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Full text of "Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias occidentales"

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OF THE 

University OF California. 



Class 



NOTICIAS HISTORIALES 



DE 



!.AS CONQUISTAS 



DE 




TIERRA FIRME 

EN LAS 

INDIAS OCCIDENTAbES 

POR FR. PEDRO SIMÓN 

DEL ORDEN DE SAN FRANCISCO DEL NUEVO REINO DE GRANADA 

TOMOV 



TERCERA PARTE 

PrULÍCASE POR v^EZ PRIMERA SOBRE LOS MANUSCRITOS DE LA BIBLIOTECA NACIONAL 
Y CON INTERVENCIÓN Y AUXILIO DEL MINISTERIO DE INSTRUCCIÓN PUBLICA 



BOGOTÁ 

CASA EDITORIAL DE MEDARDO RIVAS 
1892 



PARTE TERCERA 

QUINTA NOTICIA HISTORIAL 




CAPITULO X 

1." Muda Valdivia el pueblo de San Juan de Rodas. Alzanae los indios— 2.» Descubre 
esto una india, que se volvió cristiana después— 3.* Dan sobre la ciudad de San 
Juan de Rodas y matan algunos españoles— 4 .« Resístenles otros, de suerte que los 
ponen en huida. 

HABIENDO llegado todo esto á los oídos del Gobernador Andrea 
de Valdivia, á Antiocliia, por haberlo llevado la fama de pueblo 
en pueblo de indios, salió del de Antiochia con cincuenta soldados con que se 
hallaba y algunos caballos y pertrechos de guerra, la vuelta del Valle de 
Norisco, á donde llegó y fué bien recibido de los afligidos vecinos, que no 
pareciéndoles bien ni seguro sitio aun aquél, ni al Valdivia tampoco, deter- 
minaron se volviese á poblar en su primer asiento, que fué, como dijimos, 
donde llamaban el Paramillo, y reedificada allí de nuevo y repartida otra vez 
la tierra por el Valdivia más conforme á su gusto que al de la justicia, según 
las quejas de muchos, tomó la vuelta de Santafé, dejando por su Teniente y 
Justicia Mayor á Don Antonio Osorio de la Paz, caballero de Ciudad Rodrigo, 
que deseando cobrar opinión y que le temiesen los indios, salió á hacer algunos 
castigos á fuego y sangre, con que los dejó más avispados y irritados á dar 
otra vez sobre el pueblo, para lo cual pagaron á muchos de los indios más 
lejanos que les viniesen á ayudar, y para que no les faltasen comidas, hicieron 
de comunidad una extendidísima labranza de maíz en la ensenada del señor 
de Agrazaba. Para esta junta señalaron " por General á Pedro Catía, baptizado 
y muy ladino, por haberse criado desde niño en servicio de un Francisco 
López en la Villa de Antiochia. 

O n a í\ o o 



4 FEAY PEDRO SIMÓN (5.* NOTICIA 

2.<^ Hicieron á éste, porque como ladrón de casa alcanzaba nuestros 
intentos y los comunicaba con ellos, entraba y salía en ambas partes, y para 
más disimulo bacía que viniesen á los nuestros de paz (basta su tiempo) muchos 
hombres y mujeres que miraban con buenos ojos á nuestros españoles, y entre 
ellas hacía venir el Pedro Catía á uaa hermana del Cacique Agrazaba, de muy 
bnen parecer en toda su persona, que tomando amistad con el Don Antonio, 
le descubrió todo el secreto y determinación de los bárbaros, y cómo el Pedro 
Catía era el que urdía toda esta trama, y que para que la creyesen, no estaba 
de parecer de volver á ellos, sino de ser cristiana, pues amaba nuestra santa fe, 
como aborrecía las bárbaras costumbres de sus parientes. Avisó de esto Don 
Antonio á sus soldados, que divididos en varios pareceres, determinaron, para 
sacar más en limpio la verdad, le diesen tormento á la india, la cual en él 
dijo lo mismo, y no por eso mudó de intentos de ser cristiana, y así luego la 
catequizaron y baptizaron, poniéndole por nombre Catalina, que fué todo lo 
que vivió acrecentándose en las cosas de la fe, con mucho ejemplo de todos. 
Estando ciertos los nuestros del rebelión que se intentaba, procuraron por 
primera prevención haber á las manos al Pedro Catía, de que se supo guardar 
bien, pues no volvió más á nuestros soldados en sabiendo ser cristiana Catalina, 
antes envió á que oliesen si se había sentido su alzamiento (á sombras de paz) 
á los Caciques Tecure y Agrazaba, hermanos; Chaourí, Tacuica, Nuguireta, 
Tacujarango y otros principales, que llevaban algunos regalos de comidas, á 
quien luego prendieron, despachando cartas al Valdivia del suceso, que 
nunca llegaron á sus manos, porque cayeron en las de los indios de guerra los 
Yanaconas que las llevaban. 

3.° Sin saber el Gobernador Valdivia estos sucesos, había despachado, 
mientras ellos acontecieron, una partida de ganado mayor con diez soldados, 
y entre ellos iba un clérigo llamado Juan Ruiz de Atienza, que pasaron y 
llegaron sin ningún riesgo, antes contaban que les habían hecho buen pasaje 
y amistad todos los indios, dándoles las comidas necesarias, lo cual era para 
disimular más otro alzamiento que urdían, acedos de la prisión de los Ca- 
ciques. Atribuyendo algunos de los soldados esta benevolencia á la parte que 
les podía dar más ociosidad y descuido, lo tuvieron en no velarse como solían, 
que conociendo este descuido los bárbaros, vinieron muchos á dar un madru- 
gón sobre el pueblo, que no pudiéndose entrar por él más que por sola una 
parte, por ser inaccesible por naturaleza todo el resto de su sitio, pretendieron 
entrar por aquí, y sintiéndolo la centinela, dio arma, con que todos asieron las 
suyas mal despiertos, con que salieron á hacerles harta floja resistencia. A un 
Fernán Sánchez, manchego, natural de la Hembrilla, saliendo con poco más 
reparo que como se .halló en la cama, aunque llevaba buen brío al salir de su 



CAP. x) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 5 

casa, le dieron tal golpe de macana, que desmenuzándole los cascos y quijadas, 
rindió allí la vida; á un Juan de Ortega, natural de Ubeda, que galio á la 
refriega sin rodela, le dio una piedra do una honda tal golpe en las sienes, 
que lo derribó muerto; como hizo lo mismo otra flecha envenenada, pasándole 
la garganta á Pedro de Vega. 

4.^ Salieron en este tiempo, armados de espadas y rodelas, y los más de 
ellos en camisa: un Pedro Sánchez, natural de Estrella, cerca de Talavera; Juan 
Mateo Corzo de Sigura, de León; Esteban de Ribera, de Alburquerque; Juan 
de Cotnra, valenciano, y Diego de Guzmán, de Segovia: todos con unos ánimos 
valerosísimos, medidos en honra y no con temores ; los cuales, así como se ha- 
llaban, acudieron á la loma, por donde el gentío iba entrando, que fueron cinco 
rayos para ellos, haciendo tanta riza, cortando brazos, cabezas, piernas y barrigas, 
que fueron poderosos para detener el ímpetu de los salvajes, y aun para que vol- 
viendo pasos atrás, y impeliéndose unos á otros, cayesen en el río que pasaba la- 
miendo los cimientos de las barrancas, con lo cual tuvieron tiempo los de á ca- 
ballo de armarse y de cebar bien las lanzas y espadas en los que primero habían 
entrado y quedaban en la plaza sin socorro de los que habían de ir entrando, 
y así quedaron muy pocos de ellos, por la buena diligencia de los soldados, 
que luego cantaron la victoria, dando mil gracias á Dios, por cuya mano 
les había venido, por instrumento de aquellos cinco que atajaron el paso, de 
los cuales sólo el Eibera y Pedro Sánchez quedaron heridos, aunque sin 
riesgo, por la diligente cura. Mostráronse también valerosos Juan Alonso 
Rubio, Juan Ruiz y un Alonso Martín Merchán, que por todos eran 
treinta y seis con los recién llegados; pasando los indios de más de mil 
y quinientos, que no fueron bastantes para por entonces salir con sus intentos, 
ni por cuatro días que tuvieron cercado el pueblo, en los cuales colgaron á su 
vista á Nnguireta y Chacurí de los presos, con otros indios señalados y de es- 
tima, que avispados más con el hecho, revolvieron sobre las estancias, donde 
hubieron á las manos algunos indios amigos del servicio y negros, que les 
dieron cruelísimas muertes. Talaron así mismo las labranzas, que todo fué 
causa para que" después mudase el pueblo el Gobernador Valdivia, como 
veremos. 



6 FRAY PEDRO SIMÓN (5.* NOTICIA 

CAPÍTULO XI 

!.• Declárase en el Consejo no caer Antiochia en el Gobierno de Valdivia, y lo que de 
ahí sucedió— 2.'' Despachada una tropa al Chocó, quédase un soldado más que 
medio muerto — 3." Conserva la vida cuarenta días sólo con beber agua tocada en 
el L'ignum Crucis —i.^ Envía Valdivia soDorro á San Juan de Rodas. Valiente gua- 
zabara en que vencen los nuestros. 



Y 



Á dijimos cómo quejándose en esta Real Audiencia de Santafé 
Don Jerónimo de Silva, por habérsele entrado el Gobernador 
Andrés de Valdivia en los pueblos de Antiochia, sin ser de su jurisdicción 
sino del Gobierno de Po payan, se remitió la decisión de la diferencia al Real 
Consejo, el año de' mil y quinientos y setenta y uno ; y el de mil y quinientos 
y setenta y dos vino determinando no pertenecerle al Valdivia, según el 
asiento que tomó, como hemos visto, de que no se le daba el Gobierno en 
pueblos de españoles ya poblados, sino á la Gobernación de Popayán, esto es, 
la Villa de Antiochia y la de San Juan de Eodas, con lo cual viéndose el 
Valdivia desposeído de aquello donde estaba intruso, echando á volar sus 
pensamientos, los puso en intentar imposibles, facilitándolos con su presunción, 
que fué poblar de una vez en muchas partes, hallándose con tan poca gente, 
que aun para una lo era, entre indios tan hostigados y que tenían perdida la 
vergüenza á los españoles. Lo primero que intentó fué reedificar á Antiochia 
la vieja, donde puso Caja Real y fundición y abrió marca conforme á una de 
sus capitulaciones, señalando por Tesorero á Antonio do Tobar y por Contador 
á Rodrigo de Santander, ambos mientras el Consejo no ordenaba otra cosa. 
Duró muy poco esta población, porque los Catios determinaron dar luego sobre 
ella, dando fin, de camino, á tres soldados qué hallaron inadvertidos fuera de 
ella, con que no se les pudo dar aviso ; pero tuviéronlo por mano del cielo con 
un caso raro que le sucedió al Tesorero y á otros amigos suyos aquella mañana 
que venían á dar sobre ellos, y fué que estando juntos para almorzar de una 
mazamorra hecha de leche y maíz molido, cuando la fueron á echar en las por- 
celanas, se convirtió toda en sangre, con que quedaron todos admirados, 
pasmados y sin poder, por buen espacio de tiempo, hacer otra cosa más que 
mirarse unos á otros, hasta que volviendo en sí, sin esperar al efecto de sangre 
con que el prodigio les amenazaba, tomaron sus armas y caballos y la vuelta 
de Antiochia, dejando desamparada la primera población do ^Valdivia. 

2.0 El cual, antes que enviase y fuese él con el primer socorro á San Juan 
de Rodas, había despachado más de setenta españoles con el Capitán Juan de 
Zabala, entre quienes iban Rodrigo Pardo y Francisco Mantilla, de los Ríos, á las 



CAP. Xl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 7 

Provincias de los Chocoes y las que coufinan con el gran río Darién, por la 
parte del Este, pareciéndole se alargaban hasta allí los títulos de su Gobierno, 
en especial si lo estiraba un poco. Tardaron en esta salida casi un año, con 
grandes trabajos, que fuera tejer una larga historia contarlos todos, aunque se 
echará de ver en que quedaron desplumados, como dicen, demás de los treinta 
compañeros que fallecieron, y sucedió á la vuelta con uno que llamaban Fernán 
Pérez, mancebo natural de Salamanca, que se vido tan fatigado del camino, que 
en cierta parte, cerca de un arroyuelo, dijo que no podía de ninguna suerte 
pasar de allí, sin ser bastantes para otra cosa ruegos de los compañeros, y en 
especial del Capitán Rodrigo Pardo; sólo les pidió un vaso con qué sacar agua 
del arroyo para beber, con que se despidieron todos, encomendándolo á Dios, y 
dejándolo ya por muerto, y una cruz á su cabecera, pasaron adelante, hacia un 
lado, en demanda de algunas comidas para reparar la hambre que los iba ya 
consumiendo, en que les sucedió bien por la Divina Providencia, pues de allí 
á seis días dieron con unos indios tan blandos de corazón para con ellos, con 
ser todos ferocísimos Caribes (que en diciendo Caribe es que come carne huma- 
na), que no sólo acariciaron y dieron de comer á los primeros que iban entrando 
en sus casas (porque cada uno llegaba antes ó después, según sus fuerzas le 
daban aliento al camino), pero aun sabiendo que venían otros detrás desmaya- 
dos, salían á buscarlos con buenas comidas, y los llevaban hasta meterlos en 
el pueblo, donde se estuvieron reformando cuarenta días. 

3.0 Después de los cuales, tomando la vuelta por el camino que habían 
llevado, llegaron al paraje donde habían dejado al Fernán Pérez, que acordándo- 
se de él, dijo el Rodrigo Pardo: "Piedad cristiana será que le vamos á enterrar 
los huesos." Llegando con este intento al sitio donde le dejaron, le hallaron de 
la misma suerte que había quedado después de cincuenta días, y mirando si 
todavía tenía vida, hallaron que aún resollaba, y para más certificarse, le re- 
fregó el Eodrigo Pardo los dientes y la boca con carne de mico que llevaba 
asada para su matalotaje, que sintiéndola el enfermo, comenzó á mostrar más 
aliento y paladearse á su sabor, y dándole voces si conocía á sus campaneros» 
respondió con una voz muy débil: no veo, porque me falta este sentido, pero 
paréceme que la voz es de Rodrigo Pardo. De que se alegraron notablemente 
todos, y le preguntaron que cómo había vivido tanto tiempo, y qne quién le 
había dado de comer para vivir. A que respondió, señalándolos una crucesita 
de oro, que pesaría seis tomines, en que estaba engastada una pequeñita astilla 
muy sutil del Lignxim Crucis, diciendo con voz algo más alentada: nadie me 
ha dado de comer en todo este tiempo, y sólo la piedad de Cristo le daba virtud 
al agua que bebía, metiéndole antes esta reliquia del Lignum Crucis dentro 
para que me sustentara; húbela de un caballero, Canónigo de Salamanca, cuan- 



8 FRAY PEDRO SIMÓN (5.» NOTICIA 

do pasó de esta vida. Parece que no pudiera dudar en esto, vistas las circuns- 
taocias del caso, y que lo contaba un hombre más de la otra que de esta vida, 
á quien dieron traza lo llevasen cargado algunos indios del servicio, hasta lle- 
gar á uu pueblo de naturales, pacífico, á donde lo dejaron muy encargado con 
nn Yanacona, criado snyo, que no se supo si vivió más días, por haberse des- 
perdigado cada cual de sus compañeros buscando su ventura, aunque algunos 
volvieron con el Gobernador Valdivia. 

4." El cual viéndose desposeído de la jurisdicción de Santafé de Antiochia, 
antes que esto se supiera en San Juan de Rodas, como astuto dejóla al cuidado 
del Capitán Francisco Maldonado, vecino que había sido de Caramanta, que lle- 
gó en bien pocos días, por el mes de Diciembre de este año de mil y quinientos 
y setenta y tres, que fué bien recibido por estar necesitados de aquel socorro y 
del de comidas, que las tenían alzadas los indios y rebelados, y así fué necesa- 
rio, luego en llegando, se salieran á buscarlas el caudillo Juan López Bravo con 
veinticinco soldados de satisfacción y confianza; pero la poca que tenían todos 
de los indios so echó de ver á los primeros pasos que dio esta tropa, encon- 
trándose con otra de repente, harto má.« numerosa, acaudillada por el Pedro 
Catía, que venía por Capitán General de todas. Repararon los nuestros, viendo 
la frente á tan numeroso ejército y teniendo por menoscabo de su honra volver 
atrás, animándolos el Juan López Bravo, diciendo: ''A ellos ! á ellos ! caballe- 
ros, que ahora es tiempo que conozcamos cuánto más valen poces, ayudados de 
la mano de Dios, que muchos de la del Demonio." Comenzó á jugar la arca- 
bucería con muchas de las balas enramadas, que hacían tan cruel batería en 
los infieles, dividiendo cuanto topaban, en especial ayudados de ciertos perros, 
que andaban haciendo por su parte no pequeña riza, que en breve tiempo se 
confundieron y desordenaron los escuadrones de los bárbaros, desatinados con 
tanta mortandad como veían á sus ojos, y entre los demás el Pedro Catía, con 
que por no quedar todos consumidos entre los dientes de la guerra, volvieron 
las espaldas, siguiendo los nuestros el alcance con tanto valor, que los miserables 
les pedían misericordia; cosa bien desusada á su fiereza, y aun un indio decía 
desde un alto: " Cesen ya, españoles, tantas muertes, dejad algunos que hagan 
labranzas para que comamos todos;" como se dijo haberlo hecho ellos del cuerpo 
de Pedro Catía, y aun haberle muerto por su mano por haberles facilitado 
la victoria, que les había salido tan al revés, pues decían bastaba defenderse 
en sus casas, sin ir á buscar los españoles, que con lo que dijo el indio dejaron 
de seguir el alcance y tomaron la vuelta de la ciudad por si aca'^o revolvían sobre 
ella por otra parte. Regocijóse la victoria y á sangre caliente pretendieron 
volver Bobre el castigo de los indios, que no tuvo efecto. 



OAP. Xll) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 9 

CAPÍTULO XII 

1." Traza de Valdivia para dar principio á su Gobierno — 2* Despuebla á San Juan de 
Rodas y trae la gente á la margen de Cauca— 3." Declárales allí bus intentos, á que 
todos acuden, viendo no poder hacer otra cosa— 4.® Entra, pasado Cauca, con toda 
su gente en las tierras de su Gobierno. 

HABIÉNDOSE notificado en Santafé de Antiochia la declaración del 
Consejo, en que al Gobernador Andrés de Valdivia no le pertenecía 
el Gobierno de ella ni el de San Juan de Eodas, como hombre caviloso, salió 
con la presteza posible y alguna gente del pueblo de Santafé, la vuelta de San 
Juan de Rodas, pretendiendo llegar allí antes que se supiera esta determinación, 
para entablar mejor sus designos, y así lo recibieron como á su Gobernador, 
no sabiendo otra cosa que basta allí, y él los trató con gran blandura y caricias, 
y habiéndole dado cuenta de las necesidades y miserias que pasaban en aquel 
puesto, parece le vino á propósito de sus intentos, y tomando la ocasión, como 
dicen, por el copete, que era de aquello que le decían y miserias que le conta- 
ban, les hizo una larga plática, representándoselas de nuevo, y la imposibilidad 
que había en allanar aquella tierra, pues el maíz que comían lo compraban á 
precio de sangre, y así que, pues estaba solas dos leguas el río de Cauca, tierra 
más fértil y q^e ayudaba al sustento con sus pesquerías, caso que faltase grano, 
sería bien poblarse en sus riberas, á lo menos por algín tiempo, en especial 
que los naturales de ellas no era gente tan redomada, por no haber tratado 
tanto con españoles, y que Pedro Pinto Vellorino, con quien él tenía hecha 
alianza en estas conquistas, hombre de conocida afabilidad, sagacidad y posibles 
para hacer soldados, llegaría con socorro de ellos, y así siendo aquél su parecer, 
pedía el de los demás. 

2.0 A que acudieron todos por estar desabridos con tantas guerras en 
aquel sitio, fuera del parecer contrario que tuvo Alonso Díaz, uno de los Al- 
caldes, y así pusieron en efecto la mudada del pueblo y llegaron todos á las 
márgenes del río de Cauca, y al mes de Enero de este año de mil y quinien- 
tos y setenta y cuatro, donde se ranchearon y descansaron dos ó tres días; des- 
pués ordenó el Gobernador se hiciese una puente en una angostura que hace 
el gran río, donde se ciñe más que en muchas leguas de sus corrientes arriba 
ni abajo, diciendo lo que les importaba hacerla para gozar de la fertilidad de 
la tierra de una y otra banda, que cuadrando esto á todos, pusieron manos á la 
obra, que con cueros torcidos de vaca y muchedumbre de bejucos se dieron 
buena maña, pues la acabaron en diez ó doce días, que no fué poco por la di- 
ficultad con que se hizo. La cual acabada, hizo al momento pasar el Valdivia 



10 FRAY PEDRO SIMÓN (5.^ NOTICIA 

por ella á los que á, él le pareció más resabiados y que se les habían traslucido 
sus intentos, que pasaron de harta mala gana, aunque, so color de descubrir 
caminos, hubieron de hallarse de la otra banda el día de la Purificación, á dos 
de Febrero. Echaron á nado las vacas, caballos y puercos, que temiendo el 
ímpetu del río, volvieron á arribar d partes diferentes, de suerte que sólo pu- 
dieron volver á recobrar sesenta y nueve vacas y veintiún caballos, que no 
hicieron los demás poca falta, pues se desavió con esto mucho la prosecución 
del camino. 

3.° Antes que se comenzara, les declaró sus intentos á todos el Valdivia, 
diciendo: " Ya es, señores, tiempo de que los designios que traigo entre manos 
de mi conquista sean manifiestos á todos, y así sabrán que ha declarado S. M* 
por sentencia, que mi Gobierno sea en esta parte, entre estos dos ríos de Cauca 
y la Magdalena, si bien lo de esa otra parte, que toca por la misma declaración 
al de Popayán, saben todos me ha costado mi hacienda el conservarlo, de que 
todos sois buenos testigos en los socorros que he enviado á San Juan de Eodas, 
donde, como se vio á la clara, no era posible sustentarse nadie; ya nos hallamos 
aquí entre indios menos resabiados que aquéllos, en quien se reparará con mu- 
chas ventajas la falta que aquéllos os hicieren; esperando estoy socorro del Capitán 
Pedro Pinto, con que podremos con seguro hacer las conquistas de estas tierras, 
á que si alguno no quisiere acudir con gusto, desde luego tiene licencia y puen- 
te para volverse, y desde aquí lo podrá hacer libre, pero comenzada la conquista, 
no sin grave castigo." Sentía cada cual de esto lo que le parecía, arqueando 
las cejas y arrugando la frente, maravillados de la astucia del Gobernador para 
traerlos allí con aquel modo, y hablándole y respondiéndole por todos Juan López 
de Oviedo, y que se conformaban con su parecer, lo agradeció con largos cum- 
plimientos y promesas; sólo á un Antonio Machado le pareció volverse á An- 
tiochía, de donde era vecino, que, dándole licencia con liberalidad, llegó sin 
peligro allá, aunque por tierras peligrosas, donde supo excusar encuentros, por 
ser tan vaquiano de aquellos países. 

4.^ Con cuarenta y seis españoles, veinte negros suyos y doscientos indios 
de servicio, que era toda la gente con que se hallaba Valdivia, comenzó á mar- 
char por bien anchos y seguidos cansinos; indicios todos de soberbias poblacio- 
nes, como se echó de ver luego, á nueve de Febrero, dando vista á un valle que 
en aquella lengua llamaban Guarcama, y en la nuestra se le puso de San An- 
drés, á devoción del nombre del Gobernador: tierra amena, fértil, de buen 
temple, arboledas frutales, campos abundantes, bien labradías y fertilizados con 
aguas de riego, cielo claro, tierra escombrada, y toda ella que parece vendía 
salud y convidaba á que se fundase luego allí ciudad cristiana; porque sobretodo 
esto, se prolongaba el valle veinte leguas, con anchuras de diez ó doce, poblada 



CAP. XIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 11 

atrechos y con buen concierto de grandes ciudades, y ricas por las muchas mi- 
nas de oro que las ceñían, y por granjerias de tratos y labores de tierra para 
maíz y algodón, de que se hacían razonables telas blancas y de variados colores. 
Los principales Caciques, señores de este valle, se llamaban: Guarcama, Cuerpia, 
Pipimán, Ozeta, Maquira y Aguarizi, y apartados de éstos algo del valle á los 
costados de la serranía que lo acompaña, vivían otros de menos consideración, 
llamados: Omaga, Negueri, Yusca, Aguataba, Abaniqui, Cuercia, Taquibani, 
Corime, Ouerquisime, Moscataco y otros algunos Capitanes flecheros, carnice- 
ros y herbolarios, destrísimos y ejecutivos, precisos en todo trance de guerra 
y agudos en sus pensamientos y conceptos. 



12 FRAY PEDEO S1M(5n (6.» NOTÍCIA 

CAPÍTULO XIII 

' Halla Valdivia los indios pacíficos y que lo reciben bien, si bien después se los ma- 
learon~2.« Sospechas de quién alteró los indios contra el Gobernador Valdivia — 
3.» Rebelados contra Valdivia, apriétanle de manera que envía á pedir socorro á la 
Villa— 4.° Llégale, y puebla la ciudad de Ubeda. Dan los indios la paz. 

LEGÓ Valdivia con su gente á la boca de este valle, donde les sa- 
lieron de paz casi todos los principales de él, trayéndole las comidas 
que había menester para sus soldados, con abundancia y muestras de respeto y 
obediencia, por no estar aún resabiados con españoles, porque aunque Jorge 
Robledo había pasado por aquí, fué tan de paso, que no tuvieron lugar de ace- 
darse con nosotros. En estos días se reparó su gente, caballos y armas; se re- 
tobaron los sayos de algodón con lo mucho que hallaron. Pasó después de ellos 
tres leguas adelante, á los aposentos del Cacique Ozeta, donde se alojd más 
tiempo, sin conocer mal resabio en todo aquel Valle, antes irles creciendo cada 
día el amor y voluntad sincera para con ellos, de que sucedió que como volase 
la fama hasta la Villa de Antiochia, por indios contratantes, en especial los 
Tahamíes, encomendados á un Bartolomé Sánchez (Torre Blanca), de la paz 
con que estas Provincias de los Nutabaes (que así se llamaban los indios de este 
Valle con nombre común) habían recibido al Valdivia, émulos suyos, y en 
especial quieren decir que el Torre Blanca, que no le tenía pío afecto, persua- 
dieron á sus encomendados Tahamíes, convecinos y emparentados con los Nuta- 
baes, que pasasen al Valle de Guarcama y procurasen con mucha industria 
apartar á los indios del intento que tenían de conservar la paz con aquellos 
españoles que habían entrado en sus tierras; antes los matasen, si pudiesen, ó á 
lo menos los alejasen de ellas, por ser gente que llevaba malos intentos para 
con ellos, y que con engaños los querían hacer sus esclavos. 

2.^ Esto dicen que decía el Torre Blanca, porque no le faltasen sus gran* 
jerías en el pueblo de Tahamíes, que era donde se hacían grandes ferias, á que 
acudían todos los circunvecinos, en especial los Nutabaes, á la venta de sal, 
mantas, algodón, y solían estar aguardando estas compras de un día á otro mer- 
cado doscientos y trescientos indios, de quien él se aprovechaba para sus rozas 
y granjerias, y que también se vendían allí esclavos indios habidos en guerra> 
á quien muchos de los Caciques señores que venían al mercado hacían descuar- 
tizar por grandeza y repartir entre sus amigos, y que deseada esclavo de los 
que vendían y mataban, tenía el Torre Blanca echado un tributo para él, que 
de todo venía á interesar cada año mil ó dos mil pesos de buen oro, de lo cual 
86 rebajaría mucho todo haciéndose loa Nutabaes cristianos; y para acabar de 



CAP. XIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 13 

persuadir esto d los Nntabaes, dicen que enviaba el Torre Blanca a nn mozuelo 
llamado Baptístilla ó Juan B;»ptista Baquero, que tenía en su casa, sobrino de 
su mujer, natural de Safra eu Extremadura, de donde también ella era. El 
cual habiendo venido á aquella tierra de siete ú ocho años, edad acomodada 
para aprender lenguas, aprendió esta de los Nutabaes y Taharaíes, que toda 
era una, y la hablaba con tanta perfección y elegancia como el más ladino Ca- 
cique, con que los indios le estimaban en mucho, y que de las unas y las otras 
persuasiones viniesen á suceder con Valdivia y sus soldados las desgracias que 
veremos, aunque todas estas sospechas y barruntos, pudo ser se originasen de 
gente mal intencionada; pero sea lo uno ó lo otro verdad ó mentira, el Barto- 
lomé Sánchez Torre Blanca estuvo muchos días y aun años preso en esta 
ciudad de Santafé por orden de la Real Audiencia, ante quien puso demanda 
de la muerte de su marido la mujer del Andrés de Valdivia; y el mozo Juan 
Baptista se retiró entre los indios, que le respetaban con gran veneración, por 
ser tan lenguaraz y acomodarse á sus costumbres. 

3.° Pero, ora por esto ó por su natural inquietud, á pocos días que estuvo 
allí el Valdivia, tomaron los indios del Valle armas contra él, con tanto valor 
que en varios encuentros murieron de yerba ponzoñosa algunos soldados, en 
especial Pedro Fernández de Rivadeneira, que era de los más valerosos. Vién- 
dose el Valdivia con tan poca gente y tan apretado de los indios, que de noche 
ni de día le dejaban sosegar, llamó una tarde á Juan Alonso de Santana y á 
Bartolomé Jiménez á solas, y representándoles con vivas palabras la aflicción, 
en que todos se hallaban, les persuadió á que, pues eran tan valerosos soldados- 
fuesen con una carta suya á la Villa de Santafé de Antiochia, y hiciesen abre 
viar su venida á Pedro Pinto Vellorino con el socorro que entre los dos dejaron 
concertado había de traerle. Dudaron algo en el viaje al principio estos dos 
soldados, representándoseles los peligros del camino; pero súpoles decir el Val- 
divia tales palabras (que bien dichas son piedra imán de los corazones), que se 
resolvieron á decirle que no sólo harían aquella jornada, pero hasta Chile que 
los enviase, y así partieron luego aquella'noche á sus primeras sombras, y lle- 
gados á la Villa de Antiochia, partió con la brevedad que pudo el Vellorino 
con treinta y seis soldados, buenos guerreros, buena cantidad de vacas, puercos, 
yeguas y caballos, y guiándolos dos mensajeros, en poco tiempo se vieron en 
la puente de Cauca, por donde pasaron, dejando perdidos los ganados, por no 
haber podido pasar á nado, y aun ahogados dos soldados que se atrevieron á 
nado irlos siguiendo. 

4.° Con no poca pena de aquel desgraciado principio pasaron los demás 
al Valle de Guarcama, que fueron recibidos con brazos abiertos de los demás, 
por venirles tan á propósito el socorro, que fué causa para que se sosegase algo 



14 TRAY PEDRO SIMÓN (5.* NOTICIA 

por entonces el bárbaro gentío del Valle. De donde intentaron luego salirse, 
con intentos de fundar ciudad en parte acomodada donde pudiesen sujetar á 
los del Valle y los demás, como lo hicieron día de San Juan, á veinticuatro de 
Junio de este año de mil y quinientos y setenta y cuatro (1574), y llegaron á 
la loma de Noava, que da remate á tierra llana, que aunque menos poblada 
que la otra, le hace grandes ventajas en ricos minerales de oro; aunque, como 
dicen, con sus alguaciles de rnucbos mosquitos y malsana; pero al fin fundaron 
allí la ciudad de Ubeda, por ser natural el Valdivia de la de este nombre en 
Andalucía. Departiéronse solares y comenzáronse á hacer casas, y antes que 
acabaran, se comenzó la guerra declarada con todos los convecinos, que fué de 
tan sangrientos y rigurosos sucesos de ambas partes, que de una y otra se iban 
minorando por la posta. Llegaron los nuestros á tanta miseria, que los mismos 
soldados hacían las labranaas por sus manos, y esto sin provecho, pues antes 
que lo viniesen á dar, las talaban los indios, con que les daba el enojo fuerzas 
tan insuperables, que hicieron en ellos crueles castigos, aunque no sin retorno 
de graves y venenosas heridas, de las cuales el que escapaba de la muerte, era 
por la carnicería que se hacía en él cortándole pedazos de ellas y caldeándoselas 
con ardientes hierros. 

Viendo los bárbaros la diminución de su gente en guerra tan prolija desde 
que se pobló la ciudad, que fué de cinco ó seis meses, . tomaron por partido la 
paz, que se asentó por entonces tan bien, que volvieron los contratos de los 
indios al punto que antes estaban, hasta entrar y salir desde allí á la Villa de 
Antiochia, con que se comunicaban con facilidad los unos vecinos y los otros 
por cartas, y gozaban los de la nueva población de quietud pacífica, que el De- 
monio, padre de disensiones, turbó con brevedad, poniendo en el corazón de 
algún envidioso y enemigo de la paz» que escribiese una carta mentida y sin 
firma al Gobernador y la enviase entre otras que le remitieron desde la Villa, 
en que le decían no guardársele la lealtad conyugal, ni vivir con la honestidad 
que debían á su estado su mujer y las que con ella quedaron en la ciudad de 
Victoria, donde las había enviado cuando él entró á tomar la posesión de su 
Gobierno. 



CAP. XIV) NOTICIAS DE LAi3 CONQUISTAS DE TIERrX FIRME 15 

CAPÍTULO XEV 

1." Desabrimiento de Valdivia por cierta carta falsa que le dieron— 2.° Pacifícase algo; 
vienen á quejarse de él dos soldados á la Audiencia— 3.» Despachan Juez contra 
él y procura pacificarlo— 4.^ Sale con ello. Despacha dos tropas á diversas partes. 
Quédase con poca gente. 



L 



A novedad de esta carta, escrita por algún desalmado, á quien no de- 
biera dar cre'dito el Valdivia, cansó en él tantas, que alienado 
de la prudencia y ánimo pacífico que hasta allí había mostrado, todo se con- 
virtió en rigores y desatinos, en sus palabras y hechos, como se vido luego en 
mandar despoblar la ciudad, que todavía] se tenían frescos los cimientos, y de 
donde todos se prometían la satisfacción de sus innumerables trabajos, y que 
con tantos la había sustentado tanto tiempo. Esto se sospechó hacía para irse 
desesperado por los montes; no admitía palabra de consuelo de nadie; sus accio- 
nes eran sonlocadas, pues viniendo los Caciques de paz, rogándole que los re- 
partiese y diese Encomendero, no sólo no los admitió con benevolencia como 
debiera, pero aun los echó presos, que aunque los hizo soltar luego, quedaron 
malamente avispados y indignados, y para confirmación de sus desatinos (efec- 
tos todos de un juicio temerario de quien escribió la carta), hizo cortar las pier- 
nas á los caballos, cosa que les llegó al alma á los dueños, y que fué última 
ocasión para que reparando otros mayores danos (que parece las iba dando 
para que lo mataran), muchos soldados se le desligaron y huyeron á la Villa de 
Santafé, aunque tres de los primeros cayeron en manos de indios y se los co- 
mieron. No sé si desde aquella Villa estos soldados fugitivos y otros avisaron 
al Consejo Real en esta ocasión de las cosas de este Gobernador, por la cual 
relación se despachó una cédula en San Lorenzo del Real, á doce de Enero de 
mil y quinientos y setenta y seis, para que esta Audiencia de Santafé infor- 
mase al Consejo de las insolencias del Valdivia y malos tratamientos que hacía 
á los soldados que le ayudaban en las conquistas, y cómo había sido causa esto 
para que se ahuyentaran, y de las ciudades que había despoblado y de los in- 
convenientes que de todo esto se habían seguido á las conquistas y conversión 
de los indios y Rentas Eeales, en que se conoce el cuidado del Consejo en todo» 
si bien ésta llegó acá dos años después de él muerto. 

2.^ Desde este sitio de la ciudad despoblada se entró Valdivia con sus 
soldados por la espesura de aquellos montes, hasta llegar al que llamaban de 
las Pesquerías, tierra mal poblada por enfermiza, si bien fértil de maíces y 
minas, donde fundó de nuevo la ciudad de Ubeda que había despoblado; y 
conociendo andaban tan desabridos con él los pocos soldados que le habían 



16 FRAY PEDRO SIMÓN (5.« NOTICIA 

quodado (por haber consumido los más la guerra y enfermedades) y con las 
desganas que le obedecían, volviendo con esto algo en sí, les procuró acariciar 
con buenas palabras, dándoles á entender la pasión que había sido causa de sus 
acciones menos acertadas y que no por eso lo había de ser de no satisfacerles 
sus buenos trabajos, con que lo tenían también merecido. Quietó algo esto los 
ánimos de todos, de manera que los mejores se atrevieron á darle consejo de 
que no creyera lo que le habían escrito intenciones malévolas, y que en cuan. 
to tocaba de su paite, allí estaban para obedecerle en todo, si bien algunos, no 
acabando de digerir las acedias con que habían quedado con él por sus desa- 
brimientos^ no fué posible sacarlos para la pacificación de ciertos indios, por 
lo cual se determinó á dar garrote á un Diego de Montoya, soldado principal 
y de estima, pareciéndole con esto la harían de él, le temerían más y obedece- 
rían; lo que sucedió al contrario, concibiendo contra él mayores odios, y así 
se conjuraron tres soldados, Juan Alonso de Santana, Pedro Sánchez de Ovie- 
do y Manuel Rubiales, y se arrojaron desesperadamente el río de Cauca abajo 
en una curiana (es canoa pequeña), y sin temor de los peligros que les podía 
suceder en el río, de indios Caribes que lo bogan, salieron por él al de la 
Magdalena y desde allí á la Villa de Mompox y á esta ciudad de Santafé, á 
quejarse de Valdivia, y pedir Juez que conociese de las causas que le opo- 
nían. 

3.° Como se proveyó luego á un Antonio Gómez de Acosta, portugués, 
noble de condición y linaje, monos criminal que blando. Despacháronsele recados 
de que el Valdivia pareciera en esta Audiencia, y entre tanto quedara el Anto- 
nio Gómez gobernando. Lo cual sabido por dos cuñados del Andrés de Val- 
divia, llamados Bermúdez y Loaiza, que á la sazón se hallaban en esta ciudad 
de Santafé, por hacer grato al Antonio Gómez y apacible en negocio que tanto 
les importaba, le acompañaron en el viaje, con quien también iban los tros 
soldados que habían subido á deponer, que todos juntos llegaron á Santafé de 
Antiochia, y habiéndolo sabido el Valdivia por aviso de sus cuñados, salió 
con algunos de los soldados más de su devoción, del pueblo de las Pesquerías, 
á recibirlos en el Valle de San Andrés, donde después de haber tenido largas 
cortesías con su Juez y aun con sus contrarios, se informó en secreto larga- 
mente de sus cuñados de lo que le habían escrito acerca de su mujer, en que 
quedó satisfecho y seguro, y del todo el ánimo quieto en cosa que tanto 
importaba á su pundonor y honra, y así sólo trató luego, antes que se notifi- 
casen las provisiones Reales, de hablar al Juez, informado de su noble condi- 
ción, diciéndole que pues todo aquello venía á fundarse en la enemiga que le 
habían cobrado algunos soldados, que él los aplacaría y los haría sus amigos y 
que se sirviese de informar á la ReaPAudiencia de cuan al contrario eran algunas 



OAP. Xrv) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 17 

cosas de las que habían informado, y conformándose las partes litigantes, parece 
no han lugar las ejecuciones de los pleitos, y en cuanto toca á los salarios de 
V. M. (decía Valdivia), todo vendrá á ser de poco momento respecto del puesto 
en que podrá estar para crecidísimas ganancias, y demás de ello partiremos 
entre los dos este Gobierno, siendo V. M. desde luego mi Teniente, con que 
entrará en las mejores suertes de los indios que se repartieren. 

4.0 Cebado de esta codicia el buen natural del Antonio Gómez de Acosta, 
respondió que si las partes se concertaban, no se le podía dar mayor gusto á 
los Jueces, pues desean más la amistad de todos que los pleitos, y que si el 
negocio se guiaba por este camino, que ambas voluntades de Juez y Gobernador 
serían una. Estimó lo que no se puede creer estos intentos de Acosta el 
Gobernador, y supo luego decirles á sus contrarios tales cosas, que quedaron 
más firmes en seguirle que á los principios; y así le dio luego al Antonio 
Gómez vastísimos poderes de su Teniente General, con los cuales y algunos 
compañeros, proveídos de buenas municiones, lo envió luego á la nueva ciudad 
de las Pesquerías (donde había dejado el resto de su gente), para que allí, 
representando su persona, gobernase y procurase reducir al servicio del Rey 
los indios convecinos. No contento Valdivia con esta división que había hecho 
de su gente, envió á Francisco Maldonado con otra tropa, para que pasando 
el río de Cauca, diese vista á las poblaciones de los Nutabaes, quedándose el 
Gobernador con sus dos cuñados y solos trece compañeros, y hasta quince 
negros sus esclavos, confiando en todos más de lo que debiera, y en un fuerte- 
zuelo de maderos que mandó hacer para si acaso se rebelasen los indios, que 
más fué temeraria confianza que prudencial disposición, la cual entendiendo 
el Gobernador Gaspar de Rodas en la Villa de Antiochia, y habiéndose medio 
entendido que pretendían los indios dar sobre él, le escribió que se juntase 
coa toda su gente y no la desmembrase, porque se rugía que los indios se 
querían alzar y venir á dar sobre él, de que no hizo caso, antes burla de la 
catta, fiándose todavía, aunque vanamente, en el valor de los pocos que tenía 
a su lado, que luego se fueron haciendo menos, pues enfadados los soldados 
de que sus cuñados quisiesen entrar á coger las ganancias que no habían tra- 
bajado, seis de ellos le dieron cantonada á deshoras, y como vaquianos en la tierra 
salieron sin peligro á la Villa de A utiochia, dejándolo con solos siete españoles 
y BUS negros esclavos. 



18 FRAY PEDRO SIM(5n (5.* NOTICIA 

CAPÍTULO XV 

1.0 Dan los indios engañosamente sobre una tropa de nuestros soldados — 2.^ Pelean 
con ellos; mueren algunos de ambas partes, y los nuestros se escapan por el 
monte— 3.*' Dan también sobre el Gobernador Valdivia á la misma hora y prénden- 
lo y matan á otros— é.** Pelean valerosamente un soldado y un negro, y mueren 
al fin. 



N' 



jpo dejaron los indios perder esta ocasión, que la tenían muy á la mira 
y deseada para desarraigar del todo de sus tierras á los peregrinos 
españoles, y así se avisaron unos á otros para que en un día y aun en una 
hora, cada cual en sus Provincias, diesen sobre las tres tropas, que, según nues- 
tra cuenta, fué para diez y seis de Octubre de mil quinientos y setenta y 
cuatro (1574). Habiendo pasado el río el Francisco Maldonado y sentado 
rancbos en el mejor país que bailó en los Nutabaes, los acarició de paz de manera 
que lo regalaban y servían á él j á sus treinta y seis soldados, proveyéndoles 
de mantenimientos, maíz, carnes y frutas, hasta que se llegó el día señalado, 
en el cual vinieron solos treinta y seis indios, uno para cada soldado, sin apa- 
riencia de armas, cargado cada cual con un gran haz de guamas, fruta gustosa, 
larga de hasta dos tercias, poco mas, á lo menos las que ahora traían, aunque 
hay muchas diferencias de ellas. Entre las cuales traía cada uno un machete 
vizcaíno bien afilado y encubierto, y un palo de hasta la misma largura, bien 
mondado, pesado y mañero (?), y al tiempo que cada'cual de los soldados llegó á 
tomar su hacesillo de guamas, dándoselo el indio con la mano izquierda, sacaba 
en un momento de entre ellos el machete y palo, y con velocidad de un viento 
hacía golpe en el soldado, y tan aprisa daban uno y otro en los desapercibidos, 
que cegaban las caras y aun los pescuezos, y hicieron en un instante nota- 
ble daño. 

2.° Abrazábanse !os soldados rabiosamente con los indios, y aprovechán- 
dose muchos de ellos de las dagas, los maltrataban mucho, y aun sacaron de 
esta vida á algunos, si bien los desnudos, por no tener de dónde les asieran, 
se deslizaban de entre los brazos y escapaban. En esta encendida y mortal 
refriega andaban, cuando topando uno de los gandules una hacha que acaso 
estaba allí caída, la arrebató, y con gran velocidad le dio tal golpe al Capitán 
Francisco Maldonado, que le dividió la cabeza hasta las encías, sacando de 
esta vida con el segundo golpe á Juan de Cotura, valenciano, y de tercero hizo 
lo mismo á Chaves, valentísimo guerrero; y el mismj fin tuvo allí Sancho Vélez 
Montañés, con otros cinco valientes, quienes tuvieron lugar de meter mano á 
las espadas, con que se hubieron tan valerosamente que hicieron á muchos de 



CAP. XV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 19 

los bárbaros hacer compañía á nuestros muertos, con que los indios, viendo 
los iba consumiendo la pelea, volvieron las espaldas, con intentos de dar presto 
la vuelta, acompañados de más número, sobre los nuestros, que no les pareció 
aguardarlos cu aquel puesto, sino al amparo del monte caminar con la prisa 
que pudieron, la vuelta de la Villa de Antiochia, juzgando ser viaje más 
seguro que el volver á juntarse con su General Valdivia, y así llegaron todos, 
sin sucederles otro atraso adverso, aunque con bien lastimadas heridas del 
sucedido y de las fatigas que no pudieron excusar en el camino. 

3.° En este mismo día y hora que dieron sobre el Maldonado, dieron sobre 
el Valdivia, habiéndose emboscado la noche antes Cuerquia, Ozeta, Ucharie, 
Ubana y Quime, bravos Caciques, con quinientos fortísimos guerreros dentro 
de la arboleda que estaba á la margen de la quebrada, poco distante del fuerte, 
desde donde despacharon á los primeros rayos del sol ciertos indios con alguna 
fruta al fuerte donde estaba Valdivia, como solían, para asegurarle más, de 
que recibió contento, aunque luego se le acedó con la nueva que le trajo una 
india, que habiendo ido á lavar á la quebrada y visto los emboscados, y que 
venían marchando el agua abajo, que dejando los paños, llegó á mayor prisa 
al Gobernador y le dijo cómo lo venía toda aquella gente á matar, á que él 
respondió: hija, vendrán de paz como estos que están aquí ; ella replicó : 
no vienen sino de guerra á matarnos aquí, embijados y con sus armas. Pidió 
aprisa su caballo, que siempre á estas horas estaba ensillado y enfrenado, y 
mientras se echaba su escaupil y se disponía para subir en él, ya estaban sobre 
el fuerte todos los indios y le tenían abierta la cerca por muchas partes. Salie- 
ron á una á hacerles frente dos valerosos soldados, el uno llamado Pedro 
Valero y el otro Diego de León, que apenas hubieron llegado cerca de los indios, 
cuando al Valero le derramó los sesos un golpe de macana, y al Ijeón le paf ó 
los pechos una flecha, con que también murió rabiando y mordiendo á los cir- 
cunstantes con la fuerza del veneno. Salieron también los otros cinco españoles 
que quedaban con los negros, animados todos del Valdivia, que yendo á subir 
en el caballo, tras un flechazo que le dieren por la boca y le salió por el oído, 
asieron de él los indios principales, el uno llamado Quime, y otro sobrino suyo 
Tamerjo, con otros cuatro, y impidiéndole el subir a caballo, lo llevaron rastran- 
do y sentaron en lo alto de una gran piedra. 

4.° Sólo Juan Rodríguez de Atienzo y un negro llamado Gaspar Jalofo 
permanecieron, mucho después de muertos los demás, haciendo rostro al barba- 
rismo, que hicieron hechos dignos de eterna pluma, que solos ellos rompieron 
de tal suerte á los salvajes, con muerte de muchos, que les hicieron por dos 
veces volver p3,sos atrás. Animaba el Juan Rodríguez al moreno, diciendo: "Ea 
Gaspar! aviva los golpes contra esta bárbara canalla, porque si perseveras, con 

3 



20 FRAY PEDRO SIMÓN (5.^ NOTICIA 

ayuda de Dios, los venceremos, pues yo te ayudo con fuerzas más que invenci- 
bles". A que respondía el negro: aquí está, señor, Gaspar, moreno que no afloja- 
rá su mano hasta perder la vida y vengar la de los nuestros, con lo cual se 
embravecieron de nuevo tanto los dos, que ya no osaban acercárseles los indios; 
pero fué tanta la batería que les dieron de lejos con flechas, dardos y lanzas, 
que al fin hubieron de rendir la vida, habiendo mueito primero entre los demás 
el Cacique Cuerquia. Acabada con esto la guazabara, se fueron todos llegando 
á la peña donde tenían á Valdivia y uno de sus cuñados llamado Loaiza, y 
tomando el indio Quime, que lo había prendido, una turca de damasco azul, 
guarnecida de terciopelo carmesí, que siempre traía el Gobernador, se la puso 
y una gorra de rizo de que también usaba Valdivia, y paseándose por delante de 
é!, le decía á un indio del Valdivia llamado Matamoros (gran lenguaraz, que 
era de ellos y niño lo habían cogido sus enemigos en una guerra, y lo habían 
vendido á otro, y de mano en mano había ido á parar á Antiochia, donde se 
había aljamiado hasta muy ladino) : ** Dílo á este bellaco Gobernador que por qué 
no me dice ahora perro, parro, como solía; que él es el perro y el bellaco 
ladrón, y que como á perro bellaco me lo tengo de comer yo ahora, en pago de 
los males que ha hecho á mí y á los míos ". 



\. ^ ;, ... 

CAP. XVI ) NOTICIAS DE L>S-eON€rüTSTAS DE TIERRA FIRME 21 



CAPÍTULO XVI 

l.*' Habla por una lengua el Gobernador preso á los indios, y al fin mátanle desastra- 
damente— 2.* Hácenle cuartos, y á un cuñado suyo. Hallan también muerto un 
fraile mercenario — 3.° Dan también á la misma hora sobre la ciudad de Ubeda y 
matan al caudillo— 4.° Pelean los nuestros valerosamente, y dejando la ciudad se 
escapan. 

HABIENDO entendido bien esto el Valdivia, por habérselo diclio 
puntualmente el Matamoros, quiso hacer diligencia j tentar el 
vado en aquel peligro, por si acaso hubiese por allí alguna entrada para salir 
de él, j así les dijo por medio de Matamoros, aunque con mucho trabajo por la 
herida de la boca: '* Ya me tenéis captivo, y tengo confianza que no me habéis 
de matar, porque si hacéis esto, no moriréis vosotros, y si me matáis, no quedará 
do vosotros ninguno a vida, porque el Rey, á quien yo sirvo, en sabiendo mi 
muerte, ha de enviar más españoles que tienen hojas estos árboles, y han de 
destruir toda la tierra; y si no me matáis, yo me saldré luego de ella". 
A estas razones detuvieron el murmullo los bárbaros y practicaron entre ellos 
lo que más les convenía; de los cuales uno de los más princi| ales, llamado 
Careará, y después de baptizado Don Martín, les dijo ser acertado no matar 
aquel hombre, pues un español más ó menos poco hacía al caso, á que añadió 
otras razones eficaces y deseosas de librarle; pero el Quime, con la furia brava 
y bárbara que estaba, dijo al Matamoros: "Dile que yo meló comeré á él 
ahora como conejo ó venado, y que cíiando su Rey envíe acá otros españoles, 
también habrá manos y dientes para ellos". En esto salió un vejezuelo de 
entre ellos, muy ruin, ya todo cano, gran Mohán y hechicero, llamado Cniba- 
na, y comenzó á decir á grandes voces, viniéndose junto á la peña donde estaba 
el Valdivia: " ¡ Qué aguardamos con este bellaco enemigo nuestro ! " y alzando 
una macana, le dio tal golpe en la cabeza, que se la dividió, y regó la peña 
de los sesos. 

2.<> Al punto arremetieron cuatro, y desnudándolo, le cortaron la cabeza, 
y se bebían la sangre á cual más podía, como perros en el matadero. Hiciéron- 
lo en un punto cuartos y le comieron los hígados allí luego, sin llegarlos al 
fuego, repartiendo la carne entre los más principales. Lo mismo hicieron coa su 
cuñado Loaiza, que pensando hallar piedad en ellos, á lo último de la guazaba- 
ra se les entregó diciendo que lo ataran, j:omo lo hicieron, y ahora les decía 
que él no les había ofencido en nada ni halládose en aquella guerra, que 
EÓlo había venido á ver al Gobernador, que le diera alguna cosa para el 
remedio de sus hermanos, y así no había causa para que lo mataran ; pero 



22 FRAY PEDRO SIM(5n (5.^ NOTICIA 

aquella gente bárbara y sin piedad poco advirtió en esto, y así pasó por la 
misma suerte de muerte que su cuñado. Á un portugués llamado Gndiño, por 
ser muy viejo, flaco y enfermo, empalaron, por no haber nadie que se atreviera á 
comerlo, como tampoco al negro Gaspar, por las muchas flechas venenosas 
con que había muerto, aunque un vejezuelo, con contrayerba, supo sazo- 
nar la carne, que también se comió. Admiráronse todos que no hubiese pareci- 
do un fraile mercenario llamado Fray Bernabé, que era el Capellán; hiciéronle 
buscar y halláronle cerca en un pajonal, muerto, quebrados los lomos, y fué 
que á la entrada de los indios debiera de haberse ido allí á alguna necesidad 
(pasaba ya de setenta años y andaba muy enfermo) y algún indio de pasada le 
encontró y le quebró los lomos con la macana, de que murió, que lo sintieron 
mucho los indios, porque los Tahamíes les habían dicho no lo matasen, por 
habérselo dicho así el Demonio en la consulta que tuvieron con él para este 
hecho. Después de haberles cortado las cabezas á todos, las pusieron en palos 
á la parte por donde se entraba de la ciudad de übeda, para que por si acaso 
alguno se había escapado de los que estaban en ella y venía por allí, encontra- 
se con ellas, y no osase de miedo parar en la tierra, y también por trofeo. 
Fué de parecer uno de ellos, Ubana, que por la misma razón se echase allí 
una emboscada, para coger si alguno venía, que siendo otros de parecer contra- 
rio, se fueron todos muy alegres, y celebraron con grandes bailes esta victoria, 
comiéndose la carne de todos cocida, y bebiendo de su chicha. 

3.** No corrieron menos desgraciada fortuna los que estaban en la ciudad 
de Las Pesquerías, pnes al mismo tiempo que sucedieron las desgracias en 
estas otras dos partes, entraron delante de los demás que quedaban en em- 
boscada, buen número do valientes indios, sin armas, con algunas comidas y 
regalos, para más disimular el hecho ; pero los españoles, como gente diestra 
y advertida, conociendo con facilidad la estratagema, prendieron luego á los 
veinticuatro yá conocidos por los nitás principales, y metiéndolos en una casa 
fuerte, pusieron á la puerta seis soldados de guarda. Halló, en entrando uno 
de los indios, un azadón, que acaso estaba allí, y para todo suceso advirtió en 
recogerlo, y púsolo secretamente entre sí y la pared, sin que nadie lo pudiese 
ver, por estar todos juntos arredrados ú una parte. Entró luego el Acosta dentro 
de la casa con un bnen negro que tenía y un muchacho lengua, que le llevaba 
la espada y la rodela, y él, sólo con la vara de justicia en la mano, que lo 
valiera más entrar bien armado, donde se le pudiera aplicar el dicho de la 
Reina Católica, que estando sobre Granada, se despacha un hombre con pro- 
visiones suyas á hacer cierta diligencia, y llevándolas en el .seno, le dispararon 
una pistola y lo mataron; haciéndole á la Reina relación del caso, le ponderaban 
mucho el haber pasado la pelota las provisiones de Su Alteza, á que respondió: 



CAP. XVl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 23 

"Más valiera que llevara en lugar de ellas uua cota que mejor lo defendiera''; 
así ahora le valiera más al Acosta entrar con una cota que con la vara del 
Rej, pues no era para estas ocasiones de entre bárbaros, aunque dicen llevaba 
un morrión en la cabeza. En entrando dijo al mucbacñuelo lengua: '' Mozo I 
dizle á estos hombres ' que estesen presos de parte do Rey no so señor porque 
convenc así á seu real serviso." Y '.-orno esto de que estuviesen presos no lo 
supo decir el intérprete, sino es diciendo que estuviesen atados, entendiendo 
ellos que los querían amarrar, comenzaron á inquietarse y mirarse unos á otros, 
y entendiendo que eran ya sentidos, y la guerra descubierta, alzó de secreto, 
con grandísima velocidad, el azadón el que lo tenía, y dióle tan gran golpe al 
Acosta en la cabeza, que sumiéndole el morrión, se la hizo pedazos, de que sin 
haber necesidad de segundar, quedó muerto. Entraron al ruido las seis guardas, 
y viendo el mal recaudo, aunque el del azadón se defendía, los mataron allí 
á todos veinticuatro, y se calieron aprisa de la casa, por la que les daban ya 
á los demás soldados la otra multitud de indios, que entre tanto habían llegado. 
4.*^ Venían tan atrevidos y feroces, que llegaban á medir las macanas con 
las espadas; pero éstas anduvieron tan diestras, por serlo los que las traían, 
que tuvieron por partido los bárbaros volver las espaldas, quedando todos los 
nuestros victoriosos y sin ninguna herida, más que con la desgracia del Acosta; 
pero determinaron no aguardar allí otro golpe, sino irse á juntar con su Go- 
bernador, que á aquella hora le estaba sucediendo lo que hemos dicho. Fueron 
delante, por sobresalientes, para descubrir con aviso los peligros del camino, 
tres soldados, Juan Meléndez, Baltasar Muñoz y Mateo Fernández Loro ó Grifo 
hijo de negro y de india, pero muy valiente, natural de la ciudad de Tunja, 
con tres valientes perros llamados: Turquillo, Amigo y Menelao. Estos fueron 
caminando sin peligro hasta encontrar con las cabezas de los muertos de Val 
divia, que viendo aquel espectáculo, quedaron helados, por conocer en aquello 
su miserable suceso. Desapasionaron su corazón y sentimientos de él con 
arroyos de Ipgrimas, que las derramaban también los perros, que con instinto 
natural también conocieron la desgracia (y no es nuevo ol llorar los perros, 
pues en muchas ocasiones se ha visto). Del elefante dice Gilio, Capítulo 5.°, 
y afirma haberlo visto Acosta, que llora de noche la miserable suerte que le 
ha cabido de su servidumbre, con miserables, angustiosas y dolorosas mur- 
muraciones, de lo cual se abstiene y reprime si ve que alguna persona le está 
mirando. 



24 FRAT PEDRO SIMÓN (5.* NOTICIA 

CAPÍTULO XVII 

1.0 Dan aviso de la?! muertes á la Villa de AntiocMa tres soldados y salen otros al soco- 
rro— 2.° Las reliquias de gente que escapó de la ciudad de Eeija, toman la vuelta de 
Antiochia, donde llegaron salvos. 

NO les dejaba á los tres soldados la pasión y angustias de su corazón 
dar salida á sus determinaciones sobre lo que harían; ó revolver 
atrás á dar la nueva á los soldados que» venían tras ellos, ó proceder adelante, 
derechos, al pueblo de Antiochia, pues en cualquiera de estos dos caminos, 
según lo que oían, estaba el riesgo manifiesto, por considerar estaba toda la 
tierra en armas; pero al fin se determinaron pasar adelante a la villa de San- 
tafé, aunque sin ningunas comidas ni remedio de donde poder haberlas, y así 
les fué forzoso matar al perro Menelao, que bien ó mal asada la carne, les fué 
socorro hasta llegar á la Villa de Antiochia, donde ya habían llegado los 
heridos de la guazabara y mal suceso de Francisco Maldonado. y los estaban 
curando del peligro en que los tenían de muerte las heridas, en especial Suero 
Bodríguez, que después fué vecino de la ciudad de Tunja, que de un flechazo 
le habían atravesado las partes viriles. También se estaba haciendo gente en 
la Villa por industria y instancia de Gaspar de Rodas, para enviarle socorro 
al Gobernador Valdivia, por tener por cierto tendría necesidad de él, por lo 
que había sucedido á Maldonado, hasta que llegaron estos tres soldados, que 
certificaron, por la vista de las cabezas, ser también muerto Valdivia y su gente; 
pero por si acaso se habían esoapado algunos, ó para dar socorro cá los que venían 
derrotados del pueblo de Las Pesquerías, salió Antonio Machado, Alcalde qr.e 
á la sazón era (que fué el que dijimos no había querido seguir á Valdivia y 
vuéltose desde la puente de Cauca), con' cuarenta soldados viejos, bien por 
trochados, que aunque no hubo ninguno á quién socorrer de los de Valdivia, 
¡^or haber perecido todos, socorrieron á los de Antonio Gómez de Acosta; los 
cuales, como prosiguiesen su camino tras los tres soldados Meléndez, Muñoz y 
Mateo Fernández, dieron también con las cabezas de su Gobernador y de los 
que habían pasado por sus filos, que no se puede encarecer las turbaciones y 
tiernos sentimientos que hicieron, lágrimas que derramaron españoles, indios 
y indias que llevaban do su servicio, no sólo por los que veían muertos, ni por 
los tres soldados que iban delante, que entendían que también lo estaban, pues 
no habían vuelto á darles nuevas, que era el orden que irbvaban, pero también 
por hallarse ellos metidos en el mismo riesgo y peligro de muerte. 

2.0 Con las cuales angustias y medio desesperados, determinaban irse cada 
cual por sí, por donde su gruesa ventura le guiase, juzgando que si fuesen 



CAP. XVIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 25 

divididos, podría cada cual huir mejor los peligros y llegar coa más seguro 
á pueblo de cristianos. Estos pareceres, que eran de los más, reprimieron los 
de más enteros consejos, en especial dos sacerdotes clérigos, Juan Ruiz de 
Atienza y Bartolomé Jorge, de los seglares Leonel de O valle y Pedro Pinto 
Vellorino, y así el Atienza les hizo una plática en que les dio á entender cuánto 
más seguros iban todos juntos que divididos, pira todo acaecimiento, así de las 
necesidades que ellos lltvabau, como de las que se podrían ofrecer con indios 
de guerra. Que pareciendo esto mejor á todos, se determinaron en ello, y así, 
habiendo enterrado las cabezas y rancheádose allí hasta la mitad de la noche, 
en lo que restaba de ella comenzaron á caminar la vuelta de Antiochia, alis- 
tadas las armas, y esperando á cada paso acometimiento de indios ú otros 
peligros, de que fué el cielo servido librarlos, haciendo de su parte diligencias 
de apartarse, como vaquianos, de los pasos más peligrosos, hasta que á lo último 
del segundo día que caminaron, encontraron con el Antonio Machado y su 
gente, con cuyas vistas y socorro quietaron algo los ánimos, y los sacaron de la 
pena y cansancio con que iban, convirtiendo las congojas y trabajos en ratos 
más quietos y menos disgustosos, contando las miserias de los sucesos pasados, 
hasta que llegaron á la Villa de Antiochia, donde fueron bien recibidos y re- 
parados de las necesidades con que iban. Quedaron por ahora los indios de 
esta Gobernación de entre los dos ríos, victoriosos y libres de españoles, hasta 
que después, como diremos á su tiempo, habiendo avisado de este suceso á 
esta Audiencia de S.intafé, por orden suya entró el Capitán Gaspar de Rodas 
y los conquistó y pacificó, habiendo castigado los más culpados en estos estragos 
y muertes de Valdivia y sus soldados. 



26 FRAY PEDRO SIMÓN (5.^ NOTICIA 

CAPÍTULO XVIII 

1." Inquietudes de los indios de Santa Marta sobre un fuerte que les edificaron, y cómo 
dan la paz fingida — 2.° Tiénese noticia de franceses corsarios, y lo que sobre esto 
se determina— 3.» Traición notable de los indios Bondas— 4.» Matan á todos los 
españoles del fuerte — o." Roban cuanto en él había ; quémanlo y van sobre la 
ciudad. 

CUANDO las desgracias comienzan á cursar un camino, parece no 
hallan otro, según siguen aquél, dándose las manos unas á otras, 
como fueron sucediendo al Gobernador de Santa Marta, Don Luis de Rojas, 
pues aún no había enjugado las lágrimas de^ la desgraciada muerte de su so- 
brino Don Juan de Rojas, cuando sucedió otra ocasión á aquella ciudad de 
otras grandes y mayores, con un alzamiento que tuvieron los indios de Bonda, 
que le demora no lejos, á sus espaldas al Sur; gente tan inquieta, que hasta 
hoy no han sido poderosos los trabajos ni fuerte mano española para que nos 
aseguremos de ellos. Experimentado de esto el Capitán Manjarrés, los tievnpos 
que gobernó á Santa Marta y sus costas, para ponerles algún freno, en cierto 
llano que se hace á las raíces de un encrespado y levantado monte, donde estos 
Bondas tienen sus guaridas, fabricó un fuerte de tapias, pertrechándolo de 
algunos tirulos de fruslera y otras armas y presidio, que lo llevaron tan mal, 
desde luego, los Bondas, que fué como una muela que les dolía y procuraban 
sacársela, intentando días y noches con asaltos el destruirla por mucho tiempo, 
hasta que rendidos, y dejando esto para la mejor ocasión que se les ofreciera, 
hubieron de sujetarse á tributo á la mujer del Manjarrés, Doña Ana Eamírez, 
y á su hijo Don Antonio, por haber estado desde sus principios encomendados 
en BU marido y padre. Entraban con pacífica paz á la ciudad á sus mercados 
y á servicios personales de su encomendera, entre los cuales fué necesario 
cortaran madera para un buhío que se le había quemado. 

2.^ Fué esto el año de mil y quinientos setenta y cinco (1575), en que 
tenía á su cargo la fortalecilla el . Capitán Alvaro de Ballesteros, que por estar 
á la sazón ausente, estaba en ella^por su Teniente el Capitán Castro, que tomó 
á su cargo el hacer torear (?) esta madera, como lo hacían los indios, y la 
iban arrimando al fuerte, para desde allí traerla para lo dicho á la ciudad, á 
donde llegó nueva cierta en el mismo tiempo de que venían franceses corsarios 
por la mar sobre la ciudad, con que determinó el G(>bernador y los de ella 
retirar la hacienda de sus casas, con todo el menaje, chusma y mujeres al 
fuerte, por no haber otro lugar más seguro, y habiéndolo puesto en efecto, 
por tener ya las velas de los enemigos á la vista,- habiendo llevado los cofres 



OAP. XVIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 27 

con el oro, vestidos y alhajas do mus estimíi, dejaron para lo último las mu- 
jeres, que no fué necesario llevarlas, por haberlo sobrevenido al enemigo 
francés un viento contrario, de suerte que no pudo tomar el puerto. Toda esta 
determinación de los nuestros la llevaron puntualmente y dieron relación de 
ella á los Bondas los indios ladinos do^ la ciudad, que, como hemos dicho en 
muchas partes, no había secreto en ella que éstos no lo comunicasen á sus 
parientes, y es cierto que en todas estas Indias, los indios ladinos y de más 
familiar trato con nosotros, son los que más turban y retardan la conversión 
de los demás. 

3.^ Sabido, pues, todo esto por Coendo, Cacique de Bonda (que no tenía 
aún digeridas las acedías de cuando lo llevó Francisco de Castro en collera, 
como dijimos), irritado sobre su cólera con las razones de Naoma, Macarona, 
dio traza cómo no perder esta ocasión de venganza de los nuestros, pues estaban 
á la mira de enemigos por la mar, que no les daría poco cuidado, con que forzosa- 
mente se habían de olvidar de los que tenían á las espaldas, que eran ellos. 
Entre otros días que fueron trayendo la madera, hecho ya el concierto del 
alzamiento, fué uno de ellos, el mismo Coendo, con veinte mancebos fuertes 
y robustos, porque habían de traer la viga grande de la cumbrera, y llegando 
con ella al fuerte, dieron voces al Teniente Castro (que así era el concierto) 
que saliera á verla, si era suficiente; lo que hizo luego, dejándose la puerta 
del fuerte abierta para volverse á entrar habiéndola visto; vídola, y estando 
chocarreándose con el Coendo, como solía, y tanteando la viga, alzó Coendo al 
descuido la hacha de cortar, que traía en la mano, y dióle tan acertado y fiero 
golpe al Castro en una sien, que no fué menester asegundar otro golpe para 
que perdiera luego allí la vida. Vuelan los indios en un instante á tomar la 
puerta del fuerte, por donde todos entraron con sus hachas en las manos, con 
que mataron luego allí, á los primeros pasos, á los dos soldados que encontraron, 
enseñoreándose de las armas del fuerte, que dieron luego con ellas, y armados 
decían : Santiago ! Santiago ! 

4.° Salió un Gonzalo Rodríguez do su aposento á saber la causa de estas 
voces, y apenas apareció, cuando lo atravesaron con una lanza por los pechos, 
que le salió por las espaldas. La demás gente se recogió á una parte y se hizo 
una pina para resistirles ; pero como mal apercibida por el repentino sobre- 
salto, no atinaron á tomar las armas ni defenderse, en especial que en este 
punto llegó Macarona con doscientos gandules, bárbaros feroces y bien arma- 
dos, que entrando también dentro, los mataron á todos con atroces y increíbles 
muertes, sin perdonar á niño ni viejo, ni- á las indias ladinas, con ser de su 
pueblo y sus parientas, con que hicieron de todos una bestial carnicería, de 
que ge libró una vieja lavandera, que sintiendo en la quebrada donde estaba 

4 



28 FRAY PEDRO SIM(5n (5.*K0TICIA 

lavando lo que pasaba, se escapó por entre los árboles, tomando la vuelta de 
la ciudad, con intentos do dar aviso en ella de lo que había en el fuerte. Me- 
tióse en una cueva entre el monte que ella bien se sabía, viendo tomados los 
pasos por donde había de ir, como era así, pues cuando partió Macarena para 
el fuerte con los doscientos gandules, envió otros trescientos, y por Capitán 
un indio llamado Xebo, gran ladino en nuestra lengua, adivino y hechicero 
valentísimo, y diestro en el manejo de las armas suyas y nuestras, como 
veremos, 

5.0 Diéronse luego los del fuerte á robar cuanto en él había, que no era 
de poco precio, pues eran muchos cofres llenos de galas y ricos vestidos, plata 
labrada, joyas de oro y esmeraldas, perlas, colgaduras de seda y otras cosas. 
Sacaron las piezas de artillería, escopetas, pólvora, pelotas y balas, espadas, 
lanzas y cuantas armas españolas ofensivas y defensivas toparon, subiéndolas 
todas por la escalera ancha de losas que tienen hecha para llevar a su pueblo, 
donde se ocuparon en ejercitar estas armas y tirar al blanco con las escopetas 
y ballestas, hasta que se les acabó la pólvora, que aunque no les faltaban 
materiales de qué hacerla, no se amañaban á ello. Mientras unos se ocupaban en 
subir los despojos al pueblo, el resto se ocupaba en pegar fuego al fuerte, hasta 
que se hizo ceniza, del cual humo se alegraba Xebo y su gente, que venía 
marchando aprisa la vuelta de la ciudad para robarla también y abrasarla, 
porque viendo el humo del fuerte, se tenían por ciertos de la parto que les 
había de caber de las riquezas y mujeres que habrían cogido sus compañeros, 
porque aún no sabían que no estaban en él las mujeres españolas. Llegaron 
con esta alegría cerca de la ciudad (que toda es tierra montuosa, que la reser- 
van así para el reparo de estas necesidades), y entendiendo que todos estaban 
alerta y muchos á caballo haciendo ronda, á causa de haber visto que venían 
por la mar dos ó tres velas, se sembraron .los indios en ciertos cerrillos que 
tiene la ciudad á las espaldas, desde donde se le da vista, y desde donde ahora 
comenzaron á flechar hacia ella, y desde donde el hechicero Xebo comenzó á 
decir cien mil oprobios y desvergüenzas en nuestra lengua á los vecinos, en 
especial si sabía particulares faltas de algunos, los nombraba á voces y se las 
decía, que tan versado era como esto en la ciudad, por haberse criado en ella. 



CAP. XIX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 29 

CAPÍTULO XIX 

1.0 Avisa una india vieja á la ciudad del suceso. Destruyen también el campo— 2." 
Piden socorro á la de Cartagena. Llegan al puerto los galeones de la armada — 3.* 
Determínase salgan soldados de ellos al castigo, con los de la ciudad— 4. <» Trátase 
por qué parte se ha de dar sobre Bonda. 

DE esta grita do Xebo y de los demás bárbaros consiguieron los 
de la ciudad sospechas de lo que había sucedido en el fuerte, y 
prevenidos á la defensa de lo que veían presente, todos armados, se juntaron 
con buen orden en la plaza, y las mujeres en la Iglesia, enviando á Dios mil 
ruegos, exclamaciones y -lágrimas, la cual prevención de gente y armas, vista 
por el Xebo y sus soldados, y que ya se iba poniendo el sol, tomaron la vuelta 
de su pueblo Bonda, codiciosos de saber lo que le había cabido á cada uno de 
la presa del fuerte. A estas horas también salió la india vieja de su cueva, 
viendo ya desocupado el camino, y dio la nueva, haciendo ciertas las sospechas 
que ellos se tenían de lo que había pasado en la fortaleza, que nadie la tuvo 
en las demostraciones que hizo de sentimientos, por ver tan encendidas las 
guerras y inquietudes con los indios otra vez, y que estaban hechos señores 
de sus haciendas, así de las del fuerte como las del campo, pues no sólo de lo 
que en él robaron, pero ni aun de les ganados ni estancias, tenían esperanzas 
de recobrar nada; sin comerlas mataban los indios las vacas, sólo por hacer 
daño; talaban las labranzas y cuanto tenían en las estancias, y lo peor y de 
mayores sentimientos que tenían, era estar siempre el peligro en pié, sin otra 
defensa para su ciudad, ni otras murallas que los defendiera, sino sus cuerpos 
amparados de una rodela, y para esto la gento muy poca y necesaria para 
muchas partes, pues el ir por agua y leña no se podía sin escolta de soldados, 
limpiando los caminos con tiros perdidos de arcabuces, lo que á las veces no 
era bastante para no peligrar muchos de los indios del servicio. 

2.0 Obligólos todo esto á enviar por socorro á Cartagena, al Gobernador 
Pedro Fernández de Bustos, que despachó luego con el Capitán Justo Guerra 
cuarenta soldados (aunque le enviaban á pedir ciento), que llegando á la ciudad 
de Santa Marta con la prisa que pudieron, pasando por Malambo el Río Grande, 
y después la sierra de Gaira, fueron bastantes, ya que no para castigar á los 
Bondas, á lo menos para reprimirlos y gozar alguna bonanza, por haberse 
quietado los indios por miedo de este socorro, por el cual, y por si acaso sobre- 
venía otro, no se descuidaron los Bondas de reformar sus escuadrones, haciendo 
junta de sus convecinos, que les hacían venir á sus intentos, por grado ó por 
fuerza: de que se juntó innumerable multitud, si bien por entonces no se 



30 FRAY TEDRO SIMÓN (6.^ NOTICIA 

atrevieron á acometer cosa de nuevo, por haber llegado al puerto los galeones 
de la guarda de las Indias y de su carrera, con su General Enteban de las Alas, 
que traía en las entenas colgados algunos franceses do dos navios que rindió 
de Corsarios, cerca de las islas que llaman de Barlovento. Apenas hubo saltado 
la gente de la armada en tierra, cuando tuvo aviso el Macarona, por los indios 
ladinos de la ciudad, de la gente que había entrado en ella, de que no se le 
dio mucho al bárbaro, antes blasonando de sus fuerzas y riéndose de cuantos 
habían entrado en la ciudad y de los que estaban en ella, decía: *' Vengan! 
vengan! que así tendremos más en qué emplear nuestras valerosas manos, 
que si los temen los del Dorsino, Gaira y Mamatoco, no son nuestras fuerzas 
como las suyas, que aunque ya se me va poniendo el pelo blanco, yo les daré 
á entender que tienen mano los Eondas para defender sus tierras." 

3.^ Eq habiendo entrado en el puerto el General Esteban de las Alas, y 
habiéndole recibido el Gobernador y Cabildo y aposentado en la ciudad lo 
mejor que pudieron, según dio lugar su pobreza y casos sucedidos, se los 
contaron, y la necesidad que tenían de su socorro para el castigo de ellos 
que aunque dijo no ser su venida á aquellas guerras, siéndolo manifiesta la 
necesidad, dio quinientos soldados para que saliesen al castigo, pues todo era 
en defensa de la tierra del Rey. Tratóse luego de poner en efecto el castigo 
que se pretendía, para lo cual se señalaron no sólo los quinientos, pero seis- 
cientos de los navios, todos con sus buenas armas y municiones, como las traen 
en la carrera: chuzos, lanzas, cotas, espaldares y celadas, y ochenta de los 
vaqui'nos de la ciudad: los treinta de á caballo, de quien fué por Capitán el 
Gobernador; pero de los chapetones fueron Antonio de Lobera y Héctor Abarca, 
hombres valerosos para los oficios y otros muy mayores. Salieron de la ciudad 
marchando Viernes Santo -de este año de mil quinientos y setenta y cinco, 
hasta que se hallaron en el primer llano, donde juntó el Gobernador á los más 
vaquianos para determinarse en el mejor modo que se había de tener para dar 
sobre el pueblo con las sombras de la noche. Entraron á esta consulta el Ca- 
pitán Cordero, Bartolomé García, el Capitán Veleño y Francisco de Castro, 
que siendo el más vaquiano de aquellas tierras, dio el orden más importante que 
se había de guardar, diciendo : 

4.^ " Por tres partes qne tiene entrada el pueblo de Bonda, se ha de subir, 
que son esta que tenemos enfrente, Geriboca y Masinguilla, y esta es la que 
menos cuidado les da, por tener Masinguilla cerca una quebrada de grandes 
árboles, causa por qud no la guardan con tanto cuidad<?<;omo estas otras dos, 
donde es cierto tendrán puestas centinelas. El Capitán Veleño, como vaquiano 
en estas tierras, irá por esta parte^de^^Masiuguilla, por donde podrá entrar, yendo 
con recato, sin ser sentido, hasta llegar á lo último de la población de Bonda, 



CAP. Xix) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 31 

donde pondrá luego fuego á los caneyes más priccipale? para comenzar á dar 
turbación al pueblo dormido, y iránse bajando los soldados, haciendo rostro á los 
bárbaros, que acometerán luego á subirse á lo alto, con que se les impide toda 
la fuerza que ellos tienen. Los caballos quedarán en el puesto donde estamos, 
para que si sucediere necesidad arriba (lo que Dios no quiera), de bajarse, aba 
jo hallen quien los defienda." Pareciendo bien esta traza á todos, fueron subien- 
do los peones con el Capitán Veleño, con tanto secreto, aunque con harto sudor 
y pena, que sin ser sentidos se hallaron en el pueblo, y habiéndole dicho á Luis 
de Nava que se quedase en cierto puesto, guardando las espaldas con ocho va- 
lentísimos soldados, sin querer guardar el orden el Veleño que le habían dado, 
no obstante que se lo dijo el Luis de Nava, á quien respondió que él sabía lo 
que se hacía, entró por la mitad del pueblo, encendiendo les caneyes ó casas, 
uua de las cuales fué la de Macarona, de quien no escapó nadie, y él preten- 
diendo librarse del fuego, se metió en una tinaja que le sirvió de horno para 
asarse, y comenzó á gustar en esta vida los fuegos del infierno. 



32 FRAY PEDRO SIMÓN (5.* NOTICIA 

CAPÍTULO XX 

1.» Encienden los nuestros el pueblo de Bonda y comiénzase una fuerte pelea— 2. « 
Llevan los nuestros lo peor, y vanse retirando la cuesta abajo — 3.<^ Donde tuvieron 
socorro de los caballos que habían quedado allí para eso — 4.'^ Hacen los nuestros 
alguna frente, y van retirándose á la ciudad, y los indios á la suya, donde enterra- 
ron sus muertos. 

ERAN tantas las llamas que salían de todas partes^ que convertían la 
noclie en día ; el alarido, el alboroto de toda suerte de gente, que 
unos a medio quemar, y otros por no quemarse, andaban alocados por el pueblo, 
fuera de los de la postrera, y más á la parte por donde se había de comenzar la 
quema, porque viéndose libres del incendio, por orden de Coebo y de Xebo, 
se juntó gran compañía de bárbaros desesperados, y entre ellos uno que se lla- 
maba Gamita, que desde lo alto daba voces, diciendo : " No os alabéis de lo he- 
cho hasta que hayamos visto todos el fin de la contienda ; y tú Juan Veleño, 
no te descuides, porque has de pagar con las setenas estos atrevimientos." Dicho 
esto, disparaban una y otra nube de flechas que no dejaban de hacer algunos 
daños, y aun harto notables. Tenían los indios, aun con todas aquellas prisas, 
puesta una emboscada en cierta parte acomodada, para el tiempo que se ofre- 
ciese ; y así salió al que Luis de Nava andaba con extremado valor con otros 
soldados haciendo cruel matanza en los indios, que dando de repente sobre él, 
lo pusieron en tales angustias que no acababa de determinarse si volvería atrás 
por ser el peligro manifiesto, ó se iría delante, y escogiendo esto, hallaba 
opuestos valientes flecheros que lastimaban á muchos de les nuestros ; lo cual 
advertido por los que venían detrás, fueron deslizándose por cuantos derrum- 
baderos hallaban por donde 'meterse, por donde no les iba mejor, pues sin po- 
derse asir de nada, rodaban y se quebraban los huesos. Todos abonaban la 
huida, teniendo por cierto no escapar con la vida por medio de otras armas. 

2.° No había amigo para amigo, ni hijo para padre, pues teniendo dos on 
la guazabara Miguel de Orosco, no halló uno que lo socorriese cuando estaría 
en tanto conflicto que se le salió el alma. Andaban los indios tan briosos, en 
especial con la grita con que los animaban Xebo, Gamita y Coendo, que en su 
mano estaba matar españoles sin resistencia. Llovían españoles por entre aque- 
llos árboles y breñas, intentando bajar á lo llano, y entre ellos el Capitán Veleño, 
lo que también hizo viendo la rota y que lo habían desar:íparado todos, fuera de 
sus ocho compañeros; el Capitán Luis de Nava, procurando ir descendiendo por 
la ladera, viendo dos viejos Mohanes, sacerdotes, que estaban en un alto orando 
y invocando á sus ídolos, y viendo también dos escuadrones de indios que 



CAP. XX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 33 

habían salido de Masinguilla y otras poblaciones y venían en socorro de Bcnda, 
les dieron grita los viejos, diciendo á los indios que abreviasen los pasos y que 
cogiesen á ocho cristianos que iban bajando por la escalera, lo que hicieron co- 
rriendo con velocidad de venados, y aun puestas las flechas en las pulgueras, 
pretendiendo cogerlos en un paso estrecho que se hacía abajo, que ya lo había 
pasado Nava cuando ellos llegaron, el cual volviendo los ojos y viéndolos que 
venían tras él, animando a sus soldados á lo mismo, se esforzaba á huir más 
aprisa, aunque le daban para esto bien poco lugar las arm~s que llevaba, que 
eran peto, espaldar, celada en la cabeza, espada al lado, coa arcabuz al hombro 
(bien cargado de hierro y no sé si de miedo) y calabazo grande de pólvora col- 
gado de la cinta, que le dio la vida á su tiempo. Las cargas de estas armas, que 
no quiso dejar ninguna, y el gran calor, hacían no fuesen tan ligeros los pasos 
de los nueve como los de los indios que venían desnudos, y así fué menester 
irles haciendo frente con los arcabuces y retardarlos de sus prisas que traían en 
andar y disparar flechas, con que mataron luego allí á dos de los nuestros. 

3.° Pusiéronse los demás en lo llano, donde, confiando más en los pies 
que en las manos, cada cual echó por donde mejor pudo, aunque ninguno libre 
del alcance que les ibau dando los indios. Bien oyeron los de á caballo los tiros 
y grita que traían los nueve con los bárbaros, pero andaban ellos tan á las vuel- 
tas con otros, defendiendo á los primeros españoles que habían bajado al llano, 
que les daban bien en qué entender; con todo eso, saliendo Don Antonio con su 
caballo de esta refriega para dar socorro á la otra de Nava, que parecía tendría 
necesidad por lo que había oído, se fué arrimando á la sierra, donde encontró 
que dos indios tenían asido al Luis de Nava, tan feroces, valientes y briosos, 
que cada cual parecía un demonio, y le traían tan á mal traer, que ya le falta- 
ba el aliento, y acordándose del calabazo de pólvora que llevaba, viendo si por 
allí se podía defender, metió en él la cuerda encendida, que reventando, mató 
la pólvora al un indio y cegó al otro, aunque también á él se le encendió el 
vestido debajo las armas, tan fuertemente que se abrasaba; llegando á este 
tiempo el Manjarrés con su caballo, después de haber acabado con el indio cie- 
go, sin apearse, arrebató al Nava y lo llevó á vuela pié hasta arrojarle en un 
charco grande que estaba cerca, con que se le apagó el fuego, y ayudáronle 
luego á salir del agua otros caballeros y peones de los que se fueron juntando 
allí, heridos y sanos, para hacer de nuevo rostro al Coendo, que aun no se con- 
tentaba con lo hecho. 

4.0 Viéndose los nuestros allí juntos, y los dos hijos de Orosco que no 
veían á su padre, revolvieron como unos leones contra los indios, en quien 
iban haciendo tal estrago, que á los primeros encuentros sacaron de esta vida á 
Marozinda, Sanga, Panto y Teche, do los más valerosos que tenía aquella pro- 



34: FRAY PEDRO S1M(5n (5.* NOTICIA 

vincia. Viendo Coendo el estrago que hacían los dos hermanos, venía sobre ellos 
con gran caterva de guerreros, que los pusieran en aprieto, á no acudir el Go- 
bernador con los demás, que ya meneaban las armas con mano floja .por el mu- 
cho calor y haber durado tanto la batalla. Con todo eso, se hicieron bue- 
nos efectos con los arcabuces. El suyo iba á disparar el negro Antón Bonca- 
cha, cuando el valiente Xebo, diciéndole : pues perro negro, tú también ! le 
despidió una flecha tan valiente que le pasó la coz del arcabuz de parte á 
parte, con que le desbarató el tiro al moreno. Viendo el Don Luis de 
Rojas que iban recargando más los indios, y socorriéndose cada hora con nuevos 
guerreros, tuvo por mejor acierto irse retirando la vuelta de la ciudad, llevando 
por delante sus soldados, sanos y heridos, como lo hizo, sin dejar los indios un 
punto de irles dando caza y decirles mil oprobios indignos de ser escritos, por 
ser ésta, de las naciones que se han en estas tierras, la más deshonesta. Al fin, 
acercándose los nuestros á la ciudad, volvieron las espaldas los indios, tomando 
la vuelta de la suya, donde hallaron más gente muerta y mayor estrago del que 
ellos entendían. 

Comenzaron luego á hacer sus ceremonias y llantos en sus entierros, dán- 
doles renombres de valientes, porque según su costumbre, bástales haber muer- 
to á mano de los cristianos, aunque no sea peleando, para levantarlos hasta las 
estrellas ; pusieron los cuerpos á fuego manso sobre barbacoas, cogiendo el 
graso, por ministros que para esto tienen señalados, en ciertos vasos, de que 
beben los más aventajados en la guerra, y después acaban de convertir en ceni- 
za el cuerpo. Curáronse los heridos que entraron en la ciudad de los nuestros, 
de que pocos peligraron, y el Nava quedó cojo, aunque sano. Halláronse me- 
nos consumidos de la guerra sobre noventa, casi todos de los chapetones. De 
los cuales dejó el General Esteban de la Alas buena copia en el presidio de la 
ciudad, viendo el peligro en que quedaba, y que cuando pensaba estar llana la 
tierra, quedaba peor y con poder más entero, que fué un gran beneficio, con 
que acudió á los ruegos del Gobernador y de toda la ciudad, de donde partió 
luego, y del puerto, con sus galeones la vuelta de la de Cartagena. 



CAP. XXl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 35 



CAPITULO XXI 

1.0 Determina el Gobernador de Santa Marta salir al castigo de los indios, y salen ellos 
antes que él sobre la ciudad— 2.® Reedifícase el fuerte de Bonda, y échaseles á los 
indios una emboscada— 3." Sáleles bien á los nuestros la emboscada — 4.° Al ftgrado 
de este buen suceso salen de paz algunos indios, de que les pesa á los Bondas. 



N 



^"yO habiendo perdido im punto del valor de su ánimo el Gobernador 
Don Luis de Rojas, y más ahora, viendo reformada sn gente con la 
que le dejó el General Esteban de las Alas, tenía determinado volver sobre los 
Bondas, cuando no fuera más que para recobrar el crédito los españoles y sa- 
tisfacer al vulgo acerca de la muerte de su sobrino y otras pérdidas, que juzga 
de ordinario los efectos sin las causas. En estos intentos se le anticiparen los 
Bondas, sintiéndose también agraviados, y así con más brevedad que el Gober- 
nador, se juntaron hasta quinientos guerreros bien armados, á quien capitanea- 
ban Maciringa, Xebo, Coendo y Gamita; hicieron todos soberbias ostentaciones, 
en ésta más que en otras ocasiones, de sus riquezas, por ventura por dar á en- 
tender las que habían robado en el fuerte, pues traían puestos brazaletes, pe- 
tos, orejeras y muchas cliaguaks y otras joyas, todas de finísimo oro, que á los 
rayos reflejos del sol arrojaban resplandores dorados, que cebando los ojos y *^ 
codicia, la daba en enfrenar al indio por el premio que se conseguía de sus des- 
pojos, si bien esto ha sido lo menos que han intentado los más bien intenciona- 
dos de nuestros españoles cd las conquistas de estas Indias. Con esta bizarría y 
la de sus plumas, arcos y carcajes de flechas tan venenosas, que poco admiten 
cura, representaron sus intentos estos bárbaros, á vista de la ciudad, sobre los 
cerrillos, irritando á los nuestros con nombres tan vergonzosos, que su fealdad 
no da lugar á que se escriban. Con lo cual se alborotaron tanto los de la ciu- 
dad, determinándose á salir, que fué menester irles á la mano el Gobernador, 
para que imaginasen los indios no eran más que los que estaban antes de los 
galeones, y con eso so atreviesen á embestir á la ciudad, con que se haría buena 
presa eirellos, y en realidad los indios ignoraban los que habían quedado, hasta 
que un vil indezuelo, paje del Tesorsro Bartolomé García, se lo envió á decir, 
enviándole tantos granos de maíz como soldados tenía la ciudad, con que los 
indios tomaron la vuelta de sus tierras sin otro efecto. 

2.° Conociendo los buenos que se hacían con el fuerte, trataron los veci- 
nos de volverlo á reedificar, como se puso luego en ejecución, enviando dos- 
cientos soldados que hicieran frente á la contradicción de los indios, mientras 
se acababa la obra, que tomaron á su cuidado, y el gobierno de los soldados, el 
Capitán Castro, Torquemada, Campuzano y Don Antonio Manjarrés. Oomen- 

5 



36 FRAY PEDRO SIMÓN (5.» NOTICIA 

zóse á una la obra y la contradicción que le hacían los indios, que tenían por 
caso afrentoso dejar que los nuestros saliesen con lo intentado, y así era nece- 
sario andar siempre con las armas á cuesta para las ordinarias refriegas con los 
indios, en que quedaban de ordinario diez y doce muertos, y veces hubo do 
treinta, sin daño de los nuestros ni pérdida de sus salvajes bríos, por hacerles 
la costumbre que tienen de las guerras no tener otro mayor gusto que andar en 
ellas. Echáronles cierto día los nuestros una emboscada de á caballo, bien ar- 
mados Don Antonio y Bartolomé García con otros cuatro, todos de satisfac- 
ción, para cogerlos por las espaldas si acudiesen los indios, porque los peones 
habían de salir á hacerles rostro y mostrándose de mano blanda y medrosa, se 
fuesen retirando hasta que se pusiesen los indios en lo llano, como sucedió, 
pues á las primeras luces del sol se apareció Xebo con largo y lucido escuadrón 
de sus indios, diciendo á grandes voces : " Ya sabéis, españoles gallinas, á lo que 
vengo, salid y daros hemos grano, que serán estas flechas," y haciendo y di- 
ciendo, comenzaron todos á disparar muchas, con la grita y algazara que 
suelen. 

3.^ Salieron al punto veinticinco peones, y haciéndoles cara, bien arrodo- 
lados, llegaron al pié del recuesto, de donde bajó luego la caterva, que viendo 
^^tan pocos de los nuestros, los contaban ya con los muertos. Comenzaron luego 
los soldados á irse retirando y cebando á los indios hasta que los tuvieron en lo 
llano, donde los caballos ya podían hacer efecto, que saliendo al punto de la 
emboscada y cogiendo á los bárbaros por las espaldas, comenzaron luego á hacer 
terrible estrago en ellos, á que ayudaban valerosamente los peones. Duró tanto 
espacio de tiempo la matanza, que habiendo acabado los indios con todas sus 
flechas por la prisa que las daban, se aprovechaban de los fuertes arcos, con 
que rebatían maravillosamente las lanzas y resistían á los caballos y caballeros, 
que en lo que ponían más cuidado era en estorbar á los indios no llegasen á la 
ladera porque no se escapasen por ella, no pudiendo los caballos ser de efecto ; 
sucedió que apenas un caballo (que todos iban encubertados de armas de algo- 
dón) hubo descubierto algo de loa ijares, cuando por allí le pasaron con una 
flecha, de suerte que luego cayó muerto. No se les pudo tan del todo resistir 
la subida al recuesto, que no lo fuesen tomando algunos de los indios, dejándose 
diez y ocho muertos en lo llano, por lo cual dijo Xebo, viéndose libre en lo 
alto : " Hoy, castellanos, ha sido por engaños la vuestra ; y mañana, quizá, será 
la mía ; regalad vuestros potros y estad alerta, pues no nos hemos de cansar 
hasta que de vosotros ó nosotros ninguno quede con vid»»" Volvieron con esto 
los indios las espaldas del todo, dejando rastreadas de sangre las piedras de la 
escalera por donde subían, por los muchos que iban heridos. 

4.0 Con ocasión de esta victoria y otras razones de Estado, que á elloa les 



OAP. XXl) NOTíCíAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 37 

pareció estarles bien, salieron de paz los del pueblo de Masinga y dando el 
parabién á los nuestros de lo sucedido, dijeron que querían paz con ellos y 
ayudarles á bu obra, como lo hicieron, con que iba creciendo aprisa, agrade- 
ciéndoles los nuestros la paz y cuidado con que acudían á la obra. Esto los 
Bondas tan pesadamente, que encendidos en bríos contra los Masingas, se atre- 
vieron seis ó siete con buenos arcabuces, y diestros ya en la mira y puntería, á 
bajar al fuerte, sólo con intentos de matar los Masingas, que estaban trabajando 
en él, que habiendo llegado sin ser sentidos, por ser tan pocos, y viendo que 
dos Masingas estaban en lo alto de un caney disponiendo la cumbrera, disparó 
uno de los seis, y le pasó un muslo á Juanito Minga ; dispararon también los 
otros, aunque sin efecto. Dióse luego arma en el fuerte, con que salieron á 
buscarlos seis ó siete de á caballo con algunos rodeleros y arcabuceros, que 
llegaron disparando hasta el principio del recuesto, donde ellos sonaban con su 
acostumbrada algazara, que viendo á los nuestros, tomaron su recuesto arriba, 
y se entendió había sido por algún daño que habían recibido, aunque tiraban 
los nuestros á bulto entre los árboles, pues algunas veces sucedía tirando de 
esta suerte, por limpiar los pasos, matar á algunos, cerno en cierta ocasión de 
éstas hallaron muertos á dos. No se pasaba día que no bajasen á dar rebato, 
aunque más recatados desde la pasada de los caballos, y cuando no podían hacer 
efecto con sus armas, decían á voces mil oprobios, hasta decir que para qué 
trabajaban en vano en la reedificación del fuerte, pues lo que trabajaban en un 
año lo habían de deshacer en una hora. 



38 FRAY PEDRO SIMÓN (5.^ NOTICIA 

CAPÍTULO XXII 

l,*' Pónese á luchar un indio con un español, de quien queda vencido y corrido. Roban 
las estancias — 2.® Embárcanee los indios y lo que sucede á nuestros soldados con 
ellos — 3." Mueren algunos de los nuestros. Aparécense corsarios franceses en la costa 
de Santa Marta — i.^ Vienen los Bondas sobre el fuerte y dánle batería— 5.° Socó- 
rrense ciertos españoles arrojados de los franceses. 



D 



E los indios convecinos al fuerte acudían muchos (fnera de los Bon- 
das, que siempre estuvieron ariscos) y traían á vender de sus fru- 
tas y raíces, que no era de poco alivio para los del presidio. Entre ellos vino un 
día uno, que fiado de sus fuerzas y maña, desafió á luchar á cualquiera de los 
soldados, de los cuales un Diego Rodríguez, platero, aceptó la lucha, poniendo 
por premio una botija de vino, y el gandul un adorote de buenos plátanos que 
traía; quedó el gandul vencido, y tan corrido con todos los que le apadrinaban, 
que en más de un año no osó aparecer por aquellos países. Otro quiso ense- 
ñarse á disparar una escopeta, y poi* hacerle una burla un soldado Esteban 
González, la cargó con dos cargas y dándosela para que la dispara, no arriman- 
do la coce al hombro, le dio tal coz en él, que le despidió la carne de él y des- 
barató los huesos, con que quedó desaficionado á tomar otra vez escopeta en la 
mano, si bien el Esteban González en pocos días le dio sano, porque era buen 
cirujano. No cesando los Bondas, mientras esto pasaba, en sus bullicios y in- 
quietudes, dieron en robar las estancias y captivar la gente del servicio de 
ellas, entre las cuales fué una de Torquemada, Capitán del fuerte, y habiéndole 
preso un negro esclavo suyo, para darle más pena, se aparecieron un día, 
saliendo del montecillo, dos indios que sacaban á la vista de su amo al negro, 
el cual con voz blanda y lastimosa pedía le saliesen á favorecer del fuerte, 
para en saliendo algunos soldados á esto, salir á ellos la emboscada que tenían 
en el mismo monte, lo cual advirtiendo el Torquemada, dio voces que ninguno 
saliese, pues aquélla era cautela conocida de los indios, con que se reprimieron 
los soldados que querían salir; pero uno de ellos, llamado Pedro de Kibera, dis- 
parando su arcabuz, mató á uno de los dos indios que tenían al negro, hen- 
diéndole la frente, con lo cual el otro dio al negro á manteniente, con una flecha 
envenenada que traía, en la mano, y dejándolo solo, se volvió á entrar en el 
monte. El negro, á más huir, se llegó á la fortaleza, donde luego se le acabó la 
de la vida, por el fuerte veneno que tenía la flecha. 

2.0 Aunque, como hemos dicho, les traían al fuerte algunas comidas los 
indios, lo principal de ellas les venía de la ciudad, y así ordenó el Torquemada 
saliesen trece soldados á franquear el camino ; lo que los Bondas, que á todo 



CAP. XXIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 39 

estaban á la mira, advirtieron bien, y al punto echaron una emboscada en el 
paso más estrecho, para cuando volviesen los trece, los cuales fueron hacia Ma- 
matoco para dar vista si. les venían algunos bastimentos, y tras ellos pasaron 
tres do á caballo, á quien dejaron pasar seguros los de la emboscada, por ir bien 
aimados ellos y los caballos, que juntándose con los trece peones, les mandaron, 
por llevar orden de esto, se volviesen al fuerte, por llevarla también de pasar 
ellos adelanto á hacer lo que los trece llevaban ú su cargo. Cuando llegaron 
estos soldados de vuelta á la emboscada, se levantaron los indios con tan va- 
liente furia, que á la primera rociada hirieron á un Caraboca en una asenta- 
dera, y á un Esteban González, pasándole el sayo, le raspó una flecha perla 
barriga, de que fué luego tanta su angustia, que cayó en el suelo y sobre él al 
punto ocho gandules para llevárselo vivo, como lo hicieran si no lo socorriera 
un Juan de Alba, hidalgo portugués, que estándolo defendiendo, vino una fle- 
cha y le llevó de paso la montera y se la dejó clavada en el tronco de un árbol; 
pero al fin se defendieron ambos, sin poderse ninguno aprovechar de los arca- 
buces, porque pensando todos estaría seguro el camino, como cuando pasaron, 
llevaban con harto culpable descuido apagadas las mechas. 

3.^ Un Bartolomé Carrasco, mancebo cordobés, animando á los demás, puso 
tanta fuerza en apretar á los indios, que les hizo retirar á un montecillo, y te- 
niendo ocasión de encender las mechas, les fueron de tanta importancia los ar- 
cabuces, que les hicieron dejar á los bárbaros del todo la emboscada, que iban 
contentos con lo hecho, que aun fué más de lo que pensaran, pues aunque al 
Caraboca le foguearon la herida, en llegando al fuerte murió luego de ella, 
como también otro llamado Teba, del Reino de Toledo, por no haber hecho 
caso de un pequeño rasguño que le hizo una flecha en la coyuntura de un 
dedo, que así murió rabiando. Vivió el del rasguño en la barriga, pero con mu- 
chos cauterios que le hicieron. Ya estaba el fuerte enrasado y en perfección 
sus cercas, cuando le aparecieron por ei mar navios de franceses corsarios, con 
que le fué forzoso al Gobernador despachar al fuerte viniesen á la ciudad cien 
soldados á hacerles resistencia, que llegaron tan á tiempo por Ja prisa que se 
dieron, que fué en menos de tres horas, que cuando el francés quería desem- 
barcar, ya estaban ellos con los de á caballo en el puerto á la vista, que fué causa 
para que el francés volviese las proas, hasta surgir en el ancón de Araganga, 
necesitado de hacer agua, á donde ordenó el Gobernador fuesen los soldados por 
tierra adelante, como lo hicieron, obligándole á retirarse con algunos muertos y 
otros heridos, que le compensaron la pérdida luego á poco rato con una naveta de 
Atrato bien llena de gente pasajera y marineros y aun bien cargada de vino, con 
que se alegró la inclinación francesa, que luego tomó la vuelta del ancón, re- 
cinto donde se ancló por cinco días, rescatando ccn los indios, que no faltaron 



4U FRAY PEDRO SIMÓN (5.* NOTICIA 

en venir por todo aquel tiempo. 

4.^ Como también lo hicieron los Bondos, viniendo al fuerte, sabiendo los 
soldados que habían salido de él, que por ser pocos los que quedaron, no se 
atrevían á salir á hacer frente á los bárbaros, con que tuvieron atrevimiento de 
cercarlo y dar tanta batería y grita á los de dentro, que no estaban aguardando 
sino cuándo se habían do atrever á batir la cerca y muro; jugaba desde arriba 
la arcabucería, que no era de ningún efecto, por estar los indios á la parte más 
amparada, que no lo estaban tanto los soldados adentro del fuerte, pues tenían 
maña los indios para arrojar de tal suerte las flechas hacia arriba, que al caer, 
herían y mataban alguno. Duró esta porfía dos noches y dos días, sin hacer 
daño á la cerca, por no tener instrumentos para ello, y durara más, si el Go- 
bernador, conociendo la inquietud de los indios, y temiéndose de sus atrevi- 
mientos, al día tercero no hubiera vuelto á enviar los soldados del presidio, 
después de haber ojeado al francés, de quien luego se tuvo nueva en la ciudad 
que se había alargado á la mar, dejando en tierra toda la gente cristiana que co- 
gió en la naveta, tan mal parada y á peligro de muerte, en especial si supieran 
los indios que estaban allí, que al no socorrerlos el Don Luis luego que lo supo, 
sin duda perecieran de hambre ó por otros caminos; pero en viniendo á su noti- 
cia, despachó de la ciudad treinta soldados en canoas por la mar, por (-star á la 
sazón en leche, que llegando á cinto sin zozobra, se puede entender la alegría 
que recibirían los arrojados, pues les traían los soldados su resurrección. 

Estando ya todos para embarcarse, después de haberse reformado de las 
comidas que llevaban los soldados, se alteró la mar, de suerte que no atrevién- 
dose á entrar en ella, se fueron por tierra hasta el fuerte de Bonda, donde re- 
pararon por algunos días, socorridos de algunos vestidos que les dio la piedad 
soldadesca, hasta que la del cielo les enviase mayor abundancia. La mucha de 
oleaje y de alteraciones de mar que le sobrevino al francés, le obligó á arribar 
y á arrojar anclas en el puerto de Chengue, á donde sabiéndolo Xebo, llegó 
con algunos de sus indios á rescatar con buenas piezas de oro que levaba; 
salióle á hablar un soldado vascongado navarrisco, que venía con los franceses, 
á quien le dijo Xebo sólo venía á rescatar arcabuces, pólvora y municiones 
para sí, en que no dudaron luego ser aquello lo que pedía, viendo á Xebo ves- 
tido á la española y ceñida espada y daga, y así le dieron de todo esto que pe- 
día, á trueco de buenas joyas, de que se pagarían á precios más largos que 
ajustados; de estas compras, y de los pillajes que hemos dicho, vinieron á tener 
arcabuces los Bondas, de suarte que haciendo guarda en su" pueblo, rendían las 
postas tan á punto, que muchas veces por ellos se gobernaban los del fuerte 
oyendo disparar á los de arriba, y aun á las veces salían á las guazabaras llevan ■ 
do además de arcos y flechas algunos arcabuces, y hechas las cargas, frascos de 



CAP. XXIIl) NOTICIAS DE tAS CONQUISTAS DÉ TIERRA FIRME. 4l 

pólvora al cuello, y á los brazos rollos de mechas, celadas en las cabezas, y es- 
padas en cinto. 



CAPITULO XXIII 

].• Han los nuestros á las manos en una emboscada al valiente Xebo y algunas muje- 
res — 2,° Hace Xebo un tiro de flecha notable, con que mata á un francés en un 
navio— 3.» Ahógase Xebo; vienen indios sobre la ciudad de Santa Marta; encién- 
denla por sacar un preso. 

HABIENDO perfeccionado del todo el fuerte, y dejando el Goberna- 
dor allí el presidio que bastaba para su defensa y de la tierra, 
el resto llevó consigo para hacer salidas por todas partes, pues niuguna estaba 
segura, ni aun tampoco con esto lo estaban los Bondas. pues en emboscada que 
hacían los nuestros, cogían á muchos, y entre los demás fué una de importan- 
cia, pues en ella cogieron al valiente Xebo y á tres indios que le acompañaban 
y seis indias sin marido, que sucedió así: estando Fernán Domínguez, Este- 
ban González, Horosco, Juan de Alva y otros, con Cordero, que era el caudillo, 
emboscados en cierta senda frecuentada de indios, acertó á pasar por allí Xebo 
con la compañía dicha, vestido á la española, con espada y daga, jineta por 
bordón, y un paje junto á él, con la escopeta y las seis indias adelante, á 
quien daba prisa caminasen, no yendo sin sospechas de lo que le sucedió, que 
fué saltarle de repente los de la emboscada, de que quiso defenderse con la 
jineta, aunque en vano, pues en un punto se asieron todos de él, que fué todo 
menester por sus valientes fuerzas, tanto que no siendo bastantes las de los 
cuatro para ponerle prisiones, acudieron los demás soldados hasta juntarse 
veintiséis, que asiéndole unos de los brazos molledos, de los pies, lo amarraron 
y echando delante sus compañeros y las mujeres, tomaron la vuelta de la 
ciudad, las cuales comenzaron luego á cantar endechas, que pensando los nues- 
tros era cosa de alegría, le preguntaron á Xebo: '' Estas tres mujeres deben.de 
ir contentas de haber salido de tu poder y entrado en el de los españoles"; á lo 
cual respondió Xebo: " Bien engañados estáis, pues os aborrecen ellas más 
que nosotros, y nosotros harto más que al Demonio. Eso que cantan es su 
manera de llanto, con que llaman á Don Gairo y á don Nenio y á Don Borzo, 
que son unos poderosos Mohanes que las pueden librar de estos trabajos (que 
por ventura eran aquellos dos que dijimos estaban orando en la cumbre del 
cerro cuando llamaron al escuadrón que siguiesen al Capitán Nava), y éstas son 
grandes señoras: una mi mujer, y otras de otros principales, que vendrán 



42 FRAY PEDRO SIMÓN (5.*^ NOTICIA 

presto á rescatarlas"; como sucedió que viaiaron luego á eso, A quien les 
pidió el Gobernador en rescate todo lo que habían robado del fuerte, que 
siendo esto imposible, por estar entre todos repartido, al fin dieron las dos piezas 
de fruslera y otras cosillas que pudieron recobrar, y llenando el rescate, se 
llevaron su^ mujeres. 

2.0 Trataron también del de Xebo, á que el Don Luis no quiso acudir, 
antes dándole defensor, le hizo la causa y le puso á cuestión de tormento, 
donde confesó haber muerto por sus manos más de tres veintes de cristianos 
(modo de contar estos indios contando por nuestra cuenta), y que él había sido 
quien había hecho levantar la tierra con otros daños infinitos que durante la 
guerra había heoho. Estando así preGo y haciéndole Ja causa, antes que lo 
sentenciaran, sucedió (para que se vea su valentía y destreza en el manejo del 
arco) que estando un navio francés á la vista del mar en través, tan apartado 
que no alcanzaba á él ningún arcabuz, y viendo subir á uno de los marineros: 
** Al agua ! le dijo Xebo al Don Luis; qué me dará si le acierto con mi flecha á 
aquel que va subiendo y le hago bajar al agua muerto? " Admirado el Gober- 
nador de lo que decía, por parecerle imposible, dijo: " Darte hé una botija grande 
de vino ". Y aceptando el gandul, pidió su arco, y llegándose con él á la len- 
gua del agua, y poniendo la cuerda en el punto que á él le pareció para no 
perder el tiro, le salió tan acertado, que le clavó por los i jares al francés 
que bajaba de la gabia, haciéndole trastornarse muerto hasta llegar al agua, 
de que quedaron admirados los nuestros, y con grande algazara los indios que 
estaban cerca, por el premio que se le había de dar, de que todos gozaron repar- 
tiéndose la botija de vino entre todos. El tiro fué causa de que los corsarios 
largasen velas y no pareciesen más. 

3.0 Pero porque el Xebo no emplease más de aquellos tiros en los nuestros, 
substanciada la causa, lo sentenció á destierro el Gobernador, y lleviíndolo 
en una canoa á una fragata, para que en ella fuese á cumplir el destierro, so 
trastornó la canoa en la misma parte donde él había muerto al francés, y sin 
tener reparo se ahogó también él, quieren decir que con industria del que lo 
llevaba. Otro tiro, casi hermano de éste, hizo otro indio Bonda en el fuerte 
(teniéndolo cercado los Bondas), y fué que arrimándose á la pared de él, guió 
una flecha á lo alto, con tan buena maña, que al bajar le clavó un hombro á 
un soldado llamado Bulgarín, natural de Azuaga, de que luego murió. En este 
tiempo, no sé por qué ocasión de pescas, se encontraron los Bondas con sus 
circunvecinos, de donde nacieron tan sangrientas pendencias, que se olvidaron 
de las que traían con los nuestros, por unos días, aunque no fueron muchos, 
pues teniendo preso en la ciudad un indio principal llamado Mamatoco, acerca 
de la paga de cierto tributo, su padre, por librarle de la prisión, trató con 



CAP. XXIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 43 

algunos de sus indios amigos de pegar fuego á la Iglesia de la ciudad, pensan- 
do que por ir á socorrer al fuego, habían de descuidarse los guardas de la cár- 
cel, de suerte que darían entonces lugar para que, aunque fuese con prisiones, 
lo pudiesen sacar. Pusiéronlo en efecto el viejo y ocho gandules de compañía, 
que pudieron, sin ser sentidos, por estar la Iglesia arrimada á la montaña, 
aguardar, para hacer esto, una noche muy oscura. En viendo fuego se tocó 
alarma, y acudieron á sacar el Santísimo Sacramento, y el viejo indio con sus 
compañeros á sacar el preso, que no les fué de efecto su diligencia, por 
haberla puesto mayor en su guarda luego que despuntó la ocasión del 
rebato. 

Entendiendo el viejo y sus compañeros que por estar de paz nadie había 
de engendrar sospecha sobre ellos, vinieron otro día á la ciudad, donde luego 
los prendieron, y aunque echaban la culpa á los rebeldes de la serranía, el 
tormento les hizo decir la verdad; por donde condenaron á colgar al viejo y 
á otros tres que confesaron haber sido los agresores; lo cual se ejecutó habien- 
do precedido el baptizarse después del catecismo. Soltaron al preso, porque se 
halló sin culpa. Esto fué lo último que sucedió en tiempo del Gobierno de 
Don Luis de Kodas en esta tierra y costas de Santa Marta, por haberle hecho 
provisión el Rey de que fuese á gobernar las provincias de Venezuela y Cara- 
cas, para donde partió, dada su residencia, entrado ya el año siguiente de mil 
y quinientos y setenta y seis. 



44 FRAY PEDRO SIMÓN (5.* KOTIOIA 

CAPÍTULO XXIV 

1." Viene Don Lope de Orosco por Gobernador de Santa Marta— 2 .• Deshace el fuerte 
de Bonda, y envía caudillos la tierra adentro. Caso notable de un vizcaíno— 3.» 
Retírase un caudillo, sale otro y mátanle con todos sus soldados— 4.0 Va el Gober- 
nador al Valle de Upar. Revuelto con un caso que se comienza á contar. 



H 



ABIENDO cumplido el tiempo de su Gobernación de Santa Mar- 
ta Don Luis de Eojas, le sucedió Don Lope de Orosco, persona 
bien conocida en este Nuevo Reino, donde muchos tiempos antes había servido 
al Eey en honrosos oficios, en especial, en cargos honrados que trató en el Río 
de la Plata, donde le sucedieron cosas dignas de memoria y prolongadas en 
una historia entera. Emparentó en este Nuevo Reino de Granada con lo más 
principal de él, desde donde pasando en España, y conociendo el Rey sus muchos 
méritos, le hizo merced de este Gobierno de Santa Marta, de que se le despa- 
charon recados el año pasado de mil y quinientos y setenta y cinco, y para 
donde se dio á la vela en San Lucar ó en Cádiz, este de mil y quinientos y 
setenta y seis, en dos naves que compró á su costa, donde embarcó trescientos 
hombres: los ciento casados y con sus familias, por ios intentos que traía de 
hacer nuevas poblaciones, en que sus principales granjerias fuesen crianzas y 
labranzas. Trajo también á sus hijos Don Alonso, Don Pedro y otro, y á su 
sobrino Don Andrés de Pineda, porque Don Diego ya estaba acá días había. 
Engolfado en el mar con varios sucesos, tomó puesto en la Nueva Salamanca, 
que por otro nombre llaman la Ramada, que fundó Bartolomé de Alva el año 
de mil y quinientos y sesenta, por mandato de esta Real Audiencia de Santafé, 
que por ser puesto ya de su jurisdicción (pues está entre el Río de la Hacha 
y la ciudad de Santa Marta), lo recibieron como á su Gobernador. Desde donde, 
después de haber descansado algunos días, y informádose del estado de la 
tierra, tomó la vuelta de Santa Marta y allí la residencia de Don Luis de 
Rojas, con que luego se despachó á su Gobierno de Caracas. 

2.0 Llegando á la noticia de los Bondas y á todas sus montañas y sierras 
la venida del nuevo Gobernador, le salieron de paz, con que se determinó qui- 
tar la fortaleza que les tenían puesta en sus tierras, que tanta sangre y trabajo 
había costado ó unos y á otros, por haber ya la experiencia mostrado ser más 
que los provechos los daños de muertes de españoles y costas de soldados, que 
esa es la consistencia de las cosas de este mundo no tenoi'la, y de ordinario son 
como las tablas en que se pintan figuras diferentes de tres haces, que mirándo- 
las por tin lado muestran figura de ángel, y por otro de un Demonio, y de 
frente es una maceta de rosas y clavellinas. Como sucedió en lo de esta forta- 



CAP. XXIV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 45 

leza, que á unos les parecía mal y á otros bien; como lo pareció ahora la paz de 
toda esta costa, pues podía ir un hombre solo desde Santa Marta al Cabo de 
la Vela, por tierra. En cuya confianza hizo abrir caminos el Gobernador de 
más de treinta leguas, y meter ganados mayores y menores para el distrito do 
la ciudad, per tenerlos destruidos la guerra ; todo lo cual puesto en concierto 
y dado asiento, sosegado partió la vuelta del Valle de Upar, con razonable nú- 
mero de gente, y por su Teniente General su hijo Don Diego, que ú poco do 
como llegaron al Valle partió con la mayor copia de gente que pudo á hacer 
cierto castigo en los indios, donde fueron muertos los tres hermanos Lermas 
(como dejamos dicho en la segunda parte), donde hizo hechos tan notables, que 
si se hubieran de escribir, no los cupiera esta Historia, á que no le ayudó poco, 
en muchas ocasiones, un Juan de Sorocois, vizcaíno ; si bien en una de una 
sangrienta batalla, por ser terrible el sol que los abrasaba y habérsele cansado 
el caballo al Sorocois, lo tenían ya los indios preso, y se lo llevaran sin duda, 
si el Don Diego no se lo sacara de entre las manos, no sólo ésta, mas otras 
dos veces, de que no salió tan sin peligro que no le dieran un flechazo en un 
ojo, aunque venturoso, pues sin hacerle daño en él, se entró por encima la 
punta de la flecha hasta topar en la nuca, y sin hacer herida, quebrándose el 
tendal, quedó la punta dentro sin darle pena al soldado, antes se le enjugó el 
golpe sin hacérsele á la entrada más que una verruguilla y otra á la parte del 
colodrillo donde correspondía, que creció como una perialupia, con que estuvo 
el Sorocois sin ninguna pena muchos meses, hasta que un día, mirando la ve- 
rruga del colodrillo un Juan Pérez, mulato, tentó la punta de la flecha y la 
sacó, que era tan larga como nn jeme, sin ser menester más cirujano ni otro 
socorro por aquella causa, para no vivir el Sorocois después muchos años y con 
buena vista en el ojo. 

3.® Volviendo á la refriega en que sucedió este flechazo, fué la conclusión 
el tener por buena suerte el Don Diego escapar con la vida, y así se retiró con 
su gente, dejando victorioso á Macorá, que era con quien fué el encuentro, to- 
mando la vuelta de donde estaba su padre, con quien comunicó sería mejor dejar 
aquel castigo hasta otra ocasión, que fué el año de mil y quinientos y ochenta 
y tres ; pero en aquélla, aunque había tanto donde emplear los bríos y manos 
españolas hasta que se reformase de más gente, envió la que tenía al pueblo de 
Santa Anaj.(vecino dé Macoira) que estaba de paz, acaudillándolos el Capitán 
Olea : tierra bien poblada de hatos de vacas y otros ganados y granjerias, ad- 
ministradas por negros y algunos españoles que cuidaban de ellas. Tienen por 
circunvecinos indios Anatos, Guanebucanes y Gocinas. Habiendo advertido los 
Macoiras que volvían cerca de sus tierras al pueblo de Santa Ana, dieron una 
noche de repente sobre el Olea y su gente, con orden de que á la misma hora 



46 FRAY PEDRO SIMÓN (5.» NOTICIA 

diesen otros sobre las estancias. Comenzaron luego los furiosos salvajes en el 
pueblo de Santa Ana á pegar fuego y hacer tan grandes estragos en los que 
salían huyendo de él, medio dormidos, que en breve rato andaban por el suelo 
rodando cabezas, cuerpos palpitando, y todo bañado de sangre, mezclados cuer- 
pos de españoles y de bárbaros, donde también murió el Olea peleando valero- 
samente. Viendo un mulato llamado Juan Pérez de la Rosa los muertos que 
iban cayendo, se tendió entre ellos, y pasando plaza de muerto, y muchos por 
encima de él, conservó su vida estándose quedo hasta que halló coyuntura de 
poder levantarse y huir, como lo hizo, saliendo con ligereza de venado á la sa- 
bana rasa, donde alcanzó una mujer llamada Jerónima de Manjarrés, que con 
una niña en los brazos iba también huyendo. Hízole amparo, animán'dola en 
sus flacos pasos, hasta que un poco más delante se juntaron con otros dos sol- 
dados, un Antonio González y un Suárez, que también habían escapado de la 
refriega, que fueron solos los que quedaron con vida de los cuarenta que metió 
el Olea en el pueblo de Santa Ana. 

4.0 Revolvieron desde aquí los Macoiras, hallándose bizarros.y victoriosos, 
sobro la pesquería de las perlas, defendiéndoles las aguadas, con que les fué for- 
zoso á los de las pesquerías venirse en las canoas al Río de la Hacha, desde 
donde enviaron á avisar al Gobernador, que prometió ir en haciendo cierto 
castigo importante en otra rebelión más atrevida y de más daño que aquélla, 
para donde tomó la vuelta luego, que fué la tierra de Sotumare, que de nuevo se 
había rebelado ; á donde entrando con hasta cien soldados, desbarataron algu- 
nos Caciques que pretendían defenderse, cortando las cabezas á los más princi- 
pales y poniéndolas por los caminos. Hecho esto, revolvió sobre el Valle de 
Upar el Gobernador, que andaba inquieto por los indios Tupes, mal obedientes 
á los españoles, y por un caso de lágrimas que había sucedido, y fué así : ser- 
vía á un español llamado Antonio de Pereira una india Tupe, cristiana y muy 
ladina, casada con otro indio ladino cristiano, llamado Gregorio ; rabiando de 
celos de su marido la mujer del Antonio Pereira, con sospechas de la Francis- 
ca, la azotó y quitó los cabellos, de que embravecida la india y proponiendo 
vengarse de su ama, comunicando el caso con su marido Gregorio, se escaparon 
ambos una noche del pueblo del Valle de Upar y fueron á parar á los Tupes y 
á la casa del Cacique, que se llamaba Coroponaimo, á quien supo la ladina india 
contarle sus quejas con tantas lágrimas y palabras tan vivas, y iy^tarle á la 
venganza, diciendo mal de los españoles, que se determinó el indio á levantar 
su tierra para venir todos sobre el Valle de Upar, haciendo General del ejérci- 
to al Gregorio, marido de Francisca. 



OAPi XXV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 47 

CAPÍTULO XXV 

1.0 Los indios del Valle de Upar vienen sobre el pueblo, y lo que comenzó á suceder— 
2." Pegan fuego á las casas, matan mucha gente, hace otra — 3.* Laméntanse todos; 
revuelven los indios sobre las e&tancias ; salen á su castigo— 4.* Hízoss en todos 
como merecían. 

HIZO para esto llamar á sus Capitanes, y juntos, les hizo una plática 
en que les ponderó con graves palabras el intento, que era salir ya 
fuera del dominio español, y así que no dejasen piante ni mamante en el pue- 
blo del Valle á quien no pasasen á cuchillo, y disponiéndolos en el orden que 
habían de tener por dar sobre el pueblo, decía que había de ser por cuatro 
partes : por la una Chiriaymo, y por la otra mi hermano Cururiaymo ; por la 
tercera Gregorio con su gente, y por la otra entraré yo con la mía con Itotoy y 
los Cariachillo, si acaso viniesen; pero aunque no vengan, no nos acobardará el 
acometer la empresa, como sucedió ; pues sin ellos llegaron los Tupes una obs- 
cura noche, yendo en su compañía Francisca, para tener á la vista sus vengan- 
zas, y dieron sobre el pueblo por cuatro partes, con el orden que tenían trazado; 
fuese el Gregorio luego á la casa del Antonio Pereira, y llamando, á los golpes 
despertaron él y su mujer, que aunque mandaron á sus pajecillos indezuelos no 
abrieran la puerta, se la dieron franca al Gregorio, y así entró con su gente, á 
cuyo ruido se levantó el Pereira, y al salir de su aposento le dieron un pique- 
te en el rostro y otra herida más sangrienta, que de ninguna peligró ni lo im- 
pidió por entonces para arrebatar una asta de una lanza sin hierro ni cuento 
que se topó caída en el suelo, con la cual, aunque desnudo, detuvo el turbión 
de la gente hasta que se le puso al lado su mujer Ana de la Peña, con su espa- 
da desnuda, que, dando tajos y reveses con los bríos que la necesidad le daba, 
se libraron ambos de las manos de los bárbaros, y saliendo de su casa, llegaron 
al convento de Santo Domingo (que años había estaba fundado en aquella ciu- 
dad), que lo hallaron en gran confusión, como también lo estaba ya toda la ciu- 
dad y abrasada la Iglesia Mayor, si bien antes la robaron que le pegaron fuego. 
2° Pasó luego á ponerb Coroponaimo al convento, que en cinco ó seis 
veces no quiso arder. Los religiosos invocaban el favor del cielo, y se valían 
también de las manos, pues un viejo llamado Fr. Pedro de Falencia, habiendo 
á las suyas una espada y rodela, y á su lado un mulato suyo llamado Juan Car- 
nero, defendió la puerta del convento tan vr-lerosamente, que no la dejó ganar 
á los indios, á quien decía: "Líbreme Dios de vuestros validos, ovejas del 
Chiapa, pues os habéis convertido en lobos y leones." Esto decía por lo que 
dice el Chiapa en su libro : que todos estos indios son unas ovejitas inocentes ; 



48 FRAY PEDUO SIMÓN (5.* NOTICIA 

Ff . Dionisio de Castro sacó al campo al Santísimo Sacramento y la Virgen del 
Rosario porque no se abrasaran, aunque quedó su iglesia entera. Las muertes 
andan lastimosas en todas partes, sin que á los indios haya quien les haga re- 
sistencia, pues unos mueren y otros huyen ; roban cuanto topan, matan cuanto 
hallan : todo es añadir clamores a clamores, y llantos á llantos. Murió Doña 
Griuomar de Urrea y su hermana doña Beatriz, dona Ana de Aníbal, toda prin- 
cipal gente ; María Becerra, Elvira Franco, Ana Hernández con dos hijos 
suyos, Catalina Rodríguez, recién desposada, por haberla dejado en la cama 
desamparada el marido ; otra mujer con cuatro hijos juntos, Jerónima Romero, 
y se llevaron una hija suya, viva, que no se sujdo más de ella; Isabel de Briones 
quedó manca, y al fin por todos fueron los muertos sobre cincuenta, á quien 
los bárbaros cortaban los dedos y orejas si tenían anillos y zarcillos, para llevár- 
selos, y les quitaban los vestidos, dejando los cuerpos desnudos, y aun hicieran 
mayores crueldades y estragos, si un Antonio de Flórez, hijodalgo natural de 
Zamora, y aun manco de una mano, no advirtiera en poner la silla á su caballo 
y un pretal de cascabeles, y subiendo en él, ir por las calles donde más ruido 
había, con que los indios, pensando venía todo el mundo sobre ellos, que aun- 
que victoriosos no tenían perdido el miedo, volvieron á más andar las espaldas, 
sin dejar caer nada de los despojos, y habiéndolos seguido un buen trecho, co- 
menzó á dar voces llamando á los que se habían huido y escondido, de los cua- 
les se fueron juntando algunos hombres y mujeres, viniendo con gran recato, 
escaldados del incendio de donde se habían escapado. 

3.° Allí era el llorar unos y otros : el hijo al padre y el padre al hijo ; 
el deudo al pariente, todos con lastimosísimas lágrimas, por ser tan justa la oca- 
sión de ellas ; que aun hasta el río Gutapori, que baña los cimientos de las 
casas, parece muda su ruido alegre que trae de ordinario, en sordo y lloroso. 
Salió el sol, después de haberse ido los indios,- tan triste que también parecía salir 
llorando ; y aun el cielo se cubrió de unos nubarrones tan melancólicos para 
aquel hemisferio, que todo parece representaba el sangriento suceso, ó anuncia- 
ban que había de pasar adelante, como sucedió, pues llegando les Itotos y Caria- 
chiles tarde á juntarse con los Tupes, por no hacer su jornada en baldo, pasaron 
con intentos de volverle á refrescar las llagas á la ciudad, como lo hicieran á 
no haber hecho el Antonio de Flórez que todos los que habían quedado para 
ello, subieran á caballo y hicieran frente á los salvajes ; con que no atrevién- 
dose á embestir á la ciudad, revolvieron sobre las estancias, que habiéndolas 
convertido en ceniza, tomaron la vuelta de sus pueblos. Enterraron los muertos» 
y dieron aviso al Gobernador Don Lope, que teniéndolo, vino con brevedad á 
la ciudad, y con la misma (habiendo reprendido el descuido del Cabildo y con- 
soládolos á todos) despachó cincuenta soldados con el Capitán Alonso Rodrí- 



CAP. XXV) NOTICIAS DE LAS CONOÜISTAS DE TIERRA FIRME 49 

guez de Calleja, natural de Jerez do la Frontera, para que saliese al castigo d» 
los Tupes; á donde fueron entrando, y al mismo punto fueron descubiertos por 
sus atalayas, pues lo hecho los hacía ciertos que los habían de ir á castigar, y 
así se juntaron todos, y ocupando una cumbre por donde á los nuestros era 
forzoso subir, los estaban aguardando con sus armas : unos vestidos á lo espa- 
ñol y otros con los santos ornamentos que robaron, y con su algazara acostum- 
brada despedían flechas y dardos y gran número de galgas. 

