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Full text of "Tesis El Delito y el Delincuente según la Escuela Criminológica Positiva"









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EL DELITO Y EL DELINCUENTE 

SBGÚN LA ESCUELA CRIMINOLÓGICA POSITIVA 



TESIS 



PARA I^A UICKNCIATURA BN UEYBS 



ENRIQUE MARTÍNEZ SOBRAL 



1895 



GUATEMALA 



Tipografía «SXnchez y de Guise.-Octava Calle Poniente, Nüm. S 
Teléfono Núm. 205 



Cottcdón Lul$ lujan Muñoz 

Uflívwtídad f raríCisco Ma<f oqwín 

www.ufm.eclo - Guatemtla 



sólo los candidatos son responsables de las doctrinas consig-nadas en las 
tesis. — (Ley de Instrucción Pública.) 



A LA MEMORIA DE MI PADRE 



F-L LlCDO, DON 



éi^^iaue 9lía^twe^ So&^aí. 



A mi madre, 

lema ©Batía ^cMa bu ^ad:í:^e^ ño^i^cví. 



AhOGUGION PREItlMINAR 



3ConotaGrc ^^cinl"ci ""i)! reclina, 
Heflorew: 

En realidad, la prueba á que voy á someterme en breve, y á la 
que honráis con vuestra presencia, envuelve para mí proporciones 
jrraves y trascendentales y representa uno de los actos más serios 
de mi existencia. 

No en vano he dedicado mi juventud á una labor continua, á 
un perenne y asiduo estudio, á una investi^^ación infatigable de la 
verdad y de la ciencia y no en vano he visto transcurrir en el aula 
los días más dulces y más tranquilos de mi vida, haciendo sacrifi- 
cio de todo, y procurando que todo converja hacia el cumplimiento 
y la realización de un ideal, de una esperanza, de un porvenir hala- 

Yo me siento, francamente, impresionado, y aún estoy por de- 
cir afligido, al colocarme ante mis jueces, pretendiendo un título y 
aspirando á una posición honrosos, es verdad, pero ocasionados tam- 
bién á un sin número de responsabilidades, de obligaciones y de 
compromisos con la sociedad y conmigo mismo. 

Creo que el que llega á merecer el nombre de abogado, de- 
ja de pertenecerse á sí mismo, deja de ser libre en todos sus actos 
y en todas sus facultades, para deberse á los fueros sacrosantos del 
derecho, de la libertad, de la justicia y del progreso. 

He aprendido aquí que el derecho es condición de vida y la 
única atmósfera respirable para el hombre, y si he de ser conse- 
cuente, tengo el deber de procurar siempre, en cualquiera de las 



situaciones en que me encuentre colocado, porque el derecho llegue 
á realizarse en todo lugar y tiempo, y porque bajo su ala protecto- 
ra se cobijen y se amparen todos los que ocurran á mí en demanda 
de consejo ó de justicia. 

He aprendido aquí que la libertad es derecho inalienable del 
hombre, y que sin ella su inteligencia, su propiedad y su vida se 
agostan y esterilizan, y es mi deber en su consecuencia, gestio- 
nar en todo tiempo porque la libertad en sus múltiples é interesan- 
tes manifestaciones, sea siempre un hecho y brille siempre con es- 
plendor y sin mancha de ningún género, derramando como sol be- 
néfico, sus rayos vivificantes por todos los ámbitos de la sociedad y 
de mi patria. 

Aquí se me ha enseñado que la justicia es la voluntad constan- 
te de dar á cada uno lo que es suyo, y el título que va á conferírse- 
me, quizás me coloque más tarde en el sitial de Juez, á donde acu- 
dan mis conciudadanos, reclamando de mí que dé á cada uno lo que 
le pertenece, y juzgad si entonces no será deber mío y muy impe- 
rioso, el poseer un criterio recto, una suma de conocimientos exten- 
sa y una voluntad inquebrantable de aplicar las reglas eternas de 
la justicia. 

He oído siempre y aquí también se me ha ensenado que el pro- 
greso es la ley de la humanidad y que todos los individuos tenemos 
la obligación de coadyuvar en la suma de nuestras fuerzas al pro- 
greso del amado suelo en que se meció nuestra cuna; y decid si en- 
tonces no es asimismo deber mío el contribtir con todo lo que soy y 
todo lo que valgo al progreso moral, intelectual y material de esta 
patria tan amada, y si no tengo. obligación ineludible de ayudarla y 
de servirla siempre que reclame mis servicios y me pida el contin- 
gente que le debo. 

Cada uno de estos deberes importa una responsabilidad, res- 
ponsabilidad ineludible para el que lleva un título y ejerce una pro- 
fesión que supone conocimiento de esos deberes y promesa y com- 
promiso de cumplirlos. 

No sé si en el curso de mi existencia ulterior vayan á flaquear 
mis fuerzas, y si la posesión del título que pretendo vaya á ser para 
mí fuente de males y disgustos cruentos; mas como quiera que sea, 
protesto que siempre ha de vérseme del lado de la razón y de la jus- 
ticia y que cumpliré fielmente, aún con sacrificio mío, el juramen- 
to que voy á prestar dentro de poco, y del cual vosotros seréis tes- 
tiíí<>^ y guardadores. 



— 7 — 

He subido á esta tribuna, honrada por multitud de talentos 
que en su uso me han precedido, no sólo para cumplir con un sen- 
sato precepto leg-al, sino también para hacer una manifestación 
sincera y expontánea de todo á lo que aspiro, y de todo á lo que me 
considero obligado y formalmente comprometido, ahora que voy á 
dar mi primer paso en la senda del hombre, ahora que voy á prepa- 
rarme para no ser un elemento inútil, una rueda inoficiosa en la 
maquinaria complicada de la sociedad. 

Sé bien que no he llegado al término de mi carrera, y que 
apenas si es el presente el primer paso que doy en ella; pero tengo fé 
en el estudio y en el trabajo y abrigo la esperanza grata de que en 
fuerza de estos elementos, podré portar con lucimiento y con honra 
el título de abogado que va á conferírseme. 

Antes de Címcluir, séame permitido el abstraerme siquiera por 
un momento del cúmulo de consideraciones y de ideas que bullen en 
mi mente, para dedicar un sentido recuerdo á la memoria de mi 
padre. Fué su última ilusión la de presidir este acto y si el desti- 
no no quiso depararle esa que para él hubiera sido alta ventura, 
justo es que el hijo que lo tiene presente en este instante, lo dedi- 
que á sus manes venerados. 



AÜYERTENCIü. 



Este trabajo ha sido escrito rápidamente, y es el resultado de 
un estudio aun más rápido, y estoy por decir, superficial. 

Las tesis para la licenciatura, no son, ni por su naturaleza es 
posible que sean, obras de aliento. 

De más está el advertir que nada se hallará de original en las 
lineas que sij^uen. 

Tan sólo lo será su forma; y es que no he tenido otra mira si- 
no la de hacer una sinopsis ligerísima de las doctrinas de la nueva 
escuela penal, sin que mi falta de competencia me permita, en mu- 
chos casos, ni aun externar una opinión que no tengo todavía for- 
mada y que puede cambiar en otros con los estudios que me pro- 
meto címtinuar. 

Si he logrado hacer un bosquejo de las nuevas doctrinas ita- 
lianas, habré llenado mi papel. 



g. m. s. 



CAPITULO I 

EL DELITO NATURAL, SEGÚN GAROFALO 



Garofalo ha estudiado el delito, bajo un aspecto completamen- 
te nuevo en el Derecho Criminal. No quiere este autor ver en el he- 
cho delictuoso una suma de circunstancias que concurren á produ- 
cir una violación de la ley penal: no es eso para él todo lo que es de- 
lito, ni sólo lo que es delito. Ha buscado un carácter genérico, uni- 
versal, humano, del delito, prescindiendo de las legislaciones po- 
sitivas, y como consecuencia de sus observaciones, ha dado á luz la 
teoría del ''Delito Natural'' desarrollada en su obra "La Crimi- 
nologfía." 

Entraré directamente en el examen de esta teoría. 

Es necesario prescindir, antes de todo, del concepto que la es- 
cuela jurídica ó clásica se ha formado del delito. Para ésta, el he- 
cho delictuoso no es, en último análisis, sino la violación voluntaria 
de una ley penal. Ahora bien: las leyes varían, cambian, se modifi- 
can según los tiempos, según los países y según las costumbres y, 
en su consecuencia, el concepto del delito, tiene que variar de con- 
formidad con esa multitud de circunstancias. 

Pero 'el delito es un hecho superior ó mejor dicho, anterior á 
la ley. Esta no es — en la mayoría de los casos — sino un simple ca- 
tálogo de hechos que considera punibles. El delito en sí, el mal, 
existe antes de que haya una ley que lo castigue ó un Tribunal que 
lo reprima. 

Debe buscarse, pues, una serie de hechos, que sean universal- 
mente considerados como delitos, para poder llegar á lo que se lla- 
ma "delito natural," bien diferente por cierto de lo que nosotros 
llamaremos "delito positivo," que es aquel predeterminado por los 
Códigos y las leyes. 



— 12 — 

Ahora bien: ¿existen hechos universalmente, y en todo tiempo 
tenidos como delitos? Creemos con Garofalo que no, y la Historia 
va á darnos su demostración. 

En todos tiempos ha existido en los pueblos de la tierra el 
concepto del delito, del hecho punible. Sin embargo, cuántas dife- 
rencias en el modo de apreciarlo! Lo que era delito gravísimo en la 
antigüedad, es hoy acción meritoria; lo que hoy se tiene como acto 
de heroísmo, era entonces delito. 

Mas no es necesario recurrir á la comparación entre diversas 
épocas para convencerse de que no existen hechos universalmente 
reputados delictuosos. 

Comparemos las diferentes razas: para unas el delito religioso 
asume caracteres gravísimos: para otras, ésto no es más que una 
manifestación de la libertad de pensar. 

Kn pueblos salvajes, no son delito el homicidio, el robo y el pi- 
llaje, universalmente reputados como crímenes en países de mayor 
civilización. Kn la India, la virgen se ofrece como presente al 
huésped: en Europa eso sería una corrupción de menores. El pa- 
rricidio es crimen horroroso en todos los países civilizados: los in- 
dios de Panajachel (Guatemala) como nuevos Escitas, dejan morir 
de inanición al enfermo que ya recibió los óleos. Y así podrían mul- 
tiplicarse los ejemplos hasta lo infinito; ejemplos que tienden á de- 
mostrarnos, y que real y efectivamente nos demuestran que no hay 
ningún hecho, ni el más grave, que se haya tenido y actualmente 
se tenga por todo el mundo como delito. 



II 



De lo que dejamos someramente expuesto, deduce Garofalo 
que es necesario prescindir por completo de los hechos para llegar 
á una noción general del delito natural. En efecto, los hechos no 
nos suministran ni uno solo que haya sido delito en todo tiempo 
y en todo espacio. Debemos, pues, abandonarlos y buscar el 
delito en otra fuente. Esta fuente son los sentimientos. *^' Para 
ello es necesario investigar si hay alguna especie de sentimientos 
comunes á todos ó á la mayor parte de los hombres, cuya violación 
repugne á la mayoría. Desde luego — y esto es fácil de compren - 

(1) Recuérdese que en todo este capítulo soj' simple expositor de la doctrina de Garofalo. 



— 13 — 

der— hay que hacer á un lado algunas razas que ocupan ínfimo lu- 
frar en la escala de la humanidad, y en las cuales puede decirse que 
está tan poco desarrollado el sentido moral, que casi carecen de 
sentimientos. 

El hombre tiene cierta clase de afectos, nacidos de sus propias 
conveniencias y del medio en que se encuentra colocado. 

Así, al principio, que se encontraba aislado, solo, en lucha con- 
tra la naturaleza, sus afectos y sus aspiraciones, su amor y sus de- 
seos, se deben de haber circunscrito al yo, al individuo mismo, 
pues dado su atraso y su cortedad de medios, le era imposible de- 
jar de sentir sus necesidades en C(mtra(licción y en pugna con las 
necesidades de sus semejantes. Este es un estado de perfecto 
egoísmo, llamado así por oposición al de perfecto altruismo, que 
constituirá un estado del cual estamos aun muy distantes. Enton- 
ces el círculo de hechos que repugnaban al hombre, era por consi- 
guiente, muy limitado. Alcanzaba tan sólo á aquellos hechos que 
se dirigían contra su persona misma y contra sus cortos y exiguos 
intereses. Poco le importaba (jue á su semejante lo devorara una 
fiera, lo asesinara otro hombre; le saqueara un hambriento salvaje 
la caverna donde tenía escondidos los frutos que hubiera recogido. 
En conservándose él, en poseyendo el fruto de su labor, de su rapi- 
Ba quizás, bien podía perecer el prójimo. No chocaban, pues, con 
los sentimientos del hombre primitivo tal cual hemos venido figu- 
rándolo, los ataques que se dirigían á otra persona diferente de la 
suya. Pero una vez, sintió el hombre la necesidad de reproducirse; 
se unió con otro individuo de vsu especie, y se procreó. El círculo 
de sus afectos creció entonces, y se aumentó á la mujer y á los hi- 
jos. Amando como amaba á aquellos seres, formados con carne de 
su carne y sangre de la suya, no podía por menos de sufrir, y de 
sentir violados sus afectos, cada vez que se atentara, ya no sólo 
contra su vida y propiedad, sino contra la de su mujer é hijos. Debe 
pues, de haber consiaerado estos hechos como atentatorios, y ya 
no sólo los que contra él se dirigían, pues hiere el afecto del pa- 
dre y del esposo todo acto que perjudica á la mujer ó á los hijos. 
A este afecto nuevo, llamó Garofalo Bg-o altruismo es decir, una 
combinación del amor al yo personal, con el amor al prójimo, ó sea 
á otro individuo: á otro, porque sus hijos son en realidad personas 
diferentes de la suya; al "yo," porque los hijos no son más que una 
continuación de la personalidad del padre, por manera que el 
amor á la prole tiene algo de egoísta. Fácil es comprender que en 



— 14 — 

esta nueva etapa, creció el número de sentimientos humanos, for- 
mando ya dos órdenes de afectos: el que se siente por el individuo 
mismo, y el que se dirige á la prole y á la esposa. 

Los individuos que se hallan unidos por unos mismos vínculos, 
por coexistencia en un lugar, por idénticas necesidades ó acaso por 
proceder de un tronco común, formaron en un principio la tribu. 
En un grado de mucha mayor civilización el hombre sintió afecto 
hacia los miembros de su tribu: hacia aquellos que con él compar- 
tían alegrías y pesares. La tribu es quizás una ampliación de la 
familia, ampliación que se ha verificado á través de cientos de 
anos, quizás cuando el hombre abandona la caza y la pesca para ha- 
cerse pastor y domar á los animales antes salvajes. Dn el estado 
de tribu, si bien ha crecido mucho el sentimiento de altruismo, 
pues se extiende á todos los individuos que la componen, se encuen- 
tra aun muy limitado: no chocan con los afectos del hombre, ni re- 
pugnan con su modo de ser los actos que se cometen contra los in- 
dividuos de la tribu enemiga, como que él mismo los comete y los 
perpetra. 

No seguiremos á Garofalo paso por paso en su elucubración 
para averiguar cómo se han desarrollado los sentimientos altruis- 
tas; pero es innegable que éstos han ido aumentando á medida que 
la humanidad progresa. Así, en el estado de nación (Grecia, Roma) 
ha aumentado mucho; pero aún, la regla no comprende más que al 
griego ó al romano, y el altruismo deja de existir respecto del bár- 
baro. Kn la edad moderna, hemos llegado á creer que todos los 
hombres son nuestros semejantes, hemos roto las barreras que se- 
paraban al griego del bárbaro, al blanco del negro, al libre del es- 
clavo; los sentimientos altruistas se encuentran mucho más des- 
arrollados; y, si bien no han llegado á su perfección, no faltan hom- 
bres y sociedades que lo lleven hasta los animales. 

El altruismo se manifiesta por dos clases de sentimientos: be- 
nevolencia ó piedad, y justicia. 



III 



Palta averiguar lo que sea sentido moral. Es innegable, que 
al par que existe una moral universal, no hay reglas, ni hechos 
morales admitidos como tales por todos los pueblos. "Es inútil 



— 15 — 

"aducir ejemplos para mostrar las enormes diferencias que bajo 
"distintos respectos existen entre la moral de pueblos diferentes, 
"ó en la de un mismo pueblo en diferentes épocas. Ni siquiera 
"hay necesidad de citar las tribus salvajes anticruas y modernas. 
"Basta con recordar ciertos usos del mundo clásico, el cual está, 
"no obstante, tan cerca del nuestro por el g-énero y el grado de su 
"civilización. Recuérdese el realismo con que se celebraban ciertos 
"misterios de la naturaleza: el culto de Venus y de Príapo etc." '^' 

Pero hoy día el sentido moral, y nótese que por sentido mo- 
ral, no se entiende la manera de Címcebir y de practicar la moral, 
sino simplemente el sentimiento del altruismo, es universal, salvo 
lij^eras excepciones de razas ínfimas que confirman en vez de des- 
truir la réjala. 

(iarofalo averij^ua en que forma se manifiesta el sentido moral 
en la mayoría de los hombres contemporáneos. Esta averiguación 
tiene por objeto determinar cuáles son aíjuellos hechos que violan 
el sentido moral, y por consiguiente, cuáles son los hechos que de- 
ben calificar.se de delitos. 

La religión, la patria, el pudor y el honor, son los sentimien- 
tos á cuyo examen se dedica preferentemente. 

¿Será la religión un sentimiento universal en sus formas y 
manifestaciones? (iarofalo responde que no, y en mi concepto tie- 
ne razón. Lo que es y ha sido moral ])ara ciertas religiones y para 
ciertos tiempos, no lo es en otras creencias ni en épocas diferentes. 
Hoy se consideraría inmoral la prostitución religiosa áque se dedi- 
caban las hijas de Militta, y va poniéndose en duda la moralidad 
de las instituciones monásticas. 

Bajo otro aspecto: ¿infiuye la religión en la moralidad de un 
individuo? ó más bien dicho ¿es el criterio religioso el que nos sir- 
ve para juzgar de su moralidad? Tan no es así, que ya no se con- 
sideran como delitos las violaciones de las leyes religiosas (herejías, 
blasfemias, lectura de libros prohibidos, etc.) y que éstas ya no in- 
fluyen en la consideración de un hecho como delictuoso, sino cuando 
se traducen en actos que ofenden los sentimientos altruistas. 

