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Full text of "Tipos y costumbres de la isla de Cuba : colección de artículos"

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BOSTON 

PUBLIC 

LIBRARY 



1 




ENERO DE 1881.- 



COLECCIÓN DE ARTÍCULOS 



TIPOS Y COSTUMBRES 



DE LA ISLA DE CUBA 



POR LOS MEJORES AUTORES DE ESTE GENERO. 



OBRA ILUSTRADA 



POR D. VÍCTOR PATRICIO DE LANDALUZE. 



^^OTOTi^i^í^ T ^í^ t;^ :H3 I IK ^í^ . 



PRIMERA SERIE. 



u 



OBISI^O ISrTJI^EIS.O 50. 



Iiii]uvnt)i (lol "AvisulíT ("oMK'n-iiil." 



HABANA. 



AiiiarLrulii ''.'>. osiiUÍTüi ;'i Cului. 



:3i3^ 



3La¿, ^^i^ C a. / c/(o 



•j \w . 






TIPOS Y COSTUMBRES. 



AL EXCMO. SR. 



DON RAMÓN BLANCO 

MARQUES DE PEÑA PLATA 



GOBERNADOR GENERAL CE LA ISLA DE CUBA. 




INTRODUCCIÓN. 



\ Á 



m-f 



La historia de los pueblos aun no está escrita 
según ya se ha observado. Poco tiempo hace que 
la historia era el martirologio de las naciones, y 
su cronología, la de sus gobernantes. Los pueblos 
de la Edad media volvían sus ojos hacia las épocas 
clásicas, para tener no muy exactas ideas de 
momentos libres y morales para la Humanidad. 
La imprenta aplicada á todas las exijencias sociales 
ha tenido que inñnir de una manera eficaz en 
dar su fisonomía á los |)neblos; y las obras de 
imaginación y recreo han contribuido acaso más que las graves y serias á ese 
género de ilustración. Al renacimiento, á la difusión de los conocimientos, el 
periodismo se propuso retratar la sociedad contemporánea y aparecieron los 
Expedüdores^ los Censores^ las novelas históricas y de costumbres. Inglaterra dio 
el modelo en el Expectador de Addison, siguióla el fi-ancés y en España fiíé notable 




TIPOS Y COSTUMBRES. 



por SUS formas cultas y su mérito el Pensador que publicó Clavijo, cuyo apellido 
ha eternizado Beaumarcliais y la literatura alemana, que lo han hecho figurar en el 
personaje de un drama, de quien decía aquel en su viaje á España (Memorias) 
que ninguno le superaba como escritor. Pronto México tuvo su Pensador, de que 
se ha reimpreso, la colección, como la de Clavijo. En la Habana apareció en el 
mismo año 1764 un Pensador^ que redactaron, según Pezuela, dos abogados 
llamados Santa, Cruz y Urrutia. Todos esos periódicos tenian por principal objeto 
la pintura de tipos sociales; la censura de los vicios; el retrato social; la historia 
contemporánea. 

El Regañón de la Habana^ periódico que publicó J). Buenaventura Ferrer, 
fué sin duda en ella el mas apreciado y apreciable de esos trabajos (año 1800) 
pero no el único de su especie. Encomendada la redacción del papel de la Sociedad 
Económica á sus socios por turnos le tocó el suyo á D. Manuel de Zequeira y se 
dedicó á observar^ firmando El Observador curiosos artículos de costumbres. 
Censurósele en las juntas generales al principiar el siglo XIX, de que hubiera 
descuidado las secciones del diminuto periódico ocupándolas de esos artículos 
y de poesías; pero su Relox de la Habana y lo demás que dio á la estampa, bien 
merecía á poderlos coleccionar, figurar en un interesante libro, retrato de la 
Habana de 1800 á 1805. Colección de tipos cubanos desde los negros que 
conducían al amanecer á los cuadrúpedos al baño del mar, atropellando cuanto 
encontraban; desde los arrieros que esperaban el cañonazo del Ave María en las 
puertas de la ciudad para penetrar en la plaza del mercado; desde las damas en 
sus retirados aposentos cubriéndose el rostro de albayalde y cascarilla; desde los 
ricos en la holganza y en el juego, hasta h)s laboriosos talleres y todos los demás 
tipos sociales. 

El renacimiento de las instituciones liberales que se esi)e]'aban en el año de 
1830 se inició en la Isla desde que amaneció parala Madre Patria. El periodismo 
se reanimó al asomar esas esperanzas. Una multitud de imitadores de Larra, luego 
de 3Iesonero Romanos brilló en diferentes publicaciones en especial en el Diario 
de la Habana^ todavía, entonces de la Sociedad Económica, y desde 1830 hasta 
diez años después en cuya fecha empezó la era del desarrollo periodístico, y solo 
con el nombre de obras por entregas á que abrió el camino con esa frase y con 
sagacidad D. Mariano Torrente, que nulificó la prohibición vigente de |)ublicar 
periódicos que no fuesen técnicos. En todos los prospectos se ofrecieron artículos 
típicos de costumbres insulares. Ya se publicaba en 1830 (sali(') el primer número 
el 7 de Noviembre) "La Moda (') Recreo Semanal del Bello Sexo." Colabon') en los 
primeros números D. Domingo Delmonte, aunque desgraciadamente, para el interés 
de la obra, poco tiempo: varios de los artícidos — Modas — con que empezaba cada 
número venían á ser de costumbres, poique introducía personajes contem])oráneos 
que discurrían sobre trajes y sucesos nuevos cí)m})ar;mdoles con los antiguos 
defendidos por añejos interlocutores. Los tipos se contra} )onian en ingeniosos paralelos. 
La historia de Cuba hasta entonces impresa era pobrísima, como sigue siéndolo, de 
la narración de nuestras costumbres, de nuestros sucesos populares. Ningún cubano 
amigo de la historia completa de su país natal, puede leer sin interés esas pocas 



6 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



jKÍii'iiuis en ({lie para un ()l)jet() al ])ai'eeer frivolo se evoean memorias de los tiempos 
del Serenísñiio Si: Ahiurdide y de la extinguida Factoría, y se habla de capitanes 
de milicias y factores cesantes. 

Entre los imitadores del movimiento iniciado en 18^U), los (pie seguian a los 
maestros de la Península hasta hnitando sus pseudí'mimos, tienen (jue recordarse á 
los cpie han dejado mejores obras del género: á José Yictoriano Betancourt y Jos(3 
Maria de Cárdenas y Rodríguez. Los estilos han variado como los hombres: mas 
escojido V correcto en El Pensador Mafrifensej en las obras de Fígaro; sencillo hasta 
ser vulgar en Bl lifyarion, shi desaliño mas popular (' intencionado en IJl 
Pensador Mexicano, pues Lizardi hacía el sacriñci(^) de descender al terreno 
en que creía mas ventajoso su Apostolado. Xo desconocía Lizardi á los buenos 
hal)listas: el recuerdo del (Quijote se ve en cada línea áe\ Periquillo Sarniento, gran 
cuadro de tipos de costumbres; hasta puso el nombre de Quijotita á otra novela y 
el de D. C\iatrin de la Fachenda á su tipo contem])oráiRM). En las obras de Betancourt 
El dia de lie yes. Un velorio en Jesús María, Los Xáñi(jos, en fin, no podían dejai- 
de encontrarse en la narración los escollos de unas materias tan escabrosas j^ara el estilo 
y ])ara la lengua. 

Los productos de ese movimiento han sido escasos pero no desprovistos de 
mérito en consideración á los obstáculos que han tenido (jue vencer. Aun cuando no 
(juedase como memoria más que el interesante libro de Jeremías Docaransa de esos 
esfuerzos de los aficionados al estudio de las costumbres, él bastaría para su honra. 
Pero no es ese el único monumento (jue existe en nuestra pobre historia local. 

El libro de Docaransa es sin duda uno de los más bellamente impresos en Cuba 
y de los mejores de su clase: se titul(') ''Colección de artículos satíricos de costumbres'' 
l)or I). José M. de Cárdenas y Rodríguez (Jeremías Docaransa.) Se hnprimió en 
1817 en la ofichia del Faro Industrial como las obras de Milanés y las Antigüedades 
Americanas que honran á los tip(')grafos del país. Cárdenas había publicado en los 
pericSdicos y en su mayor })arte en el Faro Lidustrial en (pie fi^iímos compañeros 
esos artículos con su anagrama. Otros, c(mio ya dije, usaitm de pseud()nimo: el 
Crítico Parlero, traducción del Curioso Parlante; el Sitiero de Canioa, el So- 
litario de Casa Blanca y otros muchos: Quernbin de la Ponda, Salantis fiíeron 
antífases de ^liguel Porto y Stanislas; y para no dejar de imitar á Larra hu])o varios 
Bachilleres algunos parientes del que esto escribe: I3r. Cándido Tijereta; Br. Tirso de 
Porra y Saeta y tantos que no recuerdo. 

Pero el entusiasmo de la época en que se escribieron los primeros ensayos de 
la literatura sobre costumbres cubanas tuvo de 1830 á 1887 la leAadura política y 
muchos de los trabajos im}>resos posteriormente pertenecen á esa época: entinices la 
leyenda pi'ovincial se entregí) á recuerdos de lo pasado y se inició la novela histórica: 
se escribi(') sobre los Bandidos de la Época del mas incansable de sus perseguidoi-es 
el Marcpiés de la Torre, ya enh'nices antiguo Capitán General; de los jugadores 
refiriéndose íÍ las épocas de Vives en los Dos Cuadros (1519-1828) las dos misas, 
la primera l^ajo una seiba y la segunda en el Templete que la sustituía; la cueva de 
Taganana (pie prece(li(^ á Cecilia Valdés, amplio retrato de las ferias cívico-religiosas 
de que ya c{uedanios muy pocos testigos. Eran tipos todos de cosas que sucedían 
(') habían precisamente de haber sucedido. — Los tieni]^()s cambiaron y las luchas 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



nuevas dieron otro curso á las formas y al entusiasmo: sucedieron las discusiones de 
la filosofía de tiue tenemos cjue separarnos aquí: los desengaños, los contratiempos 
alejaron á los irnos; y otras ocupaciones á los mas. ()]^ser\ó Yillaverde al ocuparse 
del libro de Cárdenas (1847) que hahia diez años (jue solo se escribían versos en la 
literatura amena. 

Y tal era el íinor poético ({ue 1). Bartolomé J. Crespo publicó un cuadei'no en 
octa^'o con el título de ''Las Habaneras pintadas por sí mismas, en miniatura" 
(Oliva 18 -tí) en verso; la dedicó al Sr. D. Vicente Oses. 

Hasta 1852 no recuerda el que suscribe nada que mejorase k)s ensayos ante- 
riores, en este año se pul)lic(') la primera colección especial de tipos. — "Los (Aibanos 
pintados por sí mismos" se agotaron los recursos de la época para hacer un libro 
de lujo. Ilustraba la obra el inteligente Landaluze v eran los grabados hechos \wi' 
D. José de Rolóles en láminas f iradas á parte en papel de china. Debió constar la 
obra de 2 tomos y solo se public() uno. Se reprodujeron algunos tipos ya impresos 
y bien recibidos de los que entx'nices escribían sobre asuntos semejantes ó análogos, 
y se ofi*eció una extensa C(jlaboracion; que con referirse al año de 1852, casi han 
desaparecido de este nnmdo los que en la lista figuraban. Pero queda alguno y aun 
ofrece su colaboración al libro de que son parte estas líneas. El Sr. 1). Blas San Millan 
escribió el prólogo ó introducción del lil^ro encomiando el i^ropósito de los Cubanos 
que querían pintarse como lo hicieron antes h)s franceses y los españoles. Estrechó 
el círculo de los escritores al parecer cuando sostuvo (jue los tipos — "defectos ó 
genialidades, por mejor decir han de ser peculiares del ])ais; i)()rque mal se pintarían 
l^or ejem])lo los íranceses co})iando los hábitos y costuml)res de los ingleses (') 
de los esjiañoles:" — Felicia, (jue contri]>uy(') ;í la ol)ra con el tipo de una coqueta 
casi se encarg(!) de coml)atii' esa ()i)inion al principiar su obra indicando (jue — 
"Hay en la gran familia humana algunos tipos generales ((ue á todos los países 
pertenecen y como ciertos planetas... brotan bajo cualquier cielo." Testigo de esto 
la corpieta. 

Y tenia razón la inteligente y simpática hija del (querido maestro .Vuber: en 
todo lo que sea moral, si son invariables los principios, son nuiy diversas las formas 
de la humanidad, mas que las de su expresión ó las lenguas ¿Quién encontrai'á hoy 
el tipo del bodeguero en la Habana de fines del siglo anterior? ¿Dónde el del tendero 
mixto del campo hasta nuiy corrido el actual? Ellos influían en todas las familias por 
los esclavos y criados sus comensales y contertuhos; ellos acuñaban moneda con el 
nombre de cMcos y cuartillos con hoja de lata, colare () madera y los anticuarios 
mexicanos han escrito libros con láminas para perpetuar esa costumbi-e soberana, 
que allá también tupieron. — Quevedo ya lo observó, (jue con Cervantes tanto han 
influido en las literaturas extranjeras que imitaban los españoles, hasta el punto que 
ha reconocido Mr. Víctor Fourncl en su estudio sobre los romances cómicos. ''Siefinpre 
decía el filósofo es])añol, se hicieron en el mundo las mismas cosas, y sólo es nuevo 
el modo de hacerlas en diversas épocas." — Hasta el libro de Scarron á que ese prólogo 
precede se parece en esencia al viaje entretenido de Fernando de Rojas. — Como se 
distingue la canoa del primer navegante del ])U(iue de vapor de hoy, se diferencian 
los cuentos de Buenaventura Des Periers, del Cymhuluin Mundi, de Gei-ónimo 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Moi'liiií (italiano), dv Bocacio y los Decanierouos, de la iioNcla y de los íi])os de 
costumbres actuales: solo es nuevo el modo de Jiacerlo. 

Los artículos de costumbres tienen ([ue ser auxiliares de la historia como lo 
ha sido la novela: las guerras cíaíIcs de Granada, las dos conquistas de España con 
la pretensión de historias verdaderas; las debidas á G. Scott, F. Cooper y sus imitadores 
han exi)arcido mas instrucción histórica en el mundo (jue todas las crónicas, anales, 
memorias y ordenadas historias de los pueblos. 

Las modas, las costumbres hacen mudar los accesorios de los hechos ya libres, 
ya \oluntarios, en cuanto se refiera á la humanidad. Como cuestión de arte cada 
cuadro es una copia de lo que sucede verdadero ó verosímil: se desciende hasta el 
tipo individual en el género histórico: pero si el tipo tiene que ser indi^'idual la 
persomdidad ínjurioscí es grosería: ni sicpiiera la earieatura puede cargarse en 
artículos de costumbre. — Hay en las obras sol)re tipos de costumbres mucho mas de 
arte que en otras Aariedades del género histórico: entra en ellas mas de imaginativo y 
íantástico. La literatura tiene (|ue ocu})arse del Vd>ro^ no solo de la idea y en la 
armonía de la forma con la esencia campea la crítica estética. Antes de que el 
contemporáneo Revilla, justamente celebrado como excelente crítico, pubhcase sus 
lecciones sobre literatura, un Hispano Americano, Y. F. López (IS-tS) catedrático 
en Chile, escribió sus Curso de Bellas Letras^ dÍAÍdiendo su tra))ajo en una íórniíi 
nuíy análoga á la del Sr. Revilla en que se separaban de los planes de exposición 
anteriores. 

Las consideraciones en (|ue se fijaba para demostrar la necesidad de cambios 
en la redacción de la historia según las épocas, son mas aplicables á las oleras sobre 
costumbres: ''el primer hecho que presenta un ser libre es la facultad de cambiar 
continuamente sus condiciones morales y ofrecer en estos caml^ios la razón de todas 
las situaciones de su vida." — Una bien encadenada serie de obserA'aciones conduce 
al hombre á encontrar en la histoi'ia la ley del jjrogreso como principio fijo en sus 
infinitos cambios. 

"El establecimiento de los gobiernos representativos, agregaba, ha hecho que 
la historia (|ue antes no era sino la ciencia de los príncipes es hoy la de los ciudadanos; 
la ciencia de los que tienen el debei' de conocer la naturaleza de la sociedad j^ara 
dirigir bien sus moA'imientos." 

Era una necesidad histórica continuar los esftierzos hechos hasta hoy por los 
aficionados á la especialidad objeto de este libro y á llenai"la ha respondido su editor 
D. M. de Villa sin perdonar sacrificio para conseguirlo. La obra reproducirá algunos 
tipos ya célebres de los que no envejecen, ni pierden con los años; modificarán, otros 
sus autores y serán originalmente escritos ])ara la ocasión los demás. Entre los que 
en los últimos años han coleccionado sus tral)ajos, figui'arán siempre los Sres. 
Valerio y Gelabert, [)or sus a])i'eciables dotes. 



&4'i? i( lili ScieJ) 1 1 leí 



II ((Jlfiam. 



9 



TIPOS Y COSTUMBRES. 




T.nndnhtzr Dilmjú. 



EL OP'^ICIAL DE CAUSAS. 



Fototipia Tanira. 



— 


1 ! 






TIPOS Y COSTUMBRES 









EL OFICIAL DE CAUSAS. 



Plumay, papel, tinta.... cuidado que no estamos fornuilando ninguna cuenta 
de escritorio, y i)ara evitar interpretaciones, diremos paleta, pincel, colores 
tenemos aquí á nuestra ^•ista, limpio el lienzo, y la mano bastante diestra por mas 
que digan para trasladar á ('1, el personage que nos proponemos describir. 

— ¿Personage? dijo al momento una voz no desconocida ¿y qué personage 
es ese? 

— Ese? Ninguno. ¿No ^•e \. que está el lienzo sin una línea siquiera? 

— Bien; pero qué se ]>ropone Y. pintar? 

¿Pintar? Yo? 

Sí señor; ¿i)ues no está Y. íi'ente al caballete, y en una mano la paleta y 
en la otra esos pinceles?.... 

— Yamos.... sí, es verdad.... Y. es uno de los que se introducen en todas 
partes, y se acercan, y todo lo ven.... me ha sorprendido usted en este instante 
en que solo me creía — 

— Cierto, pero.... ¿qu(' diablos va Y. á pintar? 

— Yoy á pintar el Oficial de Causas. 

— El Oficial de rausasV.'í El Oficial de causasV. Sobre que se han 

propuesto ustedes no dejar clase alguna de la sociedad que no saquen á plaza, 
y ridiculicen, y las pinten en láminas, y en artículos y 

— Está Y. muy eciuivocado. No pretendemos ridiculizar á nadie. Describir 
costumbres, bosquejar algunos personages que á nuestra sociedad pertenecen, 
no dañar á nadie, hablar de usos generales, atacar los que sean desacertados 
y torpes, dar colorido local á esos cuadros, formar un cuerpo de obras cuyas 
páginas den conocimiento sino exacto, aproximado por lo menos del modo de 
ser entre nosotros, y de la influencia que en nuestros hábitos ejercen las nume- 
rosas clases que nos rodean, tal es nuestro p]-op{')SÍto, santo, laudable í'ruío 
de la observación y del estudio; y nadie avanzará hasta el extremo de combatir 



1-1 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



esas descripciones (jue con aplanso de los amantes de la litemtuia publicamos. 

— Sí pero, ya usted ve que 

— Nada, nada vemos ahora. El OjivlaJ de caicsa,^ es el único objeto que 
ante nuestros ojos se presenta, y hemos de pintarle con todos sus pelos y 

señales ¿Oh tú Joaijuinito como hablas de escaparte de miestras pinceladas, 

habiendo para ellas abundantes tintes y colores, siendo tu fisonomía tan 
pronunciada entre las faces sociales, y teniendo aquí este lienzo que muy pronto 

será un espejo en (|ue verás tu imagen completísima y tú impertérrito 

acuchillado cuyo nombre solo, es cifi*a de mil campañas que denodado has 
sabido vencer en concursos, testamentarías, intestados, tyecuciones, filiación, 

sevicia, y toda falange de procesos en que intervienes y tú intrépido y 

locuaz y tú el de la risita fingida y tú el eterno embrolladoi' (jue haces 

(Jonnir los expedientes á tu placer 

— "Ya usted flilta á los deberes del escritor de costumbres, ya usted hace 
alusiones, ya usted personifica y ese es un ata(|ue 

— No personificamos camarada, de nadie hablamos, á nadie aludimos, 
hacemos observaciones y nada más: acopiamos datos, unimos particularidades 
y si de todas podemos formar el personage que hemos de pintar para (|ue en 
él se A^ean como en el foco de un lente, las costumbres generales que sin ofendei' 
á nadie describimos entonces y sólo entonces pintamos, y ni remotamente se nos 
ocurre lastimar en lo mas mínhno á esa clase laboriosa, honrada, dedicada con la 
mayor constancia al trabajo, á la cual apreciamos y queremos por sus virtudes, 
esceptuando á los que hacen entierros de cruz baja, ó cobran al agente una firma 
dos veces, ó no están á sus horas en el oficio, y nos persuadimos ([ue ni una (jueja 
siquiera recibii'éinos ])ues :í nadie habremos aludido, ni de nadie habremos 
hablado. 

— Pues yo creo ({ue Y. hace mal, nuiy mal 

— Pues si hacemos mal, déjenos usted en nuestra ocupación 

— Pues me iré inmediatamente 

— Pues hágalo \ . en feliz hora, y no vuelva ;í (juitarnos el tiem])o. ni ;í 
IcAantarnos polémicas, ni á contradecirnos, ni ;í distraernos. 

— En hoi'a buena y hasta nunca, eh? 

Esto dijimos; fuese el nmjadero, y cerrando la j)uerta y picííndonos ya la 
mano nos sentamos frente íi frente del lienzo; arreglamos colores, bosquejamos 
la figura, y con sombras más ó menos fuertes, mas ó men(js suaves nos dedicamos 
á la obra, hispirados por la memoria, y sostenidos por la imaginación por esa 
potencia creadora. A'iva, palpitante, hermosa, que al fresco ofrece á nuestra vista, 
cuanto ella vio en pasadas horas, y aun en remotos chmas, hiriendo nuestros 
sentidí)s cual si recibiendo estuviesen las impresiones que nos conmovieron. 

Y largo silencio pasó y largo espacio emi)leamos. 

Yed pues el cuadro. (V)locaos de manera que esté en su luz; no confundáis 
las sombras, ni Acais las negras tintes (pie vuestia indiscreción, a uestra malignidad 
(') Auestra hgereza pretenda advertir, sino lo (jue hemos j^intado, y nada mas. 
A((uí, mas cerca, no tanto, desviaos mas á la ¡z([uierda... eso es.... luií'adlo ahora. 



12 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Ese hombre (jiie atnn'iesa diaiiaineiite las calles de la ciudad, ({ue entra y sale 
en al,i>-unas casas, ([ue sube y l)aja escaleras; para Nolverlas á sul)ir y bajar el 
siguiente (lia. c|ne detnis ó junto á él lleva á otro mas joven cargado de pa])eles 
([ue apenas puede (lel)ajo (leí l)razo contener, es nn Oficial de causas y el otro 
su escril)iente, (3 ayudante (^ue es lo mismo para el caso; este es parte integrante 
de atiuel, y diz (pie solo por eso se trae á colación, (pie justo es, según cierto 
principio, y salvas sean las excepciones, cpie lo accesorio siga la natuitileza de lo 
princii)al. 

El Oficial de causas, ese joven (pie á las nue^•e de la mañana entra en una 
escril)aiiia, (pie suelta sombrero y bastón, que abre con una petpieña llave el 
escaparate de cedi-o á su espalda colocado, que se sienta delante de su mesa y 
se posesiona de ella, (pie va colocando proceso, arreglando escritos, dictando 
oficios, estendiendo algunas notificaciones del dia anterior, ([iie apenas se ocupa de 
los objetos ni de las personas ([iie le rodean, segm'o de (jue se acercarán á é\, los (pie 
de (íl necesiten; ese joven que con rostro sereno mira impasible a los demás, que 
alguna vez se sonrie pero solo con los labios; que otras manifiesta aspereza 6 resig- 
nación, (pie tan pronto ojea un proceso desde la primera hasta la última página 
como pensativo se detiene en algunos lugares de la actuación; este incíividuo 
finalmente (pie tanto lugar ofi-ece á la observación en sus anomalías y contrastes, 
es una persona poderosa é inñuyente en la traiKiiiilidad de las familias por lo mismo 
(pie en sus manos tiene sus bienes é intereses, su reputación y honra, que ambas 
cosas dependen muchas veces de la suerte que corren los litigios. 

Hemos dicho que el Oficial de causas es persona poderosa é influyente, y 
no nos faltará ocasión de demostrarlo. A las diez de la mañana ha recojido ya 
infinitos escritos, tiene casi redondeada la audiencia del dia anterior, saho 
algunas intimaciones que auiuiue le faltan pronto llenará; arregla sus papeles, coje 
sus procesos, distribuye el tral)ajo con su escribiente, toma una pluma, mal 
cortada por lo regular, se dispone á ir á casa de los Tenientes, (esta era la 
expresión cuando los hal)ía ) manda al ayudante á la de los asesores particulares, 
(también han desaparecido como nubes que lleva el huracán), })()ne en la pestaña 
de los escritos asesor Flores y Alcalde 1°, asesor Piedra y Alcalde 2° &c. &c.. 
entrega \hí^ firmas con cuenta y razón de las insolventes y de oficio y bien es])era 
algún otro escrito (pie le interesa, ó se vá por su lado ;i despachai'. 

^Vl momento (pieda desierta la mesa, eternamente acompañada de una 
carpeta con mas cortadas (pie agujeros, un gran tintero cerca de su esquhia 
atra^■esa(lo por mas señas con un clavo que lo fija en acpiella para eA'itar shi 
duda (pie en la salvadera lo e(piivo(pien, apesar de estar casi proscripto su uso 
y ventajosamente reemplazado i)or el mismo paño (pie cqjido de un canto arroja 
sobre el escrito la arenilla ({ue pr()digas manos derramaron solare é\. Esto mismo 
sucede en todas las escri])anías, hora muerta para el Oficial de Causas, pero 
\'iva, vivísima para el oficial de cuadernos (pie \'e agi'U])arse al rededor suyo 
infinitos vendedores, poderdantes, prestamistas y usureros, no de esos cpie exijen 
tres firmas y cuanto sal)eii sus víctimas, sino otros mas piadosos y humanos que 
:d descuento y con hipoteca y con renuncia de todos ti",ímites y pregones fijan 



13 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



el precio á la ñuca para ([ue sin necesidad y con la simple presentación del 
testimonio se proceda á sn inmediato remate; y todos queriendo ser los primeros, 
c^ne este es achaque frecuente en hombres de negocios, aunque no tengan mas 
que uno. 

Y el Cartulario entre tanto impávido, sereno recoje certificaciones de pago, 
y a^ erigua y pregunta si se satisfizo la hipoteca, si la alcabala está corriente, de 
quien hubo la finca el vendedor, si es casado, si tiene entredichos, si es menor, 
si su curador interWene, y mil y mil preguntas que dejan atónito al que por vez 
primera se acerca á ese lugar. Y luego muy serio, y sin mirar á los otorgantes, 
coje el cuaderno, y con una rapidez de vapor lee el extenso documento que 
acaba de escribir que tantas y tantas cosas contiene, y alarga la mano, y da la 
pluma, y los contratantes que quedaron tan instruidos de lo que oyeron, como 
nosotros de lo que pasa ahora en Pequin, se sientan y firman, y pagan los 
derechos, ó no los pagan, y complacidos se van. Pero de esto en otra ocasión, que 
nos distraemos del punto principal, y el oficial de cuadernos será objeto de 
otro artículo que aplazamos para cuando tengamos tiempo, espacio, y sobre 
todo voluntad (|ue es la única que domina en las altas regiones de la inteligencia. 

Entra y sale el Oficial de Causas en el estudio de los asesores, entraba 
debemos escribir, que yá esto pertenece á la parte histórica de nuestro foro, y 
según el interés (|ue tiene por el pleito así insta por el despacho: toma cualquier 
periódico, lee y espera ó pronto se retira diciendo. 

— "Licenciado, mañana despacharemos." 

Y cuando ha repetido esta frase tres ó cuatro veces, se aparece de súbito 
con un escrito de apremio, y en él un decreto en estos términos: ocurra el escribano 
á jmmercí audienciay '^ Autos como están pedidos^ Se entiende en el despacho', 
decretos que como en nada peijudican, según dice el oficicd, salvan de una 
molestia al abogado, porque de momento le libertan del despacho, y para esto 
se escoje precisamente la hora en cpie está más entregado á su bufete. Amistoso 
y familiar, de todo habla, de todo pregunta, en todo entiende, salvas sean las 
excepciones, que de todo hay en la viña del Señor, y ustedes saben muy bien 
(hablamos con los oficiales) (|ue estas son verdades y que nada su]K)nemos, y 
que es bueno el callar; rie y se chancea, da su opinión sin pedírsela, pide prestado 
algunos libros, máxime si están en verso y sino (jue lo diga Pepe, se aplaza 
])ara la ópera, ó para el drama de la noche, se emlmlla para los toros, y cuenta 
cuanto en esos espectáculos ha pasado, haciendo estensivas sus palabras {i 
empresas y conquistas amatorias de las (|ue siempre ha salido triunfante, amen 
de los bailes y gallos de temporadas á que nunca falta y que le dan ocasión para 
divertirse y entretenerse. 

Hoy han ^ arlado las cosas de una manera notable: hoy el Oficial de cansas 
ha perdido mucho y ganado también más. Ha perdido entre mil cosas, (jue no 
todas son para escritas, la p>r(jp)ina de los asesores, letrados, calificadores, 
comisionados i)ara remates, pruebas, declaraciones &c. Ha ganado limitando sus 
diligencias á puntos determinados, no teniendo que ir á tantos y tan distintos 
estudios, de tantos y tan diversos asesores, pues ascriptas las escribanías al 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



desloadlo de un Alciilde mayor, á este juzgado y nada mas tiene el ofkkd 
de cansas que acudir y aquí lo hace todo; provee, ñilla sentencia que no es 
poco cosa que digamos cuando antes tenia que acudir á tan distintos y 
encontrados lugares. 

A las doce ó poco mas, ya está de vuelta en la Escribanía; ya espera la 
Audiencia que mandó firmar, ya tiene atestada la mesa de procesos, ya 
vienen los litigantes, agentes y procuradores, y sentándose unos, acercándose 
otros, tomando la pluma ó abriendo el Cuaderno de providencias^ todos hablan 
y preguntan, y tosen, y fuman, y accionan y se desesperan, y cojen, y sueltan 
el proceso; y él impávido, en medio del huracán á todos contesta, á todos 
habla, á todos satisfixce. Y estiende una notificación, y pone una nota, y dicta 
una orden, y folia un proceso, y coje otro, y pone en continuo ejercicio su 
incesante y prodigiosa actividad. 

— ¿Qué hay en la Castro? grita un imberbe escribiente. 

— Autos, responde el oficial, 

■ — ¿Qué hay en el intestado de Recio? 

— Xo han despachado. 

— ¿Qué hay en el concurso de Taravilla? 

— ¿Han venido las resultas de la orden? 

— ¿Ya contestó esa gente el traslado? 

— ¿Cuándo pagan la asesoría? 



— ¿Está suelto el apremio? 
— ¿Ya se puso el testimonio? 
— ¿Evacuaron el reconocimiento? 
— ¿Firmó el ^Vlcalde? 
— ¿Se aprobó el acuerdo? 
— Ratificaron el escrito? 
— ¿Vinieron los testigos? 

Y mil y mil preguntas en mil distintos procesos; y el respondiendo siempre 
bien, ó mal, con verdad ó sin ella, satisfaciendo á unos, desesperando á otros, 
alegrando a muchos, entristeciendo á esotros con estas palabras casi siempre 
las mismas y que cada cual pesca y las escribe en su cuaderno. 

Traslado — Autos — No han despachado . . . 

— Está en la firma . . . 

— El asesor enfermo . . . 

— No han dado para el papel . . . 

— El ministro no ha dado cuenta . . . 

— Lo tiene el escribano para notificar . . . 

— No han venido las ratificaciones . . . 

— Entregúense . . . 

— Estése á lo provehido ... 

— Cúmplase lo mandado . . . 

— Se oye en un solo efecto . . . 

Y otras cosas parecidas que en sí envuelven los temores, la esperanza. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



los cálculos, el gozo la incertidumbre, el anhelar continuo de los que tienen 
la desgracia de litigar. 

El Oficial de Causas, ese hombre que veis siempre afanado detras de la 
mesa, entre escritos y procesos, es todo, ó nada. Imparcial, á nadie se inclina, 
la misma actividad para unos que para otros, no revela el secreto de la prueba, 
no intriga en el remate, no iníiuye con los peritos, no violenta los términos, no 
extiende notificación que no ha hecho, no dice el embargo decretado antes 
que se ejecute, no habla del asesor, no compele á los agentes para que se 
instruyan en víspera de dos ó tres dias feriados, no da copia de interrogatorios, 
ni de repreguntas; es igual para todos. 

Interesado en la causa, es todo lo contrario; á solas se goza de su mina- 
dor influjo, y si algo le decis, se pondrá tan pequeño, que en una palabra os 
dirá "que es un triste oficial ó mancebo de escribanía, que él no provee, que 
nada puede, y que no hace más que cumplir con sus gravosas obligaciones." 

Pero cuando desplega toda su actividad^ cuando se multiplica hasta lo 
infinito, cuando está en todas partes, cuando no tiene hora segura en el oficio, 
cuando todo lo desatiende es cuando se trata del jmí/o de costas. Oh! entonces 
es prodigioso, entonces todo lo allana, todo lo facilita, todo lo remueve, todo 
lo anda y nada se queda que no venza y alcance su inftitigable laboriosidad. 
¡( )h! si le apuráis, en un dia, en una hora, redondea el expediente, lo pasa al 
tasador, embarga bienes, busca postor si de remate se trata, cobra, percibe, 
reparte el dinero no en pos de la cuarta, sino en pos de la propina que le dan 
abogados, procuradores, peritos &c. &c. 

Verdad es que todos se resisten al tiempo de liquidar, que hay clientes 
que vienen al estudio del abogado (algunos nos están leyendo) por la mañana, 
al mediodía, de tarde, de noche, á todas horas; que allí leen los periódicos, 
fuman, tertulian, hablan, tosen, oyen y ven para hablar en otras partes acaso 
lo que ni vieron ni oyeron, halagan y aun adulan á su defensor, le exponen sus 
temores, adquieren ánimo, se llenan de esperanzas, y todo, todo está muy bien, 
pero llega el momento de las costas, el pleito se tranzó; aquí de la astucia, de 
la malicia y de cuanto agregarse quiera. El Cliente ya no es cliente, ya cesaron 
sus zozobras, ya se desvanecieron sus inquietudes, ya no ha menester del 
abogado, ya tiene en su poder el dinero que nunca viera en tanta porción 
reunido, ya manejó según la expresión del Oficial de causas, y no vuelve, y 
todo lo olvida y le parecen altos, excesivos, escandalosos los honorarios, 
inmensas las costas y habla y murmura y pronuncia desatinos y afecta enojos, 
y quiere con ridicula hipocresía encubrir su punible comportamiento, y el 
Oficial de causas, aguerrido, experimentado, instruido en la ciencia de Lavatei-, 
no le sorprende saber lo que ya vio su ojo perspicaz en el rostro del cliente 
agradecido. 

Otros se hacen insolventes á pesar de pesares, ó llevan mil recibos, otras 
tantas sangrías que disminuyen la exhibición, j que e' oficial sufre con necesaria 
resignación. Verdad es que no siempre sucede esto, y que él tiene á veces más 
que todos, porque de todos tiene, y de la parte de todos hace la suya. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



El Oficial de causas so })inl<i solo [)ara un entioiTo de cni?:, baja, soloiiiiiidad 
silenciosa en (jiic dosenipeña á las mil maravillas el i)i¡n('ii)al papel, y lo vais á 
deducii' eoii sólo este antecedente. (Niando veáis donnir un proceso; cnando 
nadie pregunte poi' él, cuando el procuradov contiario no a[)remia, ni el agente 
se acuerda tampoco para nada, bien podéis exclamar ¡in profimdis! Aquí hubo 
entierro de cniz hqja, y se[)ultaron con el proceso, al abogado, al procurador, 
á los agentes, tasadoi-es, ministros, al escribano mismo. \ erdad es que suele 
sei' enterrado también el Ofichd, pero no es lo frecuente, ni tratamos tampoco 
de escribir sino de axpiellas escenas en que en primer término campea el 
personage ([ue })intamos. Muchos enemigos y muy ventajosos é irresistibles 
tiene el Oficial de causas. Abre la- marclia el litigante insolvente^ cáncer que 
devora, víbora ([ue muerde, Jarjüe/j ([ue se adhiere y se abraza y seca y aniquila 
y niaííi. y todo lo (piiere en el acto, al momento, con preíerencia exclusiva. 

Las causas criminales que le acosan y le abruman, y le hacen ir continua- 
mente á la cárcel, y suplir j)apel y gastar en carruaje, y hacer el extracto y el 
parte quincenal y el demonio, que átal llega á veces su justísima desesperación. 

Si se le ociure rematar una casita, siervo ó cosa tal, él se arbitra, y busca 
y halla medios aunque no tenga un peso, (pie personas de más tener rematan 
y noi)agan y con los plazos se <piedan. Todo lo (|ue el Oficial hace entonces, 
á todo lo (|ue as])iia y aquí prueba su honradez, es á (pie el defensor, y el 
procurador y el perito le rebajen algo de su partida, pero siempre exhibe el 
contado y cuanto á su noml)re elrecií) el intrépido testaférrea (pie como postor 
se presentará en la subasta. 

Es el Oficial de cansas alma del escribano, y sino dirijid la vista hacia 
a(piella mesa sobie la cual se levantan tantos concursos, intestados, testamen- 
tarías pleitos ejecutivos, ordinarios y criminales que afanoso y ala vez autoriza, 
y en los cuales imposible le sería int(Mvenir sino fuera por su órgano, que á la 
misma hora, y el mismo dia lo hace aparecer en una junta de acreedores, en 
un auto de proceder, en un leconocimiento, en unos descargos, ó en otras tales 
diligencias que diariamente ocurren en el cúmulo d(í negocios ({ue cursan en 
la escribanía. 

En medio de tantos afanes, de tanta constancia, de tan asiduos y penosos 
trabajos ¿cuál es la suerte, el })orvenir del Oficial de causas! Triste es por 
cierto manifestarlo. Algunos logran después de mil dificultades ascender á 
Escrihaiios reales, y decimos mil dificultades porque qX fiatQ^ una roca inacse- 
siblc á los de escasa íbrtuna; porque hay un número determinado ((ue componen 
el colegio; porque es necesario una vacante^ y esta ni siempre ocurre, ni hay uno 
>olo (pie á ella asi)ire. Así pues, el (|ue casi un niño entró en la escribanía, el 
[ue en ella vio pasar los mejores años de su juventud, llega á la v(^jéz, pobre, 
[iiizás desamparado, cuando una familia le demanda educación y subsistencia; 
y reproduce á la contemplación de todos el (jemplo de aquellos militares 
aguerridos (pie envejecen sin asenso, y que carga(los de años y de trabajos 
tií^nen solo la memoria de las numerosas campañas en (jue se batieron. 

\ \\ hecho notable (|ue (\stá al alcance de todos y (jue se hace advertir 



17 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



entre el laberinto infernal de oficios, órdenes, embargos, remates, entredichos, 
pinebas y declaraciones, entre las exijencias mismas de las partes, de los 
cálculos del interés, del egoísmo, de las pasiones todas que desenfi-enadas 
buscan pábulo é incremento en los contiendas judiciales, demuestra la integridad 
del Oficial de causas, de ese individuo que continnameme se afana, que continua- 
mente trabaja sin hallar acaso recompensa á sus fatigas. 

C'Ursan en nuestros tril)unales una infinidad de |)leitos de la mayor 
consideración é importancia, en los cuales se re(*laman cuantiosas sumas de 
pesos, jamás que sepamos se ha arrancado un pagaré, ni documento alguno 
de los procesos, jamás se le ha perseguido por su estravío, y cuenta que en 
esos documentos está la honra del hombre y la paz de las familias, y la riqueza 
y bien estar de que gozan, que los autos se entregan al asesor sin recibo, y 
sin recibo se recojen; que mil manos hojean aquel proceso confiado exclusiva- 
mente á las manos del Oficial dr causas á ({uien no sonríen por cierto los 
halagos de la fortuna. Justicia pues á su reconocida honradez, á su constante 
laboriosidad, á su íntegro comportamiento! 

]\I. I'OS'I'ALES. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



BOBOS. 



Ya lio hay al)uiidaiicia de bobos en la Isla. Los únicos qne existen lio}' son 
los descendientes de cierto Bobo que pretendía cambial' un perro flaco y leproso 
por una yunta de magníficos novillos y cuyo trato no llegó á verificarse por 
estorlíarlo su madre que creía todavía peijudicado á su hijo. La pobre señora 
no se acordaba de que su candido niño era menor ni de ({ue en todo caso podia 
liedir restitución in intefjrwn de contrato tan leonino, hasta la edad de veinte y 
nueve años íucIusíac. 

Los especuladores en el i-amo de marugas. bal)er()s y camisas largas, están 
en el dia pereciendo de haml)re: los bobos de ahora no conij^ran esos efectos: 
com])ran otras cosas mejores. 

Elhiocente -/l/o/^r/^í/Vo, |)or (jeni|)lo, es un alma (hilce (pie >a á ser engañado 
]K)]* varios amigos que lo han convidado á jugar al monte. ¡Pobrecito! Ya a ser 
desplumado misera])leniente! Es un simple, un candido, un bol)o.... ¡Bobo! sí, 
l)o])o. — Monguito, en lugar de llcAar al juego la maruga, llévala baraja. — En 
lugar de 7>?m^o ({uiere ser l)anco. — En lugar de una baraja limpia, lleva una 
baraja compuesta por otro amigo, también bobo^ que le eiiseñ(') ;i manejar kf frisa. 

Hermosa como un pino de oro está Florita, j<neii vira y de una educación 
esmerada: á su lado están Anita, Rosita, Juanita, Antoñica etc., jóvenes de igual 
mérito personal sino mayor, pero ])ol)res. — Pregúntale un bobo que está entre 
ellas: — ¿Con cuál de estas niñas te (juieres casar, mentecato? — y apuesto xcüite 
contra uno a (|ue se i)one j)jdido y emprende la cañera diciendo: — ''Yo me 
(jiieh) casa con Flovita'' 

Meveje, bobo viejo^ trata de tomar seis on/as ;í ])remio y (^Ij^cavo usurei'o 
le echa el dogal al cuello pidiéndole cinco pesos })()i' onza: y fa necesidad ohVvy'd 
al uiocente á cojvr el dinero. — No seas bobo — le dice un anngo al tiempo de 
íiniiar el documento — mii'a <jue te i'oban! — Y Meveje contesta: — (fiando me 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



(jiiiera cobnir <3l ]>i('<>. le dii^o cjue no tiMigo dinero y le bailo, ''el (jiidnajo' y 

''el cartucho.'' 

Estos y los (lest'eiiclieiites de estos, son l)obos legítimos de la oía de la 
madre del Bolo del perro faco. 

Pueden encontrarse algunos de los (jue comen l)olitas; })ero son muy 
escasos: podnuí hallarse: 

Bobos que crean que se les sirve por su liada cara. 

Bobos (jue se hagan la ilusión de creer (|ue siempre serán el Benjamin de 
una lamilia que los distnigue hoy. 

Bobos que se figuran (|ue la rarita que llevan en la mano, es la de Moisés. 

Bobos (|ue están persuadidos de que el dinero no se acaba. 

Bobos que creen que el hábito es el que hace al monje. 

Bobos que i)ierden el sueño de toda la vida por que una nnijer adorada les 
sonríe con su graciosa boca v les dice conmovida: — ''Tu y . . . Dios." 

No hace mucho tiempo ([ue por cualquiera de las calles de la Habana se 
veía un bobo con un papel de azúcar ({uebrado en la mano, derramándolo en 
su boca ó deteniendo un coche para preguntar á una linda señorita ([ue iba 
dentro, si sabía donde vendían los queques á ocho por medio . . . pero ¿hoy? — 
Busca, lector, busca bobos; (jue ó te vuelves ciego () cojo, ó tan l)obo como los 
que áíifes se chui)aban el dedo pulgar, tocando una maruga y poniendo los 
()jos en blanco. 

Sin embargo, no desesperes y si tienes interés en formar colección de ellos, 
búscalos en mi barrio, (jue tiene fama en ese lumo, y darás con ellos. 

Fkancisco Valkiuo. 



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TIPOS Y COSTUMBRES 




EL GALLERO 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL GALLERO. 



El juego de gallos es tan antiguo como el mundo. Auténticas crónicas 
aseguran ({ue por los años 400 antes de la venida del ]\Iesias, eran nniy frecuentes 
aiiuellos ex})ectáculos en los circos de Grecia, particularmente en la })átria de 
Solón y Licurgo. Atenas, al mismo tiempo ({ue ]ir<^tegía las artes y las ciencias, 
dispensaba su patrocinio al gallo; y el célel)re Temístocles, no solo íiié el primei'o 
y más decidido aficionado á la galo-maquia, sino ({ue más de una vez tomó por 
tipo las peleas de estas aves belicosas para infiamar el ardor de sus huestes, 
excitando de este ingenioso modo el valor de los vencedores de Maratón y 
Salamina. 

Si de la historia })roíána ó Milgar pasamos ;i la bíblica ó sagrada, 
encontraremos á cada paso ejemplos y datos inconcusos sobre la antigüedad de 
los gallos y sus nobles y valientes riñas; y así es que se les vé figurar entre los 
animales ([ue compusieron la caravana del arca de Noé; siendo de a(|uí dimanada 
la exacta opinión de los más fiímosos zoologistas y etimologistas, de darle lugar 
á semejantes aves en el largo catálogo de las antediluvianas. El gallo de la Pasión 
honra superlativamente el linaje de estos anhnales ovíparos, de la íamilia de los 
alados, jMtentizando hasta la evidencia su antigua descendencia, su clara estirj)e 
y la alta misión (jue han desempeñado en las ('pocas primitiAas; y jamás, ni nunca. 
]>o(h"á el gaho de Morón eclipsar la memoria é ilustres hechos de sus esclarecidos 
[)rogenitores. Según la opini<jn íácultativa de célebres l)il)liógrafos y anticuarios, 
el gallo es originario de las dalias, á quien dio su nombre, como ])uede asegurarlo 
el derivado de la palabra; puíhendo contar entre sus paisanos á Cárlo-^Iagno y 
á los doce Pares de Francia, dignos hei'cderos del valor y bizarría del gallo; (pie 
no contento con dar su nombre á un territorio inmenso (|ue hoy forma parte del 

(1) Como sabíamos que el conociilo escritor D. José Q. Suzarfce había publicado eu La Revista de la Hahana 
varios artículos críticos bajo el seudónimo El Licenciado Vidriera, creímos que este del gallero sería suyo; pero él 
nos asegura que no; que ese cuadro excelente se debe á otro escritor que posteriormente ha usado su mismo 
seudónimo. Sentimos no poder estampar la firma del autor, por ignorar quien sea. — L. l. e. e. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



Edon (le Eiii'opa, le trasiiiitió á fhinilias, íoniiaiido un apellido uol^le y 
i'e(*()nieiidable, y a \'ai'ias tiendas de n)j)as (jiie hoy se envanecen hasta con el 
(hniiiiutivo. — Tainl)ieii en las ciencias el i>'allo íiiiura en piiniera línea. En los 
últimos descuhriniientos hechos ])oi' Herschel, el hijo, con telesco])io ni(')nsti'no. 
jigantesco ])aso de la astronomía moderna, rectificando las primeras o))servaciones 
de sn laborioso y sa})ientísimo padre, con relación á los alados hal)itantes de la 
Luna, de (pie a(piel trato en su primera expedición al Ca))o de Buena Esperanza, 
asegura (pie dichos halñtantes lunáticos no s(m otra cosa (pie ""allos mixtos o 
anííbios. 

Fhialmente, el gallo y sus encarnizadas peleas figuran también en lo 
político, siendo de este aserto prueba total y conxincente la i)roteccion y 
prerogativas concedidas por el austero gabinete de St. James á a(piellos 
espectáculos, parodia de la guerra y del valor de esos Horacios y Curiacios, (jue 
tan osl>tinada y encarnizadamente se jui-an desde el huevo odio y destrucción. 
Concedo que en esta última era el Boxery el JocJi-ei/ han tratado de oscurecerlas 
glorias del Cork, pero no por eso dejan los elegantes hijos de Albion de 
exponer sendas libras esterliuíis al azar del pico, del espolón o de la navaja. Y 
como no sea nuestro proj)ósito escribir la historia general del gallo y de sus riñas, 
usos y costumbres, dártenos fin á este débil bos( piejo y breve reseña, que ha 
trazado nuestra mal cortada pluma, y entrartímos en la delicada tarea de 
describir el pei'sonaje (jue encabeza este tipo. 

Tan desconocido en todo el mundo c(mio tamiliar entre nosotros, el gallero 
es sin duda uno de los tipos más especiales que ])uede ofrecer la tierra del 
tabaco, y el (pie con más justicia merece los honores de la biografía y el 
apoteosis. El gallero se dÍAide y subdi\'ide en varias clases y categorías, desíle la 
ele\'ada hasta la abyecta, desde el shnple aficionado hasta el consumado profesor 
y desde el extrajudicial — ó intruso — hasta el de oficio púl)lico con tienda abierta. 
HaI)laremos, pues, del gaUero de profesión, del asalariado, del ({ue cuídalos 
gallos y los suelta en las vallas. Este es el tipo de nuestras elucubraciones, 
el árbol genealógico, (pie despiende de sí las demás ramas de su preclara 
descendencia y el daguerreotipo de la galoina(piia. 

Así como la po(3tica Andalucía es sin discusión la tierra clásica de los toreros, 
Itaha de los ciceroni Méjico de los léperos, etc. etc. la Isla de Cuba lo es de los 
galleros. Su origen se pierde en la noche de los tieini)os, })ues aunque ni en las 
obras de Washington Irving, ni en las historias de Arrate y Yaldés se halla 
nada de acjuellos, se sabe de l)uena tinta que Colon y sus compañeros vieron 
a(pií las primeras peleas, y que desde que la Hal)ana era jnierto de Carenas, ha 
manifestado en todas é}>ocas y circunstancias su decidida afición á los gallos. 

Pero no es solo la capital de la mayor de las Antillas el xeidadero centro y 
punto culminante de semejantes diversiones; en sus vírgenes y olorosas campiñas 
es donde el genio de la galoma(piia ha establecido sus redes, entronizándose 
y enarbolando su estandarte en losi)untos más rec(')iiditos, incultos y desconocidos. 
Si el célebre Gall, descendiente como se \é de la raza galluna, (pusiera 
enriquecer su sistema frenolí>gico, debería analizar los cráneos de nuestros 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



! 



caiiipesiiios, y ciiCMHitiana (l('Sciii"()lhi<l(í un iiuovo oriiiuio desconocido j)ara ól, |)ci'o 
((uc no es otro (|uc el del üallero; y seiiun nuestros liuniildes cálculos y pobres 
o))sei'vaciones,existea([uel óri;'ano en la cuadratura delcíi'culo coronalen dirección 
al cerebelo. De lo dicho se iníiei'e ([ue el gallero ])uro debe ser nativo del pais, (') lo 
(|ue es lo mismo. ])lanta indígena; porque son sin duda los más hábiles, a})tos. 
idóneos v ex[)e(litos jmra el oiicio. Los conochnientos [)ráctie()s (pie necesita el 
gallero son grandes y diñcultosos. ( 'omo ca})itan á guerra y castellano de casillas, 
lia de conocer la castrametación, la estrategia y el ata((uey defensa. Debe estar 
perfectamente enterado en la historia y cronología de los gallos; en los principios 
de higiene, ñsiología y patología y en el magnetismo animal; esto es lo más 
esencial ])ara todo buen gallero, (jue,además, ha de ser uK'dico y cirujaiK», bot'.ínico 
y íarmac(''utico. A estos conocimientos puramente cientíñcosy sul)limes, del)e 
añadií' el gallero la ligereza, limpieza, y mucha locuacidad, aiicli(>s pulmones y 
gaznate de liiei'ro, agilidad y soltura, es]U'cialinente en rodillas, l)razos y manos, 
con algunos humos de al(|uiinia, (pie es cosa muy socorrida para la profesión. 

El gallero vive dedicado exclusivamente á su tral)aj(), cumpliendo la misión 
l»ara (]ue naciera y (pie heredíí de sus pi'imitivos padres. 

Habita en la gallería establecida en los solares patrios, y los gallos (pie cuida 
son ágenos, bien de uno o de imu^hos dueños, y auiKpie suele tenerlos de su 
}>ropiedad,no es esto común, pues más agrada pelear con p(jlvora agena. Su vida es 
eremítica; siempre solo y aislado, no tiene muchas veces tiempo ni para el cuidado 
de la gallería. Tan pronto limpia como tusa; ya distribuye el rancho, 
militarmente por horas y por tasa; y?itopa^j?í afila, ora pre})ara las />o^(í«í«.s, ora 
los zapatones; y no descansa ni durmiendo, pues sus más gratos sueños son 
perturbados por el estre]>itoso canto de los gallos. Las armas y blascmes (pie 
ostenta, escu(io de nuevo h(''roe, son, sobre embarrado y guano, las tijeras y 
las cuchillas. 

Su vestuario es rigurosamente tro2)ical, de lienzo, za])atos de becerro, 
regularmente virado, medias de carne, s(mibrero de |>aja o jipijapa y galh» en mano. 
En invierno el mismo pelage, con solo la adición del cap(^te de barragan () 
cluKpieton ordinario á guisa de suiiout 

Los más famosos emjnricos de la antigüedad se (piedariaii muy en mantillas 
comjiarados con nuestro \\\h). Para él sus gallos son brujos, invulnerables como 
Aquiles y nunca pierden; a])ostar á ellos es robar (') salir al camino con un 
trabuco. .VI taJisai/o de '-] y (J se le puede ir la vida; una })icada y á la cazuela. 
Al (jiro, vender la ropa, jugar, porcpie mata al ])rimer revuelo. W rnalotoJn), 
(pie solo se puede jugar /<//^(/(/o, es preciso robar })ara, antes de soltar, jxnier 
loaros de onza á peso. Todos, en ñii, son más ftiios (pie la ñnura, legítimos de 
Lf'nidres (') de la Puerta de golpe, de los Iznagas ó de los Aguileras; ni una 
contingencia puede hacerlos perder, y en sus manos mucho menos. Con 
lenguage tan arrol)ador y siguiendo el princi})io innato en la es])ecie humana 
de la propagación del ca[)ital })resente (') porvenir, á lo ¡pie se agrega la general 
afición (pie tenemos á los gallos, (pie puede asegurarse ha sido la ruina de 
muchas fiunilias y sociedades, sin excluir ;i la déla Peal ( ompañía, los alucinados 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



neófitos se lanzan vu el aserrín y corren tremnlos y aíiinados la snei-te de un 
juego de tantos azares y tantas prol)abilidades ni;is en contra como en pn'); 
á pesar (pie podemos decir, en honor déla verdad, (pie hoy está muy morigerado 
el número ])or el actual sistema monetaiio y la carestía <lel camino: sin eml)argo, 
como dijo el otro, no hay regla sin excepción, y rectificando un hecho, creemos 
de nuestro deber como fieles y verídicos cronistas, hacer distinciones honi'osas 
de algunos días en (pie arde el cirio j)ascual y de ciertos pueblos circunvecinos. 

Vuelvo á i'cpetir (pie no escribimos la historia crítica y política del gallo, 
ni sus })eleas, y sí un ))re^■e artículo sobre el gallero de profesión, dejando para 
más adelante a([iiella tarea al tratar de las \ alias en general. El aula magna, la 
redacción, la lonja, la vida del gallero es la ^'alla i)ública. Alh es el protagonista, 
y después del estaiKpiero y de ciertos y ciertos caprichos de algunos pro])ietari()s. 
él es el (pie manda, campea, regentea, pierde (') gana. 

El gallero vive en los bariios extramuros, distante de la ciudad, donde con 
una onza al mes ])uede proporcionarse una casa con espacioso patio, pues lo 
necesita para colocar en é\ la vallita en (pie ha de ejercitar los gallos. Los 
cuatro testeros de la Síila y comedor de su casa están ocupados hasta el techo 
de casillas, (pie son las habitaciones de los gahos. Sus fimciones alh se limitan 
á tusarlos, atenderlos y adiestrarlos en su vallita para (pie estén ágiles en el dia 
de la pelcni. ( on ese objeto tienen uno ó más gallos, ([ue llaman lui'hadoi'es, 
(pie son los maestros, ])or decirlo así, de sus compañeros. A esto se llama tojMr, 
operación (pie ejecutan poniendo, tanto al luchador como al gallo <pie v<i á 
toparse, unas l)otainas en los espolones |)ara (pie no puedan herirse. En los 
fo])rs descubre el gallero las ])ropiedades del gallo, de cuyo descubrímiento hace 
el uso oportuno. 

— Este gallo es de abajo (es decir jnca ¡tor el l)uch(^ de su contrario): 
pues conviene (■(/sarlo con uno cspif/adito para (pie colocpie bien el ])ico. 

La hi])érbole es innata en el gallero. 

— Sr. J). Agustin, á este gallo se pueden jugar las mhias de j\I(íjico: lo 
U)])ó con otro de primera y en cuanto lo llamo le hizo saltar la \alla. 

Dispuesto el gallo ])ara pelear, calificación (pie hace el gallero en el último 
to])e, lo pesa, toma la medida del espolón y ocurre á la valla para casarlo. 

Las obvenciones (') gajes del gallero son muchas y pocas. Por arancel, sus 
entradas no son otras (pie un real por peso de los ([ue se juegan en cada pelea, 
del gallo (pie ha ganado: con cuyo |)r()ducto, (pie se denomina saca, por(pie en 
6\ saca lo (|ue ha gastado en manutención y en adiestrar el gallo, parece 
suficientemente premiado, atendido los muchos pesos en (pie ^'an interesadas las 
peleas. Sin eml)argo. ningún gallero se limita a la saca, })iies ellos alcanzan 
algo m;ís de la generosidad de los amos y aficionados, ya en las ganancias de 
la coima, ya en lo (pie les ha casado por fiíera. siendo este último artículo 
sumamente socorrido y productivo. 

Fácilmente se calcula (|ue el gallero no está destituido enteramente de 
recursos para el sustento vital, sin contar con la ])rotecci()n, (pie éste es ramo 
aparte y nada tiene (jue ver con los gallos, figurando solo en asuntos contenciosos: 



^ I 

24 — 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



pues con todo, el i^allero de (jiie tratamos es sinóiiiiiK) de pobreza, en lazoii a (jue 
])or el roee diario, y ])oi' axiuel axioma de que todo se pega, se lia desarrollado 
en él una necesidad latigadora y eterna por el juego (entiéndase de gallos), que 
no contento con jugar el suyo <í la saca, ó lo (jue es lo mismo, sacar la lotería 
sin billete, juega también, amujue rarísimas veces, al contrario, hasta el doble 
ó tri})le de a([uella, según las circunstancias del otro ])()llo, de manera ([ue 
o bien el talisayo de 8 á (5, el giro ó el malatobo, se entregan en los brazos de 

su más poderoso y temible enemigo tal como sucediera en aciago dia 

al capitán mas grande del siglo. Esto, empero, es nuiy raro, pues en lo general 
liav buena te. Sin embai'go, no son frecuentes estas carañuelas, merced á la 
acertada providencia gubernativa que ya reclamaba la civilización y la cultura 
de no permitir la entmda en las vallas á los galleros y añcionados de la raza 
oscura, conocidos también con los seudónimos de nairot izado i-ph y apretadores 

Donde el gallero ostenta y luce su valor, conocimiento y sagacidad mágica 
y s()r])rendente, es en el im])ortantísimo acto de casar los animales, y auníjue en 
estos himeneos preside la Diosa Astrea con sus atril )utos, y la exactitud 
matenv.itica, el l)uen camarada salve sacar ventajosos paitidos, si no á h\ov del 
gallo, al suyo particular, l^ambien en el terril)le acto de soltar, levantar, chupar 
y estii-ar, careo y })ruebas, es donde más se disthigue la consumada halñhdad, 
donde se recibe el grado de gallero y donde se forma la historia de sus 
vicisitudes méritos y servicios en la carrera de lagalo-maquia. 

No son todos los meses del año h)s que el gallero emplea en su ejercicio, 
pues éste sólo dura desde Diciembre á Mayo ó Junio. P]n el demás tiempo 
están los gallos en la muda y por consiguiente íbera de combate, no estando 
los animales en sazón de pelear. En el periodo de inacción puede decirse que 
el gallero está en cuarteles de invierno, bien que por no olvidar el ejercicio 
echa peleas á la navaja. Época es esta aciaga y fatal ^ de hastío, de vagancia 
y de (írranqiiera, en (jue, como todo ser viviente, se ha de ocuj)ar en algo. 
Nuestro cesante temporal se verá en un conflicto, y teniendo que matar las 
horas del dia, se vé, cual oti'o judío errante, de la taberna al billai-y de este á 
aíjuella. 

Entonces se vuelve á encordar el ohldado tiple, la verdadera lira campestre; 
entonces se empiezan á recordar las decimas glosadas y el punto de arpa; 
entonces se hacen otras cosas que no son de mi incumbencia interrogar, pues 
mi ministerio es el de escritor y no el de juez fiscal. Pero volvamos algaliero 
antes de la terrible muda. 

Taima y ^laiquez, Latorre y Romea, .Vijona y Valero, podrían honrarse 
[)Oseyendo con tanta perfección como el gallero, el arte de las gesticulaciones 
y transiciones que a<|uel experimenta en las dos únicas épocas memorables de 
su azarosa vida, (|ue se reduce á ganar ó perder. 

También en el ramo de actitudes, posturas, contorsiones y ñexil)ilidades, 
puede apostárselas á los mejores elásticos, dislocados y Ravelcs, así indígenas 
como exóticos. 

Si al lectfn- no le sirve de molestia sííi'ame á una de las \allas de iiallos 



25 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



un (lia de función. Ya liemos diclio <|ue el gallero habrá concumdo á ella con 
el peso y medida de sus campeones para casarlos. Arreglada la pelea con otros 
gallos del mismo peso y medida, llega la hora de soltarlos, y ahora entra en la 
segunda parte de su obligación. Requerir los gallos en la balanza (pie con este 
fin se coloca en el centro de la valla, examinar si los espolones vienen bien con 
las medidas, es su primera diligencia, y luego soltar el gallo, ó encargar á otro 
compañero de su confianza que lo suelte, que no todos los galleíos son 
soltadores. 

Yedle ahí con su gallo en la mano, (|ue no cesa de acariciar, en medio 
del circo regado de aserrín, fi-ente al otro gallero, que hace lo mismo con el 
suyo. 

.Vmbos están listos á soltarlos tan pronto como el estanquero, juez perito 
de la valla, ha podido conseguir de la gente, con fuertes gritos, que dejen el 
palenque despejado. 

¡Qué coníusion! Oid. 

— ¿Quién vá dos diez y ocho? 

— Pago un veinte. 

— ¡X cual está el logro? 

Llámase logro apostar una cantidad mayor contra menor, igualando con 
esa diferencia la que existe entre las circunstancias de los gallos por la íáma 
que en otras riñas han adquirido, ó el estado en que los ha puesto la pelea; 
por ejenq)lo, ir un diez y ocho significa, diez y ocho pesos contra diez y seis; 
de suerte que quien lo pone, si triunfii su gallo, gana diez y seis pesos, y si el 
otro, pierde diez y ocho. Este logro suele llegar desde una onza hasta cuatro 
reales, por hallarse uno de los gallos venciendo y el otro acribillado de 
heridas. 

Uno de los principales conocimientos del gallero es conocer la gravedad 
de estas heridas para subir ó bajar el logro, según su entidad, é indultarse, si 
fuere necesario, lo que significa cojer logro contra su propio gallo para evitar 
perder todo el dinero que le jugó. Otra de las cualidades del gallero es 
entenderse entre aquella bulla y confusión de apuestas encontradas, apostando 
con distintas peisonas, diversas cantidades y á gallos también diversos, y al fin 
de la pelea los arregla con una facilidad inconcebible. El gallero, además, 
debe conocer á la persona con quien casa, para que no le hagan camotes. Son 
conocidos con el nombre de camoteros aquellos jugadores que acostumbran 
apostar y cuando pierden se escurren ó niegan la apuesta. En una })alabra, el 
gallero es un verdadero y legítimo gurrupié. 

Soltados los gallos, es digno de observar á nuestro tipo siguiendo con 
ávida mirada los movimientos de su gallo y retratando en su semblante los 
golpes buenos que dá (3 recibe, y cualquiera que se circunscriba á examinar su 
cara, comprenderá cual es el estado de la pelea. 

El gallero, entonces, masca una cañita de malqja ó de pluma con objeto 
de formar saliva para rociar el gallo al levantarlo en las pruebas; también lo 
rocía con el agua que en una botella tiene el estanquero para esos casos. P]n 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



las pruebas, que son cuando los gallos suspenden nionientáneamente la pelea 
por cansancio ó |)or lieridas, le toca al gallero chupar el pescuezo ensangrentado, 
rociarle las j)atas, estilárselas, secarlo con el pañui^lo, levivirlo y fortiíicarlo 
])ara ((ue siga la pelea. 

Kl gallero es amigo de dicharachos y tiene su lenguaje técnico para 
expresarse. 

— Yá la lista, \á la lista, grita uno para signiíicar ([ue el gallo se huye. 

— Si es de la plaza ! añade otro, dando á entender ([ue no es fino, y su 
lenguage es S'empre por este estilo. 

El gallero ¡u])ilado, más íeliz que el músico viejo, á quien solo le queda el 
compás y afición, ocurre á la valla y carga con los gallos muertos, que come 
ó N'cnde en algnna fonda, donde los trasforman en un sabroso fi^icasé ó plato 
de luchniento. 

Ni la risa de Momo, ni la alegría de un cónyuge el primer dia del canto 
epitalámico, ni la noticia de una herencia inesperada ó la del premio mayor en 
una lotería extraordinaria, ni nada en fin es comparable al gozo y al placer ({ue 
experimenta cuando gana y vé aumentada su reputación y su vejiga, receptáculo, 
depósito ó habitación -donde coloca nuestro campesino al veguero ó vuelta-ba;jero 
con el descendiente de Montezuma. Nuestros diccionarios, así español como 
provincial, carecen de las voces que arranca el momento feliz de haber vencido 
un gallo. (Irito de victoria estrepitoso y bélico, que conmoviendo la valla por 
sus débiles cimientos, sale por las yaguas, corre veloz |)or entre las cañas y 
palmares, impelido por la poética brisa de los trópicos, desde el cabo San 
Antonio hasta Maisí; y el eco lo repite en lontananza. 

( )tras muchas sensaciones siente el ánimo del gallero cuando gana; pero 
¡ay! cuan tristes, liigul^res y dolorosas cuando pierde. ¡Perder el dinero que 
tanto trabajo cuesta explotarlo de las minas acuñadas de Cubanacan. . . .\ 
Perder la reputación ó la vida de un gallo. . .! ¡Oh! esto es tremendo, y más 
aún si la pérdida de la pelea es efecto de un descuido en el careo y las pruebas, 
ó de otras causas no legítimas, reprobadas por el concurso é interpeladas 
bruscamente, ya por el dueño del gallo, ya por los muchos que han perdido el 
dinero confiados en las excelencias y antecedentes de la (jaUma, y en las 
recomendaciones que se hicieron de ella. 

Entonces, pobre gallero, mas te valiera perecer cual otro Mazzepa. Pero 
él no desmaya; impertérrito y firme en sus ruinas, con alma grande y corazón 
valiente, acepta el sistema de peregrinación y se lanza á beber el agua de 
extranjeras vallas. Errante y vagabundo como los hijos de Israel, pasa de 
acá para acullá y de Zeca en Meca, de la Sabanilla al Aguacate, del Artemisa 
á (luanaj'ay; ya tal vez nuestro proscrito aventurero se ])re[)ara á pisar impá\ido 
el aserrín del C'irco de la Pi'ueba en (luanabacoa; ó más bien la nueva y támosa 
\íú\'d (fue acaba de establecerse en la vecina y feraz colonia de la Rema 
Amalia, isla de Pinos y Mármoles, que brinda no sólo estos artículos, sino un 
porvenir más grato, una, vida más tranquila y acomodada á nuestra sabia 
legislatura; y lo ([ue es más, la seguridad, la comodidad en el tiansito desde 



27 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



esta Capital al siujiclero de Batabaiió, que se veriftca en medio de una lucida 
escolta de caballería, (jue ]iioporciona al viandante fiívor y protección. 

Hasta aquí el gallero. Lejos de nosotros la presunción de creer ([ue hemos 
llenado cumplidamente nuestro delx'r en este boscpiejo, en que por donde (piiera 
se observan claros y vacíos. 

No llenaríamos, empero, nuestra morigerada misión si no hiciésemos la 
siguiente breve reflexión que desde luego se desprende de la pintura verídica 
del gallero. El oficio que abraza este, es uno de tantos, que con sobrada razón 
calificó el chistoso y castizo autor del tipo : El (jurmjné (con quien no deja de 
tener i)untos muy notables de semejanza nuestro tipo) de los modos de vivir 
que no dan que vivir. ¿No están por ventura los campos de Cuba ávidos de 
culti^o y ansiando el brazo del hombre para brotar los tesoros mil (|ue encierra 
en su seno feraz y generoso? ¿No existen acaso otras carreras, otras industrias 
en que el hombre laborioso })ueda ser útil á sí propio y á la sociedad? Ni 
se diga, como errónea y preocupadamente se dice, (pie la educación ]irimitÍA'a 
influir puede en que prosiga un individuo encharcado en el asqueroso camino 
de los vicios. En todos tiempos, le es dado al hombre desviarse de la senda 
fimesta que le conduce al abismo y entrar en la ([ue lleva á un bien estar 
duradero y (pie no está sujeto á azarosas vicisitudes, hijas tan solo, no de la 
inconstante fortuna, sino de los vicios. 

El estado lisonjero de cultura y de ilustración ipie ofrece nuestra opulenta 
C^nba, repugna, rechaza ya ciertas distracciones ({ue además de ser ofensivas á 
la vista, propenden á generalizar la ociosidad y aún el vicio. 

No se crea que opinamos por la supresión de una diversión tan generalizada. 
Queremos que haya gaUos, pero desearíamos sinceramente cpie este pasatiempo 
pudiera realizarse sin que fiíera de necesidad la intervención del gallero, porcpie 
este podría ser más ütil á su país, á su fomilia y á la sociedad en el ejercicio de 
otra especulación. 

El Licenciado Vidrieras. 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



OGAÑO Y ANTAÑO. 



El que tiene orden en el amor ama lo que debe ser 
amado y no ama lo que no debe. — San Agustín. 

[De i,a líocTRiNA (Cristiana.] 

La eterna lucha de lo ({ue fué y de lo ([iie es se iiiodiñea, se altera, se 
disíiaza; pero es siempre la expresión de nuestra poca memoria y cedemos a los 
optimistas de antaño en los momentos de malestar de oi2,año. Hemos presenciado 
un diálogo entre una joven (pie, si hubiera todavia romanticismo, la llanuíiamos 
romántica; pero hoy no saldemos como clasiñcai'la. Leíanse en vma reunión 
algunos de nuestros actuales peric'xlicos y sus sermones, auiKpie cortos, sohre 
las indecencias (jue ofrecen nuestras calles, y lo poco editicantes de varias 
costuml)res. Era un anciano el otro interlocutor. 

— ¿Hal)rá V. encontrado, dijo aípiella, ;1 la Habana perdida hasta la 
inmoralidad? Ha reparado V. lo que pasa en las calles: pjué corrupción! 

— Me parece, señcna, (pie no es un cuadro en que haya mucho ([ue 
recomendar; pero ([uisiera (pie V. se íijase en su ])regunta, ¿de (pié cosa (pie 
I)asa en las calles me habla \'í 

— Hágase V. el inocente! Dicen los })eri()(licos (pie hay calles en donde es 
imposible (pie transiten señoras, por la desenvoltura de es})eciales mujeres. 

— Es verdad ¿y (pi(3? 

— Y no solo en las })alal)ras y acciones (|ue ejecutan, sino hasta por la i)()ca 
UKjdestia y honestidad de los trabes. 

— Es verdad ¿y ([uí;? 

— Pues me gusta su cachaza! yo que creí que V. tronaría 

— No, señora, es síntoma el trueno de la existencia del rayo y yo nada 
tengo de etóctrico: soy un i)edazo de tolerancia histórica a(ph donde me vé, y 
creo (pie el mundo marcha :i pesur de las tentativas (pie se hacen por los 
reaccionarios para detenerlo y aún retrogradar. 

— Es decir que Y. es como mi marido; positinisfa evolucionista y hasta 
acepta la rever sioii en moral. 

— No es exacto ¿y (pié? 

— Pero hombre, por Dios, contésteme Y. claramente y no me ]'e[)ita ese 
¿y quéf como ora pro nolis de letanía. 

— Pues le digo á Y. (puí hemos adelantado á pesar de todos los |)esares: (pie 
Y. discurre como no lo hubiera hecho su abuela, ([ue en lugar de discutir se 
habi'ia ido á rezar paia (pie la Providencia mejorase el mundo; ([ue ahora hay 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



periódicos (|ue (lemiiiciíin los aJmsos y prcMÜcaii la moralidad; y antes, nuestros 
abuelos esperaban á (pie el ])árroco ó el ea])ucliino misionero predicase contra 
las modas, ])a)a saberlas y adoptarlas, según (lallardo. (pie no es un santo Pa<lre 
pero sí un gi'an crítico. — jVntes, cada cual en su casa y tras menudas celosías se 
enteraba de los abusos oyendo las proliil)iciones de los hamlos ó las pastorales 
de los pi'elados. En esta tierra hay mucho calor y la desnudez es una de sus 
malas consecuencias. Hubo a([uí un ('a])itan (leneral (pie se llam(') Xavarro, 
hombre severo y sumamente añcionado ií ])onei' en (Srden todo lo ([ue le])arecía 
desarreglado, y publico \'arios bandos; una de las cosas ((ue le llamaron la atención 
fu('' la ligereza de los trages, su escasez y parcial supi'esion en las mujeres, no 
íWyv miestras abuelas ])or eafoiiia. He a(pií lo (pie publici), (pie vale muchos 
sueltos de ])eri()dicos: ''La relajación (pie se ol)serva can, horror cristiano en las 
mujeres de i)ocas obligaciones nace de la taita de temor á Dios y á lajnsiicia. .. y 
la hbertad con (pie se dejan ver en el púl>lico . . ."* El gobernador mando encerrar 
en las Becoijidas á cuantas anduvieran can traijes desiamestos por calles y plazas. 
Pero entonces (1777) l¡i indecencia en el vestir fiK' iiuís general, tacaba en 
deshonestidad. Solian andar sin camisas las mugeres del pue1)lo l)lancas, indias, 
y de color lil)res y esclavas: (pie consistía según S. S- en (pie á ese abuso 
''cooperan el ])oco pudor de los amos y la nin(/una renjiienza de ellas: mando 
que desde este dia riingima iniijei' blanca, india, ])ar(la (') morena, stdíja á la calle 
sin guarda pi(''. enaguas, saya y camisa, vestida onestamente" (así está escrito sin 
h, bien que la ortografía de todo el impreso andal)a tam))ien sin camisa y sin 
enaguas.) Vea \. como salian á las calles por los S barrios (pie ent(3nces tenía la 
ciudad ;i pesar de los bandos del intruso (\)nde de Albemarle y de su sucesor 
legítimo el Conde de Riela, desde T-S de Setiembre de 17()*). 

— ÍjSo no jmede ser, y ahora le agrego yo ;,y (|U(''? como \. respondía á 
manera de letanía. 

— ;, Y {^[i\v (hgo? (pie sus esi'uerzos no l'ueron com])letos, y sus sucesores, 
hasta el insigne Don Luis de las Casas, tuvieron (pie dictar ordenes y (U'denes 
para morigerar las costuml)res siempre mejorando en el ])ais — Las costumbres 
religiosas, (pie así se llamaban las corriq)telas del catolicismo en las ])rotanas 
fiestas de las novenas y ferias, y las procesiones de dis('Í2)linantes,Ye\)eúmi a(juí 
en terreno fe rtd ])or su calor y hjirnedad, los excesos condenados en Europa. Ño 
había i)erio(hcos (pie azotaran sus vicios, pon pie la imprenta no se había aclimatado, 
entre otras cosas, y era lo mihios rt'cio, ])or(jue no hal)ia consumidores ó lectores 
])aganos: pero teníamos edictos e|)iscopales (pie tercial)aii con los bandos contra 
jugadores y malhechores y ^'ag■os y ])erdidos (pie a])remio nuestro benem(TÍto 
Don Luis de las (^asas. 

— Siempre citan á las Casas, j)ero es tradicional (jue ])articipaba de las ideas 
fninco-reNolucionarias hasta ser re])ublicaiio. 

— Pues el Sr. Tres Palacios no era ])articipante de las ideas de nadie: ííié 
siem[)re original hasta en su oposición á cuanto ])ro])oiiía el ilustre Jete antes 
nombrado. El puel)lo decia (pie "entre Casas y Palacios iba la Habana á (piedarse 
en la calle;" pero esto no (piita la verdad de ([ue habia deshonestidad y vicios 



30 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



en las cereiuonias en (jue íiüura))an dÍHciplinanfes, en ({ue con aeluKjue de 
penitencias se consentían abusos, y todo demuestra (|ue seguía en otra tbrnia, 
lo (jue ya en sí era un pioi^reso, el ]){)co pudor y la nim/una vergüenza que 
denuncio el poco sutíído Sr. Xa\arro (larcía de A^alladares. 

— ¿Y cree V. ([ue la policía no sería mejor? 

— Sobre esto tiene ((ue ser mayor el progreso j)or más (pie no sea la mejor, 
ni siquiera i«ual ;í la. <le otros países nms (johenmhles: figúrese V. que se sabía de 
la división de ])arrios poi" los nombres que les tenia puesto el vulgo, y el vulgo 
se com]K)nia de las dos terceras partes de las castas. Luego se nombró un 
vecino de diputado i)or año, ([ue gratuita y anual íik' su institución. Hízose 
esta reíbrma coet.uiea con la división de barrios de Madrid, (les])ues de un motín 
po])ular. Las patrullas y las rondas las manejal)an los alcaldes y regidores, á 
quienes fidtaJxi el tiempo i)ara oponerse á las riñas y pendencias colectivas de 
los unos con los otros. El barrio de Campeche (Belén) ju'leaba con el de la 
Leif'ia (Santo (Visto): el del Cangrejo (el Ángel) se las había con los Doce 
Pares de Francia (el Monserrate) nada menos; la Phiriia (San .\_gustin), las 
Llagas (San Francisco) y la Estrella (Santo Domingo) eran menos belicosos en 
cuadrilla, ])ero \\\{\íí. pecadores en cuanto á profesiones, pues por allí se ejercital)a 
el comercio en ({ue se emi)e/>o tí usar el palo de Campeche con agua para 
aumentar el vino. En la vida social puede decii'se (pie las formas expresan el 
progreso: si V. lee el primer cronista de (Aiba, ({ue fué un criado deldobei-nador 
y llamado Pai'ra, Acrá inie las sillas de las salas eran bancos de madera 
sin respaldar en los más de los casos; que la gente acomodada mandaba madera 
á íJspaña para cpie la devolviesen convertida en nniebles, y es singular (pie casi 
siem])re eran camas. Hay ahora inmoralidades entonces imposibles y tendní 
(pie haber otras si se aumentan las esferas de la acción humana: ¿c(')mo era 
posilVle (pie hubieía fraudes y pecados adnnnistratívos y políticos si no había 
empleados en el número y forma (pie hoy: ni se conocía la ])olítica donde dijo 
un virey (fue de los súíxlítos no era achiiisible mas ([ue la obediencia y el 
silencio: esto poi'ípie algún mexi(^ano murmuró i)oi" íánatismo religioso contra 
Cárk>s in, cuando la exjxilsion de los Jesuítas? 

— No siga V. ese rumbo: para (ietenerle no tengo m;ís ([ue citarle los 
Káñigos hoy. . . . ¿le ])arece ji V. ])rogreso? 

— Xo precisamente ])r()greso: pero lo es y grande ([ue la prensa toda 
unánhiKMnente los condene. Yo toleraría los cabildos de africanos, si africanos 
hubiera en edad de bailar, como existían en los últimos tiempos de la trata. 
Tenían sus tauiíos en las orillas de la ciudad un día á la semana. ¥\ gobierno 
les reconocía sus capataces y se fornial)an reglas (pie guardaba el escribano de 
cal)íldo: no se les permitía llevar /bfe>s, ni el baile de la cidehra: ni nada (jue 
recordase la idolatría y por lo regular elegian un patrono de nuestro calendario 
cristiano. El día de líeyes^ los esclavos del Rey, (pie eran muchos en toda la 
AnK'rica, iban ;í pedh- á la re])resentacíon de su amo el aguinaldo y luego 
entraban en el patio los demás cal)ildos. ('01110 (^sto no era ])erinitído, pues no 
debía serlo, á los negros criollos, cubríanse ('stos el rostro y casi siempre con los 



31 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



congos asistían á la fiesta, hasta que se descubrió el ardid y siempre fueron 
proliibidos los ñañigos. 

— Me alegro saber eso: ¿con(|ue confiesa Y. que es una reversión^ según 
sus amigos reversión moral? 

—Yo cuento la histoiia pasada y si algún dia me ocupase de la contemporánea 
llamaría á esa roncesion, si ha existido, una indulgencia i)eligrosa; y si hay una 
sociedad mixta, como se cree, de malas tendencias bajo ese disfraz, no se re])etiiá, 
créalo Y. 

— Lo (jue yo creo es que el numdo se corr(jnn)e nuis cada día, porcpie la 
religión se vá extinguiendo, y las masas de los ])ueblos se sobre])(jnen á los 
pocos inteligentes y \irtuosos que debían dirigir la sociedad. 

— Yo acej^to lo de la inteligencia en todo lo (pie Y. dice; y perdone Y. que 
en esta materia contradiga á una dama en lo demás. Yo estoy nuiy lejos de ser 
positi\'ista, y si \. quiere con esto llamarme ateo, estoy aún más lejos de serlo; 
pero creo ([ue la opinión y la inteligencia deben gobernar al mundo: dé Y. 
instrucción á las inteligencias y las niejorará: los hombi-es serán siempre seres 
moi'ales, y por lo tanto Hieres; pero habiJi minios iníracciones de la ley moral 
conocida y respetada por la opmioii: o])iiiioii (pie ])rincip¡a en el hogar en donde 
se acostumbre el niño á ver (pie su padre para ser bueno no necesita de un 
verdugo; ni paiu tral)ajar de un comitre; ni |)ara \W\v ci^■ihnente de un vigilante 
de la i)olicía. 

— Todo eso está bien en teoría, pero el mundo se disuelve en la inmoralidad, 
no le quede á Y. (hida: lo he leido en muchos lil)ros, de ellos algunos muy 
nuevos. 

— Esos libros á (pie Y. se refiere, hijos de intereses reaccionarios, tienen su 
res])uesta todos, todos, todos; pero no podría yo hacer que su autoridad 
desapareciera á sus ojos: si la historia es en lo ([iie tiene de filosofia, el espejo 
de la humanidad, yo me coníbrmo con la liistoria y hasta encuentro 
graduaciones en las infiacciones morales: ¿no le parece á Y. (pie hay diferencia 
entre la legislación (pie permitía abrir 'el vientre de un siervo ó esclavo i)ara 
calentar los jíiés de un barón que se helaba, y lo que sucedía especialmente 
sobre esclavitud entie nosotros tlesde el honrado general Yaldés hacia los últimos 
tiem})()s? Escabrosa es para tratarla con una señora esta materia, pero ahí están 
los libros: las discusiones de las asambleas; vea Y. en nuestras cortes de 1811 la 
supresión de dere(*lios feudales, los ({ue habían heredado los monges de Poblet, 
conmutados en dinero, ([ue hacen por su recuerdo erizar los cal)ellos. A^éa Y. 
como se olvidaban los mas sublimes preceptos evangélicos, ({ue solo hará 
prácticos y generales la instrucción de los pueblos. Yo me retiro, pues no 
hemos de ponernos de acuerdo: ni pensé nunca que fuese Y. enemiga del 
progreso: ¡ay! de los (pie se pasen! 

Antonio Bachiller y Morales. 



32 



TIPOS Y COSTUMBRES. 




n>iK/;tev«i«!nu«i#»iaa>.»sr> ' 



Lanclaiuze Ditrujó. 



LA MULATA DE RUMBO. 



Fototipia '/'aveini. 





1 


— - 


TIPOS Y COSTUMBRES. 


— — ^ — ' ~ — - 


~ 





LA MULATA DE RUMBO. 



Ella en su clase, en su esfera, entre los suyos, valer puede tanto como 
cualquiera otra. 

Pero el elemento heterogéneo que la seduce, que la conquista, que la malea 
y la pervierte, responsal)le es de sus faltas, de sus vicios, de su despreocupación. 

Leocadia, por ejemplo, nuilata de rumbo y de rmnlKis particularmente, debe 
la fama de que goza, sólo á esa circunstancia. 

Muy joven era todavía cuando la conoció Gerardo. El era rico y la deslumbró 
con sus dádivas. Sucumbió como sucumben tantas.... en casos análogos, 
y principió para Leocadia la vida indolente, la vida del desorden, del al)uso y de 
la inmoralidad. 

Gerardo tenía una posición social, se había formado una íamilia y érale por 
tanto forzoso guardar las apariencias. 

Leocadia vivía, pues, sola en su casa, atestada ésta de muebles lujosos, de 
cuadros chillones, de objetos mil, superfinos los más, pero que ella exigía á 
Gerai'do, sólo por satisíácer su capricho, y portjue en esto fundaba la nuilata su 
vanidad, juzgando ser la mejor prueba del imperio y predominio que ejercía 
sobre Gerardo. 

Los seres incultos, inferiores, parecen no dar valor sino á los sacrificios 
})ecuniarios. Una onza de oro arrojada á la calle, un billete de Banco reducido 
á cenizas, les da una alta idea de la persona (pie ejecuta acción tan desusada. 

Leocadia liabia más de una vez sometido á Gerardo á pruebas semejantes. 
Y como él se prestaba gustoso á cuanto á ella se le antojaba, teníale en el concepto 
de un hombre capaz de las mayores heroicidades, tratándose del dinero. 

— -Usted es feliz. Cay Ha; le decía una vecina de la casa inmediata. 

— ¿Feliz yo, hija? W\ que lo crea. 

