraje desconocido que tu amor convertirá para mi en 
un delicioso Edén. Ven, Emilia mia, abandonemos esta 
patria fatal. Dios la ha maldecido y nuestros esfuenos ' 
y sacrificios para salvarla son vanos .... 

— I Oh 1 — continuó el proscrito con voz ahogada y es- 
trechando aun mas á Clemencia contra su pecho— lo ves, 
Emilia: esta idea despedaza mi corazón .... pero aqui 
estás tú para calmar sus dolores y llenarlo de alarla .... 




dePmr- 



niL aBUB acnoal oiroes- 



^-j: 



del 
Hccn 



• . Hnidy 



III 



Al entrar en su casa Clemencia, fué á postrarse ¿ los 
pies de la Virjen, y ocultando sil rostro bajo el velo de la 
sagrada imájen, lloró lai^o tiempo, murmurando entre 
sollozos palabras misteriosas: quiz4 algún dulce y dolo* 
rososeciBto que ella habia querido ocultarse á si misma, 
y que solo osaba confiar á aquella que guarda la llave del 
corazón de las virjenes. 

Desde ese dia el hechicero y melancólico rostro de 
Clemencia, palideció mas todayia, revistiéndose de una 
tristeza profunda. | Quiéü sabe que halagüeña visión 
cruzó por su mente con las palabras apasionadas de ese 
hombrel | Quiáa sabe que sentimiento hizo nacer su vi9- 
ta en aquel corazón joven y solitario I 

Algunas veces con la mirada perdida en el vacio, 
sonreía dulconente; pero luego, como asaltada pw un 



tSO 8I7BRo8 T REAUDADBfl. 

amargo recuerdo, movia la cabeza en ademan de doloro- 
sa resignación murmurando en voz baja: — 

Hija de la desgracia, heredera del castigo celeste, 
victima expiatoria, piensa en tu voto; acuérdate que tu 
reino no es de este mundo. 

Y sumida de nuevo en su mortal tristeza, consagrá- 
base con mayor ardor á la misión de piedad que se habia 
impuesto. 

— Clemencia — dijo á su hija un dia el mashorque- 
ro— i por qué te hallo cada ve^ mas triste j meditabunda ? 
¿quién se atreve á causarte pesadumbre? Nómbralo, 
por vida nia, y muy luego podrás añadir — Desdichado 
deélt 

—Nadie I padre . . . nadie I — ^respondió esta estre- 
medéndose, y levantó instintivamente la mano al cora- 
zón, como á hubiese temido que su padre leyera álU al- 
gun secreto. ^ ^ 

— NÓ . . « . tá me engañas. . . . Hace tiempo que 
advierto lágrimas hasta en tu voz cuando vienes á abra- 
zarme. 

•—"Padre. . . . replicó la joven interrumpiéncblo y 
fijando en los sangrientos ojos del asesino los suyos azules 
y piadosos-^ no b adivinas? Cuando después de una 
nochede vigüiay ansiedad teveo Uegarenñny salgoá 
abrazarte, pienso con profundo dolor que los hijos de esos 
desdichados que diariamente siega el hachado tu bando, 
no podrían gozar ya de esa felicidad que Dios me concede á 
nú todavia. |0h padrel ¿no es este un gran motivó de tris- 



LAHUADBU MASRORQUBIiO. tBI 

tesa ;^ de U^mas? En medio de jssas sangrientas esce* ^ 
ñas no has llevado alguna vez la mano al corazón, y te has* 
preguntadóque harías tú mismo si vieras una mano arma* 
da del puñal bajarse sobre tu hija y degollarla . ...f 

—Calla I calla, Qemencia 1 — ^gritó el 

bandido— ¿qué baria? El infierno mismo no tiene una 
rabia semejante á la que entonces morería el brazo de 
Roque para vengarte. • • . Pero tú estás loca, niñal No sa- 
bes que los salvajes unitarios no tienen corazón como no- 
sotros, que amamos y aborrecemos con igual violen- 
da. .7 

— ^Padie, tú sabes que eso no es cierto I ¿qué dicen 
pues los gritos de^arradwes de esas madres, los gemidos 
deesas esposas y el triste llanto de esos huérfanos que á 
todas horas oigp elevarse al cielo contra nosotros T No te 
dicen que las fibras rotas por tu puñal en el fondo desús 
almas son tan sensibles como las nuestras 7 

—Galla, repitió, calla, Clemencia ! Tienes una vos 
tan insinuante y persuasiva que me lo barias creor; y en- 
tices ¿qué pensaiia el general Rosas de su servidor 7 
I Cómo se burlarla Salomón y Cuitifio de su compañero I 
Nó . . • Yete I no quiero escucharte, hoy Bcíbn todo que 
Manuel Puirredon, ese bandido unitario á quien he jura- 
do degdlar, vaga entre nosotros invisiblemente y como 
protqido por un poder sobrenatural .. . Ohlperoenva- 
no me inquieto. . . | qué locura I Este corazón está lle- 
no de odio, y. ya nocabriá en él la piedad .... Escucha 
«noestahirtoria.. . . 



SSa SUKfiOS V IIBALIDADBS. 

Hace algunos meses entré á oir misa éa la iglesia del 
Socorro. 

— ^Padrel Osasteis entrar en el templo de Dios ocm 
las manos manchadas ! 

— ¿De sangre 1 Si, por cierto \ por qué no, si es san- 
gre de unitarios, esos enemigos de Dios. 

Entré, como decia, en la iglesia del Socorro. Apenas 
habia comenzado la níisa un hombre á cuyo lado me ha- 
bía arrodillado YoMóse de repente y habiéndome con-* 
templado un segundo como para reconocerme paseó so- 
bre mi una mirada de desprecio y apartándose con inso- 
lente repugnancia, fué á colocarse muy lejos de aquel si- 
tio. Aquella acción me drá unció un unitario. El mi-* 
serable habia reconocido á Roque, pero ignorábalo que 
era la venganza de Roque. 

Bisojos no se apartaron de él durante la misa y al 
salir de la iglesia vile entrar al frente de una casa peque* 
ña, casi arruinada. 

En la noche de ese dia, mientras aquel hombre olvi- 
dado del agravio que me habia hecho y con dos niños en 
los brazos estaba tranquilamente al lado de su mujer, 
ocupada en bordar el ajuar para el tercero que ibaá na- 
cer, yo guié á su casa la Mashorca; y éntrelos brazos de 
su esposa y de sos hijos hundi mil veces mi puñal en su 
corazón salpicando los pañales del que aun no habia vis- 
to la luz. 

—Clemencia I Clemencia I ¿qué tienes? 

El asesino alargó el brazo para sostener á su hija^ que 



LA HUA D£L MASHORQUEAO. 253 

yacilaDtey.trémula lo rechazó con mal disimulado hor- 
ror. 

—Por alguD tiempo— continuó él — creí que seria eio 
que llaman remordimiento el recuerdo imborrable que 
aquella escena de sangtre, de gritos y de lágrimas dejó en 
mi imajinacion; pero | ah 1 era solo el contento de una 
venganza satisfecha. £1 dia en que Roque conociera la 
compasión ó el remordimiento, la hoja de esta arma se 
empañariay • . • mira como resplandece .... dijo el 
bandido, haciendo brillar su ancho puñal á los ojos de su 
hija. 

Y ocultándolo en seguida entre la faja de su chi- 
ripá se alejó, sin duda para toItw á su horrible ta- 
rea. , 

Qemencia se sintió anonadada bajo el peso de las es- 
pantosas palabras que habia escuchado. Débil, que- 
brantada^ exánime fué á caer á los pies de su divina pro- 
tectora elevando hacia ella las manos en angustiosa ple- 
garia. 

A medida que oraba la esperanza y la f é descendían á 
su corazón; y cuando se levantó, su frente volvió á ilumi- 
narse con la serenidad de la resignación. 

— ^Nunca es ¡tarde para tu infinita misericordia. Dios 
mió— dijo ella alzando al cielo su mirada.— La hora 
dfel arrepentimiento no ha llegado todavía; pero ella so- 
nará. 

En s^da visitó el tesoro que guardaba para los des- 
graciados; tomó consigo una cesta de provisiones y 



2S4 sufiftoft T iyiAUi>M>BS. 

un bolsillo de oro; y á favor de las sombras de la 
noche, fué á buscar aquella casa de que habia habla- 
do su padre. 

Reconocióla en la huella del hachado los bandidos 
que rompiendo el postigo la habian dejado abierta; Qe- 
menda iba á pasar el umbral de una habitación desnuda 
y miserable^ cuando oyendo una yos que hablaba ámiro 
se detuYO y contempló el cuadro que se ofrecía á su vista. 

En un rincón del cuarto, sobre un lecho pobre y de- 
sabrigado, yada una mujer joven, pero pálida y enflaque- 
cida, con un recien nacido entre sus brazos. Has lejos, 
un niño de seis años y otro de cuatro estaban sentados 
bajólas mantas de una camita suspendida en forma de 
cuna por cuatro cuerdas reunidas y pendientes de una vi- 
ga dd techo. 

La luz opaca de una vela que ardía en el suelo daba 
á aquella morada ún aspecto lógubre que, unido al re- 
cuerdo de la espantosa escena ocurrida allí despedazó de 
dolor el alma de Clemencia. 

— ^Hamá— 4ecia con voz lamentable el menor de los 
dos niños — tengo hambre. ¿Que has hecho del pan que 
comimos ayer? 

La madre exhaló un profimdo jemido al mismo 
tiempo que el otro niño respondió con acento grave y re- 
fiognado: 

Lo comimos, Enrique, lo comimos y mamé no tiene 
dinero pwa comprar otro, pcNrque está enferma y no pue- 
de trabajar. No la atormentes; y durmamos como el 



LA HUA BBL MASHORQÜKRO. 255 

pobre angelito que ayer cayó del cielo entre noso* 
tros. 

— ^Ay U él tiene el pecho de mi mamá y yo ten- 
go hambre.'. . tengo hambre! replicaba Enrique llo- 
rando. 

— ^Diosmio I esclamó la madre^entre 6o11qzo9— sien 
la fiabiduria de tus designios quisiste que el hacha homi- 
cida abatiera el árbol mas robusto, yo adoro tu voluntad 
y me resigno; pero ten piedad de estas tiernas flores que 
comienzaná abrirse á los rayos de tu soL i Señor I tu que 
alimentas las avecillas del aire, los gusanos de la tierra y 
que oyes llorar de hambre ámis hijos ¿no enviarás en 
su socorro uno de los millares de ánjeles que habitan tu 
cielo . . . ? 

Áh I helo ahi— murmuró viendo á Clemencia que 
arrodilladla ante la cama de los niflos les presentaba las 
provisiones que habia traído. 

La madre juntó las manos y contempló con relijiosa 
admiración á aquella bellísima joven, cuyo blanco velo 
plegado como una aureola en tomo de su frente parecía 
iluminar las tinieblas que la rodeaban, y que inclinada 
sobre sus hijos como el genio de la misericordia los cubría 
con una mirada de ternura y de dolor. La pobre mujer 
creíala un ángel descendido á su ruego; é inmóvil, temía 
que un ademan, que un soplo, desvanecieran la divina 
visión, restituyéndola á la horrible realidad. J cuando 
Clemencia se acercó á su lecho, la sencilla hija del puéUo 
alargó ancosamente la mano para tocar las suyas y 



256 SUEÑOS Y REAUDADES. 

convencerse de que no era una aparición sobre-ha- 
mana. 

— ¡ Oh I tu^ que has venido á derramar* el consuelo 
en esta morada de dolor, — exclamó abrazando las rodillas 
de la joven— ¿quién eres, criatura angelical ? 