4.0 Quo todo no fué parte para que los nuestros volviesen pies atrás, antes 
iban recobrando tierra y acercándose hasta ponerse á tiro de arcabuz, y así dis^ 
paró el suyo Alonso Rodríguez, con tan buena mano, que le pasó la garganta 
á Curunaimo, con que por entonces sólo le bajó el grito de la voz y se sintió 
algo desmayado, hasta que le salió tanta sangre de la herida, que el desmayo le 
obligó á arrimarse al tronco de un árbol, y soltando el arco y tomando la ma- 
cana, con las ansias de la muerte pretendió vengarla con ella, y alzándola con 
bríos de eso, so le acabó la lumbre de los ojos y la vida, dando en tierra 
con un feroz bramido, con que se vido luego la mano floja de todos los demás, 
que conociendo aquello los nuestros, los apretaron de manera que volvieron las 
espaldas hasta entrarse en su pueblo, y los nuestros tras ellos, donde habiendo 
muerto á muchos, se ranchearon por aquella noche allí, confiados en las vigi- 
lantes velas que hubo toda ella, hasta que venida la mañana, hubo traza por 
medio de algunos indios de ellos, amigos nuestros y que no se habían hallado 
en la matanza, para haber á las manos al Cacique Coroponaimo y otros princi- 
pales más culpados, á quien se les dio el castigo que merecían sus delitos, al 
modo del daño que habían hecho á los cristianos, haciendo los procesos, como 
dicen, en la uña, con lo cual y con más que mediano provecho de los rancheos 
volvieron todos los soldados sanos y libres á la ciudad, aunque sin haber po- 
dido, por entonces, tener rastro de Francisca ni su marido, ni de otro Don 
Francisco, cristiano ladino, que no fué menos culpado que los dos en el hecho; 
pero los Tupes, viendo que todo el daño les había venido por los tres, deseaban 
comerles las entrañas, de que ellos andaban con tales miedos, que no hallando 
rincón donde esconderse, se pasaron á la sierra, frontera entre los indios Trua, 
eos, que no se habían hallado en el alzamiento, antes su Cacique quiso dar 
aviso de él, habiéndosele traslucido. 



50 FRAY PEDRO SIMÓN (5,* NOTICIA 

CAPÍTULO XXVI 

1 .° Castíganse los indios motores del alzamiento del Valle de Upar— 2.<» Salen caudillos 
á dar vista á algunas Provincias, y con pocos efectos se vuelven al Valle— 3.* Entra 
otro ala Provincia de Chimila y puebla en ella la Villa de San Angel~4.» Salen 
los indios de paz, y estándola asentando, fáltales el caudillo. 



s- 



ABIENDO este retiro de los tres el Gobernador, envió al Capitán 
Pedro de Morales con una tropa de gente, que se dieron tan buena 
maña, que los trajeron á todos tres, á los cuales, en confesando sa delito, condenó 
el Gobernador á muerte de horca, que se ejecutó luego, pero antes de subir á la 
escalera, pidió Gregorio de merced morir él antes que su mujer Francisca, por 
no morir dos muertes viéndola morir á ella, por lo mucho que la quería; conce- 
diósela, y puestas las manos los tres, pidieron á todos perdón de lo hecho, con 
muchas lágrimas y muestras cristianas, y habiéndose confesado, salieron de 
esta vida. Castigáronse después los Itotos, de quien murieron en batalla más 
de ciento, con que quedó sosegada la tierra y ciudad, donde ordenó luego el 
Gobernador la cercaran de seis tapias en alto, como se hizo, dejándolas bien 
anchas y fuertes y de buenos fundamentos, á que acudieron con sus trabajos 
los indios convecinos, y es la ciudad sola que del todo estaba cercada en estas 
Indias, aunque por ser de tapias, su consistencia duró poco, de suerte que hoy 
está expuesta á peligros como antes. Hizo el Gobernador se labrase ladrillo y 
teja, de que se hicieron algunas casas, que cada una les podía servir de fortaleza^ 
con que viven seguros, si bien han quedado hoy pocos indios que las puedan 
infestar con tanta fuerza como antes, si bien nunca les faltan inquietudes, y 
después de esto han tenido otros dos ó tres alzamientos, aunque no tan san- 
grientos, con que pagan bien el sosiego de treinta años que gozaron antes de 
este primer alzamiento desde su fundación. Es su sitio de anchas y fértilísimas 
sabanas, con gruesas crías de ganado mayor grueso. El río que la baña es de 
agua fría, por bajar del páramo, que no es de poco regalo en tierrab tan ca- 
lientes. 

2.^ Mientras en esto se ocupaba el Gobernador, andaba su gente acaudi- 
llada por el Capitán Luis de Tapia, y en su compañía el hijo del General, Don 
Alonso Carrillo (que los años pasados fué Gobernador de los Muzos y Colimas 
en este Reino), trastornando y dando vista á otras Provincias, y encontrando 
con la de los Aruacos, que tienen sus asientos en lo último y más alto de esta 
cordillera al Sur, que nunca habían sido sujetos á los^ españoles, con quien 
ahora no tuvieron pequeñas competencias, llevando lo mejor los nuestros, luego 
fíe salieron de estít Provincia, por eer gente tan brava y sin provecho. Entraron 



CAP. XXVl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 51 

eu la Macongana, su convecina, y que tocaba ya en tierra fría; gente que ja- 
más había visto españoles, y que ahora les salió á hacer resistencia y defender- 
les la entrada de sus tierras, con más de tres mil guerreros de flechas y lanza, 
á quien esforzaban sus Caciques con valerosos bríos y voces, que no les bastó, 
pues los arcabuces y caballos los desbarataron, prendiendo algunos, que ellos 
propios desesperadamente se mataban por no servir á los cristianos. Los cuales, 
por no parecerles aquellas tierras á propósito para fundar pueblos españoles, 
que era el intento que los llevaba, pasaron adelante, los ciento que iban de 
compañía, a las otras vertientes de Tairona, y así llegaron hasta dar vista a la 
Provincia que nombraron el Valle de San Sebastián de Taironaca, desde donde, 
por hallar la tierra flaca respecto de como antes estaba, se volvieron, tomando 
la vuelta por Tairona, caminando con cuidado, acordándose de lo que allí le ha- 
bía sucedido al Capitán Francisco de Castro, como dejamos dicho, aunque ya lo 
hallaron todo barrido, por haberse retirado los indios á Posigueica, que era por 
entonces la fortaleza de toda aquella serranía, y así volvieron al Valle de Upar> 
bien caniados y con poca granjeria en las balsas. 

3.® Cuando los españoles comenzaron á pisar estas tierras de la Goberna- 
ción de Santa Marta, halláronla Provincia de Chimila tan florida y hirviendo 
de gente, que allí fué donde hicieron los mayores golpes y estragos de sacar 
indios esclavos, como entonces se usaba, mal entendidas las cédulas Reales, orde- 
nadas acerca de esto, y así la dejaron estragada, por no tener otros intentos los 
españoles por aquellos tiempos que repelar á dos manos lo que pudiesen de 
estas tierras, y sin hacer asiento en ellas, irlo á gozar á las suyas de España, 
si bien esto poco después se miró con otros ojos, y se vido la importancia que 
tenía hacer asiento en ellas, y así entre las demás partes que se cimentaron ciu- 
dades cristianas, fué una en esta provincia, que á poco se despobló, por no sé 
qué ocasión, por el mismo que la pobló, que se llamaba el Capitán Lorenzo Ji- 
ménez, que despareciéndose de aquella tierra, nunca más se supo rastro de él 
vivo ni muerto. Viendo, pues, ahora el Gobernador Don Lope de Orosco la 
conveniencia que tenía el ir aquella población adelante para allanar aquella 
tierra, envió á ella ciento y veinte soldados, y por su Teniente y Capitán de 
todos á un Antonio Cordero, que en llegando, la comenzó á fundar, llamándola 
San Ángel, y para más fortaleza y defensa de los vecinos se hizo luego un ra- 
zonable fuerte de madera, con sus bastioní7S, trincheras y reparos, por ser 
gente valiente y inquieta los de la tierra y sus fronterizos, lo cual hecho, salie- 
ron á buscarlos con copia de caballos y peones, y intentos de sacarlos de paz. 

4.0 Pero luego encontraron de guerra al Cacique Sorli, con gran hueste de 
su gente, biefi apercibida, que luego representó la batalla, como se diera, si el 
Capitán Cordero, con una mozuela bien ladina, no le dijera ser sus designios 

7 



62 FRAY PEDRO S1M(5n (5.^ NOTICIA 

de paz y no de guerra, por estar ya olvidados de la que les habían hecho en 
otros tiempos loa españoles, sino que sólo deseaban ser sus vecinos, amigos y 
parientes ; á que habiendo estado atentos el Sorli y sus indios, se volvieron 
contentos, sin probar las armas ni hacer otra cosa en esta ocasión, en que tam- 
bién vinieron otros indios de otras partes ú ver á nuestros españoles y su nueva 
población, con muestras de paz, que les duró más de medio año, y el traerles 
algunas comidas, aunque no dejaban ningunas si no se las pagaban. En esta paz 
andaba asentado Cordero, cuando le llegó una provisión de esta Real Audiencia, 
en que le mandaban venir preso á ella, que fué un gran desavío para lo que iba 
entablando ; pero siendo forzosa su partida, la hubo de hacer, dejando por su 
Teniente á un Cristóbal Fernández de Saravia, isleño, que aunque hacía lo que 
podía, como era lo que bastaba para proveer las necesidades de la gente, se le 
escaparon de noche tantos soldados, que se quedó con solos veinte ; lo cual vi- 
niendo á noticia del Gobernador, y el haberle llevado preso á su caudillo, suplió 
Ja falta con enviar en su lugar á su hijo Don Alonso, que fué bien recibido de 
todo el pueblo, entendiendo estaba en el reparo de sus necesidades, que no eran 
pocas, en especial de comidas, pues la que allí le daban los indios cara, ya no la 
la traían cara ni barata, sino en lugar de ella, mil bravatas, fieros y desprecios 
contra los españoles, de quien mataron algunos en algunas ocasiones : bien re- 
compensadas muertes cu las de muchos naturales. 



CAP. XXVIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIEIIRA FIRME 53 

CAPÍTULO XXVII 

1.» Varios sucesos de los nuestros y de los indios, que luego mataron á un caudillo con 
todos sus soldados— 2.» Vístense^mujeres de hombre para hacer apariencia de más 
soldados de Los que había en un fuerte— 3.° Dan los indios sobre él, y por ver sol- 
dados aparentes y un caballo, no le osan acometer. Despuéblando los nuestros — 4.<> 
Sale un caudillo y sucédele muy mal de confiado— 5." Escapan de una guazabara» 
mal parados, indios y soldados. 

HABIÉNDOLE dado cuenta de todo al Don Alonso, y él esforzán- 
dolos con las mejores palabras que supo á la perseverancia en 
aquel puesto, y prometídoles no rehusar por su persona ocasión ninguna de 
las que se ofreciesen para su buen estar y SQWorro, se esforaaron tanto los 
pocos soldados, que le incitaban á que saliera con ellos en demanda de comidas, 
que era lo que más les apretaba, como lo hicieron, en que tuvieron varios 
encuentros con los indios, ya perdiendo, ya ganando unos y otros reputación y 
vidas, en que se gastaron tres ó cuatro meses, al fin de las cuales volvió al 
sitio el Capitán Cordero, libre de lo que lo calumniaban, y con su mismo cargo, 
de que se alegró no poco el Don Alonso, por volverse á Santa Marta, como lo 
hizo, dejando en su lugar al Cordero, que viéndose necesitado de salir á reco- 
ger maíz por los pueblos fronterizos, le apretó más la necesidad de su pQca 
salud y falta de fuerzas, con que hubo de salir á recobrarlas curándose á 
otras tierras, dejando en su lugar otra vez al Saravia, que luego se partió con 
diez y ocho de sus soldados, forzado de la necesidad, á buscar comidas; lo que 
hizo con menos prudencia que debiera, sacándolas con demasiada violencia 
de las rozas y labranzas, dejándolas destraídas, sin dejar á los indios ninguna 
paga, que aun con ella no las querían dar. Alojáronse una noche en un pue- 
blo que llamaban Ancho, donde, aunque estaban con buenas velas y rondas de 
pié y de á caballo, les fué de poca importancia, porque los desabrimientos con 
que habían quedado los indios por el robo de msxíz, les hizo juntarse gran copia 
de ellos y dar sobie los nuestros por cuatro partos, á poco más de la mitad 
de la noche, con tan grandes bríos, voces y algazara, que atemorizaban al 
mundo, y comenzando luego á ser más las obras que el estruendo, fueron con- 
sumiendo á los mal despiertos y bien dormidos españoles, que aunque se defen- 
dieron algo, con daño de los contrarios, al fin murieron todos, sin quedar 
ninguno de los que se hallaron j¡allí, y en el fuerte sólo habían quedado ocho 
y diez mujeres. 

2,*^ Los cuales, viendo pasado el tiempo que habían llevado los de la 
salida y que no tenían nueva de ellos, se llenaron de temores de lo que les 



54 FRAY PEDRO SIMÓN ' (5.** NOTICIA 

había sucedido y aun de lo que á ellos les había de suceder y amenazaba siendo 
tan pocos, si los indios se volvían sobre ellos, como era cosa cierta lo harían. 
En estas angustias estaban, cuando les llegó al fuerte el mulato Juan Pérez de 
la Rosa, hombre de muy buenos bríos y disposición en la guerra, el cual hizo 
luego que nombrasen por caudillo á un Salvador Pinto, portugués, y para que 
se hiciera más apariencia de gente á los indios que viniesen, ordenó que las 
diez mujeres se vistiesen en hábito de hombres, y dándoles sus espadas y rode- 
las, pasasen plaza de soldados, como lo hicieron, y aun se engreían tanto en 
verse en aquel hábito, que á cada cual le parecía ser una pantasilea. Acertaron 
también á tener en el fuerte, para servicio de él, un caballo tuerto, manco de 
pies y manos, y los cuadriles hechos un andrajo de mataduras, al cual también 
encubertaron y le echaron una silla, aunque sin freno, y subiendo en él un 
soldado que apenas lo podía menear, tomó una lanza y adarga para también 
hacer apariencia por aquel camino de lo que no era. Estando percibidos todos 
de esta suerte, por tener nueva cierta de la junta que hacían los indios para 
venir sobre ellos, se la confirmó un indio de los del servicio que tenían en el 
fuerte, llegando á él tan mal herido, que murió luego en dando las nuevas de 
cómo venían muchos bárbaros sobre ellos, lo cual había sabido porque yendo á 
holgarse á casa del Cacique Sorli, y habiendo entendido lo que pretendían los 
indios hacer, se escapó huyendo, porque también lo querían matar porque 
servía á los españoles, y al fin escapándose y siguiéndolo, lo flecharon como lo 
veían, y que para más^señas de la verdad que decía, advirtiesen que había de 
venir un indio delante con dos hicoteas en señal de paz, y tras él luego los de 
guerra. Que no admitiesen al primero ni lo dejasen entrar en el fuerte, antes 
bien lo matasen si pudiesen. 

3.° Pasó aquella noche siguiente al aviso, y otro día á los primeros rayos 
del sol, hé aquí donde asoma el de las hicoteas, que venía guiando sus pasos hacia 
el fuerte, desde donde el Juan Pérez de la Eosa le disparó un arcabuz y le rompió 
los pechos, por donde le salió el alma con un terrible grito, que lo oyeron los 
que seguían sus pisadas, con pensamientos do hallar la puerta abierta com- 
prando las hicoteas lo cual viendo no ser así, sino antes estar el indio 
muerto, en llegando al fuerte, comenzaron sus acostumbradas voces, y á dar 
saltos y brincos y hacer visajes como gente alocada, aunque siempre algo 
retirados, por miedo de las balas, y aun también porque sospechaban haberles 
venido socorro de soldados, según los bultos que veían por lo alto, donde 
conjeturaban ser muchos más los que estaban oculto*.^ Vieron también por 
entre los maderos do la cerca, aunque do lejos, un español, calada la vicera, 
sobre un caballo encobertado, con lanza y adarga, y á guisa de salir sobre 
ellos, que no era posible fuese él solo, que fué también causa para que, aunque 



CAP. XXVIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 55 

el caballo no lo tenía, se les pusiese á los bárbaros freno, y temerosos y sin 
confianza de ningún buen efecto, volviesen las espaldas y caminasen hasta sus 
albergues, dejando victoriosos á los nuestros, más por industria que por fuer- 
zas, y con cosas que parecían y no eran. Certificóles la bárbara canalla á la 
despedida, que antes de tres días sería cierta su vuelta, como sin duda lo fuera, 
si no hubieran sabido que luego que ellos se apartaron del fuerte, llegó á é' 
el Capitán Cordero con buen socorro de soldados; los cuales, parecie'ndoles 
que perdían tiemjDO en aquel puesto y que la comida ni se asaba ni se cocía, 
se escaparon una noche á buscar en otra ¡larte mejor ventura, dejando al 
Cordero con solos trece, qne también determinó salirse con ellos de aquel 
puesto, por ser tan pocos, ó por mejor decir, tan nadie para hacer resistencia 
á indios tan alzados, y de quien no podían sacar un grano de maíz para su-<- 
tentarse. Lo que pusieron en efecto, dejando aquello desamparado y llegando 
á la ciudad de Santa Marta, donde le hizo prender el Gobernador, por el hecho, 
que después se disimuló, habiendo visto sus descargos el Grobernadór. 

4.0 El cual no habiendo perdido aún los deseos de ablandar los cuellos 
cerriles de aquella gente, hizo juntar otra buena compañía, y á cargo del 
Capitán Melchor de Eieros, con buenos pertrechos de guerra, hizo que vol- 
vieran á entrar á la misma Provincia; que á los principios hicieron buenos 
efectos, prendiendo al Cacique Sorli con otros principales, rancheándoles sus 
casas, de donde no sacaron pequeño pillaje; con el cual y con los presos 
tomaron la vuelta del pueblo de Ancho, donde se ranchearon por haber abun- 
dancia de comidas y ser tierra limpia, por si le sucedía alguna guazabara con 
los indios, como le sucedió al Cristóbal de Saravia y á sus soldados hasta dar 
fin de sus vidas, como dijimos. A. título de ver los presos y al Capitán Eieros, 
iban entrando con mucha mansedumbre algunos indios desarmados ; pero 
fueron tantos, que ya causaban sospecha, en especial al mulato Juan Pérez, 
que como más versado en estos trances, dijo al Eieros: " No me parece bien 
qne entre tanta gente en casa y nos tengan aquí arrinconados; bien será salir- 
nos al raso, porque no es posible éstos tengan buenos intentos, y mejor nos 
podemos avenir con ellos en la plaza que en estos rincones." ''Idos con el diablo, 
Juan Pérez, respondió el Eieros, pues esos miedos sólo son vuestros, con 
fin de quebrantar la paz que estos indios vienen dando, pues ni traen armas 
ni otras demostraciones que de ella." Con que sin más replicar se salió el Juan 
Pérez, que apenas había tomado la puerta, cuando un principal y valiente 
indio apañó de los que había por allí un palo mañero, y le dio tan de repente, 
sin reparo y con tanta fuerza al Eieros con él, que lo derribó aturdido y 
echando sangre por boca, narices y orejas ; y al mismo punto, rompida yá la 
batalla, cada cual asió de donde pudo, hasta sacar algunos las varas del buhío, 



56 FRAY TEDRO SIMÓN (5.» NOTICIA 

con que peleaban como desesperados contra los nuestros, que también hacían 
cosas dignas de la sangre española. 

5.° Eompíanse cabezas, quebrábanse brazos, derribábanse narices, dientes 
y muelas, todo se bañaba en sangre, cada cual procuraba hacer hechos de 
bueno. Saliríronse fuera de las casas, donde el mulato, haciendo cosas valen- 
tísimas, daba voces diciendo: *' Bien tenía anunciado yo este rebato ", en el cual 
quedaron muertos más de ciento de los bárbaros, y entre ellos el Cacique Sorli 
y los demás que estaban en prisiones, que les sucedió muy al contrario de lo que 
pensaban, pues habiendo sido su libertad causa de esta revolución, consiguieron 
sin ella la muerte. Viendo los indios ser tantas las de los suyos, volvieron los 
que pudieron las espaldar, los más de ellos mal heridos, como también lo que- 
daron veinte de los nuestros de los que ccgió la gunzabara dentro de la casa con 
el Rieres, que aunque perdidos los sentidos, no -era muerto al fin de la batalla 
ni después, hasta que hubieron llegado al Valle de Upar, para donde partie- 
ron todos luego, viendo no poderse sustentar en aqviel puesto, muriendo en el 
camino seis ó siete de los heridos, por tener molidos los huesos y entrañas de 
los golpes que recibieron con fuertes palos de los bárbaros. Los demás con 
diligentes curas escaparon con la vida. De todo lo cual dieron noticia al Go- 
bernador desde allí, que no fué pequeña la pena que recibió, como ni de otros 
trabajos que le sucedieron en el discurso de su Gobierno, hasta que en él le 
halló la muerte, dejando nombrado por sucesor en segunda vida á Don Lope 
de Orosco, su hijo menor y de Doña María Peón, su tercera mujer, de que 
trataremos adelante, Noticia 1 .^^ capítulo 9. 



OAf. XXVIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 57 

CAPÍTULO XXVIIl 

] .« Dásele al Capitán Rodas el Gobierno de entre los dos ríos, por muerte de Valdivia. 
Demonio llamado Sobze levanta la tierra — 2." Predicábales por tres Jeques habían 
de anegarse con un diluvio; salen en su demanda los de Antiochia — 3.° Baptista 
Vaquero convierte á los dos Jeques y convence al otro— i.<* Deshácese el embuste 
del Demonio. Conviértense algunos á la fe. Trátase de los Jeques . 

HABIENDO llegado nueva de la lastimosa muerte del Gobernador 
Andrés Valdivia á esta Audiencia do Santafé, donde á la sazón 
presidía el Licenciado Francisco Brivíeño, aunque hubo muchos opositores de 
aquol Gobierno vaco de entre los dos ríos, como el Presidente conocía años 
había el valor del Capitán Gaspar de Rodas, y la buena cuenta que había dado 
de los oficios y cargos militares y otros que había tenido, como le constaba de 
la Residencia que él mismo le había tomado cuando se la tomó al Adelantado 
Belalcázar, por haber sido su Teniente, le despachó recados, ya bien entrado 
el año de setenta y cinco (1575), para que entrase á las Provincias de entre 
los dos ríos y hiciese el castigo de la muerte de Valdivia y las conquistas do 
aquellos indios y poblase las ciudades que pudiese, aunque no le dieron por 
entonces título de Gobernador. Recibidos estos recados en Santafé de Antiochia, 
se dio luego á hacer gente y pertrechos de guerra para la jornada, en que gastó 
hasta entrado ya el año siguiente de mil y quinientos y setenta y seis. Entre tanto 
que el Gaspar de Rodas andaba disponiendo esto, sucedió en aquella Provincia 
y Valle de Ibéxico y otras, una novedad y alteración de todos los indios, por 
industria de un Demonio llamado Sobze, que según parece, era el que solici 
taba á mal los corazones de aquella Provincia, porque es opinión de muchos- 
que así como cada provincia tiene un ángel por su custodio (y aun cada ciudad, 
como nos lo dicen muchos lugares de las Divinas Letras), así tiene cada pro- 
vincia, en especial de las de los infieles, un Demonio que solicita los hombres á 
despeñarse en el abismo de pecados, de que hemos tenido evidencias en casos 
que cuenta esta misma Historia, en especial el que dejamos dicho en esta ter- 
cera parte do lo que le sucedía al mestizo Lucas Andrea en la Provincia de 
Cartagena con el Demonio Buziraco, que de ordinario asistía en la Popa de la 
galera de la ciudad de Cartagena. 

2.° Aquí, pues, Sobze se apareció á tantos de Marzo de este año á todos 
cuantos hizo juntar para esto, bien patente y que todos lo veían, fuera de los 
que eran cristianos, á quien hizo Dios merced no viesen tan mala figura; ves- 
tido de negro, el cabello largo, cubierto de una manta anudada al hombro. 
Este era familiar de una vieja, gran hechicera, quien se sentaba sobre él 



58 FRAY PEDRO SIM(5n (5.« NOTICIA 

cuando hablaba á los indios, aunque la llamaba madre, y f>n realidad lo era de 
una india moza, hermosa por extremo, á quien el Demonio y la vieja llamaban 
hija del sol. Lo que Sobze les decía era que por sacarlos de la servidumbre de 
los españoles quería consumir con un gran diluvio á todos los cristianos, y que 
para librarse los indios de estas aguas, se subiesen á tres cerros altísimos 
que les señaló, donde no había de llegar, y que llevasen de todas semillas para 
sembrar después de enjutar la tierra del diluvio, que había de suceder deutro 
de seis días; pretendiendo en esto el Demonio subirlos á aquellos despeña- 
deros, para desde allí hacer otro embuste, con que se despeñasen sin. hacerse 
cristianos los infieles, y los fieles se desesperasen, y para que esto se divulgase 
con mayor brevedad, mandó á tres de los más famosos Jeques lo fuesen avi- 
sando por toda la tierra. Aprendieron tanto esto los bárbaros, así chontales 
como ladinos, que á doce de Marzo no se halló indio ni india que no se hu- 
biesen huido de Antiochia la vuelta de las alturas y yermos donde les tenía 
señalado Sobze. Lo cual advertido por nuestros españoles aquella mañana que 
los echaron menos, temiéndose por la novedad de algún alzamiento, los fueron 
siguiendo por el rastro, por donde alcanzaron á algunos que iban en tropa 
llorando y lamentándose amargamente, que preguntándoles la causa del llanto 
y huida, les respondían: " ¡ Pobres de vosotros, que dentro de tres días á lo 
más largo, habéis de ser ahogados con un gran diluvio!" Lo que celebraban 
los nuestros con gran risa, y procurando disuadirles de aquello, volvieron algu- 
nos á la Villa, aunque bien forzados y temerosos. 

3.° Llegando estos tres viejos hechiceros predicando este engaño del 
Demonio Sobze al Valle de Ibéxico, donde estaba retirado el Baptistilla ó Juan 
Baptista Vaquero, por lo que dijimos le achacaban de la muerte de Valdivia, 
los hizo traer á su presencia, y supo decirles tales cosas en su lengua de los 
engaños con que el Demonio los traía absortos, y tantas y tan buenas de 
nuestra fe católica, que los dos de ellos, que eran los menos viejos, se convir- 
tieron á ella y se baptizaron, quedando el más viejo tan obstinado en su de- 
mencia, que defendiendo su mala secta, se ponía ronco con las voces que daba, 
hasta venirle á decir al Baptista (que estaba con una cruz en las manos) que 
si tan bueno era su Dios que predicaba, que hiciera allí algunas señales pro- 
digiosas con que lo echasen de ver, y que él haría otras en satisfacción de lo 
que predicaba. Aquel Baptista respondió que bastaban las que Dios hacía cada 
día en sustentarlos y criarles los maíces y en conservar el mundo, y que el 
hechicero no podría hacer ninguna, porque no tenía ^irtud el Demonio para 
ello, en especial delante de aquella santa cruz. A que el hechicero respondió: 
" Pues ahora verás cómo hago volar estos peñascos." Y habiéndose lavado lo 
primero el cuerpo en un arroyo que pasaba cerca, y hecho sus ofrecimientos 



CAP. XXVIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 59 

de manta, oro y otras cosas, sahumó los peñascos, y invocando al Demonio 
Sobze á grandes gritos y alaridos para que volasen, les daba muchos palos, 
reiterando esto muchas veces; á que el Baptista decía las diera mayores, por si 
estaba durmiendo ó era algo sordo (que parece fué al modo que le sucedió al 
profeta Elias con los sacerdotes de Baal, cuando se pusieron á hacer los sacri- 
ficios, como nos lo dicen los libros de los Reyes); pero como ahora no se mo- 
vieron las peñas, hacían gran burla del vejezuelo los muchos indios circunstan- 
tes que se hallaban á esto, acreditándose nuestra fe entre ellos, por ver había 
salido verdad lo que decía el Juan Baptista. 

4.^ A quien no contento con esto, el viejo le dijo: *' Sobze te desafía 
para que subas al peñol de Ñuta, donde te espero, y allí verás las maravillas 
que hago." " Lo mismo harás aquí que allí, dijo el Baptista; pero para que 
acabes de persuadirte, y toda esta gente, que Sobze no puede nada, fiado en la 
virtud de esta santa cruz, yo subiré allá"; como lo hizo, acompañado de más 
de trescientos indios, aunque era la subida asperísima y larga. Estando todos 
arriba ya de noche, por la largueza del camino, y el Baptista no sin espeluco 
de cabello, por verse en aquella altísima cumbre, comenzó el viejo sus invo- 
caciones dando mil gritos, saltos y bramuras, gestos y visajes, como alocado, 
por atemorizar á su contrario, ó por estar revertido del Demonio; gastó en esto 
toda la noche, estando el Baptista con la cruz delante, diciendo á altas voces 
el credo, hasta que á la mañana, que era el día que habían de venir las aguas 
del diluvio, salió el sol, al parecer más claro y sereno que ningún otro día, y 
corrió todo aquél con aquella luz y tiempo despejado, y así llamó el Baptista 
á los que lo habían acompañado, que se habían quedado más abajo (por no 
haberse atrevido á subir á la cumbre), y les dijo: '' Buenos testigos habéis 
sido de haber sido engaño del Demonio lo que este viejo os predica y lo poco 
que puede, y lo mucho que vale esta santa cruz, que a la vista de ella, tenién- 
dola yo en las manos, no ha osado parecer, y lo mismo haréis vosotros si os 
baptizáis; dejemos por ahora este viejo endiablado; no lo creáis ni sigáis, pues 
todo cuanto os dijere será de esta suerte." Con esto, dejando al viejo arriba, 
se bajaron todos, y después se baptizó, incitado de esto, gran número de gente, 
y entre ellos la hija hermosa que dijimos de la vieja Gitanisa, que no queriendo 
seguir los pasos de su hija, fué desterrada por la justicia y deshecho todo 
aquel embuste de Sobze. 

Son estos Mohanes la pestilencia contra nuestra santa fe católica, y los 
que atajan la corriente de la conversión de estos naturales, porque todo cuanto 
los sacerdotes enseñan de día, ellos contradicen y desenseñan de noche en 
lugares ocultos y retirados, donde de ordinario hablan con el Demonio; para lo 
cual tienen bus instrumentos, bien como para el oficio que los usan, aunque 

a 



60 FRAY PEDRO SIMÓN (5.* NOTICIA 

coa diferencia en diferentes provincias. Los días pasados, hallándome en el 
Valle de Sogamoso, en una doctrina que está á nuestro cargo, llamada Tota, 
saliendo de decir misa, encontré, cerca de la puerta do la Iglesia, un viejo 
llamado Paraico, medio bufón y atruhanado, y teniendo noticia era Mohán, le 
hice desvolver la poca ropa que traía, y le hallé en una mochila los instru- 
mentos del oficio, que eran un calabacito de polvos de ciertas hojas que llaman 
Topa, y de ellas otras sin moler y un pedacito de espejo de los nuestros en- 
cajado en un palito, una escobilla, un hueso de venado al sesgo por la mitad 
y muy pintado, hecho á modo de cuchara, con el cual, cuando hacen sus 
mohanerías, toman de aquellos polvos y los echan en las narices, que por ser 
fuertes, hacen salir luego una reuma que les cuelga hasta la boca, la cual 
miran en el espejillo, y si corre derecha, es buena señal, y por el contrario 
si torcida, para lo que pretenden adivinar, y así para que esté el labio de 
arriba más desocupado, lo traen todos muy rapado y limpio de barbas los que 
las tienen; lírapianse aquello después con la escobilla, y la ceniza que tam- 
bién se han echado en la cabeza, y péinanse el cabello; con estas señas ex- 
teriores hemos venido á hallar muchos en aquel valle, que tienen estos instru- 
mentos. Hallamos también en la casa de uno un pellejo de zorro con su 
cabeza, lleno de paja, con que bailan, puesto á las espaldas, asido con las 
manos por lo3 pies, que ellos llaman el Fó, mohanería endiablada. 



CAP. XIX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 61 

CAPÍTULO XXIX 

1.0 Sale el Capitán Kodas á la conquista de Entre los dos Ríos— 2.° Llegado al Valle de 
San Andrée, eálenle algunos Caciques de paz — 3."» Acaricíalos Rodas para más 
seguro— 4.* Prende á los más culpados. 

YA en este tiempo, por las comisiones que le habían llegado de esta 
Audiencia á Gaspar de Rodas, tenía dispuesta su gente y pertrechos 
de guerra para entrar al castigo de la muerte de Valdivia y conquistas de 
aquellas provincias de Entre los dos Kíos, que fué no poca copia la que se le juntó 
de soldados, por ser el General quien era y su buen modo de proceder, no sólo 
de los que salieron desbaratados de la rota de Valdivia, porque éstos, con más 
determinados ánimos, se ofrecieron á volver, para recibir el premio en la 
misma tierra donde habían tenido tan honrosos y aun lastimosos trabajos, sino 
otros muchos que de nuevo se pusieron debajo su bandera. Iba por Capellán, 
Cura y Vicario del ejército el Padre Juan Rniz de Atienza; Lorenzo Suárez de 
Figueroa, Maese de Campo; Alonso Rodríguez Villamizar, manchego de Dai- 
miel, Sargento Mayor; Martín de Ocampo, que hoy vive en esta ciudad; el 
Capitán Pedro Pinto Vellorino; Luis Céspedes de Vargas y Alonso de Vargas, 
hermanos, de Fiegenal; Sancho de Qnevedo, Esteban de Riveros, de Albur- 
querque, Juan de Alvarado Salazar, Fernando de Obando, asturiano; Pedro 
Sánchez de Oviedo, Manuel Rubiales, Juan Fernández do Erazo, navarro; 
Don Antonio Osorio, Pedro de Arce, Pablo Fernández de las Eras, Molano, 
Alonso Martín Merchán, Mateo Fernández, mulato, y otros, que por todos 
llegaron á setenta, en quien confiaba el Rodas como en setecientos. Con los 
cuales, y con mucho servicio do indias, indios y negros, salió de Antiochia, 
hasta llegar á la boca del Valle de San Andrés, llevando también consigo á 
Don Pedro Amato, Cacique del pueblo de Tahamí, que no era menos culpado 
en la muerte de Valdivia que el que más; pero disimulábase con él por otras 
superiores razones de Estado, y ver si se podía sacar salud del enemigo, y de 
la mano de aquél, que nos aborrecía (buena suerte de prudencia), como en 
realidad sucedió. 

2° Viendo los indios del Vallo que se les entraba ya por sus tierras, y aun 
le tenían á las goteras de sus casas, un tan valeroso Capitán con tantos y tan 
valientes soldados, turbados de su misma conciencia y delito, y amenazándoles 
tan de cerca el castigo, que ya le tenían á cuestas, no acertaban á dar salida á 
sus determinaciones, si tentarían el perdón por el camino de paz, ó el de Ja sa- 
tisfacción de gran suma de oro, do que todos tenían aosadas. En estas perple- 
jidades andaban, cuando se fué entrando Rodas el Valle delante, hasta la pri- 



62 FRAY PEDRO SIM(5n (5.* NOTICIA 

mera población, que se llamaba de Cuerquia, á donde, por determinación de los 
demás Caciques, le llegó uno de paz llamado Oihoa, con intentos de tentar el 
vado á los que traía el General, si eran de castigo ó amistad ; llevaba consigo 
veinte ó treinta indios cargados de comida para la gente de Rodas, que lo reci- 
bió todo con grandes demostraciones de caricias, sin que ninguno desplegase 
la boca tratando de cosa de castigo, por tenerlo así avisado á todos, y que, 
cuando pasasen por el sitio donde habían muerto al Valdivia, nadie se detuviese 
aun á mirar los lugares de la matanza, para sacar más del todo de sospecha de 
castigos á los indios hasta su tiempo. En esto tenía ya la mujer del Goberna- 
dor Valdivia puesta demanda en esta Audiencia, sobre la muerte de su marido 
y hermano, al Bartolomé Sánchez (Torre Blanca), y aun despachado á Diego Hi- 
dalgo de Montemayor, vecino de esta ciudad de Santafé, con provisión para que 
lo trajera preso.de Antiochia, como lo hizo, y lo estuvo muchos años en esta 
cárcel de Corte, litigándose muchos años la causa, como dejamos dicho. 

8.° Acariciado el Cacique Oihoa con sus indios y aun habiéndole dado 
algunas bujerías de Castilla, lo remitió á su pueblo el General Rodas, con avi- 
so de que lo diese al resto de los Caciques, y seguro de la paz con que entraba 
en sus tierras; el Cacique Tahamí Don Pedro Amato no se descuidaba de ten- 
tar también el vado á los intentos de Rodas, probando si se les podría traslucir 
lo que le había de suceder como también culpado, y así le solía decir muchas 
veces : '* Castiga, señor, á los matadores de Valdivia, y si quieres yo te los se- 
ñalaré con el dedo;" hasta que una de ellas, con muestras de enfadado, el Go- 
bernador le dijo: "No me canses, Cacique, que yo no vengo á eso, pues ni 
Valdivia era mi padre, mi hijo ni mi hermano, para que yo vengue su muerte." 
A que respondió Don Pedro : "Bueno, señor, bueno, señor, está así;" con que 
el Cacique Oihoa dijo á los demás del buen tratamiento que le había hecho el 
Gobernador, se aseguraron todos, y determinaron irle á ver con un buen pre- 
sente de comida y oro, que recibiéndolo, y á ellos con grandes demostraciones 
de amistad, les hizo una larga plática acerca de la obediencia que debían dar á 
la iglesia y al Rey para el bienestar de sus almas y cuerpos, y que esos eran 
sus principales intentos, con que los envió á su tierra alegrísimos ; ordenándoles 
que de allí á quince días le remitiesen indios que le llevasen sus cargas más de- 
lante, donde pretendía pasar, como lo hicieron puntualmente, viniendo más de 
doscientos al efecto, y á aderezarles el camino, que comenzó luego á proseguir 
el Kodas, pasando por el Valle de la Matanza, sitio donde habían muerto á 
Valdivia, donde ninguno reparó á mirar ni aun de pas(^ porque no pareciese 
se hacía recuerdo de lo sucedido. 

4.° Llegando un cuarto de legua más delante á otro Valle, se rancheó allí 
el General, y pareciéndole tomar de propósito el asiento, hizo l9 hicieran buhíos 



CAP. XJX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 6o 

de propósito los indios, que los acabaron con facilidad, por los muchos y bue- 
nos materiales de madera y paja con que se hallaba el país. A donde vinieron 
otra ú otras dos veces de paz los Caciques, con muchas comidas, y satisfacción, 
á su parecer entera, de quo ya estaba del todo borrada la agresión del Valdivia. 
Citólos á todos el Gobernador para cicrt) día que volviesen y le trajesen al- 
gunas comidas ; pero entre tanto hizo de socreto se labrase un cepo grande y 
dispusiesen otras prisiones. Apenas había amanecido el día citado, cuando el 
primero de los Caciques y de los más principales, llamado Ozeta, entró en el 
Real con otros más de treinta indios, y sentándose en el suelo por orden (cos- 
tumbre suj'a), los entretuvieron los soldados mientras el General le dijo al Don 
Pedro Amato: '' Ahora es tiempo que hagas lo que me prometías, de señalárme- 
los más culpados en la muerte de Valdivia, porque si no la tuya será cierta." 
Prometió hacerlo así el indio, y saliendo de su aposento, señaló al Cacique 
Ozeta y otros de sus compañeros, que los fueron metiendo en prisiones en una 
casa fuerte, y á los que no eran culpados en la del Maese de Campo, para que 
no hubiese quien diese aviso á los que iban viniendo, que fueron todos los de- 
más Caciques con sus compañías, á quien fué también señalando el Don Pedro, 
y prendiendo los soldados, con el orden que al primero, con que quedaron todos 
los culpados presos con este sosiego que inventó la buena prudencia de la ca- 
beza, í>in andar tras ellos á montería. 



6é FRAY PEDiíO SIMÓN (5.^ KOTlCfA 

CAPÍTULO XXX 

1." Castiga[Rodas á los más culpados, dejan io á los demás libres— 2.° Puebla la ciudad 
de Cáceres (que hoy permanece) y reparte la tierra— 3. *> Viene Rodas á esta Audien- 
cia de Santafé. Va al alzamiento de los Gualíes. Dánle título de Gobernador— i.» 
Alzanse los indios de Cáceres y matan algunos españoles y indios de paz y negros 

EESOS los culpados, despachó luego tres caudillos el Rodas, para 
que diesen sobre sus casas y chusma, que fueron Juan Meléndez, 
Don Antonio Osoiio de Paz, y Molano, que trajeron al Real, otro día, sobro 
cuatrocientas personas, niños y mujeres, y entre ellas una llamada Juana, muy 
ladina, que se había hallado en la muerte de Valdivia, que por ser de aquella 
tierra, no la habían muerto, "la cual fué el mejor testigo contra los reos, que 
habiéndoseles creado defensor para hacerles sus causas, y ellos confesado sus 
delitos y convencidos, fueron condenados á muerte ocho ó nueve, y de los me- 
nos culpados, algunos á cortar las manos derechas ; á otros, los dedos pulgares ; 
y á otros un pié. La cual pronunciada, se despareció el Don Pedro Tahamí y 
un compañero suyo, también principal, llamado Aguasici, y habiéndosela decla- 
rado con^otra lengua (porque él lo había í^ido hasta entonces), levantaron los 
sentenciados una voz triste, diciendo : '* Nosotros padecemos justamente, pero 
los Tahamíes nos incitaron á cometer el delito, bien ajeno, por entonces, de 
nuestro pensamiento." Fué hecha la mano de Dios sobre aquellos ocho ó nueve 
señores sentenciados á muerte, y entre ellos Guarcama, gentilhombre feroz y 
de oabal entendimiento, que pidieron ser cristianos, como se les concedió, bap- 
tizándolos, habiendo precedido catecismo bastante por el Padre Fray Alonso 
CoUantes, de Nuestra Orden, y el Padre Juan Ruiz de Atienza, que iban en el 
ejército ; y así, con cruces en las manos y con muestras de contrición y apesa- 
rados del hecho, se ejecutaron las muertes y los demás castigos, dejando á los 
otros libres ir á sus tierras, haTjiéndoles asegurado de la paz y quietud que 
podían gozar en ellas, pues ya los culpados estaban castigados por todas ellas. 
2.0 Las cuales comenzó luego el General Rodas á trastornar por una y 
otra parte, tanteando la naturaleza de los países, para en uno el más á propó- 
sito fundar una ciudad, como lo hizo cerca del asiento de la matanza de Val- 
divia, en la loma que llamaban de Cacami, tierra limpia pero poco acomodada 
á la vivienda humana, por no haberla considerado mejor un Capitán que co- 
menzó allí á plantar los primeros buhíos, que después se anudaron á mejor sitio 
y con más fundamento, y le dio nombre de ciudad do Cáceres, á imitación de 
la otra de este nombre quo está en Extremadura, este año de mil y quinientos 
y setenta y seis. Está en altura de setenta y seis grados y quince minutos de 



CAP. Xx) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 65 

longitud del meridiano de Toledo, cinco y treinta minutos de latitud á la ban- 
da del Norte ; porque aunque se ha mudado otras dos ó tres veces, deseando 
mejorarla en sitio, ó por desgracias que allí le han sucedido de quemas, ha sido 
muy poca la diferencia de la graduación y aun de temples y el último en que 
ha venido a parar y está hoy fundada ; es una loma alta, una legua del río de 
Cauca á la mano derecha, bajando por él ; es fresco, en especial las noches do 
muchas neblinas ; malas y gruesas aguas ; el sitio tan estrecho y colgado de 
cuestas, que no tiene forma de calles, porque las casas están en sitios y mese- 
tas hechas á mano en la media ladera, como está un poco de llano que hay 
adelante la iglesia, que sirve de plaza ; no tiene ningún convento de religiosos ; 
es su país de muchas y muy buenas minas de ero ^ no tiene crías de ganados 
mayores ni menores, por ser las tierras montuosas ; todo el sustento le entra de 
acarreto por el río de Cauca ; tiene abundancia de pescado de un remanso de 
Cauca, que á catorce leguas de la ciudad se llama las Pesquerías, á donde se 
llega río abajo en cinco horas, por ser grande de raudal; no se puede ir por el 
río al puerto de Antiochia, que está algunas leguas más arriba, por sus muchos 
saltos y peñascos ; dánse en sus Valles las frutas comunes y raíces de la tierra; 
de las de Castilla pocas; ciertas hojas que llaman yuyos son el mayor sustento 
de los naturales. El pueblo y ropa de Castilla se sube por el río Cauca. Del oro 
que se ha sacado en ella diremos cuando tratemos de ello. Habiendo señalado el 
Rodas en esta su primera fundación solares, huertas y estancias, le nombró Ca- 
bildo y Regimiento : el Capitán Pedro Pinto Vellorí no y Hernán Martín, Al- 
caldes ordinarios ; Regidores, Luis de Vetantor, Alonso Rodríguez de Villami- 
zar y Juan Meléndez de Valdés, Francisco de Tapia, Juan Fernández de Erazo, 
Luis Céspedes de Vargas, y juntamente éste fué Procurador General. Apuntó 
y encomendó todos los Caciques y indios de aquellas provincias, que le señaló 
por termines á la ciudad, en los Capitanes y soldados que entraron con él á 
este castigo y conquista, que fueron los que nombramos cuando se hizo la con- 
ducción y salida de la Villa de Santafé de Antiochia. El cual apuntamiento y 
relación de lo hecho remitió luego á esta Real Audiencia con Don Antonio 
Osorio de Paz y Francisco Alférez, escribano de Gobernación ; pero sucedien- 
do el imposible común de satisfacer a todos en el repartimiento y suertes de 
indios, en especial habiéndose quedado con ningunos algunos de los soldados de 
Valdivia, tres ó cuatro españoles de la ciudad, con secreto, vinieron á las es- 
puelas del Osorio á tratar de su justicia y agravios, que proponiéndolos á la 
Real Audiencia, fueron causa para que se alterase el orden de las encomiendas, 
satisfaciendo á los que se sentían agraviados. 

3.° Mostrándose también serlo el Gaspar de Rodas de que le alterasen lo 
que él, con tanto acuerdo y teniendo la cosa presente, había hecho, dejando con 



6Q FRAY PEDRO SIMÓN (5.^ NOTICIA 

el mejor asiento que pudo su nueva población, vino en persona á la Eeal Au- 
diencia, donde fueron poderosas sus razones para que se volvieran á confirmar 
sus primeros repartimientos por tres vidas, entrado ya el año de mil y qui- 
nientos y setenta y siete y algunos el de setenta y ocho, en que le hizo conoci- 
do favor el Licenciado Juan Rodríguez de Mora, recién llegado por Oidor á la 
Eeal Audiencia. Era ya muerto el Presidente Briceño, su singular aficionado y 
valedor. En este tiempo sucedió el segundo alzamiento de los indios Gualíes 
sobre la ciudad de Mariquita ó convecinos por entonces á la de Santa Águeda, 
y pareciendo ser á propósito la persona del Capitán Gaspar de Rodas para su 
pacificación, se la encargó la Audiencia, y salió á hacerla con la copia de solda- 
dos que pareció bastar. La cual acabada, y quedando la tierra pacífica, como 
más largamente dejamos dicho en nuestra sogunda parte, tomó la vuelta de 
esta ciudad á dar cuenta de lo hecho á la misma Audiencia, que mirando con 
buenos ojos los colmados y lucidos efectos que en todo cuanto ponía mano este 
Capitán había tenido, le despachó este año de mil y quinientos y setenta y siete 
título de Gobernador de Entre los dos Ríos y tierras de donde le había tenido 
Valdivia, pero con dependencia de su confirmación del Real Consejo, que se le 
dio el año siguiente, como veremos ; con los cuales despachos tomó la vuelta de 
Santafé de Antiochia, á donde llegó y fué bien recibido, con aplauso de todos 
los de la Villa, por los acrecentamientos con que volvía : efectos de la afición 
con que todos le estimaban. 

é.° No se descuidaron los indios convecinos á la ciudad de Cáceres en 
advertir el freno que se les había quitado con la ausencia de Rodas, mientras 
anduvo ocupado en estas facciones, y así se determinaron á dar de repente so- 
bre las estancias que iban poblando los vecinos de la ciudad ; en las cuales 
habiéndolos cogido descuidados en diversas partes, mataron á algunos espa- 
ñoles, como fueron un Alonso González de Montijo, y otro Alonso Fernández 
Manchego, de la Membrilla, y á Lorenzo de Rufan y otros soldados, con mu- 
cha gente de servicio, que hicieron piezas con atrocidad y se las comieron, con 
intentos de hacer lo mismo en los de la nueva ciudad de Cáceres, convocándo- 
se para esto toda la tierra, siendo General de la rebelión un valeroso Cacique 
llamado Omaga, á quien toda ella respetaba más que á otro. Sirvióse la causa 
superior de mover los corazones de ciertos indios ladinos que servían á nuestros 
españoles, para que diesen aviso, habiéndola sabido, de esta alteración á los 
nuestros, que luego también lo dieron al Gobernador Gaspar de Rodas, que ya 
estaba en la Villa de Santafé haciendo leva de gente, coif intenciones de entrar 
ya de propósito, y como en cosa propia, á desvolver y dar vista á las cosas de 
su gobierno, el cual, por la nueva, abrevió la partida al socorro, saliendo de 
Antiochia con treinta soldados, todos vaquianos y valerosos, y alguna razonable 



CAP. XXXl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 67 

copia de ganado, que habiéndolos pasado con mejor suceso que en las ocasiones 
pasadas el furioso río de Cauca, llegó á su nueva ciudad, dondo fué reoibido 
con el mismo y mayor aplauso que cuando llegó á Antiochia, por tener colgadas 
de él las esperanzas de la pacificación, y venir ya por Gobernador en propiedad 
de ella. 



CAPÍTULO XXXI 

1.0 Despacha Rodas un caudillo al castigo del alzamiento, y no haciendo nada, envía á 
otro— 2.» Que procuran los indios engañar. Sábese por uno que hubo á las manos — 
3.0 Prenden algunos indios que venían á los nuestros disimulando y asegurando 
el engaño— 4." Vienen los indios y trábase una valerosa guazabara. 



T 



[RATO el Gobernador luego de reprimir la furia de los naturales, 
saliendo á esto con una buena tropa de soldados, que fueron bas- 
tantes á hacer algunos moderados castigos, sin poder haber á las manos al Oma- 
ga, por haberse retirado á las montanas con alguna de su gente, á quien envió 
á buscar luego el Gobernador con alguna de la que había en la ciudad, por 
caudillo á Francisco Alférez, que siendo hombre que sabía más que de espada y 
rodela, de pluma y papeles, después de haber tardado en andar á caza del Oma- 
ga dos meses, volvió con las manos en la cabeza, sin haber hecho efecto consi- 
derable, con que fué forzoso al Gobernador enviar á Juan Arias Rubián (ga- 
llego) con solos veinte hombres, en demanda y castigo del mismo Cacique, que 
salió por principios de Diciembre del año de mil y quinientos y setenta y echo, 
y habiendo pasado el río de Cauca y la tierra llana hasta las faldas de la aspe- 
reza, donde había de ser su principal facción, se rancheó para dar orden á la 
mejor disposición de su entrada en demanda de Omaga ; que habiendo sabido 
la llegada de los nuestros, y para descuidarlos, le envió mucha gente cargada de 
regalos, frecuentando esto por muchos días, y prometiendo darle la paz, lo cual 
se hacía por medio de un sobrino del Omaga, llamado Zegueri, bien conocido 
de los nuestros, mancebo de liada disposición y tenido en opinión de valiente, 
á quien el Juan Arias daba recados para su tío el Cacique, y últimamente le 
dijo un día que señalase sitio donde se juntasen todos á asentar los medios de 
la paz, que habiéndolo tratado Zegueri con su tío, volvió al día siguiente, ase- 
gurando á los nuestros y diciendo que en cierto sitio raso tenían ya fabricados 
buhíos, donde tendrían muchos indios que les sirviesen trayéndoles oro, comi- 
das y otras cosas, porque deseaban paz con el Gobernador y todos los españoles, 
2.0 Los cuales, no sin sospechas de engaño, pero porque no conociesen 
flaqueza los indios, levantando ranchos, tomaron la vuelta del sitio señalado, 

9 



68 FRAY PEDRO SIM(5n (5.* NOTICIA 

que hallaron ser cierta loma cercada de asperísima montana, con hasta cien 
pasos en cuadro de tierra rasa, dondo estaban hechos dos pequeñuelos buhíos, 
y muchos hombres y mujeres que los estaban aguardando con mucha copia de 
comidas. Alojáronse en las casillas aguardando al Cacique algunos días, en los 
cuales entraban y salían muchos indios con sus armas, sin que pareciese el Ca- 
cique, con que se acrecentaban en los nuestros las sospechas de traición, que 
luego la conocieron, habiendo cogido un indio en secreto de los que venían, 
sin que los demás lo entendieran. El cual, á fuerza de tormentos, declaró lo 
que estaba urdido contra los nuestros, siendo intérprete una india llamada Ana > 
del servicio de un soldado. No daba mayor término que de tres días, hasta 
haber de venir muchos Caciques de los más principales, á título de ver á los 
españoles, con algunos de sus indios sin armas y con muestras pacíficas, cada 
parcialidad de por sí, por ahorrar de sospechas, hasta que el Omaga viniese el 
viernes siguiente acompañado de veinticuatro indios, también pacíficos, dejando 
emboscados setecientos guerreros á las cejas de la montaña que cercaba la saba- 
neta, y que aquellos Caciques y indios que habían entrado antes embistiesen 
de repente con los españoles, dos ó tres con cada soldado, y lo tuviesen por 
brazos, piernas y espaldas, y que sobrevendría luego el Omaga dando voces á 
los emboscados, y juntos matarían á los españoles, sin que quedase ninguno ni 
tuviesen detrimento los indios. 

3.° Esta confesión de este indio hizo avivar los cuidados á los españoles, 
de suerte que no quitándose las armas de á cuesta, ni descuidándose en tener 
cargados los arcabuces, se previnieron de muchas cabuyas ó sogas, esperando 
ser certificados de lo que el indio decía, como sucedió, pues apenas había amane- 
cido el miércoles, cuando hé aquí al Cacique Taquimiqui con diez indios desar- 
mados, pero de robustos y valientes miembros, con semblantes pacíficos, con 
que encubrían bien sus intentos. A quien al punto prendieron los nuestros en 
entrando en una de las casas, amarrándolos de pies y manos, lo que también 
hicieron con los que vinieron á la tarde y otro día jueves, que por todos fueron 
los presos cincuenta, sin que de esto pudiese haber ido nueva al resto de ellos. 
Amaneció el viernes, último de Diciembre de este mismo año, en que había de 
ser el conflicto de la batalla, de donde era imposible escaparse tan pocos de 
tantos y tan furiosos salvajes, sin el poderoso brazo del cielo. Lo cual conocien- 
do el caudillo, dio su disculpa á sus soldados diciéndoles : " Bien conozco, se- 
ñores y amigos, la temeridad que ha sido meteros en esta ocasión donde nos 
vemos tan pocos entre tan innumerables bárbaros ; pero no lo será si ponemos 
la confianza en Dios, que es Señor de laS batallas, y á quien le es tan fácil 
vencer muchos con pocos como con muchos ; la causa es suya, ofrezcámosela de 
rodillas, suplicándole esfuerce nuestros ánimos. 



CAP. XXXl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. G9 

4.° Lo cual hicieren luego ponie'ndose todos de hinojos, y con el mejor 
afecto que pudieron de soldados, ofrecieron á Dios los buenos efectos que de- 
seaban en aquel conflicto; porque á cada uno oye Dios rogándole conforme á su 
estado: al religioso y á la monja, estando con quietud en su coro; al casado, 
conforme le dan lugar ]cs cuidados de su casa y gobierno de ella; y tambie'n 
oye al soldado con la espada desnuda en la mano, á pique de la pelea y aun en 
ella, come le sucedió á Josué, llevando de vencida á los Gabaonitas, que sobre 
su caballo, derramando sangre y cortando vidas, oró á Dios que no so moviese 
el sol ni la luna para que se alargase el día y consiguiese entera victoria contra 
sus enemigos; al cual oyó Dios, pues se detuvieron sol y luna, que no podía 
ser sin fuerza divina, porque convenía así. Es':os nuestros veinte soldados 
estaban de rodillas con el espíritu que Dios les comunicó, cuando llegó el va- 
liente Cacique O maga acompañado de dos docenas de robustísimos indios, 
aunque desarmados y con disimulación tan bien compuesta, que no fuera 
posible conocer su malicia, que la quisiera luego el Cacique ejecutar con los 
que traía, pues no veía por allí á los que habían venido dos días, antes; lo cual 
entendiendo por leves señas el caudillo Juan Arias, á pocas que hizo á sus 
soldados, como bien advertidos, embistieron contra el Cacique y sus compañe- 
ros, y con brevedad los sacaron de esta vida para que tomaran la vuelta del 
infierno; pero á las voces que daban con las ansias de la muerte, salieron de 
todas partes de las cejas del arcabuco los emboscados, con singular orden, en 
escuadroiies compuestos, compases de pies y á nueve por hilera, con sus sobre- 
salientes, todos ferocísimos, aljabas llenas de flechas venenosas, picas de tosta- 
das puntas, macanas durísimas de palma, y no era el peor escuadrón el de los 
fundibularlos. 

Gobernábalos, como á su General, el valiente Zegueri, sobrino del Omaga, 
y su yerno Maubita y otro valentón llamado Ochari, que luego comenzaron á 
disparar aguacero de flechas, querer emplear las picas, sin que holgasen un 
punto los de las piedras y macanas, á vueltas de tan grandes alaridos que pare- 
cía hundirse el mundo con el resonar de los valles. A todo lo cual resistían 
valerosamente nuestros veinte españoles contra los setecientos, con la fuerza de 
los arcabuces, con que ensartaban dos y tres de camino las pelotas, por ser 
poca la resistencia de la carne con que venían armados Jos salvajes; hacíanles 
espaldas á los soldados los bahareques del buhío donde se ampararon, señalán- 
dose en algunas arremetidas que hacían contra los indios el caudillo Juan 
Arias, Juan Mateo, Mateo de Acosta, Pablo Sarmiento y otros que peleaban 
con espadas y rodelas, cuyos hechos sacan la cabeza y se encumbran sobre todo 
encarecimiento, pues en breve espacio ya no podían andar por aquella parte de 
su frente sino era por sobre cuerpos muertos. 



70 FRAY PEDRO SIMÓN (5.» KOTICIA 

CAPÍTULO XXXII 

1.° Matan los nuestros á los Capitanes de los indios, con que se retiraron— 2.° Revuelven 
otra vez sobre los nuestros por las voces de otro indio— 3.» Toman los nuestros la 
vuelta de Cáceres victoriosos, si bien murieron dos en el camino, antes de llegar á la 
ciudad— 4.° Lléganle recados á Rodas del Consejo Real de su Gobierno, y hácense 
las capitulaciones. 

NO retardaba á los bárbaros esta caída de tantos para no ir acrecen- 
tando su porfía contra los pocos baptizados, antes Zegueri, con 
rabia infernal, encendido con el cuerpo muerto de su tío que tenía á la vista, 
andaba como un viento esforzando á todos los guerreros, ya con palabras amo- 
rosas, ya terribles, diciendo: "A ellos I á ellos ! tigres, pues demás de ser pocos, 
están todos heridos con nuestras venenosas flechas ". No sufriendo esto la cóle- 
ra española, y el ver que se avivaba la batalla por las voces de Zegueri, le hizo 
puntería nn Juan de Al varado Salazar, tan acertada, cc-n su arcabuz, que 
abriéndole la frente al gandul, hizo que caminase su alma tras la de su tío, 
aunque no por eso perdieron los demás un punto en su ferocidad, pues luego 
tomó el mismo oficio y solicitud el Maubita, supliendo bien en todo las faltas 
del muerto, hasta que llegó otro tiro disparado por Domingo de Herrera, que 
también lo sacó de esta vida, en cuyo lugar se comenzó á mostrar luego bizarro 
y valiente el Ochar!, pues con terribles voces animaba tanto los guerreros^ que 
parecía no faltarles hombres ni un punto de ánimo; á quien también encaró 
otro soldado llamado Diego de Avila, que aunque puso la mira más alta de lo que 
él quisiera, todavía la bala le rcmpió la cara, con que le pareció retirarse de la 
batalla por no acabar de perder la vida, lo que también intentaban los demás 
después de haber peleado tres horas largas;. pero para dar remate á las contien- 
das, quisieron primero intentar el fin de los soldados, quitándoles el amparo del 
buhío, pegándole fuego, como lo hicieron, sin atender á los cincuenta presos 
que estaban dentro, que al paso de él se hicieron ceniza en harto breve tiempo, 
por ser de paja el buhío; de quien se apartaron los nuestros en comenzando á 
caldearlos las llamas, resguardándose unos á otros, pero con tal coraje, que se 
desenvolvían como si en aquel punto comenzara la batalla; si bien les iban ya 
faltando las municiones, y con ellas no hacían tales efectos, por estar calientes 
los arcabuces, cuyas faltas suplían bien las espadas, con que les dieron tanta 
prisa, que viendo los bárbaros que con ello los iba consiwaiendo la guerra, tu- 
vieron por partido retirarse al amparo del monte, donde perecieron muchos de 
los que entraron allí mal heridos. 

2.° Cincuenta y dos fueron los despojos de la muerte que quedaron eu la 



CAP. XXXIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 71 

sabaneta, sin los otros cincuenta que consumió el fuego, y los que murieron 
después de las heridas llegaron á cumplir el número de trescientos, como lo 
certificaren los mismos por relaciones que después se dieron, sin que de los 
uue'stros muriera por entonces alguno; aunque los diez j siete quedaron tan 
mal heridos, que no tenían menos que á cinco y seis flechazos venenoso?, que 
comenzaron luego á curarse cortando sin duelo la carne y fogueándola con 
hierros ardientes, en que estaban ocupados cuando dio arma la centinela, 
porque habiéndolos el Ochari afrentado por la huida, revolvieron los más sanos 
sobre los nuestros, aunque más forzados de las razones de Ochari que de sus 
voluntades, como se echó de ver, pues viendo el cuidado con que estaban los 
soldados, no osaron salir fuera de la ceja del arcabuco, antes desde allí un 
cierto viejo les decía: "No creyera, cristianos, érades tan valientes si no lo 
hubiera experimentado ahora harto á mi costa y daño conocido, por lo cual me 
atrevo á decir no haber en el mundo gente tan valiente como vosotros, 
aunque sois mortales; no esperéis os ha de suceder siempre así, á lo menos á 
vuestros compañeros que están allá en la ciudad que tiene sus ranchos en el 
pueblo ". Con que volvió las espaldas el viejo cano, entendiendo haber sido así 
por tener concertado el dar sobre el pueblo de Cáceres en aquel mismo tiempo, 
como en realidad lo intentaron, pero sin atreverse á llegar al pueblo, conten- 
tándose con matar á uno ó dos españoles y otros indios de servicio en las 
estancias. 

3.° Al fin estos afligidos soldados se ranchearon aquella noche allí 
en el mismo sitio, entre cuerpos muertos y á medio morir, cuyos gemidos les 
daban lastimosísimos sentimientos, que juntos con los que ellos tenían de frío 
de la noche, heridas y hambre, no eran pocos sus desconsuelos, y así sin aguar- 
dar más qub á la mitad de la noche, se entraron por aquellos oscuros bosques, 
por trochas mal tiilladas, desechando pasos sospechosos de emboscadas, con 
que gastaron cinco días de camino, que por rumbo derecho lo podían andar 
en medio. Llegaron al fin con innumerables trabajos, en especial los heridos, 
á la tierra limpia y llana y sitio donde estuvieron á la boca de la montaña y 
donde ahora so reformaron de algunas comidas que habían dejado á la ida 
y con deseos de llegar á donde quedasen sin sospechas de que los indios 
les darían caza; no dejaban de caminar poco á poco, por no poder más los heri- 
dos, que aunque con todo este resguardo murieron dos, Lucas Sánchez y Mateo 
de Acosta, arabos valentísimos soldados, que por ser las heridas penetrantes, 
curadas con poco abrigo y reparo como lo pedía su pestilente veneno, careció 
aquella tierra de estos dos valerosos españoles. Los demás al fin tomaron la 
cumbre de un levantado cerro, desde donde visto el valiente río Cauca, que 
aunque el verlo les fué de consuelo, se les aguó al ver les era forzoso pasarlo 



72 FRAY PEDRO SIMÓN (5.^ NOTICIA 

y DO hallarse con ningún avío para ello. A cuya necesidad acudió el cielo, pues 
habiendo llegado ya la nueva, por indios contratantes, de su venida y trabajos 
á la ciudad de Cáceres (aunque más lastimosa de lo que había sucedido), para 
tenerla más cierta, se había despachado Juan Meléndez con treinta compañe- 
ros bien armados, que llegaron tan á buen tiempo, que á uno mismo llegaron 
los unos por una parte y los otros por otra á darse vista y al río, alegrándolos 
el Meléndez con la salva que les hizo, y mucho más con las balsas, por donde 
pasaron todos, que les pareció á los derrotados haber sido una cosa de milagro. 
Llegaron al pueblo, que estaba dos leguas de la agua, donde fueron bien reci- 
bidos y regalados, que no les importó á los heridos menos que la vida, quedando 
con ella á causa de la diligente cura. 

4.0 Por haber despachado el Real Consejo, pidiendo la confirmación de la 
merced queso le había hecho á Gaspar de Rodas en esta Audiencia el ano pasado 
de setenta y siete, se le despachó cédula en Madrid, á trece de Octubre de este 
de mil y quinientos y setenta y ocho, en que se le confirmaba el Gobierno de 
Entre los dos Ríos, según y como lo tenía concedido en Andrés de Valdivia, y 
con las mismas condiciones y asientos. Las cuales se mandó á la misma Au- 
diencia se tomasen con el Rodas, y que prometidas de guardnr, y no antes, 
se le entrégase la cédula de confirmación. Con lo cual, llegada la cédula, se 
comenzaron á hacer las capitulaciones á ocho del mes de Octubre del año de 
mil y quinientos y setenta y nueve, y se acabaron á catorce del mismo mes y 
año, hechas por poderes que tenían para ello en esta ciudad de Santafé el 
Capitán Don Antonio Osorio de Paz y Diego de Vergara, Procurador, de lo 
cual otorgaron escriptura de obligación, con pena de que si el Rodas no cum- 
plía con lo capitulado, había de pagar dos mil pesos de buen oro para los cofres 
reales; y se las entregaron el mismo año, á cuatro de Diciembre, en la Villa de 
Antiochia, donde á la sazón se hallaba el Gobernador Rodas. Las cuales no 
volvemos á repetir por quedar ya puestas en el asiento del Gobierno de Andrés 
Valdivia, y ser poca ó ninguna la diferencia de las unas á las otras, como io 
manda la Cédula Real de la confirmación de su Gobierno. 



CAP* XXXIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 73 

CAPÍTULO XXXIIl 

1.0 Sale el Gobernador Rodas á nuevas conquistas; intenta pasar el río de Porse— 2.° 
Resístenle los naturales, y matan los nuestros á uno— 3.« Trazas que se dan para 
pasar el río— 4.» Sálenles bien á los nuestros, con que se desocupa el paso. 

VIÉNDOSE cargado el Gobernador Rodas de nuevas obligaciones 
(con lo que el Rey le había encargado del nuevo Gobierno) de 
quietar las provincias de él y fundar cimientos españoles, en acrecentamiento 
de la Santa Fe Católica y del Real servicio, d¡ó conducta á su Maese de Cam- 
po Hernán Sánchez, vecino de la ciudad de los Remedios, extremeño, natural 
montañés, que de este Nuevo Kein-j y otras partes juntó sobre treinta hombres, 
que juntos con los que el Gobernador tenía en la Villa de Antiochia, salió de 
ella el Rodas, ya bien entrado el año de mil y quinientos y ochenta, con setenta 
soldados bien pertrechados de armas y caballos, y tomando la vuelta del Este, 
caminó hasta dar vista al río de Cauca, y habiéndolo pasado, y á las Sabanas 
de Aburra, donde tiene su origen el río que después llamaron Porse, y los espa- 
ñoles al principio Río de Aburra, de bien caudalosas aguas, que cortando por 
estas largas sabanas, van culebreando sus aguas por entre obscurísimos bosques 
y montañas, hasta acrecentar las del Río Grande de Cauca, fueron siguiendo 
juntos las aguas de este grau río Porse, el pico, como hemos dicho, al Septen- 
trión, en que gastaron cuarenta 6 cincuenta días, y en ellos mucho de su salud 
por los trabajos y dificultades que á cada paso les iban sobreviniendo, en espe- 
cial de la comida, por ser tierra poco poblada, hasta que llegaron á una algo 
menos montañosa y que daba muestras de suelo más enjuto, con algunas la- 
branzas : indicios de poblaciones, aunque según las noticias de los que guiaron, 
ébtas estaban más copiosas á la otra banda de aquel río, de que eran indicios 
evidentes los caminos anchos y grandes sementeras que se alcanzaban á ver de 
la otra parte, por lo cual se determinó luego disponer el paso haciendo puentes 
de bejucos, por donde cuando menos se pasase la ropa y gente de servicio, por- 
que los soldados, si saben nadar, tienen por más seguro pasar a nado. 

2.° Esto andaban disponiendo nuestros soldados, cuando á la parte con- 
traria se apareció una anchísima hueste de indios armados, con intentos de 
defender el paso, pues ondeando las cabezas con mucha bizarría de varias 
y levantadas plumas, petos y diademas de oro finísimo y bien bruñido, mues- 
tras de las soberbias riquezas de las minas que gozaban, desembrazaban 
bien guiadas flechas, pretendiendo quo alcanzasen á herir los nuestros en la 
banda contraria, á que respondían con los arcabuces sin daño de ninguna parte, 
por la mucha distancia del medio; sólo logró un buen tiro nn Francisco de 



74 FRAY PEDRO S1M(5n (5.» NOTICIA 

Taborda, mestizo, pues hacía puntería á un indio que entre los demás se seña- 
laba eu galas, majestad, valor y brío, haciendo demostraciones de señor y su- 
perior á los demás. Le entró por los pechos la bala y le salió por las espaldas, y 
tras ella (como dicen) la alma, de que quedaron los bárbaros fuera de sí vien- 
do aquella muerte, sin casi poder conocer por dónde ó con qué le había venido, 
aunque ya tenían experiencia de aquellos tiros y de españoles, pues en aquel 
mismo paso habían desbaratado ya á dos ó tres Capitanes, que fueron Pedroso, 
Don Diego de Carvajal y Juan Velasco, que dejamos dicho habían entrado á 
estas provincias y vuéltose á salir sin efectos considerables, antes con las manos 
en la cabeza. Ocupáronse unos en poner en cobro el cuerpo muerto, y el resto 
en defender el paso, ya con mayores bríos, por advertir que si se veían de la 
parte de los nuestros, les había de suceder mucho de aquello que habían visto 
con aquel indio principal. 

3.^ Pretendiendo el Gobernador todavía que se sentase el pasaje contra la 
resistencia de los bárbaros Yamicíes (que así se llamaban los de aquella provin- 
cia), mandó qne algunos soldados y indios nadadores intentasen apear la difi- 
cultad nadando. Los cuales viendo ser grande, por la mucha resistencia de los 
indios, rehusaban el arrojarse al agua, hasta que el mismo Gobernador calentó 
su tibieza comenzando á descalzarse para arrojarse él el primero, que fué causa 
para que los nadadores se esforzasen, sin que la persona del Gobernador se 
pusiese en riesgo, y comenzasen á pasar á nado, las espadas desnudas en la 
bocaj rodela y vestidillo á las espaldas. Fueron nadando así hasta la mitad de 
la corriente, volviéndose desde allí forzados de las muchas piedras que comen- 
zaron luego á desgalgar los indios desde la otra banda, que llegaban á monto- 
nes hasta la mitad del río con la fuerza que traían desde lo último de una le- 
vantada cumbre, donde las tenían en barbacoas, por lo cual fué forzoso al Go- 
bernador despachar en demanda de otro vado, como lo hizo, enviando por 
caudillo á Juan Alonso de Santana con veinte hombres río abajo, buscándolo ; 
hallólo á una legua del Real, de corrientes mansas y apacibles, y sin breñas á la 
parte contraria, de donde se pudieran también arrojar galgas como en el otro ; 
pero estaban también eu su resistencia otros más de cuatrocientos indios ; que 
volviendo á dar relación de esto el caudillo, le ordenó el Gobernador que sa- 
liese otro día con cuarenta hombres, entre los cuales iban los dos hermanos 
mestizos Tabordas, y que con achaque de coger algunas raíces, entrasen en 
cierta roza vieja que había enfrente del paso, y que mientras unos cogían algo 
que comer por deslumhrar los indios que los estaban mirando, otros hiciesen al- 
gunas balsas de porte de cuatro ó cin-^o hombres no más, y trayéndolas de secre- 
to á la vera del río aquella noche, al romper del alba fuesen pasando con secreto 
rodeleros y arcabuceros, para ojear los indios del paso y resistencia que hacían. 



CAP. XXXIIl) NOTICIAS DB LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 75 

4.° Súpose dar en todo tan buena maña el caudillo, que habiendo pasado 
en dos primeras balsas cinco rodeleros y cinco con escopetas, fueron resistiendo 
desde el amparo de ciertas peñas á los indios que no estorbasen el pasar los de- 
más, como se bizo pero cuando estuvieron todos cuarenta juntos, les sobrevi- 
nieron más de trescientos indios con aguaceros de flechas y dardos, lo que no 
estorbó á los nuestros para que, amparados do las rodelas y defendidos de las 
escopetas, no fuesen ganando tierra, hasta que so llegaron á diez pasos de dis- 
tancia, desde donde hicieron tal estrago en los bárbaros, que dejando algunos 
muertos y otros grandes rastros de sangre de las heridas, se metieron por la 
* montaña, que lo es toda aquella tierra, sin un palmo de sabana rasa, avisando á 
todos sus moradores, que estaban sembrados por toda ella, que escondiesen sus 
mujeres, hijos y haciendas, porque iba entrando una gente belicosísima y tan 
feroz, que pocos habían desbaratado á tantos. Debió de llegar esta voz á los 
que estaban defendiendo el paso, donde estaba rancheado el ejército, y cómo 
venían á ellos soldados por la otra banda del río, pues en un instante se despa- 
recieron. Con lo cual dijo el Gobernador Rodas al Capitán Don Antonio Osorio 
de Paz, y á su Maese de Campo Hernán Sánchez y á otros con quien estaba 
haciendo Consejo de Guerra : " Demos gracias á Dios que nos ha dado ganada 
ya esta tierra," y preguntándole la razón, dijo que por haber huido aquellos 
indios de nuestra tropa de soldados, que tenían ya ganado el paso. Lo cual se 
verificó dentro de una hora, en que llegaron por la otra parte el Santana y 
sus soldados con buena suma de comidas, de que estaba bien necesitado el 
ejército; que fué rocorrido luego con algunas balsas que se hicieron para 
pasarlas, que sin aguardarlas, pasó á nado el caudillo, que lo sabía bien hacer, 
y los dos Tabordas, á dar cuenta al Gobernador de lo hecho, de quien tuvo 
el Santana y los demás muy grandes agradecimientos y cortesías, acción 
bien debida de los Generales á los soldados valientes, pues por ser el agrade- 
cimiento espuela para que se acreciente la valentía, han venido muchos, de 
oficios bajos de mochileros, á ser famosos Capitanes: lo que no sucediera si sui 
hazañas no fueran loadas y estimadas de sus mayores. 



10 



76 FRAY PEDRO SIMÓN (5.* NOTICIA 

CAPÍTULO XXXÍV 

,"* Pasado el río, despacha Rolas dos caudillos, que le traen presos algunos Caciques— 
2." Eran guerreros los Yameoíes, cazadores y pescadores— 3.« Por el mucho oro que 
tenían, rescataban con los nuestros cosas por alto^ precios— 4, <> Hállanse los sol- 
dados con mucho oro por esta ocasión. Hallan indios muertos, porque querían 
nuestra amistad. 



D 



^ESOCÜPADO yá el paso, sin que pareciese indio de contradicción 
para que con mayor facilidad pasase la chusma y carruaje, mandó 
el Gobernador se hiciese una puente de bejucos, que acabada, por la prisa que 
todos dieron, en dos días, al tercero pasó el campo y los caballos, y comenzaron 
á marchar hasta entrarse en la población, que fué distancia de una legua, donde 
se rancheó el ejército y el General con sus camaradas en una valiente casa, 
muy capaz, del Cacique, que se llamaba Cucubá, bien proveída de comidas, 
maíz, yucas, batatas, ñames y otras raíces, y en su circunferencia muchas 
palmas de chontaduros, todo de bueno y recio sustento. Sentados allí ranchos, 
como no se pudiese dar vista á un tan solo indio, despachó el Gobernador 
cuarenta soldados con dos caudillos, Pedro Alvarez Centeno y Pedro Martín, 
mestizo, que con veinte cada uno corriesen las poblaciones : el uno el río arriba 
y el otro río abajo, como lo hicieron en seis días que llevaban de término. Al 
fin de los cuales, habiéndose dado buena maña, volvió cada uno con buena 
cantidad de chusma, niños y mujeres, con algunos Caciques. A quien hizo 
guardar con cuidado el Gobernador, por parecerle convenir así, para entrar 
con más seguro y paz en la tierra, dejando á las mujeres y niños, habiéndoles 
dado algunas bujerías de Castilla, con libertad para que pudiesen irse á sus 
casas y volver todas las veces que quisiesen á ver á sus maridos, á quien pro- 
metió soltar con brevedad, con que iban contentas: entraban y salían cuando 
querían, con otros Caciques que venían de paz: era toda esta gente muy chon- 
tal y salvajina, por no haber tratado jamás con españoles, aunque, como diji- 
mos, habían desbaratado en aquellos pasos dol río á tres ó cuatro Capitanes 
nuestros. 

2.0 Tampoco tenían trato con sus provincias fronterizas, antes mortales 
odios, y se mataban y prendían unos á otros, porque aunque estos Yameoíes 
no comían carne como los otros, tenían esclavos de ella, presos en guerras, para 
que les sirvieran en bus labranzas y minas, y así se halkron entre ellos esclavos 
Pantágoras, Aburras, Guamocos y aun Malebúes de la Provincia de Mompox, 
de que estaban cercados: todas provincias carniceras, y aun pensando que lo 
eran también los nuestros de carne humana, estaban medrosos y temblando de 



CAP. XXXIV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 77 

cuándo y cómo los habían de matar para comerlos, hasta que los sacó de estos 
temores el bueno y noble trato que conocían en todos los soldados, en especial 
en el Gobernador, que los trataba como á hijos en palabras y obras, con que 
dentro de pocos días vino casi toda la tierra á darle la paz, trayéndole m\ichas 
comidas y algunas joyas de oro del mucho que tenían represado, á causa de no 
contratar, como dijimos, con ningunas otras gentes por donde se pudiese ir 
desaguando, y tener tan gruesas y valientes minas do ello (como se ha visto 
hasta hoy), de donde lo sacaban, porque en esto se ocupaban los veranos, cuando 
no los estorbaban las guerras, y en hacer harina de pescado, que sacaban del 
mucho que tienen todas aquellas quebradas y ríos, que era su principal comida 
todo el año, aunque también hacían sus monterías de puercos de manada que 
llaman, que son al modo de jabalíes, aunque menos grandes, y andan tres- 
cientos y cuatrocientos juntos ; cogían muchos pequeños, que amansaban y 
cebaban en sus casas. Cazaban también otros animales y aves, de que son 
abundantísimas aquellas montañas, con que lo eran también sus comidas y 
embriagueces de chicha, porque en esto '^corrieron igual fortuna de embriaguez 
con todos los demás que se han descubierto en estas Indias, 

3.° Traían de todo á los nuestros con mano pródiga y cada día más, por 
el mayor cariño que les iban tomando por los buenos tratamientos y pláticas 
que les hacían el Gobernador y los sacerdotes del ejército, que era el Padre 
Diego Vargas, clérigo, y otros, para su bien temporal y espiritual, por medio 
de un indio cristiano de las Provincias de Cáceres, criado entre nosotros, 
llamado Tomás Tolosilla. Soltó el Gobernador á los Caciques, dando á cada uno 
una camisa, que se vistieron allí, que fué el primer vestido que se vido entre 
ellos, pues á todo'3 sólo los cubría el natural; púsoles á cada une un bonete 
colorado, con que se hallaban con él y con la camisa más galanes que el más 
curioso cortesano. Dio á cada uno una hacha de cortar y un machete y otras 
bujerías de cuentas de varios colores, y en especial algunos pedazos de sal, 
que estimaban sobre manera, por carecer de ella, si bien usaban de algunos 
ojos de aguas saladas, sin que hubiesen tenido hasta entonces habilidad de 
cuajar la sal, que después, por industria de los españoles, se cuajaba al fuego. 
Con esta libertad y buen tratamiento de los Caciques y de ios demás que en- 
traban y salían, se extendía á más] andar la voz por todas las provincias y con- 
ferían lo bien que les estaba la amistad de los nuestros, y así vinieron cierto 
día más de trescientos juntos (si bien los españoles no se descuidaban un punto, 
por lo que podía suceder, de andar alerta y con las armas en las manos), car- 
gados do comidas y regalos, y mostrándose muy joviales con todos ; dieron 
algún poco de oro, y repartiéndose todos por los ranchos de los soldados, res- 
cataban con ellos lo que allí les mostraban, á crecidísimos precios, por ser el 



78 FRAY PEDRO SIM(5n (5.*^ NOTICIA 

oro que traían para ello. De suerte que á ellos les sobraba el oro, por faltarles 
á los soldados géneros que venderles. 

é.^ Por una libra de sal, quo era lo que más estimaban, daban treinta y 
cuarenta pesos de buen oro ; por una hacha de hierro, sesenta y setenta; veinte 
y veinticinco por un machete ó puñal; diez por un cuchillo carnicero; otros 
tantos por una camisa, y aun quince y treinta por un bonete colorado; diez 
por una aguja capotera para sacarse las niguas; por un anzuelo, seis y siete, 
y así de lo demás; siendo el precio los pedazos de oro que pedía el que vendía 
las cosas. Con que 'dentro de diez días bullían entre los juegos de los soldados 
más de veinte mil pesos de oro de veintidós quilates y medio, con que todos 
estaban alegrísimos y echaban mil bendiciones al Gobernador por haberlos 
traído á tal tierra, donde pensaban hacer pió por el resto de su vida, y ahora 
lo hicieron en este sitio por seis ó siete meses, hasta que al fin de ellos, car- 
gándoles los indios la ropa y matalotajes y haciéndoles los ranchos en el camino 
y acudiendo á todo lo domas que se les mandaba, fué caminando todo el ejér- 
cito hasta entrar en las Provincias que ellos llamaban de Senche y Vetue; diez 
leguas el río abajo de este primer rancho, llegaron á una buena vega del río, 
limpia y de muchas rozas, gran suma de palmas de chontaduros, que, por 
otra parte, la bañaba cierta quebrada de mucho pescado; toda la circunferencia 
de la tierra era una pasta de oro. Rancheóse el Gobernador en una gran casa que 
hallaron muy limpia, y los soldados en otras que se hicieron de nuevo. Saliendo 
ciertos soldados ya rancheados á chuchear por el monte, encontraron en cierto 
pantanillo con quince ó veinte indios recién muertos, que dando noticia al 
Gobernador y saliendo á verlos, preguntó á los indios amigos que quién había 
hecho aquello, y diciendo ellos que irían á saberlo, volvieron dentro de pocas 
horas con algunos indios, parientes de los muertos, quo dijeron haberlos muerto 
ciertos indios del Cacique Mayaba, y que él mismo les ayudó, porque decían 
los muertos era bien dar la paz á los españoles, y el Cacique con los suyos quo 
nó ; con quo vinieron á tomar las armas, en que prevaleció el Cacique, á quien 
mandó luego el Gobernador fuesen á buscar algunos soldados, con guias de 
los parientes de los muertos, que tray endóselos allí y hecha la causa, los mandó 
á castigar, y poner en libertad á las mujeres de los muertos que tenía presas 
el Cacioue. Con el cual hecho quedaron más confirmados los indios en nues- 
tra amistad, por ver que aquella gente que venía á sus manos, de nuevo guar- 
daría justicia, castigando culpados, que hasta conocer esto bien llegaría el uso 
de la razón en estos bárbaros, con que acudían cada d^ con más frecuencia á 
los nuestros con más oro, engolosinados de las cosillas que les vendían, de 
suerte que en cuatro meses ya había entre los españoles más de cuarenta mil 
pesos do buen oro. 



OAP. XXXV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 79 

CAPÍTULO XXXV 

1 .« No mueren españoles en las conquistas de los Yamecíes— 2.° Fúndase la ciudad de 
Zaragoza en estos indios, y los que la fundaron— 3." Repártese la tierra, y con qué 
modo — 4." Las grandes riquezas que se hallaron y hoy hay en sus tierras. 

DIJO el Eclesiástico en el capítulo XX, que la sabiduría y el tesoro 
escondidcs á nadie eran de provecho, y así parece que í)ios quiso des- 
cubrir el mucho oro que tenía criado en estas tierras, ahora 4^ /os españoles, para 
que no estuviese inútil, como lo había estado hasta allí, qiíe lo crió para que los 
hombres lo gozasen j le alabasen por ello, y aun porque esto fuese con más 
facilidad, sustentaba pocos indios en aquelloís países, y de ánimos blandos y 
pacíficos para con los nuestros, para que no sólo no les hiciesen resistencia, 
sino antes que les mostrasen las ricas venas que poseían, y aun parece no q? !S0 
Dios que con guerras muriesen españoles en las entradas y conquistas de estas 
tierras, como han muerto á la entrada y conquista de otras sanas, porque sabía 
bien los muchos que habían de morir, por ser éstas tan enfermas, de los que 
habían de entrar á la codicia y saca deloro, como ha sucedido, pues han muerto 
innumerables españoles llevados á aquellos sitios de la codicia de él, y era esto 
de suerte y tan ordinario que en desembarcando en el puerto del río un cha- 
petón, iban algunos de los del pueblo al Cura y le decían que cuánto quería 
por el vestido del que desembarcaba, por ser tan ordinario el morirse en en- 
trando, y darle al Cura el vestido por el entierro. 

2.° Al fin, sin detenernos más á moralizarla entrada aquí de estos espa- 
ñoles, digo que viendo el Gobernador la tierra pacífica y pn tan buen estado, 
y los deseos de sus soldados, que conformaban con los suyos, de que se poblase 
ciudad de españoles, habiendo precedido todas las ceremonias y actos que sua- 
len en las nuevas poblaciones, fundó una ciudad en nombre del Rey, que le 
llamó Zaragoza de las Palmas, por las muchas que había en aquel paraje, que 
era en el Valle de Vetue y sitio de Mayaba, en setenta y un grados de longi- 
tud del Meridiano de Toledo, seis y diez minutos de latitud al Norte, y ha- 
biéndole señalado solares ¡mra casas y huertas, nombró á los Capitanes Don 
Antonio Osorio de Paz y Pedro Jaramillo, seis Eegidores y Alguacil Mayor, 
siendo Escribano Antonio Mancipe, que yo conocí mucho, y está enterrado en 
este convento donde esto se escribe, y á los fines del año de mil y quinientos 
y ochenta y uno. Algunos de los soldados y Capitanes que entraron con el 
Gobernador Eodas á la fundación de esta ciudad y allanamiento de sus tierras, 
fueron el Padre Diego Vargas, clérigo; el Capitán Don Antonio Osorio de Paz, 
su Maese de Campo; Hernán Sánchez, Don Juan de Artieda, navarro, caballero 



80 FRAY PEDRO SIMÓN (5.* NOTICIA 

conocido y que conocí mucho por mi amigo, que dejó en esta ciudad de Santaf é, 
donde casó noblemente, larga generación; Hernán Centeno y su hermano 
Pedro Alvarez Centeno ; otro Hernán Sánchez, sobrino del Maese de Campo ; 
el Capitán Alonso de llodas de Carvajal; Lope Ortiz de Poves ; el Capitán 
Juan Fernández de Erazo, Martín de Ocampo, Bernardo de Loyola, Juan Arias 
Rubial!, Tomás de Nafarmendi, Pedro Martín, Luis Fernández de Sotomayor, 
Benito Machuca Sandoval, Francisco Sánchez Archidona, Pedro Alonso Ro- 
mero, Juan Ramírez Coy, Juan Mateo Corzo, Diego Vivas, Antonio Mancipe, 
Gonzalo Bolívar Á?;ce y Penagos, el Capitán Francisco de Arce, Pedro de 
Pineda, Sancho G-arcía Molano, el Capitán Francisco Alférez, Miguel de Triarte 
y otros. '^ 

3.° Habiendo tanteado los pocos indios que había en la tierra, que sólo 
erah hasta dos mil escasos, trató de repartirlos entre sus soldados, que siendo 
mudl os y los indios pocos, para que si acaso algunos, por no alcanzar repar- 
timientos, desampararan aquella buena tierra, le vino al Gobernador una buena 
traza como contentar á todos, y fué que señalando, según los méritos de cada 
uno, á treinta ó cuarenta indios efectivos con sus Caciques, llenaba la copia 
desde éstos de otros indios con nombres imaginados, hasta quinientos y seiscien- 
tos y aun mil, porque en su mano era echar de éstos los que quería, con que 
quedaban los soldados contentos, y enviando á llamar á aquellos efectivos, que 
eran los primeros en las copias, para que reconocieran á sus amos y encomen- 
deros, les preguntaban por los otros imaginados y que sólo estaban en el papel, 
á quien los indios respondían como gente bárbara cuane, que en su lengua 
quiere decir están muertos, porque como ellos no los habían conocido, atribuían 
su falta á la razón común de la muerte, con que pasó el engaño, si bien algunos 
lo debieron de entender, sirviéndose de solos aquellos que venían, en minas y 
sementeras, hasta que en pocos años vino á no quedar ninguno, ni rastro de 
ellos, porque toda la labor de minas de esta ciudad ha sido con negros esclavos, 
que luego fueron metiendo allí, por irse luego á los primeros pasos de su fun- 
dación descubriendo grandísimas grosedades de oro, mayores que las que aun 
en sus principios tuvo Veragua, pues llevados de esta fama y mayor codicia, 
muchos de los de Veragua trasladaron aquí sus cuadrillas de negros, con haber 
de una parte á otra más de doscientas legua?, como fueron los Capitanes Juan 
Manuel, Alonso Buiz, Diego Suárez Manuel, Juan Rubio, Fabián Ortiz, Luis 
Prieto, Alonso Pérez Ortiz, Francisco Gómez y otros, que no les salió en vano 
la mudanza, como lo certificaron los acrecentamientos d^^us caudales y los de 
todos cuantos han entrado en aquella ciudad, así en este primer sitio que ahora 
la dejamos fundada, como en el que al presente tiene, donde se mudó, que es en la 
misma margen del gran río Porse, que corre con acrecentadas aguas, por haber- 



CAP. XXXV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 81 

sele juntado más arriba las del Neclií, que juntas vacian por la parte del Este 
en el de Cauca, por donde le sube todo el sustento en barcos y canoas á esta 
ciudad, hasta llegar á Porse, porque entrándose la embarcación por él, descarga 
en los mismos cimientos de ella, á quien todo lo viene de acarreto. 

4.0 Las vacas y ganado de cerda le entran de las sabanas de Aburra, tér- 
minos de la ciudad de Antiochia (Uamámosla ahora ciudad, porque ya lo es), 
porque en todos los de esta de Zaragoza no se cría ganado ninguno mayor ni 
menor, por ser toda montañosa ; pero su mucho oro le sirve de piedra imán 
para estar abundantísimamente proveída de todo, que ha sido tanto lo que de 
ella se ha sacado, que aunque no he podido saber el número cierto desde que 
fundó el Gobierno la Caja Real, que fué el año de mil y quinientos y ochenta 
y dos, (?) primero de Enero de mil y seiscientos dos; desde ésta hasta fin de 
Abril de mil y seiscientos y veinte ha sido lo que ha entrado en la Caja Btal, 
de lo que se le debe al Rey al quinzavo y al veinteno (que es conforme á la ca- 
pitulación, y hoy les conserva este privilegio), medio por ciento de fundición y 
ensaye, escobilla, alcabala y las demás rentas y aprovechamientos reales, tres- 
cientos y setenta y tres mil y ochocientos y noventa y tres pesos, cuatro tomines 
y ocho granos de oro de veintidós quilates y medio. Pongo sólo esto por no 
haber podido alcanzar la cuenta más llena, para que por el dedo se eche de ver 
cuan grande es el gigante y la suma riqueza que se habrá sacado desde que se 
fundó la Caja Real hasta este tiempo que contamos, y se ha de advertir que 
como el oro tiene su valor y precio luego al punto que sale de la mina, sin que 
espere á fundición ni marca, según me han informado los que menos se alargan 
en esto, debe de ser una tercia parte la que no ha llegado á fundición, marca ni 
derecho, y porque digamos también algo de lo mucho que se ha sacado en el 
distrito de la ciudad de Cáceres, han entrado en la Caja Real, en quien también 
entra la de San Jerónimo del Monte, de las mismas rentas reales que hemos 
dicho de la de Zaragoza, desde el año de mil y quinientos y ochenta que se 
fundó, hasta el de mil y seiscientos y diez y ocho, también al quinzavo y al 
veinteno, ciento y veintiún mil y doscientos y ochenta pesos y seis granos de 
oro. Los ciento y dos mil y seiscientos y cincufinta y dos pesos, seis tomines y 
dos granos, de veintidós quilates y medio, y los demás de diferentes leyes. Son 
estas dos ciudades en lo espiritual del Arzobispado de esta de Santafé, no tiene 
convecino alguno, sólo iglesia parroquial, porque son de poca vecindad, aunque 
tienen doctrinas de negros de minas, y la de Cáceres de algunos indios que 
aun le han quedado. 



82 FRAY PEDRO SIMÓN (5/' NOTICIA 

CAPÍTULO XXXVI 

I. o Hállasele puerto á Zaragoza por el río de Cauca, por donde le entra el sustento— 
2.« Sale el Gobernador á reedificar á San Juan de Rodas. Edifícase San Jerónimo 
del Monte— 3." Los fundadores de esta ciudad, calidades de sus tierras, y sus entra- 
das — 4.° Júntase por el Real Consejo Antiochia y sus tierras con la Gobernación de 
Entre los dos Ríos. 

VIÉNDOSE el Gobernador Rodas poblado en tierra tan feliz de minas 
de oro (de plata no se han hallado hasta hoy), intentó luego buscar 
puerto por el río de Cauca, para poder comunicarse con los pueblos de Mompox 
y Tenerife, que están á las márgenes del Río Grande de la Magdalena, y aun con 
la ciudad y puerto de Cartagena, por camino más breve que por la de Antiochia, 
por donde hasta allí sólo se comunicaban, y así despachó al Capitán Jaramillo, 
entrado ya el año de mil y quinientos y ochenta y dos, con seis soldados y sus 
armas, en una barqueta esquifada que se hizo para el efecto, para que embar- 
cándose en Porse diese vista si so podía por él y el de Cauca bajar al de la 
Magdalena. Lo que hizo el Jaramillo con brevedad, y se halló en cuatro ó seis 
días en la ciudad de Tenerife, y dando noticia de la grosedad de la tierra y 
nueva ciudad de Zaragoza, hizo codiciosos los ánimos de muchos para subir á 
ella con cargazones de matalotajes y ropa de Castilla y aun con algunos negros , 
para comenzar desde luego á desvolver la tierra y sacar oro ; y así subió con 
algunos mercaderes y vecinos que llevaban de todo esto, hasta llegar á la misma 
ciudad de Zaragoza, donde fué bien recibido, por tener ya necesidad de todo en 
la ciudad, en especial de vestidos, pues el mucho oro con que se hallaban les 
solicitaba á que lo empleasen en cosas de que se veían tan necesitados, como 
eran vestidos y comidas. Esto, y el ir entrando cada día más mercaderes y 
mineros á la ciudad de Zaragoza, con que parecía ya iban teniendo buen asiento 
las cosas y vecinos de ella, aseguró al Gobernador Rodas para que dejando allí 
por su Teniente á su Maese de Campo Hernán Sánchez, tomase la vuelta de la 
Villa de Antiochia, donde tenía su casa y encomiendas de indios, como lo hizo, 
llevando consigo algunos enfermos para curarlos en ella, tierra más sana, á 
donde llegó con buen suceso, después de casi dos años que había salido de ella 
para estas conquistas de los Zameríes y población de Zaragoza. 

2.° No le parecía había hecho harto al Gobernador en lo que hasta allí, 
si no volvía á levantar los cimientos de aquella su primera fundación de San 
Juan de Rodas que él había criado y Valdivia destruido, y así trató luego, 
entrado el año de mil y quinientos y ochenta y tres, de hacer leva de algunos 
buenos soldados para el efecto, y habiendo llegado á número de sesenta, les 



CAP. XXVl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 83 

despachó con el caudillo y Capitán Juan de Ivodas Carvajal, su deudo, hombre 
cabal y de satisfacción para aquella y otras mayores cosas; que llegando á la 
Provincia de Natave y sitio antiguo de San Juan de Rodas, la reedificó con el 
mismo modo que antes había estado, este mismo año, aunque duró poco más de 
él, pues refrescando los naturales de aquella provincia las acedías que siempre 
tuvieron con los nuestros, y la inmortal guerra que siempre les dieron, como 
hemos visto, inquietaron ahora tanto la nueva población, que obligó á los veci- 
nos á que el año siguiente de mil quinientos y ochenta y cuatro se pasasen de allí 
á poblar á otra parte más cerca del río de Cauca, como lo hicieron y poblaron 
una villa que llamaron San Jerónimo del Monte ó de las montañas, dentro de 
los términos y jurisdicción de Antiochia, dos días de camino de este gran río 
á la parte del Oeste, tierra de valientes minerales de oro, que gozaban sus 
indios; los cuales quedaron cuando se hizo esta población muy quietos, que les 
ha durado hasta hoy á los pocos que han quedado. Está el pueblo fundado en 
una pequeña sabaneta, tierra llana; hánse sacado-de sus minas muchas y gran- 
des puntas de oro suelto. Hay noticia de muchas y grandes sepulturas de indios 
ricos. Abrióle puerto el Gobernador para que entrasen por el río de San Jorge, 
que vacia en el de Cauca por el Poniente, todas las mercaderías necesarias á la 
corta población que hoy tiene, que no le es de poca importancia la comunica- 
ción que tiene en la ciudad de Cáceres, cuatro días de camino, el río Cauca 
enmedio. 

d.^ Los soldados y vecinos que ayudaron al Gobernador Gaspar de Rodas 
á allanar esta tierra y fundar la Villa de San Jerónimo, fueron el General Juan 
de Rodas Carvajal, el Capitán Juan Alonso de Santana, Bartolomé Díaz, Fran- 
cisco Sánchez, el Capitán Martín de Ocampo, Juan Gallegos, Juan Mateo Cor- 
zo, Pedro Pablo Sarmiento, Juan Pérez Víctores, el Capitán Diego de Avila, 
Alonso de Rodas Carvajal, hijo del Gobernador, el Capitán Juan Ramírez y 
otros. Tiene grandes pedazos de sabana y tierra limpia, no lejos de las monta- 
ñas, para poder criar ganados mayores, porque el menor, si no son puercos, no 
se da, por ser tierras calientes. Vénse desde la cumbre de sus montes, á lo largo 
y á una vista, las sabanas de Tacozoluma, las de Tola, Yapel y los llanos de 
Guazuze hasta el principio de la serranía al Poniente. Goza de buenas aguas, 
todas de oro, de frutas de la tierra, como guamas, curas ó aguacates, plátanos 
buenos, guayabas, de las de Castilla pocas, aunque so dan algunas legumbres y 
raíces, yucas, batatas, apios y mucho maíz, y aun se diera trigo en los altos, si 
diera lugar á ello la espesura de la montaña, en que hay muchas suertes de 
monos. Hay otros animales fieros ; aves se ven muy pocas ó ningunas, porque 
debe de serles el país nocivo, como hemos visto en otras partes (S. Gines de La- 
jara); tres leguas al Oeste de Cartagena de Levante he visto yo (es convento de 

II 



84 FRAY PEDRO SIMÓN (5 * NOTICIA 

nuestra Orden) que las aves todas que entran en su huerta y se sientan en los 
cipreses ó naranjos (de que abunda), luego á un credo se caen muertas. Críanse 
en estas tierras de San Jerónimo varias y venenosas culebras; no sé si hay algu- 
nas con orejas, como me certifican las hay en cierto quiñón del pueblo de Ma- 
cheta, junto á lo que llaman el Boquerón en este Reino. 

á.° Y porque se halle aquí consecutivo (aunque algo anticipado), digo que 
habiéndose procurado por el Gobarnador Gaspar de Rodas, desde que le die- 
ron título de esto, que se juntase á su Gobernación de Entre los dos Ríos la 
ciudad de Santafé de Antiochia, que era de la Popayán, como hemos visto, se 
admitió en el Real Consejo de Indias su petición, por las congruencias y supe- 
liores razones que hubo para ello : y así se despachó provisión el año de mil 
y quinientos y ochenta y seis, en que se le adjudicaba al Gobierno de Entre los 
dos Ríos la ciudad de Santafé de Antiochia, desmembrándola del de Popayán, 
donde á la sazón era Gobernador Juan de Tuesta Salazar, y hoy permanece de 
esa suerte el Gobierno, inclusa aquella ciudad en el de Zaragoza, Cáceres, San 
Jerónimo del Monte, que con ella son cuatro las ciudades que hoy incluye en 
sí el Gobierno. 



FIN DE LA QUINTA NOTICIA. 



SEXTA NOTICIA HISTORIAL 

DE 

LAS CONQUISTAS 

DE TIERRA FIRME 



CAPITULO I 

l."' Dase principio á escribir la historia del Corsario Francisco Drake como le sucedió 
en estas Indias— 2.*' Dase razón por qué la escriben— 3.' Pénense á propósito unas 
palabras del libro de los M.icabeos— 4.° Era de nación inglés. Arma navios en su 
tierra con bríos de robar las costas de las Indias, donde llegó con otro francés. 



E' 



,N este año de mil y quinientos y ochenta y cinco era Gobernador, 
por el Rey, de la ciudad de Cartagena Pedro Fernández de Busto, 
más afecto á todos sus vecinos y los de la comarca que venturoso, pues aunque 
procuraba con benevolencia acudir al Gobierno y reparos de la ciudad para de- 
fensa de los peligros que le podían sobrevenir, por juicios secretos de la causa 
superior sucedió en su tiempo, el año siguiente, el venir sobre ella y tomarla el 
inglés Francisco Drake, cuyo discurEo desde los principios que comenzó á vi- 
sitar aquellas costas robándolas y el fin que tuvo en ellas, no pudiendo excusar 
nuestra Historia el escribirlo, habrá de hacerlo por entero, cosa que no pienso 
hasta hoy lo haya hecho escriptor ninguno, aunque han tratado de ello á pedazos 
algunos, como fué el Arzobispo de Santo Domingo, Avila, que escribió (aun- 
que en suma) la toma de esta ciudad y la de Cartagena por este pirata, no sé á 
qué propósito, pues su historia era de las cosas de México, donde este inglés no 
llegó ni aun á ver sus costas, ya que el Fénix de España y aun del mundo en 
poesía, Lope de Vega, hizo su Dracontea de la última venida y fin que tuvo este 
hereje protestante en estas mismas costas del Norte, y así, supuesto que tengo 
de escribir todo su discurso, me será forzoso, para coger la hebra, dar algunos 



86 FEAT PEDRO SIMÓN (G.^ NOTICIA 

p^sos atrás de este año que vamos escribiendo, y otros adelante, para concluir 
coa ella, ptjr ser imposible, como hemos dicho en otras partes, proceder la Histo- 
ria de otra suerte paríi ir con buen orden, y dar algunas cosas consecutivas por 
entero, que pasaron en diversos tiempos. Lo que nos enseñan todos los escrip- 
tores y lo que más es, los libros historiales de las Divinas Letras y los doctores 
que los exponen, en especial los que trataron de la concordia de los Sagrados 
Evangelistas, por ser menos inconveniente esto que el disgusto que causa tratar 
á pedazos y con interpolaciones las historias graves y que deben contarse seguí-, 
das. Pero quiero advertir primero al lector lo que advirtió Don Francisco de 
Borja, Comendador Mayor de Montesa, en el prólogo que hizo á aquella Dra- 
contea de Lope de Vega, respondiendo á la cita : objeción que alguno puede 
dar diciendo que ¿ por qué han do escribir españoles los felices sucesos y casos 
adversos que tuvieron en el discurso y encuentros que tuvo este protestante 
inglés Francisco Drake con nuestros españoles en estas costas de las Indias ? 

2.^ Y sea, cuanto lo primero, que el descuido de unos suele hacer valientes 
á sus enemigos, por ser tan opuestos el descuido al cuidado, como sucedió á los 
nuestros con este inglés, que estando seguros y aun descuidados en muchas do 
las partes que él tocó, y confiados que no había de llegar enemigo á sus costas, 
pudo hacer este inglés algunos asaltos y robos, y en navios desarmados y sin re- 
sistencia, porque donde se hicieron, siempre salió con las manos en la cabeza, y 
quedaron los campos regados con sangre enemiga de nuestra fe, de suerte que 
no sacó un real de estas Indias que no fuese á precio de esta mala sangre y 
cuerpos muertos, que quedaban, como merecían, hechos cebo de leones, tigres, 
perros y aves carniceras. Lo segundo, que si consideramos á lo baptissado estos 
sucesos, podemos decir fueron como cuando el padre castiga con un palo las 
travesuras de su hijo, y después echa en el fuego el palo, que siendo el palo el 
Francisco Drake, con que Dios quiso justísimamente castigar los excesos de 
sus cristianos que vivían con descuidos, despachó este palo al infierno, quedan- 
do ellos mejorados en la enmienda, aunque llorando la pequeña falta de lo que 
el enemigo les robó en ocasiones, que fué como quitarles Dios á ellos el oro y 
la plata y echarla en el muladar del inglés, para que fiasen sus católicos más en 
él que en las riquezas, siendo más seguro que el de ellas el camino de la pobre- 
za y mediana pasadía. Todo este discurso y el consuelo cristiano que de él pue- 
de áalir, lo hallaremos harto mejor dicho que nosotros lo podemos moralizar, en 
el Capítulo sexto del segundo libro de los Macabeos, donde después de haber 
tratado las grandes guerras que los infieles gentiles habían tenido con el pueblo 
de Dios, ya ganando, ya perdiendo haciendas y ciudades, mil altos y bajos que 
había tenido de una y otra parte, y últimamente eT martirio de los Macabeos, 
dice así : 



CAP. l) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 87 

?).^ "Ruego muolio á los que leyeren este libro, que no se admiren ni espan- 
ten de los infelices sucesos que en él se cuentan, antes piensen que sucedieron 
no para la destrucción de nuestro pueblo, sino para su corrección, pues es cierto 
que el no consentir Dios que el pecador esté miiclio tiempo en su culpa y el no 
dejarle obrar según su parecer, sin castigarlo luego, muestras son de gran be- 
neficio y merced suya ; porque no le sucede á Dios con nosotros lo que con las 
otras naciones, á quien sufre con paciencia rara castigar la plenitud de sus pe- 
cados el día del Juicio ; niños los guarda para castigaj'los hasta lo último, por 
lo cual nunca aparta do nosotros su misericordia, y castigándonos con cosas 
adversas (esto es, con la mano de nuestros enemigos), no por eso nos deja 
desamparados de su divina mano." Esto es lo que dice aquel Sacrosanto Capítu- 
lo, que por no tener necesidad de mayor explicación, pues sus palabras están 
bien claras y como nacidas á nuestro intento, pasaremos adelante con el que 
tenemos de la historia de Francisco Drake. 

4.0 El cual era inglés de nación, natural de la ciudad de Londres, menos 
que mediano do cuerpo, pero de bien compuestos miembro?, hermoso, de rostro 
bermejo, de condición jovial, discreto; agudo en toda suerte de negocios, en 
especial del militar. En su pequeña edad estuvo en España por paje de la 
Duquesa de Feria, que era de su nación, de donde salió bien aljamiado en 
nuestra castellana. Dicen que era sobrino de Juan Acle ó Achit, de quien 
dejamos tratado intentó apoderarse de Cartagena en tiempo del Gobernador 
Martín de las Alas. Con las de su pensamiento» andaba siempre, aun desde 
mancebo, volando, dando tientos á cosas mayores y de mayor marca que las 
que en sus países le había entregado la fortuna, y así buscándola mayor en las 
ajenas, viniendo á acaudalar un solo navio con una ó dos lanchas, ora fuese 
suyo, ora de compañeros que le ayudaron á armar, y con bastante compañía de 
diestros soldados y pilotos, le puso su codicia la frente y proas á estas Indias 
Occidentales, con que surcando las saladas aguas, dejó los puertos de su isla, 
y á no muchos días de navegación se encontró entre las anchas olas con un 
navio francés do los mismos intentos que los suyos, que antes de declararse el 
uno al otro, se cañonearon los costados, que con algún daño de ambas partes, 
vino á parar la refriega en hacerse ambos una; declarándose ser unos los 
pasos que ambos daban y de unas intenciones, y habiéndose concertado de 
correr igual fortuna en pérdida ó ganancia, dieron de conformidad velas al 
viento, que los trajo sin zozobra hasta dar vista á la costa de la ciudad de 
Nombre de Dios, y anclarse cerca de la boca del río Chagres, bien caudaloso, 
diez y ocho leguas al Poniente de Nombre de Dios, por donde suben á Panamá 
de ordinario los barcos con mercaderías para allí y el Pirú. 



88 FRAY PEDRO SIM(5n (6.* NOTICIA 

CAPÍTULO II 

1.» Llegando los piratas al río de Chagres, habiendo hecho presos, dan la vuelta de 
Nombre de Dios— 2." Entre tanto sus navios pillan una fragata, y lo más que su- 
cedió allí llegando con mucha plata robada — 3.° Vuélvese al dueño el casco de la 
fragata, Partida la plata, huyese el francés— é.» Toma el Drake la vuelta de Car- 
tagena, codicioso de mayor pillaje, que lo hizo de una fragata del trato. 



F' 



lüÉ su primera facción, llegados aquí, saltando la gente bien armada 
en dos ligeras lanchas, subir el río arriba, y dejándolas de secreto 
varadas en tierra, subir hasta la venta que llaman do Las Cruces, camino de 
Panamá, donde robaron buena cantidad do barras de plata; con la cual vol- 
viendo á las lanchas, las tomaron, y con los dos navios la vuelta de la costa de 
Nombre de Dios, hasta llegar á cierta caleta entre las islas que están al Oriente 
del puerto, que es á la parto de Cartagena, donde dejándolos ocultos, saltaron en 
tierra y hicieron amistad con ciertos negros cimarrones que andaban fugitivos 
de Panamá y Nombre de Dios, haciendo mil estragos en cuanto les venía á las 
manos. Rescataban con éstos los ingleses y se informaban de todas las cosas 
do Nombre de Dios y Panamá, para donde los guiaron por caminos y trochas 
excusadas, hasta poner los negros á los ingleses en parte donde pudieron 
saltear las recuas que pasaban cargadas de Panamá á Nombre (Je Dios con 
la plata, que era i nnumerable^ cantidad que había bajado del Pirú para la em- 
barcación que se había de hacer en los galeones para España. 

2.** Mientras los dos Corsarios y su gente se ocupaban en estos latroci- 
nios, á cinco hombres solos, ó marineros ó soldados, qne habían dejado en guarda 
de los dos navios gruesos, les sucedió otro lance bien considerable, pues fué 
rendir una fragata del trato que un Juan Nieto (de quien hemos tratado algo en 
la Historia) enviaba á Nombre de Dios desde la ciudad de Cartagena, bien 
cargada de mercancías, para que á la vuelta le trajesen un hermano suyo en- 
fermo que estaba allí. Llevaba solos ocho hombres, á quien el Nieto dio orden 
gobernasen á sotavento, apartados de estas islas (que las tienen infamadas con 
nombres de cuevas de ladrones), por la fama que había de Corsarios, quo fué 
causa que el Nieto no fuese en su fragata este viaje, en el cual obligados los 
marineros, por la falta que tuvieron do agua en razón de retardarles calmas el 
viaje, á llegar á cogerla por aqual paraje, se metieron entre las islas, llegando 
á puesto donde les dieron vista los cinco ingleses qu^gestaban guardando las 
dos naves de los piratas. Los cuales cinco quo despuntó la nave, montando 
cierta punta á vista de ellos, se arrojaron en una pequeña lancha que tenían, 
en demanda de la fragata, á probar ventura contra ella; á los cuales no ha- 



CAP. Il) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 89 

bien<io visto los de la fragata, se anclaron para hacer el aguaje en cuya de- 
manda iban, y apenas habían saltado en tierra los ocho á la faena, cuando 
llegaron sobre ellos los cinco ingleses, con tan buena suerte, que les fué fácil 
rendir á los ocho, por hallarlos desarmados y desapercibidos, y así amarrados, 
metiéndolos en la lancha, los llevaban ú sus dos navios, dejando la fragata surta 
y segura, pues no quedaba gente que la moviese del puesto. 

Cerca del que tenían las naves inglesas vieron los presos á dos hombres á 
la lengua del agua, amarrados al tronco de un árbol, muertos á estocadas y con 
otras heridas, y eran dos españoles que habían cogido en aquellas costas, y 
dejándolos en los navios con los cinco ingleses, habían querido alzarse con ellos, 
pretendiendo matar á los ingleses, que por ser más, prevalecieron, y sacándolos 
á tierra, les dieron la muerte á su gusto, amarrándolos primero á aquel tronco; 
de lo cual escarmentados y medrosos los cinco ingleses de otro caso como 
aquél, metían cada noche á los ocho debajo de escotilla, con vigilante cuidado 
de vela toda la noche, sacándolos de día, sin hacerles mal tratamiento, antes 
entreteniéndose con ellos, en especial con uno llamado Hurtado, gran bebedor, 
con quien andaba largo el brindis. Este acrecentamiento de pillaje halló Fran- 
cisco Drake y su compañero el francés cuando llegaron á sus navios; lastradas 
las lanchas de barras de plata y oro, á que no fué mala ayuda de costa y para 
tomar la vuelta de su tierra, la mucha comida que llevaba la fragata, por la 
cual intercedió (digámoslo así) el arráez de ella, uno de los ocho llamado 
Lamparero, hombre de buena determinación y gusto, pues llegando al Fran- 
cisco Drake, le dijo: "Esta fragata es de un soldado, hombre cabal y de 
mucha suerte por mar y tierra, que por ventura algún día visteis en España, 
llamado Juan Nieto, á quien os pido de merced se la volváis, pues lo mismo 
quisiérades sucediera por vos si la fortuna os volviera el rostro, y este hidalgo» 
cuya era, no tiene otra cosa con qué pasar su vida, por la vuestra uséis con él 
de esta cortesía." 

3.° Fueron tan á buen tiempo y con tan gracioso donaire dichas estas 
palabras, que respondió el Francisco Drake: "Propósito tenía de abrasarla, 
pero acudiendo á sus ruegos, avísale que aquí la hallará en esta caleta "; 
donde le metieron luego sólo el casco raso, por haberlo ya descargado y qui- 
tado todas las jarcias y velambre, por quien también rogaba el Lamparero, 
aunque no respondiéndole á esto, por no molestar ni perder lo uno y lo otro, 
tuvo por bien no porfiar en ello. 

Trataron luego los dos Corsarios, sin esperar á la mañana, de hacer partija 
del oro y plata robada, como se hizo dividiéndole todo con una romana por 
¡guales partes, que se acabó de hacer á la mitad de la noche, con que cada 
cual entrándose desde tierra, donde ésta se hacía, en su lancha, se fué á bordo 



90 FRAY PEDRO SIMÓN (6.» NOTICIA 

de su Davío; viéndose el francés en el suyo y con más riqueza que satisfac- 
ción de seguro de su compañero Francisco Drake, trató de darle cantonada y 
apartarse de él antes que le descubrieran las luces; como lo puso por obra luego, 
picando cables y á velas muertas, por hacer la fuga más en secreto, como le 
sucedió, pues habiendo guindado velas, ya que estaba algo apartado del com- 
pañero y que la obscuridad de la noche impedía el poderlas ver, se halló á las 
primeras luces más de veinte leguas á lo largo, que no fué de poca admiración 
á los ingleses cuando amaneció y se hallaron sin el compañero al lado, y que 
les había hurtado la vuelta, y así el inglés trató luego (habiendo dado un batel 
al Lamparero para que con sus compañeros se quedase en tierra), para acre- 
centar sus caudales (es una barra de plata piedra imán de otra), de tomar la 
vuelta de Cartagena, donde á la sazón gobernaba Francisco Bahamón de Lugo. 
4.0 Antes que este Corsario diera vista á la ciudad, ya Lamparero y 
sus compañeros habían dado la noticia de la próxima invasión del pirata, 
que habiéndose extendido con brevedad por toda la costa, llegó también 
á tenerla cierta fragata del trato, que viniendo cargada de las islas, llegó á la 
punta que llaman el Buhío del gato, seis leguas de la ciudad de Cartagena 
al Levante, donde se la dieron; venía en ella, entre los demás pasajeros, el 
Capitán Juan de Chaves con seis ú ocho negros esclavos suyos (éste es de 
quien ya tratamos en nuestra segunda parte, que había entrado en este Nuevo 
Reino con el Adelantado Don Alonso Luis de Lugo, y casándose en esta ciudad 
de Santafé, dejó larga y noble generación). El cual, sabida la nueva del pirata 
en aquel puesto, saltó en tierra; y dejándole dicho al piloto no surgiese de 
allí hasta que él se lo enviase á decir, tomó la vuelta de la ciudad, la playa 
adelante, por donde a distancia de dos ó tres leguas encontró una atalaya, que 
á mayores pasos venía á avisar á la fragata no pasase de aquella punta, antes 
le sacasen la carga y gente, escondiéndolo todo en el arcabuco, por tener el 
Corsario á la vista de la ciudad. Esta nueva quiso volver á dar el Juan de 
Chaves, que por ser ya larga la distancia y habérsele cansado el rocín, no 
pudo llegar hasta otro día, cuando ya halló haber surgido del puerto la vuelta 
de la ciudad, de donde viéndola en jolito y con calmas, le despacharon una 
barqueta, con aviso de que se arrime á la costa y desembarque gente y ropa, 
como se hizo con la gente, aunque no con la carga, y estaba ya surta y des- 
embarazada de gente, cuando dándole vista el inglés, voló á ella con dos 
lanchas ligeras como unas aves, donde prendieron al dueño de ella, que se 
había quedado amparándola, y á un criado del Juan ^haves, natural francés, 
aunque bien aljamiado en nuestra lengua, y á sus seis esclavos, que llevaron 
presos al navio, no sin esperanzas quo llevaba el dueño de la fragata de que le 
darían á lo menos el casco de ella, pues no era poco caudaloso el pillaje que de 
elln. sacaban. 



OAP. in) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 91 

CAPÍTULO III 

1.^ Dando los negros Drake á su dueño, pegó fuego á la fragata. Determina el Gober- 
nador salgan á buscarlo— 2. • Salen á eso dos navios y lo que sucedió con el uno — 
3.° Huye el protestante de los dos y escápase sin daño— -é.» Toma la vuelta de Lon- 
dres, donde llegó en salvamento. 

PUESTOS los presos en el navio inglés y presencia del Francisco 
Drake, le habló en su lengua el francés, criado del Chaves, dioién- 
dole se sirviese dar aquellos negros esclavos á su amo, pues á él le servirían de 
poco, y a su amo le eran de importancia, pues por tener necesidad de ellos, ha- 
bía poco los había comprado. A que el Corsario respondió, tomando ocasión de 
la necesidad que le representaban se tenía de ellos, que fuesen los dos presos á 
tierra y concertasen el rescate de los esclavos con el Juan de Chaves ; que res- 
pondió, habiéndoselo tratado, serle aquello prohibido por todo derecho, y que si 
con el besamanos se los quería volver, recibiría muy grande cortesía. La cual 
tuvo el inglés remitiéndoselos, lo que no hizo con la fragata, á los ruegos de su 
dueño, pues habiéndola descargado y desjarcido, le pegó fuego. A cinco días 
que pasó esto, llegó el Gobernador á la ciudad, de donde estaba ausente, y 
tratando luego de que saliesen contra el Corsario con un navio de los que esta- 
ban en el puerto, encargó la salida al misino Juan de Chaves, que tomándola 
con mucho gusto á su cargo, por hacer aquel servicio á Dios y al Rey, se dis- 
pusieron luego los pertrechos de guerra y gente que se había de embarcar. 
Entre los cuales iban Pedro Suárez de Guzmán, hijodalgo, conocido hermano de 
Juan Gutiérrez Tello, Tesorero que á la sazón era de la contratación en Sevilla, 
y un Fernán Centeno, caballero de Ciudad Rodrigo, y Francisco González de 
Castro, de quien tanto hemos tratado en lo de Santa Marta, que fué, como diji- 
mos, Teniente del Gobernador Don Luis de Rojas. El cual Castro también 
pretendió esta salida con otro navio y buena gente de mar y tierra que á su de- 
voción se ofrecían á la salida. 

2.° Acerca de la cual hubo varios pareceres, si sería más importante salir 
uno solo, por no dar ocasión al enemigo que se huyera, ó los dos navios, por 
llevar máq fuerza. Resolvióse la diferencia en efectuar esto segundo, no sé cuál 
de los dos por cabo ; pero salieron de noche del puerto por no ser vistos, aun- 
que por ver por dónde habían de ir, en saliendo se pusieron de mar en través 
hasta que amaneciera ; si bien el Juan de Chaves, con intentos de ser él el 
primero que abarloase con el contrario, determinó, en saliendo el lucero de la 
mañana, hacer volver la proa de su navio, como fingiendo huida hacia la boca del 

puerto, para que viéndolo huir el pirata, á quien tenían á la vista, a la parte 

12 



92 FRAY PEDRO Sm(5N (6.* NOTICIA 

del Poniente, codicioso del pillaje, acometiese á él, como sucedió ; pues al 
punto que dio vista al navio del Chaves, salió en su alcance el Francisco Drake 
con la mayor de las dos lanchas, bien esquifada y ligera, con la más de su gen- 
te, porque parte de ella quedaba con la otra guardando otro navio surto, que 
habían pillado en aquellos parajes. Dispúsose la gente del navio de Chaves de 
suerte que sólo él se parecía en pié arrimado al árbol mayor ; encubiertas las 
armas con un capotillo de baldres, no descubriéndose ninguno de los demás, 
por estar en el combés tendidos y avisados que cuando se les fuese apegando la 
lancha, tomasen las trizas y amainasen de romanía. Llegando con brevedad la 
lancha, antes de embestir al navio se reparó y mandó el Francisco Drake le 
dijesen amainase : á quien el Chaves hacía señas y sin hablar se fuese allegan- 
do, de que el inglés alterado, hizo disparar un cañón grueso, que sólo le ofendió 
rompiéndole la vela al navio. 

3.° El Francisco de Castro, sentido de que el Chaves se hubiese hecho á 
lo largo de él, tanto que lo había perdido de vista, sospechando el rumbo y aun 
la estratagema que había tenido, fué navegando por aquel paraje, por donde á 
poco rato dio vista á los dos bajeles que ya se disponían para la refriega, y dis- 
poniéndose también él y su gente, enarboló su bandera y dispararon algunos 
fuera de tiempo sus mosquetes, que fué bastante seña para que el Francisco 
Drake conociera ser armada que venía á darle caza, y así haciéndoles la guerra 
galana, como dicen, volvió la proa de su lancha, y con la misma y mayor lige- 
reza que había venido, llegó donde había dejado la otra en resguarde del navio 
surto, al cual pegando fuego, pasó con sus dos lanchas adelante, y se despare- 
ció de los dos navios nuestros, dejándolos burlados y manivacíos ; que luego 
tomaron la vuelta de la bahía para dar cuenta al Gobernador de lo que había 
pasado, que los había estado mirando desde la ciudad con los demás vecinos de 
ella, hombres y mujeres. Ordenó que saliesen los mismos otro día con otro barco 
más, con treinta negros remeros, para dar alcance, si con el velamen no se pu- 
diese, por menguar el viento. Tomó por su cuenta el barco Juan de Chaves, 
armado de buenos tiros y gente de boga, yendo por Capitán de la fragata Pe- 
dro Suárez ; con que salieron en demanda del enemigo, pero no bogando los 
negros con la fuerza y bríos que quisiera el Chaves, y por esto serles de más 
broma y tardanza que de comodidad, los hubieron de dejar en la ribera y pasar 
adelante con ligereza, por refrescarles el viento, con que encontraron luego con el 
Drake, que para poner miedo á los nuestros, disparó una pieza gruesa de una lan- 
cha, aunque sin efecto, como no lo fué otra más gruesa que disparó el Chaves, 
pues hizo quedar sin vida á tres ó cuatro de la lancha, con qile el Francisco Drake 
no se atrevió á apegarse más á los nuestros, antes se fué retirando, porque no 
venía á ganar honra sino hacienda, sin poner á riesgo sus soldados. Donde se 



CAP. II l) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 93 

verifica lo que dijimos, que siempre volvió las espaldas á los que le hicieron 
rostro, como ahora, que volviendo las popas de sus lanchas, navegó hasta per- 
derse de vista. A quien no siguieron mas los nuestros, viendo sor inútil aque- 
lla guerra, si bien pretendieron otro día por la mañana volver á darle caza, 
como lo hicieran i'i no levantarse á las primeras horas del sol una tan hinchada 
tormenta, que excedió á cuantas hasta allí habían visto los de la ciudad, con- 
que les obligó á volver á su puesto. 

4.^ También so dice de este Corsario que en esta ocasión tuvo por bizarría, 
mentido su nombre y poniéndose el de Don Diego, entrar en Panamá, á donde 
estuvo cuarenta días tanteando en público, al fin como espía, las cosas de aquel 
puerto y ciudad, donde en cierta ocasión fué también testigo de una escriptura, 
y habiendo tenido lugar en este tiempo de tomar entero conocimiento de todo, 
lo que pretendía, pidió licencia como un español para partirse de la ciudad, 
como lo hizo volviéndose á sus lanchas, y tuvo lugar en esta ocasión para todo, 
y al fin, pasado la que acabamos de decir con Juan de Chaves, tomó de hilo la 
vuelta de su patria, Londres, á donde llegó con prosperísimo pillaje y viaje, donde 
fué recibido con el aplauso que de ordinario alegran las riquezas, pues hasta la 
Reina hizo de esto excesivas demostraciones, con cortesías mayores que per- 
mitía sus Real persona ; pero al fin eran de mujer, y que algo de aquello se 
originaba de codicia y deseos de meter las manos hasta los codos en tan grueso 
pillaje como llevaba el protestante ; como se echó de ver, pues picada de aque- 
lla gruesa ganancia, trató luego que se hiciese otro viaje con las fustas, gente y 
aparato que veremos, á costa de lo robado en nuestras costas. 