— ¡Cómo nó! Con tanta abundancia de cosas ricas, con tanto rumbo ¿tiene 
usted valor de quejarse? 

— Todo fatiga en este mundo, Juanilla, todo aburre y empalaga. 

— ¡Ay, Coi/ifa, no diga eso: mire que si el Señor la oye, la puede 
castisi'ar . . . . ! 

— Di(js no se mete en esas cosas, Juanilla; además, que yo digo lo que 



33 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



siento. Mire usted: más gozo yo y me divierto en una rumhita con las de mi 
color y de mi clase, en nnion de jóvenes de buena sociedad, donde reinan la 
francjuezay la alegría y la buJ/wiya, (jue no cuando viene ese y me trne dos ó 
tres vestidos de seda, un abanico de nácar, míos aretes de brillantes y unas 
pulseras de oro. . . . Créame usted, se lo juro })or esta santa cruz: estoy de oro 
y de seda y de brillantes, hasta las orejas. 

— Si usted tuviera qiie arrear como yo diariamente para ganarse la bafaba, 
no se expresaría de esa manera, Cayihf. 

— Eso (juiere decir que por allá anda mal el hofefeo, ¿no es eso? 

— Mal es cuakiuier cosa; maUs ¡mámente, liijita de mis entrañas. Con decirle 
que tengo seis bocas que mantener y yo siete, ayúdeme usted á sentir. 

— Pues, hija, acá se bota la comida, con ([ue nada más le digo. Cada vez 
que (juiera, venga y se llevará todo lo que encuentre. 

— Muchísimas gracias, Cay Ha; no en balde tiene usted tanta suerte: ya se 
vé, con tan buen corazón ¿cómo no la ha de favorecer la Providencia? 

— ¡Yálgame Dios! Pues si á mí no me cuesta nada. . . . Quien paga, paga. 

— Sin embaro'o, así y todo, hay otras muy egoístas. . . . 

— Abamos, no sea alabanciosa y dígame adiós, que me voy a tumban' un 
rauco en la cama, pues tengo un cansancio que me estoy muriendo .... 

— Adiós, Cayita^ y que los ángeles y serañnes se le a])arezcan en sueños 
y le canten las letanías. . . . 

— Gracias, Juanilla, hasta Inef/aito. 

Leocadia iba á acostarse, como había dicho, nada menos que á las doce del 
día, cuando llegó á la casa uno de sus amigos de rumbas^ acom[)añado de otro 
joven (|ue iba á presentarle. 

Pronto se famiharizó éste con la mulata, principiando desde luego á 
galantearla. 

Como era natural, la conversación rodó al punto sobre las rmnhitas al Vedado, 
y Leocadia propuso que el domingo próximo se efectuase una á dicho lugar. 

— ¡^lagnífíca idea, prieta santa! exclam(') Floro, su amigo; éste va con 
nosotros; añadió señalando á Camilo, (jue así se llamaba el presentado. 

— Bailaremos un danzón; dijo C-amilo, acercándose á la mulata. 

— ¡Quite, quite! Nosotros nunca hemos entrado en abusos, negrito lindo: 
vamos á parar; contestó ella, rechazándolo con afectada coquetería, y valiéndose 
de ese singular vocabulario con el (|ue tan familiarizados se hallan algunos jóvenes. 

— Para los danzones no hay otra, chico, observó Floro; cuando baila el 
Similiquitron^ tiene una bulla en la cintura (pie echa fuego y una caidita de 
aromja . . . . 

— A mí el (pie más me gusta es Oliciamba ; ¿te acuerdas, Floro, en la 
íiltima rumba? 

— ¿Y d<')iide me dejas el Tamba. . . . ? Este pobre ha estado cuatro años 
fuera, ^iajando, como los fogones, entre ¡Kmerites, y no sabe nada de eso. 

Camilo al oir á Floro, le dio una amistosa troin})ada, que éste le devolvió 
con no menos agasajo, y prosiguió la conversación. 



34 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— ¡.Vil, pues entonces se vá á ^'()lvel• loco, por({ue yo creo que es muy pillo! 
saltó Leocadia, guiñando los ojos. 

— ¿Quien no se arrebata contigo, mi madree if a? replicó Camilo, haciendo 
un gesto ex})i-esi\'o íÍ Leocadia. 

.Vquí entró el referir al j'óven lo que se gozaba en esas nimbas y explicarle 
en lo que consistían. 

— Se baila con arpa, violin y flauta, hasta más no poder; dijo entusiasmada 
Leocadia. 

— ¡Y vá cada hembra, así! repuso Floro, sacudiendo el puño. 

— Se come sobre la yerba, arroz con ])ollo, pescado á la manchega y se bebe 
sangre de doncella \vaí\{íí jalarse ; prosiguií) estasiada la mulata. 

— Pero antes hay aquello de bañarse en el rio; anadie') Floro, no menos 
deleitado con el recuerdo. 

— En fin, la mar con todas sus islas y cayos ayasentes; concluy(') Leocadia, 
saltando en el asiento de puro gozo. 

Camilo estal)a írenetico y cada ^x^z más enamorado de su nueva amiga. 

Cuando lleg() el momento de despedirse, Floro provocó un ofrecimiento en 
forma, y Leocadia, accediendo, dijo con nnicho énfasis: 

— Yo me llamo Leocadia Bergamota y Zampallon; soy muy buena, mientras 
no me pinehan, y no pienso más que en divertirme, que es lo único que se saca 
de este picaro mundo. . . . Con que ya tú sabes la casa, liijito. 

— Yo soy Camilo Botero, dijo por su parte el joven, haciendo exprofeso una 
reverencia zui-da, y te juro que te idolatro, divina Leocadia, eonserva de azúcar 
y canela. 

— ¿Cómo Botero? preguntó rápidamente la mulata; ¿tú eres pariente por 
casualidad, de un tal Geraldo^ que tiene ese mismo apelativo f 

— Ya lo creo, ese es mi tio, hermano de mi viejo, con quien vivo yo. 
¿Por que me lo ])reguntas, triguerw zandunguera? 

Leocadia lanzi) una sonora carcajada que dej(') un tanto suspenso á Camilo. 

—¿Y tú lo sabias, Floro? preguntó la nmlata á éste, el que á su vez se 
echó á reir con estrépito. 

La explicación, que sin escrúpulo alguno, siguió al anterior diálogo, es de 
presumir que sorprendería de un modo particular al joven; pero como comprendía 
que habia simpatizado con la nmlata, por las demostraciones que ella le hal)ia 
hecho, y él era muy pillo, según decía Leocadia, no se desanimó con semejante 
descubrimiento; antes al contrario, le pareció chusca la idea de hacer la conquista 
de (juien se presentaba á sus ojos bajo tales auspicios y en circunstancias tan 
singulares. Así es que se consideró desde aquel momento el triunñinte rÍMil de 
su tio. 

Algunos dias después, cuaudo ya la anunciada rumba al Vedado habia 
tenido efecto, y por consiguiente entre Camilo y Leocadia, se habia establecido 
la más coni])leta intimi<kd, la nmlata, cediendo á un irresistible deseo de 
exi)ansion, hallábase en conferencia con su vecina Juanilla, que por cierto trataba 
de disuadirla de lo ({ue ella calificaba de una 7nala hora y de una tentación 



35 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



de Barrabás, por las razones que aducía con no poco calor y manifiesto 
desinterés. 

— Usted está dejada de la niauo de Dios, CciijUo^ cuando así determina de 
su suerte. Resulta de que las nnichaclias no refleisionan y se encalabernan j 
pierden su bienestar ])or un capricho, mas que luego les pese y se tiren de las 
greñas, cuando ya la cosa no tiene compostura. 

— ¡Y le parece á usted, Juanilla, que yo no dé entrada en mi pecho á las 
ilusiones del amor; que no corres])on(la al cariño de otro mortal y permanezca 
viuda toda mi vida, sólo por consideración á los cuatro ríales que tiene Geraldo., 
que es ya un vejancón para mí, todo canisienfo y casi casi arrugado? ¡Digo, 
con cuarenta y dos años sobre sus costillas, y yo todavía una nmchachona 
fi'esca y sanita como una manzana . . . . ! 

— Ríase usted del amoi", Cayita, de las ilusiones y de todas esas boberías 
que á nada conducen. . . . Lo positiví» son los buenos bocados, la buena ropa y 
el lujo y la ban /bolla. 

— Y muérase una de tristeza mientras tanto y no sienta y no goce de las 
dulzuras de la pasión corres] )ondi(la como Pablo y A^irginia. . . . A(|uí d()nde 
usted me vé, yo he amado nmcho en este numdo; pero he sido muy 
desgraciada .... 

— Todo eso se lo lleva el viento, Cayita, y en canil )io, las onzas de oro 
cuando son bastantes, sirven de contrapeso y le evitan ;í usted dar un batacazo. 

— En resumidas cuentas, yo he dado ya mi palal)ra á (\imilo, un joven tan 
fragante y tan shnpático, estoy com|)romet¡da y no me vnelvo atrás, por todo 
el oro del mundo. 

— Pues, Cayita, con su pan se lo címia, si es que le queda á usted 2)an, así 
que se desculara el pastel. 

— Haí)lando ya de otra cosa, Juanilla, dijotras una breve pausa, Leocadia, 
el saldado celebro yo mi cumpleaños y tengo aquí en casa un convite y un baile 
todo el (lia, con arpa, violin y flauta, de echa, coco ¡xi la sa randa, (.^on que si 
usted quiere tocar parte y pasar un rato en tan amable compañía, ya sabe que 
tendré mucho gusto. 

— ¡ Ay, Cay ¿tal ¿C(Smo pudiera yo desairar á una amiga tan generosa como 
usted, cuando me convida nada menos que á reponer las fuerzas y á distraer las 
amarguras de una vida tan perra? ^Vllá iré desde tempranito para disfrutar 
de todo. 

L^n coche que se detuvo ante la casa, cortó la conversación de Leocadia con 
su vecina. Era Gerardo el que llegaba y (|ue arrojándose del carruage, entró 
preci]^ita(lamente y cerró tras sí la jmerta con furia. 

Juanilla pudo oh' entonces desde su Aentana, ruido de voces y goljies como 
de muebles (jue chocaban con violencia. 

El altercado dun') más de una hora. Cuando sali(') Gerardo, á Juanilla no le 
qued(') duda de que el diablo había tirado de la manta. 

Diré en breves ]ialabras lo acontecido, (-ierto indi^'iduo ([ue estaba nuiy 
enamorado de Leocadia, y ;l (piien ésta hal)ia rechazado siempre, hecho cargo 



36 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



de los amores de la iiiiilata con Camilo, quiso ven,i;arse de sus desdenes 
y desprecios y puso al corriente de todo á Gerardo, de (|uien se decía 
ami<2,'o. 

Este se ([ued(') al pronto pasmado; pero encendiéndose luego en ira, corrió 
al cuarto de su sol)rino, con objeto de ver si hallaba allí alguna prueba convincente. 
La lla^'e estaba puesta en el armario y abriéndolo, registró las gabetas con febril 
ansiedad. Poco duró su incertidumbre, pues lo primero que vio fué un retrato 
de Leocadia con su dedicatoria corresi)ondiente. 

Apoderóse de él y esperó con rabiosa im})aciencia la vuelta del desprevenido 
joven. 

lienuncio á referir la terrible escena ({ue se verifico una hora más tarde á 
solas, entre el tio y el sobrino, pues la esposa y las dos hijas de Gerardo hablan 
ido á las tiendas. La ])luma se resiste verdaderamente á bosquejar un cuadro 
semejante de inmoralidad y de cinismo |)or una parte y otra. 

Camilo estaba pervertido. Huérfano desde bien joven, su tio Gerardo, á 
cuyo alírigo había (juedado, janrás había podido imbuirle ideas de pundonor y 
delicadeza, puesto que él mismo carecía de ellas. Lo único (jue había hecho 
cuatro años atrás, y eso por (juitárselo de encima y eWtar que le descubriese el 
(j'úiro, como él decía, ha])ia sido ñicíhtarle los medios de que viajase por Europa. 

De más está añadir, que el mayor castigo que Gerardo impuso á su sobrino, 
fué privarle de todo medio de tener dinero en lo sucesivo. Ante este resultado, 
Camilo pensó á su vez ejercer su ^^enganza, poniendo á su tía al corriente del 
escandaloso hecho; pero Leocadia con más tacto que él, le hizo desistir de tan 
descabellado propósito. 

Después de la ruptura de ésta con Gerardo, como se hallase, cual le sucedía 
casi siem})re, sin fondos, á pesar de las prodigalidades de aquel, su primer 
pensamiento fué empeñar todas las prendas cpie poseía, para poder celel)rar su 
cumpleaños. 

Camilo se encargó de esta comisión; }>ero tuvo la desgracia de que al 
retornar de ella, le asaltaran dos hombres, puñal en mano, y lo despojasen de 
cuanto llevaba consigo. 

Leocadia puso el grito en el cíelo y hasta llegó á dudar de la veiucidad del 
joven. Este, penetrando quiz-á la sospecha que había concebido la mulata, sin 
darse por ofendido, le aseguró que él pondría remedio á todo, proporcionándole 
mayor suma (jue la rol;)ada. 

.Vquella misma noche íalsiñc(') la firma de su tio y á la mañana siguiente, un 
amigo de éste le entregó sin dificultad mil pesos, que Gerardo le pedia prestados 
con cualquier plausil)le pretexto. 

Lleg('), pues, el día de la jaranita, reuniéndose en casa de Leocadia, hasta 
media docena de mulatas, Floro, í-amilo, un negrito tal)a<iuero, primo de la 
heroína de la fiesta, á quien llamaba Tatka, la consabida Juanilla y cuatro ó 
cinco individuos más ín\'ita<los al (juateqm^ sin contar los tres nnisicos pardos, 
que tocal)an los refeiidos histrumentos. 

Leocadia, bailando deseníi-ena (lamente con Camilo, reía, gritaba, se retorcía 



37 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



como ima serpiente, y era objeto de la admiración y de los aplausos de la 
concurrencia. 

Los danzones se sucedían unos tras otros, sin tregua y sin descanso, tales como 
La mulaia Eosa, ¿Dónde vá Canelo?^ Las Campanillitas^ La Guahina^ Las 
cuerdas de mi gíiiiarra, La niña Imiifa, AjwbatKja y los demás que están en boga 

En medio de la confusión y del tumulto, oíanse ciertas frases características 
de semejantes ocasiones y cii'cunstancias, que no puedo menos de trascribir. 

— ¡Oh, bella! exclamaba uno de los concurrentes, haciendo chasquear la 
lengua, é introduciendo la cabeza entre Leocadia y Camilo, que giraban 
vertiginosamente , y que lo hacían retroceder con su imi)ulso. 

— ¡Goza^ siboney! gritaba otro, aproximándose por detrás al compañero de 
la mulata; eso está muy aseado^ mi hermano! ¡Así ine gusta, Cuhitas! 

Los ojos de Camilo brillaban, mientras (jue Leocadia sonreía enagenada. 

Había pareceres que discordaban acerca de las parejas que más lucían. 

— ¡Ahi está la India! aseguraba uno de los espectadores, mostrando á cierta 
mulatica muy esbelta, que se contoneaba á lo sumo y ;i (|uien llamaban Sapito en 
el agua. 

— ¡Bien, Adelaida! ¡Ave María, Simón! Aguanta, muchacho! ¡Aíjuí se siente 
el goce hasta la madre de los tomates. . . .! 

En uno de los ángulos de la sala, se abanicaba Guayaba-blanca^ oyendo 
los requiel)ros de Lencho. 

— ¡Quiéreme, que me estás matando, ^ ida y dulzura, pedacito de almendra, 
gloria celeste . . . . ! 

— Palucha sola; contestó Guayaba-blanca, dando un saf acuerpo. 

— ¡Negra, tú no vá queré. . .! ¡Si tú quisieras! insistió Lencho (?ada vez 
más almibarado. 

— ¿Será posible tanto amor, Chato'^ preguntó ella, remilgándose; y dígame, 
¿ya no se recuerda de Yitaha, la de la calle de Fartorki, la que se retrató con el 
hábito^! 

— ¡3íe tiró con el perro! exclamó Ijencho, dando un taconazo. 

—Mientras usted no se rectifique de ese compromiso, no me desbarate más 
los sentidos; dijo con acento firme Guayaba-blanm. 

Un nuevo incidente del danzón (jue se bailaba, cortó el amoroso coloquio. 

— ¡Extiéndete verdolaga! se oyó decir de pronto á una de las bailadoras; 
¡Ábrete, serpenton! ¡Sop)la, cornetin! 

— Arrejxira, dijo uno de los mirones al que tenia al lado; ese sandungueito 
á lo Luis Quince, es de lo de no hay más allci. 

— Eso está como mono, contestó el otro. 

— ¡Qué bien le diste á la pelota! digéronle á un mulatico, cuya compañera 
se había sentiido por habérsele torcido un pié. 

— Yo siempre estoy con el bate; respondió el susodicho. 

— Te portas, inglés. 

— (bmo (luien soy, Sancadilla. 

A vueltas de tales dicharachos, promovíase de vez en cuando una disputa- 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



entre dos ])aila(l()i'es, (|ue si bien no tenia eonseenencias, solía interrnnipir el 
baile; pero Le(tea(lia, interviniendo, eortaba al punto el lütereado y proseguía 
lueiio el danzón, con mayor embriaí>-uez y entusiasmo. 

Juanilla, (|ue ja no baílal)a, iba constantemente á la cocina, en la que 
residía para ella el foco del |)lacer, y so pretexto de cerciorarse de si estaban 
bien sazonados los guisos, pues se la daba de gran cocinera, engullía allí á sus 
anchas cuanto (|uería, retornando en seguida al comedor, en donde apuraba 
copas y más copas de licor, para confortarse el delicado estómago, según decía. 

1 dejemos ([ue siga h jaranita y yeánios lo que ocurría mientras tanto en 
otra parte, relacionado con nuestro asunto. 

A(juel individuo que liabia revelado al tío la travesura de su digno sobrino, 
no hallándose aún satisfecho en su venganza, así que se hul)0 enterado de que 
Gerardo hal)ia roto con Leocadia, pues como no cesaba de rondar la casa de la 
mulata, hallábase al cabo de cuanto en ella sucedía, trató de avistarse de nuevo 
con el amigo, para ^^er el cariz que presentaba el negocio. 

No fué poca la satisfacción (jue experimentó, cuando Gerardo que tenia 
con el gran confianza, le refirió entre colérico y desesperado la nueva hazaña de 
su pariente. 

— ¿C()mo ha sido eso? preguntó disimulando á duras penas su alegría, 
nuestro hombre. 

— Figúrate, ({ue necesitando ver esta mañana al amigo de que te hablo, 
ya al irme, aludió á los mil pesos que me había enviado. Puedes calcular mi 
extra ñeza. 

— ¡Pobre Gerardo, qué sobrinito tienes! 

— Es un bandido. Dadas todas las explicaciones por dicho sujeto, el cual 
no conoce á Camilo, comprendí en el acto (^ue éste era el ladrón, y callé de 
vergüenza y de miedo, aunque me comprometí á devolver la cantidad. Quisiera, 
pues, saber donde se halla en este momento el miseral)le, para acogotarlo. 
¿Estará en casa de esa perversa? 

— No lo creo, porque al atravesar yo el Parcjue, hace pocos instantes, he 
^isto á Leocadia en un coche, en dirección á la calle del Obispo; contestó el muy 
solapado, mintiendo descaradamente. 

Con cualquier motivo, abrevie) la visita, y corriendo á su casa, escribió un 
anónimo al amigo de Gerardo, diciéndole dónde ]iodia ser atrapado á aquella 
hora, el autor del robo de los mil pesos. 

Salió de nuevo á la calle y ya junto á la casa en que aquel vivía, á un 
muchacho que pasaba, púsole en la mano un billete de á peso y la carta, para 
que entrase y la entregara al portero. 

El que recibió el ancniimo, creyendo prestar un verdadero servicio 
á Gerardo, di(') el parte sobre la marcha ;í la Policía, uno de cuyos 
funcionarios, seguido de la pareja de Orden Público consiguiente, llegó 
una hora más tarde á casa de Leocadia, cuando la jaranita estaba en todo su 
apogeo. 

Puede figurarse el lector lo que allí ocurriría. Canúlo en el acto fué preso 



39 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



y la reunión por de contado disiielta, en medio del soljresalto y la alarma que 
es de suponerse se apoderaría de toda aquella alborotada gente. 

Cuando Leocadia se (|uedó sola con Juanilla, pareció que se ^ olvía loca. 
Lloró, pateó, se revolcó é hizo tales demostraciones, que su estado llegó á 
inspirar serios temores á su compañera. 

A los ocho dias, sin embargo, estaba de tal manera consolada, que nadie 
hubiera podido sospechar lo que por ella habia pasado. 

Baste dech-, que un nuevo protector, hombre de posibles, se habia 
encargado de reponerle todas sus prendas y alhajas, dejadas en la casa de 
empeño; y que cuando salía á la calle, llevaba ese aire tan satisfecho y ese 
semblante tan provocativo, con que la representa el hábil y siempre inspirado 
Landaluze. 

Francisco de Paula Gelabert. 



40 











TIPOS Y OOSTl IM RR P*^ 


• 




1 



ARTÍCULO DE OTROS TIEMPOS. 



MATILDE Ó LOS BANDIDOS DE LA ISLA DE CUBA 



I. 



«Las almas de los justos están en la mano del Señor 
y no les tocará tormento de muerte. » 

La Sabiduría. 

En los tiempos en que gobernaba el Sr. Marqués de la Torre, dos jóvenes 
recien casados salieron de la Iglesia Mayor con la risa en los labios y el gozo en 
los corazones: el eco de las palal)ras solennies del sacerdote resonaba en sus 
oidos, cuando sentados en una magnífica calesa ricamente paramentada con grandes 
medallones, tachuelas y botones de latón dorado, damasco carmesí y flecos de 
seda, tomaron la dirección de extramuros, pues iban al valle encantador de Güines, 
en donde tenía su padre una hacienda. — Era el calesero que montaba una de las 
vigorosas muías de la pareja, hermano de leche del joven, por hal^er sido su madre, 
y escla\'a de la finca, la nodriza ó criandera del niño, que niño seguúía llamándose 
aún cuando ftiese abuelo. El calesero chasqueaba su cuarta con puño de plata, 
y sus enormes espuelas, á las que daba más vigor el peso de las más enormes botas 
de calesero, caian sin piedad sol)re la callada l)éstia á menudo, para ahgerar el 
paso: terciaba el confianzudo negro en los diálogos de los esposos tranc^uilizándose 
recíprocamente sobre el ningún peligro del camino. A buena cuenta su machete 
de cinta defendería á los niños. 

La severa actitud del ilustre Jefe tenía á raya á los bandidos, llamados 
salteadores que antes interceptaban los caminos, y lo hicieron después que se fué : 
fueron impunes sus dehtos, pues como decian los ^^ejos, ya empezaba á corromperse 
nuestra sociedad naciente: si la impunidad daba bríos al criminal, con el Sr. 
Marqués la cosa fué muy distinta. 

No había resonado en aquellos días el funesto silbo de los bandoleros en los 
espesos bosques, bra^dos matorrales y maniguas en que se encerraban los caminos 



41 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



de Cuba. Las cruces que aparecíau de trecho en trecho, por la piedad de los 
fieles fijas en las esbeltas palmas, recogían de los vivos los sufragios por las 
ánimas en a(piellos lugares que visitó la nmerte, y hacía tiempo que no se oía el 
mal ao'orero ruido del raudo trabuco, ni turbaba á las aves en sus nidos y 
amorosos cánticos. 

En ese bonanci])le tiempo iba la venturosa pareja de recien casados 
entretenida en deliciosos coloquios de fiíturos planes; y los rayos calurosos del 
sol de Julio ciuebraban su vigor, cayendo verticales en las verdes hojas y espesa 
trama de los bejucos. 

— Fernando, ya somos nuestros! decía Matilde, y sus lánguidos y rasgados 
ojos, lánguidos de felicidad, se fijaban en su esposo con aquella ternura que crea 
mundos de ilusión, que calienta nuestro pecho cuando amamos; aquella fehcidad 
que embarga la voz y arrebata los sentidos: oh! si siempre se amase así!; si el 
hombre no hubiera nacido para llorar! 

Oscurecióse la atmósfera un si es no es al principio, y luego creció de punto 
la lo])reguez hasta la oscmidad casi completa. Cosa era muy común en esos 
meses. Matilde se estremecía al ruido de los ti-uenos. Fernando temblaba por 
Matilde, (|ue nunca había estado en el campo, y decía: 

— ¡Qué horror, qué horror. . . . estos árboles, estas tinieblas! 

Suspiraba la asustada beldad y callaba. En las cercanías del rio de la Chorrera 
existe un pequeño valle cercado de montañas pedregosas, entonces cul)ierto de 
añosos árboles, de breñas y arrecifes incómodos al viajero: por medio de este valle 
cruza el rústico camino por donde habían de pasar nuestros viajeros. Cuando se 
entraba en él se creía uno separado de los demás vivientes. 

Este lugar ha sido célebre hasta nuestros días, y en él tuvieron fin las hazañas 
del famoso bandido Moreno^ en los últimos años: los habaneros conocerán que 
hablamos de los Montes de Cristo. 

— El cielo nos amenaza, dulce esposo, exclamó como inspirada Matilde. 

— No; no, amada mía, el cielo amenaza á los malvados, y el cammo está 
libre de ladrones. 

II. 

Dejóse sentir tropel de viajeros con estrepitoso ruido por el lado de la llanura 
á la izquierda; Matilde se unió á su esposo como se arrima á la madre el corderillo 
perseguido de los perros. Pronto se vieron cercados de bandidos. 

— Cuanto tengo es vuestro: no toquéis á esta mujer, dijo Fernando saltando 
del carruaje. 

— De todo se tratará, dijo con sardónica sonrisa el trigueño guajiro capitán 
de la partida. - 

Penetróse Fernando en mala parte del sentido de estas palabras: ¿iba á 
presenciar su infamia sin poder defenderse? Fué maniatado y puesto fuera de 
combate. Uno de sus criados se había quedado atrás y saltó del caballo, creyendo 



42 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



estar así más expedito para Iniir, sin lograrlo. ¡Considérese la sitnacion de la 
atri])nlada esposa! 

Compuesta la })arti(la de gente de varias castas y proAÍncias que recogía el 
presidio de la Habana, contrastaban las huellas de pintarrajado traje andaluz y 
su abundancia de botoncillos, con las sucias maneras y frazada del sucio 
guachinango; contrastal^a la atiplada voz de éste con la estent()rea del capitán. 
Matilde se habia desmayado en el carruaje. 

Los codiciosos dedos de los salteadores registraron á pasajeros y carrua.je: 
el fiel criado de Fernando yacía á sus pies, maltratado por su caida del cal^allo ; 
y el calesero fué pacificamente desarmado y atado á la rueda del carruaje y 
sostenía las riendas de las muías en las manos con harto cuidado para no ser 
arrastrado. 

Concluido el registro se acercó el andaluz al carruaje y tomó en brazos á 
la desmayada Matilde. Fernando hizo un esfuerzo por soltar sus hgaduras con 
impotente rabia. — El acartonado y oscuro capitán reclamó la prisionera. El 
andaluz lo miró con desden, diciendo maliciosamente: "pesa la niña como si fuera 
de plata, voto á . . . . " 

— San Dimas nos favorezca, el patrono de nuestro oficio como buen ladrón; 
lícito es robar, dijo el guachinango, pero ¡votar! no; señor amo, dii'igiéndose al 
jefe, contened al compañero; preciso que lo castiguéis; ¡que insubordinación con 
cii'cunstancia agravante, disputar vuestro derecho con blasfemia! 

— Yale mucha plata! El demonio me lleve si me la quita: y sus ojos 
l)rillaron, negros y encendidos con la luz del infierno. 

— ¿Que el demonio se lo lleve? ¡Víi-gen de Guadalupe! exclamó el 
guachinango. 

— Yáyase á rezar con todo el Infierno, asqueroso bicho; le dijo sentándole 
un atinado puntapié un guajiro rechoncho y patilludo que detrás de él estaba. 

— ¡Dios le perdone la ofensa contra el prójimo, pues yo le perdono, incapaz 
de matar una pulga! 

III. 

Cuando todo lo narrado estal)a pasando en el montecito ó camino de los 
Ifontes de Cristo^ un caballo enjaezado entró corriendo escotero en el ^ ecino 
pueblo del Calvario. Ya hacia tiempo que esto no sucecha, si l)ien antes era 
frecuente. Las órdenes del Marqués Gobernador eran perentorias; el caballo 
conocido en el pue))lo, porque era el que montal^a I). Fernando. Los vecinos 
dieron en el momento en el lugar de las sospechas. 

Al llegar al punto á que se dirigieron se reahzal)a allí una sangrienta 
escena. Durante que nos hemos apartado del lugar de la tragedia subió de 
punto la enemiga de los bandidos. El cadáver ensangrentado del Jefe yacía 
tendido á los pies del feo guachinango, que vibraba un puñal (jue manchó con su 
sangre, y lucían radiando de siniestro brillo sus pequeños y hondos ojos, como 



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TIPOS Y COSTUMBRES. ! 



de un gato montes. Y ciertamente parecía una asquerosa hiena contemplando 
el sucio alimento de que se nutre: aquel místico continente del que no podia 
matar una pulga enseñaba unos larguísimos y descompuestos dientes, como 
los garfios de un cirujano .... el que quería castigasen al andaluz se entretenía 
en hincar con su puñal el cuerpo mortecmo de su antiguo amo, y su mano 
goteaba la saugre del salteador. 

Alfonso, el favorecido por el asesmato del Capitán, no prolongó mucho 
tiempo sus ihisorias esperanzas, como se ha visto. Entre las maldiciones del 
moribundo y la natural sorpresa de los demás fué (|ue se apareció el guachinango 
vibrando el puñal, que había tenido en la vaina mientras atendía el resultado 
escondido entre la, manigua^ de donde sahó al caer herido su capataz. 

Fernando y Matilde, atados á los árboles en el suelo, esperal^an tristes, ó 
halagados con esperanzas, el desenlace de la riña: ya las perdían en el momento 
en que se dirigía Alfonso á desatar una de las víctimas, cuando se presentaron 
los vecinos del Calvario. 

— ¡Gracias á Dios! exclamaron ante los libertadores los viajeros. — El cielo 
no abandona á los buenos, agregó Fernando. 

— ¡Loado sea el Señor, que me saca de cautiverio! dijo el guachinango, 
arrojando lejos el puñal y limpiándose las manos. ¡Loado sea el Señor, que me 
saca del cautiverio! 

Poca resistencia ofrecieron los sorprendidos salteadores, que fueron llevados á 
la Fuer7M^ como estaba prevenido. Licorporáronse los viajeros á sus salvadores y 
se volvieron á la ciudad, y al entraren su morada i'epetia Fernando: "las almas 
de los justos están en la mano del Señor y no les tocará tormento de muerte." 

W. 

Así concluyó esta vez uno de los lances de los caminos de Cuba que no 
siempre fueron felices para los viajeros. Los curiosos deben adivinar el fin, pues 
gobernaba un jefe integérrimo: el rigor de las leyes cayó sobre los bandidos, y 
el dia de su ejecución se enlutaron los sensibles corazones, aun de los mismos 
agrandados: las cabezas se colocaron en jaulas en los parajes públicos, que así 
lo exigía la necesidad del escarmiento; pero es fama que nadie sintió pena á la 
muerte del Cuasimodo de la partida, (jue se llevó al sepulcro el desprecio de 
todos y las maldiciones de sus cómplices; que si se disimulan los vicios en 
condiciones dadas, jamás se compadecen los hipócritas. 

(1836) A. Bachiller y Morales. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 




EL BOMBERO DEL COMERCIO. 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL BOMBERO DEL COMERCIO. 



El bomliero, como el médico y el sacerdote, no tiene una hora suya ; todos 
sus instantes ])ertenecen á la humanidad. 

Cuando la voz de alarma, corriendo por entre la red de hilos telegráficos, 
va de una en otra estación anunciando (|ue el fuego, terrible y destructor elemento, 
prendió en la población y que se ceba furioso, amenazando la vida é intereses 
de los hal)itantes; cuando las campanas de las iglesias con lúgubre tañer, los 
sillxitos de la policía y el agudo y estridente toque del clariu anuncian el 
siniestro, todo lo al)andona el boml)ero; padres, hijos, esposa, amigos, amada, 
intereses, todo cuanto hay de grande y (pierido en la tierra, por acudir, en 
cumphmiento de un delícr sagrado, á salvar la ^'ida y hacienda de sus semejantes. 

La historia de la humanidad presenta en sus páginas rasgos soberbios de 
abnegación y de valor; caracteres y tipos que sirven de modelos imperecederos 
á las oeneraciones, v cuadros de sublime belleza, donde los hombres estudian 
las excelencias del amor al prójimo ; sin que esos cuadros , esos caracteres, esos 
rasgos, amengüen por un instante, el tipo hermoso, la grandeza majestuosa del 
bombero. 

Y lo que en general decimos de éste, al presentarlo como sahador de 
haciendas y vidas de sus hermanos, en lucha constante con el ftiego, tenemos 
que particularizarlo hoy, haciendo destacarse todas las bellezas del cuadro al 
ocuparnos del Bombero del Comercio, para presentarlo como tipo que por su 
mayor grandiosidad y hermosura, ha de contrastar con muchos que en esta 
galería afean las costumbres de un pueblo culto é ilustrado. 

En el mundo todo es contraste: al lado de lo ])ello y de lo bueno, al lado 
de la alearía v de la vida, ha de colocarse lo feo v lo malo, el dolor v la muerte, 
para que aquellos puedan apreciarse en todo su valer. 

¿Qué nmcho, j)ues, que en donde se presentan para anatematizarlas, figuras 
tan bajas y repugnantes como el ñañigo, el (jwrupíé, el mascaimlrio, se grabe 
para ensalzarla, una que, como el Bombero del Comercio, honra á todo un 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



piie])lo, Y servir puede como modelo acabado de valor, abnegación, honmdez y 
civismo? 

¿Qué mucho, que al lado de los que denigran á su país se eleve el (jue lo 

honra? 

El Bombero del Comercio, nacido en la Habana al calor de una idea 
generosa, si no obtuvo al principio toda la elevación á (pie era digno por su 
grandeza, ha suicido á altura bastante ya en la opinión pública, y pronto 
esperamos verlo en el ])unto culminante de toda su significación moral y material, 
aunque para la última tan débil ayuda haya encontrado aún entre aquellos poi' 
quienes siempre está dispuesto á sacrificar hasta la vida. 

Hijos del trabajo, acomodados casi todos por su posición, abandonan sin 
vacilar ésta y aquel, cuando sus hermanos necesitan de su potente apoyo ; y es 
de verlos valientes y decididos, orgullosos con el cumplimiento de un sagrado 
deber, vestir con arrogancia el pantalón y la chaqueta de fi-anela, calzarse las 
anchas botas, ceñirse el cinturon, y cubriendo la altiva cabeza con el tosco y 
duro casco de suela, correr presurosos á luchar de ñ-ente y sin cejar nunca, 
contra el elemento terrible, que amenaza llenar de luto y desolación á una 
familia, á un pueblo acaso. 

Figuróme entonces en noche de horrores al bombero, arrancarse de los 
brazos de una esposa ó de una madre, besando enternecido las rubias cabecitas 
de sus hijos, y abandonarlos á su desesperación, sin atender á las lágrimas de 
aquellas, á los gritos de éstos, para correr al lado de sus compañeros, que 
dispuestos se hallan á dar la terrible batalla. 

Figuróme ya en ella, verlo en puesto de mayor peligro, impávido y sereno, 
con el pitón en la mano, oponer á un elemento otro elemento, ó escalar con 
pulso seguro y piernas firmes el edificio que las llanPcS muerden rabiosas, ó 
deslizarse como una sombra por en medio de éstas para correr en ayuda de un 
compañero, para sahar á un hermano; y entonces mi pluma, impotente á 
describú- escenas tan sul^limes, rasgos de tíil magnitud, salta de mi mano, y 
arrepiéntome mil veces del compromiso que me impuse, cuando me faltan 
fuerzas y talento para cumplirlo. 

Empero, la buena voluntad (pie me anima, y el deseo de que resalte con 
todos sus detalles esa figura del Bombero del Comercio, si no indígena nuestra, 
acogida con avidez por nosotros, y acomodada con ventaja á nuestro carácter 
entusiasta y dúctil á todo lo bello, á todo lo grande, á lo sobrenatural y riesgoso, 
me dará el aliento de que carezco, y aún cuando el retrato no sea digno por 
completo del original, hay rasgos en él, que con sólo apuntarlos se demuestra 
la belleza hicontrastable del conjunto. 

Algunos años hace, acaso diez y ocho, (pie por primera vez oí hablar de 
Bomberos del Comercio en Cuba, y aún tuve el gusto de verlos en Cárdenas, 
que fué, si no me equivoco, en donde primero se establecieron, casi á la vez que 
en Matanzas, y en donde á las (kdenes del Sr. Carrerií y teniendo poi- segundo 
jefe á un amigo querido, José García Angarica, hoy en mundo mejor, grandes 
y muy buenos servicios prestaron á la causa de la humanidad. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



Mucho después, y siu que pueda precisar la feclia, brotó en la Habana la 
idea de su forniacion, y desde ent(')nces no ha hal)ido un siniestro en que el 
benemérito (\ierpo no haya alcanzado el aplauso unánime de un pueblo, (|ue ha 
visto en ('1 una de las instituciones que más le honran y enaltecen. 

Un l)omber() conozco yo, dependiente de rica casa de comercio, casado y 
con hijos, ocho por más señas, á (piien jk^cos ganarán en decisión y amor al 
C'uerpo. 

Jefe de una de las brigadas de pitones y salvamento, ninguno es más 
diestro que él en el manejo de la manguera, y ninguno, al apoderarse del pitón, 
sabe mantener con más fijeza el chorro y atacar con más ciencia á las llamas, 
siempre por los ángulos, y dominando, naturalmente, dos fi-entes. 

Ninguno como él comprende la necesidad de tener plena confianza en sus 
íácultades físicas para a])reciar y arrostrar el pehgro con serenidad; y alegra el 
ánimo verlo en su casa, después de concluido su trabajo, rodeado de sus hijos y 
su esposa, que rien como locos, mover los brazos en todos sentidos para 
aumentar la ñierza y la elasticidad de sus articulacií)nes; levantar pesos y 
arrojarlos lejos de sí; doblarse sobre las corvas y levantarse con precipitación; 
saltar; subir y bajar por una cuerda, lisa ó con nudos; por una escalera vertical 
ó inclinada, ya de cuerdas ó de madera; pasar por encima de una viga tendida 
con un cubo lleno de agua, y salvar obstáculos de todas clases, valiéndose de 
una percha á estilo de los pasiegos, cuando al hombro el contrabando, huyen 
entre barrancas y precipicios de los incansables carabineros. 

Y estos ejercicios, que á guisa de aprendiz de volatín hace uno y otro dia 
en el traspatio de su casa, dando pasto á la alegría de su prole, que al imitarlo 
gana en robustez y crecimiento físicos, sirviéronle en apurada situación no sólo 
para sahar su vida, sino para arrancar de los brazos de la nmerte á una madre 
y su hijo. 

En noche tormentosa cebábanse las llamas en un alto edificio, sill)ando 
como serpientes desatadas, y corriendo con furia terrible al impulso de un viento 
poderoso que las azotaba con incansable tenacidad. 

Mordiendo á su paso cuanto se les oponía, con siniestro chisporrotear 
demostraban la rabia de que estaban poseídas; y entrando unas veces, saliendo 
otras, por puertas y ventanas que crujían atormentadas, elevábanse al fin con 
ñierza poderosa, en medio de negra nube preñada de horrores. 

A los primeros toques de alarma corrieron los bomberos al distrito señalado, 
y allí, reunidos en brigadas como lo ordena el Reglamento, atacaron con la 
fuerza y decisión que ellos acostumlnan al elemento destructor. 

En vano fueron los esfíierzos de valor y arte de que se hizo uso para 
estorbar el incremento de tan terrible incendio; en vano las bombas con potente 
empuje arrojaron contra el edificio incendiado contímios chorros de agua; en 
vano los obreros, manejando incansables el liaclia y el |)íco, derribaban tal)i(|ues 
y puertas y paredes para detener al fuego en su marcha prepotente; en vano las 
brigadas de salvamento arrojaban por los balcones to(h) lo (|ue pudiera serWr 
de pasto á las rabiosas llamas; las maderas crujían; los techos caían con aterrador 



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TIPOS y COSTUMBRES. 



estrepito, y el ioeeiidio, toinaiido cada vez mayor íiierza, incremento mayor, se 
hacía dueño del ediñcio, amenazando destruirlo por completo. 

Los Brigadas, atentos á la voz del" Jefe, que como un general en el cami)o 
de batalla daba impávido sus (kdenes, connmica1)an éstas á sus segundos, (|ue á 
la vez las trasmitían á los bomberos, (juiénes, dóciles en la obediencia y serenos 
ante el peligro, maniobral)an en silencio y con el entusiasmo y ardor que 
conumica el cumplimiento de un del)er sagrado. 

De pronto una voz aguda y desgarradora, soln-eponiéndose á todas las 
voces, á todos los ruidos, se alzó en el espacio, y A'ióse en uno de los balcones 
de la casa incendiada, circuida de llamas y envuelta en humo tan negro como 
espeso y sofocante, á una nmjer, suelto el cabello, las ropas desgarradas, 
y que con un niño pequeñuelo y bellísimo en los l)razos, pedia con el acento de 
ia desesperación, desesperación de una madre, un socorro iinnediato, siquiera 
para su hijo. 

Nuestro Brigada, que en aquel instante corría á gatas })or las habitaciones 
llenas de humo, l)uscando la capa de aire respirable (|ue hay siempre á flor del 
suelo, é ideando la manera de al^andonar a(fuel inmenso horno, á donde había 
entrado con ansias de salvar, y en donde era imposible ya permanecer por más 
tiempo sin riesgo inminente de perder la vida, vida (|ue pertenecía <i una esposa 
adorada, á ocho ])edazos de su alma, llegó al l)alcon en los momentos en (pie 
aíjuella nuijer, aípiella madre de dolor, pedía á sus semt^antes un auxilio casi 
imposil^le, y elevaba á Dios sus ojos desencajados. 

Un grito de esperanza resonó entre los espectadores, que en angustioso 
silencio contemplaban la desesperación de atpiella p()l)re mujer, cuando saliendo 
casi de entre las llamas, apareció en el l)alcon, á su lado, nuestro intrépido 
Bridada. 

La madre cayó de rodillas á sus pies; pero éste, alzándola presuroso: 

— ¡Fensemos en salvarnos! exclamó. 

— ¡Salvarnos!. . . . ¿Y cómo? 

— Yo os bajaré, señora, y subiré en seguida á buscar al niño. 

— ¡Nunca! gritó aquella pobre madre. ¡Nunca! ¡Salvadlo á él! 

No había tiempo que perder. 

Las llamas asomaban yn, por el hueco de la puerta, lamiendo insidiosas las 
maderas de ésta, y era imposíl)le resistir por más tiempo el calor que despedían. 

El bombero desató en silencio la escala de cuerdas que llevaba al hombro 
enredada en bandolera, ató con fuerza uno de sus extremos á los hierros del 
balcón y tiró la escala, que quedó flotando en el espacio hasta medía vara del 
piso de la calle. 

Mil personas corrieron á sujetar el extremo pendiente. 

Entonces, aquel hombre extraordinario arranco al niño de los brazos de su 
madre, quien cayó sin sentido en el suelo, y bajando rápidamente por la escala 
con su preciosa carga en brazos, la depositó bien pronto en los de todo un 
puel)lo (|ue le esperaba al)ajo. 

Ligero, y sin detenerse un instante á pensar en lo (pie hacia, subió de 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



nuevo ;í donde estaba la mujer desvanecida; atole con las ])untas del pañuelo 
cada una de sus muñecas, tom(')la en sus brazos, y pasando la cabeza por el 
lazo (pie formaba aquel y el pecho de ella, empez(') á bajar ])aso á paso y 
colgando de su ro))usto cuello por las manos atadas, el cuerpo inanimado de la 
|)obre madre. 

Un silencio de nnierte reinaba en torno; pero cuando el puel)lo asustado 
recibió en brazos á la mujer y ñ su salvador, im gi'ito de júbilo, grande, 
atronador, inmenso, resonó en el espacio. 

El Bombero no pudo apenas oirlo, jiorque al librarlo de su carga cayó 
desvanecido y como privado de la vida. 

Cuando volvió en sí, una mujer, una madre, de rodillas á su lado, alzaba 
á Dios sus preces íer\'orosas, y un pe(pieñuelo, l)ello como un ángel, le tendia 
sus manecitas. 

Pensó entonces en sus hijos, pensó en su esposa, madre como a(|uella 
tanil)ien, y se sintió orgulloso de haber cumi)lido con su deber. 

El relato que os he hecho, lectores queridos, el ti])o (]ue os he b()S(|uejado 
en un Brigada imaginario, pueden ajustarse á los Bomberos todos. 

La heroica acción c[ue habéis presenciado, lo mismo la ejecutan desde el 
Jefe al último de esos vahentes que forman tan benemérito Cuerpo; y el tipo es 
común á cualquiera de ellos. 

Este último, sin embargo, presenta á veces algunas diferencias que es 
preciso notar. 

No siempre es el Bombero un hombre á quien s(')lo ocupan el tral)ajo y las 
dulzuras del boiiar doméstico. 

Fácil es ver en ese Cuerpo á jóvenes, que sin más ideales en su temprana 
edad que los placeres lirindados por el nnmdo á la juventud, saben ohidar 
éstos, cuando el deber los llama; y dejando á un lado el baile y sus goces, el 
teatro, el café y hasta la novia, si la tienen, tiran el charolado /iipato, el correcto 
y atildado /?ís , por vestir el uniforme, y deshacen sin considei'acion las 
coquetuelas mnrJn'fds ]iara ])onerse el casco, que en ellos simboliza un hombi'e 
de corazón. 

Otros son incansables obreros que ])idiend() al trabajo cor})oral durante el 
dia el pan que han de llevar á sus fannlias, oh idan el cansancio que los abruma 
por correr á cualquiei" hora, en ayuda de sus hermanos. 

Todos son , en fín , miembros valiosos de una sociedad (pie del)e 
enorgullecerse de contarlos en su seno, y gozar sin término al presentarlos 
como un modelo de abnegación y valor, digno de todo respeto. 

El placer, la fortuna, los honores, pasan por la tierra con la prisa (|ue nos 
visita la felicidad. El bien (pie hacemos á un semejante, además del goce (jue 
])roporciona ;i quien lo hace, nunca se pierde entre los hombres; y si por una 
aberración inconcebible no halla eco en el corazón humano, siempre resuena en 
el cielo, alegrando los alcázares del Señor. 

En este sentido, el Bombero nada tiene ([iie envidiar á los (pie más s(^ 
sacriñcan por sus hermanos: sin aspiraciones de reconi])ensas en cpie no se fijan 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



principalmente, y que en último caso se reduciria á cambiar el negro cinturon 
por uno blanco, como signo distintivo, su principal objeto se cifra en luchar 
frente á frente con un elemento que, al desencadenar su furia, tantos males 
ocasiona. 

Celebremos, pues, esa abnegación sin límites, y al presentar al Bombero del 
Comercio como uno de los tipos que más honran á la sociedad en que vi\imos, 
hagamos votos porque al imitarlo, desaparezcan de entre nosotros los que, 
contraste manifiesto del que acabamos de bosquejar débilmente, degradan 
nuestras costumbres, y nos rebajan á los ojos de la civilización. 



Fernando Urzais. 



(Habana 7 de Febrero 1881.) 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



UNA OUE ME CONOCIÓ CHIOUITO. 



Distmido y preocupado iba yo hace pocas mañanas, no sé por qué calle, 
revolviendo en la imaginación diversos asuntos de artículos de costumbres, porcjue 
se me venia encima el domingo y aun no tenia tema escogido, cuando sentí que 
me llamaban. 

— ¡Eh, eli! ¡Alto ahí, cimarrón, desjíegadoj que no conoces á la gente y te 
pasas por aquí sin dar siquiera los buenos dias!. ... Sí, sí, contigo es la cosa, 
espejuelitos; no te azores tanto, que yo no me como á nadie. . . . ¡Ay! ¿Juaiúa 
te estás ahí clavado, sin ^enir á darme un abraso y un he . . . .? No, tú no 
querrás ya besar á una vieja, revieja, como yo. ¿Verdad? .... ¡Já, já! hombre, 
¿qué es eso? ¿no caes? Yo soy Tera .... ¿ya te acuerdas, bribonazo? .... A la 
fuerza. . . . Una que te conocié) chif^uito, que te ha cargado un millón de veces, 
que te hacia cos(juilllas y te guardaba rosquitas de cativia y galleticas de dulce .... 
¡Qué tragón eras! por eso siempre estabas con dolor de barriga .... 

— ¿Quién me mandaría á mí pasar por aquí? pensaba yo, principiando á 
sudar del susto; ¿cómo evitar el coni})r()miso si esta vieja escandalosa es capaz 
de echar á correr en mi seguimiento, si ve (|ue escurro el bulto? 

— Ven acá, gran tunante^ díjome Tera. en cuanto me tuvo á su alcance; y 
casi de un sopapo me quitó el sombrero, y rodeándome con su brazo, me llevó 
á rastras hasta los sillones. Creí (jue iba á sentarme en sus piernas. 

— ¡Qué variado estás, muchacho, continuó diciéndome; con esa l)arba, esos 
perros bigotes y esos espejuelos de oro y to cuento! ¡Digo, yo que te conocí 
tamañito, encontrarte de repente así! ¡Lo que son los años, hijo! .... 

— Sí, lo aplastan á uno, dije, por no quedarme callado. 

— ¿Qué si lo aplastan? ¿Tú no me ves á mí? Estoy vieja, arrugada.... 
Yo ({ue tenia unas carnes tan duras, verme ahora con estas masas flojas, 
colgándome de los brazos como bolsas de peluquero. ¡Parece mentira lo que una 



) 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



cambia con el tiempo ....! Pero tú estás bien.... ¿Y qué es de tu vida, 
hombre? A ver, cuéntame. 

— ¿Qué quiere usted (|ue le diga? .... 

— Deja, espérate; si no me canso de mirai'te: hasta la voz la has mudado. . .! 
Y el pelo se te está cayendo; ¡(^ué clarucha tienes ya la güira^ compadre! 

Y al decir esto, me pasaba y repasaba la mano por la cabeza, restregándome 
el cogote y hasta arañándome con las uñas, por lo que de allí á poco empezó á 
ai'derme el pescuezo de tanto frofánnelo. 

— ¡Ea, estáte quieto, déjame acariciarte! díjome la vieja al ver que yo me 
hacía atrás; mira que yo puedo ser tu madre y tienes que aguantar mis majaderías, 
las que después de todo, no son más que pruebas de cariño, torombolo, como te 
decía yo endenantes. 

— ¿Pero cómo se acuerda usted de mí, desjnies de tantos años, doña Teraf 
Por mi parte, no tengo el gusto de recordar absolutamente nada de lo que usted 
me dice. 

¡Anjci! ¿Ahora salimos con eso? ¿lV)n (pié tú no te acuerdas de cuando 
pasabas todos los días por mi casa al ir á la escuela? ¡Si me parece estarte 
Adeudo con tus pantaloncitos de traba y tú cachuchita, a(/arrado de la mano de 
aquel sordaof . . . . ¿como se llamal)a? B rute ron. . . . Tiburón. . . . no sé, una 
cosa acabada en on. 

— Buiteron .... era el asistente. 

— Eso es ... . tu })adre era militronche. Y tú, ¿no has seguido la carrera? 

— No, soy empleado 

— ¡Ah! ¿empleado en la policía? 

— No, de Hacienda. 

— ¡Ay, qué bueno! ¿tú estás en el campo? ¿eres montuno? ¡Yo bien decía! 
Me alegro, hombre, que estés en una hacienda; con eso me mandarás un puerciuito 
y algunas viandas, y si quieres, también im poco de tasajo ahumado. 

— Pero si no es eso, doña Tera; trabajo en una oficina y. . . . 

— ¡Ah! ¡en u. . . na. . . qfi. . . ci. . .na! exclamó la vieja, acentuando cada 
sílaba, y echándose á reír estúpidamente. 

— ¿Por qué se ríe usted? })regunté medio amoscado. 

— Por nada, hijito, ¡ já, já, já! y yo que creia que estabas colocado en una 
hacienda de ganado, salimos ahora con que .... Vamos, no te céichornes, ya te 
he dicho que yo puedo ser tu madre y quiero chirigotearme contigo .... 

En esto se oyó una voz de mujer que cantaba en el patio: 

''Vi bajar una veguera, 

De Cuba, por la sabana. 

De Cubáj por la sabana . . . . " 

— Es una inquilina m^a, díjome doña Tera; tengo algunos cuartos alquilados, 
porque hay que buscarse la vida de cualquier modo. Eso sí, toda es gente muy 
tranquila. Ahora verás á la que canta. — -¡Edelmira! ¡Edelmira! gritó doña Tera. 

— ¡Vá! contestó la cantante, interrumpiéndose. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



— No te fii>,iires que es caahjuler rosa, ()l)ser\'<) la vieja; tiene unos ojos y 
una boca y una cinturita y un. . . . .Vquí vienen algunos que se (juedan bizcos 
ante la nuicliacha. Hasta hay un A'iejo, (jue se le cae la baba en cuanto la vé y 
el cual se está las horas enteras conteni})l;in(lola como un liendito; pero ella dice 
{|ue él es un culecon, y se burla en las mismas narices del vejentorio^ de tan 
constante empeño. 

— ¿Con qué es ])onita, eh? dije yo; pues llámela otra vez, doña Teva; añadí, 
deseoso de ver sicpiieiu una cara recular, allí donde hacia media hora ([ue no 
fijaba la ^ista sino en la de la ^ieja que me tenia en sus garras. 

— ¡Edelmira, muchacha, ^'en acá, poUandona, (pie aquí te (piieren conocer! 

— Yoy, que me estoy rarsando los za])atos, contest(') Edelmira desde dentro. 

De allí á poco se presentó la inquilina de doña Tera^ sonriéndose y 
contoneándose. 

— A los pies de usted, díjome; y se sentó frente á mí en un mecedor, el (pie 
empezó á balancear fuertemente. 

— No me había engañado usted, doña Tera, principié yo; esta señorita es 
encantadora. 

— Favor que usted me hace, saltó Edelmira, cruzando la pierna y dando 
nuevo im])ulso al sillón. 

— Mira, no te fies de éste, advirtió doña Tera; ahí donde lo ves, ya se ha 
enamorado de tí. 

— Dos trabajos tiene, contestó Edelmira con la mayor franqueza; yo no me 
dejo enamorar tan así, así; además, tpie ya la plaza está ocupada. 

— ¿Y ({uién es el dichoso mortal? pregunté yo. 

— ¡Adiós, qué curioso es el hombre! Tamos, d(?jese de bromas pesadas, y 
déme un cigarro. ¿Usted no cimpa? 

— Fumo papel de trigo, ¿quiere usted? 

— Ese es papel de estraza de la bodega. 

— No, mi alma, de trigo. 

— Cara de trigo tiene usted; yo chupo Citar ritos de Jaruco; pero se me han 
acabado, y estoy desde anoche como si me faltara algo. 

— Pero hombre, dijo doña Tera, demuéstrate galante con esta muchacha 
tan bonita, y mándale á comprar un peso de Chor ritos; con eso yo cojeré la 
mitad de las cajetillas, porque yo también estoy obligada á Cltorrritos. 

Edelmira se sonrió y me miró de una manera tan significativa, que 
comprendí (pie aceptaba la proposición de la descarada vieja. 

— No, hija, no tengas pena, observó ésta, volviénflose á Edelmira; yo 
dispongo así de su bolsillo, porque él y yo somos camaradas antig'úísimos; 
figúrate (pie yo lo he conocido chiquito, cuando estaba como quien dice, todaxia 
mamando. 

— No tengo inconveniente en hacer lo que usted me indica, repuse, sacando 
un billete de á peso, el cpie entregué á doña Tera. 

— ¿Qué es eso, te guardas todo el demás dinero? me preguntó doña Tera, 
con bien fingido asombro. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



— ¿Por que lio me lo he de guardar, si es mió? replicjué. 

— ¿Es decir (|ue á la mucliaclia por su bonitura, le regalas un peso j^ara 
que compre Choirifos, y á mí, porcjue soy vieja y fea, me dejas chafada? 

— ¿Usted uie lia pedido algo, doña Tera? 

— ¡Hombre! ¿no te da vergüenza el que yo me vea obligada á pedirte, yo 
que puedo ser tu madre, (jue te lie conocido chiquito, y me gastaba mis medios 
y mis reales en rosquitas de cativia y en galleticas de dulce para que tú 
te atracaras? 

— Para adivino, Dios; repuse entre risueño y cargado. 

— ¡Mírenlo .... ¡adi\'ino! .... Cicatero eres tú ... . 

— No dirá eso Edelmira, re[)lique, guiñándole los ojos á la mucliaclia. 

— Sí, ya lo creo, por ver si sacas lasca; por si se ablanda y te dá 
esperanzas .... 

— ¿Quién, yo? ¡ni (jue lo crea! ¡la cruz á todos los hombres! Apuradamente 
que mi novio es más celoso, ¡más celooso! y si supiera (|ue yo estaba aquí 
paliquiando con otro mozo, iba á haber la, de Dios es Cristo/ 

— No, lio hay cuidado; yo á éste lo lie conocido chiquito, y por lo tanto .... 
Pero mira yo ¡qué boba! ya se me olvidaba. A ver, chicquete, si me oliseciuias 
á mí lo qn'opio que á Edelmira. 

— ¿Usted también (juiere . . . . ? 

— ¡Naturale?M de esj)lendor se viste/ saltó doña Tera, interrumpiéndome. 

— Decia, continué, (jue si usted (jueria también fumar. . . . 

— ¿No has oido, bobo, que del peso de Chorritos, la mitad de las cajetillas 
son para esta que ^'iste y calza? Lo que yo necesito es que me con^ddes á 
frutas .... Mira, por ahí van mangos; llama al ^ endedor, antes que se vaya, 
Edelmira. . . . ¡Y ipié! ¿vas á darme una miserable pesetica fuerte nada más? 
¡Qué mezciuino está el dia! Vaya, suelta ese medio peso. . . . No, dame uno 
sano; á ese le falta un cacho y está muy qwgajoso. ¡Angela pera/ éste nuevecito 
es el que yo quiero, como (pie lo vov á guardar ^>a>Y/ ir juntando. Dale ahora 
á Edelmira para (jue pague los mangos. 

— Esta bruja, con el pretexto de que me ha conocido chiquito, me va á dejar 
sin un céntimo, pensaba yo. 

Edehnira, mientras tanto, habia promovido un altercado con el manguero, 
porque no le quería dar los mangos á cuatro por medio, sino á tres, y de éstos 
uno aqmlismao, decia ella. 

— Pues mire, señora, échelos en el serón, que yo no voy á andar todo el dia 
voceando, para dar los mangos á cuatro, y no tener ganancia denguna: replicaba 
con aspereza el vendedor de frutas. 

— Pero ¿qué está usted hal)lando, casero? unos manguitos como éstos, que 
todos se suelven semilla y cascara, debiera usted darlos á chico. 

— No arrugue, chinita.... ¿á cinco?.... ¡Yegua! hizo el vendedor, 
notando que el animal se iiiovia como hicpiieto. 

Era que del lado opuesto, se lialla])a un muchacho, hhicando á la yegua 
con un grueso alftler, colocado en el extremo de un palo. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



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— ¿L()s da ó lU) los da? i)iegiintó Edeliuiía con acento imperioso. 

— ¿Usted no tiene orcjns, casera embromona? Ya le he dicho que tire los 
mangos en el serón. . . . ¡Ye^iia! volvió á gritar el vendedor; pero esta vez, la 
moi'tificada bestia se encabrito, di<') tres ó cuatro saltos, (;hocó contra la reja de 
la casa de doña Tera, y el serón con los mangos, los mameyes, las naranjas y 
los tamarindos, sali() des])edido del lomo de la yegua, rodando toda la fndería 
])or el suelo. 

El muchacho huyó gozoso del triunfo de su tra\'esura, y el vendedor se 
desató en denuestos y en ini])recaciones contra el ])illo ([ue corria á lo lejos, 
contra acjuella casera tan pechicata que tenia la culpa, y hasta contra mí, (]ue 
me habia asomado al ruido de la catástrofe, pretendiendo, el muy cernícalo^ 
que yo le pagara daños y perjuicios, cuando tanto me habian dañado y 
perjudicado á mí mismo allí dentro. 

Aproveché, pues, el barullo que á la sazón reinal^a, y apoderándome de 
mi sombrero, me lancé con desesperación hacia un coche que vi venir, diciéndole 
al cochecro que picara el caballo, (jue me iba la \dda en ello. 

Doña Tera, que no se esperaba tan rápida escapatoria, salió f/es'¿>ocrt(/a á la 
puerta, y oí que con enroncpiecida voz me gritaba: 

— ¡Jiáo. . . Juiol . . . Sin despedirte de mí ¿te largas? ¡De una como yo, 
que puede ser tu madre! . . . . ¡ que te lia conocido chiquito ! . . . . Anda , cabezón , 
torombolo , mal agradecido ! . . . . 

No percibí lo demás, porijue la distancia me l(^ impidió; lo cual, dicho sea 
entre paréntesis, me importó un l)ledo. 

A todas éstas, pensarán ustedes tal vez: ''¿pero á quién se le ocurre 
meterse en casa de una mujer como doña Tera^ hacer caso de sus excitaciones y 
dar crédito á lo de cjue ella lo Iiahia conocido chiquito? ' 

A eso respondo yo: ¿han olvidado ustedes lo (jue principié diciendo? Yo 
necesitaba con toda urgencia hacer un artículo de costumbres aquel mismo dia , 
y al ver á doña Ten/ y al oir lo ([ue me asegural^a, presentí que allí iba á 
encontrar dicho artículo hecho. ¿ ^le habia equivocado ? Ustedes pueden decirlo. 

Francisco de Paula Gelabert. 
(20 de Junio de 1875.) 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



LOS GUAJIROS. 



Con ese noml^re, de procedencia aborígene sin duda, lian sido y aun son 
conocidos los campesinos de Cuba, que constituían un tipo especial muy 
acentuado é interesante. Ese tipo, que nació con la conquista y la esclavitud, 
está desapareciendo junto con el coloniaje y la serviduni])re, y preciso es que 
nos apresuremos á pintarlo, antes de que no quede un original que nos sirva 
de modelo, v entre toda una clase social en las esferas de la tradición. 

Nuestra sociedad, democrática por excelencia; pero en un sentido muy 
aristocrático, tiende con empuje vigoroso á hacer que desaparezcan las 
diferencias y clases sociales, igualándolas á todas por medio de la elevación del 
nivel, que llevan á cabo las capas inferiores, imitando los trajes, modales, 
costumbres, gustos y vicios de las capas superiores, y próximo está el momento 
en que el extrangero pregunte: ¿donde está el puel)lo? sin poder encontrarlo, 
por la apariencia al menos, en ninguna parte. 

Esa evolución, que se lia ido marcando de veinte años acá en las ciudades, 
lia penetrado también desde hace algunos en los campos. Ya los guajh'os, 
cuando van al pueblo^ noml)re que dan á todas las poblaciones, visten de saco y 
aun de chaqué y sombrero de castor, y las guajiras usan sobre-faldas y polonesas 
ceñidas, con bullones y adornos, y bailan no al son del tiple, el arpa y el güiro 
como antaño, sino al desacorde ruido que forman los acatarrados ATolines y 
clarinetes de las orquestas de la legua. 

A la sencillez pintoresca y smipática que brillaba hasta hace poco tiempo 
en los trajes y costuml^res de nuestros guajiros, suceden la amanerada imitación 
que les despoja de su color local y que está muy lejos de embellecerlos. 

¿Pero cómo ha de ser de otro modo, cuando vemos cada dia á las negras 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



de las (lótiuñones de los ingenios, salir á cortar caña con AÍstosos vestidos de 
oían ó de cretona, llenos de adornos á la moda, sin más precaución c{ue recogerse 
las faldas j atarlas á la cintura, para que no se estropeen demasiado ni 
entorpezcan sus movimientos? ¿Qué otra cosa ha de suceder, cuando es muy 
frecuente que los jóvenes criollos de esas dotaciones empleen sus ahorros en 
comprarse roi)as nmy parecidas á las de sus señores, y usen reloj, comprendiendo 
perfectamente la marcha de éste y aún su mecanismo? 

Desde que las negradas comenzaron á no usar las esquifaciones 
exclusivamente, sino para los trabajos rudos ó desaseados, proveyéndose de ropas 
finas y de moda para engalanarse en los dias festivos, y bailar el tango, el tipo 
guajiro comenzó á palidecer, á borrarse, y se pudo exclamar, usando la célebre 
frase del Sr. Aparisi y Guijarro: esto se vá, señores! Esto se vá! 

El guajiro tuvo personalidad, carácter propio, significación social, mientras 
la esclavitud fué la base y el secreto de nuestra riqueza, porque él representaba 
la fuerza, de los quilates necesarios, para sostener aquella. 

Los guajiros, descendientes todos de los primeros pobladores, se dedicaban 
á cuántas tacnas agrícolas demandan inteligencia y energía: sitieros, estancieros 
ó hateros, vivían con mucho desahogo y gran independencia en los distritos 
rurales, que estaban poco menos que aislados, i)or(pie los caminos, (') mtjor dicho 
senderos, eran dificilísimos en el buen tienii)o y absolutamente intransitables en 
los de lluvia, en (pie no sólo las carretas, sino los quitrines y volantes, se atascaban, 
y tenían que permanecer á ocasiones meses enteros enterrados en el lodo, hasta 
que Regada la seca fuese p()sil)le sacarlos de ahí. Es verdad que poco menos 
sucede lioy en casi todas nuestras llamadas carreteras. No hace dos años que 
hemos visto en el camino real de Jovellanos, carretas atascadas y abandonadas, 
cubiertas con yaguas y encerados, para proteger las cajas de azúcar (pie 
cargaban. 

En esa situación particular, en que el caballo era el único medio de 
comunicación durante buena parte del año, vivía el guajiro sin sentir más 
presión que la del Cíapitan Pedáneo del partido ó el Teniente del cuartón. Sólo 
en el caso de un disgusto personal con la autoridad, de ])retensiones exageradas 
de ésta, ó de mezclai-se rivalidades y pasiones por faldas, se lia cía sentir el peso 
del poder público. Entonces el guajiín ensillaba su caballo y se trasladaba 
á otra juris(hccion, sin necesidad de pases, licencias de tránsito ni de cédulas, 
y si allí también le seguía la acción de la justicia, exigiéndole la responsabilidad 
de una fechoría, sentaba plaza de bandolero, y se echaba á vivir del merodeo 
y el robo, cargándose de crímenes por evitar el castigo de una falta ó delito. 

Las partidas de bandoleros piilula])an por a([uellas épocas, y algunos de 
sus jefes llegaixm á hacerse tan célebres como los Niños de Ecija; más casi 
todos, auiKjue la persecución ([ue se les hacía era lenta é ineficaz, por fiílta de 
elementos y \ias de comunicación, eran entregados por su propio arrojo, que 
les hacía meterse en las ciudades en busca de placeres, y pagaron sus cuentas, 
primero en la horca y después en el garrote ^ il. Sus cabezas y sus manos, 
encerradas en jaulas de hierio, (pie se colgaban á buena altura en el puente 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



de Chavez y en otros lugares de tránsito necesario para ir al monte ó venir 
de alia, predicaban el escanniento á los viajeros, (pie se persignaban al pasar 
por bajo aquellos sangrientos trofeos y rezal)an ])or el alma de los (pie fueron, 
dispuestos á imitarles en igualdad de circunstancias. 

De esa fuerte población campestre insensible al caloi', al írio, al sol y á la 
lluvia, sacaban los proj)ietarios los mayorales, los contra-mayorales, boyeros, 
carreteros, aradores y mandaderos de todas las fincas, y los maestros de azúcar 
de todos los ingenios. 

Muy pocos de esos emi)leados sabian leer, y muchos menos aún hablan 
aprendido á escribir, cosa muy natural cuando se carecía en absoluto de escuelas 
rurales, y en las ciudades mismas yacía la educación en vergonzoso atraso; mas 
como eran lionil)res })rácticos en las ñieiias agrícolas, fuertes, arrojados y 
laboriosos, así como despiadados con los esclavos, suplian la falta de ciencia con 
la fertilidad de los terrenos nuevos y con el exceso de trabajo que exigían á los 
l)raceros, y daban un resultado halagador para los dueños de las fincas que no 
iban á éstas sino por pascuas, a gozar una temporada de placeres buc(31icos, en 
compañía de numerosos amigos. 

Durante ochf) () diez meses del año, los mayorales y sus subalternos eran los 
señores absolutos de las fincas, v á su voz temblaban de terror centenares (') 
miles de tral^ajadores. 

Aun nos parece recordaí- algunos ([ue conocimos allá en nuestra adolescencia: 
todos ellos llevaban en el anchísimo bolsillo del i)aiital()n de pretina, una enorme 
vejiga de buey, perfectamente adobada y llena de tabacos y avíos de hacer 
fuego, y no obstante dejaban apagar á cada momento el puro que fumaban, 
conversando en la casa de calderas, para gritar con voz estentórea: ¡Criollo, 
candela! Y surgía enseguida, como por arte de magia, un negrito portador de 
un tizón bien encendido. 

Si el desgraciado hu])iera tardado un minuto en aparecer, duro habría sido 
el castigo. 

El tipo del guajk"o era varonil y smipático: esbelto y fornido, (exceptuemos 
á los mayorales, hombres [)or lo general maduros, gruesos y de \ientre . 
desarrollado, por el hábito de estar siempre á caballo) de barba pol)lada en 
cuanto entraba en la juventud, con la tez tostada por el sol, facciones regulares 
y ojos centelleantes, revelaba á primera vista la raza andaluza. Ginetes 
admirables, tenian los guajiros por su caballo el mismo afecto que los árabes, y 
llegaban á inspirárselo igual, haci(?ndose obedecer á la voz. 

Su vestido era apropiado al clima. Iban siempre en mangas de camisa^ y 
sobre ésta lleval^an otra mas corta y sin mangas que se llame) chamarreta, y que 
ostentaba en la pechera entreabierta, bordados de colores l)rillantes y botones de 
oro (3 plata, dejando ver en el robusto cuello la cinta () la cadena de (pie pendía, 
á guisa de anuileto, un escapulario de la Yíi'gen del Carmen, de las Mercedes ó 
del Cobre. 

Un sombrero de yarey, (la ji})ijai)a de Culia) grueso y de anchas alas para 
los días de trabajo, y de finísimo tejido y coi)a alta para los festivos, cul)ria su 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



negra y cuidada cal^ellera, (1) y un pañuelo de seda de color vivo, atado con 
descuido al cuello, acariciaba con sus puntas flotantes las mejillas, al menor soplo 
del aire. El pié, limpio y desnudo, se encerraba en un estrecho zapato de 
ba/queta cuando habia (pie afrontar los trabajos del campo, y el domingo calzaba 
escarpín de becerro lustrado, con hebilla de oro ó plata. Completaba este 
pintoresco arreo un cinturon de cuero negro con broche de metal más ó menos 
precioso, del que colgaba el machete de concha ó puño de plata, arma favorita 
del guajiro, que aprendía á manejarla desde niño, y de la que no se separaba 
sino para dormir, y eso teniéndola al alcance de la mano, porque á ella confiaba 
la defensa de su vida, siempre amenazada, y la venganza de sus agravios. 

Era el machete un espadón de siete cuartas, de ancho lomo, esquisito filo 
y aguzada punta, con empuñadura recta sin guarda: recios puños se necesita])an 
para manejarle, y si tremendas eran las heridas de tajo y revés, peores eran las 
estocadas. 

La necesidad (pie tenia el guajiro de estar siempre armado para afrontar el 
odio de los esclavos, los ataques del bandidaje y las provocaciones de las 
rivalidades, no sólo en materias de amor, sino en cuestiones de localidad, pues 
los hijos de un j>«yf/ífo ó jurisdicción se c(msideraban más ó menos enemigos 
naturales de los de otras, y sobre todo, la sangre de sus antepasados (pie corría 
aun cercana y ardiente })or sus venas, hacian de él un homl^re esencialmente 
belicoso, que por un quítame allá esa pa¡ja, echaba mano al quimbo, (nombre 
provincial del machete) y jugaba la vida con la impavidez de los que nacen y 
se crian en el peligro. 

Su diversi(m favorita era el juego de gallos, en el (pie arriesgaba todos 
sus ahorros, y aun sus ganancias por venir, en la época de las peleas ó desafios 
de los alados coinl)atientes de un partido con los de otro, pues entonces no habia 
en los campos las vallas, que vinieron después á estimular el vicio una y dos 
veces por semana, pagando una renta al Estado. 

Esas fiestas de desafio las presidian los mas encopetados y ricos hacendados, 
entre ellos los Marqueses de Casa Calvo, de San Felipe y Santiago, de 
Almendares y otros, que en compañía de sus amigos, jugaban miles de onzas á 
las espuelas de los gallos, con aristocrática indiferencia. 

Después de las peleas de gallos, gustaban los guajiros en extremo de las 
carreras de patos, en (pie podían lucir su gallardía y habilidad como ginetes y 
á la vez el alcance de su fuerza física. 

Un pato robusto, con el cuello bien ensebado ])ara ponerlo muy resbaladizo, 
se colgaba por las patas de un madero ó de una cuerda que atravesaba de un 
lado á otro la calle principal de la p(>l)lacion, () que se sujetaba á dos árboles ó 

(1) Entóuces, como no solamente los campesinos, sino la gente ciudadana, sobre todo en el verano, usaba 
el fresco y ligero sombrero de yare^', la industria fabril de esos sombreros alimentaba millares de familias. En la 
calzada del Monte, á uno y otro lado de la esquina de Marte y Bclmia, habia ocho ó diez sombrererías de yarey en 
cada cuadra, y las alegres, limpias y graciosas tejedoras hacian su tarca en los portales de las casas, cantando y 
sin cuidados, porque su trabajo, muy productivo, bastaba á cubrir todas sus necesidades. El jipijapa y la paja de 
Italia fueron matando después con la concurrencia esa industria local, y las mujeres pobres, laboriosas, 
perdieron su mejor recurso. Las tejedoras no son ya más que un recuerdo. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



postes opuestos, si era en pleno campo la carrera. Era el objeto de esta un 
tanto cruel diversión, arrancar la cabeza al pato, merced a un tirón formidable. 

Los guajiros, cal)alleros en sus briosos corceles, bien sentados en esas 
monturas cuadradas, llenas de bordados y filetes de plata, que se llaman albardas, 
partían, á escape, uno después de otro, y al pasar por debajo de la víctima 
extendían la mano, asían del cuello y tiraban de él para arrancarlo, sin detener 
su carrera. Las vértel^ras y tendones del palmípedo resistían generalmente á 
los primeros ataques, y era preciso soltar á tiempo, cuando el tiempo desaparecía 
en la velocidad, para no caer ó (piedar, por lo menos, colgado de la presa. 

Este juego, que ponía de relieve la fuerza y la destreza de los que en él 
tomaban parte, atraía gran concurrencia; y no quedaba una guajira hábil en los 
alrededores que dejase de presenciarlo, siendo el adorno y el estímulo principal 
de la fiesta. 

La guajira, con su vestido sencillo de percal ó muselina, sin vuelos ni 
adornos, con un pañuelo de seda que le cubría los hombros y se prendía solare 
el seno, ocultando pudorosamente las formas; con su espléndida cabellera oscura 
peinada á la griega y tachonada de rosas ó claveles, con sus facciones correctas, 
su tez morena y sonrosada, sus ojos grandes y chispeantes, representaba un tipo 
de belleza al natural delicioso, que, con su pié breve su y taUe gentil, pudiera 
figurar con honor en las vegas de Granada ó en los cármenes de Se^^illa. 

Por atraer sus mii'adas ó conquistar su aplauso, hacían prodigios los guajiros 
justadores, y cada corrida era el tema obligado de todas las conversaciones, en 
diez leguas á la redonda, hasta que tenia lugar otra. 

Los bailes de los guajiros tenían también carácter especíalísímo; la danza, 
el vals, el rigodón, eran cosa desconocida para los hijos de nuestros campos. Su 
deleite era el zapateo, cuya música tiene un aire vivo que va en crescendo, y es 
una melodía sencilla, graciosa, y algo melancólica. El zapateo es como una 
refundición, con grandes modificaciones, de la Jota, las Mollares y el Bolero, y 
se baila con intervalos de un canto llamado punto, á cuyos acordes se entonan 
décimas ó redondillas en que el guajiro elogia la belleza y cualidades de su 
dama, ó alaba los quilates de su propio valor ó el desprecio de sus enemigos. 

En toda la ^Vmérica española existe el mismo baile popular campesino, 
alternando con el canto, y el mismo tipo guajiro con mas ó menos variantes. El 
jarocho mejicano \h\\m jarabe á su zapateo y son al punto de nuestros montunos. 

El zapateo se bailaba, y aun se baila todavía, por una pareja, que cede su 
puesto á otra cuando siente (^ansancio. Pocas veces bailan á la vez dos ó tres 
parejas: en él demuestran su gi'acía y agilidad el hom]>re y la mujer, siendo 
verdaderamente admirables el compás y el desembarazo con que ejecutan pasos 
sumamente difíciles, en que la vista no puede seguir los giros que describen los 
pies. Y es costumbre (jue cuando una l^ailarina entusiasma á los espectadores 
por su habilidad y garbo, reciba de éstos, ademas de bulliciosas muestras de 
aprol)acíon, todos los j^añuelos que quieran colgarle en los hombros, todos los 
sombreros (jue ¡medan ponerle en la cabeza, sucediendo á veces que al concluii" 
S(^ siente abrumada })or la carga; pero esto tiene su recompensa, pues cada uno 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



de los que le ponen una prenda tiene cpie hacer su presente, generalmente de 
dinero, para recobrarla, y la obsequiada saca gloria y provecho de su donosura 
y destreza. 

Esos bailes, que se llamaban guafeques, concluian mal frecuentemente: un 
galán celoso ó despreciado, un guajiro de otro partido que se ci'eia ofendido por 
los conceptos de una de las décimas cantadas, tiral^a repentinamente del machete, 
hacía pedazos con él los íliroles en que ardian las tristes velas de sebo, alumbrado 
del sarao, y con las tinieblas comenzaba una zambra de dos mil demonios, de la 
que resultaban contusos, heridos y aun muertos, por lo común involuntariamente, 
pues nadie sabia á (piien atacaba ni de quien se defendía. 

Otras veces, guajiros enemistados con los que daban el baile, iban 
expresamente á desbaratarlo, comenzando siempre por apagar las luces y 
destripar el arpa. 

En uno y otro caso, las riiujeres no se amedrentaban demasiado con tanta 
barbaridad; se cul^rian con los bancos y las sillas, y esperaban que el capitán ó 
el teniente vinieran á alum])i'ar de nuevo el campo de batalla, en el que no 
encontraban más que las víctimas, pues todos los combatientes hábiles habían 
desaparecido, sin poderse averiguar (|uienes eran los culpables. 

Esto no impedia que el domingo siguiente hul)iese otro guateque mas 
concurrido que el anterior. 

Entre los muchos hechos que prueban el carácter aventurero de los guajiros, 
sus reminiscencias intuitivas de la época de capa y espada, hay uno muy 
notable. El campesino amante y correspondido, bien admitido por la familia de 
la novia, se creía obligado al rapto de ésta, para casarse en seguida. 

Burlar la vigilancia paternal ó fraternal, robarse á la novia colocándola en 
la grupa del caballo, correr las eventualidades de una persecución encarnizada, 
batñ'se si era preciso, tenía para él un incentivo extraordinario. Y las jóvenes se 
prestaban dócilmente á esa costumbre y arriesgaban su vida, sintiéndose orgullosas 
de ser concpiistadas por mi valiente. 

En medio del caos moral en que vivía el guajiro, en medio de los muchos 
defectos que eran consecuencia precisa de un estado, bajo muchos conceptos 
primitivo, brillaban las cualidades de que estaba dotado. Su inteligencia, 
aunijue sin cultivo alguno, era perspicaz y le hacía adivinar en las soledades del 
campo, sin mas roce social que el de los esclavos, las díñcultades de la vida del 
mundo, las celadas de la mala fé, y haciéndose desconfiado y astuto, temiendo 
siempre el engaño, procedía con una cautela y una previsión que hicieron 
popular la frase malicioso como un (juajiro; pero sencillo en sus hábitos, en 
sus gustos y en sus aspiraciones, leal y desprendido por naturaleza, siempre que 
no se trataba de contratos, se presentaba tal como era, servicial y hospitalario. 

Ya fuese en el pobre bohío, ya en la casa de embarrado y palma, ya ocupase 
vivienda más confortal)le, toda íamilía tenía constantemente á fuego dulce una 
olla llena de café que era á la vez alimento y refresco. Y en las cocinas había 
siempre por lo menos un puerco ahumado, colgando junto á las tortas del pan 
de yuca llamado casal^e, y de los plátanos y boniatos. Esas provisiones, y las 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



aves del corral, y cuanto además hubiera, esta])an á disposición de todos los 
transeúntes, que eran acogidos con cariño, con patriarcal conñanza y bene^•olencia, 
y ol^ligados á aceptar una hospitalidad que dejaba y aun deja atrás la de los 
áral^es, porque no se aceptaba nada en recompensa de ella. 

Apéese y tomará café era la frase sacramental del guajiro, cuandoalgun^ lajero 
se acercaba á su morada, á })edir informes sobre el camino que debia seguk, ó 
sobre la persona en cuya busca iba, y á poco la guajira, madre ó hija, ofrecía la 
taza del luuneante néctar, que nadie rehusaba. 

Y si era necesario por alguna bifurcación de la ruta, ó por la inseguridad 
de ésta, que el guajiro acom})añase al viajero hasta dejarlo bien encaminado, 
ensilUiba su caballo sin demora, y con el mayor agrado, y siempre sin admitii' 
])ag() alguno, hacia el oficio de guia, á la vez que el de guardián celoso, capaz 
de hacerse matar. 

Muchos guajiros, ya como mayorales de ingenios ó potreros, ya cultivando 
sus propias tierras, llegaban á fuerza de intehgencia, laboriosidad y economía á 
reunir grandes riquezas, y á figurar entre los hombres de pro, dando á sus hijos 
educación esmerada. Todos conocemos docenas de familias distinguidas cuyos 
alónelos eran de esos mayorales, á que antes nos hemos referido, que con un 
pañuelo atado en la cabeza y otro en la cintura, al desmontarse de la muía ó 
yegua en que venian de recorrer el campo y de dar cuerazos á diestro y siniestro, 
echaban mano á la gran vejiga curada y gritaban con ronca y potente voz sacando 
un veguero: ¡Criollo, candela! 

Hoy el tipo legítimo del guajiro no se encuentra sino en algunos puntos del 
interior de la Isla, donde no imperan aún el ferro-carril, el telégrafo, el teléfono 
y las demás gollerías de la civilización. En el departamento Occidental ya no 
existe el guajiro que cantaron Domingo Delmonte, Ran]on de Palma, Ramón 
Yelez Herrera y otros poetas notables. Hay que ir á algunos lugares del Centro 
y el Oriente para dar con él. 

Pero en realidad no hay que hacer tan largo y j)enoso ^iaje con el fin de 
satisfiícer tal deseo. La lámina adjunta, una de las mejores obras de Landaluce 
como composición y ex})resion, como verdad en los detalles y armonía en el 
conjunto, os dará una idea bastante exacta del tii)o. En ese cuadro de género 
que Meissonier no se desdeñaría de firmar, está retratada (Veiprés 7iature^ una 
familia guajira reunida en el colgadizo de la casa del potrero en un dia de 
trabajo. El padre, que acaba de desmontarse, e^tá en medio de los suyos 
taciturno y ensimismado. Píuece que su pensamiento, siguiendo las espirales 
de su veguero, computa el númei'O de añojos, toretes y yuntas que puede 
vender en el año, y las hanegas de maíz, las aves y los huevos que ha de 
mandar á la ciudad, y calcula si todo eso le alcanzará j^ara completar el precio 
de unas caballerías montuosas que lindan con sus terrenos, y que ansia comprar, 
aunque se cuida de no demostrailo. 

La esposa está tejiendcj un sombrero de yarey que debe sustituir al ya 
l)astante usado que lleva su dueño y señor, y vuelve la cabeza hacia su hija, (jue 
está apoyada en el espaldar de un taburete de cueio, y (|ue rie con tal ^ei'ílad 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



que cree uñó oir el gorg-eo de sus carcajadas. Parece que le alegran las pláticas de su 
galán, que, de paso, y caballero en un potro negro que se destaca admiral)lemente, 
le muestra el gallo afamado que acaba de adquirir para jugarlo en la inmediata 
temporada de peleas. 

¡Quizá del éxito de éstas dependa la realización del convenido enlace! 

Allá, en el segundo plano, están dos esclavos, que vienen del sitio de 
viandas con la batea de ñames y boniatos'. 

¡Cuánta verdad, cuánto colorido local hay en ese cuadro, copia de otro que 
pintó al óleo su autor para una galería de Madrid! 

Con ese cuadro, y las preciosas décimas del Oucalambé, (Ñapóles Fajardo,) 
que insertamos á continuación y que refieren una historia de amor y celos de 
un veguero de Holguin, no hay temor de que se olvide el tipo del guajiro. Esas 
décimas narrativas, las complaintes de los antiguos trovadores, estaban nuiy de 
moda entre los guajiros y constituian sus crónicas. 



(Habana, Marzo 20 de 1881.) 



J. Q. SüZARTE. 



DÉCIMAS 



Por la deliciosa orilla 
Que el Cauto baña en su giro 
üja montado un guajü'o 
Sobre su yegua rosilla: 
Una enjahna era su silla 
Trabajada en Jilmcoa, 
De flexible guacacoa 
Llevaba en la mano un fuete, 
Y puesto al cinto un machete 
De allá de Guanabacoa. 



Fiiera de sus pantalones 
Mecía la ñ'esca brisa 
La falda de su camisa 
Guarnecida de l)otones: 
Llevaba unos zapatones, 
De pellejo de majá, 
Flores de Guatapaná 
En la cinta del sombrero; 
Y era aquel hombre un veguero 
De las vegas de Aguará, 



Contemplando aquel gran rio 

Y su corriente de plata. 
De una guajirita ingrata 
Recordó el infiel desvio. 
Su ademan era sombrío 

Y triste aquella ocasión, 

Y herido su corazón 

De mal vengados agravios 
Dejó escapar de sus labios 
El nombre de Concepción. 



