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Full text of "Tesoro de los poemas españoles, épicos, sagrados y burlescos .."

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/ 



COLECCIÓN 



DB U>S 1IM0RB8 



AUTORES ESPAÑOLES 



TOMO XXI. 



POEMAS ESPAÑOLES, 

ÉPICOS, SAGRADOS Y BURLESCOS 



/ 



c 



¿7/ 

V . ■■ ■ / 



n INTRODUCCÓ^I. 

diligencia, «ue lance de buena fortuna. Porque son tantas y tales las dificul- 
tades que ofrecen para su ejecución estas obras complicadas y ma i estuosas ; 
tantas y tan eminentes las dotes del escritor que se proponga vencerlas ; y tan 
Binoculares, en fin, las circunstancias que han de cooperar á su triunfo, que el 
concurso de todas estas ventajas, á una época dada, y en un hombre solo, es 
ciertamente un prodigio más bien que un fenómeno ordinario. Y como los pro- 
digios son raros, los poemas verdaderamente épicos no lo son menos. Así es 
que el desenfado de algunos rigoristas llega á aecir que no se ha escrito más 
que uno y medio en el mundo ; no siendo, en su concepto, los otros más que 
imperfectos bosquejos, ó débiles y frías imitaciones del primero que abrió este 
áspero camino, y dejó tan lejos de si á los que se propusieron seguirle. 

Hi^or por cierto injusto, y en algún modo insensato : puesto que por ensal- 
zar á dos grandes ingenios de la antigüedad» ^ más bien á uno solo se sacrifican 
en sus aras los eminentes escritores, á* quienes la Europa moderna debe en este 
género sublime cuadros tan magníficos y bellos. Gusto bien desabrido fuera el 
que se negase á la impresión profunda y terrible que causa el viaje de Dante 
por el mundo de la eternidad, pintado en su extraño y singular poema con 
colores tan originales y terribles ; al agrado indecible que resulta de la ilimi- 
tada y maravillosa variedad prodigada por Ariosto en su inimitable Orlando ; y. 
al respeto é interés con que se contempla el trofeo regular y majestuoso levan- 
tado por Torcuato Taso á la gloria de los Cruzados. No es de Homero por otra 
parte de quien tomó el épico inglés los rasgos nuevos y bellos con que cantó 
el principio del mundo, la inocencia del honiore y su caída fatal ; ni es en la 
I liada tampoco donde ha ido el original Klosptok á aprender los ecos austeros 
y sublimes con que en el siglo pasado ha celebrado la Redención y el Mesías. 
Si algún otro poema, de los señalados en los fastos del género, se lleva más 
tímidamente por las pisadas antiguas, y no alcanza ni en fuerza de invención, 
ni vivacidad de fantasía, á la gloria que los otros, no por eso es acreedor á 
esle deprecio intolerante ; y en su ejecución y en sus miras presenta bellezas 
bailante grandes y sólidas, para compensar de algim modo las dotes que le 
faltan, y justificar el respeto y estimación con que se le mira. 

De todos modos resulta que son muy poc^s las obras de esta clase dignas de 
atención y de memoria : por cuya razón, más parece desgracia que mengua de 
nupstras letras, no poder señalar uno suyo en el número de estos grandes 
monumentos del ingenio humano. Y no consiste ciertamente en falta de escritos 
y de escritores : larga lista forman de ellos nuestros eruditos desde los linea- 
micntos informes que se llaman entre nosotros Poema del Cid, hasta la silva 
en que el presbítero don Ángel Sánchez escribió su Titiada, y las octavas en 
que el señor Escoiquiz nos dió su Méjico conquistada. Pero la razón y el buen 
gusto, no pudiendo leer sin pena, ni acabar sin fastidio la mayor parte de estas 
producciones, ya informes é indigestas, ya desaliñadas y frías, les niegan irre- 
misiblemente el nombre de epopeyas; respondiendo á las pretensiones vanas 
ó ambiciosas do la erudición y de la bibliografía, que en este género de compe- 
tencia y concurso la muchedumbre perjudica en vez de aprovechar; y que 
cuando se trata de poemas épicos, ó se señala con seguridad y confianza uno 
solo, ó no debe mentarse ninguno. 

Lo más singular es, que no se sabe á qué atribuir este vacío de nuestras 
letras, bien extraño ciertamente, por cualquier aspecto que se le considere. 
¿ Consistirá por ventura en la falta de imaginación y doctrina de los poetas que 
se dedicaron á este objeto? No por cierto; pues aunque muchos á la verdad no 
presumían ni aun por sueños el tamaño de la empresa que acometían, ni [a 
desproporción de sus fuerzas para llevarla á cabo, no asi otros como Ercilla, 
Balbuena, Lope, Hojcda, que no carecían de talento para entrar en U carrera 
y prometerse con alguna esperanza la palma á que aspiraban. Tampoco pudo 
ser por falla d^ acciones grandes y acontecimientos heroicos y maravillosos 
que exaltasen la fantasía, y diesen ocasión oportuna y feliz a estas pinturas 
sublimes. Jamás los españoles, ya lo hemos dicho otra vez, so vieron rodeados 
de sucesos tan grandes y de hazañas tan portentosas, en qup eran á un tiempo 
actores y testigos, como cuando tan infelices pruebas daba de sí la Caliope rjis. 



INTRODUCCIÓN. llt 

(ellana. ¿ Diríase acaso que consistía en la imperfección de los instrumentos que 
debían servirla, cosa que tanto suele retrasar los progresos de las ciencias y de 
las arles? Pero el idioma castellano, tan majestuoso de suyo, era ya en aquella 
época rico, armonioso, bien formado, la rima y la versificación habían adqui- 
rido todo el número y la elegancia que cabe en las lenguas modernas, y la 
bella combinación métrica de la octava se usaba ya en castellano con tanta des- 
treza como en Italia, de quien la habíamos aprendido. Modelos de estas grandes 
obras, demás de los que nos dejó la antigüedad, teníamos las de Dante, Ariosto, 
Taso, Camoens, que nuestros poetas no sólo conocían, sino continuamente 
estudiaban. No hay, por último, que atribuirlo tampoco á la indiferencia del 
público á semejante leyenda : el interés y la curiosidad del vulgo de los lec- 
tores estaban exclusivamente entregados á ella ; y los libros do caballerías, 
que no iren an á ser otra cosa qwe unas epopeyas informes, llenaban su ima- 
ginación de hazañas, de gloria y de portentos. Aun las muestras épicas que 
nuestros poetas dieron entonces, por infelices que fuesen, prueban con su 
número y con las varias ediciones que de ellas se hacían, que el público, 
leJos de desanimarlos con su indiferencia y olvido, los alentaba al contrario 
y los estimulaba á merecer la corona. 

Ya en primer lugar los pasos en que se ensayó al principio nuestra musa 
heroica, llevaban consigo un principio do error, que no podía conducirla á 
ningún éxito glorioso y afortunado. Quisieron nuestros épicos tener el crédito 
de historiadores, y al mismo tiempo el halago y aplauso de poetas : mezclaron 
la fábula con la verdad; no fundiéndolas agi*adablemente, cual debe hacerlo 
la fantasía para conseguir su objeto, sino agregándolas una tras otra, y creye- 
ron que contando hazañas grandes, coetáneas, ruidosas entonces tanto en el 
mondo, y contándolas en el verso que so llamaba heroico, ya podían creerse 
autores de epopeya, y decirse alumnos de Homero y de Virgilio. EU mal venía 
de muy arriba : nuestros antiguos poemas como el Cid, el Aíejandco, IsiS Leyen- 
das piadosas de Berceo, la viaa de Fernán González, y otros que se escribie- 
ron por este estilo, carecían de poesía de ficciones. Lo mismo sucedía con los 
romances históricos, que por ventura tuvieron la culpa de semejante seque- 
dad, por seguir los autores de obras largas este gusto estéril y pedestre que 
tenían los cantos populares. Complacíase el vulgo en oír y leer cuentos ; pero 
los quería desnudos de invención y de adornos : el hecho sencillamente refe- 
rido, bien comprensible, y nada más. Los poetas contraían una especie de 
mérito en sacrifícar las galas de la ñcción á la calidad de verídicos. Guando con- 
taban prodigios y milagros, era porque los creían hechos positivos, y hubo 
poeta que al mezclar en su narración histórica episodios de invención propia, 
tenía cuidado de señalarlos con un asterisco, para que no se confundiesen con 
los hechos verdtideros. 

Tal fué el camino que siguieron don Luis Zapata en su Cario famoso, don 
Jerónimo Semper en su Carolea, y Juan Rufo en su Austriada. Fueron asunto 
á los primeros los hechos de Carlos V, y al último los de don Juan de Austria 
su hijo ; fíando unos y otros el interés y el aplauso de sus poemas en la mara- 
villa y entusiasmo que en el mundo español causaban entonces estos dos nom- 
bres tan célebres. Mas, prescindiendo del inconveniente que había en tratar 
cosas tan recientes, indóciles por lo mismo ¿ las formas á que la fantasía debía 
plegarlas para construir un poema, la misma grandeza de los hechos, y la altura 
y celebridad de los personajes ponía más en claro la desigualdad de las fuerzas 
en los poetas que las escribían. Ñeque pura, ñeque poética dictione, dice el jui- 
cioso Nicolás Antonio hablando de la Carolea, y lo mismo y aun más podría 
decir dei Cario famoso, donde no hay ni poesía, ni versos, ni gramática, y 
que sólo es consultado alguna vez por la curiosidad escrupulosa de los inves- 
tigadores crují los, que van á buscar allí algún hecho desconocido y obscuro, 
omitido por lo« historiadores, y conservado en la puntualidad prosaica de 
Zapata. 

No tan infeliz en versificación y lenguaje es la Austriada, cuyo autor, algo 
más instruido y más «.ulto, pudo dar á sus versos y octavas mejor estructura, 
y tal cual regularidad ) sentido á su dicción. Mas no hay que buscar en él ni 



IV 



ÍNTnODUCCiOS. 



invención en las cosas, ni interés y fuerza en los pensamientos, ni nobleza y 
color en la expresión, ni música en los sonidos. El escritor arrastra penosamente 
su cuento, sin artificio ni intención poética ninguna, desde que los uiorie»cuo s»ti 
rebelan en Granada, hasta que los turcos son vencidos en las aguas de I^epanto. 
Su objeto, al parecer, no es más que referir en verso las cosas mismas que otros 
han contado en prosa y sin comparación mejor que él. Porque en Mendoza, 
Cabrera, Vander Hammcn, y demás histoiiadores del tiempo se halla y se siente, 
harto mejor que en el poeta, aquel interés picante y novelesco, aquella lau- 
réola de singularidad y de gloria, que lleva consigo desde que nace el perso- 
naje extraordinario que se propuso pintar; astro fugaz y biillante que ilustra 
y aclara algún tanto el fondo sombrío de aquella época melancólica. Criado niño 
en una aldea, sin madre conocida, y reputado al principio por hijo de un caba- 
llero particular, es reconocido de pronto por hijo del triunfante Carlos V, por 
liermano del poderoso Felipe II. tino y otro monarca, atendiendo á miras de 
política y de conveniencia, le destina á la iglesia; él, escuchando sólo los estí- 
mulos generosos del valor que hierbe en su sangre, se escapa de -la corte para 
arrojarse á los campos de la guerra. Vuelve desde Barcelona, dócil á la voz de 
su hermano que le llamaba, y Felipe, condescendiendo con sus deseos, muda de 
consejo y le destina al mando y á las armas. Don Juan aparece en las Alpu- 
jarras, y los relicldes moriscos se someten : se muestra en los mares del oriente, 
y la potencia otomana es arrollada en Lepante : es envlodo á Flandes, negocia 
ni principio en vano, y después, «pelando á las armas, vence antes de fallecer, 
ífiande donde quiera, y mas brillante que grande, subyuga cuanto se le acerca 
con su valor y osadía, y encadena los ánimos con su nobleza y su gracia : galán 
y bizarro con las damas, afectuoso y liberal con sus amigos, respetuoso con su 
hermano. Pero ya demasiado alto con los sucesos y con la fortuna para conten- 
tarse con el lugar segundo, anhela un reino donde mandar el primero, y con 
esto da celos al monarca de quien depende. Desde entonces la desconfianza y 
las sospechas vienen á acibarar su vida, su impaciento ambición la envenena, 
Y muere en la flor de sus días entre las solicitudes y penas de su misma gran- 
deza y sus deseos. ¿, Qué objeto mejor pudiera escoger un poeta para acalorar 
su fantasía y fecundarla de grauílcs cuadros y altos pensamientos? Pero el 
pobre Juan Rufo estaba muy ajeno de lo que su argumento encerraba, ni 
aunque lo comprendiese, tenia medios tampoco para desempeñarlo 

El Monserrate de Cristóbal de Virues, publicado hacia el misni » tiempo que 
la Austriada. tu^p entonces igual fama, y mayor ai)recio despuOs. Es verdad 
cpie poseía más instinto de armonía y de estilo que Rufo, y que paso algo más 
de invención en la composición de su poema. Lo primero que se hace notar al 
echar la vista sobre el título y argumento de la obra, es la especie de contra- 
dicción que envuelven con la condición y gustos habituales del autor. Que un 
religioso ascético y melancólico, dotado del talento de hacer versos, se ejerci- 
tase en pintar el pecado y penitencia del ermitaño Juan Garin, nada tendría de 



1. El que los tenía s»!n duda era el poeta 
que siguiendo la huellas de Virgilio ha- 
blaba así del vencedor de Lepanto : 



Aquel en quiea las horas presurosas 
fA curso abreviarán con tal corrida, 
Que apenas á l»s puertas deleitosas 
Llej^ar le dejar'tn de nuestra vida, 
Cuando entre nerrras sombra<« tenebrosas, 
La tierna faz de amarillez teñida, 
Dejará el aire ^laro y nuevo día, 
Que en su real presencia aparocia ; 

Yo difío de aquel pr'ncipe famoso 
Qrie á España vestin\ de luto y llanto, 
i>espurs que su valor vueh a espantoso 
El seno de Corfú y el de Lepanto : 
Y desde allí, con triunfo victorioso 
Al espftoto Í9\ mundo ponga eep<»i)(o, 



Mostrando en esto ser hijo secundo 

Del CArlos quinto emperador del mundo. 

;0h estrellas ! ¡ cómo fuis'eis envidiosas 
A la gloria de España! \ Uh duro hado I 
Si al golpe de sus huestes valerosas 
No les faltara tiempo señalado. 
Tú solo á mil regiones poderosas 
Pusieras yugo y freno concertado. 
Desde donde se hiela el fiero Scita, 
Adonde el abrasado Mauro habita. 

Dadme, oh hermosas ninfas, frescas íore» 
Para esparcir sobre la ticrn.i freut» 
En sacrifícios y debidos loores 
De cate mi soberano descendieate : 

Y v«*-otros, divinos re.nplandfres, 
Deshaced los aíTüeros felii«enie, 

Y a<[uella sombra y triste «centinela 
Que sobre so cabeza ep torno vuela. 

[Bül^u^h BEn^AAoó, llb. II.) 



INTRODUCCIÓN. V 

extraño: p3ro que un hombre de guerra, un capitán que corre el mundo y leslá 
acoslumb.aJo á escribir comedias para el teatro, tome para emplear el ingenio 
poético, con que se supone, un asunto de tal naturaleza, no sólo tiene mucho 
de singular, sino que inspira í<ran desconfíanza de que le desempeñe bien. El 
solita.no Garin, seducido por el diablo, desflora por fuerza á una ilustre don- 
cella que su padre le confia, y después, para ocultar su delito, bárbaramente la 
asesina, y con sus propias manos la e'ntierra. Va á Roma impelido de su remor- 
dimiento, conñcsa sus culpas al Padre Santo, el cual, visto su sincero arrepen- 
Uimento, le absuelve de ellas imponiéndole por penitencia que vuelva á su 
retiro de Monserrate haciendo su viaje á cuatro pies, á manera de bestia. El 
monje llega de este modo á su cueva donue so esconde; y alli es cazado y cogido 
con redes como si fuese una fiera, llevado á las caballerizas del conde de Bar- 
celona, padre de la doncella desflorada, escarnecido, maltratado, agarrochado, 
hisla que un niño de tres meses, hijo tamlñón del conde, en palabras bien arti- 
culadas, le^dice de parte de Dios que se lev ante pues ya sus crímenes están per- 
donados. Él se levanta y confiesa otra vez sus culpas delante del conde que le 
perdona : búscase el cadáver de la doncella, que milagrosamente es restaurada 
á la vida, tan fresca y lozana como el día antes de su desgracia ; y todo esto se 
uoc, de la misma manera que está consignado en las tradiciones antiguas, á la 
aparición de la Virgen en la sierra y fundación del santuario. 

Tal es sumariamente el asunto del Monserrate, que pudiera muy bien ser la 
materia de una leyenda ejemplar, propia para edificar y conmover á las almas 
piadosas, mostrando las pocas fuerzac de la virtud humana para resistir por sí 
sola á tan seductoras tentaciones, y el poder del arrepentimiento y de la peni- 
tencia, bastante á lavar pecados tan bárbaros y feos. Pero ponerse á escribir 
sobre semejante materia un poema épico, y esperar conseguir por este camino 
el efecto á^ que aspiran los que tales obras emprenden en literatura, absurdo 
grande fué» concebirlo, y mucho mayor fué realizarlo. Porque nunca, por 
grandes que fuesen los talentos de Virues, era posible vencer las dificultades 
que presentaba un asunto tan austero y espinoso, y darle aquel halago, aquella 
elevación y aquel interés profundo y extenso que necesitan estas grandes com- 
posiciones. Aun prestándonos por un momento á las miras y suposiciones del 
esorilor, hallaremos que, pobre de imaginación y de recursos, escaso de arto 
y de doctrina, poco diestro en vencer las dificultades de la versificación y del 
estilo poético, no acierta á sacar partido de los pocos dalos felices que le pre- 
sentaba de suyo el asunto, ó que le salen al paso en su camino. Los dos trozos 
que se ponen adelante, como muestras de este poema, manifestarán el modo 
incierto y penoso con que generalmente procede el autor en su desempeño, sea 
que cuente, sea que pinte, sea ((ue haga hablar á sus personajes, sea que 
manifieste su juicio en máximas ó sentencias. Debemos sí confesar que ni en la 
invención y disposición de la obra, ni tampoco en su dicción, presenta los erro- 
res y las extravagancias en que después dieron otros poetas más grandes y 
fecundos que él. Pero esto no basta : en las obras de ingenio el ingenio es lo 
¡nús * ; y siendo tan escaso el del autor del Monserrate, ni su sano gusto y cir- 
cunspección juiciosa, ni el tal cual artificio de que á las veces suele usar, ni 
algunas vislumbres poéticas que se divisan en medio de la lobreguez de la ma- 
teria, bastan á levantar el Monserrate del grado inferior y subalterno en que 
la razón y la buena crítica tienen que colocarle por fin. 

Y de él, sin embargo, unido á la Austriada y á la Araucana, decía Cervantes 
6n su famoso escrutinio, que eran los mejores libros que en verso heroico se 
habÍQa escrito en castellano^ y podían competir con los mejores de Italia. ¿ Cíon 
cnálea ^ podríamos preguntar al autor del don Quijote. ¿ Con el Orlando furioso, 
por venVura, ó con la Jerusalém? Pero veinte octavas solas de cualquiera de 
estos dos poemas valen más que toda la Austriada y el Monserrate. Cervantes 
eñ ios desmedidos elogios que daba á sus contemporáneos, cuando no los zahe 



1. Expresión de '4 n «scrilor muy señalado 
de nuestros días, y «qnlo más ingenua de 
íQ parle, cuanio que 8«3 obras todas se re- 



comiendan infinitamente más por el arl^^ 
y el buen gusto, que por el ingenio. 



VI 



INTRODUCCIÓN. 



6 desacre- 



ria, lejos de dar estimación á las obras que tan sin seso ponderaba, 
ditaba su propio juicio, ó hacía dudosa su buena fe ^. 

Bien podía también sonrojarse Ercilla de que en esta balanza se le pusieso 
al igual de poetas, que le eran tan inferiores. No porque la Araucanay consi- 
derada rigorosamente como fábula épica, se acerque más á serlo que la Aus- 
triada y el Monserrate, según veremos después : sino porque en calidad de 
libro les lleva tantas ventajas, ora se considere el talento del escritor, ora el 
mérito de la ejecución, que confundirlos de este modo es desconocer su valor 
respectivo, y no hacer justicia á ninguno. Ya primeramente en la obra dQ 
Ercilla, el arte de contar, arte m¿s difícil de lo que se piensa, está llevado á un 
punto de perfección, á que ningún libro de entonces, en verso ó prosa, pudo 
llegar, ni aun de lejos. Esta narración además se ve hecha en un lenguaje que 
en propiedad, corrección y fluidez, se antepone también á casi todos los escri- 
tos de su tiempo, y es tan clasico en esta parte como los versos mismos de Gar- 
cilaso. Por manera que la dicción de uno y otro, formada, fija y perfecta cuando 
apenas la lengua castellana había salido de andadores, no se resiente ahora de 
los tres siglos que han pasado por ella, y son poquísimas las frases y las voces 
que dejen de usarse hoy en el mismo sentido que estos escritores las usaron : 
ventaja concedida á muy pocos de los libros, aun entre los más insignes, de 
los que en aquel tiempo se escribieron y aun después. ^ 

El argumento de la Araucana, ajuicio de muchos, y del mismo autor tam- 
bién, podría por ventura parecer estéril, humilde y cb^curo. La porfía de un 
puñado de bárbaros, (fue aisputan a españoles un rincón de tierra pedregoso y 
escondido en los remotos senos del Nuevo mundo, era á primera vista tan indig- 
no de la trompa épica como de la fama. Pero no hay asunto, por seco y pobre 
que sea, que el ingenio poético no pueda enriquecer y amenizar. Este de la 
Araucana, además del interés que presentaba un espectáculo, tan nuevo en 
poesía, de hombres y i)aises, tenía el de los motivos morales y sentimientos 
que animan á los indios, con los cuales simpatiza siempre el corazón humano 
en todas las edades de la vida y en todos los parajes del mundo. Si los arauca- 
canos eran unos salvajes obscuros, sus adversarios los españoles eran harto cono- 
cidos en uno y otro hemisferio, teniendo asombi-ado y agitado el antiguo con 
su ambición y su poder, y con su osadía descubierto y subyugado el nuevo. La 
duración y tenacidad de la lucha entre fuerzas tan desiguales, la oposición de 
caracteres y de costumbres, daban por sí mismas un realce casi maravilloso a 
))apintura, sin que la imaginación del poeta tuviese que esforzarse mucho, 
para darle interés y añadine solemnidad. 

De estos datos épicos que su argumento le presentaba, alcanzó fácilmente 
Ercilla algunos, y supo aprovecharlos con envidiable maestría. Admíranse hasta 

{)orlos maestros del arte aquella imparcial exposición de las causas de la guerra, 
a junta primera y discordia de los caciques, el dÍ8CUi*so de Colocólo, y la extraña 
manera de elegir su general. Débese admirar todavía más la natural expresión 
y graduación conveniente de los caracteres, dibujados á la manera de Homero, 
tan semejantes al parecer entre sí, y en realidad tan distintos, Caupolican, 
Lautaro, Rengo, Tucapel, Oronipello, Galvarino, todos son bravos, feroces y 
membrudos, pero cada uno con distintas proporciones, con distinto espíritu 
y diversa animación. Lo mismo puede decirse de los viejos Colocólo y Petegue- 
len : lo mismo do las mujeres Glaura, Tegualda y Fresia, que ni en palabras ni 
en hechos se equivocan y confunden entre sí, y que se pintan en nuestra fan- 
tasía con tanta novedad y distinción, efecto de la claridad! con que el poeta las 
ha visto en la suya, y las ha sabido expresar en sus versos. 
Igual mérito, y aun mayor, hay en la descripción de las batallas, que tanta 



1. Por lo mismo que Cervantes os quien 
es, se hace preciso notar estos errores de 
su crílica, no sea que los extranjeros vayan 
á buscar el gusto general do nuestra lite- 
ratura en los fallos pocos atinados de aquel 
admirable escritor. Por lo demás, ellos no 



pueden quitar nada á su gloria, ni añadir 
ninguna al que los advierte -puédese muy 
bien conocer la distancia inmensa que hay 
del Monserrale al Ori^Hido, y no acertar 
á escribir ocho línea p del don Qu/ jote. 



INTRODUCCIÓN Vn 

parta ocupan en esta clase de poemas. Podrán otros haber dado, á estas 
acciones terribles de gnerra más grandeza y aparato, y más variedad ; pero no 
igual calor, no igual movimiento, no una expresión más interesante y animada.Y 
mí como en la descripción de las tempestades se conoce entre los grandes poetas 
quiénes las pintan de fantasía, y quiénes las han visto en el mar, así en Ercilla 
se descubre bien clara la parto que él mismo tuvo en los peligros y encuentros 
con los indomables araucanos. Vense allí las cosas, no se leen : los bárbaros 
gallardos se animan con tal brío, acometen con tal furia y descargan sus golpes 
con tal fuorza, que se oyen estallar las celadas y abollarse los arneses de los 
castellanos, á quienes la ligereza de sus caballos no salva, ni su valor y disci- 
plina defienden. ¿ Dóndd más bien qu 3 en el cantor de Arauoo está expresado 
aquel ímpetu imprevisto y fuerza irresistible en el ataque, que obliga á ceder 
á los acometidos, por valientes que sean ; aquella vergúensa que los constriñe 
á volver al peligro, para no pasar por la afrenta de vencidos ; aquel desengaño 
cruel de que la resistencia es en balde, y convierte el valor y la esperanza en 
terror y en agonía ; en fin, el flujo y reflujo de desgracia y de fortuna, de 
aliento y desaliento, que hay en los combates, cuando és(an sostenidos, menos 
por la táctica y la disciplina, que por el esfuerzo personal y las pasiones ? 

Pero el autor apura al parecer todos sus medios épicos en los araucanos, y 
nada le queda para los españoles. Valdivia, Villagran, Mendoza, Reinóse y 
demás castellanos, están muy lejos de compararse con los jefes indios, ni pre- 
sentar el mismo interés ni la misma bizarría. No bastaba decir que cuanto más 
realce se diese á los vencidos, tanta mayor gloría cabía á los vencedores ^ ; esta 
no es más que una razón de inferencia, y el poeta estaba oblisado, como tal, 
á esmerarse igualmente en la pintura de los unos que en la délos otros, y no 
dejar su obra falta del justo equilibrio y graduación, que el arte y la oonve- 
oiencia le prescribían. 

Quizá esto era muy difícil, ó por mejor decir imposible : los indios, por le- 
janos é ignorados, se prestaban más á la voluntad de la fantasía, y podrían 
recibir las proporciones y el color de personajes verdaderamente poéticoSi 
mientras que los jefes españoles, conocidos de todos, y vivos aún algunos de 
ellos, no podían, so pena de hacerlos ridículos, ser presentados en otra forma 
que la que tenían, esto es, prosaica, histórica y común. Así respondería tal 
vez ErciUa á la diflcultad propuesta, añadiendo, que tuviésemos presente lo 
que él ha dicho, no una vez sola, en el texto y prólogos de su obra ; á saber, 
qoe su intento en ella ha sido haoer una historia de aquellos acontecimientos, 
y no un poema épico sobre ellos. 

' No es justo, pues, pedir ea su libro lo que él no ha querido poner, y los 
preceptistas poéticos se hallan extrañamente desconcertados cuando, después 
de tal protesta, quieren ajustar la Araucana al canon de sus teorías. Y cierto 

2ue sería bien menester un abandono inconcebible, ó una ignorancia impropia 
e tal escritor, para que, tratando de hacer una fábula épica en el género 
de Homero -y de Virgilio, comenzase su obra por el alzamiento del valle de 
Arauco, y la terminase con un maniñesto sobre la guerra de Felipe II á Por- 
tugal : que la acción tuviese principio y medio^ y no se le viese el fin, puesto 
que los araucanos no quedan vencedores ni vencidos, dejándolos el autor 
en la elección de su segundo general por la muerte del primero : que no 
hubiese allí un héroe principal en quien se reunieran todos los efectos do 
interés, de admiración y de ejemplo que se buscan en estas composiciones : 
que los episodios con que el poeta quiso vigorizar y enriquecer su fábula, 
los unos estuviesen débilmente enlazados con ella, como son los de Te- 
gualda y Glaura, los otros fuesen absolutamente extraños, y aun incom- 
patibles con el argumento, como sucede á la batalla de san Quintín, á la de 



1 . Qae nos fts el vencedor estimado 
De aquello eü que el vencido es repatado. 

Esta sentencia, expresada, á la verdad, en 
lérminoB demasiado llanos, parece, por el 



Ingar en que so halla, ana disculpa anti- 
cipada de la especie de propensión y pre- 
ferencia que el autor manifiesta hacia los 
indios. 



vin 



INTRODUCCIÓN. 



Lepanto; á la deBcripdóD del inundo, á la narración de la muerte de Dido, y 
al manifiesto que se ha mencionado arriba. Semejantes defectos saltan ^á los 
ojos de cualouiera^ por poco versado que esté en este género de crítica,* y no 
prueba ea^-^el que los nota más discernimiento y saber, que descuido ó igno- 
rancii^ en el autor que los comete. Toda esta máquina de reparos doctrineros 
viene «i* suelo con sólo responder que la Araucana no es una epopeya, sino una 
narración verídica de aquellos acontecimientos, algún tanto amenizada con 
los halagos de la versificación y del estilo, y con algunos episodios, siendo esto 
y no otra cosa lo que el autor quiso hacer. 

H objeciones más sólidas, y por ventura incontestables, está expuesta la 
obra», si se la examimí rigorosamente por la parte de la amenidad que Ercilla 
se propuso dar á su ejecución. Aquí no cabe la misma disculpa : puesto que 
se nabia de escribir en octavas, éstas debían ser en su generalidad bellas, 
dulces y sonoras ; y una vez que el estilo había de ser poético y conveniente á 
la materia, debía también parecer por donde quiera noble, pintoresco y ele- 

gante. Ahora bien, á juicio de los más indulgentes críticos, los versos de Ercilla 
ecaen frecuentemente por falta de tono en el número y en los sonidos, y de 
esmero y elegancia en las rimas ; mientras que la dicción, si bien pura y natural, 
se muestra llena de frases triviales, familiares y prosaicas, que desdicen del 
asunto y de la poesía. En vano se alegará, para excusar este desaliño, el 
ejemplo del Ariosto, á quien no sólo por los pensamientos, sino también por 
la forma de expresarlos, se conoce que quiso seguir nuestro poeta. Aquel 
admirable escritor podía usar convenientemente desde el tono más alto hasta 
el más bajo en un poema, aue por su naturaleza y carácter los podía admitir 
todos: pero el argumento de Ercilla, consistiendo fóIo en hnzatias heroicas y 
militares, y no teniendo nada de burla y de comedia, se negaba á toda frase 
que no fue^e culta y qoble. Superfluo sería poner ejemplos de estos defectos 
de versificación y de estilo que abundan tanto en la Araucana, y cualquiera 
lector los liallará por sí pxismo. Baste decir que ninguno de nuestros buenos 
poetas se hai cuidado menos de ^sto que los humanistas llaman lenguaje poético. 
Hay sin duela un perito bien grande en producir efecto con poco estilo y armo- 
nía, así 9PÍno en pintura con pocos colores. Pero es resbaladizo en extremo el 
límite qjue media entre la sencillez y el desaliño ; entre la naturalidad y la 
b^eza ; y Ercma, tanto más laudable cuanto os más natural al tiempo en que 
el interés de las cosas y de su argumento le sostiene, incurre demasiadamente 
en falla de tono y negligencia, cuando este interés le abandona. « 

Lo más singular, así como lo más recomendable, que hay en la Araucana, 
es el personaje del autor. No porque él se cante á sí mismo y celebre sus aUos 
hechos, ó sean proezas, en la fábula en aue interviene, según ha dicho un 
preceptista moderno que probablemente no le habrá leído *, sino por el bello 



1. On da^uie düs hauts faiís d* Alonso 
Ercilla^ qui se chante lui-meme dans la 
fable dout i¡ se montre Vun des acteurs : 
dice Mr. Lemercier en su Curso analítico 
de Litfiraturat sesión 28'. So creería por 
este pasaje que nuestro poeta se presenta 
en su obra como un soldado vanaglorioso, 
cayo principal intento es ensalzar sus pro- 
piati bazañas. Cabalmente es todo lo con- 
trario : y ningún escritor, que ha hablado 
de hechos de guerra á que él ha asistido, 
ha sido más modesto en hablar de su per- 
sona. Ercilla no se pinta ni como capitán, 
ni como conquistador, sino como un volun- 
tario que sirve en aquella guerra con Los 
demás españoles, y no hace ni más ni me- 
nos que tc^ demás, aunque sui sentimien- 
tos son más humanos y generosos pai^ con 
los indios.' Quizá Mr. Lemercier no sabe dd 



la ^raycana más de lo que ya mucho an- 
tes había dicho de ella en su Discurso so- 
bre el Poema épico el autor de la //en- 
riada, de quien es también de dudar que 
tuviese paciencia para leerla toda. Pero á 
lo menos el cantor de Enrique iV hace im- 
parcialmente justicia á los bellos pasajes 
del poema español, y aun cuando supon- 
gamos que le conociese imperfectamente, 
su ordinaria vivacidad y penotracidn le 
dan pintado y apreciado con bastante exac- 
titud en estas palabras, con que principia 
su artículo sobre la Araucana : Sur Ja Gn 
du seiziéme siccJe, fEspagne proüuisit 
un pohme épique, célbbre par quciques 
beautés particulieres qui } briílent, aassi 
bien que par Ja singpiariíó du sujet ; 
mais encoré pJus rexparquabJe par Je ca« 
ractére de rauteur. 



INTRODUCCIÓN. 



rx 



carácter m^ral que Ercilla presenta en los sucosos que reñere. Jovenj bizarro 
y valiente, deseoso de ver países y de adquirir gloria, oye en Injjlalerra que 
hay un levantamiento de indios en Chile, y se embarca para América á servir 
á su patria en aquella lucha porfiada. Cumple allí á la verdad con los deberes 
de militar y español, pero contemplando las costumbres extrañas y curiosas, 
el carácter indómito y el valor heroico que presentan sus intrépidos enemij^os, 
su ingenio poético se exalta, y celebra en sus versos por la noche á los mismos 
que ha cooibatido por el día. Esta genial disposición de su ánimo le hace entrar 
en las causas de la guerra movida á los españoles, de un modo tan equitativo 
é imparcial, que le nace inclinar la balanza á favor de los araucanos, y como 

3ue los justifica. Movido del mismo impulso, trata á los esclavos que la suerte 
e las armas pone en su poder, más como protector y amigo , que como amo 
y vencedor : da libertad á Glaura y Cariolano, consuela á Tegualda y la entrega 
el cadáver de su esposo muerto en un encuentro; defiende, no una vez sola, 
la vida del feroz é implacable Galvarino aun de sus mismos furores ; y ya que 
por estar lejos no puede salvar al fuerte Caupolican del inexorable Reinóse, 
vierte á lo menos lágrimas de dolor y admiración sobre su acerbo y doloroso 
castigo. Asi en medio de aquel campo, en que sólo se veían y se oían la agita- 
ción de la independencia, los esfuerzos de la indignación y los gritos de la rabia 
de parte de los indios ; y de la de sus dominadores irritados el orgullo de su 
fuerza, el desprecio hacia los salvaies, y los rigores de una autoridad ofendida 
y desairada, el joven poeta es el solo que en su conducta y sus versos aparece 
como hombre entre aquellos tigres feroces, oyendo las voces de la clemencia y 
(le la compasión, y siguiendo las máximas de la equidad y de la justicia. Los 
hechos, pues, de Ércilla pertenecen á otra categoría, harto más respetable 
que la de altos, porque son magnánimos y buenos ; y en este concepto ningún 
poeta épico se ha mostrado al mundo de un modo tan interesante. Vuelve á 
Europa, durando la guerra todavía , y presenta su libro á Felipe lí, sin recelo 
alguno de caer en mal caso por la justicia que hacía á los enemigos que había 
combatido, y se mantenían aun en pie. Eí publico recibió la obra con el aplauso 
extraordinario debido justa.mpnte á su mérito , entonces singular en España, 
y con el respeto que inspiraban el carácter y merecimientos del autor. El 
aplauso ha cesado, pero el respeto subsiste : y la Araucana, aunaue rigorosa- 
mente hablando, no sea uq poema épico , y mucho menos una nistoria, es y 
será, á pesar de las variedades del gusto y de los tiempos.^ uno de los libros 
castellanos más estimables, así por las bellezas de dicción y de poesía que con- 
tiene, como por los nobles sentimientos del autor, que excitarán siempre la 
simpatía de todo corazón bien inclinado v generoso. . 

No nos detendremos aquí en las Lágrimas de Angélica, de Luis Baroana do 
Soto , poema muy recomendado entonces por la urbanidad de sus contem- 
poráneos que estimaban el carácter y profesión del autor, pero olvidado ahora, 
y no leído ni aún por los que le poseen, aun cuando le aprecien como libro de 
difícil adquisición. Propúsose el poeta contar las aventuras de Angélica la Bella 
desde que se casa con Medoro hasta que logra tomar posesión de su reino del 
Catay , que le tenia usurpado y le disputa con armas otra reina del Oriente. 
Por consecuencia es una especie de continuación, y aun imitación del Orlando 
furioso ; empresa muy desigual á las cortas fuerzas del imprudente Daraona. 
Además de estar ejecutado en un estilo seco y prosaico, y en versos lánguidos 
y desaliñados, es su invención tan extravagante, y al mismo tiempo tan pobre, 
tan poco interesantes las aventuras, tan nulos los caracteres, que la paciencia 
más obstLCada se cansa al instante de semejante lectura, y sólo puede el libro 
citarse como un ejemplo más de reputaciones mal adquiridas ^. Pasemos, pues, 



1. No queremos decir por eso que este es- 
critor careciese absolutamente de talento 
poético. En la fábula de Acleon y en las 
sátiras insertas en «1 tomo IX del Pdr-' 
vaso español, no dej^ de haber chispaa 



de ingenio, facilidad y soltura en la dic- 
cio'n, versos bastante flaíios y agradables. 
A no ser por las fuertes pruebas de identi- 
dad que allí pone el coleclor, nadie las 
creyera del mismo autor que Jas Lágrimas* 



^ INTRODUCCIÓN. 

á la Béiica conquistada de Juan de la Cueva, que, aunque no en muchos 
grados, es sin duda al^na mejor K 

Floreció este poeta a fines del siglo xvi, y dedicóse, como era costumbre en 
los ingenios de aquel tiempo, á todo género de poesía ; pero con más doctrina 
que capacidad, con más celo y confianza que verdadera disposición y talento. 
Sus versos líricos y pastoriles no se citan ya para nada y están completamente 
olvidados : él alteró la simplicidad que tenían nuestras primeras comedias , y 
fué el primero que mezcló en el teatro los reyes y los príncipes con las per- 
sonas ordinarias : hizo unas cuantas tragedias que no tienen de tales más que 
el título ; trabajó un Arte poética, donde se encuentra á veces seso y precisión 
en los preceptos, pero ningún enlace ni graduación en ellos, ninguna ame- 
nidad é imaginación en el estilo ; y en fin , se atrevió á lo más difícil del arte, 
que es un poema épico, eligiendo para objeto de su canto la conquista de 
Sevilla por Fernando III. 

Esta elección hacía honor á su juicio , puesto que indubitablemente el asunto 
es grande, patriótico, interesante. La lucha incierta y nunca interrumpida 
por cinco si^os con los bárbaros usurpadores, tomó en los días de aquel 
heroico principe el aspecto majestuoso de un triunfo continuado. Arrancadas 
á los moros Córdoba , Murcia , Jaén y la poderosa Sevilla , la balanza del destino 
se inclinó decisivamente á favor nuestro, y señaló á los enemigos su última 
desolación en Granada. Viéronse entonces reunidas sobre el trono de Castilla y 
en la pereona de su rey, todas las virtudes de un hombre , todas las cualidades 
brillantes de un héroe, y todos los talentos de un monarca. Prudencia, rectitud, 
firmeza, inocencia de costumbres, piedad sin igual, amor al orden, celo ince- 
sante por la perfección civil y moral de su pueblo; todo inspiraba á los suyos 
amor y reverencia , todo llenaba á los extraños de respeto y admiración. Los 
castellanos perdieron en él un legislador y un padre : los enemigos mismos, 
debelados por su valor, hicieron demostraciones do sentimiento en su muerte : 
la historia le ha puesto en el templo de la gloria : la iglesia , para la veneración 
de los fieles, le ha colocado en los altares. 

Ni los moros, aunque ya decayendo, dejaban de presentar para su defensa 
una fuerza y poder suficiente á mantener por algún tiempo el equilibrio y dar 
interés á la contienda ; ricos con sus artes , con su comercio y con su pobla- 
ción inmensa, animados del mismo espíritu do valor y de caballería que los 
cristianos, señores , todavía de lo mejor de España, y apoyados fuertemente 
con los socorros de África, que tan fácilmente podían venir á sus costas. 

He aquí los objetos que la verdad histórica ofrecía al pincel del poeta, y las 
virtudes y costumbres que debía poner en acción ; pero, es preciso confesarlo, 
Juan de la Cueva se quedó muy inferior al asunto que con tanto tino había 
sabido elegir. El plan de su fábula está pensado con simplicidad y madurez : la 
acción tiene su gran^deza proporcionada, y marcha á su fin libre y desembara- 
zadamente , sin perderse en episodios eternos que la ofusquen y la ahoguen. 
Pero este movimiento es muy tardo, y el plan , concebido sin elevación y sin 
genio f /no salo de los estrechos límites señalados por las crónicas que tuvo 
presentes el poeta para fórmale. Su héroe, frío, sin actividad y sin energía, 
jamás obra por sí mismo , jamás se anima; y es de las primeras figuras del 
cuadro la que está dibujada con menos fuerza, siendo así que todas las demás 
son bien débiles. Diráse acaso que Cueva, á manera del Taso, quiso darlo 
majestad y decoro á costa de la vivacidad y de la acción. Pero, prescindiendo 
de que hay mucha distancia del Fernando de la Bética al Gofredo de la Jeru- 
salón, el épico italiano ha sabido compensar la falta de movimiento en su héroe 
con el fuego que anima en su fábula los bellos personajes de Reinaldo y de 
Tancredo. ¿Dónde encontrar en la Bética un Tancredo y un Reinaldo *? ¿ Dónde 
so verá en ella resaltar el heroísmo de sus guerreros, si no hallan dificultades 
dignas do ellos, y no sienten pasiones que los combatan? Los moros son 



1. Eáiñ juicio de la Botica es con poca va- 
riedad el mismo que el colector tiene pu- 



blicado mucho antes de ahora en otro . 
opúsculo suyo. ** 



INTRODUCCIÓN. 



XI 



siempre destrales á los cristianos, y éátos lO vencen todo con una facilidad 
que cansa y no interesa : ni se halla en todo el poema una desgracia impre- 
vista, un peligro inminente y terrible, que despierte la atención y avive la 
curiosidad. 

Asi es que los episodios son generalmente infelices, y alguna vez indecorosos. 
En poema ninguno se hallan tantos consejos de estado y guerra menos dramá- 
ticos y nobles, visiones menos maravillosas, artificios de magia más comunes. 
No nos detendremos en aquella mcz'iuina ermita, tan poco digna de una 
Epopeya : pero ¿ cómo no reirse de la discordia levantada en el campo cris- 
tiaoo, por las alabanzas que los caballeros se dan unos á otros? Jamás disensión 
más miserable nació de motivo más vano; y, tan pronto apanda como 
encendida, no puede producir otro efecto que risa ó que fastidio '. El episodio 
en que el poeta quiso esmerarse, y que realmente está mejor contado que 
todo lo demás, es el de Botalhá y Tatlira, que sirve como de general ornato 
á la acción, y se enlaza con toda ella. Pero aun aquí hay defectos capitales y 
negligencias inexcusables. La más belhi poesia no fuera bastante á^dar decoro 
é interés á aquel infame Berberisco, ({Ud deja abandonada en África á la 
esposa á quien ha prometido su fe, que ha violado la hospitilidad del rey de 
Sevilla, robándole la hija, que se pasa con ella al campo cristiano, y es pérfido 
á su ley y á su nación, combatiendo contra ambas. Tarfira, en quien quiso 
dar un traslado de la Glorinda del Taso, está por cierto bien lejos de la admi- 
rable gallardía de su modelo : baste decir que á Glorinda nadie la vence sino 
Tancredo, mientras que en la Hética casi todos atrepellan á la desdichada 
Tarfira. • 

Juan de la Cueva no había meditado bien sobre la naturaleza de la obra que 
emprendía : no conoció que sus fuerzas eran flacas para ella, y qur jamás 
podría elevarse á la grandeza y perfección que necesitaba Si en la invención 
de su fábula hay tanta escasez de ingenio y de grandiosidad, este vacío está 
lejos de compensarse con las bellezas de la ejecución ; porque faltaba á este 
poeta aquella vivacidad de fantasía precisa para describir con animación y con 
gracia, y carecía también de la elocuencia patética con que se pintan las 
pasiones y se da vida á los diálogos. En la narración es más feliz á veces, y 
éste es su verdadero mérito, cuando no se descuida ni cae demasiado por falta 
de esmero y de elegancia *. Da dolor, por no decir ira, ver continuamente 
salpicadas las octavas de la Hética de ripios, de frases triviales, de transiciones 
forzadas, y de modos de decir tan bajos, que el cuento más humilde se des- 
deñaría de admitirlos. Su dicción ya dura, ya violenta, ya pobre, se arrastra 
casi siempre con pena, desnuda de garbo y de fantasía. Y esto no absoluta- 
mente por falta de talento en el escritor, sino por no poner al ejecutar su obra 
aquel esmero y diligencia precisos, y en nadie más que en un poeta : porque 
la primera obligación del que escribe es escribir bien, y con más razón del que 
escribe para agradar, | Qué de yerros, qué de faltas pudiera haber encubierto 
Cueva en su poema, si todo él estuviera escrito con la fuerza y la gallardía que 
*áene la siguiente comparación, con la cual damos fin á oste articulo! 



1. Lo que 80 piensa mal, se escribe regu- 
larmenU^ peor : eu este pasaje es donde 
hay aquella octava que avergonzaría al 
mas miserable coplero : 

Honrar e» gran virtud, y es tener honra; 
Dejar de hcorar, es bárbara torpeza; 
Aquel es más honrado que más honra, 
Y de honrar se denota la no Icza : 
T aquel qne de (iir honm ¡te deshonra 
Da claro iodi'sio de servil bajeza : 
Bajo es aquel que por honrarse huye 
De honrar, y bajj^ condicióa arguye. 

¡ Qué pensamientos ' ¡ qué dicción I Este 
poeta, que había escrito las reglas de su 



arte, se había olvidado bien extrañamente 
del primer precepto que allí puso : 

El verso, advierta el escritor prudente, 
Ouc ha de ser claro, fácil, numeroso, 
De sonido y espíritu excelente. 

¿ Por cuál de estos caracteres podría dar 
Cueva el nombre de versos á los viles ren- 
glones do once sílabas que componen esa 
desdichada octava? v 

2. De este desaliñado prosaísmo adolecen 
las octavas desde la que empieza Proponto 
el caso, pág. 229, hasta acabar el extracto. Se 
hubieran suprimido todas, á no ser necesa- 
rias para completar la ndrraci<5n.del episodio. 



XII ÍNTRODUGCJÓN. 

No el soberbio león con igual ira 
Revuelve, Iléno' de cruel despecho 
Al jinete Masilio, que le lira 
La gruesa lanza, y le atraviesa el pecho : 
Que estimulado á la venganza aspira, 

Y arremetiendo al ofensor derecho 
Paró, impedido de vengar su saña, 

Y de bramidos hinche la montaña. 

Mientras que Juan de la Cueva levantaba este imperfecto monumento al 
conquistador de Sevilla, un religioso dominicano en América se ocupaba con 
mejor fortpna en otro argumento mucho más alto y sagrado, y por lo mismo 
infinitamente más arduo. La Cvistiada^ de Kr. Diego do Hojeda, no sólo es 
muy superior á ios demás poemas españoles escritos sobre el mismo asunto, 
sino que frecuentemente iguala y aun aventaja á la Crisliada latina de Jeró- 
nimo Vida, publicada cerca de un siglo antes que la castellana. Ni sería muy 
temerario afirmar que, si bien muy discante casi siempre en grandeza, en 
decoro y en fuerza, no deja de alcanzar á veces en sublimidad de invención, 
en abunaancia y calor de esti'o, á los dos poemas célebres que sobro la caída 
del primer hombre, y sobre su redención por el Mesías, se escribieron después 
en Inglaterra y Alemania, y son clásicos en toda Kuropa. 

El argumento épico de Hojeda es la pasión de Jesucristo, y (contra la cos- 
tumbre de casi todos nuestros poetas, que, siguiendo los caprichos de su des- 
arreglada fantasía, han confundido el hecho que se pi oponían contar con una 
muchedumbre de episodios que le envuelven y anonadan) la Cristiada al con- 
trario, presenta una acción sencilla y desembarazada, que principia en la cena 
de Jesús con sus discípulos, y concluye en el punto en que es desclavodo de 
la Cruz y guardado en el sepulcro. Adórnanla episodios que, naciendo del 
mismo asu to y enlazándose á él con un artificio bastante ingenioso, dun razón 
de lo pasado y de lo por venir, y completan el conocimiento de la grande obra 
de la Redención humana. Así, por ejemplo, en la vestidura que el Salvador 
lleva al Huerto cuando va á orar, están pintados los pecados del mundo^ con 
los cuales se carga el Hombre-Dios para redimir de ellos al linaje humano. 
Así la Oración personificada sube al cielo, y expone al Eterno, para moverle á 
piedad hacia su Hijo, todos los padecimientos que ha sufrido desde su naci- 
miento hasta entonces. Así el arcángel Gabriel, para aliviar la aflicción de la 
Virgen María, le pinta con todo el calor y vivacidad que da de sí el ingenio 
del poeta, las delicias y consuelos que va á tener en su resurrección milagrosa. 
Las glorias futuras de la Iglesia, sus Doctores, sus Confesores, sus Patriarcas, 
aun sus peligros con las persecuciones y herejías que después se han de levantar 
contra ella, entran y tienen su lugar conveniente en el cuadro, y se hallan 
naturalmente anunciados y pintados, como en perspectiva, para explicar los 
destinos adversos y prósperos que se le preparan. No diré yo que este artificio 
sea igualmente oportuno en todas partes, ni que Hojeda haya sacado de él 
siempre todo el partido poético que era de esperar; pero no hay duda que es 
las más veces ingenioso ; y el autor ha conseguido así el objeto que se propuso 
de dar á la acción toda la riqueza y variedad posiblo, sin romper la unidad 
y sencillez de su plan, sin alterar en un ápice la religiosa austeridad que la 
caracteriza. 

La parle sobrenatural de estos poemas, ó llámese máquina, que como condi- 
ción épica es, según la opinión general, un accesorio preciso en ellos, era en 
la Cristiada la esencia verdadera de su argumento, puesto que en ella todo es 
maravilloso y divino. Su enlace, pues, y su oportunidad no era por lo mismo 
tan difícil aquí como en las fábulas puramente humanas, aunque era á la ver- 
dad mucho más arduo su desempeño. Pero no hay duda en que está grande- 
mente concebida en la Cristiada esta alta composición ; en que los hombres, sin 
saber lo que hacen, persiguen, atormentan y ajustician á su Salvador; en que 
los espíriius infernales, inciertos al principio del gran neto que se prepara, 
dudan, averiguan, después tratan de impedirlo por medios de equidad y de 



iNtRODUCClOX. xiir 

blandiird, y desengañados al fín y furiosos de no poderlo estorbar, acrecientan 
hasta un punto sobrenatural la rabia y cinicldad de los sayones, como en ven* 
ganza de la mengua que van á padecer : mientras que los moradores del cielo, 
conmovidos á un tiempo de dolor, de horror y maravilla por lo que se con- 
sienle á los hombres con el hijo de su Hacedor, bajan y suben de la tierra al 
cielo, del cielo á la tierra á suministrar aquí consuelos, allí esperanzas, más 
allá ñrmeza y resignación, y algunas veces terror y espanto, ya que no se 
les permiten ni la defensa ni el castigo : Dios en lo alto, inmoble en sus decre- 
tos, llevando á cabo la obra acordada en su mente para beneficio de los hom- 
bres, y su Hijo en la tierra prestándose al sacrificio, y sufriendo, con toda la 
majestad y constancia de su carácter divino, aquel raudal de amarguras y dolo- 
res, que vierte sobre él la perversidad humana. Asi el cielo, la tierra, los ánge- 
les, los demonios, Dios y los hombres, todo está en movimiento, todo en acción 
en este magnífico espectáculo, donde la pompa y brillantez de las descripcio- 
nes, la belleza general de los versos y del estilo corresponden casi siempre á 
la grandeza de la intención y de los pensamientos. 

¡ Ojalá pudiera decirse otro tanto de los caracteres 1 Porque si el poeta no des- 
miente el concepto general de los personajes que intervienen en su composi- 
ción, según loa datns que tuvo presentes para construirla, también es cierto 
que nada ha inventaiio en esta parte, nada ha añadido, y que no presenta nin- 
guna belleza propia suya por donde merezca particular alabanza. No insistamos 
sin embargo mucho en este defecto : la falta de originalidad y de fuerza en las 
fisonomías morales, es en la que flaquean princi|^hnente nuestras comedias, 
nuestros poemas^ nuestras novelas ; y pudiera añadirse también, bajo otros res- 
petos, nuestra historia. La causa de ello es clara, y por eso no hay necesidad 
de expresarla ; pero el hecho es incontestable y notorio, y Hojeda por lo mismo 
no es más responsable de ello que cualquiera olro de nuestros autores. 

.El lenguaje de la Cristiada es propio, puro, natural, ajeno enteramente de 
la' afectación, pedantería, conceptos y falsas flore» que corrompieron después 
la elocuencia y la poesía castellana. Pero no siempre es tan claro cual debiera, 
unas veces por la naturaleza de las ideas que pertenecen á un orden escolástico 
y teológico, poco inteligible al común de los lectores ; otroA porque no pudiendo 
vencer la dificultad de la versificación y de la rima, dejaj.iscláusulas indecisas 
y el sentido confuso y enredado : no pocas, en fin, á causa del desaliño y des- 
cuido con que se hizo la impresión en Sevilla, estando él tan lejos para corre- 
girla, y quedando el texto viciado sin culpa suya. Su estilo sube y desciende 
naturalmente, según los objetos que tiene que pintar, aunque su temple gene- 
ral es el de la facilidad y el agrado, más tierno y patético que fuerte y que su- 
blime. Los versos son también generalmente fluidos y agradables; pero carecen 
muchas veces de plenitud y cadencia, yiasoctavas no se sostienen siempre con 
aquella igualdad, despejo y brillantez que en Céspedes, I^ope, Jáuregui y Bal- 
buena. Penetrado el poeta de la santidad y majestad de su asunto, como que 
desdeña entrar en este artificio y elegancias de versificación y de estilo, propias 
tal vez, según él, de los escritores profanos, y extrañas á la austera materia en 
que él se ejercitaba. Así es que no se hallan en su poema imitaciones de otros 
poetas antiguos ni modernos : el lenguaje de la Escritura y de los libros ascéti- 
cos son las fuentes de su dicción, que hierve toda de. expresiones sublimes á 
veces, á veces tiernas y dulces, y frecuentemente tambiOn tocando en familia- 
:eH.y bajas por su extremada naturalidad y sencillez. «» 

A un poema, pues, concebido con tanta fuerza de fantasía, construido con 
tanto acierto, escrito on lo general con tanta facilidad y nureza, ¿ qué le falta 
para ser colocado entre las epopeyas de primer orden ? No hay duda en que, 
itendidas estas cualidades, la Cristiada es por ellas igual, ó mus bien superior, 
i las demás obras do esta clase escritas en castellano. Mas para llegar á la altura 
en que se hallan los verdaderos modelos del género, ya faltan á esta obra mu- 
chas de las condiciones absolutamente precisas. Primero * la debilidad en los 
caracteres ya mencionada arriba, de donde nace el poco nervio de los pensa- 
mientos y la poca fuerza y energía en su parte dramática. Segundo : la poca 
iignidad con que están desempeñadas ideas grandes por sí mismas, y que ¿)or 



XIV lNTUOÜUCC.()>í. 

el modo con que están tratador, se hacen menudas y aun indecorosas. Tercero : 
]a difusión y la declamación en qiio el escritor incurre frecuentemente, olvi- 
dándose de que et^tn haciendo las veces de poeta, y no las de^ expositor ó mi> 
sionero*. Cuarto, en fin : la ffilta de nobleza y elegancia continua en estilo, que 
raya muchas veces en prosaico y familiar, y ofende no pocas por las expresiones 
triviales y aun pueriles que el autor se permite*. Tan g^raves defectos dismi- 
nuyen sobremanera el mérito de la Cristiada; y Hojeda, que supo abrirse un 
campo tan nuevo y tan rico, que muestra un talento de invención tan fuerte, 
y tanto tino en la disposición de su obra, no alcanza a los grandes modelos de 
quienes pudo fácilmente ser émulo, y por falta del conveniente esmero y dili- 
gencia, no acertó, desgraciadamente, á ij^ualar la ejecución con la idea. 

Sigue en el orden de estos exlra'^los La In vención de la Cruz, do Francisco 
Lopes de Zarate, poema publicado en k>i8, aunque escrito y concluido mucho*« 
años antes. Los ingenios del tiempo le conocían, puesto que Cervantes lo anun- 
ciaba ya en su Pérsiles; y, según su costumbre de alabar sin medida, igualán- 
dole nada menos que con la 4erusalén del Taso. Aunque no con tanta pundeía 
ción, pero siempre con bastante aprecio, hacen memoria de esta obra don Nico- 
lás Antonio en su Biblioteca, Luzán en su Poética, Velázquez en sus Orígenes 
No faltaban á Zarate juicio y dignidad en los pensamientos y algún talento poé - 
tico para la expresión y los versos. Pero aun cuando con estos medios alcanzase 
á dar alguna amenidad á las máximas fliosófícas y morales á que era natural- 
mente inclinado, faltábanle el gran raudal de ingenio y el poder de fantasía, 
absolutamente precisos para desempeñar dignamente el cuadro épico que se 
propuso. 

La Invención de la Cruz, bien que sea un suceso tan santo é interesante por 
si mismo, no presentaba las condiciones necesarias para formar una epopeya, 
y sólo podía dar materia á un episodio de asun'o más extenso. Así es que el 
autor, aun cuando en su proposición le anuncia como el objeto principal de su 
designio, y después invoca á la Cruz misma para que le inspire en lo que va á 
'cantar de ella, aun cuando en los primeros libros se ccupa del viaje y peregri- 
nación de la piadosa Elena en busca del santo madero, después se distrae á las 
guerras de Constantino en que se dilata por toda su obta« dividiendo asila con- 
tcx-.ura de su fábula en dos ramales desiguales y distintos, que no tienen el 
menor influjo uno sobre otro, y que el aulor enlaza penosamente entre si. Una 
ves que el objeto del poeta era en último resultado cantar el triunfo del Cristia- 
nismo sobre la idolatría, este gran conflicto no debía presentarse en las orillas 
del Eufrates, y junto á los muros de Babilonia. En los campos del Tibor y junto 
á la metrópoli del mundo era donde debían contender la religión que nacía y 
la religión que espiraba, la ferocidad tiránica de Majencio, y la magnanimidad 
heroica de Constantino. Allí es donde los prestigios antiguoal^lns tradiciones his- 
tóricas, la celebridad de los nombres de familias y la majestad de los lugares, 
Í)odía ponerse noble y poéticamente en oposición con la virtud y el fervor de 
os primeros cristianos, con sus costumbres puras y sencillas, con la fe y celo 
del príncipe que los guía, y con el entusiasmo religioso que los anima. Y al 
tiempo en que más enlazada y difícultosa fuese la lucha entre estas causas opues 
tas, que las pasiones estuviesen en su punto más alto de vehemencia y de calor, 



1. Este defecto le es común con Dante y 
con Millón, los cuales muchas veces son 
más controversilas que poetas : escolio 
inevitablo, ó Ilá :.eso condición precisa de 
semejantes asuntos. 

2. Basta este ejemplo por mucbr s En cl 
libro 2*, /a Oración, después de esta ocinva 
en que habla de la aclamación de los án- 
geles en el nacimiento del Hijo de Dios y 
de la adoración de los reyes : 

Bien 8é que á Dios la gloria eo las aliaras 
tos ooareoioos valles resonaron. 



Y al hombro pnces coo verdad sesroras 
En les cóncavos montes retumbaron: 

Y que Jres reyes con entmnns puras 
Del niño tierno cl grave pie besaron, 
Postrando en tierra sus coronas de oro, 

Y dándole en ofrenda so tesoro. 

Añade en seguida : 

Pero, señor, sus tiernos pnrhéritoit, 
Sus niñas qnejas, sus pueriles llantos. 
Granos do aljófar, con razón beoditcs, 

Y blandas perlas de sus ojos santo*. 

4 No son merecimientos inAoitos * etc. 



INTROPüCClüN. XV 

y que la crisis fuese más dudosa y terrible, entonces es cuando la insignia 
sagrada do la Redención, apareciendo en los aires rodeada de rayos de gloria, 
podría inspirar una conHanza prodigiosa á sus campeones, llenar do pavor y 
espanto á sus enemigos, arrojarlos precipitados en las ondas del Tiber, apagar 
para siempre los rayos de Júpiter en el Capitolio. 

Estos datos grandes y fecundos, que le presentaba naturalmente su argu- 
mento, tomados de más arriba, si no fueron del todo desconocidos por Zarate, 
se ve que fueron muy desatendidos, pues se arrojó al país de las ficciones y de 
las quimeras, para las cuales su imaginación, poco inventiva, era insuficiente. 
Él sueña una expedición de Constantino al Asia que jamás hizo, y una guerra 
en Babilonia que jamás hubo, y aMi establece el campo de su Uiada, siguiendo 
más los pasos de Ta<o que los de Homero, y tan lejos del uno como del otro. Un 
fantástico Serpeno, rey de Persia, á cuyo lado figuran el general de su ejército, 
un anciano estadista, un mago, una heroína, un gigante y otros personajes de 
BU laya, todos infelices copias de la Jerusalén italiana, son los que, ayudados 
de cuando en cuando por el invisible poder de los espíritus infernales, se ponen 
en oposición con Constantino y los capitanes que le acompañan, igualmente 
obscuros y ficticios, que no toman existencia y fisonomía, ni de la realidad his> 
tórica, ni de la verosimilitud y conveniencia. Las aventuras, los encuentros, 
las batallas, los discursos con que unosy otros obran y se combinan entre sí, 
se resienten generalmente del desacierto con que están concebidos : puestos de 
ordinario fuera de lo natural por lo exasperados, ó inferiores por triviales á la 
dignidad del cuadro y del asunto, no producen en el ánimo ni admiración, ni 
curiosidad, ni simpatía. 

El estilo y los números, con que el poeta ha animado su composición^ no son 
generalmente tan viciosos como su invención y contentura. Hállanse con 
frecuencia nobleza y vigor en los pensamientos, y no carecen tampoco de pompa 
y gravedad la dicción, de cadencia los versos, de plenitud los períodos. Pero 
en esta parte también no deja poco qr.e desear, porque la ejecución se resiente 
del escaso raudal poético que Zarate poseía. Muchas veces la imagen, la compa- 
ración, el período, que empiezan con envidiable felicidad, decaen por falta de 
aliento en el escritor, y pasajes de alta y bella poesía se desgracian empezando 
ó terminando en máximas comunes y generales, expresadas en frases vagas é 
insignificantes. En vano aspira el autor á llenar este vacío, encareciendo á veces 
los objetos que describe con varías y gigantescas ponderaciones : este recurso 
desdice de la índole templada y grave de su talento ; y los objetos así exagerados 
rayan en pueriles y absurdos por su extravagancia. Es probable que, contra lo 
que ordinariamente acontece, él poema perdiese algo eu esta parte por la tar- 
danza de su publicación. Cuando el autor le escribía, aun no estaba estragada la 
dicción poética castellana: Zarate tenía demasiado seso para enlrcgnrso del todo 
á los caprichos y delirios, que con talentos harto más grandes que los suyos intro* 
dujeron después Góngora y Quevedo : mas no pudo libertarse enteramente del 
contagio, y creyendo dar mayor hermosura á su poema, puso en él lunares que 
antes por ventura no tuvo, reputándolos adornos precisos para agradar al falso 
gusto de su tiempo. En él sin embargo estos vicios son más frecuentemente de 
pensamiento que de lenguaje. Añádase, en fin, la falta, más grave aún, de 
variedad, de flexibilidad y de ternura: la lira del cantor do Constantino carecía 
absolutamente de cuerdas patéticas y amonas ; y cuando sonaba bien, desgra- 
ciadamente no sonaba más que de un modo. 

Por aquel mismo tiempo se ocupaba Lope de Vega de su Jerusalén conquisa 
iada ; y cierto que al Fénix de la poesía española, como entonces so le llamaba, 
no se le podrán oponer las mismas objeciones de sequedad, esterilidad y 
monotonía que se hacen al anterior. En flexibilidad de talento, variedad de 
tonos, amenidad, dulzura, abundancia y destreza en versificar, pocos son los 
poetas, acaso ninguno, que pueda competir con Lope de Vega, pero también 
pocos, ó ninguno, le igualarán en el lastimoso abuso que ha hecho de los 
dones admirables con que la naturaleza le dotó. Confiado en ellos, de', nada 
dudaba y á todo se atrevía. Después de intentar seguir el rumbo de Ariosto en 
las aventuras de Angélica, qui«o dar á su patria un poema épico á la manera 



XVI 



INTRODÜCCIÜN. 



del Taso, en que quedasen eternizadas, de una manera noble y digna, las 
glorias de su país y su propia gloria también. Todas las demás obras suyas se 
hicieron como jugando : no as&í la Jerusalén conquistada, donde quiso hacer 
prueba do lodo el ingenio, de todo el juicio y doctrina de que era capaz ; como 
que había de ser el fiador de suma fama en Italia, contra la mala opinión que le 
reBultaba de las obrillas despreciables que allí se le atribuían *. 

Pero por desgracia este fiador correspondió muy mal á sus promesas, y ni 
la Italia ni la España entonces, ni la posteridad después, le han admitido en 
el tribunal de la opinión, como título de gloria bastante á justificar la sobrada 
confianza del poeta. Y no porque en ella no prodigase cuanta lozanía hnbi» en 
pu imaginación, cuanta amenidad tenía su estilo, cuanta elegancia y encanto 
sabía dar á sus versos cuando quería. Lope en estas dotes es superior á sí mismo 
en muchas parles de su Jerusalén, donde también toma á veces una solem- 
nidad de acento, y una audacia de dicción poética, poco frecuentes en las 
demás obras suyas. Pero todo está deslucido, y miserablemente desgraciado, 
con el desconcierto del plan, con los vicios capitales que hay en la formación 
de los caracteres, y con la poca grandiosidad y decoro que dio á los diferentes 
miembros del edificio que se propuso construir. 

Su inti^nto fué contar los sucesos de la tercera cruzada, cuando vencido el 
rey de Jerusalén, Guido de Lusiñán, cerca de Tiboriades, y ocupada la ciudad 
santa por Saladino, los principales potentados de Europa se cruzan y arman 

fiara pasar al oriente y libertará Jerusalén de sus manos. El poeta abraza todos 
os acontecir.iienlos de aquella expedición infeliz, desde la rota de Lusiñán 
hasta la remirada sucesiva de los principes coligados y muerte de Saladino : todo 
contado por su orden natural, sin artificio ninguno poético, sin centralizar la 
arción pora simplificarla, y adornándolo con los episodios de caballería y 
galantería, á que propendía tanto el gusto del tiempo y la imaginación del 
poeta. La máquina, aunauo tomada de la religión, de la magia y de la alegoría, 
es lo menos imporlanic de la obia, y uiede considerarse en ella más como un 
ado) n) accesorio, que como una de las cosas que forman el equilibrio de la 
composición. 

Causa por cierto extrañeza ver el tílulo de Jerusalén conquistada en un 
poema en que Jerusalén no se conquista : pero esta ambigüedad aparente se 
explica después y se aclara con la marcha general de la obra y con la calificación 
de epopeya trágica que lu atribuye su autor, circunstancia que más de una vez 
inculca en sus escritos <. Así el verdadero argumento del poema es Jerusalén 
conquistada por Saladino, y no recuperada por los principes cristianos. Esto 
podia no ser satisfactorio ni glorioso para ellos ; pero es trágico y lamentable 
para Jerusalén, que esperaba por su medio ser rescatada, como lo fué antes 
por Gofredo. De aquí nacen los frecuentes apostrofes del poeta á la ciudad 
santa, á la que después de cada desgracia que sucede, se vuelve para anunciarla 
otros sucobos más tristes, darla consejos duros, ó afligirse y lamentar con ella 
al modo de los profetas. Bajo este punto de vista el cuadro tiene unidad de 
intención y de interés ; y los acontecimientos de aquella infeliz cruzada, 
emprendida por tan grandes príncipes y ejecutada con tanto poder y tanto valor, 
concurren todos á descubrir el designio de la Providencia, y Jerusalén queda 
atada con cadenas de hierro incontrastables al yugo de los infieles. 

Hubiera Lope dado á su poema el carácter y dirección que le presentaba este 



i. Ya en la introducción de la primera 
parle de estas poesías hemos citado los ver- 
sos que escribía á su amigo Gaspar Ba- 
rrionuevo. 

Desenirañad á Italia, Barrionaevo : 

Mientras que llega el fiador que obligo 
De la Jerusalea, de aquel poema 
Que escribo, imito, y con rigor castigo. 

Estab tan infatuado con su pocmn, que 
Bólo ifmía le condenasen los que oo le 



leyesen. Por eso le pu^o por lema aqpiel 
pasaje de san Jerónimo : Lcgant príus et 
postea descipiant ; ne vidcatur^ non ex 
JudiciOf sed ex odii praesumptioao igao^ 
rata damnarc. 

3 Mas la Iliada 

De la tragedia fué famoso ejemplo, 
A cu^a imitación llamé epopeya 
A mi Jerusaléa, y añadí trágica. 

(Arlé uucvode haurLOiuediu: 



IfíTRODUCCiÓN. XV 11 

pensamienio feliz, y otra cosa fueran su contextura y su ejecución : por lo 
menos fu^a nuevo. Pero él anuncia desde el ^principio crue va á cantar Ins 
glorias d^ rey Ricardo y las de los españoles en el Asia : el poema lleva gene- 
ralmente/la marcha de una empresa que se va á lograr, y esta empresa es inte- 
rrumpida y abandonada de un modo que induce á indirerencia , y por ventura 
á desprecio, respecto de los personajes que asi fallan á sus promesas y á su 
voto.,Cyemperador Federico Barba rroja, que acude primero al socorro de la 
Palesti/a, se ahoga en las affuas del Cidno, sin haber hecho cosa de momento. 
FeUpe augusto se vuelve á Francia por no contribuir á las glorias de Hicaríh>, 
á fjuieá envidia la conquista de Ptolemaida : Ricardo, á pesar de las protestas 
y juranientos hechos de no ceder en la santa empresa hasta morir ó dar libertad 
á la ciudad sagrada, no aprovecha la gran victoria que gana en los eam[>os de 
líelén, y para defender sus estados atacados por Felipe, se vuelve á Enro¡)a, y 
peregrinando disfrazado por Alemania es preso por el duque de Austria, y 
detenido allí por más de un año. Alfonso de Castilla, á quien, contra el testi- 
monio de la historia y aun contra la conveniencia, Lope hace intervenir en la 
expedición», se vuelve también á su reino, donde después de casado con su 
Adorada Leonor, da el escándalo de entregarse siete años seguidos á los amores 
de una judía, hasta que sus mismos ricos-hombres se la matan. Saladino, en 
fin", muere de su enfermedad, pacificó y tranquilo poseedor de los Santos 
Lugares, y con la descripción de sus exequias se da conclusión al poema. Asi 
da (U anta Lope de todos sus héroes; y á la verdad que no había para qué 
efciibir veinte libros de octavas, y prodigar en ellos tanta amenidad y lozanía 
de estilo, tanto halago y número en ios versos, para no dar más realce con ellos 
i sucesos tan prosaicos y resultados tan infelices. 

Vengamos á los caracteres, examinemos la fisonomía , las formas y propor- 
ciones que ha dado el poeta á los personajes que pone en acción, y hallaremos 
que todo es fantástico, caprichoso , ajeno igualmente de la tradición y de la 
historia que de la majestad de la epopeya. Vanamente se buscaría en el prin- 
cipe inglés, héroe principal del poema, aquel carácter tan or^^ulloso y soberbio 
como franco y popular, aquel guerrero de la incontrastable lanza, mano de 
hierro, y corazón de León . El Ricardo de Lope no es el Ricardo de la historia, 
ni el de las novelas, ni el de los trovadores. Es un comandante de prín('ij)es y 
reyes en una expedición militar, solamente grande y espantoso porque el pceta 
I k> dice, mas DO por sus palabras y acciones, que son generalmente ordinarias 
y comunes, y alguna vez no muy justas y decorosas. El político Felipe Au^'uslo 
es un vulgar envidioso ; Alfonso, uno de los reyes más respetables que ha tenido 
( astilla, es representado como un galán de comedia, subordinado á Ricardo, 
eilip^do por Garcerán, que hace en el poema un papel harto más brillante 
que él, y no realzado en esta posición subalterna por ningún hecho, ninguna 
proeza que le revista de dignidad y le dé interés alguno. Saladino, en fm, 



1. Son de ver, por lo frívolas y enreda- 
das, las razones que alega Lope en su pró- 
logo para persuadir á sus lectores y á sí 
mismo, que Alfooso octavo acompañó ni 
rey Ricardo en la expedición de la Pales- 
tina; reduciéndose todas en suma á que 
Alfonso estuvo allí poraue pudo estar, y á 
que no hay contradicción ninguna en que 
(sluviese. Excusado era por cierto enredarse 
en los laberintos de la crítica histórica para 
venir á parar en semejante resultado : pero 
^%\t próíogfi, uno denlos más infelices escri- 
tos de Doeslro poeta^ muestra por su indi- 
gesta y vulfrar erudición, y por «us racio- 
cinios extraños y triviales, cuánta conrusión 
de ideas había eo la cabeza de Lope, y cuáu 
í'Uperíor era lo que esci-ibía como |u)i-ta, 
A lo ({oe ^ríbia cpmo críiico y bumanKiía. 



2. El terror que el valor personal y la? 
proezas de Rirardo infundieron á la re- 
donda en Palestina, fué igual al que Ale- 
jandro en otro tiempo había in«»pir:uio en 
la Persia y en la India. Las madres ponían 
miedo en sus niños con sólo mentarles su 
nombre, y cuando á alj^ún jinete se. le, 
asombraba el caballo solía decirle con ira :" 
¿ Pirnsns que ol roy fí i cardo está allí f 
Lope ha conservado este rasgo, pero en 
hi>nor de su valiente Garcerán. 

Dicen, si algún caballo se alborota 
En el campo que ahora el turco tiene, 
Ú depilado va, la rienda rota, 
¿f ieosas que contra ti Garcerán viene ? 

(Libro 13.) 

b 



XVIIt 



INTRODÜCCIüV. 



cuyo nombré ha pasado á la posteridad seguido del respeto y estimación que 
la imparcialidad de amibos y enemigos tributaba á sus talentos y á sus vir- 
tudes; Saladino es en la Jerusalén, ya digno príncipe, ya tirano, ya clemente, 
ya cruel, ya valiente, ya cobarde, según al escritor le conviene ó se le antoja 
en cada momento, y siéndolo todo menos Saladino ^ El mismo desconcierto 
hay en los caracteres de segundo y tercer orden. Sirasudolo, el hermano 
del soldán, que al principio se muestra como un coloso de fuerza y de pujanzn, 
se convierte al fin en un fanfarrón ridículo*, y cómicamente envilecido. Isabco 
es una mujer vulgarmente voltaria y fácil, tan bien hallada con sus robadores, 
como con sus diferentes maridos : la heroína Ismenia , infeliz imitación de la 
Clorinda del Taso, ni es hombre, ni mujer; tan empalagosa de dama con su£ 
amores, como enfadosa de caballero con sus baladronadas. Alguna excepción 
favorable podría hacerse de Guido y de Sibila, más regularmente dibujados ; 
del Maestre del Temple , D. Juan do Aguilar, que , aunque en bosquejo, 
tiene dignidad heroica y poética ; y sobre todo do Garcerán Manrique, 
no siempre, á la verdad, digno de la epopeya, pero que, con mucha vida y 
movimiento, presenta donde quiera aquel compuesto de valor, lealtad, devoción, 
galantería, generosidad y jactancia, que formaban en tiempo de Lope el tipo del 
carácter español. 

No hablaremos de la diposición y enlace que ha dado el poeta á los diversos 
incidentes que le prestaba su argumento , ó que le sugirió la fantasía , para 
adornarle y robustecerle. Todos los críticos convienen en que la Jerusalén 
carece en esta parte del artificio , graduación y encadenamiento que los poemas 
épicos requieren , para que se unan en ellos la variedad y la riqueza con la 
unidad y el interés. De la disposición que Lope ha dado á las diferentes partes 
de que su fábula se compone, resulta una confusión que fatiga el ánimo y no 
le permite reconocer bien la totalidad del objeto que ha tratado de pintar. £1 
cargo es justo , pero menos quizá por falta del conveniente artificio , aunque á 
la verdad no hay mucho, que por el sin número de episodios, unos extraños, 
otros menudos, otros indecorosos con que interrumpe á cada paso , y desluce 
los principales incidentes de la acción. Quien le ve distraerse á la pueril cru- 
zada de los niños de Toledo, á los sucesivos matrimonios y galanterías de 
Isabela, á la indecente lucha de Garcerán con Ismenia, á la cómica provocación 
de Sirasudolo, aue los \a á desafiar á uno y otro creyéndolos muertos , para 
darse el lauro dfe tan vil y ridicula bravata , á las vulgaridades con que García 
Pacheco ensalza las cosas de Castilla á Saladino, al recuento, en fin, de las 
aventuras de unos y otros príncipes después que dejan la Tierra Sania ; dice 
y dirá muy bien que el poeta no sabía por dónde iba , ni cuál era su objeto, ni 
á qué punto debía llegar el efecto que se proponía en su obra. Creía Lope por 
el aplauso general qpie conseguían sus versos y su estilo , principalmente en el 
teatro, que cuanto dijese en ellos sería bien recibido. Pero se engañaba mucho 
en esta confianza; y, bien que sus versos estuviesen generalmente bien hechos, 
y su estilo fuese fácil, florido y agradable, no estaba en ellos tan exento de 
defectos, que pudiese en gracia suya disimularse una aberración tan grande en 
la composición y en las ideas. 

Porque, además del desaliño y llaneza en que de ordinario cae por la falta 
de esmero y diligencia, á que se había acostumbrado trabajando siempre tan 
á la ligera, ofenden también frecuentemente los conceptos alambicados y 



1. Para que se vea la inconsecuencia de 
Lope en la pintura de los caracteres, prin- 
cipalmente en el de Saladino, véanse estos 
tres pasajes que están inmediatos uno á 
o'ro en su poema. 

Cuando la saof^re hasta los pies alcanza 
Del nuevo Dioclecianu y Eccelino 

Pane el rico despojo con su gente 
Liberal, apacible y gencrono 



Que nn bárbaro sin Uy á todo oriente 
En cumplir su palabra ejemplo ha sido; 
Mas parece qtte »etlo contradice 
Quien cumple vencedor lo que antes dice. 

{Libro 1.) 

El personaje qne es apacible, generoso, li- 
beral, y cumple, aunque bárbaro sin ley, 
cuando ha vencido, la palabra que dio 
antes de vencer, no puede merecer los 
nombi'es de Diocleciano y Eccelino en e 
sentido que Lope les da. 



ÍNTRODUGCIÓM. XIX 

obscuros, las metáforas viciosas, los juegos de palabras pueriles,'y sobre todo 
aquella afectación [lednntcsca de lucirse á cada paso con una doctrina, por lo 
común trivial, y las más veces impertinente >. Suelen los gandes coloristas 
disimular en sus cuadros las faltas de dibujo y de composición con la gracia y 
variedad de las actitudes , y con el brillo y riqueza de las tintas : en esto á lo 
menos, en que se conocen superiores , no se descuidan jamás. Pero en el poema 
de LfOpe, aunque la ejecución sea brillante casi siempre, y frecuentemente fácil 
y apacible , hay demasiados rasgos que , con su falta de verdad , de sencillez 
y de buen gusto, vienen á viciar y entorpecer aquella corriente de poesía tan 
abundante y tan bella, y estorban por lo mismo que pueda el mérito del 
desempeño compensar debidamente el vacío de la composición. 

Estas consideraciones , por severas que parezcan , como no son injustas, 
servirán á dar razón de la indiferencia con que los contemporáneos de fjope y 
la posteridad han recibido la Jerusalén conquistada, á pesar de los esfuerzos 
de su autor para que fuese el mejor florón de su corona poética. Yo no la creo 
8in embargo merecedora del total olvido en que hoy día se la tiene , y pienso 
que no es perdido el tiempo que se gaste en leerla y aun en estudiarla , sea 
para el agrado, sea para el provecho. Los trozos que van escogidos y colocados 
adelante, manifestarán la mezcla desdichada que había en aquel escritor de 
superioridad y flaqueza , de bizarría v pequenez , de elegancia y de descuido. 
Sobresalen sin embargo en ellos las bellezas, y bastan por sí solos á dar idea 
del talento de Lope , aun en un género , que puede decirse con verdad no era 
para el que le había criado la naturaleza. 

No diremos lo mismo del obispo de Puerto Rico , Balbuena , autor de Ej 
Bernardo , ó sea la victoria de Ronces valles , que ha sido entre nosotros quien 
nació con más dones para esta alta poesía , aunque por el tiempo y modo de 
emplearlos no acertase á sacar todo el partido que prometían para su ffloria y 
la de nuestras letras. El nos dice en su prólogo aue aquella obra era &uto de 
sus primeros trabajos y una aplicación que quiso nacer, cuando joven, de las 
reglas de humanidades que acababa de aprender en las aulas de retórica. Aun 
cuando él no lo dijese, la obra misma lo manifestaría : las frecuentes imita- 
ciones que hay en ella de Lucano, Ovidio y Virgilio, y el modo con que están 
hechas, muestram cuáles eran los autores favoritos de sus primeros estudios, al 
paso que se descubren donde quiera sus pocos años, por la licencia y abandono 
con que escribe, y por la monstruosa prodigalidad con que abusa del don que 
tenía para inventar, y del mayor que aun le asistía para versiflcar y describir. 
Un poema heroico no es ciertamente obra de ensayo , y pudiera decirse de 
Balbuena lo que se ha dicho de otro gran poeta, épico también, y no 
muy fuerte en los principios de su carrera , que acabado de destetar por las 



1 . Ya desde el principio, después de ^ 
grata y fácil entonación de estos primeros 
versos, 

To canto el celo y las hazañas canto 
De aquel rarón, soUado f peregrino, 
Qae a ser del Asia n «i versal espanto 
Desde la selra GalidoQia vino. 

Se hallan estcs otros : 

Haciendo á nn tiempo de H inerva infusas 
Llorar las armas y cantar Iks masas. 

Hermosas Drías del ilustre rio, 
Que iMiña en oro la nevada espijma. 
De vos 7 de su margen me desvio, 
Que á más dorado Tajo doy la pluma : 
Pasad sin miedo el sol, Dédalo mío. 



Perdona la humildad de mi Talia, 
Que hay piedra que del brazo me derrib« ; 
Pues cuando el ael ingenio alzar deseo 
Me transforma en Adonis Praxileo. 

Podía preguntarse á Lope qué entendía 41 



por Uonr Jm armas inñisas de Mi- 
nerva; á qué propósito en un poema de 
tanta gravedad permitirse el equívoco ri- 
dículo del Tajo que se da á las plumas d« 
escribir con el no Tajo ; cómo el nombre 
de Dédalo es sinónimo de ingenio; qué 
sentido tiene la expresión de que hay pie- 
dra que Je derribe del brazo ; ni á qué 
cuento viene la obscurísima ó impertinente 
alusión al mal poema que sobre Adonis 
escribió en griego la antigua Praxila, y 
quedó por prototipo de necedades : esto en 
las cuatro octavas primeras. Y curindo pro- 
siguiendo la lectura se hallan oon más ó 
menos frecuencia semejantes despropó' 
sitos, dudamos con razón de que JLope 
castigase su poema con el ri gor q*íie de- 
cía, ó á lo menos, de que tuviera ver- 
dadera idea de cómo debía hacerse esto 
castieo. 



XX INTRODUCCIÓN. 

masas, tenia todavía en las venas más leche que sangre. De cualquier modo 
que sea, el Bernardo, considerándole sólo como prueba de fuerzas poélicns en 
un joven que acaba de salir de las aulas, no sólo es una obra estimable, sino 
en cierto modo maravillosa, n 

Despejemos el hecho principal que sirve de fundamento á la fábula, y pres- 
cindiendo por un momento del diluvio de incidentes que le confunden y entor- 
pecen, veamos cuan desahogadamente se pinta en la fantasía , cuan oportuna- 
mente se comienza, cuan épicamente se termina, y cuánto interés y atención 
inspira por su elevación y sencillez. El orgullo de Cario Magno y de sus doce 
Pares, su poder inmenso, sus destifueros y demasías, tenían oprimido y can- 
sado el mundo , ofendidas sobremanera las Hadas, que en el sistema maravi- 
lloso adoptado por el poeta, se supone tener bajo su gobierno las cosas todas 
de la tierra. Ninguna de ellas había que no estuviese agraviada por alguno de 
-aquellos insolentes paladines; y todas tenían concertado vengarse de ellos y 
derribar la Francia por el suelo, al tiempo en que se creía en el punto de su 
mayor altura. Criábase ya en poder de Orontes, sabio y virtuoso mago, el 

Í príncipe Bernardo, nacido de la sangre real de los ^odos, hijo del amor, nuér- 
ano de sus padres, á quienes el rey casto , su tío, tiene encerrados por vida en 
pena de sus ilícitos amores. Orontes le inspira todas las virtudes que debe tener 
un caballero, y le adiestra en todas las artes y habilidades de la guerra, á la 
manera que en aquellos tiempos lo había sido Rugero por Atlante , y en los 
anliffuos Aquiles por Ghirón. Ésto es el que por disposición de las Hadas, prin- 
cipalmente de Alcina, ha de ser el grande ejecutor de aauella ruidosa venganza, 
el que revestido de las armas del vencedor de Héctor, na de combatir y matar 
al encantado Orlando, y derribar el poder francés en Roncesvalles. Bernardo 
aparece primero como un relámpago en España, y sin ser conocido liberta ni 
rey su tío de una emboscada y encuentro en que le iban la corona y la vida. 
Hecha esta hazaña, y conducido por el invisiule poder que le guía, se entra 
en el mar y encuentra un navio donde va Orimandro, rey de Persia, que n 
petición suya le arma caballero, y con quien al instante se desafia y combate 
por la libertad de Angélica la bella, á quien aquel rey llevaba forzada consigo. 
Entra después en la grande aventura de las armas de Aquiles, que á fuerza de 
intrepidez y de osadía, entre p^lisros y portentos, se las arranca al fin á Ayax 
Telamón , que desdo la guerrft de Troya las tenía sepultadas consigo en su 
sepulcro. Revestido de ellas, sale otra vez al mar, libra de unos corsarios en 
medio de una tormenta á Arcangélica, hija de Angélica y de Marte, cifra única 
en el mundo de valor y de belleza humana, gana el premio en las justas de 
Acaya, no admite la mano y reino que le ofrece Crisalva , princesa de Creta ; 
y célebre ya y ennoblecido con pruebas tan señaladas de esfuerzo y de virtud, 
y digno va de más gloria, vuelve á España, tiene un primer encuentro y duelo 
con el famoso Holdán, preludio y anuncio del que ha de haber después entre 
los dos ; acomete y acaba la grande empresa del castillo de la Fama, saca libres 
de allí á su ayo Orontes y otros trescientos' caballeros españoles, y al frente de 
ellos se dirijo al campo del rey su tío, que iba ya á encontrar con el ejército 
francés en el paso de los Pirineos, La batalla de Roncesvalles se da : mil 
agüeros la preceden y la anuncian : unos y otros hacen prodigios de valor en 
ella, hasta que cayendo Roldan muerto á los pies de Bernardo, el destino de la 
Francia viene al suelo, el combate cesa, y el poema se acaba. Así la acción, 
aunque perdida y confundida á la mitad del poema en el sinnúmero de inci- 
dentes y episodios con que, abusando de la libertad novelesca , el poeta la 
recarga y la destruye, vuelve á tomar su curso épico, desde que Bernardo sale 
del castillo de la Fama y se junta con el rey su tío, hasta que concluye con la 
grandeza heroica conveniente en la gran jornada de Roncesvalles : á la manera 
que un río caudaloso llega á desaparecer enfangado y perdido entre pantanos y 
arenales, y luego desembarazado de ellos, vuelve á tomar su corriente, y entra 
raudo y majestuoso en el Océano. 

"Kl hecho, pues, en que el poeta fundó su fábula, escondido en la obscuridad 
de los tiempos remotos y en los o "genes de U monarquía, y por lo misino más 
flexible á las formas que quisiera darle la imaginación, célebre ya en las leyen- 



INTRODUCCIÓ.V. XXI 

das y tradiciones vulgares y en las fíccionos de la poesía caballeresca, era alto, 
grande, y en extremo interesante para los españoles del tiempo de Balbuena, 
por la rivalidad que' entonces existía entre las dos naciones limítrofes. En él 
obran caracteres, si no profundos y enérgicos, propios á lo menos de la época, 
y consecuentemente dibujados : diálogos discretos, bizarros, urbanos, y á veces 
sentidos y patéticos ; episodios, entre los infinitos que contiene, no pocos que 
son oportunos, nuevos y felices ; descripciones admirables de países, de fenó- 
menos naturales, de edificios y de riquezas : antigüedades de pueblos, de fami- 
lias y do blasones : sistemas teológicos y filosóficos, alegorías morales, senten- 
cias y pensamientos profundos y nerviosos : comparaciones abundantes, vivas 
y bellísimas, una dicción poética llena de frases notables por su novedad y atrc- 
vin>íento : una versificación fácil, agradable donde quiera, no pocas veces alta 
y í»omposa, según los objetos lo reíjuieren ; y todo escrito con tal confianza y 
osadía, con un aire lal de libertad y desabogo, que el poeta parece que juega 
con las dificultades de su arte sin conocerlas, como su héroe se burla de los 
peligros, y sin aprensión ni recelo acomete burlando las empresas más arduas, 
arrollando todo cuanto le sale al encuentro en su camino. 

Tales son las riquezas poéticas con que el ingenio del autor supo dotar á su 
liorna rdo : veamos ahora con la misma imparcialidad los yerros con que pudo 
deslucirlas. Kl principal es la difusión monstruosa y la prolijidad con que, 
dando rienda á su imaginación inventiva, amontona episodios sobre episodios, 
que cruzándose y confundiéndose entre sí, forman un laberinto sin salida, 
donde el autor se pierde miserablemente y el lector se aburre, y deja caer el 
libro de la nifino, sin deseo de volverle á tomar otra vez, por no volverse á fati- 
gar en balde. Otro grave yerro es que muchos de los personajes que llenan el 
campo de estos episodios, desaparaeen, sin que se sepa en qué paran, ni vengan 
á manifestarse á la conclusión del poema, como parecía necesario, atendida Itt 
importancia que el aulor les ha dado en la composición de su fábula. Tal sucede 
con Arcangélica, con Ferragut, con Orimandro, figuras casi de primer termino 
en el cuadro, y que por lo mismo que son tan interesantes á veces, no debiera 
íinalizarf-e el poema sin que su suerte quedase convenientemente determi- 
nadii. 

Halbuena, adoíitando el sistema poético en í|ue estaban escritas las epopeyas 
caballeresca.**, de cuyas fábulas y personajes quiso hacer uso en la suya, creyó, 
en su juvenil eonfianza, que podría seguir feliznienle las huellas de su antece- 
sor Ariosto, de cuya fábula viene á ser una continuación el Bernardo. Con algún 
mayor esmero y diligencia no le hubiera esto sido difícil en la parte alta y noble 
déla poesía, principalmente en la descriptiva, para la cual tenia talentos no muy 
inferiores á los de aquel gran poeta, y superiores sin disputa á los de cualquiera 
otro de nuestros escritores*. Pero faltábale la capacidad necesaria para entretejer 



i lisAí\ superioridad la tiene hasta cuando 
describe en prosa, sin embargo de que la 
suya sea por otros aspectos lan reprensible. 
; Hay por ventura muchos trozos, no digo 
en español, sino auo eo oirás lenguas, que 
en origin.ílidad, en grandeza y robustez 
puedan compararse i este pasaje de su in- 
troducción á la Grantieza Mejicana 1 

•* En los más remotos confines destas In- 
dias occidentales, á la parle de su po- 
niente, casi en aquellos mismos linderos 
TIC, siendo límite y raya al troto y co- 
mercio humano, parece qu« la naturaleza 
cansada de dilatarse en tierras lan frago- 
sas y destempladas, no quiso hacer más 
mundo, sino que alzándose con aquel pe- 
da/o de suelo, lo dejú ocioso y vacío de 
irenie, dispi^csto á solas las uiclehtcncias 
del ciclo y á la iurisdicción de una& yer- 



mas y espantosas soledades, en cuyas de- 
siertas costas y abrasados arenales á sus 
solas resurta y quiebre con melancólicas 
ínlcrcadencias la resaca y tumbos de mar, 
que, sin oirse otro aliento y voz humana, 
por aquellas sordas playas y carcomidas 
rocas suena; ó cuando mucho, se ve coro- 
nar el peinado risco de un monte con la 
temerosa imagen y espantosa fígura de al- 
gún indio salvaje, que en suelta y negra 
cabellera, con presto arco y ligeras flechas, 
á quien él en velocidad excede, sale á caza 
de alguna llera, menos intratable y feroz que 
el ánimo que la sigue: al finen estos aca- 
bos del mundo, remates de lo descubierto, 
y úllimas extremidades deste gran cuerpo 
de la ticrrn, lo que la naturaleza no pudo, 
que fuó hacerlos dispuestos y apetecibles 
al trato y comodidades de la vida humana. 



XXII 



INTRODUCCIÓN. 



artiflciósamenle el sinnúmero de hilos que hizo entrar en su disforme compo- 
sición, y darles la unidad y sencillez que supo Ariosto dar á los suyos sen la con- 
clusión de su poema. Carecía también nuestro autor de la gracia y donaire cori 
que el poeta iluiiano sabía animar los personajes y escenas cómicas do la vida ; 
por manei'Q que cuando quiero lialbuena imitarle en esta parle, no sólo es frío 
é insulso, sino hasta trivial y chabacano. 

Añádase el poco inicio con que están distribuidos los grandes adornos de la 
alta poesía, la muchedumbre do las descripciones, la prodigalidad con que se 
ven empleados por todas partes, á la manera oriental, el oro, las perlas, los dia- 
mantes, los rubíes; la declamación, en fin, que no pocas veces interrumpe el 
tono genuino y candoroso que es genial al escritor, y dcsti-uye el nervio y hi 
energía á que de cuando en cuando alcanza. No hay <luda que tenía gran talento 
para dar colores poéticos á las descripciones geográficas, pero abusa de él como 
de lodo, y cansan, por ser tantas, en las revistas de los ejércitos y en el viaje 
aéreo de Malgesi y Orimandro, que tan importunamente ocupa gran parle del 
poema. Ofenden los desatinos de vieja delirante que alguna vez se permitei, la 



la hambrü del oro y j^olosina del interés 
tuvo maña y presunción de hacer, plan- 
tando en aquellos biildíos y ociosos cam- 
pos, una ranio-sn pol)Iacii>n de españoles, 
cuyas reiiquiuH, aunque jsin la florida (gran- 
deza de Kiis pnncípios, duran todavía, etc. » 
l.Nos rcrorinios por prueba á la descrip- 
ci(5n do la gruía del mago Tlascalán. La 
descripción es la siguiente : 

Kra esta cavernosa cuadra hecha 

De un aindsado risuo de csmer-ildas, 

Que un tVcico mirador arroja y echa 

Del jardín bello á las (lorldas faldas, 

J)o á donde I D ciólo ve ya un mundo acecha, 

La visld al sur, y al norte las espaldas, 

iloü un rio que al romper de peña en peña, 

£q verde juncia y ova» se despeña. 

Á cuyo ruido el canto de las aves 

be altivo sirve y dulce contrapunto, 

\ el tiple agudo en los bemoles graves 

Afinándose más sube de punto : 

Al fin juncias, bemoles, cantos suaves, 

W'ío, flores y peñas, todo junto, 

Entretiene, suspende, alegra, engaña 

La vista, el campo, el bosque, y la montaña. 

Aqui el mago tenia de sus ciencias 
El estudio, instrumentos ^ aparato ; 
Aquí su analomia y experiencias 
Con vigilancia hscia, y con recato ; 
4qui de globos varias diferencias, 
O por necssidad, ó por ornato. 
Que en paredes y bóvedas coleaban, 
Alegre asombro á quien las vía daban. 

Ka huecos bultos de sombrías flguras 
Sus malogradas almas detenidas, 
De las regiones lóbregas y obscuras 
Por nuevos rumbos mágicos traídas ; 
Y aunque á la vista son simples pinturas, 
Estrechas gozan y espantosas vidas. 
Dando al mago en diversos tiempos juntas 
Sospechosa respuesta á sus preguntas. 

Tiene de hierbas, raices y de gomas, 
Venenos, piedras, sierpes, monstruos, Aeras, 
En cajas, urnas, rasos, botes, pomas, 
Varias sumas de hechizos y quimeras ; 
De agua del no Averno dos redomas, 
De las tres furias nuevas cabelleras, 
Hollín del barco de Carón, y entero 
Un colmillo y dos uñas del Cerbero : 



üo pardo lobo ayuno, que enmudece 
Los perros con su vista, buche y pelo, 
Cabellos do Proserpiíia, y el péce 
Uémora, que ú un nav io i-. turne el vuelo, 
niel y ojos de trímcljra, que entorpece 
Al pescador el bra7.o del anzuelo. 
Un grano de alean l'or, y otro de helécho, 

Y de dos escorpioiie> cuello y pecho : 

Un áspid soñoliento, una escamosa 
Piel de serpiente .i/.ul de minchas llena, 
Corrupta sangre de mujpr celosa, 
Mortal cicuta, mágica verbena, 
Plumas de salamandria calurosa, 
Espuma de dubladi ant'esibena, 
Soga de hombre ahorcado en acebnche. 
De arpia las garras, y de un buho el buche : 

De la ser^iiente emórrots el veneno, 
Que despide en sudor la ^angre humana; 
De la sedienta hidra el cuero lleno 
De ponzoña, y del sirio can la lana : 
La ala del presto yáculo, que al seno 
De la peña se arroja más cercana; 
Dipsas, que al que su tósigo salpica, 
La sed hasta la muerte multiplica : 

Un corazón de niño, que la hambre 
Los huesos enjugó y secó la vida, 
De la rueca de Cloto el blando estambre 
Á quien del mundo está la hebra asida : 
Una cabeza de encantado arambre, 
De contrahecha voz, y alma fingida ; 
Los .ojos de on dragóa y un basilisco 
En sangre de camello berberisco : 

Dientes de cocodrilo y elefante. 

Dos buches de avestruz, menstruo de vio ja 

De la grulla la piedra vigilante. 

Y la eleocroria húmeda y bermeja : 
Del buho el ojo izquierdo penetrante, 
El diestro de la aguda comadreja, 
Con la piedra de la águila, que dentro 
Va con preñados senos á su centro : 

Hierba del pito contra el hierro duro. 
Ceniza de hombre muerto do algún rayo« 
Estéril tierra de sepulcro obscuro, 
Dos huesos de abubilla y papagayo, 
Yedra cortada dearruinado muro, 
Ruda encantada con rocío do mayo, 
Pares de un abortivo, y la testera 
De unicorni*, habaela, y de pantera : 

Un cuern* de cerasta, que en la arena 
Arma escondida venenosos lazos ; 



INT RODÜCCXÜN . XX II I 

tri vialidad de muchas máximas y sentencias,, á que sola la inexperiencia de su 
juventud podía dar importancia, las bajezas en que incurre por falta de esmero 
y elegancia, aun en los pasajes más altos y nobles, y los equívocos en fín y con- 

I>« la engañosa y lóbrec^a hiena 

Las azules e=;caDias de los brazos, 

Con que en las tristes sepulturas suena, 

Haciendo los cadáveres pedazos ; 

be la ave fénix una roja pluma, 

Y de una hidra el tósigo en espuma. 



Y en más virtud y adorno de la cueva, 
En maga ostentación y fuerza oculta, 
De noble pedrería un cielo lleva 

Ed realces de oro por la peña inculta ; 
ASI en signo observado y luna nueva, 
Que de su variedad j luz resulta 
Belleza al muro, estimación al arte, 
T á la mágica ayuda por su parte. 

El cristalino erindro, que humedece 
Con su frialdad el aire circunstante, 

Y dando siempre lágrimas, parece 

De algún ausente gusto tierno amante : 
La dura celósia, á quien no empece 
El fuego, y el zelonte penetrante, 
£1 adivino verde silenite, ^ 
Que con la luna en la inquleiud compite 

Las castas esmeraldas, el topacio 
Contra el vacío tumor déla locura, 
El balax, casa hermosa y real palacio 
Uel carbunco, y la oníx triste ;r obscura. 
La verde orites, que en pequeño espacio 
Bebida hace abortar la criatura, 

Y laandromata de agradables rayas, 

Que el mar Bermejo escupe por sus playas. 

La roja peridonia, que las manos 
Con su aisimulada lumbre quema ; 
La preciosa bezar, que los lozanos 
Ciervos del buche crian en la tlema ; 
La ágata llena de manchados granos ; 
La encendida amatista, que desflema 
De Baco el humo ; el záJro, y á éste 
El jacinto, salud contra la peste : 

La amandrina de agudos resplandores, 
De agoreros autora y adivinos ; 
La acates de jardines y de llores 
Llena, y rasguños de oro peregrinos ; 
La a<juelonia sembrada de labores. 
Los duros inmortales abestinos, 
En quién si el fuego prende sus centellas. 
Ni ellos se gastan, ni se apagan ellas. 

No faltó la pantera á maravilla 
De encontradas colores salpicada, 
Ni la qne-en su celebro la abubilla 
Á entender da los sueños aplicada ; 
Ni á ti, líparis bella, faltó silla. 
Que de flecha jamá& fuiste hallada; 
Ni á ti, diacodos, queá las noches manas 
Vanos asombros, y fantasmas vanas. 

De este cielo de estrellas amasado 
l^atta bóveda el suyo coiopoDÍa, 
\ un elitrepio en humedad bañado, 
Que entoldar suele de tintelAa el día. 
Con la que del celebro coronado 
Del gallo nace, y de su humor ¡se cria, 
Á vueltas de diamantes y rubazov 
Que alegres hacen y vistosos lazo&« 

Y en medio los festones y guirnaldas 
Que tejen de grabada enlazad ura, 
Rojos rubis y alegres esmeraldas, 
Como pomposo rey de la hermosura, 



Dando centellas de oro y luces gualdas, 
Hacia un carbunco de la sombra obscura 
pe aquel rico desván, si sombría habia, 
. A pesar de la noche eterno el dia. 

(Berrardo : lib. 18.) 

Parece imposible que la imaginación hu> 
mana pueda reunir en lan breve espacio 
tantos y tan grandes desaliños. 

Pero como no sería agradable terminar 
esta obra con el mal sabor que ellos dejan, 
léase este otro pedazo, en que ya Balbuena 
muestra lo que es cuando su buen Genio no le 
abandona. Trátase en él del descubrimienlo 
del Nuevo Mundo, y debe tenerse presente 
que los que conferencian sobre esto son el 
sabio francés Malgesi, Morgante y Oriman- 
dro, que van viajando en un barco encan- 
tado por los aires. 

Asi el sabio francés volando abría 
Camino por las nubes con su barco, 
Que ya por cima el Betis revolvía 
La proa á ver de Océano el gran charco, 

Y un nuevo curso comenzar quería, 

Que al mundo haga con su vuelta un arco, 

Y como el sol en su carroza bella 

Le ciña en torno tras los rastros delU. 

Cuando de Persia el re/, que en gusto atento 
De la sabrosa historia iba colgado, 

Y sin perder acción ni movimiento. 
En su sabio discurso embelesado, 
Alelare al discurrir del dulce viento, 
* Señor, le dijo, pues habéis tomado 
Por gusto nuestro tan hermosa punta, 
Satisfacedme ahora una pregunta. 

He oído que hay dudosas opiniones 

De sabios hombres, v de cuerda gente. 

Que tienen por soñadas invenciones 

Los que Antípodas llama el vulgo ausente : 

Y que do cinco, s-^las dos regiones 
El mundo goza en temple suficiente 
De poderse habitar, y el demás suelo, 
6 lo abrasa el calor, ó abruma el hielo. 

Deseo saber i si el Orion armado 
Dejó tal dia de cernir su nieve ? 
/ Si el frío Bootes tiene el mar cuajado, 
Ó cual los otros él sus ondas mueve ? 
^ Si el Sirio Can en llamas abrasado, 
Que fuego al mundo de inclemencias llueve, 
'^iene algún temple en su tostada estrella, 
O siempre humean los carbones della ? 

¿ Dónde este inmenso mar se acaba? y ¿ dónde 

Sus olas hallan término y pibera ? 

¿ A dónde el sol, cuando de aquí se esconde, 

Con sus dorados rayos reverbera? 

¿ Si es de creer que allí la luna ronde 

Én perpetuo silencio y noche entera ? 

¿Ó el dia le dé lumbre y luz diversa? » 

Dijo, y el sabio así respondió al Persa : 

a Ha estado en opinión, y lo está ahora, 
,¿ Si hay otro mundo más que aquí parece, 
ó si es gente soñada la (]ue mora 
Donde ni el dia crece ni descrece ? 
¿ Si hay pueblos adelante de la aurora, 

Y el sol a ovras naciones amanece? 



XXIV INTRODUCCIÓ.V. 

ceptos insulsos y fríos con que, aunque rara vez, salpica su dicción, y no pue- 
den consentirse en tan grave poesía. Los versos mismos, que tanto cuidado tuvo 
en que saliesen llenos y sonoros, suelen por las muchas dicciones de que se 
componen declinar, á pesar de las sinalefas, en ásperos y duros, á meno» que 
se pronuncien con un artiíicio particular, que tal vez Balbuena poseería. 

Á estas diversas fuentes de desacierto pueden reducirse los defectos del Ber- 
nardo. Son muchos a la verdad y bien grandes \y la crítica, cuando se arnnu de 
rigor y de inflexihilidad, tiene poco que hacer en hallarlos donde quiera, y 
señalarlos á la reprobación y á la censura : \nuizá ningún otro poeta castellano 
da tanta margen para ello. Slas también quizá otro ninguno ofrece tantas oca- 
siones de alabar y de admirar. Los primores, las bellezas están mezcladas en él 
con los borrones y el desaliíío, a la manera que aun en la mina mñs preciosa el 
oro está ligado con las tierras y escorias que le deslustran y le afean. Pero no 
hay duda que hay oro en gran cantidad, y do elevados quilates; yol libro, no 
por ser tan defectuoso, deja de ser un riquísimo minero de invenciones de fan- 
tasía admirables, de dicción poética y de versificación. El raudal poético de Bal- 
buena no es á la verdad ni transparente, ni puro, pero siempre es fácil, abun- 
dante, impetuoso : los primores que puede dar de sí el instinto eslán prodigados 
en él á maravilla. Dañó sin duda á su perfección la extensión misma del poema : 
IjCÓmo es posible escribir cinco mil octavas con concierto y buen gusto"? Sinta- 
mos que el autor, entregado después de componerle á las atenciones y estudios 
do teólogo y prelado, no pudiese ponerse de propósito á limpiarle de los dcfee- 
tos esenciales do composición que hay en él, más graves aun que los de ejecu- 
ción. En el juicioso prólogo «puí le puso delante cuando le dio á luz, da á enten- 
der bien claro cuáles eran las justas proporciones y la distribución que debía 
darse á la fábula (jue habla conslruído. Ya entonces no era tiempo de empezar de 
nuevo la tarea : pero sin gran trabajo de su parte podía haber mejorado mucho 
el libro, metiendo el hacha por aquella selva inmensa de aventuras y de octa- 
vas, para tallar sin piedad su morlifera exuberancia, y abrir así al lector cómodas 
sendas en tan impenetrable espesura. No lo hizo así, y su gloria pierde en olio ; 
sucediéndolo lo <{ue á tantos oíros escritores, de quienes se ha dicho, que veían 
el punto de j)erfección á que debían tocar, y por debilidad ó por negligencia no 
acertaban á llegar á él. Balbuena lo confesaba de sí mismo, cuando con tanto 
entusiasmo, como laudable desconfianza, decía : 

Á alcanzar con mi pluma á donde quiero, 
Fuera Homero ol segundo, yo el primero. 



i 



Ó cuando esconde aquí su luz divina 
U todo soledad cuanto camina ? 



¿ Si en el aire la tierra está colgada, 

y por abíijo la rodea v\ cielo? 

¿ Si anda la ^euti* en ella trastornada, 

Y es posible tpncrío cu ariurl siielo? 

¿ Si es rcf^ióu (irme, á sólo imaginada? 
¿ Ú si b\ rujo calor, 6 el blanco hielo 
Con su rip:or li lieocii consumida. 
Sin cosa en ella que sustente vida? 

Ya hubof^rave opinión que nos dio escrito, 
Qiic al ancho mundo en t^rno le abrazaba 
Un vhcío de inmenso circuito, 
Á quien llei^ando sin pasar paraba, 

Y en que podía volar tiempo inñnito, 
Quien se arrojase á su profunda cava. 
Sin le hallar eternamente suelo, 

Ni el recibir cansancio con su vuelo. 

Otro que estaba, dijo, sobre Atlante 
La columna que al cielo sostenía 

Y que la tierra y mar de nlli adelante 
Con rojo luegoen su ca'or hervía : 

Y para hacer más muuJo en lo restante 
Otras varias quimeras componía 

De sombríos centauros y dragones, 
Pigmeog menudos, y anchos Patagooet. 



Son fábulas del vulgo asi admitidas, 
Que tiene por error verlas dudadas, 
De ignorancia engendradas v nacidas, 

Y con la larga edad acreditaaas : 

Mas vendrá tiempo en que serán sabidas 
Las gentes que aetrás del mar tentadas 
Aparte hacen su mundo y vida ahora, 

Y nuestra noche tienen por aurora. 

Entonces se verá, que aunqne colgada 
La tierra tenga el aire, esta sujeta 
Á ser de humanos pies toda pisada. 
En firm« globo de igualdad perfeta : 

Y llegará esta edad de oro careada 

El día que España á hierro y fuego meta 
La grave carga que ahora le hace guerra 

Y de una ley y un Oios haga su tierra. 

Entonces sos banderas victorlosaS| 
Llevando al sol por relumbrante guia, 
Tremolando darin sombras vistosas, 
Donde se acaba y donde nace el día : 
Verán pueblos y gentes monstroosab, 

Y descubrieado cuanto el mar cubría, 
Podrán decir que hallaron y vencieron 
Más mundo que otros entender supieron. 

(Berharoo : lib. 16,¡ 



INTRODUCGJÓ.V. XXV 

Despui's de hablar del Bernardo, en quien se terminan los extractos épicos 
que nos propusimos publicar, no hay para qué tratar de otros poemas escritos 
entonces y después. Uno solo á primera vista podría merecer excepción , cele- 
brado como un modelo por la adulación de sus contemporáneos, que atendie- 
ron más á la alta clase del autor que al mérito de la obra. Este es la Ñapóles 
recuperada del Príncipe de Esquilache, que por la facilidad de su ingenio y 
mayor destreza en veisiücar, podía dar alguna más amenidad y gusto de verda- 
dera poesía á su composición, que otros escritores menos ejercitados, á las 
suyas. Preciábase él de haber seguido todas las reglas del arte, como si las reglas 
del arte pudiesen criar vida donde no la hay, ni dar alas á quiOn no las tiene. 
Olvidóse por cierto de la primera y más esencial, que es la de consultar sus fuer- 
zas y asegurarse de si había nacido para poeta épico ó no. Podía el Príncipe dar 
gracia á bagatelas, discretear en romances, juguetear en endechas y en letrillas. 
Pero 

.... Sectantem levia nervi 
Defíciunt aaimique. 

Desnudo de la fuerza, de la gravedad y del poder de fantasía aue pide la poesía 
heroica, el autor de la Ñapóles recuperada no hizo más que abortar un poema, 
pobre de invención, amanerado en el estilo, empalagoso en los versos. Apenas 
se han leído de él seis octavas, cuando su lectura se hace insufrible, por el fas- 
tidio que causan aquellas antítesis acompasadas de que todo él está compuesto, 
aquella cadencia siempre simétrica y monótona. No puede, pues, esta obra 
tener otra suerte que la que han tenido ¡as Navas de Tolosa y los otros dos 
poemas de Cristóbal de Mesa , el Felayo de Alfonso López, dicho el Pinciano, 
¡a Mejicana de Gabriel Laso, ¡a Numaníina de Francisco de Mosquera, el Ma- 
cabeo de Silveira, el Alfonso y Nuevo mundo de Botello, la Hernandia de Ruiz 
de León. Todos ellos y los demás de su laya pueden fígurar en buen hora entre 
los artículos de una bibliografía, mas no entre los monumentos del arte: pocos 
son los que no conozcan bus títulos, pero apenas hay quien los lea, y menos 
aun quien los estime. Queden, pues, en el descanso en que yacen, y no nos 
empeñemos en levantarlos de allí, y darles por cualquiera título algún interés 
en la atención de los lectores. Nuestros esfuerzos serian en balde ; porque por 
su propio peso volverían irremediablemente á caer en el mar de olvido, dondo 
su nulidad los tiene anegados. 



Después de esta elegante reseña crítica de nuestros mejores poemas, acaso 
tendrán gusto nuestros lectores en ver la siguiente noticia de todos los poemas 
es[>aiíoles publicados durante los siglos xvi y xvii, noticia que debemos á la 
bondad del erudito bibliógrafo Mr. Enrique Ternaux-Compans, á quien ya 
hemos tenido ocasión, en varios pasajes de nuestro Tesoro del teatro español^ 
de manifestar nuestra gratitud por la noble franqueza con que se ha servido 
cjmunicarnos el caudal de su preciosa biblioteca y ayudarnos con sus excelentes 
consejos. I^a siguiente noticia es toda suya. En el siglo xviii y en lo querva del 
presente, apenas llegan á una docena los poemas publicados en Elspaña^^ y de 
ellos, si se exceptúan la Naves de Cortés, de don Nicolás Fernández Moratín, 
la Música de Iriarte, la Caída de Luzbel y algunos otros de autores contem- 
poiáneos, ninguno merece particular mención. Hace tiempo que los poemas 
pasaron de moda. Anteriores al siglo xvi no creemos que existan más poemas 
que los que se hallan en la colección de don Tomás Antonio Sánchez, el de la 
yidii de Cristo^ de Fr. Iñigo López de Mendoza, de la orden de los Menores, y 
aijíún otro muy raro que, como el Calamidiros de Juan de Mena (que no creemos 
qne se haya publicado jamás y que se conserva manuscrito en esta Biblioteca real , 
"* 7^^1 ) no tiene de poema más que el título. Muy poco hay , pues , que añadir 
al sij^uionte catálogo para que comprenda todos los poemas españoles publi- 
jados hasta fines del sighi xviii. Mr. Ternnux ha señalado con un asterisco' 
los f)ocniasque posee, cuidando además de citar las fuentes de donde ha sacado 
AS uolicias que da de los que no ha tenido á la vista para formar este catálogo. 



CATALOGO. 



Diego Velázqaez. -- Vida de S. Orieucio, 
obispo de Aux, hermano del sancto mar- 
lyr S. Lorenzo. Zaragoza, 1521. 

tí. Antonio eir coplas de arle mayor. 

Alfonso Fernández. — Historia partenopea 
ó hechos del gran capitán Gonzalo Fer- 
nández de Córdoba. JRomaj 1536, fol. 

po verso de arte mayor. V. Arana de Varflora, 
hijos lUttstres de Sevilla, p. 18. 

* Descripción del regno de Galicia y de las 
cosas notables del, por el licenciado Mo- 
lina. Moadoñcdoj ea casa de A, de Paz. 
d550, 4» goih. 

Nicolás de Espinosa. — Segunda parle de 
Orlando, con el verdadero suceso de la 
batalla de Ronces val! es , iln y muerte 
de los doce pares de Francia. Zaragoca, 
1555; AmbereSy 1557, 4*; Alcalá, 
1579, 4». ' 

Me. Antonio. 

Jerónimo Sempere. — LaCarolea. Valencia, 
1560, S\ 

V. Ximénez, Biblioteca valentina, p. 173, et 
Fustcr. p. 113. 
Trata de las victorias del emperador Carlos V. 

* Carlos fómoso, de D. Luys Zapata. Va- 
lencia, Joan Meg, 1566, 4". 

* Los famosos y eroycos hechos del ynven- 
cible y esforgado cavallero, onrra y flor 
de las Españas, el Cid Ruy Díaz de lii- 
var : con los de oíros varones illustres 
dellas, no menos dignos de fama y me- 
morable recordación, por Diego Ximénez 
Ayllón, de la ciudad de Arcos de la fron- 
tera en Andalucía. A n veres, viuda de 
Juan Lacio, 1568, 4*. 

Se ve por el prefacio que el autor había se- 
guido la carrera de las armas. En el refiere que 
compuso siete obras en prosa, dedicadas al du* 
que de Saboya, al principe de Sulmone y al mar- 
qués de Vico. Don N. Antonio, que le consagra un 
artículo, no las menciona. Este dato podría talvez 
hacerle reconocer como autor de algunos libros 
de caballería, publicados bajo el velo del anónimo. 
Este Duerna, en octavas y en 32 cantos, contiene 
toda la vida del Cid, desde su nacimiento hasta su 
muerte. 

Bartolomé Palau. — Historia de santa Li- 
brada y sus ocho Hermanos. Caraqoca, 
1569. 

N. Antonio. Ximénez no cita este poema entre 
sws obras. 



* Primera y S(^cunda parle de la Araucana 
de D. Alonso de Ercílla y Zúñiga, ca- 
vallero de la orden de Santiago. Madrid, 
1569. 

Juan Goloma. — Década de la pasión de 
Jesu Cristo. Cagliari, 1576, 8». 

Lo úaico notable de este libro es el haber sido 
de los primeros que salieron de las prensas de U 
isla de Cerdeña. 

Nic. Antonio. 

* Breve relación en octava rima de la Jor- 
nada que ha hecho el illusiríssimo y ex- 
cellenlíssimo señor duque de Alva desde 
España hasta los estados de Fiandes, 
compuesta por Bal 1 basar de Vargas. En 
A moeres, en casa de Amato Tavernerio 
á cosía del HUthor, 1578, 12*. 

Poemita muy raro en octavas y en un solo 
canto. 

Hyerónimo de Cortereal. — Felícissima 
victoria concedida del cíelo al señor 
D. Juan de Austria, en el golfo de Le- 
panto, de la poderosa armada otomana. 
Lisboa, 1578, k\ 

Nic. Antonio. 

Orlando Enamorado, por E. Martín de 
Abarca Bolea y Castro. Lérida, 1578. 

Nlc. Antonio. 

Blasco Pelegri Caíala. — Triomfo del oro 
donde se mueslra que es su poder mayor 
que el del sol y ol de la tierra. Zaragoca, 
1579, 4». 

En octavas. Ximénez (Bibl. val.}, p. 87. 

* Triumfos morales de Francisco de Cuz- 
ma n. Sevilla, 1581, S*». 

^ En este poema en octavas, el autor celebra suce- 
sivamente el tiiiimfo de las principales virtudes 
y hazañas notables de su tiempo. 

Francisco Balbi. — Vida de Octavio Gon- 
zaga, capitán general de la cavallería 
ligern del estado de Milán. Barcelona, 

1581, 8». 

Hyppóliio Sans. — La Mallea, en que se 
trata la famosa defensa de la religión da 
S. Juan en la isla de Malta. Valencia, 

1582, 8*. 

Dice Ximénez (Üibl. Val.) que vio de este 
autor el Libro do la guerra del turco Solimán 
contra el estado de Malta, loG5. Pero que ignora 
si es la misma obra con otro título, pues nunca 
vio la Maltea. 



r 



CATALOGO. 



Luis Martí. — Primera parte de la historia 
del bienaventurado S. Luis Beltrán, 
compuesta en octava rima. Valencia, 
1583, 4«. 

En 7 cantos. — El autor promete una segunda 
parle qae nunca se ha publicado. 

Francisco Garrido de VilJena. — El ver- 
dadero suceso de la batalla de Roncesva- 
lies. Toledo, 1583, 4*. 

Este tutor ba publicado también una traduc- 
cióo del Orlando enamorado, de Boyardo. AlcaH. 
1377, *•; r«/Attf, 1581, fc». 

* El infelice robo de Elena, rey na de Es- 
parta, por Paris, infante Troyano del cual 
succedió la sang^rienta deslruyción de 
Troya. Toledo, 1583, 8*. 

Ene poema se había publicado ya en las obras 
de^ autor, impresas en Sevilla, en 15S2, 4«. 

* Libro primero de los famosos hechos del 
príDcípe Celídon de Iberia, compuesto en 
estancias por Gonzalo Gome/, cíe Luque, 
natural de la ciudad de Sevilla. Alcalá 
por Juan Iñcguez de Lequerica : año de 
1583, 4*. 

Don Nic. Antonio cita una edición de 158i, en 
8«. Impresa en casa del mismo. No la conozco y 
creo que comete uD error hablando de este libro 
rarísimo que probablemente nunca había visto. 
Esta primera parte que contiene 40 cantos y 
mochos miles de octavas es la única que se ha 
publicado. 

Francisco Hernández — Universal redemp- 
ción. Alcalá, 1583, 4v 

Nic. Antonio. 

Andr^^s de la Losa. — Entretenimiento del 
cristianó, poema. Sevilla, 1584, S*. 

>ic. Antonio. 

* Historia de los sanctos mártyres de la 
cartuja que padecieron en Londres, 
hecha por el licenciado Cbri^tóval Tama- 
riz, fiscal de la inquisición del distrito de 
Sevilla. Sevilla, A. de la Barrera, 1584, 

Ed 6 cantos y en octavas. 

Ajíostín Alonso. — Historia de las Hazañas 
y hechos del invencible cavallero Ber- 
Díirílo del Carpió. Toledo, 1585, 4*. 

Sic. Antonio. — Pellicer, notas a! Don Quijote, 

^ La Austradia, de Juan Rufo, jurado de 
la ciudad de Górdova. Toledo, Juan 
Rodríguez, 1585, 12*. 

* Primera parte de la Angélica de Luis 
Harahona de Solo con advertimientos á 
los fines de los cantos y breves summa- 
Hos á los principios, por el presentado 
fray Pedro Verdugo de Sarria. Gra- 
nada, Hugo de Mena, 1586, \\ 

Este poema en 12 cantosj muy celebrado en 
S'i tiempo, refiere la historia de Angélica des- 
pués de su casamiento con Medoro. La segunda 
parte no se ha llegado i publicar. 



XXVII 

* Ghristoval de Vinies. — £1 Monserrate, 
Madrid, 1587 y 1601 ; Milán, 1602 ; 
Madrid, 1609. 

Algunas reimpresiones llevan por titulo El 
Moiuerrate segundo : pero es el mismo poema. 

Lorenzo de Zamora. — La Saguntina. Al" 
cala, 1587, 8« ; Madrid, 1607, S\ 

Gabriel de Mata. — El Cavallero assisio. 
Vida de S. Francisco y otros cinco san- 
tos. Valladolid, 1587 y 1589, 2 vol. 4*. 

Nio. Antonio. 

Orlando determinado, por D. Martín de 
Abarca Bolea y Castro . Zaragoza, 1587, 8«. 

Nic. Antonio. 

* Florando de Castilla, Lauro de Cavalleros, 
compuesto en octava rima por el licen- 
ciado Ilierónymo, de Guerta natural de 
Escalona. Alcalá de Henares, en casa 
de Juan Gradan, que sea en gloria, 
1588,4*. 

Jerónimo de Huerta, según don Nicolás Anto- 
niOj era natural de Escalona y médico del rey 
Felipe IV. Publicó una traducción de Plinío 
{Madrid, 1G:2i, 2 vol. fol.), de los Problemas filo- 
sóficos (Hadntf, 1628,4*), y un tratado latino so- 
bre la inmaculada Concepción (Madrid, 1630, 4*}. 
Murió de edad de 70 años y fué enterrado en la 
iglesia de los Carmelitas de Madrid. Don Nicolás 
Antonio no dala fecha de su muerte, pero como 
transcurrieron 42 años entre la publicación de 
Florando y la de bu última obra, se ve que este 
poema es obra de su primera juventud. 

Los amores de Florando, principe de Castilla, 
con la infanta Safirina, forman el asunto princi- 

Eal de este poema que tiene el mérito de ser 
astante corto porque no consta más que de trece 
cantos. Los episodios entretejidos con la acción 
no la interrumpen, lo que es una prueba de gusto 
en una época en que se creía imitar á Ariosto 
hacinando aventuras á punto de rayar en incom- 
prensible. 

* Pasada del S* señor D. Vincenzo Gon- 
zaga y Austria, duque de Mantua y Mon- 
ferrato por el estado de Milán para ir a 
tomar el poseso de su estado de Monfe- 
rrato con los recibimientos que en el di- 
cho viaje le han sido hechos, en todas 
partes, recogido por Francisco Balbi de 
Corregió. Mantua, por Giacomo Autíi- 
nelJo, 1588, 4». 

En 6 cantos. Poema curioso por la descripción 
que da de las fiestas que se celebraron en aquella 
ocasión . 

* Primera parle de Gort{*s valeroso y mexi- 
cana, de Gabriel Laso de la Vega, 
criado del rey N. S., natural de Ma- 
drid. Madrid, en casa de Pedro de Ma- 
drigal, 1588, i: 

Esta primera edición sólo contiene 12 cantos : 
la segunda (Madrid^ 159iy contiene 25 y termina 
con la batalla de Otumba cuando Cortés tuvo que 
abandonar á Méjico después de la rota conocida 
bajo el nombre ae Nochf triste. 



xxvnr 

Primera y segunda parte del LetSn de Es- 
paña por Pedro de la Vezilla Castellanos. 
Salamanca^ 1589, 8*. 

Poema eo í& cantos consa{(rado á la gloria del 
reino de León y de sus naturales. 
Nic. Antonio, Sampere notas al Don Quiote. 

^Primera parte de las elegías do varones 
ilustres de Indias, compuestas por Juan 
de Castellanos, clérigo, beneficiado de la 
ciudad de Tunja en el nuevo reyno de 
Granada. Madrid^ viada de Alonso Oó- 
mez, 1589, 4*. 

No sé por qué razón llame el autor elegías una 
serie de poema compuestas por lo común de va- 
rios cantos en que refiere la vida de los princi- 
pales conquistadores de la América. La primera 
parte, nnica publicada, contiene las elegía*, ó 
mas bien las oiograflas de don Cristóbal y don 
Diego Colón, Rodrigo de Arana, Francisco de Bo- 
badilla, Diego de Velázquez, Francisco de Ca- 
ray, Diego de Ordaz, Antonio Sedeño, Jerónimo 
de Ortal, Pedro de Ursua y Lope de Aguirre en 
55 cantos. El autor de estas notas posee la se- 
gunda y la tercera parte, que han quedado manus- 
critas. 

Duarte Díaz. — La conquista que hicieron 
los poderosos y católicos reyes D. Fer- 
nando y Doña Isabel en el reyno de Gra- 
nada. Madrid, 1590, 8*. 

* El Cavallero determinado, traducido de 
lengua francesa en castellana, por don 
Hernando de Acuña. Anveres, en ¡a offí' 
ciña Plaotiniaua, 1591, 4*, flg. 

Traducción de un poema francés de Olive- 
ros de la Marche» titulado le Chevalier deli- 
beré, 

* Libro de la vida y martyrio de la divina 
virgen y mártyr sancta Ynés, compueslo 
por fray Eugenio Martínez. Alcalá do 
Henares, Hernán fíamírez, i592, 12«. 

poema en octavas y en 20 cantos. 

* El nacimiento y primeras impresas del 
Conde Orlando, por J*edro López Henrí- 
quez de Catalayud. Valladolid, sin fe- 
cha, en 4*. 

Imitación del poema italiano de Dolce, en 25 
cantos y eo octavas. El privilegio lleva la fecha 
del 139i. 

Pedro de Escobar Cabera de Vaca. — Lu- 
cero de Tierra Sánela y grandezas de 
Egyplo. Valladolid, 1594, 8<». 

Nic. Antonio. 

* Primera parte del Arauco Domado, com- 
puesto por el licenciado Pedro de Ona, 
natural de los infanles de Engol en 
Chile. Impresso en la ciudad de los 
Beyes, por Antonio Ricardo de Turin, 
primero impresor en esto reynos, año 
de 1596, 4'. Madrid, 1G05, 12*. 

Poema rarísimo que nunca vio don Nicolás, 
Antonio, pues dice que el autor sería tal vez na- 
tural de Chile, siendo así que lo dice positiva- 
mente en el título. Este poema, en 19 cantos y 
es octavas, empieza con la llegada de don 
García Hurtado de Mendoza ¿ Chile y, acaba | 



CATÁLOGO 



con la batalla dada por doa Beltrán de Castro y 
la Cueva al corsario inglés Hawkins, que el au- 
tor llama Aquiues. El autor promete al fin uoa 
segunda parte, que nunca se ha publicado. 
Este poema, de poco mérito literario, es pre- 
cioso por las noticias que da de las costumores 
de los Indios Araucanos, que el autor ooaoctA 
perfectamente. 

* Quarla y Quinta parle de la .\raucana, 
por D. Diego de Saolislevan Osorio, 
Salamanca, Juan y Andrés fíenaut 
1597. 12«. 

Este poema, cuya cuarta pirte consta de 13 
cantos, y la quinta de 2o, se ha libertado del 
olvido solo por la circunstancia de ser la conti- 
nuación del de Ercilla. 

* Verdadero suceso y admirable historia 
del secundo cerco de Dio, estando don 
Juan Mazcarenhas por capitán y gover- 
nador de la fortaleza, compueslo por Ge- 
rónimo Cortereal y traducido en lengua 
castellana, por Fr. Pedro de Padilla, 
carmelita. Alcalá de Henares, Juao 
Gradan, 1597, 12*. 

En 21 cantos. Pedro de Padilla es conocido 
por su Romancero y por su Tesoro de varias poe- 
sías que Cervantes liberta del fuego en ei fa- 
moso escrutinio de la librería de don Quijote. 

* Chrislóval de Mesa. —Las Navas de To- 
losa. Madrid, ló98, 8«. 

La batalla de este nombre, aue aseguró defí- 
nitivamente la independencia de la España cris- 
tiana, es demasiado conocida para ^ue creamos 
deber entrar en pormenores sobre dicho suceso, 
que forma el argumeuto de este poema, como 
indica su titulo. 

Luis Hurtado. — Ln Hisloria de S. Joscph 
en octavas. Toledo, 1598, 8*. 

Nic. Antonio. 

* Lope de Vega Carpió. — La Dragontca. 
Madrid, 1598, 8" ; 1602, 8«. 

Poema en 10 cantos y en octavas, cuyo argu- 
mento es la expe lición de sir Francis Dracke 
contra las posesiones españolas en América. 

* La Fuente deseada 6 Institución de vida 
honesta y cristiana en la qual moral- 
mente se discurre por las edades y artes 
liberales y so enseña el camino de las 
virtudes, por el P. F. M. Marco Anto- 
nio de Camos. visitador de la orden de 
S. Augu.slín en los reynos de .\ragón y 
vicario provincial en Cataluña. Barce- 
lona, 1598, 12«. 

Poema ó más bien tratado de moral en ter- 
cetos, dividido en i libros y en 45 capítulos. 

* Primera y segunda parle de las guerras 
de Malla y loma de Rodas, por don 
Diego de Sanlislevan Osorio. Madrid, 
Varez de Castro, 1599, 12*. 

Historia del sitio de Malla por Solimán, en 
octavas, cuya primera part* contiene 12 cantos 
y la segunda 13. 

* El Peregrino indiano, por don Antonio 



CATÁLOGO. 



XXIX 



de Saavedra Guarnan viznieto, del conde 
do Castellar, nacido en Méjico. Madrid^ 
P. de Madrigal, 159Ü, 12-. 

El peregrino indiano no es otro qae Hernáo 
Cortés cnyas aventuras refiere el autor eo 20 
cantos y en octavas desde su salida de Cuba 
hasta la toma de Gualemozin. El autor, pro- 
metiendo al fin una segunda parte llama a la 
primera Tierra estéril mal arada. El argu- 
mento QO era etieril^ pero hubiera podido ararte 
me.or. 

Bernardo de la Vega. — La Bella Colalda 
y Cerco de Paris. México, iCOl, 8». 

* Argentina y conquista del Rio de la Plata 
con otros acaecimientos de los reyno9 
del Perú, Tucuman y e.slado del Brasil, 
por el arcediano don Martín del Barco 
Centenera. Lisboa, Pedro Crasbecck^ 
1602, 4*, 

Este poema rarísimo, en ^ cantos y en oc- 
tavas se publicó en los Uitloriadore* prmUi~ 
99$ de taa india* de Barcia, Aquel era en efecto 
el sitio <jue le correspondía, pues es más bien 
una crónica que un poema. Empieza en el des- 
cnbrimiento del rio y acaba en la expedición 
del inglés Tomás Candish. 

Gaspar Savariego de Santa Anna. — Ibe- 
riada de los hechos de Scipión Africano. 
Vailadoüd, ItíOS, b*. 

Juan de la Cueva. — La conquista de la 
Bélica. Sevilla, 1693, 8». 

* Genealogía de la Toledana Discreta, 
orimera parte, compuesta por Eugenio 
Martínez, natural de Toledo. En Alcalá 
de Henares, 1604, 4». 

Lo único que he podido averiguar acerca de 
este antor es que era toledano y que acabó 
&0S días en el monasterio de Horta, del orden del 
Cister. Sólo se ha impreso la primera parte de 
su poema, que se divide en 31 cantos y está 
compuesta á imitación de los poemas caballe- 
rescos italianos, con todos sus defectos, pero 
sin su atractivo ni amenidad. Cada canto con- 
tiene dos ó tres combates ; las aventuras de una 
multitud de caballeros, vaciados en el mismo 
molde, están tan embrolladas que es casi im- 
posible seguir el hilo de la narración El autor 
inventa también su geografia y mezcla á me- 
nudo los gigantes y las hadas con los dioses y 
diosas de la mitología griega y romana. 

El argumento de este poema es puramente 
imaginario. Antidoro, rey de Inglaterra, da un 
torneo y promete la mano de su hija y la co- 
rona al vencedor. Clarimonte, hijo de una maga, 
derriba á todos sus rivales. Interrumpe de re- 
pente el torneo la llegada de Sacridea, princesa 
de Toledo, que reclama la protección de todos 
los caballeros contra Lucinio, su primo, que 
intenta usurparle la corona. Clarimonte pelea 
con él, sacan del palenque á ambos campeo- 
nes sin sentido, y uno y otro creyéndose ven- 
cidos, dejan la corte y van á buscar aventu- 
turas. Llega entretanto el príncipe de Persia, 
bajo el nombre de caballero del Fénix, el cual, 
después de haber vencido á todos los caballe- 
ros de la corte y ganado el amor de la her- 
mosa Sacridea, al ir á casarse con ella, le de- 
safia un caballero desconocido que resulta ser 
Roaniia, princesa de Oriente, que viene á 
vengarse ael abandono en que la ha dejado. 



Después de una moltitod de aventaras, se 
descubre que el principe de Persia es hermano 
de Sacridea, de modo que nada se opone á sa 
casamiento con Roanisa. Clarimento, que en 
estas idas y venidas ha hecho grandes proezas 
on el Felupouoso, se descuelga reclamando la 
mano de la princesa de Inglaterra, y aqni 
acaba la primera parte. Á pesar de lo malo que 
es este poema, no se le puede negar al autor 
cierto talento para versilioar, siendo notable 
sobre todo que las descripciones de combates 
que á cada paso occurren nunca se repiten. 

Don Nicolás Antonio menciona una edición 
de 1590, pero el autor de estas notas duda de 
su existencia, porque todas las aprobaciones 
que« en los libros españoles, conservan co- 
múnmente la fecha de la primera edición, traen, 
en esta obra, las de 160K3 y IGOi- Martínez ha 
publicado además un poema sobre la vida y 
el martirio de santa Ynez. Alcalá, 1592. 8«. 

Antonio de Viana. — Antigüedades de las 
islas Fortunadas de la Gran Canaria, 
conquista de Tenerife y apparecimienlo 
de la Imagen de Candelaria. Sevilla, 
1604, 8» . 

Poema tan raro como precioso para la histo 
ría. Nunca le he visto, pero machos historia- 
dores de las Canarias hablan de él con elogio. 

* Nicolás Bravo. — Benedictina, en que se 
trata de la Milagrosa vida del glorioso 
san Benito, patriarca de los monjes. Sa- 
lamanca. 1604, 4*. 

En 18 cantos y en octavas. 

* Lope de Vega. — La Hermosura de An- 
gélica. Madrid, ÍGfíó, 8*. 

* El Pelayo, del Pinciano. (Alfonso López, 
natural de Valladolid). Madrid, por Luis 
Sánchez, 1605, 12*. 

En octavas y en 20 cantos. 

Juan Suárez do Alarcón. — La Infanta 
coronada, por el rey don Pedro. Doña 
Inez de Castro, en octavas. Lisboa, 
160tí. 

* La Restauración de España, de Christóval 
de Messa. Madrid, Juan de la Cuesta, 
1(507, 12\ 

Poema en 10 cantos y en octavas, cuyo héroe 
es don Pelayo. 

Pedro Gutiérrez de Pamanos. — Fantasía 

{)oélica ; Batalla entre los Titanos y los 
dioses. Málaga, 1607, 8*. 

* Primera parte de la Murguetana del 
Oriolano ; Guerras y Conquista del reyno 
de Murcia, por el rey don Jayme primero 
de Aragón, con la Kedempción del Cas- 
tillo de Origuela, donde se illustra casi 
toda la nobleza de España, como se verá 
en la página siguiente. Valencia, Juan 
Vicente Franco, 1608, 12-. 

El Oriolano (por sn patria Orihoela) se Itaabam 
Gaspar García. Esta primera parle queda inte- 
rrumpida en el canto nono, en el momento en que 
los cristianos van á sitiar á Al^eciras. La seronda 
no se ha publicado» 



XXX 

* Temblor de Lima 



CATALOGO. 



en el año de 1609, 
por el Licenciado Pedro de Oña. Lima, 
4609, 4«. 

En un canto y eo octaTas. 

Don Bartolomé Cay rasco de Figueroa. — 
Templo militante, flossanctorum y triumfo 
de sus virtudes. Lisboa y Madrid. 1609- 
Í5, 4 vol. fol. 

*Lope de Vega Carpió. — Jerusalén con- 
quistada, epopeya trágica. Barcelona, 
1609, 8» ; ibid, 1619. 

* Expulsión de los Moros de España por la 
S. C. R. Majestad del rey don Felipe III 
nuestro señor, por Gaspar Aguilar. Va- 
hncia, Patricio Mcy^ 1610, \t*. 

Este poema, en 8 cantos y en octavas, no carece 
de mérito, aunque no ha granjeado al autor tanta 
nombradla como sus comedias. 

* Historia de la nueva México, del capitán 
Gaspar de Villagra. Alcalá^ Luis Martí- 
nez Grande^ 1610, 12«. 

Gaceta rimada en 3i cantos, de la expedición de 
don Juan de uñate á Nueva Méjico. La primera 
parte acaba en medio de la expedición ; la segunda I 
nunca se ha publicado. 

Alvaro de Hinojosa y Caravajal. — Vida y 
Milagros de Santa Inés, y otras obras de 
poesía. Braga 1611, 8*. 

Alonso Díaz. — Poema castellano de la His- 
toria de nuestra señora de Aguas Santas. 
SeviHa, 1611,8'. 

* La Cristiada del padre maestro fray 
Diego de Hojeda, regente de los estudios 
de predicadores de Lima. Sevilla. Dícao 
Pércz^ 1611, 4*. 

En 13 cantos y en octavas. 

* España defendida, poema heroyco de 
Ghristóval Suárez de Figueroa. Madrid, 
por Juan de la Cuesta, i6l'i, 12». 

Poema en 1 4 cantos y en octavas, cuyo héroe es 
Bernardo del Carpió. 

* La Numantina, del licenciado don Fran- 
cisco Mosquera de Barnuevo, natural 
de la dicha ciudad. Sevilh, Luis Estu- 
piñao, 1612, 4". 

En octavas y en lo cantos. 

Pablo Verdugo. — La vida de santa Theresa 
de Jesús, en quintillas. Madrid, 1615, 8*. 

* Alphonso de Azevedo. — Creación del 
mundo. Boma, 1615, 8*. 

*La Moschea, poética inventiva en octava 
rima compuesto por Joseph de Villavi- 
ciosa, vecino de la ciudad de Cuenca. 
Cuenca, Domingo de la Iglesia, 1015. 
12». 

Antonio Ribera. - Poema de la limpia 



Concepción de nuestra Seííora, SevilU, 
1616, 4-. 

* Los Amantes de Teruel, epopeya trágica, 
con la restauración de España por la 
parte de Sobrarbe y conquista del reyno 
de Valencia, por Juan Vagues de Saias. 
secretario de la ciudad de Teruel. Valen- 
cia, Patricio Mey, 1616, 12». 

. En 26 cantos y en octavas. 

* Poema myslico [sic) del glorioso santo An- 
tonio de Padua. Contiene su vida, milagros 
y muerte, por Luys de Tovar. Lisboa, 
Pedro Craesbeeck, 1616, 12«. 

En 13 libros y en octavas. 

España libertada, por doña Bernarda Fe- 
rreira de la Cerda. Lisboa, Pedro Craes- 
beeck, 1618, 4-». 

Francisco G re jro rio Fanlo. — La vidí de 
S. Ram'n Nonato, en octavas. Zaraaocf», 
1618, 4«. ^ 

Juan Bermiidoz y Alfaro. — El Xarciso, on 
octavas. Lisboa, 1618. 

* Sagrario de Toledo, poema heroico, por 
el maestro Joseph do Valdivieso. Capel líin 
del ¡II.» S."- arz.Mle Toledo. Barcelona, 
Esto van Liberg, 1618. 

En 25 cantos y contienen 1.500 octavas. 

Lorenzo de la Cueva. — La Conversión de 
S. Francisco Alcalá. 1619, 8». 

Christóval González Torneo. — La Vida y 
Penilencia de sania Theodora de Alexan- 
dría. Madrid, Í6[9, 4% Córdova, 1646, 4». 

* Amagona Cristiana. — Vida de la beata 
madre Teresa de Jesús, por Fr. Barto- 
lomé de Segura, monje benito. Vallado- 
lid, Francisco Fernández de Córdoba, 
1619, 12-. ' 

En 13 cantos y en cuartetos. 