— Soy un ser desventurado como vosotros y vengo 
á buscar á mis compañeros de dolor. Vengo á deciins: 
Madre cristiana, confiad en aquel que enjuga toda lágri- 
ma y acalla todo jemido. £1 vela sobre todos dé lo alto 
de su cielo y puede hacer de la mas débil criatura un ins- 
trumento de su misericordia. ¿ Habéis quedado sola y de- 
samparada 1 Yo estaré cerca de vos y seréis mi hermana 
querida. ¿Vuestros hijos necesitan de un protector? 
Yo lo seré. ¿Os halláis falta de todo 7 He aquí oro para 
que lo procuréis. 

— Ábl sois una santal — dijo la v}üda, incli- 
nándose devotamente— bendecid á mi hijo y dadle un 
nombre; porque todavía no está bautizado. 

Y puso al recien nacido en los brazos de Gelmencia. 

— ^Llamadle Manuel — dijo ella en voz baja, y al pro- 
nunciar este nombre la pálida frente de la virgen se rabo- 
rizó« y sus ojos brillaron con estraño fulgor. 

— Manuel, continuó, besando al niño con timidez — 
yo seré para ti una nodriza solicita y apasionada. Tu 
madre no tendrá celos,pues para ella serán todas tus cari- 
cias; para mi solo la dicha de poder decir cada dia— Ma- 
nuel i yo te amo I 

— Ay de mil — exclamó la pobre madre, cubriendo 



^ 



LAllllA DEL MaSHORQUSKO. tS? 

itts ojtM ton la mano de CletnencíA, j scMúMido peo- 
fundamente^bien pronlo lo seréis todo para él. H! 
esposo me llama desde la etetnidad. Él pu&al del ase- 
sino no ba podido romper el lazo que unia nuestras al- 
mad, y lamia se vá, aunque á pesar suyo, y gimiendo 
amargamente por estas otras almas que se quedan pe« 
Dando en la tierra. T la infeliz señalaba áldsnifiM 
con ademan desesperado. 

Clemencia la escuchaba con terror. La hija del 
asesino pensó estremecida de espanto en los crímenes de 
su padre» cuya imájen nunca se le habia presentado tan 
horrible. Pero sobreponiéndose á las lúgubres ideas 
que la abrumaban, llamó á la madre al cumplimiento de 
su deber en la tierra, y á la cristiana á la resignación en 
la voluntad del cielo. 

— ^Hadre mia — dijo el mayor de los niños cuando 
quedaron solos — i cuál de los ángeles del Señor es este 
que ha venido á visitamos? |Que hermosos son sus 
largos cabellos rizados como los de nuestra Señora del 
Socorro I 

—Y sus ojos, mamá — ^replicó el mas pequeño— *su8 
ojos azules como el cielo y sus pestañas ¿ no es cierto que 
se parecen á los rayos de esa estrella que nos está miran- 
do por la ventana 7 

—Si, hijos mies— dijo la viuda sonriendo triste- 
mente ásus niños — es un bello ángel que Dios tiene en 
la tierra para consolar á los infelices. 

— Áhl es un ángel de la tierra— por eso está tan 

17 



noestn 




anodOlir 



i 



V. 



Clemencia entre tanto so alejaba con lentos y vaci- 
lantes pasos. La espresion de su semblante rerelaba un 
profundo desconsuelo. Pensaba en la omnipotencia del 
mal y en la impotencia del bien. Un solo golpe de puñal 
habia bastado á su padre para abrir el insondable abismo 
de infortunio que acababa de contemplar, y ella con toda 
una vida de sacrificios y abnegación ¿qué habia alcan- 
zado? Aliviar el hambre y la desnudes; curar dolores 
iñateriales: para los del alma nada habia hallado* sino 
lágrimas. Tá esta idea Clemencia se sintió abrumada 
por un inmenso desaliento. Pero como siempre cuando 
temia que su fé vacilara, la viíjen elevó su pensamiento 
á Dios, pidiéndole algún grande sacrificio que la revelase 
el secreto de hacer descender la felicidad donde reinaba 
el dolor. 

Un nombre pronunciado muchas veces con acento 



260 SU£KOS Y REALlDAD£9t. 

feroz, despertó bruscamente á Clemencia de su triste me- 
ditación. Miró en tomo suyo, y se encontró entre un 
grupo de hombres cuyo aspecto siniestro llamó su aten- 
ción. Embozábanse en largos poncAo»; y armados todos 
de puñales guardaban cuidadosamente una puerta. La 
hija del mashorquero los reconoció. Aquellos hombres 
eran los compañeros de su padre; aquella casa era la 
Intendencia, el sitio consagrado á las ejecuciones secretas, 
el in pace donde los unitarios entraban para no salir 
jamás, y en cuyas bóvedas el dedo del terror habia gra- 
bado para ellos la lúgubre inscripción del Dagte. 

Mientras Clemencia trémula y palpitante de an- 
siedad pro9uraba oculta detras de una columna escuchar 
lo que hablaban aquellos hombres, un jinete montado 
en un caiwdlo negro, y cuya espada de largos.tiros chocaba 
ruidpsam^nte contra el encuentro de la lanza que empu- 
ñaba, detuTo con una sofrenada y una maldición la Ssy 
gosa cantería de su corcel; y acercándose al grupo que 
custodiaba la puerta: 

^^Teniente Corbalañ^^^tó con voz ronca y breve — 
tema veinte hombres y ronda el Bajo, mientras yo hago 
una batida en Barracas, i Por las garras del diablo I 
Consiento en dejar de ser quien soy si el sol de mañana 
no encuentra la cabeza de Manuel Puirredon clavada en 
esta lanza. 

¥ undiendo las espuelas en los flancos de su caballo, 
se alejó como un sombrío torbellino. 

Ckmeneia pálida y helada de espanto cayó sobre 



9fuá rodillas. El bombita qu« AcabálMi ábhamttMhv^ 
rible juramento era su padre. 

«-€oil)alafl-^!jo «itiordeaqfaenosbandidoft^lléva- 
me contiga. . . .Quiero matar hOÉibres y no guardar mu^ 
jeres. 

—Si Alma^n^a te hubiera entregado ta qixb está en 
é ealab02o de las Tres Cruces/ no te babri^ pesado guar^- 
darla para ti — dijo riendo atrozmente otro deellos^ 

— Ah I viejo tigre I sorprender ¿ la benúosa que es- 
peraba i su galán, atarla coiño un cordero al arzón de la 
silla, traerla bajo el |K)nchoá la Intendeueía, encerrarla 
en el calabozo de las Tres Cruces donde hay mas de ein^ 
cuenta septjlturiBis. . .' . ¿qué pensará hacer de ella? 

—Foca cosa I Matarla ett lugar d« sa marida, y ma- 
tarlaconél si logra atraparlo; 

Clemencia no escuchó mas. Alzóse fuerte f resuel- 
ta; acercóse con entereza al jefe de los bandidos, y dando 
á sus c^os la negra mirada de sh padf^, leratttb et vela y 
le dijo con voz imperiosa. 

—Teniente Corbalan f ¿me conocéis? 

— ^Lahija del comandante I— esclamó el Aashof- 
queror descubriéndose. 

Los bandidos ser apattaron^ respettióMméiíte, y fa 
jóréii stín dignarse añadir una pakbfi, pssó él umbral y 
se inlemd en las sombran del fiitidfba«difl«íd: 

En la oscuridad del lóbregoportel que daba entrada 
al patio de tos calabozos, Clemenek dhisó un homfire 
dé pié, inmÓTÍl y apoyacíó étt üM atfálard^ Vestía el 



362 «JfiAO» T nB4LIDia>ES. 

uniforme de gendarme y ella le creyó un centinela; pero 
al acercarse á él se estremeció. 

La joven no tuvo para reconocerlo necesidad de ver 
su rostro que cubria la ancha mai^;a de una gorra de 
cuartel. 

— I Oesyenturado I — murmuró Clemencia, al oido 
de aquel hombre y estrechando su brazo.con terror.-— Qué 
hacéis aquí? ¿No habéis oido? 

—Si, respondió él, cerrándola el paso— Soy aquel 
que los asesinos buscan con tan feroz afán. Sus puñales 
q^tan sobre mi cabeza, pero yo he venido á salvará mi 
amada ó perecer con eUa. Mirad, continuó hiriendo con 
el pié un objeto sin forma que yaciaen tierra — he mata- 
do un centinela, y armado con sus despojos velo aquí 
para tender á mis pies al primero que atraviese el dintel 
de esa puerta. 

— Manuel Puirredonl — dijo Clemencia descubriendo 
su bello rostro y posando en los ojos del proscrito una 
mirada inefable ¿os acordáis? 

— ^EUa I • . K • esclamó él unitario— | el ángel que 
me salvó. . \ 

— ^¿Tenéis confianza en mi? Me abandonareis el 
cuidado de salvar á aquella que buscáis ? 

— Áh i-Hrespondió él coa un transporte quede- 
mencia reprimió asostada— por esas solas paldns, her- 
mosa criatura» heme aqui á vuestras pies. Fedid mi 
sangre mi alma todooslodiiié. 

— Akjtos pues de este foneslo lugar; tm^nned esa 



LA HIJA tíKl WiÁBmQühíO. S63 

puerta fatal, y esperad á vuestra amada donde díaos 
esperaba 'poco há. 

— ^Nól Todo. . . «menos abarme un paso de aquí. 

— Oh 1 Dios mió 1 quiere perderse I . . . .Pues bien. . 
juradme ál menos pwmanecer inmóvil bajo vuestro 
disfraz, y no atacar á nadie cualquiera que sea que pase 
por esté sitio. 

—Duro es hacer esa promesa I . . . .pero pues lo 
queréis, | sea I 

—Gracias I gracias 1 . i . .esclamó ella estrechando 
la mano del proscrito, en la que éste sintió caer una lágri- 
ma — Sed feliz, Manuel Puirredon ( Adiós I' 

Y la joven bajando el velo se perdió entre las 
sombras. 

El unitario oyó á lo lejos un ruido áspero de cer- 
rojos y dijo: #. 

— ^Es la puerta de su calabozo .... ¡Emilial Emi* ' 
liamial 

Y con la mirada y el oido atento, interrogaba an- 
gustiosamente á la noche y al silencio. Y asi pasaron 
con la lentitud de los siglos dos, cinco, diez minutos; y 
Puirredon, en su mortal inquetud, estaba ya próximo 
á quebrantar el juramento y á correr tras aquella que 
se lo habia impuesto. 

Ál fin allá á lo lejos el blanco veto de Clemencia 
apareció de repente entré las tinieblas- de un lóbrego pa^ ' 
sadizo. Puirredon la vio venir sola y olvidando su pro- 
mesa, olvidando su peligro, olvidándolo todo, arrojó una 



9Q4 99Kft0S X WAU^APS». 

qsQlapoaqÁoQ: de dolpr y eorrió á 9u encg^tro. Fvoal 
llegar á ella dos brazos cariñosos rodeaioa «u cuellQp.; 
uno8 láhÍQ§ de ¿mego abogaron «n los suyos uo ^tode 
gpzo. 

-^Sijenoioy awado mió, I — dija ungí yqz <iuefidaal 
oido del prosprito. Uo milagro me ba s^hado* L& 
▼irjen del Socorro ha descendido á mi calabozo pvall- 
lufirme;.. ^. . Yo laheroiQozíQcjldaejasu celestes belleza 
y en la melancólica sonrisa de su labio divioo. £stee&' 
su s^g^fjadp velo» .. . .^l nos protejerá. . . JQuyamos, . . . 

y la mujfir encubierta arrastró tras de si al 
proscribo^ 

Coftn^qlm {ujitiyos^ llagaban i ja .p^eirta viiBron 
avanzar un ginete que baciedo dar botes á ^u caballo 
enebro w ^ portali» y anwjjáodoseí en. ti^ra. dei^eoTwió su 
puñal y en un silencio feroz se encaminó alj^tiad^ Um 
cateJww,. 