Era Concha una beldad 
Hermosísima aunque pobre, 
Como la que está en el Cobre, 
Yírgen de la Caridad; 
En lo mejor de su edad, 
Silvestre flor peregrina. 
Su boca dulce y divina. 
Húmedos sus labios rojos, 
Y seductores sus ojos. 
Como los de mi Rufina. 



64 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



Su pobre aniaiitc rendido 
Que se llamaba Polonio, 
Se eutreoó como un bolonio 
A aquel amor fementido. 
Otro jó^en del partido 
Tam])ien por Concha suspira, 
Y ella, ardiente como pií'a. 
Entregóse á sus halagos, 
Cual se rinde á los estragos 
Del huracán la jejira. 



Por eso el que la adoraba 

Y aspú'aba á ser su esposo 
Buscó á su rival dichoso 
Que Camilo se llamaba: 

A la sombra de una yaba 
Se vieron los mozalbetes, 

Y entre dimes y diretes, 
Después que l^ien se injuriaron, 
Furiosos desenvainaron 

Sus relucientes machetes. 



Camilo quedó rendido ^ 
Con una herida en el pecho, 

Y Polonio satisfecho 

De emigrar tomó el partido. 
Descarriado y perseguido 
Por la justicia severa, 
Del Cauto por la ribera 
Se alejaba lentamente, 

Y con voz triste y doliente 
Cantaba de esta manera: 



'' Conchita fué la que un dia 
Debajo de unos ciruelos 
Puso fin á mis desvelos 
Diciendo que me queria. 
Tuyo será, me decía, 
Mi dulce y primer besito; 
Y la que amor infinito 
Juró en pláticas suscintas. 
Tuvo dos caras distintas. 
Como la hoja del caimito. 



"Adiós, ingrata beldad. 
Coqueta sin sentimiento 
Y voluble, como el viento 
Que vaga en la inmensidad. 
Tu perficüa y tu crueldad 
En furor mi sangre enciende. 
Ay! dichoso aquel que entiende 
Del amor la santa ley. 
Como quiere el curujey 
Al árbol donde se prende. 



"Adiós, que ya roto el hilo. 
De mi amor, en mil pedazos. 
Puedes vivir en los brazos 
De tu amante don Camilo. 
Yo voy á buscar asilo 
Al pueblo del Camagüey, 
Y ojalá, mujer sin ley. 
Que en medio á tu dulce arrobo, 
Te suceda lo que al jobo 
Cuando lo enreda el jagüey." 



65 



I 



TIPOS Y^ COSTUMBRES. 



DOÑA SERAFINA 



Yivia en un cuarto interior, frente á mi casa, con las rentas que le producia 
su capital de quinientos pesos, colocados con toda seguridad al seis por ciento 
— ó como antes se decia, á peso por onza, — con los cuales pagaba los diez pesos 
que le cobraba mensualmente el ama de casa. El resto lo habia distribuido de 
tal modo con la casera^ que le llevaba el ahnuerzo y la comida, y con la 
lavandera y el vendedor de estampas y novenas, (|ue al fin del mes se hul^iera 
hallado muy alcanzada, por otros gastillos menores, si la pensión que le pagaban 
las madres de dos negritos que educaba y algunas costuritas de fuera, con que 
se entretenía, no hul)ieran completado su modesto presupuesto. 

D? Serafina no se habia casado nunca y llevaba encima, con la resignación 
más cristiana, los cincuenta años que contaba de soltera. — Jamás asistió á bailes 
ni á teatros, ni se trataba con nadie y, sñi embargo, conocía á todo el mundo. 
Daba gusto verla en su redu(;ida vivienda, sentada en un tabwetico de cuero, 
cosiendo delante de una silla, en la cual colocaba la canastilla de la costura y 
los palitos de tabaco que acostumbraba mascar, enseñando á hablar á su cotorra 
y, al propio tiempo, la cartilla de La Torre á los dos pequeños negritos. 

Yamos, Teodorito — le decia á uno de sus discípulos. — Lee con cuidado: 
repite conmigo: — ''Ifamá y i)apá. Yo ^nucJiachifo. Mño bonito. Dame café y 
lecheT — Así, así me gusta: la gente debe saber leer y escribir, y no ser ignorante. 
— ¡Cotica! — añadía, dirijiéndose á la cotorra. — Daca el piojo, ¡qué rico! ¡qué 
rico l^iojo! 

Y luego, llamando al otro negrito. — Yen acá Cirilito, \'ámos á ver si estás 
más adelantado c[ue ayer; lee despacito. — '' Dame mi cachuchita^ mi chaquetica, 
mi zapaticor — Bueno, así está bien. — ¿Cotica? ¡Daca la pata! perra borracha. 



67 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



¿Quién pasa? — Siéntate Teodorito, y tú también, Cirilito. — ¡El Santísimo 

Sacramento qne va á su casa! ¡qué va á su casa. ... á su casa! 

¿Cotica? ¿Tú eres casada? ¿Tú eres casada, Cotica? 

La última dase que daba Doña Serafina, era la de Moral, con ejemplos 
históricos, — ¡Oigan bien! — les decía á los negritos: — cuando ustedes sean 
grandes, cásense por delante de la iglesia — y luego bajando la voz — para que no 
digan por ahí lo que dicen de los amos de esta casa. . . . porque lo mejor que 
uno tiene es su reputación. — No hagan ustedes lo que el vecino de aquí en 
ñ-ente, que come más que siete y no paga á los caseros: y si después que 
ustedes se casen procrean, tengan mucho cuidado con las hembras, porque 
luego les sucede lo que á la niña de esta casa, que tuvo una debihdad y ahora 
le pesa. — Yo no lo sé de cierto, pero me lo he figurado. — No compren ropa, 
sino cuando tengan dmero, porque es muy feo lo que está haciendo el amo de 
esta casa: á todos sus hijos, me parece, que los viste al fiado. ¡No vayan á decirlo 
á nadie! A tí principalmente, Teodorito, te recomiendo mucho que cuides de 
tu mujer, para que no te suceda lo que al paisano de la otra puerta, que no sabe 
quién compra la carne que se come en su casa. — ¿Cotica? ¡Buen viaje! 
¡Arrodíllate, pecador, que pasa nuestro Señor! ¿Quién és? — El fi-aile que 
quiere entrar 

Al amanecer estaba Doña Serafina en la puerta de la calle, comprando 
leche: alh estudiaba prácticamente las costumbres de sus vecinos, veía el que 
entraba en todas las casas, y el que salía de ellas y preguntaba á los criados lo 
que iban á comprar y con qué condiciones: lamentaba la enfermedad de aquel, 
se consolaba con la salud del otro, inquiría la causa al niño que hacia pucheros^ 
y á los criados si estaban chsgustados con sus amos: allí permanecía firme hasta 
que sabia por qué no se bautizal^a el asiático Aben y si le faltaba mucho para 
cumplir su contrata. Allí estaba firme Doña Serafina, aunque el sol la derritiera, 
hasta que llegara la negra Acndedora que le lle^ aba su almuerzo y á la cual iba 
dando convoy hasta la puerta del cuarto: y como le pagaba al contado, no se 
descuidaba nunca en jDcdir la contra para su gato franciscano. Así estudiaba 
Doña Serafina, la moral que enseñaba á sus discípulos. — Perdóname, lector, la 
falta de no hal^erle dicho al principio que Doña Serafina tenia también un gato 
franciscano, y si á la hora del almuerzo ves en la puerta de una casa una señora 
cincuentona recibiendo dos negritos de seis á siete años, con mameluquitos de 
listado, sombreritos de yarey y cartilla de La Torre, saluda á Doña Serafina y 
dale memorias de mi parte. 



68 



TIPOS Y COSTUM 




Jal:l.2í'. r>U-u- 



EL MASCA V i DH i O 



¡H'tvi.¡r¡'.l T.n- irit. ■ 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL MASCAVIDRÍO. 



(Hirioso sería conocer al inventor de este termino sobremanera gráfico. 
Hay (juien dice que cierto furibundo borracho, des])ues de zamparse una regular 
dosis del licor (jue t|iiema, no hallándose aún satisfecho, continuó mordiendo el 
vaso, á la sazón que uno que lo observaba, le gritó desde la puerta de la bodega : 
¡Jlascan'ch'iof 

También sería digno de investigarse la causa de que el número de los 
aficionados á empinar el codo vaya en aumento, cuando no hace muchos años 
era raro ver á ninguna persona decente tomar ginebra, por ejemplo, en los cafés, 
cual lo hacen hoy nnichos, con la misma sans facón que saboreaban antes un 
sorbete ó una limonada. 

No pretendo decir ])or eso, que todo el que tome alguna vez que otra 
ginel)ra ó ron, sea mascavidrio, ni mucho menos; pero sí me atreveré á 
asegurar (pie así se empieza y que poco á poco se vá lejos. 

Precávanse, pues, los (pie sin escrúpulo ni desconfianza tomen hoy umc 
ginebn'ta, mañana un coñaquito y luego un ajenjo, porque á la larga pudiera 
acontecerles beber como la (jente del bronce, ginebra á medio dia, ginebra por la 
noche y cognac á la mañana, por variar; exponiéndose acaso á que su nmjer ó 
su suegra les diga en su cara, ni verles dar un traspiés, mascavidrio. 

A propósito de esta |)rol)al)ilida(l, voy á contarles un hecho reciente (pie 
viene á corroborar las malas consecuencias que puede traer á las familias el que 
su representante truecpie sus hábitos de órílen y de regularidad por los del 
mascavidrio. 

Erase una muchacha de algunos veinte años, cpie teniendo como todas 
horror á la soltería y al aislamiento, había conseguido á duras penas, con ayuda 
de su eficaz y difigente mamá, el que su novio entrase en la casa y la hiciese 
formal promesa de unirse á ella en matrimonio. 

Dícese que por lo general cuando un hombre entra en la casa, se casa. 
Hay, sin embargo, frecuentes escepciones, y de ello es un ejemplo notorio el 
hecho á que aludo. 

Tres meses hacía ya (pie Arturo llevaba relaciones amorosas con su futura 



69 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Felicitas, sin que lml)iese ocurrido otra novedad que irse él enfriando á medida 
({ue pasaba el tiempo y (|ue intimaba su trato, no sólo con la nmcliacha, sino 
con el resto de la familia. 

Empeza])a á comprender (pie se había metido en un atol 'adero y hacía 
esfuerzos inauditos ]:)ara idear algún pretexto (pie lo librase de la coyunda. 

En honor de la verdad, la íamilia de Felicitas no era para atraer á nadie. 
Componíase desde luego de un par de apuntes, ó sea de Sabroso, que por este 
apodo conocía todo el mundo al padre, quien realmente se llamaba Eleuterio; 
de Cucha, la madre, cuyo nombre no era otro sino María ; del abuelo, Bl Pelao, 
un viejo impertinente y gruñón, (pie en todo quería intervenir, siendo la 
calamidad mayor en aquella casa. Taml^ien era parte integrante de la susodicha 
familia, una tia anciana de Felicitas, que asimismo tenia su correspondiente 
sobrenombre de Muñonf/a y el hábito de charlar hasta por los codos. 

Arturo no se hallaba allí en su centro. Tenía que soportar las majaderías 
de El Pelao, (piien le refería interminables historias campesinas, pues en sus 
mocedades ha))ia sido mayoral de un ingenio y tenía suma complacencia en 
relatar las hazañas y las heroicidades que había llevado á cabo, con látigo ó con 
machete en mano, auxiliado de sus perros. 

Felicitas se volaba escuchándole, y decía ])or lo l)ajo á Arturo, cpie no 
hiciera caso de semejantes cuentos, pues El Pelao estaba medio trastornado, y 
eso era un rasgo de locura, en atención á (pie su abuelo no hal)ía sido otra cosa 
en toda su vida ([ue Capitán de llilicms. 

— Soldado JiKiloJero si acaso; decía para sus adentros .Vrturo. 

Por lo que respecta á la tia Jíuilonga^ solía también tomar })or su cuenta 
al joven, para referirle un viaje (pie había he('ho al Caimito, el año 1,854, en 
que le salieron unos ladrones, los que por poco le arrancan hasta las orejas, para 
robarle los aretes de brillantes; y eso que decían los muy arrastrados, añadía 
ella, que eran de fondo de vaso. 

— También lo dudo; murmuraba su oyente, contray(3ndose á que jamás 
liul)iera podido tener hrúlantes, la vieja que iiabia ido al Caimito. 

Como casi frente á la casa hallábase instalada una bodega, en que se 
reunían individuos de varias clases que tomaban, cual es costumbre en estos 
establecimientos, turcas tremendas y reían y gritaban y hasta decían versos y 
desvergüenzas, Arturo se veía á veces puesto en un potro con semejantes 
escándalos, teniendo que armarse de valor para no echarlo todo á rodar y huir 
definitivamente de a(piellos contornos. 

Cierta noche uno de los borrachos, vestido con un saco de alpaca muy 
raido y un sombrero de paja casi negro por el uso, improvisó la siguiente décima: 



" Blindo con mucha ambrosía 
Porque la giniehra corra, 
Y que lleven á Mazorra 
Al que no se ajume hoy dia. 
No hay nada cual la bebía 



En la carrera mundana; 
Y aunque yo coma mañana 
PUmtano y tasajo brujo., 
Daré un viva á quien nos trujo 
Giniehra de La Campana.'''' 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



— ¡BruAo, l)ravísiiiio! ¡(|ué iiispimdo estás, Verde Botella] exclamó un 
iiidÍA iduo (|iie se lial)ia deteiiido ante la puerta de la bodega á escuchar la 
improvisación. 

— ¡Sabroso/ ¿Tú i)or aquí? contest(') Verde Boiella, acercándose á su 
amigo; deitfra, compadre, cjue ahí te da el sereno y puedes coger un reiifriado. 

— Ni que lo pienses, porque si traspaso estos umbrales y me junto contigo, 
puedo dar un resl)alon de ordago, y yo he hecho el juramento de no bel)er más 
(|ue agua dulce en el resto de mi vida 

— El agua cria gusarapos en la barriga, Sabroso; mientras que la caña 
anima los esi)íritus vitales y entona y da calor salutífero al cuerpo humano, 

— Dispénsame, chico; pero no me convences: estoy escarmentado. 

— Sabroso ¿será posible? ¿así desairas á un amigo? ¿qué dirán estos 
ca])alleros <|ue me acompañan? rei)licó Verde Botella, con la habitual insistencia 
de los borrachos. 

— No puedo, hombre, me están viendo desde mi casa. 

— No le hace. Sabroso; estás entre gente honrada y nada pierdes con eso. 

— Si Cucha me vé entrar, me exconmlga. 

— ¿Quién es Cucha '^ 

— Mi esposa, hombre, aquella que está conversando con ese mozo del 
bigote rul)io. 

Verde Botella al oir esto, dióse una palmada en la frente, y después de 
recapacitar un rato, se expresó así; 

''Pues Cucha no nos escucha. 

Y está ahí, dando jxdique, 
Hermano, no me replique 

Y dtíjese áe palucha.^^ 

— ¡Qué buen poeta eres, Verde Botellal ¡qué facihdad! ¡qué prontitud 
para hallar consonantes difíciles y peliagudos! Por eso nada más me paré aquí 
á oirte. A mi me arrebata la versificación indiana y siboneya 

— Pues pasa adelante. Sabroso, y verás como contigo me inspiro otra 
vuelta. 

— Por tu madre. Verde Botella, no me comprometas ; mira que yo soy muy 
débil de cabeza. 

— Pero, mentecato, si no vamos á tomar más que un vasito, á fín de poder 
velsal de nuevo. 

— Yaya, para que no digas; pero uno nada más ¿sabes? y en seguida me 
zumbo, 

Scdrroso entró, pues, en la bodega, de brazo con Verde Botella, cpie estaba 
ya haciendo eses, y Cucha, que desde su asiento había estado ol)servando 
semejante escena, corrió á la ventana y em])ezó á llamar á su marido. 

— \S(d)roso, Sabroso, no bebas ó nos veremos las caras. . . .! 

Verde Botella púsose á dar golpes en el mostrador y á decir en voz alta 



71 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



versos, cual los que doy de muestra á coutiuuaciou, sieudo desde luego su objeto 
entusiasmar con ellos á Sabroso, é impedir que este oyera á su mujer. 

'^Sabroso con simetría 
Empuiía el vaso con maña; 
Y tú, Pancho, échale caña 
Hasta que amanezca el dia." 

Sabroso dio un estrecho abrazo á Verde BofeIJa, después de apurar el 
primer trago, y ya desde entonces olvidó su juramento y su debilidad de cabeza. 

Cacha iba y venía {»or la sala en la mayor agitación y desasosiego. 

— Aituro, por favor, vaya y sáqueme á ese homl^re de la condenada 
bodega," dijole de buenas a primeras al joven, que al oiría se puso furioso. 

— ¿Quién, yo, señora? ¿Está usted loca? 

— Me había jurado delante de un crucifijo, (jue no i))a á beber más, y ya 
l(í tiene usted otra vez emborrachándose; continuó Cuclia como si hablase 
consigo misma; ese maklito Verde Botella ó Verde Sapo, que es lo ({ue parece, 
tiene la culpa, pues él lo engatusa con sus |)ícaros versos. ¡Por qué halará 
jíoeski en el mundo. Virgen Santa ! ¡Por (jué habrá aguardiente ! 

Y Cacha seguía dando vueltas [)or la sala, retorciéndose las manos y con 
el rostro desencajado, mientras (pie Arturo, esforzándose por bajar la voz, reñía 
con la pobre muchaclia, inocente de todo y que lloral^a en silencio. 

Tres cuartos de hora trascurrieron de este modo, al cal)o de los cuales, 
oyéronse en la talle los gritos de ¡moscavidrio! ¡ mascar idrio! (pie dal)an 
unos chi(p]illos, y en el acto apareció Sabroso l)amboleándose. 

Cacha sin poder contenerse, se le fué encima y al ([uerer sujetarlo por 
un brazo, como Sabroso instintivamente tratase de evitai- la acometida de su 
nuíjer, luibo de faltarle de una vez el equilibrio y cayó cuan largo era en el suelo. 

Arturo tomó su resolución instantáneamente y dirigiéndose á Cacha le dijo: 

— Si á usted le parece, ahora si iré á avisar ahí en frente al j^oeta de la 
(jinebra y del tasajo, para que venga á levantar á este hombre, puesto que yo 
no júenso ya contemporizar con ustedes, ni ser yerno sobre todo, de ningún 
mascav idrio. 

Y esto diciendo, Arturo sm cuidarse del terrible efecto (pie })r(iducian tales 
}!alabi'as en su desventurada novia, y hallando al fin la coyuntnra que anhelaba, 
marchóse rápidamente y dobló con prontitud la inmediata esquina. 

Pero lo bueno fué, que en ese mismo momento se acercó á la ventana 
Verde Botella, y asiéndose de la reja, dijo con voz gangosa y lengua entorpecida: 

— Señora doña Cachadla . . . . gow i^ehniso, vengo á decirle, (.[vnd íi Sabroso 
se le ha dio un poco la cabeza, de tanto oirme velscd. . . . |)ero eso se le pasa 
en cuántico le den una copita de algo cahente como . . . . aguardiente, ó de 
giniebra pura que. . . . sana y cura. . . . á la criatura. . . . 

La contestación de Cacha fué desatarse en improperios contra Verde 
Botella, quien des})ues de decir mil dis])arates, se alejó al fin, dando tumbos. 



72 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Pues ¿dónde me dejan ustedes á otro mascavidrio, que para serlo ante su 
uiujer, sin que ella lo sospechara, se valió de una original estratagema? 

Este sugeto, á quien llamaremos Fulgencio, está casado con una tal 
Esperanza, que tiene horror á los bebedores, á los que se encañoflan^ como ella dice. 
La g¡nel)ra so])re todo, es la que más detesta, la que nrás antipatía le causa. 

Fulgencio en cambio es el reverso de la medalla, respecto á este particular. 
Profesa á la ginebra, de cierto tiempo á esta parte, una afición tan extremada, 
que para el no hay licor en el mundo que se le iguale. Pero teme á su mujer, 
y procura (pie ella ignore su absoluta preferencia por este espíritu ardiente. 

A éas(! lo que ideó el muy taimado. Uno de sus amigos, que es curandero 
y visita la casa, le recetó en presencia de Esperanza, nada menos que yoduro de 
j)otusio, pues aseguraba bajo su fé de facuUafivo, que Fulgencio tenia la sangre 
mala y era preciso que se curara. 

— ¡Remedio prodigioso! saltó Fulgencio; yo no habia caido en ello. Tienes 
razón, Culantrillo; eso es lo que yo necesito: yoduro, mucho yoduro de potasio. 

Y acto continuo fuese á casa de otro amigo (jue conservaba una botella 
vacía rotulada de dicho yoduro, la llenó de ginebra, y á poco estaba ya de 
regreso en su domicilio. 

— Culantrillo me ha indicado, díjole á su mujer, que empiece tomando tres 
cucharadas por la mañanita; tres antes de almorzar; tres á medio dia; tres por 
la tarde y tres por la noche; que más adelante aumente la dosis, y que le avise 
luego el resultado. 

— ¿Y no te hará daño tomar tantas cucharadas seguidas de ese remedio? 

— Como son pequeñas cantidades. . . . ¡Ah! te advierto, añadió Fulgencio 
interrumpiéndose, que cuides mucho que nadie destape la botella, porque pierde 
la virtud el yoduro y luego ya no hace efec'to. 

.VI llegar aquí, oy«) Esperanza pregonar á, un baratillero en la calle ¡cinta 
de ribetear sea de colores I y se fué á la ventana á llamarlo. Fulgencio aprovechó 
esta circunstancia para arriarse media copa de yodu. . . . digo, de ginebra, que 
debió saberle á gloria, a juzgar por lo que se relamió. 

— Pero (jué ¿no mides con la cuchara la cantidad de yu. ... de yoduro? 
}jreguntó Esperanza á su marido, cuando lo vio mas tarde que echaba el hquido 
en lina copa pequeña. 

— Ya he medido antes las tres cucharadas; ¿no vés? Aquí á donde llega 
el lahradiio de la copa son las tres justicas . .. Pero no te acerques, Esperanza, 
que puede darte jaqueca, si percibes el fuerte olor metálico de este 
medicamento. 

— ^íe alegro que no haya c{ue andar siempre á pleito con la cuchara, 
porque se mancharía con ese endial)lado remedio, dijo Esperanza. 

— Claro; contestó Fulgencio, en extremo satisfecho del buen éxito de su 
travesui'a. 

No he dicho aún que el tal Fulgencio era dependiente de una casa de 
comercio y que su jirinci])al, hom])re recto y sensato, lo hal)ia distinguido siempre 
mucho por su actividad é inteligencia en el desempeño de su destino. Visitábalo 



73 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



de vez en cuando, puesto que bacía de él gran aprecio, y Esperanza se regocijaba 
no poco de que su marido estuviese en tan buen predicamento con quien tanto 
podia favorecerlo. 

A los dos dias, pues, de hallarse Fulgencio sometido á su régimen curativo 
Y á eso de las ocho de la mañana de un domingo, lleg(') á la casa don Justino, 
haciendo al entrar grandes demostraciones de desagrado. 

— ¿Qué tiene usted, don Justino? díjole Esperanza que había salido á 

recibirle. 

— ¿Qué he de tener, señora? Una escena callejera de lo más repugnante 
que acabo de presenciar cerca de aqui; contestó don Justino sentándose. 

— ¡Ah! exclamó en seguida Fulgencio, volviéndose á su mujer; ¿qué 
apostamos á que don Justino ha visto á Bellüa, la de aquí á la vuelta, corriendo 
por la calle detrás del mandria de su marido 3^ dándole escobazos, por algún 
nuevo arrebato de celos? 

— Eso es de todos los dias, dijo Esperanza riéndose. 

— No, señora, se equivocan ustedes; no ha sido nada de celos ni de. . . . 

— Entonces de seguro que se trata de la vieja doña C^elestina, fajada con 
los muchachos del barrio, que se asoman por la ventana y le gritan Basurita. 
Se arman con este motivo unos escándalos tremendos á cada paso ahí en la otra 
cuadra. ... 

— Pues no aciertan ustedes, replicó don Justino, encendiendo un cigarro; lo 
que yo he visto ha sido un joven de no mal aspecto, completamente borracho, 
sujeto entre dos individuos que luchal)an con él para meterlo en un coche. 

— ¡Jesús, que horror! hizo Esiieranza, cubriéndose la cara con las manos; 
siempre la maldita bellida. 

— Por supuCsSto, exclamó don Justino; una turba de gente ociosa é inculta, 
presenciaba aquel espectáculo, sobremanera divertida y regocijada de ver las 
contorsiones del joven ebrio y de escuchar los disparates que decía á sus 
conductores. Algunos muchachos, agrupados á cierta distancia, saltaban de 
placer, gritando en coro: ¡mascavidrio! 

— Q\\\/Á no sería borrachera, don Justino, observ(') Fulgencio un tanto 
intranquilo; acaso le habría dado algún ataque al poljre, y el jiopulacho siempre 
maligno, supuso que era mascavidrio. 

— ¡Pues si señor que lo era! saltó don Justino con semblante enojado; ¿se 
puede confundir eso con ninguna otra cosa? Borracho como una uva estaba ese 
desdichado, no le quede á usted duda. . . . 

— Sí, Fulgencio, afirmó Esperanza; ¿porqué te extraña eso? ¿No andan 
borrachos á todas horas por las calles de la Hal)ana? 

— ¡La embriaguez es un vicio horrible! dijo con tono sentencioso don 
Justino; yo perdonaría antes á un ladrón, que á uno que se emborrache. . . . 

— Júntese conmigo entonces, don Justino, saltó Esperanza; yo digo otro 
tanto; si me hubiese casado con un bombre que tomara, me divorciaba de él, 
sin escrúpulo de conciencia. Todo se le puede pasar á una persona, menos que 
beba. Eso es espantoso. 



74 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— Es (legradante; conduce á todo género de acciones vergonzosas; repuso 
don Justino. 

— Ya lo creo; aprobó Fulgencio cada vez más alarmado. 

— Para que comprenda usted, hasta d(3nde llega mi horror á la bebida, 
aiíadií) Esperanza, riendo de antemano por lo (pie iba á decir, cuando veo á 
Fulgencio con la C()|)ita en la mano, donde bebe su yoduro, cierro los ojos, 
})or(|ue me figuro en ese momento, que esta tomando un trago como cualquiera 
inascan'drio. 

Fulí^encio se extremeció. 

— ¡Ah, caraml)a! exclamó don Justino al oir á Esperanza; ahora que dice 
usted eso, recuerdo que al salir muy de prisa esta mañana, se me olvidó tomar 
el yoduro, cpie á mí también me han recetado. 

— Xada hay perdido, se apresuró ádech- Esperanza; Fulgencio tiene todavía 
media botella y tomará usted en una copa la cantidad que necesite. 

Fulgencio se puso en extremo pálido y ball)uceó: 

— No digas disparates, hija; ¿cómo voy yo á ofi-ecer á don Justino, de un 
medicamento que ya está usado? replicó Fulgencio sin saber lo que decía. 

— Pero, hijo, si eso no se toca.... si se echa.... contestó Esperanza, 
sin concluir la frase, mirando un tanto cortada á don Justino, como si hubiese 
dicho una inconveniencia. 

— ¡Tamos, hombre! prori'umpió éste, lanzando una franca carcajada; ¿qué 
escrúpulo puedo yo tener. . . .? Pero ya caigo, señora, añadió chanceándose; 
su esposo de usted no (juiere dar á su principal, una cucharada de yoduro, para 
que no se le acabe. . . . 

— Por Dios, don Justino, dijo Esperanza con su más afable sonrisa; ahora 
verá usted. 

Y así diciendo, corrió hacia el cuarto á buscar la botella y pasó en seguida 
al comedor de donde tomó una copa y una cuchara. 

Mientras tanto, don Justino, notando la suma palidez de c[ue estaba cubierto 
el rostro de su dependiente, no pudo menos de preguntarle la causa. 

— No sé, me he puesto malo de repente .... tartamudeó Fulgencio. 

En aquel instante se oyó una fuerte exclamación y Esperanza se presentó 
en la sala con la l)otella destapada. 

— ¡Fulgencio! dijo ella, mostrando grande asombro; ¡aquí han echado 
üinebra . . . . ! 

— kSe haln'á descompuesto el yo el yo. . . murmuró con acento trémulo 

Fulgencio. 

— /Ginebra! gritó don Justino; ¡ginebra I repitió, mirando con semblante 
iracundo á su dependiente; ¿es ese el yoduro que usted toma? 

Esperanza, sobrecogida del mayor espanto, púsose á temblar, por lo que 
se le escajjó de la mano la botella, la que se hizo pedazos, esparciéndose todo 
el líquido. 

— Es usted un legítimo mascavidrio, prosiguió don Justino, encarándose 
con Fulgencio, puesto que para beber hasta en su propia casa y á vista de su 



75 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



señora, siu que ella lo sospeche, se vale de tales tretas y artiiiiañas . . . . Ahora 
me explico la palidez que le asaltó y la iuquietud que mostraba ante el hecho 
impre\^sto de tener que tomar yo su yoduro .... Esto quiere decir, señor mió, 
que hemos concluido, y que desde mañana no volverá usted al escritorio, pues 
no puede usted continuai- en una casa como la niia, habiendo adquirido tíin 
repugnante vicio. 

Esperanza se sintió morir y prorrumpió en llanto. 

Fulgencio estaba anonadado. 

El comerciante tomó su sombrero y dirigiéndose a Esperanza, le dijo: 

— Lo siento por usted, señora; pero soy muy recto en mis principios y 
muy justo en mis determinaciones, para que pueda transigir con ningún género 
de consideración que no apruel)e mi conciencia. 

Y dichas estas palabras, saludó a Esperanza y se marchó sin siquiera mirar 
a Fulgencio. 

La escena que siguió á este desenlace es indescriptible. La pobre Esperanza, 
hecha un mar de lágrimas, dirigió á su marido amargas reconvenciones y justas 
y dolorosas quejas, concluyendo })or asegurarle que iba á volverse á casa de su 
madre, para no verle nunca más la cara, puesto que se había él deshonrado de 
un modo tan indigno, cubriéndola á ella de ignominia. 

Fulgencio con el corazón desgarrado juró solemnemente á su mujer, no 
beber en el resto de su vida más que agua, poniendo á Dios por testigo de que 
su arrepentimiento era sincero y su resolución inquebrantable. 

Al cha siguiente Esperanza, en compañía de su macke, fué á ver á don 
Justino, y tautas súplicas le dirigió, tantas protestas le hizo y tantas lágrimas 
corrieron por su noble semblante, que el principal de Fulgencio, no pudiendo 
resistir á un espectáculo semejante, consinti<') al fin en que éste volviese al 
escritorio. 

¡Que tanto puede una innjer que llora! 

como ha dicho en su célebre soneto Lope de Vega. 

Ahora bien: ¿podrá servir de lección el anterior ejemplo, á los mascavídnos 
empedernidos^ á los ginehristas consumados? Si todos hevasen sustos parecidos 
al de Fulgencio, acaso halaría alguno que se enmendara; pero hay una pe(|ucña 
dificultad para ello, y es, que el iwascavídrio de pn'ofesíon^ el que deja tomar 
incremento á ese vicio, no se asusta por nada ni por nadie. 

Francisco de Paula Gelabert. 



76 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL ADMINISTRADOR DE UN INGENIO. 

"E io auclip sonó pittore." 
INTRODUCCIÓN. 

No se ({uieii fue el primer escritor de una ftsiolojía que no versase sobre 
los fencnnenos de la vida, ó las funciones del cuerpo humano en su estado de 
salud; i^ero se (|ue por habernos regalado Mr. de Balzac con su nunca bien 
ponderada Fisiolojki del Matrimonio^ llovieron fisiolojías con abundancia tal, 
(|ue fué una calamidad. Dieronnos separadas fisiolojías de los caracteres y 
estados mas opuestos entre sí: — las fisiolojías del soltero, del casado y del viudo: 
las fisiolojías del paisano v del militar: las fisiolojías del médico y del sepulturero: 
las fisiolojías del acreedor y del deudor: las fisiolojías del escribano y del hombre 
de bien. Fue verdaderamente una epidemia fisiolójica la que afliiió la república 
literaria; pero |)as(3 como la langosta, y todas esas, y todas las demás fisiolojías, 
comenzando por la del amigo Balzac, cayeron en el profundo abismo donde 
caen las obras malas, y las obras tontas auncpie estén- bien escritas. 

Y á ])esar de tan triste cy"emplo, viendo yo sobre mi bufete tan elevado 
montón de fisiolojías, recordé (jue examinando el Corregió un cuadro de Rafael, 
esclamó entusiasmadf): E io anche sonó pittore, y agai'r(') la paleta y el ])incel, y 
fué jiintor; por lo cual yo exclamé: E io anche sonó fisioIo(/ista^ y tómela ]iluma 
y me di á pensar de quien había de ser mi fisiolojía. En esto vi que l)ajalja las 
escaleras uno que había sido administrador de un ingenio, y dije para mi capote: 
¡hé ahí mi hombre/ 

jVdemas, tarde ó temprano liabia yo de dedicar alguna cosa á este personaje, 
y alegróme (pie sea una fisiología, porque á la verdad, es sujeto de humos, 
y es cosa segura (pie habia de molestarse viéndose bos(pic^jado en un vulgar 
artículo de costumbres, como cualquiera tipo de menos valor. El señor 
administrador de un ingenio, quiere que se le distinga en todo, y no ha de ser 
seguramente un ]iobre periodista quien pretenda eíjuipararlo con los demás hijos 
de Adán. Que lo hagan otros. 

CAPITULO I. 

El oríjen de los administradores de ingenios, no es de los que se pierden en 
la oscuridad de los tiempos. Descubierta la América, y pasados algunos años, 
sembraron caña en sus islas para elaborar azúcar, y <á estos terrenos así cubiertos 
de cañas, con las casas, má(piinas, hornos y demás necesario para dicha 
elaboración, se Uamaron y se llaman ingenios. 



_ ^ ^ ^ — ^ ^ _^^ I .. 77 ' i ^ ^ ^ ^ ^ 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Aquí es bueno advertir a los que pisen nue-tras playas, v pase por 
digresión, (|ue cuando oigan decir: Fakmo tiene, ingenio^ no siempre lian de 
creer se trate del ingenio intelectual, jKíes es mas seguro que sea ingenio terrino 
lo de Fulano. Regla general: abundan más los que tienen el segundo (pie el 
primero, con todo de no ser muy estraordinario el número de aquellos. 

Volvamos al oríjen de los administradores, (pie no es sino el siguiente: — 
no (pieriendo el amo clel ingenio retirarse á vivir al campo a cuidar de su finca, 
pone á otro en su lugar para administrarla y adelantarla. Suele administrarla á 
las mil maravillas; pero tocante á adelantarla, es otro cantar. 

Es inútil decir que el amo asigna al administrador un sueldo, y (pie el 
administrador se asigna otro igual, con cuya feliz combinación, son dos los 
sueldos del señor administrador. El segundo es el mas seguro. 

CAPITULO n. 

El señor administrador de un ingenio no está obligado á ser alto ó bajo, 
gordo (j flaco, blanco ó trigueño. Todas las estaturas, todas las complexiones, 
todos los colores, tienen franca la |)iierta para abrazar esta carrera, (pie lo es 
como cual(piiera otra. Pero ha de saber leer, escribir y las cuatro reglas de la 
arituKÍtica; auiupie ya los he visto yo que ninguna de estas cosas sabian, y no 
por eso han dejado de salir hombres hechos y derechos de la finca que 
administraban. 

Tampoco las varias ])rofesiones (pie ejerce el hombre, se o})onen á que sea 
administrador de un ingenio. Así es (pie vemos m(3dicos, abogados, comerciantes, 
&c., á la cabeza de estas fincas, en calidad de administradores; pero no lo hacen 
sin renunciar antes á su })rimera ()cu])acion: y cuando dejan la una por la otra, 
ya ellos se saben el porqué. Al militar tami)oc() está vedado examinar este 
campo, con tal que sea militar retirado, y el motivo es claro. 

Ni el de nol)le nacimiento desdeña ser administrador de un ingenio, ni 
la plebeya alcurnia es un obstáculo para conseguirlo. kSin embargo, un ]3roftindo 
obsí^rvador de nuestras costumbres, que piensa dar á la presa cosas muy l)ueiias, 
ha notado que los inieml)ros de familia donde hay un título de Castilla, no suelen 
administrar sino el ingenio de algún cercano pariente; pero está claro (pie no 
]^oi' eso dejan de ser administradores. 

CAPITULO III. 

Las facultades de un señor administrador son omnímodas. Dá y quita 
eni])leos, admite dimisiones, llena vacantes, releva de un destino y agracia con 
otro, toma residencias, confiere honores, juzga, sentencia, y administra justicia; 
sube y baja salarios que paga otro, emía eml:)ajadas secretas, se entiende 
directamente con el ref accionista^ lo que es muy l^ueno para los dos; dispone 
siembras y airanques, rompe la molienda, y la üiterrum))e ó concluye cuando le 
parece: y en fin, hace todo aquello (pie hiciera en su lugar el amo, y mucho mas. 

También puede ocupar en servicio propio á los operarios artesanos de la 
finca: por ejemplo, el carpintero que á toda priesa tiene que echar una yanta á 



78 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



la caiTeta, ó una puerta al ahnaceii, lo abandona todo porque el señor administrador 
necesita una mesa para juí2,ar al tresillo, (') un eujon para enviar un recalo de cien 
panecillos de azúcar á una señora del pueblo. Si es casado el señor admim'strador, 
y su mujer cultiva la flores, recil)e orden el tejero cuando mas empeñado está 
por con(*Iuir unos cuantos millares de ladrillos, de dejarlo todo de la mano, y 
proceder a la fal)ricacion de una docena de macetas. Y así con todos los demás. 
Puede también comprar aípiellos animales que en su concepto hagan fiílta 
en el predio y aunque no la hagan; pues como puede comprarlos, dando libranza 
contra el amo para su pago, está en sus facultades volverlos á vender; presentando 
luego la cuenta al amo, si este llega á saber la venta. 

CAPITULO lY. 

Cuando va el amo á su finca, es en ella el segundo, cuando no el tercer 
papel del drama. Verdad es que si sale de la casa vivienda y se topa con el 
mayoral ú otro operario, éste se quita el sombrero y le da los buenos dias ó las 
buenas tardes, según la hora del encuentro. Pero si da orden de hacer alguna 
cosa, será lo mismo que si la diera desde su aposento el Preste Juan de la 
Abisinia. Mientras el señor administrador no mande, escusado es que lo haga 
el amo. X\ fin, este recurre al señor administrador; pero ha de ser á solas, 
porque nada se le puede advertir en presencia de otro, y él ofrece al amo que 
hará lo que desea. Pero no se hace, y esto por una razón muy sencilla: al señor 
administrador no le agrada que vea el mayoral (jue se le ha advertido algo, 
pues todo ha de salir de su caletre. Y, ¡pobre del mayoral! si el señor 
administrador considera conveniente cumplir las órdenes del amo: porque se le 
despide bonitamente, se toma otro, y entonces se pone en planta el proyecto, 
que atribuye el nuevo mayoral á los conocimientos del señor administrador. 

CAPÍTULO V. 

Sm contar con las ventajas reales, positivas y materiales que nacen, por 
decirlo así, del empleo, tiene otras el señor administrador, no despraciables. 

Buena cosa es tener ingenio; pero cuesta afanes y dinero: bien que ya 
hoy apenas cuesta lo segimdo, pues tanto se va aguzando el otro ingenio (|ue 
casi se ha encontrado el secreto de semí)rar muchísima caña y elaborar azúcai- 
sin gastar media docena de pesos. Pero al cabo, el poseer ingenio da cierta 
importancia al indi\idu(\ aunque esto va taml)ien teniendo sus modificaciones. 
;Y no es cosa muy bella gozar de esta importancia sin el trabajo de conquistarla 
á fuerza de gastos y disgustos? Ya se vé (pie sí. . . . ¿Y quién sino el 
administrador la «"oza? 

Cualquiera, pues, que le oye hal)lar, jurarla, á no ser hijo ó sobnno del 
amo del finido, que éste es suyo. No recuerda la historia' un solo ejem})lo de 
que haya dicho un administrado!': — ''el in(¡enio tal, que dirijo, hará este año 
tantas cajas de azúcar.'' — Nada: el administrador, usando de una figura de 
retórica común también entre los marinos, que dicen: ''andamos diez millas por 
hora," para significar (pie el barco las anda, se explica así. — " Yo Itago este año 



79 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



tres mil cojas de azúcar^' — queriendo dar á entender que el i)redi() las ha de 
producir; pero quien le oye asegurar que el obtendrá esa ?Mfra, da por sentado 
que el ingenio le pertenece, aun cuando rebaje de las tres mil cajas, las mil y 
quinientas, ó las dos mil. Otras veces dice: — "?>z¿ azúcar se venderá este año á 
un. mMio más que la de Fulano,'^ ó bien "?/o vendo este año á tanto'' — El 
verdadero dueño del azúcar vende, es cierto, á real menos; pero quien oyó con 
que impavidez y seriedad dijo el administrador '^ mi azúcar,'' sin duda alguna se 
traga que el azúcar es suya y que él la vende. 

Si el amo mete fuerza, como decimos acá, al ingenio, el administrador 
hablando luego sobre el particular dice: "/¿6 inetldo tantos brazos en la. finca," 
y el cristiano ó el pagano que tal oye, lo cree de buena fe, y forma de él un 
elevado concepto. 

Otra de las inapreciables ventajas del señor administrador de un ingenio, 
es que encuentra quien le preste dinero, con muchísima más facilidad que el 
amo mismo del fundo. Por eso es que nuiy frecuentemente lo busca el amo 
con la firma del señor administrador. 

CAPÍTULO VI. 

A la vuelta de algunos años, el señor administrador de un ingenio se 
retira á la ciudad y da dinero á premio; y de nadie exije mas seguridades que 
del dueño del fundo que administró. 

O bien en unas caMUertas de tierra (|ue al segundo año de su administración 
compró á corta distancia del ingenio, y que poco á poco fué desmontando con 
la dotación de éste, empieza las siembras de caña, las fábi-icas y demás, para el 
fomento de otro ingenio, que podrá llamar suyo con mas verdad cpie el primero. 

O bien titula, y pasea por esas calles de Dios convertido en conde ó 
marqués, siendo entonces una persona inofensiva, bien que á veces algo vana. 

O bien se casa, si era soltero; y si la suerte le da hijos, los educa, 
para que á su debido tiempo derrochen aquel caudal que con el sudor de 
su frente logró juntar. 

O bien, si se conserva solterón, se le aparecen como bajados del cielo los 
sobrinos que antes no lo buscaron, y hacen lo que debran los hijos. 

() bien hace lo (pie le da la gana sin que tenga yo que meterme en ello, 
toda la vez que ya no es administrador, y que esta ñsiolojía es de administrador. 

CONCLUSIÓN. 

En esta, como en todas las demás carreras, el hombre corre según tiene las 
])iernas. iVdministradores conozco, bajo cuyo gobierno pusiera yo, á tenerlos, 
tres ingenios, y bien sabe Dios si desearía poderlo hacer como lo digo. Lo malo 
es que no tengo ni tres ni uno; pero con decirlo, claro está (pie solemnemente 
confieso haber administradores á quienes debe pintarse con otra paleta que la 
que he usado. Hecha esta protesta, entrego mi artículo al cajista, previa censura. 

José M'^ de Cárdenas y Rodríguez. 



80 



TIPOS Y COSTUMBRES. 




Ziavdnhize Dihiifó. 



EL MEDICO DE CAMPO 



/'oliiíi/iiti 'J'iir' irti. 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL MEDICO DE CAMPO 



Al) fino discc onnies. 
Todos son icruales. 



(Trad. libre.) 

Sería preciso poseer la festiva pinina, la gracia y el satírico látigo del 
maligno escritor del tipo '-El médico de campo" para bosqnejar al médico en 
general y formar nn cnadro tal qne fncse digno de colocarse al lado de aqnel 
Í)ien trazado boceto, tan lleno de verdad y de animación, tan |)icante como 
chistoso. Pero ya que me íaltan esas dotes esenciales en un escritor de 
costumbres, sirva de escusa á mi osadía el cariño que profeso á los discípulos de 
Hipócrates, á quienes algo debo, pues todavía estoy vivo y así mengua fuera y 
sol)rada ingratitud el no dedicarles un artículo. Tomo, pues, la pluma, y después 
de encomendarme a la indulgencia de mis buenos amigos los médicos, y á la 

paciencia del benévolo lector, ¡yrincipium sermoni dabo Ustedes han de 

perdonar si les hablo en latin, pero este latín lo entiende todo el nnmdo, inclusos 
los médicos y los boticarios, qué, con medias palabras en latin se entienden á las 
mil maravillas. 

En nuestro país, esencialmente agrícola, en vez de cultivar las ciencias y 
las artes que tienden á perfeccionar la agricultura y llevarla al estado floreciente 
á que por la feracidad privilegiada de nuestros campos está llamada, encontramos 
más cómodíj, más útil y sol)re todo más noble dedicarnos al estudio del derecho, 
al de la riiedkiiia, al de h. farmacia, y particularmente al de la poeski, guiados 
sin duda por aquel conocido prhicipio de (jue es preciso (]ue todos vivamos, 
propios y estraños. 

Gracias á Dios, no nos íaltan poetas, pues tenemos para snrtir á toda la 
^Vmérica y aún nos sobrarán para nuestras delicias. 

^Vbogadosü No hay más que a])rir la Guia de forasteros para pasar en 
revista la tremebunda cohorte ijue está encargada de cuidaí" de nuestros intereses. 



81 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



aunque sin dojar ])()v eso de cuidar de los suyos, pues los al)ogad()s uo se han 
estado queuiaudo las pestañas estudiando el Diyesfo para luego liaeer escritos 
(k (judiiua, cosa por demás indiijesfa. 

Faruiaceuticosll Hay en cada calle dos ó tres establecinuentos piadosos a 
cargo de estos profesores que prestan al público tanta utilidad como á sí })ropios. 
¡(.\ianto adornan la ciudad esas odoríferas oficinas, con cielo raso dorado, 
armatoste de caoba, \)omos de loza fina, mostradores elegantes sol)re los cuales 
campean enormes redomas de cristal de varios colores, amanera de instrumentos 
de magia, de ñsica recreativa de algún jugador de cubiletes! Aquí se A^en cajas 
misteriosas con sus correspondientes rótulos; allí urnas de cristal que contienen 
el im})on(lerable aceite de alacrán o de lombrices ó de otras sal)an(lijas, toditas 
mu}" medicinales y sobre todo muy. . . . caras. Más allíi un |)onio de vidrio (|ue 
encierra nada menos c[ue una hdía comiendo un Mcaco; a(|uí una redoma que 
contiene un enorme majá en aguardiente; en fin acá y acullá cuatro ó cinco 
cajitas abiertas y á la disposición de los aficionados á las ])astas pectorales, cuya 
virtud es tan notoria y cuyos resultados son tan poco nocivos, (lo c[ue no se 
puede decir de todos los remedios.) 

Médicos!! Cada dia se aumenta el número de los alumnos de Hipócrates, 
al j>aso que desaparecen los enfermos, tanto que si la cosa sigue así, á taita de 
gentes á (piienes administrar drogas y jarabes, tendrán que curarse á sí propios 
los médicos ó recí])rocamente, lo cual, creo que no liartuí jamas por motivos que 
ellos no ÍQUoran. 

Sucede, pues, comunmente, (jue á un lioml)re ([ue tiene la fortuna de ser 
casado y que además es padre de dos lujos, lo cual es otra fi)rtuna, viene la 
})artera })resurosa y con estusiasmo á anunciar (|ue su esposa (del h(mibre) acaba 
de dar á luz un infante tamaño (aípú se esmera aijuella profesora en señalar con 
aml)()s brazos). El recien papá, que, como dijimos, lo es ya de otros dos 
también robustos infantes, dá gracias á Dios, á sí pro})io y á su nuijer por el 
aumento de prole, y allá para su capote dice poco más ó menos lo (jue sigue: 
''Ya tenemos en casa á un futuro abogado y á un aspirante á farmacéutico. . . . 
pues señor, este angelito (|uc acal)a de regalarme mi muy cara esposa será, 
será. . . . médico: no hay remedio, ó por mejor decir, tendremos quien nos dé 
remedios y con eso nos ahorraremos el pago de honorarios por escritos largos^ 
los veinte reales fuertes por un simple jarabe simple y el consal)ido j)esito de 
la visita. 

En efecto, crece el niño, vá á la escuela, es el mismo demonio, poco 
estudioso, travieso, en estremo aficionado á los dulces, á las i)astillas y al orosuz. 
El papá deduce de todas estas cualidades que su hijo tiene grandes disposiciones 
para la medicina; y como no lo puede sufrir en casa, se lo manda entero y 
verdadero al maestro de escuela que ya lo tenía á medias es decir á medio 
})upilo. 

Pasan años. El niño ya no es niño, sino un muchachon, con pelo á la 
romántica, l)igote y ]iera de chivo que mete miedo. Entonces pasa á estudiar y 
todas á la vez, un sin número de ciencias, de las cuales una sola bastaría para 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



()ciii)ar la vida cutera de un liombre aj^lieado, jiero ((ue el alumno tiene que 
saber, porcjue todas, todas le han de servir, si no i)ara curar á los enfermos, al 
menos para llegar á ser iiiédko. Es de ver como por encanto, a})rende, la 

botánica, la fisica, la química, la fisiología, la anatomía, la terap(''utica, la 

Señor. . . . una infiuidad de cosas más fáciles de mencionar que de a])render. 

Si ])or desgracia, el alunnio no tiene afición á la medicina y en >ez de 
escuchar atentamente al catedrático, no asiste con ])untualidad á las clases, 
prefiriendo ir á la inmediata confitería á refrescar, engulléndose para hacer boca 
media docena de })astelitos (') duu' á la créme y á fin de hacer pasar todo eso, 
una copa de granizado de naranja ó un vaso de agraz, (') tanil)ien si el enemigo 

le tienta se pone á jugar unas cuantas mesitas al l)illar ay ! ay ! de los 

enfermos que cayeren algún dia en las terribles manos de nuestro (lalenoü Por 
eso, cuando queremos dar un voto de confianza á algún medico á (piien no 
conocemos y nos decidimos á, encomendarle nuestro cuerpo y nuestra existencia, 
preguntamos con soln-ados motivos: ¿Que tal? ¿Era buen estudiante? 

El ([ue no toma estos informes demuestra menos interés ])or sí pro|)io (pie 
por las agencias funerarias, y convengamos en que los aficionados á la filantr()})ía 
no })ueden exigir tamaño sacrificio; y regla general: no hay cosa })eor pam los 
enfermos que tropezar con médicos que en vez de haber hecho estudios profundos 
en la divina ciencia, se hayan entretenido en hacer versos, en enamorai" muchachas, 

poniendo á los papas en un continuo estado de alarma, ó en pasar su 

tiempo en los cafés, ó en el tiro de pistola, o en el canij^o cazando pájaros. . . . 
Todo esto es de fatal agüero para los pobres enfermos. 

Tan pronto como el bachiller en medicina recibe su diploma, busca la 
protección de algún médico de reputación, para (pie le acabe de enseñarlo (pie 
no sabe (por supuesto ({iie ha])lo de lo (jue no sabe el l)achiller) y le jieféccione 
en la humanitaria ciencia de curar. El médico protector fi'aiupiea al modesto 
bachiller su bil)lioteca compuesta de cuántos libros sol)re medicina se han escrito 
desde Hip(3crates hasta nuestros dias, es decir, de medio millón de gruesos 
volúmenes llenos de admirables teorías, lo cual pruel)a de un modo evidente lo 
mucho que han .... sudado las prensas ti]H)gráficas. 

Si el médico director es partidario del sistema aiitifiogístico, no permitirá 
que lea su discíi)ulo sino las obras en que se prueba de una manera que no deja 
la menor duda que desde que el mundo es mundo hasta la fecha, esto es, desde 
que lio había médicos y cada quisquís se curaba como Dios le daba á entender, 
y moriaii las gentes ni más ni menos como ahora (aunque no en regla es muy 
ciertíj) el médico que no manda sacar sangre y no emplea (para los enfemios) 
las sanguijuelas y ventosas, no es digno de entrar en el gremio de la fiícultad, 
non ets diqnus intrare in docto eorpore.... siempre hitlues.... de cocina, 
quiero decir, de medicina. 

Empapado el alumno en tan sabias doctrinas, jura, cual otro Aníbal, puesta 
la mano sobre un tomo de Broussais^ o(ho implacable á todos los sistemas 
curativos pasados, ])resentes y fiíturos, y desde luego profesa á las sanguijuelas 
un cariño digno de mejores bichos. Hace además firme proposito de no recetar 



83 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



sino aíiiiellos remedios (|iie señala la terapéutica como (lel)ilitantes, estemiantes 
y que tienden precisa y directamente á desabogar al doliente de cuanta sangre 
tenga en el cuerpo para luego tener el gusto de Írsela renovando (si es que 
escapa el enfermo) á merced de limonadas, suero, leche, huevos pasados por 
agua y cuando nmcho sopas de (jato. La irritación . . . . he aquí el enemigo; lié 
aquí el duende ó sea coco que hay c|ue combatir. A(juel ]ó\en alumno, por lo 
demás de buena índole y aún amable, no sueña sino con las sangrías, las 
sanguijuelas, las ventosas y no habla en todas partes más que de las irritaciones, 
de ias sopas de gato, de los baños caUentes, de aneurismas, de agua helada, 
de belladona, de (/astro (uteritis, cefalgias, colitis, peritonitis, atrofias, etc. 

Hasta en su misma casa, viene á ser el terror de su familia, queriendo curar 
á los buenos y sanos, para probar la eficacia de su sistema; pero como quiera 
que todo el nnmdo le zafa el cuerpo, ya es un inocente perro, ya un apacible 
gato, ora una incauta cotorra, ora un robusto cochino los que esperimentan, con 
notoria desgracia, los admirables resultados de su método. 

Si el médico director protector es humorista, es preciso entonces declarar 
guerra á muerte á ¡as sangrías, á las sanguijuelas, á los calmantes, al agua fría, 
al agua cahente, á las limonadas, á los baños, á los jarabes, á las pastas, á las 
tisanas y en general á toditas las drogas de la botica. Xo hay más que penetrarse 

de (pie nuestro cuerpo, objeto de la vanidad humana, es pura ó mejor 

dicho, impura corru})cioii y basura; y así es fuerza limjiiarlo constantemente ni 
más ni menos que nuestra casa (pie aseamos todos los dias con la escoba. 
Y ¿cómo? (_V)n purgantes y vomitivos, com ainl)as cosas á la vez, () al menos 
alternando sucesivamente hasta (pie quede el cuerpo limpio como una patena. 

Es de advertirse (entre i)aréiitesis) que este sistema tiene pocos partidarios 
entre los discípulos de Hip(X'rates, sin (luda desde que los enfermos se han 
convencido (pie para zam[)a]'se dos ó tres cucharadas de Le Boy no se necesita 
llamar á ningún médico. 

Si el caballero médico director es partidario del sistema de Bcíspail, hablará 
en estos términos al joven ahimno: ''Todos los achacpies desagradables que 
afligen á la humanidad ])rovieiien de una multitud de bichos ó gusanos enemigos 
del orden y de la tranquilidad del hombre, que han dado en la gracia de andarse 
paseando por nuestro cuerpo con la misma libertad que si estuviesen en su casa. 
Conviene, pues, desalojarlos. . . . pero ¿cómo, dirás tú, ó joven alumno, ¿cómo? 
por medio del alcanfor? No acierto á comprender como hasta la fecha, no 
habíamos dado con ese remedio universal que es el único que cura todas las 
enfermedades. Muchos individuos ignorantes (sin ser médicos) conocían, hace 
siglos, la notoria eficacia del alcanfor, para destruir la polilla y otros insectos que 
se alojan en las gavetas de una c(3moda ó en los escaparates; pero estaba 
reservado á Raspail el honor de hacernos conocer (pie el alcanfor y sus 
compuestos mata á los insectos do quiera que se les pueda pillar. Yiva, pues, 
tan admirable remedio, que, además tiene un olor muy agradable para el que 
le guste. 

Et sic de cceteris. ... es decir, que de los sistemas curativos adoptados por 



8A 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



los médicos directores, resulta lo mismo. Tada cual ])ondera el suyo y asegura 
que el de su cofrade no sirve para maldita la cosa. Yo creo que todos tienen 
razón. 

El bachiller, d(')cil á los consejos de su director, acompaña ;í este en todas 
sus A'isitas y aún en sus ausencias y enfermedades le sustituye, no apartándose 
ni un ápice de las doctrinas (pie le inculcara su sabio maestro. Esto lo alienta 
y aun se permite ín ocultis curai' ])or sí y ante sí á algún enfermo, pero esto es 
muy raro y si lo hace es ... . sin ejemplar. 

Guiado por las máximas y el ejemplo de su maestro, nmda de costumbres, 
de carácter y aun de fisonomía. Se vuelve serio, gasta poca conversación, tiene 
trazas de estar siempre meditando acerca de las innumerables enfermedades que 
afligen á la humanidad y de buscaí' remedios i)ara curarlas. De un abogado 
vivo y hablador, dirán las gentes, cuando nmcho, que es travieso y de ardiente 
imaginación y por supuesto muy propio para hacerse cargo de un pleito por 
desesperado que sea: de un médico locuaz, de genio alegre y que camine de 
prisa, dirá el vulgo: ''es un loco; no le llamaré por cierto, si tengo la desgracia 
de caer enfermo." Esto lo saben los médicos y por tanto se dominan, hablan 
poco, caminan con paso grave y su semblante revela, al parecer, como diría un 
escribano, los afanes y desvelos; y aun nnichos gastan espejuelos á pesar de 
tener una vista de lince. Muy rara vez se permite el médico ciertas diversiones 
inocentes como los teatros y las sociedades filarmónicas, pues se lo impide el 
constante é ingrato estudio de la ciencia que profesa. .Vdemás ¿ qué opinión 
formaría el i)úl)hco de un hombre cuya vida pertenece á los enfermos, si le viesen 
todas las noches en el teatro? Haci(3ndole sobrado favor, dirían las gentes (pie 
no tiene aquel médico enfermos á (piienes visitar ó que no tiene amor á la 
carrera. El médico no debe tampoco ir á los bailes. El médico no baila: esto es 
indigno de su carácter, de su indisi)ensable gravedad. 

En fin, ya nuestro bachiller es médico: ya vuela con sus propias alas, por 
su cuenta y . . . . ent()nces, merced á algún complaciente localista que anda á 
caza de noticias con (pie llenar la sección (pie está á su cargo, puede leer 
cuakpiiera el párrafo siguiente: ^' Grado. — Tenemos el gusto (Te anunciar á 
nuestros lectores que antes de ayer, previo un riguroso y lucidísimo examen, 
recibió el grado de licenciado en medicina el aplicado joven I). Luis Serato y 
Miel Rosada, á quien felicitamos cordialmente deseándole el mejor éxito en su 
noble y ardua carrera. Vive (aquí las señas). 

El primer cuidado de nuestro tipo es proporcionarse, á costa de los primeros 
enfermos (pie caen bajo sus manos, uiiíi volante ó quitrín flamante, con buenos 
arreos, robusto cal)allo y rechoncho calesero. Este aparato que nada tiene que 
ver con la ciencia médica, es indispensable. El médico que visitase á pié, se 
daría todas las trazas de un corredor ^•endielldo granos de café ó muestras de 
azúcar. La volante indica el gran número de enfermos; los arreos de plata 
anuncian la comodidad y lujo con que vive el médico cpie todo lo del)e á sus 
admirables aciertos; en cuanto al rechoncho calesero y al rol)usto caballo son 
las pruebas vivas y palpables de (pie en casa del facultativo todos están gordos, 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



Iludios y sanos (iiie dá gusto, desde el amo liasta el cal)allo, y cuenta que este 
último no cesa de trabajar todo el santo dia, otra señal inequívoca de que el 
médico \\o puede con sus eníemios, es decir, no puede dar abasto con los dolientes 
aimque no teng-a toda^'¡a ninguno. Con efecto, en todas las carreras hay cjue 
pasar lo que vulgarmente se llama el tmo de noviciado^ máxime en la de 
medicina en que ]iululan los médicos. 

¿Veis aquel hombre que vá en un quitrín, con un libro ó folleto en la mano, 
absorto, al parecer, en la lectura de algún nue^'o remedio para ciu'ar la hidrofobia, 
vulgo rabia? ¿A donde se dirige? Ni él mismo lo sabe. Lo esencial es que el 
])úl)líco naturalmente curioso, llegue á saber que allí va el doctor tal. Lo 
esencial, pues, es darse á conocer, porque nadie quiere curarse con médicos 
desconocidos. Esto lo saben los médicos y i)or eso inventan mil ingeniosos 
arbitrios para ad(|uirir reputación y crédito. 

Ya es un comunicado suscrito por un amigo que estuvo agonizando, 
pataleando que metía miedo, con los prei)arativos hechos y el lio debajo del 
brazo para irse al otro mundo, avisada la agencia funeraria y ajustado el entierro 
de segunda clase, cuando. ... ¡oh asombro! vino á habérselas con la inexorable 
Parca el j()ven licenciado I). j\hmierto Mosca y en menos de quince días 
arrebató su presa á la odiosa Muerte, restituyendo á la vida al comunicante, que, 
en cuanto saltó de la cania, se a])resuró á rendir el del)ido homenage de gratitud 
á su joven salvador que ^'i\'e en la calle de .... tal .... número .... 

Ya es un soneto remitido y suscrito por una señora a (piien el j'óven Dr. 
1). Ventura Bisturí practico la difícil operación de estraer siete golondrinos que 
no la dejaban dormir hacía la íi'iolera de nueve meses. Dice así el soneto que es 
á fétan bueno c(mio losnmchos (pie se})ublican todos los días en los periódicos : 

Presa de horrendo mal, la sepultura 
Ante mis })asos dél)iles se abría; 
De (laleno á la ciencia resistía 
Mi perenne opresora calentura. 

Hice del testamento la escritura 

Y de mis hijos ya me despedía, 
Cuando acercóse en venturoso dia 

A exanmiarme el sál)io don Yentura. 

Aunque la fama le n(jmbraba esperto, 
Su remedio acepté sin esperanza; 
Porque ese don de levantar á un muerto 
Sólo al Dios de los orbes se le alcanza. 
¡Me levantó en seis horas el bendito! 

Y estas gracias le ofrezco por escrito. 

Como (juieía (|ue, según ya hemos dicho, pululan los vates en esta feraz 
tierra de Cuba, le es sumamente fácil á un médico que quiere darse á conocer, 
grangearse la amistad de algún poeta complaciente que le obsequie el día de su 



86 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



santo con nn par de sonetitos poi-el estilo del anterior y en los que asegura (jue 
el tal doctor es por lo bajo un Du])uytren, un Corvisart, un Magendie, un 
Vali)eau, etc., etc. 

Ya es un anuncio pomposo redactado ])or el mismo facultativo en (pie 
l)articipa á sus amigos y al publico (cuya amistad anhela también) que por un 
método sumamente sencillo, í'ruto de una larga })ráctica y constante observación, 
cura todas las enfermedades conocidas y por conocer, endereza jorobas de 
nacimiento, vuelve la vista á los ciegos, compone brazos y piernas que es un 
primor, bate las cataratas en un abrir y cerrar de oj'os, facilita la salida de los 
íetos sin dolor ni lesión; posee el secreto para que las nmjeres morosas tengan 
al ñn el dulce consuelo de dar <i luz media docena de nmchaclios rol)ustos, etc., 
etc. A los insolventes se les cura de oficio ó séase de guagua. 

.VI dia siguiente se llena la casa de nuestro Galeno de una legión de ciegos, 
de ])aralíticos, de jorol)ados, de cojos, de tuertos, de mancos, de negras viejas, 
de chinos que dan compasión. 

Otro de los ingeniosos medios para adquirir crédito es la invención de 
algún jarabe especial para poner el higado como nuevo; ó de algima i^asta 
maraAÍllosa para los catarros (jue se pronuncian en los ])ulmones; ó de algunas 
pildoras cjue linijíian la masa de la sangre mejor (pie con una escoba; ó de algún 
ungüento prodigioso que es lo cpie hay para las almorranas y la sangre de 
espaldas. El caso es ver su nonil)re en letras de molde. 

Cuando el médico va á visitar á un enfermo por primera vez, tiene sumo 
esmero en su toilette, engalanándose con la mejor casaca y luciendo en la l)ien 
})lanchada pechera de su camisa un hermoso alfiler de brillantes. Entra en la 
casa, por supuesto armado del consabido bastón con borlas, con suma gravedad 
y circunspección, si bien deja asomar en sus labios dulce sonrisa como prueba de 
su ama])ilidad y también para trancpiilizar en cierto modo el pánico terror que 
infunde siempre en una casa la presencia de un médico. Se acerca al doliente y 
al mismo tiempo ({ue le toma el i)ulso, echa una mirada distraída á la muger 
del paciente y si este es rico, lo cual se conoce por el aparato y lujo con que 
está adornada la casa, suele entonces sacar el reloj, frunce las cejas, se muerde 
los labios, vuelve á tomar el i)ulso con la diferencia de (pie la mano (pie toma 
ahora es la derecha y antes era la izquierda. 

La esjíosa. — ¿Que oj^ina Yd. señor doctor? 

Bf doctor (guiñando el ojo á la esposa) — Esto no será nada. . . . nada .... 
cuando Yd. me mando á avisar, estaba yo en una junta. . . . aún es tiemi)o de 
combatir la enfermedad .... 

La esposa. — JMi marido es muy a})rehensivo. Yo creo (pie lo (pie él tiene 
es un fuerte catarro .... 

El doctor (sonriendose) — No es mal catarro, señora mia, . . algo más . . pero . . 

Ei doliente (asustado) — ¿Estoy de peKgro, doctor? (á la esposa) No te lo 
dije, (liona mia, no te lo dije. . . . 

El doctor. — Animo, ánimo. . . . voy á recetar un jaral)e. . . . procure Yd. 
sudar, ;'< bien (pie agregaré una bebidita que. . . . hasta la noche. . . . 



87 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



(El doctor saluda al enfermo y pasa á la sala seguido de la señora). 

La esposa. — Puede Yd., doctor, hablar con franqueza. . . . ¿Es cierto 
que. . . .? 

El doctor. — Mucho temo una reacción, señora mia, porque en estos catarros 
pulmonares, no parece sino (|ue la enfermedad quiere jugar con nosotros al 
escondite. El cerebro está amagado.... ¿Me hace Yd. el favor de darme 
papel y.... ah! va sabe Yd. que debe mandar á la botica del licenciado 
Pildorin. Es hombre de conciencia, aunque lleva por sus drogas más caro que 
sus cofrades. . . . pero el no ^'ende gato por Hebre. (receta) Ay! señora^ los 
enfermos no nos dejan vivir y sin embargo no faltan gentes que digan que 
somos nosotros los médicos los que no dejamos. . . . Bah! Mire Yd. . . . tengo 
que ir ahora á ver á la marquesa de .... y luego al conde de ... . y antes de 
ir á comer estoy citado para una junta en casa de doña Sinforosa Clito, que está 
con un histérico de muerte. Á\\\ señora. . . . ¡que ingrata carrera es la nuestra! 
A los pies de Yd. 

Como el doliente no tiene sino una meraflucsion, se pone bueno, pero como 
es rico, se pone bueno lo más tarde que puede. ... el doctor que ha tomado 
tanto cariño al enfermo que quisiera verle toda su vida dos ó tres veces al dia. 

Si apesar de sus esfuerzos para alcanzar reputación y crédito no logra 
nuestro tipo que el público lea los comunicados, los sonetos ni los anuncios, 
entonces muda de ... . sistema y deserta las antiguas y venerandas banderas de 
la alopatía, pasando á ser un furibundo y entusiasta partidario déla hcmieopatía, 
cuyas maravillas proclama, confesando que hasta la fecha todos los médicos 
(incluso él) han sido unos bolos administrando bre^ages, tisanas más ó menos 
repugnantes, enormes pildoras, panaceas &c., y haciéndose los suecos á la voz 
de ílannemann, al sapientísimo inventor de los globulitos y de las dosis casi 
invisibles. 

Si esto no basta, se declara defensor del admirable sistema del agua fría ó 
séase hidropatía que cura todas las enfermedades como por encanto. Este 
método, en efecto, es uno de los más prodigiosos de este siglo. Cuéntase que 
en uno de los establecimientos hidropáticos de Berlín fué acometido un hombre 
de un cólico desenfrenado. El médico le mandó que se echara al agua. Hízolo 
así el doliente y. . . . ¡oh asombro! antes estaba con el cuerpo doblado bajo el 
peso del más violento dolor, .... })ues bien, le sacaron del l^aiño tieso ..... como 
una tranca. 

Sin eml^argo, la es})eriencia ha demostrado que el más eficaz arl^itrio que 
puede adoptar un médico (|ue anhela fama y sobre todo dinero, es el de viajar á 
luengas tierras y al cabo de dos ó tres años volver á su patria. Si trae de allende 
instrumentos, libros primorosamente encuadernados, boti(|uines completos etc., 
si nos puede probar á fuerza de repetirlo, que ha sido comensal del celebérrimo 
Dr. tal y amigo del sapientísimo Dr. cua¡\ si á esto se agrega que champju'rea 
el alemán, el ino'lés v el francés; si finalmente celebra con entusiasmo todo lo 
que vio ó no vio del otro lado del golfo, entonces es seguro su triunfó. Bueno 
es también (|ue traiga de allá, algún específico universal de prodigiosos 



88 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



resultados, íilguii elixir, ó Rol), ó panacea, ó cuando menos algún ungüento para 
los callos. 

Nuestro héroe deberá hacerse de rogar para ir a visitar á los enfermos; 
llegará el último á las juntas, hablando en ellas de todo menos de medicina y 
adhiriéndose siempre á la opinión del médico de cabecera, única persona (|ue se 
l)ermite ocuparse allí de la salud del pobre enfermo. 

Debe cuidar tanil)ien nuestro tipo de cultivar la amistad de uno ó dos 
farmacéuticos á quienes protegerá y cuya pulci'itud, con ciencia, habilidad y 
esmero ponderará en todas partes. A su vez agradecidos aquellos l^oticarios 
hablarán acerca de nuestro médico con tanto entusiasmo y tantos elogios, que á 
fé, á fe que le entrarán deseos á cualquiera de caer enfermo para tener el gusto 
de ser curado por tan fiímoso doctor. 

Cuenta el chistoso autor de la fisiología del médico, que la invención del 
sistema hidropático se debe á los enojos de un vengativo doctor en medicina á 
quien negó la mano de su hija un boticario que había tenido la habilidad de 
transformar en buenas y sonantes onzas de oro cuatrocientas tinajas de agua de 
chicorea ó de borrajas. ¡ ¡Tantcene aniínis doctor ihus irceH 

Tanto á los caballeros médicos como á los señores farmacéuticos les 
conviene, pues, vivir en santa paz y armonía, ni más ni menos que á los jueces 
con los escribanos y álos escribanos con los oñciales de causas; todo en obsequio 
de sus intereses como en los del púbhco .... que es el que al fin y al postre 
paga las costas. 

No pocas veces acontece (y esto, sea dicho de paso, tiene lugar en todos 
los países civilizados, esto es, donde hay muchos médicos) que la Discordia con 
su infernal ahento infunde en los discípulos de Hipócrates el espúitu de cabala, 
de rivalidad y de odio recíproco y sacude sobre ellos su horrible cabellera 
erizada de venenosas serpientes. Aquí fué Troya. El alópata, el hidrópata, el 
raspailista, el brownista, el rasorista, el broussista, el homeópata, el humorista, 
etc., como perros y gatos, viven en continua lucha, ol)sequiándose mutuamente 
con mandobles á diestro y siniestro, cada cual en defensa de su sistema, 
tratándose de una ciencia tan oscura, que el más lince camina á tientas, dando 
palos de ciego á todo bicho viviente, eso si, con las mejores intenciones. Ihant 
obscurí sola sub nocte per iimbras. 

Ahora bien. ¿A quienes constituyen por jueces en tan intrincada contienda? 
Al púbhco. ¡Ojalá pudiera éste dirimir con acierto la discordia y saber en tan 
peliagudo juego con que cartas gana y con que cartas pierde. 

Una vez adquirida la reputación que tanto ha anhelado, nuestro héroe 
puede prometerse un porvenir halagüeño y una vida llena de placeres, si bien 
no pocas veces se ven turbados estos, por las visitas que tienen que hacer á sus 
numerosos enfermos; pero aun esto acrecienta su noml)radía y por supuesto su 
peculio. Tiene nuestro doctor entre sus chentes á dos que están ya, como si 
dijéramos, cada cual con el pié derecho en la sepultura y el izquierdo asido por 
nuestro Galeno. Este se haUa en el teatro oyendo verbi gratia la deliciosa 
cavatina de Elvira en el Hernani. Llega súbitamente y jadeando un caballero. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



recorre con la vista la inmensa platea del coliseo, vé á miestro doctor, se acerca 
á él y le dice al oido : doctor, el enfermo esta delirando .... por Dios .... 
venga V. un momento .... un minuto .... ahí está el carruage. 

— Bravo, bravo .... grita el filarmónico doctor aplaudiendo .... 

— Por Dios, doctor .... 

— Bravísimo! .... (al caballero). Voy .... \oy .... después del dúo .... 
Mientras tanto, puede Y. mandar en mi nombre, que le apliquen al enfermo 
sinapismos volantes y ladrillos .... y . . . . (á un filarmónico). Que bien ha 
cantado esta noche la prima doniia .... sobre todo el trino .... (al caballero) 
Vaya V. . . . ah! . . . . que vayan á la botica y que pidan un cáustico del tamaño 
de mi mano. ... y dos docenas de sanguijuelas. ..." 

En esto llega otro caballero con la misma pretensión. 

— Doctor, se nos va, se nos vá . . . . desde la última sangría está peor .... 

— Que le den otra .... eso no es nada .... yo pasaré á verla dentro de 
una hora. 

— Doctor de mi alma .... venga V., se lo pido por aquel angelito barrigón 
hijo de V. 

Aunque poco sensible en general, por el caro nombre invocado, accede 
nuestro galeno á seguir, no sin visible disgusto, al importuno caballero. 

— Ahí ^á el doctor Yodo^ dicen algunos concurrentes. Cáspita! y ¡que de 
enfermos tiene! No le dejan gozar de la ópera. 

— Oh! esclama otro, pronto volverá. . . . con ima receta mas. ... ya está 
el enfermo del otro lado. ¡Parece increíble! 

Los médicos y los abogados tienen ciertos puntos de semejanza tanto mas 
notables, cuanto que por otra parte se diferencian en el genio y costumbres. Ya 
hemos dicho que los abogados generalmente son vivos y locuaces al revés de 
los médicos que son graves y taciturnos, sin embargo de que hay alguno que 
otro que no deja meter baza en su casa ni á la cotorra. . . . ¿qué digo?. ... ni 
á su cara costilla, que creo es cuanto hay que decir. Ahora bien, veamos cuales 
son las circunstancias que constituyen esa semejanza de que hablamos. 

Supongamos que vá á consultar á lui al)ogado un proletario, vulgo, 
insolvente para (pie le defienda un pleito cpie trata de entablar contra un 
individuo que le diera una bofetada. 

— Cómo! han dado á Y. una bofetada! Esa es cosa seria, amigo mío; un 
pleito criminal!. . . . Cuénteme Y. el suceso. ¿Quién fué el agresor audaz que. . 
tome Y. asiento. A propósito, supongo que está Y. resuelto á llevar las cosas 
hasta el último estremo. Bien hecho. ¡¡Una bofetada!! ¿Sabe Y. lo que es una 
bofetada?. . . . á bien que debe V. saberlo. ... se me olvidaba que. . . . pues 
señor .... tendrá V. la bondad de espensarme .... para el papel sellado, firmas, 
poder, &c., &c., &c. Presumo que V. no es insolvente 

— Ah! doctorcito de mi corazón. . . . ¡ojalá no lo fuera, pero tengo. 

— Veamos, veamos lo que Y. tiene .... 

— Tengo una porción de testigos que asegurarán que no poseo ni un 
chico .... 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



— Ay! ay! (á parte). Malo! (alto). Ya esto muda de aspecto, amigo mió. 
Para meterse á litigante .... sobre todo en materia criminal, es preciso tener 
siquiera para los gastos indispensables .... todo, por sn puesto, á reserva de 
reintegrarse luego .... pues, si señor .... bien mirado el negocio .... una 
bofetada no pasa de ser así ... . una .... bofetada que .... al fin ... . eso no 
es nada .... quizás en un momento de exaltación .... las cii'cunstancias 
atenuantes .... la ... . el .... los .... las ... . Si Y. supiera cuantas bofetadas 
se han dado y aun se dan por ahí por gentes groseras y villanas. Lo mejor es 
abandonar eso á un desdeñoso olvido .... créame Y . . . . Con que .... que Y. 
lo pase bien .... estoy muy atareado. 

Trasladémonos ahora, benévolo lector, á la morada de uno de esos doctores 
de fama y de crédito que tanto abundan. 

— Señor doctor, estoy, hace mas de un año padeciendo unos dolores 
reumáticos que me dan muy malos ratos .... 

— Caballero, me alegro .... 

— ¡Cómo! 

— Por supuesto. Me alegro mucho de que se proporcione nueva ocasión 
de esperimentar los prodigiosos efectos de un remedio que he inventado para 
los reumatismos y aun para la gota. Es un regenerador imiversal de la sangre, 
compuesto de vegetales y con el cual he tenido el gusto de curar á mas de 
trescientos gotosos. Cada botella cuesta doce pesos .... pero crea Y. que el 
precio es sumamente módico, atendida la sin igual calidad de los ingredientes de 
que se compone mi regenerador. Con veinte y cuatro botellas tiene Y. bastante 
para limpiar la masa de la sangre de las impurezas que en su curso lleva. El 
reumatismo ! . . . . cuidado con eso .... si Y. quiere, enseñaré á Y . . . . una 
botella .... 

— El caso es, señor doctor, que yo soy un pobre .... y no digo veinte y 
cuatro botellas, pero ni aun una cucharada de ese regenerador puedo costear .... 

— Ah! pues entonces, ca])allero, tome Y. baños de mar. ... y. . • . eso no 
es nada. ... el reumatismo molesta, pero no es peligroso. ... Y. disinuilará, 
voy á ver á doce ó trece enfermos de gravedad .... así es que .... 

— Pero doctor. ... 

— Que Y. se mejore .... 

Inútil es decir que si los dolientes y los litigantes son ricos, los diálogos son 
más largos y sobre todo más interesantes para .... los médicos y para los 
abooados. 

Hasta ahora hemos descrito un tipo cuya vida, carácter y hábitos guardan 
c«.s/, casi, una identidad notal)le con todos los de su clase en el orbe entero; 
pero recordará el benévolo lector que hemos salvado en el prospecto de la 
presente obra, ese inconveniente, prometiendo amoldar ciertos tipos generales 
de la sociedad á las costumbres de la nuestra en particular. Con efecto, el médico 
en todas partes es médico y á fe que es carrera la de los dichosos hijos de 
Hipócrates que se halla más al abrigo de las ^icisitudes de la suerte y de los 
azarosos vaivenes de las revoluciones. En todos los países hay enfermos .... y 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



de coiisiguieiite se necesitan médicos, aunque sean originarios del celeste 
imperio; prueba de ello es el ínclito y nunca olvidado Zanú^ que, sin saber más 
que decir dos pesus se llevó á su tierra 30,000 pesos, fruto de su talento. 
¡Talento! Si señor. . . . que talento es y muy real y efectivo el ganar en menos 
de un año esa no tan desprecia])le suma, máxime en un pais donde abundan 
médicos sapientísimos que saben el latin, el griego, todas las lenguas modernas . .. . 
pero que desgraciadamente ignoran el chino. 

Fuerza es confesar, empero, que nuestros médicos en general son estudiosos, 
desinteresados y humanos. Los hay y no pocos de ciencia y conciencia, si bien 
otros, adoptando, con mas entusiasmo que reflexión los últimos sistemas médicos, 
cual el elegante que se cree obligado á vestirse á la derniere mode, llegan á 
inspirar no solo poca confianza á los enfermos, sino que ellos mismos, caminando 
de continuo en las tinieblas de la duda, concluyen por no creer en nada. Mas 
diré y esto en obsequio de los médicos cubanos, estos no saben ser charlatanes .... 
digo y teniendo á tantos cofrades que en esto de embaucar al prójimo, pueden 
servirles de modelos, pues, si bien es cierto que han visitado nuestras hospitalarias 
playas algunos doctores en medicina y cirugía dotados de verdadero é innegable 
mérito, en cambio no pocos enfermos incautos han sido víctimas de su espíritu 
de 7ioveIeria por haber encomendado su salud á Dulcamaras tan ignorantes como 
imprudentes. 

Concluiremos este mal trazado tipo repitiendo lo que pregona la Fama 
con respecto á nuestros benditos hijos de Hipócrates. Dicen que son muy 
enamorados .... no solo los jóvenes, sino los viejos .... (éstos en mi concepto 
son más pehgrosos) pero .... prescindiendo de que el amor es la pasión más 
noble del hombre .... y por supuesto también de la muger .... el clima .... 
la ocasión .... el ahinco laudable de estudiar á fondo las infinitas maravillas de la 
naturaleza. Además, la carrera es ingrata y el camino por donde transita el 
médico, no ha de verse siempre cubierto con funerales cipreces y justo es que 
alguna (jue otra flor le consuele en su triste y penosa peregrinación en este 
mundo, donde hay tantos farsantes, .... como los médicos no ignoran. 

José Agustín Millan. 



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TIPOS Y COSTUMBRES 




LaiKlaluze Dibujó. 



EL BILLETERO 



Fototipia lavaira. 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL BILLETERO. 



Yeiider billetes de la lotería es una industria como cualquiera otra; sin 
embarí>o, yo creo, que debe necesitarse índole especial para el caso. 

El billetero nace; se dedica á este oficio, porque le seria inn)osible 
consagrarse a otra ocupación. Por eso el billetero es un tipo. 

El o'arrote en una mano v la cartera de los l^illetes con las íio-eras en la 
otra, son partes integrantes de su individuo. Algunos hasta del^en dormir con 
dichos ol)jetos. 

Lo más característico del tipo que bosquejo es su nmltiplicidad. Podrá 
usted no encontrar cuando los necesite, im médico, ima comadrona, un sereno, 
una pareja de Orden Público, un carruage de alquiler y hasta nn amigo á (piien 
pedirle un favor; pero un billetero, jamás. Salh- á la calle y no tropezar en una 
sola cuadra^ con seis ó siete, es imposible. 

¿A qué hora del dia, y ya hoy hasta de la prima noche, no se oyen en 
nuestras calles gritos semejantes á los siguientes? 

— ¡Diez y siete mil nuevecientos cuarenta y siete! ¡La suerte para (juien la 
quiera! ¡El último que me queda! ¡El último! \^ premiaditol 

— ¡Qué número tan l)onito! exclama desde la sala de su casa Petronila, una 
muchacha soltera de treinta y nueve á cuarenta años, dirigiéndose á una íntima 
amiga y contemporánea suya, que se halla allí de visita. 

— Y que tiene cábula, observa la otra cuarentona. 

— Es verdad, sí, confirma Petronila; empieza con diez y siete y acaba con 
siete. . . . Mira, y suma veinte y ocho, añade con súbito regocijo; la fecha del 
(ha ({ue se juega, ó sea el jueves que viene, memorable j^ara nn por cierto, como 
que hace un año que pelié con Ramón, y si me sacara u)i pico, podría quizás 
atraerlo de nuevo .... 

— ¿No te lo dige? Ese billete tiene que salir, con tantas casualidades; 
cómpralo, Tronila. 

— Ahoritica. Asómate y llama al billetero, antes que se le antoje á alguna 
otra. 

La amiga obedece, y á })oco se acerca á la ventana el susodicho. 

— A ver ese diez y siete mil; le dice Petronila. 

— ¿Lo va á tomar enterito"^ })regunta el l)illeter(>. 

— ¡Qué dice, hombre! ¡Ojalá- pudiera! 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



— YaiiK)8, caserita anímese, mire que este número se \a á llevar los 
doscientos mil foJefes, sin f arta y hiego le va cí pesar; dice el billetero, riéndose 
y dejando ver dos hileras de dientes desconninales y un colmillo mayúsculo 
sobresaliente, lo que causa grande asombro á las dos amigas. 

— Si su boca de usted digera verdad, insinúa Petronila con una sonrisa 
significa ti\ a, era yo capaz entonces de empeñar hasta los aretes y las sortijas 
para quedarme con todo el billete. 

— No hay novedá por eso; mérquemelo de cuahiuiei'a manera y repártanselo 
entre las dos, como buenas hermanitas. 

— Si no somos hermanas, casero. 

— Pues yo creia (|ue lo eran, porque tienen la mesma, pinta. 

— Se ha equivocado usted. 

— Eso no le hace: era una comparanza. 

— Y dígame, casero, saltó Martina, que así se llamaba la amiga de Petronila; 
¿por qué no se saca ese colmillo tan grandíshno, que le delie molestar hasta 
para comer? 

— Porque yo tengo ya las mandarrias muy duras, y no quiero que me 
anden en ellas cf)n las tenazas los dientistas, 

— No, homl)re, si no se pasa más que un dolorcito de un momento. 

— ¿Y la sangre que se jeclia y el hujero que queda? Amejor estoy así. 

— ¡Qué miedoso! Usted no puede traer la suerte, ¡rpié vcif observó 
Martina. 

— ¿La suerte? ¡JVo digo! Si yo le cuento á usted una cosa, se cpieda 
presinando una hora. 

— ¿Qué cosa? veamos; contestó Petronila, despertada ya en ella la curiosidad; 
pero entre, casero, que está lloviznando; añadió al vei' ([ue empezaban á caer 
algunas gotas. 

— iAlal)ado sea Dios! dijo el billetero, quitándose su ancho sombrero de 
paja y pasando adelante; con licencia de la cíí-Sí^ra, aov á beber una pjoca de 
agua fresca, que tengo una sequía rabiosa. 

— ¿Quiere un poco de aguardiente para que no le haga daño el agua? 
preguntó Petronila. 

— Yaya, casera, si usted me lo dá caritativaniente, lo tomai-é á su salud y 
á la de la compaña. 

— Se entiende, casero, y gracias por su buena intención. 

Y Petronila, dirigiéndose al primer cuarto , tomó la l)otella del aguardiente, 
destinado á los usos domésticos, y sin ningún escrúpulo, echó medio vaso al 
billetero. 

— jJah! hizo éste, después de haber bebido, enjugándose la boca con la 
manga de la cha([ueta. 

— Con ([ue vamos á ver el cuento que nos ha prometido, dijo Petronila, 
señalándole una silla. 