Damián Rodríguez de Vargas, la verdadera 
Hermandad de los cinco mártyres de 
Arabia. Toledo, lb21, 4». 

♦ Primera parte de la baxada de los Espa- 
ñoles de Francin en Normandía. Am- 
beres, Gi raido Wolsscbario , 1622, 12». 

En 9 cantos y en octavas. 

Frutos de León Tapia, poema castellano 
de la vida del Bienaventurado san Frutos, 
patrón de la ciudad de Segovia, y de sus 
gloriosos hermanos S. Valentín y santa 
Engracia. Madrid, 1623, 4». 

Chrysóstomo Enríquez. — Triumfo del 
amor de Dios. Bruselas, 1624, 8». 

* Nave trágica de la India de Portugal, por 
Francisco de Conlreras, natural de Ar- 



CATALOGO. 



XXXI 



gamastUa de Alba. Madrid y por Luis 
Sánchez, 1624, 8». 

Breve relación en octavas y eo 3 cantos, del 
n.iufra);io de don Manuel de Souza, tan conocido 
por el poema de Cortereal. 

* VA Bernardo ó Victoria de Roncesvalles, 
prema heroyco del doctor I). Bernardo 
de Halbaena, atiad mayor de la isla de la 
Jamayca. Madrid, Diego Flamenco, 

Juan Meléndez. — Historia do la Appari- 
ciiín y Milagros de Nuestra señora de 
la Seirra del Lugar de Villaroya. Zara- 
tjn^a, 1627, b». 

* I*oc?ma heroico dol Assalio y conquista 
Ai* Anlequeru, por D. liodrif^o de Carvajal 
y Kobles, natural do la ciudad de Aníe- 
quera, en la ciudad de los Heves, por 
lliíTi'nimo de Conlreras, 1027, 4». 

DoQ Nicolás Antonio atribuye al mismo autor 
otro poema impreso igualmeote en Lima, titulado 
{fl Haíalla de Toro. El del asalte y conquista de 
.Antequera, en 20 cantos, es un libro rarísimo y 
e»te es su principal mérito. 

* \\\ Femando ó Sevilla restaurada, poema 
«'picoe<icr¡to con los versos de la Gerusa- 
It'mmc libcrata del insigne TorquatoTasso, 
por I). Juan Ant. de Vera y Figueroa, 
Conde dclla Hocca. Milán, Ucnrico Esté- 
íano, 1632, 4«. 

ün iO cintos y en cuartetos. El autor, refl- 
rieudo la conquista de Sevilla, se ba contentado 
con parodiar, canto por canto, la JerutaUn del 

* Hxpulsii'n de los Moriscos rebeldes de la 
Sifrra y Muela de Corles, por Simeón 
Zapata, Valenciano, compuesta por Vi- 
cente Pérez de Culla. Valencia, por Juan 
Bautista Margal, 1635, A: 

Fn 5 cantos y en octavas. El arf^nmentn es 
ia rebelión de los Moriscos del reino de Va- 

líQcia. 

Oirisiíjval Suárez de Vargas. — Descensión 
de Nuestra Señora á la santa iglesia de 
Toledo. Toledo, 1030, 8-. 

* Kl Macabco, poema heroyco de Miguel de 
i^Üveira, en Ñapóles, por Egidio Longo, 
l«i38, 4». 

En 20 cantos y en octavas. 

* E\ héroe sacro español santo Domingo de 
Ouzmán, por don Iñigo de Aguirre y Santa 
Cruz. Madrid. 1041, 4". 

* La Filis, por el capitán Miguel Botello de 
í:ar>'allo. Madrid, 1041, 8«. 

^ma pastoril en 6 cantos y en octavas. 

*E1 santuario de N. S. de Copacibana en 
^¡ Perú; compuesto por el H. P. M. F 
Fernando de Valverde de la orden de 



N. P. S. Agustín. Lima, Luis de Lira, 
1641, 4». 

Dividido en 18 silvas. Nuestra señora de Copa- 
cavana es una imagen muy célebre en el Perú, 
cerca del Ugo de Titicaca. 

* La Anunciación de Mana, poema heroico 
de D. Bartholomé de Lamo y Pichón. 
S. L. 1042, 4». 

En octavas y en un solo canto. 

^ La feliz campaña y los dichosos progresos 
que tuvieron las armas de Su Majestad 
Caiólica I). Phelipe 4* en estos payses 
baxos el año de 1042, siendo governa- 
dos por el excelentísimo señor D. Fran- 
cisco de .Mello, marqués de Tordelaguna ; 
compuesto por Gabriel de la Vega, 
escribano público y natural de Málaga. 
S. L. 1043, 4*. 

En 8 cantos y en octavas. Este volumen parece 
baber sido impreso en Bruselas. 

* Poema heroyco de In Invención de la 
Cruz, por el emperador Constantino Mag- 
no : cledic?lo al rey N. S. D. Francisco 
López de Zarate, natural de la ciudad de 
Logroño. Madrid, por Francisco García, 
1648, 4». 

En 22 cantos y en octavas. 

Emmanuel de Salinas. — La Casta Susana. 
Huesca, 1051. 

* Neapolisea, poema heroyco y panegyrico 
al gran capitán Gonzalo Fernández de 
Córdova, por D. Francisco de Trilló y Fi- 
gueroa. Granada, B. de Bolibar, 1651, 4*. 

En 8 cantos y en octavas. 

Gregorio Alberto Varage. — Historia de la 
imagen de la Madre de Dios de la Pacien- 
cia. Valencia. 1653, 4*. 

Es obra en verso histórico y devoto, Ximénez, 
p. 175. 

Alvaro Lope de Vega. — Poema histórico 
y descripción del sitio, casa y milagros 
de Nuestra Señora la Virgen de Espe- 
ranza. 1053, 4». 

* Ñapóles recuperada por el rey Alonso, 
poema heroico de D. Francisco de Bor- 
gia, príncipe de Esquilache. Amberes, 
1057, 4». 

En 12 cantos y en octavas. 

* Epílogo en octava rima de la vida del 
bienaventurado Luys Gonzaga, por el 
contador Vicente de Oiza. Milán, sin 
fecha, 8». 

En octavas : el privilegio es del 1665. 

Thomasiada. — Al sol do la Iglesia y su 
dotor santo Thomás do Aquino, por el 
padre Diego Saenz Ovecuri. Guatemala, 
por Josoph de Pineda J barra, 1667, 4*. 

Dividido en 7 libros y curioso tanto por el lugar 
de la impresión como porque el autor ba intro- 



dttcido en él todas las elases de Terso posibles en 
castellano. 

Blasco Franco Fernández. — Vida de Jefe 
y BU divino fruto. Vida de Jesús y María, 
poema heroyco. Madrid, 1670, 4". 

Poema heroyco hispano-latino panegyrico de 
la fundación y grandezas de la muy noble 
y muy leal ciudad de Lima ; obra posthu- 
ma del R. P. M. Rodrigue de Valdes, de 
la Compañía de Jesús. Madrid, Antonio 
Román, 1687, 4*. 

En SKS2 cuartetos compuestos eiclusÍTamente 
de voces que son al mismo tiempo latinas y espa- 
ñolas. 

Enciso y Monson. — La Cristiada, poema 



gatjClogo. 



épico do la vida de Jesu Cristo Nuestro 
Señor. Cádiz, 1694. 4*. 

Gaspar de Sossa. — Historia de los tumul- 
tos de Ñapóles. 

Don Nicolás Antonio habla de este poema en 
décimas escrito, ^ortMi propUi» ApolUnr ; pero no 
dice el lugar ni la fecha de la impresión. 

* La Farsalia, poema español, escrito por 
D. Juan de Jáuregui y Aguilar, caballero 
de la orden de Calatrava. Madrid, Lorenzo 
Garda, sin fecha, 4*. 

El Orfeo, del mismo, impreso á continua- 
ción de la Farsalia. 

En 4 cantos y en octavas. 



NOTICIAS 

DEL AUTOR DE LA ARAUCANA, 



Dox Alonso de EIrcilla y Zi^'f^ioA nació en Madrid a 7 de agosto de 15f)3, 
pero traía su origen de Bermeo, cabeza del señorío de Vr^caya, de donde era 
natural Fortún Garda de Ercillay su padre, eminente jurisconsulto que murió 
on Valladolid á 29 de septiembre de 153Í á los 40 de su edad. Fué también 
de Bermeo Martin íiaiz de ErciIIa, señor de la Torre de Ercilla, abuelo de 
nuestro don Alonso. Su madre fué doña Leonor de Züñiga^ señora de Dovadilla, 
cuya villa, muerto Fortún García, fué incorporada en la Corona, y ella 
nombrada guardadamas de la emperatriz doña Isabel. Procrearon estos nobles 
casados tres hijos : don Francisco de Zúñiga^ que murió mozo en Madrid 4 
28 de julio de 15i5 : don Juan de Zúñiga, abad de Hormedes, limosnero mayrfr 
de la reina doña Ana de Austria, y Maestro del príncipe don Fernando, el cual 
murió eti Almaraz á 28 de agosto de 1580 ; y nuestro don Aloxso, que desde Sus 
tierno» años se crió en palacio en calidad de paje del príncipe don Felipe, hijo 
del emperador Carlos V, y é la sombra de su madre doña Leonor. Era de 
ingenio vivo, naturalmente culto, de atinado juicio, y de espíritu belicoso : 
prendas que mejoró con el estudio de las buenas letras, y porfüccionó con las 
varias peregrinaciones que hizo por Europa y América ; poríjue siguió á 
Felipe li en cuantas jornadas hizo por mar y tierra, corriendo una y otra 
vez todas las provincias que contiene España, Italia, Francia, Inglaterra,*Flan- 
des, Alemania, Moravia, Silesia, Austria, Hungría, Í!Íliria y Corintia. Y como 
siempre fué inclinado y amigo de inquirir y saber, según coníiesa él mismo í, 
adquirió grande caudal de noticias y de prudencia, viendo, como otro Ulises, 
tanta diversidad de naciones y de humanas costumbres. 

£1 año de 1541 acompañó al principe don Felipe, que, llamado de r^ padre 
el emperador, j>asó á Bruselas y tomó posesión del ducado de Brabaule. IJe^ 
á aquella capital de Flandes, atravesando la Italia, la Alemania y el ducado 
de Luxemburgo, y el año de 1551 se restituyó á España, desandando el mismo 
camino. El cronista Juan Esteban Calvete, que reflere este viaje, llama á 
nuestro Ergilla don Alonso de Zúñiga^ usando del segundo apellido. 

Siguió también don Alonso al mismo principe cuando el año de 1551 pasó 
á Inglaterra á casarse con doña María, heredera de aquel reino. En esta sazón 
llegó á Londres la noticia del levantamiento del Estado de Arauco, y hallándose 
en aquella corte Jerónimo de Alderete, que había venido del Peiiú, le nombró 
el rey capitán y adelantado de aquella tierra, con cargo de pacificaría. Partió pues 
de Londres Alderete llevando en su compañía á don Alonso, de edad de 21 años, 
siendo esta la primera vez que ciñó espada, como él dice '. Pero muriendo el 
adelantado en Taboga, cerca de Panamá, continuó Ergilla su viaje á Lima, 
capital del Perú. Era virrey de aquel reino don Andrés Hurlado de Mendoza, 
marqués de Cañete, y con noticia de la muerte del Adelantado, y en virtud de sus 
facultades, nombró á su hijo don García por capitán general de Chile, á donde 
' le envió con una lucida escuadra para sujetar á los inobedientes araucanos. 
Pasó pues DON Alonso á Chile, incorporado en esta escuadra, como él asegura 3^ 
y lo confírma el cronista Herrera. 

Entonces dio principio don Alonso á las reñidas y sangrientas guerras del 
Arauco, obrando en el discurso de ellas más proezas con la espada do las que 
escribió con la pluma, como dice el licenciado Oña * ; pUes, como del otro 
Troyano cantó Virgilio, fué nuestro don Alonso gran parte de ellas, siendo 
Chile el teatro en donde hizo alarde de las primicias de su valor y de su ingenio. 

1. CjdÍo XXXvr 3. Canto XIII. 

S. Caolo XiU ^* Atjucq iomado^ can lo VI. 



XXXrV NOTICIAS 

Hulloso Gil sieto halallas campales, tolerando con heroico esfuerzo todas sus 
calamidades y riesgos de la vida : y no contento con estas empresas, acorapaúó 
á su general, don García Hurtado de Mendoza, á la conouista de la última tierra 
que por el estrecho de Magallanes estaba descubierta hasta el valle de Ctüle ; 
aunque él pasó adelante, y seguido de otros diez soldados, venciendo difícul- 
tades insuperables y atravesando dos veces en piraguas el peligrosísimo des- 
aguadero del Archipiélago de Ancudbox, entró la tierra adentro, y para testimo- 
nio de la intrepidez de su corazón, en la corteza del árbol más robusto que 
vio allí grabó con un cuchillo la siguiente octava ^ : 

Aquí llcgü, donde otro no ha llegado, 
I)on Alonso de Ercilla, que el primero 
En un pequeño barco deslastrado, 
Con solos diez, pasó el desaguadero ; 
El año de cincuenta y ocho entrado, 
Sobre mil y quinientos, por febrero, 
A las dos de la tarde el postrer dia, 
Volviendo á la dejada compañía. 

Volvió en efecto después de varias fortunas y peligros á la ciudad de la Impe- 
rial, en donde estuvo á riesgo de perder entre los suyos la vida, que supo liber- 
tar en tantas ocasiones del poder de sus enemigos. Porque concurriendo á la 
sazón en la ciudad, dice el mismo Ercilla <, gran número de gallardos jóvenes, 
concertaron una justa y desafío, en donde mostrase cada cual su valor y des- 
treza. El doctor Cristóbal Suárez de Figueroa, dice 3 : que estas fiestas las 
mandó celebrar don García para solemnizar la noticia (¡ue se recibió en Chile de 
la coronación del rey Felipe II, en virtud de la renuncia que en Bruselas hizo en 
él el emperador Carlos V su padre, c Hubo (añade Fiffueroa) entre otros regocijos 
« Estafermo, á que salieron muchos armados. Sobre quién había herido en 
« mejor lugar hubo diferencia entre don Juan de Pineda y don Alonso de ErciUay 
<t pasando tan adelante que pusieron mano á las espadas. Desenvaináronse 
n en un instante infinitas de los de á pie, que sin saber la parto que habían 
« de scfi ' ' " '* ---j- 

« Es par 
« fingidos 

« aunque ligeras. Prendiéronse por orden del general, que para infundir temor 
« entre los demás, los condenó á degollar, sabiendo ser cualquier severidad 
« eficacísima para asegurar la milicia. Sosegóse el tumulto, y hecha información, 
« y hallado que había sido caso improviso de los dos, se revocó la sentencia, etc.'> 

Hace mención de este suceso el mismo Ercilla, y dice expresamente que fué 
sacado á la plaza á degollar & : 

Turbo la ílesla un caso no pensado, 
Y la ccleridnd del juez fué tanla, 
Que estuve en el tápelo, ya i^nlregado 
Al agudo cuchillo la garganta : 
El enorme delito exagerado, 
La voz y fama pública lo canta, 
(Jue fuó sólo poner mano á la espada, 
Nunca sin gran razón desenvainada. 

y lo confirma en otro lugar hablamlo del mismo caso 5 ; 

Ni digo como al fin por accidente 
Del mozo capitán acelerado 
Fui sacado á la plaza ¡njustamonle 
Á ser públicamente degollado ; etc. 

Jo modo que, según esta relación, revocó don íJarcía la sentencia estundo para 

1. Canto XXWI. «-'«f '« "7'''fXÍ/. ^''"''''•' P^=- '^^ y <W4. 

S. Fa cl mismo canto XXXVI. ^ i. (-aillo XXXVI. 

a. Ilickos He don Garc a Hurla to «// Me.itoia, 1. CaiUo XXXVII. 




DEL AUTOR DE ESTA OBRA. 



XXXV 



ejecutarse. Siguióse después tener gran tiempo preso á don Alonso, yara. 
enmendar, con este el primer yerro, como él asegura í, succediendo á la prisión 
un trabajoso destierro ; mas no por eso faltó en ninguna acción ni asaltos de 
plazas que después se ofrecieran. Pero estimulado del agravio que sufiió en la 
Imperial, salió de Chile y llegó prósperamente al Callao de Lima, en donde 
estuvo hasta que llegaron las noticias de las crueldades que ejercía en Vene- 
zuela Lope de Aguirre; y determinándose de ir contra él, llegó á Panamá, en 
donde supo que habían ya desbaratado y quitado la vida á aquel rebelde ^. Era 
Lope de Aguirre un guipuzcoano, natural de Oííate, que, viviendo en Lima, 
fué uno de los cuatrocientos hombres que, bajo el mando del capitán Pedro do 
Ursúa, fueron enviados el año de 1559 por el marqués de Cañete, virrey del Perú, 
á la conquista de los Omeguas; pero rebelándose Aguirre contra su capitán, 
le quitó la vida y se hizo reconocer pour caudillo de la gente, ejecutando tales 
crueldades, <jue justamente le compara Ercilla á Herodes y á Nerón, pues 
no perdonó a su propia hija. Desbaratóle en Tocuyo Diego García de Paredes, 
y cortándole la cabeza le descuartizaron el año de 1501. Por este tiempo 
padeció Ercilla una larga y extraña enfermedad, convalecido de la cual, 
locando en las Terceras, se restituyó á España á los 29 años de su edad ; de 
donde á breve tiempo salió para correr la Francia, Italia, Alemania, Silesia, 
Moravia y Panonia 3. Pero hallándose en Madrid el año de 1570 contrajo matri- 
monio con doila María Bazán, h'ja de Gil Sánchez Bazán y de doña manjucsa do 
(Jgarte, dama de la reina doña Isabel de la Paz, la cual y el emperador Hodulfo 
fueron sus padrinos, como dice Esteban de Garibay, citado por don Luis de 
Sídazar *. Hace mención don Alonso en su Araucana de esta señora, alabándola 
sobre todas las que, arrebatado en sueños por Belona. vio juntas en un ameno 
prado ; y deseando ocuparse en canciones amorosas, me sentí, dice $ 

Con gran gana y codicia de informarme 
De aquel asiento y damas tan hermosas, 
En especial y sobre todas una, 
Que vi á sus pies rendida mi fortuna* 
Era de tierna edad, pero moslraba 
Kn su sosiego discreción madura, 
Y á mirarme parece la inclinaba 
Su estrella, su destino y mi ventura : 
Yo, que saber su nombre deseaba, 
Rendido y entregado á su hermosura, 
Vi á sus pie^ una letra que decía : 
Del Tronco de Bazán doña María. 

Si es verdad que don Alonso casó por enero de 1570, como asegura Garibay, 
no pudo ser su madrina la reina doña Isabel de la Paz, que murió á 4 de 
octubre de 1568 8. Acaso quiso decir doña Ana de Austria, cuarta mujer de 
Felipe II, y hermana de los príncipes Rodulfo y Ernesto, que se criaban en 
Madrid : de donde llamó al primero Maximiliano II, su padre, el año de 1572, 
para coronarle rey de Hungría : el siguiente de 1573 fué coronado rey do Bohemia 
en Praga, y el de 1576 succedió á su padre en el imperio bajo el nombre do 
Rodulfo II 7. De este emperador fué gentilhombre don Alonso de Ercilla, y 
acaso le acompañó en sus viajes en Alemania. Pero por los años de 1580 
parece vivía retirado en Madrid, su patrio, aunque altamente quejoso de la 
fortuna. Porque, sin embargo de los continuos y penosos servicios que hizo 
en la milicia y en la casa real : sin embargo de sus estimables prendas de cali- 
dad, de estudios y de ingenio, nada parece medró en la milicia ni en palacio, 
de lo cual se queja abiertamente al mismo rey diciendo que tuvo siempre la 
desgracia de navegar contra la corriente de la fortuna ; que fueron siimpre 
infructuosos los inmensos trabajos que padeció en su servicio ; que el disfavor 
¡e tenía arrinconado y reducido á la miseria suma ; pero que á lo menos había 



1. Canto XXX\I. 

2. Jbid. 

3. hié. 

*. Mfertenntu kntóricu^ pag. 13. 



5. CiinloXVIlI. 

6. Carrera, II ú loria th Felipe II. 

7. UooRir.o M<i>DKz oi: Sn.VA, Yida d» la ethpera- 
triz doRa María, pág. 56. 



XXXVI NOTICIAS DEL AUTOR DE ESTA OB^V. 

Garrido con honor la carrera de su vida ; y auiKiue destituido de premios, tenía 
Id gloria de haberlos sabido merecer, que es en lo que verdaderamente eon* - 
8Í8t«n t. En los Avisos para palacio ' se reñere este caso de riuestro Ev^ch^la : 
« Hablando .ilgunas veces á Felipe II don Ai/)nso db Ercilla y Zúñi&a« siendo 
« mu Y discreto hidalgo, que compuso el poema La Araucana, se perdió siemprp, 
« sin acertar con lo que quería decir, basta que conociendo el rey por la noticia 
a que tenía de él, que su turbación nacía del respeto con que poma los ojos eo 
« la majestad, le diJo : Doa AloasOy habladme por esoriio. Asi lo ejecutó, y el 
(I rey le dcsiiachó é hizo merced. >* 

Si don Alonso recibió esta merced, no parece fué suficiente para dcsartnarle 
do las r.i/«oncs de sus quejas. Desahuciado finalmente de las esperanzas huma- 
nas, recurre a Dios, protestando que había dado sin rienda al mundo el ti^m{>o 
más florido de su vida 3. Entre otras flaquezas que le i*emorderian á don At^xso 
serían sin duda aquellas mocedades de que fueron fruto vanos hijos quG¿ tuvo 
fuera de matrimonio (pues legítimo no tuvo ninguno), y que con toda expi^esión 
reñere don Luis de balazar, con autoridad de Esteban de Garibay t .- ele los 
cuales la más notable fué doña María Margarita de Zúñiga, dama de la empoTti- 
tríz dona María, que casó altamente, pues fué su marido don Fadriquo de 
Portugal, señor de las baronías de Orani, Caballerizo mayor de la empella triz, 
hijo do los condes Faro y Mira. 

No sabemos cuándo murió don Alonso db Ercilla. El año de 4596 le supone 
vivo el licenciado Mosquera, pues entonces decía que estaba ocupado en escribir 
con felicidad las victorias de don Alvaro Bazán, marqués de Santa Cruz, cuyo 
poema no sabemos si la muerte le dio lugar de finalizar &. 

Fué DON Alonso db EIrcilla soldado tan valeroso* que sin el auxilio de. ]as 
letras propias, sustentaría en la posteridad la opinión de sus heroicos heettos ; 
pero floreció tanto en ellas, que parece no necesita de la recomendación de sus 
proezas para ocupar un lugar distinguido entre los más fumosos españoles : 
ó antes bien él solo se basta á sí mismo para hacerse inmortal con la espada y 
con la pluma, siendo á un mismo tiempo el héroe y el poeta : más dichoso en 
esto que Aquiles y Alejandro, á quien poco hubieran aprovechado sus heroi- 
cidades si Homero y los historiadores griegos y latinos no las hubieran trasla- 
dado á la memoria de los hombres, y sólo comparable con César, historiador 
de lo mismo que obraba. Vése esto en su Araucana, poema heroico, que Miguel 
de Cervantes gradúa de uno de los mejores que hay escrito en lengua castellana 
y de una de las más ricas prendas de poesía que tiene España ^ : poema por el 
cual el humanista Juan de Guzmán llama á don Alonso el Homero hispano y 
principe de los poet^i españoles "^ : cuyo libro, dice Andrés Escoto, que leían 
muchos con asombro, y nunca lo dejaban de lus manos 8 ; y de cuyo autor dijo 
Vicente Espinel ^ ; 

Quo en ol heroico verso fué el primero 
» Que honré ásu patria, y aun quizá el postrero. 

Consta este poema de tros partes, que compuso, como él dice, escribiendo de 
noche lo que obraba de día. Es su argumento las guerras que con obstinat^ión 
temeraria sustcnlaron los araucanos para defender su rebelión contra su rey 
don Felipo II, en cuya relación guardó don Alonso la más escrupulosa 
puntualidad ; ]»orquc se propuso caminar siempre por el rigor de la verdad, 
como ól adviei lo to. Y como las batallas y sucesos de la guerra son tait pare- 
cidos, sólo la fuerza de su invención pudo lograr inferir con grata variedad unos 
sucesos unifoniios, y dar bulto y cuerpo agigantado á unos acaecimientos cuyos 
autores, especialmente de parte de los araucanos, eran unos personajes parti- 
culares, desconocidos y agrestes. 

1. Gamo XXXVn. 6- lünlnria de don Quijútt, lom. I, cap. 6. 

S. Impresos á continuacióú de la Carta fCw'a 7. Orntile de Orndores, Coav. VI y VHL 

de cunados, fol. 191. 8. !tiU. tlitp. verb. Fortunius Cartiú. 

3. Calilo XXXVH. ^' ''«*« rf<' /« Mnmria. 

4. Aáttrl9nvias kixtórieoM, páp. 14. 1«>. ITÚlo-o <íe la pirie II. 
b. Comentario de Disvipltaa militar, pág 17J. 



TESORO 



DE LA 



MUSA ÉPICA ESPAÑOLA. 



LA ARAUCANA. 



PARTE PRIMERA. 



PROLOGO DEL AUTOR. 

Si pensara que el Irabajo que he puesto en esta obra me había de quilar tan poco el 
miedo de publicarla, sé cierto de mí que no tuviera ánimo para llevarla al cabo. Pero 
considerando ser la historia verdadera y de cosas de guerra, á las cuales hay tantos 
aficionados, me he resuelto en imprimirla» ayudando á ello las importunaciones de 
machos testigos que en lo de más dello se hallaron, y el agravio que algunos españoles 
rtcibirían quedando sus hazañas en perpetuo silencio faltando quien las escriba : no por 
ser ellas pequeñas, pero porque la tierra es tan remota y apartada y la postrera que los 
españoles han pisado por la parte del Perú, que no se puede tener della casi noticia, 
y por el mal aparcgo y poco tiempo que para escribir hay con la ocupación de la guerra, 
que no da lugar á ello ; y así el que pude hurtar le gasté en este libro, el cual, parque 
Tuese más cierto y verdadero, se hizo en la misma guerra y en los mismos pasos y 
Mtios, escribiendo mucha veces en cuero por falta de papel, y en pedazos de cartas, 
algunos tan pequeños que apenas cabían seis versos ; que no me costó después poco 
trabajo juntarlos; y por esto, y por la humildad con que va la obra, como criada en tan 
pobres pañales, acompañándola el celo y la intención con que se hizo, espero que será 
parte para poder sufrir quien la leyere las faltas que lleva. Y si á alguno le pareciere 
que me muestro al^ inclinado á la parte de los araucanos, tratando sus cosas y 
valentías más estendidamente de lo que para bárbaros se requiere : si queremos mirar 
su crianza, costumbres, modos de guerra y ejercicio della, veremos que muchos no les 
han hecho ventaja, y que son pocos los que con tal constancia y ílrmoza han defendido 
su tierra contra tan fleros enemigos como son los españoles. Y cierto es cosa de admira- 
ción que no poseyendo los araucanos más de veinte leguas de término, sin tener en todo 
él pueblo formado, ni muro, ni casa fuerte para su reparo, ni armas, á lo menos defen- 
sivas, que la prolija guerra y españoles las han gastado y consumido, v en tierra no 
áspera, rodeada de tres pueblos españoles y dos plazas fuertes en medio della, con puro 
valor y porfiada determinación hayan redimido y sustentado su libertad, derramando 
en sacrídcío della tanta sangre así suya como de españoles, que con veidad se puede 
decir haber pocos lugares que no estén della teñidos y poblados de huesos ; no faltando á 
los muertos quien les suceda en llevar su opinión adelante ; pues los hijos, ganosos de la 
venganza de sus muertos padres, con la natural rabia que los mueve y el valor que dellos 
heredaron, acelerando el curso de los años, antes de tiempo tomando las armas, se 
ofrecen al rigor de la guerra : y es tanta la falta de gente por la mucha que ha muerto 
en esta demanda, que, para hacer más cuerpo y henchir los escuadrones, vienen también 

1 



2 PROLOGO DEL AUTOR. 

las mujeres á la guerra, y peleando algunas veces como varones se entregan con {zrancie 
ánimo á la muerte. Todo eslo he querido traer para prueba y en abono del valor destas 
gentes, digno de mayor, loor del (jue yo le podré dar con mis versos. Y pues, como dije 
arriba, hay agora en España cantidad de pereonas que se hallaron en muchas cosas df 
las que aquí escribo, á ellos remito la defensa de mi obra eo esta parte, y á los que la 
leyeren se la encomiendo. 



DECLARACIÓN DE ALGUNAS COSAS DE ESTA OBRA. 



I'orque hay en este libro algunas cosas y vocablos que por ser de Indias no se dejan bien entender 

me pareció declararlas aquí ]!>ara que fácilmente se entiendan. 

ADqoi. Valle donde los españoles poblaron una ciudad, y le pusieron por nombre ¡ost 
Confínes dé Angol. 

Apó. Señor ó capitán absoluto de los otros. 

Arauco [el estado de). Es una provincia pequeña de veinte leguas de largo y siete de 
ancho poco mas ó menos, la cual ha sido la más belicosd de todas las Indias ; y por 
esto es llamado el estado indómito. Llámansc los iudios de él araucanos, tomando el 
nombre de la provincia. 

Arcabuco. Espesura grande de árboles altos y boscaje. 

Bohío. Es una casa pajiza grande de sola una pieza sin alto. 

Cacique. Quiere decir señor de vasallos, que tiene gente á su carga. Los caciques toman 
el nombre do los valles do donde son señores, y de la misma manera los hijos 6 su- 
cesores que suceden en ellos : declárase esto porque los que mueren en la guerra ne 
oirán después nombrar en otra batalla, entiéndase que son los hijos á sucesores de 
los muertos. 

Caupolican. Fué hijo de Leocan, y Lautaro hijo de Pillan. Declaro esto, porque como 
BOU capilane& señalados de los cuales la historia hace muchas veces mención, por no 
poner tantas veces sus nombres, me aprovecho de los de sus padres. 

Cautín. Es un valle hermosísimo y fértil, donde los españoles fundaron la más próspera 
ciudad que ha habido en aquellas partes, la cual tenía trescientos mil indios casados de 
servicio : llamáronla La Imperial porque, cuando entraron los españoles en aquella 
provincia, hallaron sobre tudas la puertas y tejados águilas imperiales de dos cabezas 
nechas do palo, á manera de timbre do armas; que cierto es extrañ/i cosa y de notar, 
pues jamás en aquella tierra se ha visto ave con dos cabezas. 

Coquimbo. Es el primer valle de Chile donde pobló el capitán Valdivia un pueblo que 
le llamó La Setena, por ser él natural de la Serena : tiene un muy buen puerto de mar, 
y llamase también el pueblo Coquimbo, tomando el nombre del valle. 

Chaquiras. Son unas cuentas muy menudas á manera de aljófar, que las hallan por las 
marinas, y cuanto más menuda, es más preciada : labran y adornan con ellas sus llantos 
y las mujeres sus binchos, que son como una cinta angosta que les ciñe la cabeza por 
ía frente á manera de bicos ó ciertas puntillas de oro que se ponían en los birreles de 
terciopelo con que antiguamente se cubría ü cabeza : andan siempre en cabello, y suelto 
por los hombros y espalda. 

Chile. Es una provincia grande que contiene en sí otras muchas provincias : nómbrase 
Chile por Uu valle principal llamado así : fué sujeto al inga, rey del Perú, de donde 
le traían cada año gran suma de oro, por lo cual los españoles tuvieron noticia destc 
valle ; y cuando entraron en la tierra, como iban en demanda del valle de Chile, 
llamaron Chile á toda la provincia hasta el estrecho de Magallanes. 

Eponamón. Es nombre que dan al demonio, por el cual juran cuando quieren obligarse 
infaliblemente á cumplir lo que prometen. 

4ota. Véase Ojota. 

Llanto. Es un trocho ó rodete redondo, ancho de dos dedos, que ponen en la frente y 
les ciño la cabeza : son labrados de oro y chaquira con muchas piedras y dijes en ellos 
en lus cuales asientan las plumas ó penachos do que ellos son muy amigos : no los 
traen en la guerra, porque entonces usan celadas. 

Mapocbó. Es un hermoso valle donde los españoles poblaron la ciudad de Santiago, y 
llámase asimismo el pueblo Mapocbó. 

Mita. Es la carga ó tributo que trae el indio tributario. 

Mitayo. Es el indio que la lleva ó trae. 

Ojota, y por contracción Jota. Especie de calzado que usaban Jas indias, el cual era á 



PROLOGO DEL AUTOR 8 

modo do los alpargates de Espaila. Dábalas el novio á la novia al tiempo de casarse : 
si era doncella se las daba de lana, y si no, de esparto. 

Paro. Especie de camero que se cría en Indias algo mayor que el común. Son muy 
lanudos y tienen el cuello muy largo. Son de varios coluresi blancos, negros ó pardos. 
Es animal muy útil y provechoso, porque su carne es sabrosa y mantiene mucho. Sirve 
para el tráfico y conducción de las mercaderías y géneros que se llevan de una parte á 
otra. Los pacos aveces se enojan y aburren con la carga, y échanse con ella, sin reme- 
dio de hacerlos levantar. 

PaJlá, Es lo que llamamos nosotros señora : pero entre ellos no alcanza este nombre kíuu 
á la noble de linaje y señora de muchos vasallos y hacienda. 

Penco. Es un valle muy pequeño y no llano; pero porque es puerto do n:ar poblaron en 
él los españoles una ciudad, la cual llamaron La Concepción. 

Puelches, Se llaman los indios serranos, los cuales son furlisímos y ligeros, aunque de 
menos entendimiento que los otros. 

Vaídivip. Es un pueblo bueno y provechoso : tiene un puerto de mar por un río arriba, 
tan seguro, que varan las naos en tierra, y está fundado no muy lejos de un gran lago, 
al cual y á la ciudad llamó Valdivia de »u nombre. Enliéndeso que cuando se fundaron 
estos pueblos, era Valdivia capitán general de los españoles, y á él se atribuye la 
jrloria del descubrimiento y población de Chile. 

Vtcaña. Cabra montes que se cría en Indias : no tiene cuernos y es más alta de cuerpo 
que una cabra por grande que sea. Su lana es ílnísima y nunca pierde el color. 

Vilia-riea. Es otro pueblo que fundnron los españoles á lu ribera di; un lago pequeño 
cerca de dos volcanes, que lanzan á tiempos tanto fuego y tan alto, que acontece llover 
en el pueblo ceniza. 
YanacóOMS. Son indios mozos amigos, qui sirven á los españoles, andan en su traje, y 
algunos muy bien tratados, que se precian mucho de policía en su vestido : pelean a 
las veces eu favor de sus amos, y algunos animosamente, especial cuando los españolea 
dejan los caballos y pelean á pie, porque en las retiradas los suelen dejar en las manos 
de ios enemigos, que los matan cruelísimamente. 



CANTO PRIMERO. 



El cual declara el asiento y descripcióa de la provincia de Chile y estado de Araiico, con las coslumbres 
y modos de leuerra que los naturales tienen. Asimismo trata en suma la entrada y conquista que lo^ 
é»pa¡íoles hicieron nasta que Arauco se comenzó á rebelar. 



No las damas, amor, no gentileza» 
De caballeros canto enamorados ; 
Ni las muestras, regalos, ni ternezas 
De amorosos afectos y cuidados : 
Mas el valor, los hechos, las proezas 
De aquellos españoles esforzados 
Uue á la cerviz de Arauco, no domada, 
Pusieron duro yugo por la espada. 

Cosas diré también harto notables 
De gente que á ningún rey obedecen, 
Temerarias empresas memorables 
Que celebrarse con razón merecen ; 
Raras industrias, términos loables 
Que más los españoles engrandecen ; 
Pues no es el vencedor más estimado 
De aquello en que el vencido es reputado. 

Suplicóos, gran Felipe, que mirada 
Esta labor, de vos sea recibida. 
Que, de lodo favor necesita. 
Queda con darse á vos favorecida : 



Es relación sin corromper, sacada 
De la verdad, corlada á su medida ; 
No despreciéis el don, aunque tan pobre 
Para que autoridad mi verso cobre. 

Quiero á señor tan alto dedicarlo, 
Porque este atrevimiento lo sostenga, 
Tomaitdo esta manera do ilustrarlo, 
Para quu quien lo viere en más lo tenga 

Y si esto no bastare á no tacharlo, 
A lo menos confuso se detenga, 
Pensando que, pues va á vos dirigido, 
Que debe do llevar algo escondido. 

Y haberme en vuestra casa yo criado, 
Que crédito me da por otra parte. 
Hará mi torpe estilo delicado, 

Y lo que va sin orden lleno de arte : 
Así, de tantas cosas animado. 

La pluma entregaré al furor de Marte ; 
Dad orejas, señor, á lo que digo, 
Que soy de parte de ello buen testigo* 



LA ARAUCANA. 



Chile, fértil provincia, y señalada 
En la región antartica famosa, 
De remotas naciones respetada 
Por fuerte, principal y poderosa : 
La gente que produce es tan granada, 
Tan soberbia, gallarda y belicosa, 
Que no ha sido por rey jamás regida, 
Ni á extranjero dominio sometida. 

Es Chile norte sur de gran longura, 
Costa del nuevo mar del Sur Uatnado, 
Tendrá del esto al oeste de angostura 
Cien millas, por lo más ancho tomado : 
Bajo del polo antartico en altura 
De veinte y siete grados prolongado ; 
Hasta do el mar Océano y Chileno 
Mezclan sus aguas por angosto seno. 

Y estos dos anchos mares, que pretenden. 
Pasando do sus términos, juntarse. 
Baten las rocas y sus olas tienden ; 

Mas esles impedida el allegarse : 
Por esta parte al fln la tierra hienden 

Y pueden por aquí comunicarse ; 
Magallanes, señor, fué el primer hombre 
Que, abriendo este camino, le dio nombre. 

Por falta de piloto, ó encubierta 
Causa, quizá importante y no sabida, 
Esta secreta senda descubierta 
Quedó para nosotros escondida : 
Ora sea yerro de la altura cierta, 
Ora que alguna isleta removida 
Del tempestuoso mar y viento airado. 
Encallando en la boca, la ha cerrado. 

Digo que norte sur corre la tierra, 

Y baña la del oeste la marina : 

A la banda del e«le va una sierra 
Que el mismo rumbo mil leguas camina : 
En medio es donde el punto de la guerra 
Por uso y ejercicio más so afina : 
Venus y Amor aquí no alcanzan parlo ; 
Sólo domina el iracundo Marte. 

Pues en e.sle distrito demarcado, 
Por donde su grandeza es manifesta. 
Está á treinta y seis grados el estado 
Que tanta gente extraña y propia cuesta : 
Este es el fiero pueblo no domado 
Que tuvo á Chile en tal estrecho puesla, 

Y aquel que por valor y pura guerra 
Hace en torno temblar toda la tierra. 

Es Arauco, que basta, el cual sujeto 

Lo más de este gran término tenía. 

Con tanta fama, crédito y conecto ; 

Que del un polo al otro se extendía : i 



Y puso al español en tal aprieto 
Cual presto se verá en la carta mía : 
Veinte leguas contienen sus mojones, 
Poséenla diez y seis fuertes varones. 

De diez y seis caciques y señores 
Es el soberbio estado poseído, 
En militar estadio los mejores 
Que de bárbaras madres han nacido : 
Reparo de su patria y defensores, 
Ninguno en el gobierno preferido ; 
Otros caciques hay, roas por valientes 
Son éstos en mandar los preeminentes. 

Sólo al señor de imposición le viene 
Servicio personal de sus vasallos, 

Y en cualquiera ocasión cuando conviene 
Puede por fuerza al débito apremiallos ; 
Pero así obligación el señor tiene 

En las cosas de guerra doctrinallos, 

Con lal uso, cuidado y disciplina, 

Que son maestros después do esta doctrina . 

En lo que usan los niños en teniendo 
Habilidad y fuerza provechosa. 
Es que un trecho seguido han de ir corriendo 
Por una áspera cuesta pedregosa ; 

Y al puesto y fin del curso revolviendo 
Le dan al vencedor alguna cosa : 
\^enen á ser tan sueltos y alentados 
Que alcanzan por aliento los venados. 

Y desde la niñez al ejercicio 

Los apremian por fuerza y los incitan, 

Y en el bélico estudio y duro oficio, 
Entrando en más edad, los ejercitan : 
Si alguno de flaqueza da un indicio, 
Del uso militar le inhabilitan ; 

Y al que sale en las armas señalado 
Conforme á su valor le dan el grado. 

Los cargos de la guerra y preeminencia 
No son por flacos medios proveídos, 
.Ni van por calidad, ni por herencia. 
Ni por hacienda y ser mejor nacidos ; 
Mas la virtud del brazo y la excelencia, 
Ésta hace á los hombres preferidos ; 
Esta ilustra, habilita, perflciona 

Y qnilata el valor de la persona. 

Los que están á la guerra dedicados 
No son á otro servicio constreñidos, 
Del trabajo y labranza reservados 

Y de la gente baja mantenidos : 
Pero son por las leyes obligados 

De estar á punto de armas proveídos, 

Y á saber diestramente gobernallas 
En las lícitas guerras y batallas. 



CANTO PRIMERO. 



5 



Las armad dellos más ejerciladas 
Son picas, alabardas y lanzones, 
Con otras puntad largas enhasladas 
De la raici<5n y forma de punzones : 
Hachas, martillos, mazas barreadas, 
Pardos, sargentas, flechas y bastones, 
Lazos do fuertes mimbres y bejucos, 
Tiros arrojadizos y trabucos. 

Algunas des las armas han tomado 
De los cristianos nuevamente agora, 
Oue el continuo ejercicio y el cuidado 
Enseña y aprovecha cada hora ; 

Y otras, según los tiempos, inventado ; 
Que es la necesidad grande inventora, 

Y el trabajo solícito en las cosas, 
Maestro de invenciones prodigiosas. 

Tienen fuertes y dobles coseletes, 
Arma común á todos los soldados, 

Y otros á la manera de sayeles, 

Oue son, aunque modernos, más usados : 
Grevas, brazales, golas, capacetes 
De diversas hechuras encajados. 
Hechos de piel curtida y duro cuero, 
Que no basta á ofenderle el fino acero. 

(íida soldado una arma solamente 
Ha de aprender y en ella ejercitarse, 

Y es aquella á que más naturalmente 
En la niñez nostrare aflcionarse : 
Desta sola procura diestramente 
Saberse aprovechar, y no empacharse 
En jugar de la pica el que es flechero, 
Ni de la maza y flechas el piquero. 

Hacen su campo, y muéstranse en formados 
Escuadrones distintos muy enteros, 
Cada hila de más de cien soldados, 
Entre una pica y otra los flecheros, 
Que de lejos ofenden desmandados 
Bajo la protección de los piqueros, 
Que van hombro con hombro, como digo, 
Hasta medir á pica al enemigo. 

Si el escuadrón primero que acomete 
Por fuerza viene á ser desbaratado, 
Tan presto á socorrerle otro se mete, 
Que casi no da tiempo á ser notado : 
Si aquél se desbarata, otro arremete, 
Y estando ya el primero reformado, 
Moverse de su término no puede 
Hasta ver lo que al otro le sucedo. 

De pantanos procuran guarnecerse 
Por el daño y temor de los caballos, 
Doode suelen á veces acogerse, 
Si viene á suceder desbarátanos : 



AHÍ pueden seguros rehacerse, 
Ofenden sin que puedan enojallos; 
Que el falso sitio y gran inconveniente 
Impide la llegada á nuestra gente. 

Del escuadróit se van adelantado 
Los bárbaros que son sobresalientes, 
Soberbios cielo y tierra despreciando, 
Ganosos de extremarse por valientes : 
Las picas por los cuentos arrastrando, 
Poniéndose en posturas diferentes, 
Diciendo : Si hay valiente algún cristiano 
Salga luego adelante mano á mano. 

Hasta Ireioia ó cuarenta en compañía 
Ambiciosos de crédito y loores, 
V^ienen con grande orgullo y bizarría 
Al son de presurosos alambores : 
Las armas matizadas á porfía 
Con varias y fínísimas colores ; 
De poblados penachos adornados 
Sallando acá y allá por todos lados. 

Hacen fuerzas ó fuertes cuando entienden 
Ser el 'ugar y sitio en su provecho, 
O si ocupar un término pretenden, 
Ó por algún aprieto y grande estrecho, 
De do más á su salvo so deflenden, 

Y salen de rebato á caso hecho, 
Recogiéndose á tiempo al sitio fuerte, 
Que BU forma y hechura es desta suerte : 

Señalado el lugar, hecha la traza, 

De poderosos árboles labrados 

Cercan una cuadrada y ancha plaza 

En valientes estacas afirmados. 

Que á los de fuera impide y embaraza 

La entrada y combatir, porque, guardados 

Del muro los de dentro, fácilmente 

De mucha se defiende poca gente. 

Solían antiguamente de tablones 

Hacer dentro del fuerte otro apartado. 

Puestos de trecho á trecho unos troncones 

En los cuales el muro iba lijado 

Con cuatro levantados torreones 

Á caballero del primer cercado, 

De pequeñas troneras lleno el muro, 

Para jugar sin miedo y más seguro. 

En torno desta plaza poco trecho 
Cercan de espesos hoyos por defuera : 
Cuales largo, cual ancho, y cual estrecho; 

Y así van, sin fallar desta manera. 
Para el incauto mozo que de hecho 
Apresura el caballo en la carrera 
Tras el astuto bárbaro engañoso, 
Que le mete en el cerco peligroso. 



6 LA 

También suelen hacer hoyos mayores 
Con estacas agudas en el suelo, 
Cubiertos de carrizo, hierba y flores, 
Porque puedan picar más sin recelo ; 
Allí los indiscretos corredores, 
Teniendo sólo por remedio el ciclo, 
Se sumen dentro y quedan enterrados 
Kn las agudas puntas estacados. 

De consejo y acuerdo una manera 
Tienen de tiempo antiguo acostumljrada ; 
Que es hacer un convite y borrachera 
Cuando sucede cosa señalada ; 

Y así cualquier señor que la primera 
Nueva del tal suceso le es llegada, 
Despacha con presteza embajadores 
A todos los caciques y señores ; 

Haciéndoles saber cómo se ofrece 
Necesidad y tiempo de juntarse, 
Pues á todos les toc^ y pertenece ; 
Que es bien con brevedad comunicarse : 
Según el caso, así se lo encarece, 

Y el daño que se sigue dilatarse ; 

1.0 cual, visto que á todos les conviene, 
Ninguno venir puede que no viene. 

Juntos, pues, los caciques del senado, 
Propóncles el caso nuevamente ; 
El cual por ellos visto y ponderado. 
Se trata del remedio conveniente ; 

Y resuellos en uno, y decretado, 
Si alguno de opinión es diTerento, 

No puede en cuanto al débito eximirse, 
Que allí la mayor voz ha de seguirse. 

Después que cosa en contra no so halla, 
Se va el nuevo decreto declarando 
Por la gente común y de canalla 
Que alguna novedad osla aguardando : 
Si viene ñ averiguarse por batalla, 
Con gran rumor lo van manifestando 
De trompas y alambores altamente. 
Porque á noticia venga de la gente. 

Tienen un plazo puesto y señalado 
Para se ver sobredio y remirarse. 
Tres días se han de haber ratificado 
En la definición sin retractarse : 

Y el franco y libre término pasado, 
Es de loy imposible revocarse ; 

Y así como á forzoso acaecimiento 
Se disponen al nuevo movimiento. 

nácese este concilio en un gracioso 
Asiento en mil florestas escogido. 
Donde se muestra el campo mcís hermoso 
De infinidad de flores guarnecido ; 



ARAUCANA. 

Allí de un viento fresco y amoroso 
Los árboles se mueven con ruido, 
Cruzando muchas veces por el prado 
Un claro arroyo limpio y sosegado, 



Do una fresca y altísima alameda 
Por orden y artiHcio tienen puesta 
En tomo de la plaza, y ancha rueda 
Capaz de-cualquier junta y grande flcsta. 
Que convida á descanso, y al sol veda 
I>a entrada y paso en la enojosa siesta : 
Allí se oye la dulce melodía 
Del canto de las aves y armonía. 

Gente es sin Dios ni ley, aunque respeta 
Áaqaél que fué del ciclo derribado, 
Que como á poderoso y gran profeta 
Es siempre en sus cantaros celebrado ; 
Invocan su furor con falsa seta 

Y á todos sus negocios es llamado. 
Teniendo cuanto dice por seguro 
Del próspero suceso 6 mal futuro. 

Y cuando quieren dar una batalla 
Con él lo comunican en su rilo. 

Si no responde bien, dejan de dalla. 
Aunque más les insista el apetito ; 
Caso grave 6 negocio no se halla 
Do no sea convocado este maldito ; 
Llámanle Eponamótiy y comúnmente 
Dan este nombre á alguno si es valiente. 

Usan el falso oficio de hechiceros, 
Ciencia á que naturalmente se inclinan, 
En señales mirando y en agüeros, 
Por Ins cuales sus cosas determinan ; 
Veneran á los necios agoreros 
Que los casos futuros adivinan ; 
El agüero acrecienta su osadía, 

Y les infunde miedo ó cobardía. 

Algunos de éstos son predicadores, 
Tenidos en sagrada reverencia. 
Que sólo se mantienen de loores, 

Y guardan vida estrecha y abstinencia : 
Estos son los que ponen en errores 

Al liviano común con su elocuencia. 
Teniendo por tan cierta su locura 
Como nos la evangélica escritura. 

Y éstos que guardan orden algo estrecha 
No tienen ley, ni Dios, ni que hay pecados; 
Mas fiólo aquel vivir les aprovecha 

De ser por sabios hombres reputados ; 
Pero la espada, lanza, el arco y flecha 
Tienen por mejor ciencia otros soldados ; 
Diciendo que el agñcro alegre ó triste 
En la fuerza y el ánimo consiste. 



En Un, el hado y clima de cs^'a tierra, 
Si su estrella y pronóstico se miran. 
Es contienda, furor, discordia, guerra, 
Y á sólo esto los ánimos aspiran ; 
Todo su bien y mal aquí se encierra ; 
Son hombres que de súbito se airan, 
De condición feroces, impacientes, 
Amigos de domar extrañas gentes. 

Son de gestos robustos, desbarbados. 
Bien formados los cuerpos y crecidos , 
Espaldas grandes, pechos levantados. 
Recios miembi*os, de nervios bien fornidos, 
Ágiles, desenvueltos, alón lados, 
Animosos, valientes, atrevidos, 
Duros en el trabajo, y sufridores 
De fríos mortales, hambres y calores. 

No ha habido rey jamás que sujetase 
Esta soberbia gente libertada. 
Ni extraigcra nación que se jactase 
De haber dado en sus términos pisada ; 
Ni comarcana tierra que se osase 
Mover en contra y levantar espada : 
Siempre fué exenta, indómita, temida. 
De leyes libre y de cerviz erguida. 

El potente rey inga, aventajado 
En todas las antarticas regiones. 
Fué un señor en extremo aficionado 
Á ver y conquistar nuevas naciones, 

Y por la gran noticia del estado 
Á Chile despachó sus orejones ; 
Mas la parlera fama de esta gente 

La sangre les templó y ánimo ardiente. 

Pero los nobles ingas valerosos 
Los despoblados ásperos rompieron, 

Y en Chile algunos pueblos belicosos 
Por fuerza á servidumbre redujeron ; 
A do leyes y edictos trabajosos 

(.>>n dura mano armada introdujeron, 
Haciéndoles con fueros disolutos 
Pagar grandes subsidios y tributos. 

Dado asiento en la tierra y reformado 
El campo con <gército pujante, 
En demanda del reino deseado 
Movieron sus escuadras adelante : 
No hubieron muchas millas caminado, 
Cuando entendieron que era semejante 
El valor á la fama que alcanzada 
Tenía el pueblo araucano por la espada. 

Los promaucaes de Maule, que supieron 
El vano intento de los ingas vanos, 
Al paso y duro encuentro les salieron, 
No menos en buen orden que lozanos; 



CANTO PRIMERO. 

Y las cosas de suerte sucedieron 

Que, llegando estas gentes á las manos, 

Murieron infinitos orejones 

Perdiendo el campo y lodos los pendones. 



Los indios promaucaes es una gente 
Que está cíen millas antes del estado. 
Brava, soberbia, pníspora y valiente, 
Que bien los españoles la han probado : 
Pero con cuanto digo, es diferenlo 
Do la fiera nación, que, cotejado 
El valor do las armas y excelencia, 
Es grande la ventaja y diferencia. 

Los ingas, que la Tuerza conocían 

Que on la provincia indómita so encierra, 

Y cuan poco á los brazos ganarían 
Llevada al cabo la empezada guerra ; 
Visto el errado intento que traían, 
Desemparando la ganada tierra, 
Volvieron á los pueblos que dejaron, 
Donde por algún tiempo reposaron. 

Pues ílon Diego de Almagro, adelantado. 
Que en otras mil conquistas se había visto, 
Por sabio en todas ellas reputado, 
Animoso, valiente, franco y quisto, 
Á Chile caminó determinado 
De extender y ensanchar la fe de Cristo ; 
Pero en llegando al fin de es'c camino 
Dar en breve la vuelta le convino. 

Á sólo el de Valdivia esta victoria 

Con justa y gran razón le fué otorgada, 

Y es bien que se celebre su memoria. 
Pues pudo adelantar tanto su espada : 
Éste alcanzó en Arauco aquella gloria, 
Que de nadie hasta allí fuera alcanzada ; 
La altiva gente al grave yugo trujo, 

Y on opresión la libertad redujo. 

Con una espada y capa solamente, 
Ayudado de industria que tenía, 
Hizo con brevedad de buena gente 
Una lucida y gruesa compañía ; 

Y con designio y ánimo valiente 
Toma de Chile la derecha vía. 
Resuelto en acabar de esta salida 
La demanda difícil ó la vida. 

Vióse en el largo y áspero camino 
Por la hambre, sed y frío en gran estrecho 
Pero con la constancia que convino 
Puso al trabajo el animoso pecho : 

Y el diestro hado y próspero destino 
En Chile le metieron, á despecho 

De cuantos estorbarlo procuraron. 
Que en su daño las armas levantaron . 



8 



LA ARAUCANA. 



Tuvo á la entrada con aquellas gentes 
Batallas y rencuentros peligrosos. 
En tiempos y lugares dírcrentes, 
Que estuvieron los flnes bien dudosos ; 
Pero al cabo por fuerza los valientes 
Españoles, con brazos valerosos, 
Siguiendo el hado y con rigor la guerra, 
Ocuparon gran parte de la tierra. 

No sin gran riesgo y pérdidas de vidas 
Asediados seis anos sostuvieron, 

Y de incultas raíces desabridas 

Los trabajados cuerpos mantuvieron, 
Do las bárbaras armas oprimidas 
Á la española devoción trujeron. 
Por ánimo constante y raras pruebas 
Criando en los trabajos Tuerzas nuevas. 

Después entró Valdivia conquistando 
Con esfuerzo y espada rigurosa, 
Los promaucaes por fuerza sujetando, 
Curios, cauquenes, gente belicosa ; 
Y, el Maule y raudo Itáta atravesando, 
Llegó al Andalicn, do la famosa 
Ciudad fundó de muros levantada. 
Felice en poco tiempo y desdichada. 

Una batalla tuvo aquí sangrienta 
Donde á punto llegó de ser perdido : 
Pero Dios le acorrió en a(iue!la afíjenla ; 
Que en todas las demás le había acorrido : 
Otros dello darán más larga cuenta. 
Que les está esto car^o cometido ; 
Allí fué preso el bárbaro Ainavillo, 
Honor de los pcnconcs y caudillo. 

De allí llegó al famoso Biobío, 
El cual divide á Penco del estado, 
Que del Nibequelen, copioso río, 

Y de otros viene al mar acompañado : 
De donde con presteza y nuevo brío, 
En orden buena y escuadrón formado 
Pasó de Andalican la áspera sierra, 
Pisando la araucana y fértil tierra. 

No quiero deneterme más en esto, 

Pues que no es mi intención dar pesadumbn^ ; 

Y así pienso pasar por lodo presto, 
tíuyendo de importunos la costumbre : 
Digo con tal intento y presupuesto 

Que antes que los de A rauco á servidumbre 
Viniesen, fueron tantas las batallas 
Que dejo por prolijas de conlallas. 

Ayudó mucho el ignorante engaño 
De ver en anímales corregidos 
Hombres que por milagro y caso extraño 
De la región cel'*Bte eran venidos : 



Y del súbito estruendo y grave daño 
De los tiros de pólvora sentidos, 
Como á inmortales dioses los temían. 
Que con ardientes rayos combatían. 

Los españoles hechos hazañosos 
El error confirmaban de inmortales» 
Afirmando los más supersticiosos, 
Por los presentes los futuros males : 

Y así tibios, suspensos y dudosos, 
Viendo de su opresión claras señales. 
Debajo de hermandad y fe jurada 
Dio Arauco la obediencia jamás dada. 

Dejando allí t\ seguro suflcientc 
Adelante los nuestros caminaron ; 
Pero todas las tierras llanamente. 
Viendo Arauco sujeta, se entregaron ; 

Y reduciendo á su opinión gran gente 
Siete ciudades prósperas fundaron, 
Coquimbo, Penco, .\ngol y Santiago, 
La Imperial, Villa-rica, y la del Lago. 

El felice suceso, la victoria. 
La fama y posesiones que adquirían 
Los trujo á tal soberbia y vanagloria. 
Que en mil leguas diez hombres no cabían; 
Sin pasarles jamás por la memoria 
Que en siete pies de tierra al fin habían 
De venir á caber sus hinchazones, 
Su gloria vana y vanas pretensiones. 

Crecían los intereses y malicia, 
A costa del sudor y daño ajeno, 

Y la hambrienta y mísera codicia 
(]oo libertad paciendo iba sin freno : 
La ley, derecho, el fuero y la justicia 
Era lo que Valdivia había por bueno , 
Hemiso en graves culpas y piadoso, 

Y en los casos livianos riguroso. 

Así el ingrato pueblo castellano. 
En mal y estimación iba creciendo, 

Y siguiendo el soberbio intento vano 
Tras su fortuna próspera corriendo : 
Pero el Padre del cielo soberano 
Atajó este camino, permitiendo 

Que aquél á quien él mismo puso el yago 
Fufse A cuchillo y áspero vewlugo. 

El estado araucano acostumbrado 
\ dar leyes, mandar y ser temido, 
Viéndose de su trono derribado, 

Y de mortales hombres oprimido ; 
De adquirir libertad determinado. 
Reprobando el subsidio padecido, 
Acude al ejercicio de la espada. 
Ya por la paz ociosa desusada. 



CANTO SEGUNDO. 



9 



Dieron seña) primero y nuevo iieolo 

(Por ver con qué rigor se tomaría) 

En do8 soldados nuestros, que á tormento 

Mataron sin razón y causa un día : 

Disimulóse aquel atrevimiento, 

Y con esto crecióles la osadía ; 

No aguardando á más tiempo, abiertamente 

Comienzan á llamar y juntar gente. 



Principio fué del daño no pensado 
El no tomar Valdivia presta enmienda 
Con ejemplar castigo del estado ; 
Pero nadie castiga en su hacienda : 
El pueblo sin temor desvergonzado 
Con nueva libertad rompe la rienda 
Del homenaje hecho y la promesa, 
Como el segundo canto aquí lo expresa 



CANTO II. 



róoeáe la discordia que entre los caciques de Arauco hubo sobre la elección de capitán Rejeral, y el 
medio qoe se lomó porelcuosejo del cacique Colocólo, con la entrada que por engaño los bárbaros 
hieicron en la casa fuerte de Tucapél, y la batalla que con los españoles tuvieron. 



Muchos hay en el mundo que ban llegado 
Á la engañosa alteza desta vida, 
^>ue Fortuna los ha siempre ayudado 

Y dándoles la mano á la subida. 
Para, después de haberlos levantado, 
Derribarlos con mísera ca'ída. 

Cuando es mayor el golpe y sentimiento, 

Y menos el pensar que hay mudamiento. 

No entienden con la próspera bonanza 
i^ue el conlenlo es principio do tristeza. 
Ni miran en la súbita mudanza 
Del consumidor tiempo y su presteza : 
Mas con altiva y vana confianza 
Quieren que en su fortuna baya firmeza ; 
La cual, de su aspereza no olvidada, 
Revuelve con la vuelta acostumbrada. 

CoQ un revés de todo se desquita, 
Que no quiere que nadie se le atreva, 

Y mucho más que da siempre les quita, 
No perdonando cosa vieja ó nueva : 

l)e crédito y de honor los necesita. 
Que en el fin de la vida está la prueba. 
Por el cual han de ser todos juzgados. 
Aunque lleven principios acertados. 

Del bien perdido al cabo ¿ qué nos queda 
Sino pena, dolor y pesadumbre ? 
Pensar que en él Fortuna ha de estar queda, 
Anies dejará el sol de darnos lumbre; 
Que no es su condición fijar la rueda, 

Y es malo de mudar vieja costumbre. 
Hl más seguro bien de la Fortuna 

Es no haberla lenido vez alguna. 

Eslo vcrive podrá por esta historia : 
Ejemplo dello aquí puede sacarse, 
Que no bastó riqueza, honor y gloria, 
Coa todo el bien que puede desearse, 



A llevar adelante la victoria ; 
Que el claro cielo al fin vino á turbarse. 
Mudando la Fortuna en triste estado 
El curso y orden próspera del Hado. 

La gente nuestra ingrala se hallaba 
En la prosperidad que arriba cuento, 

Y en otro mayor bien, que me olvidaba, 
Hallado en pocas casas, que es contento : 
De tal manera en él se descuidaba 
(Cierta señal de triste acaecimiento) 

Que en una hora perdió el honor y estado 
Que en mil años de afán había ganado. 

Por dioses, como dije, eran tenidos 
De los indios los nuestros : pero olieron 
Que la mujer y hombre eran nacidos, 

Y todas BUS flaquezas entendieron : 
Viéndolos á miserias sometidos, 
El error ignorante conocieron. 
Ardiendo en viva rabia avergonzados 
Por verse de mortales conquistados. 

No queriendo á más plazo diferirlo. 
Entre ellos comenzó luego á tratarse 
Que, para en breve tiempo concluirlo 
\ dar el modo y orden de vengarse, 
Se junten ú consulla á difinirlo. 
Do venga la sentencia á pronunciarse, 
Dura, ejemplar, cruel, irrevocable. 
Horrenda á todo el mundo y espantable. 

Iban ya los caciques ocupando 

Los campos con la gente que marchaba, 

Y no fué menester general bando. 
Que el deseo de guerra los llamaba 
Sin promesas ni pagas, deseando 
El esperado tiempo, que tardaba. 
Para el decreto y áspero castigo, 

Con muerte y destrucción del enemigo. 



10 



LV ARAUCANA. 



De algunos quo en la junta se bailaron 
Es bien que haya memoria de sus nombres, 
Que, siendo incultos bárbaros, ganaron 
Con no poca razún claros renombres : 
Fuesen tan breve término alcanzaron 
Grandes victorias de notables hombres, 
Quo de ellas darán fe los que vivieren, 
Y los muertos allá donde estuvieren. 

Tucapél se llamaba aquel primero 
Que al plazo señalado había venido ; 
Éste fué do cristianos carnicero, 
Siempre en su enemistad endurecido : 
Tiene tres mil vasallos el guerrero, 
De todos como rey obedecido. 
Ongol luego llegó, mozo valiente ; 
Gobierna cuatro mil, lucida gente. 

Cayocupil, cacique bullicioso, 

No fué el postrero que dejó su tierra. 

Que allí llegó el tercero, deseoso 

De hacer á todo el mundo 61 solo guerra : 

Tres mil vasallos tiene este famoso 

Usados (ras las Aeras en la sierra. 

Millarapué, aunque viejo, el cuarto vino, 

Que cinco mil gobierna de contino. 

Palcabí se juntó aquel mismo día. 
Tres mil fuertes soldados señorSa. 
No lejos Lemolemo del venía, 
Que tiene seis mil hombres de pelea. 
Mareguano, Gualemo y Lebopía 
Se dan prisa á llegar, porque se vea 
Que quieren ser en todo los primeros ; 
Gobiernan estos tros tres mil guerreros. 

No se tardó en venir, pues, Elicura, 
Que al tiempo y plazo puesto había llegado, 
De gran cuerpo, robusto en la hechura, 
Por uno de los fuertes reputado : 
Dice que estar sujeto es gran locura 
Quien seis mil hombres tiene á su mandado. 
Luego llegó el anciano Colocólo ; 
Otros tantos y más rige éste solo. 

Tras éste á la consulta Ongolmo viene, 
Que cuatro mil guerreros gobernaba. 
Purén en arribar no se detiene, 
Seis mil subditos éste administraba. 
Pasados de seis mil Lincoya tiene, 
Que bravo y orgulloso ya llegaba, 
Diestro, gallardo, flero en el semblante, 
De proporción y altura de gigante. 

Peteguelen, cacique señalado, 
Que el gran valle de Arauco le obedece 
Por natural señor, y así el estado 
Este nombre tomó, según parece. 



Como Venecia, pueblo libertado. 
Que en todo aquel gobierno más florece : 
Tomando el nombre do él la señoría, 
Así guarda el estado el nombre hoy día. 

Éste no se halló personalmente. 

Por estar i m podido de cristianos : 

Pero de seis mil hombres que él valiente 

Gobierna, naturales araucanos, 

Acudió desmandada alguna gente 

A ver si es menester mandar las manos. 

Caupolican el fuerte no venía. 

Que loda Palmaiquén le obedecía. 

Tomé y Andalícan también vinieron. 
Que eran del araucano regimiento, 

Y otros muchos caciques acudieron, 
Quo por no ser prolijo no los cuento. 
Todos con leda faz se recibieron, 
Mostrando en verse juntos gran contento 
Después de razonar en su venida 

Se comenzó la espléndida oomida. 

Al tiempo que ol beber furioso andaba, 

Y mal de las tinajas el partido, 
De palabra en palabra se llegaba 

Á encenderse entre todos gran ruido : 
La razón uno de otro no escuchaba : 
Sabida la ocasión do había nacido. 
Vino sobre cuál era el más valiente 

Y digno del gobierno de la gente. 

Así creció el furor, que derribando 
Las mesas de manjares ocupadas, 
Aguijan á las armas, desgajando 
Las ramas al depósito obligadas ; 

Y dcllas se aperciben, no cesando 
Palabras peligrosas y pesadas 
Que atizaban la cólera encendida 
Con el calor del vino y la comida. 

El audaz Tucapel claro decía 

Que el cargo demandar le pertenece. 

Pues todo el universo conocía 

Que si va por valor que lo merece : 

Ninguno se me iguala en valentía, 

Do mostrarlo estoy presto, si se ofrece, 

(Añade el jactancioso) á quien quisiere ; 

Y aquél que esta razón contradijere... 

Sin dejarle acabar, dijo Elicura : 

A mí es dado el gobierno desta danza, 

Y el simple que intentare otra locura 
Ha de probar el hierro de esta lanza. 
Ongolmo, que el primero ser procura, 
Dice : yo no he perdido la esperanza 
En tanto que este brazo sustentare 

, Y con él la ferrada gobernare. 



OANTO 

De culera Ltncoya y rabia insano 
Bespoode : tratar de eso es devaneo. 
Que ser OTi5r del mundo es en mi mano, 
Si en ella libf>e este bastón poseo. 
Ninguno, dice Ongol, será tan vano 
Que ponga en igual árseme el dcs90, 
Pues es más el temor que pasaría 
t}ue la icloria que el cebo le daría. 

Cayocupil furioso y arrogante 
La maza esgrime, haciéndose á lo largo, 
Diciendo : yo veré quien es bastante 
Á dar de lo que ha dicho más descargo : 
llacsos los pretensores adelanU, 
Veremos de «uál de ellos es el cargo ; 
Que de probar aquí luego me ofrezco 
Que más que lodos Juntos lo merezco. 

Alto, sus, que yo aceto el desafío 
t Responde Lemolemo), y tengo en nada 
Poner á nueva prueba lo que es mío, 
Que más quiero librarlo por la espada : 
Mostraré ser verdad lo que porfío 
Á dos, á cuatro, á seis en la estacada ; 

Y si todos cuestión queréis conmigo, 
Oft haré maniflesto lo que digo. 

Purén, que estaba aparte, habiendo oído 
La plática enconosa y rumor grande. 
Diciendo, en medio de ellos ne ha metido. 
Que nadie en su presencia se desmando; 

Y ¿quién á imaginares atrevido 

Que donde está Pnrén más otro mande ? 
La grita y el furor se multiplica, 
Quién esgrime la maza y quién la pica. 

Tomé y (-tros caciques se metieron 
Kn medio de estos bárbaros de presto, 

Y con diflcultad los despartieron, 
Que no hicieron poco en hacer esto : 
De herirse lugar aun no tuvieron, 

Y en voz airada ya el temor pospuesto, 
Colocólo, el cacique más anciano, 

A razonar así tomó la mano : 

Caciques, del estado defensores, 
Codicia del mandar no me convida 
Á pesarme de veros preiensorcs 
De cosa que á mí tanto era debida : 
Porque, según mi edad, ya veis, señores, 
Que ostoy al otro mundo de partida ; 
Mas el amor que siempre os he mostrado 
Á bien aconsejaros me ha incitado. 

¿Por qué cargos honrosos pretendemos, 

Y ser en opinión grande tenidos, 
Pues que negar al mundo no podemos 
Haber sido sujetos y vencidos t 



¡¡EGUNDO. 1 1 

Y en esto averiguarnos no queremos. 
Estando aun de españoles oprimidos : 
Mejor fuera esa furia cjecu talla 
Contra el (lero enemigo en la batalla. 

¿ Qué furor es el vuestro; ¡oh arauí^nos ! 
Que á perdición os lleva sin scntillo ? 
¿ Coaira vuestras entrañas tenéis manos, 

Y no contra el tirano en resistillo ? 
¿ Teniendo tan á golpe á los cristianos 
Volvéis contra vosotros el cuchillo ? 
Si gana de morir os ha movido, 
No sea en tan bajo estado y abatido. 

Volved las armas y ánimo furioso 
A los pechos de aquellos que os han puesto 
En dura sujeción, con afrentoso 
Partido, á todo el mundo manifiesto : 
Lanzad de vos el yugo vergonzoso ; 
Mostrad vuestro valor y fuerza en esto : 
No derraméis la sangre del estado 
Que para redimirnos ha quedado. 

No me pesa do ver la lozanía 
De vuestro corazón, antes me esfuerza ; 
Mas temo que ésta vuestra valentía. 
Por mal gobierno, el buen camino tuerza ; 
Que, vuelta entre nosotros la porfía. 
Degolléis nuestra patria con au fuerza : 
Cortad, pues, si ha de serdesa manera. 
Esta vieja garganta la primera : 

Que esta flaca persona, atormentada 
De golpos de fortuna, no procura 
Sino el agudo (lio de una espada, 
Pues no la acaba tanta desventura. 
Aquella vida es bien afortunada 
Que la temprana muerte la asegura ; 
Pero, á nuestro bien público atendiendo, 
Quiero decir en esto lo que entiendo. 

Pares sois en valor y fortaleza ; 
El cielo os igualó en el nacimiento ; 
De linaje, de estado y de riqueza 
Hizo á todos igual repartimiento ; 

Y en singular por ánimo y grandeza 
Podéis tener del mundo el regimiento i 
Que este precioso don, no agradecido. 
Nos ha al presente término traído. 

En la virtud de vuestro brazo espero 
Que puede en breve tiempo remediarse, 
Mas ha de haber un capitán primero 
Que todos por él quieran gobernarse : 
Éste será quien más un gran madero 
Sustentare en el hombro sin pararse ; 

Y pues que sois iguales en la suerte, 
I, Procure cada cual ser el más fuerte. 



ii 



LA ARAUCANA. 



Ningún hombi*e dejó de estar atento 
Oyendo del anciano las razones, 

Y puesto ya silencio al parlamento, 
Hubo entre ellos diversas opiniones : 
Al fin, de general consentimiento, 
Siguiendo las mejores intenciones, 
Por todos los caciques acordado 

Lo propuesto del viejo fué acetado. 

Podría de algunos ser aquí una cosa 
Que parece sin término notada, 

Y es que en una provincia poderosa, 
En la milicia tanto ejercitada. 

De leyes y ordenanzas abundosa. 
No hubiese una cabeza señalada 
Á quien tocase el mando y regimiento, 
Sin allegar á tanto rompimiento. 

Respondo á esto, que nunca sin caudillo 
La tierra estuvo electo del senado ; 
Que, como dije, en Penco el Aínavillo 
Fué por nuestra nación desbaratado ; 

Y viniendo de paz, en un castillo 

Se dice, aunque no os cierto, que un bocado 
Le dieron de veneno en la comida, 
Donde acabó su cargo con la vida. 

Pues el madero súbito traído, 
(No me atrevo á decir lo que pesaba), 
Era un macizo líbano fornido. 
Que con dificultad se rodeaba : 
Paicabí le aTerró menos sufrido, 

Y en los valientes hombros le afirmaba : 
Seis horas le sostuvo aquel membrudo, 
Pero llegará siete jamás pudo. 

Cayocupil al tronco aguija presto, 
De ser el más valiente confiado, 

Y encima délos altos hombros puesto. 
Lo deja á las cinco horas de cansado : 
Gualemo lo probó, joven dispuesto, 
Mas no pasó de allí ; y esto acabado, 
Ongol el grueso leño tomó luego : 
Duró seis horas largas en el juego. 

Purén tras -él lo trujo medio día, 

Y eí esforzado Ongolmo más de medio ; 

Y cuatro horas y media Lebopía, 

Que de sufrirle más no hubo remedio : 
Lemolemo siete horas le traía. 
El cual jamás en todo este comedio 
Dejó de andar acá y allá saltando. 
Hasta que ya el vigor le fué faltando. 

Elicura á la prueba se previene, 

Y en sustentar el líbano trabaja ; 
Á nueve horas dejarle le conviene. 
Que no pudiera más si fuera paja. 



Tucapelo catorce lo sostiene, 
Encareciendo todos la ventaja. 
Pero en esto Lincoya apercibido 
Mudó en un gran silencio aquel ruido. 

De los hombros el manto derribando 
Las terribles espaldas descubría, 

Y el duro y grave leño levantando 
Sobre el fornido asiento le ponía : 
Corre ligero aquí y allí, mostrando 
Que poco aquella carga le impedía : 
Era de sol á sol el día pasado, 

Y el peso sustentaba aun no cansado. 

N'enía aprisa la noche, aborrecida 
Por la ausencia del sol ; pero Diana 
Les daba claridad con su salida. 
Mostrándose á tal tiempo más lozana ; 
Lincoya con la carga no convida 
Aunque ya despuntaba la mañana, 
Hasta que llegó el sol al medio cielo, 
Que dio con ella entonces en el suelo. 

No se vio allí pei*sona en tanta gente 
Que no quedase atónita de espanto. 
Creyendo no haber hombre tan potente 
Que la pesada carga sufra tanto : 
La ventaja le daban, juntamente 
Con el gobierno, mando, y todo cuanto 
Á digno general era debido. 
Hasta allí justamente merecido. 

Ufano andaba el bárbaro y contento 
De habci*se más que todos señalado ; 
Cuando Caupolican á aquel asiento 
Sin gente ala ligera había llegado : 
Tenía un ojo sin luz de nacimiento. 
Como un fino granate colorado ; 
Pero lo que en la vista le faltaba 
En la fuerza y esfuerzo le sobraba. 

Era este noble mozo de alto hecho, 
V^arón de autoridad, grave y severo, 
Amigo de guardar todo derecho, 
Áspero, riguroso, justiciero. 
De cuerpo grande y relevado pecho, 
Hábil, diestro, fortísimo y ligero, 
Sabio, astuto, sagaz, determinado, 

Y en casos de repente reportado. 

Fué con alegre muestra recibido, 
(Aunque no sé si todos se alegraron) : 
El caso en esta suma referido 
Por su término y puntos le contaron : 
Viendo que Apolo ya se había escondido 
En el profundo mar, determinaron 
Que la prueba de aquel se dilítase 
Hasta que la esperada luz llegase. 



CANTO 

Pasábase la noche en gran porfía 
Que causó esta venida entre la gente ; 
Cual se aliene ¿ Lincoya, y cual decía 
(jue es el Caupolicano más valiente : 
Apuestas en favor y contra había, 
Otros sin apostar dudosamente 
Hacia el oriente vueltos aguardaban 
Si los febeos caballos asomaban. 

Ya la rosada Aurora comenzaba 
Las nubes á bordar de mil labores, 
Y á la usada labranza dispertaba 
I^ miserable gente y labradores : 
Ya á los marchitos campos restauraba 
La frescura perdida y sus colores, 
Aclarando aquel valle la luz nueva, 
Cuando Caupolican viene á la prueba. 

Con un desdén y muestra cooflada, 
Asiendo del troncón duro y ñudoso, 
(>>mo si fuera vara delicada. 
Se le pone en el hombro poderoso : 
La gente enmudeció, maravillada 
l)e ver el fuerte cuerpo tan nervoso ; 
I^ co'or á Lincoya se le muda, 
Poniendo en su victoria mucha duda. 

El bárbaro sagaz despacio andaba, 
Y á toda priesa entraba el claro día ; 
El sol las largas sombras acortaba. 
Más él nunca descrece en su por ría : 
Al ocaso la luz se retiraba. 
Ni por esto flaqueza en él había : 
Las estrellas se muestran claramente, 
V i\o muestra cansancio aquel valiente. 

Salió la clara luna á ver la flcsta 
M tenebroso albergue húmedo y frío, 
Iksocu pando el campo y la floresta 
[)»» un negro velo lóbrego y sombrío : 
(•aupolican no afloja de su apuesta, 
Antes con nueva fuerza y mayor brío 
^ mueve y representa de manera 
r^omo hí peso alguno no trujo ra . 

Por entre dos altísimos cgidos 
I^ esposa de Ti ton ya parecía. 
Los dorados cabellos esparcidos, 
Que de la fresca helada sacudía, 
<^'Onque á los mustios prados florecidos 
Om el húmedo humor reverdecía, 
Y quedaba engastado así en las flores 
<'Ual perlas entre piedras de coloros. 

El carro de FacUín sale corriendo 
^ l>el mar por el camino acostumbrado : 
^UA sombras van los montes recogiendo 
He la vista del sol ; y el esforzado 



SEGUNDO. 13 

Varón, el grave peso sosteniendo. 
Acá y allá se mueve no cansado ; 
Aunque otra vez la^ negra sombra espesa 
Tomaba á parecer corriendo apriesa. 

La luna su salida provechosa 

Por un espacio largo dilataba : 

Al fln turbia, encendida y pei*ezosa, 

De rostro y luz escasa se mostraba : 

Paróse al medio curso más hermosa 

A verla extraña prueba en qué paraba ; 

Y viéndola en el punto y ser primero 
Se derribó en el ártico hemisfero ; 

Y el bárbaro en el hombro la gran viga, 
Sin muestra de mudanza y pesadumbre, 
Venciendo con esfuerzo la fatiga, 
Y' creciendo la fuerza por costumbre. 
Apolo en seguimiento de su amiga 
Tendido había los rayos de su lumbre ; 

Y el hijo de Leocan en el semblante 
Más fírme que al principio y más constante. 

Era salido el sol cuando el enorme 
Peso de las espaldas despedía, 

Y un salto did en lanzándole disforme, 
Mostrando que aun mas ánimo tenía : 
El circunstante pueblo en voz conforme 
Pronunció la sentencia, y le decía : 
Sobre tan firmes hombros descargamos • 
El peso y grave carga que tomamos. 

Al nuevo juego y pleito difluido. 
Con las más ceremonias que supieron 
Por sumo capitán fué recibido, 

Y á HU gobernación se sometieron. 
Crcci<) en reputación, fué tan temido, 

Y en opinión tan grande le tuvieron, 
Que ausentes muchas leguas del temblaban, 
Y' casi como á rey le respetaban. 

Es cosa en que mil gentes han parado, 
Y' están en duda muchos hoy en día, 
Parcciéndoles que esto que he contado 
Es alguna Acción ó poesía : 
Pues en razón no cabe, que un senado 
De tan gran disciplina y policía 
Pusiese una elección de tanto peso 
,En la robusta fuerza y no en el seso. 

Sabed que fué artiflcio, fué prudencia 
Del sabio Colocólo, que miraba 
La dañosa discordia y diferencia 

Y el gran peligro en que su palria andaba, 
Conociendo el valor y suficiencia 
De este Caupolican que ausente estaba, 
Varón en cuerpo y fuerzas extremado, 
De rara industria y ánimo dolado. 



i i 



LA ARAUCANA. 



Así pi*opuso astuta v sabiamente, 
Para que la elección se dilatase. 
La prueba al parecer iniperlincnle 
En que Caupolícan se señalase, 

Y en esta dilación secretamente 
Dándole aviso, á la elección llegase, 
Trayendo así el negocio por rodeo 

Á conseguir su fin y buen deseo. 

Celebraba con pompa allí el senado 
De la justa elección la flesta honrosa, 

Y el nuevo capitán, ya con cuidado 

De dar principio á alguna grande cosa, 
Manda á Palta sargento que, callado, 
De la gente más presta y animosa 
Ochenta diestros hombres aperciba, 

Y á su cargo apartados los reciba. 

Fueron pues escogidos los ochenta 
De más esfuerzo y menos conocidos ; 
Entre ellos dos soldados do gran cuenta 
Por quien fuesen mandados y regidos. 
Hombres diestros, usados en afrenta, 
Á cualquiera peligro apercibidos, 
£1 uno se llamaba Cayeguano, 
£1 otro Alcatipay de Talcaguano. 

Tres castillos los nuestros ocupados 
Tenían para el seguro de la tierra, 
Efe fuertes y anchos muros fabricados, 
Con foso que los ciñe en tomo y cierra : 
Guarnecidos de pl áticos soldados. 
Usados al trabajo de la guerra ; 
Caballos, bastimenio, artillería 
Que en espesas troneras asistía. 

Estaba el uno cci*ca del asiento 
Adonde era. la fiesta celebrada ; 

Y el araucano ejército contento. 
Mostrando no tener al mundo en nada : 
Que con discurso vano y movimiento 
Quería llevarlo lodo á pura espada ; 
Pero Caupolican más cuei*damenlo 
Trataba del remedio conveniente. 

Había entre ellos algunas opiniones 
De cercar el castillo más vecino ; 
Otros, que con formados escuadrones 
Á Penco enderezasen el camino : 
Dadas de cada parte sus razones, 
Caupolican en nada desto vino, 
Antes, al pabellón se retiraba 

Y á los ochenta bárbaros llamaba. 

Para entrar al castillo fácilmente 
Les da industria y manera disfrazada, 
Con expresa instrucción que plaza y gente 
Metan á fuego y á rigor de espada ; 



Porque él luego tras ellos diligente 
Ocupará los pasos y la entrada : 
Después de haberlos bien amonestado 
Pusieron en cfeto lo tratado. 

Era en aquella plaza y edificio 

La entrada á los de Arauco defendida, 

Salvo los necesarios al servicio 

De la gente española, estatuida 

Á la defensa de ella y ejercicio 

Do la fiera Belona embravecida ; 

Y así los cautos bárbaros soldados 
De feno, hierba y leña iban cargtidos. 

Sordos á las demandas y preguntas. 
Siguen su intento y el camino usado, 
Las cargas en hilera y orden juntas. 
Habiendo entre los haces sepultado 
Astas fornidas de ferradas puntas : 

Y así contra el castillo, descuidado 
Del encubierto engaño, caminaban, 

Y en los vedados límites entraban. 

El puente, muro y puerta airavcsando. 
Miserables, los gestos afligidos, 
Algunos de cansados cojeando. 
Mostrándose marchitos y encogidos ; 
Pero dentro las cargas desatando, 
Arrebatan las armas atrevidos. 
Con amenaza, orgullo y confianza 
De la esperada y súbita venganza. 

Los fuertes españoles salteados, 
Viendo la airada muerte tan vecina. 
Corren presto á las armas, aterrados 
De la extraña cautela repentina ; 
Y, á vencer á morir determinados, 
Cual con celada, cual con coracina, 
Salen á resistir la furia insana 
De la brava y audaz gente araucana. 

Asáltanse con ímpetu furioso, 

Suenan los hierros de una y otra parte ; 

Allí muestra su fuerza el sant^uinoso 

Y más que nunca embravecido Marte : 
De vencer cada uno deseoso, 
Buscaba nuevo modo, industria y arte 
De encaminar el golpe de la espada 

Por do diese á la muerte franca entrada. 

La saña y el coraje se renueva 

Con la sangre que saca el hierro duro ; 

Y la española gente á la india lleva 
Á dar de las espaldas en el muro. 

Ya el inñel escuadrón con fuerza nueva 
Cobra el perdido campo mal seguro 
Que estaba de los golpes esforzados 
Cubierto de armas, y ellos desarmados. 



CANTO 
Viéndose en lan!o estrecho los cristianos, 
De temor y vergüenza constreñidos, 
Las espadas aprietan en las manos, 
En ira envueltos y en furor metidos : 
Cargan sobre los tieros araucanos. 
Por el ímpetu nuevo enflaquecidos ; 
Entran en ellos, hieren y derriban, 

Y á muchos de cuidado y vida privan. 

i^icmprc los españoles mejoraban. 
Haciendo fiero estrago y tan sangriento 
En los osados indios, que pagaban 
El poco seso y mucho atrevimiento : 
Casi defensa en ellos no hallaban : 
Pierden la plaza y cobran escarmiento : 
Al fin de tal manera los trataron 
Que á fuerza de los muros los lanzaron. 

Apenas Cayeguan y Tnlcaguano 
Calían, cuando con paso apresurado 
Asomó el escuadrón caupolicano, 
Teniendo el hecho ya por acabado ; 
Mas viendo el esperado efecto vano, 

Y el puente del castillo levantado, 
Pone cerco sobre él, conjuramento 
De no dejarle piedra en el cimiento. 

Sintiendo un español mozo que había 
Demasiado temor en nuestra gente. 
Más de temeridad que de osadía, 
Cala sin miedo y si a ayuda el puente 

Y puesto en medio del alto decía : 

« Salga adelante, salga el más valiente ; 
I' no por ano á treinta desafío, 

Y á mil no negaré este cuerpo mío. » 

No tan presto las fieras acudieron 
Al bramar de la res desamparada ; 
yue de lejos sin orden conocieron 
Del pueblo y moradores apartada, 
Como los araucanos cuando oyeron 
Del valiente español la voz osada. 
Partiendo más de ciento presurosos, 
Del lance y cierta presa codiciosos. 

No porque tantos vengan temor tiene 
El gallardo español, ni esto le espanta, 
Antes al escuadrón que espeso viene 
Por mejor recibirle se adelanta : 
El curso enfrena, el ímpetu detiene 
De los fieros contrarios, que con tan la 
Furia se arroja entre ellos sin recelo. 
Que rodaron algunos por el suelo. 

De dos golpes á dos tendió por tierra. 
La espada revolviendo á todos lados : 
Aquí esparce una junta, y allí cierra 
A donde ve los más amontonados : 



SEGUNDO. io 

Igual andaba la deiiigual gueiTa 
Cuando los españoles bien armados. 
Abriendo con presteza un gran postigo 
Salen á la defensa del amigo. 

Acuden los contrarios de otra parte, 

Y en medio de aquel campo y ancho llano, 
Al ejercicio del sangriento Marte 
Viene el bando es( añol y el araucano : 
La primera balalja se desparle, 
Que era de ciento á un solo castellano, 
Vuelven el crudo hierro no teñido 
Contra los que dol fuerte habían salido. 

Arrójanse con furia, no dudando 
En las agudas armas por juntarse, 

Y con las duras puntas van tentando 
Las partes por do más puedan dañarse : 
Cual los cíclopes suelen martillando 
En las vulcanas yunques fatigarse, 
Así martillan, baten y cercenan, 

Y las cavernas cóncavas atruenan. 

Andaba la victoria así igualmente : 
Mas gran ventaja y diferencia había 
En el número y copia de la gente, 
Aunque el valor de España lo suplía r 
Pero el soberbio bárbaro, impaciente. 
Viendo que un nuestro á ciento resistía, 
Con diabólica furia y movimiento 
Arranca á los cristianos del asiento. 

Los españoles sin poder sufrillo 
Dejan el campo, y de tropel corriendo 
Se lanzan por las puertas del castillo, 
Al bárbaro la entrada resistiendo ; 
Levan el puente, calan el rastrillo. 
Reparos y defensas previniendo : 
Suben tiros y fuegos á lo alto. 
Temiendo el enemigo y ílero asalto. 

Pero viendo ser todo perdimiento, 

Y aprovecharles poco ó casi nada. 
De voto y de común consentimiento 
Su clara destruicíón considerada. 
Acuerdan de dejar el fuerte asiento ; 

Y ahí en la escura noche deseada, 
Guando se muestra el mundo más quieto 
La partida pusieron en efeto. 

A punto estaban y á caballo, cuando 
Abren las puertas, derribando el puente, 

Y á los prestos caballos aguijando 
Al escuadrón embisten de la frente ; 
Rompen por él hiriendo y tropellando, 

Y sin hombre perder dichosamente 
Arrit)an á Purén, plaza segura. 
Cubiertos de la noche y sombra escora. 



16 LA 

Mientras esto en A rauco sucedía, 
En el pueblo de Penco más vecino» 
t}ue á la sazdn en Chile florecía, 
Fértil de ricas minas de oro flno, 
El capitán Valdivia residía ; 
Don de la nueva por el aire vino, 
Que afirmaba con término asignado 
La alteración y Junta del estado. 

El común, siempre amigo de ruido, 
La libertad y guerra deseando, 
Por su parte alterado y removido, 
Se va con este son desentonando : 
Al servicio no acude prometido. 
Sacudiendo la carga y levantando 
La soberbia cerviz desvergonzada, 
Negando la obediencia á Carlos dada. 

Valdivia, perezoso y negligente, 
Incrédulo, remiso y descuidado, 
Hizo en la Concepción copia de gente, 
Más que en ella en su dicha confiado : 
El cual, si fuera un poco diligente, 
Hallaba en pie el castillo arruinado, 
Con soldados, con armas, municiones. 
Seis piezas de campaña y dos cañones. 



ARAUCANA. 

Tenía con ía Imperial concierto hecho 
Que alguna gente armada le enviase, 
La cual á Tucapel fuese en derecho, 
Donde con él á tiempo se juntase : 
Resoluto en hacer allí de hecho 
Un ejemplar castigo, que sonase 
En todos los confines de la tierra. 
Porque jamás moviesen otra guerra. 

Pero dejó el camino provechoso, 
Y, descuidado dé!, torció la vía, 
Metiéndose por otro, codicioso 
Que era donde una mina de oro había 
Y de ver el tributo y don hermoso 
Que de sus ricas venas ofrecía. 
Paró de la codicia embarazado, 
Cortando el hilo próspero del hado. 

A partir (come dije) antes, llegaba 
Al concierto en el tiempo prometido ; 
Mas el metal goloso que sacaba 
Le tuvo á tal sazón embebecido : 
Después salió de allí, y se apresuraba 
Cuando fuera mejor n6 haber salido. 
Quiero dar fin al canto, porque pueda 
Decir de la codicia lo que queda. 



CANTO III. 



Valdivia con pocos españolas y algunos indios amigos camina á la casa de Tucapel para hacer 
«1 castigo. Máiaole los araucanos á los corredores en el camino en un paso estrecho y dánle 
después la batalla , en la cual fué muerto él y toda su gente por el grande esfuerzo y valentía 
de Lautaro. 



! Oh incurable mal ! \ oh gran fatiga ! 
Con tanta diligencia alimentada, 
Vicio común y pegajosa liga, 
Voluntad sin razón desenfrenada ; 
Del provecho y bien público enemiga. 
Sedienta bestia, hidrópica hinchada. 
Principio y fin de lodos nuestros males. 
! Oh insaciable codicia de mortales ! 

No en el pomposo eslado á los señores 
Contentos en el alto asiento vemos. 
Ni á pobrccillos bajos labradui^es 
Libres de esta dolencia conocemos : 
Ni el deseo y ambición de ser mayores 
Que tenga fin y límites sabemos : 
El fausto, la riqueza y el estado, 
Hincha, pero no harta, al más templado . 

A Valdivia mirad, de pobre infante. 
Si era poco el estado que tenía, 
Cincuenta mil vasallos que delante 
Le ofrecen doce marcos de oro al día : 



Esto y aun mucho más no era bastante, 

Y así la hambre allí lo detenía ; 
Codicia fué ocasión de tanta guerra, 

Y perdicicu tolal de aquesta tierra. 

Ksla fué quien halló los apartados 
Indios de las anlárticas regiones ; 
Por ésta eran sin orden trabajados 
Con dura imposición y vejaciones : 
Pero rotas las cinchas de apretados, 
Buscaron modo y nuevas invenciones 
De libertad, con áspera venganza. 
Levantando el trabajo la esperanza. 

Cuan cierto es, como claro conocemos, 
Que al doliente en salud consejos damos, 

Y aprovecharnos dellos no sabemos ; 
Pero de predicarlos nos preciamos. 
Cuando en la sosegada paz nos vemos, 
¡ Qué bien la dura guerra platicamos \ 

\ Qué bien damos consejos y razones 
Lejos de los peligros y ocasiones! 



CANTO TERGEHO. 



4 C<>ino de los que yerran abominan 
L.OS que están libres en seguro puerto ! 
¡ Qué bien de allí las cosas encaminan» 

Y dan en todo un medio y buen concierto ! 
¡ Con qué facilidad se determinan, 

^'isto el suceso y daño descubierto ! 
Dios sabe aquel que la derecha vía, 
Metido en la ocasión, acertaría. 

Valdivia iba siguiendo su jornada, 

Y el duro disponer del hado duro, 

No con la furia y priesa acostumbrada, 
Présago y con temor de mal futuro : 
Sospechoso do bárbara emboscada. 
Por hacer el camino más seguro. 
Echó algunos delante para prueba, 
Pero jamás volvieron con la nueva. 

Viendo los nuestros ya que al plazo puesto 

Los tardos corredores no volvían. 

Unos juzgan el daño manifiesto, 

Otros impedimentos les ponían : 

Hubo consto y parecer sobre esto ; 

Al cabo en caminar se resolvían. 

Ofreciéndose todos á una suerte, 

A un mismo caso y á una misma muerte. 

Aunque el temor allí tras esto vino, 
En sus valientes brazos se atrevieron, 

Y á su próspera suerte y buen deslino 
El dudoso suceso cometieron : 

No dos leguas andadas del camino, 

Las amigas cabezas conocieron, 

De los sangrientos cuerpos aparladas, 

Y en empinados troncos levantadas. 

No el horrendo espectáculo presente 
Causó en los firmes ánimos mudanza : 
Antes con ira y cólera impaciente 
Se encienden más, sedientos de venganza : 

Y de rabia incitados nuevamente 
Maldiceu y murmuran la tardanza : 
Sólo Valvidia calla y teme el punto ; 
Pero rompió el silencio y pena junto 

Diciendo : ¡ Oh compañeros, do se encierra 
Todo esfuerzo, valor y entendimiento ! 
Ya veis la desvergüenza de la tierra, 
Que en nuestro daño da bandera al viento : 
Veis quebrada la fe, rota la guerra, 
I.0S pactos van del todo en rompimiento : 
Siento la áspera trompa en el oído, 

Y veo un fuego diabólico encendido. 

Bien conocéis la fuerza del estado, 
Con tanto daño nuestro autorizada : 
Mirad lo que Fortuna os ha ayudado 
Guiando con su mano vuestra espada 



17 



El trabajo y la sangre que ha costado, 
Que de ella está la tierra alimentada ; 
'Y pues tenemos tiempo y aparejo, 
Será bueno tomar nuevo consejo. 

Quién éstos son tendréis en la memoria. 
Pues hay tanta razón de conocellos, 
Que si de ellos no hubiésemos Vitoria 

Y en campo no pudiésemos vencellos. 
Será tal su arrogancia y vanagloria, 

Que el mundo no podrá después con ellos ; 
Dudoso estoy, no sé, no sé qué haga 
Que á nuestro honor y causa satisfaga. 

La poca edad y menos experiencia 
De los mozos livianos que allí había. 
Descubrió con la usada inadvertencia 
A tal tiempo su necia valentía 
Diciendo : ¡ Oh capitán ! danos licencia, 
Que solos diez sin otra compañía 
El bando asolaremos araucano 

Y hallemos el camino y paso llano. 

Lo que jamás hicimos en estrecho. 
No es bien por nuestro honor que lo hagamos ; 
Pues cierto es, que cuanto habemos hecho, 
Volviendo atrás un paso, lo manchamos : 
Mostremos al peligro osado pecho, 
Que en él está la gloria que buscamos. 
Valdivia, do la réplica sentido. 
Enmudeció de rabia y de corrido. 

j Oh Valdivia, varón acreditado, 
Cuánto la verde plática sentiste ! 
No solías tú temer como soldado. 
Mas de buen capitán ahora temiste : 
Vas á precisa muerte condenado, 
Que como diestro y sabio lo entendiste ; 
Pero quieres perder antes la vida 
Que sea en ti una flaqueza conocida. 

En esto acaso llega un indip amigo, 

Y á sus pies en voz alta arrodillado 
Le dice : ¡ Oh capitán ! mira que digo 
Que no pases el término vedado : 
Veinte mil conjurados, yo testigo, 

En Tucapel te esperan, protestado 
De pasar sin temor la muerte honrosa 
Antes que vivir vida vergonzosa. 

Alguna turbación dio de repente 
Lo que el amigo bárbaro propuso : 
Discurre un miedo helado por la gente ; 
La triste muerte en medio se les puso : 
Pero el gobernador osadamente, 
Que también hasta allí estuvo confuso, 
Les dice : Caballeros, ¿ qué dudamos ? 
¿ Sin ver los enemigos nos turbamos i 

2 



18 



LA ARAUCANA. 



Al caballo con ánimo hiriendo, 
Sin más les persuadir, rompe la vía, 
De los miembros el miedo sacudiendo, 
Le sigue la esforzada compañía : 

Y en breve espacio el valle descubriendo 
De Tucapel, bien lejos parecía 

El muro, antes vistoso levantado, 
Por los anchos cimientos asolado. 

Valdivia aquí paró, y dijo : ¡ Oh constante 
Española nación de confianza ! 
Por tierra está el castillo tan pujante, 
Que en él solo estribaba mi esperanza : 
£1 pérfldo enemigo veis delante ; 
Ya os amenaza la contraria lanza : 
En esto más no tengo que avisaros, 
Pues sólo el pelear puede salvaros. 

Estaba como digo así hablando, 
Que aun no acababa bien estas razones, 
Cuando por todas partes rodeando 
Los iban con espesos escuadrones, 
I^s astas de anohos hierros blandeando, 
Gritando : ¡engañadores y ladrones I 
La tierra dejaréis hoy con la vida. 
Pagándonos la deuda tan debida. 

Viendo Valdivia serle ya Torzoso 
Que la fuerza y fortuna se probase, 
Mandó que al escuadrón menos copioso 

Y más vecino, á fin que no cerrase. 
Saliese Bovadilla, el cual furioso. 
Sin que Valdivia más le amonestase. 
Con poca gente y con esfuerzo grande, 
Asalta el escuadrón de Mareande. 

La piquería del bárbaro calada, 
Á los pocos soldados atendía ; 
Pero al tiempo del golpe levantada, 
Abriendo un gran portillo, se desvía : 
Dales sin resistir franca la entrada, 

Y en medio el escuadrón los recogía ; 
Las hileras abiertas se cerraron, 

Y dentro á los cristianos sepultaron. 

Como el caimán hambriento, cuando siente 
El escuadrón de peces, que cortando 
Viene con gran bullicio la corriente. 
El agua clara en torno alborotando ; 
Que abriendo la gran boca, cautamente 
Hecogc allí el pescado, y apretando 
Las cóncavas quijadas lo deshace, 

Y al insaciable vientre satisface : 

Pues de aquella manera recogido 

Fué el pequeño escuadron del homicida, 

Y en un espacio breve consumido, 
Bin escapar cristiano con la vida. 



Ya el araucano ejército movido 
Por la ronca trompeta obedecida. 
Con gran estruendo y pasos ordenados 
Cerraba sin temor por todos lados. 

La escuadra de Mareande encarnizada. 
Tendía el paso con más atrevimiento ; 
Viéndola así Valdivia adelantada, 
No escarmentado, manda á su sargento, 
Que escogiendo la gente más granada 
Dé sobro ella con recio movimiento ; 
Pero diez españoles solamente 
Pusieron á la muerte osada frente. 

Contra el escuadrón bárbaro importuno 
Ir se dejan sin miedo á rienda floja , 

Y en el encuentro de los diez, ninguno 
Dejó allí de sacar la lanza roja : 
Desocupó la silla sólo uno. 

Que con la basca y última congoja 
De la rabiosa muerte el pecho abierto. 
Sobre la llaga en tierra cayó muerto. 

Y los nueve después también cayeron, 
Haciendo tales hechos señalados, 
Que digna y justamente merecieron 
Ser do la eterna fama levantados : 
Hechos pedazos todos diez murieron. 
Quedando de su muerto antes vengados : 
En esto la española trompa oída 

Dio la postrer señal de arremetida. 

Salen lus españoles de tal suerte 
Los dientes y las lanzas apretando. 
Que de cuatro escuadrones, al más fuerte 
Le van un largo trocho retirando : 
Hieren, dañan, tropellan, dan la muerte. 
Piernas, brazos, cabezas cercenando : 
Los bárbaros por esto no se admiran, 
Antes cobran el campo y los rotiran. 

Sobre la vida y muerto se contiende. 
Perdone Dios á aquel que allí cayero ; 
Del un bando y del otro así se ofende. 
Que de ambas partes mucha gente mucre 
Hien 80 estima la plaza y se deñende ; 
Volver un paso atrás ninguno quiere : 
Cubre la roja sangre todo el prado. 
Tornándole de verde colorado. 



Del rigor de las armas homicidas 
Los templados arncscs reteñían, 
Y las vivas entrañas escondidas 
Con carniceros golpes descubrían ; 
Cabezas de los cuerpos divididas, 
Que aun el vital espíritu tenían, 
Por el sangriento campo iban rodando. 
Vueltos los ojos ya paladeando. 



CANTO 

El enemigo hierro riguroflo 
Todo en color de sanj^e lo convierte ; 
.Siempre el acometer es más furioso, 
Pero ya el combatir es menos fuerte : 
NiD|^no allí pretende otro reposo 
Que el último reposo de la muerle : 
El mas medroso atiende con cuidado 
Á sólo procurar morir vengado. 

La rabia de la muerle y fln presente 
Crió en los nuestros fUcrza tan extraña, 
Que con deshonra y daño de la gente 
Pierden los araucanos la campaña : 
Al fin dan las espaldas, claramente 
Suenan voces : ¡ Vitoria ! ; España ! ¡ España 
Mas el incontrastable y duro hado 
Dio un extraño principio á lo ordenado. 

Un hijo de un cacique conocido, 
Que á Valdivia de paje le servía 
Acariciado del y fovorído, 
En 8U lerTlcio á la sazón venía : 
Del amor de su patria commovido. 
Viendo que á más andar se retraía, 
Comienza á grandes voces á animarla, 

Y con tales razones á incitarla : 

; Oh ciega gente, del temor guiada ! 
¿ Á do volvéis los temerosos pechos ? 
Que la fama en mil años alcanzada 
Aquí perece y todos vuestros hechos : 
La fuerza pierden hoy, jamás violada. 
Vuestras leyes, los fueros y derechos : 
De señores, de libres, de temidos, 
Quedáis siervos, sujetos y abatidos. 

Mancháis la clara estirpe y dec*mdoncia, 

Y enjerís en el tronco gencoso 
Una incurable plaga, una dolencia 
I.'n deshonor perpetuo, ignominioso : 
Mirad de los conirarios la impotencia. 
La falta del alierao, y el fogoso 
Latir de los caballos, las hijadas 
Llenas de sangre y de sudor bañadas. 

No os desnudéis del hábito y costumbre 
Que de nuestros abuelos mantenemos, 
Ni el araucano nombre, de la cumbre 
A estado tan infame derribemos : 
Huid el grave yogo y servidumbre ; 
Al duro hierro osado pecho demos ; 
;. Por qué mostráis espaldas esforzadas 
Que son de los peligros reservadas ? 

Fijad esto que digo en la memoria. 
Que el ciego y torpe miedo os va turbando ; 
Dejad de vos al mundo eterna historia, 
Vuesira sujeta patria libertando : 



TERCERO. i9 

Volved, no rehuséis tan gran viloria, 
Que os está el hado próspero llamando : 
A 1«) menos firmad el pie ligero. 
Veréis cómo en defensa vuestra muero. 

En esto una nervosa y gruesa lanza 
Contra Valdivia, su señor, blandía : 
Dando de sí gran muestra y esperanza, 
Por más los persuadir arremetía : 

Y entre el hierro español así se lanza 
Como con gran calor eu agua fría 
Se arroja el ciervo en el caliente estío 
Para templar el sol con algún frío. 

De solo el primer bote uno atraviesa, 
Otro apunta por medio del costado, 

Y aunque la dura lanza era muy gruesa 
Salió el hierro sangriento al otro Indo : 
Salta, vuelve, revuelve con gran priesa, 

Y barrenando el muslo á otro soldado, 
En él la fuerte pica fué rompida, 
Quedando un grueso trozo en la herida. 

Rota la asta dañosa, luego aforra 
Del suelo una pesada y dura maza ; 
Mata, hiere, destroza y hecha á tierra, 
Haciendo en breve espacio larga plaza : 
En él se resumió toda la guerra ; 
Cesa el alcance y dan en él la ca/a ; 
Mas él aquí y allí va tan liviano. 
Que hieren por herirle el aire vano. 

¿De quién prueba se oyó tan cspanlosa, 
Ni en antigua escritura se ha leído, 
Que eslardo de la parte viloriosa 
Se pase á la contraria del vencido ? 
Y que s'ilo valor, y no otra cosa, 
De un bárbaro muchacho, haya podido 
Arrebatar por fuerzi á los cristianos 
Una tan gran Vitoria de las manos ? 

No los dos Publios Decios, que las vidas 

Sacrificaron por la patria amada, 

Ni Curcio, Horacio, Scc7ola y Loonidas 

Dieron muestra de sí tan señalada : 

Ni aquellos qua en las guerras más reñidas 

Alcanzaron gran fama por la espada, 

Furio, Marcelo, Fulvio, Cincinato, 

Marco Sergio, Fih'n, Sceva y Dentato 

• 

Decidme : estos famosos, ¿que hicieron 
Que al hecho dcsle bárbaro igual fuese ? 
¿Qué empresa ó qué batalla acometieron 
Que á lo menos en duda no estuviese? 
¿Á qué riesgo y peligro se pusieron 
Que la sed del reinar no los moviese ? 
¿Y de intereses grandes insistidos 
Que á los tímidos hacen atrevidos ? 



¿o 



La araucana. 



Muchos emprenden hechos hazañosos 

Y se ofrecen con ánimo á la muerte, 
Ue fama y vanagloria codiciosos. 
Que no saben sufrir un Roipe füerle : 
Mostrándose constantes y animosos. 
Hasta que ven ya declinar su suerte, 
Faltándoles valor y esfuerzo á una, 

Rolo el crédito frágil de fortuna. 

« 

Kste el decreto y la fatal sentemúa, 

En contra de su patria declarada, 

Turtu) y redujo á nueva diferencia, 

Y al fln bastó á que fliese revocada : 
Hizo á Fortuna y Hados resistencia, 
Forz($ su voluntad determinada, 

Y contrastó el furor del vitorioso, 
Sacando vencedor al temeroso. 

Estaba el suelo de armas ocupado, 

Y el desigual combate más revuelto. 
Cuando CaupoÜcano reportado, 

A las amigas voces había vuelto : 
También habían sus gentes reparado, 
Con vergonzoso ardor en ira envuelto. 
De ver que un solo mozo resistía 
Á lo que tanta gente no podía. 

Cual suele acontecer á los de honrosos 
Ánimos, de repente inadvertidos, 
Ó cuando en los lugares sospechosos 
Piensan otros que van desconocidos. 
Que en pendencias y encuentros peligrosos 
Huyen; pero si ven que conocidos 
Fueron de quien los sigue, avergon/.ados. 
Vuelven furiosos, del honor forzados : 

Así los araucanos revolviendo 
Contra los vencedores arremeten ; 

Y las rendidas armas esgrimiendo, 
A voces de morir todos prometen : 
Treme y gime la tierra del horrendo 
Furor con que ambas partes se acometen, 
Derramando con rabia y fuerza brava 
Aquella poca sangre que quedaba. 

Diego Oro allí derriba á Paynaguala, 
Que de una punta le atraviesa el pecho ; 
Pero Caupolicano le señala, 
Dejándole gozar poco del becho : 
Al sesgo la ferrada maía cala, 
Aunque el furioso golpe fué al derecho • 
Pues quedó por de dentro la celada 
De los bullentes sesos rociada. 

Tras éste otro tendió desflgurado. 
Tanto que nunca más fué conocido : 
Que la armada cabeza y todo el lado 
Donde el golpe alcanzó quedó molido ; 



Valdivia con Ongolmo se ha topado, 

Y hanse el uno al otro acometido, 
Hiere Valdivia á Ongolmo en una mano, 
Haciendo el araucano el guipe en vano. 

Pasa recio Valdivia, y va furioso. 
Que con Ongolmo más no se detiene, 

Y adonde Lcucoton, mozo animoso, 
Estaba en una gran pendencia, viene : 
Que contra Juan de Lamas y Reinos o 
Solo su parte y opinión mantiene ; 

El cual con su destreza y mucho seso 
La guerra sustentaba en igual peso. 

Partióse esta batalla, porque cuando 
Valdivia llegó adonde combatía. 
Parte acudió del araucano bando, 
Que en su ayuda y defensa se metía : 
Fuese el daño y destrozo renovando; 
De un cabo y de otro gente concurría : 
Sube el alto rumor á las estrellas, 
Sacando de los hierros mil centollas. 

Gran rato anduvo en tórmino dudoso 
La confusa Vitoria de esta guerra ; 
Lleno el aire de estruendo sonoroso, 
Roja de sangre y húmida la tierra : 
Quién busca y sólo quiere un fin honroso, 
Quién á los brazos con el otro cierra, 

Y por darle más presto cruda muerte* 
Tienta con el puñal lo menos fuerte. 

Á Juan de Gudicl no le fué sano 
El tenerse en la lucha por maestro, 
Porque sin tiempo y con esfuerzo vano 
Cerró con Guaticol, no menos diestro : 

Y en aquella sazón Puren, su hermano. 
Que estaba cerca del, en el siniestro 
Lado le abrió con daga una herida, 
Por do la muerte entró y salió la vida. 

Andrés de Villaroel, ya enflaquecido 
Por la falta de sangre derramada. 
Andaba entro los bárbaros metido 
Procurando la muerte más honrada. 
También Juan de las Peñas, mal herido. 
Rompiendo por la espesa gente armada , 
i:>e puso junto del ; y así la suerte 
Los hizo á un tiempo iguales en la muerte. 

Era la difcren'ña incomparable 

Del número infiel al bautizado : 

Es el un escuadrón inumerable, 

El otro basta sesenta numerado : 

Ya incierta la Fortuna variable. 

Que dudosa hasta entonces había estado, 

Aprobó la maldad, y dio por justa 

La causa y opinión basta allí ii^usia. 



CANTO TERCERO. 



21 



fms mil amigos bárbaros soldados, 
Que el bando de Valdivia sustentaban. 
En el flechar del arco ejercitados, 
El sangriento destrozo acrecentaban 
Derramando más sangre, y esforzados, 
En la muerte también acompañaban 
A la española gente, no vencida 
En cuanto sustentar pudo la vida. 

Cuando de aqueste y cuando de aquel canto 
Mostraba el buen Valdivia esfuerzo y arte. 
Haciendo por la espada todo cuanto 
Pudiera hacer el poderoso Marte : 
No basta á reparar él solo tanto, 
Que falta de los suyos la más parte : 
Los otros, aunque ven su Qn tan cierto, 
Ning^ún medio pretenden ni concierto. 

De dos en dos, de tres en tres cayendo 
Iba la desangrada y poca gente. 
Siempre el ímpetu bárbaro creciendo, 
Con el ya declarado fin presente : 
Fuese el número flaco resumiendo 
En catorce soldados solamente. 
Que constantes rendir no se quisieron 
Hasta que al crudo hierro se rindieron. 

Solo quedó Valdivia acompañado 
De un clérigo, que acaso allí venia ; 

Y viendo así su campo destrozado, 
El mal remedio y poca compañía, 
Dijo : Pues pelear es escusado, 
Procuremos vivir por otra vía : 
Pica en esto al caballo á toda prisa, 
Tras él corriendo el clérigo de misa. 

Cual suelen escapar do los monteros 
Dos grandes jabalís fieros, cerdosos, 
Seguidos de solícitos rastreros 
De la campestre sangre codiciosos ; 

Y salen en su alcance los ligeros 
Lebreles irlandeses generosos ; 

Con no menor codicia y pies livianos 
Arrancan tras los mísf.ros cristianos. 

Tal tempestad de tiros, señor, lanzan, 
Cual el turbión que granizando viene : 
Ka fin, á poco trecho los alcanzan, 
Que un paso cenagoso los detiene : 
Los bárbaros sobre ellos se abalanzan : 
Por valiente el postrero no se tiene : 
Mu pío el clérigo luego, y maltratado 
Trujeron á Valdivia ante el senado. 

Caupolican, gozoso en verle vivo 
Y en el estado y término presente, 
Con voz de vencedor y gesto altivo 
L« ameneza y pregunta juntamente. 



Valdivia, como mísero cautivo, 
Responde y pide humilde y obediente 
Que no le dé la muerte, y que le jura 
Dejar libre la tierra en paz segura. 

Cuentan que estuvo de tomar movido 
Del contrito Valdivia aquel consejo ; 
Mas un pariente suyo empedernido, 
Á quien él respetaba por ser viejo, 
Le dice : ¿ por dar crédito á un rendido 
Quieres perder tal tiempo y aparejo ? 

Y apuntando á Valdivia en el celebro 
Descarga un gran bastón de duro enebro. 

Como el furioso loro, que apremiado 

Con fuerte amarra al palo, está bramando, 

Do la tímida gente rodeado. 

Que con admiración le está mirando ; 

Y el diestro carnicero ejercitado. 
El grave y duro mazo levantando. 
Recio al cogote cóncavo desciende, 

Y muerto estremeciéndose le tiende : 

A sí el determinado viejo cano. 

Que á Valdivia escuchaba con mal ceño 

Ayudándose de una y otra mano. 

Enalto levantó el ferrado leño : 

No hizo el crudo viejo golpe en vano. 

Que á Valdivia entregó al eterno sueño, 

Y en el suelo con súbita calda, 
Estremeciendo el cuerpo, dio la vida. 

Llamábase este bárbaro Leocato, 

Y el gran Caupolican dello enojado, 
Quiso enmendar el libre desacato, 
Pero fué del ejército rogado : 

Salió el viejo de aquello al fin barato, 

Y el destrozo del todo fué acabado, 
Que no escapó cristiano de esta prueba 
Para poder llevar la triste nueva. 

Dos bárbaros quedaron con la vida 
Solos de ios tres mil ; que como vieron 
La gente nuestra rota y de vencida. 
En un jaral espeso se escondieron : 
De allí vieron el fln de la reñida 
Guerra, y puestos en salvo lo dijeron, 
Que como las estrellas se mostraron. 
Sin ser de nadie vistos se escaparon. 

La escura noche en esto se subía 
A más andar á la mitad del ciclo, 

Y con las alas lóbregas cubría 

El orbe y redondez del ancho suelo : 
Cuando la vencedora compañía, 
Arrimadas las armas sin recelo. 
Danzas en anchos céreos ordenaban 
Donde la gran Vitoria celebraban. 



22 



L.\ ARAUCANA. 



Fué la nueva en un punto discurriendo 
Por todo el araucano regimiento, 

Y antes que el sol se fuese descubriendo 
El campo se cubrió de bastimento : 
Gran multitud de gente concurriendo, 

Se forma un general ayuntamiento 
De mozos, viejos, niños y mujeres, 
Partícipes en todos los placeres. 

Cuando la luz las aves anunciaban, 

Y alegres sus cantares repetían, 
Un sitio de altos árboles cercaban, 
Que una espaciosa pinza contenían : 

Y en ellos las cabezas empalaban 
Que de españoles cuerpos dividían : 
Los troncos, de sus ramas despojados, 
Eran de los despojos adornados ; 

Y dentro de aquel círculo y asiento, 
Cercado de una amena y gran floresta, 
En memoria y honor del vencimiento, 
Celebran de beber la alegre flcsta : 

El vino así aumentó el atrevimiento 
Que España en gran peligro estaba puesta, 
Pues que promete el mínimo soldado 
De no dejar cimiento levantado. 

Era allí la opinión genoi*aImcnte 
Que sin tardar, doblando las jornadas. 
Partiese un grueso número de gente 
Á dar en las ciudades descuidadas : 
Que tomadas de salto y de repente. 
Serían con sólo el miedo arruinadas ; 

Y la patria en su honor restituida 
No dejando cristiano con la vida. 

Y dabo orden bastante, y esto hecho 
Para acabar de ejecutar su saña, 
Con gran poder y ejército, do hecho 
Querían pasar la vuelta de la España : 
Pensándola poner en tanto estrecho, 

Por fuerza de armas, puestos en campaña, 
Que fuesen cultivadas las iberas 
Tierras de las naciones extranjeras. 

El hijo de Lcocano bien entiende 
El vano intento, y quiere desviarlo. 
Que como diestro y sabio, otro pretende, 
Y* por mejor camino enderezarlo : 
El tiempo espera y la sazi'm atiende 
Que estén mejor dispuestos á tratarlo : 
La fiesta era acabada y borrachera. 
Cuando á todos los habla en tal manera : 

Menos que vos, señores, no pretendo 
La dulce libertad tan estimada, 
Ni que sea nuestra patria, yo defíendo. 
En el sublime trono restaurada : 



Mas hase de atender á que, pudiendo 
Ganar, no se aventure á perder nada ; 

Y así, con este celo y fin, procuro 
No poner en peligro lo seguro. 

Tomad con discreción los pareceres 
Que van á la razón más arrimados. 
Pues cobrar vuestros hijos y mujeres 
Está en ir los principios acertados : 
Vuestra fama, el honor, tierra y haberes, 
.\ punto están de ser recuperados ; 
Que el Tiempo, que es el padre del consgo. 
En las manos nos pone el apcrejo. 

Á Valdivia y los suyos habéis muerto, 

Y una importante plaza destruido : 
Venir á la venganza sera cierto 
Luego que en las ciudades sea sabido : 
Demos al enemigo el paso abierto. 
Esto asegura más nuestro partido : 
Vengan, vengan con furia á rienda suelta. 
Que difícil será después la vuelta. 

La Vitoria tenemos en las manos, 

Y pasos en la tierra mil seguros. 
De ciénagas, lagunas y pantanos, 
Espesos montes ásperos y duros : 
Mejor pelean aquí los araucanos *. 
Españoles mejor dentro en sus muros : 
Cualquier hombre, en su casa acometido. 
Es más sabio, más fuerte y atrevido. 

Esto os vengo á decir, porque se entienda 
Cuanto con más seguro acertaremos. 
Para poder tomarla justa enmienda. 
Que en sitios escogidos esperemos. 
Donde no habrá en el mundo quien defienda 
La razón y derecho que tenemos : 
Cuando temor tuviesen de buscarnos, 
k sus casas iremos á alojarnos. 

Con atención de todos escuchada 
Fué la oración que el general hacía. 
Siendo do los más de ellos aprobada, 
Por ver que á su remedio convenía ; 
La gente ya del todo sosegada, 
Caupolican al joven se volvía 
Por quien fué la Vitoria, ya perdida, 
Con milagrosa prueba conseguida. 

Por darle más favor» lo tenía asido 

Con la siniestra de la diestra mano, 

Dicicnd'^le : ¡ Oh varón, que has extendido 

El claro nombre y límite araucano ! 

Por ti ha sido el estado redimido, 

Tú le sacaste del poder tirano : 

A ti solo se debo esta Vitoria, 

Digna do premio y de inmortal memoria. 



CANTO 
Ya, señores, pues es tan maniflesto 
^Esto dijo volviéndose al scDado) 
£1 punto en que Lautaro nos ha puesto, 
•Que asi el valiente mozo era llamado) : 
Yo por remuneralle en algo desto, 
Con vuestra autoridad que me habois dado, 
Por paga, aunque á tal deuda insuficiente, 
L.e hago capitán y mi teniente. 

Cun la gente de guerra que escogiere, 
Pues que ya de sus obras sois testigos, 
En el sitio que más le pareciere 
S*^ ponga á i*ccibir los enemigos, 
Adonde hasta que vengan los espero ; 
Porque yo con la resta y mis amigos 
Ocuparé la entrada de Klicura, 
Aguardando la misma coyuntura. 

Del grato mozo el cargo fué acetado. 
Con el favor que el general le daba : 
Aprobólo el común aficionado ; 
Si á alguno le pesó no lo mostraba : 
Y por el orden y uso acostumbrado 
El gran Caupolican le trasquilaba, 
Dejándole el copete en tronza largo. 
Insignia verdadera de aquel cargo. 

Fué Lautaro industrioso, sabio, presto, 
De gran consejo, término y cordura, 
Manso de condición y hermoso gesto. 
Ni grande ni pequeño de estatura : 
El ánimo en las cosas grandes puesto, 
De fuerte trabazón y compostura. 
Duros los miembros, recios y nervosos, 
Auchas espaldas, pochos espaciosos. 

Por él la fiestas fueron alargadas, 
(ejercitando siempre nuevos juegos 
De saltos, luchas, pruebas nunca usadas. 
Danzas de noche en torno do los fuegos. 
Mabía precios y joyas señaladas, 
(Jue nunca los troya nos ni los griegos. 
Cuando los juegos más continuaron. 
Tan ricas y estimadas las sacaron. 



CUARTO. 25 

Llegó á Caupolican estando en esto 
Un bárbaro turbado sin aliento, 
Perdida la color, mudado el gesto. 
Cubierto de sudor y polvoriento, 
Dicíéndole : Señor, socorre presto, 
Tu campo es rolo y cierto el perdimiento ; 
Que la gente que estaba en la emboscada 
Es muerta la más della y destrozada. 

Por tierra de Eiicura son bajados 
Catorce valentísimos guerreros, 
De corazas finísimas armados, 
Sobre caballos prestos y ligeros : 
Por estos solos son desbaratados 
Dos escuadrones tuyos de piqueros ; 

Y visto el gran estrago, al improviso 
Partí corriendo á darte de ello aviso. 

Caupolican con muestra no alterada. 
Hizo que del temor se asegurase, 
Diciendo que tan poca gente armada 
Al cabo era imposible que escapase'; 

Y con la diligencia acostumbrada 
Mandó al nuevo teniente que guiase 
Con la más presta gente por la vía. 
Que luego con el re^to le seguía. 

Lautaro, en lo acetar no perezoso, 
Kscogiendo una escuadra suficiente, 
Marcha con tanta priesa, codicioso 
De ganar opinión éntrala gente... 
Mas do Marte el estruendo sonoroso 
Me llama, que me tardo injustamente : 
De los catorce es tiempo que se trate, 

Y del sangriento y áspero combate. 

Extiéndase su fama y sea notoria. 
Pues que tanto su espada resplandece, 

Y de ellos so eternice la memoria 
Si valor en las armas lo merece : 
Testimonio dará dello la historia ; 
Pero acabar el canto me parece ; 

Que á decir tan gran cosa no me atrevo, 
Sino es con nuevo aliento y canto nuevo. 



CANTO IV. 



Vienen catorce españoles por concierto á juntare coa Valdivia en la fuerza de Tucapel : hallan 
los indios en una emboscada coa los cuales tuvicroa un porRado reencuentro : lle^A Lautaro con 
fíente de refresco : mueren siete españoles y todos lo*8 amifs^os que llevan : escápanse los otros por 
una gran ventura. 



¡ Cuan buena es la justicia y qué importante ! 
Por ella son mil males atajados. 
Que si el rebelde arauco está pujante 
Con lodoe sus vecinos alterados, 



Y pasa su fui*or tan adelante. 
Fué por no ser á tiempo castigados 
La llaga que al principio no se cura 
Requiere al fin más áspera la cura. 



34 

Que no e« virtud, mas vicio y negligencia, 
Cuando de un daño otro mayor se espera, 
El no curar con hierro la dolencia, 
Si del mal lo requiere la manera : 
Mas no con tal rigor que la clemencia 
Riei-da su fuerza y la virtud entera ; 
Clemente es y odiaoso el que sin miedo 
Por escapar el brazo corta el dedo. 

No quiero yo decir que ú cada paso 
Traiga el hierro en la manóla justicia, 
Sino según la gravedad del caso, 

Y la importancia y fin de la malicia : 
Pues vemos claro en el presente paso, 
Que al cabo corrompida de avaricia, 
Dio á la maldad lugar que se arraigase, 

Y en los ánimos más se apoderase. 

Mas no se ha de entender, como el liviano 
Que se entrega al primero movimiento, 
Que por ser justiciero es inhumano, 

Y por alcanzar crédito es sangriento ; 

Y como aquel que con injusta mano, 
Sin término, sin causa y fundamento, 
Por sólo liviandad y vanagloria, 
Quiere dejar de su maldad memoria. 

No fallara materia y coyuntura 
Para mostrar la pluma aquí curiosa ; 
Mas no quiero meterme en tal hondura. 
Que es cosa no importante y peligrosa : 
El tiempo lo dirá, y no mi escritura. 
Que quizá la tendrán por sospechosa : 
S*'ú6 diré que es opinión de sabios, 
Quedonde falta el rey sobran agravios. 

Pero á nuestro propósito tomando, 
Dejaré de tratar de sinrazones, 
Que es trabajar en vano, derramando 
AI viento en el desierto las razones : 
De los nuestros diré, que peleando 
Estaban con los fleros escuadrones, 
Ganando fama y prez, honor y gloria. 
Haciendo cosas dignas de memoria. 

Fué hecho tan notable, que requiere 
Mucha atención, y autorizada pluma *. 

Y así digo que aquel que lo leyere, . 
En que fué de los grandes se resuma. 
Diré cuanto en mi estilo yo pudiere, 
Aunque todo sera una breve suma ; 

Y los nombres también de los soldados; 
Que con razón merecen ser loados. 

Almagro, Cortés, Córdoba, Nercda, 
Moran, Gonzalo Hernández, Maldonado, 
Peñalosa, Vergara,Cast}«ñeda, 
Diego García Herrero e arriscado. 



LA ARAUCANA. 



Pero-Niño, Escalona, y otro queda 
Con el cual es el número ascabado : 
Don Leonardo Manrique es el postrero. 
Igual en el valor siempre al primero. 

Estos catorce son los que venían 
A verse con Valdivia en el concierto. 
Que del pueblo imperial partido habían 
Sin saber que Valdivia fuese muerto : 
Por la alta cuesta de Puren subían « 

Y en el más alto asiento y descubierto 
Dos caminos de rama ven sembrados. 
Señal de paga y junta de soldados. 

Conocen que la tierra esta alterada, 

Y que de gentes hacen llamamiento ; 
No torcieron por esto la jornada. 

Ni les mudó el temor el Arme intento : 
La fresca y nueva Aurora colorada 
Daba con su venida gran contento, 

Y las sombras del sol se retraían. 
Cuando el licúreo valle descubrían. 

Aquí estaban los indios emboscados 
Esperando á los nuestros si viniesen. 
Por cogerlos sin orden descuidados 
Antes que de peligro se advirtiesen : 
De un bosque á mano hecho rodeados. 
Para que más cubiertos estuviesen. 
Hasta que, inadvertidos del engaño, 
iludiesen á su salvo hacer el daño. 

Los catorce españoles abajaban 
Por un repecho, al valle enderezando. 
Donde ocultos los bárbaros estaban 
Cubiertos de los ramos aguardando : 
Los nuestros con el bosque aun no igualaban 
Cuando les indios, súbito sonando 
Bárbaras trompas, roncos tamborinos. 
Los pasos ocuparon y caminos. 

En cazador no entró tanta alegría, 
Cuando más sin pensar la liebre echada 
De súbito por medio de la vía 
Salta de entre los pies alborotada ; " 
Cuanto causó la muestra y vocería 
Del vecino escuadrón de la emboscada, 
A nuestros españoles, que al instante 
Arrojan los caballos adelante. 

En un punto los bárbaros formaron 
De puntas de diamante una muralla ; 
Pero los españoles no pararon 
Hasta de parte á parte atravesalla : 
Hombres, picas y mazas tropellaron. 
Revuelven, por dar fin á la batalla. 
Con más valor y esfuerzo que esperanza, 
Vista de los contrarios la pujanza. 



CANTO CUAHTO. 



25 



De tres dos escuadrones desviados 
El paso les cercaron y la huida : 
Viéndose asi de bárbaros cercados, 
Piensan abrir por ellos la salida : 
Oira vcz arrenielen apiñados, 
Y aunque una escuadra dellos fué rompida 
Volvieron á su pueslo recogidos, 
Quedando desta vuelta mal heridos. 

Dos veces embistieron desta suerte, 
Las cerradas escuadras trope liando ; 
Mas viéndose caréanos á la muerte, 
Prosif^uen su derrota, enderezando 
Al desolado silio y casa fuerte, 
Á diestro y á siniestro derribando, 
Que los indios entre ellos van mezclados, 
Hiriéndolos también por todos lados. 

Estréchase el camino de Eltcura 
Por la pequeña falda de una sierra : 
La causa y la razdn de esta angostura 
Es un lago que abajo el valle cierra : 
Para los nuestros esto fué ventura, 
Pues siguen su jornada haciendo guerra, 
Que sólo un español que atrás venía 
La bárbara arrogancia resistía. 

Ellos que iban así por una espesa 
Mala, al calar de un áspero collado 
Ven un indio salir á toda priesa, 
El vestido y el rostro demudado, 
El cual en el camino se atraviesa, 

Y del seno sacó un papel cerrado 
Que Juan Gúmez de Almagro el propio día, 
Dando aviso á Valdivia escrito había. 

El mismo mensajero ven lloroso, 
Que dellos adelante había partido : 
De Valdivia el suceso lastimoso 
Les dijo, y lo demás acontecido : 

Y que el castillo el bárbaro furioso 
Le había por los cimientos destruido. 
Viendo ol remedio y presupuesto vano ; 
Tomaron á la diestra un sitio llano. 

Era el sitio de lomas rodeado, 
Aunque por esta seada y paso abierto, 
Del esie, noric, oeste está abrigado, 
Y' el sur le hiere casi en descubierto : 
Por do seguido va el camino usado, 
D«> los ligeros bárbaros cubierto 
Eo espaciosa hila prolongada 
Sedientos de la sangre bautizada. 

Tras los nuestros los bárbaros saliendo, 
Kn el llano asimismo repararon, 

Y la gente esparcida recogiendo. 
Dos gruesos escuadrones reformaron : 



Los catorce españoles, conociendo 
Que era mejor romper, se aparejaron ; 
Mueven los escuadrones concertados 
Por el fuerte Lincoya gobernados. 

Con flautas, cuernos, roncos intrumentos, 
Alto estruendo, alaridos desdeñosos. 
Salen los fleros bárbaros sangrientos 
Contra los españoles valerosos. 
Que convertir esperan en lamentos 
Los arrogantes gritos orgullosos: 
Tanto el esfuerzo y ánimo les crece, 
Que poca gente en contra les parece. 

Aunque allí un español desfigurado, 
Que yo no digo aquí cuál dellos era, 
! Dijo, viendo tan poca gente al lado : 
¡ Oh, si nuestro escuadrón de ciento fuera! 
Pero Gonzalo Hernández animado, 
Vuelto al ciclo, responde : á Dios pluguiera 
Fuéramos solos doce, y dos faltaran, 
Que doce de la fama nos llamaran. 

Los caballos en esto apercibiendo. 
Firmes y recogidos en las sillas. 
Sueltan las riendas, y los pies batiendo, 
Parten contra las bárbaras cuadrillas : 
Las poderosas lanzas requiriendo. 
Afiladas en sangre las cuchillas. 
Llamando en alta voz á Dios del cielo, 
Hacen gemir y retemblar el suelo. 

Calan de fuerte fresno como vigas 
Los bárbaros las picas al momento, 
De la suerte que suelen las espigas 
Derribarse al furor del recio viento : 
No bastaron las armas enemigas 
Al ímpetu español y movimiento, 
Que los nuestros rompieron por un lado, 
Dejando el escuadrón aportillado. 

Á un tiempo los caballos volteando, 
Lejos las rotas lanzas arrojadas, 
Vuelven al enemigo y fiero bando, 
En alto ya desnudas las espadas : 
Otra vez arremeten, no bastando 
Infinidad de puntas enastadas, 
Puestas en contra de la airada gente, 
Á que no se mezclasen ingualmente. 

Los unos, que no saben ser vencidos, 
Los otros á vencer acostumbrados. 
Son causa que se aumenten los heridos, 
Y que bajen los brazos más pesados : 
De llamas los arneses encendidos. 
Con gran fuerza y presteza golpeados. 
Formaban un rumor, que el alto cielo 
I Del todo parecía venir al suelo. 



26 



LA ARAUCANA. 



El buen Gonzalo Hernández, presumiendo 

Imitar al de Córdoba famoso, 

Iba por el ejército rompiendo, 

No menos diestro y fuerte que animoso. 

Peñalosa y Vergara conociendo 

Que vencer 6 morir era forzoso , 

Hacen de sus personas arriscadas 

De esfuerzo y fuerza pruebas señaladas. 

£1 valiente soldado de Escalona, 
La rii^urosa espada ejerrilando, 
Aventura y señala su persona 
Mil bárbaros valientes señalando : 
Don Leonardo Manrique no perdona 
Los golpes que recibe, antes doblando 
Los suyos con gran priesa y mayor ira, 
Los castiga, maltrata y los retira. 

Otro, pues, que de Córdoba se llama. 
Mozo de grande esfuerzo y valentía, 
Tanta sangre araucana allí derrama, 
Que hizo más de cien viudas aquel día : 
Por una, que venganza al ciclo clama, 
Saltan lodns las otras de alegría ; 
Que al fin son las mujeres variables, 
Amigas de mudanzas y mudables. 

Cortés y Pero-Niño por un lado 
Hacen un fiero estrago y cruda guerra ; 
Moran, Gómez de Almagro y Maldonado 
Siembran de cuerpos bárbaros la tierra : 
El Herrero, como hombro acostumbrado 

Y diestro en golpear, mala y atierra : 
Pues Nereda tambión, que ora maestro, 
Hiere, derriba á die^tro y á siniestro. 

Como si fueran ú morir desnudos, 
Las rabiosas espadas así cortan ; 
Con tanta fuerza bajan golpes crudos, 
Que poco fuertes armas les importan : 
Lo que sufrir no pueden los escudos, 
Los insensibles cuerpos los comportan 
En furor encendidos, de tal suerte. 
Que no sienten los golpes ni aun la muerte. 

Antes de rabia y cólera abrasados, 
Con poderosos golpes los martillan, 

Y de muchos con fuerza redoblados. 
Los cargados caballos arrodillan : 
Abollan los arneses relevados, 

Abren, desclavan, rompen, deshebilian : 
Ruedan las rotas picas y celadas 

Y el aire atruena el son de las espadas. 

I-incoya combatiendo y derribando 
Anima con hervor ios escuadrones. 
Contra su fuerza y maza no bastando 
De crestas altas fuertes morriones* 



Cortés un golpe suyo reparando. 
La cabeza inclinó entre los arzones. 
Llevándole el caballo medio muerto, 
Suelto el freno, corriendo acampo abierto. 

Con el cuello inclinado adormecido 
Acá y allá el caballo le traía ; 
Pero tornando luego en su sentido. 
Vergonzoso las riendas recogía : 
Vuelve á buscar aquól que le lia herido, 

V al punto que miró lo conocía, 

Que al mayor araucano qne allí andaba 
De los hombros arriba le llevaba. 

Conócelo también en la braveza 

Que mostraba, animando allí su gente, 

V en la facilidad y ligereza 

Con que esgrime la maza diestramente. 

Como el suelto b'.brel, por la maleza 

Se arroja al jabalí fiero y valiente. 

Así asalta Cortés al araucano. 

La adarga al pecho, el duro hierro en mano. 

Al través le hirió por un costado, 
Xo le valiendo el coselete duro ; 
Mas do aquella manera le ha mudado. 
Que mudara un peñasco ó fuerte muro : 
Pasa recio el caballo espoleado, 

Y Cortés de Lincoya ya seguro, 

Por medio de la espesa escuadra hiende, 

V al un lado y al otro muchos tiende. 

Almagro cuerpo á cuerpo combatía 
Con el jovAH Guacón, soldado fuerte ; 
Pero presto la lid se decidía. 
Que poco se mostró neutral la suerte: 
De un golpe Almagro al bárbaro hería, 
Por donde una anoha puerta abrió á la muer- 
Sale de ella de sangre roja un río, [te, 

Y ocupa el desangrado cuerpo el frío. 

Airado Caslaño.ia en la batalla 
Mala, atrepella, daña, hiere, ofende ; 
Acaso á Narpo á la derecha halla, 

Y allí la rigurosa espada tiende : 
No le valió el jub.^n de fina malla. 

Ni un pelo do dos cueros le defiende, 
Que la furiosa punta no calase, 

V el cuerpo del espíritu privase. 

La gente una contra otra se embravece. 
Crece el hervor, cora ge y la revuelta, 

Y el río la corriente sangre crece, 
Bárbara y española toda envuelta : 
Del gueso aliento el aire se oscurece, 
Alguna infernal furia andaba suelta. 
Que por llevar á taiilos en un día 
Diabólico furor les infundía. 



CANTO CUABTO. 27 

Tanlo el tesón entre ellos ha durado, i Pero Moran grítú : no estoy de suerte 

Que espanta cómo alzar pueden los brazos; Que me sienta de esfuerzo enflaquecido ; 



Estaban por el uno y otro lado 
De amontonados cuerpos los ribazos. 
Kl sol había en su curso declinado. 
Cuando ya sin vigor hechos pedazos, 
De manera igualmente enflaquecían, 
Qu** moverse adelante no podían. 

(^omo el aliento y fuerzas van faltando 
Á dos valientes toros animosos 
(Cuando en la fiera lucha porfiando 
^re muestran igualmente poderosos. 
Que se van poco á poco retirando 
Hostro á rostro con pasos perezosos, 
Cubierto de un humor y e.speso aliento, 
Y esparcen con los pies la arena al viento í 

Los dos puestos así se retiraron, 
Sin sangre y sin vigor desalentados, 
Que jamás las espaldas se mostraron, 
Mas siempre frente á frente careados ; 
Ambos á mismo tiempo repararon, 
Á un punto hicieron alto, y desviados 
Los unos de los otros tanto estaban. 
Que aun un tiro de flecha no distaban. 

Mirábanse del uno y otro bando 
Kn el sitio y contrario alojamiento, 
< Cubiertos de agua y sangre, y jadeando. 
Que no pueden hartarse del aliento : 
Los fatigados miembros regalando. 
El pecho y boca abierta al fresco viento. 
Que con templados soplos respiraba, 
Mitigando del sol la fuerza brava. 

Y desde allí con lenguas injuriosas 
A falta de las manos se ofendían : 
Diciéndose palabras afrentosas 

La muerte con rigor se prometían ; 

Y á vueltas de esto flechas peligrosas 
Los enemigos arcos despedían, 

Que aunque el aliento y fuerza les fallaba 
Kl rabioso rencor las arroajaba. 

Yo no sé de cuál brazo descansado 
Lna flecha con ímpetu saliendo, 
A manera de rayo arrebatado. 
El aire con rumor iba rompiendo : 
Tocó en soslayo á Córdoba en un lado, 

Y ta furiosa punta no prendiendo, 
Topcií» á Moran el curso, y encarnada 
Por el ojo derecho abrió la entrada. 

Kl buen Moran con mano cruda y fuerte 
^fac<í la flecha y ojo en ella asido ; 
Gonzalo, al duro paso de la muerte 
Le apercibe, y esfuerza condolido ; 



Que solo, así herido, soy bastante 

A vencer cuantos veis que están delante. 

Pica el caballo temerariamente. 
Que galopear no puede de cansado. 
Contra lodo aquel número de gente, 
Que en escuadrón estaba reformado : 
Pero Gonzalo Hernández diligente 
Se lo puso delante acelerado, 
Que ya Lincoya al paso le salía, 

Y al puesto, aunque por fuerza, le volvía. 

Con grande alarde, estruendo y movimiento» 
Sobre la cumbre de una verde loma, 
Tendidas las banderas por el viento, 
Lautaro con la presta gente asoma 
Como cuando de lejos el hambriento 
León, viendo la presa, placer toma, 

Y mira acá y allá, feroz rugiendo, 
Kl bedijoso cuello sacudiendo ; 

Lautaro así veloz, por un repecho 
Bajaba, enderezando á los de España, 
Pensando él solo dar fin á aquel hecho, 
Si no le desamparan la campaña. 
Delante de su gente va gran trecho : 
Digna es de celebrarse tal hasaña ; 
Solos catorce esperan, hechos piezas ; 
Rotos los brazos, piernas y cabezas. 

Cuatro mil sobrevienen viloriosos, 

Apiñados los nuestros los esperan, 

No do ver tanta gente temerosos, 

Porque aun morir con más honor quisieran : 

Los fieros enemigos orgullosos 

Kn alta voz gritaban : ¡ mueran ! ¡ mueran ! 

Y el lincoyano ejército animado, 
También acometió por otro lado. 

Lanzaron los caballos los cristianos, 
Hatiendo bien de espacio el hueco suelo 
Contra los descansados araucanos 
Que fieros amenazan tierra y cielo : 
Vienen con tardos pies á prestas manos, 

Y del primer encuentro hecho un hielo 
Pero- Ni ño tocó la blanca arena, 
Dañándola de sangre en larga vena. 

Atravesóle el cuerpo la herida. 
Aunque en atribuirla hay desconciepto : 
Unos dicen que Angol fué el homicida. 
Otros que Leocoton, y esto es más cierto : 
Cualquier de ellos que fué, de gran caída 
Pero-Niño quedó en el campo muerto 
(^on un trozo de pica atravesado. 
Donde fué del tropel despedazado. 



28 



LA ARAUCANA. 



También el de Manrique volteando 
A los pies de Lautaro muerto vino ; 
Rompen los otros doce, enderezando 
Por las espesas armas al camino : 
Pero Ongolmo, les pies apresurando, 
De un golpe derribó fuera de tino 
Á Nereda, que en guerras era esperto ; 
Cortés de muy herido cayó muerto. 

Tras él al suelo fué Diego García, 
De una llaga mortal abierto el pecho ; 
De otro golpe Escalona se tendía 
Que Tucapel le acierta por derecho : 
Los demás españoles en la vía 
(Considero quien ya se vid en estrecho) 
Con cuanta priesa baten las hijadas 
De los lasos caballos desangradas. 

El fiero Tucapel haciendo guerra 
Á todos con audacia los asalta, 

Y en viendo que estos dos baten la tierra, 
Gallardo por encima dellos salta : 

Topa á Almagro y con él ligero cierra, 
En los pies levantado, y la maza alta, 
Que sobre él derribándola venía 
Con toda la pujanza que tenía. 