A su vista Puirredon sintió estremecerse eatjrQla» 
suya^la mAoad^. su oompanera^j la oyAmfiwmw l)ajo 
su n^üocon aqen to, de t^ifcor: 

-^itaw-nígTCíin! 

IWa» lucigo. traspuñeron mko» él umbial maldjitQi 
y iBspimKQix el anraembalwmadA dekUbertad. 

Entre tanto Alma-negra atravesó^ patío j.U^aoáa 
alcaUíbondide lasXres CruMs. de«joTO41<»p¿idi»cer- 
rojo^y himftíi Uciotas entee¡la&.tijuebla9« 

U;[i.n^^.fer4Jldp d» la, Ivm menguajute dfisHriudnift 
porcia, «9U]Bcl^A.«lAr^|a. 4e 1a M^oda, loamka «a». 



LA HUA D£t VASHOROUEBO. ffil^ , 

Qtaocba llñdai^ael húmedo pavimento, hacienda maft 
densas las tinieblas de aquella espantosa mazmorra» Sin 
emba^rip^ el ojo ávido del bandido descubrió una forma 
blanca. 

Fuen Um ellai estendió su mano sangrienta, y 
pajjpando el cuello de ujumujer^ hundió en él su puñal, 
gritando con rabia: 

— Delatora de nuestros secretos; cómplice de los. 

infames unitarios, muere en lugar del conspirador que 

amas, pero sebeantes que ni tus huesos se juntarán con 

* los suyos, porque tu sepulcro será el fondo de este 

calabozo. 

Y hablando asi, arrojó una espantosa carcajada. 

Al sentirse herida de muerte la desventurada llevó 
las manos á su cuello dividido, y conteniendo la sangre 
que se escapaba á torrentes de la herida: * 

— ^Dios mió I — ^murmuró — mi sacrificio está con- 
sumado I cumplida está la misión que me impuse en 
este mundo: haced ahora. Señor, que mi sangre lave 
esa otra sangre que clama á vos desde la tierra. 

Al acento de aquella voz Alma-negra sintió rom- 
perse su corazón, y los cabellos se erizaron sobre su cabe- 
za. Alzóse rápido y levantando á su victima corrió á la 
claraboya y miró al rayo de la luna su rostro en- 
sangrentado* 

— Clemencia ! I — gritó el asesino con un horrible 
alarido. 

^-Pbdre ! pobre padre ! eleva al cielo 



déla 



'¡i. MlÚI 



3Mav<! 



Je so. k^< 
'¿ía ^Bñs WI»8nda ddnlede 

de lu diñiUL que lo 



j 



UNA APUESTA. 



¿Quien no ha oido hablar del jenio burlón y aventu-* 
rero de la hermosa Eleonora de Olivar, duquesii de Alba? 
Emanaoioii brillante del sol andaluz, la hechicera sevi- 
llana entró un dia oomo un ardiente torbellino en la aus- 
t^a corte de Gérlo9 III despertándolos graves eoos de su 
Alcázar con las risas de su inagotable alegría. 

Los cronistas de la época se estienden con delicia en 
la relación de las graciosas locuras de aquella amable 
aturdida que por tanto tiempo tuvo en continua agitación, 
en perpetua zozobra, la corte y la ciudad; porque fastidiar 
da algunas veces de sus travesuras aristocráticas, deseen- . 
dia con frecuencia del mundo brilhinteque habitaba pam 
buscar otras mas picantes en la plebeya atmósfera de las 
callejuelas. 

Kanuestrosdias Eleonora habña sido horriblemente 
calumniada; pero en aquellos benditos tiempos se tenia 



270 SUEÑOS Y EfiALIDÁDfiS. 

mas confianza en una mujer honrada, y el duque de Alba 
y á ejemplo suyo toda la corte, veneraban profundamente 
la virtud de la duquesa. Honor ¿ la fé de nuestros mayoresl 

Pero si Eleonora era burlona no era maligna como 
lo son generalmente aquellos que tienen ese odioso carác- 
ter . Ni con sus chistes, ni con sus locuras jamás hirió el 
amor propio ni la sensibilidad de nadie. Al contrario, 
si ella gustaba de reir era mas bien para alegrar á las otras 
y sus travesuras eran tan benévolas y lisonjeras que cauti- 
vaban para siempre el corazón de aquel que era su objeto. 
Asi el estudiante & quien en tan lijero equipo hizo bailar 
aquella célebre zarabanda la debió su fortuna y el capitán 
dé guardias la restitución del r^to amor que le habia ro- 
bado. . 

«-^Duque, te parezco bien asi?— dijo un dia Eleono- 
ra presentándose á su marido vestida de peregrina. 

—Encantadora!— respondió el duque contemplán- 
dola admirado — Oh I Jamás la túnica de la viajera cubrió 
un cuerpo tan gentil. 

— Gracias, mi beHo caballero! — respondió la irresis- 
tible andaluza, rozando con si delicada mejilla la n^ra 
barba del castellano --Pero no es para oir tus amables 
galanterías que me presento á ti vestida de esta manera . • 
Mi objeto es alcanzar una piadosa concesión. 

~Pide lo que quieras, hermosa mia, con tal que me 
permitas besar esos piecesitos<:alzados con zandalias. 

— Están á tu disposición, duque, si quieres dejar á 
la mia un mes de mi existencia. 



UNA APUESTA. S7I 

— ^T que harás de ese mes? Supongo que no querrás 
robármelo. 

—Iré sola y á pié en peregrinación á Santiago de 
Compostela. 

—Sola «... ^yápié. . . láSantiago. . . I 

— Sii señor. 

—¿Eleonora, piensas en loque dices? 

-—Con toda la seriedad de que so^ eapaz, duque. 

— ^¿Has oMdado la adorable revelación que anoche 
me hiciste? 

— ^Te dije que tenias ya un heredero. 

— ¿T no seria destruir esa esperanza el ceder á la lo- 
cura que imaginas? 

— ^Precisamente par^ que esa esperanza se realice 
debes consentir en mi peregrinación. 

—¿Cómo? 

— ^Es un antojo. Ya sabes que si no lo cumpliese mo- 
riría nuestro hijo. 

— ^¿T crees tu que viviera si yo fuese bastante insen- 
sato para esponerle á las fatigas y accidentes de ese largo 
y penoso viaje? 

— Sin embargo será necesario que me des permiso . . 
|Es un antojol 

— iQue déliriol ¿Como puedes, querida mia, persis- 
tir en esa estravagancia? Sin contar con el estado en que 
te hallas, tu posición y tu empleo en la corte te retienen 
cerca de la reina. ¿Que diria Su Magestad si le hablaras de 
tan estraña idea? 



272 sueRos y realidades. 

— Tengo ya su permiso para pasar un mes ennues- 
tros estados. 

— ¿ Y la princesa de Asturias ? 

— ^La princesa de Asturias está envidiosa de mi y 
me aborrece lo bastante para alegrarse de mi ausencia, 
aunque yo fuera hasta la Meca. 

—'Eres demasiado humosa para justificar la envi- 
dia de la princesa* Donde tu apareced, toda belleza se 
eclipsa.. 

— Vamos, señor de Alba I No piense YueseleQoia 
adormecerme con sus lisoii^^. . • • | £1 permiso^ señor 1 
£1 permiso 1 

--Imposible, hermosa mia; tan imposUde como que 
riael conde de Girón — dijo el duque creyendo cortar la 
cuestión. 

— Quién es el conde de Girón y por qué no ha de 
reir? Cuéntame eso^ duque— dijo volublemente £leo« 
ñora echando uno de sus brazos al cuello de su marido y 
dejandosobre sus rodillas el sombrero adornado de con- 
chas. 

— El conde deGirpn, amada mia, es un se&or del an? 
tiguo réjimen tan ap^^do á las costumbres de ¿u tiempo 
quenopudiendo sufrirlas innovaciones que el progreso 
ha traido ¿ los nuestros» aband<MQM& la corte y el empleo 
que en ella tenia, retirándose á uno de sus castillos cérea 
de Aranjuez donde vive como en el tiem|)ú del rey Bodrir 
gD y cercado de escuderos, pajes y dueñas tan antí^doa 
como pide el gusto de su señor, Quya gravedad por otea 



' UNA APUESTA. 373 

parte incontrastable ha pasado á proverbio y os fama que 
nunca quiso casarse por no tener que sonreirá su novia 
siquiera el dia de la boda. Asi, cuando se quiere califi- 
car algo de imposible en grado superlativo se le compara 
con la risa del conde de Girón. 

— Muy bien. Y si el Conde de Girón riera ¿ qué di- 
rias^ duque? 

-rrDijera que el buen apóstol Santiago enamorado de 
tu hermosura hacia un milagro para lograr la dicha de 
verte. 

—Oh I duque, por esta vez caí en el lazo de tu li- 
sonja. Acepto la hipótesis. Besa mis sandalias y haz 
mañana una visita al conde de Girón . 

— i Es una apuesta, Eleonora ? 

— Si, duque .... Es una apuesta. 



18 



II. 



Edlatorde del eigaiente diaeKduqite de Alh«d« 
Yuelta de la caza pidié. hospitalidad en eVeastillpd«G«Qit 
y fué recibido con todw la» ceíe«onift9 dft Ift antigua 
usanza. 

El cuerno del vijia tocó la fanfara que anunciaba la 
visita de un gran señor; el puente levadizo se bajó con 
estrépito; los escuderos acudieron al estribo; los pajes de 
rodillas descalzaron las espuelas del duque; las dueñas 
envueltas en sus blancas y reverendas tocas le presenta- 
ron el aguamanil de oro y el pebetero de zahumerio y mas 
allá en fin, de pié en la puerta del salón de honor, el viejo 
castellano recibió al duque con toda la rijidez de la eti- 
queta que Felipe V heredó de su bisabuelo; con todos esos 
requisitos del paso y del asiento que hicieron al duque 
sonreír mas de una vez pensando en su mujer, porque 
el grave personaje hacia todas aquellas evoluciones de 
déla antigua ordenanza palaciega con una seriedad im- 



suapuesttu 

BeudTMdél Tijiated^ó dr densero y un momen- 
to despuea el portero de estrados anunció al Conde ijtjte 
un Jaren ooe traía* de estudiante en yaoaeíones 86 había 
presentado á las puertas del castillo, pidiendo ser intro- 
ducido oerea del señora ^fuien tenia qoe coinuñicár un 
anmto infportante á la easa deOiron. 

— A la casa de Girón I — observó gravemente el e&ií- 
dé-^¥o soy él áaico representahite de esa casa y tengo 
dBÜglicioa deesóúcharlo^ Hacadle entrdf. 

SI portero de estrados trasmitió la éfáénj uti mo^ 
mentodespticÉs abritodose la j^uerta de las entratdas orái- 
iiarÍAs, apaweió en el umbral il€fmiiiad<y por loa últimos 
rayoe del seiy uri muefaacbo cubierto eon utía hopalanda 
desgarrada en todos sentidos peroqueelptearíllolleta^ 
ba tan gallardamente como d conde su capa de gMtfá. 
Cübrian la mitad de sé rostro fes anehas y «gttjéreadas 
alas de un gran sombrero que se quit<Val enfrar. mosttrMtí- 
do unas faccione» llenas de maüeia y dos bermejos y ar- 
dientes ojos negros que guiñaron solapadafmeñte al dttqüe 
de Alba, aturdido ante aquella aparición. 

— Señor conde — dijo con desenfado el estudiaufilld 
avanzando hacia el castellano — tengo el honor de presen- 
taros en mi humilde persona á uno de vuestros más pró« 
limos parientes. 