— No es cue:ito, casera, que es la verdad purita. El sorteo antepasado, yo 
traiba un mimero (jue lo venia cantando jior la calle Cerrada del Paseo, y que 



94 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



era el quiíiee mil pelao^ cuando al llegar á la Calzada de la Reina, me para un 
caballero muy currutaco, con nuiclia cadena de oro, mucho alfiler de brillante, 
con una ropa de primera y una \Mm]\yA> peluda muy lustrosa. Parecía un conde 
<) un emhajaor. 

— ^¿Y le compró el número y se sacó el premio grande, no es eso? Los 
ricos siempre son afortunados; interi-umpió ^íartina. 

— Ahora verá, casera; déme ese quince mil que está usted pregona u,do; me 
dijo. Yo se lo entregue, y el, busca que te busca el dinero, pero no lo encontraba. 

— Seria algún petardista, algún caballero de industria, de esos que suelen 
andar vestidos como unos marqueses, para engañar al que se haga bobo; observó 
Petronila. 

— Qué, nadita de eso: si he sabido dimpués que es \m presonage que tiene 
mas cheques (pie el Banco Español. 

— Entonces se le hal)ria oh idado la cartera, ó se la habría robado alguu 
carterista. 

— Yo tuve hitenciones de dejarle el l)illete para que me lo pagase luego, 
dándome las señas de su casa. 

— ¿Y por qué no lo hizo? Usted debe de ser muy desconfiado; dijo Martina. 

— Porque una señora (pie estaba parada en la puerta de una casa de 
enfrente, sacudía los brazos y la cabeza, retorciendo los ojos y encaramando las 
cejas, como diciéndome que no me fiara del endeviduo ({ue le tenia volvki la 
espalda. 

— ¿Una señora? ¡(^ué extraño está eso! 

— Yo, que me hahia percatado en el acto del manejo de la dona Fulana, 
me entró un ptkor en todo el cuerpo, cogí miedo del hombre de la bomba 
relumbrante, y me disculpé con él, diciéndole que me iba ya para mi cuarto, 
porque tenía muchísimo doloi- en los callos. 

— ¡ Qué mentiroso ! exclamó Petronila riéndose. 

— Qué cpiería, casera, si la señora no dejaba de decirme que nó con los 
dedos, de revolver la mano asi, dándome á entender que trataliau de robarme 
el billete y de hacer muchas muecas (pie me daban mucho que pensar. 

— ¿Era alguna loca? 

— ¡Qué loca! Lo que ella (pieria era otra cosa. . . . 

— Pues, señor, la historia es interesante; observó Martina, volviéndose á su 
amiga. 

— Para mi gusto, la señora acpiella era bruja, prosiguió el billetero. 

— ¡Ah, una lechuza vieja! 

— ¡Yieja! Mi\s rejuvenecía ({ue u^teá, casera; regordetona y fi-esca como 
una ensalada, de lechuga. 

— Bueno, adelante; dijo Petronila, arriioando el entrecejo, ya enfadada i)or 
la comparación (pie habia establecido el billetero entre ella y la f[iie decía que 
era bruja. 

— Es ([uerer decir, casera, (pie la señora de que hablaba endenante, del)ia ser 
adi^•ina, porque apenas se fu«' el hombre de la cadena de oro y de los (^)tros 



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TIPOS Y COSTUMBRKS. 



enredoü, me llamó con nmt'lnx jjricipitacmi, y en cuanto me acercjué a ella, casi 
me aiTel)ató el billete de la mano, entregándome su importe. En seguida monto 
en un eoclie, (jue esta]>a allí cerca, y se evapore). Yo me quedé azorado y sin 
saber lo que me píisa])a. 

— No hay duda, estaba focada, dijo j\Iartina, haciendo un gesto expresiyo. 

— ¡Tocada, lo está ahora, porque le tocaron los doscientos mil grullos, y á 
mí me regaló ciento! gritó el billetero, goli)eando el suelo con el garrote. 

—¿De y eras? 

— (\:)mo lo está usted oyendo; el caso fue, segim me contó ella, cuando la 
fui á yer á la siguiente mañana, (pie hal)ia soñado se iba á sacar la lotería con 
el (iiiince m\\ j>eIao; y que al salir aquel dia de la casa de la Calzada de la Reina, 
á donde habia ido á un asnnto de familia, al oirme cantar el número, por poco 
le da una pataleta del susto y de la alegría. Por eso me hacia las señales; por 
eso inyentó que el currutaco trataba de robarme y todo lo demás que he dicho 
á las caseras. 

— ¡Y qué lia lieclio el de la horidxi peluda^ como usted dice? 

— Lo que hizo fué pegarse un tiro en cnanto yió la hsta. ... 

— ¡Jesús, se mató! 

— No, la bala le pasó restrerjando el pelo y se clayó en el techo. 

— ¡Que historia más rara, casero! 

— A nosotros los billeteros nos pasan unas cosas, y unos chascos que .... 
\amos, hay para arrancarse el pescuezo más de ima yez. 

— Sí, es verdad, tener el premio gordo en la mano y dárselo ;i Juan de 
los Palotes, para que de la noche á la mañana se encuentre ri( piísimo. 

— Mientras que nosotros los pjrohes billeteros, tenemos que segim jarreando 
y sudaiido la gota gorda para ganar cuatro rkdes en papel. 

— Y ahora que me acuerdo, saltó Petronila, disimulando mal la risa ¿cómo 
supo usted dónde yiyia la bruja? 

— Port|ue el cochero que la lleyó, era conocido mió, y no tuye más que 
dejarme caer |)or el tren, para averiguar su paradero. 

— ¡Cuántas casualidades! repuso Martina. 

— ¡Y dígalo usted, casera. 

— Usted es á propósito para vender billetes . . ¿don qué? preguntó Petronila. 

— Don Isidro; yo me llamo como el patrono de las verduras. 

— Pues bien, ilon Isidro, usted es el verdadero tipo del billetero. 

— ¿Cómo es eso, que yo soy pito? ¿Pues acaso le parezco flaco con este 
desenrollo? 

— No, hom1)re, el tipo, he dicho. 

— ¿Y eso se come con cuchara de palo ó de plata fina? preguntó don 
Isidro, mosti"ando en toda su longitud y anchura ambas hileras de dientes y su 
tremendo pronunciado colmillo. 

— Quiero dccii*, don Isidro, que es usted el prototipo del vendedor de 
l)illetes; que ha na<ido para ello; que tiene gracia especial para buscarse 
])arro(|uianas: continuó Petronila ahogada en risa. 



96 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— Lo de potro iio sé á (|uó viene, cuando nuiiea he sal)i(lo montar á ('al)allo, 
r('l>li('ó el billetero; en cuanto á lo de la parroquia, en eso sí ha acertado usted, 
})or(|ne cuando yo era chicuelo, no salia de la de mi pueblo. . . . 

— ¿Ayudando <í misa? })regunt(') Martina, á la par que guiñal)a un ojo á 
su amiga. 

— No, yo no hacia otra cosa que trepar á la torre y allí, desipimdao de las 
cam})anas, me estaba r('j)¡(piefeando sin cansarme. . . . -' €^ 

— Lo mismo (jue Qaasimodo, dijo Petronila (pie hal)ia leido á A^íctor Hugo. 

— iS"o, caliera, no" era \)()v (juana ni por moda : ({ue me dé la, calentura 
tlfodea, si no es \erdad que yo iba á ser cann)aner(); pero como la mala suerte 
me persiguió desde trenipano, me yeo hoy yendiendo l)illetes. . . . 

Martina y Petronila se reían ya á carcajadas. Don Isidro entre risueño y 
amoscado, se rascaba las pantorrillas. 

Al ñu las dos amigas, i)ara que el hombre se íuese contentíj, le c(jmpraron 
yarios vigésimos, todos am ceros y con sumas más ó menos hitencionales ; que 
en esto estriba para la mayoría de los añcionados, el que los billetes peguen^ 
como ellos dicen. 

Marchóse, j^ues, don Isidro, calle abajo, gritando desaforadamente y 
enarbolando el palo, como si amagase con él á los transeúntes que no lo 
llamaban. 

Uno lo detuvo de pronto y empezó á examinar los bihetes. 

— ¡Qué números tan feos lleva usted, compadre. Mnguno me gusta. 

— Cuando los vea en la lista, me dirá usted si son feos. Mre, aquí tiene 
uno de los dichosos, el once mil sietecientos setenta y seis, cuatro de ellos 
(p'mag Hitas, y el otro un nueve virao jyarriba ; suma veinte y dos; los dos páticos. 
Quédese con él, y ya me dará las gracias. 

— ¡Anjáf ¿comprando billetes? se oyó decir de improviso á un individuo 
que se acercó al grupo. 

El interpelado oculh) i'áj^idamente el once mil en el bolsilh) del chaleco. 

— ¡Eh, camarada, no dishmde! ¡Ahora sí (jue no se me escapa! Y la 
albarda ¿cuándo ine la paga usted, don Cara-dura? prosiguió el que surgiera 
allí de repente. 

— Xo grite, hombre, (pie no hay necesidad de (|ue nadie se entere .... 
Óigame. 

— Xo oigo nada: venga mi dhiero, porque si lu). ... va usted á saber 
})ara lo ({ue ha nacido; replicó el exaltado acreedor, asiendo por un brazo al que 
hal)ia llamado Cara-dura. 

— Pero escúcheme, honil)re, y suélteme, que no me voy á huir; dijo éste 
con tono suplicante. 

— Me ha jugado usted la cabeza (piinientas Acces y no desperdicio la 
ocasión de sentarle la mano si no suelta la mosca volando. 

El billetero, a todas (istas, presenciaba a(piella escena con no j)oco 
azoramiento, ñia siemí re la A'ista en el bolsillo del chaleco, dónde hal^ia guardado 
el ( )tr( ) el once md dichoso, sin hal:)eiie aún satisfecho su imj^orte. 



97 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



— Me ha sucedido un percance con la albarda, continuó el deudor; mi 
sueo-ro me la i:>idió prestada el dia once de este mes para ir al Cotorro, á un 
negocio de entidad y mientras almorzaba en la bodega, parece que hubo de 
jalarse, por lo tiue se estuvo allí mucho tiempo, y cuando salió á buscar su 
caballo, se lo encontró en jyelo, comiendo yerba, puesto que la albarda otro 
habia cargado con ella. 

— Esas son trápalas, embustes, pretextos ridículos; pagúeme usted. ... 

— A eso voy, señor, no se apure : como la desgracia jne sucedió el dia once, 
le he comprado á este í)illetero, im once mil precioso^ y con el cual voy á tener 
de sobra para j)agarle á usted. La cábula es inñilible: no hay por dónde pasar. 
Vea usted: 11,776. Once y once son veinte y dos; sumando los cinco números, 
resulta también veinte y dos, v como fue el dia once la ocurrencia, cuyo 
guarismo es la mitad de veinte y . . . . 

Una teirible bofetada, ([ue ya exasperado, le dio con toda su fuerza el 
dueño de la all^arda, cortó violentamente el discurso de nuestro solemne 
embustero, quien echó a correr espantado. 

El agresor fue en su persecución, y el billetero, atento sólo al l)illete que 
se llevaba el ofendido, empezó á gritar: 

— ¡Ataja! . . . . ¡Auxilio!. . . ¡Me han robado el once mil sietecienfos . . ./ 

Y emprendió también la carrera tras los otros dos. 

C'Omo era de suponerse, la Policía tomó cartas en el asunto: detu^() á los 
tres individuos, y procedió á cuanto es de su competencia, en casos semejantes. 

La mayor dificultad fué desde luego, (|ue el fugitivo habia perdido el 
billete durante su carrera homérica, y don Isidro |)onia el grito en el cielo, 
porque, según asegural)a, ese once mil era uno de los premiadifos. 

En resumen, esta es la hora ([ue aún dura la (niestion entre nuestros tres 
personages, porque ha resultado ser insolvente el aficionado á albardas y á los 
once miles, y como el l>illetero insiste en (}ue ha sido robado y el dueño de la 
montura dice otro tanto, el hechor de ambos hurtos, ha ido á parar á la Cárcel. 

Pero lo que tiene (jue ver es la víspera de un sorteo. Ese dia, cada 
billetero es un energúmeno, que asedia al trauseunte, (jue se acerca á las casas y 
molesta más (]ue nunca ;í todo el que tiene la desgracia de ponerse á su alcance. 

Por de contado, ocurren ent/mces escenas más ó menos curiosas y 
extraíálarias. 

Una negra rechoncha (pie sale de la bodega, diríjese á un billeter(j, cpie 
situado en la esquina opuesta, vocifera y acciona, sacudiendo los billetes. 

— ¡Cuatro pesos (piedan del diez y nueve mil trescientos!. . . . ¡No lo dejen 
escapar, que está premiado!. . . . ¡Oido!. . . . ¡Mañana se juega! ¡Pasáo se 
cobra! ¡Acerqúense sin cuidiao (jue no tiene trichina ! 

— ¡Ah, billetero ^VyMío/".' dice la negra, deteniéndose ante él; ÍT/^á grita 
mucho, no dice verdá. 

— Cómo (pie no, Señora, contesta él, disponiéndose á hacer su presa; este 
número es de los sacadores; cójame los cuatro pesos y mañana por la noche se 
acuesta usted con más dinero (pie granos tienen esas mazorcas de mcii que lleva ahí. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



— ¡Jal ¿ufé es Dio? uté está dentro de la globo 2x1 sed>é la billete que va á 
saca premio? 

— SeñoHí, le digo á usted, que este nunierito no eugaña: t[uien lo eompra, 
sale de peuas y entra en la abundaneia y en la gloria. 

— ¡Ah, si yo me saco la lotería, yo pone un puesto de bollos, de butifarras 
y de ('hu'hm'Yones pa jasé negocio I 

— Pues ya puede usted ir pre])arando el sartén. |)or(iue la harina está 
aquí .... 

Resuélvese al fin" la negra, y compra un cuadragésimo. El billetero vuelve 
ti sus «ritos V á sus exageraciones. 

Llégase á él un chino. 

— Da á mi mío cualésimo; bnca ñámelo bueno^ po vé si yo tengo mañana 
mucho linelo pá i pá mi tiela; la Baña no sibe; tó tú muy cedo; mucho lalon que 
loba á chino: mucho siveg'úenza . . . . 

— Yaya, Chau, Chau^ a({uí tienes el único cuatrigésimo (pie puede llevarte 
al Celeste Imperio hecho un Emperador. jMañana me darás la propina, y mientras 
tú te atraques de opio, yo tomaré una ginebrada en celebración de la buena 
suerte de un chino tan bragao como tú ... . 

Al retirarse el asiático, vé nuestro billetero venir á un individuo, contando 
unos billetes de á peso, con suma atención y cuidado para cerciorarse de que 
no le falta ninguno. 

Este tal no es otro, que un hombre muy pobre, cargado de hijos, que 
acaba de cobrar esa cantidad, producto de un trabajillo (pie casualmente se le 
proporcionara dos dias antes, pues se halla sin colocación hace tiempo. 

kSu nuijer lo aguarda con ansia para disponer la comida, porque en la 
bodega, según dice ella, no le fian ya ni medio, el panadero, por lo consiguiente, 
no suelta los microscópicos panecillos sino con el dinero en la mano, y los cinco 
nmchachos están llorando, por(^pie siendo las cuatro de la tarde, tienen hambre, 
nmcha hambre, y no hay en la casa absolutamente nada (pie darles. 

En situación tan brillante, el sujeto á que me refiero, que como todos los 
arrancados es su})ersticioso y tiene corazonadas y cree en patrañas y en que él, 
como cuahpúera hijo de vecino, puede tener un golpecifo de suerte el dia menos 
pensado, entusiásmase con los augurios del billetero, miagina tener una 
inspiración y de los diez pesos, que no eran más los que traía, gasta cuatro con 
cuarenta centavos en los dos vigésimos, que el otro tenia ocultos en el sombrero. 

— Mañana salgo de pobre, se dice muy resuelto; es imposible (pie no cuage 
uno de estos dos números quebrados .... Ese l)illetero tiene una cara muy 
simpática y debe tener buena mano .... 

Cuando la mujer, que contaba con diez [)esos para comer y pagar en la 
bodega, se enteró de que su marido habia tenido una corazonada que importaba 
cuatro pesos y medio, incluyendo el real de la ginehrita que habia él tomado en 
celebración (le la lotería que se iba á sacar, cuando su|)o. el caso, digo. 
grit('), lloró, se arrancó el pelo y armó un escándalo mayúsculo. 

Cálmate, muchacha, porque lo (pie puedes lograr con tus arrebatos y tus 



99 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



improperios, es que se salen los billetes, replical)a. el zángano del marido, 
dándose paseos por la sala. 

— ¿Que más sal graudísimo demonio, que haber tú desbaratado los diez 
pesos, comprando, mire usted, billetes, que es lo mismo (|ue tirar el dinero á la 
basura ? . . . . 

— ¿Y si me saco diez mil pesitos"} . . . . ¡Entonces sí que te reirías, 
guanaja! , ... Lo primero que hacíamos, era dar un convite ])ara hartarnos, y 
luego .... 

— Diez mil alfilerazos te daría yo, zopenco, por estarte alimentando con 
semejantes ilusiones 

í^o necesito añadir, (|ue verificado el sorteo y examinada la lista, quedaron 
defi'audadas, como siempre, las esperanzas del (pie tan gordas se las habia 
prometido con los dos números quebrados. 

Sería hiteiniinal)le el relato de los (hversos lances y acontecimientos en (jue 
figura el billetero; y como ya este artículo tiene regulares dimensiones, litigado 
á este punto, permitirán ustedes (jue lo firme 

Francisco de Paula Gelabert. 



lOO 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



TESTIGOS DE ESTUCHE. 



Todos esos lioinbres (lue veis allí en los portales del (Tobienio, que entran 
y salen en las escribanías, que hablan, tosen, fuman y disputan; cpie a las doce 
del (lia se empujan y amontonan; se pisan y atropellan, (pie tan pronto están en 
la Lonja, como en el billar, tan pronto en la Almoneda como en la Dominica, y 
(pie ni un momento abandonan á ciertas horas aquel hervidero como alguien lo 
ha llamado, todos esos hombres, van allí á sus neí/ocios. Pero si preguntáis 
cuales son los asuntos que á ese lugar los llaman, muy difícil sería contestar esta 
pregunta. Pleitos y reclamaciones judiciales, diría cuakpiiera al columbrar 
acpiel heterog(jneo conjunto, y satisfecho creería haber señalado el objeto que 
atrae bajo los portales á tan ])ulliciosa reunión. 

Pleitos y reclamaciones judiciales, diríamos también nosotros, si viendo solo 
la superficie de las cosas no (piisi(^ramos penetrarlas. Pero ¿cuántos sin haber 
soñado en litijios, sin tenerlos, ni esperarlos, fijan allí su permanencia diaria por 
muchas horas consecutivas? ¿Cuántos f[ue sin pensar en tribunales ni procesos, 
tienen aUí sus negocios, y despnes de matar el tiempo, y mil otras cosas que 
callarse deben, se retiran á sus casas, (cansados, fatigados de sus que-fiaceres, 
abrumados de sus trabajos? ¡Cuántos, cuántos, lector amigo, van á reposar para 
entregarse al siguiente dia á la misma ocupación, al mismo trabajo, á los mismos 
negocios! ¡C/uántos finalmente hacen de este ir y venir, de este estar y volver 
las faenas diarias de su i)enosa existencia! 

Muy incauto seriáis si en estos renglones encontrar creyereis la descripción 
de los portales del Gobierno á las doce de un dia de tral)ajo. No es tal nuestro 
propíjsito, ni encerrar podríamos en nn artículo la nuiltitud de objetos (jue alh 
se presentan á los ojos del observador. Imposible sería taml>ien, dejar esplotada 
en tan rápidas líneas la al)undaiite mina que allí se presenta, ni agotar nna sola 
veta de las nuichas que en todas direcciones cruzan, profundizan y ennípiecen. 

En medio del sordo rumor que levantan tantas y tan encontradas ^oces, de 

1*1 Este articulo se escribió cuando aiín uo se Labia establecido la Real Audiencia Pretorial. 



lOl 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



tantos y tantos hombres cuya clase, condición, edad, traje, aspecto y ocupación 
se confunden en ese laberinto en tan poco espacio contenido, un objeto llama 
preferentemente nuestra atención. De esa turba de pica-pleitos, agentes, 
vendedores, litigantes, usureros, petardistas, leguleyos, estudiantes, oficiales de 
causas, escribientes, corredores intrusos, buhoneros y regatones; de ese inmenso 
y estrava gante conjunto que la sociedad arroja y amontona, como arrastran las 
olas del mar en la vecina playa mil raros y confundidos objetos, de ese acopio 
enorme cuya variedad no es posible en toda su estension referir, sobresale con 
erguida cabeza, limpio rostro y ojos indagadores, el íesiigo de estuche. ¡Oh! y 
quien pudiera pintarle sino con la exactitud con que el Daguerreotipo fija la 
imagen en la plancha, por lo menos con los rasgos distintivos de su carácter! 
¿Y (|uién es l)astante entendido y suspicaz, para comprender el carácter de ese 
homl^re, de ese hombre que todo lo sabe, que todo lo dice, ó que todo lo ignora, 
terji^'ersa y calla, según sea el caso en (pie ostenta los recursos de su rara, 
fecunda y producti^'a lial)ilidad? ¿quien podrá ser capaz de penetrar aquel su 
pensamiento ocuj^ado siempre de tantos negocios, que apenas puede en su 
sabiduría deslindar ? 

El Testigo de estuche es sin duda alguna, un ser privilegiado; su sabiduría 
no tiene límites, no conoce obstáculos. Si acaso se le presenta algún inconveniente, 
si algún escollo le amenaza, la religión del juramento que prestó, no le sh've de 
ól)ice alguno; inn)ávido todo lo arrostra; marcha firme, imperturbable, sereno: 
recurre en sus apuros á su prodigiosa y estraordinaria memoria, y tan satisfecho 
queda acertando, como contradiciendo lo mismo (pie poco antes habia asegurado. 

Por eso hemos dicho, cpie se presenta con limpio ros^yo y ojos indagadores; 
que si atpiel jamás lo turba el pudor, estos le sirven para escudriñar los negocios 
fpie demandan su constante y eficaz intervención. Si se trata de un pleito de 
familia, i)osee todos sus secretos; conoce al padre, á la madre, á los hijos, á los 
parientes, á los amigos que frecuentan la casa; sabe cuanto en ella pasa, y es 
tal su exactitud á \ eces, que hasta el mas leve suceso que altere la tranquilidad 
doméstica, el mas ligero ruido que se oiga, lo vé, le consta, y lo dice aunque no 
siempre se le pregunte. 

¿Quiere Pedro acreditar su insolvencia para pleitear á la sombra de este 
beneficio, libre de erogaciones judiciales? Pues bien, allí vá su agente; apenas 
dá un paso i)or los portales, apenas tiende la vista, se presentan tres ó cuatro 
testigos de estuche. Una señal basta para atraerlos; entra con ellos en la escribama; 
habla con el oficial, vuelve los ojos, y en tan corto espacio de tiempo ya saben^ 
les consta y aseguran^ que Pedro no posee bienes de fortuna, que es pobre, que 
apenas le alcanza lo poco que trabaja para su subsistencia, y todo esto lo atestan 
poríjue liace muchos años tratan al que los produce y jamás le han conocido 
propyiedades de ninguna clase. 

Muertes, heridas, robos, divorcios, préstamos, adulterios, golpes, sevicia, 
jactancia, fraudes, lenocinio, todo, todo lo sabe; de todo habla; todo lo atesta y 
asegura. Su nom])re, edad, vecindario, ocupación, (cuenta que no dice la cpie 
ejerce) estado y naturalidad figuran en innumerables procesos. Su apellido 



102 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



llama la atención del juez que examina el expediente, del ahogado contrario que 
impugna su declaración; del defensor de la parte en cuyo obsequio depuso. En 
todo interviene, en todo está, en todo toma izarte; así contril^iye con su dicho al 
triunfo de un litijio, como ocasiona su pérdida ]>or la implicancia y contrariedad 
de sus manifestaciones. 

Si le vierais al)S()lver un pliego de repreguntas, os asombrarían la facilidad 
y ligereza con que dá sus respuestas a los mií particulares (pie se le interrogan. 
Entonces no recurre al gran registro que su memoria le i)resenta; no piensa, no 
medita. Impávido, sereno, todo lo contesta, y i)ara nada cuida de buscar 
consonancia con lo primero que antes declai'ó. O se aprende el a])unte ({ue le 
facilitaron, y sin discreción i)or([ue no es posil)le acertai- con cuanto la sagacidad 
contraria exige, lo contesta todo trastornando lo mismo que no pudo combinar; 
ó con la mayor confianza y seguridad espone lo primero que en aquel instante 
se le ocurre, cual si fuera lo que verdaderamente debiera contestar. 

Recibe uno, dos, ó más pesos por su declaración, según sea el caso, y la 
importancia de su dicho; jamás pregimta cpiien es la persoma en cuyo favor va 
á prestar sus servicios, y es tal la prerogativa que á veces suele gozar, que sin 
necesidad de molestarse, ni interrumpir las ocupaciones que tan afanoso le traen, 
entra en el oficio, pide una pluma y firma sin exáníen alguno lo que le ponen 
delante; que esta prontitud, facilidad y falta de escrúpulo, forman parte y muy 
importante del favor que en aquel momento se sirve dispensar. 

Tienen taml)ien amigos y á éstos nada lleva, con ellos nada interesa, 
porque en cambio le proporcionan ganar algunos medios que llevar á su casa 
para sostener sus precisas y gravosas obligaciones. Firme en los portales, busca 
allí la vida vagando en los lugares que antes hemos mencionado, y si presto, 
ligero y veloz acude donde le llaman, presto también olvida lo que ha dicho, 
para ocuparse en lo que le resta por decir. Inñitigable, no pierde otros recursos 
iguales á este, para sacar el diario que su subsistencia demanda. Contrae 
deudas mezquinas, j^ero numerosas, y jamás sale de ellas, porque su prostitución 
es tal, que siempre lo tiene abismado en la miseria. 

Tal es aunc[ue ligera y dé))ilmente bosquejada el Testigo de estuche; ese ser 
corrompido y degradado que prostituye la pureza del corazón, que turl)a la paz 
de las familias; que hace de su viciosa vida un tráfico vergonzoso y criminal. 
Enemigo del trahajo, se entrega en brazos de la vagancia, haciendo de esta su 
execrable ocupación; víctima de la inmoralidad atribuye á su suerte, lo t|ue solo 
es efecto del abandono de su educación, de la indolencia con que viera correr 
los dias preciosos de su juventud. Pasa ésta rápida y fugaz, y sorprendido en 
medio de su funesto letargo, cuando una esposa, unos hijos, una familia toda 
reclaman su cariño y vigilancia, en vano puede comprender y alcanzar la 
im])()rtancia de sus del^eres, i)orque incauto y desj^re venido, jamás se le ocurrió 
(pie la sociedad exijía ])ara su sosiego y bienestar, el cultivo de su corazón, la 
dignidad de su alma, la pureza, y rectitud de sus costumbres. 

M. Costales. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 




Landaluze Dibujó. 



EL CALESERO 



Fototipia 2'aveira. \\ 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL CALESERO. 



I. 



La vida de los pueblos es como la vida de los ÍEdividiios (|iie constituyen 
sus moradores. Tienen su períodos de gestación, de dcí^arrollo. de virilidad, pero 
no llegan con la edad madura, al aniquilamiento y la muerte, como los miiltiples 
seres de la creación, á menos que sus vicios y desaciertos los empujen á la 
decadencia, que es su muei'te material y su muerte nioj"al. La Habana de hoy 
no es la Habana de ayer. Ha crecido, y se ha transformado. El |)rogreso lo ha 
invadido todo; todo lo ha trastornado, subvertido, modificado, siguiendo esa ley 
ineludible C[ue lleva los rios al mar y no los vuelve nunca á su cauce. 

Cuando las nun-aUas hacían de la Habana dos poblaciones, dividiendo con 
bastiones de canto y granito la ciudad vieja, que era la ciudad del comercio, de 
la \ida, del movimiento, de la riqueza, y la ciudad nueva, residencia por lo comim 
de las clases menos acomodadas, y en cuyos su))url)ios, que se llamaban el Manglar, 
Jesús María y el Horcón, vivían las (¡ue en la moderna jerga política se denominan 
hoy áJfimas capas sociales; cuando la .Vlameda del Prado se extendía sin 
interrupción desde la Punta hasta el Arsenal, dando sombra de dia con su 
arbolado á los ({ue hacían ese forzoso tránsito en las horas en que el sol alumbra 
y quema, y sombra de noche para que se deslizasen las aves de mal agüero: 
entonces, la famosa Pila de la India, era, como la estatua de Fernando YH en 
la Plaza de Armas, uno de los más bellos adornos de esta culta capital. La 
matrona de piedra que simboliza la fertilidad de Cuba, jxMlestal digno de 



•105 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



la mejor fuente de la Hal)aiia, eva de tal modo notal)le, y tanto llamaba la atención 
entre los monnmentos de Cuba, que no hay ])eriódic() ilustrado de hace cuarenta 
años, que no registre en sus colunmas semejante \'ista, adicionada con un trozo 
de las veijas del Campo de Marte. 

Como si no íuese bastante la popularidad del |)erió(lico y el li))ro, la Pila 
de la India aj^areció también sirviendo de adorno á la Aajilla. Un industrial 
ingles llevó el dil:)njo á su patria, é hizo competencia con él poco tiempo después 
al de las corridas de toros, á la sazón en l)ooa. Flatos, tazas, jarrones, jofainas, y 
otra nmltitud de olyetos de loza, de nombres fáciles y difíciles de citar, presentaron 
en tinta azul y en tinta roja, en su fondo ó en sus costados, esa famosa vista. 

Pero ni un sólo gral)ado de los mmierosos que he visto, ni un sólo objeto 
de loza de los que contenían la Pila de la India como principal adorno, carecía 
de un detalle esencialísimo, que más que accesorio, parecía ])arte principal del 
cuadro: un quiirin ó volante, en el que se recostaban, con la gracia que es innata 
á las cul)anas y la indolencia f|ue produce este clima ardoroso, tres mujeres, 
que yo llamaría ángeles, si me fuera fácil ])robar que los ángeles dejan sus etéreas 
regiones para ])oblar el suelo. 

Meditando sobre esa vista, (|ue realmente era bonita, me ha ocurrido siempre 
la misma duda : ¿ quisieron los artistas presentar realmente en ella la Pila de la 
India, ó fué su intento dar una idea del elegante carruaje que tenía el envidiable 
pi'ivilegio de servir de asiento cómodo para paseos y visitas á las encantadoras 
cubanas? En ese caso, la histórica fuente, las palmas ya destruidas y el Campo 
de Marte, hoy campo de Mercurio, eran los accesorios; y lo principal, lo notable, 
lo so1)resaliente era el quitrin. 

11. 

El quitrin, ó la rolante, es el cai'ruaje primitivo de esta tierra. He leido y 
releído multitud de historias y crónicas, buscando su origen, y ninguna me lo 
ha dado. ¿Querrá esto decir que pertenece, como el hongo, á la familia de las 
plantas que se dan espontáneamente? ¡Ridicula presunción, que rechazo! La 
volante^ ó el quitrin, ¿es ]>uramente cubana? Si se considera el servicio que ha 
prestado en el país; su comodidad para los paseos y viajes; su forma especial, 
tan distinta de los demás medios de locomoción usados en otras tierras, creeríase 
(jue era hijo natural de Cul)a, donde se busca el dulce descanso como 
compensación de la íatiga y de las molestias que causa el sol ardoroso de 
nuestro clima. 

Sal)ido es, y así lo dice la Historia con voz campanuda, ({ue los i)rimitivos 
hal)itantes de la Habana vinieron de Cádiz, y pocos ignoran (jue la (xdesa 
gaditana es de parecida forma al quitrin culmino, aunque, desde luego no hay 
punto de comparación, en lo que toca á las comodidades que proporcionan, 
entre el vehículo andaluz y el carruaje de Cu))a. Uno y otro tienen una 
l)ro¡)iedad indiscutil^le; la de servir como ninguno para que la mujer en él 
reclinada ostente sus gracias y encantos en toda su plenitud. 



106 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



El más jtopular de los bardos espafioles, el poeta Zorrilla, ha hecho una 
discreta preseiitacioii del quitrin en estos versos: 

El quitrin lleva siempre en su testero 
tres señoras, en traje tan lijero 
cual las flores que adornan su tocado, 
])ues no cabe en (juitrin francés sombrero. 
Va expuesta de las tres la más graciosa, 
la que llaman la rosa., 
que es punto de aquel triángulo hechicero. 

Otro poeta, no menos po})ular, si bien no tan afortunado -Plácido,-pone en 
boca de una co([ueta esta exclamación, que re^ ela hasta qué punto era el 
quitrín ansia y recreo para la mujer elegante: 
— Regálame im quitrin; dame dinero! 

Mi amigo Ildefonso de Estrada y Zenea ha consagrado al quitrin un 1í1h"o, 
elegante y oportuno como todos los <|ue salen de su fácil y discreta pluma. 
Tan poco afortunado como yo, Zenea no ha [xxlido descubrir la histoi'ia y origen 
de ese carruaje. Limítase á llamarle indígena, único y especial del país, porcjue 
se adapta como ninguno al clima y á su objeto. En eso estamos de acuerdo. 
Ningún vehículo ofrece mayores comodidades á los que conduce, porque ninguno 
imprime al marchar un movimiento tan suave como la vokmte; ninguno como 
ella permite recorrer de igual manera el bueno que el mal camino; atravesar los 
campos, subir las lomas y pasar por entre baches sin quedar estancado en ellos, 
y sin que la incomodidad del daje se haga visible. 

Con las líneas férreas, el quitrín ha perdido una parte no pe([ueña de su 
importancia en los campos. Los que viajan en ferro-carril no necesitan ya 
servirse de la rolante. Sólo se usa en los campos para el viaje, desde el paradero 
á la finca, de los que no renuncian á los placeres de la comodidad, y prefieren 
ir á cubierto del sol, gratamente recostados en el quitrin. 

Todavía, sin embargo, no ha desaparecido por com})leto de nuestras 
ciudades la histórica volante. .Vmantes fieles de la tradición, á par que de 
la comodidad, no se han dejado arrastrar por las corrientes de la moda, y poseen, 
para su propio uso, ese carruaje, digno de pasar á la posteridad. Es verdad 
({ue la mujer, su más bello ornamento, no le ocupa ya; pero esa defección sólo 
revela la volul)ili(lad del sexo encantador por excelencia. ¿Y cómo no había de 
abandonar los encantos del quitrín^ la que ha puesto cuernecillos en su cabeza, 
ha hecho funda de su traje, morrión de su peinado, y no pocas veces, almacén 
de pintura de su rostro, nunca tan encantador como cuando ostenta los colores 
que Dios le dio y San Pedro le l)endijo? 

Para que la memoria del quitrin no se pierda, ha trabajado el lápiz de 
Landaluze, re})roduciendo su vista, y copiando la estampa fiel de su conductor, 
el calesero. El calesero no es un personaje de nuestros dias. El progreso 
moderno, que trajo el ferro-carril y ha caniJ)iado los medios de locomoción, se 



107 



I 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



i 



lo lleva, quizás para siempre. Antes que desaparezca por completo, permitid 
que lo retrate á la pluma, aunque no pueda ampliar el retrato al lápiz <}ue lia 
hecho de mano maestra I). Víctor Patricio. 



El calesero es, casi siempre, negro, y se llama José. (Tcneralmente, nació 
en la casa de sus amos, ysu orí<2,'en es tan oscuro como el coloi- de su rostro. 
Su afición al oficio le viene de antiguo; pfero no suele ser hereditaria. Esto no 
quiere decir que dejen de darse casos, pues toda regla tiene sus excepciones. 
Antes de subir á la categoría de calesero^ — nombre cjue, según el ilustre cubano 
D. Esteban IVancjuilino Picliardo, tiene su origen en el de calesa con que 
antiguamente se denominaba el quifrin, — desempeñó las altas funciones de paje 
de la niña, llevando á la iglesia la alfbmlira 3^ la silla (|ue hal)ían de ofi-ecer 
comodidades al ama para los rezos, y alguna (pie otra \ez ocup(') la trasera de 
la volmUe [lara ejecutar las ói'denes que se le ])udieran dar y que casi nunca se 
le da])an. 

José aprendió el oficio con un calesero viejo, ya retirado, que mediante 
una retribución convenida, se dedicaba á esa enseñanza, desde luego más útil 
que 'a del toreo, ordenada por la augusta majestad de Fernando vii en tiempos 
que, })or fortuna, pasaron. No adquirió la ciencia de guiar el carruaje sin trabajo 
ni pena, que ni aquí ni en Yalladolid, se pescan truchas á l)ragas enjutas, y el 
cuero^ aplicado con severa energía sobre sus espaldas, fué su mejoi' maestro. 
Marchaba José, cuando adquiría esa enseñanza, sobre un penco criollo, juí)ilado 
para otros servicios, el cual arrastraba una arinadura de carruaje que no tenía 
de volante otra cosa (pie las barras y las ruedas. Sol)re unas tal)las clavadas de 
manera que facilitasen el asiento, sentábase el maestro con otros aprendices, y á 
par (pie corría el impi'ovisado vehículo, proiiuncial)a un curso de equitación 
práctica. 

— ¡Negi'o! -decía,- voltea los pies; no pegues los codos; la cabeza suelta; 
échate en medio de la calle para ^irar; pégate á un lado cuando viene un 
carruaje de la otra banda; no te pegues al sardinel para que no monten las 
ruedas 

Y por vía (le recuerdo, para (pie la lección no se olvidase, venía el 
indisj>eiisal)le cuerazo. De este modo se hizo José calesero y giiiete, ])or(pie 
su obligaííion era montar en silla y en pelo, y salir, sin tropiezo ni dificultades, del 
laberinto de carruajes y carretas que soha formarse, cuando no se había colocado 
en las calles de la culta el letrero con una S|í^ que dice: subida; -bajada, y 
las carretas entraban por la ciudad á paso de buey, trayendo las cajas de azúcar 
elaboi'adas en los ingenios comarcanos, y que han constituido, constituyen y 
constituirán, el nér\'io de la riqueza de este país. 

Su ocupación no podía limitai'se á guiar el carruaje. El entretenimiento y 
aseo del mismo era consecuencia natural de su trabajo. Todos los dias, al 
amanecer, salía el (piitrin del zaguán a la calle para que en ella le lavasen la 



i 



108 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



cara y (}iie(la8e brillante coiiio una onza de oro. Tei'ininada esa operación, 
venía el com[)leniento de limpiar lo8 arreos de plata del caballo y los adornos 
del mismo metal (|uc lucía el carruaje. El calesero forraba el eje cuando lo 
había menester, daba cebo á las ruedas, tusaba los caliallos, les trenzaba la cola, 
los lleval)a al baño, y realizaba las múltiples oi)eraciones que exigía el 
entretenimiento de la volante. 

Pasemos revista <í las pi-endas (jue constituían su ec|ui})0 de salida. Zapatos 
de becerro, con chapas (') hel)illas de oro; l)otas de campana, con adornos de 
plata, sujetas á la pantorrilla con hebillas y pasadores del mismo metal, así como 
las espuelas, con grandes estrellas; la, librea de la casa en forma de chaijueta 
redonda, con franja ó galoneada; camisa de crea de hilo, con tres botones de 
oro, sujetos por uno de cadenilla, y en el ojal del cuello, además, una cintita 
negra á manera de corbata: si se entrea])ría el cuello, veíase un paño de pecho, 
de una cuarta escasa, bordado con randas; en la oreja izquierda, una argollita 
de oro en forma de media luna; pantalón de dril l)lanco, por dentro de la bota 
moniuuental, ceñido á la cintura [lor hebilla grande de plata figurando un águila 
de dos cabezas; sombrero de copa, con el indispensable galón; en cada uno de 
los bolsillos de la chaqueta-librea un pañuelo de seda, cuyas puntas colgaban 
como adorno; la característica cuarta en la mano, con puño y abrazadera 
de plata. 

Para los viajes al campo, sustituía el calesero la librea galonada con 
cha(|ueta de dril crudo, con vivos de paño; la bomba, con un sombrero de 
jipijapa, de alas anchas: lleval^a chaquetón dolóle para los casos de lluvia, y ceñía 
al cinto el machete de concha de plata con que, más de una vez, su fidelidad 
defendió al amo de las agresiones del camino. 

Hemos conocido al hombre por el oficio, ]^or el nacimiento, por la 
ocupación, por el traje: conozcamos al hombre por el hombre. 

IT. 

El calesero de casa })ropia tenia nuichos privilegios, siendo uno de los 
principales el de la juventud. (Aiando llegaban los años, se le jubilaba sin 
cesantía, y poseía por todo hal^er, el de los recuerdos gratos de sus dias de 
glorias. Yo no sé si Marte fué seductor por su cara, ó poi-tpie adunal^a en sí la 
juventud y la fuerza; pero desde luego puedo asegurar, que por joven, por 
fuerte y por guapo, José filé el Tenorio de la casa, la envidia de los mozos 
la cuadra y el liéroe entre los hombres del barrio. Ya se entenderá que 
Tenorios, mozos y homl)i'es de su clase, color y circunstancias. En la casa se 
imj)uso sin hablar, ün golpecito en el hombi'o de la costurera, una mirada 
cruzada con la suya, fija y segura, y un ''¡Yo!. ..." lo hicieron el dueño de su 
\'olantad. Ya en la calle, necesitó del prestigio }■ el })es() de la palabra para 
renovar sus triunfos amorosos; la paloma en la jaula es más humilde y sumisa 
(jue la (|ue tiende el vuelo libre por los espacios. A veces necesitó vencer 



109 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



resistencias formidables, luchar con enemigos fuertes, pero el fruto más dulce 
al paladar no es el que cae del árbol, sino el que exige la pena de encaramarse 
para arrancarlo de la rama. Los guerreros no serian héroes si los ejércitos 
enemigos se les sometiesen sin lucha. La gloria está en combatir, y cuánto más 
reñida sea la batalla, ma3^or será la victoria que se alcance. 

La historia de sus conquistas amorosas exigiría un libro para relatarlas. 
Sus diálogos no tendrían fin nunca. Después de todo, el amor es un niño 
travieso, que no conoce clases para flechar. De arriba abajo, de derecha á 
izquierda, todos caen bajo su imperio. 

José, amante y amado, necesitaba adquirir otro papel en la comedia de la 
vida; y se hizo el confidente de la niña. Le llevaba las cartas del novio, y la 
llevaba en la volante^ sin que lo advirtiera la vieja, por donde él disputaba el 
puesto á un guarda-cantón, [)ara verla y suspirar. 

De todas estas complacencias sacaba José algunos escuditos en el bolsillo, 
y más de una mirada de carnero degollado, que quería decú" 

— ¡ Gracias ! 

Si el juego se descubría, podía sacar un paseo al ingenio, con exoneración 
de todo cargo, á menos que la voluntad de la niña pudiese tanto, (|ue trajera la 
anmistía antes que la terrible sentencia hubiese causíido ejecutoria. 

José no aprendió á leer, porque le estorbaba lo negro; pero sabía tocar el 
punto en la guitarra, y acomi^añaba con ella el zapateo, cuando no lo bailaba, en 
el campo. También cantaba unas décimas muy sabrosas, (jue le enseñaron en 
el ingenio; y en la cocina y en el zaguán, contaba sus cuentos, que tenían el 
privilegio, con gracia ó sin ella, de hacer reír. 

En el campo aprendió á echar algunas manigüitas, pero no en todas las 
ocasiones empleaba su tiempo y su dinero en tirar de la oreja ci Jorge, sobre todo, 
si podía tirar de la de Chucha ú otra que tal. 

1^0 siempre se retiralm José al llegar á la edad })rovecta. Si en sus verdes 
años pensó en el mañana con algún detenimiento, y abrió al ahorro las puertas 
de su bolsillo, se coartó, pidió papel, y se puso á tral)ajar por su cuenta. 
Descendió y subió á un tiempo nn'smo. Perdió la categoría, y ganó la 
personalidad. De calesero de casa propia, se hizo calesero de alquiler. Su traje 
sufrió una seria transformación: naila de galones, nada de bomba, nada de librea; 
poca plata, mal peijeño; pero en cambio de esto, libertad, absoluta libertad para 
manejarse por sí mismo. Sus tercerías eran de otro género. Conocía á toda 
la gente de antecedentes dudosos, conocía los últimos barrios, tenía otras 
amistades y otros tral)ajos. Su amor propio podía resentirse. De Marte pasaba 
á Mercui-io. Pero enganchaba cuando quería, y era señor soberano de su 
albedrío. ¡ Dueño de sí propio ! j Qué felicidad ! 

Esta libertad no la puede valorar el que no la ha perdido. ¿Qué sabe de 
la cárcel el que no franqueó sus dinteles? ¿Qué conoce del hambre el que sació 
siempre su apetito? ¿Qué aprecio puede tener al dinero el que nunca careció 
de él? 

Pobre y andrajoso; sufriendo los rigores del sol y la lluvia; viviendo á la 



lio 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



intemperie, José era más feliz en sn estado de li))ertad, que eon el regalo y el 
Injo de la casa. 

¿Por (|U(''? 

Preiiúntensel( ) nstedes, 

Y. 

El calesero lia })asado. La aristocracia de la sangre y del dinero, sustituyó 
con el cu])é, el lando, la berlina, el cabriolé, su cómodo quitrín; los que especulan 
en carruajes de alquiler, sacaron de las ruinas de la yolante el coche pesetero; 
éste nunca tendrá los atractivos que aquél: el cochero es de otra familia, de 
otra clase, de otro color que el calesero. Taml)ien pasaron los tiempos de la 
andante caliallería; pero por eso ¿habrá borrado la historia de sus páginas las 
proezas del caliallero, como Bayardo, sin mancha ni tacha? 

El calesero ha muerto. ¡Viva el calesero! 

José E. Triay. 



111 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



UN POZO PARA DOS CASAS. 



Después de vivir tres años una casa que yio tenía ogua, y de pasar por ésto, 
como ella decía, laj)ena negra, logró Placidita mudarse á otra, cuyo pozo bastaute 
profundo y con suficiente caudal de dicho líquido, hallábase en comunicación 
con la del lado. 

Como ella lo que á todo trance c|uería, era tener agua en abundancia, no 
juzgó en manera alguna ocasionada semejante comunicación, á desazones ni á 
la más leve dificultad, antes al contrario, creyó sena éste precisamente un motivo 
más para que se estableciesen relaciones directas entre ella y sus vecinos 
confinantes, hablándoles por el pozo cuando la circunstancia lo requiriera. 

Al cabo de una semana, teman va amistad Placidita v doña Bernardina, como 
lo prueba el diálogo siguiente, queáml)as sostenían desde sus respectivos patios: 

— Hágame el favor, vecina, decía aquella á ésta, de tener siempre tapado 
el pozo, porque de ese modo se conserva el agua limpia y saludable, y sirve 
para cuanto una la necesite. 

— Acá se tiene mucho cuidado con eso^ contestaba la aludida, como que 
nosotros bebemos el agua de ahí. 

— Lo digo, porque como allá hay niños, pudiera alguno sin saber lo 
que hace 

— ^lis hijos no tocan nunca el pozo, porque yo no los dejo arrimar ni á una 
vara de distancia, de miedo (pie se me caiga alguno de cabeza y tenga yo que 
tirarme detrás de él á sacarlo 

— Hace usted muy bien, doña Bernardina; quien evita la ocasión evita 
el peligro. 

— Pues hasta lueguito., que voy á plancharle una camisa á Pedro José, 
quien me está sacando los ojos por ella. 

De allí á pocos días, oyó Placidita á uno de los muchachos de la otra puerta, 
que decía: 

— ¡Ay, una guabina en el pozo, una guabinea Yo la veo nadando. . . . 



113 



lO^á 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Poseída de la mayor curiosidad, calóse Placidita sus grandes espejuelos de 
plata, y se asomó al brocal del pozo, j^ara ver la guabina. 

Pero por mas que miró y a olvió á mirar, no vio pez alguno ni cosa que se 
le pareciera. 

— ¿Dónde está la (juabina, muchacho? preguntó nuestra curiosa, haciendo 
un movimiento de impaciencia, por lo que deslizándose de sus orejas los 
espejuelos, cayeron al agua. 

— ¡Se me han caido al pozo las (jafas de plata! gritó Placidita; ¡las únicas 
que tenía y que eran un recuerdo de mí pobrecito marido (Dios lo haiga 

perdonado) que me las mandó á hacer con unas hel)illas de sus tirantes / 

Ahora ¿ ([uién me las saca, quien me ? 

— ¡Esa es la guabina^ las gafas de doña Plazoleta/ se oyó decir al mismo 
muchaclio, que había sido causa del percance. 

— ¡Ah, bandolero! ¿te estás burlando de mí? Llama á tu madre para 

ponerla como un trajeo, porque no te sabe dar educación; replicó Placidita, sin 
dejar de mirar al fondo del pozo, donde estaban sus espejuelos. 

— Mi 7)iáe no está aquí, contestó el muchacho con tono cada vez más 
zumbón, y yo tengo bien trancada la puerta de la calle, ]^ara que una que tiene 
como usted la cara de plazoleta^ no me pueda hacer nada-. 

— Te voy á dar una pela en cuanto te coja, grandísimo tunante. 

— ¿Y cómo vá usted á verme sin gafas? Arríese, si quiere, al pozo, para 
que usted misma las saque 

Placidita hizo que la criada fuese á la bodega y le buscase á alguno, que por 
un peso de gratiñcacion, y valiéndose de una escalera, bajase al pozo, á fin de 
recuperar ella sus espejuelos de plata. 

Al cabo de media hora, se presentó un negro joven, dispuesto á verificar 
el descenso. 

Pero doña Bernardina, que acababa de llegar á su casa, no bien se enteró 
de lo que se trataba á la otra. p)ueria, alzó la voz y dijo: 

— ¿Cómo vá á ser eso, vecina? ¿Se ha ohitlado usted de que acá bebemos 
el agua del ])ozo? 

— Bien, ¿y qué? contestó Placidita sin miramiento alguno. 

— Que de ninguna manera consiento yo en que se bañe ahi dentro ese 
moreno, que usted ha llamado sólo para Cjue le saque unas antiparras 
antidiluvianas, que no valen dos pesetas. 

— ¡Es usted una atrevida!. . . . Más valiera que le diese educación á sus 
hijos, pues á no ser por ese sangandongo, no se me habrían caído los esj)ejuelos . . . . 

Iniciada ya la cuestión de esta manera, es de presumirse lo que resultaría. 

Una y otra vecina pusiéronse como nuevas, hasta que habiendo llegado don 
Sílverio, el marido de doña Bernardina, hombi'e de gran calma y no escasos 
recursos, hizo cesar la polémica, y con ayuda de un aparato que improvisó, 
consistente en dos ó tres ganchos, colocados de cierta manera, logró al cabo de 
largo rato, extraer del pozo los espejuelos de Placidita. 

Gracias á este incidente, ambas vecinas quedaron reñidas y á lo sumo 



114 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



enconadas, lanzííiulose á cada ])a80 pullas y recriminaciones sin cuento, 
particularniínite por parte de Flacidita, ([uien se sulfuraba en extremo, cuando 
en casa de doña Bernardina dejaban descubierto el pozo. 

Esta preocupación constante de la l)uena señcjra, obedecía á una causa muy 
atendible y muy puesta en razón se¡:;un ella. 

Poseía una liermosísima íi'ata,, á la (|ue }laniaí)a Panzacola^ por ser regalo 
de una amiga suya, natural de la Floi'ida; y como el animalito, de un ligera salto 
trei)al:)a con frecuencia a la pared medianera que dividía ambas casas, estaba 
siem})re temiendo (|ue Panzacola se cayese ú \m)7á)^ \)0y la picara costumbre^ 
decía ella, de dejarlo destiqKtdo á la otra puerta. 

Esta circunstancia era continuo pretexto de disgusto entre ambas vecinas, 
sobre todo cuando Pedro José, el que habia visto la (¡imbina en el pozo, le soltaba 
una pedrada á la gata ó le daba un estacazo, apenas la divisaba trepada en el muro. 

Así las cosas, una mañana á es(^ de las siete, dormía tran(|uilamente en su 
lecho lleno de lazos y de encajes, nuestra Placidita, cuando entró con suma 
precipitación en la alcoba la criada Canuta, y principió á llamar á su señora, la 
que como dicen, tenia el sueño muy pesado. 

— ¡Niña PraskKta. . . . niña P ras ¡dita ! . . . . ¡ay. Pin mió, qué vá á disi 
la niña . . . .! 

Y así diciendo, sacudía la cama y hacía el mayor ruido posible para 
despertar á Placidita, que roncaba cada vez con mayor fuerza. 

Trascurrieron cinco minutos en vanas tentativas por parte de Canuta, hasta 
que últimamente, tantas fueron las exclamaciones de la negra y tanto el ruido 
que produjo en el dormitorio, que Placidita al fín abrió los ojos, pero sin 
despertar por completo. 

— \Niña Prasidita. . . .! ¡Pan pan. . . . saco saco. . . .! principió Canuta, 
anudándosele la voz en la garganta. 

Placidita la miró con ojos soñolientos y rostro abotargado. 

La negra permaneció algunos instantes como helada de espanto; pero 
sobreponiéndose á su terrible sobresalto, tornó ci la canción, diciendo: 

— JV-iña Prasidita. . . .! ¡Pan pan. . . . saco saco. . . .! 

Interrumpióse de nuevo, y de repente se echó á llorar. 

Placidita se frotó los ojos, pasóse la mano por la frente, y ya despierta de 
un todo, preguntó á la negra: 

— ¿Qué dices, muchacha, que han traído un saco de pan"} ¿y por eso lloras? 

— No niña, no es pan: es na gata Pansacora 

— ¿Qué tiene la gata ? 

En este momento se oyeron unos maullidos prolongados en el interior de 
la casa. 

— ¿Quién maulla así. Canuta? ¿Es Panzacola'! 

— !ái, niñaj na gata se cayó en la pozo que estaba destapado en casa de 
esa gente cabeza dura. 

Placidita lanzó un grito tremendo y arrojándose del lecho, coi'rió hacia el 
patio tal como estaba. 



115 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Al asomarse á la boca del pozo, vio con horror y desesperación á Panzacola 
agarrada con las uñas á unas i)iedras salientes de la escavacion que casi rozaban 
la superficie del agua. 

Los gritos de Placidita entonces fueron terribles y espantosos. 

— ¡Favor. . . .! ¡Socorro. . . .! ¡que se ahoga Panzacola. . . .! ¡Una onza 
al que me la saque del pozo....! ¡Una cuerda....! ¡un cubo. ...! ¡una 
escalej'a. . . .! ¡Corre, Canuta, busca al Orden Público. . . .! ¡que toque el pito, 
pidiendo auxilio ! 

Y tras esto, Placidita cayó desmayada junto al brocal del pozo. 

Mientras tanto, á la otra puerta ha1)lal)an todos á la vez; los nnichachos 
saltaban; doña Bernardina hacía aspavientos y se lamentaba de cjue ya no podría 
beber el agua del pozo si se ahogaba la gata, y sólo el bueno de don Silverio, 
el hombre de la calma y de los recursos inagotables, preparaba una canasta para 
echarla en el pozo, á fin de sacar á Panzacola. 

La operación duró más de un cuarto <le hora, pues la gata, en extremo 
espantada, parecía negarse á que hi saharan. 

Después de muchos afanes y de nuichos esfuerzos empleados con suma 
paciencia por don Silverio, saUó al fin del pozo Panzacola metida en la canasta; 
pero no bien se vio fuera, cuando de im salto ti'epó al muro para pasar á su casa; 
más como en esta también estaba descubierto el pozo, á cuya l)oca se hallal)an 
asomadas Placidita, que ya había vuelto en sí, y la negra Canuta, ambas 
presenciando con suma angustia y afán el salvamento de Panzacola., la gata tuvo 
tal tino y destreza en aquella circunstancia, para ella tan azarosa, que en vez de 
dejarse caer en los brazos de su ama, cayó nuevamente de cabeza en el pozo- 

Un grito imnnime resonó en las dos casas, y Placidita, ante tamaña 
desgracia, se vio acometida de unas violentas convulsiones, que pusieron 
despa^ orida á Canuta. 

Fué necesario, pues, que don Silverio, doña Bernardina y hasta Pedro José 
y sus hermanos, pasasen á casa de Placidita á prestarle auxilios, abandonando 
por de pronto á su malhadada suerte á la nnsera Panzacola., que dos minutos 
después ya se habia ahogado. 

Cuando se restableció la calma y Flacidita tuvo conocimiento del fin 
desastroso de su gata, se desató en denuestos contra doña Bernardina, contra 
don Silverio y contra Pedro José, que consideraba causantes de su desventura. 

— ^Yo he salido perdiendo, contestó doña Bernai'di na con semblante enojado; 
yo, que no puedo ya beber el agua del pozo a causa de ese maldito animal, por 
lo que tengo ahora que llamar al aguador y pagarle .... 

Tres dias tardó Placidita en conseguir nueva vivienda; pues aunque tuvo 
noticia de varias que reunían las condiciones requeridas, no quiso ni verlas, en 
atención á que todas tenían el inconveniente de servir el pozo para dos casas. 

Francisco de Paula Gelabert. 



116 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL PUESTO DE ERUTAS. 



Ese grupo caracteiístieo que presenta Landaluze en la híniina adjunta, solía 
ofrecerse muy a menudo á la <'ontenn)lae¡on del transeúnte, no hace aún veinte 
años. 

(Teneralmente era en la plazuela de alguna iglesia donde se instalal)a el 
puedo de frutas^ regenteado por ña Tula., una negra gangá^ de edad ya madura, 
como sus zapotes, sus anones y sus mameyes, con cuyos productos tropicales 
reunía á la larga sus mediecitos para poder descansar cuando fuera ya vieja 
machucha. 

La que se vé á la izc|uierda es la mulata Rosalía, que con la jaba en la 
mano, en vez de retirarse hecho ya el mandado, está charlarido con ña Tula, j 
el calesero Torcuato, refiriéndoles cuanto pasa en casa de sus amas, y contando 
á este pro})6sito, mil anécdotas y mil aventuras, sirWéndole de pretexto hasta las 
mismas frutas que va á comprar. 

— La niña 3Iérse es caprichosa como ella sola, dice Rosalía, principiando 
una de sus historias íntimas; tiene la cabeza más dura que esa jicara grande de 
ysté, ña Tula. 

— ¡Ah, siñó! ¿y p)oqué? pregunta la negra frutera. 

— Parece que (juiere uKjrir ahogada; continúa Rosalía. 

— ¿Ájogáf Esa gente son la mima diablo, salta Torcuato, tomando parte 
en la conversación. 

— ¿Usté vé, ña Tula, que yo vengo á comprar aquí siempre mamoncillos? 
Pues en naditica estuvo el año pasado que á la niña Mérse se le quedara 
atravesada en la garganta una semilla de mamoncillo y se fuera al otro mundo 
por la contigensia maléfica. 

— Eso tá güeno jjíí niño chiquito; observó Torcuato. 

— Se pone chupa que chupa y habla que habla con sus hijas, y por la 
sicoferensia de la materia, se le resbaló la semilla y entonces fueron los gritos 
que se venia la casa abajo. 

— ¿Y nelle grita así con semilla atora? preguntó Torcuato, manifestando 
gran asombro; eso se llama tener gañote de j ierro. 



117 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



— ¿Cómo va á ser eso, Trocuafo? Las que o-ritaban eran sus hijas, la niña 
Lola y la niña Sension .... 

— ¡Ah! eso úpué sé. 

— Y yenusfé, ña Tula^ cuando está de Dios que sucedan las cosas; continuó 
Rosalia, enfrascándose en sus confidencias ; al oir los gritos tan fuertes que daban 
las dos niñas, el niño Adolfo, que no hacía más que dos dias que se habia 
mudado en frente, corrió á casa en mangas de camisa, así y todo como estaba, 
con una tranca en la mano, porque creyó que las estaban matando. 

— i Válgame Dios! exclamó ña Tula. 

— Y como el niño Adolfo es estudiante de medicina, en cuanto yió lo que 
era, soltó la tranca y con la mayor facilidad le sacó de la garganta á la niña 
Mérse^ la condenada semilla de mamoncillo. . . 

— Ya usté lo ye, cámara^ la etudianfe sabe má que la juña; dijo Torcuato, 
dirio-icndose á ña Tala. 

— Eso es yerdá, carabela; contestó asintiendo la negra frutera. 

— La niña Lola salió ganando de ac^uel tropel, porí^ue como se asustó 
mucMsísmio y le dio una especie de desmayo, el niño Adolfo la tuyo que pulsar 
y darle á oler un pomito de luia cosa nuiy fuerte quo trnjo de su casa y ((ue 
creo que se llama jéntren. 

— Gente branca son muy batalloso; por ki mamoncillo sólo, ese mélico tuvo 
que cura dó mujere; o))servó ña Tula. 

— Salvó do una nuierte segurita á la niña Jlérse, pero en cambio dejó 
enferma del corazón á la niña Lola; replicó Rosalia. 

— ¡Ah, yo no entiende ese cosa. . . .! exclamó íuf Tula. 

— Porque la niña Lola se enamoró del niño .Vdolfo y como éste es 
blandito de corazón y le gustan mucho las rubias, según dice, al cal)o de una 
semana eran ya novios y creo (|Lie hasta se van á casar, todo por habei'se tragado 
una semilla de mamoncillo su mamá. Por eso dicen que Dios sabe lo ({ue se 
hace y que todas las cosas suceden por premision del cielo. 

— Uté cuando yVrMf parece como cuando yo toca mi marhnbola, que sale 
uno música má sabroso cpie la caña de la tierra que vende acjuí ña Tula; uté 
muchacha muy graciosa y á mí guta mucho mira su cara bonito^ bonito; dijo de 
pronto Torcuato que hacia ya rato contem})lal)a con cierta complacencia á la 
parlanchina nnilata. 

— ¿De verdú, Trocuato? ¡Y era la bella María! contestó la aludida, 
principiando á coquetear. 

— Tú, Rosalia, tú siempre vuere 1oc<j los hombre; ol)servó ña Tula entre 
severa y risueña. 

— ¡Adiós! ¿y yo tengo la cidpa, ña Tula? Por más que yo haga, no puedo 
evitar que me llamen la ñor de la canela, mulata santa, turrón de azúcar, divina 
prieta, y qué se yo qué otras cosas más que me dicen por donde quiera que 
paso .... 

— Tú muy provocaora, muchacha; luego tú vá á vé. . . . 

— Vamos ¿y qué le he hecho yo al mismo niño Adolfo, que después de 



118 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



estar pelando la ]>a\a tres o eiiatro horas por las noches con su rubia, la nina 
Lola, (jue tanto (lice él (|ue le ,i>'usta, cuando se va, al pasar por mi lado en la 
[)uerta de la calle, siempre me tira aliiun pellizco en el brazo y me dice alguna 
cosa. Digo, á mí, que en vez de tener la cara rosada como su novia, soy 
triijueñlta lavada^ y que en lugar de ser mi pelo como el de ella, lo tengo muy 
rizo .... 

— ¿Tú lo vé, muchacha, fíi lo vé. . . .? XwCííí^ jarrea ¡m tu casa, ([ue luego 
te \an ámete guano si te tai'das en la pueto de frnta. 

— Bueno, ña Tiila^ ]>ues écheme aquí en la jal)a un real de zapotes que me 
encarg(') la niña Lola, ])ara guardárselos á su novio, que es muy gandío. 

— Tó la, niña son iguá; té) dan trabajo á nosotro po la cotejo ; saltó Torcuato, 
dando comienzo á sus confidencias. 

— ¡Ah, ah, pa eso tienen, la pellejo hranco! observó ña Tula. 

— Dende que manese l)i('), ya empieza yo íi menea la pata en casa de mi 
suamo; friega volanta, limi)ia jarreo, baña (^al)allo, l)arre cal)alleriza, echa agua 

en la tanque, jase tó, tó, sin coge resuello Ajiena acaba la anmeso, á lleva 

el niño Nano á la Tribuna de (^uenta. Vueve pa casa, y entóce la niña Chatica 
con la dó niñita Canasion y .Vtaglasia monta \'olanta y va á corretea t(') dentro 
la Baña y t(') ya fuera. 

— Trocuato, me disí la niña Chatica, á la Palo Godo. 

Yo calla la boca: da de cuataso á Pajarito^ y va pa la calle de la 
Muralla. 

.V la (losaras de tá la tienda, re vo viendo y jablando la tré como cotorra, la 
niña Chatica, que tiene ya la boca seca como trapajo, jabre nmcho los ojos pá 
bucame á mí que etá sentá la bauíjueta. 

— Trocuato, disí nelle, á la üominica. 

Yo jala corriendo pá lo último de la calle de Lohipo y allí etá para otra 
hora, mientra la niña Chatica come matecá de leche y la niña Canasion bebe 
i-efreco y la niña Ataglasia traga, traga, tó lo duse de la confitería. . . Pasa uno 
conosío, se para, mete la cuepo casi dentro de la c(uitrin, se quita la l)omba, 
pofjue tiene mucho caló la cal)eza y empiezan la risotá. 

(Jomo por allí no hay ninguno borega, yo no pue dá un salto para ir á toma 
un poco guariente caña y tengo que seguí monta, mueto de sé, hasta que las 
niñas se cansan y me dicen que picjue. 

Entonce vamo á la baño de má; dipué ájase uno \'isita; luego á casa. Pó 
la tade, ]ione otra vé la volanta, á lameda de Sahé Sigunda, á paseo de Cedo 
Ti sel o. Pó la noche á la ritleta ó á la treatro .... 

— Pero ese gente así tan paseaora se vá á morí un dia en la calle; observó 
ña Tula. 

— 1^0 só quien va á jasé quiqíiiribéi mandinga, de etá siempre monta, con 
bota y librea pueta, sin decansá una momento ; replicó Torcuato. 

Al decir ésto, vio nuestro calesero que venía ])or la acera Maria Justa, 
negra curra del Manglar, á cpiien él conocía, y se distrajo mirándola. 

Rosalía al verla, púsose á cantar por lo bajo con cierta picaresca sonrisa: 



119 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



"María Justa se casó, 
Se fué á vivir allá fuera, 
Los Civiles la preiidierou 
Y se armó la rumbautela." 

— Ese negra é templa como cunijei/ ; dijo Torcuato á manera de réplica, 
volviéndose á la mulata. 

— Es nniy safiota, nuiy relampusa, nmy sangre pesa; ¿usté no la vé con la 
manta de burato colgando y el cabo de tabaco en la mano, cogiéndose ella sola 
todo el sardinel? A mí se me para en la boca del esiógamo. . . . 

— ¿Qué hace usté por este reshito, mi señora? dijo Torcuato sin hacer caso 
de las i^alabras que pronunciara Rosalía, dirigiéndose á Maria Justa que pasaba 
á la sazón ante eljniesto de frutas. 

— Voy a una diligencia muy comprometía, contestó Maria Justa, retorciéndole 
los ojos á la pardita, como si trataní de ])rovocarla. 

— üté siempre en trifuca ¿no vedá^ 

— Una perra mulata bkmconasa, quitaora de marío, que me trae regüelto á 
Gumesindo. Ahora la ^•oy á buscar y como lo encuentre á él cortejándola, le 
voy a dar á ella un bocabajo con este chucho colorao (|ue llevo aquí esco7id¿o. 

— Eso no tá güeno en una mujé como uté, Maria Juta. Por eso mucha 
vese los hombre tienen (jue sé nmcho. mucho malo, y luego le apiietan la 
pecueso. Uté son la pedision de lo ^■arone. 

— ¿Usté saca la cara por G times indo? 

— Gumesindo es fomá, yo ripondo por él. 

— Ustedes los caleseros, poique gatan librea verde y colora, se ponen bomba 
en la cabeza y llevan una cuaita con puño de plata en la mano, se afiguran que 
valen más (|ue toitíca la gente de color. Pues se aquivoca, Trocuato^ poi'que las 
que hemos nació en el Manglá, tenemos la eangre jreviendo en el cuerpo y no 
nos dejamos engatusar por nengunito, aunque sea el rey de los caleseros. 

— Tá güeno, IMaria Juta, tá güeno .... yo da consejo, uté me dipresia .... 
tá güeno. A vé, ña Tula, pela pina, baja racimo de prántano de Guinea, ])aite 
mamey colorao, pone to lo fruta a(]iií alantre, que yo vá a convida á Maria Juta. 

Al oir esto Rosalía, dio media vuelta y casi sin saludaí- á nadie, fuese 
refunfuñando, con su jaba llena de mamoncillos y de zapotes. 

A la par que tenía lugar esta escena junto al puesto de frutas, á alguna 
distancia de él halhibase en coloquio el negro carretillero Bernabé con otro 
compañero de gloiias y fatigas, el que tenía ya las pasas enteramente blancas 
por la suma edad, y que sentado en el suelo, en la postura que se vé en la lámina, 
descansaba sin duda de alguna larga faena hasta que se le presentara nueva 
tarea, entretenido mientras tanto con la conversación de Bernabé. 

Pueden suponer los lectores sobre lo que versaría ésta: los viajes que habia 
dado con la carretilla; las pesetas que habia ganado aquel dia; una escena 
doméstica de que fuera él testigo, en que figural^a una mujer que después de 
reñir con su mano postizo, como Bernal)é decía, trasladaba violentamente sus 



120 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



]>onaíos á otro local; y otros mil particulares aujilo^os que el viejo escuchaba 
cou la mayor impasibilidad, concluyeudo ;íuibos ])or dirigirse á la bodega más 
])r(')xima á tomar uu trilito de aü'uardieute para recuperar las abatidas tuerzas. 

A todas éstas. Torcuato y Maria Justa liabíause despedido de ña Tula, ([ue 
contiuuaba ex[)endieudo sus í'rutas ;i los iiefi,rillos del barrio, á los muchachos 
callejeros (¡ue atisbabau el momento en que la ne,i¿,ra tuviese el menor descuido 
para r()l)arle un marauon, dos ó tres })látan()s ú algún racimo de mamoncillos, y 
a cuantos acudían al puesto á proveerse de lo que necesita) )an. 

Llegado á este punto, no jíuedo resistir al deseo de dejar aquí consignado, 
como un hecho digno de la curiosidad de los investigadores, la modificación que 
van suí'riendo nuestras costumbres hasta en a(|uello (jue menos |)arece (jue 
del )íera experimentarse. 

A })ropósito, })or ejemplo, de los jmesfos de frutas, los había en la Habana 
por donde (piíera, fijos y am])ulantes, consistiendo estos iiltimos en los tableros 
([ue conducían las negras sobre sus calvezas, cargados de pinas, de chii-imoyas, 
de frutas bombas, de aguacates, de mameyes colorados y de Santo Domingo, de 
anones, de zapotes, de ])látanos de Guinea y de la India, &c. &c. &c. 

l^no de los puestos de frutas más notables de ciue ahora me acuerdo, es el (pie 
diariamente establecía la negra Mariana en los portales de la antigua Intendencia, 
V al cual acudían á refrescar y ;i matar el tiem])0, allá por los años de 1850 á 
18()0, todos los empleados de Hacienda y de (Tol)ernacion, haciendo en él gran 
consumo de naranjas, de agua de coco, de caimitos y de otra di^'ersidad de frutas. 
En mi concepto, Mariana debí() enriquecerse, vendiendo frutas á los empleados de 
aquella década, algunos de los cuales aúu deben recordarla con fruición . . . . 

Otros tiempos, otras costunil)res. Los empleados de la éjioca presente han 
sustituido las frutas con el lager hier^ con el ajenjo^ con el vermoufh cocJdaü y 
con los coriforfahhs traguifos de cesantía, (pie les ])ropina cuando menos se lo 
esperan, el Ministerio de Ultramar. . . . 

Esto quiere decir que las fi-utas se han ido como se vá todo en este mundo 
deleznable y que ogaño acaso no somos tan felices como antaño. 

Comer frutas era antiguamente en la Hal)ana una ocu]>acion importante 
y de gran incentivo, como que servía de pretexto para multitud de propósitos. 

Las muchachas acudían en determinados días á la Quinta del ()bis])o, á 
comer mangos, yendo en ])os de ellas los jóvenes, que si l)ien solían dar más de 
un resbalón con las cascaras de esta fruta indígena, eran más á menudo víctimas 
de las acechanzas de la coquetería femenina, puesto que su escursion á la Quinta 
del ()l)íspo, venía á resumirse al fin y á la |)ostre en otra que hacían un año 
después á la Parroquia, dónde un respetal)le cura los unía en matrimonio á la 
misma muchacha con cpiíen habían comido mangos en la referida Quinta 

Aparte de todo lo que llevo dicho, yo me doy el parabién de que ya no 
existan acpiellos puestos de frutas^ j^ues la idea de (]ue se conserve su recuerdo 
es lo que me ha dado tema para escribir este nuevo artículo. 

Francisco de Paula Gelabert. 



12i 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



LAS TEMPORADAS: 

NI TIPO, NI COSTUMBRE, PERO TODO JUNTO EN RECUERDOS. 



Fueron las temporadas en Cul)a necesidad de todos los tiempos. Las familias 
antiguas, como las modernas, han tenido que huir de la Habana en la estación 
de los insoportables calores. Así se disminuye la intensidad del conil)ate de la 
vida con sus elementos destructores. Hay en (Jul)a pocas, muy pocas naturalezas 
refractarias á los principios disolventes que dominan, acpiellos que alejan todas 
las enfermedades, desde la })este negra hasta los tifus; desde las viruelas á otras 
erupciones más ó menos repugnantes. ¡Dios inio! si no engañasen las apariencias, 
¿cpiiéii sería osado á i)enetrar en esta tierra? Ved la mayor parte de sus costas: 
ofrece en lo físico desvergonzadas a])ariencias de hostilidad contra los hombres: 
sus áridas y acantiladas orillas, con abras y puertos, cuyos senderos ta|)izan 
arrecifes y diente deperro; sus zarzas y rizados tocinos; sus enredados y ensedosos 
mangles, en los que habitan enormes caimanes en la embocadura de los rios. Pues 
esa aparente hostilidad es todo a ida y dulzura para acoger mansa y cariñosamente 
toda dolencia ó mal (pie nos traen de fuera: las enfermedades todas se hacen 
endémicas, como sucedía con el mal de 8iam ó fiel)re amarilla desde 1762; como 
con el cólera morbo asiático desde 1833; y no es eso lo peor, sino que los pocos 
que se achmatan suelen convertirse en zánganos (vulgo l:)illeteros, buhoneros) ó 
sanguijuelas (los malos empleados, peores abogados, &c.) Es providencial que 
por k) regular esos inconvenientes del clima, ó radi(pien en las ciudades y las 
costas, ó sean menos terril^les en los campos. Por lo que ahora vemos, es justiftcado 
uso constante d.esde antiguo el de las tem})oradas: es remedio aprobado para 
prolongar la vida. Si á los medios contribuye una buena organización, tanto 
mejor para el ser afortunado que la tenga. 

Entre éstos conocí una señora de no\'enta años: incesante predicadora 
})ráctica de las ventajas de las temporadas; contando, eso sí, con la voluntad de 
Dios, sÍ7i cuya orden ni aún se mueven ¡as hojas de los árboles; que á esa edad 
conservaba una felicísima memoria y una rica y virtuosa alma. Era una alma 
castellana vieja, como la de sus padres, que con los fueros de Castilla se trasladaron 
á esta parte del Nuevo Mundo, cuando la dinastía de Borbon em})ezaba á 
militarizar á España; á pesar de contar reyes tales y tan buenos como Fernando 



123 



_ 1— 

TIPOS Y COSTUMBRKS. ! ^^ 



VI y Carlos III. La señora era AÍuda de un aiiti^uo empleado de Factoría. 
Aunque entonces |)red()niinal)an en el i'anio jetes vizcaínos, era habanero y pariiMite 
cercano del asesor último, (jue también nació en la Habana. 

Mientras vivió su marido, ya cesante, il)an á veranear y aun algo niiis, \mi¿a 
inverna))an en el ingenio. Cuando demolió éste, variaba en los lugares veraniegos, 
buscando dos, tres y aun más grados de diferente temperatura, templando los 
ardores poco higiénicos de la Ca})ital. í^a simpática anciana se llamal)a D'^ 
Te(')fila ()lim])ia. 

Viuda, no le gustaba alejarse mucho de la ciudad, i)or(|ue ella cuidaba de 
sus negocios, que hal)ian venido á ménf)s con los años; prefería el Cerro, hasta 
que lo echaron á perder los carritos del Url)ano; pero el íérro-carril de ]Marianao 
fué el colmo de su satisfacción, })ues se le ])roporcional)a un medio de respirar 
"más campo verde" — en habitaciones ur])anas, y más eml)ellecido, cuando daban 
ya sombra los laureles de la India (1) de la bellísima calle del Panorama, 
vergüenza de las otras Adas, (|ue podían ])arec('rseíe y semejan desiertos arenales. 
Sin embargo de sus ideas ])rogresistas, 1)? Teóñla era la nrás escrupulosa cn'niica 
de los tiempos que pasaron. Recoi'daba en el portal de su casa a([uellas temporadas 
á que había concurrido y las princii)ales fiestas en (|ue se había hallado. 

Como es de suponerse, casi siempre hal)lal)a de los Molinos del Rey y de 
las Puentes Grandes, su bello rio, y todo como punto de reunión de las iiunilias, 
principalmente de los empleados en la renta del monopolio del tabaco. ¡Qué 
dias aquellos! Los paseos por el rio, los baños, los sucesos prósperos y adversos, 
serios ó de jovial recordación. El entusiasmo de los recuerdos dá cierto tinte 
religioso á la melancolía que los reviste. Como todas nuestras madres, se hacía 
lenguas relatando lo que recordaba de sus juveniles y aun infantiles años, 
singularmente de los saraos y las iluminaciones que se efectuaron con motivo 
del /diz ascenso al Almirantazgo del Snio. Sr. Piíncipe de la Paz: sin olvidar á 
su gran cronista 1). Tomás Komay, (2) como una de las glorias patrias. Pero entre 
todas, acaso por considerarla de la familia, ])onía sobre las niñas de sus ojos y 
en los cuernos de la luna la espléndida celebración de la Factoría, en donde todo 
fué regio: baile, comida é iluminación. — Hoy ocupa la grandeza de esos gastos 
tan mal empleados, una cosa más recomendable que elmono]K)lio y la adulación: 
un hospital. 

A cuantos oian los interesantes recuerdos de nuestra amiga, causaba intensa 
admiración su gran memoria. Comparaba los prendidos de las damas, sus 
trajes de todas las épocas con los que alcanzaba, con tal corrección y exactitud, 
que parecía que leia un periódico de modas de la época; pero en la citada no los 
había en todo el Reino, no ya en la atrasada Cuba. Mas pronto volvía al tema 
de las temporadas; por entonces y luego que se abandonó por la moda las que 
bordaban las orillas del Almendares, en los puntos nombrados, fué el Cacagual, 
caserío esparcido á las márgenes de su rio y en los alrededores del manantial de 

(1) F. IMir/ioso. 

(2) El ilustre intiodnctoi- de la vacuna, o su propagador é insigne patricio, fué encargado por el Capitán 
General de escribir la relación de las fiestas. 



124 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



agua nitrosa: población de I)añistas, jugadoi-es y gente alegre (^ue llenaba el 
lugar que ahora es un sitio rústico del marques de la Real Proclaniaeion: una 
estancia cubierta de maloja, por lo connni. 

La parte más curiosa era la descripción de los medios de comunicación. Las 
calesas, las romerías ;i caballo, en (jue solia figurar una varonil hija de los 
manjueses de San Felipe, que montaba un f rizón de trote y cazaba en horas 
oportunas en los próximos Ijosfpies; la orquesta solía ser esplendida cuando 
facilitaba su banda de esclavos, j^erfectamente organizada, el citado Sr. Marcjués. 
La misma ([ue tocó la marcha Real al duque de Orleans, cuando emigrado, fué 
hucs})ed del Bejucal en el hermoso, hoy destruido, palacio de dicho señor, (]ue lo 
fué en i'ealidad de dicha ciudad. Las carretas enramadas fueron de los principales 
vehículos deesas correrías, que pelean en lo calmosas con este nombre: no 
corrían, se arrastraban, y 1)'? Teófila tenia el buen gusto de confesar la preferencia 
del ferro-carril sobre sus antepasados. No faltó alguna vez un opositor: estaba 
delante un viejo, calesero que conservaba D'? Olimpia, (|ue solia, como todo 
criado viejo echai- su cuarto á espadas, y exclamó: 

— ¡Válgame Dios! yo creo, mi ama, que á la niña (la niña tenía, ya se sabe, 
noN'cnta años) le gustaría más mejor la victoria, que se para cuando su merced 
quiere: yo no puedo olvidar que la primera vez (jue vine con su merced se me 
cayó el sombrero, y el macjuinista no cpiiso pararse por más que yo gritaba. 

Todos saludaron al ))uen negro con una carcajada. 

La preopinante continuó prefiriendo en pormenor el alarde ó revista de las 
temporadas, de lo cual resultaba que ella conocía, en cuanto á las de baños, por 
experiencia ])ro])ia, la de Madruga, por({ue era íntima de la familia de los 
sucesores del Factor irlandés 0-Farril, (jue había dado á conocer sus aguas, (1) 
que llevaron al ffuímico Ramii'ezáque las analizara, y por aquellos tiempos era 
fama no discutida, que hasta resucitaban á los muertos: allí pasó una temporada 
en buena salud y bien andanza espiritual. Xiinca se atrevió á ir á los baños de 
San Diego, por su distancia y los peligros del viaje. 

A pesai- de la tendencia femenina á hablar de enfermedades y sus remedios, 
nuestra anciana fué siempre más dada á contemplar el lado alegre de las 
temporadas: era su remedio el veranear. Abría pronto nuevo capítulo ó doblaba 
la hoja sobre otros particulares, entretegiendo anécdotas y sucesos. 

El itinerai'io histórico de doña Teófila fué, en los últimos tiempos, del Cerro 
á las Puentes reforaiadas, en que figui-aron el Conde de Cañongo y sus parientes; 
el poeta marino Enlate; con sus regatas por el rio y sus almirantes de las fiílúas, 
etc., etc. De las Puentes á la Seiba; de la Seiba a los Quemados; de los 
Quemados á Marianao. No hizo rumbo al opuesto lado, porque en Guanabacoa 
y Santa alaría del Rosario se reunía más gente pobre y menesterosa, y ella no 
iba nunca á afligirse con cuitas ajenas (jue no podía remediar. Este juicio, cuya 
exactitud no discutimos, se lo dejamos entero cá nuestra amiga. En cada uno de 
esos puntos había un motivo de recomendación: en Mai'ianao y los Quemados, 



(1) Uno Je ellos cedió generosamente al pueblo la Casa ile Baños. 






TIPOS Y COSTUMBRES. 



la extensión de las easas y su bellísimo Panorama', en todos, el campo; en las 
Puentes, lo pintoresco y quebiado casi suizo de la población, y su rio; las vistas 
de los baños del mar y llanura que los precede; vistas más bellas al trasponer el 
sol que aún al salir; y no olvidal)a ningún accidente. Lo cierto era que en todos 
esos parajes se disfruta de una temperatura que equivale á dos, tres y aun más 
grados de diferencia fiívorable de la que cuece á la humanidad á fuego lento^en 
la B[al)ana. 

Doña Te(!>fila siguió las faces humanas al descender de su fortuna, aunque 
nunca tuvo que ir á Guanabacoa: iba teniendo menos medios, según frisaba en 
más años, especialmente desde la cesantía de su esposo, y aún más, cuando quedó 
viuda, sin hijos y entrada en años; pera siempre conservó lo suficiente para vivir 
con holüura, v salir del Caldero de Pero Botero ó la ciudad, buscando el aire 
libre y embalsamado del campo. La última vez (|ue la vi fué en los Quemados: 
fuerte de cuerpo y alma: era la misma actividad, exagerada por los años si 
cabe. Su casa, la reunión más escogida: respetada por su carácter y circunstancias. 

Esa vez recordó la sociedad del Cerro, (^ue aún no había caido del ti'ono 
de la moda, pero ({ue se baml)oleaba. La ha])ía fundado como presidente el 
Excmo. Sr. D. Ignacio Crespo; contril)uian á su l)rillo los Diagos, Cárdenas y 
otros habituales temj)oradistas. Nuestra amiga censuralia amai'gamente los tonos 
aristocráticos que entonces se adoptaron. ¡Casaca en los bailes de tem})orada! 
exclama])a. A ella le parecían más elegantes los trajes de dril blanco en el 
verano. Me hacía cargos personales porque fui el sucesor en la presidencia de 
Crespo y no lo emnendé. 

Eran los fósforos de cerillo otro de los progresos que ella condenaba, para 
los fumadores. En esto le gustaba, como menos peligroso, y aún más accidentado 
á aires de buen gusto artístico, la costumbre antigua de los braseríllos de plata, 
que traían á las tertulias de confianza, que sólo en las de confianza se fumaba, 
criados, el negrito con ó sin lil)rea. ¡Cuántos fuegos se evitarían! 

Como su fortima lialjía disminuido, ya no había podido dar el ejemplo de 
esa costumbre: no tenía más que un criado calesero, que era su cobrador y 
mandadero. Durante las temporadas, lo dejaba al cuidado de la casa en la 
Habana, y solía venir á diligencias y la esperal)a en el paradero de Concha con 
el carruaje. El resto de su servidumbre era todo femenino: cocinera, lavandera, 
criada de mano: total, tres criadas de color. 

Como para doña Teófila no había penas en las estrecheces de la vida 
cristiana y estoicamente paciente, parecíale su situación superior á lo cjue gozó 
en la Factoría y en el ingenio, ya demolido y repartido en sitios de labranza. 
Elogiaba la conveniencia de no tener más que mujeres á su orden inmediata. 

— Estoy perfectamente, decía; me obedecen como hijos. 

Uno de los concurrentes le hizo la observación de que siempre convenía 
tener de puertas adentro en la casa quien im})usiera temor y respeto á ladi-ones 
y malhechores. Esos recelos de peligros no la fatigaron jamás. En esa ocasión en 
que fué interpelada, se expresó en términos anecdóticos que no dejan de pintarla. 

— ^Yo nada temo de los de fuera: lo peor en las familias son los amoríos 



126 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



li- 



de los esclavos, — entonces los había. — Lo mejor, si es posible, es t{iie no haya de 
pnertas adentro quien enamore alas criadas: se encelan, se embisten, se disgustan 
por lo menos, y adiós el servicio doméstico: yo nunca los sufría, y cuando los 
tenia, lud)ia á cada rato armstir // ropa limpia. Ahora se eternizan: mi calesero 
tiene pocos años menos que yo, y es lo más pacífico y tran([uílo; fuélo siempre; 
y ni el duerme aquí en casa. En cuanto a los peligros de ladrones en temporadas, 
alguna ratería, lo demás son sustos. 