O fué mal tiento, o furia que llevaba, 
O que c! t^UTO señor quiso librallo, 
Que el tiro á la cabeza señalaba, 

Y á dar vino á las ancas del caballo : 
Con tanta fuerza el golpe le cargaba. 
Que Almagro más no pudo meneallo, 
Que dando derrengado de manera 
Que si fuera de masa «5 blanda cera. 

Almagro con presteza por un lado. 

Viendo el caballo cojo, se derriba, 

Ora fué su ventura y diestro hado, 

Ora siniestro del que tras él iba, 

El cual era el valiente Maldonado, 

Que envuelto en sangre y polvo al punto 

Que el golpe segundaba Tucapelo, [arriba 

Y por poco con él diera en el suelo. 

Con el jinete estribo en el derecho 
Lado al bárbaro encuentra de pasada, 

Y cuatro ó cinco pasos ó más trecho 
Lo lleva hacia delante por la estrada : 
Brama el bárbaro ardiendo de despecho ; 
Víbora no se vio más enconada. 

Ni pisado escorpión vuelve tan presto 
Como el indio volvió el airado gesto. 

Muda el intento, muda la sentencia 

Que contra Juan de Almagro dado había, 

Y la furiosa maza é impaciencia 
Al triste Maldonado revolvía : 



Cala un golpe con toda su potencia, 
Mas el presto caballo se desvía : 
Tucapel de furioso el tiro yerra, 

Y el ferrado troncón metió por tierra. 

No escapó Maldonado de la muerte, 
Que al punto lletra el bravo Lemolemo 
Con un largo bastón ñudoso y fuerte. 
.\ manera de corvo y grueso remo : 

Y un golpe le señala de tal suerte. 

Que no le erró el ferrado y duro extremo. 
Ni celada prestó de estofa llena. 
Que los sesos saltaron por la arena. 

En esto una gran nube tenebrosa, 
El aire y cielo súbito turbando. 
Con una oscuridad triste y medrosa 
Del sol la luz escasa fué ocupando : 
Salta Aquilón con furia procelosa 
Los árboles y plantas inclinando, 
Envuelto en raras gotas de agua gruesas, 
Que luego descargaron más espesas. 

Como el diestro alambor, que apercibiendo 
Al duro asalto y llera batería. 
Ya con los tardos golpes previniendo 
La presta y animosa compañía ; 
Pero el punto y señal última oyendo, 
Suena la horrenda y áspora armonía ; 
Así el negro nublado turbulento 
Lanza un diluvio súbito y violento. 

En escura tiníebla el cielo vuelto. 
La furiosa tormenta se esforzaba, 
Agua, piedras y rayos todo envuelto 
En espesos relámpagos lanzaba : 
El araucano ejército revuelto 
Por acá y por allá ve derramaba : 
Crece la tempestad horrenda, tanto 
Que á los más esforzados puso espanto. 

De Juan Gómez la próspera ventura 
Hizo que al punto el cielo se cerrase ; 

Y la tinicba do la noche escura 
Gran ralo en su favor se anticipase : 
Turbado se metió en una espesura 
Hasta tanto que el ímpetu pasase 
De aquella gente bárbara furiosa. 
Déla española sangi*e codiciosa. 

Cuando vio en su violencia el torbellino, 

Y que él podía salir más encubierto. 
El bosque deja y toma su camino, 

Que el temor se le muestra bien abierto : 
Cayendo y levantando al cabo vino. 
De sangre. Iodo y de sudor cubierto. 
Junto donde los nuestros esperaban 
Si las furiosas aguas aplacaban. 



CANTO CUARTO. 



áO 



Kstaban del camino desviados, 
Y uno de lo6 caballos relinchando, 
Kl español con pasos sosegados 
Al alegre rumor se fué acercando : 
Llegó adonde los seis amedrentados 
( .(>n baja voz estaban del tratando, 

Y en aquella 8az<'>n se les presenta. 
Loándoles del suceso entera cucnla. 

<'on efspanto fué luego conocido, 

Que entre ellos ya por muerto se tenía, 

Y cada uno de lástima movidn, 
A morir en su ayuda se ofrecía : 
Mas él cunio animoso y enl<'ndido. 
Viendo que aprovechar no le podía, 
IHoe : De mí, señores, nadie cure, 
1.a vida el que pudiei^ la asegure. 

Ksto no dijo bien, cuando esforzado 
Por el bosque tomó una senda incierta, 

Y aquella más usada deja á un lado, 
ÍJe genio y pueblos bárbaros cubierta : 
(Uro trance mayor le está guardado ; 
Pero pues hay de (^hile historia cierta, 
Allí lo podrá ver el que quisí¿re, 

Si gana de saberlo le viniere. 

Kl coronista Estrella escribe al justo 
I )e Chile y del Perú en latín la historia, 
<ion tanta erudición, que será justo 
Que dure eternamente su memoria : 

Y la vida de Carlos Quinto augusto, 

Y en versos los encomios y la gloria 
l)e varones ilustres en milicia, 
Gobernaci(5n, en letras y justicia. 

Vuelvo á los seis guerreros, que sintiendo 
1.a desgracia de Almagro, lo mostraban ; 
Pero ayudalle en ella no padiendo, 
A la imperial ciudad enderezaban : 
La tempestad furiosa iba creciendo. 
Relámpagos y truenos no cesaban, 
Hasta que salió el sol y el claro día 
La plaza de Puren les descubría. 

Era un castillo, el cual con poca gente 
Le había Juan Gómez antes sustentado 
Ha iandose una noche de repente 
l>e multitud de bárbaros cercado : 
Hepelídos al fln gallardamente 
Fué por su industria el cerco levantado : 
No escribo esta batalla, aunque famosa, 
Por no tardarme tanto en cada cosa. 

Allí los seis guerreros arribados 
Fueron con tierna muestra recibidos 
De loa caros amigos admirados 
De verlos á tal término traídos ; 



Míseros, afligidos, demudados, 
Flacos, roncos, deshechos, consumidos, 
Corriendo sangre y Iodo, sin celadas, 
Las armas con las carnes- destrozadas. 

Casi veinte y cuatro horas sustentaron 
Las armas defendiendo su partido, 
Que nunca en esto tiempo descansaron, 
Haciendo lo que habéis, señor, oído : 
Un rato en el castillo reposaron, 
Del cual la noche atrás habían salido, 
■No con poco temor de los de casa, 

Y máfi cuando supieron lo que pasa. 

La sangre les cuajó un temor helado, 
Gran turbación les puso á todos cuando 
El caso de Valdivia desastrado 
Les fueron por sus términos narrando : 

Y así viendo el castillo mal parado, 
De consejo común, considerando 
La pujanza que el bárbaro traía, 

Le dejaron desierto el mismo día. 

Hacia Gauten tomaron la jornada, 
Llevando á Almagro acaso de camino. 
Que por venir la noche tan cerrada 
Libre salió del campo lautarino : 
La fuerza fué por tierra derribada, 
Que luego el enemigo pueblo vino 
Talando municiones y comidas 
Que en el castillo estaban recogidas. 

Dieron vuelta los bárbaros gozosos 
Hacia do su ejército venía, 
Retumbando en los montes cavernosos 
El alegere rumor y vocería ; 

Y por aquellos prados espaciosos, 
(^on la alegre Vitoria de aquel día, 
Tales cantos y juegos inventaban 
Que el cansancio con ellos engañaban. 

Juntos, el general con grave muestra 
Los habla y los recibe alegremente ; 

Y asiendo blandamente de la diestra 
Al valiente Lautaro, su teniente, 
Una escuadra le entrega de maestra, 
Escogida, gallarda y buena gente. 
En armas y trabajo ejercitada. 

Para cualquier empresa y gran jornada. 

Á Lautaro dejemos, pues, en esto. 
Que mucho su proceso me detiene : 
Forzoso á tratar del volveré presto. 
Que llegar hasta Penco me conviene. 
Pues hace tanto á nuestro presupuesto 
Decir cómo á la guerra se previene 
Que sangrienta y mortal se aparejaba, 

Y el justo sentí mtí en lo que mostraba. 



80 



LA ARAUCANA. 



Ya la Fama, ligera embajadora 
De tristes nuevas y de grandes males, 
Á Penco atormentaba de bora en hora. 
Esforzando su vo/. ruines señales : 
Cuando llegan los indios ú deshora, 
Los dos que ya conté que en los jarales, 
Viendo á Valdivia roto, se escondieron, 

Y estos el triste caso reÜr¡»*ron. 

Por mensajeros ciertos entendiendo 
El duro y desdichado acaecimiento, 
Viejos, mujeres, niños concurriendo 
Se forma un triste y general lamento : 
El cielo con aguda voz rompiendo, 
I linchen de tristes lástimas el viento : 
Nuevas viudas, huérfanas, doncellas, 
Era una dolorosa cosa vellas. 

Los blancos rostros, más que llores bellos, 
Eran de crudos puños ofendiiios, 

Y manojos dorados de cabellos 
Andaban por los suelos esparvidos; 
Vieran pechos do nieve y tersos cuellos. 
De sangre y vivas lágrimas tenidos ; 

Y rotos por mil partes y arrojados 
Ricos vestidos, joyas y tocados. 

No con menor estruendo los varones 
De la edad más robusta juntamente 
Daban de su dolor demostraciones, 
Pero con otro modo diferente : 
Suenan las armas, suenan municiones, 
Suena el nuevo aparato de la gente ; 

Y la ronca trompeta del dios Marte 
A guerra incita ya por toda parte. 

Unos botas espadas afilaban. 
Otros petos mohosos enlucían. 
Otros las viejas cotas remallaban, 
Hierros otros en astas enjerían, 
Cañones reforzados apuntaban, 
Al viento las banderas descogían ; 

Y en alardosa muestra los soldados 
Iban por todas partes ocupados. 

Caudillo era y cabeza de la gente 
Francisco Villagrán, varón tenido 
Por sabio en la milicia y suficiente, 
Con suma diligencia provenido : 
De Pedro de Valdivia fué teniente, 
Después de su persona obedecido : 
Sentido del suceso y caso fuerte 
Brama por la venganza de su muerte. 

Las mujeres de nuevos alaridos 
Hieren el alto cóncavo del cielo. 
Viendo al peligro puestos los maridos 

Y ellas on tal trabajo y desconsuelo : 



I Con lagrimosos ojos y gemidos, 
Fxhadas de rodillas por el suelo. 
Les ponen los hijuelos por delante ; 

Pero cosa á moverlos no es bastante. 

I 

I Va de lo necesario aparejados 
Kn demanda del bárbaro salían, 
De arneses lucídisimos armados, 
Que vistos de lejos parecían : 
Las mujeres por torres y tojados 
Con fijos ojos tiernos los seguían ; 

Y echándoles de allí mil bendiciones, 
Vuelven á Dios el ruego y peticiones. 

Del tropel so despiden ciudadano, 
Que del pueblo saliera á acompafiailos, 

Y en busca del ejército araucano 
Pican á toda priesa los caballos: 
Dejan á la siniestra á Mareguano, 

Y á la diestra de Talca los vasallos, 
Hijo de TalcaguanOf que su tierra 
La ciñe casi en torno el mar y sierra. 

De los seguros límites pasando. 
Pisan de Andalican la enjuta arena, 

Y el espacioso llano atravesando. 
Suben las lomas, y el rumor no suena ; 

Y al pie del cerro andálico llegando, 
Sin entender lo que Lautaro ordena. 
Sólo el miedo de entrar por el estado 
Les mitigó el furor demasiado. 

Un paso peli^M'üso; agrio y estrecho, 
De la banda del norte está á la entrada 
Por un monte asperísimo y derecho, 
La cumbre hasta los cielos levantada : 
Vsiñ tras éste un llano y poco trecho, 

Y luego otra menor cuesta tajada, 
Que divide el distrito andalicano 
Del fértil valle y límite araucano. 

Esta cuesta Lautaro había elegido 
Para dar la batalla, y por concierto 
Tenía todo su ejército tendido 
En lo más alto dolía y descubierto : 
Viendo que á pie en lo llano es mal partido 
Seguir á los caballos campo abierto, 
El alto y primer cerro deja esento. 
Pensando allí alcanzarlos por aliento. 

Porque so tome bien del sitio el tino 
Quiero aquí figurarle por entero : 
La subida no es mala del camino, 
Mas todo lo demás despeñadero : 
Tiene al poniente al bravo mar vecino. 
Que bate al pie de un gran derrumbadero, 

Y en la cumbre y más alto de la cuesta 
Se allana cuanto un tiro de ballesta* 



CANTO 

Estaba el alto cerro coronado 
Del poderoso ejército enemigo, 
V el camino al entrar desocupado. 
Sin defensa ni estorbo, como digo : 
Pasado el primer monte, había llegado. 
Al pie deste segundo el bando amigo ; 
IVpo aquí Villagrán confuso estuvo, 
Que el peligroso trance le detuvo. 

Como el romano César, receloso 
Kl pie en el Rubicón fíju á la entrada. 
Pensando allí de nuevo el peligroso 
Hecho que acometía y gran jornada ; 
Al fm soltó las riendas animoso, 
líiciondo : ; Sus I la suerte ya es echada... 
A5i nuestro español rompió el camino, 
bando Ubre la rienda á su desatino. 

Apenas el primer paso había dado, 
Cuando luego tras el osadamente 
Pur el fragoso monte levantado 
Alegre comenzó á subir la gente : 
Lautaro sin moverse, arrinconado, 
Franca les da la entrada llanamente ; 
l)icz mil hombres gobierna, gente usada 
En p\ duro ejercicio de la espada. 



QUINTO. .^i 

I Tenia su campo en torno de la cuesta , 
Y mandado que nadie se moviese , 
L'U paso á comenzar la dura fiesta 
Hasta que el son de arremeter se oyese. 
Con una irremisible pena puesta 
Para aquél que del término saliese ; 
Que estaban así quedos y callados 
Cual si fueran en mármoles mudados. 

Pues la española gente, deseando 
Ejercitar la vencedora diestra , 
So va á los enemigos acercando 
Por la banda del bárbaro sininíeslra , 
Lautaro al puesto término llegando , 
Presenta la batalla en bella muestra , 
Con gran rumor de bárbaras trompetas ; 
Atambores, bocinas y cornetas. 

j Paréceme, sefior, que será justo 
Dar fin al largo canto en este paso , 
, Porque el deseo del otro mueva el gusto ; 
' Y porque de cantar me siento laso. 
I Suplicóos que el tardar no os dé disgusto , 
I Pareciéndoos que voy tan paso á paso, 
, Que aun de gentes agravio una gran suma, 
Atento á no llevar prolija pluma. 



CANTO V. 



<^coiiéoese la muy reñida batalla que entre los españoles y los araucanos hubo en la cuesta 
de Andalican, donde por la astucia de Lautaro y el demasiado trabajo de los españoles, fueron 
los nuestros desbaratados, y muertos más de la mitad de ellos, juntamente con la de tr^s rail 
indios amigos. 



Siempre el benigno Dios, por su clemencia , 
Nos dilata el castigo merecido , 
Hasta ver sin enmienda la insolencia , 

V el coraztín rebelde endurecido : 

V es tanta la dañosa inadvertencia , 

Uue aunque vemos el término cumplido, 

V ejemplo del castigo en el vecino , 
-No queremos dejar el mal camino. 

I>igolo, porque viene muy contenta 
Nuestra gente española á las espadas, 
Que en el fln de Valdivia no escarmienta, 
Ni mira haber seguido sus pisadas * 
Presto la veréis dar estrecha cuenta 
l>e las culpas presentes y pasadas ; 
Que el verdugo Lautaro, ardiendo en saña 
^ muestra con su gente en la campaña. 

Villa gran con la suya á p<nto puesto. 
En el esli*ccbo llano se detiene ; 
Plantando seis cañones en buen puesto. 
Ordena aquí y allí lo que conviene : 



Kstuvo sin moverse un rato en esto 
Por ver el orden que Lautero tiene , 
Que ocupaba su gente tanto trecho 
Que mitigó el ardor de más de un pecho. 

De muchos fué esta guerra deseada ; 
Pero sabe ora Dios sus intenciones. 
Viendo toda la cuesta rodeada 
De gente en concertados escuadrones : 
La sangre, del temor ya resfriada, 
Con presteza acudió á los corazones ; 
Los miembros, del calor desamparados. 
Fueron luego do esfuerzo reformados. 

Con nuevo encendimiento están bramando, 
Porque la trompa del partir no suena ; 
Tanto el trance y batalla deseando 
Que cualquiera tardanza les da pena. 
De la otra parto el araucano bando , 
Sujeto á lo que su caudillo ordena , 
Rabiaba por cerrar ; mas la obediencia 
Le pone duro freno y resistencia. 



82 



LA ARAUCANA. 



Como el feroz caballo, que impaciente, 
Cuando el competidor ve ya cercano, 
Bufa, relincha, y con soberbia ñrente 
Hiere la tierra de una y otra mano ; 
Así el bárbaro ejército obediente, 
Viendo tan corea el campo castellano , 
Gime por ver el juego comenzado, 
Mas no pasa del término asignado. 

Desta manera, pues, la cosa estaba. 
Ganosos de ambas partes por juntarse ; 
Pero ya Villa gran consideraba 
Que era dalles más ánimo el tardarse : 
Tres bandas de jinetes apartaba 
De aquellos codiciosos de probarae , 
Que á la seña , sin más amonestallos , 
Ponen las piernas recio á los caballos. 

El campo con ligeros pies batiendo. 
Salen con gran tropel y movimiento ; 
Rauco se estremeció del son horrendo , 

Y la mar hizo extraño sentimiento. 
liOS corregidos bárbaros temiendo 
De Lautaro el expreso mandamiento, 
Auuquo por los herir se deshacían 
£1 paso hacia adelante no movían. 

Con el concierto y orden que en Castilla 
Juegan las cañas en solemne fiesta , 
Que parte y desembraza una cuadrilla 
Revolviendo la darga al pecho puesta : 
Así los nuestros, firmes en la silla. 
Llegan hasta el remate de la cuesta, 

Y vuelven casi en cerco á retirarse, 
Por no poder romper sin despeñarse. 

Toman al retirar la vuelta larga, 

Y desta suerte muchas vueltas prueban ; 
Pero todas las veces una carga 

De flecha, dardo y piedra espesa llevan : 
Á algunos vale allí la buena adarga. 
Las celadas y grebas bien aprueban, 
Que no pueden venir al corto hieriK) 
Por ser peinado en tomo el alto cerro. 

Firme estaba Lautaro sin mudarse, 

Y cercada de gente la montaña ; 
Algunos que pretenden señalarse 
Salen con su licencia á la campaña : 
Quieren uno por uno ejercitarse 

De la pica y bastón con los de España ; 
O dos á dos, ó tres á tres soldados, 
Á la franca elección de los llamados. 

Usando do mudanzas y ademanes 
Vienen con muestra airosa y contonco, 
Más bizarros que bravos alemanes, 
Haciendo aquí y allí gentil paseo : 



Como los diestros y ágiles galanes 
En público ejercicio del torneo. 
Asi llegan gallardos á juntarse 

Y con la duras puntas á tentarse, 

Quien piensa de la pica ser maestro 
Sale á probar la fuerza y el destino, 
Tentando el lado diestro y el siniestro, 
Buscando lo mejor con sabio tino : 
Cuál acomete, vence y hurta presto, 
Hallando para entrar franco el camino ; 
Cuál hace el golpe vano, y cuál tan cierto 
Queda con su enemigo en tierra muerto. 

Otros de estas posturas ho se curan, 

Ni paran en el airo y gentileza ; 

Que el golpe sea mortal Si')lo procuran, 

Y en el cuerpo y los pies llevar firmeza : 
Con ánimo arrojado se aventuran. 
Llevados de la cólera y braveza ; 

Ésta á veces los golpes hace vanos, 

Y ellos venir más juntos á la manos. 

Pero por más veloz en la corrida 
El mozo Curiomán se señalaba, 
Que con gallarda muestra y atrevida 
Larga carrera sin tenor tomaba : 

Y blandiendo una lanza muy fornida 
En medio de la furia la arrojaba, 
Que nunca de ballesta al torno armada 
Jara con tal presteza fué enviada. 

Había siete españoles ya herido, 
Mas nadie se atraviesa á la venganza, 
Que era el valiente bárbaro temido 
Por su esfuerzo, destreza y gran pujanza: 
En esto Villagrán algo corrido, 
Viéndole despedir la octava lanza. 
Dijo con voz airada : ¿ no hay alguno 
Que castigue este bárbaro importuno ? 

Diciendo esto, miraba á Diego Cano, 
El cual de osado crédito tenía, 
Que una asta gruesa en la derecha mano 
Su rabicán preciado apercibía ; 

Y a 1 tiempo cuando el bárbaro lozano 
(Ion fuerza extrema el brazo sacudía, 

En la silla los muslos enclavados [dos. 
Hiere al caballo á un tiempo entrambos la- 

Con menudo tropel y gran ruido • 
^^ale el presto caballo desenvuelto 
Hacia el gallardo bárbaro atrevido, 
Que en esto las espaldas había vuelto ; 
Pero el fuerte español, embebecido 
En que no se le fuese, el freno suelto 
Bate al caballo á priesa los talones 
Hasta los enemigos escuadrones. 



CANTO ' 

No el araucano y fiero ayunlamienlo 
(;on las espesas picas derribadas. 
Ni f\ presuroso y recio movimiento* 
De mazas y de bárbaras espadas 
Pudieron resistir al duro intento 
Del airado español, que las pisadas 
Del ligero araucano iba siguiendo ; 
La espesa turba y multitud rompiendo : 

Donde á pesar de tan los y á despecho, 
Con grande esfuerzo y valerosa mano 
Rompe por ellos, y la lanza el pecho 
De aquel que dilató su muerte en vano : 
Y glorioso del bravo y alto hecho, 
Al caballo picó á la diestra roano, 
Abriendo con esfuerzo y diestro tino 
Por medio do las armas el camino. 

Luego se arroja el escuadrón jinete 
Ai araucano ejército llamando, 
Que á esperarle parece que acometCi 
Y vase luego al borde retirando ; 
I na, cuatro y diez veces arremete, 
Poco el arremeter aprovechando ; 
Que en aquella sazón ninguna espada 
Había de sangre bárbara manchada. 

Los cansados caballos trabajaban, 
Mas poco del trabajo se aprovecha, 
Que los nuestros en vano les picaban. 
Heridos y ostigados de la flecha : 
Las bravezas de algunos aplacaban 
Viéndose en aquel punto y cuenta estrecha, 
Ellos lasos, los otros descansados, 
Los pasos y caminos ya cerrados. 

La presta y temerosa artillería 
A luda furia y priesa disparaba, 

Y así en el escuadrón indio batía, 
Que cuanto topa enhiesto lo allanaba : 
]U' fuego y humo el cerro se cubría. 
El aire cerca y lejos retumbaba : 
Parece con estruendo abrirse el suelo 

Y respirar un nuevo Mongibelo. 

i Visto Lautaro serle conveniente - 
Quila y deshacer aquel nublado 
Que lanzaba los rayos en su gente 

Y había gran parte della destrozado ; 
Al escuadrón que< Leucoton valiente 

\ l^or su valor le estaba encomendado : 
I'C manda arremeter con furia presta 

Y en alta voz diciendo le amonesta : 

i Oh fíeles compañeros vitoriosos 
i ^ quien fortuna llama á tales hechos I 
^^ ^ tiempo que los brazos valerosos 
Nuestras causas aprueben y derechos : 



QUINTO. 39 

Sus, sus, calad las lanzas animosos ; 
Rompan los hierros los contrarios pechas, 

Y por ellos abrid roja corriente 
Sin respetar á amigo ni á pariente. 

X las plazas guiad, que si ganadas 
Por vuestro esfuerzo son, con tal Vitoria 
Célebres quedarán vuestras espadas, 

Y eterna al mundo deltas la memoria : 
El campo seguirá vuestras pisadas. 
Siendo vos Iqs autores desta gloria. 

Y con esto la gento envanecida 
Hizo la temeraria arremetida. 

Por infame se tiene allí el postrero. 

Que es la cosa que entre ellos más se nota ; 

El más medroso quiere ser primero 

A probar si la lanza lleva bota: 

No espanta ver morir al compañero, 

Ni llevar quince ó veinte una pelota ; 

Volando por los aires hechos piezas, 

Ni el ver quedar los cuerpos sin cabazas. 

No los .perturba y pono allí embarazo, 
Ni punto los detiene el temor ciego ; 
Antes si el tiro á alguno lleva el brazo, 
Con el otro la espada esgrime luego: 
Llegan sin reparar hasta el ribazo 
Donde estaba la máquina del fuego ; ■ 
Viéranse allí las balas escupidas 
Por la bárbara furia detenidas. 

Los demás arremeten luego en rueda» 

Y de tiros la tierra y sol cubrían : 
Pluma no basta, lengua no hay que pueda 
Figurar el furor con que venían : 
De voces, humo, fuego y polvareda 
No se entienden allí ni conocían ; 
Mas poco aprovechó este impedimento» 
Que ciegos se juntaban por el tiento. 

Tardaron poco espacio en concertarse 
Las enemigas haces ya mezcladas : 
Lo que allí se vio más para notarse 
Era el presto batir de las espadas : 
Procuran ambas partes señalarse, 
\ así vieran cat>ezas y celadas 
En cantidad y número partidas, 

Y piernas de sus troncos divididas. 

Unos por defender la artillería, 
Con tal ímpetu y furia acometida ; 
Otros por dar remato á su porfía 
Traban una batalla bien reñida : 
Para un solo español cincuenta había, 
La ventaja era fuera de medida ; 
Mas cada cual por sí tanto trabaja, 
Que iguala con valor á la ventaja. 



u 



LA ARAUCANA. 



No quieren i^oe atrás vuelva el oítandarto ' No menos Pedro de Olmos de Agaílera 



De Garlos Quinto, máximo glorioso ; 
Mas que, á pesar de contrapuesto Marte, 
Vaya siempre adelante vitorioso : 
El cual terrible y fiero á cada parte, 
Envuelto en ira y polvo sanguinoso, 
Daba nuevo vigor á las espadas. 
De tanto combatir aun no cansadas. 

Renuévase el furor y la braveza 

Según es el herir apresurado , 

Con aquel mfsmo esfuerzo y entereza 

Que si entonces la hubieron comenzado : 

Las muertes, el rigor y la crueza, 

Esto no puede ser signifícado, 

Que la e^csa y menuda hierba verde 

En sangre convertida el color pierde. 

Villagrán la batalla en peso tiene, 
Que no pierde una mínima su puesto ; 
De todo lo importante se previene, 
Aquí V*, y allí acude, y vuelve presto : 
Hace de capitán lo que conviene 
Coa usada experiencia ; y fuera desto, 
Como osado soldado y buen guerrero 
Se arroja á los peligros el primero. 

Andando envuelto en singre á Torbo mira 
Que en los cristianos hace gran matanza ; 
Lleva el caballo, y él llevado de ira 
Requiere en la derecha bien la lanza : 
En los estribos (Irme al pecho tira ; 
Mas la codicia y sobra de pujanza 
Desatentó la presurosa mano, 
faciendo antes de tiempo el golpe en vano. 

Hiende el caballo desapoderado 
Por la canalla bárbara enemiga. 
Revuelve á Torbo el español airado, 

Y en bajo el brazo la jineta abriga ; 
Pásale un fuerte peto tresdoblado 

Y el jubón de algodón, y en la barriga 
Le abrió una gran herida por do al punto 
Vertió de sangre un lago y la alma junto. 

Saca entera la lanza, y derribando 
El brazo atrás, con ira la arrojaba : 
Vuelve la furiosa asta rechinando 
Del ímpetu y pujanza que llevaba, 
Yá Corpillán que estaba descansando 
Por entre el bvazo y cuerpo le pasaba, 

Y al suelo t^enelró sin dañar nada. 
Quedando media braza en él Ajada. 

Y luego Villagrán, la espada fuera. 
Por medio do la hueste va á gran priesa. 
Haciendo con rigor ancha carrera 
A donde va la turba más esposa. 



En todos los peligros se atraviesa, 
Habiendo él solo muerto por su mano 
Á Guaucho, Canio, Filio y Titaguano. 

Hernando y Juan, entrambos de Alvarado. 
Daban de su valor notoria muestra, 

Y el viego gran jinete Maldonado 
Voltea el caballo allí con mano diestra, 
Fgercitando con valor usado 

La espada, que en herir era maestra, 
Aunque la débil fuerza envejecida 
Hace pequeño el golpe y la herida. 

Diego Cano á dos manos, sin escudo, 
No deja lanza unhicsta ni armadura, 
Que todo por rigor de filo agudo 
Hecho pedazos viene á la llanura : 
Pues peña, aunque de lengua tartamudo. 
Se revuelve con tal desenvoltura 
Cual Cesio entra las armas de Pompeo, 
O en Troya el fiero hijo de Peleo. 

Por otra parte el español Reinoso, 
De ponzoñosa rabia estimulado, 
Con la espada sangrienta va furioso 
Hiriendo por el uno y otro lado ; 
Mata de un golpe á Palta, y riguroso 
La punta enderezó contra el costado 
Del fuerte Ron, y así acertó la vena, 
Que la espada de sangre sacó llena. 

Bernal, Pedro de Aguayo, Castañeda, 
Ruiz, Gonzalo Hernández, y Pantoja 
Tienen hecha de muertos una rueda 

Y la tierra de sangre toda roja : 

No hay quien ganar del campo un paso 
Ni el espeso herir un punto afloja, [pueda 
Haciendo los cristianos tales cosas 
Que las harán los tiempos milagrosas. 

Mas eran los contrarios tanta gente, 

Y tan poco el remedio y confianza. 
Que á muchos les faltaba juntamente 

La sangre, aliento, fuerza y la esperanza : 
Llevados, pues, al fin de la corriente. 
Sin poder resistir la gran pujanza. 
Pierden un largo trocho la montaña 
Con todas las seis piezas de campaña. 

Del antiguo valor y fortaleza 
Sin aflojar los nuestros siempre usaron ; 
No se vio en español jamás flaqueza 
Hasta que el campo y sitio les ganaron : 
Mas viéndose á tal hora en estrecháis, 
Que pasaba de cinco que empezaron. 
Comienzan ó dudar ya la batalla 
Perdiendo la esperanza de ganalla. 



CANTO 

Dudan por vor al bárbaro tan fuerte, 
Cuando ellos en la fuerza iban menguando ; 
Rf'presentóles el temor la muerte, 
Las heridas y sangre resfriando : 
Algunos desaniman do tal suerte 
Que se van al camino retirando, 
No del todo, señor, desbaratados, 
Mas haciéndoles rostro y ordenados; 

Pero el buen Villagrán, haciendo fuerza, 
Se arroja y contrapone al paso airado, 

Y con sabias razones los esfuerza , 
Como de capitán escarmentado. 
Diciendo : Caballeros, nadie tuerza 

De aquello que á su honor es obligado ; 
No os entreguéis al miedo, que es, yo os digo. 
De todo nuestro bien grande enemigo. 

Sacudidle de vos, y veréis luego 
La deshonra y afrenta maniflesta : 
Mirad que el miedo infame, torpe y ciego 
Más que el hierro enemigo aquí os molesta ; 
No os turbéis, reportaos, tened sosiego. 
Que en este solo punto tenéis puesta 
Vuestra fama, el honor, vida y hacienda, 

Y es cosa que después no tiene enmienda. 

; A dé volvéis sin orden y sin tiento. 
Que los pasos tenemos impedidos ? 
¿ Con cuánto deshonor y abatimiento 
Seremos de los nuestros acogidos ? 



SEXTO. 



35 



La vida y honra está en el vencimiento. 
La muerte y deshonor en ser vencidos : 
Mirad esto, y veréis huyendo «cierta 
Vuestra deshonra y más la vida incierta. 

De la plaza no ganan cuanto un dedo 

Por esto y otras cosas que decía, 

Según era el terror y extraño miedo 

En que el peligro puesto loa había. 

¿ Dundo quedar mejor que aquí yo puedo ? 

Diciendo Villagrán, con osadía 

Temeraria arremete á lanía gente, 

Sólo para morir honradamente. 

La vida ofrece de acabar contenta, 
Por no estar al rigor de ser juzgado ; 
Teme más que á la muerte alguna aflrenta 
Y el verse con el dedo señalado : 
No quiere andar á lodos dando cuenta 
Si á volver las espaldas fué forzado ; 
Que por dolencia ó mancha !?e reputa 
Tener hombre el honor puesto en disputa. 

Cuan bien desto salió, que del caballo 
Al suelo le trujeron aturdido ; 
Cuál procura prondello, cuál matallo ; 
Pero las buenas armas le han valido ; 
Giros dicen á voces : desarmallo ; 
Acude allí la gente y el ruido... 
Mas quien saber el fin desto quisiere, 
Al otro canto pido que me espere. 



CANTO VL 



Prosigue U comenzada batalla, con las extrañas y diversas muertes qun los araucanos ejecutaron 
en los Tencidos, y la poca piedad que con los niños y mujeres usaron, pasándolos todos i 
CfiebiUo. 



Al valeroso espíritu, ni suerte, 
Ni revolver de hado riguroso 
Le pueden presentar caso tan fuerte 
Que le traigan á estado vergonzoso ; 
Como ahora á Villagrán, que con su muerte 
No siendo de otro modo poderoso, 
Piensa atajar el áspero camino 
A donde le tiraba su destino. 

Sus soldados, el paso apresurando, 
En confuso montiín se retrujeron. 
Cuando en el nuevo y gran rumor mirando 
A sa buen capitán en tierra vieron : 
Solos trece, la vida despreciando, 
Los rostros y las riendas revolvieron, 
Hasgando á los caballos los h ¡jares 
Se arrojan á embestir tantos millares. 



Con más valor que yo sabré decillo 
El pequeño escuadrón ligero cierra, 
Abriendo en los contrarios un portillo. 
Que casi puso en condición la guerra : 
Rompen hasta do el mísero caudillo 
De golpes aturdido cslaba en tierra. 
Sin ayuda y favor desamparado. 
De la enemiga lurba rodeado. 

Todos á un tiempo quieren ser primeros 
En esta empresa y suerte señalada, 

Y estaban como lobos carniceros 
Sobre la mansa oveja desmandada : 
Cuando discordes con aullidos fieros 
Forman música en voz desentonada ; 

Y en esto los mastines del cgido 
Llegan con gran presteza á aquel ruido. 



36 



L.V AUíVirCANA. 



Así los eDemigos apíñadog, 
En' medio al triste Villagrán tenían, 
Que poi* darle la muerte, embarazados, 
Los unos á los otros se impedían : 
Mas los trece españoles esforzados 
Rompiendo á la sazún sobrevenían, 
De roja y fresca sangre ya cubiertos 
De aquellos que d^aban atrás muertos. 

Con gran presteza, del amor movidos, 
Adonde á Villagrán ven se arrojaban, 

Y los agudos hierros atrevidos 

De nuevo en sangre nueva remojaban : 
Desamparan el cerco los heridos. 
Acá y allá medrosos se apartaban : 
Algunos sustentaban con más suerte 
Su parte y opinión hasta la muerte. 

Si un espeso montón se deshacía, 
Desocupando el campo escarmentados. 
Otra junta mayor luego nacía, 

Y estaban sus lugares ocupados : 
Del sueño Villagrán aun no volvía ; 
Mas tal maña se dieron sus soldados, 

Y así las prostas armas revolvieron, 
Que en su acuerdo á caballo lo pusieron. 

Á tardarse más tiempo fuera muerto, 

Y á bien librar salió tan mal parado 

Que, aunque esta lia de planchas bien cubierto, 
Tenía el cuerpo molido y magullado : 
Pero del sueño súbito despierto, 
Viendo trece españoles á su lado, 
Olridando el peligro en que aun estaba, 
Entre los duros hierros se lanzal)a. . 

Por medio del ejército enemigo 
Sin escarmiento ni t¿mor hendía. 
Llevando en su defensa al bando amigo 
Que destrozando bárbaros venía : 
Trillan, derriban, hacen tal castigo 
Que duran las reliquias *hoy en día, 

Y durará en Arauco muchos años 
El estrago y memoria de los daños. 

Dernal hiere á Mailongo de pasada 
De un valiente altibajo á fli derecho; 
No le valió de acero la celada. 
Que los fllos ^corrieron hasta el pecho : 
Aguilera al través tendió la espada, 

Y al dispuesto Guarnan dejó mal trecho ; 
Haciendo ya el temor tan ancha senda 
Que bien pueden correr á toda rienda. 

Salen, pues, los catorce vitoriosos 
Donde los otros de su bando estaban, 
Que turbados, sin orden, temerosos 
De ver su muerte ya remolinab«n : • 



No bastaron ni fueron poderosos 

Villagrán y los otros que llegaban 

Á estorbar el camino comenzado, 

Que ya el temor gran fuerza había cobrado. 

Viendo bravo y gallardo al araucano, 
Del todo de vencer desconfiados, 

Y los caballos sin aliento, en vano 
pe importunas espuelas fatigados ; 
Á grandes voces áiten : ¡ Á lo llano ! 
No estemos desta suerte arrinconados : 

Y con nuevo temor y desatino 
Toman algunos dellos el camino. 

Cual de cabras montesas la manada, 
Cuando á lugar estrecho es reducida. 
De diestros cazadores rodeada 

Y de importunos tiros perseguida ; 
Que viéndose ofendida y apretada, 
Una rompe el camino y la huida, 
Siguiendo las demás á la primera ; 
Así abrieron los nuestros la carrera. 

Uno, dos, diez y veinte desmandados 
Corren á la bajada do la cuesta, 
Sin orden ni atención apresurados. 
Como si al palio fueran sobre apuesta : 
Aunque algunos valientes ocupados 
Con firme rostro y con espada pi*esta, 
Combatiendo animosos, no miraban 
Cómo así los amigos los dejaban. 

No atienden al huir, ni se previenen 
De remedio tan flaco y vergonzoso ; 
Antes en su batalla se mantienen, 
trayendo el fin á término dudoso : 

Y con heroicos ánimos detienen 
De los indios el ímpetu furioso, 

Y la disposición del duro hado 
En daño suyo y contra declarado. 

Y así resisten, matan y destruyen, 
Contrastando al destino, que parece 
Que el valor araucano disminuyen, 

Y el suyo con difícil prueba crece : 
Mas viendo á los amigos cómo huyen. 
Que á más correr la gente desparece, 
}Iubicron de seguir la misma vía, 
Que ya fuera locura y no osadía. 

Quiero mudar en lloro amargo el canto, 
Que será á la sazón más conveniente, 
Pues me suena en la oreja el triste llanto 
Del pileblo amigo y género inocente. 
No siento el ser vencidos, tanto cuanto 
Ver pasar las espadas crudamente 
Por vírgenes, mujeres, servidores, 
Qué penetran los cielos sus clamores. 



CA^TO 

ÍJi ínrantería espafiola sin pereza 

Y gente de servicio iban camino, 
Que «I miedo les prestaba ligereza, 

Y má« de la que á algunos les convino ; 
í'ues con la turbación y gran torpe/a 
Muchos perdieron de la cuesta el lino, 
Huedan unos, los lomos qucbraotados, 
Oivos hechos pedazos despeñados. 

Quedan por el camino mil tendidos, 
Los arroyos de sangre el llano riegan, 
Rompiendo el aire el llanto y alaridos 
Que en son desentonado al cielo llegan : 

Y las lastimas tristes y gemidos, 
(Puestas las manos altas) con que ruegan 

Y piden de la vida gracia en vano 
Al inclemente bárbaro inhumano. 

• 

£1 cual siempre los iba caza dando. 
Con mano presta y pies en la corrida, 
Hiriendo sin respeto y derribando 
La inútilmente, mísera, impedida. 
Que á la amiga nación iba invocando 
La avada en vano á la amistad debida, 
Poniéndole delante con razones 
I^ deuda^ el interés y obligaciones. 

Y aunque más las razones obligaban, 
Si alguno á defenderlos revolvía, 
Yíendo cuánto los otros se alargaban. 
Alargarse también le convenía. 

Ni á los que por amigos se trataban; 
Ni a las que por amigas se debía. 
Coa quien había amistad y cuenta estrecha, 
Llamar, gemir, llorar les aprovecha . 

Que ya los nuestros sin parar en nada 
Por la carrera do su sangre roja 
Dan siempre nueva furia á su jomada, 
^ á los caballos priesa y rienda floja : 
Que ni la voz de virgen delicada. 
Ni obligación de amigos los congoja. 
Lapeaa y la fatiga que llevaban 
Era que los caballos no volaban . 

Sordos á aquel clamor y endurecidos. 
Miden con sueltos pie.s el verde llano; 
Pero algunos de lástima movidos, 
^ieollo el fiero espectáculo inhumano, 
^ una rabiosa cólera encendidos, 
Suelven contrae! ejército araucano 
Qoe corre por el campo derramado, 
^ más parte en la presa embarazado. 

D<itermÍDadoB de morir, revuelven 
» Haciendp al sexo tímido reparo, 

^' <ie suerte en los bárbaros se envuelven, 
Qae a m^ de dioz la vuelta ooaió caro : 



SEXTO. 37 

Por esto los primeros aun no vuelven, 
Que quieren que el partido sea más claro 
Y no poner la vida en aventura. 
Cuanto lejos de allí tanto segura. 

Tjrna la lid de nuevo á refrescarse ; 
De un lado y otro anda igual trabada : 
Pecho con pecho vienen á juntarse. 
Lanza con lanza, espada con espada ; 
Pueden los españoles sustentarse. 
Que la gente araucana derramada 
El alcance sin orrlen proseguía 
Haciendo lodo el daño que podía. 

Cual banda de cornejas esparcidas 
Que por el aire claro el vuelo tienden. 
Que de la compañera condolidas. 
Por los chirridos la prisión entienden, 
Las batidoras alas recogidas 
A darle ayuda en círculo decienden ; 
£1 bárbaro escuadrón de esta manera 
Al rumor endereza la carrera. 

La gente que de acá y de allá discurre, 
Viendo el tumulto y aire polvoroso 
Deja el alcance, y de tropel concurre 
Al son de las espadas sonoroso : 
Cada araucano con presteza ocurre 
Adonde era el favor más provechoso, 

Y los sangrientos hierrros en las manosi 
Cercan el escuadrón de \o% cristianos. 

La copia de los bárbaros creciendo, 
Crece el son de las armas y refk*iega, 

Y los nuestros se van desminuyendo, 
Que en su ayuda y socorro nadio llega : 
Pero con grande esfuerzo combatiendo 
Ninguno la persona á ciento niega. 

Ni allí se vio español qnc se notase 
Que á su deuda una mínima fallase. 

Mas de la suerte, como si del cielo 
Tuvieran el seguro de las vidas. 
Se meten y se arrojan sin recelo 
Por las furiosas armas homicidas : 
Caen por tierra, y echan por el suelo. 
Dan y reciben ásperas heridas. 
Que el número dispar y aventajado 
Suple el valor y el ánimo sobrado. 

Y así sé contraponen, no temiendo 
La muerte y furia bárbara importuna. 
El ímpetu y pujanza resistiendo 

De la gentfe, del hado y la fortuna : 
Mas contrastar á tantos no pudiendo 
Sin socorro, favor ni ayuda alguna. 
Dilatando el morir, les fué forzoso 
\¡olver á &u camioo trabajoso. 



38 LA 

Parece el esperar más desaliño, 

Que van los delanteros como el viento ; 

Usar de aquel remedio les convino 

Y no del temerario atrevimiento : 
Muchos mueren on medio del camino 
Por falta de caballos y de aliento, 

Y de sangre también, que el verde prado 
Quedaba de su rastro colorado. 



Flojos ya los caballos y encalmados, 
Los bárbaros por pies los alcanzaban, 

Y en los rendidos dueños derribados 
Las fUerzas de los brazos ensayaban : 
Otros de los peones empachados, 
Digo, de los cristianos que á pie andaban. 
Casi moverse al trole no podían* 
Que con sólo el temor los detenían. 

Los cansados peones se contentan 
Con las colas <5 aciones aferradas, 

Y en vano lastimosos representan 
Estrechas amistndr;s olvidadas : 
De sí los de á caballo los ausentan, 
6i no pueden á ruego á cuchilladas, 
Como á los más odiosos enemigos; 
Que no era á la sazón tiempo de amigos. 

Atruena todo el valle el gran bullicio. 
Armas, grita, clamor triste se oía 
De la gente española y de servicio 
Que á manos de los indios perecía : 
No so vio tan sangriento sacriílcío, 
Ni tan extraña y cruda anatomía 
Como los Qeros bárbaros hicieron 
Kn dos mil y quinientos que murieron. 

Unos vienen al suelo mal heridos, 
Do los lomos al vientre atravesados, 
Por medio de la frente otros hendidos. 
Otros mueren con honra degollados : 
Otros, que piden medios y partidos, 
De los cascos los ojos arrancados. 
Los fuerzan á correr por peligrosos 
Peñascos sin parar precipitosos. 

Y á las tristes mujeres delicadas 
El debido respeto no guardaban, 
Antes con más rigor por las espadas 
Sin escuchar sus ruegos las pasaban : 
No tienen miramiento ú las preñadas 
Más los golpes al t'ientre encaminaban, 

Y aconteció salir por las heridas 
Las tiernas pernezuelas no nacidas. 



.ARAUCANA. 

Y aquel torpe es forzoso que se quede 
Que no es en la carrera diligente ; 
Que la muerte que airada atrás venía, 
En afirmando el pie le sacudía. 

Aunque la cuesta es áspera y derecha. 
Muchos á la alta cumbre han arribado. 
Adonde una aibarrada hallaron hecha, 

Y el paso con maderos ocupado : 
No tiene aquel camino otra desecha, 
Que el cerro casi en torno era tajado. 
Del un lado le bate la marina, 
Del otro un gran peñón con él confina. 



Era de gruesos troncos mal pulidos 
El nuevo muro en breve tiempo hecho. 
Con arte unos en otros enjeridos 
Que cerraban la senda y paso estrecho : 
Dentro estaban los indios prevenidos. 
Las armas sobre el muro y antepecho; 
Que según orgullosos se mostraban, 
Al cielo, no á la gente, amenazaban. 

Viendo los españoles ya cerrados 
Los pasos y cerrada la esperanza, 
A pasar ó morir determinados, 
Poniendo en Dios la firme confianza, 
De la albarrada un trecho desviados 
Prueban de los caballos la pujanza, 
Corriendo un golpe de ellos á romperla, 

Y los bárbaros dentro á defenderla. 

Así la gente estaba detenida 
Que todo su trabajo no importaba, 
Ni al peligro hallaba la salida. 
Hasta que el viejo Villagrán llegaba ; 
Que vista la excusada arremetida 
Cuan poco en el remedio aprovechaba. 
Sin temor de morir ni muestra alguna 
Dio aquí el último tiento á la fortuna. 

Estaba en un caballo derivado 

De la española raza poderoso, 

Ancho de cuadra, espeso, bien trabado, 

Castaño de color, presto, animoso. 

Veloz en la carrera y alentado. 

De grande fuerza y de ímpetu furioso, 

Y la furia sujeta y corregida 
Por un débil bocado á blanda brida. 

El rostro le endereza, y al momento 
Bale el presto español recio la hijada, 
Que sale con furioso movimiento 

Y encuentra con los pechos la albarrada : 
buben por la gran cuesta al quemas puede, No hace en el romper más sentimiento 

Y paga el perezoso y negligente, Que si fuera en carrera acostumbrada, 

Que a nmguno más vida so concede Abriendo tal camino, que pasaron 

De cuanto puede andar ligeramente. j Todos los que de abajo se escaparon. 



qAXTO 

Lo:> barbaros airados defendían 
El paso, pero al cabo no pudieron, 
Que por más que las armas esgrimían 
Los fuertes españoles los rompieron : 
InoM hacia la mano diestra guían, 
Otros tan buen camino no supieron, 
Tomando á la siniestra un mal sendero 
Que á dar iba en un gran despeñadero. 

Á la siniestra mano hacia el poniente 
testaban dos caminos mal usados, 
hjitos debían de ser antiguamente 
Por do al agua bajaban los venadas : 
Iñgo en tiempos pasados, que al presente 
Pur mil parles estaban derrumbados, 

Y el remate tajado con un sallo 

ht más de cíenlo y veinte brazas de alto. 

Por orden de Natura no sabida, 
O por gran sequedad do aquella tierra, 
O algún diluvio grande y avenida, 
Faé causa do tajarse aquella sierra : 
Pues por allí la gente mal regida 
cjcupada del miedo de la guerra, 
Huyendo de la muerte ya sin tino 
Á dar derechamente en ella vino. 

La inadvertida gente iba rodando 
Que repararse un paso no podía, 
El segundo al primero t repellando, 

V el tercero al segundo recio envía : 
El número se va multiplicando, 
I'q cuerpo mil pedazos se hacía. 
Siempre rodando con furor violento 
Hasta parar en el más bajo asiento. 

Como el fiero Ti feo presumiendo 

Lanzar de sí el gran monte y pesadumbre 

Cuando el terrible cuerpo estremeciendo 

Sacude los peñascos de la cumbre, 

Que vienen con gran ímpetu y estruendo 

Hechos piezas abajo en muchedumbre ; 

Asi la triste gente mal guiada 

Hodando al llano va despedazada. 

Pero aquella que el buen camino tiene, 
I)e verle con presteza el fin procura : 
Ninguno por el otro se detiene, 
Que detenerse ya fuera locura : 
Rodar también alguno le conviene, 
Que más de lo posible se apresura ; 
A caballo y á pie, y aun do cabeza 
legaron á lo bajo en poca pieza. 



SE.XTO. 39 

Sueltos iban caballos por el prado, 
Que muertos los señores han caVdo ; 
Otros desocuparlos fué rorzado# 
Que por flojos la silla habían perdido : 
Cual ligero cabalga y cual turbado. 
Del temor de la muerte ya impedido 
Atinar al estribo no podía, 

Y el caballo y saz<5n se lo huía. 

No aguardaban por esto, mas corriendo 
Juegan á mucha priesa los talones, 
Al delantero sin parar siguiendo, 
Que no le alcanzarán á dos tironea : 
Votos, promesas entro sí haciendo 
Do ayunos, romerías, oraciones, 

Y aun otros reservados salo al papa 
Si Dios desto peligro los escapa. 

Venían ya los caballos por el llano 
Las orejas tremiendo derramadas: 
Quiérenlos aguijar, mas es en vano. 
Aunque recio les abren las hijadas : 
El hermano no escucha al caro hermano : 
Las lástimas allí son excusadas: 
Quien dos pasos del otro se aventaja, 
Por ganar otros dos muero y trabaja. 

Como el que sueña que en el ancho coso 
Siente al furioso toro avecinarse. 
Que piensa atribulado y temeroso 
Huyendo de aquel ímpetu salvarse, 

Y so aflige y congoja presuroso 
Por correr, y no puedo menearse ; 
Así éstos á gran priesa á los caballos 
No pueden, aunque quieren, aguijallus. 

Haciendo el enemigo gran matanza 
Sigue el alcance y siempre los aqueja : 
Dichoso aquel que buen caballo alcanza, 
Que de su furia un poco más so aleja : 
Quién la adarga abandona, quién la lanza, 
Quién de cansado el propio cuerpo deja ; 

Y así la vencedora gente brava 
La fiera sed con sangre mitigaba. 

A aquel que por desdicha atrás venía, 
Ninguno (aunque sea amigo) le socorre, 
Despacio el más ligero se movía, 
Quien el caballo trota mucho corre : 
El cansancio y la sed los afligía : 
Mas Dios, que en el mayor peligro acorre, 
Frenó el ímpetu y curse al enemigo, 
Según en el siguiente canto digo. 



4<X' 



LA ARAUCANA. 



CANTO VIL 



Llegan los osp&ñoles i U ciudad de la Ooncepcióa hechos pedazos, cuentan el destrozo r pérdida 
de nuestra frente, y vista la poca (|ue para resistir tan gran pujanza de enemigos en la ciudad 
habia, y las muchas mujeres, niños y viejos que dentro estaban, se retiran en la ciudad de 
Santiago. Asimismo en este canto se contiene el saco, incendio y ruina de la ciudad de U 
Concepción. 



Tener en. mucho un pecho se debría 
A do el temor j amas halló posada. 
Temor qpe honrosa muerte nos desvía 
^r una vida infame y deshonrada: 
En los peligros grandes, la osadía 
If erece ser de todos estimada : 
fX miedo es natural en el prudente, 

Y el saberlo vencer, es ser valiente. 

Esto podrán decir los que picaban 
Los cansados caballos aguijando; 
Pues tanto de temor se apresuraban 
Que les daremos crédito aun callando : 
Con los prestos cálcanos lo afirmaban, 
Con piernas, brazos, cuerpo bijadeando 
También los araucanos sin aliento 
La furia iban perdiendo y movimiento. 

Que del grande trabajo fatigados 
En el largo y veloz curso aflojaron, 

Y por el gran tesón desalentados 

Á seis leguas de alcance los dejaron. 
Los nuestros, del temor más aguijados, 
Al entrar de la noche se hallaron 
En la extrema ribera del Biobío, 
Adonde pierde el nombre y ser de río. 

Y á la orilla un gran barco asido vieron 
De una gruesa cadena á un viejo pino : 
Los más heridos dentro se metieron. 
Abriendo por las aguas el camino ; 

Y los demás con ánimo atendieron 
Hasta que el esperado barco vino, 

Y con la diligencia comenzada 
Á la ciudad arriban deseada. 

Puédese imaginar cuál llegarían 
Del trabajo y heridas maltratados. 
Algunos casi rostros no traían, 
Otros los ^raen de golpes levantados : 
Del infierno -parece que salían : 
Nu hablan ni responden, elevados : 
Á todos con los ojos rodeaban ; 

Y más callando el daño declaraban. 

Después que dio el cansancio y torpe espanto 
Licencia de decir lo que pasaba, 
Dejando el pueblo atónito, y á cuanto 
Súbito en triste tono levantaba 



Un alboroto y doloroso llanto, 

Que el gran desastre más solemnizaba ; 

Y al son discorde y áspera armonía 
La casa más vecina respondía : 

Quién llora el muerto padre, quién marido. 
Quién hijos, quién sobrinos, quién hermanos, 
Mujeres como locas sin sentido 
Ansiosas tuercen las hermosas manos : 
Con el fresco dolor crece el gemido, 

Y los protestos de accidente vanos : 
Los niños abrazados con las madi*es 
Preguntaban llorando por sus padres. 

De casa en casa corren publicando 
Las voces y clamores esforzados 
Los muertos que murieron peleando 

Y aquellos infelices despeñados : 
Mozas, casadas, viudas lamentando, 
Puestas las manos y ojos levantados, 
Piden á Dios, para dolor tan fuerte, 
El último remedio de la muerte. 

La amarga noche sin dormir pasaban 
Al son de dolorosos instrumentos: 
Mas el día venido, se atajaban 
Con otro mayor mal estos lamentos : 
Diciendo que á gran furia se acercaban 
Los araucanos bárbaros sangrientos, 
En una mano hierro, en otra fuego. 
Sobre el pueblo español, de temor ciego. 

Ya la parlera Fama pregonando 
Torpes y rudas lenguas desalaba : 
Las cosas de Lautaro acrecentando, 
Los enemigos ánimos menguaba : 
Que ya cada español casi temblando. 
Dando fuerza á la Fama, levantaba 
Al más flaco araucano hasta el cielo. 
Derramando en los ánimos un hielo. 

Levántase un rumor de retirarse, 

Y la triste ciudnd desamparalla, 
Diciendo que no pueden sustentarse 
Contra los enemigos en batalla : 
Corrillos comenzaban á formarse : 

La voz común aprueba el despoblalla : 
Algunos con razones importantes 
Reprobaban las causas no bastantes. 



aVNTO SÉPTIMO. 



41 



I>os varías partes eran admitidas. 
Del temor y el amor de la hacienda ; 
La poca gente, muertes y heridas, 
Dicen que la ciudad no se deflcnda : 
Las haciendas y renfas adquiridas, 
Al liberal temor cogen la rienda : 
Mas luego se esrorz<5 y creciú de modo. 
Que al fín se apodero de todo en todo. 

La gente principal claro pretende 
Desamparar el pueblo y propio nido : 
El temeroso vulgo aun no lo cnliende. 
Mas tiende oreja atonta á aquel ruido ; 
Visto el público trato, más no atiende ; 
Que súbito, alterado y removido, 
De nuevo esfuerza el llanto y las querellas. 
Poniendo un alarido en las estrellas. 

Quién á su casa corre pregonando 
La venida del bárbaro guerrero ; 
Quién aguga, la silla procurando 
(lincharla en el caballo más ligero. 
Las encerradas vírgenes, llorando 
Por las calles sin manto ni escudero, 
Atónitas, de acá y allá perdidas, 
A las madres buscaban desvalidas. 

Como las corderillas temei'osas 
De las queridas madres apartadas, 
Balando van perdidas presurosas, 
Haciendo en poco espacio mil paradas. 
Ponen atenta oreja á todas cosas, 
Corren aquí y allí desatinadas ; 
Así las tiernas vírgenes llorando, 
A voces á las madres van llamando. 

De ralo en rato se renueva y crece 
El llanto, la aflicción y el alarido; 
Tal vez hay que de súbito enmudece, 
Heduciendo el sentir sólo al oído, 
Cualquier sombra, Lautaro les parece, 
Su rigurosa voz cualquier ruido, 
Alzan la grita y corren, no sabiendo 
Más de ver á los otros ir corriendo. 

Era cosa de oír bien lastimosa 

Los suspiros, clamores y lamento. 

Haciéndolos mayores cualquier cosa 

Que trae de nuevo el miedo por el viento 

Desampara la turba temerosa 

Sus casas, posesión y heredamiento ; 

Sedas, tapices, camas, recamados. 

Tejos de oro y de plata atesorados. 



Si alguno hace protestos, requiriendo 
Que no sea la ciudad desamparada, 
Respondo el principal : yo no lo entiendo 
Ni de miivolandad soy parle en nada ; 



Pero el temor un viejo posponiendo, 
Les dice : Gente vil, acobardada. 
Deshonra del honor y ser de España, 
¿ Qué es esto, dónde vais, quién os engaña ? 

No fué esta corrección de algún provecho 
Ni otras cosas que el viejo les decía, 
Muestran todos hacerse á su despecho 

Y van ai que más corre ya la vía. 
Es justo que la fama cante un hecho 
Digno de celebrarse hasta el día 
Que cese la memoria por la pluma 

Y lodo pierda el ser y so consuma. 

I Doria Mencia de Nidos, una dama 
Noble, discreta, valerosa, osada. 
Es aquella que alcanza tanta fama 
£)n tiempo que á los bombines es negada : 
Estando enferma y flaca en una cama. 
Siente el grande alboroto, y esforzada, 
Asiendo de una espada y un escudo, 
Salió tras los vecinos como pudo. 

Ya por el monte arriba caminaban. 
Volviendo atrás los rostros afligidos 
Á las casas y tierras que dejaban. 
Oyendo de gallinas mil graznidos: 
Los gatos con voz hórrida maullaban. 
Perros daban tristísimos aullidos, 
Progne con la turbada Filomena 
Mostraban en sus cantos gravo pena. 

Pero con más dolor doña Mencia, 
Que dello daba indicio y muestra clara, 
Con la espada desnuda lo impedía, 

Y en medio de la cuesta y dellos para. 
El rostro á la ciudad vuelto decía : 
¡ Oh valiente nación, á quien tan cara 
Cuesta la tierra y opinión ganada 
Por el rigor y filo de la espada ! 

Decidme, ¿ qué es de aquella fortaleza 
Que contra los que así teméis moslrastes ? 
¿ Qué es de aquel alto punto y la grandeza 
De la inmortalidad á que aspírales ? 
¿ Qué es del esfuerzo, orgullo, la braveza 

Y el natural valor de que os prcciaslcs? 
¿ A dónde vais, cuitados de vosotros, 
Que no viene ninguno tras nosotros ? 

i Oh, cuántas veces fuistes imputados 
De impacientes, altivos, temerarios, 
En los casos dudosos arrojados, 
Sin atender á medios necesarios ; 

Y os vimos en el yugo traer domados 
Tan gran número y copia de adversarios, 

Y emprender y acabar empresas tales 
, Que distes á entender ser inmortales ! 



49 L\ ARAUCANA. 

Volved á vuestro pueblo ojos piadosos, 
Por vos de sus cimientos levantado ; 
Mirad los campos fértiles viciosos 
Que os tienen su tributo aparejado ; 
Las ricas minas, y los caudalosos 
Ríos de arenas de oro, y el ganado 
Que ya de cerro en cerro anda perdido 
Buscando á su pastor desconocido. 



^ Fueron doce jornadas de este modo 
• Y á Mapochd al An deltas arribaban : 
Lautaro, quo se siente descansado, 
Me da priesa, que mucbo me he tardado. 



Hasta los animales, que carecen 
De vuestro racional entendimiento. 
Usando de razún se condolecen, 

Y muestran doloroso sentimiento : 
Los duros corazones se enternecen. 
No usados á sentir, y por el viento 
Las fieras la gran lástima derraman, 

Y en voz casi formada nos infaman. 

Dcijáis quietud, hacienda y vida honrosa 
De vuestro esfuerzo y brazos adquirida. 
Por ir á casa ajena embarazosa 
A do tendremos mísera acogida : 
I Qué cosa puede haber más afrentosa 
Que ser huéspedes toda nuestra vida ? 
Volved, que á los honrados vida honrada 
Les conviene, 6 la muerte acelerada. 

Volved, no vais así de esa manera. 
Ni del temor os deis tan por amigos ; 
Que yo me ofrezco aquí, que la primera 
Me arrojaré en los hierros enemigos : 
Haré yo esta palabra verdadera, 

Y vosotros seréis dello testigos. 

¡ Volved ! I volved ! (gritaba) pero en vano, 
Que á nadie pareció el consejo sano. 

Como el honrado padre recatado, 
Quo piensa reducir con persuasiones 
AI hijo, del proposito dañado, 

Y está alegando en vano mil razones. 
Que al hijo incorregible y obstinado 
Le importunan y cansan los sermones : 
Así al temor la gente ya entregada. 
No sufre ser en esto aconsejada. 

Ni á Paulo le pasó con tal presteza 
Por las sienes la Yáculo serpiente, 
Sin perder de su vuelo ligereza, 
Llevándole la vida juntamente : 
Gomo la odiosa plática y braveza 
De la dama de Nidos por la gente. 
Pues apenas entró por un oído 
Cuando ya por el otro había salido. 

Sin escuchar la plática, del todo 
Llevados de su antojo caminaban ; 
Mujeres sin chapines por el lodo 
Á gran priesa las faldas arrastraban; 



No es bien que tanto del nos descuidemos, 
Pues él no so descuida en nuestro daño, 

Y á donde le dejamos volveremos. 
Que fué donde dejó el alcance extraño : 
En muy poco papel resumiremos 
Un gran proceso y término tamaño : 
Que fuera necesario larga historia 
Para ponerlo extenso por memoria. 

Mas con la brevedad ya profesada 
Me detendré lo menos que pudiere, 

Y las cosas menudas, de pasada 
Tocaré lo mejor que yo supiere : 
Pido que atenta oreja me sea dada, 

Quel el cuento es grave y atención i^equiere. 
Para que con curiosa y fácil pluma 
Los hechos de estos bárbaros resuma : 

Que luego que el alcance hubo cesado. 
Volviendo al hijo de Pillan gozoso. 
Que atrás un largo trecho había quedado, 
Más por autoridad que de medroso, 
Al general despachan un soldado, 
Alojándose el campo en el gracioso 
Valle de Talc^mábida importante, 
De pastos y comidas abundante. 

Un bárbaro valiente que tenía 
La estancia y heredad en aquel valle, 
Halló un indio cristiano por la vía ; 
Pero no se preciando de raatalle, 
Prisionero á su casa le traía, 

Y comienza en tal modo á razonallc : 
La vida | oh miserable I quiero darte. 
Aunque no la mereces por tu parte. 

Pues que ya que á la guerra tú venías, 
Gozando del honor de los guerreros, 
¿ Por qué con la mujeres le escondías 
Viepdo á hierro morir tus compañeros? 
Mujer debes de ser, pues que temías 
Tanto de alguna espada los aceros ; 

Y así quiero que tengas el oficio 
En todo lo que toca á mi servicio. 

Mandó que del oficio se encargase 
Que á la mujer honesta es permitido 

Y la posada y cena concertase, 

En tanto que del sueño convencido 
Los fatigados miembros recrease : 

Y habiéndose á su cama recogido, 

Al mundo el sol dos vueltas había dado, 

Y no había el auracano despertado : 



C.VNTO 
Sepultado eu un suoño tan profundo 
Como si do mil años Aiera muerto, 
Hasta quo el claro sol did lus al mundo 
A la vuelta tercera, que despierto 
Pidió la usada ropa, y lo segundo 
Si estaba la comida ya en concierto ; 
El diligente siervo respondía 
Que después de guisada estaba fría : 

Diciéndole también cómo había estado 
Cincuenta horas de término en el lecho, 
Del trabajo y manjares olvidado, 
Con todo lo demás que se había hecho ; 

Y que el comer estaba aparejado. 
Si del sueño se hallaba satisfecho. 
El bárbaro responde : no me espanto 
De haber sin despertar dormido tanto ; 

Que el cuidoso Lautaro apercebido, 
Por hacer desear vuestra llegada. 
La gente en escuadrones ha tenido 
Con tal orden y tasa castigada. 
Que aun el sentarnos era defendido 
En acabando Apolo su jornada, 
Hasta que ya los rayos de su lumbre 
Nos daban de la vuelta cerlidumbre. 

Si alguno de su puesto se movía, 
Sin esperar descargo le empalaba, 

Y aquel que de cansado se dormía 
En medio de dos picas le colgaba. 
Quien cortaba una espiga, allí moría. 
De más de la ración que se le daba : 
Con órdenes estrechas y precetos 
Nos tuvo, como digo, así sujetos. 

Desta suerte estuvimos los soldadoa 

Más de catorce noches aguardando, 

Las picas altas, á ellas arrimados. 

Vuestra tarda venida deseando. 

Del sueño y del cansancio quebrantados, 

Pasando gran trabajo, hasta cuando 

Supimos que Ilegábades ya junto. 

Que nos quitó el cansancio en aquel punto. 

Viendo el silencio que en el valle había, 
Le pregunta si el campo era partido. 
El mozo dice : Ayer antes del día 
Salió de aquí con súbito ruido ; 
Afirmarte la causa no sabría ; 
Aunque por niaras muestras he entendido 
Que la ciudad de Penco torreada 
Era del español desamparada. 

Así era la yerdad, que caminado 
Habían los escuadrones vencedores 
Hacia el pueblo español desamparado 
De los inadvertidos moradores, | 



SEPTLMO. 43 

La codicia del robo y el cuidado 
Les puso espuelas y ánimos mayores: 
Siete leguas del valle á Penco había 
Y arribaron en solo medio día. 

A vista de las casas, ya la gente 
Se reparte por lodos los caminos. 
Porque el saco del pueblo sea igualmente 
Lleno de ropa y fallo de vecinos ; 
Apenas la señal del partir siente, 
Cuando cual negra banda de estorninos 
Que se abate al montón del blanco trigo. 
Baja al pueblo el ejército enemigo. 

La ciudad yerma en gran silencio atiende 
El presto asalto y flera arremetida 
De la bárbara furia, que desciende 
Con alto estruendo y con veloz corrida : 
El menos codicioso allí pretende 
La casa más copiosa y bastecida ; 
Vienen de gran tropel hacia las puertas, 
Todas de par en par francas y abiertas. 

Corren toda la casa en el momento, 

Y en un punto escudriñan los rincones : 
Muchos por no engañarse por el tiento 
Rompen y descerrajan los cajones ; 
Baten tapices, rimas y ornamento. 
Camas de seda y ricos pabellones, 

Y cuanto descubrir pueden de vista, 
Que no hay quien los impida ni resista. 

No con tanto rigor el pueblo griego 
Entró por el Iroyano alojamiento, 
Sembrando frigia sangre y vivo fuego, 
Talando hasta en el último cimiento ; 
Cuanto de ira, venganza y furor ciego, 
El bárbaro, del robo no contento, 
Arruina, destroza, desperdicia, 

Y así aun no satisface su malicia. 

Quien sube la escalera y quien abaja, 
Quien á la ropa y quien al coOe aguija. 
Quien abre, quien desquicia y desencaja, 
Quien no dega fardel ni baratija; 
Quien contiende, quien riñe, quien baraja, 
Quien alega y se mete á la parlija : 
Por las torres, desvanes y tejados 
Aparecen los bárbaros cargados. 

No en colmenas de abejas la fk*ecuencia, 
Priesa y solicilud, cuando fabrican 
En el panal la miel con providencia. 
Que á los hombres jamás lo comunican; 
Ni aquel salir, entrar, y diligencia 
Con que las tiernas flores melifloan, 
Se puede comparar, ni ser figura 
De lo que aquella gente se apresura. 



u 

Alguno de robar no se coolenta 
La casa que le da cierta ventura ; 
Que la insaciable voluntad sedienta 
Otra de mayor presa le flgura : 
Haciendo codiciosa y necia cuenta 
Busca la incierla y doja la segura ; 
Y llegando, el sol puesto, á la posada, 
Se queda por buscar mucho sin nada. 



También se roba entre ellos lo iH)bado, 
Que poca cuenta y amistad había, 
Si DO se pone en salvo á buen recado, 
Que allí el niayer ladrón más adquiría ; 
Cuál lo saca arrastrando, cuál cargado 
Va, que del propio hermano no so fía : 
Más parte á ningún hombre se concede 
De aquello que llevar consigo puede. 

Como para el invierno se previenen 
Las guardi)sas hormigas avisadas, 
Que á la abundante troje van y vienen 

Y andan en acarreos ocupadas* 

No se impiden, estorban, ni detienen, 
Dan las vacías paso ñ la cargadas ; 
Así los araucanos codiciosos 
Entran, salen y vuelven presurosos. 

Quien buena parte tiene, más no espera, 
Que presto pone fuego al aposento ; 
No aguarda que los otros salgan fuera, 
Ni tiene al edificio miramiento : 
La codiciosa llama de manera 
Iba en tanto fumr y crecimiento, 
Que todo el publo mísero se abrasa, 
Corriendo el fuego ya de casa en casa. 

Por alio y bajo el fuego se derrama. 
Los cielos amenaza el son horrendo, 
De negro humo espeso y viva llama 
La infelice ciudad se va cubriendo : 
Treme la tierra en torno, el fuego brama. 
De subir á su esfera presumiendo : 
Caen de rica labor maderamientos 
Resumidos en polvos cenicientos. 

Piérdese la ciudad más fértil de oro 
Que estaba en lo poblado de la tierra, 

Y á donde más riquezas y tesoro. 

Según fama, en sus términos se encierra : 
¡ Oh, cuántos vivirán en triste lloro 
Que les fuera mejor continua guerra ! 
Pues es mayor miseria la pobreza 
Para quien se vio en próspera riqueza. 

A quien diez, y á quien veinte, y á quien treinta 
Mil ducados por año les rentara : 
Kl más pobre tuviera mil de renta, 
De aquí ;iÍDguno de ellos abajara : 



LA ARAUCANA. 

La parle de Valdivia era sin cuenta. 
Si la ciudad en paz se sustentara. 
Que en torno la cercaban ricas venas 
Fáciles de labrar y de oro llenas. 

Cien mil casados subditos servían 
Á los de la ciudad desamparada. 
Sacar tanto oro en cantidad podían 
Que á tenerse viniera casi en nada : 
Esto que digo y ia opinión perdían 
l^or aflojar el brazo de la espada, 
Ganados, heredades, ricas casas 
Que ya se van tornando en vivas brasas. 



1 



La grita de los barba i*os se entona. 
No cabe el jíozo dentro de sus pechos, 
Viendo que el fuego horrible no perdona 
Hermosas cuadras ni labrados techos : 
En tanta multitud no hay tal persona 
Que de verlos se duela así deshechos ; 
Antes suspiran, gimen y se ofenden 
Porque tanto del fuego se defienden. 

Paréceles que es lento y espacioso. 
Pues tanto en abrasarlos se tardaba, 

Y maldicen al Tracio proceloso 
Porque la flaca llama no esforzaba : 
Al caer de las casas sonoroso 

Un terrible alarido resonaba. 

Que junto con el humo y las centellas, 

Subiendo amenazaba las estrellas. 

Crece la fiera llama en tanto grado 
Que las más altas nubes encendía *, 
Tracio con movimiento arrebatado 
Sacudiendo los árboles venia ; 

Y Vulcano al rumor, sucio y tiznado, 
Con los herreros fuciles acudía. 

Que ayudaron su paiie al presto fuego, 

Y así se apoderó de todo luego. 

Nunca fué de N(!rón el gozo tanto 
De ver en la gran Homa poderosa 
Prendido el fuego ya por cada canto. 
Vista sólo á tal hombre deleitosa ; 
Ni aquello tan gran g isto le dio, cuanto 
Gusta la gente bárbara dañosa 
De ver cómo la llama se extendíi, 

Y la triste ciudad se consumía. 

Era cosa de oír dura y terrible 

De estallidos el son y grande estruendo ; 

El negro humo esposo é insufrible. 

Cual nube en aire, así se va imprimiendo : 

No hay cosa reservada al fuego horrible, 

Toílo en sí lo convierte, resumiendo 

Los ricos edificios levantados 

En amigos corrales derribados. 



CANTO 

Lleudo al fin el iillímo Contento 
l>e aquella fiera ^ente vengativa, 
Aun no parando v,n esto el mal intento, 
Ni planta en pie, ni cosa dejan viva. 



Or.TAVO. 

El incendio acabado, como cuento, 
Un mensajero con gran priesa arriba 
Del hijo de Lcocan, y su embajada 
Será en el otro c¿nto declarada. 



ib 



CANTO VIII. 



Júounse los caciques y señores principales aconsejo general en el valle de Arauco. Mata Tacapel 
al cacique Pucbecalco, y Caupolioan viene con poderoso ejército sobre la ciudad imperial, fundada eit 
e) ralle de Cauteo. 



Tn limpio honor del ánimo ofendido. 
Jamás puedo olvidar aquella afrenta. 
Trayendo al hombre siempre así encogido 
Que dello sin hablar da largti cuenta : 

V en el mayor contento, desabrido 
be le pone delante, y representa 

La dura y grave afrenta, con un miedo 
Que todos le señalan con el dedo. 

Si bien esto los nuestros lo miraran 

Y al temor con esfuerzo resistieran, 
bus bapiendas y casas sustentaran, 

V en la justa demanda fenecieran : 
De mil desabrimientos no gustaran. 
Ni al terrero del vulgo se pusieran ; 
Del vulgo, que Jamás dice lo bueno. 
Ni en decir los defectos tiene freno. 

Pero de un bando y de otro contemplada 
La diferencia en número de gentes, 
La ciudad sin reparos, descercada. 
Con otra infinidad de inconvenientes : 

Y el ver puestas al filo de la espada 
Las gargantas de tantos inocentes 
Niños, mujeres, vírgenes, sin culpa, 
berú bastante y lícita disculpa. 

Sí no es disculpa y causa lo que digo, 
be puede atribuir este sucoso 
A que fué del Señor justo casli^^'o, 
Visto de sil soberbia el gran exceso : 
Permitiendo que c! bárbaro enemigo, 
Aquel que fué su subdito y opreso, 
Los eche do su tierra y posesiones, 

Y les ponga el honor en opiniones. 

Bien que en la Concepción copia de gente 
Estaba á la sazón, pero gran parle 
De barba blanca y arrugada frente, 
Inútil en la dura y bélica arte, 

Y poca de la edad más suficiente 
A resistir el gran rigor de Marte 

Y á la parcial fortuna, que se muestra 
Kn todos los sucosos ya siniestra. 



¿ Quién podrá con el bando lautarino, 
Viendo que su opinión tanto crecía, 

Y la fortuna próspera el camino 

En nuestro daño y su provecho abría ? 
No piensa reparar hasta el divino 
Cielo y arruinar su monarquía. 
Haciendo aquellos bárbaros bizarros, 
Grandes fieros, bravezas y desgarros. 

^ues al pueblo do Penco desolado 

Y de la fiera llama consumido. 

Dije cómo á gran priesa había llegado 
Un indio mensajero, conocido, 
Que por Caupolican ora enviado ; 

Y habiendo de su parto encarecido 
La gran batalla, digna do memoria, » 
Las gracias les rindió de la victoria. 

Dijo también, sin alargar razones, 
Que el general mandaba que partiese 
Lautaro con los prestos escuadrones, 

Y en el valle de Arauco se metiese. 
Donde el senado y junta de varones 
Tratase lo que más les conviniese; 
Pues en el fértil valle hay aparejo 
Para lá junta y general consejo. 

En oyendo Lautaro aquel mandato, 
Levanta el campo, sin parar camina, 
D^¡a gran tiorra atrás, y en poco rato 
Al monte Andalicano so avecina : 

Y por llegar con súbito rebato 
El camino torció por la marina, 
Ganosos de burlar al bando amigo. 
Tomando el nombre y voz del enemigo. 

Tanto marchó, que al asomar del día 
Dio sobro el general súbitamente, 
Con una baraúnda y vocería 
Que puso en arma y alteró la gente : 
Mas vuelto el alboroto en alegría. 
Conocida la burla claramente. 
Los unos y los otros sin firmarse 
Sueltas las armas corren á abrazarse. 



46 



LA ARAUCANA. 



Caupolican alegre, humano y grave, 
Las rocibe, abrazando al buen Lautaro, 

Y con regalo y plática suave 

Le da prendas y honor de hermano caro : 
La gente, que de gozo en sí no cabe, 
Por la ribera de un arroyo claro 
En juntas y corrillos derramada, 
Celebran de beber la flesta usada. 

Algún tiempo pasaron después de esto 
Antes que el gran senado fuese junto, 
Tratando en su jomada y presupuesto 
Desde el principio al fln sin faltar punto : 
Pero al término justo y plazo puesto 
Llegó la demás gente, y todo á punto. 
Los principales hombres de la tierra 
Entraron en consulta á uso de guerra. 

Llevaba el general aquel vestido 

Con que Valdivia ante él fué presentado ; 

Era de verde y púrpura, tejido 

Con rica plata y oro recamado. 

Un pelo fuerte, en buena guerra habido, 

De flna pasta y temple relevado. 

La celada de claro y limpio acero, 

Y un mundo de esmeralda por cimero. 

Todos los capitanes señalados 
Á la española usanza se vestían, 
La gente del común y los soldados 
Se visten del despojo que traían ; 
Calzas, jubones, cueros desgarrados, 
En gran estima y precio se tenían ; 
Por inútil y bajo se juzgaba 
El que español despojo no llevaba. 

A manera de triunfos, ordenaron 
El venir á la junta así vestidos, 

Y en el consejo, como digo, entraron 
Ciento y treinta caciques escogidos : 
Por su costumbre antigua se sentaron. 
Según que por la espada eran tenidos. 
Estando en gran silencio el pueblo ufano. 
Así soltó la voz Caupolicano : 

Bien entendido tengo yo, varones, 
Para que nuestra fama se acreciente. 
Que no es mencsler fuerza de razones. 
Mas sólo el apuntarlo brevemente ; 
Que según vuestros fuertes corazones. 
Entrar la España pienso fácilmente, 

Y al gran emperador invicto Cario 
Al dominio araucano sujetarlo. 

Los españoles vemos que ya entienden 
El peso de las mazas barreadas, 
Pues ni en campo ni en muro nos atienden: 
Sabemos cómo cortan sus espadas 



Y cuan poco las mallas los deBcnden 
Del corte de las hachas aceradas ; 

Si sus picas son largas y fornidas. 
Con las vuestras han sido ya medidas. 

De vuestro intento asegurarme quiero. 
Pues estoy del valor tan satisfecho, 
Que gruesos muros de templado acero 
Allanaréis poniéndoles el pecho : 
Con esta conflanza, yo el primero 
Seguiré vuestro bando y el derecho 
Que tenéis de ganar la fuerte España 

Y conquistar del mundo la campaña. 

La deidad de esta gente entenderemos, 

Y si del alto cielo cristalino 
Deciende, como dicen, abriremos 
A puro hierro anchísimo camino; 
Su género y linaje asolaremos : 
Que no bastará ejército divino. 
Ni divino poder, esfuerzo y arte, 

Si todos nos hacemos ¿ una parte. 

• 

En fln, fuertes guerreros, como digo, 
No puede mi intención más declararse : 
Aquel que me quisiere por amigo, 
Á tiempo está qu« puede señalarse : 
Téngame desde aquí por enemigo 
£1 que quisiere á paces arrimarse. 
Aquí dio fln, y su intención propuesta. 
Esperaba sereno la respuesta. 

Ceja no se movió, y aun el aliento 
Apenas al espíritu halló vía 
Mientras duró el soberbio parlamento 
Que el gran Caupolicano les hacía. 
Hubo en el responder el cumplimiento 

Y ceremonia usada en cortesía ; 
A Lautaro tocaba, y excusado, 
Lincoya así responde levantado : 

Señor, yo no me he visto tan gozoso 
Después que en este triste mundo vivo, 
Como en ver manifiesto el valeroso 
Intento tuyo, el ánimo y motivo : 

Y así, por pensamiento tan glorioso. 
Me ofrezco por tu siervo y tu cautivo : 
Que no quiero ser rey del cielo y tierra 
Si hubiese de acabarse aquí la guerra. 

Y en testimonio desto, yo te juro 

De te seguir y acompañar de hecho ; 
Ni por áspero caso, adverso y duro, 
A la patria volver jamás el pecho : 
Desto puedes, señor, estar seguro ; 

Y todo faltará y será deshecho 
Antes que la palabra acreditada 

De un hombre como yo por preada dada. 



CANTO OCIAVO. 



47 



Así dijo ; y tras él, aunque rogado, 
EJ buen Peteguelen, Curaca anciano. 
De condictún muy áspera enojado, 
Pero afable en la paz, fácil y humano, 
Viejo, enjuto, dispuesto, bien trazado, 
Señor de aquel hermoso y fértil llano. 
Con espaciosa voz y grave gesto 
Propuso en sus razones sabias esto : 

Fuerte varón y capitán perfeto. 
No dejaré de ser el delantero 
Á probar la fineza desto peto 

V si mi hacha rompe el fino acero ; 

Mas, como quien lo entiende, te prometo 
Que falta por hacer mucho primero 
Que salgan españoles desta tierra. 
Cuanto más ir á España á mover guerra. 

Bien será que, señor, nos contentemos 
Con lo que nos dejaron los pasados, 

V á nuestros enemigos desterremos 
Que están en lo más dello apoderados : 
Después, por el suceso entenderemos 
Mejor el disponer de nuestros hados. 
Kslo á mí me parece ; y quien quisiere 
Proponga otra razón si mejorfuere. 

Callando este cacique, se adelanta 
Tucapelo, de cólera encendido, 

V sin respeto así la voz levanta 
Con un tono soberbio y atrevido. 
Diciendo: A mí la España no mo espanta 

V no quiero por hombre ser tenido 
Si solo no arruino á los cristianos, 
Ora sean divinos, ora humanos. 

Pues lanzarlos de Chile y destruirlos 
No será para mí bastante guerra ; 
Que pienso, si me esperan, confundirlos 
En ct profundo centro de la tierra ; 

V si huyen, mi maza ha de seguirlos. 

Que es la que desle mundo los destierra : 

Por eso no nos ponga nadie miedo, 

Que aun no haré en hacerlo lo que puedo. 

^ por mi diestro brazo os aseguro, 
(Si la maza dos años me sustenta) 
A despecho del cielo, á hierro puro 
De dar desto descargo y buena cuenta, 
^ no d^ar de España enhiesto muro; 
« aun el ánimo á más se me acrecienta, 
Que después que allanare el ancho suelo 
A guerra incitaré al supremo cielo. 

Que no son hados, es pura flaqueza 
^ que nos pone estorbos y embarazos ; 
Pensar que haya fortuna, es gran simpleza ; 
^ fortuna es Is fuerza de los brazos : 



La máquina del cielo y fortaleía 
Vendrá primero abajo hecha pedazos, 
Que Tucapel en esta y otra empresa 
Falte un mínimo punto en su promesa. 

Peteguelen, la vieja sangre fría 

Se lo encendió de rabia, y levantado 

Le dice : ¡ Oh arrogante ! la osadía 

Sin discreción jamás fué de esforzado... 

Pero Caupolícan, que conocía 

Del viejo á tiempo el ánimo arrojado, 

Con discreción le ataja las razones, 

Haciendo proponer á otros varones. 

Purén se ofrece allí, y Angol se ofrece 
No con menor braveza y desatiento : 
Ongolmo no quedó, según parece, 
De mostrar su soberbio pensamiento : 
Del uno en otro multiplica y crece 
El número en el mismo ofrecimiento. 
Colocólo, que atento estaba á todo. 
Sacó la Voz, diciendo de este modo : 

La verde edad os lleva á ser furiosos, 
¡ Oh hijos ! y nosotros los ancianos 
No somos en el mundo provechosos 
Más do para decir consejos sanos ; 
Que no nos ciegan humos vaporosos 
Del juvenil hervor y años lozanos : 

Y así, como más libres, entendemos 
Lo que siendo mancebos no podemos. 

Vosotros, capitanes esforzados. 
De sola una victoria envanecidos. 
Estáis de tal manera levantados 
Que os parecen ya pocos la nacidos : 
Templad, templad los pechos alterados 

Y esos vanos esfuerzos mal regidos ; 
No hagáis de españoles tal desprecio. 
Que no venden sus vidas á mal precio. 

Si dos veces, por dicha, loa vencistes, 
Mirad cuando primero aquí vinieron 
Que resistir su fuerza no podistes. 
Pues más de cinco veces os vencieron : 
En el licúreo campo ya lo vistes 
Lo que solos catorce allí hicieron : 
No será poco hecho y buen partido 
Cobrar la tierra y crédito perdido. 

Debemos procurar con seso y arte 
Redimir nuestra patria, y libertarnos, 
Dando á vuestras bravezas menos parte, 
Pues más pueden dañar que aprovechamos. 
¡ Oh hijo de Leocan I quiero avisarte, 
Si quieres como sabio gobernamos, 
Que temples esta furia, y con maduro 
Seso, pongas remedio en lo futuro. 



48 



LA ARAUCANA. 



El consejo más sano y conveniente 

Ka que el campo en tres bandas repartido, 

Á un tiempo, aunque por parle diferente» 

Dé sobre el Cauten, pueblo aborrecido : 

Bien que esté en su defensa buena gente, 

Es poca ; y este asiento destruido, 

Valdivia de ¿illanar fácil sena, 

Pues no alcanza arcabuz ni artillería. 

Sólo á mí Santiago me da pena ; 
Pero modo á su tiempo buscaremos 
Para poderla entrar, y la Serena 
Fácilmente después la allanaremos. 
Aunque sujeto á lo que el hado ordena, 
Es el mejor camino que tenemos. 
Acabando con esto el sabio viejo, 
A muchos pareció bien su consejo. 

Tras éste otro Curaca, hechicero, 
De la vejez decrépita impedido, 
Puchecalco se llama el agorero, 
Por sabio en los pronósticos tenido, 
Con profundo suspiro, íntimo y fiero, 
Comienza así á decir entristecido : 
Al negro Eponamón doy por testigo 
De lo que siempre he dicho y ahora digo. 

Por un término breve se os concede. 
La libei^ad, y habéis lo más gozado : 
Mudarse esta sentencia ya no puede, 
Que ^stá por las estrellas ordenado, 

Y que fortuna en vuestro daño ruede : 
Mirad que os llama ya el preciso hado 
Á dura sujeción y trances fuertes: 
Repárense á lo menos tantas muertes. 

El aire de señales anda lleno, 

Y las nocturnas aves van turbando 
Con sordo vuelo el claro día sereno 
Mil prodigios funestos anunciando : 
Las plantas con sobrado humor terreno 
Se van, sin producir fruto, secando : 
Las estrellas, la luna, el sol lo afirman : 
Cien mil agüeros tristes lo confirman. 

Mirólo lodo, y todo contemplado, 
No sé en qué pueda yo esperar consuelo. 
Que de su espada el Orion armado 
Con gran ruina ya amenaza el suelo: 
Júpiter se ha al ocaso retirado ; 
Solo Marte sangriento posee el ciclo. 
Que denotando la futura guerra 
Enciendo un fuego bélico en la tierra. 

Ya la furiosa Muerto irreparable 
Viene á nosotros con airada diestra ; 

Y la amiga Fortuna favorable 
Con diferente rostro se nos muestra : 



Y Eponamón horrendo y espantable. 
Envuelto en la caliente sangre nuestra. 
La corba garra tiende, el cerro yerto, 
Llevándonos a) no sabido puerto. 

Tucapel, que de rabia reventando 
Estaba oyendo al viejo, más no atiende. 
Que dice : Yo veré si adivinando 
De mi maza este necio se defiende : 
Diciendo esto, y la maza levantando. 
La derriba sobre él, y así lo tiende. 
Que jamás mudó curso de planeta 
Ni fué más adivino ni profeta. 

Quedóle dcsto el brazo tan sabroso. 
Según la muestra, que movido estuvo 
De dar tras el senado religioso, 

Y no sé la razón que lo detuvo. 
Caupolican atónito y rabioso 
Trasportada la mente un rato estuvo ; 
Mas vuelto en sí, con voz horrible y fiera 
Gritaba : Capitanes, ¡ muera ! ¡ muera ! 

No le dio lanío gusto á aquella gente 
Lo que Caupolicano le decía. 
Cuanto al soberbio bárbaro impaciente 
Viendo que ocasión tal se le ofrecía: 
Era alto el tribunal, pero el valiente 
Los hace saltar de él tan á porfía. 
Que ciento y treinta que eran, en un punto 
Sallan los cienloy él tras ellos junto. 

Los que en el alio tribunal quedaron 
Son los en esta historia señalados, 
Que jamás de su asiento se mudaron. 
De donde lo miraban sosegados : 
Que de ver uno solo no curaron 
Mostrarse por tan poco alborotados, 
Aunque los que saltaron de tan alto 
En menos eslimaron aquel salto. 

Cubierto Tucapol de fina malla 
Saltó como un ligero y suelto pardo 
En medio de la tímida canalla. 
Haciendo plaza el bárbaix) gallardo : 
Con silbos, grita, en desigual batalla. 
Con piedra, palo, Hecha, lanza y dardo 
Le persigue la gente de manera 
Como si fuera toro ó brava fiera. 

Según suelo jugar por gran destreza 
El liviano montante un buen maestro 
Hiriendo con extraña ligereza 
Delante, atrás, á diestro y á siniestro; 
Con más desenvoltura y más presteza. 
Mostrándose en los golpes fuerte y diestro, 
El fiero Tucapel en la pelea 
Con la pesada maza se rodea. 



CANtO 

De tallir y manca^ no se contenta, 
Ni para contentarse esto le basta ; 
Sólo de aquellos tristes hace cuenta 
Que su maza los hace torta ó pasta : 
Rompe, magulla, muele y atormenta, 
Dcs^biema, destroza, estropea y gasta : 
Tiros llueven sobre él arrojadizos 
Cual tempestad furiosa de granizos. 

Pero sin miedo el bárbaro sangriento 
Por las espesas armas discurría ; 
Brazos, cabezas y ánimos sin cuento 
Soberbios quebrantó en solo aquel día, 

Y cual menuda lluvia por el viento 
La sangre y frescos sesos esparcía : 
No discierne al pariente del extraño, 
Haciéndolos iguales en el daño. 

Las armas eran solo en defenderle 
De la canalla bárbara araucana. 
Que en montón trabajaba de ofenderle; 
Mas el iemor la ofensa bacía liviana. 
Era, cierto, admirable cosa verle 
Saltar y acometer con furia insana. 
Desmembrando la gente, sin poderse 
De su maza y presteza defenderse. 

Caupolican , del caso no pensado 
En tal furor y cólera se enciende , 
Que estaba de bajar determinado 
Aunque su gravedad se lo defiendo : 
Pero Lautaro alegre y admirado 
Miraba cómo solo así contiende 
Un hombre contra tanto barba rismo , 
Incrédulo y dudoso de sí mismo. 

Y en esto al general, con el debido 
Hespelo y ojos bajos en el suelo 

Le dice : una merced, señor, te pido, 
^i algo merece mi intención y celo, 

Y es, que el gran desacato cometido , 
Perdones francamente á Tucapelo, 

Pu?s ha mostrado en campo claramente 
Valer él más que toda aquella gente. 

Perplejo el general estaba en duda ; 
Pero mirando al fin quién lo pedía « 
Luego el ejecutivo intento muda, 

Y con el rostro alegre respondía : 
Kl ha tenido en vos bastante ayuda, 
Por la cual le perdono ; y más decía , 
Que fuese á las escuadras, y mandase 
Que el combatirle más luego cesase. 

Baja Lautaro al campo , y prestamente 
El rico cuerno á retirar tocaba , 
Al son del cual se recogió la gente. 
Que re<^ger8e á nadie le pesaba : 



OCTAVO. 49 

Sólo lo siente el bárbaro valiente, 
Que satisfecho á su sabor no estaba ; 

Y volviendo á Lautaro el fiero gesto, 
Kn alta y libre voz le dijo aquesto i 

¿ Cómo, buen capitán, has estorbado 
El tomar desta vil canalla enmienda , 

Y verme destos rústicos vengado 
Para que mi valor mejor se entienda? 
Lautaro le responde : Es excusa(io 
Quien viniere contigo a la contienda 
Que se pueda valer contra tu diestra , 
Según que dello has dado aquí la muestra. 

Conmigo puedes ir^ que te aseguro 
Que ningún daño ó mal te sobrevenga. 
Tucapel le responde : Yo te juro 
Que un paso ese temor no mo detenga : 
Mi maza es la que á mí roe da el seguro; 
Lo demás como quiera vaya y venga : 
Que el miedo es de los niños y mujeres. 
Sus, altOf vamos luego á do quisieres: 

Juntos los dos al tribunal llegando, 
Tucapcl de Lautara adelantado 
Subió por la escalera, no mostrando 
Punto de alteración por lo pasado : 
El sagaz general disimulando 
Con graciosa apariencia le ha tratado ; 

Y de la rota plática el estilo 
Lautaro así diciendo añudó el hilo : 

Invicto capitán, yo he estado atento 
A lo que estos varones han propuesto, 

Y no sé figurarte el gran contento 
Que me da ver su esfuerzo manifiesto : 
Sí de servirte tengo sano intento. 

Mis obras por las tuyas dirán esto ; 
Pues para ser del todo agradecidas 
Será poco perder por ti mil vidas. 

Estos fuertes guerreros ayudarte 
Quieren á restaurar la propia tierra, 
Porque en ello les va también su parte, 

Y por el vicio grande de la guerra : 
No puedo yo dejar de aconsejarte, 
(Aunque todo el consejo en ti se encierra) 
Aquello que mejor me pareciere 

Y más bien al bien público viniere. 

Es mi voto que debes atenerte 
Al consejo, con término discreto. 
Del sabio Colocólo , que por suerte 
Le cupo ser en todo tan perfeto : 
Así que, gran señor, sin detenerte. 
Cumple que oslo se ponga por efeto 
Antes que los cristianos so aperciban, 
Porque más flacamente nos reciban. 



50 



LA ARAUCANA. 



Y pues que Mapochó solo es temido, 
Después que lo demás esté allanado, 
Por el potente Eponamón to pido 

Que el cargo de asolarle me sea dado : 
La tierra palmo á palmo la he medido, 
Con españoles siempi'e he militado : 
Entiendo bus astucias é invenciones, 
El modo, el arte, el tiempo y ocasiones. 

Quinientos araucanos solamente 
Quiero para la empresa que yo digo , 
Escogidos en toda nuestra gente : 
Un soldado de más no ha de ir conmigo. 
Aquí lo digo , estando tú presente 

Y estos sabios caciques , que me obligo 
De darte la ciudad puesta en las manos 
Con cien cabezas nobles de cristianos. 

Aquí se cerró el bárbaro orgulloso, 

Y gran rato sobre ello platicaron : 
Parecíéndoies modo provechoso. 
Todos en este acuerdo concordaron : 



Después do estaba el pueblo deseoso 
De saber novedades, se bajaron, 
Donde lo diOnido y decretado 
Con general pregón fué declarado. 

Estuvieron allí catorce días 

En grande regocijo y mucha fiesta , 

Ocupados en juegos y alegrías , 

Y en quien más veces bebe sobre apuesta 

Después contra los pueblos del Mesías 

La alborozada gente en orden puesta , 

Marcha Caupolican con la vanguardia. 

Quedando Lemolemo en retaguardia. 

Cerca llegó el ejército furioso 

De la Imperial, fundada en sitio fuerte, 

Donde el fiero enemigo victorioso 

La pensaba entregar presto á la muerte : 

Mas el Eterno Padre poderoso 

Lo dispone y ordena de otra suerte, 

Dilata ndp el azote merecido , 

Como veréis, prestando atento oído. 



CANTO IX. 



Llei^an los araucanos á tres leguas da la Imperial con f^rueso ejército : no ha efecto sn inteoeíón por 
permisión divina. Dan la vuelta á sus tierras, á donde los vino nueva que los españoles estaban en 
el asiento de Penco reedificando la ciudad de la Concepción ; vienen sobre los españoles, y hubo 
entre ellos una recia batalla. 



Si los hombres no ven milagros tantos 
Como se vieron en la edad pasada, 
Es causa haber agora pocos santos, 

Y estar la ley cristiana autorizada : 

Y así de cualquier cosa hacen espantos 
Que sobre el natural uso es obrada; 

Y no sólo al autor no dan creencia , 
Mas ponen en su crédito dolencia. 

Que si al enfermo quere Dios sanarle. 
Por su costumbre y tiempo convalece : 
Si al bajo miserable levantarle , 
Por modos ordinarios le engrandece : 
Si al soberbio hinchado derribarle , 
Por naturales términos se ofrece : 
De suerte que las cosas de esta vida 
Van por su natural cui*so y medida. 

Por do vemos que Dios quiere y procura 
Hacer su voluntad naturalmente. 
Sirviendo de instrumento la natura, 
Sobre la cual Él solo es el potente ; 

Y así los que creyeren por fe pura 
Merecen más que si palpablemente 
Viesen lo que después de ya visible 
Sacarlos de que fué sería imposible. 



En contar una cosa estoy dudoso , 
Que soy de poner dudas enemigo , 

Y es un extraño caso milagroso 
Que fué todo un ejército testigo : 
Aunque yo soy en esto escrupuloso, 
Por lo que dello arriba , señor, digo , 
No dejaré en efeto de contarlo , 

Pues los indios no dejan de afirmarlo. 

Y manifiesto vemos hoy en día 

Que, porque la ley sacra se extendiese, 
Nuestro Dios los milagros permitía 

Y que el natural orden se excediese : 
Presumirse podrá por esta vía 

Que , para que á la fe se redujese 
La bárbara costumbre y ciega gente. 
Usase de milagros claramente. 

Ya dije que el ejército araucano 
De la Imperial tres leguas se alojaba 
En un dispuesto asiento y campo llano 

Y que Caupolican determinaba 
Entrar el pueblo con armada mano : 
También como el castigo dilataba 

Dios á su pueblo ingrato y sin enmienda. 
Usando de clemencia y larga rienda. 



CANTO 

Eslaba la Imperial desbastecida 
De armas, de munición y vitualla ; 
Bien que la gente della era escogida, 
Pero muy poca para dar batalla: 
Fuera por los cimientos destruida. 
Cualquier fuerza bastara á arrumalla ; 

Y persona de dentro no escapara 
Si*á vista el pueblo bárbaro llegara. 

Cuando el campo de allí quería mudarse, 
Que ya la trompa á caminar tocaba, 
Súbito comenzó el aire á turbarse, 

Y de prodigios tristes se espesaba : 
Nubes con nube» vienen á cerrarse. 
Turbulento rumor se levantaba, 
Que con airados ímpetus violentos 
Mostraban su furor los cuatro vientos. 

Agua recia, granizo, piedra espesa 
Las intricadas nubes despedían: 
Hayos, truenos, relámpagos á priesa 
Rompen los cielos y la tierra abrían ; 
Hacen los vientos áspera represa, 
Que en su entera violencia competían : 
Cuanto topa arrebata el torbellino, 
Alzándolo en furioso remolino. 

Un miedo igual á todos atormenta : 

Xo hay corazón, no hay ánimo así entero, 

Que en tanta confusión, furia y tormenta 

No temblase, aunque más fuese do acero. 

En esto Eponamón se les presenta 

En forma de un dragón horrible y fíero. 

Con enroscada cola, envuelto en fuego, 

Y en ronca y torpe voz les habló luego, 

Diciéndoles : que á priesn caminasen 
^obre el pueblo español amedrentado ; 
Que por cualquiera banda que llegasen 
Con gran facilidad sena tomado ; 

Y que al cuchillo y fuego le entregasen 
Sin dejar hombre á vida y muro alzado. 
Esto dicho, que todos lo entendieron, 
En humo se deshizo, y no lo vieron. 

Al punto los confusos elementos 
Fueron sus movimientos aplacando, 

Y los desenfrenados cuatro vientos 
Se van á sus cavernas retirando : 
Las nubes se retraen á sus asientos, 
El cielo y claro sol desocupando : 
Sólo el miedo en el pecho más osado 
No dejó su lugar desocupado. 

La tempestad cesada, el raso cielo 
Vistió el húmido campo de alegría ; 
Cuando con claro y presuroso vuelo 
En ana nube una mujer venía 



NOVENO. 51 

Cubierta de un hermoso y limpio velo, 
Con tanto resplandor, que al mediodía 
La claridad del sol delante della 
Kñ' la que cerca del tiene una estrella. 

Desterrando el temor la faz sagrada 

Á todos confortó con su venida : 

Venía do un viejo cano acompañada, 

Al parecer de grave y santa vida : 

Con una blanda voz y delicada 

Les dice : ¿ A dónde andáis, gente perdida ? 

Volved, volved el paso á vuestra tierra, 

No vais á !a Imperial á mover guerra. 

Que Dios quiere ayudar á sus cristianos 

Y darles sobre vos mando y potencia : 
Pues ingratos, rebeldes é inhumanos 
Así lo habéis negado la obediencia : 
Mirad, no vais allá, porque en sus manos 
Pondrá Dios el cuchillo y la sentencia. 
Diciendo esto, y dejando el bajo suelo. 
Por el aire espacioso subió al ciclo. 

Los araucanos la visión gloriosa 
De aquel velo blanquísimo cubierta 
Siguen con vista ílja y codiciosa, 
Casi sin alentar la boca abierta : 
Ya que despareció fué extraña cosa. 
Que, como quien atónito despierta. 
Los unos á los otros se miraban 

Y ninguna palabra se hablaban. 

Todos de un corazón y pensamiento. 
Sin esperar mandato ni otro ruego. 
Como si sólo aquel fuera su intento ; 
El camino de A rauco toman luego : 
Van sin orden, ligeros como el viento ; 
Paréceles que de un sensible fuego 
Por detrás las espaldas se encendían, 

Y así con mayor ímpetu corrían. 

Heme, señor, de muchos informado. 

Para no lo escribir confusamente : 

Á veinte y tres de abril, que hoy es mediado, 

Hará cuatro años cierta y justamente 

Que el caso mila$?ruso aquí contado 

Acontecii), presente tanta gente, 

Kl año de quinientos y cincuenta 

Y cuatro sobre mil por cierta cuenta. 

Va la verdad en suma declarada, 
Según que de los bárbaros se sabe, 

Y no de fingimientos adornada. 

Que es cosa que en materia tal no cabe. 
Tienen ellos por cosa averiguada 
(Que no es en prueba deslo poco gravea 
Que por esta visión hubo en dos años 
Hambres, dolencias, muertes y otros daños. 



I 



5a 



LA ARAUCANA. 



Que la mar, reprimiendo sus vapores, 
Faltó la agua y vertientes de la sierra, 
Talando el sol en tierna edad las flores, 
Ayudado del fuego de la guerra. 
Como creció la seca y las calores. 
Por Taita de humidad la árida tierra 
Hompió banco y alzóse con los frutos 
Dejando de acudir con sus tributos. 

Causó que una maldad se introdujese 
En el distrito y término araucano, 

Y fué que carne humana se comiese, 

(i Inorme introdución, caso inhumano!) 

Y en parricidio atroz se convirtiese 

El hermano en sustancia del hermano : 
Tal madre hubo, que al hijo muy querido 
Al vientre le volvió do había salido. 

Digo, pues, que los biirbaros llegando 
Al vallo de Purén, paterno suelo, 
Las armas por entonces arrimando, 
Dieron lugar al tempestuoso cielo. 
Es este tiempo, en oslas partes, cuando 
El encogido invierno con su hielo 
Del todo apoderándose en la tierra 
Pone punto al discurso de la guerra. 

Espárcese y derrámase la gente, 

Dejan el campo y buscan los poblados, 

Cesa el fiero ejercicio comúnmente, 

La tierra cubren húmidos nublados. 

Mas cuando enciende á Escorpio el sol ardiente 

Y la frígida nieve los collados 
Sacuden do sus cimas levantadas. 
Ya de la nueva hierba coronadas. 

En este tiempo el bullicioso Marte 
Saca su carro con horrible estruendo, 

Y ardiendo en ira bellicosa parte, 
Por el dispuesto Arauco discurriendo, 
Hace temblar la tierra ú cada parte, 
Los ferrados caballos impeliendo ; 

Y en la diestra el sangriento hierro agudo 
Bate con la siniestra el fuerte escudo. 

Luego á furor movidos los guerreros 
Tomail las armas, dejan el reposo ; 
Acuden los remolos forasteros 
Al cebo de la guerra codicioso : 
De K'S hierros renuevan los aceros; 
Templan la cuerda al arco vigoroso ; 
El peso de las mazas acrecientan, 

Y el duro fresno de las astas tientan. 

La gente andaba ya desta manera, 
í'on el son de las armas y bullicio. 
Que codiciosa comenzar espera 
El deseado bélico ejercicio : 



Juntáronse á la usada borrachera 
(Orden antigua y detestable vicio) 
La más ilustre gente y señalada 
A dar diflnición en la jornada. 

Tratando en general concilio estaban 
Del bien y aumentación de aquel estado, 
Cuando cuatro soldados arribaban 
Con triste muestra y paso apresurado. 
Haciéndoles saber cómo ya andaban 
En el sitio de Penco arruinado 
Cantidad de españoles trabajando. 
Un grueso y fuerte muro levantando; 

Diciéndoles : venimos, oh guerre('t>s. 
De parte de los pueblos comarcanos 
Con facultad bastante á prometeros. 
Si desterráis de nuevo á los cristianos, 
Que pagarán con suma de dineros 
El trabajo y labor de vuestras manos ; 

Y no habiendo el efecto deseado. 

La tercia parte hayáis de lo a.sentado. 

Viendo el poco reparo y resistencia 
Que sin vuestro favor todos tenemos. 
Les dimos llanamente lo obediencia 
Que en el tiempo mfeltce dar solemos. 
No fué por opresión, no fué violencia ; 
Pues, aunque desdichados, entendemos 
Cuan breve es el sospiro do la muerte, 
Que pone fin y limite á la suerte : 

Mas, porque estando Arauco tan vecino, 

Y fija en su favor la instable rueda, 
La paz nos pareció mc;jor camino 
Para que remediar lodo se pueda ; 

Ya que lo estrague el áspero destino. 
Tiempo para morir después nos queda ; 
Pues no estarán los brazos tan cansados 
Que no puedan abrir nuestros costados, 

Y pues os es patente y manifiesta 

La embajada y gran priesa que traemos, 
En ella hora tratad, que la respuesta 
Con la resolución esperaremos : 
Brevedad os pedimos, que con esta 
Podrá ser que sin riesgo derribemos 
La soberbia española y confianza, 
Antes que les dé esfuerzo la tardanza. 

No se puede decir el gran contento 
Que les dio á los caciques la embajada : 
De todos desde allí en el pensamiento, 
Antes que se acabase fué acetada : 
Pero tuvieron freno y sufrimiento. 
Que la primera voz estaba dada 
Al hijo de Leocan, que consultado, 
Así responde en nombre del senado : 



CANTO NOVENO. 
Estamos con razón maravillados 
De lo que en este caso hemos oído, 
¿ Y es verdad que hay cristianos tan osados 
Que quieren con nosotros más ruido ? 
Sus, sus, que estos varones esrorzados 
Acetan la promesa y el partido : 
No dando entero fin á la jornada, 
Del trabajo no quieren llevar nada. 



S3 



Bien os podéis volver luego con esto, 
Que sin duda en efelo lo pondremos, 

Y sobre los cristianos, lo más presto 
Que se pueda dar orden, llegaremos ; 
Donde se mostrará bien maníQesto 

Lo poco en que nosotros los tenemos : 
Pero habéis de advertir con sabio modo 
Que aviso se nos dé siempre de lodo. 

Muy alegres los cuatro se partieron 
Por llevar tal respuesta ; y caminando 
En breve á sus señores se volvieron, 
Que estaban por momentos aguardando ; 

Y visto el buen despacho que trujeron, 
Kl contento y traición disimulando, 
Sufrían con discreción las vejaciones 
Encubriendo las falsas intenciones. 

Domésticos te muestran en el trato, 
Nadie toma la causa y la deflcnde. 
Conociendo que el medio más barato 
Del araucano ejército depende ; 

Y con doble y solícito contrato 

Ia esperada venganza se pretende 
Debajo de humildad y gran secreto 
Para que su intención viniese á efeto. 

De nuestra gente y pueblo destrozado 
Oran descuido en hablar he yo tenido ; 
Mas como es en el mundo acostumbrado 
Díísamparar la parte del vencido, 
Así yo tras el bando afortunado 
He llevado camino tan seguido ; 
^ 8i aquí la ocasión no me avii^ara 
Jamás pienso que della me acordara. 

Conté de la ciudad la despoblada 

Y (le sus ciudadanos el camino ; 
Plíselos en el fin de la jornada. 
De forzoso dejarlos me convino ; 

Pues volviendo á la historia comenzada 

Y al duro proceder do su destino, 
Esluvíeron el tiempo en Santiago 
Que yo dellos mención aquí no hago. 

Retirados allí, se reformaron 
De todo el aparato conveniente, 
Donde por los más votos acordaron 
Reedificar á Penco nuevamente. 



Con gran trabajo y gasto levantaron 
Pequeña copia y número do genio : 
Afirmar la ocasión desto no puedo. 
Si fué la poca paga ó mucho miedo. 



Al yermo Penco herboso habían llegado, 

Y un sitio, que en mitad del pueblo había, 
Le tenían de tapión fortificado. 
Que en recogido cuadro le ceñía, 

De dos fuertes bastiones abrigado, 
Que cada uno dos frentes descubría, 

Y á cada frente asiste una bombarda 
Que con maciza bala el paso guarda. 

La gente comarcana, con fingida 
Muestra, la paz malvada aseguraba. 
Esperando la ayuda prometida 
Que á cencerros tapados caminaba ; 
Pero no fué secreta esfa partida, 
Pues entre los cristianos se trataba 
Que el valiente Lvularo había pasado 
Las lomas con ejército formado. 

Suénase que Purén allí venía, 
Tomé, Pillolco, Angol y Cayeguano, 
Tucapel, que en orgullo y bizarría 
No le igualaba bárbaro araucano, 
Ongolmo, Lemolemo y Lebopía, 
Caniomangue, Klicura, Marcguano, 
Cayocupil, Lincoya, Lepomande, 
Chilcano, Leucoton y Mareande. 

Todos estos varones señalados 
Fueron para esta guerra aporcebidos 
Con otros dos mil plá ticos soldados 
En el copioso ejército escogidos. 
Venían de fuertes petos arreados, 
I Gruesas picas de hierros muy fornidos, 
Ferradas mazas, acbas aceradas, 
Armas arrojadizas y enastadas. 

Desta manera el escuadrón camina 
En la callada noche y sombra escura, 
Debajo del gobierno y disciplina 
Del cuidoso Lautaro, que procura 
Llegar cuando la estrella matutina 
Alegra el mustio campo y la verdura ; 
Antes que por aviso y doble trato 
De su venida hubiese algún recato. 

Pero los españoles, de un amigo 
Bárbaro que con ellos contrataba, 
Saben cómo el ejercito enemigo 
Con riguroso intento se acercaba : 
Pues avisados desto, como digo, 
Y de cuanto en secreto se trataba, 
Al trance se aparejan y batalla, 
Requiriendo los fosos y muralla. 



54 



LA ARAUCANA. 



Era caudillo y capitán de España, 
El noble montañés Juan de Alvarado, 
Hombre sagaz, solícito y de maña, 
De gran esfuerzo y discreción dotado ; 
El cual con orden y presteza extraña, 
Del presente peligro recatado, 
Sazón no pierde, tiempo y coyuntura. 
Antes las prevenciones apresura. 

Que al punto, apcrcebidos los soldados, 
En su lugar cada uno dellos puesto, 
Manda á nuevo guerreros más cursados 
Que salgan á correr la tierra presto ; 

Y en la cerrada noche confiadc^s 
Llegan al campo bárbaro, y en esto 
Del callado escuadrón fueron sentidos, 
Levantando terribles alaridos. 

La grita, el sobresalto, los rumores, 
El súbito alboroto de la guerra. 
Las sonorosas trompas y alambores 
Hacen gemir y estremecer la tierra : 
En esto los astutos corredores, 
Atravesando una pequeña sierra, 
Toman la vuelta por más corla vía. 
Dando aviso á la amiga compañía. 

Juan de Alvarado con ingenio y arlo 
De la fuerza lo flaco fortifica, 

Y en lo más necesario, allí reparte 
Gente del arcabuz y de la pica : 
Proveído recaudo en toda parte, 

Á recibir al araucano pica 

Con la ligera escuadra de caballo. 

Por no mostrar temor en esperallo. 

La nueva claridad del día siguiente 
Sobre el claro horizonte se mostraba, 

Y el sol por el dorado y fresco oriente 
De rojo ya las nubes coloraba. 

A tal hora Alvarado con su gente 
Del prevenido fuerte se alejaba 
En busca de la escuadra laularina. 
Que á más andar también se le avecina. 

Los nuestros media legua aun no se habían 
De aquel su muro lejos alongado, 
Cuando al calar de un monte descubrían 
El araucano ej('*rcilo ordenado. 
Allí las limpias armas relucían 
Más que el claro cristal del sol tocado, 
Cubiertas de altas plumas las celadas 
Verdes, azules, blancas, encarnadas. 

¿ Quién pintaros podrá el contenió cuando 
Sienten los araucanos el ruido, 
Que, las diestras en alto levantando, 
Pusieron en el cielo un alarido ? 



Mil inslruroentos bárbaros tocando, 
Con grande orgullo y paso más tendido 
So vienen acercando á los de España, 
Sonando en torno toda la campaña. 

Quieren los españoles responderlos 
Con el horrible son de armada mano. 
Calan el monte á fin de acometerlos, 
Teniendo por mejor el sitio llano : 
Bajas las lanzas vienen á romperlos ; 
Pero la osada muestra salió en vano, 
Que los bárbaros ya disciplinados 
Del todo se cerraron apiñados. 

Tan espesas las picas derribaron 
Con pie y con rostro firme hacia delante. 
Que no sólo el encuentro repararon, 
Pero á desbaratarlos fué bastante : 
Los. nuestros sin romper se retiraron, 

Y ellos gloriosos con furor pujante 
Por dar remate al venturoso lance 
Siguen con pies ligeros el alcance. 

Apretándolos iban reciamente. 
Los nuestros resistiendo y peleando. 
Hasta el estrecho paso de una puente. 
Que allí Lautaro, al cuerno aliento dando. 
El araucano ejército obediente 
Se va al son conocido reparando ; 
Del fuerte tanto trecho esto sería 
Cuanto tira un cañón de puntería. 

Detúvose Lautaro con intento 
De esperar al caliente mediodía, 
Porque de la mañana el fresco viento 
Los caballos y gente alentaría : 
Reforma su escuadrón, haciendo asiento 
A vista de los nuestros, que á porfía 
Se habían al sitio fuerte recogido. 
Teniendo por mejor aquel partido. 

Cuando el sol en el medio cielo estaba 
No declinando á parte un solo punto, 

Y la aguda chicharra se entonaba 
Con un desapacible contrapunto, 
Kl astuto Lautaro lavantaba 

Su campo en escuadrón cerrado y junto • 
Con grande estruendo y paso concertado 
Hacia el sitio español fortificado. 

Con audacia, desdén y confianza 
Lautaro contra el fuerte caminaba : 
Sigúele atrás la gente en ordenanza, 

Y él con gracioso término arrastraba 
Una larga, ñudosa y gruesa lanza, 
Que airoso poco á poco la terciaba, 

Y tanto por el cuento la blandía, 
Que juntar los extremos parecía. 



CANTO 

Los pocos españoles salen fuera, 
Que encerrados no quieren espe rallos; 
De arcabuces delante una hilera , 
Otra de picas luego, y los caballos 
Á los lados : y así desta manera 
Con fiera muestra vienen á buscallos. 
Llegados á do ya podían herirse 
Los unos á los otros dejan irso ; 

Y de rencor intrínseco aguijados 
Los movidos ejércitos venían : 
Suenan los arcabuces asestados : 
Del hi|mo, fuego y polvo se cubrían. 
Los corvos arcos con vigor flechados 
Gran número áh tiros despedían : 
Vuelan nubadas de armas enastadas, 
Por los valientes brazos arrojadas. 

Cuales contrarias aguas á toparse 
Van con rauda corriente sonorosa , 
Que, resistiendo al tiempo del mezclarse. 
Aquella más violenta y poderosa 
A la menos pujante sin pararse 
Volverla contra el curso es cierta cosa : 
Así á nuestro escuadrón forzosamente 
Le arrebató la bárbara corriente. 

No pudiendo sufrir la fuerza brava 
Del número de gente y movimiento, 
Al español el bárbaro llevaba 
Como á liviana paja el recio viento. 
Entran sin orden , que ya rota andaba , 
Todos mezclados en el fuerte asiento , 

Y dentro del cuadrado y ancho muro 
Comienzan pie con pie un combate duro. 

Algunos españoles castigados 
Recogerse en la fuerza no quisieron , 
Que eran de corazones congojados 

Y de verse en estrecho rehuyeron : 
Quieren el campo abierto, y por los lados 
Del turbado montdn se dividieron ; 

Pero los de más ser, con mano osada 
Procuran amparar la plaza entrada. 

Allí quieren morir o defenderse : 
La carrera más larga otros tomaron , 
Que acordaron con tiempo guarecerse ; 
Otros á la marina se llegaron, 
Metiéndose en un barco , sin poderse 
Sufrir, las corvas áncoras alzaron ; 
Satisfaciendo al miedo y bajo intento 
Las velas con presteza dan al viento. 

Quien en llegar es algo perezoso , 
Viendo levar el áncora á la nave , 
No duda en arrojarse al mar furioso , 
Teniendo aquel morir por menos grave. 



NOVENO. 55 

Quien antes no nadaba , de medroso 
Las olas rompe agora y nadar sabe : 
Mirad, pues, el temor ú qué ha llegado, 
Que viene á ser de miedo el hombre osado. 

Los que están en la fuerza retraídos , 
Como buenos guerreros se defienden; 
Muertos quieren quedar y no vencidos , 
Que ya sólo un honrado lln pretenden : 

Y con tal presupuesto embravecidos , 
Sin esperanza de vivir ofenden , 
Haciendo en los contrarios tal estrago 
Que la plaza de sangre era ya lago. 

Lautaro, gente y armas contrastando , 
En la fuerza el primero entrado había, 

Y muerto á dos soldados en entrando 
Que en suerte le cupieron aquel día. 
Lincoya iba hiriendo y derribando : 
Mas ¿quién podrá decir la bravería 
Do Tucapel , que el cielo acometiera 
Si hallara algún camino o escalera? 

No entrü el fuerte por puerta ni por puente. 
Antes con desenvuelto y diestro salto, 
Libre el foso saltó ligeramente , 

Y estaba en un momento en lo más alto : 
No le pudo seguir por allí gente , 

Él solo de aquel lado dio el asalto; 
Mas, como si de mil fuera guardado, 
Se arroja luego en medio del cercado. 

Apenas puso el pie firme en la plaza , 
Cuando el furioso bárbaro, esgrimiendo 
La ejercitada , dura y gruesa maza , 
Iba los enemigos esparciendo : 
No vale malla fina ni coraza; 

Y las celadas fuertes, no pudiendo 
S^ufrir los recios golpes que bajaban, 
Machucando los sesos so abollaban. 

Unos deja tullidos y contrechos, 

Otros para en su vida lastimados, 

A quien hunde el pescuezo por los pechos , 

Á quien rompe los lomos y costados 

Cual si fueran de blanda cera hechos : 

Magulla, muele y deja derrengados, 

Y en el mayor peligro osadamente 

Se arroja sin temor de armas y gente. 

Contra Ortiz revolvió con muestra airada 
Que habín muerto áTorquín, mozo animoso, 
La maza alta, y la vista en él clavada, 
Rompe por el tropel de armas furioso : 
No sé cuál fué la espada señalada 
Ni aquel brazo pujante y provechoso 
Que el mástil cerceno del araucano 

Y dos dedos con él de la una mano. 



56 LA 

Con el encendimicnlo que llevaba 
No sintió la herida de repente ; 
Mas cuando el brazo y golpe descargaba , 
Que los dedos y maza faltar siento , 
Mcrida tigre hircana no es tan brava, 
Ni acosado león tan impaciento 
Gomo el indio, que lleno do postoma, 
Del oielo, inílerno, tierra y mar blasfema. 

Sobre las puntas de los pies estriba, 

Y en ellas la persona más levanta : 
El brazo cuanto puede atrás derriba, 

Y el trozo impele con violencia tanta 
Que á Ortiz, que alta la espada sobre él iba, 
La celada y los cascos le quebranta, 

Y del grave dolor desvanecido 
Diü en el suelo de manos sin sentido. 

El bárbaro con esto no vengado, 
Viene sobre él con furia acelerada , 

Y con la diestra , aun no medrosa , airado, 
A Orliz arrebató la aguda espada ; 
Alzándole la cota por un lado , 
Le atravesó do la una á la otra hijada, 

Y la alma del corpóreo alojamiento 
Hizo el duro y forzoso apartamiento. 

• 

La espada á la siniestra el indio trueca, 
Sinliéndoso tullido de la diestra , 

Y del golpe primero otro derrueca , 
Que también en herir era maestra : 
Como suele segar la paja seca 
El presto segador con mano diestra. 
Así aquel Tucapel con fuerza brava 
Brazos, piernas y cuellos cercenaba. 

Dejándose guiar por do la ira 
Le llevaba furioso discurriendo, 
Unos hiere, maltrata, otros retira. 
La espesa selva de astas deshaciendo : 
Acaso al padre Lobo un golpe lira. 
Que contra cuatro estaba combatiendo, 
El cual sin ver el fln de aquella guerra 
Dio el alma á Dios y el cuerpo dio á la tierra. 

El grave Leucoton , no menos fuerte , 
Con el valor que el cielo le concede. 
Hiere, aturde, derriba y da la muerte, 
Que nadie en fuerza y ánimo le excede : 
No sé cómo á escribirlo todo acierte, 
Que mi cansada mano ya no puede 
Por tanta confusión llevar la pluma, 
Y así reduce mucho á breve suma. * 

También Angol , soberbio y esforzado, 
Su corvo y gran cuchillo en torno esgrime, 
Hiere al joven Diego Oro , y del pesado 
Golpe en la dura tierra el cuerpo imprime : 



ARAUCANA. 

Pero en osla sazón Juan de Alvarado , 
La furia do una punta le reprime, 
Que al tiempo que el furioso alfanje alzaba 
Por debajo del brazo le calaba. 

No halló defensa la enemiga espada ; 
Lanzándose por parte descubierta , 
Derecho al corazón hizo la entrada. 
Abriendo una sangrienta y ancha puerta : 
La cara antes del joven colorada 
So vio de amarillez mustia cubierta ; 
Descoyuntóle el brazo un mortal hielo , 
Batiendo el cuerpo helado el duro suelo. 

El corpulento mozo Mareguano , 
Que airado á todas parles discurría , 
Llegó al tiempo que Angol por diestra mano 
Al riguroso hierro se rendía : 
Era su íntimo amigo y primo hermano, 
De estrecho trato antiguo y compañía ; 
Pues fué siempre en la vida igual la suerte, 
Quiero, dijo, también que sea en la muerte : 

Y contra el matador con repentina 
Rabia, que el pecho y venas le abrasaba. 
Un macizo y fornido tronco empina, 

Y con fuerzi sobre él lo derribaba. 
Mas temiendo del golpe la ruina 
Alvarado, que el ojo alerta estaba. 
Saca presto el caballo apercebido , 

Y en el suelo el troncón quedó metido. 

Chilcan, Ongolmo, Cayeguan de un lado, 
Leporaande y Purén en compañía , 
Habían así á los nuestros apretado , 
Que ganaron gran crédito aquel día : 
Tomé, Gayocupil y el esforzado 
Pillolco, Caniomangue y Lebopía , 
Mareando , Elicura y Lemolemo 
De su valor mostraron el extremo. 

En esto un rumor súbito se siente 
Que los cóncavos cielos atronaba , 

Y era que la victoria abiertamente 
Por el bárbaro infiel se declaraba : 
Ya la española destrozada gcnle 
Al camino de Jiata enderezaba. 
Desamparando el suelo desdichado , 
De sangre y enemigos ocupado. 

Del todo á toda furia comenzando 
Iban los españoles la huida , 
Siempre más el temor apresurando 
Con agudas espuelas la corrida. 
Sigue el alcance y va los aquejando 
La bárbara canalla embravecida, 
Envuelta en una espesa polvoreda, 
Matando al que por flojo atrás se queda« 



CANTO NOVENO. 



57 



Alvarado con áiiimo y cordura 
1.0S anima y esfuerza, y no aprovecha ; 
Que la turbada gente en tal rotura 
Huye la muerte y plaza tan estrecha : 
Cuál encamina monte, y cuál procura, 
l>e Mapocbó la senda más derecha, 
Y cuál, y cuál constante todavía. 
Animoso con Átropos porfía. 

Eslos honrosa muerte deseando 
Despreciaban la vida deshonrada 
Aquel forzoso punió dilatando 
Con raro esfuerzo y valerosa espada : 
Presto quedó la plaza sin un bando, 
De almas vacía y de cuerpos ocupada, 
ijue animosos los pocos que quedaban 
Á las armas y muerte se entregaban. 

Cnos por los costados caen abiertos ; 
(Uros de parte á parte atravesados ; 
i Uros que de su sangre están cubiertos, 
Se rinden á la muerte desangrados : 
Al fin, todos quedaron allí muertos. 
Del riguroso hierro apedazados. 
Vamos tras los que aguijan los caballos. 
Que no haremos poco en alcanzallos. 

Quien por camino incierto, quien por senda 
Áspera, peligrosa y desusada, 
Bale al caballo y dale suelta rienda, 
Que el miedo es grande y grande la jornada : 
El bárbaro escuadrón con grita horrenda. 
Por sierra, monte, llano y por cañada 
Las espaldas les iba calentando. 
Hiriendo, dando muerte y derribando. 

Había de la comarca concurrido 
(^atc armada por uno y otro lado, 
Que á la mira imparcial había asistido 
Hasta ver el derecho declarado : 
£n esto alzando un súbito alarido. 
Con el orgullo á vencedores dado, 
Baja las armas, hasta allí neutrales, 
En daño de las señas imperiales. 

Sale en él codicioso seguimiento 
De la española gente, que corría 
CA)n furia y ligereza más que el viento, 
^in hacerse uno á otro compañía : 
La mucha turbación y desatiento 
Que á los nuestros el medio les ponía 
Los lleva sin caminos, esparcidos 
Pur sierras, valles, montes, por ejidos. 

Los que tienen caballos más ligeros 
; Oh cuan de corazón son envidiados I 
¡ Qué poco se conocen compañeros 
^ largo tiempo y amistad tratados ! 



No aprovechan promesas do dineros. 
Ni de bienes atlí representados : 
Tanto el miedo ocupado los había 
Que lugar la codicia aun no tenía ; 

Antes los intereses despreciando 
Se muestran allí poco codiciosos. 
Tras las ricas celadas arrojando 
Petos de flna plata embarazosos: 

Y así, de las promesas no curando, 
Jugaban los talones presurosos: 
Sólo las alas de Icaro quisieran. 
Aunque pasando el mar se derritieran. 

Juan y Hernando Alvarados la jornada 
Con el valiente ¡barra apresuraban. 
Animando la gente desmayada, 
Mas no por esto el paso moderaban : 
Abren por la carrera embarazada. 
Que ligeros caballos gobernaban, 

Y aunque con viva espuela los batían. 
Alagarse de un indio no podían. 

Delante largo trecho de la gente, 
A los tres les da caza y atormenta 
Un espaldudo bárbaro valiente, 
Rengo llamado, mozo de gran cuenta : 
Éste solo los sigue osadamente 

Y á voces con palabras los afrenta ; 

Y los aprieta y corre á campo raso. 
Sin poderle ganar un solo paso. 

¡ Jo ! ¡ jo ! (les va gritando) ¡ espera ! ¡ espera ! 
Que más en castellano no sabía ; 
Pero en su natural lengua primera 
Atrevidas injurias les decía. 
Tres leguas los corrió desta manera, 
Que jamás de las colas so partía 
Por mucho que aguijasen los rocines. 
Llamándolos infames y ruines. 

Llevaba una arma en alto levantada. 

Que no hay quien su fación y forma diga : 

Era una gruesa haya mal labrada 

De la grandeza y peso de una viga ; 

De metal la cabeza barreada ; 

Y esgrímela el garzón sin más fatiga 
Que el presto esgrimidor suelto y liviano 
Juega el fácil bastón con diestra mano. 

Si alguna vez con el troncón pesado 
Los caballos el bárbaro alcanzaba, 
Era de fuerza el golpe tan cargado 
Que casi derrengados los dejaba; 
Así cada caballo escarmentado 
Sin espuelas el curso apresuraba : 
Que jamás fué baqueta en la corrida 
Como el bastón del bárbaro temida. 



58 



LA ARAUCANA. 



Aunque gran trecho aquel folWn se aloja 

Del seguro montón y amigo bando, 

No por esto la dura empresa deja, 

Antes más los persigue y va afrentando : 

Con prestos pies y maza los aqueja, 

La nación española profanando 

En lenguaje araucano, que entendían 

Los tres, que á más correr del se desvían. 

Veinte veces revuelven loí» cristianos, 
■Dando sobre él con súbita presteza ; 
Á todos tres les da, llenas las manos, 
Con su diabólica arma y ligereza : 
Entre tanto llegaban los ufanos 
Indios en el alcance sin pereza ; 

Y volviendo los tres á su carrera 
El bárbaro y bastón sobre ellos era. 

No por áspero monte ni agria cuesta 
Afloja el curso y animoso brío ; 
Antes cual correr suele sobro apuesta 
Tras las fieras el Puelche en desafío, 
Los corre, aflige, aprieta y los molesta ; 

Y á diez millas de alcance, por do un río 
El camino atraviesa al mar corriendo. 
Se fué en la húmida orilla deteniendo. 

El bárbaro escuadrón parado había ; 
Sólo el contumaz Rengo porfiando, 
Desistir de la empresa no quería. 
Aunque no ve persona de su bando : 
Los tres lasos cristianos á porfía 
Iban el ancho vado atravesando. 
Guando Rengo cargó de una pesada 
Piedra la presta honda del usada. 

El tronco en el suelo húmido fijado 
Rodea el brazo dos veces, despidiendo 
El tosco y gran guijarro así arrojado, 
Que el monte retumbó del sordo estruendo 
Las ninfas por lo más sesgo del vado, 
Uas cristalinas aguas revolviendo, 
Sus doradas cabezas levantaron 

Y á ver el caso atentas se pararon. 

El importuno bárbaro no cesa 
Ni afloja de la empresa que pretende ; 
Antes con silbos, grita y piedra espesa, 
La agua á más de la cinta los ofende ; 

Y dándoles en esto mucha priesa. 
El beber los caballos les defiende, 
Deciendo : sus, salid, salid afuera. 
Que yo os manterné campo en la ribera. 



Viendo Alvarado á Rengo así orgulloso, 
De la soberbia tema ya impaciente, 
Dice á los dos : ¡ oh caso vergonzoso, 
Que á tres nos siga un indio solamente 



Y triunfe de nosotros vitorioso ! 

No es bien que de españoles tal se cuente: 
Volvamos, y de aquí jamás pasemos 
Si primero morir no le hacemos. 

Así dijo, y las riendas revolviendo. 
Segunda vez el vado atravesaban ; 
Do morir ó matarle proponiendo. 
Los caballos cansados aguijaban : 
En esto el araucano, conociendo 
La cólera y furor con que lomaban 
Olvidando la maza y presupuesto, 
Las voladoras plantas mueve presto 

Una larga carrera por la arena 

Los tres á toda furia le siguieron, 

Aunque en balde tomaron esta pena, 

Que el indio más corrió que ellos corrieron; 

Faltos no de intención pero de lena, 

De cansados las riendas recogieron ; 

Y en un áspero sitio y peligroso 
Les hizo rostro el bárbaro animoso. 

Por espaldas tomó una gran quebrada, 
Revolviendo á los tres con osadía, 

Y á falla de la maza acostumbrada, 
A menudo la honda sacudía : 

De allí con mofa, silbos y pedrada, 
Sin poderle ofender los ofendía, 
Por ser aquel lugar despeñadero, 

Y más que ellos el bárbaro ligero. 

Visto Alvarado serle así excusado 
El fin de lo que tanto deseaba. 
Dejando libre al bárbaro esforzado. 
Que bien de mala gana se quedaba. 
Pasa otra vez el ya seguro vado, 

Y al usado camino se tornaba, 

Triste en ver que Fortuna por tal modo 
Se le mostraba adversa y dura en todo. 



Había dejado el campo lautarino 
De seguir el alcance grande rato ; 
Iban los españoles sin camino, 
Como ovejas que van fuera de hato. 
De no seguirlos más me determino. 
Que por lo que adelante dellos trato. 
Dejarlos por agora me es forzado 
Donde otras veces ya los he dejado. 

Con la gente araucana quiero andarme. 
Dichosa á la sazón y afortunada ; 
Y, como se acostumbra, desviarme 
De la parle vencida y desdichada : 
Por donde tantos van quiero guiarme ; 
Siguiendo la carrera tan usada. 
Pues la costumbre y tiempo me convence, 
I Y lodo el mundo es ya / vivé quien vence ! 



CANTO DSCIMO. 



59 



1 Caán us9do es huir los abatidos 
Y seguir los soberbios levantados, 
T)e la instable Fortuna favoridos 
Para sólo después ser derribados ! 



Ál cabo estos favores, reducidos 
Á su valor, son bienes emprestados 
Que habernos de pagar con siete tanto. 
Como claro nos muestra el nuevo canto. 



CANTO X. 



Ifainos IcM arancanos de las vietorias habidas, ordeaaa anas ftoslas generales donde concurrieron 
diversas feotes así extranjeras como naturales, entre los cuales hubo grandes prnebaa j 
diferencias. 



Cuando la varia diosa favorece 

Y las dádivas pr^Ssperas reparte, 
; C<5mo al ánimo flaco fortalece, 
Que de triste mujer se vuelve un Marte, 

Y derriba, acobarda y enflaquece 
Fl esfuerzo viril en la otra parte, 
Haciendo cuesta arriba lo que es llano 

Y un gran cerro la palma de la mano ! 

¡ Quién vio los españoles colocados 
Sobre el más alto cuerno de la luna 
De sus famosos hechos rodeados, 
Sin punto y muestra de mudanza alguna 1 
¡ Quién los ve en breve tiempo derribados ! 
; Quién ve en miseria vuelta su fortuna, 
Seguidos no de Marte, dios sanguino. 
Mas del tímido sexo femenino ! 

Mirad aquí la suerte tan trocada, 
Pues aquellos que al cielo no temían, 
Las mujeres, á quien la rueca es dada, 
Con varonil esfuerzo los seguían ; 

Y con la diestra á la labor usada 
Las atrevidas lanzas esgrimían. 

Que por el hado próspero impelidas. 
Hacían crudos efetos y heridas. 

Estas mujeres digo que estuvieron 
En un monte escondidas esperando 
De la batalla el fln, y cuando vieron 
Que iba de rota el castellano bando. 
Hiriendo el cielo á gritos descendieron, 
El mujeril temor de sí lanzando ; 

Y de ajeno valor y esfuerzo armadas, 
Toman de los ya muertos las espadas : 

Y á vueltas del estruendo y muchedumbre, 
También en la Vitoria embebecidas, 

De medrosas y blandas de costumbre 
Se vuelven temerarias homicidas : 
No sienten ni les daban pesadumbre 
Los pechos al correr, ni las crecidas 
Barrigas de ocho meses ocupadas. 
Antes corren m^jor las más preñadas. 



Llamábase infelice la postrera, 

Y con ruegos al cielo se volvía, 
Porque á tal coyuntura en la carrera 
Mover más presto el paso no podía. 
Si las mujeres van desta manera, 

¿ La bárbara canalla cuál iría ? 

De aquí tuvo principio en esta tierra 

Venir también mujeres á la guerra. 

Vienen acompañando á sus maridos, 

Y en el dudoso trance están paradas ; 
Pero si los contrarios son vencidos 
Salón á perseguirlos esforzadas : 
Prueban la flaca fuerza en los rendidos 

Y si cortan en ellos sus espadas. 
Haciéndolos morir de mil maneras, 
Que la mujer cruel eslo de veras. 

Así á los nuestros otra vez siguieron 
Hasta donde el alcance había cesado, 

Y desde allí la vuelta al pueblo dieron, 
Ya de los enemigos saqueado ; 

Que cuando hacer más daño no pudieron. 
Subiendo en los caballos que en el prado 
Sueltos sin orden y gobierno andaban, 
Á sus dueños por juego remedaban. 

Quien hace que combate, y quien huía, 

Y quien tras el que huye va corriendo ; 
Quien flnge que está muerto, y se tendía. 
Quien correr procuraba no pudiendo : 

La alegre gente así se entre tem'a, 
El trabajo importuno despidiendo, 
Hasta que el sol rayaba los collados 
Que el general llegó y los más soldados. 

Los unos y los otros aguijaban 
Con gran priesa á abrazarse estrechamente; 
Pero algunos, por más que se esforzaban, 
La envidia les hacía arrugar la frente : 
Francos los vencedores se mostraban. 
Repartiendo la presa alegremente ; 
Que aun en el pecho vil contra natura 
Puede tanto la próspera ventura. 



60 LA ARA 

Una solemne fiesta en este asiento 
Quiso Cáupolican que se hiciese, 
Donde del araucano ayuntamiento 
La gente militar sola estuviese ; 

Y con alegre muestra y gran contento. 
Sin que la popular se entremetiese, 
En danzas, juegos, vicio y pasatiempo 
Allí se detuvieron algún tiempo. 

Los juegos y ejercicios acabados, 
Para el valle de Arauco caminaron, 
Do á las usadas fiestas los soldados 
De toda la provincia convocaron : 
Fueron bastantes plazos señalados, 
Joyas de gran valor se pregonaron, 
De los que en ellas fuesen vencedores. 
Premios dignos do grandes contendores. 

La fama de la fiesta iba corriendo 
Más que los diligentes mensajeros, 
En un término breve apercibiendo 
Naturales, vecinos y extranjeros : 
üran multitud de gente concurriendo. 
Creció el número tanto de guerreros, 
Que ocupaban las tiendas forasteras 
Los valles, montes, llanos y riberas. 

Ya el esperado catorceno día, 
Que tanta gente estaba deseando, 
Al campo su color restituía, 
Las importunas sombras desterrando : 
Cuando la bulliciosa compañía 
De los briosos jóvenes, mostrando 
El juvenil heryor y sangre nueva, 
En campo estaban prestos á la prueba. 

Fué con solemne pompa referido 
El orden de los precios, y el primero 
Era un lustroso alfanje, guarnecido 
Por mano artificiosa de platero : 
Este premio fué allí constituido 
Para aquel que con brazo más entero 
Tirase una fornida y gruesa lanza, 
Sobrando á los demás en la pujanza. 

Y de cendrada plata una celada, 
Cubierta de altas plumas de colores, 
De un cerco de oro puro rodeada, 
Esmaltadas en él varías labores. 
Fué la preciada joya señalada 
Para aquel que entre diestros luchadores 
En la difícil prueba se extremase 

Y por señor del campo en pie quedase. 

Un lebrel aniíyoso, remendado, 

Que el collar remataba una venera 

De agudas puntas de metal herrado, 

Era el precio de aquel que, en la carrera, 



rOANA. 

De todas armas> y presteza armado. 
Arribase más presto á la bandera 
Que una gran milla lejos tremolaba 

Y el trecho señalado limitaba : 

Y de niervos un arco, hecho por arte. 
Con su dorada aljaba que pendía 

De un ancho y bien labrado talabarte 
Con dos gruesas hebillas de ataujía. 
Este se señaló y se puso á parte 
Para aquel que con flecha á puntería. 
Ganando por destreza el preo.io rico, 
Llevase al papagayo el corvo pico. 

Un caballo morcillo, rabicano. 
Tascando el freno estaba de cabestro. 
Precio del que con suelta y presta mano 
Esgrimiese el bastón como más diestro : 
Por juez se señaló á Caupolicano, 
De todos ejercicios gran maestro. 
Ya la trompeta con sonada nueva 
Llamaba opositores á la prueba. 

No bien sonó la alegre trompa, cuando 
El joven Orompello, ya en el puesto, 
Airosamente el manto derribando. 
Mostró el hermoso cuerpo bien dispuesto 

Y en la valiente diestra blandeando 
Una maciza lanza. Luego en esto 
Se ponen asimismo Lepomande, 
Crino, Pillolco, Guambo y Mareando. 

Esto seis, en igual hila corriendo, 
Las lanzas por los fieles igualadas, 
Á un tiempo las derechas sacudiendo. 
Fueron con seis gemidos arrojadas: 
Salen las astas con rumor crujiendo. 
De aquella fuerza é ímpetu llevadas. 
Rompen el aire, suben hasta el cielo, 
Bajando con la misma furia al suelo. 

La de Pillolco fué la asta primera 
Que filta de vigor á tierra vino, 
Tras ella la de Guambo, y la tercera 
De Lepomande, y cuarta la de Crino, 
La quinta de Mareande, y la postrera. 
Haciendo por más fuerza más camino. 
La de Orompello fué, mozo pujante. 
Pasando cinco brazas adelante. 

Tras éstos otros seis lanzas tomaron. 

De los que por más fuertes se estimaban, 

Y aunque con fuerza extrema procuraron 
Sobrepujar el tiro, no llegaban : 

Otros tras éstos, y otros seis probaron, 
Mas todos con vergüenza atrás quedaban ; 

Y por no detenerme en este cuento, 
Digo que lo probaron más de ciento. 



CANTO 

Ninguno con seis brazas llegar pudo 
Al tiro de OiY)mpoUo señalado, 
Hasta que Leucoton, varón membrudo, 
Viendo que ya el probar había aflojado, 
Dijo en voz alta : De perder no dudo, 
Mas porque todos ya me habéis mirado, 
Quiero ver este brazo lo que puede 

Y <i do llegar mi estrella me concede. 

&lo dicho, la lanza requerida, 

En ponerse en el puesto poco tarda, 

Y dando una ligera arremetida, 

liizo muestra de sí fuerte y gallarda : 
La lanza por los aires impelida 
>alc cual gruesa bala de bom barba, 
i) cual furioso trueno que, corriendo, 
F*ur las espesas nubes va rompiendo. 