—Tú 1— esclamó el conde arqueando las cejas y alar- 
gando desdeñosamente el labio— ¿ Qué es lo que dices? 



279 8UBKo$ t ftBAW>itf>K. 

— Vuestro mas próídmo pariente— repitió el diabli- 
llo*— \ Qué I í no conocéis los rasgos de familia? 

— ^En fin— replicó severamente el conde-^iQuién 
eres tú? 

*— Un Girón por los cuatro costados y sino mirad- 
me • r • • 

Y dando una rápida vuelta ostentó uno á unoá los 
ojos del oonde los mil gironei de que se compcMiia su ves- 
tido. 

Entonces un acontecimiento inaudito, on esAraño 
fenómeno se efectuó en el castillo de Girón. Los labios 
del conde se dilataron, sus dientes vieron por vez [«me- 
ra la luz del sol y con espanto del duque de Alba oyóse oa 
ruidoinsólito, una carcajada que atrajo á aqud sitio á 
los escuderos, pajes y dueñas y basta diz que desierto 
asustados á los murciélagos que dormían en el antiguo 
.artesonado. 

El diablillo se solvió radiante hada A duque y le 
dijo inclinándose graciosamente: 

— El apóstol Santiago hizo el müagro y he ganado 
mi per^rinacion. 

T sonriendo maliciosamente recqjió su sombraro y 



186& 



Et. 



LUCERO DEL MANANTIAL 

Bpitodio de te dietadim de dea Jbu lauel Bem. 



I. 
haría. 



Era la hora en qAe calla el áspero rriirieho del potro 
salvaje; en que el coyuyo se adormece sobre el sinuoso 
tronco de losr algarrobos, ^en]que el misterioso |>(u^» 
comienza sa lamentable canto. 

La luna alzaba su disco brillante tras los cardoe de 
la intiensa llamira^ y su aijentado rayo, deslizándose 
entre el firoiido$a ramaje de los rnubús j las góticaÉojiTas 
déla ventana» bañaba con áiMr el dulce rostro de Mafia« 

Tiajm» dd Plata t Eil Tuestras lejanas escürsíamB 
en la campana^ ¿obteishalblaídeliaria? 

Su recuerdo ti?e todavteenlaa tradiciimes del Sur. 

Mada ei»f la Am" maá bella ^ne acarició^ la brisa 
tibia de la Pampa. 

Alta y esbdtá colw d junca azul de los ártoyoa. 



380 su^Iqb 4r rbalidii^. 

semejábale también en su elegante flexibilidad. Som- 
breaba su hermosa frente una espléndida cabellera que 
seestendia en negros espirales hasta la orla de su vesti* 
do. Sus ojos, en frecuente contemplación del cielo, 
habian robado ¿ las estrellas su mágico fulgor; y su yoz 
dulce y melancólica como el postrer sonido del arpa, 
tenia inflecsiones de entrañable ternura que conmoyian 
el corazón como una caricia. Y cuando en el silencio 
de la noche se elevaba cantando las alabanzas del Señor, 
los pastores de los vecinos campos se prosternaban cre- 
yendo escuchar la voz de algún ángel estraviadoen 
el espacio. 

El viajero que la divisaba á lo lejos pasar envuelta 
en su blanco velo de viíjen, á la luz del crepúsculo, bajo 
las sombras de los sauces, esclamaba: 

— Es una hada I 

Pero los habitantes del Pa^o respondian: 

— Es la hija del comandante, el lucbro del 

MANANTIAL. 

En los últimos confínes de la frontera del Sur, 
cerca de la linea que separa á los salvajes de las poblacio- 
nes cristianas, en el Pago del Manantial y entre los muros 
de un fuerte medio arruinado, habitaba Maria al lado 
de su padre, entre los soldados de la guarnición. 

El adusto veterano, antiguo compañero de Artigas, 
desarrugaba solo el ceño de su frente surcada de cicatrices 
para sonreirá su hija. 

Para aquellos hombres hostigados por frecuentes 



SL LCCBHO DEL «AnANTUL* 28t 

invasiones y cuyos rostros tostados por el sol de la Pampa 
espresaban las inquetudes de una perpetua alarma, era 
María una blanca estrella que alegraba su yida der- 
ramando sobre ellos su luz consoladora. 

Pero ella, que era la alegría de los otros, ¿ por qué 
estaba triste? ¿qué sombra había empañado el cristal 
purísimo de su alma ? 

Labora del dolor había sonado par^i ella, yHaria 
pensaba. . . .pensaba de amor. 



ir 

UN SUEÑO. 



Una noche vino á turbar una ▼ision ú pláddk) saefio 
delaviíjen^ 

fió un vasto campo cubierto de tumbas medio 
abiertas y sembrado de cadáveres depilados. De todos 
acpiellos cuellos divididos manaban arroyos de sangre, 
que uniéndose en un profundo cauce, f («naban un rio 
cuyas rojas hondas murmuraban lúgubres gemidos y se 
ensanchaban y subian como una inmensa marea. 

Entre el vapor mefitico de sus onUas y hollando con 
planta segura el sangriento rostro de los muertos, 
paseábase un hombre cuyo braxo desnudo blandía un 
pu&al. 

iquelbombi^era bello; pm>ooniina bdleasom- 
bfia como la del arcángel maldito; y en sos ojosaraks 



eomo el cielo, brillaban relámpagos siniestros que 
helaban de miedo. 

T sinembargo» una atracción irresistible arrastró 
á Haria h&da aquel hombre y la hizo caer en sus brazos. 

T él euToltiéndola en su sombría mirada abrazó sus 
labios eonnnbeao de fuegOi y sonriendo diabólicamente 
rasgóla el pecho y la arrancó el corazón, que arrojó 
palpitanteen tierra para partirlo con su puñal. 

Ptoroella« presa de un dolor sin nombre, se echó á 
sujipiés y abrazó sus rodillas con angustia. 

En ese momento se oyó una detonación y María 
dando uñ grito se despertó 



ffl. 



EL ENCUENTRO. 



— ^Era un sueño! esclamó palpando su pecho vir- 
jinal agitado todavía por los tumultuosos latidos de su 
coraion. Era un sueño I 

Y pasando la mano por su] frente para alejar las 
últimas sombras del terrible ensueño, Maria saltó del 
lecho, vistió sus ropas de fiesta, trenzó con flores su larga 
cabellera, y sentada gallardamente sobre el lustroso bmo 
de un brioso alazán, dióse gozosa á correr por los frescos 
oasis, sembrados como una yia láctea en las inmensas 
llanuras del Sur. 

De repente el fogoso potro robado á las* numerosas 
manadas de los salvajes, aspirando) con rabioso deleite 
las magnéticas emanaciones que el viento traia de su 



EL LUCERO DEL MANANTUL. 285 

agreste patria, sacudió su larga crin, mordió el freno, 
y burlando la débil mano que lo rejia, partió veloz como 
una flecha, saltando zanjas y bebiendo el espacio. 

María, pálida de espanto, vióse arrebatar lejos del 
limite cristiano al través délas complicadas sendas que. 
trillan los bárbaros con el afilado casco de sus corceles; 
y su terror crecia á la vista de un bosque negro que ter- 
minaba el horizonte y entre cuyo ramaje el miedo dibu- 
jaba sombras confusas que se ajitaban. ^ 

De improviso vibró en el aire un silbido estraño . 
semejante al chillido de una águila, y el caballo embola- 
do por una mano invisible se abatió sobre si mismo á 
tiempo que la joven se deslizaba al suelo sin sentido. 

Al volver en si, se encontró reclinada en los brazos . 
de un hombre y con la mejilla apoyada en su pecho. 

Ese hombre era sin duda quien la habia salvado; 
y María separándose de sus brazos, alzó hacia él una 
mirada de gratitud. 

Era joven y bello; pero al verlo María dio un grito 
y volvió á caer exánime á los pies del incógnito. 

Aquel hermoso joven era el fantasma de su san- 
griento sueño 



AMOR Y AGRAVIO. 



Ocho di«s mas (arde» Hdríá telá&do in<{ttiétti, tíon 
el oido afento y la mirada fíja, medio desííttda y oculta 
(ras las vetustas ojivas, esperaba todas laáíioches áuh 
hombre que Ufando cautelosamente at pié deí omM 
asíase á sus ramas, escataba la ventana y cak en sus 
brazos. 

Tía joven lo estrechaba en ellos cdtf pasión : j^apar- 
tándolo luego de si, contemplábalo con delicia y volviá 
á arrojarse en sus brazos esclamando: 

—Manuel 1 Manuel I por qué te amo tanto, á ti que 
no se quien eres, á ti el terrible fantasma de mi sueño 7 . . 
T sin embaí^; quien quieras que seas, vengas dd délo 
ó del abismo, y aunque despedaces mi pecho y me ar- 
ranques el corazón, te amo ! te amo ! 



Bk LUCERO MLMAMAATUL. 267 

T Haría deliraka de amor^ hasta que la lua del alba 
le arrebataba i su amante» que dedixándose furtiva- 
mente entre el oscuro ramaje, se desvanecía con 
las sombras. 

Pero una lesi. Haría lo esperó en vano. T desde 
entonces, cada noche, sola y con el corazpn palpitante 
de dolorosa ansiedad, vio pasar sobre su cabeza y per- 
derse en el hqrizonte todos los astros del cielo, sin que 
aquel que alumbraba su alma volviera á aparecer jamás. 

Por ese tiempo, la antorcha dk la guerra dvil 
abrasó aquellas comarcas, y el fragor del cañcm homicida 
ahogó las risas y los gemidos. 



DIEZ AÑOS DESPUÉS. 



En las últimas horas de un dia de verano, una silla 
de posta atravesó rápidamente las calles de Buenos 
Aires, y entró al patio de una hermosa casa en la calle 
d^la Victoria. Un homhre de porte distinguido que 
asomado al balcón parecía esperar con impaciencia, bajó 
presuroso y adelantándose al cochero corrió á abrir la 
portezuela del carruaje, tendiendo los brazos auna be- 
llísima mujer que se arrojó á su cuello. 

—Mi amada Haría I 

—Amigo piiol 

Esclamaron ambos á la vee estrechándose con 
ternura 

— ¿ Y mi hijo? . . . .mi Enrique? dijo de pronto la 



Ek LACÉttd UtL ■ANAMTUL. Ü^ 

daitiA afMHiúáúáoSe de los btrá^ód dé m marido jf Um- 
diendben toriífouna eódicidto fliifadá. 

—Nuestro hi]ó, liespottdié €1 httciéudóla entNit éh 
m idagulfibo Mton^ n(i«stfO hijü, amada ttiia, se halla 
«n-eMa horaeA el UKXnentb iñas solemne de su vida eip- 
cdar: 4á «a bríllaniié examen. A^bo de dejado triple^ 
mente coronado; pero el premió mas grato parttéisetíi 
ellietodestt madre. 

'-^KMridd «tifio I ¿Es tan bello cbmó A los dóéé 
años? Ob 1 1 . . < álbefto t -. , . .perdón I 

•^^»don I ¿ Y de <}tté, amada María ? ^ De ser una 
buena medre como eres una buena espotsa? Al' óon> 
trarío I guacias por el amor <|ue guardas |>al>a ese hijo 
cuya ternura ha «lumbrado los tristes dias dé ttí au^nda 
«n ki «loco áfloB qiie me has dqado aquí solo. Ah I 
¿qiié pléíoee eficontrá]»as en hal^tai* Córdoba, lejos detü 
hijo. . . .lejos de tu éspoto 7 

-^h t AlbeHo. noble y jcaii^Mso óoi'azon I eselamó 
oUa, doblando «na vodillé ante sú matído. 

Alborto lA ale^ en sus brazos. 