Un ciu'ial de mala fiíma, tal vez inmerecida, objetó que el sa])ía de lances 
((ue contradecían esa conñanza, pues había ladrones en todas partes. 

— Sin duda hasta en los cpie profesan la justiciii, dijo entre irónica y sencilla 
la matrona; })ero es menos frecuente la violencia de lo c¿ue se presume, acerca 
de lo cual cada uno puede recordar lo que le ha i)asado en su vida. — Yo estoy 
})ersuadi(la de que lo más que le sucede á uno en los pacíficos campos que 
rodean los puel)los de temporada y en éstos, son sustos, á (jue el miedo dá 
existencia. Oigan ustedes, hace pocos dias que en una de sus noches vino á 
avisai'me una criada que hal)ia gente en el patio; se lo persuadía el ruido (pie 
oy('), y yo también y las otras; oímos descolgarse por la soga del pozo, único 
l)unto accesible de la casa, algo como hombre ó fantasma, pues sonó el carrillo 
sensiblemente. — Pues, hijas mías, atrancad las puertas; yo abrí las ventanas de la 
calle y esperamos el dia. ¡Pol)res })ollos y pobre ropa tendida! Eran los objetos 
transportalíles que tenia. Amanecercí Dios y medraremos. — Llegó la ansiada 
mañana, y con todas las precauciones empezamos por abrir los postigos de las 
ventanas, y cobrando aliento con la ])az que reinaba, y cuando los vecinos 
recorrían las calles, abrimos la puerta del patio. Nada vimos! Se había rodado 
efecti^'anlente la soga del cubo, y éste no parecía. Vímoslo en el fondo del pozo : 
he ahí el gol/ye. ¿Pero quién lo arrojó? A poco desculírimos un gato ahogado 
cerca de él: súpose entonces que las criadas, así lo dijeron, habían puesto el cubo 
lleno de agua en el brocal, que por mala costuml)re dejan en muchas casas sin 
tapas ó cubierta: el gato quiso beber; se apoyó en el cubo, y lo empujó y cayeron 
juntos, con espantable estrépito (1). — Vean ustedes, susto y nada mas. Si 
hubiera habido hombres, se abre la puerta por la noche, con algún revólver que 
suele herir a los defensores, que no á los ofensores, y como es costumbre decirse, 
el Diablo las carga. 

Para I)^ Teófila nada hay enteramente malo, sino ([ue todo tiene su lado 
bueno aun la desgracia: pero es la defensora en tesis absoluta de la necesidad 
y conveniencia de las temporadas en el rico, en el homore acomodado y aún 
en el pobre, que jjara todos sale el sol; la diferencia son los medios. — Una 
temporada es un puntal de la vida. Con llegar al Cerro solamente, se consigue 
una temperatura de dos grados de ventaja, y conforme se aleja, mucho más, 
respecto de la ciudad, j Bien por las temporadas ! 

Antonio BxVchtller y Morales. 



(1) Histórico. 



127 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 




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Reina 1'2. — llnhnnn- 



LOS NEIGROS CURROS 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



LOS NEGROS CURROS. 



La ül)ra de la civilización es gigante, y su benéfico inñujo alcanza á todos, 
sin distinción de razas, ni colores; así como también á todos alcanza en ciertas 
reformas, siempre útiles y siempre necesarias, pero no siempre ajustadas al mejor 
gusto estético. 

En la vieja Europa echó por tierra el arrogante casco de metálicos 
resplandores, el elegantísimo chambergo de negro airón, y la cortesana gorrilla 
de áureo broche y luengas plumas, para colocar en su lugar sobre la cabeza de 
la nueva generación el ridículo y estrafalario sombrero de copa. 

El jubón acuchillado y el ferreruelo, después de sucesivas transformaciones, 
han sido reemplazados por el chaleco de piqué, la levita cerrada de incomensurables 
faldones y el extravagante sobretodo; la cortante espada de labrado pomo, por 
el inofensivo bastón de cómico puño; las medias largas y el corto calzón, por las 
medias cortas y los pantalones largos; y, por último, los primorosos borceguíes, por 
los zapatos de becerro charolado. 

Comprendo perfectamente (pie si los trajes han perdido algo con el mievo 
un-pijlo, en cambio las costumbres han mejorado nuichísimo. 

Hoy, como entonces, no andamos en medio de la calle á tajos y mandobles, 
y cuando en nuestra honra se nos hiere, en vez de cruzar dos aceros, cruzamos 
dos taijetas, nombramos padrinos, testigos, y hasta médico, escogemos terreno, 
medimos las distancias, y i)ro vistos de sables, floretes ó pistolas — que es lo más 
común — nos matamos a sangre fría, pero eso sí, con todas las reglas del duelo; 
y ante la ley todos somos igmles, y no existen ya feudos ni señores de horca y 
cuchilla. 

No se me oculta tampoco que nuestra manera peculiar de vestir traiga sus 
ventajas. W presente, el artesano, en ocasiones, se confunde por su traje con el 



129 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



marqués, y en Francia especialmente, el mozo de hotel se diferencia í)ien poco 
del aristócrata á qnien sirve; pero aquello era ópticamente mucho más hermoso. 
Hoy, cuando un escritor saca entre los puntos de su pluma á al,i2,un 
orgulloso hidalgo. (') cuando un solapado empresario, sacudiendo el polvo de 
alguna de aquellas comedias de capa y espada, la anuncia en los cartelones, más 
que })or rendir tril)uto á nuestros clásicos, por eml)olsarse los derechos de 
representación, se revuelven las sastrerías de los Teatros, y de noche, en el 
escenario, á la engañosa luz de las can(hlejas, podemos admirar, ])or ejemplo, 
aquella l)rillante corte de Felipe lY, con todas sus bellezas .... y sin ninguno 
de sus inconvenientes. 

Es verdad que lo que })arece oro es latón amarillo, y el terciopelo riquísimo, 
pana l)urda, y los encajes, no encajan como tales; más todo ello es cosa de poca 
monta, si recordamos aquella sentenciosa cuarteta de Campe )amor, mmca bastante 
encomiada, que dice: 

"En este mundo traidor 

nada es verdad ni mentira, 

todo es según el color 

del cristal con que se mira.'' 

Los negros curros, considerados, no como tipos j^rovinciales tan sólo, ni 
siquiera de raza dentro de esta división, sino como ti})os de ciertos barrios de 
la Habana que envuelven, naturalmente, aquellas dos condiciones, han sufrido 
en menos tiempo, tal vez más radicales reformas en trajes y costumbres. 

La chaquetilla de terciopelo negro, el sombrero felpudo, el pantalón blanco 
franjado de llores l)ordadas al pasado con sedas de distintos matices, la lilanca 
camisa de vuelos con pediera de caprichosos dibujos y amplísimas mangas 
fruncidas en mil i)liegues, q\ paño de peclio^ bordado también con sedas de 
colores, y el corto junquillo, han desaparecido entre los negros curros. 

Aquel aluvión de pañuelos: pañuelo de seda á la cabeza, pañuelo de seda 
en el sombrero, pañuelo de seda al cuello, pañuelo á la cintura, pañuelo en el 
bolsillo, pañuelo en la mano y pañuelo en todas partes, ha desaparecido también, 
tal vez por que no repitiéramos con razón aquello de que "Dios le dá pañuelo al 
que no tiene íuirices. 

¡Y no se diga nada de aquel despilfarro de oro! Argolla de oro en la oreja, 
agujeta de oro detrás de la oreja, sortijas de oro en ambas manos, cadena de 
oro y reloj de oro, l)otones de oro en la pechera de la camisa, botones de oro 
en los puños, puño de oro en el junquillo y hebilla de oro en las correas del 
pantalón. Sin embargo, ¡cosa digna de notarse! casi nunca llevaban oro en los 
bolsillos, que hubiera sido lo más natural. 

También el oro ha venido á menos, y hoy. por regla general, no lo usan 
los curros en ninguna parte, séase porque han comprendido lo chocarrero de 
aquella profusión, ó porque el vil metal se ha elevado á tan prodigiosa altura en 
estos tiempos, que desdeña, por lo menos, ocuparse en adornar calzados, probando 
de este modo que no es tan vil como lo jnntan. 



130 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Pero U([uel oro y aquellos so1)erbios trajes easi siempre eran producto del 
crimen, y los robos se menudeal)an ])ara satisfacer esta necesidad. 

Por otra parte, el ardor bélico era proverbial entre aquellas gentes, y por 
iu(|uinas de l)arrio algunas Acces, nuiclias por amoríos, írecuentemente por el 
j'uego, V casi siempre por un quítame allá esas ])ajas, menudeaban las reyertas, 
y llovían los navajazos, en distintos puntos de la (.'apital. 

IIal)ía días señalados, en que señalados matones se encontraban para probar 
el temple de sus armas, y en el mismo, la })olicía recogía un cadáver, y al 
siguiente se estacionaban inñnidad de grupos á la puerta de los establecimientos 
de víveres, comentando el hecho, y ponderando las proezas del matador que, 
según expresión gráfica, "andaba oculto por los demonios^ 

Hoy el negro curro, auuíjue siempre exagera algo las modas, viste con 
bien poca diferencia, como nosotros. 

Alguno que otro usa por distintivo, ya unas medias de vivísimos colores, 
ya un pañuelo á la cintura, 6 ya unos zajiatos de corte bajo, mucho más pe(|ueños 
(jue el i)i<' ({ue intentan calzar; pero estos no constituyen la regla general, sino, 
])or el contrario, la excepción. 

La negra curra de hoy no discre]>a nuicho de la negi'a curra de entonces; 
pero sospechamos que hoy no llevan todas a(|uellas mantas de burato de 
prolija labor y de trenzados caireles, por las cuales pagaban nueve y diez 
onzas oro. 

Al presente, cuando (luerrero escribe una de esas guarachas que salen á 
i/uca, — según expresión de un amigo mío, profundo conocedor del género, — 
podemos contemplar en el escenario de All)isu algunos de aquellos vistosos 
trajes, recordando siempre para ello la ya citada cuarteta del vate-filósofo, y 
teniendo en cuenta la poca lil)erali(lad de nuestras Empresas teatrales. 

Y ahora que ha1)lam()s por segunda vez de Teatros, ten la bondad de 
atender breves instantes, lector (juerido, pues aquí se levanta el telón, y nos 
enconti'amos en pleno barrio de Jesús María. 



•5f 



La escena tiene lugar en la esf[uina de una boca calle, frente á un 
establecimiento de víveres. 

Los personajes son tres negros cheches, mote que se le aplica taml)ien al 
tipo de que me vengo ocupando . 

Los tres hablan á un tiempo, armando una algarabía de todos los demonios. 

— ¡Tira, mi hermano! 

Esto lo dice, ó mejor, lo grita, el más bajo y regordete de aquel oscuro 
triunvirato. 

— ¡X('), tira tú! responde el más alto de todos (jue Ikna una camisa azul 
con grandes obleas blancas, semejante á un cielo cuajado de lunas. 

— ¿Y por qué? replica el primero un tanto incómodo. 

— Bueno, no te std/ures^ sabroso. Que decida José Rosario. 

Este último hace un gesto de impaciencia. 



131 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



José Rosario, es im simpático negrito, de cabeza pequeña, delgado, fuerte, 
y admiral^leuiente formado. 

Es curro tradicional por sus maneras y su traje. 

Lleva sombrero de jipijapa, camisa á la última moda, pañuelo á la cintura 
y pantalón de color pajizo, exageradamente ceñido por la })íirte superior, y 
exageradamente holgado por la parte inferior, que cae en forma de campana, 
cubriendo casi por com})leto su pié, algo grande, pero admira1)lemente calzado. 

— ¡Nadita de desidirU añade el regordete, inspirándose en la actitud de 
de José Rosario, á tí te toca plantar^ y no paso por movimiento mal hecho. 

Aquí sube de punto la gritería; el uno se niega; el otro, por variar, hace lo 
mismo; José Rosario interviene, y termina el incidente sin otras consecuencias, 
gracias a una pareja de Orden Púl>lico que, milagrosamente, aparece en un 
extremo de la calle. 

El orden se restablece en presencia del Orden, y el de la camisa azul, con 
aire contrariado arroja un l)oton de hueso contra la pared de la Bodega. 

El botón cae i-ebotando en los ado([uines. 

— ¡Allá \'Á el mío! exclama el contrincante, lanzando otro botón de la 
misma manera. 

El segundo 1)oton cae nmy cerca del primero. José Rosario, puesta una 
rodilla en tierra, coloca el extremo de una cascara de caña, que trae en las 
manos, junto al primer botón, y, tendiéndola horizontalmente, vé que el extremo 
opuesto no llega al otro botón, y dice: 

— ¡Ni atina, Flamenco! ¡Faltan cuatro hilóf/raniosl. . . . Tira tú. Botijo. 

El nombrado Botijo recoge el primer l:)oton y lo arroja de nuevo contra la 
pared, procurando ahora que caiga cerca del otro; i)ero anuíjue se aproxima 
más que el contrario en el primer tiro, no resulta ganancioso, porque en este 
juego no se pagan las aproximaciones. 

Para obtener la victoria, es necesario c[ue la distancia que medie entre uno 
y otro objeto, sea menos, ó la misma que convengan los jugadores. 

En este caso, y en casi todos, la medida es una cascara de caña. 

Las jugadas se repiten con celeridad, y resulta, por último, vencedor el Sr. 
de Botijo. 

Pero ésto dá lugar á una nueva disputa. 

— ¡Que monta/ 

— ¡Que no monta! 

— ¡Y con una pulgada! 

— Que nó! 

— Que sí! 

Y á la postre, nadie tiene razón, y el que no la tiene se marcha sin pagar, 
sin duda para dar claras muestras de que es un p)erdido. 

— ¡Déjalo, es un lipidiosol 
— ¡Que le sirva ^;rt el entierro! 

Y con estas consideraciones, /?7os(>/?'cos, se calman los ánimos, y José Rosario 
coge por el brazo á Botijo, y ambos penetran en la Bodega, donde, al pié del 



132 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



mostrador, se rocean el cuer})o interiormente, eon sendos vasos de aguardiente 
de caña, ])ara pasar la incomodidad. 

Pasa eíectivamente el mal humor, pasa el aguardiente, y pasa media hora. 

José Rosario, sentado dentro de un l)arril de judias, se entretiene en tñ'arle 
granitos al dependiente de la casa que, colocando el brazo írente al rostro, se 
defiende á fuer de tmen cristiano, de aquella falange judaica que le viene encima. 

De ])ronto se oye hacia la calle ese ruido peculiar que produce mi vestido 
almidonado al rozar con el pavimento. 

José Rosario a2,"nza el oido, sonríe satisfecho, v lanzanda al aire mi silbido 
particular, se coloca de un salto en los unil)rales de la bodega. 

El ruido cesa mi instante, y después vuelve, acrecentándose gradualmente. 

Lo cual (luiere decir que, efectivamente, una mujer ei'a la causa, y que esta 
mujer se acercalia, desandando lo andado. 

— Te me pasabas desapersibida, Guabina, (hjo en tono de reconvención 
José Rosario. 

(Tual)ina es la negrita de la lámina. 

Renuncio á jiintarla después de haberlo hecho tan magistralmente Landaluze. 

— ¡No faitaba mas, — replicó Guabina, — que yo entrara ahí dentro, pa (|ue 
luego dijiesen que yo te estaba sonsacando! 

— ¡Nunca, mi negra! Eso no pueden desirlo de tí, sabiendo positi^'alllente 
(jue tienes tantísimos apirantes. 

— El diablo son las cosas!. . . ¡Pá los paros! . . . El que evita la ocasión. . 

— Bueno, sielito santo, dejemos eso á mi lao, y cuéntame qué hay de 
paiticulá por esos mundos! .... 

— Naitica, hijo; la comía y el traliajo. 

— ¿Y tú no vas á la fábrica? 

— ¡Hoy no pienso en eso! 

— ¿Poiqué^ 

— Poique te estaba esperando á tí, y me voy contigo. 

— Tú no vá á queré! . . . . 

— Cómo nó? ¡8i siemjire etoy queriendo! 

— Yánios, José Rosario ¡ay? Tú sabes que yo tengo marío. 

— Y ese sov vó. 

—¡Siá! 

— ¡Qué ingrafona eres. Guabina! .... Convensía como estás de que ese 
josiquito es de este negro! 

— ¡Nunca! 

— ¡.Vy! ¿de verdá, verdá? ¿Cuándo tú mas dichosa? .... 

— ¡Eclia^ Coco! 

—No, ¿eh? 

¡Já, já, já, já! 

— Resulta sea, que he tirao una plancha? .... 

— ¡Presisaniente! exclamó Guabina, recogiendo un extremo de la manta 
con la mano derecha, y echándoselo por encima del homliro izquierdo. 



133 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— ¿Es queré desl que no hay novesienios?, añadió José Rosario rascándose 
la cabeza. 

— Con el tiempo y un ganchito .... 

— Está bien .... ¡acuéidatef 

— í\^adie pnede des¿ de eta agua no beberé! . . . añadió Guabina^ que como 
el lector ve, era aficionada á los refi'anes. 

— Me confohno con esa esperanstá .... Y dinie, prieta santa^ ¿vas á la Be- 
lla Union el domingo? 

¡Como mono! 

— Ya sabes que eres mi madrina! .... 

— Y que te he hecho una moña ¡de flor! 

— ¡Ay, negra!!! Ya sabes; el primer danzón es mío! 

— Si no vá José Guadalupe .... 

— Yo tengo ({ue mata á ese negro. 

— ¡Tú no mutas nú! . ... En fin, adiós, José Rosario; memorias á Botijo. 

— Adonde vá, si se j^ué sabe .... 

— .Víjuí al Tren de lavao de la vueita. 

— ¿Quieres (|ue te acompañe? 

— Nó; más vale ir sola, qne .... 

— ¡3Ie descompusiste! 

— ¡Já, já, já, já! 

Y Guabina^ girando sobre los talones con una ligereza asombrosa, le hace 
una macea á José Rosario, y se aleja riendo á carcajadas, y balanceando el 
cuerpo voluptuosamente al compás de ese chancleteo sui géneris que distingue 
á la neo'ra curra. 

— ¡Es mucha negra! — Exclamó José Rosario, cuando la hubo perdido de 
vista. 

Después, acercándose á la puerta de la Bodega, gritó: 
— Se debe! 

Y arrastrando taml)ien sus zapatos de corte bajo, se retiró por la dirección 
opuesta. 

Y como esto de quedarme solo en medio de la calle, no me hace mucha 
gracia, me parece conveniente retirarme yo también á casa, cerrando este artículo 
con candado de. . . .punto. 

CÁllLOS NOREÑA. 



13-4 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



UN CHINO, UNA MULATA Y UNAS RANAS. 



En una de las calles trasversales del Cerro, no hace mucho que cierto 
individuo llamado Eladio, habitaba con su fiímilia una casa de tablas, de esquina 
y con su poi"tal correspondiente. 

A la otra jmerta, vivía una mulata casada con un chino, y de cuyo 
matrimonio era fruto una chiquilla de unos once meses. 

Como los portales eran coiiidos, á excepción de ima ligera barandilla (|ue 
los separaba, Eladio y su mujer disfrutaban á prima noche de la tertulia del chino, 
la mulata y las visitas que los favorecían, y es de presumirse los coloquios que 
alh se promovían y las especies que se comentaban. 

— El Cerro es muy triste, decía 3Iadaletia^ que de este modo llamaban á la 
nuilata; nunca hay diversiones, ni huUitas; así es que yo, cada vez que puedo, 
cojo el carrito y me fleto para la Habana, donde sólo con ir al Parque, ya goza 
una y distrae las pesadumbres del afligido corazón sensible .... 

— Celo tá bueno^ replicaba el chino; mucho caballelo con dinelo; mucho casa 
(jlande; tlabajo bueno j^á chino. 

— Este Pepillo es muy material, hija, decía Ifadcdena á una de sus visitantes; 
como buen arsiático^ no piensa más que en el interés; yo, por el contrario, 
necesito gozar con el alma; que me conmuevan el corazón y que me endursen 
los oidos, los acentos máo'icos de una música celestiar y divina: mi fuerte es la 
poesía 



— Mcdena siemple jcdda de la policía y de muclio cosa que yo no entiende; 
yo no quiete sabe nú con Celad ni co7i Olefi Púlica. 

— Siempre sucede lo mismo, Tilita^ proseguía Madalena ; una nmjer tan 
nerviosa como yo, tan espirituar^ enlaza su suerte á un ser mezquino y metalizado, 
como el que usted no ignora^ que tiene consagrada toda su existencia á comer 
arroz con dos palitos .... 



135 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— Aló tá halato ahola: yo há complá una aloba; saltó José, levantándose 
para ir afumar opio y dejando á Madalena en sn intrincada conversación con 



— Es nn borrico, bija, incapaz de sondearlos sentimientos melodiosos de nna 
hija de los Trórpicos^ qne aspira las brisas e^«/>rtr.SY/mrrffa.s del Orceáno Alántíco; 
observó Madalena, exhalando un suspiro. 

Cuando tenninalían las tertulias y se cerraba la casa, entonces las escenas 
y los altercados eran por otro estilo. 

Generalmente Madalena y José entablal)an una polémica por cualquiera 
cosa, que solía luego convertirse en riña violenta. 

— En esta casa no se puede parar con las purgas^ decía la mulata, 
sacudiéndose la ropa, ya te he dicho, PepíUo, que me traigas unos manojos de 
escoba amarga^ |)ara echarla en el suelo, a ver si se esquickm estos insertos 
volátiles, que me van á dejar sin una jñsca de sangre en las venas. 

— Mejó es fliegá té) la casa; coba maga no sibe pana. 

— Pues friégala tii, que para eso eres hombre; yo no me puedo humedecer 
las plantas de los pies. 

— Tú, Ifalena, jabla, nuicho; no tlabaja; najase ná; tó lo día sentá la sillón, 
mese, mese, con banico la memo, echando fleco. 

— ¿Y quién te ha dicho que yo me he unido á tí, para trabajar como una 
negra, picaro chino? 

— Yo no só p'iccdo yo só chino honlá. 

En esto princijiió la cbicpiilla á chillar espantosamente. 

— Mira, Pepillo de los diablos, ya has despertado con tu gerigonza á Dulce 
Esperanza; cárgcda y paséala. 

— Luce Pelanza tá muv macliá; vo vá mete la mano; muchacho necesita 
soba fuete pá que coja mielo. 

— ¡Sobar á esa criaturita de mis entrañas, a ese ángel de la altura, que 
empieza ahora á sonreír en los primeros albores de la existencia numdanal y 
terrena....! ¡Cómo se conoce que tuestas acostumbrado á llevar muchos 
palos, salvaje, cuando (juieres hacer lo mismo con Dulce Esperanza. . . .! 

La cuestión principió á agriarse, puesto que Madalena se había ya acostado, 
y el chino se resistía á tomar en brazos y pasear por la hal)itacion á su hija, 
alegando como motivo poderoso, que él estaba todo el día metido en la cocina 
de la casa en que se hallal^a ajustado, y á esa hora se sentía ya con sueño y 
deseoso de descansar. 

A tales razones contestó Madxdena, previo un prolongado bostezo: 

— ¿Y á tí quién te manda á ser cocinero? ¿Tengo yo la culpa de que no 
sepas más que andar con carlion y con cazuelas? ¿Por qué no sales á la calle 
con tus dos canastas al hombro, á vender viandas, eso que tanto produce. . . .? 
¡Entonces si que estaría yo como mono. . . .! 

— 3Ialena, tú vá volvé loco á mí; yo ti áe tó jjá mujé nú-A', \K)\\o, ])ecao, 
güebo, mateca, cañe-, cuanto yo p^ué cojé la cocina, tú come J jalla sabloso, 
ipocpué lice ese cosa ahola"} 



136 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Para todo sacas tú la comida.... ¡tan ordinario! Ya te he dicho que 
aproveches la ocasión de inspirar tú tanta conñanza en la casa y que me cojas 
otras cosifas, aparte de los buenos l)ocados, que eso ni que decir tiene. ¿Acaso 
el cocinero no ha de sacar de la cocina con (jue alimentar á su familia? 

— Yo no só kúon, yo no (Wjp iná í[\\q vomhj y í\q \o (\[\q \\\(i (\m\ pa la 
plaza 

— PepiUo, no seas </i(ait((Jo: eso no es rol)ar, sino repartirse como hermanos 
las cosas surpépias. Si la señora tiene muchos aretes, tráncale unas argollas, 
que me vendrán á mí de perilla; échale mano á un vestido, de tantos como 
tendrá en el escaparate] á algún pañuelo de seda, y hasta á algunas medias de 
oían; y de este modo me iré yo habilitando, puesto que estoy en cuera. ¿No 
dices tú, que de todo le echan alh la culpa al negrito cong o f Pues QÚk^ parado^ 
y él saldrá del paso, con tres ó cuatro gcdletas que le den, y santas Pascuas. 

— Aunque, como es de suj)onerse, 3Iadalena bajaba la voz al tratar de 
estos particulares, la señora de Eladio, que padecía de desvelo, con la natural 
femenil curiosidad, aguzaba el oido y no perdía ni una coma, como decir suelen, 
del ejemplar discurso de la. mulata. 

A la mañana siguiente, referíale aquella á su marido, cuanto hal)ia escuchado 
á media noche á la vecina; pero Eladio la oía distraído, marchándose luego á 
sus (piehaceres, sin preocuparse lo más mínimo de lo (pie su mujer le dijera. 

Algún tiempo después, le tocaron á Eladio diez mil pesos á la lotería. 
¡Gran alegrón en la familia, grandes proyectos, entre ellos el de mudarse á otra 
casa más decente; pero por lo pronto ninguna aprensión de que sus vecinos del 
lado se enteraran del íausto acontecimiento! 

Esto es nniy corriente en los pobres (|ue se sacan la lotería. Piensan en 
todo, menos en t[ue pueden robarlos; y como la satisfiíccíon es de suyo expansiva, 
le cuentan á todo el mundo su golpe de fortuna, sin calcular que el que tiene 
dinero, está rodeado de asechanzas; expuesto á mil contingencias y mil peligros, 
de que por esajusta ley de las compensaciones, se vé exento el que carece de 
numerario^Gonio les sucede de fijo á muchos de ustedes y al que escribe estas líneas. 

Madalena, por ejemplo, tenia un hermano, llamado Jesús Macario, un bril)on 
deshecho, que habia sufrido varias ])risíones, únicamente por el pro])agado vicio 
de apropiarse lo ajeno contra la \'()luntad de su dueño. 

— ¿Qué te parece, hermanita? decíale á Madalena^ escuchando los coloquios 
de Eladio y su mujer; se han sacado cUez mü pesifos, y yo no tengo ni diez 
centavos para una convidada. 

— C^irichos de la suerte varia, Chucho; contestábale Jladcdena, usando su 
acostumbrado lenguaje. 

— ¡Si yo pudiera!. . . . 

—¿Qué? 

— -Te iba á regalar unas manillas de oro, ((ue ¿sabes cómo ibas á estar, mi 
hermanaf ¡Cómo Dios pintó á Perico., en la loma de Joaquin! .... 

— ¡Ilusiones engañosas, — livianas como el placer! — contestó Aladalena., 
recordando estos conocidos versos. 



137 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— ¿Qué quieres apostar á que yo te ofrezco ima ¡wenda de fraternal ref/ocijo, 
como no es cajtaz de l^rindártela nunca ese chino j^cdanqiiefa, con quien estás tan 
mal empleada? 

— Acuérdate del caserón de la Punta; mira (jue de íúii Jfeían :i un hombre 
por cordillera á Isla de Pinos, en un abrir y cerrar de ojos .... 

— La caise, después de todo, se ha hecho para los hombres de bravura; 
como la mar para los peces; como el ambiente azulado para las ayes canoras . . . 

— ¡Ay, Chucho^ qué me gusta la poesía! 

— Y á mí los camarones; replicó Jesús Macario, aludiendo á los billetes de 
tres pesos. 

Desi)ues de esto, 3Iadalena y Jesús Macario, siguieron tratando nuiy en 
secreto del proj^io asunto. 

— ¿(Jreés tú (jue Pepdlo se preste? dijo Jesús Macario tras una larga pausa. 

— ^JSs un animal; te puede echar á perder el negocio. . . . 

— Lo digo, ])or(|ue en todo caso, que lo metan á él en gayola y yo salye 
el pellejo .... 

— Mañana es domingo, y toda la familia se ya á pasear á la Habana; el 
miércoles se mudan á la Calzada, á la casa que están pintando. 

— ¿Dices tú que has oid(j hablar de una cajita. de liierro? 

— Sí, ahí sin duda es dónde el cedvo tiene guardados los cheques. 

— Pues mira, mañana nos ponemos las botas y hasta los botines; si recaen 
las sospechas en Pepdlo^ (jue se aviente y tome soleta^ ó que pague su chinería; 
yo me layo las manos como Poncio Pilatos .... 

El robo quedó, pues, concertado y Jesús Macario se marchó para yolyer 
por la mañana. 

Habia llovido mucho toda la tarde, y |)or consiguiente, las roncas y 
desagradables ranas, estaban sobremanera alborotadas aquella noche, saltando 
en los portales y colándose por puertas y ventanas, con no pocos sustos y 
sobresaltos, tanto de la señora de Eladio, como de Madidena^ á quien 
particularmente causaban sumo horror tales anfil)ios. 

Sucedió, pues, (|ue á eso de las once de la noche, cuando todos dormían 
en casa de Eladio, y el chino y la mulata estaban recogidos, dui'miendo también 
ya aquel, y ésta, fumando aún cigarros, sucedió digo, que Madalena vio de 
pronto junto á la cabecera de su cama, dos voluminosas ranas que parecían 
estarse acariciando, y á cuyo solo aspecto, sintióse la mulata nmy sol)recogida 
y aterrorizada. 

Hizo sin embargo un supremo esfuerzo y dio reiteradas voces al chino para 
despertarlo. 

— ¡J^cpdfo de mi vida y de mi corazón! exclamaba Madalena; chindico 
mío, por tu madrecíta, levántate que me da una cosa . . . . ! 

— Madcdena^ ya tú tá emblomando; contestó al ñn José, vohiéndose 
bruscamente al otro lado. 

— Mira que hay dos sapos grandísimos aquí en mi cama, de esos que atacan 
á los ojos, y si me saltan encima, me quedo muertecita como una paloma. 



138 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



En vez de contestar, José echó mano á un zapato, y lo lanzó contra las 
ranas, las que dando uno de sus violentos saltos, fueron á caer, no se supo en 
dónde. 

— Búscalas y mátalas, porque no voy á poder dormir en toda la noche. 

José con la vela en la mano, principió á registrar debajo de la cama de 
Madülena, prenchendo una de las esquinas del mosquitero, sin notarlo de pronto. 

— ¡Qué me achicharro! gritó de repente Madalena] ¡has pegado fuego al 
mosquitero, Pe. . .piUo, sinvergüenza . . . . canalla. . . .! ¡Favor, socorro, auxiHo, 
vecinos, cpie nos quemamos toditicos . . . . ! 

— ¡Fuego! exclamó la esposa de Eladio, despertando despa^'orida. 

— ¡Lon Elálío, colé pá cá, á paga comigo la candela de la moquifelof 
decía a grito pelado el chino, a la vez que daba golpes furibundos en las tablas 
medianeras de una y otra casa. 

Eladio por su parte se arroj() del lecho, diciéndole a su mujer con voces 
entrecortadas: 

— ¡La ccgifa de hierro. . . .! ¡la cajita de los billetes. . . .! ¡salvémosla antes 
que nada . . . . ! 

Y apoderándose del susodicho cofre, Eladio, en el traje en que se hallaba, 
corrió hacia la puerta de la calle, seguido de su mujer y de sus dos hijas 
menores, que lloraban con el mayor espanto. 

Felizmente, todos los demás vecinos habían acudido con presteza y apagado 
en un instante el mosquitero que ardía. 

— Mañana mismo, en vez de irnos á pasear á la Habana, nos mudamos de 
esta maldita casa de talilas, sin esperar al miércoles, díjole á Eladio su mujer, 
así que se sintió más tranquila. 

— Sí, en cuanto amanezca voy á la agencia á buscar los carros; contestó 
Eladio, que aún no había soltado la cajita de hierro. 

Cuando al dia sio-uiente lleo'ó Jesús Macario á casa de su hermana, lo 
■primero que vio fué el mobiliario de nuestro Eladio en la calle. 

¡Qué de ]3estes les echó á las ranas, no bien se hubo enterado del origen 
de aquella anticipada nmdanza . . . . ! 

¡Ah, Eladio no supo nunca, qiíe era deudor á dos de esos reptiles negros 
y verdosos, de haber conservado íntegra su lotería. 

Por eso se ha dicho tan acertadamente, que nadie sabe para quien trabaja, 

Fraxclsco de Paula Gelabert, 



139 



TIPOS Y COSTUMBRES. 




Luniialuze ¿JíIaijú 



EL N ANIGO. 



Foíotipl'i TuüKtrii. I 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL ÑAÑIGO. 



CJ^TITJ^ CERRADA Y A.BIERTA.. 



Sr. D. Víctor P. de Landaluze: 

Me pone usted en i;rave aprieto, ini señor D. Víctor Patricio, y pretende 
de mí lo impretendible. Quiere usted que salga de mi habitual reserva; que le 
comunique noticias que la casualidad, y mi oíício de escribiente de un oficial de 
causas, han podido suministrarme; y si tal hago, los que hasta ayer me tuvieron 
por hombre serio y reservado, van á tomarme desde mañana por un jiarlanchin. 
Creerán que soy como aquél andaluz, saco de confidencias, de quien se dijo que 
su pecho era un pozo y su lengua un campanario. Los que en pequeña como 
en grande escala, desenijíeñamos alguna función de las que se rozan con la 
guarda de la fe pública, tenemos en primer término que guardar los secretos que 
se nos confian, las confidencias que se nos hacen, los misterios que descubrimos, 
y si así no lo hacemos, perdemos la confianza (pie obtuvimos por juro de heredad. 
¡Ah! Si así no fuera, mi señor don Víctor Patricio, ¿cree usted que algún 
novelador de los que fatigan las prensas con los partos laboriosos de su imaginación, 
podría en el nnmdo de la ficción encontrar tantos (h'amas sangrientos, mayor 
suma de lances de todas clases, héroes de tan diversas estofas, como los que en 
el mundo de la realidad encuentra el último de nosotros á cada paso? Ni Gaboriau, 
Belot y Montepin, en Francia; ni Feí'uández y González, Pérez Escrich, San 
Martin y Ortega y Frias, en Espgiña; ni Hoffman, en Alemania; ni Ainsworth, en 
Inglaterra; ni Edgard Poe, en los Estados-Unidos, podrían pro(hicir los dramas 
sangrientos que, á poco de manejar la péñola con alguna soltura, puede en Cuba 
dar á las prensas el escril)iente de cual([uier oficial de causas; dramas inéditos, 
porque aquí las cosas que suceden no se dan á los vientos de la })ublicidad como 
en otras partes, donde el escritor anda á caza de sucesos, para engalanarlos con 



141 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



mil mentiras bonitas, y hacer libros que satisfagan el hambre, la voracidad de 
las prensas, y por ende el interés de los lectores curiosos. 

Yo quisiera que por algún tiempo ocupase usted, amigo mió, una plaza en 
cualquier escribanía, si(juier fuese tan modestísima como la que hace treinta y 
dos años vengo yo desempeñando; y aunque su i)hnna de usted siguiera en la 
ociosidad á que la ha condenado hace quince ó veinte años, en pro])io peijuicio 
y ventaja de sus pinceles, que maneja con la misma gracia, bastaríale la difícil 
facihdad con que mueve éstos para que nos pintase un tomo por semana, de 
comedias, dramas, saínetes y trajedias de los que ocurren aquí, y van á dormir 
entre las hojas amarillentas de papel sellado que constituyen el proceso. 

No tendría usted, por ende, necesidad de preguntarme acerca de los ñañigos 
cosas que podría saberse de memoria, y que yo no debo, ni puedo, ni quiero 
decirle. Por otro estilo, y en ocasión distinta, puede decirse de ellos lo que de 
la espada de aquel gallardo par de Francia: 

Nadie la mueva. 

Que estar no quiera con Roldan a prueba. 

Es cierto, mi señor don Víctor Patricio, que existe el ñañifjuismo, y que 
posee una organización á prueba. No lo constituye un grupo de siete, como el 
de los Niños de Ecija, completo siempre por los nuevos adeptos que esperaban 
á la soml)ra la hora de ser sustitutos de los que, por buenas ó malas artes, caian 
para no levantarse más. No es como la hidra de la ñilmla, que presenta cabezas 
nuevas á medida que se le cortan las que posee. Robustece sus filas, reclutadas, 
principalmente, en la ignorancia, y no pregunta al que viene á nutrirlas cuáles 
son las virtudes que posee; antes bien, acepta al que las tiene en mínimo grado. 

Es un error suponer que el ñañiguísmo es planta indígena. Vino de fuera, 
y data de muchos años atrás; bien es cierto que ha ido ensanchando su esfera, 
y que con el tiempo ha cambiado en mucho su carácter. En realidad de verdad, 
el ñañiguismo es una religión idolátrica, puesto que tiene ]3or demostración un 
culto. Todo lo que se sabe de su origen, es ciue proviene de África. En Cuba 
la introdujeron los primeros negros de nación carabaU, que fueron los primitivos 
trabajadores esclavos que llegaron á esta Isla y que componen las tribus más 
nmnerosas del África Central. Usted sabe, amigo mió, que el negro carahali es 
de instintos más enérgicos que el ganga, el congo, el lucimú, el arará y tantos 
otros como constituyeron los trabajadores importados del África, para las fatigas 
del campo, en ansia de librar de ellas á los habitantes primitivos de estas 
tierras feraces. 

Es indudable que el hombre siente dentro de sí algo desconocido, que le 
anhna: una creencia, una idolatría, una superstición; y que donde quiera que se 
encuentra, le rinde culto. Idólatra es el negro, y su idolatría constituye su 
religión. Esos cabildos africanos que entre nosotros existen, y que constituyen 
la asociación de los seres que nacieron en una misma región del suelo africano, 
tienen, aunque no lo parezca, un carácter eminentemente idolátrico. Son la 



142 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



consagración do sus asi)iraci<)nes á lo desconocido. El Tiañiguismo fue, pues, en 
su origen el cabildo carahaU. En el dia, tal como se practica, lia sufrido 
modificaciones que lo alejan de su origen, menos en lo finidamenüil del culto y 
en la jerga que usa, especie de anjot iría 'ional y lilire, sin sujeción á ninguna 
regla gramatical. Como particularidad puede dejarse sentado lo siguiente: 
Entre las 'yl((/l/í/os nada se escribe ni se ha escrito nunca: por pso su historia 
será siempre oscura e incompleta, y sin fijeza sus liturgias. Su dialecto, muy 
pobre de voces, no es otra cosa que el caralialí corre )iii[)i(lo. Los jeíes y ancianos 
son los únicos que pueden y suelen tener escrito el vocabulario que emplean. 
En él se encierra toda su gramática y su diccionario. ¿Por qué los ([ue están 
más versados en esa jerga, y por consiguiente, los que menos necesidad tienen 
de ella, son los que la mantienen escrita para su uso particular? Yo no lo sé 
decir, ni he pretendido nunca averiguarlo, porque después de todo, en lo que ni 
me vá ni me viene, no he de mezclarme. Presento el hecho, y adelante. 

Los fiáñiyos se dividen en grupos, ([ue llaman tierras. Muchas de estas 
fierras pueden subsistir á la vez. La tierra más antigua gobierna á las otras. 
Reconocen una autoridad superior, que se llama el Macornho^ en la que reside 
el })oder ejecutivo absoluto. Los dos cargos inmediatos, ejercidos por el Ilkimha 
y el Isué^ son legislativos. No se comunica el Macomho con todos sus subditos: 
su autoridad desciende desde las alturas en que se encuentra, por la rigurosa 
gradación de sus inmediatos adjuntos. Diríase que el Macomho es el arca sagrada 
en f(ue deposita el ñañi(¡uismo sus creencias, sus aspiraciones, sus esperanzas y 
su fé. 

Hay entre ellos quince categorías ó grados, perfectamente definidos y que 
se observan con fidelidad. Los cargos son ad viiam, como decimos en lenguaje 
jurídico. No sé yo (pie hasta ahora haya habido destitución de ningún cargo, 
ni mucho menos podría decir con verdad (pie la muerte ha sorprendido al infiel 
guardador de sus preceptos; bien es cierto (pie tampoco sé que en esa sociedad, 
que cuenta por cientos el número de sus adeptos, haya asomado la traición á la 
boca de ninguno de sus miemln'os. Sea el temor, sea la convicción, sea la fé 
ciega y no discutidora, el hecho es, que existe entre ellos una reserva, que no se 
desmiente con estas noticias (pie comunico á usted con toda discreción, y 
(pie para conseguir he necesitado largos años de paciencia y observación, 
expurgando a(pií y allí los diferentes procesos en que he intervenido. 

El ñamgiiismo nutre constantemente sus filas; porque sin ser }iolítico, tiene 
una aspiración constante, (pie procura llenar. Los profanos tienen que ser 
iniciados ])ara entrar en la asociación. De pocos años á. esta parte, se admiten 
en ella los Illancos. Pero los Illancos y los negros no se mezclan. Forman distintas 
tierras. El temj^lo de sus ceremonias se llama cuarto. En el cuarto de los blancos 
pueden entrar los negros cpie fueron sus padrinos en la iniciación. ¿Cómo, por 
qué medio se acepta al blanco en el ñañiguismo? Pocos son los que llegan á 
sa])erlo, aun entre los mismos iniciados, y no poca sorpresa experimenté yo al 
oirlo de boca de una negra moribunda. El amor de la carne es el lazo que los 
liga; el apetito desordenado es el cebo (pie los arrastra. Quiere el ñañiguismo 



143 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



la degradación de una raza ruperior, para conseguir el enaltecimiento de razas 
inferiores. Esa es, amigo mió, su suprema aspiración. Tiene el hombre apetitos 
desordenados, y si no se halla cultivada su inteligencia, si no posee la educación, 
que regenera la humanidad, no hay trabas tjuc le contengan. El ansia de la 
nuijer le llena, y la nuijer negra le arrastra. Por ahí se empieza, y yo no tengo 
que decir á usted por dónde se acaba. El hecho es, que también el blanco se 
hace ñañigo. 

Los ñañigos no entran en el cuarto con armas. La nnierte del gallo, que 
figura en sus ceremonias, se verifica con un palo. El neófito debe beber sangre 
de gallo en el acto de la iniciación. Es notorio que creen y practican la brujería. 
Se socorren mutuamente. No pueden hostilizarse entre sí; pero no tienen leyes 
que castiguen los delitos cometidos por ellos contra, los profanos. Es de liturgia 
repartirse aguardiente cuando están reunidos, aunipie con prudente hmitación. 
De esto se suele abusar deploral^lemente. 

El traje completo de un ñañigo se llama amirifimo. ¿Para (jué he de des- 
cribirlo á usted, mi señor y amigo don Víctor Patricio, cuando tan perfectamente 
lo ha pintado usted en esa lámina, en que sólo necesita hablar ó moverse, para que 
tenga vida y mi señor don José Trujillo pretenda echarle el guante, para ver si 
declara lo que, si se sabe, se lo calla, y si lo ignora, no puede decir? Cuando 
decía á usted antes, que si usted se hallara en mi lugar un poco de tiempo, 
podría pintar una novela cada semana, con accidentes dramáticos de todo género, 
es por(|ue conozco yo bien el pincel de usted, y á la prueba me remito con esa 
lámina. 

Y continúo mi charla. El Macomho lleva la bandera en fiestas y procesiones. 
Rara ^^ez sucede que el princ¡i^al símbolo de su culto lo saquen en procesión, 
y cuando esto acontece, se emplea un ritual expreso. 

No son escrupulosos en escoger los miembros que constituyen la asociación. 
Sean cuales fueren los antecedentes del profiíno, no se le toman en cuenta. No 
cotizan, y por lo tanto, no tienen fondo común. Pero cuando tienen que hacer 
una fiesta ó ceremonia, se reúnen con anterioridad, y se verifica entre ellos una 
colecta. 

El ñañigo no es político. As])ira á la unión de la raza caucásica con la raza 
africana, pero por la absorción de aquella por ésta. En una palabra, que usted 
me entiende y con la que creo me explico bastante: Quiere el imperio de la 
noche oscura, velando perpetuamente la luz brillante del sol. 

Puedo asegurar á usted, mi señor don Víctor Patricio, que entra por mucho 
la exageración y la mentira en eso que se dice de las crueldades y actos de 
ferocidad que ejecutan, obhgados por un juramento, proíánando los símbolos del 
cristianismo é imponiéndose, al ser iniciados, el deber de atentar contra la vida 
del prójimo. No fuera yo hombre veraz y justo si no hiciera esta declaración; 
mucho más cuando ya he dicho á usted, que la asociación no se para en escoger 
los miembros que la constituyen, y que por el contrario, van á parar a ella 
elementos nocivos, que tienen antecedentes poco tranquilizadores. Pero si el íl/ífwí/o 
es ignorante, y la asociación dá entrada á cuantos lo solicitan, los actos de sus 



144 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



asociados son lluramente personales, y no impuestos |)or el rito; que harto tiene 
ya en sí con el íanatismo (]ue reviste, con la idolatría á que dá culto, con la 
ceguedad que le distingue, para ser reprobado de todas las veras. 

En defínitiva, el ñañíguismo posee una organización despótica, que permite 
el gol)ierno personalísimo. Los actos de sus jefes son indiscutibles. Es la imagen 
más perfecta del absolutismo en toda su verdad. 

Yo no soy estadista, amigo mió, ni me creo llamado á regenerar el mundo 
con las pobres ideas que bullen en mi mente, y en ella se quedan, porque no 
tienen para qué salir a la vergüenza, pobres y harapientas; pero si tuviese ánimo 
para decir alguna cosa, comenzaría por anatematizar mía institución que trae á 
nuestro siglo y á nuestra patria, el reflejo de las bárbaras costumbres del suelo 
africano; que es planta exótica en las feraces campiñas de Cuba, y que entraña 
un ])eligro constante para la sociedad por sus aspiraciones y tendencias. Pero, 
hombre pacífico, no apelaría á medidas violentas para reprimir el ñañíguismo. 
Porque, claro es, que siendo fruto de la ignorancia y de la superstición, uo se 
enmiendan estas con la violencia, sino con esa panacea de la edad presente, que 
todo lo alcanza, modifica y cura, y que se llama la educación. 

Sí, mi señor don Víctor Patricio; dé usted palos al ignorante, y el ignorante 
se volverá rebelde. Atráigalo usted al buen camino, por medio de la educación; 
abra usted á los cuatro rumbos del saber su atribulada inteligencia; ahogue usted 
con el brazo de hierro de la enseñanza, la hidra del fimatismo, la ignorancia y 
la superstición, y todo se habrá salvado. 

Dicen (pie un ilustre abogado aspira por este procedimiento á la supresión 
de los cabildos africanos, y que el asunto se estudia en las regiones donde debe 
residir y reside generalmente el acierto; y siendo así, bien puede decirse que por 
ahí, por ahí se vá á la extinción del ñañiguismo. 

albora, amigo mió, réstame hacerle una súplica. Rompa esta carta, olvídese 
de las noticias que le doy, publique sin artículo su preciosa lámina sobre el ñañigo^ 
que ella sola dice más que cuanto pudiera escribir nadie, y vea en qué puede 
serle útil su consecuente amigo, seguro servidor que su mano besa 

Enrique Fernández Carrillo. 



145 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



DOÑA GORGOJITA. 



F^LSEDA^Ü EIST EL TRATO SOCIAL. 



La veracidad es la virtud que mueve el ánimo á conformar las palabras con 
el corazón; y por eso al que dice lo contrario de lo que siente, le llamamos falso, 
y al hábito de explicarse de ese modo, falsedad. 

Es tan común y general este vicio en el mundo, que muchas personas, 
convencidas de tan triste verdad, tórnanse desconfiadas, y sufren un martirio 
cruel en no poder abandonarse á la agradable idea de creerse estimadas, 
resultando de aquí que los vínculos sociales se aflojan, y que aquellas relaciones 
necesarias entre personas de una misma fimilia, vecindad y pueblo, no tienen la 
eficacia social suficiente para producir el bien, reduciéndose el trato civil á una 
farsa, en que todo es ilusión y exterioridad. 

Qué cosa más frecuente^ que oir en una tertulia las murmuraciones que se 
levantan, cuando uno de los concurrentes se despide y vuelve la espalda, y qué 
cosa también más repugnante y amarga para el que esto observa, y dice para 
sí: lo mismo me acontecerá cuando me vaya! 

Conozco una señorita, doncella talluda^ y que vive sola, no tanto por cincuenta 
y tres pascuas floridas que esconde entre pecho y espalda, como porque no tiene 
padre ni madre^ pariente, ariente 7ii bienhechor que la guarde^ como ella dice: es 
verdad que nunca ha dado que decir, desde que vive sola; pues de su casa ala 
iglesia y de ésta á aquella, son sus únicas salidas: y las personas que la visitan 
son, por lo consiguiente, cristianos viejos y tan limpios, que bien podían ser 
alguaciles de la Santa Inípiisicion: yo soy el único, que aunque cristiano, no soy 
viejo, y la AÍsito; pero debo ese privilegio á mi líuen vivir, y á los centenares de 
Jaculatorias y novenas en verso y prosa que le he hecho: llámase esta señora 
doña Gorgojita; tiene la carita de muñeca catalana, los ojitos son chiquiticos, 
negros y lucientes como los del alacrán; no tiene ni una arruga en su rostro, y 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



aunque peine canas, éstas están siempre de luto, merced á los menjuijes ([ue usa: 
es además tan cliai)amta, que parece una gallinita hola^ y l^ien sea á nativitate, 
bien por la costumbre anti(|uísinia de pasarse todo el dia sentada en un Imfaquifo, 
su espinazo describe una línea semicircular. Doña Gorgojita se levanta con el 
alba, vá á misa y vuelve á casa á las siete. A esta hora empieza su tarea diaria. 
Después que se des7iuda del traje negro, se pone el de casa, que es siempre de 
una tela común y de color; parece con él un mafojo en el mes de Noviembre, 
porque las ramazones de hojas anchas del túnico, parecen una bejuquera de 
aguinaldo. 

Se sienta después en el comedor, toma una taza de café, se pone los espejuelos, 
que son de metal y pesan media arroba, y principia la lectura del Año t-ristiano 
basta horas de almuerzo, concluido el cual dá principio á la novena, que para 
cada dia del año tiene una, y acabado esto, se pone a virar las camisas y calzones 
del negro Frijolin, como ella le llama, el cual desempeña en la casa las altas 
funciones de paje, zapatero, calesero, cocinero, albañil, cobrador, mayordomo, y 
de resandero: es decir, le ayuda á rezar las letanías y el triságio diariamente: á 
la campanada de las doce, come, y duerme la siesta en seguida, hasta las tres, 
en que se levanta, se peina, y arregla los sortijones de alante'^ coge su pericón^ y 
se sienta en su hutaco á esperar á sus contertulios, que con ella forman la colección 
más rara de avechuchos (pie darse pueda. Doña t'himaca, don Sarampión, que 
ya no puede mascar ni el agua, de viejo que es, y don Cástulo, á quien llaman 
el Reverendo, porque fué fiaile de la Compañía de Jesús, componen hace veinte 
años la tertulia de doña Gorgojita. Allí se reúnen todas las tardes, y cada uno 
viene cargado de sus noticias, que ha podido recoger y que deposita en aquella 
especie de colmena, donde estos abejorros labran el descrédito de sus conocidos. 
Algunas otras personas de la misma laya concurren, pero ellos son los de 
ordenanza. 

Doña Gorgojita, como cabeza principal de la colmena, tiene cpie trabajar 
también, pero ella se ha reservado su vecindad, y para pescar noticias en la 
población, tiene un gancho (|ue no falla : este gancho es su negro Frijolin, y para 
que mis lectores puedan calcular la habilidad de éste y lo fisr/ona que es el ama, 
voy á ponerlos en escena; pero como taml^ien quiero pintar la ñilsedad de doña 
Gorgojita, voy á contar lo que pasó con doña Cándida, una amiga vieja suya. 

Cierta mañana hallábame en su casa, cuando pasó doña Cándida. 

— Adiós, Goja (sincope de Gorgoja) dijo aquella, dirigiéndose á la puerta. 

— Adiós, Canda: entra mujer, contestó mi aniiga, dirigiéndose á la puerta. 

— Nó, ya es tarde, y vo}^ para casa huyendo del sol, que está como candela. 

— Nó, entra, y fumarás un taljaquito. ¡Jesiis! siempre tengo hambre de 
conversar contigo, y tengo (pie e^taiie jalando! 

— Yamos, entraré y me sentaré un ratico. 

— Sí, no sabes, mujer, lo que me entretengo cuando vienes acá, y nos ponemos 
á recordar nuestros tiempos. 

— ¿Te acuerdas, nnijer? 

Sentáronse las dos amio-as. 



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TIPOS Y COSTUMBRKS. 



— Suna'ou, gritó doña Gorgojita, trámele un tabaíjuito á (.^aiida. 

Vino ^Vsuiicion, dio el tabaco á doña Cándida, quien lo encendió y se puso 
á funiarlo, escupiendo sin cesar á todos lados y haciendo charcos con la saliva 
amarillenta del tal^aco. 

Doña Gorgojita, ([ue era muy pulcra y melindrosa hasta no más^ cada vez 
que la veía escupir, se la llevaban los diablos, y todo era hacerme visajes, 
apretando la boca y señalándome con el mirar y un cierto molimiento de cabeza 
muy expresivo, los lagunatos (|ue iba haciendo doña Cándida, pero sin dejar por 
eso de conversar, como si estuviera muy á gusto. 

— Dime, mujel^ ¿y cómo te vá? no sabes lo que me intereso en sahel de tí: 
tú sabes que no es de ayer de cuando nos conocemos, y que no gasto ñilsedades. 

— ¡Ay! Gqja, á mí me vá, ni yo sé cómo; no tengo más (pie lo que me 
dá Bartolomé y lo que ganan las hijas de Mariquilla, que como sabrás, las tengo 
ahora á mi abrigo, y tejen de cuando en cuando algmi sombrerito. 

— Sí, supe la muerte de la pobre Mari(|uilla, y dime, nmjel, ¿Bartolomé está 
ya formal, ya no bebe? ¡Jesús! qué lástima me dio un dia que lo vi, todo muy 
roto y enlodado, haciendo eses por las calles .... No me (pusiera acordar, Canda: 
creo que hasta lloré. Lástima de muchacho, D. Eustaquio, dijo volviéndose á nú, 
porque es un dije muy querendón de su madre; ]'>ero ese maldito vicio!. . . . 

Doña Canda no contestó nada al caritativo comentario de su amiga, y ésta 
prosiguió : — ^Y á propósito, 7nugel, ¿qué has sabido de Celestina, la hija de doña 
Abandonada? 

— Nada he sabido, contestó doña Canda. 

— De veras? Pues, hija, dicen que la engañó don Mauricio: ¡qué lástima de 
niña! Un granito de oro es, tan habilidosa, tan costurera, tan modestica que 
era, y haber ido un picaro á engañarla. Yo, hija, no sé cómo no me insulté 
cuando lo supe. 

— Y Celestina se ha presentado? 

—Nada, hija, se ha tragado el asunto, y lo que dicen es que don Mauricio 
tuvo que irse á su tierra á recoger una herencia; pero sé de l^uena tinta, que á 
ella se la llevaron al monte . . . . y 3^a tú sabes. 

— Y quien te lo ha dicho á tí, mujer? 

— Frijohn me trajo la noticia; ahora verás: Frijolin!. . . . Hija, este Frijolin 
parece que habla con el diablo: todo lo que pasa en el puel)lo lo sabe. 

— ^Aquí estoy, señora. 

— ¿Por (juién supiste tú que á la niña Celestina la engañó el niño Mauricio? 

— Yo? contestó Frijolin riéndose: yo lo supe por Amdasia, la criada de la 
niña Celesta] ella me contó toitíco que la niña habia ¡lorao; mucho, y que su pae 
le dijo: tú eres una perra, y yo te debía poner en las Recogías. 

— Ya Yd. oye, doña Canda; no puede ponerse en duela. 

— Allá jalla^ contestó doña Can(ia; su alma con su palma. Yo no me meto 
en nada, porque no me vá ni me viene; sí lo siento, por(|ue al fin, es una pobre 
nuijer;. pero por mi boca no se sabrá su desgracia. 

— Ni por la mia tampoco, contestó doña Gorgojita: á tí no más te lo he 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



dicho, y eso porque sé que no eres lengüina] pero ¡Jesús! ¿qué había yo de ... .? 
La pobrecita tuvo ese deshz, es verdad, pero .... á tu prójimo como á tí mismo, 
dice Dios, y yo no quiero cargar mi conciencia. 

Doña Canda, al)urrida tal vez de escuchar los caritativos informes de su amiga, 
de los cuales le tocó un buen chispazo por lo de Bartolomé, se levantó, estirándose 
el túnico, que se le había arrugado algo. — Con que adiós, Goja;hasta otro dia. 

— Ave María, ni siquiera has acabado de fumar el tabaco: ¡vaya una prisa, 
ni que tuvieras .... 

— Ay, mujer, si es tarde yá, y mientras no llego, toda la casa es una 
Babilonia. 

— Bien, pero vuelve por acá pronto, y ven determinada á almorzar conmigo. 

— Bien, veremos. Para servir á usted, caballero. 

— A los pies de usted, mi señora, le contesté. 

Apenas habia salido, volvió doña Gorgojita para el comedor, gritando: 

— Suncionj Suncion^ vén ahoritica con una esponja á limpiar estos habineyes 
que ha hecho doña Cándida. A^aya una mujer puerca. Si tiemblo solo de verla 
entrar. Gracias á Dios que se fué. Todavía no vienes, Suncionf ¡Ay! Dios mió, qué 
revuelto tengo el estómago! ¡qué doña Cándida de los diablos! Si creo que lo 
hace al propósito cuando viene acá. Vamos, Siincion] bien limpio, que quede 
como un espejo. Frijolin, tú coge ese cabo tan apestosísimo y bótalo á la calle, 
pero bien lejos: ¡ay. Dios mió, qué mujer para escupir! 

Yo estaba haciéndome cruces de oir á doña Gorgojita, y me parecía que 
soñaba, porque no era creilíle tanta falsedad en una persona que no suelta á 
Dios de la boca, y que invierte las tres cuartas partes del dia en prácticas devotas. 

Ya he acabado mi cuento con doña Cándida; ya está, á mi parecer, bien 
caracterizada doña Gorgojo, en cuanto á la falsedad, defecto que seca en el 
corazón el precioso bálsamo de la amistad, y hace germinar en él los abrojos de 
la duda y de la desconfianza. 

Doña Gorgoja se sienta en el comedor, pero de modo que vé lo que pasa 
en la calle, y está siempre con el oido alerta, para informarse al punto del origen 
de cualquier ruido que oye: la cortina de la ventana tiene un agujero, por el 
cual espía lo que pasa en la habitación del frente; además de eso, tiene á Frijolin 
en la puerta de la calle. 

Lo primero que hace, cuando se levanta para ir á misa, es capitular á 
Frijolin^ que ya ha venido de la plaza. 

— Dime, ¿qué novedad ha ocurrido? 

— Yo oí decir, contesta el fidehsimo corre-cliepillo, que la niña Fulanita se 
fe/r/ó anoche con el niño Zutano. 

— Y ¿quién te lo dijo? 

— El calesero de allá de la casa. 

— Y ¿no sabes á qué hora fué? 

— í^o, señora. 

— Pues anda ves ahora mismo allá y mira á ver si es verdad, y de camino 
pásate por en casa de mi comadre Climaca y díselo. 



150 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Esto acontece diariamente, y lo sé porque Frijolm, como individuo de la 
tercera orden de los akahaciles, está pronto á contar cnanto pasa en su casa, así 
como en ella cuenta cuanto ocurre en las ajenas. 

— Frijolm, 

— Señora. 

— Mira á ver dónde lia parado esa volante. 

— En casa de don Tr'dmrcio. 

— ¿Y no vistes quién vino en ella? 

—Sí, señora, un cahayero alto, que tiene las barbas á la hencerraja. 

— ¿No es don Grabielf 

— ¡Ali! no, señora; el niño Grahiel no. 

— Pues ves ahorita allá, di que si se ha entrado allí una gallina, y mira á 
ver quién está en la sala y con quién conversa ese que ha llegado. 

Frijolin salió, y ella quedóse aguaitando por el agujero de la cortina. Volvió 
Frijolin y dijo: 

— La niña Nicudemia está sentá en un vá y viene^ celquifa é la ventana, y 
el cahayero que dentro ahora, está aiji á su feo, solitos los dos; y cuando yo 
dentré se quedaron muy asoraos y vino la señora ^xí la sala entonces. 

— Pues quédate aquí en la puerta, que yo ^engo ahorita. 

Y salió doña Gorgoj a, cmmmmáo como \\\\^ cucaracha pisada, que en Dios 
y en mi ánimo era lo que parecía, y llegó á la casa del lado, ([ue es donde 
únicamente tiene amistad; porque son de su mismo juego^ y entró diciendo: 

— Un chisme^ un chisme traigo. 

A esta palabra mágica se reunió el conciliábulo, y ella empezó á desacreditar 
á la joven Mcodemus. 

— ¿No saben que ya le pillé el güiro á Nicudemia'^ 

— ¿Cómo así? dijeron á la vez la madre y las dos hijas. 

— Sí, señoritas, yo oí un ruido de volante. 

— Sí, dijo doña Lehrancho, yo también lo oí; pero esa creo que es la de 
don Papa-Moscas. 

— No me destripes el cuento, mujer. Pues, como iba diciendo, sentí que 
paró una volanta, y al instante mandé á Frijolin que hiciera la desecha y se 
entrara en casa de doña Panfila y viera quién estaba en la sala: fué en efecto 
Frijolin, y me pescó al recien llegado sólito en la sala con Nicudemia á paños 
y manteles, y dándola un Ijeso; por supuesto, se quedaron como estatuas, y 
entonces la caguama de la madre vino para la sala. Como oyó hablar á Frijolin, 
se hizo el cargo: éste vá ahora y le dice á su ama que Nicudemia sola estaba en 
la sala con un hombre y perdemos la opinión de honradas; pero á otro perro 
con ese hueso, que no á mí hipocresías. 

— Qué me alegro! contestó doña Lehr ancho. ¡Jesús! Dios me lo perdone, 
pero de aquí no me pasa, (al decir esto se llevó la mano á la garganta, que 
en verdad la tenia muy hermosa) tan jesuíta como es: á mí, hija, me gusta la 
gente franca, que diga lo que siente. ¿No es verdad, D. Eustaquio? (Yo estaba 
allí desde antes de hegar Doña Gorgoja.) 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



— Por supuesto, contesté yo. 

- — Pues adiós, dijo Doña Gorgoja: me voy, que ya es hora de rezar el 
trisajio, y quiero aprovechar en que no se me vaya Frijolin^ porque entonces 
no tengo quien me responda santo, santo, santo. 

— Pues adiós, contestaron doña Lehrancho y sus hijas. 

Así que sahó, volvióse aquella á mí y me dijo: — ¿Ha visto Yd. una mujer 
más chismosa y desacreditadora que está"? Todito el dia está fisgando para el 
vecindario: todo lo sabe; nosotras llevamos amistad con ella, porque supóngase 
Vd. que anduvimos juntas en el colegio, y desde entonces nos visitamos, pero 
me repugna nnicho su manejo. 

— Bien se conoce, respondí yo; pero Vd. lo que debia de hacer cuando 
viene con un chisme ó noticia como la que acaba de comunicar, era decirle: 
Gorgita ó doña Gorgojo^ (como Yd. la llame.) 

— De las dos maneras le digo yo. 

— Pues bien, Gorgojita, á mí no me gusta ocuparme en desacreditar al 
prójimo, porque eso no es caridad cristiana, y no quiero gravar mi conciencia 
con pecado tan feo; además, que yo tengo niñas y debo darles buen ejemplo, 
como responsable que soy ante Dios y la sociedad de su educación 

— Usted dice muy l)ien; pero ¿sabe Yd. por que no lo hago? Porque tiene 
una lengua que se la pisa. Yo al oir esta disculpa, no quise seguir predicando 
y me largué, horrorizado de la lengua viperina de Doña Gorgoja y de Doña 
Lebr ancho. 

Mucho más podría decir solare Doña Gorgojita, pero á lo que se me 
alcanza, he dicho algo para hacer resaltar la falsedad de ios afectos que hacen de 
ella (de aquella nmjer) un monstruo cien veces más temible que el cólera-morbo. 

J. Y. Betancoürt. 



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TIPOS Y COSTUMBRES 




EL TABAQUERO. 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL TABAQUERO. 



Sobre el tabaco pesa la misma ley que sobre las mujeres. Del uno y de las 
otras se han dicho picardías sin cuento, atrocidades innumerables, horrores 
infinitos. 

No obstante, lo mismo el tabaco que las mujeres, continúan imperando en 
todas las esferas, subyugando al hombre, acrecentando su prestigio y su 
preponderancia. 

Esto me afirma en la idea que he abrigado siempre de que el tabaco, lejos 
de ser nocivo, es saludable, benéfico, regenerador, y de que las mujeres son .... 
la única cosa cjue A^ale la pena de permanecer sobre el globo, como ha dicho no 
sé quién, creo que tratando de la misma materia. 

Verdad es que los homl)res científicos, previniéndonos contra el abuso del 
tabaco, nos dicen que éste contiene nicotina en cierta proporción, "la cual, 
asegura Claudio Bernard, es uno de los ^ enenos más violentos entre los que se 
conocen, pues bastan algunas gotas esparcidas en la córnea de un animal, para 
que éste muera instantáneamente." Añade el mismo autor, que "la nicotina, por 
la apariencia sintomática de sus efectos y por su actividad, se asemeja mucho 
al ácido prúsico." (¡Sopla!) 

Otro autorizado escritor dice que "el mal está en que casi todos los 
fumadores abusan, porque se fuma inconscientemente; sin que la acción lenta 
del tabaco se manifieste en la economía; porque el fumador es como el tomador 
de opio, que aumenta á cada paso la dosis sin notarlo, de donde se origina á la 
fuerza el abuso. 

"En cambio, prosigue luiestro investigador científico, contando con que 
no se abuse: ¿dónde están los hechos é inducciones adquiridos por la ciencia, 
que prueben que el uso moderado del tabaco no ofrezca también ciertas ventajas? 
¿Quién se atreverá á negar que no puede el tabaco obrar sobre la economía de 
tal manera, que modificando el estado patológico del hombre, modifique también 
su predisposición á contraer ciertas enfermedades, constituyéndose de este modo 
en preservativo eficaz contra influencias perniciosas? 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



"¡Cosas del iihiikIo! eoncluve el escritor francés que me facilita estos datos; 
la tierra gira, y con ella también giran las ideas. Pudiera suceder, por ejemplo, 
que las Sociedades protectoras de la humanidad llegasen, con su propaganda, 
á reducir considerablemente el número de fumadores, y entonces, ¡quién sabe si 
se diese el caso de que la Academia de j\Iedicina tuviera que fallar en la cuestión 
inversa, ó sea la de la influencia saludable del tabaco!" 

Ahora l)ien: ¿me perdonarán mis habituales lectores, éste que parece alarde 
de erudición y no es, en primer lugar, sino el medio de que me he valido para 
llenar cinco cuartillas, y aparte de tal i^ropósito, el justo homenaje que me 
parecía debia rendir á nuestro valioso producto indígena, dándole la primacía 
sobre el tabacjuero, que lo que vale y lo (|ue significa y lo que gana, se lo debe 
todo al tabaco? 

En efecto: el tabaco y el taba(|uero se aunan, se identifican, se completan. 

Bueno, superior, magnífico es el tabaco de Vuelta Al)a¿^¡o; pero nada 
haríamos con calidad tan extremada, si no hubiese tabaqueros hábiles, diestros 
y hasta inspirados, que elaborando la materia prima, no produjesen esos 
aromáticos puros, digno regalo de los personajes más encumbrados. 

Pero obsérvese cómo entre nosotros hasta el ofi(do de tabaquero ha 
progresado. Y a(|uí cuadra también lo del escritor francés, que la tierra al girar 
hace ({ue giren á su vez las ideas. El movimiento, la evolución, la comunicación, 
fecundizan sin duda las ideas, las engrandecen y las hacen brillar ante el sol de 
la civilización y del adelanto. 

¿Acaso la actual elaboración del tabaco puede compararse á la de hace 
veinte años? Díganlo las primorosas muestras cpie han ido á la Exposición de 
Matanzas. 

Del propio modo, el tabaqueio de hoy no es el que conocimos veinte y 
cinco ó treinta años atrás, desgarbado, melenudo, sin átomo de cultura, ni 
instintos de orden ni de economía; no pensando sino en bailar, en correrla con 
los amigos y derrochar locamente el salario de la semana. 

Aquél tabaquero ha desaparecido, como han desai)arecido ciertas 
preocupaciones ridiculas, ciertas trabas, cierto ensañamiento, ]X)r decirlo así, 
contra el obrero, contra el artesano, contra todo el que no habia nacido en 
determinada esfera ó vivía sobre el país, engañando ó estafando al prógimo .... 

Hoy el tabaquero no se limita al mezquino círculo en que estaba 
antiguamente encerrado : hoy estudia, hoy lee y se civiliza á la par que las demás 
clases sociales; hoy se agremia; tiene sociedades cooperativas y cuenta con un 
fondo de 30 ó 40 mil pesos para favorecerse en los conflictos que surgir 
puedan .... 

Pues si el taliaquero vive hoy la vida de los demás h{)ml)res; si trabaja y 
ahorra; si se interesa por las grandes y trascendentales cuestiones que agitan al 
mundo, y procura, por cuantos medios están á su alcance, tomar parte en el 
concierto universal y coadyuvar al progreso de las ideas, aunque sea con su 
grano de arena, al mejoramiento del hombre y al predominio de la razón, de la 
justicia y de la libertad ilustrada y equitativa; si el tabatiuero, lejos de embrutecer 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



SU enteiidiiiiicnto y su corazón con los vicios, con la dcciTadacion v el desenfreno, 
abre su pecho á los sentimientos nobles y humanitarios y su intehgencia a la 
luz vivificadora de la instrucción, ¡honor y prez al tabaquero, (|ue así se ha 
emancipado del envilecimiento, rompiendo los grillos de la ignorancia y de la 
ignominia que antes lo convertían en un ser innoble y digno del mayor vilipendio!... 

X\ llegar aquí, siento que me tiran de la levita; me vuelvo muy sorprendido, 
y hallóme cara á cara con mi amigo Villa, que colocado á mi espalda, ha ido 
leyendo todo lo que he escrito. 

— No me parece desacertado cuanto expones ahí en elogio del tabaquero, 
díceme el entusiasta e inteligente editor de los Tipon y Costumhres y de otras 
varias obras, como ustedes saben; pero, chico, no te remontes tanto: que resulte 
sólo un artículo laudatorio, enhorabuena; justo en sus apreciaciones y todo lo 
demás que se debe á ese laborioso y meritorio operario. Mas ten en cuenta, 
aparte de tu buena intención, que estás comprometido, como siempre, con el 
público á oñ-ecerle, ya sabes, un artículo entretenido, jocoso; en fin, que haga 
reir á los suscritores .... 

— ¡Picaro compromiso el de tener que escribir siempre artículos de 
costumbres, esté ó no de humor! contéstele ya enfadado; si se quieren reir tus 
suscritores, que se rian de tantas cosas como hay hoy en la Habana, y las que 
no han menester que yo se las señale. 

— Ya eso es viejo; quieren cosas nuevas; en suma, quieren tu artículo; con 
que allá te las avengas. 

— Pues sin abandonar por eso al tabaquero, procuraré seguir tu consejo y 
complacer á tus suscritores, repuse ya resignado. 

— Amén, contestó Tilla, marchándose. 

Ya que no tengo otro remedio, pondré en escena á Dimas, un tabaquero 
de punta, que gana hasta ocho pesos diarios; gran cantador^ alegre y jovial como 
pocos, y sobre todo, gran cuchilla, como que enamora á cuantas le gustan, 
venciendo siempre en la demanda. 

— ¿Cómo diablos haces tú para tener tantas novias? le pregunta á Dimas, 
un bicho veguero, con quien trabaja en el mismo taller. 

— ¿Y tú no sacas lasca en ninguna parte? pregúntale á su vez Dimas al 
otro. 

— Ni agua: soy mcis salado .... 

— Te diré: de eso tiene la culpa la mogolla; tú no puedes negar que eres 
de breva. 

— Arrempújate más decente, que á mí ninguno me nirujunea .... 

— ^Pues si es claro; todo tiene su relación en este mundo falaz y de buiuba; 
desengáñate, chico; el que es mogoUero no puede hacer nada bueno, y al fin y 
al cabo le dan la puñalá. 

— También lo dudo y lo dificulto, mamita; ¿qué tiene que ver . . . . ? Vamos, 
homl^re! . . . 

— Mira, aprende retórica y poesía y antonomasia y luego hablaremos. 

— Eso es viento, varón: con un poco de anís del Mono te se quita. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



— Yo soy quien te voy á aventar á tí la mollera, para que aprendas á 
despaWlar los conocimientos humanos. 

— Tampoco asi^ liberal. 

— Pues para que veas que yo me esplicofeo y te puedo amarrar el manojo, 
has de saber que el que tuerce co7i condición y no es bicho veguero como tú, 
tuerce también la voluntad á las mujeres y se hace querer de ellas. 

— ¡Sujeta, hermano, que vá largo. . . .! 

— No hay cuidao que tengo el cepo en la mano y yo soy de Bretánica . . . 

Después de un diálogo semejante, Dimas se separa del compañero y 
marchase silbando una guaracha á casa de su novia, una muchacha de algunos 
quince años, bonitilla, también muy cantadora como Dimas, y gran fumadora 
de cigarros de fresa y de orozulj como ella dice. 

Vive esta adelantada joven con su abuela, mujer de más de sesenta años, 
pero muy entera y vivaracha., capaz de tenérselas tiesas con un orden jjúblico 
de á caballo. 

Con Dimas se lleva lo mejor posible, porque éste le regala cada noche 
cuatro ó cinco tabacos de la fuma, que la vieja saborea con deleite, mientras 
nuestro tal^aquero y su novia cantan que se las pelan: 

"Yo tengo una mulata 

Que es la ñor. 

Que se llama ]\Iaría . . María . . María 

Y es mi ilusi(')n." 

— ¡Qué bonita voz de contrarto tiene este Dimas! ¿verdad, Chentcú dice 
Maura, que así se llama la vieja, interrumpiendo el canto; yo también cantaría 
si no fuera porque tengo la cam})anilla medio descompuesta desde que fui 
maestra de escuela y me veia precisada á gritar tanto, y tanto, regañando á los 
muchachos. 

— ¡Que dice, doña Madura! salta Dimas, dando á la vieja el apodo que le 
aplica siempre, y en el cual ha trocado el nombre de Maura; ¿usted maestra de 
escuela? ¡me digiste! 

— Cabalito, y recibida })or más señas; un dia de éstos te voy á dejar ver 
mi título. 

— Pues á mí me hcéimí dicho que usted no liabia hecho otra cosa en toda 
su vida que despalillar; sólo que como ya está vieja, ni vé, ni tiene fuerzas, por 
que la verdad, doña Madura, usted ya ha amarrado la niedia rueda y lé sobra 
un pico. 

— Anda, menth'osísimo, si yo no tengo más que cuarenta y cuatro años, 
como que los cumph el 30 de noviembre último. 

— En cada guataca, si acaso; y á propósito de cumpleaños y de fiíndango, 
cualquier domingo voy á venii- acá á ptegar el gigante. 

— ¡Ay, hijito! ¿sabes cómo estamos aquí? que la mayor parte de los dias no 
tenemos modo de meter los trozos .... Ahora sí, el dia que te cases con Chenta, 
comeremos juntos un arroz con pollo, que te has de chupar los dedos. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



A oir esta especie, Dimas se sonríe maliciosamente y varía de conversación. 

A la noche signiente, no va a la casa ni á la otra tampoco, y pasa una semana 
sin qne se deje ver. 

C/teufa le escribe carta tras carta, con un estilo y una ortografía que hacen 
desternillar de risa á Dimas y á muchos de la galera en que trabaja éste. 

Maura se enfín-ece, porque se acalcaron los tral)ucos, los cazadores y las 
conchas que le lleval)a Dimas; por lo cual la emprende con Chenta, como si 
ésta tuviera la culpa de su privación. 

— Tú no lo has sabido atrapar, le dice á la muchacha con gesto avinagrado; 
si yo hul^iera estado en tu caso, á mí no se me escapa. 

— Y yo ¿qué iba á hacer? contesta Chenta furiosa; es el hombre más 
enamorado que he conocido; pcducJiero como él sólo, y sabe más que las culebras. 

— No hay hombre ([ue sepa tanto como una mujer .... digo, cuando no 
es como tú, que no acabas nunca de aprender, babieca. 

— Pues yo bien que me le dejal)a caer y le hablaba así como quien no 
quiere la cosa, del dia en que nos tomáramos los dichos, y de cuando el monigote 
leyera las amonestaciones, y de cuando el cura nos echara la bendición, y de todo 
eso que se dicen los novios .... 

— -¡Ah, bárbara! si no es así como se arregla el pastel. 

— ¿Pues cómo, abuela? 

— En primer lugar, se hace cierta cosa con los ojos, y ciertas muecas con 
la boca, y se dan unos suspiros muy fuertes, y se hace una la interesante, y se 
coquetea, y se ... . en fin, la mar de trápalas y de engañifiís. 

— Yo no sé hacer nada de eso; á mí me gusta hablar claro para que me 
entiendan pronto. 

— Tú eres nnujjokda. 

— ¡Mejor que mejor . . . . ! 

— No me faltes, porcpie te 7Mmpo un gaUeíazo que te hago ver las estrellas. 

Así concluyen siempre los coloquios de Maura y su nieta, referentes á 
Dimas, quien por su parte se ha echado ya otra novia mucho más bonita que 
Clienta y con la cual se le vé ahora muy almibarado. 

Para concluir, tócame manifestar que creo haber hecho sólo un débil 
bosquejo del tahaquero: Landaluze es quien lo ha pintado fielmente, y por lo 
tanto, fíjense de nuevo los lectores en la preciosa lámina que acompaña á esta 
entrega de los Tipos y Costumbres^ y me darán la razón. 

Francisco de Paula Gelabert. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL HOMBRE CAZUELERO. 



Con este nombre he oido designar en la sociedad á aquellos individuos 
que, por un espíritu de intervención fastidiosa, quieren saber y mezclarse en 
todos los accidentes, aun en los más insignificantes de su casa: voy, pues, á 
retratar unos de estos entes, formando para ello mi héroe con las observaciones 
que he hecho, y sin intención de pintar á Pedro ni á Juan : al que le venga el 
sayo, que se lo embone y calle, que al buen callar llaman Sancho. 

El hombre cazuelero no se distingue físicamente de los demás, y es algún 
don Fulano á quien unos aman y otros tal vez aborrecen, como sucede por lo 
común en estos barrios terráqueos: pertenece á todas las clases y estados; pero 
abunda mucho entre los casados pobres: si es marido de alguna pródiga, su 
mujer es mártir: si de alguna económica, nada se ha perdido, porque se junta 
el hambre con la necesidad. 

El homl^re cazuelero es un mueble tan accesorio de su casa como las 
telarañas que diariamente quita detrás de las puertas; pasea poco, \Taja mucho 
por el interior de su domicilio, y trabaja todo el dia con incansable afim, ya 
sacudiendo las sillas de la sala, ya recogiendo algún papel que el viento introdujo 
en ella, ó trapo que el descuidado fámulo soltó en el patio, y ohidó de 
recoger; ora inspeccionando si los útiles de la cocina se hallan aseados, ó l)ien 
indicando á la planchadora si ha de coger la plancha de éste ó del otro modo, 
ó si ha de estirar más ó menos la pieza que vá á planchar: su ojo es perspicaz, 
nada se le escapa; es el de la Omnipotencia. El sabe el precio de cuantos artículos 
de consumo existen en la Capital; sus ojos son una medida más exacta que el 
patrón de Burgos ó el celemín de Toledo, consecuencia maravillosa de su 
constante práctica, porque todo lo cuenta, lo pesa y lo mide, hasta la existencia; 
es, en fin, un ente original, que aborta la economía y desarrolla la ociosidad, pues 
una ocupación constante impide ó destruye el hábito de emplear el soberano 
don de la actividad intelectual en los mezquinos pormenores de la vida doméstica. 
Voy á ])resentar un tipo del hombre cazuelero á mis lectores. 

D. Orígenes es un liom))re alto, ñaco, macilento, que vive en la calle de las 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



Casas hace i3 años: apenas amanece, ya está forrado en un enorme levitón de 
paño gris, con su birrete de media de seda negra, y su sombrero marsellés, que 
lo compró para casarse veinte años antes, su caña gorda de Indias con su puño 
de cuerno de ciervo, y su tabaco de á ocho por medio celoso y apagón en la 
boca, pronto á emprender viaje hacia la plaza del Yapor, seguido de Claml^ao, 
su cocinero, paiu traer á casa las provisiones del dia: sale y llega al mercado. 

— Ahí está D. Orígenes, empiezan á decir los vendedores; vamos á pedirle 
caro para sacarle el justo precio, y que no nos quite el tiempo con su regateo 
maldito. 

Llega á un puesto de huevos. 

— ^Paisano, ¿cuántos huevos dá V. por medio? 

— Uno. 

— ;Y por un real? 

—Tres. 

— ¿Qué real, sevillano? 

— No, señor; fuerte. 

— Están muy caros. 

— Pues liúsquelos V, más baratos. 

Sólo para este renglón revuelve todos los puestos de él y, al fin, viendo 
que no adelanta nada, prefiere comjirárselos al último, exclamando: 

— ¡Vaya una conspiración! un monopolio infame! Estos isleños revendones 
nos van á acabar la casta: ¡picaros! si estuviéramos en los tiempos del conde 
de Santa Clara, ya, ya estarían donde merecen. 

Desahogada así la bíhs, toma cincuenta ó más huevos, que examina uno 
por uno, encerrándolos en el hueco de su mano derecha, dejando los extremos 
libres, el uno para su ojo izquierdo y el otro para la luz del naciente dia; y hecho 
el examen, los vuelve á poner en el canasto con la fórmula de: 

— Me parece que tienen pollo. 

Al fin, compra un real y lo suelta colunmario con el mismo gesto con que 
soltaría una muela en el gato de un barbero, exclamando : 

— Comprar huevos de este modo es lo mismo que comprar problemas sin 
resolver. 

Sigue la sección de la carne, la cual hace pesar escrupulosamente, con el 
diario en la mano, que es la ley que lo favorece; pasa al puesto de la verdura. 

— Vamos, hombre, eche V. unos tomaticos más, no sea tan cicatero, que 
este es su tiempo: una ramita de yerba-buena; esa no, que está seca; ¡vaya un 
robo! si estoy por meterme á revendón de verduras: ¿qué es eso? ¿cuatro plátanos 
no más me echa V. por un cucdtiUó? 

— Señor, le contesta el pobre montero, los plátanos este año pasao han 
sufrió mucho con los ^áentos: no hay plátanos en ningiinita p^te. 

— Bien, hombre, bueno es lo bueno, pero no lo demasiado, y además, que 
yo no le digo á V. que me eche todo el serón. 

— Vaya, señor, tenga otro. 

— Cambíemelo por uno maduro, que á mí chiquita le gustan mucho fritos. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



Al pasar por el lado de una negra de longanizas, se le antojó comprar de 
ellas. 

— ¿A cómo son, morena? 

— A medio, señó. 

— ¿Y son hechas con carne de gente ó de perros? 

— No, señó^ respondió la negra, riéndose de la ocurrencia. 

— No te rias, que lo más fácil es que sean de perros, ahora que matan 
tantos los presidiarios. 

Y después de olei'la cien veces, y de examinar todas las tripas de un buey 
hechas longanizas, compra una "para ver si se le abre el apetito á Mariquilla," 
como él dice. Llega su turno á los pollos, y aquí es donde mi hombre desplega 
todos sus conociniientos médicos y quirúrgicos: no hay pluma ni parte del cuerpo 
que no mire y remire; les abre ¿1 pico y los huele: sin duda para averiguar si 
están enfermos del estómago; los sacude para oírles gritar; les toma el peso, ya 
con una mano, ya con la otra, y después de esta prolija inquisición y de 
murmurar, tentándole la pechuga: — Está flaquito; empieza el regateo. 

— Paisano, ¿cuánto vale este pollo? 

— Tres reales fuertes. 

— ¡Hombre! ¿V. está loco? ¡tres reales fuertes por este poUito, que todavía 
mama! 

— Señor, este pollo ni mama ni ha mamado. 

— No sea Y. tan material; lo que quiero darle á entender á Y. es que 
todavía estaba bajo las alas de la galhna. 

— ¿Quién, ese pollo? con que me costó correr tres horas detrás de él. 

— Ya no lo quiero: ese pollo está insultado, y bien quise yo conocerlo en 
el modo de gritar. 

— Señor, si anoche fué cuando lo cogí, ¿cómo va á estar insuUao? Y. parece 
(|ue no quiere comprar pollos. 

— Sí quiero comprarlo, amigo, vamos, le doy á usted dos reales 
por él. 

— No, señor. 

— Pero si no vale más, cristiano; le ofrezco á Y. su justo valor. 

Y el vendedor, aburrido del inílxtigable D. Orígenes, le dice: 
— Si quiere llevarlo, dé Y. dos y medio fuertes. 

— Al fin se salió con la suya Y., rephca metiendo los dedos en una bolsa 
cuyo color ningún físico determinar podría, y (pie en su largor y angostura 
podría correr parejas con la cañería de la Zanja real. — Lo llevo, porque V^. no 

diga, pero está bien flaco y bien Yaya, tenga Y. Y se marcha, tomando el 

rumbo á casa, ya bien entrada la mañana, dejando fastidiados á sus proveedores 
y mucho más á Gambao, que no puede ejercer el doméstico derecho de la sisa. 

Ya está D. Orígenes en su habitación, de la que no saldrá hasta dadas las 
oraciones, á jugar al tresiete con la vecina del lado y su cara mitad: ya es otro 
el lugar de la escena y otros, por consecuencia, la decoración y el traje; ved 
ahora á. D. Orígenes vestido de casa, con su volante de carranclan, que fué 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



amarillo, hecho en 1827 i)or el maestro Yaroiia, que Dios se lleví') y nunca más 
nos devuelva, sus calzones de irlanda de pié, y sus zapatos matusalénicos: y 
sentado en su l)uta(|ue campechano, á la puerta del comedor, para verlo todo 
y presidir el drama domestico del dia: ahí está como la araña, esa aduana casera, 
paseando sus ojos del suelo á las paredes, de éstas al techo, y de éste á la cocina 
y cuanto alxircan sus escrutadoras pupilas. 