94 FRAY PEDRO SIMÓN (6.* NOTICIA 

CAPÍTULO IV 

1.0 Sale el pirata Drake otra vez de Londres, y pasado el estrecho de Magallanes, llega á 
las coatas de Lima — 2." A donde se da aviso y se previenen, con que no hace daño 
considerable— 3.® Prevenciones del Callao y Lima contra el Corsario, que tomó el 
rumbo de la costa abajo— 4.o Donde coge un navio nuestro que iba á Panamá, y en 
él gran pillaje. 

iICADO de la codicia y por la sobramano que le había quedado á 
Francisco Drake de los gruesos pillajes de esta primera jor- 
nada, se dispuso luego la segunda, y no sé si con la intervención de la Reina 
Isabel y de otros que la ayudaron á armar, ó por ventura por sí solo, 
pues su caudal sufría tan levantado gasto, aparejó cuatro navios gruesos de 
grandes y reforzados tiros, y de gente de la más diestra que se fué allegando, 
llevados de las mismas alas de la codicia ; tomó la vuelta de estas nuestras cos- 
tas el año de mil y quinientos y setenta y nueve, no poniendo las proas á las 
del mar del Norte, por haberlas dejado avispadas y alerta, sino á las del Sur, 
arrojándose á aquel anchísimo piélago hasta pasar por el estrecho de Magalla- 
nes, donde, y en otros parajes, con arriscadas y frecuentes tempestades, se le 
fueron á pique con toda la gente los tres navios, quedando solo el Francisco 
Drake con el suyo y algunas lanchas, con que dobló á la costa del Mar del 
Sur y tierra de Chile, donde, con admiración de toda ella, por ser, después de 
Magallanes, el primero que la había costeado desde Europa, surgió en el puer- 
to de Coquimbo, lugar poco distante del estrecho. Tuvieron lugar sus morado- 
res de retirarse la tierra adentro, sin dejar en el pueblo cosa de consideración 
en que pudiese emplear las garras de su codicia, y así sin detenerse aquí, tomó 
la vuelta del puerto de Arica, que lo es del gran cerro y provincia de Potosí» 
donde Pedro de Valencia, extremeño, natural deTrujillo, que á la sazón gober- 
naba aquel pueblo, aunque con poca gente, le hizo con tanta valentía frente al 
pirata, que le obligó á poner la suya la vuelta de la ciudad de Lima. 

2.0 Para donde despachó por las vuelas el Pedro de Valencia al Virrey 
Don Francisco de Toledo, aviso del ladrón que infestaba los cristianos puertos, 
ordenando al mensajero que en todos cuantos pasara dejara el mismo aviso, ccmo 
lo iba haciendo hasta llegar á Pachacama, donde á la sazón gobernaba un Co- 
rregidor llamado Pisa, que entendiendo ser sólo alboroto del mensajero, por 
estar tan descuidados en aquellas costas de que algún enemigo llegase á inquie- 
tarlas, le prendió, y aun estuvo determinado á estirarle 'el cuello, con sospecha 
no fuese aquello algún principio de alzamiento ; aunque convencido con las ra- 
zones dol mensajero, le hizo quitar las prisiones y aviar para que pasase adelan- 



CAP. IIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 95 

te con el aviso sin tardanza ; pero la que hizo allí fué de grandísimo inconve- 
niente, pues con ella les faltó tiempo para poner en cobro los navios del Callao, 
con que hallándolos descuidados y surtos, el Corsario cortó de secreto con una 
lancha las amarras de algunos, de donde recogió buena cantidad de barras de 
plata. Quiso acometer á uno que era recién llegado al puerto, desde Panamá, 
pero la vigilancia con que estaba hizo á la lancha del inglés que se retirara, 
mal de su grado, á lo largo, hasta donde estaba su navio surto, que lo hizo con 
la mayor prisa que pudo, como la traían los del Callao luego que echaron de 
ver ser aquel navio de mal hacer, de que nunca hasta^allí se habían temido, vo- 
lando los de los bateles al pueblo y los del pueblo á poner en cobro lo mejor y 
lo de menos bulto do sus haciendas y menaje de casas, y en especial se hizo 
esto en la Aduana, de donde se fué sacando luego copiosísimo número de pla- 
ta, tratando de asegurarla con caballos y carretas en la ciudad de Lima, que 
está de allí dos leguas la tierra adentro. 

3.° Andaban todos tan sin color de rostro y turbados, que sin atender á 
su defensa por el terrible sobresalto que los alteraba, sólo trataban de retirarse, 
como lo hacían en tropas á la misma ciudad de Lima para amparar sus per- 
sonas, hasta que cierta mujer, dando riendas á su coraje y voz airada, lea 
decía: *' { Dónde vais, gente cobarde y para poco ! indignos de llamaros hom- 
bres, cuánto más españoles ! pues volvéis las espaldas sin saber de quién, de- 
jando desamparadas y al riesgo que les puede suceder á vuestras mujeres y 
hijos." A que respondieron ciertos mancebos satisfaciendo á sus voces: " No 
nos parece ser conveniente que esperemos tan sin armas para nuestra defensa 
y ofensa del enemigo, pues aun no tenemos mechas, para que siquiera nos 
vea con ellas el enemigo defenderle la playa." Lo cual oído por la dueña, qui- 
tándose la toca de la cabeza, torció de ella mechas y se las repartió, con que 
encendiéndolas, velaron la costa por sus cuartos toda la noche, porque cuando 
esto pasaba, se iban ya cubriendo hs luces, hasta que volvieron las del día 
siguiente, que vieron el navio del Corsario surto y sosegado, bin tratar de 
levar anclas hasta las diez del día. Entretanto, habiendo llegado la nueva á la 
ciudad de Lima, era de entretenimiento los varios pareceres que la turbación 
cansaba en todos ; pero no teniéndola c-1 Virrey, hizo tocar luego cajas y en- 
arbolar banderas y junta de la nobleza popular y militar, y de las armas y 
pertrechos con que cada cual se hallaba en sus estancias más cercanas y en la 
ciudad. A donde era recién llegado Alvaro de Avendaño (sobrino del Licen- 
ciado Vaca de Castro, bien conocido en aquellas Provincias del Pirú), con 
título de Adelantado y comisiones largas para las conquistas de aquellas gran- 
des tierras de quien se tenía noticia, que llamaban y hoy se llaman las islas 
de Salomón. Ofrecióse Don Alvaro seguir al Corsario con su gente y razona- 



96 FRAY PEDRO SIMÓN (G.** NOTICIA 

bles pertrechos que tenía de guerra. A que no acudió el Virrey, por no ser 
tan afecto, según dicen, á su tío, y así nombró á cierto Capitán llamado Pedro 
de Arana, hombre de satisfacción y cabal para estas y otnis mayores, que 
admitiéndole con mucho gusto, y quinientos hombres que le señalaron de 
compañía, dispuestos con la brevedad que pedía el caso, tomó con los ciento 
la vuelta del Callao, donde, por presto que llegó, ya no parecía la nao del Fran- 
cisco Drake, porque después de haber dado aquel asalto en el puerto, no se 
detuvo más de lo que lo detuvo la falta del viento, que fué hasta las diez del 
día; y así en aquella hora y con velas hinchadas, pasó costeando en demanda 
de los puertos de Paita. A quien pudieran dar alcance los limenses, según los 
valerosos bríos y alientos con que se embarcaron, á no mudar de parecer, con- 
siderando los pocos arcabuces, tiros gruesos y munición que traían para contra 
el navio inglés, que llevaba pertrechados los lados de fortísimos tiros, tan 
espesos, que estaban unos sobro otros. 

4.^ No saliendo con esta consideración del puerto los nuestros, se dejaba 
correr el inglés seguro con viento galerno, cuando dio alcance á un navio que 
tres días antes que llegara el inglés había surgido del Callao, que lo llevaba ú 
su cargo un piloto vizcaíno llamado San Juan de Antón, en que iba registrado 
y del Rey un millón de plata y oro, como decían los registros. xA.penas le hubo 
dado vista el protestante, cuando calando vénetas (?) y regando velas, daban 
cuanta prisa podían á correr la navegación para dar alcance á nuestra nave 
antes que pudiese esconderse en algún puerto, como sucedió, llegando sobre 
ella y diciéndole á grandes voces: '^x^maina ! amaina 1 por Inglaterra," como lo 
hicieron viéndose sin defensa, con tan poca gente como en ella iba, sin tiros 
ni municiones. Saltó en ella luego el Francisco Drake, como tigre á becerro, 
y diciendo lo primero al piloto: " Dame luego lo que es mío, pues el derecho 
de la guerra concede llevar el pillaje al que más' puede," comenzaron á tras- 
tornar el navio y con alegría que no se puede decir por las grandes riquezas 
que en él hallaron, lo trasplantaron todo al suyo, hablando con palabras ur- 
banas y corteses á nuestra gente, no poco afligida del suceso, consolándoles con 
alegres palabras y dándoles algunas piezas de manes y holandas de las que él 
traía, zaragüelles, jubones y otros vestidos de seda, que recibían los nuestros, 
disimulando cuanto pedían sus pesares, por tomarlo todo tan bien vendido. 



CAP. V) NOTICIAS DE LAS CONQUÍSTAS DE TIERRA FIRME. 97 

CAPÍTULO V 

1 ." Habla el protestante á los nuestros con palabras chocantes, con que pretende con- 
solarlos— 2.» Dales el casco del nsxvío y coge otro de no menores pillajes— 3." Coge 
otro de Panamá, de donde salió gente en su demanda, sin poier tener noticia de 
él— 4.» Salen también dos navios de Lima á buscarle, que no hallándole, pasa el 
uno en España y da aviso— 5.° Coge otro navio de ropa de la China. Alborótanse 
los indios. Llega el Corsario á Londres sin zozobra. 

MOSTRÁBASELES el inglés, para más consolar á nuestros pasajeros, 
alegre y jovial, y decíales facecias de chocante : *' Bien veis 
cómo venimos de tierras tan remotas á buscar la abundancia de riquezas de 
que á solas gozáis vosotros en estas tan fértiles de oro y plata, de que será 
bien todos participemos, pues todos somos hijos de Adán y Eva, y no me 
podréis mostrar en el testamento de Adán alguna cláusula en que diga que á 
solos los españoles deja por herederos de estos países, y si acaso me la mos- 
tráredes, confesaré no tener á esto ningún derecho ; pero si no, estad ciertos 
que llevará más quien más pudiere." A todo esto estaba el piloto San Juan tan 
embelesado del caso repentino y nunca pensado, que parecía estar fuera do sí, 
y acrecentaba el sentimiento el pensar no se imaginase que aquella hacienda 
del Eey y particulares se había pillado por su descuido ó malicia. Lo que 
por alegrar al piloto pretendió reparar el Francisco Drake con otra facecia, 
diciéndole: " No te dé pena que yo te haya quitado esto, pues de todo te daré 
carta de pago, y aunque te tomase más, lo tuvieran por bien los Oficiales Reales, 
y aun se alegrarán lo haya tomado sin que hayamos venido á las manos ni 
derramar sangre; pues el atrevido nunca lleva vana confianza; demás que bien 
se sabe que Philipo me debe todo esto por lo que le quitaron á mi tío Juan 
Acle, cuya desgracia tengo por propia, de cuya deuda me he hecho ahora 
la libranza, que ojalá pudiera ser de otra tanta más cantidad ; pero aunque no 
ha sido más que ésta, te celebraremos este día y tu fiesta en él cada año, pues 
te llamas San Juan y 

2.0 " Toma tu navio y marineros y vete con la bendición de Dios á Panamá 
y diles que el estrecho que llaman de Magallanes, no lo es sino mar ancho, 
que ya yo me sé de coro y traigo sondado, con que no tienen que descuidarse 
por los malos ratos que sin duda les daré ordinarios de aquí adelante, eu que 
querría hallar gruesos pillajes, mayores que el que ahora he tomado ; pues 
aunque es algo, ?e extienden mis deseos á muchos mayores." Ejecutando el 
San Juan con brevedad la licencia que se le había dado, sospechoso no se le 
revocara, sin advertir á lo que le decía, se dio á la vela, y avisos á todas partes 



98 FRAY PEDRO SIM(5n (6.° NOTICIA 

donde tocaba, de cómo le había ido en la feria. Pasó también el Corsario ade- 
lante, á donde á pocas leguas le vino á las manos otra fragata del trato, que había 
salido del puerto de Guayaquil para el de Callao, cargada de mercancías, co- 
midas, pólvora, brea, sebo y jarcia, que le vino á pedir de boca y como lo 
deseaba el pirata para su derrota, que parecía en todo andaba con fortuna dere- 
cha, pues con tanta facilidad y sin riesgo iba llenando su deseo de cuanto ape- 
tecía ; por donde vinieron algunos á pensar que algún Demonio familiar con 
quien tenía hechos sus contratos le sazonaría estos sucesos, por tenerlo ya por uno 
de los mas seguros de su partido, si bien esto tiene menos fundamento (pues 
le basta al día su malicia) que el decir causarlo más de estas buenas suertes su 
sagacidad y diligencia, opuesta al descuido de los que encontraba; pues, como 
dijimos, la cobardía y descuido de unos cría valentía en sus contrarios, como 
en estas dos ocasiones hemos visto, porque siempre volvió las espaldas cuando 
le hicieron á este ladrón resistencia en otras. 

3.^ Pasando este Corsario hacia las costas de Nueva España, desvolviendo 
cuantos puertos y ancones baña por allí el mar del Sur, descubrió otro bajel, 
que habiendo salido de Panamá cargado de vinos y otras mercancías, llevaba 
la vuelta de Nicaragua. A quien darle vista el protestante y apoderarse de él 
fué todo uno, sin preceder sangrientas contiendas, ni gastar más tiempo que 
el que fué menester para abordar con él. Alegraba á los despojados de la 
fragata y carga el inglés, diciéndoles: " Sola esta presa me faltaba para volver 
la proa y hacer ausencia de estos mares, aunque primero tenía intentos de dar 
carena y lado en la isla de Pinas, donde, si determinaban buscarlo, lo halla- 
rían." Volvióles con esto la fragata y algunas cosillas de las que él traía (no 
de las que ellos, pues nada de la plata y el vino hizo larga) para consolar su 
decaimiento y sentimiento de la pérdida, con que tomaron los nuestros la vuelta 
de Panamá, dando nueva del suceso y de lo que había dicho el pirata, que 
aunque lo tuvieron por ficción y estratagema, y que por ser tan enemigo de 
nuestra fe y nuestro, se había de entender lo contrario. Determinó aquella 
Keal Audiencia saliesen en su demanda cien soldados que estaban efectivos en 
la ciudad para la guerra del Ballano, que habiendo salido y trastornado con 
diligencia cuantas puntas, puertos y ensenadas había en las costas de Tierra 
Firme y islas, fué en vano, pues ni aun noticia pudieron tener del ladrón. La 
cual llegando también á la ciudad de Quito y alborotado la tierra, enviaron con 
la brevedad posible cien hombres para esforzar la defensa del puerto de 
Guayaquil, y por su General Eodrigo Salazar, el corcobíido. 

4.0 Y aun no hallándose con esta prevención y otras seguros los de aquel 
Reino de Quito, se dispusieron los sacerdotes á defender la parte que les cupie- 
ra, con las armas en las manos, nombrando por cabeza al Padre Juan de Leguí- 



tJAP. V) NOTICIAS DE LAS COÑQülSÍ AS DE TIERRA FIEWS. B9 

samo, sacerdote, aunque todo vino á parar en prevención aparente, porque los 
intentos del Corsario nunca fueron más que hacer bella guerra en las aguas, sin 
hacer pié en la tierra, por entonces, hasta verse en otra ocasión con más posible 
de armas, gente y navios, como lo hizo en las otras dos que volvió á estas cos- 
tas del mar del Norte, como veremos. En ésta no se descuidaba el Virrey de 
Lima, pues juntando una lucida compañía de quinientos soldados, y por Gene- 
ral á I>on Luis de Toledo, su primo, los despachó con la brevedad posible y 
dos navios en demanda del inglés, que gastando gran número de días trastor- 
nando cuantos puertos tiene aquella costa, fueron diligencias tan en vano 
como si buscaran á quien jamás había dado vista á aquellos mares, por wrra ni 
^n navio; y así el uno de éstos, en quien iba por Capitán Pedro Sarmiento, 
hombre cabal y de mucha satisfacción y elegante en su persona y palabras, se 
determinó á pasar el estrecho de Magallanes, y con favorables vientos surgió 
en los puertos de España, donde dio la nueva del suceso del pirata, desde donde 
tomé la vuelta- de estas costas y ciudad de Cartagena, con recados que trajo del 
€onsejo en orden á lo que iba sucediendo. 

5.0 Habiendo d«do lado el protestante á sus fustas donde mejor le pareció, 
sin molestia de los muchos que andaban dándole alcance, se hizo á la mar con 
viento próspero, viniéndole otra prosperidad á las manos de una buena fragata 
cargada de ropa de la China, que había salido del puerto de Acapulco, donde so 
hace la embarcación y desembarcación ordinaria de la China; fuéle tan fácil aj 
inglés coger esta fusta como las demás, sin estorbos de guerras sangrientas: 
felicidad que se le juntó al grueso pillaje que halló en ella, pues lo más vil de 
sus mercancías eran rasos y damascos, y entre esto hubo á las manos un mapa 
puntualísimo y verdadero de todos aquellos mares, puertos, puntas y bahías, 
que no lo estimó en menos que el resto de lo que hasta allí había pillado, aun- 
que eran, como hemos visto, innumerables riquezas, pues le venía á la mano 
cuanto deseaba y aun mucho más de lo que pudo imaginar (por no llevar gente 
en el suyo que lo marease) y de lo necesario para su viaje, que lo hicieron 
tomando otra vez la vuelta de Acapulco. No falta quien dé noticias de haber 
los indios de aquellas costas escrítole cartas al Francisco Drake, ofreciéndole 
favor si se determinase á saltar en tierra contra sus encomenderos, que no lo 
tendríamos por cosa nueva ser esto así, conociendo la facilidad y poco discurso 
de estos naturales, pues aun en los de este Nuevo Reino de Granada, con haber 
tanta distancia de una á otra parte, hicieron la misma conmoción y alteración 
las nuevas que de este Corsario les llegaron, porque yéndose acrecentando á 
cada legua, entró una fama entre ellos de que venían ya otras gentes más 
valientes que los españoles, que ni oían misa ni se confesubac, ni había entre 
ellos clérigos ni frailes, y que dejaban vivir á los indios como querían, que era 

13 



loo PKAY PEDRO SIMÓN (6.» KOUCIA 

lo que más apetecían, y aun á lo que más les persuadían los más ladinos, que 
Bon (como hemos dicho muchas veces) el mayor estorbo para la conversión de 
estos naturales. El Francisco Drake, con loa pillajes que hemos dicho, y sin 
estorbos de malos sucesos de mares ni vientos, llegó en salvamento al puerto de 
Plemua, y de él á Londres, donde fué con soberbio aplauso recibido de la Reina 
y nobleza, pues las riquezas con que entró á todos inclinaba á eso. De ellas 
compró grandes estados, rentas y juros, que todo fué como beber salado, para 
no aplacar la sed de su codicia, como veremos. 



CAPÍTULO VI 

1,<> Tornó otra vez el Corsario, en compañía de su Reina, á armar otra gruesa flota para 
estas Indias— 2.0 Aguarda la nuestra de mar. en través. Repara Dios este daño 
con una tormenta que vino á nuestras naves. Da sobre la costa de Galtcia— 3.<» Dan- 
do sobre Cabo Verde, lo roba y quema, desde donde se da aviso á la Isla Española. 
é.<> Que estando bien descuidada, pudo hacer menores prevenciones de defensa que 
hubo menester. 

CONSIDERANDO la condición humana, y cuan lastimada quedó por 
el pecado, y sin fuerzas para poder tener el freno á la codicia, no 
se nos hace de nuevo ser unas ganancias causa de aspirar á otras, en especial 
entre gentes que viven sin ley y contra Dios; llamo sin ley á los que no guar- 
dan la suya, antes le contradicen en lo que tiene propuesto de la creencia que 
le deben dar los hombres, como en este Reino de Inglaterra, por su malicia y se- 
cretos juicios de Dios, ha sucedido. Vídose este discurso pintado al vivo en esta 
facción de Drake, pues no quedó satisfecho con las muchas que en los dos viajes 
pasados había conseguido; quedándole sabrosa la mano, y á él y á la Reina Isabel 
la codicia acrecentada, hicieron compañía para tomar otra vez la vuelta de estas 
costas, y así, haciendo en nombre de ella todas las negociaciones, se comenzó á 
poner en efecto la disposición de una gruesa armada para el intento, con con- 
ciertos que de cuanto se pillase se hiciesen seis partes: una para la Reina y otra 
para el Francisco Drake, que era el General de la armada; y las cuatro para 
los soldados, repartidas según los méritos de cada uno. Pusiéronse luego á pique 
para navegar sobre treinta galeones fuertes, con casi veinte fortísimas lanchas; 
armas de todas suertes, innumerables, ofensivas y defensivas, para siete mil 
hombres que se alistaron para el viaje; más de los seiscientos, caballeros de 
grandes linajes; del resto, la mayor parte prácticos guerreros, aunque de toda 
broza, todos desde treinta hasta cuai'cnta años, pues el de más se dice era el 



OAP. vi) noticias de las conquistas de tierra, firme. 101 

Oeneral, que no pasaba de cuarenta y cinco. Su Lugar Teniente se llamaba 
Cristo plioro Carlil; Martín Frowiclier, vice- Almirante, y Sargento Mayor 
Antonio Powele. Las jarcias de los navios se embarcaron todas por duplicado; 
bergantines labrados en piezas para lo que ofrecieran las ocasiones, y para lo 
mismo muchas fraguas; por lastre ladrillo y cal (aunque es porte peligroso, 
pues como vimos los años pasados, saliendo una fragata de Cartagena para 
Puertobelo, que llevaba cal por lastre, haciendo agua se fué empapando la cal, 
en qtie se solapaba el peligro, que luego se experimentó yéndose todos á pique 
sin remedio), para si se ofrecía labrar murallas ú otros pertrechos en algún 
sitio. 

2.*' La primera intención i que puso la frente este Corsarío con toda esta 
máquina de flota y gente, fué procurar haber á las manos la flota que iba de 
estas Indias este año de mil y quinientos y ochenta y cinco, que fué cuando él 
se dio á la vela de los puertos de Inglaterra, y así, poniéndose en cuarenta y 
cinco grados ^que soa los que reconocen las armadas que van á Castilla de estas 
Indias, para desde ellos descaecer y entrar por la barra de San Lucar, que está 
en 36 grados) de mar ea través, hechas media luna sus cincuenta velas, estuvo 
al paso aguardando la flota algunos días, la cual saliendo de Cartagena y de la 
Habana, de quien iba por General Don Antonio Osorio, un caballero natural de 
la Villa de Medina del Campo, fué navegando con buen viaje, guiándola un 
diestro piloto llamado Alonso Ramos, que dicen había venido por orden del 
Consejo á Cartagena para el efecto en el navio de aviso que trajo la nueva de 
la salida de este pirata para estas costas ; llegó sin zozobra á ponerse en altura 
de casi los cuarenta y cinco grados, que fuera imposible dejar de dar en las 
manos del inglés protestante, á no sobrevenirles á nuestras naos una tormenta, 
con que le desbarató el rumbo y se libró de sus garras, llegando en salvamento 
á San Lucar, que por haber sido tan de repente y á tiempo la tormenta, la lla- 
maron la flota del milagro. De la cual viéndose ya frustrado el inglés, habién- 
dola aguardado hasta cuatro de Octubre de aquel año, diciendo á sus Capitanes 
ser ya en balde el trabajo y cuidado de estar allí para aquel intento, tomó la 
vuelta de la isla y ciudad de Bayona, en el Reino de Galicia, y en especial llega- 
ron todos juntos á Vigo, donde por dar de repente en ella y sus pueblos circun- 
vecinos, no dejó de sacar razonable pillaje, en especial habiendo habido á las 
manos una barca, donde, por escaparlas de sus manos, habían metido sus vecinos 
las mayores de sus riquezas, y entre ellas los eclesiásticos ornamentos, con una 
cruz de mucho precio ; que todo lo tendría de hasta cuarenta mil ducados, y 
fuera mayor el robo, si con brevedad no acudiera á hacerle frente gran copia 
de soldados de la tierra adentro, que le obligaron á embarcarse, con pérdida de 
alguna gente; desde donde tomó la vuelta en demanda de las islas Afortunadas 



102 FRAY PEDRO SIM(5n (6.** NOÍICÍÁ 

donde pretendiendo saquear la de la Palma, le sucedió al contrario, por la va- 
liente resistencia y vigilancia con que la halló, pues fué tal, que en las refriegas 
que tuvieron, le echaron á pique en el puerto dos navios y algunas lanciías. 

3.» Acedo de esto el inglés y obligado á embarcarse, puso la mira en sa- 
quear las islas Terceras, que no saliéndole bien por la buena defensa que se le 
hizo, tomó la vuelta de la isla de Cabo Verde, donde, por cogerla de sobresalto 
y al descuido, sin fuerza de armas, municiones ni gente, aunque se le hizo al- 
guna resistencia, retirándose los vecinos portugueses la tierra adentro, le dejaron 
la ciudad sola, en que emplearon sus manos toda aquella nefanda canalla, hasta 
dejarla toda por el suelo convertida en pavesa, después de haberle sacado no 
pequeños despojos ; con que se dio á la vela esta flota la vuelta de la isla de 
Santo Domingo, dejando aquel puerto. A donde llegando de allí á dos días un 
portugués con un carabela y viendo el estrago de la ciudad, y informándose de 
la derrota que llevaba el pirata, puso las diligencias posibles para cobrarle ven- 
tajas y avisar en la Española, como le' sucedió, pues llegó á ella y ciudad de 
Santo Domingo tres días antes que el Francisco Drake, con que pudo tener la 
ciudad aviso para hacer más reparos y defensas de las que tuvo, porque aun- 
que entró dando voces, con cristiano celo, este arráez, del enemigo qae venía 
sobre la ciudad, no sólo no lo creyeron, pero aun teniéndolo por cosa de embus- 
te, lo prendieron, y mandó el Presidente de la Audiencia, que era el Doctor 
O valle, le secuestrasen sus bienes, por si acaso tenía aquello algo de embuste y 
novela, con sólo fin de inquietar. 

4.° Con todo eso, por este aviso y el que tenía dado el Eey Prudente, 
Filipo Segundo, allí y en todos los demás puertos de esta costa del Norte y 
Nueva España, se hizo lista de los que podían tomar armas en la ciudad, y ee 
hallaron sobre mil hombres ; pero tan mal pertrechados y con tanto descuido 
y faltos de armas (por no poderse persuadir á que el enemigo les había de 
llegar á aquellos puertos, por no haber llegado jamás nadie que los moléstase en 
casi cien años que había que se habían puesto los primeros cimientos á aquella 
ciudad, que fué el año de mil y cuatrocientos y noventa y tres), que sólo se ha- 
llaban algunos vecinos con algunas picas y lanzas que habían heredado da sua 
padres ó abuelos, conquistadores de la tierra, y algunos arcabuces, pero sin 
pólvora, balas toi otras municiones. Todo lo cual, y la inclinación á la ociosidad, 
no les acababa de persuadir alguna cosa contra el seguro que se prometían en 
su quietud y regalos de que gozaban, y así interpretaban las cabezas los avisoa 
del Rey á providencia suya, más que á necesidad en vasallos de estar á la mira 
en las ocasiones que se podían ofrecer, como miraron en ^sta á un casamiento 
que se hacía de una sobrina del Presidente con un caballero de aquella ciudad; 
por cuya causa se hicieron las pascuas de Navidad, que se siguieron luego grandes 



CA.P. VI) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 108 

saraos, juegos de cañas, toros y otros entretenimientos, que se remataron en 
lo que todos los del mundo, ouyos extremos siempre son de lágrimas, como lo 
dijo el Espíritu Santo ; y ahora se experimentó bien á costa de estos ciudada- 
nos, pues apenas se habían pasado las pascuas, cuando refrescaron la nueva del 
portugués ciertos pescadores que habiéndose enmarado con sus barquillas á 
pescar, volvieron aprisa diciendo habían descubierto una gran flota que parecía 
ser de enemigos ; que aunque se turbó de esto la ciudad, no acababan de abrir 
los oídos á la verdad de las unas ni otras nuevas, ni á pedir á Dios el principal 
socorro de su poderosa mano, si bien se hicieron algunas prevenciones de par- 
te de la Audiencia, pero todas flacas, por faltarles, como hemos dicho, los ner- 
vios y fuerzas de la resistencia, como eran armas y municiones, y aun el poco 
ejercicio militar con que todos estaban, pues ni había Capitanes diestros, donde 
era necesario que todos lo fuesen, ni había quien entendiese cómo se había de 
disponer el bastión ó la trinchera; los más eran galanes, pisaverdes, y que toda 
cu fortaleza ponían en esta ocasión en echar restos á lo hablado contra el enemigo, 
derribando hombres, anegando navios, repartiendo despojos con suma facilidad, 
de que se llenaron tanto, que no hubo lugar donde después cupieran las obras. 



104 FRAY PEDRO SIMÓN (6.^ NOTICIA 

CAPÍTULO Vil 

!.• Llega el Corsario á vista de la ciudad de Santo Doming-o, y envía gente al puerto de 
Aína— 2.» Donde les dio el orden que habían de guardar para entrar la ciudad — 3 * 
Salen de la ciudad á reconocer el enemigo — i* Que estando tan á pique de entrarla, 
huyen al monte bus vecinos. 



E' 



íN estas ocupaciones, ó por mejor decir confusiones, estaba toda aque* 
lia ciudad de Santo Domingo, cuando un viernes, á los diez del 
primer mes del año siguiente de mil y quiuientos y ochenta y seis, se dio vista 
en la punta de Caucedo á toda la flota del enemigo. El Presidente y Audiencia 
mandaron tocar alarma y que se formaran tres compañías ; en que, aunque 
había sangre valerosa en venas de españoles, el verse sin armas les causaba 
tales turbaciones, que los pocos que se hallaban con ellas pienso se alegraran 
tanto de dejarlas, como los que no las tenían, por huirse con aquella ocasión 
honrada al arcabuco con sus haciendas, hijos y mujeres, procurando sólo más 
resguardar esto que el buen nombre y honra de España j con todo eso, salieron 
las tres compañías con las armas tales cuales las pudieron haber á las manos, á 
impedirle al enemigo la desembarcación del puerto, el cual habiéndose por en- 
tonces con mayores ardides de guerra de los que pudieron alcanzar los de la 
ciudad, comenzó á vista de ella á entretener las tres compañías, andando con 
los navios gruesos de una vuelta y otra, habiendo ya enviado en lanchas ocho- 
cientos soldados que desembarcasen en el río de Aina, tres leguas al Poniente 
del puerto de la ciudad, que es otro río llamado Ossana. 

2.** No pudieron descubrir los de la ciudad esta navegación de las lanchas, 
por ir ya cubriendo la noche y ser fustas rasas y haberse enmarado ; pero ha» 
hiendo descubierto las treinta y tres ó treinta y siete naves gruesas del enemi- 
go, y por la noticia que tenían que eran más, por la que había dado el Capitán 
Don Diego Osorio, que había salido á reconocer con una galera haber echado 
menos las lanchas, sospechando lo que sucedió, enviaron de la ciudad al Capi- 
tán Méndez á caballo con algunos soldados para que corriese y reconociese la 
playa, que volvió diciendo estar todo seguro, no se sabe si de malicia ó negli- 
gencia, ó por no haber podido dar vista al enemigo Drake. El cual h'^biendo 
ido en compañía de las lanchas hasta el puerto, al desembarcar hizo una pláti- 
ca á sus soldados diciéndoles que ya pueEtos allí en tierra estaban y imposibi- 
litados de poder volver á la mar si no era por el puerto de la ciudad, pues él 
se volvía con las lanchas, y toda la costa era brava y sin desembarcadero alguno; 
pero que yendo advertidos y con buen orden y á paso lento por los grandes ca- 
lores laa tres leguas que babla desde allí á la ciudad, sin duda la cogerían des* 



CAP, Vil) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 105 

cuidada por aquella parte, pues la mayor fuerza de ella acudiría á la playa del 
puerto á, dar vista á treinta de los navios gruesos, y si toda ella conociese el irle 
entrando también por las espaldas, como los más vecinos eran mercaderes, más 
ejercitados en la vara y pluma que en la lanza y espada, más tratarían de confiar 
§us personas y haciendas con la huida que con hacerles rostro, 

3.^ Volvióles con esto el suyo Francisco Drake con todas las lanchas á su8 
soldados, que se iban aprisa desembarcando, aunque no con tanta como quisie- 
ran, por haberles retardado y estorbado el habérseles perdido y ido á pique una 
de las lanchas : con que era ya de día cuando se acabaron de desembarcar y 
poner en orden de comenzar á marchar la vuelta de la ciudad, que segura do 
los enemigos que se le iban acercando por aquella parte, con el seguro que lea 
había dado el Capitán Méndez, á la mitad de la noche, mandando el Presiden- 
te tocar alarma, se pusieron todas las tres compañías á hacer demostración y 
dar vista al enemigo en una playa que se hace entre la mar y las casas de la Uni- 
versidad, desde donde enterándose de nuevo en las sospechas de que había 
«chado gente el protestante en otra parte, á causa de no ver las lanchas con los 
navios, enviaron otro vecino de la ciudad ikmado Tristán de Leguizamón, que 
volviese á reconocer otra vez la playa por aquella parte del Occidente que mira 
á este río de Aina ; que habiendo partido con la mayor prisa que pudo, dio de 
manos á boca con los ochocientos ingleses que venían marchando, con que vol- 
vió dando voces de aviso á nuestras tres compañías, que estaban en el puerto 
que hemos dicho ; y así mandó el Presidente que el Capitán Melchor de Ochoa 
de Villanueva y otros Capitanes con los mejores soldados, saliesen á hacerles 
resistencia, aunque de todos ellos, soles iban ochenta bien armados. 

4,^ Saliendo éstos, y llegando á lo ultimo de la carrera que llaman de los 
Caballos, poco trecho fuera de la ciudad, hicieron alto, y pasando adelante Don 
Juan de Villandrando, que tenía á cargo la compañía de los de á caballo, á re- 
conocer al enemigo con veinte jinetes, con harto riesgo y peligro de todos, le 
dieron vista y volvieron dando voces al Capitán Ochoa que se retirase, por ser 
temeridad esperar tan pocos y desarmados á tanta gente y tan bien apercibida 
<X)n toda suerte áe armas militares. Lo mismo decía (que andaba por allí á la 
vista á caballo) el Licenciado Aliaga, Fiscal de la Real Audiencia ; con lo cual 
se fueron retirando los peones y caballeros, aunque no sin provecho el haber 
hecho aquella demostración, aunque fué poca de resistencia al enemigo ; pues 
^ásta bastó para que al fín, como quien iba á entrarse en casas ajenas, lo detuvie- 
sen temores d-a alguna emboscada, con que se dio lugar para poder huir la gen- 
te de la ciudad, librando su menos mala suerte en poner tierra entre medias, 
dejándosela vacia al enemigo, supuesta la imposibilidad de hacerle resistencia. 
Todos ^8 religiosos de los tres conventos, San Francisco, Santo Domingo y la 



106 FHAY PEDRO SISfÓH ( 6'.® NCHCíA 

Merced, y los clérigos se juntaron con el Arzobispo, y los más de elíos con deter- 
minación de oponerse hasta perder la vida por Cristo á manos do ios descomul- 
gados herejes, si bien después les forzó la necesidad á huir como los demás. 
Toda la chusma de mujeres y niños, arrebatando con la prisa lo poco que 
pudieron de sus casas, corrían á más no poder á ampararse de las espesuras del 
arcabuco; huían otros que tenían mayor comodidad en barcos el río arriba, 
que es navegable seis ó siete leguas. No había enfermo tan tullido ui flaco do 
fuerzas, á quien la necesidad no le diese alas para correr hasta ponerse en sal- 
vamento, donde volvían á reconocer su flaqueza con las incomodidades que pa- 
decían en aquellos montes, por no haber estancias para tantos, y faltarles no 
sólo el regalo de enfermos, pues aun la comida de sanos, pues á los que lo es- 
taban también les fe,ltaban, sustentándose los más con frutas silvestres. Estan- 
do yo en esta ciudad el año de seiscientos y trece, me llegó un hombre á comu- 
nicar un caso, acerca de cierta hija suya recién casada, la cual habiendo enlo- 
quecido y procurando rastrear el padre con piedad la causa de su locura, vino & 
sacar en limpio no estar su hija baptizada, porque habiendo nacido en esta oca- 
sión de huida del enemigo, ó por la alteración de la madre, ó por haber llegada 
ya el tiempo del parto, con la prisa que el temor les daba, arrebató la criatura 
una negra que estaba dedicada para su ama, y la llevó al monte y sustentó 
hasta volver ya toda sosegada á la ciudad, donde no acordándose unos ni otros 
del baptismo de la niña, vinieron en este tiempo que digo á sacar en limpio no 
estaba baptizada ; á quien aconsejé, que era lo que este hombre me pedía, la 
baptizase á ca nieta y condicionalmente : he dicho esto, con que se puede ad- 
vertir la prisa con qué todos apercibían su huida, aunque estuviesen en tan 
gran peligro como esta mujer recién parida ; sin aguardar criadas ni esclavas á 
sus amas, madres á sus hijas, ni hijas á sus madres. Dos conventos de monjas^ 
uno de Santa Clara, sujeto á nuestra Orden, y otro de Regina, á Santo Domin- 
go, viéndose en la misma necesidad y apretura que los demás, con la mejor co- 
modidad que pudieron, tomaron también el amparo de los montes, que fué lo 
último de miseria en que puso á esta ciudad la venida del enemigo, á quien 
también volvieron las espaldas (i vergüenza de sangre española!), juntamente 
con sus mujeres, les más hombres de la ciudad, si bien la vergüenza retardaba 
más á otros, hasta que ya se iban acei cando del todo los ochocientos que venían 
marchando ; aunque no faltó quien escribiera en sus cartas eran dos mil, que 
no causara admiración si dijeran tres ó cuatro mil, pues el miedo multiplica las 
cosas en número y cantidad, como le sucedió á Gual (dícelo el libro de los 
Jueces), que viendo á ciertos soldados que bajaban por líf iadera de un monte, 
le parecían hombres armados contra él todas las sombras de laa matas^ como 
90 lo advirtió el Capitán ZebuL 



OAP. VIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 107 

CAPÍTULO VIII 

1.» Dejan la ciudad desocupada al enemigo, con que se entra sin resistencia — 2p 
Fortifícase en lo mejor de ella y comienza luego á robarla, sin dejar cosa que no le 
trastorne— 3.» Sacan las riquezas de los pozos, y hacen mil oprobios á las Ig-lesias, 
imágenes y religiosos— 4. • Pretende derribarlas, y abrásalas todas, como yo lo tí — 
5.* Conciértanse en la talla de lo que quedó en pié de la ciudad; dase aviso á la de 
Cartagena. 

IBANSE acercando estos ochocientos á la ciudad, marchando á pa- 
sos espaciosos, al son de sus pífanos y tambores, disparando sus 
escopetas y haciendo en todo apariencias de mucha más gente de la que venía , 
para amedrentar más y asegurar la huida de los nuestros, y dejársela desocupa- 
da, como si esto fuera menester, pues lo mismo andaban más aprisa procurando 
los vecinos de ella ; que si se animaran un poco más y no anduvieran los jui- 
cios de Dios de por medio, con facilidad hicieran resistencia á toda esta canalla, 
que venía más rendida que esforzada, pues en toda la noche no habían dormido 
con el alboroto de la desembarcáción; los arenales del camino los traían destron- 
cados; el calidísimo temple, en especial que era ,ya medio día cuando llegaron á 
la ciudad, los abrasaba; la falta de agua, pues no la hay en todas tres leguas, 
los afligía más que en otras ocasiones la del vino ; el estar en tierras ajenas y 
con los temores que naturalmente ponen los enemigos : todas conocidas venta- 
jas con que se hallaban los nuestros, y con otra no pequeña, que era dar al 
enemigo el sol en los ojos y á los nuestros en las espaldas, que se las dieron al 
inglés con los temores que desde luego fueron mostrando, aun en ciertas piezas 
de batir que tenía la ciudad asestadas á las bocas de sus calles, y otras en el 
fuerte, de quien era castellano Don Rodrigo de Bastidas, que aunque las dispa- 
raron, como era con tan poca pólvora como se hallaban, reconoció el enemigo 
la flaqueza de esto, con que tomó mayor avilantez y bríos, pues llegaron á tanto, 
que en comenzando á entrar en la ciudad los ochocientos que venían por tierra, 
comenzó á desembarcar por el puerto el Francisco Drake otros tantos y él con 
ellos, y irse entrando por las calles, aunque con recato, por entender hervía de 
gente de presidio la ciudad, pov ser la primera quo so había fundado en las 
Indias, y de buena razón no había de faltar qnion la defendiera, irse temiendo 
de alguna emboscada ó estratagema que le tuviesen dispuesta para destruirlo. 

2.° Pero yéndose asegurando y saliendo de estos temores, por no hallar 
persona viviente que le hiciese resistencia, se entró y fortaleció el Francisco 
Drake con sus soldados en las Casas Reales y de la Audiencia, que ya la había 
dejado desamparada el Presidente, j las suyas los Oidores, por haber hecho fuga 



108 FRAT PEDRO SIMÓN (6.» NOTICIA 

todos al arcabuco y estancias á la redonda; á estas casas que tomó para fortale- 
za y defensa, dice el Arzobispo Avila que les hizo trincheras poniendo imáge- 
nes pintadas por las paredes de fuera de toda ella, de Cristo Nuestro Redentor 
y Benditísima Madre y otros santos (fina demostración de su herejía), para que 
los católicoSj por la piedad de las imágenes, no jugasen contra él la artillería, 
teniendo por menos daño que él destruyese la ciudad, que destruir ellos con irre- 
verencia las santas imágenes. No se olvidó de otro ardid el astuto Corsario para 
más asegurarse en la ciudad por lo que podía suceder y salir del todo de barrun- 
tos, y fué que corriendo las calles derechas hasta la mar, pusiesen en el pasaje 
de las bocas de ellas las naves más gruesas, y disparando de ellas la artillería, 
limpiasen las calles, como lo hacían, pasando las velosísimas balas de una parte á 
otra de la ciudad por medio de ellas, para que nadie las pudiese andar sin ma- 
nifiesto peligro de vida ; como sucedió yendo á atravesar una el Bachiller Tos- 
tado en probecución de su huida tras los demás, que le dio una de estas balas 
por un costado, que le costó la vida, y ciento que tuviera, que pienso fué el 
primero y último que murió con violencia en estas refriegas y toma de esta 
ciudad, por habérsela dado desocupada con tanta facilidad como hemos visto, 
y ser común lenguaje de estos protestantes que no buscan sangre sino oro y 
plata y otras riquezas, en que comenzaron luego á meter las manos hasta loa 
codos ; pues cuando pareció tiempo y que ya toda la ciudad estaba segura, por 
estar certificados de la huida de sus ciudadanos, fueron entrándose en las me- 
jores casas y despojando á gran prisa las salas y aposentos del menaje y cofres, 
que hallaban llenos de innumerables riquezas de barras de oro, plata labrada y 
por labrar, ricas y brillantes esmeraldas engastadas en piezas, y joyas de oro 
bien acabadas ; crecidísimas madejas de perlas de quilates ; netas y entrenetas 
de restrillo y aljófar, porque como esta ciudad era la primera y metrópoli de 
todas aquellas islas y Tierra Firme, en ella se había recogido todo lo mejor que 
de esta pedrería se había hallado entre los indios, y se había sacado de las islas 
de Oubagua y la Margarita. 

3.^ Pretendiendo algunos vecinos, en su huida, librar algo de estas joyas 
en las honduras y aguas de los pozos, lanzaban en ellos cofrecillos llenos de 
ellas, aguamaniles, jarras de plata, trinches y otras piezas de gran estima ; 
que todas fueron di'- •encías perdidas, pues vencieron á éstas las que hicieron 
los ingleses, sin dejar pozo que no agotasen y cuanto tenía, llevándolo todo á 
los navios, con gran cantidad de azúcar, jenjibre, cueros curtidos y en pelo, 
añil y cañafístola, que era el trato más grueso de aquella ciudad ; gran multi- 
tud de ropa de Castilla en piezas, vestidos y galas, de qíle tenían harta profani- 
dad los vecinos; embarcaron muchas piezas de bronce ; todas las campanas, para 
que no hicieran ^obras de ellas, porque no contentándose con los robos y saco d« 



OIP. VIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 109 

mano seglar, metieron las suyas sacrilegas con el mismo y mayor atrevimiento 
y profanidad en lo divino, robando los templos; y haciendo finezas de la enemi- 
ga que tienen con nuestra santa fe católica, las ponían en las imágenes, en es- 
pecial en las de mayor veneración de Cristo y la Virgen Santísima, qce era 
lo que más debió sentir nuestra piedad católica con demostraciones de lá- 
grimas, pues las vituperaban cortándoles brazos y cabezas, ya tomándolas por 
asientos y ya haciéndolas pedamos para guisar con ellas las comidas, y esto, se- 
gún dicen, por mandato público del hereje Francisco Drake. A dos religiosos 
viejos y enfermos que, no teniendo fuerzas para huir, se quedaron en el con- 
vento de nuestro Padre Santo Domingo, pretendiendo resistir á los herejes 
en estas maldades con palabras de un santo brío, loa sacó arrastrando vivos la 
vil canalla y los ahorcaron en la mayor plaza de la ciudad, no obstante la de- 
fensa que quisieron hacer á este atroz hecho treinta españoles que estaban de 
guarda <;erca de la puerta de la ciudad y del camino por donde había sido la 
fuga de la gente de ella, para hacer resistencia á los herejes, si pretendiesen 
correr la tierra y estancias en demanda de los fugitivos; los cuales soldados, ya 
que no pudieron estorbar la muerte á los frailes, los quitaron de la horca y 
enterraron. 

4.^ La iglesia de este convento, que es de bóveda muy capaz, y la mejoí 
<5[ue pienso tienen estas Indias del Pirú, la hicieron carnicería, donde mataban 
las vacas para comer, y lo mismo hicieron de la Iglesia Catedral, que tambiéa 
es de lo mismo, obra bien acabada. Cuando lo estuvo el saco y pillaje de la 
ciudad, se dieron á destruirla, derribando edificios de los que habían dejado en 
pié las balas con que la habían batido desde la mar; en especial empleaban su 
coraje en los conventos de frailes y monjas, abominándolos más por el recogi- 
miento, clausura y castidad que se profesaba y guardaba en ellos. Yo vi, en la 
ocasión que dije me había hallado en aquella ciudad, yendo á visitar aquella pro- 
vincia desde ésta del Nuevo Reino, la capilla de la iglesia de nuestro convento 
de Santa Clara toda abrasada ; las cabezas de las vigas madrinas de nuestro con- 
vento de San Francisco todas breadas, con intentos de pegarles fuego para que 
ardiesen mejor, y lo mismo era en los demás conventos. Vi la bóveda del coro de 
los Padres de la Merced (que es de una iglesia muy bien acabada) que se estaba 
cayendo, y el convento casi todo destruido, por ser el primero con quien se en- 
contraron á la entrada de esta ciudad los ochocientos herejes que entraron por 
Aina, y al fin vi en común, por toda la ciudad, tan grandes ruinas, que hasta 
entonces no se habían podido reparar ni aun acabar de llorar, que pude decir 
de ella lo que San Agustín de la de Roma, en su libro de la Ciudad de Dios : 
<'Cuán grande haya sido la ciudad, lo dicen bien sus ruinas ! " que llegaron las de 
^hora también hasta las aguas del río y puerto, pues en él quemaron muchos ba- 



lio FRAY PEDRO SIM(5n (6.* NOTICIA 

jeles pequeños, reservando sólo, porque les importaba, un grande y valiente 
galeón, que dicen era del Corzo, vecino bien conocido de Sevilla. Sólo dejaron 
sin tocar á los edificios (para tener ellos donde habitar) y casas que estaban en 
la calle que llaman de las Damas, aunque no quedaron tan libres de sus manos 
que no hiciesen leña las puertas y ventanas para guisar de comer, por no alar- 
garse á traerla de los arcabucos. 

5.° A donde envió á avisar el Francisco Drake á nuestra gente retirada 
para si querían concertarse en la talla de lo poco que había quedado sin des- 
truir de la ciudad, porque si no haría con esto lo mismo que con lo demás. Lo 
cual pareciendo conveniente al Presidente y Oidores, que eran los Licenciados 
Mercado y Villafaña y el Licenciado Aliga, Fiscal, se fueron acercando más á 
la ciudad, á donde enviaron al Factor de ella, García Fernández de Torquemada, 
para que diese asiento más moderado con el inglés del que pedía de rescate, 
que eran cien mil ducados, en que fué haciendo baja, después de muchos dares 
y tomares, hasta veinticinco mil, en que quedó asentado el rescate y reserva de 
lo que había quedado en pié de la ciudad, que para haberlo de satisfacer, fué 
necesario acudiesen las mujeres con lo que habían podido reservar de sus galas 
y joyas, gargantillas y brazaletes, que con esto y la gruesa del robo, vino á 
montar todo sobre tres millones, entrando en esta cuenta la pérdida de lo que 
se destruyó del edificio y otras cosas, que como mucho de esto había sido mal 
adquirido y tomado con violencia por sus antepasados, de los miserables indios, 
podemos decir, sin que sea juicio temerario, permitía Dios los volviesen ahora 
á desposeer á ellos de todo, y aun es misericordia suya no ee acabe de destruir 
aquella ciudad, como casi lo están las demás de aquella isla, pues después que 
entraron en ellas los españoles á fundarlas, se han consumido, sin que haya 
quedado tan solo un indio há más de cuarenta años, más de un millón y seiscien- 
tos mil indios de macana, sin la chusma de hijos y mujeres, que hallaron los 
nuestros cuando pisaron la primera vez esta isla y fundaron esta ciudad, donde 
estuvo este hereje pirata más de treinta días, predicando en muchos de ellos 
la secta de Lutero, los ministros que traían de eso, y entreteniéndose en fiestas 
y celebración de la victoria y ganancias conseguidas. 

Enviaba también el protestante á llamar á algunos de nuestros retirados, 
con quien, viniendo, se entretenía con palabras joviales y llenas de vanidad y 
arrogancia, baldonando el miedo de los nuestros, pues lo tuvieron á los suyos 
cuando venían allegándose á la ciudad, cansados y sin aliento; á que añadía 
otras cosas más pesadas en oprobio de nuestra religión cristiana, abonando sus 
herejías y robos; que dio á entender los había de pas^r muy adelante en la 
ciudad de Cartagena y otras, haciéndoles guerra por mar y tierra hasta ren- 
dirlos. Lo cual ad virtiendo los nuestros, aunque al disimuloj un cabalieix) 



CAP. VIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 11 1 

llamado Don Francisco Maldonado, vecino de Santa Mai-ta, con la brevedad 
posible, habiendo oído esto, lo escribió en una carta, y el estrago que había 
hecho el enemigo en aquella ciudad, y la despachó con todo secreto y brevedad 
en uno de aquellos puertos llamado Ocón, en cierto barquillo, para la ciudad 
de Cartagena, aunque otros dicen fué á dar el aviso ahora el mismo Don Fran- 
cisco en persona; pero no fué sino después, con que lo tuvo con máa certidumbre 
y de más cerca el Gobernador de aquella ciudad, Pedro Fernández de Bustos, 
no obstante el que tenía del Rey, y otro que le llegó también de España pocos 
días antes que el Francisco Drake» 



112 FRAY PEDRO SIMÓN (6.» NOTICIA 

CAPÍTULO IX 

1.* Sale Francisco Drake de la ciudad de Santo Domingo la vuelta de la de Cartage- 
na — 2.<' Donde se hacen diligentes prevenciones para su defensa, aunque en vano — 3.* 
Señálasele á cada Capitán su puesto, Empúyanse las entradas con yerba veneno- 
sa — 4.0 No queda diligencia sin prevenirse; sácase toda la hacienda de la ciudad, 
mujeres y chusma, 

ALLEGÁNDOSE los últimos días de los treinta que se detuvo eo 
la ciudad en lo dicho, j satisfecha la paga de la talla, no le 
faltaron socaliñas al Corsario por sí y sus Capitanes y gente más grave, pidien- 
do á los vecinos les socorriesen con carne salada y fresca de puercos y novillos, 
algunas conservas y otros dulces (no obstante el mucho azúcar que tenían em- 
barcado del pillaje), de que abundaba notablemente aquella ciudad, que por 
echar de sí aquella tan contagiosa pestilencia, le acudió con mucho de esto, 
con que se dio á la vela el enemigo á otro día de los treinta que había estado 
en el puerto, tomando su derrota para el de Ozama, que es en la misma isla^ 
cerca de un pueblo que so llamaba la Yaguana, dondo se rancheó muy des- 
pacio, con harto daño de los vecinos, y dio lado á todas sus naves; de que 
después se tuvo aviso en la ciudad de Cartagena, á quien le pudo ser de como- 
didad esta tardanza para hacer mayores prevenciones á su defensa y seguro; 
teniéndolo yá los vecinos de la de Santo Domingo de la molestia de este su 
enemigo inglés, fueron volviéndose á la ciudad, que la hallaron tan desman- 
telada como hemos dicho. Y como ellos y ella venían de mal pasar en aquellos 
treinta días, sin comidas ni albergues, pues por ser tanta la gente y pocas las 
casas de estancias que había en los campos donde se pudieran recoger todos, 
estaban los más noche y día expuestos á todas las inclemencias del cielo, en 
especial al calidísimo sol y enfermísimo sereno, que siempre hace en aquellos 
países, sin tener quién reparara lo uno ni lo otro más que las hojas de un 
árbol : causas todas y otras innumerables calamidades que padecieron, lar- 
guísimas de contar y penosísimas de padecer, para que podamos decir que 
cuando volvieron á la ciudad, ni ellos la conocían, ni aun ella á ellos. 

Allí era el refrescarse los sentimientos y acrecentar las lágrimas de unos 
y otros, cuando ni hallaban casas en qué meterse; camas en qué dormir ; ha- 
rinas, maíz ni cazabe qué comer ; vino ni aceite qué gastar ; agua en las cis- 
ternas qué beber; campanas ni altares en las Iglesias, y ellas hechas unas 
caballerizas y mataderos; ornamentos para poder decir misa; ni aun harina 
para hacer hostias; ni vino para el sacrificio; aceite para las lámparas; no 
tenían vestidos que ponerse, pues á los más había servido eu todo este tiempo 



CAP. rx) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIBMK. 113 

una camisa, con que se hallaron al tiempo de la fuga, quien se solía mudar 
dos ó tres veces cada día, por los graves calores y sudores de la ciudad; pero 
al fin se albergaron lo mejor que pudieron en las casas que en ella hallaron en 
pié, que fué con bien poca comodidad, por ser bien pocas para tanta gente, 
disponiendo la Real Audiencia la comodidad de todos, y que se diera aviso por 
ella, en forma de Audiencia, á la ciudad de Cartagena, como se hizo, para lo cual 
Be despachó en persona, en un navichuelo, Don Francisco Maldonado en esta 
ocasión y no en la pasada, no obstante que entonces se envió primero aviso, 
como dijimos, que llegó á la ciudad de Cartagena. 

2.0 Donde por él y los muchos que tenía su Gobernador Pedro Fernández 
de Bustos, hacía tan grandes diligencias y desvelos en defensa de su ciudad, 
que no le dejaban dormir noches ni días, despachando provisiones y avisos á 
los pueblos comarcanos, para que viniese al socorro de la ciudad toda la gente 
que pudiese conducir. Proveyó la ciudad y sus fuertes de todos cuantos ali- 
mentos pudo recoger; dispúsose lo mejor que se pudo toda la artillería, que no 
era poca ni mala la que á la sazón tenía la ciudad, de quien era artillero mayor 
un Blas de Herrera, portugués. Nombró Oficiales mayores y menores de la 
milicia. Era su Teniente de Gobernador Diego Daza; Maese de Campo, Alvaro 
de Mendoza, aunque ya de antiguos, cansados y bien empleados años, de quien 
dejamos tratado mucho ; Francisco de Carvajal, su hermano. Capitán de la 
gente de á caballo, que serian hasta setenta ; Sargento Mayor, Bartolomé López ; 
á Lorenzo Martín se le encargó el estandarte Real; Capitanes de infantería 
fueron Martín Polo y su Alférez su hijo Juan Polo ; Pedro Mejía Mirabal, 
mercader grueso de la ciudad, y su Alférez Francisco de Barros; otro fué 
Alonso Bravo y su Aíférez Juan Cosme de las Alas ; á Alonso de Sanmiguel 
se le señaló por Alférez á Francisco López. Envió á la Villa de Mompox cin- 
cuenta soldados, armados lo mejor que se pudo, y por su Capitán Pedro de 
Aillón y Alférez Francisco de Al faro. Emparejó con éstos su número de 
soldados y armas la Villa de Tolú con un Capitán llamado Diego Pérez. Tam- 
bién acudió con la gente y armas que pudo la ciudad de Tenerife. 

3.0 Señáleseles ú cada uno de éstos su puesto: á Pedro Mejía Mirábal, el 
fuertezuelo que llaman de la Caleta, casi pegado á la isla de Getsemaní ; al 
Capitán Martín Polo, que tenía la compañía más lucida de ciento cincuenta 
soldados, que por ser él tan valeroso deseaban todos seguirle, se le dio su 
puesto en la Cie'nega de Pesca, una legua de la ciudad al Norte: puesto que se 
entendió ser el más difícil y importante, por tener sospechas que el enemigo 
había de echar la mayor fuerza de su gente detrás de la punta de la Canoa, que 
está más adelante. Los demás Capitanes se fueron disponiendo donde iba pi- 
diendo la necesidad presente más fuerza de resistencia, dividiendo como con- 



114 FRAY PEDRO SIMON (6.* NOTICIA 

venía la que se juntó, que fueron por todos cuatrocientos y cincuenta espa- 
ñoles, contando entre ellos los labradores que tenían á su cuidado las estancias 
circunvecinas. Trajéronse también de los pueblos circunvecinos quinientos 
naturales, todos diestros en el manejo del arco y flechas y aun en confeccionar 
la yerba venenosa, de que empuyaron las sendas y caminos más comunes y 
principales de las playas, que era tan fuerte sn veneno, que sólo daba de vida 
al picado de ella cuatro ó seis horas. Hízose un parapeto de piedra y cal en 
la que llaman la Caleta, más alto que á los pechos, que atravesaba desde la 
ciénega al mar grande (aunque si lo hubieran hecho algo más alto en ambos mares , 
les hubiera sido de mayor importancia, como veremos), para poder desde él, con 
seguro, cañonear los nuestros al enemigo, dejándole una puerta para poder 
entrar y salir las espías de á caballo; plantáronse cuatro tiros gruesos; 
cerráronse con fagina todas las calles por donde se entraba en la mar, dejándoles 
sus troneras por donde se entrase y saliese; fortificóse la Media luna hacién- 
dole una portada de cal y piedra, con dos valientes puertas, y en ellas dos 
portañuelas pai-a dos piezas gruesas que barriesen toda la puente. 

4." Otras se pusieron en la puerta de la ciudad, que está antes de la 
puente por donde se pasa á San Francisco ó la isla de Getsemaní, con gente 
de resguardo. El General de las galeras, que era Don Pedro Vique, caballero 
valenciano, hermano del Arzobispo de Zaragoza, las pertrechó con grandísimo 
cuidado de soldados bien armados, matalotajes y aguadas ; y en la Boca-Chica 
del puerto se hicieron fortísimas estacas para estorbar la entrada por allí de 
navios gruesos, pero con disposición que pudiesen salir por allí las galeras si 
fuese necesario ; de suerte que no quedó prevención humana que no se hiciese: 
todas de balde cuando las divinas disponen otra cosa, porque, como dijo el 
Espíritu Santo: No hay sabiduría^ prudencia ni consejo humano contra Dios ; 
que en estos sucesos tenía tomado por azote á este hereje Drake, para castigar 
á estos sus hijos, que vivían en estas costas tan ricos y poderosos, que olvi- 
dados en lo más de obligaciones cristianas, dormían á sueño suelto con la mo- 
dorra de descuidos insufribles, de que despertaron con estos repelones que 
ahora les dio el padre de las misericordias, reconociendo sus culpas y en- 
mendando sus vidas. Cusiéronse en salvo (entre las demás prevenciones) las 
mujeres, sin quedar en la ciudad más que las que eran menester para cocer 
pan para el sustento. Sacaron los niños y toda la gente flaca que no era para 
tomar armas; todas cuantas riquezas tenía la ciudad, sin dejar en ella más 
que algunas pipas de vino y botijambre de aceite, dando con todo en las es- 
tancias y casas que había entre la montaña y algunos ptieblos de indios^ como 
fueron Turbaco y otros, donde también escondieron todas cuantas imágenes 
babja en los templos, por librarlas del bestiírl furor de los herejes. 



CAP. X) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 115 

CAPÍTULO X 

].° Disponen en buen paraje las galeras.'Llegó á dar aviso de la venida del Corsario Don 
Francisco Maldonado--2." Dase de la ciudad vista al enemigo, que trae menos velas 
que se decía, por haber despachado algunas naves — d.° Llegó á ponerse sobre Carta- 
gena el Drake, y nuestra gente á su vista— 4." Coge á la entrada del puerto dos 
negros pescadores, que no fueron de poco daño— Desembárcase. 

"TVyO habiendo otros navios con que poder Balir del puerto á hacer 
»L 1 frente á los del enemigo antes que lo entrara, se determinó Don 
Pedro Vique á salir con sus galeras y morir, estorbándoles la entrada. Lo que 
no piensan algunos fuera de poca importancia, aunque teniéndolo otros por de 
mayor que el Don Pedro estuviera con los demás soldados en la ciudad y sus 
galeras, en puesto donde pudieran spr de efecto para el enemigo. Se tomó esta 
resolución, y así, cerrando con una gruesa cadena desde el fuertezuelo á la 
tierra y manglar de la Caleta, dejaron dentro, á la banda de la ciudad, las dos 
galeras Capitana y Ocasión, y otra barca que llaman la Napolitana, quedando 
en las dos por Capitanes Martín González y Castañeda, Con estas prevenciones 
y cuidado andaban, cuando llegó á la ciudad, de la de Santo Domingo, Don 
Francisco Maldonado, con el aviso que dijimos, de quien informándose el Gober- 
nador y Don Pedro Vique de las fuerzas del enemigo, y diciendo ser cuatro 
mil sus guerreros, en treinta y cinco navios, le avisaron no se diese noticia de 
tanta fuerza, antes se minorase y despreciase en toda ocasión, lo que no pudo 
tener efecto, pues lo que el Don Francisco callaba, publicaban los marineros 
que lo trajeron, diciendo ser valentísimas sus fuerzas, por el miedo que todavía 
traían metido en el cuerpo desde Santo Domingo; que fué ocasión para que 
gran parte de los soldados de esta ciudad, de la gente ordinaria, por no ser 
conducidos por paga, mostrasen alguna flojedad en los intentos de su defensa, 
tomando ocasión de que aun de comer no les daban con abundancia. Lo cual 
pasó tan adelanto, que les fué forzoso al Gobernador y al Don Pedro Vique, 
juntándolos en una iglesia, hablarles amorosamente, poniéndoles delante las 
obligaciones de su sangre española, y las que tenían á Dios y al Key en defen- 
der aquella ciudad, con que quedaron algo más esforzados á ello. 

2.0 Llegáronse con esto los nueve del mes de Febrero de este año de mil 
y quinientos y ochenta y seis, en que nuestra madre la iglesia celebraba el 
sacrosanto día de la Ceniza, en que se apercibió una vela, que aunque pensaron 
ser otra cosa, era un navio de aviso de España, en que lo daban tercera vez de 
la venida del Corsario á aquellas costas, y que también llegarían á aquella 
ciudad dentro de ocho días, á más tardanza, por quedar ya de vergas en alto 



116 FRAY PEDRO SIM(5n (6.* NOTICIA 

para salir, los galeones de la guarda de las Indias. Apenas hubieron dado los de 
la carabela estas cartas y recados, cuando volvieron á tender sus velas y salirse 
del puerto con ?ospechas de la llegada del enemigo, que no fueron en vano, 
pues apenas habían dejado por popa el puerto, cuando se dio aviso por los cen- 
tinelas de las veinticinco velas que se iban acercando del enemigo, de quien 
hubo opiniones sí eran nuestros galeones, por no venir más que éstas, pues el 
Don Francisco Maldonado le había coLtado treinta y cinco cuando salió el ene- 
migo de Santo Domingo, y fué, según dicen, que por no poner el Francisco 
Drake en mayor contingencia el pillaje que traía de aquella ciudad y la de 
Cabo Verde, despachó á Inglaterra con él diez galeones, que llegaron en salva- 
mento al puerto de Calés, el cual y su ciudad estaban entonces por nosotros; 
porque habiendo llegado, después que este pirata salió de Inglaterra á esta 
facción, el Príncipe Cardenal á esta ciudad de Calés con gran fuerza de gente 
española y buena industria, la tomó por fuerza de armas, dejando en ella por 
Gobernador y Capitán General al Capitán Tejeda, valerosísimo soldado, y bien 
conocido por sus famosos hechos, y así llegando ahora estos diez galeones á 
este puerto y dentro con el seguro que había dejado su partida, los hubo el 
Capitán Tejeda á todos á las manos con toda la presa, de suerte que sólo sirvió 
de llevársela en salvamento á los españoles de quien la habían robado. No 
dejaría de disponer de la gente de los diez galeones como merecían sus delitos. 
3.° Habiendo certificado los de la ciudad de Cartagena sor aquellas vein- 
ticinco fustas del enemigo, se tocó á rebato, y con tambores y pífanos, bande- 
ras tendidas y armados todos los soldados, se juntaron en la playa, y con ellos 
el Obispo Don Fray Juan de Montalvo, gran predicador y mayor Prelado de la 
Orden de Santo Domingo, á quien acompañaban todos sus prebendados y cléri- 
gos ; Fray Bartolomé de Sierra, prior del convento de Santo Domingo, con 
todos sus frailes, y Fray Sebastián de Garibay, guardián de San Francisco, con 
todos los suyos : todos esforzados y valientes, y con ánimo de perder las vidas 
en defensa de la fe de Cristo y de aquella ciudad. Era ya al hilo de mediodía, 
este que hemos dicho de la Ceniza, cuando se paso la flota del enemigo, yéndose 
acercando en paraje que pudo ver toda nuestra gente en la playa, que le 
pareció serían más de mil hombres, según la proporción do las hileras y orden 
con que estaban españoles, negros y indios, de quien no se hizo diferencia, juz- 
gándolos por unos á todos á bulto ; de que no se temió el astuto tirano, antes 
saltando de su Capitana en un bajel con intentos (según se supo) de certificarse 
más de cerca de nuestra gente, como por ventura lo iúciera, pues llegó hasta 
las reventazones, á no dispararle dos tiros gruesos, de que tampoco haciendo 
caso el esforzado pirata, se fué deslizando la costa adelante con un diestro pilo- 
to que traía, siguiéndole todas sus naves con banderas tendidas, flámulas y ga- 



CAP. x) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 117 

llardetes, pero todo de negro, que no se supo qué quiso significar el geroglífico, 
ni tampoco el ir del mismo color el General. 

4.° Hubieron á las manos, allí á la boca del puerto, dos negros pescadores, 
que no fueron de poco inconveniente para los nuestros, pues á fuerza de ame- 
nazas descubrieron estar las entradas de la ciudad empujadas, y otros pertre- 
chos que en ella se tenían; iba el inglés protestante entrando con su patache 
en el puerto y sondando y avisando por dónde habían de ir entrando sus naves, 
que lo hicieron sin ninguna resistencia, como se la podían hacer, y muy gran- 
de, á tener asestadas en la punta de la entrada del puerto y donde hoy está 
el fuerte de San Matías, algunas piezas gruesas; pero al fin, por este descuido, 
entraron sin zozobra hasta anclarse ya de noche las naves en la punta que 
llaman del Judío, una legua de la ciudad escasa, donde hoy está á más de media 
fábrica fundado un buen fuerte, y donde luego saltaron en tierra sobre mil 
guerreros y se fueron disponiendo para la entrada, que se determinaron fuese 
de noche, aunque nunca se pudieron persuadir los nuestros, sino que aguarda- 
rían al día; pero antes que aquél se pasara, mientras iba entrando en el puerto 
el enemigo, se fueron disponiendo nuestros Capitanes en sus puestos: en la 
puente el Teniente Diego Daza; Martín Polo con su compañía, como dijimos, 
en el paso de la Ciénega de Pesca, donde estaba hecha trinchera, por la sospe- 
cha que se tenía, como hemos dicho, de que dejaba gente en la punta de la 
Canoa; otros fueren á la puerta y puente de la Media luna, y los que hemos 
dicho, al fuertezuelo, quedándose el Don Pedro Vique con el resto, que serían 
hasta trescientos, los ochenta de á caballo; enviáronse cuarenta de estos 
peones para que gobernasen á los quinientos indios, que se pusieron en embos- 
cada dentro del manglar, al paso del enemigo, que los dispusieron tan mal que 
no sólo no fueron de ningún efecto, pero de mucho daño que diremos. 



118 FRAT PEDRO SIMÓN (6.» NOTICIA 

CAPÍTULO XI 

l.*» Da orden el pirata á su gente cómo marchen á la ciudad de noche— 2."' Resístenle 
los nuestros por tierra y mar desde las galeras— 3.° Gana el enemigo nuestra trin- 
chera y á los nuestros. Las espaldas vuélvenselas algunos— 4.° Pelean otros valero- 
samente; quémanse ambas galeras. 

HABIENDO desembarcado los luterano.s en el número y lugar que 
hemos dicho, los más mosqueteros, arcabuceros y piqueros, con un 
tan profundo silencio, que ana unos á otros no se sentían, sobre que caían unas 
tan oscuras tinieblas de la noche, quo en muchas antes y después no se recpno- 
cieron tan espesas. Puesto en medio de todos el Francisco Diake, les habló 
con eficaces palabras, esforzándolos á la facción que intentaba, y avisándoles 
de las envenenadas puntas que tenía la playa por donde habían do caminar, les 
dijo que yendo treinta soldados de mejores bríos por sobresalientes un tiro 
de arcabuz de los demás, caminasen todos por el mar, el agua á la rodilla, 
llevando las mechas encendidas cuanto altas pudiesen, para que si acaso de los 
nuestros fuesen sentidos y les disparasen, fuese por alto, haciendo puntería á 
la cumbre de las mechas. Amenazaba con esto, que el que con cobardía volvie- 
se las espaldas, tuviese por cierto el colgarle de una entena de los navios, á donde 
él se volvía, por serle forzoso el estar en su resguardo, por habérselo ordenado la 
Reina, su señora; pero que estaría cierto había de cenar aquella noche en la 
ciudad con seguro. Mucho llevaban los ingleses con estas palabras de su Ge- 
neral y con el silencio que caminaban, de enseñorearse de la ciudad sin ser 
sentidos de los nuestros, que no fué así, porque el cuidado del Gobernador no 
sufrió descuido de enviar dos de á caballo que corriesen la playa, que al punto 
que salían al efecto, le llegaron otras dos espías diciendo cómo el enemigo 
venía ya marchando, lo que también certificaron los dos de á caballo, que 
aunque las espías decían esto, no por eso dejaban de pasar adelante á lo que se 
les ordenaba, hasta que dieron de manos á boca con el enemigo, y así volvieron 
volando á dar aviso al Gobernador y á Don Pedro Vique, que luego comen- 
zaron con un fervor valiente, juntamente con Don Pedro Marradas, á allanar 
la gente de guerra, que no acudía con el valor que habían prometido aquella 
tarde, antes entre las tinieblas de la noche muchos se deslizaban. 

2.*^ Pero al fin con los que se fueron juntando se dispusieron en el para- 
peto á la resistencia de los ingleses, que llegando marchando por dentro del 
agua, con el cuidado que se les encargó, al paraje donde estaban emboscados 
los indios, no sólo no les dispararon flechas, pero como vil canalla, en viendo 
las picas y partesanas, escaparon huyendo y ensenándoles á los ingleses con 



CAP. Xl) NOTICIAS RE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 119 

esto, ser mejor aquel paraje por donde aquéllos huían, por estar sin puyas, que 
el que ellos llevaban, y así, saliendo de la mar, fueron caminando tras ellos, 
seguros de las puyas, hasta llegar tan cerca del parapeto, que los pudieron ver 
los nuestros, que disparando á bulto, fueron derribando á algunos, á que ayu- 
daron también á tiempo las galeras, pues disparando también sus tiros de 
crujía por la mano <j€recha, barrieron algunas hileras luteranas, con que 
quedaron tan atemorizados, por quedar divididos en dos partes, que mandó su 
^laese de Campo, mudando de parecer en lo que había prometido á Francisco 
Drake de no dar paso atrás, que se recogiese la gente para tomar la vuelta de 
los navios, ú que le respondió la vanguardia con un clarín que llevaban, quo 
ya no era tiempo de eso, sino de marchar adelante, sin embargo de que con los 
tiros de las galeras y de los de la trinchera, eran yá muertos casi doscientos 
ingleses, y de los nuestros siete perdieron la vida antes de entrar el enemigo á 
la ciudad, y entre ellos Cosme de las Alas ; pero dióselas de brío á los ingleses 
el haberle hallado entrada al parapeto por la parte de la mar, por estar men- 
guante y haber dejado paso entre el fin de él y la lengua del agua; que pu- 
diera haberse advertido este inconveniente cuando se hizo. 

3.^ Entrándose por allí los luteranos, con grandísima diligencia, fueron 
ganando á los nué&tros las espaldas, con quo muchos volvieron las suyas, vién- 
dose en tan conocido peligro de muerte y por no tener el valor que el Alférez 
Cosme de las Alas, que viéndose ya con las ansias de la muerte, por las mu 
chas heridas que ten^!a, con sola la asta de la bandera sacó de esta vida á dos 
ingleses, hasta que cierto caballero de ellos, llamado Don Duardo, le atravesó 
con una partesana, y después de rendida la vida, le sacó de la mano la bandera. 
No bastaban las voces de Don Pedro Brique para hacer volver á los temerosos 
soldados, en especial á los de á caballo, que por estar mal herido su Capitán 
y estimar en menos la honra que la muerte, habiendo de ser al contrario, se 
retiró en demanda de su mujer al arcabuco, á quien siguieron algunos otros 
vecinos de la ciudad con el mismo pío y miedos; de cuyo mal ejemplo aco- 
bardándose los peones, comenzaron también á huir, quitándoles el miedo las 
fuerzas que habían tenido hasta allí, si bien no todos huyeron á una, sino 
yéndose deslizando unos tras otros; con que se dio lugar á que los enemigos 
ganasen la trinchera ó parapeto y se prometiesen la victoria, como la comenzó 
á cantar, subido encima de él un clarín, de que enfadado un soldado, le dio 
con un tan acertado tiro de escopeta, que le hizo al hereje pasar desde allí al 
infierno en un instante, quitándole la vida. Entre los siete que murieron de 
los nuestros fué un Juan Rodríguez Kico. Prendieron al Capitán Alonso Bravo 
y lo mismo pretendieron hacer al brioso anciano Alvaro de Mendoza; pero los 
bríos de su caballo no dieron lugar d ello, pues aunque atravesado por los 



120 FRAY PEDRO SIMÓN (6.* NOTICIA 

ijares, sacó á su amo del conflicto de la batalla, de donde también salió Pedro 
de Coronado con tantas heridas, que la menor le amenazaba de muerte. 

4.° Viéndose el Don Pedro Vique con tan poca gente contra tan gran 
número de ingleses y tan bien armados, subiendo á caballo, se fué con la espada 
desnuda hacia la parte donde estaba el mayor número de ellos, diciéndoles á los 
españoles que habían quedado: ''Seguidme, caballeros, pues es ocasión ésta 
que hagamos demostración de nuestra sangre española y de la fe católica que 
profesamos, contra estos herejes, y del servicio de nuestro Bey." Que no fué 
tan vana esta diligencia que no le acudiesen sobre veinte españoles, y entre 
ellos su sobrino Don Pedro Marradas, y aun una escuadra de negros esclavos, 
cuyo Capitán era otro libre llamado Agustín Martín ; que se hubieron todos 
con tanto valor, que aunque quedaron heridos algunos, quedaron bien pagadas 
las heridas con muertes de muchos ingleses, los cuales prevalecían cada hora 
más, no obstante estas muertes y lo que hemos dicho, por ir supliendo estos 
estragos otros que de nuevo iban llegándoles de los navios. Se retiró á sus 
galeras Don Pedro, que hasta allí no habían podido hacer otro efecto que el 
que dijimos de la primera rociada. Mandó que se mudaran del puesto que 
tenían, y sucedió que por descuido de un soldado que estaba dando pólvora, 
se encendió un barril de ella y se quemó la galera, que fué causa que se sol- 
tasen los forzados de ella, huyéndose los turcos á los ingleses, y los cristianos 
á donde mejor pudieron gozar de su libertad. Viendo el Don Pedro Vique 
lo sucedido en aquella galera, y del poco provecho que era á los nuestros la 
otra, porque no lo fuese tampoco al inglés, le pegó fuego, habiendo sacado 
primero el Capitán Castañeda la pólvora y municiones y muchos de los man- 
tenimientos. 



CAP. XIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 121 

CAPÍTULO XII 

1 .<> Entra el enemigo á la ciudad, fortifícase en la plaza, donde le acomete valerosamen- 
te Martín Polo— 2.° Entra en la ciudad Francisco Drake, y encuéntrase lo primero 
con una Cédula Real en que le llaman Corsario— 3.** Conciértanse los edificios de la 
ciudad, y habiéndole pagado, da recibo de todo— 4 .° Hácense otros rescates parti- 
culares— 5.° Sálese de la ciudad el Corsario, vuelve á arribar otra vez, llega á su 
tierra. 

SIN estorbo del que hemos dicho, ni haber dado un paso atrás (por 
no valer fuerzas humanas á retardar el azote divino), so fueron 
entrando los mil luteranos, que estaban ya juntos en la ciudad, fortificándose 
en la plaza, y el Gobernador y Don Pedro Vique en la puerta de la puente, 
aunque ya sin provecho, pues habían cesado las dos causas por que se había 
plantado allí el Teniente: la una para hacer rostro al enemigo, si pretendiese 
entrar por allí; y la otra para detener á los nuestros, si alguno intentaba salir 
de la ciudad antes de concluir con la resistencia ; allí estaban los nuestros bien 
fortificados, cuando acudió un escuadrón de trescientos ingleses, pretendiendo 
también ganar la puerta, que aunque repararon algo viendo tanto presidio en 
ella, al fin se determinaron á disparar sus arcabuces, lo que también hicieron los 
nuestros por buen espacio de tiempo, en el cual iba ya amaneciendo y llegán- 
dose á la ciudad el Capitán Martín Polo, por haber oído en su puesto de Pesca 
la artillería de la ciudad, y saber que por donde él estaba no había algún 
peligro del enemigo ; á quien acometió con solos diez y siete soldados de los 
suyos, que le quisieron seguir, entrándose por las calles con tan valeroso 
ánimo, que llegó hasta la plaza arrollando cuantos ingleses encontraba por las 
calles ; los cuales viendo aquel atrevimiento con tantas muertes de los suyos, 
antes que otros de los nuestros también lo tuviesen para inquietarlos en la 
plaza, sacaron de ellas dos mangas de bien armados soldados, para que fuesen 
defendiendo las calles y le tomasen las espaldas al Martín Polo y los suyos, 
que adviitiéndolo, se fueron retirando, no á espaldas vueltas, sino haciendo 
frente, hasta juntarse con los que estaban en la puente, en la cual refriega 
murieron muchos ingleses, j de los nuestros Pedro Fernández y Francisco de 
Falencia. Viendo el Gobernador y los demás ser temeridad, y peligrar sin 
provecho el aguardar más en la ciudad, supuesto el estado que tenía, se reti- 
raron al pueblo de Turbaco, dividiéndose los demás por las estancias entre los 
arcabucos. 

2.° Habiendo avisado los ingleses del suceso al Francisco Drake en los 
navios, se entró en una lancha, y acompañado de otras, tomó la vuelta de la 



122 FRAY PEDRO S1M(5n (6.* NOTICIA 

ciudad, viniendo bogando muy aprisa hasta llegar al fuertezuelo de la Caleta, 
donde por la cadena y valientes bríos del Pedro Mejía, se detuvo, sin poder 
pasar las lanchas adelanto, hasta que le fué recado al Mejía dejara aquella 
facción y fuerte, pues no era ya de importancia, y así lo tuvo de dejar basta 
contra su gusto, porque le tenía, y bríos para defenderse allí por muchos días. 
Pasó con esto el General inglés, acompañado de su Almirante y otros muchos 
Capitanes, hasta entrar en la ciudad, donde se fortificó valientemente, como 
quien tenía intento de hacer asiento en ella por muchos días, comenzando en 
aquél, sábado diez de Febrero, á trastornarla toda ; que todavía hubieron ú las 
manos razonable pillaje de comidas, vino y aceite, que no se había podido sacar 
y de otras haciendas que habían enterrado los vecinos, habiéndoles dado no- 
ticia de ellas algunos negros esclavos que habían quedado en la ciudad. Entre 
otras cosas que el Corsario hubo á las manos, fueron en ciertns gavetas en la 
casa del Gobernador las Cédulas Eeales que habían ido en los avisos de España, 
dándolas de que un Corsario iba á infestar aquellas costas; de que se acedó 
tanto el inglés por haberle llamado Corsario (¡ como si no lo fuera !}, que no 
acababa de mostrar sus sentimientos, como se echó de ver, pues habiendo 
venido á la ciudad á tratar de su rescato de edificios el Obispo Tristán de 
Oribe, Pedro López Tribiño, el Doctor Méndez y otros vecinos y Capitanes 
de lo más granado de ella, lo primero de lo que trató el inglés fué de la 
cédula, con grandes demostraciones de acedías, diciendo que aunque aquello 
había sido exceso de secretarios y* que los Beyes no podían siempre leer lo que 
firmaban, que si cualquiera se lo hubiera dicho, él lo desmentiría por la barba, 
y tomara satisfacción por sus manos, como confiaba en Dios lo habían de ver 
todos algún día, y su desagravio en España. 

3.° Iba tan encarnizado en esto, que hoy no hubiera acabado de hablar 
sobre ello si no le moderara el Obispo, diciendo que en aquella sazón sólo venía 
á tratar del rescate, con lo cual y con otras palabras, reportándose el protes- 
tante, pidió por la talla seiscientos y tantos mil ducados, sobre el cual exceso 
en nada cedió, de suerte que se deshizo la junta sin dar en nada asiento, hasta 
que volviendo otro día Tristáu de Oribe, le llegó á ofrecer hasta cien mil 
ducados, que despreciándolos el hereje, y metiéndose otra vez en cólera, hizo 
poner fuego á algunas casas del arrabal, que eran de madera, y á otras de 
piedra, con intentos de arrasarla toda por el suelo ; hacían mil lamentables 
vituperios á las imágenes de las Iglesias, que por estar pintadas no se pudie- 
ron esconder ni reservar de su ira; predicaba casi todos los días la secta de 
Lutoro desde ios corredores de la casa del Gobernador y en otras partes públicas 
y capaces para juntarse auditorio á sus prédicas. Viendo los nuestros el estrago 
que iba haciendo en todos y los que iban amenazando se habían de hacer, 



CAP. XIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 123 

llegaron otra vez al concierto del rescate, que ofreciéndole sobre los cien mil 
otros diez mil ducados, quedó asentado. Que comenzándole á pagar parte de él 
en joyas, de las que no gustaba tanto como de la moneda, hizo baja de tres mil 
ducados, con tal que se lo pagasen en buena moneda, de que iba dando cartas de 
pago como los iba recibiendo, y á lo último la dio de todo, como yo las vi todas 
originales de su misma letra en un archivo de los oficiales de Cartagena, y la 
última dice así: 

^* Agnosco me centeiios Se septiesmille connatos á Gubernatore civibusque 
CartTiagence recepisse 20 die marthi 1586.*^ 

Francisco Dbake. 
Que en nuestro castellano quiere decir : 

" Conozco ó doy testimonio haber recibido del Gobernador y ciudadanos do 
la ciudad de Cartagena ciento y siete mil ducados, en veinte de Marzo de 1586." 

Francisco Drake. 

Y luego, consecutivo al recibo, dice así el original : *' Testigos que fuimos 
al firmar y á lo demás que vimos los dichos (hánse nombrado otra vez más 
arriba en otros recibos) Pedro López Tribiño, Tristán de Oribe y el Doctor 
Méndez y Pedro Mejía Mirabal, vecinos de la dicha ciudad ; Francisco de 
Alva, escribano." 

No quedó en esto la suma del rescate, pues habiéndose hecho algunos de 
particulares vecinos, por las cosas que había de ellos el inglés á las manos, le 
fueron de importancia de cien mil y tantos castellanos, como fueron de otras 
socaliñas que tuvo el pirata ingle's, diciendo que el matadero y el convento de 
San Francisco, que están fuera de la ciudad, no habían entrado en el rescate de 
ella, y así que aquello era cuenta aparte, á lo que no quería acudir el Goberna- 
dor, arrepentido por lo que había dado por la ciudad; pero al fin nuestros reli- 
giosos dieron mil pesos por el convento, y también se satisfizo por el matadero. 
Al Capitán Bravo Hidalgo le costó su rescate cinco mil pesos, que, como 
dijimos, lo tenían preso; también rescató Luisa Alvarez una muy buena estancia 
que tenía á la entrada del puerto en la isla de Carex (que hoy es de Don Pe- 
dro Félix), porque no se la talasen y destruyesen los muy buenos árboles de 
que la tenía plantada, que era de donde tenía su renta y bien de comer, en 
especial de un famoso árbol mamey, valentísimo y de buena fruta, como yo le 
vi el año pasado de mil y seiscientos y veinte y cuatro ; de suerte que toda la 
importancia del pillaje montó gcbre cuatrocientos mil ducados, sin las piezas 
de artillería, que eran muchas y muy buenas, con las que se hallaba la ciudad, 

^ í5 



124 FRA.Y PEDRO SIMÓN (6.* NOTICIA 

de que no quiso rescatar tan sólo una, y sin muchos negros esciaros que se le 
pasaron, que si á él no le eran de importancia, les fué de daño á los vecinos; tam- 
bién se hizo de su banda y religión hereje uu mestizo, cebado de sa libertad y del 
entierro y honra que el Drake le hizo hacer áotro de su pelaje, que traía en su 
compañía por Capitán desde la costa del Sur, donde se le pasó á su devoción. 
También enterraron con solemnidad a un Capitán á quien mató un soldado de los 
nuestros, llamado Francisco Díaz, en una lancha donde iba ol inglés con otros 
muchos á coger una fragata del trato, á quien dieron vista en estos días, pero no 
dándosela al soldado y á otros que estaban con él emboscados en un manglar á la 
costa, le costó la vida al inglés, á quien hizo con pompa de Capitán un lustro- 
so entierro á su modo el Francisco Drake. 

5.° El cual, después de haber estado en la ciudad dos meses, á los diez de 
Abril, después de haber reparado sus navios, se dio á la vela, y cuando iba 
saliendo del puerto, iban entrando los vecinos en la ciudad, que hallándola tan 
mal parada como se podía presumir de tales huéspedes, estaban con mil arre- 
pentimientos de la gruesa paga que le habían dado; pero apenas se habían aco- 
modado en lo que hallaron de las casas, y comenzado á repararlas y hacer 
otras de nuevo, cuando volvieron á ver las veinticuatro velas del inglés, que 
volvía á arribar al puerto ; con que se alborotó de tal manera la ciudad, que 
más prisa y con menos comodidad que la primera vez, comenzó á salir toda la 
gente de ella ; hasta que estando ya dentro del puerto, les envió á asegurar el 
Francisco Drake, con un amigo suyo llamado Jonás, bien aljamiado en nuestra 
lengua, que se quietasen sin temor todos en la ciudad, porque él les cumpliría 
la palabra que les había dado de no volver á entrar en ella, pues su arribada sólo 
era para tener mejor defensa en el puerto de los galeones que estaban esperan- 
do de España, si bien á la verdad no era sino para reparar la valiente barca 
que tomaron en el puerto de Santo Domingo, que se les iba á pique por la 
mucha artillería de que iba cargada. Tardáronse en repararla algunos días, en que 
no dejaban de molestar la ciudad algunos que se desembarcaban, y con sus armas 
venían á ella pidiendo matalotajes de carne salada, cazabe y bizcochos, á los 
cuales entretenía el Gobernador con industria, por si acaso entre tanto llegaban 
nuestros galeones, que viendo su tardanza, los despachó con lo que pedían, coa 
que á veinticuatro de Abril se volvió el inglés á hacer á la vela, y dejando el 
ir á Nombre Dios y Panamá, que era el principal blanco y pío con que salió de 
Londres, tomó su carrera por allá, á donde llegó en salvamento después de tan 
larga navegación. 

Por haber sido tan despacio el tiempo desde que alegaron estos luteranos 
á la ciudad de Santo Domingo y aun á la de Cartagena, lo hubo para que lle- 
gasen las noticias de todo á este Nuevo Reino de Granada, que aunque algo 



CAP. XIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 125 

confusas, se ordenó luego por parte de esta Audiencia, á quien gobernaba 
per Oidor más antiguo y falta de Presidente el Doctor Guillen Chaparro, se 
alistase gente y armas, se señalasen oficiales por todas las ciudades de él y es- 
tuviesen prevenidos para si les demandasen socorro de la de Cartagena, que ha- 
biendo sucedido como hemos dicho, y salídose el inglés de ella, sólo se quedaron 
estas diligencias en prevenciones, aunque importantes para quietar los indios 
más pacíficos del Reino, que con las nuevas andaban alterados, como gente tan 
novelera ; pero viendo la que se hacía de soldados españoles, tuvieron por bien 
de volverse á quitar. Pasado buen número de días de la partida del inglés de 
Cartagena, llegaron los galeones, que fué como el focorro que dicen de Espa- 
ña : un asno viejo cargado de lanzas sin hierro. Traíalos á su cargo, como Ge- 
neral que era, Alvaro Flórez ; naves fuertes pero sin efecto: venía en ellas Don 
Pedro de Ludeña por Gobernador de la ciudad y sucesor de Pedro Fernández 
de Bustos, que tuvo tan desgraciado fin en su Gobierno, como hemos visto de 
la pérdida de esta ciudad. 



126 FRAT PEDRO SIMÓN (6.* NOTICIA 

CAPÍTULO XIII 



Arma otra vez Francisco Drake y viene sobre Cádiz, donde le sucede mal— 2.» Por lo 
cual se halló en desgracia de su Reina Isabel. Arribada de Sancho Pardo á Puerto 
Rico con una nave de millón y medio— 3.*» Prometiendo haberla á las manos, sale 
con buena flota de Londres. Dase aviso á Nombre de Dios y Panamá — 4.<> Toca el 
Corsario en la isla Gran Canaria, donde, vendóle mal, toma la vuelta de la de Puerto 
Rico. 



N' 



O acababa de digerir Francisco Drake las acedías con que andaba con- 
tra nuestra religión y nación española, ni de querer dar á entender 
en toda ocasión lo estomagado que andaba y deseoso de venganzas, por la afrenta 
con que se sentía de haber hallado en las Cédulas Reales de aviso en esta ciudad 
de Cartagena que le llamaban Corsario. De todo lo cual andaba solicitado de sus 
deseos de ponerlos en efecto, robando algunas de las ciudades de los puertos 
de España. El cual pío comunicado con su Reina, y prometiéndola más de lo 
que pudo, hicieron los dos armada con designio de tomar la ciudad de Cádiz, 
donde á la sazón gobernaba Don Pedro de Acuña, y habiendo salido del puerto 
de Pletnua con muchas y buenas naves, bien cargadas de armas y gente, de 
quien él era General, y llegado á la ciudad, fué tan valiente la resistencia que 
le hizo el Gobernador, que no sólo no le surtió al hereje el efecto que deseaba 
de tomar la ciudad, pero destrozadas muchas de sus naves, quedaron muertos 
gran suma de ingleses, regando los primeros umbrales de las puertas de Espa- 
ña por aquella parte con la sangre de aquellos lobos, para que otros, oliéndola, 
no se atrevieran á poner el pié en aquellas entradas : como se dice de este ani- 
mal, que en oliendo la sangre derramada de otro de su casta, no pasa adelante, 
antes vuelve atrás, ó como suelen hacer con los grajos, que colgando uno de 
un palo, donde acuden muchos, huyen todos de aquella parte, porque no les 
suceda lo que á aquél. 

2.** Volviendo con este mal despacho Francisco Drake á Londres, fué bas- 
tante para quedar arrinconado de la privanza de su Reina : caso de los más 
tristes que le pudieran suceder, pues no hay miseria que llegue á haber sido 
un hombre y cuanto más ha sido mayor miseria. En ésta anduvo algunos años 
(porque en realidad las desgracias están, como la sombra, pegadas á la prosperi- 
dad, y no puede faltar en este mundo la alternativa de la una y la otra), cuando 
en el de mil y quinientos y noventa y cinco (nueve^de^ués que salió de Car- 
tagena con el pillaje que hemos dicho), yendo Don Francisco de Colona con la 
flota y plata de estas Indias, y en su compañía Sancho Pardo de Osorio, Gene- 
ral de Tierra Firme, corrieron una tan grave tormenta, que aportando cada nao 



CAP. XIII) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 127 

á diversas partes, unas á Cádiz, otras á Lisboa y otras al Ferrol, Sancho Par- 
do con la suya arribó á la isla y ciudad de Puerto Rico, en que llevaba millón 
y medio de plata. Dio aviso desde allí á Castilla, donde luego fué ordenado por 
el Rey saliese Don Pedro Tello con cinco fragatas en demanda de Puerto Rico, 
para ir en resguardo de la navo de Sandio Pardo. No fué tan secreto este su- 
coso y nuevas en España, que no pasasen á Inglaterra y alterasen, entie los 
demás, la codicia del Francisco Drake, que ya por la plata, y ya por abrir por 
aquel camino entrada para volver á la gracia de la Reina, pretendió dar á 
entender á todos ser más evidente y claro que el día el poder haber á sus ma- 
nos, y poner desde las suyas en las de la Reina, no sólo la plata de aquella 
nave de Puerto Rico, pero aun toda la que tenía Panamá, Nombre de Dios y 
Puertobelo. 

3.*^ Anduvo tan persuasivo en esto, que con intervención de la Reina se 
dispusieron á la jornada, en el puerto de Plemua, hasta veintisiete navios, los 
seis do la Reina y por su cuenta y el resto de mercaderes y á la suya; las dos 
mayores de seiscientas hasta setecientas toneladas, dos de á cuatrocientas, cinco 
de á trescientas y el resto de á doscientas y de á ciento cincuenta, y tres de 
hasta cincuenta; repartidas en ellas hasta tres mil hombres de mar y guerra, 
la mayor parte moza, bisoña y desarmada, pero con voz de que venían siete 
mil. Venía por General de tierra Juan Acles, y orden que en su falta lo fuese 
el Francisco Drake, que lo era sólo de mar; Sargento Mayor, un Rodulfo, gran 
soldado, sobrino del General, y otros oficiales. Diéronse á la vela en el mismo 
puerto, á cinco ó seis de Septiembre de dicho año de mil y quinientos y noven- 
ta y cinco, que sabiéndose en el Real Consejo de Indias, y los designios que 
llevaba de pasar á Panamá y á Nombre de Dios, se le despachó sobre las espu- 
mas de la agua, como dicen, en un navio, buen velero, al Gobernador y Capi- 
tán General de Nombre de Dios y Puerto Rico, que era Don Diego de Amaya, 
que comenzó luego á disponer pertrechos, aunque se hallaba con bien pocos, 
para defensa de su pueblo. Dio desde él aviso á Panamá que no se podía per- 
suadir á que en aquel tiempo saliese gente do Inglaterra, donde comienzan los 
rígidos y procelosos inviernos, aunque bien tenía experiencia el Francisco 
Drake que esto es en aquel mar frío que se va calando debajo del polo Ártico, 
porque en e-te nuestro caliente, que metido debajo la Tórrida Zona viene á 
buscar por cénit la línea equinoccial, los mejores tiempos de navegar son 
aquéllos. No obstante estas razones, de la ciudad de Panamá instaba el Don 
Diego en el socorro que pedía, de que dio aviso aquella Real Audiencia al 
Virrey del Pirú (á quien está sujeta), Don García de Mendoza, Marqués de Ca- 
ñete, que despachó luego (habiendo llegado poco había de ser Gobernador de 
Chile á la ciudad de Lima) á Don Alonso de Sotomayor por su Teniente con 



128 FRAY PEDRO SIM(5n (6.^ NOTICIA 

alguna gente, y los Capitanes Fernando de Ocampo y Juan Enrique, y muchas 
municiones de pólvora, balas, cuerda y seis piezas gruesas, que llegaron en 
salvamento en una galizabra al puerto de Panamá, donde fueron bien recibi- 
dos, más por las personas que por los pertrechos, en especial por la estima que 
hacían de la de Don Alonso, á quien la Real Audiencia nombró de nuevo por 
su Teniente General en todo cuanto tocara a su jurisdicción, no obstante, como 
dijimos, que él lo era del Marqués y Virrey. 

4." Volviendo a la flota y navegación de Inglaterra, llegando á la isla y 
puerto de la Gran Canaria, pretendió hacer en su ciudad un gran pillaje, para lo 
cual echó en tierra (aunque Cairaseo dice no haberlos dejado saltar en ella, 
sino que antes de eso les hicieron resistencia, sin dejar desembarcar á ningiuio) 
en veinte lanchas más de mil hombres por el puerto, que recibiéndolos bien 
prevenidos con ochocientos los de la ciudad, buenos jinetes y arcabuceros, y 
bien industriados á semejantes lances, á los primeros hicieron menos cuaren 
ta ingleses, y retirar al protestante, que mal contento se hizo á la vela y muy 
de otro gusto del que intentó robar la ciudad. Corrió más adelante la costa 
cinco leguas, donde en cierto paraje saltaron en tierra veinte ingleses con inten- 
tos de hacer aguada, que les salieron en vano, pues en lugar de agua llevaron 
sangre, por la prisa que les dieron los ganaderos que andaban por aquellos países 
pastando los ganados, que con hondas, bastones y lanzas, de los veinte sacaron 
de esta vida á los catorce, y de los seis hubieron vivos tres á las manos, y aun 
los tres que restaban por escaparse de ellos se derrumbaron por ciertos peñascos, 
donde, haciéndose mil pedazos, fueron a refrescarse al infierno. Con que el 
Francisco Drake, desabridísimo, tomó la vuelta de Puerto Rico, surgiendo de 
camino en una de las islas que llaman de Barlovento y á ella de Guadalupe, se 
ancló el tiempo necesario hasta hacer siete lanchas, por habérsele perdido al- 
gunas, donde echó á pique tres naves gruesas, por ser zorreras y haber venido 
hasta allí cargadas sólo de mantenimientos. No se descuidaba en este tiempo 
Don Pedro Tello de proseguir su navegación con cinco fragatas, y dando vista 
á las islas Dominica y Matalino, también de las de Barlovento, se encontró 
entre las dos con dos navios de la armada del inglés, que se habían adelantado 
mientras los otros estaban en la de Guadalupe, que escapándosele el uno por 
haberle cogido el barlovento, echó el otro á pique, habiendo de él á las manos 
diez y ocho ingleses, que á fuerza de tormentos c:>nfesaron el discurso de toda 
la jornada, que fue el que hemos dicho, nombrando por sus nombres todos los 
Capitanes, Alférez y Sargentos; aunque mejor relacióTr se tomó de un portu- 
gués llamado Simón Moreno, que venía con ellos y se les huyó cuando llegó 
Francisco Drake al puerto del Río de la Hacha. Con todo eso, cuidadoso por 
esta relación de los atormentados ingleses, Don Pedro Tello llegó á la ciudad 



CAP. XTV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 129 

de Puerto Rico, donde comenzaron lue'go á hacer nuevos pertrechos en defensa 
del Corsario. 



CAPITULO XIV 

1 .« Sucediéndole mal al Drake también en Puerto Rico, toma la vuelta de estas costas 
y llega al Cabo de la Vela— 2.° Dase nueva en Cartagena y previénese su Goberna- 
dor Don Pedro de Acuña. Llega al Río de la Hacha y roba las estancias y canoas de 
perlas— 3.» Quema la ciudad. Da relación de la armada un portugués que aquí se 
le huyó— 4.0 Pasa á Santa Marta, y quemándola, hácese á la mar la vuelta del Nom- 
bre de Dios. 



T 



lENÍ A á su cargo á la sazón esta ciudad el Capitán Juan Fernández 
Coronel, natural de Hita (?) (que yo conocí mucho, pues vine na- 
vegando con él desde España hasta k isla Margarita y hoy pienso que es. vivo, 
hombre de valor en toda ocasión de honra), que juntamente con Don Pedro 
Tello y Sancho Pardo dispusieron bien la defensa del puerto y ciudad. En tres 
partes se dividió la artillería ; cerróse la boca de la barra con tres fragatas que 
se echaron en ella á pique, para que sus jarcias enjarciasen y impidiesen la 
entrada á la naves enemigas. Amparáronse al abrigo nuestras cinco fragatas, 
para desde ellas darle también batería, como sucedió, pues llegando el pirata á 
vista del puerto y poniéndose de mar en través con todas sus naves, pretendió 
aquella noche, cubierto de su obscuro manto, entrarse dentro, como lo intentó 
con mil hombres en veinte lanchas, procurando limpiar con su arcabucería los 
estorbos, y pareciéndole serle grandes los de la obscuridad de la noche, pegó 
fuego á dos de nuestras fragatas para tener luz, que fué su total ruina, pues 
aunque la tuvieron los nuestros de las dos fragatas por no poderse remediar el 
fuego, tuvieron luz, aprovechándose de su mismo daño, para disparar con pun- 
tería cierta á las lanchas, y tan cierta, que les barrían la gente desde el Morro 
y otras partes con las piezas gruesas, sembrando el mar de cuerpos, con que le 
fué forzoso retirarse y volverse á.su puesto, donde sucedió una cosa digna do 
que se encomiende más á la memoria que al olvido; y fué que estando cenando 
un caballero inglés que hacía oficio de Teniente General, viéndola luz que tenía 
á la mesa un artillero, desdo el Morro, apuntó tan acertadamente á la lumbre 
una pieza gruesa, que, dando con la bala en la mesa, barrió cuantos en ella 
estaban y otros circunstantes hasta número de quince, que pasaron desde allí 
á tragar en el infierno otras mayores desgracias, como tambie'n le sucedió al 
General Juan Acles, que do pena de éstas rindió allí la vida, con que eligieron 
en su lugar al Francisco Drake, quedando con esto con ambos cargos do Gene- 



130 FRAY TEDRO SIMÓN {Q,^ NOTICIA 

ral de mar y tierra. Que maldiciendo su mala suerte y blasfemando de los ma- 
los sucesos de Canaria y Puerto Eico, tomó la vuelta de las costas de Tierra 
Firme y llegó al Cabo de la Vela. 

2.0 Por donde á la sazón pasó cierta fragata del trato, que había salido 
con harinas de la ciudad y puerto de la laguna de Maracaibo, y corriéndola 
cinco velas del enemigo, se escapó de ellas por traerles gran ventaja, y llegó á 
dar estas nuevas á la ciudad de Cartagena, martes doce de Diciembre, donde á 
la sazón era Gobernador Don Pedro de Acuña, que el jueves antes había teni- 
do pliego de la Audiencia de Santo Domingo, en que avisaban de la llegada del 
protestante á Puerto Rico. Estas nuevas déla fragata, por ser tan ciertas y 
del enemigo tan cerca, avivaron los bríos y desvelos de Don Pedro de Acuña, 
de manera que en pocos días cercó toda la ciudad de Cartagena de empalizada 
de maderos gruesísimos y fagina, en cuya solicitud nioguno de la ciudad se ex- 
cusaba de trabajar, pues me certificó un ciudadano fidedigno de ella, que se había 
visto, para ejemplo de los demás, cargar fagina á Don Pedro Duque de Ribera, 
que á la sazón se hallaba allí electo Obispo de Panamá. En esto andaba Don 
Pedro de Acuña, cuando llegó otro aviso por tierra, de parte del Licenciado 
Mancio de Contreras, que á la sazón era Gobernador de Santa Marta y estaba 
en la ciudad del Río de la Hacha, de cómo había entrado ya allí el inglés, lunes 
á once de Diciembre, y traía consigo todas las canoas y negros de las pesquerías 
de perlas del Cabo de la Vela, con intentos de que los del Río de la Hacha, 
siendo suyos, los rescatasen, que no saliéndole á ello, echó su gente el Corsario, 
una noche con la luna, á que robasen y destruyesen las estancias, como lo hi- 
cieron sacando de ellas gran pillaje de lo que tenían escondido los vecinos (que 
no habían dejado en la ciudad más que el casco) y alguna gente, y entre 
ellos el Prior del convento de Santo Domingo, que sabiendo era fraile, luego lo 
soltó. 

3.° Trató por terceras personas del rescate de las casas con el Gobernador, 
que prometiéndole veinticuatro mil pesos en perlas, y dándole algunos rehenes, 
que se había de cumplir dentro de quince días, sólo tuvo intento en esto de 
alargar el tiempo, para qiie en él se pudiese pertrechar mejor la ciudad de 
Cartagena, por si acaso pretendía ir á ella, y la de Santa Marta ponerse en 
cobro, donde sin duda iría, como fué, y así pasados los quince días, como el 
Licenciado Mancio no le acudió con el concierto en el tiempo puesto, dejando 
en tierra los rehenes y muerto el Almirante do la armada en el puerto, pegó 
fuego á dos de sus navios y á la ciudad, día tercero de Pascua de Navidad, y 
se dio á la vela, llevando consigo las canoas y negros' de la pesquería de las 
perlas. Dejó también allí aquel portugués que dijimos, llamado Simón Moreno, 
que habiéndolo captivado cerca de Londres, aquí se les huyó y dio la mayor 



CAP, XIV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIR5IE. 131 

parto de la relación del discurso do esta armada, y añadía en la confesión quo 
le tomó aquí el Gobernador Mancio, que la fuerza en que confiaba el Francisco 
Drake era en los muchos titos gruesos y municiones que traía, y que eran sus 
intentos ir á Santa Marta y probar las fuerzas de Cartagena y las de Nombre 
de Dios y Panamá, y para el río de Chagres traía todas aquellas lanchas, y que 
á todas partes pensaba acometer de noche para atemorizar más la gente de 
aquellas ciudades, y que traía preciso orden de la Reina, que había de volver 
á la snya de Londres por todo el mes de Mayo, por estar con temores de 
la armada de España, y más se sospechaban de esto por haber sucedido que 
cuando ésta estaba de vergas en alto para salir de Inglaterra, llegó nueva que 
la escuadra de galeras que estaba á cargo de Don Diego de Borja había que- 
mado en aquella isla tres villas y pasado toda la gente á cuchillo. 

é.*' A tres días que salió esta armada del puerto del Río de la Hachas 
entró en el de Santa Marta, á treinta de Diciembre, con veintidós navios 
gruesos, sin los pataches y lanchas^ y habiéndose apoderado del pueblo, por 
estar la gente retirada al arcabuco y estancias (asilo en estas ocasiones de todo 
aquel pueblo), al amanecer otro día siguiente, despachó el protestante su gente 
á que las trastornasen y robasen, como lo hicieron en algunas, y hallando en 
una los ornamentos de la Iglesia y una imagen de bulto de Nuestra Señora, 
guardando los ornamentos para lo que después diremos, dieron los pérfidos 
herejes muchas cuchilladas á la santísima imagen, hasta cortarle los brazos: 
demostración atroz de su herejía. Prendieron al Teniente de Gobernador, 
llamado Don Francisco Flórez, en cierto paso del río, y á un portugués que 
estaba con él, á quien enviaron luego, domingo ú medio día, remitiendo una 
carta del Teniente á los vecinos de la ciudad, en que decía: *' Yá Vuestra, 
Mercedes han vieto el modo de mi prisión: estos señores me han dado de 
término hoy en todo el día para el rescate de mi persona y pueblo, donde se 
prometen de seguir á Vuestras Mercedes hasta las cumbres de las sierras de 
Betoma; Vuestras Mercedes vean mi necesidad y se duelan de mí." Habiendo 
visto esta carta los ciudadanos, determinaron rescatarlo a él solo, enviando 
esto por respuesta con el mismo portugués, que cuando llegó al pueblo, andaban 
tan caladas las fuertes brisas que de ordinario corren en aquella costa y que iban 
ganando las naves hacia el Morro, que está en medio el puerto, y amenazando pe- 
ligro de hacer todo pedazos en él ; lo cual queriendo reparar el Francisco Drake, 
mandó se embarcase aprisa toda la gente, y que la escuadra postrera quemase 
todo el pueblo, como lo hizo, sin quedar en pié más que dos casillas apartadas. 
Con que se dio á la vela, llevándose consigo al Teniente, el mismo domingo 
postrero de Diciembre de mil y quinientos y noventa y cinco, y luego allí á 
las Bocas del Río Grande, por la fuerza de los embates de las aguas dulces y 

i6 



132 FRAY PEDRO SIMÓN (6.* NOTICIA 

saladas, se le fueron á pique ocho barcos con la gente que iba en ellos, por lo 
cual se hizo á lo largo enmarándose y huyendo el peligro con las demás fustas. 



CAPITULO XV 

!.• Envía el Gobernador de Cartagena gente á coger dos lanchas rezagadas del inglés — 
2.« Cogen la una y declara su derrota y intentos— 3.* Da vista el inglés al puerto 
de Nombre de Dios, donde se disponen á la resistencia— 4. « Entra en la ciudad, 
guiado de un mulato que se pasó á sus soldados . 

rr^ENIENDO por cierto toda esta ciudad que el enemigo tomaba la 
JL vuelta de Cartagena, determinó la mujer del Teniente ir á la 
misma ciudad á rescatar su marido, como lo hiciera, si un vecino de allí, 
llamado Diego Ruiz, no se ofreciera ir él en persona á hacer el rescate ; para 
que se partió luego de aquella ciudad, y llegó á la de Cartagena, jueves cuatro 
de Enero del año siguiente, donde dio la nueva do lo sucedido en Santa Marta, 
y que la espía que tenía puesta el Gobernador en la punta de la Canoa, cinco 
leguas de la ciudad do Cartagena, no había visto pasar la armada del enemigo, 
si bien decía que el martes antes le había parecido así á una vista que se des- 
cubrieron algunas velas, y sonó un trueno como de tiro grueso ; pero que 
no se determinaban si fuesen velas ó celajes. El mismo miércoles tres de 
Enero se descubrieron dos lanchas del enemigo y surgieron en la Cangre- 
jera, cuatro leguas de la misma ciudad de Cartagena al Levante, de que 
teniendo nueva Don Pedro de Acuña por las guardas de á caballo que 
velaban la costa, despachó aquella noche veinte hombres de á caballo con 
veinte peones con sus arcabuces, que llevándolos á las aucas los de á caballo 
para que llegasen descansados y con más brevedad, tomasen el puesto más 
acomodado en el arcabuco, donde se emboscasen cerca de donde estaban surtas 
las lanchas, por si acaso echaban gente en tierra. Despachó también una ga- 
lera y la Napolitana con soldados del presidio, para que bogando toda la noche, 
amaneciesen en la Cangrejera sobre las lanchas, poniendo toda diligencia para 
cogerlas, que no les fué posible, pues aunque amanecieron galera y Napoli- 
tana sobre ellas, tuvieron lugar de huir y enmararse, de suerte que no las 
pudieron seguir las nuestras, en especial por llevar orden de volver aquella 
noche al puerto, por si acaso fuese aquello estratagema del enemigo, para con 
el cebo de las lanchas sacar del puerto las galeras y entrarse él por otra parte 
sin resistencia. 

2.^ Los cuarenta soldados estándose aquel día en la Cangrejera, a otro 



CAP. XV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 138 

siguiente, al amanecer, volvió al mismo puesto la una de las lanchas, de que 
avisando al Gobernador, volvió á despachar la galera con la Napolitana y otra 
fragata, con gente bien armada y orden para que la fuesen siguiendo, como 
lo hicieron ; pues amaneciendo otro día sobre ella las tres fustas nuestras, le 
fueron dando caza hasta que sobre las islas de Barú, que están al Oepte de 
esta ciudad, cerca de la Villa de Tolú, la hubieron á las manos y metieron 
en el puerto con diez y seis ingleses, algunos de ellos heridos en la refriega, 
y uno tan mal, que murió en entrando en el puerto, que fué á diez de Enero. 
Tomándoles sn declaración á estos ingleses el Gobornadur, dijeron que estas 
dos lanchas eran de la armada del General Francisco Drake y que se habían 
quedado rezagadas de la flota en el puerto de Santa Marta, quemando las casas 
y recogiendo los soldados retardados en embarcarse, y que habiendo gastado en 
esto hasta las cinco de la tarde el domingo que salió la armada, no la pudieron 
alcanzar ni aun darle vista, por haberse enmarado mucho, huyendo del oleaje 
y embates de las aguas dulces del Río Grande de la Magdalena con las saladas, 
y temiendo estas dos lanchas el enmararse por las fuertes brisas, se venían 
costa á costa, si bien esta lancha no había dado más vista á la otra, desde que 
la galera la corrió, y que la flota del inglés entendían estaría ya en Nombre 
de Dios; y en lo demás conformaban con lo que había dicho el portugués en el 
Río de la Hacha. De todo lo cual dio aviso Don Pedro de Acuña al Goberna- 
dor de Nombre de Dios y Puertobelo, Don Diego de Amaya, despachándole 
para esto una fragata con buenos y bien armados soldados y remeros, por su 
Capitán el Sargento del presidio, llamado Juan Guerrero, y para que tomase 
lengua de la armada del enemigo. El cual no atreviéndose á llegar á Cartagena) 
por tener tan en la memoria lo que le había sucedido en Cádiz con el mismo 
Don Pedro de Acuña, puso la frente en dar el primer golpe en el pueblo y 
puerto de Nombre de Dios, aunque no hacía aquello en nombre de Dios, sino 
do su Reina ó Lutero. 

3.'' Desde donde, y á los últimos de Enero del año de mil y quinientos 
y noventa y seis, descubrió el atalaya á una vista larga las naves del enemigo, 
que yéndose acercando y queriendo ya entrar en el puerto uno de los navios, 
le hicieron retirar dos piezas que se le dispararon: una del arrecife que estaba 
sobre el Morro, y otra plantada en la playa, donde estaba el Gobernador con 
solos sesenta y dos soldados, que le habían enviado de socorro, desde Panamá 
con el Capitán Pedro de Quiñones, natural de León, hombre valeroso, de que 
daban testimonio sus hazañas en Fiandes, hermano del otro valeroso Capitán An- 
tonio de Quiñones. No se hallaba el Don Diego con más piezas de estas dos, y 
no eran muy gruesas, por haber remitido las otras á Puertobelo, que á la sazón 
se iba fortificando para mudar ú él las embarcaciones y desembarcaciones, por ser 



134 FRAY PEDRO SIMÓN (6.» NOTICIA 

más acomodado que este de Nombre de Dios, como en efecto se hizo. Bien echa- 
ba de ver el Gobernador que aguardar la gente de cincuenta velas que traía el 
enemigo tan pocos españoles como allí se hallaban, era más mostrar su valor 
que pretender hacerle frente; pero con todo eso hizo dos escuadras de á veinte 
soldados, enviando una al Río del Factor y otra al Manglar, que eran las 
partes más dispuestas á la entrada del pueblo, quedándose él con el resto, 
diciendo no era bien se moviese de allí sin ver á quién le hacía retirar. Al fin 
se fué entrando el inglés en el puerto con todas sus naves y lanchas, sin haber 
quien le hiciera resistencia; sólo se la hacían á los intentos del Don Diego el 
Cura y otros, aconsejándole ser más importante el retirarse al monte (donde 
ya tenían puestas en salvo las haciendas y lo mejor de los vecinos), que con 
temeridad aguardar tan pocos y tan mal apercibidos de armas á un tan pode- 
roso enemigo. Advertía menos el Don Diego á estos consejos que á la reso- 
lución que había tomado de hacerle^al Drake la resistencia que le fuese posible. 
4.*^ A las primeras vistas que le dio al inglés en el puerto un mulato 
llamado Andrés Amador, que siempre andaba con un rosario gordo al cuello 
y pasando en él Ave Marías, hizo señas al inglés que fuese por él á tierra, 
como se hizo, enviándole dos bateles y recogiéndolo. Lo estimó en mucho 
Francisco Drake, pareciéndole le sería de importancia, como lo fué, y no menos 
otro viejo, de setenta años, llamado Alberto de Ojeda, español, que en lo más 
plateado de sus canas dejó la religión cristiana, haciéndose ya á la secta y 
costumbres del luterano, que por tener tan grandes años lo estimó y hizo de 
su mesa y consejo; como también á otro llamado Cantero, que hizo lo mismo, 
fundado en quejas de mala paga de servicios que le había hecho al Rey en 
San Juan de Lúa, ó no sé á dónde. Guiando, pues, el mulato la gente de Fran- 
cisco Drake por la sabana, á donde echaron primero, á descubrir si había alguna 
emboscada, cien negros de los que traía del Río de la Hacha, se apoderó de la 
ciudad, que aunque vacías las casas de gente y pillaje, les fueron albergue y 
sirvieron de posadas. A las voces y persuasiones de tantos, y doliéndose de 
las muchas muertes que sin duda habían de suceder, por ser tan poca la re- 
sistencia que los nuestros podían hacer, mandó Don Diego á Pedro de Quiñones 
que se retirase al monte con la gente de la vanguardia y los pobres y enfermos 
que habían quedado rezagados en la ciudad, quedándose él con solos doce, con 
los cuales y una rociada le dio la bienvenida al enemigo, sacándole de esta vida 
á dos ingleses, con que se comenzó á retirar haciéndoles frente, yéndose entrando 
en el monte, donde vido de repente que dos mangas de^ ingleses, guiados por 
el mulato, iban á cogerle el j)aso; á los cuales embistieron los doce con tanto 
valor de sangre en venas españolas, que cinco ingleses perdieron la vida, sin 
que de los nuestros peligrase más que un negro del Don Diego, á quien hirie- 



CAP. XVl) NOTICIAS DE LÁ6 CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 135 

ron tan cerca de él quo le salpicó la sangre; pero viendo la mucha gente in- 
glesa que le iba cargando, se fué retirando y entrándose más al monte, sin 
ningún peligro, por el socorro que le volvió á dar el Capitán Quiñones, que 
oyendo el eco de los arcabuces, conoció el peligro en que estaba el Don Diego. 



^ CAPITULO XVI 

].'* Dánse los herejes á robar la ciudad, y dos casos que les suceden á algunos — 2." Ro- 
ban la iglesia con vituperio de las imágenes. Sale un Coronel inglés en demanda 
del Gobernador y de Panamá— 3.° Sucédeles mal á los herejes con los negros del 
pueblo de Santiago del Príncipe — 4.° Muere un dogmatis, amigo del Drake, y sale 
contra los negros sin hacer cosa considerable. 

03 herejes, aposentados en la ciudad, andaban como perros de ras- 
tro trastornando todas las casas; entraron diez ó doce en una, 
donde estaba una mujer con su padre y marido enfermos, á los cuales, pidién" 
doles plata, y diciendo no la tenían, sacaron de las camas y arrimándolos cerca 
de la casa á un árbol del arcabuco, lo¿? amarraron el uno al otro por las espal- 
das, y volviendo á la mujer, le mandaron les aderezase de comer, que habiéndo- 
lo hecho, y ellos comido y bebido aosadas, pues quedaron embriagados, viéndo- 
los así, salió y desató á su padre y marido, y todos tres juntos volvieron y 
pegaron fuego á la casa, quedando al fuego de ella los doce ingleses hechos 
cenizas. Otros entraron á la casa del sacristán, que era casado, y huyéndose él, 
desamparando á la mujer, la desnudaron de la buena ropa que tenía y la deja- 
ron con otra razonable: apenas había llegado er sacristán á su casa, cuando 
entraron otros, de quien también se escapó, desamparando á la pobre mujer, á 
quien quitaron la razonable ropa que los otros le habían dejado, dejándola 
desnuda, y no deteniéndose su desnuda fortuna en aquello, entrando tercera 
vez otros, en que también so deshizo el marido, viendo que no tenía qué 
quitarle, quisieron llevarle una negra que tenía, que era todo su servicio, que 
hincándose de rodillas delante de ellos, y hechos sus ojos fuentes de lágrimas 
con el sentimiento que su desdichada suerte le administraba, les rogó se la 
dejaran, y así lo hicieron, quedando desnudas señora y esclava. 

2,<* No se descuidaban otros de entrar en la iglesia, donde, ya que no 
hallaron cosa de importancia que robar, empleaban su luterana rabia en mal- 
tratar las imágenes que hallaban pintadas en el retablo, por no haberlas podido 
sacar de allí los nuestros, como había sacado el Cura un Cristo crucificado y 
una imagen de Nuestra Señora, de bulto, y otros un San Sebastián, y escondí- 



136 FRAY PEDRO SIMÓN (6.* NOTICIA 

dolos en huecos de árboles ; si bien después, trastornando el monte, dieron con 
el San Sebastián, y en él muchas cuchilladas aquellas nefandas bestias. Advir- 
tieron los que andaban robando la iglesia, que la pila del baptismo era de muy 
buena piedra y muy bien acabada, y determinaron llevársela á los navios y á 
su tierra, y estándole sacando el pié de aquella en que estaba, hallaron dos 
grandes barras de plata que había escondido allí el Cura, pensando ser el secre- 
to más oculto de quien las podía fiar. El Coronel inglés Don Tomás Basbile 
tuvo bríos para con novecientos soldados ir siguiendo los pasos al Gobernador 
Don Diego, que retirado con los suyos en la sierra de Oapira, se detuvo aquella 
noche reparando con solas las personas el agua que toda ella les cayó, sin ha- 
berles cabido noche y día más comida que á plátano por hombre. Hubo el 
inglés á las manos un arriero de aquel camino de Nombre de Dios á Panamá, 
llamado Francisco Cano, el viejo, de quien pretendió sacar, por buenas ó por 
malas, que les enseñase alguna trocha excusada del camino real para dar sobre 
Panamá de repente sin ser sentidos, lo que no pudieron sacar del valeroso 
español (si bien sabía muchas), aunque le pusieron el cordel á la garganta y lo 
medio ahogaron ; la cual constancia, estimando el inglés en mucho, hizo que no 
lo acabasen de matar, y de aquí vino á decir el mismo Coronel Basbile, pre- 
guntando lo mismo á otro español que habían habido á las manos y negando 
como el Francisco Cano: " Dejadlo, que es español y no confesará si so ve 
hacer pedazos "; que fueron en ambos bríos de Dios, atajándose por allí tantas 
blasfemias como le hicieron en Panamá, sin los homicidios, muertes y afrentas 
que sucedieran á dar sobre ella de repente, como pretendía por medio de éstos 
el protestante. 

3." Estaba á media legua de la ciudad fundado Santiago del Príncipe, 
pueblo de negros que aunque habían sido cimarrones de Panamá y otras partes, 
ya pacíficos y libres, eran de importancia á los nuestros para muchas cosas ; 
los cuales queriendo reducir el Francisco Drake á su amistad, enviando para 
el efecto dos ó tros terceros, no sólo no le acudieron á lo que deseaba, diciendo 
eran vasallos leales del Rey Filipo, pero antes se ocupaban en dar caza de 
ingleses por los montes y partes por donde los herejes andaban á caza del pilla- 
je de los españoles, con lo cual les tenían cobrado los ingleses tanto miedo, que 
aun á coger agua al río no se atrevían á salir sin grande escolta, y aun con ella 
sucedió en una ocasión, que yendo acompañando una buena escuadra bien arma- 
da á los que iban por agua, y por su Capitán Rodulfo, Sargento Mayor de la Ar- 
mada y sobrino del Francisco Drake, mozo gallardo y ves^doá lo muy bizarro de 
verde, uno de los negros del pueblo de Santiago, llamado Jalonga, gran tirador 
de escopeta, que estaba en acecho con su arcabuz, apuntando, dijo: '' Al de lo 
verde ", en quien hizo un tan acertado tiro, que lo volvieron en hombros 



CAP. XVl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 137 

muerto a la presencia de su tío el Drake, que lo sintió tan en el alma, como 
se ecbaba de ver en las demostraciones que hacía en el cuerpo, mesándose la 
barba cana y cabello, y diciendo palabras blasfemas contra su desgraciada 
suerte. Mandóle hacer luego un solemnísimo entierro, á su modo, pero fué en 
la sabana y á la inclemencia de los astros: sepultura propia de bestias, igual y 
ajustada á la bestial vida herética en que había vivido. 

4.^* Consoló al Francisco Drake en esta ocasión un su grande amigo, dog- 
matista' predicador que sacó de su tierra, que yéndolo á visitar ya á las últimas 
respiraciones de su vida, le decía que no se apasionase por la muerte de su 
sobrino, pues bien se repararía con las grandes victorias, en venganza de su 
muerte, que tendría en Panamá (pretendía hacerse profeta de Baal este atrona- 
do lisonjero) con crecidas y adelantadas riquezas, de que gozaría en su tierra 
pasando gloriosa y sosegada vejez. Las cuales mentirosas palabras fueron con 
las que se le arrancó la vida, que fueron con que se acabó de llenar el vaso de 
su malicia, y comenzó á crecer la del Francisco Drake, pues siendo este dogma- 
tista un hombre vil en su nacimiento, lascivo, revoltoso, idiota y hechicero, le 
estimó por hombre santo, y como á tal le hizo enterrar con una casulla blanca 
y los demás ornamentos de sacerdote, que fueron los que robó, como dijimos 
en la ciudad de Santd Marta. Pretendió el Francisco Drake vengar la muerte 
de su sobrino en los negros, para lo cual él, en persona, con los mejores solda- 
dos que le pareció, tomó la vuelta del pueblo de Santiago del Príncipe, que 
habiéndole defendido la puente del río, con valerosos bríos, dos españoles que 
á la sazón, por ciertas ocasiones, se hallaban en el pueblo de los negros, al fin 
como recargó tanta gente inglesa, se vieron obligados á dejarle el paso franco, 
por donde llegó al pueblo sin poder hacer golpe en ninguno de los negros, antes 
ellos, en su gente, hicieron muchos andándolos acechando por entre la maleza 
del monte ; que viendo el protestante la poca venganza que podía tomar de las 
personas, la tomó abrasándoles el pueblo. 



i 88 FRAY PEDEO SIMÓK (6.'* NOTICIA 

CAPÍTULO XVII 

1.* Aguarda el Gobernador Amaya al Coronel Trinchea, donde se da principio á una 
fuerte batería— 2.« En que se hubieron los nuestros con tanto valor que hicieron 
retirar á los ingleses — 3.° Llega socorro de Panamá á los nuestros. Cuan importante 
sea á los soldados saber nadar — 4.« Júntanse los retirados, y cosas que suceden en el 
alcance. 

NO holgaba en este tiempo Don Diego Suárez de Amaya en el sitio 
de Capireja, donde se había retirado y fortificado (por ser el paso 
más importante del camino de Panamá), que está de aquel puesto seis leguas al 
Sur, costa y puerto del mar del Sur, con el socorro que le había traído de gen- 
te y herramientas de allá el Capitán Juan Enrique, pues habiendo hecho una 
trinchera para resguardo de las espaldas?, donde puso un cabo de escuadra con 
doce escopeteros, se fortificó en otro bien capaz para toda su gente, hecha de 
gruesos troncos, á quien llamó el fuerte do San Pablo, por ser el día del primer 
ermitaño de este nombre en que se hizo. Aquí estaba Don Diego con sus cien 
españoles, bien exhortados y cada uno hecho un Argos en cuidadosos desvelos, 
cuando al último acento de la voz con que los animaba, sonó la del que le avi- 
saba que el tránsfuga Amador venía por guía de ciertos soldados sobresalientes, 
reconociendo nuestro sitio para dar aviso al Coronel inglés, que con nove- 
cientos le venía á las huellas, sin poderse persuadir en su desvanecido pensa- 
miento llegaría el ánimo de los españoles, ni de otros más valerosos (li acaso 
el mundo los tiene ocultos en alguna parte secreta hasta hoy á más vista) á ha- 
cerle frente y reparar en el camino ; pero al fin certificado del estropiezo que 
había en él para sus intentos de llegar á Panamá, y que había de bebería por 
fuerza ó verterla, como dicen, se resolvió el Coronel de enviar delante un Ca- 
pitán inglés, que llegando á tiro de ballesta del Don Diego en la trinchera, na- 
die le disparó de ella por entonces, y así volvió á hablar con su Cor©ncl en su 
lengua; previniéronse los nuestros, más alerta como fué menester, pues luego 
embistió el inglés á querer ganar el puesto con tanta pertinacia que llegaron á 
asaltarlo tres veces en el tiempo que hubo desde las ocho de la mañana á las 
once del día, en que fué fortísima la pelea de ambas partas ; andando de la 
nuestra el Gobernador Don Diego, Pedro de Quiñones y Juan Enrique con 
ligereza de leones á todas partes, ya animando á unos con ejemplo y voces, ya 
abriendo cabezas, derribando brazos y sacando de esta% vida á muchos de loa 
del enemigo, con tan gran ventura del Coronel, que no hubo una bala desman- 
dada para hacer lo mismo con él. 