^TodaTla ttá injusta timidez I todavift esos im< 
pfftams fieuerdos! me habets pr^Mnetido desechaifltls 

Y «oy diúhosa, amigo mié*. ¿Quién no lo serSa 
eeM» de ti? P«ro, A medida que el tiempo pastt^ k 
audaz confianza de la juTenttid d6iap{U«úfe veemplá- 
cándotamediMUMMlt]». ¿S«ráMfadeier Nd,pues 
yocNoen ti contó en el Dh» M délo; bOM mküriMs 

19 



290 SUEfiOS Y REAUDADES. 

mas grande» mientras mas sublime me aparecías» menos 
digna me encontraba de acercarme á ti, y loque tá lla- 
mas obstinación era un doloroso ostracismo, 

^ —Pobre Marial ^e nunca te oiga hablar asi» 
nunca I ... .te lo pido en nombre de tu hijo, Tooa este 
corazón; es (u mas firme apoyo* Reposa confiada sobre 
él» pues solo alienta para ti. 

*--0h 1 Dios mió I dijo ella reclinándose en el seno 
de su marido» y elevando al cielo una mirada de gra- 
titud. — Dios mió I bendito seas porque has enviado al 
mundo dejenerado que te reniega» estos seres de paz, de 
indulgencia y de amor para . redimir su iniquidad y 
hacernos creer que en verdad formaste al hombre ¿ tu 
divina iméjen. Diez y seis años han pasado/ diez y seis 

años y en cada uno de sus dias, en cada una de sus 

horas vi brotar en ese corazón, elevarse y resplandecer, 
algana nueva virtud I Diez y seis años haoe.encon- 
treme un dia abandonada» sola entre vni dolor y un secre- 
to terrible. La muerte era mi único recurso;, pero yo 
no podia morir. Junto á mi corazón desgisurrado pal- 
pitaba otro corazón que me pedia la vida y me encade- 
naba ¿ una existencia de oprobio. Tú me apareciste 
entonces, Alberto. — Te amo, me dijiste, y ipi amor ha 
penetrado el secreto de tu dolor. ¿Quieres confiarte 

á mi ? yo seré tu esposo» tu amigo, y tne dijiste al 

oido— el padre de tu hijo. 

-^Y bien I y bien 1 la interrumpió Alberto, con esa 
brusca genialidad que emplean lasi almas jenerosas para 



Ek LUGKRdOKL1IA^AiTI4L. 291 

Telar su ^andeza. ¡Vaya uta .gran mérito ( Cumplir 
con una misión que nos ba^ feliz I « « . . itesgraciadá- 
mente, amada mia, no siempre es. tan fácil cmiciliar el 
deber con la felicidad. Hoy, por ejemplo, colocado^-* 
tre el corazón y la conciencia, , voy á aerificar al deber 
la dulce costumbre de una antigua amistad. 

Yo, que hasta ahora he sostenido á mi amigo eco 
todos los recursos de mi influencia, voy á enarbolar con- 
titt él el estandarte de la oposición; y él cuerpo lejislativo, 
que actualmente presido, me ve^cá con asombró alzarme 
contra el voto que pretende dar á Rosas la facultad de 
reunir todos los poderes del Estado. < 
K e^s palabras de su esposo» María palideció. ' 
— Oh I Alberto, dijo,, estrechando su mano con ter- 
ror, en nombre del cielo no toques la garra del tigre por- 
que te despedazará I te despedazará y hará de tu 

cadáver una grada mas para escalar la suma del poder. 
— ^Y bien, amiga mia, moriría con la muerte de los 
buenos en el cumplimiento del deber. Pero tranqm- 
lizate, amada María, Rosas tiene una alma capaz de com- 
prender mi sacríficio y me conservará su estimación, 
aunque me haya quitado su amistad. 

En ese momento un ujier anunció á Alberto que la 
cámara reunida esperaba á su presidente para discutir la 
importante cuestión de aquel dia. 

Alberto despidió al ujier y volvió hacia su mujer 
una mirada de ternura. 

—lo veis, querida mia 7 le dijo, mi sacrificio co- 



QÚenfla desde ahiora, Apeaas he tenido tiempo de posar 
mÍB ojos en tu semblaate, la voz del d^ber me llama lejo» 
de ti; j aunque sea por mu; pocas horas^ toda s^a^ 
ración en este momento me parece eterna, , . , 

Alberto se interrumpióp Habrían dicho que sua 
palabras encoatranm algún eco misterioso en el fondo 
de su alma. 

Pero reponiéndose luego dijo á su esposa sonriendo; 

---Te dejo, amiga mia; pero Toy ¿ enviarte á En- 
rique y él desvanecerá para siempre esos impúrtuno^ 
recuerdos que turban todavía la pai de tu alma, 

Y besando tiernamente la mano que elk le tendía, 
salió, no sin volverse muchas veces para contemplarla. 




Vi. 



Mii>aE É auo. 



Cuando iadanuKiuedb aoÜBi akó Iwe^oá nlúAúWik 
doloMsa espresion»* 

— I Jamás 1 — esclamó — ^Jamásl . • « . Nuneaf st boe» 
fsráesaimájea que encuentro stempnr en el korizonte 
de más recoeréos, end samUanto de mfi hijoyenai 
prepioceraaoft ! Hé aU esa flrentéalátn ymediteiMMNlftr' 
hé ahi esos rasgado» ojosr aisles de* taii sombría y siií 
Mibai^o tan hermosa máada^ . ^ ^ Mairad! SfMoiiel^l . . . 

La pwrta se abrió con estpépito, y un berawf» 
mancebo de diez y seisateSi deporte airrogaotd y rkotim 
espresion, se precipitó en la sala y corrió á drrofarseeft 
los' bntíes de ]a dama que loieetreeh¿ en qHos so- 
Hozando y besó vúl vedes sus mejülas y sil fuente. 



!Í94 SUEÑOS Y REALIDADES. 

—Qué hermosa eres, mamá ! decia el joven con - 
templando extasiado el radioso semblante de su madre. 
Aunque tenia muy presentes las facciones de tu rostro, 
no creía que fueras tan bella. Bendición del cielo ! 
Dejar la fria atmósfera del colejio, para venir á contem- 
plarlos rayos de este bello sol que dá vida á mi vida y 
calor á mi alma I 

— Poeta! poeta! — decia ella, sonriendo tierna- 
mente á su hijo y meciéndolo como un niño en sus ro- 
dillas. Me está recitando un madrigal. 

— A propósito, — dijo el joven dejando su actitud 
de abandono y sentándose al lado de su^madre — Manuela 
Rosas me envió su álbum pidiéndome un soneto. | Y lo 
habia olvidado I Ya ! la veo tan pocas veces. Y no por- 
que ella no sea una criatura amabilísima; pero me aleja 
d^su lado el estraño sentimienlo que me inspira, su pa- 
dre. Llámaríalo odio si su amistad con la mia no hicie- 
raael odio imposible. 

— ^Todavia na conozco á ese hombre, y sinémbargo 
me estremezco cuando oigo pronunciar áu nombre; y no 
comprendo como el iioblQ y bondadoso corazón de Alberto 
há podido unirse á ese corazón feroz y sanguinario. 

— ^Esta misma adhesión, madre mia, realza mas la 
magnanimidad de ese corazón geíneroso, porque está 
exento de debilidad. Sev^a con el amigo, jamás tran^ 
sijirá con el tirano» 

-^1 Ay I si, es verdad. . . .pero.héme aqui estremeci- 
da de espanta á la idea de esa austera integridad que en 



BL LUCfiBO DEL KANANf lAL. M5 

este momento subleva quizá contra él en la cámara le- 
jislatiya el bando entero del despotismo. 

— Qué I esclamó el jóyen con los ojos centellantes 
de entusiasmo— es hoy el dia de su triunfo, y aun no es* 
toy en la barra para aplaudirlo con la voz y con el alma I 

T besando rápidamente á su madre, desasióse de 
su convulsivo brazo y partió. 



r^ 



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EN LÁ 



Ek ftüCia* Ut lUNAIRUL. It7 

Bl fMmídnte iimtó á sus célega» é dtap suafotot^ 
ordenando que los que estuvieran por la proposiiioDt 
te pusiera»! en pié^ y con lulio impasible 4i6 la señal. 
Dos hombres únicamente fotem ta contra* El uno era 
Bscakáai A uiioaoulado.obÍBpadft la mafarópoli» £1 otro 
Wt ^ •• ctl pceaiíAtfitedatla sala» d amigode Rosas. 

Hubo un momento de asonduro j aflencioc ftteo 
QUMKb la barra aarefaaiada: de oitusíasmo pcorrampió 
«ft uia.laB9estad)da apbusus» cmáio bomlbres.eBmasQa'^ 
mdw préoipitácaBSft enlaiaala y mientras tres da cUos 
lO^ewQti bt nasa éA pccsidieate^ el ooaslQ bnndióiiiii 
puñal en el corazón de Alberto y bifúrdsílHidoladavaáD 

«Ihel m»M!SBBk láfitioifl; 

Entonces en medio( ai álenciec d9 horfQrqmMMió 
en aquel recinto, oyóse la toz del anciano Obispo, que, 
de pié aun; dijo alzando sobre el moribundo su mano 
venerable: — Sube al cielo, mártir de la libertad Ar- 
gentina I Yo te absuelvo en nombre de Dios y de la 
patria. 

T como si la noble alma de Alberto hubiera esperado 
aquella sublime bendición, exhalóse dulcemente en una 
triste sonrisa^ 

En aquel momento, Enrique que entraba en el pe- 
ristilo de la sala de sesiones, fué atropellado por cuatro 
hombres que httian desalados entre las sombras. El in- 
trépido niño, conociendo por sus máscaras que acababan 
de cometer un crimen, asió al que iba adelante; pero 
éste por medio de un violento esfuerzo logró escaparse, 



996 naaiM ^ 

aunque dejando entro k» manos de su adfonrio la 
jnáflcaraque lo cabria. 

ÁLverel rostro de aquel iKMnl»^ d jóten di6 un 
grito, y se procípitó en la sala. 

A la TÍstadel cadáYer de su padro, Enrique se de- 
tuvo un momento, inmóvil, mudo, con los puños cer- 
rados y la mirada fija. 

Luego, cayendo de rodillas arrancó de su pecho el 
puñal homicida y besando la herida con siniestre s^»- 
nidad, adiós, padre mió 1 dijo, estrechando la mano 
helada del muerto — ^muy lui^ me reuniré cont^; pero 
entonces te habré vengado 1 

Guardó en su seno el arma ^sangrentada y se 
alejó con firmes y resueltos pasos. 



VIH. 



EL TERRIBLE DRAMA. 



La luz áA siguiente día enoontró en las calles de 
BuéniDs Aires numerosas huellas de escenas semejantes 
ala que tuvo lugar en la noche anteriw en la sala de 
representantes. Un puñal habia amenazado la yida de- 
Rosas; aunque se habia arrestado al delincuente, no 
habiendo podido arrancarte confesión alguna^ habia sa- 
crificado indistintamente á todas las personas sospecho- 
sas de complicidad en aquel atentado. 

A dos leguas de distancia, al frente del palacio dic- 
tatorial dePalermo,un destacamento de infantería acaba- 
ba de hacer alto. Sonó el tambor y aquella fuerza se 
formó] en cuadro. Vióse entonces en el centro del si- 
niestro vacio un jóvra como Isaac y maniatado como él. 