Cuatro brazas pasó con raudo vuelo 
IV la señal y raya delantera ; 
lU'Dipiendo el hierro per el duro suelo, 
Tiembla por largo espacio la asta fuera : 
Alza la turba un alarido al ciclo, 

Y de tropel con súbita carrera " 
Muchos á ver el tiro van corriendo, 
La fuerza y tirador engrandeciendo. 

Unos el largo trecho á pies medían 

Y examinan el peso de la lanza ; 
Otros por maravilla encarecían 
I)el esforzado brazo la pujanza ; 
Otros van por el precio ; otros hacían 
Al vencedor cantares de alabanza, 

I>e Leucoton el nombre levantando 
Le van en alta voz solemnizando. 

Salta Orompello, y por la turba hiende, 

Y aquel rumor, colérico, baraja, 
I^iciendo: aun no he peitlido,ni se entiende 
líe solo el primer tiro la ventaja : 
Caupolican la vara en esto tiende, 

Y á tiempo un encendido fue.^o ataja, 
Que Tucapcl al primo había acudido, 

Y otros con Leucoton se habían metido, 

Caupolican, que estaba por juez puesto, 
Mostrándose imparcial, discretamente 
l-a furia de Orompello aplaca presto 
Con sabrosas palabras blandamente : 

Y así, no se altercando más sobre esto* 
Conforme á la postura, justamente 

^ Leucoton, por más aventajado, 

Le fué ceñido el corvo alfai\je al lado. 

Acabada con esto la porfía, 
^ Leucoton quedando vitorioso, 
Orompello á una parte se desvía. 
Del caso algo corrido y vergonzoso ; 



DÉCIMO. 61 

Mas como sabio mozo lo encubría. 
De verse en ocasiones deseoso 
Por do con Leucoton, y causa nueva. 
Venir pudiese á más estrecha prueba. 

Era Orompello mozo asaz valido. 
Que desdo su niñez fué muy brioso, 
Manso, tratable, fácil, corregido, 
Y, en ocasión metido, valeroso; 
De muchos en asiento preferido 
Por su esfuerzo y linaje generoso, 
Hijo del venerable Mauropande, 
Primo de Tucapel y amigo grande. 

Puesto nuevo silencio y despejado 
El campo de la prueba se hacía. 
El diestro Cayeguan, mozo esforzado, 
A mantener la lucha se metía : 
No pas(5 mucho, cuando de otro lado 
Con gran disposición Torqnín. salía 
De haber en él pujanza y ligereza. 
Ambos en el luchar de gran destreza. 

Dada señal, con pasos ordenados 

Los dos gallardos bárbaros se mueven ; 

\'a los viérades junios, ya apartados. 

Ora tienden el cuerpo, ora le embeben : 

Por un lado y por otro recatados 

Se inquieren, cercan, buscan y remueven, 

Tientan, vuelven , revuelven y se apuntan, 

Y al cabo con gran ímpetu se juntan. 

Hechas la presas y ellos recogidos. 
En su fuerza procuran conocerse ; 
Pero de ardor colérico encendidos 
Comienzan por el campo á revolverse : 
Cíñense pies con pies, y entretejidos 
Cargan á un lado y oiro, sin poderse 
Llevar cuanto una mínima ventaja, 
Por más que el uno y otro se trabaja. 

Andando así, en un tiempo, cauteloso 
Metió la pierna diestra Cayeguano ; 
Quiso Torquín ceñirla codicioso 
Cargando con gran fuerza á aquella mano : 
Sácala á tiempo Cayeguan mañoso, 

Y el cuerpo de Torquín quedando en vano, 
Del mismo peso y fuerza que traía 

Á los pies enemigos so tendía. 

Tras este el fuerte Rengo se presenta. 
El cual, lanzando fuera los vestidos. 
Descubre la persona corpulenta, 
Brazos robustos, músculos fornidos : 
Mírale la confusa turba atenta, 
Que de cuatro entre todos escogidos 
Este valiente bárbaro era el uno, 
Jamás sobrepujado de ninguno. 



6S 



LA ARAUCANA. 



Con gran fuerza los hombros sacudiendo 
Se aparega á la lucha y desafío, 

Y al vencedor contrario apercibiendo 
Le va á buscar con animoso brío : 
De la otra parte Cayeguan saliendo 

En medio de aquel campo á au albedn'o ; 
Vienen los dos gallardos á juntarse. 
Procurando en la presa aventajarse. 

Un rato los juzgaron igualmente, 

Y anduvo en duda la Vitoria incierta ; 
Mas luego Rengo dio señal patente 
Con que fué su pujanza descubierta : 
Que entre los duros brazos reciamente 
Al triste Cayeguan, la boca abierta, 
Sin dejarle alentar, le retraía, 

Y acá y allá con él se revolvía. 

Alzóle de la tierra, y apretado, 
En el aire gran pieza le suspende ; 
Cayeguan sin color, desalentado. 
Abre los brazos y las piernas tiende : 
Viéndolo así rendido, el esforzado 
Rengo que á la vi loria sólo atiende, 
Dejándole bajar, con poca pena 
Le estampa de gran golpe en el arena. 

Sacáronle del campo sin sentido 

Y á su tienda en los hombros le llevaron : 
Todos la fuerza grande y el partido 

De Rengo en alta voz solemnizaron : 
Pero cesando en esto aquel ruido, 
Á sus asientos luego se tornaron, 
Porque vieron que Talco aparejado 
El puesto de la lucha había tomado. 

Fué este Talco de pruebas gran maestro, 
De recios miembros y feroz semblante, 
Diestro en la lucha y en las armas diestro, 
Ligero y esforzado, aunque arrogante; 

Y con todas las partes que aquí muestro, 
Era Rengo más suelto y más pujante. 
Usado en los robustos ejercicios, 

Que dello su persona daba indicios. 

Talco se mueve y sale con presteza ; 
Rengo espaciosamente se movía ; 
Fíase mucho el uno en la destreza. 
El otro en su vigor solo se fía ; 
En esto con extraña ligereza. 
Cuando menos cuidado en Talco había, 
Un gran salto dio Rengo no pensado, 
Cogiendo al enemigo descuidado. 

De la suerte que el tigre cauteloso. 
Viendo venir lozano al suelto pardo, 
El cuello bajo, lerdo y perezoso, 
Con ronco son se mueve á paso tardo, 



Y en un instante súbito y furioso 
Salta sobre él con ímpetu gallardo, 

Y echándole la garra, así la aprieta. 
Que le oprime, le rinde y le sujeta : 

De esta manera Rengo á Talco afierra, 
Y, antes que á la defensa se prevenga, 
Tan recio le apretó contra la tierra. 
Que el lomo quebrantado lo derrienga : 
Viéndolo pues así, lo desafierra» 

Y á su puesto, esperando que otro venga, 
Vuelve, dejando el campo con tal hecho 
De su extremada fuerza satisfecho. 

Mas no hubo en hombre allí tal osadía 
Que á contrastar al bárbaro se atreva ; 

Y así, porque la noche ya venía. 
Se difirió la comenzada prueba 
Hasta que el carro del siguiente día 
Alegrase los campos con luz nueva : 
Sonando luego varios instrumentos, 
De las mesas hinchieron los asientos. 

Pues otro día, saliendo de su tienda 
El hijo de Leocan, acompañado 
De gran gente, al lugar de la contienda 
Con altos instrumentos fué llevado : 
Rengo, porque su fama más se extienda, 
Dando una vuelta en torno del cercado 
Entró dentro con una bella muestra, 

Y á mantener se puso la palestra. 

Bien por dos horas Rengo tuvo el puesto 
Sin que nadie la plaza le pisase. 
Que no se vio soldado tan dispuesto 
Que, viéndole, el lugar vacío ocupase ; 
Pero ya Leucoton mirando en esto, 
Que, porque su valor más se notase. 
Hasta ver el más fuerte había esperado, 
Con grave paso entró en el estacado. 

Luego un rumor confuso y grande estruendo 
Entre el parlero vulgo se levanta 
De ver estos dos juntos, conociendo 
En ambos igualmente fuerza tanta. 
Leucoton, la persona recogiendo, 
Á recebir á Rengo se adelanta, 
Qué con gallardo paso se venía 
Do esfuerzo acompañado y lozanía. 

Vienen al paragón dos animosos 

Que en esfuerzo y pujanza par no tienen : 

Unas veces aguijan presurosos, 

Otras fk*enan el paso y lo detienen : 

Andan en torno y miran cautelosos, 

Y á todos \(ts engaños se previenen ; 
Pero no tardó mucho que cerraron, 

Y con estrechos ñudos se abrazaron. 



CANTO 

Juntándose los d08 pechos con pechos, 
Vaa las últimas fuerzas apurando : 
Ya se afirman y tienen muy estrechos, 
>'a se arrojan en torno Tolteando, 
Ya los izquierdos, ya los pies derechos 
Se enclavijan y enredan, no bastando 
Cuanta fuerza se pone, estudio y arte, 
Á poder mejorarse alguna parte. 

Aci y allá furiosos se rodean. 

La Tuerza uno del otro resistiendo; 

Tanto forcejan, gimen, hijadeao, 

Que los mi,embi*os se van entorpeciendo : 

Tiemblan de la fatiga y titubean 

Las cansadas rodillas, no pudiendo 

Comportar el tesón y furia insana, 

Que al fin eran de hueso y carne humana. 

De sudor grueso y engrosado aliento 
Cubiertos los dos bárbaros andaban, 
Y del fogoso y recio movimiento 
Roncos los pechos dentro resonaban : 
Kilos siempre con más encendimiento 
i^acando nuevas fuerzas, procuraban 
Llegar la empresa al cabo comenzada 
Por ganar el honor y la celada. 

Pero ventaja entre ellos conocida 
No se vio allí, ni de flaqueza indicio; 
Ambos jóvenes son de edad florida, 
Iguales en la fuerza y ejercicio : 
Mas la suerte de Rengo enflaquecida, 
Y el hado, que hasta allí le fué propicio. 
Hicieron que perdiese á su despecho 
liel precio y del honor lodo el derecho. 



UNDÉCIMO. 6S 

Había en la plaza un hoyo hacia el un lado, 
Engaste de un guijarro y nuevamente 
Estaba de su asiento levantado 
Por el concurso y huella de la gente : 
Desto el cansado Rengo no avisado, 
Metió el pie dentro, y desgraciadamente, 
Cual cae de la segur herido el pino, 
Con no menor estruendo á tierra vino. 

No la pelota con tan presto salto 

Resurte ariba del macizo suelo. 

Ni la águila, que al robo cala de alto. 

Sube en el aire con tan recio vuelo ; 

Como de corrimiento el seso folto, 

Rengo rabioso, amenazando al cielo. 

Se puso en pie,queaun bien no tocó en tierra, 

Y contra Leucoton furioso cierra. 

Como en la fiera lucha Anteo temido 
Por el furioso Alcides derribado, 
Que de la Tierra madre recogido, 
Cobraba fuerza y ánimo doblado ; 
Así el airado Rengo embravecido. 
Que apenas en la arena había tocado, 
Sobre el contrario arriba de tal suerte. 
Que al extremo llegó de honrado y fuerte. 

Tanta afrenta, vergüenza y dolor siente 
El público lugar considerando. 
Que abrasado de fuego y rabia ardiente 
Se le fueron las fuerzas aumentando ; 

Y furioso, colérico, impaciente. 
De suerte á Leucoton va retirando, 
Que apenas le resiste ; y el suceso 
Oiréis en el siguiente canto expreso. 



CANTO XI. 



Meábanse hs fiestas y diferencias, y caminando Lautaro sobre lá ciudad de Santiago, aoies de 
WtfíüT i ella hace uo fuerte, en elcoal metido, vienen los españoles sobre él, donde tuvieron una 
recia baUlla. 



Cuando los corazones nunca usados 



A dar señal y muestra de flaqueza 
Se ven en lugar público afrentados. 
Entonces manifiestan su grandeza. 
Fortalecen los miembros fatigados, 
Despiden el cansancio y la torpeza, 
Y salen fácilmente con las cosas 
Que eran antes, señor, dificultosas. 

Así le avino á Rengo, que en cayendo, 
Tanto esfuerzo le puso el corrimiento, 
Que lleno de furor y en ira ardiendo 
Se le dobló la fuerza y el aliento : 



Y al enemigo fuerte, no pudiendo 
Ganarle antes un paso, agora ciento 
Alzado de la tierra lo llevaba. 

Que aun afirmar los pies no le dejabd. 

Adelante la culera pasara 

Y hubiera alguna brega en aquel llano, 
Si, receloso de esto, no bajara 
Presto de arriba el hijo de Pilla no, 
Que de Caupolican traía la vara, 

Y él propio los aparta de su mano : 

Que no fué poco, en tanto encendimiento, 
Tenerle este respeto y miramiento. 



64 



LA ABAÜCANA. 



Siendo desta manera sin ruido 
Despartida la lucha ya enconada, 
Le fué á Hcngo su honor restituido, 
Mas quedó sin derecho á la celada : 
Aun no estaba del todo difluido, 
Ni la plaza de gente despojada, 
Cuando el mozo Orompello dijo presto : 
Mi vez ahora me toca, mío es el puesto. 

Que bramando entre si se deshacía 
Esperando aquel tiempo deseado. 
Viendo que Leucoton ya mantenía. 
Del tiro de la lanza no olvidado : 
Con grao desenvoltura y gallardía 
Salva el palenque y entra el estacado, 

Y en medio de la plaza, como digo. 
Llamaba cuerpo á cuerpo al enemigo. 

La trápala y murmurio en el momento 
Creció, porque parando el pueblo en ello, 
Conoce por allí cuan descontento 
Del fuerte Leucoton está Orompello : 
Témese que vendrán á rompimiento. 
Mas nadie se atraviesa á defendello. 
Antes la plaza libre les dejaron 

Y los vacíos lugares ocuparon. 

El pueblo, de la lucha deseoso, 
La más parte á Orompello se inclinaba ; 
Mira los bellos miembros y el airoso 
Cuerpo que á la sazón se desnudaba. 
La gracia, el pelo crespo y el hermoso 
Rostro, donde, su poca edad mostraba, 
Que veinte años cumplidos no tenía, 

Y á Leucoton á fuerzas desafía. 

Juzgan ser desconformes los presentes 
Las fuerzas destos dos por la apariencia ; 
Viendo del uno el garbo y los valientes 
Niervos, edad perfeta y experiencia ; 

Y del otro los miembros diferentes, 
La tierna edad y grata adolecencia; 
Aunque á tal opinión contradecía 
La muestra de Orompello y osadía : 

Que puesto en su lugar, ufano espera 
El son de la trompeta, como cuando 
El fogoso caballo en la carrera 
La seña del partir está aguardando ; 

Y cual halcón, que en la húmida ribera 
Ve la garza de lejos blanqueando. 
Que se alegra y se pule ya lozano, 

Y está para arrojarse de la mano. 

El gallardo Orompello así esperaba 
Aquel alegre son para moverse, 
Que de ver la tardanza, imaginaba 
Que habían impedimentos de ofrecerse. 



Visto que tanto ya se dilataba, 
Queriendo á su sabor satisfacerse. 
Derecho á Leucoton sale animoso. 
Que no fué en recebirle perezoso. 

En gran silencio vuelto el rumor vano, 
Quedando mudos todos los presentes. 
En medio de la plaza, inano á mano. 
Salen á se probar los dos valientes. 
Como cuando el lebrel y fiero alano, 
Mostrándose con ronco son los dientes. 
Yertos los cerros y ojos encendidos, 
Se vienen á morder embravecidos. 

De tal modo los dos amordazados. 
Sin esperar trompeta ni padrino. 
De coraje y rencor estimulados. 
De medio á medio parten el camino, 

Y en un instante iguales, aferrados. 
Con extremada fuerza y diestro tino 
Se ciñeron los brazos poderosos, 
Echándose á los pies lazos ñudosos. 

Las desconformes fuerzas, aunque iguales, 
Los lleva, arroja y vuelve á todos lados; 
Víéranlos sin mudarse á veces tales 
Que parecen en tierra estar clavados : 
Donde ponen los pies, dejan señales, 
Cavan el duro suelo, y apretados. 
Juntándose rodillas con rodillas, 
Hacen crujir los huesos y costillas. 

Cada cual del valor, destreza y maña 
Usaba que en tal tiempo usar podía. 
Viendo el duro tesón y fuerza extraña 
Que én su recio adversario conocía : 
Revuélvonse los dos por la campaña. 
Sin conocerse en nadie mejoría ; 
Pero tanto de acá y de allá anduvieron 
Queambos juntos á un tiempo en tierra dieron. 

Fué fan presto el caer, y en el momento 
Tan presto el levantarse, por manera 
Que se puede decir que el más atento, 
Á mover la pestaña, no lo viera : 
Ventaja ni señal de vencimiento 
Juzgarse por entonces no pudiera. 
Que Leucoton arrodilló en el llano 

Y Orompello tocó sola una mano. 

En eslo los padrinos se metieron, 

Y á cada lado el suyo retirando. 
En disputa la lucha resumieron. 
Sus puntos y razones alegando : 

De entrambas partes gentes acudieron, 
La porfía y rumor multiplicando ; 
Quien daba al uuo el precio, honor y gloria ; 
Quien cantaba del otro la Vitoria. 



CANTO UNDÉCIMO. 



65 



Tucapelo, que estaba en un asiento 
A la diestra del hijo de Pillano, 
Visto lo que pasaba, en el momento 
Salta eo la plaza, la ferrada en mano ; 

Y con aquel usado atrevimiento 

Dice : El precio ^and mi primo hermano, 

Y si alguno esta causa me defiende, 
Haréle 70 entender que no la entiende. 

La joya es de Orompello, y quien bastante 
Se crea á reprobar el voto mío, 
En campo estamos, hágase adelante, 
Que en suma le desmiento y desafio. 
Leucoton con un término arrogante 
Dice: Y'o amansaré tu loco brío 

Y el vano orgullo y necio devaneo, 
Qoe mucho tiempo ha ya que lo deseo. 

Conmigo lo has de haber, que comenzado 
Juego tenemos ya, dijo Orompello. 
Responde Leucolon fiero y airado : 
Contigo y con tu primo quiero habello. 
Caupolican en eslo era llegado. 
Que del supremo asiento, viendo aquello, 
Había bajado á la sazón, confuso, 

Y allí su autoridad toda interpuso. 

Leocoton y Orompello, conociendo 
Que el gran Caupolican allí venía, 
Las enconosas voces deteniendo 
Cada cual por su parte se desvía ; 
Mas Tucapel, la maza revolviendo, 
Que otro acuerdo y concierto no quería, 
Lleno de ira diabólica, no calla, 
Llamando á todo el mundo á la batalla. 

Ruego y medios con él no valen nada 
Del hijo de Leocan ni de otra gente, 
Diciendo que á Orompello la celada 
Por vencedor le don primeramente : 
Después, que en plaza franca y estacada 
Con Leucoton ie dejen libremente, 
Donde aquella dispula se decida. 
Perdiendo de los dos uno la vida. 

Puesto Caupolican en este aprieto, 
Lleoo do rabia y de furor movido, 
L9 dice : Haré que guardes el respeto 
Que á mi persona y cargo le es debido. 
Tucapel le responde : \'o prometo 
Que por temor no baje del partido ; 

Y aquel que en lo que digo no viniere. 
Haga á su voluntad lo que pudiere. 

Guardaréte respeto, si derecho 

En lo que justo pido me guardares, 

Y mientras que con recto y sano pecho 
La causa sin pasión de eslo mirares : 



Mas si, contra razón, sólo de hecho. 
Torciendo la justicia lo llevares, 
Por ti y tu cargo, y todo el mundo junto, 
No perderé de mi derecho un punto. 

Caupolican, perdida la paciencia. 
Se mueve á Tucapel determinado ; 
Mas Colocólo, viejj de experiencia, 
Que con temerle andaba siempre al lado, 
Le hizo una acatada resistencia 
Diciendo : ¿ Estás, señor, tan olvidado 
De ti y tu autoridad y salud nuestra 
Qub lo pongas en sólo alzar la diestra ? 

Mira, señor, que todo se aventura: 
Mira que están los más ya diferentes : 
De Tucapel conoces la locura 

Y la fuerza que tiene de parientes ; 
Lo que enmendarse puede con cordura 
No lo enmiendes con sangre de inocentes: 
Dale á Orompello el contendido precio, 

Y otro al competidor de igual aprecio. 

Si por rigor y término sangriento 
Quieres peñeren riesgo lo que queda, 
(Puesto que sobre fijo fundamento 
Fortuna á tu sabor mueva la rueda, 

Y el juvenil furor y atrevimiento 
Castigará tu salvo te conceda) 
Queda tu fuerza más disminuida, 

Y al fin tu autoridad menos temida. 

Pierdes dos hombres, pierdes dos espadas 
Que el límite araucano han extendido, 

Y en las fieras naciones apartadas 
Hacen que sea tu nombre tan temido : 
Si agora han sido aquí desacatadas, 
Mira lo que otras veces han servido 
En trances peligrosos, derramando 

La sangre propia y del contrario bando. 

Imprimieron así en Caupolicano 
Las razones y celo de aquel viejo. 
Que frenando el furor dijo: En tu mano 
Lo dejo todo y tomo ese consejo. 
Con tal resolución, el sabio anciano, 
Viendo abierto camino y aparejo. 
Habló con Leucoton, que vino en todo, 

Y á los primos después del mismo modo. * 

Y así el viejo eficaz los persuadiera. 
Que en tal discordia y caso tan diviso. 
Lo que el mundo universo no pudiera 
Pudo su discreción y buen aviso : 
Fuélos, pues, reduciendo de manera. 
Que vinieron á todo lo que quiso ; 
Pero con condición que la celada 
Por precio al Orompello fuese dada. 

5 



6o LA a: 

Pues la rica celada allí traída 

Al ufano Orompello le fué pucsla ; 

Y una cuera de malla guarnecida 
De fino oro á la par vino con esta, 

Y al mismo tiempo á Lcucolon vestida. 
Todos conformes, en alegre fiesta 
A las copiosas mosas se sentaron, 
Donde más la amistad confederaron. 

Acabado el comer, lo que del día 
Les quedaba, las mesas levantadas, 
Se pasí'» en regocijo y alegría, 
Tejiendo en corros danzas siempre usadas. 
Donde un número grande intervenía 
De mozos y mujeres festejadas ; 
Que las prue!)as cesaron y ocasiones 
Atento á no mover nuevas cuestiones. 

(Cuando la noche el horizonte cierra 

Y con la negra sombra al mundo abraza, 
Los principales hombres de la tierra 
Se juntaron en una anligua plaza 
A tratar de las cosas de la guerra, 

Y en el discurso deltas dar la traza, 
Diciendo que el subsidio padecido 
Había de ser con sangre redemido. 

Salieron con que al hijo de Pillano 
Se cometiese el cargo deseado, 

Y el número de genle por su mano 
Fuese absolulamenle señalado : 
Tal era la opinión del araucano 

Y tal crédito y fama había alcanzado, 
Que si asolar el ciclo prometiera 
Crédito á la promesa se le diera. 

Y entre la gente joven más granada 
Fueron por él quinientos escogidos ; 
Mozos gallardos, de la vida airada. 
Por más bravos que piáticos tenidos: 

Y hul>o de otros por ir esta jornada 
Tantos ruegos, protestos y partidos, 
Que excusa no bastó ni impedimento 
A no exceder la copia en otros ciento. 

Los que Lautaro escoge son soldados 
Perdidos pop bullieio y disensiones, 
En el duro trabajt) ejercitados, 
Diabólicos, rufianes, ('esgarrónos, 
A cualquiera maldad determinados, 
Amigos de mudanzas y cuestiones, 
Homicidas, sangrientos, temerarios, 
Grandísimos ladrones y corsarios. 

Con esta buena genle caminaba 
Pacífico hasta el Maule atravesando, 
Y las tierras, después, píir do pasaba 
Iba á fuego y á sangro sujetando: 



HAUCANA. 

Todo sin resislip se le allanaba, 
Sometiéndose al yugo y nuevo mando ; 
Caciques y señores le obedecen. 
Con haciendas y gentes se le ofrecen. 

Los bárbaros en pueblos y ciudades 
La comarca arruinan y destruyen: 
Talan comidas, casas y heredades. 
Que los indios de miedo al pueblo huyen : 
Estupros, adulterios y maldades 
Por violencia sin término concluyen, 
No reservando edad, estado y tierra. 
Que á fuego y sangre rota era la guerra. 

No paran, con la gana que tenían 

De venir con los nuestros á la prueba: 

Los indios comarcanos que huían 

Llevan á la la ciudad la triste nueva ; 

Humores y alborotos se movían. 

El bélico bullicio se renueva, 

Aunque algunos que el caso contemplaban 

A tales nuevas crédito no daban. 

Dicen que era locura claramente 

i^ensar que así una escuadra desmandada 

De tan pequeño número de gente 

Se atreviese á emprender esta jornada, 

Y más contra ciudad tan eminente, 

Y lejos de su tierra y apartada ; 
Pero los que de Penco habían salido 
Tienen por más el daño que el ruido. 

Votos hay que saliesen al camino. 
Éstos son de los jóvenes briosos ; 
Otros que era imprudencia y desatino. 
Por los pasos y sitios peligrosos : 
A todos con presteza se previno. 
Que de grandes reparos ingeniosos 
El pueblo fortalecen, y en un punto 
Despachan corredores todo junto. 

Debajo de un caudillo diligente, 
Que verdadera relación trújese 
Del número y designio de lá gente ; 
Con comisión, si lance le saliese 
Á su honor y defensa conveniente, 
Que al bárbaro escuadrón acometiese, 
Volviendo á rienda suelta dos soldados 
Para que dello fuesen avisados. 

Por no haber caso en esto señalado, 
Abrevio con decir que se partieron, 

Y al cuarto día, con ánimo esforzado, 
Sobre el campo enemigo amanecieron : 
Trav()se el juego, y no duró travado. 
Que los bárbaros luego los rompieron ; 

Y lodos con cuidado y pies ligeros 
Revolvieron á ser los mensajeros. 



CAN,TO UN 

Sin aliento, cansados y afligidos 
Vuelven con testimonio asaz bástanlo, 
De cómo fueron rotos y vencidos 
Por la fuerza del bárbaro pujante, 
Lasos, llenos de sangre, mal heridos 
(k)D pérdida de un hombre, el cual delante 

Y en medio de los campos desmandado, 
A manos do Lautaro había espirado. 

Cueolan, que levantado un muro había 
Á donde con sus bárbaros se acoge, 
y que innntta gente le acudía, 
De la cual la más diestra y fuerte escoge : 
También que bastimentos cada día 

Y cantidad de munición recoge. 
Afirmando por cierto, fuera deslo, 
Uue sobre la ciudad llegará presto. 

Quien incr^ulo dello antes estaba, 
Teniendo allí el venir por desvarío, 
Á tan clara señal crédito daba, 
Helándole la sangre un miedo frío ; 
Quien de pura congoja trasudaba, 
Que de Lautaro ya conoce el brío ; 
Quien con ardiente y animoso pecho 
Bramaba por venir más presto al hecho. 

Villagrán enfermado ^caso había, 
No puede á la sazón seguir la guerra ; 
Mas con ruegos y dádivas movía 
La gente más gallarda do la tierra : 

Y por caudillo en su lugar ponía 

Uo caro primo suyo, en quien se encierra 
Todo lo que conviene á buen soldado ; 
Pedro de Villagrán era llamado. 

Éste, sin más tardar, tomó el camino 
En demanda del bárbaro Lautaro, 

Y el cargo que tan loco desatino 
Como es venir allí le cueste caro : 
Diúse tal priesa á andar, que presto vino 
Ala corva ribera del río claro, 

Quo vuelve atrás en círculo gran trecho ; 
bespués hasta la mar corre derecho. 

Media legua pequeña, elige un puesto, 
De donde estaba el bárbaro alojado, 
Kn el lugar mejor y más dispuesto, 

Y allí por ver la noche ha reparado : 
Estaba á cualquier trance y rumor presto, 
De guardia y centinelas rodeado, 
Cuando sin entender la cosa cierta 
Gritaban : ¡ Arma ! ¡ arma I ; alerta ! ¡ alerta ! 

Esto fué que Lautaro había sabido 
CJmo allí nuestra gente era llegada. 
Que después de la haber reconocido 
Por su misma persona y numerada, 



DÉCLMO. 67 

Volvióse sin de nadie ser sentido ; 

Y mostrando eslimar aquello en nada, 
Hizo de los cabnllo.s que tenía 
Soltar el de más furia y lozanía. 

Diciendo en alta voz : Si no me engaño, 
No deben de s;il>or que soy Lnularo 
De quien han ro.cíbido tanto daño, 
Daño que no tendrá jamás reparo : 
Mas, porque no me tengan por extraño, 

Y el Fcr yo aquí vcjiido sea más claro, 
Sabiendo cun quien vienen á la prueba, 
Quiero que este rocín Heve la nueva. 

Diez caballos, señor, hííhía ^ranndo 
En la refriega y última revuelta . 
El mejor ensillado y enfrenado, 
Porque diese el aviso cierto, suelta : 
Siendo el feroz caballo amenazado, 
Hacia el campo español toma la vuelta 
Al rastro y al olor de los caballos, 

Y esta fué la ocasión de alborotallos. 

Venía con un rumor y furia tanta, 

Que dio más fuerza al arma y mayor fuego ; 

La gente recatada se levanta 

Con sobresalto y gran desasosiego: 

El escándalo tanto no fué cuanta 

Era después la burla, risa y juego. 

De ver que un animal de tal manera 

En arma y alboroto los pusiera. 

Pasaron sin dormir la noche en esto. 
Hasta el nuevo apuntar de la mañano, 
Que con ánimo y Ilrme presupuesto 
De vencer ójnorir de buena gana 
Salen del sitio y alojado puesto 
Contra la gente barbara araucana, 
Que no menos estaba acudiciada 
De venir al efecto de la espada. 

Un edicto Lautaro puesto había 
Que quien fuera del muro un paso diese, 
Como por crimen grave y rebeldía, 
Sin otra información luego muriese: 
Así, el temor frenando á la osadía. 
Por más quo la ocasión la conmoviese. 
Las riendas no rompió de la obediencia 
Ni el ímpetu pasó de su licencia. 

Del muro estaba el bárbaro cubierto, 
No dejando salir soldado fuera ; 
Quiere que su partido sea más cierto. 
Encerrando á los nuestros, do manera 
Que no les aprovoclic en campo abierto 
De ligeros caballos la carrera, 
Mas sólo ánimo, esfuerzo y entereza, 

Y la virtud del brazo y fortaleza. 



68 



Era el orden así, que acometiendo 
La plaza, al tiempo del herir volviesen 
Las espaldas los bárbaros huyendo, 
Porque dentro los nuestros se metiesen : 

Y algunos por defuera revolviendo, 
Antes que los cristianos se advirtiesen. 
Ocuparles las puertas del cercado, 

Y combatir allí ¿ campo cerrado. 

Con tal ardid los indios aguardaban 
A la gente española que venía; 

Y en viéndola asomar, la saludaban 
Alzando una terrible vocería : 
Soberbios desde aUí la amenazaban 
Con audacia, desprecio y bizarría, 
Quien la fornida pica blandeando, 
Quien la maza ferrada levantando. 

Como toros que van á ser lidiados, 
Cuando aquellos que cerca los desean. 
Con silbos y rumor de los tablados 
(Seguros del peligro) los torean, 

Y en su daño los hierros amolados 
Sin miedo amenazándolos blandean ; 
Así la gente bárbara araucana 
Del muro amenazaba á la cristiana. 

Los españoles, siempre con semblante 
De parecerles poca aquella caza, 
Paso á paso caminan adelante, 
Pensando de allanar el fuerte y plaza, 
En alta voz diciendo : No es bastante 
El muro, ni la pica y dura maza 
Á estorbaros la muerte merecida, 
Por la gran desvergüenza cometida. 

Llegados de la fuerza poco trecho, 
Reconocida bien por cada parte, 
Ponenle el rostro, y sin torcer, derecho 
Asaltan el fosado baluarte : 
Por acabado tienen aquel hecho : 
De los bárbaros huye la más parte, 
Ganan las puertas francas con gran gloria, 
Cantando en altas voces la vi loria. 

No hubiera relación deste contento 
Si los primeros indios aguardaran 
Tanto espacio y sazón cuanto un momento 
Que las puertas los últimos tomaran : 
Mas viéndolos entrar, sin sufrimiento, 
Ni poderse abstener, luego reparan : * 
Haciendo la señal que no debían, 
Hicieron revolver los que huían. 

Como corre el caballo cuando ha olido 
Las yeguas que atrás quedan y querencia, 
Que allí el intento inclina y el sentido, 
Gime y relincha con celosa ausencia. 



LA ARAUCANA. 

Afloja el curso, atrás tiende el oído 
Alerto á sí el señor le da licencia, 
Que á dar la vuelta aun no le ha señalado. 
Cuando sobre los pies ha volteado ; 



De aquel modo los bárbaros huyendo. 
Con muestra de temor, aunque fingida, 
Firman el paso presuroso oyendo 
La alegre y cierta seña conocida : 

Y en contra de los nuestros esgrimiendo 
La cruda espada, al parecer rendida, 
Vuelven con una furia tan terrible 

Que el suelo retembló del son horrible. 

Como por sesgo mar del manso viento 
Siguen las graves olas el camino, 

Y con furioso y recio movimiento 
Salta el contrario coro repentino; 
Que las arenas del profundo asiento 
Las saca arriba en turbio remolino, 
Y, las hinchadas olas revolviendo, 
Al tempestuoso coro van siguiendo ; 

De la misma manera á nuestra gente. 
Que el alcance sin término seguía, 
La súbita mudanza de repente 
Le turbó la victoria y alegría: 
Que, sin se reparar, violentamente 
Por el mismo camino revolvía. 
Resistiendo con ánimo esforzado 
El número de gente aventajado. 

Mas como un caudaloso río de fama. 
La presa y palizada desatando. 
Por inculto camino se derrama. 
Los arraigados troncos arrancando ; 
Cuando con desfrenado curso brama, 
Cuanto topa delante arrebatando, 

Y los duros peñascos enterrados 
Por las furiosas aguas son llevados ; 

Con ímpetu y violencia semejante 
Los indios á los nuestros arrancaron, 
Y, sin pararles cosa por dolante, 
En furiosa corriente los llevaron : 
Hasta que con veloz furor pujante 
De la cerrada plaza los lanzaron, 
Que el miedo de perder allí la vida 
Les hizo el paso llano á la salida. 

De más priesa y con pies más desenvuelíoi 
Los sueltos españoles que á la entrada, 
En una polvorosa nube envueltos 
Salen del cerco estrecho y palizada : 
Entre ellos van los bárbaros revueltos, 
Una gente con otra amontonada. 
Que sin perder un punto se herían 
De manos y de pies como podían. 



\ 



CANTO UNDÉCIMO. 



69 



No el alzado antepecho y agujeros 
Quo fuera del en torno había cavados, 
Ni la fagina y suma de maderos 
Con loB fuertes bejucos amarrados 
DetOTieron el curso á los ligeros 
Caballos, de los hierros ostigados ; 
Que, como si volaran por el viento, 
Salieron á lo llano en salvamento. 

Los españoles sin parar corriendo, 
Libre la plaza á los contrarios dejan, 
Qne la fortuna próspera siguiendo 
Con prestos pies y manos los aquejan : 
Pero los nuestros, el morir temiendo. 
Siempre alargan el paso y más se alejan. 
Reparando á las veces reciamente 
La gran furia y pujanza de la gente. 

Bien una legua larga habían corrido 
Á toda furia por la seca arena ; 
Solo Lautaro no los ha seguido. 
Lleno de enojo y de rabiosa pena : 
Viendo el poco sostén del mal regido 
Campo, tan recio el rico cuerno suena. 
Que los más delanteros lo sintieron, 

Y al son, sin más correr, se retrvjeron. 

Estaba así impaciente y enojado. 
Que mirarle á la cara nadie osaba, 

Y al pabellón él solo retirado 

Un nuevo edicto publicar mandaba, 
Que guerrero ninguno fuese osado 
Salir un paso fuera de la cava. 
Aunque los españoles revolviesen 

Y mil veces el fuerte acometiesen. 

Después llamando á junta á los soldados, 
(Aunque ardiendo en furor) templadamente 
Les dice : Amigos, vamos engañados 
Si con tan poco número de gente 
Pensamos allanar los levantados 
Muros de una ciudad así eminente : 
La industria tiene aquí más fuerza y parte 
Que la temeridad del flero Marte. 

Ésta los fieros ánimos reprime, 

Y á los flacos y débiles esfuerza : 
Las cervices indómitas oprime 
En el yugo domésticas por fuerza : 
Ésta el honor y pérdidas redime, 

Y la sazón á usar della nos fuerza ; 
Que la industria solícita y fortuna 
Tienen conformidad y andan á una. 

Cumple partir de aquí, muestras haciendo 
Que sólo de temor nos retiramos, 

Y asegurar los españoles, viendo 
Cómo el honor y campo les dejamos ; 



Que después á su tiempo revolviendo 
Haremos lo que así dificultamos. 
Teniendo ellos el llano, y por guarida 
Vecina la ciudad fortalecida. 

El hijo de Pillan esto decía, 
Cuando asomaba el bando castellano, 
Que con esfuerzo nuevo y osadía 
Quiere probar segunda vez la mano. 
Fué tanto el alborozo y alegría 
De los bárbaros viendo por el llano 
Aparecer los nuestros, que al momento 
Gritan y baten palmas de contento. 

En esto los cristianos acercando 
Poco á poco se van á la batalla, 

Y al justo tiempo del partir llegando, 
Dejan irse á la bárbara canalla : 
Que uno la maza en alto, otro bajando 
La pica, el cuerpo exento en la muralla, 
Con animoso esfuerzo se mostraban, 

Y al ejercicio bélico incitaban. 

Unos acuden á las anchas puertas 

Y comienzan allí el combate duro ; 
De escudos las cabezas bien cubiertas 
Se llegan otros al guardado muro ; 
Otros buscan por partes descubiertas 
La subida y el paso más seguro : 
Hinche el bando español la cava honda, 

Y el araucano el muro á la redonda. 

Pero el pueblo español con osadía. 
Cubierto de fortísimos escudos, 
La lluvia de los tiros resistía 

Y los botes de lanzas muy agudos. 
Era tanta la grita y armonía, 

Y el espeso batir de golpes crudos, 
Que Maule el raudo curso refrenaba 
Confuso al son que en torno rimbombaba. 

Por las puertas y frente y por los lados 
El muro se combate y se defiende ; 
Allí corren con priesa amontonados 
Á donde más peligro haber se entiende : 
Allí con prestos golpes esforzados 
Á su enemigo cada cual ofende 
Con tan terrible afeto y fuerza dura 
Que poco importa escudo ni armadura. 

Los nuestros hacia atrás se rctrujeron, 
De los tiros y golpes impellidos, 
Tres veces, y otras tantas revolvieron 
De vergonzosa cólera movic^os : 
Gran pieza á la fortuna resistieron ; 
Mas ya todos andaban mal heridos ; 
Flacos, sin fuerza, lasos, desangrados, 

Y de sangre los hierros colorados. 



70 



El coraje y la chilera es de suerle, 
Que va en aumento el daño y la crueza, 
Hallan los españoles siempre el fuerte 
Más fuerte y en los golpes más dureza : 
Sin temor acometen de la muerte ; 
Pero poco aprovecha esta braveza, 
Que el que menos herido y flaco andaba 
Por seis partes la sangre derramaba. 

Hasta la gente bárbara se espanta 
De ver lo que los nuestros han sufrido 
De espesos golpes, flecha y piedra tanta 
Que sin cesar sobre ellos ha llovido ; 

V cuan determinados y con cuánta 
Furia tres veces han acometido, 
Desto los enemigos impacientes 
Apretaban los puños y los dientes. 

Y como tempestad que jamás cesa. 
Antes que va en furioso crecimiento, 
Cuando la congelada piedra espesa 
Hiere los tochos y se esfuerza el viento : 



LA ARAUCANA. 

Así los duros bárbaros, apriesa. 
Movidos de veri^üenza y corrimiento, 
Con lanzas, dardos, piedras arrojadaS| 
Baten dargas, rodelas, y celadas. 



Los cansados cristianos, no pudiendo 
Sufrir el gran trabajo incomportable ; 
Se van forzosamwte retrayendo 
Del vano intento y plaza inexpugnable : 
Y el destrozado campo recogiendo, 
Vista su suerte y hado miserable. 
Por el mesmo camino que vinieron, 
Aunque con menos furia, se volvieron. 

Aquella noche al pie de una montaña 
Vinieron á lener su alojamiento, 
Segura de enemigos la campaña, 
Que ninguno salió en su seguimiento : 
Decir prometo la cautela extraña 
De Lautaro después, que ahora me stsnto 
Flaco, causado, ronco ; y entre tanto 
Esforzaré la voz ai nuevo canto. 



CANTO XII. 



necof(ido Lautaro eu su fuerte, no quiere seguir la Vitoria por entretener á los españoles. Pasa ciertas 
razones con él Marcos Vaez., por las cuales Pedro de Villaf^rán viene á entender el peligroso ponto 
en que estaba, y levantando su campo se retira. Viene el marqués de Cañete á la ciudad de Los 
Reyes en el Perú. 



Virtud difícil y difícil prueba 
Es guardar el secreto peligroso, 
Que la ditlcultnd bien claro prueba 
Cu unto es sano, seguro y provechoso ; 

Y el poco fruto y mucho mal que lleva 
El vicio inútil del hablar dañoso : 
Ejemplo los de Líbico homicidas, 

Y otros que les cosí*'» el hablar las vidas. 

Veránsc por los ojns y escrituras 
En los presentes tiempos y pasados 
Crui'ldades, ruinas, desventuras, 
Infamias, puniciones de pecados, 
Grandes yerros en grandes coyunturas, 
Perdidas de personas y de estados : 
Todo por no sufrir el indiscreto 
La peligrosa carga del secreto. 

De los vic'os, el menos de provecho 

Y por donde más daño á veces viene, 
Es el no retener el fácil pecho 

Kl secreto hasta el tiempo quf» conviene : 
Hompo y deshace al íln todo lo hecho, 
Quita la fuerza que la industria tiene, 
Guerra, furor, discordia, fuego enciende : 
Al propio dueño y al amigo vende. 



Por esto el sabio hijo de Pí llano 
La causa á sus soldados encubría 
De no dejar salir gente ¿ lo llano 
Siguiendo la Vitoria de aquel día : 
Y el retirado campo castellano, 
Seguro á paso largo por la vía, 
(.4oroo dije, la furia quebrantada, 
Toma de la ciudal la vuelta usada. 

Usar Lautaro desla maña, entiendo 
Que fuese para algún sagaz intento, 
El cual, por conjeturas, comprehendo 
Ser de gran importancia y fundamento. 
Dejado esto á su tiempo, y revolviendo 
Á los nuestros, que así del fuerte asiento 
Se alejan, á tres leguas otro día 
Hicieron alto, asiento y ranchería. 

Dos días los españoles estuvieron 
Haciendo de los bravos aguardando ; . 
Pero jamás los bárbaros vinieron. 
Ni gente pareció del otro bando ; 
Al fln dos de los nuestros se atrevieron 
Á ver el fuerte, y cerca del llegando. 
Oyeron una voz alta del muro 
Dicióndoles : Llegaos, que os doy seguro. 



CANTO DUODÉCIMO. 



71 



Al uno por su nombre lo Humaba, 
Con el cié rio seguro prometido, 
El cual, (liando al olro^ se llegaba 
I^r conocer quién era el atrevido : 
Llegado el español junto á la cava, 
El de la voz fué luego conocido, 
Que era el gallardo hijo de Pillano, 
Tratado del un tiempo como hermano. 

Estaba de un lustroso pelo armado 
Con sobrevista de oro guarnecida. 
En una gruesa pica recostado 
por el ferrado regat<5n asida : 
El ancho y duro hierro colorado 

Y desangre la media asta teñida ; 
Puesta de limpio acero una celada 
Abierta por mil partes y abollada. 

Llegado el español donde podía 
Hablarde y entenderle claramente, 
El bizarro Lautaro le decía : 
Marcos, de U me espanto extrañamente 

Y dcsa tu ignorante compañía, 
Que sin razón y seso, ciegamente 
Penséis así de mi opinión mudarme 

Y ser bastantes todos á enojarme. 

¿ Qué intento os mueve ó qué furor insano, 

Que así queréis tiranizar la tierra ? 

¿ No veis que lodo agora está en mi mano, 

El bien vuestro y el mal, la paz, la guerra ? 

I No veis que el nombro y crédito araucano 

Los levantados ánimos atierra ? 

¿ Que sólo el son al mundo pone miedo 

Y quebranta las fuerzas y el denuedo ? 

En los pueblos no fuistcs poderosos 

De defender las propias posesiones, 

Que es cosa, que aun los pájaros medrosos 

Hacen rostro en su nido á los Icones : 

¿ Y en los desiertos campos pedregosos 

Pensáis de sustentar los pabellones 

En tiempo que estáis más amedrentados, 

Y más vuestros contrarios animados ? 

Es, á mi parecer, loca osadía 

Querer contra jiosolros sustentaros, 

Pues ni por arte, maña ni otra vía 

VcHiéis en nuestro daño aprovecharos : 

í^i lo queréis llevar por valentía. 

Baste el presente estrago á escarmentaros; 

Que fresca sangre aun vierten las heridas, 

Y della aquí las hierbas voo teñidas. 

Pues dejar yo jamás de perseguiros, 
Según que lo juré, será excusado; 
Hasta dentro en España he de seguiros. 
Que así lo h« prometido al gran senado: 



Mas si (lucréis en tiempo roduciro«í, 
Haciendo lo que aquí os será mandado, 
Saldré de la promesa y juramento, 

Y vosotros saldréis de perdimiento. 

Treinta mujeres vírgenes apuosla.s 
Por tal concierto habéis de dar cada año, 
Blancas, rubias, hermosas, bien dispuestas. 
De quince años á veinte, sin engaño: 
Han de ser españolas ; y tras éstas 
Treinta capas de verde y fino pono 

Y otras treinta de púrpura, tejidas 
Con fino hilo de oro guarnecidas : 

También doce caballos poderosos 
Nuevos y ricamente enjaezados, 
Domésticos, ligeros y furiosos, 
Debajo de la rienda concertadus : 

Y seis diestros lebreles aninio'sos 

Kn la caza, rae habéis de dar cebados ; 

Este solo tributo estorbaría 

Lo que estorbar el mundo no podría.. 

Atento el castellano le escuchaba, 
Kstando de la plática gustoso ; 
Mas cuando á estas razones allegaba 
No pudo aquí tener ya más reposo : 
Así impaciente al bárbaro atajaba 
Diciéndolc : No estos tan orgulloso, 
Que las parias que pides ¡ oh Lautaro ! 
Te costarán, si esperas, presto caro. 

En pago de tu loco atrevimiento 
Te darán españoles por tributo 
Cruda muerte, can áspero tormento. 

Y Arauco cubrirán de eterno lulo. 
Lautaro dijo : Ks eso hnblnr al viento; 
bobre ello, Marcos, más yo no disputo ; 
Las armas, no la lengua, han de tratarlo, 

Y la fuerza y valor determinarlo. 

Libre puedes decir lo que quisieres. 
Como aquel que seguro le está dadq, 
Que tú después harás lo que pudieres, 

Y yo podré hacer lo que he jurado : 
Tratemos de otras cosas de placeres. 
Quedo para su tiempo comenzado ; 

Y quiérote mostrar, pues tiempo hallo, 
l'na lucida escuadra de á caballo. 

Que, para que no andéis tan al seguro, 
Acuerdo de tener también ciballos, 

Y de imponer mis súbditoH procuro 
Á saberlos tratar y gobernallí)s. 
Esto dijo Lautapo, y desde el muro 
Á seis dispuestos mozos sus vasallos 
Mandó que en seis caballos cabalgasen, 

Y por delante del los paseasen. 



72 



L\ ARAUCANA. 



Por las dos puentes, á la voz caladas, 
Salieron á caballo seis chilcanos, 
Pintadas y anchas dargas embrazadas, 
Gruesas lanzas terciadas en las manos : 
Vestidas fuertes cotas, y tocadas 
Las cabezas al modo de aTricanos, 
Mantos por las caderas derribados, 
Los brazos hasta el codo arremangados: 

Y con airosa muestra, por delante 
Del atento español dos vueltas dieron; 
Pero ni de su puesto y buen semblante 
Punto que se notase le movieron : 
Antes con muestra y ánimo arrogante, 
En alta voz, que todos lo entendieron, 
(Que el muro estaba ya lleno de gente) 
Habl(5 así con Lautaro libremente : 

En vano ¡ oh capitán ! cierto trabaja 
Quien pretende con fieros espantarme ; 
No estimo lo que ves en una paja, 
Ni alardea pueden punto amedrentarme ; 

Y por mostrar si temo la ventaja, 
Yo solo con los seis quiero probarme, 
bo verás, que á seis mil seré bastante : 
Vengan luego á la prueba aquí delante. 

Lautaro respondió: Marcos, si mueres 
Tanto por nos mostrar tu fuerza y brío, 
El mínimo que de líos escogieres 
A pie vendrá contigo en desafío 
Del modo y la manera que quisieres: 
Elige armas y campo á tu albedrío. 
Ora con ellas, ora desarmados, 

w 

A puños, coces, uñas y á bocados. 

El español le dijo : Yo te digo 
Que mi honor en tal caso no consiente 
Darles uno por uno su castigo, 
Porque jamás se diga entre la gente 
Que cuerpo á cuerpo bárbaro conmigo 
En campo osase entrar singularmente : 
Por tanto, si no quieres lo que pido. 
No quiero yo acetar otro partido. 

No vinieron en esto á concertarse : 
Después por otras cosas discurrieron ; 
Pero llegado el tiempo de aparlarso 
Del bárbaro, los dos se despidieron : 
Vueltos á su camino, oyen llamarse, 
Y á la voz conocida revolvieron, 
Que era el mesmo Lautaro quien llamaba. 
Diciendo : Una razón se me olvidaba. 

Tengo mi gente triste y afligida, 
Con g^*an necesidad de bastimento. 
Que me falta del todo la comida 
Por orden mala y poco regimiento : 



Pues la tenéis de sobra recogida, 
Haced un liberal repartimiento 
Proveyéndonos della, que á mi cuenta 
Más la gloria y honor vuestro acrecienta : 

Que en el ínclito estado es uso antigua, 

Y entre buenos soldados ley guardada. 
Alimentar la fuerza al enemigo 

Para sólo oprimirle por la espada : 
Estad, Marcos, atento á lo que digo, 

Y entended, que será cosa loada. 
Que digan que las fuerzas sojuzgas tes 
Que para mayor triunfo alimentastes. 

Que se llama Vitoria yo lo dudo 
Cuando el contrario á tal extremo viene 
Que en aquello que nunca el valor pudo 
La hambre miserable poder tiene, 

Y al fuerte brazo indómito y membrudo 
Lo debilita, doma y lo detiene ; 

Y así por bajo modo y estrecheza, 
Viene á parecer fuerte la flaqueza. 

Era, señor, su intento que pensase 

Ser la necesidad, fingida, cierta. 

Para que nuestra gente se animase 

De industria abriendo aquella falsa puerta; 

Y con esto indurcirla á que esperase. 
Teniendo así su astucia más cubierta, 
Hasta que el fin llegase deseado 

Del cauteloso engaño fabricado. 

Marcos, de las palabras comovído. 
Le dice : Yo prometo de intentallo 
Por sólo esas razones que has movido, 

Y hacer todo el poder en procurallo. 
Habiéndose con esto despedido, 
Revolviendo las riendas al caballo. 
Él y su compañero caminaron 
Hasta que al español campo llegaron. 

De todo al punto Villagrá informado 
Cuanto á Marcos Lautaro dicho había. 
Sospechoso, confuso y admirado 
De ver que bastimentos le pedía : 
Era sagaz, celoso y recatado, 
Revolviendo la presta fantasía. 
Los secretos designios comprehende, 

Y el peligroso estado y trance entiende ; 

Y, en el presto remedio resoluto. 
Cuando el mundo se muestra más escuro, 
Sin tocar trompa, del peligro Instruto, 
Toma el camino á la ciudad seguro, 
Maravillado del ardid astuto. 
Pero de nuestra gente ahora no curo, 
Que quiero antes decir el modo extraño 
De la ingeniosa astucia y nuevo engaño. 



CANTO DUODÉCIMO. 



73 



Aun no ara bien la naeva luz llegada, 
Cuando luego ]o8 bárbaros supieron 
La súbita partida y retirada, 
Que Qo con poca muestra lo sintieron, 
Viendo claro que al fln de la jornada 
Por un espacio breve no pudieron 
Hacer en los cristianos tal matanza 
Que nadie dellos más tomara lanza* 

(jQe aquel sitio cercado de montaña, 

Que es en un bajo y recogido llano, 

I)e acequias copiosísimas se baña 

Por zanjas con industria hechas á mano : 

Hotas al nacimiento, la campaña 

^e hace en breve un lago y gran pantano ; 

La tierra es honda, floja, anegadiza. 

Hueca, falsa, esponjada y movediza. 

Quedaran, si las zanjas se rompieran. 
En agna aquellos campos empapados ; 
Moverse los caballos no pudieran 
En pegajosos lodos atascados : 
Á donde, si aguardaran, los cogieran 
Como en liga á los pájaros cebados : 
Que ya Lautaro, con despacho preslo, 
Había en ejecución el ardid puesto. 

Trísia por la partida y con despecho 
La fuerza desampara el mismo día, 

Y el camino de Arauco más derecho 
Marcha con su escuadrón de infantería : 
Revuelve y traza en el cuidoso pecho 
Diversas cosas, y en ninguna había 

El consuelo y disculpa que buscaba, 

Y entre sí razonando, suspiraba. 

Diciendo : ¿ Qué color puede bastarme 
Para ser desta culpa reservado? 
¿ No pretendí yo mucho de encargarme 
De cosa que me deja bien cargado ? 
¿De quien si no de mí puedo quejarme, 
Pues todo por mi mano se ha guiado? 
;Soy yo quien prometió en un año solo 
De conquistar del uno al otro polo? 

Mientras que yo con tan lucida gente 
Ver el muro español aun no h^ podido, 
La luna ya tres veces frente á frente 
Ha visto nuestro campo mal regido : 

Y el carro de Faetón resplandeciente 
Del Escorpio al Acuario ha discurrido ; 

Y al fln damos la vuelta maltratados. 
Con pérdida de más de cien soldados 

^^i con morir tuviese confianza 
Que una vergüenza tal se colorase, 
Haría á mi inútil brazo que esta lanza 
El débil corazón me atravesase : 



Pero daría de mí mayor venganza 

Y gloria al enemigo, si pensase 
Que temí más su brazo poderoso 
Que el flaco mío cobarde y temeroso. 

Yo juro al infernal poder eterno. 

Si la muerte en un año no me atierra, 

De echar de Chile el español gobierno, 

Y de sangro empapar toda la tierra : 
Ni mudanza, calor, ni crudo invierno 
Podrán romper el hilo da la guerra, 

Y dentro del proftindo reino escuro 
No 80 verá español de mí seguro. 

Hizo también solene juramento 
De no volver jamás al nido caro, 
Ni del agua, del sol, sereno y viento 
Ponerse á la defensa ni al reparo : 
Ni de tratar en cosas de contento 
Hasta que el mundo entienda de Lautaro 
Que cosa no emprendió dificultosa 
Sin darla, con valor, salida honrosa. 

En esto le parece que aflojaba 
La cuerda del dolor, que á veces tanto 
Con grave y dura afrenta le apretaba. 
Que de perder el seso estuvo á canto : 
Así el feroz Lautaro caminaba, 

Y al fin de tres jornadas, entre tanto 
Que el esperado tiempo se avecina, 
Se aloja en una vega á la marina. 

Junto á donde con recio movimiento 
Baja de un monte Itata caudaloso. 
Atravesando aquel umbroso asiento 
Con sesgo curso, grave y espacioso : 
Los árboles provocan á contento. 
El viento sopla allí más amoroso. 
Burlando con las tiernas florecillas, 
Hojas, azules, blancas y amarillas. 

Siete leguas de Penco justamente 
Es esta deleitosa y fértil tierra, 
Abundante, capaz y suficiente 
Para poder sufrir gente de guerra : 
Tiene cerca á la banda del oriente 
La grande cordillera y alta sierra 
De donde el raudo Itata apresurado 
Baja á dar su tributo al mar salado. 

Fué un tiempo de españoles ; pero había 
La prometida fe ya quebrantada, 
Viendo que l.i fortuna parecía 
Declarada de parle del estado ; 
El cual veinte y dos leguas contenía : 
Este era su distrito señalado; 
Pero tan grande crédito alcanzaba 
Que toda la nación le respetaba. 



71 



LA 



Los españoles ánimos briosos 
Kste los puso humildes por el suelo ; 
Éste los bajos, tristes y medrosos, 
Hace que se levanten contra el cielo, 
Y los extraños pueblos poderosos 
De miedo de éste viven con recelo ; 
Los remotos vecinos y extranjeros 
Se rinJen y someten á sus Tueros. 



Pues la flor del estado deseando 
Estaba al tardo tiempo en esta vega, 
Tardo para quien gusto esta esperando ; 
Que al que no espera bien, bien presto llega : 
Pero, el tiempo y sazón apresurando, 
A sus valientes bárbaros congrega, 

Y antes que se metiesen en la vía. 
Estas breves razones les decía : 

Amigos, si entendiese que el deseo 
De combatir, sin oiro miramiento, 

Y la fogosa gana que en vos veo, 
Fuese de la Vitoria el fundamento, 
Hágoos saber de mí que cierto creo 
Estar en vuestra mano el vencimiento; 

Y un paso atrás volver no me hiciera 
Si el mundo sobre mí todo viniera. 

Mas no íbs sc'ilo con ánimo adquirida 
Una cosa difícil y pesada : 
¿ Qué aprovecha el esfuerzo sin medida 
Si tenemos la fuerza limitada ? 
Mas ésta (aunque con límite) regida 
Por industrioso ingenio y gobernada, 
De duras y de muy difícultosas 
Hace llanas y fáciles las cosas. 

¿ Cuántos vemos el crédito perdido 
En afrentoso y mísero destierro 
Por sólo haber sin término oft'ecido 
El pecho osado al enemigo hierro? 
Que no es valor, mas antes es tenido 
Por loco, lerncrario y torpe yerro : 
Valor es ser al orden obediente, 
Y locura sin orden ser valiente. 

Como en este negocio y gran jomada 
Con tanto esfuerzo así nos destruímos, 
Fué porque no miramos jamás nada 
Sino al ciego apetito á quien seguimos : 
Que á no perder, por furia anticipada, 
El tiempo y coyuntura que tuvimos, 
No quedara español ni cosa alguna 
A la disposición de la fortuna. 

Si al entrar de la fuerza reportados 
Allí algún sufrimiento se tuviera, 
Fueran vuestros esfuerzos celebrados, 
Pues ningún enemigo se nos fuera : 



ARAUCANA. 

Kn la ciudad estaban descuidados : 
Con la gente que andaba por defuera 
Hiciéramos un hecho y una suerte 
Que 00 la consumieran tiempo y muerte. 

Poro quiero poneros advertencia. 
Que h;(béis por la razón de gobernaron. 
Haciendo al movimiento resistencia 
Hasta que la sazón venga á llamaros : 
Y no salirme un punto de obediencia, 
Ni á lo que no os mandare adelantaros ; 
Que en el inobediente y atrevido 
Haré templar castigo nunca oído. 



Y, pues volvemos ya donde se muestra 
Nuestro poco valor, por mal regidos, 
Kn fe que habéis do ser, alzo la diestra, 
Kn el primer honor restituidos, 
O el campo regará la sangre nuestra, 

Y habernos de quedar en él tendidos 
Por pasto de las brutas bestias Aeras, 

Y de las sucias aves carniceras. 

Con esto fué la plática acabada, 

Y la trompeta á levantar tocando. 
Dieron nuevo principio á su jornada, 
Con la usada presteza caminando : 
Yendo así, al descubrir do una ensenada, 
Por Mataquino á la derecha entrando, 
Un bárbaro encontraron por la vía, 

Que del pueblo les dijo que venía. 

Este les afírmó con juramento 
Que en Mapochó se sabe su venida ; 
Ora les dio la nueva della el viento. 
Ora de espías solícitas sabida : 
También que do copioso bastimento 
Kstaba la ciudad ya prevenida, 
Con defensas, i'eparos, provisiones, 
Pertrechos, aparatos, municiones. 

Certificado bien Lautaro daslo, 
Muda el primer intento que traía, 
Viendo ser temerario presupuesto 
Seguirle con tan po'*a compañía : 
Piensa juntar más gentes, y de presto, 
Un fuerte asiento que en el valle había 
Con ingenio y cuidado diligente 
Comienza á reforzarle nuevamente. 

Con la priesa quo dio, dentro metido, 
Y ser dispuesto el sitio y reparado. 
Fué en breve aquel lugar forialccido, 
De foso y fuerte muro rodeado : 
Gente á la faina desto había acudido, 
Codiciosa del robo de eado. 
Forzoso me es pasar de aquí corriendo 
Que siento en nuestro pueblo un gran Mlrass^t* 



CANTO DUODÉCIMO. 



75 



Sábese ea la ciadad por cosa ciorta 
i^ue n Uida faria el hijo de Pillano, 
Guiaado un escuadrón de gente esperta, 
Víf^Qe sobre ella con armada mano : 
El súbito temor puso en alerta 

Y confusión al pueblo castellano ; 

Mas la sangre, que el miedo helado había, 
De un ardiente coraje se encendía. 

A ¡i j armas acuden los briosos, 

Y aquellos que los años agravaban 
Con industrias y avisos provechosos 
La tierra y partes flacas reparaban : 
Tras estos treinta mozos animosos 

Y un astuto caudillo se aprestaban , 
<jue con algunos bárbaros amigos 
Fuesen á descubrir los enemigos. 

Villagrá á la sazón no residía 
^ el pueblo español alborotado, 
ijue para la Imperial partido había 
Por camino de A rauco desviado : 
Mas ya con nueva gente revolvía, 

Y junto de do el bárbaro cercado 
I>e gruesos troncos y fagina estaba, 
^in saberlo, una noche se alojaba. 

Cuando la alegre y fresca aurora vino, 

Y él la nueva jornada comenzaba, 
Al calar de una loma, en el camino 
l'n comarcano bárbaro encontraba, 
Kl cual le dio la nueva del veci no 
Campo, y razón de cuanto en él pasaba ; 
(^ue todo bien el mozo lo sabía. 

Como aquel que á robar de allá venía. 

Fjilendió el español, del indio, cuanto 
Kl bárbaro enemigo determina, 
^ «lomo allega gentes, entre tanto 
Que el oportuno tiempo se avecina : 
No puso á los cau tenes esto espanto, 

Y más cuando supieron que vecina 
Unía también la gente nuestra armada, 
Que delloe aun no estaba una jornada. 

^iUagrán le pregunta si podría 
íianap al araucano la albarrada : 
í^onriéndose el indio respondía 
ííM cosa de intentar bien excusada. 
Por el reparo y sitio que tenía, 
^ ''Star por las espaldas abrigada 
í^^e una tajada y peñascosa sierra, 
Que por aquella parte el fuerte cierra, 

I^'jole Villagrán : Yo determino 
Pnr esa relación tuya guiarme, 

Y abrir por la moiiliña alta el camino, 

Qu« quiero á cualquier cosa aventurarme, 



Y si donde está el campo lautarino 
En una noche puedes tú llevarme. 
Del trabajo serás gratificado, 

Y al fuego, si me mientes, entregado. 

Sin temor dice el bárbaro : Y'o juro 
En menos de una noche de llevarte 
Por difícil camino aunque seguro; 
Desta palabra puedes confiarte : 
De Lautaro después uo te aseguro ; 
Ni tu gente y amigos serán parte 
A que si vais allá no os coja á todos 

Y os dé civiles muertes de mil modos. 

No le movió el temor que le ponía 
A Villagrán el bárbaro guerrero. 
Que visto cuan sin miedo se ofrecía. 
Le pareció de trato verdadero : 

Y á la gente del pueblo, que venía. 
Despacha un diligente mensajero. 
Para que con la priesa conveniente 
Con él venga á juntarse brevemente*. 

Pues otro día allí juntos se dejaron 
Ir por do quiso el bárbaro guiallos, 

Y en la cerrada noche no cesaron 
De afligir con espuelas los caballos. 
Después se contará lo que pasaron, 
Que cumple por agora aquí dejallos. 
Por decir la venida en esta tierra 

De quien dio nuevas fuerzas á la guerra. 

Hasta aquí, lo que en suma he referido 
Yo no estuve, señor, presente á ello; 

Y así, de sospechoso, no he querido 
De parciales intérpretes sabcllo : 

De ambas las mismas parles lo he aprendido, 

Y pongo justamente sólo aquello 

En que todos concucrdan y confieren, 

Y en lo que en general menos difieren. 

Pues que, en autoridad de lo que digo, 
Vemos que hay tanta sangre derramada, 
Prosiguiendo adelante, yo me obligo, 
Que irá la historia más autorizada : 
Podró ya discurrir como lestií^o 
Que fui presente á toda la jornada, 
Sin cegarme pasión, de la cual huyo. 
Ni quitar á ninguno lo que es suyo. 

Pisada en esta tierra no han pisado 
Que no haya por mis pies sido medida ; 
Golpe ni cuchillada no se ha dado 
Que no diga de quién os la herida : 
De las pocas que di estoy disculpado, 
Pues lanto por mirar, embebecida, 
Truje la mente en esto y ocupada. 
Que ^e olvidaba el brazo de la espada. 



76 



LA ARAUCANA. 



Si causa me inciló á que yo escribiese 
Con mi pobre talento y torpe pluma, 
Fué que tanto valor no pereciese, 
Ni el tiempo injustamente lo consuma : 
Que el mostrarme yo sabio me moviese, 
Ning'uno que lo fuere lo presuma, 
Que, cierto, bien entiendo mi pobreza, 

Y de las flacas sienes la cstrocheza. 

De mi poco caudal bastante indicio 

Y testimonio aquí patente queda : 
Va la verdad desnuda de artificio, 
Para que más segura pasar pueda : 
Pero si fuera desto lleva vicio. 
Pido que por merced se me conceda 
Se mire en esta parte el buen intento, 
Que es sólo de acertar y dar contento : 

Que aunque la barba el rostro no ha ocupado, 

Y la pluma á escribir tanto se atreve, 
Que do crédito estoy necesitado. 
Pues tan poco á mis años se le debe ; 
Espero que será, señor, mirado 

El celo justo y causa que roe mueve ; 

Y esto la voluntad se tome en cuenta 
Para que algún error se me consienta. 

Quiero d^jar á Arauco por un rato : 
Que para mi discurso es importante 
Lo que forzado aquí del Perú trato, 
Aunque de su comarca es bien distante : 

Y para que se entienda más barato, 

Y con facilidad lo de adelante, 

Si Lautaro me deja, diré en breve 

La gente que en su daño ahora se mueve. 

El marqués de Cañete era llegado 
A la ciudad insigne de Los Reyes, 
De Carlos Quinto máximo enviado 
A la guarda y reparo de sus leyes : 
Éste fué por sus partes señalado 
Para virrey de donde dos virreyes 
Por los rebeldes brazos atrevidos 
Habían sido á la muerte conducidos. 

Oliendo el virrey nuevo las pasiones 

Y maldades por uso introducidas, 
El ánimo dispuesto á alteraciones, 
En leal apariencia entretejidas ; 
Los agravios, insultos y traiciones, 
Con tanta desvergüenza cometidas ; 
Viendo, que aun el tirano no hedía, 
Que aunque muerto, de fresco se bullía ; 

Entró como sagaz y receloso. 

No mostrando el cuchillo y duro hierro, 

Que fuera en aquel tiempo peligroso, 

Y dar con hierro en un notable yerro ; 



Mostrándose beníji^no y amoroso, 
Trayéndoles la mano por el cerro, 
Hasta tomar el paso á la malicia, 

Y dar más fuerza y mano á la justicia. 

En tanto que las cosas disponía. 
Para limpiar del todo las maldades, 
Quintando las justicias, la ponía 
De su mano por todas las ciudades ; 
Estas eran personas que entendía 
Haber en ellas justas calidades. 
De Dios, del rey, del mundo temerosas. 
En semejantes cargos provechosas. 

Entretenía la gente y sustentaba 
Con son de un general* repartimiento, 

Y el más culpado más premio esperaba. 
Fundado en el pasado regimiento. 

El marqués entre tanto se informaba, 
Llevando deste error diverso intento ; 
Que no sólo dio pena á los culpados. 
Mas renovó los yerros perdonados : 

Pues cuando con el tiempo ya pensaron 
Que estaban sus insultos encubiertos, 
En público pregón so renovaron, 

Y fueron con castigo descubiertos : 

Que casi en los más pueblos que pecaron 
Amanecieron en un tiempo muertos 
Aquellos que con más poder y mano 
Habían seguido el bando del tirano. 

No oondeno, señor, los que murieron, 
Pues fueron perdonados y admitidos. 
Cuando á vuestro servicio en sazón fueron, 

Y en importante tiempo reducidos ; 
Quedando los errores que tuvieron 
A vuestra gran clemencia remitidos. 
De vos solo, señor, es el juzgarlos, 

Y el poderlos salvar ó condenarlos. 

Dar mi decreto en esto yo no puedo, 

Que siempre en casos de honra lo rehuso : 

Sólo digo el terror y extraño miedo 

Que en la gente soberbia el marqués puso 

Con el castigo, á la sazón acedo, 

Dejando el reino atónito y confuso, 

Del temerario hecho tan dudoso, 

Que aun era imaginarlo peligroso. 

A quien bailaba culpa conocida. 

Del Perú le deslierra en penitencia. 

Que es entre ello;; la afrenta más sentida 

Y que se toma menos en paciencia : 
El justo, de ejeipplar y recta vida, 
Temeroso escudriña la conciencia, 
Viendo el rigor de la justicia airada, 
Que ya desenvainado había la espada. 



CANTO 

Y algunos capitanes y soldados, 

Que con Injtlre sirvieron en la guerra 

Y esperaban de ser graliflcados» 
(ioororme á los humores de la tierra, 
Recelando tenerlos agraviados, 

Del reino en son de presos los destierra, 
Hemi tiendo las pag^as á la mano 
[le rey tan poderoso y soberano. 

?Mn puso suspensa más la gente, 
La causa del destierro no sabiendo ; 
No entiende si es injusta ó justamente ; 
S«''Io sat)e callar y estar tremiendo : 
Teme la furia y el rigor presenta", 

Y á inquirir )a razón no se atreviendo, 
Tiende á cualquier rumor atento oi'do : 
Mas 00 puede sentir más del ruido. 

Temor, silencio y confusión andaba, 
Atónita la gente discurría, 
Nadie la oculta causa preguntaba, 
Que aun preguntar, error le parecía : 
Por saber, uno á otro se miraba, 

Y el más sabio los hombros encogía, 
Temiendo el golpe del furor presente, 
Movido al parecer por accidente. 

Fué hecho tan sagaz, grande y osado, 
Que pocos con razón le van delante, 
k%xi en estos tiempos celebrado, 

V á los ánimos sueltos importante : 
Hor él quedó el Perú atemorizado, 
Temerario, rebelde y arrogante, 

Y ala justicia el paso más seguro, 
Con mayor esperanza en lo futuro. 

Así enfrenó el Perú, con un bocado 
Que no le romperá jamás la rienda, 
Haciendo al ambicioso y alterado 
Contentarse con sola su hacienda ; 
^ el bullicio y deseo inordenado, 
Le redujo á quietud y nueva enmienda : 
Que poco lo mal puesto permanece. 
Como por la experiencia al fin parece. 

Quien antes no pensaba estar contento 
Con veinte ó treinta mil pesos de renta, 
Enfrena de tal suerte el pensamiento 
Qtie jüílo con la vida se contenta : 
Hespués hizo el marqués repartimiento 
Entre los beneméritos de cuenta, 
^ara esforzar los ánimos caídos 
Y dar ma^or tormento á los perdidos. 

^on ejemplos así y acaecimientos, 
¿Cúmo vemos que tantos van errados, 
Que sobre arena y frágiles cimientos 
Fabrican edificios levantados ? 



DUODÉCIMO. 77 

Bien se muestran sus flacos fundamentos. 
Pues por tierra tan presto derribados 
Con afrentoso nombre y voz los vemos ; 
Huyendo su inflción cuanto podemos. 

¡ Oh vano error ! ¡ oh necio desconcierto ; 
Del torpe que con ánimo ignorante 
No mira en el peligro y paso incierto 
Las pisadas de aquel que va delante, 
Teniendo, á costa ajena, ejemplo cierto, 
Que el brazo del amigo más constante 
Ha de esparcir su sangre en su disculpa. 
Lavando allí la espada de la culpa ! 

Quiero que esté algún tiempo falsamente 
Sobre traidores hombros sostenido, 
Que el viento que se mueve de repente 
Le aflige, altera y turba aquel ruido : 
Pues que cuando la voz del rey se siente, 
No hay son tan duro y áspero al oído : 
Que tiene sólo el nombre fuerza tanta 
Que los huesos le oprime y le quebranta. 

Que le asome fortuna algún contento, 
¡ Con cuántos sinsabores va mezclado ! 
Aquel recelo, aquel desabrimiento, 
Aquel triste vivir tan recatado : 
Traga el duro morir cada momento, 
Téme.se del que está más confiado : 
Que la vida antes libre y amparada 
Está sujeta ya á cualquier espada. 

Negando al rey la deuda y obediencia, 
Se somete al más mínimo soldado, 
Poniendo en contentarle diligencia, 
Con gran miedo y solícito cuidado ; 

Y aquellos más amigos en presencia, 
Las lanzas le enderezan al costado, 

Y sobre la cabeza aparejadas 
Le están amenazando mil espadas. 



Cualquier rumor, cualquiera voz le espanta. 
Cualquier secreto piensa que es negarle : 
Si el brazo mueve alguno y lo levanta. 
Piensa el triste que fué para matarle : 
La soga arrastra, el lazo á la garganta : 
¿ Qué confianza puede asegurarle ? 
Pues mal el que negar al rey procura 
Tendrá con un tirano fe segura. 

Si no bastare verlos acabados 

Tan presto, y que ninguno permanece, 

Y los rollos y términos poblados 

De quien tan justamente lo merece ; 

Bandos, casas, linajes estragados, 

Con nombre que los mancha y escuroce ; 

Baste la obligación con que nacemos. 

Que á nuestro rey y príncipe tenemos. 



78 LA ARAUCANA. 

De Dn paso en otro pnso voy saliendo Del encendido Marte el son horrendo 

Del discurso y materia que seguía ; 
Pero aunque vaya ciego discurriendo 
Por caminos más ásperos sin guía, 



Me hará que atine á la derecha vía ; 

Y así, seguro desto y confiado, 

Me atrevo á reposar, que estoy cansado. 



CANTO XIII. 



Hecho el marqnis de Cañete el castigo en el Perú, llegan mensajeros de Chile á pedirle socorro ; 
el eaal, vista ser su demanda importante y justa, se le envia grande por mar y por tierra. 
También contiene al cabo este canto cómo Francisco de Villagrtn, guiado por un indio, viea« 
sobre Lautaro. 



Dichoso con razón puede llamarse 
Aquel que en los peligros arrojado 
Dellos sabe salir sin ensuciarse, 

Y libre de poder ser imputado : 
Pero quien destos puede desviarse 
Le tengo por más bien aventurado ; 
Aunque el peligro afína lo perfelo. 
Aquel que del se aparta es el discreto. 

Que muchas veces da la fantasía 
En cosas que seguro nos promete, 

Y un ánimo á salir con ellas cría 
Que con temeridad las acomete, 
Después en el peligro desvaría, 

Y no acierta á salir de á do se mete : 
Que la señora al siervo sometida. 
Pierde la fuerza y tino á la salida. 

Veréis en el Perú que han procurado 
Levantar el tirano y ayudarle. 
Para sólo mostrar, después de alzado. 
La traidora lealtad en derribarle : 

Y con designio y ánimo dañado 

Le dan fuerza, y después viene á matarle 
La espada infiel, de la maldad autora, 
Al rey y amigos pérfida y traidora. 

Fraguan la guerra, atizan disensiones 
En hábito leal, aunque engañoso, 
Pensando de subir más escalones 
Por un áspero atajo y tropezoso : 
Al cabo las malvadas intenciones 
Vienen á fin tan malo y afrentoso. 
Como veréis, si bien miráis la guerra 
Civil y alteraciones desta tierra. 

Deshechos, pues, del todo los nublados 
Por el audaz marqués y su prudencia. 
Curando con rigor los alterados, 
Como quien entendió bien la dolencia : 
En nombre de su rey, á otros tocados 
De aquel olor, descubre la clemencia. 
Que hasta allí del rigor cubierta estaba. 
Con general perdón que los lavaba. 



No el atrevido caso y espantoso. 

En el Perú jamás acontecido, 

Ni el ejemplar castigo riguroso 

Que amansó el fiero pueblo embravecido. 

Fué en tal tiempo bastante y poderoso, 

De ensordecer el bárbaro ruido, 

Y la voz araucana y clara fama 

Que en aquellas provincias se derrama. 

Nuevas por mar y tierra eran llegadas 
Del daño y perdición de nuestra gente, 
Por las Vitorias grandes y jornadas 
Del araucano bárbaro potente : 
Pidiendo las ciudades apretadas 
Presuroso socorro y suficiente, 
Haciendo relación de cómo estaban. 

Y de todas las cosas que pasaban. 

Jerónimo Alderete, adelantado, 
A quien era el gobierno cometido, 
Hombre en estas provincias señalado, 

Y en gran figura y crédito tenido : 
Donde como animoso y buen soldado 
Había grandes trabajos padecido ; 
(No pongo su proceso en esta historia. 
Que del la general hará memoria.) 

Presente no se halla á tanta guerra 

Y á tales desventuras y contrastes ; 
Mas con vos, gran Felipe, en Inglaterra, 
Cuando la fe de nuevo allí plantastes : 
Allí le distes cargo desta tierra, 

De allí con gran favor le despachastes ; 
Pero cortóle el áspero destino 
El hilo de la vida en el camino. 

Fué su muerlc así súbita sentida, 

Y más el sentimiento acrecentaba 
Ver la gobernación tan corrompida 
Que cada uno por sí se gobernaba : 
Andaba la discordia ya encendida, 

La ambición del mandar so desmandaba : 

Al fin, es imposible que acaezca 

Que un cuerpo sin cabeza permanezca. 



CANTO DEC 

Aquellos que de Chile habían venido 
Á pedir el socorro necesario, 
Viendo á su adelantado fallecido 

Y tixio á 8tt propósito contrario, 
On un semblante triste y afligido, 
I)e parecer de todos voluntario, 
Piden á don Hurlado que se vea, 

Y de remedio prestos los provea; 

Diciendo : varún claro y excelente, 
Nncslra necesidad te es manifiesta, 

Y la fuerza del bárbaro potente 
Que tiene á Chile en tanto estrecho puesta : 
Kl más fuerte remedio es llevar gente,* 
Ésta ya puedes ver cuan cara cuesta. 
Ix parte de tu rey te requirimos 
Ñus concedas aquí lo que pedimos. 

A lu hijo ; oh marqués ! te demandamos, 

Kn quien tanta virtud y gracia cabo, 

Porque con su pecsona conflamos 

Que nuestra desventura y mal se acabe s 

De sus partes, señor, nos contentamos. 

Pues que por natural cosa se sabe 

(Y aun acá en el común es habla vieja) 

Que nunca del león nació la ovga. 

Y pues hay tanta falta de guerreros, 
Haciendo esta jornada don García 
Se moverá el común y caballeros, 
Alegres do llevar tan buena guía : 

Y lo que no podrán muchos dineros 
Podrá el amor y buena compañía, 
n la vergüenza y miedo de enojarte, 
O su propio interés en agradarte. 

Kl marqués de Cañete, respondiendo 
A la justa demanda alegremente, 
Vído en ello do grado, conociendo 
>^er cosa necesaria y conveniente : 

Y el hijo, hacienda y deudos ofreciendo, 
Al punto derramó en toda la gente 
(jran gana de pasar á aquella tierra 
A ejercitar las armas en lal guerra. 

l*no se ofrece allí y otro se ofrece, 
Así gran gente en número se mueve, 

Y aquel que no lo haco, le parece 
Que falla y no responde á lo que debe : 
Hasta en cansados viejos reverdece 
Kl ardor juvenil, y se remueve 
Kl flaco humor y sangre casi helada 
^n el alegre son de esta jornada. 

i Oh nlientes soldados araucanos I 
^s armas prevenid y corazones, 

Y aquel raro valor de vuestras manos 
'temido en las antarticas regiones ; 



IMOTERCIO. 79 

Que gran copia de jóvenes lozanos 
Descoge en vuestro daño sus pendones ; 
Pensando entrar por toda vuestra tierra 
Haciendo floro estrago y cruda guerra; 

No con los hierros botos y mohosos 
De los que las paredes hermosean, 
Ni brazos del torpe ocio perezosos 
Que con gran pesadumbre se rodean. 
Ni los ánimos hechos á reposos 
Que cualquiera mudanza en que se vean 
Los altera, los turba y entorpece 

Y el desusado son los desvanece; 

Mas hierros templadísimos y agudos 
En sangre de tiranos afilados, 
Fuertes brazos, robustos y membrudos, 
En dar golpes de muerte ejercilados; 
Ánimos libres, de temor desnudos. 
En los peligros siempre habituados, 
Que el son horrendo que á otros atormenta 
Los alegra, despierta y alimenta. 

Cosa dostas yo pienso quo ninguna 

Os puede derribar de vuestro estado; 

Mas lléneme dudoso sola una, 

Que nadie della ha sido reservado : 

Esta es la usada vuelta de Fortuna, 

Que siempre alegre roslro os ha mostrado, 

Y es inconstante, falsa y variable. 

En el mal firme, y en el bien mudable. 

Que si la guerra el español procura, 
Haciendo de su e.spada ufana muestra, 
Querríale preguntar, si por ventura 
Corta por más lugares que la vuestra ? 
Si la fuerza del brazo le asegura 
Del poder vuestro, y vencedora diestra; 
Verá, si mira bien en lo pasado. 
El campo de sus huesos ocupado. 

No sé; pero soberbio y encendido 
En bélico furor el pueblo veo, 

Y al más triste español apercebido 
De armas, rico aparato, y buen deseo» 

¡ Oh Arauco ! yo te juzgo por perdido : 
Si las obras igualan al arreo, 

Y no templa el camino esta braveza, 
¡ Ay de tu presunción y fortaleza ! 

Del apartado Quilo se movieron 
Gentes para hallarse en esta guerra : 
Do Loja, Piura, de Jaén salieron : 
De Trujillo, do Guanuco y su tierra, 
De Guamanga, Arequipa concurrieron 
Gran copia; y de los pueblos de la sierra, 
La Paz, Cu7co, y los Charcas bien armados 
fajaron muchos plálicos soldados. 



80 LA 

Treme la lierra, brama el mar hinchado 
Del alboroto, estruendos y rumores 
Que suenan por el aire delicado 
De piraros, trompetas y alambores 
Contra el rebelde pueblo libertado, 
Amenazando ya «us defensores 
Con gruesa reforzada artillería, 
Que dentro del estado el son se oía. 

De aparatos, jaeces, guarniciones 
Los gallardos soldados se arreaban ; 
Sobrevistas y galas, invenciones 
Nuevas y costosísimas sacaban : 
Estandartes, enseñas y pendones 
Al viento en cada calle tremolaban : 
Vieran sastres y obreros ocupados 
En hechuras, recamos y bordados. 

Con el concurso y junta de guerreros 
El grande estruendo y trápala crecía, 

Y los prestos martillos de herreros 
Formaban dura y áspera armom'a : 
El rumor de solícitos armeros 
Todo el ancho contomo ensordecía ; 
Los celosos caballos de lozanos 
Relinchando triscaban con las manos. 

Andaba así la gente embarazada 
Con el nuevo bullicio de la guerra; 
Mas ya de lo importante aparejada, 
Un caudillo salió luego por tierra : 
Llevando copia della encomendada 
Atravesó á Atacama y la alta sierra 
Con la desierta costa y despoblados. 
De osamenta de bárbaros sembrados. 

La gente principal, todo aprestado, 

Y reliquias del campo que quedaban, 
Para romper el mar alborotado 
Otra cosa que tiempo no aguardaban : 
Mas viendo el cielo ya desocupado, 

Y que las bravas olas aplacaban, 
Con ordenada muestra y rico alarde 
Salieron de Los Royes una tarde. 

Yo con ellos también, que en el servicio 
Vuestro empecó y acabaré la vida, 
Que estando en Inglaterra en el oficio 
Que aun la espada no me era permitida; 
Llegó allí la maldad en deservicio 
Vuestro, por los de Arauco cometida ; 

Y la gran desvergüenza de la gente 
Á la real corona inobediente. 

Y con vuestra licencia, en compañía 
Del nuevo capitán y adelantado 
Caminé desde Londres hasta el día 

Que le dejé en Taboga sepultado; 



ARAUCANA. 

De donde, con trabajos, y porfía 
De la Fortuna y vientos, arrojado. 
Llegué á tiempo que pude juntamente 
Salir con tan lucida y buena gente. 

Otro escuadrón de amigos se me olvida, 
No menos que nosotros necesarios. 
Gente templada, mansa y recogida. 
De frailes, provisores, comisarios. 
Teólogos de honesta y santa vida, 
Franciscos, dominicos, mercenarios, 
Para evitar insultos de la guerra 
Usados más allí que en otra tierra. 

De varias profesiones y colores 
Sale de Lima una lucida banda, 

Y en el puerto tendidas por las flores 
Estaban mesas llenas de vianda 
Con vinos de odoríferos sabores, 
Donde luego por una y otra banda 
Sobre la verde hierba reclinados 
Cusíamos los manjares delicados. 

Alegres los estómagos, contentos. 
Levantados de allí, fuimos traídos 
Á do de verdes ramos y ornamentos 
Estaban los bateles prevenidos; 

Y al son de varios y altos instrumentos. 
De los caros amigos despedidos. 
En los ligeros barcos nos metemos, |mo9. 
Dando á un tiempo con fuerza al mar los re* 

Los bateles de tierra se alargaban 
Dejando con penosa envidia á aquellos 
Que en la arenosa playa se quedaban. 
Sin apartarlos ojos jamás dellos. 
Sobre diez galeones arribaban 
Los prestos barcos, y saltando en ellos, 
Tiempo los marineros no perdieron. 
Que las velas al viento descogieron. 

De estandartes, banderas, gallardetes 
Estaban las diez naves adornadas; 
Hiriendo el fresco viento los trinquetes 
Comienzan á moverle sosegadas : 
Suenan cañones, sacres, falconetes, 

Y al doblar de la Isleta embarazadas; 
Del austro cargan á babor la escota. 
Tomando al sud-sudueste la derrota. 

Las naos por el contrario mar rompiendo 
La blanca espuma en torno levantaban, 

Y á la furia del austro resistiendo, 
Por fuerza, á su pesar, tierra ganaban : 
Pero sobre el Garbino revolviendo. 
De la gran cordillera se apartaban ; 

Y de sola una vuelta que viraron 
El Guarco, al est-nordeste se hallaron. 



\ 



CANTO DECDtOTERCtO. 



81 



Mas presto por la popa e) Guarco vimos, 
Coa Chinea de olro bordo emparejando ; 
Kn alta mar tras éstos nos metimos 
S)bre la Nasca fértil arribando ; 

Y al esforzado Noto resistimos, 

Su furia y bravas olas contrastando, 
No bastando los recios movimientos 
De dos tan poderosos elementos. 

¿Que haya en Perú no es caso soberano 
Tanta mudanza en tres leguas de tierra, 
(^ue cuando es en los llanos el verano 
Ijj» montes el lluvioso invierno cierra ; 

Y cuando espesa niebla cubre el llano 
Kn descubierto hiere el sol la sierra, 

Y por esta razón van más crecientes 
Kd el verano abajo las vertientes ? 

De los vientos, el austro es el que manda, 
i^>ue deshace los húmidos nublados, 

Y por todo aquel mar discurre y anda. 
Del cual son para siempre desterrados ; 
Los otros vientos reinan á la banda 

De Atacamá, y allí son libertados, 
Que bajar al Perú ninguno puede 
Ni por natural orden se concede. 

Vuet las naves, del austro combatidas, 
l^s espumosas olas van cortando, 
Que de valientes soplos impelidas 
Hompen la furia en ellas, azotando 
Las levantadas proas guarnecidas 
l)e planchas de metal... Pero mirando 
Al español del bárbaro vecino. 
Habré de andar más presto esto camino. 

í'-orreré á Villagrán, el cual por tierra 
También en su jornada se apresura. 
Atravesando la fragosa sierra 
Que iguala con las nubes su estatura : 
Diré lo que sucede en esta guerra, 
^ qué rostro le muestra la ventura. 
Mas, porque todo venga á ser más claro, 
Quiero tratar un poco de Lautaro. 

Que estaba con su escuadra de guerreros 

^ el sitio que dije recogido, 

1 de foso, fagina y de maderos 

Le había en breve sazón fortalecido. 

T^enía dentro soldados forasteros 

Que á fama de la guerra habían venido, 

Reparos, bastimentos y otras cosas 

* ara el tiempo y lugar menesterosas. 

^h una senda este lugar tenía 
1^ espías y centinelas ocupada ; 
Otra, ni rastro alguno no lo había 
PoT ser casi la tierra despoblada : 



Aquella noche el bárbaro dormía 
Con la bella Guacolda enamorada. 
A quien él de encendido amor amaba, 

Y ella por él no menos se abrasaba. 

Estaba el araucano despojado 
Del vestido de Marte embarazoso. 
Que aquella sola noche el duro hado 
Le dio aparejo y gana de reposo : 
Los ojos le cerrú un sueño pesado, 
Del cual luego despierta congojoso, 

Y la bella Guacolda sin aliento 
La causa le pregunta y sentimiento. 

Lautaro le responde : Amiga mía, 
Sabrás que yo soñaba en este instante 
Que un soberbio español se me ponía 
Con muestra ferocísima delante, 

Y con violenta mano mo oprimía. 

La fuerza y corazón, sin ser bastante 
De poderme valer ; y en aquel punto 
Me despertó la rabia y pena junto. 

Ella en esto soltó la voz turbada, 
Diciendo : ¡ Ay, que he soñado también cuanto 
De mi dicha temí, y es ya llegada 
La fin luya y principio de mi llanto ! 
Mas no podré ya ser tan desdichada. 
Ni fortuna conmigo podrá tanto. 
Que no corte y ataje con la muerte 
El áspero camino de mi suerte. 

Trabaje por mostrárseme terrible 
Y del tálamo alegre derribarme. 
Que si revuelve y hace lo posible, 
De ti no es podcro.sa de apartarme: 
Aunque el golpe que esporo es insulVible, 
Podré con olro luego remediarme, 
Que no caerá tu cuerpo en tierra frío 
Cuando estará en el suelo muerto el mío. 

El hijo de Pillan con lazo estrecho 
Los brazos por el cuello le ceñía : 
De lágrimas bañando el blanco pecho 
En nuevo amor ardiendo respondía : 
No lo tengáis, señora, por tan hecho. 
Ni turbéis con agüeros mí alegría 

Y aquel gozoso estado en que me veo, 
Pues libre en estos brazos os poseo. 

Siento el veros así imaginativa, 
No porque yo me juzgue peligroso ; 
Mas la llaga de amor está tan viva, 
Que estoy de lo imposible receloso : 
Si vos queréis, señora, que yo viva, 
¿Quién á darme la muerte es poderoso ? 
Mi vida está sujeta á vuestras manos 

Y no á todo el poder de los humanos. 

6 



82 

¿Quién el pueblo araucano ha restaurado 

Kn su reputación que se perdía, 

Pues el soberbio cuello no domado 

Ya doméstico al yugo sometía ? 

Yo soy quien do los hombros le ha quitado 

Kl español dominio y tiranía ; 

Mi nombre basta solo en esta tierra, 

Sin levantar la espada á hacer la guerra. 



L\ ARAUCANA. 

Ei bárbaro responde : Harto claro 
Mi poca estimación por vos se muoslra. 
¿ Kn tan flaca opinión está Lautaro, 
Y en tan poco tenéis la fuerte diestra 
Que por la redenci<»n del pueblo caro 
Ha dado ya de sí bastante muestra? 
¡ Buen crédito con vos tengo por cierto, 
F'ues me lloráis de miedo ya por muerto! 



Cuanto más que teniéndoos á mi lado, 
No tengo que temer ni daño espero : 
No os dé un sueño, señora, tal cuidado. 
Pues no os lo puede dar lo vei*dadero : 
Que ya á poner estoy acostumbrado 
Mi fortuna á mayor despeñadero ; 
Hn más peligros que éste me he metido, 

Y deilos con honor siempre he salido. 

KUa menos segura y más llorosa 
Del cuello de Lautaro se colgaba, 

Y con piadosos ojos lastimosa 
tíoca con boca así le conjuraba : 
Si aquella voluntad pura amorosa 

Que libre os di cuando más libre estiba, 

Y dello el alto cielo es buen tt>sligo, 
Algo puede, siMior, y dulce amigo ; 

Por ella os juro y por aquel tormento 
Que sentí cuando vos de mí os partistes, 

Y por la fe, si no la llevó el viento, 
Que allí con tantas lágrimas me distes, 
Que á lo menos me deis este contento. 
Si alguna voz de mí ya lo tu vistes, 

Y es, que os vistáis las armas prestamente 

Y al muro asistid am vuestra gente. 



¡ Ay de mí! que de vos yo satisfecha 
(Dice Guacolda) estoy, mas no segura ; 
¿Ser vuestro brazo fuerte qué aprovecha 
Si es más fuerte y mayor mi desventura ? 
Mas ya que salga cierta mi sospecha, 
Kl mismo amor que os tengo me asegura 
Que la espada que hará el apartamiento 
Hará que vaya en vuestro seguimiento. 

Pues ya el preciso hado y dura suerte 
Me amenazan con áspera caída, 

Y forzoso he de ver un mal tan fuerte, 
Un mal como es do vos verme partida: 
Dejadme llorar antes de mi muerte 
Ksto poco que queda de mi vida : 

Que quien no siente el mal, es argumento 
Que tuvo con el bien poco contento. 

Tras esto tantas lágrimas vertía 

Que mueve n compasión el contemplalla, 

Y así el tierno Lautaro no podía 
Dejar en tal sazón de acompañalla. 
Pero ya la turbada pluma mía, 

Que en las cosas de amor nueva se halla. 
Confusa, tarda y con temor se mueve, 

Y á pasar adelante no se atreve. 



CANTO XIV. 



Mej^a Francisco de Villagrún de noche sobre 
al amanecer súbito en ellos, y á la primera 
sangre de una parte y de otra. 

> 

¿Cuál será a(|uclla lengua desmandada 
Que á ofendtM* las mujeres ya se atreva, 
Pues vemos que es pasión averiguada 
La que á biíjeza tal y error las lleva ; 
Si una bárbara moza no obligada 
Hace de puro amor tan alta prueba, 
Con razones y lágrimas, salidas 
De las vivas entrañas encendidas? 

Que ni la confianza, ni el seguro 
De. su amigo le daba algún consuelo, 
Ni el fuerte sitio, ni el fosado muro 
Le basta asegurar do su recalo : 



el fuerte de lo» enemigos sin ser deilos sentido : da 
refriega muere Lautaro. Trábase la batalla con liaru 



Que el gran temor nacido de amor puro 
Todo lo allana y pono por el suelo ; 
Sólo halla el reparo de su suerte 
Kn el mismo peligro de la muerte. 

Así los dos unidos corazones 

(km formes en amor desconformaban ; 

Y dando dello allí demostraciones, 
Más el dulce veneno alimentaban : 
Los soldados en torno los tizones. 
Ya de parlar cansados reposaban : 
Teniendo centinelas, como digo, 

Y el cerro á las espaldas por abrigo. 



Villa^áQ con silencio y paso presto 
Había el áspero monte atravesado, 
No sin gravo trabajo, que sin esto, 
Hacer mucha labor es excusado : 
Llegado junio al fuerte, én un buen puesto. 
Viendo que el cielo estaba aun estrellado, 
Parú, esperando el claro y nuevo día 
Que ya por el oriente descubría. 



De ninguno fué visto ni sentido ; 
U causa era la noche sor escura, 

V haber las centinelas desmentido 
Por parte descuidada por segura : 
<^iballo no relincha, ni hay ruido, 
Que está ya de su parte la ventura ; 
Ksla hace las bestias avisadas, 

V á las personas bestias descuidadas. 

Cuando ya las tinieblas y aire escuro, 
Con la esperada luz se adelgazaban, 
I^s centinelas puestas por el muro 
Al nuevo día de lejos saludaban : 

V pensando tener campo seguro 
También á descansar se retiraban ; 
Quedando mudo el fuerte, y los soldados 
Kn vino y dulce sueño sepultados. 

Kra llegada al mundo aquella hora 
Que la escura tiniebla, no pudiendo 
Sufrir la clara vista de la aurora, 
5*€ va en el occidente retrayendo : 
Cuando la mustia Clicie se mejora 
El rostro al rojo oriente revolviendo, 
Mirando tras las sombras ir la estrella, 

V al rubio Apolo Deifico tras ella. 

El español, que ve tiempo oportuno, 
í^e acerca poco á poco más al fuerte, 
Sin estorbo de bárbaro ninguno, 
Que sordos los tenía su triste suerte : 
l^ien descuidado duerme cada uno 
l^c la cercana inexorable muerte ; 
Cierta señal, que cerca della estamos 
Cuando más apartados nos juzgamos. 

No esperaron los nuestros má6,quc en viendo 

S«r ya tiempo de darles el asalto, 

l^e súbito levantan un estruendo 

Con soberbio alarido horrendo y alto ; 

^ en tropel ordenado arremetiendo 

Al fuerte van á dar de sobresalto ; 

^\ fuerte, más de sueño bastecido 

Que al presenta peligro apercebido. 

^wo los malh'*cbores que en su oficio 
Jamás pueden hallar parte segura, 
Por ser la condición propia del vicio 
Temer cnalquier fortuna y desventura : 



CANTO DECIMOCUARTO. 83 

Que no sienten tan presto algún bullicio 
Cuando el castigo y mal se les figura, 

Y corren á las armas y defensa, 
Según que cada cual valerse piensa. 

Así medio dormidos y despiertos 
Saltan los araucanos alterados, 

Y del peligro y sobresalto ciertos. 
Baten toldos y ranchos levantados : 
Por verse de corazas descubiertos 
No dejan de mostrar pechos airados ; 
Mas con presteza y ánimo seguro 
Acuden al reparo de su muro. 



Sacudiendo el pesado y torpe sueño, 
Y cobrando la furia acostumbrada. 
Quien el arco arrebata, quien un leño. 
Quien del fuego un tizón, y quien la espada ; 
Quien aguija al bastón de ajeno dueño. 
Quien por salir más presto va sin nada. 
Pensando averiguarlo desarmados, 
Si no pueden á puños, á bocados. 

Lautaro á la sazón, según se entiende, 
Con la gentil Guacolda razonaba ; 
Asegúrala, esfuerza y reprehende 
De la desconfianza que mostraba : 
Ella razón no admite y más se ofende. 
Que aquello mayor pena le causaba. 
Rompiendo el tierno punto en sus amores 
El duro son de trompas y alambores. 

Más no salta con tanta ligereza 
El mísero avariento enriquecido. 
Que siempre está pensando en su riqueza, 
Si siento de ladrón algún ruido ; 
Ni madre así acudió con tal presteza 
Al grito de su hijo muy querido, 
Temiéndole de alguna bestia fiera, 
Como Lautaro al son y voz primera. 

Revuelto el manió al brazo, en el inslanlc 
Con un desnudo estoque, y ét desnudo 
Corre á la puerta el bárbaro arrogante, 
Que armarse á sí tan súbito no pudo. 
• Oh pérfida Fortuna, oh inconstante. 
Como llevas tu fin por punto crudo 
Que el bien de tantos años en un punto 
Do un golpe lo arrebatas todo Junto I 

Cuatrocientos amigos comarcanos 

Por un lado la fuerza acometieron. 

Que en ayuda y favor de los cristianos 

T-on sus pintados arcos acudieron, 

Los cuales con violencia y prestas manos 

Gran número de tiros despidieron : 

Del toldo el hijo de Pillan salía, 

Y una flecha á buscarle que venía. 



84 



LA ARAIIGUNA. 



Por el siniestro lado (¡ oh dura suerte !) 
Rompe la cruda punta, y tan derecho, 
Que pasa el corazón más hravo y fUerlo 
Que jamás se encerró en humano pecho : 
bo tal tiro quedó ufana la Muerte 
Viendo de un solo golpe tan gran hecho ; 
Y, usurpando la gloria al homicida, 
8e atribuye á la Muerte esta herida. 

Taato rigor la aguda flecha trujo 
Que al bárbaro tendió sobre la arena. 
Abriendo puerta á un abundante flujo 
De negra sangre por copiosa vena : 
Del rostro la color se le retrujo. 
Los ojos tuerce, y con rabiosa pena 
La alma, del mortal cuerpo desatada, 
Bajó Turiosa á la infernal morada. 

Ganan los nuestros foso y baluarte, 
Que nadie los impide ni embaraza, 

Y así por veinte lados la más parte 
Pisaba de la Tuerza ya la plaza : 
Los bárbaros con ánimo y sin arte, 
Sin celada, ni escudo, y sin coraza, 
Comienzan la batalla peligrosa, 
(<i*uda, flera, reñida y sanguinosa. 

En oyendo los indios extranjeros 
Que con Lautaro estaban recogidos 
El súbito rumor, salen ligeros. 
Del miedo y sobresalto apercebidos : 
M'is oyendo los golpes carniceros. 
El ánimo turbado y los sentidos. 
Con atentas orejas acechaban 
Adonde con menor rigor sonaban : 

Como tímidos gamos, que el ru'ído 
Sienten del cazador, y quietamente 
Altos los cuellos, tienden el oído 
Atento á aquel rumor confusamente ; 

Y el balar de la gama conocido 
Que apedazan los perros crudamente, 
Con furioso tropel toman la vía 
Que más de aquel peligro se desvía ; 

La baja y vil canalla, acostumbrada 
Á rendirse al temor do aquella suerte. 
Por ciega senda, inculta y desusada, 
Hompe el camino y desampara el fuerte, 
Acá y allá corriendo derramada ; 
Y era tan grande el miedo de la muerte. 
Que al más valiente y bravo se le antoja 
Ver un fiero español tras cada hoja. 

Pero aquellos que nunca el miedo pudo 
Hacerlos con peligros de su bando, 
Poniendo osado pecho por escudo, 
Están la antigua riña averiguando. 



La desnuda cabeza del agudo 
Cuchillo no se ve estar rehusando, 
Ni rehusa la espada la siniestra, 
Ejercitando ol uso de la diestra; 

Que el joven Corpillan, no desmayado 
Porque su espada y mano vino á tierra, 
.'\ntes en ira súbito abrasado 
Contra la parte del contrario cierra ; 

Y habiendo ya la espada recobrado. 
La diestra, que aun bullendo el puño afierra, 
Lejos con gran desdén y furia lanza. 
Ofreciendo la izquierda á la venganza. 

Flaqueza en Millapol no fué sentida. 
Viéndose atravesado por la hijada 

Y la cabeza de un revés hendida. 
Ni por pasalle el pecho una lanzada ; 
Que de espumosa sangre á la salida 
Vino la media lanza acompañada, 
Dejando aquel lugar del la vacío. 
Aunque lleno de rabia, furia y brío : 

Que á dos manos la maza aprieta fuerte, 

Y con furia mayor la gobernaba : 
Bien se puede llamar de triste suerte 
Aquel que el fiero bárbaro alcanzaba : 
Con la rabia postrera de la muerte, 
Una vez el ferrado leño alzaba ; 
Mas fallóle la vida en aquel punto. 
Cayendo cuerpo y maza todo junto. 

Aunque la muerte en medio del camino 
Lo quebrantó el furor con que venía. 
Un valiente español á tierra vino 
Del peso y movimiento que traía : 
Pero luego fué cu pie y con desatino, 
Hacia el lugar del dañador volvía, 

Y viendo el cuerpo muerto dar en tierra. 
Pensando que era vivo con él cierra : 

Y encima del cadáver arrojado, 
De dar la muerte al muerto deseoso, 
Recio por uno y por el otro lado, 
Hiere y ofende el cuerpo sanguinoso : 
Hasta tanto que ya desalentado 
Se firma recalado y sospechoso, 

Y vio á aquel que aferrado así tenía 
Vueltos los ojos y la cara fría. 

Traía la espada en esto Diego Cano 
I Tinta de sangre, y con Picol se junta : 
Haciendo atrás la rigurosa mano 
El pecho la barrena de una punta: ^ 
Turbado.de la muerte el araucano 
(«ayo en tierra, la cara ya difunta. 
Bascoso, revolviéndose en el lodo, 
I Hasta que la alma despidió del todo. 



CASTO DECIMOCUARTO. 



85 



De dos guipes Hernando de Al varado 
IH i con el suelto Talco en tierra muerto; 
Pen) fué mal herido por un lado 
l>el gallardo Guacoldo en descubierto : 
Esluvo el español algo atronado; 
M.K del atronamiento ya despierto, 
(kirriendo al fuerte bárbaro derecho 
La espada le escondió dentro del pecho. 

El viejo Villagrán con la sangrienta 
Espada por los bárbaros rompiendo, 
Mata, hiere, tropelía y atormenta, 
A tiempo á todas partes revolviendo : 
l'n golpe á Nico rn la cabeza asienta , 
Kl cual los turbios ojos revolviendo 
A tierra vino muerto; y de otro á Polo 
Le deja con el brazo izquierdo solo. 

Usadas las espadas al acero , 
Topando la desnuda carne blanda , 
Ayudadas de un ímpetu ligero 
han con piernas y brazos á la banda : 
No rehusa el segundo ser primero , 
Antes todos siguiendo una demanda, 
Como olas , que creciendo van , crecían , 

Y a la muerte animosos se ofrecían. 

La gente una con otra así se cierra, 
Uw aun no daban lugar á las espadas; 
Apenas los mortales van á tierra , 
Cuando estaban sus plazas ocupadas : 
l'nos por cima de otros se dan guerra 
Kahiestas las personas y empinadas, 

Y de modo á las veces se apretaban , 
Oue á meter por la espada se ayudaban. 

Las armas con tal rabia y Hierza esgrimen, 
<^ue los más de los golpes son mortales, 

Y los que no lo son así se imprimen, 
Que dejan para siempre las señales : 
TimIos al descargar los brazos gimen ; 
Mas salen los efetos desiguales , 

Que los unos topaban duro acero, 
Los otros el desnudo y blando cuem. 

Como parten la carne en los tajones 
Con los corvos cuchillos carniceros, 

Y cual de fuerte hierro los planchones 
Balen en dura yunque los herreros ; 
Asi es la diferencia de los son os 

Qu<» forman con sus golpes ios guerreros, 
Quien la carne y los huesos quebrantando. 
Quien templados arneses abollando. 

Pues Juan de Villagrán (Irme en la silla 
Contra Guarcondo á toda furia parte, 

Y la lanza le echó por la tetilla 

Coa una braza de asta á la otra parle: 



El bárbaro, la cara ya amarilla, 
Se arrima desmayado al baluarte; 
Dando en el suelo súbita caída, 
El alma vomitó por la herida. 

Pero Rengo, su hermano, que eu el suelo 
El cuerpo vio caer descolorido , 
Cuajóscle la sangre , y hecho un hielo , 
Del súbilo dolor perdió el sentido : 
Más vuelto en sí se vuelve contra el cielo, 
Blasfemando el soberbio y descreído ; 

Y el ñudoso bastón alzando en alio, 

A Juan de Villagrán llegó de un sallo. 

Mas antes Pon con una flecha presta 
Hirió el caballo en medio de la frente , 
Empínase el caballo, el cuello enhiesta, 
Al freno y á la espuela inobediente ; 

Y entre los brazos la cabeza puesta , 
Sacude el lomo y piernas impaciente : 
Rendido Villagrán al duro hado , 
Desocupó el arzón y ocupó el prado. 

Apenas en el suelo había caído 
(Cuando la presta maza deccndía 
Con una extraña fuerza y un ruido 
Que rayo ó terremoto parecía ; 
Del golpe el español quedó adormido, • 

Y el bárbaro con otro revolvía , 
Bajando á la cabeza de manera , 

Que sesos, ojos y alma le echó fuera. 

Y con venganza tíil no satisfecho 
Del caso desastrado del hermano , 
Antes con nueva rabia y más despecho, 
Hiere de tal manera á Diego Cano, 
Que, la barba inclinada sobre ol pecho, 
So le cayó la rienda de la mano; 

Y sin ningún sentido, casi frío, 
El caballo lo lleva á sú albedrío. 

En medio de la turba embravecido 
Esgrime en torno la ferrada maza ; 
A cual deja contrecho, á cual tullido, 
Cual el pescuezo del caballo abraza; 
Quien se tiende en las ancas aturdido; 
Quien , forzado , el arzón desembaraza ; 
Que todo á su pujanza y furia insana 
Se le bate , derriba y se le allana. 

Por parles más de diez le iba manando 
La sangre, de la cual cubierto andaba ; 
Pero no desfallece, antes bramando, 
(.Ion más fuerza y rigor los golpes daba : 
Ligero corre ; acá y allá saltando 
Arneses y celadas abollaba; 
Hunde las altas crestas, rompe sesos. 
Muele los nervios, carne y duros huesos. 



^6 LA ABAUCANA. 

En esto un gran rumor iba creciendo 
De espadas , lanzas , grita y vocería , 
Al cual confusamente, no sabiendo 
La causa, mucha gente allí acudía : 
Y era un gallardo mozo que esgrimiendo 
Un fornido cuchillo, discuriía 
Por medio de las bárbaras espadas, 
Haciendo en armas cosas extremadas. 



Venía el valiente mozo belicoso 
De una furia diab<51ica movido, 
El rostro flero , sucio y polvoroso , 
Lleno do sangre y de sudor teñido : 
Como el potente Marte sanguinoso, 
Guando do furor bélico encendido. 
Bate el ferrado escudo de Vulcano , 
Blandiendo la asta en la derecha mano. 

Con un diestro y prestísimo gobierno 
El pesado cuchillo rodeaba, 

Y á Ci\)n, como si fuera junco tierno, 
En dos partes de un golpe lo tajaba : 
Tras éste al diestro Pon envía al inflerno, 

Y tras de Pon á Lauco despachaba : 
No hallando defensa en armadura , 
Descuartiza , desmiembra y desügura. 

Llamábase éste Andrea, que en grandeza 

Y proporción de cuerpo era gigante , 
Do estirpe humilde, y su naturaleza' 
Era arriba de Genova al Levante : 
Pues con aquella fuerza y ligereza 
A los robustos miembros semejante , 
El gran cuchillo esgrime de tal suerte. 
Que á todos los que alcanza da la muerte. 

De un tiro á Guaticol por la cintura 
Le divide en dos trozos en la arena, 

Y de otro al desdichado Quilacura 
Limpio el derecho muslo le cercena : 



Pues de golpes así desia hechura 
La gran plaza de muertos deja llena , 
Que su espada á ninguno allí perdona , 
Y unos cuerpos sobre otros amontona. 



A Coica de los hombros arrebata 
La cabeza do un. tajo, y luego tiende 
La espada hacia Maulen , señor de Itata, 

Y de alto á bajo de un revés le hiende : 
Lanzas, hachas y mazas desbarata , 
Que todo el pueblo bárbaro le ofende , 
Llevando muchos tiros enclavados 

En los pechos, espaldas y en los lados. 

Como la osa valiente perseguida. 
Cuando la van monteros dando caza, 
Que con rabia y dolor de la herida 
Los ñudosos venablos despedaza : 

Y furiosa, impaciente, embravecida. 
La senda y callejón desembaraza , 
Que los heridos perros lastimados 
Le dan ancho lugar escarmentados ; 

De la misma man«ra el flero Andrea, 

Cercado de los bárbaros venía, 

Pero do tal manera se rodea , 

Que gran camino con la espada abría : 

Crece el hervor, la grita y la pelea 

Tanto que la más gente allí acudía. 

He aquí á Rengo también ensangrentado 

Que liega á la sazón por aquel lado : 

Y como dos mastines rodeados 

De gozques importunos , que en llegando 
A verse, con los cer.os erizados 
Se van el uno al otro regañando : 
Así los dos guerreros señalados , 
Las inhumanas armas levantando, 
Se vienen á herir... Pero el combate 
Quiero que al otro canto se dilate. 



CANTO XV. 



4a qíeSríinL^odellorrpny /"***? '"^ ^*^"*» «" '* <'"»' f"«^«" muertos todos los araucnoi 
hastrne/.r á S • v a ^r»„HÍ T* ^ ^.* "^"^"^^ '* navepación que las naos del Perú hicieron 
pawíon. * ' ^ ^ *°**® lormenla que oul: e el rio de Maule y el puerto de U Concepción 

¿ QuK cosa puede haber sin amor buena ? 



;. Qué verso sin amor dará contento ? 
¿ Dónde jamás so ha visto rica vena 
Que no tonga do amor el nacimiento ? 
No se puede llamar materia llena 
La que de amor no tiene el fundamento 
Los contentos, los gustos, los cuidados, 
Son^ si no son de amor, como pintados. 



Amor de un juicio rústico y grosero 
Hompe la dura y áspera corteza ; 
Produce ingenio y gusto verdadero, 
Y pone cualquier cosa en más fineza : 
Dante, Arioslo, Petrarca y el Ibero (t). 
Amor los trujo á tanta dclgadeza : 
Que la lengua más rica y más copiosa , 
Si no trata de amor es disgustosa. 
1. Garcilaso 



CANTO DECIMOQUINTO. 



87 



Poes yo, de amor desnudo y oraamenlo, 
Clon un inculto ingenio y rudo estilo, 
; (^('•ina he tenido tanto atrevimiento, 
Mué me ponga al rigor del crudo filo ? 
iVro mi celo bueno, y srino intento, 
Kr>to me hace á mí afuular el hilo 
Que ya con el temor corlado había, 
Pensando remediar esta osadía. 

Quíselo aquí dejar, considerado 
Ser escritura larga y trabajosa. 
Por ir á la verdad tan arrimado 

Y haber de tratar siempre de una cosa : 
Que no hay tan dulce estilo y delicadOi 
Ni pluma tan cortada y sonorosa, 

Que en un largo discurso no se estrague, 
Ni gusto que un manjar no lo empalague. 

Que si á mi discreción dado me fuera 
Salir ai campo y escoger las flores, 
Quizá el cansado gusto removiera 
La asada variedad de los sabores : 
Pues como otros han hecho, yo pudiera 
Kntretejer mil fábulas y amores; 
Mas, ya que tan adentro estoy metido, 
Habré de proseguir lo prometido. 

Al lombardo dejé y al araucano 
Donde la guerra andaba más trabada, 
Que vienen á juntarse mano á mano, 
I^ espada alta y la maza levantada ; 
De malla está cubierto el italiano; 
Kl indio la persona desarmada, 

Y así cíímo más suelto y más ligero, 
Ko descargar el golpe fué el primero, 

Kl membrudo italiano, como vido 

Ln maza y el rigor con que bajaba, 

\\7/> el escudo en alio, y recogido 

Debajo del, el golpe reparaba : 

Por medio el fuerte escudo fué rompido 

Y en modo la cabeza le cargaba, 

Que batiendo los dientes vio en el suelo 
Las estrellas más mínimas del cielo. 

Kl brazo descargó, que alto tenía 
Sobre el valiente bárbaro el lombardo, 
Pensando que dos piezas le haría 
Según era del ánimo gallardo : 
Pero Rengo, que punto no perdía, 
<lomo una onza ligera y suelto pardo 
l'n presto sallo dio á la diestra mano, 
l)e suerte que el cuchillo bajó en vano. 

Tras esto el diestro bárbaro rodea 
I.«i poderosa maza, de manera 
Que á acertarle de Heno, no al Andrea, 
Pero UQ duro peñasco deshiciera. 



igual andaba entre ellos la pelea, 
Aunque temo yo á Rengo á la primera 
Vez que el cuchillo baje, si le halla. 
Que habrá fin con su muerte la batalla. 

Mas con destreza y gran rcportamienlo, 
Desnudo de armas y de esfuerzo armado, 
Kntra, sale y revuelve como el vienlo, 
Que en mana y ligereza era extremado : 
Hace siempre su golpe, y al momento 
Le halla el enemigo así apartado. 
Que aunque el cuchillo de djs brazas fuera 
Alcanzar á herirle no pudiera. 

Mil golpes por el aire arroja en vano 
El furioso italiano embravecido, 
Viendo como desnudo un araucano 

Y él armacfo, le tiene en tal partido : 
La izquierda junta á la derecha mano, 

Y apretando la espada, de corrido 

Al bárbaro arremete, altos los brazos, 
Pensando dividirle en dos pedazos. 

El araucano con mañoso brío, 
Raja la maza, firmo lo esperaba, 
Mas el cuerpo hurtó con un desvío 
Al tiempo que el cuchillo derribaba : 
Así que el brazo y golpe dio en vacío, 

Y de la fuerza inmensa que llevaba, 
El gran cuchillo suslenUir no pudo, 
Quedando allí con sólo medio escudo, 

Pues como tal la vi(), suelta la maza, 
Orrando el presto bárbaro do hecho, 

Y cuerpo á cuerpo así con el se abraza, 
Que le imprime las mallas en el piicho ; 
No por esto el lombardo se embaraza, 
Mas piensa del así haber mas derecho, 

Y con brazos durísimos lo afierra, 
Creyendo levantarla de la tierra. 

Lo que el valiente Al cides hizo á Anteo 
Quiso el nuestro hacer del araucano ; 
Mas no sali<) fortuna á su deseo, 

Y así el deseado efcto salió eu vano : 
Que el esforzado Rengo de un rodeo 
Lo lleva largo trecho por el llano, 
Sobre los cuerpos muertos tropezando, 
Siempre con más furor sobre él cargando. 

Andrea de empacho, ardiendo en i^ibia viva 
Sintiéndose de un hombre así apurado, 
Kirmc en el suelo con los pies estriba. 
Cobrando esfuerzo del honor sacado, 

Y de manera sobre Rengo arriba 
Que de tierra lo lleva levantado, 

Que era de fuerza grande y de gran pruebn, 
I Raslante á comportar Ja carga nueva. 



88 LA 

Yo vi entre muchos júvenes valientes 
Sobre pruebas de ftierza porfiando. 
Trabar él una cuerda con los dientes, 
Asiendo cuatro de ella, y estribando 
Todos á un tiempo á partes diferentes, 
Á su pesar llevarlos arrastrando ; 

Y de so'os los dientes se valía. 
Que las manos atrás presas tenía ; 

Y con facilidad y poca pena, 

La mayor bota ó pipa que hallal-a, 
Capaz de veinte arrobas, do agua llena, 
De tierra un codo y más la levantaba ; 

Y suspendida sin verter, serena, 
La sed por largo espacio mitigaba, 
Bajándola después al suelo llano 
Como si fuera un cántaro lívian». 

Aconteció otras veces barqueando 
Ríos en esta tierra caudalosos, 
Ir la corriente el ímpetu esforzando, 
Á desbravar en riscos peñascosos : 
Arrebatando el barco, no bastando 
La fuerza de los remos presurosos, 

Y él, cubierto de malla como estaba. 
Luego animoso al agua se arrojaba ; 

Y una cuerda en la boca, revolviendo 
Al furioso raudal el duro pecho, 

Los píes y fuertes brazos sacudiendo. 
Rompía por la canal casi derecho 
Remolcando la barca, y, resistiendo 
El ímpetu del agua, del estrecho 
La sacaba á la orilla en salvamento. 
Haciendo otras mil cosas que no cuento. 

A Rengo aquí también sobrepujaba. 
Que no fué de su fuerza menor prueba ; 
Pero Rengo que en ira se abrasaba. 
Viendo que sin firmarse alto lo lleva. 
Hizo por fuerza pie y sobre él lomaba. 
Sacando la vergíienza fucr¿a nueva ; 
Pero al cabo los dos se desasieron, 

Y otra vez á las armas acudieron : 

Y comienzan de nuevo el fiero asaltq 
Como si descansaran todo el din. 
Ora presto por bajo, ora por alto. 
Sin miedo el uno al otro acometía : 
Rengo, que de armadura estaba falto, 
Con tal destreza y maña se regía, 

Que sostiene en un peso aquella guerra, 
No perdiendo una mínima de tierra. 

Con presteza una vez tal golpe asienta 
Al valiente cristiano por un lado, 
Que toda la persona le atormenta, 
Según que fué de fuerza muy cargado ; 



ARAUCANA. 

Otro redobla, y otro, y á mi cuenta 
Al cuarto, que bajaba más pesado. 
El astuto italiano se desvía, 

Y de una punta al bárbaro hería. 

La espada le atraviesa el brazo fuerte 
Abriéndole en el lado una herida ; 
Mas fué tal su ventura y diestra suerte 
Que no le privó el golpe de la vida : 
El bárbaro en ponzoña se convierte, 

Y con braveza fuera de medida. 
Con el fiero enemigo fué en un punto, 
Descargando la maza todo junto. 

El italiano en alto el medio escudo 
Alzó por recoger el golpe extraño; 
Pero del todo resistir no pudo. 
Aunque se reparó parte del daño : 
Batióle la cabeza el golpe crudo, 

Y cual si el morrión fuera de estaño, 

Y no de fuerte pasta bien templado, 
Así de aquella vez quedó abollado. 

Dos ó tres pasos dio desvanecido 
Del golpe el italiano, vacilando. 
Perdida la memoria y el sentido, 

Y anduvo por caer titubeando : 
La sangre por el uno y otro oído 
Le reventó en gran flujo, como cuando 
Revienta de abundancia alguna fuente, 

Y en píe se tuvo bien difícilmente. 

Pero vuelto en su acuerdo, que se mira 
Lleno de sangre y puesto en tal estado, 
Más furioso que nunca, ardiendo en ira 
De verse así de un bárbaro tratado. 
El brazo con el pie diestro retira 
Para tomar más fuerza, y el pesado 
Cuchillo derribó con tal ruido 
Que revocó en los montes del sonido. 

Rengo, que el gran cuchillo bajar siente 

Y el ímpetu y furor con que venía, 
Cruzando la alta maza osadamente 
Al reparo debajo se metía : 
No fué la asta defensa suficiente 
Por más barras de acero que tenía ; 
Que á tierra vino dcUa una gran pieza, 

Y el furioso cuchillo á la cabeza. 



Fué este golpe terrible y peligrosa. 
Por do una roja fuente manó luego, 
Y anduvo por caer Rengo dudoso. 
Atónito y de sangre casi ciego ; 
El italiano allí no perezoso, 
Viendo que no era tiempo desosiego, 
Baja otra vez el gran cuchillo agudo 
Con todo aqnel vigor que dall^ pudo. 



CANTO DÉCrMOQUINTO. 



89 



En medio de la frente en descubierto 
Hiere al turbado Rengo el italiano, 

Y hubiórale de arriba atajo abierto, 
Si no (orciera al descargar la mano : 
El golpe fué de llano, y como moer lo 
Vino al suelo tendido el araucano ; 

Y cl cuchillo del í?olpe atormentado 
Por tres ó cuatro partes Alé quebrado. 

Crino, que volvió cl rostro al grand ruido 
I>el poderoso golpe y la caída, 
Viendo al valiente Rengo así tendido, 
Pensíí que era pasado de esta vida : 
Y, de amistad y deudo conmovido, 
1j espada de su propio amo homicida, 
'^uc en Penco Tucapel ganado había, 
En venganza del bárbaro esgrima. 

Pasa al Andrea de un golpe el estofado, 
No reparando en él la cruda espada, 
Que rompiendo la malla por el lado, 
Le penetro hasta el hueso la eslocada : 
Vuelve con un mandoble, y recatado 
Andrea viendo venir la cuchillada, 
Filé tan presto con él por rosislirlc, 
Qac no le dejó tiempo de herirle. 



í^in darle más lugar con él se aílerra, 
Donde en satisfacción de la herida. 
Aliándole bien alto de la tierra. 
1)€ espaldas le tendió con gran caída ; 

Y por dar presto (In á aquella guerra 
La espada le quitó y luego la vida ; 
Metiéndose tras esto por la parle 

Que andaba más sangriento el Qero Marte. 

Hiende por do el montón ve más estrecho ; 
Triste de aquel que allí con él se junta; 
' no parte al través, otro al derecho, 
'^tro al sesgo, otro ensarta de una punta ; 
Oíros que tiende, aun no bien satisfecho, 
A coces los quebranta y descoyunta ; 
brazos, cabezas por el aire avienta 
^10 termino, sin número, ni cuenta. 

El huen Lasarte con la diestra airada 

K« medio del furor se desenvuelve. 

Pasa el pecho á Talcuen de una estocada, 

Y sobre Titaguan furioso vuelve : 
Abrióle la cabeza desarmada ; 
Mas el rabioso bárbaro revuelve, 

Y anles que la alma diese le da un tnjo, 
Que se tuvo al arzc5n con gran trabajo. 

^^acheco á Norpa abrió por el costado, 
^ á Longiival derriba tras él muerto : 
I ues Juan Gómez también por aquel lado, 
^« fresca sangre bárbara cubierto» 



Había de un golpe á Coica derribado 

Y á Galvo el desarmado vientre abierto : 
El bárbaro mortal, la color vuelta. 
Dio en el postrer suspiro la alma envuelta. 

Gabriel de Villagrán no estaba ocioso. 
Que á Cinga y á Pillolco había tendido, 

Y andaba revolviéndose animoso 
Entre los hierros bárbaros metido. 
El rumor de las armas sonoroso, 
Los varios apellidos y el ruido, 
A las aves confusas y turbadas 
Hacen eslar mirándolos paradas. 

Crece la rabia y el furor se cncidnde. 
La gente por juntarse se apiñaba. 
Que ya ninguno más lugar pretende 
Del que para morir en pie bastaba : 
Quien corta, quien barrena, rompe, hiende, 
Y era el estrecho tal y priesa brava, 
Que sin caer los muertos de apretados, 
Quedaban á los vivos arrimados. 

La soberbia, furor, desdén, dcnu6 Ío, 
La prisa de los golpes y dureza. 
Figurarla del todo aquí no puedo. 
Ni la pluma llevar con tal presteza : 
De la muerte ninguno tiene miedo, 
Antes si vuelve el rostro más tristeza 
Mostraban, porque claro conocían 
Que vencidos quedaban si vivían. 

Mas aunque de vivir desconfiaban. 
Perdida de vencer ya la esperanza, 
El punto de la muerte dilataban 
Por morir con alguna más venganza : 
Y no por esto el paso retiraban. 
Ni el pecho rehusaban de la lanza. 
Si por mover un paso, como digo, 
Dejasen de ofender al enemigo. 

Cuatro aquí, seis alli, por todos lados 
Vienen sin detenerse á tierra muertos, 
Unos de mil heridas desangrados. 
De la cabeza al pecho otros abiertos ; 
Otros por las espaldas y costados 
Los bravos corazones descubiertos, 
Así dentro en los pechos palpitaban. 
Qué bien el gran co:aje declaraban. 

Quien en sus mismas tripas trjpezando 
Al odioso enemigo arremetía, 
Quien por veinte heridas resollando 
Las cubiertas entrañas descubría : 
Allí se viola vida eslar dudando 
Por qué puerta de súbito saldría ; 
Al fin salía por todas, y á un momento 
Faltaba fuerza, vida, sangre, aliento. 



90 



LA ARAUCVNA. 



Ya pues no estaba oo pie la octava parte 
De los bárbaros, muertos, no rendidos : 
Villagrán, que miraba esto de aparte. 
Viendo los que quedaban tan heridos, 
Les envió dos indios de su parte 
A decir que se entreguen por vencidos 
Somelí endose al yugo y obedicncU, 

Y que usará con ellos de clemencia. 

« 

Todos los españoles retrujeron 

Las espadas y el paso en el momento, 

Y los dos mensajeros propusieron 
El pacto, condición y ofrecimiento : 
Pero los araucanos, cuando oyeron 
Aquel partido infame, el corrímienlo 
Fué tanto y su coraje, que respuesta 
No dieron á la plática propuesta. 

Los ojos contra el cielo vueltos braman, 
¡ Morir I ¡ morir ! no dicen otra cosa, 
Morir quieren, y asila muerte llaman 
Gritando : ¡ Afuera vida vergonzosa ! 
Esta fué su respuesta y esto claman ; 

Y á dar ñn á la guerra sanguinosa 
Se disponen con áninjo y braveza, 
Sacando nuevas fuerzas de flaqueza. 

Espaldas con espaldas se juntaban, 
Algunos de rodillas combatiendo, 
Que las tullidas piernas les faltaban, 
Sostenerse sobra ellas no pudicndo : 

Y aun así las espadas rodeaban ; 
Otros, que ya en el suelo retorciendo 
Se andaban, por dañar lo que podían 
Á los contrarios pies se revolvían. 

Viéranse vivos cuerpos desmembrados 
Con la furiosa muerte porfiando. 
En el lodo y sangraza derribados, 
Que rabiosos se andaban rovolcando : 
De la suerte que vemos los pescados 
Cuando se va algún lago desaguando. 
Que entre dos elementos se estremecen, 

Y en ellos revolcándose perecen. 

Sí el crudo Sila, si Nerón sangriento, 
(Por más sed que desangre ellos mostraran) 
Della vieran aquí el derramamiento, 
Yo tengo para mí que se hartaran, 
Pues con mayor rigor, á su contento 
En viva sangre humana se bañaran. 
Que en Campo Marcio Sila carnicero, 

Y en el foro de Roma el bestial Ñero. 

Quedaron por igual todos tendidos 
Aquellos que rendir no se qitisieron, 
Que ya al fin de la vida conducidos 
A la forzosa muerte se rindieron ; 



Los lasos españoles mal heridos 
De la cercada plaza se salieron, 
De armas y cuerpos bárbaros tan llena, 
Que sobre ellos andaban á gran pena. 

Ningún bárbaro en pie quedo en el fuerte, 
\i brazo que mover pudiese espada ; 
Sólo Mallen, que el punto de la muerte 
Le dio de vivir gana acelerada : 

Y rendido al temor y baja suerte, 
Viéndose de una fiera cuchillada 
En el siniestro brazo mal herido, 
Detrás de un paredón se había escondido. 

No sintiendo el rumor que antes se oía. 
Que en torno retumbaba todo el llano, 
Que, como dije, ya la muerte había 
Pueslo silencio con airada mano ; 
Dejó aquel paredón, y á ver salía 
Si hallaba por allí algún araucano 
A quien se encomendar que le salvase, 

Y la sensible llaga le apretase. 

Mas cuando vio la plaza cual estaba, 

Y en sus amigos tal carnicería. 

Que aunque la muerto los desfiguraba. 
La envidia conocidos los hacía ; 
3on ira vergonzosa presentaba 
La espada al corazón, y así decía : 
¡ Cómo I ¿ yo solo quedo por testigo 
De la muerte y valor de tanto amigo? 

Cobarde corazón, por cierto indino 
De algún golpe de espada valerosa, 
Pues fué por eleccicín y no destino 
Perder una sazón tan venturosa : 
Tú me apartaste ¡ oh flaco I del camino 
De un eterno vivir, y á vergonzosa 
Muerto he vonido ya con mengua tuya, 
Por más que la mi diestra lo rehuya. 

Si á mi sangre con ésta del estado 
Mezclarse aquí le fuere concedido, 
V'iendo mi cuerpo entre estos arrojado. 
Aunque de brazo débil ofendido, 
Quizá seré en el número contado 
De los que así su patria han defendido : 
Más ¡ aj triste de mí I que en la herida 
Será mi flaca mano conocida. 

¿ Qué indicios bastarán, qué recompensa, 
Qué enmienda puedo dar de parle mía. 
Que yo satisfacer pueda á la ofensa 
Hecha á mi honor y patria y compañía ? 
Yo turbo el claro honor y fama inmensa 
De tantiís, pues podrán decir que había 
Entre ellos quien de miedo, bajamente, 
Del enemigo apenas vio la frente. 



CANTO DECIMOQUINTO. 



91 



; Porqué al temor doy fuerzas diíalando 
Con prolijas razones mi Jornada? 
Arrcpenlimie ¿ qué aprovecha cuando 
Ya el arrepentimiento vale nada? 
Aquí cerró la voz , y no dudando 
Entrega el cuello á la homicida espada : 
(Corriendo con presteza el crudo filo, 
^in sazón do la vida cortó ei hilo. 

Cese el furor del fiero Marte airado, 

Y descansen un poco las espadas, 
Knlre tanto que vuelvo al comenzado 
Camino de las naves derramadas : 
Que conira el recio Nolo porfiado, 
I)e Ncpluno las olas levantadas , 
Proejando por fuerza iban rompiendo, 
Del viento y agua el ímpetu venciendo. 

Por entre aquellas islas navegaron, 
Lhmadas Sangallás antiguamente, 

Y las otras ignotas se dejaron 

\ la diestra de parle del poniente, 
A Chulé á la siniestra, y an-ibaron 
Kn Arica, y después difícilmente 
Vimos á Copiapó, valle primei*o 
Del distrito de Chile verdadero. 

AUí con libertad soplan los vientos, 

I>e sus caveruas cóncavas saliendo, 

^ Tunosos, indómitos, violentos, 

lodo aquel ancho mar van discurriendo : 

Hooipiendo la prisión y mandamientos 

l)c Eülo su rey, el cual temiendo 

Uue el mundo no arruinen, los encierra 

Kchandoles encima una gran sierra. 

No ron esto su furia corregida , 
^ "-udose en sus cavernas apremiados , 
Huscan con gran estruendo la salida 
Por los huecos y Cí'mcavos cerrados : 
^ así la firme tierra removida 
Tiembla, y hay terremotos tan usados, 
I>err¡bando en los pueblos y montañas 
Hombres, ganados, casas y cabanas. 

Menguan allí las aguas, crece el día 

M revés de la Europa , porque es cuando 

í*'! sol del equinoccio se desvía , 

^ al Capricornio más se va acercando. 

Pues desde allí las naves , que á porfía 

tí^rivn, al mar y al austro contrastando, 

l|e Üiíreas ayudadas luego fueron, 

^ en el puerto Coquimbico surgieron. 

'^{H^nas eo la deseada arena , 
balidos de las naos el pie firmamos , 
^'Oando el prolijo mar, peligro y pena 
^^ tan largos caminos olvidamos ; 



Y á la nueva ciudad de la Serena , 

Que es dos leguas del puerto, caminamos 
En lozanos caballos guarnecidos, 
Al esperado tiempo prevenidos : 

Kn donde un caricioso acogimiento 
Á todoi nos hicieron y hospedaje , 
E<%limando con grato cumplimiento 
El socorro y larguísimo viaje : 

Y de dulce refresco y bastimento 
Al punto se aprestó el matalotaje ; 

Con que se reparó la hambrienta armada , 
Del largo navegar necesitada. 

Á la gente y caballos aguardaban , 
Qae por áspera tierra y despoblados 
Rompiendo con esfuerzo caminaban , 
De hambres y trabajos fatigados : 
Pero á cualquier fortuna contrastaban, 

Y desde poco á la ciudad llegados , 
Un mes en mucho vicio reposaron 
Hasta que los caballos reformaron. 

Al fia del cual, sin esperar la flota. 
Reparados del áspero camino, 
Toman do su demanda la derrota , 
Llevando á la derecha el mar vecino : 
Pasan la fértil Ligua, y á Quillota 
La dejaron á un lado, que convino 
Entrar en Mapochó, que es do pararon 
Las reliquias do Pouco que escaparon. 

El sol del común Géminis salía 
Trayendo nuevo tiempo á los moríales , 

Y del solsticio por zenit hería 

Las partes y región seplentriímales. 
Cuando es mayor la sombra al mediodía 
Por Cíite apartamiento en las australes, 

Y los vientos en más libre ejercicio 
Soplan con gran rigor d-l austral quicio. 

Nosotros, sin I- mor de los airados 
Vientos, que entonces con mayor licencia 
Andan en esta parte derramados 
Mostrando más entera su violencia, 
Á las usadas naves retirados 
Con un alegre alarde y aparcncia 
Las aferradas áncoras alzamos, 

Y al noroeste las velas entregamos. 

La mar era bonanza, el tiempo bueno, 
El viento largo, fresco y favorable, 
Desocupado el cielo y muy sereno, 
Con muestra y parecer de ser durable : 
Seis días fuimos así; pero al seteno, 
Fortuna, que en el bien jamás fué estable, 
Turbó el cielo de nubes, mudó el viento, 
Revolviendo la mar desde el asiento. 



92 



LA ARAUCANA. 



Bóreas furioso aquí lomó la mano 
Con presurosos soplos esforzados , 

Y súbito en el mar tranquilo y llano 
Se alzaron grandes montes y collados ■* 
Los españoles, que el furor insano 
Vieron del agua y viento, atribulados, 
Tomaran por partido estar en tierra , 
Aunque del todo hubiera fin la guerra. 

De mi nave podré sólo dar cuenta, 
Que era la capitana de la armada. 
Que arrojada de la áspera tormenta 
Andaba sin gobierno derramada : 
Pero ¿ quién será aquél que en tal afrenta 
Estarcí tan en sí que falto en nada? 
Que el general temor apoderado 
No me dejó aun para esto reservado. 

(>)n tal furia á la nave el viento asalta, 

Y fué tan recio y presto el terremoto. 
Que la cogió la vela mayor alta , 

Y estaba en punto el mástil de ser roto : 
Mas viendo el tiempo así turbado, salta 
Diciendo á grandes voces el piloto : 

¡ Larga la triza en banda ! ¡ larga ! j larga ! 
Larga presto; ay de mí ! ¡ que el viento carga ! 

La braveza del mar, el recio viento, 
Kl clamor, alboroto, las promesas, 
El cerrarse la noche en un momento 
De negras nubes lóbregas y espesas ; 
Imb truenos, los relámpagos sin cuento, 
Las voces de pilotos y las priesas, 
Hacen un son tan triste y armonía, 
Que parece que el mundo perecía. 

I Amaina ! | amaina! gritan marineros, 
¡ Amaina la mayor! ¡ iza trinquete ! 
Esfuerzan esta voz los pasajeros , 

Y á la triza un gran número arremete .* 
Los otros de tropel corren ligeros 

Á la escota, á la braza, al chafaldete; 
Mas del viento la fuerza era tan brava, 
Que ningún aparejo gobernaba. 

Ábrese el cielo, el mar brama alterado , 
Gime el soberbio viento embravecido; 
En esto un monte de agua levantado 
Sobre las nubes con un gran ruido 
Embistió el galeón por un costado , 
Llevándolo un gran rato sumergido, 

Y la gente tragó del temor fuerte 

Á vueltas de agua la esperada muerte. 

Mas quiso Dios que de la suerte como 
La gran ballena, el cuerpo sacudiendo 
Rompo con el furioso hocico romo, 
De las olas el ímpetu venciendo, 



Descubre y saca el espacioso lomo, 
En anchos cercos la agua revolviendo 
Así debajo el mar salió el navio, 
Vertiendo á cada banda un grueso río. 

El proceloso Bóreas más crecido 
La mar hasta los cielos levantaba, 

Y aunque era un mangle el mástil muy fo^ 
Sobre la proa la alta gavia estaba : [nido 
La gente con gran fuerza y alarido. 

En amainar la vela porfiaba. 

Que en forma de arco al mástil oprimía, 

Y así la racamenta no corría. 

Eolo, ó ya fue acaso , ó se doliendo 
Del afiigido pueblo castellano. 
Iba al valiente Bóreas recogiendo, 
Queriendo él encerrarle por su mano : 

Y abriendo la caverna , no advirtiendo 
Al Céfiro que estaba más cercano, 
Hotas ya las cadenas á la puerta 
Salió bramando al mar, viéndola abierta. 

Y con violento soplo, arrebatando 
Cuantas nubes halló por el camino, 
Se arroja al levantado mar; cerrando 
Más la noche c(m negro torbellino : 

Y las valientes olas reparando , 
Que del furioso Cierzo repentino 
Iban la vía siguiendo, las airaba, 

Y el removido mar más alteraba. 

Súbito la borrasca y travesía , 

Y un turbión de granizo sacudieron 
Por un lado á la nao, y así pendía, 
Que al mar las altas gabias descendieron. 
Fué la furia tan presta, que aun no había 
Amainado la gente; y cuando vieron 
Los pilotos la costa y viento airado, 
Rindieron la esperanza al duro hado. 

La nao, del mar y viento contrastada, 
Andaba con la quilla descubierta , 
Ya sobre sierras de agua levantada , 
Ya debajo del mar toda cubierta : 
Vino en estío de viento una grupada, 
Que abrió n la n^u i furiosa una ancha puer- 
Rompiendodol tiinqucte la una escola, [la, 

Y la mura mavor fué casi rota. 

Alzóse un alarido entre la gente, 
Pensando lial>er del lodo zozobrado, 
Miran al gran piloto alenlamente. 
Que no sabe mandar de atribulado : 
L^nos dicen : ¡ zaborda ! otros : ¡ detente; 
Cierra el timón rn banda ! y cuál turbado 
Buscaba escotillón, tabla ó madero, 
Para tentar el medio postrimero. 



CANTO DKCIMOQUINTO. 



93 



('rece el miedo, el clamor se multiplica, 
Inu dice:; á la mar ! olro:¡ arribemos ! 
Giro da grita: ¡amaina! otro replica: 
; A orza, no amainar, que nos perdemos 
ütr«> dice : ¡ herramientas, pica, pica, 
Mástiles y obras muertas derribemos I 
AU'niía de acá y de allá la gente, 
Corre en munttm c<»nruso diligente. 

La< gúmenas y jarcias rechinaban 
Iiel turbulento Céfíro estiradas, 
Y las hinchadas olas rebramaban 
En las vecinas rocas quebrantadas 



Que la escura tiniebla penetraban, 

Y cerrazón de nubes intricadas ; 

Y así en las peñas ásperas batían, 
Que blancas hasta el cielo resurtían. 

Travesía era el viento, y por vecina 
l^a brava cosía de arrecifes llena, 
Que del grande reflujo en la marina 
Hervía la agua mezclada con la arena : 
Rota la escota, larga la bolina, 
Suelto el trinquete, sin calar la entena, 

Y la poca esperanza quebrantada 
Por el furioso viento arrebatada. 



FIN DE LA PRIMERA PARTE. 



LA ARAUCANA. 



PARTE SEGUNDA. 



PROLOGO DEL AUTOR. 