Lejos estamos ya de las épocas en que los hombres derrama- 
ban su sangre en batallas libradas en pro de una creencia más ó 
menos defendible: y lejos también, y no es poca fortuna, de los 
días luctuosos en que se enviaban los hombres al tormento, sólo 

(1) Sócrates hubiera sido hoy un libertino repugnante: y Solón, un legislador digno 
de ser enviado al manicomio. 



— 16 — 

por el hecho de no pensar como pensaban los jueces de la Inqui- 
sición. 

E)n consecuencia de lo expuesto, podemos afirmar que no es el 
sentimiento religioso el que nos lleva á la concepción del delito na- 
tural, y que la violación de estos sentimientos sólo podrá ser tenida 
como delito, cuando se traduzca en hechos que — ora por inducir 
falta de piedad, ora porque supongan carencia de probidad — ata- 
quen el altruismo. 

¿Será el amor de la patria el que nos suministre una justa 
medida capaz de determinar si un hecho es delictuoso? 

No: el amor de la patria es una gran virtud y es justo el hom- 
bre que se sacrifica en aras de la tierra que le vio nacer; pero se 
viene ya comprendiendo que la humanidad está por encima de las 
divisiones territoriales, y que, en su consecuencia, la falta de ese 
sentimiento, no es una fuente de delitos. ívl hombre que milita 
contra su patria v. g. no inspira, ni con mucho, el horror y la re- 
pugnancia que nos infunden el asesino y el que se apodera de lo 
ajeno. 

Y es que el sentimiento de la patria ha "venido desvaneciéndo- 
se: ha venido perdiendo aquel carácter de localista orgullo que 
lo distinguía en la antigüedad. Consideramos como hermanos á los 
hijos de naciones diferentes, y si pretendemos la ventura de nues- 
tro suelo, es porque ella implica nuestra propia bienadanza. 

Sea de ello que lo fuere, es lo cierto que el sentimiento de la 
patria se ha venido debilitando, por manera tal, que los hombres 
del día tienen mucho de cosmopolitas. 

"Tocante 2X patriotismo , puede decirse que en nuestros tiem- 
"pos, no ^^absolutamente necesario para la moralidad del indivi- 
"duo. Nadie es inmoral por preferir un país extranjero, ó porque 
"no vierta dulces lágrimas á la vista de la bandera nacional. Cuan- 
"do se desobedece al gobierno constituido, cuando se acepta un 
"empleo de un gobierno extranjero, puede uno merecer que vse le 
"moteje de mal ciudadano, pero no de hombre malvado. Ahora, 
"nosotros nos ocupamos de la inmoralidad del individuo, considera- 
"do como miembro de la humanidad, no de su inmoralidad como 
"miembro de una asociación particular." 

Pasando al sentimiento del pudor, diremos que es por tal ma- 
nera vago, y se siente por modo tan diverso según los diferentes 
países y clases sociales, que apenas si se tiene como transgresión 
cuando los actos que lo ofenden se practican en público. 



— 17 — 

KI sentimiento del honor es otro sentimiento va^o y eminente- 
mente variable. "Todos tenemos nuestro puntillo de honor" y ca- 
da uno lo entiende á su manera, al extremo que hay ladrones que 
fundan su honor en no matar, y asesinos que se enorgullecen de no 
.ser ladrones. 

Sobre estos dos últimos puntos pudiera extenderme y demos- 
trar con copia de ejemplos y de argumentos que son perfectamen- 
te inútiles para determinar lo que es delito; pero baste con lo di- 
cho, que no intento escribir un trabajo propio, sino simple- 
mente expímcr á grandes rasgos, las doctrinas de los maestros de 
la ciencia. 

Séamc permitido resumir, diciendo que, en mi concepto, los 
sentimientos de religión, patria, pudor y honor no coadyuvan al 
propósito de descubrir la noción del delito, por las siguientes ra- 
zones fundamentales: 

V Por sus diferentes conceptos ¿n tiempos y países, en luga- 
res, razas é individuos. 

2^ Por su falta de universalidad. 

3? Porque extralimitan el dominio del derecho y lo hacen inva- 
dir el de la moral. 

IV 

Sólo los sentimientos altruistas son universales, salvo rarísi- 
mas excepciones. Hemos visto ya como se forman y desarrollan 
estos sentimientos. Pues bien: se encuentran en todas las razas 
que pueblan el globo. Hay en ellas ya cierto grado de progreso, 
que les hace detestar — en general — todo ataque á la vida ó á los in- 
tereses del hombre. 

Dos son las manifestaciones del altruismo: benevolencia (pie- 
dad) y probidad. 

Tal dice Garofalo; pero si he podido seguirle y adoptar sus 
ideas en todo el curso de los párrafos anteriores, no me encuentro 
decidido á prestar mi aquiescencia á la afirmación de que los sen- 
timientos altruistas sean universales. 

En efecto: el altruismo se manifiesta por una especie de horror 
ó de repugnancia á todo aquello que atenta contra la personalidad 
ó contra la propiedad del prójimo. 

Y bien: ese altruismo no existe universalmente. 

No quiero hablar de las tribus salvajes, fidjianos, tuaregs, etc. 



— 18 — 

que desconocen por completo el altruismo y en los cuales nuestro 
autor ve solamente excepciones, es decir, seres, anti-humanos. 

Pero ¿y la guerra? y la guerra que existe aún en los pueblos 
que marchan á la vanguardia de la humanidad? ¿Cómo pueden ar- 
monizarse la guerra y el altruismo? ¿Cómo es posible que se con- 
sidere eminentemente altruista al pueblo que con las armas en la 
mano destruye las propiedades del vecino y siega las vidas de sus 
hombres? Véase pues, como el altruismo no es perfectamente uni- 
versal, puesto que tiene una excepción más universal todavía. 

¿Y qué diremos de la pena de muerte, qué de las innumera- 
bles usurpaciones y confiscaciones, muchas veces legales, que son 
otras tantas excepciones del altruismo? 

Por de pronto deben exceptuarse de la categoría de altruis- 
tas todos los pueblos salvajes. He ahí una octava parte de la hu- 
manidad. 

¿Serán altruistas los indios? ¿Lo serán los chinos cerrados á 
todo el mundo? ¿Lo serán ciertos pueblos modernos, capaces de sa- 
crificarlo todo ante la idea del lucro? 

Ah! yo dudo mucho, de que la humanidad se encuentre ya en 
ese estado de perfección que parece suponer Garofalo al afirmar 
que el altruismo existe universalmente! Veo lo contrario: veo al 
hombre en lucha con el hombre; en los países civilizados con me- 
dios de destrucción cultos, por decirlo así: en los pueblos salvajes, 
con toda la horrible desnudez de la bestial 

Nosotros mismos: ¿no sacrificamos continuamente el altruis- 
mo en aras del egoísmo? No inmolamos al criminal que nos amena- 
za? ¿Qué similitud hay entre una sociedad que ultima á un reo — 
acto supremo de egoísmo — y aquel "perdonad á vuestros enemi- 
gos, amadlos" que predicaba el divino fundador del altruismo? 

No: el altruismo no es universal. Hechas las anteriores obser- 
vaciones, que me sugiere simplemente la lectura de la Criminolo- 
gía de Garofalo, y que, quien sabe si sean acertadas, sigamos 
exponiendo el sistema de nuestro autor. 



Y 



Los sentimientos altruistas están diversamente distribuidos 
entre los hombres. 

El individuo que llevando hasta el grado más elevado, y hasta 



— 19 — 

la quinta y última esencia su amor por el hombre y por los seres 
vivientes; el que se sacrifica en aras del prójimo y se halla domina- 
do por el deseo constante de favorecerlo, de atender á sus necesida- 
des, y de hacer su existencia dulce: ese es un filántropo, y puede 
llegar á ser á las veces un zoófilo. Es pues, una excepción en senti- 
do de exagerar el altruismo: es un hombre que se ha anticipado á 
su época. 

Hay otros hombres, que sin estar dominados por el constante 
deseo de favorecer al prójimo, sin buscar la ocasión de hacerlo, no 
se niegan á verificarlo cuando á ellos se recurre. Estos individuos 
son simplemente generosos. 

Hay otra suerte de hombres, que pudieran denominarse neu- 
tros, que no hacen el bien ni el mal, (¡ue son indiferentes. 

Tal es el común de la humanidad. Sin duda no se puede juz- 
gar del criminal por la medida del filántropo ni del generoso. Le- 
» jos estamos de un tiempo utópico en que sería delito el hecho de 
no arrojarse á las llamas de un incendio para salvar á un prójimo. 
Lejos el tiempo en que sea punible el hecho de negar á un mendigo 
la limosna. 

Pero sí son delitos los hechos que hieren el término medio. El 
altruismo de la generalidad no pasa, v. g., de respetar la vida del 
hombre: privar á otro de su existencia es un hecho que repugna al 
modo de sentir de la generalidad de los hombres. Tenemos pues 
una cuarta categoría. La de aquellos, que no sólo no practican 
el bien, sino (|ue ni aún son neutros, sino más bien, activos para el 
mal. La de los que cometen hechos que repugnan al modo de sen- 
tir de la generalidad. Este cuarto tipo es el criminal, el enemigo 
formidable del hombre y de la sociedad. 

Tal es el primer aspecto del delito: violación del sentimiento 
altruista medio, en cuanto se manifiesta como benevolencia. 



VI 



Examinemos su segunda manifestación. 

Quiero vseguir á Garofalo, sin hacer comentario ni observación 
ninguna. 

Igualmente que el sentimiento de benevolencia que nos obliga 
á amar y respetar al prójimo se encuentra desarrollado el senti- 
miento de justicia. 



— 20 — 

Sabido es lo que Roma llamaba justicia: Constant voluntas 
suum quique tribuendi. 

La humanidad, por regla general, según nuestro autor, está 
dominada por esa voluntad constante de dar á cada uno lo que es 
suyo. 

Aquí parece que no hay grados, porque el altruismo se tradu- 
ce en este solo acto: no despojar, ó sea no apoderarse de lo ageno. 

Bste es un sentimiento de justicia, aunque justicia no sea so- 
lo lo que por tal entendían los romanos. 

Y este sentimiento justo, se llama probidad. 

¿Cuáles son, pues, los caracteres distintivos del delito? 

Son dos, es decir, que puede haber ó hay dos clases de delitos: 
(a) violaciones del sentimiento medio de piedad: (b) violaciones del 
sentimiento de probidad. 

Kl primero de estos caracteres tiene como distintivo, la cruel- 
dad; el segundo, la falta de justicia. 

Puede, pues, hacerse ya una clasificación de los delitos natu- 
rales. 

Dn primer término van aquellos actos que ofenden el senti- 
miento de piedad y que acusan crueldad en el agente que los co- 
mete y aquí se clasifican los atentados contra la existencia en todas 
sus formas: (homicidio, parricidio, lesiones, abortos, etc.) todo lo 
que tiende á amenguar la vida: (provocación de enfermedades, ca- 
lumnias, etc.) y todo loque produce dolor físico ó moral. 

En la segunda categoría se comprenden los actos que atentan 
contra el sentimiento de probidad, y que demuestran falta de sen- 
timientos de justicia en el agente que los verifica: actos que violan 
ese sentimiento con violencia, con fuerza (robo, etc.) otros que lo 
hacen sin fuerza (estafa) y otros indirectos que á la larga vienen á 
producir- ese mal (revelación de secretos, prevaricato.) 



VII 



Como se vé, en esta clasificación no entran el delito polítícOr 
(rebelión, revolución, sedición) ni el contrabando, ni la defrauda- 
ción de hacienda (bienes, tabacos, ramos estancados.) Es que estos 
son delitos sólo bajo el punto de vista particular de los gobiernos. 
Es que, como dice Tarde *^' el delincuente político es tal delincuen- 

(1) El delito Político. 



— 21 — 

te cuando se le hecha mano y se le fusila, no lo es cuando triun- 
fa y se apodera del gobierno, que entonces se llama "libertador" ó 
cuando menos "rej^jenerador." 

Y es que el delito político, y aún el contrabando, no atacan 
los sentimientos altruistas. 

A veces serán ocasión de cometer otros delitos, como cuando 
los revolucionarios cometen asesinatos y defraudaciones. 

Para el concepto público el faccioso, el revolucionario, el con- 
trabandista no stm verdaderos delincuentes: la sociedad no les tie- 
ne horror, ni les abruma con su vcrj^üenza. 

Es delincuente realmente, el revolucionario que asesine, el 
que robe, el que viole los sentimientos altruistas vso pretexto de 
ideales políticos. 

Por lo demás, el concepto público no tiene á los delincuentes 
políticos como tales criminales, los sentimientos de la sociedad pa- 
decen cuando se les ultima, y en su címsecuencia no puede ser más 
feliz la expresión de Garofalo al calificarlos como "delincuentes 
desde el punto de vista particular de un Gobierno." 



VIII 



Resumamos: el delito natural, para Garofalo, se puede definir 



así: 



"Violación de los sentimientos medios altruistas." 
Más tarde tendremos ocasión de comprobar hasta qué punto es 
aceptable esta teoría. 



CAPITULO II 

El delito Heflriíii la omcii<*Iíi «-láHlc-a — Objeciones de «liversos aii 
torcH á la doctrina de Garofalo.— Observaciones. 



El ca!)allen> Cayetano Filanj^neri, nos da, á mi juicio, el con- 
cepto del delito, se^ún los fundadores de la escuela clásica. Imbui- 
do, sej^ún he podido colej^ir de su lectura, en la doctrina rousseau- 
niana, considera como fundamento del derecho de penar, la exis- 
tencia primitiva y anterior á toda ley, del pacto ó contrato social. 

Para él, los individuos al asociarse han celebrado varios pac- 
tos, varias convenciones. Por una de ellas viven en sociedad; por 
una segunda, se comprometen á prestarse mutuo auxilio: por una 
tercera, á respetar su vida; por una cuarta, ii sujetarse á un poder 
central y así sucesivamente. 

Ahora bien: el principio 2'' de Filanjrieri "' dice así: "Si los 
"pactos sociales no vson más que las obligaciones que cada ciuda- 
*'dano contrae C(m la sociedad en compensación de los derechos que 
"adquiere, toda violación de un pacto debe ser seguida de la pér- 
"dida de un derecho." 

De aquí se infiere que, para la escuela á que el ilustre filósofo 
italiano pertenece, no hay delito, sino en cuanto un individuo viola 
los pactos que tiene celebrados con la sociedad. Ahora bien: esos 
pactos se encuentran determinados en la legislación positiva que 
indudablemente tiene que determinar cuáles vSon los hechos que los 
violan. 

Desacreditada como está la doctrina del pacto ó contrato so- 
cial, la hipótesis de Filangieri, que en ella se funda, no es defen- 



(1) Ciencia de la Leg-islación.— Pág^. 303 vol. II. Madrid— ViUalpando— 1821. 



— 24 — 

dible, aunque, en último análisis, veng-a su definición del delito á 
quedar reducida á lo siguiente: "hechos que violan la ley," puesto 
que sólo la ley puede determinar cuales sean los pactos que el hom- 
bre ha celebrado con la sociedad. 

No es necesario insistir en la falsedad y escasos fundamentos 
histórico y filosófico de la doctrina del pacto social, que por lo 
demás, no encaja cumplidamente en mi propósito refutarla, tan- 
to más, cuanto que ya pasó si así pudiera decirse, en autoridad de 
cosa juzgada. 

Diremos pues, que, para Filangieri, cualquiera que sea el ca- 
mino por donde llega á esta conclusión, y por falsa que sea la hi- 
pótesis en que se funda, el delito no es sino la violación de la ley, 
ó sea la práctica de lo prohibido. 

Según Bentham, el concepto del delito se relaciona íntimamen- 
te con la idea de utilidad. 

Conocida es la doctrina utilitarista de este filósofo, y su méto- 
do de pensar llega hasta el modo de concebir el delito. 

Para explicarme someramente basta con decir que, en la 
sociedad existen actos que le son útiles, otros que no lo son y 
por último otros que la perjudican. 

Lo que viole, pues, el principio de utilidad social y general, lo 
que sea inútil, ó mejor lo que sea perjudicial á la sociedad, eso 
será delito. '^' 

Inútil me parece decir que esta doctrina nos conduce, en último 
resultado, á un concepto idéntico al de la anterior. En efecto, es 
necesario que exista un poder, una ley positiva que determine 
cuales son los actos útiles, cuales los inútiles y cuales los perjudi- 
ciales. Sin duda esa ley debe prohibir los actos perjudiciales; por 
manera que el que los cometa, violará la ley, y el delito no vendrá 
á ser otra cosa sino la comisión de actos perjudiciales, es decir, la 
violación de la ley. 

Beccaria dice que el delito es lo contrario al bien público. Ks- 
ta definición se enlaza íntimamente con la doctrina de la utilidad 
y viene á dar idéntico resultado. 



(1) Nuestro disting-uido literato don Antonio J. de Irisarri, nos ha pintado en un so- 
berbio artículo la doctrina utilitarista. Este artículo se llama «El principio utilitarista.» 
Un hombre se está ahog-ando: otro lo ve, y desea salvarlo. Consulta en un momento á to- 
dos los filósofos, y ning-uno le ayuda. Bentham le dice: "Si salvas á ese hombre, serás un 
héroe: si perece, un ser inútil: si mueres tú y no lo salvas, serás un bandido; habrás co- 
metido un crimen." Esta doctrina que juzg-a de los hechos por la utilidad de sus resul- 
tados, no necesita comentarios. 



— 25 — 

Es indudable que el concepto del "bien público" -debe determi- 
narse de alguna manera, y no lo es menos que sólo la ley puede ha- 
cer tal determinación. 

En su consecuencia, el delito viene á ser el hecho que atenta 
á lo que la ley llama bien público, es decir, un acto violatorio de la 
ley positiva. 

Ortolán " define así el delito: "Toda acción ó inacción exte- 
"rior que vulnera la justicia absoluta, cuya represión importa para 
"la conservación ó el bienestar social, que ha sido de antemano de- 
"finida, y á la que la ley ha impuesto pena." 

Las últimas palabras de la anterior definición nos dan su cla- 
ve, y nos permiten observar que, cualquiera que sea el camino por 
donde áella llega Ortolán, el delito para serlo, debe estar penado 
por ley anterior á su perpetración. 