2.** Tuvieron atrevimiento en el mayor conflicto de la batalla un inglés 



OAP. XVIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 139 

y un escocés (el ingles de miembros tan monstruosos y giganteos que parecía 
valiente tronco de carne) á querer trepar por los troncos en la trinchera con 
intentos de ganarla, á que acudieron dos valerosos soldados de los nuestros y 
arrebatándoles las picas, forcejeaban por ganárselas, y los de fuera por lo con- 
trario, en que andaban ocupados, cuando llegaron dos balas españolas, que sa- 
caron de esta vida á los dos herejes, como también les sucedió á otros diez de 
los mismos, y á otros en otra parte, de suerte que refrescando los españoles y 
volviendo á la memoria las hazañas del Cid, se vendía una vida de ellos á pre- 
cio de ciento de los enemigos. Ardiendo estaban todos en la furia de la guerra, 
cuando el Don Diego, que á todo advertía, oyó un clarín á la parte donde había 
puesto los doce escopeteros en resguardo de las espaldas, que queriendo acudir 
á su socorro, advirtió que los suyos aflojaron algo la mano, con que los herejes 
iban gateando aprisa por los troncos de la trinchera, y así hubo de volver al 
socorro de esta mayor necesidad, que se remedió esforzando á sus soldados, ya 
con alabanzas, ya con vituperios, diciéndoles entre lo demás lo mal que les 
estaba perder con el retiro la fama que hasta allí habían cobrado con tan vale- 
rosa resistencia del enemigo ; con que poniéndose él el primero, comenzaron 
con tan gran furia á trastornar los ingleses de los palos por donde iban tre- 
pando, que derramando mucha sangre hereje, hicieron vomitar el alma á mu- 
chos, caer á otros y retirarse á todos, con que perdieron tanto el ánimo y orgu- 
llo, que queriendo el General inglés se diese torcer asalto, no fué posible fuese 
de algún buen efecto, por no poderlos volver ni con voces ni á palos, y así 
cuando mucho pudo el Coronel hacer volver á ocho de los mejores soldados y 
de más vergüenza que tenía: cuatro piqueros y cuatro mosqueteros, que queda- 
sen reparados en el Callejón que subía á la trinchera, porque advirtiendo que 
habían de morir, quiso que fuese con honra. 

3.^ Llegó á este tiempo á los nuestros, con socorro de Panamá, el Capitán 
Agüero con su Alférez Diego Sánchez, el Licenciado Vera y otro llamado Fe- 
liciano, que deseando ver al enemigo, pasaron el límite de la trinchera con el 
Capitán Pedro de Quiñones; pero estando bien alerta los ocho ingleses del 
Callejón, le pasaron un brazo con el primer tiro al Capitán Agüero, que quedó 
bien vengado, pues aunque so mostraron briosísimos los ocho, quedaron á ma- 
nos de los nuestros hechos pedazos ; de allí á una hora llegó la compañía del 
Agüero, y á poco rato el Capitán Callejo y Luis Delgado con noventa arca- 
buceros, á quien habiendo retardado su llegada antes las crecientes del río 
Chagres, que les era forzoso pasar, á cuyas aguas, pareciéndoles estar el peligro 
en b tardanza, se arrojaron y cortaron á nado la creciente, por saberlo hacer 
todos, cosa bien importante á los soldados, y como tan conocida de Augusto 
César, enseñaba por sí mismo á nadar á sus nietos, como lo dice Suetonio, y los 

17 



140 FRAY PEDRO SIMÓN (6.* NOTICIA 

Romanos hacían que se enseñasen á nadar en el Tiber los que se iban ensayan- 
do para soldados ; y el gran Alejandro, por haber perdido un alcance que iba 
siguiendo de sus enemigos en cierta batalla, atajado de un río, por no saber 
nadar, se llamó hombre apocado y que no sabía todo lo que había menester 
para ser Rey, y así se tenía en proverbio por aquellos tiempos, para notar aun 
hombre de inhábil y sin provecho, decir : que ni sabía letras ni nadar. 

á.^ Llegó también en esta sazón Jerónimo de Suazo, que viendo ya era 
tarde su llegada, por irse retirando el enemigo, y que si otra cosa sucediese, 
quedaba en buenas manos la defensa, se retiró una legua atrás á la venta de 
Pedro Cano, sin dar vista á los ingleses, que á mayor pri^a se iban deslizando 
el recuesto abajo, dejándose ciento y cincuenta cuerpos, y de allí para arriba, 
muertos en la batalla, y entre ellos dos Capitanes y un hermano de su Coronel, 
hombre de estima, que pasados ambos muslos de un balazo, murió á pocos pasos 
do la retirada, donde lo enterraron con otros á quienes sucedió lo mismo de los 
doscientos mal heridos que escaparon de la refriega, cada cual por donde me- 
jor podía ; hasta que se juntaron y alojaron una larga legua del fuerte de San 
Pablo, con harto desabrimiento del Coronel, por ir tan derrotado y con mala co- 
modidad, pues desde las primeras sombras de la noche hasta las primeras luces 
del día, fué un continuado y fuerte aguacero, que repararon sólo con las perso- 
nas, y aunque el Gobernador tuvo á los principios intentos de hacerle al ene- 
migo la puente de plata, por ser todavía muchos los que se retiraron, con todo 
eso, habiendo sabido que no habían podido bajar la cuesta de Capira los desba- 
ratados, bajó una buena escuadra de los nuestros, que habiendo á las manos 
cuatro de los heridos, que por estarlo no podían ir al paso de los sanos, los re- 
mitieron luego á Don Diego, y sucedió que un soldado Loro, ni del mejor ves- 
tido ni cara del mundo, halló caído entre los demás á un Capitán inglés 
viejo, mal herido, y queriéndole llevar al fuerte, se levantó con un ánimo ga- 
llardo y brioso, diciéndole mil oprobios al soldado, y que debiera ele ser de 
mala casta, como lo mostraba su cara: y así, que un Capitán como él no se ha- 
bía de dar á un hombre tan ruin, antes que si tenía ánimo, saliese con él hom- 
bre á hombre, con una lanza que tenía en las manos el viejo ; á quién respon- 
dió el Loro : *' Mejor soy que vos, pues soy cristiano y católico, y para que se 
atajen vuestras blasfemias, recibí allá esta pelota," que le metió en el cuerpo, 
salida de su arcabuz, en lugar del alma que luego se le salió. Remitió Don 
Diego de Amaya los cuatro soldados heridos ingleses que le trajeron, á la ciu- 
dad y Audiencia de Panamá, y también á otro llamac^^ Guillermo, que aquel 
mismo día de la batalla, saliendo do entre los que se retiraban y yéndose á los 
nuestros haciendo señas con un pañuelo blanco para que no lo matasen, entró 
en ^\ fuerte y contó con larga arenga al Don Diego toda su vida, y cómo era 



CAP. XVIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 141 

cristiano, si' bien inficionado después ccn la secta deLutero, y que quería ahora, 
renegando de ella, volverse á nuestra fe católica . como lo hizo y vivió el resto 
de su vida muy á lo cristiano. 



CAPÍTULO XVIII 

1.» Dícese tenía Drake familiar; quema á Nombre de Dios para tomar la vuelta de 
Chagres — 2.» Llegan los derrotados ingleses al puerto ; embárcanse con mucha 
peste, de que mueren, y arriban á Puertobelo— 3.' Inquiétase la ciudad de Panamá ; 
dan veneno á Francisco Drake; muere de él y écbanlo al mar ; disensiones 
sobre la elección de sucesor — 4.^ Llegan los galeones al puerto de Cartagena y salen 
en demanda del enemigo. 

OTRO día siguiente á esta batalla y victoria de los nuestros, sin ha- 
berle llegado á Francisco Drake quien se lo pudiera decir á Nom- 
bre de Dios, estando con una profundísima melancolía paseándose en su cuadra, 
le dijo al tránsfuga Ojeda : " Nuestro Coronel es vencido de los españoles 
desde ayer mañana." De que mostraba tan graves sentimientos, que no eran 
bastantes los consuelos del viejo Ojeda para sacarle de tan profunda tristeza. 
De este tan anticipado conocimiento del suceso de la guerra, confirmaron mu- 
chos la opinión que se tenía de él en su patria natural y en otras partes, de que 
tenía algún Demonio por familiar, y qne le tenía hecho pacto do darle á cierto 
tiempo su alma, en pago de lo que hacía con él y algunas victorias que le dio, 
como hemos visto en sus viajes ; aunque en éste en nada puso mano en que 
no le sucediera con azares y desgraciadamente, como vemos en el discurso del , 
que podemos decir tuvo en los demás viajes fortuna deshecha por popa y en 
éste por proa y enemiga ; porque Dios consiente, pero no para siempre. Todos 
dudaban del vencimiento del Coronel, hasta que llegó el mulato Amador, y con 
la nueva cierta los sacó de duda, fuera del Francisco Drake, que, como diji- 
mos, estaba sin ella. El cual, no obstante lo melancólico que andaba, sin fuer- 
zas, descaído y sin sosiego, que parece le iba ya llamando aprisa su infame 
muerte, porfiaba todavía en su pío de apoderarse de Panamá, y ahora con más 
rabia, por la pérdida de su gente, para lo cual despachó con mucha de ella (si 
bien la más se le iba muriendo por estar tocados todos sus navios de unas pes- 
tilentes calenturas, al fin como á chapetones), doce lanchas, con orden de que 
acometiesen la empresa por el río de Chagres ; hizo poner fuego al pueblo de 
Nombre de Dios y á cuantas canoas y barcas halló en el puerto, fuera de dos 
barquillos que, por habérselo rogado una negra de rodillas y con muchas lágri- 



142 FRAY PEDRO SIMÓN (6.* NOTICIA 

mas, dejó sanos. Que sobre todas sus maldades, en la que más se ejercitaba era 
en pegar fuego, con particular complacencia, que parece se iba ejercitando en 
en el que había de padecer en los infiernos. 

2.° En este tiempo llegó al fuerte de San Pabb Don Alonso de Sotoma- 
yor, en socorro de Don Diego, con alguna |)oca gente, y también el Coronel con 
la suya á Nombre de Dios, tan desmembrada, flaca y enferma, como se puede 
considerar en gente vencida de su enemigo, y tan sin sustento por el camino, 
que el que alcanzaba á comer algunos cogollos de canas, se tenía por dichoso ; 
todos mojados de pasar ríos á nado ; enfermos, tristes y tan desesperados y 
acedos contra su General Francisco Drake, que no sólo le deseaban la muerte, 
y aun dársela por ser causa de traerlos tan aperreados y sin provecho, pero 
aun la suya misma deseaba cada cual, pareciéndoles imposible poderse reparar 
tantas calamidades si no es con ella, que andaba tan viva en los navios, que no 
se daban mano á arrojar al mar los muertos con grandes pesas, para que se 
fueran á pique, lo que no sucedía en muchos, pues por ser cuerpos tan desco- 
mulgados, aun ella no los podía sufrir, y así andaban innumerables sobreagua- 
dos, haciéndose pedazos en el rebalaje de las olas en aquellos peñascos y en sus 
orillas,. quedando hechos cebo de animales. Embarcada toda sn gente enferma 
j pegado fuego á dos naves que llevaba sin ella, se dio á la vela la vuelta 
del Escudo de Veraguas, habiendo ya mudado de intentos (como lo hacía tras 
cada paso), poniéndolos en ir sobre Nicaragua, entrando allá por el desagua- 
dero, para lo cual armó de nuevo seis lanchas qne llevaban fabricadas en los 
navios, que no les fué posible poder montar el Escudo, y así hubo de arribar á 
Puertobelo con solas veintisiete velas, y minorados en el viaje sobre trescientos 
hombres, y el resto tan desesperados, que apenas á palos los podían hacer apli- 
carse á las faenas de las naves. 

3.*^ Con todo eso los procuraba alentar el protestante como podía, para 
salir con la empresa de tomar á la ciudad de Panamá, la cual andaba tan 
alterada con las nuevas que tras cada paso le iban de esto, que aun hasta los 
caballos, con su inquietud, parece daban á entender el deseo que tenían de 
salirle á hacer frente, como efectivamente salieron el Teniente General de la 
Real Audiencia, Don Alonso de Sotomayor, los Capitanes Agüero y Ocarapo y 
Don Diego de Amaya, que con sesenta soldados bien armados volvió desde 
la ciudad al fuerte, que comenzó á fortificar de nuevo para todo suceso de los 
intentos del Francisco Drake, que andaba ya tan fatigado y tan á brazo par- 
tido con la muerte, como sus soldados deseosos de dársela, sin poder en 
aquella ocasión, en que él andaba con unos flujos de disenteria de san- 
gre y lleno de aflicción, sino apenas levantarse de la cama; y así con este 
intento se determinaron los más resueltos en él y hablaron á su camarero 



CAP. XVITl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 143 

que le daba de vestir y administraba de más cerca, comunicándole el intento 
de darle veneno eu la comida; que habiéndolo venido á entender el Corsario, 
no quería comer lo quo le administraban, sin haberlo probado otro una hora 
antef», y asi tomaron los determinados otro medio, que fué echar el tósigo en 
un clister ó ayuda que le administraron; el cual debió de ser tan vehemente, 
que al punto se le subió al corazón y le metió en unas ansias y congojas tan 
infernales, que no veía cosa que no le atormentase, y sin duda debió de ver algo 
entre estas terribles angustias, pues con una voz turbada dijo dos veces: '^ Ya 
voy ! ya voy ! ah! sombras terribles y espantosas ! " Con que se le quedó 
helada la lengua, palpitando los ojos y temerosas sus niñas; la boca cárdena y 
traspillada, por donde le salía (si es que sale por allí) aquella descomulgada 
alma, que por carrera derecha daría en los infiernos; con que pudo decir lo 
que su descomulgado Rey Henrico VIH dijo en su igual trance á éste : ** Todo 
b perdimos;" que quiere decir el alma, el cuerpo, lo mal y bien ganado y al 
fin todo, perdiendo el aima. Acompañáronle en tierra, y trataron luego 
de hacer desde el navio una caja lastrada de piedras y dos anclotes de hierro, 
á que asieron aquel hediondo cuerpo y lo llevaron á pique hasta el profundo 
del mar, donde dijo un profeta había de lanzar Dios los pecados, para dar á 
entender que este hereje quedaba sepultado eternamente en los suyos. Sobre 
la elección de sucesor hubo no pequeñas diferencias, que las vinieron á librar 
en las espadas y en ejecución de otras pasiones, pues un Capitán gallardo 
llamado Huberto arrebató á Eduardo, que pretendía se hiciese en él la elec- 
ción, y aunque pusieron sus fuerzas todos sus amigos en defenderle, le arrojó 
á la mar, que á no saber bien nadar, no pudiera Eduardo salvarse eu el navio 
que halló más cerca de la Capitana, de donde lo arrojaron. Al fin eligieron por 
su General al Coronel y Almirante Tomás Basbile; celebróse la nueva elección 
(ó por ventura la muerte del Drake, ó todo junto) con flámulas y gallardetes, 
cohetes y tiros gruesos; pero teniendo noticia cómo nuestra armada de galeones 
iba en demanda de la suya, salió determinado en su primer parlamento, diesen 
de mano á la pretensión en aquellas costas y se hiciesen á la vela. 

4.0 Que no pareció mal acuerdo, si es que supo de la llegada de los ga- 
leones de España al puerto de Cartagena, que había sido martes, á veintisiete 
de Febrero del mismo año de mil y quinientos y noventa y seis, y por su 
General Don Bernardino de Abellaueda, del hábito de Calatrava, que traía 
veintidós galeones en demanda de esta armada del Drake. Llegó la nuestra 
faltísima de agua, y así aquella tarde, en dando fondo, comenzaron á sacar las 
pipas y traerlas á la ciudad, que las hizo llenar el Gobernador Don Pedro de 
Acuña con gran brevedad aquella noche, sin dejar por esto dormir en toda 
ella á los aguadores ni otro día siguiente eu que se acabó de hacer la aguada, 



144 FRAY PEDRO SIMÓN (6.^ NOTICIA 

que era miércoles de Ceniza, por lo cusí el General saltó en tierra á tomarla y 
oír misa en la ciudad, donde sólo se detuvo hasta comer, abreviando con todo, 
porque no hiciese falta el tiempo para seguir al enemigo, que según vino 
nueva, lo habían visto sobre las iflas de San Bernardo, en el paraje de la Villa 
de Tolú, que no pudo ser, pues en este tiempo andaban en Paertobelo en las 
facciones que hemos dicho. Con todo eso, Don Pedro de Acuña instaba al 
General Don Bernarílino que aquella noche echase del puerto los navios más 
gruesos, en cuya compañía irían las dos galeras, las cuales salieron, lo que no 
pudieron hacer los galeones, por haberse descubierto una agua á la Capitana 
que no podía navegar sin repararla, en que se gastaron otros dos días, hasta 
que el sábado dos de Mayo se dieron á la vela en demanda del Cabo de San 
Antón, pretendiendo aguardar allí al enemigo, á quien no pudieron dar vista. 



OAP. XIX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERBÁ FIRME. 145 

CAPÍTULO XIX 

I." Pretende el sucesor del Drake le rescaten los negros. Mata un Capitán algunos 
ingleses— 2.» Después á otros, y si se reportaran, pudiera ser matar al General, que 
Tenía á tierra— S.» Toma la vuelta de la Haya, donde llegó muy destrozado, y con 
las pérdidas que hemos dicho. 

EL nuevo General Basbile, pretendiendo el rescate de los negros 
que dijimos habían traído del Río de la Hacha, de.spachó al Don 
Diego de Amaya una carta para el efecto con el portugués que dijimos habían 
preso en Santa Marta, y por su guía al honrado viejo Francisco Cano, 
que lo había reservado Dio.s con buena salad entre tanta enfermedad do los na- 
vios. Fueron recibidos los dos con notable alegría del Don Diego, por las nuevas 
que le dieron de la muerte del Francisco Drake; como también la recibió, 
por haber avisado de ella el Don Diego, la ciudad de Panamá, pues celebró 
dos días solemnes fiestas, por haber faltado de la tierra un tan terrible mons- 
truo. No le dio mucho cuidado al Don Diego el dar respuesta á la carta, y así 
ni ella ni el portugués volvieron al navio del inglés, que viendo la tardanza, 
envió con otra al mal viejo tránsfuga Ojeda para que recibiese el castigo que me- 
recíí^ su apostasía, como sucedió, y también porque se cumpliese en él el común 
adagio, que aborrecen los nuevos príncipes á los privados sus antecesores. El 
Geneial Don Alonso de Sotomayor, deseando inquietar al inglés, hizo junta de 
los mejores soldados del Reino, y con algunos de ellos tomó la vuelta de Puer- 
tobelo, donde el Capitán Jerónimo Ferrón, bien vaquiano en la tierra, puesto 
en emboscada y á la mira de algún descuido del inglés, vido salir una lancha 
de entre las demás, con veintinueve hombres que iban á lavar su ropa, que 
entrándose al efecto en cierto paraje, donde les dejó lavarla y tenderla, cuando 
más sin temor los vido de asechanzas de españoles, les embistió el Ferrón y sus 
soldados con dos ó tres cargas, que sacaron de esta vida á los veintiséis, esca- 
pándose los tres por la espesura del monte, que eran de los negros de las perlas 
del Río de la Hacha. 

2.'* Envidiando este suceso con una hidalga emulación el Capitán Gene- 
raLSotomayor, puso alguna de su gente, de noche, en la espesura del monte, 
avisada que no lo tuvieran de su parte, si algún descuido se ofreciera por la 
de los ingleses, de entre los cuales apenas habían salido los primeros rayos 
del sol, cuando salió un batel y tras él una lancha llena de gente, que ambos 
tomaban la vuelta de tierra, tocando al apartarse de las naves sus clarines, 
dándoles la ordinaria salva marina á su usanza; fueron bogando aprisa hasta 
llegar al paraje de la emboscada de los nuestros, que no sabiendo repararse 



146 FRAY PEDRO SIMÓN (6.» NOTICIA 

los bríos españoles, puestos en la ocasión, dispararon, matando solos los ocko 
ingleses del batel, quien pudiera matar todos los do la lancha, en quien venía 
el nue.vo General Basbile á recrearse á tierra, que volviendo la proa de la 
lancha, como un viento se volvió á amparar de sus naves, que le hicieron salvas 
á la vuelta con tres piezas, por el buen suceso de haber escapado la vida. Dis- 
pararon otras tres á la parte donde habían muerto á los ocho, que fué sin peli- 
gro de nuestra gente. A quien envió á llamar la Audiencia de Panamá con su 
Capitán Don Alonso de Sotomayor, por conocerle el enemigo, y imaginando 
estaría sin defensa la ciudad si intentase volver á ella. 

4.*^ Poro pareciéndole al inglés le importaba más su partida de aquellas 
costas, que tan costosas le habían sido, y á la armada, y tomar la vuelta de las 
de su tierra, se determinó en esto, pegando fuego primero á nueve navios, 
que los tenía yá sin provecho, por haber muerto la gente que á la venida los 
ocupaba, y echando en tierra los captivos que había recogido en las partes 
donde había llegado, fuera de algunos negros que se quisieron ir con el antes 
que quedar acá, y al Teniente de Santa Marta Don Francisco Flórez, que lo 
llevó consigo. Rescatóse una negra por doscientos reales de á ocho y luego 
murió; deshizo una trinchera en Puertobelo que había hecho de costa más de 
cincuenta mil pesos, porque sintieran también las piedras la rabia de estos 
herejes, en que vino á parar, y en tres piezas gruesas de artillería que sacó 
de allí y alguna pólvora, maíz, herrajes y herramientas, todo vil despojo de la 
rabiosa hambre de codicia que los sacó de su tierra, para donde tomaron luego 
la vuelta" á los principios de Marzo del mismo año de mil y quinientos y no- 
venta y seis, con solas diez y ocho velas (muertos sus dos G-enerales Almiran- 
tes y la más granada de su gente), que de ellas llegaron al puerto de Pleuma 
solas cinco, con bien diferentes sucesos en todo (como hemos visto) de las 
jornadas pasadas, por ser cosa cierta que tras lo próspero en este mundo viene 
como sombra lo adverso. No fueron de importancia las diligencias de nuestros 
galeones, pues no les pudieren dar vista á éstos. 



FIN DE LA SEXTA NOTICIA. 



SÉPTIMA NOTICIA HISTORIAL 

DE 

LAS CONQUISTAS 

DE TIERRA FIRME 



CAPÍTULO I 

1 .•» Dase noticia de las provincias del Chocó con extensión— 2.o Entra á las conquistas 
de esta tierra el Capitán Melchor Velásquez, y funda la ciudad de Toro— 3.° Entra 
también otro llamado Francisco Redondo, y funda otra llamada Cáceres,.y por ha- 
berle sucedido mal, desampara la tierra, 

CUANDO dimos principio en la noticia pasada á darla de los suceso^ 
del Corsario inglés Francisco Drake en las costas de estas Indias 
Occidentales, dejamos colgada la hebra de la Historia, como allí advertimos, en 
el año de mil y quinientos y ochenta y seis; y así ahora, habiendo concluido con 
la del inglés, volvemos á anudar la cuerda de los sucesos que vamos escribiendo 
en el año siguiente de mil y quinientos y ochenta y siete, en que entran los do 
la Gobernación del Chocó y sus tierras, que comienzan, como en otras partes 
hemos advertido, á las espaldas de los Farallones de Garamanta. Aquí se desga- 
ja una cordillera, como ramo suyo, de aquella grande, que por más de mil y 
doscientas leguas corre desde el estrecho de Magallanes, mar del Sur, hasta las 
costas de Santa Marta, mar del Norte. Este pedazo ó ramo de cordillera de los 
Chocoes va corriendo al Occidente la vuelta de la ciudad de Panamá, y pasa 
(según la mejor opinión y parecer) has-ta las tieiTas de la Nueva España. Da 

desde sus principios principio, con aguas vertientes al mar del Sur, á aquel 

i8 



148 FRAY PEDRO S1M(5n (7.* NOTICIA 

gran río que llaman tlel Ballano, que vacia en este mar, cuarenta leguas arriba 
de Pauamá, hacia el Pirú, y con las aguas que vierte á la parte del Norte da 
también principio al famoso río del Darién, que mezcla sus aguas dulces con las 
saladas del mar del Norte y ensenada de Acia, como dejamos tratado larga- 
mentb en nuestra tercera parte. En esta cordillera y entre los principios de 
estos dos ríos está la Provincia de los Chocoes y otras muchas sin conquistar, 
que corren hasta las del Ballano, no lejos de la ciudad de Panamá, que tanto 
^iempo tuvieron ocupadas negros cimarrones, con cuatro pueblos que tenían 
fundados en ellas, con que las imposibilitaban á que fuesen conquistadas de los 
nuestros, hasta que se dieron por libres por Cédula de S. M., con que se quieta- 
ron y son de provecho. 

Entre las. demás naciones á que se ha dado vista en estas provincias de los 
Chocoes, ha sido la de los Noanamas y Cirambiraes, que aunque toda es poca 
gente, ocupan mucha tierra, por ser fragosísima, estéril y de pocas comidas de 
grano y raíces, si bien es abundante de palmas frutales de chontaduros y pixi- 
baes, fruta de mucho sustento, pues de esta postrera se saca molida muy buena 
y crasa leche, manteca que arde en los candiles, bollos y chicha y masato. 
Viven todos en barbacoas muy altas, por la continua humedad de la tierra, 
por ser montañosa y de continuas lluvias, pero toda ella una pasta de oro; son 
valentísimos sus moradores, que aunque la tierra es enferma, criados ya en ella, 
son de buena salud. Sus armas son dardos de madera negra, de palma y estóli- 
cas, con alguna hierba de manzanillo poco fuerte. Las más de las poblaciones, 
en especial las que caen sobre el Darién, están á las márgenes de ríos por donde 
se gobiernan y tratan en canoas grandes y barquetas, por impedirlos la fragosi- 
dad, ciénegas y esteros, el hacer esto por tierra; es gente desnuda de vestir y 
que no se les conoce cabeza, queriendo serlo cada uno. Viven muchos en una 
casa; no se les conoce religión alguna, aunque los trae el Demonio engañados 
con los embustes que á otros. 

2.*^ El cebo del mucho oro de que está lastrada esta tierra por todas partes 
ha acrecentado la codicia de muchos á conquistarla, y de los primeros fué Gó- 
mez Hernández, vecino de Anserma, de quien dejamos tratado largamente, y 
de sus sucesos y fin y muerte que tuvo, por lo cual estuvo esta tierra del Cho- 
có sin dueño algunos años, hasta que en el de mil y quinientos y setenta y tres 
un vecino y encomendero de la ciudad de Buga, vecina y fronteriza de Cbtas 
Provincias, llamado Melchor Velásquez, hizo una entrada con cien soldados á 
sU costa, no sé si con poderes del Gobernador de Pop*yán, que á la sazón era 
de esta Keal Audiencia de Santafé, porque en esto ha habido variedad, estando 
subordinadas á las veces al Gobernador de Popayán, y otras á esta Audiencia, 
como consta de muchas Cédulas Reales que he visto en esta razón y conquis- 



CAP. l) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 149 

tas de estas Provincias. A los primeros pasos que dio en ésta Melchor Velás- 
quez, dio con dos Provincias de indios que llamaron los Coronados, porque an- 
daban con coronas al modo de frailes, y con los que se llaman los Totumas, que 
en ambas habría hasta seis mil indios de macana, que aunque dificultosos de 
conquistar, por ser valientes y porque la tierra los ayudaba á defender con su fra- 
gosidad y montañas, se dio tan buena maña, que reduciéndolos á una razonable 
paz, para conservarla más y ponerles freno, fundó una ciudad de españoles en 
nombre del Rey, y habiendo precedido las ceremonias ordinarias en tales po- 
blaciones, á quien llamó la Nueva Ciudad de Toro, le nombró Cabildo y 
Regimiento y los demás vecinos que pudo, aunque de gente de toda broza, 
como lo dice una Cédula Real que se despachó acerca de esto en el Pardo, á 
ocho de Noviembre del año de mil y quinientos y noventa. Mudó después esta 
ciudad el Gobernador de Popayán veinticinco leguas más afuera, en unas ex- 
tendidas sabanas, donde hoy permanece, ó en setenta y dos grados y cuatro minu- 
tos de longitud del meridiano de Toledo, dos y cincuenta minutos de latitud á 
la banda del Norte. Pasó Velásquez adelante, fundada y dado asiento á su 
ciudad, y encontrándose con los Chocoes, que desde luego comenzaron á infestar 
la ciudad y á los Totumas nuestros amigos, hubo á las manos algunos presos, 
que trajo con buenas sumas de joyas de oro que halló entre ellos, y grandes 
muestras y noticias de valientes minas de oro, con que salieron él y sus soldados 
más engolosinados á la tierra. 

3.^ Por haber concluido con su Gobierno de Popayán Don Jerónimo de 
Silva, gobernaba aquella ciudad en este tiempo, por parte de esta Real Audien- 
cia, Bartolomé de Mazmela, vecino de esta ciudad, hombre cabal para este y 
otros mayores caraos, y que hoy vive aquí larga generación suya y de gente 
noble y de estima. El cual dio comisión en este tiempo á Francisco Redondo, 
hijo del otro Capitán Antón Redondo, vecino de la ciudad de Cali, para que 
hiciera entrada á la parte de estas provincias, llevado de la fama que andaba 
volando de sus riquezas. Entró en ellas con mucha y buena gente á su costa, 
y habiendo pacificado los indios Chancos, pobló una ciudad de españoles, á 
quien llamó Cácores, ya entrado el año de mil y quinientos y ochenta y ocho, y 
repartida la tierra entre los vecinos, pasó con su conquista á otras provincias, 
donde no le fué bien, pues habiéndole muerto á algunos de sus soldados, y 
ganado bien poca honra nuestras banderas por la valiente defensa que hicie- 
ron sus moradores á que los nuestros no hiciesen pié en sus tierras, tomó la 
vuelta de su Nueva Ciudad, desbaratado, sin alzársele más el pensamiento á esta 
conquista. 



150 FRAY PEDRO SIMÓN (7,« NOTICIA 

CAPÍTULO II 

1 .* Dásele en Gobierno esta tierra al Melchor Velásquez. Hace entrada con falsas guías. 
2.«> De quien conociendo el engaño, guió con su gente un río abajo— 3." Sucédele 
tan mal el viaje, que le obligó á tomar la vuelta de la ciudad, desde donde volvió á 
salir dos años después — 4." Que en la margen de otro mayor río les dieron una 
fuerte guazabara— 5." Otros malos sucesos le forzaron á volverse á la ciudad, y dejó 
el Gobierno. 

ANTES que hiciera esta primera entrada Melobor Velásquez, había 
despachado recados al Real Consejo, pretendiendo en Gobernación, 
sin dependencia de otra, todas estas tierras del Chocó y sus convecinas, de que 
tuvo tan buena negociación, aunque dilatada por tantos años, por las informa- 
ciones de conveniencias que quiso tener primero el Real Consejo de las Indias, 
que se le despacharon recados con las capitulaciones ordinarias de obligaciones, 
exenciones y privilegios que se suelen conceder á los tales conquistadores, y 
con que guardase todas las ordenanzas hechas por el Rey, á trece de Julio do 
aquel mismo año que él entró, de mil y quinientos y setenta y tres, en el Bosque 
de Segovia, que hablan largamente del modo que se ha de tener en las con- 
quistas y poblaciones de estas tierras. Los cuales recados habiéndole llegado á 
su Nueva Ciudad de Toro, donde los estaba aguardando, este año de mil y qui- 
nientos y ochenta y ocho; viéndose con nuevas obligaciones de conquistas el 
Melchor Velásquez, y aun codicioso de los granos de oro que fructificaban 
aquellas provincias del Chocó, juntó hasta cien soldados bien armados y avia- 
dos, en que consumió gran copia de dineros, con quien y con algunas falsas 
guías Chocóos de los que habían traído presos en la primera entrada, se fueron 
entrando la vuelta de las provincias de los Chocóos, rompiendo cien mil difi- 
cultades de breñas, pantanos y arcabucos cerrados á las márgenes de un valiente 
y furioso río, mal poblado en ambas, por dondo los llevaban maliciosamente las 
guías, que conocido del Gobernador, por haber andado ya muchos días, habien- 
do prometido los Chocoes en pocos meterlos en sus tierras, les preguntó con 
aspereza, por medio de una india ladina de su propia nación, la causa de tantas 
dilaeiones, amenazándolos de muerte si las dilataban más. 

2.^ A que respondiendo el más viejo de las guías, dijo: '' Bien puede dár- 
nosla, pues estamos determinados á no guiarlo á nuestras tierras, por la traición 
que sería meter gente extraña en ellas, y con ella su destrucción y consumo ". 
En lo cual advirtiendo el Gobernador, y la razón tan valiente y concluyente 
que decía el indio, remató sus primeras cóleras y enojos en amenazas, y hacien- 
do junta de su gente para la determinacióii y enmienda del avieso con que 



CAP. Il) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 151 

caminaban, les dijo ser lo más acertado volver todos atrás á tomar el hilo de 
algunos caminos que habían dejado, pues con ellos era cosa cierta habían de 
dar con algunas poblaciones, pues no estaban trillados de balde, ni irían á 
parar á otra parte que ú pueblos de contratos; á lo cual acudiendo con razones 
aparentes la mayor parte de los soldados, y que no tenían más voluntad que la 
del Gobernador, mostraban por otra parte otros intentos, que alcanzándolos á 
saber un clérigo que llevaban por Capellán, los manifestó al Gobernador, di 
ciéndole intentase oti-o camino que el de volver atrás, para conseguir algún 
buen fin de su jornada, porque si volvían cuatro pasos, estaban los más deter- 
minados de pasar mucho más adelante, volviéndole las espaldas y desamparán- 
dole. Que enterado de esto el Gobernador, determinó pasar con todos el río 
abajo en balsas, descubriendo ambas márgenes, aunque fuese hasta el mar 
del Sur. 

3.*' Hechas las balseas con esta determinación, lo más fuertes que se pu- 
dieron, y embarcada en ellas la gente y hato, y el Gobernador con siete arca- 
buceros en una canoa graude que habían habido á las manos, comenzaron á 
navegar bien por la mansedumbre del río abajo hasta diez leguas, donde en- 
contrando de repente con impetuoso raudal que se hacía en peñas cubiertas y 
descubiertas, fué tal entre ellas la tormenta de las balsas y canoa, que todas 
se trastornaron y deshicieron, yéndose á pique todas las armas, municiones y 
hatillo, y fuera lo mismo de las personas, si no tuvieran buena suerte y favor 
del cielo para poderse asir de los palos sueltos de las balsas y escapar cada 
cual por donde pudo ú las márgenes del río, donde secaran la ropa mojada si 
hallaran otra que vestirse, que no fué de poco desconsuelo después del con- 
suelo de haber escapado con la vida ; pero quien con mayor razón se halló para 
tenerlo, fué el Gobernador, por ver fin fruto el crecido gasto que había tenido 
en avíos de soldados, armas y pertrechos de guerra, que todo había consumido 
el río, que debiera ser el de los Noanamas, y así les fué forzoso tomar por 
último remedio la vuelta de la ciudad de Toro, con tan inmensos trabajos, 
que sería tejer una gran historia contarlos por menudo, pues el estrago fué tal 
de persos^s y hacienda, que fué necesario para reformarse tiempo dedos años. 
Después de los cuales, principios del de mil y quinientos y noventa, habiendo 
tenido en este tiempo el Mechor Velásquez mayores noticias de las riquezas 
de los Noanamas, volvió á salir en su demanda con setenta compañeros que pudo 
juntar, bien armados y codiciosos de haber á las manos tantas riquezas como 
de aquellas provincias echaba á volar la fama. 

4.^ Que codiciosos de que fuese así y de llenar las manos hasta los codos 
en ellas, fueron trastornando cien mil dificultades, sin caminos ni trochas cono- 
cidas, hasta que dieron con otro río diferente del pasado, más ancho dos veces 



152 FRAY PEDRO SIMÓN (7.» NOTICIA 

que el Magdalena cuando entra en el mar, á cuyas márgenes había algunas 
copiosas poblaciones, que se comunicaban y contrataban por el río en canoas. 
Dieron vista los soldados en el primer pueblo, que estaba á la banda contraria^ 
á «nos valientes árboles de plátanos con feus racimos de fruta bien sazonada, 
que codiciosos y aun necesitados de ella, trataron luego de haberla á las manos, 
como lo pusieron en ejecución embarcándose en ciertas canoas para el efecto, 
sin reparar en lo que el Melchor Velásquez les decía, sospechándose de lo que 
sucedió, que fué estar una emboscada de bárbaros ferocísimos y nrraados entro 
los árboles, de donde salieron bien á tiempo cuando los nuestros estaban más 
cebados en coger y comer de la fruta, que les costó bien cara, y no menos que 
á precio de sangre, pues del primer encuentro dejaron los bárbaros once sol- 
dados muertes, y fueran más si no se juntaran los vivos y se resistieran con 
los arcabuces por un buen rato, hasta quo con los que estaban en su compañía 
pasó á socorrerlos el Melchor Velásquez, bien á su costa, pues en llegando le 
pasaron un brazo, y por haber herido algunos otros y faltarles ya las flechas, 
se arrojaron los bárbaros al río, como cuando espantan Ihs ranas que están al 
sol á la margen del agua. 

5.^ Por donde se fueron deslizando con tanta destreza en nadar, que no fué 
posible á los nuestros, aunque volaban con las canoas tras ellos, haber alguno 
á las manos, pequeño ni grande, de quien se pudiera tomar lengua, pues de la 
misma suerte nadaban los muchachos y mujeres con sus niños á cuestas, que 
los gandules. Afligidos los nuestros del desgraciado suceso, pasaron á la banda 
contraria, donde tenían sus ranchos, ropa y servicio, y no habiendo sido el 
pasaje con menos riesgo que de la vida, por ir muchos mal heridos, se detu- 
vieron, para curarlos, algunos días en el puerto, al fin de los cuales una noche, 
al cuarto del alba, dieron sobre los ranchos los bárbaros con tan gran furia, 
que habiendo quedado muertos nueve de los nuestros y un fraile, no sé de qué 
Orden, que iba por Capellán entre ellos, y muchos heridos, y entre ellos el 
Gobernador atravesado un muslo por ambas partes, les fué forzoso irse reti- 
rando hasta cierto puerto; donde juntos sanos y heridos, se aprovecharon tan 
valerosamente de la espada, que haciendo dejar la presa á los bárbaros, que te- 
nían ya cogida, de los ranchos de los nuestros, los apretaron de suerte que se 
acogieron á su guarida, al río, como antes, dejando maltratados á todos los 
soldados y gente de su servicio. Que viendo todos los ruines efectos y poco 
fruto que se les iba siguiendo en la jornada, de mancomún determinaron todos 
darlo de mano, requiriendo para esto al Gobernador, que no fué menester 
mucho para tomar luego la vuelta de la ciudad de Toro, que fué con tan in- 
mensos trabajos, por volver todos á pié, de dificultades del camino, enferme- 
dades, hambres, sin comer otra cosa que yerbas silvestres y no conocidas, sapos 



OAP. Il) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 153 

y culebras, que á veinte de 1(^ soldados dio remate en sus trabajos la muerte 
en el camino, y hubiera sido lo mismo del Gobernador, á no traer á su lado un 
hijo suyo, de buenos bríos, mestizo, que le ayudó á salir de todas las dificultades, 
hasta que llegaron los pocos que habían quedado á la ciudad de Toro, donde 
fueron caritativamente curados hasta recobrar salud. 

Con la cual viéndose el hijo del Melchor Velásquez (que se llamaba como 
su padre) y con buenos alientos, pasados algunos meses después de la llegada, 
juntó otros setenta y cinco soldados, y en nombre de su padre, que yá había 
dado de mauo á estas jornadas, tomó la vuelta en demanda de las mismas Pro- 
vincias de los Noanamas, á donde llegó, por las buenas guías que llevaba, en 
breve tiempo; pero hallólas tan sin gente que no pudo haber ú las manos más 
que solas dos ó tres viejas y algunos indios enfermos y miserables, que pre- 
guntcándoles por el consumo de los indios, respondían con no fingidos lloros 
haberlos barrido cruel pestilencia que había venido sobre ellos un año había ; 
lo que certificaba bien ver los nuestros los campos cubiertos de huesos, que 
por no haber habido quien los enterrara, los había consumido el tiempo y in- 
clemencias del cielo. No les pareció á los nuestros, con esta mala nueva, pasar 
adelante, y así volvieron á la ciudad de Toro, desde donde luego, á los prin- 
cipios del año siguiente de mil y quinientos y noventa y uno, vino el Melchor 
Velásquez á esta Keal Audiencia y hizo dejación de aquel Gobierno, por verse 
pobre, viejo y manco de heridas. Era natural de la Villa de Utrera, cinco 
leguas de Sevilla. 



1^4 FRx\Y PEDRO SIM(5n (7." KOTICIA 

CAPÍTULO III 

1.0 Dánsele el Gobierno y conquista del Chocó al Capitán Melchor de Salazar por el 
Doctor Antonio González — 2.» Despáchansele recados y él socorre en una necesidad 
á la ciudad de Toro— 3.<* Despacha á un Capitán con g-ents que vaya por uu río ít 
descubrir la tierra— 1.° Lo que le va sucediendo en el descubrimiento. 

ADMITIDA h\ renunciación del Gobierno que hizo Melchor Velás- 
quez por esta Keal Audiencia, donde á la sazón presidía el Doctor 
Antonio González, y de acuerdo de toda ella habiéndosele señalado, por lo que 
había gastado en la pacificación de las provincias de su Gobierno y por haber 
hecho dejación de él de su voluntad, mil pesos de renta de por vida en la 
ciudad de Popayán, trató luego el Doctor Antonio González, porque no se 
dejasen enfriar las conquistas de aquellas tan ricas Provincias, y tan importante 
á la salvación de las almas, Rentas Beales y bienestar de los españoles, de 
volver á encomendar aquel Gobierno á persona tal y de sustancia que pudiese 
allanarlas y acrecentar cimientos españoles, demás de las dos ciudades Toro 
y Oáceres. Para lo cual se le ofreció, por informaciones que tuvo de su persona, 
Melchor de Salazar, natural de la ciudad de Toledo en España, y vecino en 
estas Indias de la de Oartago, hombre cuantioso en hacienda por tratos y mucho 
oro que le habían sacado sus negros esclavos en aquellas minas, y yerno de I 
Capitán Francisco de Orellana, persona valerosa en las conquistas de las Pro- 
vincias de Popayán y otras. Con el cual Melchor de Salazar tratándose el 
negocio de éstas y Gobernación del Chocó, y viniendo bien el Presidente y el 
dicho Salazar en ello, se capituló y tomó asiento, al modo que se suele con otros 
conquistadores, según las ordenanzas que para esto están dadas, hechas á trece 
de Julio en el Bosque de Segovia, el año de mil y quinientos y setenta tres, y 
otras en particular, como fueron que sembrara ocho fanegas de maíz luego 
que entrase á la conquista, para el sustento de los soldados y gente de servicio; 
que los soldados pasasen de ciento, pagados y pertrechados á su costa; que 
llevase uno ó dos sacerdotes, clérigos ó frailes, para Capellanes y administra- 
ción de los sacramentos á la gente de la conquista ; que había de poner cin- 
cuenta esclavos para labrar las minas de oro descubiertas y por descubrir, 
donde fuese plantando Reales de minas ; que metiese doscientas vacas con 
algunos toros, y otros ganados mayores y menores, para crianza, y otras obli- 
gaciones á esto modo; y que á él se le concedían tfei4as las exenciones que 
se suelen dar á los conquistadores y pobladores. 

2.0 Con lo cual en esta ciudad de Santafé de este Nuevo Reino, á ocho de 
Febrero del año siguiente de mil y quinientos y noventa y dos, por el Doctor 



CAP. IIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 155 

Antonio González, y por Cédula Eeal que tenía para esto, le despachó título 
al Melchor de Salazar de Gobernador y Capitán General de las Provincias del 
Chocó, Dabaibe y Valle de Baeza, con distancia de rail y quinientas y cin- 
cuenta leguas en cuadro. Con lo cual comenzó luego á levantar gente en la 
ciudad de Cartago y otras sus convecinas y pertrecharse de todo buen avío 
para hacer entrada en su Gobierno luego que estuviese todo á pique. En que 
estaba ocupado cuando los indios de guerra, fronterizos á la ciudad de Toro, 
que caía en su Gobierno, como eran los Tatanias, Noanamas y algunos Cho- 
coes, que estaban de paz, se rebelaron contra aquella ciudad, aunque no hecha 
junta para esto, pues los Tatanias, acometiendo de por sí, mataron algunos 
indios do los pacíficos. Los Noanamas, en una estancia del Capitán Diego de 
Paredes^ mataron nueve y hirieron cuatro. Algunos Chocoes, sobre el seguro 
de la paz que habían dado, tuvieron traza para matar al Capitán Luis Ffancoy 
á Diego Martín Hincapié y á un Heredia y á algunos indios do paz. Apenas 
hubo tenido nueva de esto el Gobernador, cuando con los pertrechos de guerra 
y soldados con que se hallaba, pólvora, plomo, cuerdas, alpargates y otras 
moniciones, fué y entró en la ciudad de Toro, desde donde despachó, con la 
brevedad que la necesidad pedía, al Capitán Simón Sánchez con doce soldados 
á hacer frente á los Chocoes, que no fué de pequeña importancia para que 
éstos no se atreviesen á matar los indios de paz de la ciudad. También despa- 
chó juntamente al Capitán García Guerrero, con orden de que juntando veinte 
soldados, defendiesen las minas de Rionegro y Yarama, de mucha grosedad 
de oro de veinte quilates, y que despoblase la ranchería de Santa Catalina, del 
Capitán Diego de Paredes, por estar en conocido peligro, como se echó de ver, 
pues al día tercero vinieron sobre ella los Noanamas, y quemándola y des- 
truyéndola, hicieran lo mismo con los negros y indios que en ella hallaran, á 
no haberse despoblado. 

3.° Dio también orden al Capitán Cristóbal García Montano, que des- 
poblando las minas de Tuturrupí, por estar en evidente peligro, las poblase en 
sitio seguro, pues había en muchas partes dónde se pudiesen sacar crecidos 
jornales. Al Capitán Guerrero con seis soldados ordenó que anduviese do 
presidio por todas las minas; que en el río de Yararai S3 labrasen diez canoas 
y otras tantas balsas (aunque contra la opinión de muchos) para navegar este 
río abajo en descubrimiento de nuevas provincias, como se hizo, enviando al 
efecto por caudillo al Capitán Cristóbal García Montano, con treinta soldados 
bien armados y otros tantos indios amigos, y por Capellán al Padre Cristóbal 
Solano, clérigo que yo conocí mucho en esta ciudad, que embarcándose todos 
en las diez balsas y canoas en las minas de Toro, en ocho de Marzo de mil y 
quinientos y noventa y tres, habiendo navegado hasta media legua el río abajo^ 

19 



156 FRAY PEDRO SIMÓN (7.» NOTICIA 

se trastornó una canoa, sin peligrar español ni indio de los que iban en ella; 
sólo sfQ mojaron y la ropa, y sucedió que yendo alguna en un cataure y entre ella 
un cofrecito en que iba una imagen de Nuestra Señora, saliendo toda empapada 
en agua, el cofrecito y la imagen quedó seca, como si no le hubiera tocado más 
que sol. Trastornáronse otras dos por no est:u- los indios diestros en la boga, 
una legua más abajo, do las cnales, por ser socorridas á tiempo, sólo se perdió 
un soldado que se ahogó, llamado Gaspar de los Reyes. Rancheáronse aquella 
primera nocho en las casas de ciertos indios, y á la mañana se dijo misa por el 
difunto; y caminando el río abajo, se dio vista al de Tuturrupí, que entra en 
aquél por la parte del Sur, y aquél por la del Norte en el de San Juan, 
que nace de la cordillera de Anserma y baña las Provincias del Chocó con 
crecidísimas aguas, limpias de palos, por ser fondable, y por esto acomodado 
á la navegación. No so hallaron en él caimanes, pero tiene pejes espadas y 
otras muchas diferencias de buenos pescados, en especial camarones, grandes 
y pequeños. 

á.° Dióse vista á dos canoas quo venían el río arriba, que procurándose 
haber á las manos para tomar de ellas lengua, no fué posible, por escaparse 
la una huyendo, y haberse abordado la otra en tierra y esoapádose la gente. 
Navegaron aquel día hasta las diez de la noche, por habsr dicho la lengua que 
quedaban atrás, en un estero, casas de Noanamas, por lo cual se rancheó cada 
canoa de por sí, para más seguro de todo acaecimiento. A los doce de Marzo 
despachó desde allí el Capitán un caudillo llamado Simón Sánchez, con catorce 
españoles en cuatro canoas, con orden de dar vista á todo el estero, como lo 
comenzaron á hacer, aunque á las primeras bogas se trastornaron dos canoas, 
que aunque en dos brazas de agua, nada peligró. Halláronse siete barbacoas va- 
cías de gente, por haberse retirado al monte, bien llenas de maíz, de que se tomó 
lo necesario, y también se pudieron coger cuatro indias, que todo fué de servicio 
y importancia al Real, á cuya vista llegaron río arriba de allí á dos días doce 
grandes canoas llenas de indios, gente moza, bien dispuesta y de buenos 
alientos y rostros; todos desnudos, con buenas joyas de oro en las orejas y 
narices, y hechos unos barbotes de lo mismo, que eran cuatro ó seis planchue- 
las largas colgadas del labio de abajo. Fnéronse allegando á reconocer nuestros 
ranchos, saltando en tierra á esto, y con título de paz, más de cien naturales, 
que abrazándolos el Capitán uno a imo, los recibió y acarició con buenas pa- 
labras y algunas bujerías de Castilla, y persuadiéndoles á la paz, á que ellos 
decían eran venidos, tomaron la vuelta de sus tierras, si bien se supo después 
quedaban atrás otras siete canoas con más de doscientos indios, que todos 
venían de mano armada á dar sobre las minas. Cumplieron su palabra las dos 
canoas en volver otro día, aunque no se atrevieron á saltar en tierra, por ver 



CAP. IV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 157 

á todos los nuestros juntos, como lo estaban, y bajaron hasta la boca del río de 
San Faustín, que baja por la banda del Sur de la cordillera de Cáceres; desde 
donde vieron dos barbacoas ó casas de indios que se estaban ardiendo por 
haberles pegado ellos fuego. Este ora el paraje donde desbarataron al Gober- 
nador Melchor Velásquez y le mataron aquellos eoldados y el fraile por quien 
se hizo oracidn ahora. 



CAPÍTULO IV 

l.» Sucesos varios que van acaeciendo en el descubrimiento de los Noanamas— 2.° Cogen 
aJgunos],indios que dan noticia de la tierra y de cómo tiene oro— 3.» Salen de la jor- 
nada sin haber poblado, sino con solas noticias y algún oro que ranchearon— 1.« 
Quítanle el Gobierno por emulaciones al Gobernador Salazar. 

OR la mano sabrosa y avilantez que les debiera de haber quedado 
á los indios en la refriega pasada de Yelásquez, tuvieron ahora 
atrevimiento de acometer á los soldados por tierra, dándoles algunas rociadas 
de flechas y estólicas {?), y por agua coa catorce canoas en que vendrían hasta 
ciento y treinta indios, que también dispararon sns dardos y flechas sobre los 
nuestros, que á todos los desbarataron jugando los arcabuces, que tomaron la 
vuelta cada cual escuadrón por su camino, siguiendo seis soldados á los de 
tierra, y una canoa á los del río hasta perderlos de vista. Asentáronse aquí 
ranchos por dos ó tres días, en que volvieron algunas canoas de las que huye- 
ron, diciendo mil oprobios á los nuestros, y que los habían de echar de su 
tierra ó de esta vida, como lo hizo un soldado á uno de ellos con una escopeta 
con que temerosos so retiraron. En veintidós de Marzo de este mismo año, 
estando un soldado velando las canoas, vio venir, con mucho silencio, indios 
el río arriba á soltarlas, que no fué de efecto por haberse dado arma y ellos 
huido. Pasando río abajo se dio vista al de Guema, que fué sitio donde se le 
á'ió la otra guazabara al Melchor Velásquez y le mataron nueve españoles; la 
mitad sería del día, cuando descubrieron á la otra banda del río un encum- 
brado peñol, y en él cinco barbacoas grandes y fuertes, y al pié del risco seis 
grandes canoas llenas de indios, para la defensa de estas casas, que embistién- 
dolos el Capitán por agua con algunas canoas y soldados por tierra, aunque &q 
defendieron con sus armas, huyeron de las nuestras. No había gente en las 
casas, pero halláronse herraduras mulares y caballares, clavos y pedazos de 
arcabuces, y un pedazo de una barra do hierro, y mucho maíz seco, por cuya 
ocasión ge ranchearon de asiento. 



158 FRAY PEDHO SIM(5n (7.^ NOTICIA 

Que viendo los indios el que los nuestros tomaban de propósito, les echa- 
ban algunas emboscadas para los desmandados, lo que también hacían los nues- 
tros sin efecto, por el mucho cuidado con que andaban los indios. A tres 
canoas que llegaron cerca no se les pudo dar alcance, por ser mejores bogado- 
res. Fuéronso reconociendo otrcs sitios y barbacoas en el río hasta llegar al 
de los Yacos, por cuyas aguas arriba caminaban como si fueran para abajo, lo 
que causaba la marea, según todos juzgaron, y que no estaba lejos el mar del 
Sur. Aquí echaron á los nuestros una emboscada, en que mataron un indio de 
dos que se desmandaron contra la orden del Capitán; bien la vengaron las 
escopetas. Por este río bajaron dos indios en dos barquetas, que parecieron ser 
conocidamente Yacos, por traer loa cabellos cortados con diferencia de los 
Noanamas, que no quisieron, aunque los llamaron, llegar al Real. El cual, 
embarcándose aquí en las canoas que habían tomado á los indios, por ser me- 
jores que las que ellos llevaban, y habiendo quebrado éstas porque los natu- 
rales no se aprovechasen de ellas, se entraron desde este río Yaco al de San 
Juan, que hallaron á dos leguas que anduvieron por él abajo, que se dividía 
en dos partes iguales por una gran isla que se hacía en medio, que no la 
pudieron bogar, porque las crecientes del mar del Sur hacían volver las aguas 
para arriba., Estaba poblada de muchas barbacoas ó casas de indios, sementeras 
de maíz, muchas palmas y otros árboles frutales. Decía después Pedro Páez, 
un soldado que bajaba ahora y después el año de mil y quinientos y noventa 
y siete entró con Cristóbal Quintero en este río por el mar del Sur, que desde 
él á eata isla hay doce leguas de extremado puerto y navegación. 

2.° A los veintiséis de Abril determinó el Cristóbal García, por no pare- 
cerle había más que ver río abojo, á volver aguas arriba, desvolviendo cuantos 
esteros y puntas había en los ríos, hasta que á los seis de Mayo le dieron los 
indios una famosa guazabara, de que salieron heridos tres soldados, y por 
haberlo quedado también en una pierna un indio de guerra llamado Aricum» 
lo hubieron los nuestros á las manos ; de quien se supo estaba recogida mucha 
gente, hombres y mujeres, en cierto estero, y que entre ellas había dos españo- 
las, que habían traído de la agua grande salada, que es decir del mar, donde 
las asieron, habiendo salido éstas y otros españoles de una gran casa, que era 
navio, y que ahora las tenían dos Caciques en su servicio, de quien tenían 
cinco hijos, y decía que cuando estos españoles bajaban el río, les decían los 
indios á las dos mujeres: '^Yá vienen vuestros maridos por vosotras"; á que 
respondían: ''No vienen sino á hacerse amigos con vosotros; y así salid y 
habladles"; á lo que no los pudieron persuadir, antes las metieron por esto la 
tierra adentro. En la que dieron vista nuestros soldados de los Noanamas, 
vieron muchas minas de oro descubiertas, de quien decía este muchachón 



CAP. IV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 159 

Nonuama (que sería de hasta veintiséis anos) lo sacaban, y cuando estaba en 
polvo le llamaban Pino, y al fundido eu joya Pimmhra ; á las perlas Soroma, 
que decía la sacaban del agua grande salada y que no so bebía (que es el mar), 
y que para sacarlas se zabullían los indios, atada una pesa á la barriga, y que 
estimaban eu más las conchas ó nacarones que las perlas. 

3/* Veíanse en algunas casas de estes Noanamaa, que las tenían limpias 
y curiosas, algunos jardines hechos ú mano, que también lo eran, y en ellos 
plantadas ciertas yerbas de agradable vista, que decían servirles: una para 
poner en la boca en sus borracheras, que los preservaba de no embriagarse 
tan presto; otra para curar las heridas de los dardos y sacar fuera las astillas, 
y otra para lavar con ella los captivos, con que perdían la ferocidad y me- 
moria de sus tierras. Eu éstas y paraje donde cogieron este indio, á los ocho 
de Mayo de este mismo año, hicieron requerimiento los soldados al Capitán 
Cristóbal García, que pues se descubrían muchos indios por aquellos parajes, 
y parecían saludables por sus buenos temples, diese cimientos á una ciudad de 
españoles, enviando por más gente y otros socorros al Gobernador, que no 
tuvo efecto por ser tan poca la con que allí se hallaba, y los nueve mal heridos, 
y así se resolvió el Capitán á tomar la vuelta del río de Yarama, que es el de 
las minas de Toro, por donde volvió y se desembarcó á veinticinco de Mayo del 
mismo año de 1593. Traían bien crecidos rancheos de oro en polvo y algunas 
joyas, en pago de algunos soldados heridos y otros muertos, tres mujeres Noa- 
namas y un muchacho pequeño, y el indio de quien se hubieron estas relaciones 
y otras muchas que le fueron sacando con preguntas; como que los Noanamas 
son gente más bárbara que idólatra, y que pasado el ímpetu de la guerra, tratan 
los captivos amorosamente y no los matan, ora sean españoles ó indios, aunque 
se sirven de ellos en todos trabajos de manos. A las suyas hubieron los nues- 
tros en este viaje treinta y nueve casas de Noanamas, cuarenta y siete canoas 
y más de dos mil fanegas de maíz seco, de que se sustentaron, y de ello talaron 
á medio desgranar. 

4.^ No hizo otras entradas de consideración más que ésta luego el Go- 
bernador Melchor de Salazar, por haber gastado mucho en ello y en el socorro 
que dijimos había dado á la ciudad de Toro en el meter treinta negros que 
metió y entablar minas de donde se sacaba gran cantidad de oro; pero bien sa- 
bemos que por el imposible que tiene dar el que gobierna gusto á todos, no tenién- 
dolo mucho de su Gobierno, se determinó el Cabildo de aquella ciudad de Toro 
(aunque con ingratitud de beneficies que le había hecho el Gobernador) á dar 
poder al Capitán Diego de Paredes para que en nombre de toda ella, en 
esta Real Audiencia, pidiese se incorporase aquel Gobierno de Chocó con el de 
Popayán, por algunas causas y comodidades que se daban, y que se referían á 



160 FRAY PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

hacer, á costa de la ciudad, las conquistas y allanamientos de los indios NoanamaF, 
Cirambiraes y las demás provincias de la Gobernación, y á pagarle al Goberna- 
dor Salazar lo que había gastado en las jornadas y socorros despue's que entró 
en el Gobierno; que si bien contradijeron este poder, después que por él se ha- 
bía pedido en la Eeal Audiencia, algunos de la misma ciudad de Toro, con carta 
que se escribió en favor del Gobernador en veintisiete de Octubre del año 
siguiente de 1594, al fin se barajó el negocio, de suerto que luego, á los prin- 
cipios' del año siguiente, por sentencia, en vista y revista de esta Audiencia, so 
incorporó el Gobierno del Chocó en el de Popayán, como hoy lo está, y por eso 
casi sin dueño y sin conquistar tanta inmensidad de provincias como por allí 
están descubiertas, porque aunque después, el año siguiente de 1599, hizo el 
mismo Melchor de Salazar nuevo ofrecimiento con nuevas capitulaciones de 
tomar á su cargo las conquistas de aquellas provincias, no hubo efecto, con que 
60 han quedado así. El Gobernador Salazar murió el año pasado de 1624, en esta 
ciudad, donde dejó larga y noble generación de hijos. 



CAP. V) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERBA FIRME 161 

CAPÍTULO V 

1.0 Saca mucho oro en Zaragoza el Capitán Pedro Martín Dávila, y pide las conquistas 
del Dabaibe y Darién al Gobernador Rodas— 2.° Dánsele, y recados, y conduce gente 
para ellas— 3.° Sale á la conquista con doscientos soldados— 4.* Funda una ciudad 
en los Urabaes y socórrenlo de Cartagena. 

ENTRE los soldados que entraron á las conquistas y población de la 
ciudad de Zaragoza con el Gobernador Gaspar de Rodas, fué un 
mestizo, hijo de india y de español, llamado Pedro Martín Dúvila (y él muy amos- 
tizado, por haber tomado mucho de la madre), que habiéndole repartido también 
entre los demás una suertezuela de indios, comenzó con ellos á catear algunas 
minas antiguas comenzadas a labrar de los indios en un gran cerro, media le- 
gua del río Neclií, que dicen los mineros ser bozadero ó embestidero del río 
(ó no sé cómo dicen esto) desde que iban minorando las aguas del diluvio, que 
dejaron allí una innumerable grosedad de oro, que luego la fué descubriendo y 
gozando el Pedro Martín. A cuya satisfacción y seguro le fiaban negros escla- 
vos, mercaderes que los llevaban á vender á la ciudad de Zaragoza, con que fué 
creciendo tanto el caudal del mestizo, que le dio ánimo para sacar ciertas aguas 
que viniesen sobre el cerro para labrar mayores minas, que le costó el sacarlas 
en canoas por cumbres de árboles y otras máquinas y dificultades, más de sesen- 
ta mil pesos de veintitrés quilates, que era ley de todo el que él sacaba, y el 
más subido de todo el que se ha hallado en aquellas tierras. Aunque estas 
aguas que sacó no alcanzaron á la cumbre de este cerro, desde el paraje á donde 
llegaron vino á sacar tanto oro, que llegó su caudal en pocos días á más de 
ciento y sesenta mil pesos, de los quilates que hemos dicho, que lo gastaba coa 
larguísima mano (que es una de las excelencias del oro hacer manirroto á qui^en 
lo tiene), en especial con gente bagabunda y lisonjera, porque el oro es piedra 
imán de gente de todv broza, y más de la do este pelaje, polilla de ajenas bolsas. 
Viendo el Pedro Martín el consumo do su caudal en estos empleos, pues 
en pocos días llegó á ser de treinta mil pesos escasos, y que como le habían ido 
entrando por las vuelas, se le iban desaguando por los aires, y que como los 
había dado el agua, se los iba llevando el raudal, antes de que los acabara de 
concluir, determinó emplear lo que le quedaba en cobrar nueva fama de con- 
quistador, ya que la tenía de rico, á que le ayudaron algunas de estas langostas 
que hemos dicho le andaban al lado, por ventara por acabarlo de consumir, y 
así ofreciéndole gastar en las conquistas el empleo de todo el caudal que le 
había quedado al Gobernador Gaspar do Bodas, le pidió que él haría las de 
aquellas provincias á quien él no había dado vista desde quo comenzó su go- 



162 FRAY PEDRO SIMÓN (7.'* NOTICIA 

bierno, siendo del que eran las de Nitana, Caribana, Panzená, Marltúe, Guazu- 
ze, Tuango, Urabá y Urabaibe. Que acudiendo á su petición el Gobernador, 
con ciertos asientos y capitulaciones que entre los dos hubo para las pacificacio- 
nes y fundaciones, le dio título de su Teniente General de todas aquellas pro- 
vincias, fuera de la de Antiochia, el año de 1595, y licencia para poblar en 
ellas, á su costa y por su persona, y más conducta de Capitán en particular para 
la entrada y conquistas del río del Darién, provincias de Funucuna y casa del 
Dabaibe, no obstante que estaba en litis en aquella sazón, si la conquista 
del Darién, Urabá y Urabaibe caía en la demarcación do aquel gobierno de 
Antiochia ó del de Cartagena, que parece está ya determinado ser gobierno 
aparte y sin dependencia, pues los años pasados se le dio de esta suerte al 
Capitán General Don Francisco Maldonado, vecino de Santa Marta, con cuya 
jornada dará .remate y fin esta parte, y nuestra Historia, por haber sido lo último 
que hay que escribir en ella. 

2.0 Teniendo ya en su poder los despachos el General Pedro Martín Dá- 
vila, hizo leva de gente en toda la Gobernación de Antiochia y aun en algunas 
ciudades de esto Reino, en que juntó doscientos soldados vaquianos, toda buena 
gente y bien experimentada. Dispuso pertrechos do guerra, armas ofensivas y 
defensivas, muchas municiones, fragua, herreros y carpinteros : todo forzoso á 
una jornada bien dispuesta. En lo cual y en avíos do soldados gastó largamen- 
te los veinte mil pesos de veintitrés quilates y lo que le restaba do este año 
y hasta la mitad del siguiente, en que llegaron á ponerse todas las cosas á 
pique para la jornada, con el número de soldados que hemos dicho, y entre 
ellos dos sacerdotes, uno de ellos se llamaba el Padre Chaves, que después fué 
novicio en este nuestro convento de San Diego de esta ciudad. Señaló sus ofi- 
ciales : por Maese de Campo, á un Don Gonzalo de Bolívar, Tesorero perpetuo 
de cuanto so poblase; con entrega de todos los papeles y negocios públicos y 
secretos que se actuasen, y por Consejero en paz y en guerrn, Don Jerónimo 
Garabito ; Capitanes y Alférez, los que fueron necesarios para los doscientos 
soldados. Condujo también y concertó sobre trescientos indios y indias que 
llaman de servicio en estas tierras, que fué lo peor que esta j orna-la tuve, y la 
causa de sus malogrados deseos y de sus trabajosos fines ; y esto de llevar indias 
en las jornadas es el pecado original en que todas las de estas tierras caen, no 
escapándose ninguna, porque á título de llevar servicio, entran los más ó todos 
soldados amancebados con ellas, que yendo en estos pecados tan de asiento, mal 
pueden lucir sus aciertos y facciones, pues no sé yo quién se atreverá á pedirle 
merced de buen suceso á Dios, teniéndole ofendido**^ Generales y cabezas en 
consentirlo ó por ventura en cometerlo, y los demás en hacerlo, todos son unos, 
como sucedió en esta jornada y otros intentos que también por otro camino las 



CAP. V) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 163 

suelen turbar, que es ir siempre con este pío de oro, y de sacar á los indios 
noticias de él en minas, guacas ó sepulturas, debiendo ser sólo la conversión 
de las almas, de donde se siguen los demás bienes muy menores, pues sólo en 
convertir á Dios una alma que la tiene en sus garras el Demonio, de estos que 
andan atenta pared y en tinieblas, sin luz del Evíingelio, es mayor hazaña en un 
Capitán ó soldado, que ganarle á su Rey infinitos reinos, y que andar con cili- 
cios azotándose, rezando y ayunando toda la vida ; y pretendiendo esto de prin- 
cipal intento, sin hacer guerra injusta á los indios ni quitarles lo que de justicia 
es suyo y de derecho natural y de las gentes en tierras y riquezas, á buen se- 
guro que con satisfacción se puede confiar que dará Dios lo uno y lo otro, dila- 
ción de reinos y las sumas riquezas que poseen en estas tierras así descubiertas, 
como ocultas en sus entrañas. 

3»^ Al fin puesto todo este aparato á pique, todos los soldados gallardos con 
mucha pluma y bizarría salieron de Santafé de Antiochia para la jornada, por 
Junio del ano mismo de 1596, hechas dos lucidas compañías, cada una de cien 
soldados, muchos caballos de carga y camino, vacas y ganados de cerda y otros 
para cría y sustento, y habiendo llegado al Valle de Norisoo y Penderisco, 
tomó consigo el General ochenta soldados escogidos y comenzó á caminar por 
un atajo á la ligera, con intentos de dar en la provincia de Nitana, la primera 
de su conquista, antes que los indios tuvieran noticia de su entrada, despa- 
chando el campo, bagaje y ganados por el camino real, que iba á dar á la mis- 
ma provincia, que no habiéndola hallado tan desapercibida como pensaban, 
antes tan alerta y apercibidos con las. armas en las manos para defender á los 
nuestros la entrada en sus tierras, llegando á pisarlas por las cabeceras del río 
del Zenú, que es el que las baña, dieron una valiente guazabara á los soldados, 
que saliendo algunos heridos, pasó luego el General á la tierra de los Pereberes y 
Guaríes y de allí á las belicosas provincias de Guazuze, tan conocidas á costa 
de españoles como en ellas han perecido en siete veces que han sido conquista- 
das, y habiéndolas allanado y dejado de una razonable paz con las demás sus 
convecinas, llegó á las de Urabá y Urabaibe, donde habiendo hecho lo mismo, 
todo á fuerza de armas, pobló una ciudad en nombre del Rey, que la llamó San 
Agustín de Avila, cinco leguas de las aguas del mar, de la ensenada de Acia 
al Este, en una ciudad limpia y ancha de las que llaman del Cacique Diego, 
tres leguas de su mismo pueblo, que era cristiano y muy de la devoción de es- 
pañoles. 

4.<^ Asignó en ella veinticuatro vecinos de sus soldados, y de ellos justicia y 
Regimiento, y habiendo dado vista á todos los Caciques y indios de aquellas 
provincias, nombrándolas por sus nombres y los sitios donde estaban, que fueron 
hasta tres mil y catorce, hizo de ellos veinte encomiend as en los Capitanes y 



164 FRAY PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

soldados que le pareció más beneméritos, por primeras suertes á los de Urabá y 
Urabaibe, y por segundas á los de Guazuze y Nitana y las demás provinoias 
sus convecinas, y viéndose con tantos soldados, porque hasta entonces había 
sido poco el consumo, determinó, con consejo délos de mejor parecer, viendo su 
ciudad poblada y pacífica la tierra, de entrar y dar vista al gran río del Dariéu, 
que comunicando este su pensamiento con el Gobernador de Cartagena, que 
á la sazón era Don Pedro de Acuña, no sólo se lo alabó, pero aun le remitió 
desde aquella ciudad la Napolitana de las galeras con doce buenas boyas al 
remo, y veinticuatro soldados bien armados en ella, y por su cabo al Capitán 
Juan Rodríguez Bermejo, con muchas municiones, bastimentos y regalos, para 
que todo le fuese de ayuda de costa. Pienso llevaba intentos el Gobernador 
Pedro de Acuña, de que on aquella entrada se descubriese aquel brazo del río 
del Darién que echaba á volar la fama se dividía y vaciaba sus aguas en el 
mar del Sur, lo cual como ahora no tuvo efecto, lo intentó otra vez Don Pedro 
de Acuña, como dejamos dicho y después diremos, el año siguiente de mil y 
quinientos y noventa y ocho. En correspondencia y agradecimiento de esto, le 
envió al Gobernador el General Pedro Martín treinta indios valientes que 
tenía presos por los más belicosos de la tierra y que la alteraban y acaudillaban 
contra los nuestros, para que sirviesen la fábrica de las galeras que á la sazón 
hacía en aquel puerto ; de los cuales, habiéndolos estimado en mucho el Don 
Pedro de Acuña, unos se murieron, y otros, huyéndose por tierra, se volvieron 
á las suyas. 



CAP. vi) noticias de las conquistas de tierra firme. 165 

CAPÍTULO VI 

!.<> Fabrica barcos para subir por el Darién. Saca algunas sepulturas— 2.° Echase bando 
no se saquen más, y lo que de esto sucedió— 3.° Riquezas del Cacique de Urabá, y 
cómo las da á los españoles— 4.o Sube el General el río del Darién— 5.° Dan los 
indios sobre la nueva ciudad, y matando algunos vecinos se despuebla. 



ü 



ESDE que dio noticias de sus intentos de la conquista del Darién al 
Gobernador de Cartagena el General Pedro Martín, se comenzaron á 
fabricar algunas canoas y ceibas y dos barcos grandes de los del trato del río de 
la Magdalena ; pero entre tanto, por no andar ociosos los soldados, demás de 
algunas salidas que hacían desdo la ciudad de San Agustín, de donde traían 
buenos rancheos de joyas de oro de que abundan aquellas provincias, cómo 
después diremos, teniendo noticia de que tenían allí tan ricas sepultaras como 
Jas que dejamos dichas del Zenú, dio licencia el General para que se abrieran 
solas ocho ó nueve, y éstas de los indios más pobres, de donde se sacaron hasta 
dos mil pesos de buen oro, que se remitieron á la ciudad de Cartagena para 
pertrechos, armasf, municiones y bastimentos para la jornada del Darién, porque 
allí era tan poco el sustento y tanta la hambre que padecían, que más se susten- 
taban con ella á las veces y con esperanzas de comer, que comiendo, y á tal 
extremo llegó algunas veces, que en cierta jornada que se hizo, no se tenía por 
poco dichoso el que alcanzaba una porción de los perros que mataban, aunque 
* bien hambrientos y enfermos, y sucedió que estándolo el Tesorero Don Juan 
Jerónimo y necesitado de purgarse, no hallando el día do purga que comer, dio 
veinte pesos de"oro de veinte quilates en chagualas á Francisco de Murcia, que 
hoy vive en esta ciudad, por una asadura de una perrilla suya, para comer 
aquel día, que juzgó]el enfermo ser mejor que de cabrito. 

2.^ Habiendo descubierto estas sepulturas, y en ellas la cantidad que he- 
mos dicho, mandó echar el General un bando, con pena de la vida, que ningu- 
no se atreviese á abrir otras sepulturas allí ni en otra parte, fundado en una 
buena razón de gobierno que lo aconsejaron al mestizo, aunque mirada así á la 
primera vista, parecía rigor y que se quedara tanta riqueza como se quedó en 
aquellos sepulcros. La justificación fué por hallarse en esta sazón los más del 
ejército muy~cerca del río de Nitana ó Zenú, donde con gran facilidad, aunque 
con algún riesgo de los indios enemigos, podrían los soldados y indios de ser- 
vicio echarse en balsas, y antes de desembarcar on el mar, atravesar á la Villa 
de Tolú, lo que sin duda hicieran los soldados de Antiochia, pues los más de 
ellos siguieron esta jornada á la golosina y husmo de sacar sepulturas, de quien 
se tenia tan valientes noticias, y viéndose con algún oro, y conseguidos sus 



166 FRAY PEDRO 8IM(5n (7.» NOTICIA 

intentos, pudiera ser que tomaran este viaje, y poco á poco se le fueran desli- 
zando al General, y se hallara en la fuerza de la guerra sin gente, y también 
porque pasada esta ocasión, no podrá faltar para otra de paz aquel oro de allí» 
pues tenían por cierto no se atrevería indio ninguno de los de aquella tierra á 
abrir ningún sepulcro, por caudalosos que fuesen, como dicen lo eran, en espe- 
cial los de los Caciques Guazuzues y sus mujeres, de quien certifican algunos 
naturales cristianos, tiene cada uno de estos dos más de sesenta cataures de oro 
en joyas, que en cada cataure cabrían más de veinte mil pesos. No causó tan pe- 
queño alboroto entre les más do sus soldados este bando del General, de prohi- 
bición de sacar los sepulcros, por el interés que á todos so les seguía de las 
sacas, que no llegase á tener más que resabios de motín, cubierto con capa de 
agravios y determinaciones de salirse del ejército á dar noticia de esto y otras 
cosas á su Gobernador Rodas, que entendiéndolo el General Martín, hizo pren- 
der á los más culpados, y entre ellos á un valeroso soldado mestizo llamado Ve- 
lasco, criollo de la ciudad de Pamplona, hijo del Gobernador Juan Velasco, á 
quien hecha la causa tal cual, le hizo ahorcar y poner por espantajo de todos 
los demás, con que se quietó el resto de los alterados. 

3.*^ El Cacique y señor de Urabaibe y Guaen, cristiano llamado Pedro 
Fernández, muy ladino, era tan amigo de nuestros españoles, que jamps so 
halló hecho ni consentimiento contra ellos, antes los defendían en cuantas juntas 
tenían en orden á nuestro daño, y daba al General y soldados, con mano tan 
larga, barras de oro, que todo junto bastaba para hacer á un hombre de creci- 
dísimos caudales de hacienda, que le pagaron los nuestros con harta ingratitud, 
pues le dieron tormento, intentando por allí sacarle más oro, llevados de su 
desenfrenada codicia y de la valiente fama que volaba de las grandes riquezas 
que tenía heredadas do su padre Urabaibe, el cual las había adquirido de haber 
muerto á ciertos mercaderes españoles que pasando por ru tierra al Pirii por 
aquel camino antiguo, que á las primeras entradas de los españoles en estas 
tierras, no estando descubierto esto del Reino, se andaba por Antiochia la vieja, 
los hubo á las mauos y les quitó vida y hacienda, lo que siempre negó el Pedro 
Fernández, y no sirvió el tormento más que de acedarle, y que no diese más oro 
de su voluntad á los nuestros, como hasta allí lo había dado, antes siempre les 
mostró ceño y rostro torvo y severo de allí adelante. 

4.*^ Estando la Napolitana en el puerto, y á los fines las fábricas de los 
demás fustes, so determinó, para no entrar en el río á tiento y sin haber hecho 
alguna prevención primero, fuese en ella por cabo ©^ Tesorero Don Juan, y 
con los soldados y buenas boyas que había traído, y por guía al Cacique Pedro 
Fernández (que aunque desabrido, lo hubo do hacer, por haber entrado mu- 
chas veces el río arriba) para que dándole alguna vista breve, volviesen con la 



CAP, vi) noticias de lah conquistas de tierra firme. 167 

nueva de lo que habían descubierto, como se hizo, pues habiendo entrado por 
una de sus bocas, navegaron en dos días y medio casi cuarenta leguas, por 
haberle hallado por este tiempo, que era Abril del año siguiente de 1597, tan 
manso y en leche, que á remo y vela pudieron navegar en aquel poco tiempo 
las cuarenta leguas, que es la común singladura de un navio con viento galerno, 
y habiendo dado vista por una margen y otra del río á muchos rastros de na- 
turales, y á otras señas de ser tierra poblada, volvieron con la nueva al Gene- 
ral, que alistándose do nuevo, como para nueva jornadn, con nuevas municio- 
nes y los soldados más alentados y de mejor biío, se embarcaron en los dos 
barcos del trato del Río de la Magdalena, en cinco canoas y ceibas hechas en el 
puerto para el efecto, más de ochenta soldados y ol mismo Pedro Martín, y 
habiendo atravesado las seis ó siete leguas que había de ensenada hasta entrar 
en la boca del río, lo hallaron tan crecido y do tan valientes aguas, por ser la 
fuerza del invierno, que apenas se podía navegar cada día á la sirga una legua. 
5.° Comenzóse luego á hambrear por la falta de comidas y á enfermar 
toda la gente del servicio y muchos soldados, por serlo el país. Las armas 
defensivas, que eran los escaupiles, con las muchas aguas, se iban pudriendo; 
las ofensivas, como arcabuces, eran de ningún provecho, por lo mismo. Topóse 
con un brazo del río á la parte del Este, que llamaron el de la división, por 
haberla hecho aquí el Pedro Martín Dávila de cincuenta soldados que tomó 
consigo, para ir en las canoas más á la ligera que navegaba el resto del ejército 
en los barcos y ceibas, y dar vista más presto al río de Oromira, que no por eso 
corrió mejor fortuna que los que dejaba atrás, pues por serles todo tan contrario 
y que aquella entrada era de ningún efecto, determinaron luego que se vieron 
juntos á tomar otra vez la vuelta de su nueva ciudad San Agustín Dávila; 
que corrió en el entretanto harto más desgraciada suerte, pues habiendo deja- 
do en ella por ¿u Teniente á Don Gonzalo de Bolívar, por ciertos respetos de 
BU propio interés, sin que le pudiesen ir á la mano (determinación terrible !) 
hizo ahorcar al Cacique Don Diego, nuestro grande amigo, y en cuya tierra 
estaba la ciudad poblada, como hemos dicho, el más principal, estimado y respe- 
tado de todas aquellas Provincias y que más había favorecido á los españoles 
en toda ocasión de paz y guerra. De que con tanta razón avispados sus vasallos 
y tomando por cabeza á su hijo, heredero del cacicazgo, llamado Nacaremo, 
hicieron junta y se determinaron y dieron aquella noche sobré el pueblo con 
tan valientes bríos, que sin ser de importancia los de los españoles, en especial 
los del Capitán Francisco Jiménez, de Buga, valentísimo soldado, y que lo mos- 
tró S3r más en esta ocasión, mataron á muchos y á ésto el primero, á quien 
ellos más respetaban y temían, poniendo su cabeza y las de los demás en palos 
en la plaza, después de haberlos ahumado y comídoso los cuerpos, y convertí- 



168 FRAY PEDRO SIMÓN (7/*^ NOTICIA 

do en pavesa el pueblo, de donde se pudo escapar aquella noche el Don 
Gonzalo y algunos heridos y sanos, huyendo á cencerros tapados la vuelta 
de la Provincia y río del Zenú y desde él ocho leguas á la Villa de 
Tol'i. 



CAPÍTULO VII 

1 .0 Entre los que huyen de la ciudad sale uu hombre casado con su mujer muy enfer- 
ma— 2.° Sin hacer cosa considerable sale el Pedro Martín del Darién y halla su 
ciudad quemada — 3.° Caso notable que le sucede á la mujer enferma con San An- 
tonio de Padua— 4.0 Júntase en la Villa de Tolü el General y las reliquias de la jor- 
nada, con que se da fin. 

AQUELLA verdad tan asentada y católica y que la debemos creer 
cuantos lo somos (si no pena de no serlo), de que no hace Dios 
obra de justicia con nosotros que no lleve mezcla de misericordia, porque ésta 
es la que anda superintendente siempre en las obras de Dios (como lo dijo el 
Santo Rey David), se echó de ver con evidencia en un caso que sucedió con 
estos fugitivos de las muertes y incendio de esta ciudad. Iba entre ellcs un sol- 
dado llamado Diego Suárez del Arroyo (que hoy vive en ésta, con quien he 
consultado la verdad del caso), casado con una mujer llamada Juana Tafur, á 
quien había escapado ahora el hombre de la refriega, tan enferma de hidro- 
pesía, calenturas y llagas en las piernas, tullida de pies y manos, y en todo 
tan hecha un tronco, que por no poderse aún tener en pié, la sacó el marido 
del aprieto á cuestas, y de esa manera la llevaba huyendo con los demás, que 
á ratos le ayudaban á llevarla, hasta que advirtiendo que sin duda les sería 
causa aquel estorbo para que todos pereciesen si los indios viniesen en su alcan- 
ce, como en efecto vinieron, determinaron los demás que se quedase el Diego 
Suárez con ella, pues era menos mal que ambos perecieran, que todos; pasaron 
con esta resolución adelante, dejándose á los dos, marido y mujer. Lo cual 
considerando que si á él lo mataban los indios no se remediaba nada, antes se 
le acrecentaría á ella el dolor, le dijo que dejándosela á olla allí, pues ya esta- 
ba más muerta que viva, á la voluntad divina, pasase él á librar su vida, corrien- 
do igual fortuna con los demás sus compañeros. En lo que se determinó ci 
Suárez, apartándola un poco del camino, y haciéndale primero una chozuela, 
y poniéndole á la cabecera un poco de maíz tostado y un calabazo de agua, 
que era el regalo que le podía dejar, una cruz á la cabecera, y exhortándola 
á bien morir, se despidió de ella con hartas sentidas lágrimas de ambas partes 



CAP» Vil) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 169 

y pasó en seguimiento de sus compañeros, que alcanzó aquel día y llegaron 
juntos por sus jornadas ú la Villa de Tolii, quedando la pobre mujer con 
acrecentados trabajos, pues sobro los que hemos dicho, le recargó el de la 
soledad y desamparo en los últimos trances de su vida; donde la dejaremos 
hasta haber tratado de lo que sucedió á los soldados que habían salido del 
Darién arriba con su General. 

2.<* El cual viéndose coa todos juntos en el paraje del río de Oromira, 
despachó en una canoa cuatro soldados que rastrasen por las márgenes del 
río rastros de gente, que no hallándolos, por estar, á causa de las inundaciones 
de las aguas del invierno, retirados á las cumbres de las sierras, volvieron al 
campo con brevedad á dar esta nueva, por la cual y las incomodidades que 
hemos dicho tenían todos, y hambres que los sacaban de esta vida, se resolvie- 
ron por último refugio de tomar la vuelta de ürabá y de su nueva ciudad de 
San Agustín, cvon intentos de invernar en ella, hasta que apuntando el verano 
y con mayores prevenciones de armas y bastimentos, volver en prosecución de 
esta salida, que le salió todo muy do otra suerte, pues habiendo bajado el 
río y llegado á la ciudad, la hallaron, como hemos dicho, convertida en pavesa 
y las cabezas de algunos do los soldados muertos, puestas en palos, abrasados 
todos los pueblos de los indios por ellos, y retirados con sus comidas de toda 
^a tierra. Fué notable ía angustia con que todos se vieron por el suceso y por 
no hallar socorro en tantas necesidades de hambres, enfermedades y intolera- 
bles trabajos de bogar dos meses continuos que duró el viaje de ida y vuelta ; 
con todo eso, determinó el General probar la mano en el castigo de aquel atre- 
vimiento de los indios, y así sentando ranchos, se hicieron algunas salidas, 
que no sirvieron de más que de consumir la flor de todos los soldados que las 
hacían, en guazabaras y emboscadas que les daban los indios, hasta que viendo 
del poco fruto que todo aquello era, y que los iba consumiendo la guerra y 
veneno do las flechas (que este de ürabá y el de Santa Marta son los más 
fuertes que se han hallado), y que aquel castigo pedía más acuerdo y espacio, 
gente más descansada y proveída de comidas, pues ya en este tiempo, no se 
alcanzaban para comer sino hierbas silvestres y algunos perros que habían 
quedado bien flacos y enfermos, por no hallar tampoco ellos que comer, de 
acuerdo y requerimiento de todos sus soldados determinó el General salir- 
se de la tierra, como lo hicieron, embarcándose la gente que había quedado 
en los dos barcos y en una ceiba, en que fueron a parar á la villa de 
Tolú, donde hallaron á los compañeros: reliquias que habían escapado del in- 
cendio de la ciudad cuando dejaron en el buhío á la mujer. 

d.^ La cual, viéndose tan sola y con angustias de muerte, y sospechando 
se la habían de abreviar los indios, esforzándose lo que pudo, se encomendó á 



170 FRAY PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

Dios y á la Virgen Santísima, y sacando de un paño de manos que siempre 
traía atado á la cintura una imagen do bulto pequeña de Nuestro Glorioso 
Padre San Antonio de Padua, se encomendó á él con crecidísimos arroyos de 
lágrimas, pidiéndole te fuese intercesor con Dios para que la librase de la 
furia y manos de los indios, por lo mucho que temía los tormentos con que 
la habían de matar si la hubiesen á las suyas, q\¿e en lo demás ya se daba por 
muerta de ellos. Los cuales ocupándose en solemnizar la victoria que habían 
tenido de los nuestros, con grandes borracheras, en que se comieron los cuer- 
pos que mataron en dos días, al fin de ellos tomaron el rastro de los soldados 
y los fueron siguiendo, hasta que viendo la mucha ventaja que les habían co- 
brado en el tiempo de los dos días,,determinaron tomar la vuelta de sus buhíos, 
en la cual llegaron al de la pobre mujer, y aun le pareció que habían entrado 
dentro, la cual con las angustias de verse ya en sus manos, y en las de la 
muerte, apretaba las oraciones al Santo con más fervor, rezándole mucho la 
librase de aquellas tan crueles manos, pues la tenía con Dios para aquello 
y otras mayores cosas, y así sucedió que por su intercesión, según podemos 
creer piadosamente, pasasen los indios por junto de ella y aun entrasen algunos 
en el rancho, y sin que la viesen prosiguiesen su viaje, quedando la mujer con 
grande esfuerzo y dando gracias á Nuestro Señor y á su Santo por el milagro 
que había usado con ella, que no paró en esto, pues se acrecentó en que no ha- 
biendo podido muchos días había dar un solo paso la mujer ni aun tenerse en 
pié ni aun rodearse en la cama de una poca de paja que era, y con el alma en los 
dientes, se levantó á poco de como pasaron los indios, y comenzó, sin ningún 
ánimo, á dar algunos pasos, y sintiéndose sana de todos sus males, comenzó á 
seguir con ligereza y buen aliento el rastro de los nuestros, por el cual susten- 
tándose con hojas de toda broza crudas del arcabuco, llegó al cabo de dos 
días al Zenú. 

á.^ Yá en este tiempo había llegado el General Pedro Martín con todos 
sus soldados á la Villa de Tolú, y juntádose con los demás que allí habían 
llegado antes, todos los cuales, por habérselo rogado el Diego Suárez y tener á 
su mujer por muerta, fueron á la Iglesia á hacerle unas honras y que le cantasen 
una misa y nocturno, en el cual estaban, y en el último responso de él, cuan- 
do entró en la Iglesia un indio, no conocido de nadie, que llegándose al 
Diego Suárez, le dijo que á la otra banda del río del Zenú había llegado su 
mujer, donde le quedaba, y dióle las señales de ella. Con que alborozados todos 
y haciéndose cruces de admiración, se salieron de la !j^lesia, y habiendo certi- 
ficado más del indio, despachó el General algunos soldados en compañía dol 
Suárez, que hallaron y trajeron á la mujer, buena, sana, sin tullimiento, hidro- 
pesía ni llagas, atribuyendo todos con la mujer el milagro al Glorioso San 



CAP. Vil) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 171 

Antonio, de quien ella era tan devota. Dióse el último fin á esta jornada, 
después de haber gastado en ella dos años, que fué hasta mediados de mil y 
quinientos y noventa y ocho, desdo que salieron de Antiochia; dividiéndose 
los veinticuatro soldados españoles que sólo habían quedado de los doscientos 
y solas veinte piezas de servicio de las trescientas, cada uno por su parte, sin 
haber hecho efecto considerable en ella, y haberse consumido tanta y tan 
buena gente, con hambres y enfermedades y a manos de los indios. Fueron á 
parar algunos soldados á Cartagena, tan pobres, que pedían de noche limosna 
para sustentarse. Al General Pedro Martín Dávila le siguieron después tan- 
tos trabajos, deudas y pleitos, que trayéndolo por ellas preso á esta ciudad, 
murió en la cárcel, tan miserable que apenas tuvo una moitaja con que 
enterrarse. 



21 



172 FRAY PEDRO SIMÓN (7.» NOTICIA 

CAPÍTULO VIII 

1.° Costumbres y otras cosas de los indios de Urabá — 2.° Da noticia el Cacique Pedro 
Fernández de las cosas del Dabaibe— 3.<» Cosas de las Provincias de Gua- 
zuze. 

AUNQUE hemos tocado en algunas partes do esta nuestra ter- 
cera parte las cosas de los indios Urabaes, no será fuera de pro- 
pósito decir ahora algo de lo que de nuevo hemos sabido. Son todas estas Provincias 
de tierra calidísima, fragosa en el sitio y montañosa, de muchas y buenas aguas, 
muchos puercos de monte que engordan en sus casas, y otras monterías, mu- 
chas aves de diversas especies y hermosísimas de pluma; hombres y mujeres 
de muy buen cuerpo y rostro, todos desnudos; honestan las partes de la puri- 
dad, ellos á medio tapar con unos canutillos atados de una cuerda á la cintura, 
y ellas con una pampanilla. Son los varones valientes, robustos, bien dispues- 
tos é industriosos; pintan con un betún muy hermosas totumas, que traen con 
muchas gallinas de las nuestras á vender á la ciudad de Cartagena, donde 
entran y salen con -una mala paz; usan en las guerras de las armas de palo que 
hemos dicho de otras naciones; son tan caribes y voraces de carne humana, 
que de cuatro y seis días de enterrados, sacan los cuerpos de los españoles y 
asados en una barbacoa se los comen; tienen templos donde adoran al Demo- 
nio, que habla á sus hechiceros y adivinos; viven en pueblos hechos de los 
vasallos de cada Cacique. No hay en todas sus tierras, ni se ha hallado hasta 
hoy, oro de minas, ni corrido, pero con todo eso, son muy ricos de joyas y oro 
fundido, que lo han en rescates de los indios del río arriba del Darién, y aun 
de los riquísimos pueblos de Funuouna y Dabaibe, de donde d^sde muy antiguo 
hubieron grandes riquezas. 

2.^ Y aun contaba el Cacique Pedro Fernández, señor de Guaen y Ura- 
baibe ahora, á los nuestros, que habría 450 lunas, que es lo mismo que meses ó 
treinta y cinco años, que aparecieron en su pueblo de Guaen dos indios extran- 
jeros, muy diferentes de los suyos en traje, pues traían en el cabello muchas 
lazadas y en cada una muchas joyas de oro, y otras en los labios, narices y 
orejas. La lengua no la entendían, pero al fin vinieron á conjeturar eran de loa 
pueblos de Funuc una y Dabaibe, donde habiendo quedado, por guerras que 
habían tenido con sus fronterizos y enemigos los Peachicaes, sin mujeres, los 
enviaba su gran Capitán ó Cacique Solsofique á comprarlas con dos cataures 
(son como canastillas) pequeños. Henos de oro bruto y labrado en joyas á su 
modo, que cabrían en cada uno de siete á ocho mil pesos, y que le decían los 
indios quo si le quevían dar mujeres, por la moza darían diez puuos de oro, y seis 



OAr. VIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRMK. 173 

por la de más edad; que les mostraban, según el aspecto que en ellas veían, los 
paños de oro que darían por ellas. Decían que adoraban al sol y á la luna 
como á marido y mujer; ayunaban toda la menguante de la luna, y en toda la 
creciente se vengaban con embriagueces. Con esto supo otros secretos de aque- 
llas riquísimas tierras de Funucuna y Dabaibe, con que entró allá algunas 
veces el Pedro Fernández á vender mujeres esclavas, en cuyo rescate sacaba 
gran suma de oro, y las noticias que se tienen de aquelks tierras y de las de 
Oromira, donde también iba, y también se han tomado de las que dejamos 
dicho de Gonzalo Rodríguez de Lope, en el memorial que dio al Real Acuerdo. 
3.° Los indios Guazuzues, que llaman de las provincias de arriba, entre 
las de Antiochia y Urabá, no viven en pueblos sino en casas muy apartadas 
unas de otras, puestas en alto en los árboles, donde viven ocho ó diez indios 
casados, con sus familias, sujetos á Caciques, que cada uno tiene por vasallos 
ocho ó diez casas de éstas. Son tierras muy ásperas de montañas y breñas, sin 
ningunas minas de oro corrido ni de vetas, como los de Urabá, pero riquísimas 
de oro fundido, que lo habían en rescates de telas de algodón delicadísimas y 
muy pintadas; vasos hermosísimos de beber; puercos de monte cebados y gor- 
dos, y esclavos que vendían á los da Antiochia en trueco del mucho oro que 
éstos sacaban (y aun hoy se saca) del gran cerro de Buritaca, cerca de la ciudad 
de Antiochia, entre ella y el río de Cauca. De aquí sacaban los indios de estas 
provincias de Antiochia innumerables sumas de oro, como se vio en los socavo- 
nes que hallaron y han seguido y siguen los nuestros, vecinos de aquella 
ciudad. Aquí era la gran carnicería de carne humana de estos naturales, que 
mataban los esclavos tendiéndolos .sobre una piedra á propósito para eso, donde 
vivos los abrían desde los pechos, sacábanles el unto para hacer candilejas para 
los socavones de las minas, y de la carne vendían y comían; de la mucha sangro 
que corría de los que mataban, al rededor de la piedra, aun hoy no ha nacido 
hierba en aquel sitio, con estar desierto y expuesto á todas inclemencias. Guar- 
dan estas joyas los Guazuzues para enterrarse con ellas en sus sepulcros, que 
los hay riquísimas, hechos de bóvedas 6 cuevas cavadas en los montes, donde 
las entierran con sus cuerpos y algunas mujeres y esclavos, comidas y bebidas, 
por tenerles persuadido el Demonio las han menester en la otra vida: engaño 
que con otros muchos tienen por cosa infalible estos miserables, que hoy se 
están" sin lumbre de fe, aunque han sido cinco ó seis veces conquistados: tal es 
su fiereza, aunque no están lejos de la ciudad de Santafé de Antiochia al Po- 
niente. 



174 FRAY PEDRO SIMÓN (7.^ NOTICIA 

CAPÍTULO IX 

1.* La llegada del Marqués de Cañete á Cartagena, y lo que"allí le sucedió — 2.' El Go- 
bierno de Don Pedro do Acuña en aquella ciudad, y algo de lo que en su tiempo 
sucedió— 3. <> Asientos que toma el Capitán Marmolejo para el Gobierno de Santa 
Marta— 4.0 Recógese la gente para la primera salida en Santa Marta y señálanse los 
mayores oficiales. 

ILUSTRADO con mil gloriosos sucesos que había tenido siendo Vi- 
rrey del Pirú y con diez y cebo millones para su Príncipe, con que 
entró en Sevilla á tiempo que á nuestra España le fué inestimable socorro, por 
hallarse á la sazón apretada de guerras con Francia y Inglaterra, con que se 
dio remedio á todo, llegó por estos años á esta ciudad de Cartagena Don García 
Hurtado de Mendoza, ya cuarto Marqués de Cañete, por haber heredado acá 
el estado de su hermano Don Diego Hurtado de Mendoza, que murió sin suce- 
sión ; pero como las glorias de este mundo no pueden tener un estado sin cre- 
cientes y menguantes, padeció éstas el gasto que con esto podía tener el Mar- 
qués, acedándose con la temprana muerte (según juzga el mundo, que para 
Dios todos mueren á su tiempo) que le sobrevino en esta ciudad á la Marquesa, 
Doña Teresa do Castro, hija de Don Pedro Fernández de Castro, Conde do 
Lemos, y de su mujer Doña Leonor de la Cueva, primera mujer del Marqués 
y madre de Don Juan Hurtado de Mendoza, quinto Marqués de Cañete, 
Guarda Mayor de la ciudad de Cuenca, Montero Mayor del Rey y Gentil hom- 
bre de Cámara de la Majestad de Filipio Cuarto, que posee hoy esta casa, año 
de 1626. Filé el sentimiento de esta muerte general en aquella ciudad y todo 
el Pirú, por sus conocidas y bien ejercitadas virtudes, y mucho más en la Villa 
de San Lorenzo de la Parrilla (donde el -cielo me dio los primeros resuellos de 
la vida), el principal pueblo de sus Estados, por haberlos esta muerte defrau- 
do de mil buenas esperanzas y beneficios, libradas en la mucha benevolencia 
y piedad con que siempre se portó con sus vasallos, virtudes de que hacía más 
estima para su alma que del estado, y de ser hija de su sangre, y mujer de tal 
marido, con serlo esto de tanta como lo ha sido para mí esta ocasión de poder 
poner esta cifra de este gran Príncipe (demás de lo que digo en la dedicatoria), 
no sólo reconociéndome por hijo y hermano de vasallos suyos, sino porque lo 
reconocen estos mis trabajos por único amparo que ha sido y patrón. 

2.0 Ya hemos tocado en otras partes cómo en »§te tiempo gobernaba la 
ciudad de Cartagena Don Pedro de Acuña, caballero de la Orden de San Juan, 
que después fué Gobernador de las Philipiuas. Llegó á este ciudad el año de 
mil y quinientos y noventa y tres, y habiéndole tomado Residencia á su antece- 



CAP. IX) NOTICIAS DE LA« CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 175 

sor, Don Pedro de Ludeña, puso en veras de fortificar la ciudad do gente y ga- 
leras y de fuerte palenque el año de 95, con ocasión (como dijimos) de la sos- 
pecha que se hubo, daría sobre ella el protestante Drake cuando quemó el Río 
de la Hacha y Santa Marta; el año de mil y quinientos y noventa y ocho 
(1598) envió la barquetona Napolitana y algunos soldados y buenas boyas al 
remo, y por cabo á Juan Rodríguez Bermejo, para que subiendo por el Darién, 
sacasen al vulgo de la opinión que tenía de que muy arriba aquel gran riacho 
desgaja un brazo y da con sus aguas en el mar del Sur, y saliendo la verdad 
de esto, se probase si por él se podían comunicar ambos mares del Sur y Norte, 
cosa que fuera de considerable importancia, excusándose los notables trabajos 
que se pasan en las quince leguas de tierra que hay de Puertobelo á Panamá. 
No tuvo el fin que se deseaba esta jornada, por haberse vuelto estos soldados, 
aunque desde muy arriba del río, por desgracias que les sucedieron con indios, 
de muertes de algunos españoles, como me lo dijo á boca, en la ciudad de Carta- 
gena, el Capitán Alonso de Campos, uno de los que hicieron esta entrada, y están 
en mi poder los papeles originales de todos los sucesos de esta jornada por sus 
días y horas, que á todo esto ha llegado mi diligencia para apurar las verdades 
de esta Historia. Cogió el Gobernador Acuña, con la industria que hemos visto, 
la lancha del inglés Drake, socorrió con soldados á Don Juan Guiral Belón, 
Gobernador de Santa Marta en la ocasión que veremos del alzamiento de aque- 
llos indios, y hizo otras cosas de valeroso soldado en lo que le restó^de su Go- 
bierno, hasta que se partió de él para el de las Philipinas el año de mil y qui- 
nientos y noventa y nueve. 

?t.^ Siéndonos necesario dar algunos pasos atrás en el cómputo de los tiem- 
pos, para poderlos con buen orden dar adelante, en prosecución hasta su fia de 
las cosas f ucedidas en Santa Marta (por ser éste el orden nvás historial y más 
claro y libre de confusiones y enfados, que ir metiendo tras cada año, y más 
las menudencias que lo puede excusar la Historia, que fuera cosa cansada y es 
imposible otro modo en las Historias, que están obligadas á dar cuenta de todas 
las cosas, siendo muchas las que suceden en un mismo tiempo y pacificaciones), 
me acuerdo, si no me acuerdo mal, que concluí el Capítulo 29 de la quinta 
noticia, diciendo cómo por muerte del Gobernador de aquel partido, Don Lope de 
Orosco, dejó nombrado por su sucesor en segunda vida, como lo tenía capitula- 
do (fon S. M., á Don Lope de Orosco, su hijo menor ; pero siendo aún mucha- 
cho, dejó nombrado por su tutor á un hermano de Doña María Peón, madre 
del niño y tercera mujer del Gobernador, llamado el Capitán Francisco Mar- 
molejo, natural del pueblo de Saeteras en el Aljarafe de Sevilla, hombre noble 
y rico vecino de la Villa de Tolú en la Gobernación de Cartagena, de que tanto 
dejamos tratado. Gobernó éste algún tiempo,' firmando él y sn sobrino las cosas 



176 FRAY PEDRO SIM(5n (7.^ NOTICIA 

más considerables, títulos y CDcomiendas, hasta que la Audiencia de Sanlafé 
envió por Gobernador á Diego Bravo de Montemayor, hombre principal, veci- 
no de esta ciudad de Santafé, que la gobernó eiendo Alcalde, y por falta de 
Oidores presidió un día en la sala de su Chancillería, cuando la visitó el Doc- 
tor Salierna, y ahora la do Santa Marta hasta que tomó asiento el Marmolejo 
con el Rey, remitiendo sus poderes y recados al Real Consejo, en que ofrecía 
cumplir las capitulaciones de su cuñado, porque se continuase el Gobierno en 
la vida de su sobrino, añadiendo á las obligaciones de Don Lope, que gastaría 
diez mil ducados en lo tocante á las conquistas que haría dentro de seis años, 
todo á su costa. Hízole merced S. M. de este Gobierno con estas condiciones, 
remitiendo el asiento en lo demás al Doctor Antonio González, Presidente que 
entonces venía á ser de esta Audiencia de Santafé, recién desembarcado así en 
la ciudad de Cartagena, á donde acudió el Marmolejo, y se hicieron las capi- 
tulaciones, año de mil y quinientos y ochenta y nueve, con el modo común de 
obligaciones, preeminencias, exenciones y privilegios que se suele hacer en 
todos los nuevos descubrimientos y fundaciones de estas conquistas. 

4.^ No olvidando sus obligaciones el Capitán Marmolejo para dar princi- 
pio alas facciones que pretendía, despachó al Capitán Pedro de Alfaro á este 
Nuevo Reino por algunos soldados, de que fué tan bien despachado, que lle- 
vando solos cuatro, hizo de costa dos mil pesos. Mejor le sucedió al Capitán 
Pedro Camacho, vecino de la ciudad de Tenerife, que bajó con setenta hombres 
y alguna gente de servicio. Mientras se hacía esta gente, despachó Marmolejo 
al Capitán Luis de Galdis, criollo de este Reino, con veinticinco soldados á la 
provincia de Chimila, que procurase haber á las manos, para el servicio de la 
jornada, algunos indios de los fugitivos de Tenerife, que habiendo entrado con 
canoas por la ciénega por ser confinante, y hecho algunas presas, salió bajan- 
do la Sierra Nevada al Valle de Upar, y de allí á Santa Marta. Sucedió en este 
discurso un caso notable: que yendo estos soldados la vuelta del Valle, uno de 
ellos iba tan dolorido de una llaga en un pié, que no pudiendo ir al paso de los 
corapañero.s, hacían alto muchas veces para aguardarlo, de que enfadado otro 
impío soldado, le pisó tan fuertemente la parte condolida, que del dolor y sen- 
timiento extremo que hizo, lo tuvieron todos y enfado con el malhechor, que 
tuvo luego de contado la paga, pues apareciéndose al punto, junto á todos, un 
bravo toro, se libraron de él poniéndose en cobro todos los demás, y arremetien- 
do al agresor, le hizo otra llaga más lastimosa con el un cuerno en la parte que 
el otro la tenía, con que quedó más adolorido, impedido*»;^ enfadoso á todos que 
el otro. Hecha sala de armas para la jornada la ciudad de Santa Marta, acu- 
dieron allí soldados de toda la Gobernación, avisados del Gobernador: de la del 
Valle de Upar fué el Capitán Cristóbal de Almonacirj, y de la Ramada el Ca- 



CAP. IX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 177 

pitan Juan de Human, ambos con premisas de Maesas de Campo de la jorna- 
da, por lo que á ambos había prometido el Gobernador, con que se viesen obli- 
gados á dejar sus casas y seguirle ; de la pretensión de ambos se originaron 
tantas diferencias y aun mohínas entre los dos y sus soldados, que llegaran á 
mucho á no concertarse fuesen ambos en aquel oficio sin diferencia en el uno 
ni el otro, que lo cumplieron honradamente, sirviendo ambos muy bien, sin 
que en ninguna cosa se encontrasen ; por General de la jornada se nombró al 
Capitán Francisco González de Castro, Teniente General de la Gobernación y 
Contador de la Keal Hacienda que era á la sazón, que habiendo muerto dos 
meses antes que se diera principio á la jornad:>, sucedió en todos sus oficios 
Don Pedro do Cárcamo, natural de la ciudad de Córdoba en Castilla, caballero 
áe muy buonas pirtas y bien entendido, hijo segundo del Gobernador muerto 
Don Lope de Orosco. 



178 FRAY PEDRO SIMÓN (7.» NOTICIA 

CAPÍTULO X 

1.» Primera entrada que hace el Gobernador Marmolejo en los indios— 2,° Sucesos que 
fueron teniendo los soldados— 3 .<> Vánse prosiguiendo varios encuentros entre espa- 
ñoles y naturales— 4.*' Descríbense las Sierras Nevadas de Santa Marta, 



A' 



LGüNOS Caciques y muchos indios de la Provincia de Posigueioa, 
no sé si temiendo los rigores y ruidos de la guerra, ó por otros 
respectos, vinieron á dar la paz á Santa Marta, poco antes que se diese principio 
á esta jornada, que fué á los fines de Abril de 1590, saliendo de la ciudad tro- 
pas por tierra, y en canoas por mar, hasta juntarse en la playa donde ahora 
está fundada la nueva Córdoba, hasta dos3Íentos soldados y mucha gente y 
caballos de servicio y guerra, quo acabado allí de disponer lo que faltaba para 
la entrada, se comenzó á marchar la vuelta de la Sierra, día de la Cruz de 
Mayo, llevando la vanguardia el Maese de Campo Almonacir con cincuenta 
arcabuceros y rodeleros, toda gente suelta y de extremados alientos, á quien 
seguían veinte soldados haciendo escolta al carruaje, donde también iba el Ge- 
neral y su hermano Don Lope, y á trechos otros soldados, y el resto en la reta- 
guardia con el otro Maese de Campo. Con el cual orden se marcharon aquel 
día, tres leguas de monte, tierra llana, sin otro contraste que haber faltado el 
agua, por entender la hallarían en el camino, que no fatigó poco la gente. Lle- 
góse temprano á la Ceiba (sitio en que tuvo fundada el Capitán Castro la 
ciudad de Ecija, como dejamos dicho, Noticia 5.*, Capítulo 2), y habiéndose ran- 
cheado al pié de la Sierra y margen del río que baja del Valle de Betoma y 
Posigueioa, no perdieron tiempo, aun aquella tarde y cuatro días que estuvie- 
ron allí rancheados los nuestros, los Betomas do embestirles con guazabaras, de 
que el cuidado en defenderse fué causa de no suceder daño considerable. Lo 
que no sucedió con los Posigueicas, aunque también los tenían en frente, por 
la paz que tenían recién dada, antes haciendo demostración de quererla susten- 
tar, acudían al ejército con frutas y otros regalos y á lo último con cargueros. 
Cuando á los seis días levantó ranchos, tomó la vuelta el General de la pro- 
vincia del Carbón, por camino llano de rescates á la falda de la Sierra. Llama- 
ron nuestros antiguos á esta provincia del Carbón, porque su polvo está negro 
y tiñe como el del carbón. 

2.0 Al segundo día de camino, pasado Kiofrío, eu»^ un gran arcabuco tu- 
vieron los nuestros un rebato que los puso en cuidado, hasta que se supo ser 
indios tratantes, que pocas veces van apercibidos para jugar las armas aun con 
soldados. Los nuestros rancheados cerca de las Carboneras, se determinó se les 



CAP. X) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 179 

diese otro día un albazo, como lo hizo con cincuenta soldados el Maese de 
Campo Almonacir, que habiendo caminado toda la noche, al reír el alba, dieron 
sobre un pueblo llamado Zaraguato tan de repente, que antes que se desvolvie- 
ra la gente, tenían hecha tal presa en él de chusma de mujeres, muchachos, 
j'oyas de buen oro y ropa de algodón, que repararon bien todas sus necesidades 
y hubo para cada soldado un muchacho, y para cada dos una mujer que los 
sirviese. Sacado este repelón, que escogió harto á los pobres indios, tomó esta 
tropa la vuelta del Real, que sé había ya bajado á lo llano en la sabana, que 
después S3 pobló y ahora lo está la ciudad de Sevilla, de donde se salieron y 
ranchearon por algunos días en el mismo pueblo de Zaraguato, de donde so 
hicieron algunas salidas en que so dio vista á ruinas de pueblos huidos desde 
que anduvo por ellos el Capitán Luis de Gálvez. 

3.° En una que se hizo de ochenta soldados con el Maese de Campo Juan 
de Human, á las cuatro leguas al pié de una loma, les salieron de fingida paz 
algunos indios, que habiendo por una hora tratado de ella y resucitóse en que 
los indios irían delante guiando á los nuestros á su pueblo, comenzando á repe- 
char la cuesta, se adelantaron los indios y hallándose á tiro de flecha, revolvieron, 
tirando tantas á los soldados, que quedando algunos heridos, fueran más á no 
defenderse con tanto valor hasta coger por dos partes el alto, donde salieron 
gran número de salvajes, que no se daban mala maña en ofender y defenderse; 
pero siendo mayor la española, al fin huyeron, pues en esta resistencia y la paz 
a que acometieron primero, sólo iban atendiendo á dar tiempo á su chusma para 
huir y sacar la mejor de su pueblo, como lo hallaron los soldados llegando y 
rancheándose en él, llamándole por el suceso el pueblo de los Valentejos. Con 
todo eso, volviendo á trastornar las casas los soldados, uno veneciano halló en 
el buhío que nosotros llamamos del Diablo y los indios Santa María, tres ó 
cuatro ollas llenas de piedras de ijada, leche, orina, sangre, ríñones y otras que 
le tenían ofrecidas, bien finas, que se repartieron á puñados por todos, y to- 
maron motivo de que no se les quedaran sin desvolver jamás estos caneyes. 

Saliendo de este pueblo esta tropa, al bajar de una loma, hallaban tantos 
indios en otras, que á una les gritaban y flechaban, yéndoles picando por las 
espaldas, tomando el puesto de nuestra retaguardia en habiéndolo ella dejado, 
que determinaron quedaran emboscados seis en un helechar, donde habiéndolos 
sentido los que seguían á los soldados, uno de los seis, llamado Pedro Chiquillo 
(que después fue Capitán y murió Sargento Mayor de Chile), antes que los 
indios se desvolvieran, pasó á uno con dos balas por las espaldas, con que es- 
carmentados no los siguieron más por esta parte, si bien llegando á otra, al pié 
de una loma, hallaron los nuestros tan valiente resistencia de muchos salvajes, 
que á no ser superior la consideración de la reputación, se volvieran^ por pare.^ 

22 



180 FRAY PEDRO 6IM(5n (7.* NOTICIA 

cer de algunos, al pueblo de los Valentejos, y así determinando la subida, bien 
prevenidos de las armas, apenas habían tomado el alto, cuando se desparecieron los 
indios, y se apareció un Valle que llamaron de la Ascensión, con mucbas po- 
blaciones; durmieron en la primera, desde donde caminando otro día con difi- 
cultad de flecbas, descubrieron otro con las mismas y más poblaciones, que lla- 
maron de San Bernabé por ser su día, ouce de Junio, y habiendo trastornado 
la tierra y enterádose de sus muchos pueblos, volvieron muy contentos al Real 
y pueblo de Zaragnato. 

4.° Ocasionado de andar estos nuestros soldados en las circunferencias y 
faldas de la Sierra Nevada de Santa Marta, una de las cosas más famosas que 
83 han descubierto en este Nuevo Mundo, no me ha parecido ser fuera de pro- 
pósito tratar de ella más de intento que hasta aquí y de las provincias que 
sustenta en sus faldas, valles, lomas, costados, serranías y espaldas ; dásele 
vista á esta Sierra treinta y más leguas de distancia por la mar, por su mucha 
altura, pues es por partes de más de veinte leguas, aunque por algunas menos, 
con que se mete barrenando hasta bien dentro de la media región del aire, 
donde tienen su generación las impresiones meteorológicas, como es la nube que 
siempre permanece en sus cumbres, por lo cual no pasan aves por ellas ni 
llegan allá, ó por su mucha altura ó mucha frialdad, ó por ambas cosas; de bojo 
ó cercuyto tendrá hasta ciento y veinte ; la nieve ocupa veinte leguas de 
largo con ocho de ancho, de donde se descuelgan por todas partes caudalosos 
ríos y delicadísimas aguas do nieve, y promete las puntas de sus faldas en la 
mar hasta veinticinco leguas desdo la Kamada hasta la Nueva Córdoba; son tan 
ásperas todas las cordilleras que se le descuelgan, tan peinadas y pendientes las 
máp, que apenas se, halla llano para fundar cien casas ; demórale al Poniente 
veinte leguas el Río de la Magdalena ; por ser tan rica de venas de oro en su 
redonda, la pinta dorada pónenla algunos por principio ó fin de la cordillera 
que corre Norte Sur hasta el estrecho de Magallanes, y se engañan, pues dejan- 
do á estas sierras solas, la corta ol Valle de Upar con doce leguas que tiene de 
ancho apartadas de la cordillera, que según la mejor opinión, comienza en el 
Cabo de la Vela, doce grados al Norte, y corre hasta cincuenta y cinco al Sur, 
que dándole á cada grado diez y siete leguas y más, cuenten las que serán. La 
nieve de esta Sierra está en 9 grados y 30 minutos al. Norte y 67 y 20 minutos 
de longitud del meridiano de Toledo. 

No obstante que es tan áspera, pelada y fragosa, por tener partes templa- 
das y calientes como se va bajando de lo alto, está toda poblada de naturales, 
y muy poblada, y con opinión de valientes, causada de no entender los nuestros 
las guerras de estos indios á sus principios, que fueron los primeros que en 
Tierra Firme se comenzaron á conquistar, haciéndolas al modo de las guerras 



CAP, X) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 181 

de Flandes, buscando sitios cómodas para los escuadrones, que los formaban 
como si los indios fueran gente de razón para eso; esperaban á pié quedo la 
muerte; daban voces los oficiales: " nadie deje su puesto, cierren el escuadrón." 
Y mientras los nuestros andaban en estas faenas, flechaban á ciento los indios 
á montón, con quo les cobraron temor, y los bárbaros fama de valientes todos 
los do aquella provincia de la Sierro, que eran muchos ; unos vivían en comu- 
nidades, sujetos á Caciques, y otros derramados y en behetrías; los pueblos pa- 
saban de mil, con caminos enlosados de á cuatro y seis leguas; las lenguas 
muchas. Las principales provincias eran Osairona, Taironaca, Orejones (dichos 
así de los nuestros, porque con artificio, horadándose las orejas desde niños y 
poniéndose ciertas sortijas, les queda cada oreja como un platillo de los nu-^s- 
tros). Carbón, Betoma, Posigueica, Aruacos y los fronterizos á Santa Marta y 
los do las jurisdicciones de la Ramada y Valle do Upar, que los que hay desde 
el Río de la Hacha al Cabo de la Vela y la laguna de Maracaibo, no son de los 
de esta Sierra, que abunda de venados, conejos, curies, tigres, valientes leones, 
monos, chuchas, que crían sus hijos en ciertas bolsas en los lados; mapurites, 
que hiede sn orina más que cuanto hediondo se puedo imaginar; aves de mil 
especies, de hermosas plumas; murciélagos carniceros, niguas, mosquitos, cule- 
bras venenosísimas; minerales de oro, plata, cobre, hierro ; piedras de muchas 
virtudes, como dejamos dicho. 

Entre las supersticiones que tienen, no es la menor el modo que algunas 
de estas provincias usan en buscar la salud de los enfermos en el campo, y es 
que subiéndose á una cumbre, limpian y barren allí circuito de una rueda de 
carro, y haciendo en medio lumbre, echan en ella ciertos piñones, y el primero 
que salta afuera (como suelen las castañas ó bellotas que se asan) advierten 
dónde queda, y allí cavan hasta que hallan algún gusano ó lombriz ó cosa viva . 
ésta queman y molida se la dan al enfermo; si muere, muere, y si sana lo atribu- 
yen á la diligencia. Contando esto un hombre bien entendido y experimentado 
á un médico en Madrid, Corte del Rey, preguntó con gran llaneza si sanaban 
con eso los indios, á que respondió el indiano : " Sucédeles lo que con las pur- 
gas que dan los médicos, que si sanan los enfermos con ellas, bien, y si nó, allá 
van al hoyo. 

En sus borracheras, cuando están beodos, si se acuerdan de las muertes 
que han dado sus vecinos á sus parientes, se irritan á la venganza, y determi- 
nan á tomarla y envían sus mensajeros denunciándoles la guerra, y en señal 
les dan una flecha, con que os cierta la guerra para el día que señalan. 



182 FRAY PEDRO SIMÓN (7.*» NOTICIA 

CAPÍTULO XI 

1.° Los nuestros se alojan en un pueblo déla Caldera, y suceso de un soldado al pasar 
de un río — 2." Otros varios sucesos de la jornada — 3.« Puéblase la ciudad de Sevi- 
lia — 4.0 Riqueza de oro que después se descubrió en el término y cerca de esta 
ciudad. 



V 



OLVIENDO á nuestros conquistadores, que los dejamos en Zaragua- 
to juntos, provincia del Carbón, digo que esta provincia le demora al 
Poniente veinticinco leguas del Río de la Magdalena á la Sierra Nevada, confina 
con la de Betoma yendo á Santa Marta, j Jaraba con la de los Orejones, hacién- 
dole espaldas la do Taironaca, y será toda como veinte leguas de abajo ; son 
sus indios opinados de valientes y no tan lucidos como los otros, por sus meno- 
res caudales de joyas, y debe de ser porque se dan más que por ellas á la milicia; 
vjstense de las mantas á medio traer que rescatan de los Betomas. Alegre Don 
Pedro de Cárcamo y los soldados de saber de tantas poblaciones que están cer- 
ca de Santa Marta, que sólo había quince leguas, habiendo hallado camino para 
los caballos, levantaron rancho y en cuatro días llegaron al centro de la pro- 
vincia, que se alojaron en un pueblo llamado Duichirrea, á donde fueron vinien- 
do poco á poco á dar la paz los indios de la comarca, y desde donde se fueron 
haciendo salidas, y en una con el Maese de Campo Almonacir, se dio vista al 
Valle de San Cristóbal, que también dio la paz y provisión á los soldados, con 
uno de los cuales, Pedro Chiquillo, sucedió que habiendo pasado todo el ejército 
por una puente de bejucos un río, con que quedó maltratada, pasando el último se 
quebró y cayó envuelto en ella al agua, de donde aunque embarazado en tantos 
bejucos, salió libre á la banda de los demás, qne convirtieron en risa el buen 
suceso, por esperarlo muy otro por el mucho peligro en que so vido. Al fin de al- 
gunos días volvió esta tropa al Real, desde donde se fué descubriendo en veces 
desde lo confinante á Betoma, hasta Orejones y Taironacas y sabiendo los se- 
cretos de la tierra. 

2.*' Esta provincia Taironaca descubrió y apaciguó el Capitán Antonio 
'Flórez, enjuta en la jurisdicción del pueblo nuevo llamado el Nombre de The 
y hoy la Nueva Valencia. Era este Capitán vecino del Valle de Upar, donde 
con orden del Gobernador Marmolejo juntó gente y fué calando la Sierra hasta 
los Aruacos, que sin pelear apaciguó, por ser, como hemos dicho, gente serra- 
nilla y triste, y los Carneros de los Tupes. Andaba FJórez en esta sazón en el 
Valle de Taironaca, y el General Don Pedro en su provincia del Carbón, entre 
cuyas dos püovincias media una serranía de dos ó tres leguas de subida y bajada 
que no impedía para no pasar de una partea otra los soldados de ambas, comuni- 



CAP. Xl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 183 

cándese los Capitanea por cartas, y en una que el Flórez le remitió un día al 
Don Pedro y la acompañó con una piedra pasada de clavos y venas do oro, 
animándole á la empresa con la codicia de la riqueza que prometían de la mues- 
tra, le escribió esta copla, como que la decía la piedra : 

"En Taironaca nací 
Salida de peña viva. 
Cierra España, arriba, arriba, 
Si quieres saber de mí." 

A que respondió el Don Pedro de Cárcamo, alegrándose más do la piedra 
que do la poesía, aunque la enmendó poco en conceptos, porque los poetas no 
debieran de ser de los que atorase usan y celebra nuestra España, López y Gon- 
goristas que no aprietan concepto que no sea menester ponerse en chapines 
sobre los nudos del octavo cielo para alcanzarlos: 

'' Vuestra carta recibí, 
Y en un pensamiento estamos ; 
Cierra España y allá vamos. 
En acabando de aquí." 

Con todo eso, celebraron los soldados la poesía (pensándose no haber plus 
ultra), aunque celebraran con más ponderaciones si les viniera con ella algún 
socorro de matalotajes, por írseles acabando los suyos con la prisa que les iba 
picando la hambre, diferente de la flema con que se iban sazonando los maíces, 
y acabó más el sufrimiento á los soldados, enviándoles á decir el Gobernador 
Marmolejo (habiéndoles enviado á pedir socorro), que tierra poblada de mu- 
chos, bien podría sustentar á pocos. Razón que les pareció desencuadernada de 
todo buen discurso y experiencia, pues es cierto que destroza más un español 
en un día, que comen diez indios en un mes, en especial si es á su costa, que á 
la ajena otra cosa es. Con esto, aunque 4os socorrían con algo los indios, 
como no era'snficiente y de poco sustento, por ser todo brodios y comestrajes, 
cayó sobre los soldados un pedazo de hambre, que les pesaba más que si carga- 
ran toda la Sierra Nevada, con que se veían obligados á andar á caza de bo- 
ILs, masato, frisóles, yucas, ñames, batatas, bledos en rozas viejas y otras 
chucherías por espacio de dos ó tres meses, en que sazonaban una olla como de 
un gran convento, hecha de calabazas, y estas zarandajas con una onza de pes- 
cado; y beato á quien le alcanzaba razonable parte, ó algún papagayo ó guaca- 
maya, con ser carne como nervios. Obligóles á comerse los caballos y perros, 
hasta que, por lo que les apretaba la hambre, apretaron ks diligencias, de suer- 



184 FRAY PEDRO SIMÓN (7.« NOTICIA 

te que ya les enviaron socorro de la ciudad y más en lleno de la sazón de las 
sementeras, de que (escarmentados) se repararon y proveyeron, de suerte que 
no les cupo más en sus casas la necesidad. 

S.^ Pareciendo á Don Pedro la había de fundar algunas de españoles para 
desdo ellas acabar de pacificar la tierra, día de San Juan Baptista, 24 de Junio, 
en este año de 1592, después de haber oído todos misa del Padre Fray Fran- 
cisco Pestañn, de la Orden de Nuestro Padre Santo Domingo, que era el Cape- 
llán, tomó posesión en nombre del Rey, y fundó una ciudad que llamó la Nue- 
va Sevilla, á devoción del Gobernador, que, como dijimos, era de Alfaraje; 
señalóle Alcaldes, que fueron el Capitán Luis d3 Galvez y Don Miguel de 
Orosco, hermano del General, con todos los oficios y oficiales de Kepública, que 
juraron cumplir legalmente con sus oficios, quedando ellos y los demás muy 
alegres; solemnizaron el acto, y luego se despachó á Santa Marta con la nueva 
de esto y lo descubierto, con veinticinco soldados, en compañía de Don Lope 
de Orosco, el Gobernador Mozo y un Kegidor y Procurador de los nombrados, 
llamado Sebastián de Bustamante, para llevar cura, campanas y ornamentos y 
negociar en Santa Marta otras importancias á la nueva ciudad, que habiendo 
mostrado la experiencia en pocos días no ser su sitio tan á propósito como aba- 
jo en la sabana, la bajaron y cantaron en ella, donde había todo lo necesario á 
una bien considerada población, que es agua, leña, piedra, el sol que la baña 
en saliendo, templados y saludables aires. Lo que tiene este segundo sitio don- 
de hoy permanece, aunque no destemplan, poco estas comodidades el ser infes- 
tado de inmensidad de mosquitos, jejenes y rodadores de día y zancudos de no- 
che: plaga intolerable y harto común en las tierras calientes de estas Indias, de 
que se libran las frías, y de culebras y continuo sudor si bien no se escapan. 
Habiéndose echado las cuerdas y señalado sitio para la iglesia, y ocho islas ó 
cuadros de á cuatro solares, que pareció .bastante para tan cortos principios, 
dándolo á la fábrica de una de las casas, abriendo un hoyo para hincar el pri- 
mer estantillo, hallaron media espada española, sobro que tuvieron que estudiar 
los judiciarios, queriéndolo ser todos ; hubo varios pronósticos y aun dispara- 
tes sobre lo que había de venir á ser la ciudad, porque entonces sólo estaba 
con gente de toda broza (como han sido todos los principios de todas las del 
mundo), todos á título de honrados Capitanes, oficiales de milicia y República; 
bien poco que comer; el que más tenía dos camisas de crehuela, un vestido de 
jergueta, otro de cañamazo, unos alpargates que él mismo había hecho, una 
escopeta, rodela, hamaca para dormir, que suplía la íalta de colchón, sin una 
silla ni bufete, gallina, gato ni perro, ni caballo : las rodelas servían de mesa, 
y de platos las totumas. La pescadería estaba en la ciénega á ocho leguas del 
pueblo, y la carnicería en los montes. 