Por haber prumetido de pruscguir esta hisUiria, no cüii puca dificultad y pesadumbre 
la he continuado ; y aunque esta segunda parte de la Araucana no muestre el trabajo 
que me cuesta, todavía quien la leyere podrá considerar el que se habrá pasado en 
escribir dos libros de materia tan áspera y de poca variedad, pues desde el principio 
hasta el fin no contiene sino una misma cosa ; y haber de caminar siempre por el rii^.r 
de una verdad y camino tan desierto y estéril, paréceroe que no habrá gusto que no se 
canse de seguirme. Así, temeroso dcsto, quisiera mil veces mezclar algunas cosas dife- 
rentes ; pero acordé de no mudar estilo, porque lo que digo se me tomase en dcscuentn 
de las faltas que el libro lleva, autorizándole con escribir en él el alto principio que el 
rey nuestro señor dio á sus obras con el asalto y entrada de San Quintín, por habernus 
dado otro aquel mismo día los araucanos en el fuerte de la Concepción. Asimismo trato 
el rompimiento de la batalla naval que el señor don Juan de Austria venció en Lepanto. 
Y no es poco atrevimiento querer poner dos cosas tan grandes en lugar tan humilde ; 
pero todo lo merecen los araucanos, pues ha más de treinta años que sustentan su opi- 
nión, sin jamás habérselos caído las armas de las manos, no defendiendo grandes ciu- 
dades y riquezas, pues de su voluntad ellos mismos han abrasado las casas y haciendas 
que tenían, por no dejar que gozar al enemigo ; mas sólo defienden unos terrones sec.'í 
(aunque muchas veces humedecidos con nuestra sangre) y campos incultos y pedrego- 
sos. Y siempre permaneciendo en su firme propósito y eniercza, dan materia larga y 
campo abierto, á los escritores. Yo dejo mucnof y aun lo más principal, por escribir 
para el que quisiere tomar trabajo de hacerlo ; que el mío le d )y por bien empleado, si 
se recibe con la voluntad que á todos le ofrezco. 



CANTO XVI. 



En este canto se acaba la tormenta. Contiénese la entrada de los españoles en el puerto de 
la ConcepciÓQ é isla de Talcapaano : el coasejo i^eoeral que los indios en el valle de Ongolmo 
tuvieron : la diferencia que entre Peteguelea y Tucapel hubo ; asimismo el acuerdo que sobre 
ella se tomó. 



Salga mi trabajada voz, y rompa 
El son confuso y mísero lamento 
Con eficacia y fuerza que interrompa 
El celeste y terrestre movimiento. 
La Fama con sonora y clara trompa, 
Dando más furia á mi cansado aliento, 
Derrame en todo el orbe do la tierra 
Las armas, el furor y nueva guerra. 

Dadme ¡ oh sacro Señor ! favor, pues creo 
Que es lo que sólo puede remediarme, 
Que en tan grande peligro ya no veo 
fóino vuestra fortuna en que salvarme : 



Mirad dónde me ha puesto el buen deseo. 
Favoreced mi voz con escucharme. 
Que luego el bravo mar viéndoos atento 
Aplacará su furia y movimiento. 

Y á vuestra nave, el rostro revolviendo, 
La socorred en este grande aprieto, 
Que, si decirse es lícito, yo entiendo 
Que á. vuestra voluntad todo es sujeto; 
Aunque el soberbio mar, contraveniendo 
De los hados al áspero decreto, 
Arrancando las peñas de su suelo 
Mezcle sus altas olas con el cielo. 



Kspcro que la rola nave mía 
lia de arribar al puerto deseado, 
Venciendo e! odio y conlumaz porfía 
l'el contrapuesto mar y vienlo airado: 
Uue procuran así impedir la vía 

Y diferir el término llegado 

Kn que la antigua causa tan reñida 
l*-r vuestra parle había de ser vencida. 

Los cuatro poderosos elementos, 
< ontra la flaca nave conjurados, 
Traspasando sus términos y asientos, 
Iban del IikIo ya desordenados, 
li)'i«'mito8, airados y violentos, 
Ttomovidos, revueltos y mezclados, 
Kn su antigua discordia y fuerza entera, 
íJjmo en el caos y confusión primera. 

Pues de tantos contrarios combatida 
La fatigada nave proejando 
Iba casi de un lado sumergida, 
Las poderosas olas contrastando ; 
Mas ya al furioso viento y mar rendida, 
Sin po<ler resistir, se va acercando 
A los yertos peñascos levantados, 
De las violentas olas azotados. 

Con la congoja del morir présenle, 
Las voces y las lástima» crecían, 
Que llevadas del Céfiro íncleT.enle 
Lejos las rocas cóncavas herían ; 
Pilotos, marineros y la gente, 
Como locos, sin orden discurrían : 
Unos dicen : ; alarga ! y otros : ¡ iza ! 
(Juien por ir á la escota va á la triza. 

El uno con el otro se atraviesa, 

Y así turbado del temor se impide ; 
íjuien á publicas voces se confiesa i 

y á Dios perdón de sus errores pido : 
K}u\en ba«:e voto expreso, quien promesa, 
ijQien de la ausente madre se despide, 
Haciendo el gran temor siempre mayores 
Los lamentos, plegarias y clamores. 

Por otra parle el cielo riguroso 
Del todo parecía venir al suelo, 

Y el levantado mar tempestuoso 

<-on soberbia hinchaztm subir al cielo. 
I K}iié os esto, eterno Padre poderoso ! 
¿ Tanto importa anegar un navichuelo, 
Que el mar, el vienlo y cielo de tal mcdo 
Pongan su fuerza extrema y poder lodo ? 

No la barca de Amidas asaltada 
Fué del viento y del mar con tal porfía, 
Que aunque de leños frágiles armada, 
El peso y ser del mundo sostenía : 



CANTO DECIMOSEXTO. 

Ni la nave de ülises, ni la armada 
Que de Troya escapó el último día 
V'ieron con tal furor el viento airado, 
Ni el removido mar tan levantado. 



95 



La confianza y ánimo más fuerte 
Al temor se entregaban importuno, 
Que la espantosa imagen de la muerte 
Se le imprimió en el rostro á cada uno : 
Del lodo ya rendidos á su suerte, 
Sin esperanza de remedio alguno, 
Kl gobierno dejaban á los hados 
Corriendo acá y allá düsatinados ; 

Cuando un golpe de mar incontrastable, 
Bramando, en un turbión de viento envuel- 
Rompió de la gran mura un grueso cable, [lo, 
Cubriendo el galeón ya todo vuelto. 
Pero aquí sucedió un caso notable, 

Y fuiS que el puño del Irinquele suelto 
Trabó del gran vaivén á la pasada 

El un diente de la áncora amarrada. 

Y cual si fuera estaca mal asida 

La arranca de su asiento y la arrebata, 

Y acá y allá del viento sacudida 
Todo lo abale, rompe y desbarata : 

Mas Dios, que de los suyos no se olvida, 
(Aunque á las veces su favor dilata) 
Hizo que en el bauprés dichosamente 
El áncora aferrase el corvo diente. 

La vela se fijó, y en el momento 
La nave gobernó rumbo derecho, 

Y á despecho del mar y recio viento 
Botando á orza el timón, salió al levecho ; 
Fué tanto nuestro súbito contento. 

Que el temeroso inadvertido pecho 
Pudo sufrir difícilmente á un punto 
El extremo de pena y gozo junto. 

Luego, piKís, que la súbita alegría 
Lanzó fuera al temor desconfiado, 

Y á su lugar volvió la sangre fría 

Que había los miembros ya desamparado, 

La esforzada y contri la compañía. 

El roslro al cielo en lágrimas bañado. 

Con oración devota y sacrificio 

Dio las gracias á Dios del beneficio. 

Mas el hinchado mar embravecido, 

Y el indómito viento rebramando, 
Al bajel acometen con ruido, 

En vano (aunque se esfuerzan) porfiando; 
Que la fortuna de Felipe asido 
Á jorro lo llevaba remolcando 
Sobre las altas olas espumosas. 
Aun de anegar los cielos deseosas. 



96 



En esto la cerrada niebla escura, 
Por el furioso vienlo derromada, 
Descubrimos al esle la Herradura 

Y al sur la isla de Talca levantada. 
Reconocida ya nuestra ventura, 

Y la araucana tierra deseada, 
Viendo el Morro do Penco descubierto 
Arribamos á popa sobre el puerto ; 

El cual está amparado de una isleta 
Que resiste al furor del norte airado, 

Y los continuos golpes de mareta 
Que le baten furiosos de aquel lado. 
La corva y larga punta una caleta 
Hace y seno tranquilo y sosegado, 
Da las cansadas naves, como digo, 
Hallan seguru albergue y dulce abrigo. 

La nave sin gobierno destrozada 
Surgió al alto reparo de una sierra. 
Engruesa amarra y áncora afirmada. 
Que con tenace diente aferró tierra. 
Apenas la alta vela fue amainada 
Cuando «I alegre estruendo de la guerra 
Nos extendió (tocando en los oídos) 
Los ánimos y niervos encogidos. 

La isleta os habitada de una gente 

Esforzada, robusta y belicosa. 

La cual viendo una nave solamente 

Venida allí por suerte venturosa, 

Gritando : ¡ guerra ! ¡ guerra ! alegremente ; 

Toma las Aeras armas, y furiosa, 

Con gran rebato y prisa re.pentina, 

Corre en tropel confuso á la marina. 

En la falda de un áspero recuesto 
En formado escuadrón se representa ; 

Y nosotros, con ánimo dispuesto 

Á cualquiera peligro y grande afi'en'a. 
Arremetimos á las armas presto ; 
Que el trabajo pasado y la tormenta 
Nos hizo á todos estimar en nada 
Cualquiera olro peligro y gran jornada. 

Con recobrado aliento y nuevo brío 
Corrimos al batel, de la manera 
Que si lejos de tierra en un bajío 
Encallada la nave ya estuviera : 

Y por los' anchos lados el navio 
Sus dos grandes bateles echó fuera, 
En los cuales saltamos tanta gente 
Cuanta pudo caber estrechamente. 

No es poético adorno fabuloso. 

Mas cierta historia y verdadero cuento, 

Ora fuese algún caso prodigioso, 

O extraño agüero y triste anunciamiento. 



LA ARAUCANA. 

Ora violencia de astro riguroso, 
Ora inusado y rapto movimiento, 
Ora el andar el mundo (y es más cierto) 
Fuera de todo término y concierto : 






Que el viento ya calmaba, y en p<.>niendo 
El pie los españoles en el suelo 
Cayó un rayo, de súbito volviendo 
En viva llama aquel nubloso velo ; 
Y, en forma de lagarto discurriendo, 
Se vio hender una cometa el cielo ; 
El mar bramó, y la tierra resentida 
Del gran peso gimió c<jmo oprimida. 

Corló súbito allí un temor helado 
Li fuerza á los turbados naturales, 
Por siniestro pronóstico tomado 
De su ruina y venideros males. 
Viendo aquel movimiento desusado, 

Y los prodigios tristes y señales 

Que su deslmzo y pérdida anunciaban, 

Y á perpetua opresión amenazaban. 

Dcsto medrosas, aguardar no osaron. 
Que soltando las armas ya rendidas. 
Del cerrado escuadrón se derramaron, 
'Procurando salvar las tristes vidas : 
El patrio nido al fin desampararon, 

Y con mujeres, hijos y comidas. 
Por secretos caminos y senderos 
Se escaparon en balsas y maderos. 

Luego los nuestros sin parar corriendo 
Las casas yermas, chozas y moradas 
Iban en todas partes descubriendo 
Las rústicas viandas levantadas, 

Y con gran diligencia previniendo 
Los caminos, las sendas y paradas : 
Por cavernas y espesos matorrales 
Buscaban los ausentes naturales ; 

Donde en breve sazón fueron hallados 
A.lguno8 pobres indios escondidos, 
Otros en pucblezuelns salteados, 
Que aun no estaban del miedo apercebidos : 
Mas con buen tratamiento asegurados. 
Dándoles jotas, llantos y vestidos, 

Y palabras de amor, los aquietaban, 

Y á sus casas, de paz, los enviaban. 

Dándoles á entender que nuestro intento 

Y causa principal de la jornada 
Era la religión y salvamento 
De la rebelde gente bautizada : 

Que en desprecio del santo sacramento 
La recibida ley y fe jurada 
Habían pérfidamente quebrantado 

Y las armas ilícitas tomado : 



CANTO DECIMOSEXTO. 



97 



Pero que si quisiesen convertirse 

A la cristiana ley que antes tenían, 

Y a la fe quebrantada reducirse 

Que al irrande Carlos Quinto dado habían» 

En todas las más cosas convenirse 

A su provecho y cómodo podrían, 

Haciéndoles con prendas Arme y cierto 

Cualquier partido lícito y concierto. 

Luego los instrumentos convenientes 
Al uso militar y á la vivienda 
Sacamos en las partes competentes, 
Que no hay quien nos lo impida ni deíicnda; 
Donde todos á un tiempo diligentes, 
Cual arma pabellón, cuál toldo ú tienda, 
Quién fuego enciende, y en el casco usado 
Tuesta el húmido trigo mareado. 

La negra noche horrenda y espantosa, 
Cubriendo tierra y mar cayó del cielo. 
Dejando antes de tiempo presurosa 
Envuelto el mundo en tenebroso velo : 
No quedó pabellón, tienda, ni cosa 
Que el viento allí no la abatiese al suelo, 
Pareciendo con nuevo movimiento 
Desencajar la isleta de su asiento ; 

Hasta que el tardo y deseado día 
Las nul>es desterró, y dejó sereno 
El cielo, revistiendo de alegría 
El aire escuro y húmedo terreno : 
Luego la trabajada compañía. 
Conociendo el instable tiempo bueno. 
Procura reparar con diligencia 
Del riguroso invierno la violencia. 

Uuo<i presto deslechan los pajizos 

Albergues de los indios ausentados; 

Otros con tablas, ramas y carrizos. 

Ai nuevo alojamienlo van cargados: 

V sobre troncos de árboles rollizos 

En las hondas arenas añrmados 

Oran número de ranchos levantamos, 

^ en breve espacio un pueblo fabricamos. 

Del modo que se ven los pajarillos 
D«la necesidad misma instruidos 
Por techos y apartados rinconcillos 
Tger y fabricar los pobres nidos, 
Que de pajas, de plumas y ramillos 
Van y vienen los picos impedidos, 
^sí en el yermo y descubierto asiento 
Fabrica cada cual su alojamiento. 

Va que todos, señor, nos alojamos 
£n el húmido sitio pantanoso, 
V coa industria y arte reparamos 
La furia del invierno riguroso, 



Las neceearias armas aprestamos, 
Soltando con estrépito espantoso 
La gruesa y reforzada artillería. 
Que en torno tierra y mar temblar hacía. 

En las remotas bárbaras naciones 

El grande estruendo y novedad sintieron 

Pacos, vicuñas, tigres y leones, 

Acá y allá medrosos discurrieron : 

Los delílnes, nereidas y tritones 

En sus hondas cavernas se escondieron ; 

Deteniendo confusos sus corrientes 

Los presurosos ríos y las fuentes. 

Sintióse en el estado la estampida, 

Y algunos tan atónitos quedaron, 
Que la dura cerviz, nunca oprimida, 
Sobre los yertos pechos inclinaron. 
Así avisados ya de la venida. 

Los instrumentos bélicos tocaron, 
Descogiendo por todas las riberas 
Sus lucidos pendones y banderas. 

En el valle de Ongolmo congregados 
Los diez y seis caciques araucanos, 

Y algunos capitanes señalados 
De los interesados comarcanos, 
Todos en general deliberados 

De venir con nosotros á las manos, 
Sobre el lugar, el tiempo y aparejo, 
Entraron los caciques en conscyo. 

Rengo también con ellos, que admitido 
Fué en consejo de guerra por valiente, 
Que si ya os acordáis^ quedt) aturdido 
En Mataquito entre la mucrla gente ; 
Pero volvió después en su sentido, 

Y al cabo se escapó dichosamente ; 

Que, aunque falto de sangre, tuvo fuerte 
Contra la furia de la airada muerte. 

Caupolican, en medio de ellos puesto, 
Á todos con los ojos rodeando. 
Que con silencio y ánimo dispuesto 
Estaban sus razones aguardando : 
Con sesgo pecho, y con sereno gesto. 
La voz en tono grave levantando, 
Hompió el mudo silencio, y echó fuera 
La soberbia intcnciún desta manera : 

Esforzados varones, ya es venido 
(Según vérnoslas muestras y señales) 
Aquel felice tiempo prometido 
En que habernos de hacernos inmortales 
Que la fortuna próspera ha traído 
De las últimas partes orientales 
Tantas gentes en una compañía 
Para que las venzáis en solo un día ; 

7 



98 



LA ARAOCANit. 



Y á cosía y precio de su sangro y vidas 
Del tpdo eternicéis vuestras espadas, 

Y nuestras mudas leyes oprimidas 
Sean en su libre fuerza restauradas ; 
Que por remotos reinos extendidas 
Han de ser inviolables y sagradas, 
Viviendo en igualdad debajo de ellas 
Cuantos viven debajo las estrellas. 

Y pues que con tan loco pensamiento 
Estas gentes se os han desvergonzado, 

Y en vuestra tierra y defendido asiento 
Las banderas tendidas han entrado, 

Es bion que el insolente atrevimiento 
Quede con nuevo ejemplo castigadOj 
Antes que, dando cuerda á su esperanza, 
Les dé fuerza y consejo la tardanza. 

Así, en resolución me determino, 
(Si, señores, también os pareciere) 
Que demos con asalto repentino 
Sobre ellos lo mejor que ser pudiere : 

Y nadie piense que hay otro camino 

Sino el que con su fuerza y brazo abriere; 
Que las rabiosas armas en las manos, 
Los han de dar por justos o tiranos. 

Á la plática fín con esto puso, 

Y el buen Peteguclen, viejo severo. 
Por más antiguo su razón propuso, 
(lomo soldado y sabio consejero. 
Diciendo ; ¡ Oh capitanes ! no rehuso 
De derramar mi sangre yo el primero, 
Que aunque por mi vejez parezca helada. 
En el pecho me hierve alborotada. 

Pero sola una cos«i me detiene. 
Haciéndome dudar el rompimiento, 

Y es la cierta noticia que se tiene 

Que es mucha gente y mucho el regimiento: 
Así que, claro vemos que conviene 
Gran resistencia á grande movimiento : 
Que siempre de eslimar poco las cosas 
Suceden las dolencias peligrosas. 

Que pues el silío y puesto que han tomado 
Es por natura fuerte y recogido. 
Del mar y altos peñascos rodeado, 
Por todas partes libre y defendido ; 
Será de más provecho y acertado 
Que á su plática y trato deis oído, 

Y que no se les niegue y contradiga, 
Pues que sólo el oír á nadie obliga : 

Que no podrá dañar, y en el comedio 
Podréis apercebir y juntar gente, 

Y en secreto aprestar para el remedio 
Todo lo necesario y conveniente, 



En las cosas diricítcs dar medio. 
Proveer á cualquier inconveniente. 
Atajar y romper los pasos llanos, 

Y al cabo remitirnos á las manos. 

No pudo decir más, que ardiendo en ira 
El bravo Tucapel, con voz furiosa 
Diciendo (le atajó) : Quien tanto mira 
Jamás emprenderá jornada honrosa ; 

Y si todo el estado se relira. 

Por parecerle que ésta es peligrosa. 

Yo solo tomaré, sin compañía, 

Las armas, causa y cargo á cuenta mía. 

¿ Por ventura tenéis desconQanza 

De vuestras propias fuerzas t<in probad¿is; 

Pues on cuanto arrojar pueden la lanza 

Y rodear los brazos las e^padas 

Dais causa que se note en vos mudanza, 

Y que %iiestras victorias mancilladas 
Queden con bajo y mísero partido, 

Y nuestro honor y crédito ofendido ? 

Pues entended que mientras yo tuviere 
Fuerza en el brazo y voz en el senado. 
Diga Peteguclen lo que quisiere. 
Que esto ha de ser por armas sentenciado; 

Y quien otro camino pretendiere. 
Primero le abrirá por mí costado ; 
Que esta* ferrada maza, y no oraciones, 
Le ha do dar las causas y razones. 

Si los que así os precias de bien hablados. 
El ánimo os bastare y el denuedo 
De combatir sobre esto, en campo armados 
Os probaré más claro lo que puedo : 
Mae quereísos mostrar tan concertados. 
Que llamando prudencia á lo que es miedo, 
Por no poner en riesgo vuestra vida, 
Á todo, con parlar, daréis salida. 

Peteguclen responde : Pues no halla 
Nunca en ti la razón acogimiento. 
Yo solo, viejo, quiero la batalla, 

Y castigar tu loco atrevimiento. 

De piel curtida armados, ó de malla, 
Con lanza, espada ó maza, á tu contento; 
Para mostrar que en justas ocasiones 
Tengo más largas manos que razones. 

¡ Quién pudiera pintar el rostro esquivo 
Que Tucapel mostraba contra el cielo, 
Lanzando por los ojos fuego vivo. 
No se di guando de mirar al suelo ! 
Dijo : Al fio pensamiento tan altivo 
Ya es digno del furor de Tucapelo ; 
Mas por mi honor y por tu edad querría 
Que metieses contigo compañía. 



CANTO DECIMOSEXTO. 



99 



El viejo ro^ondiú : Jamás (le ajenas 
Fuerzas en oin^úo tieispo me he ayudado. 
Ni de sangre aun están yacías mis venas, 
\í siento ci brazo así debilitado, 
Que no te piense dar las manos llenas. 
Mas Rengo, su sobrino, levan lado 
Se atravesó diciendo : El desafío 
Aceto yo, si quieres, por mi lío. 

Quiérelo, pido, y soy del lo copíenlo, 
iGrilaba Tucapel) y á diez contigo. 
Mas ssltsndo Orompello de su asiento, 
Dijo : Tú lo has de haber, Rengo, conmigo. 
También enmendaré tu atrevimiento, 
Hesponde el floro Rengo ; y más te digo, 
Que en poco tu amenaza y campo estimo 
liespués que haya acabado el de tu primo. 

Tiicapolo le dijo : Castigarle 
Pienso de lal manera yo primero, 
Que le cabrá á Orompello poca parte, 
Que á bien librar, serás mi prisionero : 
; Afuera I ¡ afuera ! ¡ sus ! haceos á parle, 
Que dilatar el término no quiero, 
Pues armas, tiempo y voluntad tenemos. 
Sino que luAgo aquí Jo averigiiemos. 

Ren^ y Pelegueleu le respondieran 
A un tiempo con las armas y razones, 
^i en medio á la saziSn no se pusieran 
Muchos caciques nobles y varones, 
Pidiendo que suspendan y difleran 
Aquellas amenazas y cuestiones, 
Hasta que la fortuna declarada 
biese próspero fln á la jornada. 

^upolican estaba ya impaciente 
^ ver que Tucapelo cada día 
En guerra, eu paz, injusta ó justamente, 
Sin ninguna atención los revolvía : 
Mas hubo de llevarlo blandamente, 
Que el tiempo y la sazón lo requería ; 
^ así, con gravedad y manso ruego 
Les reprimió el furor y apagó el fuego ; 

Quedando entre ellos puesto y acetado, 
Que luego que la guerra concluyesen, 
£1 viejo y Tucapel en eatacado 
Prancoa de solo á solo combatiesen : 
I^espués, que Tucapel y Rengo armado 
Ansimismo su causa difiniesen. 
El rumor aplacado, Colocólo 
Les comenzó á decir, hablando solo : 

(generosos caciques, si licencia 
Tenemos de decir lo que alcanzamos 
Los que por largos años y experiencia 
^ futuros sucesos rastreamos ; 



Vemos que nuestras fuerzas y potencia 
En sólo destruirnos las gastamos, 

Y el tirano cuchillo apoderado 
Sobre nuestras gargantas levantado. 

Y lo que da señal clara que sea 
Cierta vuestra caída y mi recelo, 
Es que ya la fortuna titubea, 

Y comienza á turbarse nuestro ciclo : 
Cuando un gran edificio se ladea. 

No está muy lejos de venir al suelo ; 
La máquina que en falso asiento estriba, 
Su misma pesadumbre la derriba. 

Por lo cual ya, sí mi opinión no yerra, 
Según el proceder y los indicios, 
Temo, y con gran razón, de ver por tierra 
Nuestros mal cimentados edificios : 

Y convertido el uso de la guerra 
En serviles *y bajos ejercicios 
Quebrantándose, al fln, vuestra protervia, 
Fundada en una vana y gran soberbia. 

Muerto á Lautaro vemos, y perdidas 
Con gran deshonra nuestra tres banderas, 
Rotas nuestras escuadras, y tendidas 
Al viento y sol por pasto de las fieras. 
Las fuerzas y opiniones divididas, 
Lleno el campo de gentes extranjeras, 

Y las furiosas armas alteradas 
Contra sus mismos pechos declaradas. 

Mirad que así, por ciega inadvertencia, • 
La patria muere y libertad perece. 
Pues con sus mismas armas y potencia 
Al derecho enemigo favorece : 
incurable y mortal es la dolencia 
Cuando á la medicina no obedece, 

Y bestial la pasión y detcslablo 
Que no sufro el consejo saludable. 

¿ Porqué con tanta saña procuramos 
Ir nuestra sangre y fuerzas apocando, 

Y envueltos en civiles armas damos 
Fuerza y derecho al enemigo bando ? 
¿ Por qué con lal furor despedazamos 
Esta unión invencible, condenando 
Nuestra causa aprobada y armas justas, 
Justificando en lodo las injustas ? 

¿ Qué rabia ó qué rencor desatinado 
Habéis contra vosotros concebido. 
Que así queréis que el araucano estado 
Venga á ser por sus manos destruido, 
Y, en su virtud y fuerzas abogado, 
Quede con nombre infame sometido 
A las extrañas leyes y gobierno 
En dura servidumbre y yugo eterno 7 



loo 



Volved sobre vosotros, que sin líenlo 
Corréis á toda priesa á despeñaros ; 
Refrenad esa furia y movimiento, 
Que os lleva á destruiros y arruinaros. 
¿ Sufrís al enemigo en vuestro asiento, 
Que quiero como á brutoft conquistaros, 

Y no podéis sufrir aquí impacientes 
Los consejos y avisos convenientes ? 

Que es cierto falta de ánimo, y bastante 
Indicio de flaqueza disfrazada, 
Teniendo al enemigo tan delante 
Revolver conlra sí la propia espada. 
Por no esperar con ánimo constante 
Los duros golpes de fortuna airada, 
Á los cuales resiste el pecho fuerte, 
Que no quiere acabarlo con la muerte. 

Pero pues tanto esfuerzo en \os. se encierra, 
Que á veces por ser tanlo lo condeno, 

Y de vuestras hazañas, no esta tierra, 
Mas todo el universo anda ya lleno ; 
Cese, cese el furor y civil guerra, 

Y por el bien común tened por bueno 

No romper la hermandad con torpes modos. 
Pues que miembros de un cuerpo somos todos. 

Si á la cansada edad y largos días 
Algún rcspelo y crédito se debe, 
Mirad á estas antiguas canas mías 

Y al bien público y celo que me mueve. 
Para que suspendáis vuestras porfías 
Por alguna .sazón y lierapo breve, 

Has la que el español furor declino 

Y la causa común se delermine. 

Y pues de vuestra discreción espero 

Que os pondrá en el camino que conviene, 
Traer otras razones más no quiero. 
Pues con vos la razi'n tal fuerza tiene : 
Dejadas, pues, á parte, lo primero 
Que venir á las manos nos detiene 

Y pone freno y límile al deseo, 
Ks el poco aparejo que aquí veo : 

Que por toias las partes nos divide 
Este brazo de mar que veis en medio, 

Y nuestra pretensión y paso impide. 
Sin tener de pasaje algún remedio : 

Y pues el enemigo se comide 

Á tralar de concierto y nuevo medio. 
Aunque nunca pensemos acetarlos, 
No nos podrá dañar el e^^cucharlos ; 

Pues por este camino tomaremos 
Lengua de su intención y fundamento. 
Que cuando no sea lícita, podremos 
Venir. de todo en todoá rompimiento : 



LA ARAUCANA. 

También en este léimino haremos 
De armas y munición preparamenlo, 
Que éstas serán al fin las que de hecho 
Habrán de declarar este derecho. 



Mas, conviene advertir, claros varones. 
Para llevar las cosas bien guiadas, 
Que nuestras exteriores intenciones 
Vayan siempre á la paz enderezadas ; 
Mostrándonos de flacos corazones, 
Las fuerzas y esperanzas quebrantadas, 

Y la lierra de minas de oro rica. 
Cebo goloso en que esta gente pica : 

Quizá por este término, sacalla 
Podremos del isleño si lio fuerte, 

Y con fingida paz aseguralla, 
Trayéndula por mañas á la muerte ; 

Y sin rumor ni muestra de batalla 
Abramos la carrera de tal suerte, 
Que venga á tierra firme confiada 
En fcl seguro paso y franca entrada. 

Á su habla dio fin el sabio anciano, 

Y hubo allí pareceres diferentes. 
Diciendo que el peligro era liviano 
Para tanto temor é inconvenientes. 
Pero Purén, Lincoya y Talcaguano, 
Lemolemo, Elicura más prudentes, 
Al parecer del viejo se arrimaron, 

Y así á los más los menos se allanaron. 

Despachando de allí con diligencia 

Al joven Millalauco, generoso, 

Hombre de gran lenguaje y experiencia, 

Cauto, sagaz, solícito y mañoso ; 

Que con fingida muestra y aparencia 

De algún partido honesto y medio honroso 

Nuestro intento y designios penetrase, 

Y el si lio, gente y número notase : 

El cual bien informado y i ns I ruido 
De lo que á su propósito convino, 
En una larga góndola metido, 
Sin más se detener tomó el camino : 

Y de los prestos remos impelido. 

En breve á nuestro alojamiento vino, 
A donde sin estorbo, libremente 
Saltó luego seguro con su gente. 

Al puerto habían también con fresco viento 
Tres naves de las nuestras arribado, 
Llenas de armas, de gente y bastimento. 
Con que fué nuestro campo reforzado : 
Era tanlo el rumor y movimiento 
Del bélico aparato, que admirado 
El cauteloso Millalauco estuvo, 

Y así confuso un rato se detuvo. 



CANTO DECIMOSÉPTIMO. 



101 



Mas sin darlo á enlender, disimulando, 

Por medio del bullicio atravesaba ; 

Los judiciosos ojos rofleando, 

Las armas, genle y ánimos notaba : 

Y el negocio enlre sí considerando, 

£1 deseado fin dincullaba, 

Viendo cubierto el mar, llena la tierra 

De gente armada y máquinas de guerra. 



Llegado al pabellón de don (iarcía, 
Hallándome con otros yo presente. 
Con una moderada coi-tcsía 
Nos saludó á su modo, alegremente 
Levantando la voz... Pero la mía, 
Que fatigada de cantar se siente, 
No puede ya llevar uñ tono tanto 
Y así es Tuerza dar Un en este canto. 



CANTO xvn. 



Hace MtUalaueo so eml>ajada : saleo los españoles de .la isla : levantando ua fuerte en el cerro d^ 
Penca, vienen los armucancs i darles el asalto. Cuéntase lo que en aquel mismo tiempo pasaba 
sobre la plaza fuerte de San Quiatín. 



Nunca negar se deben los oídos 
Á enemigos n¡ amigos sospechosos. 
Que tanto os dejan más apercibidos, 
Cuanto vos los tenéis por cautelosos : 
Escuchados, serán más entendidos. 
Ora sean verdaderos ó engañosos; 
Que siempre por señales y razones * 
Se suelen descubrir las intenciones. 

Cuando piensan que más os desatinan 
Con su máscara falsa y trato extraño, 
Os despiertan, avisan, encaminan, 

Y encobriendo descubren el engaño : 
Veis el blanco y el iln á donde atinan, 
Kl pro y el contra, el interés y el daño. 

.No hay plática tan doble y cautelosa 
Que della no se inflera alguna cosa; 

Y no hay lengua tan llena de arliflcio, 
Que parlando no muestre algún concelo 
Que al (In alguna vez hará su oflcio, 

Y más si el que oye sabe ser discreto. 
Nunca el hablar dejó de dar indicio, 
Ni el callar descubrió jamás secreto : 
No hay causa más difícil bien mirado, 
Que conocer un necio si es callado . 

Y es importante punto y necesario 
Tener el capitán conocimiento 

Del arte y condición del adversario, 
De la intención, designio y fundamento ; 
Sí es cuerdo y reportado, ó temerario, 
De pesado ó ligero movimiento, 
Remiso ó diligente, incauto ó astuto. 
Vario, indeterminable ó resoluto. 

Así vemos que el bárbaro senado, 
Por saber la intención del enemigo, 
Al canto Míllalauco había enviado 
Debajo de figura y voz de amigo : 



Que con semblante y ánimo doblado, 
Mostrándose cortés, como atrás digo, 
El rostro á todas partes revolviendo, 
Alzó recio la voz así diciendo : 

Dichoso capitán y compañía, 

A quien por bien de paz soy enviado 

Del araucano estado y señoría. 

Con voz y autoridad del gran sonado : 

No penséis que el temor y cobardía 

Jamás nos haya á término Iletrado, 

De usar (necesitados de remedio) 

De algún partido infame y torpe medio ; 

Pues notorio os será lo que se extiendo 
El nombre grande y crédito aracauno, 
Que los extraños términos defiende 

Y asegura debajo de su mano : 

Y también de vosotros ya so entiende 
Que, movidos de celo y íin cristiano, 
Con gran moderación y disciplina 
Venís á derramar vuestra doctrina. 

Siendo, pues, esto así, como la muestra 
Que habéis dado hasta aquí lo verillca, 

Y la buena opinión y fama vuestra 
Con claras y altas voces lo publica, 

Yo os vengo á asegurar de parte nuestra, 

Y así claro por mí se os cerliílca, 
Que la ofrecida paz tan deseada 
Será por los caciques acetada : 

Que el ínclito senado, habiendo oído 
Do vuestra parle algunas relaciones. 
Con sabio acuerdo y parecer, movido 
Por legítimas causas y razones, 
Quiere acetar la paz, quiere partido 
De lícitas y honestas condiciones, 
Para que no padezca tanta gente 
Del pueblo simple y género inocente : 



102 



LA ARAUCANA. 



Que si la fe inviolable y juramento, 
De vuestra parle con amor pedido, 

Y el gracioso y seguro acogimiento 
De nuestra voluntad libre ofrecido, 
Pueden dar en las cosas firme asiento 
Con hora igual y lícito partido, 

Sin que los nuestros subditos y estados 
Vengan por tiempo á ser menoscabados. 

' Á Carlos sin defensa y resistoncia 
Por amigo y señor la admitiremos, 

Y el servicio indebido y obediencia 
De nuestra voluntad le ofreceremos : 
Mas si queréis llevarlo por violencia. 
Antes los propios hijos comeremos, 

Y veréis con valor nuestras espadas 
Por nuestro mismo pecho atravesadas. 

Pero por trato llano, sin recelo 
Podréis por vuestro rey alzar bandera; 
Que el estado (las armas por el suelo) 
Con los brazos abiertos os espera, 
Reconociendo que el benigno cielo 
Le llama á paz segura y duradera, 
Quedando para siempre lo pasado 
En perpetuo silencio sepultado. 

Aquí diú íln al razonar, haciendo 
Á su modo y usanza una caricia, 
Siempre en su proceder satisfaciendo 
Á nuestra voluntad y á su malicia : 

Y el bárbaro poder desminuyendo. 
Nos aumentaba el ánimo y codicia, 
Dándonos á entender que había flaqueza, 

Y abundancia de bienes y riqueza. 

Oída la embnjada, don García, 
Haciéndole gracioso acogimiento, 
En suma respondió : que agradecía 
La propuesta amistad y ofrecimiento, 

Y que en nombre del rey satisfacía 
Su buena voluntad con tratamiento 
Que no sólo no fuesen agraviados, 
Mas de muchos trabajos relevados. 

Hizo luego sacar á dos sirvientes 
Por más confirmación algunos dones, 
Hopas do mil colores diferentes. 
Jotas, llantos, chaquiras y listones; 
Insignias y vestidos competentes 
Á nobles capitanes y varones; 
Siendo de Míllalauco recibido 
Con palabras y término cumplido. 

Así que, con semblante y aparencia 
De amigo agradecido y obligado, 
Pidiendo al despedir grata licencia, 
Á la barca volvió que había dejado ; 



Y con la acostumbrada diligencia, 
Al tramontar del sol llegó al «estado, 
Do recibido fué con alegna 

De toda aquella noble compañia. 

Visto pues el despacho, cautamente 
Los caciques la junta dividieron, 

Y dando muestra de esparcir la gente, 
A sus casas de paz se retrujcron, 

A donde sin rumor secretamente 
Las engañosas armas previnieron, 
Moviendo del común las voluntades. 
Aparejadas siempi*e á novedades. 

Nosotros, no sin causa, sospechosos 
Allí más de dos -meses estuA^raos, 

Y á las lluvias y vientos rigurosos 
Del implacable invierno resistimos : 
Mas, pasado este tiempo, deseosos 

De saber su intención, nos resolvimos 
En dejar el isleño alojamiento, 
Haciendo en tierra llrme nuestro asiento. 

Ciento y treinta mancebos floreciente 
Fueron en nuestro campo apercebldos, 
Hombres trabajadores y valientes, 
Entre los más robustos escogidos. 
De armas y do instrumemos convenientes 
Secreta y sordamente prevenidos : 
(Yo con ellos también, que V(;z ninguna 
Dejé de dar un liento á la fortuna) : 

Para que en un pequeño cerro exento, 
Sobre la mar vecina relevado, 
Levanl<isen un muro de cimiento 
De fondo y ancho foso rodeado : 
Donde pudiese estar sin detrimento 
Nuestro pequeño ejército alojado, 
En cuanto ios caballos arribaban. 
Que ya teníamos nueva que marchaban : 

Pues salidos á tierra, entenderían 
La intención de los bárbaros dañada, 
Que en secreto las armas prevenían 
Con falso rostro y amistad doblada : 
De do, si se moviesen, les darían 
Algún asalto y súbíia ruciada, 
Que, quebrantado el ánimo y denuedo, 
Viniesen á la paz de puro miedo. 

Era imaginación fuera de tino 
Pensar que los soberbios araucanos 
Quisiesen de concordia algún camino, 
Viéndose con las armas en las manos : 
Pero con la presteza que convino, 
Los ciento y treinta jóvenes lozanos 
Pasaron á ia tierra sin aynida 
.Más que e. amparo de la noche muda : 



CANTO DECIMOSÍSPTIMÜ. 



103 



Y aunque era enesla tierra eUiempo cuando 
Virgo alargaba apriesa el corto día, 

Las variables horas restaurando 
(jiie usurpadas la Noche le tenía ; 
Antes que la Alba fuese desterrando 
Las nocturnas estrellas, parecía 
La cumbre del colla'lo levantada 
De geute y materiales ocupada. 

Cuales con barras, picos y azadones 
Abren los hondos fosos y señales ; 
Cuales con corvos y anchos cuchillones. 
Hachas, sierras, segures y destrales 
Cortan maderos gruesos y troncones, 

Y fgados en tierra, con tapiales 

Y trabazón de leños y faginas, 
Levantan los traveses y cortinas. 

No con tanto hervor la tiria gente 
En la labor de la ciudad famosa. 
Acá y allá sirviendo diligente 
Tan solictla andaba y presurosa : 
Ni César levantó tan de repente 
£u Dirrachio la cerca milagrosa 
Conque cercó al ejército esparcido 
Del enemigo yerno inadvertido. 

Cuanto fué de nosotros coronada 
De una gruesa muralla la montaña. 
De rondo y ancho foso rodeada, 
Con ocho piezas gruesas de campaña ; 
Siendo á vista de Arauco levantada 
Bandera por Felipe rey de España, 
Tomando posesión de aquel estado 
Con los demás del padre renunciado. 

Túvose por un caso nunca oído. 

De tanto atrevimiento y osadía, 

Entre la gente plática tenido, 

Mas por temeridad que valentía ; 

Que en el soberbio estado así temido 

Los ciento y treinta en poco más de un día 

Pudiésemos salir con una cosa 

Tanto cuanto difícil peligrosa. 

Nuestra gente del todo recogida, 
La cual luego segura al fuerte vino, 
Que el alto sitio y pólvora temida 
Hizo fácil y llano aquel camino. 
Por las anchas cortinas repartida, 
Según y por el orden que convino, 
Pospusimos allí todos á una 
Debajo del amparo de fortuna. 

La pregonera Fama ya volando 
Por el distrito y término araucano 
tba de lengua en lengua acrecentando 
El abreviado ^ército cristiano ; 



La gente popular amedrentando 

Con un hueco rumor y estruendo vano 

Que lo incierto á las veces certifica, 

Y lo cierto, sí es mal, lo multiplica. 

Llegada, pues, la voz á los oídos 
De nuestros enemigos conjurados, 
No mirando á los tratos y partidos 
Por una parte y otra asegurados. 
Con súbita presteza apercebidos 
De municiones, armas y soldados. 
Sin aguardar á más, trataron luego 
De darnos el asalto á sangre y fuego. 

Juntos para el efecto en Talcaguano, 
Dos millas poco más del fuerte asiento , 
El esforzado mozo Gracolano, 
De gran disposición y atrevimiento, 
Dijo en voz alta : ¡ Ob gran Caupolicano! 
Si en algo es de estimar mi ofrecimiento. 
Prometo que mañana en el asalto 
Arbolaré mi enseña en lo más alto. 

Y porque á ti, señor, y á todos quiero 
Haceros de mis obras satisfechos, 

Con esta usada lanza me profiero 

De abrir lugar por los contrarios pechos ; 

Y que será mi brazo el que primero 
Barahuste las armas y pertrechos. 
Aunque más diflculten la subida 

Y todo el universo me lo impida. 

Así dijo : y los bárbaros en esto, 
Porque ya las estrellas se mostraban, 
Al fuerte, en escuadrón, con paso presto. 
Cubiertos de la noche so acercaban : 

Y en una gran barranca, oculto puesto, 
Al pie de la montaña reparaban, 
Aguardando en silencio aquella hora 
Que suele aparecer la clara aurora. 

Aquella noche yo mal sosegado 
Reposar un momento no podía, 
Ó ya fuese el peligro, ó ya el cuidado 
Que de escribir entonces yo tenía. 
Así imaginativo y desvelado, 
Revolviendo la inquieta fantasía, 
Quise de algunas cosas desta historia 
Descargar con la pluma la memoria. 

En el silencio de la noche escura, 
En medio del reposo do la gente. 
Queriendo prosep^uir con mi escritura, 
Me sobrevino un súbito accidente : 
Cort45me un hielo cada coyuntura, 
Turbóseme la vista de repente, 

Y procurando de esforzarme en vano, 
Se me cayó la pluma de la mano. 



101 



LA ARAUCANA. 



Quisiérame quejar, mas fué imposible, 
Del accidente súbito impedido. 
Que el afeudo dolor y mal sensible 
Me privó del esfuerzo y del sentido ; 
Pero pasado el término terrible, 
Y en mi primero ser restituido, 
Del tormento quedé de tal manera 
Cual si do larga enfermedad saliera 

Luego que con suspiros trabajados 

Desfogando las ansias aflojaron, 

Mis descaídos ojos agravados 

Del gran quebrantamiento se cerraron : 

Así lí'S lasos miembros relajados 

Al agradable sueño se entregaron, 

Quedando por entonces el sentido 

En la más noble parle recogido. 

No bien al dulce sueño y al reposo 
Dejado el quebrantado cuerpo había. 
Cuando oyendo un estruendo sonoroso 
Que exlremecer la tierra parecía, 
Con gesto altivo y término furioso 
Delante una mujer so me ponía. 
Que luego vi en su talle y gran persona 
Ser la robusta y áspera Bclona. 

Vestida de los píes á la cintura. 

De la cintura á la cabeza armada 

De una escamosa y lúcida armadura, 

Su escudo al brazo, al lado la ancha espada, 

Blandiendo en la dei*echa la asta dura, 

Do las horribles furias rodeada. 

El rostro airado, la color teñida, 

Toda do fuego bélico encendida ; 

La cual me dijo : ¡ Oh mozo temeroso ! 

El ánimo levanta y confianza, 

Reconociendo oí tiempo venturoso 

Que te ofi-cce tu dicha y buena andanza : 

Huye del ocio torpe perezoso, 

Ensancha el corazón y la esperanza, 

Y aspira á m;is de aquello que pretendes 
Que el cielo te es propicio si lo entiendes: 

Que viéndote á escribir yo aficionado 

Y de tu inclinación el claro indicio. 
Pues nunca le han la pluma destemplado 
Las fieras armas y áspero ejercicio ; 
Tu trabajo tan fiel considerado. 

Sólo movida de mi mismo oficio, 
Te quiero yo llevar en una parle 
Donde podrás sin límite ensancharle. 

En campo fértil, lleno de mil flores, 
En el cual hallaras materia llena 
De guerras más famosas y mayores, 
Donde podrás alimentar la vena : 



Y sí quieres de damas y de amores 
En verso celebrar la dulce pena, 
Tendrás mayor sujeto y hermosura 
Que en la pasada edad y en la futura. 

Sigúeme, dijo al fin; y yo admirado, 
N'iéndola revolver por donde vino, 
Con paso largo y corazón osado 
Comencé de seguir aquel camino, 
Tejando del siniestro y diestro lado 
Dos montes que el Allante y Apenino 
Con gran parte no son de tal grandeza, 
Ni de tanta espesura y aspereza. 

Salimos á un gran campo, á do natura 
Con mano liberal y artificiosa 
Mostraba su caudal y hermosura 
En lavarla labor maravillosa. 
Mezclando entre las hojas y verdura 
El blanco lirio y encarnada rosa. 
Junquillos, azahares y mosquetas, 
Azucenas, jazmines y violetas. 

Allí las claras fuentes murmurando 
El deleitoso asiento atravesaban, 
Y los templados vientos respirando 
La verde hierba y flores alegraban : 
Pues los pintados pájaros volando. 
Por los copados árboles cruzaban. 
Formando con su canto y melodía 
Una acorde y dulcísima armonía. 

Por mil parles en corros derramadas 
Vi gran copia- do ninfas muy hermosas, 
Unas en varios juegos ocupadas, 
Otras cogiendo flores olorosas : 
Otras suavemente y acordadas 
Cantaban dulces letras amorosas. 
Con cítaras y liras en las manos. 
Diestros sátiros, faunos y silvanos. 

Era el fresco lugar aparejado 
Á todo pasatiempo y ejercicio ; 
Quien sigue ya de aquel ya do este lado 
De la casta Diana el duro oficio : 
Ora atraviesa el puerco, ora el venado. 
Ora salla la liebre, y con el vicio, 
Gamuzas, capriolas y corcillas 
Retozan por la hierba y florecillas : 

Quien, el ciervo herido rastreando, 
De la llanura al raonle atravesaba ; 
Quien, el cei*doso pueroo fatigando, 
Lo8 osados lebreles ayudaba : 
Quien, con templados pájaros volando. 
Las altaneras aves remontaba : 
Acá matan la garza, allá la cuerva, 
Aquí el celoso gamo, allí la cierva. 



CA.4T0 DÉOtHOséPTIMO. 



103 



Estaba justo en medio de este asiento 
Ea forma de pirámide ud collado. 
Redondo en igual círculo y exento, 
^bre todas las tierras empinado : 

V sin saber yo ctSmo, en un momento, 
De la flera Belona arrebatado, 

En la más alta cumbre del me puso, 
(Quedando dello aU5nito y confuso. 

Estuve tal un rato de repente 
Viéndome arriba, que mirar no osaba, 
Tanto que acá y allá medrosamente 
Los temerosos ojos rodeaba : 
Allí lleno de olores blandamente 
Tn agradable viento respiraba 
Hasta la cumbre altísima el collado 
De verde hierba y flores coronado. 

Era de altura tal que no podría 
In livi.ino neblí subir á vuelo i 
^ así, no sin temor, me parecía 
Mirando abajo estar cerca del cielo : 
De donde con la vista descubría 
La grande redondez del ancho suelo, 
í^on los términos bárbaros ignotos, 
Hasta los más ocultos y remotos. 

Riéndome, pues, Belona allí subido, 
Me dijo : El poco tiempo que le queda 
Para que puedas ver lo prometido 
Hace que detenerme más no pueda : 
Mira aquel grueso ejército movido. 
El negro humo espeso y polvareda 
En el confín de Flandcs y de Francia 
Sobre una plaza fuerte de importancia. 

Dvspaés que Carlos Quinto hubo triunfado 
De landos enemigos y naciones, 

V como invicto príncipe hollado 
Eas árticas y an'árticas regiones. 
Triunfó de la fortuna y vano estado, 
^ asegurij su fin y pretensiones, 
Dejando la imperial investidura 

En dichosa sazún y coyuntura ; 

^ movido del pío y santo celo 
yue del gobierno público tenía, 
í^areciéndolc poco lo del suelo, 
^«ígún lo que en el pecho concebía, 
Vuelta la mira y pretensión al cielo, 
^^1 peso que en los hombros sosten ia 
l-e puso en los del hijo, renunciados 
lodos sus reinos, títulos y estados. 

V Jendo el hijo la pn^spcra carrera 
í^el victorioso padre retirado. 

Por hacer la esperanza verdadera 
Que siempre de sus obras había dado, 



Por el principio y ooasíun primera 
Aquel copioso ejército ha juntado 
Para bajar de la enemiga Francia 
La presunción, orgullo y arrogancia. 

Aquella es San Quintín que ves delante, 
Que en vano contraviene á su ruina, 
Presidio principal, plaza importante, 

Y del furor del gran Felipe dina. 
Hállase dentro della el almirante. 
Debajo cuyo mando y disciplina 
Está gran gente plática de guerra, 
Á la defensa y guarda de la tierra. 

En tres parles allí, como se muestra. 
El enemigo campo se reparte : 
Cáceres con su tercio, á mano diestra, 
Donde está de P'elípe el estandarte : 
El pronto N&varrete a la siniestra 
Con el conde de Mega ; y de la parte 
Del burg) Julián con tres naciones, 
Españoles, tudescos y valones. 

Llegamos, pues, á tiempo que seguro 
Podrás ver la contienda porfiada, 

Y sin escalas por el roto muro 
Entrar los de Felipe á pura espada : 
Verás el fiero asalto y trance duro, 

Y al fin la fuerte Francia aportillada ; 
Que al riguroso' hado incontrastable, 
No hay defensa ni plaza inexpugnable. 

Conviéncme partir de aquí al momento 
Á meterme entre aquellos escuadrones, 

Y remover con nuevo encendimiento 
Los unos y los otros corazones : 

Tú desde aquí podrás mirar atento 
Las diferentes armas y naciones, 

Y escribir de una y otra la fortuna. 
Dando su justa parte á cada una. 

Luego la diosa airada y compañía 
Por el aire en tropel se deslizaron, 

Y en un instante, sin torcer la vía. 
Cual presto rayo, á San Quintín bajaron, 
Donde atizando el fuego que ya ardía, 
Con la amiga Discordia se juntaron, 

Que andaba entre las huestes y compañas 
Infundiéndoles ira en las entrañas. 

En esto el fiero ejército furioso 
Por la señal postrera ya movido. 
En un turbión espeso y polvoroso 
Corre al batido muro defendido, 
i Quién fuera de lenguaje tan copioso 
Que pudiera explicar lo que aquí vido ! 
Mas, aunque mi caudal no llegue á tanto, 
Haré lo que pudiere en otro canto. 



108 



LA AUM^ANA. 



CANTO XVIII. 



Daelrejr D. Felipe el asalto á Sin Quiotia ; eat,ra en ella victorioso; vienta losacaucaaos sobre 

el fuerte de los españoles. 



¿ Cuál será el atrevido que presuma 
Reducir el valor .vuestro y grandeza 
A término pequeño y breve suma, 

Y á lan humilde estilo tanta alteza ? 

Que aunque por campo próspero la pluma 
Corra con fértil vena y ligereza, 
Tanto el sujeto y la materia arguye 
Que todo lo deshace y disminuye. 

Y el querer atreverme á tanto creo 
Que me será juzgado á desatino, 
Pues llegado á razón, yo mismo veo 
Que salgo de los términos á tino : 
Mas de serviros siempre el gran deseo, 
Que siempre me ha tirado á este camino. 
Quizá adelgazará mi pluma ruda, 

Y la torpeza de la lengua muda. 

Y así vuestro favor (del cual procedo 
Esta mi presunción y atrevimiento) 
Es el que agora pido, y el que puedo 
Enriquecer mi pobre entendimiento : 
Que si por vos, señor, se me concede 
Lo que á nadie negáis, soltaré al viento 
Con ánimo la ronca voz medrosa, 
Indigna de contar tan grande cosa. 

Y de vuestra largueza conflado. 
Por la justa razón con que lo pido, 
Espero que, señor, seré escuchado, 
Que basta para ser favorecido. 
Volviendo á proseguir lo comenzado. 
Dije en el canto atrás que arremetido 
Había el furioso campo por tres vías 
Á las aportilladas baterías : 

Y en la veloz corrida, contrastando, 
Los tiros y defensas contrapuestas, 
Lo va todo rompiendo y Irope liando, 
0>n animoso pecho y manos prestas : 

Y á los batidos muros arribando 

Por los lados y parte? más dispuestas, 
Los unos y los otros se afrontaron, 

Y los ánimos y armas se tentaron. 

Los franceses con muestra valerosa, 
Armas y defensivos instrumentos, 
Hesiaten la llegada impetuosa, 

Y los contrarios ánimos sangrientos : 



Mas la gente española, más furiosa 
Cuanto topaba más impedimentos, 
Con temoso coraje y porflado 
Rompe lo más difícil y cerrado. 

Vieran en las entradas defendidas 
Gran contienda, revuelta y embarazos, 
Muertes extrañas, golpes y heridas 
De poderosos y gallardos brozos : 
Cabezas basta el cuello y más, hendidas, 

Y cuerpos divididos en pedazos ; 
Que no bastaban petos ni celadas 
Contra el crudo rigor de las espadas. 

La plaza se expugnaba y defendía 
Con esfuerzo y valor por lodos lados ; 
Era cosa de ver la herrería 
De las armas y arneses golpeados. 
La espantosa y horrenda artillería, 
Las bombas y artiíicios arrojados 
De pólvora, alquitrán, pez y resina. 
Aceite, plomo, azufre y trementina ; 

Y á vueltas un granizo y lluvia esposa 
De lanzas y saetas arrojaban, 

Peñas, tablas, maderos, que á gran priesa 
De los muros y techos arrancaban. 
La flera rabia y gran tesón no cesa ; 
Hieren, matan, derriban ; y así andaban 
Los unos y los otros muy revueltos 
En fuego, en sangre y en furor envueltos. 

Unos la entrada sin temor defienden 
Con libre y animosa confianza : 
Otros de miedo por vivir ofenden. 
Poniéndoles esfuerzo la esperanza *, 
Otros, que ya la vida no pretenden, 
Procuran de su muerte la venganza, 

Y que caigan sus cuerpos de manera 
Que al enemigo cierren la carrera. 

Como el furor indómito y violencia 
De una corriente y súbita avenida, 
Que si halla reparo y resistencia. 
Hierve y crece allí la agua, detenida ; 
Al fin, con mayor ímpetu y potencia, 
Bramando abre el camino y la salida 
Que las defensas i*pmpe y desbarata, 

Y en violento furor las arrebata ; 



CANTO DéciMOOGTAVO. 



107 



De tal maneni la francesa gente, 
¿in bastar resistencia y fuerza alguna, 
La arrebató la pr<)spera corriente 
Del hado de Felipe f su fortuna, 
Que va sin poder más forzadamente 
Á su furia rendida, por la una 
Parte qoe estaba Cáceres dio entrada 
A la eoemiga gen le encarnizada. 

Y aunque por esta parte el almirante 
El golpe de la gente reHístío, 

So fué ni pudo al cabo ser bastante 
Á la pujanza y furia que venia : 
Quedó en prisión con otros, y adelante 
U victoriosa y fiera compañía, 
L)ejando eterna lástima y memoria, 
Iba siguiendo el hado y la victoria. 

Pues en esta 8az<5n, por la otra parte 
Que el diestro Navarrete peleaba. 
Sin ser ya la franccisa gente parte, 
A puro hierro la española entraba ; 

Y á despecho y pesar del Itero Marte, 
Que \os franceses brazos esforzaba, 
Haciendo gran destrozo y cruda guerra, 
De rola á mas andar ganaban tierra. 

Fué preso allí Andalot, que encomendada 

Le estaba la defensa de aquel lado : 

He aquí también por la tercer entrada, 

Que Julián Homero había asaltado : 

La suspensa fortuna declarada. 

Abriendo paso al detenido hado 

La mano á don Felipe dio de modo 

Que vencedor en Francia entró del lodo. 

< Hirió luego un temor y frío hielo 
Los ánimos del pueblo enflaquecido, 
Hompiendo el aire espeso y alio cielo 
l'n general lamento y alarido. 
Las armas arrojadas por el suelo, 
Kscogicndo el vivir ya por partido, 
Acordaron con mísera huida 
Perder la plaza y j^uareccr la vida. 

Pero los vencedores, cuando vieron 
^u gran temor y poco impedimento, 
Lds brazos alcos y armas suspendieron, 
P'>r no manchar con sangre el vencimiento; 
Y sin hacer más golpe, arremetieron, 
Vuelto en codicia aquel furor sangriento, 
Al esperado saco de la tierra, 
i^remio de la común gente de guerra. 

Quién las herradas puertas golpeando 
Quebranta los cerrojos reforaados : 
Quién, por picas y gúmenas trepando, 
Entra por las ventanas y tejados ; 



Acá y allá rompiendo y desquiciando. 
Sin reservar lugares reservados, 
Las casas de alto á bajo escudriñaban, 

Y á tiento, sin parar, corriendo andafattn. 

Como el furioso fuego de repente, 

Cuando en un barrio ó vecindad se enciende, 

Que con rebato súbito la gente 

Corre con priesa y al remedio atiende ; 

Y por todas las partes francamente, 
Quién entra, sale, sube, quién deoiende, 
Sacando uno arrastrando, otro cargado 
El mueble de las llamas escapado; 

Así la fiera gente victoriosa. 

Con prestas manos y con pies ligeros, 

De la golosa presa codiciosa. 

Abre puertas, ventanas y agujeros, 

Sacando diligente y presurosa 

Cofres, tapices, camas y rimeros, 

Y lo de más y menos importancia. 
Sin dejar una mínima ganancia. 

No los ruegos, clamores y querellas 
Que los distantes cielos penetraban 
De viudas y huérfanas doncellas 
La insaciable codicia moderaban; 
Antes, rompiendo sin piedad por cllfts, 
Á lo más defendido se arrojaban. 
Creyendo que mayor ganancia había 
Donde más resistencia se hacía. 

Viéranse ya las vírgenes corriendo 
Por las calles, sin guarda, á la ventura, 
Los bellos rostros con rigor batiendo, 
Lamentando su hado y suerte dura : 

Y las míseras monjas, que rompiendo 
Sus estatutos, límite y clausura. 

De aquel temor atónito llevadas. 
Iban acá y allá descarriadas. 

Mas el pío Felipe, antes que entrasen. 
Había mandado á todas las naciones 
Que con grande cuidado reservasen 
Las mujeres y casas de oraciones : 

Y amigos y conformes, evitasen 
Pendencias- peligrosas y cuestiones. 
Que del saco y la presa á cada una 
Diese su parte franca la fortuna. 

Las mujeres, que acá y allá perdidas, 
Llevadas del temor, sin tiento andaban, 
Por orden de Felipe recogidas 
En seguro lugar las retiraban. 
Donde de fíeles guardas defendidas 
Del bélico furor las amparaban ; 
Que aunque ftieron sus casas saqueadas, 
I Las honras les quedaron reservadas : 



108 



LA ARAUCANA. 



Que los fieros soldados, obedieiiles 
Al cristiano y expreso mandamiento, 
Se mostraban en esto continentes, 
Frenando aun el primero movimiento. 
La revuelta y la mezcla de las gentes, 
La mucha confusión y poco tiento, 
Hizo que el daño en la ciudad creciese, 
Y un repentino fuego se encendiese. 

Súbito allí la llama alimentada. 
Lanzando espeso el humo y las centollas, 
Del fresco viento céQro ayudada 
Procuraba subir á las estrellas ; 
La miserable gente afortunada, 
Con dolorosas voces y querellas, 
Fijos los tiernos ojos en el citlo. 
Desmayando, esforzaban más el duelo. 

Á todas partes gritos lastimosos 
En vano por el aire resonaban, 
Y los tristes franceses temerosos 
En las contrarias armas se arrojaban, 
Eligiendo, por fuerza, vergonzosos 
El modo de morir que rehusaban. 
Antes que como flacos, encerrados. 
Ser en llamas ai'diontes abrasados. 

Mas del piadoso rey la gran clemencia 
Había las fieras armas embotado. 
Que con remedio presto y diligencia 
Todo el furor y fuego fué apagado. 
Al fín, sin más defensa y resistencia, 
Dentro de San Quintín quedó alojado, 
Con la llave de Francia ya en la mano, 
Hasta París abierto el paso llano. 

El sol ya poco á poco declinaba 
Al hemisferio antartico encendido, 
Cuando yo, que alegrísimo miraba 
Todo lo que en mi canto habéis oído. 
Vi cerca una mujer que me hablaba, 
Más blanco que la nieve su vestido, 
Grave, muy venerable en el aspeto, 
Persona al parecer de gran respeto, 

Diciendo : Si las cosas que dijere 
Por cierta y verdadera profecía, 
Diflcultosa alguna pareciere, 
Créeme, que no es Acción ni fantasía ; 
Mas lo que el Padre Eterno ordena y quiere 
Allá en su excelso trono y gerarquia, 
Al cual está sujeto lo más fuerte, 
El hado, la fortuna^ el tiempo y muerte 

Desta guerra y rencores encendidos 
Entre la España y PYancia así arraigados, 
Resultarán conciertos y partidos, 
Por una parte y otra procurados ; 



En los cuales serán restituidos, 

Al duque de Saboya sus estados, 

Con otros muchos medios provechosos. 

En bien de Francia y á la España honrosos. 

Y para que más quede asegurada 
La paz, con hermandad y ílrme asiento. 
Con la prenda de Enrico más amada 
Contraerá don Felipe casamiento ; 
Pero la cruda Muerte acelerada 
Temprano deshará este ayuntamiento : 
Que el alto cielo así lo determina 

Y el decreto fatal y orden divina. 

En este tiempo Francia corrompida, 
La católica ley adulterando. 
Negará la obediencia al rey debida, 
Las sacrilegas armas levantando : 

Y con el cebo de la suelta vida 
Cobrará la maldad fuerza, juntando 
De gente inüel ejército formado 
Contra la iglesia y propio rey jurado. 

Por insolencias viejas y pecados 
Vendrá el reino á ser casi destruido; 

Y Carlos de sus pérfidos soldados 
Á término dudoso reducido : 
Serán con desacato derribados 
Los suntuosos templos, y ofendido 
El mismo Sumo Dios y Sacramento, 
Sobrando á la maldad su sufrimiento. 

Mas vuestro rey con presta providencia 
Previniendo al futuro daño, luego 
Atajará en España esta dolencia 
Con rigor necesario á puro fuego. 
Curada la perversa pestilencia. 
Las armas enemigas del sosiego 
Con furia moverá contra el oriente. 
Enviando al Peñ m su armada y gente. 

Aunque no pueda de la vez primera 
Conseguir el efecto deseado. 
Volverá la segunda de manera. 
Que el áspero Peñón será expugnado ; 

Y dejando segura la carrera, 

Y el morisco contorno amedrentado, 
Por causa do los puertos é invernada, 
Retirará la victoriosa armada. 

Vendrán á España á la sazón de Hungría 
Dos príncipes de alteza soberana. 
Hijos de César Máximo y María, 
De Carlos bija y de Felipe hermana. 
Que acrecentando el gozo y alegría 
Harán aquella corle y era ufana : 
El mayor es Rodolfo, el otro Ernesto, 
Que á la fama darán materia presto. 



CANTO DácIMOOCTAVO. 



100 



Y de sus altas obras prometiendo 

Kn su pequeña edad grande esperanza, 
En años y virtud irán creciendo, 
Virtud y años muy dignos de alabanza ; 
Kn quienes se verá resplandeciendo 
I'n excelso valor, y la crianza 
Del baníQ Dielristan, persona dina 
Do dar á tales príncipes dolrina. 

Luc^'o en el año próximo siguiente 
Tuda la cristiandad amenazando 
U frruesa armada del infiel potente 
Irá contra el poniente navegando, 
Con tan gran aparato y tanta gente, 
Oue temblarán las costas; y arribando 
\ la isla de Malla dará fonda, 
Que boja veinte leguas en redondo : 

Donde el grande maestre y caballeros, 
Que dentro asistirán en este medio, 
Con otros capitanes forasteros, 
Ofrecerán las vidas al remedio : 

Y siempre constantísimos y enteros 
Uesistirán gran tiempo el fuerte asedio. 
Haciendo en la defensa tales cosas. 

Que se podrán tener por milagrosas. 

Será la isla batida reciamente 

Pop la tierra, por mar, por bajo y alto, 

Y el fuerte de Santelmo crudamente 
Entrado á hierro en el noveno asalto : 
Kl cual suceso á la cercada gente 
Pondrá en grande peligro y sobresalto, 
Porque en el puerto la turquesca armada 
Tendrá por las d'>s bocas franca entrada. 

Allí se verán hechos señalados, 
Difíciles empresas peligrosas, 
Animes temerarios arrojados, 
Cuando las esperanzas más dudosas : 
Poslas, muros y fosos arrasados, 
Crudas heridas, muertes lastimosas, 
Casos grandes, sucesos infinitos, 
Dignos de ser para en eterno escritos. 

Mas cuando ya no baste esfuerzo humano, 
^' la fuerza al trabajo se rindiere, 
El muro esté ya raso, el foso llano, 

Y la esperanza al suelo se viniere : 
Cuando el sangriento bárbaro inhumano 
El cuchillo sobre ellos esgrimiere, 

3«rá entonces de todos conocido 
Lo que puede Felipe y es temido ; 

^es con sola una parte de su armada 

Y número pequeño de soldados, 
í^e su fortuna y crédito guiada 
Hebatirá los otomanos hados : 



Y la afligida Malta restaurada. 
Serán ios enemigos retirados, 

I^as fugitivas velas dando al viento 
Con pérdida increíble y escarmiento. 

Luego el año después con poderoso 
Ejército, en persona Solimano 
Por tierra moverá contra el famoso 
César Augusto, emperador romano ; 

Y por la gran Panonia presuroso 
Dejando á lo derecha al Trasilvano, 

Y atrás la ancha provincia de Dalmacia, 
Bajará á los confines de Croacia. 

A Siguet, plaza fuerte y recogida. 
Cuatro semanas la tendrá asediada, 

Y al cabo, sin poder ser socorrida. 
Del fiero Solimán será ocupada ; 
Mas la empresa difícil y la vida 
Acabará en un tiempo, que la airada 
Muerte, arribando el limitado curso, 
Pondrá término y punto á su discurso. 

Por otra parte, en Flandes los Estados 
Desasidos de Dios en estos días, 
Turbarán el sosiego, inficionados 
De perversos errores y herejías ; 

Y contra el rey Felipe conspirados 
Tentarán de maldad diversas vías, 
Trayendo á estado y condición las cosas 
Que durarán gran término dudosas. 

También con pretensión de libertarse 
En el próspero reino de Granada 
Los moriscos vendrán á levantarse 

Y á negar la obediencia al rey jurada : 
La cual alteración, por no estimarse 
Ni ser á los principios remediada, 
Será de grandes daños, y costosa 

De sangre ilustre y gente valerosa. 

Irá á esta guerra un mozo que escondido 

Anda en humildes paños y figura. 

Que su imperial linaje esclarecido 

Difíciles empresas le asegura ; 

A quien tienen los hados prometido 

Una famosa y súbita ventura : 

Este es hijo de Carlos, que aun se cría, 

Y encubierto estará por algún día. 

Andará, como digo, disfrazado, 
Hasta que el padre al tiempo do la muerte 
Le dejará por hijo declarado, 
Subiéndole en un punto á tanta suerte : 
Será de todos, con razón, amado, 
Franco, esforzado, valeroso y fuerte : 
Es su nombre don Juan, y en esta parte 
No puedo más decir ni revelarte. 



lio 



LA ARAUCANA. 



Baste que á los morUcos alterados 
En su primera edad hará la guerra, 

Y los presidios rotos y ocupados 

Los vendrá á retirar dentro en la sierra, 
Adonde los tendrá tan apretados 
Que al fln reducirá la alzada tierra. 
Trasplantando on provincias diferentes 
Las raíces malvadas y simientes. 

Esta guerra acabada, de Alemana 
(De damas y gran gente acompañada) 
La ínfenta Ana vendrá, reina de España 
Con el rey don Felipe desposada, 
Donde con pompa y majestad extraña 
Será la insigne boda celebrada 
En la antigua Segovia, un tiempo silla 
De los famosos reyes de Castilla. 

Serán, pues, los dos príncipes llamados 
Del padre emperador, que ya aquel día 
Querrá dar nuevo asiento en sus estados 

Y hacer rey á Rodolfo de la Hungría : 
Así que, para Genova embarcados, 
Arribarán, pasando á Lombardía, 
Por la ribera del Danubio amena 

Á su ciudad famosa de Viena. 

Cuando ya la revuelta y turbaciones 
De los tiempos den muestra de acabarse, 

Y el bélico furor y alteraciones 
Parezcan declinar y sosegarse, 
Entonces en las bárbaras regiones 
Comenzarán de nuevo á levantarse 
Las armas de los turcos inhumanos, 
Contra los podei*osos venecianos ; 

Y sacando una armada poderosa. 
De todas sus provincias allegada. 
En la vecina Chipre, isla famosa. 
Descargará la furia represada : 

Y con espada cruda y rigurosa 
Será la tierra de ellos ocupada, 
Entrando á Famagusta, ya batida, 
Sobre palabra falsa y fe mentida. 

Quedarán, pues, tan arrogantes desto. 
Que, la armada de gente reforzando. 
Con soberbio designio y presupuesto 
Irán la vía de Italia navegando. 
Despreciando del mundo todo el resto ; 

Y aun el poder del ciclo despreciando : 
Tanto será su orgullo y fiera muestra 
Nacido del pecado y culpa vuestra. 

Mas el alto Señor que otro dispone, 

Y en vuestro bien por su piedad lo ordena 
Que ouando faltan méritos compone 

Con su sangre y pasidn la deuda ^ena. 



Y por solo un gemir, luego repone 
La punición y merecida pena. 
Quebrantará con golpe riguroeo 
La soberbia del bárbaro ambicioso : 

Que doliéndose ya de la fatiga 
Del pueblo pecador, pero cristiano. 
Contra la gente pérfida enemiga 
Esgrimirá la poderosa mano. 
Así de inspiración habrá una liga. 
Donde el papa y sonado veneciano 
Juntarán su poder, su fuerza y gente 
Con la del rey católico potente. 

Será en gracia de todos elegido 
General de la liga dignamente 
El mozo en su ninez desconocido 
Que anda en hábito humilde entre la gente. 
Pero no me es á mí ya concedido 
Revelar lo futuro abiertamente : 
Basta que lo verás, pues te asegura 
Más larga \'ida el hado que ventura. 

Mas si quieres saber de esta jornada 
FA futuro suceso enteramente, 

Y la cosa más grande y señalada 

Que jamás se haya visto entre la gente, 
Cuando pasares solo la cañada 
Que ciñe del río Rauco la corriente, 
Yerás al pie de un líbano á la orilla 
Una mansa y doméstica corcíUa. 

Conviénete .seguirla con cuidado 
Hasta salir en una gran llanura, 
Al cabo de la cuál verás á un lado 
Una fragosa entrada y selva escura: 

Y tras la corza tímida emboscado 
Hallarás en mitad de la espesura 
Debajo de una tosca y hueca peña 
Una oculta morada muy pequeña. 

Allí, por ser lugar inhabitable. 
Sin rastro de persona ni sendero, 
Vive un anciano viejo venerable. 
Que famoso soldado fué primero. 
De quien sabrás do habita el intratable 
Fiton, mágico grande y hechicero. 
El cuál te informará de muchas cosas. 
Que están aun por venir, maravillosas. 

No quiero decir más en lo tocante 
Á las cosas futuras, pues parece 
Que habrá materia y campo asaz bastante 
En lo que de presente se te oft'ece 
Para llevar tus obras adelante, 
Pues la grande ocasión le favorece : 
Que á mí sólo hasta aquí me es concedido 
El poderle decir lo que has oído. 



Mas, si el furor de Marte y la braveza 
Te tuvieren la pluma destemplada, 
Y qaisieres mezclar con su aspereza 
•Ura materia blanda y rcj^alada. 
Vuelve los ojos, mira la bellftza 
í>e Ijs damas de España, que admirada 
Fsioj , scgúa el bien que allí se encierra ; 
Cómo no abrasa Amor loda la tierra. 

Mas lenle, que me importa á mí, printerb 

Que de los ojos fáciles te fíes, 

iVeveoir al peligro venidero 

l'ara que del con tiempo le desvíes : 

Y no aguardes al término postrero, 

Ni en tu faensa y mi ayuda te confíes; 
<.>uo aunque quiera después contraponer- 
Tu cerrarás los ojos por no verme. [ me, 

; Ohcoudición humana ! que al insianle 
tjue me privij que el rostro no volviese, 
Sólo aquel impedirme fué baslante 
A que el pronto apelito se encendiese : 
> así sin esperar más que adelante 
t-n el sano consejo procediese, 
^.1**,^'*.'°^ ojos luego, y de improviso 
^ « ( si decir se puede ) un paraíso. 

F^n OD asiento fértil y sabroso, 

f>e alegres plantas y árboles cercado, 

l>o el cielo se mostraba más hermoso, 

Y el suelo de mil flores variado. 
Cerca de un claro arroyo sonoroso 
One atravesaba el fresco y verde prado, 
^ » junta toda cuanla hermosura 
Supo y pudo formar acá natura. 

Eran las damas del cercado aquellas 
Wae en la dichosa España florecían : 
Kl claro sol, la luna y las estrellas 
Kn su respecto escuras parecían ; 
^' sobre sus cabezas todas ellas 
Olorosas guirnaldas soslcnían, 
I>e mil varias maneras rodeadas 
I>e rubias trenzas, ñudos y lazadas. 

Andaban por acá y allá esparcidos 
^fan copia de galahes estimados, 
^^ regalado y blando amor rendidos, 
arriendo tras siis fines y cuidados; 
^nos en esperanzas sostenidos, 
^íTOs en sus riquezas confiados, 
^odos gozando alegres y contentos 
í^e sus lozanos y altos pensamientos. 

^ «sio, con presteza y furia extraña 
Arrebatado por el aire vano, 
^3 alta cumbre dejé de la montaña, 
ajando al deleitoso y fértil llano. 



CANTO DÉCIMOOCTAVO. 



111 



Donde, si la memoria no me engaf.a. 

Vi la mi guía á la derecha mano. 

Algo medrosa y con turbado gesto 

De haberme en tanto riesgo y Irance puesto ; 

Que luego que los pies puse en el suelo, 
Los codiciosos ojos ya cebando. 
Libres del torpe y del grosero velo 
Que la visla hasta allí me iba ocupando^ 
Un amoroso fuego y blando hielo 
Se roe fué por las venas regalando, 

Y el brío rebelde y pecho endurecido 
Quedó al amor sujeto y somelido. 

Y deseoso luego de ocuparme 
En obras y canciones amorosas, 

Y mudar el estilo, y no curarme 

De las ásperas guerras sanguinosas ; 
Con gran gana y codicia de informanne 
De aquel asiento y damas tan hermosas, 
En especial y sobre todas de una 
Que vi á sus pies rendida mi forluna. 

Era de tierna edad, pero mostraba 
En su sosiego discreción madura, 

Y á mirarme parece la inclinaba 

Su estrella, su destino y mi ventura : 
Y'o, que saber su nombre deseaba, 
Rendido y entregado á sa hermosura, 
Vi á sus pies una letra que decía ; 
Del tronco de bazán dona maría. 

Y por saber más della, revolviendo 
El rostro y voz á la prudente guía, 
Súbito el alboroto y fiero estruendo 
De las bárbaras armas y armonía 

Me despertó del dulce sueño, oyendo : 
¡ Arma, arma ! ¡ presto, presto 1 y parecía 
Romper el alto cielo los acentos 
De las diversas voces é instrumentos. 



En esta confusión, medio dormido, 
A las vecinos armas corrí presto. 
Poniéndome en un punto apercebido 
En mi lugar y señalado puesto : 
Cuando con ferocísimo alarido 
Por la áspera ladera del i*ccuesto 
Apareció gran número de gente, 
Y la rosada Aurora en el oriente. 

Luego también por una y otra parte, 
Con no menores voces y denuedo, 
Tanta gente asomó, que al fiero Marte 
Con su temeridad pusiera miedo. 
Mas, para proceder parte por parle. 
Según estoy cansado, ya no puedo : 
En el siguiente y nuevo canto pienso 
I De declararlo todo por extenso. 



Ht 



LA ARAUCANA. 



CANTO XIX. 



En este canto se contiene el asalto que los araucanos dieron i los españoles en el fuerte de Penco : 
la arremetida de Gracolano i la muralla : la batalla que los marineros j soldados que babias 
quedado en guarda de los navios tuvieron en la marina con los enemigos. 



Hermosas damas, si mí débil canto 
No comienza á esparcir vuestros loores, 

Y si mis bajos versos no levanto 

Á conceptos do amor y obras de amores : 
Mi prisa es grande, y que decir hay tanto 
Que á mil desocupados escritores, 
Que en ello trabajasen noche y día. 
Para todos materia y campo habría. 

Y aunque apartado, á mi pesar, me veo 
Desta materia y presupuesto nuevo. 

Me sacará al examino el gran deseo 

Que tengo de cumplir con lo que os debo : 

Y si el adorno y conveniente arreo 
Me faltan, baste la intención que llevo, 
Que es hacer lo que puedo de mi parle. 
Supliendo vos lo que faltare en la arte. 

Mas la española gente, que se queja 
Con causa jusla y con razón bastante, 
Dándome mucha priesa, no me deja 
Lugar para que de oirás cosas cante : 
Que el ejercito bárbaro la aqueja, 
Cercando en torno el fuerte en un instante 
Con amenaza grande y alarido, 
Como en el canto atrás lo habéis oído. 

Luego que en la montaña en lo mus alto 
Tres gruesos escuadrones parecieron. 
Juntos á un mismo tiempo hicieron alto, 

Y el sitio desde allí reconocieron : 
Visto el foso y el muro, al fiero asalto 
Dada la seña, todos tres movieron, 
Esgrimiendo las armas.de tal suerte 
Que á nadie reservaban de la muerte. 

El mozo Gracolano, no olvidado 
De la arrogante oferta y gran promesa. 
De varías y alias plumas rodeado 
Blandiendo una tostada pica gruesa 
Venía dcUos gran trecho adelantado. 
Rompiendo por el humo y lluvia espesa 
De las balas y tiros arrojados 
Por brazos y cañones reforzados. 

Llegado al justo término, terciando 
La larga pica, arremetió furiosas 

Y en tierra el firme regatón fijando, 
Atravesó de un salto el ancho foso : 



Y por la misma pica gateando 
Arriba sobre el muro viclorio.so, 

A pesar de las ürmas contrapuestas, 
Lanzas, picas, espadas y ballestas. 

No agarrochado toro embravecido 
La barrera envistió tan fácilmente. 
Ni fué con tanta fuerza resistido 
De espesas armas y apiñada gente, 
Como el gallardo bárbaro atrevido. 
Que temeraria y venturosamente. 
Abriendo lo difícil y más duro, 
Sube por fuerza al defendido muro : 

Donde sueltas las armas empachadas, 
Que aprovecharse deltas no podía, 
A bocados, á cocos y á puñadas 
Ganar la plaza él solo pretendía. 
Los tiros, golpes, boles y estocadas, 
Con gran desfreza y maña rebatía. 
Poniendo pocho y hombro suficiente 
Al ímpetu y furor de tania gonte. 

En medio de las armas, á pie quedo 
Sin ellas su promesa sustentaba, 

Y con gran pertinacia y menos miedo. 
De morir más adentro procuraba ; 

Y en el vano propósito y denuedo. 
Herido ya en mil partes, porfiaba : 
Que su loca fo**tuna y diestra suerte 
Tenían suspenso el golpe de la muerte. 

Asíquc, en la demanda nocía instando, 
Se arroja entre los hierros, y se roete 
Cual perro espumajoso que, rabiando, 
Á donde más le hieren, anéemete : 

Y el peligro y la vida despreciando. 
Lo más dudoso y áspero acomete, 
Desbaratando en torno mil espadas 
Al obstinado pecho encaminadas. 

Viéndose en tal lugar solo, y tratado 
Según la temeraria confianza. 
No de su pretensión desconfiado. 
Mas con alguna menos esperanza, 
A los brazos cerró con un soldado, 

Y de las manos le sacó la lanza, 
Sobre la cuál echándose, en un punto 
Pensó salvar el foso y vida junto. 



CANTO DECIMONONO. 



ilS 



Mas la instable Fortuna, ya cansada 
De serle caradora de la vida, 
Dio paso en aquel tiempo á una pedrada, 
De algún gallardo brazo despedida, 
Que en la cóncava sien la arrebatada 
Piedra gran parte le quedó sumida. 
Trabucándole luego de lo alto. 
Yendo en el aire en la mitad del salto. 

Como el troyano Euricio que, volando 
La tímida paloma por el cielo, 
(/)n gran presteza el corvo arco flechando 
I. a atravesó en la furia de su vuelo, 
Que retorciendo el cuerpo y revolando 
i^omo redondo ovillo vino al suelo ; 
As»i el herido mozo en descubierto 
Dentro del hondo foso cayó muerto. 

D« treinta y seis heridas justamente 
Cayó el mísero cuerpo atravesado, 
i^in el último golpe de la frente, 
Oue el número cerró ya rematado; 

V la pica que el bárbaro valiente 

be franca y buena guerra había ganado, 
Quedó arrimada al foso de manera 
<^ue un trozo descubierto estaba fuera. 

Pero el joven Pinol, que prometido 
Había de acompañarle en al asalto, 

Y con él hasta el foso arremetido, 
Aunque no se atrevió á tan grande salto, 
(^omo al valiente amigo vio tendido, 

Y descubrir la pica por lo alio, 

La arrebató, tomando por remedio 
Poner con pies ligeros tierra en medio. 

Mas, como no haya maña ni deslreza 
Contra el hado preciso y dura suerte, 
Ni bastan prestos pies ni ligereza 
A escapar de las manos de la Muerte, 
Que al que piensa huir, con más presteza 
Le alcanza de su brazo el golpe fuerte, 
Como al ligero bárbaro le avino 
En mudando propósito y camino ; 

Que apenas cuatro pasos había dado, 
Cuando dos gruesas balas le cogieron, 
y de la espalda al pecho atravesado 
A un tiempo por dos partes, le tendieron : 
No dio la alma tan presto que un soldado 
De dosque á socorrerle arremetieron, 
l^c la costosa lanza no trabase, 

V con peligro suyo la salvase. 

Luego de trompas gran rumor sonando 
U gruesa pica en alto levantaron, 
^ á toda í^ria en hila igual cerrando, 
Al foso con grao ímpetu llegaron ; 



Donde forzosamente reparando, 
La munición y flechas descargaron 
En tanta multitud que parecían 
Que la espaciosa tierra y sol cubrían. 

Pues en esta sazón Martín de Elvira 
(Que así nuestro español era llamado) 
De lejos la perdida lanza mira 
Que el muerto Gracolan le había ganado ; 

Y con vergüenza honrosa ardiendo en ira. 
De recobrar su honor deliberado, 

Por una angosta puerta que allí había 
Solo y sin lanza á combatir salía 

Con un osado joven, que delante 
Venía la tierra y cielo despreciando* 
De proporción y miembros de gigante, 
Una asta de dos costas blandeaiido : 
Que acá y allá con término galante 
La gruesa y larga pica floreando. 
Ora de un lado y de otro, ora derecho, 
Quiso tentar del enemigo el pecho, 

Tirando un recio bote, que cebado 
Le retrujo seis pasos ; de tal suerte. 
Que el gallardo español desatinado, 
Se vio casi en las manos de la muerte, 
l^ero, como animoso y reportado. 
Haciendo recio pie, se tuvo fuerte. 
Pensando asir la pica con la mano ; 
Mas este pensamiento salió vano : 

Que el bárbaro advertido diestramente. 
Dio un gran salto hacia atrás cobrando tie- 

Y blandiendo la pica reciamente [rra, 
Quiso con otro rematar la guerra . 

El español mañoso y diligente 
Dándole lado, de la pica afierra, 

Y aguijando por ella, á su despecho, 
Cerró presto con él pecho con pecho ; 

Y habiendo con presteza arrebatado 
Una secreta daga que traía, 

Cinco veces ó seis por el costado 
Del bravo corazón tentó la vía : 
El bárbaro mortal, ya desangrado 
Por todas, la furiosa alma rendía. 
Cayendo el cuerpo inmenso en tierra frío, 
Ya de sangre y espíritu vacío. 

El valiente español, que vio tendido 
Á su enemigo y la victoria cierta, 
Cobró la pica y crédito perdido, 
Retrayéndose ufano hacia la puerta ; 
Donde, por los amigos conocido, 
Fué sin contrasfc en un momento abierta, 

Y dentro recibido alegremente 

Con grande aplauso y grita de la gente. 

8 



En este tiempo ya por todos lados 
La plaza los. contrarios expugnaban, 
Quo, á vcnoer ó morir determinados, 
Por los fuegos y tiros se lanzaban : 

Y encima do los muertos hacinados 
Los vivos á tirar se levantaban, 
De dunde más la cierta puntería 

£1 encubierto blanco descul)ría. 

Uno8- can ramas, tierra y con maderos 
(Riegan el hondo foso presurosos : 
Otros que más presumen de ligeros, 
Hacen pruebas y saltos peligrosos : 

Y los que les tocaba ser postreros, 
De llegar á las manos deseosos, 
Tanto el ir adelante procuraban, 
Que dentro n los primeros arrojaban. 

Mas de los muchos muertos y heridos, 
De nuestros arcabuces de mampuesto, 

Y de .otros arrojados y caídos. 
El foso se cegó y allanó presto ; 
Por do los enemigos atrevidos 
Arremetieren, el temor pospuesto, 
Llegando por las partes más guardadas 
A medir con nosotros las espadas ; 

Y prosiguiendo en ol osado intento, 
De nuevo empiezan un combate duro ¡ 
Mas otros con mayor atrevimiento 
Trepaban por l^s picas sobre el muro : 
Que al bárbaro furor y movimiento 
Ningún alto lugar había seguro. 

Ni p&rte, por más áspera que fuese. 
Donde no se escalase y combatiese. 

Los nuestros sobro el muro amontonados 
Los rebaten, impolen y maltratan, 

Y con lanzas y tiros arrojados 
Derriban gente abajo y desbaratan : 
Mas poco los demás amedrentados 
La difícil subida no dilatan, 

Antes procuran kiego embravecidos 
Ocupar el lugar de los caídos. 

Unos así tras otros procediendo. 
Ganosos de honra y de temor desnudos, 
Siempre la prisa y multitud creciendo, 
Crece la furia de los.golpes crudos, 
Los defendido"^ términos rompiendo. 
Cubiertos de sus cóncavos escudos, 
Nos pusieron en punto y apretura 
Que estuvo lo imposible en aventura. 

En este tiempo Tucapel furioso 
Apareció gallardo en la muralla, 
Esgrimiendo un bastón fuerte y ñudoso, 
Todo cubierto de luciente malla : 



ARAUCANA. 

Como el león de Libia vedijoso, 
Que abriendo de la tímida canalla 
El tejido escuadrón con furia horrenda 
Desembaraza la i m podida senda. 

Así el furioso bárbaro arrogante 
Discurre por el muro, derribando 
Todo lo quo allí coge por delante, 
Su misma gente y armas tropellando. 
Quisiera tener lengua y voz bastante 
Para poder en suma ir relatando 
El singular esfuerzo, y valentía 
Que el bravo Tucapel maestra este día. 

Xo las espesas picas ni pertrechos 
üastan puestas en contra á resistirle, 
Ni fuertes brazos, ni robustos pechos 
Pueden acometiéndole impedirle ; 
Que montones de gente y armas hechos. 
Rompe y derriba sin poder sufrirle ; 

Y aun, no contento desto, osadamente 
Se arroja dentro en medio déla gente ; 

Y a! peligro las fuerzas añadiendo, 
La poderosa maza rodeaba, 
Unos desbaratando, otros rompiendo. 
Siempre más tierra y opinión ganaba. 
Al fln, los duros golpes resistiendo. 
Por las armas y gente atravesaba, 
Hiriendo siempre á diestro y á siniestro 
Con grande riesgo suyo y daño nuestro. 

También hacia la banda del poniente 
Había Peleguclen arremetido, 
Y, á despecho y pesar de nuestra gente, 
En lo más alto del bastión subido : 
Que el valeroso corazón ai*dt en le 
Le había por las entrañas esparcido 
Un belicoso ardor, como si fuera 
En la verde y robusta edad primera. 

Mucho no le duró, que á poca pieza 
Le arrebató una bala desmandada 
De los dispuestos hombros la calveza, 
Rematando su próspera jornada : 
Tras esta disparó luego otra pieza, 
Hacia la misma parle encaminada, 
Llevando á Guampicol que le seguía, 
Y á Surco, Longomilla y Lebopía. 

La gente que en las naos había quedado, 
Viendo el rumor y prisa repentina. 
Cuál salta luego arriba desarmado, 
Cuál con rodela, cuál con coracina ; 
Quién se ari*ojaal batel, y quién á nado 
piensa arribar más presto á la marina, 
Llamando cada cual á quien debía, 
y ninguno aguardaba comptiua. 



CANTO DáCíMONONO. 
Así á nado y á remo, con gran pena 
El molesto y prolijo mar cortaron, 
V en la ribera y deseada arena 
Casi lodos á un tiempo pie tomaron, 
Ihmde con diciplina y oi*den buena 
Un cerrado escuadrón luego formaron, 
Marchando á socorrer á los amigos 
Por medio de las armas y enemigos. 



H5 



Que con la priesa y fuerza <iue convino 
Tres veces en el cuerpo se la esconde. 
Haciéndole extender ya casi helados 
Los pies y fuertes brazos añudados. 



Del mar no habían sacado los pies cuando 

Por la parte de abajo con ruido 

Les salo un escuadrón en contra, dando 

I* na fariosa carga y alarido. 

\enía el primero el paso apresurando 

Kl suelto Fenistún, mozo atrevido, 

'Jin^ de los otros quiso adelantarse, 

•>on gana y presunción de señalarse. 

Nueslra gente con orden y osadía, 

Siguiendo su derrota y firme intento, 

A la enemiga opuesta arremetía, 

Que aun de esperar no tuvo sufrimienfo : 

Y a recibir á Fenistón salía, 

Con paso no menor y atrevimiento, 

Kl diestro Julián de Valenzuela, 

La espada en mano, al pecho /la rodela. 

Fué allí el primero que empezó el asalto 
Kl presto Fenistón anticipado, 
liando un ligero y no pensado salto, 
L'on el cual descargó un bastón pesado ; 
Mas Valenzuela. la rodela en alto, 
A dos manos el golpe ha reparado, 
dejándole atronado de manera 
^-omo si encima un monte le cayera. 

^3jó la ancha rodela á la cabeza, 
Tanlo fué el golpe recio y desmedido, 
^ ci trasportado joven una pieza 
1 ué rodando de manos aturdido : 
^|a8lttogo, aunque atronado, se endereza 
^ solviendo del todo en su sentido, 
Pjílo al través, burlándose de un sallo, 
Huir la maza qne calaba de alto. 

Knli'ú el leño por tierra un gran pedazo 
•^on (,i gran p^^Q y f\]erza que traía, 
'^ue visto Valenzuela el embarazo 
lí<íl bárbaro y el tiempo que él tenía, 
Metiendo con presteza el pie y el brazo, 
^'^ pecho con la espalda le cosía, 
' r>l sacar la caliente y roja espada 
'•c llevó de revés media quijada. 

t^ araucano ya con desaliño 
Le echó los brazos sin saber por donde ; 
Mas el joven, tentando otro camino, 
Arrancada la daga le responde : | 



Ya en aquella sazón ninguno había 
Que solo un punto allí estuviese ocioso 
Mas cada cual solícito corría 
Adonde era el favor menesteroso : 
Era el estruendo tal que parecía 
El batir de las armas presuroso 
Que de sus fijos r|uicios todo el cielo 
Desencajado se viniese al suelo. 

Por otra parte, arriba en la muralla, 
Siempre con rabia y prisa hervorosa. 
Andaba muy reñida la batalla, 

Y la victoria en confusión dudosa : 
Vuela en el aire la cortada malla, 

Y de sangre caliente y espumosa 
Tantos arroyos en el foso entraban 
Que los cuerpos en ella ya nadaban . 

Así de ambas las partes reciamente 
Por la pía /a y honor se contendía ; 
Quién sobre el muerto sube diligente. 
Quién muerto sobre el vivo allí caía. 
Don García de Mendoza osadamente 
Su cuartel con esfuerzo defendía, 
Al gran ftiror y bárbara violencia 
Haciendo suficiente resistencia. 

Don Felipe Hurtado á la otra mano, 
Don Francisco de Andía y Espinosa, 
Y don Simón Percira, lusitano^ 
Don Alonso Pacheco y Ortigosa, 
Contrapuestos al ímpetu araucano. 
Hacían prueba de esfuerzo milagrosa, 
Resistiendo á gran número la entrada 
A pura fuerza y valerosa espada. 

Vasco Juárez también por otra parte, 
Carrillo y don Antonio de Cabrera, 
Arias Pardo, Riberos y Lasarle, 
Córdoba, y Pedro de Olmos de Aguilera, 
Subidos sobre el alto baluarte 
Herían en los contrarios de manera 
Que, aunque eran infinitos, bien segur.) 
Por toda aquella banda estaba el muro. 

No menos se mostraba peleando 
Juan do Torres, Cárnica, y Campofrío, 
Don Martín de Guzmán, y don Hernando 
Pacheco, Gutiérrez, Zúñiga, y Bcrrío, 
Ronquillo, Lira, Osorio, Vaca, Ovando, 
Haciendo cosas que el ingenio mío, 
Aunque libre de estorbos estuviera. 
Contarlas por extenso no pudiera, 



116 LA 

Tanto el daÑo creciú, que de aquol lado 
I/)s fleros araucanos aflojaron, 
Y rostro á rostro, en paso concertado, 
Quebrantado el Turor se retiraron : 
Los otros, visto el daño no pensado, 
También del loco intento se apartaron, 
Quedando Tucapel dentro del fuerte 
Hiriendo, derribando, y dando muerte. 



ARAfCVN.V. 

No desmayo por esto, antes ardía 
En cólera rabiosa y viva saña, 
Y acá y allá furioso discurría, 
Haciendo en todas partes riza extmña : 
Tropelía á Bustamante y á Mcjta, 
Derriba á Diego Pérez y á Saldaña. 
Mas ya es razón, pues be cantado tanto, 
Dar üjn al gran destrozo y largo canto. 



CANTO XX. 



Ketiranse loi araucanos con pérdida de mucha gente : escápase Tucapel muy herido rompiendo 
por los enemigos : cuenta Tegualda á.don Alonso de ErcUIa el extraño y lastimoso proceco de sa 
historia. 



Nadie prometa sin mirar primero 

Lo que de su caudal y fuerza siente, 

Que quien en prometer es muy ligero, 

Proverbio es que despacio se arrepiento : 

La palabra es empeño verdadero 

Que habemos de quitar forzosamente ; 

Y es derecho común y ley expresa 
Guardar al enemigo la promesa. 

Bien fuera destas leyes va la usanza 
Que en este tiempo mísero se tiene ; 
Promesas que os ensanchan la esperanza, 

Y ninguna se cumple ni mantiene : 
Así la \ana y necia conflanza, 

Que estribando en el aire nos sostiene, 
Se viene al suelo, y llega el desengaño 
Cuando es mayor que la esperanza el daño. 

Db mí sabré decir cuan trabajada 
Me tiene la memoria y con cuidado 
La palabra que di (bien excusada) 
De acabar este libro comenzado : 
Que la seca materia desgustada 
Tan desierta y estéril que he tomado 
Me promete hasta el fln trabajo sumo, 

Y es malo de sacar do un terrón zumo. 

¿ Quién me metió entre abrojos y por cuestas 
Tras las roncas trompetas y alambores, 
Pudiendo ir por jardines y florestas 
Cogiendo varias y olorosas flores. 
Mezclando en las empresas y requestas 
Cuentos, Acciones, fábulas y amores. 
Donde correr sin límite pudiera, 

Y dando gusto yo le recibiera ? 

¿ Todo ha de ser batallas y asperezas. 
Discordia, fuego, sangre, enemistades, 
Odios, rencores, sañas y bravezas. 
Desatino, fUror, temeridades. 



Rabias, ¡ras, venganzas y flerezas, 
Muertes, destrozos, rizas, crueldades, 
Que al mismo Marte ya pondrán hastío, 
Agotando un caudal mayor que el mío? 

Pero forzoso habré de ser paciente. 
Pues de mi voluntad quise obligarme ; 

Y así os pido, señor, humildemente 

Que no os dé pesadumbre el escucharme : 
Que el atrevido bárbaro valiente 
Aun no me da lugar de disculparme ; 
Tal es la furia y prisa con que viene, 
Que apresurar la mano me convierie. 

El cual como encerrada bestia Acra, 
Ora de aquella y ora desta parle 
Abre sangrienta y áspera carrera, 

Y por todas el daño igual reparte ; 
Con un orgullo tal que acometiera 
Allá en su quinto trono al fiero Marte. 
Si viera modo de subir al cielo, 
Según era gallardo decerbelo. 

Mas viéndose ya solo y mal herido, 

Y el ejército bárbaro deshecho, 

Y todo el fiero hierro convertido 
Contra su fuerte y animoso pecho, 
Se retrajo á una parte en la cual vido 
Que el cerro era peinado y muy derecho, 
Sin muro de aquel lado, donde un salto 
Había de más de veinte brazas de alto. 

Como si en tal sazón alas tuviera 
Más seguras que Dédalo las tuvo, 
Se arroja desde arriba de manera 
Que parece que en ellas se sostuvo : 
Hizo prueba de sí fuerte y ligera. 
Que el salto, aunque mortal, en poco tuvo 
Cayendo abajo el bárbaro gallardo 
Como una onza ligera ó suelto pardo. 



CANTO VISESIMO. 



\tt 



Mas bi«n no sé laüzú, que en seguimiento 

Infinidad de tiros le arrojaron, 

Que aunque no le alcanzara el pensamiento 

Antes que fuese abajo le alcanzaron: 

Fué tanto el descargar, que en un momento 

Ed más de diez lugares Ic llagaron ; 

Pero no de manera que cayese 

Ni sólo un paso y pie descompusiese. 

Viéndose abajo y tan herido, luego 
I leí propósito y salto arrepentido, 
Abrasado en rabioso y vivo fuego. 
Terrible y más que nunca embravecido, 
Quisiera revolver de nuevo al juego 

Y vengarse del daño recibido ; 
Mas era imaginarlo desatino, 

Que el cerro era tajado y sin camino. 

Cinco ó seis veces la difícil vía 

Y de fortuna el crédito tentaba, 
Que fácil lo imposible le hacía 

El coraje y furor que le incitaba ; 
Por un lado y por otro discurría, 
Todo de acá y de allá lo rodeabü, 
Como el hambriento lobo encarnizado 
Rodea de los corderos el cercado. 

Mas viendo al On que ora designio vano 

Y de tiros sobre él la lluvia espesa, 
Retirándose á un lado, vid en el llano 
La trabada batalla y fiera priesa. 

Y como el levantado halcdn lozano, 
Que yendo alta la garza, se atraviesa 
Kl cobarde milano, y desde el cielo 
Olla a la presa con furioso vuelo, 

Así el gallardo Tucapel, dejado 
El temerario intento infructuoso, 
Revuelve á la otra banda, encaminado 
Al reñido combate sanguinoso : 
En esto el bando infiel desconfiado, 
He mucha gente y sangre perdidoso, 
^e retiró siguiendo las banderas 
Que iban marchando ya por las laderas. 

No por eso torció de su demanda 
Un solo paso el bárbaro valiente. 
Antes recio embistió por una banda, 
Tropellando de golpe mucha gente : 
^ dándoles terrible escurribanda, 
Pasó de un cabo á otro francamente, 
Hiriendo y derribando de manera 
Que dejo bien abierta la carrera. 

Quien queda allí estropeado, quién tullido, 
Quién se duele, quién gime, quién se queja, 
Quién cae acá, quién cae allá aturdido, 
Quién haciéndole plaza de él se aleja ; 



Y en el largo escuadrón de armas tejido 
Un gran portillo y ancha calle deja. 
Con el furor que el fiero rayo apriesa 
Rompe el aire apretado y nube espesa. 

De tal manera Tucapel, abriendo 
De parte á parte el escuadrón cristiano. 
Arriba á los amigos, que siguiendo 
Iban la retirada á paso llano, 
Con el concierto y orden proi*.ediendo 
Que vemos ir las grullas el verano 
Guando do su tendida y negra banda 
Ninguna se adelanta ni desmanda. 

Nosotros, aunque pocos, cuando vimos 
Que á espaldas vueltas iban ya marchando 
De nuestro fuerte en gran tropel salimos 
En la campaña un escuadrón formando, 

Y á paso moderado los seguimos, 
De la victoria enteramente usando ; 
Pero dimos la vuelta apresurada 
Temiendo alguna bárbara emboscada. 

Duró, pues, el reñido asalto tanto 
Que el sol en lo más alto levantado) 
Distaba del poniente en punto cuanU) 
Estaba del oriente desviado : 
Nosotros ya seguros, entre tanto 
Que remataba el curso acostumbrado, 
Dando lugar á las nocturnas horas 
Del personal trabajo aliviadoras, 

El ciego foso alrededor limpiamos. 
Sin descansar un punto diligentes, 

Y en muchas parles del desbaratamos 
Anchas traviesas y formadas puentes : 
Los lugares más flacos reparamos 
Con industria y defensas suficientes, 
Fortificando el sitio de manera 

Que resistir un gran furor pudiera. 

La negra noche á más andar cubriendo 
La tierra que la luz desamparaba. 
Se fué toda la gente recogiendo 
Según y en el lugar que le tocaba. 
La guardia y centinelas repartiendo 
Qu3 el tiempo estrecho á nadie reservaba: 
Me cupo el cuarto de la prima en suerte 
En un bajo recuesto junto al fuerte. 

Donde con el trabajo de aquel día 

Y no me haber en quince desarmado, . 
YA importuno sueño mo afligía, 
Hallándome molido y quebrantado : 
Mas con nuevo ejercicio resistía, 
Paseándome. deste y de aquel lado 

Sin parar un momento : tal estaba . 
Que de mis propio» pies no me fiaba; 



ti8 



LA ARAUCANA. 



No el manjar de susUncia vaporoso, 
Ni vino muchas veces trasegado» 
Ni el hábito y costumbre de repo2ro 
Me habían el grave sueño acarreado : 
(jue bizcocho negrísimo y mohoso. 
Por medida de escasa mano dailo, 

Y la agua llovediza desabrida , 
Kra el mantenimiento de mi vida. 

Y á veces la ración so convertía 
Kn dos tasados puños de cebada. 
Que cocida con hierbas nos servía 
Pur la falta de sal la agua salada : 
Ln regalada cama en que dormía 
Kra la húmida tierra empantanada, 
Armado siempre y siempre en ordenanza, 
La pluma ora en la mano, ora la lanza. 

Andando, pues, así con el molesto 
Sueno que me aquejaba porfiando, 

Y en gran silencio el encargado puesto 
Du un canto al otro canto pascando : 
Vi que estaba el un lado del recuesto 
Lleno de cuerpos muerlos blanqueando, 
Que nuestros arcabuces aquel día 
Hpbían hecho gran riza y batería. 

No mucho después desto, yo que estaba 
Con ojo alerto y con atento oído, 
Sentí de rato en rato que sonaba 
Hacia los cuerpos muertos un ruido, 
Que cada vez al fin se remataba 
Con un triste suspiro sostenido, 

Y tornaba á sentirse, pareciendo 

Que iba do cuerpo en cuerpo discurriendo. 

La noche era tan l(Sbrega y escura 
Que divisar lo cierto no podía, 

Y así por ver el fin de esta aventura 
(Aunque más por cumplir lo que debía) 
Me vine, agazapado en la verdura. 
Hacia la parte que el rumor se oía ; 
Donde, vi entre los muertos ir oculto 
Andando á cuatro pies un negro bulto. 

Yo de aquella visión mal satisfecho, 
(Ion un temor, que agora aun no le niego, 
La espada en mano y la rodela al pecho, 
Llamando á Dios, sobre él aguijé luego : 
Mas el bulto se puso en pie derecho, 

Y con medrosa vo/ y humilde ruego 
Dijo : Señor, señor, merced le pido, 
Que soy mujer, y nunca te he ofendido : 

Si mi dolor y desventura extraña 
A lástima y piadad no te inclinaren, 

Y tu sangrienta espada y fiera saña 
De los términos lícitos pasaren, 



¿Qué gloria adquirirás de tal hazaña. 
Cuando los justos cielos publicaren 
Que se empleó en una mujer tu espada. 
Viuda, mísera, triste y desdi'^ada ? 

Buégote, pues, señor, si por ventura 
O desventura, como fué la mía, 
Con a mor verdadero y con fe pura 
Amaste tiernamente en algún día, 
Me dejes dar á un cuerpo sepultura, 
Que yace entre esta muerta compañía : 
Mira que aquel que niega lo que es justo, 
Lo malo aprueba ya y so hace injusto. 

Xo quieras impedir obra tan pía. 

Que aun en bárbara guerra se concede ; 

Que es especie y señal de tiranía 

Usar de todo aquello que se puede : 

Deja buscaran cuerpo á esta alma mía; 

Después furioso con rigor procede, 

Que ya el dolor me ha puesto en tal extremo 

Que más la vida que la muerte temo : 

Que no sé mal que ya dañar me pueda, 
Ni hay bien mayor que no le haber tenido 
Acábese y fenezca lo que queda, 
Pues que mí dulce amigo ha fenecido : 
Que aunque el cielo cruel no me conceda 
Morir mi cuerpo con «I suyo unido, 
Xo estorbará, por más que me persiga. 
Que mi afligido espíritu le siga. 

En esto con instancia me rogaba 
Que su dolor de un golpe rematase ; 
Mas yo, que en duda y confusión estaba 
Aun, teniendo temor que me engañase. 
Del verdadero indicio no fiaba, 
Hasta que un poco más me asegurase, 
Sospechando que fuese alguna espía 
Que á saber cómo estábamos venia. 

Bien que estuve dudoso, pero luego 
(Aunque la noche el rostro le encubría} 
Kn su poco temor y gran sosiego 
Vi que vei'dad en todo me decía ; 

Y que el pérfido amor ingrato y ciego 
Ka busca del marido la traía, 

El cual en la primera arremetida 
Queriendo señalarse dio la vida. 

Movido, pues, á compasión de vclla. 
Firme en su casto y amoroso intento. 
De allí salido, me volví con ella 
Á mi lugar y señalado asiento : 
Donde yo le roguó que su querella 
Con ánimo seguro y sufrimiento 
Desde el principio al cabo me contase, 

Y desfogando la ansia descansase. 



CANTO 

Ella dijo : ; A y de ioaí ! que es imposible 
Tener jamás descanso basta la muerte, 
O lie es sin remedio mi pasión terrible 
V más que todo sufrimiento fuerte : 
Más aunque me será cosa insufrible, 
l)¡r»> el discurso de mi amarga suerte ; 
Quizá que mi dolor, según es grave, 
Podrá ser que esforzándole me acabo. 

Vo soy Tegaalda, hija desdichada 

Del cacique Bracol desventurado, 

De muchos por hermosa on vano amada. 

Libre un tiempo de amor y de cuidado ; 

Pero muy presto la fortuna, airada 

De ver mi libertad y alegre estailo, 

Turbó de tal manera mi alegría 

Que al iln muero del mal que no temía. 

Oc muchos fui pedida en casamiento, 

Y á todos igualmente despre(Siaba, 

De lo' cual mi buen padre descontento, 
gue yo aceptase alguno me rogaba ; 
piro con franco y libre pensamiento 
Do su importuno ruego me excusaba: 
Quo era pensar mudarme desvarío^ 

Y martillar sin fruto en hierro frío. 

No por mis libres y ásperas respuestas 
l^os Qrmes preiensores' aflojaron; 
Antes con nuevas pruebas y requestas, 
Kn su vana demanda más- instaron : 

Y con danzas, con juegos y otras floslaa 
Mudar mi firme intento procuraron, 

Nü les bastando maña ni artificio 
Á sacar mi propósito de quicio. 

Muy presto, pues, llegó el postrero día 
De<;ta mi libertad y señorío, 
; Oh, si lo foera de la vida mía ! 
PíTo no pudo ser, que era bien mío. 
Kn un lu^ar que junto al pueblo había, 
Djnde el claro Gualebo, manso río. 
Después que sus viciosos campos riega, 
Ki nombro y agua al ancho Hala entrega. 

Allí, para castigo de mi engaño, 

Uue fuese á ver sus tiestas me rogaran ; 

Y como había de ser para mi daño, 
Fácilmente conmigo lo acabaron. 
Luego, por orden y artificio extraño 
La larga senda y pasos enramaron, 
Pureciéndoles malo el buen camino 

Y que el sol de tocarme no era diño. 

Llegué por varios arcos donde estaba 
l'n bien compuesto y levantado asiento. 
Hecho por tal manera que ayudaba 
La maestra natura al ornamento: 



VIGÉSIMO, it£ 

|El agua clara en torno mormuraba ; 
Los árboles movidos por el viento 
Hacían un movimiento y un ruido 
Que alegraban la vista y el oído. 

I Apenas, pues, en él me liabía asentado. 
Cuando un alto y solcnc bando cebaron, 

Y del ancho palenque y estacado 
r^a embarazosa gente despojaron : 
Cada cual á su puesto retirado. 
La acostumbrada lucha comenzaron. 
Con un silencio tal, que los presentes 
Juzgaran ser pinturas más que gentes. ' 

Aunque había muchos jóvenes lucidos, 
Todos al parecer ccmpe ti dores, 
De diferentes suertes y vestidos* 

V de un fin engañoso prctcnsores ; 
No estaba en cuáles eran los vencidoí«. 
Ni cuáles habían sido vencedores, 
Buscando acá y allá entretenimiento,- 
Con un ocioso y libre pensamiento. 

Yo, que en cosa de aquellas no paraba, 
El fin de sus contiendas deso^indo^ 
()ra los altois árboles miraba, 
De natura las obras contemplando ; 
Ora la agua qué et prado 'atravesaba, 
Las varias pedrezuelas numerando, 
Libre á mi parecer y muy s gura- 
De cuidado, de amor, y desventura : ' 

Cuando un gran alboroto y vocería, 
(Cosa my cierta eu semejante jueg.i) 
Se levantó entre aquella compañía; . 
Que me sacó de seso y mi sosiego. 
Yo, queriendo entender to que sería, 
Al más cerca de mí pregunté luego • 
La causa de la gri'a ocasionada^ 
(Que me fuera mejor no saber nada; ; 

El cual dijo : Señora, ¿ no has mirado 
Cómo el robusto joven Maroguano, . . - 
Con todos.cuantos mozos Ha luchado 
Los ha puesto do espaldas en el llano? 

Y cuando ya esperaba confiado 
Que la bella guirnalda de tu mano . 
Le ciñera la ufana y leda frente, 

En premio y por señal del mas valiente, 

Aquel gallardo mozo bien dispuesto, 
Del vestido do verde y encarnado, 
Con gran facilidad le ha en tierra puesto. 
Llevándole el honor que había ganado ; 

Y el lacil y liviano pueblo, desio 
(iomo de novedad maravillado, 

lia levantado aquel confuso estruendo. 
La fuerza de mancebo encareciendo ; 



120 LA 

Y también Mareguano que procura 



De volver á luchar, el cual alega 
Que fué siniestro caso y desventura, 
Que en fuerza y maña el otro no le llega 
Pero la condición. y la postura 
Del expreso cartel se lo deniega, 
Aunque el joven con ánimo valiente 
Da voces que es contento y lo consiente ; 

Pero los jueces, por razón, no admiten 
Del uno ni del otro el pedimento. 
Ni en modo alguno quieren ni permiten 
Inovación en esto y movimiento : 
Mas que de su propósito se quiten, 
Si entrambos de común consentimiento, 
Pareciendo primero en tu presencia, 
No alcanzaren de ti franca licencia. 

En esto, ¿ mi lugar enderezando 
De aquella gente un gran tropel veu'a, 
Q te como junto á mí llegó, cesando 
El discorde alboroto y vocería, 
El mozo vencedor la voz alzando, 
Con una humilde y baja cortesía, 
Dijo : Señora, una merced te pido, 
Sin haberla mis obras merecido : 



ARAUCANA. 

Adonde los padrinos igualmente 
El sol ya bajo y campo les partieron 
Y dejándolos solos en el puesto 
El uno para el otro movió presto. 



Qne si soy extrai^ero y no merezco 
Hagas por mí lo que es tan de tu oficio. 
Como tu siervo natural me ofrezco 
De vivir y morir «n tu servicio ; 
Que aunque el agravio aquí yo \(* padezco, 
Por dar desta mi oferta algún indicio 
Quiero, si dello fueres tú servida, 
Luchar con Mareguano otra caída, 

Y otra, y otra, y aunmás, si él quiere, quiero. 
Hasta dejarle en todo satisfecho ; 

Y consiento que al punto y ser primero 
Se reduzca la prueba y el derecho ; 
Que siendo en tu presencia, cierto espero 
Salir con mayor gloria de este hecho : 
Danos licencia, rompe el estatuto 
(Ion tu poder sin límite absoluto. 

F3sto dicho, con baja reverencia 
La respuesta, mirándome, esperaba ; 
Mas yo, que sin recato y advertencia 
Escuchándole atenta le miraba, 
No sólo concederle la licencia, 
l^ero ya que venciese deseaba ; 

Y así lo respondí: Si yo algo puedo, 
Libre y graciosamente lo concedo. 

Luego los dos cortés 'y alegremente 
Sin detenerse más se despidieron, 

Y con grande alborazo de la gente, 
En la cerrada plaza los metieron, | 



Juntáronse en un punto, y porfiando 
Por el campo anduvieron un gran trecho, 
Ora volviendo en torno y volteando, 
Ora yendo al través, ora al derecho. 
Ora alzándose en alto, ora bajando, 
Ora en sí recogidos pecho á pecho. 
Tan estrechos, gimiendo, so tenían 
Que recibir aliento aun no podían. 

Volvían á forcejar con un ruido 
Que era de ver y oírlos cosa extraña ; 
Pero el mozo estranjero ya corrido 
De su poca pujanza y mala maña, 
Alzó de tierra al otro, y de un gemido. 
De espaldas le trabuca en la campaña, 
Con tal golpe que al triste Mareguano' 
No le quedó sentido y miembro sano. 

Luego de mucha gente acompañado 
Á mi asiento los jueces le Irujeron, 
El cual ante mis pies arrodillado, 
Que yo le diese el precio me dijeron. 
No sé si fué su estrella ó fué mi hado, 
Ni las causas que en esto concurrieron, 
Que comencé átemblar,y un fuego ardiendo 
Fué por todos mis huesos dicurriendo. 



Hálleme tan confusa y alterada 
De aquella nueva causa y accidente, 
Que estuve un rato atónita y turbada 
En medio del peligro y tanta gente ; 
Pero volviendo en mí más reportada, 
Al vencedor en todo dignamente. 
Que estaba allí inclinado ya en mi falda, 
Le puse en la cabeza la guirnalda ; 

Pero bajé los ojos al momento 

De la honesta vergüenza reprimidos, 

Y el mozo con un largo ofrecimiento 
Inclinó á sus razones mis oídos. 

Al fin se fué, llevándome el con tonto 

Y dejando turbados mis sentidos, 
Pues que llegué de amor y pena juulo 
De solo el primer paso al postrer puní* •. 

Sentí una novedad que me aprcmíalin 

La libre fuerza y el rebelde brío, 

A la cual sometida se entregaba 

La razón, libertad y el albedrío. 

Yo que, cuando acordé, ya me hallaba 

Ardiendo en vi<ro fuego el pecho frío. 

Alcé los ojos tímidos coljados, 

Que la vergüenza allí tenía aboyados» 



CANTO 

Roto con iüerza súbita y furiosa 
De la vergüenza y continencia el treno j 
Le seguí con la vista deseosa. 
Cebando más la llaga y el veneno ; 
Que sólo allí mirarle y no otra cosa, 
Para mi mal, hallaba que era bueno : 
Asi que, á donde quiera que pasaba 
Tras sí los ojos y alma me llevaba. 

Vi le que á la sazón se apercebía 
Para correr el palio acostumbrado, 
Que una milla de trecho y más tenía 
VA término del curso señalado : 

Y al suelto vencedor se prometía 
Tn anillo de esmaltes rodeado, 

Y una gruesa esmeralda bien labrada. 
Dado por esta mano desdichada. 

Más de cuarenta mozos en el puesto 
Á pretender el precio parecieron, 
Donde en la raya el pie cada cual puesto, 
Prontos y apercebidos atendieron, 
Que no sintieron la señal tan presto 
Cuando todos en hila igual partieron 
Con tai velocidad que casi apenas 
.>8ñalabaD la planta en las arenas ; 

Pero Crepino, el joven extranjero, 
Que así de nombre propio se llamaba, 
Venía con tanta furia el delantero 
Que al presuroso viento atrás dejaba: 
El rojo palio al fin tocó el primero, 
Que la larga carrera remataba. 
Dejando con su término agraciado 
El circunstante pueblo aficionado. 

Con solene triunfo, rodeando 
La llena y ancha plaza, le llevaron ; 
í^ero después á mi lugar tornando, 
Que lo diese el anillo mo rogaron : 
Yo, un medroso temblor disimulando, 
Que atentamente todos me miraron, 
Del empacho y temor pasado el punió, 
Le di mi libertad y anillo junto. 

Kl me dijo : Señora, te suplico 

Le recibas de mí, que aunque parece 

Pobre y pequeño el don, te certifico 

Que es grande la afición con que .se ofrece, 

Que con este favor quedaré rico ; 

Y así el ánimo y fuerzas me engrandece, 
Que no habrá empresa grande ni habrá cosa 
Que ya me pueda ser dificultosa . 

Yo por usar de toda cortesía, 

Que es lo que á las mujeres perflcíona, 

Lp dije que el anillo recibía, 

Y más la voluntad de tal persona. 



VIGÉSIMO. i^i 

En esto toda aquella compañía, 
Hecha en torno de mí espesa corona, 
Del ya agradable asiento me bajaron « 

Y á casa de mi padre me llevaron. 

No con pequeña fuerza y rcsislencia. 
Por dar satisfacción de mí á la gente, 
Encubrí I res semanas mi dolencia, 
Siempre creciendo el daño y fuego ardiente; 

Y moslrando venir á la obediencia. 
De mi padre y señor, mañosamente 
Le di á entender por señas y rodeo, 
Querer cumplir su ruego y mi deseo, 

Diciendo, que pues él me persuadía 
Que tomase parientes y marido, 
Al parecer, según que convenía, 
Yo por le obedecer le había elegido : 
El cual era Crepino, que tenía 
Valor, suerte y linaje conocido. 
Junto con ser discreto, honesto, afable, 
De condición y término loable. 

Mi padre, que con sesgo y ledo gesto 
Hasta el fin escuchó el parecer mío. 
Besándome en la frente dijo : En esto, 

Y en todo me remito á lu al bodrio. 
Pues de tu discreción y intento honesto 
Que elegirás lo que conviene fío : 

Y bien muesira Crepino en su crianza 
Ser de buenos re?pelos y esperanza. 

Ya que con voluntad y mandamiento 
Á mi bouor y deseo satifafizo, 

Y la vana contienda y fundamento 
De los presentes jóvenes deshizo. 
El infclice y triste canamiento 

En forma y acto público se hizo 

Hoy hace justo un mes; ¡oh suerte dura, 

Que cerca está del bien la desventura ! 

Ayer me vi contenía de mi sueric 
Sin temor de contralle ni recelo ; 
Hoy la sangrienta y rigurosa muer I*?, 
Todo lo ha derribado por el suelo. 
¿Qué consuelo ha de haber á mal tan fuerte ? 
¿Qué recompensa puede darme el ciclo 
Adonde ya ningún remeJio vale, (igualo? 
Ni hay bien que con taa grande mal se 

Este es, pues, el proceso, csln es la historia, 

Y el fin tan cierto de la dulce vida : 
He aquí mi libertad y breve gloria 
En eterna amargura convertida. 

Y pues que por tu causa, la memoria 
Mi llaga ha renovado encrudecida, 
En recompensa del dolor te pido 

Me dejes enterrar á mi marido ; 



422 LA 

Que no es bien que las aves carniceras 
Despedacen ol cuerpo miserable, 
Ni los perros y brutas beslias fieras 
Satisfagan su estómago insaciable : 
Mas cuando empedernido ya no quieras 
Hacer cosa tan justa y razonable, 
Haznos con esa espada y manó dura 
Iguales en la muerte y sepultura. 

Aquí acabó su historia, y comenzaba 
Un llanto tal que el monte enternecía, 
Con una ansia y dolor que me obligaba 
Á tenerle en el duelo compañía ; 
Que ya el asegurarle no bastaba 
De cuanto prometer yo le podía ; 
Sólo pedía la muerte y sacrificio 
Por último remedio y beneficio. 

En gran congoja y confusión me viera, 
Si don Sim<'«n Pereira, que á otro lado 
Hacía también la guardia, no viniera 
Á decirme que el tiempo era acabado : 



ARAUCANA. 

Y espantado también de lo que oyér«, 
Que un poco desde aparte había escuchado. 
Me ayudó á consolarla, haciendo cieitas 
Con nuevo ofrecimiento mis ofertas. 

Ya el presuroso cielo voltc.indo, 
Kn el mar las estrellas tra^lornabí, 

Y el crucero las horas señalando. 
Entre el sur y suduesle declinaba : 
En mitad del silencio y noche, cuando 
Visto cuanto la oferta le obligaba. 
Reprimiendo Tegualda su lamento, 
La llevamos á nuestro alojamiento, 

Donde en honesta guarda y compañía 
De mujeres casadas quedó en l&nto 
Que el esperado ya vecino día 
Quitase de la noche el negro manto. 
Entre tanto también razón sería. 
Pues que todos descansan y yo canto, 
D^'jarlo hasta mañana en este estado, 
Que de reposo estoy necesitado. 



CANTO XXI. 



Halla Tegualdu el cuerpo del mutido, y hacieodo un llanto sobre él le lleva á fu tierra. Llegan á 
Penco los españoles y caballos que veoiaa de Santiago y de la Imperial por tierra. Hace 
Caupolican muestra general de su geate. 



;.Qui¿N de amor hizo prut-ba tan bastante. 
Quién vio tal muestra y otra tan piadosa 
Como la quo tenemos hoy delante 
Desta iníelice bárbara hermosa? 
La Fama, engrandeciéndola, levanto 
Mi baja voz, y en alta y sonorosa, 
Dando noticia delia, eternamente 
Corra de lengua en lengua y gente en gente. 

Cese el uso dañoso y ejercicio 
De las mordaces lenguas ponzoñosas. 
Que tionen de costumbre y por oficio 
Ofender las mujeres virtuosas ; 
Piles, mirándolo bien, sólo esto indicio 
Sin haber eti contrario tantas cosas. 
Confunde en su malicia y las condena 
A duro freno y vergonzosa pena. 

Cuántas y cuántas vemos que han subido 
Á la difícil cumbre de la fama, 
Judit, Camila, la fenisa Dido, 
Á quien Virgilio injustamente infama ; 
Penclope, Lucrecia, quo al marido 
Lavó con sangre la violada cama ; 
Hippo, Tucia, Virginia, Fulvia, Clelia, 
Porcia, Sulpicia, Alcesles y Cornelia . 



Bien puede ser entre éstas col(»ca'la 
La hermosa Tegualda ; pues pnrecc 
Ea la rara hazaña señalada 
Cuanto por el piadoso amor merece : 
Así, sobre sus obras. levantada, 
Entre las más famosas resplandece, 
Y el nombro será siempre celebrado 
Á la inmortalidad ya consagrado. 

Quedó, pues, como dije, recogida 
En parlo honí;.>la y compañía segura. 
Del poco beneficio agradecida, 
Según lo que esperaba en su ventura. 
Pero la íuror'i y nueva luz venida, 
Aunque el sabroso sueño con dulzur.1 
Me había los lasos miembros ya trabado, 
Me despertó el aqu^jador cuidado, 

V^iniendo á toda prisa á donde estaba 

Firme en el Irislv llanto y ácniimicnlo. 

Que sólo un breve punto no afiojaba 

La dolorosa pena y el lamento. 

Yo con gran compasión la consolaba. 

Haciéndole seguro ofrecimiento 

De entregarle el marido y darle genio 

Con que salir pudiese libremente. 



CANTO VlGESfMOPRIMERO. 



12S 



Ella, del bien incrédala, llorando. 
Los brazos extendidos» mo pedía 
Firme seguridad ; y así llamando 
Los indios de servicio que tenía, 
Salí con ella acá y allá buscando : 
Al ñn entre los muertos que allí había 
Hallamos el sangriento cuerpo helado, 
l)e uua redonda bala alrevesado. 

La mísera Tegualda, que delante 
Vio la marchita faz desfigurada, 
Con horrendo furor en un instante 
Sobre ella se arrojó desatinada, 

V junta con la suya, de abundante 
Flujo de vivas lágrimas bañada, 
La boca la besaba y la herida, 

Por ver si le podía infundir la vida. 

i A y cuitada de mí ! (decía) ¡ qué hago 

Entre tanto dolor y desventura ! 

; Cómo al injusto amor no satisfago 

£o esta aparejada coyuntura ! 

;. Porqué ya, pusilánime, de un trago 

No Bcaho de pasar tanta amargura ? 

; Que es esto? ¿la injusticia á dónde llega 

^ino aun el morir forzoso se me niega ? 

Afrí furiosa, por morir echaba 

La rigurosa manó al blanco cuello ; 

V DO pudiendo más, no perdonaba 
Al afligido rostro ni al cabello : 

V aunque yo de estorbarlo procuraba, 
Apenas era parte á dofendello ; 

Tan grande era la basca y ansia fuerte 
be la rabiosa gana de la muerte. 

iK'spués que algo las ansias aplacaron 
l'ur la gran persuasión y ruego mío, 

V bus promesas ya me aseguraron 
1> 1 gentilioo intento y desvarío. 
Los prestos yanaconas levantaron 
Sobre un tablón el yerto cuerpo frío, 
Llevándole en los hombros suílcicntcs 
Adonde le aguardaban sus sirvientes. 

Mas, porque estando así rota la guerra 
No padeciese agravio y demasía, 
ll»$ta pasar una vecina sierra 
Lí; luve com mi gente compañía ; 
Pero llegando á la segura tierra 
Encaminada en la derecha vía, 
S'» despidió de mí reconocida 
l):l beneficio y obra recibida. 

\uelto al asiento, digo, que estuvimos 
Toda aquella semana trabajando. 
El la cual lo deshecho rehicimos, 
El foso y roto muro reparando : 



De industria y fuerza, al fin, nos prevenimos 
Con buen ánimo y orden, aguardando 
.\1 enemigo campo cada día, 
Que era pública fama que venía. 

También tuvimos nueva que partidos 
Eran do Mapochó nuestros guerreros, 
De armas y municiones bastecidos, 
Con mil caballos y dos mil flecheros : 
Mas del lluvioso invierno los crecidos 
Uaudales y las ciénegas y esteros, 
Llevándoles ganado, ropa y gente. 
Los hacían detener forzosamente. 

Estando, como digo, una mañana 

Llegó un indio á gran priesa á nuestro fuerte, 

Diciendo : ¡ Oh temeraria gente insana ! 

Huid, huid la ya vecina muerto : 

Que la potencia indtímita araucana 

Viene sobre vosotros, do tal suerte 

Que no bastarán muros ni reparos, 

Ni sé lugar donde podáis salvaros. 

El mismo aviso trujo ú medio día 
ün amigo cacique de la sierra, 
Afirmando por cierto que venía 
Todo el poder y fuerza do la tierra 
Con soberbio aparato, donde había 
Instrumentos y máquinas do guerra, 
Puentes, traviesas, árboles, tablones 

Y otras artificiosas prevenciones. 

No desmayó por esto nuestra gente, 
Antes venir al punto desliaba, 
Que el menos anímuso osadamente 
El lugar do más riesgo procuraba : 

Y con industria y orden conveniente 
Todo lo necesario so aprestaba, 
Esperando la gente apercebida 

Al día amenazador de tanta vida. 

Fuimos también por indios avisados 
De nuestros espiónos, que sin duda 
Nos darían el asalto por tres lados 
.Al postrer cuarto de la nodio muda : 
Así que, cuando más desconllados. 
No de divina, mas de humana ayuda, 
Por la cumbre de un monte de repente 
Apareció en buen orden nuestra gente. 

¿ Quién pudiera pintar el gran contento, 
El alborozo de una y otra parle, 
El ordenado alarde, el movimiento, 
El ronco estruendo del furioso Marte, 
Tanta bandera descog-da al viento, 
Tanto pendón, divisa y estandarte, 
Trompas, clarines, voces, apellidos, 
Helinchos de caballos y bufidos V 



121 



Ya que los unos y otros coa razones 
De amor y complimiento nos hablamos, 

Y para los caballos y peones 
Lugar cómodo y sitio señalamos» 
Tiendas labradas, toldos, pabellones 
En la estrecha campaña levantamos 
En tanta multitud que parecía 

Que una ciudad allí nacido había. 

Fué causa la venida desta gente 
Que el ejército bárbaro vecino. 
Con nuevo acuerdo y parecer prudente 
Mudase de propósito y camino :. 
Que Colocólo astuta y sabiamente 
Al consejo de muchos contravino, 
Discurriendo por términos y modos, 
Que redujo á su voto los de todos. 

Aunque, como ya digo, antes tuvieron 
Gran contienda sobre ello y diferencia, 
Pero al fin, por entonces difirieron 
La ejecución de la áspera sentencia ; 

Y el poderoso campo retrujeron 
Hasta tener más cierla inteli(;encia 
Del español ejército arribado, 

Que ya le había la Fama acrecentado. 

Pero los nuestros, de mostrar ganosos 
Aquel valor que en la nación se encierra, 
Enemigos del ocio, y deseosos 
De entrar talándola enemiga tierra. 
Procuran con afectos hervorosos 
Apresurar la deseada guerra. 
Haciendo diligencia y gran instancia 
En prevenir las cosas de importancia. 

Reformado el bagaje brevemente 
De la jornada larga y desabrida, 
La bulliciosa y esforzada gente, 
Ganosa de honra y de valor movida, 
Murmurando el reposo libremente, 
Pide que se acelere la partida, 

Y el día tanto de lodos deseado 
Que fué (le aquel en cinco señalado. 

En el alegre y esperado día, 
Al comenzar de la primer jornada, 
Llegó de la Imperial gran compañía 
De caballeros y de gente armada : 
Que en aquella ocasión también venía 
Por tierra, aunque rebelde y alterada, 
Con gran chusma y bagaje, bastecida 
De municiones, armas y comida. 

Ya, pues, en aquel sitio recogidos 
Tantos soldados, armas, municiones, 
De cosas importantes advertidos, 
Hechas las necesarias provisiones ; 



LA ARAUCANA. 

Fueron por igual orden repartidos 
Los lugares, cuarteles y escuadrones, 
Para que en el rebato y voz primera 
Cada cual acudiese á su bandera. 



Caupolican con no menor doctrina 

Y gran cuidado en todo y providencia, 
La gente de su ejército consina 

A los hombres de suerte y suficiencia, 
Que en la arte militar y diciplina 
Era de mayor prueba y experiencia. 

Y todo puesto á punto, quiso un día 
Ver la gente y las armas que tenía. 

Era el primero que empezó la muestra 
El c^icique Pillolco, el cual armado 
Iba de fuertes armas, en la diestra 
Un gran bastón de acero barreado ; 
Delante de su escuadra, gran maestra 
De arrojar el certero dardo usado, 
Procediendo en buen orden y manera, 
De trece en trece iguales por hilera. 

Luego pasó detrás de los postreros 
El fuerte Leucolon, á quien siguiendo 
Iba una espesa banda de flecheros , 
Gran número de tiros esparciendo. 
Venía Rengo tras él con sus máceros, 
En paso igual y grave, procediendo 
Arrogante, fantástico, lozano, 
Con un entero líbano en la mano. 

Tras él con ñero término seguía 
El áspero y robusto Tulcomara, 
Que vestida en lugar de arnés traía 
La piel de un fiero tigre que matara : 
Cuya espantosa boca le ceñía 
Por la frente y quijadas la ancha cara, 
Con dos espesas órdenes de dientes 
Blancos, agudos, lisos y lucientes ; 

Al cuaU en gi-an tropel, acompañaban 
Su gente agreste y ásperos soldados, 
Que en apiñada muela le cercaban, 
De píeles de animales rodeados : 
Luego los la Icam ávidas pasaban. 
Que son más aparentes que esforzados, 
Debajo dol gobierno y del amparo 
Del jactancioso mozo Caniotaro. 

Iba siguiendo la postrer hilera 
Millalermo, mancebo Horeciente, 
Con sus pintadas armas; el cual era 
Del famoso Picoldo decendiente. 
Rigiendo los que habitan la ribera 
Del gran Nibequeten, que su corriente 
No doja á la pasada fuente y río 
Que lodos no los traiga al Biobío. 



CANTO 

Pastí luego ia muestra Mareande, 

CoD una cimitarra y ancho escudo, 

Mozo de presunción y orgullo grande, 

Alto de cuerpo, en proporción membrudo : 

Iba con él su primo Lepomande, 

Desnudo, al hombro un gran cuchillo agudo. 

Ambos de una divisa, rodeados 

De gente armada y plálicos soldados. 

Seguía el orden tras éstos Lemolemo, 
Arrastrando una pica poderosa, 
Delante de su escuadra, por extremo 
Lucida entre las ostras y vistosa : 
l.'n poco atrás del cual iba Gualemo, 
Cubierto de una piel dura y pelosa 
De un caballo marino, que su padre 
Había muerto en defensa de la madre. 

Cuentan (no sé si es fábula) que estando 
Bañándose en la mar, algo apartada, 
l'n caballo marino allí arribando, 
Fué de él súbitamente arrebatada *: 

Y el marido á las voces aguijando 
De la cara mujer, del pez robada, 
0,Ti el dolor y pena de perdella, 
Ai agua se arrojó luego tras ella. 

Pudo tanto e] amor, que el mozo osado 
Al pescado alcanzó, que se alargaba, 

Y abrazado con él por maña á nado, 
A la vecina orilla le acercaba, 

Donde el marino monstruo sobreaguado 
(Que también el amor ya le cegaba) 
Diú recio en seco, al tiempo que el reflujo 
De las huidorasolas se retrujo. 

Soltó la presa libre, y sacudiendo 
La dura cola, el suelo deshacía, 

Y aquí y allí el gran cuerpo retorciendo, 
Contra el mozo animoso se volvía : 

El cual, sazón y punto no perdiendo, 
A las cercanas armas acudía, 
Comenzando los dos una batalla 
Que el mar calmó, y el sol paró á miralla. 

Mas con destreza el bárbaro valiente, 
De fuerza y ligereza acompañada. 
Hería al furioso monstruo reciamente 
Con una porra de metal herrada : 
Al cabo el indio valerosamente 
Dio felice remato á la jornada. 
Dejando al gran pescado allí tendido, 
Que más de treinta pies tenía, medido : 

Y en memoria del hecho hazañoso. 
Digno de le poner en escritura, 
Del pellejo del pez duro y peloso 
Hizo una faerte y fácil armadura. 



VIGÉSIMOPIUMERO. 125 

Muerto Guacol, Gualemo valeroso 

Las armas heredó y á Quilacura, 

Que es un valle extendido y muy poblado 

De gente rica, de oro y de ganado. 



Pasó tras este luego Talcaguano 
(Que ciñe el mar su tierra y la rodea) 
Un mástil grueso en la derecha mano, 
Que como un tierno junco le blandea, 
Cubierto de altas plumas muy lozano, 
Siguiéndole su gente de pelea, 
Por los pechos al sesgo atravesadas 
Bandas azules, blancas y encarnadas. 

Venia tras él Tomé, que sus pisadas 
Seguían los puelches, gentes banderizas, 
Cuyas armas son puntas enhastadas, 
De una gran braza largas y rollizas : 

Y los trulos también, que usan espadas. 
De fe mudable, y cosas movedizas. 
Hombres de poco efecto, alharaquientos. 
De fuerza grande y chicos pensamientos. 

No faltó Andalícan con su lucida 

Y ejercitada gente en ordenanza. 
Una cota finísima vestida. 
Vibrando la fornida y gruesa lanza : 

Y Orompello, de edad aun no cumplida, 
Pero de grande muestra y esperanza, 
Otra escuadra de prá ticos regia. 
Llevando al diestro Onf^olmo en compañía. 

Elicura pasó luego tras éstos 
Armado ricamente, el cual traía 
Una banda de mozos bien dispuestos, 
De grande presunción y gallardía : 
Seguían los llaucos de almagrados gestos. 
Robusta y esforzada compañía, 
Llevando en medio de ellos por caudillo 
Al sucesor del ínclito Ainavillo. 

Seguía después Cayocupil, mostrando 
La dispuesta persona y buen deseo. 
Su veterana gente gobernando. 
Con paso grave y con vistoso arreo. 
Tras él venía Purén, también guiando 
Con no menor donaire y contoneo 
Una bizarra escuadra de soldados 
En la dura milicia ejercitados. 

Lincoya iba tras él, casi gigante ; 

La cresta sobre todos levantada, 

Armado un fuerte peto rutilante, 

De penachos cubierta la celada. 

Con desdeñoso término delante 

De su lustrosa escuadra bien cerrada 

El joven Peicaví luego guiaba 

Otro espeso escuadrón de gente brava. 



126 



LA ARAUCANA. 



Venía en esta reseña en buen concierto 
El grave Caniomangue, entristecido 
Por el insigne viejo padre muerto, 
A quien había en el cargo succedido : 
Todo de negro, el blanco arnés cubierto, 

Y su escuadrón de aquel color vestido, 
Al tardo son y paso los soldados 

De roncos alambores destemplados. 

Fué allí el postrero que pasó en la lista 
(Primero en todo) Tucapel gallardo, 
Cubierta una lucida sobrevista 
De unos anchos escaques de oro y pardo : 
Grande en el cuerpo, y áspero en la vista, 
("on un huello lozano y paso tardo. 
Detrás del cual iba un tropel de gente 
Arrogante, fantástica y valiente. 

El gran Gaupolican, con la otra parte 

Y resto del ejército araucano. 
Más encendido que el airado Marte, 
Iba con un bastón corlo en la mano : 
Bajo de cuya sombra y estandarte 
Venía el valiente Curgo y Marcguano, 

Y el grave y elocuente Colocólo, 

Millo, Teguan, Lambccho, y Guampicolo. 

Seguían luego detrás sus plimaiquenos, 
Tuncos, rcnoguelones y pencoues. 
Los itatas, manieses y cauqucnos, 
De pintadas divisas y pendones ; 
Nibequctcnes, puelches y ca átenos, 
Con una espesa escuadra de peones, 

Y multitud confusa de guerreros. 
Amigos coQsarcanos y extranjeros. 

Según el mar las olas tiendo y crece, 
Así crece la fiera gente armada ; 
Tiembla en tomo la tierra y se estremece, 
De tantos pies batida y golpeada : 
Lleno el airo de estruendo se oscurece 
Gon la gran polvoreda levantada, 
Que en ancho remolino al cielo sube 
Cual ciega niebla espesa ó parda nube. 

Pues nuestro campo en orden semejante 
Según que dije arriba, don García 
Al tiempo del partir puesto delante 
De aquella valerosa compañía, 
Con alegre término y semblante. 
Que dichoso suceso prometía. 
Moviendo los dispuestos corazones, 
Comenzó de decir estas razones : 

Valientes caballeros, á quien sólo 
El valor natural de la persona 
Os trujo á descubrir el austral polo, 
Pasando la solar tórrida zona 



Y los distantes trópicos, que Apolo 
Por más que cerca el cielo y le corona, 
Jamás en ningún tiempo pasar puede. 
Ni el soberano Autor se lo concede ; 

Ya que con tanto afán habéis seguido 
Hasta aquí las católicas banderas, 

Y al español dominio sometido 
Innumerables gentes extranjeras, 
El Tuerto pecho y ánimo sufrido 
Poned contra estos bárbaros de veras. 
Que, vencido esto poco, tenéis llano 
Todo el mundo debajo de la mano. 

Y en cuanto dilatamos este hecho 

Y de llegar al fin lo comenzado, 
Poco ó ninguna cosa habernos hecho, 

Ni aun es vuestro el honor que habéis ganado : 
Que, la causa indecisa, igual derecho 
Tiene el ñero onoinigo en campo armado 
Á todas vuestras glorias y fortuna, 
Pues las puede ganar con sola una. 

Lo que yo os pido de mi parte y digo 
Es, que en estas batallas y revueltas, 
Aunque os haya ofendido el enemigo, 
Jamás vos le ofendáis espaldas vueltas : 
Antes lo defended como al amigo 
Si, volviéndose á vos las armas sueltas, 
Rehuyere el morir en la batalla : 
Que más es dar la vida que quitalla. 

Poned á todo en la razón la mira. 

Por quien las armas siempre habéis tomado, 

Que pasando los términos la ira 

Pierde fuerza el derecho ya violado : 

Pues cuando la razón no frena y tira 

El ímpetu y furor demasiado. 

El rigor excesivo en el castigo 

Justifica la causa al enemigo. 

No sé, ni tengo más acerca desto 
Que decir ni advertiros con razonen. 
Que en detener ya tanto soy molesto 
La furia desos vuestros corazones : 
Sus, sus, pues, derribad y allanad presto 
Las palizadas, tiendas, pabellones, 

Y movamos de aquí todos á una 
Adonde ya nos llama la fortuna. 

Súbito las escuadras presurosas 
Con grande alarde y con gallardo brío 
Marchan á las riberas arenosas 
Del ancho y caudaloso Biobío ; 

Y en esquifadas barcas espaciosas 
Atravesaron luego el ancho río. 
Entrando con ejército formado 
Por el distrito y término vedado. 



CANTO VIGBSIMOSBCUNDO. 



127 



Mas, sc^n el Irabajo se me ofrece 
Que Ipngo de pasar forzosamente. 
Reposar algún taoto me parece 
Para cobrar aliento su flétenle ; 



Que la cansada voz me desfallece, 
Y siento ya acabárseme el torrente : 
Mas yo me escorzaré, si puedo, tanto 
Que os venga á contení ar el otro canto. 



CANTO XXII. 



Eatmn los españoles en el estado de Aranco : traban los araucanos con ellos una reñida iMitalla : 
hace Rengo de su persoaa gran pruet>a : cortan las manos por justicia ¿ Gal vari no, indio 

valeroso. 



Plrfido amor tirano, ¿ qué provecho 
Piensas sacar de mi desasosiego ? 
;.. No estás de mi promesa satisfecho, 
(^iie quieres afligirme desde luego ? 
; Ay ! que ya siento en mi cuidoso pecho 
Lábrateme poco á poco un vivo fuego, 

Y desde allí ccn movimiento blando 
Ir por venas y huesos penetrando. 

; Tanto, traidor, te va en quo yo no siga 
Kl duro estilo del sangriento Marte, 
Que así de tal manera me fatiga 
'iu importuna memoria en cada parte ? 
I)<jame ya, no quieras que se diga 
Que, porque nadie quiere celebrarte, 
Al último rincón vas á buscarme, 

Y allí pones tu fuerza en aquejarme. 

; No ves que es mengua tuya y gran bajeza 
Habiendo tantos célebres varones, 
Venir á mendigar á mi pobreza. 
Tan falta de coucetos y razones ; . 