A igual resultado conduce D. Juan Manuel Orti y Lara, cuan- 
do define el delito "como todo acto moralmente malo que ofende á 
otro en algún derecho perfecto protegido por la ley." '^^ 

De nada sirven las palabras "moralmente malo," si en resu- 
men la calificación de la inmoralidad de un acto queda encomen- 
dada á la ley. 

Romagnosi dice que el delito es un acto de persona libre é in- 
teligente, nocivo á los demás, é injusto; definición que, como puede 
verse, fué aceptada por Ortolán y por Trebutien, Guizot, Bertault, 
Hayes y Mittermaicr. '^ 

Rossi añade el concepto de utilidad, cuando dice que el delito 
es la violación de un deber para con la sociedad, exigible y útil 
para el orden. **' 

Por último, réstanos examinar las legislaciones positivas. '"^ 

Las Partidas, el vetusto monumento de don Alfonso el Sabio, 
definen el delito como "malos fechos que se facen á placer de la 
una parte, et a daño et a deshonra de la otra." 

El Código español: "Es delito ó falta toda acción ú omisión 
voluntaria penada por la ley." 

El Código francés: "La infracción que castigan las leyes." 

El austriaco: "acciones contrarias á la ley." 



(1) Tratado de Derecho Penal. Yol. I. pag^. 84.— Madrid.— Leocadio López, 1878. 

(2) Introducción al estudio del Derecho. Pag. 289.— Pascual Conesa. 1874. 

(3) Citados por Garofalo.— La Criminolog^ía. 

(4) Ibidem. 

(5) Tomo estas citas de Pacheco. 



— 26 — 

Bl brasileño: "toda acción ú omisión voluntaria, contraria á 
las leyes penales." 

Resulta pues que, ora tomemos las definiciones de los autores, 
ora nos concretemos á lo que dicen las leyes positivas, el delito no 
es otra cosa sino la infracción de una ley. 

Unos llegan por el camino del contrato social, otros por el de 
la utilidad, otros por diversos senderos y por argumentaciones di- 
ferentes; pero todos vienen á parar á este punto, y ello me parece 
muy lógico, cuando el mismo Garofalo, con todo y la pretendida 
novedad de su doctrina, con todo y lo que de él dice Lombroso: 
"que ha venido á destruir la antigua escuela jurídica, para susti- 
tuirla con otra," no ha podido escaparse de la fuerza incontrastable 
de los hechos, y ha venido á parar en último análisis, al mismo re- 
sultado que los clásicos. Más adelante procuraré demostrar este 
aserto, que por ahora, cumple que examine las objeciones que se 
han hecho á la doctrina de Garofalo en sí misma y en lo que ella 
pretende hacer pasar como delito. 

II 

Aramburu y Lozano hacen objeciones á la doctrina de Garo- 
falo. Este autor considera el delito, como violación de los senti- 
mientos de altruismo, el cual se manifiesta en dos órdenes de ideas: 
la benevolencia y la probidad. El acto que ofende el primero de 
estos sentimientos, tiene como nota dominante la crueldad; el que 
ofende el segundo, la injusticia. 

Ahora bien, los autores anteriormente citados arguyen contra 
CvSta división de Garofalo, diciendo que todo acto injusto envuelve 
una crueldad, y que todo acto cruel lleva consigo una injusticia. 

En su consecuencia, dicen ellos, la división de Garofalo no es 
filOvSÓfica, puesto que, lo que él pretende separar y presentar como 
hechos diferentes, se encuentra por su naturaleza unido y los he- 
chos no son sino compuestos de un mismo todo. Las lesiones, por 
ejemplo, que importan consigo una crueldad, son también un acto 
de injusticia; y el robo, injusto y carente de probidad, es así mismo 
cruel. 

Yo pienso que ésta es una mera cuestión de palabras, pues na- 
die me negará que el concepto de ambos órdenes de hechos, se en- 
cuentra perfectamente deslindado, y que ambos militan en diferen- 
tes disciplinas. 






El mismo sentido común nos indica que existe gran diferencia 
entre aquellos hechos que atentan contra el amor al prójimo, ma- 
nifestado en lo que á su persona se refiere, y aquellos que atentan 
contra la propiedad del prójimo. 

Creo yo que, en resumen, y en ésto doy la razón á los críticos 
de la doctrina de Garofalo, ambos órdenes de hechos vienen á ser 
en el fondo idénticos, aunque sus manifestaciones sean diferentes. 
Y ésto, no precisamente porque toda injusticia importe crueldad 
y vice-versa, sino porque la propiedad y los intereses, no son sino el 
reflejo de la personalidad humana; y porque, en su consecuencia, 
tanto los hechos que atentan contra la existencia material del hom- 
bre, como los que se encaminan contra sus intereses, no son sino 
ataques á su personalidad en alguna de sus formas. 

La cuestión de palabras me parece que pudiera resolverse en 
estos términos: "todo acto de improbidad, toda falta de benevolen- 
*'cia, importan crueldad é injusticia; pero no toda falta de benevo- 
'Mencia importa falta de probidad, aunque ambas faltas importen 
"carencia de respeto á la personalidad humana." 

Ad. Prank dice criticando á (jarofalo, que su doctrina consi- 
dera la violación de los sentimientos y no la de los derechos. Es- 
ta objeción parece á primera vista cierta, con tanta mayor razón 
cuanto que el mismo (iarofalo dice que para él, el delito es una 
violación de sentimientos. 

Sin embargo, el propio Garofalo nos dice que las violaciones 
del sentido moral, han impresionado menos á los hombres de los pa- 
sados tiempos de lo que actualmente impresionan; y que probable- 
mente, impresionarán más en el porvenir, lo que demuestra que, 
en tanto se considera ofendido un sentimiento, en cuanto se halla 
erigido en derecho; porque si no existe derecho de que se respete 
nuestra vida y el recíproco deber, no puede impresionar una vio- 
lación que, en nuestra conciencia, no ofende ningún sentimiento. 

La distinción de Garofalo entre hechos y sentimientos, ade- 
más de ser prácticamente irrealizable, es á mi juicio, punto de pa- 
labras. Imposible es prescindir de los hechos; y los hechos no son 
sino la traducción al exterior, de los sentimientos. Por manera que 
la violación de un sentimiento no será repugnante, sino cuando el 
hecho en que este sentimiento se traduce, sea erigido en derecho. 

Los sentimientos además, han variado muchísimo, como po- 
dremos verlo adelante, ya que ahora mi propósito no es otro, sino 
demostrar que Garofalo, aunque diga lo contrario, al considerar la 



— 28 — 

violación de los sentimientos, considera forzosamente la violación 
de los derechos. 

Bra delito en épocas remotas, y en concepto de tal se tenía por 
la opinión pública, la profesión de cierta fé religiosa, porque vio- 
laba los sentimientos de la generalidad y porque esos sentimientos 
se encontraban erigidos en derechos. 

Por el contrario, la mera violación de sentimientos no consti- 
tuidos en derechos, nunca ha sido delito, ni el mismo Garofalo la 
considera como tal. DI sentimiento de patriotismo se encuentra 
aún muy desarrollado y generalizado entre los hombres, y la prefe- 
rencia que un hombre otorgue á un país extranjero, la cual prefe- 
rencia ofende á la mayoría de sus conciudadanos, no es un delito, 
porque tal sentimiento no se encuentra erigido en derecho. En 
cambio, en otras épocas en que la idea ó el sentimiento patrióticos 
se encontraban erigidos en derecho, su violación constituía un de- 
lito. ^^^ Ahora bien: el mismo Garofalo, al confesar que las viola- 
ciones de esos sentimientos no constituyen delito, se encuentra de 
acuerdo con Franck, aunque pretenda lo contrario, por no consen- 
tirle su amor propio el sacrificio de su doctrina de los sentimientos. 

Ninguno mejor que Garofalo puede comprobar mi ante- 
rior afirmación. Me tomo la libertad de transcribir sus propias 
palabras: "M. Ad. Franck ha substituido á la de Rossi la propo- 
" sición correlativa: éste habla de la violación de un deber, aquel 
" de la violación de un derecho. La sociedad no puede perseguir y 
" castigar legítimamente una acción, sino cuando esta es, no ya la 
'* violación de un deber, sino la violación de un derecho, de un 
" derecho individual ó colectivo, fundado, como la sociedad mis- 
" ma sobre la ley moral.'' "Probablemente, aquí no existe más 
" que una cuestión de palabras (adviértase que se trata de Pranck 
y Rossi.) por más esfuerzos que M. Franck haga por demos- 
" trar que se trata de una diferencia substancial. M. Frank cri- 
" tica la definición de Rossi, aduciendo ejemplos de deberes aun 
" para con la sociedad, y cuya violación, aunque sea nociva, no pue- 
" de merecer la persecución ó la represión de la justicia." "Tal 
" sucede con el deber que tenemos de consagrar á nuestro país 
" todo cuanto poseemos de fuerza y de inteligencia.'^ '^^ 

Y bien, ¿qué otra cosa quieren decir esas palabras "cuya vio- 



(1) Delito cometía seg-ún la ley mosaica y seg-ún el criterio del pueblo hebreo, el is- 
raelita que se casaba con una extranjera. 

(2) Criminolog-ía, pag-. 93. 



— 29 — 

lación aunque sea nociva no puede merecer la persecución ó la re- 
presión de la justicia," sino que, aun cuando se viole un senti- 
miento, ésto no es reprensible sino cuando el sentimiento se halla 
erigido en derecho? 

¿A quién se le ocurriría tachar de delicuente á un hombre que 
no dá á su país **todo lo que posee de fuerza y de inteligencia?" 

Y sin embargo, este hombre viola los sentimientos de la gene- 
ralidad. 

Sí; pero no viola los sentimientos altruistas, se me responde- 
rá, y yo lo admito sin concederlo, porque mi propósito ha sido úni- 
camente demostrar que no es delito la violación de un sentimiento, 
cuando no existe derecho para hacer respetar este sentimiento. Si 
el respeto á los sentimientos altruistas no estuviera erigido en de- 
recho, no podría exigirse ni sería delito su violación. La prueba 
es que no fueron delitos tales violaciones, en las épocas en que el 
altruismo no estaba constituido en derecho. 

¿Se quiere un ejemplo más? Pues voy á indicarlo someramen- 
te. ¿Qué cosa puede haber más contraria al altruismo que la gue- 
rra? Es indudable que la guerra viola los sentimientos altruistas. 

Y sin embargo, el General que hace perecer á un número crecido 
de hombres en una batalla; el soldado que mata á su semejante en 
una acción de armas, no son tenidos como delincuentes, aunque ha- 
yan violado todos los sentimientos altruistas. La razón es clara: el 
altruismo entonces no se halla erigido en derecho: el que se encuen- 
tra en una guerra, en una acción de armas; los ejércitos beligeran- 
tes, las naciones que disputan por cualquier motivo, no tienen un 
derecho que traduzca sus sentimientos altruistas, no tienen en su 
consecuencia un deber correlativo que exigir, no pueden calificar, no 
califican como delitos, los hechos que aunque ofenden sus senti- 
mientos no son correlativos de sus derechos. 

Supongamos que uno de los ejércitos beligerantes se ceba en 
los heridos, fusila á los niños indefensos y á las mujeres, saquea los 
templos y las ciudades; pues bien, aquí no sólo se han violado los 
sentimientos altruistas, y por eso son delitos; se ha violado el dere- 
cho en que esos sentimientos se traducen: se ha violado ya la ley, 
internacional si se quiere, se ha delinquido, aunque no se imponga 
castigo. 

Concluyo, pues, que la mera violación de sentimientos, de 
cualquier naturaleza que sean, no constituye delito, sino cuando 



— 30 — 

esos sentimientos se hallan, dispénsese la repetición de esta frase, 
erigidos en derechos. 

Esto no quiere decir que yo no esté de acuerdo con el ilustre 
magistrado italiano, en que el delito es hoy día la violación de los 
sentimientos altruistas. Lo único que pretendo demostrar es que, 
si no hubiera un derecho que ordena respetar tales sentimientos, 
su violación no constituiría delito. 

Si atendiésemos sólo á los sentimientos, haríamos que el Dere- 
cho invadiera los dominios de la Moral. 

Tal es, además, el modo de pensar de M. G. Tarde, cuando ha- 
ciendo observaciones á la doctrina de Garofalo, pregunta: "¿ívs 
''delictuoso un acto, sólo porque ofende al sentimiento medio de 
"piedad y de justicia? No; si no lo juzga delictuoso la opinión. La 
"presencia de una degollación belicosa provoca en nOvSotros más 
"horror que la presencia de un solo hombre asesinado; más nos do- 
"lemos de las víctimas de una razzia que las de un robo, y, sin 
"embargo, el General que ha ordenado esta matanza y este pillaje, 
"no es un criminal. Kl carácter lícito ó ilícito de las acciones, por 
"ejemplo, del homicidio en caso de legítima defeuvsa, ó de vengan- 
"za y del robo, en caso de piratería y de guerra, se halla determi- 
"nado por la opinión dominante, acreditada en el grupo social de 
"que se forma parte. Kn segundo lugar, algún acto prohibido por 
"esta opinión, si se realiza en perjuicio de un miembro de este gru- 
"po, ó aún de un grupo más extenso, se convierte en un acto per- 
"mitido más allá de estos límites." ^'^ 

Tomemos nada más el caso en que un hombre mate á otro 
en legítima defensa. Creo innegable que este hombre ha hecho la 
ofensa suprema á los sentimientos altruistas. 

Me pregunto pues: ¿llegará el altruismo hasta el extremo de 
sacrificar el egoísmo? Seguramente no; y esto nos demuestra más 
todavía que no basta la violación de un sentimiento, sino que es 
necesario que este sentimiento se encuentre erigido en derecho. 

Doña Concepción Arenal, la distinguida escritora española 
que tan en desacuerdo parece estar con la escuela criminológica 
italiana y que tan agudas sátiras le dirige en el curso de sus obras, 
está sin embargo de acuerdo con Garofalo, cuando dice que el de- 
lito es un acto supremo de egoísmo.'-' 



(1) Tarde. -"La Criminalidad comparada. 

(2) "El Visitador del preso." 



31 
III 



He dicho ya que en último análisis, el concepto que del deli- 
to se forma Garofalo, nos conduce á un resultado casi igual, en la 
práctica, al que han llegado los clásicos. 

Sea que el delito se considere como una violación de senti- 
mientos, ora se tenga como una violación de derechos, lo cierto es 
que debe existir alguna norma que nos diga cuales son los hechos 
que violan los sentimientos altruistas. De lo contrario el delito 
quedaría al criterio variable y fácilmente influible de cada uno de 
los individuos. 

No se puede prescindir de la ley: ella es la única que puede 
determinar cuáles son los hechos que violan el altruismo, porque 
no hay otra entidad capa/, de hacer tal determinación. 

Por manera que si la ley es la (pie debe determinar en qué 
consiste el altruismo y cuáles son los hechos que lo violan, el deli- 
to no puede ser otra cosa, sino la comisión de un acto prohibido 
por la ley. 

Creo pues, que para distinguir la escuela criminológica posi- 
tiva de la escuela clásica y ya (jue ambas concuerdan en que el 
delito es la comisión de hechos prohibidos por la ley, la cuestión 
debe trasladarse á otro terreno. 

Yo preguntaría: ¿cuáles s(m los hechos que la ley debe prohi- 
bir? Pilangieri me contesta: lo que viole el pacto social; Bentham: 
lo perjudicial; Beccaria, lo que viole el orden público; Garofalo, lo 
que viole los sentimientos altruistas. 

Y, á mi juicio, ninguno tiene hasta ahora más razón que Ga- 
rofalo. Convengamos en que siempre el delito seguirá siendo lo que 
la ley prohibe; pero determinemos precisamente, qué hechos son 
los que la ley debe prohibir. 

En realidad de verdad, ningún hecho es delito natural (no po- 
sitivo) hoy día, (y no podemos hablar sino del presente) sino en 
cuanto viola el altruismo. 

Pero habría que establecer una norma fija, una base para me- 
dir el delito, que no estuviera sujeta á la mudable opinión de las 
generalidades. 

Así, para mí, el delito es tal, cuando los sentimientos que vio- 
la se erigen en derechos y por consiguiente, cuando, aunque no 



— 32 — 

consten todavía en la ley positiva, se encuentran ya admitidos en 
la legislación universal ó filosófica. *^^ 

Fácilmente se puede comprender que la intención de R. Garo- 
falo al formular su teoría del delito natural, ha sido la de buscar 
los caracteres del delito, tales y como éstos deben ser, independien- 
temente de toda ley positiva y de todo prejuicio histórico. 

No es nueva la idea elevada ya á la categoría de doctrina de 
que las ciencias sociales, en cuanto á los métodos que á su estudio 
presiden, no se diferencian de las naturales sino en la mayor com- 
plicación que en las primeras se observa, siendo á ellas aplicables 
los métodos de desenvolvimiento y de observación que norman las 
segundas, por tal manera que su tendencia es — y ya se va realizan- 
do — la de convertirse en ciencias experimentales. 

Buscar, pues, los caracteres universales del delito; ó más bien 
dicho, considerar como delito todo aquello que tenga actualmente 
caracteres universales de tal, esa ha sido la labor de Garofalo. 

Se dirá, y con razón, que lo que es hoy delito no lo ha sido en 
épocas anteriores. 

Por eso, la doctrina de Garofalo se refiere sólo á la época con- 
temporánea, aunque también sería oportuno contestar que, dere- 
chos considerados hoy como inalienables, eran desconocidos y vio- 
lados en la antigüedad. 

E}1 delito natural, ha sido siempre el mismo: una violación de 
sentimientos erigidos en derechos. Los hechos considerados como 
delictuosos son los que han variado según los diferentes sentimien- 
tos y las diversas prescripciones del derecho en tiempos radical- 
mente opuestos. 

Expuesta como está, siquiera en estas mal escritas líneas y á 
grandes rasgos como la índole de este trabajo lo requiere, la doc- 
trina del delito natural según la escuela criminológica positivista; 
comparada ésta con la clásica en cuanto á su manera de compren- 
der el delito y hechas por mi incipiente pluma las observaciones 
que un estudio atento me ha sugerido, cumple que, continuando 
por la senda ya emprendida y para llevar avante la misión que me 
fué encomendada, me ocupe en los siguientes capítulos en el suje- 
to del delito, en el criminal; en esa excepción de la raza humana 
á quien M. Lévy Bruhl no quiere considerar como semejante 
nuestro. 



(1) La naturaleza de este trabajo me impide dar á mis ideas toda la extensión que 
desearía. Quizás en otra oportunidad tenga ocasión de exponerlas en toda su amplitud. 