CAP. Xl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 185 

4,^ Pero fuese luego reparando esto, entrando bastimentos y gente nueva 
de la Villa de Tenerife; entró el Capitán Juan Martín, criollo de Vélez en este 
líeino, aventajado soldado, que llevó algunos y municiones, y otros de otras 
partes, en especial pasando algo adelante los tiempos, descubrió á la otra 
banda del río tanto oro loco, que los hizo á todos, prometiéndose las ma- 
yores riquezas que se habían descubierto en este Nuevo Mundo. Un vecino, 
en una tarde, sacó más de dos mil castellanos de oro de veinte quilates, con sólo 
cinco ó seis muchachos, hallando en el corto puntas y tejuelos de forma de habas 
y broches, desde diez hasta treinta castellanos, y en cada batea de labor oro me- 
nudo, y de otros muchos jornales á este modo ; hubo en el pueblo, por la fama, 
dentro de tres meses después del descubrimiento, más de quinientos negros veni- 
dos do Zaragoza y Río de la Hacha, y en Santa Marta no quedó negra cocinera ni 
lavandera que no fuese á gozar de la cosecha, que fué tal en algunos, que se 
hallaron muchas puntas de á ciento y doscientos castellanos. Dos hubo tan 
grandes, la una á modo ó figura de arpón, lisa, que pesó nueve libras y media 
castellanas, y la otra, que la sacó un negro á Sebastián de Bustamante, de he- 
chura de un puño, que pesó cuatro libras y doce onzas de veinte quilates, que 
se vendió en ochocientos y doce pesos, que hubo en Castilla quien no la quiso 
recibir, habiéndosela enviado á presentar el Obispo de Santa Marta, Don Fray 
Sebastián de Ocando, porque se sepa la limpieza de los castellanos, y al fin el 
caso dio tal estampida, que se entendió ser pequeño el sitio con ser de una 
legua de sabana para lo que había de crecer la ciudad, pues de todas partes en- 
viaban á tomar solares en ella, llegando el encarecimiento á lo que se puede 
decir, diciendo que desde que Don Pedro de Acuña, Gobernador que era de 
Cartagena, la tomó, esto descaeció al paso q«ie subió, y la ciudad está hoy con 
harto poca medra en todo. 



186 FRAY PEDRO S1M(5n (7.^ NOTICIA 

CAPÍTULO XII 

1.° Tratan los Carboneros de alzarse, y caso que le sucede á un caudillo— 2.» Deternií- 
nanse y embisten á los nuestros, y lo que sucede de ambas partes— 3.° Desbaratan 
los nuestros á los naturales— 4.° Buenos sucesos que se tienen en varias salidas, 

VOLVIENDO á los primeros pasos de su fundación, desde ellos hasta 
el resto del año, que fué la mitad de él, se trató de la pacificación 
de los naturales, qne advirtiendo en este tiempo cuan de oimiento tomaban 
los huéspedes el hacer pié en su tierra, y que era gente tan traviesa, y tal que 
suele alzarse con la posada, lespareció ser pesado yugo el dejarles asistir en 
ella, con que trataron luego de quebrarlo y romper las coyundas con demostra- 
ciones en las desganas con que ya acudían al servicio de los nuestros, que ad- 
virtiéndolo el General y la noticia que luego tuvo de que hacían juntas los 
indios con alteraciones, despachó al Sargento Mayor Juan de Asperillas Velasen, 
para que rastrease lo que iba divulgando la fama del recelo que se tenía, que se 
aplacó habiendo andado muchos pueblos y labranzas, y hallado en cuanto 
pudo conjeturar quietud en los indios. 

Sucedióle en este viaje al Sargento Mayor un caso, que á no repararlo la 
mano de Dios, se hiciera mil pedazos despeñándose, pues atreviéndose (de puro 
animoso) aponerse sobre una laja que tenía d^ caída media legua, con fin de 
descubrir la tierra, se descuidó y rodó de asentaderas hasta casi caer del todo, 
pues quedó con los pies en el aire, afirmado sobre los codos ; acudieron á soco- 
rrerle, por hallarse más cerca, un indio y dos soldados, que haciéndose una ca- 
dena de las manos, con la una le echó mano de la ropa y habiéndole arrastrado 
poco más de una vara de medir, lo volvió á soltar, con que se escurrió de nuevo 
hasta ponerse en mayor riesgo de volar y hacerse pedazos, pero volviéndose a 
animar con el mismo modo, lo volvieron á asir y arrastraron hasta sacarlo del 
peligro. 

2.° Por acabar de sacudir los indios el que les parecía t-ínían con los 
nuestros en el centro de su provincia, al fin se resolvieron en hacer junta de 
toda ella y acometerles repartieron flechas, comidas y los demás pertrechos de 
guerra, nombraron por General al Cacique del pueblo, que dijimos se llamaba 
Zazagueica (que por hablar ronco, los nuestros le llamaban Ronquillo), y pues- 
to ya todo á pique, día de año nuevo del año siguiente de mil y quinientos y 
noventa y dos, andando pacificando la tierra el General y los demás de los 
soldados, y habiéndose rancheado en cierto paraje *fragoso, amaneció nues- 
tra gente cercada de innumerables indios y de otros que no faltaban en las 
medias laderas á la vista de los nuestros, en una de las cuales, que hacía una 



CAP. XIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 187 

barranca cortada, tambiéu á la vista, hicieron á modo de altar con su niclio, 
donde el Ronquillo se entraba á hablar con el Demonio o á encomendarse á él, 
habiendo precedido cierta oración, y hizo á sus soldados un razonamiento de 
buen Capitán, animándoles á la empresa, que lo quedaron tanto que á las ocho del 
día tuvieron atrevimientode embestir á los nuestros por machas partes, con 
sobrada determinación de entrarlos y romperlos, como lo hicieran si el General 
con buenas trazas no ordenara la defensa, de manera que haciéndoles valiente 
frente al primer ímpetu, que duró más de dos horas (aunque quedaron muer- 
tos dos e-pañoles y otros muchos heridos, quedando también muertos algunos 
indios), les hicieron retirar á los demás, que se hicieron fuertes en las lomas 
que caían sobre el Eeal, donde tuvieron luego refresco de comidas y chichas 
que les trajeron muchas indias y muchachos, que todos juntos, auna, de cuando 
en cuando, daban grandes voces, pretendiendo atemorizar a los nuestros, á quien 
también acometieron como el primer día el segundo y tercero, hasta llegar á 
las manos con mucho brío, y si el sitio donde estaban fuera capaz para poder 
pelear á nn tiempo todos los indios que había, no fuera posible escapar los 
nuestros, y aun se puso la cosa en términos de desbaratarnos, pues no dejaban 
de morir algunos soldados (y á uno de ellos á macanazos le hicieron saltar los 
sesos) y otros heridos y muchos amedrentados ; faltaron balas y no pensamien- 
tos de dejar la tierra y salir á la Villa de Tenerife por Chimila. 

S.^ Pero la necesidad, madre de invenciones y causa de avivar el ingenio 
y trazas, la dio al General para disponer cómo librarse del aprieto en que se 
veían, que fué causa también de los buenos sucesos que después se fueron si- 
guiendo en la conquista, que fué mandar saliesen del Eeal, la tercera noche, del 
cerco cincuenta soldados con el Capitán Juan Lorenzo, y orden que habiendo 
marchado toda ia noche por trochas excusadas, llegando á cierto paraje, dando 
cargo de parte de los soldados al Capitán Pedro Chiquillo, marchasen por dos 
partes, de suerte que al amanecer tuvissen cercada cada uno por la suya la 
loma y indios que se velaban repartidos en escuadras con muchas lumbres; sur- 
tió esto tan buen efecto, que dando á una las dos mangas sobre los salvajes, des- 
pués de haber muerto á muchos con las escopetas y espadas, sin ninguna resis- 
tencia, los restantes se escaparon, despeñándose cada cual por donde podía, 
buena ó mala parte, con que perecieron muchos de ellos, y m^ á la mañana, que 
juntándose otros soldados que despachó el Gobernador de socorro, todos siguie- 
ron el alcance con tan gran estrago de los Carboneros, que andando viva la 
muerte entre miserables, un soldado Juan de Saavedra dijo por donaire á un 
su muchacho : ''Apareja el picador, porque hoy ha de haber buenos pasteles, 
pues tenemos carne harta." Tomaron con esto la vuelta del Real, victoriosos, 
cargados de despojos y de muertes de indios. 23 



188 FRA.Y PEDRO SIMÓN {7,^ NOTICIA 

4.0 Que atemorizados del suceso y de haber constimido á tantos la guerra, 
ya no se atrevían á hacerla descubierta, sino con emboscadas y empuyando los 
caminos, con peligro de mala hierba, que no ocultándoseles nada á los nuestros, 
los dieron en perseguir, de manera que desvolviendo cuantas cimarroneras había, 
no hallaban los indios dónde meterse, ni los nuestros dónde perseguirlos ; tal 
era lo encarnizados que andaban por los soldados que les habían muerto y he- 
rido, en cuyas facciones se hurtó y mató validntemente en valientes presas y 
castigos que se hicieron en diversas salidas. En una que se hizo con una 
buena tropa á cargo del Capitán Francisco Sánchez, habiendo llegado al Valle 
que llamaron de La Hambre (por la que allí tuvieron) y tomado lengua que 
los indios se habían retirado huyendo hacia las cumbres nevadas, se repartieron 
los soldados en tres escuadras, y dejando hecho Real en un pueblo y habiendo 
despachado el caudillo veinte el Valle arriba, él con catorce soldados tomó la 
vuelta de la montaña a la mano derecha; trajo á la escuadra de los veinte el in- 
dio guía, loqueando de una parte á otra dos ó tres días, que habiéndolo enten- 
dido, tomaron la vuelta del Real, donde tengo para mí le tostaron los huesos 
amarrándolo en un buhío, á que pegaron fuego. El caudillo Francisco Sánchez 
iba tan afecto en seguir un rastro que había mal descubierto, que aunque en 
cuatro horas no caminaban media legua, por la obscuridad y fragosidad del ca- 
mino, daba en que se había de seguir sin detenerse, hasta que á petición de la 
fatiga de los soldados se detuvieron hasta la mañana, que pudiera ser ninguno 
la viera por el rigor del sitio, que era á legua escasa de la nieve, y la poca ropa 
con que se hallaban, si un Juan de Quintanilla, haciendo un mechón de todas 
las cuerdas, no encendiera con harta porfía lumbre, por estar la leña mojada, 
con que se reparó algo la mala noche, hasta que entraron más en calor, mar- 
chando á las primeras luces, hasta dar en ciertos ranchos de gente de toda 
suerte, en quien hallándolos dormidos, se hizo buena presa, con que volvieron 
al Real. 



CAP. XIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 189 

CAPÍTULO XIII 

1.0 Salen dos tropas de soldados y encuentra la una con el General de los indios, que . 
llamaban el Ronquillo— 2.* Un soldado de Ja otra lo mata, con que consiguen vic- 
toria — 3.* Dispónese otra entrada de buena copia de gente — i.* Descríbese el Valle 
de la Caldera y su agradable disposición. 



A 



UN con todos estos buenos sucesos y victorias no acababan do dige- 
rir las acedías ni les parecía á los españoles haber hecho nada si no 
habían á las manos al Carbonero Ronquillo, que era el nervio y raíz de toda la 
guerra, trazas y máquinas con que lo seguían, teniendo por cierto que, preso ó 
muerto, volverían los indios á dar la paz, y así teniéndose noticia asistía en su 
. pueblo, y que de allí salía en ocasiones d dar traza y fundar las estratagemas 
con que andaban, despachó el General dos tropas, una de sesenta soldados á 
cargo del Capitán Juan Lorenzo, y que ésta saliese á vista de los indios la 
vuelta del pueblo de Ronquillo, y la otra de cincuenta con el Capitán Juan do 
la Torre, que por diferentes trochlis caminando ocultas y de noche ambas, cogie- 
sen al Eonquillo en medio. Salió Juan Lorenzo y hallándose á boca de noche á 
la otra banda de un río que pasó por puente de bejucos, halló tan gran re- 
sistencia de galgas y ñechas, que por esto y ser la hora que era, y aun por ha- 
berse retirado los indios á un pueblo que estaba sobre una cuchilla, tomó otro 
rumbo y rompiendo mil malezas y pajonales, después de haber caminado toda 
la noche, al romper del día se hallaron en el alto de la loma, desde donde bajaron 
al pueblo que el día antes les habían defendido la subida, y al entrar en é!, sin 
que los hubieran sentido, oyeron hablar al Ronquillo, que decía á grandes voces 
que los cristianos se habían retirado de miedo sabiendo estaba él allí, de que se 
desengañó luego, pues cerrando y embistiendo al pueblo, le fué forzoso huir la 
vuelta del suyo la loma abajo. A quien fueron siguiendo más de una legua 
(adelantándose en cato el Juan Lorenzo con cinco soldados más sueltos), "hasta 
llegar á la margen de un río muy cerca del pueblo del Ronquillo, el cual ha- 
biendo reconocido que los que lo seguían eran solos seis (por no haber visto á 
los demás, que también se iban desgalgando la loma abajo), ordenó una em- 
boscada de hasta veinte ó treinta indios en un alto frisolar, subiéndose él á un 
cerrUlo que caía sobre el pueblo, para ver desde allí el suceso de la emboscada, 
desde donde animaba á los emboscados cuando vido iban entrando los seis en 
el frisolar. 

2.° Habiendo caminado la otra tropa del Juan do la Torre toda la noche 
y pasado á la mañana el río, el agua á la cinta, y entrado en el pueblo del Ron- 
quillo, y andándole saqueando de gente y otros pillajes, dos soldados hermanos 



190 FRAY PEDRO SIMÓN (7.» NOTICIA 

(poco menos que mulatos), Francisco y Antón de Quintanilla, oyendo las voces 
que el Ronquillo daba á los de su emboscada, y reconociéndolo, dijo el uno al 
otro : '^ ílermano, aquel es el Ronquillo, y sospecbo está toda la tierra sobre 
nosotros.» El Francisco, que fué soldado defama y hombre de presunción, alen- 
tado, lindo escopetero y montea lor, y sobre todo muy caritativo, que partía 
con soldados y gente pobre que se quería servir de su casa cuanto tenía, y tuvo 
encomienda en la Nueva Córdoba, dijo al hermano que se pusiese delante, y 
poniéndole la escopeta en el hombro, que le sirvió de horqueta, apuntó con tan 
buen acierto al Ronquillo, quo le metió dos balas por los pechos, con que cayó 
muerto. Los emboscados, oyendo la escopeta de esta otra parte, y viendo esta- 
ban cercados de ambas, saltaron huyendo del f risolar á tiempo que iba entrando 
en él el Juan Lorenzo y los suyos, donde sin duda los mataran á no haberlos 
librado Dios por este camino. Habiéndose juntado cada tropa por el suyo en el 
pueblo y celebrado el suceso del Ronquillo trayendo la cabeza, tomaron todos 
la vuelta del Real, donde la pusieron en un palo por mucho tiempo, con lo 
cual y otras salídillas que se hicieron, salieron de paz todos dentro de dos 
meses, y se pacificó del todo la provincia del Carbón, y lo estuvo la ciudad de 
Sevilla. 

3.° Pero como no con esto lo quedaban las provincias convecinas, y les 
había quedado sabrosa la mano de los buenos sucesos al General y soldados, se 
dio luego orden, sin resfriarse los bríos, que se entrara á la provincia de Beto- 
ma, que aunque se dilató algo, no fué mucho, por irse luego juntando, á la fama 
de los buenos sucesos, gente de muchas partes: Tenerife, Río Grande y otras, 
con buenas municiones y armas, entre las cuales no fueron de la menor impor- 
tancia diez y ocho mosqueteros para limpiar á lo largo y ojear los indios de 
los altos cuando impedían la subida de ellos. Dispuesto á pique mucho de esto, 
salió de la provincia del Carbón el General con su gente hasta el primer pueblo 
de la de Betoma llamado Girogueica, casi á la falda de la Sierra, una legua escasa 
de lo llano, donde se hizo plaza de armas y se acabaron de juntar socorros y 
pertrechos hasta la Pascua de Flórez de 1592, porque luego empezando, co- 
menzó á marchar el General Don Pedro con doscientos y cincuenta soldados, 
buenos pertrechos y recato, la vuelta de la provincia ds Betoma, y sin dificultad 
considerable (porque los indios reducían su pelea á poco más que gritar á los 
nuestros desde los altos, disparando casi sólo al aire algunas flechas y empu- 
yando algunos pasos), á diez y nueve de Abril se hallaban en el centro y más 
poblado de la provincia (aunque la gente retirada d^ sus casas) que llamaron 
la Caldera, ó Valle de San Marcos, por ser el santo más famoso cercano á aquel 
día. 

4.° Y porque si hay algún paraíso terreno en estas tierras de indios, pare- 



CAP. XIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA TIRME 191 

ce ser éste, no excusamos decir algo de este Valle, que le pusieron ahora estos 
dos nombres los nuestros, Caldera y Valle de San Marcos. Está todo coronado 
de altas cumbres, desde donde hasta lo hondo habrá ocho leguas, por partes 
menos, todas sus cuchillas quebradas, de dulcísimas aguas de oro (que como 
culebras de cristal se deslizan de sus cumbres hasta lo profundo del valle), 
espaldas y amagamientos poblados de crecidos pueblos de indios, que se veían 
todos de todas partes de sus laderas con agradable vista, los más de mil casas 
grandes que habría, que en cada una vivía una parentela; pero lo que más 
deleitaba la vista era sus muchas plantas de raíces y maíces, batatas, yucas, 
ñames, ahuyamas, ajíes, algodonares, y las arboledas casi todas frutales, cier- 
tos manzanos, guamos, guáimaros, mamones, guayabos, ciruelos, euros, piño- 
nes, plátanos y otros muchos fructíferos, y de madera para sus casas y quemar 
en los buhíos del Diablo, donde (como dijimos) ardía fuego toda la vida, de 
leña olorosa, que los tenían estos caneyes y otros en que guardaban sus joyas, 
plumas y mantas y donde hacían sus fiestas y bailes de extraña grandeza (pues 
eran los más de á sesenta y setenta pies de á tercia de largo), limpieza y 
curiosidad, como la tenían en los patios enlosados de grandísimas y pulidas 
piedras, con sus asientos de lo mismo, como también los caminos de lajas de á 
tercia. En cierto pueblo había una escalera bien labrada do seis ó siete escalo- 
nes de vara de alto, y otra angosta por medio para subir á ésta, donde se po- 
nían á ver las fiestas que se hacían abajo en un extendido y bien losado patio. 
Hablo á las veces de pretérito y otras de presente, porque estas cosas algunas 
permanecen, y de otras no hay rastro. 

Levántase sobre todo encarecimiento la gala, limpieza y curiosidad de 
estos naturales, las mantas pintadas de colores varios en el telar. No había 
indio ni mujer que no tuviese terno de joyas, orejeras, gargantillas, coronas, 
bezotes, moquillos de fino oro, pedrerías finas y bien labradas, sartas de cuen- 
tas. Las muchachas todas traían al cuello cuatro ó seis moquillos de oro, 
de peso de doce á quince castellanos. Su vestido ordinario son dos mantas 
de algodón pintadas; cuando caminan, llevan abanicos de pluma y palma. 
En las quebradas tenían hechos á manos albercones para bañarse. Eran 
tantas y tan curiosas las cosas de plumería, que no se pueden decir; capas como 
mucetas, rosas, flores, clavellinas, abanicos, aventadores, vestidos, justillos cu- 
biertos de pluma, Mohanes grandes cubiertos de lo mismo, y otros de pedrería, 
bonetes forrados de cocuyos, vestidos de pellejos de tigre; criaban papagayos» 
guacamayos y tominejos, para sólo la pluma, que les pelaban cada año; otros 
matan con cerbatanas y sutiles flechas para lo mismo, y otros habían por 
mantas de algunos españoles, mercachifles que entraban á eso á la Ciénega. 
Tenían en cierta loma hecho un flechadero, donde se ejercitaban unos contra 



192 FRAY PEDRO SIM(5n (7.* NOTICIA 

Otros, 7 aunque alguno saliese herido, no era causa de enojo. El'as hilaban 
nprisa y muy delgado, y ellos tejían despacio y muy curioso. Decía un soldado 
que había visto en un colmenar en aquel valle más de ochenta mil colmenas, 
y era que las casas eran diez mil, y en cada una había de diez para arri- 
ba; eran unas ollas grandes ó mucuras donde hacían su miel muy dulce, por ser 
de flor de guamos, unas abejas pequeñuelas, no en panales, sino en bolsas 
grandes de cera, y olía á la flor. Los pueblos serían como doscientos y cincuen- 
ta, y los más obedecían á un Cacique llamado Guacanaoma, aunque no había 
ni,nguno que no tuviese Cacique ó Mohán; y al fin en toda la Caldera todo era 
fiestas, bailes, limpieza, delicia y ociosidad, pues con muy poco trabajo tenían 
largamente la comida y vestido, que como el indio no atiende á más, tenien- 
do esto, todo se ocupa en ociosidad, y así ha menester el español forzarlos á que 
trabajen; por donde se confirma lo que dijimos en nuestra primera parte 
tratando al principio de estos indios y su origen, que se cumplía en ellos la 
profecía de Isacar, que se había de estar lo más del tiempo echado, como éstos 
lo hacen. 

Salió toda esta provincia ó Valle de la Caldera de paz á los nuestros, sin 
sucederles cosa adversa notable ; se puede advertir lo que con un Mohán les 
sucedió el primer día que llegaron al Valle, el cual queriendo dar á entender 
que sólo él podía con todos los soldados, les daba temerarias voces á vueltas de 
muchas flechas, y habiéndolo á las manos veinte soldados que fueron por él, y 
trayéndolo al Eeal, no sé cómo asió una escopeta nuestra, con que comenzó á 
hacer algunas leonerías, diciendo pelearía con todos, y vino á parar la fiesta en 
quedar él colgado y abrasado su pueblo. 



CAP. XIV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 193 

CAPÍTULO XIV 

1. Fúndase la ciudad de Córdoba y viene el Licenciado Francisco Manso á tomar Residen- 
cia al Gobernador Marmolejo, y queda él por Gobernador— 2.° Encomienda de nue- 
vo los indios de Sevilla y Córdoba, y pretenden los indios alzarse — 3." Hácense entra, 
das á las provincias de Betoma. 



T 



lENIENDO ya de paz y recoDocida toda esta provincia, llego nueva 
al General Don Pedro de Cárcamo cómo venía á tomar Eesidencia, 
y aun por nuevo Gobernador (como sucedió), el Licenciado Francisco Mancio ó 
Manso de Contreras, con que tomó luego la vuelta de la provincia del Carbéil 
con cosa de cincuenta hombres, y entre ellos la Justicia Mayor y Regimiento 
de la nueva ciudad de Sevilla, que se andaba con él, y habiendo entrado en el 
primer pueblo y exhortado á todos á la paz y conse/'vación de la nueva ciudad, 
sin pasar adelante, tomó la vuelta de la provincia te Betoma, donde buscando 
un sitio á propósito, á siete de Mayo de este añc.do 1592, habiendo precedido 
las acostumbradas diligencias, pobló una ciudarr en nombre del Rey, á quien 
llamó por su devoción la Nueva Córdoba, y le ^nombró Justicia y Regimiento; 
Alcaldes, el mismo Don Miguel de Orosoo, su her^jiano, que debió de haber re- 
nunciado la vara de Sevilla, y el otro el Capitán Andrés Núñez Chacón, y ha- 
biendo hecho descripción de los naturales de la jurisdicción que le señalaron á 
la ciudad nueva, se repartieron en ochenta encomenderos Capitanes y soldados, 
que quedaron vecinos en ella. Como en la Nueva Sevilla habían quedado trein- 
ta encomiendas, harto pingües las unas y las otras si fueran del todo seguras, 
ha mudado después Córdoba cuatro sitios hasta el que tiene ahora junto al mar, 
cuatro leguas de Santa Marta, y una de la Ciénega. Yá á este tiempo había 
llegado á Santa Marta el Francisco Mancio de Contreras, pues entró por San 
Juan, en Junio de este mismo año de 1592. Era natural de Tierra de Campos en 
Castilla la Vieja, que después fué Fiscal y Oidor en las Chancillerías de Santo 
Domingo y Panamá y murió Alcalde de Corte en México. Traía recados para 
tomar Residencia al Gobernador Marmolejo y cuenta del cumplimiento de sus 
capitulaciones, y que si no hubiese sido tal como debía, le privase del Gobier- 
no y quedase él gobernando hasta que otra cosa se le ordenase del Consejo; 
materia de que ya he hablado en otras ocasiones semejantes, que por ser odiosa la 
siguen mil peligros ; pero no pudiendo atajar que cada uno eche á volar su 
juicio, empleándolo en juzgar á su modo de todos los sucesos, en éste hubo 
muchos que tuvieron por intempestiva y anticipada esta Residencia (no he al- 
canzado si hubo quejas del Marmolejo) ; decían que si él se había obligado á 
hacer la pacificación en seis años y á su costa y no habían aún pasado tres, en 



194 FRAY PEDRO SIMÓN (7.^ NOTICIA 

que había gastado de sus expensas cuatro ó seis mil pesos, en que había puesto 
la Gobernación muy de otro pelo que la recibió, que no era tiem|)o de venirle 
á pedir cuentas tan temprano, pues aun á los Gobernadores perpetuos se les 
toman visitas de seis en seis años (hablando por lo general, y quien hizo esta 
costumbre puede hacer otra, en especial sobreviniendo causas) y que si los gas- 
tos eran de su hacienda, sin ayuda de costa de otros, ¿ qué cuentas había de dar 
do sus bienes ? Estas y otras razones se echaban en socorro, con algunas inquie- 
tudes de los aficionados del Marmolejo. 

Todo lo cual no obstante, hubo muchas informaciones secretas de bienes, 
como si los gastos hubieran sido de Hacienda Real, prisiones y últimamente 
condenaciones, y quedándose gobernando el Manso (cosa clara que había de sor 
así), envió al Marmolejo á Castilla, que murió en la Habana en prosecución de 
su viaje, y acompañándolo en él su sobrino y Gobernador Don Lope de Orosco, 
que también iba á mejorar p Justicia, también murió ahogado en la mar des- 
pués de desembocado del Ca'íaal de Bahama, que fué el fin que tuvo el Gobierno 
de Marmolejo y Orcsco. 

2.*^ Viéndose ya Gobernad y el Licenciado Francisco Manso ó Mancio, y 
hecho dueño de la Gobernación, quiso tambie'n hacerse de las acciones del 
Marmolejo, pues visitando lué¿o las nuevas poblaciones de Sevilla y Córdoba, 
encomendó de nuevo los indios do ambos (no sé si expolearon á esto quejosos 
del primer repartimiento, que siempre los hay), que en lo que toca á los de 
Córdobaj parece tuvo alguna justificación, por haberle poblado estando él ya en 
Santa Marta (como hemos visto), aunque no Gobernador, y aun porque había 
grandes enjagües y trastrueques de las encomiendas de unos en otros y aun 
en venderlas y arrendarlas, procuró luego el Gobernador reparar este daño 
(que lo es terrible para estos indios) enviando al Consejo á pedir recados contra 
esto, que se despacharon luego como convenía, mandando se pudiesen enco- 
mendar de nuevo los repartimientos por defecto de cuatro meses do ausencia 
del encomendero, de la cual cédula, que se libró para este efecto sólo en esta Go- 
bernación, quieren aprovecharse otros Gobernadores en otros Gobiernos, y con 
efecto se ejecuta á las veces. No sé la justificación de esto en otras partes, pero 
aquí fué importantísima. 

Queriendo probar la mano en los bríos del nuevo Gobernador (como lo 
hacían todos) ios indios Betomas, comenzaron luego á inquietarse, y comenzó 
también la Nueva Córdoba, poblada en sus tierras, por los muchos daños que 
luego comenzaron á hacer con muertes de española^ en guerras y otros aco- 
metimientos, sin querer acudir á sus encomenderos. No podía apaciguarlos 
una escuadra de españoles que andaba lo más del tiempo en sus tierras; todo 
andaba de behetría y mala tinta, sin seguridad en los caminos, sin poderlo ata- 



CAP. XIV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 195 

jar muchos castigos que se hicieron en diversas salidas. Ea una sucedió que 
volviendo de ella entre los otros soldados que traían amarradas las piezas que 
les había tocado de los rancheos, un extranjero llamado Manjalaobeta traía 
amarrados un indio y una india con la cuerda del arcabuz, y atado el cabo á la 
muñeca, y al pasar el estrecho de una loma, se arrojó el indio á un lado, lle- 
vándose tras sí á los dos con tan mal suceso, que el indio so hizo pedazos, pues 
cayó debajo, la india murió luego, y el soldado quedó tin maltratado de acarde- 
nalado, é hinchado, que en mucho tiempo no volvió en sí, y quedó hasta hoy 
puesto al paso el nombre del soldado. 

3.^ Con cuarenta hizo otra entrada el Capitán Francisco Sánchez de Vera, 
y habiendo llegado á lo último de la provincia de Betoma, y rancheádose en 
dos buhíos nuevos en el pueblo de Don Pedro de Cárcamo, vinieron de noche 
á dar sobre ellos los indios, con tanta confianza de acabar con todos, que ésta 
no les dejó traer armas, pareciéndoles bastar sus brazos (orden del cielo), que á 
traerlas, salieran con su intento, pues por ser los caneyes nuevos, no tenían ta- 
pados de barro los bahareques, por donde podían flecharlos á montón sin errar 
tiro, si no los sentían antes, como lo hizo el soldado de posta que los descubrió 
á la luz de un relámpago, que iba ya llegando y dando arma, disparando el 
arcabuz sin pasar adelante; viendo eran sentidos, revolvieron atrás y encontran- 
do de paso en otro buhío al indio lengua y otro, los maltrataron á palo por su 
descuido, que todo fué causa de excusar otros y andar con más cuidado de allí 
adelante, y por pedirlo así la necesidad, pues no había seguro en alguna pro* 
vincia, por el mal ejemplo qiie se daban las unas á las otras (que es tan pode- 
roso como esto), y así andando tan en sus bríos, fué necesario, bien entrado ya 
el año de lo93, intentar cortar los de Tairona, como se puso en ejecución con 
alguna gente suelta de los pueblos nuevos Sevilla y Córdoba, y con otros vein- 
te que trajo del Eío Grande Gaspar de Maqueda, que fué á eso, ya con título 
de Maese de Campo de esta jornada, y con algunos otros vecinos que quisieron 
hallarse en ella, que por todos se juntarían hasta ochenta. Con que salió de la 
ciudad de Córdoba el Maese de Campo Almonacir, con título de General de 
ella, que fué á esto desde el Valle de Upar (importunado del Gobernador), don- 
de había días se había retirado á su casa, y siendo forzoso pasar á la de Tairo- 
na por la provincia de Betoma, le hicieron en ésta tan valiente frente, y le die- 
ron tal priesa, que le obligaron, sin poder pasar adelante donde pretendía, á tomar 
la vuelta de Córdoba, desbaratado, con muerte de algunos españoles, y sin nin- 
guna honra de nuestras banderas; desgaritándose de allí muchos soldados á sus 
mayores comodidades, el Almonacir se volvió á la de su casa, como también lo 
hizo Don Pedro de Cárcamo á la suya de Santa Marta, cansado ya de tanta 

guerra como había ejercitado en todas aquellas provincias con su padre Don 

24 



196 FRAY PEDRO SIMÓN (7.^ NOTICIA 

Lope de Orosco, y aun antes quo él viniera al Gobierno, y después con Mar- 
molejo, y ahora con el Licenciado Manso, que también corrió por su cuenta la 
mayor parle de la guerra, que yéndose empeorando cada hora, le dio do mano, 
no sé si oblio;ado de ocasiones de enfado. 



CAPÍTULO XV 

l.° Preténdese el reparar muchos daños que hacen los indios y háceseles un requeri- 
miento— -2.*^ Lo que responden á él los indios— 3." Buenos sucesos da nuestros sol- 
dados— á.° Vende un indio á los amotinados de un pueblo. 

VIÉNDOSE obligado el Gobernador Manso al reparo de tantos daños 
como hacían todos los indios en toda la tierra con crueles muertes 
de españoles y gente de las haciendas del campo, ganados, talas de labranzas, 
sin haber hora segura en los caminos ni aun en los pueblos, á donde tampoco 
querían acudir al servicio de sus encomenderos, le fué forzoso, siendo los daños 
comunes, obligar á toda la guarnición acudiese con gente y á las expensas y gas- 
tos de las entradas, y presidios necesarios que de forzoso se habían de hacer para 
el sosiego de todos ; y así habiendo echado una contribución de gente y dinero á 
todos los pueblos del Gobierno, cada cual acudió con lo que pudo de lo uno y 
lo otro, con que se juntaron y dispusieron buenos pertrechos de guerra, y hasta 
ciento y cincuenta soldados bien alentados en la ciudad de Córdoba, y señaló 
por General al Capitán Juan Martín, y por Maese de Campo á su hermano An- 
tón Martín, que vinieron á esto de la Villa de Tenerife. Puesto ya todo á pique 
para la entrada, con algunos caballos, perros y gente de servicio, á los primeros 
pasos del año siguiente de 1594: guiaron, todos los suyos la vuelta del Valle de 
la Caldera de San Marcos, en cuyas cumbres se hallaron los soldados á dos días 
de camino, no sin pequeñas dificultades de resistencias de los indios ; que no 
tomaron alto los nuestros que no fuese á fuerza de arcabiizasos, y si aun los 
sitios fueran lugar á que pudieran pelear juntos todos los indios que había, los 
pusieran en muy mayores aprietos. 

2.° Llevaba el General un muy buen ordenado requerimiento para noti- 
ficárselo á los indios, y para esto se bajó una tarde de la loma donde estaba el 
Eeal, á una media ladera, con el escribano de la jornada, llamado Sebastián de 
Bustamante, y media docena de soldados y un indio, kuena lengua. Estaba el 
sitio bien poblado de buhíos, y mucho más otros á la vista de aquél, y todas las 
chppas fronteras de muchos indios gritones, que sin cesar lo hacían, y habién- 
doles dicho que callaran y escucharan, y ellos hécholo así, fué el escribano di- 



CAP. XV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 197 

ciéndole muy despacio al indio lengua, y él á grandes voces á todc'S los de en- 
frente, de esta manera : que bien sabían que habían dado la paz muchas veces 
y sujetádose al servicio del Rey, en cuya virtud estaban encomendados, y se 
les hacían buenos tratamientos y se deseaba viniesen en conocimiento de Dios 
Todopoderoso y en las demás cosas de la fe y que viviesen en pureza ; y 
que ellos, por el contrario, habían quebrantado la paz y muerto algunos espa- 
ñoles y herido á muchos y hecho muchos robos y salteamientos y otros delitos 
atroces y dado con esto causa a las guerras pasadas y las que so esperaban si 
no se quietasen, y así que les requería una y las veces que fuese necesario de 
parte del Eey y de su Gobernador, suya y de todos los vecinos, que si querían de 
nuevo ser sus amigos y volver á la paz que habían dado y vivir quieta y pací- 
ficamente en sus tierras, se les perdonaría todo lo pasado y serían tratados 
como buenos vasallos, conservándolos en toda justicia y paz; y de lo contrario les 
protestaba hacer con todo rigor la guerra y castigo que merecían, corriendo por 
su cuenta los daños, muertes y desasosiego que se recreciesen, sin que pudiesen 
alegar ignorancia. 

2.0 Habiendo oído y entendido bien la notificación, respondió un indio en 
nombre de todos á muy altas voces (que debió de ser el pregonero, que entre 
ellos es oficio estimadísimo, pues es la segunda persona inmediata á la nobleza 
del Cacique), diciendo que aquella tierra era suya, donde Dios los había criado 
y dado para su vivienda, y que estando ellos pacíficos, sin hacer mal á nadie, 
habían venido los españoles advenedizos y entrándose por ellas y sus casas se 
las habían robado con sus hijos y mujeres, haciéndolos esclavos por fuerza, y 
que de las muertes sucedidas habían sido los españoles la causa y no ellos, y 
que estaban dispuestos á la paz como ellos se fuesen y los dejasen en sus tierras, 
y que á no hacerlo así, habían de pelear hasta morir, por estar ya escarmenta- 
dos de que habiéndoles prometido á los principios la paz, no se la habían 
guardado, antes con mil vejaciones les hacían trabajar como esclavos, y otras 
razones que añadieron á esto. Por lo cual se les volvió hacer segunda y tercera 
vez el requerimiento, que todo se vino á concluir con decir que saldrían de 
paz, si el Gobernador y los demás les volviesen las mujeres y chusma que les 
tenían y les hiciesen de nuevo las casas que les habían quemado, con que se 
acabó la diligencia, y tomó el General la vuelta de su Real, que mudó otro 
día a un pueblo de la encomienda de Don Miguel de Orosco, que está casi 
enmedio de la Caldera á la banda de Posigueica. 

3.0 Donde se tomó orden que dividida la gente en dos escuadras de á 
sesenta, á cargo de los Capitanes Francisco Sánchez y Juan Lorenzo, cada día, 
al cubrir las luces, saliera la una y volvierít otro día en que salía la otra, y 
yendo á diferentes pueblos, se desvolviese la tierra y trastornasen cuantos 



198 FRAY PEDEO gIM(5N (7.^ NOTICIA 

rincones y cimarroneras encontrasen, y permaneciendo en esta orden seis con- 
tinuos meses (que lo que la permanencia, consistencia y porfía no acaban bien 
se le puede dar de mano) desde una hasta seis leguas, de tal suerte apretaron y 
acosaron los indios, que no hallaban rincón donde meterse; prendiéronse mu- 
chos de todas edades, hombres y mujeres, con grandes rancheamientos, lleván- 
dolo todo abarrisco la condición y conciencia soldadesca, que aunque hubo 
algún soldado muerto y otros heridos de las muchas flechas con que en ocasio- 
nes se defendían, todo fué muy menos que el mucho daño que los naturales 
recibieron y casos que les sucedieron, entre los cuales fueron dos los más me- 
morables: el uno que habiendo llegado un indio Eabón al puesto donde estaban 
los soldados de guardia en lo alto del Real (llaman los nuestros indios Rabones 
á unos que por muy valientes y que se han mostrado en muchas ocasiones, 
traen una cola de cabellos, larga, colgada de la cintura por detrás, en señal de 
su valentía, á quien ellos llaman manicatos), avisaron los soldados desde el 
puesto cómo iba un indio, y lo encaminaron que bajase á donde estaba el 
General y le diese el recado que traía; pero el indio, en la distancia que había 
de los soldados al pueblo ó al Real, quebró por un lado, y sin que lo viese sol- 
dado del pueblo, tomó la vuelta del suyo, donde cantó victorias diciendo que 
por ser Mohán había entrado y salido de entre los españoles, sin quo ninguno 
lo hubiera detenido ni atrevídose á hacerle daño, que no creyéndolo en su pue- 
blo, se ofreció volver segunda vez con un testigo, con quien llegó al mismo pues- 
to de los soldados de guardia, uno de los cuales bajó con los dos porque no 
sucediera lo que la vez pasada, y habiendo llegado al Real y examinado el Ge- 
neral al testigo, dicha la verdad del embuste del Rabón, dejando á éste preso, 
soltó libre al testigo y habiéndose enterado cuan aventajado Mohán y embus- 
tero era sobre todos los de aquella tierra, b levantaron de ella en un palo, 
con que perdió la vida. 

Lo que también le sucedió á otro (ó sea- el otro caso), que habiéndole per- 
suadido el Demonio que viniese al Real de los nuestros, y que él solo bastaría á 
echarlos de la tierra, se determinó una noche al hecho, y acompañado del Diablo 
en forma visible (para darle esfuerzo al hecho), vino á los ranchos de los sol- 
dados, y llegando al que estaba de posta, prendió al indio y lo trajo al cuerpo d^ 
guardia, donde estuvo en una corriente hasta que se averiguó esta verdad y la 
familiaridad que tenía con el Demonio, no sólo por la confesión de los indios sus 
paisanos, sino por la suya propia, con que se juzgó digno de la misma muerte 
que el pasado y así corrió igual fortuna. V 

Visto la buena que les había ido corriendo desde que se alojaron en este 
puesto, mudaron ranchos á otro 'pueblo, tres leguas al Oeste, de donde se daba 
vista al mar y á los indios de la Ciénega, con intentos de hacer las salidas por 



CAP. XV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 199 

otros rumbos. Túvose aquí la Semana Santa con monumento y disciplina y todo 
lo concerniente á las ceremoDias santas del tiempo, en cuanto dio lugar la comodi- 
dad, j cuando la hubo de salidas, no hubo descuido en hacerlas con tan bnenos 
efectos en todas, que ya de tantas trasnochadas y albazos, presas y ranchea- 
raientos, no hallaban los pobres indios rincón, cueva ni capa que los ocultase, y 
aun los soldados no disimulaban el cansancio de tanta asistencia. 

4.** Mientras la hicieron aquí, sucedió que en un pueblo grande, de un tiro 
de mosquete del Real, llamado Guarinea (encomienda de Don Diego de PinedsJ, 
se recogían al secreto muchos indios de los rebelados, de que dando aviso al Ge- 
neral uno de los naturales del pueblo, se les dio una trasnochada con todos los 
soldados, cercando el pueblo muy despacio todos, que á pié quedo en sus 
casas, dentro de una hora cogieron más de quinientas piezas, que trayéndolas al 
Real, se repartieron ó entregaron á sus encomenderos y á muchos que se halla- 
ron de los Valentejos se les echd (por más culpados) marca de orejas y de 
dedos cortados, que de esto y de colgar hubo lo que bastó y aun lo que sobró, 
y no me atrevo íl decir. El indio que dio ol soplo, vino al Real, y habiéndole 
dado el General una grave reprensión en público, tratándole de encubridor de 
gente alzada, le hizo arrimar á un tronco y ponerle el cordel á la gargante para 
darle garrote, que se lo paró aquí por aparentes ruegos, porque así lo trajo el 
mismo indio, por sacar de sospechas á los del pueblo que de él había sido el aviso: 
cada cual sabe su negocio. Esto no fué de tan poca importancia que no fuesen 
luego saliendo los indios de'^^az al Real y poblándose los pueblos y acudiendo 
los encomenderos á sus repartimientos seguros, y recogiéndolos y acariciándolos, 
se fué reduciendo mucho por bien y á buena amistad, que la guardaron con 
quietud y sin alteración y con buenos servicios, antes de ellos resultaba su 
consumo hasta el alzamiento que diremos en tiempo del sucesor en el Gobierno. 



200 FRAY PEDRO SIMÓN (7.» NOTICIA 

CAPÍTULO XVI 

1." Puebla el Gobernador Manso tres ciudades españolas— 2.° Puebla después la cuarta, 
y lo que precedió á la población — 3° Quema Francisco Drake las ciudades de Santa 
Marta y La Hacha, y pretende su reparo— 4,° Vienen religiosos de nuestra Orden á 
Santa Marta. 



E 



NTEE otros cuidados con que el Gobernador Manso solicitabu los 
buenos sucesos y bienestar de su Gobernación, no £iié el que rae- 
nos le desvelaba, desear acrecentarle nuevos cimientos y ciudades españolas, á 
que convidaban la anchura y dilatación de las provincias, y tan llenas todavía 
de naturales, si bien no faltaba quien dijese se movía á eso el Gobernador so- 
licitado de barruntos ó á lo menos de deseos de que de esto le resultaría mer- 
ced de algún título de Marqués ú otro ; que sea de esto lo que fuere, al fin se 
les dio principio á cuatro ciudades, enviando ó dando comisión al Capitán Bar- 
tolomé de Aníbal, para que en el paso que llaman del Adelantado, en los indios 
que caen á la parte de las sierras que confinan con las de la ciudad de Ocaña, 
fundase una, que fué la primera, como lo hizo con alguna poca de gente, á quien 
puso por nombre Becerril de Campos, que sustentó á sus expensas el mismo 
Capitán algún poco de tiempo, hasta que por particulares respectos le dio de 
mano y dejó despoblar. Envió á que poblase la segunda á Don Francisco Mal- 
donado de Saavedra, caballero de Sevilla y vecino de Santo Marta, que fué el 
que dijimos dio aviso á la ciudad de Cartagena, por su persona, de cómo el 
Drake había tomado la de Santo Domingo, y el que diremos eutró a la con- 
quista del Darién. Puso esta población en efecto en las sabanas de Orino, ju- 
risdicción del Río de la Hacha, á la parte del Levante y Cabo de la Vela, á 
título de sujetar los indios Goagiros que ocupan aquella provincia; llamóle 
Pedraca de Campo, que duró poco más en despoblarse que en poblarse, por 
haber sido esto con poco fundamento. La tercera pobló el Capitán Pedro de 
Astorga, con seis soldados, cerca del pueblo de la Ramada, ó Nueva Salamanca, 
en los costados ó faldas de las sierras nevadas que miran á la mar del Norte, á 
quien nombró la ciudad Hontiberos, que permaneció tan poco como si en aca- 
bándola de fundar la arrebatara algún huracán y la despareciera del todo, pues 
ni fué oída ni vista. 

2.0 Algo más permaneció la cuarta fundación, por haber tenido otros funda- 
mentos y principios que las tres dichas, y fué que habiendo salido los soldados de 
esta última pacificación de la provincia de Betoma, con que se despidieron y 
fueron á sus ciudades los de Córdoba y Granada, los que quedaron despachó el 
Gobernador con el General Juan Martín a la de Tairona, que pasando por las 



CAP. XVl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 201 

faldas do la nieve, bíq ruido de armas y estándose los pueblos en el sosiego y 
paz que habían dado, recorrió tod\ la provincia y encontrando en cierta parte 
un hondo Valle, por estar coronado de descolladas cumbres, había en él una 
población á quien llamaron el pueblo del Mohán ó la Nueva Roma, por dos 
cosas que hallaron en él los soldados : la una un Mohán, el más famoso de 
toda aquella provincia, que según buen cómputo y su aspecto, parecía de ciento 
y cuarenta años, porque decía que cuando entraron los españoles á fundar á 
Santa Marta, tendría él ya la edad de un nieto suyo que estaba allí, al parecer 
de sesenta años, y había ochenta la fundación de la ciudad, á donde lo remitió 
el General en una hamaca, cargado, por no poder ir de otra suerte, por cosa pe- 
regrina, que lo viera el Gobernador y vecinos y lo volvieran á su pueblo, el 
cual por la devoción de este Mohán era su mayor parte de buhíos ó caneyes del 
Diablo, que tenían hechos cada pueblo de los de la provincia, donde iban en 
romería á pedir cada cual en su buhío remedio de sus ueoesidades por medio de 
aquel viejo tan acreditado en la amistad del Demonio, á quien adoraban en 
estos caneyes con tan gran veneración y contra las cosas de nuestra fe católica, 
que habiendo metido con cuidado, no sé si en alguno de estos buhíos ó en otro 
de otra parte, entre la paja de él, el Padre Fray Francisco Pestaña, dominico y 
Capellán ahora de los soldados, el Evangelio de San Juan escripto en un papel, 
desempajaron todo el caney hasta que lo hallaron y quitaron. Díjose que lo 
había descubierto el Demonio ; estas dos causas del Mohán y las romerías lo 
fueron de que le pusieran ahora los soldados los dos nombres al pueblo, cuyo 
sitio lo hacían tan hondo las sierras que lo coronaban, que siendo ya tan obscuro, 
en el que no se podía leer una carta, veían los rayos del sol en sus cumbres, en 
especial sobre una que la hace espaldas á la parte de la nieve, que parecía ser 
de dos largas leguas de subida, y tan empinada y pendiente que para apearse 
gatos parecería dificultosa, si bien tenía facilitada su subida para otros pueblos 
de arriba con una escalera enlosada que la iba volteando. 

Acabada de reconocer la Provincia de Tairona y hecha la descripción do 
pueblos, Caciques y naturales de ella, en que se hubo de ver había suficientes 
para poderse sustentar un pueblo español de veinticuatro vecinos encomende- 
ros en ella, en catorce de Agosto del mismo año de 94, en un sitio mal 
llano (por no haber otro que lo fuese más), pero de otras comodidades, fundó 
el General una ciudad, que le llamó Palencia, por haberlo así dispuesto el Go- 
bernador, que en todos cuatro pueblos mostró bien el amor de su patria y Tierra 
de Campos, pues les puso á todos nombres de pueblos de por allá. Las ceremo- 
nias de esta población fueron las ordinarias de otras. Juntáronse los soldados, y 
puestos en orden con sus armas, bandera y cajas, junto á un palo que hincaron, 
grueso de hasta dos brazas, dijo el General: '' Que en nombre del Eey Filipo II 



202 FRAY PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

y en acrecentamiento de su real patrimonio, fundaba aquella nueva ciudad de 
Palencia y que eu señal de posesión ponía allí aquel palo de justicia (y dando 
en él cinco golpes con la espada desnuda) añidió que aquello sustentaría y 
defendería á quien se lo contradijese." A lo cual los soldados diciendo: viva el 
Rey ! dos ó tres veces, dispararon otras tantas los arcabuces. Escripto el acto po- 
sesional y de fundación, tomaron todos la vuelta de sus ranchos, donde se nom- 
bró Justicia y Regimiento ; Alcaldes Pedro de Salazar y Alonso Domínguez 
Figueredo, que tomando las varas después de h'iber jurado la fidelidad de sus 
oficios, comenzaron á ejercerlo. Hiciéronse los apuntamientos de la provincia en 
veinticuatro encomiendas y encomenderos (que acá se llaman vecinos), los cuales, 
después de algunos anos que duró esta población y gozaron en ella de sa enco- 
mienda, se redujeron á la de Sinta Marta. 

3.** Habiéndose dado fin á esta fundación y asiento á las encomiendas y 
encomenderos de ella, y el resto tomado la vuelta de Santa Marta, se fueron lle- 
gando los fines de este año 159é y principios del siguiente, cuando el protestante 
Francisco Drake llegó á aquella costa y convirtió en pavesa las dos ciudades del 
Río de la Hacha y Santa Marta, como dejamos dicho largamente en la historia 
de este Corsario, noticia sexta, capitulo 14. Por la cual ocasión se minoró la 
gente de ambas ciudades, tomando la vuelta de otras de mejor pelaje, que la 
desgraciada suerte había dejado aquélla en demanda de mejor ventura que la 
que yá allí les podía correr. Estos eran los más gente suelta, sin hogar, solar 
conocido, ni cosa sobre que lloviese el cielo, que aunque de este pelaje, todavía 
se sentía su falta, por ser soldados de que siempre están necesitadas aquellas cos- 
tas. El reparo de esto, y ver que ya era tiempo se tomara de propósito la pre- 
dicación de los naturales, pues en el de cien años que había les habían dado las 
primeras vistas los españoles no se había podido hacer, por haber sido tan frago- 
sas todas aquellas naciones, solicitó el ánimo del Gobernador para que junta- 
mente con el aviso que envió al Consejo Real, donde á la sazón presidía el Li- 
cenciado Pablo de Lagaña, de lo sucedido con Francisco Drake, se representara 
la necesidad que había de enviar de Castilla alguna gente casada que supliese 
con sus familias el vacío de los que habían dejado la tierra, y buena copia de 
religiosos (y que fuesen de nuestra Orden) para que tomasen de asiento la pre- 
dicación del Santo Evangelio á los naturales, que se hallaban con algún sosiego, 
y dispuestos á recibirla los más 

4.0 La justificación de la causa no hubo menester más solicitador para que 
se despachara como se pedía. No he sabido lo que fué en cuanto los seglares, 
pero en el remitir los religiosos de nuestro hábito, fu? el año siguiente de 96, 
en que llegó por Comisario de los que se asignaron juntamente con ellos, el padre 
Fr, Francisco Orruño, de los descalzos de la provincia de San Josefh, á la ciudad 



CAP. XVl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 203 

de Cádiz, donde no tuvo efecto su embarcación y viaje, por estar aquella ciudad 
recién tomada del inglés, y así se detuvieron hasta el año siguiente de 97, qae 
se dieron á las velas, y con buen viaje llegaron, día de la Magdalena, á surgir en la 
ciudad de Santa Mart^, que por estar aún sin enjugar las lágrimas de sus ruinas, 
pues aun se estaban humeando ( como dicen ) y muchos de sus moradores lo 
eran todavía en los montes, fueron tan mal recibidos de los que ya habían vuel- 
to á ella, que estuvieron muy á pique de despedirlos, y los religiosos de irse á 
otras partes donde pudieran ejecutar los deseos que les sacaran de Castilla á pre- 
dicar á estos naturales. En fin, se acomodaron los religiosos en una pobre y pe- 
queña casilla, poniéndola en forma de convento, donde estuvieran de comunidad, 
acudiendo á las obligaciones de su estado, hasta que se fueron^ mejorando Jas 
casas de la ciudad, y á ellos se les asignaron pueblos de doctrinas donde se ocu- 
paron en el catecismo y enseñanza de los indios como hoy lo hacen. 



25 



20é FEAY PEDRO SIM(5n (7.* NOTICIA 

CAPÍTULO XVII 

l.<» Presidio3 que puso el Gobernador Manso en los indios Goajiros— 2. « Viénele por suce- 
sor Don Juan Guiral Belón, y principio de su Gobierno— 3.* Tratan los Bondas un 
alzamiento gensral— 4.° Descúbrense estos intentos por un fraile de nuestra Orden. 



B 



lEN se echó de ver cuánta importancia tuviera haber conservado la 
población de la ciudad de Pedraza de Campos, que el Gobernador 
había hecho poblar en la sabana de Orino, jurisdicción del Río de la Hacha, 
pues desde ella ise podían frenar mejor aquellos belicosos indios Goagiros y aun 
los* Cozinas, que les demoran más al cabo de la Vela, pues luego que se despobló, 
volvieron los Goagiros ú sus inquietudes antiguas, dándolas á la ciudad déla Ha- 
cha y á sus pesquerías de perlas y ganados, destruyéndolo todo con muertes 
de muchos españoles y otra gente de servicio de las estancias, sin haber sido posi- 
ble quietarlos los presidios que después les puso el Gobernador Manso, ni otras 
apretadas diligencias que todos sus sucesores y los vecinos de la Hacha hasta hoy 
han hecho y hacen, pues hoy se están con los mismos bríos y mala paz, que sólo la 
guardan cuando les parece salir á la ciudad del Río á rescatar, cuando lo han 
menester para mantas, algún hilo teñido, sal y otras chucherías, y á las veces á 
la sombra de esto dan sobre la ciudad y estancias, como sucedió el año pasado 
de 1625, que pusieron en tanto aprieto la ciudad, que siendo forzoso ir á coger 
el agua de beber legua y media el río arriba ( por meter los nortes toda esta 
distancia el agua salada), había necesidad de salir á esto una buena escuadra de 
resguardo de los aguadores y lavanderas. 

2.^ En estas y otras importancias de su gobierno, como en volver á reedificar 
las dos destruidas ciudades, Santa Marta y la Hacha, y que los vecinos se redu- 
jesen á ellas, andaba ocupado el Gobernad0r Manso, cuando entrado ya el año 
de 1599, bien cumplido el ejercicio ordinario de su gobierno, le vino por su- 
cesor Don Juan Guiral Belón, natural de Madrigal en Castilla la Vieja, mozo 
de veintiséis años, caballero de la Orden de San Juan, y ahora Comendador do 
Paradines, que tomando luego la Residencia á su antecesor, se concluyó con una 
sentencia bien diferente de la de Marmolejo, y como así me la quiero, con que 
salió el Licenciado Manso tan acreditado de su modo de gobierno, que juzgándo- 
le el Rey por digno de mejores, lo tuvo en la plaza de Oidor en la Real Audien- 
cia de Santo Domingo, Isla Española, y después en la de Panamá en el mar del 
Sur, desde donde le mudaron á ser Alcalde de Corte ea^la ciudad de México en 
la Nueva España, en que dio los últimos pasos de la vida y residencia de mayor 
importancia. Informando al nuevo Gobernador de Santa Marta la mucha que 
tenía el amistar de nuevo á loa indios con los españoles, entre las primeras fac- 



CAP. XVIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 205 

clones que hizo en su Gobierno fué salir un día al pueblo de Jeriboca á tratar de 
esto con el Cacique que á la sazón era de aquel pueblo, llamado Cotocique, suje- 
to bravo y inquieto^ como se vído en muchas ocasiones, el cual, luego que supo 
de esta caída del Gobernador á su pueblo, se determinó con tres hijos suyos lla- 
mados Dioena, Cocarigua y Macheoena ( bien hijos de su padre en esto ) y otros 
de su pelaje y devoción, de acabar aquella noche con el Gobernador y los que le 
acompañaban, si se descuidaban y determinaban pasarla en el pueblo; pero como 
le guardaba Dios para mayores cosas y alientos en el Gobierno y otras partes, 
tuvo aviso de la traición y intentos del Cacique, que disimulándolos y no dán- 
dose por entendido, sólo trató que se juntasen los más principales del pueblo en 
la casa del Cacique, que era su posada, donde con-seniblante grave y disimulado 
les hizo una plática en que les dio á entender la amistad que deseaba hacerles 
para bien y quietud de sus cuerpos y^almas ; en especial les afeó y abominó el 
atrocísimo pecado nefando, en que estaban tan ciegos, que tenían templos para 
cometerlo públicamente unos con otros, y se juntaban para eso en días señalados, 
y aun para mayor abominación á uno de ellos le llamaban Santa María,como veían 
que nosotros llamamos así algunas de nuestras iglesias, á lo cuál los incitaba el 
enemigo del género humano, como aquel abominable pecado en que estaban tan 
enviciados, que aun hasta los garabatos que tenían en sus casas para colgar mo- 
chitas y calabazos y otras baratijas, los hacían en figuras abominables y que in- 
citaban a este pecado, al cual y al de las molicies, que también cometían pública- 
mente, convidaban desvergonzadamente á los españoles. 

3.^ Apenas hubo vuelto las espaldas el Gobernador, tomándola vuelta de 
Santa Marta, á donde llegó aquella noche, cuando se hizo junta en el mismo Je- 
riboca para tratar de hacer un general alzamiento y concluir ya de una vez con 
el sobrehueso y yugo que les parecía tener á cuestas con los cristianos, en espe- 
cial porque decían que les querían hacer tomar otra ley y costumbres de las que 
hasta allí ellos y sus antepasados habían tenido, como se veía por lo que los 
padres doctrineros les iban enseñando. Llegáronse á la junta los principales de 
Bonda, Matinga y Matinguilla, Zaca, Mamazaca y Rotama, Mendiguaca, Taira- 
ma, Buitaca, Tairona, Taironaca, Marona, Guachaca, Chonea, Naguanje, Cinto, 
Guairaca, Mamatoco, la Ciénega y el Dorsino, á todos los cuales presidía el Co- 
tocique, por estar en su tierra, que les hizo una arenga diciendo lo mucho que 
les* importaba concluir de una vez con nuestros españoles, sobre quien se había 
de dar en una hora, así en las estancias como en la ciudad, para lo cual importaba 
estorbar los pasos de las entradas de sus pueblos, para si quisiesen revolver so- 
bre ellos á castigarlos ; que se hiciesen muchas labranzas de maíz, porque no les 
faltase para tener abundancia de comidas. Aprobando todos el parecer de Coto- 
cique, celebraron la victoria que se prometían con grande embriaguez y danzas 



206 FRAY PEDRO SIMÓN (7.» NOTICIA 

y consultando sobre ello después al Demonio por medio de los Jeques y ayunos, 
les respondió con palabras equívocas, como él suele, no habrá furor que los las- 
time, sin explicarse si esto se entendía por los españoles ó por ellos, que inter- 
pretándolo en su favor, pusieron mano á la obra de sementeras, atajar caminos, 
hacer arcos y flechas y hierba fortísiraa para ellas, que estando todo á pique, se 
determinaron embestir con el modo trazado, víspera de San Juan del año de 
1599 ; pero fué el Señor servido que se descubriera un día antes por dos padres 
doctrineros: el uno de nuestra Orden, llamado Fray Tomás de Morales, que des- 
pués fué provincial en esta provincia del Nuevo Reino y hoy vive. 

4.° El cual teniendo á su cargo por la obediencia el doctrinar los indios de 
Macinga y Mahancique, media legua el un pueblo del otro, habían puesto en 
éste una cruz muy alta, y habiendo ido dos ó tres días antes del alzamiento á la 
ciudad de Santa Marta, á la vuelta echó menos la cruz del pueblo, y entrando 
en él sin hallar persona á quien poder preguntar nada, entró en el buhío que 
ellos llaman del Diablo ( que aún no estaba destruido, por estarse aún los indios 
muy en su gentilidad ), donde sólo halló muchos arcos y flechas, señal de la gue- 
rra próxima que intentaban, que no le dio al padre poco temor. Al cual y á las 
voces que daba, se le apareció una vieja, que hablando cada cual en su lengua, 
no se entendían el uno al otro, hasta que salió otro indio por otra parte del buhío 
á guisa de guerra, la manta anudada al hombro, ceñidas las sienes con un maure, 
todo el cuerpo embijado, que preguntó al padre en lengua medio cuchara que qué 
buscaba, y diciéndole que la cruz, le respondió el indio con grandísima libertad 
y soberbia : " Yo la cruz quito indio para borracho, para buenos Y volviéndole 
á repreguntar que dónde la habían echado, dio una brazada diciendo: " allá echa 
arcabuco^ Que yéndola el padre á buscar con esto hacia la parte donde el indio 
señalaba, la halló en un ojo de una sabaneta que se hacía entre los árboles, que 
llorando de piedad y cargándola sobre sus hombros, la volvió al mismo pueblo y 
lugar donde antes había estado, donde yá halló otros dos ó tres indios, también á 
guisa de guerra, que se la ayudaron á poner á ruegos suyos, que habiéndola acaba- 
do de levantar y de rezarles á una docena do muchachos y muchachas, que tam- 
bién á puros ruegos le trajeron allí, y habiendo visto estas y otras señales claras 
de la guerra y alzamiento que pretendían, bajó con su caballo del diestro la escale- 
ra hasta lo llano, donde subió en él y llegó con la prisa que pudo á la ciudad y dio 
aviso de lo que había visto, que junto con el que había dado otro religioso que 
doctrinaba en Jeriboca por haberle avisado un indio oue le servía, llamado Jua- 
nico Conchaona, se alborotó la ciudad, convirtiendo en temores las fiestas que 
pretendían hacer aquella noche, víspera de San Juan. 



CAP. XYIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME, 207 

CAPÍTULO XVIII 

1,0 Previénese la ciudad de Santa Marta y acométenle los indios— 2.° Dan también sobre 
las estancias y caminos, matando algunos españoles— 3. <> Hácese gente para salir al 
castigo— 4." Salen á eso y sucédenles algunos encuentros en el camino. 

OR este aviso lo dio luego el Gobernador á los dos pueblos de Cór- 
doba y Sevilla para que lo tuvieran, y vigilancia en lo que les po- 
día suceder, como él y los demás lo temían en Santa Marta, conjeturando había 
de ser allí la primera y mayor fuerza que habían de poner los indios, y así la 
pusieron en la defensa, haciendo cargar lo primero una pieza gruesa sola con 
que se hallaba la ciudid, llenándola de muchas postas y perdigones, que después 
fué toda la importancia, y asestándola á la parte del arcabuco por donde necesa- 
riamente habían de entrar los bárbaros, que no se descuidaron en ejecutar sus 
determinaciones, pues habiendo repartido para las estancias los demás, se señala- 
ron qninientos de los más valientes soldados viejos, diestros y precipitados en 
todo trance de guerra, y bajando todos por caminos desusados con tanto silencio 
como si fuera uno solo, llegaron á emboscarse aquella noche, víspera de San 
Juan, cerca de la ciudad, a donde á la hora que pareció más acomodada, comen- 
zaron á disparar flechas encendidas, para que ellas hicieran lo mismo á las casas 
pajizas, que fué Dios servido sólo se pegara el fuego en una del Tesorero Ga- 
briel de la Rúa, que comenzar á arder y dar arma en la ciudad por lo adverti- 
dos qne estaban, fué todo uno, y aun el disparar la pieza, que fué de tanta im- 
portancia, que habiendo muerto con su munición á algunos, por estar tantos, y 
quedando los demás asombrados y heridos, tuvieron por acierto tomar la vuelta 
de su pueblo, sin hacer otro daño, por haber andado reparando los demás la po- 
derosa mano de Dios, á quien dieron luego en amaneciendo muchas gracias con 
procesión de Te Deum lawlamus y misa, que oyeron con las armas en las manos, 
alegrísimos del suceso y por haber sido on día tan señalado de San Juan Bap- 
tista. 

2.<* Si bien luego aquel mismo día se aguó este contento, por haber llegado 
la nueva que el día antes, habiendo dado los bárbaros en las estancias, habían 
muerto en diversas partes de ellas sobre treinta españoles que hallaron descui- 
dados y sin defensa y algunos negros y indios de servicio de ellos, con tan crue- 
les, impíos y fuertes tormentos, que en una muerte les daban muchas. Sacaron 
también de esta vida al padre doctrinero del pueblo de Chengne, allí en su mis- 
ma casa, y á dos Capitanes, Martín de Andará y Pedro de Salas, y al Cura de la 
ciudad de la Ramada, viniendo todos tres caminando aquel día, con los indios que 
traían de su servicio, par»i la ciudad de Santa Marta, donde luego trató el Gober- 



208 FRAY PEDRO SIMÓN (7.» NOTICIA 

nador con los vecinos de castigar á sangre caliente aquel atrocísimo heclio, para 
lo cual, viéndose con tan poca gente, escribió el Gobernador por más á todos los 
pueblos de españoles convecinos y al Gobernador de Cartagena, Don Pedro de Acu- 
ña, que aunque hacía donaire do lo que Don Juan Guiral le escribió acerca de 
que pretendía hacer el castigo dentro de sólo tres meses, por parecerle no se po- 
dría ni aun en seis, le remitió una buena escuadra de soldados con su Capitán, de 
la ciudad de Tenerife. Trajeron el Capitán Antón Martín y Juan Martín, su 
hermano, mestizos y ambos valerosos soldados, naturales de la ciudad de Vélez 
en este Eeino, buena copia de soldados. El Capitán Juan Lorenzo sacó otra razo- 
nable escuadra del pueblo de Sevilla y Córdoba, dejando en amparo y guarda 
de Sevilla á Francisco Sánchez, y de Córdoba á Juan de la Torre, que le fué 
necesario, luego que salieron los soldados, dar muestras de su valor, por las que 
luego dieron los indios del suyo acometiendo al pueblo, aunque en balde, por la 
valiente resistencia que el Juan de la Torre, con los pocos que le quedaron, les 
hizo. Del Valle de Upar, donde al presente era Teniente de Gobernador Agus- 
tín Delgado, y del Río de la Hacha, salió otra buena compañía á cargo del Ca- 
pitán Manuel González, y entre ellos salió del Valle de Upar el Capitán Pinol, 
barcelonés, valentísimo soldado, por habérselo enviado á rogar el Gobernador. 

3.0 De la ciudad de Santa Marta se alistaron los más granados de ella: Don 
Antonio y Don Luis Manjarrés, Don Baltasar de Pivadeneira, Don Diego de 
Peralta, Alvaro Ballesteros, Francisco Torquemada, Valentín de los Ríos, Fran- 
cisco Jiménez, Juan de la Rúa, Pedro de Victoria, Luis de Vega, Alonso de Mon- 
roy, Diego de Mendoza, Núñez Velásquez, Cebrián Velásquez, Juan Díaz de 
Ayala, Juan de Silva, Alvaro González, Francisco Ortiz, Don Pedro de Cárcamo 
y otros. No se descuidaron los indios ladinos del servicio de la ciudad, como lo 
tenían de costumbre, de dar aviso á sus parientes de esta leva de gente, y que se 
hacía para castigarlos, con lo cual hicieron ellos también otra junta en el mismo 
Jeriboca, para ordenar el modo que habían detener en su defensa, en que no se 
convinieron (en que se cifró toda la buena importancia de los nuestros ), por 
haber pretendido el Cotocique hacer General de todos á un hijo suyo Dioena, y 
Maese de Campo al otro Macheoena, de que enfadados los Bondas y Macingas, 
que se tenían por más valerosos que los Jeribocas, diciendo que cada uno defen- 
diese sus tierras como pudiese, deshicieron la junta, á tiempo que estaba hecha en 
la ciudad la de todos los[uuéstros, que llegaron hasta trescientos soldados escasos. 
De quien se señalaron por el Gobernador los doscientos y trece para salir al cas- 
tigo, algunos de á caballo, para lo que se ofreciera et> tierras llanas, y que el 
resto quedase en amparo de la ciudad, á cargo de Don Pedro de Cárcamo. 

4.0 De donde salieron todos bien armados, con bien industriados perros, gran 
número de gente de servicio, indios y negros, caballos para las cargas, vacas y 



CAP. XVIIl) N0TICIA3 DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIEME. 209 

puercos para ayuda al matalotaje del bizcoclio y menestras. Llevaba cargo de 
Maesa de Campo el valeroso mestizo Antón Martín ; la vanguardia con los de 
Córdoba y Sevilla el Capitán Juan Lorenzo ; la retaguardia el Capitán Miguel 
Pinol, y el batallón Don Diego de Peralta y su cuñado Don Baltasar de Rivade- 
neira, gobernándolo todo con buena industria y viveza el Don Juan Guiral y el 
Maese de Campo Antón Martín. Tomaron, marchando con este orden, la vuelta 
de Macinga, por donde determinaron tener los primeros encuentros, y el primero 
fué al pasar del río que baña los cimientos de su3 cumbres, donde repararon doce 
soldados que iban sobresalientes, sospechando había resistencia al paso de la 
banda contraria, como sucedió ; pues había gran suma do bárbaros para hacerla 
que comenzando luego á disparar con valentía sus flechas, pasó el Capitán Pinol 
á hacerles frente con los sobresalientes y arcabuces, de que no hacían mucho caso 
los de la otra banda, pues por ver tan pocos de los nuestros, sólo se aparecieron 
treinta flecheros de los bárbaros, aunque luego se juntó gran caterva al estallido 
de las escopetas, que andaban derramados por el monte, que siendo ya tantos y 
tantas las flechas que llovían, se veía fatigado el Pinol ; pero añadiendo fuerza á 
fuerza y perseverancia en hacerles rostro, debieron caer por la fuerza de las pe- 
lotas nueve de los bárbaros, sin otros muchos heridos, sin que en los nuestros, 
hubiesen hecho sus flechas ningún efecto. El andar encendidos los bárbaros tanto 
en esta refriega, les hizo olvidar la resistencia del paso á todo el ejército, que 
sin detenerse fué pasando por poco más arriba todo hasta verse á la otra banda 
del río, desde donde, viendo la encendida refriega, volvieron otros diez soldados 
al socorro de los nuestros, con que huyendo los bárbaros de tantas cargas de pe- 
lotas como llovían sobre ellos, dejaron libre el paso cuando no era de importancia, 
pues todo el ejército estaba ya rancheado á la otra banda, donde llegó el Pinol 
con sus soldados, todos sanos y sin ninguna herida, que tuvieron por buen pro- 
nóstico la victoria de este primer encuentro. 



210 FRAY PEDRO SIMÓN (7.*^ NOTICIA 

CAPÍTULO XIX 

!.• Pelean los soldados coa ua Caciquillo que les hace rostro— 2.o Véacealo y vuélvenle 
las espaldas los pocos que quedaron, y ranchéanles los soldados las casas— 3.<» Buenos 
Bucesosde los nuestros en el castigo— 4.« Rompan la empalizada de un pueblo, y 
quemado, pasan á otro. 

ri"lRAS esta buen suceso, se asió de la mano otro no de menos impor- 
JL tancia, j fué qne comenzando á caminar el Real, luego á las pri- 
meras luces ^que tomaban el fresco, por ser tierra ciliente), movidos no sé de 
qué espíritu los que guiaban, dejando el camino real por donde habían de ir á 
Macinga, torcieron por otra trocba muerta, que f u*^, aunque acaso, gran acierto, 
pues si fueran por el común, no faltaran peligros y inconvenientes, á lo menos 
de retardarse, por tener los indios entrampados los pasos más estrechos, donde 
por fuerza había de ser de enfado y detenimiento, cuando no sucediera otro 
daño, como por esto otro no sucedió hasta la hora de medio día, en que dieron 
vista los nuestros á un pueblezuelo de un Capitán de Bonda llamado Kodri- 
guillo, cristiano, pero grande de los que lo eran. Habíase de subir, para llegar á 
él, una cuesta colgada, ceñida con una quebrada de agua algo caudalosa, á cuyo 
pasaje, antes que se llegara, viéndose salteado el Rodriguillo de los nuestros, 
compuso los suyos como la prisa le dio lugar, alentándolos con valientes bríos, 
que los tenía por extremo, diciendo lo que les importaba el apretar las empul- 
gueras, para no venir á manos de cristianos, que tan indignados estaban, y con 
tanta razón. Entre tanto los nuestros, habiendo pasado la quebrada, iban yá 
poniéndose en el recuesto á tiro de escopeta de los de Rodriguillo, el cual 
apellidando Bonda, Bonda, al tiempo que los nuestros Santiago, disparaban 
valerosísimamente flechas contra el Capitán Juan Lorenzo y los de Córdoba y 
Sevilla, que no meneaban con menores bríos los arcabuces, con que iban 
siempre ganando tierra por entre la resistencia y aguaceros de flechas. 

2.*' En que se mostraba tan valiente el Kodriguillo, que p|irecía pelear en 
las manos y arcos de todos, andando como un viento animándolos á todas 
partes, sin perder ocasión de disparar y emplear cuanto mejor podía sus tiros, 
como lo hizo con un bravo perro que le soltaron los nuestros, que viendo le 
iba para él, le apuntó tan diestramente, que pasándole ambas espaldillas, no le 
dio lugar que pasase adelante, antes volviendo el perro á sacarse la flecha con 
los dientes, cayó muerto. De que encolerizándose más nuestros soldados y do 
los más valientes bríos que iba mostrando el gandul "Rodriguillo, por haberle 
salido tan buena la suerte del perro, le apuntaron dos ó tres con los arcabuces, 
que aunque le acertaron dos balas, no fueron tan penetrantes que sirviesen de 



CAP. XIX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 211 

más que de amortiguarle los bríos para pelear, aunque no para esforzar á loa 
suyos con valientes palabras, como lo hacía, hasta que llegando otra penetrante 
bala, cayó muerto, y con él el brío de su gente, hiégo que supieron todos su 
desgracia, que conociéndolo los nuestros, apretaron de suerte el fuego de los 
arcabuces, que viendo los indios ganaban poco en él, pues los iba consumiendo 
la pelea, volvieron las espaldas, cada cual por la senda que pudo, dejando las 
casas en manos de los nuestros, que habiéndolas metido bien en ellas, de donde 
no sacaron mal rancheo de oro, telas delgadas de algodón y otras cosas, las 
convirtieron en ceniza, pasando aquel día á ranchearse el ejército á ciertas 
sabanas altas y limpias, á vista de Bonda y Jeriboca, donde sentaroü tiendas 
por tres ó cuatro días, en que se resolvió el Gobernador á que el Capitán Mi- 
guel Pinol, con sesenta compañeros, diese sobre Bonda, como lo hicieron en- 
trando en el pueblo y dando el primer asalto sobre las casas de los Caciques, 
que le hicieron resistencia tan valientemente con tantas flechas que cubrían el 
sol, que no veían los nuestros muy clara la victoria. 

B.^ Hízolesesta duda acrecentar tanto sus bríos y el valor de sus macos es- 
pañolas, que viendo los indios ser muy menores los de las suyas, tomaron por 
partido volver las espaldas, dejando por despojo á los nuestros sus casas y me- 
naje de ellas, con quien hicieron lo mismo que con las de atiás, convertirlas en 
pavesas después de haberlas robado, cosa jam¿^s sucedida hasta allí en los de 
Bonda, pues nadie había visto haber vuelto el rostro á los españoles, y ahora 
van buscando como cobardes el amparo de los montes, que les solían dar su 
mano contra los nuestros, los cuales con ebte buen suceso tomaron la vuelta 
del alojamiento, donde fueron bien recibidos, y determinó el Gobernador no se 
cortase el hilo á los buenos principios, y antes se prosiguiesen las victorias, pro- 
bando también la mano en el pueblo de Jeriboca, que más que ningunos de 
aquellos bárbaros tenían pensamiento de perseverar en su maldad y resistencia á 
nuestra gente, que habiéndoles hecho una plática el Gobernador, diciendo que 
toda la importancia de pacificar los disturbios estaba en que no quedase libre 
aquel pueblo de Jeriboca, salió el Capitán Juan Lorenzo con los de Córdoba 
y Sevilla delante el ejército, á descubrir los pasos forzosos para entrar en el 
pueblo, y habiendo encontrado con el del río, apercibido con fortísima trinchera, 
muchos y bien prevenidos guerreros, que comenzaron, al punto que lo vieron, a 
echar á volar valientes flechas con otras voces y algazaras, fué cortando por 
entre este tumulto, amparando él y su gente con loa muchos arcabuzasos, á 
quien fué siguiendo todo el ejército, dándose maña para hallarse á la otra parte 
del río sin ningún estorbo, hasta que llegaron todos nuestros guerreros á arri- 
marse á la trinchera y pretender con instrumento?, que para esto llevaban, ga- 
narla, aunque esto hubo de tener más dilaciones de las que ellos quisieran, por 

26 



212 FRÁ.Y PEDRO SIMÓN (7,« NOTICIA 

defenderse valerosamente los de dentro, en especial con el ánimo y esfuerzo 
que les ponía Dioena, alentándolos á defender sus casas, tierras y familias 
hasta perder la vida, pues el huir no los había de escapar de eso, teniendo por 
cierto los habrían do seguir hasta el último rincón del mundo los españoles. 

é.° Los cuales perseverando en el romper la trinchera^ al fin le hicieron 
portillo para poder entrar un caballero, por donde también se fueron entrando 
todos los peones, que juntamente con los jinetes hacían cruel matanza en los 
encerrados indios, que aunque mostraban razonables bríos en defensa de sus 
casas, no bastaron ni aun para defenier sus personas, y así procuraron poner- 
las en salvo, y el primero Cotocique con su hijo Dioena y sus hermanos, á 
quien no pudieron acompañar muchos quo quedaron muertos y otros presos. 
Saquearon del pueblo los soldados lo que les pareció de provecho, pegando 
fuego á las demás casas de las que les pareció reservar para aposentarse en 
ellas, como lo hicieron muy de asiento, por ser sitio acomodado para desde 
allí hacer salidas para el castigo de lo restante de la tierra y haber á las manos 
al Cotocique, que era la principal piedra de escándalo de toda ella. Resolvióse 
que la primera salida hiciese el Capitán Pinol con cincuenta compañeros para 
Macinga y Macinguilla, sobre quien llegaron de noche los nuestros, y arrimados 
á su palenque, que ora de leños gruesos y muy espesos, comenzaron con gran silen- 
cio á pretender abrir puertas, en que estaban oonpados, cuando por de dentro 
pasó un indio del Bouda, y sin haber visto ni oído á ninguno de los soldados, 
por ser tenebrosísima la noche, dijo en nuestra lengua castellana : '' ¡ Ah 
bellacos cristianos ! bien os veo." Con que pasó adelante, y los nuestros 
con su faena (por haber entendido ser aquello sólo estratagema del indio), con 
tan buen efecto y sutileza,que sin alborotarse indio de los del pueblo, se hallaron 
dentro de él antes de romper el alba, diciendo : *'¡ Santiago, jinetes y peones !" 
A cuya voz y á la de las escopetas, dieron principio los indios á sus armas y 
guazabaras, y la gente sin provecho á su huida, procurando por pies escaparse 
de tal tormenta, que fué salir del fuego, como dicen, y dar en las brasas, pues 
caían en las manos de otros soldados que cercaban el pueblo. En los cuales fu- 
gitivos y en otros que pudieron prender en el alcance cuando huyeron de la 
pelea, dejando la victoria en las manos de los nuestros, se ejecutaron varios y 
ejemplares castigos, cortando las narices á los más culpados, á otros el labio de 
arriba, orejas á otros, para que fuesen ejemplo, mientras viviesen, á los demás, 
que por verlos así lastimados, se les destroncasen los bríos de ponerse en ocasión 
de otro igual castigo, y habiendo convertido en bra*as á Macinga y Macingui- 
lla, tomaron la vuelta do Jeriboca y dieron cuenta al Gobernador de lo hecho, 
donde se hicieron los castigos dichos, y se celebraron las victorias dando gra- 
cias al cielo, que so las había puesto en las manos. 



CAP. XX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 21S 

CAPÍTULO XX 

!.• Sabiendo el castigo, de otros salen de paz algunos indios— 2.* Sale el Capitán Pinol 
con soldados á correr la tierra, y de paz el Cacique Cotociquej y habla al Goberna- 
dor — 3.0 Da el Capitán Pinol sobre Tairona y lo que le sucedió con el indio Dioena — 
4.* Viónese á los nuestros mal herido y hácese cristiano. 



H 



lOlERON tanto ruido estos castigos y llamas del incendio de estos 
pueblen, que despertando á ellos, volvieron en sí otros muchos, sa- 
liendo de pa.so al Gobernador, medrosos do que les sucediera otro tanto, y aun 
loa más traían por padrinos á los castigados en orejas, labios y narices, que los 
admitió el Gobernador con palabras afables, protestándoles que si no perseve- 
raban en la paz, sucedería con ellos otro tanto, y visto la que ya se había sen- 
tado en la tierra, y que no sería necesaria tanta gente de los nuestros, envió á 
sus pueblos ú los de Córdoba y Sevilla, que no fué de poca importancia, por 
haberse inquietado contra Córdoba los Posigueicas, cerno dijimos, y aun no 
caminaron por otros pasos los demás pueblos convecinos á Santa Marta que se 
habían hallado en el rebelión, pues temiendo lo que les podía suceder por lo 
que habían sabido de sus vecinos, pegando fuego á sus casas, se retiraron á lo 
más escondido de los montes, donde padecían tan grandes desventuras, que los 
mus viejos, niños y mujeres, como gente más flaca para sufrirlas, se queda- 
ban desmayados ó muertos por los caminos y arcabucos, hechos pasto de fieras, 
de los cuales trabajos no era exento Cotocique y sus hijos y familias, pues 
como más culpados andaban en mayores retiros, no hallando agujero donde me- 
terse, en especial cuando supieron que andaba en sus alcances, por orden del 
Gobernador, el Capitán Pinol con ochenta soldados, entre los cuales se contaba 
Luis de Segura, Juan Sánchez, caballero criollo de la ciudad de Pamplona en 
este Reino, Juan de la Cueva, Juan González, de Santa Marta, Francisco de 
Castro, Manuel González, portugués, Francisco de Soto Loro, pero muj buen 
soldado, y otros. 

2.° Con los cuales divididos en escuadras andaba el Pinol trastornando 
montes, quebradas y valles, en que hubieron á las manos muchos indios fugi- 
tivos, que huyendo de una tropa daban en otra, si bien nunca pudieron dar con 
el Cacique Cotocique, aunque tomaron muchas veces su rastro, hasta que su- 
pieron de cierto le había obligado la hambre á tomar con su gente la vuelta d3 
Tairona, para donde la tomaron también nuestros soldados en su demanda, y 
donde tomó resolución Cotocique, pareciéndolo ser menos malo que andar de 
aquella suerte, de venirse á presentar delante del Gobernador, como lo hizo, 
dejando á su hijo Dioena y á su Maese de Campo, Marontona, en amparo de 



214 FRAT PEDRO SIMÓN (7.» NOTICIA 

SU familia. Llegando al Gobernador y hablándole el Jeriboca, donde todavía 
se estaba, y confesando él ser culpado, lo recibió y hizo poner en recado, ase- 
gurándole le guardaría en todo su justicia, sin que se le bioiese agravio; por 
hallarse fatigados en el Valle de Tairona muchos de les soldados del Capitán 
Pinol, los despachó á Jeriboca al Gobernador con la presa que hasta allí habían 
tenido, quedándose él con los más alentados, y intentos de no salir de la tierra 
hasta haber á las manos á Cotocique, pareciéndole que si no se cortaba aquella 
raíz, que lo era de todos los disturbios y alteraciones, no se había hecho nada, 
pues con él se podía temer el reverdecer en algún tiempo. 

3.° Y así tomó resolución de dar sobre Tairona, certificado ya había en- 
trado allí Cotocique con su gente (sin saber que había ya salido) mal para- 
dos, hambrientos, y aun sin sospecha de que les iban tan á los alcances los 
nuestros, que determinaron darles Santiago de noche, cuando estuviesen al me- 
jor sueño, y con el silencio posible, como lo intentaron, aunque no lo fué, pues 
sintiendo las guacamayas que tenían los indios en sus casas á los nuestros, 
cuando iban entrando»por ellas, comenzaron á graznar (propiedad de estas aves 
en sintiendo gente peregrina), y juntamente nuestros soldados á decir Santia- 
go, con que despertó el pueblo, y en especial Dioena con los que podían tomar 
armas de su familia, y sin embargo de que andaban tan descuidados y aperrea- 
dos, pusieron con ellas los bríos que pudieron en su defensa, que siendo pocos 
para los que llevaban Pinol y los suyos, quedaron muertos muchos de los sal- 
vajes y otros presos; sólo Dioena se mostró tan alentado y valiente, que so hubo 
con increíble esfuerzo con dos valientes soldados que se pusieron con espadas y 
rodelas, con sólo el intento de aprehenderlo ó matarlo, lo que no les fué posible, 
por los valerosos alientos con que se defendía con sólo su macana, y aun dicién- 
dole los dos : "Date Dioena," les respondía con palabras tan soberbias, feas y de 
oprobios, que entrando con esto los soldados en mayor cólera y bríos, los ponían 
para matar al gandul, y aun con diligencia las rodelas para que no los matase á 
ellos, hasta que viendo Dioena los valientes alientos y perseverancia de sus dos 
contrarios, y que se sentía gravemente herido, como lo estaba con quince cuchi- 
lladas penetrantes, se les deshizo y despareció de su vista, entrándose en el 
monte, por donde no les fué posible seguirlo, siendo espesísimas las tinieblas de 
la noche, con que se hubieron de volver corridos, y quejándose déla poca maña 
que habían tenido para que no se les escapara. 

4.0 Sintió notablemente el Capitán Pinol el suceso, por haber perdido con 
él las esperanzas de haber á las manos al Dioena, y*»ias que se prometía de la 
quietud de la tierra, faltando él y su padre de ella; pero al fin no pudiéndose 
hacer por entonces otra diligencia, reposaron con cuidado el resto de la noche, 
hasta que á la mañana á los primeros rayos del sol, hé aquí dónde se aparece 



CAP. XX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 215 

Dioena, sustentándose sobre la macana, tan sin fuerza ni vigor, que apenas 
se podía mover, por haberle puesto así las quince heridas penetrantes que tenía, 
y poniéndose delante del Capitán Pinol, le dijo: "Ya mis desatinos me han traí- 
do á los últimos trances de la vida como me ves; lo que te suplico es me hagas 
cristiano para que así se dé remedio a mi alma, ya que mi cuerpo no lo tiene." — 
" Ese deseo te admito, respondió Pinol, pero no entiendas por eso escaparte de 
Ja muerte que mereces por tus culpas." — " Ya yo me voy despidiendo de la 
vida, respondió el indio; lo que ahora te ruego es que abrevies en darme el 
baptismo, porque deseo morir cristiano, y de mi cuerpo haz lo que quisieres, 
pues morir de esta ó de la otra suerte todo es morir." Con este afecto y alguna 
otra declaración que le hicieron de lo que debía creer, por dar prisa la corta 
vida del indio, le baptizaron, poniéndole por nombre Pedro, por haberlo pedido 
así, y tomando á San Pedro por abogado, ya casi sin vital aliento, le colgaron 
juntamente con otro, no menos culpado que él, que también se baptizó y llamó 
Francisco, y sabiendo que estaba en Jeriboca el Gobernador, habiendo en- 
terrado á los dos indios cristianos, tomó la vuelta de allá, repartiendo los pri- 
sioneros que hubieron en Tairona á las manos, al cuidado de los soldados, que 
ya deseaban verse en Jeriboca, á donde llegaron después de veinte días que 
habían salido de ella. 



2l() FRAY PEDRO SIMÓN (7.*^ NOTICIA 

CAPÍTULO XXI 

1." Dánse de paz otros indios, con que lo quedó la tierra, y el Gobernador vuelve á 
Santa Marta. Sentencia á los culpados, puebla á los demás— 2.« Costumbres de estos 
indios de Santa Marta— 3.» Trátase de su vida política y casamientos— 4,° Sus fies- 
tas de hombres y de mujeres distintas y sus entierros, 

ARA dar fin á este castigo y allanamiento, á dos ó tres días que 
hubo llegado el Capitán Pinol á ver.se con el Gobernador, lo vol- 
vió a despachar con gente nueva para que diese sobre el Valle de Tamac;i, cuja 
gente, en sabiendo se les iba allegando, le salió de paz, sin armas y con abundan- 
cia de comidas, procurando por mil caminos acreditarse de no haber sido culpables 
en aquel alzamiento, como se verificó, y cuando no viniera á sacarse esta verdad 
en limpio, no fuera mala prudencia disimular algo á quien venía tan sujeto y 
Heno de excusas, como se hizo, no apurando mucho el caso, antes con buenas y 
amigables palabras se les admitió la paz, animándolos á que permaneciesen en 
ella, con que tomaron la vuelta los soldados del Real, á donde poco después 
llegaron los más principales de Tamaca á confirmar la paz con el Gobernador, 
que se la admitió con mucho gusto, prometiéndoles de parte del Rey guardár- 
sela y acudirlcs á su amparo en toda ocasión, con que tomaron la vuelta de sus 
tierras, y el Gobernador con toda su gente la de la ciudad de Santa Marta, 
donde cometiéndole al Maese de Campo Anión Martín la causa de Cotocique 
y los demás presos por culpados, señalándoles defensor, y con asistencia de ju- 
ristas, fueron sentenciados unos á destierro y otros á muerte, y enti-c éstos 
Cotocique y uno de sus tres hijos, que después de colgados fueron divididos 
en cuartos y puestos por los caminos que salen á Bonda y Jeriboca, con los de 
otros muchos, y sus cabezas en palo para escarmiento de otros. Más de cuaren- 
ta fueron los que colgaron, y los que desterraron á otras provincias pasaron de 
cincuenta, con que se dio fin al castigo y principio á la quietud de aquéllas, en 
especial con la traza que dio el Gobernador en la fundación do los pueblos de 
los naturales, queque (cometiendo también e.sto á Antón Martín) quo no S3 
hiciesen las poblaciones más en las cumbres donde las tenían, sino en lo llano, 
con que los tendrían más á la mano, y podrían i::ejor doctrinarse, como se co- 
menzó luego á poner en ejecución con la buena industria que para ello daba el 
Obispo Don Fray Sebastián de Ocampo ; púsosoles otras leyes por el Goberna- 
dor, dirigidas á la paz, que los más han conservado deíípués acá, si bien no han 
faltado algunos repiques y centellas do rebeliones, que con facilidad so han 
aplacado. Gastáronse en este castigo, desde que se comenzó, tres meses, como 
lo prometió el Gobernador, entrando alguno de ellos en el año de 1600. 



CAP. XXI) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 217 

2.0 No pñrecG estaban estos indios de Santa Marta tan sin lumbre de fe 
que no se hallasen rastros en ellos de habérseles predicado en algún tiempo, ó 
al modo quo dijimos en nuestra segunda parte habérseles predicado en este 
Nuevo Reino ó de otra manera, pues se hallan en ellos rastros y noticias del 
diluvio, y que les decían sus mayores quo había parido una china sin juntar- 
se con hombre, y que el niño que parió estaba debajo la tierra, sin crecer ni 
menguar, y por haberles dado á entender el Demonio que era él, lo adoraban, 
y les hablaba muchas veces solo á los Mohanes, que eran de los más principa- 
les del pueblo. Los cuales, primero que tomasen la posesión del oficio, habían 
de estar en coime, que es en ayunos, diez y seis ó veinte años, sin comer en 
ellos más que un bollo cada día, y tan retirados á las espesuras de los montes 
y en cuevas, que no habían de ver en todos ellos hombres, más que el que les 
llevaba la comida, y si acaso veían alguna mujer, daban por ninguno el ayuno 
hecho hasta allí y lo comenzaban de nuevo, con ser tan sensuales, como hemos 
dicho, no sólo según naturaleza, pero contra ella, y aun las estrellas tenían ca- 
sadas unas con otras, y que unas eran maridos y otras mujeres, y que en tras- 
poniendo (con su natural movimiento) por la punta de un cerro, detrás de él, 
porque no las viese nadie, se juntaban carnalmente una estrella con otra. Es- 
tando en estos ayunos, les hablaba el Demonio ensartándoles mil mentiras, y 
de haberlas hablado se tenían por santificados y predicaban al pueblo otras tan- 
tas como de tal maestro. Cuando los hablaba el Diablo en su buhío, se había 
de apagar la lumbre que ardía en él toda la noche, por mandado suyo, para lo 
cual tenían en la puerta del templo crecidos rimeros y haces de leña de ár- 
boles odorífero^ y peregrinos, que nadie podía cortar sino era para aquello. 

3.<* El entrarles á hablar á los Mohanes el Demonio, era con tan gran ven- 
tisquero y huracán, que parece quería arrancar el buhío. Para haberse de 
casar los que no tenían padres, ayunaban primero nueve días; á la doncella que 
los tenía, en viéndola la primera vez su costumbre, le metían sus padres en 
coime, y sabiéndose luego por todo el pueblo, andaban los mozos negociando el 
comprársela con oro, gallinas, chinchorros y otros cachivaches de casa ; mira- 
ban los padres al que más les convenía y á ése se la daban, aunque el marido 
se la solía volver al padre á las veces, si so descontentaba de ella. Los castigos 
que daban era meter al delincuente en el buhío del Diablo, y que tejiera 
mantas, que todos lo sabían hacer ; donde también tenían muchas herra- 
mientas y instrumentos de palo para prestar á los pobres que no tenían con 
qué labrar sus tierras, y en acabando los volvían allí cada barrio. Sustentaban 
los viejos pobres de él, dándoles cada día bollos y chicha, hasta que morían. 
Tenían en las plazas piedras redondas de á cuatro y cinco arrobas para abajo, en 
que se ejercitaban alzándolas, cada cual en su edad, y hasta donde alcanzaban sus 



218 FRAY PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

fuerzas. El ayuno ordinario era no comer en todo el día ni beber hasta puesto el 
sol ; pero entonces se desquitaban en beber de su chicha, en que corrían igual 
fortuna de exceso con las demás naciones. 

4.° Tenían sus fiestas señaladas, que se celebraban con danzas, vestidos de 
rica plumería, y en especial £e hacía esto en las cosechas de maíz, cuando tam- 
bién las mujeres hacían las suyas vestidas de blanco, con muchos collares y 
cuentas en el cuello, piernas y brazos, y joyas de oro según las tenían, al cuello 
y orejas, con que hacían sus bailes festejándolas los mozos más briosos del 
pueblo, que todo venía á parar en embriagueces. Hervía la tierra de estos na- 
turales cuando los nuestros les dieron vista, por tener cada uno las mujeres que 
podía sustentar. No es gente ociosa, antes castigaban á los que lo eran, y así 
cuando no tenían otras ocupaciones, hacían caminos de losas muy juntas y 
bien puestas, anchos y tan largos, que se hallaron algunos do más de veinte 
leguas. Usaban de cerbatanas curiosísimas, con que mataban con flechas sutiles 
de toda suerte do aves, sólo para la pluma, pues nunca comían carne ni aun 
de venado, porque fuera de maíz y raíces, su sustento era pescado y frutís. En 
muriendo la persona, le doblaban, antes de enfriarse, el cuerpo, y así la ente- 
rraban, como hemos dicho de las demás naciones, en bóveda?, con sus joyas, 
mujeres y esclavos, y porque no pienso haya otra cosa de Santa Marta que nos 
detenga la Historia, nos despedimos con esto y con lo que queda dicho en la se- 
gunda parte acerca de su Gobierno y Gobernadores que fueron sucediendo áDon 
Juan Guiral, Don Diego de Argote, y al Francisco de Sande, á quien 
vino á tomar Kesidencia y gobernar en el entretanto el Licenciado Don Pedro 
de Castro, y por suplemento después de él gobernó Don Antonio Maldonado^ 
criollo de esta ciudad, caballero del hábito de Calatrava, hasta que llegó de 
España á aquella ciudad el que al presente gobierna, que se llama Don Jeró- 
nimo de Quero (sic). 



CAP, XXIl) «OTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 219 

CAPÍTULO XXII 

1.*" Alzamiento de los negros de Cartagena— 2.° Salen á reducirlos, y matan algunos 
españoles— 3." Daños que hacen en la tierra, y muertes de otros soldados que salen 
al castigo. 

AL Gobernador Don Pedro de Acuña sucedió en la ciudad de Cartage- 
na, por los fines del año de 1599 ó principios del de 600, el Goberna- 
dor Don Jerónimo de Suazo Cásasela, y en estos tiempos comenzó un alzamien- 
to y retiro de ciertos negros cimarrones en aquella ciudad, cuyos primeros 
pasos fueron que un Juan Gómez, vecino de ella, haciendo malos tratamientos 
á algunos de los que tenía, había entre ellos uno que se llamaba Domingo 
Bioho, tan brioso, valiente y atrevido, que tuvo alientos para huirse de casa de 
su amo y llevar consigo (i otros cuatro negros, á su mujer y tres negras, todas 
de su ama, que con otros que hicieron lo mismo, esclavos de Juan de Palacios, 
vecinos de la misma ciudad, se retiraron, siendo ya todos hasta treinta, al ar- 
cabuco y ciénegas de Matuna, que están á la parte del Sur, no lejos de la Villa 
de Tolú, y desaguan en el mar por aquel paraje, para donde salió el Juan Gó- 
mez con mandamiento de Diego de Torres, Alcalde de la Hermandad, y como 
cuadrillero suyo, confiando que había de haber á las manos los negros. Llevaba 
en su compañía el Juan Gómez cuatro soldados, y habiendo tenido noticia eran 
los negros el número de ocho, contra quien no era bastante tan poco número 
de gente y armas como llevaba, recogió otros tres indios del pueblo de Bahaire 
y otro negro flechero, acompañándole también Juan de Palacios el mozo, como 
interesante, y otros soldados, hasta que se juntaron diez y seis ó veinte, que sólo 
llevaban una escopeta, por pretender el Juan Gómez que no se matasen sus 
negros, y presumir que luego, como á él le viesen, se le habían de venir rin- 
diendo. 

2.^ Que sucedió al contrario, pues llegando al sitio de la ciénega, donde 
estaban los cimarrones, y á darles vista, embistieron furiosamente coa el Juan 
Gómez, matándolo, por no llevar con qué defenderse, y á muchos otros de su 
compañía, volviendo los demás en las barquetas, que fueron hasta dar cuenta 
en la ciudad del suceso al Gobernador, que deseando apagar á sangre caliente 
aquellas centellas de alzamiento, en especial que cada día iban tomando más 
fuerzas con más número de cimarrones y con llamarse el Dominguillo Bioho, á 
quien tomaron por cabeza. Rey del arcabuco, envió á Diego Hernández Caho), 
Alcalde de la Hermandad, con veinticuatro soldados de los vecinos del pueblo, 
aunque no con demasiada prevención de armas y municiones, para probar la 

mano en darles alguna trasnochada, y haber algunos ó á todos á las manos. Eu* 

27 



220 FRAY PEDRO SIMÓN (7.» NOTICIA 

barcáronse en dos canoas grandes, que por serlo tanto y no á propósito para 
poder entrar con ellas á trastornar todos los esteros y caños de la ciénega, las 
hubieron de largar y buscar barquetas á propósito, con que llegaron al paraje 
donde le había sucedido la desgracia al Juan Gómez y sus compañeros, y ha- 
biendo mirado la cuerda de arcabuces que llevaban para repartirla y ponerse 
en buenas á lo que podía suceder, antes que saltaran en tierra, le cupo á 
cada soldado ú vara y media, que siendo de algodón, en dos horas se consume, 
y hallando que no lo estaban del todo los cuerpos de los que habían muerto los 
cimarrones, los enterraron, con que tomaron la vuelta de la ciudad y llegaron á 
los ocho días que habían salido de ella, sin otro efecto considerable. 

3.^ Crecían tan por momentos y con tanto exceso los daños, robos y sal- 
teamientos de estos cimarrones, que nadie por aquel paraje estaba seguro, ni sus 
casas en las estancias, hatos y sementeras. A cuyo reparo, viéndose obligado el 
Gobernador, despachó al Capitán Luis Polo con cien soldados, y entre ellos Agus- 
tín Martín, Capitán délos morenos horros de la ciudad, el cual se dio tan buena 
maña trastornando la ciénega de Matuna con sus caños y esteros y la fragosidad 
de la montaña, que hizo algunos buenos efectos, hasta que tomó la vuelta de la 
ciudad por orden del Gobernador, tan á mal tiempo, que si se fuera siguiendo el 
castigo, inquietando noches y días á los negros, se consiguieran buenos sucesos, 
y así se iban acrecentando los malos por parte de los cimarrones con excesivos 
daños, pues robaron las estancias de Violante Sánchez, Luis de Padilla y otras, 
á cuyo reparo despachó el Gobernador treinta soldados, casi todos mestizos y 
mulatos, con Manuel González por cabo, que par no ser versados en la milicia, 
perdieron un bonísimo lance de peder matar á todos los cimarrones que sobre- 
saltaron, hallándolos juntos en la estancia del Padilla, donde los pudieran esco- 
petear á terrero y irlos matando como fueran saliendo del buhío donde estaban 
todos recogidos; pero como gente bisoña y sin pericia ni disciplina miUtar, dis- 
pararon los arcabuces todos á una á los negros dentro del buhío, que saliendo 
fuera ligeramente, antes que pudieran volver á cargar las escopetas, dieron con 
tanta valentía sobre los soldados, que mataron veinte y uno, y hicieran lo mis- 
mo coa el resto si no tuvieran tan buena suerte de escaparse y volver á la ciu- 
dad, donde dieron noticia del suceso, que fué do harto sentimiento en toda ella, 
y en especial de Don Jerónimo de Suazo. 



OAP. XXIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIEME. 221 

CAPÍTULO XXIII 

1 .<> Salen cuatro tropas de soldados contra los negros y hacen poco efecto — 2* Tratan 
los negros de reducirse y no tiene efecto— 3." Por lo cual tratan de hacer nuevos 
daños. Redúcense y después ahorcan á su Capitán — 4." Muere el Gobernador Rodas, 
de Zaragoza, y sucédele su yerno Don Bartolomé de Alarcón. 

VIENDO el Gobernador cuan por la posta iban creciendo los daños, y 
cada día con mayores aumentos, determinó despachar gran fuerza 
de gente á sn reparo, y así, después de algunos días, salieron á grandes costas 
los Capitanes Julio Evangelista, Alonso Benocal y Don Baltasar de Orel lana, 
y con ellos había de ir también el Capitán Luis Polo, que por audar achacoso, 
se quedó por entonces ; cada uno con cincuenta soldados, bien pertrechados, 
que divididos en partes, diesen caza por muchas á los cimarrones. Llevó orden 
el Capitán Luis Polo, que salió ocho días después, de ocuparse, con otros cua- 
renta hombres que llevaba, en amparar los indios y estancias de la parte de 
Turbaco. Salió también por otra el Alférez Vallejo con otra buena tropa de 
gente, demás de otra de á caballo que hizo salir el Gobernador por otras partes, 
y una de las galeras, para que tampoco tuviesen refugio do fuga por la mar, 
que fuera de la que ella llevaba, audabsn en campaña más de trescientas y cin- 
cuenta personas de pelea, sin la gente de servicio, negros y indios. Habiendo 
los Capitanes Julio Evangelista y Alonso Benocal rastreado el palanque y for- 
taleza que tenían hecha los negros para su defensa, dieron sobre ella en medio 
de las ciénegas de Matuna, donde habiéndola ganado, mataron y prendieron á 
muchos, porque era ya gran número el que se había juntado, de los cuales se es- 
caparon muchos huyendo en esta ocasión. Tuvo rastro después el Capitán Luis 
Polo, y de cómo iban marchando la vuelta de Camapama, en cuya demanda co- 
menzó luego á caminar con su gente, hasta que llegó á su hato de vacas, qne lo 
tenía por aquellos parajes, donde teniendo frescas noticias de que los cimarrones 
habían pasado la ciénega que atraviesa desde el mar al Río Grande de la Mag- 
dalena, en una canoa pequeña que allí tenían para el efecto los cimarrones, 
mientras se prevenía en su hato de comidas, de que llegó necesitado allí, para 
irlos siguiendo, dio aviso de todo al Gobernador, que á la sazón estaba en el 
pueblo de Turbaco, y para que con la brevedad que demandaba el caso le pro- 
veyese de algunas cosas necesarias. 

2.0 Despachó también por otra parte, tras los negros, á uno suyo ladino y á 
un indio, qiie también lo era, que dieron con los cimarrones de la otra parte 
de la ciénega, y habiéndoles hablado pacíficamente y sabido cómo el Capitán 
Luís Polo estaba en su hato, despachó el Domingo Bioho al indio, quedándose 



222 FRAY PEDRO SIMÓN (7.» NOTICIA 

el negro con ellos, que lo dijese al Capitán Polo quería verse con él, por estar 
ya determinados de rendirle las armas y servir al Rey sin ensangrentar más 
la guerra. Con los deseos que tenía el Capitán Polo de que se acabara y que 
se atajaran tantos daños, luego que supo esto por el indio, no reparando en el 
notabíe riesgo en que ponía su persona por el bien de la patrio, tomó sus armas 
y solo re entró entre ellos y habló con el Domingo Bioho, que entre otras 
cosas que se hablaron acerca del caso, dio el Dominguillo la resolución que 
todos tenían de no tratar más de guerra, si el Gobernador, de parte del Rey, les 
perdonase las vidas. Despidióse con esta buena negociación el Capitán Polo, 
y tomando la vuelta de la ciudad, la trató con el Gobernador, que aunque al 
principio estuvo duro en conceder lo que los cimarrones pedían, atendiendo á 
los ruegos de Don Alonso de Mendoza, Lucas de Olivera y otros que hicieron 
mucho en esto, y á las consecuencias importantísimas que de esto se seguían á 
toda la República, pues pendía de ella el sosiego y seguro de vidas y haciendas, 
que eran más valientes provechos que la pérdida de la libertad de los negros 
les concedió el perdón, que volvió Polo á efectuar luego con ellos, con térmi- 
no de tres ó cuatro días, en que había de volver á dar respuesta de lo asentado 
al Gobernador. 

S»^' Que no pudiendo concluirse en tan breve tiempo, por no haber hallado 
en el puesto á los cimarrones cuando volvió el Capitán Polo, por hab rse alar- 
gado á buscar comidas, tomó tan grande enfado el Gobernador con él (con 
quien andaba acedo por otras ocasiones), que hizo se recogiesen á la ciudad 
todos loa soldados que á la sazón andaban en esta jornada, y aun se alargó 
con palabras de ultraje contra el Luis Polo, diciendo que lo engañaba y al Rey, 
con que cesó aquella facción y firmes principios de asentar la paz, que tanto 
importaba, con los negros. Los cuales, viendo no había tenido esto efecto, ni 
habían querido recibir sus deseos de tenerla y de quietarse, comenzaron de 
nuevo á irritarse y á hacer mayores salteamientos. Llegaron el año de 1605 al 
pueblo de los indios de Jeguo, que está sobre los barrancos del río de San Jor- 
ge, no lejos del de Cauca, y robando cuanto en él había y aun el hatillo de un 
padre doctrinero de nuestra Orden que estaba allí, llamado Fray Urbano Ga- 
liano, quisieron matar á un hermano suyo y á otros españoles que á la sazón 
estaban en el pueblo; pero contentáronse á lo último con despojarlos hasta dejarlos 
en carnes, por ruegos del padre y porque decía Dominguillo Bioho que había 
llegado allí con intentos de que se coníesase toda su gente, por ser ya cerca 
de la Semana Santa, aunque luego trataron más-4e huirse el río abajo, por 
haber tenido noticia venía en su seguimiento una tropa de españoles. 

No se descuidaban en hacer asaltos por la mar, pues salían en dos canoas á la 
boca de Bahaire á coger las de los negros trabajadores que pasaban por allí á 



CAP. XXIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 223 

las estancias a cortar brasü y otras maderas, en que no causaron pequeños 
daños, con que andaba toda la tierra tan avispada, temerosa y inquieta, que no 
se hallaban seguros á ninguna bora, noches ni días, en el pueblo de Tolú, á 
donde también acometieron, ni en sus estancias ni en ninguna de las de 
Cartagena, hatos de la Villa de Mompox y ciudad de Tenerife, que están por 
aquellos parajes, pasado el Río Grande al Poniente. Un Hernando Núñez 
hacía instancia que si le diesen veinte soldados habría á las manos, muertos ó 
vivos, á todos los cimarrones, por acudir de ordinario á su estancia menos Cari- 
bes que á las de los otros y con alguna pacificación. También otro negro del 
Capitán Juan Polo, que lo hubo á las manos por industria de Agustín Martín, 
Capitán de los horros, que había andado mucho tiempo con los cimarrones, 
decía se atrevía á matarlos á todos, con que le diesen un cuerno de tabaco 
molido, preparado con veneno, y dos botijas de vino, que también la una de 
ellas estuviese con lo mismo; pero ento ni otras industrias que se dieron para 
pacificarlos tuvieron efecto: y así pasaron estas alteraciones con crecidísimos 
daños cada día, hasta los años de 1G12 ó 13, cuando al fin, cansados los mismos 
negros de andar tan aperreados y perseguidos, sin quietud ni asiento en ningu- 
na parte, salieron de una mala paz, que después so vino á hacer mejor y á 
darles licencia para que entrasen en la ciudad y saliesen de ella con su Capitán 
Dominguillo, como lo hacían á todas horas, y el Bioho andaba con tanta arrogan- 
cia, que demás de andar bien vestido á la española, con espada y daga dorada, 
trataba su persona como un gran caballero. Hasta que el año de mil y seiscien- 
tos y diez y nueve, habiéndolo hallado en no sé qué malos tratos atraidorados, 
lo hizo ahorcar el Gobernador Don García Girón. Fueron notables los gastos 
que á sus principios, en tiempo de D. de Jerónimo Suazo, se hicieron en la paci- 
ficación de estos cimarrones, así de den-amas de los vecinos de Cartagena y Tolú, 
que vinieron á montar ádiez y siete mil y seiscientos y ochenta y un pesos de 
á ocho reales, como de lo que se sacó de la Caja del Rey por Cédulas suyas 
para el efecto, que fueron nueve mil y novecientos y treinta y uno y tres reales, 
que juntos con cinco mil que se echaron de cuenta y tanteo, montaron los 
robos y iccendios, valor de los negros que los cimarrones alzaban y llevaban 
consigo, sin contar lo que ellos valían, vino á montar todo á treinta y seis mil y 
seiscientos y doce pesos y tres reales, y lo más de todo esto se gastó hasta el 
ano de 1G06, en que murió, dando su residencia el Gobernador Don Jerónimo 
de Suazo, á quien sucedió el mi.«imo año Don Diego Fernández de Ve- 
lasco. 

4.*^ Murió también en este año, por el mes de Enero, en su Gobierno de 
Antiochia y de Entre los dos Ríos, el Gobernador Gaspar de Rodas, de edad de 
casi cien años, habiendo servido al Rey más de los cincuenta valerosamente en 



224 FRAY PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

guerra y paz; era natural de la ciudad de Trujillo en Extremadura, hijo 
legítimo de Florencio Rodas Carvajal y de Guiomar Méndez Cotiño Barrete, 
hija de Martín Barreto Cotiño, portugués, gran privado del Rey Don Juan de 
Portugal. Pasó á esta.s partes muy mozo, con dos hermanos suyos, que también 
se ocuparon en el Pirú en guerras y pacificaciones con muy lucidos efectos, 
hijos de lá noble sangre de sus venas. Tuvo tan buena suerte en cuanto em- 
prendió este gobierno, como hemos visto, y aun no fué menor otra en que 
hallándose él con sus soldados, jamás le sacaron sangre á ninguno, ni cometie- 
ron delitos bastantes para quitar á alguno la vida. Era de cuerpo más que 
mediano, razonable encaje de rostro, aunque metía un ojo en otro, como lo 
conocí en esta ciudad; hombre afable, partidor con todos, en especial con pobres 
y necesitados. Nunca fué casado; tuvo un hijo natural mestizo, llamado 
Alonso de Rodas Carvajal, y otra hija, Doña María de Rodas Carvajal, con quien 
casó el Capitán Don Bartolomé de Alarcón, natural de Guadalajara en España, 
que entró en el Gobierno luego en muriendo el suegro, por haberlo nombrado 
por sucesor,"según el asiento y capitulaciones hechas por el Rey, á quien 
confirmó esta Real Audiencia, y á mayor abundamiento le dio nuevos títulos 
de Gobernador de Antiochia. 



CAP. XXIV ) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIEBRA FIRME. 225 

CAPÍTULO XXIV 

1." Dase principio á tratar las guerras de los indios PijaOS; descríbense sus tierras — 2.* 
Principios de sus inquietudes, j copia de los Capitanes que entraron antes de ahora 
en sus conquistas — 3.' Daños que hacen estos indios en las ciudades sus 
convecinas. 



Y 



"A por nuestros pasos contados ha llegado la Historia á tratar de 
las conquistas de los indios Fijaos de este Nuevo Reino, que siem- 
pre tuve intentos de escribirlas racy á la larga y desde sus principios, que los 
dio el General Sebastián de Belalcázar, como dijimos en nuestra segunda 
parte, y para el intento recogí papeles á propósito, hasta que habiendo sabido 
que, no sé con qué pretensiones de mejora, y de que saliese historia aparte 
de esto, para más lucida y no ahogada en esta mía más general, hubo quien se 
convidase á escribirla, con que agradeciéndolo por ahorrar yo de trabajo, 
volví con mucho gusto los papeles á quien me los había entregado y dirigía 
como interesado estas acciones por este camino, por donde habrá de caminar 
el que quisiere saber más á la larga estas conquistas, si salen á luz, y 
no por el de mi Historia, pues como más general no se podrá detener en las 
menudencias que la particular; y así vengamos al intento : 

Las tierras y países de estos indios Fijaos (dejo ya dicbo por qué se lla- 
maban así) demoran al Poniente, con declinación al Surueste de esta ciudad de 
Santafé, que mirando desde el centro de estas sus tierras, están en sesenta y 
nueve grados y cincuenta y seis minutos de longitud del meridiano de Toledo, 
tres grados de latitud á la banda del Norte, entre la jurisdicción de esta ciudad 
y la Gobernación de Popayán, enemigos comunes á ambas partes, y que á dos 
manos las infestaban con robos, salteamientos y muertes atrocísimas, y muchas 
desde que ambas partes se fundaron de españoles. Hace raya y limito á la 
tierra de estos Caribes, por la banda de la Gobernación de Popayáo, la cordille- 
ra ó loma que comienza á las espaldas de Timaná, al Sur, desde la parte que 
llaman las Carnicerías, dichas así por unos grandes buhíos que hallaron allí los 
españoles, donde se vendía carne humana de los esclavos que cogían en las gue- 
rras, con tanta abundancia, que había para toda la tierra que concurría allí á 
comprarla. Corre esta cordillera con aguas vertientes al río del Cauca y Gober- 
nacióu de Popayán por la parte que mira al Sur, hasta toparse con la otra ne- 
vada que va corriendo por entre la ciudad de Mariquita y Cartago ; y por esta 
parte del Norte, que mira á estas tierras de Santafé, pone límite á las de estos 
indios el Río Grande de la Magdalena, cerca del cual son provincias de tierras 
llanas, porque las demás son de notable aspereza, de encrespadas y colgadas 



226 FRAY PEDRO SIM(5n (^7.» NOTICIA 

sierras, si bien hay partes de tierra ampollada en algunas provincias, que son 
muchas y por lo general calientes, en especial todos los llanos, porque la sorra- 
nía goza de páramos frig idísimos ; tierra fértil en común para todo grano, y 
el nuestro se diera en muchas partee, por haber tierras de todos temples. No ha 
sido mucho el oro que se ha descubierto en ellatí. 

2.^ Los principios de las conquistas de estos indios, desde inmemorables, 
años antes que los descubrieran loa españoles, fueron de algunos indios biza- 
rros y valentones, que no cabiendo en algunas provincias, por no consentirles 
sus^ inquietudes,- andaban en tropa de unas en otra^^ haciendo guerra á los 
moradores de ellas, tanto, que venían ú consumir y ahuyentar su gente, que- 
dándose ellos señores ; y así nacidos y crecidos con estas inquietudes y guerras 
civiles con que siempre vivían, no ha sido posible á los nuestros sujetarlos á 
otro modo de vivir; tan embebido éste en ellos, que han tenido por menor mal ^ 
ser primero consumidos que perderlo, como se ha visto en el poco efecto que 
han hecho los muchos Capitanes y soldados que han entrado de parte de este 
Nuevo Reino y de la Gobernación de Popayán, que como á enemigos comunes, 
y que sin cesar han infestado ambas partes, habiéndose comido de ambas y de 
los muchos que han habido á las manos en los caminos reales y cursados que 
atraviesan por sus tierras desde este Nuevo Reino para el de Popayán, Quito 
y el Pira, más do cuatrocientos españoles y más de cuarenta mil indios de paz. 
Han procurado de ellas atajar tantos inconvenientes y daños con entradas que 
han hecho, como se verá en este catálogo. 

Pop. El primero que les dio vista y paso por sus tierras viniendo á esta 
del Reino, fué el General Sebastián de Belalcázar, y después de tener título de 
Adelantado, volvió á probar la mano con ellos y aun á volverse á salir con 
hartos buenos efectos. 

N. R. El Capitán Giraldo Gil de Estupiñán entró con ciento y cincuenta 
soldados ; salió desbaratado con muertes de cuarenta y nueve. 

Pop. El Capitán Francisco de Trejo, de este Reino, con setenta soldados, 
de que le mataron los cuarenta en la provincia de Amoyá. 

Pop. Juanes de Gaviria no hizo efecto. 

Pop. El Capitán Julián de Zarate, con cuarenta. 

P. El Capitán Fernán Pérez, con cincuenta. I Que todos sin efectos 

P. El Capitán Miguel Losada, con cuarenta. > considerables salieron 

P. Martín Calderón, treinta y cinco. ' | desbaratados. 

P. El Capitán Francisco de Aguilar, cuarenta. 

P. El Capitán Juan de Ampudia, cincuenta. 



CAP. XXIV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 227 

Reinos. El Capitán Domingo Lozano (1) con más de ciento, y al fin lo 
mataron, después de haber poblado á San Vicente de Páez. 

P. El Capitán Osorio, treinta y cinco. 

P. El Capitán Francisco de Belalcázar, ochenta. 

E. El Capitán Diego Bocanegra con setenta, pobló la Frontera en Salda- 
ña, que la despoblaron y arrojaron de su tierra (2). 

P. El Capitán Marín con ciento veinte soldados, á costa déla Gobernación, 
salió desbaratado, con algunos muertos y heridos. 

R. El Capitán Bartolomé Talaveraño con setenta por Saldaña; matáronle 
26; salió desbaratado; pobló en el río del Escurial, que se despobló luego que 
se salió. 

R. y P. El Capitán Diego Bocanegra, por orden de la Real Audiencia, con 
170 soldados, á costa de este Reino y Gobernación de Popayán, pobló á Medina 
de los Torres, que le despoblaron con muertes de algunos soldados. 

R. Bernardino de Mojica, por Gobernador de los Fijaos, con 180 soldados, 
pobló á Pedraza, que le despoblaron con muerte de ocho españoles, con que los 
dejó triunfantes. 

P. El Capitán Melchor de Salazar, con 35. 

P. El Capitán Diego Bocanegra, por orden de Don Vasco de Mendoza, 
Gobernador de Popayán, entró por el río de la Paila con 95 soldados, 200 
indios y 100 caballos á costa de las ciudades y vecinos de la Gobernación, y 
salió sin hacer efecto. 

P. El Capitán Villanueva, con 40. 

P. El Capitán Rojas, con 40. 

P. El Capitán Bocanegra, por la Gobernación, con 70. 

P. El Capitán Pedro de Velasco, 50. 

P. El Capitán Hernando Arias, 60 (3). 

P. El Capitán Pedro Sánchez Castillo, 40. 

P. El Capitán Telmo Rosero, 40. 



(1) Fernán Pérez murió con Domingo Lozano en Tobaima, año de 1572, y 27 solda- 
dos valerosos. 2Vbta marginal. 

(2) Falta el Capitán Diego de Santa Cruz, que habiendo librado con socorro á los 
vecinos, mujeres y niños, del cerco en que padecieron mucho en Páez, entró con áO hom- 
bres á castigar los indios Pijaos, los cuales le mataron á 12 de sus soldados en la loma de 
las Carnicerías al fin del año de 1572. Nota marginal. 

(3) También faltó el Capitán Baltasar de Asebia. El año de 1579 sacó de Timaná, 
por orden del Gobernador Sancho García del Espinar, 35 soldados, que llevó á Tobaima, 
donde estaba el dicho Gobernador con 150 hombres y valerosos Capitanes que hicieron 
grandes castigos en los indios de Páez y Fijaos, y hallaron los despojos que sacaron 
cuando quemaran la Plata, Nota marginal. 28 



228 FRAY PEDRO SIM<5n (7.» NOTICIA 

P. El Capitán Diego de Castillo, 30, do quo le mataron en Quindío 7. 

P. El Capitán Lorenzo de Páez, 50. 

P. El Capitán Campo de Salazar, 50. 

K. El Capitán Pando, 35. 

P. El Capitán Sebastián de Bocanegra, 50. 

P. El Capitán Francisco de Salazar, 20. 

Reino. El Capitán Pedro Jaramillo, 50. 

R. El Capitán Baptista de los Reyes, 30. 

R. El Capitán Pedro de Herrera, con orden de la Real Audiencia, 60, á 
quien desbarataron y quitaron las municiones y pertrechos de jornada á manos 
y de manos de los soldados. 

P. Diego de Medina, 25. 

P. El Capitán Lorenzo Palomino, 36. 

P. Don Vasco de Mendoza, Gobernador de Popayán, por Bolira, 207 
soldados, con que los tuvo apretados. 

P. El Capitán Juan de Magañaj 35, con que sacó preso á Oarlacá, famoso 
Caribe. 

P. El Capitán Pedro de Morlones, 30. 

P. El Capitán Gregorio de Astigarrete, 50, con que atravesó desde Buga 
el páramo hasta las Carnicerías; volvió desbaratado, con muerte de tres solda- 
dos y algunos indios amigos. 

P. El Capitán Lemos, con 30 soldados. 

P. El Capitán Diego de la Monja, con 30. 

P. El Capitán Cristóbal Quintero, con 50 soldados, que prendió al famoso 
Capitán y salteador Tocuavi y otros Caribes. 

P. El Capitán Diego de Alameda, 30. 

P. El Capitán Alvaro de Bedoya, 25. 

3." A cuya causa se tenía en nuestros tiempos por imposible la conquista 
de estos indios, y de temores de esto se han despoblado las ciudades españolas 
arriba referidas, y la de San Sebastián de la Plata la segunda vez que se pobló, 
porque la primera se despobló por el tirano Alvaro de Oyón, como ya dijimos, la 
Villa de Neiva, la de los Angeles y Villavieja (1) y otras, y las que han per- 
manecido fronterizas á estos Caribes, como son Cartago, Buga, Oaloto, Timaná, 
Ibagué y otras, estaban tan apretadas, que el temor y asombro les quitaba el 
poder dar un paso á sus haciendas, ni aun fuera de sus puertas, sin escolta de 



(1) A Neiva la quemaron los Pijaoa en Abril de 1569. San Vicente de Páez en Agos- 
to de 1672, A la Plata á 17 de Junio de 1577. Los vecinos de Neiva y la Plata que ee 
escaparon so refugiaron en Timaná, {Nota marginal). 



CAP. XXV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 229 

soldados; peligros y riesgos que corrían por los pasajeros que iban á aquellas 
Gobernaciones y principios del Pírú, con que cesaban del todo. No era menor 
otro inconveniente que se allegaba á éstos: el estar los indios con tanta avilantez 
por sus ordinarias victorias, que no dudaban de acometer cada hora mayores 
insultos y salteamientos, como se vido en otros y en el de Ibagué, que luego 
diremos. 



CAPÍTULO XXV 

1.0 Entrada en los Pijaos del Capitán Francisco de Trejo— 2.° Sáleles de paz un Caci- 
que — 3.« Sucesos de un caudillo que se despachó del Real — 4." Guazabara con los 
indios y victoria de los soldados. 



Y 



PORQUE no hablemos tan por lo común y general de todos 
estos Capitanes que probaron la mano en la conquista de estos 
belicosos indios, y para que se manifieste más la justificación de la guerra que 
se les ha hecho hasta consumirlos del todo, como hoy lo están, descenderemos á 
tratar algunas cosas particulares de algunos de los Capitanes referidos, por ha- 
berme venido á las manos de solos ellos memorias fidedignas de sus sucesos, lo 
que también hiciera de los demás si las hubiera tenido, y póngolos en este 
lugar, aunque demos algunos pasos atrás en el cómputo de los tiempos, porque 
halle el lector junto y consecutivo (fuera de lo que dejamos dicho tuvo con 
ellos el Adelantado Belalcázar y los timaneses) lo que se tratare de las guerras 
de estos Caribes. 

Yerno (me dicen) era del mismo Adelantado Belalcázar el Capitán Fran- 
cisco Trejo, hombre principal y de valor, vecino y encomendero de la ciudad 
de Buga, y de no pequeño caudal de hacienda, por el mucho oro que habían 
desnatado de aquellas gruesas tierras, recién pobladas, sus conquistadores y 
pobladores, que queriéndolo emplear este Capitán en servicio de Dios y de su 
Rey el año de mil y quinientos y cincuenta y seis, se determinó á entrar á las 
conquistas de estos Caribes Pijaos, y teniendo licencia de esta Real Audiencia 
de Santafé, y conducidos á sus expensas sobre setenta soldados, los más de este 
Reino, que por lo uno y por lo otro decimos salió de él (aunque otros quieren 
decir llegaron á ciento diez), no tan prevenidos como la fuerza de la guerra 
pedía, salió de la ciudad de Buga y comenzó á entrar por sus grandes provin- 
cias á la parte del Norte, en tiempo bien sin sazón, por ser el en que entraba el 
invierno, que es de valientes aguaceros y granizados por aquella tierra, con que 
sobre las dificultades naturales que ella tiene por ser fragosísima, se acrecen- 



230 FRAY PEDRO SIMÓN (7.» KOTICIA 

taban las del tiempo, que colmaban trabajos, y así con innumerables, atropellau- 
do páramos rigurosos y otras mil dificultades, llegó con su gente á dar vista á 
las provincias de Amoyá, y bajando por ellas á las márgenes de su gran río, 
ge puso en la Loma Gorda, desde donde también dio vista á los llanos del Chapa- 
rral, bajó y sentó reales en ellos, por parecerle parte acomodada para despa- 
char desde allí tropas á la conquista de toda la tierra, que le pareció tener ya 
debajo del pié, por no haber tenido hasta allí contradicción de indios ni otros 
malos sucesos que los que dieron la dificultad del camino y tiempo. 