300 SUEÑOS T RBALIDABES. 

y en frente cuatro soldados que ala voz de un oficial pre- 
paraban sus armas 

Pero, cuando los fatales fusiles se inclinaron sobre 
él; cuando con la frente erguida y la mirada serena el 
noble mancebo esperaba la muerte, oyóse un grito de su- 
prema angustia y una mujer pálida, anhelante, desme- 
lenada, rompiendo con esfuerzo febril la linea de bayo- 
netas que le cerraba el paso, se arrojó de repente sobre 
el jÓTcn y estrechándolo en un abrazo desesperado lo 
cubrió con todo su cuerpo. Los soldados, vivamente 
conmovidos, volviéronse hacia el oñcial que los mandaba. 
Pero éste que sentía pesar sobre si una terrible respon- 
sabilidad, ahogando su profunda emoción, mandó 
apartar á la madre y conducirla fuera del cuadro. 

— I Ahí esclamó ella arrancándose de los brazos 
de flii hijd y cayendo ¿ttis piésdeit ofidaLr^-Dadme 
al meiioB por lo ^e mas ümms en este Masdé, dadme 
un cuarto de honi que neiSBsito para obtener^ la graoia 
db mi hijo, ó morir. 

Bi* veterano sonnóitrastemente. 

~Idr pd[nre> mad»,r kl,. dijo siguiéndola oca una 
odsadaí de^ compasión. 

— En nombre de esta' hcHrar au^ifttv gritón A 
mió, ye Q» lo* pccdúfae,^ madr^ moa. Noi pidaie^cia al 
aseánode vototro es|H»o, ó. vuestno hijo^c» maMBcná 
desde la eteinidad. 

Mas.< etta,. sin escuchada,, ootrió. dfiSBkida háma el 
paladm A travesó sin3 cpie}nadieí pudieraj detaaeriftw los 



KL LUCBBO DEL KANAlITUi.. Mi 

patios, losvestibulos» las galerías y los salones, preguo* 
tando á su paso por aquel de quien esperaba la muerte ó la 
TÍda. Un edecán entreabrió un gabinete y la mostró 
un hombre que apoyado un una mesa ocultaba su rostro 
entre las manos. 

La desventurada, precipitándose en el cuarto, fué 
¿ caer á sus pies. Pero al mirar á aquel hombre el ruego 
se le heló en su labio pálido, que se movió sin articular 
sonido alguno. 

. En ese momento sonó una detonación. La infeliz 
madre cayó sin sentido, gritando: ) Manuel I I Manuel t 
¿qué has hecho de tu hijo?. . . . 



fiL LUCERO D£L MANAMTUL. 303 

atravesó jimiendo las avenidas de sauces y se perdió en- 
tre las desmoronadas murallas del fuerte. 

Algunos la tuvieron por una aparición; pero otros 
creyeron conocer en ella á María, la hija del viejo co- 
mandante» el bello Lucero del Manataial 



Lima, agotto de 1860. 



UNA NOCHE DE AGONÍA. 

Bpiíodlo de la gaern civil ugentiiit en 1841. 



Una de mis amigas envió un dia á su marido para 
llamarme á su casa. 

Era este un joven compatriota y compañero de La- 
valle en su última campaña. 

Naturalmente, como debía yo ir en el momento, 
el mensajero hubo de ser mi acompañante. 

Marchábamos pues en la calle, el uno al lado del 
otro, hablando las mas insigniñcantes lijerezas, como 
dos personas que tienen que andar largo trecho sin saber 
cómo llenarlo. 

Si veiamos un jorobado: 

— ^Mi amigo, imite usted ese garbo. 

Si una mujer desairada: 

— Mi amiga, mire usted ese salero, y aprenda ¿ 
llevar sus faldas. 

Si un yizco: 

—Y usted á guiñar á las muchachas. 



306 SUBfloS Y REALIDADES. 

De pronto dos hombres se cruzaron con nosotros. 

— Así — dijo uno de ellos, á tiempo que dejaba la 
vereda á la anchurosa crinolina — asi, sano y bueno, sentí 
correr por mi cuerpo los sudores de la muerte. 

—No quiera Dios que aprenda usted eso— dije yo 
á mi compañero. 

— Lo sé I — respondió. Y sentí estremecerse el bra- 
zo en que me apoyaba. 

— Lo sabe I Se ha encontrado usted alguna vez 
en ese terrible trance? Refiérame usted eso, por 
Dios I 

Sin responder miró su reloj . 

— ^Hasta santa Catalina — dijo*r-nos queda media 
hora; pero ella basta. 

Y me refirió lo que sigue: 

—El 12 de enero de 1841 hallábame yo mandando 
un escuadrón de esa columna, hermoso fragmento del 
ejército libertador que al mando del coronel Yilela envió 
Lavalle á las provincias de Cuyo, y que sorprendida en 
la noche de ese dia por el general Pacheco fué derrotada 
y deshecha en Sanéala. 

Los dispersos de esa aciaga jornada, se reunieron 
poco despueá en San Juan, incorporándose á las fuerzas 
con que el general Ácha operaba sobre esos parajes. 

Yo y veinte y nueve jóvenes porteños, amigos y 
compañeros de infancia, que poseíamos entre todos diez 
magníficos caballos, formamos una brigada triplemente 
montada, que con el nombre de los hijos de Amom, tuvo 



UNA NOCHfi DB AGONÍA. 309 

una ancha parteen los combates que marcaron con una 
huella inmortal los últimos pasos de aquel ilustre 
guerrero. 

Y cuando el 19 de septiembre, desde lo alto de 
una azotea donde quemábamos nuestros últimos car* 
luchos, vimos al héroe de Angaco, después de tres diaa 
de una lucha titánica, engañado por su propia lealtad, 
entregar su espada para volver á los suyos, adivinando 
el lazo en que habia caido nuestro jefe y no queriendo 
dar en él, saltamos á caballo, y escapando por una puer- 
ta escusada, marchamos á Catamarca, donde la negra 
estrella que perseguia en aquel año el destino de los 
libres, nos alcanzó también en la derrota que sufrieron 
en aquel pjnto las fuerzan de Cubas por la división 
Maza. Allí perecieron tres de nuestros compañeros, y 
vagamos tres dias en las gargantas dé la cordillera de 
Ambato, sin agua y careciendo de todo recurso; pero 
éramos jóvenes y llevábamos en el corazón la fé, la es* 
peranza, y una dosis inagotable de alegría. 

Eran las once de la mañana. Habiamonos detenido 
entredós montañas, á la orilla de una aguada, para 
fumar un habano milagrosamente encontrado en la 
cartera de uno de nosotros,y cuyo humo aspirábamos una 
después de otro, con la delicia de dos dias de privación. 

De repente sonó sobre nuestras cabezas la detonación 
de una descarga, y dos de los nuestros cayeron en tierra. 

Al mismo tiempo, de las dos quebradas que se 
abrían sobre aquella hondonada, salieron dos destaca- 



310 ^UBSoS T BflAUIMJ>B6. 

mentes que nos rodearon acribillándonos con un vivo 
fu^o. Eran parte de uaa fuerza enriada por Maza en 
persecución de Cubas y demás fugitivos. 

Aunque nosotros éramos ya solo 25 y nuestros ene- 
migos 100 bombees bien armados, resolnmos abrirnos 
paso, ó vender cara nuestra vida; y nos arrojamos espa- 
da eñ mano, hacia el lado oriental de la quebrada. La 
pequeña tropa hizo prodigios de bravura que fueron 
fatales; mas la lluvia de balas que nos recibió, mató á 
diez y déte de los nuestros sin que el resto pudiera 
abrirse el camino deseado. 

Estrecháronnos de tal suerte al fin, que sus lanzas 
tocaban nuestro pecho, inutilizándonos el manejo déla 
espada. Muertos nuestros caballos y cercados por todas 
partes, no pudiendo ya hacer uso de nuestras armas, 
nos rendimos: cesamos de pelear. 

El jefe de aquella fuerza preguntó si entre nosotros 
se encontraba Cubas. 

Al oir nuestra respuesta negativa, nos hizo saber 
con la mayor frescura que no tenia orden de conservar- 
nos á nosotros, y que á nuestro arribo al campamento 
donde estaba situado el resto de la fuerza destacada en 
busca nuestra seriamos ejecutados; y volviéndose á los 
suyos ordenó que nos ataran. 

Uno de los soldados encargado de este operación 
vio en mi dedo un anillo de pelo, don precioso dado 
entre besos y sollozos. Esteba incrustado en un cintillo 
de oro que escitó la codicia del soldado. 



UNA MOCHE DB AGONÍA. 311 

— Todayia no-^le dije reteniendo el anillo que pn>- 
curaba arrancar de nü dedo— ^¿ No van á matamos? 

— ^Derfijo-^repuso él. 

— ^Ybien, cuando esté muerto, tiempo tendrás de 
sobra para tomar mi anillo. Entre tanto deja que lo 
guarde; quiero muir coa él. 

-— Gonáento — respondió— Es un regalo que destino 
á Pascualita. 

^ Acabaron de atarnos y la tropa se puso en mar- 
cha con nosotros. 

Eramos ocho, y nos llevaban al centro, de dos en 
fondo, y ligados unos á otros por los codos. Nuestros 
conductores marchaban al trote y sin darnos un momento 
de descanso. 

Hablamos andado asi seis leguas, y sin embargo yo 
me sentia aun fuerte; pero mi compañero, que en un 
joven delicado y actualmente enfermo de tercianas, co- 
menzó á cansarse, y no pudo llevar ya el paso de los 
otros. 

Dejáronnos atrás con cuatro hombres de custodia, 
pues era tarde y teman prisa de ll^ar al campamento, 
donde debian pasar la noche, pues á nosotros no nos con* 
taban en el número: debíamos marchar al otro mundo. 

Asi, cuando llegamos nosotros, encontramos ya 
muelos á nuestros pobres compañ^os. Sus cadáveres 
desnudos y atravesados de hondas lanzadas yacían á la 
(nriUa de un barranco. 

Notábanse por su belleza los jómelos Vera, que ata- 



312 SUEfíOS T REAUDADE6. 

dos juntos y con los brazos entrelazados recordaban en 
su muerte la hora de su nacimiento. 

Trajéronnos al lado de los cadáveres, y deliberaron 
sobre nuestra suerte. 

Era tarde: el sol se había puesto, la tropa habia co- 
menzado á tomar su rancho y no queriendo molestarse 
resolvieron aplazar nuestra muerte para la siguiente 
alborada. 

Separáronnos, y ligadas las manos á la espalda, 
como dos corderos destinados al sacrificio, nos tendieron 
cercado nuestros difuntos camaradas, d^ándonos solos 
entre la linea de vivaques y la lóbrega profundidad del 
barranco. 

T las horas que nos restaban comenzaron á deslizar- 
se rápidas como las olas de un torrente, arrastrando con- 
sigo nuestra última esperanza, y dejándonos tan solo la 
perspectiva de la horrible muerte que veíamos pintada 
en las contrariadas facciones de nuestros compañeros. 

Y entre tanto, todo aparecía sereno y apasible en 
torno nuestro: el cielo azul surcado por el ala blanca de 
las aves que iban, á buscar su nido lejano; los montes do- 
rados por los últimos fulgores del ocaso, los bosques de 
armoniosos rumores, todo. . • .hasta el aspecto de esos 
hombres, que recostados con perezosa indolencia afila- 
ban, cantando tiernas endechas, las lanzas con que al- 
gunas horas deápues debían arrancarnos la vida I 

Llegó la noche, noche oscura, pero tibia, estrellada 
y saturada coú los perfumes déla primavera. Los fue- 



UNA NOCHE DE AGONÍA. 3i3 

gos del vivac y las voces de los soldados f uéronse gradual- 
mente apagando, y muy luego todo quedó en profundo 
silencio, oyéndose solo á lo lejos, y á largos intervalos 
el grito de los centinelas, colocados al otro estremo del 
campo. 