Y en medio de las armas y aspereza, 
Sumido cD mil forzosas acasiones. 
Me cargas por un sueño, quizá vano, 
Coa tanta pesadumbre ya la mano ? 

üt jame ya, que b trompeta horrenda 
I^el enemigo bárbaro vecino 
No da lagar á que otra cosa atienda. 
Que me tiene tomado ya el camino : 
I)->nde siento fraguada una contienda. 
Que al ingenio más raro y peregrino, 
Bn tal revolución embarazado, 
N« le diera lugar desocupado. 

; Qué puedo, pues hacer, si ya metido 
Dentro c,n el campo y ocasión me veo, 
^ino al cabo cumplir lo prometido, 
Aunque tire á otra parte mi deseo ? 
Pero á término breve reducido, 
por la más corta senda sin rodeo 
Pienso seguir el comenzado oíicio 
Desnudo de prnamenlo y artiílcio. 



Vuelto á la hisloria, digo que marchaba 
Nuestro ordenado campo de manera 
Que gran espacio en breve se alejaba 
Del Telcaguano término y ribera ; 
Mas cuando el alto sol ya declinaba. 
Cerca de un agua al pie de una ladera 
En cómodo lugar y llano asiento 
Hicimos el primero alojamiento. 

Estábamos apenas alojados 
En el tendido llano á la marina, 
Cuando se oyó gritar por to dos lados : 
j ¡ArTr.ah¡arma! ¡enfrena! ¡enfrenal ¡aína! ¡aínal 
Luego de acá y de allá los derramados 
Siguiendo la ordenanza y disciplina, 
Corren á sus banderas y pendones, 
Formando las hileras y escuadrones. 

Nuestros descubridores, que la tierra 
Iban corriendo por el largo llano, 
Al remate del cual está una sierra, 
Cerca del alio monte Andalicnno, 
Vieron de allí calar gente de guerra,. 
Cerrando el paso ú la siniestra mano. 
Diciendo: ¡Espera! ¡espera! ¡lente! ¡Icntel 
Veremos quién es hoy aquí valiente. 

Los nuestros al amparo do un repocho 
En forma de escuadrón se recogieron, 
Donde con muestra y animoso pecho 
Al ventajoso número atendieron : 
Pero los fieros bárbaros de hecho, 
Sin punto reparar, los embistieron, 
Haciéndoles lomar presto la vuelta. 
Sin orden y camino, á rienda suelta *, 

Aunque á veces en partes rcrogidos. 
Haciendo cuerpo y rostro, revolvían, 
Y con mayor valor que de vencidos 
Al vencedor soberbio acometían : 
Pero, de la gran furia competidos. 
El camino empezado proseguían. 
Dejando á veces niueria y tro|iclIada 
Alguna de la gente desmandada. 



Iá8 



Los presurosos indios desenvueltos.. 
.Siempre con mayor furia y crecimienlo, 
En una espesa polvoreda envueltos. 
Iban en el alcance y seguimiento, 
Los nuestros á calcaño y freno sueltos 
(Á la sazón con más temor que tienlo) 
Ayudan los caballos desbocados, 
Arrimándoles hierro á las costados. 

Pero por más que allí los aguijaban , 
Con voces, cuerpo, brazos y talones. 
Los bárbaros por pies los alcanzaban, 
Haciéndoles bajar de los arzones. 
Al fln, de constreñidos peleaban 
Cual los heridos osos y leones 
Cuando de los lebreles aquejados 
Ven la guarida y pasos ocupados. 

Como el airado viento repenlino, 

Que en lóbrego turbión con gran estruendo 

El polvoroso campo y el camino 

Va con violencia indómita barriendo, 

Y en ancho y presuroso remolino. 
Todo lo coge, lleva, y va esparciendo, 

Y arranca aquel furioso movimiento 
Los arraigados troncos de su asiento ; 

Con tal facilidad, arrebatados 
De aquel furor y bárbara violencia, 
Iban los españoles fatigados, 
Sin poderse poner en re«isiencia. 
Algunos, del honor importunados, 
Vuelven haciendo rostro y aparencia ; 
Mas otra ola de gente que llegaba 
Con más presteza y daño los llevaba. 

Así los iban siempre maltratando, 

Siguiendo el hado y próspera fortuna, 

El rabioso furor ejecutando 

En los rendidos, sin clemencia alguna, 

Por el tendido valle resonando 

La trulla y grita bárbara importuna, 

Que, arrebatada de ligero viento. 

Llevó presto la nueva á nuestro asiento. 

En esto por la parte del poniente 
Con gran presteza y no menor ruido 
Juan Remón arribó con mucha gente, 
Que el aviso primero había tenido ; 

Y en furioso tropel gallardamente, 
Alzando un ferocísimo alarido. 
Embistió \\ enemiga gente airada, 
En la Vitoria y sangre ya cebada. 

Mas un cerrado muro y baluarte 
De duras puntas al romper hallaron, 
Que con estrago de una y olra parte, 
Hecho un hermoso choque, repararon, 



LA ARAUCANA. 

Unos pasados van de parle á parle, 
Otros muy lejos del arzón volaron, 
Otros heridos, otros estropeados, 
Otros de los caballos tropellados. 



No es bien pasar tan presto ¡ oh pluma mía ! 
Las memorables cosas señaladas 

Y los crudos efectos deste día 

De valerosas lanzas y de espadas ; 
Que aunque ingenio mayor no bastaría 
Á poderlas llevar continuadas. 
Es justo se celebre alguna parte 
De muchas en que puedes emplearte. 

El gallapdo Lincoya, que arrogante 

El primero escuadrón iba guiando, 

Con muestra airada y con feroz sembla ni e 

El Arme y largo paso apresurando, 

Cala la gruesa pica en un instante, 

Y, el cuento anlre la tierra y pie afirmando, 

Recibe en el cruel hierro fornido 

El cuerpo de Hernán Pérez atrevido. 

Por el lado derecho encaminado 
Hizo el agudo hierro gran herida, 
Pasando el cscaupil doble estofado, 

Y una cota de malla muy tejida. 

El ancho y duro hierro ensangrentado 
Abrió por las espaldas la salida, 
Quedando el cuerpo ya descolorido 
Fuera de los arzones suspendido. 

Tucapelo gallardo, que al camino. 
Salió al valiente Osorio, que corriendo 
Venía con mayor ánimo que tino, 
Los herrados talones sacudiendo. 
Mostrando el cuerdo, al tiempo que convino 
Le dio lado, y la maza revolviendo, 
Con tanta fuerza le cargó la mano, 
Que no le dejó miembro y hueso sano. 

Á Cáceres, que un poco atrás venía. 
De otro golpe también le puso en tierra, 
El cuál con gran esfuerzo y valentía 
La adarga embraza y de la espada afierra, 

Y contra la enemiga compañía 

Se puso él solo á mantener la guerra, 
Haciendo rostro y pie con tal denuedo 
Que á los más atrevidos puso miedo. 

Y aunque con gran esfuerzo se sustenta. 
La ñierza contra tantos no bastaba, 
Que ya la espesa turba alharaquienta 
En confuso montón le rodeaba ; 

Pero en esta sazón más de cincuenta 
Caballos que Reynoso gobernaba. 
Que de refresco á tiempo había llegado, 
Vinieron á romper por aquel lado • 



CANTO VIGESIMOSEGÜNDO. 



l'2d 



Tan recio se embíslió que, aunque hallaron 
Oe gruesas haslas un tejido muro, 
El cerrado escuadrón aportillaron, 
Probando más de diez el suelo duro : 

Y al esforzado Cáceres cobraron, 
Que cercido de gente, mal seguro, 
Con ánimo feroz se sustentaba, 

Y matando la muerte dilataba. 

Don Miguel y don Pedro de Avendaño, 
Escobar, Juan Jufré, Cortés, y Aranda, 
Sin mirar al peligro y riesgo extraño, 
Sustentan todo el peso de su banda. 
También hacen creto y mucho daño 
Losada, Peña, Córdoba, y Miranda, 
Bernal, Lasarte, Castañeda, Ulloa, 
Martín Ruiz, y Juan López de Gamboa ; 

Pero muy presto la araucana gente. 
En la española sangre ya cebada, 
Los hizo revolver forzosamente 

Y seguir la carrera comenzada. 

Tras éstos otra escuadra de repente 
Eq ellos se estrelló desatinada ; 
Mas, sin ganar un paso de camino, 
Volver rostros y riendas les convino. 

Y aunque á veces con súbita represa 
Juan Remun y los otros revolvían, 
Luego con nueva pérdida y más priesa 
La primera derrota proseguían : 

Y en una polvorosa nube espesa 
Envueltos unos y otros ya venían. 
Cuando fu3 nuestros campo descubierto 
En orden de batalla y buen concierto. 

Iban los araucanos tan cebados 
Que por las picas nuestras se metieron ; 
Pero vueltos en sí, más reportados. 
El ímpetu y la furia detuvieron : 

Y corregidos luego y ordenados. 
La campaña al través se retrujeron 
Al pie de un cerro á la derecha mano, 
Cerca de una laguna y gran pantano, 

Donde de nuestro cuerno arremetimos 
Kn gran tropel á pie de gente armada, 
Que con presteza al arribar les dimos 
Espesa carga y súbita rociada : 

Y al cieno retirados, nos metimos 
Tras ellos por venir espada á espada, 
Probando allí las fuerzas y el denuedo 
Con rostro (Irme y ánimo á pie quedo. 

Jamás los alemanes combatieron 
Así de Arme á Qrme y frente á frente ; 
Ni mano á roano dando, recibieron 
('olpes sto descansar á manteniente, 



Como ol un bando y otro, que vinieron 
A estar así en el cieno estrechamente 
Que echar atrás un paso no podían, 

Y dando aprisa, aprisa recibían. 

Quien, el húmido cieñe á la cintura, 
Con dos y tres á veces peleaba : 
Quien, por mostrar mayor desenvoltura, 
Queriéndose mover más se atascaba : 
Quien, probandolas fue.-zas y ventura, 
^1 vecino enemigo se aferraba. 
Mordiéndole y cegándolo con lodo, 
Buscando de vencer cualquiera modo. 

La furia del herirse y golpearse 
.\ndaba igual, y en duda la fortuna. 
Sin muestra ni señal de declararse 
Mínima de ventaja en parte alguna : 
Ya parecían aquellos mejorarse ; 
Ya ganaban aquestos la laguna ; 

Y la sangre de lodos derramada 
Tornaba la agua turbia colorada. 

Rengo, que el odio y encendida ira 
Le había llevado ciego tanto trecho. 

Luego que nuestro campo vio á la mira, 

Y que á dar en la muerte iba derecho, 
Al vecino pantano se relira, 

Y el llero rostro y animoso pecho 
Contra todo el ejército volvía, 

Y en voz amenazándole decía : 

Venid, venid á mi, gente plebea, 
En mí sea vuestra saña convertida, 
Que soy quien os persigue y quien desea. 
Más vuestra muerte que su propia vida. 
No quiero ya dencanso hasta que vea 
La nación española destruida ; 

Y en esa vuestra carne y sangre odiosa 
Pienso hartar mi hambre y sed rabiosa. 

Así la tierra y cielo amenazando 
En medio del pantano se presenta, 
Y, la sangrienta maza floreando. 
La gente de poco ánimo amedrenta. 
No fué bien conocido en la voz cuando 
(Haciendo de sus fieros poca cuenta) 
Algunos españoles más cercanos 
Aguijaron sobro él con prestas manos. 

Mas á Juan, yanacona, que una pieza 
De los otros osado se adelanta, 
Le machuca de un golpe la cabeza, 

Y de otro á Chilca el cuerpo le quebranta 

Y contra el joven Zúñiga endereza 
El tercero, con saña y furia tanta 
Que, cómo clavo en húmido terreno. 
Le sume hasta los pechos en el cieno. 

9 



130 



lA ARAUCANA. 



Pero de Uros nna lluvia espesa 
Al animoso pecho encaminados, 
Turbando el aire claro, á mucha priesa 
Descargaron sobre él de todos lados : 
Por esto el flero bárbaro no cesa, 
Antes con furia y golpes redoblados, 
El lodo á la cintura, osadamente 
Estaba por muralla de su gente. 

Cual el cerdoso jabalí herido, 
Al cenagoso eslrecho retirado. 
De animosos sabuesos combatido, 

Y de diestros monteros rodeado, 
Ronca, bufa y rebufa embravecido, 
Vuelve y revuelve de este y de aquel lado, 
Rompe, encuentra, tropelía, hiere y muta, 

Y los espesos tiros desbarata 

El bárbaro esforzado, de aquel modo 
Ardiendo en ira do furor insano, 
C'jbierlo de sudor, de sangro y lodo, 
Estaba sulo en medio del pantano 
Resistiendo la furia y golpe todo 
De los tiros que de una y otra mano 
Cubriendo el sol sin número salían, 

Y como tempestad sobre él llovían. 

Ya la esparcida y desmandada gente 
Que el porfiado alcance había seguido, 
Descubriendo en el llano á nuestra gente, 
Se había tirado atrás y recogido : 
Solo Rengo, feroz y osadamente 
Sustenta igual el desigual partido, 
Á causa que la ciénaga era honda 

Y llena de espesura á la redonda. 

Viendo el fruto dudoso y daño cierto, 
Según la mucha gente que cargnba, 
Que á grande prisa en orden y concierto 
Desta y de aquella parte le cercaba, 
Por un inculto paso y encubierto, 
Que la fragosa sierra le amparaba. 
Le pareció con tiempo retirarse, 

Y salvar sus soldados y él salvarse, 

Diciéndoles : Amigos, no gastercos 
La fuerza en tiempo y acto infruluoso ; 
La sangre qae nos queda conservemos 
Para venderla en precio más costoso ; 
Conviene que de aquí nos retiremos 
Antes que en este sitio cenagoso, 
Del enemigo puestos en aprieto. 
Perdamos la opinión y el el respeto. 

Luego, la voz de Rengo obedecida, 
Los presurosos brazos detuvieron, 

Y por la parte estrecha y más tejida 
Al son del alambor se retrujeron. 



Era áspero el lugar y la salida, 

Y así seguir los nuestros no pudieron. 
Quedando algunos dellos tan sumidos, 
Que fué bien menester ser socorridos. 

Por la falda del monte levantado 
Iban los tleros bárbaros saliendo. 
Rengo, todo sangriento y enlodado, 
Los lleva en retaguardia recogiendo. 
Como el celoso toro madrigado 
Que la tarda vacada va siguiendo. 
Volviendo acá y allá espaciosamente 
El duro cerviguillo y alta frente. 

Nuestro campo por orden recogido. 
Retirado del todo el enemigo, 
Fué entre algunos un bárbaro cogido. 
Que mucho se alargó del bando amigo ; 
El cual acaso á mi cuartel traído 
Hubo de ser para ejemplar castigo 
De los rebeldes pueblos comarcanos, 
Mandándole cortar ambas las manos : 

Donde sobre una rama destroncada 
Puso la diestra mano (yo presente), 
La cual de un golpe con rigor cortada, 
Sjcó luego la izquierda alegremente. 
Que del tronco también saltó apartada, 
Sin torcer ceja ni arrugar la frente ; 

Y con desdén y menosprecio dello. 
Alargó la cabeza y tendió el cuello 

Diciendo así ; Segad esa garganta, 
Siempre sedienta de la sangre vuestra; 
Que no temo la muerte ni me espanta 
V^ucstra amenaza y rigurosa muestra : 

Y la importancia y pérdida no es tanta 
Que haga falta mi cortada diestra, 
Pues quedan otras muchas esforzadas 
Que saben gobernar bien las espadas. 

Y si pensáis sacar algún provecho 
De no llegar mi vida al fin postrero. 
Aquí, pues, moriré á vuestro despecho, 
Que si queréis que viva yo no quiero : 
Al fin iré algún tanto satisfecho 

De que á vuestro pesar alegre muero, 
Que quiero con mi muerte desplaceros. 
Pues sólo en esto puede ya ofenderos. 

Así que, contumas y porfiado 

La muerte con injurias procuraba, 

Y siempre más rabioso y obstinado. 
Sobre el sangriento suelo se arrojaba ; 
Donde en su misma sangre revolcado 
Acabar ya la vida deseaba, 
Mordiéndose con muestras impacientes 
Los desangrados troncos con los dientes. 



CANTO V16ESIM0TERGGR0. 



131 



Estando pertinaz desta manera, 
Templándonos la lástima el enojo, 
Vio un esclavo bajar por la ladera 
Cargado con un bárbaro despojo : 

Y como encarnizada bestia fiera 
Que ve la desmandada presa al ojo, 
Así con una (tria arrebatada 

Le sale de través á la parada ; 

Y en él loB pies y brazos añudados, 
Sobre el húmido suelo le tendía, 

Y con los duros troncos desangrados 
En las narices y ojos le hería ; 

AI fin junto á nosotros á bocados 

Sin poderse valer se le comía 

Si no fuera con tiempo socorrido, 

Quedando, aunque Tué presto, mal herido. 

El bárbaro infernal, con atrevida 

Voz en pie puesto, dijo : Pues me queda 

Alguna fuerza y sangre retenida 

Con que ofender á los cristianos pueda, 



Quiero acetar, á mi pesar, la vida. 
Aunque por modo vil se me conceda ; 
Que yo espero sin manos desquitarme, 
Que no me faltarán para vengarme. 

Quedaos, quedaos, malditos, que yo os digo 
Que en mí tendréis con odio y sed rabiosa 
Torcedor y solícito enemigo 
Cuando dañar no pueda on otra cosa : 
Muy presto entenderéis cómo os persigo, 

Y que os fuera mi muerte provechosa. 
Diciendo así otras cosas que no cuento. 
Partió de allí ligero como el viento. 

No es bien que así dejemos en olvido 
El nombre destc bárbaro obstinado. 
Que por ser animoso y atrevido 
El audaz Galvarino ora llamado. 
Mas por tanta aspereza he discurrido 
Que la fuerza y la voz se me ha acabado 

Y así habré de parar, porquo me siento 
I Ya sin fuerza, sin voz y sin aliento. 



CANTO XXIII. 



Llega Galvarino á doode estaba el senado araucano : hace en el consejo una habla, con la 
cual desbarata los pareceres de algunos. Salen los españoles eu busca del enemigo : píntase la 
cueva del hechicero Fiton, y las cosas que en ella había. 



Jamás debe, señor, menospreciarse 
El enemigo vivo, pues sabemos 
Puede de una centella levantarse 
Fuego con que después nos abrasemos : 

Y entonces es cordura recelarse 
Cuando en mayor felicidad nos vemos ; 
Pues los que gozan próspera bonanza 
Están aún más sujetos á mudanza. 

Solo la muerte próspera asegura 

£1 breve curso del felice hado. 

Que mientras que la incierta vida dura 

Nunca hay cosa que dure en un estado. 

Así que, quien jamás tuvo ventura 

Podrá llamarse bienaventurado, 

Y sin prosperidad vivir contento, 
Pues no teme infelice acaecimiento. 

Y pues que ya tenemos certidumbre 
Que nunca hay bien seguro ni reposo. 
Que es ley usada, es orden y costumbre 
Por donde ha de pasar el más dichoso. 
Gastar el tiempo en esto es pesadumbre ; 
Y' así, por no ser largo y enojoso, 

Solo quiero contar á lo que vino 
El despreciar al mozo Galvarino : 



El cuál, aunque herido y desangrado. 

Tanto el coraje y rabia le inducía, 

Que llegó áAndalican, donde alojado 

Caupolican su ejército tenía. 

Era al tiempo que el ínclito senado 

En secreto consejo proveía 

Las cosas de la guerra y menesteres, 

Dando y tomando en ello pareceres. 

Cuál con justo temor dificultaba 
La pretcnsión de algunos imprudente; 
Cuál, por mostrar valor, facilitaba 
Cualquier dificultoso inconveniente ; 
Cuál un concierto lícito aprobaba ; 
Cuál era dcsle voló diferente ; 
Procurando unos y otros con razones 
Esforzar sus discursos y opiniones. 

En esta confusión y diferencia 
Galvarino arribó, apenas con vida. 
El cual pidiendo para entrar licencia. 
Le fué graciosamente concedida : 
Donde con la debida reverencia. 
Esforzando la voz enflaquecida, 
Falto de sangre, y muy cubierto della. 
Comenzó desta suerte su querella : 



13á 



Si solíades vengar, sacros varones, 
Las ajenas injurias tan de veras, 

Y en las extrañas tierras y naciones 
Hicieron sombra ya vuestras banderas, 
¿ Cómo agora en las propias posesiones 
Unas bastardas gentes extranjeras 

Os vienen á oprimir y conquistaros, 

Y tan tibios estáis en el vengaros? 

Mirad mi cuerpo aquí despedazado, 
Miembro del vuestro, que por más afrenta 
Me envían lleno de injurias al senado 
Para que dellas sepa daros cuenta : 
Mirad vuestro valor vituperado, 

Y lo que en mí el tirano os representa. 
Jurando no dejar cacique alguno 

Sin desmembrarlos todos de uno en uno. 

Por cierto bien en vano han adquirido 
Tanta gloria y honor vuestros agüelos, 

Y el araucano crédito subido 

Eu su misma virtud hasta los cielos. 

Si agora infame, hollado y abatido 

Anda de lengua en lengua por los suelos, 

Y vuestra ilusti^e sangre resfriada 
En los sucios rincones derramada . 

¿ Qué provincia hubo ya que no tremiese 
De sólo vuestro nombre y voz temida, 
Ni nación que las armas no rindiese 
Por temor ó por fuerza compelida. 
Arribando á la cumbre porque fuese 
Tanto de allí mayor nuestra caída, 

Y al término llegase el menosprecio 
Donde de los pasados llegó el precio ? 

Pues unos extranjeros enemigos, 
Con título y con nombre de clemencia 
Ofrecen de acetaros por amigos 
Queriéndoos reducir á su obediencia : 

Y si no os sometéis, que con castigos 
Prometen oprimir vuestra insolencia. 
Sin quedar del cuchillo reservado 
Género, religión, edad, ni estado. 

Volved, volved en vos, no deis oído 
A sus embustes, tratos y marañas ; 
Pues todas se enderezan á un partido 
Que viene á deslustrar vuestras hazañas. 
Que la ocasión que aquí los ha traído 
Por mares y por tierras tan extrañas 
Es el oro goloso que se encierra 
En las fértiles venas desta tierra. 

Y es un color, es aparencia vana 
Querer mostrar que el principal intento 
Fué el extender la religión cristiana. 
Siendo el puro interés su fundamento : 



LA ARAL'CANA, 

Bu pretensión de la codicia mana, 

Que todo lo demás es fingimiento. 

Pues los vemos que son más que otras gentes 

Adúlteros, ladrones, insolentes. 



Cuando el siniestro hado y dura suerte 
Nos amenacen cierto en lo futuro, 
Podemos elegir honrada muerte, 
Remedio breve, fácil y seguro : 
Poned á la fortuna el hombro fuerte; 
Á dura adversidad corazón duro ; 
Que el pecho firme y ánimo invencible 
Allana y facilita aun lo imposible. 

No pudo decir más de desmayado 
Por la infinita sangre que perdía, 
Que el laso cuello ya debilitado 
Sostener la cabeza aun no podía ' 
Así el rostro mortal desfigurado 
En el sangriento suelo se tendía. 
Dejando aun á los más endurecidos 
De su esperada muerte condolidos. 

Mas como no tuviese tal herida 

Por do pudiese hallar la muerte entrada. 

Retuvo luego la dudosa vida 

En siéndole la sangre restañada : 

Y la virtud con tiempo socorrida 
Fué de tantos remedios confortada, 

Y el mozo se ayudó de tal manera 
Que recobró su sanidad primera. 

Fueron de tanta fuerza sus razones 

Y el odio que á los nuestros concibieron. 
Que los más entibiados corazones 

De cólera rabiosa se encendieron : 
Así las diferentes opiniones 
A un fin y parfscer se redujeron, 
Quedando para siempre allí excluido 
Quien tratase de medio y de partido. 

Los impacientes mozos, deseosos 
De venir á las armas braveaban, 

Y con muestras y afectos hervorosos 
El espacioso tiempo apresuraban ; 
Pero los más maduros y espaciosos 
Aquella ardiente cólera templaban 

Y el término de algunos indiscreto. 
No reprobando el general decreto. 

Dejémoslos un rato, pues, tratando 
De dar no una batalla, sino ciento. 
Del orden, la manera, dónde y cuándo 
Con varios pareceres y un intento ; 
Que me voy poco á poco descuidando 
De nuestro alborotado alojamiento. 
Donde estuvimos todos recogidos 
Con buena guardia y bien aperftebidos. 



CANTO VIGESIWOTEilCEHO. 



133 



Mas cuando el esperado sol salía, 
La gente de caballo en orden puesta 
Marchó, quedando atrás la infantería, 

Y del campo después toda la resta, 
Con tal velocidad que á medio día 
Subimos la temida y agria cuesta, 

De blancos huesos de cristianos llena, 
Que despertó el cuidado y nos dio pena. 

AI araucano valle, pues, bajamos 
Que el mar le bate al lado del poniente, 
Donde en llano lugar nos alojamos 
De comidas y pastos suficiente : 

Y luego con promesas enviamos 
De aquella vecindad alguna gente 
A requerir la tierra comarcana 
Con la segura paz y ley cristiana. 

Mas como al tiempo puesto no volviesen, 

Y pasasen después algunos días, 
Ni por astucia y maña no supiesen 
De su resolución nuestras espías, 

Fuó acordado que algunos se partiesen 
Por los vecinos pueblos y alquerías 
Al salir tardo de la escasa luna 



A lomar relación y lengua alguna. 

Así yo apercebido sordamente, 
En medio del silencio y noche escura 
Di sobre algunos pueblos de repente 
Por un gran arcabuco y espesura 
Donde la* miserable y triste gente 
Vivía por su pobreza en paz segura ; 
Que el rumor y alboroto de la guerra 
Aun no la había sacado de su tierra. 

Viniendo, pues, á dar al Chaillacano, 
Que es donde nuestro campo se alojaba. 
Vi en una ioma al rematar de un llano 
Por una angosta senda que cruzaba 
lo indio, laso, flaco, y tan anciano 
Que apenas en los pies se sustentaba, 
Corvo, espacioso, débil, descarnado. 
Cual de raices de árboles formado. 

Espantado del talle y la torpeza 
De aquel retrato de vejez tardía, 
Llegué, por ayudarle en su pereza, 

Y tomar lengua del si algo sabía. 
Mas no sale con tanta ligereza 
Sintiendo los lebreles por la vía 
La temerosa gama fugitiva, 

Cómo el viejo salid la cuesta arriba. 

Yo, sin más atención ni advertimiento, 
Arrimando las piernas al caballo, 
A más correr salí en su seguimiento. 
Pensando (aunque volaba) de alcanzallo' : 



Mal el viejo, dejando atrás el viento. 
Me fué forzoso ñ mi pesar dejallo, 
Perdiéndole de vista en un instante 
Sin poderle seguir más adelanto. 

Hallóme á la bajada de un repecho 
Cerca de dos caminos desusados. 
Por donde corre Hauco más estrecho, 
Que le ciñen dos cerros los costados : 

Y mirando á lo bajo y más derecho, 
En una selva de árboles copados 

Vi una mansa corcilla junto al río 
Gustando de las yerbas y el rocío. 

Ocurrió luego á la memoria mía 
Que la razón en sueños me dijera 
Cómo había de topar acaso un día 
Una simple corcilla en la ribera : 

Y así yo con grandísima alegría 
Comencé de bajar por la ladera 
Paso á paso, seguiendo el un camino 
Hasta que della vine á estar vecino. 

Púdelo bien hacer, que en las quebradas 
Era grande el rumor de la corriente, 

Y con pasos y orejas descuidadas 
Pacía la tierna yerba libremente ; 
Pero cuando sintió ya mis pisadas 

Y al rumor levantó la altiva frente, 
D^ó el sabroso pasto y arboleda 
Por una estrecha y áspera vereda. 

Comencéla á seguir á toda priesa 
Labrando á mi caballo los costados ; 
Mas tomando otra senda que atraviesa 
Se entró por unos ásperos collados ; 
Al cabo enderezó á una selva espesa 
De matorrales y arboles cerrados, 
Á donde se lanzó por una senda, 

Y yo también tras ella á toda rienda. 

Perdí el rastro y cerróserae el camino 
Sobreviniendo un aire turbulento, 

Y así de acá y de allá fuera de tino 

De una espesura en otra andaba á tiento. 

Vista, pues, mi torpeza y desatino, 

Arrepentido del primer intento. 

Sin pasar adelante me volviera 

Si alguna senda ó rastro yo supiera. 

Gran rato anduve así descarriado, 

Que la oculta salida no acertaba, 

Cuando sentí por el siniestro lado 

Un arroyo que cerca mormuraba ; 

\ al vecino rumor encaminado, 

Al pie de un roble que á la orilla estaba 

Vi una pequeña y mísera casilla, 

Y junto á un hombre anciano la corcilla, 



184 LA ARAUCANA. 

El cual dgo : ¿ Qué hado ó desventura 
Tau fuera de •camino te ha traído 
Por e9to inculto bosque y espesura 
Donde Jamás ninguno he conocido ? 
Que si por caso adverso y suerte dura 
Andas de tus banderas foragido. 
Haré cuanto pudiere de mi parte 
En buscar el remedio y escaparle. 



Viendo el ofrecimiento y acogida 
De aquel extraño y agradable viejo, 
Más alegre que nunca ftií en mi vida 
Por hallar tal ayuda y aparejo, 
Le dije la ocasión de mi venida, 
Pidiéndole me diese algún consejo 
Para saber la cueva do habitaba 
El mágico Fii(5n á quien buscaba. 

El venerable viejo y padre anciano 
Con un suspiro y tierno sentimiento 
Me tomó blandamente por la mano 
Saliendo de su frágil aposento : 

Y por ser á la entrada del verano 
Buscamos á la sombra un fresco asiento 
En una tosca y pedregosa fuente, 

Do comenzó á decirme lo siguiente : 

Mi tierra es en Arauco, y soy llamado 
El desdichado viejo Guaticolo, 
Que en los robustos años fui soldado 
En cargo antecesor de Colocólo : 

Y antes por mi persona en estacado 
Siete campos vencí de solo á solo, 

Y mil veces do ramos fué ceñida 
Esta mi calva fícenle envejecida. 

Mas como en esta vida el bien no dura, 

Y todo está sujeto á desvarío, 
Mudóse mi fortuna en desventura, 

Y en deshonor perpetuo el honor mío : 
Que por extraño caso y desventara 
Vine con Ainavillo en desafío, 
Donde toda mi gloria fué perdida 
Quitándome el honor y no la vida. 

Viéndome, pues, con vida y deshonrado, 
(Que mil veces quisiera antes sor muerto) 
De cobrar el honor desesperado 
Me vine, como ves, á este desierto, 
Donde más de veinte años he morado 
Sin ser jamás de nadie descubierto 
Sino agora de ti, que ha sido cosa 
No poco para mí maravillosa. 

Así que, tantos tiempos he vivido 
En estesolilario apartamiento, 

Y pues que la fortuna te ha traído 
A mi triste y humilde alojamiento. 



Haré de voluntad lo que bas pedido, 
Que tengo con Pitón conocimiento. 
Que aunque intratable y áspero, es mi lío, 
Hermano de Guareció, padre mío. 



Al pie de una asperísima montaña, 
Pocas veces de humanos pies pisada, 
Hace su habitación y vida extraña 
En una oculta y lóbrega morada 
Que jamás el alegre sol la baña, 

Y es á BU condición acomadada, 
Por ser fuera de término inhumano, 
Enemigo mortal del trato humano. 

Mas su saber y su poder es tanto 
Sobre las piedras, plantas y anímales. 
Que alcanza por su ciencia y arte cuanto 
Pueden todas las causas naturales : 

Y en el escuro reino del espanto 
Apremia á los callados infernales 
A que digan por áspero conjuro 
Lo pasado, presente y lo futuro. 

En la furia del sol y luz serena 
De noturnas tinieblas cubre el suelo, 
Y, sin fuerza de vientos, llueve y truena 
Fuera de tiempo el sosegado cielo : 
El raudo curso de los ríos enfrena, 

Y las aves en medio de su vuelo 
Vienen de golpe abajo amodorridas 
Por sus fuertes palabras compelidas. 

Las hierbas en su agosto reverdece, 

Y entiende la virtud de cada una, 

El mar revuelve, el viento le obedece 
Contra la fuerza y orden de la luna ; 
Tiembla la firme tierra y se estremece 
A su voz eficaz sin causa alguna 
Que la altere y remueva por de dentro, 
Apretándose recio con su centro. 

Los otros poderosos elementos 
Á las palabras deste están sujetos, 

Y á las causas de arriba y movimientos 
Hace perder la fuerza y los efetos : 

Al fin, por su saber y encantamentos 
Escudriña y entiende los secretos, 

Y alcanza por los astros influentes 
Los de^stinos y hados de las gentes. 

No sé, pues, cómo pueda encarecerte 
El poder deste mágico adivino. 
Solo en tu menester quiero ofrecerte 
Lo que ofrecerte puede un su sobrino. 
Mas, para que mejor esto se acierte, 
Será bien que tomemos el camino, 
Pues es la hora y sazóu desocupada 
Que podremos tener mejor entrada. 



CANTO VIOESIMOTERCEUO . 



135 



Luego de allí los dos nos levantamos, 

Y atando á mi caballo de la rienda, 
A paso apresurado caminamos 

Por una estrecha é intricada senda, 
La cual seguida un trecho nos hallamos 
Eq una selva de árboles horrenda, 
Que los rayos del sol y claro cielo 
Nunca allí vieron el umbroso suelo. 

Debajo de una peña socavada, 

I)e espesas ramas y árboles cubierta. 

Vimos un callejón y angosta entrada, 

Y más adentro una pequeña puerta 
I>e cabezas de fiera rodeada, 

La cual de par en par estaba abierta, 
Por donde se lanzó el robusto anciano 
Llevándome trabado de la mano. 

Bien por ella cien pasos aduv irnos, 
No sin algún temor de parte mía, 
Cuando á una grande bóveda salimos, 
Do una lámpara eterna en medio ardía : 

Y á cada banda en torno della vimos 
Poyos puestos por orden, en que había 
Multitud de redomas sobre escritas 

De ungüentos, hierbas y aguas inflnitas. 

Vimos allí del lince preparados 

Los penetrantes ojos virtuosos. 

En cierto tiempo y conjunción sacados, 

Y los del basilisco ponzoñosos; 
Sangre de hombres bermejos enojados; 
Espumajos de perros que rabiosos 
Van huyendo del agua ; y el pellejo 
Del pecoso chersidros cuando es viejo. 

También en otra parte parecía 
La coyuntura de la dura hiena, 

Y el meollo del cencris, que se cría 
Dentro de Libia en la caliente arena ; 

Y un pedazo del ala de una arpía ; 
La hiél de la biforme anílsibena, 

Y la cola del áspide revuelta 

Que de la muerte en dulce sueño envuelta : 

Moho de calavera destroncada 
Del cuerpo que no alcanza sepultura ; 
Carne de niña por nacer, sacada. 
No por donde la llama la natura; 

Y la espina también descoyuntada 
De la sierpe cerastes; y la dura 

Lengua de la emorrois, que aquel que hiere 
Suda toda la sangre hasta que muere : 

Vello de cuantos monstruos prodigiosos 
1^ superfina natura ha producido ; 
Escupidos de sierpes venenosos; 
Las dos alas del jáculo temido; 



Y de la seps los dientes ponzoñosos, 
Que el hombre ó animal della mordido, 
De súbite hinchado como un odre. 
Huesos y carne se convierte en podre. 

Estaba en nn gran vaso transparente 
El corazón del griro atravesado, 

Y ceniza del fénix que en oriente 

Se quema él mismo de vivir cansado : 
El unto do la scitala serpiente, 

Y el pescado echineis, que en mar airado 
Al curso de las naves contraviene, 

Y á pesar de los vientos las detiene; 

No faltaban cabezas de escorpiones 

Y mortíferas sierpes enconadas; 
Alacranes y colas de dragones, 

Y las piedras del águila preñadas : 
Buches de lo hambrientos tiburones ; 
Menstruo y leche de hembras azotadas, 
Landi'es, pestes, venenos, cuantas cosas 
Produce la natura ponzoñosas. 

Yo, que con atención mirando andaba 

La copiosa botic^i embebecido. 

Por una puerta que á un rincón estaba 

Vi salir un anciano consumido 

Que sobre un corvo junco se arrimaba, 

El cuál luego de mí fué conocido 

Ser el que había corrido por la cuesta. 

Que apenas le alcanzara una ballesta, 

Diciéndome : No es poco airevimiento 
El que siendo tan mozo has boy tomado 
De venir á mi oculto alojamiento, 
Do sin mi voluntad nadie ha llegado : 
Mas, porque só que algún honrado intento 
Tan lejos á buscarme te ha obligado. 
Quiero, por esta vez, hacer contigo 
Lo que nunca pensé acabar conmigo. 

Visto por mi apacible compañero 
La coyuntura y tiempo favorable, 
Pues el viejo tan áspero y severo 
Se mostraba doméstico y tratable. 
Se detuvo, mirándome primero 
Con un comedimiento y muestra afable, 
Por ver si responderle yo queria; 
Mas, viéndome callar, le respondía. 

Diciendo : ¡ Oh gran Pitón, á quien es dado 
Penetrar de los cielos los secretos, 
Que del eterno curso arrebadato. 
No obedecen la ley, á ti sujetos ! 
Tú, que de la Fortuna y llero Hado 
Revocas cuando quieres los decretos, 

Y el orden natural turbas y alteras 
Alcanzando las cosas venideras ; 



136 LA 

Y por mágica ciencia y saber puro 
Rompiendo el cavernoso y duro suelo, 
Puedes en el profundo reino escuro 
Meter la claridad y luz del cielo ; 

Y atormentar con áspero conjuro 
La caterva infernal que con recelo 
Tiembla de tu eñcaz fuerza, que es tanta 
Que sus eternas leyes le quebranta ; 

Sabrás que á este mancebo le ha traído 
De tu espanteso nombre la gran fama, 
Que, en las indias regiones extendido, 
Hasta el ártico polo se derrama; 
El cual por mil peligros ha rompido, 
Tras su deseo «corriendo, que le llama 
Á celebrar las cosas de la guerra 

Y el sangriento destrozo dosta tierra ; 

Que estando así una noche retirado 
Escribiendo el sucoso de aquel día, 
Súbito fue en un sueño arrebatado, 
Viendo cuanto eñ la Europa sucedía : 
Donde lo fué asimismo revelado 
Que en tu escondida cueva entendería 
Extraños casos, dignos de memoria. 
Con que ilustrar pudiese más su historia : 

Y que noticia le darías de cosas 
Ya pasadas, presentes y futuras; 
Hazañas y conquistas milagrosas, 
Peregrinos sucesos y aventuras; 
Temerarias empresas espantosas, 
Hechos que no se han visto en escrituras 
Este encarecimiento le molesta, 

Y nos tiene suspensos tu respuesta. 

Hdlgo el mago de oír cuan extendida 
Por aquella región su fama andaba ; 

Y vuelta á mí la cara envejecida, 
Todo de arriba abajo me miraba : 
Al fin, con voz pujante y expedida, 
Que poco con las canas conformaba, 

Y aspecto grave y muestra algo severa, 
La respuesta me dio desta manera : 

Aunque en razón es' cosa prohibida 
Profetizar los casos no llegados, 

Y es menos alargar á uno la vida 
Contra el fuerte estatuto de los hados, 
Ya que ha sido á mi casa tu venida 
Por incultos caminos desusados, 
Te quiero complacer, pues mi sobrino 
Viene aquí por tu intérprete y padrino. 

Diciendo así, con paso tardo y lento 
Por la pequeña puerta cavernosa 
Me metió de la mano á otro aposento, 

Y luego en una cámara hermosa, 



ARAUCANA. 

Que su fábrica extraña y ornamonto, 
P>a de tal labor y tan costosa, 
Que no sé lengua que contarlo pueda. 
Ni habrá imaginación á que no excoda. 

Tenía el suelo por orden ladrillado 
De cristalinas losas trasparentes, 
Que el color entrepuesto y variado 
Haoía labor y visos diferentes : 
El cielo alto, diáfano, estrellado 
De innumerables piedras relucientes, 
Que toda la gran cámara alegraba 
La varia luz que dellas revocaba. 

Sobre columnas de oro sustentadas 
Cien figuras de bulto en torno estaban, 
Por arte tan al vivo trasladada^ 
Que un sordo bien pensara que hablaban 

Y dellas la hazañas figuradas 
í^or las anchas paredes se mostraban, 
Donde se vía el extremo y excelencia 
De armas, letras, virtud y continencia. 

En medio desta cámara espaciosa, 
Que media milla en cuadro contenía, 
Estaba una gran poma milagrosa, 
Que una luciente esfera la ceñía, 
Que por arte y labor maravillosa 
En el aire por sí se sostenía, 
Que el gran círculo y máquina de dentro 
Parece que estribaban en su centro. 

Después de haber un rato satisfecho 
La codiciosa vista en las pinturas. 
Mirando de los muros, suelo y techo 
La gran riqueza y varias esculturas, 
El mago me llevó al globo derecho, 

Y vuelto allí de rostro á las figuras, 
Con el corvo cayado señalando, 
Comenzó de enseñarme así hablando : 

Habrás de saber, hijo, que estos hombres 
Son los más desta vida ya pasados, 
Que por grandes hazañas sus renombres 
Han sido y serán sicmpro celebrados; 

Y algunos, que de baja estirpe y nombres 
Sobre sus altos hechos levantados. 
Los ha puesto su próspera fortuna 
En el más alto cuerno de la luna : 

Y esta bola que ves y compostura, 
Es del mundo el gran término abreviado, 
Que su dificilísima hechura 
Cuarenta años de esludio me ha costado. 
Mas no habrá en larga edad cosa futura 
Ni ocullo disponer de inmóvil hado 
Que muy claro y patente no me sea, 

Y tenga aquí su muestra y viva idea. 



CANTO VÍGESIMOTERCEHO. 



137 



Mas, pues tus aparencias codiciosas 
Son de escribir los actos de la guerra, 
Y por fuerza de estrellas ri^rosas 
Tendrás materia larga en esta tierra, 
Dejaré de aclararte algunas cosas 
Que la presente poma y mundo encierra, 
Mostrándote una sola que te espante, 
Para lo que pretendes importante : 

Que, pues en nuestro Arauco ya se halla 
Materia á tu propósito cortada, 
Donde la espada y defensiva malla 
Es más que en otra parte frecuentada. 
Solo te falta una naval batalla. 
Con que será tu historia autorizada, 

Y escribirás las cosas de la guerra 
Así de mar tan bien como de tierra : 

La cuál verás aquí tal, que te juro 
Que vista la tendremos por dudosa, 

Y en el pasado tiempo y el futuro 
No se vio ni verá tan espantosa : 

Y el gran Mediterráneo mar seguro 
Quedará por la gente viloriosa, 

Y la parte vencida y destrozada 
La marítima fuerza quebrantada. 

Por tanto, á mis palabras no te alteres, 
Ni te espante el horrísono conjuro, 
Que, si atento con ánimo estuvieres, 
Verás aquí presente lo futuro : 
Todo, punto por punto lo que vieres. 
Lo disponen los habos, y aseguro 
Que podrás, como digo, ser de vista 
Testigo y verdadero coronista. 

Yo con mayor codicia, por un lado 
Llegué el rostro á la bola trasparente, 
Donde vi dentro un mundo fabricado, 
Tan grande como el nuestro, y tan patente 
Como en redondo espejo relevado, 
Llegando junto el rostro, claramente 
Vemos dentro un anchísimo palacio, 

Y en muy pequeña forma grande espacio. 

Y por aquel lugav se descubría 

£1 turbado y revuelto mar Ausonio, 

Donde se diílnió la gran porfía 

Entre César Augusto y Marco Antonio : 

Así en la misma forma parecía 

Por la banda de Lepanlo y Favonio, 

Junto á las Curchulares, hacia el puerto 

De galeras el ancho mar cubierto. 

Mas viendo las devisas señaladas 
Del papa, de Felipe y venecianos. 
Luego reconocí ser las armadas 
De los infieles turcos y cristianos, 



Que, en orden de batalla aparejadas, 
Para venir estaban á las manos. 
Aunque á mi parecer no se movían. 
Ni más que flguradas parecían. 

Pero el mago Filón me dijo : Presto 
Verás una naval batalla extraña. 
Donde se mostrará bien maniñesto 
£1 supremo valor de vuestra España. 

Y luego con airado y Üero gestt». 
Hiriendo el ancho globo con la caña 
Una vez al través, otra al derecho. 
Sacó una horrible voz del ronco pecho. 

Diciendo : Orco amarillo, can Cerbero, 
Oh gran Pluton, rector del bajo infíerno. 
Oh cansado Carón, vicyo barquero ; 

Y vos, laguna Estigia y lago Averno ; 
Oh Demogorgijo, tú que lo postrero 
Habitas del tartáreo reino eterno, 

Y las hervienlos aguas do Aqueronlc, 
De Lcteo, Cocilo y Flegetonte ; 

Y vos. Furias, que así con crueldades 
Atormentáis las ánimas dañadas, 

Que aun temen ver las inferas deidades 
Vuestras frentes de víboras crinadas ; 

Y vosotras, Gorgóneas potestades. 
Por mis fuertes palabras apremiadas 
Haced que claramente aquí se vea 
(Aunque futura) esta naval pelea. 

Y tú, Hécate ahumada y mal compuesta. 
Nos muestra lo que pido aquí visible. 

¡ Hola !¿á quién digo ?¿ qué tardanza es esta 
Que no os hace temblar mi voz terrible ? 
Mirad que romperé la tierra opuesta 

Y os heriré con luz aborrecible, 

Y por fuerza absoluta y poder nuevo 
Quebrantaré las leyes del Erebo. 

No acabó do decir bien esto cuando 
Las aguas en el mar se alborotaron, 

Y el seco Icsnordesle respirando 

Las cuerdas y anchas velas se estiraron : 

Y aquellas gentes súbito anhelando 
Poco á poco moverse comenzaron, 
Haciendo de aquel modo en los objetos 
Todas las demás causas sus efelos. 

Mirando (aunque espantado) atentamente 
La multitud de gente que allí había, 
Vi que escrito de letras en la frente 
Su nombre y cargo cada cuál tenía : 

Y mucho me admiró los que al presente 
En la primera edad yo conocía. 
Verlos en su vigor y años lozanos, 

Y otros floridos jóvenes ya canos. 



138 



LA. ARAUCANA. 



Luego, pue8« los cristianos diapararon 
Una pieza en señal de rompimiento, 
Y en alto un crucifijo enarbolaron. 
Que acrecentó el hervor y encendimiento : 
Todos humildemente le saluaron 
Con grande devoción y acatamiento, 
Bajo del cual estaban á los lados 
Las armas de los fieles coligados. 

En esto, con rumor de varios sones, 
Acercándose siempre, caminaban ; 
Estandartes, banderas y pendones 
Sobre las altas popas tremolaban : 



Las ordenadas bandas y escuadrones, 
Esgrimiendo las armas, se mostraban 
En torno las galeras rodeadas 
De cañones de bronce y pabesadas. 

Mas en el bajo tono que ahora llevo 
No es bien que de tan grande cosa cante, 
Que es cierto menester aliento nuevo. 
Lengua mas expedida y voz pujante. 
Así, medroso desto, no me atrevo 
Á proseguir, señor, más adelante. 
En el siguiente y nuevo canto os pido 
Me deis vuestro favor y atento oído. 



CANTO XXIV. 



Eq este canto sólo se contiene la gran batalla oaval, el desbarate y rota de la armada turquesca, 

con la huida de Ochali. 



La sazón, gran Felipe, es ya llegada 

En que mi voz, de vos favorecida, 

Cante la universal y gran jornada 

En las ausonias olas definida ; 

La soberbia otomana derrocada. 

Su marítima fuerza destruida, 

Los varios hados, diferentes suertes, 

El sangriento destrozo y crudas muertes. 

Abridme ¡ oh sacras musas ! vuestra fuente, 

Y dadme nuevo espíritu y aliento, 
C^on estilo y lenguaje conveniente 

A mi arrojado y grande atrevimiento, 
Para decir extensa y claramente 
Deste naval conflicto el rompimiento, 

Y las gentes que están juntas á una 
Debajo de éste golpe de fortuna. 

;, Quién bastará á contar los escuadrones 

Y el número copioso de galeras, 
La multitud y mezcla de naciones. 
Estandartes, enseñas y banderas, 
Las defensas, pertrechos, municiones. 
Las diferencias de armas y maneras, 
Máquinas, artificios, instrumentos. 
Aparatos, divisas y ornamentos ? 

Vi croatos, dalmacios, esclavones, 
Búlgaros, albaneses, transilvanos. 
Tártaros, tracios, griegos, macedones, 
Turcos, lidies, armenios, georgianos, 
Sirios, árabes, liciofl, Itcaones, 
Númidas, sarracenos, africanos, 
Genízaros, sanjacos, capitanes, 
Chauces, behelerbeyes y bajanes. 



Vi allí también de la nación de España 
La fior de juventud y gallardía. 
La nobleza de Italia y de Alemana, 
Una audaz y bizarra compañía ; 
Todos ornados de riqueza extraña, 
Con animosa muestra y lozanía : 
Y en las popas, cárceses y trinquetes 
Flámulas, banderolas, gallardetes. 

Así las dos armadas, pues, venían, 
En tal manera y oi>den navegando 
Que dos espesos bosques parecían 
Que poco á pócese iban allegando. 
Las cicaladas armas relucían 
En el inquieto mar reverberando, 
Ofendiendo la vista desde lejos 
Las agudas vislumbres y rofiejos. 

Por nuestra armada al uno y otro lado 
Una presta fragata discurría. 
Donde venía ui mancebo levantado 
De gallarda aparencía y bizarría, 
Un riquísimo fuerte peto iy^mado. 
Con tanta autoridad que parecía 
En su disposición, figura y arte, 
Hijo de la fortuna y del dios Marte. 

Yo, codicioso de saber quién era, 

Aficionado al talle y apostura, 

Mirando atentamente la manera. 

El aire, el ademán y compostura. 

En la Tuerte celada en la testera 

Vi escrito en el relieve y grabadura 

De letras de oro, el campo en sangre tinto : 

Don Juan, hno de Césab Carlos Quinto. 



CANTO VIGKSIMOCÜARTO. 



139 



El cuál acá y allá siempre corría 
Por medio del bullicio y alboroto, 

Y en la fragata cerca del venía 
El viejo secretario Juan de Soto, 
De quien el majo anciano me decía 
Ser en todas las cosas de gran voto. 
Persona de discurso y experiencia, 
De mucha expedición y suflciencia. 

Don Juan á la sazón los exhortaba 
Á la batalla y trance peligroso, 
Con ánimo y valor c)ue aseguraba 
Por cierta la victoria y fln dudoso : 

Y su gran corazón facilitaba 

Lo que el temor hacía diíiculloso, 
Derramando por toda aquella genio 
Un bélico furor y fuego ardiente, 

Diciendo : \ Oh valerosa compañía, 
Muralla de la Iglesia inexpugnable ! 
Llegada es la ocasión, este es el día 
Que dejáis vuestro nombra memorable : 
Calad armas y remos á porfía, 

Y la invencible fuerza y fe inviolable 
Mostrad contra esos pérfldos paganos, 
Que vienen á morir á vuestras manos ; 

Qui; quien volver de aquí vivo desea 
Al patrio nido y casa conocida, 
Por medio desa armada gente crea 
Que ha de abrir con la^ espada la salida : 
Así cada cual mire que pelea 
Por su Dios, por su rey y por la vida, 
Que no puedo salvarla de otra suerte 
linóes trayendo al enemigo á muerte. 

Mirad que del valor y espada vuestra 
Hoy el gran peso y ser del mundo pende, 

Y entienda cada cual que está en su diestra 
Toda la gloria y premio que pretende : 
Apresuremos la fortuna nuestra. 

Que la larga tardanza nos ofende ; 

Pues no estáis de cumplir vuestro deseo 

Mas del poco de mar que en medio veo. 

Vamos, pues, á vencer ; no detengamos 
Nuestra buena fortuna que nos llama ; 
Del hado el curso próspero sigamos, 
Dando materia y fuerzas á la fama : 
Que solo deste golpe derribamos 
La bárbara arrogancia, y se derrama 
El sonoroso estruendo desta guerra 
l*or todos los conQnes do la tierra. 

Mirad por ese mar alegremente, 
Cuánta gloria os está ya aparejada ; 
Que Dios aquí ha juntado tanta gente 
Para que á nuestros pies sea derrocada, 



Y someta hoy aquí lodo el oriente 
Á nuestro yugo la cerviz domada, 

Y á sus potentes príncipes y reyes 
Las podamos quitar y poner leyes. 

Hoy con su perdición establecemos 

En lodo el mundo el crédito cristiano, 

Que quiere nuestro Dios que quebranlemos 

El orgullo y furor mahometano : 

¿ Qué peligro ¡ oh varones ! temeremos 

Militando debajo de tal mano ? 

¿ Y quién resislirá vuestras espadas 

Por la divina mano gobernadas ? 

Solo os ruego que, en Cristo confiando, 
Que á la muerte de cruz por vos se ofrece, 
Combata cada cual por él, mostrando 
Que llamarse su milite merece ; 
Con propósito firme protestando 
De vencer ó morir, que si parece 
La victoria de premio y gloria llena, 
La muerte por tal Dios no es menos buena. 

Y pues con eslc fln nos dispusimos 
Al peligro y rigor desta jornada, 

Y en la defensa de su ley venimos 
Contra esa gente infiel y renegada. 
La justísima causa que seguimos 
Nos tiene la victoria asegurada : 
Así que, ya del cielo prometido, 

Os puedo yo afirmar que habéis vencido. 

Súbito allí los pechos más helados 
De furor generoso se encendieron, 

Y de los torpes miembros resfriados 
El temor vergonzoso sacudieron : 
Todos, los diestros brazos levantados, 
La victoria ó morir le prometieron, 
Teniendo en poco ya desdo aquel punto 
£1 contrario poder del mundo junto. 

El valeroso joven, pues, loando 
Aquella voluntad asegurada. 
Con súbita presteza el mar cortando, 
Atravesó por medio de la armada. 
De blanca espuma el rastro levantando, 
Cual luciente cometa arrebatada 
Guando veloz, rompiendo el aire espeso, 
Le suele así dejar gran rato impreso. 

Así que, brevemerite habiendo puesto 
En orden las galeras y la gente, 
A la suya real se acosla presto, 
Donde fué saludado alegremente ; 

Y señalando á cada cual su puesto, 
Con el concierto y orden conveniente. 
La artillería bien puesta y alistada. 
Iba la vuelta de la turca armada. 



Llevaba el cuerno de la diestra mano 
£1 sucesor del ínclito Andrea Doria, 
De quién el lar^ mar Medilerrano 
Hará perpetua y célebre memoria : 

Y Agustin Barbarigo, veneciano, 
Proveedor de la armada senatoria. 
Llevaba el otro cuerno á la siniestra, 
Con orden no menor y bella muestra. 

Pues los caernos iguales y ordenados, 
La batalla guiaba el hijo diño 
Del gran Carlos, cerrando los dos lados 
Las galeras de Malla y Lomelino, 
Las del papa y Vencía á los costados : 
Así continuaban su camino, 
Cargando con igual compás y extremos 
Las anchas palas de los largos remos. 

Iban seis galeazas delanteras, 
Bastecidas de gente y artilladas, 
Puestas de dos en dos en las fronteras. 
Que á manera de luna iban cerradas : 
Seguían luego detrás treinta galeras 
Al general socorro dedicadas, 
Donde el marqués de Santa Cruz vcm'a 
Con una valcresn compañía. 

Por el orden y término que cuento 
La catúlica armada caminaba 
La vuelta de la ínQel, que á sobreviento, 
Ganándole la mar, se aventajaba : 
Pero luego á deshora calmú el viento, 

Y el alto mar sus olas allanaba. 
Remitiendo Fortuna la sentencia 
Al valor de los brazos y excelencia. 

Opuesto al Barbarigo, al cuerno diestro 

Va Siroco, virey de Alejandría, 

Con Mehemet, bey,. cosario y gran maestro, 

Que á Negroponlo á la sazón regía : 

Ochali, renegado, iba al siniestro 

Con Carabei,su hijo, en compañía, 

Y en medio en la batalla bien cerrada, 
Ab, gran general de aquella armada ; 

El cuál, reconociendo el duro hado, 

Y de su perdición la hora postrera. 
Como prudente capitán y osado. 
De la alta popa en la real galera. 
Con un semblante alegre y confiado. 
Que mostraba fingido por defuera, 
Kl cristiano poder disminuyendo 
Hizo esta breve plática, diciendo : 

No será menester, soldados, creo, 
Moveros ni incitaros con razones, 
Que ya por las señales que en vos veo 
Se muestran bien las fieras intenciones. 



AU/VUCANA. 

Echad fuera la ira y el deseo 
Desos vuestros fogosos corazones, 

Y las armas lomad, en cuyo hecho 
Los hados ponen hoy vuestro derecho. 

Que jamás la Fortuna á nuestros ojos 
Se mostró tan alegre y descubierta, 
Pues cargada de gloria y de despojos 
Se viene ya á meter por nuestra puerta. 
Kematad el trabajo y los enojos 
Desta prolija guerra, haciendo cierta 
La esperanza y el crédito estimado 
Que de vuestro valor siempre habéis dado. 

No os allcre la muestra .y el ruido 
Con que se acerca la enemiga armada ; 
Que sabed que ese ejército movido 

Y gente de mil reinos allegada. 
Fortuna á una cerviz la ha reducido 
Porque pueda de un golpe ser corlada 

Y deis por vuestra mano en sólo un día 
Del mundo al Gran Señor la monarquía : 

Que esas gentes sin orden que allí vienen 
En el valor y número inferiores, 
Son las que nos impiden y detienen 
El ser de todo el mundo vencedores. 
Muestren las armas el poder que tienen, 
Tomad desos indignos posesores 
Las provincias y reinos del poniente 
Que os vienen á entregar tan ciegamente. 

Que ese su capitán envanecido 
Es de muy poca edad y suficiencia, 
Indignamente al cargo promovido. 
Sin curso, disciplina ni experiencia : 

Y así presuntuoso y atravido, 
Con ardor juvenil é inadvertencia 
Trae toda osla gente condenada 
Á la furia y rigor de vuestra espada. 

No penséis ({ue nos venden muy costosa 
Los hados la victoria deste día ; 
Que lo más dcsa armada temerosa 
Es de la veneciana señoría. 
Gente no ejercitada ni industriosa. 
Dada más al regalo y policía, 

Y á las blandas delicias de su tierra 
Que al robusto ejercicio de la guerra. 

Y esotra turba multa congregada 
Es pueblo sooz y bárbara canalla 
De diversas naciones amasada, 
En quien conformidad jamás se halla ; 
Gente que nunca supo qué es espada, 
Que antes que se comience la batalla 

Y el espantoso son de artillería 
La romperá su misma vocería. 



CANTO Vítí 

Mas Vosotros, varones invencibles, 
Entre las armas ásperas criados, 

Y en guerras y trabajos insufribles 
Tantas y tantas veces aprobados, 

¿ Qué peligros habrá ya tan terribles, 
Ni contrarios ejércitos ligados 
Que basten á poneros algún miedo, 
Ni á resfriar vuestro ánimo y denuedo ? 

Va me parece ver gloriosamente 

La riza y mortandad de vuestra mano, 

Y ese interpuesto mar con más creciente 
Teñido en roja sangre el color cano. 
Abrid, pues, y romped por esa gente, 
Echad á fondo ya el poder cristiano, 
Tomando posesión de un golpe solo 

Del G^nge á Chile, y de uno al otro polo. 

Así el bajá en el limitado trecho 
Los dispuestos soldados animaba, 

Y de la grande empresa y alto hecho 
El pnSspero suceso aseguraba ; 
Pero en lo hondo del secreto perho 
Siempre el negocio más diflcullaba, 
Tomando por agüero ya contrario 

La gran resolución del adversario : 

Y más cuando un genízaro, forzado, 
Que iba sobre la gavia descubriendo, 
Después de haberse bien certificado. 
Las galeras de allí reconociendo, 

Dijo : El cuerpo do en medio y diestro lado 

Y el socorro que atrás viene siguiendo, 
Si mi vista de aqui no desatina. 

Es de la armada y gente ponentina. 

Bien que sintió el bajá terriblemente 
Lo que el. cristiano cierto le afirmaba ; 
Pero, fingiendo esfuerzo, sabiamente 
El secreto dolor disimulaba, 

Y al gran cuerpo de en medio fren tea frente, 
Que por orden y suerte le tocaba, 
Enderezó su escuadra aventajada 

De sus dos largos cuernos abrigada. 

Llegado el punto ya del rompimiento 
Que los precisos hados señalaron, 
Con nna furia igual y movimiento 
Las potentes armadas se juntaron, 
Donde por todas partes á un momento 
Los cargados cañones dispararon 
Con un terrible estrépido, de modo 
Que parecia temblar el mundo todo. 

El humo, el fuego, el espantoso estruendo 
De los furiosos tiros escupidos ; 
El recio destroncar y encuentro horrendo 
De las proas y mástiles rompidos ; 



ESIMOCUAIITO. i41 

El rumor de las armas estupendo. 
Las varias voces, gritos y apellidos ; 
Todo en revuelta confusión hacía 
Espectáculo horrible y armonía. 

No la ciudad de Príamo asolada 
Por tantas partes sin cesar ardía, 
Ni el crudo efecto de la griega espada 
Con tal rigor y estrépito se oía. 
Como la turca y la cristiana armada 
Que, envuelta en humo y fuego, parecía 
No siílo arder el mar, hundirse el suelo, 
Pero venirse abajo el alto cielo. 

El gallardo don Juan, reconoscida 
La enemiga real que iba en la frente. 
Rompiendo recio la agua rebatida. 
Arremete sobre ella osadamente ; 
Mas la turca con ímpetu impelida 
Le sale á recibir, donde igualmente 
Se embisten con furiosos encontrones 
Rompiendo los herrados espolones. 

No estaban las reales aferradas 
Cuando de gran tropel sobrevinieron 
Siete galeras turcas bien armadas. 
Que en la cristiana súbito embistieron ; 
Pero, de no menor furia llevadas, 
Al socorro sobre ellas acudieron 
De la derecha y de la izquierda mano 
La general del papa y veneciano. 

Do con segunda autoridad venía 
Por general del sumo Quinto Pío, 
Marco Antonio Coloma, á quién seguía 
Una escuadra de mozos de gran brío. 
Tras la cuál al socorro arremetía 
Por el camino y paso más vacío 
La patrona de España y capitana 
Rompiendo el golpe y multitud pagana. 

El príncipe do Parma valeroso. 
Que iba en la capitana ginovesa, 
Hendiendo el mar rcvuello y espumoso 
Se arroja en medio de la escuadra apriesa : 
La confusión y revolver furioso, 

Y del humo la negra nube espesa 
La codiciosa vista me impedía, 

Y así á muchos allí desconocía. 

Mons de Leñí con su galera presto 
Por auparte embistió y cerró el camino, 
Donde llegó de los primeros puoslo 
El valeroso príncipe de Urbino, 
Que á la bárbara furia conlrapueslo 
Con ánimo y esfuerzo peregrino. 
Gallarda y singular prueba hacía 
De su valor, virtud y valentía. 



IH 



LA ARAUCANA. 



Luego con igual ímpetu y denuedo 
Llegan unas cx>n otras á abordarse, 
Cerrándose tan Juntas que á pie quedo 
Pueden con las espadas golpearse, 
No bastaba la muerte á poner miedo, 
Ni allí se vid peligro rehusarse, 
Aunque al arremeter viesen derechos 
Disparar los cañones á los pechos. 

Así la airada gente deseosa 

De ejecutar sus golpes se juntaban, 

Y cuál violenta tempestad furiosa 
Los tiros y altos brazos descargaban. 
Era de ver la priesa hervorosa 

Con que las Aeras armas meneaban : 
La mar de sangre súbito cubierta 
Comenzó á recibir la gente muerta. 

Por las proas, por popas y costados 
Se acometen y ofenden sin sosiego ; 
Unos cayendo mueren ahogados, 
Otros á puro hierro, otros á fuego ; 
No faltando en los puestos desdichados 
Quien á los muertos sucediese luego, 
Que muerte ni rigor de artillería 
Jamás bastó á dejar plaza vacía. 

Quién por saltaren el bajel contrario 
Era en medio del salto atravesado ; 
Quién por herir sin tiempo al adversario 
Caía en el mar de su furor llevado : 
Quién con bestial designio temerario, 
En su nadar y fuerzas confiado, 
Al odioso enemigo se abrazaba 

Y en las revueltas olas se arrojaba. 

¿ Cuál será aquel que no temblase viendo 
El fin del mundo y la total ruina, 
Tantas gentes á un tiempo pereciendo, 
Tanto cañón, bombarda y culebrina ? 
El sol, los claros rayos recogiendo, 
Con faz turbada de color sanguina, 
Entre las negras nubes se escondía 
Por no ver el destrozo de aquel día. 

Acá y allá con pecho y rostro airado, 
Sobre el rodante carro presuroso, 
De Tesifón y Aleto acompañado, 
Discurre el fiero Marte sanguinoso. 
Ora sacude el fuerte brazo armado, 
Ora bate el escudo fulminoso ; 
Infundiendo en la flora y brava gente 
Ira, sana, furor y rabia ardiente. 

Quién, faltándole tiros, luego aflcrra 
Del pedazo del remo ó de la entena ; 
Quién trabuca al forzado y lo deshierra 
Arrebatando el grillo y la cadena : 



No hay cosa de metal, de leño y tierra, 
Qse allí para tirar no fuese buena, 
Rotos bancos, po8ti7a8, batayolas, 
Barriles, escotillas, portañolas. 

Y las lanzas y tiros que arrojaban 
(Aunque del duro acero resurtiesen) 
En las sangrientas olas ya hallaban 
Enemigos que en sí los recibiesen ; 

Y ardiendo, en la agua fría peleaban, 
Sin que al adverso hado se rindiesen, 
Hasta el forzoso y postrimero punto 
Que faltaba la fuerza y vida junto. 

Cuáles, su propia sangre resorbiendo, 
Andan agonizando sobreaguados ; 
Cuáles, tablas y gúmenas asiendo, 
Quedan (rindiendo el alma) enclavijados ; 
Cuáles, hacer más daño no pudiendo, 
A los menos heridos abrazados, 
Se dejan ir al fondo forcejando, 
Contentos con morir allí matando. 

No es posible contar la gran revuella 

Y el confuso tumulto y son horrendo. 
Vuela la estopa en vivo fuego envuelta : 
Alquitrán, y resina, y pez ardiendo : 
La presta llama con la brea revuelta. 
Por la seca madera discurriendo, 

Con fieros estallidos y centellas. 
Creciendo amenazaban las estrellas. 

Unos al mar se arrojan por salvarse, 
Del crudo hierro y llamas perseguidos : 
Otros, que habían probado el ahogarse. 
Se abrazan á los leños encendidos : 
Así que, con la gana de escaparse, 
A cualquiera remedio vano asidos, 
Dentro del agua mueren abrasados, 

Y en medio de las llamas abogados. 

Muchos, ya con la muerte porfiando, 
Su opinión aun muriendo sostenían. 
Los tiros y las lanzas apañando 
Que de las fuertes armas resurtían : 

Y eu las huidoras olas estribando, 
Los ya cansados brazos sac-udian, 
Empleando en aquellos que topaban 

La rabia y pocas fuerzas que quedaban. 

Crece el furor y el áspero ruido 

Del contino batir apresurado : 

El mar de todas partes rebalido 

Hierve y regüelda cuerpos de apretado. 

Y sangriento, alterado y removido. 
Cual de contrarios vientos arrojado, 
Todo revuelto en una espuma espesa, 
Las herradas galeras bate apriesa. 



CANTO VISEGIMOGÜARTO. 



143 



En la alta popa junto al estandarte 
El ínclito don Juan resplandecía, 
Más encendido que el airado Marte, 
Cercado de una ilustre compañía. 
De allí provee remedio á loda parte : 
Acá da priesa, allá socorro envía, 
Asegurando á todos su persona 
Soberbio triunfo y la naval corona. 

Don Luis de Requesens de la otra banda 
Provoca, exhorta, anima, mueve, incita. 
Corre, vuelve, revuelve, torna y anda 
Donde el pelifrro más le necesita : 
Provee, remedia, acude, ordena, manda, 
Insta, da priesa, induce y solicila, 
A la diestra, siniestra, á popa, á proa, 
Ganando estimación y eterna loa. 

Pues el conde de Pliego don Fernando, 
Diligente, solícito y cuidoso 
Acude á todas partes, remediando 
Lo de menos remedio y mas duduso. 
Así, pues, del cristiano y turco bando, 
Cada cual inquiriendo un fín honroso, 
Procuraban matando, como digo, 
Morir en el bajel del enemigo. 

Era tanta la furia y tal la priesa 
Que el fln y día postrero parecía; 
De los tiros la recia lluvia espesa 
El aire claro y rojo mar cubría. 
Crece la rabia y el tesón no Cesa 
De la presta y continua batería. 
Atronando el rumor de las espadas 
Las marítimas costas apartadas. 

El buen marqués de Santa Cruz, que estaba 
Al socorro común apercibido. 
Visto el trabado juego cual andaba 

Y desigual en partes el partido, 

Sin aguardar más tiempo, se arrcgaba 
En medio de la priesa y gran ruido. 
Embistiendo con ímpetu furioso 
Todo lo más revuelto y peligroso. 

Viendo, pues, do enemigos rodeada 
La galera real con gran porfía, 

Y que otra de refresco bien armada 
Á embestirla con ímpetu venía, 
Saltóle de través, boga arrancada, 

Y al encuentro y defensa se opon ía. 
Atajando con presto movimiento 

El bárbaro furor y fiero intento. 

Después rabioso, sin parar, corriendo 
Por la áspera batalla discurría ; 
Entra, sale y revuelve, socorriendo, 

Y á tres y á cuatro á veces resistía. 



¿Quien podrá punto á punto ir refiriendo 
Las gallardas espadas que este día 
En medio del furor se señalaron, 
Y el mar con turca sangre acrecentaron ? 

Don Juan en esto airado y impaciente, 
La espaciosa Fortuna apresuraba, 
Poniendo espuelas y ánimo á su gente. 
Que envuelta en sangre ajena y propia an- 
Alí bajá, no menos diligente, [daba. 

Con gran hervor los suyos esforzaba, 
Trayéndoles contino á la memoria 
El gran premio y honor de la vicioria. 

Mas la real cristiana aventajada 
Por el grande valor do su c-audillo, 
Á puros brazos y á rigor de espada 
Abre recio en la turca un gran portillo. 
Por do un grueso tropel de gente armada ; 
Sin poder los contrarios resistiilo. 
Entra con un rumor y furia extraña, [paña ! 
Gritando : ¡cierra ! ¡ cierra ! ; España ! ; Es- 

Los turcos, viendo entrada su galera. 
Del temor y peligro compelidos, 
Revuelven sobre sí de tal manera, 
Qu<) fueron los cristianos rebatidos; 
Pero añadiendo furia á la primera 
Los fuertes españoles ofendidos. 
Venciendo el nuevo golpe de la gente, 
Los vuelven á llevar forzosamente 

Hasta el árbol mayor, donde afirmando 
El rostro y pie con nueva confianza 
Renuevan la batalla, refrescando 
El fiero estrago y bárbara matanza. 
Carga socorro de uno y otro bando ; 
Fatígales y aqueja la tardanza 
De vencer ó morir desesperados, 
Dando gran priesa á los dudosos hados. 

La grande multitud délos heridos 
Que á la batida proa recudían, 
Causaban que á las veces detenidos 
Los unos á los otros se impedían; 
Pero, de medicinas proveídos, 
Luego de nuevo á combatir volvían, 
Las enemigas fuerzas reprimiendo 
Que iban, al parecer, convaleciendo. 

En esta gran revuelta y desatino. 
Que allí cargaba más que en otro lado, 
Viniendo á socorrer don Bernardino, 
Mas que de vista do ánimo dotado, 
Fué con súbita furia en el camino 
De un fuerte esmerilazo derribado, 
Cortándole con golpe riguroso 
Los pasos y designio valeroso. 



Fué el poderoso golpe de tal suerte, 
De más de la pesada y gran caída, 
Que resistir no pudo el peto fuerte 
Ni la rodela á prueba garnecida; 
Al fin el joven con honrada muerte 
Del todo aseguró la inquieta vida, 
Envainando en España mil espadas, 
En contra y daño suyo declaradas. 

En esto por tres partes fué embestida 
Lá famosa de Malta capitana, 

Y apretada de todas y abatida 

Con vieja enemistad y furia insana ; 
Mas la fuerza y virtud tan conocida 
De aquella audaz caballería cristiana. 
La multitud pagana contrastando. 
Iba de punto en punto mejorando. 

Pero el virey de Argel, corsario experto, 
Que á la mira hasta entonces había estado, 
Hallando el cuerno diestro el paso abierto, 
Que del todo no estaba bien cerrado, 
Antes que se pusiesen en concierto, 
Furioso se lanzo por aquel lado 
Echándole de nuevo tres bajeles 
Con infinito número de infieles. 

Los fuertes caballeros peleando 
Resisten aquel ímpetu y motivo ; 
Pero al cabo, señor, sobrepujando 
A las fuerzas el número excesivo. 
Los entran con gran fuerza degollando. 
Sin tomar á rescate un hombre vivo, 
V^ertiendo en el revuelto mar furioso 
De baptizada sangre un río espumoso. 

Las galeras de Malta, que miraron 
Con tal rigor su capitana entrada, 
Los fieros enemigos despreciaron 
Con quién tenía batalla comenzada ; 

Y batiendo los remos, se lanzaron 
Con nueva rabia y priesa acelerada 
Sobre la multitud de los paganos 
Verdugos de los mártires cristianos. 



Tanto fué el sentimiento en los soldados 
Y la sed de venganza de manera 
Que, embistiendo á los turcos por los lados, 
Entran haciendo riza carnicera : 
Así que, victoriosos y vengados 
Recobraron su honor y la galera, 
Hallando sólo vivos los primeros 
Al general y cuatro caballeros. 

Marco Antonio Colona, despreciando 
El ímpetu enemigo y la braveza. 
Combate animosísimo, igualando 
Con la honrosa ambición la fortaleza. 



AUCANA. 

Pues Sebastián Ventero, contrastando 
La turca fuerza y bárbara fiereza, 
Vengaba allí con ira y rabia justa 
La injuria recibida en Famagusta. 

La capitana de Silicia en tanto 
También Portan baja la combatía. 
La cual ya por el uno y otro canto 
Cercada de galeras la tenía. 
Era el valor de los cristianos tanto 
Que la ventaja desigual suplía. 
No sólo sustentando igual la guerra, 
Pero dentro del mar ganando tierra ; 

Que don Juan, de la sangre de Cardona, 
Egercitando allí su viejo oficio. 
Ofrece á los peligros la persona. 
Dando de su valor notable indicio; 
Y la fiera nación de Barcelona 
Hace en los enemigos sacrificio. 
Trayendo hasta los puños la espadas 
Todas en sangre bárbara bañadas. 

No, pues, con menos ánimo y pujanza 
El sabio Barbarigo combatía. 
Igualando el valor á la esperanza 
Que de su claro esfuerzo se tenía. 
Ora oprime la turca confianza, 
Ora á la misma muerte rebatía. 
Haciendo suspender la flecha airada 
Que ya derecho en él tenía asestada. 

Bien que con muestra y animo eforzado 
Contrastaba la furia sarracina. 
No pudo conslrastar al duro hado, 
O, por mejor decir, orden divina. 
Que ya el último término llegado, 
De una furiosa flecha repentina 
Fué acertado en el ojo en descubierto, 
Donde á poco de ralo cayó muerto. 

Aunque fué grande el daño y sentimiento 
De ver tal capitán así caído. 
No por eso turbó el osado intsnto 
Del veneciano pueblo embravecido. 
Antes con más ftiror y encendimiento, . 
A la venganza lícita movido. 
Hiere en los matadores de tal suerte 
Que fué recompensada bien su muerte. 



En este tiempo andaba la pelea 

Bien reñida del lado y cuerno diestro, 

Donde el sagaz y astuto Juan Andrea 

Se mostraba muy platico maestro. 

También Héctor Espinóla pelea 

Con uno y otro á diestro y á siniestro, 

Señalándose en medio de la furia 

La experta y diestra gente de Liguria. 



CVKTO VIGE3IM0CUART0. 



145 



Bien dos horas y media y más había 
Que duraba el combate porfiado» 
^^in conocer en parte mejoría. 
Ni haberse la victoria declarado. 
Cuando el bravo donjuán, que en saña ardía, 
Cuasi quejoso del suspenso hado, 
(Comenzó á raegorar sin duda alguna 
Declarada del todo su fortuna. 

En esto con gran ímpetu y ruido, 
Por el valor de la cristiana espada 
El furor mahomético oprimido, 
Fué la turca real del todo entrada, 
Do, el estandarte bárbaro abatido. 
La cruz del Redentor fué enarbolada, 
Con un triunfo solemne y grande gloria 
Cantando abiertamente la victoria. 

f^úbito un miedo helado discurriendo 
Por los míseros turcos ya turbados, 
Les fué los brazos luego entorpeciendo, 
Dejándolos sin fuerzas desmayados ; 

V las espadas y ánimos rindiendo, 
A su fortuna mísera entregados, 
Dieron la entrada franca (como cuento) 
Al ímpetu enemigo y movimiento. 

Ya, pues, del cuerno izquierdo y del derecho 
De la victoria sanguinosa usando. 
Con furia inexorable todo á hecho 
Los van por todas partes degollando. 
Quien al agua se arroja abierto el pecho, 
Quien se entrega á las llamas, rehusando 
El agudo cuchillo riguroso, 
Teniendo el fuego allí por más piadoso. 

El astuto Ochali, viendo su gente 
Por la cristiana fuerza destruida, 

Y la deshecha armada totalmente 

Al hierro, fuego y agua ya rendida, 
La derrota lomó por el poniente, 
Siguiéndole con mísera huida 
Las bárbaras reliquias destrozadas. 
Del hierro y fuego apenas escapadas. 

Pero el hijo de Carlos, conociendo 
Del traidor renegado el bajo intento, 
Con gran furia el movido mar rompiendo 
Carga, dándole caza, en seguimiento. 
Iban tras ellos al través saliendo 
El de Bazán y el de Oria á sotavento 
Con una escuadra de galeras junta 
Procurando ganarles una punta. 

Mas la triste canalla, viendo angosta 
La senda y ancho mar, según temía, 
Vuelta la proa á la vecina costa, 
En tierra con gran ímpetu embestía : 



Y cual se ve tal vez sallar langosta 
En multitud confusa, a&i á porfía 
Salta la gente al mar embravecido, 
Huyendo del peligro más temido. 

Cuál con brazos, con hombros, rostro y pecho 
El gran reflujo de las olas hiende ; 
Cuál, sin mirar al fondo y largo trecho, 
No sabiendo nadar allí lo aprerde : 
No hay parentesco, no hay amigo estrecho, 
Ni el mismo padre al caro hijo atiende, 
Que el miedo, de respetos enemigo, 
Jamás en el peligro tuvo amigo. 

Así que, del temor mismo esforzados. 
En la arenosa playa pie tomaron, 

Y por las peñas y árboles ccrradosr 
Á más correr huyendo se escaparon. 
Deshechos, pues, del todo y destrozados 
Los miserables bárbaros quedaron. 
Habiendo, fuerza á fuer/.a y mano á mano. 
Hendido el nombre de Austria al otomano. 

Estaba yo con gran contento viendo 
El prospero suceso prometido. 
Cuando en el globo el mágico hiriendo 
Con el potente junco retorcido. 
Se fué el aire ofuscando y revolviendo, 

Y cesó de repente el gran ruido ; 
Quedando en gran quietud la mar segura 
Cubierta de una niebla y sombra escura. 

Luego Filón con plática sabrosa 
Me llevo por la sala paseando, 

Y sin dejar figura, cada cosa 

Me fUé parle por parte declarando. 

Mas teniendo temor que os sea enojosa 

La relación prolija, iré dejando 

Todo aquello (aunque digno de memoria) 

Que DO importa ni toca á nuestra historia : 

Sólo diré que con muy gran contento 
Del mago y Guaticolo despedido, 
Aunque tarde, llegué á mi alojamiento, 
Donde ya me juzgaban por perdido. 
Volviendo, pues, la pluma á nuestro cuento, 
Que en larga digresión me he divertido, 
Digo que allí estuvimos dos semanas 
Con falsas armas y esperanzas vanas ; 

Pero en resolución, nunca supimos 
De nuestros enemigos cautelosos, 
Ni su designio y ánimo entendimos. 
Que nos tuvo suspensos y dudosos ; 
Lo cual considerado, nos partimos. 
Desmintiendo los pasos peligrosos 
En su demanda, entrando por la tierra 
Con gana y fin de rematar la guerra. 

10 



H6 LA 

Una tarde que el sol ya declinaba, 
Arribamos á un valle muy poblado, 
Por donde un grande arroyo atravesaba, 
De cultivadas lomas rodeado ; 
Y en la más llana que á la entrada estaba 
Por ser lugar y sitio acomodado. 
La gente se alojó por escuadrones 
Las tiendas levantando y pabellones. 



RALCVNA. 

Kstaba el campo apenas alojado, 
Cuando de entre anos árboles salía 
Un bizarro araucano bien armado. 
Buscando el pabellón de don García ; 
Y á su presencia el bárbaro llegado. 
Sin muestra ni señal de cortesía, 
Le comenzó á decir... Pero entre tanto 
Será bien rematar mi largo canto. 



CANTO XXV. 

Asientan loi españoles 80 campo en Mili arapué; lien á desafl arlos an indio de parte de Caupolican ; 
vienen á-U batalla muy reñida y sangrienta ; señálaase Tucapel y Rengo. Cuéntase también el valor 
que lob españoles mostraron aquel día. 



Cosa es digna de ser considerada 

Y no pasar por ella fácilmente, 
Que gente tan ignota y desviada 

De la frecuencia y trato de otra gente, 
De innavegables golfos rodeada, 
Alcance lo que así difícilmente 
Alcanzaron por curso de la guerra 
Los más famosos hombres do la tierra. 

Dejen de encarecer los escritores 
Á los que el arte militar hallaron ; 
Ni más celebren ya á los inventores 
Que el duro acero y el metal forjaron : 
Pues los últimos indios moradores 
Del araucano estado asi alcanzaron 
El orden de la guerra y diciplina, 
Que podemos tomar dellos dotrina. 

¿ Quién les mostró á formar los escuadrones, 
Hepresentar en orden la batalla. 
Levantar caballeros y bastiones. 
Hacer defensas, fosos y muralla, 
Trincbeas, nuevos reparos, invenciones, 

Y cuanto en uso militar se halla. 

Que todo es un bastante y claro indicio 
Del valor desla gente y ejercicio ? 

Y sobre todo debe ser loado 

El silencio en la guerra y obediencia, 
Que nunoa fué secreto revelado 
Por dádiva, amenaza ni violencia. 
Como ya en lo que dellos he contado 
Vemos abiertamente la experiencia ; 
Pues por maña jamás ni por espías 
Dellos tuvimos nueva en tantos dias. 

Aunque en los pueblos comarcanos fueron 
Presas de sobresalto muchas gentes 
Que al rigor del tormento resistieron 
Con gran constancia y firmes continentes : 



Tanto, que muchas veces nos hicieron 
Andar en los discursos diferentes. 
Que pudiera causar notable daño. 
Creciendo su cautela y nuestro engaño. 

Pero, como ya dije arriba, estando 
Apenas nuestro ejército alojado. 
Vino un gallardo mozo preguntando 
Dó estaba el capitán aposentado : 

Y á su presencia el bárbaro llegando, 
Con tono sin respeto levantado, 
Habiéndose juntado mucha gente. 
Echó la voz diciendo libremente : 

¡ Oh capitán cristiano ! si ambicioso 
Eres de honor con título adquirido, 
Al oportuno tiempo venturoso 
Tu próspera fortuna te ha traído : 
Que el gran Caupolicano, deseoso 
De probar tu valor encarecido. 
Si tal virtud y esfuerzo en ti se halla. 
Pide de solo á solo la batalla. 

Que siendo de personas informado 
Que eres mancebo noble floreciente, 
En la arte militar ejercitado, 
Capitán y cabeza desta gente. 
Dándote por ventaja de su grado 
La elección de las armas francamente ; 
Sin excepción de condición alguna 
Quiere probar tu fuerza y su fortuna. 

Y así, por entender que muestras gana 
De encontrar el ejército araucano. 

Te avisa que al romper de la mañana 
Se vendrá á presentar en este llano, 
Do con firmeza de ambas parles llana, 
En medio de los campos mano á mano» 
Si quieres combatir sobi^e este hecho» 
Remitirá á las armas el derecho 



CANTO VíGESIMOQUrNTO. 



i Al 



Con pacto y condicióa que si veacieres 
Someterá la tierra á tu obediencia, 

Y dél podras hacer lo que quisieres 
Sin usar de respeto ni clemencia : 

Y cuando tú por él vencido fueres, 
Libre te dejará en fu preeminencia; 
Que no quiere otro premio ni olra gloria 
Sino sdlo el honor de la Vitoria. 

Mira que sdlo en que está voz se extienda 
Consigues nombre y fama de valiente, 

Y en cuanto el claro sol sus rayos tienda 
Durará tu memoria entre la gente ; 
Pues al fin se dirá que por contienda 
Entraste valerosa y dignamente 

En campo con el gran Caupoh'cano 
Persona por persona y mano á mano. 

Esto es á lo que vengo, y así pido 
Te resuelvas en breve á tu albedrío, 
Si quieres por el término ofrecido 
Rehusar ó acetar el desafío, [cido, 

Que, aunque el peligro es grande y cono- 
De tu altiveza y ánimo confío 
Que al fln satisfarás con osadía 
A tu estimado honor y al que me envía. 

Don García le responde : Soy cootenio 
De acetar el combate, y le aseguro 
Que al plazo puesto y señalado asiento 
Podrá á su voluntad venir seguro. 
El indio, que escuchando estaba atento, 
Muy alegre le dijo : Yo te juro 
Que esta osada respuesta eternamente 
Te dejará famoso entre la gente. 

Con esto, sin pasar más adelante 
Las espaldas volvió y tomó la vía, 
Mostrando por su término arrogante 
En la poca opinión que nos tenía. 
Algunos hubo allí que en el semblante 
Juzgaron ser mañosa y doble espía. 
Que iba á reconocer con este tiento 
La gente y pertrechado alojamiento. 

Venida, pues, la noche, los soldados 
En orden de batalla nos pusimos, 

Y á las derechas picas arrimados, 
Contando las estrellas estuvimos, 
Del sueño y graves armas fatigados. 
Aunque crédito entero nunca dimos 
Al indio, por pensar que sólo vino 

Á tomar lengua y descubrir camino. 

Ya la espaciosa noche declinando 
Trastornaba al ocaso sus estrellas, 

Y la Aurora al oriente despuntando 
Deslustraba la luz de todas ellas : 



Las flores con su fresco humor rociando, 
Restituyendo en su color aquellas 
Que la tiniebla lóbrega importuna 
Las había reducido á sola una. 

Cuando con alto y súbito alarido 
Apareció por uno y otro lado, 
En tres distintas partes dividido, 
El ejército bárbaro ordenado ; 
Cada escuadran de gente muy fornido 
Que con gran muestra y paso apresnrado 
Iban en igual orden, como cuento. 
Cercando nuestro estrecho alojamiento. 

La gente de caballo aparejada, 
Sobre las riendas la enemiga espera ; 
Mas antes que llegase, anticipada 
Se arroja por una áspera ladera, 

Y al escuadrón siniestro encaminada. 
Le acomete furiosa, de manera 

Que un terrapleno y muro poderoso 
No resistiera el ímpetu furioso. 

Pero Caupolican, que gobernando 
Iba aquel escuadrón algo delante, 
El paso hasta su gente retirando. 
Hizo calar las picas á un instante : 
Donde, los pies y brazos afirmando. 
En las agudas puntas de diamante 
Reciben el furor y encuentro extraño, 
Haciendo en los primeros mucho daño. 

Unos, sin alas, con ligero vuelo 
Desocupan atónitos las sillas ; 
Otros, vueltas las plantas hacia el cíelo, 
Imprimen en la tierra las costillas; 

Y ios que no probaron allí el suelo 
Por apretar más recio las rodillas. 
Aunque más se mostraron esforzados. 
Quedaron del encuentro maltratados. 

De sus golpes los nuestros no fallaron, 
Que lodos sin errar fueron derechos ; 
Cuales, de banda á banda atravesaron ; 
Cuales, alropellaron con los pechos : 
Todos en un instante se mezclaron, 
Viniendo á las espadas más estrechos 
Con tal priesa y rumor que parecía 
La espantosa vul canea herrería. 

El bravo general Caupolicano, 
Rota la pica de la maza afierra, 

Y á la derecha y á la izquierda mano 
Hiere, destroza, mata y echa á tierra : 
Hallándose muy junto á Berzocano 
Los dientes y el furioso puao cierra, 
Descargándole encima tal puñada. 
Que le abolló en los cáseosla celada. 



l'»8 

Tra8 éste, otro derriba y otro mala, 
Que fué por su desdicha el más vecino ; 
Abre, destroza, rompe y desbarata, 
Haciendo llano el áspero camino : 

Y al yanacona Tambo así arrebata 
Que, como halcún al pollo <5 palomino. 
Sin poderle valer los más cercanos. 

Le ahoga y despedaza entre las manos. 

Bernal y Leucolon, que des ando 
Andaban de encontrarse en esta danza 
Se acometen furiosos, descargando 
Los brazos con igual ira y pujanza ; 

Y la<) altas cabezas inclinando, 
Á su pesar usaron de crianza 
Hincando á un tiempo entrabos las rodillas 
Con un batir do dientei< y ternillas. 

Mas cada cual de presto se endereza, 
Comenzando un combate flero y crudo ; 
Ya tiran á los pies, ya á la cabeza. 
Ya abollan la celada, ya el escudo. 
Así, pues, anduvieron una pieza ; 
Mas pa-ar adelante esto no pudo. 
Que un gran tropel de gentes que embistieron 
Por fuerza á su pesar los despartieron. 

Don Miguel y don Pedro de Avendaño, 
Rodrigo de Quiroga, Aguirro, Aranda, 
Cortés y Juan Jufré con riesgo extraño 
Sustentan todo el peso de su banda : 
También hacen afecto y mucho daño 
Heinoso, Peña, Córdoba, Miranda, 
Monguía, Lasarte, Castañeda, UUoa, 
Martín Huiz, y Juan Lúpez de Gamboa. 

Pues don Luis de. Toledo peleando. 
Carranza, Aguayo, Zúñiga, y Castillo 
Resisten el furor del indio bando. 
Con Diego Cano, Pérez, y Morcillo : 
Los primos Al varados Juan y Hernando, 
Pedro de Olmos, Paredes y Carrillo 
Derriban á sus pies gallardamente, 
Aunque á costa de sangre, mucha gente. 

El escuadrón do en medio viendo asida 
Por el cuerno derecho la contienda, 
Acelerando el tiempo y la corrida. 
Acude n socorrer con furia hori'enda : 
Mas nuestra gente en tercios repartida 
Le sale a recibir á toda rienda, 

Y del terrible estruendo y fiero encuentro 
La tierra se apretó contra su centro. 

Hubo muchas caídas señaladas, 
(«randcs golpes de mazas y picazos : 
Lanzas, gorguees y armas enastadas 
Volaron hasta el cielo en mil pedazos : 



LA AIUUCVNA. 



Vienen en un momento á las espadas, 

Y aun otros, más coléricos, á brazos, 
Dándose con las dagas y puñales 
Heridas penetrables y mortales. 

El flero Tucapel habiendo hecho 
Su encuentro en lleno y muerto un buen sol- 
Poco del diestro golpe satisfecho, [dado, 
Le arrebató un estoque acicalado, 
Con el cual barrenó á Guillermo el pecho, 

Y de un revés y tajo arrebatado 
Arrojó dos cabezas con celadas 
Muy lejos de sus troncos apartadas. 

Mata de un golpe á Torbo fácilmente, 

Y dio á Juan Yanaruna tal herida 
Que la armada cabeza por la frente 
Cayó sobre los hombros dividida. 
Revuelve de estocada diestramente 

Y al robusto Picol quitó la vida ; 
Pero en ésta sazón inadvertido 

De más de diez espadas fué herido. 

Carga sobre él de presto mucha gente, 
Al rumor del estrago que sonaba, 

Y cercándole en torno reciamente 
En confuso montón le fatigaba : 

Mas él con gran desdén y altiva firente 
De tal manera el brazo rodeaba. 
Que á muchos con castigo y escarmiento 
Les reprimió el furor y atrevimiento. 

Tanto en más ira y más furor se enciende 
Cuanto el trabajo y el peligro crece ; 
Que allí la gloria y el honor pretende 
Donde mayor dificultad se ofrece : 
Lo más dudoso y de más riesgo emprende, 

Y poco lo posible le parece. 

Que el pecho grande y ánimo invencible 
Le allana y facilita lo posible. 

El último escuadrón y más copioso, 
Su derrota y designio prosiguiendo. 
Con paso, aunque ordenado, presuroso. 
Por la tendida loma iba subiendo : 

Y en el dispuesto llano y espacioso, 
Nuestro escuadrón del todo descubriendo, 
Se detuvo algún tanto astutamente 
Reconociendo el sitio y nuestra gente. 

Delante dcsla escuadra, pues, venia 
El mozo Galvarín sargenteando, 
Que sus troncados brazos descubría. 
Las llagas aun sangrientas amostrando. 
De un canto al otro apriesa discurría, 
El daño general representando. 
Encendiendo en furor los corazones 
Con muestras eficaces y razones. 



CANTO VIGESIMOQUINTO. 



149 



Diciendo : ¡ Oh valen tífiimos soldados, 
Tan dignos deste nombre, en coya mano 
Hoy la Fortuna y favorables hados 
Han puesto el ser y crédito araucano ! 
Estad de la victoria conllados, 
Que ese tumulto y aparato vano 
Es todo el remanente y son las heces 
De los que habéis vencido tantas veces. 

Y essla postrer batalla fenecida, 
De vosotros así tan deseada. 

No queda cosa ya que nos impida. 

Ni lanza enhiesta, ni contraria espada. 

Mirad la muerte infame 6 triste vida 

Que está para el vencido aparejada, 

Los ásperos tormentos excesivos 

Que el vencedor promete hoy á los vivos: 

Que si en esta batalla sois vencidos, 
La ley perece y libertad se atierra, 
Quedando al duro yugo sometidos, 
Inhábiles del uso de la guerra ; 
Pues con las brutas bestias siempre uncidos 
Habéis de arar y cultivar la tierra, 
Haciendo los oflcios más serviles 

Y bajos ejercicios mujeriles. 

Tened, varones, siempre en la memoria 
Que la deshonra eternamente dura, 

Y que perpetuamente esta victoria 
Todas vuestras hazañas asegura. 
Considerad, soldados, pues, la gloria 
Que os tiene aparejada la ventura, 

Y el gran premio y honor que, como digo. 
Untan breve trabajo trae consigo: 

Que aquel qne se mostrare buen soldado 
Tendrá en su mano ser lo que quisiere. 
Que todo lo quo habemos deseado 
La Fortuna con ello hoy nos requiere. 
También piense que queda condenado 
Por rebelde y traidor quien no venciere, 
Que no hay vencido justo y sin castigo 
Quedando por juez ya su enemigo. 

De -tal manera el bárbaro valiente 
Despertaba la ira y la esperanza. 
Que el escuadrón apenas obediente 
Podía sufrir el orden y tardanza ; 
Mas, ya que la señal última siente. 
Con gran resolución y conñanza, 
Derribando las picas, bien cerrado 
Irse dejó do su furor llevado. 

En el exento y pedregoso llano. 
Que más de un tiro de arco se extendía. 
Nuestro escuadrón á un tiempo mano amano 
Asimismo a] encuentro le salía, 



Donde con muestra y término inhumano, 

Y el gran furor que cada cual traía. 
Se embisten los airados escuadrones 
Cayendo cuerpos muertos á montones. 

No duraron las picas mucho enteras. 
Que en rajas por los aires discurrieron ; 
Las extendidas mangas y hileras 
De golpe unas con otras se rompieron : 
Hubo muertes allí de mil maneras. 
Que muchos sin heridas perecieron 
Del polvo y de las armas ahogados. 
Otros de encuentros fuertes estrellados. 

Trábase entre ellos un combate horrendo 

Con herverosa priesa y rabia extraña, 

Todos en un tesón igual poniendo 

La extrema industria, la pujanza y maña. 
8ub6 á los cielos el furioso estruendo. 

Retumba en torno toda la campaña. 

Cubriendo los lugares descubiertos 

La espesa lluvia de los cuerpos muertos. 

Hierve el coraje, crece la contienda 

Y el batir sin cesar siempre más fuerte ; 
No hay malla y pasta fina que defienda 
La entrada y paso á la furiosa Muerte, 
Que con irreparable furia horrenda 
Todo ya en su flgura lo convierte. 
Naciendo del mortal y fiero estrago 

De espesa y negra sangre un ancho lago. 

Rengo orgulloso, que al siniestro lado 
Iba siempre avivando la pelea, 
De la roedura afrenta estimulado 
Que en Mataquilo recibió do Andrea, 
El ronco tono y brazo levantado. 
Discurre todo el campo y le rodea, 
Acá y allá por una y otra mano 
Llamando el enemigo nombre en vano. 

Andrea, pues, asimismo procurando 
Fenecer la cuestión le deseaba ; 
Mas lo que el uno y otro iba buscando 
La dicha de los dos lo desviaba : 
Que el italiano mozo peleando 
En el otro escuadrón distante andaba, 
Haciendo por su extraña fuerza cosas 
Que aunque lícitas eran lastimosas. 

Mata de un golpe á Trulo, y endereza 
La dura punta y á Pinol barrena, 

Y sin brazo á Teguan una gran pieza 
Le arroja dando vueltas por la arena; 
Lleva de un golpe á Changle la cabeza ; 

Y por medio del cuerpo á Pon cercena. 
Hiende á Narpo hasta el pecho, y á Brancolo 
Como grulla le deja en un pie solo. 



150 



LA ARAUCANA. 



Veis, pues, aqaié Orompello,eI cualhacieodo 
Venía por esta parle mortal guerra. 
Que al grao tumulto y voces acudiendo, 
Vid cubierta de muertos la ancha tierra ; 

Y al ginovés gallardo conociendo, 
Como cebado tigre con él cierra, 
Alta la maza y encendido el gesto, 
Sobre las puntas de los pies enhiesto. 

Fué de la maza el ginovés cogido 
En el alto crestón de la celada, 
Quo todo lo abolló y quedd sumido 
Sobre la estofa de algodón colchada : 
Estuvo el italiano adormecido, 
Vomita sangre, la color mudada, 

Y vid, dando de manos por el suelo, 
Vislumbres y relámpagos del cielo. 

Redobla otro el gallardo mozo luego. 
Con más furor y menos bien guiado, 
Que á no ser á soslayo, el flero juego 
Del todo entre los dos Tuora acabado : 
El ginovés desatinado y ciego 
Fué un poco de través, pero cobrado 
Se puso en pie con priesa no pensada. 
Levantando á dos manos la ancha espada, 

Y con la extrema rabia y fuerza rara 
Sobre el Joven la cala do manera 
Que, si el ferrado leño no cruzara. 
De arriba abajo en dos le dividiera : 
Tajd el tronco cual junco d tierna vara, 

Y si la espada el filo no torciera. 
Penetrara tan honda la herida 
Que privara al maucebo de la vida. 

Viéndose el araucano, pues, sin maza. 
No por eso amainó al furor la vela. 
Antes con gran presteza de la plaza 
Arrebata un pedazo de rodela, 
Que sin se detener punto lo embraza, 
Y, como quien peligro no recela, 
Con sjIo el trozo de bastón cortado • 
Aguija al enemigo conQado. 

Hirióle en la cabeza, y á una mano 
Saltó con ligereza y diestro brío. 
Hurtando el cuerpo así que el italiano 
Con la espada azotó el aire vacío : 
Quiso hacello otra vez, mas salió en vano, 
Que entrando recio al tiempo del desvío, 
Fué el ginovés tan presto que no pudo 
Sino cubrirse con el roto escudo. 

Echó por tierra la furiosa espada 
Del defensivo escudo una gran pieza, 
Bajando con rigor á la celada 
Que defender no pudo la cabeza : 



Hasta el casco caló la cuchillada. 
Quedando el mozo atónito una pieza ; 
Pero en sí vuelto, viéndose tan junto. 
Le echó los fuertes brazos en un punto. 

El bravo ginovés, que al flero Marte 
Pensara desmembrar, recio le asía ; 
Pero salió engañado, que en esta arte 
Ninguno al diestro joven excedía : 
Rcvuélvense por una y otra parte. 
El uno el pie del otro rebatía, 
Intricando las piernas y rodillas 
Con diestras y engañosas zancadillas. 

Don García de Mendoza no paraba, 
Antes como animoso y diligente 
Unas veces airado peleaba. 
Otras iba esforzando allí la gente. 
Tampoco Juan Remón ocioso estaba. 
Que de soldado y capitán prudente 
Con igual diciplina y ejercicio 
Usaba en sus lugares el oficio. 

Santillana, y don Pedro de Navarra, 
Avalos, Viezma, Cáccres, Bastida, 
Galdámcz, don Francisco Ponce, Ibarra 
Dando muerte defienden bien su vida : 
El factor Vega, y contador Segarra, 
Habían echado á parte una partida, 
Siguéndolos Velázquez, y Cabrera, 
Verdugo, Huiz, Riberos, y Ribera. 

Pasáranlo, pues, mal al otro lado. 
Según la mucha gente que acudía, 
Si don Felipe, don Simón, y Prado, 
Don Francisco Arias, Pardo, y Alegría, 
Barrios, Diego de Lira, Coronado, 

Y don Juan de Pineda en compañía. 
Con valeroso esfuerzo combatiendo. 
No fueran los contrarios reprimiendo. 

También acrecentaban el estrago 
Florencio do Esquivel y Altamirano, 
Villarroel, Moran, Vergara, Lago, 
Godoy, Gonzalo Hernández y Andicano. 
Si de todo» aquí mención no hago, * 
No culpen la intención sino la mano. 
Que no puede escrebir lo que hacían 
Tantas como allí á un tiempo combatían. 

Sonaba á la sazón un gran ruido 
En el otro escuadrón de mediodía, 

Y era que, el flero Rengo embravecido, 
Llevado de su esfuerzo y valentía. 

Se había por la batalla así metido 
Que volver á los suyos no podía, 

Y de menuda gente rodeado. 
Andaba muy herido y acosado. 



CANTO VIGESIMOQUINTO. 



m 



Aunque se tnvuelve enlre ellos de manera 
Al un lado y al Ciro golpeando, 
Que en rueda loa hacía tener á fuera. 
Muchos en daño ajeno escarmentando ; 
Pero la turba acá y allá ligera 
Le va por todas parles aquejando 
Con tiros, palos y armas enastadas. 
Como á fiera de lejos arrojadas. 

Uno d€\ja tullido y otro muerto, 
Sin valerles defensa ni armadura : 
Á quien acierta golpe en descubierto 
Del todo le deshace y desfigura : 

Y el de menos efecto y más incierto 
Quebranta brazo, pierna ó coyuntura ; 
Vieran arneses rolos y celadas 
Junto con las cabezas machucadas. 

Mas auuque, como digo, combatiendo 
Mostraba esfuerzo y ánimo invencible, 
Le van á tanto estrecho reduciendo 
Que poder escapar era imposible : 

Y por más que se esfuerza resistiendo, 
Al fin era de carne, era sensible, 

Y el furioso y continuo movimiento 
La fuerza le ahogaba y el aliento. 

Estaba ya en el suelo una rodilla 
Que aun apenas así se sustentaba, 

Y la gente solicita en cuadrilla. 
Sin dejarlo alentar !e fatigaba. 
Cuando de la otra parte por la orilla 
De la alta loma Tucapel llegaba, 
Haciendo con la usada y fuerte maza 
Por donde quiera que iba larga plaza. 

Como el toro feroz desjarretado 
Cuando brama, la lengua ya sacada, 
Que de la turba multa rodeado 
Procura cada cual probar su espada ; 

Y en esto de repente al otro lado, 
La cerviz yerta y frente levantada, 
Asoma otro famoso de Jarama, 
Que deshace la junta y la derrama ; 

Así el famoso Hengo ya en el suelo 
Hincada una rodilla combatía 
En medio del montón que sin recelo 
Poco á poco cerrándole venía. ; 
Cuando el sangriento y bravo Tucapelo 
Que por allí la grita le traía, 
Viéndole así tratar, sin poner duda, 
Rompe por el tropel á darle ayuda. 

Dejó por tierra cuatro ó seis tendidos, 
Que estrecha plaza y paso le dejaron, 
Y los otros en circulo esparcidos 
Del fatigado Rongo se arredraron : 



Y contra Tucapel embravecidos 
Las armas y la ginta enderezaron ; 
Mas él daba de sí tan buen descargo. 
Que los hacía tener bien á lo largo. 

Llegóse á Rengo, y dijo : Aunque enemigo 
Esfuerza, esfuerza, Rengo, y ten hoy fuerte, 
Que el impar Tucapel está contigo, 

Y no puedes tonar siniestra suerte. 
Que el favorable cielo y hado amigo 
Te tiene aparejada mejor muerte. 
Pues está cometida al brazo mío, 

Si cumples á su tiempo el desafío. 

Rengo le respondió : Si ya no fuera 
Por ingrato en tal tiempo reputado. 
Contigo y con mi débito cumpliera. 
Que no estoy, como piensas, lan cansado. 
En esto, más ligero que si hubiera 
Diez horas en el lecho reposado 
Se puso en pie, y á nuestra gente asalta 
Firme el roembrado cuerpo y la maza alta. 

Tucapel rcplicd : Sería bajeza 

Y cosa entra varones condenada 
Acometerte, vista tu flaqueza, 
Con fuerza y en sazón aventajada ; 
Cobra, cobra tu fuerza y entereza, 
Que el tiempo llegará que esta ferrada 
Te dé la pena y muerte merecida 
Como hoy te ha dado claro aquí la vida. 

No se dijeron más ; y por la vía 
Los dos competidores araucanos. 
Haciéndose amistad y compañía. 
Iban como si fueran dos hermanos ; 
Guardaba el uno al otro y defendía ; 

Y así con diligencia y prestas manos. 
Abriendo el escuadrón gallardamente, 
Llegaron á juntarse con su gente. 

En esto á todas parles la batalla 
Andaba muy reñida y sanguinosa. 
Con tal furia y rigor que no se halla 
Persona sin herida ni arma ociosa : 
Cubre la tierra la menuda malla, 

Y en la remota Turcia cavernosa. 
Por fuerza arrebatados de los vientos, 
Hieren los duros y ásperos acentos. 

Era el rumor del uno y otro bando, 

Y de golpes la furia apresurada. 
Cómo ventosa y negra nube cuando 
De Vulturno ó del Zéflro arrojada 
Lanza una piedra súbita, dejando 
La rama de sus hojas despojada, 

Y los muros, los techos y tejados 
Son con priesa terrible golpeados. 



152 LA 

Pues de aquella manera y más furiosas 
Las homicHlas armas descargaban, 
Y con hondas heridas rigurosas 
Los sanguinosos cutirpos desangraban : 
El gran rumor y voces espantosas 
En los vecinos montes resonaban ; 
El mar confuso al fiero son re trujo 
De sus hinchadas olas el reflujo. 

Pero la parte que á la izquierda mano 
La batalla primero había trabado, 
Donde por su valor Caupolicano 
Contrastaba al furor del duro hado, 
Á pura fuerza el escuadrón cristiano, 
Del contrarío tesón sobrepujado, 
Comenzó poco á poco á perder tierra 
Hacia la espesa falda de la sierra. 



ARAUCANA. 

Fué tan grande la priesa desta hora 
Y el ímpetu del bárbaro potente, 
Que por el araucano en voz sonora 
Se cantó la victoria abiertamente : 
Mas la misma Fortuna burladora 
La rueda revolvió súbitamente 
En contra de la parte mejorada. 
Barajando la suerte declarada : 

Que el último escuadrón donde estribaba 
Nuestro postrer remedio y esperanza, 
Metido en el contrario peleaba 
líacieodo fiero estrago y gran matanza ; 
Que ni el valor de Ongolmo allí bastaba. 
Ni del fuerte Lincoya la pujanza : 
Ni yo basto á contar de una vez tanto, 
Que es fuerza diferirlo al otro canto. 



CANTO XXVL 



Ea este canto se trmta el fin de U batalla y retirada de los araucanos : la obstinacióa y pertinacia 
de Galvarino, y su muerte. Asimismo se pinta el jardín y estancia del mago Fiton. 



Nadie puede llamarse venturoso 
Hasta ver de la vida el fin incierto ; 
Ni está libre del mar tempestuoso 
Quien surto no se ve dentro del puerto : 
Venir un bien tras otro es muy dudoso, 

Y un mal tras otro mal es siempre cierto : 
Jamás próspero tiempo fué durable, 
Ni dejó de durar el miserable. 

El ejemplo tenemos en la» manos, 

Y nos muestra bien claro aquí la historia 
Cuan poco les duró á los araucanos 
El nuevo gozo y engañosa gloria ; 
Pues llevando de rota á los cristianos 

Y habiendo ya cantado la victoria. 
De los contrarios hados rebatidos, 
Quedaron vencedores los vencidos : 

Que, c<>mo os dije, el escuadrón postrero 

Adonde por testigo yo venía, 

Ganando tierra siempre más entero, 

Al bárbaro enemigo retraía ; 

Que aunque el fuerte Lincoya el delantero 

Á la adversa fortuna resistía. 

No pudo resistir últimamente 

El ímpetu y la furia de la gente. 

Por una espesa y áspera quebrada 
Que en medio de dos lomas se hacía. 
La bárbara canalla, quebrantada 
La dañosa soberbia y osadía, 



Ya del torpe temor señoreada 
Esforzadas espaldas revolvía, 
Huyendo de la muerte el rostro airado. 
Que clara á lodo ya se había mostrado. 

Siguen los nuestros la victoria á priesa, 
Que aun no quieren venir en el partido, 
Y de la inculta breña y selva espesa 
Inquieren lo secreto y escondido : 
El gran estrago y mortandad no cesa, 
Suena el destrozo y áspero ruido, 
Tirando á tiento golpes y estocadas 
Por la espesura y matas intricadas. 

Jamás de los monteros en ojeo 
Fué caza tan buscada y perseguid') 
Cuando con ancho círculo y rodeo 
Es á tf^rmino estrecho reducida, 
Que con impacientísimo deseo. 
Atajados los pasos y huida. 
Arrojan en las fieras montesinas 
Lanzas, dardos, venablos, javalinas, 

Como los nuestros, hasta allí cristianos, 
Que, los términos lícitos pasando, 
Con crueles armas y actos inhumanos 
Iban la gran victoria deslustrando ; 
Que ni el rendirse, puestas ya las manos, 
La obediencia y servicio protestando, 
Bastaba á aquella gente desalmada 
A reprimir la fUria de la espada. 



CANTO VISÉGIMOSEXTO. 



153 



Así el entendí miento y pluma mía, 
AuDque usada al destrozo de la guerra, 
Huye del grande eRtrago que este día 
Hubo en los defensores de su tierra ; 
La sangre, que en arroyos ya corría 
Por las abiertas grietas de la sierra , 
Las lástimas, las voces y gemidos, 
De los míseros bárbaros rendidos. 

Los de la izquierda mano, que miraron 
Su mayor escuadran desbaratado, 
Perdiendo todo el ánimo, dejaron 
La tierra y el honor que habían ganado, 
Así la trompa á relirar locaron, 

Y con paso, aunque largo, concertado ; 
Alias y campeando las banderas, 

Se dejaron calar por las laderas. 

No será bien pasar calladamente 
La braveza de Rengo sin medida , 
Pues que , desbaratada ya su gente , 

Y puesta en rola y mísera huida , 
Fiero, arrogante, indómito, impaciente ; 
Sin mirar al peligro de la vida , 
Dando más Ai ría á la ferrada maza , 
Solo sustenta la ganada plaza : 

Y allí como invencible y valeroso 
Solo estuvo gran rato peleando; 
Pero viendo el trabajo infrutuoso , 

Y gente ya ninguna de su bando , 
Con paso tardo, grave y espacioso. 
Volviendo el rostro atrás de cuantío en cuan- 
Tnmó á la mano diestra una vereda [do, 
Hasta entrar en un bosque y arboleda, 

Donde ya de la gente destrozada 
Había el temor á algunos escondido ; 
Pero viendo de Rengo la llegada , 
^'Obrando luego fl ánimo perdido. 
Con nuevo esfuerzo y muestra conflada , 
En escuadrón formado y recogido, 
Voelvcn el rostro y pechos esforzados 
A la corriente de los duros hados. 

Yo, que de aquella parte discurriendo 
A vueltas del rumor también andaba , 
La gnta y nuevo estrépito sinliendo 
Que en el vecino bosque resonaba , 
Apresuré los pasos, acudiendo 
Hacia donde el rumor mo encaminaba; 
Viendo al entrar del bosque detenidos 
Algunos españoles conocidos. 

^l^laba ú un lado Juan Remón gritando : 
Caballeros, entrad, que todo es nada ; 
Mas ellos, el peligro ponderando, 
Dificultaban la dudosa entrada. 



Y'o, pues, á la sazón á pie arribando 
Donde estaba la gente recatada ; 
Juan Hemún que me vio luego de frente. 
Quiso obligarme allí públicamente 

Diciendo : ¡Oh, don Alonso! quien procura 
Ganar estimación y aventajarse , 
Este es el tiempo y esta es coyuntura 
Kn que puede con honra señalarse : 
No impida vuestra suerte esa espesura 
Donde quieren los indios entregarse, 
Que al que abriere la entrada defendida 
Le será la victoria atribuida. 

Oyendo , pues , mi nombre conocido , 

Y que lodos volvieron á mirarme, 
Del honor y verg.ienza compelido , 

No pudiendo del trance ya excusarme. 
Por lo espeso del bosque y más temido 
Comencé de romper y aventurarme , 
Siguiéndome Arias Pardo, Maldonado, 
Manrique, don Simón, y Coronado, 

Los cuales, de vivir desesperados. 
Los obstinados indios embistieron , 
Que en una espesa muela bien cerrados 
Las españolas armas atendieron. 
En esto, ya al rumor por todos lados 
De nuestra gente muchos acudieron, 
r,omenzando con furia presurosa 
Una guerra sangrienta y peligrosa. 

Renuévase el destrozo, reduciendo 

A término duduso el vencimiento. 

El menos animoso acometiendo 

El más diflcultoso impedimento. 

¡ Cuál será aquel que pueda ir escribiendo 

De los brazos la furia y movimiento , 

Y deste y de aquel otro la herida, 

Y quién á cuál aUí quitó la vida ! 

Unos hienden por medio, otros barrenan 
De parte á parte los airados pechos; 
Por los muslos y cuerpo otros cercenan. 
Otros miembro por miembro caen deshechos : 
Los duros golpes todo el bosque atruenan, 
Andando de ambas partes tan estrechos 
Que vinieron algunos de. impacientes 
A los brazos, á puños y á los dientes. 

Pero la Muerte allí definidora 
De la cruda batalla porfiada, 
Ayudando á la parte vencedora , 
Remató la contienda y gran jornada ; 
Que la gente araucana en poca de hora 
En aquel sitio estrecho destrozada. 
Quiso rendir al hierro antes la vida 
Que al odioso español quedar rendida^ 



loh LA 

Tendidos por ol campo amontonados 
Los indómitos bárbaros quedaron , 

Y los demás con pasos ordenados, 
Como ya dijo, atrás se retiraron; 
De manera que ya nuestros soldados 
Recogiendo el despojo que hallaron, 

Y un número copioso de prisiones, 
Volvieron á su asiento y pabellones. 

Fueron entre estos presos escogidos 
Doce los más dispuestos y valientes , 
Que en las nobles insignias y vestidos 
Mostraban ser personas preeminentes : 
Éstos fueron allí constituidos 
Para amenaza y miedo do las gentes, 
Quedando por ejemplo y escarmiento 
Colgados de los árboles al viento. 

Yo á la sazón al señalar llegando. 
De la cruda sentencia condolido , 
Salvar quise uno dellos, alegando 
Haberse á nuestro ejército venido; 
Mas él luego los brazos levantando 
Que debajo del peto había escondido, 
Mostró en alto la Taita de las manos 
Por los cortados troncos aun no sanos . 

Era, pues, Galvarino éste que cuento, 
De quien el canto atrás os dio noticia, 
Que , porque fuese ejemplo y escarmiento , 
Le cortaron las manos por justicia; 
£1 cual con el usado atrevimiento. 
Mostrando la encubierta inimicicia, 
Sin respeto ni miedo de la muerte. 
Habló, mirando á todos , desta suerte : 

¡ Oh gentes fementidas, detestables. 
Indignas de la gloria deste día ! 
Hartad vuestras gargantas insaciables 
En esta aborrecida sangre mía; 
Que, aunque los íltros hados variables 
Trastornen la araucana monarquía , 
Muertos podremos ser, mas no vencidos. 
Ni ios ánimos libres oprimidos. 

No penséis que la muerte rehusamos. 

Que en ella estriba ya nuestra esperanza; 

Que si la odiosa vida dilatamos, 

Es por hacer mayor nuestra venganza : 

Que, cuando el justo (In no consigamos , 

Tenemos en la espada confianza , 

Que os quitará, en nosotros convertida, 

La gloria de poder darnos la vida. 

Sus, pues ya, ¿qué esperáis, ó quéosdolicne 
De no me dar mi premio y justo pago? 
La muerte y no la vida me conviene, 
Pu^ con olla á mi deuda satisfago ; 



ARAUCANA. 

Pero si algún disgusto y pena tiene 
Este importante y deseado trago 
Es no haberos primero hecho pedazos 
Con estos dientes y troncados brazos. 

De tal manera el bárbaro esforzado 
La muerte en alta voz solicitaba, 
De la infelice vida ya cansado, 
Que largo espacio á su pesar duraba : 

Y en el gentil propósito obstinado, 
Díciéndonos injurias procuraba 
Un fln honroso de una honrosa espada , 

Y rematar la mísera jornada. 

Yo, que estaba á par del, considerando 
El propósito ílrmc y osadía, 
Me opuse contra algunos , procurando 
Dar la vida á quien ya la aborrecía ; 
Pero al fln los ministros porfiando 
Que á la salud de todos convenía. 
Forzado me aparté, y él fué llevado 
A ser con los caciques justiciado. 

Á la entrada de un monte que vecino 
Está de aquel asiento en un repecho. 
Por el cual atraviesa un gran camino 
Que al valle de Lincoya va derecho, 
Cqn gran solemnidad y desatino , 
Fué el insulto y castigo injusto hecho, 
Pagando allí la deuda con la vida 
En muchas opiniones no debida. 

Por falta de verdugo, que no había 
Quien el oficio hubiese acostumbrado , 
Quedó casi por uso de aquel día 
Un modo de matar jamás usado; 
Que á cada indio de aquella compañía 
Un bastante cordel le fué entregado, 
Diciéndolc que el árbol señalase 
Donde á su modo él mismo se colgase. 

No tan presto los plálicos guerreros, 
Del cierto asalto la señal tocando, 
Por escalas, por picas y madoros 
Suben á la muralla gateando. 
Cuanto aquellos caciques , que ligeros 
Por los m:is grandes árboles trepando, 
En un punto á las cimas arribaron, 

Y do la*? altas ramas se colgaron. 

Mas uno de ellos algo arrepentido 
De su ligera prisa y diligencia, 
Á nuestra devoción ya reducido, 
Vuelto pidió para hablar licencia ; 

Y habiéndosela lodos concedido , 
Cpn voz algo turbada y aparencia, 
Los ánimos cristianos comoviendo. 
Habló contritamente así diciendo ; 



CANTO VIGESIMOSEXTO. 



155 



Valerosa nación, invicta j^nte 
Donde el extremo de virtud se encierra, 
Sabed que soy cacique, y decendienle 
Del tronco más antiguo desta tierra : 
No tengo padre, hermano, ni pariente, 
Que lodos son ya muertos en la guerra; 

Y pues se acaba en mí la decendencia. 
Os ruego uséis conmigo de clemencia. 

Quisiera proseguir, si Galvarino, 

Que le miraba con airada cara, 

De súbito saÜéodole al camino, 

La doméstica voz no le atajara 

Diciendo : Pusilánime, mezquino. 

Deslustrador de la progenie clara, 

¿ Porqué á tan gran bajeza así te mueve 

El medio torpe de la muerte breve ? 

Dimc, infame traidor, de fe tnudable, 
¿ Tienes por más partido y mejor suerte 
Kl vivir en estado miserable 
Que el morir como debe un varón fuerte ? 
Sigue el hado (aunque adverso) tolerable, 
Que el fln délos trabajos es la muerte; 

Y es poquedad que un afrentoso medio 
Te saque de la mano este remedio. 

Apenas la razón había acabado 
Cuando el noble cacique, arrepentido, 
Al cuello el corredizo lazo echado, 
Quedó de una alta rama suspendido : 
Tras él fué el audaz bárbaro obstinado. 
Ano á la misma muerte no rendido, 

Y los robustos robles desta prueba 
Llevaron aquel ailo fruta nueva. 

Habida la victoria, como cuento, 
^ el enemigo roto, retirado. 
Dejando el infelice alojamiento 
Todo de cuerpos bárbaros sembrado, 
Llegamos sin desmán ni impedimento 
A la bajada y sitio desdichado 
Do Valdivia fundó la Casa-fuerte, 

Y le dieron después infame muerte. 

Levantamos un muro brevemente 
Qic el sitio de la casa rodeaba, 
Donde el bagaje, chusma y remanente 
Con menos daño y más seguro estaba. 
De allí la tierra en lomo fácilmente 
Sin poderlo estorbar se salteaba, 
Haciendo siempre instancia y diligencia 
^ traerla, sin sangre, á la obediencia. 

1-na mafiama al comenzar del día 
Caliendo yo á correr aquella tierra 
Donde por cierto aviso se tenía 
Que andaba gente bárbara de guerra, 



I Dejando un trecho atrás la compañía, 
Cerca de un bosque espeso y alta sierra 
Sentí cerca una voz envejecida, 
Diciendo : ¿ Dónde vais ? que no hay salida. 

Volví el rostro y las riendas hacia el lado 
Donde la extraña voz había salido, 

Y vi á Filón, el mágico, arrimado 

Al tronco de un gran roble carcomido, 
Sobre el herrado junco recostado, 
Que como fué de mi reconocido, 
Del caballo salté ligeramente, 
Saludándole alegro y corlesmente. 

Él me dijo : Por cierto bien pudiera 
Tomar de vos legítima venganza, 

Y en esa vuestra gente que anda fuera, |za ; 
Que habéis hecho en los nuestros tal matan- 
Pero aunque más razón y causa hubiera, 
Haciendo vos de mí tal confianza. 

No quiero ni será justo dañaros, 
Antes en lo que es lícito ayudaros; 

Que es orden de los cielos que padezca 
Esta indómita gente su castigo, 

Y antes que contra Dios se ensoberbezca 
Le abaje la soberbia al enemigo : 

Y aunque vuestra ventura agora crezca, 
No durará gran tiempo ; porque os digo 
Que, como á los demás, el duro hado 
Oh tiene su descuento aparejado. 

Si la fortuna así á pedir de boca 
Os abre el paso próspero á la entrada, 
Grandes trabajos y ganancia poca 
Al cabo sacaréis desta jornada : 

Y porque á mí decir más no me toca, 
Me quiero retirar á mi morada. 

Que también desta banda tiene puerta, 
Pero á todos oculta y encubierta. 

Yo, de le ver a^í maravillado, 

Y más de la siniestra profecía. 

Mi caballo en un líbano arrendado, 
Le quise hacer un rato compañía : 

Y al fln de muchos ruegos acetado, 
Siendo el viejo decrépito la guia, 
Hendimos la espesura y breña extraña, 
Hasta llegar al pie de la montaña. 

En un lado secreto y escondido 
Donde no había resquicio ni abertura, 
Con el potente báculo torcido 
Blandamente tocó en la peña dura; 

Y luego con horrísono ruido 

Se abrió una estrecha puerta y boca escura 
Por do tras él entré, erizado el pelo, 
Pisando á tiento el peñascoso suelo. 



lo6 LA 

Salimos á UQ hermoso y verde prado 
Que recreaba el ánimo y la vista, 
Do estaba en ancho cuadro fabricado 
Un muro de belleza nunca vista, 
De vario jaspe y púríldo escacado, 
Y al fln de cada escaque una amatista ; 
En las puertas de cedro barreadas 
Mil sabrosas historias entalladas. 



Abriéronse en llegando el mago á punto, 
Y en un jardín entramos espacioso 
Do se puede decir que estaba junto 
Todo lo natural y arlifícioso. 
Hoja no discrepaba de otra un punto, 
Haciendro cuadro ó círculo ingenioso ; 
En medio un claro estanque do la fuentes 
Murmurando enviaban sus corrientes. 

No produce natura tantas flores 
Cuando más rica primavera envía, 
Ni tantas variedades de colores 
Como en aquel jardín vicioso había. 
Los frescos y suavísimos olores, 
Las aves y su acorde melodía 
Dejaban las potencias y sentidos 
De un ajeno descuido poseídos. 



ARAUCANA. 

De mi fln y camino me olvidara. 
Según suspenso estuve una gran pieza. 
Si el anciano Fíton no me llamara 
Haciéndome señal con la cabeza. 
Metióme por la mano en una clara 
Bóveda de alabastro que á la pieza 
Del milagroso globo respondía. 
Adonde ya otra vez estado había. 



Quisiera ver la bola, mas no osaba 
Sin licencia del mago avecinarme : 
Mas él que mis designios penetraba, 
Teniendo voluntad de contentarme, 
Asido por la mano, me acercaba, 

Y comenzando él mismo á señalarme 
El mundo me mostró como si fuera 
En su forma real y verdadera. 

Pero para decir por orden cuanto 
Vi dentro de la gran poma lucida, 
Es cierto menester un nuevo canto, 

Y tener la memoria recogida. 

Así, señor, os ruego que entre tanto 
Que refuerzo la voz enflaquecida. 
Perdonéis si lo dejo en este punto. 
Que no puedo deciros tanto junto. 



CANTO XX VIL 



En este caato se pooe ladescripcióa de muchas provincias, montes, ciudades famosa por natura y por 
guerras. Cuéntase también cómo los españoles levantaron un fuerte en el valle de Tucapel ; y cómo 
don Alonso de Ercilla halló á la hermosa Glaura. 



SiEMPKK la brevedad es una cosa 
Con gran razón de todos alabada, 

Y vemos que una plática es gustosa 
Cuanto más breve y menos afectada : 

Y aunque sea la prolija provechosa. 
Nos importuna, cansa, y nos enfada ; 
Que el manjar más sabroso y sazonado 
Os deja, cuando es mucho, empalagado. 

Pues yo que en un peligro tal me veo. 

De la larga carrera arrepentido, 

¿ Cómo podro llevar tan gran rodeo, 

Y ser sabroso al gusto y al oído ? 
Pero aunque de agradar es mi deseo, 
Estoy ya dentro en la ocasión metido ; 
Que no se puede andar mucho en un paso, 
Ni encerrar gran materia en chico vaso. 

Cuando á alguno, señor, le pareciere 
Que me voy en el curso deteniendo, 
El extraño camino considere, 

Y que más que una posta voy corriendo ; 



En todo abreviaré lo que pudiere ; 

V así, á nuestro propósito volviendo. 
Os dije cómo ci indio mago anciano 
Señalaba la poma con la mano. 

Era en grandeza tal que no podrían 
Veinte abrazar el cerco enteramente, 
Donde todas las cosas parecían 
En su forma distinta y claramente. 
Los campos y ciudades so veían, 
El tráfago y bullicio do la gente; 
Las aves, animales,. lagartijas, 
Hasta las más menudas sabandgas. 

El mágico me dijo : Pues en este 
Lugar nadie nos turba ni embaraza, 
Sin que un mínimo punto oculto reste 
Verás del universo la gran traza : [oe««lo, 
Lo que hay del norte al sur, del leste al 

Y cuanto ciñe el mar y el ñire abraza, 
Ríos, montes, lagunas, mares, tierras. 
Famosas por natura y por las guerras. 



CANTO VtGKSlMuSEPTIMO. 



157 



Mira al principio de Asia á Calcedonia ; 
Junto al B458foro en frente de la Tracia, 
A Lidia. Caria, Licia, y Licaonia, 
Á Panfilia, Bitinia, y á Galacia; 

Y Junto al Ponto Euxinio á Paflagonia, 
La llana Capadocia, y la Farnacia, 

Y ia corriente de Eufrates famoso 

Que entra en el mar de Porsia caudaloso. 

Mira la Siria, la Judea, la indina 
Tierra de promisí()n de Dios privada, 

Y a Nazareth dichosa, en Palestina, 
1)0 á María Gabriel dio la embajada : 
Ves las sacras reliquias y ruina 

I)e la ciudad por Tilo desolada 

Do el autor de la vida, escarnecido, 

A vergonzosa muerte fué traído. 

Mira el tendido mar Mediterrano 
Que la Europa del África separa, 

Y el mar Bermejo, en punta, á la otra mano, 
Que abrió Moisés sus aguas con la vara. 
Mira el golfo de Ormuz, y mar Persiano ; 

Y aunque á p'^rtcs la tierra no está clara, 
V^rás hacia la banda descubierta 

Las dos Arabias, Feliz y Desierta. 

Mira á Persia, y Carmania que confina 
Con Susiana, al lado del poniente, 
Donde el forjado acero se fulmina 
De pasta y temple flno y excelente : 
Drangiana, y Gedrosia, que camina 
Hasta el mar de India y ferias del Oriente ; 

Y adelante, siguiendo aquella vía, 
Verás la calurosa Aracosía. 

Dentro y fuera del Gange mira tanta 
Tierra de India, al levante prolongada ; 
Vps el Catai y su ciudad de Canta 
Que sobre el Indo mar está fundada : 
La China, y el Maluco, y toda cuanta 
Mar se extiende del leste, y la apartada 
Trapobana famosa, antiguamente 
Término y fln postrero del Oriente. 

Ves la Hircania, Tartaria, y los Albanos 
Hacia la Trapisonda dilatados, 

Y otros reinos pequeños comarcanos, 
Tributarios de Persia y aliados : 

Los iberos, que llaman georgianos, 

Y los pobres circasos derramados, 
Que su lunada tierra en parte angosta 
Toma del mar Mayor toda la costa. 

Ves el revuelto Cirro caudaloso, 
Que la Iberia y Albania así rodea, 

Y el alto monte Cáucaso fragoso, 
Que nn cumbre gran tierra señorea : 



Mira el reino de Coicos, tan famoso 
Por la isla celebrada de Medea, 
Adonde el trabajado Jasón vino 
En busca del dorado vellocino. 

Mira la grande Armenia, memorable 
Por su ciudad de Tauris señalada : 

Y al sur la religiosa y venerable 
Soltania, §in respeto arruinada 
Por la tártara furia irreparable 

Del grande Taborlan, que de pasada 
Cuanto encontró lo puso por el suelo, 
Cual ira 6 rayo súbito del cielo. 

Mira á Tigris y Eufrates, que poniendo 
Punto á Mesopotamia, en compañía 
Hasta el golfo de Persia van corriendo, 
Dejando á un lado á Egipto y á Suría : 
Ves la Partia y la Media, que torciendo 
Su corva costa abraza al mediodía ; 
El Caspio mar, por otro nombre Ilircano, 
Que en forma oval se extiende al subsolano. 

Mira la Asirla y su ciudad famosa, 
Donde la confusión de lenguas vino 
Que sus muros, labor maravillosa. 
Hizo Semiramis, madre de Niño : 
Donde la acelerada y presurosa 
Muerte á Alejandro le salió al camino, 
Cortándole en su próspera corrida 
El hilo de los hados y la vida. 

Mira en África al sur los extendidos 
Reinos del Preste Juan, donde parece 
Que entre los más insignes y escogidos 
Scova en sus edificios resplandece : 
Tres frutos da en el año repartidos, 

Y tres veces se agosta y reverdece : 
Tiene en veinte y dos grados su postura, 
Al antartico polo por la altura. 

Ves á Gogia y sus montes levantados. 
Que á todos sobrepujan en grandeza, 
Canos siempre de nieve los collados, 

Y abajo peñascales y aspereza, 

Que forman un gran muelle rodeados 
De breñales espesos y maleza. 
Morada de osos, puercos y leones, 
Tigres, panteras, grifos y dragones. 

Destos peñascos ásperos pendientes. 
Llamados hoy el Monte de la Luna, 
Nacen del Ni lo las famosas fuenles, 

Y dellos ríos sin nombre y fama alguna. 
Que aunque tuercen y apartan sus corrientes. 
Se vienen á juntar á una laguna 

Tan grande que sus senosy laderas 
Baten de tres provincias las riberas. 



158 



La AtlAUCANA. 



Á Gogia y Begucmelro* al oriente, 

Y á Dambaya al ponieole ; del cual lado 
Hay islas donde habila mucha gente, 

Y todo el ancho círculo es poblado. 
De aquí el famoso Nilo mansamente 
Nace, y después más grande y reforzado 
Parte á Gogia de Amara, y va tendido 
Sin ser de las riberas restringido. 

Hasta un angosto paso peñascoso 
Que le va los costados estrechando, 
De donde con estrépito furioso 
8e va en las cataratas embocando : 
Después, más ancho, grave y espacioso» 
Llega á Meroé, gran isla, costeando. 
Que contiene tres reinos eminentes, 
En leyes y costumbres diferentes. 

Mira al Cairo« que incluye tres ciudades, 

Y el palacio real de Dultibea, 

Las torres, los jardines y heredades 
Que su espacioso círculo rodea. 
Las pirámides mira y vanidades 
De los ciegos antiguos, que aunque sea 
Señal de sus riquezas la hechura. 
Fué más que el edificio la locura. 

Mira los despoblados arenosos 
De la desierta y seca Libia ardiente, 
Garamanta y los pueblos calurosos 
Donde habita la bruta y negra gente. 
Mira los trogloditas belicosos, 

Y los que baña Gambra en su corriente ; 
Mandingos, monicongos, y los feos 
Zapes, biafras, gelofos y guineos. 

Ves de la costa de África el gran trecho, 
Los puertos señalados y lugares 
De las bocas del Nilo hasta el estrecho 
Por do se comunican los dos mares : 
Apolonia, las Sirtes, y derecho 
Tripol, Túnez, y Junto (si mirares) 
Veras aun las reliquias y el estrago 
De la ciudad famosa de Cartago. 

Mira á Sicilia fértil y abundosa, 
Á Cerdeña y á Córcega de frente, 

Y en la costa de Italia la viciosa 

Tierra que va corriendo hacia el poniente. 
Mira la ilustre Ñapóles famosa, 

Y á Roma, que gran tiempo altivamente 
Se vio del universo apoderada, 

Y de cada nación después hollada. 

Mira en Toscana á Sena y á Florencia 

Y dejando la costa al mediodía, 

Á Bolonia, Ferrara, y la eminencia 
De la isleña ciudad y señoría ^ ; 

!• VcDecia. 



Padua, Mantua, Cremona, y á Placencia ; 
Milán, la tierra y parque de Pavía, 
Adonde en una rota de importancia 
Carlos prendió a Francisco, rey de. Francia. 

Ve á Alejandría, y por Liguria entrando, 
Á la "Soberbia Genova y Saona ; 

Y el Piamonte y Saboya atravesando, 
Á León, á Tolosa y á Bayona ; 

Y sobre el viento Coro volteando, 
Burdeos, Poitiera, Orleáns, París, Perona, 
Flandes,Brabante, Güeldres, Frisia, Holanda, 
Ingalaterra, Escocia, Hibernia ó Irlanda ; 

A Dinamarca, Dacia y á Noruega 

Hacia el mar de Dantisco y costa helada, 

Y á Suecia, que al confín de Gocia llega. 
Que está en torno del mar fortificada, 

De donde á la Zelandia se navega : 

Y mira allá á Grolandia, desviada 
Del solar curso y la zodiaca vía, 

Do hay seis meses de noche y seis de día. 

Mira al norte á Moscovia, que es tenida 
Por última región de lo poblado, 
Que rematan su término y medida 
Las Rifeas montañas del un lado, 

Y de las fuentes de Tañáis tendida 

Llega al monto Hiperbóreo y mar Helado ; 
Confina con Sarmacia y Tartaiía, 

Y corre por el austro hasta Rusia. 

Mira á Livonia, Prusia y Lituania, 

Samogicia, Podolia y á Rusia, 

Á Polonia, Silesia y á Germania, 

A Moravia, Bohemia, Austria y Hungría, 

A Croacia, Moldavia, Transilvania, 

Valaquia, Bulgaria, Esclavom'a, 

Á Macedonia, Grecia, la Morea, 

A Candía, Chipre, Rodas y Judea. 

Mira al poniente á España, y la aspereza 
De la antigua ^'izcaya, de do es fama 
Que depende y procede la nobleza 
Que en aquellas provincias se derrama. 
Ves á Bermoo cercado de maleza. 
Cabeza y primer tronco desta rama, 

Y tu torré do Ercilla sobre el puerto 
De las montañas altas encubierto. 

Ves á Burgos, Logroño y á Pamplona ; 

Y bajando al poniente á la siniestra, 
Zaragoza, Valencia, Barcelona, 

Á León y á Galicia de la diestra. 
Ves la ciudad famosa de Lisbona, 
Coimbra y Salamanca que se muestra 
Felice en todas ciencias, do solía 
Enseñarse también nigromancía. 



CANTO VIGESIMOSEPTIMO. 



159 



Mira á Valladolid, que en llama ardien(o 
iSe irá como la fénix renovando, 

Y á Medina del Campo casi en frente, 
Que las ferias la van más ilustrando. 
Mira á Segovia y su famosa puente ; 

Y el bosque y la Fonfria atravesando, 
Al pardo, y Apanjuez donde Natura 
Vertió todas sus flores y verdura. 

Mira aquel sitio inculto montuoso ^ 
Al pie dol alto puerto algo apartado. 
Que aunque le ves desierto y pedregoso 
Ha de venir en breve á ser poblado : 
Allí el rey don Felipe victorioso, 
Habiendo al Franco en San Quintín domado, 
En testimonio de su buen deseo 
Levantará un católico trofeo ' . 

Será un famoso templo incomparable, 

De suntuosa fábrica y grandeza, 

La máquina del cual hará notable 

Su religioso celo y gran riqueza. 

Será ediflcto eterno y memorable, 

De inmensa majestad y gran belleza, 

Obra, al fin, de un tal rey, tan gran cristiano, 

Y de tan larga y poderosa mano. 

Mira luego á Madrid que buena suerte 
Le tiene el alto cielo aparejada ; 

Y á Toledo fundada en sitio fuerte 
Sobre el dorado Tajo levantada. 
Mira adelante á Córdoba, y la Muerte 
Que airada amenazando está á Granada, 
Esgrimiendo el cuchillo sobre tantas 
Principales cabezas y gargantas ' . 

Mira á Sevilla ; ves la realeza 
De templos, edificios y moradas, 
Kl concurso de gente, y la grandeza 
Del trato de las Indias apartadas, 
Que de oro, plata, perlas y riqueza 
Dos flotas en un año entran cargadas, 

Y salen otras dos de mercancía, 
Con gente, munición y artillería. 

Mira á Cádiz donde Hércules famoso, 
Sobre sus hados prósperos corriendo, 
Fijó las dos columnas victorioso, 
yihU ultra en el mármol escribiendo ; 
Mas Fernando Católico * glorioso, 
Los mojonados términos rompiendo. 
Del ancho y Nuevo Mundo abrió la vía. 
Porque en un mundo solo no cabía. 



Mira por el océano bajando 
Entro el húmido noto y el poniente 
Las islas de Canaria, reparando 
En aquella del Hierro especialmente. 
Que falta de agua, la natura obrando. 
Les aves, animales y la gente 
Beben la que de un árbol se deslila 
En una bien labrada y ancha pila. 

Ves á la banda diestra las Terceras, 
Que están de portugueses ocupadas ; 

Y corriendo al sudueste, las primeras 
Islas que descubrió Colón, pobladas 
De gentes nunca vistas extranjeras, 
Entre las cuales son más señaladas 
Los Lucayos, San Juan, la Dominica, 
Santo Domingo, Cuba, y Jamaica. 

Ves de Bahama la canal angosta , 

Y siguiendo al poniente, la Florida, 
La tierra inútil y torcida costa 
Hasta la Nueva España proseguida, 
Donde Cortés, con no pequeña costa, 

Y gran trabajo y riesgo de la vida. 
Sin término ensanchó por su persona 
Los límites de España y la corona. 

Mira á Jalisco y Mechoacan, famosa 
Por la raíz medicinal que tiene ; 

Y á Méjico abundante y populosa. 
Que el indio nombre antiguo aun hoy retiene, 
Ves al sur la poblada y montuosa 
Tierra que en punta á prolongar se viene, 
Que los dos anchos mares por los lados 
l^a van adelgazando los costados. 

• 

k Panamá y al Nombre de Dios mira. 
Que sus estrechos términos defienden 
Á dos contrarios mares, que con ira 
Romper la tierra y anegar pretenden. 
Ves la fragosa sierra de Capira, 
Cartagena, y las tierras que se extiendon 
De Santa Marta y cabo de la Vela 
Hasta el Lago y ciudad de Venezuela. ; 

Á Bogotá y Cártama, que confina 
Con Arma y Cali, tierra proiohgada, 
Popayan, Pasto, y Quito que vecina 
Está á la equinoccial línea templada. 
Mira allá á Puerto Viejo, do la mina 
De ricas esmeraldas fué hallada, 
Y las tierras que corren por la vía 
Del austro y del voltumo y mcdii-día. 



1. El Escorial. . , „ , 

2. El incomparable monasterio de 8. Lorenio. 

3. Las de ios moriscoa rebelado» cuando el 

autor escribía. ^ . ^ . ^ 

4. En la edición de 1578 decía : Carlot Qutntó 

máj'twu. 



Ves Guayaquil, que abunda do modera 
Por sus espesos montes y sombríos, 
Tumbez, Paita y su puerto, que es primera 
Escala donde surgen los navios : 



160 



L\ ARAUCANA. 



Piura, Loja, la Zarza, y cordillera 
De do nacen y bajan tantos ríos 
Que riegan bien dos rail millas de suelo 
Donde jamás cayó lluvia del cielo. 

Mira los grandes montes y altas sierras 
Bajo )a zona tórrida nevadas, 
Los majos, bracamoros y las tierras 
De incultos chachapoyas habitadas : 
Cajamarcay Trujillo,que en las guerras 
Fueron famosas siempre y señaladas ; 

Y la ciudad insigne de Los Reyes, 
Silla de las audiencias y virreyes : 

Y Guanuco, Guamanga, y el templado 
Terreno de Arequipa, y los mojones 
Del Cuzco, antiguo pueblo y señalado 
Asiento de los ingas y orejones. 
Mira, el solsticio y trópico pasado, 
Del austral Capricornio las regiones 
De varias gentes bárbaras extrañas, 
Loa ríos, lagunas, valles y man tañas. 