2.0 Gastado el que fué necesario para hacer en aquel sitio una casa fuerte 
dentro de una extendida carca de palenque, con sus troneras para poder dispa- 
rar la arcabucería si lo ofreciese la ocasión, despachó á Don Francisco de los 
Barrios (sobrino del primer Arzobispo que entonces lo era de este Nuevo 
Eeino) con treinta soldados á dar vista á las provincias de Amoyá, corno lo 
comenzó luego á hacer, pues en tres días se puso en la Loma Gorda y rancheó 
en una casa grande vacía, de donde queriendo salir al tercero día en demanda 
del resto de la provincia, dieron vista á ocho indios desarmados que venían 
bajando hacia ellos, que llegando y informándose el más principal d3 ellos 
cuál era el de los nuestros, le dijo cómo su gran Cacique Matora, deseoso de 
tener paz con los cristianos, se la enviaba á pedir, y con encarecimiento que no 
tratasen mal á la gente que encontrase de sus provincias, y que le prometía con 
brevedad salir en persona á verle, de donde resultaría la confirmación de estas 
paces, sin que faltase á ellas un punto, y para principio de su fundamento se 
sirviese de recibir aquel pequeño presente que le ofrecía, que era hasta de mil 
pesos en chagualas y joyas de su usanza, y con ella una fiel y amigable volun- 
tud, la cual no teniendo bien afecta el caudillo, con sobrada arrogancia y pre- 
sunción de que le temblaba la tierra, y que le temería más haciendo aquella 
demostración, dio un puntapié al oro, y á los indios por respuesta le dijeran á 
su Cacique no haberle llevado allí codicia de ero, pues no hacía caso de él, sino 
de conquistar y sujetar la tierra por bien ó por mal, por lo cual aguardaría allí 
á su Cacique, tres días dcspiiés de los cuales, si no venía, entraría talando y 
destruyendo su tierra á fuego y sangre. 

3.° De que los indios, escandalizados y pensando ya tenían á cuestas todas 
aquellas amenazas, se despidieron y llegaron á mayor priesa á dar la embajada á 
su Cacique, que entrando con ella en furiosísima cólera, por no haberle sido ad- 
mitidas sus cortesías, propuso no tenerlas más con los españoles, antes anticipar" 
se á hacerles la guerra con que ellos le amenazaban, coñso sucedió, pues juntan- 
do con brevedad más de quinientos guerreros, al segundo día tomó la vuelta en 
demanda de Don Francisco, que pensando no había hecho nada en irritar al 
Cacique por la respuesta que dio á sus indios, antes con ella habría quedado con 



CAP. XXV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 231 

mayores temores, él sin ningunos y con culpables descuidos no cuidaba de cosa 
menos que de poner centinelas, concertándose sólo con la posta del cuerpo de 
guardia, que la hacía dentro de la casa fuerte, á la cual llegando á la segunda 
noche las espías del Cacique Matora, y conociendo desde las goteras del buhío, 
á donde pudieron llegar con facilidad, el descuido de los nuestros, del aviso del 
Cacique, que emperrado de cólera no quiso perder la ocasión, haciendo marchar los 
suyos con tanta priesa y silencio, que al de la media noche tenía cercada la casa 
y en ella á los nuestros, de los cuales un soldado llamado Blas García había sali- 
do poco antes á cierta necesidad, que llegando entre tanto los indios, no so atre- 
vió el soldado á volver á la casa, pues no podía entrar en ella sino por medio de 
ellos, y así se estuvo á la mira hasta ver en qué paraba aquel cerco, que lo tu- 
vieron puesto los indios hasta casi las dos de la mañana, en que comenzó á llover 
una agua menuda, y los bárbaros á embestir con una tan infernal furia, que en- 
trando por la puerta principal y otras que hicieron ellos mismos, dieron arma á 
ios soldados con tanto tropel, que antes que pudieran los nuestros tomar las suyas, 
á los primeros encuentros tuvieron muerto al Capitán y otros catorce soldados y 
tomados vivos todos los /lemas, fuera del Blas García, que cuando vido lo que pa- 
saba, apretó como pudo los talones y rompiendo por mil fragosidades, llegó á las 
diez del día al Real, dando mil desentonadas vc-ces, repitiendo el desgraciado fin 
de sus compañeros, que oyéndolo los del fuerte, quedaron tan despavoridos y aun 
cortados que no sabían dar salida á sus pensamientos, hasta que juntando á todos 
el Capitán Trejo, los animaba diciendo que aquéllos eran sucesos de guerra, y 
que si en aquella ocasión había sucedido aquello, en otra se trocarían las manos, 
y que no debían acobardar las suyas, llenas de sangre española, y que él quería 
el primero mostrar tenerla, saliendo á vengar las muertes de sus compañeros y á 
recobrar hs vidas do los que habían tomado vivos, pues estarían tan cerca de 
perderlas. 

4." No le consintieron los soldados salir en persona á aquella facción, y así 
nombró por caudillo al Capitán Tomás Delgado, para que con cuarenta soldados 
fuese á hacer aquel castigo, que no tuvo efecto, pues estando ya á pique para 
salir otro día al caso, antes que amaneciera, aquella noche, oyendo los centinelas 
ruido sordo de gente, dieron aviso al Capitán Trejo, con que apercibió la suya 
con razones y armas, que las hubieron bien presto menester, pues apenas se pu- 
sieron en buenas los soldados, cuando los indios furiosísimamente acometieron 
por una parte á derribar el palenque, que no pudiéndolo hacer por su forta- 
leza con la brevedad que quisieran, dio lugar el tiempo para que acudiera el 
Capitán con algunos soldados, como lo hicieron con tales bríos, que los de los 
bárbaros no se atrevieron á otra cosa que á retirarse por aquella parte, si bien 
otros por otra, en el entretanto, abriendo un portillo, se entraron por él con 



232 FRAY PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

terrible furia mas de trescientos, con quien revolviendo los nuestros, se trabó 
una tan furiosa pelea, que parecía hundirse el mundo con la terrible algazara de 
los salvajes, así de voces como de trompetillas, fotutos y otros instrumentos, en- 
tre quien se hubieron nuestros soldados con tanto valor (sin duda esforzado del 
cielo ) que de más de trescientos bárbaros que entraron en el palenque, salieron 
con vida cincuenta escasos, á los cuales juntándose el resto, que andaba por de 
fuera, hicieron otra tan brava acometida, que les fué forzoso á los nuestros reti- 
rarse al fuerte, donde fué menester el valor español para defenderse de tanta ma- 
quina de salvajes, siendo ellos tan pocos; pero con él y con pérdida de quince solda- 
dos, apretaron á los bárbaros de manera que viendo los iba consumiendo por la 
posta la guerra, le volvieron las espaldas con la mayor priesa que pudieron, que 
siendo mayor la de los nuestros, fueron siguiendo el alcance, derramando de 
nuevo mucha sangre bárbara, no quedando sin mezclarse con ésta la cristiana, 
pues fuera de los quince muertos quedaron veintiséis más heridos, que conva- 
leciendo dentro de quince días que se detuvieron á eso, al fin de ellos determinó 
el Capitán, con voluntad de todos, por verse tan minorados, desamparar por en- 
tonces el sitio y guerra y tomar la vuelta do la ciudad de Buga, como lo hicie- 
ron sin estorbo ninguno, por írselo desembarazando los indios, temerosos del 
suceso pasado, porque aunque derramaron tanta sangre española y quedaron 
con algunos vivos de ellos, habían quedado tantos sin vida, que no podían dese- 
char los temores los que quedaron con ella. Con todo eso, no fueron tantos que 
al salir del páramo no tuvieran atrevimiento á probar otra vez la mano con el 
Capitán Trejo, que le sucedió tan bien que habiendo muerto á muchos, tomó 
vivos á siete, con que entró en la ciudad de Buga, harto gastado y destrozado él 
y la poca gente que le quedó, así soldados como de servicio, pues de éstos se le 
quedaron muchos y de aquéllos se le minoraron cuarenta entre muertos y vivos, 
que después mataron y se comieron, con atrocísimas muertes, como veremos. 



OXP. XXVl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 283 

CAPÍTULO XXVI 

!•• Los conquistadores y pobladores de la ciudad de Ibagué— 2 .• Entrada del Capitán De- 
mingo Lozano por estas provincias de los Fijaos— 3.* Sucesos que turo en ellas— 4, • 
Pasa de ellas á sus conquistas de los indios Paeces. 



S 



EIS años corrieron después de este suceso del Capitán Trajo hasta 
el que luego diremos del Capitán Domingo Lozano, en el cual 
tiempo entraron á proseguir esta conquista, á la tierra de estos Caribes, otros seis 
ó siete Capitanes con sus tropas ( como se dijo en el catálogo de ellos ), que to- 
dos salieron sin hacer efecto considerable, antes desbaratados y muy minorada 
su gente, hasta que el año de mil y quinientos y sesenta y dos ( como dejamos 
dicho atrás, Noticia 4.% siendo Gobernador de la ciudad de Popayán Don Al- 
varo de Mendoza, caballero de la Orden de Alcántara ), el Domingo Lozano, ve- 
cino y encomendero de la de Ibagué, le pidió la conquista de los indios Turibios, 
de los Paeces, como también dijimos en la misma parte. Era este Capitán ( que 
también se había hallado en casi todas las conquistas de este Nuevo Keino, por 
ser de los primeros que entraron en él ) de los que entraron al socorro de esta 
ciudad de Ibagué la tercera vez que se alzaron los indios, cuando también 
entró con el Capitán Salinas y Miguel de Morales Valenzuela y otros valientes 
y experimentados soldados y Capitanes. Porque los primeros descubridores y 
pobladores que entraron á aquella tierra con el Capitán Galarza ( como dejamos 
dicho en nuestra segunda parte, cuando tratamos á la larga de la fundación de 
esta ciudad de Ibagué) fueron el Capitán Melchor de Valdés, el Capitán Bar- 
tolomé Talaverano, Alonso Ruiz Navarro, Pedro Fernández Perdomo, Juan 
Rodríguez de Olmo, Sebastián de Porras, Alonso Cobo, Miguel de Oviedo, 
Pedro de Lochao, Alonso Barrera, Juan Vizcaíno, Pedro de Lizana, Juan Bre- 
tón, Diego Pérez Novillo, Pedro Gallego, Gaspar Tapera, Maese Pedro, Pedro 
Balderas, Francisco de Rodas, Francisco Sánchez, Luis Terrero, Francisco 
Vaca, Alonso de Tapia, San Juan de Irusta, Alonso de Mora, Alonso de No- 
guera, Alonso Sánchez y otros valientes soldados. 

2.^ Era este Capitán Domingo Lozano de los primeros descubridores y 
conquistadores de esto Reino, y que se había hallado en los más dificultosos 
trSnces de sus conquistas, y no hallándose ahora sin traer las manos ocupadab 
en ellas, en especial viendo la necesidad que había de castigar y allanar tantas 
poblaciones como había de Caribes fronterizos á aquella ciudad de Ibagué y á la 
de Timaná, y que tanto infestaban estos dos pueblos y los demás sus circunveci- 
nos, quiso emplear el caudal que había adquirido por sus manos, en servicio de 
las dos Majestades, la Suprema y la de su Rej^ probando las manos en los indios 



234 FRAY PEDRO SIMÓN (7.^ NOTICIA 

Fijaos y Paeces, y así obtenida licencia y el modo que había de tener en la 
conquista y fundación de cimientos españoles, y conducidos setenta soldados á 
sus expensas de aquella ciudad de Ibagué y de las de este Nuevo Reino, entre 
quien iba el Capitán Diego de Bocanegra por su Sargento Mayor, y habiendo 
juntado los mejores pertrechos de guerra que pudo, pudiendo tomar su derro- 
ta para los Turibios de Paez por la Gobernación de Popayán, que le era más á 
cuento, dejando aquel rumbo, lo tomó por las provincias de los Fijaos, con 
principales intentos de rescatar en la provincia de Amoyú algunos soldados que 
todavía divulgaba la fama permanecían entre aquellos indios, de los del Capitán 
Trejo, aunque habían pasado seis años después del suceso, pues esto era el año 
de mil y quinientos y setenta y dos. 

3.° Hallóse en diez días de camino desde la ciudad de Ibagué al pié do la 
Loma Gorda de la Provincia de Amoyá, desde donde habiendo sentado ranchos 
y fortificádose lo mejor que pudo, y dejando por Cabo al Capitán Alonso Cobo 
de los que quedaban en el Real, él con cuarenta bien alentados y prevenidos, 
entre quien iba su Sargento Mayor, salió á correr la Provincia, y habiendo 
gastado en desvolverla cuatro ó seis días, sin haber hallado ocasión de mostrar 
los bríos de sus soldados, determinó de tomar la vuelta del Real, como lo 
hiciera si estando ya á pique para comenzar á marcha;*, desde la ensillada de 
una loma no vieran bajar por otra que iba á reifnñtar á una labmnza de 
maíz, ocho indios con sus cataures, que bajaban á cogerle las mazorcas, que 
pareoiéndole al Capitán buena ocasión para haberlos á las manos con la 
cautela y presteza posible, ocultándose por entre la maleza del monte, tuvieron 
lugar de tener puesta una emboscada al paso de la roza, antes que llegaran 
los ocho indios, á quien hubieron á las manos los de la emboscada, sin esca- 
parse ninguno; entre los cuales iba uno de los españoles de Trejo llamado 
Francisco de Aguilera, hombre viejo, de sobre sesenta años, ceñido con sola 
una manta vieja por la cintura, sin otra cosa quo le cubriera, y así andaba ya 
tostado como los indios, flaco, macilento y amarillo, la barba y el cabello muy 
crecidos, y con su cataure al hombro como los demás, el cual, en conociendo 
á los españoles, con las muestras de alegría que se pueden mejor considerar 
que decirse, fué á ellos, hechos sus ojos dos fuentes de lágrimas, y su lengua 
un instrumento de alabanzas divinas por la misericordia que con él había 
usado el cielo en sacarle de tan terribles tormentos de seis años entre aquellos 
bárbaros Caribes. No fueron menores las lágrimas de sentimiento alegre 
y compasivo que derramaron los soldados á su visto, en especial el Capitán 
Domingo Lozano, que habiéndole regalado y vestido con lo que la piedad sol- 
dadesca le pudo socorrer en aquella ocasión y paraje, le comenzó luego 
á preguntar por los de la Provincia y por sus compañeros, á que respon- 



CAP. XXVl) «OTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 235 

dio habérselos ya comido á todos, y que no sabía otra causa que le hu- 
biese movido para reíorvarlo á él, sino ora la iutercesión de la Reina 
de los Augeles, á quien se había encomendado, teniendo devoción con el 
Sacro Misterio del Rosario, y que aquella noche de antes había tenido no sé 
qué alegrías de corazón, con esperanzas de que había de salir de aquel penoso 
captiverio en que había pasado aquellos seis años sirviendo al Cacique Matora 
de hacer rozas y otros servicios personales. 

4.° Gasító toda la noche en referir estas inhumanidades crueles que habían 
usado con e'l y sus compañeros antes que los matasen y se los comieran, con 
muertes atrocísimas, entre las cuales le fueron muy más las de dos, llamados 
Tomás Gutiérrez y Alonso de la Roca, pues raetie'ndoles dos, estacas gruesas en j 
forma de asfadoVes por la vía ordinaria y saliendo por las éspaíSlias, los asaron 
vivos á un gran fuego en cierta borrachera solemne que hicieron. A los demás 
se fueron comiendo dególlS'iídolos primero, sin dejar perder gota de sangre, 
pues aun las que se derramaban lamían aquellas bestias feroces, como los alanos 
en la carnicería. De los cuales hechos y de otros. que contaba el viejo, se metió 
tanto en cólera el Capitán, que hizo colgar á los siete gandules luego al rededor 
de la labranza y puesto donde estaba, el cual dejaron á las dos de la mañana y 
á los indios en sus horcas, y comenzaron á marchar, guiándolos el Francisco de 
Aguilera, la vuelta de la casa de Matora, que la cercaron al romper del alba, 
y dando en ella Santiago, sacaron de esta vida á veintiséis indios, tomando ocho 
gandules vivos con más de otras veinte piezas de mujeres y chusma, y entre 
ellas la del Cacique y dos hijos suyos, y lo mismo hicieran con'él si no hubiera 
ido aquella tarde de antes á ver un hermano suyo. Ranchearon también hasta 
quinientos pesos de buen oro, con otros trastos de cosas de españoles que tenían 
lobadas, con todo lo cual, y cargados los prisioneros de maíz y otras legumbres 
que hallaron, tomaron la vuelta del Real, donde fueron bien recibidos y estu- 
vieron solos seis días, hasta que tomando la vuelta de su derrota, llegaron al 
Valle de Cutiva, donde sentaron rancho sobre la quebrada de Aipe por algu- 
nos días, que fué como esperar á los Fijaos, que les venían siguiendo con in- 
tentos de lo que hicieron, quo fué darles ua madrugón una mañana al cuarto 
del alba quinientos que venían, que á no estar nuestros soldados tan prevenidos 
y vigilantes, con que pudieron resistirles con valor de sangre española, fuera lo 
peor para ellos, como lo fué para los bárbaros, pues á la primera embestida 
quedaron tantos muertos, que les obligó á retirarse, aunque no del todo, pues vol- 
vieron luego a acometer con mayores bríos á los soldados, que acerando los 
suyos, aunque se trabó de ambas partes una fuerte batalla, viendo los salvajes 
que llevaban lo peor, se retiraron con tanta priesa ya al amanecer, quej^or mu- 
cha que se dieron los nuestros á seguir el alcance, no les fué posiljle hacer 

29 



236 FRAY PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

algún efecto bueno, y así contentándose con los que habían tenido por favor del 
cielo, pues de nuestra parte ninguno había muerto j de la de los bárbaros tan- 
tos, aunque el Capitán quedó herido en un brazo y otros cinco soldados, otro 
día por la mañana comenzaron á marchar la vuelta de la provincia de su con- 
quista, á donde llegaron en veinte días de camino y les sucedió lo que dejamos 
dicho de su primer entrada en el Capítulo diez y nueve, Noticia cuarta, número 
primero. 



CAPÍTULO XXVII 

l."» Toma el Capitán Diego de Bocanegra á su cargo las conquistas de los Fijaos — 2.*' 
Desbaratan los nuestros una emboscada, con prisión de algunos indios— 3.° Embisten 
los indios el fuerte de los españoles, y lo que sucedió —4.° Salen algunos indios de 
paz y puebla el Capitán Bocanegra. 

DESPUÉS de haber mihtado el Capitán Diego de Bocanegra con el 
Capitán Domingo Lozano, como hemos visto, y eacapádose de las 
muertes y incendios de San Vicente de Pácz entre los pocos que se escaparon 
de ella, cuando también mataron al Domingo Lozano (como ya dijimos) y sien- 
do inclinado á las ocupaciones militares todo el tiempo que vivió, hasta los 
ochenta años (que fué en la edad que yo lo conocí en el Chaparral, aun con ra- 
zonables bríos) ^ no podía sosegar si no los empleaba en la milicia, con los cuales, 
y por ver la justificación de la guerra y castigos y necesidad que había de ha- 
cerlos á estos indios Pijaos, se determinó á venir desde la de Ibagué á esta 
ciudad de Santafé, á pedir la conquista de aquellas provincias á la Eeal Au- 
diencia, que viendo la importancia que esto tenía y ser la persona á propósito, 
vinieron en ello los Oidores, sin reparar en otra cosa que en el poco caudal del 
Capitán Bocanegra para tantos gastos como forzoso habían de ocurrir para lo 
que pretendía, á lo cual se satisfizo con facilidad con el crédito que le hizo de 
seis mil pesos una hermana suya, llamada Doña Isabel de Bocanegra, mujer 
poderosa, como se echó de ver en esto y en los socorros que le hizo á su hermano 
en todas las ocasiones de la guerra, que fueron causa de que hoy los haya ella 
bien menester, por su mucha pobreza en esta ciudad de Santafé, de donde es ve- 
cina, y donde este Capitán, con este caudal, se hizo de municiones y pertrechos de 
guerra, y sacó algunos soldados, que con los de otras partes juntó hasta sesenta, 
y tomando la vuelta de la ciudad de Ibagué, donde acabó de disponer su entrada 
ya el año de 1572, con muchos indios amigos de su servicio, dio principio á las 
de las provincias de su conquista sin detenerse hasta* la de Cutiva y Natagaima, 



CAP. XXVIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIEME. 237 

y sentar su Real sobre el gran río Salda ña, qne desciende de ellas, por pare- 
cerle el puesto acomodado para correr desde allí y dar vista á toda la tierra y 
indios. 

^?T)e los cuales á cuatro ó cinco días llegaron hasta diez ó doce al Real, 
con apariencias fingidas de paz encubierta, con algunas comidas que llevaban 
á los nuestros; pero sus principales intentos eran sólo de dar vista á los soldados, 
y á la vigilancia y cuidado con que vivían, y siendo mucho, con él vinieron á 
conocer, en especial el Capitán, los intentos de estos indios y aun á sospechar no 
tardarían los bárbaros de venir sobre ellos á probar sus brazos y armas, con que 
no las soltaban de las manos, aunque ocupados en fortificarse con fuerte palen- 
que que comenzaron á hacerle luego con ayuda de los diez ó doce indios, que 
hasta verlo acabado del todo con sus cubos y troneras no les dejó volver á su tie- 
rra. Hízolo entonces enviando con ellos á decir á sus compañeros cómo iba á 
conquistarlos, y que advirtiesen no le diesen ocasión á consumirlos á todos con 
las guerras que les pensaba hacer ; díjoles esto el Capitán Bocanegra con tanto 
valor y brío do palabra-^, que salieron del Real atemorizados los indios, pero no 
por oso lo quedaron los demás de la provincia, ó porque éstos no se lo supieron 
representar á los otros, ó porque no se les dio mucho á ellos, pues tuvieron atre- 
vimiento á menos de ocho días de echar una emboscada á los nuestros, bien cerca 
del Real, metiéndose sobre trescientos indios en un cañaveral cerca de una la- 
branza de batatas, que estaba tan cerca del fuerte, que sólo mediaba entre él y 
ella una barranca colgada sobre el rio, alta de cincuenta brazas. Para salir los 
bárbaros mejor con su intento, enviaron doce ó catorce indios á sacar las bata- 
tas de la roza, para que viéndolos los nuestros desde el Real, si fuesen á coger- 
los, los cogiese á ellos la emboscada, como sucediera si el Capitán diera licen- 
cia á algunos soldados que se la llegaron á pedir para el efecto. A que no acu- 
dió, diciendo les estaban muy de lo nuevo, y que él tenía por cierto ser estrata- 
gema de los indios, y para que lo conozcáis más á la clara, decía el Capitán, 
" Venios diez arcabuceros conmigo, y el resto de los soldados cuando vean salir 
la emboscada que está en aquel cañaveral, dispare la arcabucería desde lo alto 
de la barranca." Salió, dada esta orden, el Capitán con sus diez arcabuceros, 
que llegando en secreto á un puesto acomodado y disparando do él las escopetas 
por entre las cañas, hicieron salir de ellas los más de trescientos bárbaros em- 
boscados, á quien dispararon tan á tiempo los de la barranca, que viéndose los 
indios maltratar de ambas partes, no hallaron otra más acomodada á su huida 
que la del río, donde se arrojaban tan atropelladamente que no dejaron do 
ahogarse algunos, que con siete indios que cogieron á manos y diez que halla- 
ron muertos en el cañaveral, no fué pequeño el estrago que Fe hizo en ellos de 
esto primer encuentro. 



238 FRAY PEDRO SIMÓN (7.» NOTICIA 

3.° De qne quedaron tan irritados aquelios y las demás provincias conveci- 
nas, que trataron luego de hacer junta general para dar sobre los nuestros, por ver- 
los tan de asiento en sus tierras, como se eclió de ver en la multitud de humos 
que dentro de cuatro días divisaron los nuestros en los altos de la provincia de 
Ombecho, donde se hizo la junta, que sirvieron al Gapitáu de aviso para estar 
con él en toda ocasión bien requeridas las armas, puestos por centinela los sol- 
dados de más satisfacción, reforzados los cubos del palenque con duplicadas ma- 
deras, repartiendo las municiones, visitando el Capitán por su persona los cen- 
tinelas y todos los cuartos, siempre con su escopeta <á punto, como quien espera- 
ba haber de ser necesarias todas estas diligencias, que no fueron en balde, pues 
á los seis ó siete días de los humos, estando sobre tardo en conversación con 
sus soldados el Capitán, advirtieron quede cuando en cuando, sobre una cu- 
chilla, mostraba la cabeza un indio y la volvía á esconder, en que conoció el 
Capitán sería cierto aquella noche el gentío de los bárbaros sobre ellos, como 
sucedió, pues á la mitad de ella oyeron las centinelas á la parte del río un 
ruido y murmullo sordo, que era de muchos bárbaros, haciendo ésííáias de be- 
jucos y varas 'gruesas para subir por la empinada barranca del río, mientras 
entretenía nuestra gente otra tropa de ellos que había de acometer el fuerte por 
la puerta. Entendiéndoles la traza el Capitán por el ruido y vistas que dieron 
á los de las escalas y barranca, hizo poner sobre ella diez arcabuceros y diez 
piqueros reforzando los demás puestos para todo suceso, que fué al cuarto del 
alba el acometer los bárbaros á la puerta del palenque con valientes bríos de 
romperla, como lo hicieran á no hallarla con tanta defensa, como también la 
tenían las treinta escalas que tenían puestas en la barranca, llenas todas de 
Caribes, que iban subiendo, pensando estarían los nuestros con descuido, fiados 
en BU valiente altura y derrumbadero, y engañados con[:esto los primeros que 
iban subiendo y tomando el alto, quedaron á manos de los nue'stros trece ó 
catorce vivos y amarrados ; muriendo muchos de los que iban gateando por 
las escalas, que por huir de los arcabuces y ir subiendo ellos en hiladas unos 
tras otros, los de arriba iban atropellando á los de abajo, todos caían y muchos 
se hacían pedazos. No holgaban en el entretanto los de arriba, pues con va- 
lientes bríos y halgazara hicieron un portillo en la cerca, por donde pudieran 
entrar bien á su salvo y muchos, á no defenderlo seis valientes rodeleros, que 
fueron Juan de Arismendi, Lorenzo Lobeira, Francisco Trujillo, Diego Sán- 
chez, Luis Dorantes y Miguel de la Oya, qué con tan gran valor hicieron re- 
sistencia á los bárbaros, que no entraba ninguno qu^ ao le hiciesen pedazos, y 
fueron tantos, quelos cuerpos muertos hacían como baluarte y ayudaba á ha- 
cer más dificultosa la entrada á los¡demás, que estaban tan furiosos y enoarni* 
zados, que arrimándose con infernal rabia á la puerta, dieron con ella en tierra 



CAP. XXVIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 239 

y comenzaron á entrar con tal orgullo, voces y ruido, que parecía hundirse el 
mundo, y aun esto les fué de inconveniente a los bárbaros y de socorro á los 
nuestros, que por entrar tan de tropel, se quebraban las lanzas bárbaras, ca- 
yendo unos sobre otros por la estrecha puerta, con que á palos con las mismas 
astas hacían bravo estrago los soldados, aunque por ser tantos los bárbaros, se 
veían apretados y aun sin esperanza de que los defendiesen sus manos, si las 
del cielo no los socorrieran tan á tiempo, infundiendo un tan gran temor en los 
Caribes, que no veían por dónde huir, arrojándose unos al río, y otros despe- 
ñándose por altos peñascosj de donde se les siguieron muchas muertes, y siendo 
solos dos de los nuestros los que murieron, y diez y ocho los que quedaron he- 
ridos, que viendo todos avisado aquel favor de la mano poderosa de Dios, le- 
vantaron á él los ojos de rodillas, dándole muchas gracias y después á su Ca- 
pitán, pues aquella noche había mostrado tanto el valor de su persona, que con 
ser pequeña parece había resucitado las hazañas de Hércules. 

4.^ No apostó indio por todas aquellas circunferencias, ni le pudieron dar 
vista, dentro de ocho días, hasta que al último de ellos llegó al Real de paz un 
gran Cacique llamado Tala, acompañado demás de cincuenta indios cargados 
todos de b^s"tiníen£6s para el Capitán, y de más grandes deseos de que los re- 
cibiera por amigos, á que acudió con palabras afables el Diego de Bocanegra, 
y trató con tantas caricias, con palabras y algunos donecillos de cosas de Cas- 
tilla, como cuentas de vidrio, 'machetes, cuchillos y otras cosas, que cebados de 
esto y del buen tratamiento que les hacían, entraban cada día tropas de buena 
paz, que fué creciendo cada día tanto, que en ocho meses que anduvo esto Ca- 
pitán por aquellas provincias, salían á servir más de quinientos indios. A 
quien un día, estando muchos juntos con el Cacique Tala, dijo el Bocanegra 
cómo estaba determinado de irse á poblar sobre el río de Amoyá (de cuyas 
aguas frescas y delicadas se ha apagado mi sed hartas veces), y que se sirvie- 
sen de acudir á hacerle sus casas y rozas y lo demás que se le ofreciese á su 
campo, pues ya las amistades estaban tan de fundamento y asentadas. Lo cual 
prometiendo el Cacique con el resto de los indio?, dentro de tres días levantó 
ranchos y su Eeal el Capitán Bocanegra, y habiendo llegado al pié de la Loma 
Gorda en la provincia de Amoyá, lo sentó allí sobre el río, acudiendo los indios 
á cuantas facciones se ofrecían con muestras de voluntad y diligencia, con la 
mucha que en seis meses continuos entró el Capitán y desvolvió aquella pro- 
vincia de Amoyá, con sor la mayor y más principal de las de estos indios, la 
sujetó y aficionó de manera que ya salían á servir á los nuestros más de ocho- 
cientos indios, con que los soldados estaban quietos y con gusto. Que les duró 
poco, comenzándolo luego á enturbiar y inquietar la envidia de algunos veci- 
nos de la ciudad de Ibagué, que envidiosos de la buena fortuna y suerte que 



240 FRAY PEDRO SIMÓN (7/'^ NOTICIA 

iba teniendo el Capitán Bocanegra, despacharon (dicen que de parte de aquel 
Cabildo) á ciertos vecinos, requeriéndole que poblase una Villa sujeta á la ciu- 
dad, donde nó, que saliese de la tierra y dejase la conquista, porque ellos la 
querían hacer á su costa ; ocasión bastante para acedarse el Bocanegra y con 
sentimiento responderles que no habiendo entrado él allí por orden del Cabil- 
do de Ibagué, sino de la Real Audiencia, no le estaba bien dejar la conquista 
si los señores de ella no se lo mandasen, y así haría lo que más conviniese según 
el orden que le tenía dado. Desabridos los mensajeros de Ibagué por no querer 
guardar el que ellos enviaban á darle al Bocanegra, tomaron la vuelta de su 
ciudad llevándose sonsacados seis soldados, con harto sentimiento del Capitán, 
que lo mostró bien, pues alzando luego todo su campo del puesto donde estaba, 
se vino y rancheó sobre la quebrada que llaman de Ortega (que yo he pasado 
hartas veces), donde luego comenzó á fundar una ciudad que le llamó Santiago 
de la Frontera, año de 1572, á quien puso Justicia y Regimiento, habiendo 
precedido todas las ceremonias que en tales facciones se usan, que no causó 
poca envidia á sus émulos y paisanos de Ibagué y mucho mayor á uno que 
pretendía toda la sierra de Coyairaa en encomienda, donde había á la sazón dos 
mil indios, que fué causa, según dicen, para que se deshiciese aquella nueva 
población con brevedad, como veremos. 



OAP. XXVIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 241 

CAPÍTULO XXVIIl 

l.** Salen algunos indios de paz al Capitán Bocanegra— 2.» Váse á las conquistas de 
Gualí y despuéblase la ciudad entre tanto— 3." Vuelve el Capitán de la guerra de 
los Gualíes— 4.0 Taición de los indios y salteamiento, y el castigo de esto. 

NO perdiendo tiempo el Capitán Bocanegra mientras estuvo en la 
nueva ciudad, anduvo siempre desvolviendo sus provincias fronte- 
rizas con tal industria y buenos efectos, que de muy buena paz acudían mu- 
chos indios de todas ellas á hacer las rozas y sementeras que les ordenaban sus 
vecinos, que estaban ya satisfechos de que aquello fuese fingido en los indios, 
que á lo último de año y medio que fueron procediendo en esto, trató el Capi- 
tán, por la satisfacción que ya tenía de los Caciques y indios, de hacer reparti- 
ción y apuntamientos de ellos en sus soldados, como lo hiciera si á la sazón no 
sucediera enviar á pedir socorro á esta Real Audiencia de Santafé el Adelanta- 
do Don Gonzalo Jiménez de Quesada, contra los indios Gualíes, que segunda 
vez se habían alzado, habiéndolos ya él pacificado, para lo cual, entre los de- 
más Capitanes en quien la Real Audiencia puso los ojos, fué en este Capitán 
Diego de Bocanegra, que fué (como dicen) descomponer un santo para com- 
poner otro, pues no era menos considerable, sino mucho más (como lo dijo el 
discurso de los tiempos desde luego) la conquista en que este Capitán estaba 
ocupado, que la pacificación de los Gualíes, que fué entrando ya el año de mil 
y quinientos y setenta y cuatro, en el que yo nací. 

2.^ Pero al fin sea lo que fuese de esto, la Real Audiencia le envió orden 
para que dejando en su ciudad de Santiago de. la Frontera el que era necesario 
para su conservación y crecimiento, y dejándole caudillo de satisfacción y los 
soldados que conviniesen, con el resto saliese en socorro del Adelantado Quesa- 
da á los Gualíes, prometiéndole se le darían también á él (allanados éstos) para 
proseguir sus conquistas. Cebado de esto y más de obedecer á lo que su Rey lo 
mandaba, dejando por su Lugar Teniente en la ciudad al Capitán Francisco 
de Dorantes con veinte y cuatro soldados, que eran todos los que pudo dejar 
después de treinta que él sacó para llevar en su compañía, tomó con esto la 
vuelta de la ciudad de Mariquita y de ella á la de Santa Águeda, donde estaba 
retirado el Adelantado, mientras se juntaba fuerza de gente para contra los 
Gualíes. No perdiendo esta ocasión de la ausencia del Capitán Bocanegra el 
fuerte o'raulo que tenía en la ciudad de Ibagué, salió de ella y llegó á esta de 
Santiago con intentos de disponer cómo se despoblase por sus particulares in- 
tereses, como lo diligenció y salió con ello, porque luego que llegó, se estrechó 
aparte con el Capitán Dorantes, y manifestándole sus intentos, que eran de 



242 FRAY PEDRO SIM(5n (7.* NOTICIA 

qiiG se despoblase aquella ciudad, pues estando ella en pié y en posesión de la 
tierra el Capitán Bocanegra, no saldría con lo que pretendía ; le prometió, si 
daba traza cómo se deshiciese la ciudad, de casarlo con una hija suya y darle 
ocho mil pesos ; con lo cual, casado el Dorantes, con harta facilidad y sin fun- 
damento de seguro en lo que le ponían á la mira, lo dio de que haría lo que le 
pedían, como lo comenzó luego á poner en ejecución, pasados quince días, para 
deslumhrar sospechas de dónde se originaba el desamparar la ciudad, juntando 
después de este tiempo á mal Consejo de Guerra á los vecinos de ella y dicién- 
düles lo determinado que estaba á dejarla, porque le parecía que al Capitán 
Bocanegra do le dejarían volver tan presto á ella, y que estaban allí baldíos, 
sin entretenimientos ni provecho, y que era cierto que no se había de acabar 
aquella conquista, por los muchos contradictores que tenía, y que podría suce- 
der que viendo los indios cuan pocos soldados sustentaban el pueblo, diesen 
sobre ellos y los acabasen, y que así sería mejor asegurar sus personas y buscar 
mejor ventura en otras partes. 

Por lo bien que les iba en ésta á los vecinos con el buen seryicio que les 
hacían los indios, y sin rastro hasta aUí de rebeliones, cuadraron estas razones 
á pocos, en especial al Sargento Arismendi, que d la sazón era Alcalde de la 
ciudad, y así de parte de ella y de Su Majestad requirió al Dorantes no le 
desamparase^ pues la tenían bien cercada y con abundancia de mantenimientos, 
en tierra de buenos temples y países, los indios con entera paz acudían á ella, 
por lo cual le protestaba todos los daños que resultasen de su desamparo, á 
que el Dorantes sólo respondió haría su voluntad, como lo hizo saliéndose 
aquella noche con ocho soldados la vuelta de la ciudad de Ibagué, donde pi- 
diendo el cumplimiento de la palabra que le había dado del casamiento y dote 
(sin advertir que palabras y plumas se las lleva el vierito), no sólo no se la 
cumplieron, pero aun antes le llenaron de tantos temores ponderándole la 
maldad que había cometido en salirse y desamparar la ciudad de Santiago, por 
lo cual le sería más á propósito, desamparando también la tierra, irse á buscar 
mejor acomodo y ventura al Pirú, que lo hubo de hacer así, tomando con los 
soldados que había sacado consigo de la nueva ciudad, la vuelta de la Goberna- 
ción de Popayán, como un hombre desesperado y que so hallaba frustrado de 
lo que con tanta facilidad le había creído. 

3.*^ Viéndose el Alcalde Arrismendi con tan poca gente como le había de- 
jado el Dorante, con que juzgaba por imposible el poderse defender de cual- 
quier ruido de guerra que le sobreviniese, desamparaiíúo aquel sitio, trasmigró 
la ciudad sobre el río Cuello, que está más al Sur cuatro ó seis leguas, donde 
asistió otros tantos meses, hasta que al fin de ellos, apaciguados los Gualíes, vol- 
Yió allí el Capitán Bocanegra, de donde luego tomó la vuelta de esta ciudad de 



CAP. XXVIll) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 243 

Sautafé, á querellarse do los que habían sido causa do despoblarse la ciudad y 
poner con esto más fuerza á pedir el socorro que le habían prometido para pasar 
adelante con sus conquistas, á que se le respondió dada su querella y demanda, 
que en lo que tocaba á el haberle despoblado la ciudad se le haría jasticia, pero 
que en el socorro no había lugar por eutonces, por la penuria que había dejado 
de soldados en todo el Reino la guerra de los Gualíes ; que se quietase por en- 
tonces en su ciudad, haciendo lo que pudiese en conservarla hasta que se mejo- 
rasen les tiempos y le pudiesen socorrer con gente, como lo hizo asistiendo en 
ella con sólo catorce soldados año y medio, sin poder aguardar más tiempo, por 
no haberle enviado en éste ningún socorro, y así después de haber gastado de 
sus expensas y de su hermana más de ocho mil pesos y que al Dorante no se le 
podía dar alcance, ni se castigaba el delito que había cometido el que había 
sido el promotor de que se despoblase la ciudad de Santiago, desamparando 
aquellas tierras, tomó la vuelta de la Gobernación de Popayán, donde en la 
ciudad de Buga, atendiendo el Gobernador á sus muohcs méritos, le dio una en- 
comienda de indios, de donde tuvo alguna ayuda de costa algo importante, 
aunque más lo fué él á la ciudad, no estando jamás ocioso y sin serle de impor- 
tancia en muchas ocasiones. 

4.0 Como sucedió en éstas, un vecino de Buga llamado Juan de Acegarreta, 
que tenía un razonable repartimiento de indios, para su defensa tenía hecho un 
razonable fuerte de cuatro tapias en alto con su contrafoso de tres varas de an- 
cho y dos de hondo, con una torrecilla de mampuesto bien fuerte, en que tenía 
tres arcabuces con sus municiones y otros tantos españoles que los jugaban 
cuando lo pedía la necesidad, las puertas fuertes y chapeadas de hierro, que 
todo prometía inexpugnancia para las flacas armas, que sólo son lanzas, de estos 
indios Fijaos, acostumbrados á saltear y destruir aquella tierra, pues echando 
tanteo de los daños que han hecho en personas de su distrito, han pasado de 
cuatro mil indios amigos los que se han comido y muchos españoles, hombres 
y mujeres, con otros estragos considerables, como lo hicieron ahora en este 
fuerte, en el cual, abriendo cierto día el portero la puerta á las nueve de la 
mañana, hora en que siempre se abría por estos inoonvenientes, para que sa- 
liesen los indios á las labores de trigo y otras granjerias de aquel país, habién- 
dose emboscado aquella noche, sin ser sentidos, sobre quinientos indios Fijaos 
Junto á las paredes del fuerte, embistieron con tanta fuerza á la puerta, que sin 
poderles hacer resistencia ni atajarles los pasos, se lanzaron casi todos dentro, 
donde comenzaron luego hacer tan terrible estrago, que dentro de una hora hi- 
cieron pedazos y cogieron vivos más de ochenta indios amigos, hombres y mu- 
jeres, y tres españoles, sin cesar con esto la furia de estos bárbaros, pues la 
empleaban también en matar cuantos caballos y bueyes y otros animales 

30 



244 FRAY PEDRO SIM(5n (7.* NOTICIA 

había del servicio de la hacienda, sin escaparse otra cosa viva que un indio por 
un albañal, que fué aprisa á dar la nueva a la ciudad. Donde hallándose a la 
sazón el Capitán Bocauegra, se ofreció tomar á su cuenta el alcance y castigo de 
est03 bárbaros, como se le concedió, y salió otro día con treinta y cinco soldados 
que se hallaron para tomar armas y cincuenta indios amigos, con que fué si- 
guiendo el resto de los salteadores, con tanto cuidado y diligencia, que con la 
brevedad que pedía el caso llegaron al páramo y les dieron alcance en un sitio 
donde no pudo ser menos sino que la apretura de él les obligó á pelear con 
nuestros soldados, trabándose de ambas partes tan fuerte guazabara, que por 
dos veces estuvieron casi vencidos lo? nuestros, por ser tanto el numeroso bar- 
barismo, y por ventura lo fueran del todo, si el Capitán no advirtiera en coger- 
les las espaldas á los bárbaros con diez arcabuceros, que fué el total remedio 
de los soldados, porque enseñoreándose desde ua alto de los indios, les pusie- 
ron en tales angustias con los arcabuces, que estando la ladera algo resbalosa 
por un paramillo que caía, les fué forzoso volver las espaldas, y á los nuestros 
gustó el seguirlas con tan buen coraje, que hubieron d las manos toda la presa 
que llevaban de cuarenta indios y indias que llevaban vivos, y toda la carne de 
los muertos, haciéndola despeñar en partes que no pudieran aprovecharse de 
ella aquellas fieras carniceras, como lo hicieran, pues de diez y de veinte días 
las suelen sacar y comer : tales son las bestialei costumbres de estos bárbaros, 
de quien también hubieron los nuestros vivos diez y seis, dejando muertos más 
de sesenta, y ellos de los nuestros tres soldados y heridos cinco. Con que tomó el 
Capitán la vuelta de la ciudad de Buga, sin que los Caribes se atreviesen á se- 
guirlos, donde fueron recibidos con el aplauso que merecía el hecho, y otros 
muchos que á este modo hizo en otras ocasiones. 



CAP. XXIX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 245 

CAPÍTULO XXIX 

!.« Roban los indios unas estancias y sale á castigarlos Bocanegra— 2.«» Socorro que le 
envía para esto la ciudad de Buga— S."» Pide la conquista de los Fijaos el Capitán 
Talaverano — á.** Desbaratan los indios á un caudillo llamado Roa, y lo demás que 
sucedió. 

OTRA ocasión se le ofreció á este Capitán contra estos barbares indií s 
no do menor cnenta que la pasada de los indios de su encomienda, 
que era no lejos de la margen de un caudaloso río llamado Tiiluá. Tenía funda- 
da una estancia de donde a distancia de media legua estaba otra de un yerno 
suyo, Felipe García, y á otra media otra de otro \ecino Pedio Barbosa, donde 
estaban tres soldados y una española, y en la de Felipe García su mujer, dos 
cuñadas y cinco hijos, y otra mujer casada. Determinándose estos bárbaros 
de dar sobre estas estancias, pasando de largo por la del Bocanegra, que era la 
primera que habían de encontrar bajando de su sierra, dieron en la postrera del 
Barbosa á tiempo que sin hallar resistencia bastante, matando los dos españoles 
y cogiendo el uno vivo, hubieron también á las manos, muertos y vivos, veinte 
indios amigos, con todo el pillaje que pudieron ranchear, y revolviendo sobre la 
segunda estancia, habiéndolo sabido con tiempo el dueño de un indio amigo, 
montó á caballo á darle aviso, y se escapó con su mujer y hijos y lo que en su 
casa había, por una aceciuia que corría por una labranza de arroz,por donde fue- 
ron apurando un cuarto de legua al río de Tuluá, á cuya margen se emboscaron 
en un espeso cañaveral, de suerte que cuando entraron les Caribes á la estancia 
del Felipe García, robaron cuanto menaje había quedado en ella, hasta desha- 
cer los colchones, y llevaron á manos catorce indios y indias de los amigos. 

Llegando esto á los oídos del Capitán Bocanegra, que á la sazón se bailaba 
en la suya, y á reír del alba ( porque todo esto había sido al postrer cuarto de 
la noche), mandando ensillar dos caballos que tenía de rúa, subió en el uno, que 
era rucio, con su lanza y adarga, y dando á dos indios ladinos de su servicio dos 
escopetas y municiones para que se las ñusen cargando en tiempo de la ocasión 
y el otro caballo para que se lo llevasen de diestro junto á sí, tomó la vuelta de 
la estancia robada en demanda de los salteadores, que los encontró pasado el 
río, en una gran vega llana que hace, con quien comenzó luego á escaramuzar, 
haciendo entre ellos entradas y salidas con principales intentos de rescatar al- 
guna de sus hijas ó nietas. Andando en esto, reconoció una ropilla de jjergiiete 
azul que era de ellas, con que iba vestido uno do los bárbaros, que fué causa de 
embravecerse de manera el Capitán, que entrando furiosísimo por entre ellos 
con el valiente caballo, derribó de la primera carrera siete ; hiciéronse todos una 



246 FRAY PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

pina, tendiendo las lanzas contra el caballo, defendiéndole la entrada á desba- 
ratarlos, como fuera imposible romper con solo el caballo por tantas lanzas si 
con una de las escopetas que le dio uno de sus indios cargada, no rompiera la 
junta por una parte, por donde se lanzó luego cc-n su caballo, lanza y adarga, 
llevándose de aquella vez otros cinco en sus atropellados, y heridos de muerte, 
volviéronse á juntar otra vez en cerrado escuadrón, que desbaratándolo con las 
escopetas, hizo por entre ellos otra acometida en que mató otros nueve, y á él le 
lancearon el caballo, con que lo fué necesario subir en el otro y mandar á los 
dos indios lo trajesen otros dos de la estancia, quo los tuvieron allí dentro de 
una hora, en que tampoco holgó el Capitán, pues escaramuceando con los bár- 
baros, les quitó cinco indias que llevaban vivas y á un español, con cuya ayuda, 
habiendo subido en uno de los caballos que trajeron y con una escopeta que le 
dio, les acometió con valerosas fuerzas y principalmente al que llevaba la ropilla 
de su nieta, que atravesándolo con la lanza y quedando muerto, se la quitó, sa- 
cando de esta vida algunos otros, do que cobraron tan gran temor los bárbaros, 
que les pareció serles partido valerse más de los pies que de las manos, y lle- 
gando en esta ocasión, que comenzaban á huir, el yerno del Bocanegra con otros 
cuatro compañeros, siguieron con tantos bríos al bárbaro gentío, que llegaron 
hasta el río de Buga la Grande, habiendo muerto primero y herido gran suma 
de ellos, los cuales de la otra banda del río, llegando ya á la cera del monte, 
salió de entre ellos un gandul y jadeando de cansado, que hincando la lanza en 
el suelo y poniendo las manos en los ijares, en su lengua iburronca comenzó á 
decir : "Yo, Capitán Bocanegra, soy señor de la provincia de Cacataima, que 
no entendiendo estaba en esta tierra, me atreví á lo que he hecho ; vuélvete, 
pues nos has quitado cuanto traíamos y me has muerto mucha gente ; vuélvete, 
que ya no podemos más de cansados ; conocemos tu valor y que eres hijo del 
sol y inmortal ; yo te aseguro que no- volveremos más sabiendo que estás en 
estas partes." 

2.^ Oyendo esto el Capitán (do que no hizo mucho caso), y advirtiendo 
ser ya muy sobretarde, y poca la gente que le acompañaba para seguir más 
adelante á los bárbaros, haciéndoles la puente de plata y contentándose con lo 
hecho, y que había tres leguas desde allí á sus estancias, y sin comidas ni 
comido aquel día, tomó la vuelta de ella por el llano que habían ido, donde 
hallaron muertos cincuenta indios enemigos, y todo lo que habían robado en 
las estancias, derramado por aquel suelo, porque con la angustia de la pelea 
no lo habían podido conservar los bárbaros; res^tadas veintiséis personas 
y toda la carne de los muertos, que hicieron enterrar en parte excusada y ocul- 
ta para que lo estuviera á los indios y no la desenterraran. Habiendo llegado 
por las vuelas esta facción del Capitán Bocanegra á la ciudad de Buga, con 



CAP. XXIX) NOTICIAS DE LA^ CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 247 

ellas se juntaron treinta soldados y con los pertreches que con la prisa pudie- 
ron hallar, salieron al socorro del Capitán, que encontrándolo y viéndolos 
mal apercibidos de municiones, y que no era ya tiempo de seguir á los bárbaros, 
por lo mucho que se habrían ya alargado, no lo pareció seguir el alcance, sino 
volverse á sosegar á su casa, como lo hicieron los indios cumpliendo su pala- 
bra, pues en más de quince años no volvieron por aquellos parajes, iii el 
Capitán Bocanegra por algunos días á tomar de propósito las armas contra 
ellos; pero como las ocasiones que daban por otras partes no daban lugar á que 
no les se hiciese siempre guerra, luego el año siguiente, que sería el de setenta 
y ocho ó setenta y nueve, entró en estas Provincias, despachado de la Gober- 
nación de Popayán y á costa da toda ella, el Capitán Marín con ciento y 
veinte soldados, que no pudiendo cuajar cosa buena en la conquista, se hubo 
de volver con algunos muertos y heridos. 

'¿.^ Como también le sucedió al Capitán Bartolomé Tala verano (conquis- 
tador y poblador de la ciudad de Ibagué, como hemos visto), aunque valeroso 
en su persona, el cual queriendo emplearla y su hacienda, que no era poca, 
en la conquista de estos indios, vino á pedirla desde aquélla á esta ciudad de 
Santafé, que concediéndosela el Doctor Don Lope de Almendaris, que á la 
sazón era Presidente en esta Real Audiencia, entrado ya el año de ochenta ú 
ochenta y uno, tendió bandera, y en la misma ciudad y otras del Keino condu- 
jo hasta setenta buenos soldados, todos á su costa, con los cuales, las armas, 
municiones y pertreches que pudo, tomó la vuelta do la de Ibagué, donde, para 
acabar de aviarse, gastó más tiempo del que habían menester los soldados, 
pues la .ociosidad que allí tuvieron en tres meses (bote de maliciosas ideas y vía 
ejecutiva de maldades) fué causa de hacer mil travesuras, y entre ellas no 
fué la menor el revolver algunos de los soldados desde allí á esta ciudad de 
Santafé, con distar más de treinta leguas y hurtar (para no entrar en servicio 
á la guerra) algunas indias de él de algunas casas principales de la ciudad» 
con que se revolvió toda ella, hasta despachar Juez con provisión Real para 
traer las indias y presos á los soldados y al Capitán. El cual con ellos había 
ya salido la vuelta de sus conquistas de la ciudad de Ibagué, cuando llegó 
este Juez, que yéndole desde allí siguiendo y habiéndole notificado la provi- 
sión, se determinó á venir preso él por todos, para componer estos disturbios, - 
^dejando con su gente en su lugar al Capitán Alonso Cobo, en el Valle de 
Santo Tomás, Provincias de Cacatnima, donde tuvieron sentado el Real más 
de tres meses que se tardaron en soltar al Tala verano, por no haberlo querido 
hacer hasta que so restituyeron las indias á sus dueñas. 

4.° No hicieron en este tiempo cosa considerable los soldados, más que 
comerse los matalotajes y padecer trabajos do hambres y otras calamidades; 



248 FRAY PEDRO SIMÓN (J .^ NOTICIA 

causas todas de motines, como lo hicieron entre más de treinta soldados, y 
salieran con él y de la tierra, si Hernando de Lorenzana y otro Alférez, amigo 
suyo, no los quietaran con promesas y otras trazas que tuvieron, y así lo estu- 
vieron hasta la llegada del Capitán Talaverano al sitio con nuevo socorro 
de matalotajes y armas después del tiempo dicho, donde estuvo cuatro meses 
con toda su gente, sin que hiciese cosa de consideración, porque los indios no 
les inquietaban, esperando, como ellos decían, que los nuestros los inquietasen 
á ellos, con que los soldados perdían el juicio y lo andaban mucho por verso 
tan ociosos, hasta que por esta ocasión determinó el Capitán que con treinta 
soldados saliese un caudillo, escogiendo para esto (dejando otros maravillosos 
sujetos y más á propósito para ello) á un soldado, más ñinflirrón que valiente, 
y de quien no se tenía experiencia más de lo que él blasonaba, llamado Eoa, 
el cual con esta tropa comenzó á marchar la tierra adentro en demanda de 
la casa del principal Cacique, llamado Chequera, y habie'ndose rancheado una 
noche, después de dos días de camino, cerca de ella, un soldado llamado Paloma- 
res, camarada del caudillo, dijo á la mañana, había soñado que se había visto 
envuelto con los Fijaos en una valiente guazabara, que oyendo la conversación 
el Roa, dijo sonriéndose á una criada del Palomares: "Paréceme que tu amo 
está con el judío en el cuerpo". Y mandando hacer de almorzar, dijo: " Muera 
Marta y muera harta". Y con gran chacota almorzando, que pensaba atravesar 
á Buga á comer bizcocho. Prevenido todo á la prosecución del viaje, comenza- 
ron á m.archar, mandtmdo el caudillo apagasen las cuerdas, pues no había 
necesidad se gastasen en balde, á lo que replicó el Capitán Lorenzana, no 
era acertado, pues habían visto rastros y señales de emboscada, y así no la 
quiso apagar él ni otros dos ó tres companeros suyos que iban en la reta- 
guardia, que fué su total remedio, por haberla pagado todos los de la vanguar- 
dia y los demás que fueron marchando, avisando los de la retarguardia en 
altas voces: alerta ! que estamos entre enemigos! De que airado el caudillo, 
dijo: ''marchen sin temor", que apenas hubo pronunciado el último acento, cuan- 
do se levantó la emboscada de más de quinientos indios, con tanto ruido, trápa- 
la y presteza, que en un instante mataron el caudillo, por no haberle dado 
fuego una escopeta de pedernal que llevaba, con un macanazo en la cabeza; 
arrebataron muertos y vivos á toda la vanguardia y parte del batallón, muertos 
nueve españoles y vivos cinco, con más de veinte indios y indias deservicio, 
como lo hicieran también con los do la retaguardia, si el Lorenzana y los que 
llevaban cuerdas encendidas no les hicieran rostri^^ retirándose de ellos los 
nuestros, á quien fueron siguiendo una legua, donde sucedió que queriendo un 
soldado herido que lo llevasen cargado, ponderando su trabajo y desmayo más de 
lo que era lo esforzó, el Capitán Lorenzana (á quien tomaron por caudillo Juego 



CAP. XXX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 249 

que faltó e4 Roa), hacléadole abrir una sepultara para enterrarlo, con que se 
levantó y caminó el soldado más que los que iban sanos, hasta llegar al Real, 
andando en diez y ocho horas lo que habían caminado ú la ida en tres días, 
porque huir y caminar no es todo uno. Sabía ya el suceso, por un indio que se 
hibía escapado, el tal Talaverano, cuando llegaron los soldados, en que venían 
seis ó siete heridos, y dos tan mal, que luego murieron. 



CAPÍTULO XXX 

1 .<* En lo que paró la jornada y conquistas del Capitán Talaverano — 2.° Roban los indios 
al Gobernador de Popayáa, Sancho García del Espinal— 3.'' Sale un indio á los nues- 
tros de fingida paz, y lo que de ello sucedió—é.'* Vienen los indios sobre el fuerte de 
los españoles y dase la batalla que llaman de Miraflores. 

EN lugar de seguir á los mal heridos Caribes el Capitán Talaverano 
desde aquel'puesto, pues sin duda los cogiera en una borrachera 
que hicieron al tercer día, levantó ranchos y se pasó á los llanos de la provin- 
cia de Coyaima, y á la falda de una serrezuela de donde se descuelgan apa- 
cibles aguas, de que se forma una quebrada agradable y de buena arboleda 
( como yo la he visto muchas veces ) los asentó, y habiéndose fortificado de fuer- 
te palenque, con grandes muestras de regocijo, fundó en nombre del Rey una 
ciudad á quien llamó del Escorial, nombrándole Justicia y Regimiento y metien- 
do en ésta, desde luego, como hombre poderoso, muchos ganados mayores, con lo 
cual, y con rozas de maíz que se hicieron, tenían abundancia de sustento, y con 
esto mucho gusto los soldados, prometiéndose gran crecimiento en ella y en sus 
caudales. A donde llegó á los tres meses una india cristiana de las que habían 
cogido al caudillo Roa los indios, de quien se escapó y, hablaba tales crueldades 
hechas en el resto de sus compañeras, que pasmaba á los que la oían, y entre 
ellas dijo que á un español llamado Magayo, metieron vivo en una olla (tiénenlas 
estos indios que caben dos y tres fanegas de maíz, que cuecen juntas) y después 
de cocido se lo comieron. La cual guardaban revuelta en bejucos y la mostraban 
por trofeo en sus borracheras. De la que hicieron después de la victoria del 
Roa, contaba también la india diciendo que dentro de tres días, si los siguieran 
los nuestros, los pudieron haber á las manos, y que estaban con tanta avilanten 
por la victoria, que decían; no tenemos nosotros que buscará este Capitán, que él 
nos buscará y traerá más carne que comamos. Desafíos permaneció esta ciudad, 
haciendo en ellos algunas entradas de poca consideración el Capitáo, hasta que 
viendo los soldados lo poco que allí medraban y que no trataba el Talaverano 



250 FRAY PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

de repartir la tierra, de ocho en ocho y de seis ea seis la fueron dejando, hasta 
que del todo la desampararon todos, que fué el fia de la jornada del Capitán 
Talaverano, y ceba para pasar adelante estos Caribes sus maldades. 

2.° Entre las cuales no se cuenta por la menor la que hicieron con el Go- 
bernador de Popayán Sancho García del Espinal, el cual, volviendo á su Go- 
bierno de esta ciudad de Santafé, a donde había venido á ciertos negocios, al pa- 
sar por el camino que llamm áú Qaindío, lo salieron e.-jto-j iahumino.s saltea- 
dores, tantos y con tan valientes bríos, que matándole un español, un negro y 
una negra y tres indios de su servicio, las más do sus muías y caballos, le 
robaron más de cinco mil pesos de oro, joyas y plata labrada. A cuyo castigo 
y de otros salteamientos pretendieron esta Roal Audiencia, y en especial el Li- 
cenciado Alonso Lope de Salazar, Oidor de ella, que entrara persona de satis- 
facción. Despacharon á la ciudad de Baga al Capitán Diego de Booanegra, que 
viniera á esta de Santafé y se encargara de esto, como lo hizo, dándole título de 
Capitán General, para que pudiese nombrar Capitanes y otros oficiales milita- 
res, y prometiéndole irle socorriendo con soldados y pertrechos como la nece- 
sidad lo fuese pidiendo, y para lo que el de presente tenía, le dieron luego dos 
mil pesos de ayuda de costa, con que juntó cuarenta soldados en esta ciudad de 
Santafé y otras, tomando la vuelta de la do Ibagué, donde con lo que le ayudó 
su sobrino el Capitán Sebastián Fernández de Bocanegra, que fueron otros dos 
rail pesos, se acabó de pertrechar y aviar, toman io la vuelta da las provincias 
de Tamagala y Guarro, donde hizo castigos de tan gran consideración, que tem- 
blaba del todo la tierra. De donde partió en demanda de la provincia de Coyai- 
ma, que estaba soberbísima y más alzada que todas, por haber muerto poco 
había un valentísimo soldado llamado Mateo de Meneses. Aquí sentó su Real 
sobre la quebrada de Ortega, pienso que cerca ó en el mismo sitio que di- 
jimos había tenido fundada la ciudad de Santiago de la Frontera, desde donde 
pareciéndole ser ya tiempo que le enviase la Audiencia el socorro prometido 
de gente para el castigo que pretendía hacer en los homicidas, escribió al Li- 
cenciado Salazar acerca de ello, y dándole cuenta de lo hecho hasta allí, á que 
le respondió no tenerlo olvidado de lo que le había prometido, que no vino á 
tener efecto por haberle suspendido en esta ocasión de su oficio al Salazar, que 
fué harto inconveniente para los buenos principios que iba dando á la guerra 
y castigos el Capitán Bocanegra. 

3.° Que aunque sintió mucho el haberle faltado este tan valiente arrimo y 
muchos de sus soldados, por habérsele huido, no por%eso se acobardó ni cesó de 
continuar sus facciones, pues con solos veintidós que le habían quedado, levan- 
tando ranchos, tomó la vuelta de las provincias de Tuamo por el río arriba de 
Otaima, hasta llegar al río y Valle de Miraflores, donde asentó su Real, aguar- 



GXP. XXX:) XÍOTICIAS DÉ LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 251 

dando todavía el socorro de la K'oal Audiencia, que había de^'^correr ya, como 
corrió, por mano del Doctor Guillen Chaparro, quo hacía oficio en ella de Pre- 
sidente, como lo fué en muchos días. Eu uno de los qiw estuvo aquí el Capitán 
Bocauegra fortificándose, salió á él un indio valentón, Pijao, llamado Beco, 
echadizo por los demás de la provincia de Otaima, y haciéndole mil zalemas y 
sumisiones como ellos lo acostumbran, le dijo venía huyendo de sus parientes y 
amigos á su amparo y acogida, y que si se la hacía buena, iría con él á hacer- 
les guerra á los de su provincia, mostrándole sus casas cimarroneras y mani- 
das, y dándole industria cómo los hubiese á las manos. Pareci^ndole al Capitán 
tenerlos ya en ellas por lo que é«te le prometía, le regaló mucho, hasta sentarle 
á su mesa los diez días que estuvo allí «1 gandul, mirando la disposición dd 
sitio y cuidado de la soldadesca, hasta que al fin de ellos le pidió licenciii 
por algunos, diciendo iba á traer su mujer y hijos para venir á vivir con él, 
con que se partió del Keal, quedando el Capitán bien sospechoso de la traición 
del indio y lo qu« sucedió, que fué un día ó dos antes del término que pidió d 
indio para volver, ver los soldados (que andaban hechos Argos, especulando 
señales si podían alcanzar por ellas la traición que sospechaban^ bajar por el 
río abajo muchos monos que iban hu^rendo de los indios Fijaos, que caminaban 
por allí á dar sobre los nuestros, con que salieron de sospecha de la traición d« 
Beco, y tuvieron por cierto la guazabara con los Caribes, que el día siguiente, 
bajando por el mismo río, hasta llegar, ya que era muy de noche, á un tiro de 
escopeta del Real, hicieron allí asiento, y haciendo Beco como que dormía, se 
levantó de repente como infundido de un espíritu diabólico y dando mil saltos 
de placer, decía haber soñado tenía de su parte la victoria y las cabezas do 1o.h 
Capitanes en sus manos; hicieion antes de esto sus mohanerías, ritos y ceremo- 
nias, quemando leña de balsa y agorizando por la ceniza sus buenos sucesos, y 
porque éstos no faltaran en la buena disposición y orden en acometer. 

4.® Ordenaron que el Capitán ó principal, llamado Plátano, llevando con- 
sigo seis indios con calabazas de agua, apagasen el fuego que los nuestros tenían 
en el cuerpo de guardia, porque no tuviesen donde encender las cuerdas ; Beco 
con otra tropa se pusiese á la puerta de los dos hermanos Capitanes Juan Ve- 
lasco y Gaspar Rodríguez del Olmo, y que procurasen matarlos al salir de ella; 
el Cacique Chequera á la del Capitán General, y Pucharma con otra tropa á la 
de su sobrino Sebastián Fernández de Bocanegra, y el resto acometiese furiosa- 
mente á las demás rancherías. A las indias mandaron que cuando Beco tocase 
un gran caracol que traía al cuello, advirtiese que era señal de victoria y que 
saliesen á cargar la carne de los españoles muertos ; lo cual dispuesto, partie- 
ron para el Real á las cuatro de la mañana, á las cuales horas solían acudir 
al fuerte para trabajar con la fresca algunos indios Tuamos, que desde que sen- 

31 



252 FRAY PEDRO SlJfÓ» (7.* NOTICIA 

tó allí ranchos el Capitán General le FaKeron de paz. Estaban de posta en aque- 
lla hora dos valientes soldados : el uno de Madrid, Tomás de Bibera, y el otro 
mestizo^ Melchor Muñoz, destrísimos arcabuceíos ambos, que estando junto al 
fuego del cuerpo de guardia, vieron á una vista que iba pasando gente algo 
apartada, que entendiendo al principio ser los obreros Tuamos, advirtiendo que 
pasaban muchos, se les acercaron más para reconocerlos, que viendo los enemi- 
gos se les iban allegando loa soldados, les arremetieron con furia tan diabólica y 
Taliente, que á no serlo tanto los soldados y de tan buenos bríos, bastaran loa de 
los salvajes para hacerlos en un punto pedazos ; viendo los bárbaros cuan va-^ 
lerosamente se defendían, y al fuego para que no lo apagaran, acometieron con 
la misma furia y valiente algazara á embestir con las puertas, á donde salió en 
un punto (porque no dormía) el Capitán General Bocanegra con su Sargenta y 
rodela, acompañado de un hijo suyo, Gabriel de Baoanegra, muy valiente sol- 
dado, y de otro mestizo, Diego de Irusta, con dos escopetas, que hicieron tan 
valiente frente al escuadrón del bárbaro gentío, que deshaciéndolo, quedó fran- 
co aquel lugar, á que ayudaron con no menos bríos los Capitanes Juan Velasco 
y su hermano en compañía de un tío sujo llamado Bernardo Gutiérrez, no me- 
nos valiente que entrambos, que desbarataron otro escuadrón que iba llegando á 
la puerta, aunque al salir de la suya el Capitán Juan Velasco, el traidor Beco 
alzó la mano y le dio tal golpe con el caracol que llevaba, en la boca, que Id 
derribó todos los dientes, dejándolo medio aturdido, á quien el tío Bernardo Gu» 
tiérrez tiró una lanzada tan acertada, que le atravesó y cayó muerto, á quien un 
indio amigo le quitó el caracol y se lo echó al cuello, como el Beto lo traía» 



CJLl». XXXt) KOt"IJClAS r>í: LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 2-5S 

CAPÍTULO XXXI 

U^ Victoria de los soldados contra los indios, y los que más se señalaron, y socotro qae 
ee les envía— á.« Salidas que hace el General Bocanegra, y sucesos de ellas— 3,* Co* 
sas que hallan de los españoles los soldados ea una casa, y prisión de algunos in- 
dios— 4 * Amistad falsa que vieae á dar tin píincipal indio, y lo que sucedió acerca 
tíe ella. 



r 



ÜESE tmljando la pelea entre cristianos y bárbaros^ que parecf» 
venirse los montes al profundo, retumbando las voces y ecos por 
fentre aquellos Valles y peñascos; jugaba la arcabucería oon feaa buea luodc^ 
que no perdían tiro ; los ^'árbaros hacían cuanto podían, meneando valerosa- 
tnante las lanzas, con tanto ruido de trompetillas, fotutos y otros iüstruoientos 
confusos, que parecía un infierno ; los soldados destripando, cortando piernas 
y brazos bárbaros desnudos, con bríos de leones desatados, que se las acrecea- 
taba su Capitán con los muchos que mostraba acudiendo á todas partes como 
tin pensamiento, el cual echando menos á dos sobrinos suyos y sospediando 
los tendrían cercados alguna hueste do bárbaros^ tomo una espada y rodela y 
hendiesido por un escuadrón, entró á darles el socorro que habían bien menes- 
íer, pues estaban cercados de más de cien indios, en que hizo tantas valentías 
que al ñu ios libró, aunque salió herido de dos lanzadas en la frente y garganta^ 
Estaba neutra la victoria, por ser tantos y de tan valientes bííos los indios^ has* 
ía que después de dos horas largas que habían batallado y ser ya de día claro, 
comenzaron á retirarse los bárbaros, y el indio amigo que había tomado el ca* 
raool á tocarlo, cantando victoria, á cuya voz, con el aviso que tenían feís indias, 
salieron á cargar la carne de los muertos, que viéndolas los nuestros, las hubie- 
ron á todas á las manos, 7 dando tormento á algunas, confesaron notables malda^ 
des de los indios, que habían cometido ea diversas ocasiones coa ios cristianos^ 
Los cuales en ésta, reconocxetHlo había sido esta victoria de la mano de la 
Suprema Oausa, le dieron infinitas gracias, y dijo el Capitán Bocanegra ; " Ha8<^ 
ta hoy he peleado siempre por la honra, y esta noche por ia vida," que fué 
Dios servido guardar la de todos los nuestros, muriendo sólo Bernardo G^itié'^ 
rrez, y heridos el Capitán, un hijo suyo y Juan de Mosquera, aunque no de 
l^eligro, pues sanaron, habiendo peixiido la vida gran nümerp de bárbaros ^e 
los mil que acometieron esta empresa. En la cual uno de los qae con más valor 
»e seíialaron fué un manchego llamado Diego Collado, que con solas piedras 
hacía tanto eitrago como el mejor ^cabucero, pues no erraba padrada^ y á 
^ más de cuantos acertó sacó de esta vida. Los soldados de esta facción fue-- 
ron el Capitán General Diego de Bocanegra y «u hijo, dos sobrinos suya% el 



254 FKAT PEDRO fSlMON (7." NOTICIA 

Capitán Juan Velapco, el Capitán Gaspar Rodrígnez de Olmo, Bernardo Gu- 
tiérrez, su tío, Diego de Irusta, Diego de Espinosa, Tomás de Ribera, Diego 
Arias, Pedro Galván, Juan Díaz, Melchor Muñoz, Diego Collado, Hernán 
López, Juan de Mosquera, Miguel de la Peña, Diego Callejas; de éstos, cuatro 
fueron eevillanos y uno de Madrid y otro manchego, todos los demás crio- 
llos ; pero todos quedaron desnudos j hambrientos, por haberles robado y que- 
mado los bárbaros cuanto tenían, dejándoles sólo la hambre, que la pasaron 
aosadas, basta que les socorrieron de la ciudad de Ibagué y de esta de Santafé 
con ciento y treinta soldados aviados de armas, municiones y matalotajes que 
envió el Oidor Guillen Chaparro, que á la sazón presidía en la Real Au- 
diencia, remitiéndolos con el Capitán Alonso Kangel, vecino de la ciudad de 
Pamplona, con orden á que se pudiese volver en entregándolos, prometiendo el 
Oidor al Bocanegra enviarle mayor socorro, hasta que de todo punto se acabase 
la guerra. Eran estos scJdados de toda broza y los más chapetones y mozos, 
de que no se ausentaron pocos, pero prometiendo reparar este daño Juan de 
Tuesta Salazar, Gobernador á la sazón de Popayán, que todo vino á parar en 
solas promesas. 

2.** Al fin, hallándose con buena copia de gente el Capitán General, de- 
terminó, dejando por cabo en el Real al Capitán Francisco Alférez, salir con 
sesenta soldados y cincuenta indios amigos á las provincias de Otaima y Caca- 
taima, donde hizo hartos sangrientos castigos, y donde hallaron muchos bárbaro» 
muertos de los que habían salido heridos de la gran batalla de Miraflores; ha- 
llaron en la casa de Chequera la olla embejucada en que dijimos habían cocido 
al soldado vivo, y en otro buhiuelo redondo cerca de esta casa todas las c^beza^ \ 
de los soldados que habían cogido á Roa, amontonadas y cubiertas con un írutero 
de red hecho en la ciudad de la Palma, pendientes á la redonda de él, atado» 
con unos hilos en modo de pinjantes ó argentería, los dientes y muelas de estas 
cabezas, que todo con la olla traían por trofeo en sus borracheras y fiestas, y 
habiendo hecho quemar todo esto el Capitán, pasó á la provincia de Otaima, 
donde yendo haciendo grandes castigos, asaltos y desbaratando muchas embos- 
cadas, en un rancheo hallaron una cadena de oro que le habían tomado al Go- 
bernador Sancho García, que pesaba ciento y treinta pesos, y un tejo de oro 
de cuatrocientos, y un arcabuz que tenía el nombre del mismo Gobernador, de 
letras de oro. Pasó de aquí á la provincia de Beuni y Maito, donde habiendo 
desbaratado, á costa de mucha sangre bárbara, famosas emboscadas, y dejando 
atemorizadas las provincias, en que padecieron los soldados tantos trabajos, en 
especial de hambres, pues les forzaron á matar un caBnl lo y comerlo con pal" 
mitos, con más de sesenta prisioneros, después de tres meses que habían estado 
en estas facciones, tomaron la vuelta de Miraflores, de donde, dentro de quince 



OF 



CAP. XXXl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS Dr. TIT.nnA FIRME "* 255 

días, levantaron ranchos y dieron cmsigo en la mesa del Chaparral, á'Jdonde 
entraron víspera de la Epifanía, el año do mil y quinientos y ochenta y cuatro, 
desde donde despachó luego el General, con una tropa de treinta soldados, ni 
Capitán Miguel Fernández Gavilán á la provincia de Maito, en demanda de 
comidas, de que estaban harto faltos, que las trajo con abundancia dentro de 
diez díiis, viniendo muchos caballos y indios cargados de maíz y otras legum- 
bres, con que pasaron hasta que se hicieron rozas, con que se sustentó la ciudad 
que luego se fundó, llamándola Medina de las Torres, y poniéndole Justicia y 
Regimiento, con las ceremonias que en todo esto suelen preceder. 

3.° Y habiendo dado asiento á la nueva ciudad, como era de corazón vale- 
roso el Capitán, y que no sabía estar un punto ocioso, determinó salir con cin- 
cuenta soldados, y entre ellos Juan Eodríguez de Olmo y Miguel Fernández 
Gavilán, á dar viata á las espantosas provincias de Bulira y Totorambo, como 
lo hizo, pasando por las de Maito, Cacataima y Otaima, atravesando sus rigu- 
rosísimos páramos, en que se le emparamaron algunos in:lios amigos; llegando 
íil fin á la de Bulira, dieron al principio de ella con una casa sola, sin gente, 
bien cerrada, y á la puerta arrimado un cuerpo seco de algún español, con las 
barbas rubias, vestido de angeo, acuchillado, aforrado en fustán ó mitán azul ; 
teníanlo puesto allí para que espantase á los que intentasen abrir la puerta. 
Abriéronla los soldados, y entrando dentro, hallaron algunos pedazos de carne 
humana ahumada, unas mangas de raso negro, una frazada de vicuña en drg 
partes, un fieltro verde, un cordón de San Francisco, un escudo de frailes mer- 
cenarios, un crucifijo de plomo, nna camiseta de paño pardo de Quito, dos ó 
tres cordo vanes, zapatos, botines y alpargates, tijeras, hilo portugués y otras 
prendas españolas que habían asaltado en los caminos reales. Fuéronse entran- 
do más en la provincia y en cierto paso, con buena industria del Capitán, hu- 
bieron á las manos una espía, que sirviéudoles de guía en unas profundísimas 
y obscuras quebradas, que más parecían retratos del infierno, dieron con los 
ranchos del valeroso indio Chanama, donde cogieron á su mujer y dos hijos 
suyos, y otras veinte ó treinta piezas, entre grandes y pequeñas, y algunas cosas 
de valor, hurtadas en los asaltos de los caminos reales, con que tomaron el suyo 
los nuestros para pasar adelante. 

4.** Pero sabiéndolo el Chanama, con cólera de un Demonio, tomando diez 
compañeros, se emboscó al paso de los españoles en unos espesos carrizales, de 
donde salió á tiempo y acometió con sus compañeros al batallón, donde iban su 
mnjer y hijos, y peleó con una partesana y hizo tantas leonerías, hiriendo algu- 
nos soldados, que espantaba verle, hasta que le mataron de un escopetazo, ma- 
tando ellos á un Francisco de Eojas de otro, con una escopeta que también 
dispararon, que la había tomado con su munición á algún pasajen». Sentaron 



25G FílÁY PEDRO SIMÓN (^ < ."^ NOTICIA 

allí el Real \)OV Oclio dííi.s, y habiendo cuterr.ulo .il Rojas gm parte muy secreta 
y díísaliunbiada, al cabo de dos, ocultamente do noche lo desenterraron y se 
lo comieron. Dejando el Capitán en el Keal el resto de los soldados, salió con 
veinte á correr la provincia, donde tuvo tan buena suerte, que dentro de un 
día natural hubo á las manos sobre treinta piezas, y entre ellas cuatro gandu- 
les, que en volviendo al Eeal, confesaron atrocísimas miierítís que habían hecho 
en el camino de Cartago, y entre ellas la de un fraile fianciscano, y que cuan- 
tos habían comido do él habían muerto de pestilentes disenterias. Habiendo 
vuelto con esta presa ú su ciudad de Medina, dejando atemorizadas estas pro- 
vincias, después que hubo descansado quince días, salió con otros cuarenta sol- 
dados en demanda de la provincia de Ambeima y Amoyá, donde hito de nueVO 
grandes presas, en especial de comidas, que trajo después de treinta días á la 
'ciudad, donde le salid de paz fingida un principal llamado Paluma, que J^ra 
feaber eus intentos, le echó de manga una india bieii industriada, que supo sa- 
cárselos muy bien y conocer que eran de fingida paz, y por sólo saber la dispo' 
fiic'ón de la ciudad y vigilancia de los soldados, pero que tenía hecha una 
k-etirada en compañía del Cacique Tuquimba, para dar sobre los nuestros ; lo 
cual dioiénñoselo la india al General y el General al Cacique^ lo confesó áú 
jplano y trató de satisfacer el hecho y reparar el daño, dándole un hijo suyo 
llamado Nimda para que la fuese á descubrir, con que despachó con cuarenta 
soldados á su sobrino Sebastián Fernández Bocanegra en demanda de la reti- 
rada, en cuyo camino lo trajo loqueando la guía Nimda por asperísimas montad- 
ñas trece días de industria, con intentos de hacer tiempo, por si los de la re- 
tirada se podían huir en él. Enfadado ya el caudillo del trabajo de tantos días 
y aspereza del camino, determinó volverse, como lo hiciera si estando en esto 
no oyera golpes de una hacha que cortaban leña, y yendo marchando á los 
golpes, descubriera á las siete de la noche dos grandes buhíos, que parecién*- 
dolé no acometerles á aquellas horas, se emboscaron tan cerca, que saliendo 
un gandul Ae ellos á cierta hora de la noche á orinar, cayó parte de la orina 
feobre la cabeza del caudillo, que disimulándolo y sufriéndolo por hacer mayor 
presa, se estuvo quedo, hasta que al quebrar del alba dieron Santiago tan dé 
repente sobre las casas, que no se escapó ninguno de los que estaban en ellaS) 
■que fueitín treinta gandules de lanza y cuarenta de chusma, con rancheo de 
algún hilo de algodón, mantas, plumas y otras cosas y muchas^comidas, tomando 
la vuelta de la ciudad, á donde llegaron en tres días lo que habían andado á 
la ida en trece; pasados veinte después de esta f opción, salió el General al 
Valle de Neiva, de donde habiendo hecho maravillosos efectos en indios sal* 
teadores de aquel camino de Timaná y del Pirú, volvió después de sesenta 
días á su ciudad de Medina, y habiendo hecho los apuntamientos de la tierr% 



CAP. XXXIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIEIÍRA FIllME, 257 

repartiéndola entre sus soldados conquistndores, vi'uo á est'^ de Santa fé á dar 
cuenta de todo lo que había hecho Insta allí, dondo fué Fecibido Qo,n mucha 
pgazajo y agradecimientos, como lo merecía su j ersoua. 



CAPITULO :k,xxii 

I* Dan los indios sobre el fuerte de los españoles, j. lo que sucedió— 2.» Múdanse da 
aquel sitio á otro— 3.» Mojica pide las conquistas de los Fijaos y concédesele— 4.^ 
Entra en la tierra y lo que le sucedió en ella — 5." Fin de la jornada y del Gobierno 
de Mojica— 6.« Salfc^anjientos y danos que hicieron los indios, 



N' 



O fué de pequeño inconveniente esta salida de su ciudad del Ca - 
pitan Bocanegra, pues aunque Isi, dejó bien prevenida j con vigi- 
lante caudillo, que fué su Teniente el Capitán Juan de Leuro, lo estaban tanta 
los Fijaos, quo en sabiendo la ausencia del Capitán, hicieron una gran junta 
para dar sobre ella, como lo ejecutaron noche de San Juan, allegándose tau 
cerca al fuerte, que saliendo del un perro conquistador de fama y sintiéndoloa 
cerca, volvió despavorido como á dar aviso, haciendo esto con tan grandes de- 
mostraciones, que no le faltaba más que hablar, pues hacía acometimientos á 
donde había visto los enemigos, volvía y revolvía con ademanes, como que 
quería sacar los soldados. Los dos que estaban de posta, que eran Vicente Va-s 
ienzoela y un hermano suyo, avisaron á todos de esto, con que se previnieron 
para la guazabara, que se comenzó luego, pues apenas se habían juntado todoa 
'<5on sus armas, cuando acometieron los bárbaros con infernal alarido, intentan-! 
do derribar los troncos del fuerte por un lienzo. A cuya resistencia acudieron 
ocho bien alentados soldados, que fueron el Capitán IMartín de ¿¡íúñiga, Tomá^ 
de Ribera, San Juan de Alza, vizcaíno, Juan de Mosquera, Diego Jaraznilloj, 
Pedro de Morales y Alonso Peinado, que con tal esfuerzo les defendieron Iq 
entrada, que los ojearon de aquella parte^ con muerte de muchos ; otra defeur 
dieron el Capitán Juan de Leuro y su hijo, Gabriel Bocanegra, Diego de IruSr 
ta, Martín Cerón, Diego Ortiz, Pedio de Espinosa y Juan Armero, no dejando 
entrar los salvajes por ella, que acometiendo otra gran tropa á la puerta, 
Jerónimo de Quiñones, Vicente Valenzuela, Diego Calleja, Felipe García, Die* 
go de Castro, Francisco García, Juan Díaz y Juan de Argutia, hicieron taa 
valiente frente al barbarismo, que con una rabia infernal, viendo no podían 
señorearse de la cerca, tuvieron traza como pegar fuego á las casas, que aunque 
BG abrasaban, les era de comodidad á los nuestros, guardándoles el fuego las 
«spaldas, hasta que se les calentaron tanto que les obligó á salir al raso á ha^ 



253 FUAY PEDRO S1M(5n (7.* NOTICIA 

térselas con el enemigo, que se portaba con tanta valentía en siete bravas aco- 
metidas que hizo, que se vieron por dos ó tras vece« perdidos del todo loa 
nuestros, basta que un Capitán, queriendo abrir una petaca para no sé qué, 
entre treinta que había acertó á topar con una donde estaba el ornamento con 
que se decía misa, y abriéndola, y sacando una imagen que estaba allí de 
Nuestra Señora de la Victoria, con ella en las manos, la comenzó á cantar, y 
juntamente un gallo, porque iba ya amaneciendo, con que los bárbaros (es 
cierto que lo podemos atribuir al favor de la Virgen) tomando un llanto extra- 
ordinario, comenzaron á huir, dejando gran caudal de sus compañeros muertos, 
y de nuestros indios y indias de servicio á catorce, por haber caído en sua 
manos, huyendo por un portillo, sin quedar de nuestros soldados sino muy 
pocos heridos, sin peligro. 

2.° Por el mucho que en aquel puesto tenían, determinaron todos los de 
la ciudad mudarla á otro día y reedificarla sobre el río do Tetuan, como lo 
hicieron, fortificándola de palenque y procurando conservarse lo mejor que 
pudieron, hasta que llegó de esta de Santafé el Capitán Bocanegra, sin nuevo 
socorro de gente como lo pretendía ; si bien no por eso, con la que se hallaba 
en la ciudad, dejó de hacer otras entradas á las provincias que hasta allí había 
ido otras veces, Maito y Amoyá, castigando y sacando mucha gente, y entre 
ella cuatro indias ladinas, naturales de la ciudad de Buga, que las tenían presas, 
y después de haber hecho estas y otras facciones, le fué forzoso volver á dar la 
vuelta á esta ciudad de Santafé, dejando en la suya mucha paz y muchos 
indios, que con ella venían á servirla, con lo cual j con muchas sementeras de 
maíz que se fueron cogiendo, estaban todos con gusto, hasta que se les destem- 
pló una general enfermedad de viruelas que picó en todas las tierras, y les gastó 
toda la gente que tenían de servicio, y enfermando también casi todos los ve- 
cinos de la ciudad, determinaron desamparar el sitio y salirse hasta que llega- 
ron al río de Cuello, muriendo algunos en el camino, uno de ellos un hijo del 
Capitán General, que era Alguacil Mayor del Campo. Volviéronse á reedificar 
sobre este río, donde estuvieron hasta que volvió otra vez el Capitán Gene- 
ral, con tan mal despacho de socorro como la vez pasada, pero con sola su pre- 
eencia acudían algunos indios y se hicieron de nuevo rozas, permaneciendo allí 
cuatro años, hasta que dejaron todos la tierra por lo que diremos. 

3.*^ Un vecino y encomendero de la ciudad de Tunja llamado Bernardlno de 
Mojica Guevara, persona de estima y de gran hacienda, deseando emplear lo 
uno y lo otro en servicio de Dios y de su Majestad, pttóo los ojos en la conquis- 
ta de estos Caribes Fijaos, que tan apretada traían la tierra y ciudades, vino 
de la de Tunja á esta de Santafé, y pidiendo en la Real Audiencia tomaría á su 
cargo esta conquista si se le daban sus tierras en gobernación, juntando á la» 



CAP. XXlCIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIEERA FIRME. 259 

ciudades que en ella poblase la de Ibagué y Tiraaná, se le concedió con las ca- 
pitulaciones y asientos que se tomaron de ambas partes, que fueron las comunes 
con que se dan las gobernaciones que se han de fundar y conquistar, en especial 
por dos vidas, como se dio ésta, pienso el año de noventa ó noventa y dos. En- 
tregados los despachos y comenzando hacer leva de gente, la primera facción 
en que empleó su jurisdicción en orden á su Gobierno, según se juzgó por 
todos, fué un desacierto : de enviar por un auto á mandar al Capitán General 
Diego de Bocacegra, saliese de la tierra y ciudad de Medina donde estaba, puea 
tenía todas aquellas en Gobierno por el Rey y las quería conquistar y poblar 
de su mano. Hízolo así el Bocanegra con todos sus soldados, y el Gobernador 
con lo¿> suyos, que eran ochenta, llegó á la ciudad de Ibagué, á quien hizo ca- 
beza de su Gobierno, y desde donde salió, después que estuvo todo á jjique, en 
demanda de sus conquistas con todos sus soldados y su Teniente General Fran- 
cisco de la Serna, sn sobrino, y su Maese de Campo Pedro Jorel. A dos días de 
camino de esta ciudad, cortando dos soldados una palma, cayó sobre otro que 
estaba medio dormido cerca y lo partió por medio, que tuvieron por mal azar 
suceder esto tan á los primeros pasos, temiéndose no se juntasen los linos con 
estos principios, como sucedió. 

4.° Marchando por sus jornadas llegaron todos á la mesa del Chaparral 
( sitio desgraciado hasta entonces para cuantos se habían rancheado en ella ), 
como lo hizo ahora el Gobernador en un sitio apartado nna legua del que había 
tenido la ciudad de Medina de las Torres, y habiéndose fortificado lo mejor 
que pudo, después de veinte días que se habían ocupado en esto, envió á que pro- 
base la mano en la provincia de Ambeima un caudillo con treinta soldados, que 
habiendo tenido buena suerte en prender doce indios y matar ocho de un encuen- 
tro que tuvieron, volvió al Real, donde fué bien recibido, y el Gobernador, pa- 
ladeado con este buen principio, cobrando esperanzas para la segunda facción, 
envió otra tropa con su sobrino Francisco de la Serna á la provincia de Maito, 
que no fué menos venturoso, pues sin peligro de ningún soldado cogió á manos 
quince gandules, dejando muertos otros siete, con que el Gobernador se animó 
tanto, que pareciéndole tenía ya en el puño toda la tierra, pobló una ciudad en 
el mismo sitio, con su Justicia y Regimiento, á quien llamó San Miguel de Pe- 
draza. Celebráronse mucho los españoles cimientos y principios de la ciudad, y 
con más confianza que debían tener del seguro de los indios, se alargaban los 
soldados de ella, y así sucedió que atraviéndose dos solos, aunque arcabuceroB, 
á ir á pasar al río de Tetuán, los mataron los indios, sin hallar de ellos otro día 
más que las tripas, que siendo escarmiento en cabera ajena ( que siempre dichoso 
para los demás), ya no se atrevían á alargar tanto de la ciudad, contentándose 
con desviarse sólo treinta ó cuarenta pasos. Cebado el Gobernador con los do» 

32 



260 FRAY PEDRO SIMÓN (7.« NOTICIA 

buenos sucesos que hemos visto, despachó á su Maese de Campo Pedro Jovel 
con cincuenta soldados de los de Cristo me lleva el alma (como dicen ), que de 
ordinario se contradicen de manos á boca, para que diesen vista á las provincias 
de Otaima y Cacataima. Pásese esto en ejecución en tiempos bien fuera de pro- 
pósito, por ser de un cerrado invierno, y así sucedió que hallándose esta tropa 
una mañana muy lluviosa cerca del páramo entre Otaima y Bolira, no fué po- 
sible impedirle buenos consejos q1 caudillo que dejasen de marchar, y así yéndo- 
lo haciendo y llegando á un paso resbaloso, donde tenían los indios echada 
una emboscada, habiendo dejado pasar la vanguardia, se levantaron y dieron 
sobre la retaguardia con tanta furia, que con la misma de temor muchos valen- 
tones de boca, dejando las armas en manos de los enemigos, se escaparon por 
donde pudieron, dejando el hacerles frente al Capitán Juan Velasco y Mdro 
Cobo, Andrés de Duero y Andrés de Aspeitia, que defendían muy bien su capa, 
ofendiendo al enemigo, sin dejar de portarse valerosamente el Capitán Juan 
Velasco, aunque pasados los lomos con un dardo, hasta que mataron á Andrés de 
Duero y á Aspeitia lo echaron á rodar ya como muerto la ladera abajo, y al fin 
contentándose los bárbaros ( que no eran muchos ) con haber muerto á tre» 
soldados y á seis indios amigos y haber habido á las manos seis ú ocho escope- 
tas con sus municiones, tomaron los heridos por entre la arboleda y sin que 
fuesen bastantes las diligencias del Juan Velasco con el caudillo para que si- 
gaiesen al enemigo, tomaron la vuelta del Real, donde por este suceso aconse^ 
^ron muchos al Gobernador mudase do allí la ciudad al Valle do Neiva, pues 
desde allí se podían hacer con menos peligro las conquistas. 

5.*^ Que cuadrándole este parecer, dentro de pocos días se salió del Cha- 
parral y volvió á reedificar en el Valle de Neiva sobre la quebrada de Pata» 
donde hizo asistencia sólo seis meses con innumerables trabajos y inquietudes 
y imposible de hacer cosa considerable, por habérsele ido la más de su gente el 
río abajo, y él con la que le quedó haber enfermado gravemente, hasta morir los 
más de sus indios y indias de su servicio, con que se vido obligado á mandar 
hacer cuatro balsas, en que despachó adelante, por el Río Grande de la Magda- 
lena, su recámara y repostero con algunos soldados y armas, que fué con tanto» 
azar, que á poco trecho se fueron á pique las tres con lo que llevaban, y su Al- 
guacil Mayor con algunas indias de servicio se ahogaron, y los que se esca- 
paron por BU buena suerte, que fueron bien pocos, hambrientos, desnudos y en- 
fermos, perecieron los más á manos de aquellos arcabucos y desiertos. Compú- 
sose otra balsa, en que se embarcó el Gobernador, el Capitán Alonso Ruiz y 
otros seis ó siete, que convenzo á navegar con poc(3 menos desgracia que las 
otras, pues siendo el tiempo tan lleno de aguas, lo iba tanto el río que cubría 
la mitad de la arboleda de sus márgenes, con que no les era posible tomar puey- 



CAP. XXXIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. f 61 

to en ninguna parte, acrecentándose con esto el peligro en todos, hasta que llegan- 
do al puerto de Guataquí, que aunque yá sin esperanza de poder salir á tierra en 
parte ninguna, el ánimo del Capitán .Alonso Kuiz apeó estas dificultades arro- 
jándose con buen ánimo al río, y amarrando el cabo de una cabuya á la balsa, 
con el otro en la mano f né nadando basta que hallo comodidad de poderla 
amarrar á un árbol, con que pudieron allegar la balsa á tierra y saltar en ella 
teniéndose por dichoso de no haber perecido en tan evidente peligro, de quien 
sola la mano de Dios fué poderosa de haberlos sacado. Tomaron desde allí la 
vuelta de la ciudad de Ibagué, destrozados todos, y tan enfermos, que les fal- 
taba á los más la esperanza de la vida ; convalecido el Gobernador y aun sin 
agnardar á tomar muchas fuerzas, tomó la vuelta de la ciudad de Tanja, ha- 
ciéndole los trabajos olvidar totalmente de este su Gobierno, que tnn malos 
principios y fines tuvo, si bien aunque quisiera no pudiera pasar adelante, por 
no haberle dado lugar la muerte, que le fué siguiendo muy aprisa hasta darle al" 
canee en Tunja dentro de pocos días, á causa de las enfermedades que en estas 
ocasiones adquirió, y así se acabó este Gobierno, que parece ni fué oído ni visto ; 
volviéndose la ciudad de Ibagué al Gobierno de Tocaima ó Mariquita, de donde 
era, y la Villa de Timaná á otro Gobierno, que se le dio de nuevo al Capitán 
Diego de O pina y quedándose todas las provincias de los indios Fijaos con más 
bríos que hasta allí, por no haberles quedado español en todas ellas y consegui- 
do de ellos tantas victorias. 

G.° Con que alentados y prosiguiendo sus salteamientos y atroces malda- 
des, no dejaban enjugar las lágrimas en todas sus ciudades y villas convecinas 
y fronterizas, yéndose dando las manos unas desgracias (i otras cada día. Em- 
bistieron á un repartimiento cerca de la ciudad de Ibagué que llamaban La 
Mesa, de indios amigos, y derribando un lienzo de tapias de que estaban cerca- 
dos sobre mil Caribes, que eran los del asalto, hicieron pedazos á un español y 
á muchos de los indios, llevándose á otros vivos, con que dejaron asolado el 
pueblo ; y cerca del otro trapiche robando mucha azúcar y todo lo que en él 
hallaron. Hicieron lo mismo en una estancia de un vecino de Buga, Francisco 
Peguero, haciéndolo pedazos á él y llevándose vivos á dos hermanos suyos, 
robando cuanto en ella había, matando cuantos animales hallaron en ella. Des- 
pués de muerto el Capitán Diego de Bocanegra, que era natural de Málaga en 
Andalucía de España, en la ciudad de Buga, donde tenía su casa, ya de edad de 
más de ochenta años, de achaque de haber comido estiércol de vaca desleído, 
por no haber hallado en un desierto, en cuatro días, otra cosa de qué sustentarse , 
dieron estos bárbaros sobre la estancia de su yerr.o Felipe García, de quien ya 
dijimos estaba cerca de la de Bocanegra en Buga, y lo mataron á él, á su mujer 
y tres hijas doncellas, á diez soldados que tenían en su compañía, á diez y siéto 



262 FRAY PEDRO SIMÓN {^7.^ NüTICíA 

indios y indias de su servicio ; hicieron en otras muchas partes otras tales y ma- 
yores insolencias, con que traían la tierra en perpetuos llantos y sin esperanza 
de salir de ella, hasta que sucedió lo que irá diciendo la historia. 



CAPITULO XXXIII 

1 .• Cométese la conquista de los indios Fijaos, por Consejo Real, á Don Juan de Borja, 
Presidente de la Real Audiencia — 2.» Hace gente para darles primera vista y saber 
el estado de la guerra — 3.° Hacen junta los indios para dar sobre Ibagué ; señales de 
esto— 4.0 Poca prevención de la ciudad, donde se allegan los indios. 

HABIENDO llegado relación de todo esto á las manos del Rey y do 
su Real Consejo de Indias, y juzgándose en él el imposible de 
estas conquistas con otras que con las poderosas Reales, se determinó en el 
Consejo no dilatar más este socorro el año de mil y seiscientos y cinco, pues 
tenían la ocasión en las suyas con la provisión recién hecha en Don Juan do 
Borja, caballero de capa y espada, para la plaza de Presidente de esta Real 
Audiencia de Santafé, en quien conociendo el Real Consejo concurrían las 
partes de importancia para los cuidados y diligencias necesarias al allanamiento 
y castigo tan importante de estos indios Pijaos y de loa Carares del Río Grande 
(de quien ya dejamos tratado largo al fin de nuestra segunda parte), se le des- 
pacharon nuevos recados en este mismo año por una Cédula Real, para que 
llegando á esta ciudad de Santafé se hiciese junta de los Capitanes más vaquia- 
nos y otras personas versadas en esta y otras guerras, y con su parecer se toma- 
se el mejor asiento á costa de los mejores arbitrios que se diesen, sin excusarse, 
á falta de éstos, los Cofres Reales que supliesen lo que por otros caminos falta- 
se, hasta dar fin á cosa tan importante: acción piadosa y que muestra bien 
cuan afectos les sean nuestros Reyes á sus leales vasallos, pues no hay camino 
cerrado para ejecutar su bienestar. 

2.° Habiendo llegado el Presidente Don Juan de Bovja á esta su plaza de 
Santafé el mismo año, á dos de Octubre, sin más dilación que la breve que fné 
necesaria para asentar su casa, puso en ejecución la Junta para conferir el 
modo de la guerra, en que convinieron los Capitanes antiguos de todo este 
Reino, y entre ellos Domingo de Erazo, vizcaíno, Gobernador y Capitán Gene- 
ral que á la sazón era de los Muzos y Colimas, y habiendo conferido sobre los 
medios más eficaces y necesarios para la ejecución de la conquista y castigo de 
estos indios Pijaos, tan homicidas y salteadores, se determinó que ante todas 
cosas se reconociesen sus tierras y provincias para no entrar á ciegas, y se toma- 



CAP. XXXIII ) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 263 

se fresca relación y noticias de su último estado, y aun si ee pudiese de lá 
intención con que se hallaban los indios, aunque era fácil de conjeturar ser de 
guerra, y de pasar adelante las inquietudes que hasta allí. Encargóse esta 
primera facción, entrada y diligencia al Domingo de Erazo, por ser persona bien 
á propósito y de experiencia en la guerra de indios rebelados, por la que tenía 
de los Araucos de Chile, donde había militado desdo niño. Tomada esta reso- 
lución, se fué disponiendo la entrada, haciendo el Domingo de Erazo gente en 
los dos pueblos de su Gobierno, y así salieren de Muzo, entre vecinos y solda- 
dos, veinticinco hombres, por su Capitán Francisco de Poveda, su Alférez Don 
Francisco Morejón, y su Sargento Esteban Martínez, vizcaíno; otros tantos 
salieron de la Palma, y por su Capitán Damián de Triana, y habiéndose con- 
ducido los restantes hasta ciento y veinte de esta ciudad y otras partes, tomó 
la vuelta de la de Ibagué, por donde había de ser la primera entrada á la pro- 
vincia de Amoyá, más convecina á aquella ciudad, á donde llegó á los postre- 
i\)s de Junio ó primero de Julio de este año de 1606, y engrosó su campo con 
otros quince ó diez y seis soldados, que no debiera, pues eran el amparo de 
aquella ciudad, y quedando por este sin él, sucedió lo que veremos. 

3.° Pues al mismo tiempo que hacía la Junta dicha el Presidente, la ha- 
cían los indios Fijaos para venir á dar sobre la ciudad de Ibagué, con intentos 
de ponerla toda por el suelo. Eligieron para esto los indios por su Capitán 
General á un valentón llamado Carlacá, indio famoso entre ellos, por serlo su3 
hechos en toda ocasión de guerra, como se reconocerá por uno que luego dire- 
mos de él, y por guía y Sargento para este asalto á otro llamado Belara, do la 
misma nación, cristiano y mny ladino, que se había criado en la ciudad mu- 
chos años en servicio del Padre Andrés Euiz, presbítero, hasta que hecho tráns- 
fuga y apóstata de la fe, se metió entre sus naturales. De esta Junta y deter- 
minaciones de los indios se dieron las primeras muestras, dando sobre una 
estancia de la misma ciudad de Ibagué, donde habiéndola robado, quemado y 
llevado alguna gente captiva para comerla, tuvo buena suerte de escaparse de 
la provincia de Amoyá una india, que vino á la ciudad y dio aviso de la Junta 
para venir sobre ella, de que también se tuvo segundo aviso de ciertos negros 
que estando en unas minas de oro, dejando la labor, se vinieron á hacer noche 
á la ciudad, de temor, que no lo solían hacer, por haber descubierto un gran ras- 
tro de muchos indios, que atravesando una loma, venía á rematar en un amaga- 
miento montañoso, de espesos y enmarañados árboles, donde se habían embos- 
cado, un cuarto de legua de la ciudad, que dieron aviso los negros. Prece- 
dieron también algunas señales pocos días antes, de que algunos tomaron por 
indicación ó presagio del suceso ; hundióse en el pueblo la Capilla Mayor de 
la iglesia, y pasaron un día tanta infinidad de mariposas volando por encima 



264 FRAY PKDRO SIMÓN (7." NOTICIA 

del pueblo, cosa nunca vista hasta cütonces, qne ocultaban el sol, y esto fué 
aun no habiendo salido de la ciudad el Gobernador Domingo de Erazo (porque 
después se fué la vuelta de la provincia de Amoyá con la gente dicha); y día 
antes de la noche en que dieron los indios sobre ella, que fué miércoles 19 de 
Julio de 1606, cierta mujer española se fué á confesar con el que á la sazón 
hacía oficio de cura, que se llamaba el Padre Vicente Valenzuela, diciéndole 
se sentía tan triste y melancólica que le parecía tenía ya á cuestas la muerte, 
y fué una do las que murieron á manos de aquellos salvajes, y lo mismo suce- 
dió con otras dos indias ladinas, aquella mañana, en confesión y muertes; á las 
cinco de la tarde, seco y sin llover, estando el cielo sereno, dio un tan terrible 
trueno á la parte del Poniente por donde entraron los indios, que causó temor 
en todos los vecinos. 

4.^ Los cuales, aun con todos estos avisos y señales, no acababan de per- 
suadirse á lo que tan de cerca les estaba amenazando, sin prevenir armas, vplas 
sobre la ciudad, ni otras diligencias, antes previniéndose el cura con temores 
de lo que podía suceder y llevando aquella tarde por la plaza un dalle, le pre- 
guntó un Alcalde que le encontró, que qué novedad era andar el cura con 
armas, y respondiéndole que por si acaso venían los indios, de que no estaban 
seguros, por los avisos que tenían, respondió el Alcalde: bien lo puede estar, 
Padre, y al que los indios mataren yo lo asaré con el dedo. Había llegado 
aquella misma tarde á la ciudad, de verse con el Gobernador Domingo de Era- 
zo, ó por ventura por haber salido con él, el Capitán Gaspar Kodríguez, vecino 
de allí, que como experimentado y avisado de los indicios que ee tenían, requi- 
rió sus armas y las puso á punto, que fueron cuatro lanzas y dos espadas con 
sus rodelas y dos escopetas, que disparando como á las ocho de la noche la una, 
se alegró el pueblo de la melancolía con que estaba, viéndose sin gente ni de- 
fensa, pues no tuvieron que poner de posta más que un soldado y un viejo de 
setenta años, que sirvieron de nada, pues dieron arma cuando ya estaba ar- 
diendo el pueblo á esta hora de la noche, porque desde que comenzó á cubrir 
se habían ido acercando los indios al río de Cuello (que algunas veces me ha 
apagado la sed); se pusieron todos los salvajes dos tiros de escopeta de la ciudad, 
determinando allí se dividiesen en tres escuadrones : el uno y más copioso diese 
en el arrabal, y los dos entrasen por las calles principales de la ciudad, con 
orden de que el primero que llegase á la esquina de la plaza no entrase en 
ella hasta entrar ú una los dos escuadrones, donde pretendían hacerse fuertes, 
y que ninguno acometiese hasta que hubiesen dado seña con una trompetilla 
los del arrabal, que lo había de ser de que ya estaban "apoderados de él; pero 
que entonces, sin perdonar piante ni mamante, se hiciese cruel carnicería en las 
personas, robos en las haciendas y ceniza las casas. 



CAP. XXXIV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIEIÍKA FIIíME 265 

CAPÍTULO XXXIV 

1.0 Embisten á inedia noche los Fijaos la ciudad de Ibagué — 2.» Péganle f ufg-o y haoeo 
otros estrag-os de muertes — 3.«» Hácenles alguna resistencia los del pueblo; confusión 
de todos— 4.* Huyen los indios con el pillaje. Ven los vecinos lo» estragos y mor- 
tandad. 

A mitad sería de la noche cuando divididas las tres escuadras de lo» 
bárbaros á un tiro de piedra de la ciudad, fueron entrando en ella 
como se habían repartido. La del arrabal comenzó luego á hacer tal destrozo- y 
carnicería en los indios amigos que tenían allí sus casas, que no contentándose 
con matarlos, los hacían cuartos y muy menores pedazos, y somarrándolos (?) en 
las llamas de las casas, á que luego comenzaron á pegar f uego^ se los comían 
estos lobos rabiosos. Tocaron éstos la trompetilla, y al punto,, en tropa las 
otras dos, comenzaron á entrarse por las calles, que sintiendo el ruido sordo de 
los que iban entrando por la suya el Capitán Gaspar Kodríguez de Olmo, que 
hasta allí, no sé por qué ocasión, no había cuajado sueño ni apagádose las vela» 
en su casa, mandó á ujia india suya mirase por la ventana qué ruido era aquél^ 
y conociendo lo que era, volvió á cerrar con prisa la ventana y á dar voces á 
su amo diciendo eran los Fijaos que iban entrando por la ealle^ el cual, con la 
presteza posible, comenzó por la ventana á disparar el arcabuz al montón de 
ios bárbaros, dando una y otra carga aprisa, que como venían juntos y eran 
tantos, hizo en ellos cruel riza, como se v ido después en la sangre que quedó- 
en el puesto. Pasóse del de la ventana á la puerta de la casa, desde donde coo 
otros tiros mató á algunos otros bárbaros, que iban con tan buena munición, qce 
las pelotas de algunos se hallaban embebidas en los gruesos palos del campanario 
de Santa Lucía, cuya ermita no pudo evitar que la abrasasen los bárbaroSy 
como defendió su casa con tan valerosos bríos que parece habían resucitado en 
él los del Cid. Con todo eso, entendiendo no podría reservarla, envió á su 
mujer y familia á la huerta de la casa, quedándose él haciéndoles frente á los 
bárbaros, sin dejarles ganar tierra en la calle, hasta que enviándole á decir la 
mujer entraban los indios por la puerta, acudió con presteza á socorrerla con 
su familia, y con la misma en poniéndola en el patio á la resistencia de lo» 
bárbaros, haciéndosela tal que estorbó con ella el perecer toda la ciudad. 

2.° Porque deteniéndose este escuadrón, se detuvo también el que iba por 
la otra calle, sin pasar de la esquina de la plaza, como tenían hecho el concierta 
que habían de dar á una, y así estuvo aguardando á éste, con quien se las había 
el Gaspar Rodríguez buen espacio de tiempo, aunque no ocioso, pues en- 
trando en las casas que tenían á la mano, mataron con crueldad a dos mujeres 



266 FRAY PEDEO SlMON (7.* NOTICIA 

casadas y á otra criatura de ocho meses, echando la carne en mochilas, y lle- 
vándose viva» dos doncellas y tres niños, el mayor do seis años, pegando á lo 
último fuego á todo aquel barrio, convirtieron en ceniza hasta la plaza. Ya en 
este tiempo andaba toda la ciudad alborotada, y el cura no menos, que fué con 
suma presteza cá reparar lo de más importancia, que era consumir el Santísimo 
Sacramento, como t-^mbién se hizo en el convento de Nuestro Padre Santo Do- 
mingo. De éste salía el cura de la iglesia, con intentos de ayudar en la plaza á 
la defensa, cuando encontró en la puerta una gran tropa de mujeres desgreña- 
das y medio desnudas, como las había cogido la voz en las camas; más dentro 
de la plaza iba otra tropa del mismo traje, también á entrarse en la iglesia^ 
todas sin amparo de un solo hombre,, cargadas muchas con su criaturas y dando 
mil gritos al cielo, vertiendo arroyos de lágrimas, pidiéndole socorro en tan 
apretada necesidad 

3.** Un vecino llamado Juan de Leuro, desde un balcón de su casa, que la 
tenía eu la plaza, se hubo tan valerosamente con una escopeta, tirando á 
bulto entre la obscuridad de la noche, que retardaba á los bárbaros el pasar 
adelante, hasta que le dieron voces cómo entraban por los corrales, viendo 
les estorbaban el hacer esto por las puertas, y así hubo de acudir allá, 
jr encontró en el camino al sacristán que venía resguardando siete u ocho 
mujeres que se habían escapado de manos de los bárbaros, encomendándose á 
la Virgen Santísima de la Concepción, si bien venía en sus alcances una gran 
tropa de ellos, que ahuyentó el Juan de Leuro con otros dos ó tres soldados 
que ya se le habían juntado con escopetas. Parecía un día de juicio el albcroto 
de la plaza y toda la ciudad : aquí sonaban voces, allí grites de niños y muje- 
res y muchachos que los daban á sus maridos y padres, acullá gemidos mezcla- 
dos con voces de caracoles y trompetillas de los bárbaros, que discurrían por 
todas partes con furia de Demonios, pegando fuego á cuanto había. Los torbe- 
llinos de llamas remolineando con el huracán que entonces se levantó, lamían 
f ariosamente las alturas y aun cumbres de las casas convecinas, y cuando no 
alcanzaban á esto las centellas que saltaban, por ser las casas pajizas, las hacía 
todas de igual ceniza; el humo los hacía ciegos y llorosos á todos demás de la 
ocasión ; los gritos de los bárbaros eran intolerables, la confusión y temores 
no les daban una hora de vida, pues pareciéndoles estaban en los fines de ella, 
muchos pedían á voces confesión. 

4.0 Los religiosos de Nuestro Padre Santo Domingo, desamparando- el 
convento, vinieron á la plaza á buscar socorro, donde también estaba el cura y 
llegó á la sazón Gaspar Rodríguez con cinco ó seis soldados con sus escopetas, 
amparando su mujer y familia que traía consigo, que disponiéndoles por ambais 
calles, Be fueron retirando los bárbaros hasta fuera de la ciudad, mal contentos 



CAP. XXXIV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 267 

por no dejarla toda convertida en pavesa, quedando loa vivos en ella dando 
mil gracias al cielo, que entre su Divina Justicia había usado de tanta miseri- 
cordia. Con todo eso, por si revolvían los salvajes, se recogió toda la ciudad, 
hombres y mujeres, en la casa de Alonso Ruiz, por más fuerte, con la mira en 
las escopetas, hasta que llegó á romper el alba, que salieron á ver el estrago de 
la quema y muertes, que fué lastimosísimo, pues habían abrasado sesenta casas, 
y muchas de las que habían escapado de esto quedaron aportilladas, hechas 
pedazos las puertas, robadas de cuanto en ellas tenían, por no haber dado 
lugnr la brevedad del sobresalto á poner en cobro nada del menaje y ouanto 
en ellas tenían. Hallaron en una calle una criatura española de hasta diez 
meses, atravesada con tres lanzadas, en otras partes derramados sesos de 
criaturas que el barbarismo cogía de los pies y daba con ellas en los ci- 
mientos de las casas, en que hallaron arroyos de sangre de las mujeres que 
habían despedazado ; sobre las tapias estaban arrojadas las tripas por una 
parte, vientres por otra, por otra asaduras, y en un asador estaban atra- 
vesados unos hígados, y livianos de personas medio asadas, con tres bocados 
dados en ellas, que causaba horror mirarlos, y no menor, antes muy acre- 
centada, la carnicería que se halló en el arrabal, pues en muchas partes 
había lo que hemos dicho, tripas y asaduras, en otras brazos y piernas, loa 
patios encharcados de sangre, los árboles de las huertas teñidos de ella, por 
haber colgado allí las personas para descuartizarlas y hacerlas pedazos, acomo- 
dados para llevarlos en sus mochilas, como los llevaron, sin dejar más que dos 
cuerpos enteros, el de aquel niño y otro grande, de suerte que todos los muer- 
tos pasaron de setenta, sinUos que se llevaron vivos á manos. 



33 



2GS FRAY PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

CAPÍTULO XXXV 

I.*» Avisado Domingo de Erazo del suceso, despacha nn Capitán en alcance de los in- 
dios — 2.° Alcanza á algunos y quítales parte del despojo. Valentías del indio Cafrla- 
cá, Capitán de éstos — 3.*» Prosíguense íos hechos de Car laca — 4.*» Infórmase el Go- 
bernador Domingo de Érazo de las cosas de la guerra, y funda un fuerte en el 
Chaparral. . ' ^ 

RECOGIENDO andaban los de la ciudad estas reliquias humanas áe 
cruel destrozo de los bárbaros, cuando volvieron á dar rebato con 
campanas y voces de que volvían los Fijaos sobre el resto de la ciudad, que* 
comenzó de nuevo sus alborotos y confusiones, en que eran las primeras muje- 
res y niSos, acogiéndose unas á la iglesia que había escapado libre del f uega, 
otras por las calles sin hallar agujero donde meterse, campanas y gritos anda- 
ban á una, hasta que todos juntos otra vez fortificados en la casa del Capitán 
Alonso Ruiz, vinieron á saber haber sido arma faUa, porque los indios iban 
tan aprisa huyendo, sin ir tras ellos más que su propio delito y pecado, que 
bajaban al río á porfía, atropellándose unos á otros, y aun dejando los pellejo» 
en los peñascos. Dióse aviso de este suceso al Gobernador Domingo de Erazo, 
que despachó luego al Capitán Baptista de los Eeyes con una buena tropa de 
soldados, en alcance de los bárbaros y á tomarles los pasos, como se hizo, matan- 
do catorce ó quince y quitándoles una doncella de las dos que llevaban, y una 
india casada y mucha de la carne humana que llevaban en mochilas y algo de 
la ropa y alhajas que habían saqueado, hasta pailas, alquitaras, almireces y 
hasta un vihuelo. Y aun estando ya el año siguiente en el fuerte del Chaparral, 
llevaron allí ciertos soldados de una salida que habían hecho, un buen rosario 
de cuentas de cristal, un vaso de plata, unas ligas coloradas y no sé qué otras 
cosas. 

2.0 Sólo alcanzó el Capitán Baptista de los Reyes una tropa, de quien 
mató éí^tos y recobró estos despojos en la provincia de Cacataima, á cuyo río 
se arrojaron huyendo con harto pe'igro muchos de los de ella, y no pudo se- 
guir por llevarle muchas ventajas, y por habérsele dormido el Alférez que 
llevaba la retaguardia, otra tropa que iba más adelante, en que iba Belara y el 
General Carlacá, tan valerosos por sus hechos como se conoce de uno que le 
sucedió con imo de los Capitanes que hemos nombrado de la Gobernación de 
Popayán, Hernando Arias, que por noticias que tenía de este indio, y con 
buenas guías, caminó con tal industria de noche por sabanas, y de día por arca- 
bucos la vuelta la estancia <ie este Carlacá, que habiendo dado en una casa cerca 
de la suya sin ser sentido, y rendido y aprisionado toda la gente, sin que se esca- 



OAP. XXXV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 269 

pase quien pudiese dar aviso al valit nte indio, pasó el Capitán, un cuarto de legua 
á su casa, y ganándole la puerta sin ser sentido, halló al gandul dentro, sentado 
en una silla y con un gran mate de chiclia dé masáto sobre los muslos desnu- 
dos, que la quería beber, y apuntándole el Capitán al gandul con el arcabuz, le 
dijo muchas Caique (es lengua del, Perú y lo mismo que las sahitaciones que 
nosotros nos hacemos cuando nos encontramos), á quien respondiendo el indio 
lo mismo, se levantó con tanta velocidad, que sin poder repararse el Capitán ni 
«er señor de sí, le dio el indio con toda la totuma de masato ea «1 rostro y atre- 
pellándolo y á otros dos españoles <\x\q venían á sus espaldas, tomó la puerta y 
el raso, y algo desviado les dijo advirtiesen estaba allí una hermana suya y que 
no la maltratasen, porque se lo habían de pagar, con que se despareció el indio, 
entrándose en el arcabuco, y habiendo hecho amarrar el Capitán la gente del 
buhi'o, trató con toda la presa y prisa posible de tomar la vuelta de su viaje y 
salirse del arcabuco, donde el gandul no so descuidó de juntar con brevedad 
los guerreros que pudo, con quien se, puso en embaseada al paso que había do 
llevar el Capitán Arias á ser vaquiano en la tierra ; pero guiándolo el cielo por 
otro camino, errando acertó, tomando cierta trocha desaviada, que aunque coa 
rodeo desmintieron la emboscada y salieron á las sabanas. 

3.° Viéndose el Carlacá frustrado en sus intentos, desamparando la em- 
boscada como hombre desesperado, con media lanza salió por otro atajo solo á 
aguardar al paso al Capitán entre el pajonal de la sabana, como lo hizo y dejó 
ir pasando la vanguardia y batallón, hasta que emparejando con él en la re- 
taguardia, el Capitán con harto descuido y sin sospecha de peligro, por haber 
salido yá de los de la «ierra y llevar apagadas las cuerdas, fuera de cinco ó seis 
soldados que para tomar tabaco las llevaban encendidas, saltó á buen tiempo de 
la emboscada, y repitiendo el indio muchas Caique^ le clió de repente al Capi- 
tán tan valiente golpe de lanza, que á no llevar sayo de armas, le quitara con él 
la vida, aunque no quedó sin una peligrosa herida, y todos sus soldados con 
crecida turbación, entendiendo ser muchos los emboscados para tan pocos sol- 
dados, de quien fué hiriendo cuatro ó cinco el valeroso indio como iba de ca- 
mino hasta llegar al batallón, donde iba en collera su hermana con los demás; 
asiendo de la collera con valentísimas fuerzas, dio con todos los prisioneros, 
que no eran pocos, en tierra, y habiendo a las manos dos arcabuces que halló 
en el suelo, que debieran de llevar cargados les prisioneros, con ligereza de águila 
se puso en cobro y quedó con su honra, sin estorbárselo dos ó tres arcabucercs 
que le dispararon. Dicen se había librado de otros peligros semejantes este 
indio, con que fué temido y respetado en aquellas provincias, hasta que tuvo el 
fia que veremos. 

4." Volviendo á la de Amoyá, hecho este efecto, el Capitán Baptista de ios 



270 FñÁÍ PEDBO BlUÓíl (7.» NOTICIA 

Beyes, y habiéndose juntado con la gente del Gobernador de Muzo, se fué pro- 
siguiendo el trastornar la provincia, aunque era la de mayor resistencia (que 
por ser la cabeza de estos indios, la eocorrían en todas necesidades) y las de 
Maito, Irico y Ambeima, donde se descubrieron las asperezas de sus sitios, su 
seguridad y fuerzas, y aun el estado en que tenían los intefttosí de la guerra, 
que conocieron de algunos indios que hubieron á las manos, y entre ellos uno 
llamado Macara, á quien respetaban por valiente con demostraciones entre los 
demás, y habiéndose enterado el Gobernador de todas las noticias que convenían 
y se pudieran sacar de aquella primera vista, para no retardar la prosecución de 
tan buenos principios, bajó á la Mesa del Chaparral, y pasado el río de Amoyá, 
en cierto sitio que pareció acomodado, media legua escasa de este grau río, en 
sitio limpio y espejado por todas partes, entre dos quebradas de buena agua, á 
vista de la misma provincia de Amoyá, Ambeima, Irico, Paloma, Marto, Biuni 
y de los llanos del Río Grande, que son las provincias más principales y do 
mayor habitación y fuerza de estos indios, y para la salida de la gente de gue- 
rra puesto muy acomodado, pobló de em|>alizada el fuerte de San Lorenzo, quo 
después lo pasaron dos tiros de escopeta más hacia la sierra, y se hizo do 
tapias y teja, y dejándole ahora presidio suficiente de soldados, salió á dar 
cuenta do lo hecho á esta ciudad de Santafé al Presidente, y para disponer la 
consecución de la guerra. 



CAP. ±XXVl) NOTICIAS DE LAS C0IÍQÜISTA3 D£ TIERRA FIRMÉ. 271 

CAPÍTULO XXXVI 

lí* Sale el Capitán General Don Juan de Borja á la guerra de los Pijaos— 2." Los Capi- 
tanes que le acompañan. El sitio de los indios Coyaimas— 3." Su reducción á nuestra 
amistad, y la importancia que esto tuvo— 4.« Saíeñ del fuerte del Chaparral algunos 
Capitanes, y sucédele al uno desgraciadamente. 

HABIENDO tomado el Presidente la buena y larga relación que lé 
dio el Gobernador de Muzo de estas noticias y facciones, y consi- 
derando los graves inconvenientes que se habían seguido hasta allí, de flacas 
entradas y salidaá á las conquistas de estos indios, dejándolos siempre más vic- 
toriosos y con mayores osadías y bríos, determinó autorizar esta gnerra, dándole 
más fuerza con la presencia de su persona y restituir con su autoridad la repu- 
tación de los españoles, y borrar la sobrada estimación y bríos de esta nación 
de indios, pretendiendo también excusar por este medio (como sucedió) y otros 
arbitrios justificados mucbos gastos de la Real Hacienda, siendo causa la asis- 
tencia de su persona para que muchos de los vecinos encomenderos, caballeros 
y hombres nobles de este Nuevo Reino, que deseando servir más á Su Majestad" 
entrasen en esta jornada á su costa, siguiendo en ella á su imitación al Presi- 
dente, que con prudentes discursos y trazas suaves dispuso las cosas de la gue- 
rra, hasta poner en el fuerte de San Lorenzo en el Chaparral, donde entró per- 
sonalmente por principio del año de 1607, sin los indios de servicio, esclavos 
y con las armas, bastimentos y municiones necesarias, número do más de cua 
trocientes hombres, Capitanes y Ministros de la Guerra, por Capellán, Cura y 
Vicario del ejército el Padre Cristóbal de Escobar, clérigo, natural de Belalcá- 
zar en Extremadura; el Padre Isidro Cobo, clérigo, presbítero, criollo de Ibagué, 
destrísimo en la lengua de estos indios, por ser toda una con la de los de su tie- 
rra, con qne ayudó mucho en esta guerra, y otros sacerdotes clérigos y frailes 
2.<* El Gobernador Domingo de Erazo, Teniente General y Superinten 
dente en las cosas de la guerra; Don Francisco Maldonado, de la Orden de 
Santiago, Maese de Campo; el Gobernador Diego de Ospina, el Capitán Pedro 
Venegas, Alférez de Flandes y Sargento Mayor de esta guerra; el Gobernador 
Antonio de Olalla, el Capitán Fernando de Oaycedo, el Capitán Juan Bautista 
de los Reyes, el Capitán Francisco de Poveda, el Capitán Don Bernardino de 
Mojica, el Capitán Don Pedro de Mechan, el Capitán Felipe de Rojas, toi- 
dos tres de Tanja; el Secretario Hernando de Ángulo y otros Capitanes 
y Oficiales hasta el número dicho, que todos juntos entraron en este tiempo 
en el fuerte del Chaparral, desde donde tiene principio la tierra llana ó menos 
fragosa de estas Provincias, prolongándose hasta ambas márgenes del rio do la 



272 FRAY PEDRO SIMÓN (7.'' NOTICIA 

Magdalena al Este, y todo el Valle de Neiva hasta la Villa de Timaná, como atrás 
dejamos tocado largamente ; cnjas Provincias ocupaban y aun ocupan hoy los 
que han quedado, otros indios llamados Coyaimas, de la misma nación, costum- 
bres y fragosidad que los Fijaos, de quien se desgajaron muchos años antes que 
entraran loa españoles, por guerras civiles que había entre ellos, y dejando la 
mayor aspereza de las sierras, hicieron habitación con algún retiro en esta tie- 
rra llana, donde nos han sido de más peligro y daño, pues por la mayor cerca- 
nía del camino Real del Pirú por el Valle de Neiva, y del pueblo de españolea 
que estaba en él fundado y de la Villa de Timaná, hacían intolerables estragos 
robando y matando á los pasajeros españoles y indios amigos, con que no ea 
podía pasar sin crecida escolta de soldados con armas: causas para que se 
despoblase la Villa de Neiva, y aun pasaba su atrevimiento á infestar de tal 
suerte la Provincia de los Sutagaos, raya al Sur del término de la ciudad de 
Santafé, que la vinieron á despoblar y á obligar á los nuestros entrase á su 
castigo, como lo hizo, el Capitán Antonio de Olalla, con orden de la Real Au- 
diencia, por los años de 1586, con buena copia de soldados y doscientos indios 
amigos, en cuya facción se castigaron y prendieron veinticinco personas con el 
Cacique Cama, indio belicoso. 

3.** Y no habiendo sido bastante este castigo para reprimir los atrevimien- 
tos de estos indios y continuación de los daños que hasta allí sobrevenían, fué 
forzoso entrar otros Capitanes á hacerlo; que no habiendo hecho efecto conside- 
rable, loa dejaban en mayor avilantez y furia que solían y tenían los Pijaos de 
la sierra, por ser, como hemos dicho, todos de un natural; hasta que ahora 
supo disponer, luego que llegó al Chaparral el Presidente, el allanamiento de 
éstos, con tanta sagacidad y prudencia, que hicieron alianza y segura amistad 
con los españolea para contra sus enemigos indios los Pijaos, que fueron de 
notable importancia, sirviendo contra ellos en compañía de los soldados con 
mucha seguridad y infalible asistencia, con los cuales se entendían mejor sua 
cautelas y traiciones y se desbarataban sus emboscadas, lo que no se pudiera 
hacer sin ayuda, á lo menos con tanta facilidad y seguro, por la asperpzi de la 
tierra y otros inconvenientes, con cuya concordia y amistad también cesaron 
los que hasta allí se habían seguido en el valle de Neiva, Sutagaos y otras par- 
tes, y con seguídose otros muy buenos efectos. 

4,^ Para loa que ahora se pretendían en la guerra, repartió el Presidente 
sus Capitanes y tropas en llegando al fuerte del Chaparral, por las Provincias 
de más fuerza de gente. A la de Maito envió al Gobernador Diego de Ospina 
con gran tropa de buenos soldados, que pasaban de ciento ; á la del Valle que llaman 
de las Hermosa», al Capitán Fernando de Cay cedo, con setenta hombres; y á la 
de Amoyá al Capitán Francisco do Poveda, á escala vista y á lo descubierto» 



oír. XXXVl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIUMK. 273 

porque á la misma había de entrar encubierto el Gobernador Antonio de 
Olalla, marchando de noche por sabanas, y de día por entre los montes de 
que abunda esta Provincia, como de más gente que las otras, causa porque 
entraron en ella estos dos Capitanes con sus tropas; los anos y los otros con 
orden general de que ee hicieran talas en toda suerte de sementeras y comidas 
cogidas, para ir por este camino estrechando al enemigo y rednciéudolo con 
angustias do hambre á paz, ó á dejar la vida ó la tierra. Los indios de la pro- 
vincia Amoyá, por haber sido siempre los más y cabeza de todas las otras, pusie- 
ron con tanto esfuerzo la frente en reslKtir á los nuestros con emboscadas y otras 
estratagemas, que se juntaron á ello más de cuatrocientos indios de lanza, que 
son las armas de que usan y no de otras, que nada fué estorbo para retardar al 
Capitán Francisipo de Poveda que con los cuarenta y ocho soldados que llevaba 
no pasase sin mal suceso hasta ranchearse en el centro de la tierra de la mayor 
fuerza del enemigo, que no se descuidaba un punto en andarles contando los 
pasos, echando emboscadas en todos los más peligrosos, como sucedió la tarde 
que llegaron los nuestros, donde llevaban determinado fortificarse y lo hicie- 
ron, que desmandándose dos valientes y atrevidos soldados, Juan de la Muela, 
Alférez natural de Molina de Aragón, y Martín de Arguinichea, vizcaíno, á ir 
sin orden del Capitán á una aguada que estaba cerca y alargándose un poco 
algo más d^ante, salieron de emboscada los indios y con grande algazara los 
alancearon y quitaron la vida, á cuyo ruido salió el Capitán de los ranchos, 
con tanta prisa, que no esperando á que nadie lo acompañara, comenzó á tirar 
BU arcabuz hacia la emboscada, lo que también comenzaron hacer luego que 
estuvieron con él algunos soldados que le siguieron hasta la aguada, donde ya no 
hallaron indio, ni los cuerpos de los dos soldados, porque los habían ya arrastrado 
(para llevárselos) hasta meterlos en el arcabuco, á donde los hallaron el 
Capitán Alonso Jiménez y Andrés del Águila, que por dos partes fueron 
siguiendo á los indios para sólo el efecto, y así recobrando los dos cuerpos, los 
trajeron á la aguada y de allí al Real, donde les dieron sepultura, y por deslum- 
hrar á los indios, que de-pnés no los desenterraran, hicieron lumbre los nueve 
6 diez días que estuvieron allí sobre ella, que no tuvo efecto, pues apenas ee 
hubieron levantado ranchos, cuando los desenterraron, asaron y comieron: 
tanta es la bestialidad y apetito de carne humana de estos bárbaros, ó por 
ventura lo hacían en venganza de los nuestros, como lo advirtieron los solda- 
dos del Gobernador Olalla á pocos días que volvieron por allí, hallando los 
huesos roídos con tanta rabia, que se conocían en ellos las señales de los dientes 
y la enemiga que nos tenían. 