— Dice la niña que me dé sumelcé un cmdtiUo pa arroz. 

— ¿Qué, de ayer no quedó ninguno? 

— Ño señl). 

— Hombre, eres un tragón de Barrabás! ¿Con que tuviste alma |)ara soplarte 
aquel cazuelon? Y diciendo esto, mete la mano en la íaldricjuera diestra del 
chaleco, y saca un porción de papelitos muy sucios, que va examinando. 

— ¿De dónde es éste? 

— Señó, tiene ima crucesita? 

— Sí, tiene una crucesita. 

— Pues esa es de la bodega de ño Mimjiié. 

— Pues toma; vale un cuaUiUo. Oye Gaml)ao. 

— Señó. 

— Pide la contra de ajos. 

— Si ya me la dieron. 

— Haz lo que te mando; si no te la dan, nada se pierde. Y v;i Gaml)ao y 
vuelve diciendo: que ño llingué dice que ese })a]^elito no es de allá. 

— ¿Cómo es eso, negro? pues no di es tú que es de esa ])odega? 

— Sí señó, las que tienen crucesita son de allí m imito. 

— Pues vuelve allá y <lile que te la reciba, y cpie si nó, mando ))uscar al 
comisario para que le imponga una umita, de estar fal3ricando |)a})el moneda. 
Esta amenaza surte su efecto, v retorna el criado con un crt//«/7í'//o en las manos. 

— A ver acá, le dice el amo, ¡ah, perros ladrones! miren qué cualtiUo de 
arroz ha mandado ese señó Miguel ó señó Dial^lo: y tú, picaro, ¿por qué vas á 
comprar nada á esa bodega? Cuidado como me vuelves ahí más, porque si lo 
llego á descubrir, te pongo como un mamón: dime, ¿y te dio la contml 

— No señó. 

— Porque tú no la pedirías. 

— Yo se la pedí. 

— ¿Y te respondió? 

— Que de cuaUillos de papelitos no se daban contreis. 

— ¡Infames! toma el cualfiUo de arroz, que no alcanza ni i)ara el almuerzo 
de un pollo: pero no, dame acá, que voy á pesarlo por curiosidad. Y se levantó 
D. Orígenes y lo pesó, y se santiguó cien veces, exclamando: Jesús, Jesús, 
catorce adarmes y medio grano pesa con cartucho y todo; ¡adonde jarnos á 
parar. Dios mió! si esto sigue así, es preciso su})rimir el arroz del presupuesto 
del mes. Y dicho esto, volvió á su puesto el inexoral^le vista. 

— Dice la niña que me dé sumelcé un cJiico pa sal, y otro pa manteca. 

— Para manteca sí, pero para sal no, porcpie ayer se trajo ima contra. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



— 'Y'A se acabó, señó. 

— Caramba, lionil)re! no puedo menos de creer sino que te la comes. Yá 
esto sacaba otra vez la lalange de papelitos. 

— A(|uí no hay niniiima papeleta de á chico. 

— Toma medio: tráete un cJtico de manteca; ¿que otra cosa hace falta? 

— JauK^n pa la olla, serió. 

— ¿Nada más? 

— Y azafrán. 

— Ni por })ienso: el azafrán está ahora nuiy caro; tráete un chico de vija, 
(jue es lo mismo, y además, es muy barata; y guárdala, no la vayas á tirar por 
ahí como haces tú con todo, y tráete otro chico de jamón y un chico vuelto, y la 
contra de sal; y ven pronto, f[ue van á dar las ocho. 

— Sí señó, responde (lambao, maldiciendo en sus adentros la mezquindad 
de su amo, que le arrebata el derecho de la contra, para l)el)er un trago de 
aguardiente ó fumar un tabaco. Yuelve Gambao, y suelve al examen y al peso 
y á las declamaciones: á ratos se levanta D. Orígenes y va á la cocina. 

— ^lira, taita, levanta esa ramita de yerba-luiena del suelo; todavía te he de 
arrancar las orejas para que hagas caso de lo (|ue yo te digo: y esta sal, qué 
hace aquí en el papel? á dar lugar á que se agite? ¿no? ponía en el jarro, que es 
su lugar. Y le señala! )a un cuasi-jarro, que estaba en el fogón; y te advierto que 
no le eches, como sueles hacerlo, mucha sal á- la comida, (|ue se desperdicia sin 
saber para qué. 

Yolvamos á la sala con Ü. Orígenes, que ha llegado (ui isleño harai Ulero. 

— Yamos á ver, le dice, lo que Y. trae; ponga en el suelo el canastro. 
Mónica, ven, que aquí está el casero de hilo. Y viene ]\Iónica. 

— ¿Trae agujas del número 7? 

— Sí, señorita, y muy l)ucnas. Y entre marido y nnijer desdoblan cincuenta 
pai)cles de ellas. 

— ¿Y á cómo son, casero? preguntan ambos. 

— A seis. 

— ¡¡Jesús!! replican á dúo; y D. Orígenes prosigue: á nueve se las daba ahora 
})oco 1). Perfecto, ese vendedor que Y. conocerá. 

— No lo conozco; pero no serían como esas: mírelas Y. ([ué finas, ([ue ni 
se doblan ni se parten. 

— ¿Las da Y. á prueba? 

— ¿Quién da ahujas á prueba, señor? 

— ¡Oh amigo! entonces ¿cómo quiere Y. que sepamos si se parten ó nó? 

— Ya^a, dice doña Mónica, me las dará \. á ocho. 

— Tómelas la señora ;í siete, y se las doy así porque sernos caseros. 

— Espérate, hija, le dice el consorte, no tomes esas, éstas son mejores. 

— Esas no sir\en, replica la esposa, que sólo en estos casos tiene 
jurisdicción privativa para juzgar y hacer la suya: parece que estás ciego, ¿no 
las ves tan cabezonas que parecen un trompo? 

— Coge las que quieras, hija, pero á mime parecen mejor éstas, ponjue son 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



más gorclitas y duran más, y que tengo más experiencia de ellas. Te acuerdas 
de aquel forro de catre de rusia que cosimos entre los dos? 

— Sí me acuerdo, pero las que quiero son para coser estopilla y no rusia. 

— Ah! tienes razón, yo no sabia que eran para eso. Y durante este diálogo, 
elegía doña Mónica de cada papel una aguja, y D. Orígenes examinaba con la 
petulancia de un niño y la curiosidad de una mujer, cuantas bujerías se 
contenían en el canasto, desarreglándolo todo y convirtiéndolo en un nido de 
gallina; al fin le pagaron al paciente baratillero el medio sevillano tan 
amargamente ganado, y salió de allí algo mohíno. 

I). Orígenes no era sólo cazuelero, sino también avaro, como lo habrán 
conocido mis lectores por el bosquejo de sus cien mil ridiculeces; y no me 
tachen de inconsecuente porque pinte su avaricia cuando compra pollo para el 
consumo diario, pues esto sucedía porque era la comida favorita de su esposa, 
la cual era la dueña de aquél mediano pasar en que él vivia; en cambio, ó mejor 
dicho, en compensación de su gasto, no se comía dulce, porque á ella no le 
gustaba, y él se pasaba muy bien sin él, pero para satisfacer en algún modo 
y aliquando su apetito, llamaba una vendedora de miel de caña y le compraba 
medio de ella, y después le decía: ¡Jesús! mujer qué miseria! Echábanle un 
poco más, y entonces replicaba: no, no quiero miel; tú das nmy poquito; y la 
echaba él mismo en el tarro de la vendedora, contentándose después con la que 
le quedaba en el plato, que recogía con un pedazo de cazabe mojado. 

D. Orígenes le tenia un horror invencible á las moscas, y ni los españoles 
fueron tan tenaces en lanzar los moros de España, como él lo era para arrojar 
esos bichos del espejo y demás puntos donde se posaban: armado del 
instrumento respectivo, se le veía á veces perseguir media hora á una mosca 
desdichada, que había cometido el crimen de posarse un instante sobre la luna 
del antiquísimo espejo de la sala: las arañas no eran más afortunadas; á esas las 
rebuscaba con soHcito cuidado, y no ha])ia reendija segura en toda la casa donde 
una de esas domésticas tejedoras pudiera ponerse á cubierto de las pesquisas de 
su enemigo. Oh! si como á D. Orígenes le dio por buscar moscas y arañas, le 
hubiera dado por hacerse ministro de policía, no le arrendaría yo la ganancia 
á los picaros, y viviríamos tan seguros de ellos como de los turcos. 

Queridos lectores, ya conocéis á D. Orígenes, y ya sabréis á lo que alcanzo 
distinguir á un homl)re cazuelero entre mil: No os inmagineis que es ideal este 
personaje: existe, y existe en nuestra sociedad; veníoslo diariamente, 
encontrámosle á cada paso, y más de una vez nos arrepentimos de conocerlo. 
Buena es la economía: bueno es que el hombre vigile decorosamente sobre el 
gobierno interior de su domicilio; pero tal avaricia, tal mezquindad, tal 
intervención de puertas adentro, es vituperable á los ojos de las personas sensatas, 
y enojoso á una madre á quien se despoja del manejo económico de su casa y 
familia. 

J. Y. Betancourt. 
(1852.) 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 




-LandaiutjC Díb^C 



EL CALAMBUCO 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL CALAMBUCO. 



Melancólico por demás, ó cuando menos calambuco^ ha de ser el benévolo 
suscritor que no se sonría al leer tan sólo el título que encabeza este mal 
trazado tipo. ¡El calambuco! Confieso que algo pesada es la carga que me 
he echado á cuestas, y aun temiendo estoy que todo el gremio de ultra-devotos, 
á pesar de su aparente mansedumbre y calculada tolerancia, me aguarde 
furibundo en la esquina de una iglesia, y amén de algunos piropos poco 
gratos al oido, me dé una leccioncita práctica de garrote, vulgo paliza, 
lo cual, entre paréntesis, en el siglo ilustrado en que vivimos, constituye 
uno de los argumentos, si no más lógicos, á lo menos más sólidos, para interpelar 
al prógimo que se atreve á escribir verdades como puño y á pintar un tipo social 
ial cual es, con sus pelos y señales, con sus flaquezas y miserias. Al paso que 
camina, ó mejor dicho, vuela el siglo XIX, merced á la universal tolerancia en 
todas materias, en vez de pronunciar útiles y razonados discursos en las respectivas 
cámaras legisladoras de las naciones, en vez de interpelar el poder ejecutivo con 
palabras, cada diputado, armado de un hermoso garrote semi-tranca, sostendrá 
su opinión, manifestará su profesión de fé y sus principios, &c., &c. El escritor 
de costumbres tendrá que renunciar á trazar tipos y caricaturas sociales, á no 
ser que estime en poco sus costillas ó que maneje alternativamente la péñola y 
el garrote. De poco ó nada le servirá manifestar la pureza de sus intenciones y 
el espíritu morigerador que le guia en obsequio de la sociedad cuyos vicios trata 
de corregir. "La sociedad, le contestarán, es ya demasiado vieja para enmendarse. 
Reciba Vd., hermanito, esta paliza á reserva^ para enseñarle á vivir y á respetar 
las costumbres establecidas." 

Ahora ])ien, querido y pagano lector, ¿creerás tú que el mísero escritor de 
costumbres se considere al abrigo de los tiros de las mujeres á quienes pinta en 
su (ilhumi Xo por cierto. Xo hay que temer palizas, seguramente, por parte del 
bello sexo. Si es fama que allá en Europa gastan algunas mujeres navaja ó 
puñal, en esta buena tierra de Cuba, amén de alguno ([ue otro arañazo, pellizcos 
ó, cuando mucho, algún sendo coscorrón, las hijas de la Reina de las Antillas 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



desfogan su ira con la. . . . ay! con la lengua; y no sé qué decirte, lector de mi 
alma, si no es aún más terrible que el garrote esa arma que manejan las hijas 
de Eva con una maestría digna de mejores resultados. Oh! no soy yo quien lo 
dice; es nada menos que un gran fílósofo, viudo por más señas, y que tuvo suegra, 
que es otro item más. ^o del^ió, sin duda, quedar, después de la muerte de la 
difunta, muy aficionado al bello sexo cuando dijo: ^^Malo periculosmn seiyeniem 
quam quieiam mulieris Ungua7i¡' lo cual, traducido al castellano, quiere decir, 
que más vale habérsela con una culel^ra venenosa que con una mujer callada. 
Y si esto se refiere, poco galantemente, (perdóneme el buen filósofo) á las mujeres 
cuando no dicen: "esta boca es mia" (cosa asaz rara) ¿cuan tremenda no será 
una hija de E^'a charlando y mirándose agraviada, tal cual es, en el verídico y 
claro espejo que le presente el escritor de costumbres? — Ah! picaro! ah! 
desvergonzado escritorzuelo metido a predicador! ¡^Vtre verse á insultar á una 
señora como yo, que cumple con los preceptos de nuestra santa religión! Herege! 
Bribón! ¡Yo, que oigo misa todos los dias! ¡Yo, que hasta con jaqueca, con la 
punzada de clavo, con el histérico, voy á confesarme cada dos dias con el padre 
Chanito, tanto que muchas veces no tengo ni aún el más leve pecado venial que 
revelar al confesor! Perro atrevido! ¿Quién me hace el favor de prestarme 
unas tijeras ó una tranca? Yo le enseñaré á no faltar de un modo tan indecoroso 
y aun insolente á una señora, á una esposa, como quien dice, del Señor; pues á 
haber tenido yo dote, estaría, hace tiempo, en un convento. Dios se lo pague á 
mi padre, que se casó en segundas nupcias, y al bueno del escril^ano que corrió 
con la testamentaría de mi madre. 

Sin embargo, en medio de los sinsal)ores que experimenta el escritor de 
costumbres, una idea halagüeña, una dulce esperanza le consuela en sus enojosas 
tareas, particularmente si acaba de diseñar el tipo de una mujer, de la suegra^ 
verbi gratia, ó de la sollerona,, ó de la vieja verde, ó por fin, de la calamlmca, de 
cuyo tipo me ocuparé quizás más adelante. Yeámos cuál es esa idea, cuál esa 
esperanza. 

Al A^erse pintada una mujer con toda fidelidad en un cuadro, se morderá 
los labios, echará pestes contra el demasiado fisonomista pñitor, cuyo verídico é 
imparcial pincel ha puesto en su natural relieve arrugas que ella creyera 
imperceptibles. La refiexión, hija de una pequeña dosis de juicio, de la cual casi 
todas las mujeres están provistas, hará que, siempre que no la ciegue el amor 
propio, una coquetona, por ejemplo, ó sea una vieja verde, al fin y al postre, y 
después de mil muecas y remilgos, perdone generosa al pintor, en gracia del 
buen colorido y de la lijereza de las tintas del cuadro, con tal que .... el artista 
no la haya pintado fea. . . . ¡¡Fea!! Ave María Purísima! Todo lo perdonan las 
mujeres menos que las pinten feas. Ese es el consuelo que anima al escritor de 
costumbres; esa es la esperanza que tiene en la indulgencia de las mujeres. Su 
misión morigeradora se reduce á atacar las deformidades morales, no los defectos 
que nacen con nosotros ó que son hijos de casuales eventos. Un escritor de 
costumbres no llamará nunca fea á una mujer. Dios le libre! y por otra parte, 
¿con qué objeto? Harto feas son, moralmente hablando, una mujer, una suegra, 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



por jcniplo. (|ue todo el santo (lia este haciendo rabiar á su mísero yerno, hasta 
el extremo de volverlo lazar hio, ó una niña co(|neta, cine con sns remilgos y falsas 
palabras cause la desgracia de un apreciable joven cpie creyera, incauto, en halagos 
y juramentos de amor. La natui-aleza, en sus misteriosos arcanos, nos presenta 
las más terril^les é indómitas fieras engalanadas con preciosas y matizadas pieles. 
Admiramos al magnífico tigre, al pintado leopardo, á la hermosa onza, pero 
huimos lejos de aquellos monstruos, ])orque no corresponde a la belleza de sus 
exteriores formas la índole feroz que los constituye el terror de todos los seres 
de la creación. ^ pavo real^ con su radiante cola, en la que se reflejan á porfía 
los colores varios del arco iris, es el símbolo de la vanidad, v de consiguiente, de 
la ridicula presunción, de la tontería en pasta, y no digo con plumas, porque 
podría muy bien p(^nerse brava contra mí toda la cohorte, no floja, en número 
se entiende, de literatos, soit disant, que, sin más méritos que su demasiada 
indulgencia para consigo mismos, porque hal^lan y escriben en estilo pomposo y 
usando altisonantes palabras, huecas de sentido y remontándose en verso ó en 
prosa á la altura de ... . los disparates, se tienen ellos mismos por unos homl^res 
eminentes en literatura. 

En el diccionario general de la lengua castellana, entre varias definiciones, 
hallamos la siguiente con respecto á la palabra Beato: ''santurrón;" y si bien 
nosotros usamos en el mismo sentido esa voz, con mayor frecuencia empleamos 
la pala])ra "Calambuco," cuya definición se encuentra en el utihsimo diccionario 
provincial de nuestro ilustrado paisano D. Esteban Pichardo, expresada así: 
"Xff persona que se dedica ó ejercita mucho en cosas de iglesias ó místicas.^^ 
No explica, empero, el cubano escritor el origen de acpiella palabra. Con todo, 
¿quién no sabe lo que significa esa voz provincial? Hasta los muchachos que 
van á la escuela ó los negritos que juegan á los mates en la calle, cuando ven 
pasar á nuestro tipo, se miran, se sonríen y exclaman en coro: ahí vá D. Santiago 
el calambuco! Si acierta á oírlos D. Santiago, les echa una mirada amenazadora, 
refunfuñando: ¡Qué juventud! ¡Qué juventud! La sociedad está completamente 
desmoralizada y corrompida! No tienen estos pillos la culpa, sino sus padres. . . 
ah! en qué siglo vivimos! 

Dice nuestro héroe, y entra en la iglesia, toma agua bendita, se santigua y 
va á rodillarse al lado del altar donde están á la sazón celebrando el santo 
sacrificio de la misa. Vedle puesto en cruz, llamando la atención general con 
sus ademanes de verdadei'O energúmeno, dándose en el pecho sendos golpes 
que retumban bajo las sonoras bóvedas del templo como unos cañonazos de á 
treinta y seis, y cuyo estruendo es causa, no pocas veces, de que despierte alguna 
que otra vieja cotorrona, adormecida bajo el peso de la meditación ó, mejor dicho, 
del sueño, si es que madrugara aquel dia más de lo acostumbrado. 

Nuestro tipo, ó sea D. Santiago, con un lil)ro de devoción en la mano, al 
parecer absorto en la sagrada lectura de los misterios de la pasión del Sahador, 
está, no obstante, pendiente de cuanto pasa en la iglesia. Si se apaga una vela, 
la enciende; si entran en la casa de Dios algún negro que viene de la Plaza^ 
cargado con un jal)uco lleno de leguml:)res, ó alguna negra con una canasta de 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



frutas, nuestro héroe, á imitación de Jesucristo, que echó fuera del templo á los 
mercaderes, hace primero señas á aquellos fámulos africanos para que despejen^ 
y si se hacen los suecos, se dirige a ellos, y con palabras á veces no muy católicas, 
íes obliga á abandonar el puesto. 

Nuestro protagonista desempeña gratis pro Deo la importante plaza de 
perrero, y en el ejercicio de este noble empleo, muchas veces, á consecuencia de 
la poca ó ninguna docilidad de que parece hacen alarde los canes, se vé obligado 
á correr, ya tras de uno, ya tras de otro, ora á salii' por una puerta, ora a entrar 
por otra, sudando tamaña gota, hasta conseguir su anti-perruno intento. A falta 
de monigote, ó por ausencia, ó por enfermedad del sacristán, D. Santiago se 
presenta en la sacristía, llena las \inageras, abre las gavetas, extiende sobre la 
mesa el amito, el alba, el cíngulo, el manípulo, la estola y la casulla; y es de ver 
cuan ufano ayuda al sacerdote en los sagrados misterios. Terminada la misa, 
cuida de que no se cuele en la sacristía ningún muchacho por demás goloso y 
aficionado á vaciar las vinageras y á zamparse las formas. Si tal sucede, les echa 
un sermón de padre nuestro sobre la gula, y acaba por echarlos á puntapiés de 
la sacristía, única peroración, en el concepto de nuestro devoto, capaz de hacer 
efecto en el ... . pues .... de los muchachos. 

Si á alguna señora le dá en la iglesia algún desmayo ocasionado por el 
calor, ó por el olor del inciencio, ó por otra clase de olor, no siempre aromático, 
allí está D. Santiago con un poniito de agua de colonia, y si esto no basta, va 
presuroso á la sacristía y ofrece á la señora un bizcochito y una copita de vino 
generoso. — Dios se lo pague, exclama la señora suspirando! Dios se lo premie .... 
Sr. D. Santiaguito — porque es de advertirse que nuestro héroe es conocido hasta 
de los perros callejeros y obscenos que se cuelan en los templos. 

No pocas veces, empero, son ineficaces el agua de colonia, el bizcochito y 
la copita de vino, para hacer que vuelva en sí la señora cuyos nerWos entán 
como cuerdas de contrabajo. Entonces recurre D. Santiago á las friegas en los 
brazos, particularmente en el gran músculo llamado lagarto. Como con la 
mano .... digo mal, pues justamente dicha operación se verifica con la mano, ó 
cuando mucho, con uno de los faldones de la casaca ó de la levita de nuestro 
héroe. Vuelve en sí la señora: — ay! amigo. . . . exclama, siempre tan fino, tan 
obsequioso ! 

En las fiestas solemnes es donde se luce nuestro buen nombre. En cuanto 
asoma la aurora su carita de rosa, D. Santiago se afeita, se pasa el peine y aun 
se toma el trabajo de cepillar su vetusta casaca negra. Escoge de la colección 
de antiquísimos pantalones el menos roido y cuyas desflecadas trabillas y 
numerosos zurcidos, cual hoja brillante de servicios y testimonio visible de 
nunca bien cerradas cicatrices, bien acreedoras fueran para conseguir la 
correspondiente jubilación. Nada diremos con respecto al chaleco, porque si 
bien por el aparente color, pudiéramos creer que es blanco, no lo es, y desde 
luego calculará el menos refinado elegante que su primitivo color era azul, 
matizado con pintas y ramazones blancas, todo lo cual testifica el continuo y 
manual trabajo de la afimosa lavandera. Una camisa de sencillísima y zurcida 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



pechera, una corbata que In ¡lio tempore fuera uegra, ahora de color de ala de 
mosca, uu sombrero idem, irnos zapatos idem de idem, constitu3^en la toilette de 
nuestro devoto y despreocupado protagonista. Ya se vé, D. Santiago, á imitación 
del más rígido anacoreta, es enemigo de la moda, aborrece á los sastres, á los 
sombrereros, á los zapateros, á los camiseros, y sobre todo, a las madamas, esas 
hijas de S. Luis, de las que por el número que ha ñivadido á nuestra capital, 
pudiera decirse con el poeta: 

Una tras otra madama 
retoña por donde quiera. 

Empieza la función religiosa. ¿No le veis en el presbiterio, con la cabeza 
erguida, cual si él fuera el patrono ó el presidente de la fiesta? Miradle: ahí vá 
acompañando hasta las gradas del pulpito al sacerdote encargado del sermón. 
Mientras vuelve á su puesto, saluda á diestro y siniestro á sus amigos y aun á 
sus amigas, con ademan protector y con sonrisa estudiada, vulgo de bailarín de 
teatro. De paso endereza los ciriales, regaña á algún muchacho distraído, contesta 
á dos ó tres preguntas sueltas que le hace alguna calambuca, un si es ó no es 
curiosa, alaba el sermón antes de haberlo oído, y por último, ocupa su puesto. 
No bien llega el orador á la peroración, ya nuestro buen hombre está de pié, 
chrigiéndose presuroso hasta la cátedra de San Pedro para volver á acompañar 
al predicador á la sacristía. Allí se deshace en felicitaciones, comparando al 
orador con Massillon, con Bossuet, con Flecher y con el célebre padre Lacordaire, 
á quienes no conoce sino de oídas, pero cuyos ilustres nombres sabe que son 
modelos en la elocuencia sagrada. 

— ¡Qué bien ha predicado Y., padrecito! ah! tengo aún los ojos empapados, 
entumecidos. (Sacando un pañuelo 7io muyUmpio.) Oh! cuando \. habló de. . . . 
porque hay ciertas materias que .... porque cuando uno está penetrado de esas 
eternas verdades, ocioso parece demostrarlas .... y cuyas .... 

■ — Me pareció que el auditorio estaba cansado .... 

— ¡Cansado! ¿qué dice Y., padre de mi alma? estábamos todos maravillados, 
enternecidos. No oía yo á mi alrededor sino sollozos, no veía mas que lágrimas 
y pucheros. A Doña Pancracia le dio un soponcio. Esa señora es mártir de 
su devoción. Socorríla, según costumbre, con una copita de vino moscatel y 
media panetela. 

— ¡Qué elocuencia! exclamó volviendo en sí. ¡Qué sabio es el predicador! 
ay! ay! y qué bueno está el vino, D. Santiaguito . . . pues, como iba diciendo . . . 
¡Qué sermón! ¿Recuerda Y. aquello de ... . no tengo ahora presente las 
palabras .... 

— Señora doña Pancracia, no hago memoria de ... . porque, como dijo el 
orador tantas cosas buenas .... 

— A} ! pero cómo! cuando hal)ló de ... . y eso que estaba yo sentada tan 
lejos del pulpito, que apenas pude oir alguna que otra palabra, pero ¡qué bien! 
Dé Y. al padre la enhoral^uena . . . . ah! oiga Y., dígale que en cuanto se pongan 



169 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



baratos los huevos, le mandaré una tasa de leche quemada. Se pela el padre 
por ese sabroso plato, tanto que un dia le oí decir (es graciosísmio) que (juisiera 
morir ahogado, hundiéndose en un tanque lleno de leche quemada. Tiene el 
padrecito unas ocurrrencias tan chuscas! 

Volvamos á nnestro protagonista. Tenga ó no tenga voz, el bueno de 
D. Santiago canta diu-ante la misa y aún se hace notable por su constante 
desafinación, circunstancia que precisamente llama la atención de los fieles 
devotos que concurren al templo, y como quiera que nadie se atreve á echarle 
en cara su falta de oido, se cree nuestro héroe dotado de facultades privilegiadas 
en el canto, se esmera cada dia más, y aún en su casa suele dar buenos ratos de 
música á su ñimilia, y si no la tiene, á los vecinos, que no pueden sufrir mucho 
tiempo á ese nuevo Lahlaclie y se mudan á otro barrio huyendo lejos de 
aquel aplicado filarmónico. 

Sucede a veces que D. Santiago, á pesar de sus esfuerzos para que le den 
de almorzar temprano en su casa, llega á la iglesia después de principiada la 
función. Es una fiesta solemne. El templo está lleno de l^ote en bote. 
Nuestro héroe no encuentra asientos en los escaños; no obstante, dirige la vista á 
un lado y á otro, y cual ave de rapiña, ya ha señalado su víctima. En uno de los 
mejores puestos está sentado un hijo de la Nigricia, calambuco también ó no 
calambuco, que los hay de todos colores. 

Nuestro protagonista se abre paso, como pudieiu hacerlo un predicador 
que se dirige al pulpito, se acerca al devoto africano, y como quien no quiere la 
cosa y con una serenidad imperturbable, se ladea, y dirigiendo una de aquellas 
dos mitades de su humanidad que cubren los faldones de su casaca, á manera 
de cuña, se abre un asiento que le cede con notable disgusto, pero sin escándalo, 
el oprimido usufructuario del puesto, que creyera en la igualdad de clases y 
condiciones en la morada de El que no tiene igual en el uni^•erso. 

Es de admirarse la frescura con que D. Santiago se arrellena en el usurpado 
puesto. Saca su pañuelo, se limpia el sudor, se persigna, y sus trémulos labios 
nos hacen creer que nuestro hombre está rezando. El mísero moreno ha (juedado 
en pié. Empiezan entonces á murmurar las \dejas concurrentes, á mirarle de reojo, 
quejándose del calor y aun muchas, por demás delicadas, se tapan las narices. 
La víctima infeliz, dando sendos tropezones, lastimando más de un inocente callo, 
se retira asaz mohíno y aún abochornado. Recíbenle al paso, cual caimanes, 
unas cuantas viejas cotorronas y . . . ¡crás! . . . allá vá un buen pellizco retorcido, 
sin mirarle sicjuiera, y siguen rezando como si acabasen de dar una limosna á un 
pobre. Mecido el inocente africano entre pellizcos y empujones, cual mísera 
imagen de un santo llevado en andas, arriba sin saber cómo, á la puerta de la 
iglesia, no sin oír durante su tránsito palabras no muy lisonjeras. 

Todo esto, como se vé, no es ni caritativo ni justo, pero no por eso deja de 
acontecer y muy á menudo. 

Pero donde echa el resto nuestro santurrón es en las procesiones. Inútil es 
decir que el primero que se apodera del {juión es el bueno de D. Santiago. 
Este es uno de sus triunfos. Ni un ministro de Hacienda, cuando se dirige por 



170 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



pi'iiiieía vez a su des])aeho, lleno de halagüeñas es})eraiizas en hacer la felicidad 
de la nación y de paso la suya, se muestra más ufano que nuestro porta-gnión. 
Ya sale la procesión. ¿No veis á a(|uel hombre que camina tan pronto hacia 
adelante como hacia atrás, tropezando á cada rato, gracias á las trabillas de sus 
pantalones, qne de i)uro viejas, se han roto? No daría, empero, su puesto á ser 
alguno en el mundo en aquel momento. Oh! es de ver cuando se reúnen en la 
sacristía estos señores, hablo de los calambucos, disputándose el insigne honor 
de llegar el estandarte de la iglesia. 

— Sr. D. Matías, Y. me disimulará; pero yo vine antes que Y. 

— Perdone Y., señor mió; yo estoy aquí desde las tres, tanto que no he comido. 

— Caballeros, dice un tercero en discordia; he hecho durante mi última 
enfermedad, la solemne promesa de llevar el guión en cuantas procesiones y 
así .... permítame Y. que .... 

— Pues, amigo mió, será para otro dia, grita otro que ya se ha apoderado 
del pendón. 

Poco falta para que nuestros calambucos lleguen á las manos, y en honor 
de la gloria de Dios se den dos mogicones y aún de palos. 

Por último, por aquella máxima tan verdadera y forense entre nosotros de 
que: beato el que posee, D. Santiago, t^ue ya tiene el susodicho estandarte, no lo 
suelta, y con paso majestuoso baja las gradas del presbiterio, orgulloso de su 
victoria, mirando á sus rivales con maligna sonrisa y á los concurrentes con la 
satisfacción del triunfo. Concluida la procesión y de regreso al templo, cuesta 
Dios y ayuda el hacerle soltar el guión, que abandona al fin para cantar la salve, 
esto es, para desafinar desapiadadamente como si no estuviese en la casa 
de Dios. 

Sueña el poeta con sus versos ó berzas, que todo se dá y con abundancia 
en el feraz Parnaso; sueña el amante con la beldad que por la vez primera 
hiciera palpitar su sensible corazón; sueña el curial con las tasaciones de costas 
({ue han de abonar los penitentes, quiero decir, los litigantes. Pues bien, D. 
Santiago, que no es ni poeta, ni amante (porque es casado) ni curial tampoco, 
sueña con la semana mayor. M los retirados, ni las viudas están más alegres 
cuando llega el dia de la paga que él, así que la iglesia empieza á celebrar los 
sagrados misterios de la pasión del divino Redentor. 

Nuestro protagonista es, por lo regular, el primero que entra en la iglesia 
y el último que sale de ella, con tanta mayor razón, cuanto que siempre 
desempeña algún papel importante en las fiestas. Con efecto, ó se dedica á 
vender estampas del santo cuya fiesta se celebra, ó pide con una bandeja en la 
mano para las ánimas del purgatorio, por las cuales se interesa tanto como por 
sí mismo. 

D. Santiago sabe de memoria el almanaque; está enterado de dónde se halla 
el circular; puede decir á punto fijo el número de monjas y frailes que hay en los 
conventos. Puede informar á cuakiuiera de lo que almuerzan, comen y cenan 
las dignas esposas del Señor; si Sor Encarnación sabe hacer con primor pastelitos 
y mazapán: si Sor Corazón de Jesús tiene suma habilidad para hacer relicarios 



171 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



y rosarios y para bordar pañuelos y manteles. ¿Oís el toque funeral de las 
campanas? Pues D. Santiago explicará á Y. lo que anuncia aquel lúgubre 
sonido. Es la muerte de Sor Teresa, á quien no pudo curar el Dr. Cataplasmas, 
médico alópata; ó el fallecimiento de Fray Lorenzo, cuya salud estaba 
encomendada al Ldo. Globulillo, doctor homeópata; lo cual prueba que cuando 
llega la hora, todos los médicos son iguales ante la ... . muerte. 

Nuestro protagonista está informado del dote que lleva la joven novicia, si 
es bonita y por qué renuncia á las pompas de este mundo. 

Sin ser convidado, D. Santiago asiste á los bautizos, celebra á todos los 
niños, arenga á los padrinos, y por supuesto, reclama su correspondiente medio. 
En las administracmies lleva uno de los faroles, dá la mano al Cura para subir 
al carruaje y aun á menudo hace el papel de calesero, no sin temor del sacerdote, 
á quien no placen ensayos de ese género. Nuestro buen hombre asiste á los 
entierros, llora con los dolientes; los consuela, les habla de las miserias de este 
valle de lágrimas, del que sin embargo nadie sale por su gusto. D. Santiago 
conoce á todos los agentes funerarios y está enterado del módico precio que 
llevan estos desinteresados industriales por sus piadosos trenes. 

Inútil es decü' que nuestro calambuco es hermano de dos ó tres cofradías, y 
fuerza es confesarlo, paga su contribución mensual con mayor gusto que la 
llamada única^ verdadera ^jesafMa de los propietarios. 

Llegar á ser hermano mayor, hé aquí toda su ambición, y para cuyo logro 
pone en planta cuantos recursos le sugiere su talento y travesura, porque bueno 
es advertir que nuestro calambuco no tiene ni un i)elo de tonto. Así es que 
trata continuamente con los hermanos de la cuerda de mejoí'cis^ de reformas^ y 
sabido es cuan mágico efecto causan siempre estas palabras fascinadoras en el 
ánimo de las masas. En las juntas habla hasta por los codos, no deja meter baza 
á nadie, propone revisar el reglamento, disminuir la cuota mensual, en vista de 
la morosidad ó arranquera clásica de algunos hermanitos, y concluye presentando 
un proyecto ventajosísimo para todos los individuos de la cofradía. "Entre 
muchos nada es caro, dice el orador; gracias á esta máxima admirable, á la cual 
se debe la invención de las suscriciones, las asociaciones y otras mil cosas 
acabadas en ones^ como bribones, cada hermano tench'á el placer de que le 
entierren á costillas de los demás socios, lo cual es una ventaja notable, si no para 
el difunto, á lo menos para su fiímiUa, que no tiene que ajustar cuentas del gran 
capitán con las agencias funerarias." (Aplausos y profunda sensación entre 
los hermanos.) 

Al año siguiente, el orador es nombrado hermano mayor. Las cosas quedan 
como estaban y aún peor. Esto sucede en este picaro mundo sublunar en 
todas materias, sobre todo en política. 

No se crea, empero, que por haber logrado el objeto de su mayor anhelo 
varíe de hábitos nuestro tipo. Es siempre el mismo : concurre á todas las fiestas 
con una asiduidad que le envidiaría un empleado de S. M. En las fiestas que 
celebra la Hermandad que preside, se hace notable, no por su traje, que guarda 
constantemente una modestia en verdad que pasa de castaño oscuro . . . .esto es, 



172 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



de ala de mosca, sino j^or su aspecto, tan peregrinamente imponente, que si él se 
atreviese á mirarse á sí })ropio en un espejo no podría menos de sonreírse .... 
así .... de ... . compasión. 

Tiemjio es ya, paciente lector, de tiue nos traslademos al hogar doméstico 
de nuestro tipo. Hasta ahora hemos bosquejado lijeramente al individuo, que, 
obedeciendo quizás al impulso imperioso de sus inclinaciones, con ningún beneficio 
ni obia meritoria alguna ha contribuido en obsequio de la sociedad, pero tampoco 
peijuicio alguno ha causado. Cuando mucho, habrá llamado la atención general 
y hecho sonreír á aquellas personas sensatas y verdaderamente devotas para 
quienes, en todas las cosas, tanto profanas como místicas, los extremos son 
viciosos. Consideremos, pues, á D. Santiago en el interior de su casa, para 
deducir de su conducta como esposo y como padre, la moralidad, que no debe 
j)erder de vista el escritor de costumbres en sus cuadros sociales. 

¿Quién es aquella señora en cuyo semblante están retratadas la amabilidad 
y la dulzura? Es la esposa de D. Santiago. Dos niñas más lindas que dos rosas 
matutinas, como diría un vate, ostentando las gracias, el donaire y aquel no sé 
qué que tanto distingue á nuestras esbeltas y manuables criollas, salen al encuentro 
de nuestro protagonista que acaba de entrar en su casa. 

— Papaito, te estamos esperando hace una hora, para comer. 

— Hijitas, he asistido á un bautismo, luego á una administración, en seguida 
ala junta. ¿Creen Yds., por ventura que no estoy ocupado? Hoy tampoco 
he podido ir á mi oficina. ¡Qué ganas tengo de que me favorézcala suerte con 
una buena lotería! aunque no sea más que para no ver la cara de perro dogo 
que me pone el jefe ... . 

— Ah! ¿eres tú, chinon, exclama la mamá saliendo del aposento; aquí han 
traído este pliego .... 

— Yeámos. No me engañaban mis presentimientos. Me quitan el empleo. 
Bali! para lo que yo ganaba .... Alegan (pie yo no asisto á la oficina ó que 
voy á mi destino á las doce, cuando todos los empleados empiezan á traliajar, 
esto es, después que han chupado naranjas, bebido agua de coco, y leído todoí 
los periódicos. Ya se vé, ellos no tienen que oir misa, &c. <fec. 

— Pues, es preciso, dice la esposa, buscar un buen empeño para que te 
devuelvan el empleo. 

— -No, no, ni por pienso. Yamos á comer. En cuanto ganemos nuestro 
pleito, seremos feHces. ¿Has visto al abogado? ¿Yino el procurador? 

— Hijo, yo no entiendo de pleitos, ni de autos, ni de enredos. Permíteme 
(pie te recuerde que el ojo del amo engorda al caballo y que en no pateando 
uno sus negocios, no valen al^ogados, ni procuradores, ni oficiales de causas. 
En vez de estar metido en la iglesia y asistiendo á entierros, bautismos, 
confirmaciones, sermones, circular, &c., deberías ocuparte de ... . 

— Sabes, pichona, que para ser aficionada predicas muy regularmente. 

— ^Te lo digo por tu bien y el de tu familia. Hoy ha venido el inquilino de 
nuestra única casita á pagar el alquiler vencido y como no has hecho aún el 
recibo se marchó diciendo que fueras á cobrar el dinero á su casa. 



s 



173 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— Iré esta tarde después del sermón que predica el padre Miguel. Es 
menester que A\ayan á oirle, niñas mias, y tú también Belén. Versa el sermón 
sobre la poca asistencia de los ñeles á las funciones religiosas. Eso no reza 
conmigo, á Dios gracias. Desde mis más tiernos años he teni<lo un decidido 
entusiasmo por las augustas ceremonias de nuestra sacrosanta religión. Así como 
otros muchos niños de mi misma edad jugaban á los soldados, por más señas que 
todos querían ser jefes y no habia en efecto en todo el ejército más que un 
soldado, que, por lo regular era un chinito ó negrito del l^arrio; yo por el contrario, 
tenía en mi cuarto un altarito y yo solo lo hacía todo : cantaba misa, predicaba, 
hacía de perrero^ digo mal de gatero^ echando del cuarto á una porción de gatos 
intrusos, únicos concurrentes además de la negra cocinera ó de algún negrito 
que llenaba el puesto de sacristán. ¡(Jh! dulces recuerdos de la niñez! 

— Hablando de otra cosa, Santiago : sabrás que prf)nto se celebrará una 
boda .... ¿no adivinas? 

— No por cierto. ¿Quién se casa? 

— Nuestra hija Belencita. 

— Cómo! ¿cuándo? ¿con quién? 

— Es un partido ^'entajoso. El padre del novio ha venido varias veces con 
el objeto de pedirte la mano de Belencita para su hijo; |)ero como tú no tienes 
hora fija, y tan pronto vas á comer con el padre Vicente .... 

— Pues bien; dilo, cuando vuelva, que me espere aquí mañann á eso de las 
doce. . . . no, no; que tengo que ir á ver al padre Julián que está rabiando de 
la gota .... Pasado mañana .... sí, eso es pasado mañana .... oh! mira, dile 
que vaya esta noche á casa del canónigo ^, y allí hal)larémos .... 

Basta ya, pacientísimo lector: solo me resta fonnular la siguiente 

MORALIDAD. 

Así como un marido niñera se hace despreciable desempeñando funciones 
que solo competen á las madres ó á las nodrizas, no menos ridículo es el hombre, 
que, guiado por un celo exagerado, desatiende los deberes más sagrados y la 
felicidad de los más caros olDJetos en este mundo, so protesto de servir á Dios, 
olvidando que hay un refrán que con fundada razón dice: primero es la obligación 
que la devoción. 

José Agustín Millan. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL GUATEQUE. 



Yon acá, Rufina mia. 
Prenda de mi corazón, 
Que esta noche liay diversión, 
Algazara y alegría. 
Cese la melancolía 
Que esta es noche de gozar, 
Tenga término el pesar, 
Xo haya disgusto ni pena, 
Que ya el tiplecillo suena 

Y nos convida á bailar. 

La gente con l)uena idea 
A este sitio se encamina, 
Porque el baile la domina, 

Y divertirse desea. 
Mi corazón se recrea 
Yiendo tanta animación, 

Y siento tal emoción 
En esta noche galana, 
Que bendigo esta cubana 

Y campestre diversión. 

Tendremos leclión asado 

Y otras cosas que yo sé, 
Yino tinto y l)uen café 

Con miel de caña endulzado. 
Que no abandones mi lado 
Es lo que solo deseo; 

Y si tienes estropeo 

Y no quieres l)ailar más, 
Yerémos á los demás 
Cual bailan el zapateo. 



¿Tú no oyes del tiplecillo 
Ese tiqui-tíqui-tim^ 
La algazara y el run-run 
Que forma alegre el corrillo? 
Aquí canta un gua,jirillo. 
Más allá baila una indiana. 
Acá un \ iejo y una anciana 
Ríen á más no poder, 

Y todo es dicha y placer 
En esta fiesta cubana. 

¿Xo percibe ya tu olfato 
En medio de tanto afán, 
Del lechón (pie asando están 
El (^lor sabroso y grato? .... 
Pronto, mi bien, de aquí un rato 
Antes que el baile se acabe, 
Yerás lo bien que te sabe 
De ese lechón un bocado, 
Con nn platanito asado 

Y un pedazo de casabe. 

La mesa será un tonel. 
La fuente será una yagua, 

Y unas hojas de yamagua 
Nos servirán de mantel. 
Allí en confuso tropel 
L'émos llegando todos, 

Y entre los nuichos apodos 
Que los guajiros se dan. 
Por sus novias brindarán 
Tocando codos con codos 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



Cuando tú bailando estés 
Sobre ese suelo que miras, 
Envidiarán las guajiras 
La soltura de tus pies. 
Imitarán más de tres 
El juego de tu cintura, 
Bendecirán tu hermosura 
Con voces descompasadas, 

Y entre bravos y palmadas 
Lucirás tu frente pura. 

Entre el confuso barullo 
De la divertida gente, 
Te halagará dulcemente 
De la música el nnu'mullo. 
Será mi mayor orgullo 
El respirar junto á tí, 

Y en todos verás allí 
Del contento la divisa. 
Si enseñas una sonrisa 
En tus labios de rubí. 

Yo al son del tiple también 
Te cantaré sin pretesto 
Las décimas tjue he compuesto 
Para tí, mi dulce bien. 
En tu fresca y pura sien 
Pondré una cubana flor, 
Admiraré tu candor, 
Tus divinos labios rojos, 

Y me abrasaré en tus ojos 

Y me encenderé en tu amor. 



Yo te juro hablar de aquellas 
Horas de dulcida calma, 
En que bajo de una palma 
Contábamos las estrellas. 
Horas en (|ue mis querellas 
Arruharon tus oidos, 
Dulces momentos perdidos 
Que recuerdo sin cesar. 
Cuando logré fascinar 
De dulce amor tus sentidos 

Te hablaré de aquellos dias 
Cuando enamorada tú 
A la sombra del banil^ú 
Tus contentos bendecías. 
Horas en que repetías 
Junto á mí tu juramento, 
En que oíste el dulce acento 
Del melodioso sinsonte, 

Y allá en la cuml)rc del monte 
El sordo rumor del viento 

Ven, indiana encantadora. 
Que ya es tiempo de empezar, 

Y esta fiesta ha de durar 
Hasta que raye la aurora. 
Yen á bailar desde ahora 
Hasta que sea de mañana^ 

Y al terminar la jarana 
Diremos juntos los dos: 
¡Viva esta tierra de Dios! 
¡Viva esta fiesta cubana! 

Juan C. Ñapóles Fajardo. 

(El Cucalnmbé. ) 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 




LandaLwe Dibuja. 



EL AMANTE DE VENTANA 



Fototipia Taveira. \\ 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL AMANTE DE VENTANA. 



Mauda amor eu su fatit^a, 
Que se sienta y no se diga; 
Pero á mí más me contenta 
Que se diga y no se sienta. 

Reglas de buen viyii;. 

Cosa es ¡vive Dios! de perder la chabeta, el ponerse á contemplar á sangre 
fria, las inexplicables peripecias de esta j'anla de grillos que llaman nnnido. 
Sucédense generaciones á generaciones, siglos a siglos y pueblos á pueblos; 
varíanse costumbres, ceremonias y fórnuilas sociales; hoy se desecha por inútil 
y aun pernicioso, lo mismo que ayer se acogía como indispensable y vital; por 
el contrario se adopta como útilísimo lo que ajuicio de nuestros formalotes y 
rancios antepasados era disolvente, pecaminoso y descomunal. Allá van leyes 
dó quieren reyes, decían nuestros abuelos. Allá van leyes dó quieren locos, 
dirán nuestros nietos. 

La antigua metafísica nos enseñaba á despreciar las [)omposas vanidades 
mundanas, y maniíestándonos (jue la tierra era una posada en el breve tránsito 
de la nada á la eternidad; nos hacía mirar solamente al cielo, repitiéndonos sin 
cesar, ascéticos proverbios. Pero vino el siglo XIX; el siglo que se ha apresurado 
á llamarse positivo antes que le adjudiquemos el título de egoísta; cambiaron 
doctrinas y creencias y todo se lo llevó la trampa, y se volvió patas arriba. El 
fósforo aniquiló á la pajuela, el gas triunfó del aceite, y la diabólica invención de 
Fulton hizo pasearse á los caballos en coche. La gloría es hunio^ decía la gente 
de peluca empolvada, cuando quería significar la nada de los objetos terrestres. 
Las ideas reinantes han vencido los argumentos de autoridad, sancionados por 
las generaciones pajueleras; y hasta las cosas han cambiado de nombre. El 
corral de comedias de antaño, es teatro; la escuela de las costumbres: el Templo 
de Talía. Y aquello de ogaño cuadrillas de comediantes se ammcian hoy bajo 



177 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



el i)<)iii})()So título (le sociedades de artistas drwnáticos. In i/Jo témpore, no 
^'alíll•ía un joven un bledo si no vestía de cota encerrando sus robustas formas 
bajo la do))le malla y se diría (jue carecía de precisión si no era aquella ápruel^a 
de puñal: pero caminando los tiempos, vino el coleto de piel de bufido en 
reemplazo de la cota, el cual á su \ez fué derrotado por el engorroso trage á 
la Valiere; sustituyendo <á éste el !)ordado Fiíiuron; y ganando á todos por 
último la palmeta nuestros derniers tígurines de Paris, que maguer sean bellas 
creaciones de X'^^tY/ímíí^, ó fecundos partos de Le Joiinial des Tailleurs^ no 
por eso dejan de ser antifilosóficos, desairados y horribles. Entonces el único 
mérito conocido en el hombre, , era regalar pacíficamente al prc'yimo tajos y 
mandobles en a))undancia. y el ramillete de una dama se adipúria por derecho 
de conquista, rompien<lo en el toi'ueo una docena de lanzas y de paso la cabeza 
de sus dueños, los cuales iban derechitos á dar al Eterno Padre nna prueba de 
que los hombres cnm])lian el [)recepto e\angélico de: amaos los unos á los otros. 
Hoy uno de nuestros liones, consigue un ramillete á muy poca costa, con solo 
solicitai-lo de la amabilidad de una amiija, cuyo desdeñado amante lo compró 
por dos pesetas. Entonces id to(}ue de oraciones, se rezaban éstas devotamente, 
sombrero en mano; retirándose enseguida todo individuo al hogar doméstico, y 
cuantos donceles se hallaban después en la calle se acariciaban á estocadas; hoy 
cada hijo de Adán pasea las calles a la hora que le parece, sin que sea 
circunstancia sine qiia non, echar mano á la tizona un yente y un viniente, por 
el solo delito de encontrarse. 

Las pías memorias en favor de la <')rden de los dominicos ó los carmelitas 
descalzos, cedidas por los propietarios, con el piadoso objeto de que los RR. 
PP. disfrutasen de hienes perecederos^ para provecho de sus estómagos, salvación 
del alma del donante y mayor honra y gloria de Dios se han convei'tido hoy en 
acciones de ferro-carriles, del canal de Tehuantepec, ó de la sociedad sobre 
seguros de la vida. Contra los juicios de Dios (1) de antaño, hay ogaño 
pragmáticas y leyes; porque hoy yá los hombres juzgan ])ien () mal, y si apelas 
á los altos juicios en la forma que entonces, corres imninente riesgo de ir á 
presidio, porque en estos tiempos la divinidad deja obrar las segundas y aun las 
terceras causas. Entonces era mal caballei'o el que no arrostra l^a el mayor 
peligro por Dios y su dama, al paso qne debía temblar de miedo ante la idea 
de las apariciones, brujas y energúmenos, (so pena de ser nn incrédulo hereje) 
hoy el valor ante lo primero y el temor de lo segundo, no sería un miedo ni un 
valor, sino dos tonterías. 

El homenaje i'endido á los héroes de otros siglos, es patrimonio de los 
genios del nuestro, y las mil coronas de laurel del Cid, de Pulgar y de García 
de Paredes, se ostentan hoy sol)i'e las sienes del poeta que escribe nn drama 
sentmiental: de la prima donna (pie debuta con nnii cavatina di bravura; del 
compositor de una ópera seria cuya sonora orchesta exj>resa por mil bocas las 
sublimes inspiraciones del antor, en la entrada, en crescendo, en el felicísimo dúo 

(1) Así se Uamabnu los duelos, eu tiempo de la edad media. Al vencedor se le daba la razón en la cuestión 
que se ventilaba; pues suponían que no podía Dios dar la victoria sino al que defendiese la mejor causa. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



cdleijro virace, y en aijucl (trpegio que hacen tan oriiiinal oelio compases en 
pízzicatto. Entonces estaba la política en las arnv.is; hoy, unos dicen cjue está 
en la pluma, otros (|ue en la fuer/a de liis necesidades, y yo de ])uena fe creo 
que reside en la sutileza de las uñas. Entonces. . . . pero ¿adonde diablos voy 
á parar? Perdona, ])acientísini(> lector, la ñlosofía social es mi fuerte, así es que 
con frecuencia me a])andono a mis reflexiones y n\e duermo pasando mis ojos 
por las páginas de la historia. Pero c[uiero por ahora dejar las cosas como están, 
porque si continúo filosofando, será ])OS¡ble que me eleve tanto, (jue ni con 
telescopio me distingas. Basta de exordio, pues yo á pesar de haberte demostrado 
• las peripecias del mundo, creo, así Dios me salve, (fue la flaqueza humana fue 
siemi)re la misma y que los siglos s(31o han cambia(h) las formas; y ahora se me 
ocurren en prueba de esta ^-erdad ciertos versos (|ue leí, no se cuán(h) ni <lónde, 
y aun creo f[ue me los hallé en la cafle, los cuales te repito, sin que vayas á creer 
que son de mi cosecha: ¡Dios me libre! Dicen así: 

Cayó el siglo de frailes comilones 

Y se alzó el de políticos menguados; 

El mágico poder de los doblones 

Hizo blancos . . . y . . . rojos y • . . .jaspeados. 

Pero votos pronuncian á millones; 

Mas para dar intrépidos y osados 

Miedo á tu bolsa, á la que asaz despojos 

Iguales son los blancos y los rojos. 

Paréceme que las tales coplillas })odrán no ser verso, pero son verdad, y 
de tal calibre que no la diría mayor el profeta Pero Grullíx 

A todo ésto, me estoy riendo de contemplarte, })acientísimo lector, pues 
creo que ya enijiiezas á bostezar de aburrimiento. ¿Qué relación tendríi todo 
lo que este homl)re me cuenta, (dirás tú algo bravo y mollino) con el amante 
de rentana que me promete describir? Ten un poco de paciencia, que para 
todo habrá lugar y aimque yo soy un hombre algo pesado y algo así .... 
como Dios me hizo; soy incapaz de engañarte, ni venderte gato por lielíre. Y te 
aseguro (aunque no bajo palabra de honor, porcpie es promesa yá demasiado 
tocada y llevada y porque tú puedes muy bien dudar, que yo sea homl)re de 
palabra ni de honor); que yá le llegará su San Martin á nuestro tipo, y nos 
las habremos con él vis é vis. Por otra parte, tú serás capaz de negar á pies 
juntillos íjue exista nada de común entre los grandes acontecimientos sociales y 
nuestros cupidos de ventana ó entre los torneos de la edad media, y los 
telégrafos amorosos de nuestras calles. Pero yo el infrascrito doctor doy fé de 
lo contrario; porque el husUis está en encontrar relaciones donde parece que no 
las hay, y yo me pinto solo para esa clase de negocios. 

A^mos á cuentas. ¿No hay una grande analogía entre las cunorosas 
pláticas de los apuestos y enamorados mancebos de los siglos caballerescos, y 
el (Mee far niente de nuestras amarteladas parejas? ¿Entre Innoble castellana, 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



entregada al adusto liodrn/on y la iiii])lacable dueña., y la seriorita de su casa, 
vigilada por el ojo avizor de la obesa y respetable niamaita? ¿Entre los bardos 
y trovadores^ y nuestros amantes de ventana? Trasládalos de la antigua Europa 
a la moderna C-uba. Sustituye el exótico y prolongado sonil)rero de copa, su 
casaca y su bota de charol por el vistoso capacete de })lunias, la esclavina y la 
bota estirada con espuela; y al mirar una ventana guarnecida por un amante, 
habrás retrocedido tres siglos. Pero de aquí infiere una consecuencia triste, y 
es que nuestra moderna ^Vntilla, viene á ser la Eui'opa del siglo XVI; porcjue es 
de notar (|ue el amante de ventana ha caducado yá en toda la tierra; quedando 
fruto exclusivo del pais de los plátanos, del tabaco y de los huracanes. Las 
damas europeas, no tienen hoy amante de ventana, sino de sala; y aun éstos 
son los menos favorecidos; porque si bi(Mi la sala es templo de amor para los 
llamados, hay otras hal)itaciones de fácil acceso i)ara los escogidos; y hasta el 
título amante va cayendo en desuso ])or aquellas tierras, pues las señoras titnien 
a;>zv^o, las altas señoras protejido y las medianas ^>rofecíor. Lo cual no obsta 
para que alguna esté en plena posesión de los tres, ocupando cada uno un 
respectivo lugar, ni [yai-a que ainda mais la, Rosa de Madrid tenga su acomjyañante, 
la azucena de Paris su preferido, y la fior de las riberas del Tíl)er su cavaliero 
servente. Y en último término del cuadro, suele aparecer un esposo, como lo 
manda nuestra santa madre la Iglesia, elcual contento y satisfecho, conjuga los 
verbos por pasiva, y es editor responsable y acusativo de cosa. 

Pero basta de digresione^ y es tiempo de emjx'zar el bosquejo de mi tipo. 
Creo haber dicho arriba que los siglos mudan el nom]:)re á las cosas. En efecto, 
á lo que en tiem|;)0 de Hernán (brtés y en su pais se llamaba velar tt la dama] se 
llama hoy hsa y llanamente hacer eJ oso, en todo lugar por esencia, presencia 
y potencia, y sólo está admitido (y por muy llocos) en .^.ndalucía, último suelo 
que desalojaron los sarracenos y en la j^atria del caciíjue (luanagarí y de la 
Reina Anacaona. 

Empezaré por la descripción fisiológica de nuestro héroe y de este modo 
le conocerás á primera vista. Así, lector amigo, cuando en tránsito por las 
calles, te halles un homl)re generalmente imberbe, ó llámase j)oIlo, con un traje 
C][ue consiste en frac negro, acaso en discordia con el último figurín, sombrero 
de copa y pantalón blanco, pero cuyo esmero supone largas horas de tocador; 
que pasea solo el tránsito de una cuadra y con la vista casi fija en una ventana, no 
prosigas tu investigación; este es un amante de la clase de aspirantes. Porque 
es de advertir cpie el amante de ventana, se parece al emi^ieado en Hacienda, 
en que se divide en aspirante, meritorio y efectivo. Si hallas el mismo sujeto, 
no ya caminando sino muy fijo; oprimiendo con su mano los hierros que 
aprisionan á la señora de sus pensamientos, lo cual le dá ima vaga semejanza 
con el papión; y todo esto sucede á las primeras horas de la noche; este es 
nuestro hombre, que yá ha ascendido á meritorio. Mas si esta escena se 
representase de las diez de la noche en adelante, y al través de los hierros vieses 
el teatro á menos de media luz, ten por cierto que el amante se halla ya en la 
clase de efectivo, y en posesión de todos los derechos y funciones de tal. 



180 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Hecha la dÍNisioii y i-etrato del (imante de ventana, paso á examinarle inás 
detenidamente bajo las tres fases en qne se presenta el astro, signiéndole 
como satélite. 

Los Israelitas para hacer sus oraciones vohían la. ñ\z al Arca del Antiguo 
Testamento. Los Persas com(^ adoradores del í'uego, hacia el oriente; y los 
Mahometanos al temi)lo de la j\Iecca. Pero yo que no soy Israelita, ni Persa, 
ni ^lahometano, sino cristiano católico, hombre sim})le, bonachón y montado á la 
antigua, vuelvo la vista donde tengo por conveniente á pesar de hallarme en 
nna nue\a Egipto cpie prescribe á sus hijos tener constantemente vista y 
pensamiento fijos en el Becerro de oro. En este concepto, pláceme dirigir mis 
líneas de mira á cuahjuiera calle de la Siempre Fidelísima Ciudad, y á la hora 
de las seis de la tarde. 

Si tienes la })aciencia de acompañarme durante unas horas, sabrás tanto 
como yo: te encerarás de las cualidades, venturas y percances del amante de 
^'entana, y cosas veredes que fa.rcui fablar á lasjyiedras. 

Entra en aquella casa, y no digas á nadie la calle ni el mimero, porfjue 
podía llamarse alusión personal, y jvmtarse nnos cuantos cpie se entretuviesen en 
medirnos las costillas, y desollarnos como á un S. Bartolomé, á tí porque me 
acom])añas, y á mí ])orqne te condnzco; lo cual ya ves qne no tendría maldito 
el chiste para nosotros. Entra, repito, en aquella casa, y verás á nuestro héroe 
concluyendo su toiUefe, poniéndose de punta en negro, y preparándose para dar 
principio á sns concpiistas. Yá sale á la calle: aún no tiene ol)jeto ni dirección 
ñja, puesto qne no tiene dama. Pero los pollos del siglo XÍX son como los 
caballeros andantes del siglo XIY, pues no pueden vivir si su Dulcinea, porque 
son amantes de profesión, y la mayor ])arte de ellos tienen por única ocupación 
amar una vez al dia. ¿Comprendes tú cómo sale el marinero de Regla á la 
pesca de pargos, ó el cazador de la Isla de Pinos á caza de cotorras? Pues así 
ni más, ni menos, sale de su cnsa un 1). Narciso ^^lajaderano, a caza de amadas; 
V nave<>-ando con viento largo i)or la costa de las ilusiones, va haciendo escala 
y pidiendo práctico, en cada puerto que halla en su derrotero, o lo que es lo 
mismo, codiciando miradas y senas en cada ventana que halla al paso. Pero 
he aqin que llega á alguna donde á una mirada corresponde otra, y una 
insinuación produce una sonrisa. W instante se convence nuestro inteligente 
náutico de que a(|uel es un excelente punto de recalada, y significa su deseo de 
fondear en aquel |)uerto. Pone la proa; pero o])ortunaniente el telégrafo yá 
establecido le indica que se Jiaga á la mar, tomando la vuelta de afuera porque 
hay viento de boca. En efecto, y para dejarnos de metáforas, supuesto que yá 
D. Narciso ha dado unos cuantos paseos, y ha fijadc^ yá sus reales en ventana 
determinada, sólo resta ponerse en comunicación con la bella Elena de adentro, 
para lo cual siempre emplea uno ó dos días de observación, en que la dama aún no 
se da por entendida, y lo único tpie hace es dirigirle tal cual mirada, con el 
laudable ol)jeto de que el aspirante no se aburra y abandone el puesto. Decídese 
él por fin ;i pasar á vías de hecho, y la indica con la mímica (pie Dios le dá á 
entender que desea hal)larla; ]>ero la bella Elena conociendo que aún no es 



181 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



tiempo, le responde con el mismo siml)ólico lenguaje, qne no es posible porcjue 
el implacable .Vgamenon los observa. Sin (pie podamos averignar si ese estorbo 
de la felicidad es algnn Papá severo; algún adnsto Tutor, ó lo que también es 
posible, algún consocio del aspirante, lo cual se y6 muchas veces, sin que por 
eso yo acuse á nuestras encantadoras Sirenas; porque ningún mandamiento de 
Dios ni de la Iglesia les prohibe tener un par de amantes en clase de 
supernumerarios. Pero sea ello lo que quiera, el caso es c[ue existe el Dragón 
custodio del Jardin de las Hespérides, y son por consiguiente inaccesibles sus 
manzanas de oro\ lo cual pone fuego á la pólvora de nuestro D. Narciso, mucho 
más cuando en aquel crítico momento desaparece su Elena de la ventana, ya 
bien sabe ella por que. En tan inaudita calamidad vacila entre la idea de 
suicidarse, ó escribirla y comunicarle las penas que le aquejan, y la devorante 
pasión que ha despertado en su corazón la angelical l^elleza de su dueño. Puede 
suceder nmy bien que no exista ni pasión en él, ni belleza en ella; pero en ese 
caso, no hallarás en él sino una doble mentira, es decir, dos pecados veniales 
que se perdonan con agua bendita. Combatido por ambas ideas se resuelve al 
fin por la última, es decir, por hacer interprete al papel de las pretendidas penas 
que destrozan su corazón, y elevar este sentido y lastimoso memorial al tribunal 
de su dama. 

El héroe de Cervantes, D. Quijote de la Mancha, en la célebre Imtalla de 
los leones, cuenta la historia que vaciló largo rato para resolverse si debía dar 
el ataque á las fieras á pié ó á caballo: y no de otro modo, nuestro D. Narciso 
sostiene consigo mismo un interminal)le monólogo, meditando si será más 
conveniente escribir á su Elena en prosa ó en ^'erso, porque es de advertir que 
el amante de ventana es poeta y pintor de afición. Todo en este mundo tiene 
sus contras. La prosa es más fecunda y sobre todo más fácil; el verso es más 
expresivo, más sentido, y más bonito'^ con la ventaja de que eso puede lisonjear 
á la niña nuicho más, pues le ofrece su amante una habilidad (jue manda 
delante á guisa de batidor. Estas y otras reflexiones le hacen decidirse por el 
canto de Thalía, y se resuelve á escribir. ¿Qué escribirá? Desde luego la mejor 
composición es un soneto, al menos así lo ha oido decir, y aunque escriba un 
cien lyíés^ estampa con todo el siguiente expresivo título. 

A 

soT<r:KiTO. 



Mi corazón está muy enamorado 
Y como la flor seca se deshoja, 
^Vsí se secará el desdichado 
Si tú, Panchita, al verle tan angustiado .... 

Hasta aquí navega nuestro poetastro con felicidad, midiendo los versos por 
:il(')metros, mas para continuar son los apuros, porque a(piel deshoja de marras 



182 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Ihiiiia imporiosaincHti' un coiisoiiante, y el autor después de haberse roido las 
uñas, y piiesto en toi'uieuio las regiones cefálicas; desiste del temerario intento 
de í;d)ricar sonetos, porcjue el tal consonantito no parece. Sin duda han 
desertado á otro idioma todos los consonantes en oja. ])ues por más que nuestro 
poeta suda y se afima por encontrar uno, no le atrapa ni con anzuelos, y el único 
que se le ocurre y ai)arece bullendo en su magin es. . . . malojd. Pero aún le 
queda un excelente recurso, pues si no puede construir sonetos en su taller, puede 
sin embargo recurrrir al del i)rqjimo. En efecto, ¿qué partido toma el que 
necesita cocinar y no tiene negro cocinero? Muy sencillo: aUpiila uno. He aquí 
una paráfrasis de la situación de nuestro héroe. Sus fincas no |)roducen 
sonetos, ¿hay más ({ue ahjuilar la íécunda musa de un paciente amigo? ¡Bello! 
Ya di en el quíd^ dice para sí. Y acosado por esta luminosa idea, acude á un 
amigo que es "gran poeta y literato," y le canta una antííbna en los términos 
siguientes: — Mi amigo: deseo un favor de Y. — Sepa cuál, y si es posible. — 
Nada, que me haga unos versos ]:>ara una niña, i)orque el caso es que .... (y 
aíjuí le espeta toda la historia velis nolis) y ya Y. vé que .... pero no olvide 
de expresar ésto y lo otro (y le da la medida como á un sastre) porque quiero . . . 
pues. El amigo (si es más amable que yo) le construye los versos, que si no 
componen un soneto, son al menos un buen sonsonete. Pero no le satisfacen 
al interesado, porque no están sentidos y 

Nunca sobre las cuerdas de una lira 
Que al uso mercantil se prostituye 
Él sacro fuego de las musas gira. 

Por todo lo cual nuestro enamorado resuelve renunciar á los ecos déla 
poesía. 

Una vez proscrito el idioma de los dioses, por las razones que para ello 
tiene, y entre otras porque no es posible usarle; se conforma, por no haber otro 
remedio, con hablar á su dama en el de los hombres, y apela al recurso de una 
carta erótica. Tampoco la literatura epistolar es el fuerte de nuestro tipo; i)ero 
lo que yo })uedo asegurar es que ni S. Pablo, para escribir sus imponderal )les 
cartas á los de Corinto; ni Cicerón en las suyas á los Senadores, ni Feijóo en 
sus cartas eruditas, ni Montes(|uieu en sus cartas Persianas, se han íÍ\tigado 
tanto en borrar, poner, transformar, corregir, tachar y alterar la construcción 
fraseológica, como nuestro aspirante. Escribe una, la tacha, la rompe, la 
sustituye, y concluye por poner en limpio la que después de mil limaduras y 
alambiques le ha parecido mejor, lanzándose á la calle y calculando los medios 
de hacerla llegar á su destino; lo que al fin consigue después de haber dado 
algunos paseos por enfrente de la ventana; trono de la hermosura, templo de 
las ilusiones y recurso de los enamorados de pacotilla; llamando á un negrito de 
la casa, y encomendándf)le la misiva para la íiiña Panchita. 

Puede suceder, que también se la entregue en mano el mismo pretendiente 
al pasar de perfil por la \entana, lo cual es de muy feliz agüero, pues supone 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



([lie ya está la pareja de acuerdo, y ha precedido el Ecce Epistolam del deiiiaiidaiite, 
y el Fiat voluntas tua\ de la solicitada; y ya no resta más que el iinprescindil:>le 
vivo diáloo'o. 

— ¿Se lia enterado Yd. de ese papel? 

— Lo he guardado. 

Porque en efecto lo hn, depositado en el archivo que tienen las jóvenes 
designado al objeto, es decir, en el seno. 

— ¿Y podre esperar la felicidad de ... . 

— Yerenios .... lo pensaré. 

Las mujeres suelen decir veremos^ cuando ven muy claro, y ¡o pensaré, 
cuando ya está pensado todo. Mas estos principios no son muy conocidos del 
amante de ventana, y por lo tanto continúa con impaciencia: 

— ¿Y cuándo })0(lré saber? 

— Quiere Yd. saber demasiado. 

— Pero dígame al menos si puedo tener 6 no esperanza. 

— Se lo diré en otra ocasión. 

— ¡Ah! sepa yo pronto si debo vivir ó morir. 

— Retírese, por Dios; mamá nos observa. 

— ¿Y cuándo la volveré á ver? 

— Mañana, anochecido. Adiós, no puedo más. 

— Pero ¿puedo esperar su amor? 

— Quizas ¡Quién sabe las pruebas, y el tiempo 

Desde el momento en que la Dulcinea ha ])ronunciado las anteriores frases, 
y ha demandado pruebas y tiempo, ha cambiado la jerarquía del amante, 
ascendiendo á la clase de meritorio. Mas no creas, pacientísimo lector, que las 
tales puebas son prue])as legales, con arreglo al Derecho Romano ni al libro de 
las Pandectas; ni prescriben la previa información de testigos. Las pruebas á que 
ella alude son i)riiebas semejantes á las que se hacen con el vino catalán, con la 
sola diferencia de que en estas se experimentan los grados de fuerza del AÍno, y 
en aquellas se trituran los quilates de paciencia del meritorio. En cuanto al tieinpo, 
lio se trata del dios de los Paganos que lleva este nombre, ni del buen ó mal 
tiempo que puede hacer; pues el amor no es como las funciones de toros, que se 
anuncian si el tiempo lo permite: sino únicamente de averiguar hasta qué extremo 
puede perder un hombre su tiempo, sin aplicarle la calificación de tiempo perdido. 

Decretado de este modo el memorial de nuestro hombre, v elevado al lano-o 
tle meritorio, se despide de ella con un triste y expresivo adiós, y una lánguida 
mirada; en la que compone su rostro lo mejor que puede, y se retira aparentando 
estar pensativo. 

Ni Escipion sobre las playas africanas, ni César en el (Japitolicj, ni Napoleón 
sobre las pirámides de Egipto, fueron más orgullosos y altivos que nuestro 
meritorio, al retirarse de su campo de honor; vá á dar cuenta á su amigo del 
feliz desenlace que ha obtenido, debido á su irresistible mérito. Porque es de 
advertir que el amante de ventana tiene un amigo, que es á la vez confidente, 
agente de negocios, consejero y secretario privado. Sin este elemento no habría 



184 



I 



I 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



verdaderos goces en el amor. ¿Que puede lisonjear una pasHMi, a ningún corazón 
de moda, si no hay jÍ ([uien conüirsela? El ingenioso 1). (Quijote (y torno y 
vuelvo, por vaiiar, á citarle) decía, cuando ])uscal)a dama: ''Si yo, por mal de mis 
pecados, (') por mi buena suerte, me encuentro por ahí un gigante, como de 
ordinario sucede á los andantes caballeros, y le venzo, y le rindo, ¿no será bien 
tener á quien enviar el presente?" Y nuestro tipo, volviendo la oración })or [)asi\a, 
dice i)ara sí: ''Si yo, por mi bella figura y dotes irresistibles, acometo á una 
l)eileza, la enamoro y la rindo, ¿no será oportuno tener mi testigo de mi triunfo?" 
¡Ah! j(')ven feliz! tienes razón. Los amantes racionales no sal)en gozar. Arrojan 
su corazón á los pies de una nmjer, (lue acaso lo pisa: ó cuando más, tienen 
momentos de suprema y solitaria íelicidad; jmm'o brcNCs y transitorios, cpie dejan 
casi siempre una huella indeleble de infortunios tan larga y profunda como la 
vida. Tú, amante modelo, tú, enamorado y con({uistador de oficio, tú gozas 
cuando j^iensas, cuando ha])las, cuando intentas, cuando ejecutas y cuando refieres. 
El Jardín de los amores te ofrece todas sus rosas sin una sola espina. ¡Salve, 
muestra ambulante de la felicidad de los tontos! Yo te envidio. Yo, que auncpie 
por mis pecados me hizo Dios extravagante y feo, tuve sin embargo algunos 
lancecillos allá en mis mocedades, y te aseguro de Inicua fé que si peque (aunque 
jamás por la ventana) en el pecado fué la penitencia. Y hoy que no hallo mi 
corazón exhuberante de creencias, temería un .s¿ más c{ue un wó, porcjue siemi)rc 
vi peores consecuencias del s¡ de la mujer que de su nó. ¡Feliz aquél á (piien 
dicen nó^ porque al menos oye la. verdad! ¡Feliz, si no es amante de ventana! 

Basta de apostrofes, y sigamos al meritorio en su derrotero. Yedle, (pie ya 
se reúne con el indispensable amigo, á ([uien da parte de lo ocurrido, refiriéndole 
el vini, vidi, vitici. El amigo, (jue de paso es también su corredor de número, 
le aconseja con calma y madurez la conducta ulterior que del^e de observar; le 
dá el i)arabien y le comunica al mismo tiempo otro negocio de igual calidad, en 
que se cambian las bridas. Es decir, que el amante y su corredor son dos 
puntales que mutuamente se sostienen y apoyan, y con facilidad cambian de 
título. El corredor de aquí pasa á ser más allá el interesado, y vice-versa, por 
aquello de "/¿o?/ 2)or tí, mañona por mi¡^ de modo que es una bendición de Dios 
ver esos dos pimpollitos tan unidos y formando, con el espíritu de asociación 
que caracteriza al siglo, una poderosa alianza ofensiva y defensiva, escribiendo 
las cartas de mancomún et in soliduvi; corrigiéndolas y tomando sus disposiciones 
previa sesión, de la que se saca su correspondiente acta. 

No olvidemos que nuestro D. Narciso Majaderano se halla en la esfera 
de meritorio, esfera espinosa y difícil, pues en ella corre el protagonista un 
riesgo á cada momento. Atraviesa situaciones críticas y de prueba; está 
haciendo méritos ante el tril)unal de la mujer, tril)unal que muy rara vez falla 
en justicia; y por último, corre inminente peligro de que ella no se dé por 
satisfecha en lo (pie llama pruebas de amor] y al menor desliz, perder su gracia, 
(pie sólo la recon(piistará (y eso aún en duda) después de hacer interminable la 
adución de pruebas y méritos, y haber pasado por las horcas caudinas. Por 
último, después de mil súplicas, dos mil ])lantoiies y un mill()n de paseos á todas 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



horas del (lia y de la noche, se da ya por satisfecha nuestra nueva Areopagita, y 
resuelve en su alta soberanía dar á su amartelado pretendiente el si por entero, 
citada la parte para oír sentencia, y por medio de cédula ajite diem, y con la 
concisa formula de "Mañana á tal hora," lo cual significa que nuestro tipo va a 
dejar de pertenecer á la clase de meritorio y á ser elevado al rango de efectivo. 

Aquí se me ocurre un ligero episodio. Una meditación filosófica que me 
está haciendo cosquillas, y no quisiera malograrla dejándola en el tintero. ¡Oh 
instabilidad de las cosas humanas! ¡Oh ciega fortuna! ¿Dónde estás, justicia y 
atención á los méritos? ¿Has visto, oh lector, á nuestro amante de ventana desde 
el principio? ¿has ^'isto y te consta que todos fueron sacrificios, sufiimientos, 
méritos y constantes pruebas de adhesión? Pues á pesar de todo, ¿querrás creer 
que apenas de cien aspirantes asciende uno á efectivo? Sin embargo, ello es 
cierto, y más debo decirte para (jue te admires y te indignes. Generalmente, 
cuando el meritorio supone llegado su triunfo y coronados sus esfuerzos, es cuando 
se encuentra ocupada la pinza á cpie aspira, porque ha sido dada por alto; y que 
otro, sin sacrificios ni esfuerzos, le ha soplado la dama, por la sola cualidad de 
haberle agradado más; dispensándole ésta de ceremonias preliminares, lanzas y 
medias anatas. ¡C'osas del mundo! Todo en este valle de lágrimas guarda un 
perfecto nivel. En esto, nuestro tipo sufre igual suerte que otros muchos tipos 
de nuestra sociedad. El camino para las montañas no son los valles. Los que 
vemos en humildes puestos, rara vez llegan á las eminencias; los (|ue ocupan 
éstas, puede casi asegurarse que no pasaron escalas, ni fueron jamás pretendientes 
ni recomendados. 

Pei-o pasemos á ocuparnos de nuestro amante en efectivo, cualquiera que 
sea su procedencia. Bien sea que haya llegado á este puesto por favor especial, 
bien que algún milagro de la Providencia le haya traído á él, ascendido por 
rigorosa escala; el caso es que siempre es el mismo. 

Supongámosle en su primera entrevista, y aun á primeras horas de la noche. 
Pero ya el diálogo tiene un carácter más reservado, y aun si la casa es de dos 
ventanas, en la una aparece la familia gozando del fresco, y en la otra la pareja, 
ya de acuerdo. Enumerar las frases de amor que mutuamente se prodigan los 
contrayentes, sería hablar déla mar, y además, yo nunca lo diría; porque lo creo 
caso reservado y de conciencia. Tú, pacientísimo lector, figúrate el coloquio 
del modo que te agrade; pues yo sólo tengo que decirte que su espíritu versa 
generalmente sobre acordar hoy de la manera cpie se verán mañana; cuántas 
veces podrá pasar el amante })or la calle, y otras cosas de este jaez: cuyo 
testimonio prueba que Angéhca y jMedoro, Pablo y Virginia, Abelardo y Eloísa 
y los tan celel^érrimos amantes de Teruel, son niños de pecho, ignorantes en 
cosas de amor, y no valen todas sus pasiones una bicoca comparadas con las 
de nuestra envidial)le pareja. Estos pensamientos, asentados y exagerados con 
tales notas y comentarios que dejan muy atrás á los de César, conducen 
á él á presentar súplicas, y á ella á vacilar en la concesión, concluyendo 
por decretar "como lo pide,'' después de una ligera explicación en los términos 
siguientes: 



186 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— Paiicliita oiicaiitadora, dice nuestro ainaiite con almibarado gesto, ¡(juc 
í'cliz soy! ¿qué hubiera sido de mí, si me lnil)ieras negado tu amor? 

— ;Y me amarás siempre como ahora? interrumpe la niña, de^'olviendo el 
tú, iniciado en su amante. 

— ¿Puedes dudarlo? ¡ah, me ofendes si tal piensas .... 

— Ño lo dudo; tengo la mayor fe en tu amor, y te juro (pie eres el primero 
(pie ha merecido el mió. 

Para la conciencia de los enamorados, el jurar en vano es pecafa minuta. 
Y aún puede asegurarse, cpie si bien al segundo amante suelen confesar nuestras 
bellas (pie ha existido otro, i)orque aún están dotadas de cierta candidez; en 
cambio, todo el (pie llega del tercero en adelante, no pasa de primero, aunque el 
número ascen(hese á la cuenta del millón y hubiese ([ue hallarle por partida 
doble. 

— ¡Ay, Panchita, si aún ])udiera yo merecer. . . . 

— ¿Qut3? 

— Ya A es. Yo soy amante de la reser\'a, y á estas horas todo el barrio nos 
\é. Si pudiéramos conciliar otra .... 

—Y ¿cuándo? si no me es posible. Estoy tan ol)servada 

— Pero ¿no podríamos vernos cuando tu familia duerme? 

— ¡Ay! si los negros du(.'rmen en el zaguán. 

— Sin embargo, con silencio .... Si tú quisieras .... Está uno aquí tan á 
la \ista .... Y luego .... por tí .... ¿á qué han de saber? 

Así continúa el diálogo, })resentando ella dificultades, sólo por el gusto de 
que él las allane; y por último, acuerdan que ella la noche siguiente tomará sus 
precauciones para poder verse á altas horas. Esta es, por fin, la capitulación, y 
ya ha sido concedida la petición del amante. 

¡Yálgame el diablo, por concesiones, tan peijudiciales á las mujeres como 
á los gal)inetes y ejércitos! ¿Habéis hecho vuestra primera concesión? Pues ya 
os veo dominados omnímodamente, porcpie la ])riinera arrastra la segunda .... 
la tercera y. . . . la cuarta. 

Ya ves, lector amigo, que este amante se cf)noce á tiro de ballesta (pie no 
pasó por las clases inferiores. Si así hubiera sido, ella sería la que presentase el 
pliego de condiciones, y él lo ol^servaría extrictamente, contentándose con (|uc 
se viese ({ue tenia amada; para [)oder decir á los espectadores, al retirarse de la 
ventana: '^Miseral^les, \'osotros no tenéis quien os quiera, como yo." Pero nuestro 
héroe prescinde de esas bagatelas, y marcha derecho al bulto, por lo cual se 
retira después de haber obtenido el correspondiente i)ermiso de venir al dia 
siguiente á la hora de más fraiuiueza. 

Puntual aparece á la hora citada, y ya la escena se presenta bajo muy 
distinto aspecto que la noche anterior. Todo yace en silencio; las ventanas de 
la casa están cerradas, y sólo en el ventanillo (le una aparece una sombra blanca, 
dibujando en la oscuridad un perfil (pie deja adivinar esbeltos y mórbidos contornos; 
pero todo Aclado por una media tinta. En tal situación, llega el amante, y después 
de los saludos misteriosos caml)iados á softo voce, recibe ía bella las gracias ])or 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



SU generosidad. Reitéianse las protestas de la noche anterior, que bajo estas ó 
las otras frases, se reducen á repetir lo mismo que ya está más que dicho y 
redicho, y á conjugar el verbo amar en todos sus modos, tiempos y personas. 

Mas como ya hemos dicho (jue la visitada aparece en un ventanillo que 
generalmente está alto, y no la descubre mas (pie medio cuerpo, al amante no le 
son muy gratas tales medidas de seguridad ])ersonal; y la suplica cpie no 
permanezca tan separada, pues esto les obliga á le^•antar la voz á un ])unto del 
diapasón, que puede delatarlos. Ella se niega, bajo pi-etexto de que si abre la 
ventana, pueden oirlo de dentro, levantarse bonitamente los durmientes y cogerlos 
in fraganti: y además, tiene .... cierta vergrienza de verse casi sola con un 
hombre. . . . pues es. ... la primera vez de su a ida (¡ue. . . . Replica él y torna 
á replicar ella, y el fin de la ré|)lica es quedar ella vencedora por entonces; 
puesto que él debe saber que las nmjeres lo hacen todo cuestión de calendario, 
y que aún no ha transcurrido el tiempo maicado por el leglamento para hacer 



nuevas exmencias. 



Yendo y viniendo noches, porcpie en el amor no hay cosa más socorrida 
que un dia tras otro, se atreve él á repetir nuevamente la súplica. 

— Panchita encantadora, exclama el D. Juan Tenorio de nueva especie, 
como por introducción, ¡Qué amada eres! ¿Qué podrías tú pedirme que yo no 
viese una felicidad en otorgarte? 

— ¡Ay, amor mió! Gracias; yo también .... 

— Sin embargo, tengo cierto disgusto, por(|ue. ... 

— ¿Por qué? ¡Ay! (límelo. 

— ^Nó: no es nada; es una cosa muy sencilla, (|ue me niegas y que no sabes 
cuánta felicidad me quitas. 

— ¿Qué puedo yo hacer? Iíal)la. 

— Varias veces te he significado el deseo de verte más cerca y contem})lar 
tu hermoso semblante más de lleno. Siempre te has negado inílexil)le á esta 
demanda. 

— Mira. No vayas á creer que esto es falta de amor. Es que como yo no 
tengo, como las demás, prácti(,'a en estas cosas, soy tímida y . . . . 

Porque como tú sabes muy bien, lector benévolo, ninguna mujer ([uiere 
ser como las demás^ y todas son tímidas por .... ignorancia y . . . . falta de 
práctica. 

— Ello es, exclama él con acento y rostro compungido, que me niegas .... 

— No, chinito; no es por tí, pero .... si me viesen .... mira .... creo que 
me moriría. ... y la ventana hace ruido. . . . 

— Y ¿no podré esperar jamás contemplai'te más de cerca? .... ¿Por 
(pié me has de negar una dicha fundada en causa tan inocente? No 
pueden oirte. 

— Bien, otra noche, que yo ])repare á la mulata. 

— ¡Bravo! dice él para sí. Esto es ya aplazar. 

En efecto. Aplazar es en la mujer casi lo mismo que conceder. ¡Segunda 
exigencia! ¡Segunda concesión! La cosa marcha. A la noche siguiente ya ha 



188 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



desaparecido el estorbo de la madera, y no divide ;i la enamorada i)areja más 
(|ue los hierros. 

Es de advertir (|ue ;i tales alturas, ya han precedido las dádivas de costumbre. 
El i^adejo de pelo; ei uuUspemahle cambio de retratos y todas esas frioleras, que 
si tiiltasen, creei'ian los amantes que estaban muy distantes de amar como 
Dios manda. 

Pero como la ventura es quimérica en este picaro mundo; y las dos hermanas 
inseparables, doña Fortuna y doña Desgracia, se entretienen en divertirse con el 
género humano, ((jue más valiera que se divirtiei'an en contar cuentos ó en amar 
por la ventana) quieren dar un susto al feliz mortal^ y acordarle la realidad en 
los momentos de su mayor ilusión. Para este objeto, el Diablo, que todo lo 
enreda, y siempre anda suelto y sin dormir, dispone la inoportuna aparición de 
una oscilante luz, (jue al irse aproximando no deja ya duda de su causa. Tanto 
más cuando incontinenti ^(i proyecta en la pared una sombra casi de forma cúbica. 
El oscilante resplandor de la luz se aproxima cada vez más, y á cierta distancia 
deja ver la forma esférica del Sereno, ciuc (como tú debes haber adivinado) es el 
nocturno centinela, consuelo y tranquilidad de los que temen devolver de noche 
lo que hurtaron de dia; perseguidor de los niveladores de fortunas (vulgo rateros); 
espanto y sobresalto de las bellas y enamorados de ventana. El Sereno, luego 
que se halla á tiro de voz, y ha precedido el reconocimiento de la campaña, 
haciendo blanco de los rasgos de la luz las caras de los amantes, que las ocultan 
lo mejor que les es posible, prorumpe en el siguiente apostrofe: 

— ¿Qué hace V^d. aquí á estas horas? 