CAPITULO III 



De cómo la eHciiela |ioHÍtÍva ooiiHidcra al criminal.— El tipo cri- 
minal. Clasificación. 



I 

A la verdad, es difícil determinar claramente el concepto que 
la escuela criminalista italiana se ha formado del criminal. 

Fundada ésta por distinguidos antropóloj^os, ha dado á sus 
estudios un carácter puramente naturalista; ha hecho una obser- 
vación y un minucioso é interesante estudio de factores materia- 
les: ha considerado la delincuencia como una resultante de diversas 
fuerzas. 

El criminal es para ellos un sujeto aparte, un individuo harto 
diferente del resto de los hombres. Kn resumen, es una raza den- 
tro de otra raza. 

Así como nacen hombres inteli^rentes, familias de músicos y 
de artistas, poetas, hombres de estado, locos, fatuos, cretinos, así 
mismo nacen los criminales. 

Han querido dar á la cuestión un aspecto puramente material. 
La criminalidad depende de cierta conformación en el cráneo, en la 
nariz, en las orejas: cierta manera de composición de las células 
y lóbulos del cerebro: la herencia y por último, el medio social. 

La escuela positiva, en primer lugar, se ha propuesto estu- 
diar al delincuente para poder de ese estudio descender al del delito 
mismo. 

Ya no es aquel estudio del hecho delictuoso; aquella medición 
de cierto número de circunstancias que se observa en los clásicos. 
Ahora se trata de estudiar el delito en sus causas, en su agente 
mismo, como se estudia la enfermedad, ya no en sus manifestacio- 
nes externas, sino en su origen y causas individuales. 



— 34 — 

La tendencia de la escuela clásica fué generalizar; hacer en- 
cajar todos y cada uno de los hechos que pueden cometerse en 
cierto molde de antemano determinado, con ciertas circunstancias 
fijadas de una vez para siempre. La escuela positiva se propone 
individualizar: aplicar el remedio, ó sea la represión del delito, se- 
gún cada uno de los diferentes individuos y de las diferentes cir- 
cunstancias: encontrar un tratamiento especial para cada delincuen- 
te, de acuerdo con la diagnosis que permitan hacer su constitu- 
ción física, sus antecedentes hereditarios, sus antecedentes per- 
sonales, el medio en que haya vivido y la naturaleza misma del 
delito. 

Enrique Ferri lo dice en una conferencia que dio en Ñapóles 
y que corre inserta en su obra "Nuevos estudios de Antropología." 
"La escuela positiva considera la criminalidad como un fenómeno 
"natural; y por consiguiente, en vez de la delincuencia estudia al 
"delincuente, adaptando sobre todo á éste las precauciones defen- 
"sivas y teniendo el delito cometido sólo como un indicio de la po- 
"tencia maléfica de quien lo ejecuta." 

"La escuela positivista estudia la vida del organismo social en 
"sus manifestaciones patológicas ó criminales." 

Se hace, pues, una individualización, sobre cuya práctica no 
quiero anticipar opinión alguna: se estudia al criminal mismo, co- 
mo se estudia á un enfermo. 

Desde luego, la escuela positiva prescinde por completo del li- 
bre albedrío y déla responsabilidad moral. Para ella el delito es el 
resultado de un proceso psíquico, en relación directa con la orga- 
nización física del criminal. 

Así como en Química la presencia de ciertos reactivos y de 
ciertas sales produce indefectiblemente un precipitado de tal ó 
cual color, así en el, delincuente, ó mejor dicho, en el hombre, la 
presencia de ciertos caracteres antropológicos y de determinadas 
circunstancias exteriores produce indefectiblemente el delito. 

Para Lombroso, el criminal nace; hereda, ó adquiere sus ten- 
dencias; pero siempre lleva consigo el germen delictuoso. E)l que 
no ha nacido criminal, no cometerá un delito en ninguna circuns- 
tancia de su vida. 

Lo prueba Garofalo, aduciendo el hecho de que en ciertas y 
determinadas circunstancias hay individuos que delinquen, en tan- 
to que otros no lo hacen, de donde se sigue que, si los medios exte- 
riores, la educación, las influencias son iguales, y sin embargo, no 



— 35 — 

producen resultados idénticos es porque hay que buscar la causa 
por otro lado. 

No quiere esto decir que se niegue toda influencia á la educa- 
ción, á la igfnorancia, á la embriai^uez y á una multitud de agentes 
físicos, morales ó compuestos exteriores. Significa sólo que el de- 
lincuente lleva ya en sí el germen de su delincuencia y que el que 
no lo es, no delinquirá nunca, ni aún en igualdad de circunstancias. 

Enrique Ferri, en su ya citada conferencia, acude á reforzar 
á sus compañeros citando entre otros, el caso que se sabe del psi- 
quiatra Morel, quien refiere de sí mismo que, un día, pasando por 
un puente de París sintió de improviso la tentación de tirar al 
río á un obrero que se hallaba reclinado en el antepecho y huyó á 
todo correr, por miedo á dejarse arrastrar por tal aberración, cir- 
cunstancias en que, indudablemente, dice, hubiera delinquido un 
criminal. 

Niégase, pues, por los positivistas el libre albedrío y se niega, 
en su consecuencia, la responsabilidad, dándose á la pena un carác- 
ter de mera defensa social. 

No es este — que se hallará más adelante — el sitio en que yo me 
extienda sobre el libre albedrío y la responsabilidad moral, cuya 
negación, tan abjoluta, me parece audaz y osada por todo extremo; 
y para la cual creo que aún no se ha llegado á reunir el cúmulo de 
hechos necesarios para hacerla salir de la categoría de hipótesis. 

Y en efecto: yo creo que de la observación de un cierto núme- 
ro de casos, por extensos que sean, y de la observación, por más 
sensata y profunda que se la suponga de determinados órganos en 
cierto número de delincuentes, no se puede inducir, hasta conver- 
tirla en regla general de la humanidad, que las condiciones obser- 
vadas en cierto número de hombres sean universales y no puedan 
ser contradichas sin incurrir en la cólera de los mantenedores de 
las nuevas teorías. 

A mí se me hace muy difícil creer que cuando nacemos lleve- 
mos ya sobre nuestra frente, como aureola ó como infamante estig- 
ma, el signo de lo que hayamos de ser durante nuestra vida; y se 
me hace más duro aún el creer que ni la educación, ni los ejem- 
plos, ni la clase de vida, ni el dominio siempre fuerte de la volun- 
tad, puedan ser parte á modificarnos y á impedir que á pesar de 
nuestros esfuerzos caigamos en el báratro insondable del crimen. 

¡Qué! ¿Entonces el hombre no es sino el esclavo de las células 
de su cerebro, de la conformación de sus orejas? ¿Estamos por 



— 36 — 

ventura sujetos á esta fatalidad abrumadora que priva nuestros 
actos de todo mérito y nuestros crímenes de todo horror? ¿Somos 
acaso, como con tanto acierto dice Proal, 

"Virtuosos sin mérito y viciosos sin culpa."? 

Ksto es negar al hombre todo lo que tiene de hermoso y esto 
es asignar á la materia, á la célula, todo el papel que en nuestros 
actos representan la inteligencia y la voluntad. 

¡Cuánto siento que mi reconocida incompetencia, y la circuns- 
tancia de ser un mero principiante en estudio de tantísima impor- 
tancia, me impida hacer aquí un estudio concienzudo y extenso de 
las modernas doctrinas! Mas ya que por ello no me es dado hacer- 
lo debo sí decir en puridad, que á mis convicciones repugna la idea 
de que el bien y el mal no consistan sino en una simple manera de 
agruparse las células. 

Otros positivistas llegan á decir que el criminal no es un se- 
mejante nuestro. '^' 

Y en efecto, si los unos nacen buenos, con cierta forma en el 
cerebro, con las orejas en otra determinada: y si los otros nacen 
malos, si sus órganos están diversamente conformados, claro es 
que ambas clases de hombres no serán enteramente semejantes. 

Pero el criminal no lo ha sido siempre: ha sido antes hombre 
honrado: quizás habrá sido ejemplarisísima su conducta. . . . ¿Es 
que cambiaron sus órganos? Si ya había nacido con ciertas disposi- 
ciones, ¿por qué no se habían antes manifestado? 

A los que se contenten con defender como hipótesis la doctri- 
na del nacimiento criminal no hay motivo para criticarles. Sin ser 
misoneistas, sin embargo, creo que es de nuestro deber no aceptar 
estas doctrinas como ciertas, ni menos creerlas demostradas, hasta 
que la experiencia constante y no desmentida no las abonen como 
tales. 

Kntre tanto, es importantísimo — prescindiendo de esos pre- 
juicios — el punto de vista desde el cual se coloca la escuela italiana. 

Habíase olvidado realmente el estudio del delincuente mismo. 
Cualquiera que sea el resultado que arroje ese estudio es seguro 
que ha de se? interesantísimo; y tan pronto como con él se demues- 
tre palmariamente cualquier afirmación, ha de ser indudablemente 
aceptada. 

(1) Lévy Bruhl: V. Lombroso. Aps. judiciales y médicas de la Antropolog-ía. 



— 37 — 

La escuela positiva se ha trasladado al campo del combate que 
contra la sociedad libran los criminales. 

Cualesquiera que sean las circunstancias que determinen la 
formacidn de un delincuente: ora éste nazca: ora se haga: ora de- 
penda su delincuencia del cráneo, ora de cualquier otro motivo, es 
innegable que el lugar de observación y el sitio de estudio están 
allí, al lado del delincuente mismo. A él es á quien hay que estu- 
diar preferentemente y no al delito únicamente. Y es que, para 
mí, no hay clasificación posit)le de los delitos. Es tan variada la 
especie humana, aún en medio de su unidad, que todos los hechos 
delictuosos tienen entre sí caracteres generales y cada uno en 
particular circunstancias especialísimas, condiciones tan singula- 
res, modos de ser tan personales, que es imposible, sin dejar por 
eso de agruparlos en cierto orden de hechos, medirlos con igual 
sistema. 

Entre tanto: ¿qué es el delincuente para la escuela positiva? 

Garofalo en su tantas veces citada obra "La Criminología," 
nos da €l siguiente concepto. — El delincuente es un hombreen el 
cual, por cualesquiera circunstancias, los sentimientos de altruis- 
mo faltan ó se encuentran eclij)sados ó sólo en estado de debilidad. 

Hemos visto que el delito es para los positivistas una mera 
violación de los sentimientos de piedad y de probidad que consti- 
tuyen el altruismo. Consecuente con esta idea, Garofalo tiene que 
considerar al criminal como el hombre que comete tales violacio- 
nes. Y hasta aquí todo es muy lógico. La dificultad está en acep- 
tar la definición en los términos en que se encuentra concebida, los 
cuales términos llevan implícita la idea de diferencias substanciales 
y fundamentales psíquicas y físicas, entre el criminal y el hombre 
honrado. 

En efecto: se habla de hombres que carecen del sentimiento de 
altruismo y se afirma por otro lado que el altruismo es ya univer- 
sal: por consiguiente, los primeros son monstruos, seres aparte, 
salvajes cuando menos. 

Otros no carecen del sentimiento altruista, sino que lo tienen 
simplemente eclipsado ó debilitado, lo cual parece dar alguna ma- 
yor importancia á circunstancias exteriores que pueden influir en 
tal eclipse ó en esa debilidad. 

Esta parte de mi estudio, que es un simple examen de las nue- 
vas doctrinas, va á girar y á desenvolverse sobre las causas que, en 



— 38 — 

el sentir de la escuela moderna italiana, producen tal carencia, tal 
eclipse ó tal debilidad. 

Pero antes me parece oportuno dedicar algunas páginas, si- 
quiera sean breves, al estudio de lo que Lombroso ha llamado "el 
tipo del criminal" y al de la clasificación que él y Ferri hacen de 
los diversos criminales. 

He estudiado la escuela positivista sediento de conocerla. Con- 
fieso que me ha sido imposible ya no por la premura del tiempo, si- 
no por falta de muchos conocimientos médicos, antropológicos y 
psiquiátricos, llegar á abarcarla en toüa su extensión y á com- 
prenderla en todas sus manifestaciones. 

Sin embargo, mi estudio ha sido de buena fe y las observa- 
ciones queme ha sugerido no obedecen á prejuicio alguno. 

Por último, y para acabar de conocer el concepto que del de- 
lincuente se forma la escuela antropológica de Lombroso, transcri- 
biré las siguientes líneas de M. Vidal, que lo expone como nunca 
podría hacerlo mi incipiente pluma. Dice: '^^ "El doctor Lombroso, 
"profesor de Medicina de la Universidad de Turín, fundador de la 
"nueva escuela de criminalistas positivos, ha expresado sobre el 
"origen del delito ideas poco más ó menos semejantes á las prece- 
"dentes (se refiere á Letorneau y á sus doctrinas sobre el materia- 
lismo, naturalismo, moral utilitaria y transformismo) aunque más 
"profundas y más extensas, porque el doctor italiano no se ha con- 
"tentado con pedir datos á las costumbres salvajes, sino que tam- 
"bién ha consultado y estudiado con cuidado las costumbres nor- 
"males y anormales de los animales y aun de las plantas" (para ha- 
llar entre aquellos y aun entre ambos últimos y los criminales, ana- 
logías más de una vez peregrinas.) 

"La conclusión de las investigaciones de Lombroso es: 1? que 
"tenemos en los actos que preceden (los cometidos por animales ó 
"por plantas) la analogía exacta con el delito humano, es decir, 
"una serie de actos contrarios á la conducta de la generalidad de 
"los seres; 2? que el delito está ligado á ciertas condiciones del or- 
"ganismo, del cual es efecto directo." '^^ 

Continuando esa interesante lectura se llega á descubrir la 
idea de la escuela positiva de que el delito es el estado natural de 
los animales, de los salvajes y aun de los niños, lo cual nos abre 
desde luego la puerta para ocuparnos en las doctrinas del atavis- 



(1) Jorg-e Vidal. — "Principios Fundamentales de la Penalidad." Baylly Baylliére. 
(2[ Lombroso. — Uomo delinquente cit. por Vidal. 



— 39 — 

mo y de la regresión ó selección al revés, que formarán los ulterio- 
res capítulos de este estudio. 

II 



Innegable importancia tiene para conocer perfectamente al 
criminal el estudiarlo á él mismo, en sus caracteres físicos y mo- 
rales, porque sólo una observación constante y tan general como 
sea posible nos puede llevar al conocimiento y á la posesión de la 
verdad, ideal á que deben dirigirse todos nuestros esfuerzos y to- 
dos nuestros estudios. 

La escuela positivista, como dije antes, se ha constituido al 
lado del criminal para estudiarlo, para analizarlo, dividiéndolo 
parte por parte con el escalpelo finísimo de la observación sensata, 
estudiando en cada uno de sus órganos sin despreciar los detalles 
más insignificantes ni las circunstancias mínimas en apariencia. 

No digo yo que se haya llegado al dominio absoluto de la ver- 
dad, al extremo de poderse afirmar que un individuo es delincuen- 
te por el mero hecho de que tenga tal ó cual tipo. El mismo 
Lombroso confiesa que las reglas que él sienta no son absoluta- 
mente exactas ni se presentan siempre con identidad de caracte- 
res en los diversos criminales; y es querer anticipar un porvenir 
incierto, el afirmar que podrá llegarse á la determinación del gra- 
do de criminalidad de un individuo por el mero aspecto exterior 
suyo. 

Kntre tanto, la labor de la escuela positiva tiene grandísima 
importancia, no sólo porque se propone buscar la verdad y encon- 
trar brújula segura en asunto por tal manera delicado, sino tam- 
bién, y ésto es á mi juicio principalísimo y laudable, porque del 
estudio del criminal mismo, cualquiera que sea el resultado que 
arroje, tiene que nacer mucha luz y que originarse un acervo de 
conocimientos apreciable en aito grado. 

De ahí la idea de la escuela positiva que abonan Tarde y 
Aramburu, '*' de que el estudio del derecho penal debiera hacerse, 
no sólo en códigos y textos, sino en verdaderas clínicas peniten- 
ciarias á donde los jóvenes que aspiran á ser criminalistas debe- 
rían ir á hacer un estudio práctico sobre la llaga social, ni más ni 
menos que el cursante de medicina lo hace sobre el cadáver humano. 



(1) "La Criminalidad comparada."— Notas de A. Posada á la misma obra. 



— 40 — 

Esta idea me ha seducido á mí que amo como el que más todo 
lo que sea un progreso en las ciencias que constituyen la carrera 
del Abogado y á la verdad, no sé como entre nosotros no se ha 
dado paso alguno para substraer al estudiante á la discusión árida 
del Código y llevarlo á la prisión y á los Tribunales, á que obser- 
ve por sí mismo, aunque con dirección atinada, y de cerca, los 
fenómenos que ofrece el delincuente. 

Por más que sea ajeno á la índole de este trabajo, no puedo 
por menos de iniciar la idea de que entre nosotros se establezca 
ese curso práctico para preparar así una atinada reforma de la ley 
penal. 

Hecha esta digresión, y ya que mi objeto al presente es hablar 
de lo que se ha llamado el tipo del criminal siquiera sea somera- 
mente y de los caracteres morales é intelectuales del mismo, per- 
mítaseme que me disculpe de no presentar aquí, en sinopsis siquie- 
ra, los caracteres físicos del criminal, no sólo porque carezco de 
observaciones propias que son las únicas que pudieran ser intere- 
santes, sino porque — y tratando en particular de lo que dice la Es- 
cuela positiva — no he tenido en mi poder una obra que condense 
las observaciones y doctrinas existentes sobre ese particular. ^^' 

¿Tienen los criminales caracteres diferentes — sean físicos ó 
morales — (fijémonos ahora en los físicos) de los del hombre 
normal? 

Lombroso responde que sí, y ofrece para ello un cúmulo de 
observaciones confirmadas con los retratos que acompañan á su 
obra "El hombre delincuente." 

Tarde '^^ afirma que, habiendo examinado esos retratos, por sí 
mismo, en todos encontró caracteres de repugnante fealdad, con 
excepción de una mujer que era regularmente bella. 

Los brazos largos, las orejas en asa, la dolicocefalia en los 
ladrones, la braquicefalia en los asesinos, la mirada torva y ob- 
tusa en los primeros, fija en los segundos, el color generalmente 
moreno en los criminales así como la carencia de barbas, de donde 
talvez viene el refrán 

"Ni mujer con barbas 
Ni hombre sin ellas" 



(1) Imposible me fué conseg-uir la obra "Uomo delinquente" donde Lombroso expo- 
ne sus observaciones sobre el tipo criminal, y he tenido que contentarme con lo que por 
referencia se lee en Tarde y en Garofalo. 