274 FRAY rEDno simón (7.* noticia 

CAPÍTULO XXXVII 

!.• Dánle una guazabara al Capitán Francisco de Poveda— 2.° Hacen los requerimientos 
sus soldados para que salgan de la tierra, como lo hizo— 3.» Fortifícase el Capitán 
Olalla en la provincia de Amoyá y lo que le sucedió — i.^ En una emboscada matan 
los indios algunos españoles de los soldados del Capitán Fernando de Cayoedo. 



O' 



^ CUPO el tiempo que estuvo allí rancheado el Capitán Poveda, en 
tilar comidas á los indios, con que andaban tan acedos y emperra- 
dos, que á cada paso les echaban á los nuestros emboscadas, sin darles lugar á 
tin punto de descuido, porque ellos no lo tenían, en especial en un espeso monte 
que les demoraba enfrente, y en dos pasos de una quebrada «que la llamaron 
Salsipuedes, y habiendo despachado el Capitán un miércoles veinticuatro sol- 
dados y más de veinte flecheros indios Muzos, á correr la tierra y talar comidas, 
y puesto otros cinco soldados de posta en dos pasos forzosos para impedírselos 
á los indios, que no tenían por otra parte por donde pasar á molestar los que 
hacían las talas, á la mitad del día salieron otros soldados á la aguada, contra 
quien salieron de una emboscada más de cuatrocientos indios, saltando como 
cabras para dar sobre ellos, con la algazara que suelen cuando tienen la presa 
segura, como la tuvieran ésta, si el Capitán, con la presteza posible, encendidos 
dos ó tres cabos de cuerda cada uno, con Andrés del Águila, Martín Bueno 
Alonso Jiménez, un Millán y Romero, mulato, y un negro flechero, esclavo del 
Capitán, que venía de la aguada y sa escapó como más ligero de los demás, no 
los socorrieran haciendo frente á toda la multitud de los bárbaros con tan gran- 
des bríos como pedía la ocasión, en que se vido que un indio enemigo se saca- 
ba del cuerpo las flechas con que le clavaron el negro y otro indio amigo, y las 
volvía á arrojar con la mano sin arco,, porque ellos no saben do esto, con tanta 
destreza que clavó al Alférez Avila con una en un hombro y con otra en una 
liga, al fin pelearon los nuestros tan valerosamente con algún socorro que lea 
vino de los soldados, que al principio no se llegaron por hallarse desapercibi- 
dos, que hicieron retirar á toda la hueste de los salvajes, con muertes de algu- 
nos, sin que de los nuestros quedaran heridos más que el Capitán, atravesada 
una pierna de una lanza arrojadiza, si bien antes de la guazabara habían muerto, 
de los que venían de la aguada, á un soldado y un indio amigo. 

2.0 Volviendo los soldados que habían salido á las talas, en una emboscada 
que les tenían echada los indios, perdieron un soldado por haberlo cogido á 
manos los indios, á causa de venir enfermo de asma y no poder seguir á los 
demás, á cuya vista lo hubieron á las manos, y según se supo después, lo co- 
mieron, habiéndolo muerto con exquisitos tormentos. Juntos ya todos y viendo 



CIP. XXXV^tl) NOTICIAS DE LAá CONQUISTAS DE TIERRA ÍIRMÉ, 275 

mal herido á su Capitán, y las desgracias que iban sucediendo, y que el Capí* 
tan Antouio Olalla se retardaba por haber sido concierto que se juntasen allí las 
dos tropas, se hicieron mil requerimientos y protestaciones para salirse de la pro^ 
vincia, á que no pudiendo resistir, por la fuerza que ponía en esto la mayor 
parte de la gente, tomó la vuelta del fuerte del Chaparral. No tuVo ignorancia 
de todo esto que pasó coa el Capitán Poveda el Gobernador Olalla, por ha- 
bérselo dicho un indio en cierto paraje á voces desde una loma, como lo decla- 
ró un soldado de Ibagué llamado Coba, gran lenguaraz, aunque se les dijo lo 
contrario á los soldados, porque acaso no perdiesen los bríos que habían tenido 
hasta alh', empleados en buenas facciones de talas y quemas de ranchos, y da 
iodios que hubieron á lafi manóse, y aun de caminos fragosísimos, por serlo la 
tierra y que los hacía más el modo de caminarla, pues era casi siempre de 
noche, haciendo lumbre cuando se rancheaban al anochecer, y amaneciendo tres 
y cuatro leguas de allí, con que traían.-desatinados á los indios^corao ellos lo decían, 
fiado para esto el Capitán en un indio guía que llevaba en collera, llamado Man- 
cará, aunque de ordinario los engañaba desmintiéndoles las trochas y en otros 
modos. 

3.° Fortificado Olalla en cierta parte acomodada de la provincia de Amoyá 
con nn palenque en que no trabajaron poco los soldados (que no eran españoles 
más que solos cinco ó seis y tres sobrinos del Capitán, los demás todos gente de 
cargazón); pero como dijo Cabrias, Capitán famoso d© los Persas, más fuerte es 
un ejército de ciervos si tiene un león por cabeza, que uno de leones si los 
gobierna un ciervo, salió una escolta hasta el sitio que había tenido Poveda> 
donde hallaron las sepulturas y huesos y rastros de todo el suceso como lo he- 
mos dicho, por el cual y no haberse tenido noticia del Capitán Olalla, enten* 
diendo el Presidente en el Real sería muerto con toda su gente, por la poca 
satisfacción que se tenía de ella, despachó á h»s Capitanes Ortega y Alonso 
Jiménez á la provincia de Amoyá, con orden que si se encontrasen con el Go- 
bernador, estuviesen á la suya y le ayudasen, como lo hicieron, habiendo dado 
con él luego hecho señor de la tierra, y lleno de muchos prósperos sucesos, con 
gran suma de indios presos y algunas parcialidades de paz fingida, pues sólo 
la pretendían conservar mientras duraba el sazonarse sus labranzas (como lo 
dijo la experiencia), porque talándoselas los nuestros en berza, no les quedaba 
remedio de comidas. A dar aviso de esta paz y de los buenos sucesos de hasta 
allí, remitió con todos los presos el Gobernador Olalla á Justiniano de Cea al 
fuerte del Chaparral, de donde respondió el Presidente les recibiese la paz, 
porque de mala, con los buenos tratamientos se podría hacer buena, lo que su- 
cedió al contrario y como lo sospechó el Gobernador Olalla, pues alzadas lasco^ 

midas, yaá sazón, alzaron también la paz los bárbaros. Al fin, dejando aquella 

34 



276 FRAY PEDRO SlM^N (7.* NOTICIA 

provincia de Amoyá eü buen estado, tomó el Gobernador la vuelta del fuerte 
del Chaparral, dejando taladas su tropa y la del Capitán Poveda más de 970 la- 
branzas de maíz y otras legumbres y quemadas 184 casas de buenos edificio» 
(aunque á su modo), pues eran de paredes de barro y madera, casi del ancho 
de una tapia de los de las nuestras, altas y blanqueadas de greda muy blanca^ 
desbaratados los indios en muchas ocasiones de emboscadas y acometimientos, 
donde habiendo muerto á muchos, se hubieron á las manos vivos pasados de 
cincuenta, con que quedaron algo atemorizados, 

4.° Llegó el Capitán Fernando de Caycedo con su tropa á la provincia de 
Paloma, donde encontrando en una casa dos indios y dos indias, pretendieron es- 
caparse huyendo por entre la espesura del monte, y alargándose el Capitán Juan 
de Kosas para coger una de las indias que iba la postrera, habiéndola asido de 
los cabellos, volvió uno de los indios y pretendiendo sacársela de las manos, le 
dio el Rosas una lanzada que le pasó un muslo, que no quedó con menor cas- 
tigo que el de la vida, pues quitándosela allí, se quedó con la india el Rosas, que 
les fué de importancia para guía en ocasión de salidas. Hízola ahora el Capitán 
de este sitio para el Valle de las Hermosas en la misma provincia (llamado asf 
en tiempos atrasados por haber hallado el Capitán Bocanegra en aquel Valle 
indias de buen parecer), por donde fueron de paso por no hallar on qué ocu- 
parse, hasta llegar más delante sobre el río que llamaron de la Palma, donde se 
ranchearon en un llano del Valle, buen puesto y seguro, como me pareció el 
año siguiente pasando par allí á la provincia de los Totumos. Al día octavo 
que se habían rancheado en aquel sitio, se descubrieron ciertos humos en la 
provincia de los Tonuros, á la falda de la sierra, habiendo despachado á reco- 
nocerlos el Capitán treinta soldados con el Sargento Mayor Pedro Venegas y 
el Alférez Orellana; después de haber caminado tres días desde la cumbre de 
una cuchilla, descubrieron otra de la otra banda del río de la Palma, y en ella 
algunos indios, que parecía, entrando y saliendo en el arcabuco, sólo pre- 
tendían hacer demostración de sus personas para el fin que pretendían, y 
poniéndolo los nuestros en haberlos á las manos, fueron rodeando por la punta 
de la cuchilla, para dan. sobre ellos por las espaldas, que no encubriéndoseles á 
los indios estos intentos, echaron una emboscada por donde era fuerza pasar 
los nuestros, que caminando por la cuchilla, cercada de ambas partes de espesa 
arcabuco, con alguna prisa para coger algunos indios que habían visto it 
haciendo apariencias de huir, olieron algunos soldados la bija con que suelen 
embetunarse estos salvajes para sus guerras, de donde conjeturaron había cerca 
emboscada, y así lo dijo el Capitán Mosquera, que pbr su desgraciada suerte y 
de otros, por entonces no fué oído, antes pasó la palabra que atasen las bocas á 
los perros, que á no hacerlo así, los perros descubrieran la emboscada quo los 



VXp.líJLXyn) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 277 

indios tenían íí las dos partes do la cuchilla y en medio unos gruesos troncos 
y ramas de arboledas^ por donde era fuerza pasar los nuestros, 6 trepando por 
encima do ellos ó á gatas por debajo o por los lados donde estaba la emboscada. 
A donde llegando los soldados, comenzó á suceder lo que los indios habían in- 
tentado, pues trepando de los de la vanguardia, unos por los maderos, y otros 
á gatas para pasar adelante, salió de ambas partes la emboscada y dio sobre 
ellos con tanta furia, que por no poderse valer de sus armas, ocupados entre 
la leña, por presto que acudió al socorro la retaguardia, ya habían muerto á 
lanzadas al Ayudante Orellano, al Sargento Jiménez y al Capitán Mosquera, y 
cogido á, manos un mulato Lázaro Roldan, y á un indio amigo, que so llevaron 
vivos por ro haber sido posible el recobrarlos, como recobraron un soldado lla-« 
mado Buches, que á pocos días después murió de las heridas, y á otro extran-. 
jero llamado Juan Agustín, y sin haberse sabido que muriese alguno de los 
indios. Salieron casi todos los nuestros tan mal heridos, que á los más de ellos, 
no pudiendo volver al Real por sus pies, fué forzoso los llevaran en hombrea 
los indios cargueros en barbacoas. 



278 FRAY PEDRO SIMÓN (7.» NOTICIA 

CAPÍTULO XXXVIII 

!.• Lo que le sucede al Gobernador Diego de Oapina á los principios de su entrada la 
tierra adelante— 2.o Desbaratan una emboscada del indio Carlacá los soldados — 3.*» 
Échales otra, que también fué sin efecto. Túvole una lanzada que dio un muchacho 
Pijao á un soldado, pues lo mató— 4.° Hallan rozas de maíz los nuestros y desbaratan 
otras emboscadas. 

EL Gobernador Diego de Ospina, qne dijimos se había despachado del 
fuelib del Chaparral con las demás tropas á las conquistas de las 
provincias de Maito, Behuni, Otainaa, Cicatairaa y la de Mola, lleva título de 
Capitán de los aventureros y en su compañía á los Capitanes Gómez Suárez de 
Figueroa, Juan de Zarate, Felipe de Rojas, Diego de Poveda, Betancour, Her- 
nando de Ospina y otros. Fueron en compañía juntos dos días con el Goberna- 
dor Olalla, por llevar éste orden de su General para más divertir á los indios 
rebeldes, hasta que al tercero, al amanecer, se entró con la suya el Gobernada? 
Olalla, encubierto, por el arcabuco, la vuelta de las provincias de Anaitoma y 
Amoyá, donde le sucedió lo que dejamos dicho y otras cosas que acorta la corta 
noticia que se dio de ellas parm poderlas escribir. Prosiguió, pasando por laa 
suyas el Gobernador Ospina, por las márgenes arriba del río Tetuán (que nace 
de las cabeceras y páramos de lis serranías de las provincias de Behuni y Anal* 
toma) con sus ciento y cuatro soldados, por su Capellán el Padre Andrés de 
Aspitia, clérigo, y buen número de indios cargueros y un indio cri-^tiano, Caci- 
que y valeroso soldado Tuamo, de la provincia de Ibagué, llamado Don Bal- 
tasar, que se le dio al General como cosa de gran importancia, como lo fué por 
ser de la misma lengua y nación de los Pijaos. Al día tercero de su viaje,, 
habiendo dejado el río y tierra rasa, se fué entrando por una espesa montaña,, 
donde habiendo el indio Don Baltasar conocido anA emboscada de piedra 
que tenían echada los indios, sobresalió con él y seis soldados el Gobernador del 
cuerpo, y se dio tan buena maña que la desbarató, con que pasó el campo cod 
menos riesgo que si no se hubiera descubierto, por estar en uua altísima y muy 
pendiente ladera,, de donde habiendo pasado sin riesgo considerable y rancheá- 
dose en un ojo de una sabííneta que se liacía entre el arcabuco, en que había 
algunos charquillos de agua rebalsada, despachó el Gobernador con catorce 
arcabuceros y piqueros al caudillo Miguel de la Peña,, soldado práctico y bien 
vaquiano de aquellas trochas, para que por una, toifiando las faldas de la se- 
rranía por más á lo alto de donde iba marchando el campo, les resguardas© 
las espaldas, con orden de que si topaban con el enemigo, no le acometiese sia 
dar aviso al Gobernador. 



CAP. XXXVIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIEIiRA FIRME 279 

2.^ A quien dio voces el Peña á mil pasos que hubo andado en apar- 
tándose, avisando fuese con cuidado marchando el campo, por haber descu- 
bierto rastros que bajando de la cumbre iban á dar sobre él, con que reparó el 
Ospina y toda su gente en una roza vieja y ya llena de malezas, donde lo cop^ió 
esta 707., y de allí á poco el ruido de más de ocheuta tirüS dé escopeta que 
disparó el Peña con los suyos contra él valiente Carlacá y sus indios, que ha- 
biendo tomado primero la cuesta abajo para dar sobre el Real, de que eran 
los rastros que vido el Peña, á sus voces revolvieron á él dejando el campo, y 
se le pusieron en emboscada en un paso apretado. Antes de llegar á él vido un 
soldado, Andrés Rubio, muy gran arcabucero, á Carlacá (aun quié -entonces no lo 
conoció más que por espía), y diciéndole al Peña que ú le daba licencia derriba- 
ría un indio centinela que veía, no le tiró por habérselo dicho el Peña, y que por 
ventura no los había visto, que á hacer esta buena suerte, destroncara uno de 
los principales y más importantes nervios de esta guerra, como lo era el Carlacá, 
que habiendo reconocido ahora el rumbo de los nuestros desde don-le le vido 
ahora el soldado, pasó volando adelante y á paso más apretado ordenó su em- 
boscada, á donde dejando entrar á los nuestros, sin haberla conocido antes, les 
acometió con extraordinario coraje y brío : en cuya defensa, siendo superior el 
de los nuestros, dispararon los tiros que dijimos se habían oído en el Real, por 
no estar lejos el sitio de la guazabara, de donde sólo salió herido uno de nues- 
tros piqueros, Francisco de Mendoza, mulato, mozo alentado y que lo mostró 
bien ahora, que trayendo á las espaldas (peleando con la pica) una fuerte rode- 
la de higuerón, Ití dieron tal lanzada, que pasándole la rodela y sayo de armas, 
quedó tan mal herido en los lomos, que sólo le libró de la muerte el haber sido 
el golpe de soslayo. 

3.*' Viendo el Carlacá que no había podido desbaratar á los nuestros en otro, 
donde tampoco pudo hacer cosa considerable, con que pasó el Peña con los 
suyos adelante por su derrota, y yendo marchando, sucedió que un soldado 
llamado Roa, natural de la ciudad de Tanja, que iba en la retaguardia, pare- 
ciéndüle llevaba en aquel puesto mus peligro, se quiso pasar al batallón, pero 
al pasar de una ú la otra parte por un lado, como el sitio era de espesa mon- 
taña, estando emboscado con su lanza un muchacho Pijao hasta de catorce 
año?, pasando por cerca de él el soldado sin verlo, se aprovechó de la ocasión 
tan bien el muchacho, que en un instante le dio una lanzada al Roa por entre 
dos costillas, tal, que clavándosela en las entrañas, á pocos pasos rindió la vida, 
sin que pudiesen las diligencias de los demás soldados haber á las manos al 
muchacho, por haberse entrado con la misma velocidad que hizo el hecho en el 
arcabuco, donde dejaron el cuerpo del soldado sin enterrar, con intentos do 
volver después á hacerlo, por el peligro que les amenazaba entonces, de revolver 



280 FRAY PEDRO SIMÓN (7.^ NOTICIA 

sobre ellos el enemigo, en lugar tan montnoso y de peligro. No lo tenía menor 
en este tiempo el campo en el sitio de la roza vieja^ donde estando el cielo 
claro y sereno, de repente se armó una tan terrible tempestad de agua que no 
les fué posible conservar encendidas, de más de sesenta mecbas que había, más 
que una, qué ^ llegar á la sazón el enemigo, corrieran todos riesg'^, y no -menor 
después del aguacero, por una espesísima niebla que les cercó, por entre la 
cual, ya que fué algo aclarando, divisaron á distancia de mil pasos bultos de 
hombres, que no sabiendo si eran enemigos ó amigos, se les dieron voces para 
salir de la duda, á quien respondió el Peña hallarse en aquel sitio con un sol- 
dado muerto y otro herido, y que se le diese el orden que había de seguir, y 
ordenándosele se estuviese en el puesto hasta que otra cosa se le ordenase, en- 
gajados los arcabuces á la lumbre que se había hecho después del aguacero 
marchó el campo hasta el sitio del Peña, que estaba sobre una tajada y alta 
sobre los nacimientos del río de Tetuán, donde se alojó el campo y se curó el he- 
rido, y despachó el Gobernador al Capitán Juan de Zarate con treinta soldados 
á traer el cuerpo del difunto, aunque en vano, por haberlo ya llevado los indios 
para su plato y comida. 

4.'' Por ser tan poca la que llevaba el campo, se alegró con tres rozas de 
maíz y legumbres que se descubrieron de la otra banda del rio, á donde con 
treinta soldados y cuarenta indios cargueros, salió el Gobernador para traer lo 
necesario al sustento de todos y talar el resto, porque iban siempre con este or- 
den de talar comidas, para por este camino estrechar al enemigo hasta traerlo á 
la obediencia, que no fué posible, pues se dejó consumir y no sujetar, como 
veremos. Habiendo hecho esta facción el Gobernador sin contradicción de indio, 
pues sólo oía las voces que le daban desde las cumbres, volvió con el maíz y 
raices, que pudieron traer los cargueros al Eeal, sin hallar tampoco estorbo á la 
vuelta, más que algunas galgas que le deslizaron de arriba, que por ser echada la 
cuesta por donde venían, se libraron de ellas con facilidad. Determinando el Go- 
bernador en pasar con su campo hasta entraren toda la mayor fuerza de la 
provincia, dejándolo encargado al Capitán Gómez Suárez en el mismo puesto» 
entró por su persona con cincuenta soldados, y intentando descubrir la fuerza 
de los indios y pasos por donde fuese marchando nuestra gente, echó cua- 
tro emboscadas en esta entrada, que con facilidad se desbarataron por haberlas 
descubierto antes que entraran en ellas, si bien en la última les sobrevino un 
fuerte aguacero, para cuyo reparo y prevención se armaron con brevedad los 
toldos, altos una vara del suelo, para poder desde íjllí, defendidas del agua las 
escopetas, defenderse del enemigo si revolvían sobre ellos, que viéndolos tan 
prevenidos, perdidas las esperanzas de salir con algo de sus intentos, desha 
ciendo la emboscada, volvieron las espaldas, y el Gobernador á su campo, que 
lo halló no poco cuidadoso de algún mal suceso si venían sobre él los indios. 



CAP. XXXIX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 281 

CAPÍTULO XXXIX 

1.0 Ranchéase el Gobernador Ospina en una casa. Desgracia que le sucedió á un Capitán 
caudillo— 2.- Desbaratan con buena traza los nuestros una gran embo^c^a¿^ 
indios— 3." Cercan los indios al Capitán Zarate y socórrelo el í>obernad^^^g' • ^_ 
4.* Echan dos emboscadas á ióSl!ndios los nuestros, aunque sin efecto. 

ATliES días de camino se rancheó con su campo el Gobernador «obre 
las barrancas de una quebrada honda y cerca de una labranza de 
arracachas ( son raíces de cierta yerba que tiene la hoja como apio ) y ochubas, 
desde donde se dio vista de la (<tra banda de la quebrada á una buena y espa- 
ciosa casa, y sobre ella puesta una cruz, y que parecía andar entrando y salien- 
do algunos indios, como que ponían en cobro lo que tenían en ella, y como 
otros ciento sobre \ma ladera que parecía hacerles alto á los que escombraban 
la casa ó que aguardaban á los nuestros para embestirles, aunque no se efectuó 
esta sospecha, pues enviando el Gobernador al Capitán Hernando de Ospina 
con treinta arcabuceros á reconocer los malos pasos, y si había en ellos embos- 
cadas, y á ganar la casa, lo pudo hacer sin ningún estorbo, si bien la traza de 
no salir todos juntos nuestros soldados, sino uno de aquí y otro de acullá del 
cuerpo del campo, pudo ser deslumhrase los intentos de los indios, á cuya 
casa pasó luego el Real, desde donde saliendo luego dos caudillos con sesenta 
soldados á coger maíz de dos rozas qu3 se vieron, y traer lo necesario para el 
Real, talando lo demás, los desbarataron los indios con muchas galgas que hi" 
cieron descolgar de lo alto de un recuesto, á cuyo socorro, acudiendo el Gober- 
nador con seis soldados, por haber oído disparar arcabuces, se hizo en su pre, 
sencia la faena de las rozas, tomando luego la vuelta de su campo. En la cua] 
sucedió que habiendo enviado el Gobernador á un soldado de satisfacción, An- 
drés Rubio, con algunos otros á tomar el alto de la ludera en el mismo paraje 
que en la ida habían arrojádoles las galgas, hizo alto el campo mientras el An- 
drés Rubio aseguraba el pasaje, el cual entrándose por el arcabuco, iba rama- 
jeando ; que advirtiéndolo un soldado de la retaguardia, donde no sabían de la 
salida del Andrés Rubio, y pensando que quien meneaba las ai mas era el ene- 
migo, disparó su arcabuz á la parte donde se meneaban, y estando haciendo 
averiguación el Gobernador de quién ó poj qué ocasión se había disparado el 
arcabuz, bajaron los soldados del Andrés Rubio del monte, que lo traían á 
cuestas, mal herido y aturdido del arcabuzaso, que desnudándolo, hallaron que 
debajo el costado derecho le había rompido la pelota el escaupil, y una cinta 
ancha de vaqueta de que pendía la bolsa de las cargas, &3 había aplastado en un 
jubón que traía más dentro ojeteado, que joor eer tan fuerte y llegar ya cansada, 



282 FRAT l'EDRO S1ÍÍ(5n (7.* ííOTlCll 

atoró allí, atormentando la carne, qne no llegó á er más, si bien con el fuerte 
golpe aturdió al soldado. 

2.*^ No acababa de perder las *ísperanzas el enemigo de conseguir ahora las 
victorias que en tiempos atrasados había tenido con los nuestros, como se echa- 
ba de ver en los pocos temores qne mostraban aún con ver en su tierra tanta 
hueste de nuestra g<?ato, pues sin acobardarbe por haberle desbaratado tantas 
emboscadas como hemos visto echaban tras cada paso á estos soldados, les 
echó ahora una de casi doscientos indios, á donde yendo marchando el campo, se 
fueron entrando, hasta que el indio Don Baltasar, que iba en la vanguardia, la 
conoció por el olor de la bija y la alteración de una perrilla que iba delante, pa 
rándose y ventando á la parte donde estaban los indios, que haciendo alto el 
campo, ordenó el Gobernador al Capitán Hernando Ospina que saliese con el 
secreto posible con cuatro escopeteros, Martín de Herrera, vecino de Tocaima, 
Pedro Verdugo, Francisco González y otro, y ganando las espaldas á los de la 
emboscada, disparasen sobre ellos con tal orden que no acabasen dedispaiar 
todos hasta que los demás tuviesen cargado, industria la más importante que se 
debe guarJar en ocasiones tales; en ésta yendo ya al efecto el Hernando de Os- 
pina, dio con diez y ocho ó veinte indios que por no haber podido caber en el 
helechar donde estaba la emboscada, andaban sobresalientes, uno de ellos 
vestido con una ropa de jergueta de mujer, de color celeste, guarnecida, que 
era del saco de Ibagué ; y disparando á uno de ellos el Hernando de Ospina, 
por no haberle dado fuego á otro soldado la cazoleta del arcabuz, con el balazo 
que le dio se atemorizaron los de la emboscada tanto, y por haberlos cogido 
por las espaldas, que pensando les habían de dar los nuestros por ambas partes 
( como fuera sin duda), se derramaron todos, cada cual por do mejor pudo, con 
gran ruido de voces, dejando limpia la emboscada, hasta que volviéndose á jun- 
ar en un altillo, las dieron á sus casas y chusma que las quemasen y se huye- 
sen, porque los cristianos «eran tan grandes bellacos, que servían de poco para 
con ellos sus astucias y confianzas, que no eran pocas, pues fiados en ellas, y 
ciertos de desbaratar ahora á los nuestros, se tenían tan cerca y sin poner en 
cobro mujeres y hijos, menaje y hacendilla de las casas. A las cuales pasando 
luego el Gobernador con su campo, aunque las halló quemadas, por ser á propó- 
sito el sitio y á la vista algunas labranzas, determinó fortificarse allí con pa^ 
lenque, como lo hizo, por llevar orden para esto del General. 

3.** La tarde que llegaron á este sitio, por ser temprano, despachó el Go- 
bernador al Capitán Juan de Zarate con treinta soldados á talar una buena 
roza de maíz ya sazonada que tenían enfrente, y que con cincuenta cargueros 
trajesen lo necesario para el sustento del Real, por no tener otro socorro de co- 
midas que el que podían sacar de las manos del enemigo. Ya estaba hecha esta 



CAP. XXXIX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIEBRA FIEME. 283 

facción y enmochilado el maíz de los cargueros, cuando dio voces el Zarate, 
pidieado al Gobernador .socorro contra los indios de quien estaba cercado, a 
que acudió por su persona con veinte soldados de los de mayor satisfacción, y 
subiendo sobre un alto que estaba sobre la roza para dar sobre los indios por 
las espaldas, encontró arriba una buena casa, vacía de gente, y en ella con el 
espinazo descarnado de aquel soldado Roa que le habían muerto al caudillo 
Peña, y una pierna desde la rodilla para abajo que tenían al humo, para írsela 
comiendo como habían hecho del resto del cuerpo. Estaba en un gran calabazón 
la ropa de jergueta con que había aparecido el otro indio en la emboscada, que 
la tenía allí guardada para salir con ella de gala en sus peleas y mayores fiestas, 
y para ellas^también tenían bizarras y curiosas libreas de plumerías de varios y 
agradables colores ; y habiendo recogido todo estoy los huesos y pierna del sol- 
dado para enterrarlos en el fuerte, pasó el Gobernador al sitio y socorro del Za- 
rate, que sin que osasen acometer los indios que lo cercaban, salió con el Qjber- 
iiador aquella misma tarde la vuelta del Real, donde se hizo el fuerte de maderas 
gruesas, en forma triangular, y con traza que desde cada esquina se podía con 
las escopetas limpiar los dos lienzos. 

4." Descubrióse á otra banda, no lejos del fuerte, otra roza en berza de 
maíz, arracachas y hochubas ( es ima frutilla que nace de unas matas do hoja 
blanda, altas como una vara, y ella es redonda y del tamaño de una guinda; 
queda cuando sazonada de un amarillo gualda, y dentro tiene mucha semilla 
entremezclada en la carne al modo de ajonjolí );á un cuarto de legua se descu- 
brió otra gran roza de maíz, ya más que en chocho, pues dentro de ocho días se 
podía coger, que no se taló para socorrer con ella el campo, pero comenzáronla 
á hacer los indios porque los nuestros no la gozaran. Entrando una tarde á vis- 
ta del Real más de cuarenta que la iban destrozando, confiados que no se lo ha- 
bían de estorbar nuestros soldados por haber en medio una quebrada de una 
barranca de peña tajada y de tres y cuatro estados en alto, que corría más de 
una legua arriba y abajo por la parto del Real, que dando traza el Gobernador 
de pasarla, arrojando en ella largas escaleras de palo, salió del Real con cua- 
renta hombres, y haciendo de ellos dos tropas, la una á su cargo, y la otra al 
del Capitán Felipe de Rojas, dejando al de Gómez Suárez el fuerte, llegó con 
el secreto y sombras de la noche á echar dos emboscadas en la parte por donde 
á destrozar la sementera entraban los indios, que viniendo dos á lo mismo una 
tras otro, y habiendo entrado en una de las emboscadas, debió el delantero de 
oler el humo de las cuerdas, pues revolvió huyendo con tanta velocidad y 
miedo, que sin poderlo reparar se clavó una pierna en la lanza del compañero 
que venía detrás, y deslizándose ambos con ligereza de venados, no fué posible 
darles alcance el Gobernador Pedro Verdugo y el Capitán Orosco, que se arrc- 

35 



2S4: FRAY PEDRO SIHÓN (7.a NOTICIA 

jaron tras ellos, deseosos de haber alguno á las manos para informarse de la 
tierra y intentos del enemigo ; lo que también fué ocasión de no haberlos 
muerto cuando llegaron á la emboscada, habiendo podido hacerlo. Con todo esa 
los fueron siguiendo hasta llegar á una casa grande, pero inhabitada días había^ 
donde hicieron alto. 



CAPÍTULO XL 

1.» Desbaratan galg-as de piedras al Capitán Peña. Hace tres tropas el Gobernador Ospi- 
na— 2.» Vánse siguiendo rastros de indios— 3.° Pelean los nuestros con algunos 
indios. Matan una india — i° Hállanse en ciertos calabazos pelos de animales y plu- 
mas supersticiosas— 5.» Muchos ídolos, puestos con superstición para contra lo» 
nuestros . 

"T~^ESPACHANDO desde allí el Gobernador al caudillo Peña con 
_!_>/ veinticuatro arcabuceros y orden de seguir el rastro de loa dos 
indios y saber dónde estaban sitiados ellos y los demás, él con diez y seis solda- 
dos tomó la vuelta de la roza, para dar vista al daño que los indios habían he- 
cho en ella, que no fué otro que haber qiiebrado las cañas, que no fué de nin- 
guno por estar ya para coger. Apenas hubo comentado el Gobernador á ver esto, 
cuando oyó que el Peña y los suyos disparaban 1 :s escopetas muy aprisa, y re- 
volviendo con la misma el Gobernador á socorrerlos, los halló desbaratados con 
galgas que les habían disparado desde una cUmbrCj con que volvieron todos otra 
vez á alojarse en la casa yerma, desde donde envió al fuerte orden al Capitán Gó- 
mez Suárez, que con el Capitán Zarate le remitiese veinte soldados, de los cuales 
y de los cuarenta que él tenía, hizo tres tropas ; dos de á veintiuno, que encargó 
á los Capitanes Juan de Zarate y Felipe de Rojas, hombres ambos de muy bue- 
nas personas y bríos, aunque sietemesinos, con orden al Capitán Zarate que hi- 
ciese rostro al enernigo sin acometerle, y que sólo sirviese de que tuviese en él 
puesta la vista; y al Capitán Éojas, que por la parte que mejor le pareciese, le 
ganase con el secreto posible las espaldas, también sin acometerle, si no es que 
acaso le viniesen los indios á las manos, huyendo Zarate, porque el acometer- 
los reservaba para sí con la tercera tropa de diez y ocho, ganando lo alto del 
páramo donde estaban situados los indios, á donde sin duda subiera aquella 
noche el Gobernador, á no hallar tan malos pasos (Jo peñascos y otras malezas 
que le obligaron á ranchearse al pié de la cuesta, para á la mañana subir á tomar 
el puesto, como tomó el que le señalaron el Juan de Zarate, á quien desbarata, 
ron luego los indios con galgas hasta hacerle retirar huyendo de ellas á^meterse 



CAP. xl) Noticias de las conquistas de tierra firmk 285 

en la quebrada el ugna á los pechoB, lastiraatlo el Capitán Juan de Céspedes, su 
j«-imo, que viéndose desbaratados, determinaron sin detenerse en el puesto vol- 
verse al del fuerte, lo que también bixo el Capitán Rojas, habiendo hecho presa 
por la parte donde iba, en dos muchachos que andaban armando lazos á pája- 
ro8, que por ser ya Sábado Santo, se quisieron recoger al fuerte, no reparando 
en ei orden que se les había dado por su Gobernador y Capitán. 

2.^ El cual, otro día á las cuatro de la tarde^ tomando el alto, halló las 
casas de los indios desamparadas, y señales de fuegos de que eran treinta fami- 
lias, sin mujeres y chusma, por haberse retirado á otra parte, pareciendo no 
estaba aquélla segura, ni poder hallar punto firme donde asentar ranchos do 
propósito^ tal era el desasosiego que los nuestros les daban en todas partes, que 
pi^tendiendo ahora seguir los rastros, se hallaron algo deslumhrados, aun el 
indio Don Baltasar, si eran de lus indios ó de la gente del Capitán Felipe de 
Rojas, hastíi que mirándolos más de propósito, echaron de ver ser de los indios 
que iban repechando una cuesta arriba, porque las ramillas de las hierbas y 
matas que^pisaban iban quebrándose háeia arriba, que certificó esto más una 
mochila llena de mazorcas que encontraron siguiéndolos, que mandó el Gober- 
nador no la tocasen ; pero á poco trecho que caminaron acabaron de desengañar 
á los nuestros los golpes de hachas y machetes y el murmullo de los indios que 
acabaron de llegar al sitio y hacían ranchuelos para albergarse. Hízose alto 
donde se oyeron, por ir ya cerrando la noche y no ser horade hacer ningún 
efecto ; y así la pasaron con harto trabíijo de fríos páramos, sin más reparo qre 
los troncos de los árboles, y sin ninguna cena, por el inconveniente que era 
hacer lumbre para aderezarla, que tampoco se pudiera sustentar por tres ó cua- 
tro aguaceros que llovió aquella noche, hasta que al romper del día, pensando 
hallar al enemigo durmiendo, quisieron acometerle, como lo hicieran si no lo 
estorbara otix) aguacero que impedía el jugar la arcabucería, 

S.** Pero llegando el día algo más claro, y dejando los cargueros al amparo 
del Capitán Francisco de Bohorquez, se fué allegando á los indios el Goberna- 
dor en la vanguardia, dando orden al Capitán Diego de Poveda, su cuñado, 
que con ocho soldados de la retaguardia fuese faldeando la media ladera de la 
loma, porque si acaso se quisiese por allí deslizar la chusma, cayese en sus ma- 
nos. Apenas hubo dúdele esta orden al Poveda, cuando ladró un perrillo de los 
que tenían los indios, con que le fué forzoso al Gobernador, por ser ya descu • 
bierto, darles Santiago con sólo dos españoles con que se hallaba, por haberse ido 
los demás con Poveda, que eran Andrés Rubio y León, criollo de Ibagué, y 
Don Baltasar y Juan Bioho, un valiente negro esclavo del Gobernador, contra 
quien, al punto que fueron sentidos, salieron al encuentro á hacerles rostro, y 
tiempo á su chusma en que se escapase, dos valientes indios, que lo mostraron 



286 FRAY PEDRO 8IM(5n (7." NOTICIA 

ser más viendo ser tan pocos los nuestros. Comenzóse la refriega, y habiendo 
disparado el J^ndrés Rubio su arcabuz sin efecto, disparando el León á uno de 
los indios, se le agachó al golpe y quedó libre, aunque pasando la bala, mató á 
una india que á la sazóu salía del bubío; cargó otro indio sobre el León y sa- 
cando un pié para hacer fuerza, rálbalo y cayó de espaldas á los del Gobernador, 
que le amparó de una lanzada que acudió á dar al caído en un instante el indio, 
que apuntándole el Gobernador con su arcabuz, que hasta allí no había dispara- 
do, se retiró dando lugar al soldado que se levantase y cargase su arcabuz. 

4.° El indio Don Baltasar, con una lanza que traía, de treinta palmo», 
peleó en aquella ocasión valerosísimamente ; al negro Bioho traían tan apretado 
dos indios, que aun no le dejaban disparar una flecha de hierba que traía en la 
pulguera, hasta que arrimándosele su amo, disparó á uno, que agachándosele, 
le clavó la flecha en una sentadera, con que se levantó el indio y tomó la huida, 
yendo bandeando la flecha ; llegó á este tiempo Diego de Poveda con su gente, 
sin ningún efecto, por haber tomado otro rumbo la chusma en su huida, que 
tomándola también los indios, desde un alto dispararon tantas piedras contra 
los nuestros, que no los pusieron en peco aprieto, ni aun los soldados á ellos, 
pues con una rociada mataron cuatro indios, con que desampararon el puesto, 
diciendo con mil bravatas que ya que los nuestros habían podido entrarles, 
sería imposible salir. Entrando en las casillas de los indios, entre el rancheo de 
algunas hachas y machetes, hallaron muchos calabacillos, unos con pelos de 
león y tigre, otros con pelos de mona, y otros con plumas de águilas y gavilanes 
que declarando estas supersticiones el indio Don Baltasar, decía que traían los 
pelos de león para que los hiciese valientes, los de la mona trepadores, las plu- 
mas de águila y gavilán para que los hiciese ligero^. La necesidad de comidas, 
pues al no hallar algunos bollos de maíz en los rancheos ayunaran aquel día^ 
por ser el último de cuaresma, á sola agua y deseos de pan, y eer víspera de 
Pascua de Resurrección, obligó al Gobernador á tomar con bu gente, sin seguir 
por entonces los indios, la vuelta del Real. 

5.° A cuya vista, dos leguas de distancia por el aire, llegando á una cum- 
bre, hallaron talado y limpio de arcabuco un buen pedazo, y en dos varas 
gruesas atravesadas de un árbol á otro, altas un estado del suelo, puestos en 
hilera, doce idolillos de madera, embijados y pintadas las caras con unas listas 
de amarillo y colorado, al modo que suelen salir los indios á la guerra. De la 
cintura abajo estaban envueltos en unos malos trapillos y papeles de los despo- 
jos de Ibagué, entre los cuales había pedazos de cartas de excomunión, que pa- 
rece les venía á propósito como cosa tan excomulgada *y abominable, y aun en 
uno de las papeles estaba mal escrita una cuartilla de aquel romance que tanto 
trasegó en sus tiempos las plazas y rincones de Castilla: Afuera^ afuera^ afue^ 



CAP. XL) NDtíClAS DE LAS COKQülSTAS DE TIEBRA FIEME. 287 

ra, aparta, aparta, aparta, que el fuego se va encendiendo, las canas se vuelven 
lanzat, que parece venían también á propósito de lo que querían significar 
como veremos. A un lado, sobre un tronco, bajo de uno los árboles que cortaron 
estaba una piedra de hasta dos arrobas, como eminente y salida fuera del tron- 
co parte de ella, y en la concavidad que hacía abajo, estaba atado un grillo con 
una cuerda sutil, y junto á él un poco de masato, que comieron. Al otro lado, 
en el suele, estaba un ídolo del tamaño de un muchacho de ocho años, de ma- 
dera de helécho grueso, tan raal proporcionado como los de arriba, con un dar- 
do en la mano y en la otra una lanza, y junto á él, en el suelo, un guizque y 
una fiecha ; todo esto al sereno y sin cubierta ninguna, vueltos los rostros á 
nuestro fuerte, mirándolo de hito. Que preguntándole al indio Don Baltasar la 
significación de esto, dijo haberlos puesto allí con superstición los mohanes y 
hechiceros, de que hay muchos entre estos bárbaros, dando á entender al vulgo 
que aquellos ídolos en aquella postura, mirando á nuestro fuerte, peleaban con- 
tra nosotros con aquellas armas que tenía el mayor en el suelo, y que el grillo 
significaba á nuestros soldado», á quien habían de vencer ellos con las galgas de 
piedra, significado en aquella que estaba sobre él ; miserable engaño con que el 
Demonio los traía ciegos, como á las demás naciones que se han descubierto en 
estas Indias. Recogiéronse todos estos ídolos y se remitieron al fuerte del Cha- 
parral para que el General los viese. 



288 FRAT PEDEO smóüf ^7.* NOTICrJk 

CAPÍTULO XLI 

1." Viénese una india cristiana á loe nuestros, y un yerno sujo después^ y después cora 
otro indio para ver el fuerte — 2,° Envía el Gobernador al del Chaparral á dar avisos 
de cosas al General); hacen junta los indios para acometer al fuerte de Ospina — 
3.0 Tomada resolución de esto, ayunan con superstición, y acometen al fuerte, j 
entran algunos dentro^ 



N' 



O habiendo sido posible llegar la tropa el sábado de Pascua ai fuerte^ 
llegó otro día, primero de pascua, donde se admitió el descargo que 
quisieron dar los Capitanes Zt'irate y Rojas, y á otro día una india, blanca de 
rostro, pequeña de cuerpo, ñaca y de edad hasta de cincuenta añoa, que decía 
en lengua pijao ser cristiana, y que no la matasen, que se llamaba Auica, natu- 
i*al de JBuga, donde la captivaron los Pijaos y trajeron á aquella tierra; y por- 
que entendáis ( decía ) que es verdad lo que digo, mirad cómo sé por la señal, 
y comenzó á hacer muchas cruces por la cara adiestro y siniestro, sin decir más 
que por la señal en esta materia ; pero^ decía que demás del amparo que venía á 
bascar de los cristianos, por serlo ella, la traía el amor de un hijo suyo llamado 
Metaquí, y de un nieto Imbí, que fueron los dos muchachos que prendió el Ca- 
pitán Felipe de Rojas, que viendo el Gobernador se había venido de su volun- 
tad, mandó la dejasen andar libre, y por si podía sacarle algunos secretos de 
los indios, en que anduvo harto cautelosa, y fué de mucho más daño que d© 
provecho. A seis 6 siete días de su llegada al fuerte, llegó también cérea de él 
un yerno suyo, padre de Imbí, á quererla hablar, dando voces desde lejos que 
le llamasen á Bota Auica ( que en su lengua bota quiere deeir madre ), y ha- 
biéndola catado hablando con licencia del Gobernador tres ó cuatro horas, vol- 
vió la Bota Anica diciendo era su yerno, padre de Imbí, el que daba voces, y 
venía con intentos de darles la paz, y que volvería dentro de tres días, como lo 
hizo, con condición de que le saliese sólo á hablar el Gobernador, que se deter- 
minó á hacerlo con solas sus armas, aunque con riesgo de alguna traición, para 
cuyo reparo mandó que doce arcabuceros le siguiesen de una vista, por lo que 
pudiera suceder, y que fué la señal de haber algo el disparar el Gebernador 
una pistola que llevaba. 

Llegando á vista del indio juntamente con Aníca, demudándose el coloif 
le volvió el rostro al Gobernador y easi las medias espaldas, y dieiéndole el 
Gobernador Tui, Tui, que quiere decir bueno, bueno, volvió á mostrar la car® 
el indio, porque el haber hecho aquello fué de respeto que le tuvo al Goberuí^- 
dor cuando lo vido, costumbre ordinaria entre estos indios para con sus Caciques, 
Trájolo Ospina de la mano al fuerte, que lo recibieroR con salva do la arcabu- 



OAP, XU) NOTICtAS DE CAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 289 

ccría, de que el indio no se hallaba muy seguro entre tantc ruido y gente, 
Al fi 1 so sosegó hablándole el Gobernador y haciéndole dar un machete y 
algiiuas bujerías, de que mostrándose agradecido el indio, y que le tratasen 
tan bien, su hijo Imbí pidió licencia, diciendo iba á traer otros indios de amis- 
tad y pax. Pidiósele su nombre y dijo no poderlo hacer según sus leyes, que 
lo preguntasen á Bota Aaica, que dijo llamarse Cocurga, que dentro de cuatro» 
dias volvió al íiierte con otro indio de la provincia de Behuni llamado Ooyar» 
que traía tres muchachos, amigos da los dos que estaban presos en el fuerte, 
para que ios viesen. Diciendo Anica ser aquel indio principal, y que podía ser 
parte para sacar á otros de pae, le acarició el Gobernador y hizo dar algunas 
bujerías de Castilla, con que salió contento y prometiendo que dentro de cinco 
días volvería con más gente, como lo hizo, pues trajo ciento y cincuenta con, 
intentos de matar á todos los nuestros, para lo cual venía ahora á tomar noti- 
cias del fuerte por vista de ojos, y disponer, según lo que viese, la gente que 
había de venir, 

2.^ Estaba la nuestra en el Real tan necesitada de comidas y sin tener de 
dónde socorrerse por no haber labranza sazonada y estar las de en berza taladas, 
que se vido obligado el Gobernador á remitir con el Capitán Felipe de Roja« 
ciocueiita soldados y Capitanes de los aventureros y más de cien cargueros 
al fuerte del Chaparral por algún socorro, que fué cuando el Gobernador Olalla, 
como dijimos, le entregó sus prisioneros al Rojas para que también los llevara, 
y habiéndose quedado el Gobernador Ospina en su fuerte con solos cuarenta 
j cuatro soldados, ofreciéndose esta paz que prometía ei indio Coyara (que fué 
después de haber salido el Capitán Felipe de Rojas), despachó otros diez y seis 
soldados, por Cabo á Felipe de Santa Cruz (no obstante que nunca la tuvo por 
segura el Gobernador), para que llegando al rio -de Tetuán, despachase desde 
allí dos soldados que se le señalaron, á dar aviso al Capitán General do ella al 
£ueríe del Chaparral. Lo que se determinó á hacer por su persona el Felipe 
do Santa Cruz, viéndose tan cerca del fuerte, remitiendo á los demás de la tropa 
que se volviesen al <lel Gobernador, j viendo por las cartas el Presidente y 
Capitán General haber quebrantado el Felipe de Santa Cruz el orden que 
traía de su Capitán, lo mandó ahorcar, de que sólo lo pudieron librar apretados 
ru^os de los Capitanes que había en el fuerte de San Lorenzo. Advirtiendo 
los indios los soldados que habían salido del de Ospina, que á todos andaban 
á la mira, y que no le habían quedado más que veintisiete, y los más enfermos 
(de que también les daba cuenta la india Anica, viéndose con ellos cada día 
en las aguadas) tomaron atievimiento de hacer i unta de las Provincias de Otai- 
jna, Cacataima y Mola y la dc' Anaitoma y parte de la de Amoyá para aoome- 
ger ai jtueiíej juntándose para esto más de doacieníos indios de pelea, con 



290 FRAY PEDRO SIMÓN (7.-» KOTICJA 

que les parecía desarraigarían de una, de sus tierras, aquel sobrebueso que tamo 
los afligía. 

3.° Formada la resolución en^la gente de acometer al fuerte, la tomaron 
también que el Cacique Carlacá (que de ordinario lo elegían por su Capitán 
General, como dijimos lo habían hecho en lo de Ibagué, gran Mohán, hechice- 
ro y adivino) ayunara sobre conocer el buen suceso de la jornada y quemara 
palo de balsa para adivinarlo, en la ceniza, como lo tenían estos natu- 
rales de costumbre; que si la ceniza quedaba negra, no acometían al ene- 
migo, por tener cierto el mal suceso; y si blanca, bueno; y si parda, dudoso ó 
indiferente, como le sucedió ahora á Carlacá, que se le apareció parda, todo por 
industria del Demonio; pero venciendo al agüero la esperanza de victoria con- 
tra los nuestros, por ser tan pocos y enfermos como lo habían visto Cocurga 
y Coyara, se determinaron á venir sobre ellos, como lo hicieron más de ciento 
y cincuenta bien armados, al sexto día que estos dos habían salido del fuerte, 
prometiendo venir de paz con otros, qué emboscándose todos con tanto secreto 
como si no viniera nadie, á las sombras de la noche y del arcabuco que se re- 
mataba á la margen de la aguada cerca del Eeal, poco más de á las nueve del 
día pidió licencia para salir de él la Bota Anica, y llevando dos calabazos, como 
que iba por agua, se vido con los emboscados en la aguada, y les aseguró la 
victoria, por ser los nuestros los pocos que hemos dicho y andar el Gobernador 
achacoso de unas calenturas, con que tomaron tan valientes bríos los bárbaros, 
que pareciéndoles cada instante mil años, se determinaron salir luego de la em- 
boscada á embestir al fuerte, que aunque lo era, y la puerta tan angosta que 
sólo cabía una persona áe lado, que se cerraba con un grueso madero que alzaban 
con facilidad cuando se había de entrar, y él se volvía artificiosamente á caer y 
cerrarla, y la hora desusada de acometer estos bárbaros sus empresas, pues suele 
ser de ordinario al comenzar á quebrar el alba, con todo eso, por lo que les ase- 
guraba con persuasiones Anica, diciendo estar los nuestros fuera de sospecha, 
y algunos comiendo (y aun acertó en aquella ocasión, que serían ya poco más de 
las diez, á desamparar la posta la puerta del fuerte por ir á tomar un canuto de 
tabaco), se fueron llegando á él con tanta prisa, que por mucha que dio con 
sus voces un indio amigo que los vido, diciendo : señores, Fijaos! señores, Fijaos? 
á lo último de estos acentos que volvieron en sí algunos soldados, yá estaban 
dentro del fuerte, por no hallar resistencia en la puerta, Carlacá, Cocurga, 
Coyara y otros que fueron entrando y trepando por la empalizada hasta núme- 
ro de treinta, y entraran más si el buen Andrés de Aspeitia, con cuatro solda- 
dos, no fuera volando á la puerta á hacer frente á los demás que fuera se las 
habían con algunos soldados que se hallaron con ellos de manos á boca y Ifi» 
hacían frente. 



CAP. XLIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 291 

CAPÍTULO XLII 

!.• Acometen los indios en el fuerte, lo primero al rancho del Gobernador Ospina— 2.** 
Lo que le sucede con los que le acometieron— 3.* Pretende Cocurga sacar del 
fuerte á su hijo — 4.® Lo que sucede á dos soldados y á un indio que se quiso hacer 
muerto con otros muertos. 

HABIÉNDOSE encontrado Carlacá (que traía el rostro rayado 
coa listas de betún colorado y amarillo), entrando á la mano iz- 
quierda del fuerte, un mal ranchuelo de un soldado enfermo, Francisco de 
Guevara, metió la lanza dos ó tres veces por la cubierta, que pudo con facili- 
dad, pues era de paja, y saliendo fuera el soldado, le tiró el indio otro bote de 
lanza, que alcanzándole con la punta por debajo la costura de un hombro de 
un coleto de ante que tenía, le hizo ir trompicando al soldado hartos pasos ade- 
lante, que á asegundarle acabara con él; pero como no llevaba intentos de esto, 
sino de solo matar al Gobernador, por parecerle con aquello habría conseguido 
el fia de ellos, que era acabar con la guerra, y haber á las manos una sobre- 
cama de grana que habían visto sobre la del Gobernador los dos indios los 
días antes, de que se habían aficionado, se entró á su rancho con Coyara, que 
estaba un poco más adelante que éste del soldado, á la misma mano izquierda, 
y en él el Gobernador echado en la cama por sus calenturas, que saltando de 
ella con sobresalto al ruido, halló que en la mitad del aposento, que era bien 
pequeño, estaban Carlacá y Coyara, arrojándole botes de lanza, de quien lo 
libró más la mano poderowa de la suprema causa, que el amparo de una cortina 
que puso delente, que tapaba una puertezuela, donde se detenían las lanzas, 
mientras alargó la mano á cierta cuerda que había dejado encendida, que la 
halló ahora en la necesidad apagada, como también halló que lo estaba un 
hacho de astillas y paja que llevaba en la punta de la lanza otro indio que entró 
con Carlacá para pegar fuego á la casa del Gobernador, que no tuvo efecto por 
lo dicho. 

2.0 El cual, no obstante que se hallaba sin cuerda encendida, hacía punte- 
ría á los dos indios con la escopeta, que viendo no se la disparaba, ni tenía 
lumbre, con qne le volvieron á tirar otros dos botes de lanza, hasta que acordán- 
dose el Gobernador tenía cargada la pistola y puesta debajo el almohada de la 
cama, la tomó y mientras armaba el serpentín, le volvieron á arrojar otros dos 
botes de lanzas, y al tiempo que las volvían á recoger para tirarle otros, les 
apuntó con la pistola, que tampoco dio fuego por haberse derramado el polvorín. 
En este punto le socorrió el Cielo con la entrada de su negro esclavo Juan 
Bioho, que habiendo sabido que tenían en aquella apretura los dos indios á su 



292 FRAT PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

arao, llevnnflo en las manos, con quo se halló, una sola flecha sin arco, ae 
arrojó por entre los dos á ponerse entre ellos j el Gobernador, que no jjudo 
conseguir, pues el Carlacá, viendo cerca de sí al moreno, y que iba á socorrer 
al Gobernador, le d¡ó tal empellón que le hizo volver algunos pasos atrás; y 
aoudiéndole el Coyara con una lanzada, le pasó el brazo derecho sobre la muñe- 
ca, que sirvió todo este entretenimiento de los indios y el negro, para que entre 
tanto cebase el Gobernador la pistola, que disparándola al tiempo que iban á 
recoger las lanzas otra vez para tirarle, le dio a Carlacá en los pechos con 
cuatro postas hechas de una bala, engrasadas con tocino, como las acostumbra- 
ba á traer de ordinario, por ser de muerte las heridas, y dándole también con 
todo el fuego en la cara al indio, cayó en tierra y desatinado; á gatas, ayndán~ 
dolé el Coyara, se fué saliendo la puerta afuera del rancho y desde allí del 
palenque con ayuda que tuvo de los demás indios, sin sentirlo español ninguno 
que se lo estorbase y ir todavía con algunos alientos, no habiendo sido pene- 
trantes las heridas, por ser el tiro desde tan cerca, si bien a los cinco días de 
camino, volviéndose á sus tierras, murió de ellas. 

3.^ Por presto que salió el Gobernador de su rancho á socorrer al cuerpo 
de guardia y sus soldados, no pudo ver al Carlacá, pero encontró á Cocnrga, que 
con la mano izquierda tenía asido de los cabellos al muchacho Imbí, su hijo, 
tirando de él para llevaile á la parte de la empalizada donde le estaba aguar- 
dando su abuela Anica, á quien le había dejado el Cocurga la lanza al entrar 
en el fuerte, entrando él con sola una gran macana, y dejando concertado con 
la Anica que en la esquina del palenque, por la parte que miraba hacia la 
aguada, estuviese aguardando el buen suceso de lo? suyos y malo délos nues- 
tros, y que por cierta concavidad que hacían dos maderos, la diese á su nieto 
Imbí; que su hijo Metaquí, que era algo mayor, se escaparía entre la bulla de 
la gente. Esto, pues, estaba pretendiendo hacer ahora Cocurga, cogido al mu- 
chacho de los cabellos, si bien cuando vido al Gobernador comenzó Imbí á 
hacer resistencia á su padre, ó por echar de ver lo malo que andaba su partido, 
ó por lisonjear al Gobernador. Al cual, las obligaciones de acudirá tantos luga- 
res, no se lo habían dado para cargar su arcabuz. Llegó también en esta ocasión 
aquí con el suyo, aunque sin cuerda, Hernando de Ospina en la una mano, y en 
la otra un machete, á quien le dijo el Gobernador se lo tirase al Cocurga, 
como lo hizo, aunque sin efecto, como tampoco lo tuvo el asegundarle con el 
mocho del arcabuz, por haberlo reparado el indio con la gran macana; pero 
entrándosele á este tiempo el Gobernador, le asió de los cabellos y prendió, á 
quien llegando á herir otro soldado que á este puntó se le juntó, no consin. 
tiéndolo el Gobernador, se lo entregó para que lo guardaran con cuidado, y á 
Qtvo llamado Diego Martín, que le venía á tr^ep una cota de malla al Goberna- 



CAP. XLIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 203 

dor para que se la pusiera, que no lo hizo por no dar espacio las prisas á dete- 
nerse á ponérsela. 

á.° Uno de los soldados, llamado Francisco de Mendoza, mulato, erioHo de 
la ciudad de Mariquita, viendo que tres indios enemigos, no pudiendo salir del 
fuerte por otra parte, pretendían salir por una de las tres esquinas, les acomttió 
solo á todos tres, que no dando lugar la estrechura del sitio á pouer jngar las 
lanzas, pudo asir el soldado á los dos por los cabellos, j arrimando la rodilla en 
el hueco de la esquina al otro que pretendía saltar, se las tuvo con todos tres 
valerosísimaraente, hapta que llegándole de socorro un indio amigo, le dio 
tantas puñaladas al uno de los presos, que quedó allí muerto; de los otros dos 
que pretendían al Mendoza con los dedos sacarle los ojos, se defendía á 
dentelladas, por tener las manos ocupadas, agarrados los cabellos de entram- 
bos; otro soldado llamado Pedro de Cetare, mestizo y criollo de la misma ciudad, 
viniendo á las manos con otro valentísimo indio, lanza á lanza, la mató; que 
habiendo muerto otros en otros puestos, de treinta que entraron en el fuerte, 
quedaron sin vida los doce, sin Carlacá, y otro tronchada una pierna; sin 
otro mal suceso de paite de los nuestros, que quedar lastimado el Capitán 
Juan de Céspedes de una pedrada que le dieron al salir de la puerta de sn 
buhío, y haberle pasado el brazo al negro Juan Bioha, y muerto un cachorro 
que deslomaron de un macanazo. El suceso de Carlacá con el Gobernador 
desgració tanto las fuerzas y bríos de los indios que se hallaban dentro del 
fuerte, como se echó de ver en la mano floja con que peleaban, y que casj 
sólo atendían á hurtar el que más podía la ropa de los soldados, que parte de 
ella estaba tendida á secar, y la demás buscaban en los buhíos que hallaban 
sin dueño, por andar los soldados en la refriega. Cargado cada cual con la que 
pudo arrebatar, procurando librarla y su vida, trepaban por la empalizada para 
valerse fuera de sus pies, no pudiendo de sus manos, para los intentas que 
traían, y así viéndose fuera del fuerte, le volvieron todos las espaldas: socorro 
más do la mano de Dios que de la humana. Y sucedió que habiendo hecho 
recoger el Gobernador á un lugar los prisioneros y muertos, entre éstos estaba 
uno que por no tener herida ni otM oansa de muí^rte, les pareció no lo estaba, 
sino que había querido pasar plz ^ dj mu,-! to de burlas, por no serlo de veras, 
como sucedió, pues para salir de esta duda, cd negro Bioho, con el dolor de 
BU lanzada, le dio otra en el nmslo al muerto fingido, que con el dolor y senti-^ 
miento abrió los ojos, que se los hicieron cerrar asegundándole con otras, basta 
que quedó acompañando de veras á los demás muertos. A los vivos, fuera de 
Cocurga, hizo echar el Gobernador á los perros, atadas las manos, de quien se 
defendieron por buen espacio con los pies; pero al fin vinieron á perecer entre 
aquellos dientes caninos, sin dar muestras de quejas cuando los estaban despe- 



294 FRAY PEDRO SIM(5n (7.* NOTICIA 

dazaudo, por no mostrar flaqueza de ánimo, que es gran cobardía entre ellos; 
cortadas á todos las cabezas, las bizo poner el Gobernador en los palos de la 
cerca del fuerte. No hubo con quién seguir este alcance, por ser tan pocos y 
tan enfermos los nuestros; y así, haciéndoles la puente de plata, sólo se disparó 
desde el fuerte al bulto de cien indios que iban repechando, á uno de los 
cuales le tronchó la pelota una pierna, como se advirtió por todos los nuestros, 
y cómo los suyos le cargaron en hombros y llevaron, como también á Carlacá, 
que comenzó luego á adolecer del daño que le hizo el tiro del Gobernador, 
basta que murió al quinto día, y se mandó entre ellos se tuviese oculta su 
muerte, como se tuvo por más de dos meses enteros. Dicen que cuando iba á 
entrar en el fuerte estropezó, y que teniendo esto por mal agüero, dijo á sus 
compañeros no entrara si no se hallara tan cerca de é!. 



CAP. XLIII) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 295 

CAPÍTULO XLIII 

1.* Quiérese excusar la india Anica no haber sido parte en el rebelión. Avisan al Gober- 
nador del suceso del Capitán Poveda — 2.^ Habiéndose visto el Gobernador con el 
General, trata en su fuerte de las paces con sus indios presos— H," Lo que responde 
el uno de ellos, sin esperanza de darlas— 4.° Hace una salida el Gobernador y presa 
en algunas indias. 

'^^T'A sobre tarde, este mismo día, que era viernes, habiéndose alejado 
_JL algo los indios del fuerte, vino á él Bota Anica con fingidas mues- 
tras de enojo contra aquellos indios agresores, que decía eran de Otaima, 
Cacataima, Behuni, Anaitoma y algunos de Amoyá, que eran unos bellacos y 
se alegraba de que hubiese muerto el Gobernador á los que allí veía, porque 
le habían querido también matar á ella, encontrándola en el arcabuco de la 
aguada, como lo hicieran si no se hubiera emboscado en él, de donde salía 
ahora. No había visto aún preso á su yerno Cocnrga cuando decía esto Anica, 
pero en viéndolo se certificó su maldad, y otras que cada día cometía contra 
loa nuestros. A los cuales el domingo siguiente por la mañana comenzaron á 
dar voces desde un alto, que se oían en el fuerte, diciendo mezclasen lágrimas 
con la victoria que habían tenido de haber muerto aquellos indios en el fuerte ^ 
pues también ellos habían muerto á dos cristianos en la Provincia de Amoyá , 
que eran los dos que dijimos, Muela y Arguioichea, le habían muerto al Capi- 
tán Francisco de Poveda; y añadían á las voces diciendo: que el Gobernador 
Ospina era muy bellaco y los perseguía mucho, y no dormía en corralea todas 
las noches, como otros Capitanes. Deseoso el General de^saber el fin de las 
paces que le habían venido á dar al Gobernador Ospina Cocurga y Coyara, 
despachó desde el fuerte del Chaparral al suyo al Gobernador Baptista de los 
Eeyes, con veinticinca soldados, y en su compañía al Padre Escobar, que 
viéndose con el Gobernador en el fuerte, á donde también llegó tres ó cuatro 
días después con el socorro que había venido á llevar el Capitán Rojas, 
determinó el Gobernador Ospina tomar la vuelta del Chaparral á verse con el 
General y tratar de nuevo de las cosas de la guerra, según los nuevos sucesos 
que iban sobreviniendo, y así juntamente con el Baptista de los Reyes y sus 
soldados, llevando en su compañía otros cuarenta y dejando el fuerte á cargo 
del Capitán Gómez Suárez, salió el Gobernador, y llegando á cierto paraje fuera 
del arcabuco, le ordenó á Hernando de Ospina'que con los treinta pasase 
á la Provincia de Behuni, dos leguas de aquel sitio, á talar, si hallase, algunas 
comidas, y que á los ocbo días le aguardase en el mismo puesto, donde volve- 
ría con lotí diez que tomó en su compañía para llegar al^ Chaparral. 



296 FRAY PEDRO SIMÓN (7-* NOTICIA 

2.° A donde habiéndose visto con el General don Juan de Boíja, y tratado de 
la desesperación con que peleaban yá los indios, pues ésta les daba atrevimiento 
para acometer á los españoles en su fuerte, juzgaba el General no estar seguro 
en el suyo del Chaparral, y así hizo con cautelosa prudencia, para asegurar 
más todo acaecimiento, se cerrasen ciertos portillos que tenía la Cerca, por 
donde Con más comodidad se comunicaban las cocinas y el servicio que estaba 
fuera. Tomó el Gobernador Ospina, á tres días '^ue estuvo en este fuerte del 
Chaparral, la vuelta del suyo, y llegando al puesto que le tenía ordenado á 
Hernando de Ospina le aguardara, lo halló en él con buenos sucesos en las 
talas, y presa en un indio valiente de hasta veinte años, llamado Bilaque; 
llegado á su fuerte y dada luego otra vuelta á las talas de la misma Provincia 
de Behuni, donde le pareció convenir dejar en pié algunas sementeras, para 
que al amor de ellas a o se alejasen los indios, hizo otra salida por su persona, 
siíi hallar rastros de indios en que hacer presa. Alojado una noche en una 
cavsa que halló vacía, llegó á ellos un indio con una carta puesta en un palillo, 
y un trapo de lienzo de algodón por banderilla, que lo despachaba el General 
dando aviso cómo la Provincia de AmOyá salía de paz, y que se la aseguraba 
el Gobernador Olalla, y que procurase hacer lo mismo en aquella de Behuni y las 
que estaban á su cargo. Tratóles de esto el Gobernador Ospina luego allí á 
Gocurga y á Bilaque, que llevaba en su compañía presos, dicie'ndoles cómo el 
Zipa (que quiere decir en su lengua la suprema cabeza) les enviaba á convidar 
con la paz y que diesen la obediencia al Eey de España: cosa que tan bien les 
estaba para la quietud de su cuerpo y alma, como la había hecho la Provincia 
de Amoyá. 

3.^ A lo cual respondió Oocurga: " En cuanto toca á mi parte, yate tengo 
dada la paz^ pues soy tu prisionero, y aun cuando no lo fuera, te la diera por las 
grandes obligaciones que te tengo, pues habiéndome podido matar como á 
otros menos culpados, no lo has hecho, y mostrándome agradecido á esto, te 
desengaño que ni tú ni el Zipa tenéis que cansaros en pedir la paz á estas pro- 
vincias que te están encomendadas, pues ni te la han de dar ni aun ofrecer, 
si no es fingida y para mayor mal, y si estos de Amoyá la ofrecen, puédeülo 
hacer por no estar tan medrosos de los delitos que tienen cometidos contra 
vosotros, pues jamás os han acometido sino es á nuestro abrigo y amparo, 
siendo nuestros mochileros ". Aunque esto se puede entender ser más bravata 
fanfarrona del indio que verdad, por la larga experiencia que se tiene, la 
Provincia de Amoyá no ser la cabeza de todas por ser menos belicosa, no por 
serlo mucho más que todas, y de más bizarros y valientes soldados que el resto 
de los de su nación; "pero estotras Provincias de Maito, Behuni, O taima y 
Cacataim^ (decía el indio) se hallan agravadas con mil delitos que han come- 



CAP. XT.IIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIBMK. 297 

tido contra rosotros, pues aliora en la quema de Ibagué fuimos los principales 
agresores; tenemos destruidos á Cartago, Bnga j Timaría, sin otros innumera- 
bles daños de muertes y robos que hemos hecho en los caminos reales, por 
lo cual no se atrevía nuestro corazón á entregarse en vuestras manos, por el 
castigo tan justo que tememos de ellas, en especial por haber últimamente 
acometido á tu fuerte, demás que ya casi no han quedado indios en esta tierra 
que te la puedan dar cuando quisieran, porque no pudiendo á tus primeras 
entradas desbaratarte con las emboscadas que te echaron j tuvieron parecer 
todos retirarse á otras Provincias: unos al Valle de las Hermosas y otros á 
Tunasí, que es en Bnga la Vieja, donde há muchos días se tiene prevenida esta 
retirada y hechas en ellas muchas sementeras para el efecto, y puesta allí para 
el cultivo de ellas toda !a chusma y viejos inútiles para la guerra, andando en 
ella por acá la útil. Determinóse esto luego que quemamos á Ibagué y vimos 
que en el Chaparral quedaban casas hechas para que el Capitán que envió á 
nuestro castigo (diciendo por Domingo de Erazo) y que dejó en ellas al 
Capitán Bocané (que así llamaban al Capitán Diego de Bocanegra, tan 
temido entre ellos) porque luego nos prometimos que habiades de volver sobre 
nosotros al castigo con gran fuerza de gente, y así retiramos la nuestra donde 
te he dicho, y la hallarás si sales en su demanda y me llevas por guía, que lo 
haré con mucho gusto, pues podrá ser que por aquí venga á tus manos para 
hacerme compañía en la jirisión mi mujer y una hija roía que trae al pecho, 
que viendo sus parientes quedaba yo preso, se la llevaron consigo, dejándo- 
me sin esperanzas de verlas jamás sino es por este camino ". 

4.** De toda esta verdad ( decía el indio ) podrá dar testimonio, pues lo 
sabe como yo, Bilaque. Que preguntándoselo, dijo ser así, y preguntándole al de 
Amoyá que había traído la carta, si conocía á Cocurga, dijo que sí, y que no 
tenía aquel nombre sino otro, que se había mudado ahora en éste por ser indio 
muy valiente, y que no lo conociesen por su nombre propio. Respondió el Go- 
bernador al General lo que había pasado delante el mensajero de Amoyá, y qne 
si no ordenaba Sn Señoría que se diese vista á la retirada de Tunasí, no tenía 
necesidad allí en su fuerte más que de sesenta soldados, con que concluiría lo 
que restaba á su cargo en aquellas provincias. Habiendo vuelto á su fuerte el 
Gobernador Ospina, después de diez y siete días que había salido de él, luego á 
poco volvió á salir cou cuarenta soldados la vuelta de Anaitoma en demanda de 
cierta casa oculta, con cantidad de gente, de quien le había dado noticia Cocur- 
ga, donde se podría hacer alguna presa de importancia, porque estando aquella 
de Anaitoma al cuidado del Capitán Olalla, como la de Amoyá, se hallaba la 
gente seguía de que esta gente de Ospina daría sobre ellos. Salió á esto una ma- 
ñana al queb^ai: las luces el Gobernador con su gente, y habiendo caminado á 



298 FRAY PEDRO SIMÓN (7.** NOTICIA 

pié ( como se hizo toda aquella guerra, por no dejar la fragosidad de la tierra 
que se caminase á caballo ), habiendo de repechar un reventón de media legua 
para llegar á la casa, se hallaron catorce soldados tan rendidos, que no les fué 
posible llegar aquella tarde, y así dejándolos allí con el Capitán Felipe de Rojas 
para que subieran otro día con la fresca, con el resto llegó el Gobernador á la 
casa, que la halló sin gente, y cerrada la puerta con ciertas estacas fuertes, y 
colgados en ellos muchos huesos y espaldillas de personas. 

Y habiendo visto había en ella mucho maíz, frisóles y otras comidas, sin 
tocar en nada, se ordenó por el Gobernador una emboscada en cierta trocha 
que venía á dar á la casa, para haber á las manos si acaso venía alguien á ella 
por mantenimiento. A que se estaba dando disposición, cuando se oyó la voz de 
un grueso caracol y algún murmullo de gente, que se juzgó no estar lejos del 
puesto, y así se alojaron nuestros soldados dentro el arcabuco, no lejos de la 
casa, hasta que otro día al romper del alba se comenzó á marchar la vuelta del 
paraje donde se había oído el ruido, sin aguardar los compañeros que quedaban 
con Rojas, que los alcanzaron por el rastro aquella tarde como á las tres, yá que 
iba el Gobernador con los suyos dando vista á una vega que hacía una razona- 
ble quebrada de buena agua, á cuya margen había cinco ranchuelos de vara en 
tierra junto á un salto que hacía el agua, y en ellos trece personas retiradas, 
mujeres y niños, que hubieron los soldados á las manos sin escaparse alguna, y 
sin otra resistencia que la de un perro de los ranchos, que embestía á los nues- 
tros con ferocidad extraña, hasta que murió de una lanzada. Halláronse en el 
rancheo cosas españolas que las habían habido en despojos de los nuestros, que 
les habían cabido á aquella parcialidad, que las estimaban por extremo, como 
fueron, de más de otras cosas, la llave del arcabuz del Sargento Arguinichea, y la 
mitad del cañón, que tenían dividido por medio, aplicado para punta de lanza, 
que lo disponen para esto con una destreza maravillosa, pues cortan el hierro y 
el acero y un cañón de arcabuz, á lo largo ó en los trozos que quieren con una 
delgada hebra de algodón torcido con arena y agua, que es d todo lo que pue- 
de llegar el arte, pues parece iaiposible. 



CIP. XLIV) KCTICIAS DE LAS CONQÜÍSTAS DE TIERRA FIRME. 899 

CAPÍTULO XLIV 

L* Vuelve el Gobernador Ospina á ranchearse á una casa donde hallan bien que cenar— 
2.° Viene al fuerte el indio Manetas á dar la paz por dos provincias; pídensele pren- 
das de ella — 3." No tuvo efecto 1* paz, por haber preso al indio otro Capitán, yendo á 
tratarla — i." Luchan dos indios con dos españoles; vencen los nuestros y maere el un 
indio, 

UNA había entre las mujeres aprisionadas biea tratada y dispuesta, 
con una nubecilla en un ojo ( que yo conocí mucho tiempo después, 
por haber andado entre nosotros con su marido Inacho de Paz y sus hijue- 
los), que estando ahora cercada de ellos y recién parida de uno, recién trasquilada 
la cabeza, y un bonete de hojas de palma en ella ( costumbres de estas gentes, 
traer hombres y mujeres estos bonetes, y ■ellas trasquilarse todas las veces qu« 
paren ), comenzó con grande ahinoo y coraje á defender la jurisdicción del Go- 
bernador Olalla, diciendo que á él le pertenecía aqaella tierra y la gente de 
ella ^ y así se admiraba cómo la de aquel Capitán Ospina entraba en aque- 
lla provincia, pareoiéndole no podían entrar los unos soldados en las provincias 
señaladas á los otros, y que en breve llegarían sus maridos, d^cia la india, y 
dando cuenta á Olalla, enviaría soldados á matar aquéllos si no soltaban luego li- 
bra la presa que habían hecho. No pareciéndolo al Gobernador, por ser húmedo, 
¿ propósito el sitio para ranchearse en él aquella noche, trató, contra el parecer 
de algunos de los soldados, por ser ya tarde, de tomar la vuelta de la casa do 
donde habían salido á la presa, para donde acertaron á tomar una trocha taa 
breve, que desechando muchas cuchillas, fragosidades, páramos y sumideros que 
hablan pasado á la ida, hundiéndose en partes más que hasta la cintura, camina- 
roa en una hora hasta la casa lo que á la ida habían gastado ocho. Tuvieroa 
por bien empleado el camino, por hallar en la casa en qué emplear todos sus 
ganas de comer. Habiendo aguardado el Gobernador allí algáa tiempo por si 
venían los maridos de las presas á su rescate, viendo que se tardaban por haber 
ido á probar la mano contra el Capitán Olalla, tomó la vuelta do su fuerte. 

2.° Para donde iba caminando, cuando oyeron voces en la cumbre de un ce- 
rro, que habiendo respondido á ellas, bajó á ellos un muchacho de hasta seis ó 
siete años, con una banderilla blanca y en ella una carta, despachada por el 
CSapitán Gómez Suárez, que había quedado en el fuerte, en que avisaba al Go- 
bernador cómo Á dos días de su partida de él había llegado allí un indio de 
hasta cincuenta anos, cortadas las manos de años pasados, y en su compañía la 
estafeta de la carta, y otro muchacho, diciendo que traía un negocio de impor- 
tancia que hablar al Gobernador, y diciéndole que era el Gómez Suárez, lo res- 

36 



800 FRAY PEDRO SIMíJlí (7.« NOTICIA 

pondió no tener él las señas qne traía del Gobernador, pues le habían dicho er» 
algo más alto y sin cabello en la cabeza ( es calvo el Diego de Ospina), y así na 
queriendo dar el recado que traía al Gómez Suárez, le dio aviso en esta carta,. 
por lo cual abrevió su viaje el Gobernador con doce soldados, dejando el resta 
y los prisioneros á cargo de Hernando de Ospina, que llegó al fuerte otro día 
después que el Gobernador, á quien conoció el indio Manetas por las señas lue- 
go que lo vido. Llamarémosle así de aquí adelante, annque él sollamaba Metaco, 
por estar sin manos, á quien se las cortó un caudillo antiguo que anduvo á la 
TÍsta y márgenes de aquellas provincias, llamado el Capitán Gavilán, y á otro 
compañero suyo la cabeza, que colgándosela á éste al cuello y sus mismas ma- 
nos, le remitió entre sus naturales para que advirtiesen en el castigo que había 
hecho á aquellos dos, haría lo mismo con ellos si no se daban de paz. 

Esta venía á dar ahora este indio, de parte de las provincias de Otaima y 
Cacataima, á que el Gobernador respondió placerle de dársela si le daba alguna» 
prendas de seguro, que fuesen personas de su familia, por tener ya conocido na 
daban aquella paz más que porque no íes entrasen de guerra á sus provincias á 
hacérsela y talarles las comidas. A que respondiendo el Manetas bastaba por se- 
guro el estar él de por medio, á quien tanto los demás obedecían, añadió que no 
obstante esto, iría á las dos provincias y le traería algunos hijos de los más prin- 
cipales, dejando ahora en prendas uno de los muchachos que traía, pero que para 
que se entendiese había hecho con fidelidad la embajada, le diese licencia á Bota 
Anica y otra india prisionera que le fuesen acompañando, pues era cierto el 
volver ellas al fuerte por las prendas que dejaban en él, en que no reparando el 
Gobernador, por aventurarse poco en perder dos indias y mucho en las paces á 
que ellas podían ayudar, hablando á la gente, se partió el Metaco con ellas y 
llegó aquella noche á Behuni; pero sucedió que pareciéndole entretanto qua 
esto pasaba aquí al General, que tenía á bien en qué ocuparse el Gobernador 
en esta provincia de Maito, con que no podría revolver tan presto á la de Otai- 
ma, despachó á ésta desde el fuerte del Chaparral con cincuenta hombres y' al- 
gunos Ooyaimas amigos al Gobernador Baptista de los Reyes, que pasando por 
la provincia de Behuni,, dio de manos á boca con el Manetas y las dos indias, y 
habiendo á ella á las manos, y escapádose él, volvió á dar cuenta del sucesa 
al Gobernador. 

3." El cual annque no pudo por entonces saber quién fuese el caudillo, le 
escribió soltase las indias, como lo hizo, habiendo llevado la carta el Manetas> 
que volvió con las dos indias al Gobernador, el cual detuvo al indio que se 
quería volver á su tierra algunos dos 6 tres días, pata que tuviera lugar en 
ellos, sin mayor alboroto, el Capitán Baptista de los Reyes de hacer alguna 
buena facción ó presa. Después de ellos dio liceneia el Gobernador á Maneta» 



OAP. XLIV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 801 

para que volviese á su tierra, encomendándole que todavía tratase de las paces, 
ya que se había estorbado, por lo diclio, tratar do ellas en la ocasión pasada. A 
que respondió el indio no quererse meter más en ellas, pues ya le tendrían des- 
truidas sus tierras, y sólo serviría la paz de sacarlos de ellas, y así se partió el 
indio con esta determinación, y los muchachos que trajo. El año siguiente de 
.seiscientos y ocho vi yo colgado á este indio, andando á caza cerca del fuerte 
del Chaparral, y pienso fué por alguna traición que después hizo á los nuestros. 
A dos días de la partida de este indio del fuerte de Ospina, llegaron otros cua- 
tro, maridos de las indias que se habían preso en Anaitoma, el uno llamado 
inacho, que lo era de la india que dijimos tenía la nube en el ojo ; otro se decá 
Chanama, agigantado y de valientes miembros, y todos bien apersonados, el 
más viejo de hasta cuarenta años, que era Inacho, á quien no se les echó pri- 
siones por haberse venido ellos. Pidió el uno le diesen su mujer para volverse 
con ella á su tierra, al cual remitió el Gobernador al Presidente al Chaparral 
con el indio prisionero Bilaque, que deseaba ver al Zipa y llevarle de regalo 
unas ciruelas ; de donde volvieron bien despachados y contentos : el Bilaqoe 
con una camisa que le había dado el Zipa, y el otro con licencia para que le 
entregasen su mujer, si bien retardó el Grobernador el hacer esto hasta que por 
algunos buenos servicios llegase á merecerlo. 

4.^ Deseoso Chanama do probar sus fuerzas en la lucha con algunos de 
los soldados, salió al desafío aquel mulato Citare, que dijimos había muerto de 
una lanzada al otro indio,que después de haber andado bregando por buen espacio 
de tiempo, al fin derribó al indio dos veces, de que quedó bien corrido, y que' 
riendo volver por la honra de éste el otro indio que pretendía á su mujer, se 
asió también á la lucha con un mestizo, sobrino del Capitán Felipe de Rojas, 
que también derribó al indio dos veces, y cayendo la postrera sobre un tronco 
mal cortado, quedó tan lastimado que amaneció otro día con un dolor de costa- 
do y fuerte calentura, á quien los demás sus compañeros y parientes tomaron 
entro manos, comenzándolo á curar á su modo, que fué echarle mucha agua 
fría aprisa (que lo estaba harto en el sitio, por tocar en páramo) por todo el 
cuerpo, y en especial en la parte del dolor, con que acabaron con él dentro de 
tres días, sin quererse baptizar, aunque recibió tanta agua, yéndose al infierno 
que le calentasen la frialdad con que había muerto ; hízosele sepultura fuera 
del fuerte, á donde en habiéndolo metido, cada uno de sus parientes entraba en 
el hoyo y le decía al muerto no sé qué palabras al oído y se volvía á salir, hasta 
que habiendo entrado todos por su orden de esta suerte, lo cubrieron de tierra 
y hicieron grandes llantos. 



^02 f^ílAY PtDÉO SIMÓN \J* NOTICTA 



CAPITULO XLV 

1/ Desean los soldados dejar la guerra y lo que acerca de esto sucedió— 2.° Engaño de 
un muchacho á los nuestros, y cómo siguen á los indios— 3.« Halkn tan divertidos 
los rastros, que de seguirles, envía el Gobernador los prisioneros al Chaparral, y lo 
que allí sucedió--4.<^ Animo de un muchaúíio qtíe dice lo maten á él por su madre' 



D 



^ ESGANADOS andaban ya los soldados de tan larga asistencia en 
la guerra^ por seguírseles tan poco interés, y por haber salido 
plática entre ellos de que el Gobernador determinaba ir á la retirada de Tune- 
sí ó Buga la Vieja, de que dijimos había dado noticia Oocurga, y también por- 
que muchos de ellos habían dejado parte de sus matalotajes en el Chaparra), 
donde se temían estarían podridos ó mal acondicionados. Y así envió el Gober- 
nador al General á pedir licencia para algunos, y para salir también él á lo 
mismo, y á dar nna vuelta á sus haciendas, y que pues ya era tan poca la gente 
de aquellas provincias, sería acertado desamparar aquel fuerte y ocupar la gente 
en otros de mayor importancia. A que respondió el Presidente, enviando á al- 
gunos la licencia que pedían, como fué á un Miguel de la Peña y á otros ; que 
no le parecía se desamparase por entonces el fuerte, y que por estar él ya el pié 
en el estribo para irse á la ciudad de Ibagué, dejando en su Lugar Teniente en el 
Chaparral al Gobernador Domingo de Erazo, se estuviese en el suyo el Ospina 
hasta que le avisase otra cosa, asento de la jurisdicción de Erazo, y que no se 
pudiese meter en cosa de sus disposiciones; con éstas despachó Ospina al Cha- 
parral los prisioneros y á Bota Anica con su hijo y nieto, determinando dar 
Otra Vuelta al rebusco de aquellas provincias, para lo cual estando todo á pique, 
llegó de la de Behuni al fuerte un indio viejo, amigo de Coyara, y traía en su 
compañía un muchacho de hasta quince años y otro de veinte, y decía que 
sólo venía á ver al Gobernador, el cual advirtiendo que mientras aquel indio 
estuviese allí estaría sin sospecha la provincia de Behuni de que entrarían en 
ella los nuestros, determinó, fiado en este seguro, dar entonces sobre ella, no 
obstante que no le habían quedado en toda la provincia más que la casa de Co- 
yara y otras tres ó cuatro. 

2.° Y así tomando cuarenta soldados y dejando ordenado tuviesen cuidado 
no se huyese el viejo, llevó por "guía uno de los muchachos que trajo, parecien- 
do que de él, por serlo, y "do menos malicia que los gandules, sacaría mejor los se- 
cretos de la tierra. Yendo ya marchando, encontraroj^i con una división de sen- 
das, y preguntándole al muchacho por cuál habían de ir para la casa de Coyara, 
dijo mintiendo que por la de la mano izqaierda, que la fueron siguiendo, pare^ 
ciéadoles teníase ya la preba en las manos, que les sucedió bien al contrario, 



CAP. XLV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIFRRA FIRME 303 

pues á cosa de n>il pasos que caminaron, dieron con una gran casa caída ya de 
vieja y inhabitada; sólo había cerca de ella un turmal recién Beinbrado. Cono- 
ciendo el Gobernador el engnño del muchacho, le asió de loa cabellos y dio 
cuatro remesones y mogicones, con que se embraveció tanto el muchacho, que se 
puso á probar las fuerzas con el Gobernador, tanto que le forzó á meter mano á 
la daga y darle tres ó cuatro golpes con el pomo, que lo descalabró. Mandó be 
marchase luego aprisa á coger la otra senda que habían dejado de la mano de- 
recha, y habiendo caminado por elia hasta trescientos pasos^ se oyó ladrar un 
periillo y dar voces á un indio, que habiendo reconocido á los nuestros, avitaba 
á los suyos se huyesen y embiscasen, como lo hicieron, sin poderse hacer nin- 
gún buen efecto, hasta que 4 la mañana, habiendo dormido allí aquella noche, se 
cogió el rastro de los indios y se caminó aprisa tras ellos, que no la llevaban 
menos, al fin como quien huía de su enemigo. Llagaron los soldados bien 
aperreados por la jornada larga de aquel día á ranchearóe en un páramo cerca 
ya de donde iban los indios ; que porque no sintiesen á los nuestros, mandó el 
Gobernador que ni se armasen toldos ni encendiese lumbre; sólo dio licencia 
al Capitán Felipe de Rojas, por más necesitado, para que la encendiera y la cu- 
briera bien después de dos horas de rancheados, que no aguardando tanto tiem- 
po, la comenzó á sacar, y para más facilitar el sacarla, echó un poco de pólvora» 
y dejando el calabacilio donde la llevaba abierto, saltó en él una chispa, y que- 
mándole las barbas y el cabello, dio un estallido como de escopeta, de que ha- 
ciendo inquisición el Gobernador, descubrió el Hojas lo que le había sucedido» 
y cómo lo había derribado la pólvora medio aturdido en el suelo, y que se sir- 
viese de que bastase aquello por castigo, de que se acedó el Gobernador, viendo 
que los medios que ponía para buenos efectos se le frustraban. 

Z.° Habiéndoles hecho el Gobernador á la mañana una plática en que los 
esforzó y dijo que los que no estuviesen con fuerza para pasar adelante por el 
cansancio del día pasado, se podían quedar allí, todos respondieron pasarían con 
muy buen ánimo, como lo hic eron, hasta llegar por el rastro á nueve ranchue- 
los en que habían dormido los indios aquella noche, y habían madrugado por 
el estallido de la pólvora del calabacilio, pensando era escopeta. Hallaron tan 
divertidos los rastros de los indios por unas y otras partes, que pareciendo ser 
imposible poderlos seguir, dejó el Gobernador aquel intento y envió á Pedro 
Verdugo con treinta y cuatro soldados y orden que quemase las casas de Coya- 
ra y le talase las rozas, y que dentro de ocho días saliese á juntarse con él á 
cierto puesto ya cerca del fuerte del Chaparral, desde el cual despachó al Ca- 
pitán Juan de Avendaño á saber si era partido el General á Ibagué, quedándo- 
se el Gobernador con solos cuatro soldados, y entre ellos el Capitán Felipe de 
Rojas, aguardando á los dichos. A quien se le juntó otro día el Alférez Juan 



804 FRAY PEDRO SIMÓN (7." NOTICIA 

trie Leiva, que bajaba de la provincia de Ocaima, despachado por el Gobernador 
Baptista Reyes con veinte soldados y algunos cargueros y prisioneros la vuelta 
de Chaparral á dar aviso al General de f=us facciones, como también llegó allí y 
la dio de las suyas el caudillo Pedro Verdugo, diciendo no haber hallado gente. 
Ehte era de los doce soldados que metió á gu costa el Gobernador de esta gue- 
rra. También llegó casi á un tiempo el Avendaño con nuevas de que el Gene- 
ral había partido á Ibagué y dejado en el Chaparral al Gobernador Domingo de 
Erazo, donde también dejó el Avendaño los prisioneros que llevaban, y entre 
ellos á Cocurga, á qíiien el Domingo de Erazo mandó atar en un palo y que le 
escopeteasen por la traición que había hecho en el fuerte de Ospina, de lo cual 
queriéndose escapar el Cocurga, decía no deber morir por haberle perdonado 
el Capitán Ospina, pues habiendo hecho matar á otros menos culpados, á él no 
sólo le había reservado la vida, sino que le había dado aquella camiseta con 
que se abrigaba ; y habiéndole dicho que aquello no era perdonarlo sino dila' 
tarle la pena, respondió el indio que lo llevasen á pagarla donde había cometi- 
do el delito, y que declarase su intención el Gobernador Ospina, lo cual nO 
obstante, lo amarraron á una esquina del fuerte y lo arcabucearon hasta que per 
dio la vida. 

á.^ Mandando el Gobernador Erazo hiciesen lo mismo, por el mismo deli- 
to, con su suegra Bota Anica, amarrándola á su lado, viniéndolo á entender su 
hijo Metaquí, muchacho de quince años, dijo á los nuestros: "Dejada esta 
mujer vieja y matndme á raí en su lugar, porque no se diga de vosotros que 
los males que os han hecho mis parientes los vengáis en una pobre vieja, y si 
me matáis á mí, aunque soy muchacho, se dirá matasteis un hombro, y porque 
más os mueva esto, sabed que soy hijo de un indio belicosísimo, que en tiempos 
pasados mató á muchos de los vuestros; vengad esto en mí y dejad á mi madre 
que es cristiana como vosotros." Dejó admirados á todos la bizarría del ánimo 
del muchacho, y aceptando el Gobernador el partido, mandó que lo amarrasen, 
al lado de su cuñado, donde habían de atar la madre ; á que dijo el muchacho 
no era necesaiio, pues sin amarrarle se estaba quedo, como sucedió, pues con 
ánimo invencible no hacía desdén á los muchos arcabuces con que le apuntaban 
los soldados, aunque sin dispararle, ordenándolo así el Gobernador, el cual vien- 
do tan valientes bríos en tan pocos años, y que con ellos quería morir por dar 
vida á su madre, perdonó al uno y al otro. Aunque pudiera ser diferente si 
picaran al muchacho con alguna posta ó bala disparada, pues no es lo mismo 
amagar que dar ; pero no se le niegue valor al muchaclio. 



CAP. XLVl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TlfillRA FIRME 305 

CAPÍTULO XLVI 

1."» Determina Ospina despoblar su fuerte y la traza de esto— 2.» Siguen los rastros do 
algunos indios á las manos; toma la vuelta del Chaparral— 3.« Sale el Capitán Gó- 
mez Suárez á aguardar al Gobernador sobre Tetuán, y juntos llegan al Chaparral — 
4.» Otra salida que hacen desde allí los soldados, y el Gobernador deja la guerra. 

EESUELTO el Gobernador Ospina en despoblar su fuerte y pro- 
metiéndole á Inacho se le darían tierras donde vivir con quietud 
cerca del Chaparral, si declaraba la gente que había en aquellas provincias y 
daba traza cómo las hubiesen á las manos, respondió que en la suja do Anaito- 
ma gólo había una. casa en que se podría hacer presa, para donde él sería su 
guía, con que el Gobernador mandó para el efecto se- previniesen veinte soldados 
de los más adelantados, y al Capitán Gómez Suárez que con todo secreto estu- 
viese prevenido para salir con el resto de la gente poco después que él, sin que 
esto alcanzase á entender Inacho, porque iba entre los prisioneros su mujer, y 
que le aguardase dos leguas del fuerte del Chaparral sobre el río de Tetuán, 
donde se juntaría con el Gobernador, que dada esti\ orden, salió otro día ama- 
neciente con sus doce soldados y por guía á Inacho, que llegando cerca de la 
casa donde iban, pidió una lanza, diciendo que él también había de pelear, en 
que conoció el Ospina los llevaba engañados, y lo dijo á los soldados, pues era 
cierto que él uo había de pelear contra sus parientes y provincianos, sino que 
fué estratagema para dar á entender que él no sabía que había gente en la casa, 
como fué verdad, pues habiendo llegado á ella como á las ocho de la mañana, 
la hallaron vacía, con admiración fingida de Inacho, á quien convencieron allí del 
engaño, y dijo el Gobernador que no había de volver al fuerte sin hallar aque- 
lla gente retirada, para donde sería bien él lo guiase, pues sabía dónde estaban. 
2.^ Nególo el Inacho, y así el Gobernador, siguiendo ciertas trochas, se 
dio tan buena maña, que hallando los rastros, los fué siguiendo á los talones, 
hasta que dio vista á los que se retiraban, cc-rca de cierta quebradilla, á donde 
se detuvieron á desleír y beher masato, y emboscándose tan cerca de e los, que 
los estaban viendo y oyendo: estando bebiendo su musato los indios y indias, una 
de ellas, dando una gran carcajada de risa, dijo: '' Si ahora vinieran los españo- 
les, ¿qué hiciéramos?" á que respondió un indio : " Pelear," á cuyo último acen- 
to dio Santiago sobre ellos el Gobernador, de todos los cuales, que eran doce, sólo 
se le escapó uno. Despachó, hecha la presa, O.^pina, con algunos soldados, un cau- 
dillo que trajera los que habían quedado atrás con los cargueros y Inacho, y 
que se encontrasen por cierto atajo con él, que iba desde allí á probar la mano 
á segunda presa, por uo haber llegado por aquella parto el Gobernador Olalla, 



S06 FRAY PEDRO S1M(5n (7.*^ NOTICIA 

que lio tuvo efecto, y así juntándose con él y sus soldados los cargueros y sol- 
dados que venían con ellos, se temió Inaclio de parecer delante sus parientes, j 
así lo mandó el Gobernador fuese en la retaguardia, yendo elios en el batallón, 
con que fueron marchando la vuelta del Chaparral, y sucedió que fatigándole 
mucho, por el gran calor de la tierra y camino, una cota de malla que llevaba 
el Gobernador, estándosela quitando le arrojaron un valiente dardo, que no le 
pasó más que tres dedos apartado del cuerpo, y así para asegurarse más, se la '' 
volvió á poner y marchar hasta que se ranchearon sobre tarde en una loma tan 
«in agua, que no tuvo el Gobernador otra que la que le trajo Inacho, cogida de 
ciertos cardos, de hojas anchas, que se crían en muchas partes de estas Indias 
en las ramas de los árboles, en especial robles, que conservan el agua que reco- 
gen cuando llueve y socorren muchas veces á los soldados en estas necesidades. 
Habíala ahora de disfrazar á Inacho para que no lo conocieran sus parientes, de 
que el andaba cuidadoso, y así haciéndole un soldado unas grandes barbas de 
un pedazo de cuero de carnero con que él andaba muy regocijado, lo disfrazó de 
suerte que no lo conocían. Iban siguiendo á los nuestros algunos indios, con 
que era menester doblar las postas; dio una noche una arma falsa, qne hallando 
á los soldados dormidos, se levantaron medio entre sueños, y no hallando ene- 
migo á quien hacer rostro, se tiraban lanzadas unos á otros, hasta que los sose- 
gó el Gobernador. 

3.° Habiendo salido el Capitán Gómez Suárez del fuerte, luego aquel 
mismo día que el Gobernador, y dejádolo desamparado, marchando la vuelta 
del Chaparral, en saliendo de la montaña á la sabana rasa, se le pasmó un sol- 
dado llamado R )za de un aireoillo que le dio viniendo sudando, con tan fuerte 
pasmo que no bastaron los remedios que se le hicieron para que no muriese 
otro día. Hízolo enterrar cerca de una quehradilla apartada del camino, en que 
advirtiendo Chanama, qtie andaba suelto entre los nuestros, después de seis ó 
siete días que llegaron al Chaparral, revolvieron él y otros dos indios sobre la 
sepultura, y desenterraron al muerto, y asado en barbacoa se lo comieron, 
como lo certificó la misma barbacoa, huesos roídos y sepultura abierta, que 
vieron después muchos de los nuéstroR; tal era la fiereza de estos bárbaros. 
Situóse el Capitán Gómez Suárez sobre las barrancas y asiento que le habían 
señalado, aguardando la salida del Gobernador, que á otro día, despuntando con 
su gente por unas altas cumbres, y mirando á la parte donde había de estar 
rancheando el Capitán Suárez, y no viendo sus toldos y tiendas, engendró sos- 
pechas si habían dado con él los indios y lo habían ^muerto con su gmte, las 
cuales se acrecentaron habiendo visto repechar desde una quebrada honda hasta 
diez y ocho ó veinte indios y indias cargados, y que sobre las cargas llevaban 
no sé qué bultos, quo juzgaron el Gobernador y sus soldados ser los despojos 



CAP. XLVí) NOTICIAS DE LAá <30NQÜISTAS DE TIERRA FIRME. 307 

que le habrían quitado al Capitán Gómez Suárez y su gente. 

Con este cuidado bajaron á la quebrada, á cuya margen bailaron una muy 
gran huerta, bien labrada con gran cantidad de hayales, euros, papayas, papa- 
yuelas, ciruelas, piüas, yncas, batatas, frisóles y otras legumbres, de que car- 
garon cuanto pudieron todos los soldados y cargueros, no talando lo demás, con 
intentos de «pi'ovecharse de ello desde el Chaparral, por estar cerca. Dijo Ina- 
c5io ser aquello de nno de los caciquillos de Anaitoma^ que á no hallar el Go- 
bernador sus Soldados tan cansados y deseosos de llegar al Chaparral, revolviera 
desde allí sobre aquella provincia, aunque estaba á cargo de otro, y á trueco 
de gastar un mes más, pudiera ser hacer mny buenos efectos. Al fin no tenién- 
dolo esta determinación, marcharozi adelante y se juntaron con el Capitán Suá 
rez dentro de dos horas y llegaron juntos al Chaparral, donde bailaron al Go- 
bernador Domingo de Erazo por Teniente del General (que como hemos dicho 
estaba ya en lbagu«), y con orden de él para que con un caudillo y cuarenta 
soldadas de estos que traía Ospina, fuesen corriendo 4eade aquel fuerte la pro- 
viocia de Oacataima hasta Ibagué, y confiriendo con el Ospina quién podría 
serles caudillo en esta facción, le señaló al Capitán Felipe de Rojas. 

4-0 Llevaban tan Visperamente los soldados esta vuelta, y que había de ser 
tan luego, sin descansar, por salir tan rendidos de trabajos y sin interés que se 
l«s hubiese seguido, que sólo la pudiera suavizar el volver á entrar con ellos 
el Gobernador Ospina, á quien acompañaran todos, Oa]Mtanes y soldados, como 
«e lo dijeron y pidieron todos juntos, A que mostrándose agradecido el Gober- 
nador por la afición con que le estaban, les respondió no convenirle, pues por 
aquella facción se venía á subordinar al Gobernador Domingo de Erazo, de qua 
le había dejado libre el Capitán General. Con que hubo de efectuarse la entrada 
con el Felipe de Rojas, repartiendo el Gobernador entre sus soldados, para su 
mejor avío, treinta reses vacunas y seis vacas de leche que le habían quedado 
de las que había metido allí par^ su sustento y de los doce soldados que metió 
á su costa, y más les repartió de los demás matalotajes que le habían quedado 
en el almacén; con que se salió del fuerte del Chaparral con sus esclavos, la 
vuelta del río de Saldaña, a probar la mano si hallaba algunas minas, desde 
donde volvió á Ibagué y á las Lajas, que son las minas de plata de la ciudad de 
Mariquita, que estaban á s-u cargo desde antes que entrasen en esta guerra. No 
entró con el Capitán General la segunda vez que fué Ái Chaparral, por sus ocu- 
paciones, aunque le sirvió con la paga do ocho soldados. Tomóse despue's asiento 
con el Presidente por el mismo Gobernador para que lo fuese de Timaná y el 
pueblo nuevo de la Concepción de Neiva y lo más que se fuese poblando en la 
tierra de los Fijaos, de que dejamos tratado en nuestra segunda parte, noticia 
séptima, capítulo cuarenta y cuatro. 37 



508 FRAY PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

CAPÍTULO XLVII 

l.» Sale el Gobernador Baptista de los Reyes del Chaparral con gente, y lo que le sucede 
á un soldado con unos muchachos— 2.° Hallan los soldados un hombre cocido en una 
olla con maíz — 3.* Hallan un calvario con sus tres cruces y calaveras y un reloj de 
sol — 4.0 Un indio que dice, si lo matan, se ha de trasformar en venado. 

ALGUNOS días después de haber salido el Gobernador Diego de 
Ospina, con los varios sucesos que hemos visto de las provincia» 
qne llevó á su cargo, al fuerte del Chaparral á verpe con el General y Presiden- 
te Don Juan de Borja, salió de él, con una muy buena tropa de soldados y Ca- 
pitanes vaquianos, el Gobernador Baptista de los Reyes, para las de Otaima y 
Cacataima, el mismo año de mil y seiscientos y siete, que fué cuando dijimos le 
TÍno á las manos en la de Behuni el indio Manotas con las dos indias, con orden 
de talar las labranzas y que se desasosegasen los indios de nuevo por esta parte, 
como lo andaban por otras, sin poder tomar asiento en cosa considerable contra 
nosotros, ni aun tuviesen donde poderse defender. Entróse con tan buen recato, 
por la buena industria del Capitán, que en algunas partes se hicieron buena» 
presas de indios, que porque no estorbasen, se fueron remitiendo al fuerte del 
Chaparral. Entre ellas fué una en cierta casa de esta provincia de Otaima, don- 
de, entre algunos gandules y mujeres, hubo á las manos un soldado mulato, 
maestro de armas, llamado Padilla, dos muchachos de hasta ocho ó nueve años, 
que habiéndolos amarrado, sacaron cada cual de su vaina un cuchillo carnicero 
que llevaban, y dando saltos y empinándose, le tiraban puñaladas ai pescuezo, 
y no alcanzando, se las daban sobre el sayo de armas en el pecho, y esto con 
tanta prisa y sin poderlos despegar de sí, que á no venirle socorro á las voces 
que daba el Padilla pidiéndolo, tienen por sin duda lo mataran los dos mu- 
chachos. 

2,^ Caminando la compañía por cierto paraje de la misma provincia de 
Otaima, se les murió de cámaras de sangre un indio carguero, y habiéndolo 
enterrado muy á lo lejos del camino y corrido gran parte de tierra en ocho 
6 diez días de tardanza, revolvieron los soldados á dar vista al sitio donde 
le habían enterrado, en que hallando algunos buhíos nuevos, tomaron la 
vuelta de ellos, picados de una muy buena hambre que traían, por si acaso ha- 
llaban en ellos gente ó algo que comer, que hallando á los dueños reti- 
rados de miedo de nuestros soldados, dieron en uno de'los ranchos con una olla 
al fuego, de las medianas que ellos usan, en que cabrían hasta tres hanegas de 
maíz, que tenía dentro ya cocido, en quien dieron los soldados al punto con el 



OAr. XLVIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIBMK. 309 

apetito desenfrenado que los traía la hambre, sacando del maíz con totumas cual 
«nás podía, y entre los granos halló uno de los soldados un pedazo de carne, d« 
quien juzgando sólo su apetito con que le comenzó á comer, decía que era toci- 
no; con lo cual engolosinado otro soldado, ahondando más en la olla, por si 
acaso hallaba en ella del tocino que el otro decía, sacó en la totuma una mano 
entera do persona, por donde echaron todos de ver ser el tocino que decían 
algún pedazo de carne de la cabeza, y tumbando, irritados de esto, toda la olla 
halla'-on estar en ella, en pedazos, un cuerpo humano, y por señales claras que 
era el del indio que habían dejado allí enterrado ocho ó diez días había. Con 
que los más asquerosos no sólo vomitaron lo que habían comido, pero aun pen- 
saron echar las entrañas; si bien otros de mejor estómago pasaron sin asco ade- 
lante con lo hecho. 

3.® Como lo hicieron todos desde aquel sitio, marchando hasta donde die- 
ron con una casa bien capaz, cerca de la cual estaba un calvario de tres cruces, 
al modo de los nuestros, y la mayor en medio, puesta con tan buen modo, que 
ninguna asentaba en el suelo con una vara, por tener en el extremo de abajo dos 
vigas que servían de abrazaderas y las sustentaban. Cerca de las cruces estaba 
un reloj de sol, grande y bien artificioso, con gnómones verticales, y á la redon- 
da de todo esto trece ó catorce estacas de vara y media de alto, y en cada pun- 
ta una calavera humana, que se supo ser todas de cristianos, y haberlas traído 
allí un indio Capitán cuya era la casa, de una matanza que hicieron estos bár- 
baros en la ciudad de Cartago. Había cerca otra cruz hecha en un tronco de un 
árbol, del tamaño de una tercia, tan perfecta y acabada, con sus clavos y título 
que causaba devoción. La cual se entendió después, de una india cristiana que 
se huyó en otra ocasión de esta casa, haber hecho un captivo cristiano viejo 
que ella conoció, y había estado entre ellos más de veinte años, sin habérselo 
comido porque trabajaba bien, hasta que de rabia lo hicieron ahora, cuan- 
do se veían tan perseguidos de los nuestros, y aun decía la india era clérigo 
de misa que lo habían captivado en el valle de Neiva, caminando la vuelta del 
Perú. 

4.*^ En cierta facción hubieron á las manos un indio principal y valiente 
llamado Chaguala, en la provincia de Cacataima, á quien habiéndole condena- 
do á muerte por sus graves delitos de las muchas de españoles que tenía á su car- 
go, y persuadiéndole se hiciese cristiano, no por librarse de la muerte tempo- 
ral, pues era cierto la había de padecer, sino de la eterna, dándole para esto 
cristianos consejos y diciéndole lo mucho que aquello le importaba, respondió 
que pues no podía por allí excusar la muerte, que tampoco quería ser cristiano» 
pues cuando después de muerto no comiese masato, comería hierba, pues su 
alma entraría en el cuerpo de un venado; error que le ^tenía introducido el 



SÍO ÍHAt PEDRO SIMÓN (7.* NOTICTA 

Demonio, de la transmigracióa de las almas de unos en otros cuerpos : cosa im- 
posible naturalmente, sí bien fué error antiguo de los Pithagóricas, sobre lo 
cual se puede ver á Martín del Río (1) en sus disquisiciones mágicas. Viendo 
el Gobernador la protervia del bárbaro^ le mand'ó soltar dos feroces perros qfie 
llevaba (que yo también conocí después en el Cbaparral), el uno llamado Héctor 
y el otro Fiero, que lo fueron tanto ambos en esta ocasfón con el indio, po^r 
8er tan fuertes y estar tan cebados en estas presas, que se las hicieron á una en 
los dos molledos de los brazos, y desbarrigándolo, le sacaran en un instante las 
tripas, mostrándose tan valiente aunen esto el indio, que con ellas en el suelo y 
estándole de^edazando los perros, decía m-il oprobios contra los nuestros, tomando 
por tema que quedaban sus parientes y tomarían venganza, comiendo los hoci- 
cos de todos lo» espaíSoles (frase usada entre estos bárbaros p«ra sigBÍíicar su 
venganza). Hartos los perros de su cíarne,. colgaron los pedazos en una horca, 
de donde lo q^uitaron después sus parientes y lo enterraron á su modo, que es en 
una cueva, y con él algunas comidas de ma&, frisóles y chicha, no obstante 
que por estar hecho pedazos podían imaginar que ya no podía comer. En una 
labranza de este indio se halló una oveja de las nuestras, que se presumió ha- 
berla llevado del saco de la ciudad de Ibagué, tan gorda, que certifican haberle 
sacado sobre veinte libras de sebo, de más de ser toda ella tan gordana que casi 
no se le hallaba cosa magra. 



(1) Libio 2. ctiest.l8 



CAP. XLVIII) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 311 

CAPÍTULO XLVIII 

1." Parten en dos partes dos indios Coyaimas un niño y Gómenselo asado — 2.® Habiendo 
llegado el Gobernador Baptista de los Reyes al Chaparral, vuelve á salir dentro de 
tres días y lo que le sucede— 3.° Hambre cruel en los soldados y lo que hizo un 
perro con ella. 

CAMINANDO iba el Gobernador Baptista de los Reyes un día de San 
Juan por la mañana, en demanda de ciertas casas de indios de 
quien tenía noticia, donde llegando ya cerca, un soldado llamado Juan de Leiva 
acaso pisó un perrillo, cuyos gritos fueron causa de sentir á los nuestros la gente, 
que eran indios y indias, y ponerse en huida emboscándose en el arcabuco, á 
donde se iba á entrar una de ellas con un niño de teta en los brazos, que arrojó 
entre los heléchos para poder huir más libre y escapar la vida, como le sucedió; 
pero de los Coyaimas amigos que iban con nuestros soldados, dos arrebataron el 
niño y cogiéndolo cada uno de su pierna, lo dividieron de alto abajo con un 
machete, y echando cada cual su parte en su mochila, se lo cenaron mal asado 
aquella noche. No pudo la diligencia de los soldados haber á las manos más de 
un indio de éstos que se retiraban, de edad de hasta cincuenta años, con quien 
fueron marchando, y habiendo pasado un razonable río que llamaron de las cu- 
ras, por haberlas eu sus márgenes muy buenas, subieron un bien encumbrado 
reventón y se ranchearon ya de noche en tres casas que encontraron arriba, que 
eran del indio que en estotras habían cogido, y hallándose faltos de agua, y que 
el río lo dejaban muy atrás, no fué posible el apretado castigo que hicieron al 
indio para que dijera dónde la había cerca, con estar una fuente casi á los ci- 
mientos de la casa; antes en el castigo, que fué dolorosísimo, por serlo las partes 
donde le dieron, no se quejaba ni quería responder á lo que le preguntaban, y 
habiendo hallado los soldados la fuente á la mañana, y preguntándole por qué 
no la había querido descubrir, respondió que para hacer mal á los nuestros, y 
que padeciesen sed aquella noche. Diósele el castigo que pareció merecía, que 
fué de harta crueldad, la cual usaron con estos bárbaros los nuestros, por ver si 
el castigo do les unos ablandaba la dureza de los otros, que todo fué (como di- 
cen) machacar en hierro frío. 

2.<* Yá le parecía al Gobernador y á sus soldados quedaban bien escudri- 
ñadas estas provincias de Oacataima, Otaima y Lucira, por haberlas trastornado 
todas y no hallar cosa considerable en que ocuparle, con que determinaron 
tomar la vuelta del Chaparral, donde asistía el Gobernador Domingo de Erazo 
por Teniente General, que ordenó al Gobernador Baptista de los Reyes que 



312 FRAY PEDRO SIM<5n (7.* NOTICIA 

dentro de tres días volviese á salir con su gente á reconocer la tierra del Valle 
de las Hermosas, donde á la sazón estaba el Capitán Ortega con otra compañía 
de mulatos; lo que puso en efecto el Gobernador Baptista, barto á disgusto de 
los soldados, por verse fatigados de trabajos y hambre de muchos días, y sin 
ningún interés temporal, que es á lo que esta gente de ordinario pone la mira. 
Lo que fué causa para que estando ya en el Valle, algunos, y no de loa menos 
alentados soldados, tratasen de dejar á su Capitán y tomar la vuelta del Perú 
en demanda de mejor ventura que la que traían entre manos. No habiéndosele 
escondido esto al Gobernador, hizo una información sumaria, y condenó á col- 
gar á dos ó tres de los más culpados, que aunque no se ejecutaron sus muertes, 
bastó para sosegarlos á todos, y con tan buenos ánimos como en las jornadas pa- 
sadas irse metiendo tan dentro en la tierra de los indios, que llegaron á faldear 
el cerro nevado de los Paeces, con tan inmensos trabajos de hambres y pasos de 
ríos caudalosos y veloces, asperezas de riscos, breñas, pantanos y tremedales, 
que á poderlos contar no fueran muchos; sólo tuvieron de relieve en ellas el no 
encontrar con gente que, entre tan inmensos trabajos, los pusiera en peligro, 
sólo lo tuvieron en un paso estrecho, de muchas galgas que les arrojaron de una 
cumbre, de quien se libraron al amparo de una peña tajada, y dejándose venir 
tras ellas, yá que las habían despachado toda?, nueve valientes indios, para ver 
el estrago que con ellas habían hecho, embistieron con siete soldados, que fue- 
ron los que estaban á la defensa de la peña, porque el resto del ejército había 
quedado atrás y éstos sobresalido á reparar este peligro, que conocieron de lejos 
por la disposición del sitio, y á nn soldado llamado Ospina, mulato, le dio un 
indio una fuerte lanzada, que á no serlo el sayo que llevaba, diera con él en la 
otra vida, y pretendiendo quitársela otro indio, viendo que con aquella lanzada 
había quedado libre, embistió con él diciendo en nuestra lengua: vas, mulato! y 
comenzó á bregar con él á brazo partido, y viendo cuan malo andaba el del 
soldado, por ser valerosísimo el indio, otro soldado mestizo llamado el Zorro, 
gran arcabucero, hizo un tiro tan venturoso, que estando pegados el indio y el 
soldado, mató con la pelota al indio, quedando el otro libre, conque huyeron los 
otros ocho bárbaros, y se conoció luego el sitio de una gran emboscada que les 
tenían echada á todos los nuestros, en parte donde era imposible dejar de dar 
en ella si fueran huyendo de las piedras, que eran tan grandes que parecía hun- 
dirse el cerro cuando bajaban, pues tronchaban árboles tan gruesos como dos 
hombros. 

3." La apretura de la hambre obligó al Gobernador Baptista á irse saliendo 
de esta tierra con dos caballos que hallaron en ella, que por su fragosidad, á no 
hallarlos allí, tuvieran por imposible haber entrado ; por pasos que en- 
contraban fragosísimos los subían y bajaban con invenciones, pareciendo á los 



CkP. XLVIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 313 

Beldados lea podrían socorrer en la mnyor apretura de la hambre, si bien el Go- 
bernador, aunque era mucha la que traía, nunca la halló tan apretada que le 
pareciera los debiera matar, yéndolos reservando de una hambre en otra para 
otra mayor; llegaron con tanta loa soldados á una huerta vieja, que no hallando 
otra cosa que comer más que papayas verdes (infernal comida cuando lo están 
y no de sazón, pues dicen que tiene tan mal sabor como si fuera emplasto de 
meliloto ú otra peor), las echaron á cocer en las pailas, de donde uno de los 
perros, obligado de la feroz hambre que traía, sacó con la mano de entre los bor- 
bollones del agua hirviendo cuatro o cinco, dándoles como á pelota, y se las co- 
mió sin dejarlas enfriar; comieron los cueros de las rodelas y de las petacas, 
echaban á asar unos calabazos verdes que crían unos árboles á modo de totumas, 
aunque con trabajo en balde, pues todos se les convertían, al calor, en agua, 
como si fueran de hielo. Eíitre otros remedios que buscaban para la hfimbre 
cuando no hallaban mantenimientos, era apretarse mucho la barriga con paños 
de lienzo, con que lo pasaban menos mal, hasta que con estas y otras miserias 
Balieron á tierra rasa y más apacible, viniendo caminando la vuelta del Chapa- 
rral. Desde donde envió Baptista una escolta que matasen algún ganado vacu- 
no del que se había llevada al fuerte para sustentarlo, desde la sabana de Iba- 
gué, para cuando fuese llegando el resto de los soldados y cargueros, como se 
hizo, y hubo soldado de estos que se adelantaron á hacer «sta diligencia, que se 
llamaba Juan Eomero y Perdigón, que habiendo muerto una ternera, apenas 
hubieron visto el fuego los hígados y livianos, cuando á mucho menos que á 
medio asar se los comió, sabiéndole mejor que truchas de Molina. Llegaron 
al fin al fuerte del Chaparral, algo más alentados todos con este refresco de car- 
ne, donde hallaron que pocos días antes había hecho quemar el Gobernador 
Erazo á un soldado llamado Sandoval, por haber asayado acometer el pecado 
nefando, y confesado haberlo cometido m chas veces en Italia, donde se estre- 
nó en aquel vicio abominable, y en otras muchas partes siendo soldado. Yá era 
esto al fin del año de 16u7. Otras muchas salidas hizo este Gobernador Baptista 
hasta los años de diez y once, que se acabaron de apaciguar estos indios, en que 
hizo muy lucidos efectos, como en otras muchas conquistas los ha hecho, y como 
los hicieron otros valerosos Capitanes que entraron en est.us joruad.is. 



314 FRAT PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

CAPÍTULO XLIX 



1 .• Vuelve el Capitán General desde Ibagué á Santafé, y Erazo desde el Chaparral. Despa- 
cha muchas 'tropas— 2.» Andan los indios tan acosados, que mueren de hambre y 
enfermedades— 3.0 Vuelve á entrar el General otra vez en el Chaparral— 4.« La 
gente que le acompaña. 



H 



ABIENDO llegado el Presidente y Capitán General D. Juan de 
Borja á la ciudad de Ibagné y alentado con su presencia y indus- 
tria la reedificación y reparo de sus ruinas, que se estaban aún tan lamentables 
por estarse bajeando la sangre de los muertos, y baber sido tan pocas las fuer- 
zas con que quedaron los vivos para su reparo, por el gran robo que se les 
hizo, y habiendo dado asiento á las viviendas de sus moradores, por ser dotado de 
superior prudencia en el manejo de paz y guerra, tomó la vuelta de esta ciudad 
de Santafé después de nueve meses continuos que habían pasado en esta jorna- 
da, dejando por su Lugar-tenieute al Goberuador Domingo de Erazo en el 
Chaparral, y hecho maravillosos efectos en todas las Provincias del enemigo, 
que llegaron aun hasta los retirados de las C;vrnicerías, pues dando sobre 
ellos, con dos ó tres entradas, tropas de soldados de la Villa de Timaná, que es 
sobre quien los de aquella parte hacían mayor golpe inquietando el pueblo, 
habiendo muerto á muchos indios, prendieron á más de ochenta, con 
que se comenzaron á quietar y asegurar algo los p.'isajes de aquel camino 
de Neiva para el Pira. No daban lugar en esta ausencia del Capitán General, 
los alentados bríos del Gobernador D()mingo do Erazo, que no se pasasen 
adelante los lucidos efectos de hasta allí en la guerra, antes esforzándolos 
para que los unos fuesen colmando á los otros, despachó desde el fuerte del 
Chaparral dos Capitanes con cincuenta hombres, que volviesen á dar vista á 
las Provincias del Tonuro y Valle de las Hermosas (uno de ellos el Capitán 
Felipe de Rojas con la gente del Gobernador Ospina, como dijimos), que toda- 
vía estaban con algunos bríos desde que desbarataron y mataron á aquellos 
españoles que llevaba á su cargo el Sargento Pedro Vanegas. 

2»^ Encargó á otro, con una buena tropa de soldados, las Provincias de 
Ambeima y Amoyá, y á otro las de Otaima y Cacataima; haciendo en ellas y en 
otras continuas entradas y salidas, con tan lucidos efectos, que quedaron laa 
más de ellas tan asoladas que ya no hallaban las tropas indio con quien pelear, 
casas donde ranchearse, raíz ni grano que conier, y si ííigún indio había quedado, 
sin atreverse á hacer sementeras de propósito, sembraba cuatro puños de maíz 
aquí y otros dos acullá á las sombras y cubiertas de los árboles, porque no lo 



CAP. XLIX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 315 

encontrasen nuestros soldados, que tampoco era posible ocultárseles, pues antes 
que estuvieran de entera SB?.6n lo descubrían los papagayos volando y graznan- 
do sobre ellas, por cuyo rastro daban con ellas los nuestros, destruyéndolas ó 
aprovechándolas, y si alguno de los indios tenía suerte do lograr cogiendo 
alguna de éstas, por no haberles quedado mujeres que les beneficiasen la comi- 
da, andaban aperreados, flacos y macilentos, hasta acabar la vida, como encon- 
traban á cada paso los soldados cuerpos muertos de hambre ó cámaras, que les - 
daban de beber agua, por no tener mujeres que les hiciesen chicha ó masato, 
que era lo que siempre bebían, sin probar agua, y así ahora los corrompía y 
acababa. Andaban sólo buscando retiradas donde esconderse de los ojos de los 
nuestros, lo que no podían tampoco conseguir, pues con la mucha y ordinaria 
asistencia que hacían los soldados en sus Provincias, no había retirada que no 
trastornasen, sin darles un punto de sosiego. A que también ayudaba el Presi- 
dente aun estando en esta ciudad de Santafé, pues desde ella despachó otro 
Capitán con cincuenta hombres, para que entrando en las Provincias de 
Otaima y Cacataima por la parto de Ibagué, talasen las sementeras que 
hallasen hechas de nuevo, y desde aquí pasasen á las de Bulira y Buga la Vie- 
ja, vertientes ya á la Gobernación de Popayán, por las noticias que había dado 
de aquella retirada el indio Cocurga al Gobernador Ospina, como dejamos 
dicho. 

3.^ No eran los afectuosos deseos con que andaba el General de dar fin á 
cosa tan importante, para sosegarse con menos que procurando juntar los fines 
de esta guerra con los lucidos principios (si no eran ya medios) que habían 
tenido y se iban continuando, y así entrado ya este año siguiente de 160S, 
habiéndose conferido con los más expertos Capitanes sobre la materia y 
nuevos modos de hacer la guerra, por estar ya las tierras de los indios de otra 
figura que cuando se comenzó los años pasados, en su modo de vivir, pues no 
hallando asiento ni lugar seguro en ellos, andaban á noche y mesón y yá tan 
descaídos como vemos, y habiéndose dado aviso al Gobernador de Popayán, 
Don Vasco de Silva, para que por la purte de Timaná (que á la sazón entraba 
en su Gobierno) y las Carnicerías se diesen las manos en las conquistas sus 
tropas con las del Chaparral, por ser las tierras de donde se tenían mayores 
noticias de retiradas y aun lo decía la experiencia por lo mucho que infesta- 
ban los caminos del Pirú en el Valle de Neiva, se dispuso el Presidente á 
nueva entrada en el Chaparral, previendo nuevos pertrechos de vituallas y 
armas, y criando de nuevo algunos Capitanes (no obstante que muchos de los 
que habían entrado otras veces también se dispusieron para entrar ahora). 
Entre los cuales fué uno su hijo Don Juan de Boria, niño do hasta ocho años, 
que sin reparar en su edad tierna, entró ahora con su padre, con una compa- 



38 






316 FRAY PEDRO SIMÓN (7.'' NOTICIA 

nía de más de ochenta hombres; por Maese de Campo, como en la pasa- 
da, Don Francisco Maldonado, de la Orden de Santiago, con el Capitán su hijo 
Don Antonio Maldonado, que hoy lo es de la de Calatraba; el Gobernador 
Domingo de Erazo, con el cargo que siempre había tenido; el Capitán Juan 
Clemente de Chaves, Alférez Real de esta ciudad; el Capitán Pedro Suárez de 
Villena; los Gobernadores Antonio de Olalla y Baptista'de los Reyes, el Capi- 
tán Gonzalo de León, y otra gente noble de aventureros y con com- 
pañías. 

4.*^ Y también el Capitán Lorenzo de Terrones, Oidor de la Audiencia, 
que por estar en visita y desocupado de judicatura, gustó de entretenerse en 
esta entrada, y el Secretario de la Audiencia, Hernando de Ángulo; vicario de 
todo el ejército, el Padre Escobar; entró también el Padre Cifuentes, el Padre 
Fray Antonio del Castillo, de nuestra Orden, y entre los demás, me cupo á mí 
la suerte de acompañar esta jornada ; médico, el Licenciado Alvaro de Auñón; 
boticario, Bernardo de Herrera; cirujano, Francisco de Planeta, y otro llamado 
Reyes; y puesto todo á pique á la jornada, salió el General de esta ciudad de 
Santafé la vuelta del Chaparral, donde se juntaron con todos otros cuatrocien- 
tos hombres, como en la jornada pasada; y habiendo llegado, yendo caminando, 
á la quebrada que llaman de Pedro Alonso, donde descansamos algunos tres ó 
cuatro días, hizo una gentileza el indio Inacho (que siempre andaba con los nues- 
tros, con no pequeña importancia), que fué subir más de seis ó siete varas un 
árbol arriba, no más grueso que la pantorrilla, asiéndose con solas las manos y 
los dedos de los pies, sin tener cosa en ellos, para aporrear desde él un racimo de 
cachiques sazonados que tenía una palma, que fué espantosa demostración para 
todos de lo trepadores que son estos indios. Llegados todos con el General al 
fuerte del Chaparral, que estaba ya mudado un poco más á la sierra, hecho de 
tapias, y con sus dos cubos, en una mesa limpia y escombrada de árboles por na- 
turaleza y cercada de dos quebradas de aguas, se despachó luego el Gobernador 
Antonio de Olalla con una buena tropa de soldados, y por Capellán el Fray 
Antonio del Castillo, en demanda de la provincia de los Natagaimas, que aun- 
que eran también Pijaos, y los que más infestaban el camino de Timaná y 
Valle de Neiva, no se había tenido noticia de ellos hasta entonces ; que corrién- 
doles toda su provincia y la de los Cutivaes y lo que llaman los Órganos, por 
unos altísimos y encrespados riscos y puntas que caen sobre el río Saldaña, se 
aseguró más el camino de Timaná trayendo al Chaparral más de treinta pri- 
sioneros, y entre ellos algunos que llamaban Duhos y otros muchachos, y éstos 
eran captivos de los Natagaimas, y no sé si les llamab*an así por ser captivos, 
ó por ser provincia y nación particular. Fué do tanta importancia esta fac- 
ción, que se hicieron nuestros amigos los Natagaimas y nos ayudaron no menos 



CAP. l) noticias de las conquistas de tierra firme. 317 

qao los Cojaimas contra los Fijaos de la sierra, aunque eran todos de una na- 
ción y lengua, por traer entre ellos sangrientas guerras. 



CAPITULO L 

!.• Muere un indio viejo con un ídolo en las manos. Fúndase el fuerte de las Nieves. 
Vuélvese el General á Santafé— 2.» Prosigúese la guerra hasta que no ha quedado 
indio, más que solos dos pueblos amigos— 3.** Costumbres de estos indios--4.o Bazo- 
nes acerca de predicarles el Evangelio. 