Yolvime á mi derecha y vi blanquear en la sombra 
los cadáveres de mis compañeros. Tórneme ¿ la iz* 
quierda. Allí estaba el que vivia aun. Lo llamé, y 
no me. respondió. 

• — Duerme— pensé — No turbemos su último sueño.* 

Y volvi mis ojos al cielo; al cielo, cuya vista aun 
en las mas amargas pruebas, es siempre un consuelo 6 
una promesa. 

Resplandecía con millares de estrellas; y la vía lác- 
tea se estendia ante mi con sus innumerables cons- 
telaciones, como un ancho y luminoso camino de vida 
que ansié recorrer con el delirante anhelo de un mori* 
bundo. 

T esas estrellas que paseaban lentamente en la in- 
mensidad del espacio, me parecían seres conocidos y 
amados que me contemplaban llorando; y los suspiros, 
de la brisa me parecían sus sollozos, y el roció que caía 
sobre mi rostro, sus lágrimas. 

Alli estaban todas, todas: mi madre, mis hermanas, 
mi amada. 

Mi madre se alejó gimiendo y se perdió en el ocaso, 
dirijiéndome un adiós supremo. Siguiéronla mis herma- 
nas. Ántonina se quedó sobre el horizonte; y me tendía 



314 subAos y rbálidadbs. 

los brazos, y sonreia al través de su llanto, y. en susc^ 
resplandecía la esperanza. 

Esta estraña fantasmagoría que al borde del se- 
pulcro venia á mostrarme la vida con todas sus afeccio- 
nes, sus goces y sus promesas, arrancó de repente á mi 
alma de la inerte resignación en que yacía. Mis facul- 
tades obraron con un vigor estraordinario, concentrán- 
dose todas en un deseo único, ardiente, desesperado: 
vivir I 

Alcé ios qjo$ hacia el astro que marchaba con len- 
titud al horizonte, y dije á intonina desde el fondo de 
mi coraz(m: 

— ^&pera ! 

Incorpóreme cuanto me permitieron mis ligaduras, 
y eché una ojeada recelosa en torno. 

Silencio y quietud por todas partes ! Los fuegos 
se hablan apagado, la oscuridad era profunda; los centi- 
nelas mismos dormían» sin duda, pues sus voces de alerta 
habían cesado, y solo en el fondo de la barranca cortada 
á pico, que se abria detrás de mi, oiase en el silendo 
de la noche el ligero murmullo de una commte de 
aguav 

Arrástreme entonces hasta donde estaba mi com- 
pañero. 

—Emilio — murmuré á su oido— despierta I no te 
dejes vencer por el desaliento. Somos todavía muy 
jóvenes para resignarnos á la muerte. Quédanos un 
medio de huir y quizá de salvar la vida. 




UNA NOCHB DB AOOKÍA. 315 

—- ¿Cuál?— dijoél con apático acento y sin abrir 
los ojos. 

—Rodar al fondo de este precipicio, ^ue tal tez 
tendrá mejores entrañas que los hombres en cuyo poder 
nos hallamos. 

Emilio me escuchó sin hacer el menor movimiento. 

— ^Ámigo I — insistí yo — en nombre del cielo, aní- 
mate I Un corto esfuerzo, y nos habremos salvado. 

—Huye tú— respondió al fin— Nuestra causa está 
perdida y no quiero sobreviviría. Agobíame ademas una 
fiebre ardiente, y carezco de fuerza y de voluntad para 
moverme de aquí. 

La pasiva obstinación de Emilio hizQ vacilar mi 
resolución; pero alzando les ojos, vi la estréllia al borde 
del horizonte. Sus blancos rayos parecían dirijirme una 
mirada de dolorosa reconvención. 

—Espera I— repeti. — Y volviéndome á mi. compa- 
ñero: 

—Eoíiilio— continué, con voz suplicante — dime 
que estás resuelto á la fuga ! 

— Nó: nada me resta que hacer ya, y he rest&elto 
morir. Huye solo. 

Este diálogo en voz baja, al medio de la noche, 
entre dos hombres maniatados y tendidos en tierra, el 
uno resignado ala muerte, el otro luchando con ella, era 
fantástico y solemne como una pajina de Job. 

Tías horas pasaban, y la estrella se aproximaba al 
horizonte. 



310 SUE.^OS T RfiALlDADBS. 

— Emilio — dijele al fin— ten piedad de mil 
Si la vida te es indiferente^ á mi me sonríe, me llama: 
yo la amo, y no quiero morir; pero sabes también que 
si rehusas huir conmigo yo me quedaré. 

—Nada barias con ello en favor mió, — ^replicó él— y 
al contrario, huyendo podrías prestarme un gran 
servicio. 

— Cuál?— repuse yo, con el ¿nsia del náufrago que 
se ase á la mas débil tabla. 

— Escucha*— mé dijo — ^Tú sabes que he sido edecán 
del generaMavalle; sabes también que, como en todos 
los que han tenido la dicha de acercársele, mi adhesión 
por él es una especie de culto entusiasta y fanático, al 
que se refieren todas las acciones de mi vida. Una 
señal de su aprobación es para mí la gloria: una duda 
la infamia. 

Y bien: en la batalla del Tala ¿recuerdas? 

en los momentos del combate yo estaba al lado de Lava- 
lie. Acababa de dejarme la terciana, y debia de estar 
muy pálido. 

El general se volvió hada mi para darme una ^en; 
pero interrumpiéndose de repente:— Emilio — me di- 
jo, señalando con el dedo mi rostro — ¿ tiene V. mie- 
do? 

Mi respuesta fué lanzarme solo y éqiftdaoi mano 
al encuentro de una columna enemiga que atravesé, 
tú losabas, de parte á parte, haciendo prodigios, no ya 
de valor, sino de desesperación, de locura. 



HNA NOCHE OE AGONÍA, 347 

Cuando volví á su lado, el general se adelantó á re- 
cibirme, y me dijo, abrazándome, estas palabras ina- 
preciables en él, qué como todos los héroes era avaro de 

alabanzas: 

—Bien I Emilio! muy bien I Pero todavía no he 
visto á V. en la hora de la muerte. 

—Quiera el cielo, repliqué yo— concederme la 
dicha de morirá vista de V. mi general; pero cerca ó 
lejos de V.— hoy, mañana y en cualquier tiempo que la 
muerte se presente, no me verá palidecer 

José I huye, y vé á decir al general Lavalle que 
he vivido y muero digno de él I 

Pobre Emilio 1 corazan entusiasta y heroico! To- 
davía áento remordimiento por la involuntaria emo- 
ción de alegría conque al escucharte besé tu pálida fren- 
te, ¡y dando una vuelta sobre mi mismo me precipité 
en el barranco. .... 

El narrador guardó algunos instantes de sombrío si- 
lencio. Después continuó: 

—Rodé lai^ trecho, rebotando en las ásperas sinuo- 
ádadesdela rápida pendiente, y caí ttl finen un charco 

de agua cenagosa. 

Felizmente el terreno aquel no era rocalloso. Fot-' 
mábaló una arcilla deleznable, que desmoronándose al 
choque de mi cuerpo en gruesos terrones, y arrastrando 
conágo los matorrales que sustentaba, suavizó musho 



Levánteme luego á pesar de mis ligaduras y miran- 



318 SUEÑOS Y BBAUDADES. 

do en torno mió, procuré reconocer el paraje en que me 
hallaba. 

Era el cauce de un torrente encajado en el fondo de 
una quebrada. Cerrábanlo dos barrancas de veinte pies 
de altura, lisas y perpendiculares que se prolongaban 
hasta perderse en las sombras. 

Apliqué en seguida el oido, temiendo haber sido 
descubierto. 

Todo en los alrededores permanecia tranquilo y si- 
lencioso: la brisa misma parecia contener su aliento; y 
allA en el pico mas elevado de la montaña, la blanea es- 
trella resplandecía con una luz purísima. 

Un sentimiento profundo de religiosa gratitud se 
apoderó de mi coraxon. Póstreme y di gracias á Dios que 
me permitía respirar aun en este mundo el aura embala 
ornada de la juventud y del amor. . 

Álceme lleno de fé,éhice esfuerzos para romperla 
cuerda que ligaba mis manos á la espalda. Imposible: 
estaba fuertemente agarrotado. 

— ^Noimportal-^medije— la mano que tehalibra* 
do en el precipiciT>> te librará también de tus enemigos. 

T tomando por guia los últimos fulgores de la estre- 
lla que comenzaba á ocultarse en el occidente, empecé á 
subir el pedregoso cauce con la lijereza del que siente á 
sus espaldas la lanza enemiga. 

Marché asi largo tiempo, á pesar de los vehementes 
dolores causados por la violenta posición de mis brazos, y 
la fuerte cuerda que los sujetaba. 



l}fiA nOCHB DB AGONÍA. 310 

Hi anhelo era trasponer la quél»rada é intemar- 
me en el dédalo de colinas que estendiéndose hacia el 
norte, forman la base de la cordillera de Ambato. 

En fin, cuando comenzaba á amanecer encontré una 
quiebra que interrumpiendo el barranco por la derecha, 
se abria sobre un recodo de la quebrada* 

La cuesta era muy rápida y casi inaccesible para él 
que no pudiera servirse de sus brazos. Sin embargo, yo 
la subí con increíble agilidad, descendiendo luego á una 
cañada angosta, cubierta de espinos cuyas frutas, mez- 
cladas con sus flores primaverales, entreabrian su blan- 
co y refrescante meollo, cual si sonrieran ¿ la ardiente sed 



Cerré los ojos á esa dolorosa tentación, y me apresu- 
ré á subir una colina para huir de aquel suptido de 
Tántalo. 

Vana esperanza I La cañada inmediata no solo me 
mostró las blancas pasamanas: cubríala también un bosque 
de viñas cuyas anchas hojas contenían las mas trasparen- 
tes gotas de roció que han contemplado mis ojos, y esci- 
tado la angustia de un sediento. Rozábalas al paso mi 
cabeza, sin que pndiera alcanzarlas mi ardiente labio, 
y mi sed crecia y mi aliento se tornaba por grados seco y 
fatigoso. 

En fin, después de una marcha de cinco horas, cuan- 
do el sol comenzaba á asomar en el horizonte, divisé de 
súbito una blanca columna de humo. 

* Era tal mi cansancio y tanta la 'sed que me aque- 



y 



320 SUEÑOS \ a^LIDADES. 

jaba, que á todo riesgo me 4irij{ bácia aquel lado. 

Poco después, á la reTuelta de un sendero, y como á 
unos veinte pasos de distancia, descubri un rancho en cu- 
yo patio, bajo un peral, una mujer sentada en el suelo, 
atizaba el fuego de su hogar. 

Estaba sola, y naturalmente, al ver la andrajosa es- 
tampa del estraño caminante que llegaba á su casa, hubo 
de sobrecogerse. . 

Mas luego que al acercarme^udo ver mis manos 
agarrotadas, y en mi semblante la imájen del sufrimien- 
to» corrió á mi con solicito ademan; dio una vuelta en 
tomo mio¿ y deteniéndose delante de mi con las manos 
juntas y los ojos llenos de lágrimas : 

— Pobre señor— "aclamó— ¿quién ha puestea V. en 
tan lastimoso estado? 

— Agual hija mial agua, agual— era loúnicqque 
yo podia decir. 

^ La mujer entró en la casa, volviendo luego con un 
vaso de arcilla negra lleno del agua mas deliciosa que he 
gustado en mi vida. 

Mientras ella me hacia beber con la dulce caridad de 
una pastora del Génesis^ contemplaba yo su rostro cubier- 
to de lágrimas, arrancadas por la compasión. Aunque jo- 
ven, no era bonita; pero en sus ojos, en sus labios y en su 
sonrisa, resplandecía ese sentimiento, base de toda belle- 
za: la bondad. 