— Señor, tomar el fresco. 

— Esta no es hora de tomar el fresco. 

— Muy bien. Mañana lo haré á las doce del dia. 

— Vayase Vd. á recoger, y cerrar esa ventana, ó doy aviso á la casa. 

La orden es terminante. ¡Ay, amor! Tu sublime poesía sufre esta vez un 
ataque rudo de la prosaica vigilancia, nocturna. Y tú, implacable Sereno, sin 
duda no has amado, cuando tan sin piedad destrozas dos corazones unidos por 
los vínculos de las simjmtías. ¿Por qué los persigues? ¿No oyes los quejidos 
de una parida en aquella casa, que ammcian un ser más en el mundo? ¿No ves 
aquél velorio en aquella otra, que indica uno menos? Pues deja algún lugar á 
la felicidad entre la vida y la muerte. 

El amante fluctúa entre el imán de su amada y el inexoral)le Sereno. Se 
convence de (pie no le vale echarlas de guapo, y opta por retirarse. 

He aquí lo que es el Amante de ventana^ tal cual yo he creído observarle. 
Lo cpie te suplico, lector amigo, es que si casualmente hallas algún parecido en 
el retrato, no vayas á creer que yo hablo ]K)r experiencia pro])ia, tanto más, 
cuanto que sería adoptar una costimibre que condeno. ¿Los padres de ftimilia 
suponen acaso í[ue con tener á la mujer en absoluta reclusión la moralizan? 
¿Creen hallar un inconveniente al permitirlas la sociedad con el otro sexo decorosa 
y pública? ¿El temperamento de la mujer podrá jamás ser dominado jíor ese 
nimio é infundado rigor? No, por cierto. Si no penetra en la morada de la nuijer. 



d89 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



el hombre que en calidad de amigo mañana puede ser amante, ella le acercará 
al redil; ella burlará la opresora vigilancia, y un barrio entero estará informado 
de las incílinaciones de una mujer, y llevará la alta y baja de sus amantes. 

Concluyo con referir una experiencia, en la que atestiguo con todos los 
hombres ([ue hayan \isitado países. En todos ellos he visto la mujer, más 
ilustrada, mas digna, más moral, menos frivola, con más alta idea de sí misma, 
más convicción y nol>le orgullo, cuanto mayor ha sido la libertad filosófica, 
consideración social y confianza moral que ha merecido. Ya oigo algún filósofo 
de reata, que dice indignado y asombrado: ¡Vú'gen santa! ¿Qué sería la mujer 
con tales elementos? Nos dominaría, y el hombre quedaría hecho su siervo. — A 
eso te digo, que también te domina hoy sin ellos, y será excusado que lo niegues, 
porque á mí me consta. De cien senadores, noventa votos son de las senadoras; 
de cien ciudades, noventa son regidas por las gobernadoras; de cien regimientos, 
noventa son mandados por las coronelas. P]s imposible sustraerse al influjo de 
la mujer. Pues si han de mandar de todos modos, enseñad diplomacia á las 
senadoras; economía política y gubernativa á las gobernadoras, y ciencia militar 
á las coronelas; y al menos, ya que mandan, mandaran menos mal. 

Doctor Cantaclaro. 



190 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



UNA COTORRA. 



Pacorrita, mi vecina. 
Una cotorrita tiene, 

Y la ha puesto en la cocina, 
Poi'que siempre á hablar se inclina 
Lo que menos la conviene. 

Y es bastante necedad 
De la niñita Pacorra 
Proceder con tal crueldad, 
Porque la pobre cotorra 
Dice siempre la verdad. 

La referida muchacha 
Es de buena condición, 
Es en extremo bonacha, 

Y es dulce su corazón 
Tjf) mismo que remolacha. 

Cuando la cotori*a tal 
1)q. fuerte rompe su charla, 
Yo me siento en el portal 
De mi casa, y es cabal 
Mi placer al escucharla. 



La conducta de la niña 
Atrozmente vilipendia. 
Porque hoy, entre gresca y riña, 
Quien guardar debe la viña. 
Ese la roba v la incendia. 

Se pregunta ella mismita. 
Ella misma se responde; 
Y haciéndose inocentita, 
Dice á veces la maldita 
Lo que más la niña esconde. 

Y no crean mis lectores 
Que aquí hay nada de in\ención. 
Son de la cotorra flores, 
Que esparce á los amadores 
Con la más sana intención. 

Aquella infame cotorra. 
Con su corcobad(( pico, 
Tan constante en su camorra. 
Dice siempre de Pacorra 
Lo que en seguidita explico. 



191 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— ¿Cotorrita, y tu señora? 
— Ella está en su tocador, 
Y un hombre, que la enamora, 
Con nuicbísimo primor 
La está pellizcando ahora. 

/ Cácala, perro borracho, 
/ Cácala j perro mald¡t(j .... 
Pacorra tiene un muchacho 
A quien luego sin empacho 
Suele darle su besito. 

Uno, dos, y otro después. . . . 
— El beso para el marqués 
No te se olvide, cotorra: — 
Todas las noches Pacorra 
Besa dos hombres ó tres. 

Yamos, Perico ^laleta, 
Toca pronto la trompeta .... 
¡Tu. . tu. . tu!. . Hola, Don Juan! 
Yuéhase que está el poeta 
Con Pacorra en el zaguán. 

— Daca ese pi()jo, })erico; 
¡Qué rico piojo, (|ué ri . . i . . co! . . 
Déjame ver si lo cojo. — 



Mi señora tiene un chico, 
A quien luego pide el piojo. 

— Y Pacorra? — Está cantando. 
— Y tu dueña? — Está comiendo. 
— Y la niña? — Está bailando. 
— Y tu ama? — Está durmiendo. 
— Y la líclla? — Anda paseando. 

— ¿Y con (iuién?-Conunos cuantos 
Que ella misma convidó. 
— Tiene muchos novios, no? 
— Sí, señora; tiene tantos 
Como [)lumas tengo yo. 

Y prosigue de este modo 
La cotorruela malvada, 

Y en su charla endemoniada, 
Lo más mínimo de todo 
Nos l(^ saca á la colada 

í?er<) basta de camorra, 
Que ya mi mente se empacha, 

Y lo cierto se me boria; 
Si es perversa la cotorra, 
¿Qué tal sera la nuichacha? 



Juan C. Náp(ji.ks Fa.jaiído. 



lEl Cnc!il:im))r.| 



192 



TIPOS Y COSTUMBRES. 




LOS MATAPERROS. 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL MATAPERROS. 



Sabido es que la educación es pnuei])al elemento de la verdadera íelicidad 
humana; esto es, de la felidad comprendida como todo hombre civilizado la 
comprende; sin considerarla únicamente como fuente de goces materiales y 
medio de satisfacer toda clase de deseos, sino como base en que estriba la 
tranquilidad del ánimo y la quietud de la conciencia. 

Esta felicidad en que todos soñamos y (|ue todos deseamos alcanzar, echa 
siis primeras raices en nuestro coraz(')n cuando el riego de saludables consejos y 
buenos ejemplos que en la inñmcia nos dan nuestros padres, es abundante hasta 
poder lograr que se arraigue bien la planta bendita, que al fructificar en nuestra 
madura edad, debe darnos firmeza para marchar rectamente y consuelos para 
derramar en el alma de los desgraciados. El hombre que es feliz, en el sentido 
que damos á esta palal)ra, es indudal)le que en sus primeros años tuvo padres 
ó allegados que se interesaron en hacerle jíoseer ese caudal inagotable de bienes 
que se adquiere en esa educación llamada doméstica: y el hombre más rudo, el 
más despro^'isto de luces naturales, conoce instintivamente que debe educar bien 
á sus hijos, y que el respeto que les infunde hacia la religión y á sus mayores, 
debe en algún tiempo proporcionarles consideraciones y bienestar. Pero sucede 
á veces que la naturaleza dota á los padres de mal carácter, de la infausta 
indolencia ó de poco afecto hacia su descendencia, ó bien á los hijos de carácter 
incorregi])le y perverso y de genio díscolo é inobediente. Otras veces una 
prematura orfandad sume á los niños en el desamparo, y ocasiones hay en 
que la necesidad del padre de mantenerse asiduo en el trabajo que proporciona 
los medios de subsistencia, y la falta del ojo avisor y del tierno corazón 
de la madre, abandonan al hombre en su niñez á sus propios impulsos é 
inclinaciones, y se vé crecer sin recibir ninguna educación. Todas estas situaciones 
ó circunstancias le son fatales si no encuentra una alma ])iadosa que dé asilo y 
entrada en su corazón á un generoso sentimiento de compasión, y la acoja benigna 
para i)roporcionarle alguna instrucción. La educación doméstica, es claro, no 
se recibe sino en casa, en el seno de la familia, de mano de los padres ó de los 
que hacen las veces de tales; pero en su defecto, puede en algún modo la 



163 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



iiisti'uccioii revolar al hombre sus deberes respeeto ala soeiedad: y adeiiuís. es 
iiidis})ensal)le que el estudio, aela raudo sus potencias, le d(' a eonocer las 
ol)ligacioues ([ue contrae con sus seuiejantes al reunirse á ellos. 

El (jue, sin recursos de ninguna especie, se halla conij)ren(lido en alguna 
situación délas expuestas como látales al poivenir, pasa á formar una especie de 
hombres desgraciados, ([ue en todos los paises se encuentran y (pie en todas 
partes son despreciados. Diversos son los nombres (|ue se les dan, según la edad 
que tienen v el oficio á (pie se dedican en su juventud, y adviértase que siem])re 
son estos oficios ])erjudiciales á la sociedad. En (^lba los llaman, desde loso-ho 
años en (jue empiezan sus fechorías intantiles, hasta los (fiezyseisen (pie varían 
de ruml)o, iiudapcrfos. 

De esta clase de hombres, y considerándolos en su primera edad, es de la 
que i)aso á ocupavme. — Voy á encerrar en reducido cuadro, este ti})o, (pie es uno 
de los más notables de Cuba. Auncpie no es ni hermoso ni fino, bien conozco 
que se necesita mano segura y l)iien ])incel para que la Aerdad resalte y guste 
el (M)lorido, hermoseando la figui'a. como sucede en un mendigo haraposo pintado 
por ]\[urillo. Pero aun([ue no puedan mis esfiíerzos lograr esto, tratare' por lo 
menos de presentarlo cual lo conocemos y cual lo he llegado yo a com})render. — 
(^011 lo diclio basta para (pie el lector se])a el objeto (pie le ofiezco y de (hnide 
toma origen. 

Sabido ya (pie el mata})erros no ha recil)i(lo ninguna educación y (pie no 
tiene sujeci()n de ninguna clase, naturalmente ocurre que debe tenerle antipatía 
á las escuelas, y efectivamente, es enemigo ací^rrimo (le ellas, como asimismo de 
todo cuanto pueda ponerle barreras. La calle es su elemento favorito: es inñactor 
de (mantas órdenes emanan del gol)ierno respecto á policía: nada como un pez, 
pues raro es el dia que no se dá un baño en el mar; siempre anda sucio y mal 
vestido y á veces descalzo y sin soml)rero. Esto es señal de pobreza (pie no 
puede tomarse como infalil)le, pues muchos infelices desprovistos de fortuna se 
ven oljligados á recorrer las calles mal vestidos y sucios, aunque no sean 
7)iataperroü, aunque tengan (piien mire por ellos y (piií'u se interese en que sean 
honrados, aiUKpie pol)res. 

Los comisarios de barrio le dan siempre caza, j)ero regularmente sabe 
evadirse muy l)ien de sus ])ersecuciones, y si le oyen un momento, se disculpa 
á las mil maravillas y queda por inocente: es perseguidor de todos los animales 
(|ue se encuentran á su paso, pero tiene una preferencia muy mai'cada hacia los 
perros: el (pie pasa á su lado lleva de seguro un buen porrazo, y al contrario 
del loco de Córdoba, de quien nos cuenta Cervantes en ei prólogo de la segunda 
parte del Quijote, cpe á causa de un escarmiento creía que todos los perros eran 
podencos, no le hacen perder la costumbre las reprimendas y golpes que suele 
llevar de los dueños, pues tiene gran confianza en la lijereza de sus piernas. 
Vive generalmente en comunidad ó en partidas, como llama á sus reuniones, 
quetienen lugar en algunos barrios de la ciudad, y así dicen: yo soy de 
la partida de las Canteras, y otro se enorgullece con pertenecer á la de 
los Joyos. 



^ 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Kl inalojero, v\ cie^o (|uc [)ide limosna. v\ negrito ([iic \a ti"aii([iiil() a su 
maiKlado o la devotii (|Uo sale muy despacio de la novena, todos sufren ali>() de 
la dial)(')liea inventiva (leí mataperios: en ñn, es perseguidor de cuanto no es el 
mismo. Xo tiene hora lija para sus excursiones y fechorías; sin embargo, la noche 
es su niiis propicia v encubridora patrona; de noche es cuando desphega todo 
su genio inventor de cuanto hay malo. Su olfato, niiis tino que el del animal 
de quien es enemigo, le da a conocer con anticii)aci(')n todos los hailecitos, 
1)autizos, entierros y ejercicios militares: vá á los primeros con intenciones de 
deshacer la reuni(')n, y para lograrlo, ataca á los espectadores por una parte muy 
sensible, por la nariz; le sirve i>ara su intento el asafiítida (') la raíz de aroma, y 
])ara él es una gran diversión ver huir iilos mirones cou las manos en las narices. 
En los bautizos siempre trata de ai)oderarse del liisoix), de lávela ó del salero, 
para pedir c^/ w¿í^(//b, y si no lo c(msigue, ya puede encomendarse el padrino á 
todos los santos, pues hasta la casa del ahijado le van persiguiendo sus gritos y 
sus silbidos: en los entierros se divierte en d()])lar a los muertos; el mataperros 
es el Cuasimodo de la iglesia mas cercana á su casa. Pero sus diversiones 
favoritas son los ejercicios y ñestas militares. ¡Contraste raro! Tiene el mataperros 
el carácter más indepeuíhente y más enemigo de sujeción, y al mismo tiempo 
la más decidida afíci()n á todos los actos militares, de los ([ue la (hsciplina más 
rigurosa es el primer móvil, llevándole estaaftción hasta el extremo (leorgain;zar 
militarmente sus |)artidas. Las de los l)arrios o])uestos tienen á veces sus desatíos, 
y en campal ])atalla deciden sus contiendas á pedradas y garrotazos, sólo por 
sostener el honor del barrio a (|ue i)ertenecen: estos encuentros son encarnizados, 
V los heridos y contusos son los (|ue ])agan cuando la llegada de algún comisario 
[)one en precipitada fuga á los terril)les contendientes. Otras ^ eces el combate 
es singular y se efectúa entre los de más nombradla y fama que poseen las 
partidas, álos que se les dá el nombre de (/(iMos, tal vez por lo dispuesto que 
siempre se hallan á pelear: el buen ó mal éxito de estos encuentros acarrea 
respeto á los vencedores, pero no humillación á los vencidos, que vuelven á 
l)rol)ar fortuna cuando refrescan el golpe. 

Otra aftción tiene muy marcada el mataperros, y es á la música; regularmente 
tiene buen oido, }' a])énas oye una contradanza, un paso doble, un vals, los corje 
y los silba perfectamente; de acjuí sacan un gran recurso en su mocedad para 
pasar alegremente las noches de correrías, pues son jiocos los que no aprenden 
á tocar algún instrumento, anuíiue sea de oído. 

Además de las cualidades (pie he apuntado, resaltan en él muchas otras ([ue 
|>(»r no ser primordiales y por temor de cansar, paso en silencio. 

Llámanse comunmente travesuras todas las acciones ruidosas causadas por 
el genio vivo é inquieto de los muchachos: muy naturales son en la impnbertad 
esas acciones que á veces mueven á risa; peculiar es de esa edad en que ningún 
pensamiento serio ocupa la imaginación, en que la salud y robustez, la fuerza y 
el vigor de la vida, los hacen casi una necesidad, esos juegos de ejercicios 
violentos, esas emboscadas con que se complacen en burlar á los que pasan por 
donde ellos están; ])ero cuando la perversidad del carácter, el aband(^no de los 



135 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



padres ó cualquiera otra causa liace á un niño cifrar su única dicha y tener i)or 
sola ocupaci()n la holganza, las diversiones peligrosas; cuando el poco amor al 
estudio, (jue á casi todos es general, no se despierta en él por medio de la 
emulación ó de otra manera diferente; cuando sólo AÍve en la calle; civdndo jx'j/ar 
pojarüos y pelear gallos es su único pasatiempo, entonces ya este muchacho es 
mi mataperros, es un perdido, que ninguna utilidad puede proporcionar á la 
sociedad, y que engolfándose más y más en el piélago de sus vicios, acabará 
tal vez por perecer en un vergonzoso patíbulo. 

Apenas entra en la pubertad el mataperros, ya sabe muy bien cuáles son 
las reuniones de los jugadores, siendo éstos sus únicos compañeros. ^Ú)Q finca r 
los dados muy bien y conoce perfectamente el manejo de las cartas de j9P(/« y 
las de marca,. Ninguno de los tenebrosos misterios del tahúr se le oculta: todos 
sus háliitos se los apropia; su sólo oficio es unirse al que gana para cobrar su 
barato, y vender á poncala lo que algún incauto le fía: es un vago^ ente 
des[)recia])le, planta parásita que se apoya siempre junto al (pie gana, y que 
incesantemente perseguido por el vicio, es víctima infeliz del al^andono de su 
infancia, y anda siempre ocultándose de la justicia y sumido en inmundos 
lupanares, en despreciables garitos y en compañía asquerosa. El repugnante 
vicio le arrastra á la senda peligrosa del crimen, y llega el dia en que se vé 
perseguido y es arrancado del seno de sus placeres nauseabundos, cuyo hábito 
ha adfpiirido en medio de sus criminales compañeros. 

En medio de esta gente se encuentran hombres dotados de talento natural, 
que, bien cultivado, hubiera dado frutos útiles: esos hombres hul)ieran tal vez 
sido notables si se les hubiese educado )>ien. — En los países sumidos en revolución, 
en las grandes ciudades en ({ue las proporciones se presentan y abundan los 
recursos, si se aposenta la ambición en el corazón de algunos de ellos, cuando no 
están enteramente depravados, se apartan del camino que seguían, y con 
atrevimiento y buena suerte, llegan á ser célebres. 

La Mal preocupación que existe entre nosotros de que los blancos no se 
dediquen á un oficio, es causa de que al)unden los vagos^ y de (jue, al crecer el 
mataperros, se encuentre en su oscura esfera, rodeado de entes que le pervierten 
y le afilian en sus sectas peijudiciales y asquerosas. 

Así, pues, la especie del mataperros es un ])lantel de hombres de malas 
inclinaciones, de hombres peijudiciales á la sociedad, de hombres degradados. 
Las escuelas pú])licas son un medio de evitar la al^undancia de esas gentes. 

El (pie (pilera reconocer el tipo (pie he tratado de pintar, paséese de noche 
por alguno de los l)arios apartados del centro de la ciudad, y él se le presentará; 
repare los días de procesión esa cater^'a que corre armada de ramas detrás de las 
vendedoras, gritando con atronadora voz el indispensable chíchijó, y le conocerá; 
y el que por casualidad se encuentre con el presidio y note algún criminal que, 
sin avergonzarse de su júiblica expiación, le pide una cosita, puede asegurar que 
aquél hombre fué en su infancia un mataperros. 



José Joaí^uix Hernández. 



^ 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL MEDICO DE CAMPO. 



Yo receto 

Todo cuanto me clá gana. 
Es ventaja 

De un médico, ser lijero 

De manos, caiga el que caiga: 

Porque un hombre se acredita. 

Los parientes no se agravian, 

El boticario se alegi-a, 

Y el muerto no habla palabra. 

(D. Kamon de la Cbuz). 



Bonitos artículos salen de los médicos do todas partes; pero hay el 
inconveniente de que puedo enfermar mañana, y me pongan los médicos por 
haber escrito los tales artículos, m artículo mortis, lo cual no es muy agradable. 
Todo lo más que puedo hacer, supuesto que (juieres, lector, tener una idea del 
que recorre nuestros campos, es darte ciertas apuntaciones, escritas nada menos 
que por un individuo de la jn'ofesión, grande amigo mió, y (|ue con declarar que 
se llama don Desiderio Túmida vivos, no tengo más que decir para encarecerlo, y 
para que tú y todos vean si es ó no es persona digna de fé. Puedes, pues, 
disponer de estas apuntaciones como mejor te cuadre; aunque sea poniéndolas 
en letras de molde; y yo salvo mi responsabilidad, pues si hay algo en ellas que 
no agrade á un hijo de Esculapio, allá se entienda con otro hijo de Esculapio 
que las escribió de su puño y letra. Además, si me decido á entregarte el 
manuscrito en cuestión, es porque se deduce de él, (pie un médico de campo es 
propio para ñgurar en un artículo de costumbres, no tanto })()r(|ue él se empeña 
en ello, cuanto porque á la tuerza hacen que lo parezca las gentes á quienes ha 
ido á dedicar sus servicios. Y esto es todo lo que diría yo mismo si fuera á 
disculparme de tomarlo por sujeto de mis pobres observaciones. .Vsí, pues, haz, 
lector, de los papeles lo que te plazca. 



157 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— "Luego que recibí mi título de lieeiiciudo y pude, i)ai-íipetado con él, salir 
con mi cara lucia á hacer lo que indica mi apellido Tumi )avi vos, creí (|ue lloverían 
los enfermos sobre mí, ó con más exactitud, (jue llovería yoso])re ellos. Pero 
pasaron días y dias sin (jue un cristiano me llamase, ])or lo ((ue imagine dos 
cosas: ó (|ue el juieblo se había asustado con la noticia de hal)er un mi'dico mievo, 
y no enfermaba na<lie, temeroso de caer en sus manos, o (]ue mis cofrades más 
antiguos hal)i¡m monopolizado todos los íáltos de salud. Fuese cual(piiera de 
ambas cosas, (y yo me inclinaba á adoptar las dos), lo cierto es que por mi 
causa, aún no se lial)ian tañido las campanas, y eso ((ue no me íáltaban 
conocimientos, ni práctica de hospitales. Bien es ^'erdad ([ue á los que unieren 
en éstos no se les dobla. 

^'Ello, consideraba yo ser nniy triste haber })asado parte de mi florida edad 
yendo diariamente á las aulas á (li vertirme con mis compañeros, á arrojarles 
migajones de pan, y á oír lecciones (jue las más de las veces no com})rendía, 
todo por obtener después de tantos afanes una profesión, y que ésta me NÍniese 
á fíillar. (V)n ((ue viendo (jue la ciudad no era para mí, decidíme yo á ser del 
campo. 

''Salí, pues, nn (lia de mi casa, no á hacer a(juella ol)ra que en todos, menos 
en el médico, es ol)ra de caridad: la de visitar los enfermos. Yo no los tenía, y 
cuando el médico no tiene enfermos, fuera nmcho exigirle que los visitase. 
Iba á verme con un señor amo de ingenio, gordo y sano, cpie necesitaba un 
íácultativo en su finca, y á quien se me había recomendado. 

"Pocos días después ya estaba yo en el ingenio Concurso^ de la propiedad 
de don Pr(3spero Débito, y ubicado en uno de los mejores y más ricos partidos 
de esta jurisdicción. Tuve mi sueldo, la comida y una criada á mi disposición, 
que era en una j^ieza lavandera, cocinera, costurera y cuanto más yo quería. 
Dejóseme además en libertad de igualarme en las fincas cercanas, y acudir 
adonde me llamasen. Instalado en la habitación (pie se me destinó, lo primero 
que hice fué colocar contra la pared cuatro ó seis listones de tabla á guisa de 
anaqueles, para plantar en ellos mi biblioteca, compuesta de las i)ocas, pero 
clásicas obras que á continuación se expresan. Patología de Roche y Sansón, 
La Religiosa^ Formulario de recetas; tomos segundo y cuarto de Gil Blas de 
Santillana, Fisiología de Richerand, Poesías de Iglesias y un Tratado de 
botánica aplicada á la medicina. Con ayuda de tan buenos libros, era poco 
menos que imposible a erme per[)l(íjo, ánn cuando se me |)resentara un caso de 
enfermedad más nuevo y extraño (pie los que se ven en el tomo de cartas 
inventadas y ]niblicadas ])orLe-Roy, ó en los "atestados" donde vienen envueltos 
los ])omos de zarzaparrilla, las cajas de pildoras de Morison ó Brandreth, y otros 
medicamentos. 

"Pasaré por alto cómo los primeros dias de mi permanencia en la finca, 
teniendo i)oco (jue hacer, me di á coger mariposas, de lo que no me avergüenzo 
cuando recuerdo que todo un emperador romano se entretenía en cazar moscas, 
y eso que no estaría tan desocupado como yo. Tampoco quiero hacer mérito 
de las terribles exigencias del mayoral, quien al anunciarme haber un nuevo 



1$8 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



enfemio, mu decía: "Fiiluiu) Iri caído malo, poiiii'alo usted hueiio j)i()iilo, (juc me 
liac'O falta "-como si estuviese en el médico camr en un tiempo dado, aunque 
algunos lo han querido hacer creer. ( ) cuando me echaba í'uera ií los convalecientes, 
() cuando se tomaha la libertad de a])licar oti'os medicamentos (jue los prescritos 
por mí. 

''Cuando \ino I). Prospero a visitar su ñuca, preguntó á este mal hombre, 
(jué tal lo hacía el licenciado Tumbavivos. — Los fnmha. señor, res})ondio ('1: 
este año hemos tenido más nntertos ([ue el pasado. — Aíbrtunadamente, mejor 
iníbnnado el amo, supo ([ue de cinco descendientes de (liam, (jue habían sido 
enterrados, los tres debían su nmei'te á accidentes fortuitos; de modo ([ue á todo 
tirar, sok) dos nmertes ])ndieran achacárseme, lo ((ue en míis de cuatro meses, 
era bien poco para un facultativo (pie ha tenido tan buenos estudios como y<K 

"Detendréme un poco tratando de mis correrías í'uera del preiho (h)nde 
estaba asalai'iado, ])or(pie ellas son las que constituyen al verdadero nié(hco de 
cam})o. Y de])o a((uí acbertir que no es una regla ücneral (|ue todo facultativo 
<iue espolea cal)allo por esos caminos reales ha de ser médico de ima finca. 
Bien se que los hay ])ro})ietarios, pero saliendo de casa, todos son iüuales. 

"El })rimer enfermo ])ara (piieu fui llamado no })arecía atacado sino de un 
fuerte catarro, i)or lo ([ue me limité á ordenarle un sencillo cocimiento de flor de 
borrajas y prescriV)irle ([ue se abrigase. Pero cuando al siguiente dia })asé á 
hacerle mi segunda ^■isita, salió á recibirme uno de la familia, y me participó que 
hal)iéndose llamado á otro facultativo, excusara voherme á molestar. — Pues no 
había yo de volver? pregunté. — Ya! pero como usted no recetó. — Y si no era 
necesario? — Siempre es preciso recetar cuando hay enfermo: tome usted. — • 
Y j^oniéndome en la mano lo que juzgó deberme pagar, se despidió de mí. 

'•Dígame si no era muy natural que volviéndome yo medio mohíno a mi 
casa, hiciese estas reflexiones. — La medicina es la que ha de darme á mí lo que 
busco, y esta gente me indica el camino que debo seguir. Debieran agradecerme 
que no les hiciese gastar dinero, y ([ue les evitase la incomodidad de correr 
cuatro leguas y reventar un cal)allo para, ir á la l)otica en l)usca de una mediciuíi 
que en mi concepto no era necesaria; y lejos de eso han atribuido á ignorancia 
la buena obra de no haber recetado. Pues recetaré siempre, y me daré un aire 
de importancia de todos los diablos: quieren ser deslumhrados, los desluml)raré: 
quieren no entender al médico, no me entenderán. Ya dijo Lope de Yega que 
cuando el vulgo paga, justo es complacerlo; yo complaceré á este vulgo del 
campo, pues él es quien me paga, y si llega á hacerse natural en mí la pedantería 
á que recurro como medio i)ara medrar, no me culpen, por Dios; sino culpen á 
estas gentes entre quienes me veo. 

"Poco tuve que esperar para poner en planta mi resolución. Algunos dias 
fui llamado con gran urgencia para asistir á un pol)re labrador cargado de 
años y de familia. .Vendí, pues, con la precipitación que denmndal>a el caso, y 
al llegar á su habitación, ])ude ver diez ó doce indi\íduos que me aguardaban 
con la mayor ansiedad. Todos eran liijos y nietos del enfermo, y en sus 
semblantes vi ])intados el dolor y la consternación. Eché pié á tierra, y entrando 




TIPOS Y COSTUMBRES. 



en la casa, una nuijer anciana, esposa del enfermo, me condujo al aposento de 
éste. Hecho el correspondiente examen y las preguntas necesarias, conocí no 
haber más ([ue una violenta indigestií'm; pero me guardé muy l^ien de decirlo. 

Salí á la sala, y todos fijaron sus ojos en mí como si (juisieran adivinar lo 
(jue pensaba yo del enfermo y de la enfermedad. Dirigiéndome á las nnijeres, 
hablé así: 

— P^ncuentro al paciente bastante al)atido: el ])ulso no está Isócrono^ la 
lengua se \\\\][^fulijinosa^ la respiración algo luctuosa, hay su calorcillo mordicante 
en la piel, y hay tialismo, ó sea salivación: todo lo cual me indica que ese hombre 
está enfe'rmo, y por eso me han llamado ustedes. Mas á pesar de los síntomas 
que se me han presentado, no me aventuro á formar el diagnóstico^ y no puedo 
decir si ese señor padece de una j^eritonifis ó de ima gastro enteritis^ pues son 
dos enfermedades éstas, que se parecen como dos gotas de agua. Pero traten 
ustedes de contestar á mis preguntas y saldremos de la duda. 

— Ha tenido calofríos el enfermo? 

— Sí señor; respondió una de las nuichachas que parecía más avisada. 

— Bien! y ha tenido dolor en el ahdómenl 

— En dónde, señor? 

— En el vientre, niña. 

— Ah, sí señor. 

— Bien: y fué dolor lancinante, ñivo, piinjiiivo, ardiente, circunscrito, extenso, 
jijo ó superficial f 

— Todo puede haber sido; pero el enfermo se quejaba, y eso denota que era 
fuerte. 

— Bien dicho. Pues señor, es gastro enteritis, y si viene Hipócrates, que no 
vendrá, y les dice á ustedes que no es gastro enteritis, digan ustedes de mi parte 
á Hipócrates que es gastro enteritis y que se vaya á paseo. 

— Bien, señor, ¿y cómo se cura ese gato enteritol 

— Ya veremos. ¿Qué método quieren ustedes que siga con el enfermo? 
El método debilitante, (') llámese antijiojístico, ó el fortificante, ó sea tónico, ó el 
contra-estiimdante, ó el revulsivo^ La Terapéutica no rechaza ninguno, y cada 
cual tiene por partidarios sapientísimos autores. 

— Lo que nosotros (jueremos es cpie el enfermo se ponga bueno. 

— Y es cosa nmy natural. 

Figúrese cualquier cristiano amigo de observar contrastes, qué parecería 
un hombre, hablando, como dice Triarte, en un estilo tan enfático, en la saleta 
de un miserable holúo formado de estacas y embarrado; donde todo demostraba 
la miseria y la desidia, y donde alternaban las personas con los perros, y los 
cerdos y las aves domésticas; y cómo sonarían mis técnicas frases en los oídos 
de una pobre gente, de todo punto ignorantes, y acostumbradas no más que á 
cabar la tiei'ra y coger su poca ó mucha cosecha de maíz ó de patatas, ó á dirigir 
una enorme carreta j^or entre cangilones y lodazales. Pero yo había visto que 
esta gente no creía en el saber del médico, si cuando hablaba lo comprendían, 
y así es ((ue hablé para (jue no me comprendiesen, haciendo al mismo tiempo la 



<i^ 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



triste i'cHcxióii dv si seria cicrlo {[uv en la ajena iiiiioraiicia cstril)a y est.i la 
])¡o(lra fuiKlaiiuMital áv una ciencia tan suhlinic como la ([ue profeso. 

Presci'ihí algunos i'cinedios; pero recordando (|ue si no recetal>a perdía 
íaina y dineros, pedí recado de escribir, (pie íik' necesario coitícsc un nuicliaclio 
á escape en el mejor cal)allo, a l)Uscarlo d la ta])enia, distante de allí un cuarto 
de le^'ua. ílé a({ní mi receta, y es la misma (pie usé en todas las ocasiones (pie 
consideré no haber necesidad de medicinas, y jK-rsuadido de que no podía 
resultaren ])er¡uicio del paciente, como ha de verlo ((uien estas a})untaciones lea. 

RpK. — Sacari (dhi umcKoi 

Aqu(V (b'sfifdfd' . .lihnrs (híds. 
Misce et mides ij sj/rup rosaf q. s. ad colorciii. 

Lie. Ti MBAV1V( )S. 

P(')ngola en castellano en obsiMpiio de mis coleii'as (pie iíi'uoran el latin, (pie 
no son llocos. 

Receta. — Azúcar hiaiico. . . .una on7M. 
Agua destilada . . . das ¡djvas. 

Mézclese // (((/réyuese sirape rosado en. caididad suficlerde para que ioiite calor. 

— Esta, dije, es una bebida coloradita y cpie surte siempre los mejores 
efectos: se darán al enfermo tres cucharadas cada dos horas; teniendo especial 
cuidado de (jue no se mueva y de hacerla tibiar antes. 

Mi enfermo se restableció, yo (piedé acreditado. El boticario, viendo (pie 
nueva y poco costosa medicina entraba en el reino de la farmacopea, se hizo 
lenguas de mí, y confieso (pie no poco le (lel)o. To(h)s (piedaron contentos, y 
más (pie todos yo, (pie me pro|)use continuar por una vía tan fácil. 

I)e tal manera, (pie hal)i(hi(h)me llamado despiK's un pobre liomljre para 
(|ue viese á su mujer, (pie á los dos (has habia de estar l)uena y sana sin ayuda 
(le médico ni medi(ána<, i)or no tener mas (pie un simple constipado, tuve con 
('1 el si uniente diálogo. 

— No encuentro en la enferma ningún signo patotpiornómco] pero obser\'ar('' 
los otros. Antes de todo, dígame usted si tiene anore.r/a? 

— Cómo, señor? 

— Quiero decir, si tiene falta de apetito. 

— Xo señor. 

— Y ha comido cola de pescado? 

— Qué pescado del diablo, si nunca lo catamos! 

— Preguntólo, porque habieiuk) comido cola de pescado, juiíhera estar 
atacada de una colitis simple, pero cpiizás sea su emfermedad una fiebre c/ástrica, 
ó para que usted me comprenda mejor, una (jastro dúo denitis: y me lo hace 
creer la circunstancia de que ^■ivimos en clima cálido; si viviésemos en })ais frió, 
(liria que era una (/astro entero colitis, ó séase fiebre mucosa: au([ue debo 
advertir á usted que no todos los autores comenimos en (pie la gástrica y la 
(/astro dúo denifis, la mocosa y la (/astro entero colitis., sean enfermedades 
idénticas. De todos modos, lo (jue á usted le imi)()rta, es (pie sane su mujer. 

— Sí señor. 



20i 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— Pues vamos á examinarla de mievo. 

Héchol(j así, volvíme al j^obre marido, que aún no sabia lo que por él i)asaba; 
y que á pesar de ello, estaba contentísimo por no haberme comprendido, y le dije: 

— No es más que una bronquitis, y ya nos ayudará la ])atolog'ía á echarla 
fuera. Yo he asistido este invierno á diez individuos atacados de eí^íx JfegMcma, 
y lie tenido la fortuna de (|ue sólo nueve se me han muerto. El método que sigo 
en estos casos es infalible. 

Disi)usc un buen sudor de violetas para la noche, que era lo (que había de 
curarla; pero dejé mi receta |)ara que diesen á la enferma dos cucharadas de la 
bebida cada hora, durante el día. 

Una mujer envió por mí, porque habiéndose una niña suya magullado un dedo 
al cerrarse una puerta, le sobrevino un tumor que llegó á tomar un aspecto algo feo. 

— No es nada, señora, la dije; seis casos he tenido de niñas que se han 
machucado el dedo y todos han terminado bien. La cansa de este accidente 
parece proAcnir de que, teniendo una niña })uesta la mano en el marco de una 
puerta, se cierra ésta de golpe y la pilla el dedo. La estación contril)uye á 
hacei'los frecuentes, pues los vientos nortes que reinan tienen las puertas en 
contüiuo movimiento si no están bien atrancadas. 

La lanceta libertó á la niña de a([uclla incomodidad; mas para com])letar 
la curación, receté mi l)el)ida, con la dilérencia de cpie pedí doble dosis, y dispuse 
la diesen toda la ])otella de una vez, seguro de (jue habia de agradarla. 

Seis años pasé en el cam])o; ai cal)0 de los cuales, con el buen nombre (jue 
había adíjuirido, y mas que todo, con algún metáhco, pude volver á establecerme 
en ia ciudad, donde, como lo saben todos, soy uno de los más afamados 
facultativos. ¿Débolo á (jue he continuado el sistenra (pie adopté en el cann)o? 
;ylél)olo á que me hallo en disposición de presentarme con cierto lujo, y sea un 
hecho que un talento mediocre, si puede ostentar, consigue más que el verdadero 
sabio, á quien tienen arrinconado su pobreza y su timidez? — Cuestiones son 
estas que no trato por ahora de aclarar, ni (juiz.is tratan; de aclararlas mmca.'' 

— 1). Jeremías. 

— Amigo editor. 

— No veo inconveniente alguno en (jue pul)li(iuemos estas apuntaciones 
que acabo de leer. Primero, porque es un médico quien habla: segundo, 
porque al fín y al cal)o, la pintura que él hace de sí, está nmy lejos de convenir 
á todos los facultativos del cam])o, y mucho menos á los de la ciudad, siendo 
cierto que alguno conozco yo, nuiy dignos del púl)lico aprecio, que honran su 
profesión, se desvelan por aliviar á la luunanidad doliente cona(|uella cristiana 
caridad que nadie tanto como un médico tiene ocasión de j^racticar, y procuran 
desvanecer los errores del vulgo, en vez de hacer (pie se arraigen más, y 
y tercero, porque los pocos (jue se parezcan al licenciado Tiimbavivos, l)ieii 
merecen una leccioucilla inocente y festiva. 

— Ya he dicho á usted que haga cu ello lo (pie mejor le |)arezca, y (piede 
usted con Dios. 

J. M. DE Cárdenas y Rodricuez. 



202 



s 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL AMANTE RENDIDO. 



Por la orilla floreciente 
(^ue l)aria el rio de Yara, 
Donde dulce, fresca y clara 
Se desliza la corriente; 
Donde l)rilla el sol ardiente 
De nuestra aln'asada zona, 

Y un cielo herinoso corona 
La selva, el monte y el ])rado. 
II )a un guajiro montado 
SoIh'c una yegna trotona. 

J(')ven, gallardo y buen mozo, 
A su rostro esa ocasión 
Daba lánguida expresión 
Su neo'ro y naciente bozo: 
Un enorme calabozo 
Puesto en el cinto lleA'a))a, 

Y mientras que contemplaba 
Los l)ellos ramos de flores, 
Sus mal gozados amores 

El infeliz recordaba. 

.Vmaba á la bella Eliana 
Con entusiasmo y ar<lor, 

Y era esta joven la ílor 
Más preciosa de Yicana: 
También la linda cul)ana 
Lo amaba constante y ñna 
Con esa magia divina. 

Con ese amor dulce y bueno 
(}uv yo descubrí en el seno 
De mi candida Ruftna. 



La su])o el guajiro amar 
De mala idea desnudo 
Pero era ]>obre, y no pudo 
Lle^•arla al i)íe del altar: 
Por eso con gran pesar 
Se alejal)a de su lado, 
Y^ al so])ortar resignado 
Su profundo sentimiento, 
Al compás del blando viento 
Así cantaba auii'ustiado: 

— Hoy que la suerte me arroja 
Del partido en que naciste, 
Y^ el desconsuelo más triste 
Me ajiesadumbra y me enoja: 
Hoy que fatal me acongoja 
El rigor del liado impío. 
Te consagro, dueño mió. 
Mis mas dulces pensamientos, 
Y" se pierden mis acentos 
Entre las ondas del rio. 

Me abrasaron de tus ojos 
Los vivísimos destellos, 
Porque son negros y bellos 
Lo mismo (pie dos corojos: 
Esclavo de tus antojos, 
Te adore con frenesí, 
Y cuando amarte ofrecí 
Con ardor inextinguil)le. 
Fuiste á mi voz más sensible 
Que el triste inoriviví. 



203 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Con tus ])iipilas serenas 
Desvaneces mis agravios, 

Y son más dulces tus labios 
Que la miel de las colmenas: 
Oh! si supieras las jienas 
Que paso ausente (le tí! 

. Sus|)ii'o ¡av triste de mí! 
Sollozo, y lunica me alegro, 

Y es mi destino más negro 
Que las alas del totí. 

M el rústico son del o-üiro, 
Ni el son del ti])le cubano, 
Calman el doloi- tiíano 
De tu iníelice guajií'o: 
Por tí sin cesar suspiro 
A\ emprender mi ])artida, 
Por tí, mi ])renda ((uerida, 
Dulce y bendita ilusií'm, 
Llevo triste el corazón, 
Llevo el alma adolorida. 

Te quiero como al rocío 
El lirio cfue Mayo dora, 

Y te adoro como adora 
El pez las ondas del i-io: 
Yo que he nacido ])ien mió. 
Entre cedros y jocumas. 
Que l)ajo de las yagrumas 
.Vdoré los ojos tuyos, 

Te ({uiero cual los cocuyos 
(i)uieren del monte las ))rumas. 

Pobre, nniy pobre nací, 
Merced á suerte enemijía, 

Y esta desgi-acia me obliga 
A separarme de tí: 

Mas el ser yo pobre así 



No es cosa (pie me atormenta, 
Por(|ue tengo muy en cuenta, 
.Vunque mi suerte es reacia, 
(^)ue ser ])ol>re es gran desgracia, 
Pero no ninguna afrenta. 

Para ^•()l^•er á tu lado, 
Paloma de esta ribera, 
En seca y en i)rimaA'era 
Tral )aja re denoda d o : 
Seré pe(')n de ganado. 
En Guisa seré veguero; 
Para conseguir dinero 
Será el trabajo mi ley, 

Y hasta cortaié yarey 

En (Jauto el Euil^arcadero. 

¡Adiós! El cielo permita 
Que im Inien porvenir te halague 

Y en tu pecho no se ai)ague, 
La llama de amor bendita. 
¡.Vdios! — Mi })echo j^alpita 
Lleno de acerbos enojos, 

De tus dulces labios rojos 
El acento oir no puedo; 
Me ^'oy. . . pero esclavo (piedo 
En la hnnl)re de tus ojos. — 

Así concluy(j el guajiro 
Su tristísima, canción, 
Ahogando en su corazón 
El m;ís amargo suspiro: 
Del agua vio el blando giro. 
Oyó eí i'umor de la ))risa, 
j\lela ncolica sonrisa 
A sus la))ios asomó, 

Y á todo escape touK) 
El camino ])ara Guisa. 



Juan O. Ñapóles Fajaudo. 

lEl Cucalainljé. I 



_!' 



204 



TIPOS Y COSTUMBRES. 




A^ 



Lítndahizc, Dibujó. 



EL ZACATECA 



Fototipia Tundra. 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



¡ZACATFXASÜ 



«Deteneos, Cciballeros, quien quiera que seáis, y 
dadme cuenta de quiénes sois, de dónde venís, á dón- 
de vais, qué es lo qiie en aquellas andas lleváis ...» 

D. QUI.I0TE. 



¡Allí están! — .Vlií están esos simbólicos af>'entes que la gente grave llama 
sirvientes (') libreas, la generalidad zacatecas, y los muchachos ])¡llos. lechuzas 6 
sacatrapos. 

¡¡Los zacatecas!! 

¿<^)u(' importa (jue en la Habana existan Círculos de Recreo con secciones 
de instrucción? ;,(^ue importan sus filones, destinados á actores extranjeros? — 
¿(^ué imi)orta que en ella se curen milagrosamente las más rebeldes eníermedades? 
— ¿De (jué le sirve á la capital de la Reina de las Antillas, que en ella se establezcan 
exhibiciones de pájaros más sabios que los hombres? — ¿De qué le sirve la infinita 
variedad de castañas para uso externo? — ¿Y de qué le sirve, en fin, haber 
adoptado cuanto nuevo, cuanto útil, cuanto admiral^le se ha inventado en el 
mundo? — Pomada de Rodriijuez^ Agua Akdxfsfritm, Bocio de los Alpes^ Bastones 
á lo taco. Abanicos de sube y baja. Pozos Tnstantáneos, Esencia de la imla, 
3Iovimiento continuo .... 

— Yoy á coger resuello. 

Beefstealx á la española, Beefsteak término medio^ Beefsteak Cliateauhriand, 
órganos de corneta, h'oskos con cantina, cigarros del chorrito, a[¡aratos de Artic 
Soda, tragantes inodoros, carameh)s de ])látano, dulce de Puerto Príncij^e. 
dulce de Bainoa. ... 

— Voy á detener el resuello. 

Cloacas pestilentes; Agua de Florida, Agua de Colonia, aretes, sortijas, 
dedales, léanles, cintas de hiladillo, cajas de lata, cinta de ribetear, seda de 
colores. . . . ¡Ah! .... y mam tostado, y tijeras finas, y Otard-Dupuy, y Udolplte 



205 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Wolfj y las danzas iV?' te ocupes, y Yo lo v¡, y Ya usted lo sabe, y en los gallos 
Voy veinte á diez, y La voy ápeso, y en el l)illar Mingo, y hola, y El Cangrejo. . . 

¿De qué le sirve á la Habana todo esto? —¿Para indicar su progreso? — 
¡Imposible! 

La Habann no puede acreditar su adelanto mientras hixy a zacatecas, mientras 
existan esas figuras grotescas que cargan cadá\'eres ó los escoltan al cementerio, 
profimando acto tan })iadoso con sus vestidos ridículos y ademanes groseros, 
mientras los dueños de Agencias funerarias no sean arrastrados por el torrente 
que impulsa á los hombres de fibra, en pos de lo nuevo, en pos de lo desconocido. 
¡Mientras no arrojen á los Uberos tantas casacas viejas, tantos sombreros 
multiformes, tantos zapatos gigantes; con cuyos o])jetos confeccionan sn traje de 
ceremonia los hombres que lo usan, con mengua de nuestra cultura, con mengua 
de nuestro progreso! 

¡Atrás, ridículos fantasmas; atrás, vestiglos empolvados; atrás! 

¡A vosotros, señores empresarios de agencias funerarias, corresponde la 
iniciativa; á vosotros, sí, á vosotros corresponde ordenai- un eclipse total de 
zacatecas! 

¡Que no figuren esos groseros espantajos, cerca ni lejos del luctuoso carro 
(|ue conduce los restos de nn homfire! — Decid á los cargadores: 

— ¡Idos con la música á otra parte! No tenemos ya (*asacas ^'iejas para 
vuestn^s talles, ni sombreros abollados para vuestras cabezas, ni zapatones para 
vuestros pies. Vamos á introducir reformas en el ramo. — ¡Idos, señores! ¡Fuera! 
Lechuzas ó sacatrapos, ó diablos: ¡¡Fuera!! 

Pero dejemos las chanzas, que el asunto es serio, y es })reciso i)robar ([ue 
ese articulo de lujo mortuorio, no es otra cosa que nn objeto de burla general, y 
el esthnulante más activo de la risa en los momentos miis solenmes y tristes de 
nuestra vida. 

Y vaya un ejemplo: 

En la casa de una decente familia ha fallecido uno de sus miembros más 
(|nei'idos y ha llegado la hora del entierro. — El silencio es profundo: la sala en 
que se halla el cadáver, entapizada de negio, está aluml)rada por el triste 
resplandor de gruesos cirios: las personas invitadas para el cortejo fimebre, llegan 
y ocupan los asientos con religioso respeto: los desgarradores lamentos de una 
desgraciada señora (jue ha perdido su esposo, los sollozos de inocentes niños 
que, sin conciencia de su desgracia, lloran porque ven llorar á su madre, oprhnen 
los corazones de todos: v hasta los homljres más endurecidos v cííoistas se 
identifican con los dolientes y enjugan las lágrimas que brotan de sus propios 
ojos .... 

Pero, de rej)ente, se presenta un individuo de rostro colorado cf)mo nn 
tomate, y con una nariz al parecer formada por nn pellizco; con la mitad de la 
cabeza oculta en una cosa que á él le j)arece soml)rero, aunque tiene la figura 
de un cuñete de manteca, y el resto del cuerpo en una casaca tan estrecha que 
le impide l)ajar los brazos; en unos pantalones tan cortos como calzoncillos de 
baño, y los pies con juanetes inclusive, en medias blancas (|ue. dándoles la 



206 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



a¡)ai'¡eiK*ia de jamones en sus forros, van á esconderse, en parte, en las sinuosidades 
de un ])ar de zapatos de algunas toneladas de porte. 

Agregúese á esto la circunstancia de que el sombrero no imi)ide que caigan 
s()))i-e las cejas de su dueño algunos mechones de pelo áspero y espeso, 
humedecidos })or el sudor constante (jue vierte de todos sus poros este hombre 
acostuml)rado á la holgura de las alpargatas, y que sufre espantosas fatigas por 
\'d ferocidad de su calzado; y. . . . ya no es menester otra cosa para reconocer 
al zacateca. 

Y ya no se necesita más i)ara olvidar el cadáver y todos sus accesorios. 

Y los lamentos de la viuda. 

Y los sollozos de los niños. 

La ])resencia del zacateca cambió la decoración, y el drama se convirtió en 
saínete. 

Las lágrimas en burlas. 

Los suspiros en risa. 

¡He aquí vuestra misión, cuervos de los entierros! 

— Otro ejem})lo. 

Mientras que en otra casa una pobre madre llora sin consuelo al inocente 
hijo de sus entrañas, que voló á la mansión de los ángeles, un hermoso coche 
pintado de azul, y tirado por una gallarda pareja de caballos, conduce al 
cementerio el cadáver del niño. 

Lujosos carruajes, ocupados \)oy personas distinguidas, rinden á los padres 
del pequeño difunto el triste tributo de la amistad, acompañándolo al sepulcro . . . 

Pero está lloviendo, y el cochero que guia los caballos del carro funerario 
estalla su fusta para obligarlos á apresurar el paso, y el cortejo fúnebre casi va 
á la carrera. 

Doce homl^res vestidos de azul hacen esfuerzos por seguir al lado de los 
cal)allos del coche que conduce el cadáver. 

¡Son zacatecas! 

Pero no todos pueden correr como las bestias, y en su mayor parte quedan 
rezagados. 

Uno corre más que los caballos y tiene que moderar sus bríos naturales. 

Otro, ahogado por un monstruoso pañuelo entero que le sirve de corbata, 
detiene el paso por temor de una asfixia inminente. 

Más adelante, otro procura correr sólo con el pié derecho, porque es 
empresa imposible sutrír el dolor del juanete del izquierdo. 

Un zacateca grueso y corpulento, navegando en más de cinco brazas de 
agua .... j^ura, y con viento fresco, se sienta en la trasera de un carruaje, 
mirando á todas partes con ojos de ... . poeta. 

Otro se despoja de la casaca para evitar fpie pierda su mérito con la lluvia. 

Otro envuelve su sombrero en un pañuelo nuigriento. 

¡Y" todos llevan, en las manos, gruesos ramilletes de flores! 

¡Y" todos parecen venturosos paraninfos! 

¡Y" todos, en fin, van derramando de sus bocas perlas, y corales, y rubíes. 



207 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



j esmeraldas, y flores más exquisitas (jue las que llevan en sus manos. l)atien(lose 
en retirada con los pillos callejeros. 

¡Oh! zacatecas! zacatecas! 

Por vuestra causa se han mezclado las más escandalosas carcajadas de risa 
burlona, con los desgarradores lamentos que exhala la pobi'e madre <lel niño 
que acompañáis al sepulcro. 

La risa de los que han formado de ^■osotr()S un es])ectáculo grotesco y 
degradante, les impide ocuparse, en los momentos en ([ue conducís un hombre 
muerto, de aquellas ideas que asaltan al pensamiento al abrirse una túmida! 

¡Atrás, íántasmas empolvados, atrás! 

"¿Qué dirán las naciones extranjeras?" 

Nada ganan los hombres, (jue nacieron con otra misión más digna, con 
exlnl)irse á sus semejantes para procurar su risa, recori'iendo en un carretón las 
calles de la Habana, con esponjas en la cabeza y los rostros pintados, gruñendo 
como cochinos, y rebuznando como borricos, ])ara solenmizar la fiesta del Carnaval; 
pero.... es Carnaval y.... pase: ])ase, aun(|ue a([uellas esponjas cubran 
cabellos rubios como el oi"o: pase, auníjue el humo de pez oculte colores 
de rosa: pase, aun(|ue aquella pintura ensucie ])ol)lados bigotes y espesas 
patillas: pase, pase todo. |)or(|ue. . . . en el Carnaval todo pasa: aunque siga al 
carretón una turba de nnichachos gritones, auncjue lluevan i)iedras sobre las 
esponjas, sol)re las patillas, sol)re los bigotes. . . . pase: por(|ue aunque estos 
individuos tienen vocación y <lisposiciones para ello, no son zacatecas! 

No conducen en sus homl)ros, ni en un carro, el cadá^•er de un hombre! 

Todavía es tiempo, señores sacatrapos ó como os llaméis; todavía es tiem- 
po de que recobréis vuestros derechos de hombres, auncpie sigáis cargando 
muertos, por([ue el trabajo no envilece, porque ganar el sustento de cualquier 
modo que se haga, no degrada, con tal de que se conserve la dignidad y el 
decoro. — Id á la presencia de vuestros empresarios, y decidles resueltos: 

— "No queremos ser zacatecas, pero deseamos ganar el sustento. La 
vanidad, ó el deseo de figurar hasta después de muertos, hace que muchos de 
nosotros marchemos, al paso de los caballos, á un lado y otro de los carros 
mortuorios; j)orque la generosidad de los albaceas y herederos de los que fiíeron, 
nos ha convertido en artículos de hijo, y vosotros, señores agentes funerarios, 
nos pagáis ])orque desempeñemos ese oficio, cargando muertos y acompañándolos 
hasta su sej)ulcro. Pero ya que es absolutamente indispensable ({ue los llevemos 
sobre nuestros hombros, porque algunos han de prestar este indispensable 
servicio — . ¡sah adnos del ridículo, señores agentes funerarios! 

"No queremos ^ uestros sombreros, n'i vuestros zapatos. 

"No queremos asemejarnos á las)>estias, cargando los aparejos ((ue vosotros 
llamáis casacas! 

"No queremos sufrir más las Ínulas de los muchachos, que nos llaman á 
gritos lechuzas y sacatrapos^}. 

''¡Buscad, señores empresarios, alguna cosa nueva para nosotros, así como 
la buscáis para vuestros coches, para vuestros caballos, para vuestros túnmlos y 



208 



t 



) 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



sarcófagos; y de esa iiianeía no llainaróinos la atciición del po])ulaclio con la 
basura ((ue llevamos á cuestas! 

"No queremos galones ui vestirnos de corto con za])atos de corte bajo; ni 
guantes de Jouvin, ni chalecos á lo Rol)espieri-e .... ni jabones de almendnis, 
ni aceites y pomadas de la Sociedad Higiénica de París, ni perfumar nuestros 
])aruielos con Agua de Florida; no (jueremos sjforfiaons ni marquetis, ni largas 
levitas, ni cortos saquitos. . . . ]x^ro sí deseamos una ro})a decente y modesta, á 
proposito del ofício ((ue desempeñamos, para (jue no traiga sobre nosotros las 
burlas del pueblo!!'' 

— ¡Hacedlo así, zacatecas, hacedlo así! 

Hac(Mllo, antes de (|ue vuestros empresai-ios os manden con la música á 
otra ])artc! 

.Vdelantaos, lechazas/ 

^Vvanzad, sacatrapos! 

Haceos superiores á vosotros mismos: y ya (jue el anatema universal os 
designa como aves de mal agüero, soltad las ichunas con que cubren vuestros 
cuer))os las agencias funerarias, obligándolas á compraros otras cosas mejores! 

¡Prol)ad á aquellos ({ue os contemplan riendo^ que vosotros taml)ien sois 
ca])aces, vestidos de otro modo, de marchar con decoro al lado de un cadáver! 

¡Probad (|uc también })odeis llevar vuestro grano de arena para aumentar 
los materiales con c[ue se construye en el Siglo XIX, el grandioso obelisco 
del ])rogreso! 

Y no creáis, caballeros, (pie i)reteudo i)erfecciona]'os, })ara la época en que 
pudiera necesitar vuestros servicios, porque siempre he preferido andar sólo que 
mal acom|)añado, y si fuera posible que después de muerto, pudiera pronunciar 
algún discurso, pediría que sin escolta y bajo mi palabra me permitieran marchar 
sólo al luii'ar de mi destino, como á los militares constituidos en arresto. 

¡Creed, zacatecas ó sacatrapos, que en medio del estruendo de los órganos, 
en medio del ruido atronador de los (juay os y l(>s timbales que los acompañan, 
llegai'áu a vuestros oidos, si cambiáis de sistema, el entusiasta ruido de los 
esp(nit;meos aplausos de nuestra población agradecida. 

Juan FrxVNcisco Yalekio. 



209 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



DON CHANO Y PETRONILA. 



Flaco sel'^■icio fué })()r cierto el que me hizo, á principios de este mes, im 
iintijiuo conocido mió, recomendándome, desde la población en que reside, á nn 
par de indi\íduos, marido y nnijer, (pie pasaban á la Hal)ana á ventilar no sé 
qué asunto, y al mismo tiempo á solazarse una corta temporada con las 
novedades que brinda la poi)ulai' capital. 

Instintivamente conocí, apenas hube leido la carta de recomendación, que 
se me ^'enía encima un nublado; pero armándome de valor, hice que mi nnijer 
preparara en casa lo necesario para i'ecil)ir á los huéspedes, que según anunciara 
la carta aludida, del)ian llegar a ésta, en uno de los dias de la semana, sin decir 
cuál, y me resigné de antemano con mi mala ventura, ó sea con la pejiguera 
que me proporcional )a mi dichoso amigo. 

Cuatro dias desi)ués, era un sábado, á eso de las dos de la tarde, un coche 
se detuvo á la puerta de mi domicilio, 3^ al mismo tiempo oí una voz, así como 
de boyero, que grital)a: 

— ¡Eh, amigo, no jarree más y hófese al suelo á prieg untar si por aquí vive 
(4 am¿(/o de mi coinpáe! 

— ¡Mire usted qué señas trae este tio panarra! saltó el cochero, poniendo 
una cara feroz y sin moverse del pescante. 

Al presentarme yo en la ])uerta, oí que la mujer decía á su compañero: 

— Asina no acal)amos en todo el dia con este (jelengue; abájese usted de 
la rolanta, don Chano^ para que sepamos prontico lo (pie l)uscamos. 

— .Vquí es, señora, me apresuré yo á decir; apéese usted, señor .... 

— ¡Athos, de señorío está la cosa! exclamó en su tono de voz natural la 
individua aquella. 

— Vamos, desatraca del rritin ese cuerpazo de fraciatona. Pretonila, ([ue 



211 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



ya tengo inadiiras las costillas de tanto aptñuscumiento dijo don Cliano, dando 
resoplidos. 

Petronila trató de segnir el consejo de sn marido; pero siéndole ini[)osible 
bajar del coche por medio del estribo; salt(') del carruaje de un modo tan brusco. 
que cayó sentada junto á la acera, lastimándose ima lodilla, á consecuencia de 
lo cual prorumpió en mil exclamaciones. 

— ¡(i^ue í/uacaniaca eres, Preionila! gritó don Chano; ya te has hecho mi 
j uraco en el pellejo por no saber brincar mira, así se hace. . . . 

Y esto diciendo don Oliano, quiso saltar del coche; pero no menos torpe 
que su mujer, cayó de bruces y se aplastó las narices contra el suelo. 

— /3Iard¿ta sea mi suerte! gritó don Chano'^ ¡ya me he rompió las ñatas.. .! 

Tales fueron los auspicios bajo los cuales entró en mi casa este par de (jibaros. 

(Jomo debe ser breve el relato que me propongo hacer de las })eripecias 
ocurridas á mis dos huéspedes en el tiempo que permanecieron en la Habana, 
diré, que apenas repuesta Petronila del susto (|ue llevó al caer del coche, se 
despojó de las medias, aduciendo como razón concluyente, (|ue ella no se las 
ponia en Guatao sino cuando habia i)rocesion. 

A renglón seguido, pidióle á mi nuijer iiit taburete de cuero, para sacarlo 
á la calle y recostarse contra la pared, á ^'er la gente que [)asara. 

— Hija, aquí no usamos semejantes sillas, le contestó mi esposa; ahí tiene 
usted esa de rejilla donde sentarse; pero sin sacar ninguna fuera, porcjue aipií 
tampoco se acostumbra que las señoras se sienten en la calle, como se hace en 
el cami)o. 

— ¡A'ámos, doña! ¿Taburete de aJifujero yo? ¡ni que lo piense! Esa es comia 
fina pá ganso] eso ginca la rabadilla y hace unas jesperas de los demongos .... 

Acertó á pasar á la sazón ante la casa un chino, Acndiendo helados, y ({ue 
pregonaba así: 

— / Geláo, manfecáo^ pifia . . . .! 

— ;,Qué es eso? preguntó don Chano, riéndose; ¿qué dice, (pie e^ií\. jalao? 

— ¿Y qué vende el chino langaruto? interrogó á su vez VeiromVA: ¿rnanteca 
de puercol ¿si tendrá la lombris esa que llaman tr indi i na? 

— No, señora, le repliqué yo; lo que pregona es un refresco (]ue se llama 
mantecado. 

— ¡Ah, l)ueno, pues méripuerne un })oco de refresco de manteca. . . . 

Se llamó al chino y se le compró el helado. 

Apenas Petronila tomó la primera cucharada, hizo una nmeca horrible, 
exclamando: 

— ¡Qué caliente' eiáéi el mantecón éste! ¡Está gerbiendo y gecha junio el 
condenáo! 

Y Petronila se puso á soplar la copa. 

^o sé en qué paró aquella peregrina escena, porque don Chano me daba 
nmcha prisa i)ara que yo lo llevara á ima barbería á tusctrse, y á 'mocharse las 
mechas, como él decía, añadiendo (|ue no le era posible aguantarlas con el calol 
de la suidad. 



212 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Tuve, nial de mi í^rado, (jiie salir con don Chano en dirección ;i la peluquería 
más in'oxima; ])er() como ])asásemos ante una bodega, me asió por un brazo, 
pretendiendo el muy l)ellaco cjue entráramos en la taberna á tomar un vasito 
del Ji((jo qnr produce h a(il((, para refrescarnos el gaznate y celel)rar la 
recienvenia al puel)lo de la Jctba,. . . . no, de la jedHina. como dijo él 
coiTÍgiéndose 

Ya pueden ustedes suponer los esfuerzos (|ue tendría yo que emplear para 
convencer á mi hombre de (jue aquello me era imposible. Díjele, pues, que si 
deseaba tomar algo, yo lelle\aríaá un café, donde estaríamos en nuestro terreno. 

— Xo. paisa)io, me replico el campesino; ¡si yo estoy jarfo de liebei' café; 
como (|ue noja/fo otra cosa desde (pie salí del sitio esta madriKjá! (/aña es lo 
({ue necesito ahora, aguai'diente de caña ó coñaqne^ que es hehia también 
estomanijai. 

Hícele la explicación necesaria, y una vez convencido de ([ue no lo engañaba, 
l)enetramos en La Perla, donde don Chano, que era un consumado mascavidrio, 
tomó una fiirca furibunda, pues habiéndole traído una botella de cognac, la 
empinó, vaciando casi el completo de su contenido, 

valimos de allí, al fin, para la pehupiería, teniendo yo que sostener por la 
calle á don Chano, ([ue iba dando fnirtbos y tropezando con los transeúntes. 

Todo a(|uello, sin embargo, eran tortas y pan |)intado en conn)araci<')n del 
mal rato ([ue me hizo pasar don Clamo, tan luego como estuvimos en el 
establecimiento. 

Su iM'imer acto de salvajismo fué quitarse el saco de dril cazador y la 
corbata colorada; abrirse hasta el estómago la camisa de rayas verdes y soltar 
los zapatones de baqueta, apoyando con íí'uición ambos júés desnudos en las 
losas de mármol, porijue, según advirtió, le dolían mucho A>.s yWmcfes á causa de 
los trompezones en los jadoquines y necesitaba coger fresco por los carcañales 
mientras lo raspaban. 

El peluípiero dio princi})io a la o|)eracion: mas como estaba ahogado en 
risa, viendo cuanto hacía su estrambótico parroquiano, desempeñaba con muy 
poca destreza su tarea, y en uno de sus accesos de hilaridad, en vez de cortar 
un mechón de pelo á don Chano, le a})licó un tijeretazo en una oreja, que hizo 
dar al sitiero un salto tremendo desde la silla hasta el extremo opuesto, y lanzar 
al propio tiempo una interjección mayúscula, exclamando en seguida, vuelto 
hacia mí: 

— ¡Ya usted lo vé, paisano! Si yo hubiera traído mi machete, ahora abría 
á este sinvergüenza en canal, por hal)erme (juerido tumbar una guataca, con lo 
({ue me hubiera cjuedado sordo, lo rnesmito que la agüela de Pretonila. 

El pehujuero, no obstante, se reía á más no poder, pues el caso no era para 
menos, contemplando á don Chano en medio del salón, sin zapatos, casi sin 
camisa, rojo de cólera y palpándose la lastimada oreja. 

La gente se agolpal)a á las puertas al escuchar las imprecaciones de don 
Chano, y }'0 no sabía lo que me })asaba en tan inesperado caso. 

El dueño de la peluquería acudi<') apresuradamente desde el interior; inter[)uso 



213 



Y 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



SUS buenos oficios; curó á don Cliww, lo mejor ({ue supo, con tafetán inglés; 
despidió á los curiosos, y i)or último, otro peluquero llevó á feliz término la 
operación de cortar las greñas á don Chano, quien consinti(') en ello, á con(lición 
de que le dejasen sujetarse ambas orejas mií'ntras lo pelaban, por rnieo, dijo él, 
de otro mochazo como el de endenantes. 

( 'Uando, en unión de don Chano^ llegué á lui casa, una escena, no menos 
alarmante (jue la enarrada, había tenido efecto. 

Tani])ien Petronila había sufrido una catástrofe. Sentada en un mecedor, 
tan violentos impulsos hubo de imprimirle, que cayendo de espaldas con el sdlón, 
hízose una herida en la cabeza, al chocar ésta contra la máquina de coser. 

Según se supo después por ella misma, se había mareao ron los jamaqmones, 
igualito como le sucedía cuando se embarcaba en la canoa. 

( Vilculen ustedes lo ([ue halaría en mi casa, con tamaño acontecimiento. 
Tuno (|ue venir el médico; tuvo que intervenir la ])olicía, i)or(|ue el alboroto fué 
espantoso, y yo me hallé á punto de pegarme un tiro, con tantas sor})resas y 
disgustos, sobrevenidos en el es])acio de tan pocas horas. 

Afortunadamente, Petronila sanó pronto de su herida, por lo que de allí á 
cuatro dias, ella y don Chano se alejaron de la Hal)ana, echando pestes contra 
un pueblo, en el que, como me dijeron, parecía (jue hal)ía cosa mala: pues 
acahadítos de llegar, ella se había caído para atrás, ronq)iéndose la cayuca, y á 
él, medio le hablan tasajeado una (y/wy/ac^; sintiendo únicamente no haber tenido 
allí su machete para vengarse del peluquero. 

Por lo que á mí hace, escribí al antiguo conocido, poniéndolo como nue\ o 
])or haber enviado á mi casa á un don Chano y a wia Petronila semejantes. 

Francisco de Paula (Ielabert. 



214 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



MI HAMACA. 



A r>. AGMJSTI^ MA.RISOAL 



De mía vai>i'uiiiii eiicunihmda 

Y un coi'piileuto mainoy, 
Con dos jicos de yarey 
Teníi'o mi liamaca colüiida: 
Kn olla el alma cansada 
Go/a de dulce recreo, 

Y cuando del cielo veo 
Los deslumbrantes colores, 
Me divierten los rumores 
De los montes que poseo. 

Cuando de cantar me antojo, 
Lo hago meciéndome en ella, 

Y su enjicadura l)ella 
í]s de pita de corojo. 

En ella me hago un manojo 
(\iando mi calor se aplaca; 
Me emI.)eleso en la oajaca 
(^ue en el dagame halla abrigo, 
Y" entusiasmado bendigo 
Los vai^'enes de mi hamaca. 

jMecerme en ella es mi gloria, 
^li dicha es tenderme en ella, 

Y de nuestra patria bella 
Recordaí- la triste historia. 
^Vllí traigo á la memoria. 
Sin mal que me mortifí((ue, 
La dulzura del l)ehi(|ue. 

La humanidad del semí. 
Las penas del nal)orí 

Y las gloi'ias del caciipie. 



El ronco rumor del trueno 
Retumba en la inmensidad, 
Y" ruje la tempestad 
De las nubes en el seno. 
Mas l)rilla el cielo sereno. 
Alegre el sinsonte trina, 
Y" en mi hamaca peregrina 
Gozo de dulce contento; 
Y^ me duermo al son del viento, 
Y^ sueño con mi Rufina. 

¡Oh! mi hamaca es un tesoro. 
Es una prenda preciosa, 
lYia joya primorosa 
()ue vo bendigo v adoro; 
Sin ella, suspiro y lloro 
Y"^ se desconsuela mi alma; 
No encuentro placer ni calma 
Del monte entre los verdores, 
ívi me inspiran los rumores 
Que el viento forma en la palma. 

En las noches del estío, 
Hermosas, claras y bellas, 
Al l)rillar de las estrellas 
Meciéndome gozo y rio. 
Dentro de ella desafío 
El calor de la estación. 
Mi ardoroso corazón 
Con sus ^'aivenes se inspira, 
Y"^ ufano pulso mi lira 
Y^ entono aleii're caución. 



215 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



Con eficacia y vigor 
Traliaja niiiclio el montuno, 
Con un sol como ninguno 
Ardiente y abiasador: 
Vierte copioso sudor 
Tolerando su destino; 
Mas el viento vespertino 
Del sol el ardor a})laca 

Y halla el guajiro en su hamaca 
El descauso peregrhio. 

Canta el labrador contento, 
Aunque el cansancio lo rinda, 
Porqne la hamaca le brinda 
Cómoda cama y asiento: 
Su pausado movimiento 
Infunde al jiecho alegría, 
Por eso yo amo la mia 
En el monte y en el yermo, 

Y de noche en ella dnermo 

Y en ella canto de dia. 

Ama la hermosa guajira 
El agua de la corriente. 
Do calma su sed ardiente 

Y retratada se mira: 
J)e la flor de la jejira 



Ama los bellos colores, 

Pero ama más que á las flores 

Y (juiere más (|ue á sn vida. 
La hamaca en que adormecida 
Sueña sus dulces amores. 

En oti'O tiempo á la hamaca 
La idolatraban ufanos. 
Los indios camagiieyanos, 

Y los indios de Macaca. 
Por eso yo, cuando opaca 
Brilla la luna en el cielo. 
Cuando la noche su velo 
Extiende triste y luctuoso, 
En mi hamaca soy dichoso 

Y en ella encuentro consuelo. 

Bendígate Dios mil veces, 
Dulce hamaca que poseo. 
Tú que formas mi recreo 

Y mis penas desvaneces. 
Bendita tú, que le ofreces 
Reposo á mi alma abatida; 
Tú eres mi joya (juerida, 
Mi más i)reciado tesoro, 
Rústica [)ienda que adoro 

Y descanso de mi vida. 

Jl'an C. Ñapóles Fajardo. 

(El Cuealambé. ) 



216 



TIPOS Y COSTUMBRES 




L 



EL VIVIDOR 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



EL VIVIDOR (GUAGÜERO. 



Mucho abundan las malas iuclinaciones en esc inmenso al par que diminuto 
congreso de vastagos aún tiernos, á quienes calificaré de niños, porque sólo tienen 
de uno á siete años de edad. Háilos predispuestos á alzar las manecitas contra 
el individuo que se les aproxima, y á esto llamo yo desarrollo de los órganos 
de combatividad y destrudividad; háilos tales, que para reducirlos á cpie no 
hagan lo que hacer no deben, es preciso obsequiailes con un trozo de cualquier 
comestible, y á éstos, sin acordarme de la frenología, les llamo yo glotones, y si 
l)refieren lo mejor, gastrónomos; háilos que gustan de pedir en todas partes, 
valiéndose de halagos y gracias, que maguer iníántes, saben que son de efecto, 
y á éstos pláceme llamarlos guagüeros. 

Estas y otras pasiones innatas de la humanidad han sido siempre las mismas, 
y sólo una recta educación ha logrado ahogarlas en el naciente corazón en que 
brotaran; pero la recta educación es árbol cuyas raices no quieren regar la mayor 
parte de los nacidos, y de aquí la pahdez de sus hojas, y de aquí tanta rama 
parásita como pone yermos los ricos jardines de la sociedad, ocupando el lugar 
de las útiles plantas de cultivo, ó bien nutriéndose del jugo de las pocas que 
afortunadamente se consi<>"uen. 

Si la Frenología no miente, esa cuestión de las pasiones es cuestión de 
bulto, y aún de bultos que determinan la inclinación de la persona; pero como 
no abunda la modificadora educación, no sería ocioso que este siglo de las 
máquinas nos ofreciese una con que aplanar el bulto maligno y dejar luego á 
todo el operado mundo en. completo olor de santidad. 

Pero en tanto abulten los bultos; en tanto no lleguen á ser las cabezas 
superficies planas, séame permitido sacar al proscenio de Cuba uno de sus más 
ostentosos bultos, en la persona del elegante D. Críspulo Intruso, caballero sin 
oficio, aunque muy oficioso y de bastante beneficio. 



217 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Don Críspulo es li()ml)re de mediana estatura, más grueso que no grueso, 
de nariz roma, pero largo olfato; grandes y salientes f)jos que amenazan divorciarse 
de la órbita, boca grande que enseña invariablemente unos dientes, que á no ser 
por el lugar á que se arraigan, los tomaría cualquiera y yo también por unos 
colmillos. No usa bigote, y sí una jiatilla en figura de jamón, que imprime en 
su rostro cierto aire joco-serio; su cabello es corto; su cintura (que dudo si la 
tiene) es flexible, y su marcha un continuo encadenamiento de reverencias. 

Se sienta, para tocar la guitarra, ajíoyando la ];)arte inferi(^r de una pierna 
sobre el muslo de la otra, y de su nmy abierta boca llueven tonadas picantes, en 
cubano y en congo, más que llovían mogicones sobre el caballero déla Mancha, 
cuando el cabrero con él se entretenía; ó bien remeda á perros, gatos y cabrones; 
ó nos dá un fiel traslado de la riña entre una vieja y un gangoso; ó cuenta, 
previa imitación expresiva, el lance ocurrido entre dos tartamudos, que mutuamente 
se creían burlados, y acababan por acariciarse á pescozones. Al llegar en su 
narrativa al momento de más acción, se levanta y dá de pescozones á una silla 
ó de empellones á un tolerante amigo de su satisfacción, con lo cual el interés 
mímico se aumenta y D. Críspulo se oye celebrar entre las risas de sus adeptos. 

En los juegos de pi'endas le destinan siempre aquellas sentencias de más 
risible cumplimiento, y es de \qv á don Intruso saltando en un sólo pié, como 
de intento resígala, y dá c(^n su humanidad en tierra, cayendo en la posición más 
ridicula, suceso que (y es flaqueza universal) hace desternillar de risa á los 
circunstantes. 

He dicho que D. CVíspulo no tenía oficio, y que era oficioso; esta última 
circunstancia es su piedra filosofal, es el filón de su mina, es su hoy con 
doblones .... en cuanto á su mañana^ mucho será que deje con que le digan 
misas; porque le sucede lo que al sacristán del proverbio, que sus dineros se 
vienen cantando y presto se van del mismo modo. 

Han sonado las ocho de la mañana en ese reloj de la catedral que á todos 
pertenece y que nadie puede adjudicarse. D. Críspulo acaba de despedirse de 
Morfeo, arregla su muestra, fiuna, se viste aseándose antes y . . . . ¿Y creeréis 
que de la suntuosa casa en que mora, saldrá para su aposento un criado con una 
taza de café destinada á D. Críspulo? Todo menos que eso. A imitación del 
gran Conde cuando arrojó el bastón á la sitiada plaza para reanimar á sus ti'opas, 
D. Críspulo dice resueltamente: Vamos á buscarlo. Y sale, marcha, dobla y 
llega á casa del Ldo. Risueño, quien, vuelto de espaldas hacia la puerta, y 
arrellanado en un sillón saborea mentalmente el queso de Chester que lee 
anunciado en un periódico. Como la puerta no está cerrada, D. Intruso entra 
en puntillas hasta acercarse al mueble sostenedor del Licenciado, pónele á éste 
las manos en los ojos, y desfigurando la voz y haciendo de tartamudo, le dice 
por ejemplo: 

— ¿ Q ui-qui-qui-quién-so-so-so-soy ? 

El Licenciado rompe en una estrepitosa carcajada y . • . . ya ganó D. Críspulo 
el café, la lectura del diario y hasta el almuerzo. 

Durante éste, ya sabe D. Intruso cuál es su obligación; así es que cuando 



218 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



mas atareado se halla el Licenciado Risueño en buscar todavía masa en el 
descarnado hueso de una costilla empapelada^ presenta aquel su copa, la cual 
pone casi bajo la barba del señor de la mesa, y este, sospechando lo (jue va á 
suceder, sonrie y í^e la llena de Saint-Julien hasta los bordes. Entonces don 
Críspulo dice con estentórea voz: 

— ¡Bomba! 

— ¡Bomba! repiten todos. 

Y sin encomendarse á Dios ni al dial;)lo, ni buscar vara de medir, se desborda 
mi héroe como sigue: 

El comer es muy natural 
y es cosa también sencilla; 
pero a mí me maravilla, 
que después de un comer tal 
aún quieras sacar carne á esa costilla!! 

El Licenciado derrama su copa de vino, de resultas del acceso de risa que 
le produce la ocurrencia. 

Todos rien del mismo modo. El improvisador continúa maierial izando 
entonces, y acordándose de sí propio: 

El desconsuelo de no haber cocido 
masa ninguna en tan feroz campaña, 
se cura, es muy sabido, 
con una botellita de champaña. 

Pocos momentos después, improvisalm don Críspulo á la blanca espmina 
que tenia delante de sus ojos (y al alcance de su mano). 

Terminado el almuerzo, el Licenciado Risueño, que ya tiene alegría para 
más de tres horas, desea renovarla, espirando ese tiempo, y en suplicante voz 
convida á don Críspulo á hacer penitencia, con él al mediodía (por la tarde, 
calculo yo). 

Pero mi héroe ha hecho un profundo estudio del corazón humano, y sabe 
que en su carrera, hacerse desear es la primera base, de modo que se niega 
rotundamente á aceptar la invitación, á pretexto de tener que ir á la quinta S"., 
de cuyo marqués habitador ha recibido un dia antes las más fundadas quejas 
por su ingratitud. 

No miente don Críspulo en lo de ir á sentarse á la mesa de un marqués, 
aunc^ue sí en lo de las quejas de éste; pero es el hecho, que vá y que se le 
recibe con agrado. 

A las doce, abandona don C-ríspulo al Licenciado Risueño. Es la hora de 
refrescar, y todo un señor don Críspulo no ha de pasarlo con la garganta seca, 
ni sin engullir tres ó cuatro pastelillos de crema. Antes, cuando en la Dominica 
reinaba cierta loable y atraedora franqueza, don Críspulo tomaba allí los dulces 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



sin tener que a_i»,radecérselos á nadie, y luego ¡tiene él tantos aniioos! no faltaba 
en las mesas quien le pagara el bul, ó la cerveza sola, ó el coñac, ó el bmndi, 
que á todo hacía y hace el veterano jjaladar de don Intruso. Ahora (|ue ya se 
encieri'an los dulces en dicho estal)leciniicnto, no deja don Críspulo de comerlos, 
nada de eso; él variará de medios, pero desistii' del ñu ¡locura! ¿De qué sirven 
la imaginación y los amigos? Además; él no ha a|)rendido todo lo que sabe 
para sufrir privaciones;' él tiene su moneda peculiar, más ó menos corriente; él 
tiene vinculada la risa y la reparte en cambio de efectos. 

Cuando se tomó la nueva determinación en la Dominica, pensó don Críspulo 
en utilizar los servicios de un amigo localista |)ara satirizar el hecho ; ])ero no 
tardó nmcho .en variar de idea. ¿Qué me inijiorta? se decía: vale más reservar 
la pluma de mi amigo para cuando muera el conde Z.; pues, no obstante mis 
versos necrológicos, no vendrá mal un elogio que enseñaré á la familia del finado 
como debido a mi influjo. 

A las dos, minutos más, mimitos menos, sube don Críspulo las escaleras del 
marqués, sombrero en mano si siente que alguno baja, sombrero en cabeza 
cuando no hay esos temores, y arreglándose la patilla y llamando al centro el 
lazo de la corbata, si sus muchas contorsiones lo han desorientado, como es fácil. 
Al entrar ¡qué saludos á la alta familia! ¡qué retorcerse dentro de su chaleco! y 
sobre todo ¡({ué palabras! 

— ¡Querido señor marqués! Y. E. ha de disimular si soy importuno; pero 
éste, éste, señor marqués, (señalando al corazón) éste me arrastra á dar más de 

cuatro pasos.... ¡Qué (juiere Y. E.! ¡Las afecciones! ¿Mi señora la 

marquesa se halla buena de aquella lijera hinchazón? (Era gota.) El señor 
marquesito (un niño de dos años) siempre tan caballeroso: ¡digno hijo de sus 
padres! 

Y á este tenor cuanto dice en aquellos primeros momentos. 

Después, y como sabe que ha ido allí para hacer reír, se coloca en su 
terreno; saca fuerzas de flaqueza; manda á sus labios que se abran y á sus dientes 
que se muestren; excita sus nervios; evoca su memoria, y cuando menos lo 
esperan, se oye un fuerte maullido y se vé á mi héroe hacer como que espanta 
un gato que supone hallarse debajo del sofá. 

Los dos ])rimeros mawllidos (nmy bien remedados) se reciben con gravedad; 
el tercero, más fuerte, hace desplegar los labios; el cuarto llama á la risa, el 
quinto y el sexto, muy alborotosos, á las carcajadas. 

A este punto hace una transición don Críspulo, que por lo repentina, lleva 
en sí el mayor efecto, y se pone á hablar como los negros de xVfrica, ó bien á 
imitar la disparatada fraseología de un inglés que no sabe y quiere imitar el 
idioma castellano. 

Así pasan las horas, hasta (pie llega la de sentarse á la mesa. Don Críspulo 
tiene buen cuidado de sentarse en fi'cnte del marqués, })ara que éste no pierda 
uno sólo de sus gestos. Durante el servicio y trasiego á los estómagos de la 
sopa, la olla y todos los princi])ios y aperitivos, don Críspulo es puramente 
mímico; la palabra cede entonces el puesto á la acción, y mi héroe, que no es 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



mal prestidigitador, se traga la sei'\'¡lleta, hace desaparecer el cuchillo y otras 
curiosidades á ese tenor. 

Pero las hál)iles y prontas manos de los sir\ lentes han cargado con toda 
aquella batería de suculentos manjares, y sustituídolos con otra de dulces de todas 
clases, no omitiendo los vinos generosos y la Champagne en lugar de 
Chateau-Laflitte, Chateau-Margau, Priorato, etc. ¿Que hace esa picara musa 
cpie no se dá á conocer en situación tan crítica? Nada, sino recapacitar, ó tal 
vez, recordar lo que, maguer malo, se conserva en la memoria. Por fin, empuña 
la copa don Intruso, da el imprescindible alerta, por medio de la palabra ¡bomba! 
y dice: 

— Al caballero Anfitrión, a (juien tantos favores le merezco: 

Tu cuna á los cielos sube 
y ha de ser sostenida un dia 
por ese rubio querube, 
que para decir que es grande, 
hijo es, diré, de sus padres. 

Aquí la aprobación general, y acaso de buena fé, es decir, en la creencia 
de que lo que se ha oido es un bello trozo poético. 

El don Intruso, después de otras improvisaciones, vé que todos hacen 
ánimo de dejar los manteles, y levantándose el primero, copa llena en mano, 
pronuncia, dn'igicndose al marqués: 

Siguiendo el constante uso 
de tan noble corazón; 
¿no habrá sirpiiera un doblón 
para don Crísi)ulo Intruso? 

Y produce efecto la cuarteta, y don Crís|)ulo no sale de casa del marqués 
sin él ó más del doblón. 

Por la noche, si hay un baile, un concierto con ambigú y entrada gratuita 
en alguna parte, á esa parte irá á gozar don Críspulo Intruso y aleonará su 
escote en moneda labial, nasal y gutural .... Las letras alfiíbéticas son para 
don (Víspulo letras de cambio. 

Cuando la función es de teatro, ¿podrá no asistir don Críspulo, y lo que 
vale más aún, podrá costarle eso un óbolo? — Mil veces no, y la razón es 
categói'ica. Entre sastres no se pagan hechuras. Don Intruso vá sin pena de su 
l)olsa á la ó|)era italiana ó rusa; })ero ¿no toca él la guitarra, y no canta, y. . . .? 
Luego don Intruso es un artista. La comedia es para él una diversión de regalo: 
¿por qué nó? nadie es más cómico que don Intruso. 

En punto á tibios solaces de amor platónico, don Críspulo es una verdadera 
inilidad. Las huríes de quince mayos, las sílfides de diez y seis, las ondinas de 
veinte no dicen nada á su corazón .... Sin duda el amor á las artes impide en 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



él todo otro amor; ó acaso el tiempo, que es oi'o, no le deja lugar para atender 
al Dios ciego y consagrarse á la vez á sus afanes de vividor. 

Cuando se dan los aouinaldos v se abren los otros aí>uinaldos de morado 
cáliz, época del año en la que los que hacerlo pueden, se trasladan á nuestros 
feraces campos, entonces mi héroe vá también á ellos por ferro-carril, conducido 
entre las maletas del hacendado. Durante el viaje: ¡haz reir! le grita su 
conciencia, y él la obedece, porque además, se lo grita la conveniencia. 

Hagámosle entrar en el cafetal Verdoso, donde ha de pasar los dias de la 
Pascua. Es de noche; llueve á más y mejor; los amigos del propietario y don 
Críspulo sostienen una conversación adecuada á la borrascosa noche; hablan de 
escenas de bandidos. 