Mira allá á Chuquiabo, que metido 
Está á un lado, la tierra al sur marcada, 

Y adelante el riquísimo y crecido 
Cerro de Potosí, que de cendrada 
Plata de ley y de valor subido 
Tiene la tierra envuelta y afamada ; 
Pues de un quintal de tierra de la mina 
Las dos arrobas son de plata fina. 

Ves la villa de Plata la postrera 
Por el levante á la siniestra mano, 

Y atravesando la alta cordillera, 
Calchaqui, Plicomayo yTucomano : 
Los jurres, losdiagoitas y ribera 

De los comechingones, y el gran llano 

Y fructífero término remolo 
Ilasla la fortaleza de Gaboto. 

Ves, volviendo á la costa, los collados 
Que corren por la banda de Atacama, 

Y ia desierta costa y despoblados 

Do no hay ave, animal, hierba ni rama. 
Mira los copiapós, indios granados 
Que de grandes flecheros tienen fama : 
Coquimbo, M apechó, Cauquen, y el río 
De Maule, y el de Itata y Biobío. 

Ves la ciudad de Penco y el pujante 
A rauco, estado libre y poderoso, 
Cañete, la Imperial ; y hacia el levante 
La Villarica, y el volcán fogoso, 
Valdivia, Osorno, el Lago ; y adelante 
Las islas y archipiélago famoso ; 

Y siguiendo la costa al sur derecho, 
Chiloé, Coronados, y el estrecho, 



Por donde Magallanes con su gente 
Al mar del Sur salió desembocando ; 

Y tomando la vuelta del poniente, 
Al Maluco guió noruesteando. 
Ves las islas de Acaca y Zabú en fronte, 

Y á Matan, do murió al fin peleando ; 
Urunei, Dohol, Gílolo, Terrena te, 
Machian, Mutir, Badán, Tidore, y Mate. 

Ves las manchas de tierras, tan cubiertas 
Que pueden ser apenas divisadas. 
Son las que nunca han sido descubiertas. 
Ni de extranjeros píes jamás pisadas ; 
Las cuales estarán siempre encubiertas 

Y de aquellos celajes ocupadas, 
Hasta que Dios permita que parezcan. 
Porque más sus secretos se engrandezcan. 

Y como ves en forma verdadera 
De la tierra la gran circunferencia, 
Pudieras entender, si tiempo hubiera. 
De los celestes cuei*pos la excelencia, 
La máquina y concierto de la esfera. 
La virtud de los astros é infuencia. 
Varias revoluciones, movimientos. 
Los cursos naturales y violentos. 

Mas, aunque quiera yo de parte mía 
Dejarle más contento y satisfecho. 
Ha mucho rato que declina el día, 

Y tienes hasta el sitio largo trecho. 
Así, haciéndome el mago compañía, 
Me trujo hasta ponerme en el derecho 
Camino, do encontré luego mi gente 
Que me andaba á buscar confusamente. 

Llegamos al asiento en punto cuando 
Entraban á la guardia los amigos, 
Donde gastamos tiempo procurando 
Reducir á la paz los enemigos ; 
Unas veces por bien, acariciando. 
Otras por amenazas y castigos, 
Haciendo sin parar corredurías 
Por los vecinos pueblos y alquerías. 

Mas no bastando diligencia en esto, 
Ni las promesas, medios y partidos. 
Que en su primer intento y presupuesto 
Estaban siempre más endurecidos. 
Vista, pues, la importancia de aquel puesto, 
Por estar en la tierra más metidos. 
Con maduro consejo fué acordado 
Sustentar el lugar fortificado ; 

Y proveyendo el esperado daño 
De algunos bastimentos que faltaban. 
Que aunque era fértil y abundante el año, 
< Los campos en cogollo y berza estaban. 



CAiNT-O VIGKSIMOOCtAVu . 



i 01 



Don Mi^el de Velasco y Avendaño, 
Con los que más á punto se hallaban. 
Haciéndoles yo escolta y compañía, 
Tomamos de Cauten la recia vía. 

Aunque con riesgo, sin contraste alguno 
Los peligrosos términos pasamos, 

Y en tiempo aparcado y oportuno 

Á la imperial ciudad salvos llegamos, 
Donde á los moradores de uno en uno 
Con palabras de amor los obligamos 
No sólo á dar graciosa la comida, 
Pero á ofrecer también hacienda y vida. 

Así que, alegres, sin rumor de guerra, 
Con pan, frutas, semillas y ganados, 
Dimos presto la vuelta por la tierra 
De pacíficos indios y alterados ; 

Y al descubrir de la purena sierra 
Hallamos una escolta do ^ol lados, 



Digo do nuestra gente, que venía 
A asegurar la peligrosa vía. 

El sol ya derribado al occidente 
Había en el mar los rayos zabullido, 
Dando la noche alivio á nuestra gente 
Del cansancio y trabajo padecido ; 
Pero al romper del alba, alertamente 
Se comcnzí) á marchar con gran ruido, 
Kl cargado bagaje y el ganado 
De todas las escuadras rodeado. 

( Iba yo en la vanguai'día descubriendo 
Por medio de una espesa y gran quebrada, 
Cuando vi do través salir corriendo 
Una mujer, al parecer turbada ; 
Yo tras ella los prestos pins batiendo, 
Luego de mí caballo fué alcanzada. 
El que saber el fin desto desea 
Atentamente el otro canto loa. 



CANTO XX vm. 



Caen ta GUora sus desdichas y Ib causa de su venida. Asaltaa los araucanos á los españo!es en la 
quebrada de Pareo : pasa eolre eilos uoa recia batdlla : saqueía los enemigos el bagaje : retírause 
alegres aunque desbaratados. 



Quien tiene libre y sosegada vida 
Le conviene vivir más recatado, 
Que siempre es peligrosa la caída 
Del que está del peligro descuidado ; 

Y vemos muchas veces convertida 
La alegre suerte en miserable estado, 
En dura sujcciún las libertades, 

Y tras prosperidad adversidades. 

Es fortuna tan varia, es tan incierta. 
Ya que se muestra alguna vez amiga,^ 
Que no ha llamado el bien á nuestra puerta, 
Cuando el mal dentro en casa nos fatiga ; 

Y pues sabemos va por cosa cierta 

Que nunca hay bien á quien un mal no siga» 
Roguemos que no venga ; y si viniere, 
Que sea pequeño el mal que le siguiere. 

Que yo, de acuchillado en esto, siento 
Que es de temer en parte la ventura ; 
£1 tiempo alegre pasa en un momento, 

Y el triste hasta la muerte siempre dura 

Y porque viene bien á nuestro cuento, 
k la bárbara oíd, que en la espesura 
Alcancé, como os dije, que en su traje 
Mostraba ser persona de linaje. 



Era mochacha grande, bien formada, 
De frente alegre y ojos extremado?, 
Nariz pcrfeta, boca colorada, 
Los dientes en coral fino engastados ; 
Espaciosa de pecho y relevada. 
Hermosas manos, brazos bien sacados. 
Acrecentando más su hermosura 
De un natural donaire y apostura. 

Yo, queriendo saber á qué venía 
Sola por aquel bosque y aspereza, 
Con más seguridad que prometía 
Su bello rostro y rara gentileza 
La aseguré del miedo que' traía, 
La cual dando un sospiro, que á terneza 
Al más rebelde corazón moviera. 
Comenzó su razón en tal manera : 

No sé si ya me queje desdichada, 
O agradezca á los hados y á mi suerte, 
Que me abren puerta y que me dan entrada 
Para que pueda recebír la muerte : 
Pero si ya la historia desastrada 
Quieres saber y mi dolor tan fuerte, 
Que aun le agravia mi poco sentimiento, 
Te ruego que al proceso estés atento. 

n 



16á hfL Atl 

Mi nombre es Glaura,en fuerte hora nacida, 

Hija del buen caciíjue Quílacura, 

De la sangro de Friso esclarecida, 

I^ica de hacienda, pobre de ventura ; 

Respetada de muchos y servida 

Por mi linaje y vana hermosura ; 

Mas ¡ ay de mí ! cuánto mejor me fuera 

Ser una simple y pobre ganadera. 

En casa de mi pndro á mi contento 
Como única heredera yo vivía, 
Que su felicidad y pensamiento 
En sólo darme gusto lo ponía : 
Mi voluntad en lodo y mandamiento 
Como inviolable ley se obedecía, 
No habiendo de contento y gusto cosa 
Que fuese para mí diflcullosa ; 

Mas presto el envidioso amor tirano. 
Turbador del sosiego, adredemente 
Trujo á mi tierra y casa á Kresolano, 
Mozo de fuerzas y ánimo valiente, 
De mi i n felice padre primo hermano, 

Y mucho más amigo que pariente, 
Á quien la voluntad tenía rendida. 

No habiendo entre los dos cosa partida. 

Mi padre, como amigo aficionado, 
Que yo le regalase rae mandaba *; 

Y así yo con llane/a y gran cuidado 
Por hacerle placer lo procuraba : 
Mas él luego, el pivpósito estragado, 
Cuya fidelidad ya vacilaba, 
Corrompió la amistad, salió de tino, 
Echando por ilícito camino. 

Ó fue el trato que tuvo alh' conmigo, 
O, por mejor decir, mi desventura. 
Que ésta sería más cierto, como digo, 
Que no la mal juzgada hermosura, 
Que ingrato al hospedaje del amigo, 
Del deudo y deuda haciendo poca cura. 
Me comenzó de amar y buscar medio 
De dar á su cuidado algún remedio. 

Visto yo que por muestras y rodeo 
Muchas veces su pena descubría, 
Conocí que su intento y mal deseo 
De los honestos límites salía. 
Mas ¡ ay I que en lo que yo padezco veo 
Lo que el mísero entonces padecía ; 
Que á término he llegado al pie del palo 
Que aun no puedo decir mal de lo malo. 

Hallábalo mil veces suspirando 
En mí los engañados ojos puestos ; 
Otras andaba tímido tentando 
Entrada á sus osados presupuesloSi 



AUtíANA. 

Yo, la ocasión dañosa desviando 
Con gravedad y términos honestos. 
Que es lo que más refrena la osadía, 
Sus erradas quimeras deshacía. 

Estando sola en mí aposento un día, 
Temerosa de algún atrevimiento. 
Ante mí de rodillas se ponía 
Con grande turbación y desaliento, 
Diciéndome temblando : ¡ Oh Glaura mía ! 
Va no basta razón ni sufrimiento. 
Ni de fuerza una mínima me queda 
Que á la del fuerte amor resistir pueda. 

Tu, señora, sabrás que el día primero 
De mi felice y próspera venida 
Me trujo amor al término postrero 
Desta penosa y desdichada vida ; 
Mas ya que por tu amor y causa muero. 
Quiero saber si dello eres servida. 
Porque siéndolo tú, no sé yo cosa 
Que pueda para mí ser tan dichosa. 

Viéndfile, al parecer, determinado 
Á cualquiera violencia y desacato. 
Disimuladamente por un lado 
Salí del, sin mostrar algún recato 
Diciéndole de lejos : ¡ Oh malvado, 
Incestuoso, desleal, ingrato. 
Corrompedor de la amistad jurada, 
Y ley de parentesco conservada !... 

Iba estas y otras cosas yo diciendo 
Que el repentino encajo me mostraba. 
Cuando con priesa súbita y estruendo 
Un cristiano escuadrón nos salteaba, 
Que en cerrado tropel arremetiendo, 
Nuestra alta casa en torno rodeaba, 
Saltando Kresolano en mi presencia 
Á la debida y jusU resistencia. 

Diciendo : ¡ Oh fiera tigre endurecida. 
Inhumana y cruel con los humanos ! 
Vuelve, acaba de ser tú la homicida. 
No dejes que hacer á los cristianos : 
Vuelve, verás que acabo aquí la vida, 
Pues no puedo á las tuyas, á sus manos ; 
Que aunque no sea la muerte tan honrosa, 
Á lo menos será la más piadosa. 

Así furioso sin mirar en nada 

Se arroja en medio de la armada gente, 

Donde luego una bala arrebatada 

Le atravesó el desnudo pecho ardiente : 

Cayó, ya la color y voz turbada 

Diciendo : ¡ Glaura I ¡ Glaura I últimamente 

Recibo allá mi espíritu, cansado 

Do dar vida á esto cuerpo desdichado, 



CANTO VIííl 

Llegú mi padre en esto al gran ruido; 
S<5Io armado de esfuerzo y conflnnza ; 
Mas luego en el costñdo fué herido 
De una furiosa y atrevida lanza: 
Cay<5 el cuerpo mortal descolorido ; 
Y vista mi fortuna y mal andanza, 
Por el postigo de una falsa puerta 
Salí, á mi parecer, más que ellos* muerta. 

Acá y allá turbada, al íln por una 
Montaña comencé luosro á emboscarme, 
Dejándome llevar de mi fortuna, 
Que siempre me ha guiado á despeñarme. 
Así que, ya sin tino y senda alguna 
Procuraba ¡cuitada! de alejai'mc 
Que con el gran temor me parecía ; 
Que yendo á más correr no me movía. 

Mas como suele acontecer contino 
Que, huyendo el peligro y mal presente, 
Se suele ir á parar en un camino 
Que nos coge y anega la creciente, 
Así á mí ¡ desdichada ! pues me avino 
Que, por salvar la vida impertinente, 
De un mal en otro mal, de lance en lance 
Vine á mayor peligro y mayor trance, 

Iba, pues', siempre ; mísera ! corriendo 
Por espinas^ por zarzas, por abrojos. 
Aquí y allí, y acá y allá volviendo 
Á cada paso los atentos ojos, 
Cuando por unos árboles saliendo 
Vi dos negros cargados de despojos, 
Que luego en el instante que me vieron 
A la mísera presa arremetieron. 

Fui dellos prestamente despojada 
De todo cuanto allí venía vestida, 
Aunque yo ¡triste ! no estimaba en nada 
£1 perder los vestidos y la vida : 
Pero el honor y castidad preciada 
Estuvo á punto ya de ser perdida ; 
Mas mis voces y quejas fueron tantas 
Que á lástima y piedad movía las plantas. 

U9<5 el cielo conmigo de clemencia 
Guiando á Cariolan á mis clamores. 
Que visto el acto inorme y la insolencia 
De aquellos enemigos violadores. 
Corrió con provechosa diligencia 
Diciendo : Perros, bárbaros, traidores. 
Dejad, dejad al punto la doncella, 
Sino la vida dejareis con ella. 

Fueron sobro él los dos en continente ; 
Mas él, flechando el arco que traía, 
Al más adelantado y diligente 
La flecha hasta las plumas le escondía : 



ÉSIMÜOCTAV). 103 

IIízosc atrás dos pasos diestramente, 

Y al otro la sogunda flecha envía 
Con brújula tan cierta y diestro tino, 
Que al bi'ulo corazón halló el camino. 

Cayó muerlo, y el otro mal herido 
Cerr»^ con ól furioso y emperrado; 
Mas Cariolan, valiente y prevenido, 
Kn la arlo de la lucha ejercitado, 
Aunque el negro era grande y muy fornido, 
De su destreza y fuerzas ayudado, 
Alzándole f-n los brazos hacia el ciclo 
Le Irabuct'i de espaldas en el suelo, 

Y sacando una diga acicalada. 
Queriendo á hierro rematar la cuenta, 
Por el desnudo vientre y por la ¡jada 
Tres veces la metió y sacó sangrienta ; 
lluvi» por allí la alma acelerada, 

Y libre Cariolan de aquella afrenta 
Se vino para mí con gran crianza 
Pidiéndome perdón de la tardanza. 

Supo decir allí tantas razones, 
Haciendo Amor coamigo así el oficio, 
Que medrosa do andar cu opiniones, 
Que es ya dolencia de honra y ruin indicio, 
Por evitar, al fin, niormuracíones, 

Y no mostrarme in^'rata al beneficio 
En tal sazón y tiempo recibido, 
Le lomé por mi guarda y mí marido ; 

Y temiendo que genio acudiría. 
Por el espeso bostiue nos mclimos. 
Donde, sin rastro ni señal de vía, 
Un gran rato perdidos nndiivinios; 
Pero, señor, al declinar del día, 
A la ribera de Lauqu^'-n salimos, 
Por do venía una escuadra de cristianos 
Con diez indios, atrás prcsi's las manos. 

Descubriéronnos súbito en saliendo, 
Que en todo, al fin, nos perseguía la suerte, 
Sobro nosotros de tropel corriendo, 
¡ Aguarda 1 ¡ aguarda I ; ten I gritando fucrlc ; 
Pero mi nuevo esposo allí, temiendo 
Mucho más mi deshonra que su muerte, 
Me rogó que en el bosque me escondiese, 
Mientras que él con morir los detuviese. 

Luego el temor, á trastornar bastante 

Una flaca mujer inadvertida. 

Me persuadió, ponirndome dcl.iule 

La horrenda muerte y la estimada vida : 

Así, cobarde, tímida, inconstante, 

A los primeros ímpetus rendida, 

Me entré, viéndolos cerca, á tuda priesa 

Por lo más agrio de )a selva espesa, 



\CÁ 



ÍA AtiALCANA. 



Y en lo hueco de un IroDCO, que tejido 
IJe zarzas y maleza en torno estaba, 
Me escondí sin aliento ni sentido, 

Que aun apenas de miedo resollaba, 
1)0 donde escuchó luego un gran ruido, 
Que el bosque cerca y lejos atix^naba, 
De espada?, lanzas y tropel de gente, 
Como que combatiesen fuertemente. 

Fué poco á poco, al parecer, cesando 
Aquel rumor y grita que se oía, 
Cuando la obligación ya calentando 
La sangre que el temor helado había, 
Revolví sobre mí, considerando 
La maldad y traición que cometía 
Kn no correr con mi marido á una 
Un peligro, una muerte, una fortuna. 

Salí de aquel lugar, que á Dios pluguiera 
Que en él quedara viva sepultada, 
Corriendo con presteza á la ribera 
Adonde lo d(gé, desatinada : 
Mas cuando no vi rastro ni manera 
De le poder hallar, sola y cuitada. 
Podrás ver qué sentí ; pues era cierto 
Que no pudo escapar de preso ó muerto. 

Solté ya sin temor la voz en vano, 
Llamando al sordo cielo injusto y crudo; 
Preguntaba : ¿ dó está mi Cariolano Y 

Y todo al responder lo hallaba mudo. 
Ya entraba en la espesura, ya á lo llano 
Salía corriendo, que el dolor agudo, 

Kn mis entrañas siempre más furioso, 
No me daba momento de reposo. 

No te quiero cansar ni lastimarme 
En decirte las bascas que sentía: 
No sabiendo qué hacer ni aconsejarme. 
Frenética y furiosa discurría : 
Muchas veces propuse do matarme, 
Mas por torpeza y grun maldad tenía 
Que aquel dolor en mí tan poco obrase 
Que á quitarme la vida no bastase. 

El tanta pena y confusión envuelta. 
Di contrarios y dudas combatida, 
Al cabo ya de le buscar resuelta, 
Pues no daba el dolor Ün á mi vida, 
Hacia el campo español he dndo vuelta. 
De noche y desde lejos escondido, 
Por el honor, que mal me le asegura 
Mi poca edad y mucha desventura. 

Y teniendo noticia que esta gente 
Era la vuelta de Cauten pasada. 
También que había de sor forzosamente 
Por este pa90 c«trocbo la tornaos, 



Me dispuse á venir cubiertamente. 
Pensando que entre tantos disfrazada 
Alguna nueva ó rastro hallaría 
Desto que la Fortuna me desvía. 

¿ Qué remedio me queda ya captiva, 

bujeta al mando y voluntad ajena, 

Que, para que mayor pena reciba. 

Aun la muerte no viene, porque es buena ? 

Pem aunque el cielo criíel quiera que viva, 

Al fin me ha do acabar ya tanta pena ; 

Hien que el estado en que me toma es fuerte. 

Mas nadie escoge el tiempo de su muerte. 

Asi la bella joven lastimada 
Iba sus desventuras recontando. 
Cuando una gruesa bárbara emboscada 
Que estaba á los dos lados aguardando, 
Alzó al cielo una súbita algarada 
Las salidas y pasos ocupando. 
Creciendo indios así que parecían 
Que de las hierbas bárbaros nacían, 

Llegó al instante un yanacona mío, 
(lanado no había un mes en buena guerra, 
Diciéndome : Señor, échate al río. 
Que yo te salvaré que sé la tierra. 
Que pensar resistir es desvarío 
Á la gente que cala de la sierra ¡ 
Bien puedes ! oh señor ! de mí liarte, 
Que me verás morir por escaparte. 

Yo, que al mancebo el rostro revolvía 
Á agradecer la oferta y buen deseo. 
Vi á Glaura que sin tiento arremetía 
Diciendo : ¡ Oh justo Dios! ¿qué es lo que veo? 
¿Eres mi dulce esposo? ¡ ay vida mía ! 
En mis brazos te tengo y no lo creo ; 
¿ Qué es esto, estoy soñando ó estoy despierta ? 
¡Ay! que tan grande bien no es cosa cierta. 

Vo, atónito de tal acaecimiento. 
Alegre tanto del como admirado, 
Visto de Glaura el mísero lamento 
En felice suceso rematado. 
No habiendo allí lugar de complimiento, 
Por ser revuelto el tiempo y limitado. 
Dije : Amigos, adiós ; y lo que puedo, 
Que es daros libertad, yo os la concedo. 

Sin otro ofrecimiento ni promesa 
Piqué al cabíillo, que salió ligero. 
Pero aunque más los indios me den priesa, 
Quiero, señor, que aquí sepáis primero 
Cómo á la entrada de la selva espesa 
Cariolan vino á ser mi prisionero. 
Cuando medrosa de perder la vida 
£a el troaco qued($ Glaura escondida* 



CANTO VlGRSlMOOfíTAVO. 



163 



feabéd, sacro señor» <}U6 yo venía 
(uoa alganos amigos y soldados» 
Después de haber andado todo el día 
En busca de enemigos desmandados ; 
Mas ya que á nuestro asiento me volvía 
Con diez prisiones bárbaros atados, 
A la entrada de un monte y fin de un llano 
Descubrimos muy cerca á Cariolano. 

Corrió luego sobre él toda la gente, 
Pensando que alas le prestara el miedo ; 
Pero con gran desprecio y alta ícente. 
Apercibiendo el arco, estuvo quedo : 
Llegando, pues, á tiro, diestramente 
Hirió á Francisco Osorio y Acebedo, 
Arrancando una daga, desenvuelto 
El largo manto al brazo ya revuelto. 

Tanta fué la destreza, tanta el arle 
Del temerario bárbaro araucano. 
Que no tué el gran tropel de gente parte 
Á que dejare un sólo paso el llano ; 
Que, saltando de aquella y desta parte ; 
Todos los golpes hizo dar en vano. 
Unos hurlando el cuerpo desmentidos. 
Otros del manto y daga rebatidos. 

Yo, que ver tal batalla no quisiera, 

Al animoso mozo aflcionado. 

En medio me lancé diciendo : Afuera, 

Caballeros, afuera, haceos á un lado, 

Que no es bien que el valiente mozo muera, 

Antes merece ser remunerado ; 

Y darle así la muerte ya sería 

No esfuerzo ni valor, mas villanía. 

Todos se detuvieron conociendo 

Cuan mal el acto infame les estaba ; 

Sólo el indio no cesa, pareciendo 

Que de alargar la vida le pesaba : 

Al fin, la daga y paso recogiendo, 

Pues ya la cortesía le obligaba, 

Vuelto hacia mí me dijo : ¿ Qué te importa 

Que sea mi vida larga ó que sea corta ? 

Pero de mí será reconocida 
La obra pía y voluntad humana, 
Pía por la intención, pero entendida. 
Puede decirse impía é inhumana ; 
Que á quien ha de vivir mísera vida 
No le puede estar mal muerte temprana : 
Así que, en no matarme, como digo, 
Cruel misericordia usas conmigo. 

Mas, porque no me digan que ya niego 
Haber do li la vida recebido, 
Mn ptmgo en tu poder, y así me entrego 
Á mi fortuna mísera rendido. 



Esto dicho, la daga arrojó luego 
Doméstico el que indómito había sido» 
Quedando desde allí siempre conmigo» 
No en flgura de siervo, mas de amigo. 

Ya el ejercicio y belicoso estruendo 
De las armas y voces resonaban ; 
unos van en montón allá corrieodo» 
Otros acá socorro demandaban. 
Era la senda estrecha, y no pudiendo 
Ir atrás ni adelante, reparaban 
Que el bagaje, la chusma y el ganado 
Tenía impedido el paso y ocupado. 

Es el camino de Purén derecho 
Hacia la entrada y paso del estado; 
Después va en forma oblica largo trocho 
De dos ásperos cerros apretado ; 
Y vienen á ceñirle en tanto estrecho 
Que apenas pueden ir dos lado á lado. 
Haciendo aun más angosta aquella vía 
Un arroyo que lleva compañía. 

Así á trechos en partes del camino 
Revueltos unos y otros voceando 
Andaban en confuso remolino 
La tempestad de tiros reparando. 
No basta de la pasta el temple fino ; 
Grebas, petos, celadas abollando 
La furia que zumbaba á la redonda 
De galga, lanza, dardo, flecha y honda. 

Unos al suelo van descalabrados 
Sin poder en las sillas sostenerse; 
Otros, cual rana ó sapo, aporreados 
No pueden aunque quieren removerse; 
Otros á gatas, otros derrengados. 
Arrastrando procuran acogerse 
Á algún reparo ó hueco de la senda. 
Que da aquel torbellino los deQenda; 

Que en este paso estrecho el enemigo, 
La gente y munición por orden puesta, 
Tenía á nuestros soldados, como digo, 
De ventaja las piedras y la cuesta, 
Donde puedo afirmar como testigo 
Que era la lluvia tan espesa y presta 
De las piedras, que cierto parecía 
Que el cerro á bajeen piezas se venía. 

Como cuando se ve el airado cielo 
De espesas nubes lóbregas cerrado 
Querer hundir y arruinar el suelo. 
De rayos, piedra y tempestad cargado; 
Las aves mata en medio de su vuelo. 
La gente, bestias, lleras y ganado 
Buscan corriendo, acá y allá perdidas. 
Los reparos, defensas y guaridas ; 



166 



LA ARAUCANA. 



Así los españoles eonstreñidof 
De aquel granizo y tempestad furiosa» 
Buscan por todas partos mal heridos 
Algún árbol <5 peña cavernosa, 
Do reparados algo y defendidos, 
Con la virtud antigua generosa, 
Cobrando nuevo esfuerzo y esperanza, 
Á la victoria aspiran y venganza ; 

Y desde allí con la presteza usada, 
Las apuntadas miras asestando, 
Les comienzan á dar una rociaTla, 
Muchos en poco tiempo derribando, 
Ya por la áspera cuesta derrumbada 
Venían cuerpos y ponas volteando 
Con un furor terrible y tan extraño 
Que muertos aun hacían notable daño. 

Así andaba la cosa, y entre tanto 
Que en esta estrocha plaza peleaban, 
Con no menor revuelta al otro canto 
Donde mayores voces i*esonaban 
be habían los indios desmandado tanto 
Que ya el bagaje y cargas saqueaban, 
Haciendo grande riza y sacrificio 
En la gente de guainia y de servicio. 

Quien con carne, con pan, fruta ñ pescado, 
Sube ligeramente á la alta cumbre; 
Quien de petaca 6 de fardel cargado 
Corre sin embarazo y pesadumbre; 
De alto y bajo, de uno y otro lado, 
Al saco acude allí la muchedumbre, 
Cual banda de palomas en verano 
yuelc acudir al derramado grano. 

\'ióndonos ya vencidos sin remedio 
Por la gran multitud que concurría, 
Procuré de tentar el postrer medio 
Que en nuestra vida y salvación había : 

Y así, rompiendo súbito por medio, 
De la revuelta y empachada vía. 
Llegué do estaban hasta diez soldados 
En un hueco del monte arrinconados, 

Dicicndoles el punto en que la guerra 
Andaba de ambas parles tan reñida 
Que, ganada la cumbre de la sierra. 
La victoria era nuestra conocida ; 
l^orquo toda la gente de la tierra 
Andaba ya en el .saco eml)ebccida, 

Y sólo en ver así ganado r»l alto 
Los ba3lai>a á vencer el sobresalto. 

Luego, resueltos á morir de hecho, 
Todos los once juntos de cuadrilla 
Los caballos echamos al repecho, 
Cada cual soliviado alto en lu silla : 



Y aunque el fragoso cerro era derecho. 
Por la tendida y áspera cuchilla 
Llegamos á la cumbre deseada, 

De breña espesa y árboles poblada. 

Saltamos á pie todos al momento, 
Que ya allí los caballos no prestaban, 
Que llenos de sudor, faltos de aliento, 
No pudiendo moverse, ijadeaban : 
Donde sin dilación ni impedimento, 
Al lado que los indios más cargaban, 
En un derecho y gran derrumbadero 
Nos pusimos á vista y caballero. 

Dándoles una carga de repente 
De arcabuces y piedras, que os prometo 
Que aunque llevó de golpe mucha gente, 
Hizo el súbito miedo más efeto : 

Y así, remolinando torpemente. 

Les pareció, según el grande aprieto, 
Moverse en contra dellos cielo y tierra, 
Viendo por alto y bajo tanta guerra. 

Luego con animosa confianza 
En nuestra ayuda algunos arribaron, 
Que deseosos de áspera venganza. 
El daño y medio en ellos aumentaron ' 
Tanto que ya, perdida la esperanza, 
A retirarse algunos comenzaron. 
Poniendo prestos pies en la huida, 
Kemedio de escapar la ropa y vida. 

Cuál por aquella parle, cuál por esta, 
Cargado de farda 1 ó saco, guía ; 
Cuál por lo más espeso do la cuesta 
Arrastrando el ganado se metía : 
Cuál con hambre y codicia deshonesta, 
Por sólo llevar más se detenía, 
Costando á más de diez allí la vida 
La carga y la codicia desmedida. 

Así la flesta se acabó, quedando 
Saqueados en parte y vencedores, 
La victoria y honor solemnizando 
Con trompetas, clarines y alambores^ 
Al rumor de las cuales caminando, 
Con buena guardia y diestros corredores. 
Llegamos al real todos heridos, 
Donde fuimos con salvas recebidos. 

Los bárbaros á un tiempo retirados 
Por un áspero risco y monto espeso 
Se fueron á gran paso, consolados 
Con el sabroso robo, del suceso, 
Y á donde estaba el general llegados, 
Que, sabido el desorden y el exceso 
Que rindió la victoria al enemigo, 
Hizo de alguno.s ejemplar castigo. 



CANTO VÍGESniONONO. 



167 



Y habiendo «a Talcamávida juntado 
Del destrozado campo el remanente , 
Á consultar las cosas del estado 
Llamó á la principal y digna gente; 



Donde , despuiis de haber allí tratado 
De lo más importante y conveniente , 
Les dijo libremente todo cuanto 
Podrá ver quien leyere el otro canto. 



CANTO XXIX. 

Entran loa araoeanos en nuevo centejo : tratan de quemar sus haciendas. Pide Tueapel que 
se cumpla el campo que tiene aplazado con Rengo : combaten los dos en estacado brava y 

anímnaamAnf A 



animosamente. 

; Oh cuánta fuerza tiene , oh cuánto incita 
£1 amor de la patria, pues hallamos 
Que en razón nos obliga y necesita 
Á que todo por él lo pospongamos ! 
Cualquier peligro y muerte facilita , 
Al padre » al hijo, á la mujer dejamos 
Cuando en trabajo nuestra patria vemos , 

Y coma á más parienla la acorremos. 

Buen testimonio deslo nos han sido 
Las hazañas do antiguos señaladas, 
Que por la cara patria han convertido 
En sus mismas entrañas las espadas, 

Y su gloriosa fama han exlendido 
Las plumas de escritores celebradas 
Mario, Casio, Filón, Codro ateniense, 
Scebóla, Agesilao y el U tícense. 

Entrar, pues, en el número merece 
Esta araucana gente que, con tanta 
Muestra de su valor y ánimo, ofrece 
Por la palria al cuchillo la garganta; 

Y en el firmo propósito parer^e 
Que ni rigor de hado y toda cuanta 
Fuerza pone en sus golpes la Fortuna 
En los ánimos hace mella alguna : 

Que habiendo en solos tres meses perdido 

Cuatro grandes batallas de importancia , 

No con ánimo triste ni abatido. 

Mas con valor grandísimo y constancia , 

Estaban, como atrás habéis oído, 

En consejo do guerra haciendo instancia 

En darnos otro asalto ; mas la mano 

Tomó diciendo así Caupolicano : 

(-onviene ¡oh gran senado ruiiginso I 
Que vencer ó morir dclerminem'is , 

Y en sólo nuestro brazo valoroso 
Como último n'medio conüemos : 
Las casas, ropa y muoblc infrutuoso 
Que al descanso nos llaman abrasemos, 
Que habiendo de morir lodo nos sobra , 

Y todo con vencer después se cobra. 



Es necesario y justo que se entienda 
La grande utilidad que desto viene ; [da 
Que no es bien que haya asiento en la hacien* 
Cuando el honor aun su lugar no tiene : 
Ni es razón que soldado alguno atienda 
A más de aquello que á vencer conviene : 
Ni entibie las ardientes voluntades 
El amor de las casas y heredades. 

Así que, en esta guerra tan reñida 
Quien pretende descanso, como digo. 
Pienso que no hay más honra, hacienda y 
De aquella que quitare al enemigo; [vida 
Que la virtud del brazo conocida 
Será el rescate y verdadero amigo. 
Pues no ha de haber partido ni concierto 
Sino sólo matar ó quedar muerto. 

Oído allí por los caciques esto. 
Muchos suspensos sin hablar quedaron, 

Y algunos dcllos con turbado gesto , 
Enarcando las cojas, se miraron; 
Pero rompiendo aquel silencio puesto 
Sobre ello un ralo dieron y tomaron. 
Hallando en su favor tantas razones 
Que se llevó tras sí las opiniones. 

Así el valiente Ongolmo , no esperando 
Que otro en tal ocnsión le precediese , 
Aprueba á voces la demanda , instando 
En que por obra luego se pusiese, 
í^iguió este parecer Purén, jurando 
De no entrar en poblado hai^ta que viese 
Sin medio ni concierto, á fuerza pura. 
Su patria en libertad y paz segura. 

Lincoya y Caniomangue, pues, no fueron 
En jurar el decreto perezosos , 
Que aun más de lo posible prometieron , 
Según eran gallardos y animosos. 
También Hengo y Gualcmo so ofri-cicron, 

Y los demás caciques orgullosos , 
Talcaguan, Lemnlemo y Orompello; 
Hasta el buen Colocólo vino en ello. 



168 



LA ARAUCANA. 



He8ueli08| pues, én eslo, y decretado 
Según que aquí lo habernos referido, 
Tucapelo, que á todo había callado 
Con gran sosiego y con atento oído, 
Después del alboroto sosegado 

Y aquel arduo negocio dcflnido, 
Puesto en pie levantó la voz ardiente, 
Que jamás hablar pudo blandamente, 

Diciendo : Capitanes, yo el primero 
En lo que el general propone vengo 
Por parecerme justo ; y así quiero 
Que se abrase y asuele cuanto tengo : 
En lo demás, al brazo me refiero , 
Que si un mes en su fuerza lo sostengo, 
Pienso escoger después á mi contento 
El mayor y mejor repartimiento. 

Y sí algún miserable no concede 
Lo que tan justamente le es pedido, 
Por enemigo de la patria quede, 

Y del militar hábito excluido; 

Que ya por nuestra parte no se puede 
Venir á ningún medio ni partido , 
6in dejar de perder, pues la contienda 
Es sobre nuestra libertad y hacienda. 

Asi que, yo también determinado 
De seguir vuestros votos y opiniones , 
Aunque parece en tiempo tan turbado 
Que muevo nuevas causas y cuestiones, 
Del natural honor estimulado, 

Y por otras legítimas razones, 

No puedo ya dejar por ningún arte 

De echar del todo un gran negocio á parte. 

Ya tendréis en memoria el desafío 
Que Rengo y yo tenemos aplazado ; 
Asimismo el que tuve con su tío, 
Que quiso más morir desesperado : 
Viendo el gran deshonor y agravio mío, 

Y cuanto á mi pesar se ha dilntcido, 
Quiero, sin esperar á más rodeo, 
Cumplir la obIig«ición y mi deseo ; 

Que asaz gloria y honor Rengo ha ganado 
Entro todas las gentes , pues se trata 
Que conmigo ha de entrar en estacado, 

Y así vanaglorioso lo dilata : 
Mas yo, de tanta dilación cansado, 
Pues que cada ocasícín lo desbarata. 
Pido que nuostro campo se fone/.en, 
Que no es bien que mi crédito padezca : 

Que ya Petoí^iiolon, aslulamonto, 
Con aparencia de ánimo ongañosa, 
A morir so orroj»» entre tanta trente, 
Por parcccrlc muerte más piadosa : 



Y así se rae escapd mamosamente, 
Que fué puro temor y no otra cosa ; 
Pues si ambición de gloria le movierai 
De mi brazo la muerte pretendiera. 

También Rengo, de industria, cauteloso, 
Anda en los enemigos muy metido 
Buscando algún estorbo ó modo honroso 
Que lo excuse cumplir lo prometido ; 

Y debajo de muestra de animoso 
Procura de quedar manco ó tullido, 

Y para combatir no habilitado. 
Glorioso con me haber desafiado. 

Así hablaba el bárbaro arrogante, 
Cuando el airado Rengo echando fuego, 
Sin guardar atención se hizo adelante, 
Diciendo : La batalla quiero luego. 
Que ni tu muestra y fanfarrón semblante 
Me puede á mí causar desasosiego ; 
Las armas lo dirán, y no razones 
Que son de jactanciosos baladrones. 

Arremetiera Tucapel, si en esto 
Ca>ipolican, que á tiempo se previno, 
Con presta diligencia en medio puesto, 
La voz no le atajara y el camino : 

Y con severa muestra y grave gesto, 
Reprehendiendo el loco desatino. 
Por rematar entre ellos la porfía 
Concedió á Tucapel lo que pedía. 

Pues el campo y el plazo señalado. 
Que fué para de aquel en cuatro días, 
Nacieron en el pueblo alborazado 
Sobre el dudoso fin muchas porfías : 
Quién apostaba ropa, quien ganado, 
Quién tierras de labor, quien granjerias ; 
Algunos, que ganar no deseaban, 
Las usadas mujeres apostaban. 

Cercaren una plaza de tablones 
En un exento y descubierto llano 
Donde los dos indómitos varones 
Armados combatiesen mano á mano. 
Publicando en pregón las condiciones 
Por el estilo y término araucano, 
Para que á todos manifiesto fuese, 
Y ninguno ignorancia pretendiese. 

Llegado el plazo, al despuntar del día 
(\m gran gozo de muchos esperado, 
Luego la bulliciosa compañía 
Comen//) á rodear el estacado. 
Era tal ol aprieto que no había 
-írbol, pared, ventana ni tejado 
De dondo descubrirse algo pudiese 
Que cubierto de gente no estuviese. 



CANTO VI6ESIM0NON0. 



169 



El sol algo encendido y perezoso 
Apenas del oriente había salido, 
Cuando por una parle el animoso 
Tucapel asomó con gran ruido; 
Por otra pues, no menos orgulloso, 
AI mismo tiempo aparecer se vido 
El fantástigo Rengo muy gallardo. 
Ambos con ílera muestra y paso tardo. 

Las robustas personas adornadas 
De fuertes petos dobles relevados. 
Escarcelas, brazales y celadas. 
Hasta el empeine do los pies armados : 
Mazas cortas de acero barreadas, 
Gruesos escudos de metal herrados 
Y al lado Izquierdo cada! cual ceñido 
Un corvo y ancho alfanje guarnecido. 

Tenía, señor, la plaza ¿ cada parte 
Puertas como palenque de torneo, 
Por las cuales el uno y otro Marte 
Entran en ancho círculo y rodeo. 
Después que con vistoso y gentil arte 
8a término acabaron y paseo. 
Airoso cada cual quedó á su lado 
Dentro de la gran plaza y estacado. 

Hecho por los padrinos el oficio 
Cual se requiere en actos semejantes, 
Quitando todo escrúpulo y indicio 
De ventaja y cautelas importantes, 
Cesó luego el estrépito y bullicio 
En todos los atentos circunstantes, 
Oyendo el son de la trompeta en esto, 
Que robó la color de más de un gesto. 

Luego los dos famosos combatientes. 
Que la tarda señal sdlo atendían, 
Con bizarros y airosos continentes 
En paso igual á combatir movían, 

Y descargando á un tiempo los valientes 
Brazos, de tales golpes se herían, 

Que estuvo cada cunl por una pieza 
Sobre el pecho inclinada la cabeza. 

Hedoblan los segundos de manera 
Que, aunque fueron pesados los primeros, 
Sí tal reparo y prevención no hubiera, 
\o llegara el combate á los terceros. 
;. Quién por estilo i^ual decir pudiera 
El furor destos bárbaros guerreros, 
Viendo el valor del mundo en ellos junto, 

Y la encendida cólera en su punto ? 

Fué de tal golpe Tucapel cardado 
Sobre el escudo en medio de la frente, 
Que quedó por uií ralo embelesado, 
Suspensos los sentidos y la mente. 



Llegó Rengo con otro apresurado, 
Pero salió el efecto diferente. 
Que el estruendo del golpe y dolor ñero 
Le despertó del sueño del primero. 

Serpiente no se vio tan venenoso 
Defendiendo á los hijos en su nido, 
Como el airado bárbaro furioso, 
Más del honor que del dolor sentido : 
Así fuera de término rabioso. 
De soberbia diabólica movido. 
Sobre el gallardo Rengo fué en un punto, 
Descargando la rabia y maza junto. 

Salióle al fiero Rengo favorable 
Aquel furor y acelerado brío, 
Que la ferrada maza irreparable 
El grueso extremo descargó en vacío : 
Fué el golpe, aunque furioso, tolerable 
Quitándole la fuerza el desvarío, 
Que á cogerle de lleno, yo creyera 
Que con él el combate feneciera . 

Mas, aunque fué al soslayo, el araucano 
Se fué un poco al través desvaneciendo ; 
Al fin puso en el suelo la una mano. 
Sostener la gran carga no pudiendo ; 
Pero viendo el peligro no liviano, 
Sobre el fuerte contrario revolviendo. 
Con su desenvoltura y maza presta 
Le vuelve aun más pesada la respuesta. 

Era cosa admirable la fiereza 
De los dos en valor al mundo raros, 
La providencia, el arte, la destreza, 
Las entradas, heridas, y reparos. 
Tanto, que temo ya de mi torpeza 
No poder por sus términos contaros 
La más reñida y singular batalla 
Que en relación de bárbaros se halla. 

Así el fiero combale igual andaba, 

Y el golpear de un lado y de otro espeso, 
Que el más templado golpe no dejaba 
De magullar la carne ó romper hueso. 
El airo cerca y lejos retumbaba 

Lleno de estruendo y de un aliento grueso. 
Que era tanto el rumor y balería 
Que un ejército grande parecía. 

Dio el fuerte Rongo un golpe á Tucapelo, 

Batiéndole dt* suerte la celada 

Que vio lleno de estrellas lodo el suelo, 

Y la cabeza le qu3d > atronada; 

Pero en sí vuelto, blasfemando al ciclo, 
Con aquella pujanza aventajada, 
Hirió tan presto á Hongo al desviarse 
Que no tuvo lugar de lepararsc. 



170 



Cayd el pesado golpe en descubierto, 
Cargando á Rengo tanto la cabeza 
Que todos le tuvieron ya por muerto, 

Y estuvo adormecido una gran pieza ; 
Mas del mismo peligro al fin despierto 
La abollada celada se endereza, 

Y sobre Tucapel furioso aguija, 
Que la maza rompió por la manija. 

Mas, viéndole sin maza en esta guerra, 
Que en dos trozos saltó lejos quebrada. 
La suya con desprecio arroja en tierra, 
Poniendo mano á la fornida espada. 
En esto Tucapel otra vez cierra, 
La suya fuera en alto levantada ; 
Mas Hengo hurtando el cuerpo á la una mano 
Hizo que descargase el golpe en vano. 

Llegó el cuchillo al suelo, y gran pedazo. 
Aunque era duro, en él quedó enterrado, 

Y en este impedimento y embarazo 
Fué Tucapel herido por un lado, 

De suerte que el siniestro guarda brazo 
Con la carne al través cayó corlado, 

Y procurando segundar no pudo, 
Que vio calar el gran cuchillo agudo. 

Debajo del escudo recogido 
Hongo el desaforado golpe espera. 
El cual fué en pedazos dividido 
Con la cresta de acero y la mollera : 
El bárbaro qued») desvanecido, 

Y por poco en suelo se tendiera ; 
Mas el esfuerzo raro y ardimiento 
Venció al grave dolor y desatiento. 

No por esto medroso se relira, 
Antes hacer cruda venganza piensa, 

Y así lleno de rabia, ardiendo en ira. 
Acrecentada por la nueva ofensa, 
Furioso de revés un golpe tira 

Con la extrema pujan/.a y fuerza inmensa, 
Que á no topar tan fuerle la armadura 
Le dividiera en dos por la cintura. 

Metióse tan á dentro que no pudo 

Salir del enemigo ya vecino, 

Por lo cual, arroj^uido el roto escudo, 

Valerse de los brazos le convino, 

Tucapel, que robusli) era y membrudo, 

Al mismo tiempo le salió al camino, 

Echándole los suyos de manera 

Que un grueso y duro roble deshiciera. 

Pero topó con Hcntro, quo ninguno 
Le lleva ventaja en la braveza, 
De diez, do sois, de dos él era el uno 
De más agilidad y fortaleza. 



LA AftAüCANA. 

Llegados á las presas, eada uno 
Con viva fuerza y con igual destreza 
Tientan y buscan de una y de otra parte 
El modo de vencer la industria y arte. 



Así que, pecho á pecho forcejando, 
Andaban en furioso movimiento, 
Tanto los duros brazos anudando 
Que apenas rccebir pueden aliento; 
Y al arte nuevas fuerzas ayuntando, 
Aspira cada cual al vencimiento, 
Procurando por fuerza, como digo, 
De poner en el suelo al enemigo. 

Era, cierto, espectáculo espantoso. 
Verlos tan recia y duramente asidos, 
Llenos de sangre y de un sudor copioso 
Los rostros y los ojos encendidos : 
El aliento ya grueso y presuroso, 
El forcejar, gemir, y los ronquidos, 
Sin descansar un punto en lodo el día, 
Ni haber ventaja alguna ó mejoría. 

Mas Tucapel, ardiendo en viva saña, 
Teniéndose por flojo y afrentado, 
Ara y revuelve toda la campaña, 
Cargando recio desle y de aquel lado. 
Rengo con gran destreza y cauta maña, 
E^ecogido en su fuerza y reportado, 
Su opinión y propósito sostiene 

Y en igual esperanza se mantiene. 

Viendo, pues, al contrario algo metido, 
Le quiso rebatir el pie derecho; 
Mas Tucapel, á tiempo recogido, 
Lo suspende de tierra sobre el pecho, 

Y entre los duros músculos ceñido 

Le estremece, sacude y tiene estrecho. 
Tanto que con el recio apretamiento 
No le deja tomar tierra ni aliento. 

En esto, pues, creyendo fácilmente 
De aquella suerte rematar la guerra, 
Rengo, que ora dieslrísimo y valiente, 
Hizo pie con gran fuerza y cobró tierra : 
Donde á un tiempo estribando reciamente, 
De un fuerte rodeón se dosaílerra. 
Llevándose en las manos apretado 
Cuanto en la dura presa había agarrado. 

Fué Tucapel un rato descompuesto, 
Dando de un lado y do otro zancadillas, 

Y Rengo de la fuerza que había puesto 
Hincó en el suelo entrambas las rodillaü : 
Ambos corrieron á las armas presto, 
Rajando los escudos en astillas, 

Con tempestad de golpes presurosos 
Más fuertes que al principio y más furiesos 



CANTO VIGKSIMONOXO. 



171 



I 



Estaban los presentes admirados 
De aquel duro tesón y valentía, 
Viéndoles en oiil partes ya llegados 
' Y la sangre que el suelo humedecía. 
Los arneses y escudos destrozados, 

Y que ningún partido y medio había, 
L Síao Bólo quedar el uno muerto, 

Aunque morir los dos era más cierto. 

Vio Rengo á Tucapel una herida, 

Cogiéndole al soslayo la rodela, 

Que, aunque de gruesos cercos guarnecida, 

Entró como si fuera blanda suela. 

No quedó allí la espada detenida. 

Que gran parte cortó de la escarcela 

Y un doble zaragücl de ñudo grueso, 
Penetrando la carne hasta el hueso. 



No se vio corazón tan sosegado 

Que no diese en el pecho algún latido, 

Viendo la horrenda muestra y rostro airado 

Del impaciente bárbaro ofendido, 

Que, el roto escudo lejos arrojado. 

De un furor infernal ya poseído. 

De suerte alzó la espada, que yo os juro 

Que nadie allí pensó quedar seguro. 

¡ Guarte,Rengo, que baja ! \ guarda ! \ guarda ! 
Con gran rigor y furia acelerada 
El golpe de la mano más gallarda 
Que jamás gobernó bárbara espada. 
Mas quien el fin desdo combate aguarda 
Me perdone si dejo destroncada 
La historia en este punto, porque creo 
Que así me esperará con más deseo. 



FIN DE LA SEGUNDA PARTE. 



LA ARAUCANA. 



PARTE TERCERA. 



Esta tercera parte la imprimió Ercilla en 1589, publicándola reunida á las dos ante- 
riores en el siguiente de 1590 : contenía entonces solamente hasta el canto XXXV 
inclusive, y asi se repití«j en Antuerpia en 1597 por Andrés Bacxii ; pero después añadió 
el autor algunos retazos intercalados, uno de seis octavas hacia la mitad del canto XXXII, 
y otro largo al 0n del XXXIV, con el cual forra j los cantos XXXV y XXXVI, rematando 
el XXXVIlconel mismo que en la primera edición era el XXXV. Uno y otro trozos se 
marcan al principio con una f y al lin con una * para que los lectores tengan cabal idea 
de lo que constituía la obra en su primera edición, y de lo que ha sido posteriormente ; 
pues siempre ha continuado reimprímíéndoso con estas añadiduras. 



CANTO XXX. 



Contiene este canto el fía que tuvo el combate de Tucapel ]rRen';o. Asimismo lo que Pran, 
arancaao, pasó coa el ialio Aadresillo, yanacona de los españoles. 



Cualquiera desafío es reprobado 
Por ley divina y natural derecho 
Cuando no va el designio enderezado 
Al bien común y universal provecho ; 

Y no por causa propia y fin privado, 
Mas por autoridad pública hecho, 

Que es la que en los combates y estacadas 
Justifica las armas condenadas. 

Muchos querrán decir que el desafío 
Es de derecho y de cositumbre usada, 
Pues con el ser del hombre y albedrío 
Juntamente la ira fué criada : 
Pero sujeta al freno y señorío 
De la razón, á quien encomend.ida 
Quedó, para que así la corrigiese 
Que los términos Justos no excediese. 

Y el profeta nos da por documf^nto 
Que en ocasi<'»n y á tiempo nos airemos, 
Pero con tal templanza y regimiento, 
Que do la raya y punto no pasemos ; 
Pues, dejados llevar del movimiento, 

El ser y la raz jn de h»»mbres perdemos ; 

Y es visto que diUeren en muy poco 
El hombre airado y el furioso loco. 



Y aunque se diga, y es verdad, que sea 
ímpetu natural el que nos lleva, 

Y por la alteración de ira se vea 

Que á combatir la voluntad se mueva : 
La ejecución, el acto, la pelea. 
Es lo que se condena y se reprueba, 
Cuando aquella pasión que nos induce 
Al yugo de razón no se reduce. 

Por donde claramente, si se mira, 
Parece, como parte conveniente, 
Ser en el hombre natural la i 1*8, 
En cuanto á la razm fuere obediente : 
V, en la causa común puesta la mira, 
Puede contra el campión el combatiente 
Usar del la en el tiempo necesario 
Cómo contra legítimo adversario. 

Mas si es el combatir por gallardía, 
Ó por jactancia vana ó alabanza, 
() por mostrar la fuerza y valentía, 
Ó por rencor, por odio ó por venganza ; 
^i es por declaración de la porfía 
Homiliendoá las armas la probanza, 
Ks el combiitc injusto, es prohibido. 
Aunque esté eu la costumbre i'^cebido. 



CANTO 

Tenemos hoy la prueba aquí en la mano 
iJe Rengo y Tucapol, que, peleando 
Por sólo presunción y orgullo vano, 
Como fieras se están despedazando : 

Y coa protervia y ánimo inhumano 
De llegarse á la muerte trabajando, 

I Estaban ya los dos tan cerca del la 
Cuanto lejos de justa su quere'la. 

Digo que los combates, aunque usados, 
Por corrupción del tiempo introducidos, 
Son de todas las leyes condenados 

Y en razón militar no permitidos : 
Salvo en algunos casos reservados, 
Que serán á su tiempo rereridos : 
Materia á los soldados importante, 
^egün que lo veremos adelante. 

lJ''joIo aquí indeciso, porque viendo 
Hl brazo en »llo á Tucapel alzado, 
Me culpo, me castigo y reprehendo 
L)e haberle tanto tiempo así dejado. 
Pero á la historia y narración volviendo, 
Meoisles ya {gritar á Hon^'o airado 
Que bajaba sobre él la fiera espada 
» Por el gallardo brazo gobernada. 

Klcual, viéndose junto y que no pudo 
Huir del grave golpe la caída, 
Alzó con ambas manos el escudo, 
U persona debajo recogida : 
Xo se detuvo en él el filo agudo. 
Ni bastó la celada, aunque fornida. 
' Que todo lo cortó, y llegó á la frente, 
Abriendo una abundante y roja fuente. 

Quedó por grande rato adormecido, 

Y en pie difícilmente se detuvo. 
Que, del recio dolor desvanecido, 
Fuera de acuerdo vacilando anduvo : 
Pero volviendo á tiempo en su sentido. 
Visto el último término en que estuvo, 
De manera cerró con Tuca peí o 

Que estuvo en punto de batirle al suelo. 

^ Hallóle tan vecino y descompuesto. 
Que por poco le hubiera trabucado. 
Que de la gran pujanza que había puesto 
Anduvo se los pies desbaratado ; 
Pero volviendo á recobrarse presto. 
Viéndose del contrario así aferrado 
Le echó los fuertes y ñudosos brazos. 
Pensando deshacerle en mil pedazos : 

Y con aquella fuerza sin medida 
Le suspendo, sacude y le rodea ; 

* Mas Rengo, la persona i*ecogida, 
Usuv^^ á tiempo Y la destreza emplea. 



TRÍGÍCSIMÜ. 178 

No la falta de sangre allí vertida, 
Ni el largo y gran tesón en la pelea 
Les menguaba la fuerza y ardimiento, 
Antes iba el furor en crecimiento. 

En esto Rengo á tiempo el pie trocado 
Del firme Tucapel ciñó el derecho, 

Y entre los duros brazos apretado 
Cargó sobre él con fuerza el duro pecho : 
Fué tanto el forcejar que ambos de lado. 
Sin poderlo excusar, á su despecho. 
Dieron á un tiempo en tierra, de manera 
Como si un muro ó torreón cayera. 

Pero con rabia nueva y mayor fuego 
Comienzan por el campo á revolcarse, 

Y con puños de tierra á un tiempo luego 
Procuran y trabajan por cegarse : 
Tanto que al fin el uno y otro ciego. 
No podiendo del hierro aprovecharse. 
Con las agudas uñas y los dientes 
Se muerden y apedazan impacientes. 

Así, fieros, sangrientos y furiosos. 

Cuál ya debajo, cuál ya encima andaban, 

Y los roncos aceros presurosos 
Del apretado pecho resonaban : 
Mas no por esto un punto vagarosos 
En la rabia y el ímpetu aflojaban, 
.MííStrando en el les<'>n y larga prueba 
(Jriar aliento nuevo y fuerza nueva. 

Eran pasadas ya tres horas cuando 
Los dos campeones, de valor iguales, 
En la creciente furia declinando, 
Dieron muestra y señal de ser mortales : 
Que las últimas fuerzas apurando, 
Sin poderse vencer, quedaron tales 
Que ya en parte ninguna se movían, 

Y más muertos que vivos parecían. 

Estaban par á par desacordados, 
Faltos da sangre, de vigor y aliento, 
Los pechos garleando levantados. 
Llenos de polvo y de sudor sangriento ; 
Los brazos y los pies enclavijados 
Sin muestra ni señal de sentimiento ; 
Aunque de Tucapel pudo notarse 
Haber más porCado á levantarse. 

La pierna diestra y diestix) brazo echado 
Sobre el contrario á la sazón tem'a. 
Lo cual de sus amigos fué juzgado 
Ser notoria ventaja y mejoría. 

Y aunquo esto es hoy de muchos disputado, 
Ningvino de los dos se rebullía. 
Mostrando ambos de vivos solamente 
El ronco aliento y corazón latiente. 



174 



LA. ARAUCANA. 



El gran Caupolicano, que asistiendo 
Como juez de la batalla estaba, 
£1 grave caso y pérdida sintiendo, 
Apriesa en la estacada plaza entraba : 
El cual sin delenei*se un punto, viendo 
Que alguna sangre y vida les quedaba, 
Los hizo levantar en dos tablones 
Á doce los más ínclitos varones ; 

Y siguiendo detrás con todo el resto 
De la nobleza y gente más preciada, 
Fué con honra solemne y pompa puesto 
Cada cual en su tienda señalada : 
Donde acudiendo á los remedios presto, 

Y la sangre con tiempo restañada, 
La cura fué de suerte que la vida 
Les fué en breve sazón restituida. 

Pasado el punto y término temido. 
Iban los dos á un tiempo mejorandOi 
Aunque del caso Tucapel sentido, 
No dejaba curarse braveando : 
Pero el prudente general sufrido, 
Con blandura la cólera templando. 
Así de poco en poco le redujo 
Que á la razón doméstico le trujo. 

Quedó entre ellos la paz establecida, 

Y con solemnidad capitulado 

Que en todo lo restante de la vida 
No se tratase más de lo pasado. 
Ni por cosa de nuevo sucedida 
En público lugar ni reservado 
Pudiesen combatir ni armar cuestiones. 
Ni atravesarse en dichos ni en razones ; 

Mas siempre como amigos generosos 
En todas ocasiones se tratasen, 

Y en los casos y trances peligrosos 
Se acudiesen á tiempo y ayudasen. 
Convenidos así los dos famosos, 
Porque más los conciertos se ailrmasen, 
Comieron y bebieron juntamente, 

Con grande aplauso y fiesta de la gente. 

Dej árelos aquí desta manera 

En su conformidad y ayuntamiento, 

Queme importa volverá la ribera 

Del río, que muda nombre en cada asiento : 

Pues ha mucho que falto y ando fuera 

De nuestro molestado alojamiento, 

Para decir el punto en que se halla 

Después del trance y última batalla. 

Luego que la victoria conseguimos 
Con más pérdida y daño que ganancia, 
Al fuerte á más andar nos recogimos 
Que estaba del lugar larga distancia i 



Y aunque poco después, señor, tuvimos 
Otros muchos reencuentros de importancia, 
No sin costa de sangre y gran trat>ajo, 
Iré, por no cansaros, al atajo ; 

Y, pasando en silencio otra batalla 
Sangrienta de ambas partes y reñida, 
Que, aunque por no ser largo aquí se calla, 
Será de otro escritor encarecida ; 
Vista de munición y vitualla 
La plaza por dos meses bastecida, 
Pareció por entonces provechoso 
Dejar por capitán allí á Hcinoso. 

Que las demás ciudades, trabajadas 
De las pesadas guerras, nos llamaban, 

Y las leyes sin fuerza arrinconadas, 
Aunque mudas, de lejos voceaban : 
Las cosas de su asiento desquiciadas 
Todos sin gobernarse gobernaban, 
Estando de perderse el reino á canto 
Por falta de gobierno habiendo tanto. 

Mas viendo la comarca tan poblada. 
Fértil de todas cosas y abundante, 
Para fundar un pueblo aparejada, 

Y el sitio á la sazón muy importante. 
Quedó primero la ciudad trazada, 
De la cual hablaremos adelante, 

Que aunque de buen principio y fundamento, 
Mudó después el nombre y el asiento. 

Dejando, pues, en guarda de la tierra 
Los más diestros y pláticos soldados, 
En orden de batalla y son de guerra 
Rompimos por los términos vedados ; 

Y atravesando de Purén la sierra. 
De la hambre y las armas fatigados, 
Á la imperial llegamos salvamente, 
Donde hospedada fué toda la gente. 

Puso el gobernador luego en llegando 
En libertad las leyes oprimidas. 
La justicia y costumbres reformando 
Por los turbados tiempos corrompidas, 

Y el exceso y desórdenes quitando 
De la nueva codicia introducidas ; 
En todo lo demás por buen camino 
Dio la traza y asiento que oonvino. 

No habíamos aun los cuerpos satisfecho 
Del sueño y hambre mísera transida. 
Cuando tuvimos nueva que de hecho 
Toda la tierra en torno removida. 
Bota la tregua y el contrato hecho, 
Viendo así nuestra fuerza dividida, 
A\'untaban la soya, con motivo 
De no dejar presidio ni hombre vivo* 



CANTO 

í.uego, pues, hasta treinta apcrcebidos 
De los que más en orden nos hallamos, 
Pop la espesura de Tirú metidos 
Ln barrancosa tierra atravesamos, 

Y los tomados pasos desmentidos. 
No con pocos rebatos arribamos, 

:f in parar ni dormir noche ni día, 
Al presidio español y compañía. 

Donde ya nuestra gente había tenido 
Nueva del trato y tierra rebelada, 
Que por extraño caso acontecido 
he la Junta y designio fué avisada ; 

Y habiendo alegremente agradecido 
El socorro y ayuda no pensada, 
Nos diij del caso relación entera, 

£1 cual pasa, señor, desta manera : 

El araucano cjórcito entendiendo 
Que su próspera suerte declinaba, 

Y que Caupolican iba perdiendo 

La gran fígura en que primero estaba. 
En secretos concilios discuriendo 
Del capitán ya odioso murmuraba, 
Diciendo que la guerra iba á lo largo 
Por conservar la dignidad del cargo, 

No con tan suelta voz y atrevimiento 
Que ol más libre y osado no temiese, 

Y del menor edicto y mandamiento 
Cuanta una sola mínima excediese : 
Que era tanto el casligo y escarmiento, 
Que no se vio jamás quien se atreviese 
A reprobar el orden por él dado, 
tfegún era temido y respetado. 

Pero temiendo, al fin, como prudente, 
El rcvülver del hado incontrastable, 
^ la poca obediencia de su gente, 
Viéndole ya en estado miserable. 
Que la buena fortuna fácilmente 
Lleva siempre tras sí la fe mudable ; 
^ un mal suceso y otro cada día 
La más ardiente devoción resfría. 

Quiso, dando otro tiento á la fortuna, 
Que del todo con él se declarase, 
^ no dejar remedio y cosa alguna 
Que para su descargo no intentase : 
Knlre muchas, al fin, resuello en una, 
Antea que su intención comunicase, 
Con la presteza y orden que convino, 
Be municiones y armas se previno. 

No dando, pues, lugar con la tardanza 
^ <iue el miedo el peligro examinase, 
^ algún suceso y súbita mudanza 
Los ánimos del lodo resfriase, 



Trigésimo. 175 

Con animosa muestra y confianza 
Mandó que do la gente rc aprestase 
Al tiempo y hora de silencio mudo 
El más copioso número que pudo. 

Hizo una larga plática al senado. 
En la cual resolvió que convenía 
Dar el asalto al fuerte por el lado 
De la posta de Ongolmo al mediodía. 
Que de cierto espión era avisado 
Como la gente que en defensa había, 
Demás de estar segura y descuidada, 
Era poca, bisoña y desarmada : 

Que el capitán ausente había llevado 
La plática en la guerra y escogida, 
De no volver atrás determinado 
Hasta dejar la tierra reducida : 

Y en las nuevas conquistas ocupado. 
Sin poder sor la plaza socorrida, 
En breve por asaltos fácilmente 
Podían entrarla y degollar la gente. 

Fué lan grave y severo en sus razones, 
\ tal la autoridad de su prosoncin, 
Que .se llevó los votos y opiniones 
En gran c< informidad sin diferencia : 

Y con ánimo y firmes intenciones 
Le juraron de nuevo la obediencia, 

Y de seguir, hasla morir, de veras. 
En entrambas fortunas sus banderas. 

Luego Caupolicano resoluto 
Habló con Pran, soldado artificioso. 
Simple en la muestra, en el aspecto bruto, 
Pero agudo, sutil y cauteloso, 
Prevenido, sagaz, mañoso, astuto, 
Falso, disimulado, malicioso. 
Lenguaz, ladino, practico, discreto, 
Cauto, pronto, solicito y secreto. 

El cual en puridad bien instruido 
En lo que el arduo caso requería, 
De pobre ropa y parecer vestido, 
Del presidio español tomó> la vía, 

Y fingiendo ser indio foragido 

Se entró por la cristiana ranchería 
Entre los indios mozos de servicio. 
Dando en la simple muestra dello indicio ; 

Debajo de la cual miraba alentó 
Sin mostar atención, lo que pasaba, 

Y con disimulado advertimiento 
Los ocultos designios penetraba : 

Tal vc¿ entrando en el guardado asiento, 
En la figura rústica, notaba 
La gente, armas, el orden, sitio y. traza, 
Lo más fuerte y lo flaco d<? la plaza. 



176 La 

Por otra parte, oyendo y preguntando 
Á las personas menos recatadas, 
Iba mañosamente escudriñando 
Los secretos y cosas reservadas : 

Y aquí y allí los ánimos tentando 
Buscaba con razones disfrazadas 
Vaso capaz y suficiente seno 
Donde vaciar pudiese el pocho lleno. 

Tentando, pues, los vados y el camino 
Por donde el trato fuese más cubierto, 
De tiento en tiento y lance en lance vino 
Á dar consigo en peligroso puerto : 
Que engañado do un bárbaro ladino, 
Andresillo llamado, de concierto 
Salieron juntos á buscar comida. 
Cosa á los yanaconas permitida ; 

Y con dobles y equívocas razones. 
Que Pran á su propósito traía. 
Vino el otro á decir las vejaciones 
Que el araucano estado padecía. 
Los insultos, agravios, sinrazones. 
Las muertes, robos, fuerza y tiranía ; 
Trayendo ala memoria lastimada 
El bien perdido y libertad pasada. 

Visto el crédulo Pran que había salido 
Tan presto el falso amigo á la parada. 
Hallando voluntad y grato oído 

Y el tiempo y la ocasión aparejada, 
Dein engañosa muestra persuadido, 
£1 disfrace y la máscara quitada. 
Abrió el secreto pecho y echó fuera 
La encubierta intención des la manera, 

Diciéndole : Si sientes, oh soldado, 
La pérdida de Arauco lamentable 

Y el infelíce término y estado 
Do nuestra opresa patria miserable, 
Hoy la fortuna y poderoso hado, 
Mostrándonos el rostro favorable. 
Ponen sólo en tu mano libremente 
La vida y salvación de tanta gente : 

Que el gran Caupolicano, que en la tierra 
Nunca ha sufrido igual ni competencia, 

Y en paz ociosa y en sangrienta guerra 
Tiene el primer lugar y la obediencia. 
Quiere, viendo el valor que en ti se encierra, 
Tu industria grande y grande suficiencia, 
Fiar en ocaión tan oportuna 
£1 estado común de tu fortuna ; 

Y que á ti, como causa, se atribuya 
£1 principio y el íln de tan gran hecho, 
Siendo toda la gloria y honra tuya, 
Tujralu autoridad, tuyo el provecho : 



AAAÜGAKA. 

Sola una cosa quiere que tea auya, 
Con la caal queda ufano y satisfecho, 
Que es haber elegido tal sujeto 
Para tan gran y importante efeto. 

Pues á ti libremente cometido 
Puede suceso próspero esperarse, 

Y á tu dichosa y buena suerte asido 
Quiere llevado della aventurarse : 

Y así en figura humilde travestido, 
Porque de mí no puedan recatarse. 
Vengo, cual ves, para que deste modo 
Te dé yo parte dello y seas el todo, 

Haciéndole saber como querría 
(Si no es de algún oculto inconveniente) 
Dar el asalto al fuerte á medio día 
Con furia grande y número de gente ; 
Por haberle avisado cierta espía 
Que en aquella sazón seguramente 
Descansan en sus lechos los soldados 
De la molesta noche trabajados : 

Y sin recato la ferrada puerta. 
No siendo á nadie entonces reservada, 
Franca de par en par siempre está abierta, 

Y la gente durmiendo descuidada : 
La cual, de salto fácilmente muerta, 

Y la plaza después desmantelada. 
En la región antartica no queda 
Quien resistir nuestra pujanza pueda. 

Así que, de tu ayuda confiado. 
Que lodo se lo allana y asegura. 
Cerca de aquí tres leguas ha llegado 
Cubierto de la noche y sombra escura ; 
Adonde, de su ejército apartado, 
Debajo de palabra y fe segara 
Quiere comunicar solo contigo 
Lo que sumariamente aquí te digo. 

Ensancha, ensancha el pecho, que si quieres 

Gozar desta ventura prometida. 

Demás del grande honor que consiguieres 

Siendo por ti la patria redemida. 

Solo á ti deberás lo que tuvieres, 

Y á tí te deberán todos la vida, 
Siendo siempre de nos reconocido 
Haberla de tu mano recebido. 

Mira, pues, lo que desto te parece. 
Conoce el tiempo y la ocasión dichosa, 
No seas ingrato al cielo, que te ofrece 
Por sólo que la acetes tan gran cosa : 
Da la mano á tu patria, que perece 
Eo dura servidumbre vergonzosa ; 

Y pide aquello que pedir se puedo, 
I Que todo desde aquí se te concede» 



Diú fin con esto á su razón, atento 
AI semblante dol indio sosegado, 
Que sin alteración y movimiento 
Hasta acabar la plática había estado ; 
El cual con rostro y parecer contento, 
Aunque con pecho y ánimo doblado, 
A las ofertas y razón propuesta 
Did sin más detenerse esta respuesta : 

¿Quién pudiera aquí dar bastante indicio 

De mi intrínseco gozo y alegría 

De ver que esté en mi mano el beneñcio 

De la cara y amada patria mía? 

Que ni riqueza, honor, núrgo ni oQcio, 

Ni el gobierno del mundo y monarquía 

Podrán tanto conmigo en este hecho 

Cuaato el común y general provecho : 

Que sufrir no se puede la insolencia 
Desla ambiciosa gente desfrenada. 
Ni el disoluto imperio y la violencia 
Con que la libertad tiene usurpada ; 
Por lo cual la divina Providencia 
Tiene ya la sentencia declarada, 
Y el ejemplar castigo merecido 
Al araucano brazo cometido. 



CANTO TRIGÉSIMO PltlMERO. 177 

Vuelve á Caupolican, y de mi parte 
Mi pronta voluntad le ofrece cierta, 
Que cuanto en esto quieras alargarte 
Te sacaré yo á salvo de la oferta : 

Y mañana, sin duda, por la parte 
De la inculta marina más desierta 
Seré con él, do trataremos largo 
Desto que desde aquí tomo á mi cargo. 

Por la sospecha que nacer podría 
Será bien que los dos nos apartemos ; 

Y deshecha por hoy la compañía, 
Adonde nos aguardan arribemos : 
Que mañana do espacio á medio dia 
Con mayor libertad nos hablaremos, 

Y de mí quedarás más satisfecho : [trecho, 
A Dios, que es larde ; á Dios, que es largo el 

Así luego partieron el cam no, 
Llevándole diverso y diferente, 
Que el uno al araucano campo vino 

Y el otro adonde estaba nucslra gente : 
El cual con gozo y ánimo malino, 
Hablando al capitán secretaroento, 
Le dijo punto á punto todo cuanto 
Oirá quien escuchare el otro canto. 



CANTO XXXL 



Caeou AndrosiUo á Reinóse lo aae con Pran dejaba concertado. Habla con Caupolican 
cautelosamente, el cual, engañado, viene sobre el fuerte, pensado hallar á los españolea 
durmiendo. 



La más fea maldad y condenada 
Que más ofende á la bondad divina 
Es la traición sobre amistad forjada. 
Que al cielo, tierra y al inQerno indina : 
Que aunque el señor de la traición se agrada, 
Quiere mal al traidor y le abomina : 
Tal es este nefario malefício. 
Que indigna al que recibe el beneficio. 

Raras veces veréis que el alevoso 
En estado seguro permanece. 
De nadie amado, á todo el mundo odioso, 
Que el mismo interesado le aborrece : 
Amigo en todo tiempo sospechoso : 
Aunque trate verdad no lo parece ; 
Y al cabo no se escapa del castigo 
Que la misma maldad lleva consigo. 

Si en ley de guerra es pérñdo el que ofende 
Debajo de saguro al enemigo, 
¿ Qué será aquél que al enemigo vende 
La Ubertad y sangre del amigo. 



Y el que con rostro de leal pretende 
Ser traidor á su patria, como digo, 
Poniéndole con odio y rabia tanta 
El agudo cuchillo á la garganta ? 

Guardarse puede el sabio recatado 
Del público enemigo conocido, 
Dol perverso, insolente, del malvado, 
Pero no del traidor nunca ofendido : 
Que en hábito de amigo disfrazado, 
El desnudo puñal lleva escondido : 
No hay contra el desleal seguro puerto, 
Ni enemigo mayor que el encubierto. 

La prueba es Andresillo, que dejaba 
Al amigo engañado y satisfecho ; 
El cual, con la gran priesa que llevaba, 
En poco espacio atravesó gran trecho : 

Y puesto ante Reinoso, el cual estaba 
Seguro y descuidado de aquel hecho. 
Preciándose el traidor de su malicia, 
Della y de la traición le dio noticia, 

J2 



178 



LA AUAUGANA. 



Diciéndole : Sabrás que usando el hado 
Hoy de piadoso término contigo, 
Las cosas de manera ha rodeado 
Que puedo serte provechoso amigo i 
Pues en mi voluntad libre ha dejado 
La muerte 6 salvación de tu enemigo, 
Remitiendo á las manos do Andresillo 
La arbitraria sentencia y el cuchillo. 

Mas negando la deuda y fe debida 
Á mi tierra y nación, por tu respeto. 
Quiero, señor, sacrificar la vida 
Por escapar la tuya desle aprieto : 

Y en contra de mi patria aborrecida 
Volver las armas y áspero decreto, 
Desviando gran número de espadas 
Que están á tu costado enderezadas. 

Tras esto allí le dijo todo cuanto 
Con Pran le sucedió y habéis oído, 
Que si me acuerdo, en el pasado canto 
Lo tengo largamente referido. 
Quedó Reinoso atónito de espanto, 

Y con ánimo y rostro agradecido 
Los brazos amorosos le echó al cuello 
Dándole encarecidas gracias dello ; 

Y alabando la astucia y artificio 
Con que del trato doble usado había. 
Exageró el famoso y gran servicio 
Que á todo el reino y cristiandad hacía : 
Diciendo que tan grande beneficio 
Siempre en nuestra memoria duraría, 

Y con honroso premio de presente 
Sería remunerado largamente. 

Quedaron, pues, de acuerdo que otro día, 
Sin que noticia dello á nadie diese, 
En el tiempo y lugar que puesto había 
Con el vecino capitán se viese : 
Que de la visita y habla entendería 
Lo que más al negocio conviniese, 
Trayéudole por mañas y rodeo 
Al esperado fin de su deseo. 

Hízolo, pues, así; pero antes desto, 
Á la salida de un espeso valle 
Halló al amigo en centinela puesto, 
Esperándole ya para guialle ; 
Donde Caupoiican con ledo gesto^ 
Saliendo algunos pasos á encontralle, 
Adelantado un trecho de su gente, 
Le recibió amorosa y cortesmente, 

Diciendo : ¡ Oh capitán ! hoy por el cielo 
En esta dignidad constituido, 
Á quien la redención del patrio suelo 
Justa y méritamenle ha cometido ; 



liien sé que solo con honrado celo 
De virtud propia y de valor movido. 
Aspiras á arribar do ningún hombre 
Tendrá puesto adelante más su nombre : 

Y habiendo de tu pecho penetrado 
El intento y designio valeroso. 

De tu fortuna próspera guiado, 
Que promete suceso venturoso, 
Estoy resuelto, estoy determinado 
Que con golpe de gente numeroso 
Demos, siendo tú solo nuestra guía. 
Sobre el fuerte español á medio día : 

Para lo cuál ha sido mi venida 
Sorda y secretamente en esta parte, 
Donde, siendo to boca la medida, 
Quiero del justo premio asegurarte, 

Y ver si á ti esta empresa cometida 
Quieres della y nosotros encargarte. 
Dando, como cabeza y dueño, en todo 

El orden, la instrucción, la traza y modo ; 

Que, demás de las honras, te aseguro 
De parte del senado un señorío, 

Y por el fuerte Eponamón te juro 
Que éste será escogido á tu albedrío : 
En tus manos me pongo y aventuro, 

Y á tu buen parecer remito el mío, 
Para que des el orden que convenga 

Y el esperado bien no se detenga ; 

Pues con tu ayuda y mi esperanza cierta, 
Que roe prometen próspera jornada, 
En una parle oculta y encubierta 
Tengo cerca de aquí mi gente armada ; 

Y antes que sea de alguno descubierta 

Y la plaza enemiga preparada, 

Que es el peligro solo que esto tiene, 
Apresurar la ejecución conviene. 

Resuélvete j oh varón ! y determina. 
Como de ti se espera, brevemente. 
Que detrás deste monte á la marina 
Está el copioso ejército obediente : 

Y porque puedas ver la disciplina, 
Los ánimos, las armas y la gente. 
Podrás llegar allá, que aquí te aguardo 
Con esperanza y ánimo gallardo. 

El traidor pertinaz, que atenta estaba 
Á cuanto el general le prometía, 
No la oferta ni el premio le mudaba 
De la fea maldad que cometía : 
Bien que, algún tanto tímido, dudaba 
Viendo de aquel varón la valentía, 
El ser gallardo y el feroz semblante, 
La proporción y miembros do gigante* 



CANTO TRIGESIMOPRIMERO. 



179 



Venía el robusto y grande cuerpo armado 
De una fuerte coraza barreada, 

Y UD dragón escamoso relevado 
Sobre el alto crestón de la celada ; 
En la derecha su bastón ferrado. 
Ceñida al lado una tajante espada, 
Representando en talle y apostura 
Del furibundo Marte la figura. 

Visto por Andresillo cuan barato 
Podía salir con el malvado hecho, 
Teniendo en su traición y doble trato 
Andado en poco tiempo tanto trecho, 
Con alegre semblante y rostro grato. 
Aunque con doble y engañoso pecho, 
Hincando ambas rodillas en el llano, 
Tal respuesta volvió á Caupolicano : 

¡ Oh gran Apó ! no pienses que movido 
Por honora, por riqueza ó por estado 
Á tus pies y obediencia soy venido, 
Á senrirte y morir determinado ; 
Que todo lo que aquí me has ofrecido 

Y lo que puede más ser deseado 
No me provoca tanto ni me instiga 
Cuanto la gran razón que k ello me obliga. 

Gracias al cielo doy, pues mi esperanza. 
En tu prudencia y gran valor fundada. 
La siento ya con próspera bonanza 
Ir ai derecho puerto encaminada : 

Y porque no nos daño la tardanza 
Será bien que apresures la jornada, 
Siguiendo la fortuna, que se muestra 
Declarada en favor de parte nuestra ; 

Que nuestros enemigos sin recelo, 
Á las armas de noche acostumbrados. 
Cuando va el sol en la mitad del cielo 
Descansan en sus toldos desarmados : 

Y desnudos y echados por el suelo, 
En vino y dulce sueño sepultados, 
Pasa la ardiente siesta en gran reposo 
Hasta que el sol docliua caluroso. 

Y si estás, como dices, prevenido, 

Y la gente vecina en ordenanza, 
Que goces luego la ocasión te pido, 
No dejando pasar esta bonanza : 

Que el tiempo es malo do cobrar, perdido, 
Mayormente si daña la tardanza ; 

Y pues no te detiene cosa alguna 
No detengas tus hados y fortuna; 

Que á darte la victoria yo me obligo, 
No por el galardón que dello espero, 
Que la virtud la paga trae consigo 
Y ella misma es el premio verdadero : 



Basta lo que en servirle yo consigo ; 

Y así graciosamente me prefiero 
De ponerte sin pérdida en la mano 
La desnuda garganta del tirano. 

Mañana, disfrazado, al tiempo cuando 
Vaya el sol en mitad de su jornada, 
Vendrá á mi estancia Pran» donde aguardando 
Estaré su venida deseada ; 

Y en el presidio y franca plaza entrando, 
Verá la gente entonces entregada 

Al ordinario y descuidado sueño. 

Sin prevención, y al parec»}r sin dueño, 

Esta noche, callada y quietamente, 
Desviada á la diestra del camino, 
Venga á ponerse en escu.idrón la gente 
Una milla del fuerte y mus vecino : 

Y cuando asome el sol por el oriente, 
Echada en recogido remolino, 
Bajas las armas por la luz del día, 
Aguarde allí el aviso y orden mía. 

Quiero ver, pues que dello eres servido, 
(Por ir del todo alegre y satisfecho} 
Tu dichoso escuadrón, constituido 
Para tan alto y señalado hecho; 
Por quien Arauco ya restituido 
En sus primeras fuerzas y derecho, 
Echada la española tiranía. 
Extenderá su nombre y monarquía. 

Quedó Caupolicano de manera 

Que tuvo el trato y hecho por seguro, 

Diciéndole razones, que moviera 

No un corazón movible pero un muro ; 

Y en señal de firmeza verdadera 
Le dio un lucido llauto de oro puro 

Y un grueso mazo de chaquira prima, 
Cosa entre ellos tenida en grande estima ; 

Y del alegre Pran acompañado 
Al pie de un alto cerro montuoso 
Vio el araucano ejército emboscado. 
De brava gente y número copioso : 
Quedó el traidor de verlo algo turbado, 

Y en la falsa y mudable fe dudoso ; 
Que en el ánimo vario y movedizo 
Hace el temor lo que virtud no hizo. 

Pero ya la maldad apoderada, 
Dándolo espuelas y ánimo bastante. 
La duda tropelló representada. 
Llevando el mal propósito adt^lanto : 

Y así, encubriendo la intención dañada 
Con mentirosas muestras y semblante, 
Loó el traidor encarecidamente 

El sitio, el orden, armas y lageute ; 



J80 



LA ARAUCANA. 



Y después de ínquerir y haber notado 
Lo que notar entonces convenía, 
Visto el grande apáralo, y tanteado . 
La gente armada y cantidad que había, 
Advertido de todo y enterado, 

Llego al presidio al rematar del día, 
Á donde le esperaba ya Ilcinoso, 
De su larga tardanza sospechoso. 

Hizo con singular advertimiento 
De su jornada relación copiosa. 
Dándole mayor ánimo y aliento 
Nuestra llegada á tiempo provechosa ; 
Que si estuvistes á mi canto atento, 
Por la montaña y costa montuosa 
Al socorro llegué aquel mismo día 
Con los treinta que dije en compañía. 

Gastóse aquella noche previniendo 
Las armas é instrumentos militares, 
El foso, muro y plaza requiriendo. 
Señalando á la gente sus lugares ; 
Hasta que fué la aurora descubriendo 
Con turbia luz los hondos valladares, 
Dando triste señal del día esperado 
Por tanta sangre y muertes señalado. 

Jamás se vio en los términos australes 
Salir el sol tan tardo á su jornada, 
Rehusando do dar á los mortales 
La claridad y luz acostumbrada : 
Al fln salió cercado de señales ; 

Y la luna delante del menguada, 
Vuelto el mudable y blanco rostro al cielo 
Por no mirar al araucano suelo. 

Hecha la prevención en confianza 
Por una y otra parte ocultamente. 
Con iguales designios y esperanza, 
Aunque con hado y suerte diferente, 
Veis aquí á Pran, que sólo, y á la usanza 
De los mitayos indios, dil¡|^ente, 
Cargado con un haz de blanco tri.^'o, 
Viene á buscar al alevoso amigo. 

Que á la salida de su rancho estaba, 
Mirando á los caminos ocupado, 
Pareciéndolc ya que se pasaba 
El tiempo del concierto aun no llegado : 
Tanto ya la mnldad le aceleraba 
De una furia maligna espoleado, 
Que siempre en lo que mucho sedesea 
No hay brevedad que dilación no sea. 

Llegado Prnn le aseguró de cierto 
Que la gente en dos tercios dividida 
Había el murado sitio descubierto 
Sin ser de nadie vista ni sentida : 



Y con paso callado y gran concierto, 
Doméstica, ordenada y recogida, 
Los pechos y las armas arrastrando 
Venía derecho al fuerte caminando. 

Con muestra del designio diferente 
Dio Andresillo señal du su alegría, 
Diciendo que sin duda nuestra gente 
Ya, según su costumbre, dormiría : 
Luego, disinlulada y quietamente. 
Sin más se detener, de compañía 
Entraron en el fUcrte preparado 
El falso engañador y el engañado. 

Vieron en sus estancias recogidos 

Todos los oficiales y soldados. 

Sobre sus lechos, sin dormir, dormidos ; 

Con aviso y cuidado, descuidados ; 

Los arneses acá desguarnecidos. 

Los caballos allá desensillados 

Todo de industria, al perecer revuelto ; 

En un mudo silencio y sueño envuelto. 

Visto el reposo, Pran, visto el sosiego 

Y poca guardia que en el fuerte había, 
Alegre dello tanto, cuanto ciego 

En no ver la sospecha que traía. 
Sin detenerse un solo punto, luego 
Por una corta senda que él sabía, 
Haciendo de sus pies y aliento prueba. 
Fué á dar al campóla esperada nueva. 

Apenas había el bárbaro traspuesto, 
Cuando Andresillo en tono levantado 
Dijo : ¡ Oh fuertes soldados en quien puesto 
Está el fin de la guerra deseado ! 
Tomad las vencedoras armas presto 

Y i*omped el silencio ya excusado. 
Soliendo á toda priesa, porque os digo 
Que á las puertas tenéis al enemigo. 

Marinero jamás tan diligente 
De entre la vedijosa bernia salta 
Cuando los gritos del piloto siente 

Y la borrasca súbita le asalta, 
Cómo nosotros, que ligeramente, 
Oyendo de Andresillo la voz alta, 
De los toldos con ímpetu salimos 

Y á las vecinas armas acudimos. 

Quién al usado peto arremetía. 
Quién encaja la gola y la celada. 
Quién ensilla el caballo, y quién salía 
Con arcabuz, con lanza ó con espada : 
Fué en un punto la gruesa artillería 
Á las abiertas puertas asestada, 
Llenos de tiros mil, de mil maneras 
Los travescs, cortinas y troneras. 



CANTO TRIGÉSIMOSEGÜNDO. 



181 



Puesla en orden la plaza» y encargado 
Según el puesto á cada cual su oficio, 
El silencio importante encomendado 
Trabó las lenguas y aquietó el bullicio, 
Quedando aquel presidio tan callado, 
Que la gente extramuros de servicio, 
Vislo el sosiego y gran quietud, juzgaba 
Que todo en igual sueño reposaba. 

No fué Pran en el curso negligente, 
Pues apenas estábamos armados, 
Cuando los enemigos de repente 
Se descubrieron cerca por dos lados ; 
Veman tan escondida y sordamente. 
Bajas las armas y ellos inclinados, 
Qae entraran, si la vista ya no fuera 
Más presta que el oído y más ligera. 

Cómo el cursado cazador, que tiene 
La caza y el lugar reconocido, 
Que poco á poco el cuerpo bajo viene 
Entre la yerba y matas escondido : 
Ya apresura el andar, ya le detiene, 
Mueve y asienta el paso sin ruido. 
Hasta ponerse cerca y encubierto, 
Donde pueda hacer el tiro cierto ; 



Con no menor silencio y mayor tiento 
Los encubiertos indios parecieron, 

Y sobre nuestro fuerte en un momento 
A treinta y menos pasos se pusieron, 
De do sin son de trompa ni instrumento 
En callado tropol arremetieron 

Mas de dos mil en número á las puertas, 
Con más cuidado que descuido abiertas. 

No sé con qué palabras, con qué gusto 
Este sangriento y crudo asalto cuente, 

Y la lástima justa y odio justo. 

Que amba.<« cosas concurren juntamente : 
El ánimo, ahora humano, ahora robusto, 
Me suspende y me tiene diferente, 
Que si al piadoso celo satisfago, 
Condeno y doy por malo lo que hago ; 

Si del asalto y ocasión me alejo> 
Dentro della y del fuerte estoy metido ; 
Si en este punto y término lo dejo. 
Hago y cumplo muy mal lo prometido : 
Así, dudoso el ánimo y perplejo 
Destos juntos contrarios combatido. 
Lo dejo al otro canto reservado. 
Que de consejo estoy necesitado. 



CANTO XXXIL 

Arremeten los araucanos al fuerte, son rebatidos con miserable estrado de su parlo. Caupolican 
ée retira i la sierra deshaciendo el campo. Cuenta don Alonso de ErciUa, á ruego de ciertos 
soldados, la verdadera historia y vida de Dido. 



Excelente virtud, loable cosa, 
De todos dignamente celebrada, 
Es la clemencia, ilustre y generosa, 
Jamás en bajo pecho aposentada : 
Por ella Roma fué tan poderosa, 

Y más gentes venció que por la espada 
Domó y puso debajo de sus leyes 

La indómita cerviz de grandes reyes. 

No consiste en vencer solo la gloria, 
Ni está allí la grandeza y excelencia. 
Sino en saber usar de la victoria, 
Ilustrándola más con la clemencia : 
El vencedor es digno de memoria 
Que en la ira se hace resistencia ; 

Y es mayor la victoria del clemente, 
Pues los ánimos vence juntamente. 

Y así, no es el vencer tan glorioso 
Del capitán cruel inexorable, 

Que cuanto fuere menos sanguinoso, 
Tanto será mayor y más loable ; 



Y el correr del cuchillo riguroso 
Mientras dura la furia, es disculpable ; 
Mas pasado después; á sangre fría. 

Es venganza, crueldad y tiranía. 

La mucha sangre derramada ha sido 
(Si mi juicio y parecer no yerra) 
La que de todo en todo ha destruido 
El esperado fruto dusla tierra : 
Pues con modo inhumano han excedido 
De las leyes y términos de guerra, 
Haciendo en las entradas y conquistéis 
Crueldades enormes nunca vistas. 

Y aunque esta en mi opinión dellns es una. 
La voz común en contra me convence, 
Que al fin en ley de mundo y de fortuna 
Todo le es justo y lícito al que vence : 
Mas, dejada esta plática importuna, 

Me parece ya tiempo que comience 
El crudo estrago y excesivo modo. 
En parle justo, y lastimoso en todo. 



182 



LA ARAUCANA. 



Dejé el bárbaro campo sobre el fuerte, 
En medio del furor y arremetida, 

Y la callada y encubierta muerte 

De mil géneros de armas prevenida : 
Llevado, pues, del hado y dura suerte, 
Con presto paso y con fatal corrida 
Emboca por la puerta y falsa entrada 
El gran tropel de gente amontonada. 

i Dios sempiterno, qué fi*acaso extraño, 
Qué riza, qué destrozo y batería 
Hubo en la triste gente, que al engaño 
Ciega, pensando de engañar venía ! 
¿ Quién podrá referir el grave daño. 
La espantosa y tremenda artillería, 
El nublado de tiros turbulento 
Que descarg(5 de golpe en un momento? 

Unos vieran de claro atravesados. 
Otros llevados la cabeza y brazos. 
Otros sin forma alguna machucados, 

Y muchos barrenados de picazos : [dos. 
Miembros sin cuerpos, cuerpos desmembra- 
Lloviendo lejos trozos y pedazos. 
Hígados, intestinos, rotos huesos, 
Entrañas vivas y bullentes sesos. 

Como la estrecha bien cebada mina 
Cuando con gran estrépito revienta. 
Que la furia del fUego repentina 
Las torres vuela y máquinas avienta ; 
Con más estruendo y con mayor ruina, 
La fuerza de la pülvora violenta 
Voló, y hizo pedazos en un punto 
Cuanto del escuadrón alcanzó junto. 

La mudable sin ley cruda fortuna 
Despedazó el ejército araucano, 
No habiendo un sólo tiro ni arma alguna 
Qu% errase el golpe ni cayese en vano : 
Nunca se viu morir tantos á una, 

Y así, aunque yo apresure más la mano, 
No puedo proseguir, que me divierte 
Tanto golpe, herida, tanta muerte. 

Aun no eran bien los tiros disparados 
Cuando, por verse fuera en campo raso. 
Los caballos á un tiempt) espoleados 
Rompen la entrada y ocupado paso : 

Y en los segundos Indios, que ovillados 
Kslaban cómo atónitos del caso. 
Hacen riza y mayor carnicería 

Que pudiera hacer la^rtillería. 

Quién aqueste y aquél alanceando 
Abre sangrienta y ancha la salida ; 
Quién á diostro y siniestro golpeando 
Priva aquestos y aquéllos de la vida : 



No hay ánimo ni brazo allí tan blando 
Que no cale y ahonde la herida ; 
Ni espada de tan grueso y boto filo 
Que no destile sangre hilo á hilo. 

Quisiera aquí despacio flgurallos, 

Y dgurar las formas de los muertos ; 
Unos atropellados de caballos. 
Otros loB pechos y cabeza abiertos : 
Otros, que era gran lástima mirallos. 
Las entrañas y sesos descubiertos : 
Vieran otros deshechos y hechos piezas. 
Otros cuerpos enteros sin cabezas. 

Las voces, los lamentos, los gemidos, 
El miserable y lastimoso duelo. 
El rumor de las armas y alaridos 
Hinchen el aire y cóncavo del cielo : 
Luchando con la muerte los caídos 
Se tuercen y revuelcan por el suelo, 
Saliendo á un mismo tiempo tantas vidas 
Por diversos lugares y heridas. 

Ya que libre dejó el súbito espanto 
Al embaucado Pran, que estaba futra, 
Visto el destrozo cierto, y falso cuanto 
El traidor de Andresillo le dijera. 
La pena y sentimiento pudo tanto. 
Que aunque escaparse el mísero pudiera. 
En medio de las armas desarmado 
k morir se arrojó desesperado. 

Mas los últimos indios venturosos, 
k los cuales llegó solo el estruendo, 
Volviendo las espaldas presurosos 
Muestran las plantas de los pies huyendo : 
Los nuestros, del alcance deseosos. 
En carrera veloz los van siguiendo, 
Hiriendo y derribando en los postreros 
Los menos diligentes y ligeros. 

Pero algunos valisntes, que estimaban 
La ganada opinión más que la vida. 
Volviendo el pecho y armas, refrenaban 
El ímpetu de muchos y corrida : 

Y aunque con grande esfuerzo peleaban. 
Era presto la guerra difinida. 

Que la furiosa muerte allí.su espada 
Traía de entrambos cortes afilada. 

Como en el ya revuelto cielo cuando 
Se form(>n por mil partes los nublados. 
Que van unos creciendo, otros menguando ; 
Otros luego de nuevo levantados ; 
Mas el norueste frígido soplando 
Los impele y arroja amontonados 
Hasta buscar del ábrego el reparo, 
Dejando el ciólo raso y aire claro. 



CANTO TRia£SIMOSE0LJNDO. 



183 



Así la gente atónita y turbada, 
Kn parles dividida se esparcía, 

Y á las veces juntándose» esforzada, 
Haciendo cuerpo y rostro, revolvía : 
Pero de la violencia arrebatada. 
Dejó el campo y banderas aquel día, 
Quedando de los rotos escuadrones 
Gran número de muertos y prisiones. 

Deshechos, pues, del iodo y destruidos, 

Y acabado el alcance y seguimiento, 
Los presos y despojos repartidos, 
Volvimos al dejado alojamiento. 
Donde trece cacique.^ elegidos, 

Para ejemplar castigo y escarmiento, 
Á la boca de un grueso tiro atados, 
Fueron, dándole fuego, justiciados. 

Muchos habrá de preguntar ganosos 
Si en el montón y número de gente 
Algunos de los indios valerosos 
Fueron muertos allí confusamente ; 
Pues en todos los hechos peligrosos 
Rengo, Orompello y Tucapel valiente 
Iban delante en la primera hilera, 
Abriendo siempre el paso y la carrera. 

Respondo á esto, señor, que no venía 
Capitán ni cacique señalado, 
Visto que el general usado había 
De fraude y trato, entrellos reprobado ; 
Diciendo ser vileza y cobardía 
Tomar al enemigo descuidado, 

Y victoria sin gloria y alabanza 

La que por bajo término so alcanza. 

Así que, una arrogancia generosa 
IjOS escapó del trance y muerte cruda, 
Que ninguno por ruego ni otra cosa 
Quiso en ello venir ni dar ayuda ; 
Teniendo por hazaña vergonzosa 
Vencer gente sin armas y desnuda : 
Que el peligro en la guerra es el que honra, 

Y el que vence sin él vence sin honra. 

Quedó Caupolican desta jomada 
Roto, deshecho y falto de pujanza. 
Que fué mucha la sangre derramada 

Y poca de su parte la venganza: 

El cual, viendo la turba amedrentada 

Y el ardor resfriado y la esperanza, 
Deshizo el campo entonces conveniente 
Dando licencia á la cansada gente. 

Quísose entretener, mientras pasaba 
Do los contrarios hados la corrida. 
Conociendo de sí que peleaba 
Con «UMada fortuna envejecida : 



Así la gente en partes derramaba. 
Con orden que estuviese apercebida 
Kn cualquiera ocasión y movimiento 
Para el primer aviso y mandamiento ; 

Y con solos diez hombres retirado, 
Gente de confianza y valentía, 

Ora en el monto inculto, ora en poblado. 
Desmintiendo los rastros parecía ; 

Y en lugares ocultos alojado, 
Jamás gran tiempo en uno residía, 
Usando do su bárbara insolencia 
Por tenei'Ios en miedo y obediencia. 

Nosotros en su incierto rastro á tino 
Andábamos haciendo mil jornadas, 
No dejando lugar circunvecino 
Que no diésemos salto y trasnochadas; 

Y en los más apartados del camino 
Hallábamos las casas ocupadas 

De gente foragida de la tierra 

Que ya andaba huyendo do la guerra, 

Diciendo que de grado volvería 
Á sus yermos, estancias y heredades, 
Pero que el general los compelía 
Usando do inhumanas crueldades : 

Y sien esto remedio se ponía. 
Llanas estaban ya las voluntades 
Para dejar las armas los soldados 
De la prolija guerra quebrantados. 

Y aunque esto era flngido, gran cuidado 
Se puso en inquerir toda la tierra, 

No quedando lugar inhabitado, 
Monte, valle, ribera, llano y sierra 
Donde no fuese el bárbaro buscado : 
Mas por bien ni por mal, por paz ni guerra, 
Aunque todo con todos lo probamos, 
Jamás señal ni lengua del hallamos. 

No amenaza, castigo ni tormento 
Pudo sacar noticia ó raslro alguno. 
Ni caricia, interés ni ofrecimiento 
Jamás á corromper bastó á ninguno : 
Andábamos atónitos y a tiento 
Según la variedad de cada uno ; 
De día, de noche, acá y allá perdidos. 
Del sueño y de las armas afligidos. 

Saliendo yo á correr la costa un día 
Por caminos y pasos desusados. 
Llevando por escolta y compañía 
Una escudra do plátícos soldados. 
Dimos en una oculta ranchería 
De domésticos indios ausentados, 
Que, por ser grande el bosque y la distancia, 
Tomaron por segura aquella estancia . 



184 LA 

Sobre un haz de arrancada yerba estaba 
En la cabeza una mujer herida, 
Moza que de quince años no pasaba 
De noble traje y parecer vestida : 

Y en la color quebrada se mostraba 
La falta de la san^irre, que esparcida 
Por la delgada y blanca vestidura, 
La lástima aumentaba y hermosura. 

I'regunté que ocasi<5n la había traído 

A lugar tan extraño y apartado, 

Cómo y por qué razón la habían herido 

Y de inhumana crueldad usado : 
Klla, con rostro y ánimo caído 

Y el tono del hablar dobilitado, 
Me dijo : Ks cosa cierta y prometida 
La muerte triste tras la alegre vida. 

Porque entiendas el dejo y desvarío 
Que el humano contento trae consigo, 
Aun no es cumplido un mes que el padre mío 
Tsando de privado amor conmigo, 
Me dio esposo elegido á mi albedrío, 
Esposo y juntamente grande amigo; 
Tal, y de tantas partes, que yo creo 
Que en él hallara termino el deseo. 

Pero su esfuerzo raro y valentía, 
Que della por extremo era dotado, 
Le trujo á la temprana muerto el día 
Que fué nuestro escuadrón despedazado; 
Donde cerca de mí, que le seguía, 
l'n tiro le pnsó por el costado, 
Que fuera menos crudo y más derecho 
Si abriera antes el paso por mi pecho. 

Cayó muerto, quedando yo con vida, 

Vida más enojosa que la muerte : 

Mas viéndome un soldado así afligida. 

En parle condolido de mi suerte. 

Me dio por acabarme ésta herida 

Con brazo, aunque piadoso, no tan fuerte 

Que mi espíritu suelto le siguiese 

Y un bien tras tanlíi mal me sucediese. 

Dio conmigo en el suelo fácilmente. 
Aunque no me privó de mi sentido, 
Pasando el golpe y furia do la gente 
En confuso tropel con gran ruido : 
Pero luego un cacique mi pariente. 
Que en un hoyo al pasar quedó escondido, 
En brazos me sacó del gran tumulto, 
Trayéndome á éste bosque y sitio oculto, 

Donde espero morir cada momento; 
Mas ya, como esperado bien, se tarda : 
Que es costumbre ordinaria del contento 
No acabar de llegar á quien le aguarda : 



ABAUCA.NA. 

Y aunque ya de mi vida al fin me siento, 
Conmigo el cielo término no guarda. 
Ni la llamada muerte á tiempo viene, 
Que mi deseo la impide y la detiene. 

La vida así me cansa y aborrece 
Viendo muerto á mi esposo y dulce amigo. 
Que cada hora que vivo me parece 
Que cometo maldad pues no le sigo : 

Y pues el tiempo esta ocasión me ofrece. 
Usa tú de piedad, señor, conmigo, 
Acabando hoy aquí lo que el soldado 
Dejó por flojo brazo comenzado. 

Así la triste joven luego luego 

Demandaba la muerte, de manera 

Que algún simple de lástima á su ruego 

Con bárbara piedad condecendiera ; 

Mas yo, que un tiempo aquel rabioso fuego 

Labró en mi inculto pecho, viendo que era 

Más cruel el amor que la herida. 

Corrí presto al remedio de la vida : 

Y habiéndola algún tanto consolado, 

Y traído á que viese claramente 
Que era el morir remedio condenado, 

Y para el muerto esposo impertinente, 
Con el zumo de hierbas aplicado 
(Medicina ordinaria desta gente) 
Le apreté la herida lastimosa, 
No tanto cuanto grande peligrosa. 

Dejando, pues, un prático ladino 
Para que poco á poco la llevase, 

Y en los tomados pasos y camino 
Del peligro al pasar la asegurase. 
Partir á mi jornada me convino; 
Mas primero que della me apartase 
Supe que se llamaba Lauca, y que era 
Hija de Miilalauco y heredera. 

La vuelta del presidio caminando 
Sin hallar otra cosa de importancia, 
Iba con los soldados platicando 
De la fe de las indias y constancia 
De muchas (aunque bárbaras), loando 
El firme amor y gran perseverancia; 
Pues no guardó la casta Elisa Dido 
La fe con más rigor á su marido. 

Mas un soldado joven, que venía 
Escuchando la plática movida, 
Diciendo, me atajó, que no tenía 
Á Dido por tan casta y recogida : 
Pues en la Eneida de Marón vería 
Que, del amor libídino encendida, 
Siguiendo el torpe (In de su deseo. 
Rompió la fe y promesa á su Biqueo* 



CANTO 
^ islo, pues, el agravio tan notable 

Y la objeción siniestra del soldado. 
Por e! gran testimonio incompensable 
A la famosa reina levantado, 
Parecíéndomc cosa razonable 
Mostrarle que en aquello andaba errado 
Kl y todos los más que me escuchaban, 
Que en la misma opinión también estaban, 

Les dije que, queriendo el Mantuano 
Hermosear su Eneas floreciente. 
Porque César Augusto Octaviano 
^e preciaba de ser su descendiente, 
Con Dido uso de término inhumano. 
Infamándola injusta y falsamente ; 
Pues vemos por los tiempos haber sido 
Eneas cien años antes que fué Dido. 

Quedaron admirados en oírme 
Que así Virgilio á Dido disfamase, 
Haciendo instancia todos en pedirme 
Que su vida y discurso les contase. 
Yo, pensando también con divertirme 
Que la cueida el trabajo algo aflojase, 
Uecorriendo de nuevo la memoria 
Les comencé á decir así la historia : 

t Cuento una vida casta, una fe pura 
I)e la fama y voz pública ofendida, 
En esta no pensada coyuntura, 
Por raro ejemplo y ocasión traída ; 

Y una falsa opinión que tanto dura 
No se puede mudar tan de corrida, 
Ni del rudo común mal informado 
Arrancar un error tan arraigado: 

Y pues de aquí al presidio yo no hallo 
Cosa que sea de gusto ni contento. 

Sin dejar de picar siempre al caballo, 
Ni del tiempo perder solo un momento, 
No pudiendo eximirme ni excusallo, 
Por ser historia y agradable cuento, 
Quiero gastar en él, si no os enfada, 
Este ralo y sazón desocupada : 

Que el áspero sujeto desabrido. 
Tan seco, tan estéril y desierto, 

Y el estrecho camino que he seguido, 

A puros brazos del trabajo abierto, • 
A término me tienen reducido 
Que busco anchura y campo descubierto 
Donde con libertad, sin fatigarme. 
Os pueda recrear y recrearme. 

Viendo que os tiene sordo y atronado 
El rumor de las armas inquieto, 
^siempre en un mismo ser continuado, 
"^in mudar son ni variar sujeto ; 



TRIGESIMOSEOUNDO. 

Por espaciar el ánimo cansado 
Y sor el tiempo cómodo y quieto, 
Hago esta digresión, que acaso vino 
Cortada á la medida del camino. 



185 



Y pues una Acción impertinente 

Que destruye una honra es bien oída ; 

Y á la reina de Tiro injustamente 
Infama y culpa su inculpable vida ; 
La verdad, que es la ley de toda gente 
Por quien es en su honor restituida, 

¿ Por qué no debe ser, siendo cantada, 
En cualquiera sazón bien escuchada ? 

Que la causa mayor que me ha movido. 
Demás de ser, cuál veis, importunado, 
Es el honor de la constante Dido 
Inadvertidamente condenado : 
Preste, pues, atención y grato oído 
Quien á oír la vei*dad es inclinado : 
Que el mal ofende, aun dicho en pasatiempo; 

Y para decir bien siempre es buen tiempo. 

Cartago antes que Roma fué fundada 

Setenta años contados comunmente, 

Por la famosa Dido, venerada 

Por diosa un tiempo de la tiría gente : 

Del rey Belo su padre fué casada 

Con el sumo pontífice, asistente 

Del gran templo de Alcides, el cual era 

Despups del rey la dignidad primera. 

Este es aquel Siqueo ya nombrado, 
Á quien Dido guardó la fe inviolable ; 
Varón sabio en sus ritos, y abastado 
De bienes y tesoro inestimable : 
Mcis lo que para alivio había allegado 
Fué causa de su muerte miserable. 
Que en fin, lo que codicia mucha gente 
Ninguno lo posee seguramente . 

Dejó Belo dos hijos herederos, 

Uno Pigmaleon, y el otro Dido, 

Á quien en los consejos postrimeros 

Encargó la hermandad y amor unido : 

Lo cual, aunque duró los días primeros. 

De codicia el hermano corrompido. 

Por haber los tesoros del cuñado 

Le dio la muerte envuelta en un bocado* 

Sintió, pues, la mujer su muerte tanto 
Que, no bastando á resistir la pena, 
Soltó con doloroso y fiero llanto 
De lágrimas un flujo cu larga vena ; 
Y cubriendo de triste y negro manto 
Los bellos miembros y la faz serena, 
Con pompa funeral ceremoniosa 
Dio al cuerpo sepultura suntuosa. 



186 



LA ARAUCANA. 



Y aunque del casto amor notable Indicio 
Fué el soberbio sepulcro y monumento» 
No igualó en la grandeza el ediflcio 

AI dolor de la reina y sentimiento : 
Que siempre con devoto sacriQcio 

Y continuos sollozos y lamento, 
Llamando al sordo espíritu, hacía 
Á las frías cenizas compañía, 

Diciendo : i, Es justo, dioses, que yo quede 
En este solitario apartamiento ? 
¡ Ay ! que de tibia fe y amor procede 
No acabar de matarme el sentimiento : 
El mal no os grande que sufrir se puede, 

Y corto al que no basta sufrimiento ; 
Mas quiere el cielo dilatar mi muerte. 
Porque dure el dolor más que ella fuerte. 

Aunque el odio y rencor disimulaba 
Contra el pérfido hermano poderoso, 
Venganza al cielo sin cesar clamaba 
Con ira muda y con gemir rabioso ; 

Y cuando sola á ratos se hallabat 
Desfogando aquel ímpetu bascoso, 
Soltaba, con un bajo son gimiendo, 
La reprimida rabia y voz diciendo : 

Traidor, dime, ¿qué caso irremediaMe 
Debajo de hermandad y ley fingida 
A maldad te movió tan detestable 
Contra tu misma sangre cometida ? 
Si fué sed de riquezas insaciable, 
Quitárasle el tesoro y no la vida. 
Templando tu impiedad y furia insana 
El amor y respeto de tu hermana. 

Si no miraste, ingrato, al beneficio 
Que del como cuñado recebías. 
Miraras al nefario sacrificio 
Que del hermano de tu madre bacías, 

Y al malvado y horrendo maleficio 
En tu pecho forjado tantos días. 

Pues no podrás decir que fué accidente ; 
Que nunca nadie es malo de repente. 

Si de tu inerme intento y desatino 

Me hubieras con indicios advertido, 

No por tan duro y áspero camino 

El tesoro alcanzaras pretendido : 

Mas el mal, cuando viene por destino. 

No puede ser á tiempo provenido. 

¡ Ay ! ¿ qué aprovecha el lamentarme ahora ? 

Que siempre es tarde ya cuando se llora. 

¿ Por qué, fiero enemigo, así quisiste 
D^arte arrebatar de lu deseo, 
Tan ciego de codicia que no viste 
Que matabas á Dido conSiqueo? 



Materia de maldad al mundo diste 
Con un hecho atrocísimo y tan feo. 
Que durará en los sii^los por niemoria 
De tu traición la alx>mináble historia. 

¿ Cabe en razón, es cosa permitida 
Que, siendo tú traidor, siendo tirano, 
Perverso, atroz, sacrilego, homicida, 
Tengas con estos nombres el de hermano ? 

Y viéndome contigo convenida 

Mi crédito andará de mano en mano. 
Padeciendo mi honor agravio injusto, 
Que no dice la fama cosa al justo. 

Mas si huyo de ti, fiero enemigo, 
Te irrito á que me sigas pues que huyo. 
Si á mi marido en la fortuna sigo, 
Todo lo que pretendes queda luyo : 
Si habiéndole tú muerto estoy contigo. 
Mancho la fama y mi opinión destruyo ; 
Que en parte ya parece que consiente 
Quien perdona ligera y fácilmente. 

¿ Qué medio he do buscar á mal tan fuerte ? 
Que el ciclo ni la tierra no le tiene, 

Y aquel forzoso y último, mi suerte 
(Porque padezca más) me le detiene. 

¡ Ay ! que si es malo desear la muerte, 
Es peor el temerla si conviene : 
Que no es pena el morir á los cuidados, 
Sino fin de las penas y cuidados. 

Mas ya que el ser tú rey y recatado 
La venganza legítima me impida, 
Procuraré atajar tii fin dañado 
Con muestra doblo y hermandad fingida ; 

Y cuando pienses verte apoderado. 
Quedarás con mi súbita partida 
Sin hermana, tesoro y si o derecho, 

Y con la infamia del inerme hecho. 

Así la triste reina dolorosa 

Sobre el rico sepulcro lamentando 

Pasaba vida triste y soledosa. 

La venganza y el tiempo deseando : 

Pero de alguna fuerza recelosa, 

De su prudencia y discreción usando. 

Doméstica, amorosa y blandamente 

Ai hermano escribió, que estaba ausente. 

Haciéndole entender que ya cansada 
Del llanto y soledad que padecía 
En aquellos palacios y morada. 
Do tuvo un tien)po alegre compañía. 
De la triste memoria lastimada, 
Dando algún vado ¿ su dolor, quería 
Irse con él, poniendo fin al lloro, 
Con todas sus riquezas y tesoro : 



CANTO TRIGESÍMOSEGUNDO 



187 



Para lo cual secreta y prestamente 
Una fornida flota le enviase, 
Donde con todo su tesoro y gente. 
En arribando al puerto se embarcase, 
Porque con el seguro conveniente 
El mar que estaba enmedio atravesase; 
Que era solo el temido impedimento 
De su esperado y último contento. 

Llegada, pues, la nueva al ambicioso 
Rey de aquello que tanto deseaba, 
\'iendo que al fin y puerto venturoso 
Sus cosas la fortuna encaminaba, 
Alegre más que nunca y codicioso, 
Luego una gruesa flota despachaba 
De naves y galeras, bastecida 
De gente, de regalos y comida. 

Llegó al puerto la flota deseada 
Con presta y no pensada diligencia. 
Do la gente del rey desembarcada 
Fué luego á dar ¿ Dido la obediencia, 
Que, mostrando placer de su llegada, 
Con loable cuidado y providencia 
Hizo luego hospedar toda la gente 
Espléndida, cumplida y largamente. 

En siendo tiempo la cuidosa Dido 
Á su gente mandó que se aprestase, 

Y con alarde y público ruido 

Los empacados muebles embarcase : 
Haciendo que de noche y escondido 
En la nave el tesoro se cargase, 
Con tan grande secreto, que ninguno 
Tuvo dello noticia ó rastro alguno. 

Tema sesenta cajas prevenidas. 
Llenas de gruesa arena y aplomadas, 
De fuertes cerraduras guarnecidas, 
Con dobles planchas de metal herradas : 
Estas fueron en público traídas 
Donde, á vista de todos embarcadas, 
Daban muestras que en ellas iba el oro, 
Las joyas, las riquezas y tesoro . 

Luego Elisa, con tierno sentimiento 
Del lastimado pueblo, se embarcaba. 
Dando presto la vela al manso viento 
Que favorable en popa respiraba : 
La nave con sereno movimiento 
El llano y sosegado mar cortaba, 
Comenzando á seguir toda la flota 
l.>e la alta capitana la derrota. 

.Vquella noche y el siguiente día 
Corrió con viento próspero la armada ; 
Mas ya que el mar las costas encubría 

V del todo se vio Dido engolfada, 



La noble y obediente compañía, 
Al borde de su nave congregada. 
Hizo en tomo allegar la demás gente, 
Que á la vista también fuese presente, 

Dicíéndoles con pecho valeroso 
Que su designio y pretensión no era 
Ir al injusto hermano cauteloso. 
De quien era enemiga verdadera. 
Porque con trato y término alevoso. 
Debajo de hermandad y fe sincera. 
Movido de sacrilego deseo 
Había dado la muerte á su Siqueo. 

Por donde olla también no asegurada 
De sus secretos, fraudes y traiciones. 
Quería dejar la cara patria amada, 
Su reino, su morada y posesiones : 

Y al mar dudoso y vientos entregada, 
Buscar nuevas provincias y regiones 
Adonde con seguro viviría. 

Lejos de su dominio y tiranía. 

Y pues que sus riquezas habían sido 
La causa de su daño y perdimiento, 
Matándole por ellas el marido, 

Y lo serían quizá del seguimiento ; 
Todas consigo las había traído, 
Con voluntad y resoluto intento 

De echarlas en el mar do pereciesen ; 
Porque jamás á su poder viniesen. 

Hizo luego sacar allí tras esto 
Los cofres del arena barreados, 

Y con alarde y automanifíesto 

En el profundo mar fueron lanzados : 
Los ministros del rey con triste gesto, 
Atónitos, confusos y turbados. 
Se miraban, teniendo por extraña 
De la animosa reina la hazaña, 

Y por el grave caso discurriendo, 
Que mudos y espantados los tenía. 
La furia del rey mozo conociendo, 
Que el perdido tesoro aumentaría : 
Suspensos y medrosos, no sabiendo 
Qué razonó descargo bastaría 

Á que el airado rey no los culpase, 

Y en ellas su furor no ejecutase. 

Pues :oma la entendida reina viese 
Camino y coyuntura aparejada 
Por do á su devoción se redujese 
La gente del hermano amedrentada. 
Antes que el tiempo y la tardanza diese 
Logar á alguna novedad pensada. 
Haciendo sosegar toda la gente. 
Les dijo, prosiguiendo, lo siguiente i 



188 



LA ARAUCANA. 



Amigos, quo del flrnae intento mío 
Habéis visto á los ojos ya la prueba, 

Y C(5mo la Fortuna á su albedrío 
Errando por el ancho mar me lleva : 
Podréis volver si ya no es desvarío, 
Á dar al rey la desabrida nueva 
Del tesoro anegado, y mi huida 
A tierra y á región no conocida. 

Pero ya conocéis por experiencia 
Su irreparable furia acelerada, 
Quo, viendo que volvéis á su presencia 
Sin el tesoro y prenda deseada, 
Descargará con bárbara impaciencia 
Sobre vuestra cerviz la mano airada, 
Sin escuchar descargo ni disculpa, 
Añadiendo maldad y culpa á culpa. 

Y pues es de temer la tiranía 

Y el ímpetu de un mozo rey airado, 
Que así del caro reino y patria mía 

Á buscar nuevas tierras me ha sacado ; 

Quien quisiere seguir mi compañía. 

No se verá de mí desamparado. 

Mas de todo el provecho y bien que espero 

Será participante y compañero. 

El lugar y aparejo es oportuno, 

Y para haber consejo me remueve : 
Así que, pues sois sabios, cada uno 
Elija de dos males el' más leve : 

Si al rey volvéis no ha de escapar ninguno ; 

Y este dolor y lástima me mueve 

Á quereros rogar que vais conmigo, 
Por no ser yo la causa del castigo. 



Las muertes figurad y crueldades 
Que en vosotros habrán de Secutarse : 



No miréis á las casas y heredades, 
Que todo por la vida es bien dejarse ; 
Que en fortunas y grandes tempestades 
Solo en lo que se escapa ha de pensarse, 
Conociendo que están todos los bienes 
Sujetos á peligros y vaivenes. 

Á las razonen de la reina atentos 
Los turbados ministros estuvieron, 
Y en la perpleja mente y pensamientos 
Mil cosas en un punto revolvieron : 
Al cabo (aunque diversos los intentos) 
Todos de un parecerse resolvieron 
De seguir hasta el Qn en su viaje, 
Dándole la obediencia y vasallaje. 

La fe con juramento establecida. 
Sin que ninguno dellos rehusase. 
Dando vela, á la flota detenida 
Mandó Dido que á Cipro enderezase. 
Donde graciosamente rocebida, 
Cómo allí su designio declarase, 
Llevó del cíprioto pueblo amigo 
Ochenta mozas vírgenes consigo, 

Para á tiempo casarlas con la gento 
Que en su servicio y devoción llevaba, 
Buscando alguna tierra conveniente 
Donde fundar un pueblo deseaba : 
Así la vía de la África al poniente 
Con favorable viento navegaba : 
Mas forzoso será, según me siento, 
Dividir en dos partes este cuento. 



CANTO XXXllL 



Prosigue don Alonso la navegación de Dido hasta que llegó á Biserta ; cuenta cómo fundó i Cartago j 
la causa porque se mató. También se contiene en este canio la prisión de Caupolican. 



Muchos entran con ímpetu y corrida 
Por la carrera de virtud fragosa, 

Y dan en la del vicio más seguida. 
De donde es el volver difícil cosa ; 
El paso es llano y fácil la salida 
De la vida reglada á la anchurosa, 

Y más agrio el camino y ejercicio 

Del vicio á la virtud, que della al vicio. 

Asi Pigmaloón había tenido 
Señales de virtud en su crianza, 

Y con grandes principios prometido 
De justo y liberal buena esperanza ; 



Pero, de la codicia pervertido. 
Hizo en breve sazón tan gran mudanza ; 
Que no sigilo de bienes fué avariento, 
Pero inhumano, pérfido y sangrionto. 

Lo cual nos dico bien la alevosía 

De la secreta muerte del cuñado 

Que alegre y contentísimo vivía 

En la ley de hermandad asegurado : 

Mayormente que entonces parecía 

El rey á la virtud aficionatio ; 

Que no hay malad más falsa y engañosa 

Que la que trae la muestra virtuosa. 



CANTO TUIGESIMOTERCERO. 



189 



Ksla no le saliú como pensaba, 
Sino al contrario en todo y diferente, 
Pues no sólo no vio lo que esperaba, 
Pero perdió las naves y la gente : 
La reina, viento en popa, navegaba 
Como dije, la vuelta del poniente, 
Tocando con sos naves y galeras 
En algunas comarcas y riberas. 

Torció el curso á la diestra bordeando, 
De las vadosas Sirtes recelosa, 

Y á vista de Licudia atravesando. 
Corrió la costa de África arenosa : 

Y siempre tierra á tierra navegando, 
Pasó por entre el Ciervo y Lampadosa, 
Llegando en salvo á Túnez con armada, 
Por el fatal decreto allí guiada; 

Donde viendo el capaz y fértil suelo 
De frulíferas plantas adornado, 

Y el aire claro, y el sereno cielo 
Clemente al parecer y muy templado ; 
Perdido del hermano ya el recelo. 
Por verle tan distante y apartado, 
Qniso fundar un pueblo de cimiento, 
Haciendo en él su habitación y asiento; 

Para lo cual trató luego de hecho 
Con los vecinos que en el sitio había 
Le vendiesen de tierra tanto trecho 
Cuanto un cuero de buey circundaría : 
Los moradores, viendo que provecho 
De su contratación se les seguía, 
Con la reina, en el precio convenidos, 
Hicieron sus asientos y partidos. 

Hecha la paga, el sitio señalado, 
Mandó Dido buscar con diligencia 
Un grande y grueso buey, que desollado, 
Hizo estirar el cuero en su presencia ; 

Y en tiras sutilísimas cortado, 
Tanto trecho tomó, que á la prudencia 
De la reina sagaz y aviso extraño 

Le quisieron poner nombre de engaño. 

Pero recompensó la demasía, 
Dejándolos contentos y pagados. 
Descubriendo á los suyos que traía 
Los ocultos tesoros escapados : 
Que usado del ardid y astucia había 
De los cofres de arena al mar lanzados, 
Porque cuando el hermano lo supiese, 
Faltando la ocasión, no la siguiese. 

Corregidas las faltas y defectos 
Al orden de vivir perjudiciales, 
Fueron por la prudente reina electos 
Cónsules, magistrados y oficiales ; 



Y traídos maestros y arquitectos, 
Juntos los necesarios maierlales, 
Dio principio la reina valerosa 

A la labor de la ciudad famosa. 

Fué la ciudad por orden fabricada, 
Mostrándoselos hados muy propicios, 
En breve ennoblecida é ilustrada. 
De suntuosos y altos edificios ; 

Y la nueva república ordenada. 
Leyes instituyó, criando oficios 

Con que el pueblo en razón se mantuviese 

Y en paz y orden política viviese. 

Y por el gran valor y entendimiento 
Con que el pueblo obediente gobernaba. 
Iba siempre el concurso en crecimiento 

Y los términos cortos dilataba : 

Así que, el trato y agradable asiento 
Los ánimos y gustos provocaba. 
Viniendo á vecindarse muchas gentes 
De tierras y lugares diferentes. 

Y como en éstos tiempos aun no había 
La invención del papel después hallada. 
Que en pieles de animales se escribía, 

Y era cualquiera piel carta llamada, 
Del cual nombre aun usamos hoy en día 
Así aquella ciudad edificada 

En el lugar por una piel medido, 
De carta la llamó Cartago Dido. 

H izóse en poco tiempo tan famosa 

Y de tanta grandeza y eminencia, 
Que era cosa de ver maravillosa 

El trato de las gentes y frecuencia : 
Mostrando aquella reina valerosa 
En gobernar al pueblo tal prudencia, 
Que muchos otros príncipes y reyes 
De su nueva ciudad tomaron leyes. 

Y aunque era tal su ser, tal su cordura 
Que por diosa vinieron á tenella, • 
Ninguna de su tiempo en hermosura 
Pudo ponerse al parangón con ella : 
Así que, por milagro de natura, 
Como cosa no vista iban á vella ; 

Que no sé en las idólatras del suelo 
A quién mayores partes diese el cielo. 

Grandes matronas hubo que animosas 
Por la fama á la muerte se entregaron ; 
Otras que por hazañas milagrosas 
Las opresas repúblicas libraron : 
Pe2*o todas perfetas tantas cosas 
Cómo en Dido, en ninguna se juntaron ; 
Fué rica, fué hermosa, tué castísima. 
Sabia, sagaz, constinlc y prudentísima. 



190 LA 

Lleg<5 luego la voz desto al oído 
Del franco Yarbas, rey musilitano, 
Mozo brioso y de valor, temido 
En todo el ancho término africano ; 
£1 cual coa juvenil furia movido 
De un impaciente y nuevo amor lozano 
Á la reina despacha embajadores 
De su consejo y reino los mayores, 

Pidiéndole que, en pago del tormento 
Que por ella pasaba cada hora, 
Quisiese con felice casamiento 
De su persona y reino ser señora : 
Donde no, que con justo sentimiento 
(Como de tan gran rey despreciadora) 
Sobre ella con ejército vendría 

Y su gente y ciudad asolaría. 

Hecha, pues, la embajada en el senado. 
Que no quiso la reina estar presente, 
Les fué á los senadores intimado 
£1 ruego y la amenaza juntamente. 
Causóles turbación, considerado 
£1 casto voto y vida continente 
Que la constante reina profesaba. 
Que al intento de Yarbas repugnaba. 

Luego que los ancianos entendieron 
La demanda de Yarbas arrogante, 
Llevar por artificio pretendieron 
£1 negocio difícil adelante : 
Así que, ante la reina parecieron 
Contriste rostro y tímido semblante, 
Bajos los ojos, la color turbada, 
Mostrando desplacer con la embajada, 

Diciéndole : Sabrás que, habiendo oído 
Yarbas tu buen gobierno y regimiento, 
Por la parlera Fama encarecido, 

Y desta tu ciudad el crecimiento. 
De una loable pretensión movido, 
Pide que. sin algún detenimiento 
Veinte de tu consejo más instruios 
Vayan á reformar sus estatuios, 

Y siendo de sufrir áspera cosa, 
Impropia á nuestra edad y profesiones, 
Dejar la patria cara y -paz sabrosa 
Por ir á incultas tierras y naciones 

Á corregir de gente sediciosa 

Las costumbres y viejas condiciones. 

Todos tus consejeros lo rehusan, 

Y con causas legítimas se excusan, 

Viendo que el caro y último sosiego 
Sin esperanza de volver perdemos, 

Y no condecendiendo al impío ruego 
En gran peligro la ciudad ponemos: 



ARAUCANA. 

Pues con grueso poder y armada luego 
Al indignado joven rey tendremos 
Para asolar á hierro y fiera llama 
Tu pueblo insigne y celebrada fama. 

Esto es, en suma, lo que Yarbas pide 
Con ruegos de amenaza acompañados, 
Pero nuestra cansada edad lo impide, 

Y las leyes nos hacen jubilados : 
Pues no es razón, si por razón se mide. 
Que de largos trabajos quebrantados 
Dejemos nuestras casas y manida 
En el último tercio de la vida. 

Sí á los peligros en la edad primera 
Por adquirir honor nos arrojamos, 
Es bien que en la cansada postrimera 
Gocemos del desuanso que ganamos : 

Y á nuestra abandonada cabecera, 
Al tiempo incierto del morir, tengamos 
Quien nos cierre los ojos con ternura 

Y déá nuestras cenizas sepultura. 

Y pues tiene de ser en tu presencia 
Esta prejudicial demanda puesta. 
Conviene que con maña y advertencia 
Te prevengas de medios y respuesta : 
Atajando tu seso y providencia 
£1 mal que el mauritano rey protesta. 
De modo que la paz y amor conserves 

Y de nuevos trabajos nos reserves. 

Estuvo atenta allí la reina Elisa 
Á la compuesta habla artificiosa, 

Y con alegre rostro y grave risa, 
Aunque sentía en el ánimo otra cosa, 
Á todos los trató y miró de guisa 
Tan agradable, blanda y amorosa. 
Que si en verdad la relación pasara. 
De sus casas y quicios los sacara. 

Diciendo : Amigos caros, que á los hados 
Jamás os vi rendidos vez alguna, 

Y en los grandes peligros, esforzados, 
Hicistes siempre rostro á la fortuna : 
I Cómo de tantas prendas olvidados 
En tan justa ocasión, por sólo una 
Breve incomodidad de una jornada 
Queréis ver vuestra patria arruinada ? 

Es á todos común, á todos llano, 
Que debe (como miembro y parte unida) 
Poner por su ciudad el ciudadano 
No sólo su descanso más la vida ; 

Y por razón y por derecho humano. 
De justa deuda natural debida, 
A posponer el hombre está obligado 
Por el sosiego público el privado. 



CANTO TRIOESIMOTERCERO. 



191 



! Al alto y gran de Júpiter pluguiera 
Que bastara á ofrecer la vida mía, 
Que presto el judicioao mondo viera 
Cuan voluntariamente la ofrecía 1 

Y pues habéis pasado la carrera 
Por tan estrecha y trabajosa vía, 

I No es bien que al rematar tan largo trecho 
Horréis y deshagáis cuanto habéis hecho. 

• 

Visto los senadores cómo Dido. 
Por el camino de razón llevada 
En el armado lazo había caído 
Kn sos mismas palabras enredada, 
Cambiando en rostro alegre el afligido, 
I^s manos altas, y la voz alzada, 
Le dicen : Todos juntos como estamos 
Tus urgentes razones aprobamos. 

Justamente, señora, sentenciaste, 
Sacándonos de duda y grande aprieto, 
Que no hay razón tan eQcaz que baste 
Contra la autoridad de tu decreto : 

Y porque tiempo en esto no se gaste, 
Es bien que te aclaremos el secreto. 
Pues por ningún respeto ni avenencia 

* Puedes contravenir á tu sentencia. 

Sabrás, reina, que Yarbas no te envía 
Por tus ancianos vicgos impedidos. 
Que en todo buen gobierno y policía 
Tiene su reino y pueblos corregidos : 
Solo quiere tu gracia y compañía, 
Ofreciéndote en dote mil partidos, 
(Jon útiles y honrosas condiciones 

Y un infinito número de dones. 

Advierte que si acaso no acetares 
El santo conyugal ayuntamiento, 

Y con errado acuerdo despreciares 
Su larga voluntad y ofrecimiento, 
Harás que el hierro y llamas militares 
Asuelen á Cartago de cimiento ; 

Así que, en tu elección y á tu escogida 
Queda la guerra 6 paz comprometida : 

Que si el buen ciudadano alegremente 
Debe ofrecerse por la patria amiga, 
Con más razón y fuerza más urgente 
Como cabeza á ti la ley te obliga ; 

Y no puedes con causa sufíciente 
Dejar de redimir nuestra fatiga, 
Dándonos con el tiempo prosperado 
La sucesión y fruto deseado. 

Cuando á seguir estés determinada 
£1 casto infrntuoso presupuesto, 
' Mira á tus pies esta ciudad postrada 

Y al inocente cudlo el lazo puesto. 



Que por tí renunció la patria amada, 
Debajo de promesa y de protesto 
Que al descanso y quietud que pretendías 
El sosiego común antepondrías. 

Sintió la reina tanto al improviso 
La gran demanda y condición propuesta. 
Que, por más que encubrir la pena quiso, 
Della el rostro señal dio manifiesta : 
Mas con su discreción y grande aviso, 
Suspendiendo algún tanto la respuesta. 
Soltó la voz serena y sosegada 
Que la gran turbación tem'a trabada, 

Diciéndoles : Amigos, yo quisiera, 
Para que todo escándalo se evite, 
Que responderos luego yo pudiera, 
Antes que Yarbas más nos necesite : 
Pero el negocio y caso es de manera. 
Que mi estado y grandeza no permite 
Qne me resuelva á responder tan presto. 
Aunque os parezca á todos que es honesto ; 

Que es mostrar liviandad : y demás deso 
Falto á la obligación y fo que debo. 
Si del intento casto y voto expreso 
Á la primera persuasión me muevo. 
Borrando el inviolable sello impreso 
De mi primero amor con otro nuevo. 
Así que, combatida de contrarios, 
Son el tiempo y consto necesarios. 

Tres meses pido, amigos, solamente 
Para acordar lo que se debo en esto, 

Y dar satisfacción de mí á la gente 
En no determinarme así tan presto : 
Que el libertado vulgo maldiciente 

Aun quiere calumniar lo que es honesto ; 
Y, como instituidores de las leyes, 
Tienen más ojos sobre silos reyes. 

Yarbas no se dará por enemigo 

En cuanto el fin de los tres meses llega ; 

Y pasado éste término me obligo 

De responderle grata á lo que ruega : 
Tomar, pues, menos plazo del que digo 
Mi honestidad y estimación lo niega ; 

Y no conviene á Dido dar disculpa, 
Que es indicio de error y arguye culpa. 

Cerróse aquí la reina, y fué forzado 
Hacer con los de Yarbas nuevo asiento 
Que aguardasen el tiempo señalado 
Para determinar el casamiento : 
Los cuales, por el ruego del senado 

Y el gracioso hospedaje y tratamiento, 
Quedaron en Cartago aquellos días 
Con grandes regocijos y alegrías. 



192 



LA ARAUCANA. 



Y aunque el senado gq la demanda instaba 
Por el provecho y general sosiego, 

La reina la respuesta dilataba. 
Dando gratos oídos á su ruego : 

Y entre tanto en secreto aparejaba 
Lo que tenía pensado desde luego, 
Que era acabar la vida miserable 
Primero que mudar la fe inmudable. 

Llegado aquel funesto último día, 
El pueblo en la ancha plaza congregado, 
Ricamente la reina se vestía, 
Subiendo en un esento y alto estrado, 
Al pie del cual uña hoguera había 
Para la inmola y sacrificio usado, 
De donde á los atentos circunstantes 
Les dijo las palabras semejantes : 

¡ Oh fieles compañeros, que contino 
En todos los trabajos lo mostrastes. 
Que por seguir mis hados y camino 
Vuestras casas y patria renunciastes I 
Hoy la fortuna y áspero destino. 
Por el último fin de sus contrastes. 
Me fuerzan á dejar á costa mía 
Vuestra cara y amable compañía. 

Si apartarme de amigos tan leales 
Hace esta mi partida dolorosa. 
Los consultados dioses celestiales 
No disponen ni pueden otra cosa : 

Y así, por desviar los grandes males 
Que tienen á Cartago temerosa. 
Pues ponen en mis manos el remedio, 
Quiero quitar la causa de por medio : 

Que pues del cielo el áspero decreto 
De poder tener bien me mhabilita, 

Y el ver á mi ciudad puesta en aprieto 
Á quebrantar la fe me necesita ; 
Quiero cortar á Yarbas el sujeto 

Del engañado amor que así le incita, 
Dando á mi vida fin, pues deste modo 
Faltando la ocasión cesará todo. 

Esto será con darme yo la muerte ; 

Y aunque os parezca este remedio extraño. 
Es más fácil, más breve y menos fuerte, 

Y en fin, particular y poco el daño : 
Pues, sin peligro vuestro, dcsla suerte 
Saldrá el errado Yarbas de su engaño, 

Y yo conservaré con más pureza 
Del casto y viudo lechóla limpieza. 

Hoy por el precio de una corta vida 
La vejación redimo de Cartago, 
Dejando ejemplo y ley establecida 
Que 08 obligue á hacer lo que yo hago : 



Y con mi limpia sangre aquí esparcida 
Al cielo y á la tierra satisfago ; 

Pues muero por mi pueblo y guardo entera 
Con inviolable amor la fe primera. 

No lamentéis mi muerte anticipada. 
Pues el cielo la aprueba y solemniza ; 
Que una breve fatiga y muerto honrada 
Asegura la vida yla eterniza. 
Que si el cuchillo de la parca airada 
Al que quiere vivir le atemoriza. 
No os debe de pesar si Dido muere. 
Pues vive el que se mata cnando quiere. 

Á Dios, á Dios amigos, que ya os veo 
Libres, y á mí marido satisfecho. 

Y no les dijo más con el deseo 
Quo tenía de acabar el fiero hecho : 
Así, llamando ni nombre de Siqueo, 
Se abrió con un puñal el casto pecho, 
Dejándose caer de golpe luego 
Sobre las llamas del ardiente fuego. 

Fué su muerte sentida en tanto grado. 
Que gran tiempo en Cartago la lloraron ; 

Y en memoria del caso señalado 
Un suntuoso templo le fundaron, 
Donde con sacrificio y culto usado, 
Mientras las cosas prósperas duraron. 
De aquella su ciudad ennoblecida 
Por diosa de la patria fué tenida. 

Y aborreciendo el nombre de señores, 
Muerta la memorable reina Dido, 

Por cien sabios ancianos senadores 
De allí adelante el pueblo fué regido ; 

Y creciendo el concurso y moradores 
Vino á ser poderoso, y tan temido. 

Que un tiempo á JVoma en su mayor gran- 
Le puso en gran trabajo y estrecheza. [deza 

Este es el cierto y verdadero cuento 
De la famosa Dido disfamada, 
Quo Virgilio Marón sin miramiento 
Falso su historia y castidad preciada 
Por dar á sus ficciones ornamento ; 
Pues vemos que esta reina importunada, 
Pudiéndose casar y no quemarse, 
Antes quemarse quiso que casarse. 

Iban todos atentos escuchando 
El extraño suceso peregrino 
Cuando al fuerte llegamos, acabando 
La historia juntamente y el camino ; 

Y en él aquella noche reposando, 
Venida la mañana nos convino 
Procurar de tener con diligencio 
Del buscado enemigo inteligencia. 



CANTO TRIGESIlfOTRRCGRO. 



193 



Mas un indio que acaso inadvertido 
Fué de una escolta nuestra prisionero, 
Hombre en las muestras de ánimo atrevido, 
Suelto de manos y de pies ligero, 
Con promesas y dádivas vencido 
Dijo : Yo me resuelvo y me profiero 
De daros llanamente hoy en la roano 
AI grande general Caupolicano. 

En un áspero bosque y espesara, 
Nueve millas de Ongolmo desviado, 
Kstá un sitio muy fuerte por natura 
De ciénagas y fosos rodeado, 
Donde por ser la tierra tan segura 
Anda de solos diez acompañado, 
Hasta que vuestra próspera creciente 
Aplaque el gran furor de su corriente. 

Por una estrecha y desusada vía, 
Sin que pueda haber dello sentimiento, 
Seré en la noche escura yo la guía 
Llevando á vuestra gente en salvamento ; 

Y antes que se descubra el claro día 
Daréis en el oculto alojamiento, • 
Donde á cumplir del todo yo me obligo 
Pena de la cabeza lo que digo. 

Fué la nzón del mozo bien oída, 
Viéndole en su promesa tan constante ; 

Y así luego una escuadra prevenida 
De gente esperta y número bastante. 
Para toda sospecha apercebida, 
Llevando al indio amigo por delante, 
Saltó á la prima noche en gran secreto, 
Con paso largo y caminar quieto. 

Por una senda angosta é intricada, 
Subiendo grandes cuestas y bajando, 
Del solícito bárbaro guiada 
Iba á paso tirado caminando : 
Mas la escura ti niebla adelgazada 
Por la vecina aurora, reparando 
Junto á un arroyo y pedregosa fuente, 
VolviiS el indio diciendo á nuestra gente : 

Yo no paso adelante, ni es posible 
Seguir este camino comenzado, 
Que el hecho es grande y'el temor terrible, 
Qat me detiene el paso acobardado : 
Imaginando aquel aspecto horrible 
Del gran Caupolican contra mí airado, 
Cuando venga á saber que S(51o he sido 
El soldado traidor que le ha vendido. 

Por este arroyo arriba, que es la guía, 
Aunque sin rastro alguno ni vereda, 
Daréis presto en el sitio y ranchería 
Que está en medio de un bosque y arboleda : 



Y antes que aclare el ya vecino día 

Os dad priesa á llegar, porque no pueda 
La centinela descubrir del cerro 
Vuestra venida oculta y mi gran yerro. 

Yo me vuelvj de aquí, pues he cumplido 
Dejándoos ct^mo os dejo en este puesto, 
Adonde salvamente os he traído. 
Poniéndome á peligro manifleslo : 

Y pues al punto justo habéis venido, 
Os conviene dar priesa y llegar presto. 
Que es irrecuperable y peligrosa 

La pérdida del tiempo en toda cosa : 

Y si sienten rum )r desta venida. 
El sitio es ocupado y pcfiascjso, 
Fácil y sin peligro la huida 

Por un derrumbadero montuoso : 
Mirad qU3 os daña ya la detenida, 
Seguid hoy vuestro had > venturoso, 
Que menos de una milla de camino 
Tenéis al enemigo ya vecino. 

No por caricia, oferta ni promesa 
Quiso el indio mover el pie adelante. 
Ni amenaza de muerte 6 vida opresa 
Á sacarle del tema fué bastante : 

Y viendo el tiempo corto y que la priesa 
Les era á la sazón tan importante, 
Dejándole amarrado á un grueso pino, 
La relación siguieron y camino. 

Al cabo de una milla, y á la entrada 
De un arcabuco lóbrego y sombrío, 
Sobre una espesa y áspera quebrada 
Dieron en un pajizo y gran bohío : 
La plaza en rededor fortificada 
Con un despeñadero sobre un río, 

Y cerca del cubiertas de espadañas 
Chozas, casillas, ranchos y cabanas. 

La centinela en esto descubriendo 
De la punta de un cerro nuestra gente, 
Dio la voz y señal apercibiendo 
Al descuidado general valiente : 
Pero los nuestros en tropel corriendo 
Le cercaron la casa de repente. 
Saltando el flero bárbaro á la puerta, 
Que ya á aquella sazón estaba abierta. 

Mas viendo el paso en torno embarazado 

Y el presente peligro de la vida, 

Con un martillo fuerte y acerado 

Quiso abrir á su modo la salida : 

Y alzándole á dos manos, empinado. 
Por dalle mayor fuerza á la caída. 
Topó una viga arriba atravesada 
Do la punta encarnó y quedó trabada ; 

i3 



194 



LA ARAUCANA* 



Pero un soldado á tiempo atravesando 
Por delante, acercándose á la paerta, 
Le dio un golpe en el brazo, penetrando 
Los músculos y carne descubierta : 
En esto el paso el indio retirando, 
Visto el remedio y la defensa incierta, 
Amonest<5 á los suyos que se diesen 

Y en ninguna manera resistiesen. 

Sali<5 fuera sin armas, requiriendo 
Que entrasen en la estancia asegurados, 
Que eran pobres soldados que huyendo 
Ahdaban de la guerra amedrentados : 

Y así, con priesa y turbación, temiendo 
Ser de los forajidos saltcadoSt 

Á la ocupada puerta había salido. 
De las usadas armas prevenido. 