(2) Criminalidad Comparada. 



— 41 — 

y otra multitud de caracteres, son los que ha observado Lombroso, 
encontrándolos en proporción de 70 por ciento en los criminales, é 
infinitamente menor en los hombres honrados. 

Otro de sus caracteres es la aptitud sumamente débil para 
resistir impresiones morales, al paso que tienen una gran fuerza 
de resistencia para el dolor físico. 

Por medio del platismój^rafo y de otros instrumentos se ha 
llegado á descubrir la mayor ó menor influencia que en ellos ejer- 
cen la 'electricidad, el frío y otros agentes físicos. 

Me declaro ingenuamente falto de competencia, ya no para 
hacer un análisis de estas observaciones, sino también para hacer 
de ellas una exposición detallada y completa, pues carezco de los 
conocimientos antropológicos y médicos que para ellos serían ne- 
cesarios. 

Por lo qu^ mi observación, puramente vulgar y superficial 
ha podido dictarme en la práctica que he hecho en nuestros tribu- 
nales, he podido comprobar el carácter de fealdad repugnante que 
distingue á los homicidas, '" así como la mirada fija. En ninguno 
encontré la franqueza cínica para confesar su delito, que algunos 
creen carácter del criminal nato, excepto en el caso citado en mi 
nota anterior. 

Respecto de otras observaciones que pudieran hacerse, es do- 
loroso reconocer que no sólo nos faltan elementos y estadísticas, 
sino que hasta ahora no existe nada y lo que nosotros pudiéramos 
aprovechar está todavía por crearse. 

Entre las mujeres no observé más que dos ó tres de facciones 
regulares y éstas eran reos de hurto. Las demás (como puede ver- 
se en la Casa de Recogidas) tienen un aspecto verdaderamente re- 
pugnante y hay algunas á quienes sin exageración pudiera califi- 
carse de monstruosas. 

Respecto de otros criminales ó sea respecto de aquellos lla- 
mados políticos ó á quienes domina una idea para cometer un cri- 
men — cualquiera que sea esta idea — como los anarquistas por 
ejemplo, dice Lombroso que en ellos no se observan los caracteres 
de los criminales comunes. 

Algunos de ellos son hermosos, á otros se les observa fisono- 
mía inteligente y por lo general es menor en ellos el tipo criminal 



(1) A este particular no encontré más excepción que un preso demasiado conocido en 
esta sociedad cuyo nombre no es el caso de mencionar. 



^ -42- 

que aún en los hombres normales (0..S7 por 100 en vez de 2 por 100 
en los hombres comunes.) '^' 

De entre los hombres de la revolución francesa, muchos de los 
cuales se hicieron solidarios de horrorosos crímenes, sólo Marat 
tenía un tipo verdaderamente criminal y algunas degeneraciones 
se observaban, por extraña coincidencia, en el de Carlota Corday, 
su matadora. '^' 

Tarde '^' se burla y ridiculiza en una de sus obras la doctri- 
na del tipo criminal, lo cual no es óbice para que en otra '^^ haga 
de él un verdadero estudio, si bien no del todo la admite. 

Doña Concepción Arenal ^'' protesta contra la idea de que el 
tipo pueda servir en manera alguna para determinar el grado de 
criminalidad de un individuo. 

Yo por mi parte, he dicho ya mi opinión humildísima. La 
observación detenida y sensata del criminal puede conducirnos á 
fecundos resultados; pero hasta ahora no arroja un resultado com- 
pletamente práctico ni puede servirnos para determinar si un 
individuo es ó no culpable. 

De ayuda, de presunción moral puede servir en gran número 
de casos; pero nunca los resultados que arroje el platismógrafo 
pueden servir para fundar una sentencia condenatoria. 

Por otro lado, no existe aún una regla fija: no existe todavía 
una norma. 

Las observaciones hechas, localizadas á ciertos países y razas, 
no se puede afirmar que sirvan ya para toda la humanidad. 

Pasemos ahora á hacer un ligero diseño de las cualidades y 
defectos del delincuente por lo que á su parte moral respecta. 

Hablando á este respecto, Garofalo comienza por asignar 
como caracteres de los criminales, la impasibilidad, y la instabi- 
lidad en las emociones, los gustos y además una desenfrenada 
pasión por el vino y por el juego. ^^^ Se distinguen por los dos ca- 
racteres de imprudencia é imprevisión por "suexajerada tenden- 
"cia á la burla y á la farsa, carácter que de largo tiempo se ha 
"reconocido como uno de los signos más seguros de maldad ó de 

(1) Lombroso. — El tipo del anarquista. 

(2) Ibidem.— Réplica á Gabelli. 

(3) El Delito Político. 

(4] Iva Criminalidad Comparada. 

(5) El Derecho de Gracia. 

(6) Aparte de los muchos delitos que se cometen al calor del vino y el jueg-o, es un 
hecho que yo he podido comprobar, que los criminales sienten todos gran pasión por el 
alcohol. Cuando salen de la cárcel, no desperdician la ocasión de emborracharse. 



— 43 — 

"inteligencia limitada y que se revela, sobre todo, en la jerga, en 
'Ma necesidad de poner en ridículo las cosas más santas y más que- 
"ridas disfrazándolas con nombres absurdos ú obscenos." ^^' 

Carecen además de sensibilidad moral como lo demuestran el 
cinismo y la imprudencia de sus relaciones y los detalles á las ve- 
ces espantosos, con que exornan sus más repugnantes crímenes. '^' 

De esto abundan los ejemplos y muchos nos ofrece Garofalo 
en su preciosa obra "La Criminología." 

Por mí, he visto un caso en que tratándose de un horroroso 
delito que Címmovió hondamente á esta sociedad, y que no tenía 
circunstancia alguna que lo hiciera siquiera excusable, el reo lo 
confesó y lo detalló con terrible sangre fría y aún llegó á jactarse 
de él en presencia del Juez. 

El abate Moreau, en su obra "Le monde des prisons," da la 
descripción siguiente: "Cuando uno los trata de cerca, es cuestión 
"de preguntarse si tienen alma. Vista su insensibilidad, su cinis- 
"mo, sus instintos naturalmente feroces, se inclina uno más bien 
"á consi(}erarlos como animales con rostro humano que como hom- 

"bres de nuestra raza Es muy triste confesar que no hay 

"nada que pueda despertar en estos miserables, sentimientos hu- 
"raanos: ni la idea cristiana, ni siís intereses, ni la presencia de 
"los males de que son ellos la causa; nada toca su corazón, nada 
"detiene su brazo aunque en ciertos momentos descubren buenos 

"instintos Estas gentes tienen una óptica distinta de la nues- 

"tra. Su cerebro tiene lesiones que lo imposibilitan para la 
''transmisión de ciertos despachos. Únicamente las pasiones 
"malsanas son las que lo hacen vibrar." *^' 

Dostoyusky, '^' escritor ruso, hace una descripción del crimi- 
nal ruso, detenido ó preso en Siberia, que concuerda bastante con 
la que da Lombroso del criminal italiano. 

"Esta extraña familia, dice, tiene un aire acentuado de seme- 
"janza que se distingue al primer golpe de vista. Todos los dete- 
"nidos son melancólicos, envidiosos, horriblemente vanidosos, 
"'Presuntuosos, susceptibles y formalistas con exajeracióny 



(1) Lombroso. 

(2) Por lo general, en los procesos, niegan los delitos y se sostienen á veces con 
admirable sangre fría, aún en los más imponentes careos. Esto no impide que los más 
criminales sean los "presidentes" de sus secciones respectivas, acreedores al respeto de 
los otros presos, de donde infiero que, entre ellos mismos, deben confesar y aún hacer 
alarde de sus crímenes. 

(3) Abbé Moreau.— Le monde des prisons.— París 1887, 

(4) Id. 



— 44 — 

Añade que nunca observó arrepentimiento alguno, ni la menor 
señal de vergüenza en ellos, ni el más peqtieño disgusto^-^or el de- 
lito cometido, ni el síntoma más fugaz de pesar ó de sufrimiento 
moral. 

Por su frivolidad y por múltiples detalles, los delincuentes pa- 
recen niños ó fatuos: no hace en ellos mella el razonamiento y se 
distinguen por su perfecto egoísmo. 

Según doña Concepción Arenal ^^' son excesivamente desconfia- 
dos y de cualquiera creen que les engaña y que les miente. 

Kstos caracteres pueden observarse ampliamente en ciertas 
prisiones en que faltan todo régimen, todo concierto y toda clasi- 
ficación y en que los reos se encuentran hacinados y confundidos 
como ganado humano y en que no presiden algún fin científico ni 
ideal ninguno. 

Habla el mismo Dostoyusky de algunos penados en quienes ob- 
servó rasgos excepcionales y caracteres que les hacían diferentes 
de los otros reos; pero éstos eran delincuentes políticos y no verda- 
deros criminales. » 

III 

De la definición que Garofalo da del delincuente nace su clasi- 
ficación. Este autor considera, según dije más arriba, á los crimi- 
nales como hombres que carecen del sentido moral ó en que éste se 
encuentra debilitado ó eclipsado. 

Existen pues, hombres á quienes falta el sentido moral, que 
según la escuela positiva nacen así sin ese elemento humano y otros 
en quienes tal sentido se debilita y se ofusca por circunstancias 
exteriores variables hasta lo infinito. 

Su clasificación depende, pues, del grado y de la forma en que 
les falta el sentido moral. 

Ferri y Lombroso dividen á los criminales así: 

1? — Delincuentes natos é incorregibles. ^ 

2? — Delincuentes por hábito adquirido. 

3? — Delincuentes de ocasión. 

4? — Delincuentes por ímpetu de pasión. 

Los dos últimos no son verdaderos criminales y les dan el 
nombre de criminaloides. Para Garofalo sin embargo', sí son cri- 
minales, puesto que ora sea por efecto de una pasión cualquiera, 

(1) "El Visitador del preso." 



- 45 - 

ora^^por circunstancias exteriores, su sentido moral se encuentra 
eclipsado ó cuando menos debilitado. 

La primera clase, la de los criminales natos, constituye el tipo 
del criminal en toda su fealdad y repugnancia. 

.Seres á quienes no se sabe en puridad si aborrecer ó detes- 
tar como á un enemigo, preservarse de ellos como de una bestia 
dañina ó compadecerlos como á monstruosidades naturales, como 
á salvajes trasplantados á la época y á la civilización modernas. 

Desde el vientre de su madre se han venido acumulando en 
ellos sangre y elementos dañados y nocivos. Quizás desde su 
ascendencia más remota se viene transmitiendo, de generación en 
generación, como horroroso legado, el germen que en ellos ha de 
fructificar y de producir sus terribles resultados. 

Nacen con la frente estigmada, marcados, condenados de 
antemano. 

Ni la educación, ni el medio social y político, ni las circuns- 
tancias de su vida pueden cambiarles la sangre, ni cambiar su ár- 
bol genealógico sangriento. 

Se sienten arrastrados hacia el crimen, muchas veces sin cau- 
sa, sin objetivo aparente, sin provocación ninguna y entonces ma- 
tan, violan lo más sagrado, pasan sobre las leyes santas, despre- 
cian los derechos más preciosos y se convierten en instrumentos 
de la fatalidad y de un destino ciego como el de la leyenda helena, 
que los ha condenado en sus inapelables juicios á ser los verdu- 
gos y el horror de la humanidad. 

Ningún sentimiento bueno se pudiera encontrar ni germina- 
ría aún sembrándolo con cuidado, en aquellas almas putrefactas, 
ciegas para el bien, carentes de sentido humano, víctimas de una 
especie de lepra moral, al par que de imperfecciones y monstruo- 
sidades físicas. 

La conciencia no existe en ellos; carecen de ese guardián, de 
ese consejero incansable que nos mide los actos que cometemos; no 
oyen su voz ni sus llamamientos, ni sienten los agudos torcedores 
de un santo arrepentimiento. 

E)n colocándose en cierta posición las células de su cerebro en- 
fermo; en estableciéndose ciertas corrientes sean físicas, psíquicas 
ó psicoíísicas, el criminal siente ante sus ojos un vendaje de san- 
gre: sus narices se dilatan como las de la fiera á la vista de segura 
presa; su cabeza vacila, sus pensamientos se ofuscan, su razón se 
desvanece, el amor huye, el temor se oculta y sólo queda en medio 



— 46 — 

de aquel caos, el acceso de rabia homicida, que se traduce en un 
hidrófobo que con puñal en mano se arroja sobre el objeto de sus 
iras y le ultima y bebe de su sangre. 

Y en realidad, la pintura que acabo de hacer existe y hay se- 
res en quienes toma ser y formas humanas. 

Los antropólogos, con un número respetable de observaciones, 
nos aseguran que hay individuos por tal manera organizados, que 
la resultante de las fuerzas de su naturaleza no es otra sino el 
delito. 

En su consecuencia, los hombres no nacemos iguales. Así co- 
mo hay algunos que al venir al mundo llevan en sí los gérmenes de 
la locura, de la inteligencia, de la estupidez, ó de enfermedades é 
idiosincracias diferentes, así hay criminales congénitos que nacen 
con una especie de enfermedad moral ó de idlosincracia del crimen. 

En realidad es doloroso para el orgullo humano y choca con 
todas nuestras afecciones y tradiciones, con todo el concepto que 
desde luengos años hemos venido formándonos de nosotros mismos 
y de nuestra omnisciencia, el pensar que, en resumen, apenas si nos 
diferenciamos de los animales sino por un poco de menos imperfec- 
ción en ciertos órganos físicos. 

Y pensar que ni la educación, ni el castigo, ni una constante 
voluntad, ni un sostenido esfuerzo puedan modificar el sentido mo- 
ral, es asimismo desconsolador. 

Yo me siento tentado á creer en la existencia de los crimina- 
les natos. 

Se ven tantos crímenes horrorosos que apenas si pueden creer- 
se; se ven en ciertos individuos tales tendencias al delito, se ob- 
serva en otros una afición, una disposición por tal manera antihu- 
manas, que no se puede uno explicar esas aberraciones, sino por 
un germen de maldad existente en la organización de los que las 
cometen. 

Sin embargo: existen por otro lado tantas influencias diferen- 
tes, tantos agentes exteriores; la educación, la falta de todo freno 
religioso ó social, las necesidades y los pocos medios de satisfacer- 
las, los vicios, los malos ejemplos, las peores compañías, la impu- 
nidad en fin, que cabe preguntar si no serán parte á veces á deter- 
minar la formación de un delincuente. 

Pasemos ahora al segundo grupo de la primera clase de crimina- 
les: los delincuentes por hábito. 

De éstos dice Enrique Ferri ^^^ lo siguiente: 

(1) Discurso citado antes. 



— 47 — 

"Todo el que visita las cárceles con propósito científico en- 
"cuentra muy á menudo una fij^ura macilenta de malhechor, por lo 
"común ladrón, cuya vida no es más que una serie de caídas y re- 
"caídas; una ida y venida á la cárcel, á la taberna y al burdel; pe- 
"ro que no estaba aún verdaderamente predestinado al delito por 
"un impulso tan profundo é invencible como el de los delincuen- 
"tes natos." 

"Son individuos que caen la primera vez más bien por una 
"ocasión desjrraciada; pero que llevados á la cárcel encuentran allí, 
"en vez de corrección la corrupción moral y material; '*' y cuando 
"abandonados jK)r la sociedad, faltos de trabajo, sospechosos para 
"los honrados, se entrejjan al alcoholismo, á la ociosidad, y recaen 
"de nuevo, para volver á la misma vida apenas se ven de nuevo li- 
"bres, y llej^rando así, de cárcel en cárcel, de recidiva en recidiva, 
"á la completa ruina moral, á la delincuencia única, incorregible. 
"Esto es, son delincuentes de ocasión, (jue sólo llegan á ser incor- 
"regibles por la complicidad del ambiente social, pero que mejor 
"atendidos, habrían abandonado, de seguro, la senda del crimen des- 
"pués de la primera caída." * 

Nada tengo que agregar á las anteriores palabras de Ferri, si- 
no que, en los criminales por hábito, tiene naturalmente mucha ma- 
yor influencia el medio ambiente (¡ueen los delincuentes congénitos. 

Las malas cárceles son, en realidad una fábrica de delincuen- 
tes donde el que llega condenado por delitos leves, vsale apto para 
los más sangrientos; donde las facultades del criminal y sus dispo- 
siciones para el crimen se depuran y se aquilatan. Más adelante 
tendré ocasión de insistir sobre la influencia perniciosa de las ma- 
las cárceles y de indicar los medios de evitar que el delito llegue á 
constituirse en hábito. 

En cuanto á la segunda especie de delincuentes, hemos visto 
ya que no se les considera sino como criminaloides, palabra nueva 

(1) Esto es desgraciadamente, perfectamente cierto y más aún entre nosotros, donde 
un sistema penitenciario casi primitivo ha hecho á nuestra Penitenciaría acreedora 
al nombre de cE&cuela del Crimen.» 

Tuve ocasión de observar en ella niños de diez ó doce años, condenados á prisión por 
«vag-os» por dos ó tres años. — ¿Con qué g-rado de criminalidad saldrán de ese antro tales 
inocentes? 

Individuos conozco (i>or ejemplo un Bonifacio Barrientes) á quienes se volvía á hacer 
Ueg-ar á la prisión al día siguiente de su salida. por nuevos delitos. Barrientes estuvo— me 
consta— seis ó siete veces consecutivas y creo que ahora está nuevamente. 

(2) Cuando existía entre nosotros la viciosa práctica de conceder indultos á destajo, 
pude observar toda la certeza de los conceptos de Ferri. Criminales hubo á quienes se 
indultó? y más veces. — Conozco un tal G. para quien la falsedad en todas sus manifes- 
taciones ha lleg-ado á convertirse en necesidad. 



— 48 — 

quesignifica cierta afinidad, cercanía y parecido entre los crimina- 
les 3^ estos últimos. ^^' 

Los criminaloides son de dos clases: delincuentes por ocasión y 
delincuentes por pasión. 

El delincuente por ocasión, cae sin tener malos y pervertidos 
instintos, por la influencia de una serie cualquiera de circunstan- 
cias, ó por la tentación que le ofrece y la provocación que le infie- 
re cierto estado exterior. 