DESPACHAEON otras muchas tropas con buena copia de soldados 
á todas las provincias donde había noticia de gente, de donde vol- 
vían siempre con alguna de gandules y chusma de mujeres y niños. Entro las 
demás me acuerdo que trajeron un día un indio, al parecer de hasta noventa 
añes, bajo de cuerpo, vestido de unos zaragüelle3 y ropilla de los nuestros, 
ambas cosas rompidas de lanzadas por muchas partes, señal clara que se las 
dieron á quien despojaron de ello. Traía un idolillo en la mano, de palo, de 
hasta una cuarta, que sentía mucho el Mohán (porque lo era) se lo sacasen de 
la mano, y no habiendo querido convertirse á la fe, por grandes diligencias que 
hizo con el Padre Isidro Cobo, clérigo criollo de la ciudad de Ibagué, famoso 
lenguaraz, le echaren vivo á los perros, que en un instante lo despedazaron, 
fiin oírsele otra palabra en la aflicción más que acaya, que quiere decir ¡ ay do 
mí ! Ni soltó el ídolo de la mano mientras tuvo vigor en ella para tenerlo. 
Para más comodidad en la prosecución de esta guerra, se despachó de esfee 
fuerte, con ciento y cincuenta soldados, el Gobernador Domingo de Erazo á 
las provincias de Hamay, Tonuro y Zearco, donde fundó un fuerte de palizada 
que llamó de Nuestra Señora de las Nieves, donde se hizo una gran sementera 
de maíz y se guardaban los bastimentos y pertrechos de guerra para tomarlos 
desde allí con más facilidad, y salir á correr estas tres provincias y sus más 
convecinas, que eran las que más daño por entonces hacían, donde se hicieron 
tan lucidos efectos, que no fueron la menor parte para concluir esta guerra. 
Quífo el General dar vista á este fuerte de las Nieves, y yéndole todos ó los 
más que asistimos en el del Chaparral acompañando, pasamos el río de Amoyá 
(que corre, como dijimos, media legua de este fuerte al Poniente, muy frío y de 
suaves aguas, que no son de poco regalo en tierra caliente) por un modo de 
pasaje que llaman tarabita, que la necesidad y falta de puentes ha enseñado en 
estas Indias, y es atravesar el río con una maroma fuerte y alta, y puestas en 
ella ciertas cabuyas ó sogas con que atan el cuerpo do la persona ó tercio que 



318 FRAY PEDKü SIMÓN (J .^ NOTICIA 

quieren pasar, con otras la van halando de una parte á otra. Llegamos al de 
las Nieves en cuatro ó cinco días, por sabanas y tierra aun no de mucha aspe- 
reza, porque desde allí comienza la de la serranía al poniente, y habiendo esta- 
do en él otros tantos, tomamos con el General la vuelta del Chaparral, y desde 
allí la de esta ciudad de Santafé, habiendo gastado en esta facción tres meses » 
dejando al mismo Gobernador de Muzo por Teniente General de toda la gente 
de ambos fuertes, que haciendo continuas las salidas de las tropas, se fueron 
minorando los indios, de manera que dentro de aquel año de 1G08 ya no ha- 
llaban en quién hacer presa, ni aun noticias de ninguno ; todos los caminos 
cerrados al arcabuco, por no haber gente que los frecuentase, las casas caídas y 
sin tener los soldados dónde poderse albergar, ni sementeras de qué sustentarse. 

2.^ Con todo eso se fué continuando la guerra con la fuerza que pedía la 
necesidad, con entradas y salidas de soldados, por los dos años siguientes 
de nueve y diez, y aun hasta el de once, hasta que quedaron todas aquellas 
largas Provincias como hoy lo están, sin que se encuentre con un tan solo 
indio. Las ciudades convecinas, Ibagué, Cartago, Buga y Timaná, libres de tan 
terrible yogo como tenían de tantos sobresaltos, robos y muertes; todos los 
caminos del Pira tan seguros, así por Cartago á la Gobernación de Popayán, 
como los de Neiva y Timaná, que cualquiera persona sola los camina á todas 
horas, lo que antes, como dejamos dicho, no se atrevían hacer ni asegurar con 
grandes tropas; sólo han quedado fundados dos pueblos, de los que ""dijimos 
quisieron reducirse á nuestra amistad y nos ayudaron mucho en la guerra, uno 
de los Natagaimas, en la margen del río do la Magdalena, cerca del paraje del 
pueblo antiguo de Neiva, y otro de los Coyaimas sobre las barrancas del de 
Saldaña, á quien se les da doctrina y están quietos y pacíficos, sin otra sujeción 
ni tributo que alguna pequeña cantidad de oro en polvo que pagan al Key, 
que lo sacan de las arenas del río de Saldaña y de otras quebradas. También 
han quedado en esta ciudad y en otras de este Eeino algunos indios é india» 
que sirven muy quietos, algunos dicen que á título de esclavos, que si lo 
pueden ser ó nó, no es mío juzgarlo, pues sólo soy historiador y no juez, si bien 
me parece lo puedo ser con todos cuantos saben la importancia de esta facción 
.y efectos, haber sido de la mayor que se han hecho en estas Indias Occi- 
dentales, por ser tantos y tan grandes los inconvenientes que se seguían antes 
de ella, como hemos visto, y tantas y tan grandes las conveniencias y comodi- 
dades que se han seguido y siguen después de ella á todos los españoles y 
naturales, como vemos. 

3.^ Los ritos, costumbres y ceremonias que se pudieron entender de estos 
indios, son casi los mismos y del mismo modo que dejamos dicho de otros en 
otras partes; tenían sus Mohanes, hechiceros y adivinos, para el servicio de 



CAP. l) noticias de las conquistas de tierra firme. 319 

BUS ídolos, que los hacían de madera, de la estatura de un hombre y de barro, 
y algunos pequeñnelos. En los riscos que llaman los Órgano?, en cierta conca- 
vidad se halló un id lo grande de piedra, que lian aban Lidiimoy, que quiere 
decir Dios grande, ccn tres cabezas, seis brazos y seis piernas. En la Provincia 
de Otaima y Catjataima tenían por Dios un bulto feísimo, como suelen pintar 
al Demonio, que llamaban Eliani; y éstos tuvieron guerra muchos años con 
las demás Provincias, sobre cuáles tenían mejores dioses. Hallaron los soldados en 
la Provincia de Otaima el rauchuelo donde vivía el Mohán, y enfrente, donde 
dormía, un ídolo de la figura de un indio Pijao, y á sus pies ofrecidas lanzas, 
dardos y galgas, que son sus armas. Los Mohanes ayunaban y desenojaban á 
sus dioses con ofrecimientos de éstos y otros antes de ir á la guerra, quemaban 
palos de balsa y un bejuco que arde como tea, y por la ceniza agorizaban los 
buenos y malos sucesos de la guerra; iba el Mohán á ella; si tenían buen presa- 
gio y si salían con vito ia, le daban t doi los despojos y él los repartía, y si 
sucedía al contrario, pagaba el Mohán todos los muertos á sus parientes, por 
cada uno una manta, un machete ó dos cuchillos ú otra cosa así. Tenían tam- 
bién mujeres ayunadoras, como lo era una llamada Tnlima, que hubieron á las 
manos nuestros soldados, de quien se enseñoreaba tanto el Demonio, que la 
llevaba volando por donde quería, y así se la arrebató casi de las manos una noche 
á las postas que la tenían en guarda. Los entierros eran en bóvedas ó cuevas, 
con sus comidas, bebidas y armas, como dejamos tocado en algunas partes acer- 
ca de esto. 

4:.^ No será fuera de intento responder aquí á la tácita objeción que se 
puede hacer en todas las partes que hemos tratado en las tres nuestras, y 
aun casi á todos los escritores de estas conquistas que han hecho los españoles 
en estas Indias Occidentales, diciendo que cómo no se trataba de predicarles 
ahora el Santo Evangelio y de su conversión, sino de sólo hacerles guerra, 
pues el fin de todos es convertirlos á Dios por la predicación. A que se puede 
responder (con la brevedad que pide la historia) que el principio para este fin 
es apaciguarlos y amistarlos con nosotros, y de enemigos hacerlos amigos; lo 
que no se podía hacer sin poner fuerza de armas contra su resistencia, y hechos 
por este camino afables y amigables, ora por fuerza (que después se viene á 
hacer agradable, como se ha experimentado), ora por voluntad (porque mal recibe 
uno las palabras de otro, aunque le importa mucho mientras es su enemigo), 
entra luego la predicación, el catecismo, baptismo y lo demás para perfectos 
cristianos, porque como dijo San Pablo, primerees lo que es animal que lo que es 
espiritual, y así se trata en estas conquistas lo primero de reducir á estos indios 
en cuanto tienen de animales racionales y sociales, que es hacerlos amigos, para 
que luego entre lo espiritual, porque de otra suerte, mal admitieran lo segundo 



320 FRAY PEDRO SIM(5n (^7.* NOTICIA 

sin lo primero; como ha sucedido á los Coyaimas y Natagaimas, que después 
de haberlos hecho amigos, admiten muy bien la doctrina y cristiandad que 
hoy se les está dando en sus pueblos, lo que no han querido hacer el resto de 
los demás, y así han quedado totalmente destruidos. 

A no estar mis pensamientos de escribir esta Historia apartados de mí 
como el cielo de la tierra cuando estuve en el fuerte del Chaparral, juntara 
allí memoriales muy copiosos, puntuales y verdaderos de todas las facciones 
que allí á la sazón se hicieron, y en las ocasiones de antes, por estarse aún 
todas á sangre caliente y de memoria fresca; pero llegó ya tarde este mi inten- 
to de escribirla para muchos que, aunque hoy son vivos, los hallo tan alienados 
de memoria, que viéndolos tan varios en sus relaciones que hoy hacen, no me 
atrevo á asegurarme para escribirlas, en especial si no son de las de alguno que 
escribió algo por entonces, que fueron bien raros, por no entender nadie había 
aquello de llegar á f oaerse en historia: falta tan común en las conquistas de 
estas Indias, que ha sido como pecado original que ha caído en todos, y así, 
apesarado de no poderme por esto alargar á tratar aquí otros sucesos de las 
conquistas de estos indios, pues quisiera, por ser todos los que las hicieron mis 
conocidos y amigos, y haberme yo hallado en algunas, alzo la mano de ellos, 
confiado los tratará la historia particular que me dicen está escribiendo cierto 
seglar en esta ciudad, si Dios la saca á luz. 



CAP. Ll) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 321 

CAPÍTULO LI 

1.* Entrase á la conquista del Guamoco— 2." Los que ayudaron á ella y en quién se repar- 
tieron los indios de la tierra — 3.« Entradas dificultosas del Guamoco por Zaragoza 
y el río de Cauca— 4.° Entrase también en él por Simití desde el río de la 
Magdalena. 

ILUSTRÓSE este año de mil y seiscientos y diez la ciudad de Carta- 
gena con la venida y plantada allí del Santo Tribunal de la Inquisi- 
ción, donde desembarcó de España, á veinticinco de Septiembre, con todos sus 
oficios y oficiales: por Inquisidor más antiguo el Licenciado Pedro Mate de 
Salcedo; por segundo el Licenciado Juan de Mañozca; Fiscal, el Doctor Don 
Francisco Bazáa de Albornoz; Secretario, Luis Blanco de Salcedo; Alguacil 
Mayor, Tomás de Alvarado ; donde hoy permanece con crecidos frutos en la 
exaltación de la fé: evidencias de la importancia que tuvo el sentar este Tribu- 
nal en aquella costa, á donde acude tanta gente de toda broza y na- 
ciones. 

No habían ya quedado en estos tiempos (conclusa del todo la guerra de los 
Caribes Fijaos, como hemos visto) en esta gran isla de entre los dos ríos Cauca 
y la Magdalena, indios por conquistar y sujetar á tributo, aunque no eran 
molestos, antes retirados y gente triste, otros que los Guamocoes (de la misma 
lengua y nación que los Yaraecíes de Zaragoza) que demoran al Norte de aque- 
lla ciudad con alguna declinación al Nordeste; gente poca y apocada, por ser 
sus países enfermizos, pero de tierra tan rica de minerales de oro, todo de ley, 
que es sobre veinte quilates, como lo ha dicho la experiencia y hoy no ha cerra- 
do su boca en eso; para cuyo descubrimiento y verdad de las noticias que se 
tenían de estos valientes minerales, dio comisión este año de 1610 el Goberna- 
dor de Zaragoza, Don Bartolomé de Alarcón, al Capitán Juan Pérez Garabito, 
que, comenzando luego á hacer leva de gente en la ciudad de Zaragoza, Cáceres 
y Antiochia, entró á esta conquista el año siguiente de 16 11, que no habiendo 
tenido en ella casi otra resistencia para enseñorearse de sus tierras, por ser 
muy pocos los indios que la ocupaban, mayor que la dificultad del camino, 
llegó al centro de la Provincia, que no es mucha tierra, y cateando en muchas 
partes y descubriendo en todas riquísimos minerales de fino oro, en la que 
más acomodada le pareció y el paraje de ricas minas sobre las barrancas del río 
de Atara, de saludables aguas, por ser de oro, habiendo precedido las ceremonias 
acostumbradas en nuevas poblaciones, fundó una ciudad el Juan Pérez Garabi- 
to, á quien llamó San Francisco de Nuestra Señora La Antigua. Nombróle 
Cabildo y Eegimiento; repartió solares para casas y algunas huertezuelas, aun- 



822 FRAY PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

que pocas, por ser el sitio tan aprensado entre arcabucos, que para que cupieran 
las casas fué necesario talar algo del monte. 

2.^ No hubo necesidad de repartir estancias de ganados ni sementeras, por 
no dejar la espesura de la montaña, calidad y fragosidad de la tierra, criar lo 
uno ni lo otro, porque aunque el maíz se suele dar bien en tierras tales, por ser 
éstas de oro, no son acomodadas para fruto, como lo dijo San Agustín, que las 
tierras de metales no eran buenas para pan ; demás que los fundadores de 
éstas, como las hallaron tan grandes y de oro tan subido, no pretendieron vivir 
de otra cosa que de labor de minas de este metal, á cuya golosina les había de 
entrar todo lo necesario á la vida humana, como sucedió y sucede, pues apenaa 
las comenzaron á labrar con negros que para esto metieron luego de la ciudad 
de Zaragoza, cuando dieron tan gran estampida sus riquezas por todo este Reino, 
que atrepellando las dificultades de los caminos, no sólo les metían allí todo lo 
necesario de comidas y vestidos, pero aun muchos mineros por mejorarse en 
caudales sacándolos de otras partes, llevaban allí sus cuadrillas, que no les salió 
vano. Sosegada y quieta la tierra y reducidos á servidumbre los pocos indios 
que se hallaron, hizo apuntamientos el Juan Pérez Garabito de los que había, 
con algunos de los que le ayudaron á la conquista. El primero y más pingüe 
se señaló para el Gobernador, por ser así una de las capitulaciones y asientos 
que hizo su antecesor y suegro Gaspar de Rodas ; el segundo, en el Capitán 
Juan Pérez Garabito, siguiéndose á éste los demás, Sebastián Garabito, su so- 
brino, el Capitán Francisco Corral de Esquivel, Francisco Ortiz Chiquillo, el 
Capitán Pedro do la Torre, Hernando Díaz del Campo, Juan del Río: cargando 
pensión sobre éstos para otros soldados que entraron aventureros, con que se 
les satisfizo su trabajo y cesó el inconveniente grande que es dar encomiendas á 
gente pobre, en especial de indios de minas, pues por hacerse ricos, suelen fa- 
tigarlos tanto en la saca del oro, que concluyen con ellos en dos días, por no 
estar enseñados á tan inmensos trabajos como es el labrar minas. 

3.° Pienso estuvo en'otra parte, no lejos de donde ahora está mejorada en 
sitio, esta ciudad de San Francisco del Guamoco ; pero en el que tiene está en 
71 grados de longitud del meridiano de Toledo, siete de latitud á la banda del 
Norte. Entrase á ella desde Zaragoza por el Real de minas que llaman de San 
Agustín, cuatro leguas de esta ciudad, y desde éste catorce ó diez y seis á la 
del Guamoco, que caminando con cargas se llega en seis días, holgando uno á 
la mitad, para poder sufrir las cabalgaduras el trabajo y incomodidad del cami- 
no, por no haber hierba ni ningún otro pasto que coman más que maíz, que se 
lleva para el efecto. Es el camino fragoso y áspero,* de colgadas y peinadas 
cuestas, forzosas ¿subirlas y bajarlas, raíces entretejidas unas con otras, y no 
lo hacen menos penoso los ríos y quebradas harto caudalosas, rápidas y peligro- 



CAP. lO noticias de las conquistas de tierra firme. 323 

"SIS, que se pasan el agua á la cinta y cuando menos á la rodilla, y así los espa- 
fiolefs tienen por más seguro y do menos peligro caminar por allí á pié con al- 
pargates, si bien dan con esto «n otro mayor riesgo y bien notorio de la vida, 
tle las picaduras do venenosas culebras, de que abundan todtDs aquellos países, 
qus considerando los muchos tigres que también hay, podemos decir los paso 
Dios por defensa de aquella tierra tan rica, para moderar la avaricia humana. 
Tiénese por más seguro meter cargadas las mercaderías de riesgo, como botijas 
áe vino, aceite y otras, á cuestas de negros, con que se hace todo más caro, 
pues una fanega de maíz vale de ordinario veinticuatro y treinta pesos de aquel 
oro de veintiún quilates; otro tanto una botija de vino; una petaca de bizcocho 
de cuatro arrobas sale por cien pesos, á peso la libra ; nn jamón cinco y seis 
pesos ; un queso, un peso, y de allí para arriba ; un arreld© de carne de puerco, 
cuando lo hay, un peso ; dos y tres y aun cuatro una gallina, y 4 este talle todo 
lo demás que allí se gasta, sin que les falte, pues la codicia del oro no hay difi- 
cultad que no atrepelle. 

4.^ Tiene otra entrada esta ciudad por el río de Caribina que entra en el 
de Cauca, pero no es menos dificultosa, como tampoco lo es otra que se le halló 
los años pasados de seiscientos y trece, por industria, trabajo y á costa del Capi- 
tán Aleja\idro Ramírez de Arellano, manchego natural de la Osa do Belmente 
(que hoy es Corregidor por el Rey de la ciudad de Tunja y su partido), que co- 
mienza desde el pueblo de Simití, y entrándose por arcabucos y sabanas, todo di- 
ficultoso por los muchos paatenos, tremedales y breñas,va á dar áesta ciudad del 
Guamoco ; por donde lo más que se tragina es de las ciudades de Salazar de 
las Palmas, Pamplona y Ocaña, de donde se sacan los frutos de la tierra, como 
harinas, bizcocho, miel, colaciones, tabaco y otros ; para donde se desagua en 
compra de esto la mayor cantidad del oro que se saca en esta ciudad, que hoy 
es en mayor crecimiento que hasta aquí, por ir dando cada día en mejores 
minas, vetas más fundadas y de mayores jornales, que siendo muchos los negros 
que trabajan en ellas, no es poco lo que se saca. Hay Caja Real con sus oficia- 
les, nombrados por los propietarios de la ciudad de Zaragoza. Es en lo eclesiás- 
tico sujeto al Obispado de Cartagena, no sé por qué razón, siendo la de Zarago- 
za y Cáceres á este Arzobispado de Santafé, á cuya jurisdicción está sujeto en 
lo temporal y al Gobernador de Zaragoza. Es el país muy caliente, aun en 
las cumbres de los cerros; críanse muchos y valientes tigres, y todos los ani- 
males de tierras calientes qne hemos dicho en otras partes, fuera de las aves 
que se crían, pocas ó ningunas, porque las exhalaciones de tierra ametalada no 
les son á propósito para su respiración y vital aliento, como nos lo dice la ex- 
periencia en las ciudades de Zaragoza y los Remedios y otras de esta calidad. 
No guardan las aves en estas Indias, así en tierras calientes como frías, la re- 

39 



^4 FRAY PEDRO SIMÓN (7.^ NOTICIA 

gularidad de poner sus huevos y criar sus hijuelos desde el mes de Marzo 
hasta Junio, que guardan en Europa y otras partes, como lo dice cada día la 
experiencia, pues aun en este año de 1626, á los primeros de Enero, entro 
ciertas hierbas de manzanilla florida, clavellinas y otras que hay en un cajcn 
en la ventana de nuestra celda, anidó y puso sus dos huevos un pajarillo, que- 
por acá pasa plaza de gorrión ó pardul, por ser tan familiares á los hombres éstos 
como esotros en Europa, si bien con alguna diferencia, por no ser cugujados tan 
vivos ni astutos, y lo mismo vemos de las golondrinas, que como el temple es 
siempre uno, no pasan ú ésta, como ni otras aves ; ni aun para la vivienda hu- 
mana, pues todas son tierras tan enfermizas, que aun los naturales habituados á 
ellas viven poco, pues en esta Provincia del Guamoco, el año de 1614, en la visita 
que hizo el Oidor Don Francisco de Herrera, sólo halló cuarenta indios de ma- 
cana, con pocas mujeres y chusma. En este mismo año de catorce murió el 
Gobernador de allí, Don Bartolomé de Alarcón, por fin del mes de Diciembre. 
Sucedióle por merced del Rey, el de 1616, el Capitán Francisco de Berrío, y á 
él el que ahora gobierna, Garcitello de Sandoval, del hábito de Calatraba, na- 
tural de Sevilla, con que se despide la Historia del Gobierno de Entre los dos 
Ríos. 

Cerca del pueblo de Simití está fundado uno de los españoles, nombrado 
San Antonio del Toro, desde donde se traginan al Guamoco las mercaderías de 
que se sacan los intereses que hemos dicho. De su fundación y ser de la juris- 
dicción de Cartagena, dejamos tratado más largo en nuestra segunda parte. 



CAP. LIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIElllixV FIRME 325 

CAPÍTULO LII 

1 « Principios que tuvo la jornada del Darién laecha por Tristancho — 2.<» Prosigúese la 
misma materia — 3.* Echa Bartolomé Marín un indio de Santa Marta que sepa loa 
secretos de la tierra del Tunuguna — 4.^ Relación que da un negro de su Capti verlo 
entre los indios y de la tierra al Gobernador de Cartagena. 

TA dejamos tratado en algunas de esta nuestra tercera parte de la en- 
senada del mar que llaman Acia, cincuenta leguas poco más ó me- 
nos de la ciudad de Cartagena, la costa en la mano al Sur la vuelta de Puertobe- 
lo, y cómo entra en ella el gran río Darién por sus seis ó siete bocas, y que la 
tierra de esta ensenada, que está á la parte del Este, es la de los Urabaes; y la 
otra costa enfrente que se continúa con las de Puertobelo y Panamá se llama 
Acia, y su punta y entrada por aquella parte llaman Cabo de Tiburón, donde 
algo deritro en la ensenada, el año de 1617, dejó un vecino de Cartagena que vi- 
vía de navegar esta costa con un barco, llamado Bartolomé Marín, de nacióa 
genove's, ciertos marineros suyos con un barquillo, ocupados en pescar tortugas, 
mientras él proseguía su viaje á Puertobelo, que á la vuelta^ día de todos los 
Santos, el mismo año, doblando esta punta de Tiburón con el barco en quo 
venían mareándolo tres hombres, pasó en demanda de los pescadores la playa 
adelante, bien adentro de la ensenada, donde andaba paseándose un indio, que 
aunque desnudo, galán y de muy buena estatura y parecer, que en viendo el 
barco, pues á poco llegaron con él algunos y algunas mujeres, que llamando á 
los del barco desde lo alto de unas peñas, sáftó en tierra uno de los marineros 
llamado Gaspar Salvador, para tomar lengua de los pescadores, de que no halló 
rastro; pero entre tanto que él estaba inquiriendo de esto entre los indios, les 
dio gana á tres de ellos de venirse al barco á ver en él cosas nuevas, con seguro 
de que no les harían daño en él, por quedar el español entre los otros indios, á 
quien dejaron avisados los tres no dejasen embarcar al Salvador hasta que ellos 
fuesen de vuelta á tierra. 

2.^ El Bartolomé Marín, pretendiendo quedarse con un indio de los tres 
en el barco y declarándole á voces sus intentos al Gaspar Salvador, y que así 
dejase los indios y se viniese á bordo, embistió con uno de los tres indios, que 
era el gentilhombre que había visto pasearse, pensando por su buen talle era 
hijo de algún Cacique principal, en que se engañó, pues uno de los otros era 
hijo del Cacique, que no asió de él por verlo de tan mal talle. Entre tanto el 
Gaspar Salvador trató de vender dos cuchillos que llevaba á las indias, que 
los habían pedido á trueque de canutos y granos brutos de oro ensartados que 



326' FRAY PEDHO SmÓS (7.* üOIlCliA 

traían por manillas, que aunque traían al cuello periquitos y papagayos, sier- 
pezuelas y otras sabandijas del mismo metal, sólo pidió las manillas, en que 
no se concertaron por no querérselas dar enteras, como el S ilvador las pedía, que 
fué el remedio de su vida, pues despidiéndose de ellas y echándose á nado para 
venir al barco, saltaron también al agua los otros dos indios del barco, embra- 
vecidos por haberles preso á su compañero, para coger y llevarse á manos al 
Salvador, que conociendo los intentos de los dos por irse nadando derecho para 
él, cogió en ambas manos los dos cuchillos que había querido rescatar con las 
indias, y amenazándoles con ellos, temieron y pasaron adelante hasta la playa, 
y él al barco, donde se dieron á la vela y vinieron la vuelta de la ciudad de 
Cartagena, donde á lafsazón, por sncesióu de Don Diego Fernández de Velasco» 
que acabó el tiempo de su gobierno el año de 1613, gobernaba Don Diego do 
Acuña, que se alegró de que le hubiese traído Marín aquel indio, y mandando 
le hiciesen regalo y buen tratamiento, lo vistió de tafetán colorado, ordenando 
al Marín que en el primer viaje que volviese a hacer, volviese el indio á sn 
tierra libre, por si acaso diciendo en ella el buen tratamiento que le habían 
hecho los nuestros, hubiese alguna buena entrada para el allanamiento y reduc- 
ción de aquellas provincias, 

3.*^ Hízolo así el Marín, y aun diciendo el indio desde la misma playa 
donde lo echó, no íe atrevía á entrar solo á su pueblo, que estaba cuatro ó seis 
días de camino, porque no se lo comiesen tigres, de que es harto infestada la 
tierra, envió que le acompañara el Marín un muchacho de su servicio, indio 
cristiano de los de Santa Marta, avisándole, per ser ladino, supiese cuanto 
pudiese entender de las cosas de la tierra, y que á los veinticinco estuviese en 
aquel puesto, donde él volvería con su barco. Pasaron los dos indios juntos 
hasta el primer pueblo, donde el de la tierra, dejando al de Santa Marta entre 
las mujeres de él, por estar los indios monteando, pasó adelante y habló con su 
Cacique, que llamaban Tunuguna, el cual, oída la relación de su indio, y cómo 
quedaba el otro muchacho en aquel pueblo, deapachó á que se lo llevara un 
negro esclavo suyo, llamado Domingo, que él había habido en rescate de otros 
indios que lo habían captivado con otros negros en el Guayano, astillero de 
Panamá, el cual habiendo hablado con el muchacho de Santa Marta y díchole 
cómo el Cacique lo enviaba á llamar, no se atrevía á ir con él porque no lo 
detuvieran, y estar á pique para cuando volviera el Marín para llevarlo el día 
que dijo. Volvió con esto el negro al Cacique, que sabiendo cómo el Marín 
había de volver á la costa, mandó á un cuñado suyo v á otro de sus Capitanes, 
y al negro Domingo y á otro llamado Manuel (que era de una carabela que 

• había dado allí á la costa y habiendo muerto á loá portugueses, señores y mari- 

• aeroS; se quedaron estos indios con toda la armazón de los negros, de que sólo 



Cá]^. LII) NüTIClAd DE LAS CuNQUlbTAS DE TIERRA FJliME o27 

era vivo éste) que llegasen á la costa y se iiiforuiasen Je la verdad (|ue tenía 
lo que decía el negro y ol muchacliü de la venida de Marín, que sin falta llegó 
al puerto el mismo día con su barco. 

4.0 Entrados eu él los des indios enviados por el Cacique, y diciéndole 
traían intentos de volver con él á Cartagena por lo que les había dicho el indio 
que había estado allá, se hizo á la vela con ellos y con los dos negros y su criado 
el indio de Santa Marta, que le contó cuanto había sabido de la tierra; lo que 
también dijo, y con mas larga y cierta relación, el negro Dominguillo; cómo había 
muchos pueblos bien fundados y seis minas donde se sacaba mucha grosedad de 
oro, de que estaban abundantísimos todos los indios, y otras particularidades y 
secretos de la tierra, por haber tres años estaba en ella en servicio del Cacique 
Tunnguna, que lo había rescatado á él y á otro negro, también de su amo Don 
Tomás de Quiñones, vecino de Panamá, de otros indios por un cataure de clavos, 
y que los habían traído hasta el pueblo del Cacique, tapados los ojos porque no 
viesen la disposición de la tierra, agudeza no de bárbaros, porque nadie lo es 
para sus comodidades. Túvolas también el Marín con estos indios, rescatando 
por cosas de poco valor muchas y grandes puntas de oro bruto, con que so 
aseguraron ser ciertas las noticias que daban de las minas, de que hizo relación 
larga al mismo Gobernador Don Diego, que ya con esto se fué aficionando 
más á la conquista de la tierra, y le mandó al Marín (habiendo tratado á los 
indios con tanta cortesía, que por ser nobles, los sentaba á su mesa, y vestíalos 
de tafetán) que los volviese á su tierra y le trajese relación entera de ella 
acerca de la gente y metales y los demás secretos que pudiese entender. 



328 FllAT PEDKO SIMÓN (7.^ NOTICIA 

CAPÍTULO Lili 

1." Llega Marín al puerto de la Encadenada, entra la tierra dentro, donde le quieren ma- 
tar— 2.» Rescata él y sus compañeros oro con los indios por cosas de Castilla — 3.* 
Embárcase el Cacique Tunuguna y va á la ciudad de Cartagena y conciértase la 
conquista entre él y el Gobernador — 4.° Dase la conquista á Tristancho y hácese 
gente para ella— 5.» Llegan al Darién Tristancho y Marín á darle principio. 

H IZÓSE á la vela el Marín con su barco la vuelt?; de la ensenada, 
llevando en él los dos negros y indios, de los cuales enfermando el 
uno de im fuerte catarro y no queriendo admitir otra cura que plátanos ma- 
duros desleídos y molidos con agua, se le fué acrecentando el achaque en la 
navegación, que al fin de ella, llegando el Marín al puerto que llaman de la En- 
cadenada, llegaron luego a verle muchos indios, que mostraron tristeza por ver 
enfermo al indio, con quien se entró Marín la tierra adentro, fiado en la amis- 
tí\d que le había cobrado, que no puso en el hecho en poco riesgo su persona, 
pues habiendo muerto el indio en llegando al pueblo, se indignaron contra él di- 
ciendo le habían dado los españoles hierbas con qué matarlo, que pretendieron 
hacer lo mismo al Marín y á sa indio el de Santa Marta que le acompañaba, 
como sin duda lo hicieran si no lo defendiera el Cacique y un hermano del 
muerto, por haberles dicho poco antes que muriera lo mucho que quería al 
Martín, y así le dieron una lanza con que se defendiera, y tal vez se escapó 
por la piedad de las indias tapándole con sus mantas, que aun entre estas bár- 
baras se halla esta virtud, más ordinaria que en los hombres. Creció la amistad 
de este indio hermano del muerto tanto con el Marín, que aficionado á su trato, 
le prometió darle una hija suya, de buen parecer, para que se casase con ella, 
con que le diese en dote (ueanza de aquellos indios dar la dote al padre) algu- 
nas herramientas y negros herreros para que fuesen sus esclavos, y que si le 
prometía dar esto, embarcase luego á su hija y la llevase á Cartagena. 

2.^ Convenidos en esto, bajó el Marín, después de diez y siete días que 
había partido de su barco y estado entre los indios, á la playa, en compañía de 
la que había de ser su mujer y otra prima suya, con algunos indios eaclavos y 
acompañamiento. A donde también llegaron otros doscientos indios, con inten- 
tos todavía de matar allí al Marín y á sus compañeros los del barco, ya más 
que por la muerte del indio, por codicia de quedarse con tantas herramientas 
como traía el barco, que alcanzándolo á saber el Marín *por medio del negro Do- 
mingo, que sabía bien nuestra lengua y la suya, supo dar tan buena traza, que 
aquella noche quedaron en el barco la india que había do ser su esposa y su 



CAP. Liri) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 329 

prima, con otros dos negros y una negra y dos indios esclavos de ellos, y otro 
de los que habían venido otra vez á Cartagena, y aun la tuvo también para 
hacer aquella tarde tan buenos rescates de oro por las herramientas que él lle- 
vaba, que hubo cada uno de los del barco á las manos más de quinientos ó 
seiscientos pesos de buen oro, con que llegaron ricos á la ciudad de Cartagena, 
trayendo en el barco las indias, indios y negros que hemos dicho, de donde 
habiendo estado quinoe días el Marín, en que se baptizaron los dos indios, lia' 
mandóse Magdalena la que había de ser su mujer, y su prima Esperanza, por 
orden del mismo Gobernador, dejando como en rehenes á la Esperanza en su 
casa en la ciudad, y á los dos indiosy negros esclavos, volvió á tomar la vuelta de 
aquellas costas de Acia y puerto de la Encadenada, donde le estaban aguardando 
muchos irfdios, que le recibieron con muy gran gusto, haciéndose presentes de 
una parte á otra los indios, de frutas y carnes de monte de la tierra, y los 
nuestros de hachas, machetes y otras herramientas, y algunas bujerías de 
Castilla. 

3.° Enviándole á avisar el Cacique á Marín le aguardase ocho días, por- 
que gustaba de venirse con él á Cartagena, llegó á la costa al tiempo dicho, y 
embarcándose con otros dos Capitanes suyos el Cacique, tomaron la vuelta de 
la ciudad, donde los recibió el Gobernador Don Diego de Acuña con grandes 
cortesías, al modo que las entendiesen los bárbaros, que no lo eran tanto que 
no ias supiesen recibir, en especial el convidarlos á su mesa, que lo hacía cada 
día de los quince que estuvieron allí, dándoles á beber chicha, porque no gus- 
taban de nuestro vino. Trató el Gobernador con el Cacique y sus Capitanes en 
este tiempo, por medio del negro Domingo, lengua y esclavo del Cacique, de 
las conquistas que el Gobernador pretendía hacer de aquella tierra y de un 
pueblo de españoles que se había de fundar en parte conveniente; que so les 
había de predicar la Ley de Dios, y que habían de obedecer al Rey Philipo, y 
otras cosas á su bienestar del Cacique y toda su tierra, y siendo una de ellas 
el haberle de ayudar los nuestros contra ciertos pueblos enemigos fronterizos 
que él tenía. Cebado de esto y del apetito de venganza, vino bien en todo lo 
demás, en que habiendo dado asiento y el seguro qne se podía esperar del bár- 
baro, lo volvió á llevar el Marín con su acompañamiento de indios á su tierra, 
donde lo dejó, tomando la vuelta de la ciudad de Cartagena. 

4.° Donde dentro de tres ó cuatro meses trató el Gobernador se pusiese 
en ejecución la conquista de estas provincias de Tunuguna, yá entrado el año 
de 1618, para lo cual hizo un modo de asiento con Don Francisco Maldonado, 
vecino de la ciudad de Santa Marta, en que le nombró por su Teniente Gene_ 
ral y Justicia Mayor de aquellas conquistas y lo que en las tierras de ella se 
poblase, y dándose principio á levantar gente, yá que esto estaba en tan buen 



830 FRAY PEDRO BIMÓN (7." NOTICÍA 

punto, llegó á la ciudad de Cartagena, de la de Santa Marta, un Juez contra Don 
Francisco Maldonado, con que le obligó á retirarse, y al Gobernader Don Diego 
de Acuña el suceso á quitarle el nombramiento que tenía hecho en él para la 
jornada, y habiendo entrado también en el asiento de ella, con obligación de 
hacer parte del gasto, un Sebastián S:incliez de Tristancho, criollo de la ciudad 
de Barquisimeto en la Gobernación de Caracas, y á la sazón vecino de la de 
Tenerife, ó no sé si ya de esta de Cartagena, se le dio título de Cabo y Justicia 
Mayor de esta jornada, con dependencia inmediata al Gobernador, supuesto 
que ya el Don Francisco Maldonado estaba excluido de ella. Hiciéronse tres 
compañías de los ciento y seis soldados que se condujeron, gente de toda broza, 
aunque algunos lucidos y valientes: la una á cargo del Tristancho (que fué 
el que hizo la mayor parte del gasto), su Alférez Don Alonso de los Ríos ; la 
otra de Juan de Larrada, que iba por Sargento Mayor, su Alférez Juan López, 
valentísimo soldado; Sargento Juan Alonso, soldado del presidio, y de la otra 
fué Capitán el Bartolomé Marín, que se le dió por descubridor título de esto á 
27 de Marzo del mismo año. Puesto todo á pique en la ciudad de Cartagena, 
de armas, municiones y bastimentos para la jornada, que fué de poca gente, 
menos comidas, armas y municiones, y al fin faltos de lo necesario, por ser 
corto el caudal de los que hacían el gasto, se dieron á la vela á 20 de Mayo en 
el puerto de Cartagena, con tres fragatas y dos barcos, las dos compañías, á 
quien siguió con la suya de allí á ocho días el Marín, por haberse retardado 
íiu avío, y todos surgieron en el puerto de la Villa de Tolú, á donde de allí á 
dos días llegó también el Don Francisco Maldonado con toda su casa en 
un barco, presumiendo tener fuerza aún sus títulos. 

5.^ Donde no tratándose por entonces tan por entero de averiguar esto, 
se embarcaron todos de amistad, después de cuatro ó seis días que estuvieron 
en Tolú, hasta volver á anclarse en el puerto de Cispatá, pueblo de indios, 
cerca de la boca del río del Zenú, donde reformaron los matalotajes con dos- 
cientas arrobas de carne salada y otras tantas hanegas de maíz, con que toma- 
ron la vuelta de Isla Fuerte, donde aguardaron algunos barquillos que andaban 
recogiendo por las estancias más gente y comidas, en que habiéndose detenido 
tres días, en otros tres tomaron el puerto de San Sebastián de Buenavista, de 
quien tanto dejamos tratado, y donde ahora están poblados indios ürabaes, por 
ser ésta su tierra, que tratan con los españoles de una paz ni buena ni mala, 
pues no quieren servir, aunque rescatan entre ellos los nuestros gallinas y 
otras cosas. Con quien tenía hecho concierto el Marín en las ocasiones pasadas, 
le habían de salir á ayudar en esta conquista, que para avisarles ahora cómo 
estaba allí y que saliesen á cumplirle la palabra, despachó al Gaspar Salvador, 
quo iba ahora por soldado, el cual no hallando á la sazón á todos los indios en 



CAP. Lili) NOTICIAS DE LAó5 CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 331 

el pueblo, por estar en bus labranzas, aólo salieron quince con sus armas, que 
fion flechas de veneno, de los más valientes, que ellos llaman Manicatos, con 
los cuales, sin aguardar otro día á que viniesen más, como los indios decían, 
se dieron á la vela, y llegaron aquella tarde á una de las bocas del Darién, por 
haber solas tres leguas de distancia, á donde quedando ancladas la tres fragatas, 
p:isó con la otra el Bnrtolomé Marín al puerto de la Encadenada á hablar con 
los indios, que hallándolos en la playa, saltó en tierra, y diciéndoles cómo ya 
traía la gente para la conquista y ayudarle contra sus enemigos, y que iría por 
ella si gustaban de que llegara á sus tierras, porque se habían quedado en San 
Sebastián de Urabá (no les quiso decir estaban más cerca, para conocer primero 
en los indios el vado de sus intento»), le respondió el Cacique con los demáSf 
que los trajera, porque de ello estaban muy contentos sus corazones, con que el 
Marín volvió con la suya á las fragatas, que llegando al puerto, saltó el Tristan- 
cho el primero en tierra con algunos soldados, pretendiendo dar á entender á 
los indios que él era el Capitán y cabeza que mandaba á todos, y debió de ser 
esto con tales palabras, que antes se acedaron que amistaron los indios, con 
que no le hicieron buen agasajo. En especial que había dicho el Marín á los 
indios había de venir por cabeza y mandarín de los soldados, cuando viniesen 
á la conquista. 



40 



332 . FRAY PEDRO SIMÓN (7.' NOTICIA 

CAPÍTULO LIV 



1.0 Señálase sitio en que poblar los españoles— 2," Dase principio á la población, á que 
acuden los indios — 3." Determínanso entrar los soldados por tierra y parte por río. 



H 



ICIERON de esto mayor demostración en saltando en tierra el 
Marín y hablándoles, pues le dijo el Cacique que qué hombre 
era aquel que mandaba más que él y hablaba malas palabras. A quien apla- 
cando con las suyas el Marín, diciendo que era su hermano, y que le señalase 
luego sitio donde comenzasen á poblarse, dijo el Cacique que con buen cora- 
zón lo haría, y caminando en su compañía el Marín, Tristancho y Fray Mel- 
chor Maldonado, fraile Agustino, hijo del Don Francisco, hasta un tiro largo 
de escopeta, en un bnen llano, al pié de una sierra y margen de un arroyo de 
buena agua, señaló el Cacique el sitio donde se podían poblar los nuestros, y 
sobre si era acomodado ó nó teniendo algunas voces, el Marín diciendo que era 
bueno y el Tristancho que era malo, dijo el Cacique al Marín si quería que le 
cortase la cabeza al Tristanchc», y señalando el bárbai'O con el dedo el cuello, 
significando con la acción lo que con la palabra, se encolerizó de suerte el Tris- 
tancho, que preguntó con brío: '* ¿ Qué es lo que dice este indio ? "que en- 
tendiéndolo, dijo el Cacique: " Si á vos yo corto la cabeza," con que encen- 
diéndose más en cólera el Tristancho, quiso embestir con el bárbaro, como lo 
hiciera si el Marín no se abrazase con él, procurando aplacarle la cólera y aun 
la del indio, en que ya estaba también encendido ; pero al fin con las blandas 
palabras del Marín se moderó y dijo enviaría otro día, por ser ya tarde, indios 
que cortasen y zafasen el sitio para la población. 

2." La cual determinó el Tristancho no se hiciese allí, sino legua y media 
más adelante al Sur, en el puerto de la Encadenada, á la boca de un río de muy 
buena agua ; á donde de hecho se fueron otro día, sin querer ir allá el Cacique, 
y poniendo una cruz se dijo misa, como primera piedra de la ciudad que querían 
poblar, á quien llamaron desde luego San Agustín, y acordaron despachar un 
soldado y al negro Domingo, lengua, que trajesen á Magdalena, la mujer del 
Marín, que vino de allí á siete días y la recibieron en el río con salva de esco- 
petas y otras demostraciones ; á quien el Marín abrazó y agasajó con otros 
más de cincuenta indios y indias que llegaron acompañándola, y oyeron misa 
allí otro día, que habiendo conocido las incomodidades del sitio pantanoso y de 
muchos mosquitos y otras, volvieron á fundar al primero, á que acudió el Ca- 
cique Tunuguna, alegre de que no les hubiese sucedido bien el no haberle creí- 
do, pero no quiso acudir él ni sus indios á hacer más casa que h iglesia y la de 



CAP. LIV) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 833 

Marín, y de ninguna suerte la de Tristanclio; con todo eso se echó la carga en 
tierra, y quedándose con dos fragatas, despacharon las demás para traer las 
flechas hasta allí, donde estuvieron diez y doce días sin fortificaree ni hacer 
más ranchos de algunos pequeñuelos que hacían los soldados donde recogerse. 
En este tiempo regalaban al Marín loa indios con muchas frutas, perdices, 
pavas, carne de monte y algún oro, y se enfadaban con él porque repartía con 
Tristancho, que determinó fuesen dos soldados á dar vista á otro sitio cuatro le- 
guas de aquél, donde poblarse el río arriba. 

3.° Y habiendo vuelto con nuevas de su mejoría, se originaron diferen- 
cias entre él y Don Francisco Maldocado sobre si se mudaría la población, que 
vinieron á tener fin en que habiendo hecho ambos demostración de sus títulos, 
y conocida por todos la mayor fuerza de los del Tristancho y ser inmediato 
al Gobernador, mandó al Don Francisco se embarcase con su hijo y gente, 
como lo hizo, y se vino en las fragatas que se remitían á Cartagena. También 
tomaron la vuelta de su pueblo de San Sebastián los quince Urabaes, sospe- 
chando no había de pasar bien aquello, diciendo á los nuestros no se fiasen de 
aquellos indios Tunuganaes, porque eran traidores; tomando al fin determina- 
ción de pasar á poblarse el río arriba, la tomaron también que los soldados de 
mejores bríos y clérigo sacerdote fuesen por tierra con el Tristancho para 
darle vista y conocer su asiento y disposición, y que el resto fuese en los dos 
barcos con el Capitán Joan de la Rada, con orden de que subiera el río hasta 
llegar tres leguas de la primera población de los indios, donde aguardase al 
Tristancho y su gente, que iría pasando y dando vista á las tierras de Tunugu- 
na, como se comenzó luego á poner en efecto, partiendo el Tristancho y que- 
dando el Marín á hacer embarcar los rezagados y á la india Esperanza y á su 
mujer Magdalena, que le avisó no fuera por tierra con Tristancho, porque lo 
habían de matar, pues no hallaba de otro pelaje ni determinación menos que 
ésta á los indios. Que aunque lo sintió Marín, por no mostrar flaqueza, acabado 
de dar recado á la embarcación, siguió con su compañero á la del Tristancho, 
con tan pocas municiones, que no llevaba cada soldado más que una vara de 
cuerda, media libra de pólvora y seis balas, que se conformó bien con esta 
escasa la del caudal de quien hizo el gasto de este avío. No se pudieron embar- 
car todos con Juan de la Rada, y así se hubieron de quedar allí algunos aguar- 
dando que el Rada, en llegando al puerto, enviase un barco por ellos. 



334 FRAY PEDRO SIMÓN {7.^ NOTICIA 

CAPÍTULO LV 

1° Entran Tristancho y Marín la tierra adentro, y recíbenlos bien en un pueblo, aunquo 
fingidamente, los bárbaros— 2.» Salen de él y cógenlos en dos emboscadas y matan 
nuestra gente— 3.' Sube Juan de la Rada un río arriba hasta el sitio que le habían 
señalado — 4.*> Envía el Gobernador de Cartagena socorro á Juan de la Rada, que 
tome la vuelta de la ciudad, con que se acabó la jornada. 

CAMINANDO iban (aunque en hora menguada) con sus dos peque- 
ñas compañías (eran noventa por todos) Tristancho y Marín por 
Ja fragosa serranía de la Provincia de Acia ó Tuuuguna, la vuelta de las pri- 
meras poblaciones de estos indios, cuando le dio una muy mala el Tristancho 
á uno de los que los iban guiando, de veinte remesones y zaleos, á causa de no 
haberle respondido á propósito, apretando á él y á los demás indios sus compa- 
ñeros para que le dijesen dónde estaban las madres del oro que ellos tenían y 
sacaban, que fué ir acrecentando y llenando el vaso de la indignación que con- 
tra él tenían y aguijando álos demás en sus determinaciones de quitarle la vida 
con todos los que le acompañaban, aunque lo supieron bien disimular los bár- 
baros, por no espantar la caza hasta que la tuviesen dentro de las redes de las 
emboscadas, en la ocasión que salieran con sus intentos, como salieron. Antes 
en llegando á las primeras casas, para deslumhrar más á los nuestros, les hicie- 
ron muy cortesano hospedaje á su modo, con mucho regalo de comidas, y aun 
salió la voz á dos ó tres días de su llegada, entre los indios y indias, que querían 
también llevarlas á los que venían en los barcos, porque les parecía ya habían 
llegado al paraje concertado, y que así pedían fuesen acompañándolos algunos 
cristianos para el efecto, y eran sus intentos que muriesen en las emboscadas 
los que ahora fuesen, para ir minorando aún los pocos que de los nuestros eran, 
como sucedió, pues no entendiendo la malicia los Capitanes, señalaron catorce 
que fuesen con los indios ahora y que diesen vista á los barcos si acaso habían 
llegado, que caminando todos juntos por sus jornadas, entraron entre dos em- 
boscadas que tenían echadas de muchos indios, que saliendo á buen tiempo de 
ambas, hicieron pedazos á los catorce soldados, y se supo tener tal secreto de 
este hecho, que no lo vinieron aun á imaginar el Tristancho ni el Marín. 

2.<* Que saliendo del pueblo á otro día ú otros dos con el resto de los sol- 
dados, al salir de él se apartaban dos caminos, el uno más corto que el otro, 
para llegar al puesto donde había de estar el Capital^ Juan de la Eada, y sa- 
biéndolos ambos el negro lengua Sebastián, y sospechando malicia en ir por el 
que los indios guiaban, que era el que iba á las emboscadas, dijo al Tristancho 
sería más seguro ir por el otro, que habiendo tenido por respuesta que era un 



CAP. IX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 335 

perro y que callase, pues mejor sabían guiar loa indios que él, no replicó más, 
y así se fué siguiendo aquel camino, el Marín delante con su compañía, á 
quien dejó pasar la primera emboscada sin que la sintiera ; pero en pasando el 
Tristanclio de ella, antes que el Marín llegase á la segunda, tocó esta primera 
ciertos pitos de que ellos usan, que suenan mucho, y al punto se levantaron 
ambas emboscadas de más de seiscientos indios, y dieron con tan valientes bríos 
sobre los nuestros que tenían en medio, que aunque se conocieron bien los de, 
los españoles sacando de esta vida á muchos de los bárbaros, al fin murieron 
también los nuestros, sin que se escapasen más que el negro Sebastián, un 
mestizo y un indio amigo, aunque mal heridos, que determinados juntos loa 
tres á ir á dar avise á Juan de la Rada, no les fué posible, por haber entendido 
que los de la emboscada, después de haber muerto á los nuestros, caminaron 
para hacer lo mismo con el Rada y los suyos, como fué verdad, si bien no pu- 
dieron salir con sus deseos, por lo que diremos, y así revolvieron los tres á 
avisar del suceso á los que habían quedado también sobre ellos aquellos inhu- 
manos salvajes. 

3.** El Capitán Juan de la Eada, habiendo con sus barcos subido el río 
arriba que llaman de Pizarro (desde que estuvo Don Francisco Pizarro con el 
Capitán Ojeda, Basco Núñez de Balboa y Pedro Arias Dávila, en Nuestra 
Señora de la Antigua, qae estuvo fundada á la boca de este río y una de las 
del Darién que se juntan en esta ensenada) y llegado al puerto señalado, como 
dijeron las guías que llevaban los barcos, á la boca de un pequeño arroyo que 
entra en el río, echó su gente en tierra y hizo aquel día una trinchera de 
palos gruesos, asestando á la puerta dos mosquetes en lugar de piezas, y des- 
pachó luego el barco por la gente que había quedado en el Real en la marina, 
á donde llegaron los tres que escaparon de la matanza, cuando se estaban em- 
boscando para el efecto, y avisando del que habían hecho los indios en los 
nuestros, y que lo mismo habría sucedido sin duda del Juan de la Rada, por 
lo que habían conocido de la determinación de los indios, la tomaron los del 
barco de no seguir en demanda de Juan de la Rada, sino tomar la vuelta de la 
Isla Fuerte, apartándose de la costa y del peligro, como lo pusieron en ejecu- 
ción, habiendo pegado primero fuego á las pocas casas del pueblo, fuera de la 
iglesia y una cruz, que quedaron en pié. Despachó tras el barco el Juan de la 
Rada una canoa para que se socorrieran el uno al otro, que llegando á este 
pueblo y viéndolo quemado, sin hallar rastro de nuestra gente, volvió á dar el 
aviso al Capitán Rada, en que se habían pasado veinte días desde que todos 
salieron de allí, y ad virtiendo el Juan de la Rada, por la relación, que no podía 
ser la quema del pueblo por mano de indios, pues no dejaran la cruz ni la 
iglesia en pié, sino por los nuestros, y que todos, así los soldados de Tristancho 



336 FRAY PEDRO SIM(5n {7.^ NOTICIA 

y Marín como el resto que había quedado en el pueLlo, liabrían tomado la vuelta 
de Cartagena, despachó allá la misma canoa, por no tener otro camino por donde 
saber lo que pasada. 

á.° La cual llegando á Isla Fuerte, halló allí veinticinco soldados de soco- 
rro, que enviaba el Gobarnador en una carabela al Juan de la Rada ( habiendo 
sabido ya por los del barco del suceso de Tristancho y Marín), con orden de que 
se fortificase el Juan de la Rada hasta que otra cosa le ordenase el Gobernador. 
Ya en este tiempo habían pasado treinta y cinco días que el Juan de la Rada es- 
taba en aquel puesto con su gente, enferma y falta de comidas, con que se deter- 
minó pasar alien del río, dejando escrita una. carta en el palenque para que supie- 
ran dónde lo habían de ir á buscar cuando volviesen los de la canoa, que llegan- 
do juntamente con la carabela de los veinticinco soldados, y leyendo la carta, se 
despachó la canoa en demanda del Juan de la Rada, que hallándolo y teniendo 
la nueva del suceso de sus compañeros, que hasta allí no la había tenido, no 
obstante el orden del Gobernador, por verse tan falto de gente y toda enfermo, 
determinó tomar con ella la vuelta de Cartagena, como lo hizo, y llegó á la ciu- 
dad, y después los veinticinco soldados del socorro que había enviado el Gober- 
nador, en que vino á parar toda la máquina de esta jornada con tan felices su- 
cesos como hemos visto, por ir fundada, más en intereses humanos que divinos. 



CAP. LVl) NOTICIAS DE LAS GÜNQl'iSTAS DE TIERRA FIRME. 337 

CAPÍTULO LVI 

!.• Aparécense corsarios en las costas de Cartag'ena y Santa Marta, y los robos que hacen 
en ellas— 2.° Salen dos carabelones del puerto de Cartagena contra ellos— S.*» Atra- 
viesan en su demanda hasta dar vista á la isla de Cuba— 4.o Entran en el puerto de 
Santiago de Cuba, y revuelven desde allí á los de la Isla Española. 

EL año siguiente al que tuvo fin tan desgraciado, como hemos visto, 
esta jornada de Tristancho, á costa de tantas vidas españolas, llegó 
el de su Gobierno de esta ciudad de Cartagena al Don Diego de Acuña, que fué 
el de 1619, y el principio del de D. García, á quien no faltó en qué emplear 
su cuidado, demás del ordinario de su Gobierno, el año siguiente de 1620, por 
haberse aparecido en aquellas costas, desde el Cabo de la Vela hasta el puerto 
de la misma ciudad, dos corsarios franceses (cuyo Capitán y Superintendente de 
toda la liga de los piratas se llamaba monsieur Namburg) y ingleses confedera- 
dos de compañía, á los robos que pudiesen haber á las manos, como les comen- 
zó á suceder, pues en el Cabo de la Vela tomaron una fragata de un vecino de 
la misma ciudad de Cartagena, Cristóbal Carabero, pasando al puerto de la ciu- 
dad de Coro con mercaderías y pasajeros, con la cual corriendo la costa desde el 
Cabo déla Vela hasta el Río de la Hacha, los corsarios fueron cañoneando hasta 
casi entrar en aquel puerto las fragatas del trato que navegaban á diversas par- 
tes, lo que también hacían con cuantos navios encontraban desde aquel puerto 
hasta el de Cartagena, como sucedió con uno del Capitán Jerónimo Debien, no 
de tan pequeño porte que no fuese armado con catorce piezas de artillería y 
cargado con cantidad de bastimentos y municiones, que habiéndoles seguido los 
corsarios hasta la punta de Zamba, nueve leguas de Cartagena, le obligaron á 
varar en tierra por último remedio, y salvando la gontey carga que dio lugar la 
prisa á sacar, se entregaron los enemigos do la fusta y resto, con que iban 
acrecentando sus fuerzas, de suerte que con más seguro acometieron ya á cosas 
mayores que hasta allí. Desde donde revolviendo sobre la boca del Río Grande 
de la Magdalena, hubieron á. las manos otra fragata de Alejo Hernández, vecino 
también de Cartagena, cargada de casi seis mil fanegas de maíz, y sobre seis mil 
pesos de plata y oro: causas todas con quien tenían atajada los corsarios la na- 
vegación del trato y comercio de unos pueblos con otros. 

2.° Bien bastaron estos daños y los que de ellos amenazaban, para que 
determinase el Gobernador Don García Girón, con asistencia del Contador 
Mayor de Cuentas, Pedro Guiral, que dos galeoncetes ó carabelones que á la sa- 
zón estaban en el puerto para su guarda y de la ciudad y costas, las 



338 FRAY PEDRO SIMÓN (7.» NOTICIA 

corriesen en demanda del enemigo, lo qu^e se comenzó luego á poner en ejecu- 
ción, señalando por Cabo de la gente quo había de salir, á Martín Vásquez á& 
Montiel, Capitán que era por Su Majestad de uno de los carabelones, para 
donde se señalaron cincuenta soldados de los del presidio, veintidós marineros, 
artilleros siete para once piezas, seis de hierro colado y cinco de bronce, de que 
iba armado, á quien gobernaba, como piloto mayor, Juan Gdmez, con tiu Ayu- 
dante, Maestro, Capellán y Contador, con siete grumetes. Al otro carabelón le 
dieron título de Almirante, á donde iba por cabeza de mar y guerra el Capitán 
Benito Arias Montano, con la misma gente y oficiales que la Capitana, diez 
piezas, seis de hierro y cuatro de bronce; salió tstmbién una lancha donde iba 
por Cabo Francisco Antunez con diez mosqueteros, soldados del presidio, y la 
gente de mar necesaria, dos falconetes y dos piezas pequeñas de artillería; con 
bastimentos todos los rasos para diez y ocho ó veinte días tasados, como 
también lo eran las municiones, por n© haber dado la prisa á mayores preven- 
ciones; pero con éstas se dieron á la vela, víspera de Todos los Santos, el misma 
año de 1620, y con buen tiempo se llegaron á anclar aquella noche á la en- 
senada de Zamba, desde donde corriendo la costa hasta la boca del Río Grande, 
-aguardaron allí dos días al paso, por si en ellos podían dar vista al enemigo^ 
En los cuales hicieron entrar río arriba dos fragatas del trato, que habían 
salido en compañía de los carabelones para hacer viaje por aquel paraje del 
lío, de donde salieron otras dos fragatas cargadas de bastimentos, que las 
había escondido allí el miedo de los ladrones; que quedando sin él, tomaron 
con seguro la vuelta del puerto de Cartagena, donde llegaron, y los dos galeones 
la del de Santa Marta, donde no hallando noticia cierta del enemigo, con 
alguna que tuvieron confusa', pasaron al Cabo de la Vela, ordinaria ladronera 
de estos corsarios, por ser punta que se reconoce de todos los navios del trato, 
á donde llegaron, día de San Martín, doce de Noviembie. 

3.0 De donde tampoco hallando rastro de ellos (si bien ciertos indios 
bárbaros de los Cozinas, que viven en aquellas costas, con su mala lengua 
quisieron decir que habían atravesado los enemigos hacia la costa de la Isla 
Española), determinaron los nuestros también atravesar allá, no tanto por estas 
noticias, cuanto por no haber tenido otras hasta allí, y aunque no hubieran 
tenido éstas, atravesaran. Dieron vista á dos velas, y corriéndolas hasta cerca 
del puerto del Río de la Hacha, donde conocieron allí ser canoas de perlas, y 
hallándose á la boca de aquel puerto y con necesidad de matalotajes, pues ya 
andaban hambreando, y para el intento quo tenían do atravesar, llegaron á 
tomar bastimentos de maíz, cazabe y carne salada^ desde donde otro día vol- 
vieron á reconocer el Cabo de la Vela, y de allí comenzaron á atravesar, día 
de Santa Catalina; halláronse á tres de navegación en diez y siete grados, y 



OAP. LVl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 339 

por no poder dar vista á la lancha, la fueron aguardando un día, hasta que á 
la tarde, descubriéndose tierra, se pusieron de mar en través por no peligrar 
aquella noche, y á la mañana descubrieron un cayo, ó isla pequeña, poco más 
alta que el agua, poco antes del Gabo de Tiburón, tierra muy alta y que da fin 
por el Poniente á la gran Isla Española; fuese corriendo la costa, por ser tam- 
bién ladronera de corsarios, á causa de sefr tierra fértil y puerta de muchos 
puertos; no habiendo descubierto nada después de tres días que lo desvolvieron 
todo, pasaron á dar vista á la isla de Cuba, como lo hicieron, dando al Guan- 
tanamo, tierra bien descollada y alia, sin que se pudiese saber por entonces 
qué tierra fuese. Iba aquí la Álmiranta tan destrocada de las muchas averias 
de la travesía, que no se daban manos á las bombas, ni lugar su necesidad 4 
íBOltarlas un punto de los puños, y así reconociendo ser aquella tierra Guaa- 
tanamo^ doce leguas del puerto de Santiago de Cuba, cazando á popst, corrieron 
la costa hasta reconocer los Altares, y desde aquel sitio á la boca del puerto de 
Santiago, 

4.0 Que comenzando á entrar en él, les salió una barca llena de infantería 
bien armada, á reconocer los navios, que por estar avispados de enemigos, ha- 
bían sido causa de desocupar el pueblo los vecinos con sus haciendas y retirar- 
se al monte, por haber pocos días antes, á vista del pueblo, aparecido algunos 
navios enemigos, y tomando algunos de los nuestros, habían corrido el situado 
del cobre del Rey y dádole caza, de manera que obligó al que lo gobernaba á 
pegarle faego, para que el enemigo no se aprovechase del cobre, á quien le 
mataron ai desembocar cinco íiombres. Habiendo estado los dos galeones quince 
días en este puerto proveyéndose de matalotajes y aderezando la Álmiranta, 
tomando pilotos de aquella costa, y embarcándose en ellos el Sargento Mayor 
de aquella, ciudad, Tomás de Garibay, que por ser gran soldado, y de edad y 
experiencia, se quiso hallar en esta facción, que estimó el Capitán en mucho, 
salieron del puerto, día de la Expectación de Nuestra Señora, á diez y ocho dé 
Diciembre, la vuelta de Guantanamo, y habiendo corrido aquella costa (desde 
donde tomd la lancha la vuelta de Cartagena, por no poder navegar), atravesa- 
ron los dos galeoncetes al puerto de San Nicolás, costa de la Isla Española al 
Sur, desde donde pasaron al puerto francés, y desde allí al de Guan'aibes, don- 
de sólo entró la Capitana, por estar la Álmiranta á Barlovento^ y así se quedó 
aquella noche, que fué la Noche Buena, aguardando á la Capitana, hasta que á 
la mañana entraron ambas en la ensenada de la Yaguana. 



4í 



3^:0 FEAT PEDRO SIJfÓN (7.» N(>TI€iA 

CAPÍTULO LVII 

I.* Habiendo entrado los carabelones en la Yaguana, hallan rastros del enemigo— 2.* 
Dan vista á una nave del enemigo— S." Descríbese el sitio de la isla del Caimito— 4.» 
Reconociendo el enemigo á nuestros galeones, se pertrecha y dispone para la de"* 
fensa. 



H 



ABIENDO echado aquí las barcas al agua, anclados los navios^ 
llegaron con ellos á tierra á matar ganado de cerda y vacas, áe 
que hay innumerables cabezas de las que quedaron allí antes de la transmigra- 
ción, la tierra adentro, de una ciudad antigua que estaba allí fundada, que van 
cada día en tanto crecimiento estas dos suertes de ganados, que á no dar entre 
ellos grandes manadas de perros cimarrones bravísimos que las minoran y con- 
sumen, fuera imposible caberlos la tierra. A la tarde postrera de los dos días 
que estuvieron allí, llegaron tres soldados del presidio de la ciudad de Sant© 
Domingo á reconocer los dos galeoncetes, por estar ellos aguardando otras dos 
fustas déla ciudad que habían de llegar á cargar cañofístola de la mucha y buena 
que se da allí (desde que había vecindad española), en cuya defensa, porque n© 
la hubiese á las manos el enemigo, estaban ocupados estos soldados. Levando 
anclas los carabelones, después de media noche al amanecer, se hallaron en otro 
puerto, donde echando la chalupa en tierra, halló unos zaragüelles (llaman 
acá calzones) manchados de sangre fresca, y naranjas recién cogidas ; de q\m 
no tomaron pequeño indicio de andar por allí los ladrones que se buscaban. Sa- 
lieron de allí corriendo la costa, día de año nuevo, y dando vista á los varade- 
ros, que es una ensenada que está á Barlovento, que llaman el Caimito, y» ha- 
llándose la Almiranta cuatro leguas adelante de la Capitana y sin viento para 
navegar, se pusieron los soldados por entretenimiento á hacer alcaldes y á ocu- 
parse en otros honestos ejercicios, que vinieron á parar en que por consejo de un» 
religioso de nuestra Orden, que iba por Capellán, llamado Fray Pedro Raposo, 
hiciese cada soldado una manda para hacer una fiesta al Santo Cristo de la 
Veracruz de la ciudad de Cartagena (que es la iglesia del presidio en nuestro 
convento) para que se sirviera de darle viento, y á los enemigos á las manos. 

2.® Como sucedieron ambas cosas, pues comenzando á soplar viento fresco 
j galerno, se vido luego desde el tope una vela que salía de tierra y iba la 
vuelta de la Capitana, que también la vido; aunque de la Almiranta le hicieron 
señal de habei'la visto, dispar.mdo una pieza de cuadra y arriando de gavia, que 
era la señal que se había d« dar el uno al otro cuando se diese vista á algo, y 
comenzaron á navegar en demanda del navio, que era una urqueta flamencas 
de hasta cien toneladas, que llamaban el Ursino Negro, á quien vieron amba» 



CAP. LVII^ NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 341 

nuestras naves revolver y arribar por entre el Caimito y la tierra firme de la 
Española: esperaban los corsarios de su tierra, y entendiendo ser ellos los dos 
nuestros que veía la urqueta so iba á nuestra Capitana, basta que se desengañó 
y revolvió, y cerrando con esto la nocbe, á la mañana, al romper del alba, dos 
de Enero, se descubrió surta; que viendo se le iban allegando los nuestros, se 
levó y comenzó á navegar, siguiéndola los carabelones. 

3.° Y para dar mejor á entender la facción que hicieron los nuestros con- 
tra estos piratas, digo que ea el Caimito un isleo en diez y nueve grados de 
altura de la latitud del polo ártico, prolongado Este Oeste, estrechándose casi 
en óvalo de Norte á Sur, cercado de bajos. Tiene por Este la isla llamada de 
Guanabo, distante hasta diez ú once leguas ; al Norte el Cabo de Maizí de la 
i«la de Cuba, distante hasta treinta leguas á la parte del Sur, travesía de una 
legua. La Tierra Firme de Santo Domingo, Isla Española al Oeste el mar, tra- 
vesía entre la isla de Cuba y Jamaica, y entre la terminación que hace al Occi- 
dente y la Tierra Firme de la isla Española, hay cuatro cayos, que son isloti- 
llos muy pequeños, formando un puerto con dificultosa entrada por los muchos 
bajos, aunque dentro de él se hace una ensenada de bastante fondo para el 
major navio. Estaban los enemigos en este paraje, agregados á uno de los cayos, 
que es lleno de árboles, y de habitación apacible, con barrancas, tonelerías y 
herrerías en tierra y fortalecidos. Entrada en el pueblo la urqueta flamenca, se 
hicieron salva unos á otros, y dando aviso de que la seguían, se ordenaron y 
previnieron para todo suceso en esta forma: 

4.* El navio quo robaron á Jerónimo Debien ocupó el cuerno derecho 
tan cercano á la isleta, que entre ella y él cabía con dificultad otra nave, y en 
esta parte estaba una llamada la Marquesa. Tenía el navio catorce piezas da 
artillería, siete por banda, y la Marquesa ocho, cuatro y cuatro, y algunas 
roqueras. En estos dos navios estaban cincuenta hombres mosqueteros, seis ne- 
gros y algunos prisioneros españoles, gobernados por monsievir de Naraburg» 
francés de nación, de buen cuerpo, y edad de cuarenta y cinco años, y decía 
ser católico. Tenía por su Teniente á monsieur de Renter, del mismo Reino y 
religión, y por su Condestable á Miguel de Maguer, natural del Condado de 
J Niebla, hombre de sesenta años, y gran soldado y marinero. Por la proa de 
estos dos navios, con bandera de Capitana, estaba la urqueta flamenca llamada 
el Ursino Negro, con cuatro piezas de artillería por banda, y cuatro pedreros y 
veintidós hombres de guerra, y su Capitán un flamenco llamado Juan Nicolás» 
de treinta y dos años de edad y casado en Fleximburg de Celanda ; por su cua- 
dra, ó popa tenía una lancha inglesa y por la proa un patache que llamaban el 
Sevillano, por ser labrado en el río de Sevilla, que también tenía bandera de 
Capitana y asistía en él Esteban Cí'rví, inglés do nación y de secta luterano, 



342 Í-RAY PEDRO SIMÓN (T.** NOTICIA 

do edad do cuarenta años, hombro muy valiente y experimentado, por haber 
corrido largo tiempo continuamente las costas de Tierra Firme y boca del río 
de Ohagres, donde había hecho cantidad de presas, con que alentado bajaba 
todos los años á robar por estas partes, y así el francés y el fiamenco eon quien 
estaba confederado y hecho compañía, le reconocían alguna superioridad y 
guardaban sus órdenes ; traía por Teniente á Lamberto, hombre de cincuenta 
años y de la misma religión y secta ; y en el Sevillano tenía treinta y dos hom- 
bres de pelea. Entre la isleta y el cayo, que erii el cuerno izquierdo de la media 
luna que formaban, tenían la fragata que robaron al Alejo Hernández, desapa- 
rejada y arrasada por entre la clava y la borda, llena de maíz, amarrada con un 
cabo al cayo y otro á la isleta, y hecha de ella una plataforma con siete piezas 
de artillería y cuatro roqueras, en que fundaba su mayor confianza el enemigo, 
siendo todo el número de su gente ciento y veinte hombres de diversas nacio- 
nes del Norte, ingleses, escoceses, holandeses, franceses y flamencos, toda gente 
de mar y guerra, pues tan presto todos arrebataban la escota con el arcabuz» 
sin alguna diferencia de mayores á menores. 



CAÍ. LVIII) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME 343 

CAPÍTULO LVIII 

!.• Entra nuestra Capitana en la ensenada sin aguardar á la Almiranta para embestir 
con el enemig^o — 2.^ Embiste de hecho j comiénzase la batalla— 3.° Llega á bueu 
tiempo la Almiranta y véuce&e el enemigo^i." Entran loa nuestros á sacar el pi- 
llaije délos navios, que no fué pequeño — 5.» Toman la vuelta de Cartagena, á donde 
llegaron con buen suceso y fueron bien recibidos. 



C 



iON mejor velera nnestra Capitana, dejaba alguna distancia á la 
Almiranta : causa para que dudasen el Capitán Montiel y otros 
^e la nao de si entrarían sin aguardarla en el puerto, y resolviéndose entrar 
sin más dilaciones, puso en orden su gente el Capitán, y pavesadas de cueros de 
vaca, y reforzando á sus soldados, les puso delante la justificación de la guerra, 
en que se hacía un crecido servicio al Dios de cuya mano vienen las victorias 
y el esfuerzo en ellas ; el valor de la sangre española, enseñado á emplearse ea 
las mayores dificultades, riesgos y ocasiones de honra, en especial contra herejes 
protestantes como los que tenían á la vista, y que sería dar colmo á tantas vic- 
torias conseguidas en esta materia, y últimamente el pillaje que de aquí se 
conseguiría, cuando no fuera más que recobrar el que ellos habían tan injus- 
tamente robado á los nuestros, con que quedaron los soldados tan deseosos de 
venir yá á las manos, que no apellidaban ni se oía otra voz que guerra, que pa- 
recía aun hasta el navio apetecerla yéndose deslizando á mayor prisa para em- 
bestir. No era menor el cuidado que los protestantes ponían en exhortar y 
esforzar á los suyos, poniéndoles delante el iaterés temporal (que no tenían otro 
que proponer) de la ganancias de la victoria, ponderándoles esto con vivas pa- 
labras, á que dieron todos las suyas de hacer el posible, y que se había de par- 
tir la ganancia amigablemente, afirmándolo con juramento sobre una biblia vi- 
ciada con sus herejías, y dando fin á eíto con el brindis alternativo de los gene- 
rosos vinos que tenían, se pusieron á piqiie para la pelea, que le dieron tan 
infame principio como lo es la embriaguez, y así no tenemos por novedad que 
estos indios se embriaguen primero que entren en las guazabaras, pues otras 
naciones, como vemos en éstas y otras, también lo usan en las mismas ocasiones. 
2.° En ésta, yéndose ya nuestra Capitana acercando al enemigo con gran 
silencio, sin que se oyese voz (por orden del Capitán) de caja, trompeta ni tiro 
hasta abordar, los contrarios comenzaron á disparar los suyos de artillería tan 
anticipadamente, que aun no llegaban las balas á nuestra nave, lo cual viendo 
el Montiel, daba el parabién de la victoria á sus soldados, diciendo que el ha- 
berse anticipado á jugar su artillería el enemigo, era señal clara de los temores 
con que estaban, pues aun las balas mostraban tenerle, pues no se atrevían á 



844 FRAY PEDRO SIM(5n (7.* NOTI-CIA 

llegar á nuestro navio. Recibieron á este tiempo los nuestros la absolución de 
rodillas, que la hizo el Capellán ; invocando á Santiago y dando señas las cajas 
y trompetas del rompimiento de la sangrienta batalla, con ímpetu de leones 
embistieron á la urqueta flamenca, jugando tan á tiempo de la mosquetería y 
artillería, que no so perdía tiro ; arrojáronle el arpeo con tanto acierto desde el 
bauprés, que cayó con tal fuerza que le hizo descubrir hasta la quilla, y se 
puso nuestra Capitana de manera abordada con la urqueta, que estaba la popa 
con las proas de los navios de Jerónimo Debien y La Marquesa, tan cerca, 
que sobre los corredores de la nuestra caían sus baupreses, con que le daba el 
enemigo á nuestra Capitana batería por todas partes; era tal la multitud de 
bombas, arcancías de fuego, estruendo de la artillería, roqueras, pedreros mos- 
quetes, el humo de la pólvora, que ni obraban las órdenes militares por no 
entenderse las palabras, ni se veía otra cosa que llamas de fuego, ni atendía 
ninguno más que á sustentar su puesto, sin reparar en el peligro que en él 
tenían. 

3.° Parecíales á los demás enemigos ser ya tiempo de que el flamenco se 
quemase con daño de nuestro navio, y así le daban voces lo hiciesen, á lo que él 
no acudió, viendo que pretendían la victoria con muerte suya, quedando ellos 
libres. Después de una hora que andaba la Capitana valerosísima, llegó la Al- 
miranta, más por favor del cielo que por diligencias humanas, aunque se habían 
hecho las posibles para llegar antes, que no fué ahora fuera de tiempo, pues en 
llegando echó su gente en los navios el Capitán de ella, como de tan valientes 
bríos, que con ellos quitó por su mano el Benito Arias la bandera inglesa, acu- 
diendo por su persona á los más rigurosos trances, hallándose donde veía la 
mayor fuerza del enemigo, de quien escapándose un portugués, vino nadando 
á nuestros navios dando voces no lo matasen, que recogido en la Almiranta» 
apellidaba Victoria, por haber quedado herido de la postrer rociada (recia) con 
dos balazos peligrosos en la mejilla izquierda y en la garganta el Capitán inglés 
Esteban Carví, que con desesperación se quería pegar fuego, lo que intentó 
atajar el Almirante, enviándolo á decir con el mismo portugués se rindiese á 
buena guerra, con permisión de las vidas, sin darse fuego. A bordo estaba el 
portugués para hacer esta embajada, cuando se vido que todos los enemigos, 
unos al agua y otros en chalupas ó por otros modos, procuraban librar sus 
vidas; el flamenco Juan Nicolás desde el Ursino Negro, donde estaba, hizo señas 
de rendirse, sacando en un chuzo un lienzo. En una chalupa con algunos com- 
pafieros saltó el inglés Esteban Carví del navio sevillano, míe no fueron los mejor 
librados, pues casi todos perecieron con una pieza desde la Capitana; menos mal- 
le sucedió á monsieur de Namburg, que hallándose zafo, aunque sin timón, por 
habérselo rompido á arcabucazos nuestra Capitana en el navio que habían 



OAP. LVIIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS D-E TIERRA F1R5IE M^ 

tomado á Jerónimo Debien, destrozadas las jarcias y sin ninguna vela, pro- 
curó la huida, picando los cables y dejándose ir á la gruesa ventura sobre un 
bajo, que no la tuvo pequeña, pues por estar en seco nuestras dos naves, 
ninguna le pudo seguir; ni otro día fueron bastantes las extraordinarias diligen- 
cias que hicieron para perderle de vista; pero no quedaron los nuestros con 
esperanza de que podría navegar mucho, según lo destrozado que iba. Dado fia 
con esto á la batalla, sospechando algún engaño en los navios de los contrarios, 
ordenó el Capitán de la Almiranta al Cabo de Escuadra Juan Silvestre, que con 
Ocho soldados y cuatro artilleros entrasen al navio Sevillano, y desvolviesen si 
hallaban alguna maliciosa bomba, como la encontraron cerca del árbol mayor, 
hacia la popa, que era un barril con más de seis arrobas de pólvora y 
dentro de él un globo de bronce lleno también de pólvora en grano refi- 
nada, que mostraban la boca fuera del barril, pendientes dos cabos de cuer- 
das encendidas, ya tan á los fines, que temieron llegar á apagarlos, has<¡|| que 
Francisco Arraoceo, artillero, encomendándose á Nuestra Señora de la Popa, 
quitó el globo, ya tan encendido que tostaba las manos. También se apagaron 
otros cuatro cabos que iban á parar á la boca de otro barril, con otras cuatro 
arrobas de pólvora en el Ursino» 

4.° Y entrando, ya seguros de esto, á buscar el pillaje de los navios, 
hallaron en la Almiranta á un soldado, criollo de la ciudad de Pamplona en 
este Reino, llamado Juan Jiménez, que se había quedado cuando entraron á 
apagar el globo, y no conociendo ahora que era de los nuestros, por tener la 
cara llena de pólvora, entendiendo que era inglés, le atravesaron con un estoque 
por el cuerpo y quedó muerto, que con él fueron seis los que de nuestra parta 
murieron, que fueron Pedro Matute, manchego, natural de Madridejos, valen- 
tísimo soldado; Alonso de Leiva, sevillano ; dos artilleros y un muchacho. 
Quedaron heridos el Capitán Montiel de dos balazos, el uno en la parte secreta, 
dolorosísima, que aunque fué la herida desde el principio de la batería, no por 
eso faltó de acudir por su persona á todo; también á Juan Montiel hirieron 
con dado de una pieza de artillería, y otros hasta veinticinco, todos de la Capi- 
tana, que fué la que padeció mayor riesgo, si bien excedieron en esto los ene- 
migos, pues quedando casi todos, los muertos fueron sesenta y cinco, y entre 
ellos los Capitanes inglés y francés, y los Maestres y soldados de más conside- 
ración, cuya sangre dejó tan teñido el mar, que raras veces se ha visto tanta 
vertida en semejante número de gente como ahora murió. Ahorcáronse otro» 
cinco por estar heridos de muerte, uno de ellos llamado Miguel de Maguer, 
condestable de la artillería francesa. Aprisionáronse diez y seis, con el Capitáa 
flamenco Juan Nicolás y cinco muchachos de diferentes naciones. Quedaron 
Ubres algunos españoles y negros de diferentes dueños de Cartagena y otra» 



^6 FRAY PEDRO SIMÓN (7.* NOTICIA 

partes que se hallaron en poder del enemigo. Juzgóse por milagrosa la victoria, 
pues decían los prisioneros habían visto la imagen de Nuestra Señora del Ro- 
sario como pintada en nuestras banderas, no yendo sino las armas reales; y 
el pillaje fué tan rico, que todos quedaron medrados con él; de los vasos sólo 
se escapó, como hemos dicho, el de Jerónimo Debien con el Capitán francés 
monsieur de Namburg. La fragata se m^índó quemar por no estar para navegar, 
y la lancha se desfondó, por ser vaso pequeño para las travesías. Ganáronse 
cinco banderas; halláronse en los navios ochocientos quintales de palo de 
brasil, treinta de campeche, alguna' corambre, cuarenta pie2ras de artillería 
de todo género, muchos mosquetes y municiones, pólvora, balas y cuerda, 
arriba de treinta anclas, muchos bastimentos, bizcocho, barriles de aguardiente, 
cerveza y aun algunos barriles de Manatí aderezado al modo de atún, alguna 
plata labrada y otra en moneda, que en los buques de los' navios, cerradas las 
escotillas, se trajeron para inventariar en la ciudad de Cartagena, para donde 
tomaron la vuelta los nuéstrod, de^ués de haber estado reparándose de los 
balazos cuatro días, á seis de Enero de 1621, trayendo en su compañía los tres 
navios del enemigo, la urqueta á cargo del Sargento Roque de Quintana, la 
Marquesa del Cabo de Escuadra Anisonio de Soto, y el Gabo de Escuadra 
Matías de Carranza el navio Sevillano. 

5.° Venía entre los franceses prisioneros un tan famt)So cirujano, qu© se 
ofreció á dar sano, si le hacían á él merced de la vida (como sucedió), á Juan 
de Montiel, que iba tan lastimado, que entendieron pasara de esta vida en la 
travesía, á cuya causa no' se quiso detener su tío, el Capitán Martín de Montiel, 
á h^acer cierta diligencia importante, que era buscar una botija que en cierto 
paraje del Cabo de Tiburón tenían por archivo común los franceses, como se 
supo de los españoles captivos que ahora hallaron entre ellos, donde metían las 
cartas en que daban cuenta de sus viaje» y del rumbo que llevaban. Acabáron- 
los nuestro» el smyo, poniéndose a vista cerca de la ciudad de Cartagena,^ He- 
lando por popa la» banderas vencidas, á: trece de Enero, de don d^ hicieron 
salva y dieron aviso al Gobernador Don García Girón, qíre otro día por la ma- 
ñana, en compañía del Contador Pedro Guiral y Oficiales Reales, fueron á 
bordo, y desembarcaron los Capitanes, soldados y prisioneros, y aunque mal 
íierido y dolorido el Capitán Montiel, llegaron juntos á pié á la iglesia mayor, 
donde el Obispo con su Cabildo y clerecía los salió á recibir y metió en la igle- 
sia cantando Tedeum laudamus, en hacimiento de gracias al Dios de las bata- 
Has y Suprema causa, de cuya mano se consiguen to(Jas las victorias. Celebró- 
se ésta por toda la ciudad y compañías del presidio con gran salva do mosque- 
tería y arcabucería y otros regocijos militares, yeudo los prisioneros y sus ban- 
deras detrás del Capitán Martín Vásquez Montiel. Hízose otro día, viernes dos 



.OAP. liVIu) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIBMB. 847 

de Febrero de 1621, justicia de cuatro de los contraríos, colgándolos en la playa 
y entre ellos el Capitán dol navio flamenco Juan Nicolás. Dándole esta re- 
lación á S. M. en Madrid, dijo ser la primera buena nueva que había recibido 
después de haber heredado el Keino, por la cual hii^o merced é. un hijo del Qo" 
bernador de un hábito de Santiago. 



42. 



oís FRAY PEDRO SIMÓN (7.^ iVOTICIÜ 

CAPÍTULO LIX. 



!.• Pretenda en la corte Don Francisco Maldonado las conquistas del Darién y concóden- 
sele y dánsele recados — 2.° Hace gente y sale con ella de San Lucar— 3* Llega a 
los puertos de las Indias y sale de la Villa de Tolú en prosecmoión de su jornada — 4.*^ 
Entran en la ensenada de Aela, y lo que allí sucede. 

NO sé si por haberle friieedido á Don Francisco Maldonado Sayaredra^ 
vecino de Santa Marta, lo que dejamos dicbo en la jornada de Tris- 
ianebo,, en los Tunugunas, ó por mus servir á S. M. en las conquistas de aque- 
llas Indias y las demás del gran río Darién,, ó por ambas cosas, y ser de esfor- 
zados bríos y de obligaciones de hijo de sus padres, hallándose en las cortes 
el año pasado de 1620, pretendió las conquistas del río Darién con este título^ 
carnicería y sepulcro de españoles, como hemos visto desde los primeros pasosh 
de las coíiquiatas y descubrimi.entos de estas Indias, y habiéndosele concedido 
en oposición dse otros, que- á la sazón también la pretendían en el Consejo, se 
le hizo préstamo de ayuda cía costa de míVs de diez y ocho mil pesos, libra- 
dos en la Caja de Fuertobelo, y se le dieron despachos con las comunes condi- 
eiones, asientos y privilegios que suelen nuestros lleyes dar á los conquistado- 
res y pobladores^ como- él lo había de ser en aquellas tierras, donde había de 
meter, costeados de sustento, pertrechos y navios á sus expensas, 400 hombres, 
lo& 250 de los Reinos de España, y de ésfeos los cincuenta casados y con sus 
familias, y los 150 de acá de las Indias, como consta de una Cédula Real, des- 
pacb-ada en Madrid á nueve de Junio de 1G20, donde se le da también facultad 
para nonasbrar todos los oficiales y seis Capitanes no más, y que loa confi:rmaría 
el Consejo. Otra se le despachó á doce del mismo mes y año para poder tomar 
por él y Ministros en los puertos y embarcaciones los navios y fragatas y otra» 
fustas, y en las estancias y hatos el bagaj,'e que hubiese menester, pagando los 
jffetes y todo lo demás á su justo precio ;^^ por esta provisión en que se le dio- 
título de Gobernador y Capitán General al Don Francisco, quedó determinado 
no pertenecer aquellas provincias del Darién á la Gobernación de Cartagena nif 
éo A^ntioobia, como se pretendía de ambas partes y dejamos dicho. 

2.'' Hizo tanto ruido en España esta jornada con su- nombre campanudo 
del Darién,. como las que dijimos en nuestra primera parte para el Dorado, á 
cuyos ecos, no acabando de desengañarse Castilla (como lo está el Andalucía) 
de los miserables fines que han tenido y tienen estas jornadas, como ésta la 
tuvo, que con facilidad se juntó la gente de la licencia y mucha más ; Oficíale» 
y Capitanes de mny gran sueite, que la tenían por buena y bien- pagados de su» 



CAP. LIX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIEERA FIRME. 34^ 

trabajos de Flandes, Chile y otras partes, en venir ahora á esta jornada, si bien 
alguno debió de estimar por menos mal el que aquí le podía suceder que la pro- 
ligidad del despacho de sus pretensiones en la Corte. Puesto á pique en San 
Lucar lo necesario á la jornada y la gente, en que venían treinta hombres ca- 
sados y con sus mujeres, se hicieron cuatro compañías, una á cargo del Oapitáu 
y Sargento Mayor de la jornada, Vicente de los Eeyes, su Alférez Don Antonio 
Henriquez; otra al de Juan Dieguez de Castro, su Alférez Don Fernando Girón; 
otra al del Capitán Lorenzo de San Filio, su Alférez Don Antonio Cerezo; otra 
al de Don Antonio Gentil, que muriendo en Bonanza un día antes que se diesen 
á la vela en San Lucar, vino su compañía agregada á los galeones hasta la ciu- 
dad de Cartagena. Por Teniente de General, el Licenciado Dionisio de Coca, na- 
tural de la villa de Adra ; también se dispuso para embarcarse el Padre Fray 
Melchor Maldonado, de la Orden de San Agustín, hijo del General, y de la 
misma Orden, á su persuasión, el Padre Fray Diego de Rangel, que estaba en San 
Lucar. Embarcándose en dos naves y un patache en compañía de los galeones 
y flota de Tierra Firme, y otros tr^s navios que venían á la Margarita ó punta de 
Araya, se dieron á la vela, primero de Mayo de este mismo año (1G21) de vein- 
tiuno, y á poco de haber salido todos de la barra de San Lucar, y enmarádose, 
corrieron tal tormenta en el golfo que llaman de las Yeguas, de quince días 
continuos, que en los ocho ó diez no se pudo dar vista una nave á otra de cin- 
cuenta y cuatro que salieron juntas, hasta que el día de la Ascensión, que fué 
á veintiuno de Mayo, hicieron salva de alegría las naves que dieron vista á una 
de las Islas de Canaria. 

3.° Una nao mercante llamada la Ca,rnicería arribó á Cádiz, desde donde 
habiendo estado un mes, tomó su derrota con tan buen tiempo que llegó á Car- 
tagena antes que las demás, las cuales venían tan necesitadas de agua, que en 
una llamada Santa Dorotea murieron de sed una mujer y dos muchachos y un 
hombre, con las lenguas, como corcho, secas, y murieran más á no llegar tan 
presto á las islas de Barlovento, y hacer agua en la una, llamada Guadalupe- 
Desde donde llegaron estos tres navios de Don Francisco á Santa Marta, en cuyo 
puerto, á la entrada, tocó el uno en una peña, que se vido en harto peligro, día 
de San Juan, 24 de Junio. En la cual ciudad habiéndose publicado los recados 
que traía el General para poder hacer gente, y remitídose á las de Tenerife, villa 
de Mompox, Granada y Sevilla, tomó el General la vuelta de Cartagena, donde 
desembarcó la gente, en que venían ya sobre sesenta enfermos de chapetonada, 
que no pudieron convalecer en tres meses ; y así el de Septiembre del mismo 
año se embarcaron la vuelta de Tolú, catorce ó quince leguas de Cartagena, 
como hemos dicho muchas veces, á donde traía señalado por plaza de armas, 
para acabar de juntar sa gente y pertrecharse de bastimentos y armas, para 



350 FEAY PEDRO SIM(5n (7.« NOTICIA 

desde allí entrar en la ensenada dé Áclá y conmenzar su conquista. Hizo asien- 
to en Tolú por cuatro meses, donde se fué recogiendo la buena gente, aunque 
también había de toda broza, que se fué juntando de las ciudades dichas y de la 
de Cartagena y Tolú, porque de los que vinieron de España, tasadamente le 
quedaron hasta ochenta, por diferencias que tenían con el General, y imaginar, 
según las cosas que veían, el fin que tuvo la jornada, á que se dio principio sa- 
liendo de la barra de Tolú con 400 hombres, de ellos algunos casados, que con 
mujeres, niños, negros y indios de servicio serían por todos ochocientas perso- 
nas, en seis fragatas que tomó de aquellos costas y uno de los navios que tra- 
jeron de España, en cinco de Febtero de este año de 1622, y habiendo llegado 
á tomar ceniza él nueve del mismo mes y algún refresco de frutas en una es" 
tancia, seis ú ocho leguas de Tolú, luego se comenzaron á escasear las raciones 
de la infantería, pues sólo se daban seis onzas de cazabe y cinco de cecinas de 
taca á cada soldado. 

á.° Fueron navegando hasta el puerto de San Sebastián de Buenavista y 
adentro en la ensenada de Acla^ donde también dijimos habían llegado Marín y 
Tristañcho en su jornada, que anclándose aquí ahora, salieron los indios, como 
suelen, á rescatar gallinas de las nuestras, de que abundan, y otros frutos de la 
tierra,- poí machetes y hachas que les dieron de los navios, de que engolosinados 
los indios, volvieron otro día más, y con más rescates, y por su caudillo un indio, 
hermano del Cacique, llamado Andrés, porque entre ellos hay algunos cristia- 
nos desde los tiempos que comenzó á descubrirse esta provincia, como dejamos 
largamente dicho en esta tercera parte. Era este indio Andrés prudente y de 
otras buenas partes, por las cuales y por su nobleza lo respetaban los indios ; 
con los cuales habiendo venido, y á tres días, entró en el navio Capitana, donde 
iba el General, que mandó los metiesen todos debajo de escotilla, á título de 
que le ayudasen en esta guerra, de que quedaron en tierra escandalizadas las in- 
dias que habían venido, viendo les llevaban á sus maridos, padres y parientes» 
que para aplacarlas mandó el General ir á tierra á un soldado, llamado Don Jo- 
sefh Ruiz de Cascante, y á otro esptiñol, con cantidad de hachas, machetes y 
chaquira, para rescatar gallinas, que les hubiera de costar la vida, como después 
diremos. Hiciéronse con esto á la vela, y llegando á querer entrar por una de 
las siete bocas del Darién, topó la nao Capitana, donde por ser la mayor fiesta, 
iba la mayor parte de las mujeres, niños y bastimentos ; y la razón de topar fué 
porque habiendo sondado el paso los marineros y hallándole agua suficiente, fué 
en ocasidn de aguas vivas, y al entrar ya habían menguado. Húbose de descar- 
gar de gente, ropa y lo demás, y no bastando esto para que nadara, se le sacó 
también el lastre, con que desencalló y la volvieron á cargar, que fué de innu- 
merable trabajo todo, en especial que ya en este tiempo no se daba de ración á 



CAP. LX) XOTICIASDE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 851 

cada soldado otra cosa que media libra de mníz en grano y tres onzas de carne 
ya corrompida por el calor inmenso de la tierra y el abrigo de la nave donde 
iba. 



CAPITULO LX 

1.* Eatrau con las fustas en el río Dariéa, y otras cosas que iuég-o fueroa sucediendo— 
2° Asientan Real en una mala tierra y hallan rastros ciegos de indios —3.° Salen sol 
dados en demanda de indios, y mueren tres en una emboscada—é.» Vuélvese el Ge- 
neral el río abajo con todas sus naves y gente. 

DETERMINADO entrar el río arriba, resistían las grandes corrientes 
tanto, y el poderse aprovechar poco del velambre, por no ser los vien- 
tos á propósito, que fué necesario echar toa á todos los siete bajeles, y aforrando 
toda la infantería por sus escuadras á pura fuerza de brazos y sirga, las fueron 
metiendo por uno de los del río : tormento igual á la muerte, en especial con 
tan pocas fuerzas como daban las comidas por su falta, para cuyo reparo, yá que 
estaban dentro de la madre del río, ordenó el General fuese el Capitán Juan de 
la Rúa, natural de Santa Marta, con una compañía á dar sobre un pueblo de 
indios de guerra llamado Chichurubí, tres leguas apartado del de San Sebastián, 
entendiendo los hallarían descuidados y buen rancheo á las manos; señaláronse 
para esto ochenta soldados, donde también quiso ir el hijo del General, Don 
Francisco Maldonado y Ribas ( á quien había hecho su padre Gobernador de 
aquel tercio, por no haberse querido embarcar en Castilla Juan Cano de As- 
tudillo, nombrado por el Rey para este oficio) y también se embarcó el Fray 
Melchor, y llevando por guía al indio Andrés y algunos otros cuatro indios, y 
habiendo desembarcado donde más convino, viéndose el Andrés en su tierra, 
tomó la vuelta de su pueblo San Sebastián, dejando desamparados nuestros sol- 
dados en el mayor peligro una noche, que conociendo al amanecer la falta de 
los indios guías, dando en un platanar donde satisficieron la hambre que traían 
retrasada de des días, hubo varios pareceres si darían sobre el pueblo ó nó ; 
tuvo el contrario el Fray Melchor con tanta protervia, que obligó á un Capitán 
á decirle las palabras que el Cid á Bernardo delante el Rey Don Alonso, que 
fueron causa de encenderse entre los dos tantas mohínas, que á no mediar su 
hermano y el Capitán Eua, vinieran á ser desgracias, que todo vino á parar en 
que no se hizo cosa de consideración á lo que se iba, si bien por la huida del 
indio Andrés, se reparó la muerte del Don Josefh y el otro soldado que dijimos 
habían quedado en San Sebastián, porque con la indignación que tenía el Caci- 



35*2 FRAY PEDRO SIMÓN (7/'* NOTICIA 

que do huberlo llevado á su hermano y tenía detenidos presos á loa dos soldados, 
para eu venganza de este agravio haberlos de matar, como lo hiciera sin duda, á 
no llegar á tiempo el Andrés Guido, que los libró de las garras de la muerte por 
quererle mucho al Don Josefh, por ser su compadre, que lo había sacado un 
hijo de pila y llamándole Josefh á su devoción, en uno de aquellos días que es- 
tuvieron anclando en el puerto de San Sebastián, antes (jue cogiera el General 
á Andrés, y no habiendo salido aún del todo, con esta diligencia, del peligro de 
muerte el Don Josefh, pues tomaban de nuevo la demanda para matarlos los in- 
dios del pueblo por los otros que les tenía presos el General, fué necesario que el 
Andrés les sacase también de este peligro, dándoles avío á los dos para pasar 
donde estaba el ejército ; á donde ya habían llegado los que habían venido á dar 
sobre el pueblo de Chichurnbí, sin hacer cosa considerable. 

2.° Crecían á varas los trabajos en todo el Real, así por laa enfermeda- 
des, do que pocos ya se escapaban, como porque el poco maíz que se les daba de 
ración era necesario que cada uno lo pilase ó aderezase como pudiera, que ya 
faltaba aún en qué, y se tenía por dichoso el que en la bacinilla, raso de todas 
conservas, podía hacer su comida; pero lo mas común era comer aquellos cua- 
tro granos que les daban, tostados. No hallándose tierra firme, sino toda pantano- 
sa, en una ni otra parte del río, yá se vieron obligados por tan crecidos trabajos 
á asentar lioal en un sitio menos malo, donde llamaban el Keal de la Resurrec- 
ción, por haber estado otros españoles de los antiguos allí rancheados, que le pu- 
sieron este nombre. Hacíase posta de noche y de día en las fragatas y tierra 
con cuidado, y teniéndolo mayor que todos el General, por verse allí á ciegas, 
sin rastro de indios, tierra enfermísima, y que por una parte fiólo se descubrían 
pantanos y tremedales imposibles á caminarse y por otras serranías tan encres- 
padas que rompían las nubes, determinó saliese el Capitán Narbona, de nación 
mallorquí, en una barca esquifada, con algunos soldados y marineros, que die- 
sen vista al descubrimiento de algunos rastros de gente, á lo que no se pudo 
dar, si bien se entendió no estaba la tierra sin ella, por dos canoas que hallaron 
varadas, con las cuales y llena la barca de pescado, volvieron á dar cuenta al 
General, que no les fué de poco consuelo á todos los del ejército las nuevas, 
por desear hallar rastros de gente en quien emplear sus bríos, y el pescado en 
quien emplear su hambre, que era el que la reparaba de ordinario, pues nunca 
faltaba pescado del mucho que tiene el río. 

3.° A hacer más claras ( si pudieran ) estas ciegas noticias de indios, de- 
terminó el General saliera su hijo el Gobernador y el Capitán Juan Luis de 
Ileredia, y el Ayudante Cristóbal Ramírez, soldado de Flandes, muy bien en- 
tendido eu el manejo de las cosas de la milicia, con ochenta soldados, escogidos 
de todas las seis compañías, corno se puso luégó eu ejecuoión, bien armados de 



CAP. LX) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DK TII-:nilA FIUJIE Soa 

escaiipiles, aunque cou tan poca comida, que sólo se le diú á cada uno de ración 
para dos ó tres días, qne llevaban orden para gastar en las salidas un bollo de 
maíz de cuatro ó cinco onzas, y media libra de tasnjosdo vaca, que en siete que 
estuvieron, bien tuvieron lugar para comerlos. Comenzaron hiégo á marchar 
por el pantano arriba, con tanta dificultad, que muchas veces se atollaban hasta 
la cinta, á lo menos este primer día, en cuya tarde, ya que lo era mucho, salie- 
ron bien fatigados á un llano, menos mal camino, por donde habiendo caminado 
cuatro días, fueron subiendo por una tan áspera sierra, siguiendo una trochuela, 
qne más parecía apeadero de g;^tos, p ir donde yendo delante por sobresaliente» 
siete soldados, entre ellos el Capitán Juan Rodríguez Adame, regidor de lai 
villa de Mompox ; Andrés de León, Pedro Martín, y un mulato, tan buen ra.s- 
trero, que oliendo la tierra y rastros que topaba, si no eran de más tiempo de 
cuatro y seis días, decía lo que había se había echo el rastro, y olía la bija desde 
muy lejos, y avisaba de las emboscadas, como le sucedió ahora, que apenas hubo 
dicho había cerca alguna por este olor, cuando salieron de ella gran multitud 
de indios, que dando sobre los siele, aunque pelearon valerosamente, quedó 
muerto el Capitán Adame, pasado de muchas flechas y lanzas, que de todo esto 
usan estos naturales, y le hallaron muerto con uu alfange en las manos, bien 
ensangrentado, señal que había vengado bien su muerte. 

Como se echó de ver en otro valiente español, soldado de la Armada Real, 
que también murió, y le hallaron con el arcabuz en las manos, apretado por el 
cañón y el mecho ensangrentado, porque según dijeron los que quedaron vivos., 
no queriéndoles dar fuego, virándole de aquella manera, hizo valiente riza en lo» 
indios, vendiendo bien su muerte, como también lo hizo el mulato rastrero, que 
no fué de poca pena para todos, por ser do importancia para el efecto dicho ; 
otros dos quedaron, aunque vivos, mal heridos á lanzadas; y los otros dos que se 
escaparon, bajaron á dar aviso á los compañeros, que con la prisa que les dio 
lugar la estrechura del sitio, subieron al socorro, no muy á tiempo, ni aun se le 
podrían dar cuando llegaran á él, pues ni llevaban pólvora ni cuerda, por habér- 
seles gastado la poca que sacaron, y así sólo se disparó un mosquete y una pis- 
tola, que bastó para que los indios huyesen con grandes alaridos, cargando loa 
cuerpos de sus muertos. A quien no pudiando seguir los nuestros por la falta 
de comida, y por lo mismo de ánimo (que si los indios cobardes lo tuvieran se 
entiende acabaran con todos), habiendo dado sepultura á los muertos y los 
hombros á los heridos, tomaron la vuelta del llano, y no pareciéndoles ser acier- 
to volver por el pantano, por si acaso los indios los aguardaban en él, como fué 
así, desmintieron el camino por otra parte, que fué acuerdo del cielo, como se 
vido, porque á venir por el pantano, según venían de desmazalados de hambre, 
perecieran á manos de los bárbaros, que los estuvieron aguardando al paso. 



854 FllAY I'EDIIO SIMÓN (7/ NOTICIA 

4.*' Cuidadoso el General de haber hecho la tropa tardanza de siete días no 
llevando orden más que para tres, y habiéndose descubierto al seteno, á la tarde, 
gente desde el Real en un cerrillo, despachó una barca con un Capitán y sóida" 
dos Á reccnocerla, que llegando y conociendo eran los que venían desbaratados, 
cogieron en la barca al Ayudante y los heridos, por no caber más, y por no 
poder el resto de los soldados marchar por tierra, por haber de pasarse una gran 
boca de mucha agua que salía de la ciénega, fué necesario despachar otras bar- 
cas, en que vinieron todos con el Gobernador, y estándose lastimando del suce- 
so, llegaron tan en secreto por entre los muchos árboles que había y tan cerca 
del Real, los indios que venían siguiendo á los desbaratados, que sin ser sen_ 
tidos pudieron echar en él algunas rociadas de flechas, aunque sin daño, porque 
los soldados de tierra y loa de las fragatas se aprestaron á la defensa y seguirlos, 
aunque esto no tuvo efecto, porque no pareció convenir, por ir ya cerrando la 
noche y ponerse á mayor riesgo si lo hicieran que provecho, y así habiéndola 
pasado toda con vigilante cuidado, viendo el General el mal país que era, donde 
todos enfermaban y muchos morían de llagas en los pies y piernas á causa de 
las mazamorras y de rascarse las picaduras de los mosquitos, tanto que á muchos 
se les parecían los huesos, determinó bajarse con todas sus fustas hasta la 
ensenada, como se hizo, navegando en dos días lo que en muchos habían subido. 
Arrimaron todos á una isla de las que dividen las bocas del río, donde saltaron 
en tierra y se hicieron algunos buhíos, y comenzó luego á morir tanta gente, 
que los más días se enterraban tres y cuatro. Llamáronle la isla de las Don- 
cellas, por haber enterrado en ella á dos que murieron : la una hija del Tristan- 
cho, que llevaba allí su madre, por haber casado segunda vez con el Capitán 
Melchor Lobo, que también estaba en la jornada. Crecían tan por la posta las 
enfermedades, y tan de peligro, que aunque había médico que se llamaba Julio 
Santón, y dos cirujanos, por falta de medicinas y comidas para los enfermos, en 
estancólo, lo contaban con los muertos, con que quedó la isla arada con tantos 
jcomo se enterraron. 



CAP. LXl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. 355 

CAPÍTULO LXI 

L* Descúbrese buen sitio para poder poblar, y muestras de oro; prenden á un Capitán— 
2 .• Coge otro un barco de gallinas ; otro se alza con una fragata y se va á Cartagena 
con alguna gente— 3.« Dan garrote al Capitán preso— 1." Salen en una fragata á 
buscar comidas— 5.* Vienen los indios y dan una guazabara en que mueren muchos 
de los nuestros. 

ADVIRTIENDO el General Don I'rancisco se le habían pasado treí 
meses de embarcación y tiempo del verano sin haber hecho otra 
cosa considerable que la que hemos visto, y que las comidas iban ya dando fin, 
y ann la gente por falta de ellas, y otros infortunios, y que el invierno iba 
despuntando aprisa, en que tampoco se podía hacer cosa de provecho, despachó 
en su fragata al Capitán Lorenzo de Sanfilio, valenciano, con su hijo Fray Mel- 
chor, y al Capitán Lobo y algunos soldados, á dar vista y tantear cierta ensena- 
da que se veía tres leguas de la isla de las Doncellas, á donde llegando y tan- 
teando el sitio, y experimentando ser bueno y de buenas aguas y muestras de 
oro, por haberlo cateado en muchas partes el Capitán Lobo, gran minero, con 
diez negros suyos, que también lo eran, volvieron á dar buenas nuevas de esto 
al General y que era tierra á propósito para poder poblar, porque entre las de- 
más comodidades era la una, y no la menor, el no tener mosquitos. Lo que no 
tuto efecto, antes estaba la más de la gente embarcada, yéndola consumiez^o 
por la posta las enfermedades de pestilentes calenturas y otras, y no teniendo 
atrevimiento nadie á ponderarle aquello al General, lo tuvo el Capitán Joan 
Dieguez de Castro, llevándole un memorial desde su fragata, firmado de sus 
soldados, que estaban en la isla de las Doncellas, en que le representaban los tra-» 
bajos que pasaba el ejército y cómo se atajarían si se pasasen á invernar á al« 
guna estancia de las que tenían cerca, y que en entrando el verano, se podían 
tomar de propósito las conquistas y poblaciones. Fué este papel y las razones 
que le dijo el Capitán Juan Dieguez al General tan gran piedra de escándalo 
que le costó la vida, pues luego que volvió á su fragata aquel mismo día, envió 
el General al Capitán Domingo de Salazar que lo prendiese, y al Sargento y 
Cabo de escuadra de su compañía, como lo hizo y llevó presos á diferentes fra- 
gatas. De allí á dos días salió el General con toda la gente y fragatas a tierra, 
para poblar un Real que llamó de vSan Bartolomé, dejando en la isla de las Don- 
cellas á su mujer Doña Inés de Castellanos y algunas otras mujeres, todos los 
enfermos y el Capellán, con sólo seis soldados en guarda de todo esto, que no 
quedaba en pequeño peligro, pues estando la isla s(51o dos ó tres tiros de mosque- 
te de tierra, les fuera fácil entrar á ellos y degollarlos los indios. 43 



35^ FRAY PEDRO SIMÓN (7.-* NOTICIA 

2.° A los que habían quedado del pueblo de San Sebastián, la demasiada 
hambre que padecían y la que tenían que padecer,' les bizo, fuera de cuatro 
que quedaron, arrojarse todos al agua, de quien no se supo en qué había» 
parado, pues no los vieron más desde esta isla. Desde la cual, tomando una 
eanoa un Contramaestre de un navio con otros marineros, también se escaparon 
huyendo; tras quien el General envió al Capitán Narvona, el cual no pudiendo- 
darles alcance, y llegando á la costa de Urabá, encontró con un vecino de Carta- 
gena, que tenía mil gallinas en un barco, rescatadas do aquellcs indios, por ser 
éste su trato, para venderlas en Cartagena, y habiéndolo prendido, lo llevo con su 
barco y gallinas, dejando algunas de camino en la isla á Doña Inés á la presen- 
cia de su marido el General; que habiéndolo reprendido porque rescataba sin 
BU licencia en aquella tierra donde él era Gobernador, lo hizo poner preso, y 
que se quedara sin las gallinas. Por el peligro que dijinaos en que estaba la 
isla de las Doncellas, y para si acaso lo habíi, pudiese escapar de él su mujer 
y las demás, hizo el General quedase allí apercibida una fragata.; también 
quedó la nave que había sido Capitana, tan apegada á tierra que se pasaba 
desde la isla á ella con una planusa á socorrer los enfermos que estaban alo- 
jados en ella,, de donde sacaban cada día á enterrar tres ó cuatro. Estando- 
también en esta nave preso y enfermo un Capitán Don Agustín de Barahona^ 
por no sé qué palabras ásperas que había dicho á la mujer del General en 
Tolú, trató con los enfermos más alentados y que sólo tenían llagas en las- 
piernas, y uno de los cirujanos y con el arráez de la fragata (que era del 
Capitán Andrés Jiménez, vecino de Cartagena), que alzasen velas y tomasen la 
Tuelta de aquella ciudad, como lo hicieron por lo inclinados y deseosos qa& 
todos estaban á hacerlo, y así, sin podérselo nadie estorbar, se fueron en ella 
hasta treinta hombres y ocho mujeres, llevándose la mayor parte de las armas 
de los soldados, por habérselas entregado que cuidase de ellas á uno de los que 
estaban en la fragata, que viéndola ir el General, despachó con prisa tras ella 
á un Alférez y á algunos soldados en el barco de las gallinas, que á la sazón 
estaba más aprestado, que teniendo á buena suerte ocasión el Alférez y sus 
compañeros, por desear también hacer fuga, nunca más volvieron, como ni 
otros muchos que por varios caminos, en canoas y barcos, cada hora se esca- 
paban huyendo de la muerte. 

3.<^ Habiendo sentenciado á ella el General, por informaciones que para 
esto hizo, al Capitán Juan Dieguez de Castro, envió que la ejecutase á la fra- 
gata donde le tenía preso, á un Capitán llamado Juan»JLuis de Heredia, no bien 
afecto al preso, que habiendo entrado en la fragata, cárcel del Castro, le dijo 
al Padre Fray Diego Rangel le entrase á confesar, por ser infalible el haberle 
de dar garrote, y habiendo comenzado la confesión, salió el religioso pidiendo 



OAP. LXl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRME. S57 

al Capitán Juan Luis difirieso aquella justicia basta que él fuese ú hablar al 
General y le representase la inocencia del preso, a que respondió el Juan Luis 
ser diligencia en vano, pues si no le acababa de confesar, le daría garrote; B¡n 
aguardar á eso, volvió el religioso y lo confesó y confortó para morir, estando 
con él hasta que le dieron garrote en el árbol de la fragata, y levantándolo en 
alto en un peñol, le pusieron en las espaldas con letras góticas la causa de su 
muerte, que causó horrendo espectáculo á todo aquel ejército. Estaban sen- 
tenciados á lo mismo el Capitán Sanfilio y el Ayudante Cristóbal Ramírez, 
y entrándolos á coníesar para ejecutar también la sentencia, fueron tantos los 
extremos que hizo el Sanfilio, que diciéndoselo al General, mandó se suspen- 
diese por entonces la muerte de ambos, que al fin no la tuvieron, porque quien 
pasa punto pasa mundo. Fué notable el sentimiento que todo el Beal hizo por 
la muerte de aquel Capitán. 

4.0 El consumo del maíz y las demás vituallas iba ya por tan extremo, 
que para no venir todos al de la vida, juzgó por necesario el General despachar 
A su hijo el Gobernador y al Capitán Narvona con cuarenta soldados, los do 
mayor confianza, y los más casados, porque no se huyeran, á buscar comidas 
donde las hallaran, para que se aprestó luego la gente, y dos de las fragatas 
de las siete que habían llevado fletadas, que ya estaban tan deseosos bus ma- 
estres y oficiales de volverse á la ciudad de Cartagena con ellas, que no só.'o 
soltaran el fleto, pero aun dieran plata por la licencia para volverse. Dados á 
la vela y saliendo por la boca de la ensenada de Acia, sin saber ningún soldado 
dónde iba, después de haber navegado cuatro días, en que sólo tenían los soldados 
cada día de ración tres onzas de maíz, que lo comían tostado, surgieron en una 
isla, donde tenía un vecino de Cartagena, llamado Francisco de Montiel, po- 
blada una estancia de negros con granjerias de cazabe y de cebar ganado de 
cerda. Teniendo noticia el mayordomo que tenía cuidado de esta hacienda 
de la entrada de estos soldados, hizo retirar al arcabuco la mayor parte de los 
negros, dejando solos trece y una negra parida, que se ocuparon tres días 
haciendo cazabe, por haber dicho el Gobernador Don Francisco lo pagaría. 
Al fin de los cuales haciendo meter muchos de los puercos en el navio, el 
cazabe, la negra y negros (y hiciera lo mismo con el español mayordomo á nO 
rogárselo los soldados, por estar su mujer muy enferma en una cama), se dio 
á la vela la vuelta del Real, donde entre tanto que esto hacía el hijo, no le 
sucedieron pequeños trabajos al padre, pues habiendo advertido los indios (que 
á todo andaban á la mira) cuan minorado quedaría el número de los soldados 
por haber salido las dos fragatas, se determinaron á dar una mañana un ma- 
drugón sobre el Keal de San Bartolomé, donde estaba la gente bien descuidada 
y sin defensa, por haber mandado el General que ningún soldado tuviese pól- 



358 FRAY PEDrwO SIMÓN {7.^ NOTICfA 

vora ni cuerda, porque la gastarían mal gastada, por no estar atemorizados 
harto allí de indios, y así la tenían toda en la fragata embotijada, y la cuerda 
en zurrones ó petacas liadas, por lo cual los soldados tampoco cuidaron de 
limpiar las armas, y así dando los indios sobre el Real y las centinelas arma, 
por la poca resistencia que los nuestros hicieron, fueron empleando sus lanzas 
y flechas con la ferocidad que aquellos bárbaros acometen sus hechos, y ahora 
más á 8u salvo. 

5.** Mataron, la primera, (i la mujer del Tristancho, de suerte que murió 
á manos de los mismos indios que su marido; el General daba voces á la fra- 
gata que le trajesen aprisa pólvora, balas y cuerda, que era á muy buen tiempo 
de proveer de esto á los soldados; de los cuales hallándose algunos, por ha- 
berla tenido escondida, con alguna pólvora, sacaron de esta vida con los area- 
baces hasta ocho ó diez indios, que quedaron allí muertos, y sin duda fueron 
muchos heridos. Hallábase el General sin ningunas armas ni aun para defender 
su persona, y así hubo de defenderse de otro modo con su hijo el fraile y sh 
mujer. Las demás y niños se escondían debajo de las camas de viento ó bar- 
bacoas ó donde podían; pero estando libre la fiereza de los bárbaros por la poca 
resistencia que se les hacía, lo trastornaban todo y hacían pedazos á cuantos 
topaban, si podían, ó á lo menos los sacaban dé esta vida, que dicen pasaron por 
todos el número de muertos de ciento; sacaron de la prisión al Capitán Sanfilio 
y al Ayudante, por dar voces los soldados no ser tiempo de tener á nadie 
preso. Estando defendiendo la casa del Gobernador, donde estaba él, su mujer 
y el hijo fraile, el Capitán Juan Luis de Heredia (que fué el que dijimos 
había ejecutado la sentencia del Capitán Castro), le dio un indio con una vene- 
nosa flecha por la boca, llevándose de camino los dientes, aunque eran con 
fealdad crecidos; hízole la fuerza del veneno caer rabiando en tierra, desde 
donde llevándole á una de las fragatas, murió en ella á los ocho días: muerte 
escandalosísima para todos (pudo ser que por la fuerza del veneno), pues en 
lugar de confesarse y llamar á Dios, decía mil blasfemias, con que salió de esta 
vida, como también otro soldado, que habiéndole clavado otro indio en una 
mejilla otra venenosa flecha, murió con más brevedad y las mismas ansias y 
congojas del veneno; pero quiso Dios, entro ellas, usar de su misericordia, 
pues al morir dijo en altas voces que el Capitán Juan Dieguez de Castro había 
muerto sin culpa, y haber jurado todos falso cuantos testigos había en la in- 
formación, y que él había sido uno de ellos, lo cual confesaba allí por descargo 
de su conciencia y desengaño del hecho. El Capitán N^bona (á quien no dejan 
sin culpa en el mismo suceso del Capitán Castro) se huyó en una fragata. No 
dejaran los indios tan presto la guazabara, si entre los demás que murieron, 
no mataran los nuestros á uno que debió de ser principal, á quien cargaron y 



CAP. LXIl) KOTÍCIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERIU FIRME 359 

llevaron entre cuatro, tocando al punto á recogerse, con ciertas flautas que 
sonaban mucho, hechas de huesos de espinillas de hombres, de que dejaron 
allí una, porque se le debió de caer á algún indio con la prisa de la huida, que 
no pudieron seguir los nuestros, por no tener armas ni municiones con qué. 



CAPITULO LXÍI 

1.° Sucesos varios por la apretura de la hambre. Sálense todos ds la ensenada de Acia— 
2.<» Llegan á una isla, donde padecen mayores trabajos — 3." Salen de ella todos, y 
llegan á la Villa de Tolú, donde se acabó la jomada. 



D 



EJÓ tan atemorizados á los pocos que habían quedado en este 
ejército esta guazabara, por verse todos tan enfermos, que ya 
eentían más esto que la hambre, con ser ya tan por extremo, que á no soco- 
rrerlos un diestro pescador que sabía pescar tortugas y manatíes, con que se 
acudía con caridad á los enfermos y participaban alejo los sanos, acabaran de 
perecer todos; y aun no bastando esto, les foizó la necesidad á que mandase 
el General que de algunas mochilas de harina que se habían llevado para 
hacer hostias para decir misa (que so decía hanta el asalto de los indios casi 
cada día, porque el robo que hubieron á las manos pienso fué también el 
sacro ornamento), se hiciese cada hora una paila de poleadas ó puches, de que 
se diese ración á los soldados, que siendo esto poco, les obligó la necesidad á 
salir fuera de la boca de la ensenada algunos soldados con el Padre Fray 
Melchor, en una fragata, á socorrerse de lo que llevaban los barcos del trato 
que andaban por aquella costa de Tolú, que sabiéndolo el Gobernador de Car- 
tagena, envió por los soldados que andaban en esto, y su prelado á llamar ú 
Fray Melchor, y así tomaron la vuelta de la ciudad, quedando los pocos sol- 
dados qne habían quedado con el General en el Real despojado de San Bar- 
tolomé, con tan intolerable miseria de comidas, que muchos se contentaban 
con los afrechos del maíz pilado, y aun dicen servían algunos ú las negras del 
General de traerles agua y otros ministerios, porque les diesen de ello: tal era 
la fuerza de la hambre y el poco socorro contra ella. Lo que obligó á los sol- 
dados á decir, con determinación de tales, al General que pues habían quedado 
tan pocos que era imposible hacer cosa de consideración, antes perecer todos 
allí, que los sacase á tierra de cristianos; pues no acudiendo á aquello, sin duda 
tendrían por menos mal otro cualquier suceso, desamparando la tierra y de- 
jándolo solo; con que fué forzoso al Gobernador, viéndolos así determinados, 
disponer cómo su hijo el Gobernador tomase en una fragata la vuelta de Tolú 



SGO FRAY PEDRO SIMÓN (7.^ NOTICIA 

y trajese algún refresco dentro de quince días que pareció duraría el maíz que 
había quedado, dando de ración cada ái\ á cada soldado cuatro onzas de granos. 
Hízose así, y volviendo al tiempo dicho con algún socorro, se embarcó el Gene- 
neral con toda la gente que le había quedado en la fragata, y entendiendo 
vendrían vía recta á Tola, surgieron otra vez en la isla, de donde habían lle- 
vado antes, como dijimos, el cazabe y negros. 

2.° Veíase el General tan afligido aqní por los ruines sucesos, que daba á 
entender no querer salir del puerto, de donde salió su hijo para Tolu, y á pocos 
días murió su mnjer doña Inés, toda cubierta de lepra de los malos estalajes y 
inclemencias del cielo que habían tenido en la jornada, cuya muerte acompa- 
ñaron otras muchas que cada día iban sucediendo, pues sólo había que comer 
en el puesto algunos caracoles y otros mariscos que podían haber á las manos 
en la lengua del agua; y aun teniéndose por dichosos los que hallaban de 
esto, porque no se les minorasen, se entraban en la montaña á comerlo á 
excusas de sus compañeros, por tener cada cual necesidad de lo que les venía 
á las manos, por ser las personas hasta ciento y veinte, y el socorro de comi- 
das el que vemos. Á quien faltó también el poder salir de la isla, pues el due- 
ño de ella, escarmentado de lo pasado, y saber que había vuelto tanta gente 
al rebusco de lo que tenía en la estancia, despachó desde Cartagena una fra- 
gata, en que recogieron una noche en secreto, que lo pudieron hacer 
por haber mucha montaña, todos los negros y canoas que había de servicio, 
haciendo pedazcs las que no pudieron llevar, que viendo á la mañana desde 
la playa irse la fragata y canoas, fué crecidísima la aflicción, por quedar todos 
aislados, tan hambrientos y sin género de socorro para salir persona de la isla, 
y así les obligó la necesidad á remendar con tablas una barca, que de vieja 
estaba dada al través, que aderezada y breada lo mejor que se pudo, entró en 
ella el Capitán Domingo Méndez Cancio, y con ocho soldados y marineros, fian- 
do más en el socorro del cielo que en el humano, tomaron la vuelta de Tola 
con conocido riesgo de sus vidas, pues en barco tan frágil y quebradizo, la mar 
por el cielo y vientos contrarios, se atrevieron á embestir sesenta leguas que 
había desde allí de travesía hasta la costa de Tolú, á donde llegaron con fa- 
vor divino y casi de milagro en doce días, siendo en buen tiempo navegación 
de dos, viéndose muchas vecas en los brazos de la muerte por la. hambre y 
contrastes de la barca. 

3.® Hallaban también, habiendo saltado en tierra, tan poco refugio como en 
el mar, pues pidiendo á los barcos y fragatas que iban y venían á cargar en las 
haciendas y estancias que h^y en aquellas costas y islas, no sólo no se lo daban 
de querer ir á sacar á aquella isla tantas ánimas como allí había á pique de 
perderse, pero ni aun querían acudir á ellos con socorro de comidas, y llegaba 



CAP. LXIl) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIEllKA FIR5ÍE. 361 

esto ú tal extremo, que dándole la necesidad atrevimiento al Capitán Móudeíf 
para entrar en una fragata para ir á sacar la gente de la isla, fué tanto lo (¡11 o 
se alteraron contra él los de la fragata^ blancos j negros, y los de aquella costa, 
que lo alanceaban y obligaron á toraar por partido el dejarle y irse como pudo 
á la villa de Tolú. donde también halló bien poco socorro por ahora: tal era el 
aborrecimiento que todos habían tomado á esta jornada, por la mala fama que 
de ella había salido, y así obligado este Capitán á pasar á la ciudad de Carta- 
gena, dio en ella Doticia de lo que pasaba á D. I>iego Penilo, yerno del Gene- 
ral, que fletando un navechuelo que había venido por aviso de España, se 
embarcó y tomó la vuelta de la isla de la gente, que cuando lo descubrieron 
desde lejos, lloraban todos de alegría, viendo en aquello el reparo de su muerte. 
Embarcáronse todos la vuelta de Tolú, á cuya vista llegaron al tercero día en la 
tarde, y habiendo navegado hasta las dos de la noche, acercándose á la vill» 
los vecinos de ella que los vieron á aquellas horas, por estar clara la luna, en- 
viaron barcos y canoas en que se desembarcasen, como lo hicieron, y en lle- 
gando á tierra se abrazaban con ella, hechos los ojos de todos fuentes de lágri- 
mas, y no creían aún que habían llegado á tierra de cristianos, ni aun los que 
había en ella casi los conocían, por haber llegado tan desemejados, flacos, 
macilentos y amarillos, que más parecían retrato de todas miserias y aun de la 
muerte, que hombres, de quien las fieras tuvieron compasión en verlos en tales- 
figuras y trabajos, que los comenzaron á renovar luego con las memorias de 
los muertos, cuitándose de que habiendo salido de aquel puerto siete grandes- 
bageles cargados de gente, que serían por todos más de ochocientas personas, y 
ahora cabían todos en un pequeño, por no ser más que hasta ciento y quince 
y casi todos tan llenos de llagas^ mazamorras en los pies, sobre que no se podían 
tener por ellas, y otras diferentes enfermedades, que murieron en aquella villa 
y en Cartagena de esto más de cincuenta personas, que fué el fin que tuvo 
esta jornada, porque acompañara á los de otras muchas de que hemos contado 
en nuestras dos partes y en esta tercera. 



3G2 FRAY PEDRO SIMO» {7^ NOTICIA 

CAPÍTULO LXIÍÍ 



A 



Í^KSCiíIPCIÓN DE LA CIUDAD DE CARTAGENA. 

CUYOS Últimos capítulos llenará la descripcióa de la célebre ciu- 
dad de Cartagena de estas Indias, que por serlo tauto y haber 
sido sus conquista» no la menor parte de las que han ocupado esta tercera, no 
me pirece será tiempo al aire y ai fuera de su lugar tratar de su fundación y 
descripción, si bien algo por mayor. Está asentada en longitud de setenta y tre» 
grados y treinta minutos del meridiano de Toledo y once escasos de latitud al 
Norte, en el principio de una isla ó girón de tierra que sale de la firme corrien- 
do Norte Snr, distancia de una legua, que se va ensanchando hasta llegar á la 
boca de su puerto, que está algo inclinado al Surueste, y llamóle isla á este 
girón de tierra, porque á las l^ece» lo es y queda aislado por todas vartes y cer- 
cado de agua cuando soplando los nortes entran mayores aguas por la boca del 
puerto. 

Fundó esta ciudad, el año de mil y quinientos y treinta y dos (como larga- 
mente dejamos dicho) en este mismo sitio, el Adelantado D. Pedro de Heredia^ 
dejándola con el mismo nombre de un pueblo de indios que estaba fundado 
en el mismo sitio, llamado Calamar, con que permaneció (aunque luego se reti* 
rarpn los indios y dejaron libre el sitio para que edificaran con libertad los espa- 
ñolee) muchos años, hasta que poco á poco fué tomando el nombre de su puerto^ 
que (como hemos dicho) le demora &u boca y entrada por más de m«dia legua al 
ñvíT, al cual pocos años antes de los primeros fundamentos de la ciudad, habiéndolo' 
descubierto el Capitán Kodrigo de Bastidas y Alonso de Ojeda, le pusieron por 
nombre el puerto de Cartagena, por tener dos bocas en su entrada, divididas 
con una isla, como el de Cartagena de Levante en España, y ser capacísimo 
para innumerables naves del mayor porte, como el otro, y asi perdiendo total- 
mente la ciudad el nombre de Calamar, se alzó con el de Cartagena. 

Á la parte del Este se le apega otra isleta á esta de la ciudad, que se 
comunican por una p^rte levadiza arrimada al muro y puerto de la ciudad, por 
ser poca el agua del narar que divide la una de la otra. Esta es pequeña, cercadai 
toda de aguas saladas, que llaman Getsemaní, nombre que le puso su primer 
posesor, d quien la dieron en estancia á los principios de esta fundación (come 
dejamos- dicho en nuestro segundo tamo); ésta es como arrabal de la principal 
ciudad, y se sale y entra en ella por la parte de tierrar firme por otra puente 
de madera, donde hay siempre soldados de posta y algunos tirillos en su res* 
gnardO; que llaman la median luna; es más frecuentada y habitada de la gente 



OAP. LXIII) NOTICIAS DE LAS CONQUISTAS DE TIERRA FIRMIC, 363 

de mar, por estar más cerca del surgidero do los «avíos, y por esto tenerlos más 
á la mano. 

Los edificios de la principal parte de la ciudad, aunque tuvieron sus prin 
cipios humildes como todas las del mundo, pues eran de maderos gruesos y 
tablas sus paredes (como aun hoy permanecen algunos),