Entraron de tropel, donde hallaron 
Ocho ó nueve soldados de importancia, 
Que, rendidas las armas, se entregaron 
Con muestras aparentes de ignorancia : 
Todos atrás las manos los ataron 
Repartiendo el despojo y la ganancia, 
Guardando al capitán disimulado 
Con dobladas prisiones y cuidado ; 

Que aseguraba con sereno gesto 
Ser un bajo soldado de linaje ; 
Pero en su talle y cuerpo bien dispuesto 
Daba muestra de ser gran personaje. 
Gastóse gran espacio y tiempo en esto, 
Tomando de los otros más lenguaje, 
Que todos contestaban que era un hombre 
De estimación común y poco nombre. 

Ya entre los nuestros á gran furia andaba 
El permitido robo y grita usada, 
Que rancho, casa y choza no quedaba 
Que no fUeso deshecha y saqueada. 
Cuándo de un toldo que vecino estaba 
Sobre la punta de la gran quebrada 
Se arrojó una mujer, huyendo apriesa 
Por lo más agrio de la breña espesa. 

Pero alcanzóla un negro á poco trecho. 
Que tras ella se echó por la ladera, 
Que era inlricado el paso y muy estrecho 
Y ella no bien usada en la carrera : 
Llevaba un mal envuelto niño al pecho 
De edad de quince meses, el cual era 
Prenda del preso padre desdichado. 
Con grande extremo del y della amado. 

Trujóla el negro suelta, no entendiendo 
Que era presa y mujer tan importante : 
En esto ya la gente iba saliendo 
Al tino del arroyo resonante, 



Cuando la triste Palla, descubriendo 
Al marido, que preso tt>t adelante. 
De sus insignias y armas despegado, 
En el montón de la canalla atado, 

No reventó con llanto la gran pena. 
Ni de flaca mujer dio allí la muestra, 
Antes de furia y viva rabia llena. 
Con el hijo delante se le muestra 
Diciendo : I^a robusta mano ajena 
Que así ligó tu afeminada diestra. 
Más clemencia y piedad contigo usara 
Si ese cubarde pecho atravesara. 

¿ Eres tú aquel varón que en pocos días 
Hinchió la redondez de sus hazañas» 
Que con sólo la voz temblar hacías 
Las remotas naciones más extrañas ? 
¿ Eres tú el capitán que prometías 
De conquistar en breve las Españaa 

Y someter el ártico hemisferio 
Al yugo y ley del araucano imperio ? 

¡ Ay de mí ! cómo andaba yo engañada 
Con mi altiveza y pensamiento ufano, 
Viendo que en todo el mundo era llamada 
Fresia mujer del gran Caupolicano : 

Y agora, miserable y desdichada. 
Todo en un punto me ha salido vano, 
\'iéndote prisionero en un desierto, 
Pudicndo haber honradamente muerto. 

¿ Qué Son de aquellas pruebas peligrosas. 
Que así costaron tanta sangre y vidas ? 
¿ Las empresas difíciles dudosas 
Por ti con tanto esfuerzo acometidas ? 
¿ Qué es de aquellas victorias gloriosas 
De esos atados brazos adquiridas ? 
¿ Todo, al fin, ha parado y se ha resuelto 
En ir con esa gente infame envuelto ? 

Dime, ¿ fallóte esfuerzo, faltó espada 
Para triunfar de la mudable diosa ? 
¿ No sabes que una breve muerte honrada 
Hace inmortal la vida y gloriosa ? 
Miraras á esta prenda desdichada. 
Pues que de ti no queda ya otra cimb ; 
Que yo, apenas la íiueva me viniera, 
Cuando muriendo alegre te siguiera. 

I Toma, toma tu hijo, que era el ñudo 
Con que el lícito amor me había ligado 
Que el sensible dolor y golpe agudo 
Estos fértiles pechos han secado : 
Cria, críale tú, que ese membrudo 
Cuerpo, en sexo de hembra ae ha trocado ; 
Que yo no quiero título de madre 
Del hijo infame del infame padra. 



CANTO TRiaESlMOGUARTO. 



195 



Diciendo esto, colérica y rabiosa 
El tierno niño le arrojó delante, 

Y con ira frenética y furiosa 

Se fué por otra parte en el instante : 
£o fin, por abreviar, ninguna cosa 
De ruegos ni amenazas fué bastante 
Á que la madre ya cruel volviese, 

Y el ¡nocente hijo recibiese. 

Diéronle nueva madre, y comenzaron 
Á dar la vuelta y á seguir la vía, 
Por la cual á gran priesa caminaron, 
Recobrando al pasar la flda guía 
Que atada al tronco por temor dejaron ; 

Y en larga escuadra aldcclinar del día 
Entraron en la plaza embanderada. 

Con gran aplauso y alardosa entrada. 

Hízose con los indios diligencia 
Porque con más certeza se supiese 
Si era Caupolican, que su apa rancia 
Daba claros indicios que lo fuese : 



Pero ni ausente déi ni en su presencia 
Hubo entre tan losuno que dijese 
Que era más que un incógnito soldado. 
De bajaeslofa y sueldo moderado ; 

Aunque algunos después más animados, 
Cuando en particular los apretaban, 
De su cei'cana muerte asegurados, 
El sospechado engaño declaraban : 
Pero luego delante dól llevados, 
Con medroso temblor se retractaban, 
Negando la verdad ya comprobada, 
Por ellos en ausencia confesada ; 

Mas viéndose apretado y peligroso, 

Y que encubrirse al caba no podía. 
Dejando aquel remedio infructuoso 
Quiso tentar el último que había ; 

Y así, llamando al capitán Reinóse, 
Que luego vino á ver lo que quería. 
Le dijo con sereno y buen semblante 
Lo que dirán mis versos adelante. 



CANTO XXXIV. 



Habla Canpoliean i Reiaoso, y sabiendo que ha de morir se vuelva cristiano : muere de 
miserable muerle, annque con ánimo esforzado. Los araucanos se juntan á la elección del nuevo 
genera]. 



I Oh vida miserable y trabajosa 
Á tantas desventuras sometida ! 
¡ Prosperidad humana sospechosa, 
Pues nunca hubo ninguna sin caída ! 
¿ Qué cosa habrá tan dulce y tan sabrosa 
Que no sea amarga al cabo y desabrida ? 
Nohaygusto,nohayplacer8in su descuento. 
Que el dejo del deleite es el tormento 

Hombrea fhmosos en el siglo ha habido, 
Á quien la vida larga ha deslustrado ; 
Que el mundo los hubiera preferido 
Si la muerte se hubiera anticipado : 
Anibal desto buen ejemplo ha sido, 
Y el cónsul que, en Farsalia derrocado, 
Perdió, por vivir mucho, no el segundo, 
Mas el lugar primero desie mundo. 

Esto eonQrma bien Caupolicano, 
Famoso capitán y gran guerrero, 
Que en el término américo-indiano 
Tuvo en las armas el lugar primero : 
Mas cargóle Fortuna así la mano, 
Dilatándole el término postrero, 
Que fué mucho mayor que la subida 
La miserable y súbita caída. 



El cual, reconociendo que su gente 
Vacilando en la fe titubeaba : 
Viendo qua ya la próspera creciente 
De su fortuna apriesa declinaba, 
Hablar quiso á Rcinoso claramente, 
Que venido á saber lo que pasaba. 
Presente el congregado pueblo todo, 
Habl(5 el bárbaro grave desle modo : 

Si á vergonzoso estado reducido 
Me hubiera el duro y áspero destino, 

Y si esta mi caída hubiera sido 
Debajo de hombre y capitán indino, 
No tuve el brazo así desfallecido 

Que no abriera á la muerte yo camino 
Por este propio pecho con mi espada, 
Cumpliendo el curso y mísera jornada ; 

Mas, juzgándote digno y de quien puedo 
Recebir sin vergüenza yo la vida, 
Lo que de mí pretendes te concedo 
Luego que á mí me fuere concedida ; 
Ni pienses que á la muerte tengo miedo, 
Que aquesa es de los pr«jsperos temida ; 

Y en mí por experiencias he probado 
Cuan mal le está el vivir al desdichado. 



106 



LA ARAUCANA. 



Yo soy Caupolican, que el hado mío 
Por tierra derrocó mi fundamento, 

Y quien del araucano señorío 
Tiene el mando absoluto y regimiento : 
La paz está en mi mano y albedrío, 

Y el hacer y aflrmar cualquier asiento, 
Pues tengo por mi cargo y providencia 
Toda la tierra en freno y obediencia. 

Soy quien matú á Valdivia en Tucapelo, 

Y quien dcjú á Purén desmanlelado ; 
Soy el que puso ¿ Penco por el suelo, 

Y el que tantas batallas ha ganado : 
Pero el revuelto ya contrario cielo, 
De Vitorias y triunfos rodeado, 

Me ponen á tus pies á que le pida 
Por un muy breve término la vida. 

Cuando mi causa no sea justa, mira 

Que el que perdona más es mas clemente; 

Y si á venganza la pasiiSn te tira, 
Pedirte yo la vida es suHciente : 
Aplaca el pecho airado, que la ira 
Es en el poderoso impertinente ; 

Y sí en darme la muerte estás ya puesto, 
Especie de piedad es darla presto. 

No pienses que aunque miíera aquí á tus 
Ha de faltar cabeza en el estado, [manos 
Que luego habrá otros mil Caupolicanos, 
Mas como yo ninguno desdichado : 

Y pues conoces ya á los araucanos. 
Que dellos soy el mínimo soldado, 
Tentar nueva fortuna error sería 
Yendo tan cuesta abajo ya la mía. 

Mira que á muchos vences en vencerte, 
Frena el ímpetu y cólera dañosa. 
Que la ira examina al varún fuerte, 

Y el pei^lonar venganza es generosa ; 
La paz común destruyes con mi muerte. 
Suspende ahora la espada rigurosa, 
Debajo de la cual están á una 

Mi desnuda garganta «y tu fortuna. 

Aspira á más, á mayor gloría atiende, 
No quieras en poca agua así anegarte, 
Que lo que la Fortuna aquí pretende 
Sólo es que quieras della aprovecharte : 
Conoce el tiempo y tu ventura entiende, 
Que estoy en tu poder, ya de tu parte, 

Y muerto no tendrás de cuanto has hecho 
Sino un cuerpo de un hombre sin provecho. 

Que sí esta mi cabeza desdichada 
Pudiera ¡ oh capitán ! satisfacerte. 
Tendiera el cuello á que con esa espada 
Remataras aquí mi triste suerte : 



Pero deja la vida condenada 

El que procura apresurar su muerte, 

Y más en éste tiempo que la mía 
La paz universal perturbaría. 

Y pues por la experiencia claro has visto 
Que libre y preso, en público y secreto. 
De mis soldados soy temido y quisto, 

Y está á mi voluntad todo sujeto : 
Haré yo establecer la ley de Cristo, 

Y que sueltas las armas, te prometo 
Vendrá toda la tierra en mi presencia 
Á dar al rey Felipe la obediencia. 

Tenme en prisión segura retirado 
Hasta que cumpla aquí lo que pusiere ; 
Que yo sé que el ejército y senado 
En todo aprobarán lo que hiciere : 

Y el plazo puesto y término pasado, 
Podré también morir si no cumpliere ; 
Escoge lo que más te agrada desto, 
Que para ambas fortunas estoy presto. 

No dijo el indio más, y la respuesta 
Sin turbación Inirándole atendía, 

Y la importante vida ó muerte presta 
Callando con igual rostro pedía : 

Que por más que Fortuna contrapuesta 
Procuraba abatirle no podía, 
Guardando, aunque vencido y preso, en todo 
Cierto téimino libre y grave modo. 

Hecha la confesión como lo escribo, 
Con más rigor y priesa que advertencia 
Luego á empalar y asaetearlo vivo 
Fué condenado en pública sentencia. 
No la muerte y el término excesivo 
Causó en su gran semblante diferencia. 
Que nunca por mudanzas vez alguna 
Pudo mudarle el rostro la Fortuna. 

Pero mudóle Dios en un momento ; 
Obrando en él su poderosa mano. 
Pues con lumbre de fe y conocimiento 
Se quiso bautizar y ser cristiano : 
Causó lástima y junto gran contento 
Al circunstante pueblo castellano. 
Con grande admiración de todas gentes 
Y espanto de los bárbaros presentes. 

Luego aquel triste, aunque felice día» 
Que con solemnidad le bautizaron, 
Y, en lo que el tiempo escaso permitía. 
En la fe verdadera le informaron, 
Cercado de una gruesa compañía 
De bien armada gente le sacaron 
Á padecer la muerte consentida^ 
Con esperanza ya de mejor vida. 



1 



CANTO TRIGESIMOCUARTO. 



i 97 



Descalzo, deslocado, á pie, desnudo, 
Dos pesadas cadenas arrastrando, 
Con una soga al cuello y grueso ñudo 
De la cual el verdugo iba tirando, 
Cercado en tomo de armas, y el menudo 
Pueblo detrás, mirando y remirando 
Si era posible aquello que pasaba, 
Que visto per los ojos aun dudaba. 

Desta manera, pues, llegó al tablado 
Que estaba un tiro de arco del asiento, 
Media pica del suelo levantado 
De todas partes á la vista exento; 
Donde con el esfuerzo acostumbrado, 
Sin mudanza y señal de sentimiento, 
Por la escala subió tan desenvuelto 
Como si de prisiones fuera suelto. 

Puesto ya en los más alto, revolviendo 
Á un lado y otro la serena frente, 
Estuvo allí parado un rato viendo 
El gran concurso y multitud de gente, 
Que el increible caso y estupendo 
Atónita miraba atentamente. 
Teniendo á maravilla y gran espanto 
Haber podido la Fortuna tanto. 

Llegóse él mismo al palo donde había 
De ser la atroz sentencia ejecutada, 
Con un semblante tal, que parecía 
Teucr aquel terrible trance en nada, 
Diciendo : Pues el hado y suerte mía 
Me tienen esta muerte aparejada, 
Venga, que yo la pido, yo la quiero. 
Que ningún mal hay grande si es postrero. 

Luego llegó el verdugo diligente, 
Que era un negro gelofo, mal vestido, 
El cual viéndole el bárbaro presente 
Para darle la muerte prevenido. 
Bien que con rostro y ánimo paciente 
Las afrentas demás había sufrido, 
Sufrir no pudo aquélla, aunque postrera, 
Diciendo en alta voz desta manera : 

¿Cómo? ¿ que en cristiandad y pecho honrado 
Cabe cosa tan fuera de medida, 
Que á un hombre como yo tan señalado 
Le dé muerte una mano así abatida ? 
Basta, basta morir al más culpado, 
Que al fin todo se paga con la vida ; 
Y os usar deste término conmigo 
Inhumana venganza y no castigo. 

¿No hubiera alguna espada aquí de cuantas 
Contra mí se arrancaron á porfía, 
Que usada á nuestras míseras gargantas 
Cercenara de un golpe aquesta mía ? 



Que aunque ensaye su fuerza en mí de tan- 
Maneras la Fortuna en este día, [tas 
Acabar no podrá que bruta mano 
Toque al gran general Caupolicano. 

Esto dicho, y alzando el pie derecho 
(Aunque de las cadenas impedido) 
Dio tal coz al verdugo, que gran trecho 
Le echó rodando abajo mal herido : 
Reprehendido el impaciente hecho, 

Y él del súbito enojo reducido, 

Le sentaron después con poca ayuda 
Sobre la punta de la estaca aguda. 

No el aguzado palo penetrante, 
Por más que las entrañas le rompiese 
Barrenándole el cuerpo, fué bastante 
A que al dolor intenso se rindiese : 
Que con sereno término y semblante. 
Sin que labio ni ceja retorciese. 
Sosegado quedó de la manera 
Que si asentado en tálamo estuviera. 

En esto seis flecheros señalados. 
Que prevenidos para aquello es'taban 
Treinta pasos de trecho desviados, 
Por orden y despacio le tiraban : 
Y, aunque en toda maldad ejercitados, 
Al despedir la flecha vacilaban, 
Temiendo poner mano en un tal hombre, 
De tanta autoridad y tan gran nombre. 

Mas Fortuna cruel, que ya tenía 
Tan poco por hacer y tanto hecho. 
Si tiro alguno iivieso allí salía, 
Forzando el curso le traía derecho : 

Y en breve, sin dejar parte vacía, 

De cien flechas quedó pasado el pecho, 
Por do aquel grande espíritu echó fuera, 
Que por menos heridas no cupiera. 

Paréceme que siento enternecido 
Al más cruel y endurecido oyente 
Deste bárbaro caso referido, 
Al cual, señor, no estuve yo presente, 
Que á la nueva conquista había partido 
De la remota y nunca vista gente ; 
Que sí yo á la sazón allí estuviera 
La cruda ejecución se suspendiera. 

• 

Quedó abiertos los ojos, y de suerte 
Que por vivo llegaban á mirarle, 
Que la amarilla y afeada Muerte 
No pudo aun puesto allí desñgurarle : 
Era el medio en los bárbaros tan fuerte 
Que no osaban dejar de respetarle ; 
Ni allí se vio en alguno tal denuedo 
Que puesto cerca del no hubiese miedo. 



198 LA 

La voladora Fama presurosa 
Derramó por la tierra eo un momento 
La no pensada muerte ignominiosa. 
Causando alleracidn y movimiento : 
Luego la turba, incrédula y dudosa, 
Con nueva turbaci<5n y desatiento, 
Corre con priesa y corazón incierto 
A ver si era verdad que fuese muerto. 

Era el número tanto que bajaba 
Del contorno y distrito comarcano, 
Que ancha y apiñada rueda estaba 
Siempre cubierto el espacioso llano : 
Crédito allí á la vista no se daba; 
Sí ya no le locaba con la mano, 
Y, aun tocado, después Ici parecía 
Que era cosa de sueño ó fantasía. 

No la afrentosa muerte impertinente 
Para temor del pueblo ejecutada, 
Ni la falta de un hombre así eminente, 
En que nuestra esperanza iba fundada. 
Amedrentó ni acobardó la gente; 
Antes de aquella injuria provocada 
A la cruel satisfacción aspira 
Llena de nueva rabia y mayor ira. 

Unos con sed rabiosa de venganza 
Por la afrenta y oprobio recebido, 
. Otros con la codicia y esperanza 
Del oficio y bastón ya pretendido; 
Antes que sosegase la tardanza 
£1 ánimo del pueblo removido, 
Daban calor y fuerzas á la guerra. 
Incitando á furor toda la tierra. 

Si hubiese de escribir la bravería 
De Tucapel, de Rengo y LepomaiKle, 
Orompello, Lincoya y Lebopía, 
Purén, Cayocupil y Mareande, 
En un espacio largo no podría, 
Y fuera menester libro más grande, 
Que cada cual con hervoroso afecto 
Pretende allí y aspira á ser electo. 

Pero el cacique Colocólo, viendo 
El daño de los muchos pretendientes, 
Como prudente y sabio, conociendo 
Pocos para el gran cargo suficientes. 
Su anciana autoridad interponiendo. 
Les hizo mensajeros diligentes, 
Para que se juntasen á consulla 
En lugar aparlado y parte oculta. 

Los que abreviar el tiempo deseaban, 
Luego para la junta se aprestaron, 
Y muchos, recelando que tardaban, 
La diligfiicia y paso (^resuraron : 



ABaUOANA. 

Otros que á otro camino enderezaban, 
Por no se declarar no rehusaron. 
Siguiendo sin faltar un hombre solo 
El sabio parecer de Colocólo. 

Fué entre ellos acordado que viniesen 
Solos á la ligera sin bullicio, 
Porque los enemigos no tuviesen 
De aquella nueva junta algún indicio, 
Haciendo que de todas partes fuesoa 
Indios que con industria y artificio 
Instasen en la paz siempre ofrecida 
Con muestra humilde y contric¡<5n fingida. 

El plazo puesto y sitio señalado, 
En un cómodo valle y escondido, 
La convocada gente del senado 
Al término llegó constituido, 

Y entre ellos Tucapel deterininado 
De por bien ó por mal ser elegido, 

Y otros que con menores fundamentos 
Mostraban sus preñados pensamientos. 

Siento fraguarse nuevas disensiones, 
Moverse gran discordia y diferencia. 
Hervir con ambición los corazones, 
Brotar el odio antiguo y competencia, 
Variar los disignios y opiniones, 
Sin manera ó señal de con\'enencia. 
Fundando cada cual su desvarío 
En la fuerza del brazo y albedrío. 

Entrados, como digo, en el consejo 
Los caciques y nobles congregados, 
Todos con sus insignias y aparejo. 
Según su antíga pt^emincncia armados, 
Colocólo, sagaz y cauto viejo, 
Viéndolos en los rostros demudados. 
Aunque aguardaba á la sazón postrera. 
Adelantó la voz desta manera... 

Pero sí no os cansáis, señor, primero 
Que os diga lo que dijo Colocólo, 
Tomar olro camino largo quiero 
Y volver el designio á nuestro polo : 
Que, aunque á deciros mucho me profiero, 
El sujeto que tomo basta solo 
A levantar mi baja voz cansada, 
De materia hasta aquí necesitada. 

•j- Mas, sí me dais licencia, yo querría 
(Para que más á tiempo esto refiera) 

I Alcanzar, si pudiese, á don Garda, 
Aunque es diversa y larga la carrera : 
El cual en el turbado reino había 
Reformado los pueblos, de manera 
Que puso con solícito cuidado 

I La justicia y gobierno en buen estado. 



CANTO TRlGESIMOCUARTü. 



199 



Pa8<5 de Villarica el fértil llano 
Que tiene al sar el gran volcán vecino , 
Fragua, según afirman, de Vulcano, 
Que regoldando fuego está con lino ; 
De allí, volviendo por la diestra mano 
Visitando la tierra, al cabo vino 
Al ancho lago y gran desaguadero 
Término de Valdivia y fin postrero : 

Donde también llegué, que sus pisadas 
Sin descansar un punto voy siguiendo, 

Y de las más ciudades convocadas 
Iban gentes en número acudiendo 
Pláticas en conquistas y jornadas ; 

Y así, el tumulto bélico creciendo , 
En sordo son confuso ribombaba , 

Y el vecino contorno amedrentaba ; 

Que arrebatado del ligero viento, 

Y por la Fama lejos esparcido, 
Hirió el desapacible y duro acento 
De los remotos indios el oído : 

Los cuales , con turbado sentimiento 
Huyen del nuevo y flero son temido, 
Cual medrosas ovejas derramadas 
Del aullido del lobo amedrentadas. 

Nunca el escuro y tenebroso velo 
De nubes congregadas de repente, 
Ni presto rayo que, rasgando el cielo. 
Baja tronando envuelto en llama ardiente ; 
Ni terremoto, cuando liembla el suelo 
Turba y atemoriza así la gente , 
Como el horrible estruendo de la guerra 
Turbó y amedrentó toda la tierra. 

Quien sin duda publica que ya entraban 
Destruyendo ganados y comidas : 
Quien que la tierra y pueblos saqueaban 
Privando á los caciques de las vidas : 
Quien que á las nobles dueñas dt^shonraban 

Y forzaban las hijas recogidas, 
Haciendo otros insultos y maldades. 
Sin reservar lugar, sexo ni edades. 

Crece el desorden , crece el desconcierto 
Con cada cosa, que la Fama aumenta. 
Teniendo y afirmando por muy cierto 
Cuanto el triste temor los representa : 
Sólo el salvarse les parece incierto, 

Y esto los atribula y atormenta ; 
Allá corren gritando, acá revuelven; 
Todo lo creen y en nada se resuelven. 

Mas luego que el temor desatinado 
Que la gente llevaba derramada 
Dejó en ella lugar desocupado 
Por donde la razón hallas* entrada, 



El atónito pueblo reportado, 
Su total perdición considerada, 
Se junta á consultar en este medio 
Las cosas importantes al remedio. 

Hallóse en este vario ayuntamiento 
Tunconabala, platico soldado. 
Persona de valor y entendimiento 
En la araucana escuela dotrinado. 
Que por cierta cuestión y acaecimiento 
De su tierra y parientes desterrado, 
Se redujo á doméstico ejercicio, 
Huyendo el trato bélico y bullicio; 

El cual viendo en el pueblo diferente 
El miedo grande y confusión que había; 
Pues sin oír trompeta ni ver gente 
Le espantaba su misma vocería , 
En un lugar capaz y conveniente , 
Junta toda la noble compañía : 
Sosegado el rumor y alteraciones , 
Les comenzó á decir estas razones : 

Excusado es, amigos, que yo os diga 

El peligroso punto en que nos vemos 

Pur esta gente pérfida enemiga, 

Que ya cierto á las puertas la tenemos. 

Pues el temor que á todos nos fatiga 

Nos apremia y constriñe á que entreguemos 

La libertad y casas al tirano , 

Dándole cnlrada libre y paso llano. 

¿ Á qué fosado muro ó antepecho, 
Á qué fuerza ó ciudad, á qué castillo 
Os podéis retirar eu este estrocho , 
Que baste sola una hora á rcsislillo ? 
b¡ queréis hacer rostro y mostrar pecho , 
Desnudo le ofrecemos al cuchillo, 
Pues nos coge esta furia repentina 
Sin armas, capitán, ni disciplina : 

Que estos barbudos crueles y terribles, 
Del bien universal usurpadores , 
Son fuertes, poderosos, invencibles, 

Y en todas sus empresas vencedores : 
Arrojan rayos con estruendo horribles, 
Pelean sobre animales corredores, 
Grandes, bravos, feroces y alentados, 
De sólo el pensamiento gobernados. 

Y pues contra sus armas y floreza 
Defensa no tenéis de fuerza ó muro , 

La industria ha de suplir nuestra Haqueza, 

Y prevenir con tiempo al mal futuro ; 
Que mostrando doméstica llaneza 
Les podéis prometer paso seguro , 
Como á nación vecina y gente amiga , 
Que la promesa en dafto á nadie obliga ; 



200 



LA ARAUCANA. 



i 



Haciendo en este tiempo limitado 
Retirar con silencio y buena maña 
La ropa, provisiones y ganado 
Al último rincón de la montaña : 
Dejando el alimento tan tasado, 
Que vengan á entender que osla campaña 
Es estéril, es seca y mal templada , 
De gente pobre y mísera habitada. 

Porque estos insaciables avarientos, 
Viendo la tierra pobre y poca presa , 
Sin duda mudarán los pensamientos , 
Dejando por inútil esta empresa : 

Y la falla de gente y bastimentos 
Los echará de este distrito apriesa, 
Guiados por la breña y gran recuesto, 
Do do quizá no volverán tan presto. 

Tenéis de Ancud el paso y estrecheza 
Cerrado de peñascos y jarales. 
Por do quiso impedir Naturaleza 
£1 trato á los vecinos naturales : 
Cuya espesura grande y aspereza 
Aun no pueden romper los animales, 

Y las aves alígeras del cielo 
Sienten trabajo en el pasarle á vuelo. 

Llevados por aquí, sin duda creo 
Que, viendo el alto monte peligroso, 
Corregirán el ímpetu y deseo, 
Volviendo atrás el paso presuroso ; 

Y si quieren buscar algún rodeo. 
Desviarse de aquí será forzoso, 
Dejando esta región por miserable 
Libre de si^ insolencia intolerable : 



Y aunque la libertad y vida mía 
Sé que corre peligro en el viaje, 
Con rústica y desnuda compañía 
Salir quiero á encontrarlos al pasaje ; 

Y fingiendo ignorancia y alegría, 
Vestido de grosero y pobre traje, 
Ofrecerles he en don una miseria 

Que arguya y dé á entender nuestra lacería. 

Quizá viendo el trabajo y poco f^nto 
Que se puede esperar de la pobreza, 
La estéril tierra y mísero tributo, 
El linaje de gente y rustiqueza , 
Mudarán el intentu resoluto. 
Que es de buscar haciendas y ríqueza ; 
Haciéndolos volver con maña y arto 
Las armas y designios á otra parte. 

No acabó su razón el indio, cuando 
Se levantó un rumor entre la gente 
El parecer á voces aprobando, 
Sin mostrarse ninguno diferente : 

Y así, la ejecución apresurando 
En lo ya consultado conveniente. 
Corrieron al efeto, retirados 

Los muebles, vituallas y ganados. 

Ya el español con la presteza usada 
Al último confín había venido, 
Dando remate á la postrer jomada 
Del límite hasta allí constituido ; 

Y puesto el pie en la raya señalada, 
El presuroso paso suspendido. 
Dijo, si ya escucharlo no os enoja. 
Lo que el canto dirá vuelta la hoja. 






CANTO XXXV. 



Eatrau los españoles ea demanda de la nueva tierra. Sáleles al paso Tunconabala, persnádeles á 

3ue se vuelvan ; pero, viendo que no aproveclia, les ofrece una guia que los lleva por grandes 
espeñaderos, donoe |»asaron terribles trabajos. 



¿Qué cerros hay que el interés no allana, 

Y qué dificultad que no la rompa? 

¿ Qué pecho fiel, qué voluntad tan sana 
Que éste no le inficione y la corrompa? 
Destruye el trato de la vida humana, 
No hay orden que no altero y la interrompa, 
Ni estrecha entrada ni cerrada puerta 
Que no la facilite y deje abierta. 

Este de parentescos y hermandades 
Desata el ñudo y vínculo más fuerte , 
Vuelve en enemistad las amistades, 

Y el grato amor en desamor convierte : 



Inventor de desastres y maldades, 
Tropelía á la razón, cambia la suerte, 
Hace al hielo caliente, al fuego frío , 

Y hará subir por una cuesta un río. 

Así por mil peligros y derrotas, 
Golfos profundos, mares no sulcados, 
Hasta las partes últimas ignotas 
Trujo sin descansar tantos soldadc 8 ; 

Y por vías estériles remotas , 
Del interés incitador llevados. 
Piensan escudriñar cuanto se encierra 
En el círculo inmenso de la tierra. 



CANTO TRIGESIMOQUINTO. 



201 



Dije que don Garc<'a había arribado 
CoD práctica j lucida compañía 
Al término de Chile señalado, 
De do nadie jamás pasado había : 

Y en medio de la raya el pie afirmado, 
Que los dos nuevos mundos dividía, 
Presente yu y atento á las señales 
Las palabras que dijo fueron tales : 

Nacit5n á cuyos pechos invencibles 
No pudieron poner impedimentos 
Peligros y trabajos insufribles, 
Ni airados mares, ni contrarios vientos, 
Ni otros mil contrapuestos imposibles, 
Ni la fuerza de estrellas ni elementos, 
Que rompiendo por todo habéis llegado 
AI término del orbe limitado ; 

Veis otro nuevo mundo, que encubierto 
Los cielos hasta agora le han tenido, 
£1 difícil camino y paso abierto 
Á sólo vuestros brazos concedido : 
Veis de tanto trabajo el premio cierto 

Y cuanto os ha Fortuna prometido, 

Que siendo de tan grande empresa autores 
Habéis de ser sin límite señores ; 

Y la parlera Fama discurriendo 
Hasta el extremo y término postrero ; 
Las antiguas hazañas refiriendo, 

Pondrá ésta vuestra en el lugar primero ; 
Pues, en dos largos mundos no cabiendo, 
Venís á conquistar otro tercero. 
Donde podrán mejor sin estrecharse 
Vuestros ánimos grandes ensancharse. 

Y pues es la sazón tan oportuna 

Y poco necesarias las razones, 
No quiero detener vuestra fortuna 

Ni gastar más el tiempo en oraciones : 
Sus, tomad posesión todos á una 
De esas nuevas provincias y regiones, 
Donde os tienen los hados á la entrada 
Tanta gloria y riqueza aparejada. 

Luego, pues, de tropel toda la gente 
Á la plática apenas detenida, 
PÍ.HÓ la nueva tierra libremente. 
Jamás del extranjero pie batida ; 

Y con orden y paso diligente. 

Por una angosta senda mal seguida. 
En larga retahila y ordenada 
Dimos principio á la primer jornada. 

Caminamos sin tino algunos días 
De sólo el tino por el sol guiados, 
Abriendo pasos y cerradas vías 
Rematadas en riscos despeñados. 



Las mentirosas fugitivas guías 
Nos llevaron por partes engañados, 
Que parecía imposible al más gigante 
Poder volver atrás ni ir adelante. 

Ya del móvil primero arrebatado 
Contra su curso el sol hacía el poniente 
Al mundo cuatro vueltas había dado 
Calentando del perla húmida frente. 
Cuando el bajar de un áspero collado 
Vimos salir diez indios de repente 
Por entre un arcabuco y breña espesa, 
Desnudos, en montón, trotando apriesa. 

Del aire, de la lluvia y sol curtidos. 
Cubiertos de un espeso y largo vello, 
Pañetes cortos de cordel ceñidos, 
Altos de pecho y de fornido cuello, 
La color y los ojos encendidos, 
Las uñas sin cortar, largo el cabello ; 
Brutos campestres, rústicos salvajes, 
De fieras cataduras y visajes. 

Venía un robusto viejo el delantero ; 
Al cual el medio cuerpo le cubría 
Un roto manto de sayal grosero, 
Que mísera pobreza prometía. 
Éste, pues, como dije allá, primero 
Era Tunconabal, que pretendía 
Mudar nuestros designios y opiniones 
Con fingidos consejos y razones. 

Fuimos luego sobre ellos, recelando 
Ser gente de montaña fugitiva ; 
Mas ellos, nuestros pasos atajando, 
Venían á más andar la cuesta arriba : 

Y al pie de un alta peña reparando. 
Por do un quebrado arroyo se derriba, 
Todos nos aguardaron sin recelo 
Puestas sus flechas y arcos en el suelo. 

Luego el anciano á voces y en extraña 
Lengua de nuestro intérprete entendida. 
Dijo : ¡ Oh gente infeliz, é esta montaña 
Por falso engaño y relación traída, 
De la serpiente y áspera alimaña 
Apenas sustentar pueden la vida, 

Y donde el hijo bárbaro nacido 
Es de incultas raíces mantenido ! 

¿ Qué información siniestra, qué noticia 
Incita así vuestro ánimo invencible ? 
¿ Qué dañado consejo, ó qué malicia 
Os ha facilitado lo imposible ? 
Frenad, aunque loable, esa codicia. 
Que la empresa es difícil y terrible 

Y vais sin duda lodos engañados, 
Á miserable muerte condenados ; 



202 



Lk ARAUCANA. 



Que cuando no encontréis gente de guerra 
Que os punga en el pasaje impedimento, 
Hallaréis una sierra y otra sierra, 

Y una espesura y otra y otras ciento : 
Tanto, que la aspereza de la tierra 
Por la falla de hierba y nutrimento 

Y contagio del aire no consiente 
En su esterilidad cusa viviente : 

Y aunque me veis en bruto trasformado 
A la silvestre vida reducido , 

Sabed que ya en un tiempo fui s(»ldado, 

Y que también las armas he vestido : 
Así que, por la ley que he profesado, 
Viendo que va este ejército perdido, 
La lástima me mueve á aconsejaros 
Que sin pasar de aquí queráis tornaros : 

Que estas yermas campañas y espesuras. 
Hasta el frígido sur continuadas, 
Han de ser el remate y sepulturas 
De todas vuestras prosperas jornadas : 
Mirad destos salvajes las figuras, 
De quien son (como ñeras) habitadas, 

Y el fruto que nos dan escasamente, 
Del cual os traigo un míseru presente. 

En esto, de un fardel de ovas marinasi 
Á la manera de una red tejidas. 
Sacó diversas frutas montesinas, 
Duras, verdes, agrestes, desabridas ; 
Carne seca de fieras salvajinas, 

Y otras silvestres rústicas comidas ; 
Langosta al sol curada, y lagartijas, 
Con mil varias inmundas sabandijas. 

Admirónos la forma y la extrañeza 
De aquella gente bárbara notable, 
La gran selvatiquez y rustiqueza, 
El fiero aspecto y término intralable : 
La espesura de montes y aspereza, 

Y el fruto de aquel suelo miserable, 
Tierra yerma, desierta y despoblada, 
De trato y vecindad tan apartada. 

Preguntémosle allí, si prosiguiendo 
La tierra era adelante montuosa ; 
Respondiónos el vi^o sonriendo, 
8er más áspera, dura y más fragosa : 

Y que así la montaña iba creciendo, 
Que era imposible y temeraria cusa 
Romper tanta maleza y espesura, 
Puesta allí por secreto de natura. 

Pero visto nuestro ánimo ambicioso, 
Que era de proseguir siempre adelante, 

Y que el fingido aviso maliciuso 
A volvernos atrás no era bastante, 



Con un aí^to tierno y amoroso. 
Mostrando en lo exterior triste semblante, 
Puesto un rato á pensar, aflrmó cierto 
Haber cerca otro paso más abierto : 

Que por la banda diestra del poniente. 
Dejando el monte del siniestro lado. 
Había un rastro, cursado antiguamente, 
De la nacida hierba ya borrado, 
Por do podía pasar salva la gente, 
Aunquo era el trecho largo y despoblado. 
Para lo cual él mismo nos daría 
Una práctica lengua y fida guia. 

Fué de nosotros esto bien oído. 
Que alguna gente estaba ya dudosa ; 

Y el donoso presente recebido. 
También la recompensa fué donosa : 
Un manto de algodón rojo teñido, 

Y una poblada cola de raposa, 
Quince cuentas de vidrio de colores. 
Con doce cascabeles sonadores. 

La dádiva, del viejo agradecida. 
Por ser joyas entre ellos estimadas, 

Y la guía solícita venida, 

Con todas las más cosas aprestadas. 
Pusimos en efeto la partida. 
Siguiéndonos los indios dos jornadas. 
Dando vuelta después por otra senda. 
Dejándonos el indio en encomienda ; 

El cual nos iba siempre asegurando 
Gran riqueza, ganado y poblaciones, 
Los ánimos estrechos ensanchando 
Con falsas y engañosas relaciones 
Diciendo : Cuando Febo volteando 
Seis veces alumbrare estas regiones, 
Os prometo, so pena de la vida, 
Henchir del apetito la medida. 

No sabré encarecer nuestra altiveza, 
Los ánimos briosos y lozanos, 
La esperanza de bienes y riqueza. 
Las vanas trazas y discursos vanos : 
El cerro, el monte, el risco y la aspereza 
Eran caminos fáciles y llanos, 

Y el peligro y trabajo exorbitante, 
No osaban ya ponérsenos delante. 

íbamos sin cuidar do bastimentos 
Por cumbres, valles hondos, cordilleras, 
Fabricando en los llanos pensamientos. 
Máquinas levantadas y quimeras. 
Así ufanos, alegres y contentos 
Pasamos tres jomadas las primeras ; 
Pero á la cuarta, al tramontar del día, 
Se nos huyó la mentirosa guía. 



1 



CANTO rn 

El mal indicio, la sospecha cierta, 
Los ánimos turbó más esforzados. 
Viendo la falsa trama dcscubieria, 

Y los trabajos ásperos doblados : 
Mas, aunque sin camino y en desierta 
Tierra, del gran peligro amenazados, 

Y la hambre y fatiga todo junto 
No pudo detenernos solo un punto. 

Pasamos adelante descubriendo 
Siempre más arcabucos y breñales, 
La cerrada espesura y paso abriendo 
Con hachas, con machetes y destrales : 
Otros con pico y azadón rompiendo 
Las peñas y arraigados matorrales, 
Do el caballo ostigado y receloso 
Afirmase seguro el pie medroso. 

Nunca con tanto estorbo á los humanos 
Quiso impedir el paso la natura, 

Y que así de los cielos soberanos 
Los árboles midiesen el altura : 

Ni entre tantos peñascos y pantanos 
Mezcló tanta maleza y espesura 
Como en este camino defendido, 
^ De zarzas, breñas y árboles tejido. 

También el cielo en contra conjurado, 
La escasa y turbia luz nos encubría. 
De espesas nubes lóbregas cerrado, 
Volviendo en tenebrosa noche el día : 
Y de granizo y tempestad cargado, 
Con tal fUror el paso defendía, 
Que era mayor del cielo ya la guerra, 
Que el trabajo y peligro de la tierra. 

L nos presto socorro demandaban 
En las hondas malezas sepultados, 
Otros, \ ayuda ! | ayuda ! voceaban, 
En húmidos pantanos atascados ; 
Otros il>an trepando, otros rodaban, ' 
Los pies, manos y rostro desollados, 
Oyendo aquí y allí voces en vano, 
Sin poderse ayudar ni dar la mano. 

Era lástima oír los alaridos, 
^ Ver los impedimentos y embarazos, 
Los caballos sin ánimo caídos, 
Destrozados los pies, rotos los brazos : 
Nuestros sencillos débiles vestidos 
Quedaban por las zarzas á pedazos, 
Descalzos y desnudos, sólo armados, 
£n sangre, lodo y en sudor bañados. 

Y demás del trabajo incomportable, 
Faltando ya el refresco y bastimento, 
m La aquej adora hambre miserable 
Las coenUfl apreiaba del tormento : 



IGlfSlMOQUINTO. 20Í 

Y el bien dudoso y daño indubitable 
Desmayaba la fuerza y el aliento. 
Cortando un dejativo sudor trío 
De los cansados miembros todo el brío* 

Pero luego también considerando 
La gloria que el trabajo aseguraba, 
El corazón los miembros reforzando^ 
Cualquier dificultad menospreciaba : 

Y los fuertes opuestos contrastando, 
Todo lo por venir facilitaba ; 
Que el vaíor más se muestra y se parece 
Cuando la fuerza de contraríos creoe. 

Así pues, nuestro cgército rompiendo. 
De s<^lo la esperanza alimentado, 
Pasaba á puros brazos descubriendo 
El encubierto cielo deseado : 
Ibanse ya las breñas destejiendo, 

Y el bosque de los árboles cerrado 
Desviando sus ramas intricadas, 
Ñus daban paso y fáciles entradas. 

Ya por aquella parto, ya por ésta, 
La entrada de la luz desocupando, 
El yerto risco y empinada cuesta 
Iban sus altas cumbres allanando : 
La espesa y congelada niebla opuesta, 
El grueso vapor húmido exhalando, 
Así se adelgazaba y esparcía. 
Que penetrar la vista ya podía. 

Siete días perdidos anduvimos 
Abriendo á yerro el impedido paso., 
Que en todo aquel discurso no tuvimos 
De poder reclinar el cuerpo laso : 
Al fin una mañana descubrimos 
De Ancud el espacioso y fértil raso, 

Y al pie del monte y áspera ladera 
Un extendido lago y gran ribera. 

Era un ancho archipiélago, poblado 
De innumerables islas deleitosas, 
Cruzando por el uno y otro lado 
Góndolas y piraguas presurosas. 
Marinero jamás desesperado 
En medio de las olas fluctuosas 
Con tanto gozo vio el vecino puerto. 
Como nosotros el camino abierto. 

Luego pues, en un tiempo arrodillados. 
Llenos de nuevo gozo y de ternura, 
Dimos gracias á Dios, que así escapados 
Nos vimos del peligro y desventura : 

Y de tantas fatigas olvidados. 
Siguiendo el buen suceso y la ventura, 
Con esperance y ánimo lozano 
Salimos pcMlo al agradable UaiM. 



204 LA 

El eufenno, el herido, el estropeado, 
El cojo, el manco, el débil, el tullido, 
El desnudo, .el descalzo, el desgarrado, 
El desmayado, el flaco, el deshambrido 
Quedó sano, gallardo y alentado, 
De nuevo esfuerzo y de valor vestido, 
Pareciendo le poco todo el suelo, 
Y fácil cosa conquistar oí cielo. 



ARAUCANA. 

Como el montón de las gnllinas cuando 
Salen al campo del corral cerrado 
Aquí y allí solícitas buscando 
El trigo de la troj desperdiciado ; 
Que con los pies y picos escarbando 
Halla alguna el regojo sepultado, 
Y alzándose con él, puesta en huida, 
Es de las otras luego perseguida ; 



Mascón todo este esfuerzo, á la bajada 
De la ribera, en partes montuosa, 
Hallamos la frutilla coronada 
Que produce la murta virtuosa : 
Y aunque agreste, montes, no sazonada, 
Fué á tan buena sazón y tan sabrosa, 
Que el celeste maná y ollas de Egilo 
No movieran mejor nuestro apetito. 

Cual banda de langostas enviadas 
Por plaga á veces del linaje humano, 
Que en las espigas fértiles granadas 
Con un sordo rozar no dejan grano ; 
Así pues, en cuadrillas derramadas, 
Suelta la gente por el ancho llano, 
Dejaba los murtales más copados 
De fruta, rama y hoja despojados. 

Á puñados la fruta unos comían, 
De la hambre aquejados importuna, 
Otros ramos y hojas engullían. 
No aguardando á cogerla una por una, 
Quien huye al repartir la compañía. 
Buscando en lo escondido parle alguna 
Donde comer la rama desgajada, 
De las rapaces uñas escapada. 



Así aquel que arrebata buena parte. 
De éste y de aqu*>l aquí y allí seguido. 
Huyendo se retira luego en parto 
•Donde pueda comer más escondido : 
Ninguno, si algo alcanza, lo reparte, 
Que no era tiempo aquel de ser partido ; 
Ni allí la caridad, aunque la había, 
Extenderse á los prójimos podía. 

Estando con sabor de e^ta manera 
Gustando aquella rústica comida. 
Llegó una corva góndola ligera. 
De doce largos remos impelida : 
Que zabordando recio en la ribera, 
La chusma diestra y gente apercebida 
Saltaron luego en tierra sin recato 
Con muestra de amistad y llano trato. 

Mas ei queréis saber quién es la gente, 

Y la causa de haber así arribado. 
No puedo aquí decíroslo al presente, 
Que estoy del gran camino quebrantado : 
Así para sazón más conveniente 

Será bien que lo doje en esto estado, 
Porque pueda entre tanto repararme 

Y os dé menos fastidio el escucharme . 



CANTO XXXVL 

Sale el caciqae de la barca ¿ tierra ; ofrece á los españoles todo lo necesario para su viaje ; y 
prosiguiendo ellos su derrota, les ataja el camiao el desaguadero del arctiipiélago ; atraviésale 
doD Alonso en una piragua con diez soldados ; vuelven al alojamiento, y de allí por otro camino 
á la ciudad Imperial. Embárcase don Alonso de Ercilla para España, j recorre varias provincias 
de Europa; manda el rey don Felipe levantar gente para entraren Portugal. 



Quien muchas tierras ve, ve muchas cosas 
Que las juzga por fábulas la gente, 

Y tanto cuanto son maravillosas, 

El que menos las cuonta es más prudente : 

Y aunque es bien que se callen las dudosas, 

Y no ponerme en riesgo así evidente, 
Digo que la verdad hallé en el suelo, 

Por más que afirmen que es subida al cielo : 

Estaba retirada en esta parte, 
De todas nuestras tierras excluida. 
Que la falsa cautela, engaño y arte 
Aun nunca habían hallado aquí acogida. 



Pero, dejada esta materia aparte. 
Volveré con la priesa prometida 
Á la barca de chusma y gente llena, 
Que bogando embistió recio en la arena, 

Donde un gracioso mozo bien dispuesto. 
Con hasta quince en número venía, 
Crespo de pelo negro y blancü gesto, 
Que el principal de todos parecía : 
El cual con grave término modesto. 
Junta nuestra esparcida compañía. 
Nos saludó cortés y alegremente, 
Diciendo en lengua extraña lo siguiente 



? 



CANTO . TRIGásiMOSEXTO. 



iOS 



Hombres ó dioses rúslicos nacidos 
En estos sacros bosques y montañas, 
Por celeste influencia producidos 
De sus cerradas y ásperas estrañas ; 
}, Por cuál caso 6 fortuna sois venidos 
Por caminos y sendas tan extrañas 
A nuestros pobres y últimos rincones , 
Libres de confUsiún y alteraciones? 

Si vuestra pretensiún y pensamienlo 
Es de buscar región más espaciosa, 

Y en la prosecución de vuestro intento 
Tenéis necesidad de alguna cosa. 
Toda comodidad y aviamicnto 

Con mano larga y voluntad graciosa 
Hallaréis francamente en el camino 
Por todo el rededor circunvecino. 

Y si queréis morar en esta tierra. 
Tierra donde moréis aquí os daremos : 
Si os aplace y agrada más la sierra , 
Allá seguramente os llevaremos ; 

Si queréis amistad, si queréis guerra, 
Todo con ley igual os lo ofrecemos , 
Escoged lo mejor, que la elección mía, 
La paz y la amistad escogería. 

Mucbo agradó la suerte , el garbo, el traje 
Del gallardo mancebo floreciente, 
El expedido término y lenguaje 
Con que así nos habló bizarramente ; 
El franco ofrecimiento y hospedaje, ' 
La buena traza y talle de la gente, 
Blanca, disfAiesta, en proporción fornida ; 
De manto y floja túnica vestida. 

La cabeza cubierta y adornada 
Con un capelo en punta rematado , 
Pendiente atrás la punta y derribada, 
Á las ceñidas sienes ajustado, 
De Una lana de vellón rizada 

Y el rizo de colores variado, 
Que lozano y vistoso parecía 
Señal de ser el clima y tierra fría. 

Las gracias le rendimos de la oferta 

Y voluntad graciosa que mostraba, 
Ofreciendo también la nuestra cierta, 
Que á su provecho y bien se enderezaba ; 
Pero al fln, nuestra falta descubierta 

Y lo mal que la hambre nos trataba, 
Le pedimos refresco y vitualla 
Debajo de promesa de pagalla. 

Luego con voz y prisa diligente , 
Vista la gran necesidad que había , 
Mandó á su prevenida y pronta gente 
Sacar cuanto en la góndola traía , 



Repartiéndolo todo francamente 
Por aquella hambrienta compañía, 
Sin de nadie acetar sólo un cabello, 
Ni aun; querer recebir las gracias dello. 

Esforzados así desta manera , 

Y también esforzada la esperanza , 
Se comenzó á marchar por la ribera , 
Según nuestra costumbre, en ordenanza ; 

Y andado una gran legua, en la primera 
Tierra que pareció cómoda estanza , 
Cerca del agua, en reparado asiento 
Hicimos el primer alojamiento. 

No estaba nuestro campo aun asentado, 
Ni puestas en lugar las demás cosas, 
Cuando de aquella parte y de este lado, 
Hendiendo por las aguas espumosas, 
Cargadas de maíz, fruta y pescado 
Arribaron piraguas presurosas. 
Refrescando la gente desvalida , 
Sin rescate, sin cuenta ni medida. 

La sincera bondad y la caricia 
De la sencilla gente de estas tierras 
Daban bien á entender que la codicia 
Aun no había penetrado aquellas sierras ; 
Ni la maldad, el robo y la injusticia, 
Alimento ordinario de las guerras. 
Entrada en esta parte habían hallado 
Ni la ley natural inficionado. 

Pero luego nosotros, destruyendo 
Todo lo que tocamos de pasada, 
Con la usada insolencia el paso abriendo, 
Les dimos lugar ancho y ancha entrada : 

Y la antigua costumbre corrompiendo. 
De los nuevos insultos estragada. 
Plantó aquí la codicia su estandarte 
Con más seguridad que en otra parle. 

Pasada aquella noche, el día siguiente 
La nueva por las islas extendida , 
Llegaron dos caciques juntamente 
Á dar el parabién de la venida , 
Con un largo y espléndido presente 
De refrescos y cosas de comida , 

Y una lanuda ovQJa y dos vicuñas 
Cazadas en la sierra á puras uñas. 

Quedábanse suspensos y admirados 
De ver hombres así no conocidos, 
Blancos, rubios, espesos y barbados, 
De lenguas diferentes y vestidos : 
Miraban los caballos alentados. 
En medio de la furia corregidos, 

Y más los espantaba el fiero estruendo 
Del tiro de la pólvora estupendo. 



30a 



LA AHAUGANA. 



Llevábamos el rumbo al sar derecho, 
La torcida ribera costeando, 
Siguiendo la derrota del estrecho , 
Por los grados la tierra demarcando : 
J*ero cuanto ganábamos de trecho, 
Iba el gran archipiélago ensanchando, 
Descubriendo á distancias desviadas 
Islas en grande número pobladas. 

Salían muchos caciques al camino 
Á vernos como á cosa milagrosa; 
Pero ninguno tan escaso vino 
Que no trújese en don alguna cosa : 
Quien el vaso capaz de nácar fino , 
Quien la piel del carnero vei lijosa , 
Quien el arco y carcaj, quien la vocina. 
Quien la pintada concha peregrina. 

Yo, que fui siempre amigo é inclinado 
Á inquirir y saber lo no sabido, 
Que por tantos trabajos arrastrado 
La fuerza de mi estrella me ha traído , 
De alguna gente moza acompañado. 
En una presta góndola metido, 
Pasé á la principal isla cercana, 
Al parecer de tierra y gente llana. 

Vi los indios, y casas fabricadas 
De paredes humildes y techumbres, 
Los árboles y plantas cultivadas, 
Las frutas, las semillas y legumbres. 
Noté de ellos las cosas señaladas, 
Los ritos, ceremonias y costumbres, 
£1 trato y ejercicio que tenían, 
Y la ley y obediencia en que vivían. 

Entré en otras dos islas paseando 
Sus pobladas y fértiles orillas, 
Otras fui torno á tomo rodeando. 
Cercado de domésticas barquillas. 
De quien me iba por puntos informando 
De algunas nunca vistas maravillas. 
Hasta que ya la noche y fresco viento 
Me trujo á la ribera en salvamento* 

Pues otro día que el campo caminaba. 
Que de nuestro viaje fué el tercero, 
Habiendo ya tres horas que marchaba, 
Hallamos por remate y fln postrero 
Que el gran lago en el mar se desaguaba 
Por un hondo y veloz desaguadero , 
Que su corriente y ancha travesía 
£1 paso por allí nos impedía. 

Gayd una gran tristeza, un gran nublado 
En el ánimo y rostro de la gente, 
Viendo nuestro camino así atajado 
Por el ancho raudal de la creciente; 



Que los caballos de cabestro á nado 
No pudieran romper la gran corriente , 
Ni la angosta piragua era bastante 
Á comportar un peso semejante : 

Y volver pies atrás, visto el terrible 
Trabajo intolerable y excesivo, 
Tenían, según razún , por imposible 
Poder llegar en salvo un hombre vivo : 
Quedar allí era cosa incompatible , 

Y temerario el ánimo y motivo 
De proseguir el comenzado curso , 
Contra toda opinión y buen discurso. 

Viendo nuestra congoja y agom'a 
Un joven indio, al parecer ladino, 
Alegre se ofreció que nos daría 
Para volver oiro mejor camino : 
Fué excesiva en algunos la alegría, 

Y así dar vuelta luego nos convino, 
Que ya el rígido invierno á los australes 
Comenzaba á enviar recias señales. 

Mas yo, que mis designios verdaderos 
Eran de ver el fln desta jornada. 
Con hasta diez amigos ccmpañeros, 
Gente gallarda, brava y arriscada. 
Reforzando una barca de remeros , 
Pasé el gran brazo y agua arrebatada , 
Llegando á zabordar, hechos pedazos 
Á puro remo y fuerza de los brazos. 

Entramos en la tierra algo arenosa» 
Sin lengua y sin LOticia, á la ventura ; 
Áspera al caminar y pedregosa, 
Á trechos ocupada de espesura ; 
Mas visto que la empresa era dudosa 

Y que pasar de allí sería locura , 
Dimos la vuelta luego á la piragua ; 
Volviendo á travesar la furiosa agua. 

Pero yo por cumplir el apetito, 
Que era poner el píe más adelante , 
Fingiendo que marcaba aquel distrito, 
Cosa al descubridor siempre importante. 
Corrí una media milla, do un escrito 
Quise dejar para señal bastante, 

Y en el tronco que vi de más grandeza 
Escribí con cuchillo en la corteza : 

Aquí llegú, donde otro no ha llegado , 
Don Alonso de Ercilla, que el primero 
En un pequeño barco deslastrado. 
Con solos diez pasó el desaguadero, 
El año de cincuenta y ocho entrado 
Sobre mil y quinientos, por hebrero, 
Á las dos de la tarde, el postrer día, 
I Volviendo á la dejada compañía. 



i 



CANTO TRIOiSIMOSEXTO. 



207 



Llegado, pues, al campo, qae aguardando 
Para partir nuestra venida estaba. 
Que el rigaroso invierno comenzando 
La desierta campaña amenazaba ; 
El indio amigo práctico guiando, 
La gente alegre el paso apresuraba ; 
Pareciendo el camino, aunque cerrado, 
Fácil con la memoria del pasado. 

Cumplió el bárbaro isleño la promesa, 
Que siempre en sa opinión estuvo fijo, 

Y por una encubierta salva espesa 
Nos sacó de la tierra ex>mo dijo. 
Voy pasando por esto á toda priesa, 
Huyendo cuando puedo el ser prolijo ; 
Que aunque lo fueron mucho los trabajos, 
Es menester echar por los atajos. 

Á la Imperial llegamos, do hospedados 
Fuimos de los vecinos generosos, 

Y de varios manjares regalados 
Hartamos los estómagos golosos. 
Visto, pues, en el pueblo así ayuntados 
Tantos gallardos jóvenes briosos, 

Se concertó una justa y desafío 
Donde mostrase cada cual su brío. 

Turbó la fiesta un caso no pensado, 

Y la celeridad del juez fué tanta, 
Que estuve en e) tapete, ya entregado 
Al agudo cuchillo la garganta : 

El enorme delito exagerado, 
La voz y fama pública lo canta. 
Que fué sólo poner mano á la espada, 
Nunca sin gran razón desenvainada. 

Este acontecimiento, este suceso 
Fué forzosa ocasión de mi destierro 
Teaiéndome después gran tiempo preso. 
Por renaendar con este el primer yerro : 
Mas aunque así agraviado, no por eso 
(Armado de paciencia y duro hierro) 
Falté en alguna acción y correría. 
Sirviendo en la frontera noche y día. 

Hubo allí escaramuzas sanguinosas. 
Ordinarios rebatos y emboscadas, 
Encuentros y refriegas peligrosas, 
Asaltos y batallas aplazadas. 
Raras estratagemas engañosas. 
Astucias y cautelas nunca usadas, 
Que aunque fueron en parte de provecho, 
Algunas nos pusieron en estrecho. 

Has, después del asalto y gran batalla 
De la albarradp de Quipoó, temida, 
Donde fué destrozada tanta malla, 
Y tanta sangre bárbara vertida. 



ForliQcado el sitio y la muralla, 
Aceleré mi súbita partida ; 
Que el agravio, más ft*esoo cada día, 
Me estimulaba siempre y me roía : 

Y en un grueso barcón, bajel de trato. 
Que velas altas de partida estaba, 
Salí de aquella tierra y reino ingrato. 
Que tanto afán y sangre me costaba ; 

Y sin contraste alguno ni rebato. 

Con el austro, que en popa nos soplaba, 
Costa á costa y á veces engolfado 
Llegué al Callao de Lima celebrado. 

Estuve allí hasta tanto que la entrada 
Por el gran Marañón hizo la gente. 
Donde Lope de Aguirre en la jornada» 
Más que Nerón y Heredes inclemente. 
Pasó tantos amigos por la espada 

Y á la querida hija juntamente. 
No por otra razón ni cansa alguna 
Más depara morir juntos á una. 

Y aunque más de dos mil millas había 
De camino, por partes despoblado. 
Luego de allí por mar tomé la vía, 

Á más larga carrera acostumbrado ; 

Y á Panamá llegué, do el mismo día 
La nueva por el aire había Uegado 
Del desbarate y muerte del tirapo, 
Saliendo mi trabajo y priesa en vano. 

Estuve en Tierrafírme detenido 
Por una enfermedad larga y extraña ; 
Mas, luego que me vi convalecido. 
Tocando en las Terceras, vine á España ; 
Donde no mucho tiempo dclenidü, 
Corrí la Francia, Italia y Alemana, 
Á Silesia y Moravia hasta Posonia, 
Ciudad, sobre el Danubio, de Panonia. 

Pasé y volví á pasar estas regiones, 

Y otras y otras por ásperos caminos. 
Traté y comuniqué varías naciones, 
Viendo cosas y casos peregrinos, 
Diferentes y extrañas condiciones, 
Anímales terrestres y marinos, 
Tierras jamás del cíelo rociadas, 

Y otras á eterna lluvia condenadas. 

¿ Cómo me he .divertido y voy apriesa 

Del camino primero desviado? 

¿ Por qué así me olvide de la promesa 

Y discurso de Arauco comenzado ? 
Quiero volver á la dejada empresa, 
Si no tenéis el gusto ya estragado ; 
Mas yo procuraré deciros cosas 

I Que valga por disculpa el ser gustosas. 



208 



LA ARAUCANA. 



Volveré á la consulta comenzada 
De aquellos capí lañes señalados, 
Que en la parte que dije diputada, 
Estaban direrentes y encontrados : 
Contaré la elección tan porfiada 

Y cómo al fin quedaron conformados : 
Los asaltos, encuentros y batallas, 
Que es menester lugar para conlallas. 

¿ Qué hago, en qué me ocupo, fatigando 
La trabajada mente y los sentidos, 
Por las regiones últimas buscando 
Guerras de ignotos indios escondidos ; 

Y voy aquí en las armas tropezando , 
Sintiendo retumbar en los oídos 

Un áspero rumor y son do guerra 

Y abrasarse en furor toda la tierra ? 

Veo toda la España alborotada. 
Envuelta entre sus armas viioriosas, 

Y la inquieta Francia ocasionada 
Descoger sus' banderas sospechosas : 



En la Italia y Germanía desviada 
Siento tocar la cajas sonorosas, 
Allegándose en todas las naciones 
Gentes, pertrechos, armas, municiones. 

Para decir tan grande movimiento 

Y el estrépito bélico y rui'do 

Ea menester esfuerzo y nuevo aliento, 

Y ser de vos, señor, favorecí !o : 
Mas, ya que el temerario atrevimiento 
En este grande golfo me ha metido. 
Ayudado de vos, espero cierto 
Llegar con mi cansada nave al puerto. 

Que si mi estilo humilde y compostura 
Me suspende la voz amedrentada, 
La materia promete y me asegura 
Que con grata atención será escuchada 

Y entre tanto, señor, será cordura, 
Pues be de comenzar tan gran jornada, 
Recoger el espíritu inquieto, 

, Hasta que saque fuerzas del sujeto. 



CANTO XXXVIL 



En este último canto se trata cómo la guerra es de dereclio de las gentes ; y se declara el qoe el 
rey don Felipe tuvo al reino de Portiii(al, janiamente coa los requerimientos que hixo á los 
portugueses' para justificar más sus armas. 



Canto el furor del pueblo castellano 
Con ira justa y pretensión movido, 

Y el derecho del reino lusitano 

Á las sangrientas armas remitido : 
La paz, la unión, el vinculo cristiano, 
En rabiosa discordia convertido, 
Las lanzas de una parte y otra airadas 
Á los parientes pechos arrojadas. 

La guerra fué del cielo derribada 

Y en el linaje humano trasferida 
Cuando fué por la frita reservada 
Nuestra naturaleza corrompida : 
Por la guerra li paz es conservada 

Y la insolencia humana reprimida : 
Por ella á veces Dios al mundo aflige. 
Le castiga, le enmienda y le corrige : 

Por ella á los rebeldes insolentes 
Oprime la soberbia y los inclina, 
Desbarata y derriba á los potentes, 

Y la ambición sin término termina : 
La guerra es de derecho de las gentes, 
El orden militar y disciplina 
Conserva la república y sostiene, 

Y las leyes políticas mantiene. 



Pero será la guerra injusta luego 

Que del fin de la paz se desviare, 

O cuando por venganza ó fliror ciego 

O fln particular se comenzare ; 

Pues ha de ser, si es público el sosiego, 

Pública la razón que le turbare ; 

No puede un miembro solo en ningún modo 

Romper la paz y unión del cuerpo todo. 

Que así como tenemos profesada 

Una hermandad en Dios y ayuntamiento. 

Tanto del mismo Cristo encomendada 

En el último eterno Testamento, 

No puede ser de alguno desatada 

Esta paz general y ligamiento, 

Sino es por causa pública ó querella 

Y autoridad del rey defensor della. 

Entonces, como un ángel sin pecado, 
Puesta en la causa universal la mira. 
Puede tomar las armas el soldado 

Y en su enemigo ejecutar la ira : 

Y cuando algún respeto ó fin privado 
Le templa el brazo, encoge y le retira, 
Demás de que en peligro pone el hecho. 
Peca y ofende al público derecho. 



CINTO TRIGÉSIMOSÉPTíMO. 



209 



Por donde en justa guerra permitida 
Puede la airada vencedora gente 
Herir, prender, matar en la rendida, 

Y hacer al libre, esclavo y obediente : 
Que el que es señor y dueño de la vida. 
Lo es ya de la persona, y juslamonle 
Hará lo que quisiere del vencido, 

Que todo al vencedor le es concedido. 

Y pues en todos tiempos y ocasiones 
Por la causa común, sin cargo alguno, 
En batallas formadss y escuadrones 
Puede usar de las armns cada uno ; 
Por las mismas legítimas razónos 

Es lícito el combnlf^ do uno á uno, 
Á pie, á caballo, armado, desarmado. 
Ora sea campo abierto, ora e?< lacado. 

En guerra justa es justo el desafío, 
La autoridad del príncipe interpuesta, 
Bajo de cuya mano y señorío 
La ordenada república está puesta : 
Mas si pur caso propio ó albedrío 
Se denuncia el combate y se protesta, 
Ó sea provocador <5 provocado, 
Es ilícito, injusto y condenado ; 

Y los cristianos príncipes no deben 
Favorecer jamás ni dar licencia 

Á condenadas armas, que se mueven 
Por odio, por venganza, ó competencia : 
Ni decidan las causas, ni so prueben, 
Remitiendo á las fuerzas la sentencia : 
Pues por raz<5n oculta á veces veo 
Que sale vencedor el que fue reo ; 

Y el juicio de las armas sanguinoso, 
Justa y derechamente se condena, 
I^es vemos el incierto íln dudoso, 
Según la suma Providencia ordena : 
Que el suceso, ora triste, ora dichoso, 
No es quien hace la causa mala ó buena. 
Ni jamás la justicia en cosa alguna 
Está sujeta á caso ni á fortuna. 

Digo también que obligación no tiene 
De inquerir el soldado diligente 
Si es lícita la guerra y si conviene, 
Ó si se mueve injusta ó justamente : 
Que s<SIo al rey, que por razón le viene 
La obediencia y servicio de su gente, 
Como gobernador de la república 
Le toca examinar la causa pública. 

Y pues del rey como cabeza pende 
El peso de la guerra y grave carga, 

Y cuanto daño y mal della depende 
Todo «obre sus hombros 8($lo carga» 



Debe muclio mirar lo quo pretende, 

Y antes que dé al furor la rienda larga 
Justiflcar sus armas prevenidas, 

No por codicia y ambicií'n movidas : 

Como Felipe en la ocasión presente, 
Que, de precisa obligación forzado. 
En favor de las leyes justamente 
Las permitidas armas ha tomado : 
Xo Amdado el dere«:ho en ser potente, 
Ni de codicia de reinar llevado : 
Pues se extiende su cetro y monarquía 
Hasta donde remata el sol su vía; 

Mas de ambición desnudo y avaricia. 
(Que á los sanos corrompe y inflciona) 
[Jamado del dero«^hn y la justicia, 
íionlra v\ rebcldí* rfiuo va en persona: 

Y á despecho y pesar de la malicia. 
Que le niega y le imí»¡de la corona, 
Quiere abrir y allanar con mano armada 
Á la ra¿ lU la defendida entrada. 

Y aunque con justa indignací '»n movido. 
Sus fuerzas y poder disimulando. 
Detiene el brazo en alto suspendido. 

El remedio de sangre dilatando ; 

Y con prudencia y ánimo sufrido. 
Su espada y pretensión justiflcando, 
Quebrantará después con aspereza 
Del contumaz rebelde la dureza. 

Oprimirá con fuerza y mano airada 
La soberbia cerviz de los traidores, 
Despedazando la pujante armada 
De los galos piratas valedores : 

Y con rigor y furia disculpada, 

I Como hombres de la paz perturbadores, 
Muerto Felipe Strozi, su caudillo, 
Serán todos pasados á cuchillo. 

No manchará esta sangre su clemencia, 
Sangre do gente pérfida enemiga, 
Que si el delito es g^ave y la insolencia, 
Clemente es y piadoso el que castiga : 
Perdonar la maldad es dar licencia 
Para que luego otra mayor se siga ; 
Cruel es quien perdona á todos todo. 
Como el que no perdona en ningún modo. 

Que no está en perdonar el ser clemente, 
Si conviene el rigor y es importante ; 
Que el que ataja y castiga el mal presente 
Huye de ser cruel para adelante. 
Quien la maldad no evita la consiente 

Y se pueda llamar participante ; 

Y el que á los malos públicos perdona 
La república estraga y inflciona. 

ii 



alo LA AH 

No quioro yo decir que no «^s prran cosa 
La clemoiicia, virtud inestimable, 
Que el perdonar Vitoria es gloriosa, 

Y en el más poderoso más loable : 
Pero la paz común tan provechosa, 
No puede sin Justicia ser durable; 

Que úl premio y el castigo á tiempo usados 
Sustentan las repúblicas y estados : 

Y no lodo el exceso y mal que hubiere 
Se puede remediar, ni se castiga, 

Que el tiempo á veces y ocasión requiere 
Que todo no se apure ni se siga. 
Príncipe que saberlo todo quiere, 
Sepa que á perdonar muclio se obliga, 
Que es medicina fuerte y rigurosa 
Descarnar basta el hueso cualquier cosa. 

La demencia á los mismos enemigos 
Aplaca el odio y ánimo indignado. 
Engendra devoción, produce amigos, 

Y atrae el amor del pueblo aficionado : 
Que el continuo rigor en los castigos 
Hace al príncipe odioso y desamado ; 

y Oílcio es propio y propio de los reyes 
Embolar el cuchillo de las leyes. 

Y se puede decir que no importara 
Disimular los males ya pasados, 
Sí dello ánimo el malo no tomara 
Para nuevos insultos y pecados : 
El miedo del castigo es cosa clara 
Que reprime los ánimos dañados, 

Y el ver al malhechor puesto en el palo 
Corrige la maldad y enmienda al malo. 

Mas también el castigo no se haga 
Como el indocto y crudo cirujano. 
Que siendo leve el mal, poca la llaga, 
Mete los nios mucho por lo sano, 

Y con el enconoso hierro estraga 
Lo que sanara sin tocar la mano ; 
Que no es buena la cura y experiencia. 
Si es más recia y peor que la dolencia. 

Quiérome declarar, que algún curioso 
Dirá que aquí y allí me contradigo: 
Virtud es castigar cuando es forzoso 

Y necesario el público castigo : 
Virtud es perdonar el poderoso 
La ofensa del ingrato y enemigo 
Cuando es particular, ó que so entienda, 
Que puede sin castigo haber enmienda. 

Voime de punto en punto dívírtiendo, 

Y el tiempo es corto y la materia larga, 
Eq lugar de aliviarme recibiendo 
Ku mis cansados hombroa mayor carga ; 



VUCANA. 

Así, de aquí adelante resumiendo 
Lo que menos importa y más me carga, 
Quiero volver á Portugal la pluma. 
Haciendo aquí un compendio y breve suma. 

¿Qué es oslo ¡ oh lusitanos ! que engañados 
Contraponéis el obstinado pecho, 

Y con armas y brazos condenados 
Queréis violar las leyes y el derecho ? 
¿ Que no mueve esos ánimos dañados 
La paz común y público provecho, 

El deudo, religión, naturaleza, 
El poder de Felipe y la grandeza ? 

Mirad con qué largueza os ha ofrecido 
Hacienda, libertades y exenciones, 
No á término forzoso reducido, 
Mas con formado campo y escuadrones ; 

Y casi murmurado, ha detenido 

Las armas convenciéndoos con razones. 
Cual padre que reduce por clemencia 
Al hijo inobediente á la obediencia. 

¿Qué ciega pretensión? ¿qué embaucamiento? 
¿Qué pasión pertinaz desatinada 
Saca así la razón tan de su asiento 

Y tiene vuestra mente trastornada ? 

¡ Que una unida nación por sacramento 

Y con la cruz de Cristo señalada. 
Envuelta en crueles armas homicidas, 
Dé en sus propias entrañas las heridas ! 

; Y unas mismas divisas y banderas 
Salgan de alojamientos diferentes. 
Trayendo mil naciones extranjeras 
Que derramen la sangre de inocentes I 
¡ Y introduzcan errores y maneras 
De pegajosos vicias insolentes, 
Dejando con su peste derramada 
La católica España inficionada ! 

Á Vos ¡ eterno Padre soberano ! 
El favor necesario y gracia pido, 

Y os suplico queráis mover roí mano, 
Pues en Vos y por Vos todo es movido. 
Para que al portugués y al castellano 
Dé justamente lo que le es debido, 
Sin que me tuerza y saque de lo justo 
Particular respeto ni otro gusto. 

Y pues Vos conocéis los corazones 

Y el justo celo con que el mío se mueve, 

Y en los buenos propósitos y acciones 
El principio tenéis y el fin se os debe, 
Dadme espíritu igual, dadme razones 
Con que informe mi pluma, (fue so atreve 
Á emprender temeraria y arrojada 

Con tan poco caudal tan gran Jornada, 



i:ANTO TRlcésiMOSÉPTIMO. 



2\\ 



Queriendo Sebastián , rey lusitano, 
Con arder juvenil y movimiento 
Romper el ancho término africano, 

Y oprimir el pagano atrevimiento, 
Prometiéndole entrada y paso llano 
Su altivo y levantado pensamiento, 
Allegó do aquel reino brevemente 
La riqueza, peder, la fuerza y gente. 

Mas el rey don Felipe, que al sobrino 
Vid moverse á la empresa tan ligero, 
Al errado designio contravino 
Con consejo de padre verdadero : 

Y pensando apartarle del camino 
Que iba á dar á tan gran despeñadero, 
Hizo que en Guadalupe se juntasen 
Para que allí sobre ello platicasen. 

No bastaron razones suflcicntcs, 
Ni el ruego y persuasión del g'ravo tío, 
Ni una gran multitud de inconvenientes 
Que pudieran volver atrás un río, 
Ni el poner la cerviz de tantas gentes 
Bajo de un solo golpe al albcdrío 
De la inconstante y variable diosa, 
De revolver el mundo deseosa; 

Que el orgulloso mozo, prometiendo 
Lo que el justo temor difloullaba. 
Los prudentes discursos rebatiendo, 
Todos los contrapuestos tropelía ba : 

Y tras la libre voluntad corriendo, 
Su muerte y perdición apresuraba; 
Que no basta consejo ni advertencia 
Contra el decreto y la fatal sentencia. 

¿ Quién cantará el suceso lamentable 
Aunque tenga la voz más expedida, 

Y aquel sangriento fln tan miserable 
De la jomada y gente mal regida, 
La ruina de un reino irreparable, 

La fama antigua en solo un día perdida; 
Todo por voluntad de un mozo ardiente. 
Movido sin razón por aciden te ? 

Otro refiera el aciago día 
Que á los más tristes en miseria excede. 
Que aunque sangrienta está la pluma mía. 
Correr por tantas lástimas no puede. 
Quiero seguir la comenzada vía. 
Si el alto cielo aliento me concede, 
Que ya de aquesta parte también siento 
Armarse un gran nublado turbulento. 

Después que el mozo rey voluntarioso, 
Al afHcano ejército asaltando, 
En et ciego tumulto polvoroso 
Mttrí<5 eq moot^ cootoo peleando i 



Y la fortuna de un vaivón furioso 
Derrocó cuatro royes, aho{?ando 
I^a fama y opinión de tanta gente. 
Revolviendo las armas del poniente, 

Fuó luego en Portugal por rey jurado 
Don Enrique, el hermano del agüelo. 
Cardenal y presbílcro ordenado. 
Persona religiosa y de gran celo, 
De arlos y enfermedades agravado, 
Más que para este mundo, para el ciclo, 
Ofreciéndole el reino la fortuna, 
Con poca vida y sueccsión ninguna. 

El gran Felipe en lo íntimo sintiendo 
j Del reino y muerto rey la desventura, 

Y del enfermo don Enri(|uc viendo 
La mucha edad y vida mal scj^'urfi, 
Como sobrino y succcsor, qiieriendü 
Aclarar su derecho en co\ unlura. 
Que por la transversal propincua vía 
Á los reinos y títulos tenía, 

Con celosa y loable providencia 
Hizo juntar docU'simos varones. 
De grande cristiandad y suüciencia. 
Desnudos de interese y pretcnsiones, 
Que conforme á derecho y á conciencia, 
No por torcidas vías y razones, 
.Mirasen en el grado que él estaba 
Si el pretendido reino le tocaba. 

Que doña Catalina, como parte, 
Duquesa de Braganza, pretendía 
Por hija del infante don Duarte 
Que de derecho el reino le venía : 

Y también don Antonio de otra parle 
A la corona y cetro se oponía ; 

Mas, aunque, del común favorecido, 
Era por no legítimo excluido ; 

Y que hecho el examen cada uno 
.V tan arduo negocio conveniente. 
Sin miramiento ui respeto alguno 
Diesen sus pareceres libremente : 
Porque en tiempo quieto y oportuno, 
Prevenido al mayor inconveniente, 
Si el reino á la razón no se allanase. 
Sus armas y poder justiQcasc. 

Todos los cuales claramente viendo 
Que el transversal por ley y fuera llano 
No representa al padre, succediendo 
El legítimo deudo más cercano, 
El varón á la hembra preflriendo, 

Y al de menos edad el más anciano, 
Yendo la succesión y precedencia 

Por derecho de ganare y no de herencia; 



212 lA AU 

Don Antonio cxcluúlo y apartado 
Por ley humana y por razón divina, 

Y el derecho igualmente examinado 
I)c don Felipe y doña Catalina, 
Descendientes del tronco en igual grado, 
Él sobrino de Enrique, ella sobrina, 

Él varón, ella hembra, él rey temido, 
Mayor de edad y de mayor nacido ; 

Atento al fuero, á la costumbre, al hecho, 

Y otras muchas razones que juntaron. 
Con recto, justo, igual y sano pecho, 
Sin discrepar, conformes declararon 
Ser don Felipe succesor derecho, 

Y el reino por la ley le adjudicaron, 
(^on tierras, mares, títulos y estados 
Bajo do la corona conquistados. 

Vista, pues, don Felipe su juslicia 
Por tan bastantes homl)rcs declarada, 
¡sospechoso del odio y la malicia 
De la plebeya gente libertada; 

Y la intrínseca y vieja inimicicia 
En los pechos do muchos arraigada. 
Quiso tentar en estas novedades 

£1 ánima del pueblo y voluntades ; 

Y con piadoso celo, deseando 

El bien del reino y público sosiego, 
En la mente perpleja iba trazando 
Cómo echar agua al encendido fuego, 
Por todos los caminos procurando 
Aquietar el común desasosiego, 
Que ya con libertad, sin corregirse, 
Comenzaba en el pueblo á descubrirse. 

Para lo cual fué del luego elegido 
Don Cristóbal do Moura, en quien había 
Tantas y tales partes conocido 
Cuales el gran negocio requería : 
De ilustre sangre en Portugal nacido. 
De quien como vasallo el rey podría 
Con ánimo seguro y esperanza 
Hacer también la misma confianza, 

Y enterarse del celo y sano intento. 
Tantas veces por él representado. 
Entendiendo la fuerza y fundamento 
De su causa y derecho declarado; 
No traído por término violento 

Ni deseo de reinar desordenado ; 
Mas por rigor de la justicia pura. 
Por ley, razón, por fuero y por natura. 

Así que, esto por él reconocido, 
Como de rey tan justo se esperaba, 
Mirase el gran peligro en que metido 
El patrio reino y cristiandad estaba : 



VrCANA. 

Y tuviese por bien fuese st-rvido 
De sosegar la alteración que andaba, 
Declarándole en forma conveniente 
Por succesor derecha y justamente : 

Con que en el suelto pueblo cesaría 
El tumulto y escándalos extraños, 

Y su declaración atajaría 
Grandes insultos y esperados daños; 
Haciendo que en la forma que solía. 
Para después de sus felices años, 
El reino le jurase según fuero 
Por legítimo príncipe heredero. 

Hecha pnr don Cristóbal la embajada, 

Y de Felipe la intención propuesta, 
Tibiamente do Enrique fuó escuchada, 
Dando una ambigua y frivola respuesta, 
Que, por más que le fué representada 
La justicia del rey tan manifiesta, 
Procuraba con causas excusarse, 
t^in quererla aclarar ni declararse. 

Visto, pues, dilatar el cumplimiento 
De negocio tan arduo é importante, 
Por donde el popular atrevimiento 
Iba cobrando fuer/.as adelante, 
Don Felipe envió con nuevo asiento 
Largo poder y comisión bastante 
Para sacar resolución alguna 
A don Pedro Girón, duque de Osana, 

Y al docto Guardiola juntamente. 
Porque con más instancia y diligencia, 
Vista de la tardanza el daño urgente. 
Contra la paz común y convenencia 
Diesen claro á entender cual conveniente 
Era en tan gran discordia y diferencia 
Que el rey se declarase por decreto 
Cortando á mil designios el sujeto. 

Y porque cosa alguna no quedase 
l*or hacer, y tentar todos los vados, 

Y la ciei,'a pasión no perturbase 
El sosiego y quietud de los estados, 
Autos que el odio oculto reventase, 
Dos eminentes hombres señalados 
De los que en su real consejo había 
l'lti mamen te á don Enrique envía. 

Uno Hodrigo Vázquez, que en prudencia, 
En rectitud, estudio y diciplina, 
I Era de grande prueba y experiencia, 
De claro juicio y singular dotrina : 
El otro do no menos suQciencia, 
Famoso en letras, el doctor Molina, 
Ambos varones raros, escogidos, 
En gran figura y opinión tenidos. 



CANTO TRIOlíSIMOséPTIMO. 



213 



Para que Enríqae, dello5$ informadO) 

Y de todas las dudas satisfecho, 

Á las cortes que ya se habían Juntado 
Informase también de su derecho ; 

Y al pueblo contumaz y apasionado, 
Puesto delante el general provecho, 
Fueros y libertades prometiesen 
Con que á su devoción le redujesen. 

Y aunque entendiese el viejo rey prudente 
Ser esto lo que á todos convenía, 

Pues por la expresa ley derechamente 

Kl reino á su sobrino le venía ; 

Con larga dilación impertinente 

£1 negocio suspenso entretenía, 

Á fln que aquellos subditos y estados 

Fuesen con más ventaja aprovechados. 

Pues como hubiese el tardo rey dudoso 
Kl término y respuesta diferido, 
Llego aquél de la -muerte presuroso, 
Del autor de la vida estatuido : 
Por donde al succesor le fué for/o.so, 
Viendo al rebelde pueblo endurecido. 
Juntar contra sus ñnes y malicia 
Las armas y el poder con la Justicia. 

Habiendo aotes con todos procurado 
Muchos medios de paz por él movidos 
Provocando al temoso y porfiado 
Cun dadivas, promesas y partidos : 
Mas el poblacho terco y obstinado, 
\o eslimando los bienes ofrecidos. 
La enemistad del todo descubierta, 
Al derecho y razón cerró la puerta. 

; Quién pudiera deciros tantas cosas 
Como aquí se me van representando. 
Tanto rumor de trompas sonorosas, 
Tanto estandarte al viento tremolando, 
Las prevenidas armas sanguinosas 
Dol portugués y castellano bando, 
Kl aparato y máquinas de guerra, 
Las batallas de mar y las de tierra ! 

Veránse entre las armas y fiereza 
Materias de derecho y de Justic-a, 
Kjemplos do clomencin y do grandeza, 
Proterva y coiitamaz cnemicicia, 
Liberal y magnánima largueza 
íjuf los sacos hincht) do la cotlicia, 

Y oíros matices vivos y colores 
Que felioí's harán los escrilores. 

Canten de hoy más Iub que luviorcn vena, 

Y enriquezcan su verso numeroso, 
Pues f'Vlipe les da materia llena 

Y un campo abierto, fértil y espacioso ; 



Que la ocasión dichosa y suerte buena 
Vale más que el trabajo infrutuoso : . 
Trabajo infrutuoso como el mío, 
Que siempre ha dado en seco y en vacío. 

¡ Cuántas tierras corrí, cuántas naciones 
Hacia el helado norte atravesando, 

Y en las bajas antarticas regiones 
El antípoda ignoto conquistando ! 
Climas pasé, mudé constelaciones, 
Golfos innavegables navegando, 
Extendiendo, señor, vuestra corona 
Hasta casi la austral frígida zona. 

¿ Qué Jornadas también por mar y tierra 
Habéis hecho que deje de seguiros ? 
Á Italia, Augusta, á Flandos, á Inglaterra 
Cuando el reino por rey vino á pediros : 
De allí el furioso estruendo de la guerra 
Al Perú me llevó por más serviros, 
Do con suelto furor tantas espadas 
Estaban contra vos desenvainadas. 

Y el rebelde indiano castigado, 

Y el reino á la obediencia reducido. 
Pasé al remoto Arauco, que alterado 
Había del cuello el yugo sacudido; 

Y con prolija guerra sojuzgado, 

Y al odioso dominio sometido, 
Seguí luego adelanie las conquistas 
Do las últimas tierras nunca vistas. 

Dejo, por no cansaros y ser míos, 
Los inmensos trabajos padecidos, 
La sed, hambre, calores y los fríos. 
La falta irremediable de vestidos. 
Los montes que pasé, los grandes ríos, 
Los yermos despoblados no rompidos, 
Riesgos, peligros, tronces y fortunas, 
Que aún son para contadas importunas. 

Ni digo como al fln por acidente 

Del mozo capitán acelerado 

Fui sacado á la plaza injustamente 

,í ser públicamente degollado : 

Ni la larga prisión impertinente 

Do estuvo tan sin culpa molestado, 

Ni mil otras miserias de otra suerte. 

De comportar más graves que la muerte. 

Y aunque la voluntad, nunca cansada, 
F>lá para serviros hoy más viva. 
Desmaya la esperanza quebrantada 
Viéndome prohejar siempre agua arriba : 

Y al cabo de tan larga y gran jornada 
Hallo que mi cansado barco arriba 

De la adversa fortuna contrastado 
Lejos del fin y puerto deseado. 



eu LA 

Mas ya que de mi AAtrella la porfía 
Me tenga así arrojado y abatido, 
Verán al fin que por derecha vía 
La carrera difícil he corrido : 

Y aunque más inste la desdicha mía 
El premio está en haberle merecido, 

Y las honras consisten no en tenerlas, 
Sino en sólo arribar á merecerlas ; 

Que el disfavor cobarde que me tiene 
Arrinconado en la miseria suma 
Me suspende la mano y la detiene 
Haciéndome que paro aquí la pluma. 
Así doy punto en esto, pues conviene 
Para la grande innumerable suma 
De vuestros hechos y altos pensamientos 
Otro ingenio, otra voz y otros acentos. 

Y pues del fin y término postrero 

No puede andar muy lejos ya mi nave, 

Y el temido y dudoso paradero 
£1 más sabio piloto no le sabe : 



ABAUGANA. 

Considerando el corto plaio, quiero . 
Acabar de vivir antes que acabe 
El curso incierto de la incierta vida, 
Tantos años errada y distraída. 

Que aunque esto baya tardado de mi parte, 

Y á reducirme á lo postrero aguarde. 
Sé bien que en todo tiempo y toda parte 
Para volverme á Dios jamás es tarde. 
Que nunca su clemencia usó de arte ; 

Y así el gran pecador no se acobarde. 
Pues tiene un Dios tan bueno, cuyo oficio 
Es olvidar la ofensa y no el servicio. 

Y yo que tan sin rienda al mundo he dado 
El tiempo de mi vida más florido, 

Y siempre por camino despeñado 
Mis vanas esperanzas he seguido, 
Visto ya el poco fruto que he sacado, 

Y lo mucho que á Dios tengo ofendido, 
Conociendo mi error, de aquí adelante 
Será razón que llore y que no cante. 



FIN DE LA ARAUCANA. 



I 



DE LA BÉTICA CONQUISTADA. 



NOTICIAS DE JUAN DE LA CUEVA. 



Nació este poeta en Sevilla, y floreci(5 después de mediado el siglo xvi. No se sabe el 
año en que nació, ni tampoco el de su fallecimiento, bien que se deduce que fuese ya muy 
entrado el siglo siguiente, puesto que, en la carta con que dirigió á doña Jerónima María 
de Guzmán su poema sóbrelos Inventores de las cosas, pone la fecha de mayo de 1607. 
Las obras que aió á luz durante su vida fueron : — Poesías JiricaSy i tomo en 8.*, impreso 
en Sevilla, año de 1582. — Coro Febeo de Romances historíalos, 1 lomo en 8.", impreso 
en Sevilla, año de 1588. — Las Comedías en que se incluyen las Tragedias, 1 tomo en 
4.*, impreso en la misma ciudad, año de 1588. — La Conquista de la Bética, poema heroico, 
1 tomo en 8.*, impreso también allí mismo, año de 1603. Otras diversas obras escribió, que 
dejó inéditas, aunque ya preparadas para la prensa. De éstas hay algunas publicadas en el 
Parnaso español ; que son el Ejemplar poético, 6 reglas de la poesía, y los cuatro libros 
de los Inventores de las cosas. 



FRAGMENTO I. 



Batalla naval entre la armada berberisca y la castellana. Aventuras de Tarfira. (Del libro 10.} 



Sale de Ceuta la enemiga armada 
Con tiempo, mar y viento favorable ; 
Llega sin ser do cosa contrastada 
Al puerto de Alarache inexpugnable : 
Aquí, de nueva gente reforzada, 
Alza velas, y al mar so da mudable ; 
Da vista á Gibraltar, pasa derecho 
Surcando el peligroso hercúleo estrecho. 

Deja á la diestra mano al celebrado 
Calpe, que tiene á Abila en opuesto 
Que del hijo de Jo ve fué apartado 
Uno del otro, entrambos siendo un puesto 

Y en estrechez el gran Nereo ligado. 
Por entre los dos pasa airado y presto. 
Sin refrenar la furia poderosa, 

Que no cesa jamás, ni aquí reposa. 

La tiria Cades á la diestra mano 

Va dejando, y el Austro que la aspira 

El mar le tiene favorable y llano, 

Y desde fuera sus ruinas mira. 
Así navega el escuadrón pagano, 

Y seguro del cielo y de su ira, 

Sin haber menester ancla ni amarra, 
Dobla la punta y entra por la barra. 



Celebrando con cajas y sonoros 
Pifaros van su próspero viaje 
Las africanas fustas, y los moros 
Llenos de orgullo y bárbaro coraje. 
Ciertos de haber gran suma de tesoros ; 

Y yendo así, llegaron al paraje 
Donde el mar vuelve con veloz carrera 

Y comienza la bética ribera. 

Seguros ya de todo buen suceso, 
Como ignorantes que de sí confían 
Con vana presunción y loco exceso. 
De contemplar las causas se desvían : 
Así los moros de juicio opreso 
En su viaje próspero se fían, 
Sin atender que Dios que los llevaba 
Su daño y destruición aparejaba. 

Llegaba el carro, que el soberbio mozo 
Quiso regir, á emparejar el día, 
Cuando los moros, llenos de alborozo, 
La flota ven cristiana que venía : 
Apréstanse al asalto y cruel destrozo ; 
Y, dejando las zambras y alegría, 
Á las armas acuden, y en un punto 
El poder todo á consultar fué junto. 



219 D£ LA BÉTICA 

Aben Mufar á la galera salta 

De Ozmín, y Nazar, scítíco guerrero 

General de Sevilla, no les faltai 

Como el que á todo debe ser primero : 

Júntanse iodos en la popa alta 

(Que por insignia tiene un dragón flero 

Despedazando un rey entre sus dientes), 

Y Ozmín dice en voz alta á los presentes : 

« La favorable suerte que tenemos, 
Que en nuestro bien y ayuda se nos muestra 
Claro se ve en la ocasión que vemos 
Que está segura y de la parte nuestra : 
Con esto presupuesto no aguardemos 
Sino sigamos la ventura diestra. 
Que como veis, nos trae á nuestras manos 
La flota, sin pensar, de los cristianos. 

« Treinta fustas traemos reforzadas 
De cuanto pide la ocasión prosente, 
Seguras que ser puedan contrastadas, 
Aunque se junte el gran poder de Oriente: 
Las cristianas, según están contadas. 
Son trece solas y con poca gente, 
De treinta á trece ved la diferencia, 

Y si está la victoria en contingencia. 

9 Que en ellos demos presto es lo que im- 
No den la vuelta con huida infame, [porta. 
Que la ocasión los U^rminos acorta, 

Y no cumple dejarla que nos llame : 
Vean si en ellos nuestra espada corta, 

Y que su sangre hay quien la derrame ; 
No se difiera más, hágase luego 

(Como dicen) la guerra á sangre y fuego. » 

Aben Mufar en pie, y la mano puesta 
En el lunado alfanje, así responde : 
« No hay que aguardar,que la ocasión es esta 
En que el decir y hacer se corresponde : 
Nuestra flota al momento . sea dispuesta 
Como á ninguno de los tres se esconde, 
Que la victoria cierta la tenemos, 

Y tarda lo que aquí nos detenemos. » 

Nazar aprueba el uno y otro acuerdo, 

Y dice : « Con tan cierta confianza 
No me parece que es decreto cuerdo 

Que en ocio esté el escudo, alfanje y lanza : 
Que siempre oí decir, si bien me acuerdo, 
Que estar suele co peligro la tardanza ; 

Y que la diligencia en In dudoso 
Suelo hacerlo próspero y dichoso. 

» Vamos adonde el santo Alá nos llama 
Por miia;<ro, á ofender los que lo siguen : 
Haga el templado acero y viva llama 
Mslraj^'O íiero en los que nos persiguen ; 



CONQUISTADA. 

Derramemos la sangre al que derrama 
La nuestra, que razones hay que obliguea 
A ello; que en tan célebre victoria [ría. » 
Si es grande el premio no es menor la glo- 

Estaba en la galera una hermosa 
Mora que Ozmín traía procurando 
Á Bolalhá, encendida y querellosa, 
Que en largo olvido la dejó aguardando : 

Y oyendo la consulta belicosa 
Salió, y licencia de hablar tomando, 
Celosa y llena de amorosa ira. 

De aquesta suerte prosiguió Tarfira : 

« Valientes capitanes, cuyo nombre 
Celebra con glorioso honor el mundo, 
El femenil acuerdo no os asombre. 
Pues no os asombrará todo el profundo. 
De estar aquí es la ocasión un hombre 
Que en desleal y crudo es sin segundo ; 
Sin que os diga quién es, en decir esto 
Ser Botalhá lo hace manifiesto. 

» Éste, dejando el regio señorío 

De Marruecos, habita aquí en Sevilla, 

Ó sea por su gusto ó desvarío, 

Que tal debe de ser el que lo humilla : 

Pues siendo rey, al reino da desvío, 

Y trueca en vasallaje la alta silla ; 

Y esto decir me hace que es locura 

Su estada aquí, si no es mi suerte dura. 

» Buscando á éste mí enemigo vengo. 
Confiada en Ozmín vasallo suyo, 
Que de la pena y el dolor que tengo 
En que la vida y el honor destruyo. 
Me hará libre, con venir tan luengo 
Viaje, y el aleve por quien huyo 
De mi sosiego, me pondrá presente 
Donde fin ponga al mal que siento ausente. 

> De esta ocasión, señores, ha nacido 
Ocupar yo esta real galera. 
En donde humilde (sí es razón) os pido 
Me deis lugar á que os ayude ó muera : 
Que yo haré mi nombre esclarecido 
Con claros hechos de una á otra esfera ; 

Y pídeos esto, porque sea notoria 
Para lo que se espera mi memoria. » 

El varonil esfuerzo de Tarfira 
Agradó á todos, y de oírla fueron 
Satisfechos, y en medio de su ira 
Á Ozmín solo la causa remitieron : 
Á su galera apriesa se retira 
Cada uno, y en orden se pusieron 
Para dar la batalla, aderezando 
Las cosas que iba la ocasión forzando. 



FRAGMENTO t. 



217 



Formaron su e8Coadr<$n en media luna, 
Llevando el cuerno de la mano diestra 
Aben Hufar, que sin tardanza alguna 
Soberbio en la alia popa se demuestra : 
Nazar, seguro en sí y en la fortuna, 
Que á confiados suele ser siniestra, 
Tomó la punía del siniestro cuerno ; 

Y el medio Ozmín por fuerza y por gobierno. 

Con esta orden y una boga blanda 
Poco á poco se iban acercando 
Á la cristiana flota, que en demanda 
Saya vem'a su escuadrón formando : 

Y el capitán que la gobierna y manda, 
Á sus soldados fuertes animando, 
Poniéndoles delante el nombre y gloria, 

Y el provecho que habrán de la Vitoria. 

• No hagáis caso (en alta voz decía 

El invencible Bonifaz) que sea 

Esa flota doblada que la mía. 

Coa tanta gente y armas de pelea : 

Sí cuando venga toda Berbería, 

Todo el Oriente junto aquí se vea, 

Llevando á Dios cual va de nuestra parte, 

No hay que temer terrestre fuerza ni arte. » 

Esto decía el capitán cristiano 
A los suyos, y todos en voz alta 
Responden : « que las armas en la mano 
Tienen, que ¿ por qué al bárbaro no asalta ? 
Que esté cierto que todo el otomano 
Poder no les hará que hagan falta, 
Ni 8u valor descaecerá, aunque venga 
El mundo y en contrario allí lo tenga. » 

Puesta ya en orden la cristiana armada. 

Hecha un ala se acerca á la enemiga, 

Que á este punto partió á boga arrancada, 

Segura que su intento so consiga : 

Arremete con ira desatada 

Contra el cristiano, que á embestir le obliga 

Con no menos valor y fortaleza, 

Con menos arrogancia y más destreza. 

Roncas tix>mpas, discordes tamborinos. 
Algazara confusa, estruendo horrible 
Se oía, y en los valles convecinos 
El son resuena y el clamor terrible : 
Belisdc sus asientos cristalinos 
í>aliü fuera, dejando el apacible 
Sitió del gravo peso competido, 
Del penetrable estruendo y alarido. 

La líbica y cristiana armada mira 
Trabada en dura y espantable guerra, 
Ardiendo en saña y on rabiosa ira 
Que ejecutar la una y la otra cierra. 



La una innumerables tiros tira, 
La otra golpes que ninguno yerra ; 
Arde el furor, arde el coraje ciego. 
Con igual furia que alquitrán en fuego. 

Las voladoras flechas, esparcidas 
Por el ligero aire con braveza, 

Y las flexibles astas impelidas 

Con ira y saña, y con mortal crueza, 
Á muchos privan de las dulces vidas ; 
Á la muerte rindiendo su flereza, 
Caían adonde con feroz denuedo 
Vencía la muerte y no el cobardo miedo . 

Por todas partes daban todos muestra 
De su valor y defendían su parte, 
Al do la diestra mano y la siniestra 
Al de en medio siguiendo en orden y arte 
El cristiano escuadrón y el que lo adiestra 
Administrado por Minerva y Marte 
Con tanto esfuerzo y orden combatía. 
Que grande estrago en el contrario hacía. 

Á un tiempo dos galeras se aferraron, 
Reforzadas de gente, á una cristiana ; 

Y otras tres que á los lados se hallaron 
Á la de Bonifaz, la capitana : 

Y una tan flera y cruda lid trabaron, 
Que lástima pusiera á la inhumana 
Discordia, y el furor se condoliera, 

Y pavorcsa Tesifón huyera. 

£1 cristiano navio, que combatido 
De las dos fustas bárbaras se vía, 
Con ánimo y valor esclarecido 
Cruel matanza en su defensa hacía : 
Suenan los duros golpes y alarido, 
Huye el temor, y crece la osadía 
En los unos y otros, aunque on vano 
Se esforzaba el ejército pagano. 

Que en medio desta furia y cruel combate 
La una galera al fondo fué hundida, 

Y la otra ú la lid le dio remate 
Desecha y sin quedar hombre con vida : 
Ozmíu furiíso, sin quemas dilate 
Punto, á la capitana combatida 

De otras tres fustas su galera allega, 

Y bordo á bordo echado el ferro apega. 

Aquí el furor armígero se enciende 
Con mayor furia y con mayor denuedo ; 
Aquí el vencer y no el vivir pretendo 
Quien al honor la vida ofrece ledo : 
El bárbaro cruel sube y deciendp, 
Sin^que le ocupe ni detenga miedo ; 
Hínchesela cristiana nao de gente. 
Que cerca en torno el capitán valiente. 



218 DE LA HÉTICA 

No teme Boniftiz sn ira y flereza. 
Antee espera su furor airado, 
Cual jabalí ardiente en la aspereza 
De los montes altísimos guardado, 
Que sintiendo el ladrido y la braveza 
De los canes, espera denodado, 

Y en medio dellos con furor se mete, 

Y sin temor ¿ todos acomete. 

Así el constante capitán aguarda 
Á la turba de líbicos guerreros, 
Que ni le turba, mueve, ni acobarda 
La muchedumbre de enemigos fieros ; 
Vuelve y revuelve golpes que no tarda, 
Piernas, brazos cortando á los primeros, 

Y éstos huyendo, á los que atrás venían 
Encima atrepellándolos caían. 

Por la ancha nave pavorosos vuelven. 
Con vergonzoso miedo desmayando, 
Éstos y aquéllos ciegos se revuelven, 
Gritos de miedo y de turbados dando : 
Los cristianos con ellos más se envuelven 
Cuanto más se les iban desviando : 
Ozmín da voces en el paso puesto, 
Que le sigan y habrán victoria presto. 

Tarílra acude, el mujeril vestido 

Revuelto al cuerpo, y la hermosa mano 

Ocupada de acero endurecido, 

El fuerte escudo al pecho soberano, 

El cabello de oro reprimido 

Con duro yelmo, en el poder cristiano 

Se arroja dando ánimo á su gente, 

A Bonifaz se pone frente á frente . 

Ciega de ira, el brazo alzando flera 
(Aunque cercada de una y otra parte 
De la enemiga escuadra la guerrera 
Á quien enseña amor la marcial arte), 
Un golpe dio al cristiano, de manera 
Que del escudo la mitad le parte, 

Y con otro acudiéndolc, del brazo 
Se lo arrancó sin le dejar pedazo. 

Bonifaz, que no menos animoso 
Que ella furiosa, hiriéndolos andaba, 
Arremete con ella furioso 

Y con soberbios golpes la aquejaba : 
Á este punto llega pavoroso 
Ozmín, que voces á los suyos daba 
Que maten al cristiano, y los cristianos 
Deflenden su cristiano á los paganos. 

Renuévase de nuevo la batalla 
Con más furor que nunca se vio en ella, 
Los cristianos haciendo por ganalla, 
Los moros procurando no perdella ; 



CONQtJISTADA. 

Aben Mufar, seguro de alcanzalla 
Vuelve la proa, sin curar de babella, 
Viendo de Ozmín arder la capitana, 
Que el ferro tenía echado á la cristiana. 

Un trío pavor en ellos cay<5 luego. 
Que les cort<5 los ánimos, de suerte 
Que sin aguardar más, huyendo el fuego, 
En el agua á hallar venían la muerte : 
Despártese la lid, y sin sosiego 
Á su fusta huyendo va el máa fuerte, 
Teniendo por victoria conocida, 
Salvarse en ella con infamia en vida, 

Tarílra, al fin, como mujer temiendo. 
Aunque en su esfuerzo no mostró flaqueza, 
De sus galeras el destrozo viendo, 

Y en los contrarios tanta fortaleza, 
Su persona salvar quiso huyendo 
Conflada en su presta ligereza, 

Y al sallar, yendo en el bajel amigo, 

Puso el pie en vago ydió-en el río consigo. 

Al bordo estaba en su galera puesto 
Abul Hacen, famoso y fuerte moro, 
Diestro en las armas y en maldades presto, 
Rico de ingenio y pobre de tesoro ; 
Que á su rey siendo con razón molesto, 
Porque en lealtad no le guardó el decoro, 
Huyendo del castigo que esperaba 
Siempre de Túnez en destierro andaba* 

Y esta jornada siéndole notoria, 
Vino á hallarse en ella, con deseo 
De alcanzar, alcanzándola victoria, 
Á su necesidad rico trofeo, 

Y al nombre infame y la perdida gloria 
Dar nombre honroso, y el renombre feo 
Borrar con hechos, que por ellos fuese 
Libre de infamia, y con honor viviese. 

El contrario suceso estando viendo, 

Y de su flota el conocido daño, 
Amargamente de dolor gmiicndo. 
Atravesado de un dolor extraño, 

Y á la hermosa mora conociendo 
Puesta en un riesgo sin pensar tamaño. 
De la veloz corriente combatida, 
u á varias partes sin parar traída ; 

De lástima y amor tocado el pecho, 
Do vivió siempre la discordia Ücra, 
Contra su natural, la ira y despecho 
Puesta á una parte, y vuelto en blanda cera. 
Va á socorrer el peligroso estrecho 
De Tarflra, que estaba de manera 
Que ya las aguas la tenían de suerte 
Que no podía esperar sino la muerte. 



FRAOMBNTO I. 



219 



Rompiendo el agua cual delfín ligero, 
Coo Alerta pecho y con nerviosos brazos, 
Va á socorrer U mora el moro fiero, 
Esperando por premio sos abrazos ; 
Que á (H>nqai8tar el espantoso impero, 

Y á hacer todo su poder pedazos 
Se obligara el pagano por tocalle 
La mano, cuanto más por abrazalle. 

Uegd el moro, y Tarfira pavorosa 
Tendió el hermoso braceo y del se ace, 

Y con el otro acude presurosa 

Y el cuello en tomo que lo cerque hace : 
Cnal ¿ su amante Sálmacis hermosa 
Tarfira hace al moro que se enlace 

Con el estrecho abrazo, y él cortando 
El agua sobre sí la va sacando. 

Poco á poco en aqueste peligroso 
Trabajo iban ios dos de esta manera, 
Él con su carga alegre y animoso, 
Ella cansada, congojosa y fiera : 
Corto parece al moro el espacioso 
Trecho, y desea nunca verse fuera. 
Temiendo si en la tierra perdería 
Aqael bien que en el agua poseía. 

Esto consideraba el sarracino, 
Aanque le daba su ánimo seguro 
Que ninguno de gloria tal es digno 
Sino el rey, á quien él era perjuro. 
Que en esta suerte amor le era benigno, 

Y así glorioso en su trabajo duro 

¿ Quién vio (iba diciendo) tal extremo [mo ? 
Qae encienda el agua el fuegocn que meque- 
Tocó á este punto el suelo con la planta 
El encendido moro, y vuelve á ella 
Diciendo : Si te aflige, ó si te espanta 
El agua, de la tierra puedes vella ; 
Ya la puedes honrar y hacer santa, 

Y por seguro y gusto poseella. 
Inclinó el cuello, el dulce peso larga. 

Más dulce que al troyano Eneas su carga. 

Fatigada Tarfira, aunque contenta 
pe haber el grave estrecho guarecido, 
A respirar y á descansar se asienta, 
Del ansia y del cansancio recebido, 
Agua dando de sí, que representa 
En fuente 6 río haberse convertido, 
Que á la sedienta arena humedecía 
L'a líquida corriente que salía. 

La memoria, que nunca está quieta. 
Cuchillo fiero del mortal reposo, 
Que siempre aflige, turba, y siempre aprieta 
El ánimo más libre y más gozoso, 



Á la celosa mora aquí inquieta, 
Su estado viendo extraño y riguroso, 
De un cabo al enemigo á quien procura, 
De otro su gente en tanta desventura. 

Los dos bellos luceros vuelve, y mira 
La flota suya navegar huyendo, 

Y á la contraria como so retira 
Los despojos de Libia recogiendo. 
Enternecida de dolor suspira, 

En el poder de los cristianos viendo 
Tres fustas suyas, y encendida desto 
Se levantó y camina á paso presto. 

Un fértil llano por allí se extiende 
ííon largo espacio, rico y opulento 
De ganado y labor : por aquí tiende 
El paso, ardiendo en ira y descontento ; 

Y sin mirar que el caminar le ofende 
La tierna planta, sin tomar aliento. 
Tres leguas caminó, y siendo rogada 
Del moro, paró aquí sin sentir nada. 

I Oh poderoso amor, y cómo puedes 
Con los que en ley tu tiranía reciben ! 
¡ Cómo les niegas, cómo les concedes 
Los premios ! ¡ cómo mueren, cómo viven ! 
Das el afán y el llanto por mercedes : 
Haces que riesgo ni cansancio esquiven : 
Que no curen de honor, ni á gloria aspiren, 
Ni á cosa más que al gusto tuyo miren. 

Buen testimonio desto da Tarflra, 
Su lastimado y encendido pecho. 
Pues ni en cansancio ni en deshonra mira, 
Ni verse puesta en riguroso estrecho. 
Tras la fuerza de amor que su alma tira 
Forzada va, dispuesta á cualquier hecho. 
Que ni el trabajo ni el temor le impide 
Llegar adonde su deseo le pide. 

En el desierto llano por el ruego 
De Habul Hacen á descansar forzada. 
Ardiendo en vivo y amoroso fuego. 
Aunque en las ondas héticas mojada. 
La causa al moro le refiere luego 
De su trabajosísima jomada, 
No llamando trabajo el que sufría 
Sino descanso, gusto y alegría. 

Todo el discurso largo de su historia. 
Los trances y trabajos recebidos 
Por Botalhá le trae á la memoria. 
Aunque algunos con llanto interrumpidos : 
El moro que los oye, y ve su gloria 
Conmovida, y de llanto enternecidos 
Los dos rayos que al día dan su lumbre. 
Dice, dejando su feroz. costumbi*e : 



220 DE LA BOTICA 

« Deja ¡ oh bella señora mía ! ese llanto : 
Limpia esos claros y divinos ojos, 
No te fútiles ni congojes tanto, 
Porque no me den muerte tus enojos : 
Todo lo que te aflige y da quebranto 
Olvida, y haz de roí nuevos despojos ; 
De mí, que desde hoy en ley divina 
Debo ser tuyo, y tú serme benigna. 

» Sí del rey de Marruecos el ausencia 
Forzada te sacó del patrio nido ; 
Si te puso su amor en contigcncia 
De acabar, como hubieras concluido, 
No debe ya tenor la preeminencia 
En tu alma, ni ser de ti querido, 
Sino el que en salvo como estás te puso. 
Si de razún no se pervierte el uso. 

« Esta ocasión el cielo la encamina, 
Que con medios humanos no es posible ; 
Esta sin duda es volunlad divina. 
Este es milagro como ves visible, 
Este lo que ocasión hanis indigna, 

Y exceso grande y en razón lerriblo. 
Trocar un rey por un vasallo siiyi», 
Esa es mi fuerza y el descargo luyo. 

» Mira, que aunque no igual en suerte, tengo 
En la nobleza du his reyes parte, 
Detlos, cual sabe toda Libia, vengo, 

Y cual, queriendo, puedes tú informarte. 
Mas, ¿ para qué con esto le entretengo ? 
Si yo que te libró debo adorarle : 

Yo la vida le di, por mí cslás viva ; 
Luego en razón mi amor al del rey priva. „ 

La cauta mora, al encendido moro 
De su razón corlar queriendo el hilo, 
Sin responder guardándole el decoro 

Y de ingrata huyendo el bajo estilo, 
Larg.) la mano, y las madejas de oro 
De la trenza aflojó, y con nuevo fllo 
Amor al moro lo atraviesa ol alma, 
Que ya rendida le ofrecía la palma. 

Con grave rostro y sesgo movimiento, 
Con descuido cuidoso, descuidada 
Tarflra comenz '» á darlas al viento, 

Y á desatar por sí cada lazada : 

El moro las contempla y mira atento, 

Y á la mora en a«iuesla obra ocupada, 
Arde, padece, y lleno de fa{\¿i\ 

A volvelle á decir su nial lo obliga. 

Tornó á ponerle su rnz m del a n le 
Por los mejores términos que pudo, 
Que la fuerza de amor es tan bastante 
Que hace ser Dcmóslencs á un mudo. 



CONQUISTADA. 

Ella con pecho y voluntad consUnie, 
Su fe poniendo á todo por escudo, 
Satisfaciendo á lo que el moro pide, 

Y á la ocasi 'n esta razón despide : 

« No te puedo negar, ¡ oh amigo mío ! 

Que la vida que tengo te la debo, 

Que ya acabada fuera en este río, 

Y' que vuelvo á vivir por ti de nuevo : 

De tu razón la mía no desvío, 

Lo propio que tú dices yo lo apruebo^ 

De. cuanto me quisieres hacer cargo 

Puedes con razónjusta, aunque andes largo 

• Este conocimiento, esta memoria 

No se puede borrar de mí aunque muera, 
Ora me suba ol cielo á mayor gloria. 
Ora me traiga en esta suerte llera ; 
Mas que olvide al que hizo su victoria 
Del alma mía, es eso de manera 
Que primero que á tal ose atreverme, 
Al riesgo en que me vi volveré á verme ; 

» Porque primero que en mi fe so vea 
Mudanza alguna, se verá primero 
Sin luz Apolo, y la nolurna Dea 
(^on igual luz dorar nuestro hemisfero : 
Esto la causa hace que se crea, 
I*ür ella vivo, en olla morir quiero ; 
Que no se apaga llama tan ardiente 
Con tan poca agua, ni tan fácilmente. 

• Mas ruégete, pues tanto se adelanta 
En ti el valor y claro entendimiento. 

Que la virtud que usaste heroica y santa, 
No manche tan contrario pensamiento ; 
Puea del mío, no hay fuerza que sea tanta 
Que me fuerce á que haga mudamiento : 
Con este presupuesto, ¡oh ilustre moro I 
Como á quien me dio vida, amo y adoro. » 

Vn helado pavor le corl«'», y puso 

Freno á la lengua ; que ocasión tan grave 

Las co-aS S3ca y mueve de su uso, 

Y mas en las que tiene amor la llave. 
Sin saber qué hacer está confuso. 
Cual el piloto que llevó la nave 

Por el peligro, y cuando llegó al puerto 
De lo que confí > lo halló incierto. 

Creyó (jue por haberla guarecido 

.V la hermosa m^ra el moro fuerte, 

Su gusto al suyo eslnba ya rendid i. 

Que ya nn)vorla no podría aun la muerto : 

Y no entendí.) el amante no entendido 

Que en los casos de amor varía la suerte ; 
Que no eg tan cierto el más seguro y tlrnie. 
Que en estado seguro se confirme. 



I 



KUAOMENTO I. 



áál 



Aunque aquejado y lleno de fatiga, 

De la contraria suerte á su esperanza 

Á persuadirle y responderle obliga, 

Por entender que habrá en mujer mudanza. 

Y empezando á decir : ; dulce enemiga ! 

; (iloria á mi pena ! ¡ honor mío y conflanza ! 
Porque á esta razón vio que venía 
l'n moro de á caballo que huía, 

Púsose en pie el alfanje apercibiendo, 
Que sólo de su fusta había sacado, 
Cuando á Tartlra á priesa socorriendo 
Cual se halló en el río había sallado : 
Con éste aguarda, á ella previniendo 
Que no se turbe ni lo pierda ol lado, 
<Jue ('I la sacará libre de aquel punto, 
Dd mundo y del iníicrno todo junto. 

Ella riendo le responde : « ¿ Entiendes, 
Habul Hacen, quo yo no tengo manos ? 
Si entiendes tal, entiende que me ofendes, 

Y enlenderó que son tus dichos vanos. 

Y si en batalla entrar por mí pretendes, 
Yo por ti pelearé con mil cristianos : 
I)ame ese alfanje y siéntate á mirarme, 

Y veras si te guardo y sé guardarme. » 

Holgóse el moro, y dijo : « Yo no dudo 
Quu pueden más tus manos que prometes, 
Pues solo un golpe un alma rendir pudo 
Qae teme el mundo, y tú á tus pies sometes. 
Defiéndele, pues quieres ser su oscudo. 
Mas ha de ser que dcnlro eu ti la aceptes, 
Que llevándola dentro de tu pecho 
Será el rendir un mundo corlo hecho. » 

£^tando en esto, el moro que venía 
Fatigando el caballo veloz, para 
Junto á los dos y dice : « Kl ansia mía 
Este sudor y sangre la declara : 
Por él conoceréis que en este día 
Fortuna llera huye y desampara 
A la gente agarrna, y favorece ' 
A la que la persigue y aborrece. 

» De Sevilla salimos enviados 
Por el rey dos rail hombres de pelea : 
Escogidos por él, y aderezados 
pe cuanto pide la ocasión (juc sea, 
íbamos á que fuesen ayudados 
Los de la flota, que Axartaf desea 
Que ocupe esta ribera, en que consiste 
La redención de nuestro estado triste. 

« Veníamos, y el cielo que nos sigue, 
O Alá, que de su mano ya nos deja, 
Permitió, porque el daño nos obligue 
Á editar en sujeción ó eterna queja, 



Que con la gontr. qwe su honor persigue, 

Y á los que lo adoramos siempre aquf'ja. 
Topásemos, y entrados en batalla 

La victoria al contrario quiso dalla. 

9 Desbaratónos, y en alcance viene 
De los pocos que restan con la vida, 
Á quien honor ni esfuerzo los detiene 
Do la afrentosa infame y vil huida : 
Yo, viendo aqueste cuerpo que no tiene 
Parte que no señale una herida, 
Desangrado y del modo que estoy vengo 
Ya como inútil, que valor no tengo. 

» Y pues el cielo (en esto piadoso 

Á mi desdicha) aquí me ha conducido, 

Y en un trance tan triste y peligroso 
Á que me deis amparo me ha traído, 
Favoreced mi estado doloroso. 

Que de vos puede ser favorecido 

Si'íio con que la fuerza de esta sangre 

Me toméis, porque más no me desangre, > 

F^l diostro brazo en el arzón postrero 
Firmó, y al suelo acometió arrojarse : 

Y aunque de esfuerzo el moro estaba entero 
La fuerza le falló para ayudarse. 

Corrió á este punto Habul ILicén ligero 

Y el hombro le arrimó en que reclinarso 
Pudiera, que la fuerza que lo acorre 
Sustentar sobre sí podía una torre. 

De la silla á sus hombros traspasado, 
Donde Tarflra dijo lo descarga, 
Teniéndole por lecho aparejado 
El duro suelo, y su deshecha adarga : 

Y en tantas partes viéndolo llagado 
Gime, y la cura que sabía no alarga. 

Que Ilueyla su ama le enseñó en 8ecrel0| 
Para remedio á semejante aprieto. 

No aplica hierbas de virtud secreta. 
En Asia por milagro producidas, 
Ni á infernales espíritus sujeta, 
Que por fuerza le sean allí traídas : 
Mas las llagas le toca, y las aprieta 
Con su mauo, y palabras no entendidas 
Al oído le dice mansamente, 
Con sesgos ojos y serena frente. 

Con esto, poco á poco iba cesando 
El flujo de la sangre, y cuando estuvo 
Libre á su parecer, el rostro alzando 
Mirando al moro espacio lo detuvo : 

Y de nuevo las llagas refregando 

Le dijo : « El cielo que te trujo, y tuvo 
Compasión de tu vida, ha detenido 
La sangre porque seas guarecido* 



¿22 



DE LA B ETICA CONQUISTADA. 



» Ahora sólo te conviene ir preslo 

Adonde con segura medicina 

Las llagas cures, pues en este puesto 

Cosa no hay para ese efecto digna. » 

« Yo (la responde el moro) estoy dispuesto, 

Pues la suerte me ha sido tan benigna, 

Volverme á entrar en la ciudad, por donde 

Está un camino que al común se asconde. 

> Por éste con segura confianza 
Iré á donde guarecerme pueda, 
Porque no quede sin tomar venganza 
Do esa mi sangre que vertida queda. 

Y de este estado viendo la mudanza, 
Cuanto la vida el cielo me conceda, 
Ocuparé en servirte y celebrarte, 

¡ Oh santa mora ! y como Alá adorarte. 

Sólo que me digáis cuál suerte os lleva 
Por esta parte así tan («itigados 
Os suplico, y, si os es la tierra nueva, 
De dónde sois, y cómo sois llamados. » 
Habul Hacen le respondió : « Esta es prueba 
En que probarnos quieren nuestros hados : 
Yo soy Habul Hacen, y en Túnez tengo 
Mi casa, y de la sangre real vengo. 

» De esta divina mora el claro nombre 
Es Tarfira, de ilustre decendencia : 
Viene á Sevilla procurando á un hombre 
De real sangre, y de real potencia. 
Éste^ faltando del real nombre, 
Hale faltado en fe ; y hecho ausencia 
De Marruecos do está su cetro y silla, 
Olvidado de todo por Sevilla. » 

Abdalac respondió : « Bien sé esa historia, 

Y á Botalhá conozco, que es mi amigo : 
Por él la sé, y Muley la hace notoria, 
Que es su competidor y su enemigo. 
De aquí procede el no tener memoria 
De ti, del cetro, ni del patrio abrigo, 
Porque á la infanta Alguadaira pide 
Por mujer, y Muley la ama, y lo impide. 

» Todo el discurso te diré, pues vamos 
Juntos, y el nombre mío juntamente. 
Que es Abdalac, señor de esto en que esta- 
Hasta el real de la enemiga gente, [mos, 

Y así, todo este llano que miramos 
Quiero, Tarflra, gloria de occidente, 
Que el llano de Tarfira sea llamado, 
Que de Abdalac solía ser nombrado. 

n Pues aquí tuve por tu mano vida, 
Vida á tu nombre aquí le daré eterno, 
Que no lo acabe el tiempo en su huida 
MioDtras el sol durare en tu gobierno. « 



La mora se le muestra agradecida 

En el semblante, y al afecto tierno, 

Que de su amante habiendo el cuento oído 

Le había el celo y pena enternecido. 

Llevó á Tarílra Abdalac su caballo 
Después que sus razones concluyeron, 

Y á Habul Hacen rogó quiera tomallo, 
Pues á Sevilla van cual le dijeron. 
Ninguno de los dos quiso acetallo. 

Mas un acuerdo entrambos moros dieron, 
Que Tarflra en la silla se pusiese, 

Y que en las ancas Abdalac subiese. 

Siguió la obra á lo que fué propuesto, 
Principio al punto dando á su camino, 
De Tarflra dejando el fértil puesto, 
Llevando al Betis siempre por vecino : 
Que uñino encima de sus aguas puesto 
Mira el blasón y ejército divino, 
QtA por BUS ondas sin temer ultraje 
A la otra banda quiere hacer pasaje. 

Ascendió la cabeza en su globoso 
Centro de perlas y luciente oro, 

Y con voz alta dice presuroso, 

En medio puesto de su ilustre coro : 
« Éste es el tiempo alegre y glorioso 
Que yo esperaba, y el que siempre adoro ; 
Este es el tiempo que me habéis oído 
Profetizar, del cielo prometido. 

» El tiempo es éste en que el pagano fiero 
Teñirá con su sangro mi corriente, 

Y lanzado será del reino ibero, 

Por fuerza de armas de cristiana gente. 

Éste es el tiempo que cuidoso espero 

Por verme en él cual ya me veo presente. 

Que de Geber la torre milagrosa 

Por insignia tendrá utaa cruz gloriosa. 

» El tiempo es éste que en lo alto dolía 
Un cristiano león se verá puesto, 
Que por su mano subirá á ponella. 
Del rey mandado, y elegido en esto. 
Éste es el tiempo que podemos vella 
Libre del rilo de este pueblo infesto, 

Y al verdadero culto dedicada, 

Del Dios que habita la región sagrada. 

> Llegada es ya la gloria que esperamos : 
Ya el varón santo prometido vemos : 
Ya la opresión del bárbaro en que estamos 
Trocada en dulce libertad tenemos. 
Ahora resta sólo que acudamos,. 

Y á su gente las aguas soseguemos, 

De suerte, que el contrario que lo esp^rv 
No le pueda impedir que salga fiíera* 



J 



FRAGMENTO II. 



» Ya veis que está et pasaje aderezando 
Don Peiayo Correa, ya veis que viene 
Al Ajarafe, y que le está aguardando 
£i rey de Niebla, y el poder que tiene : 
Á la lengua del agua está ordenando 
Que el cristiano á salir se desordene, 
De modo, que estorbándoles la tierra. 
Ellos les den y nuestras aguas guerra. 

> Asi [ oh amigas mías ! vamos luego, 
Vamos, y favor demos al cristiano, 
Cual en medio del mar al sabio griego 
Otras ninfas libraron con so mano. 



Tú, Silis, y tú, Leucia, haced mi rucpo, 

Y las demás seguid mi intento humano 
En que amparemos la cristiana gente, 
Á quien el paso impide mi corriente. » 

Esto diciendo, sin parar camina 
Betis, y al centro decendió profundo, 
Do la globosa urna cristalina 
Tiene, con et licor que riega el mundo : 

Y en el húmido pecho la reclina, 

Y al Atlántico mar vuelve el Jocundo 
Curso, y las bellas ninfas esparcidas, 
Las aguas quietaban conmovidas. 



II. 



Desafío y combate de Mntey Hacen con Botolhá, por cansa de la infanta Algaadaira. Taríira se 
interpone en medio de los combatientes, y el duelo no se remata. (Del libro 12.) 



Fatigada Taríira en su congoja, 
Sin dar alivio á su pasión ardiente 
Se desespera, aflige, y se congoja. 
Aborreciendo cuanto vía presente. 
Ni el día descansa, ni la noche afloja 
Su ansia, viendo al que procura ausente 

Y más en la ocasión quo lo desvía 
Rabiaba en celos, y en amor se ardía. 

Siempre la causa andaba imaginando 
Que en tal extremo la traía muriendo, 
Mil formas de remedios aplicando, 
Mil trazas que el amor le iba ofreciendo. 
Mas, á la ejecución dellas llegando, 
Mil imposibles iba prometiendo, 

Y así confusa, triste, congojosa. 
Para, suspira, gime, tem<> y osa. 

Tal vez se determina á la venganza 
Resuelta con la espada ya en la mano, 

Y en si volviendo dice :«E¡Ay, que no alcanza 
Mi corlo brazo adonde está el tirano ! 
Huyó, y con él mi gloria y mi esperanza, 
Que con su fe las lleva el aire vano, 
Siendo perjuro en su promesa al cielo, 
Aleve, infame en su palabra al suelo. 

• Desto, para que más roe ofenda y dañe 
Permite el cielo ser en daño suyo, 

Y que á mí la verdad mo desengañe 

Del mal que veo en que el vivir concluyo. 
; Oh ley de amor ! permito que me ensañe 
Contra el cruel por quien mi honor destruyo 

Y que sabiendo á dónde van los siga, 

Y cual otra Medta los perai^. « 



Desta suerte la mora enamorada 

Los días y noches consumía en su queja, 

De su tierra hallándose apartada 

Por quien por otra así la olvida y deja : 

De amor, de celos, y pasión forzada 

Se precipita, y de razón se aleja ; 

Mas Meleyca, su huéspeda, en sus penas 

La anima, esfuerza y da esperanzas buenas. 

Meleyca, de Taríira agradecida, 
Que á su marido guareció de muerte, 
Viéndola de sus ansias combatida, 
De Botalhá sabiendo ya la suerte, 
Á su pasión y á su amistad movida, 
Temiendo el mal que lo aquejaba fuerte. 
Un día á solas se apartó con ella, 

Y así dice en razón de su querella : 

« Desde el día primero que veniste 
Á esta tu casa, de Abdalac, mi esposo. 
Traída á ella, porque en darlo fuiste 
La vida, con poder maravilloso, 
Luego quo la ocasión me descubriste 
Que te trae de tu patria y tu reposo. 
Fuiste de mí informada haberse ido 
Con Alguadaira tu amador huido. 

« Pareciéndome hacerte un gran ultraje, 

Y á la amistad una inhumana ofensa. 
No saber ya á dónde hizo el viaje 

El que da fuerza á tu pasión inmensa, 
Que hacerte puedo bien pleito homenaje, 
Que tu misma aflicción me trae suspensa 
Viendo cómo te afliges y consumes, 

Y de dar íln á iu vivir presumes ; 



^4 DE L\ nÉTlCV 

» Acudí á una amiga, que en la Grecia 
De padres magos tuvo el nacimiento, 
Que este lugar en tanto eslima y precia, 
Que es sin conlradición su mandamiento : 
Ésla del orco el gran poder desprecia, 
De su voz tiembla el más profundo asiento; 
No hay fuerza que á su gusto no responda, 
Ni á su saber hay cosa que le esconda. 

» H ícele clara tu mortal faliga; 

Tu ardiente pena y tu inhumana suerte, 

La justa causa que á tu bien me obliga, 

Y la razón que tengo de quererte. 
Oyó mi ruego, y fuémc lan amiga 
Que la respuesta en obras la convierte, 
Á su arte sortílega acudiendo, 

Las superiores causas inquiriendo. 

» Tres veces cubrió Apolo el mar profunda, 

Y otras tantas se vio su hermana bella 
En su argentado carro dar al mundo 

La luz que agrada al díosCinmerioelvella: 

Y tantos consultando el sin segundo 
Dolor, que te lastima en tu querella, 
Mi amiga ha estado, por saber á dónde 
Efttá tu amado, ó qué lugar lo asconde. 

« Y habiendo hecho cuanto en esto entiende 

La argólica adivina, con deseo 

De dar razón del falso que te ofende 

Y decir donde goza su trofeo ; 
Dice, quel rey cristiano lo dcllende, 

Y que con él está, de donde creo 
Que tu remedio es más dificultoso, 

bi un medio no elegimos provechoso, n 

» ¿ Qué medio puede haber, dice Tarflra, 
Que aprovecharme pueda en tal extremo ? 
bi con prudente proceder se mira. 
Todos lo mismo temerán que temo ; 
Si no hace el rigor y mortal ira 
Lo quel fuego no hace en que me quemo, 
Ningún remedio puede ser remedio, 
Queesgran poder el que me ocupa el medio. » 

Por los hermosos ojos larga vena 
De perlas derramó la bella mora. 
Indicio dando de la angustia y pena 
Que le causaba el moro á quien adora : 
De sí no hace la pasión ajena 
Meleyca, que igualmente gime y llora 
Que la triste Tarflra, y así estando 
■ Las estorbó Habul Hacen entrando. 

Los ojos puso luego en la llorosa 

Y amada suya, aunque no de ella amado 

Y el color viendo de purpúrea rosa 
Del humor cristalino rociado, 



CONQUISTADA. 

Quedó suspenso sin decille cosa, 
Al mismo llanto casi provocado, 

Y viendo que ella un poco se sosiega. 
Diciendo así, adonde cstí se llega : 

« Si la causa ; oh Tarúra á quien adoro ! 
Es sola la ocasión que yo imagino, 
Mi fe le doy como hidalgo moro 
De morir 6 vengar tu ultraje indigno. 
Que á servirte, guardándole el decoro. 
Con las armas me pongo en el camino, 
A Muley Üobacén acompañando, 
Á Doialbá y la infanta procurando. 

9 Tiene aviso que están con el cristiano 
Conquistador, en amistad acetos, 
Destu Muley en furia ardiendo insano. 
Lar armas toma sin mirar respetos : 
El rey le ha dado facultad y mano 
Que baga cual la causa los efectos. 
El sobrino promete la venganza 
Contra cuanto poder el mundo alcanza. 

w Viendo yo una ocasión tan oportuna, 

Á Muley .supliqué me concediese 

Que habiendo de ir con él persona alguna 

(Cual era fuerza) yo el nombrado fuese. 

Favorecióme en esto la fortuna, 

Porque á servirte, cual deseo, acudiese ; 

Nombróme, mira ahora lo que quieres, 

Y pide aquello que servida fueres. 

• Botalhá, como sabes, te ha ofendido 
En el honor, y deja escarnecida. 

Sin acordarse que jamás te vido, 
Cual la experiencia vemos conocida : 
Yo, que á tu voluntad tengo rendido 
El vivir mío, y no deseo la vida 
Sino para ocuparla en sólo aquello 
Que e.<« gusio luyo, sin jamás torcello. 

» De tu ofensa ofendido, vengo sólo 
Á que el orden me des que siga en esto, 
Si quieres que te vengue, y vengue el dolo 
Del rey perjuro al firme amor y honesto : 
Por quel siguiente día, cuando Apolo 
Con Ibz el mundo haga manifiesto. 
En singular batalla ha de probarse 
Con quien posible no será escaparse. 

• Mira si gustas que en prisión lo traya, 

Y no consienta que le den la muerte ; 
Ó si te agrada que con vida vaya 
Suelto á gozar de tu felice suerte, 
Esto será con que un concierto haya 
Entre ti y entre mí, que has de ofrocorte 
Á que, siendo cumplido lo que digo, 
Has de cumplir la voluntad que sigo. • 



KRAOMK 

La di^reta Tarílra, conociendo 
Kl arrogante proceder del moro, 
Levantó el bello rostro, recogiendo 
k las espaldas las madejas de oro, 

Y dijo: « Amigo Habul Hacen, yo entiendo 
Que á tu valor no guardas el decoro 

En prometerme cosas imposibles , 
Que serán, aunque sean, increíbles. 

» Bien sabes tú, y el mando sabe claro, 
De Botalhá los valerosos hechos : 
Bien sal>es tú qiiél solo ha 8Ído amparo 
Del África y tic Libia en sus cslrecbos : 
Bien sabes que á tíu esfuer/ri y valor raro 
Ni hay enemigas fuorxas, ni pertrechos 
Que se le puedan resistir ; y sabes 
Más que del digo, bien que no le alabes. 

> Pues sabes esto, y sabes que hombre á liom* 
En singular batalla ha dudo muestra [bre 
Con los más fuer los, y de mas renombre 
Que tiene y que conoce la edad nuestra , 
¿Porqué quieres tú ahora que me asombre 
Que pruebe con Muley la fuerte diestra. 
Si contigo y Muley y todo el mundo 
Lo hará el valor suyo sin segundo? 

» Con esto á tu demanda doy respuesta, 

Y que decir no tengo más en esto , 
Vete, y las cosas á la lid apresta. 

Pues que cual dices ha de ser tan presto : 

Y mira que en el campo he de estar puesta. 
Porque todo me s*'a manifleslo. » 

Esto diciendo, vuelve desdeñosa, 

Y el moro ardiendo en saña va furiosa. 



2á5 



Mil congojas de nuevo se le ofrecen 
El caso triste en que se vía pensando. 
Que aunque el ánimo invicto nu enflaquece, 
El anima le están atormentando : 

Y así las formas viendo que guarnecen 
El cíelo las tinieblas alumbrando, 

Á su huéspeda pide que le acuda, 

Y en aquel menester le dé su ayuda. 

Adonde estaba Abdalac herido 
Entra, y su intento y la ocasión le cuenta. 
Del fiero Habul Hacen el encendido 
Amor, y lo que más de nuevo intenta : 

Y que para acudir á su querido, 

Y dar principio á remediar su afrenta. 
Armas le dé y caballo, con que entiende 
Librar su honor, y ver lo que pretende. 

Levantó el rostro el fatigado moro 
Por la flaqueza grande que tenía , 

Y dijo : • No me guardas el decoro, 
Tarflra, en no aguardar la salud mía; 



NTO If. 

Y así le ruego por el dius que adoro 
Que me dejes tenerte compañía, 

Y no me aguardes más de cuanto pueda 
Tenerme en pie , y de ti se me conceda. 

» Yo te pondré en presencia do tu amante, 

Y que hables con él como conmigo; 
Que le pidas, teniéndolo delante , 

La fe que do cumplir quedó contigo : 

Y si fuere el cumplírtela importante. 
Que le la cumpla cual quedó me obligo : 
Detente ahora, y á Muley no lomas, 
Que lioliiilia rastigara sus temas » 

« Sabiendo lo quel póríldo inhumano 
Habul Hacen contra mi rey ordena, 
i. Será (dice Tartira) acuerdo sano 
Que deje en él ejecutar la pena? 
No .será, en cuanto aquesta diestra mano 
No estuviere desle brazo ajena, 

Y este constante cora2<)n rigiere 

Kl que en él vive y á la infanta quiere. » 

No pudiendo Abdalac mover su intento, 
Ni persuadir á la africana mora 
Que por entonces deje el pensamiento 
Á que le instiga la pasión que adora, 
Acudiendo á cumplir su mandamiento. 
Traer las armas hizo allí á la hora, 
1 .as cuales se arrojó Tarflra encima , 
bin que le agrave el peso ni le oprima. 

(Ion el cerrado yelmo el rostro bollo 
(Jubrió, ascondiendo su beldad divina, 
Agrabando los lazos del cabello. 
De belleza extremada y peregrina : 
Que si dejaca así de recogello. 
No saliera la aurora matutina, 
Que al punto por las puertas del oriente 
iSalió mostrando la rosada frente. 

Hesonó al punto desde el alto muro 
Kl cóncavo metal con ronco e?<truondo, 
Por señal dado para el caso duro , 

Y prevenir la gente el son horrendo ; 
Que en siendo oído nadie fué seguro 
Á las horribles armas acudiendo. 
Las puertas, calles, muros ocupando, 

Y el real alcázar rodeando. 

Tarílra, oyendo la séíal de Marte, 
La espada aplica en el siniestro lado, 

Y de Muleyca y de Abdalac se parle 
Donde de amor llevaba su cuidado : 

Y sin andar de una á otra parte 
Se fué al alcázar, do halló formado 
Un campo en orden de batalla puesto , 
Para el efecto en la ocasión dispuesto. 

15 



22G DE L\ BÉTICV 

A la parte que menos jtronh* lialiío , 

Y que con más secreto estar pudiese, 
Allí el caballo presurosa guía , 

Y allí se asconde al vulgo que la viese : 
Mas Iñ luz del cercano y claro día 
Hizo que todo maniílesto fuese, 

Y con la luz la causa se aclarase 
Que á la trompa hacía que resonase. 

Bl desafío fué contado luego 
Que á Dotalbá Muley á hacer iba, 
Llevado do su honor y ardiente fuego , 
Que de toda razón lo aparta y priva. 
Kn esto se ocupa Im el vulgo ciego, 
Dicho gencralmínlo ron voz viva, 
Cuando bajan Mulcy y Hacen armados, 
De un rey de armas delante acompañados. 

Kanzas, adargas toman y caballos, 

Y con quinientos moros de pelea 

De la guardia del rey para guardallos, 
Salen, y van donde Muley desea : 
Entre ellos va Tarílra sin dejallos, 
Que la pasión le anima y le espolea , 
Que la fuerza de amor es poderosa , 

Y en pecho noble no le impide cosa. 

Hacen los moros alto, y luego parte 
El rey de armas al campo del cristiano, 
Apercibido del ingenio y arle , 
Que el caso pide á que se vía cercano : 

Y en la presencia del sidéreo Marte, 

Con gravo aspecto y con semblante ufano, 
Siéndole de hablar dada licencia, 
Propone así con libre preeminencia : 

« Pues me concede tu real grandeza 
¡ Oh poderoso rey ! que ante tí hable , 
Perdona del estilo la bajeza, 

Y advierte en la ocasión, que es memorable : 
Esta, de Marte pido la fiereza , 

De quien un fin se espera miserable 
Entre Muley, de nuestro rey sobrino, 

Y Hotalhfí, que á ti huyendo vino, 

» Este, del patrio reino estando ausente, 
Vino á Sevilla, donde fué admitido 
De Axartaf, y con mando preeminente, 

Y con obras de rey favorecido : 

Y olvidado de aquesto , injustamente 
Á su hija le trujo, y ofendido 
Deste insulto, Muley lo desafía, 

Y á que lo desafíe el rey lo envía. 

K Suplícate permitas que se haga 
La singular batalla con seguro, 
Porque del hecho la debida paga 
Haya el aleve en el combate duro ; 



CONQÜISTAÜA. 

Y porque Hotalhá se satisfaga , 
Entre tu campo y el cerrado muro 
Pide que sea la lid, la cual demando 

Por Muley, que en el campo está aguardando.» 

Inclinó la cabeza, y sobre el pecho 
Los dos brazos cruzó, llegando á tierra 
Las rodillas, y ufano y satisfecho 
Quedó así, en denunciar la guerra. 
Dotalhá á informar de su derecho, 

Y á que se entienda que en lo dicho yerra 
P^n llamarlo alevoso, al rey suplica 

Le oiga, y su razón así publica : 

« Yo vengo ; oh soberano rey ! forzado 

De lo que en tu presencia se ha propuesto, 

En mi ra/.ón, cual debo, confiado, 

Y en la verdad que te he contado en esto : 

Y vengo á suplicarte que otorgado 
Le sea el campo que demanda presto, 
En donde se verá, my poderoso , 

Si es Botalhá ó Mulí^y ol alevoso. 

« Sin exceder de la verdad un punto 
Sabes de mí la verdadera historia, 

Y ella en el paso á que me veo tan junto 
Si es cual he dicho así me dé victoria : 
Con las armas estoy ya puesto á punto; 
Ante ti vengo á que me des tal gloria 
De que en batalla singular me vea 

Con él, que contra la verdad pelea. » 

No dijo más el príncipe africano, 
Que la ira y deseo que tenía 
Á las razones fueron á la mano, 

Y la lengua quedó suspensa y fría : 
Mas el divino protector cristiano, 
Que todo el caso y la verdad sabía , 
Al rey de armas concede lo que pide, 

Y con aqueste acuerdo lo despide. 

Partió el rey de armas, y la invicta gente 
Se puso en arma por el rey mandado, 

Y el africano príncipe valiente , 
Puesto á caballo se presenta armado : 
Pide licencia, y con valor ardiente 
Sale, llevando á su derecho lado 

A Lope Díaz de Alfaro, y al siniestro 
A Gai'ci Pérez, luz del siglo nuestrOé 

Llamó en secreto el rey al invencible 
Don Pedro Ponce de León, diciendo : 
a Don Pedro, yo imagino, y es croíble, 
Haber engaño en esto que estoy viendo : 
El caso es gravo, la ocasión terrible. 
Partid con gente á Botalhá acudiendo, 
No pueda si hay traición hacelle daño, 
Pues vuestra espada atajará su engaño, « 



£1 valiente e8{>ariol, el Wm fuerte, 
Á Ja merced del rey agradecido, 
loclinó la cabeza, y desta suerte 
Le prometió que del sería servido : 
V coQ aquel denuedo que á la muer le 
Pone en pavor, del rey se ha despedido 
Sul)e á caballo, apaña un anta, y parle 
Conflando en sí solo el ílero Marte. 



Eo seguimiento suyo salen luego 
Docieotos de ¿ caballo que los guarden, 
Que en vivo ardor de glorioso Tuego 
Sus no rendidos corazones arden ; 
Van tras sus pasos sin tener sosiego, 

Y puestos donde en la ocasión no tardes, 
Hicieron alto, viendo que salía 

El rey de asmas, y el campo les partía. 

Muloy al punto en un feroz caballo 
Rucio, de los del .\frica ligeros, 
Que sin freno pudiera gobernallo, 

Y enlrar sin miedo en los asaltos fieros. 
Sin aguardar que vuelvan á llamallo, 
Contra los dos cri.slianos caballeros 
^alió, á su enemigo conociendo. 
Caballo, adarga y lanza apercibiendo. 

Púnese en fk*ente, y por su nombre Ilaitia 
X Botalhá, pidiéndole que venga 
A la batalla, si su nombre y fama 
Quiere quel nombre que ha tenido tenga : 
botalhá, que la misma ocasión ama, 
8ale sin quel rey do annas lo dolenga, 
Que los puestos andaba señalando, 
Partiendo el sol los pactos asentando. 

A una se arremeten furiosos 

Los dos valientes moros, de la suerte 

Quel aquilón y el áfrico animos(»4 

El ono contra el otro horrible y fuerte ; 

Que con porfía y soplos espantosü