— ¡Oh! dice don Crísj^ulo, de mí puedo asegurar que ignoro si es buen 
mozo ó feo el caballero don Miedo. 

— ¿Será posible? le interpela sonriendo y guiñando (los ojos por supuesto) 
uno de los circunstantes; repare Yd. que pueden salirle cuatro de esos 
foragidos y 

— ¡Ba! ¡ba! ¿y qué son cuatro hombres?. . . . cuatro hombres no son más 
que cuatro bípedos. 

— Es decir que Vd 

— Es decir que yo no temblaría delante de los cuatro. 

El joven que sostuviera ese breve diálogo con don Intruso se dirige á su 
adlátere y le habla al oido. 

— ¡Bravo! muy bien! piensa el otro riendo. 

— Pero es necesario hacerlo con el mayor sigilo. 

— Desde luego. 

— De no ser así, quedaríamos burlados y él triunfante. 

Y pasa aquella noche, y todo el siguiente dia, y . . . . pero ¡ chitón ! no 
precipitemos los acontecimientos. 

Cuatro mañanas después, mientras c[ue don Críspulo había ido á una 
cacería con parte délos concurrentes, el dueño del cafetal, los dos interlocutores 
misteriosos, el mayoral y tres guagíros que no trabajaban ni habitaban en la 
finca, hallábanse reunidos en el batey. 

— La recompensa, decía el dueño, será arreglada al servicio. 

— Descuide Yd., respondía el mayoral, que yo conozco á 7m' gente y sé 
cómo hacen las cosas cuando están cmnprometios. 

— Lo primero ha de ser echar mano á las riendas, y luego, ya saben Yds. 

— Sí, señor, ya tóos sabemos. 

— Pues bien, ahora, silencio, y hasta la noche. 

— Jasta la noche. 

En aquella misma noche había un baile en el inmediato pueblo,, y como es 
de esperarse, no faltarían á él nuestros personajes. Los más, partieron á caballo, 
y en el quitrín tomaron asiento el dueño y don Críspulo, siguiéndoles en una 
volante los dos amigos iniciados en cierto secreto que muy pronto dejará de 
serlo. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



¡Oh! y ciiáii alegres iban y cuan ajeno don Intmso de (^ne allí, en el extremo 
de la (juardaraya, los cabalgantes (|ue distinguía galopando hacia él, eran. . . . 

Á los ocho minutos, ya se hallaban al lado de la pareja del quitrín, la que 
hizo parar uno de ellos; mientras (pie los tres restantes avanzaron, pistola en 
mano, hacia el estribo, é intimaron directamente á don Críspulo la orden de bajar 
ó sujetarse á perder la vida. 

El dueño del cafetal enseñó una pistola en actitud de defensa, y uno de los 
amigos que detrás seguían en la volante, disparó otra, á lo cual respondieron los 
foragidos con dos detonaciones. 

"Entretanto ¿que hacía don Críspulo? ¿qué hacía el valiente delante de 

cuatro desprecialiles l)ípedos? ¡Infeliz! Nada podía hacer, porque una 

fuerte convulsión le había privado de conocimiento. 

Lleváronle á la casa de vivienda, donde á fuerza de es})íritus lograron 
despertarle á la vida, y cuando le vieron fuerte, contáronle minuciosamente los 
pormenores del chasco. 

Esta vez el pol)re don Críspulo no fué dueño de contenerse en los límites 
del respeto, y con la más impotente de las iras, provocó á duelo á cuantos habían 
tomado parte en el asunto, sin exclusión del dueño de la finca. Todos formaron 
un coro de risa homérica, y esa fué la respuesta concedida á sus denuestos. 

Cada vez más burlado, más escarnecido y sin fuerzas para sembrar el 
respeto en derredor suyo, contraidas las facciones, mantúvose unos minutos en 
el más severo silencio. Aguardaban todos el resultado de esa ira concentrada, 

y por fin le vieron sacar el i)añuelo y llevárselo á los ojos. Don Críspulo 

lloraba como si la mano férrea del destino hubiera sepultado para siempre sus 
esperanzas. ¡Pobre don Críspulo! 

Todos, al verle así, se compadecieron de él, y dando el ejemplo el dueño 
de la finca, abrieron los porta-monedas y le reunieron ocho onzas de oro, las 
cuales hicieron de súbito lo que el pañuelo malamente desempeñaba; es decir, 
le enjugaron las lagrimas y hasta redujeron á invisible átomo las horrorosas 
cuanto amenas señales de su ira. 

Porsupuesto que eso ni lo enmendó, ni menos enmendó á los otros; así fué 
que tres noches después, cuando nuestro héroe doi-mía á pierna suelta, 
desvaporando el champagne de la cena, acercáronse dos á su lecho histórico, y 
con gran cautela, pusieron tres sillas encima de aquel mueble de descanso, 
atando luego á una mano del durmiente un cordel bastante largo para que 
pasase por el ojo de la cerradiua del aposento, y hecho esto, se salieron 
bonitamente y cerraron la puerta. 

A los pocos minutos ¡zas! allá vá un tirón del extremo saliente de la cuerda; 
pero como don Críspulo tiene sus motivos para no ser lijero de sueño aquella 
noche, resulta que ni se dá por entendido; empero, los urdidores son tenaces y 
no se alarman por eso. Ahí vá otro más fuerte, otro, otro; por fin, se oye un 
ruido que á fiívor del silencio de la noche, suena como si los techos hubieran 
bajado al suelo, y tras ese ruido, otro de gritos desesperados fabricados en el 
almacén de don Críspulo. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



Allí fué Troya. No bien despertó don Críspulo, trató de sentarse, soñoliento 
aún, y á su movimiento, las sillas coloeadas en equilibrio, habían pasado del 
lecho á la tierra produciendo estrepito, 

Entraron todos con luces en el aposento, y fingiendo la mayor sorpresa, 
preguntaron á don Intruso. 

— Qué ha sucedido? 

Este, con las pupilas dilatadas y la boca abierta, no supo contestar una 
palabra; mas no tardó mucho, viendo la alegría de sus amigos, en conocer que 
acababa de ser víctima de un nuevo chasco. Aunque sin ganas esa vez, se 
llevó una sábana á los ojos, y todos, no por lástima, que bien conocieron el 
artificio, sino en celebración de ese mismo artificio, le regalaron unos cuantos 
doblones. 

Así sondas diversiones pascuales de don Intruso. 

Hay otra clase de guagUeros, entre los que la flexil^ilidad no llega tan á su 
colmo; éstos se dan mucha importancia, y aunque tamí)ien mendigan la amistad 
de los ricos, no así su dinero, es decir, el socorro momentáneo. 

La aristocracia guagüera^ tpie así llamo yo á la j)osición de los tales señores, 
se desdeñaría de recibir im doblón, y nmcho más de hacer reír para conseguirlo. 
En cambio, visita todas las casas posibles donde haya una rica heredera, joven, 
jamona ó vieja, y como él tiene sus atractivos, los pone en juego, las enamora, 
y es milagro que no logre, á despecho de la oposición de padres ó hermanos de 
su pretendida, una blanca mano y el oro que la adorna; en este caso, q\ guagüero 
aristocrático^ ó sea coburgo, ha tocado el summum de la felicidad. 

Pero si la mano, en vez de ser blanca y tersa, es prieta y rugosa, ese 
guagüero pasa entre los suyos por un hombre casi inhál)il; no es un genio 
guagüero^ es sólo una mediana cohurga. 

Oir los diálogos que sostiene con la amante, es cosa de quedar absorto. 
Según los tales diálogos, el amante guagüero es el modelo de los amantes; 
aquella pasión es la primera c¡ue ha concebido y será taml)ien la última; antes 
de conocer á la heredera, ni siquiera se vio nunca tentado á bailar ni á dirigir 
la palal)ra á nuijer alguna; su cortedad es digna de todo encarecimiento; 
tieml)la delante de su bella, porque el verdadero amor es tímido, y así lo hal )rá 
ella leido en las novelas, etc. 

El guagüero^ sea cual fuere la raíz á que debió sus ramas, es siempre un 
cosmopolita, y como sabe lograr con gestos lo ([ue desea, puede también decirse 
que es políglota. Nada importa que su víctima sea un ruso, un inglés, mi sueco, 
él se hará comprender de todos y á todos explotará con el expresivo idioma de 
la mímica, para cuyo estudio, no sólo tiene dos caras como Jano, sino setenta ú 
ochenta, que son otras tantas caricaturas. 

Yeámosle en un bautismo. 

En pié, delante de la criatura recien cristiana, la contempla en silencio, casi 
la admira por largo tiempo, y luego finge salir del éxtasis, se inclina y la marea 
á fuerza de sonoros besos, preludio de las siguientes frases que no tardan en 
salir de sus labios: 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



— ¡Qué hernioso es! qué ojos tiene! eómo soiu'ie el angelito! \'á á ser un 
grande hombre! l)ien se vé que ha de tener mucho talento! se parece á su 
})adre y á su madre! tiene la nobleza de expresión cjue distingue d éste y la 
belleza y dulzura que todos reconocemos en aciuella! 

Todo esto después de haber tomado el medio ó el dol)loncito, y cuenta que 
si es lo último l)ien se le conoce en el rostro. 

Una ó dos horas después de la solemne ceremonia, se procede á la comedia 
del baile, con su prólogo y epílogo de dulces, refrescos, champagne y otros 
sólidos y líquidos. 

Don Críspulo no baila; no dá ese trabajo á sus pies; pero en cambio, dá 
ejercicio y mucho á su estómago, haciéndole dispensa de infinitos buenos 
bocados; así es que, mientras los aficionados á Terpsícore barren el i"o¡o polvo 
de los ladrillos, don Intruso barre las mesas del ambigú, de las cuales, no 
contento con extraer aquello que demanda su natm-al golosina, recoge provisión 
que encierra en los bolsillos, é item más, saca en una bandeja licores y dulces 
con <|ue brinda á ciertos de sus amigos, que, atraídos por la música, ocupan lo 
exterior de las ventanas, amigos puntales que sostienen esas rejas y á quienes 
prueba muy bien la generosidad de don Críspulo, generosidad tanto más proftisa, 
cuanto que nada cuesta al obsequiante, generosidad sui géneris^ que basta sola 
para la apología de mi excelente protagonista. 

Corazón tan flexible como su cintura, ojos tan movil^les como sus manos, 
boca mas elástica que una sanguijuela y estómago ancho, todo eso tiene don 
Intruso cpie lo caracteriza. Entrad con él en una Imbitación cualquiera donde 
gima un paciente, donde ya la muerte haya asomado su repugnante catadura 
y amenace herir á un triste: le veréis llorar como los parientes del moribundo y 
rehusar fi'ases que él y muchos llamarán de consuelo y es mi gusto llamar de 
impertinencia. En los entierros, él es quien sostiene á la desmayada ex-consorte, 
él quien lleva á la imprenta las fi'ases de invitación para que se las devuelvan en 
papeletas, él quien llega primero después del fúnebre paseo á decir á los que 
sufren: aquí estoy yo; sufridme y agradeced la puntualidad de mis molestias. 

Con un olfato de perdiguero, el vividor huele desde lejos á su víctima y 
adivina si vá ó nó metalizada: esta es su expresión. En el primer caso, 
aproxímasele sonriendo y le regala el más halagüeño de todos los saludos de su 
catálogo; en el segundo, finge no haberla visto, y si la víctima se acerca á 
saludarlo, le corresponde fríamente y no tarda mucho en pretextar alguna 
ocupación y separarse de la planta sin jugo, de cuyas ramas nada espera su 
imaginación de parásito. 

En los cafés, convida para f|ue abonen los convidados, y fortuna muy 
grande será (pie no se le haya olvidado la bolsa cuando toma un sorbete, en 
cuyo caso finge el mayor disgusto y protesta contra su memoria, que lo expone 
siempre á escenas desagradables. Otras veces toma otro giro su pantomima, y 
se le vé sacar una onza de oro para que de ella, á pesar de la angustia que nos 
proporciona diariamente la reducción de oro á i)lata, se cobren un medio real 
de la copa de licor ó del vaso de refresco que ha regalado á su estómago. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



El es el primero en hablar mal de esos entes que vívqo á costa del prógimo, 
proceder extraño que sólo se explica por medio de las anomalías mundanas y 
por la natural inclinación del cul})al)le á hacerse enemigo in nomine de la culpa. 

En un café, en una. fonda, en un establecimiento cualquiera, nadie llamará 
con más imperio al dependiente, ni se dará más ridículo aire de personaje; eso 
es preciso: cuando una cosa falta, hay que buscar modo de suplirla. 

Los periódicos que lee gratis, y donde imprime gratis elogios que no 
escribe sin cálculo, son un carril por donde ruedan hasta el bolsillo de don 
Intruso las obsequiantes onzas del celebrado. 

Este es, lectores mios, el guagüero conforme he creído encontrarlo, y 
aunque subdivido en dos ó más clases, creed que la diferencia entre unas y otras 
no pasa de ser una exterioridad; en el fondo, no se \é mas que un tipo, un tipo 
que, por fortuna, cuenta en la Isla de Cul)a muy pocos representantes. 

Ahora, permitidme concluya este débil escrito, llamando la atención de 
ciertos hombres acaudalados que tan en peijuicio de la sociedad emplean buena 
parte de sus rentas. 

Redúcese todo á preguntarles: ¿Ei guagüero es útil ó nocivo á la sociedad? 
V si es lo último, como no podrán menos de confesarlo, ¿deben ellos en 
conciencia favorecerlos? Además ¿no hay hombres verdaderamente dignos de 
su apoyo, á quiénes en cambio relegan al olvido y hasta al desprecio? ¿No hay 
artes que fomentar? ¿No hay caridad que ejercer? ¡Ah! preguntas son éstas 
que se responden por sí solas. 

J. García de la Huerta. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



LAS monterías. 



Yo habitador de los bellos 
Campos que el Hormigo l^aña 
Sin ninguna pena estraña 
Alegre trabajo en ellos: 
Negros tienen mis cabellos 
Los vivos rayos del sol, 

Y al sTOzar el arrebol 

De la aurora esplendorosa, 
Soy feliz cual la babosa 
Que vive en el caracol. 

Soy lal^rador y hacendado 
En estas tierras cubanas. 
Sé correr en las sabanas 
Sé manejar el arado: 
Soy un montero acal)ado 
Tras los puercos cimarrones. 
Tengo un par de nayajones 
Que ni con piedras se mellan, 

Y bravos perros que huellan 
Los más ocultos rincones. 

Pasado mañana es dia 
De correr y de vocear, 
Porque ya es tiempo de dar 
Principio á la montería: 
No es pequeña la alegría 
Que sienten mis buenos perros. 
Cortantes están mis hierros 

Y me enajena el placer 
Porque voy á correr 
Montes, maniguas y cerros. 



Correré por las montañas 
Bajo guásimas y siguas, 

Y de las grandes maniguas 
Revolveré las entrañas. 

Mi perro entre las marañas 
Buscado se internará, 

Y si con el rastro dá 

De algún puerco cimarrón, 
Enhastaré mi jerrón 
En un palo de jibá. 

¡Oh placer! ya me parece 
Yer realizados mis sueños. 
En esos montes risueños 
Donde la macagua crece: 
Ya jnzgo ver como mece 
El blando viento los berros, 
Como á orilla de los cerros 
Luce la flor del tabaco, 

Y como salta el berraco 
Perseguido por los perros. 

Ya imagino que me encuentro 
Dando dilatadas vueltas 
Bajo las palmas esbeltas 
Que se elevan monte adentro: 
Ya supongo que en el centro 
De esos florecientes montes. 
Oyendo de los sinsontes 
Los dulces y aleares trinos, 
Veo entre ceibas y espinos 
Los cubanos horizontes. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



Ya en mi ardiente fantasía, 
Presumo á cada momento 
Sobre un jobo corpulento 
Yer comiendo mía jutía: 
Oiré crujir la baria 
Recostada en el jagüey, 

Y haré que del babiney 

El fango mi planta esparza, 
Aunque me rompa una zarza 
Mi sombrero de yarey. 

Fumando viejo tabaco 

Y oyendo ladrar los perros. 
Por llanos, breñas y cerros 
Correré tras el berraco; 

Si lo veo y lo sonsaco 

Y me escuda algún ateje, 
Es muy fácil, aunque ceje. 
Que al golpe de mi jerrón. 
Le atraviese el corazón 

Y sin aliento lo deje. 

Cuando compuesto lo tenga 
Sobre una vara colgado 
Haré en el monte un picado, 
Que salga á do me convenga. 
Entonces antes que venga 
La noche con su tristura. 
Antes que la sombra oscura 
Se extienda sobre los cerros, 
Oiré si ladran los perros 
Otra vez en la espesura. 



Cuando esté de dar cansado 

Y de vocear esté ronco. 
Me sentaré sobre el tronco 
De algún mamey colorado: 
Contemplaré embelesado 
Los guallos de la colina, 

Y sobre la blanca y fina 
Cascara de un anoncillo 
Con la punta de un cuchillo. 
Gravaré: Isabel Bufiria. 

Si llego á perder mi rumbo, 

Y el hambre me causa pena. 
Quien sabe si una colmena 
De algún almacigo tumbo: 
Si monte adentro me zumbo. 
No soy yo mi montero bobo, 

Y si mi ruta enjorobo 
Cuando más la sed me apriete. 
Le pegaré mi machete 

A las raices de un jobo. 

¡Oh, Dios Dios mió, Dios mi o. 
Que te adoro y no te veo! 
Con cuanto anhelo deseo 
Ir de las rocas en pos! 
Oh! corra el tiempo ^'eloz, 
Yengan esos bellos dias 
En que yo en las tierras mias 
Goce en momentos tan gratos 
Los buenos y malos ratos 
Que brindan las monterias. 



Juan C. Ñapóles Fajardo. 

(El Cuoalambé.) 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



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JLanda.lii.se Dihijó. 



LA VIEJA CURANDERA. 



Fototipia TaiH-.irii. 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



LA VIEJA CURANDERA. 



Gran auxiliar ha sido siempre en este mundo la credulidad, la fe ciega, 
para cuantos embaucadores han explotado el candor y la sencillez de la mayoría 
de las gentes. 

Si no hubiese crédulos, no habría engañadores. La historia de la humanidad 
corrobora este aserto. 

Por eso la crítica severa, la sátira mordaz, la burla en todas sus 
manifestaciones, es lo t[ue únicamente puede oponer el correctivo á esa 
generalizada tendencia á dar crédito á cuanto ofrece un carácter ilusorio, 
maravilloso y fantástico. 

Y pues que de curar se trata, cúrese antes que nada el entendimiento de 
tanto incauto, de tanto ignorante, de tanto pobre de espíritu como por ahí 
pulula, para echar por tierra el predominio, todavía subsistente, de los que á 
favor de esa debilidad intelectual, labran su bienestar y fomentan su conveniencia. 

Hecho por demás curioso es desde luego esa inveterada monomanía que 
se observa en diversidad de personas, sean de la clase y condición que fueren, 
de constituirse en preconizadoras, digámoslo así, de ciertos medicamentos, de 
ciertos remedios eficacísimos, con los cuales pretenden sanar todas las dolencias 
y evitar que cundan las enfermedades entre la especie humana. 

Por eso el número de curanderos y de curanderas es portentoso. Raro es 
el que al oir que alguien se queja de algún padecimiento, no ofrezca al instante 
el lenitivo. La medicina, pues, se halla al alcance de todo el mimdo, porque la 
medicina parece ser patrimonio universal. 

Y en vano la ciencia progresa; en vano la verdad esparce la luz sobre las 
sombras de los errores, de las preocupaciones, de la ignorancia, porque, como 
dice un escritor moderno, "la verdad no satisface á la fantasía; la realidad, por 
grandiosa que sea, no sirve de alimento exclusivo á esta curiosidad y á esta 
insaciable aspiración que nos arrastra y que es tanto más poderosa, cuanto más 
desgraciados son los pueblos, porque entonces se une maravillosamente á la 
imperdible y consoladora esperanza de un porvenir de felicidad, que no teniendo 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



fuiídainento lógico en lo presente, se hace posible por medios fantásticos y 
prodigiosos. A-SÍ el más pobre es el qne más sueña con las riquezas y el más 
enfermo el que más sueña con la salud, constituyendo esta esperanza lo que un 
novelista ha llamado la felicidad de la desgraciad 

Estos delirios de la imaginación, estos sueños pertinaces y este constante 
anhelar lo que no se posee, es precisamente lo que explotan los farsantes, los 
embaucadores de todo género, puesto que según puede comprobarse á cada 
paso, el tiempo de los alquimistas y de los astrólogos, parece que aún no ha 
pasado, como que á juzgar por la enseñanza de la historia, ha de prolongarse 
indefinidamente. 

Sólo á fíivor de estas consideraciones se concibe la existencia de la vieja 
curandera^ de esa especie de bruja, en cuyos hechizos y sortilegios fundan su 
esperanza más de cuatro infelices, desprovistos de todo discernimiento y de toda 
cultura; carencia a])soluta de fuerza moral que es la que constituye la mayor 
fuerza de inercia que se conoce. 

Un ejemplo palpable de esto funesto atraso en las clases populares, lo 
presentaba, no hace aún muchos años, una vieja curandera que tenía su 
residencia fija, en el barrio de Jesús del Monte. Llamábase doña Amparo del 
Apazote y Malvabisco, y contaba con una clientela numerosa que acudía 
diariamente á su vivienda á consultarle, no sólo acerca de sus propios 
padecimientos físicos y morales, sino á buscar remedios para Ins enfermedades 
de sus gallinas, de sus perros, de sus gatos y de sus caballos. 

Doña Amparo para todo tenía un específico, una droga, una yerba 
profiláctica, que ella propinaba á trueque de sonantes pesos duros, con que sus 
clientes recompensaban sus afanes y su ciencia profunda y acertada. 

— Amparito, le decía una mujer llevando en brazos un perro chino; a(|uí 
tiene usted á Butifarra^ que está siempre titiritando como si tuviera calofrío] 
démele un remedio que lo cure pronto, y yo le pagaré á usted lo que sea. 

— ¡Ay, hijita de mis entrañas! contestaba Amparito, pestañeando, 
gesticulando y echando bocanadas de humo del cabo de tabaco que tenía en 
la boca; eso se lo curo yo en un santiamén á ese preciosísimo animal de casta 
fina, de los que ti'aen la suerte ; espérate, déjamelo reconocer para asegurarme si 
el tembleque le ha provenío de mal de ojo ó de cuedesquiera otra contingencia 
maléfica (pie le haya motivao una ijerrunancia natural. 

— ¡Qué sál)ia es usted, Amparito, qué sabia. Ave María Pinísima! ¡Qué 
bien he hecho yo en traerle á Botifarra para que me lo cure! 

— No me interrumpas, que estoy en este momento en brazos de la ciencia 
y entre las profundidades de la medicina más honda; yo te diré dentro de un 
instantico lo que tiene Longaniza. 

— No, Amparito, no se llama asina] su nombre es Butifarra^ porque 
parece talmente una rellena. 

— Bueno, hija, lo mismo da una cosa tpie otra. ¡Cómo se conoce que tú 
no entiendes de cidinarial 

Terminada esta consulta y suministrado el remedio al perro chino, 



230 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



preséntase en casa de doña Amparo, el r/uagíro don Ba,silio, llevando del cabestro 
á su arrenquin. 

— Güenos dias le dé Dios, seña Amparo; aquí le traigo á Rompeynonte, 
que le ha calo una garrapatera en las (juatacas^ de los demongos, y xeniíi á ver 
si usted me lo sana))a con esa mano de santo que tiene, que Dios se la deje 
gozar por muchos años, como yo para mí deseo y la compaña. 

— ¡Hola, don Basilio! ¿qué buen viento lo ha echado por estos barrios, 
después de tantísimo tiempo como hacía que no \o j^ercafaha [^or 7m hohío'l 

— Ya le dije endenante^ seña Amparo, mi venia ha sio porque á Rompemonte 
se lo están comiendo vívito las garrapatas. 

— ¡Pobre criaturita.. . . .! 

— Y dígalo, seña Amparo, un anima tan hragao, que no hay otro como él 
que coma pan en toos estos arriábales^ ni quien le eche la pata al gualtrapeo ni 
á la "alucha. 

— ^0 se apure, don Basilio; ya verá usted con qué facilidad le quitamos 
los bichos. 

— ¡Ojalá y su boca digiera verdá, seña Amparo! Era capaz de darle á 
usted una gala tamaña .... 

— Bueno, bueno, don Basilio, le cojo la palabra; veremos si dentro de una 
semana Rompemonte no se halla limpio de polvo y paja. 

— iPorvol ¡quévá! si lo acabo de bañar en el Biycmó\] ú pn'ohe no 
tiene más que garrapatas, que se pegan como sanjigUelas. 

— Lo del polvo es un decir, don BasiHo; y para que vea usted que es 
verdad que se cura su caballo, no tiene usted más que procurarse una calavera 
de perro manchado, que después de haber padecido gusanera y de haberse 
curado con el collar de tusas, haya muerto de cualquiera otra cosa. 

— ¿De veras, seña Amparo? usted sabe más que las brujas; cdioritica 
voy á encargarle al negro José Ra/é, que me precure la calavera del 
perro mancháo^ y le regalaré una mano de jMnfano y una jaba de yucas y de 
moniaios. 

Tras el guajiro^ acude doña Fehciana, cuyo único hijo de doce años, más 
malo que Júa, como dice ella, á consecuencia de una caída, está arrojando 
sangre por la boca. 

— ¡Ay, Amparito de mi corazón, por vía suíjifa, déme uno de esos 
remedios mamficos que usted sabe, porque Manuel Canuto se me desgracia si 
usted no pone la mano en él y lo salva de la pelona. 

— ¿Y qué ha sido eso, doña Feliciana? 

— Ná^ Amparito, que Manuel Canuto se había trepáo á una mata de 
cirgUela, y desde abajo, un picaro mataperro de la Vívora, le estaba gritando: 
— ''¡ Manuel Canuto, mientras más largo más bruto!" — Mi hijo, por lo 
consiguiente, que tiene como yo la sangre hirviendo en el cuerpo, fué á apearse 
de la mata de cirgiiela para darle una estropeadura al sinvergüenza que lo 
estaba insultando, cuando se le resbala un pié y cae boca abajo en el suelo. 
No se figure usted, estuvo como dos horas privao^ y desde entonces está echando 



231 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



sangre por la boca, por lo que me temo que le venga una etiquencia que se lo 
lleve al país de Canillas. 

— Pues eso es sencillísimo, doña Feliciana; no tiene usted más que 
darle la miel de güira, y como con la mano. 

— ^Pero es que yo tengo que estar todo el santo dia pegada á la hatea, y 
no puedo estar viniendo á donde usted; por eso yo le agradecería que de una 
vez me diera la receta como se hace, que yo se lo pagaré á usted aunque sea 
con unos lavaítos que le haga. 

— No, yo no necesito que me laven; yo misma me machuco mis trapos; y 
como mi sahiduria médica no es cualquier cosa, hay que pagarla con cheques 
y no con lavaduras. 

— Bueno, Amparito, hoy estoy sin una peseta; pero mañana tengo que 
cobrar unas muditas^ y con eso le abonaré su trabajo. 

— Pues siendo así, oye bien el secreto curativo^ para que no te e(|uivoques; 
no tienes más que buscarte la güira cimarrona; la partes por la mitad, le sacas 
todas las vicisiiudes, ó lo que es lo mismo, el l^agazo; te buscas una vacija sin 
estrenar, la pones con un poco de agua á la candela; le echas un ricd de azúcar 
candi, un rial de goma en polvo y dos cucharadas de miel de abeja, y en esta 
infusiim, zampas la hagacera que haigas sacado de la güira cimarrona; lo 
regüelves todiiico y lo dejas hasta que se consuma y quede reducida á una tacita. 
En seguida le rezas al jarabe sietes Padres Nuestros con sus sietes Aves liarías y 
haces que lo santigüe una niña de estado honesto, porque sin esta circunstancia 
no le haría efecto al muchacho; y desde ahora te ])rometo que Manuel Canuto, 
así que haiga tomado la medicina milagrosa, queda curado para mientras viva. 

— ¡Ay, Amparito, déjemele besar los pies, porque ya estoy mirando á mi 
hijo l)ueno! 

Y dicho ésto, despidióse doña Feliciana de la vieja curandera, hasta el dia 
sia'uiente. 

Por este tenor, la tal doña Amparo del Apa zote y Malvabisco, hace su 
agosto, curando á todo Iñcho viviente y explotando la torpe credulidad, no sólo 
de las gentes incultas é ignorantes, de la gente de medio pelo, sino también de 
otras, puesto que suele prestar asimismo sus servicios, como después veremos, 
á determinadas personas, las que por su posición, su carácter y demás 
circunstancias, parece que no deberían nunca descender al extremo de recurrir 
á la ciencia oculta de una miserable ^ieja curandera cual la doña Amparo. 

¡Ah! verdaderamente la casa de esta bruja embustera es á todas horas U7i 
jubileo^ como dicen sus más entusiastas parroquianas. 

— Amparito, vengo á que me diga como haré para curarle el mo([uiMo á 
mis gallinas; se oye de pronto á una individua que se cuela de rondón en el 
domicilio de la curandera. 

— Mira, te daré un manojo de hojas de sábila, las machucas bien y las 
echas en el agua que beben las gallinas: remedio santo; no vuelven á tener 
moquillo en toda su vida. 

— ¡Ay, quién lo hubiera sabido! 



232 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— Sí, para adivino Dios .... 

— Usted es la adivina, Amparito; usted que sabe más ({ue las vivijaguas. 

— Yo sé lo que he aprendido estudiando con los sabios de la antigüedad, 
que enseñan secretos para remediar todos los sinsabores y los sufrimientos del 
cuerpo y del alma. 

— ¿Y usted se salvará, Amparito? ])reguntó un tanto espantada la 
parroquiana, haciendo con disimulo la señal de la cruz. 

— Eso no es cuenta de nadie, doña Tol. . . . 

Al oir esto, marchase apresuradamente la estúpida cliente, temblando de 
miedo, después de haber pagado las hojas de sábila. 

La flinia de la curandera crece de este modo de una manera sorprendente. 
Unos la creen inspirada por Dios; otros que se halla en relaciones con los 
espíritus infernales, y tiénenla por adivina y por milagrera y por cuanto se le 
antoja al vulgo imbécil. 

Preséntasele uno con un sietecueros; ella le asegura que aplicándose el 
cativo-mangle, sanará en seguida. 

¿Padece otro de reumatismo? pues que use el gengibre si quiere curarse. 

Alguien se queja en su presencia de que no duerme de noche á causa de 
la plaga de mosquitos que invade su aposento. Betibé con ellos, y no quedará 
uno; aconseja doña Amparo. 

Fuéronle á consultar una vez qué plan curativo debía adoptarse para salvar 
á un pobre campesino que se hallal^a en un estado fatal por haberse quedado 
dormido á la sombra del guao. 

La vieja curandera se sonrió como con lástima del (pie le hacía la consulta, 
y previo el pago correspondiente, reveló el secreto, que según dijo, era davadito, 
como que consistía nada menos que en hacer tomar al paciente el cocimiento de 
la raíz del mismo guao; de la propia manera, añadi(), por un rasgo de generosidad 
en ella poco frecuente, que la ciguatera se cura con la espina del mismo pescado 
que haya producido el mal, hecha polvo y tomado como café. 

Sería interminable el relato de la multitud de específicos propinados por 
doña Amparo; y así, para terminar, referiré una célebre cura que hizo ella en 
cierta ocasión, la que bien pudo costarle caro. 

El caso fué el siguiente: 

Una mujer casada, bella, con suficientes bienes de fortuna, sin hijos y muy 
enamorada de su marido, cuando lleval)a ya ocho años de matrimonio, principió 
á notar cpie su compañero no sentía por ella todo acpiel entusiasmo, aquel ardor, 
aquella complacencia que hasta entonces liabia parecido él experimentar por sus 
gracias y sus cariñosos y tiernos arrumacos. 

¡Gran sorpresa primero; extremado descorazonamiento más tarde; suma 
desesperación por último! 

Una íntima amiga de la afligida casada, acérrima partidaria de la curandera, 
tanto aconsejó á Clementina, que así se llamal)a la infeliz esposa, el que consultara 
á doña Amparo del Apazote y Malvabisco, capaz por sí sola de can\biar el sino, 
la estrella, el hado del mortal más perseguido por el infortunio, que persuadida 



233 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



al fin la inconsolable hermosa por las observaciones y calurosos discursos de su 
amiga, consintió en ir con ésta á casa de la curandera, con quien tuvo una larga 
y solemne entrevista, y de la cual salió tan satisfecha y convencida de que su 
desgracia podia tener remedio, que desde aquel momento enjugó sus lágrimas 
y se dispuso á seguir al pié de la letra cuanto le previniera doña Amparo. 

Pero refiramos los pormenores de la sesión secreta. 

Al ver entrar á Clementina, la vieja curandera se extremeció de gozo. Aquella 
era una l)uena presa. La cosecha de relucientes doblones tenia que ser abundante. 
Preparó por tanto sus baterías y dio principio á sus farándulas y alucinaciones. 

Clementina se sintió sobrecogida y su primer impulso fué marcharse ; pero 
la amiga sugetdndola por un l)razo la detuvo, y pronunciando varias palabras 
en voz baja á su oido, logró tranquilizarla. 

— A esta gran señora la conduce á mi casa uno de esos desengaños del 
mundo que no encuentran consuelo sino en la medicina celeste que solo yo hoy 
puedo administrar; dijo la curandera, mostrando una actitud imponente. 

— Amparito, dijo la que acompañaba á Clementina ; á usted dejo confiada la 
amiga más querida de mi corazón; sálvela usted de las garras del demonio que 
la persigue; ahuyente de su lado al enemigo malo; haga que nazcan flores de 
nuevo en su camino; cúrele el alma, como usted sabe hacerlo, que ella le 
recompensará espléndidamente su buena ol^ra. 

Y dichas estas palabras, salió de la habitación la oficiosa amiga, para dejar 
en toda libertad á la curandera. 

— Vamos, dime tu pena; explícame la causa de tu aflicción; ábreme tu pecho 
sin ninguna reserva; dijo doña Amparo, tomando por la mano á Clementina, que 
aún estaba temblorosa, y haciéndola sentar á su lado. 

— Mi marido ya no me quiere, me deja por otra, cuando sabe que yo me 
muero por él ... . 

— Luego lo que tú padeces es mal de amores .... 

— ¡Soy muy desgraciada! contestó Clementina, echándose á llorar. 

— ^Yo te curaré, mi alma; no llores. . . . 

— ¿Cómo hacer para que mi marido se arrepienta y vuelva á mi lado tan 
tierno y tan amante cual lo era en los primeros años de nuestro matrimonio? 

— jBah, bah! eso depende de la medicina que yo le administre. 

— ¡Una medicina! No la tomará: él hace su santo gusto. 

— Eso lo veremos. Necesito que me des una onza á cuenta, para comprar 
ciertas yerbas carísimas y maravillosas que me hacen falta y con las que he de 
preparar el brevaje prodigioso. 

— Aquí la tiene usted. 

— Ahora, déjame hacerte algunas preguntas: ¿el dia de tu boda, al volver 
de la iglesia, entraste en tu casa con el pié derecho? 

— Yo no sé si fué con el derecho ó con el izquierdo; estaba en ese momento 
muy trastornada. . . . 

— Pues de ahí nace tu desgracia. 

— ¡Válgame Dios! ¿será posible. . . . ? 



234 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— ¿Pero no ves, hija, que cuando tú no te acuerdas, es prueba de que entraste 
con mal pié en el matrimonio? ¿A que á la mañana siguiente, almorzando, 
derramaste el salero en la mesa? 

— De eso sí me acuerdo: mi marido fuéá cogerme la mano para besármela; 
yo quise retirarla con el natural pudor; tropecé con el salero y lo derramé. 

— ¿Ya lo vés, mi vida? te salaste desde aquel momento. . . . 

De esta suerte ])rosiguió doña Amparo, dirigiendo necias preguntas á 
C'lementina y con^•irtiéndolo todo en sustancia, esto es, tratando de convencerla 
de que cuanto liabia hecho ó dejado de hacer, concurría á justificar su desventura. 

Era por tanto preciso que ella interviniese, que pusiera enjuego sus mágicos 
recursos y se valiese de su influencia con los hados celestes, para separar de 
Clem entina tantas calamidades. 

La heroína de mi cuento, como pueden ustedes calcular, no hal)ia recibido 
una sólida educación; lejos de eso, su madre la había mimado con exceso y 
dtjádola seguir sus naturales impulsos. Era por lo tanto fanática, supersticiosa; 
creía en brujas, en apariciones, en milagros, en qué sé yo cuantas sandeces. 

Doña Amparo la caló pronto y procedi(') en consecuencia. 

— Desde esta noche, dijole después de una larga pausa á Clementina, colocas 
debajo de las almohadas de tu marido, una de tus ligas; pero ha de ser de seda 
verde ¿entiendes? La seda influye mucho y el color, no digo nada, como que 
es el de la esperanza. La liga es el símbolo del lazo estrecho; atrae, sujeta, 
reúne. Por ahí empezará tu marido á sentir deseos de acercarse á tí de nuevo . . . 
Con eso, y con el específico que voy á preparar, hecho de unas yerl)as que tienen 
la virtud de ablandar el corazón más duro, tu marido, que después de todo, no 
tiene otra cosa sino que le han ecliaclo daño, dejará cuantos enredos tenga en 
la calle, ])ara volver á estar más enamorado de tí que Abelardo y hasta que el 
mismo Cupido. 

A lo expuesto, añadió doña Amparo cuantas instrucciones le pidió Clementina 
acerca del modo de hacer tragar á su marido el precios<^ líquido, y despidiéndose 
hasta el día siguiente, ambas mujeres se separaron, yéndose más consolada la 
esposa á su casa y poniéndose acto continuo la curandera á confeccionar el 
específico, en cuya ocupación pueden ustedes contem|)larla en la lámina adjunta, 
de pié ante su laboratorio, con el característico cabo de tabaco en la boca, rodeada 
de todos sus utensilios y adminículos y manipulando las consabidas yerbas 
medicinales. 

Dos dias después de la escena que dejo descrita, á eso de las doce de la 
noche, llegó el esposo de Clementina á su casa, y á poco de estar en ella, pi'incipió 
á sentirse indispuesto; pero de tal modo, que no siéndole posible sufrir el malestar, 
llamó á su mujer para suplicarle le preparase una tasa de té, por ver si se aliviaba. 

Era que nuestro hombre se había comido aquella noche en Las Taller ¿as, unas 
cuantas docenas de ostras, y contra lo corriente en él, le habían sentado mal esta 
vez los tales mariscos. Al efecto, y como no era fácil })roj)orcionarse á aquella 
hora un vaso de leche, el antídoto según aseguran de esta clase de indisposiciones, 
optó por el té, para ver si iograba, cual dicen, entonarse el estómago. 



235 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



Clementina (|iie estaba ya completamente embaucada por la vieja curandera, 
juzgó aquello providencial, máxime cuando doña Amparo le habia hecho creer 
que el específico por ella prepaiado, tenia tal virtud, que si su marido lo tomaba, 
teniendo fiebre, por ejemplo, ó cualquiera otra enfermedad, no solo se alcanzaba 
que obrase el efecto apetecido en lamparte moral, sino que además quedaría al 
punto lim/pio de calentura, (S curado de toda otra dolencia que lo aquejase. 

La ocasión, pues, era propicia y Clementina la aprovechó. Hizo el té á su 
marido, vertiendo en el líquido varias gotas del inapreciable medicamento, y sin 
vacilar, diólo á beber al enfermo. 

Mas como la indisposición de éste era seria, en vez de experimentar el menor 
alivio, sintió que se agravaba su mal, empezando á quejarse de una manera 

lastimosa. 

La alarma de Clementina fué extraordinaria. Se sobrecogió mucho; 
asaltáronla terribles remordimientos y trémula y convulsa y en un estado de 
excita ción indecible, hizo que fuesen corriendo á buscar un médico. 

— i Yo he tenido la culpa! decia loca de espanto, agitándose por la habitación; 

¡yo, que sin duda le he dado un veneno ! ¡yo lo lie matado ! ¡esa maldita 

vieja me ha hecho cometer un crimen ! ¡socorro ! ¡socorro ! 

No era tanta la gravedad de su marido, que no se hallase en estado de 
enterarse del sentido de aquellas exclamaciones. ¡Aquí fué Troya! Como la 
conciencia lo acusaba de algo, su imaginación principió á divagar: creyó al 
momento, que la ofendida esposa se habia vengado de él de una manera 
inhumana; (|ue le habia dado un tósigo, aprovechando su descomposición de 
estómago; y á su vez se llenó de angustia y se vio perdido y empezó también á 

pedir socorro. 

Acudió el sereno, acudieron los vecinos y acudió al fin el médico; el que 
hecho cargo de lo que pasaba, y aun antes de examinar al doliente, apresuróse 
á dar parte á la policía. 

Varios funcionarios de ésta se trasladaron á aquella hora á casa de la vieja 
curandera, la que al ser requerida, declaró que todo era un puro embuste. Que 
no habia tal veneno ni habia tal específico, sino un sencillo brevaje hecho con 
unas yerbas inocentes. Que aquello constituía su industria; que ella era curandera 
y que lo mismo que le acontecía á los médicos, unas veces acertaba con sus 
remedios y otras nó; siendo por lo tanto legal el caso. 

No obstante tales explicaciones, quedó detenida; pero al dia siguiente fué 
puesta en libertad, porque el esposo de Clementina se halló curado de su 
indigestión de ostras, gracias á los auxihos de la ciencia médica, y se comprobó 
debidamente que el espeáfico de doña Amparo no era más que un jarabe de 
yerbas insignificantes. 

Eso sí, á consecuencia del susto que ambos habían pasado, se reconciliaron 
los esposos; jurando él no volver á faltar á su mujer y ella no acudií- jamás á 
consultar á ninguna vieja curandera. 

Francisco de Paula Gelabert. 



236 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



LAS MODAS AL PRINCIPIAR EL SIGLO XIX. 



PRELIMINARES DE UN BAILE OFICIAL EN LA HABANA EN 1803. 

LA ESTATUA.— FIESTAS. 



I. 

La hiimaiiidacl pasaba á fines del 18° siglo por una de sus faces de transición 
social en la que desaparecían no solo las más radicales creencias, sino que se 
reñían y confundían; se rechazaban y se restablecían en liervidora multitud desde 
las formas políticas hasta las pueriles modas de la ñmtasía exajerada y caprichosa. 
Respecto de las conmociones políticas la revolución de 1776 en las colonias 
inglesas dio origen á la actual existencia de los gobiernos americanos; en cuanto 
á todas las manifestaciones sociales la de 1789 en Francia se hizo cargo de 
desnudar al mundo de todas sus Acstimentas ; y trastornar lo de abajo para arriba, 
lo de arriba para abajo: fué su bello ideal realizar una sociedad en contradicción 
con la que habia antes: no solo suprimió las testas coronadas, sino á las testas 
sin corona de todo distintivo, inclusas las jjelucas y á los hombres los calzones. 
Sans-culots se proclamaron los franceses — las demás naciones no imitaron la 
moda; ni aún aceptaron el sanculotísmo^ sino modificándole aun en la expresión; 
y tradujeron, por lo menos los españoles, en descamisado la palabra. 

Pero Francia era la reina del mundo de la fiíntasía y de la elegancia: cuando 
no habia /í/iírmes mandaban á Inglaterra una muñeca con los trages de sus 
modistas y cuenta el Abate Prevost, en su Pro y Contra^ que en tiemjjo de guerra 
se permitía oficialmente el tránsito de la muñeca, libremente, desde el campo 
enemigo como obsequio á las damas. 

La Habana muy lejana del movimiento parisién nunca fué por completo 
extraña á la inñuencia de las modas fi'ancesas: tenia sus enciclopedistas 
vergonzantes además, como toda España y como está habia recojido de velas en 



237 



22 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



SU eiitusiasnio gálico ante las escenas sanguinarias de ese pueblo que todo lo 
exajeraba. No es esto decir c[ue ya por lósanos de 1800 en adelante no hubiera 
empezado á mirar con menos horror sus modas que el gran Napoleón, entonces 
grande, iba haciendo i)redominar. 

Permisiones de la Providencia! Fué un dicho célebre del astuto corso, que 
nadie era, grande ante su camarero (ayuda de cámara) y efectivamente un 
camarero ó imge ha escrito 8 tomos en dos secciones sobre su vida en el Hogar 
que nunca hubieran escrito sus grandes biógrafos: allí es ver al héroe en disputa 
con la franco-americana Josefina sobre modistas; allí enterarse de su plan de 
rece])CÍones alejando de ellas las amigas plebeyas de la futura Emperatriz; y la 
resistencia de ésta á esos sacrificios de la vanidad. 

De cualquier modo la historia suntuaria tiene que reconocer en Napoleón 
á uno de los restauradores de los trages de la Francia anteriores á la revolución, 
que no se llamaba desde entonces sino la tormenta última^ como podia un antillano 
hablar de los ciclones, que hastíi hace ])oco decíamos huracanes. La influencia 
francesa, ese trastorno en la moda duró según razón desde 1795 a 1801. 

II. 

Se aproximaba el 4 de Noviembre de 1803 dia en que se celebraba el del rey 
D. Carlos IV en España y en sus Indias. Debia, al besamanos oficial, durante 
la mañana, agregarse un sarao por la noche en donde eran de extremai'se las 
galas de los felices moradores de la Habana. La creación de los regimientos 
iijos en las ciudades americanas hablan militarizado á todos los vecinos nobles 
y pudientes, que viene á ser lo mismo. Los coroneles y la oficialidad y todos 
los cadetes eran vecinos ó naturales. Los fijos de la Habana y Santiago de 
Cuba, así como los jefes de las milicias disciplinadas, acentuaban ese cuadro. 
Mandaba al fijo de la Habana el Marqués de Casa-Calvo, las Milicias el Marqués 
del Real Socorro, el Conde de Casa-Bayona, la caballería de milicias D. Martin 
ligarte; y eran Zayas y O'Farrill, Morales y Sotolongo los demás apellidos que 
pueden los curiosos leer en la Guia del Ejército (de Madrid) para 1803. — De 
Inspector general figuraba el Conde de Santa Cruz y Mopox, que tuvo altas 
comisiones del Gobierno. 

Parecía una familia la población en que los hombres unidos por los vínculos 
de la sangre y amistad rodeaban al Marqués de Someruelos, popular gobernante 
por su bella índole, y ofrecían sus respetos y omenage en el besamanos que se 
esperaba; mientras las señoras y las jóvenes y sus adoradores se preparaban para 
más alegres ocupaciones. Los poetas de esa época D. Manuel de Zequeira y 
Arango y D. Manuel María Pérez, naturales de la Habana y Cuba respectivamente 
sirvieron en los Regimientos fijos de sus ciudades natales. En cuanto á la fiesta 
de que nos ocupamos fué Zequeira granp)arte^ como que pudo repeitr: et quorum 
pars magna fui. Era el cronista y en especial para que describiera el acto de 
descubrir la estatua del >SV. Z>. C«/'/o.s' ///que le erigía el pueblo tiernamente 



238 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



agradecido á su augusta predilección por la Habana, cuya restitución sobre puso 
á toda idea de coníjuista y ventaja. (1) 

La cuestión de frages en la recepción y baile era de algiuia importancia, 
porque sin connmicaciones directas con Francia, y sin periódicos de modas, la 
desnudez francesa, (lue liabia vuelto á Urecia y a Roma en busca de túnicas 
casi transparentes liabia logrado ir influyendo en las serias y retraídas costumbres 
castellanas. Las jóvenes vestían de una nranera que no aceptaban las matronas, 
ni las hijas de la familia de la aristocracia oficial; y como suele suceder la 
reacción que lial)ia comenzado en F.iancia, no se anunciaba aquí ni en algunos 
años después, Reunidas las señoras más nobles en la morada de la Condesa de 
^Io]iox acordaron que se excluyesen del baile los trages y tocados que 
^■ulgarnlente se llamaban á la Cisalpina en la Habana: en estos el escote era 
repugnante; y aún lo que entonces se tuvo por honesto y recatado hoy sería 
reprobado i)or las actuales costumbres. Para que mis lectores recuerden lo que 
entonces pasaba me parece conveniente copiar el retrato de una joven pelona á 
la cisalpina^ después de modificado en estas tierras. Debo advertir que se 
publicaba un Almanaque Americano en Fíladelfia' y casi siempre traía las modas 
moderadas fi-ancesas, en cuya lengua se escribía, siendo una de las autoridades 
de las damas con la Giáa de Forasteros de Madrid; que traía retratos de los 
reyes y reinas. El n° 13 de la Miscelánea literaria algún tiempo después pintaba 
así a la piethnetra: "Una moza relamida... los brazos desnudos hasta los 
hombros, el pecho descuijíerto, un túnico de nuiselina tan clara, que toda se 
traslucía. . . pelada de cabeza, con sólo un tupé de pelos por delante: que caían 
sobre la frente á manera de flecos." 

Las organizadoras del baile acojieron para el trage y tocado el retrato de 
María Luisa, la reina, en la guía de aquel año : tenía algo de la moda en llevar 
el cabello caído sobre la frente, como a.hora se usa, en risos: el de la parte 
posterior algo desordenado cayendo por el cuello y sobre las megillas. El talle 
muy alto, bajo el brazo, casi increible, muy estrecho, inconvenientemente 
estrecho; la manga muy corta pero manga al fin. 

En cuanto á los hambres los que no tenían uniforme y eran pocos de los 
invitados, aunque no se usaba el frac negro, la cosa no era peligrosa. El n" 12 
del papel periódico de la Habana, lo describía en sus exajerados petrimctres^ 
jíancraciastas posiciones. 

•'Calzón, corbata y botas en creciente 
Casaca, chaleco y pelos en menguante." 

Había pocas cruces y condecoraciones: no era llegada la época de decir 
con un burlón: 



(1) Antonio de Viana y Ulloa, miembro laborioso de la sección de Educación, al referirse en 1817 á este 
suceso eu su ver.slfjcncion del Resumen de la Historia de España que adicionó y terminó sobre la obra del P. Isla fué 
el eco de la gratitud habanera. 

« Laureles siega en tierra lusitana 

«Pero todos los cede por la Habana.» 



239 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



"En los tiempos de bárl)aras naciones 
de las cruces se colgaban los ladrones, 
en los tiempos cpic corren de las luces 
en los ladrones ciiélganse las cruces. 



Los 2)etrwietres se hacían notar por el uso de sus pantalones que sustituían 
á los calzones: anchos hasta tener una amplitud tiu'ca en los muslos, estiechos 
en el botín; chalecos hombli/jeros con un bot<')n, casacas (no fracs) abiertas á la 
francesa; pienado á lo Tito á punta de tijera por detrás, con un tupé hábilmente 
risado sobre la frente; sombrero dol)lado y 



'^en cien varas de oían envuelto el cuello 
y el cogote á manera dedonado." 

III. 



Amaneció el 4 de Noviembre de 1803 y el estam})ido de los cañones saludó 
al alba con estrépito y en señal de regocijo; y despertó á los leales habitantes 
de la Habana anunciándoles que se celebraban los dias de S. M. La designación 
de ese día para inaugurar la estatua del augusto padre del rey, traía conmo^ ida 
toda la polilación. También tenía así el pueblo, los menores y los mediemos^ un 
motivo de plausible entretenimiento. Las cortinas, los adornos de las casas no 
se limitaban al paseo ó Nuevo Prado, á cuya entrada (donde hoy está la India) 
debía colocarse la estatua de Carlos III, (ahora en el de Tacón.) 

Además de los árl)oles del paseo estaban eml^ellecidos los alrededores con 
arcos de palmas, flores y frutos, según usanza del país en sus regocijos. Había 
un pequeño pueblo rural, con 2,000 vecinos, capitanía de partido a la vista de 
las murallas, era Guadalupe que echó el resto, no sólo con sus arquerías de 
palmas, sino con las demás. decoraciones entre ellos las que rodeaban los retratos 
de Carlos y María Luisa en lucido trasparente que fué obsequio del Capikm 
del partido de Guadalupe. 

Desde temprano se notó el movimiento de las tropas c[ue debían solemnizar 
la inauguración: el gobierno dispuso que concurrieran las seis compañías de 
granaderos (^ue se escojieran de los veteranos y milicias disciplinados, al mando 
del coronel D. Juan Francisco del Castillo, primogénito del Marqués de San 
Felipe y Santiago Conde del Castillo y grande de España. Es de consiguiente 
que figuraran en ellos los de Pardos y Morenos como se distinguiron siempre en 
el servicio nacional, ostentando algunos de sus oficiales en sus pechos la Real 
Efigie, con (|ue se premiaban sus merecimientos. 

Procedióse después del besamanos al acto de la inauguración: más de mil 



240 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



carruages, pocos coches y muchas volantas conducían á las señoras y 
concunentes del orden civil. A las trojias formadas con la caballería 
(Dragones) se agregó una compañía de Guardias Reales^ tomada de los 
Cadetes de la guarnición, niños de las principales familias ó hijos de capitanes 
([ue tenían obción á cordones, (pie habían de hacer los honores. 

El marqués de Somei-uelos se acercó á la estatua, cubierta con una gran 
bandera nacional y la descorrió al grito de ¡viva el rey! que repitieron las 
innumerables voceas cpie lo oyeron. El aplauso se dirijía al reinante; pero el 
obsequio recaía en el simpíitico Padre del Pueblo^ con cuyo nombre se designaba 
al ilustre predecesor. Las salvas, los repiques y el oleage de las gentes al dirigirse 
por el Paneo hacia la Punia^ presentaban un cuadro indescriptible en que 
rebozaba la alegría de un pueblo entero. La compañía de cadetes, ó los Guardias 
Reales de ocho en ocho centinelas rodearon la estatua, hasta muy avanzada la 
noche. 

El clero secular con su nuevo Obispo, D. Juan José Diaz de Espada y 
Lauda, y los regulares, concurrieron al besamanos y al acto de inaugurarse la 
sstátua: así como la Real líarina^ cuya oficialidad era el ornato de las reuniones 
familiares, siendo como era la Armada, aspiración de nobles aficiones de los 
cubanos que en ella brillaban. 

En cuanto al mérito de la obra de Cosme Velázqiiez, ahí pueden verla 
los lectores al entrar en el Paseo de Tacón. 

Cuando la noche pretendió estender sus sombras se encontró contrariada 
por el inmenso númei'o de luces que iluminaba el Paseo, las calles, las casas y 
el campo de los alrededores, con fogatas como en un dia de S. Juan. Claro es 
que conforme se aproximaba el concurso de curiosos á la mansión del Gobierno 
era mavor el entusiasmo v la brillantez. Fueron muv vistosos los varios uniformes, 
inies cada regimiento lo tenía especial : el del fijo de la Habana, que usaban 
Zequeira, Chenard, Junco y otros vecinos popularmente reconocidos; aquel por 
sus versos y como bastonero, con el capitán Ayudante Mayor D. Gabriel 
Bachiller y Mena, de todos los bailes oficiales; el otro por su prócera estatura, á 
quien, seguía en talla el Capitán de Granaderos de las Milicias de Lifantería, 
D. Francisco de Morales y González de Carvajal; el ultimo por su elegancia en 
el vestir. Reunía el uniforme el color del pavellón: rojos los vivos, bocamangas 
y cuello, amarilla la solapa y blancos la casaca, calzón, &c. Era amarillo el 
uniforme de los Dragones, con vivos y vueltas y solapas, calzón y chupa azules. 
Estos y los demás uniformes lucían, como correspondía á la solemnidad de las 
fiestas, dedicadas á los días del Rey y á la inauguración de la Estatua: 
pensamiento de D. Tomás Romay, acuerdo de la Sociedad Patriótica años 
antes, v que cantó el conde Colombini en sus Grandezas de la Habana 
desde 1798. 

Los bailes de esa época no se parecían á los actuales: ni el africano danzón, 
ni las obleas, ni el dormido fueron conocidos: principiábase por un minuet, que 
en el de novieml)re de 1803, tuvo (|ue ser de Corte. Seguíanle las gabotas y 
contradanzas ensayadas con nmy complicadas figuras: formando las parejas los 



241 



TIPOS Y COSTUMBRES, i 



¿bastoneros de damas y caballeros. El ?¿;a/s y la (jalop terminaban los saraos. 
En los bailes de temporada y familiares, solían resucitar alguna alemanda y aún 
escabullirse un vergonzante buscapié; pero se bailaba con preciso aprendizage: 
no era un caos de seres que se movían á compás, aún tan muelle y 
tenuemente que hoy parece que los mueven alaml)res contra la voluntad de los 
desdeñosos danzantes. El baile, y los bailes de Palacio, eran objeto de ocupación 
quince dias antes y quince después: los primeros para hablar de ellos y 
prepararlos; los segundos para su crónica hablada. 

Han pasado muchos años del suceso, y los recuerdos de las conversaciones 
de mis mayores fijos están en mi memoria, y aún mi alma se conmueve al 
ponerlos sobre el papel. Sirvan para fructuosos paralelos entre el hoy y el 
ayer de la vida social. 



A. Bachiller y Morales. 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



LA VIEJA DENGOSA. 



Con matizadas flores en las sienes, 

Y jazmines detrás de las orejas, 
Salió del tocador dando vaivenes, 

La más fiera y dengosa de las viejas: 

Se le cayó una flor, en el momento 
De sentarse en la puerta de la calle, 

Y encorvando su talle, 

La tomó, sin alzarse del asiento. 

— ¡Ay! esclamó la tal ruborizada: 
Te perdí y te encontré, flor matizada. 
Sin una contusión, sin una esguince. 
¡Feliz yo, si pudiera 
Hallar de esta manera 
Otm más bella, que perdí en mis quince! .... 

1804: Juan C. Ñapóles Fajardo. 



EL PETRIMETRE. 



V 

Un sombrero con visos de nublado, 
Unjirse con aroma el cutis bello, 
Recortarse á la T^dus el cabello, 

Y el coo'ote á manera de donado: 

Un monte por patilla, bien poblado, 
Donde pueda ocultarse un gran camello. 
En mil varas de oían envuelto el cuello, 

Y en la oreja un pendiente atumbagado. 

Un coturno por l)ota, inmenso sable, 
Ajustarse el calzón desde el sobaco. 
Costumbres sibaritas, rostro afable 

Con Venus, tedio á Marte, gloria á Baco; 
Todo esto y nuiclio más no es comparable. 
Con la imagen novel de un currutaco. 

1804 Manuel de Zequeira y Arango. 



243 



TIPOS Y COSTUMBRES 




LA PARTERA 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



LA PARTERA Ó LA COMADRE. 



Acababan de dar las doce de una de estas últimas noches, cuando cierta 
individua que se llama Dorotea, des})ertando sobresaltada, empezó á dar voces 
á su marido, que se llama Crisóstomo, y el cual á la sazón dormía profundamente, 
si l)ien armonizaba la estancia conyugal con tan estrepitosos y prolongados 
ronquidos, que estos redoblaban el espanto en el ánimo de la ya harto conturbada 
Dorotea. 

— ¡Crisóstomo! ¡Crisóstomo! repetía cada vez con mayor apresuramiento, 
puesta en suma confusión la pol^re mujer. 

Crisóstomo no por eso se movía, antes arreciaba los ronquidos. 

— ¡(^ué hom])re, qué hombre! murmuraba Dorotea, bañada en un sudor 
frió; parece un salvage, roncando; en cuanto coge el sueño, ya no lo despierta 
ni un cañonazo. ... ¡Y tiene valor de decir que oye todo lo que pasa á media 
noche . . . . ! En el otro inundo^ si acaso .... 

— ¡Crisóstomo! ¡Crisós. . . .! ¡ay! exclamó Dorotea; y echando mano á una 
de sus chancletas^ la disparó á la cabeza de su marido, cuyo lecho no he dicho 
aún que estaba colocado frente al suyo. 

— ¿Qué. . . qué. . . qué fué"} ¿Quién me ha tirado? preguntó Crisóstomo, 
sentándose en la cama y mirando á todas partes con recelo. 

— No se trata ahora de queques ni de cusubés, contestó Dorotea, em})ezando 
á increpar á su marido, sino de que te levantes y vayas corriendo á buscar á la 
partera. 

— ¿Cómo? ¿es posible? preguntó con voz mal segura Crisóstomo, 
pareciendo sorprenderle y alarmarle mucho tal anuncio. 

— Sí, tengo novedad, repuso Dorotea, haciendo muecas. 

— ¿Yo no te dige que iba á ser á media noche? Ahí lo tienes: ¡qué 
fatalidad ! 

— ¡Maldito si te desvelaba tal aprensión! Hace una hora que te estoy 



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TIPOS Y COSTUMBRES. 



llamando, y tú ro7ica que te ronca. Me ha costado un trabajo del diablo 
despertarte .... Si no hubiera tomado el partido de tirarte el chandetazo, 
todavía estarías hecho un berraco. ¡Vaya un mar ¡dito ((ue tengo yo. . . .! 

— Sí, y por cierto que tu condenado zapato mecojió de filo y me ha hecho 
un cJiichón aquí, en esta parte de la cabeza; mira, tienta. . . . 

— ¡Quita allá! no eres tú mal chichón. 

— Pero volviendo á lo que importa, di, chica, ¿no será eso aprensión tuya? 

— El aprensivo eres tú ahora, á la sola idea de tener que salir á la calle. 
¿Tienes mieditis^ Hazte acompañar por el sereno. 

— ¿Sereno? de seguro que no se encuentra en estos instantes uno, m para 
un remedio. Después de todo, yo no lo hago por miedo, sino para que me 
alumbre .... Luego estas calles de por aquí se hallan tan oscuras á media 
noche; hay tantas piedras, tantos cajones de basuras y tantos perros hambrientos, 
que ladran espantosamente y se echan con tales ganas solare cualquier I )ulto que 
vén .... La verdad es que estas cosas deberían ser de dia. . . . 

— Estás perdiendo tiempo, Crisóstomo; ya debieras haberte vestido. 

— Con eso y que no estuviera Panchita en su casa. . . . era lo que nos 
íáltaba. 

— Xo me anuncies más calamidades, Crisóstomo, ni me angusties más el 
alma de lo que la tengo: ¡l)uen modo de iníúndirme valor! 

— ¿Y yo qué te digo, nmjer? 

— Vamos, acaba de salir; despierta á Desideria j^ara que mate la gallina y 
lo prepare todo, y en seguida, vé y tócale la puerta á doña Polonia, que ya 
sabes ha recomendado mucho que sin fiílta la llamen; anda, no te detengas; 
mira que creo que esto no me vá á dar tiempo. 

— No, hija, espera á que venga Panchita, porque de lo contrario ¿en qué 
nos vemos? 

— Bueno, pues vuela. 

— ¿Quién me mandaría á m¡ á casarme, para verme ahora en estos trotes? 
salió diciendo Crisóstomo, quien como ya ustedes habrán comprendido, era U7i 
infelizote. ¡Pobres maridos! añadió, arrancando un hondf) suspiro de su 
acongojado pecho. 

— ¡Ay, sí, pobres nuijeres, que somos las que pagamos el pato! replicó 
Dorotea, empezando á darse paseos por la habitación. 

Transcurrieron unos veinte minutos, al cabo de los cuales se presentó en el 
lugar de la escena la doña Polonia, quien entró muy aíánada, tropezando con 
todo y haciendo muchas ])reguntas á la vez. 

— ¿Qué es eso, Doroteita^ conque yá? ¿Esta todo preparado? ¿Han 
puesto el caldo á la candela? ¿Y la cabeza, de San Pamon, la han traído? 
¿Compraron el vino seco? ¿No falta nada, absolutamente nada? 

— Todo, todo está listo, doña Polonia; yo no me he descuidado. 

— Bien hecho, china] pero nó, no te sientes, corazón; sigue dando tus 
paseitos .... 

— ¡Ay, doña Polonial ¿cree usted que saldré en bien? 



246 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— ¡Toma, pues ya lo creo; estando yo aquí, no faltaba otra cosa! ¿Si sabré 
donde tengo mi mano derecha? Además, que eso es lo mismo (jue l^eberse un 
vaso de agua. . . . 

En esto se sinti(3 rodar un coche, el cual se detuNo á la puerta de la casa. 
— Ya está ahí la partera, dijo Dorotea; corra á abrir, doña Polonia. 
En efecto, á los pocos momentos entró en la habitación Pancliita^ una 
parda rechoncha , muy carona y con unos ojitos que apenas se le veían. 

— ¡(Tracias á Dios, comadre! dijo Dorotea; tenía un miedo de que no 
estuviera usted en su casa. . . . 

— Pues mira, hija, no ha sido poca suerte: apenitas llegué de otro parto, 
sentí los golpes (pie daba don Clisósfomo. . . Por un tris no me encuentra. . . 
Como tengo tanta crintela y ninguna se halla sino cormigo. . . . Verdad es (pie 
con este genio que Dios me ha dado, yo me carto la voluntad de todo el mundo 
y á nadie molesto, ni soy intrusa, ni me ando con cotufas como otras .... En 
dándome á mí chocolate ti jmsto, panetela, cerveza, jigote, un buen mazo de 
tíibacos que ardan solos, que no sean 'mabingas, y en poniéndome una cama 
cómoda (ionde arrecostarme de cuando en cuando, va estov al otro lado .... 

Doña Polonia no hacía más que mirar á Panchifa, arrugando el entrecejo 
y diciendo para sus adentros: —"¡Tú serás buen albañil; — pero á mi no me 
trabajas!'' 

— A ver, usted, don Olisóstomo, saltó Panchita, volviéndose á nuestro 
asendereado marido que la oía con la boca abierta, espantado de las cortas 
exigencias de la comadre; quítese la chupa y quédeseme en mangas de camisa, 
para cada vez que yo lo necesite; porque aquí, amigo, hay que meter el cuerpo 
y hasta sudar la gota gorda; conc[ue prepárese y no se me venga haciendo el 
chivo loco, pues ya usted sabe que cormigo no hay tu tía. 

— ¡Ah! ¿conque yo taml)ien he de tomar parte y estar en el cuarto? 
Mire usted que yo soy muy porpdto y no sirvo para estos lances apretados. 
¿No podría ser que me librara de este compromiso y. . . .? ¡Ah! ¿para qué me 
quiere usted aquí, pudiendo valerse de doña Polonia, que es muy eficaz y tiene 
unas fuerzas . . . . ? 

— No, no me gusta la, carne de puerco, contestó con cierto tonillo Panchita, 
haciendo un moliiii. 

— ¡Oiga usted, ñá Pancha, que es como debe llamarse la que es tan 
rechonchua', no se tire, que yo á usted no le he echado malojal 

— ¿Sí? ¿á mí me dice usted eso? pues mire, don Clisóstomo, desde ahora 
le digo, cpie yo no ejerzo aquí mi profesión, si esta mujer no me sede del cuarto. 

— ¡Vamos, por Dios, .no peleen, dijo interviniendo Dorotea; háganlo 
siquiera por mí . . . . ! 

— Es claro, si iv hay motivo, observó Crisóstomo, entregándole un enorme 
tabaco á Panchita, la que se tranquilizó al punto, encendiendo el puro y 
empezando á arrojar liocanadas de humo, que causaban suma molestia á 
Dorotea. 

— ¡Ah! y á propósito de pelea, añadió Crisóstomo, dirigiéndose á su mujer; 



247 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



me estabas tú haciendo l)iii']a pov lo que te decía antes de salir, acerca de la 
oscuridad de las calles, de las piedras y de los perros; |)ues mira, no hice más 
que rebasar la primera cuadra^ cuando oí unos ladridos tremebundos y vi 
desembocar dos perrazos (íomo dos leones, que se estaban fojando^ pero que al 
verme, dejaron su trifulca y se me vinieron encima. 

— ¿De veras? dijo Dorotea sonriéndose, pues á la sazón disfrutaba de un 
momento de tregua; ¡quién te hubiera visto! ¿Saldrías aventado por supuesto. . .? 

— Salí á espeta perros^ ya lo creo; pero tropecé con una maldita piedra, 
caí boca abajo y me hice im raspón tremendo en esta rodilla. 

— ¿Y te cogieron los perros? preguntó Dorotea, riendo ya de buena gana. 

— ¡Qué habían de cogerme! me levanté i-ápido como una exhalación, y 
me abrí á las cuatro patas, no parando hasta llegar á casa de Panchítct, con un 
palmo de lengua fuera. 

— ¿Y qué hay del chocolate? preguntó la partera, interrumpiendo la relación 
de Crisóstomo; porque veo que esto vá largo, y hasta 7>or la mañanita. . . . 

— Lo están haciendo, comadre; contestó i'risóstomo. 

— Pues que lo batan nuicho para que tenga espuma y (juede bien espeso 
y no como agua de borraja] yo tengo \\\\ palardcd muy delicado y no me gustan 
chapucerías en nada, y menos todavía en lo que he de tomar 'por la boca. . . . 

Como según halna dicho la comadre, el alumbramiento aún tardaría algo 
en \'erificarse, nuestra satisfecha Panchita se rei)antigó en una butaca que allí 
le habían colocado, y mientras llegaba el chocolate muy batido y bien espeso, 
principió á relatar sucesos y aventuras, que según ella, le habían ocurrido en el 
ejercicio de su profesión. 

Entre los varios lances que reñrió, más ó menos interesantes, hubo uno que 
produjo no poco efecto en su auditorio, contribuyendo á ello sobre todo, doña 
Polonia, la que parecía hallarse allí soio para indisponer los ánimos y promover 
disgustos; tipo que abunda ]x:)r desgracia en todas partes y en todas las épocas, 
como una de tantas plagas que afligen al género humano. 

Doña Polonia, pues, que por espíritu de emulación quizá, le tenía tirria á 
la comadre, puesto que ella también la daba de inteligente en obstetricia (¡ahí 
es nada!) oíala refunfuñando y dirigiéndole foscas miradas, que parecían 
presagiar algo extraordinario contra la susodicha, quien por su parte no daba 
ya gran importancia á la hostilidad que á ojos vistas manifestábale la vecina de 
Dorotea. 

— Aquí donde ustedes me ven, yo he pasado mis buenos sustos desde que 
soy partera; decía Panchita, volviéndole casi la espalda a doña Polonia. 

— ¿Desempeñando su oficio? preguntó Crisóstomo que siempre se apeaba 
por las orejas. 

— ¡Qué, nó! yo no me he asustado nunca en el pierio uso de mi derecho 
facultativo', replicó con sumo énfasis la comadre. 

— ¡Ya decía yo! repuso Crisóstomo. 

— Pero no interrumpas, hombre; observó Dorotea, cuya curiosidad estaba 
ya excitada. 



248 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— Pues, si señor, prosiguió Panchiia^ uua noche fueron á l)uscarme a mi 
casa dos homl)res, y al noinl)rarnie á una persona para mí de mw(A\^ prosopopeya^ 
en seguklifa salí con ellos dos, los (|ue haciéndome subir en un coche, después 
de vendarme los ojos, por mi propia conveniencia decían, me llevaron, para mi 
gusto, allá por el Torreón, porque yo sentí clfresquecifo de la mar que me daba 
en la cara. 

— ¡Vaya una gracia! saltó doña Polonia con desenfado; ¿y no podía ser 
por el Paseo de Roncali ó por la Alameda de Paula en que también hay mar? 

— ¡Ya metió usted sa cucharetal ¡Cómo había de faltar! Yo sé lo que me 
digo: á mí me llevaron allá por el Torreón, insistió la comadre sin mirar á su 
interlocutora. 

— Pero, criatura, ¿no iba usted con los ojoñ tapados VdYguy ó áouíi Polonia 
con la mayor impertinencia. 

— ¿Y para qué tengo yo tan buen orfafo'! Pero siguiendo mi cuento, al 
cal)o de un rato llegamos á una casa que estaba casi á oscuras y en donde me 
encontré á una mujer que necesitaba de mi auxilio .... Media hora después, 
dio ésta á luz un niño de este tamafio, añadió Panchita, abriendo los brazos, con 
el que apenas podía yo, porque pesaba sus dos arrobas completas .... 

— ¡Echa, echa arrobas! murmuró doña Polonia. 

Panchita, sin darse por entendida, prosiguió imperturbable su relato. 

— Mientras estaba vistiendo á aquel muchaclion, vi dos ó tres veces á uno 
de los hombres que habia ido cormigo a la casa, mirándome con mucha fijeza, 
como si me estuviera reti'atando .... 

— Eso era sin duda que se habia enamorado de usted, saltó doña Polonia 
con cierto retintín. 

— ¡Usted me anda buscando y me vá á encontrar! replicó la comadi'e. 

— ¿Y qué tiene de malo lo (pie yo digo? De menos nos hizo Dios; repuso 
doña Polonia, siempre en son de burla. 

— Gállese por favor, doña Polonia ó doña Demonia, y déjeme acabar mi 
cuento, pues ya Doroteita empieza otra vez á hacer pucheros y se vá á quedar 
á la mitad mi historia de facinerosos . . . . 

— ¡Adiós, ahora salimos con que eran ladrones! exclamó doña Polonia, 
haciendo grandes aspavientos. 

— Ladrones, y no como quiera, salteadores de camino, como que después 
que hube finalizado mi tarea y cuando ya me disponía á irme de aquella casa, 
muerta de miedo, dando por bien empleado el que no me abonasen mi ctiota 
respectiva, me agarra por un brazo uno de 'Ax\\\e\\o^ fariseos, y me dice con una 
voz agm ir diento sa: 

— Espérese, mama, que todavía falta lo mejorcito; quítese esas argollas 
de relumbrón y bote acpií cuanto traiga en la faldiquera, que esa mujer 
que está ahí en la cama, necesita tomar caldo, mucho caldo y no hay 
mejengue .... 

— ¡Ay, la desplumaron! ¡que lástima le tengo, comadrital exclamó doña 
Polonia con acento zumbón. 



249 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— Me está pareciendo cjue voy á tener que arriarle á usted un galletazo^ 
por interrumpir á cada instante mi discurso; contestó la partera. 

— ¡Atrévase, atrévase! dijo la amenazada. 

— Vamos, comadre, siga su hablación y no haga caso de lo que le diga 
esta señora, que es jmxy jaranera; pero que no tiene malas intenciones. 

— Pues como iba diciendo, me desbalijan hasta de la última hilacha; me 
vuelven á montar en el coche, con los ojos vendados como ántes^ y después de 
una carrera de un cuarto de hora, me bajan por fín en el Parque. Entonces el 
que hacia de cochero, levantando el chucho^ me dice: 

— Como no corra usted prontico para su casa, mama, le sacudo una mano 
de cJmchazos, que la hago bailar un danzón. . . . 

—¡Jesús, quien la hubiera visto á usted salir á escape, huyendo de que le 
dieran una entrada como para sí sola! prorrumpió la incorregible doña Polonia. 

— Lo que más siento, don ClisóstomOj prosiguió Panchita, es que aquellas 
argollas eran de oro macizo, regalo de un caballero muy generoso, que me las 
habia ofrecido en agradecimiento de haberle salvado á su señora; sin contar por 
otra parte, un billete de cien pesos que aquella noche me hal^ian satisfecho en 
una casa grande, como retribución de mi trabajo. 

— ¡Qué de bolas, María Manuela! ¡Eso es viento, varona! dijo doña 
Polonia^ echándose á reir descaradamente. 

Al oir esto la partera, púsose al fin de pié, y avalanzándose hacia doña 
Polonia^ iba ya á enristrar con ella, cuando Crisóstomo, interponiéndose entre 
ambas, tanto les suplicó, les rogó y les hizo presente lo crítico de las circunstancias, 
como que á Dorotea á consecuencia del susto, le habia dado una convulsión^ 
que en vista de ello las contendientes tuvieron á bien moderar sus ímpetus y 
aplacar su furor. 

No sé como sería, pero de allí á poco, y cuando ya la paciente habia vuelto 
en sí de su pasagero ataque de nervios, Panchita y doña Polonia^ á quienes 
Crisóstomo habia obsequiado con algunas copitas de Jerez y buenas brevas de 
ccdidcíd^ departían amigablemente, saboreando sendos tragos de superior chocolate. 

Dos horas después, la escena habia a- arlado por completo. Doña Polonia 
corría de acá para allá, trayendo unas cosas y llevando otras; Panchita se 
desgañitaba, la pobre Dorotea gemía y Crisóstomo no sabia lo que le pasaba. 

Llegó un momento crítico en que Panchita^ gritando con todas sus fuerzas, 
dijo: 

— ¡Una gallina. .! ¡una gallina. .! ¡que me traigan una gallina corriendo. ..! 
¡esta niña ha nacido media ahogada y es menester darle vida de ese modo. . . .! 

— ¡Busque usted la gallina, don Crisóstomo! díjole doña Po/o/wa, empujándole; 
¡vaya al patío; menéese, hombre . . . . ! 

La negra Desid oria entregó el ave á Crisóstomo, el cual se la puso debajo 
del brazo, y entró de nuevo en el cuarto. 

— ¿Y la gallina? preguntó Panchita. 

— ¿Eh? ¿eh? hizo Crisóstomo, enteramente perdida la cabeza; ¿la ga . .. la 
ga . . ? no sé. 



250 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— ¡Pero, hombre de Dios, si la tiene usted ahí debajo del brazo, 
apachurrándola! saltó doña Polonia. 

— ¿Quién, yo? dijo Crisóstomo, abriendo ambos l^razos y soltando al 
plumífero animal, que de un salto se puso en la sala. 

— ¡Bali, bah, este homl)re está atontado! exclamó Panchita; dejen, ya no es 
menester: á fuerza de nalgadas, he hecho revivir á esta j^r^/rona; oiga usted, don 
CUsóstomo, como berrea su hija .... 

— ¿Con qué es hembra? ¿no decia usted (pie iba á ser varón . . . . ? 

— ¡Cosas del nnmdo,don CUsóstomo! Es laprimeravezque me he et[uivocado, 
porque tengo un tino .... 

— Si digera C{uc es un puro desatino cuanto dice y hace; murmuró doña 
Polonia de modo que no la oyera Panchita. 

— ¡Pronto, don CUsóstomo, una buena taza de caldo para Doroteita y otra 
para mí, que me estoy muriendo de debilidad! dijo con la mayor frescui'a la 
comadre. 

Nuevas carreras, nuevos tropezones, y nue\'0 atolondramiento por parte de 
Crisóstomo, al que Panchita no dejal)a sosegar un instante. 

— Pero, hombre, ¡qué desgracia! decia aquel de allí á poco; nacer hembra, 
cuando yo quería un varoncito. Se me figura (¡ue no voy á querer ni una m/«ya 
á esa chillona. 

— Y es su vivo retrato de usted, don CUsóstomo; aquí sí que se conoce 
((ue no ha habido trampa: iguaUta, igualita á papá; observó la partera con la 
mayor confianza, alzando en alto a la recien-nacida. 

— ¿Qué ha de parecerse ese monifato á mí?, replicó Crisóstomo; ¿tengo yo 
las narices tan aplastadas y esas orejas torcidas? 

— Ya ^era usted de aquí á pocas horas, cómo se compone y lo bonita que 
le parecerá entonces, replicó Panchita, concluyendo de vestir á la muñeca; ¿á 
qué no vá á saber usted qué regalarme, cuando venga pasado mañana á curarle 
el ombligo al brujoncito^ por el acierto que he tenido . . . . ? 

— ¡Las cosas de Panchita! contestó Crisóstomo, pesándole ya la broma, al 
ver el giro que le había dado la interesada parda. 

— Pero, señor ¿y el paladeo? preguntó ésta de pronto. 

— Tendrá que ir á buscarlo don Crisóstomo; dijo doña Polonia. 

— ¡Cómo. . . .! ¿yo? exclamó ('risóstomo extremeciéndose al oír que tenia 
que echarse de nuevo á la calle, cuando aún era de noche. 

—Me parece que no han de mandarme á mí á la botica, habiendo en la 
casa unos pantalones; re])licó doña Polonia con cierto gesto. 

— Y pídalo con chicoria, don CUsóstomo, añadi() Panchita, sin hacer alto 
en la resistencia de éste. 

— Pero vamos á ver, dij(> nuestro acol)ardado hombre, sonriendo afablemente 
á la partera por ver si la conquistaba; ¿no sería lo mismo darle á esta cabecita 
pektila^ un poco de agua con azúcar? 

— También lo dudo y lo dificurto contestó Panchita, arrojándole una espesa 
bocanada do humo á la cara á Crisóstomo; ¿no sabe usted, santo varón, continuó, 



251 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



que el paladeo es para liacerle las entrañas á la niña? Así lo recomienda la 
ciencia; pero ya se vé, como usted no ha estudiado en las jaulas ni en las 
arcademías .... 

No hubo escapatoria: doña Polonia proveyó á Crisóstomo de un pomo y 
del dinero necesario para comprar el paladeo, y lo acompañó hasta la puerta, 
que cerró con precipitación, porque tuvo miedo de la oscuridad de la calle. 

Calculen ustedes como iría el pobre Crisóstomo, recordando la historia de 
facinerosos que le habia hecho PancMta. Para más desgracia la botica estaba 
algo distante, por lo que apretó el paso á fin de llegar presto. 

Al dolílar una esquina, dos hombres le salieron al encuentro. 

— Alto ahí, trasnochador! díjole uno de ellos. 

— ¡A dónde vá usted? preguntóle el otro. 

— A buscar un paladeo, contestó Crisóstomo, dando diente con diente, de 
puro aterrorizado. 

— ¿Paladeo^ eh? Una arria de pedos te vamos á dar ahora mismo, si no 
sueltas lo que traes. 

— ¡Misericordia, señores ladroncitos! dijo Crisóstomo en su atolondramiento, 
cayendo de rodillas. 

— ¡Ah, pillo, y nos llama ladrones! exclamó uno de los asaltantes. 

— A ver, ¿que es esto que trae en la mano este bribón? dijo el otro; ¿un 
revólver? 

— Un pomo .... un pomito para el peda . . dedeo, l)albuceó Crisóstomo. 

— Este deberá ser algún tunante, algún envenenador, cuando anda en la 
calle á las cuatro de la madrugada con un frasco de este calibre .... 

— No tiene encima más que un miserable billete de á peso. 

— Pues quítale la levita y el chaleco. 

— Y el pantalón ¿no se lo quitamos también? Es de casimir y de media 
campana y lo ])odemos pidir. 

— Sí, que lo desenvaine y corriendito,que veo allá abajo un punto luminoso . . 

Y ambos ladrones, después de despojar hasta del sombrero á CVisóstomo, 
echaron á andar con paso acelerado. 

Por lo que hace á nuestro hombre, que había quedado así en paños menores 
y lleno del más profundo terror, emprendió una carrera homérica hasta su domicilio, 
contra cuya puerta se arrojó, causando gran estrepito. 

Doña Polonia acudió á abrir muy sol^resaltada; pero al ver entrar despedido 
á Crisóstomo en calzoncillos, con el pelo erizado y sin liabla, lanzó un grito y 
se cubrió el rostro con las manos. 

— Eso es que don Clisóstcmio ha dejado caer el pomo en la calle y se ha 
perdido el paladeo; dijo Panchifa desde el cuarto. 

— ¡Qué paladeo ni que niño muerto, si don Crisóstomo ha perdido en la 
refriega hasta los cakones! replicó doña Polonia aún no bastante repuesta. 

Afortunadamente Dorotea hace ya mucho tiempo que está curada de espanto 
con tantas ocurrencias extraordinarias como le suceden á su marido, por lo que 
su impresión fué muy leve. 



252 



TIPOS Y COSTUMBRES. 



— No qiiedji duda, don Clisóstonio, dijo Panchifa, así que el robado se jniso 
otra ropa, que esta ha sido |)ara usted una verdadera noche de perros 

— ¿De perros nada más? contestó con la mayor ingenuidad Crisóstomo; 
¿pues y los ¡udrones dónde me los deja usted . . . . ? 

De allí á media hora empezó á amanecer, y Crisóstomo molido, extenuado 
y cayéndose de sueño, tuvo aún que llenar la última formalidad, (') sea la de 
acompañar hasta su casa a la comadre, la (jue involuntariamente habia sido causa 
de que le ocurrieran á él en aquella noche tantas peripecias. 

¡Felices los (|ue al verse reproducidos en el matrimonio, no tengan que 
experimentar otros contratienqios, en una ciudad como la Habana, que los propios 
v necesarios de traer v llevar á la comadre! 

Francisco de Paula Gelabert. 



253 



TIPOS Y COSTUMBRKS. 



índice 



Páginüs, 
Bachiller y Morales, Antonio. 

íutroilucfion 5 

Orauo V iintañc) 29 

iVrtíeulo (le otro tiempo 41 

Las Temporadas 12o 

Las modas al priiicijiiai- (d siüloXIX 2>]7 

Betancourt, J. V. 

Duna (íoriiojita 147 

El hombro cazuelero 159 

Costales, M. 

El Oficial de Causas 11 

Testig'os de estuche HU 

Cárdenas y Rodríguez, José ÍVI'^ 

El Administrador de ingenio 77 

El Médico de Campo 197 

Doctor Canta Claro. 

El Amante de \'eutana 177 

Fernandez Carrillo, Enrique. 

El Ñañigo 141 

Fernandez, José Joaquín. 

El Mataperros 19:i 

Gelabert, Francisco de Paula. 

La Mulata de Rumbo '■'>'> 

Una que me conoció chiquito 51 

El Mascavidrio G9 

El Billetero 9;i 

Un ])ozo para, dos casas ll-l 

El Puesto de Frutas 117 

LTn chino, una nnilata y unas vanas., loo 

El Tabaquero 15o 

Don Chano y Petronila 211 

La Vieja Curandera 229 

La Partera ó la Comadre 245 



Páginas, 
García de la Huerta, J. 

El Vividor [guagüero] 217 

Licenciado Vidriera. 

El Gallero 21 

Millan, José Agustín. 

El Médico de la Ciudad 81 

El Calambuco 165 

Noreña, Carlos. 

Los Negros Curros 120 

Ñapóles Fajardo. 

Décimas 64 

El (juateque verso.. 175 

Una Cotorra 191 

El Amante rendido 20o 

Mi Hamaca 215 

Las Monterías 227 

L;', Vieja Dengosa 24o 

Suzarte, J. Q. 

Los (íuajiros 5í 

Trlay, José E. 

El Calesero 105 

Urzais, Fernando. 

El Bombero del Comercio 45 

Valerio, Francisco. 

¿Bobos? 19 

Doña Serafina 07 

¡¡Zacatecas!! 205 

Zequeiray Arango, Manuel de 

El Petrimetre (verso) 24o 



Advertencia. — Por un error se cncalxv.ó en la página 81 el artículo cjn el título de «El Médico de 
Campo» debiendo entenderse «El Médico de hi Ciudad.» y la lámina se fijará en la página 197 ó sea 
repetida 157 por equivocación. 

Otra. — íja Poesía de Ñapóles Fajaiilo de la página 2ío corresponih' al ano de 1S4S en ve/, de 1S04. 



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