Guando hubo apagado mi se^, puso el vaso en tierra 
y apoderándose de mis manos ocupóse en desatarlas* 



UNA NOCHE Dfi AGONÍA. 321 

— Un cuchillo, hija miá, un cuchillo e¿ mas ^pedi* 
tivo. 

— ^No señor. La cuerda sé ha internado en la car- 
ne y sería peligroso el cuchillo. Deje usted . . . Nadie 
me ganó nunca en desatar un nudo — Y ayudándose con 
los dientes deshizo mis ligaduras. 

— Ahora, oh mi generosa bienhechora — la dije — 
déjame besar tus manos, y acaba tu obra dándome 
un sitio para ocultarme y descansar, píórque he esca- 
pado ¿ la muerte y me persiguen de cierca. 

— |Ay señor! y no lo decía usted en seguidal Qué 
gente persigue á usted? No quiera Dios que sea la del 
coronel Maza I 

— Callal pues si son ellos mismos! 
—Ellos— esclamó la jóyen pálida, diciendo:— En- 
tonces no perdamos tiempo Pero dón- 
de? dónde? ~Ah! en la troja ! ... sí, 

en la troja. 

Y asiendo mi mano, arrastróme en pcs de sí hasta el 
otro estremo déla casa, hizome subirá la troja, subió ella 
misma tras de mí, apartó el maiz haciendo un hueco pro- 
porcionado á mi cuerpo, colocóme en él, y me cubrió en- 
teramente con las doradas mazorcas: todo esto con un 
apresuramiento, un interés y una solicitud, cual si aquel 
desconocido fuera su propio hermano. Oh mujeres ! en 
todas parles sois las mismas I Hijas do la abnegación y 
del heroísmo, la una mitad de vuestra alma es amor y lá 
otra caridad. 

21 



3Í2 Sl'ENOS Y REALIDADES. 

Apenas me (endi en aquel fresco y abrigado lecho, 
un bienestar inexplicable circuló por todo mi ser; 
mis sentidos se fueron gradualmente adormeciendo, has- 
taque cal en un sueno profundo que duró muchas horas, 
y repuso enteramente mis fuerzas. 

Cuando desperté, y que sentándome, aparté el maiz 
que me cubria, era ya noche.cerrada. Al ruido que hice 
al bajar de la troja acudió mi huésped. 

— Ahí ahí— dijo con la sonrisa de seguridad del que 
ha visto pasar un peligro — muyquietitos« estuvo el se- 
ñor mientras estaban buscándolo. 

—Me buscaban? 

— Entonces no ha oido usted nada? |Ay señor! un 
momento después que enterra á usted bajo el maiz, llegó 
un piquete en busca suya. Con él vino mi marido, y no 
dije á usted esto esta mañana, porque no desconfiara de 
mi; Santiago Chavez, mi marido, está con ellos. A pesar 
de eso, me rejistraron la casa; pero yo habia tenido cui- 
dado de borrar la huella de usted con una rama hasta la 
misma encrucijada. 

Por eso poco pararon aquí y se volvieron luego á reu- 
nir con su jcnte. 

Nada hay ya que temer, señor. Así, venga usted á 
tomar un bocado que bien lo habrá menester. 

Hizome sentar cerca del fuego en un banco de ma - 
dera^ y cok cando otro delante, cubriólo de frutas secas y 
miel de abejas y cuajada que devoré con un hambre de 
tres dias. 



UNA NOCHE DE AGONÍA. 



3Íd 



Mientras yo hacia honor á este bíblico banquete, mi 
huésped había deseiparecido. 

Volvió luego con un caballo y se puso á ensillarlo en 
silencio. 

—¿Qué haces ahi, amiga mia?— le pregunté— ¿cuen- 
tas irá alguna parte? 

—No señor. Este caballo es para usted— respondió 
ella con la mayor sencillez. 

Ahí nunca me habia inclinado ante nadie, ni aun 
ante mi amada; pero entonces fui á caer derodilLs á los 
pies de aquella mujer y besé conrelijiosa veneración la 
orla de su humilde vestido de liénab azul. 

Ella me levantó avergonzada. 

— Oh! señor — dijo — no es á mi á quien debe usted 
dar gracias, sinoá la Yirjen Santísima que cerrólos ojos 
é esos hombres. Venga usted á rezar una ialve para que 
aparte los peligros del resto de su camino. 

Y llevándome al interior de su casa, prosternóse an- 
te una imájen dé la Soledad que acompañaba su lecho, y 
recitó esa dulce y sentida plegaria que yo solo habia oido 
en los labios de mi madre entre el hogar y la cuna, y que 
entonces repetí con profundo enternecimiento, arrodilla- 
do al lado de mi protectora, quien me dijo levantándose: 

— Ahora, señor, separémonos. Monte usted á caba- 
llo, trasponga aquellas cumbres, y se hallará en seguri- 
dad. 

— ¿Y el caballo, hija mia? ¿Qué cuenta darás de 
ól á tu marido? 



9t4 WK|q)íf f ii^Lu>Ai)Sí|. 

rrriíjg ¡gSffí m\(A qw^ÍQ» mor. U diré que se ha 
muerto; y Dios perdonará la nüenüra en gracia de la iptenr 

—Obi noble y generosa criatura, dime al meóos \n 
i)9f][)bre^ para que lo gra^e elernwiente en el cora- 
zón. 

—Pénala, senof .... ó Bascualita .como me lla- 
ma mi marido. 

7-|Pascualital— esclamé yp, p^es aquel npnUyre ha- 
l)io herido mi mente como un reouerdo-^Dime, ami^. 
ixíie^, ¿qo e^tvi marido un bombron fuerte y moreno, de 
barba cerrada y rizada cabellera? 

— £1 mismo. 

—Paspualitci<-r. repuse, quitando de mi dedo el ani- ' 
\]o de cabellos de Antonina, y poniéndolo en el suyo— e^ta 
prenda me enmascara que la ?ida, guárdala en memo- 
ria de mi gratitud; y cuando Teas á tu esposo, dileque 
nad4 b€\ perdido con lá fuga de aquel cuya herencia co- 
diciaba. 

Y besando la frente de aquella santa jóyen, m(»té 
áj caballo y parti. 

-r-^Y? dije yo — viendo que mi compañero había ca-r 
lijado. 

— Y de etapa en etapa, llegué cerca del general La- 
vaUe, demasiado tarde para cumplir la misión que el po- 
bre Emilio me habia confiado; pero á tiempo para pros- 
ternarme, besar y regar con mis lágrimas la yerta mano 
de aquel grande héroe, en la Matriz de Potosí! 



UNA NOCHE DE AGONÍA. 325 

— ^¿Y Antonina? 

— |Chiton! — dijo él, poniendo un dedo en la boca y 
haciéndome pasar el umbral de su puerta. 

Recordé^entonces que aquel hombre escapado á la 
muerte por la misteriosa influencia de un amor románti- 
co, estaba ahora casado con una mujer á quien amaba; 
que esta mujer se llamaba Andrea, y que poseía dos ras- 
gados ojos negros, magnéticos, fascinadores. 

¡Pobre Antoninal 

Lim«. 1862. 



H*^ 



EL LECHO NUPCIAL. 



5 



Las notas graves y patéticas del miserere resonaban 
en las.bávedas de la Merced. 

EralaDOohe del Viernes Saato. 

Profunda oscuridad reinaba en el templo y la luz de 
la sola lámpara que.ardia en el santuario, perdiese «ntre 
la inmensaimaaa de tinieblas 

GaccadfiliCuadro dé la. Qroáíon ^1 fitina» «is}ada de 
la multitud, de rodillas y como una espreaibn fid de las 
palabra& del sagrada canto, hallábiase una mujer, en an- 
gustiosa plegaria. 

— Señor. I^deda y susthermosos: ojos alziU[>Mse al 
rofibrqdftCfistOii.Ciistfig jiBuplicantQs^Seiorv yo)tamfaien 
ccoltfida» estos^ ?o«eft te i^di(^ que tengas piédadideníiii: 
En vano he combatido conJa.dQble filena del deber y dfil> 



330 SUEÑOS Y REALIDADBS. 

orgullo, el sentimiento culpable que es necesario dester- 
rar del corazón. En vano he abismado el pensamiento 
en la amargura de esta terrible verdad— ¡Nunca me 
amó I Ama á otra ! —La voz del corazón responde siem- 
pre: — ^Loamo! Lo amo I — Ahora mismo, en estas sa- 
gradas melodías qne invocan tu santo nombre, creo oir 
el eco de su voz, veo resplandecer su mirada y en cada 
una de esas notas hay un gemido del alma que lo 
llama. . . I Señor ! Señor I arranca de mi corazón esa 
imájen que vive en él apesar mió y que encuentro en 
todas partes hasta en tu divino semblante. 

£1 templo se iluminó de repente, y los murmullos 
tumultuosos de la multitud ahogaron en los labios de 
aquella muger su doliente plegaria. 

El miserere habia acabado. 

Al profundo recojimiento sucedió una inmensa 
algazara y ese fuego graneado de galanterías, accesorio 
obligado de toda fiesta piadosa. 

— ^Rosita-I— decia un el^nte — j que bella es usted !> 
Sus ojos brillan en la sombra como dos ertnellas; 

-^¿ Mis ojos 7 Oh I Dios me libre de ello. .« I asá son 
los de los gatos. 

^1 Germen ! —suplicaba otro— ¿Me pennite oísti»! 
acompañarla? . i . 

— Al contrario^ se lo profaiboesj^resámenté. . . .He 
encontrado aqui á Elisa. . . .ñola he visto ^^ekieqiié^ 
fué á Chorrillos y tiene qué hacerme muelias OM^ei»- 
cias. Ahi hela allí. . ¿Elisa? 



ÉL LBCHO NUPCIAL. 331 

La bella jÓYen á quien asi llamaban tomó el brazo 
de Carmen y continuó con ella tina conversación ya 
comenzada. 



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EL UCHO NUPCIAL. 'it}3 

— y no ft>e lo decías ? 
—Tú no debes saberlo. 

—Carmen | en nQinbre del cielo. . . I 

— Te empeñas en ello? Bien. . . I Maria ama á 
Femando. 

— ^EUa. . . I Oh I Si ella lo ama tanto peor para la 
desdichada; porque Fernando no amará ya á nadie sino 
ámi. 

— Y porqué esa presuntuosa seguridad? ; Perdón, 
por el desacato I 

— ¿Por qué? replicó Elisa inclinándose al oido 
de Carmen— Porque soy coqueta I 

— Ta I Pero sabes que si el amor de Ufaría es ne- 
butoso, también es fama que el tuyo -está á punto de 
eclipsarse. 

— AiQO siempre á Fernando, pero al fin es necesario 

que todo eso acabe. | Ay I Suya es la culpa no quiso 

consolidarse . . . Por otra parte yo he nacido en el lujo. . . 
lo aspiro como un elemento de vida. . . Licedo pone á 
mis pies inmensas riquezas. . . ¿ Que quieres, hija ? Lo 
he preferido; mas yo he sido leal con Fernando. Dadme 
un lecho nupcial como este, le he dicho mostrándole mi 

5(itituosa alcoba, dádmele y seré vuestra 

— Al diablo con tu lealtad! Y él que dijo? 
— Sonrió de una manera cslraña que nunca he visto 
' en él y respondió con un ademan de despedida — ^Está 

bien os le daré I 

^ — Desconfía de esa sonrisa. 






334 SUfifioS Y RfiALIDADBS. 

— No hay ya tiempo para temer. Ahora ^rto para 
Chorrillos con Licedo, que pidió permiso á mamá para 
traerme á que oyera el miserere y el domingo dejaré de 
ser Elisa Román para ser la señora de Licedo. . . ¿ Vendrás 
á verme ? 



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