Delincuente de ocasión será el que robe impulsado por el ham- 
bre ó por la necesidad, por ejemplo, el que, á no habérsele ofrecido 
esa circunstancia, no hubiera cometido un delito. 

Los delincuentes de ocasión son fáciles de corregir; pero si no 
se les aplica un oportuno remedio, es muy fácil que, por obra de 
los ejemplos, de las compañías funestas y de otra multitud de cau- 
sas degeneren en delincuentes habituales. 

Los delincuentes más humanos, es decir, los que menos se di- 
ferencian del resto de los hombres, son los delincuentes, por ímpe- 
tu de la pasión. 

El amor, los celos, la envidia, la ambición, el juego, la bebida, 
todas las pasiones, en fin, en llegando á un cierto grado de exalta- 
ción combinadas con medios externos, pueden producir una explo- 
sión violenta, que á veces se traduce en el suicidio, y muchas otras 
en el delito. 

¡Cuántos crímenes se cometen, entre los vapores alcohólicos al 
rededor de una mesa de juego! Y, ¡cuántos no son los delitos en 
que el amor y los celos desempeñan papel importantísimo! Algunas 
veces á los delitos cometidos por pasión, sigue inmediatamente 
el suicidio ó una reacción violentísima. 

Cumple ahora que entrando en otra materia, examine las doc- 
trinas de la escuela positiva, en lo que éstas se refieren al atavis- 
mo, la herencia y las influencias de todas clases, examen que será 
materia de los capítulos ulteriores. 



(1) Así, de metal, decimos metaloide, de esfera, esferoide, de astro, asteroide, de álcali, 
alcaloide, etc. etc. 



CAPITULO IV 

EL ATAVISMO Y LA HERENCIA 
I 

Después de fijar la escuela positiva el concepto del delito y de 
determinar en qué consiste la anomalía del criminal, intenta averi- 
guar sus causas y busca sus orígenes. 

De la naturaleza misma de las doctrinas que la escuela italia- 
na defiende, se puede inferir harto fácilmente que las causas que 
ella asigna á la criminalidad no residen las más veces en el delin- 
cuente mismo, ni provienen de actos y voliciones de su "yo" moral 
interno, sino que tienen su asiento en circunstancias materiales, la 
mayor parte de los casos individuales del criminal. 

Una de las causas que la escuela en que me ocupo asigna para 
la delincuencia, es el atavismo. 

El atavismo no es otra cosa que la regresión á individuos y 
seres anteriores á nosotros. El criminal, según Lombroso, hereda 
sus tendencias y su organización de nuestro predecesor: el hombre 
primitivo y de nuestros primeros padres: los animales. 

Doctrina es esta atrevidísima, que supone como demostrada 
y cierta la del inglés Darwin y que por el hecho de fundarse en 
meras hipótesis no podemos aceptar como cierta, aunque debamos 
examinarla siquiera sea con la ligereza que la índole de este tra- 
bajo exige naturalmente. 

Cree el célebre doctor que entre el hombre prehistórico y los 
actuales delincuentes existen signos de conformación por tal 
manera semejantes, que nuestros rudos antecesores no pudieron 
por menos de ser criminales. 

En persecución de pruebas para esta peregrina idea, ha exa- 



— 50 — 

minado cráneos de hombres antiguos y cotejádolos con los de los 
modernos delincuentes; y si bien su observación le deparó casos de 
cráneos viejos con mandíbulas enormes, signo al parecer de im- 
portancia trascendental en la materia, no lo es menos que otras 
observaciones vinieron á demostrar que la mayor parte de los vie- 
jos y fósiles cráneos, apenas si se diferencian de los del hombre 
normal del siglo XIX. 

Ya que tal observación no podía abrir camino que condujera 
rectamente al ideal pretendido, buscáronse parecimientos entre el 
delincuente y el salvaje: y se supuso que el hombre primitivo y el 
salvaje, son iguales de todo en todo. No creo yo que sea admisi- 
ble esta identidad; pero el hecho es que, como el mismo Garofalo 
confiesa, la observación aquí, no ha rendido todavía el número de 
pruebas necesarias para establecer el silogismo que Lombroso sien- 
ta y que expresaría yo en estos términos: 

E^l criminal y el salvaje son iguales: 

Es así que el salvaje es igual al hombre primitivo: 

Luego el criminal y el hombre primitivo son iguales. 

Como se ve, y lo han demostrado no sólo sabios criminalistas, 
sino también naturalistas de nombradía, las dos premisas en que 
se funda la conclusión de la moderna escuela son falsas ó por lo 
menos aún no han llegado á demostrarse. 

Pues bien: ya que los salvajes no bastan hay que recurrir á 
los niños. 

, Esta idea es peor todavía, porque al decirse que el niño tiene 
gran analogía con el criminal, se supone que todos hemos naci- 
do con instintos criminales y se echa por tierra la doctrina de 
Lombroso respecto de la clasificación de criminales, pues si todos 
nacemos delincuentes y después ya no lo somos, hay que recono- 
cer que la educación y mil influencias, tienen más poder que los 
caracteres físicos y antropológicos. 

Prueba esto simplemente que existen contradiciones en las 
doctrinas del doctor Lombroso, defecto que ya le echa en cara 
Tarde en "Kl Duelo." 

Pero concretándome al punto, diré que me parece inadmisi- 
ble, y aún estoy por decir disparatada, la hipótesis de que los 
niños sean criminales; y que menos aún concuerda con mis ideas, 
la de que el hombre primitivo y el niño sean iguales. 

Pues esta igualdad, caso de que fuera admisible, vendría á 
probar precisamente, que el hombre primitivo no fue criminal y 



— 51 — 

que con educación y diferente vida y costumbres, un niño de la 
época del rengífero v. ^. llegaría á ser tan adelantado como el 
más perfecto ciudadano del siglo XIX. 

Pero donde la hipótesis del atavismo es menos admisible, es 
cuando quiere suponer que los animales son delincuentes. 

En primer lugar es esto reconocer en los animales la posibi- 
lidad de experimentar sentimientos altruistas que puedan violar 
con lo cual les equiparan de todo en todo con el hombre, pues si 
entre ellos hay delincuentes, no puede ser sino porque exista entre 
ellos la idea contraria de moralidad y de altruismo que siendo pro- 
ducto de la avanzada civilización moderna, vendría á poner al ani- 
mal á una altura idéntica de la nuestra. En segundo lugar, nin- 
guna observación ha sido hasta hoy bastante para demostrar esa 
famosa criminalidad de los animales, ni creo yo que hubiera alguien 
por tal manera ocurrente, que quisiera establecer un código para 
los caballos, bueyes y demás individuos de esa especie. 

En tercer lugar como ya dije, esta doctrina supone que el 
darwinismo se encuentra probado, demostrado, elevado á la cate- 
goría de verdad científica: y ésto ni el mismo Darwin lo pretende. 
¿Cómo se ha demostrado que descendemos en línea recta de los 
animales? La exageración de esta teoría llevada á su colmo por 
Lombroso es perjudicial sin duda y no conduce sino á errores y 
á consecuencias que no pueden aceptarse sin previa demostración 
de las premisa.s. 

Supongamos que el hombre primitivo hubiera sido realmente 
un criminal típico y demos así mismo por demostrada otra de las 
doctrinas favoritas de Lombroso: la herencia. ¿Cómo entonces, pre- 
gunto, hemos podido heredar los modernos constitución y caracte- 
res ''no criminales'' de individuos perfectamente ''criminales^' 
Yo creo que es un hecho, tanto en la ley civil como en la orgánica 
que nadie puede legar sino aquello que posee; y si nuestros prede- 
cesores fueron todos criminales, á la verdad no me explico cómo sus 
descendientes hemos heredado de ellos virtudes, afectos y senti- 
mientos harto distintos de los criminales. 

Conviene fijar en esto la atención porque no sólo nos demues- 
tra la falsedad de la doctrina del atavismo, sino que también pone 
de manifiesto una contradicción más en las ideas de la nueva escuela. 

Voy á explicarme más todavía. Supongo demostrada la doctri- 
na de la herencia, en que después me ocuparé, y la cual es otra de 
las defendidas por la nueva escuela. 



— 52 — 

Pues bien: todos los hombres primitivos eran criminales: es 
así que los descendientes heredamos las cualidades y defectos de 
los ascendientes y que nosotros descendemos de los hombres primi- 
tivos: luego, al heredarlos en lo que ellos poseían, debemos haber 
heredado instintos criminales. E)ntonces todos los hombres debería- 
mos ser delincuentes y no habría necesidad de recurrir al atavismo. 

¿Por qué causa un individuo viene á recibir, después de milla- 
res de años, la herencia de sus ascendientes del período mioceno? 
¿y por qué, si sus padres ni los otros intermediarios no han hereda- 
do nada? 

Significa esto que no se hereda nunca, ni indefectiblemente, to- 
do lo bueno, ni todo lo malo, y que siempre hay en el hombre algo 
personalísimo que se debe éste á sí mismo y que ninguna relación 
tiene con su descendencia. 

Respecto del atavismo, confieso ingenuamente que no puedo 
explicarme, ni aún por medio de un esfuerzo de imaginación cómo 
el instinto criminal ha venido trasmitiéndose y conservándose en mi- 
llares de generaciones, y á través de verdaderos ciclos geológicos, 
sin producir resultado alguno hasta millares de siglos más tarde, 
y eso que según Garofalo, en la quinta generación se concluye la 
herencia. 



Luis Proal, Magistrado del Tribunal de Apelación de Aix y 
autor de una notable crítica de las nuevas doctrinas italianas, de- 
duce las siguientes proposiciones de la doctrina del atavismo: 

"La explicación del atavismo supone: 1? Que la moralidad no 
"existía en el hombre primitivo, que el delito no era la excepción 
"sino una regla general. — 2'^ Que el hombre prehistórico presenta- 
"ba caracteres físicos, y singularmente cerebrales, que le distin- 
"guen del hombre contemporáneo. — 3? Que los criminales de aho- 
"ra presentan los mismos caracteres especiales, las mismas anoma- 
"lías que el hombre pre-histórico. 4" Que el atavismo que se mani- 
"fiesta bastante á menudo, cuando los antepasados no son muy le- 
"janos, se hace sentir después de millares de años, y luego que las 
"razas prehistóricas están separadas de nosotros por otras razas 
"que han desaparecido: 5p — En lo referente al atavismo prehuma- 
"no, que el hombre proviene de animales inferiores: 6? — Que el de- 



— 53 — 

"lito no puede explicarse por las inclinaciones del hombre, por su 
"complexa naturaleza." '*' 

Someramente voy á examinar estas proposiciones queme pare- 
cen la consecuencia lój^ica de la doctrina del atavismo. 

¿Existía la moralidad en el hombre primitivo? ¿Era en él la 
regla el delito y la honradez la excepción? 

Hay que examinar las leg^islaciones antiguas. Proal cita una 
multitud de leyes, las de Moisés, Zoroastro, Manú y otros legisla- 
doresí para demostrar que la moralidad sí existía en los pueblos 
primitivos y que el delito no era en ellos la regla general. 

Disto yo de estar de acuerdo con esta afirmación que llevada 
á su último extremo, no viene á ser sino la baila teoría helénica de 
la edad de oro. Tengo para mí que todos los pueblos y todas las 
razas han tenido sus épocas de moralidad y de corrupción. No se 
puede decir que la humanidad haya sido en un principio inmo- 
ral, y que sucesivamente haya venido moralizándose. La Historia 
nos presenta ejemplo constante de ello en todos los pueblos y en to- 
das las razas; y nos enseña que éstas han sido morales, de puras y 
sencillas costumbres en un principio; y que luego el lujo, la civiliza- 
ción, las conquistas, la corrupción, han venido desmoralizándolas 
hasta destruirlas y dar lugar á nuevas razas y á nuevos pueblos 
que han seguido la misma suerte que sus predecesores. 

Los persas, los hebreos, los judíos, los romanos, los bárbaros, 
todos los pueblos de la historia, presentan esta serie de caídas y re- 
caídas, siendo de observar que algunos, como los persas y los ju- 
díos, perecen en las últimas y otros sólo son sangrados, cauteriza- 
dos, por decirlo así y vuelven á levantarse. 

La cuestión de la moralidad me parece á mí que sólo puede es- 
tudiarse con sujección á determinados pueblos, individualizando, 
por decirlo así y nunca generalizándola á toda la humanidad. 

En la época en que los griegos y los fenicios eran pueblos co- 
rrompidos é inmorales, los romanos formaban una república de 
costumbres puras y estoicas. 

Verdad es que todos los pueblos han tenido la creencia en Dios 
y en la vida de ultratumba, pero no es menos cierto que esta creen- 
cia no ha podido impedir que lleguen á corromperse y que en su 
cuerpo se formen repugnantes llagas. 

Lo que ha faltado á los hombres antiguos es el sentimiento de 
caridad, el altruismo que se debe á Cristo, y que aun no es univer- 

(1) Proal.— El delito y la pena. 



— 54 — 

sal: bajo este último aspecto, creo que sí se puede afirmar que los 
pueblos primitivos carecían de sentido moral. 

Pero, fijémonos en que no se trata de pueblos relativamente 
modernos: no se trata de épocas históricas, conocidas de ayer por 
decirlo así. Se trata del hombre prehistórico, del individuo de la 
época pétrea, quizás del hombre fósil. 

Bajo este punto de vista, reina á mi ver, perfecta oscuridad. 
Hay que trasladar la cuestión á millares de siglos antes de los pue- 
blos conocidos, y aquí nos faltan leyes, documentos y testigos. 

Sin embargo, lógicamente y suponiendo como no puede menos 
de suponerse, que el hombre primitivo no era más perfecto que el 
hombre del siglo XIX, creo que no es aventurada afirmación la de 
que estos hombres carecían de sentido moral. 

Si los pueblos históricos nos presentan irrecusables testimo- 
nios de esta falta: si los contemporáneos apenas si van sintiendo el 
altruismo, no es lógico suponer que el hombre primitivo se encon- 
trara en un estado que ahora es el ideal de la humanidad. ^^' 

Si pasamos al segundo punto de la proposición de Proal, he- 
mos de ver que la afirmación de la escuela positiva tiene muchos 
visos de ser cierta. 

Se trata de saber si el delito era el estado permanente del 
hombre primitivo. 

Para evitar confusiones es necesario advertir que el delito á 
que nos referimos, es el delito actual y no el delito antiguo, pues 
fácil será comprender que en la antigüedad no eran delitos los he- 
chos que lo son ahora. 

Citando Proal las leyes antiguas, intenta demostrar que en los 
pueblos primitivos existía no sólo un alto grado de moralidad, sino 
una sabia y prudente represión de los delitos. 

Y yo concedo que fueran reprimidos prudente y sabiamente 
los delitos que las leyes consideraban como tales. Así, en Dgipto 
se ultimaba al que daba muerte á los animales sagrados, gran deli 
to reprimido sabia y prudentemente; y pudieran citarse numerosos 
ejemplos de que en la antigüedad existieron leyes penales y de que 
los delincuentes sufrían la pena en que habían incurrido. 

Veamos si pasaba lo mismo con los sentimientos altruistas. Iva 
violación de éstos no era delito en la mayor parte de los casos. Las 
leyes de Manú, tan decantadas, no castigan la muerte del tchin- 
dala, ni legislación alguna de la antigüedad impuso por la muerte 

(1) A este respecto me remito á lo que dije en el Capítulo I. 



— 55 — 

de un esclavo, otra pena que la indemnización al dueño. Los mis- 
mos helenos no consideraban como delito el ataque contra el bár- 
baro. 

Cuanto á los indios, era por tal manera profunda la divi- 
sión de castas y existían por modo tan bien determinadas las 
diferencias entre los individuos de las diferentes clases, que se 
puede afirmar sin temor aljruno, que desconocían el altruismo. 

Los judíos que se encerraron entre sus leyes y sus montes y no 
consintieron sino á la fuerza el comercio con los extranjeros, no 
eran tampoco altruistas, y lo mismo con li<^eras variantes pudiera 
decirse de los demás pueblos antij^uos. 

El delito (tal como hoy se le considera) era el estado casi per- 
manente de los antijTuos y aun de los hombres de la Kdad Media, 
si bien conviene advertir que al violar el altruismo era porqne no 
lo sentían, y que por otro lado no violaban con ese acto ningún pre- 
cepto legal. 

Del hombre prehistórico pienso que no pudiendo lógicamente 
ser más perfecto que el hombre moderno, sino al contrario más im- 
perfecto, tiene por regla general que haber vivido en lucha con sus 
semejantes y con la naturaleza. 

Esto no me lo indica la observación de carácter físico alguno, 
sino que lo dicta la lógica y es lo que me autoriza la historia á con- 
siderar como verdadero. 

Ahora bien: de que el hombre primitivo haya desconocido el 
altruismo, ¿puede deducirse en buena lógica la doctrina del 
atavismo? 

Creo que no, en manera alguna; y sin marchar demasiado 
lejos, citaré á la Historia que en todas sus páginas nos está demos- 
trando lo contrario. 

Lo primero que observa quien atentamente estudia los anales 
de la humanidad, es que el hombre es por naturaleza perfectible; 
y quien niegue el progreso, negará la luz del día, la evidencia de 
los hechos, y sostendrá que no hay diferencia entre el hombre pre- 
histórico que cubierto de hojas pescaba con las manos y el más 
acicalado petimetre moderno. 

La perfectibilidad del hombre explica por qué siendo en un 
principio egoísta, ha llegado hoy á ponerse en camino de ser per- 
fectamente altruista. 

La historia nos ensena que en las diversas razas ha habido 



^-56 — 

individuos criminales y otros que no lo son, sino todo lo contrario; 
y esto mismo nos demuestra nuestra experiencia diaria: nos demues- 
tra asimismo que entre un delincuente de esta raza moderna y 
sus antecesores del período de piedra, han mediado millares de 
generaciones de individuos que no han sido delincuentes: nos ense- 
ña asimismo que el proceso de la delincuencia se forma en el cri- 
minal mismo, con relaciones al tiempo, á la época y á la raza, y 
que para hallar la causa de un delito no precisa ocurrir en busca 
de los hombres primitivos. 

Digamos por último y para concluir estas brevísimas observa- 
ciones que el hombre primitivo violaba el altruismo porque no lo 
conocía, mientras que el moderno criminal lo hace con perfecto 
conocimiento de las leyes y preceptos que viola. 

Por lo demás el atavismo se funda en la idea de que la crimi- 
nalidad proviene de formas orgánicas de los individuos; y entonces, 
ésto es negar toda influencia á una multitud de elementos que no 
pueden transmitirse por herencia porque no dependen del indivi- 
duo mismo sino del medio en que éste se agita. 

Verdad es que se observa el fenómeno de la herencia de los 
gustos, de las virtudes, y aún de las tendencias criminales; pero 
esto depende, como más adelante me propongo demostrar, de que 
los hijos reciben la educación que sus padres quieren darles y se 
forman al calor de los ejemplos y de las enseñanzas que éstos les 
comunican. 

Mientras no se demuestre que el crimen reside en accidentes 
puramente orgánicos, el atavismo no pasará de ser una hipótesis. 

Respecto del atavismo prehumano, cualesquiera que sean las 
tendencias criminales que se ha creído descubrir en los animales, 
he de decir que no puede admitirse sino como otra hipótesis funda- 
da en las doctrinas de Darwin que están muy lejos de haber llega- 
do á la categoría de verdad científica y demostrada. 



II 



Pasemos á la herencia. 

Ds ésta otra de las causas que la escuela positivista italiana 
asigna á la criminalidad. 

Según su modo de pensar, se nace criminal, lo mismo que se 
nace negro ó blanco, canceroso, sifilítico, tonto ó inteligente. 



— 57 — 

El hombre no es responsable de sus actos, la virtud y el vicio 
no pueden ser parte á aumentar su mérito ó su demérito, porque su 
esfuerzo personal, su libre albedrío (que la moderna escuela niega 
rotundamente) no han tenido influencia alguna en ellos, ni es posi- 
ble que pudieran influir en el abolengo y en las circunstancias que 
presidieron á la concepción y al nacimiento del individuo. 

Así como los padres transmiten á sus hijos las formas orgáni- 
cas, las enfermedades, la locura, así también les transmiten el cri- 
men y el delito, que no son para la escuela italiana, sino traduccio- 
nes al hecho, de una determinada forma orgánica monstruosa ó 
imperfecta. 

Garofalo quiere ver esta idea encarnada ya en la conciencia 
de los pueblos antiguos mismos y cita para comprobar su aserto, 
las maldiciones que según la Biblia recaían sobre los criminales y 
sus descendientes hasta la (|uinta generación, pretendiendo ver en 
esto la idea, que según él tenían Kjs judíos, de que el delito se 
hereda. 

En lo que todos están de acuerdo es en la cuasi generalidad de 
la herencia física. 

Desde los pueblos más antiguos y en todo tiempo, ha existido 
la creencia de que los padres transmiten á sus hijos, algo de su con- 
formación orgánica: algo de su fuerza: algo de sus enfermedades y 
de sus defectos, algunas de sus dotes intelectuales, rasgos de feal- 
dad ó de belleza, una organización física, en fin, parecida á la de 
sus padres, aunque diversa de ella en aquello personalísimo en que 
un individuo difiere siem¡)re de otro, cualquiera que «sea la semejan- 
za que entre ellos se suponga. 

Manu, el viejo legislador de la India brahamánica decía que 
una mujer da siempre á luz un hijo dotado de las mismas cualida- 
des que el que lo engendró y recomendaba á los reyes que no to- 
masen por esposas á mujeres atacadas de tisis, dispepsia, epilepsia, 
lepra blanca y elefantiasis. Este legislador admitía que las cuali- 
dades morales se trasmiten lo mismo que las físicas: "de matrimo- 
**nios irreprochables nace una posteridad irreprochable, como de 
"matrimonios reprensibles una posteridad reprensible." 

"En nuestros tiempos, dice Proal '^' esta cuestión ha sido di- 
"lucidada por los médicos más distinguidos: de sus trabajos resul- 
"ta que las cualidades físicas, la salud y la enfermedad, la longe- 



(1) Op. citada. 



58 



'vidad, la fisonomía, la estatura, el color de los ojos, de los cabe- 
llos, etc., etc. se trasmiten de padres á hijos." 

"La trasmisión de la locura ha sido también objeto de traba- 
'jos notables por parte de los doctores Morel, Legrand du Saulle y 
'Ball. No queriendo hablar al lector, sino de lo que sé por mis es- 
'tudios personales, lo remito á las obras de aquellos médicos dis- 
'tinguidos. En este punto deseo tan sólo quitar una confusión que 
'se ha establecido algunas veces entre la herencia de la locura y 
'la. herencia del delito. Cuando bajo la influencia de una enferme- 
'dad mental transmitida por el padre, el hijo ha cometido como 
'aquel un acto criminal, hase dicho que había herencia del delito: 
'sin embargo, en este caso no hay en verdad herencia del delito, 
'porque éste no existe, sino herencia de la locura. Para saber 
'si el delito es hereditario, es necesario examinar únicamente los 
'casos en los cuales el acto criminal no va acompañado de la lo- 
'cura." 

"Los médicos no están de acuerdo acerca de la proporción 
'numérica de la locura por la herencia: la transmisión de la locura 
'por herencia parece cierta, por más que no sea fatal: es una posi- 
'bilidad; si se quiere una probabilidad, pero no una necesidad: al- 
'gunas veces se ven hijos de locos, exentos por completo de toda 
'enfermedad mental. Aún á pesar de la predisposición orgánica á 
'la locura, es necesario tener en cuenta, cuánto puede hacer el in- 
'dividuo para regular su vida y apartarse de las causas perturba- 
'doras." 

"La locura transmitida al hijo, toma por lo común la misma 
'forma que afecta á sus padres: así un padre loco que se suicida, 
'con frecuencia tiene un hijo que se vuelve loco y se suicida tam- 
'bién. ¿Debe irse más lejos y sentar que la locura hereditaria que 
'conduce á un acto criminal, puede revestir en él hijo la misma 
'forma que en sus padres existió, y llevarle á la comisión de actos 
'criminales de igual naturaleza? Así parece que puede deducirse á 
'primera vista, por un proceso que hace poco fallé en el Tribunal 
'de Aix: en 1888, un señor O. . . ., que sufría la manía de las per- 
'secuciones, creyéndose espiado, perseguido por los sacerdotes, 
'disparó varios tiros de escopeta al anciano cura de Mentón, á 
'quien no conocía; en el proceso encontré que su padre, que fué de- 
'mente, había disparado sobre una procesión que pasaba por debajo 
'de sus ventanas. ¿Debe suponerse, cabe afirmar que este odio sin 
'motivo contra los sacerdotes y las creencias religiosas, fué tras- 



— 59 — 

"mitido con la demencia de padre á hijo? No lo creo en modo al- 
aguno: al contrario, loque me parece probable es que este odio 
"por fanatismo anti-reli^ioso, es debido á la educación que se dio 
'*al hijo." 

"De que la enfermedad se trasmite por lo común por heren- 
"cia, de padres á hijos, ¿debe deducirse que existe la transmisión 
"de los vicios y de los delitos? ¿Es cierto que hay una clase de 
"hombres predispuestos al homicidio, ó al robo, por una fatalidad 
"fisiológica, inexorable, hereditaria, al lado de otra clase de hom- 
"bres inclinados al bien, por efecto de una feliz casualidad denaci- 
"miento? ¿Los padres pueden transmitir á sus hijos sus cualidades 
"morales, como su herencia? ¿La bondad, la rectitud, el valor, el 
"espíritu de sacrificio, pasan de una generación á otra con las cua- 
"lidades físicas de los padres? Si para ser virtuoso bastara nacer 
"de padres honrados, si el esfuerzo personal es inútil, la virtud se- 
"ría cosa muy fácil. Si la casualidad del nacimiento diese á los 
"unos no sólo la riqueza y la salud, sino además la virtud, y á los 
"otros, sólo la pobreza, la enfermedad y los vicios ¡qué desigual - 
"dad más espantosa entre los hombres! Si el hijo de un ladrón ó 
"de un asesino, había á su vez de ser ladrón ó asesino, ¿podría 
"imaginarse nadie, destino más cruel? ¿No es bastante desconso- 
"ladora la transmisión de las enfermedades, para que también lleve 
"consigo, la de los vicios y los delitos? Algunos médicos transpor- 
"tando al dominio moral lo que han observado en el físico, no va- 
"cilan en afirmar que la criminalidad es hereditaria, y para preve- 
"nirel delito, proponen que se impida la procreación á los crimi- 
"nales '*' El Dr. Le Bon, está tan convencido de que los hijos de los 
"criminales se convierten en tales, que propone transportar á las 
"regiones más apartadas á los reincidentes y con ellos á su pos- 
"teridad. {Revista filosófica, mayo 1881.)" 

Es necesario hacer una cuidadosa distinción y separar lo más 
precisamente posible, si quiere hacerse el examen de las doctrinas 
de la herencia, la transmisión física de la intelectual y moral. 

Como he dicho, la herencia fisiológica parece innegable como re- 
gla general, y principalmente la de ciertas enfermedades ó defec- 
tos que pudiera decirse que se encuentran diluidos en la sangre del 
progenitor. Pero aun esta herencia fisiológica no es siempre un he- 
cho y pueden existir casos, que efectivamente se han presentado 



(1) €B. Tompson citado por el Dr. Despine en su obra sobre la locura pag-. 645. 



— 60 — 

muchas veces, en que no sólo los hijos pueden corregir por medio 
de cierto régimen los gérmenes morbosos que sus padres les trans- 
miten, sino en que ni aun heredan defecto alguno de ellos. 

La herencia intelectual y moral son aún menos sujetas á re- 
glas que la herencia puramente fisiológica, por manera que sería 
sumamente difícil determinar en un caso dado si las cualidades ó 
defectos de un individuo se deben á circunstancias de la naturaleza 
misma, á la educación y ejemplos que ha recibido ó á una simple 
transmisión hereditaria. 

Por de pronto, la herencia del delito supone que éste reside y 
es efecto ó traducción de circunstancias puramente orgánicas que 
son las únicas que pueden trasmitirse con la sangre, y sabido es 
que esta tesis aun no ha llegado á demostrarse, ni se ha probado 
aun la ninguna ingerencia del espíritu en los actos que realiza la 
materia, ni que las voliciones, afectos y demás atributos morales 
é intelectuales residan simplemente y dependan en lo absoluto de 
una determinada conformación física. 

Se ha observado por el Dr. Lombroso que un gran número de 
los hijos de los ladrones, son también ladrones, y de allí y de otros 
ejemplos quiere deducirse que estos hijos han heredado de sus pa- 
dres el delito de apoderarse de lo ageno. Quizás hasta cierto punto 
haya en ello una herencia, un legado ó un efecto de la acción que 
el padre ejerce sobre el hijo; pero lo que no creo que sea admisi- 
ble es que la sola transmisión orgánica baste para producir delitos. 

"Sin duda, dice d' Haussouville criticando á Lombroso, un 
"gran número de hijos de ladrones, son igualmente ladrones. Esto 
"es innegable: según el último volumen de la estadística peniten- 
"ciaria, de 8.227 niños menores de diez 3^ seis años detenidos en las 
"colonias correccionales, 2.573 descendían de padres que habían 
"sufrido condenas. ¿Pero qué conclusión conviene deducir de esta 
"cifra? Kn estos niños criminales ¿qué parte de influencia han te- 
"nido los ejemplos y también quizás las lecciones; en una palabra 
"el medio y la educación? No es muy extraordinario que los hijos 
"de los ladrones sean ladrones, cuando sus padres les han ejercita- 
"do desde edad temprana en el latrocinio. Lo contrario, sería lo 
"que también causaría sorpresa. Para tener el derecho de hablar 
"de herencia, sería preciso que se hubieran sustraído estos niños á 
"la influencia de sus padres y que se hubiera hecho ésto desde la 
"infancia, porque los que se han ocupado de la educación de los ni- 
"ños, no como filósofos sino como padres, saben con cuanta facili- 



— 61 — 

•'dad se contraen en edad temprana hábitos morales por estos pe- 
"queños seres, y cómo se desarrolla el sentimiento de la conciencia 
"con las primeras y vacilantes luces de la razón. Sería preciso, co- 
•*mo en las novelas de Ducray Duminil, que cada uno de estos ni- 
"ños arrebatado á su familia desde la cuna, hubiera sido confiado 
**á una familia honrada y educado en la ignorancia de su nacimien- 
•'to y de sus padres." 

'*Si á pesar de estas precauciones se hubiera hallado, sin em- 
*'bargo, la mayoría de estos niños en las colonias correccionales, 
* 'entonces sería decisiva la experiencia. Pero mientras que no se 
"haya hecho así, será perfectamente arbitrario explicar por la 
"herencia lo que debe ser más verosimilmente cargado en la cuen- 
"ta del medio social ó de la educación." 

"Podemos añadir, dice M. Jorge Vidal '*' para completar la 
"argumentación de Mr. de Haussomville, lo que él mismo hacía 
"constar, según la estadí.stica, relativamente á la situación moral 
"de los niños presos en las casas de corrección, en su notable infor- 
"me sobre los establecimientos penitenciarios, redactado con moti- 
"vo de la información penitenciaria ordenada por la Asamblea 
"Nacional en 1872. Un número bastante grande de estos niños 
"son el fruto de uniones ilegítimas: 1030 hijos naturales contra 
"5873 hijos legítimos para los varones; 320 contra 1292 para las 
"hembras ó sea un 14 por 100 y 19 por 100 respectivamente. Es 
"decir, (|ue cerca de 1400 niños han sido creados en el espectácu- 
"lo de la inmoralidad y han perdido en edad temprana las ilusio- 
"nes y el respeto, que son uno de los preservativos de la infancia. 
"Pero no todos han tenido para subvenir á sus necesidades la asis- 
"tencia y cuidados de sus padres, cualesquiera que fuesen. En 
"efecto, 2191 niños y 1612 niñas eran huérfanos de uno de sus 
"padres; 625 niños y 122 niñas eran huérfanos de padre y madre ó 
"sea una proporción total de 37.92 para los niños y de 42.74 para 
"las niñas. Por lo demás se puede preguntar hasta qué punto y 
"cuáles son entre ellos los huérfanos más expuestos y más dignos 
"de lástima, cuando se estudian los datos que la estadística nos dá 
"sobre la situación de las familias. De ellos resulta que de cada 
"100 niños, el 1 por 100 de ellos solamente (entre varones y hem- 
"bras) proviene de familias acomodadas, es decir, que han recibi- 
"do ó debido recibir la educación moral completa y (salva excep- 
"ción) no han sido arrastrados al mal sino por los instintos excep- 

(1) Principios fundamentales de la Penalidad. 



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"cionaltnente viciosos de su naturaleza. Por el contrario 33 por 
"100 para los niños y 48 por 100 para las niñas se han hallado en 
"una situación en la que, según todas las apariencias, no han podi- 
"do recibir más que malos ejemplos y malas lecciones. Nos halla- 
"mos por consiguiente convencidos, y otras cifras que pudiéramos 
"citar servirían para afirmar esta opinión: que se puede evaluar 
"en las tres cuartas partes y quizás en más también el número de 
"los niños que ingresan en las colonias correccionales sin haber 
"recibido los gérmenes de una educación moral." 

Supóngase una familia de ladrones, ó en la cual, por lo menos, 
el padre ó uno de los hermanos mayores sean ladrones. Ks casi 
seguro que la educación, los ejemplos y las enseñanzas que los hijos 
de esa familia reciban, serán adecuados y conformes con el modo 
de ser suyo, y llevarán con sigo la tendencia á encaminarlos por la 
misma senda que han seguido sus mayores. 

No pretendo yo negar en lo absoluto la influencia de la trans- 
misión hereditaria. 

Los mismos opositores de las doctrinas italianas, reconocen 
que el padre puede transmitir á sus hijos sus inclinaciones, sus 
defectos y sus cualidade's, en una palabra, su carácter ó por lo me- 
nos parte de su carácter. Yo creo que cualesquiera inclinaciones y 
caracteres pueden ser combatidos é inclinados en otro sentido ó 
por lo menos modificados por el ejemplo, educación 3^ la fuerza de 
la voluntad y de ello vemos á cada paso numerosos ejemplos, tanto 
históricos como contemporáneos. Muchos de los mártires cristia- 
nos, los cenobitas y monges de la Tebaida que se encerraban en el 
desierto para hacer el sacrificio de su carne, y los muchos casos 
que hoy mismo podemos ver de hombres que se dominan y saben 
vencer las funestas inclinaciones á que los impulsan su mala educa- 
ción ó la forma de su naturaleza, son, siquiera se consideren excep- 
ciones, ejemplos al fin de que el hombre es susceptible de vencer, 
no sólo los defectos de una mala educación sino aún los de un pési- 
mo carácter. 

Pero como quiera que sea, la herencia del carácter ó de las 
inclinaciones, sin ser herencia del delito mismo, viene á tener su 
influencia en el modo de ser del individuo. Y es que éste se for- 
ma de una multitud de elementos por tal extremo complejos, que 
hasta ahora no ha sido posible separarlos, ni menos determinar con 
exactitud la parte que á cada uno de estos elementos corresponde 
en la comisión de un acto cualesquiera. 



— 63 — 

La raza, la época de la concepción, el estado de los padres, su 
edad, la educación, la alimentación, los ejemplos, las necesidades 
y una multitud de circunstancias más vienen á cooperar á la forma- 
ción de aficiones y caracteres determinados. 

Muchos hay que han nacido con áspero carácter y con fatales 
propensiones y que por efecto de la educación y de la voluntad han 
logrado correj^irse; y no son pocos los que dotados de perfecta edu- 
cación y de envidiables cualidades han descendido al vicio y aún al 
crimen por circunstancias de su vida. 

Pero como quiera que sea, al reconocerse que se pueden here- 
dar el carácter y las inclinaciones se concede cierta influencia á la 
herencia, puesto que el carácter y las inclinaciones del individuo 
toman también su parte en su modo de ser y en los actos que 
ejecuta. 

Lo que estimo verdaderamente difícil, si no imposible, es 
determinar la parte que tenjifa la herencia en los actos del crimi- 
nal. Y si bien creo que la herencia pueda influir en ellos en algu- 
nos casos, no lo es menos que hay otros muchos en que absoluta- 
mente tiene ésta que hacer y otros en que, á pesar de la herencia, 
ésta no produce resultado alguno. 

Criminales se ven que son hijos de padres de acrisolada hon- 
radez, (jue ahora se lamentan de los crímenes de sus hijos y se 
reprochan no haberles sabido dar una perfecta educación. 

En estos casos en que no es posible suponer una herencia que 
no existe, porque nadie puede ser causante de lo que no posee, 
hay que recurrir á otros elementos para explicarse el motivo que 
pudo convertir en delincuentes á los que tienen un limpio abolengo. 

Existen en cambio, hijos de criminales que substraídos á la 
influencia perniciosa de sus padres, educados en otro medio am- 
biente, no heredan el legado infamante de sus progenitores. Más 
raros son estos casos que los anteriores; pero al fin suceden y en- 
tonces no podemos explicarnos porqué regla desconocida ó porqué 
excepción aún no descubierta, aquellos niños que debieron heredar 
tendencias criminales, salieron dignos y honrados. 

No es menos cierto que por regla general los hijos de crimi- 
nales son también criminales; pero si aún de padres honrados pue- 
de resultar un delincuente ¿qué mucho que lo sea el que desde 
su infancia no vio otra cosa sino funestos ejemplos ni recibió otras 
enseñanzas que las del crimen y pasó sus primeros años en una 
ociosidad perjudicialísima y no tuvo jamás quien le impusiera de 



— 64 — 

lo mucho que todo ser humano debe á Dios, á sí mismo y á sus 
semejantes? 

Puede, pues, haber influencia hereditaria; no como transmi- 
sión del delito, porque el carácter se puede vencer y modificar por 
la educación y la voluntad, sino por la transmisión del carácter y 
de las inclinaciones; pero ni la herencia es regla general, ni se pue- 
de determinar la parte que tenga en los actos criminales, ni expli- 
ca los casos en que el hijo es reverso de su padre, ni se ha formula- 
do siquiera, ni creo posible que se formule, una "ley de la heren- 
cia" que pudiera en algún caso tener utilidad práctica. 

Kl Dr. Le Bon proponía que se trasladara á los criminales y á 
su posteridad á]ugaves de áeport'dcíón. Privaríase así á los hijos 
de los criminales de los medios preventivos para no llegar á serlo y 
nada se lograría, pues hay tantos padres honrados que engendran 
hijos criminales, que nunca se lograría realizar esta selección ar- 
tificial. 

Para comprobar que la herencia no sólo no es una ley fija, si- 
no que ni aún es ley, pregunta Proal, cuál sea la causa de que así 
como se hereda el vicio, no sea hereditaria la virtud? Y, efectiva- 
mente; si la regla es que los padres transmiten á sus hijos todo lo 
que poseen, deberían cuando son virtuosos y honrados, transmitir á 
sus hijos la virtud y la honradez que les adornan y tener en su con- 
secuencia hijos perfectamente honorables; pero precisamente lo con- 
trario se observa en una multitud de casos, por manera que las bue- 
nas cualidades no se heredan, sino que si bien influye en ellas el ca- 
rácter con que se nace, son asimismo fruto de la educación, de los 
esfuerzos y de muchos otros elementos combinados. 

Pero Lombroso, á quien varios autores critican que de sus ob- 
servaciones solo aprovecha lo que le favorece y no lo que le es ad- 
verso, piensa que el individuo nace criminal ú honrado por minis- 
terio de la sangre y como corolario de una serie de generaciones más 
ó menos viciosas. 

He ahí preconizado el fatalismo, y el peor de los fatalismos. 

He ahí que entonces el hombre se convencerá de que nada pue- 
de lograr por más que luche y que se esfuerce, porque está de 
antemano condenado y porque tiene que correr forzosamente 
por la senda fatal que le señaló un destino que no ve ni dis- 
tingue. 

He ahí que entonces la virtud ha perdido su mérito y el vicio 
deja de ser repugnante, porque no tiene mérito nacer virtuoso, 



— 65 — 

como se nace rico, ni merece crítica el nacer delincuente, como se 
nace pobre ó leproso. 

Por fortuna para la humanidad, esta doctrina funesta en sus 
últimas consecuencias, no ha sido la que presidiera sus destinos, ni 
ha inspirado á los hombres y á las razas que la han hecho marchar 
hacia adelante. 

Véanse con ojo imparcial y con criterio recto, los pueblos fa- 
talistas, los que se creen de antemano fijados con férrea mano en 
una senda, los que desprecian la lucha, los que no esperan salva- 
ción; y el desconsolador espectáculo del atraso, de la corrupción y 
de la muerte se presenta ante los ojos del lector atónito que no 
puede explicarse porqué extraña ley, pueblos que viven en idénti- 
cas zonas y con ij^uales condiciones caminan de suerte tan diversa. 

Y no sólo es fatalista la doctrina de la herencia como la del 
atavismo, sino que en mi concepto humildísimo, ambas son in- 
morales. 

Y no dij^o que esa inmoralidad consista en que preconiza la 
desigualdad más monstruosa entre los hombres, ni porque estable- 
ce que nacemos de diferente manera, ya .que esta desigualdades 
congénita en la especie humana, pues no hay absolutamente hom- 
bres que nazxan en iguales condiciones, ni dos talentos, fortunas ó 
desgracias que puedan ser otra cosa que semejantes, sino porque 
establece la inacción, la indiferencia, la aceptación de ciertos pre- 
juicios y la preconización en fin de todos los vicios, de que ya no 
somos respouvsables, que no dependen de nuestra naturaleza y á los 
cuales por eso mismo no nos es dado combatir, como no sería posi- 
ble castigar al que no cometió otro delito que el de nacer en signo 
funesto. 

Pero, se me dirá: ¿qué importa que esa doctrina sea inmoral 
según el criterio que hoy día de la moral se tiene, si en cambio es 
cierta? 

Y, á la verdad, que si así fuera, poco importaría que estuviera 
en choque con todas las creencias y con todas las ideas morales y 
religiosas; pero dista mucho de ser cierta, ó por lo menos de estar 
comprobada, y mientras tanto está en oposición con lo que hoy con- 
sideramos como verdades morales. 

Repito que la herencia puede influir en parte; pero afirmo asi- 
mismo que todos los otros elementos pueden también influir en la 
formación del criminal, y que, en ningún caso se heredan actos, si- 
no solo un carácter tal, que, dirigido en cierto sentido, combatido 



— 66 — 

con más ó menos fuerza, inclinado hacia cierta parte coa mayor ó 
menor presión ó dominado por una voluntad constante y fuerte, 
puede ser el carácter de un criminal ó el de un hombre de honra- 
dez acrisolada. 

Refiriéndose especialmente á los niños en quienes se cree ver 
más de cerca la influencia de los padres, dice el por mí tantas ve- 
ces citado Vidal: 

"Son, pues, la influencia del medio social, los malos ejemplos, 
'el abandono y los malos consejos, la explotación misma de los pa- 
'dres, mucho más que la acción fatal de la herencia, las causas 
'que impelen á los niños á llevar una vida de vagancia, de mendi- 
'cidad, de latrocinio; y más tarde el contacto de malos camaradas, 
'las malas pasiones y los perniciosos efectos de la vida común de 
'las prisiones, los conducen casi naturalmente al robo y á los ma- 
'yores crímenes. Todos los malhechores no son ladrones de naci- 
'miento, y sí muchos nacieron honrados, es preciso atribuir á los 
'malos ejemplos, á la debilidad de sus facultades para resistir, la 
'vida culpable en la que acaban por hallarse á su gusto, dice con 
'muchísima exactitud Mr» Máximo du Camp, que ha estudiado de 
'cerca su manera de vivir y sus costumbres. Los que, como Le- 
'maire, como Firou, como Troppmann, empiezan por el asesinato, 
'representan casos aislados, en los que es muy difícil basar una 
'teoría. La educación es lenta, sucesiva, y el cadalso tiene muchos 
'escalones que es preciso subir uno á uno antes de llegar á la te- 
'rrible plataforma. El niño deja de ir á sus clases de la escuela, 
'adquiere el hábito de la pereza y del juego, vuelve tarde á su ca- 
'sa, es castigado por su padre y jura que no lo volverá á hacer. 
'Empieza de nuevo porque le gusta esa funesta libertad que le ale- 
'ja de los libros fastidiosos, del importuno pedagogo, ae la casa 
'severa. Se acuerda de la corrección paterna, no se atreve á vol- 
'ver á casa y se va á acostar al abrigo de una puerta; si se libra 
'de las rondas de los agentes de la autoridad pública, se vuelve á 
'encontrar al amanecer en las calles de París sin una blanca ó sin 
'un céntimo; pero como tiene hambre roba un salchichón de una 
'tienda de tocinería. Se dio el primer paso, y aun cuando niño, ha 
'adquirido ya una fuerte y falaz experiencia al acabar de hacer 
'un aprendizaje completo; y comprendiendo la ganancia que ha 
'realizado sin trabajo, advierte que no se puede poseer sin adqui- 
'rir. Desde entonces casi siempre está ya perdido; el vicio se apo- 
'deró de él y el crimen le aguarda. Al llegar á la edad de las pa- 



— 67 — 

*'síones de la juventud, se ve solicitado é impelido por ellas. Desde 
'Muego roba el dinero á su padre, á su patrón, á un tendero y si es 
"cogido, cae bajo la acción de la justicia que se apiada de su edad 
**que le defiende. Cumple su condena de dos años de prisión, du- 
"rante los cuales vive en contacto con todo lo peor de la sociedad 
"en los patios de las cárceles, donde no oye más que el relato de 
"bribonerías criminales porque en ellos los que están procuran en- 
"vanecerse de las acciones más espantosas y, como un aprendiz que 
"quiere pasar á maestro, se perfecciona en su arte. Al salir de la 
"cárcel vuelve á encontrar á sus compañeros. Las tímidas opera- 
"ciones de otro tiempo le causan risa. Piensa ya en robos con frac- 
"tura, en grandes negocios que hacen correr un grave peligro, pe- 
"ro que en cambio producen al menos importantes utilidades. Se 
"decidió al crimen; pero un imprudente es testigo de él por casua- 
"lidad y grita: ¡al ladrón, al ladrón! Es asesinado, y el pequeño 
"vagabundo de otro tiempo que ha llegado á ser asesino, va á en- 
"contrar bajo la guillotina el mundo inexplicable de los Poulman, 
"de los Avril y de ios Norlx^rto." "' 

Y en puridad, tal es la historia de una multitud de criminales 
que quizás comenzaron su vida bajo auspicios de todo en todo di- 
ferentes. 

La influencia de las malas cárceles es sobre todo perniciosísi- 
ma, y no lo es menos la de las malas compañías y la de cierto necio 
orgullo ó emulación que se descubre entre los criminales. Los vi- 
cios: el alcohol y el juego, originan en las personas de que se apo- 
deran muchísimo^ crímenes que en vano se pretendería atribuir á 
la herencia. '^' 

La misma escuela positivista italiana, no ha podido por menos 
de reconocer esta verdad, cuando en su clasificación estableció la 
especie de criminales por hábito, en los cuales sin que la herencia 
tenga que hacer cosa alguna, la educación, las costumbres y otros, 
son los factores del delito. 

Existen pues muchas y muy complejas fuerzas que tienen como 
resultante el delito: la herencia del carácter (no la de los hechos) 
influye algunas veces en él; pero no es regla general, ni está sujeta 

(1) Max du Camp. París sus órganos, sus funciones y su vida. 

(2) Esto lo confirma una experiencia casi contemporánea. Nosotros mismos conoce- 
mos demasiado bien tres ó cuatro casos de individuos pertenecientes á familias por todo 
extremo honorables, que nada pudieron, pues, heredar de sus padres y á quienes tan solo 
una educación libre y la influencia de los vicios y las pasiones, han arrastrado hasta los 
crímenes más horrorosos. 



— 68 — 

á leyes ni es otra cosa sino un atrevimiento difícil de sostener en 
el terreno de los hechos y sobre todo no comprobado aún, la pre- 
tensión de que por sí misma pueda ser bastante para producir de- 
lincuentes. 

III 

Apesar de lo dicho hay que confesar que la misma escuela ita- 
liana no desprecia por completo á la educación como factor de la 
criminalidad; y no podría ser de otro modo, porque ello implicaría 
negar lo que dice la experiencia y lo que una observación constan- 
te demuestra. 

La cuestión es saber hasta qué punto pueda ser la educación 
parte de esa resultante de fuerzas que constituye el hecho delic- 
tuoso. 

Como he dicho, el hombre nace con carácter y con disposicio- 
nes determinadas y especiales, en cuya formación ó génesis influ- 
yen sin duda circunstancias meramente orgánicas, y en cuyo des- 
arrollo tiene inflencia innegable la educación. 

La escuela positiva, sin embargo, sin negar esta influencia la 
quiere circunscribir á los primeros años de la vida del hombre, es 
decir, á los individuos que aun no han salido de la infancia. 

"Una vez que el carácter se ha fijado, dice Garofalo, lo mismo 
que cuando se ha fijado la fisonomía en lo físico, permanece duran- 
te toda la vida. Y hasta es dudoso que en el período de la prime- 
ra infancia pueda crearse por la educación un instinto moral de 
que carece el individuo," lo cual, en último análisis no significa 
otra cosa, sino que ninguna circunstancia tiene fuerza ni capaci- 
dad para modificar el carácter y el modo de ser de los individuos. 
Ksto es suponer al hombre fijado de una vez para siempre, á par- 
tir de la época de su nacimiento ó cuando más de la de su primera 
infancia. Ahora bien: para mí la educación no es solo aquella que 
se recibe en los institutos de enseñanza ó en el hogar doméstico. 
Creo que todos los actos que nos toca en suerte presenciar ó reali- 
zar, y que todos los hechos por los cuales pasamos, contribuyen á 
educarnos y á formar nuestro carácter. 

Es así como un escritor ruso ha podido decir que no hay ruso 
que no haya sido nihilista á los 20 años, y monarquista á los 40 y 
es así como pueden explicarse ciertas tendencias, hechos y aspira- 
ciones que sentimos en la juventud y que desaparecen con la madu- 
rez de edad. Negar que el carácter se modifica, y que se modifica 
por ministerio de la educación, paréceme qu-e es negar lo eviden- 



-,69 — 

te, lo palpable, lo que á la vista salta. Y no podría de otro modo 
explicarse el hecho de que individuos que han sido honrados y de 
conducta intachable, se corrompan y cambien por completo de 
carácter. 

Creo pues, poder establecer que el carácter "no se fija como 
"la fi.sonomíd en lo físico, ni permanece el mismo durante toda la 
"vida." 

Algunos objetan á la doctrina positiva, el hecho de que los 
niños parecen por lo general desprovistos de sentido moral y que 
si no asumen igual carácter en la adolescencia es por efecto de la 
educación. Garofalo se pregunta si este cambio no será dependien- 
te de evoluciones orgánicas, semejantes á las evoluciones embrio- 
génicas que hacen recorrer determinadas formas á los fetos. 

Entiendo que en esta materia pecaríamos de exagerados tanto 
sosteniendo lo primero como lo último. 

Si los niños carecieran de sentido moral, sería imposible que 
lo adquirieran, ni por educación ni por efectos orgánicos y si la 
escuela positiva sostiene otra cosa, es innegable que se halla en 
contradicción consigo misma. 

En la formación del carácter ejercen influencia, no sólo los 
elementos orgánicos sino también la educación y otros muchos; lo 
difícil, como el propio (iarofalo lo dice, es determinar en que can- 
tidad concurren los diversos factores de la delincuencia á la for- 
mación de un determinado hecho. 

Existen otros elementos que coadyuvan á la formación del de- 
lincuente y que constituyen el campo de las investigaciones de los 
modernos positivistas. 

Tales son el temperamento, el sexo, la raza, la alimentación, 
el clima, la imitación. 

Estos factores no son de carácter universal, ni la escuela ita- 
liana ha llegado á formular respecto de ellos conclusiones definiti- 
vas, ni son, en último análisis, otra cosa sino fases diversas de las 
cuestiones ya examinadas. 

Por otra parte, para el efecto de descubrir cuáles sean los me- 
dios de influir en la persona del delincuente y de corregirlo, son de 
poca importancia las que pudieran atribuirse al clima y á otras 
causas que puede decirse que no está en la mano del hombre el va- 
riarlas. '^' 



(1) Cuando comencé á escribir este trabajo, abrig-aba el propósito de dedicar un ca- 
pítulo á la pena seg-ún la escuela italiana. Empero ha resultado por tal manera largo, 
que ni el tiempo me alcanzaría para hacerlo, ni me lo permitirían consideraciones y di- 
ficultades de otra naturaleza. 



CONGLUSIONEIS 



De las anteriores líneas se infiere lo siguiente, que yo presen- 
to como conclusiones definitivas del punto de tesis que me fué se- 
ñalado: 

I. — La escuela positiva considera el delito como una violación 
de los sentimientos altruistas. 

II. — Para ella, estos sentimientos son dos: piedad y probidad. 

III. — Esto no puede aceptarse en toda su extensión, pues hay 
y ha habido sentimientos cuya violación no constituye delito. 

En su consecuencia, hay que aj^regar á los sentimientos un 
nuevo carácter: el de que estén erigidos en derechos. 

IV. — La escuela positiva, lo mismo que la clásica, no puede 
eximirse de determinar el delito por medio de la ley. 

V. — De lo contrario, la doctrina del "Delito Natural" carece 
de valor práctico. 

VI. — La escuela italiana cree que el delincuente es la resul- 
tante de ciertas fuerzas físicas, psíquicas y psicofísicas. 

VIL — Y según ella el organismo material influye por manera 
muy apreciable en la delincuencia. 

VIII. — La escuela italiana cree que existe el "tipo criminal." 

IX. — Este tipo no ha sido aún determinado, ni los estudios he- 
chos sobre el particular han dado resultados apreciables en la prác- 
tica y, en su consecuencia, estamos autorizados para no admitir su 
existencia como verdad científica. 

X. — El atavismo no es causa de delincuencia ni puede admi- 
tirse que lo sea, tanto por fundarse en meras hipótesis, como por 
hallarse en contradicción con la Moral, con la Historia y con la 
ley del progreso. 



— 72 — 

XI. — La herencia tampoco puede ser admitida como causa de 
los delitos, por decir lo contrario la experiencia. 

XII.— La herencia puede influir en la formación del carácter, 
nunca en la producción de los hechos. 

XIII. — La escuela italiana tiene el gran mérito de aplicar el 
sistema positivo al estudio de las cuestiones penales; de observar y 
estudiar al delincuente, al sujeto del delito. 

XIV. — El sistema seguido por la escuela positivista es el úni- 
co que puede conducir á la verdad y tenemos derecho á esperar que 
— si la verdad en esta materia está al alcance del hombre — la es- 
cuela italiana será quien la descubra. 



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